© Libro N° 14804. Antología De Novelas Del Oeste. Vol. VII. AA. VV. Emancipación. Febrero 14 de 2026
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ANTOLOGÍA
DE NOVELAS DEL OESTE
AA. VV.
Antología De Novelas Del Oeste
Vol. VII
AA. VV.
La revista norteamericana The Saturday Evening Post ha realizado la presente selección escogiendo los mejores relatos del Oeste publicados en sus páginas durante los últimos sesenta años. Las narraciones que contiene este volumen presentan sin duda, un estilo cuidado, y resultan de lectura fácil y amena. Lo que puedan tener en ocasiones de ingenuo, queda compensado por el colorido del ambiente y la gran fuerza de atracción que tiene todo tema de acción presentado con soltura. El asunto, la trama del episodio, que en ocasiones se repite, ya lo conocemos: la inevitable caravana que se adentra por tierra peligrosa, el no menos inevitable saloon, el linchamiento injusto, las galopadas, las flechas que silban, los tiros, los puñetazos… y casi siempre girando todo ello alrededor del eterno tema sentimental. Entre los autores seleccionados figuran Bret Harte, O’Henry y Ernest Haycox.
AA. VV.
Antología de novelas del Oeste - Vol. VII
*
Antología de novelas del Oeste - 7
ePub r1.0
Titivillus 18.12.2019
Título original: Antología de novelas del Oeste
AA. VV., 1967
Diseño de cubierta: Piolin
Editor digital: Titivillus
Coordinador de colección: Ignotus
ePub base r2.1
ÍNDICE DE CONTENIDO
El poeta de Sierra Flat (Bret Harte)
El impostor (O. Henry)
El último pistolero (Donald Hamilton)
Un dandy en el Oeste (Alberto de Lavedan)
La llamada del amor (Thomas Thompson)
Jim «el gorila» (Milton Davies)
El turno prolongado (Eugene Manlove Rhodes)
Nace un hombre (Raymond Tenn)
Un desertor de Valley Forge (Ernest Haycox)
Río secreto (Ernest Haycox)
El rastro del caballo descalzo (Ernest Haycox)
Notas
EL POETA DE SIERRA FLAT
BRET HARTE
M IENTRAS el emprendedor editor del Sierra Flat Record, junto a las cajas, disponía los tipos del número de la semana próxima, podía oír los picamaderos atareados en el tejado situado encima de su cabeza. El editor
pensó que, posiblemente, los pájaros no habían aprendido aún a reconocer en la basta estructura una mejora de la Naturaleza, y la idea le gustó tanto que la incorporó al artículo editorial que en aquellos momentos estaba componiendo. El editor era también el impresor del periódico; y aunque el Record estaba considerado como un periódico muy difundido a través de todo Calaveras y una gran parte del Condado de Toulumne, la estricta economía era una de las condiciones de su provechosa existencia.
Ocupado en su tarea, el editor se vio sorprendido por la repentina irrupción de un pequeño rollo de cuartillas manuscritas, las cuales fueron lanzadas a través de la puerta abierta y cayeron a sus pies. El editor salió rápidamente a la calle y miró arriba y abajo. Pero no vio nada en la polvorienta calzada que sugiriera la presencia de su misterioso colaborador. Todo estaba silencioso y tranquilo, y hasta los picamaderos habían interrumpido su trabajo. De momento, le resultó difícil relacionar el rollo de cuartillas manuscritas con un ser humano.
Sin embargo, al examinarlas se vio obligado a rectificar aquella primera impresión. Las cuartillas tenían, evidentemente, un origen humano: eran versos, y muy malos, por cierto. El editor los apartó a un lado. Mientras lo hacía, le pareció ver un rostro asomado a la ventana. Volvió a salir a la calle, lleno de indignación, pero sus pesquisas resultaron infructuosas. El poeta, si era él quien había estado allí, había desaparecido como tragado por la tierra.
Unos días después, su reclusión editorial se vio interrumpida por unas voces ruidosas y descompuestas. El editor abrió la puerta y se vio sorprendido por la presencia de míster Morgan McCorckle, un ciudadano muy conocido de Angel y suscriptor del Record, para más señas. Míster McCorckle estaba arrastrando hacia el edificio del periódico, medio a las buenas, medio a las malas, a un joven. Cuando los dos hombres hubieron entrado en la oficina, míster McCorckle se quitó el sombrero, se alisó los cabellos y, señalando a su recalcitrante compañero, exclamó:
—¡Le presento a un gran poeta, y al mayor estúpido que usted haya visto nunca!
Aceptando la sonrisa del editor como una expresión de agradecimiento por la originalidad de la presentación, míster McCorckle continuó:
—¡No quería venir! «El señor editor no querrá verme», me decía. «Milt —le decía yo—, un poeta como tú y un talento como él tenéis que hacer buenas migas, forzosamente». Y al final he conseguido traerle.
El poeta, después de haber dado muestras de una gran intranquilidad, trató de echar a correr. Pero el implacable míster McCorckle le agarró por el largo faldón de su chaqueta y le obligó a sentarse de nuevo.
—Es inútil que trates de escaparte —le advirtió—. Aquí estamos, y aquí nos quedaremos. Parece mentira que un poeta como tú sea tímido como un conejo…
El aspecto del poeta no era atractivo, ni mucho menos. En su blando rostro no había ningún rasgo notable, a excepción de sus ojos, los cuales eran húmedos y huidizos, muy parecidos a los del animal con el cual acababa de compararle míster McCorckle. Era el rostro que el editor había visto en la ventana.
—Le conozco desde hace muchos años…, desde que era un chiquillo — continuó míster McCorckle—. Siempre ha sido el mismo, maldito sea… Pero le resulta tan fácil hacer un verso como comerse un bizcocho. No ha recibido ninguna educación; ha vivido en el Missouri toda su vida. Pero está repleto de poesía. Esta mañana, pues acampa conmigo, le he preguntado: «Milt, ¿está listo el desayuno?». Y él me ha contestado rápidamente: «El desayuno está listo, y los pajaritos cantan, y a mí estas cosas me encantan». Cuando un hombre —concluyó solemnemente míster McCorckle— es capaz de improvisar un verso como éste, sin preparación alguna… puede afirmarse que ese hombre es un poeta.
Siguió una embarazosa pausa. Míster McCorckle miró a su protegido con expresión benévola. El poeta parecía estar rumiando algún vuelo a otras regiones… y no de un modo metafórico, precisamente. El editor preguntó a míster McCorckle si podía hacer algo por ellos.
—Desde luego, desde luego que puede —se apresuró a contestar míster McCorckle—. A eso hemos venido. Milt, ¿dónde está aquel poema?
El editor se sobresaltó al ver que el poeta sacaba de su bolsillo un fajo de cuartillas. Sin embargo, las cogió maquinalmente, y les echó una ojeada. Se trataba, evidentemente, de una copia de la anterior y misteriosa colaboración.
El editor habló entonces, breve pero fervorosamente. Lamento no poder transcribir con exactitud sus palabras, pero parece ser que, hasta entonces, las columnas del Record no se habían visto nunca agobiadas con tanta cantidad de material. Asuntos de gran importancia, especialmente acerca de la integración absoluta de Calaveras y Tuolumne como comunidades sociales, problemas que afectaban al progreso material de Sierra, estaban esperando un hueco en el periódico. Tendrían que transcurrir semanas, meses, antes de que el Record diera expresión a todos aquellos anhelos y pudiera acoger en sus páginas temas más ligeros. Además, el editor había observado con pesar la caída en barrena de la afición a la poesía en las Sierras. Ni siquiera las obras de Byron y Moore llamaban la atención en Ducht Flat, y en Grass Valley parecía existir un prejuicio contra Tennyson. Pero el editor tenía una ciega esperanza en el futuro. Dentro de cuatro o cinco años, cuando la región estuviera más poblada…
—¿Qué costaría imprimir eso ahora? —le interrumpió míster McCorckle impacientemente.
—Unos cincuenta dólares, a tarifa de anuncio —respondió el editor con cierta ironía.
Míster McCorckle depositó aquella suma en la mano del editor.
—Milt —le dijo al poeta— ya lo ves, pago por ti, porque creo que eres todo un poeta, y de no pagar, el señor editor no publicaría nunca tus poesías.
—¿Cuál es el nombre del autor? —preguntó el editor.
—Milton.
Fue la primera palabra que pronunció el poeta en el curso de la entrevista, y su voz era tan dulce y musical, que el editor le miró con una curiosa expresión y se preguntó si tendría una hermana.
—¿Milton? ¿Es eso todo?
—Es su nombre de pila —explicó míster McCorckle.
El editor sugirió que había existido otro poeta con ese nombre…
—Milt puede ser confundido con él… Mal asunto —reflexionó míster McCorckle con sencilla gravedad—. Bien, ponga su nombre completo: Milton Chubbuck.
El editor tomó nota del nombre.
—Me ocuparé inmediatamente de esto.
Aquello significaba que la entrevista había terminado. El poeta y su protector, cogidos del brazo, se dirigieron hacia la puerta.
—Saldrá en el periódico de la semana próxima —dijo el editor, sonriente, en respuesta a la infantil mirada interrogadora de los ojos del poeta.
Un momento después se habían marchado.
El editor cumplió su palabra. Se dirigió inmediatamente a la caja y, desenrollando el manuscrito, empezó su tarea. Los picamaderos del tejado recomenzaron la suya, y al cabo de unos instantes quedó restablecida la normalidad. En las oficinas del Record no se oyó más ruido que el de los picamaderos en el tejado, y el leve chasquido de los tipos de imprenta mientras el editor los alineaba en el componedor. Cualquiera que fuese la opinión que le merecían los versos que tenía delante de sus ojos, no se reflejaba para nada en su rostro, que conservaba la expresión de absoluta indiferencia de los de su oficio. Esto fue tal vez una desgracia, ya que cuando los rayos del sol cayeron sobre la ventana de la oficina, descubrieron a una figura acurrucada junto a aquella ventana: una figura que había permanecido sentada allí por espacio de horas enteras. Dentro, el editor trabajaba con la constancia y la impasibilidad del Destino. Y, fuera, el poeta de Sierra Flat estaba sentado y le contemplaba como esperando su decisión.
El efecto del poema en todo Sierra Flat fue notable y sin precedentes. Lo desastroso de la rima, la inconcebible imbecilidad de su fondo, y, sobre todo, la increíble audacia que suponía el que fuera obra de un ciudadano capaz de publicarlo en el periódico del condado, le ganó inmediatamente las mieles de la popularidad. Durante muchos meses, Calaveras había suspirado por algo sensacional; desde que se había disuelto el último Comité de Vigilantes[1], no había sucedido nada que alegrara la monotonía de una existencia cada vez más civilizada. En otra época más próspera la oficina del Record hubiera sido asaltada y el editor deportado; en aquellos momentos, el periódico obtuvo tal demanda que la edición se agotó rápidamente. En resumen, el poema de míster Milton Chubbuck cayó sobre Sierra Flat como llovido del cielo. Fue leído en los campamentos, en las cabañas solitarias, en los más ruidosos saloons, y declamado desde los pescantes de las diligencias. En Poker Flat fue cantado con la colaboración de un coro local, y fue bailado rítmicamente por la pírrica falange de One Horse Gulch, conocida por el nombre «Los alegres ciervos de Calaveras». Algunas desdichadas ambigüedades de expresión dieron origen a nuevas lecturas, notas y comentarios, los cuales, lamento decirlo, se distinguían más por su sinceridad que por su delicadeza de pensamiento o de expresión.
Hasta entonces ningún poeta había adquirido tan repentina reputación local. Desde la reclusión de la cabaña de McCorckle y el anonimato de unas vulgares labores culinarias, el poeta fue proyectado a los radiantes resplandores de la Fama. El nombre de Chubbuck apareció escrito con tiza en las paredes, y fue grabado a pico en el interior de los túneles. En las tabernas se servía una bebida conocida con el nombre de «Calmante Chubbuck», o «Reanimador Chubbuck», según los casos. Durante algunas semanas, circuló un tosco dibujo representando al genio de Calaveras en el momento de ser coronado de laurel por las Musas. El propio poeta se vio agobiado con invitaciones a beber y con extravagantes felicitaciones. El encuentro entre el coronel Starbottle, de Siskiyou, y Chubbuck, tuvo caracteres de indescriptible emoción. El coronel abrazó afectuosamente al poeta.
—No podría presentarme de nuevo ante mis electores de Siskiyou —dijo el coronel—, si esta mano, que ha estrechado la del genial Prentice y la del llorado Poe, no hubiera sido honrada por el apretón cordial del divino Chubbuck. Caballeros, la literatura americana está de enhorabuena. ¡Gracias!
«Boston», que había preparado la entrevista entre el coronel y el poeta, se encargó también de redactar unas cartas de felicitación que H. W. Logfellow, Tennyson y Browning enviaron a Chubbuck, encargándose también de redactar las respuestas.
La confianza y el sincero deleite con que aquellas manifestaciones fueron recibidas por el poeta y por su protector, hubieran llegado al corazón de aquellos maestros en el arte de la ironía, a no ser porque al mismo tiempo desarrollaron en los dos personajes la vanidad de las naturalezas débiles. Míster McCorckle se bañaba en la popularidad de su protegido, y se mostraba alternativamente arrogante o condescendiente con los moradores de Sierra Flat; en tanto que el poeta, con el pelo cuidadosamente aceitado y rizado, engalanado con un montón de bisutería y con un pañuelo de colorines al cuello, se pavoneaba en el único hotel del pueblo. Como puede imaginarse, esta nueva demostración de debilidad aportó una intensa satisfacción a Sierra Flat, dio otro soplo de popularidad al poeta, y sugirió otra idea al bromista «Boston».
En aquella época, una joven popular y profesionalmente conocida por el nombre de «La muñeca de California», estaba llevando a cabo unas representaciones teatrales con un éxito clamoroso. Su especialidad era la personificación de tipos masculinos; como un gamin de la calle, era irresistible; como un bailarín negro, provocaba una tormenta en el corazón del más honrado de los mineros. Era una morena muy linda, y había conservado una reputación intachable pese a las ofertas de oro que sobre ella llovían desde que hizo su aparición sobre el escenario de Sierra Flat. Un destacado y entusiasmado miembro del público que asistía a la representación era Milton Chubbuck. Asistía todas las noches. Durante el día, se pasaba las horas rondando la puerta del Hotel Unión a fin de conseguir una mirada de «La muñeca de California». No pasó mucho tiempo sin que recibiera una nota de ella —redactada con la caligrafía más femenina de «Boston»—, manifestándole su admiración. Y no pasó mucho más tiempo sin que «Boston» fuera llamado para redactar una respuesta adecuada. Al final, para llevar adelante su jocoso proyecto, «Boston» se vio obligado a visitar a la joven actriz, para asegurarse su colaboración personal. Le habló de su proyecto, que de tener éxito garantizaría a su juicio su paso a la posteridad como bromista extraordinario. Los negros ojos de «La muñeca de California» brillaron con aprobación. Lo único que exigió fue ver primero al hombre que tenía que ser objeto de la broma: una concesión a su femenina debilidad, que años enteros de bailar la «juba» y llevar pantalones y zapatos de hombre no habían extirpado por completo de su pecho. La entrevista fue concertada para la siguiente semana.
No debe suponerse que durante este intervalo de popularidad míster Chubbuck había descuidado el ejercicio de sus cualidades poéticas. Una determinada parte de cada día estaba ausente de la ciudad —«en comunión con la naturaleza», según frase de míster McCorckle—, paseando por los senderos de la montaña, o tumbado debajo de un árbol, o recogiendo hierbas olorosas en el Manzanita. A última hora de la tarde solía presentarse en la oficina del editor y permanecía allí sentado, en silencio, contemplándole mientras trabajaba, hasta que llegaba la hora de cerrar la oficina. Había algo tan humilde y tan poco molesto en aquellas visitas, que el editor acabó por aceptarlas, como aceptaba a los picamaderos: como parte de su mundo circundante. A menudo olvidaba incluso su presencia. Un par o tres de veces, impresionado por la expresión de los tímidos ojos del poeta, estuvo a punto de recomendarle paternalmente que dejara ya de hacer el tonto; pero su mirada se posaba en el aceitado pelo y en el pañuelo de colorines y optaba por guardar silencio. Se trataba evidentemente de un caso perdido.
La entrevista entre míster Chubbuck y «La muñeca de California» tuvo lugar en una habitación del Hotel Unión; el humorista «Boston» se encargó del papel de carabina. A «Boston» le debemos el único relato cierto de aquella entrevista. En presencia de miembros de su propio sexo, míster Chubbuck era tímido y reticente; pero, como la mayoría de los poetas, se mostraba extraordinariamente versátil en presencia de algún miembro del sexo débil. «La muñeca de California» estaba acostumbrada a los elogios desmesurados, pero las alabanzas de su visitante llegaron a turbarla. Su personificación de tipos masculinos, su interpretación de la «juba» fueron objeto de la especial y férvida admiración del poeta. Al final, recobrando su audacia, y estimulada por la presencia de «Boston», la actriz dejó asombrados a sus oyentes al preguntar, medio en broma, medio en serio, si era objeto de tan ardiente admiración en su calidad de muchacho o de muchacha.
—Esto le dejó patidifuso —dijo el entusiasmado «Boston», en su posterior relato de la entrevista—. Pero el muy estúpido llegó a pedirle a «La muñeca de California» que le admitiera en su compañía como actor.
El plan, tal como lo había proyectado «Boston», consistía en la aparición en escena de míster Chubbuck, con un disfraz diseñado y preparado por el inventor, para recitar un poema inmediatamente después de la actuación de «La muñeca de California». A una señal convenida, los espectadores se pondrían en pie y obsequiarían al poeta con una lluvia de vegetales (previamente proporcionados por el organizador de la broma); luego, un grupo escogido de hombres subirían al escenario, cogerían al poeta, y después de llevarlo en triunfo por toda la ciudad, le dejarían en sus límites más apartados, advirtiéndole seriamente de que no podía volver a poner los pies en Sierra Flat. Para la primera parte del plan, contaba con la espontánea colaboración del poeta; para la segunda parte, no le sería difícil encontrar colaboradores.
Llegó la noche del acontecimiento, y el salón donde debía tener lugar la representación se llenó de bote en bote. «La muñeca de California» ofreció una actuación realmente sensacional. Nunca se había mostrado tan alegre, tan fascinadora y tan audaz. Pero el aplauso con que la despidieron no fue nada comparado con la explosión que acogió la aparición en escena del poeta de Sierra Flat. Luego se produjo un expectante silencio, y el poeta avanzó hasta las candilejas con su manuscrito en la mano.
Su rostro estaba mortalmente pálido. Por lo visto, había leído en las caras de sus espectadores la suerte que le aguardaba, a no ser que un misterioso instinto le advirtiera el peligro que corría. Lo cierto es que trató de hablar, balbució unas palabras ininteligibles, tartamudeó, y echó a correr hacia los bastidores.
Temeroso de perder su presa, «Boston» dio la señal y saltó al escenario. Pero, en aquel mismo instante, apareció ante él una menuda figura surgida de detrás del escenario, y de un vigoroso puntapié envió al humorista a reposar
entre los músicos de la orquesta. A. continuación avanzó hasta las candilejas con la inimitable gracia que había cautivado a los espectadores hacía unos instantes, y exclamó:
—¿Para qué van ustedes a golpear a un hombre que ya está en el suelo? La mirada y los gestos con que acompañó las preguntas tuvieron un efecto
inmediato. Los aplausos atronaron en la sala. Aprovechando aquel instante de euforia, «La muñeca de California» le gritó al asustado míster Chubbuck, que se había quedado acurrucado en un rincón, como una gallina mojada:
—¡Márchese! ¡De prisa!
El poeta dio un par de pasos y cayó sobre el escenario, desmayado. «La muñeca de California» gritó con desesperación, tratando de hacerse oír entre el rugido de los espectadores:
—¡Bajad el telón!
Hubo un ligero movimiento de oposición entre los espectadores, pero entre ellos se irguieron los recios hombros de Yuba Bill, la alta figura de Henry York, de Sandy Bar, y el pálido y decidido rostro de John Oakhurst. El telón bajó.
Detrás de él, «La muñeca de California» se arrodilló junto al postrado poeta.
—¡Un poco de agua, por favor! Llamen a un médico. ¡Alto! ¡Fuera todo el mundo!
La actriz había deshecho la corbata y abierto el cuello de la camisa de la insensible figura tendida a sus pies. De pronto estalló en una histérica carcajada.
—¡Manuela!
Su doncella, una mestiza mejicana, se acercó.
—Ayúdame a llevarlo a mi camerino, de prisa; luego te quedarás a vigilar en la puerta. Si alguien te pregunta por él, dile que se ha marchado. ¿Oyes? Se ha marchado.
La anciana cumplió las órdenes que le habían dado. Al cabo de unos instantes, los espectadores se habían marchado. Antes del amanecer, se fueron también «La muñeca de California», Manuela y el poeta de Sierra Flat.
Pero, por desgracia, con ellos se marchó también la buena fama de «La muñeca de California». Fueron muy pocos, y no precisamente los de mejor reputación, los que siguieron teniendo fe en el inmaculado honor de su actriz favorita.
—Ha sido una repentina locura, pero todo acabará bien —decían.
Por otra parte, una gran mayoría le reconocieron valor y serenidad, pero lamentaron vivamente que el objeto de aquella locura fuese un individuo de tan poca categoría. Irse a enamorar del despreciable y ridículo vagabundo de Sierra Flat, que ni siquiera había tenido la hombría de defenderse a sí mismo, no sólo era una prueba evidente de depravación moral, sino también un insulto a la comunidad. El coronel Starbottle vio en ello una demostración más de la suprema fragilidad del sexo débil; recordaba casos similares; y recordaba perfectamente a una distinguida heredera de Filadelfia, una de las mujeres más guapas que había conocido, que había despreciado a un miembro sudista del Congreso para unirse a un… negro. El coronel se había dado cuenta de la extraña mirada de los ojos de «La muñeca de California», y no quería hablar mal de una dama, pero…
Y al llegar a este punto, el coronel se mostró tan confidencial y misterioso, que no hubo modo de que sus oyentes entendieran lo que decía.
Unos días después de la desaparición de míster Chubbuck, llegó a Sierra Flat una rara noticia: la de que «Boston», que desde el fracaso de su jugarreta se había mostrado más deprimido de lo que suelen estar los grandes humoristas, había sentido la súbita necesidad de marcharse a San Francisco. Pero lo que se decía eran simples rumores, y no se supo nada en concreto.
Una agradable tarde de verano, el editor del Sierra Flat Record alzó los ojos de su caja y vio la figura de míster McCorckle, de pie, en el umbral de la puerta. En el rostro de aquel caballero había una expresión preocupada, que no pasó inadvertida al editor. Avanzó hasta el centro de la habitación con una carta abierta en la mano.
—Siempre he sido un hombre de reputación intachable —empezó míster McCorckle lentamente— y, en consecuencia, me gustaría, señor editor, si no tiene usted inconveniente, hacer una corrección en las columnas de su valioso periódico.
El señor editor le animó a continuar.
—Creo que recordará usted que hace cosa de un mes me presenté en esta oficina acompañando a lo que podemos llamar un joven, cuyo nombre era el de Milton… Milton Chubbuck.
El señor editor lo recordaba perfectamente.
—También recordará que le dije que conocía a… ese joven desde hacía años, dos exactamente, y que habíamos acampado juntos. Debo aclarar que no le conocía del todo, ya que se mostraba muy tímido y su conducta resultaba algo rara, aunque yo lo atribuía todo a su condición de poeta. ¿Puede recordar que dije que era un poeta de cuerpo entero?
El editor asintió.
—Lo había encontrado en St. Jo., me fue simpático y supuse que se había fugado de su casa; y yo soy un hombre casado, señor editor, y tengo hijos… y estaba convencido de que la persona en cuestión era un poeta.
—Bien —dijo el editor.
—Como ya he dicho antes, me gustaría hacer una corrección en las columnas de su valioso periódico.
—¿Qué clase de corrección? —preguntó el editor.
—Le dije, si recuerda usted mis palabras, que era todo un poeta.
—Sí.
—Por lo que me comunican en esta carta, parece ser que estaba equivocado.
—¿Sí?
—Era una mujer.
EL IMPOSTOR
O. HENRY
L OS apuros empezaron en Laredo. La culpa fue de Llano Kid[2], el cual debió de haber limitado a los mejicanos su costumbre de cargarse al prójimo. Pero Kid había cumplido ya los veinte años; y tener únicamente mejicanos en la lista de víctimas cuando se han cumplido los veinte años
resulta vergonzoso en la frontera de Río Grande.
Ocurrió en el garito del viejo Justo Valdo. Se armó una partida de póker entre hombres que no eran todos amigos, como sucede con frecuencia en lugares donde los hombres cabalgan de un lado a otro en busca de emociones nuevas. Se produjo una discusión por un asunto tan insignificante como una pareja de reinas; y cuando el humo se aclaró, se descubrió que Kid había cometido una indiscreción y que su adversario había cometido un error. Ya que el infortunado combatiente, en vez de ser un greaser[3], era un joven vaquero de edad aproximada a la de Kid, que tenía numerosos amigos y partidarios. Su error al fallar la oreja derecha de Kid por sólo unos milímetros cuando sacó su revólver no aminoró la indiscreción del mejor tirador.
El Kid, que no contaba con ningún séquito, ni tenía allí admiradores ni partidarios —a causa de una sombría reputación, incluso para la frontera—, no consideró incompatible con sus evidentes arrestos el llevar a cabo aquel juicioso acto de tracción conocido con el nombre de «poner pies en polvorosa».
Rápidamente, los vengadores se reunieron y salieron en su persecución. Tres de ellos consiguieron localizarle en un cobertizo de la estación. El Kid se volvió hacia ellos con la brillante aunque helada sonrisa que solía preceder a sus violentas hazañas y sus perseguidores retrocedieron sin que el Kid se viera obligado a empuñar su revólver.
Pero, en aquel asunto, el Kid no había experimentado la sed de lucha que habitualmente le empujaba a la batalla. Había sido una riña puramente casual, provocada por las cartas y por ciertos epítetos que un caballero no puede
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pasar por alto. Al Kid le inspiró más bien simpatía el joven delgado y moreno que su proyectil había eliminado de este mundo. Y ahora no deseaba más sangre. Deseaba marcharse y encontrar un lugar donde pudiera dormir largamente, al sol, con un pañuelo sobre el rostro. Cuando se encontraba en tal estado de ánimo, incluso un mejicano podía cruzarse tranquilamente en su camino.
El Kid abordó abiertamente el tren de pasajeros que salía de la estación cinco minutos más tarde. Pero en Webb, a unas millas de distancia, abandonó aquel medio de huida. A partir de entonces, todas las estaciones disponían de telégrafo; y el Kid era alérgico a la electricidad y al vapor. Silla y espuelas eran sus piedras de salvación.
El hombre al cual había matado era un desconocido para él. Pero el Kid sabía que pertenecía al equipo de los Coralitos, de Hidalgo; y que los vaqueros de aquel rancho eran más implacables y vengativos que la gente de Kentucky cuando se causaba algún daño a uno de ellos. De modo que, con la prudencia que ha caracterizado a la mayoría de los grandes luchadores, el Kid decidió amontonar la mayor cantidad de leguas de chaparral entre sí mismo y la venganza del equipo de los Coralitos.
Cerca de la estación había una tienda; y cerca de la tienda, dispersos entre los mesquites y los olmos, había los ensillados caballos de los clientes. La mayoría de los animales esperaban, medio dormidos, con las patas fláccidas y las cabezas caídas. Pero un ruano de largas patas y cuello curvado relinchaba y escarbaba el suelo. El Kid montó en él de un salto, oprimió sus costados con las rodillas y le azuzó con la fusta del propio dueño.
Si el acabar con el temerario jugador de cartas había puesto una nube sobre la posición del Kid como respetable y honrado ciudadano, el acto que acababa de cometer envolvía a su figura en las sombras más oscuras de la ignominia.
En la frontera de Río Grande, quitarle la vida a un hombre puede a veces estar justificado; pero quitarle su caballo es un acto imperdonable, sin justificación posible.
Sin embargo, el Kid cabalgaba despreocupadamente. Después de un galope de cinco millas, puso el animal al trote y tomó la dirección nordeste, hacia la desembocadura del Río Nueces. Conocía perfectamente la región y llevaba un propósito definido: el Kid no había visto nunca el mar, y experimentaba el intenso deseo de pasar su mano por las melenas del gran Golfo, el potro retozón de las grandes aguas.
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De modo que, al cabo de tres días, se detuvo ante la playa en Corpus Christi y posó su mirada en las suaves olas de un mar en calma.
El capitán Boone, de la goleta Flyaway, estaba de pie junto a su bote, que un miembro de su tripulación mantenía en la rompiente. Cuando se disponía a zarpar, el capitán había descubierto que una de las necesidades vitales, en forma de pastillas de tabaco, había sido olvidada. Y había enviado a un marinero a remediar aquella omisión. Entretanto, el capitán paseaba por la arena, mascando ávidamente los últimos restos de su provisión de bolsillo.
Un joven delgado y nervudo, que calzaba botas de tacones altos, se acercó a la orilla del agua. Tenía un rostro infantil, pero con una prematura seriedad que sugería la experiencia de un hombre maduro. Era moreno, y el sol y el viento de una vida al aire libre habían atezado su piel, que tenía un requemado tono de café. Su pelo era tan negro y tan liso como el de un indio; su cara no había sufrido aún la humillación de una navaja de afeitar; sus ojos eran fríamente azules. Llevaba el brazo izquierdo algo separado del cuerpo, ya que los sheriffs de los pueblos fruncen el ceño a la vista de un 45 con culata de nácar, y esas armas resultan un poco voluminosas cuando se llevan debajo del sobaco izquierdo. Contempló el mar, por encima de los hombros del capitán Boone, con la dignidad impersonal e inexpresiva de un emperador chino.
—¿Qué? ¿Pensando en comprar un trozo de mar, muchacho? —preguntó el capitán, en tono sarcástico, ya que la tardanza del marinero encargado de ir a buscar el tabaco le había puesto de un humor sombrío.
—No —respondió el Kid amablemente—. Desde luego que no. No lo había visto nunca. Me limitaba a mirarlo. No creo que esté en venta, ¿verdad?
—Ese barco, por lo menos, no —dijo el capitán—. ¡Ah! Ahí llega ese condenado con el tabaco. Tenía que haber zarpado hace una hora.
—¿Es suyo ese barco? —preguntó el Kid.
—Sí —respondió el capitán—. Si quieres llamarle barco a una goleta, a mí no me importa mentir. Pero en realidad pertenece a Miller y Gonzales.
—¿Hacia dónde se dirige usted? —preguntó el refugiado.
—A Buenas Tierras, en la costa sudamericana. La última vez que estuve allí olvidé por qué le dan ese nombre a la región. Cargamento: madera, hierro y machetes.
—¿Qué clase de región es, fría o caliente? —preguntó el Kid.
—Cálida, muchacho —dijo el capitán—. Pero en lo que respecta a elegancia de escenarios y belleza geográfica, es un verdadero paraíso. Allí despierta uno cada mañana con el dulce canto de unos hermosos pájaros rojos que tienen siete colas de color púrpura, y el susurro de la brisa en los rosales.
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Y los habitantes de aquella región no trabajan nunca, ya que pueden recoger cestas enteras de los más deliciosos frutos sin moverse de la cama. Y allí no hay domingos, ni hielo, ni alquileres, ni preocupaciones, ni nada. Es una hermosa región para un hombre que desee dormir tranquilamente. Las bananas y las naranjas y las piñas que como proceden de allí.
—¡Me conviene el lugar! —dijo el Kid, mostrando un gran interés—. ¿Cuánto me cobraría por llevarme allí?
—Veinticuatro dólares —dijo el capitán Boone—. Comida y transporte.
Camarote de segunda. No tengo camarotes de primera.
—Trato hecho —dijo el Kid, sacando una bolsita de cuero. Había ido a Laredo con trescientos dólares. El duelo en el garito de Valdo había acortado su temporada de diversión, pero le había dejado con casi 200 dólares más para ayudarle en la huida que se había hecho necesaria.
—De acuerdo, muchacho —dijo el capitán—. Espero que tu madre no me maldecirá por contribuir a tu escapada juvenil.
Hizo señas a uno de los tripulantes del bote.
—Deja que Sánchez te meta en el bote, de modo que no tengas que mojarte los pies.
Thacker, el cónsul de los Estados Unidos en Buenas Tierras, no estaba aún borracho. No eran más que las once de la mañana; y Thacker no alcanzaba nunca su deseado estado de beatitud —un estado que le impulsaba a cantar antiguos cuplés y bombardear a su loro parlanchín con pieles de banana— hasta media tarde. De modo que cuando levantó la mirada de su hamaca, al oír el sonido de una tosecilla, y vio al Kid de pie ante la puerta del consulado, se encontraba todavía en condiciones de mostrar la cortesía y la hospitalidad que cabe esperar del representante de una gran nación.
—No se moleste —dijo el Kid afablemente—. Sólo he venido a verle porque me han dicho que existe la costumbre de hacerle a usted una visita antes de empezar a rondar por la ciudad. Acabo de llegar de Texas en un barco.
—Me alegro mucho de verle, Mr. —dijo el cónsul.
El Kid se echó a reír.
—Sprague Dalton —dijo—. Me divierte oír mi propio nombre. En la región de Río Grande me llamaban Llano Kid.
—Me llamo Thacker —dijo el cónsul—. Siéntese en esa silla. Bueno, si ha venido usted a hacer alguna inversión, necesitará a alguien que le asesore.
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Esta gente le estafará a usted hasta el oro de su dentadura si no se anda con cuidado. ¿Un cigarro?
—Se lo agradezco mucho —dijo el Kid—, pero prefiero liar un cigarrillo.
Sacó una bolsita de tabaco y lió hábilmente un cigarrillo.
—Aquí hablan español —dijo el cónsul—. Necesitará usted un intérprete. Si hay algo que pueda hacer por usted, me encantará ayudarle. Si desea usted comprar terrenos o anda detrás de alguna concesión, necesitará a alguien que conozca el paño.
—Hablo el español mucho mejor que el inglés —dijo el Kid—. En la región de donde procedo lo habla todo el mundo. Y no he venido a hacer ningún negocio.
—¿Habla usted español? —dijo Thacker pensativamente. Contempló al Kid con expresión abstraída—. Y tiene usted también aspecto de español — continuó—. Y procede usted de Texas. Y no tiene más de veinte o veintiún años. Bien. ¿Estaría dispuesto a escuchar una proposición?
—¿De qué serviría negarlo? —dijo el Kid—. Tuve un pequeño lío allí, en Laredo, y me cargué a un hombre blanco. No había ningún mejicano a mano. Y he venido aquí a oler las caléndulas y los ipomeos, ¿sabe?
Thacker se puso en pie y cerró la puerta.
—Déjeme ver su mano —dijo.
Cogió la mano izquierda del Kid y la examinó cuidadosamente.
—Puedo hacerlo —murmuró, en tono excitado—. Su carne es tan dura como la madera y tan saludable como la de un niño. Cicatrizará en una semana.
—Si lo que trata de proponerme es una lucha a puñetazos —dijo el Kid—, pierde usted el tiempo. Todo lo que no sea manejar el revólver no me interesa.
—Es algo mucho más fácil —dijo Thacker—. Acérquese, ¿quiere? Señaló, a través de la ventana, una casa de dos pisos, pintada de blanco,
con amplias galerías, que se alzaba entre el verde follaje tropical sobre una colina boscosa que ascendía suavemente desde el mar.
—En aquella casa —dijo Thacker—, un anciano caballero castellano y su esposa están deseosos de acogerle a usted en sus brazos y llenar sus bolsillos de dinero. Allí vive el viejo Santos Urique. Es el dueño de la mitad de las minas de oro de la región.
—No habrá usted estado bebiendo, ¿verdad? —preguntó el Kid. —Siéntese, joven —dijo Thacker—, y se lo contaré todo. Hace doce años,
los Urique perdieron un hijo. No, no murió. Era un pequeño diablo salvaje, a pesar de que sólo tenía ocho años. Todo el mundo conoce la historia. Se
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presentaron unos norteamericanos que venían a estudiar el asunto de las minas de oro y traían cartas de recomendación para el señor Urique. Se encariñaron con el muchacho y llenaron su cabecita de fantasías acerca de los Estados Unidos; y aproximadamente un mes después de la marcha de los norteamericanos, el chiquillo desapareció. Se supuso que había embarcado como polizón en algún barco frutero y se había marchado a Nueva Orleáns. Posteriormente, fue visto en una ocasión en Texas, pero ya no volvió a saberse nada de él. El viejo Urique ha gastado miles de dólares investigando acerca de su hijo. La señora quedó destrozada. El chiquillo era la niña de sus ojos, como dicen por aquí. Y todavía le dura la tristeza. Pero insiste en que el muchacho regresará algún día, y nunca pierde la esperanza. El niño tenía un tatuaje en el dorso de la mano izquierda: un águila con las alas extendidas y llevando una lanza entre sus garras. Es el antiguo escudo de armas de los Urique, o algo que el viejo heredó de sus antepasados españoles.
El Kid levantó lentamente su mano izquierda y la contempló con una expresión de curiosidad.
—Eso es —dijo Thacker, acercándose a su escritorio para coger su botella de coñac—. Veo que ha comprendido rápidamente. Puedo hacerlo. Por algo fui cónsul en Sandakan. Dentro de una semana, tendrá usted un águila tatuada en su mano, de modo que todo el mundo creerá que nació con ella. Compré un juego de agujas y tinta indeleble, porque estaba seguro de que usted caería por aquí algún día, míster Dalton.
—¡Diablos! —exclamó el Kid—. ¡Creí que le había dicho a usted cómo me llamaba!
—De acuerdo, «Kid». Pero tampoco ese nombre le durará mucho. ¿Qué tal suena «Señorito Urique», para cambiar?
—Nunca he desempeñado el papel de hijo, que yo recuerde —dijo el Kid
—. Si alguna vez tuve padres, se fueron al otro mundo poco después de que yo diera mi primer balido. ¿Cuál es su plan?
Thacker se reclinó contra la pared y levantó su vaso, exponiéndolo a la
luz.
—En primer lugar —dijo—, me interesa saber hasta dónde está usted dispuesto a llegar en un asuntillo de esta clase.
—Ya le dije a usted por qué estoy aquí —dijo sencillamente el Kid. —Una buena respuesta —dijo el cónsul—. Pero no tendrá que llegar tan
lejos. He aquí mi plan, a grandes rasgos. Cuando le haya tatuado la señal en la mano, se lo notificaré al viejo Urique. Entretanto, le facilitaré a usted todos los datos familiares que pueda conseguir, de modo que esté lo mejor
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aleccionado posible. Tiene usted el aspecto requerido, habla español, conocerá los hechos, tendrá el tatuaje. Cuando les comunique que su heredero ha regresado y está esperando saber si será recibido y perdonado, ¿qué sucederá? Pues que vendrán corriendo hacia aquí y le echarán los brazos al cuello.
—Eso espero —dijo el Kid—. No le conozco a usted de nada, pero tengo plena confianza en su capacidad para arreglar este asunto del modo más conveniente.
—Gracias —dijo el cónsul—. Es usted un chico listo. Hacía mucho tiempo que no había encontrado a nadie que supiera argumentar como usted. El resto es sencillo. Bastará con que le acepten durante una temporada. No les daremos tiempo de comprobar si tiene usted también el antojo en el hombro izquierdo. El viejo Urique guarda siempre en su casa de 50.000 a 100.000 dólares, en una pequeña caja fuerte que podrá abrir con un calzador. Ábrala. Mi trabajo vale la mitad del botín. Iremos a medias, y nos marcharemos a Río de Janeiro en un barco. Si los Estados Unidos no pueden pasarse sin mis servicios, allá se las compongan. ¿Qué dice, señor?
—Me gusta —dijo el Kid, moviendo afirmativamente la cabeza—. Estoy dispuesto a colaborar.
—Entonces, de acuerdo —dijo Thacker—. Tendrá que quedarse aquí hasta que yo levante la caza. Puede vivir en la habitación de la parte de atrás. Yo mismo me ocupo de los trabajos de la casa, de modo que procuraré que su estancia sea lo más cómoda posible.
Thacker había fijado un plazo de una semana, pero transcurrieron quince días antes de que el dibujo que había tatuado pacientemente en el dorso de la mano izquierda de Kid estuviera en condiciones. Entonces Thacker llamó a un muchacho y envió a su presunta víctima la siguiente nota:
«Señor don Santos Urique
»La Casa Blanca.
»Mi querido señor:
»Solicito permiso para informar a usted que tengo alojado en mi casa a un huésped temporal que llegó hace unos días a Buenas Tierras, procedente de los Estados Unidos. Aunque no quisiera alimentar esperanzas que pueden verse defraudadas, creo que existe la posibilidad de que el huésped en cuestión sea el hijo que perdió usted hace tanto tiempo. Creo que no perdería usted nada viniendo a visitarle. Si es él, opino que tenía la intención de regresar a su hogar, pero al llegar aquí le
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faltó el valor para presentarse ante usted, temiendo ser objeto de una mala acogida. Su seguro servidor,
Thompson Thacker.»
Media hora más tarde —muy poco tiempo tratándose de Buenas Tierras —, el antiguo landó del señor Urique se detuvo delante de la puerta de la casa del cónsul. Un hombre alto, con unos grandes bigotes blancos, se apeó del carruaje y ayudó a descender a una dama que iba vestida de negro y llevaba cubierto el rostro con un velo del mismo color.
La pareja entró en la casa, y fue acogida por Thacker con su mejor reverencia de diplomático. Al lado de su escritorio había un joven delgado y muy moreno, con el pelo negro completamente liso.
La señora Urique se echó el velo hacia atrás con un rápido gesto. Andaba por la cincuentena, y sus cabellos empezaban a grisear, pero en su erguida figura quedaban restos de la belleza peculiar de las provincias vascongadas. Pero, en cuanto se habían contemplado sus ojos y captado la tristeza que revelaban, se hacía evidente que la mujer vivía solamente de algún recuerdo.
Se inclinó sobre el joven y le miró largamente, con una mirada cargada de angustiosas preguntas. Luego posó los ojos en la mano izquierda del joven. Y entonces, con un sollozo que pareció sacudir la habitación, gritó «¡Hijo mío!» y apretó a Llano Kid contra su corazón.
Un mes más tarde, el Kid se presentó en el consulado en respuesta a un mensaje de Thacker.
El cónsul contempló al joven caballero español. Sus ropas eran importadas, y la habilidad de los joyeros no había sido puesta en juego inútilmente en lo que a él respecta. Un diamante de tamaño más que respetable brilló en su dedo anular mientras liaba un cigarrillo.
—¿Qué está usted haciendo? —preguntó Thacker.
—Poca cosa —respondió el Kid, tranquilamente—. Hoy he comido mi primer filete de iguana. Son una especie de cocodrilos enormes, ¿sabe? Pero reconozco que los frijoles y la carne de cerdo me sientan perfectamente. ¿Le gusta a usted la iguana, Thacker?
—No, ni ninguna otra clase de reptiles —dijo Thacker.
Eran las tres de la tarde, y faltaba menos de una hora para que se sumiera en su estado de beatitud.
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—Ya es hora de que haga usted algo bueno, hijo mío —continuó, con una fea expresión en su enrojecido rostro—. Empiezo a cansarme de esperar. Lleva usted cuatro semanas haciendo de hijo pródigo y dándose la gran vida… ¿Qué es lo que pasa? ¿Acaso no ha posado sus filiales ojos sobre nada que tenga aspecto de dinero? Vamos, vamos, todo el mundo sabe dónde guarda el viejo Urique sus billetes. Billetes de los Estados Unidos, además; no acepta otros. ¿Qué es lo que está haciendo? Esta vez no me diga que «poca cosa».
—Desde luego —dijo el Kid, admirando su diamante— la casa está llena de dinero. No estoy muy fuerte en matemáticas, pero juraría que he visto 50.000 dólares de una vez en el bote de hojalata que mi padre adoptivo llama su caja fuerte. Y a veces me deja la llave, sólo para demostrarme que sabe que soy el verdadero Francisco que se extravió del rebaño hace tanto tiempo.
—Entonces, ¿qué es lo que espera? —preguntó Thacker furiosamente—. No olvide que me bastaría levantar un dedo para acabar con la farsa. Si el viejo Urique se enterara de que es usted un impostor, ¿qué clase de cosas le sucederían a usted? ¡Oh! Usted no conoce esta región, míster Texas Kid. Las leyes escritas no sirven aquí para nada. Esa gente le propinarían a usted cincuenta latigazos en cada una de las esquinas de la plaza, y luego echarían a los caimanes lo que quedara de usted.
—Ahora que se ha desahogado, amigo mío —dijo el Kid, inclinándose ligeramente hacia adelante en su silla—, permítame que le diga que las cosas van a continuar tal como están. Así lo he decidido.
—¿Qué quiere usted decir? —preguntó Thacker, con expresión de asombro.
—El asunto ha terminado —dijo el Kid—. Y siempre que tenga usted el placer de hablar conmigo, haga el favor de llamarme don Francisco Urique. En caso contrario no le contestaré. Dejaremos que el coronel Urique conserve su dinero. Por lo que toca a nosotros, su bote de hojalata es tan seguro como la caja fuerte del Banco Nacional de Laredo.
—¡No puede usted hacerme eso! —rugió el cónsul.
—Claro que puedo —replicó alegremente el Kid—. Y voy a decirle por qué. La primera noche que pasé en casa del coronel, me llevaron a un dormitorio. No unas mantas en el suelo: una habitación de verdad, con una cama y otras muchas cosas. Y antes de quedarme dormido, entró esa madre artificial que tengo para arroparme. Y me dijo: «Panchito, pequeño mío, Dios te ha devuelto a mí. Bendeciré Su nombre día y noche.» Eso fue lo que dijo, o algo parecido. Y mientras hablaba, cayeron un par de gotas de lluvia sobre
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mis mejillas. Y todo aquello me impresionó, míster Thacker. Y continúa impresionándome. De modo que las cosas continuarán como están. No crea que lo hago por mí. He tratado a muy pocas mujeres en mi vida, y nunca he tenido una madre, pero no podemos permitir que esa mujer se vuelva loca. Lo soportó una vez; dos veces sería demasiado para ella. Ya está usted advertido, míster Thacker. Y ahora no olvide que soy don Francisco Urique.
—¡Traidor, más que traidor! —gritó el cónsul—. ¡Le desenmascararé hoy mismo!
El Kid se puso en pie y, sin violencia, cogió a Thacker por el cuello con una mano de acero y le empujó lentamente hacia un rincón. Luego sacó el 45 de debajo de su sobaco izquierdo y apoyó el frío cañón del arma contra la sien del cónsul.
—Ya le dije a usted por qué había venido aquí —murmuró, con una helada sonrisa—. Si me marcho de aquí, usted será el motivo. No lo olvide, amigo. Ahora, ¿cómo me llamo?
—Er… don Francisco U… Urique —tartamudeó Thacker.
En la calle se oyó el ruido producido por un carruaje, y los gritos de un cochero azuzando a los caballos, y el resonar de la fusta sobre el lomo de los animales.
El Kid enfundó su revólver y se encaminó hacia la puerta. Pero antes de llegar a ella se volvió para encararse con el tembloroso Thacker, y levantó su mano izquierda con el dorso vuelto hacia el cónsul.
—Existe otro motivo —dijo, lentamente— para que las cosas continúen tal como están. El muchacho al cual maté en Laredo tenía un tatuaje como éste en su mano izquierda.
En la calle, el antiguo landó de don Santos Urique se detuvo delante de la puerta. El cochero dejó de gritar. La señora Urique, ataviada con un vestido de alegres colores lleno de lazos y de cintas, se inclinó hacia adelante con una expresión de dicha en sus grandes ojos negros.
—¿Estás ahí dentro, querido hijo? —gritó, en su melodioso castellano.
—Madre mía, ya vengo —respondió el joven don Francisco Urique.
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EL ÚLTIMO PISTOLERO
DONALD HAMILTON
E L hombrón subió al tren en Abilene. Recorrió el pasillo con un par de alforjas al hombro, y se detuvo junto al asiento de Paul Clyde.
—¿Le importa que me siente, señor? —preguntó cortésmente.
—En absoluto —respondió Clyde, algo sorprendido por la cortesía del individuo, puesto que su aspecto correspondía más bien al de un hombre que se sienta donde le place.
El desconocido colocó las alforjas debajo del asiento y se instaló cómodamente. Se reclinó hacia atrás, dejó caer su amplio sombrero sobre sus ojos y no tardó en quedarse dormido.
Clyde volvió a contemplar las llanuras que se extendían más allá de la ventanilla, preguntándose si existía alguna posibilidad, en aquel año de 1882, de ver a un búfalo, o quizás a una tribu india, en movimiento. El hombrón se despertó tarde, se incorporó, bostezó, y se inclinó hacia adelante para mirar a través de la ventanilla. Mientras lo hacía, un vaivén del tren le proyectó contra Clyde.
—Perdone, señor —dijo—. Esta vía férrea está cada día peor. Imagino que tendieron los raíles directamente encima de la hierba de la pradera. Oí que le preguntaba usted al revisor por Prairie Junction.
—Sí, ése es mi destino.
—Y el mío. Vivo allí. —El hombrón extendió su mano—. Me llamo Bannerman. Hank Bannerman.
—Yo soy Paul Clyde, de Boston —Clyde consiguió ahogar un grito de dolor mientras sus dedos eran aplastados por la manaza de su compañero de viaje. Luego añadió—: Quizás usted pueda decirme algo acerca de ese pueblo. Únicamente sé que es lo suficientemente grande como para tener un Banco, puesto que voy a trabajar en él.
Bannerman le dirigió una escrutadora mirada, estudiando su pálida epidermis, su bien cortado traje occidental y su pequeña estatura, y llegando a
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una conclusión que no manifestó. Se limitó a decir:
—Un banquero, ¿eh?
—No, ni mucho menos. El hombre de la ventanilla, simplemente.
El hombrón sonrió.
—Bueno, ya era hora de que George Jarvis pusiera allí a alguien que sepa contar.
—¡Oh! ¿Conoce usted a míster Jarvis?
La sonrisa de Bannerman pareció enfriarse.
—Sí, conozco a míster Jarvis —respondió secamente—. Bueno, Prairie Junction es un lugar pacífico y agradable, míster Clyde. En otros tiempos fue un pueblo algo rudo, pero la región ha prosperado y la ruta del ganado se ha trasladado más hacia el oeste, llevándose a la mayoría de los elementos «duros». Desde luego, quedan todavía algunos individuos que tratan de crear problemas…, como ese Bannerman, que algunas personas consideran que debió ser expulsado del pueblo hace mucho tiempo.
Se reclinó hacia atrás en su asiento, riendo. Aparentaba la edad aproximada de Clyde: veintiocho años. La amplia y humorística boca evitaba que su rostro resultara antipático; y sus cabellos eran abundantes y rubios.
—Esta era una región excelente hace diez años, cuando llegué a ella, míster Clyde. Pero ahora ha crecido y se ha civilizado. Es un proceso inevitable. También el hombre tiene que crecer y civilizarse. Hace apenas tres años, en esta época, había rebaños de ganado de Texas extendiéndose hasta donde alcanza la vista, esperando ser embarcados hacia el Este. Pero el alambre espinoso mató la ruta… Bueno, ya estamos llegando al pueblo.
Bannerman sacó las alforjas de debajo del asiento, abrió una y, ante los asombrados ojos de Clyde, extrajo de ella un pesado cinturón lleno de balas al cual iba unido un revólver con su correspondiente funda. Poniéndose en pie, se abrochó el cinturón de modo que el revólver colgara muy bajo de su cadera. Luego se volvió hacia Clyde.
—Encantado de haberle conocido, señor. Espero que le guste nuestra ciudad.
Sonrió bruscamente, buscando algo en sus bolsillos, y sacó una insignia plateada, que prendió en su camisa. En la insignia podía leerse: MARSHAL.
—Puede considerar mis palabras como una bienvenida oficial, en el caso de que no haya ninguna banda de música para recibirle.
Se alejó a lo largo del pasillo.
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Prairie Junction parecía estar alineado en sentido opuesto a la vía férrea. Tenía una calle principal, ancha, polvorienta y sin pavimentar; una escuela; una iglesia; una larga hilera de edificios de madera, y el sólido edificio de ladrillo que era el Banco de Agricultores y Comerciantes, situado en un ángulo. En la calle lateral, Clyde consiguió leer las muestras de un par de establecimientos, otrora de vivos colores, actualmente borrosas: El Descanso del Ganadero, y el Saloon Ojo de Buey.
Recogió su abrigo y su maleta y se apeó del tren. Recorrió el andén con la vista, buscando a alguien que pudiera informarle, pero se detuvo al reconocer la alta y robusta figura del Marshal Bannerman, que estaba con una muchacha a sólo unos pasos de distancia. La muchacha estaba hablando; y su voz tenía un acento de divertido reproche.
—Bueno, ¿ha sido un buen viaje, Hank? ¿Se ha emborrachado y armado jaleo a su gusto en algún otro pueblo?
Bannerman se echó a reír.
—Verá, un hombre no puede dar rienda suelta a sus instintos más bajos en el lugar donde lleva la placa, Sally. Resultaría desmoralizador para los ciudadanos. Sí, ha sido un viaje bastante bueno. Pero lo mejor ha sido el final, verla a usted en el andén. Aunque no puedo sentirme halagado, pensando que ha venido a esperarme.
La muchacha sonrió.
—Podía haberlo hecho, si me hubiera informado usted de la fecha de su regreso. No, papá tiene que resolver un asunto con el jefe de estación; y yo estoy aquí para localizar a un hombre que viene a trabajar en el banco. No tengo la menor idea de la clase de persona a la que estoy esperando, excepto que es de Boston.
—En eso puedo ayudarla —dijo Bannerman—. He conocido a ese hombre en el tren.
Se volvió a mirar a su alrededor hasta ver a Clyde, el cual avanzaba ya hacia ellos. Bannerman se encargó de las presentaciones.
Se interrumpió. La muchacha ni siquiera miraba a Clyde, el nuevo empleado de su…
—Miss Jarvis, permítame presentarle a míster Paul Clyde. Su sonrisa de bienvenida había muerto bruscamente; ahora, su mano aferraba con fuerza el brazo del marshal.
—¡Hank! ¡Mire a aquel hombre! Allí, en el vagón… ¿No es Ríos, el que trató de…?
La voz de Bannerman sonó tranquila.
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—Ya le he visto. Sí, es Johnny Ríos. Estoy esperando para ver quién acude a recibirle. Y aquí está Jud Haskell, tal como suponía. Perdonen un momento.
La muchacha no le soltó el brazo.
—Hank, tenga cuidado. ¡Ríos lleva un revólver!
—Lo cual es ilegal en este pueblo —dijo el marshal—. Tengo el deber de recordárselo a ese caballero.
Al ver que la muchacha no le soltaba, añadió amablemente:
—Sally, no se interponga nunca en los asuntos de un hombre.
Sally Jarvis enrojeció ligeramente. Bannerman la saludó llevándose la mano al ala del sombrero, saludó también a Clyde, y echó a andar. Más allá del marshal, Clyde vio a dos hombres estrechándose la mano junto a una carretilla de equipajes. Uno de ellos, con un petate al hombro, era delgado, joven y moreno. Llevaba un revólver enfundado en la cadera. El hombre que había acudido a recibirle era mucho más viejo y tenía un rostro carnoso y pálido. Al ver que Bannerman se acercaba a ellos, los dos hombres se volvieron. El más joven, Johnny Ríos, dejó que el petate se deslizara de su hombro de un modo casual y cayera al suelo.
El más viejo, Haskell, se dirigió a Bannerman. La distancia era demasiado grande para que Clyde pudiera captar las palabras. Se dio cuenta de que la muchacha que estaba a su lado, contemplando la escena, se había acercado más a él. La oyó respirar agitadamente.
—¡Hank! ¡Cuidado!
Fue sólo un susurro, pero tuvo la intensidad de un grito. Ella lo había visto antes que Clyde; la mano del más joven de los hombres se había deslizado como una serpiente hacia la culata de su enfundado revólver. Lo que ocurrió a continuación fue tan rápido, que Clyde no pudo estar seguro de que sus ojos hubieran captado todos los detalles del hecho. Lo único que supo fue que Bannerman se puso en movimiento; su mano izquierda apartó el revólver de Ríos a un lado en el instante en que salía de la funda, mientras su mano derecha, empuñando su propia arma, descargaba un golpe brutal en la cabeza del joven.
Un instante después, todo volvía a estar inmóvil. Johnny Ríos se encontraba tendido en el suelo, y Bannerman apuntaba con su revólver al otro hombre, cuya mano parecía haberse helado junto a la solapa de su chaqueta. Lentamente, Jud Haskell levantó aquella mano, vacía. Bannerman dijo algo. Haskell vaciló, se encogió de hombros, buscó algo en el interior de su chaqueta y sacó un pequeño revólver que entregó a Bannerman, sosteniéndolo
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por el cañón. Bannerman lo cogió y lo dejó caer en su bolsillo; luego, de un modo casi casual, se volvió y golpeó con el pie a Ríos en pleno rostro.
El ruido de la bota al aplastarse contra la carne resonó desagradablemente en todo el andén. Ríos, cuya mano había estado deslizándose hacia su caído revólver, quedó alzado en el aire y volvió a caer de espaldas, inconsciente. Bannerman recogió el arma, se inclinó sobre el joven, desabrochó su cinturón canana y tiró de él.
Se incorporó y se dirigió a Haskell.
—Dígale a su muchacho, cuando despierte, que puede recoger su revólver en la oficina del marshal cuando decida abandonar el pueblo. Y lo mismo le digo a usted. No tarden demasiado en hacerlo. Buenos días, míster Haskell.
Echó a andar a lo largo de la amplia y soleada calle, con el confiscado revólver debajo del brazo. La gente, atraída por el rumor de la lucha, le abrió paso. La muchacha que estaba junto a Clyde no se movió hasta que Bannerman se perdió de vista; entonces Clyde la oyó suspirar profundamente.
—Bueno, míster Clyde —dijo—, ya tiene usted algo que escribirles a los suyos.
Clyde quedó sorprendido al ver que en el rostro de la muchacha sólo se reflejaba el alivio por la terminación del incidente. No manifestó en absoluto el horror y el disgusto que cabía esperar en una joven que acababa de presenciar una escena de brutal violencia. En otros aspectos, también, le resultaba una persona desconcertante. Clyde había venido al Oeste con la preconcebida idea de que la población femenina estaba compuesta de matronas curtidas por la vida de la frontera, y por rollizas bellezas campesinas. Sally Jarvis no encajaba en ninguna de las dos categorías. Era de estatura mediana, tenía los ojos azules y una delicada cintura, distinta de las jóvenes que Clyde había conocido en el este únicamente por su aire de vigor y de franqueza, y porque era mucho más bonita que la mayoría de ellas.
Miró hacia el lugar donde Johnny Ríos, medio inconsciente, con el rostro ensangrentado, era ayudado a levantarse por Haskell y otro hombre. Con cierta repugnancia, Clyde dijo:
—Creí que esa clase de cosas pertenecían al pasado.
Sally Jarvis le miró con el ceño ligeramente fruncido.
—Aquí, el pasado no está completamente muerto todavía, míster Clyde. —Y su míster Bannerman parece poner lo mejor de su parte para
revivirlo.
Había un inequívoco disgusto en la voz de la muchacha cuando replicó:
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—Supongo que si visitara Boston encontraría algunas cosas dignas de censura, míster Clyde. Pero no diría nada hasta que llevara allí el tiempo suficiente para saber de qué estaba hablando. Aquí está mi padre.
Un hombre alto y serio, de bigote gris, avanzaba hacia ellos.
—Sally, te he dicho mil veces… —estalló.
—Papá, éste es míster Clyde —se apresuró a decir la muchacha.
Míster Jarvis ignoró la presentación.
—Te he prohibido rotundamente toda relación con ese individuo, y acaban de informarme que le has acogido como a un viejo amigo, ante los ojos de todo el pueblo. Espero que esta última demostración de su brutalidad te hará recobrar el sentido común. Bannerman debería ser apaleado por tener la desvergüenza de dirigirse a ti; su lugar está en la Texas Street, con la gente a la que tiene obligación de controlar, la gente de su clase… En realidad, no comprendo por qué siguen manteniéndolo en su cargo, con un salario descabellado, ahora que ya no tenemos que enfrentarnos con el problema de los conductores de ganado. Insistiré en el tema en la próxima reunión del Consejo municipal. Entretanto, te repito por enésima vez…
—Papá —dijo la muchacha tranquilamente—, éste es míster Clyde. —¡Oh!
Míster Jarvis alargó bruscamente su mano.
—Me alegro de verle a usted aquí, míster Clyde. Puedes marcharte, Sally. ¡Hablaremos más tarde!
La contempló mientras se alejaba con paso ligero. Luego dijo, en tono fatigado:
—¿Tiene usted una hija, Clyde? No, supongo que no. Ni siquiera está casado, ahora lo recuerdo. Bueno, vamos a ocuparnos de su equipaje; y luego nos daremos una vuelta por el banco, si no está demasiado cansado debido al viaje…
En los días que siguieron Paul Clyde estuvo muy atareado, ya que descubrió que míster Jarvis había manejado durante años enteros su banco como un negocio típicamente individual, conservando la mitad de los archivos en su cerebro. Ahora, a la edad de sesenta años, apremiado por su familia y por su médico, estaba dando los primeros pasos para desprenderse de una parte, al menos, de la carga que pesaba sobre sus hombros. Clyde, con su rígido adiestramiento occidental, se maravillaba continuamente de los sistemas elementales que habían sido aplicados en la dirección de aquella institución… con grandes beneficios, tenía que admitirlo. Una tarde, a finales
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de la primera semana, se dirigió a casa de los Jarvis para recoger unos documentos que su patrono se había olvidado de llevar al banco, y de paso para informar a mistress Jarvis de que su marido se quedaría a trabajar hasta muy tarde.
Hacía un tiempo muy agradable, y esto había impulsado a Clyde, según se dijo a sí mismo, a cumplir personalmente el encargo en vez de enviar a un muchacho. Conocía el camino, ya que había estado cenando en la inmensa casa blanca unas noches antes. Sally Jarvis se había mostrado ostensiblemente fría con él, a pesar de la cordialidad de sus padres. Clyde no había pensado conscientemente en la muchacha mientras se encaminaba a la casa; pero cuando mistress Jarvis, una encantadora mujercita de cabellos blancos, le abrió la puerta, descubrió que estaba decepcionado.
El descubrimiento le sorprendió; y cuando se quedó solo en el salón mientras mistress Jarvis subía a buscar los documentos, se dijo firmemente a sí mismo que no podía sentir el menor interés por la testaruda hija de un banquero de pueblo…, por una muchacha de tan mal gusto como para permitir que su nombre anduviera mezclado con el de un hombre que, a pesar de llevar una insignia de representante de la ley, no era mejor que las rudas y violentas personas con las cuales tenía que tratar.
Luego oyó pasos en la veranda y, como en respuesta a sus pensamientos, una voz que reconoció como la del marshal Bannerman llegó claramente hasta él a través de la abierta ventana.
—Lo ha intentado antes. No hay nada que temer, Sally.
—¡Nada que temer! —replicó la muchacha bruscamente—. Sabe usted perfectamente por qué ha traído de nuevo a Ríos. Y ahora Ríos le odiará mucho más, después de lo ocurrido en la estación.
—Puedo manejar a Johnny Ríos. Y también a Jud Haskell. Eso es lo que estaba esperando.
Hubo un breve silencio. La voz de Sally tenía un acento raro, desalentado, cuando la muchacha volvió a hablar.
—¿Eso es lo que ha estado esperando, Hank? —inquirió.
—No me gusta dejar las cosas sin terminar detrás de mí. Tuve que enfrentarme muchas veces con Haskell cuando empecé a limpiar la Texas Street, hace algunos años. Clausuré su Saloon sin contemplaciones. Y ha enviado a hombres contra mí en varias ocasiones. El último fue Johnny Ríos, y casi consiguió liquidarme. Estaba escrito que se produciría un encuentro definitivo. La Texas Street es ahora una calle muerta, a excepción de algunos pecadillos, y Haskell piensa marcharse. Ha esperado mucho tiempo para
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hacerlo. Me preguntaba por qué. Ahora ya lo sé. Estaba esperando a Ríos. Quiere hacer un último intento para liquidarme. Esta vez no vacilará en empuñar un revólver con su propia mano. Bueno, también yo he esperado mucho tiempo que me odiara lo suficiente como para decidirse a empuñarlo. Así podré dejar terminado mi trabajo en Prairie Junction.
A Clyde se le ocurrió que estaba siendo indiscreto. Se levantó y se dirigió a las encristaladas estanterías de los libros, cruzando la habitación, sin preocuparse de no hacer ruido; pero las dos personas del porche estaban tan preocupadas con sus propios asuntos que no le oyeron.
La voz de Sally llegó a través de la ventana, claramente audible:
—De modo que estos últimos meses…, este último año…, ha estado usted esperando para matar a un hombre…
—Bueno, había otras cosas que me retenían aquí —respondió la voz del marshal, en tono sonriente.
—Y si lo consigue…, si sobrevive…, ¿qué hará después?
—Hay un pueblo llamado Lagos Springs, más hacia el oeste. Los tejanos que llegan por la ruta del ganado lo ponen patas arriba todos los veranos. Y sus habitantes tienen que pasarse el invierno arreglando los desperfectos. El otro día vino a verme un comité de ciudadanos…
—¿Va usted a aceptar el trabajo?
—Creo que sí.
—¿Y después?
—¿Qué quiere usted decir?
—Cuando haya… domesticado Lagos Springs, ¿adónde irá? ¿Tenía usted la intención de pedirme que le acompañara?
—En efecto, ésa era mi intención.
Se produjo un silencio. Tan prolongado, que Clyde creyó que se habían marchado. Luego, la voz de Sally dijo:
—No, Hank, lo siento.
Hizo una pausa, como para permitir que Bannerman dijera algo; al ver que permanecía callado, la muchacha continuó rápidamente:
—Si esto fuera hace veinte años, o incluso hace diez años, mi respuesta sería distinta. Esta región necesitaba hombres como usted. Pero la ruta del ganado está muriendo, Hank; la región está cambiando, y si usted no cambia con ella, ¿qué quedará para usted… para nosotros, si le acompañara? ¡Oh, sí! Quedan unos cuantos años. Habrá unos cuantos pueblos, castigados aún por la ruta, que tratarán de ponerse a la altura de Abilene, de Dodge City y de Prairie Junction. Pero, ¿y después? ¿Adónde irá usted? ¿A los pueblos del oro, a los
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pueblos de la plata, de un campamento minero a otro que necesite un hombre duro y que sepa manejar un revólver?
»¡Oh, Hank! Me he enterado de sus calaveradas, y Dios sabe que han sido muy poco edificantes, pero eso no me importa. Pero cuando me case quiero hacerlo con un hombre que pueda darme un hogar y unos hijos, no una habitación en una ruidosa calle de pecado en la cual esperar…, esperar que me traigan muerto a mi marido. Tal vez esto me convierta en menos mujer a sus ojos, Hank; pero su afición a la violencia, por el simple placer de la violencia, también le hace a usted menos hombre a los míos. Tiene usted treinta años, Hank. Si no puede comprenderlo todavía, temo que no existan muchas esperanzas para usted. ¡No le acompañaré!
Los pasos de Sally resonaron a lo largo del porche, y la puerta principal se abrió y se cerró. En aquel momento, mistress Jarvis bajaba la escalera; y Clyde, cruzando el salón, la oyó decir:
—Sally, querida, no sabía que estuvieras en casa. ¿Pasa algo?
—No, mamá, no pasa nada —respondió la muchacha, subiendo apresuradamente al piso alto.
No volvió el rostro en dirección a Clyde —el joven no creyó que se hubiera dado cuenta de su presencia—, pero él vio su rostro cuando pasaba y leyó el dolor por las palabras que la muchacha había pronunciado en el porche. Cogió los documentos de manos de mistress Jarvis, le dio las gracias y se dispuso a marcharse.
—Míster Clyde… Paul. ¿La ha acompañado míster Bannerman a casa? — preguntó la madre de Sally.
Clyde vaciló, pero no vio ningún motivo para mentir.
—Sí —dijo.
—Comprendo —dijo mistress Jarvis lentamente—. Ya le advertí a mi marido que prohibirles que se vieran no era ninguna solución. Pero… —Se interrumpió bruscamente—. Gracias, Paul. Buenas tardes. Y no deje que mi marido trabaje demasiado…
Al día siguiente, cuando salió del banco a la hora del almuerzo, Clyde coincidió con Sally Jarvis, que salía de la oficina de su padre. Sin sombrero, la muchacha parecía una colegiala. Al ver a Clyde se detuvo y sonrió fríamente.
—¿Qué camino sigue usted, míster Clyde?
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—Voy al Chinaman’s —respondió el joven—. La comida es buena y barata.
—Entonces, puede acompañarme hasta la esquina —dijo Sally.
Clyde se inclinó y sostuvo la puerta para que ella pasara. El sol les hirió de lleno cuando salieron del edificio. Clyde parpadeó, medio cegado por el brillo, y la muchacha se echó a reír.
—Ha pasado usted demasiado tiempo entre libros y papelotes; tiene usted el aspecto de un topo, amigo mío —dijo. Luego vaciló, y miró al joven de un modo especulativo—. Tengo una noticia para usted. Siendo nuevo en el pueblo, tal vez no esté enterado de que se celebra un baile en el edificio de la escuela el sábado por la noche.
Y se calló. Clyde la miró mientras andaban. El cálido viento de la pradera jugueteaba con unos rizos sueltos de sus dorados cabellos. Su rostro estaba ligeramente enrojecido, tal vez a causa del calor del sol.
La muchacha le dirigió una rápida mirada, y Clyde captó el reto en sus ojos.
—Bueno, la noticia es interesante, pero me haría falta una pareja, ¿no es cierto? Desgraciadamente, sólo conozco a una señorita en este pueblo, miss Jarvis, y no parece tener muy buena opinión de mí.
Sally Jarvis se echó a reír.
—Pero usted es un hombre de mundo, míster Clyde; debe usted saber que una señorita que se encuentra sola es capaz de renunciar a sus opiniones personales por el placer de una noche de baile.
Clyde la miró fijamente.
—Bueno, en tal caso…, ¿quiere usted hacerme el honor, miss Jarvis? —Naturalmente —dijo Sally—. ¿Por qué cree que le he hablado del
asunto? A las ocho. Si no tiene carruaje, podemos ir andando.
—Para tal ocasión —dijo Clyde—, alquilaré uno, desde luego.
La noche del sábado fue cálida y encalmada, y apenas había enrojecido el sol cuando Clyde salió de la casa de los Jarvis llevando a Sally a su lado. La muchacha se volvió a saludar a sus padres, que estaban sentados en la veranda.
—Mis padres le aprueban a usted, míster Clyde —dijo—. Desde luego, en estos momentos aprobarían a cualquier hombre que no lleve revólver.
—Parece que he llegado en una ocasión propicia —dijo Clyde secamente
—. Tendré que aprovecharla.
Sally le dirigió una mirada de reproche.
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—Habla usted de un modo extraño y sarcástico, ¿no cree? Pero le advierto que no me impresiona.
Vaciló unos instantes, y continuó:
—Dígame, ¿por qué ha venido a esta región?
Clyde la miró, pero la luz era ya demasiado escasa para que pudiera verla claramente. La recordó tal como la había visto hacía unos instantes, avanzando hacia él, envuelta en un vaporoso vestido de seda azul. En aquel momento no le había parecido una colegiala, sino una mujer maravillosamente hermosa, y ya no le cupo ninguna duda acerca de los sentimientos que le inspiraba. Sin embargo, había aprendido a dominar sus impresiones, y cuando habló su voz sonó tranquila e impersonal.
—Tengo la sensación de que desaprueba usted que haya venido aquí, miss Jarvis.
—Nada de eso —dijo Sally—. Pero no parece usted la clase de persona…, quiero decir que no creo que abandonara Boston a causa de un desengaño amoroso o para eludir las consecuencias de un delito.
Clyde sonrió.
—¿Son ésos los únicos motivos para venir al oeste?
—Algunos vienen en busca de aventuras o para amasar una fortuna. Pero usted no parece un aventurero, y en lo que respecta al dinero, papá dice que ganaba usted más del que gana ahora, con mejores oportunidades para ascender en un banco mucho más importante. Papá está muy contento de tenerle aquí, desde luego; pero este hecho le preocupa un poco.
—No debiera preocuparle —dijo Clyde—. En Boston, yo era uno más en la hilera de hombres sentados en una hilera de escritorios. Dentro de veinte años, probablemente, hubiera ocupado el primer escritorio de la hilera; y al cabo de otros veinte años, podría haberme convertido en un miembro de la firma. Para entonces, habría llegado a la edad de la jubilación. Hubiera sido un respetable y respetado miembro de la comunidad…
—¡Qué raro! —exclamó Sally, interrumpiéndole—. Debo de estar equivocada acerca de usted, porque mi impresión es que parece exactamente eso.
Clyde sonrió.
—En otras palabras, usted opina que soy un individuo aburrido y pomposo, ¿verdad?
Sally no respondió, y el joven continuó:
—Admito que tengo ciertas tendencias en ese sentido; en mi favor, permítame decir que trato de superarlas. Ese es uno de los motivos por los
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cuales decidí romper con la rutina de aquella vida y venir aquí. El otro motivo es que las próximas décadas serán muy interesantes para esta región, creo yo, desde el punto de vista financiero. Medio continente va a ser abierto; el proceso apenas ha empezado. Un hombre con un pequeño capital y que conozca el terreno… Bueno, no espero amasar una fortuna, como usted ha dicho. No soy jugador; y, normalmente, hay que tener alma de jugador para ganar mucho dinero… o perderlo. Sin embargo, espero aportar mi modesta contribución al desarrollo del país, y recibir a cambio un beneficio suficiente para garantizarle una existencia cómoda a la familia que pueda crear.
Durante un largo rato, el único sonido fue el de los cascos del caballo.
Finalmente, Sally se volvió hacia su compañero y le miró a los ojos.
—No acabo de comprender por qué me ha contado todo eso —dijo. —Opino lo contrario —dijo Clyde amablemente. Y antes de que Sally
pudiera hablar, continuó—: Debo hacerle una confesión. La otra tarde, cuando míster Bannerman la acompañó a usted a su casa, yo estaba en el salón esperando que su madre me bajara unos documentos del banco. No pude evitar el oír su conversación. Míster Bannerman le contaba a usted sus planes para el futuro. Usted no los aprobó. He creído que podía aprovechar esta oportunidad para contarle los míos.
Fue la primera vez que la vio visiblemente desconcertada. Sally frunció el ceño y dijo secamente:
—El hecho de que le sugiriera que me invitara al baile no le autoriza… Clyde se echó a reír y sacudió la cabeza.
—Usted tuvo un desacuerdo con míster Bannerman, y decidió que la vieran en público con otro hombre —con cualquier otro hombre— para que el marshal se diera cuenta de que su decisión era irrevocable. El favorecido por la suerte he sido yo, y se me ha presentado la ocasión de hablarle como acabo de hacerlo; pero le aseguro que no doy al hecho más importancia de la que tiene.
Sally le miró con aire intrigado.
—No parece usted un aventurero; sin embargo, abandona un buen empleo para venir aquí, y le habla de este modo a una muchacha a la que apenas hace una semana que conoce. Creo que me he equivocado al juzgarle, míster Clyde.
Clyde dijo:
—Habitualmente, sé lo que quiero.
Y al cabo de unos instantes añadió:
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—Y habitualmente lo consigo.
—¿De veras? —inquirió Sally bruscamente—. Al menos, tiene usted confianza en sí mismo. Ya es algo. Bueno, ya hemos llegado. A propósito, ¿sabe que ésta será la primera vez que asisto a un baile desde hace más de un año?
Clyde la miró, sorprendido; luego comprendió que Bannerman no podía haberla acompañado a espectáculos públicos con la desaprobación de sus padres. Entraron en el patio de la escuela. Allí había gente de todas las edades, con sus mejores ropas; y Sally le presentó a un grupo y a otro, mientras avanzaban hacia las abiertas puertas del aula, convertida en salón de baile. La muchacha no parecía darse cuenta de las miradas que les seguían y de los murmullos que dejaban detrás de ellos; pero en cuanto hubieron cruzado la puerta, se volvió hacia su acompañante.
—Espero que no le importe —dijo—. En realidad, no ha sido muy noble por mi parte colocarle en esta situación.
—No tienen mala intención —dijo Clyde—. Les gusta chismorrear un poco, esto es todo.
Miró a Sally a la amarillenta luz de la lámpara.
—¿Se molestará si le digo que está usted muy bonita? Sally se echó a reír. —Ninguna mujer se molesta por una galantería, míster Clyde. Creo que
voy…
Se interrumpió bruscamente. Y Clyde se dio cuenta de que la estancia había quedado repentinamente silenciosa. Se volvió a mirar hacia la puerta: el corpachón de Bannerman parecía llenar todo el marco. Echó a andar, lentamente, y Clyde notó, con súbita aprensión, que el marshal estaba un poco bebido.
—Sally —dijo Bannerman—, quiero hablar con usted.
Sin alterarse, la muchacha replicó:
—No creo que tengamos nada que decirnos, Hank.
—Quiero hablar con usted —repitió Bannerman, obstinadamente—. Pero no aquí.
Alargó una mano y cogió a Sally del brazo.
Sally dirigió una rápida mirada de advertencia a Clyde y echó a andar obedientemente.
—De acuerdo, Hank. De acuerdo.
Bannerman se dirigió hacia la puerta. Apretaba fuertemente el brazo de la muchacha, hasta el punto de que Sally no podía andar erguida a su lado. Clyde la vio palidecer de dolor; repentinamente, su propio pecho pareció
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llenarse de algo que no era aire, algo denso e irrespirable; y echó a andar detrás de ellos.
—¡Un momento!
Le sorprendió el sonido de su propia voz, fuerte y distinto. Un murmullo recorrió la estancia, que había olvidado su presencia. Sally volvió rápidamente la cabeza.
—¡No, Paul, no! —exclamó—. No pasa nada. No trate…
—La señorita ha venido conmigo —dijo Clyde, alzando los ojos hacia Bannerman—. Y se marchará conmigo.
Pudo verse a sí mismo claramente, de pie delante del hombrón, una figura ridícula con una voz chillona, invitando a la destrucción. Esperó oír una explosión de risas, pero nadie se rió.
Bannerman sacudió la cabeza, como tratando de aclarar los vapores del alcohol.
—Apártese de mi camino —dijo.
—Está usted borracho, marshal —dijo Clyde—. Suelte a miss Jarvis.
—No se meta en esto, mequetrefe —replicó Bannerman.
Alargó un brazo para apartar a Clyde a un lado. No había otra alternativa, y Clyde descargó su puño contra él, poniendo toda su fuerza en el golpe y dirigiéndolo directamente encima de la hebilla del cinturón. Bannerman estaba hecho de cuero, al parecer; sin embargo, el golpe le obligó a expulsar un poco de aire y a soltar el brazo de Sally. También pareció desembriagarle milagrosamente; de repente, sus ojos se aclararon y su mandíbula se endureció, y su actitud se hizo más tensa y peligrosa. Su mano derecha descendió lentamente hasta las proximidades de la culata de su enfundado revólver; y los dos hombres se miraron fijamente por espacio de unos segundos —los segundos más largos en la vida de Paul Clyde—, hasta que Bannerman apartó la mirada.
—Tiene usted razón, míster Clyde. He bebido más de la cuenta. Perdone.
Miró a Sally.
—Y usted también, señorita. No volveré a molestarla.
Giró sobre sus talones y se encaminó hacia la puerta. Pero antes de llegar a ella se detuvo bruscamente y levantó la cabeza, escuchando. Todos los presentes pudieron oír entonces unos disparos de revólver que sonaban en el pueblo. Un jinete se acercaba al galope. Le oyeron desmontar en el patio y correr hacia la puerta. Al ver a Bannerman, el recién llegado hizo un esfuerzo para dominar su jadeante respiración.
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—¡Marshal Bannerman! —exclamó—. Haskell y Johnny Ríos están armando jaleo en la Texas Street. Han herido a un borracho, y una de las chicas del Lou Dance’s se ha cortado con los vidrios rotos. ¡Si no va usted allá inmediatamente, matarán a alguien!
Una lenta sonrisa asomó al rostro de Bannerman; su voz sonó tranquila, casi amable.
—Bueno, ya has cumplido el encargo, Pinky. Puedes regresar y decirle a tu jefe y a su sombra que ahorren sus cartuchos; no tardaré en llegar allí.
El hombre enrojeció, dio media vuelta y se marchó rápidamente. Le oyeron cruzar el patio a galope tendido. En el interior de la escuela, Bannerman miró a su alrededor con ojos; inexpresivos. Súbitamente, sonrió, buscó algo en el bolsillo de su chaleco y sacó una pequeña y reluciente insignia. La tiró al aire y la cogió en pleno vuelo.
—Me dijeron que este pueblo era demasiado pobre para pagar el sueldo de un ayudante de marshal —dijo—. Esta noche puedo utilizar a un hombre para que me guarde las espaldas. Si alguno de los honorables ciudadanos presentes quiere saber lo que se siente llevando una insignia cuando hay jaleo, ésta es su oportunidad.
Nadie dijo nada. Bannerman se echó a reír, volvió a meterse la insignia en el bolsillo y salió de la estancia. Poco después le oyeron alejarse a lomos de su caballo.
Clyde oyó a un hombre que estaba cerca de él diciéndole a otro con voz irritada:
—¡Vaya arrogancia la de ese individuo! Son todos de la misma calaña, Haskell, Ríos y Bannerman. ¡Cualquiera de ellos que caiga, será un bien para el pueblo!
—Bueno, si alguien cae esta noche, creo que será Bannerman. ¿Notó usted que estaba bebido? Cuando está borracho, no es el mismo; y hay otra cosa, además…
Su mirada rozó brevemente a Sally Jarvis.
—Irá directamente hacia la Texas Street, sin tomar ninguna precaución. Haskell es un hombre muy astuto, que nunca se ha expuesto directamente; y Ríos no se enfrenta con un hombre cara a cara, a menos que tenga todos los triunfos a su favor. Tal vez tengan a algún hombre apostado en la avenida, detrás del banco, para coger a Bannerman entre dos fuegos. Bueno, no simpatizo con nadie que viva del revolver, pero ese hombre dejará un vacío detrás de él, si le matan. Un hombre valiente siempre lo deja.
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Clyde miró a Sally Jarvis, que había palidecido intensamente. Tocó su brazo y dijo:
—Espéreme aquí.
—¡Paul! ¿Qué…?
—Espéreme aquí —repitió Clyde.
Salió al patio, en la oscuridad, dirigiéndose apresuradamente hacia el alquilado carruaje. El caballo respondió al estímulo del latigazo emprendiendo un rápido galope. A lo lejos, delante de él, Clyde pudo ver la forma de un jinete solitario, un hombre alto y robusto sobre un caballo gris que parecía plateado en la oscuridad.
A su derecha, los raíles de la vía férrea eran pálidas y relucientes cintas en medio de la noche. La estación estaba a oscuras, a excepción de un par de ventanas iluminadas que correspondían a la oficina del jefe de estación. Antes de llegar al banco, Clyde detuvo el carruaje, se apeó y recorrió a pie el resto del camino. Míster Jarvis le había entregado la llave de la puerta principal: la abrió, entró en el banco y volvió a cerrar la puerta detrás de él.
En el interior del edificio, el silencio era absoluto y sus pasos resonaron fuertemente mientras se dirigía a la ventanilla del cajero y buscaba el revólver que había debajo del mostrador. También había una caja de munición. Cogió un puñado de cartuchos, los dejó caer en uno de sus bolsillos y se dirigió rápidamente a la puerta lateral del banco. Poco después se encontraba en la avenida ante la cual se extendía la Texas Street.
Habitualmente, a aquella hora de la noche podían oírse los desafinados acordes de los pianos y las risas de los borrachos. Pero esta noche la calle estaba silenciosa. Clyde avanzó unos pasos cautelosamente, pegado a la pared. Mirando a la Texas Street, vio la alta figura y los cuadrados hombros de Bannerman que avanzaba lentamente por el centro de la calle. Más allá, esperándole, había dos hombres, cuyas formas eran familiares para Clyde: los había visto una vez, en la estación, el día que llegó a Prairie Junction. Mientras Clyde les miraba, los dos hombres se apartaron lentamente uno de otro, arrimándose a los edificios.
Clyde oyó pasos que se acercaban, muy cerca del lugar donde se encontraba. Se pegó todavía más a la pared, conteniendo la respiración, empuñando el pesado revólver. Sabía lo suficiente acerca de las armas de fuego como para sentir un gran respeto por sus potencialidades mortales, pero desconocía en absoluto su manejo. Era una habilidad manual como otra cualquiera. Para convertirse en un verdadero experto hacía falta mucha
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práctica, desde luego; pero no había nada de misterioso en la mecánica de colocar un proyectil en un blanco de gran tamaño a muy corta distancia.
Vio a los dos hombres que surgían en la avenida, detrás del banco, donde él mismo se encontraba. Uno de ellos sostenía un rifle en las manos. El cañón reflejó el brillo de las luces de la calle. El otro empuñaba un revólver.
El hombre del revólver dijo:
—Ahora es el mejor momento. Pero, procura no fallar: Bannerman es un hombre peligroso.
El hombre del rifle alzó la culata hasta su hombro y apuntó cuidadosamente. Mientras lo hacía, Clyde apuntó el cañón de su propio revólver contra la negra silueta del tirador. Su boca estaba un poco seca, y su voz surgió más débilmente de lo que pretendía.
—Miren hacia aquí, caballeros.
Por débil que fuera, bastó para que los dos hombres la oyeran, subrayada por el ruido metálico del gatillo del revólver. Se volvieron inmediatamente, lanzándose en direcciones opuestas. Clyde había pensado desarmarlos y retenerlos a punta de revólver mientras Bannerman libraba su lucha al otro extremo de la calle, pero en seguida comprendió que no le iba a ser posible poner en práctica su plan. Se recordó a sí mismo que aquellos hombres habían llegado allí con el propósito de disparar por la espalda contra un representante de la ley, y apretó el gatillo en el instante en que el hombre del rifle se disponía a disparar.
El fogonazo fue una cosa sorprendente para un hombre que nunca había disparado un revólver durante la noche; le cegó momentáneamente. Otro fogonazo más brillante, surgido de la boca del rifle, le sorprendió todavía más, pero el proyectil silbó por encima de su cabeza, y Clyde oyó que el hombre caía pesadamente al suelo. Como si aquellos dos disparos hubieran sido una señal, la calle pareció llenarse de disparos de revólver. De pronto, Clyde notó un golpe terrible en un costado y giró sobre sí mismo como una peonza, agarrándose desesperadamente a la pared para no caer. Vio al segundo hombre, rodilla en tierra, apuntando cuidadosamente para otro disparo. Reconoció en él al individuo que había llevado el mensaje a Bannerman, y a quien el marshal había llamado Pinky. En su contraído rostro había una expresión de triunfo.
Clyde disparó su revólver, esta vez sin apuntar: la expresión de triunfo se convirtió en estupor, y el hombre cayó sobre el polvo.
Clyde respiró cautelosamente. Experimentó un agudo dolor, y su costado estaba empapado en sangre, pero le pareció que la herida no era grave. Apretó
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el brazo contra ella al ver acercarse a Bannerman. El marshal miró a los dos hombres tendidos en el suelo y al tercero de pie y apoyado en la pared.
—¿Qué diablos está usted haciendo aquí, Boston? —preguntó.
Clyde dijo:
—Verá, pienso casarme con miss Jarvis, si ella me acepta, marshal. Sally no se hubiera perdonado nunca a sí misma que le hubieran matado a usted esta noche. Y yo no podía permitir que eso ocurriera.
La gente llegaba ahora de todas partes. Un carruaje dobló rápidamente la esquina y Sally Jarvis se apeó de él antes de que se detuviera. Corrió hacia los dos hombres. Bannerman la miró gravemente unos instantes y se volvió hacia Clyde.
—Bueno, mi trabajo aquí ha terminado —dijo—. Cuide de ella, Boston, y gracias por haberme salvado la vida.
Dio media vuelta y se encaminó hacia el lugar donde se encontraba su caballo. Le vieron montar, alzar ligeramente su sombrero y conducir lentamente su caballo a lo largo de la Texas Street, pasando junto a los dos cuerpos tendidos en medio de la calle. Clyde miró a la muchacha que estaba a su lado. Los ojos de Sally Jarvis respondieron a su mirada con una expresión interrogante.
—¿Qué será de él, Paul? —susurró—. ¿Dónde acabará?
Clyde sabía que la muchacha no estaba pensando en la muerte en una calle polvorienta como ésta. Estaba viendo a una enorme, encorvada y harapienta figura en el mostrador de una taberna, bebiendo otro vaso para ahogar los fantasmales recuerdos de un pasado glorioso, olvidado por todos menos por él. Con esto era con lo que ella no había sido capaz de enfrentarse, pensó Clyde; y era el motivo de que estuviera aquí, con él. Él era el dócil y prosaico futuro; el hombre que estaban contemplando era el salvaje y brillante pasado.
Más allá de la calle y sus luces, la oscuridad se lo tragó. Nunca más oyeron hablar de él.
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UN DANDY EN EL OESTE
ALBERTO DE LAVEDAN
I
Es domingo en Abilene. Un domingo de 1890.
El paso y la llegada de los trenes procedentes del Este congregan en el andén de la estación a los «cowboys» de los ranchos, no muy lejanos, que bajan a la ciudad los días de fiesta para gastar alegremente su paga, buscar camorra, sostener peleas, emborracharse a conciencia y galantear a toda mujer que se ponga a su alcance.
Peleas, algaradas y disparos, han convertido a Abilene en la más bronca y turbulenta de las ciudades del Oeste. Sus vaqueros y rancheros, y también los pistoleros, han conseguido a fuerza de bravura, también de fanfarronadas, labrarse una fama de «hombres duros» que ellos, sobre todo los tejanos, miman celosamente.
El tren llega envuelto en humo. Chirrían las ruedas y los vagones parecen estremecerse como si fueran a caer hechos pedazos de un momento a otro. Tras una serie de bruscas sacudidas, que zarandean a quienes se hallan en los estribos de los vagones, el tren se detiene.
Los curiosos se acercan al convoy. Charlan animadamente entre ellos. De pronto enmudecen como por ensalmo. ¡Y no es para menos!
Del único vagón de primera clase acaba de descender un joven de aspecto atildado. Ulyses Appelwood viste como un auténtico dandy: levita corta, negra y entallada, bajo la cual lleva un chaleco rameado de gran fantasía; sus pantalones son de montar, sí, pero en el «picadero» de una ciudad; calza botas de fino cuero, de tubo, que le llegan hasta las rodillas. Se mueve con soltura y elegancia, llevando en la mano derecha un maletín nuevecito y flamante, y en la izquierda un sombrero de ala corta.
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Ulyses Appelwood es alto y bien formado, delgado, pero con una delgadez engañosa, pues, aun cuando no se le nota en seguida, sus músculos son fuertes y están bien ejercitados.
Al ver al forastero, que parece un figurín, y que, además, no lleva pistoleras, los vaqueros y la mayor parte de los curiosos que han acudido a la estación de Abilene empiezan a reír a carcajadas. Uno de aquéllos lo señala y, entre risas, grita:
—¡Fijaos en ese individuo, muchachos! Seguro que acaba de salir de un cascarón allá en el Este y que es un novato más blando que un ternerillo recién nacido. ¡Es un «Piestiernos»!
Este apelativo causa furor entre los vaqueros y los curiosos. Unos y otros lo repiten. Desde este mismo instante, el joven Ulyses Appelwood ya puede olvidarse de su nombre y apellido. En el Oeste va a ser conocido como «Piestiernos». Un calificativo risible, destinado única y exclusivamente a los novatos que, como él, vienen del Este y que, dada su vestimenta, parece irle como anillo al dedo.
Inmutable, sereno y sin descomponerse —a pesar de que se da cuenta de la hilaridad que ha provocado— Ulyses Appelwood sale de la estación de Abilene y, por la calle principal, se dirige hacia el centro de la ciudad.
El tren no ha partido todavía. Sin embargo, la estación ha quedado totalmente vacía. Curiosos y vaqueros, en denso grupo, han salido en pos del forastero, del «Piestiernos». Le siguen, mofándose, y más al ver que el recién llegado no parece darse cuenta de nada.
Así es. Para Ulyses Appelwood, aquel grupo vocinglero de «cowboys» fanfarrones y escandalosos es como si no existiera.
Sin embargo, cuando el forastero está llegando a la mitad de la calle, se detiene, gira sobre sus talones y da cara al grupo que viene siguiéndole los pasos. Un tanto desconcertados, los vaqueros y los curiosos se detienen a su vez, mirándole con extrañeza.
Ulyses Appelwood, con su voz culta y pulida de universitario, se dirige a todos ellos en general y dice así:
—¿Quién de ustedes, amables caballeros, querría tener la cortesía y hacerme el favor de indicarme dónde puedo comprar un buen caballo, silla de montar, un rifle y… en fin, todo el equipo completo que necesita un hombre de las praderas?
En el primer momento, al ver la serenidad y la ingenuidad del joven forastero, al escuchar sus finas palabras, los vaqueros se quedan
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boquiabiertos, «pegados». Tardan en salir de su asombro, en reaccionar. Al fin, uno de ellos, aguantando apenas la risa, pregunta:
—¿No desea comprar también unas pistoleras y un par de «Colts»?
—No —responde Appelwood—. Ni siquiera se me ha pasado por la imaginación el llevar colgando de mis caderas esos molestos y pesados adminículos.
La contestación del forastero, y más que nada la palabra «adminículos» aplicada a los revólveres, hace que el tono de las chanzas y de las risas suba hasta tal punto que se forme un verdadero «pandemónium».
El jaleo atrae la atención de más curiosos. Son muchos ya, ahora, los vecinos de la calle que se asoman a puertas y ventanas para ver «qué clase de payaso» está representando en plena vía pública.
—¡Ven con nosotros, «Piestiernos»! —exclama uno de los broncos vaqueros—. Te llevaremos a un sitio donde encontrarás cuanto desees.
Y es entre risotadas homéricas, cuchufletas y una algazara general, que los vaqueros y curiosos —formando ya gentío— acompañan al forastero, al «Piestiernos», hasta el almacén del viejo Rigger, en donde Ulyses Appelwood efectúa sus compras, se equipa y paga con monedas de oro.
Guiado por los turbulentos vaqueros que le preceden, le siguen, le acompañan y le rodean, Ulyses Appelwood se encamina ahora hacia el establo. En éste gana algunos puntos en la consideración de los burlones, cuando les demuestra ser un buen conocedor y elige un ruano de gran alzada, patas delgadas, pero resistentes, y bella cabeza en la que se ve, en el mismísimo centro, una mancha blanca en forma de estrella.
Ulyses da unas suaves palmadas en el cuello y en las ancas del animal, hablándole con voz suave y cariñosa, como si el caballo pudiera entenderle. Después le coloca la silla y aprieta las cinchas.
—Pareces bueno y estoy seguro de que no me defraudarás. ¿Eh, «Estrellado»?… ¿Te gusta el nombre? Bien. Será el tuyo desde ahora.
El animal cabecea suavemente. Permanece inmóvil mientras Ulyses monta sobre él. Luego, obediente a la ligera presión de las riendas, el caballo se dirige hacia la calle.
El grueso del grupo de curiosos, que ha permanecido en la calle aguardando la salida del forastero, apostando que lo hará de estampida brincando sobre un animal resabiado, o corriendo detrás como alma en pena, se llevan una gran sorpresa.
Ulyses Appelwood no monta a la usanza del Oeste, pero lo hace bien. Eso nadie se lo puede discutir. Los vaqueros, buenos jugadores, hombres que
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saben perder, reconocen su error. Sin embargo, a pesar de esto continúan apodando «Piestiernos» al forastero.
El joven ha ganado ya el centro de la calle. Tira un poco de las riendas para obligar al caballo a detenerse. Gira un poco el cuerpo hacia el grupo de curiosos y, antes de abandonar Abilene, sosteniendo las bridas con la mano izquierda, se quita el sombrero con la diestra haciendo, al mismo tiempo, una inclinación de busto, muy cortés, al par que dice en voz alta:
—Caballeros, todos ustedes han sido muy amables conmigo. Esa amabilidad suya ha llegado al colmo aplicándome un apodo del Oeste, que comprendo lo que quiere decir. Muchas gracias, caballeros. Me gusta el apodo… ¡Y me quedo con él! Estoy seguro de que volverán a oírlo. Y ahora, adiós. Caballeros del Oeste, ¡les saluda con toda cordialidad Ulyses Appelwood, alias «Piestiernos»!
Y con un gesto hábil, el forastero, el dandy del Este, hace que su caballo vuelva grupas e inicie un rápido galope, dejando a los fanfarrones vaqueros y a los curiosos vecinos de Abilene con las bocas más abiertas que la que tiene un coyote al reír.
II
Todavía están a la vista las últimas casas de Abilene. Son las más pobres. En sus paredes de adobes el sol parece sumergirse y mezclarse con éstos haciendo que su color sea más y más pardusco.
Ulyses Appelwood sonríe para sí. Le satisface la forma en que se ha desarrollado su primer contacto con el Oeste. Un viejo vaquero que está sentado sobre una valla, le mira curioso. El joven detiene ante él su caballo y, después de quitarse cortésmente el sombrero, le pregunta:
—¿Haría el favor de indicarme el camino para ir a Barston?
El vaquero examina de pies a cabeza a su interlocutor. Parece estar valorándolo. Se da cuenta de que es un forastero, un novato. Hace una mueca, que tiene un remoto parecido con una sonrisa, y, después de escupir una brizna de tabaco de mascar, dice con voz cascada:
—¿Sabe usted, amigo, que Barston es el pueblo de más mala fama de cuantos hay en Texas y Nuevo México?
—Eso tengo entendido, señor.
El vaquero enarquea una ceja. Con gran parsimonia saca del bolsillo de su chaleco un trozo de tabaco de mascar y después de darle un mordisco, vuelve
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a preguntar:
—¿Le han dicho también que en Barston hay más vaqueros camorristas que sarna en el pellejo de un perro vagabundo?
—Sí, desde luego.
—¿Y le han contado que allá encuentran refugio muchos «fuera de la ley», pistoleros, que disfrutan cuando pueden añadir una muesca más a las que ya figuran en las culatas de sus revólveres?
—De todo eso he sido informado, señor. Y no me importa. He emprendido este viaje para conocer los sitios más interesantes del Oeste y creo que Barston es uno de los más típicos.
—Eso no se lo discutiré yo, pero… para conocer un sitio hay que vivir luego, y recordar lo que se ha visto. ¿No le parece?
—Ha dicho una verdad como un templo.
—Entonces, haga caso de este viejo y siga mi consejo: vuelva grupas y tome el primer tren que regrese al Este. De otro modo es posible que llegue a ver Barston pero…, dudo mucho que viva lo suficiente como para explicar a sus nietos lo que allí pueda encontrar. Tenga presente que las balas suelen cortar, para siempre, las ganas de hablar.
Ulyses Appelwood esboza una sonrisa. El vejete le hace gracia y le cae simpático. No toma a mal el que dude de su capacidad para hacer frente a las situaciones peligrosas. Al contrario. Piensa que esa preocupación es una muestra de afecto.
—Le agradezco sus consejos y advertencias, pero… no puedo seguirlos. He tomado una decisión. En cuanto a mi seguridad no se preocupe demasiado. Sé cuidarme de mí mismo. Y le garantizo que, llegado el caso, lo haré con todo mimo y delicadeza.
—Bueno, haga como quiera, amigo.
El vaquero alza un brazo y su índice señala hacia el horizonte. —Continúe hasta la pradera. En ella encontrará una senda que la cruza en
línea recta hacia las montañas. Sígala sin separarse de ella y le garantizo que llegará a Barston sin perderse.
Ulyses Appelwood da las gracias al vejete y, picando de espuelas, se aleja de éste. Sin dejar de masticar el trozo de tabaco, el vaquero sigue con la mirada la silueta del jinete que avanza hacia el horizonte. Lanza un escupitajo al suelo y murmura:
—Sabes ya cuál es el camino para ir a Barston, «Piestiernos». ¡Ojalá que puedas encontrar otro para salir de allí!
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III
Cabalgar en solitario es algo que ayuda a pensar, a iniciar un diálogo consigo mismo, a recordar… Y eso es lo que le sucede a Ulyses Appelwood mientras prosigue su marcha, a través de la anchurosa pradera, en dirección a Barston.
Piensa, recordando las bromas de los vaqueros al verle llegar a la estación. Recuerda sus risas francas y abiertas, el^ apodo que le han puesto. Ulyses no puede menos que sonreír. Comprende perfectamente que ese apodo ya no se separará de él, que se convertirá en algo así como una tarjeta de presentación, aun cuando él no haya llegado a saber quién fue el gracioso que se lo aplicó el primero.
«Dicen que en el Oeste las noticias corren como reguero de pólvora. Si es así seré “Piestiernos” para siempre.»
Pero Ulyses no se siente molesto. ¡Ni mucho menos! El apodo le hace gracia y es esto mismo lo que le lleva a recordar la entrevista que tuvo con su padre, el opulento banquero neoyorquino Sócrates Appelwood, que, al escucharle decir que iba a viajar por el Oeste, le dijo:
»—No tienes idea de lo que haces, muchacho. En cuanto la gente de allá se dé cuenta de que eres un novato del Este te las harán pasar moradas. Y puedes estar seguro de que adivinarán tu procedencia con sólo fijarse en tu forma de vestir.
»—Bueno, padre —había respondido él—, por muy moradas que me las hagan pasar no lo serán tanto como las que tuve que aguantar, teniendo que responder contundentemente a las burlas que me hicieron todos los muchachos, en el Liceo y en la Universidad, en cuanto se enteraban del nombrecito que me pusiste al nacer.
La alusión directa a su nombre enfadó al padre, que había replicado muy adusto:
»—El creador de la fortuna de los Appelwood, tu bisabuelo, era un entusiasta de la Grecia clásica y de su Mitología. A mi padre le puso el nombre de Aristóteles y le anunció que en su testamento dejaba establecido que, si sus herederos querían seguir disponiendo de la fortuna por él lograda, sería a condición de que a sus hijos, varones o hembras, se les impusieran nombres de la antigüedad helena. Esto ya lo hemos discutido otras veces y creo que no vale la pena volver sobre lo mismo.
»—Está bien, no te enfades. Ya sabes que estoy orgulloso del nombrecito que llevo —se apresuró a decir para aplacar a su padre—, a pesar de que eso
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me cueste el seguir peleando por él. Y ya que hablo de peleas, no te preocupes demasiado por mí cuando esté en el Oeste. Además de ser un jinete bastante aceptable, conozco el boxeo y la lucha libre, y me defiendo más que regularmente con una pistola o con un rifle.
»—De acuerdo. Admito que puedes luchar bien y disparar, pero te falta algo en este último terreno: es la rapidez en “sacar”.
»—Todo es cuestión de práctica…; y por lo tanto tiene fácil solución.
La conversación había terminado allí. Padre e hijo no volvieron a tocar más aquel asunto aunque ninguno de los dos lo olvidó, sobre todo Ulyses, que desde el día siguiente empezó a practicar a su modo. Luego, cuando llegó el día de la verdadera despedida, el banquero dijo a su hijo:
»—Llévate el dinero que necesites. Pero si algún día te hace falta algo ve inmediatamente al Banco más cercano. Date a conocer y tendrás cuanto precises.»
Un ruido de cascos de caballo lanzado al galope vuelve bruscamente a Ulyses a la realidad del momento presente. No se encuentra en Nueva York, junto a su padre, sino en la hasta ahora desierta pradera, entre Abilene y Barston.
Ulyses gira un tanto la cabeza y ve que se trata sólo de un jinete. No se preocupa más por éste y continúa manteniendo a su montura al paso. El desconocido le alcanza y frena su caballo situándose a su lado, al mismo tiempo que le dice:
—Buenas tardes, señor «Piestiernos». ¡Me encantaría hacerle compañía! Le vi en Abilene cuando su llegada. Su manera de vestir y de hablar provocaron los comentarios jocosos de aquella pandilla de toscos vaqueros. Yo también me dirijo a Barston y he pensado que no estaría de más acompañarle. Le aseguro que no encontrará otro guía o mentor más capacitado que yo para enseñarle lo que es el auténtico Oeste.
Ulyses mira divertido a su interlocutor, captando cuanto hay de ironía en sus palabras. No se deja engañar por su falsa amabilidad. Comprende que el jinete pretende estar a su lado para presentarlo en Barston como si él fuese un pobre payaso al que el otro protege.
Procurando ocultar el íntimo regocijo que todo esto le causa, Ulyses Appelwood, alias «Piestiernos», responde:
—Su interés me complace en grado sumo, así como el ofrecimiento de su compañía, señor. Pero ya que usted conoce mi «nombre», yo también deseo saber con quién tengo el honor de hablar.
El jinete, orgulloso de sí mismo, contesta muy serio:
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—Me llaman «Skilful Killer», y tanto mi nombre como yo mismo somos conocidos en Texas… y en varios Estados más del Oeste.
—¿«Skilful Killer»? —repite el joven con suavidad engañosa—. ¡Vaya! Eso equivale a decir que es usted un pistolero muy diestro. ¿No es así?
—En efecto, así es —responde el jinete con firmeza, brillándole los ojos con dureza diamantina.
Con la sonrisa en los labios, Ulyses Appelwood abruma a su compañero de viaje a cumplidos y manifestaciones de gratitud por su amabilidad. Y así, charlando, ambos jinetes llegan a la entrada de Barston.
Todavía faltan varias horas para que anochezca. El aire no ha refrescado aún y eso hace que sean pocos los vecinos de Barston que están sentados a la puerta de sus casas, bajo los soportales.
El caballo de «Skilful Killer» caracolea bajo la presión de las riendas de su amo, levantando una nube de polvo. Uno de los curiosos se dispone a protestar, mas, antes de que pueda pronunciar una sola palabra, oye la exclamación de otro de sus vecinos:
—¡Es «Skilful Killer»!
Las palabras de protesta se ahogan en la garganta del que acaba de tragar el polvo. Mira con temor al famoso pistolero y asesino… y se sienta de nuevo, limitándose a escupir en el suelo.
Los dos jinetes avanzan ya por la polvorienta calle principal de Barston. La misma que, en los días de lluvia, se convierte en un tremendo barrizal, por el que sólo puede cruzarse con la ayuda de zancos o por encima de tablones.
«Skilful Killer» no ha cesado de hablar al novato sobre los peligros que le acechan en el Oeste. Las cuchufletas de tono subido unas, de tintes dramáticas las otras, han sido acogidas por el joven Ulyses Appelwood, por «Piestiernos», con una sonrisa de externa ingenuidad y de asombro, pero cargada de malicia que el famoso pistolero no acierta a descubrir.
Ulyses tira de las riendas de su caballo obligando al animal a ir más despacio. Se vuelve hacia «Skilful Killer» y le dice:
—Esta larga cabalgada me ha producido mucha sed y desearía refrescar un poco.
—¡Nada más fácil! —exclama el pistolero—. Podemos ir al «Saloon». Ya nos falta muy poco. Está en el centro de la calle.
—Me parece de perlas.
Después de haber dado su asentimiento, Ulyses capta un gesto en su acompañante. Adivina que éste se propone iniciar la diversión a su costa en cuanto lleguen al «Saloon». También él sonríe, divertido.
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«Veremos, señor burlón —piensa para sus adentros— quién va a reírse de quién.»
Y el joven Ulyses sigue al pistolero hasta el edificio de madera sobre cuya puerta campea un enorme letrero: «Saloon».
Los dos hombres se apean de sus caballos. «Piestiernos» desenrolla la manta que lleva en el arzón de la silla y, con ella, abriga al caballo que está sudando. El pistolero le mira irónicamente. Y le pregunta:
—¿Quién le enseñó a mimar tanto a los caballos?… Yo creía que en el Este no les daban apenas importancia.
—Fue mi abuelo quien me enseñó a cuidar de los animales. Mi abuelo era un hombre muy inteligente y decía que «muchos animales merecen que se les cuide mejor que a algunas personas».
«Skilful Killer» asiente gravemente. Es después, unos segundos más tarde, al entrar en el local, cuando se detiene a pensar que las palabras que el «Piestiernos» ha atribuido a su abuelo podían estar dedicadas a él.
«Pero no —se dice muy convencido— es demasiado ingenuo para mostrarse tan mordaz e intencionado. Eso aparte de que al chico le he metido ya el miedo en el cuerpo y no se atreve casi a respirar delante de mí.»
El enrarecido ambiente, cargado de humo, apestando a sudor y a perfume barato, hiere el olfato de Ulyses Appelwood. Hace una mueca de disgusto, que no pasa inadvertida al pistolero, el cual, soltando el trapo, avanza hacia el largo mostrador riendo a carcajadas.
La dueña del «Saloon», Rose «Pricking», la más bella, coqueta y «picante» —de ahí su apodo— de las propietarias y animadoras de locales de diversión en el Oeste, se acerca a los recién llegados. El contoneo de sus caderas provoca algunos comentarios subidos de tono. Una mano, más audaz que las otras, avanza hacia ella, pero Rose «Pricking» corta el avance del osado de un sonoro manotazo.
—Bien venido, «Skilful Killer» —dice Rose, encarándose con el pistolero
—. Hacía tiempo que no te veíamos por aquí. Ya veo que todo te va bien. De no ser así no reirías tan satisfecho.
«Skilful Killer» palmea afectuosamente la espalda de la mujer y dice: —Tienes buena vista, Rose. Las cosas me van muy bien, en efecto. Y
desde hace varias horas lo estoy pasando muy divertido. Pero, espera, voy a presentarte a un amigo. Es muy apuesto y bastante chistoso. ¿Sabes cómo le llamaron los chicos cuando se apeó del tren en Abilene?… ¡«Piestiernos»! Y a fe que el nombre no puede caerle mejor.
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Rose se vuelve y fija su mirada en el forastero. Le dirige una sonrisa convencional, de bienvenida. Luego, al ver que él se quita el sombrero y hace una leve inclinación ante ella, se siente atraída por aquella cortesía, tan desusada en su ambiente, y en sus ojos aparece un brillo apenado al comprender que el apuesto muchacho va a convertirse en el hazmerreír de todos los clientes de su local.
—Encantado de conocerla, señorita…
Ulyses no puede concluir la frase. El pistolero le da una palmada en la espalda, palmada que resuena como un trallazo, y le interrumpe diciendo:
—Déjate de cumplidos, «Piestiernos». ¿No decías que tenías sed? Pues, ¡vamos a remojar el gaznate!
Con una sonrisa forzada en sus labios. Ulyses Appelwood se vuelve hacia el hombre que está al otro lado del mostrador, luciendo unos hermosos bigotes de guías afiladas, y pide:
—Deme una limonada, por favor. O cualquier otro refresco.
El «barman», que acaba de poner una botella de whisky encima del cinc, se queda «patidifuso». Se frota los ojos como si estuviera viendo algo extraño. Se hurga un oído dudando de haber oído bien. Y pide al joven que repita lo que ha dicho que quiere beber.
Ulyses, sin dejar de sonreír, accede a la petición del «barman». Repite que desea tomar una limonada o un refresco. El hombre de los bigotes de guías afiladas no puede contenerse más. Da una fuerte palmada en el mostrador y grita:
—¡Muchachos! ¡Fijaos en este bebé!… ¡Pidió una limonada!
Las carcajadas atruenan el local. Cuantos en él se hallan se vuelven para ver al recién llegado. Miran al forastero con verdadera curiosidad. Y el aspecto del joven, sus ropas, todavía les hacen reír con más ganas.
«Skilful Killer» goza visiblemente con la situación que ha creado el novato con su petición. Pasa una mano por los hombros de Rose y murmura:
—¿No te dije que el muchacho era de lo más chistoso?… ¡Ya le has oído!
Luego, encarándose con el bigotudo del mostrador, añade:
—No hagas caso de la «broma» de mi amigo. Sírvele un doble de whisky que se lo beberá enterito y sin pararse a respirar.
Sin perder su compostura, sereno y siempre sonriente, pero brillando en sus ojos unas lucecitas que a otro, menos pagado de sí mismo que el pistolero, le pondrían en guardia, Ulyses Appelwood hace frente a su acompañante:
—Amigo, estoy acostumbrado a ser yo quien pida mis consumiciones. Ahora no haré ninguna excepción. Pedí una limonada o un refresco. Beberé
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eso. Y si no lo hay, no beberé nada.
«Skilful Killer» no se molesta en hacer caso de las palabras del novato. Hace un guiño al «barman», que se apresura a dejar encima del mostrador, delante del «Piestiernos», un vaso lleno de licor hasta el mismo borde.
—Toma, amiguito —dice el pistolero empujando el vaso hacia Ulyses—, bébete eso sin rechistar, porque te advierto que a mí me sienta muy mal que alguien me desprecie una convidada. Quedaría en ridículo si lo hicieras… y ya comprenderás que un hombre como yo no puede tolerar nunca nada semejante. Supongo que lo comprendes, ¿verdad, «Piestiernos»?
Ulyses se da cuenta de que ya se ha producido la situación crítica que esperaba provocase el pistolero. Ni demuestra temor; ni pánico, ni siquiera nerviosismo. Continúa sereno. Sus labios siguen sonriendo, pero sus ojos miran fija y fríamente a su «compañero».
La diestra de Ulyses avanza hasta tocar el vaso. Lo levanta acercándolo a sus labios, pero cuando el cristal está casi a punto de rozar éstos, lo deja caer al suelo.
El vaso se estrella y se hace añicos. El licor se desparrama por el entarimado. Un silencio expectante se hace en todo el «Saloon». Los hombres dejan de jugar, de beber y de charlar. Todos miran al forastero y a «Skilful Killer». Saben que aquello no puede acabar así.
Pasado el primer momento de estupor, el pistolero grita:
—¡Imbécil! ¡Engreído y estúpido «Piestiernos»!… No sabes lo que acabas de hacer. ¡Te voy a dar una lección que no podrás echar en saco roto! Ya no te va a quedar tiempo para aprender cosas del Oeste. La primera lección será definitiva y la última. Pide un revólver y defiéndete… ¡Si puedes!
Mientras vocifera, el pistolero va retrocediendo hasta situarse en el centro del «Saloon», que, en un santiamén, es despejado de sillas y de mesas por los concurrentes, los cuales gozan por anticipado con un duelo cuyos resultados dan ya por sabidos: el novato «Piestiernos» caerá patas arriba acribillado a balazos por «Skilful Killer».
La bella y opulenta Rose «Pricking», al par que lamenta no haber podido evitar lo ocurrido, trata de impedir que muera el apuesto forastero y, colocándose delante de «Skilful Killer», con los brazos en jarras, le apostrofa:
—¿No te da vergüenza? Primero le provocas y luego quieres matar a este «ternerillo» novato.
—No te metas en esto, Rose. ¡Es cosa de hombres!
—Es que el chico es muy guapo y no quisiera verle con un agujero en la frente o en el pecho. Déjalo estar.
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—¡Imposible! Ha despreciado una invitación mía después de haberle avisado de que no lo intentara. ¡Yo no soy de los que dejan que nadie los desprecie impunemente! Que intente matarme si puede… ¡O lo mato yo!
Rose se muerde los labios sin saber qué más hacer o decir, cuando se oye la voz culta y educada de Ulyses Appelwood que se dirige a ella:
—Le estoy muy agradecido por su intervención, hermosa señorita, pero yo también le suplico que no se interfiera en esta cuestión. Como ha dicho ese… señor, se trata de un asunto entre hombres. Mas para su tranquilidad le aseguro que puedo resolverla perfectamente.
Luego, volviéndose hacia el pistolero y dirigiendo una mirada en torno a todos los hombres que se hallan en el local y que se disponen a asistir al duelo, añade:
—Ahora bien, yo creo que no es justo que el señor «diestro pistolero» quiera dirimir nuestra «pequeña cuestión» con las armas. Yo no tengo pistola y pedir una ahora sería tanto como suicidarme, ya que no conozco los revólveres que ustedes usan y a los que están habituados.
Ulyses Appelwood hace una pequeña pausa mientras observa las caras de los presentes y, sin abandonar su sonrisa, agrega:
—Propongo al señor «Skilful Killer» que luchemos con los puños. Limpiamente. Él es de mi misma estatura y complexión, es decir, tan fuerte como yo. ¿No les parece, caballeros, que mi proposición es justa?
Primero se produce un silencio. Después, los rudos y broncos «cowboys», nobles en el fondo, se sienten ganados por la serenidad y la gallardía que demuestra el «Piestiernos». De entre ellos salen voces que dicen:
—¡Es valiente el novato!
—El chico tiene razón. ¡Que peleen con los puños!
—Este «Piestiernos» tiene agallas.
—Vamos, «Skilful Killer», ¡dale al muchacho una oportunidad!
Ulyses Appelwood sonríe tranquilo. Sabe que se ha ganado la simpatía de los vaqueros. Por su parte el pistolero se da cuenta, a su vez, del ambiente que acaban de crear las palabras del joven. Exigir el duelo a pistola sería tanto como proclamar que tiene miedo a medir sus puños con los del dandy del Este. Además, «Skilful Killer» está muy seguro de sí mismo.
Con gestos que quieren demostrar que accede a ser «bueno» y benevolente para con el «Piestiernos», el pistolero se desabrocha el cinturón canana y lo deja sobre una mesa junto con sus enfundados revólveres. Y, mientras se recoge las mangas de su camisa, declara:
—De acuerdo, muchachos. Será sin armas y sólo con los puños.
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Vuelto hacia Ulyses, añade:
—Lucharemos como lo has pedido, novato. ¡Ya puedes prepararte! Convertiré en pulpa ese rostro que, según Rose, es tan bonito.
Calmosa y serenamente, Ulyses Appelwood se quita su entallada y corta levita, pero no el chaleco rameado; se arremanga hasta los antebrazos las mangas de su camisa de seda, y se pone en guardia, con arreglo a las normas del boxeo.
La actitud adoptada por el joven provoca un enorme acceso de hilaridad entre todos los presentes. Ya ninguno de éstos duda sobre cómo va a quedar el contrincante de «Skilful Killer».
Risas y murmullos se apagan, y cesan los comentarios cuando los concurrentes ven que, sin esperar a ser atacado por su contrincante, el forastero avanza hacia el pistolero con movimientos felinos, jugando perfectamente las piernas, depositando el peso del cuerpo sobre las puntas de los pies e iniciando un «uno-dos», que toca seriamente en el pecho, bajo el corazón, al sorprendido «Skilful Killer».
Acusando la contundencia de los golpes que acaba de recibir, el pistolero retrocede, tambaleándose, al par que encaja nuevos puñetazos que le vuelven cárdena la cara.
«Skilful Killer» masculla palabras ininteligibles. Suelta maldiciones y, reaccionando con rapidez, dando muestras así de su fortaleza, arremete contra el forastero lanzándose en tromba. El pistolero mueve sus puños con frenesí, con violencia espasmódica, igual que si fuesen mazas; pero «Piestiernos» demuestra —a él y a todos los presentes— que en el boxeo no es ningún novato y propina un terrible castigo a su antagonista, con golpes dirigidos contra el hígado y el corazón, asestándole «jabs» y «swings» cortos, de tremenda contundencia, que convierten la cara del feroz y fanfarrón «Skilful Killer» en un mapa amoratado.
El desarrollo de la pelea deja con la boca abierta a cuantos la están contemplando, más asombrados que si vieran entrar por las puertas oscilantes del «Saloon» a un elefante africano.
El combate dura escasamente nueve minutos. Ulyses ha notado que su contrincante se tambalea y que respira con dificultad. Entonces, para no prolongar la lucha, lanza al mentón del pistolero un «uppercut» que lleva dinamita.
«Skilful Killer» resulta alcanzado de lleno. Deja escapar un gemido mientras sus ojos viran al blanco, y acaba por derrumbarse estrellándose de cara contra el entarimado.
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Tan fresco como si acabara de salir del baño de su casa de Nueva York, Ulyses Appelwood se acerca al caído, sin prestar atención a los gritos y los vítores, ni a las exclamaciones que saludan su hazaña y su victoria. Toma un vaso de whisky y se lo da al derrotado «Skilful Killer».
El pistolero tose mientras bebe. Entreabre los ojos y al darse cuenta de que es el «Piestiernos» quien le está atendiendo, como si tal cosa le causara el mismo efecto que un golpe de espuelas, recobra los sentidos en un santiamén.
«Skilful Killer» se incorpora penosamente, se apoya en una silla y, con voz ronca, mirando al joven con los ojos inyectados en sangre, exclama:
—¡Nuestro duelo no ha terminado!… Me sorprendiste con tus «trucos». Pero mañana al atardecer nos encontraremos fuera, en la calle, y esta vez será con armas. Si no te presentas… te buscaré y, allá donde te encuentre, te mataré como a un perro rabioso.
Seguidamente, después de recoger su cinturón y de abrochárselo, el pistolero sale del local, tambaleándose como si estuviera borracho.
Los vaqueros rodean al joven prodigándole frases y palabras de elogio. Él no hace caso; se baja las mangas de la camisa, se endosa la levita que abotona irreprochablemente, y dice a todos:
—Agradezco a todos ustedes sus elogios, pero no los merezco, porque lo que ustedes acaban de ver es, simplemente, un ejercicio para mí. Y ahora, permítanme que me retire.
Ulyses se dirige hacia la puerta del establecimiento. La coqueta y hermosa
Rose «Pricking» avanza presurosa y, situándose a su lado, le pide:
—Deja que te acompañe. Me gustará ir contigo…
En realidad, Rose no ha permanecido inmune a los indudables atractivos físicos del apuesto forastero, y mucho menos después que éste ha dado una muestra de su viril combatividad.
«Esa bestia salvaje de “Skilful Killer” —piensa ella, estremeciéndose algo asustada—, puede intentar alguna jugarreta contra el forastero. Sé de lo que son capaces los tipos de su calaña, pero también estoy segura de que no se meterá con el muchacho si yo le acompaño.»
Ulyses hace una leve inclinación ante la dueña del «Saloon» y, mientras le ofrece el brazo, le dice:
—Es un honor para mí llevar a mi lado a tan bella señorita. Se lo agradezco profundamente.
Empujando la puerta con la otra mano, Ulyses Appelwood cede el paso a Rose y sale tras ella. Luego la toma del brazo y avanza calle adelante.
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Los dos últimos gestos del forastero han tenido la virtud de hacer que ojos y bocas de cuantos se hallan dentro del «Saloon» se abran como platos.
Por el camino hacia el Hotel «Espuela de Plata», que, según le indica Rose, es el mejor del pueblo —en realidad es el único—, Ulyses Appelwood charla animadamente con Rose, la cual se pavonea orgullosa no sólo por pasear con un tan guapo mozo, sino porque el nombre de éste corre ya de boca en boca por todo Barston.
La dueña del «Saloon» siente, sin embargo, algo de aprensión al recordar el duelo a que ha sido desafiado su acompañante.
—No te conviene enfrentarte con «Skilful Killer» revólver en mano. Es uno de los pistoleros más rápidos que he podido conocer.
—¿De veras? —replica él, esbozando una sonrisa burlona.
—Sí, lo es. No te rías, porque es cierto. Lo mejor que puedes hacer es pasar aquí esta noche, pero apenas amanezca abandona Barston.
—¿Pretende que quede como un cobarde?
—Es preferible seguir siendo un cobarde vivo ante la gente, que ser un valiente muerto. Compréndelo, «Piestiernos». Con «Skilful Killer» no tienes la menor oportunidad de salir vencedor en un duelo a tiro limpio.
—Lamento tener que contradecirla, pero yo no soy ningún cobarde. Jamás huí delante de nadie. Ni siquiera ante mi padre —añade sonriendo—, y le aseguro que es muy de temer cuando se enfurece.
Ulyses hace una breve pausa. Se detiene para mirar fijamente a los ojos de
Rose, y agrega:
—Además, estoy seguro de que usted no me recordaría con agrado si yo accediese a lo que me está pidiendo que haga. ¿No le parece que se avergonzaría de usted misma por haber paseado por Barston del brazo de un cobarde?
La mujer se ruboriza —por primera vez desde hace mucho tiempo— y vuelve la cara hacia otro lado. Rose se siente como si fuera una jovencita ingenua a la que acompañase su primer galán.
Dan algunos pasos y Rose mira a hurtadillas a su acompañante. No puede menos de admirarle por la seguridad de que hace gala. Dejando caer las largas pestañas sobre sus hermosos ojos, le pregunta:
—¿Estás seguro de que saldrás airoso del duelo de mañana?
Ulyses sonríe, mostrando sus dientes regulares y blanquísimos; luego, en tono confidencial, responde:
—No se lo diga a nadie, pero la verdad es que tengo un miedo espantoso de pensar en lo que me espera mañana.
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Ella se sorprende al oírle y le mira a los ojos, en los que capta una lucecilla burlona. Rose comprende que el «Piestiernos» no habla en serio. Le reprende por ello. Entonces, él, poniéndose serio repentinamente, le asegura:
—Sé cuidar de mí mismo y es más que posible que la gente de Barston asista mañana a un espectáculo como no habrá visto nunca.
Rose no halla palabras con que responder. El tono de su acompañante ha sido tan firme que, pese a todo, ha conseguido convencerla.
La pareja llega al hotel. En la puerta hay un hombre con una estrella plateada sobre su chaleco. Es el sheriff Lester King. El veterano mira de pies a cabeza a Ulyses y dice:
—Así que tú, hijo, eres el novato del que dice la gente que vas a enfrentarte mañana con «Skilful Killer», ¿no es cierto?
—Exacto, sheriff —replica él con su sempiterna tranquilidad.
—Yo le he aconsejado que se marche —tercia Rose.
—Y tienes razón —declara el representante de la Ley en Barston, que, volviéndose hacia el joven añade—: Lo mejor que puedes hacer es montar en tu caballo, picar de espuelas y salir de Barston como alma a la que lleva el diablo. Si estuviese en tu puesto no me detendría hasta haber cruzado dos Estados por lo menos.
La sonrisa no se borra de los labios de Ulyses Appelwood mientras repite al sheriff las mismas o parecidas palabras que antes dijo a Rose. Ambos insisten tratando de disuadirle de lo que tildan de suicidio, pero ni el uno ni la otra consiguen convencerle.
Ulyses Appelwood se inclina galantemente ante Rose y, luego de estrechar la mano del sheriff, entre en el hotel en donde, como ya le ha precedido su «fama», le exigen que pague por adelantado el importe de su habitación.
IV
En todo Barston reina una tremenda y gran expectación. La noticia del duelo, o del desafío concertado entre el famoso pistolero y el novato «Piestiernos», ha corrido por todo el lugar como reguero de pólvora. La nueva ha ido más allá de las últimas casas del pueblo, ha salido a la pradera y llegado hasta los ranchos cercanos.
Durante la mañana se habla sin cesar del desafío, en el «Saloon», en la barbería, en el almacén. Hombres y mujeres hacen sus cábalas e intercambian
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comentarios. También se cruzan apuestas.
La vida y la muerte de un hombre suele ser, en el Oeste, motivo de que otros ganen o pierdan dinero a su costa.
La mayoría de las apuestas son a favor de «Skilful Killer». Son pocos, poquísimos, los que recogen algunas de ellas en favor del «Piestiernos». Rose llega a aceptar hasta quinientos dólares, en la proporción de diez contra uno. Pero no se atreve a arriesgar más. El forastero es atractivo, un guapo mozo, peleó bien con los puños, pero… ¡«Skilful Killer» es un pistolero nato! ¡Hasta ella llega a convencerse de que acaba de tirar quinientos dólares por la ventana!
La expectación va en aumento a medida que el sol recorre su camino en el cielo en dirección al ocaso.
Dos horas antes de la fijada para el encuentro, la calle principal de Barston está llena de curiosos. Son muchos los vaqueros que han pedido permiso a sus jefes para dejar el rancho y asistir al encuentro. Casi todos los rancheros de los contornos han acudido al pueblo. Entre los curiosos se ven no pocas mujeres y bellas jóvenes, que tampoco quieren perderse el desafío a muerte entre el novato y «Skilful Killer».
En Barston reina un ambiente de efervescencia. Parece un día de fiesta. Como si sus vecinos se hubiesen congregado para celebrar el «día de la Independencia».
Cuando sólo faltan quince minutos, más o menos, para la hora fijada, «Skilful Killer» sale del «Saloon» y avanza hasta situarse en el centro de la calle principal. El pistolero se yergue arrogante. Sabe que son muchos los ojos que están fijos en él, mirándole.
En la cara de «Skilful Killer» se aprecian todavía las huellas del castigo que recibió el día anterior. Los puños del menospreciado «Piestiernos» le han dejado bien marcada la cara. Ni los filetes crudos, ni los paños calientes han podido borrar aquellos morados.
La irritación que le causa el saber que todos se dan cuenta de cómo le dejó el «Piestiernos», a consecuencia de la paliza que le propinó, hacen que la actitud de «Skilful Killer» sea mucho más desafiante. Se pavonea en medio de la calle, con las manos apoyadas en las culatas de sus revólveres, esperando a que salga su enemigo, o, mejor dicho, confiando en que le habrá entrado miedo y no se atreverá a medirse con él en una lucha a muerte.
El sol sigue avanzando hacia su ocaso y sus mortecinos rayos consiguen arrancar unos destellos en las culatas plateadas de los largos «Colts» del pistolero.
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De pronto, en la calle principal de Barston se produce un silencio de muerte. Casi instantáneamente cesan todos los comentarios y los cuchicheos. Ya nadie pretende hacer ninguna apuesta. Todos los rostros se han vuelto hacia la puerta del Hotel.
En el umbral del vetusto edificio acaba de aparecer la figura elegante y erguida de Ulyses Appelwood. Va a pelo, bien peinado su negrísimo cabello. Su levita, correctamente abotonada; las botas refulgen de puro limpias. El paso es sereno, tranquilo. Camina sin prisa, pero tampoco demasiado despacio.
El «Piestiernos» desciende a la calle. Y en ese instante un murmullo corre a lo largo de las dos aceras.
—¡No trae pistolera!…
—¡Va desarmado!
—No habrá duelo. ¡Se acobardó el «Piestiernos»!
Impasible, sin parar mientes en todos los comentarios que, como ecos lejanos, llegan hasta los oídos de Ulyses Appelwood, el joven se sitúa en el centro de la calle, en el lugar opuesto al que ocupa el pistolero. Este, que también ha oído los comentarios y que se ha fijado en el detalle de que su enemigo no lleva armas a la vista, le pregunta irónico:
—¿Qué?… ¿Vienes a pedirme disculpas y a que te perdone la vida?
Y «Skilful Killer», seguro de que ha adivinado las intenciones del «Piestiernos», suelta una carcajada, apostrofándole después:
—¡Cobarde!… ¡Te mataré de todos modos! ¡Te lo advertí!
Ulyses Appelwood no ha hecho caso de murmullos ni de comentarios. Desde el preciso instante en que dejó el Hotel no ha apartado los ojos de su adversario. Quiere tener todos sus sentidos bien alerta. En esta disposición de ánimo se ha situado en el centro de la calle, de acuerdo con las mejores «tradiciones» del Oeste.
Veinte metros separan a los dos hombres.
Erecto como un florete, Ulyses Appelwood procede a quitarse la levita y se la entrega a Rose, que se ha apresurado a ir hacia él.
Un nuevo murmullo, éste de estupefacción, recorre toda la calle. Los curiosos se asombran. ¡Y no es para menos! Todos pueden ver, clarísimamente, que el «Piestiernos», si no lleva pendientes del cinto unas fundas con revólveres, tampoco está desarmado. Una extraña pistolera cuelga de su hombro derecho y de aquélla asoma la culata de una empavonada pistola.
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«Skilful Killer» se ha mordido los labios. Sus músculos se tensan, pues la actitud del joven le indica, sin lugar a dudas, que no ha ido a pedir perdón ni gracia de la vida, sino que está allí para luchar con él, para matarle… o para morir.
En tanto, Ulyses Appelwood hace una leve reverencia, igual que si se hallase en un terreno de duelo de Nueva York, y, muy ceremonioso, grita a su contrincante:
—Cuando usted quiera, señor «diestro pistolero». ¡Estoy preparado! Ambos antagonistas permanecen inmóviles unos segundos. Estudiándose.
Evaluando la rapidez del adversario y calculando las posibilidades que cada uno puede tener en la lucha que se avecina.
Los acontecimientos se precipitan. Lo que entonces presencian todos los espectadores del desafío es algo sorprendente, inaudito.
El hecho, el increíble suceso, se desarrolla a la mortecina luz del atardecer, en plena calle principal de Barston, ante los ojos atónitos de varios centenares de personas, que luego se encargarán de dar cuerpo a la leyenda que acaba de forjarse y que hará popular el nombre de «Piestiernos», no sólo en Texas, sino en todo el Oeste.
Es con grandes dificultades que los curiosos, hombres y mujeres, pueden seguir los velocísimos movimientos de Ulyses Appelwood. Movimientos muchísimo más rápidos que los de «Skilful Killer».
Suenan dos disparos. Entre ambos hay un ligero intervalo de unas escasas décimas de segundo. Pero ese cortísimo espacio de tiempo basta para que la bala disparada por Ulyses Appelwood se incruste en mitad de la frente, entre ceja y ceja, del pistolero. Y la segunda bala, la de «Skilful Killer», se estrella contra el suelo, hundiéndose en la tierra, sin que el profesional del revólver haya podido mantener alzado el brazo al ser alcanzado por el primer disparo de Ulyses Appelwood.
El pistolero ha permanecido en pie un instante. Luego, sus rodillas se han doblado como si no pudieran sostener por más tiempo el peso del cuerpo, y se ha estrellado de bruces contra el suelo.
El duelo apenas ha durado unos segundos. Ulyses Appelwood vuelve a enfundar su pistola con toda calma. «Skilful Killer» yace tendido en el suelo, completamente inmóvil. ¡Muerto!
Un clamor brota de las gargantas de cuantos han sido testigos de la escena. Todos proclaman la victoria del novato, del «Piestiernos». Los que perdieron dinero apostando contra él ya lo han olvidado. Sólo piensan en felicitar efusivamente al vencedor. Los vecinos de Barston, hombres y
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mujeres, rodean a Ulyses, el cual se vuelve hacia Rose «Pricking», que acude a ofrecerle su levita.
—Muchas gracias por su ayuda, señorita.
Y con una leve inclinación de cabeza, Ulyses Appelwood toma la levita de las manos de la mujer, cuyo rostro adquiere matices de arrebol y se sonroja como una amapola.
Después de haberse abotonado concienzudamente la levita, Ulyses Appelwood se encara con cuantos le rodean. Un silencio se produce instantáneamente. Todos quieren escuchar sus palabras.
—Ya han podido ver que no hay nadie invencible. Ni siquiera un pistolero como «Skilful Killer». ¡Ojalá que esta lección sirva de ejemplo a quienes, como el muerto, gozan matando!
Ulyses Appelwood no añade una palabra más. Da media vuelta y se encamina hacia el «Saloon» seguido por los aturrullados vecinos de Barston y por los vaqueros, repentinamente silenciosos. Del brazo lleva a Rose «Pricking». Ambos entran en el hasta ahora desierto local y Ulyses avanza hacia el mostrador. El «barman», atusándose las guías de sus bigotes, se apresura a preguntar al joven:
—¿Qué desea tomar?
Y el «Piestiernos», sonriendo amable, irónicamente, responde:
—Una limonada.
Todos cuantos han seguido al forastero al interior del local prorrumpen en carcajadas. Ulyses se vuelve un tanto y les mira con frialdad.
—¿Tiene alguien algo que oponer?
Se cortan las risas y se produce un nuevo silencio. Ulyses vuelve a girarse hacia el mostrador en el preciso instante en que el «barman», que casi se descoyunta por servirle, acaba de colocar una limonada encima del cinc.
Ulyses saborea el refresco con deleite. Lentamente. Luego se encamina hacia la calle. Los curiosos le abren paso, con respeto y admiración. En Barston nadie volverá a reír cuando un hombre pida una limonada en un «saloon».
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LA LLAMADA DEL AMOR
THOMAS THOMPSON
E STABA sosteniendo en alto la parte trasera de un carromato mientras su padre forraba una llanta con una tira de cuero crudo, cuando la
sensación volvió a golpearle. Era una inquietud que había ido creciendo en su interior, algo mezclado con cierto valle alfombrado de flores silvestres que discurría junto al Little Cotonwood, un sentimiento que le afectaba de un modo especial a la puesta del sol.
Aquel sentimiento le había acompañado desde hacía cuatro años, mientras su familia de guarnicioneros ambulantes vagabundeaba por el oeste de Texas, trabajando y viviendo al aire libre, sin detenerse demasiado en ninguna parte. Pero nunca había sido tan fuerte como ahora.
Afirmó los hombros contra el peso del carromato y dijo:
—Voy a marcharme, padre.
—Dentro de un rato, hijo —replicó Paw Basset, sin levantar los ojos de su trabajo—. Quiero comprobar los radios, mientras tú levantas la rueda del suelo.
—No me refiero a eso, padre —dijo Thomas Jefferson Basset, secándose el sudor de la comisura de su boca—. Quiero decir que me voy a marchar de casa.
Paw Basset siguió trabajando furiosamente en la rueda del carromato. —¿He hecho algo que no ha sido de tu agrado, hijo? —preguntó
finalmente.
—No, padre —dijo Thomas Jefferson—. Pero quiero casarme. Se me ha ocurrido de repente.
—Bueno, es un deseo lógico —dijo Paw Basset, golpeando el cuero con una maza de hierro—. Vamos a ver… Tienes dieciocho años, ¿no es cierto? Eres fuerte como dos hombres, y la naturaleza reclama sus derechos. Me alegro de oírlo, Thomas Jefferson. ¿Has pensado en alguna de tus primas?
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—No, padre —dijo Thomas Jefferson, con una repentina timidez—. Es una muchacha a la que conocí hace cuatro años, cuando acampamos en el Little Cotonwood.
Paw Basset dejó caer la maza y miró fijamente a su hijo.
—Tal vez este carromato sea demasiado pesado para ti, muchacho —dijo
—. Será mejor que descanses un poco.
—No, no es demasiado pesado, padre —dijo Thomas Jefferson. Empujó
los hombros hacia arriba y levantó la caja otro par de pulgadas.
—No recuerdo a nadie que se mostrara amistoso con nosotros en el Little Cotonwood —dijo Paw Basset—, excepto aquellos tipos que vivían a orillas del valle. —Se mordió pensativamente el labio inferior—. No irás a mezclarte con gente de mal vivir, ¿verdad, hijo?
—No, padre.
—No me gustaría que llevaras esa clase de vida —dijo Paw Basset—. Me siento orgulloso de la educación que os he dado. No ha habido un Basset que le estafara a un hombre una sola libra de carne, después de haber sacrificado y despellejado una res. Ni ha habido un Basset que robara un caballo, al menos que yo sepa.
El sol poniente iluminaba con sus rayos rojizos los abultados músculos de los hombros desnudos de Thomas Jefferson, y el sudor empapaba los tendones de su cuello, recios como cuerdas.
—Nunca haría nada que pudiera avergonzarte, padre —dijo.
El rostro de Paw Basset asumió un aire grave.
—Será mejor que lo consultes con la almohada —dijo—. Tienes mucho que ofrecerle a una mujer. Eres alto, fuerte, lleno de salud, y conoces perfectamente tu oficio. —Enarcó las cejas—. Esa muchacha, ¿sabe que tienes ahorrados quinientos dólares?
—No se lo he dicho todavía —respondió Thomas Jefferson.
—Cásate primero con ella y díselo después —dijo Paw Basset—. Hay mujeres que se sienten más atraídas por el dinero que por el hombre.
—Ella no pertenece a esa clase de mujeres, padre —dijo Thomas Jefferson.
Paw Basset dirigió una prolongada mirada a su hijo y comprendió que su decisión era irrevocable.
—De acuerdo, muchacho —dijo—. Ve a buscarla y regresa con ella.
Añadiremos otro carromato a la caravana.
—No pienso regresar, padre —dijo Thomas Jefferson—. Quiero establecerme de un modo permanente.
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Paw Basset se sintió invadido por una sensación de soledad. Estaba muy orgulloso de Thomas Jefferson. Le había enseñado al muchacho a mascar tabaco cuando tenía seis años, y a los ocho era maestro en el arte de liar un cigarrillo. No había nada que Thomas Jefferson no pudiera hacer con un trozo de cuero crudo, y era capaz de levantar más peso que los dos hombres más fuertes de la familia. Pero el muchacho tenía ideas propias.
—Tienes mi bendición, hijo —dijo Paw Basset.
A la mañana siguiente, muy temprano, Thomas Jefferson Basset se despidió de sus trece hermanos y hermanas y de un montón de tías, tíos y primos. Montó en su mula, dirigió una última mirada a la media docena de carromatos que componían la caravana y emprendió la marcha. El recuerdo de Alta Lou Denton era como un poderoso imán que le atraía hacia el sur, hacia el valle del Little Cotonwood.
Alrededor de las cinco de la tarde del segundo día llegó a la vista del pueblo de Denton, unos cuantos edificios tendidos en el polvo como un perro pardo y soñoliento. Se encontraba en los dominios de King Denton. Aquél era el pueblo de King Denton, y el apartadero del ferrocarril que discurría por allí era conocido como el apartadero de King Denton.
Al oeste del pueblo, y bordeando el largo valle, se alzaba una escarpadura en cuya cumbre había una docena de pequeños ranchos que hostigaban continuamente a los rebaños de Denton. Un grupo de indeseables, pensó Jefferson, y no pudo reprocharle a su padre que se sintiera preocupado al pensar que Thomas Jefferson deseaba tal vez emparentar con alguno de ellos.
Al mismo tiempo, experimentaba un gran alivio por el hecho de que su padre no le hubiera preguntado el nombre de su futura esposa. A su padre no le hubiera sentado demasiado bien la idea de convertirse en pariente del hombre que le había obligado a abandonar aquella región.
Pero Thomas Jefferson no le reprochaba aquel hecho a King Denton, el cual había expulsado a la familia porque Paw Basset se había mezclado con los rancheros de la escarpadura. King Denton no había tenido tiempo de conocer a los Basset. Se había limitado a echarles una mirada, a imaginar que no eran personas de fiar y a librarse de ellos.
Una pérdida de tiempo, en realidad, se había dicho siempre Thomas Jefferson. Cualquier día, el viejo Basset hubiera sentido el hormiguillo en los pies y se habría marchado por su propia voluntad.
Se dirigió directamente hacia los edificios del rancho de Denton, notando una especie de estremecimiento en su interior, aunque era un estremecimiento
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agradable. A su alrededor vio las hermosas y rollizas reses con la marca de King Denton.
Rebuscando en sus bolsillos, sacó un trozo de tabaco. Después de arrancar un trozo con los dientes, pensó en Alta Lou y se sintió mucho mejor.
De todos modos, no había motivo para estar preocupado. Thomas Jefferson no albergaba ningún resentimiento contra King Denton y estaba enamorado de la hija de King Denton. Este iba a ser el final del asunto, del mismo modo que su encuentro con Alta Lou había sido el comienzo.
Hasta que conoció a Alta Lou, sólo se había preocupado por que no le faltara la comida ni un lugar para acampar. Había imaginado que algún día se casaría con una de sus primas, al igual que sus hermanos, y que cuando la familia se hiciera lo bastante numerosa añadirían otro carromato a la caravana. Al fin y al cabo, un hombre puede adquirir un carromato estropeado por cuatro cuartos, y dejarlo como nuevo con un par de días de trabajo; en todo Texas no había un carromato que no pudiera ser remendado con cuero crudo.
La vida había sido así de sencilla hasta que a la familia se le ocurrió acampar unos cuantos días en los dominios de King Denton, mientras la prima Phoebe Jo daba a luz otro niño.
Entonces fue cuando Thomas Jefferson conoció a Alta Lou, y a partir de aquel momento empezaron a ocurrírsele aquellas ideas tan raras. Empezó a pensar en vivir en una cabaña con un techo encima, en poseer unas cuantas vacas, quizá incluso en casarse con una muchacha que no formaba parte de la familia. La cosa llegó al extremo de que Thomas Jefferson no podía mirar un trozo de terreno sin pensar que sería mucho más hermoso mostrando sus entrañas desgarradas por el arado.
Nunca había conocido a una muchacha como Alta Lou, y sabía que no volvería a encontrar otra como ella. En aquella época, Alta Lou tenía trece años y, como la mayoría de muchachas de su edad, parecía mayor. Thomas Jefferson la encontró sentada en la orilla del Little Cotonwood, con un ramillete de flores silvestres en el regazo.
Todos los chicos habían sido alejados del campamento mientras la prima Phoebe Jo esperaba su hora, y Thomas Jefferson, que entonces tenía catorce años, estaba pensando seriamente en los misterios de la vida, como hacía siempre que una de las mujeres iba a tener un niño. Un silencio y una calma distintos a los de cualquier otro momento planeaban sobre el valle, y Thomas Jefferson sabía que allí, en uno de los carromatos, estaba sucediendo algo
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importante y misterioso. A su alrededor, los adultos hablaban en voz baja y parecían estar un poco asustados, también…
Entonces fue cuando Thomas Jefferson encontró a Alta Lou Denton por primera vez.
Se había sentado a su lado a orillas del riachuelo —algo que en otra ocasión tal vez no hubiera hecho—, y lo primero que se le ocurrió decirle fue lo que sentía acerca de la vida, y Alta Lou le contempló con aquellos enormes ojos que parecían tan juiciosos y un poco tristes. Y mientras la prima Phoebe Jo daba a luz un niño, en aquel intervalo de calma, Thomas Jefferson supo que había encontrado a la muchacha única en el mundo. Se le ocurrió repentinamente, y lo supo.
Se encontró de nuevo con ella el segundo día, y el tercero, y vivió pendiente de aquellos encuentros. Tuvo una pelea con Pete Prentice, uno de los vaqueros más jóvenes de King Denton, por causa de Alta Lou, y trató de convencer a la muchacha para que huyera con él, porque ahora sabía que Alta Lou no era feliz en aquella enorme casa con las continuas luchas provocadas por los rancheros de la escarpadura.
Pero Alta Lou dijo que no podía hacer aquello, y luego se presentaron King Denton, Pete Prentice y otros vaqueros y obligaron a los Basset a marcharse, porque los Basset se habían hecho demasiado amigos de los rancheros de la escarpadura. Pero Thomas Jefferson le prometió a Alta Lou que regresaría.
—Volveré y me casaré contigo en cuanto reúna algún dinero, Alta Lou — dijo. Y Alta Lou retuvo las manos de Thomas Jefferson entre las suyas y pronunció su nombre con una dulzura que Thomas Jefferson no había olvidado.
De pronto el día fue maravilloso, con el sol calentando con sus últimos rayos su corazón, diciéndole que el mundo era bueno. El ganado pacía en los prados que se extendían junto al Little Cotonwood, y mientras Thomas Jefferson avanzaba a lomos de su mula las reses parecían mirarle amistosamente, como si supieran que éste era el lugar a que Thomas Jefferson pertenecía y se alegraran de verle regresar.
Vio la vieja cabaña que había planeado reparar y se imaginó a sí mismo y a Alta Lou viviendo en ella, y poco después cruzaba uno de los patios del rancho de King Denton.
El lugar le pareció diez veces mayor de lo que recordaba. La valla de madera que discurría a lo largo del sendero estaba recién encalada, y los
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ciñámonos eran como inmensas sombrillas derramando profundas balsas de sombra a través del patio y alrededor de la blanca casa de tres pisos.
Thomas Jefferson vagabundeó por el patio y luego recordó que era domingo. Tal vez los Denton tenían invitados a cenar… Esto le hizo recordar lo vacío de su estómago y confió en que llegaría a tiempo para que añadieran otra silla a la mesa.
Un par de gallinas cacarearon escandalosamente ante su proximidad, y un pavo, desde el otro lado de la cerca, alargó el cuello y dejó oír un sonido que los oídos de Thomas Jefferson —y los de la mula— no habían escuchado nunca.
Luego, Thomas Jefferson vio al hombre que salía del establo y corría hacia él. Procuró dominar a la desconcertada mula antes de que el hombre llegara a su lado para ayudarle, pero su rostro estaba enrojecido.
—Ese bicho que hay al otro lado de la cerca es muy bonito —dijo Thomas Jefferson a guisa de saludo—, pero tiene una voz que le quita el resuello a cualquiera.
—Es un bicho asqueroso —convino el hombre; luego, como si acabara de darse cuenta de que Thomas Jefferson era un forastero, le dirigió un mirada larga y suspicaz. De pronto escupió en el suelo—. Ate su mula y dé la vuelta a la casa, si tiene hambre —dijo—. Le diré al cocinero que le prepare algo de comer.
Thomas Jefferson sonrió, agradecido. Desmontó y flexionó los brazos.
—¿Tardará mucho la gente en venir a cenar? —preguntó.
El hombre le miró fijamente, como si no supiera cómo contestar una pregunta tan sencilla, y luego enarcó las cejas.
—¿Le ha enviado alguno de los muchachos para que le diéramos de comer? —inquirió.
—No —dijo Thomas Jefferson—, pero no ha sido culpa de ellos si no han tenido ocasión de hacerlo. No se preocupe por mí. Prácticamente, soy un miembro de la familia.
La mirada del hombre adquirió una expresión francamente hostil.
—¿Quién diablos es usted? —dijo.
—Vaya en busca de Alta Lou y ella se lo dirá —respondió Thomas Jefferson.
Estaba desatando el rifle unido a su rollo de mantas. Apreciaba mucho aquel rifle, y los sobresaltos de la mula habían aflojado la atadura.
El hombre miró la voluminosa figura de Thomas Jefferson y miró el rifle. Empezó a retroceder. Retrocedió media docena de pasos y luego dio media
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vuelta y echó a correr hacia la casa.
Thomas Jefferson sacudió la cabeza. El hombre se daba demasiada prisa en cumplir un simple encargo. Era una mala costumbre que se adquiría cuando uno se rebajaba a trabajar para otro hombre, aceptando sus órdenes.
Esperó, notando los tumultuosos latidos de su corazón. Vio que la puerta principal se abría de par en par y experimentó un intenso sobresalto, pensando que sería Alta Lou. Pero no lo era. Era el hombre con el cual había estado hablando, y el viejo King Denton en persona. Y abriéndose camino entre ellos, prácticamente echándolos a un lado, vio a Pete Prentice. Thomas Jefferson le reconoció inmediatamente.
Recordaba a Pete como a un muchacho alto y robusto, un par de años mayor que él. Pete era ahora un hombre hecho y derecho, con un fino bigote negro que caía a ambos lados de su cuadrado mentón. Llevaba el pelo peinado hacia atrás, muy planchado, una camisa de cuello almidonado y corbata. Desde luego era un hombre guapo, concedió Thomas Jefferson.
Pete Prentice cruzó el patio con la cabeza inclinada, como un toro dispuesto a embestir. Se detuvo a menos de un metro de distancia de Thomas Jefferson.
—¿Quién diablos es usted, y qué es lo que quiere? —rugió Pete Prentice, mirando furiosamente a Thomas Jefferson.
—¿Cómo estás, Pete? —dijo Thomas Jefferson—. ¿No te acuerdas de mí? —No podía reprochárselo—. Reconozco que he crecido un poco desde que te zurré a orillas del riachuelo. Soy Thomas Jefferson Basset. Mi familia estaba acampada cerca de aquí…
En aquel momento se acercó King Denton, resoplando.
King no tenía aspecto de rey[4]. Parecía un gallo de pelea algo envejecido, con la cabeza siempre ladeada y los ojos mirando fijamente como provocando a la lucha.
—¡Fuera de aquí! —dijo King Denton.
Su voz no tenía ningún parecido con la de un gallo. Era como un latigazo que cruzaba el rostro de un hombre. King Denton estaba tan acostumbrado a decir «fuera de aquí», que lo dijo como otro hombre podría haber dicho «cómo está usted».
Thomas Jefferson era un pie más alto que King Denton, y cuatro pulgadas más alto que Pete Prentice. Podía mirar por encima de sus cabezas, y así vio a las mujeres y a los niños que salían de la casa y se quedaban en el porche, mirando nerviosamente hacia el grupo de hombres.
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Había seis mujeres allí, y Thomas Jefferson hubiera jurado que al menos cuatro de ellas eran esposas de aquellos caudillos rancheros de la escarpadura. Luego, Thomas Jefferson vio a Alta Lou y ya no tuvo ojos para nada más.
Alta Lou mostraba en su cuerpo la natural diferencia entre los trece y los diecisiete años; el tiempo obraba maravillas con el cuerpo humano, pensó Thomas Jefferson. Sus ojos eran intensamente azules, luminosos como el cielo después de una tormenta de verano; su piel, ligeramente, atezada, mostraba la suavidad del cuero bien curtido; sus cabellos eran el resplandor dorado de aquella sonrisa especial que despide al invierno y da la bienvenida a la primavera.
Thomas Jefferson notó un nudo en la garganta, y luego, levantando su mano izquierda, aferrando todavía el rifle con la derecha, empujó a Pete Prentice a un lado y a King Denton al otro y avanzó hacia el porche; un joven alto como una torre, con una boca ancha y una ancha barbilla, partida en dos por una profunda grieta. Sus cabellos rubios, muy largos, se rizaban detrás de sus orejas y caían sobre su nuca como una rebelde crin.
Se quitó el sombrero y se quedó en pie debajo del porche, e incluso así sus ojos quedaron al nivel de los ojos de las mujeres. Les dirigió una sonrisa, y ellas vacilaron, con las manos en sus gargantas, y luego le devolvieron la sonrisa y una de las mujeres dejó oír una especie de gorgorito y agitó los párpados.
—¡Thomas Jefferson! —dijo Alta Lou.
Su voz no fue más que un susurro, pero el nombre cosquilleó el corazón de Thomas Jefferson, poniendo un leve temblor en sus rodillas.
—He vuelto, Alta Lou —dijo Thomas Jefferson—. He vuelto para casarme contigo, tal como te prometí.
Oyó el murmullo de asombro de las mujeres. La muchacha levantó las manos y apretó las puntas de los dedos contra sus labios. Miró a Thomas Jefferson, y la antigua soledad no estaba ahora en sus ojos. Había en ellos algo más intenso y más hermoso, algo que ella no había pretendido mostrar. Luego volvió la cabeza.
En aquel mismo instante algo tan duro y tan pesado como un mazo de herrero se estrelló detrás de la oreja izquierda de Thomas Jefferson.
Sus rodillas se doblaron, pero no cayó. Se volvió lentamente y vio a Pete Prentice que se precipitaba contra él. Thomas Jefferson alargó la mano izquierda y agarró a Pete Prentice por la pechera de su elegante camisa. Levantó a Prentice del suelo y lo sostuvo en alto en el extremo de su brazo,
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contemplándole como un présbita contempla el periódico que mantiene alejado de su vista.
—Pete —dijo finalmente Thomas Jefferson—, no debiste hacer eso. Creí habértelo enseñado hace cuatro años. No vuelvas a intentarlo.
Bajó el brazo, dejando que los pies de Pete tocaran el suelo, y entonces empujó. Pete salió despedido hacia atrás y aterrizó contra la cerca del corral.
Prentice se quedó allí sentado, con el rostro mortalmente pálido y los ojos abiertos como platos; de pronto pareció reaccionar y se llevó una mano al interior de su chaqueta. Thomas Jefferson vio lo que iba a suceder y saltó a un lado, y mientras lo hacía Alta Lou pasó corriendo junto a él y se arrojó en brazos de Pete Prentice.
Se apretó contra Prentice, sin el menor rubor, y exclamó:
—¡No lo hagas, Pete! ¡Sería terrible para todos! ¡Ese hombre no significa nada para mí!
Pete Prentice luchó con ella unos instantes, y entonces, delante de todo el mundo, Alta Lou inclinó la cabeza y besó a Pete en los labios. Los brazos de Pete parecieron relajarse y luego se posaron en la espalda de la muchacha y la apretaron hacia él.
Todas las ansias de pelea se desvanecieron en Thomas Jefferson; se quedó inmóvil como una estatua, y luego dijo:
—Alta Lou, creo que no has oído lo que te he dicho. He regresado, tal como te prometí.
Su voz sonó extrañamente ronca.
Una docena de personas rodeaban ahora a Thomas Jefferson. Notó su presencia. Incluso pudo verlas y reconoció a algunas de ellas, pero a pesar de esto le pareció que se encontraba completamente solo, una insignificante figura en medio de una llanura inmensamente amplia. Y allí, delante de él, se encontraba Alta Lou, y lo único que la muchacha tenía que hacer era alargar su pulgar y aplastarle con la uña de una vez y para siempre.
La gente se apretaba contra él. Thomas Jefferson reconoció a Frick Clifton. Frick era un hombre de mirada huidiza que se había erigido en portavoz de los rancheros de la escarpadura. Frick agarró a Thomas Jefferson por un brazo y trató de lanzarle contra Prentice.
—¡Duro con él, muchacho! —susurró Frick roncamente—. Dale una buena lección…
Thomas Jefferson no le prestó atención. Estaba mirando a Alta Lou, sintiéndose cada vez más insignificante. Alta Lou continuaba abrazada a Pete
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Prentice. Sus ojos tenían un extraño brillo, como si estuviera a punto de llorar, y su rostro mostraba una mortal palidez.
—Alta Lou… —empezó Thomas Jefferson, y luego no pudo decir nada más.
De repente, Alta Lou torció la boca y empezó a reír, a pesar de que en sus mejillas había lágrimas. Thomas Jefferson quedó todavía más desconcertado.
—¿Creíste que hablaba en serio cuando te dije que me casaría contigo, hace cuatro años? —dijo Alta Lou—. Quise tomarte un poco el pelo.
Continuaba riendo, pero su risa sonaba a falso.
—No puedo creerlo, Alta Lou —murmuró Thomas Jefferson.
Frick Clifton apretó el brazo de Thomas Jefferson. El joven se desprendió de un violento tirón.
—¡Duro con él! —susurró Frick al oído de Thomas Jefferson—. ¡El resto de los muchachos y yo te guardaremos las espaldas!
Alta Lou se apretó más a Pete Prentice.
—¡Fuera de aquí, estúpido! —le gritó a Thomas Jefferson—. ¿No te das cuenta de que estoy enamorada de Pete Prentice? Voy a casarme con Pete, en cuanto él vuelva a pedírmelo. ¿Lo quieres más claro? ¡Vete de aquí… mascador de tabaco!
Pete Prentice parecía estar tan desconcertado como el propio Thomas Jefferson.
—Alta Lou, querida —dijo Pete—, he estado esperando mucho tiempo que cambiaras de pensamiento.
Alta Lou sollozaba y reía al mismo tiempo, y no miraba a Pete. Estaba mirando a Thomas Jefferson, y de repente se echó a llorar y corrió a través del patio hacia su madre, que la acogió en sus brazos y susurró unas palabras cariñosas en su oído, como si Alta Lou fuera aún una niña.
Thomas Jefferson experimentó una extraña sensación, como si alguien acabara de golpearle en la boca del estómago con una maza. Vio a Pete Prentice reclinado contra la cerca, mirándole fijamente, y luego vio a Frick y a los otros rancheros de la escarpadura. Frick tenía una expresión decepcionada, pero la mayoría de los otros hombres mostraban un evidente alivio.
En el porche, las esposas de los rancheros de la escarpadura estaban agrupadas alrededor de mistress Denton y de Alta Lou, y a Thomas Jefferson le pareció que todas estaban llorando.
Frick Clifton se acercó a King Denton con aire enfurecido.
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—¡Ya le he dicho que no servirá de nada! —exclamó—. Continuaremos tal como estábamos.
—Y yo le he dicho —replicó King Denton, y Thomas Jefferson no se había dado cuenta hasta entonces de la paciencia que podía haber en la voz de aquel hombre— que si ustedes no cruzan la línea que hemos trazado yo tampoco la cruzaré. Todos podemos aprovecharnos del agua del Little Cotonwood y no habrá más peleas. Ya hemos tenido suficientes jaleos. Zanjemos el asunto con un apretón de manos, Frick.
—Nosotros estamos satisfechos —dijo otro de los rancheros de la escarpadura.
King Denton volvió la cabeza y contempló fijamente a Thomas Jefferson, y aquellos ojos agudos leyeron en el alma del muchacho como en un libro abierto. En aquel momento parecía un verdadero rey.
—Será mejor que te marches de aquí —le dijo a Thomas Jefferson—. No queremos forasteros que compliquen las cosas.
Tal vez se marchara, tal vez no, pensó Thomas Jefferson, pero aquél no era el momento de decidirlo. Se sentía profundamente lastimado, y deseaba estar solo para meditar. Dirigió una última mirada a Alta Lou y miró a Pete Prentice, sonriendo forzadamente.
Luego montó en su mula y se adentró en el sendero, notando todos aquellos ojos en su espalda, sabiendo que toda aquella gente había oído cómo Alta Lou le despreciaba. Las primeras sombras del crepúsculo empezaban a espesarse sobre la tierra, y Thomas Jefferson comprendió que nunca olvidaría aquel crepúsculo.
Se dirigió directamente a la vieja cabaña que en otros tiempos había pensado reparar para Alta Lou y para él. Se detuvo allí, dándose cuenta de que estaba atrapado entre el pasado y el futuro, el orgullo impidiéndole regresar al lado de su familia, y una muralla de decepción impidiéndole mirar hacia adelante.
Se preparó una ligera cena, pero no pudo probar bocado. Contempló cómo se hacía de noche, y cuando hubo oscurecido permaneció largo rato sentado, con el rostro entre las manos. Sopló una suave brisa, aumentando su sensación de soledad.
Más tarde oyó el ruido de unos carruajes y supo que se trataba de los rancheros de la escarpadura que regresaban a sus hogares. Removió su fogata, esperando, y de pronto el buggy de Frick penetró en el círculo de luz, seguido por los otros.
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Frick detuvo el carruaje y permaneció inmóvil un buen rato, mirando a
Thomas Jefferson. Finalmente dijo:
—¿Piensas quedarte aquí?
—¿Por qué le interesa saberlo? —replicó Thomas Jefferson.
Frick se removió en su asiento, algo intranquilo.
—Si yo pudiera manejar a Pete Prentice como puedes manejarlo tú, me quedaría —dijo.
Thomas Jefferson se puso en pie.
—Bueno, ya está usted aquí, ¿no? —dijo.
Los ojos de Frick tenían un extraño brillo.
—Sé lo que puedo hacer y lo que no puedo hacer —dijo—. Y he visto lo que puedes hacer tú.
El ocupante de otro buggy intervino diciendo, con voz grave:
—Hemos hecho un trato con King Denton, Frick.
—Conoces a Pete Prentice tan bien como yo, Merriweather —replicó furiosamente Frick—. Sabes que no va a tolerar que este joven se quede aquí, después de haberle vapuleado delante de todo el mundo. —Escupió contra la rueda del buggy—. Siempre he dicho que si se tiene una maza a mano cuando se ve una serpiente, hay que utilizarla.
Rechinó los dientes y movió la cabeza con una serie de rápidas sacudidas. —Me consta que Pete Prentice va a buscarle las cosquillas a este joven, y
creo que tenemos que guardarle las espaldas —concluyó.
—Sé cuidar de mis propios asuntos —dijo Thomas Jefferson.
—Es posible —dijo Frick.
La voz de Merriweather intervino de nuevo.
—Estás buscando un pretexto, Frick —dijo—. He hecho un trato con King Denton, y pienso mantenerlo.
Frick Clifton resopló como un caballo.
—Siempre he dicho que a la ocasión la pintan calva.
Azuzó a sus caballos y al cabo de unos instantes la media docena de carruajes se perdían en la distancia. Thomas Jefferson los oyó vadear el riachuelo más allá de la cabaña. Aquel Frick Clifton era un individuo de cuidado, pensó. Frick se alegraría de armar un buen jaleo en el valle, si encontrara a alguien que luchara por él, por aquello de que a río revuelto…
Thomas Jefferson trató de dormir, pero no tuvo mucha suerte. Dio vueltas y más vueltas sobre el duro suelo de la cabaña hasta que la frialdad del aire le advirtió que era ya medianoche, y entonces, repentinamente desvelado, oyó los primeros ruidos sospechosos en el exterior.
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Se deslizó silenciosamente fuera de sus mantas y captó el intenso olor a resina recalentada de la madera de pino al arder. Casi inmediatamente vio brillar unas llamas en una esquina de la destartalada cabaña. El humo penetró en el interior y un resplandor amarillento brilló a través de las rendijas de las paredes.
En el exterior oyó una risa sofocada y la voz de Pete Prentice que ordenaba:
—Vigila la puerta, Luke. Cuando el humo le obligue a salir, échale el lazo. Quiero arrastrarle un poco por estos alrededores y enseñarle mejores modales.
Thomas Jefferson echó mano a su rifle, la más valiosa de sus pertenencias. Las otras cosas podían ser reemplazadas. La cabaña estaba cada vez más llena de humo, y el fuego se estaba extendiendo, como una cometa furiosa, con una cola de chispas, visible a muchas millas de distancia.
El calor aumentaba rápidamente y las llamas, lamiendo la parte exterior de las paredes de la cabaña, enviaban dedos exploradores a través de las grietas. Thomas Jefferson cogió una de sus mantas.
Eligió un lugar en el cual sabía que las tablas de la pared habían quedado debilitadas por el fuego. Envolviéndose la cabeza con la manta y manteniendo el rifle apretado contra su pecho, tomó impulso y arremetió contra la pared, con el hombro izquierdo por delante.
El crujido de la madera astillada le hizo comprender que su tentativa había sido coronada por el éxito, y poco después respiraba el fresco aire nocturno. Thomas Jefferson tiró la manta a un lado y salió de la zona del fuego. Y allí, a unos cincuenta pies de distancia, vio a Pete Prentice, con su cara de granito iluminada por el resplandor de las llamas.
Pete abrió la boca y el cigarrillo que estaba fumando cayó al suelo. Thomas Jefferson continuó corriendo, con el rifle en su mano izquierda y el puño derecho proyectado hacia adelante. Aquel puño se estrelló contra la abierta boca de Pete.
Pete Prentice no pronunció una sola palabra.
Thomas Jefferson continuaba sosteniendo el rifle con su mano izquierda. Recogiendo el inconsciente cuerpo de Pete Prentice se lo colocó debajo del brazo derecho. A continuación, con las manos de Pete Prentice arrastrando por el suelo detrás de él y las puntas de los dedos de los pies apuntadas hacia el suelo por delante, Thomas Jefferson empuñó el rifle en su mano izquierda como si fuera un revólver y apretó el gatillo. Luego tomó aliento y echó a andar alrededor de la incendiada cabaña.
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—¡Vamos! —gritó a la oscuridad que le rodeaba—. ¡Podéis acercaros!
¡Estoy dispuesto a charlar con vosotros!
A la izquierda, una voz aulló:
—¡Anda a por él, Luke!
A la derecha, otra voz respondió:
—¿Por qué no vas tú mismo?
Thomas Jefferson soltó el cuerpo de Pete Prentice y se apartó del círculo de luz.
—Voy a contar hasta tres —dijo—. Luego saldré detrás de vosotros y asaré vuestros hígados en las brasas del fuego que habéis encendido.
Hubo un momento de silencio, transcurrido el cual se oyó el desenfrenado galope de dos caballos que se alejaban en medio de la oscuridad.
Un gran cansancio se apoderó de Thomas Jefferson. Bajó hasta el riachuelo y se sentó en una piedra, tratando de pensar.
Pete Prentice era un tipo difícil de convencer, decidió, pero si tenía que ser un buen marido para Alta Lou, tendría que aprender a dejar a la gente en paz. Siempre había tenido el defecto de querer incordiar.
Thomas Jefferson miró hacia el lugar donde Pete estaba tendido. Confiaba en que Alta Lou no echaría de menos los dientes que le faltaban.
Luego se puso en pie y llenó la copa de su sombrero de agua, con la intención de arrojarla al rostro de Pete. Estaba muy cerca del caído cuando oyó a unos jinetes que se aproximaban a él por la derecha y por la izquierda. Comprendió que el resplandor del fuego había puesto en pie a todo el valle.
La voz de Frick Clifton cortó la oscuridad como un afilado cuchillo.
—¡Allí está el joven! —gritó.
Frick montaba una yegua a pelo.
—¿Te das cuenta? —acusó a Thomas Jefferson, cabalgando directamente hacia él—. Te advertí que Pete Prentice trataría de fastidiarte. ¡Vamos a arreglar este asunto ahora mismo! ¡Ya te dije que lo mejor sería que nos quedáramos para ayudarte!
—No me parece que necesite mucha ayuda —dijo quedamente la profunda voz de Merriweather.
—¡Os dije que King Denton no mantendría su palabra! —aulló Frick—. ¡Os dije que la palabra de King Denton no valía nada!
—Acérquese y dígame eso a la cara, Frick —dijo suavemente la voz de King Denton.
El ranchero y seis de sus vaqueros, atraídos por el fuego, habían llegado apresuradamente por el otro lado.
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—¡Ha roto usted su palabra! —rugió Frick, procurando ocultarse detrás de los otros hombres—. ¡En cuanto volvimos la espalda, envió a Pete Prentice detrás de nosotros!
—Pete Prentice actuó por su propia cuenta —dijo King Denton.
—Es su capataz —acusó Frick—. Y no tardará en convertirse en su yerno.
—Era mi capataz —rectificó King—. Y antes de que se convierta en mi yerno, meteré a mi hija en un saco y la ahogaré en el río.
Se apeó de su caballo, más parecido que nunca a un gallo de pelea, con fuego en los ojos y los espolones erizados. Arrancando el sombrero lleno de agua de manos de Thomas Jefferson, arrojó su contenido a la cara de Pete Prentice. Pete se incorporó, gimiendo, y King Denton le dio un fuerte puntapié en las costillas.
—¡Fuera de aquí! —le dijo. Luego se volvió hacia los rancheros—: Cuando doy mi palabra, la mantengo por encima de todo. —Miró fijamente a Thomas Jefferson—. Si piensas quedarte en esta región, ven a hablar conmigo. Tal vez yo tenga un trabajo para ti.
—Si me quedo aquí —replicó Thomas Jefferson—, no necesitaré ningún empleo. Ocuparé una parcela de terreno y me estableceré en ella.
—Y nosotros nos estableceremos a tu lado —declaró alegremente Frick Clifton—. ¡Vamos a trasladarnos todos aquí, junto a Thomas Jefferson!
Thomas Jefferson vio que los vaqueros de King Denton desmontaban y avanzaban detrás de Denton. Todos ellos llevaban revólver. Miró el rostro de King Denton, rojizo a la luz de las llamas, sin impresionarse lo más mínimo por aquel reto. Si los rancheros se trasladaban al valle, serían ellos los que romperían el acuerdo, y no King Denton.
Thomas Jefferson vio el antiguo amor a la lucha en King Denton, y supo que King Denton estaba pensando que tal vez aquélla sería una buena ocasión para recordar viejos y añorados tiempos.
Thomas Jefferson se adelantó hacia Frick Clifton, el cual no se movió. Estaba sonriendo, orgulloso de tener a Thomas Jefferson por aliado. Thomas Jefferson alargó la mano derecha y agarró a Frick por la pechera de la camisa. Levantó al hombrecito del suelo y le sacudió un poco. Luego, su mano soltó la camisa y rodeó como una argolla el cuello de Frick.
—Clifton —dijo Thomas Jefferson—, si ha hecho usted un trato con King Denton, será mejor que se atenga a los términos de ese trato, ¿de acuerdo?
Y abrió la mano.
Frick lanzó un chillido de terror y corrió a ocultarse en la oscuridad, donde nadie pudiera verle.
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—No hablaba por mí —murmuró desde allí—. Hablaba en nombre de los otros rancheros…
Thomas Jefferson abrió y cerró la mano derecha un par de veces.
—¿Y bien? —inquirió, encarándose con los otros rancheros.
—Yo estoy satisfecho —se apresuró a decir Merriweather—. Y creo que la mayoría de mis vecinos lo están también. ¿No es cierto, muchachos?
Hubo un momento de silencio y luego se oyó un coro de exclamaciones afirmativas. Thomas Jefferson se volvió hacia King Denton.
—Creo que también usted saldrá ganando si acaba de una vez con esto, Denton —dijo—. Si decido quedarme con este terreno y establecerme aquí será una cosa personal entre usted y yo.
—Mantendré mi palabra —replicó Denton—, pero no porque tú lo digas. Miró a Thomas Jefferson con cierta dureza, pero en sus ojos brillaba una
especie de lucecita burlona.
—De acuerdo —añadió—. Será algo personal entre tú y yo.
Y extendió el brazo, para indicar a sus hombres que había llegado el momento de marcharse.
Thomas Jefferson no trató siquiera de dormir durante el resto de la noche, y en cuanto se hizo de día ensilló la mula. Ahora no tenía ninguna manta, ya que las había perdido en el incendio. Conservaba los quinientos dólares en un cinturón especial, pero quinientos dólares no le parecían mucho dinero. Tenía los ojos irritados por la falta de sueño y un desagradable sabor en la boca.
Se llevó la mano al bolsillo en busca de su pastilla de mascar, pero interrumpió el gesto con una mueca de disgusto. Nunca más volvería a encontrarle sabor al tabaco. Cada vez que fuera a morderlo, recordaría la expresión desdeñosa con que Alta Lou le había llamado mascador de tabaco.
Descendió hasta el arroyo para lavarse la cara, imaginando que se sentiría mejor después de hacerlo, y de repente se quedó inmóvil, como si alguien acabara de asestarle un mazazo en la cabeza.
Allí, en la misma roca donde la había encontrado por primera vez, estaba sentada Alta Lou. Tenía un aspecto deprimido, como si el frío hubiera calado hasta sus huesos, y Thomas Jefferson supo que llevaba allí un par de horas, por lo menos.
Thomas Jefferson se acercó lentamente a ella y se quedó mirándola en silencio largo rato, y luego dijo:
—Siento mucho lo de Pete Prentice, Alta Lou. Ahora tendrás que buscarte otro marido.
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La luz matinal aumentaba en intensidad, y Thomas Jefferson pudo ver claramente aquellos ojos, de un azul tan claro como el del cielo después de una tormenta de verano, y los resplandores del amanecer mezclándose con los tonos dorados de sus cabellos, hasta el punto de que no se sabía dónde empezaban unos y terminaban otros. Thomas Jefferson se sintió íntimamente dolorido, y deseó ardientemente preguntarle a Alta Lou si quería pensar en él como probable marido, pero era un hombre con mucho amor propio y no podía suplicarle a una mujer.
—Creo que voy a marcharme —dijo Thomas Jefferson, y dio media vuelta, dispuesto a alejarse.
Pero Alta Lou se puso en pie y corrió hacia él, agarrando una de sus manos entre las suyas y obligándole a girar de nuevo sobre sí mismo.
—Thomas Jefferson —dijo Alta Lou—, ¿no te diste cuenta de que sólo trataba de evitar que te asesinaran? Si Pete hubiera sacado el revólver, se hubiera armado una espantosa trifulca en el rancho. No he olvidado ninguna de tus palabras, Thomas Jefferson. No he hecho más que pensar en ti durante cuatro largos años…
La sorpresa y la esperanza hincharon el pecho de Thomas Jefferson hasta casi hacerlo estallar. Pero un hombre tiene que pensar en su orgullo lastimado.
—Besaste a Pete Prentice —gruñó.
—Tuve que hacerlo —dijo Alta Lou—. Me daba asco. ¿Es que no te diste cuenta? Deseaba besarte a ti, pero tuve…
Se interrumpió bruscamente, pensando quizá que había ido demasiado lejos.
Thomas Jefferson estaba cada vez más asustado. Sus rodillas empezaron a temblar.
—Me llamaste mascador de tabaco —dijo débilmente.
—En aquel momento no se me ocurrió otra cosa —dijo Alta Lou, acercándose más a él—. No me importa que masques tabaco —añadió—. ¡Puedes hacerlo ahora mismo, si quieres!
Alta Lou se tambaleó, y Thomas Jefferson se tambaleó, y fue una verdadera suerte que estuvieran tan cerca uno de otro para cogerse.
—Ahora no quiero mascar tabaco, Alta Lou —dijo Thomas Jefferson—. No quiero mascar tabaco, porque voy a besarte. Se me ha ocurrido la idea de repente.
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JIM «EL GORILA»
MILTON DAVIES
L A aldea de Windwell se alza sobre una loma redondeada que semeja una isla en la boca del valle de Portland, en Oregón. Al norte y al este de la población se extienden muchos kilómetros cuadrados de terreno
pantanoso, que por el sur ha sido desecado para su aprovechamiento agrícola. Tan fértil es aquel terreno ganado al marjal, que las coles y las lechugas alcanzan en él proporciones gigantescas.
Los propietarios de los terrenos situados al norte del pueblo no quisieron ser menos que sus inteligentes vecinos del sur, y no tardaron en organizarse en cooperativa para el mejor aprovechamiento de sus tierras. Yo era empleado de la compañía encargada de los trabajos de desecación. Cuando tuvimos a punto las excavadoras, iniciamos la apertura de una gran zanja a través del pantano.
Al principio intenté vivir en el campamento flotante, en compañía de los obreros, pero los mosquitos que infestaban las riberas y la niebla espesa y pestilente que nos envolvía por las noches no tardaron en llevarme a Windwell, donde alquilé una habitación amueblada, la más miserable que he conocido en mi larga existencia, en el domicilio de la señora Ratz. Podía haber buscado más detenidamente, pero la seguridad de que la señora Ratz sabría guardarme celosamente la correspondencia me hizo decidirme por aquel alojamiento. Al fin y al cabo, en aquella habitación fría y lóbrega sólo tenía que dormir. Las comidas las hacía en el rústico comedor del campamento.
En Windwell no viven más allá de doscientas personas. La iglesia metodista ocupa la cumbre de la colina, y su campanario es visible desde larga distancia. Dos tiendas de comestibles, un almacén de ferretería, una sala de conferencias y el Buffalo Bar constituyen la totalidad de sus edificios públicos. A un lado del montículo se encuentran las casitas de madera de la
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aldea, y en el llano están las granjas de los terratenientes, rodeadas de setos de boj, que sirven de barrera al fuerte viento del anochecer.
Por las noches no puede hacerse nada en Windwell, salvo visitar el bar, un viejísimo local de madera con una galería cubierta en la fachada. Cada noche, todo habitante de Windwell de más de quince años de edad realiza por lo menos una visita al Buffalo Bar, para beber algo, hablar un poco y despedirse luego hasta el día siguiente.
Fat Carl, propietario y único dependiente, saluda a los forasteros con una indiferencia soñolienta que, pese a todo, inspira confianza e incluso afecto. Su rostro es huraño y su voz poco agradable, pero, sin embargo, cada vez que volvía hacia mí sus ojos apagados para decirme en tono impaciente: «Bueno, ¿qué va a tomar?», yo comprendía que me consideraba como a uno de los suyos y me sentía agradecido y satisfecho. Siempre hacía la misma pregunta, aunque lo único que podía ofrecer era whisky, y de una sola clase. Más de una vez le vi negarse a añadir un poco de jugo de limón al vaso que había servido a un forastero. A Fat Carl no le gustan las extravagancias. Lleva siempre un trapo blanco atado a la cintura y frota con él los vasos mientras se mueve de un lado a otro detrás del mostrador. El suelo del local es de madera, cubierto siempre de serrín, y las sillas en torno a las mesas son duras e incómodas. La única decoración visible la constituyen los carteles pegados a la pared por candidatos de remotas elecciones, subastadores y firmas comerciales.
De acuerdo con esta descripción, el Buffalo Bar podría parecerle a cualquiera un lugar infernal; pero cuando se recorre de noche la larga calle, después de haber estado batallando muchas horas contra la niebla y los mosquitos del pantano, y se oyen conversaciones y tintineo de vasos, se experimenta la sensación de haber llegado al paraíso.
Lo corriente es que se haya organizado una partida de póquer. Jeremy Ratz, el marido de mi patrona, es el único que se mantiene aparte, haciendo solitarios y haciéndose trampas descaradamente, ya que se ha impuesto la norma de que no puede beber mientras no le salga el solitario completo. Le he visto hacer trampas hasta cinco veces seguidas. Cuando gana, recoge la baraja cuidadosamente, se levanta y se dirige con mucha parsimonia al mostrador. Fat Carl, que ha empezado a llenarle el vaso desde que le ha visto incorporarse, le pregunta invariablemente:
—Bueno, ¿qué va a tomar?
—Whisky —contesta invariablemente Jeremy.
En el salón, los hombres del campo y de la aldea permanecen sentados en las incómodas sillas, o en pie, apoyados en el mostrador. Un murmullo
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apagado de conversaciones llena el local, salvo cuando es época de elecciones o se comentan importantes combates de lucha, ya que entonces las voces suben de tono.
Nada me desagradaba tanto como abandonar el Buffalo Bar para hundirme de nuevo en la noche húmeda y oscura, oyendo a lo lejos el ruido de los motores y el arrastrar de cadenas y cangilones de nuestra maquinaria, trabajando sin tregua en el suelo fangoso del pantano. Y, sobre todo, me horrorizaba la perspectiva de encerrarme unas horas en el sucio cuarto que me había cedido la señora Ratz.
Poco después de mi llegada a Windwell entablé amistad con Mae Romero, una hermosa muchacha de origen mejicano. Algunas noches salía a pasear con ella por la ladera sur del cerro, hasta que la pegajosa niebla nos obligaba a regresar al pueblo. Después de dejarla en casa, solía visitar por segunda vez el bar de Fat Carl.
Una noche estaba sentado en el bar, charlando con Alex Hartnell, propietario de una hermosa finca. Hablábamos de pesca, cuando se abrió la puerta y todos guardaron un súbito silencio. Alex me dio un disimulado codazo, diciéndome:
—Es Jim «el Gorila».
Me volví a mirar al recién llegado.
El apodo no podía ser más apropiado. Parecía, efectivamente, un enorme gorila estúpido y sonriente. Su lanuda cabeza caía ligeramente sobre su pecho, y sus largos brazos pendían inertes, dando la impresión de que, más que un hombre, era un cuadrumano vestido de azul. Se había detenido en el umbral, balanceando los brazos como acostumbran hacer los idiotas. Su sonrisa era grotesca e inalterable. Luego echó a andar como un gigantesco animal, silencioso y furtivo. Al llegar al mostrador se detuvo, mirando atentamente todos los rostros, y preguntó con ansiedad:
—¿Whisky?
Los habitantes de Windwell no se caracterizan por su esplendidez. Allí sólo se invita al vecino a echar un trago si se tiene la certeza de que el otro corresponderá inmediatamente. Por eso quedé sorprendido al ver que uno de los campesinos colocaba en silencio una moneda sobre el mostrador. Fat Carl llenó un vaso. El monstruo lo cogió ávidamente y vació su contenido de un trago.
—¿Qué diablos…? —empecé a decir, pero Alex me dio otro codazo, susurrando:
—Ssssst…
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Entonces empezó una curiosa pantomima. Jim «el Gorila» retrocedió hasta la puerta, y desde allí regresó al centro del salón andando a cuatro patas. La estúpida sonrisa no se borró de su rostro. Al detenerse, se dejó caer de bruces en el suelo y de su garganta surgió una voz: una voz que me parecía haber oído muchas veces.
—Es usted demasiado bonita para vivir en un pueblo tan mísero como éste.
Luego, la voz se transformó en otra más suave y melodiosa, con un ligero acento hispano.
—Es usted un adulador.
Creí desmayarme. La sangre latió con fuerza en mis sienes y me ruboricé intensamente. Lo que salía de la garganta de Jim «el Gorila» era mi voz, eran mis palabras, mi entonación. Y, después, la voz de Mae Romero…
El diálogo continuó. Esas cosas parecen estúpidas cuando es otro el que las dice. Jim continuó hablando, o, mejor dicho, yo continué hablando. Dijo cosas y emitió ruidos. Poco a poco, los rostros de todos los presentes se apartaron de Jim «el Gorila» para volverse hacia mí, sonriendo. Yo no podía hacer nada. Cuando todo hubo terminado, me alegré de que Mae Romero no tuviera parientes en el pueblo. Las palabras emitidas por los deformes labios de Jim me parecían ridículas y absurdas. Finalmente se incorporó, sonriendo como un idiota, y preguntó de nuevo:
—¿Whisky?
Creo que todos los que estaban en el bar me compadecían. Evitando mirarme, se enfrascaron en sus interrumpidas conversaciones. Jim «el Gorila» se dirigió a un rincón, se metió debajo de una mesa, enroscándose como un perro y disponiéndose a dormir.
Alex Hartnell me miraba con ojos compasivos.
—¿Es la primera vez que lo oye?
—Sí. ¿Qué significa todo esto?
Alex tardó unos segundos en contestar.
—Si está preocupado por la reputación de Mae, tranquilícese. Jim «el Gorila» la ha seguido otras veces antes de ahora.
—Pero, ¿cómo ha podido oírnos? Yo no le he visto nunca.
—Nadie ve ni oye a Jim «el Gorila» cuando actúa. Se mueve como un fantasma. ¿Sabe qué hacen los jóvenes del pueblo cuando salen de paseo con chicas? Se llevan perros. Los perros le tienen miedo a Jim y descubren su presencia inmediatamente.
—Pero, es increíble… Esas voces…
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Alex asintió.
—Lo sé. Alguien escribió en cierta ocasión a una Universidad hablando de Jim, y enviaron a un especialista. Estudiaron el asunto y nos dijeron que era un caso parecido al de Tom «el Ciego». ¿Ha oído hablar de Tom «el Ciego»?
—¿Se refiere al pianista de color? Sí, he oído hablar de él.
—Tom «el Ciego» también era idiota. Casi no sabía hablar, pero era capaz de reproducir en el piano todo lo que oía, por largo que fuese. Le pusieron a prueba con obras famosas y reprodujo no sólo la música, sino todos los detalles personales de la ejecución. Para cogerle en algún error, cometieron fallos a propósito. Y él los repitió exactamente. Era como si fotografiara la música. El experto nos dijo que el caso de Jim «el Gorila» era idéntico, con la diferencia de que lo que Jim reproduce son voces y palabras. No sabe lo que está diciendo, pero lo dice. Carece de inteligencia suficiente para inventar frases, por lo que se puede estar seguro de que todo lo que dice lo ha oído previamente.
—Pero, ¿por qué lo hace? ¿Qué interés tiene para él escuchar a los demás si no entiende nada?
Alex lió un cigarrillo y lo encendió.
—Ninguno. Pero le gusta el whisky y sabe que si escucha por las ventanas y luego viene aquí a repetir lo que ha oído, alguien le dará de beber. Por ejemplo, repite lo que la señora Ratz ha dicho en la tienda, o las conversaciones de Jerry Nolan con su madre, pero nadie le da whisky por cosas así.
—Es raro que no le hayan pegado un tiro mientras espiaba por una ventana.
Alex dio una chupada a su cigarrillo.
—Muchos se lo han propuesto, pero no hay modo de ver a Jim «el Gorila», ni de cazarlo. Ha tenido usted suerte de que la noche es oscura. De haberle visto, habría reproducido la acción, además de la palabra. Y le aseguro que la mímica de Jim imitando a una jovencita es algo horrible.
Dirigí una mirada a la figura acurrucada debajo de la mesa. Me daba la espalda, y la luz del salón iluminaba su enmarañada cabellera. Una mosca se posó en su cabeza, y juraría que vi temblar su cuero cabelludo como tiembla la piel de un caballo para sacudirse las moscas. Me estremecí involuntariamente.
La conversación general volvía a ser un murmullo indefinible y monótono. Fat Carl llevaba diez minutos secando un vaso con su delantal.
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Cerca de mí, un grupo de hombres hablaba de perros de caza. Súbitamente, Alex me cogió del brazo.
—Vamos a tomar algo —dijo.
Nos acercamos al mostrador. Fat Carl sacó dos vasos.
—Bueno, ¿qué van a tomar?
No contestamos. Carl llenó los vasos y luego se volvió hacia mí, haciéndome un guiño casi imperceptible. Sin saber por qué, me sentí halagado. Carl señaló con la cabeza al hombre que dormía debajo de la mesa.
—Le ha tomado el pelo, ¿eh?
Le devolví el guiño.
—La próxima vez llevaré un perro —dije.
Apuramos nuestros vasos y regresamos a nuestros asientos. Jeremy Ratz terminó un solitario y recogió la baraja antes de acercarse al mostrador.
En aquel preciso instante, Jim «el Gorila» salió de su escondrijo y miró a su alrededor, sonriendo. Repitió con insistencia su pregunta:
—¿Whisky? ¿Whisky?
Parecía el canto de un pájaro. No sabría decir de qué clase de pájaro, pero yo lo había oído en alguna parte: dos notas de escala ascendente, repetidas una y otra vez.
—¿Whisky? ¿Whisky?
Cesaron las conversaciones, pero nadie se adelantó a dejar dinero sobre el mostrador. Jim repitió, en tono plañidero:
—¿Whisky?
Entonces trató de interesar al público. De su garganta salió una voz de mujer que decía con enfado:
—Le digo que todo era hueso. A veinte centavos la libra, y la mitad era hueso.
Y un hombre que contestaba:
—Sí, señora, tiene usted razón. No me había dado cuenta. Le daré unas salchichas en compensación.
Jim «el Gorila» miró a su alrededor, esperando.
—¿Whisky?
Pero nadie se adelantó. Jim se dirigió al centro del local y se agachó.
Pregunté en voz baja:
—¿Qué está haciendo ahora?
Alex contestó, también en voz baja:
—Escuchando por una ventana.
Se oyó una voz de mujer, enérgica, segura, fría.
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—No acabo de comprenderlo. ¿Acaso eres un monstruo? Si no lo hubiese visto, no podría creerlo.
Otra voz femenina le contestó, ahogada y trémula, llena de congoja.
—Es posible que sea un monstruo, como dices. Pero no puedo evitarlo. ¡No puedo!
—«Tienes» que poder —dijo la otra voz—. De lo contrario, prefiero verte muerta.
Un sollozo escapó de los gruesos labios de Jim «el Gorila». El sollozo de una mujer desesperada. Me volví hacia Alex. Estaba rígido en su silla, con los ojos muy abiertos, sin parpadear siquiera. Abrí la boca para hacerle una pregunta, pero me ordenó con un gesto que me callara. Entonces me di cuenta de que todo el mundo estaba callado y tan atento como Alex. Los sollozos cesaron.
—¿Nunca has sentido lo que yo siento, Emalin?
Alex pareció quedarse sin respiración al oír aquel nombre. La fría voz que había hablado en primer lugar contestó con energía:
—Desde luego que no.
—¿Nunca? ¿Ninguna noche? ¿Nunca… nunca en toda tu vida?
—Nunca. Y no pienso tolerarlo en ti. Si no dominas tus nervios, haré que se te someta a tratamiento médico. Ahora, vete a rezar.
Jim «el Gorila» sonrió, mostrando los dientes.
—¿Whisky?
Dos hombres se adelantaron en silencio y depositaron unas monedas en el mostrador. Fat Carl llenó dos vasos, y luego un tercero, cuando Jim los hubo apurado. El detalle revelaba la fuerte impresión que el tabernero acababa de recibir, ya que el dueño del Buffalo Bar nunca invitaba a nadie. Jim «el Gorila» volvió a sonreír antes de encaminarse hacia la puerta, que se cerró detrás de él sin ruido.
La conversación pareció haberse apagado definitivamente. Uno a uno, los clientes fueron saliendo del local. Alex se levantó también, y yo le seguí.
La niebla era espesa y maloliente. Se pegaba a las casas. Apreté el paso para alcanzar a Alex.
—¿Qué ha pasado? —pregunté—. ¿De qué se trata?
Por un instante creí que no iba a contestarme. Luego se detuvo.
—Verá, toda población tiene sus aristócratas, su familia selecta, colocada por encima de toda sospecha —me explicó Alex—. Emalin y Amy Hawkins son nuestras aristócratas, dos solteronas muy bondadosas. Su padre era miembro del Congreso. Sucede algo que no me gusta nada. Jim «el Gorila»
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no debería meterse en eso. Las dos mujeres le dan de comer y cuidan de él. No tendrían que darle whisky por esos chismes. Ahora no dejará de rondar la casa, sabiendo que tiene el whisky asegurado.
Pregunté:
—¿Son parientes suyas?
—No, pero son… distintas a los demás. Su granja está junto a la mía. Tienen unos cuantos colonos chinos. Verá… es algo muy difícil de explicar. Las Hawkins, más que mujeres, son símbolos. Son el ejemplo que ponemos a nuestros hijos cuando queremos referirnos a… lo que está bien.
—Entonces —dije—, nada de cuanto diga Jim puede perjudicarlas, ¿verdad?
—No lo sé. No tengo idea de lo que significan aquellas palabras. O, mejor dicho, creo que sí la tengo. En fin, vaya a acostarse. No he traído el Ford, y tendré que ir andando hasta mi casa.
Dio media vuelta y se perdió entre la espesa niebla.
Me dirigí a casa de la señora Ratz. Podía oír la trepidación del motor diesel en el pantano y el ruido metálico de la excavadora que iba abriéndose paso en el terreno encharcado. Era noche de sábado. La draga se pararía al amanecer, para reanudar su trabajo a mediodía del domingo. El ruido lejano bastaba para indicarme que todo iba bien. Subí a mi cuarto. Una vez en la cama dejé un rato la luz encendida y contemplé el absurdo diseño floral del papel de las paredes. Pensaba en aquellas dos voces que habían brotado de la garganta de Jim «el Gorila». Eran voces auténticas, no vulgares imitaciones. Recordando su acento, podía ver a las dos mujeres que habían hablado: Emalin, la de la voz fría, y Amy, con su rostro transido de dolor. ¿Cuál podía ser el motivo de aquel dolor? ¿Tal vez la soledad, tan terrible para una mujer? No podía creerlo, porque en su voz latía un terror indecible. Me quedé dormido sin apagar la luz, y muy avanzada la noche tuve que levantarme para hacerlo.
A las ocho de la mañana cruzaba el pantano para reintegrarme al trabajo. Los obreros estaban muy atareados poniendo cable nuevo en los tambores y retirando el cable viejo y gastado. Estuve supervisando la tarea y alrededor de las once regresé a Windwell. Delante de la pensión de la señora Ratz vi a Alex Hartnell en su Ford modelo T. Me llamó.
—Ahora mismo iba en busca de usted. He matado un par de pollos, y quería pedirle que nos acompañara en la mesa.
Acepté, complacido. Nuestro cocinero no era malo, pero me producía náuseas verle fumar unos enormes cigarros en una boquilla de bambú, con sus
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dedos manchados de nicotina. Subí al Ford de Alex y descendimos la ladera en dirección a las ricas tierras del sudoeste. Cuando llegamos al llano, el coche se detuvo.
—¿Se acuerda usted de las Hawkin? —me preguntó Alex.
—Sí, desde luego.
Señaló con la cabeza:
—Esa es su casa.
El edificio era apenas visible, porque un alto seto de boj lo rodeaba por los cuatro costados. Sólo podían distinguirse el tejado y la parte alta de las ventanas. Pude ver que la casa estaba pintada de color marrón oscuro, como casi todas las escuelas y estaciones de ferrocarril de Oregón. El granero se alzaba fuera de la cerca, en la parte posterior de la casa. El seto estaba muy bien cortado y parecía extraordinariamente fuerte y espeso.
—El seto sirve para detener el viento —me explicó Alex.
—Pero no para detener a Jim «el Gorila» —repliqué.
Su rostro se ensombreció. Luego me señaló una casita blanca que se levantaba en medio de los sembrados.
—Allí es donde viven los colonos chinos. Son muy trabajadores. Me gustaría tener algunos a mi servicio.
En aquel momento se abrió un rastrillo y apareció un carruaje que salió al camino. El caballo era viejo, pero estaba muy bien cuidado. En las dos puertas veíanse unas grandes H de plata.
Alex me dijo:
—Ahí las tiene, camino de la iglesia.
Nos quitamos los sombreros y dedicamos respetuosas reverencias a las distinguidas señoritas, que contestaron a nuestro saludo con leves inclinaciones de cabeza. Pude contemplarlas a placer y quedé realmente sorprendido. Jim «el Gorila» era mucho más monstruoso de lo que podía imaginar, ya que era capaz de dar una imagen perfecta de una persona reproduciendo el tono de su voz. No tenía necesidad de preguntar cuál de las dos hermanas era Emalin y cuál era Amy. Los ojos claros y limpios, la barbilla erguida y firme, la boca breve y de labios finos, la silueta angulosa y señorial, correspondían a Emalin. Amy se le parecía mucho, pero, no obstante, era completamente distinta. Su mirada era dulce, su boca carnosa, sus contornos redondeados. Emalin debía tener de cincuenta a cincuenta y cinco años, y Amy sería unos diez años más joven. Sólo pude verlas un momento pero, aunque parezca extraño, creo que a pocas personas del mundo conozco tan bien como a aquellas dos mujeres.
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Alex estaba diciéndome:
—¿Comprende ahora lo que le decía acerca de los aristócratas?
Asentí con un gesto. Era fácil de comprender. Cualquier comunidad se sentiría a salvo contando con dos mujeres como aquéllas. Un lugar como Windwell, con sus nieblas ponzoñosas, sus pantalones malolientes y traicioneros, necesitaba realmente personas como las hermanas Hawkin.
La comida fue muy agradable. La hermana de Alex preparó los pollos e hizo maravillas con el resto del menú. Sentí crecer mi antipatía hacia nuestro pobre cocinero. Luego nos sentamos a fumar y a beber buen coñac.
Entre sorbo y sorbo, le dije a Alex:
—No comprendo por qué va al Buffalo. Allí el whisky es…
—Lo sé —me interrumpió Alex—. Pero el Buffalo no es sólo un bar, sino el cerebro de Windwell. Es su periódico, su teatro y su club.
Esto era tan cierto que cuando Alex puso en marcha su Ford para devolverme a mi domicilio supe, como lo sabía él, que pasaríamos un par de horas en el Buffalo Bar antes de despedirnos.
Estábamos llegando al pueblo cuando descubrimos en el camino las luces semiapagadas de otro automóvil. Alex frenó bruscamente, diciéndome:
—Es el doctor Holmes.
Cuando el otro vehículo se detuvo, gritó:
—¡Doctor Holmes! ¿Podrá ir a ver a mi hermana? Tiene una hinchazón en el cuello.
El doctor respondió, también a gritos:
—De acuerdo, Alex. Iré en cuanto pueda. ¿Quiere apartarse, por favor? Tengo prisa.
Alex continuó hablando.
—¿Algún enfermo grave?
—Miss Amy. Su hermana me ha llamado por teléfono pidiéndome que acudiera cuanto antes…
Alex dio marcha atrás y dejó pasar al médico. Luego continuamos nuestro camino. Estaba a punto de decir que la noche parecía muy despejada, cuando descubrí a lo lejos los primeros jirones de niebla que brotaban de los pantanos y trepaban como serpientes por la falda de la montaña. El Ford se detuvo delante del Buffalo Bar. Entramos.
Fat Carl se acercó a nosotros, limpiando un vaso en su delantal. Sacó una botella de whisky de debajo del mostrador.
—Bueno, ¿qué van a tomar?
—Whisky.
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La sala estaba llena de público. Todos mis obreros se encontraban allí, excepto el cocinero, el cual estaría sin duda tumbado en su camastro, fumando un pestilente cigarro en su boquilla de bambú. No bebía nunca, y eso bastaba para que no me fuese simpático.
El Buffalo era el bar más tranquilo que he conocido. Nunca se producían altercados, se cantaba poco, y nadie hacía trampas en el juego. Los ojos apagados y sombríos de Fat Carl convertían el beber en un acto solemne y pacífico. Jeremy Ratz, el único tramposo del pueblo, hacía solitarios en un rincón. Alex y yo apuramos nuestros vasos. No había sillas disponibles, por lo que tuvimos que quedarnos apoyados contra el mostrador, conversando de temas triviales. Pedimos whisky un par de veces más, y así debieron transcurrir casi dos horas. Alex había dicho ya que se marchaba a casa, y yo estaba a punto de hacer lo propio. Los obreros se dirigían a la puerta, porque a medianoche se reanudaba el trabajo en tropel.
En aquel momento se abrió la puerta silenciosamente y Jim «el Gorila» penetró en el salón, balanceando sus velludos brazos mientras sonreía estúpidamente.
—¿Whisky? —preguntó.
Nadie le hizo caso. Entonces empezó su pantomima, arrojándose al suelo como le había visto hacer la primera vez y pronunciando palabras incomprensibles con voz cantarina, probablemente en chino. Luego me pareció que una voz distinta repetía las mismas palabras, más despacio y sin acento nasal. Jim levantó la cabeza y preguntó:
—¿Whisky?
Me sentí interesado y con ganas de verle actuar, de modo que deposité una moneda sobre el mostrador. Jim se incorporó y acudió en busca de su whisky. Casi inmediatamente me arrepentí de mi impulso. La expresión de Alex era terrible cuando Jim «el Gorila» se situó en el centro de la sala, adoptando la actitud de quien escucha atentamente junto a una ventana.
La helada voz de Emalin Hawkin estaba diciendo por boca de Jim:
—Aquí la tiene, doctor.
Cerré los ojos para no ver al monstruo, e inmediatamente creí encontrarme ante la solterona.
Había escuchado la voz del doctor aquella misma noche, en la carretera, y puedo asegurar que efectivamente aquella voz era la suya.
—Ya… ¿Y dice usted que se ha… desmayado?
—Sí, doctor.
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Hubo una breve pausa antes de que la voz del médico preguntara, con gran dulzura:
—¿Por qué lo ha hecho, Emalin?
—¿Por qué ha hecho… qué?
En la pregunta latía una oculta amenaza.
—Soy su médico, Emalin, y fui el médico de cabecera de su padre. Tiene que decírmelo todo. ¿Cree que es la primera vez que veo esa marca en el cuello de una persona? ¿Cuánto tiempo llevaba colgada cuando usted la bajó?
La pausa que siguió fue más larga. Luego, la voz de la mujer sonó apagada, casi como un susurro.
—Dos o tres minutos. ¿La salvará, doctor?
—Desde luego. No es grave. Pero, ¿por qué lo ha hecho?
La respuesta fue más helada y cortante que todas las palabras anteriores.
—No lo sé.
—Quiere decir que no quiere decírmelo.
—Quiero decir lo que digo.
A continuación, la voz del doctor dio diversas instrucciones sobre el tratamiento a seguir: reposo, dieta y un poco de licor.
—Sobre todo, sea amable con ella —añadió—. No le reproche nada.
La voz de Emalin tembló ligeramente al decir:
—No se lo contará a nadie, ¿verdad, doctor?
—Soy su médico —respondió el doctor Holmes—. Puede confiar en mi discreción. Esta misma noche le enviaré un soporífero.
—¿Whisky?
Abrí los ojos. El horrible Jim sonreía, pidiendo su recompensa.
Todos guardaban silencio, como avergonzados. Fat Carl miraba al suelo.
Me volví hacia Alex para disculparme, ya que el verdadero culpable era yo.
—No podía suponer que ocurriría esto —murmuré—. Lo siento.
Salí a la calle y me encaminé a casa de la señora Ratz. Una vez en mi cuarto, abrí la ventana. Lejos, en el pantano, se escuchaba el ruido del motor, ya en marcha. Poco después oí el tintineo de los cangilones que sacaban agua fangosa del canal.
A la mañana siguiente se produjeron una serie de accidentes, inevitables en un trabajo como el nuestro. Uno de los cables nuevos se partió, dejando caer un cangilón sobre uno de los pontones e inundándolo completamente. Cuando instalamos un cable de repuesto y tiramos de él con un cabrestante
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para reparar el daño, el segundo cable se rompió también y cortó limpiamente las dos piernas de uno de los operarios. Le ligamos los muñones como pudimos y lo trasladamos apresuradamente a Portland. Luego ocurrieron otros accidentes de menor importancia. Un mecánico se hirió con un alambre y la herida se le infectó. El cocinero confirmó mis anteriores sospechas al ser descubierto en el momento en que intentaba venderle marihuana al capataz. La tranquilidad había huido de nuestro lado. Tardamos dos semanas en instalar un nuevo pontón y en conseguir otro operario y un nuevo cocinero.
Mi vida social en Windwell se había hecho más difícil desde el desgraciado incidente de la última noche en el Buffalo Bar, pero cuando la excavadora volvió a funcionar normalmente no pude resistir la tentación de dirigirme a casa de Alex Hartnell, una noche. Al pasar por delante del domicilio de las Hawkin miré curiosamente a través de uno de los rastrillos del seto. La casa estaba a oscuras. El viento era muy fuerte, y a ratos desgarraba la espesa niebla. A la luz de la luna que aquellas ráfagas dejaban pasar de vez en cuando pude ver una negra silueta que corría a través del patio y me pareció escuchar un gemido. Por las pisadas, creí reconocer a uno de los colonos chinos.
Alex pareció alegrarse al verme. Su hermana había salido. Me senté junto a la estufa y él me ofreció un trago de coñac.
—He oído decir que ha estado de mala suerte —comentó Alex.
Le expliqué nuestras dificultades.
—Los accidentes vienen por rachas. Dicen mis hombres que nunca se producen menos de tres, y a veces cinco, siete y hasta nueve seguidos.
Alex asintió.
—Yo también lo creo.
—¿Qué sabe de las hermanas Hawkin? —le pregunté—. Cuando he pasado por delante de su casa me ha parecido oír llorar a alguien.
Alex no parecía tener ganas de hablar de aquel tema, pero finalmente se decidió a hacerlo.
—Las visité la semana pasada. Miss Amy no se encuentra muy bien. No pude verla; sólo vi a miss Emalin.
Tras una breve pausa, añadió:
—Algo les pasa… algo muy raro.
—Le veo a usted preocupado.
—Lo estoy. Verá, el viejo Hawkin y mi padre eran íntimos amigos. Mi hermana y yo llamábamos a sus hijas tía Amy y tía Emalin. Estoy convencido
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de que son incapaces de hacer nada malo. Y sería poco conveniente para todos nosotros que las hermanas Hawkin no fueran lo que son.
—¿La conciencia de la comunidad?
—La válvula de seguridad, si prefiere llamarlo así —dijo Alex—. Su casa ha sido siempre un refugio para todos. Son orgullosas, pero creen en los valores eternos. Y su vida ha sido siempre un ejemplo de que la honradez y la decencia son la mejor política. Realmente las necesitamos.
—Comprendo.
—Pero creo que ahora miss Emalin se enfrenta con algo terrible, y tengo la impresión de que lleva las de perder.
—¿Qué quiere decir?
—Ni yo mismo lo sé. Pero he llegado a pensar en pegarle un tiro a Jim «el Gorila» y echar su cadáver al pantano. Lo he pensado muy en serio.
—Él no tiene la culpa —protesté—. No es más que un gramófono que repite todo lo que oye; la única diferencia consiste en que hay que darle whisky en vez de cuerda.
Nuestro trabajo volvió a ser rutinario y normal. La excavadora iba abriéndose paso en el suelo del pantano. Mis hombres estaban convencidos ya de que la mala racha había pasado, y el nuevo cocinero se mostraba tan amable, que los obreros hubieran comido cemento hervido, sin protestar. En un cocinero de campamento, el don de gentes es más importante que la habilidad culinaria en sí.
Un par de noches después de mi visita a Alex me presenté en el Buffalo Bar. Fat Carl me recibió, como siempre, secando cuidadosamente un vaso.
—Whisky —dije en voz alta, sin darle tiempo a preguntarme qué quería. Tomé el vaso y me dirigí a una mesa. Alex no se encontraba en el
establecimiento. Jeremy Ratz estaba teniendo mucha suerte con su solitario: le salió bien cuatro veces seguidas y se obsequió con otros tantos tragos. A medida que avanzaba la noche llegaban más clientes.
Alrededor de las diez nos enteramos de la sorprendente noticia. Miss Amy se había suicidado. ¿Cómo se enteró el vecindario? Lo ignoro. Decían que se había ahorcado. Los asiduos del bar se mostraban reacios a comentar el asunto. Era algo que no acababan de comprender. Se formaron algunos corrillos, y todo el mundo hablaba en voz baja.
De pronto se abrió la puerta y entró Jim «el Gorila», sonriendo estúpidamente. Sus enormes pies parecían patinar sobre el piso de madera.
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—¿Whisky? ¿Whisky? —preguntó, con voz cantarina.
Todos estaban sedientos de información. Comprendían que su curiosidad era malsana, pero no podían evitarlo. Fat Carl llenó un vaso. Jeremy Ratz olvidó la baraja por un momento y se acercó al mostrador. Jim apuró el contenido del vaso mientras yo cerraba los ojos.
El doctor hablaba en tono duro.
—¿Dónde está, Emalin?
Nunca había oído una voz como la que respondió, fría, mecánica, pero al mismo tiempo impregnada de una angustia infinita.
—En la habitación de al lado, doctor.
Hubo un larga pausa. Luego, la voz del doctor:
—Ha estado colgada demasiado tiempo. ¿Por qué lo ha hecho, Emalin?
—No lo sé, doctor.
Silencio. Luego:
—Hum… Emalin, ¿sabía usted que Amy esperaba un niño?
—Sí, doctor.
—Supongo que no ha sido por eso por lo que ha tardado tanto en encontrarla… Perdone, Emalin, no he querido decir eso.
La voz de Emalin recobraba poco a poco su seguridad.
—¿No puede extender el certificado de defunción sin mencionar…? —Desde luego. Tranquilícese. Hablaré también con el de la funeraria. No
debe preocuparse.
—Muchas gracias, doctor.
—Ahora tengo que llamar por teléfono. Pero no quiero que se quede sola. Venga conmigo al otro cuarto, Emalin. Voy a ponerle una inyección que le calmará los nervios…
—¿Whisky? ¿Whisky?
Abrí los ojos para ver aquella horrible sonrisa de idiota. Fat Carl le sirvió otro vaso. Jim «el Gorila» bebió y luego fue a echarse bajo una mesa, para quedarse dormido casi inmediatamente.
Nadie habló. Todo el mundo parecía estar aturdido, después de haber presenciado el derrumbamiento de un mito. Luego entró Alex y se acercó a mí.
—¿Se ha enterado? —me preguntó.
—Sí.
—Me lo estaba temiendo —dijo Alex—. Sabía que sucedía algo raro… —¿Sabía usted que miss Amy esperaba un niño? —le pregunté. Noté que se ponía rígido. Miró a su alrededor antes de inquirir:
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—¿Jim «el Gorila»?
—Sí.
Alex se pasó una mano por los ojos.
—No puedo creerlo —murmuró.
Iba a contestarle cuando oí un ruido. Jim salía de su escondrijo para acercarse a la luz.
—¿Whisky?
Entonces, Alex se encaró con todos los presentes.
—¡Escuchadme bien! Este asunto ha ido ya demasiado lejos. Se acabó.
Si esperaba que alguien le contradijera debió sentirse decepcionado, porque todos asintieron en silencio.
—¿Whisky?
Alex se volvió hacia el idiota.
—Deberías sentirte avergonzado. Miss Amy te daba de comer, y si llevas puesta alguna ropa es gracias a ella.
Jim seguía sonriendo, sin comprender.
Repitió sus habilidades, esta vez pronunciando unas palabras incomprensibles, al parecer en chino. Alex se tranquilizó.
Pero luego se oyó otra voz que, lentamente, repetía las mismas palabras de aquel lenguaje oriental.
Alex se movió con tanta rapidez que nadie pudo detenerle. Descargó violentamente su puño contra la sonriente boca de Jim.
—¡He dicho que esto se acabó! —gritó fuera de sí.
Jim «el Gorila» recuperó el equilibrio. Tenía un labio partido y chorreando sangre, pero no había dejado de sonreír. Sus brazos rodearon el cuerpo de Alex como los tentáculos de un pulpo, oprimiendo su cintura con una fuerza increíble. Entonces salté yo también para coger uno de aquellos brazos y retorcerlo, sin conseguir que soltara su presa. Fat Carl se acercó por detrás con una barra de hierro y tuvo que golpear varias veces aquella cabeza lanuda y gigantesca antes de que Jim cayera inerte al suelo. Ayudé a Alex a incorporarse.
—¿Le ha hecho daño?
—Me duele mucho la espalda. Pero no será nada.
—¿Tiene el Ford ahí fuera? Le llevaré a su casa.
Ninguno de los dos miró hacia la casa de las hermanas Hawkin. Yo no aparté la vista de la carretera. Ayudé a Alex a entrar en su casa, que estaba a oscuras, le desnudé y le serví un vaso de coñac. Desde que salió del bar no había despegado los labios, pero mientras le tendía en la cama me preguntó:
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—¿Cree que alguien se ha dado cuenta? Actué a tiempo, ¿verdad?
—¿A qué se refiere?
—Escuche: lo más probable es que tenga que guardar cama unos días. Si oye que alguien lo insinúa, hágale callar… ¿Me lo promete?
—Le repito que no sé de qué me está hablando.
Me miró a los ojos un momento.
—Me parece que puedo confiar en usted —dijo finalmente—. Sepa que la segunda voz… era la de miss Amy.
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EL TURNO PROLONGADO
EUGENE MANLOVE RHODES
L OS ecos de la explosión volaron de risco en risco; una enrarecida nube de humo y polvo colgó pesadamente sobre la boca de la galería. Se precipitaron hacia el vaciadero: los cuatro hombres del turno de noche, apaciblemente dormidos un momento antes; el joven director, empuñando todavía una pluma en sus enervados dedos; el herrero, el cocinero y el
aguador mejicano…, todo lo que quedaba de los Argonautas.
Nadie habló; no había necesidad. La dinamita, almacenada en el largo pasillo, había estallado; nadie sabía cómo ni por qué. Las paredes de la galería se habían derrumbado; el vaciadero había quedado casi destruido; la propia ladera de la colina había experimentado los efectos de la explosión, deslizándose hacia el lugar donde poco antes se abría la galería de la Golden Fleece. Los ocho hombres del turno de día estaban enterrados vivos. Trabajando en los tajos y vaciaderos de los niveles más profundos, era difícil que hubieran resultado muertos instantáneamente. Tenían ante ellos la larga y lenta agonía de la asfixia… o la misericordia del fuego. Porque allí había apenas espacio y era de temer que la explosión hubiera incendiado el maderaje de la mina.
Los cuatro hombres silenciosos de la bocamina sabían esto: sabían que no existía ninguna posibilidad de que los que estaban enterrados en el interior pudieran abrirse camino a tiempo… aunque hubiesen sido ochenta en vez de ocho. Apartar aquel montón de rocas destrozadas costaría semanas de trabajo; y el aire de que disponían en la tumba subterránea duraría horas o días. Sabían, también, que sus camaradas estarían hablando esperanzadamente, incluso entonces, de «los muchachos»; que hasta el último de los prisioneros confiaría inquebrantablemente… ¡en ellos! Y uno se dejó caer sobre su rostro y gritó el nombre de Dios: Van Atta, director y copropietario.
—¡No hay ninguna esperanza, ninguna esperanza, ninguna esperanza! — sollozó—. No podemos salvarles. Keough quería que instalara un ventilador
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en la galería. No lo hice… ¡y ahora les he asesinado! Esperarán nuestra ayuda…, la esperarán…, la esperarán… ¡Dios mío! ¡Dios mío!
Era joven, inexperto, y se enfrentaba por primera vez con la muerte repentina y violenta: no era extraño que por un instante se hubiera derrumbado. Sólo por un instante… Inmediatamente se incorporó, con el rostro iluminado por la esperanza y la energía.
—¡El antiguo túnel de Showdown! ¡Lo recordarán! Si están vivos, esperarán que nos abramos camino desde allí. Keough trató de enlazarlo con la Galería Cuatro en su nivel más abajo, para ahorrar un montacargas. Entonces lo revisé…, conozco su emplazamiento…, podemos abrirnos paso por allí. ¡Vamos! ¡Oh, Dios mío, aún podemos hacerlo!
Se dirigieron hacia la ladera de la montaña, portando taladros, martillos, «cucharas», picos, palas, pólvora, espoletas, agua, velas…, todo lo necesario para empezar a trabajar.
Cuando llegaron al túnel, Van Atta colocó una cuña en la pared colgante. —Empezaremos aquí. Hay que mantener un ángulo de cuarenta y cinco
grados en relación con el curso del túnel, y una inclinación de veinte grados. Se encuentra a una distancia de veinticuatro a veinticinco pies, y siete pies debajo de nosotros.
—¡Vamos! —dijo Price, poniendo en marcha uno de los taladros.
White empezó otro agujero encima de él.
Van Atta levantó la voz para que pudiera ser oída por encima del ruido de los taladros.
—Jones afilará ahora los barrenos y les ayudará más tarde. El trabajo recaerá sobre ustedes cinco; Charlie y yo no haríamos más que estorbar. Y el muchacho mejicano puede hacer más trabajo que cualquiera de nosotros. Nosotros tres armaremos una especie de ventilador, traeremos hasta aquí la forja y la cocina, apartaremos los escombros, prepararemos sus comidas. Ustedes se ocuparán exclusivamente de los taladros. Perforaremos hasta llegar al otro lado. Entonces podremos insuflar aire fresco a través del agujero, y hacerles llegar agua, café y sopa caliente. ¡Si dispusiéramos de más hombres! Tal vez debiera enviar a alguien a San Clemente en busca de ayuda. O al norte, a los ranchos de Red Mesa…
—Red Mesa está más cerca, pero es probable que no haya nadie allí. Está a cuarenta y cinco millas de San Clemente —dijo Lone Miller—. El muchacho no podría llegar a pie… y no podemos prescindir de un hombre. Cuando regresaran, sería demasiado tarde… y el trabajo que el hombre haga aquí puede representar la salvación. Pero hay otros dos hombres, además de
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nosotros, en Malibu Knob. Caradoc Hughes se encuentra a sólo cinco millas de aquí. Está en la mina de cobre de Nymyer, y hay otro galés con él. Podríamos avisarles. Acaban de llegar de la ciudad. Les vi ayer tarde, cuando estaba cazando. Doc es un individuo poco recomendable: un ladrón de campamentos de baja estofa. ¡Tengo que vérmelas con él, maldito truhán! Pero no ahora. Puede romper más rocas que cualquier hombre que se tenga en pie. Envíe a alguien en su busca. Tal vez venga —dijo sarcásticamente—. Dígale que es nuestra única posibilidad de ayuda…, que no podemos abrirnos paso a tiempo. Dígale que lo he dicho yo, Lone Miller…, que yo le pido que venga.
—Esto es un trabajo para mí —dijo Charlie, el cocinero—. Guarden a los hombres para el trabajo de hombres.
Y se marchó.
—El otro tipo también es bueno —dijo Miller—. No tan bueno como Hughes, pero es minero. Un buen minero galés.
Dos de los hombres del turno de noche eran galeses.
—Manos a la obra, hijo mío —dijo uno de ellos, muy complacido.
Los martillos cayeron de nuevo contra los barrenos, y éstos se hundían tan fácilmente en la roca que el trabajo parecía tan sencillo como clavar tacos en una pared. Pero detrás de cada golpe estaban la espalda y los hombros de un endurecido minero.
En la forja, el herrero golpeaba sin cesar el enrojecido acero, afilando juego tras juego de barrenos. Cada juego se componía de varios barrenos, cada uno de los cuales era unas pulgadas más largo que el anterior. Los más cortos tenían un pie de longitud, y los más largos de cuatro a cinco. El herrero trabajaba cuidadosamente, comprobando que la temperatura del acero fuera la adecuada para que el temple resultara perfecto.
Entretanto, el muchacho mejicano y el director trabajaban en su improvisado ventilador, uniendo trozos de tubo de goma. Antes de que hubieran terminado estallaron las primeras cargas. Dejando a Clovis el cuidado del improvisado tubo, Van Atta entró en el túnel. Las velas esparcían una débil claridad a través del viciado humo, en el lugar donde Miller y White practicaban un nuevo agujero. Williams apartaba las rocas arrancadas por las cargas y se las entregaba a Price, el cual las llevaba un poco más lejos.
—¡Esto marcha bien, esto marcha bien! —dijo Van, empalmando una manguera a la tubería—. ¡Vaya! ¡Esta pólvora está un poco pasada! Ustedes dos, muchachos, salgan a tomar el aire hasta que les llegue el turno de barrenar. Yo sacaré los escombros. No cometan el error de hacer el agujero
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tan pequeño que luego no puedan seguir avanzando… y no pierdan tiempo trabajando con barrenos mellados.
A partir de aquel momento, Clovis y Van manejaron la bomba de modo que en la galería pudiera renovarse el aire. Mientras el segundo le daba al fuelle, en la semioscuridad, divisó dos formas negras que se recortaban contra la línea del horizonte.
—¡Oh, buen trabajo! ¡Buen trabajo, Cooky! —exclamó alegremente—. ¡Diez millas, y con estos caminos! ¡Ha tenido que correr mucho!
En el túnel estallaba una carga cuando Van llevó la noticia.
—Temía que ocurriera algo —dijo Miller—. Podían haber estado ausentes…, cazando, tal vez. El amanecer es la mejor hora para el venado.
Un hombre muy corpulento entró en el túnel, resoplando: Caradoc Hughes, enorme, brutal, con un pecho anchísimo, el rostro rojizo, pelirrojo, un cuello de toro y unos labios abultados. Gruñó unas frases de saludo y apartó al barrenador a un lado.
—¡Permíteme, hijo mío! ¡Deja que le dé un poco al martillo!
—Yo sostendré el barreno —dijo Davis.
Caradoc miró a Miller y sonrió maliciosamente.
—¡Hola! El revólver quieto, muchacho. Ahora no tengo tiempo para ocuparme de ti.
—Es usted más útil vivo, Taffy…[5] de momento —replicó Miller, sin levantar la mirada.
Doc, con una burlona risita, empezó a descargar unos terribles martillazos.
—Whoosh! —gruñía, expeliendo el aliento con violencia a cada golpe, dejando caer el martillo con toda su masa detrás de él—. Whoosh!
En la boca del túnel, el cocinero cojeaba penosamente. Más tarde entró con café humeante y unos grandes trozos de carne asada. Los fuelles funcionaban incesantemente, la vagoneta hacía continuos viajes llevándose los escombros. Los hombres trabajaban por parejas, martilleando y sosteniendo el barreno, alternativamente. Trabajaban… Pero el estallido de las cargas era frecuente; el humo de la pólvora —pesado, entorpecedor, venenoso— colgaba en el aire a pesar del ventilador, minando las energías de los hombres. La cabeza les dolía insoportablemente. En el momento del relevo, salían apresuradamente al bendito aire libre; y, al pensar en los prisioneros, enterrados en su asfixiante tumba, regresaban de nuevo al trabajo, poniendo el alma en cada golpe.
Van, cuando salían al aire libre, les obligaba a taparse cuidadosamente, a fin de que sus torturados músculos no se envararan. Y hacía que Charles les
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sirviera comida y café caliente. Van acarreaba agua. Estaba aquí, allí y en todas partes, manejando los fuelles, sacando escombros, empujando la vagoneta, anticipándose a todas las necesidades, ahorrando un minuto aquí, medio minuto allí. Cargó los cartuchos y les prendió fuego, ahorrando a sus hombres mucho trabajo y mucho humo. Les elogió, les alentó, manifestó en voz alta el orgullo que le inspiraban; hasta que cada uno de los hombres rindió a pleno esfuerzo, trabajó sabiendo que el duro y obstinado granito era más blando que su implacable voluntad.
Y cuando regresaba junto a Clovis y a Charlie, era Van quien se despreciaba a sí mismo, pensando que su débil cuerpo le incapacitaba para llevar a cabo el trabajo de un hombre en la línea de fuego… Y así llegó la noche; y los martillos siguieron golpeando, los barrenos siguieron hundiéndose en las entrañas de la roca; lentamente, implacablemente, pulgada a pulgada, pie a pie, iban horadando la pared de la cárcel.
Mientras descansaba, Caradoc no cesaba de mofarse de Miller: «Renacuajo, pequeñajo…», y así por el estilo. Durante largo tiempo, Miller dejó sin respuesta aquellas provocaciones, pero los insultos acabaron por hacer mella en él.
—Ya conoces el viejo refrán, Doc —dijo, con ominosa calma—. Dios hizo a algunos hombres grandes, y a algunos pequeños, pero el coronel Colt les igualó a todos. Será mejor que lo tengas en cuenta.
Después de la explosión de cada carga, los equipos seguían horadando, mientras los otros apartaban las rocas desprendidas por las explosiones anteriores, apuntalando lo mejor que podían las paredes y el techo. Su desesperada prisa invitaba al desastre. Y éste se produjo antes del amanecer. White sostenía el barreno que golpeaba Williams, cuando una pesada roca se desprendió del techo y cayó sobre el hombro de Williams. El martillo, resbalando de la cabeza del barreno, aplastó la mano de White. El trabajo se interrumpió. White se puso en pie, tambaleándose.
—¡No dejéis de trabajar…, no dejéis de trabajar! —murmuró, dirigiéndose hacia el exterior, a punto de desvanecerse.
Williams, casi tan aturdido como él por su desdichado golpe, le siguió. —¡Un poco más! —aulló Caradoc—. ¡Duro! ¡Oigo ruidos! ¡Escuchad
esto! ¡Están vivos, muchachos, están vivos! ¡El calor les ha empujado hacia el fondo a través del pozo ciego!
¡Tap-tap-tap! Apagado y lejano, pero sonaba en la roca delante de ellos.
¡Tap-tap-tap! Doc agarró su martillo y lo dejó caer contra el barreno.
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—¡Están vivos! —rugió—. ¡Siete pies más que avancemos esta noche, y llegaremos hasta ellos!
—Voy a comer un bocado y me iré al pueblo en busca de ayuda —dijo White, mientras Van vendaba su mano—. Aquí no sirvo para nada, pero puedo andar. Le digo a usted que esos hombres están agotados. Lo sé, por experiencia. La voluntad tiene un límite. No podrán terminar el trabajo. Haré que vengan unos cuantos hombres del pueblo para que horaden los últimos diez pies.
—No podrá hacerlo. Está usted cansado y herido. No queda un hueso sano en su mano…
—Bueno…, nunca me ha gustado utilizar las manos para andar —replicó White—. De modo que voy a ponerme en camino. Si mira usted a través del desierto de San Clemente al oscurecer, verá una gran fogata en la Ghost Mountain para indicarle que he cumplido el encargo. ¡Hasta la vista!
Llenó una cantimplora de agua y se marchó.
El largo día fue arrastrándose mientras continuaban su interminable tarea. El muchacho mejicano cargó sus pacientes burros con los barrilitos y se marchó al manantial en busca de agua. Antes del mediodía, Van Atta estaba al borde del colapso. Los otros le obligaron a renunciar a su parte en la extracción de escombros.
—Tu ayuda no nos hará ir más de prisa —observó Caradoc—. Y necesitamos todavía tu cerebro, muchacho. No podemos permitirnos el lujo de perder la única cabeza que funciona como es debido.
De modo que Van, avergonzado, se dedicó a limpiar los agujeros cuando el «barro» los cegaba, a cargar y encender los cartuchos, y a manejar de vez en cuando el fuelle, mientras Charlie y Clovis se ocupaban de otros trabajos menores.
El incesante estruendo del acero contra el acero: martillo y barreno, barreno y martillo… Limpiar…, cambiar el barreno, martillo… Cargar, prender fuego…, limpiar…, espacio para los martillos. El aire era cálido, enrarecido e insoportable, debido a las velas, los cuerpos sudorosos, el polvo y los humos de la pólvora. Hora tras hora, continuaron el asalto; desnudos hasta la cintura, empapados en sudor, cubiertos de polvo; con los dedos entumecidos de agarrar el barreno y el martillo; con los nudillos despellejados y sangrantes, las muñecas doloridas y tumefactas. Las rudas y callosas manos estaban ahora llenas de vejigas; los ojos enrojecidos y hundidos en las cuencas, los rostros agotados; espalda, músculos y articulaciones eran un insoportable tormento; y, lo peor de todo, el humo de la pólvora penetrando
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insidiosamente por sus fosas nasales, hinchando sus cráneos, que parecían a punto de estallar… Pero el sonido del acero contra el acero no se interrumpía.
Un apagado rumor llegó hasta ellos, procedente del corazón de la roca. Los prisioneros estaban trabajando en sentido inverso, acercándose…
—Esto no me gusta —dijo Van—. Están empeorando su situación, enrareciendo más el aire con cada carga… y no pueden coincidir con nuestro agujero, a menos que se produzca un milagro. Están reduciendo sus posibilidades de salvación.
—Desde luego —dijo Caradoc—. He estado trabajando en la Galería Cuatro. Y aquello era más duro que las puertas del infierno.
El terrible cansancio empezaba a producir sus efectos. Pero Caradoc y su implacable enemigo mantenían el mismo ritmo hora tras hora. Price estaba agotado, sangrando por la boca y por la nariz; el hombro herido de Williams había ido envarándose hasta que le resultó imposible manejar el martillo. De modo que él y Price sostenían por turnos el barreno, mientras los otros seguían empuñando obstinadamente el martillo. Sin embargo, las fuerzas empezaban a fallarles. La inexorable Naturaleza no podía dejar sin castigo aquel ultraje a sus leyes. El final, de los hombres o de la tarea, estaba cercano. Los relevos eran cada vez más cortos. Caradoc y Miller manejaban el martillo hasta que se quedaban sin fuerzas: y al retroceder, sin aliento, un silencioso espectro situado a su espalda se levantaba y ocupaba su lugar.
Jones, el herrero, trabajaba en un juego de veinticuatro barrenos, poniendo en ellos toda su habilidad y todo su cuidado; tenían que ser utilizados para horadar los últimos pies del agujero, haciéndolo con más anchura y más altura que en el recorrido anterior. Al atardecer hicieron estallar las últimas cargas. Habían horadado catorce pies de roca; tenían que practicar un agujero a través de los once pies de pared restantes. Apenas habían empezado cuando llegó Clovis, soltando un torrente de palabras en su voluble castellano. En la Ghost Mountain ardía una fogata; la ayuda estaba en camino.
Quedaba un motivo de temor. Por tres veces habían oído las apagadas explosiones desde el interior. Desde entonces, no se había producido la menor señal. ¿Habían muerto los prisioneros, o se habían dado cuenta de lo peligroso que resultaba para ellos enrarecer todavía más el aire?
—Unas horas antes de morir por asfixia, se verán obligados a interrumpir su trabajo —dijo Van—. ¡Llegaremos a tiempo, gracias a Dios!
Reunieron todas las reservas de orgullo, de esperanza o de temor que les quedaban. Dos hombres martillearon al mismo tiempo: los martillos chocaban contra el barreno con tanta rapidez, uno detrás de otro, que parecía imposible
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que el hombre que sostenía el barreno tuviera tiempo de darle la vuelta entre golpe y golpe.
Por tácito acuerdo, Miller y Caradoc trabajaban juntos. El éxito dependía de ellos… y ellos lo sabían. Hombro contra hombro, golpe por golpe, no había descanso para ellos.
Ni Charlie ni Van Atta podían encargarse de sostener el barreno…, y hacerles martillear hubiera sido una lamentable pérdida de tiempo. El agujero tenía que seguir una dirección completamente recta, ya que de no ser así el barreno quedaría trabado, obligándoles a empezar de nuevo. A intervalos, uno de los otros sostenía el barreno, para que Williams pudiera tomarse un leve descanso. Van Atta limpió el agujero y midió la profundidad. Diez pulgadas, veinte…, treinta…, cincuenta…
—¡Sesenta pulgadas! —exclamó jubilosamente—. ¡Una pulgada cada dos minutos, después de todas esas horas!
El barreno se torció ligeramente; el martillo de Miller estuvo a punto de aplastar la mano de Williams, y Doc tuvo que interrumpir en el aire su violento esfuerzo. Williams sacó el barreno y expuso la punta a la luz; le faltaba un trozo de una pulgada, aproximadamente. El agujero había quedado inservible.
Un desesperado silencio: Williams se dejó caer contra la pared y se cubrió los ojos con las manos. La cabeza de Doc se hundió en su velludo pecho. El rostro de Miller parecía el de un fantasma… Van Atta se puso en pie débilmente, cogió otro barreno, lo apoyó en la roca, al lado del agujero inutilizado, cerró los ojos y esperó. Un segundo… y el martillo de Miller golpeó el barreno. ¡Clang! ¡Clang! ¡Clang!
—¡Sangre divina! —El gigante, rojo de vergüenza, dio un salto, empuñando el martillo, y empezó a descargar golpe tras golpe. Un murmullo corrió alrededor del pequeño círculo; el reducido grupo se dispuso a enfrentarse con la prueba final. Jones afiló apresuradamente el barreno roto y corrió a participar en el renovado ataque. Los dos enemigos estaban haciendo el trabajo. Los otros aportaban su esfuerzo…, pero por cada dos pulgadas que avanzaban, Miller y Caradoc avanzaban cinco. ¿Qué importaba, si cada uno hacía todo lo que podía? Cinco pulgadas…, diez…, treinta…, ¡cuarenta!
Al llegar a las cincuenta pulgadas, Price se rindió, absolutamente incapaz de continuar. Cuando Caradoc y Miller dieron un paso atrás, sin aliento, Jones y Davis empuñaron los martillos, pero sus golpes carecían de fuerza.
El gigantesco galés se había mordido el labio; la sangre brotaba de su boca cuando miró a su compañero, sonriendo.
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—Ahora nos toca a nosotros. Formamos un extraño equipo, hay que reconocerlo.
Miller asintió. En su mirada no había ahora el menor odio. Realmente, Caradoc era un hombre; fuerte de corazón y de brazo, y él se había atrevido a despreciarlo… Hombro contra hombro, golpe por golpe, reanudaron la enorme tarea. Cincuenta…, ¡sesenta! Davis y Jones hicieron un último y desesperado esfuerzo y se desplomaron, exhaustos. ¡Setenta y cinco! ¡Miller y Hughes!
Plantaron sus pies firmemente en el suelo y se miraron el uno al otro a los ojos mientras empezaban de nuevo. El martillo de Miller mantenía el mismo ritmo, sin dar la menor muestra de que sus fuerzas estuvieran fallando…, disminuyendo a cada golpe. En alguna parte, en el lejano mundo exterior, había música, luz y risas. Quizás él, también, había conocido el placer, la juventud, el amor, el reposo… Pero tenía que haber sido hacía mucho, muchísimo tiempo. Lo ignoraba. La vida había quedado reducida a aquellas paredes de roca, a aquel pequeño grupo de hombres, y a aquel diminuto círculo de acero que tenía que golpear…, golpear fuerte. Él y Doc…, el bueno de Doc…, el valiente Doc… Se oyó un rumor en las sombras detrás de él…, muy lejos, voces que llegaban a sus oídos por encima del metálico chasquido del acero… Hombres, quizá. Si al menos se marcharan… Distraían su atención, apartándola del brillante acero que tenía que golpear…, golpear fuerte. Ochenta…, ochenta y cinco…, ¡noventa!
De repente, Miller se desplomó, inconsciente. Había llegado al final de sus fuerzas.
Caradoc se apoyó pesadamente en la pared, mientras los _ otros apartaban a su caído enemigo.
—¡Miradle! ¡Esto es un hombre! —exclamó. Su tono no era de triunfo. Dio unos pasos hacia adelante, tambaleándose—. Whoosh! —gruñó, mientras descargaba su martillo—. Whoosh!
Sus ojos estaban hundidos en su cabeza, tenía el rostro hinchado y enrojecido; su respiración era sibilante; pero sus poderosos hombros seguían erguidos. Noventa y cinco pulgadas…, ¡cien! Y el incansable martillo seguía golpeando.
—¡Blando, blando! —aulló Price, que sostenía el barreno—. ¡Lo hemos conseguido! ¡Hemos llegado a su agujero!
Una docena de ligeros golpes, y el barreno no encontró obstáculo. Lo increíble había ocurrido. Habían enlazado con el agujero practicado por los prisioneros por pura casualidad. Sacaron el barreno. Llegó hasta ellos una
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vaharada de aire irrespirable. Price gritó a través del agujero. A sus oídos llegó una débil respuesta. Van Atta enchufó el extremo de la manguera al agujero y echó a correr hacia la entrada del túnel. A medio camino encontró a Charlie.
—¡Corre! —gritó—. ¡Lo hemos conseguido, están vivos! ¡Dale al fuelle!
¡Dale fuerte!
Cualquier hombre de San Clemente puede contar el resto. Excepto esto:
—Miller —dijo Caradoc—, me porté muy mal. Robé en tu campamento. Pero no volveré a robar nada tuyo… ni de ningún hombre. Es un antiguo vicio…, pero reconozco que es una cosa vergonzosa. Muchacho, ¿te importaría estrecharle la mano a un ladrón?
—No puedes robar nada mío, Doc. Lo que es mío es tuyo. Te has portado como un hombre, trabajando… incluso después de que yo me derrumbé como un chiquillo.
—¡No digas eso, hijo mío! Hiciste lo tuyo, pequeñajo… Y cuando yo empecé, ya llevabas dos horas trabajando. ¡Tenías que haber sido galés!
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NACE UN HOMBRE
RAYMOND TENN
L A familia Butte vivía a unas quince millas de Portland, Oregón, en la costa atlántica, en una granja que no consistía más que en un par de hectáreas situadas sobre el acantilado y asomadas a las rugientes olas del océano. Al otro lado se alzaban las montañas, como si quisieran ascender hasta el cielo. Las construcciones de la granja semejaban diminutos insectos acurrucados en la ladera y temerosos de que el viento los arrastrara al mar. Dos caballos, una vaca y un ternero, media docena de cerdos y unas cuantas gallinas eran el censo animal de la granja. En la yerma ladera crecía un poco de maíz, el cual apenas podía desarrollarse bajo el azote del viento. Las
mazorcas sólo tenían grano en la cara que daba a los montes.
Mamá Butte, una mujer delgada y reseca, con ojos que parecían mirar desde una lejanía de siglos, regentaba la granja desde hacía diez años, cuando su marido tropezó con una piedra y fue a caer encima de una víbora. Una mordedura en el pecho deja pocas probabilidades de supervivencia.
Mamá Butte tenía tres hijos, dos pequeños de doce y catorce años, respectivamente, Jonathan y Laura, que se ocupaban de pescar entre las rocas cuando el mar estaba en calma y el carabinero se hallaba lejos, en algún otro punto de la costa de Portland, y Joe, el mayor, de diecinueve años, alto y sonriente, agradable y cariñoso, pero demasiado holgazán. Joe tenía una curiosa cabeza en forma de melón, enteramente cubierta de pelo negro, muy revuelto. Mamá Butte procuraba que el espeso flequillo no llegase a impedirle la visión. Joe tenía unos pómulos pronunciados, como un indio, y una nariz aguileña, parecida a un pico de águila, pero su boca poseía una expresión suave y su mentón era redondeado y casi femenino. Nunca tenía ganas de trabajar, y su porte era descuidado e indolente. Mamá Butte creía adivinar en él bravura y energía, pero no quería confesarlo. Solía decirle:
—En la familia de tu padre debía haber algún sinvergüenza holgazán, porque de lo contrario yo no tendría un hijo como tú.
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Y añadía:
—Cuando estabas a punto de nacer, un coyote se me apareció en el camino y me miró con sus ojos maléficos. Ésa debió ser la causa de que nacieras así.
Joe sonreía vagamente y clavaba en el suelo su cuchillo, para que la hoja no se oxidara ni perdiera el filo. Era el cuchillo de su padre, su única herencia tangible. La hoja, larga y cortante, podía doblarse introduciéndose en el mango negro y gastado. El mango tenía un resorte, el cual bastaba oprimir ligeramente para que la hoja saltara hacia afuera como la lengua de una serpiente venenosa. Joe no se separaba nunca de su cuchillo, acariciándolo como si fuera la misma mano de su difunto padre.
Una mañana soleada en que el mar relucía en brillantes azules salpicados de espuma al pie del acantilado, mamá Butte fue a llamar a la puerta del cobertizo.
—Joe, tengo trabajo para ti.
No hubo respuesta. Mamá Butte escuchó unos segundos. Luego creyó oír unas risotadas detrás del granero. Remangándose la negra falda, caminó en dirección al ruido.
Joe estaba sentado en el suelo, apoyando la espalda en una gran caja vacía. Sus blancos dientes brillaban en la sombra. Sus dos hermanos menores estaban a su lado, esperando algo con gran interés. Tres o cuatro metros delante de él se alzaba un poste pintado de rojo. Joe tenía una mano en el regazo, con la palma hacia arriba, y en ella el negro cuchillo, cerrado.
Joe sonreía complacido, mirando al cielo.
De pronto, Jonathan gritó:
—¡Ya!
La muñeca de Joe giró sobre sí misma como el cuello de una serpiente de cascabel. La hoja reluciente pareció abrirse cuando ya estaba en el aire, y su punta fue a clavarse con un golpe sordo en el poste de madera, con un estremecimiento final. Los tres hermanos se echaron a reír, excitados. Laura corrió hacia el poste, arrancó el cuchillo y se lo devolvió a Joe. Éste cerró la hoja y depositó el arma en la palma de su mano derecha. Sonrió de nuevo, orgulloso, clavando la mirada en las nubes.
—¡Ya!
El cuchillo surcó los aires y volvió a clavarse en la madera. Mamá Butte salió de su escondite y dio por terminada la función.
—Te pasas el santo día haciendo tonterías con ese cuchillo, como si fueras un niño —gruñó, enojada—. ¡En pie, gandul! —Le cogió por los hombros y
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le obligó a levantarse. Joe continuaba sonriendo estúpidamente—. ¡Escúchame bien! —gritó mamá Butte—. Ve ahora mismo a buscar el caballo y ponle la silla de tu padre. Necesito que vayas a Portland, porque la botella de medicina está vacía. Tampoco nos queda sal. Date prisa.
Un estremecimiento recorrió la espina dorsal de Joe.
—¿A Portland? ¿Solo? Sí, madre.
Mamá Butte le miró con el ceño fruncido.
—No vayas a creer, grandísimo estúpido, que podrás comprarte golosinas.
Pienso darte el dinero justo para la medicina y la sal.
Joe sonrió.
—Madre, ¿dejarás que me ponga la cinta nueva en el sombrero? Mamá Butte cedió.
—Sí, Joe. Puedes ponerte la cinta.
Joe forzó la mano:
—¿Y el pañuelo de seda verde, madre?
—Sí, si me prometes ir de prisa y volver cuanto antes. Procura no ensuciar el pañuelo cuando comas. Lo mejor será que te lo quites antes de sentarte a la mesa.
—Sí, madre. Tendré mucho cuidado. Ya soy un hombre.
—No eres más que un polluelo recién salido del cascarón.
Joe irguió los hombros, azotó con las riendas el cuello de su montura y partió al trote. Una sola vez se volvió en la silla y vio que Jonathan, Laura y mamá Butte seguían mirándolo. Joe sonrió, lleno de orgullo, y espoleó al alazán para que apresurase el paso.
Cuando Joe se hubo perdido de vista en una hondonada, Mamá Butte se volvió hacia los dos pequeños, sin que éstos llegasen a oír sus palabras.
—Ya es casi un hombre. Será agradable volver a tener un hombre en la casa.
El sol, muy rojo, empezaba a hundirse en el océano. Mamá Butte, Jonathan y Laura se sentaron en los escalones del porche y contemplaron la salida de la luna por encima de los picachos.
La voz de Mamá Butte quebró el silencio.
—Ahora estará en casa de la señora Robins. Ella le habrá dado una buena cena y es posible que algún regalo.
Jonathan dijo:
—¿Ha sido hoy cuando Joe ha empezado a ser hombre?
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Mamá Butte contestó, llena de sabiduría:
—Los niños se vuelven hombres cuando hace falta un hombre. No lo olvides nunca. He conocido niños de cuarenta años, porque no hacían falta hombres.
No tardaron en acostarse. Mamá Butte en su gran cama de roble, a un lado de la habitación, y Jonathan y Laura en sus cajones llenos de paja y cubiertos de pieles de cordero, al otro lado.
La luna ascendió por el firmamento a compás del rítmico golpear de las olas sobre los arrecifes. Los gallos emitieron su primer canto nocturno. El mar pareció dormirse con un largo suspiro, y la luna fue acercándose lentamente al horizonte marino.
Los gallos volvieron a cantar.
Cuando Joe llegó a la meseta donde se levantaba su casa, la luna estaba muy cerca del mar. Su caballo parecía derrengado. El perro salió corriendo y lanzó breves ladridos de alegría, describiendo círculos alrededor del jinete. Joe se deslizó de la silla al suelo. El ruinoso cobertizo parecía de plata bajo los rayos de la luna, proyectando una sombra cuadrada y negrísima en dirección al nordeste. Las montañas que se alzaban por oriente estaban coronadas de luz, y sus cumbres se confundían con el cielo.
Joe subió pesadamente los tres escalones y entró en la casa.
El interior estaba en tinieblas. Se oyó un leve rumor.
Mamá Butte inquirió, desde su lecho:
—¿Quién está ahí? ¿Eres tú, Joe?
—Sí, madre.
—¿Trajiste la medicina?
—Sí, madre.
—Entonces, vete a dormir. Creí que esta noche dormirías en casa de la señora Robins…
Joe continuaba en pie en medio de la oscura habitación, sin hablar. —¿Por qué te quedas ahí quieto, Joe? ¿Has bebido? —Sí, madre.
—Pues métete en la cama y duerme la borrachera.
Joe respondió con voz cansada y paciente, pero más firme que nunca.
—Enciende la vela, madre. Tengo que huir a las montañas.
—¿Qué te pasa, Joe? ¿Estás borracho?
Mamá Butte encendió un fósforo y con su llama azulada y chisporroteante prendió el pabilo de la vela de sebo que tenía en el suelo, junto a la cama.
—¿Quieres repetir lo que has dicho, Joe?
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Miraba ansiosamente el sombrío rostro de su hijo.
El muchacho había cambiado mucho. Su barbilla ya no era femenina. Su boca parecía haberse afinado, y sus ojos eran los de otra persona. Ya no había risa en ellos, ni tampoco audacia. Eran unos ojos penetrantes, misteriosos y enérgicos.
Explicó con voz monótona y fatigada todo lo que le había sucedido. La cocina de la señora Robins era visitada por toda clase de viajeros. Había vino en abundancia. Joe bebió mucho. Se inició una disputa… Un hombre se abalanzó sobre Joe… y el cuchillo se disparó solo, silbando por el aire, antes de que se diera cuenta de lo que sucedía.
A medida que Joe hablaba, el rostro de Mamá Butte iba endureciéndose y parecía envejecer segundo a segundo. Joe terminó con las palabras:
—Ya soy un hombre, madre. Aquel forastero me dijo cosas que no podía tolerar.
Mamá Butte asintió en silencio.
—Sí, ya eres un hombre, mi pobre Joe. Un hombre. Hace tiempo que lo esperaba. Te he visto arrojar el cuchillo contra el poste y he tenido miedo. — Por un momento, su expresión se había dulcificado, pero inmediatamente volvió a hacerse pétrea—. ¡Vamos! Hay que prepararlo todo. Despierta a Jonathan y a Laura. ¡Date prisa!
Joe cruzó la habitación, acercándose al lugar donde dormían sus hermanos, cubiertos con pieles de oveja. Se inclinó sobre ellos y los zarandeó suavemente.
—¡Despierta, Laura! ¡Despierta, Jonathan! Madre dice que tenéis que levantaros.
Los pequeños se incorporaron, frotándose los ojos soñolientos. Mamá Butte se había levantado ya, y estaba poniéndose el negro vestido sobre el camisón.
—¡Jonathan! —ordenó—. Ve a buscar el otro caballo para Joe. ¡Date prisa! ¡Corre!
Emilio se puso los pantalones y obedeció, medio dormido aún.
—¿No has oído a nadie por el camino? —preguntó Mamá Butte.
—No, madre. No había nadie.
Mamá Butte se movía apresuradamente por la casa. De un clavo de la pared descolgó un odre con agua, dejándolo en el suelo. Quitó una manta de la cama y la enrolló, atando sus dos extremos con cuerdas. De un cajón de debajo de los fogones sacó una bolsa que contenía cecina reseca y negra.
—Coge la chaqueta de tu padre, Joe. Póntela.
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Joe continuaba en el centro de la habitación, testigo mudo de su actividad febril. Mamá Butte rebuscó detrás de la puerta abierta y sacó el rifle, un largo 38.56, cuyo cañón estaba muy brillante por el uso. Joe lo tomó de sus manos y lo apoyó sobre su brazo. Luego, Mamá Butte le entregó un pequeño saquito de cuero, contando los cartuchos que contenía.
—Sólo hay diez —dijo—. Procura no desperdiciarlos.
Jonathan asomó la cabeza por la puerta.
—Ya está aquí el caballo, mamá.
—Ponle la silla del otro. Átale esta manta. Y, toma, mete esta cecina en la bolsa de la silla.
Joe seguía callado. Su mandíbula estaba rígida y su boca muy apretada, casi sin vérsele los labios. Sus pupilas no se perdían ni uno solo de los movimientos de su madre.
Laura preguntó en voz baja:
—¿Adónde va Joe?
Los ojos de Mamá Butte estaban llenos de fuego.
—Joe se va de viaje. Ya es un hombre. Tiene que hacer una cosa de hombres.
Joe hizo una extraña mueca que por un instante le confirió un gran parecido con su madre.
Por fin terminaron los preparativos. El caballo, ensillado, esperaba fuera.
El odre dejaba un pequeño reguero de agua sobre el lomo del bayo.
El alba iba dominando poco a poco el resplandor de la luna. La familia continuaba inmóvil junto a la casa. Mamá Butte se encaró con Joe.
—Escúchame bien, hijo. No te detengas hasta que vuelva a ser de noche. No duermas, por mucho sueño que tengas. Cuida del caballo, procurando que no se canse demasiado. No derroches las balas… no olvides que sólo tienes diez. No te llenes el estómago de cecina, porque te dolería. Cómela a pequeños bocados y llénate el estómago de hierba. Cuando derroches las balas…, no olvides que sólo tienes diez. No te acerques a ellos ni intentes hablarles. Y no te olvides de rezar.
Apoyó sus sarmentosas manos en los hombros de Joe, se puso de puntillas y le besó en ambas mejillas, besos que Joe le devolvió. Luego, el muchacho se acercó a Jonathan y a Laura y les besó también.
Después se volvió hacia su madre, como si esperara de ella alguna palabra dulce, la revelación de una ternura oculta, pero Mamá Butte permaneció rígida como una estatua.
—Vete ya —le ordenó—. No esperes a que te atrapen como a un polluelo.
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Joe se encaramó a la silla.
—Soy un hombre —dijo.
Alboreaba cuando empezó a cabalgar monte arriba, siguiendo una cañada que formaba un sendero de acceso al interior del macizo. Las luces del alba y de la luna libraban un combate desesperado, cuyo fin estaba próximo. Apenas hubo recorrido un centenar de metros, la silueta de Joe apareció borrosa, como sumergida en neblina, y antes de entrar en la cañada no era más que una forma confusa e indefinible.
Mamá Butte continuaba en pie ante la puerta, con Jonathan y Laura, que de vez en cuando la miraban de un modo furtivo.
Cuando la sombra grisácea de Joe se ocultó en la oscuridad de las montañas, Mamá Butte perdió parte de su rigidez y empezó a emitir el gemido lastimero y agudo de las plañideras.
—Mi hijo…, mi valiente hijo —sollozó—. Nuestro protector, nuestro amparo, se ha ido.
Jonathan y Laura corearon sus lamentos.
—Nuestro protector, nuestro amparo… se ha ido.
Era un lamento ritual, casi una ceremonia obligada. Empezaba con un alarido agudísimo y se convertía poco a poco en un ahogado sollozo. Mamá Butte lo repitió tres veces y luego se volvió, entrando en la casa y cerrando la puerta.
Jonathan y Laura se quedaron en el exterior, mientras amanecía. Dentro de la casa oían el llanto de su madre. Caminaron hasta el borde del acantilado y se sentaron en las húmedas rocas.
Sobre el océano, las nubes se teñían de rojo con los destellos del sol, todavía oculto tras las montañas.
—Hoy no desayunaremos —dijo Jonathan—. Mamá no querrá cocinar.
Laura no contestó.
—¿Adónde ha ido Joe? —inquirió el chiquillo.
Laura miró a su alrededor. El aire brumoso de la mañana parecía revelarle sus secretos.
—Se ha ido de viaje. Nunca volverá.
—¿Ha muerto? ¿Crees que ha muerto?
Laura volvió a fijar la vista en el mar. En lontananza, un vapor arrojaba al espacio una tenue columna de humo.
—No ha muerto —dijo, finalmente—. Todavía no.
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Joe colocó el rifle atravesado en la silla, delante de él. Dejó que el caballo subiera el primer cerro sin volverse a mirar atrás ni una sola vez. La rocosa ladera estaba cubierta de hierba. Joe no tardó en descubrir un sendero y lo siguió sin vacilar.
Cuando llegó a la boca de la cañada se volvió a mirar, pero las casas habían sido absorbidas ya por la niebla. Joe se inclinó de nuevo hacia adelante. Las altas paredes del cañón parecían amenazar con desplomarse sobre su cabeza. El caballo sacudió el cuello y resopló un par de veces antes de adentrarse por la estrecha garganta.
Era un camino muy antiguo, de suelo terroso y oscuro, interrumpido a trechos por fragmentos de roca resbaladiza. Seguía una línea curva poco pronunciada, y luego descendía en busca del fondo de la cañada. Por el lecho del angosto valle discurría un regato de agua, el cual emitía luminosos destellos bajo las primeras luces de la mañana. Los guijarros del fondo tenían el color del cobre y eran redondos y lisos. Los bordes del cauce eran arenosos y en ellos crecían matas de verbena, juncos y yedra.
El sendero se perdía en el arroyo para surgir de nuevo al otro lado. El caballo penetró en el agua, chapoteando, y se detuvo. Joe soltó las riendas para que el animal bebiera el agua helada de la montaña.
Las paredes del desfiladero iban haciéndose cada vez más altas, y en sus anfractuosidades se veían árboles retorcidos que parecían pretender escalar el muro de piedra. Bajo sus ramas no penetraba la luz del sol. La penumbra tenía un tono purpúreo y el aire estaba perfumado con aromas de floresta. Junto a la corriente de agua se agolpaban ávidamente las zarzamoras, introduciendo sus ramas flexibles y espinosas en la corriente, como si quisieran detenerla o gozar su frescor.
Joe bebió un sorbo del odre e introduciendo una mano en la bolsa sacó un pedazo de cecina. Sus dientes masticaron trabajosamente la carne negra y durísima. Para deglutir mejor, tuvo que beber varios sorbos más de agua. Sus ojos estaban soñolientos y cansados, pero su semblante revelaba decisión y energía. El suelo del camino era ahora de tierra oscura que ahogaba el rumor de las pisadas del caballo.
El sendero descendía y el arroyo saltaba veloz sobre las rocas, en pequeñas cascadas de espuma. La yedra de la ribera tenía sus hojas salpicadas de fino rocío. Joe cabalgaba sentado en la silla, con un pie fuera del estribo. Al pasar, arrancó una hoja de un árbol y la mordisqueó para aromatizar la reseca cecina. Seguía llevando el rifle apoyado en el arzón de la silla.
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De pronto, se irguió sobre los estribos, obligó a su montura a salir del camino y la condujo apresuradamente, espoleándola, hasta el abrigo de un grupo de grandes árboles. Tiró con fuerza de las riendas para evitar que el animal relinchase. Sus facciones parecían de granito, pero las aletas de la nariz le temblaban ligeramente.
Unos cascos resonaban por el camino, y no tardó en aparecer un jinete. Era un hombre de rostro rubicundo y espesa barba. Su caballo intentó salirse del camino por donde lo había hecho Joe.
—¡Quieto! —gritó el desconocido, y obligó a su cabalgadura a avanzar por el sendero.
Cuando sus pasos se perdieron en la distancia, Joe volvió a salir al camino. No cabalgaba ya con indolencia. Levantó el rifle e introdujo uno de los cartuchos en la recámara, soltando después el seguro.
El camino se hacía muy empinado. Los árboles eran cada vez más pequeños y sus copas parecían marchitas, como vencidas por las feroces mordeduras del viento. El caballo avanzaba con gran esfuerzo. El sol, entretanto, iba escalando el firmamento antes de iniciar el descenso de la tarde.
Al perderse el arroyo por una garganta lateral, el sendero se separaba de él. Joe desmontó y dio de beber a su caballo, llenando después el odre. Ahora, los árboles habían desaparecido, sustituidos por secos chaparrales. Asimismo, la tierra blanda y esponjosa, negra y feraz, había dejado paso a un suelo de roca amarillenta. Cuando los cascos herrados arrancaban chispas al suelo de granito, numerosos lagartos corrían a esconderse en la maleza.
Joe se volvió en la silla y miró hacia atrás. Estaba en un descampado, y podía ser visto desde muy lejos. A medida que ascendía, el paisaje se hacía más seco, áspero y amenazador. El sendero seguía zigzagueando la base de grandes peñascos rocosos. Por entre los matojos corrían algunos conejos de pelaje gris. Un pájaro invisible emitía un intermitente y monótono chirrido. Hacia el este, las descarnadas cumbres de la cordillera mostraban una silueta pálida y diáfana bajo los rayos del sol de la tarde. El caballo continuaba ascendiendo la cuesta de una abertura en forma de V que conducía al único paso accesible.
Joe miraba hacia atrás, lleno de aprensión, y sus ojos escudriñaban atentamente los picachos que tenía enfrente. Por un momento creyó ver una figura borrosa, e inmediatamente apartó la mirada, pensando que debía ser uno de los hombres negros de que le había hablado su madre. Nadie sabía a ciencia cierta quiénes eran aquellos hombres, pero era preferible no saberlo ni
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mostrar interés por ellos. No molestaban al que seguía su camino pacíficamente.
El aire era abrasador y estaba lleno de polvo. Joe bebió unos sorbos de agua, tapando después cuidadosamente el odre y colgándolo de la silla. La senda trepaba por la ladera, rodeando enormes rocas, hundiéndose en breves cortaduras y reapareciendo en cornisas más altas, labradas por las aguas salvajes. Cuando llegó al paso montañoso se detuvo y miró hacia atrás durante largo rato. No se veía ningún hombre negro, y el camino estaba desierto. Las copas de los árboles, en el fondo del valle, señalaban el curso del arroyuelo.
Joe se adentró en el paso. Tenía los ojos casi cerrados de cansancio, pero su expresión seguía siendo viril, tensa y expectante. Un milano rojo planeaba sobre las cumbres lanzando agudos gritos. Joe siguió lentamente el angosto paso y se asomó al otro lado.
La senda descendía rápidamente, sorteando grandes fragmentos de roca desperdigados por la falda del monte. Al final de la cuesta se abría una grieta amplia y oscura, llena de vegetación, y al otro lado empezaba una meseta, coronada por un bosquecillo de encinas. Más lejos se alzaba otra montaña, de aspecto desolado y yermo. Joe volvió a beber del odre, porque el aire era tan seco que cortaba sus labios e inflamaba su garganta. Obligó al caballo a seguir el camino descendente. Los cascos resbalaban peligrosamente a cada paso, desprendiendo guijarros que caían rodando hasta perderse en los chaparrales. El sol había desaparecido tras las montañas de poniente, pero sus rayos continuaban prendidos a las copas de las encinas y a la hierba que tapizaba la meseta. Las desnudas paredes de la montaña seguían emitiendo oleadas de calor, como las planchas metálicas de un horno.
Joe dirigió la vista a la cumbre que tenía ante él. Vio recortarse contra el cielo la silueta de un hombre, e inmediatamente miró en otra dirección. Cuando, unos instantes después, volvió a levantar la mirada, el hombre había desaparecido.
El descenso lo efectuó con rapidez. El caballo perdía a veces pie y sacudía la cabeza nerviosamente. Por fin llegaron al fondo, donde la maleza era más alta que la cabeza del jinete. Joe alzó las dos manos, con el rifle en una de ellas, para proteger su rostro de los arañazos de las zarzas.
Cabalgó hasta salir de la cortadura y se encontró escalando un muro rocoso. Una vez lo hubo conseguido, vio ante sí el pequeño prado y el bosquecillo de encinas. Estudió atentamente el camino que había seguido, pero no pudo descubrir ningún movimiento, ningún sonido. Finalmente, cruzó
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la breve planicie, en cuya linde encontró un manantial que formaba una charca de poca profundidad y bordes cenagosos.
Llenó el odre, y dejó que el caballo apagara su sed en la charca. Luego lo condujo al encinar y, una vez entre los vetustos árboles, que lo ocultaban a la vista de cualquier viajero, le quitó la silla y el arnés, dejándolos en el suelo; después pasó un lazo por su cuello y ató su extremo a un arbusto, procurando que tuviera bastante espacio donde pastar.
Cuando el caballo empezó a mordisquear la hierba, Joe se acercó a la silla y cogió un pedazo de cecina, dirigiéndose luego al pie de un árbol, cerca del prado, desde donde podía ver todo el sendero. Al sentarse sobre las retorcidas raíces de la encina, su mano se dirigió maquinalmente al bolsillo donde guardaba el cuchillo, con la idea de cortar la carne, pero ya no lo tenía. Apoyándose de codos en el suelo, mordió enérgicamente el correoso alimento. Su rostro carecía de expresión, pero era el rostro de un hombre.
Las luces crepusculares teñían de vivos colores la pared de la cordillera oriental, pero el valle iba oscureciéndose. Bandadas de palomas silvestres descendían volando en busca de la corriente de agua, seguidas de las codornices, que salían de la espesura con su cómico andar, lanzando gritos agudos y metálicos.
De pronto, Joe creyó ver que una sombra furtiva surgía de la cañada. Volvió lentamente la cabeza, y vio que era un enorme gato montés que se acercaba lentamente a la charca, arrastrándose sobre su vientre.
Joe amartilló el rifle y esperó. Luego miró con aprensión hacia el sendero y volvió a bajar el percutor. Cogió una ramita del suelo y la arrojó a la charca. Las codornices y las palomas huyeron, asustadas. El gato se irguió; por un momento clavó en Joe sus grandes ojos amarillos; luego, indiferente y orgulloso, desapareció en la fronda.
Las sombras de la noche se espesaban en el valle. Joe musitó sus plegarias familiares, ocultó la cabeza entre los brazos y se quedó inmediatamente dormido.
Salió la luna y llenó el valle de luz azulada, mientras el viento despertaba de su letargo diurno y descendía, silbante, de las descarnadas cumbres. Por las laderas revoloteaban numerosas lechuzas, a la caza de conejos y liebres. En el
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fondo de un barranco aullaba un coyote solitario. Las hojas de las encinas, acariciadas por la brisa nocturna, emitían un cantarín susurro.
Joe se despertó sobresaltado: su caballo acababa de relinchar. La luna empezaba a deslizarse por detrás de la sierra occidental, dejando una densa sombra en el valle. Joe se sentó, con todos los músculos en tensión, empuñando el rifle. Lejos, en el camino, oyó el relincho de un caballo y el rumor de cascos sobre el polvo. Incorporándose ágilmente, corrió hacia el lugar donde se encontraba su caballo y lo llevó bajo los árboles. Le arrojó rápidamente la silla sobre el lomo, le sujetó la cincha y le puso el bocado, a pesar de la resistencia que ofrecía. Palpó la silla para asegurarse de que llevaba el odre con agua y la bolsa de cecina. Luego montó y empezó a ascender la montaña.
La oscuridad de la noche era aterciopelada. El caballo encontró la continuación del camino más allá de la pequeña planicie y empezó a subir la falda del monte, resbalando en las lisas rocas. Joe se llevó una mano a la cabeza: había olvidado su sombrero debajo de la encina donde había estado descansando.
El caballo había progresado notablemente en la ascensión cuando se adivinó en el aire la primera palpitación del amanecer, un matiz acerado y grisáceo que no tardaría en ser lechoso. El borde dentado de la cresta montañosa se erguía como un gran cuchillo mellado tras largos siglos de batallar con el viento de las alturas. Joe había soltado las riendas y el caballo seguía su camino por instinto. Los matorrales se enredaban en las piernas de Joe, y una rama de espino le rasgó el pantalón a la altura de la rodilla.
La luz inundaba gradualmente la alta sierra. Las siluetas inmóviles de las descarnadas rocas aparecían fantasmales en una extraña perspectiva de luces y sombras. Poco a poco, la luz fue adquiriendo un tono más cálido. Joe se irguió en los estribos y miró hacia atrás, pero no pudo distinguir nada en el valle, todavía en penumbra. El cielo ya era azul. En la desnudez de las cumbres, las escasas plantas que seguían aferradas al suelo crecían raquíticas y grisáceas. De vez en cuando, de entre las zarzas y pedregales emergían descomunales bloques graníticos aún sin desbastar, con sus agudas y cortantes aristas. Joe se tranquilizó. Bebió unos sorbos de agua y arrancó con los dientes unas tiras de carne seca. Un águila solitaria volaba muy alta, perdida entre los rayos del sol naciente.
De repente, el caballo dobló las patas y cayó pesadamente, de costado, sin proferir un solo grito. Estaba ya en el suelo cuando resonó por todo el valle el eco multiplicado de un disparo de rifle. De un orificio, junto a la espaldilla,
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manaba un chorro de sangre negra y espesa. Los cascos se agitaban desesperadamente en el aire. Joe yacía en el suelo, junto al caballo, medio aturdido. Cautelosamente, se arrastró hasta el borde del repecho para mirar hacia el valle. Un matojo de salvia se agitó sobre su cabeza, y otro estruendoso disparo resonó en la cañada. Joe se ocultó apresuradamente detrás de unos arbustos.
Empezó a trepar por la montaña, de rodillas, empujando el rifle ante sí. Avanzaba con la instintiva cautela de un animal salvaje. No tardó en llegar a una de las gigantescas moles de granito que sobresalían de los riscos más altos. En los espacios donde la vegetación era más alta corría agachado, y en los claros se movía como una serpiente, arrastrándose sobre el polvo, muy pegado a la tierra. El último trecho no ofrecía ninguna protección. Joe lo cruzó velozmente, en busca de la roca salvadora.
Cuando llegó a ella se acurrucó, jadeando. Luego se deslizó por detrás del peñasco hasta encontrar una grieta que le permitiera divisar parte del valle. Estaba tendido sobre el vientre y aguardaba con el cañón del arma introducido por la improvisada aspillera.
El sol enrojeció las montañas de poniente. Una bandada de buitres empezó a trazar círculos sobre el lugar donde yacía el caballo, muerto. Un pajarillo saltó de rama en rama delante del punto de mira del rifle.
Joe notó que algo se movía en la maleza, muy abajo. Sus dedos se crisparon sobre el gatillo. Desde su altura divisaba la pequeña meseta y el encinar, junto a la charca. De pronto, sus ojos se clavaron de nuevo en la senda: había observado un leve movimiento en el chaparral contiguo. El rifle se movió ligeramente, hasta que el punto de mira coincidió con la hendidura en V del visor. Al cabo de unos instantes, el movimiento de la espesura se repitió. Entonces, Joe apretó el gatillo. La explosión resonó montaña abajo para subir por la ladera opuesta y ser devuelta después en múltiples ecos. La maleza permaneció inmóvil. Luego, la roca de granito pareció rasgarse, una bala pasó silbando y en el fondo de la vaguada se oyó el ruido de un disparo. Joe sintió un dolor agudísimo en la mano derecha. Una esquirla de granito se había clavado entre sus nudillos y la afilada punta sobresalía por la palma. Apretando los dientes, Joe arrancó la aguja de piedra. La herida empezó a sangrar, pero sin borboteo: no había sido afectada ninguna vena.
Joe introdujo la otra mano en una pequeña cavidad de la roca y sacó un puñado de telarañas, oprimiéndolas contra la herida. La hemorragia cesó casi inmediatamente.
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El rifle estaba en el suelo. Joe lo recogió y colocó otro cartucho en la recámara. Luego, arrastrándose, se ocultó en los matorrales. Siguió avanzando hacia la derecha, ascendiendo la montaña, deteniéndose a descansar detrás de todas las rocas que encontraba.
Empuñaba el rifle con la mano izquierda y sudaba por todos los poros de su piel. Tenía la boca pastosa y los labios hinchados. Sus ojos se movían inquietos y asustados.
El sol inició su descenso cuando Joe no había recorrido aún un kilómetro. Continuó avanzando, agotadas sus fuerzas, hasta llegar a un chaparral. Las matas le ofrecían escasa sombra, pero sí refugio. Apoyando la cabeza en su brazo izquierdo, se quedó dormido. Unos pájaros audaces se posaron cerca de él y le contemplaron con curiosidad antes de alejarse a saltitos. Joe se agitó en sueños y movió varias veces el brazo herido. El sol desapareció detrás de las montañas e inmediatamente cayó el frío crepúsculo, seguido de la oscuridad impenetrable de la noche. Un coyote aulló en la ladera y Joe se despertó sobresaltado, frotándose los ojos. Tenía la mano muy hinchada y le pesaba horriblemente; el dolor le subía a ramalazos brazo arriba hasta detenerse en el sobaco, impidiéndole todo movimiento. Miró a su alrededor y se incorporó. La luna no había salido aún y todo estaba envuelto en tinieblas. La chaqueta de su padre era ahora un estorbo. Joe se la quitó a costa de un gran esfuerzo y empezó a trepar, tropezando con las rocas y rasgándose la camisa con los espinos. El rifle iba golpeando contra las piedras a medida que avanzaba. Pequeñas cataratas de grava rodaban monte abajo detrás de él.
Poco después asomó la luna por el horizonte, facilitando la marcha del fugitivo, el cual avanzaba muy inclinado hacia adelante para que el brazo dolorido no le rozara el cuerpo. El viento azotaba la ladera, agitando con sus violentas ráfagas los resecos matojos.
Cuando Joe llegó a la cresta de la colina la luna se hallaba en su cénit. En la vertiente opuesta se alzaba otra cadena de montañas; el fondo de la quebrada estaba oscuro y silencioso. Joe empezó a descender trabajosamente. Le torturaba la sed. Trató de correr, pero se cayó y rodó hacia el fondo. Después de incorporarse, continuó descendiendo con mayor cautela. Cuando llegó al fondo del barranco volvía a ocultarse la luna.
Joe escarbó furiosamente el suelo con la mano izquierda: la tierra estaba ligeramente húmeda, pero no había agua. Soltando el rifle, cogió un puñado de barro y se lo metió en la boca, para escupirlo inmediatamente. Desesperado, trató de excavar un agujero más profundo, buscando agua, pero antes de terminar su trabajo se había quedado dormido.
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Llegó la mañana, y tras ella el día, y Joe continuó durmiendo. A última hora de la tarde se despertó, irguiendo lentamente la cabeza y mirando asustado a su alrededor. A corta distancia, entre unas matas, un gran puma dorado le estaba observando atentamente. Al ver que se movía, el felino se recostó en el suelo y continuó mirándole, al parecer sin ánimo de atacarle.
Joe se asomó al agujero que había practicado en el suelo la noche anterior: en el fondo veíase un poco de agua fangosa. Arrancando una tira de su camisa, la empapó en aquella agua y se la llevó a los labios. Repitió la operación varias veces, absorbiendo con deleite la escasa humedad recogida por el trocito de tela.
El puma continuaba inmóvil y al acecho. Llegó de nuevo la noche sin que se hubiera observado movimiento alguno en la montaña. Ninguna ave descendió a explorar el fondo del valle. De vez en cuando, Joe miraba a la fiera, cuyos ojos estaban entornados como si quisiera dormir. De pronto, el puma sacudió la cabeza y husmeó el aire; su cola azotó el suelo; luego se incorporó y desapareció en la espesura como una sombra dorada.
Poco después, Joe oyó el ruido que había sobresaltado al puma: un rumor
lejano de cascos sobre la roca. Y oyó algo más: el agudo ladrido de un perro.
Empuñando el rifle con la mano izquierda, se refugió en la maleza, sin moverse de allí hasta que oscureció. Le quedaban pocas fuerzas. Cuando se hizo de noche, empezó a trepar por la ladera opuesta. No tardó en darse cuenta de que no llevaba el rifle: seguramente lo había dejado en las matas entre las cuales había permanecido oculto. Imposible regresar a por él: en medio de aquella oscuridad, le resultaría prácticamente imposible encontrarlo. Además, el dolor del sobaco era cada vez más insoportable; cada latido de su corazón parecía hinchar todo su brazo como un globo.
Joe continuó ascendiendo, como una bestia herida, sosteniendo con su mano izquierda el brazo inerte, a fin de alejarlo del cuerpo. Súbitamente, la luna iluminó el paisaje. A su claridad, Joe pudo ver que estaba a punto de alcanzar la cumbre de la montaña. Reuniendo todas las fuerzas que le quedaban, recorrió otra docena de metros y se dejó caer al suelo, completamente exhausto.
Amaneció un nuevo día. Los tibios rayos del sol iluminaron la yacente figura de Joe. Su revuelto cabello estaba lleno de ramitas, hojas secas y telarañas. Sus ojos parecían haberse refugiado en unas órbitas cóncavas y profundas, y entre sus dientes asomaba la punta ansiosa de su lengua.
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Joe se sentó, colocando el brazo inútil en su regazo, mientras gemía en voz baja. Alzando la cabeza, miró hacia el cielo. Un pájaro negro volaba muy alto, y algo más lejos se divisaba otro igual.
De pronto llegó a sus oídos un ruido familiar, procedente del valle: eran las voces excitadas de la jauría en busca de su presa. Joe inclinó la cabeza, abrumado. Quiso decir algo, tal vez las palabras de una oración, pero sus labios permanecieron inmóviles. Con la mano izquierda, trazó la señal de la cruz sobre su pecho. Luego se incorporó trabajosamente: su silueta se recortó, nítida, contra el cielo matinal.
Una esquirla de piedra saltó con violencia y una bala pasó zumbando en dirección al valle cercano. Muy abajo, resonó el estampido de un disparo. Joe miró un momento hacia el fondo del abismo y volvió a erguirse como una estatua en su pedestal.
Súbitamente, se tambaleó. Su mano izquierda se dirigió vacilante hacia su pecho, al tiempo que un segundo disparo resonaba en la solitaria cañada. Joe se inclinó hacia adelante y cayó de lo alto de la roca. Su cuerpo rebotó contra el suelo pedregoso y descendió rodando por la ladera, arrastrando un aluvión de tierra, grava y arena. Cuando por fin se vio frenado en su caída por unos matorrales, el alud cubrió su cabeza antes de detenerse del todo.
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UN DESERTOR DE VALLEY FORGE
ERNEST HAYCOX
E L barracón era frío y oscuro. No había ninguna ventana para admitir la luz del agonizante día, pero a través de sus grietas penetraba el afilado aire de enero. Alva Jukes, de pie en el umbral, vio solamente blancos óvalos
de rostros mirando hacia el techo desde los mugrientos jergones, y aunque era un hombre curtido en la adversidad y acostumbrado a las calamidades, el espectáculo de tantos padecimientos innecesarios sublevaba a lo que de irlandés había en su sangre. Se cuadró, llevándose la mano a la cadera como si acariciara la empuñadura de una espada, e imitó la voz de un coronel muy conocido pero no muy apreciado por la brigada:
—¿Qué tenemos hoy para cenar, mis bravos muchachos? La respuesta, llena de cómico respeto, llegó hasta él procedente de media docena de gargantas:
—¡Galleta y agua, señor!
—¡Ah! —exclamó Jukes, tirando de un imaginario capote—. ¿Y qué habéis desayunado hoy, hijos de la libertad?
—¡Galleta y agua, señor!
—Y ahora, muchachos, decidme qué os han servido para comer. —¡Galleta y agua, señor!
Jukes, sonriendo irónicamente a través de sus patillas, se unió al coro general:
—¡Permita Dios que nuestro comisario de compras tenga que vivir de galleta y agua!
La nieve blanqueaba Valley Forge, amortiguaba los menores sonidos del campamento y hacía que el aire pareciera doblemente frío. Una carreta, cargada de leña, pasó por delante del barracón, arrastrada por diez o doce hombres que tiraban de una cuerda; hombres que se movían con espantosa lentitud, las cabezas inclinadas y los pies resbalando en el helado suelo. Aquí y allá ardían algunas fogatas, rodeadas por unos hombres débiles y
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andrajosos. Pasó un oficial: un raro espectáculo, envuelto en un cubrecama y con un chal a guisa de turbante alrededor de la cabeza. Alva Jukes contempló aquellas escenas con ojos sombríos, y su rostro aquilino se hizo más y más afilado.
—¿Qué ha pasado con el fuego que dejé encendido? —preguntó—. ¡Vaya una pandilla de vagos! Lo habéis dejado apagar…
—No había más leña, sargento —gruñó una voz remota—. ¿Qué podíamos hacer? Aquí hay una carta para usted…, la ha traído el cartero hace un rato.
—¿Una carta? —murmuró Jukes—. ¿Quién diablos puede escribirme? Entró en el barracón y tropezó con la mano extendida de un soldado.
Volviendo a la abertura, rasgó el sobre y extendió el papel ante sus intrigados ojos. Le costó un poco descifrar la torpe caligrafía, ya que en la escuela no había pasado de las cuatro reglas; pero al final consiguió leer las escasas frases.
Querido ijo, ace dos años que estás fuera ya es ora que buelbas a casa estoy preocupada por tu salud, los chicos de Neely fueron a la gerra por 3 meses y ya an buelto a casa. Yo tengo que acer tu trabajo, tu padre no está muy bien de salud. Nunca como sin pensar que estás pasando ambre. Buelbe a casa, tu madre que te quiere.
Jukes dobló la carta y se la metió en el bolsillo. Alguien tosió espasmódicamente, finalizando con un estrangulado suspiro.
—Si creyera que había una cama libre en el hospital, me iría allí. Sargento, será mejor que le eche un vistazo a Will Cordes; hace mucho rato que no contesta a mis preguntas.
Jukes volvió a entrar en el barracón y se arrodilló en un rincón.
—Will, muchacho, no son horas de dormir.
No hubo ninguna respuesta y la mano de Jukes, tocando el rostro del hombre, Jo encontró frío como el mármol.
—¡Will! —insistió—. Vas a quedarte helado a menos que te muevas un poco. ¡Vamos!
Hablaba a unos oídos que no podían escucharle. Sus dedos, posándose en el flaco pecho, no encontraron ningún movimiento tranquilizador. Permaneció arrodillado largo rato, mientras un desolado silencio llenaba el barracón.
—Supongo que ha muerto —dijo una voz ronca—. ¿No es así, sargento? Jukes se puso en pie.
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—Voy a arreglar los detalles del entierro. Es el tercero de este barracón en un mes. Bueno, si no hubiera sido un muchacho fuerte, hubiera muerto antes.
Otra voz dijo:
—Jukes, ¿has oído algo acerca de la ropa que dicen que van a enviarnos? Dicen que ha llegado un barco de Francia con suministros suficientes para todo el ejército.
—¡Bah! —dijo Jukes, dirigiéndose de nuevo hacia la entrada—. Lo único que he oído es que el Congreso ha enviado un comité aquí para averiguar por qué no estamos satisfechos. ¡Los muy…! ¿Qué han hecho por nosotros? ¡Sí, enviar un comité! ¡Lo único que hacen es enviar comités! ¡Washington podía haber ganado ya esta guerra si el Congreso no estuviera formado por un montón de titubeantes leguleyos! Mirad al pobre Will: el muchacho no hubiera muerto si el maldito Congreso se hubiera limitado a enviarnos ropas y víveres. ¡Un montón de inútiles, eso es lo que son! Muy buenas palabras, eso sí, pero a la hora de la verdad, nada de nada. Será mejor que no metan las narices en este campamento, o van a quedarse sin ejército.
Fue una apasionada diatriba, pronunciada en tono casi histérico. Todos los temores del hombre, todas sus ultrajadas emociones, agudizados por la muerte de un camarada, asomaron a la superficie. Cuando terminó de hablar, en el interior del barracón se oyeron murmullos de aprobación. Jukes había expresado la opinión casi unánime del ejército, un ejército que diariamente veía las carretas transportando una docena de cadáveres como el del desdichado Will Cordes. Jukes, a pesar de que estaba sumido en un mar de tempestuosas emociones, reprimió sus sentimientos con un sardónico fruncimiento de labios y se retiró del barracón.
Se encaminó directamente hacia la tienda-hospital, una alta y delgada figura con el rostro y los ojos de un descontento. La naturaleza había sido injusta con él, ya que no era tan malo ni tan indisciplinado como sugerían la adustez de la boca y de las mejillas. La expresión era una herencia de sus antepasados irlandeses, para los cuales la vida no había sido nunca fácil. A pesar de todo, sus soldados le apreciaban. Su carácter taciturno en el campamento y su valor en el campo de batalla eran famosos en toda la brigada.
Entró en la tienda-hospital, dejó un informe del soldado fallecido y volvió sobre sus pasos a través de la nieve, observando aquí y allí huellas de pisadas con los bordes color carmesí. Esto hizo que sus ojos adquirieran una expresión todavía más amarga y que su aguileña nariz se acercara más a su pecho, al hundir la cabeza. Pasó junto a varias fogatas y llegó de nuevo a su
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propio barracón. Se detuvo en él el tiempo suficiente para recoger un hacha colgada junto a la puerta y volvió a salir, dirigiéndose hacia un bosquecillo cercano al campamento.
Con nieve hasta las rodillas, hundió la hoja del hacha en el tronco de un árbol una y otra vez.
—Padre debe de estar muy enfermo —murmuró, entre golpe y golpe—. ¿Por qué, si no, se hubiera gastado dinero madre en una carta? Aquel maldito Bige dijo que cuidaría de ellos mientras yo estuviera ausente.
Pero entonces Bige era solamente un primo sin personalidad, demasiado apegado a su propia piel para unirse al ejército, y tal vez dos años de cuidar de la familia le habían convertido en un hombre gruñón. Todos los Jukes nacían gruñones. Balanceó el hacha y la dejó caer contra el tronco; también él, decidió, era un gruñón.
Su tarea quedó interrumpida por una repentina conmoción en el campamento. Un teniente recorría la línea de barracas, gritando:
—¡A formar! ¡A formar para el desfile! ¡A formar, Pennsylvania!
Jukes contempló el cielo plomizo y dejó la hoja del hacha enterrada en el árbol, decidiendo terminar el trabajo cuando regresara del desfile. Se dirigió al campamento, para encontrarse con una nueva e inesperada conmoción. Los soldados acudían a la llamada, desde luego; pero no acudían con correajes y mosquetones, ni con su habitual paso cansino. Salían de los barracones llevando latas y cacerolas, armando un estrépito infernal, y gritando a pleno pulmón:
—¡Si no hay comida, no hay soldados! ¡Si no hay pan, no hay desfile! ¡El pobre Dick se está helando! ¡Si no hay comida, no hay soldados!
El oficial agitó sus brazos inútilmente, mientras los andrajosos soldados formaban un círculo a su alrededor. A cada instante voces nuevas se unían al coro, y el entrechocar de las cacerolas era cada vez más ruidoso. Jukes, acercándose al grupo, vio rostros furiosos, rostros enfermos, rostros que estaban enrojecidos y rostros que estaban mortalmente pálidos.
El asunto tenía todo el aspecto de un acto de desesperación; no eran soldados sublevándose contra la disciplina; eran hombres que habían llegado al límite de lo que se puede soportar. Enfermos, desalentados y dolidos por las evidentes injusticias que se cometían con ellos, habían respondido al primer grito de protesta del más audaz. Jukes movió la cabeza con aire de aprobación. En aquel momento, el teniente, un hombre joven y sorprendido, gritaba:
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—¡Basta, muchachos! ¿Queréis poner este campamento patas arriba? ¡Vaya un ejemplo para los otros regimientos! ¡Basta ya de jaleo!
Era demasiado joven para imponer respeto, y sus palabras quedaron ahogadas por los redoblados gritos:
—¡Si no hay comida, no hay soldados! ¡Estamos hartos de galleta y agua! Uno de los lados del círculo se abrió precipitadamente y cuatro jinetes, encabezados por un rollizo brigadier de mejillas sonrosadas, se abrieron camino hasta el centro. El alboroto cesó con la misma rapidez con que había empezado. El rostro del brigadier estaba muy solemne, y cuando habló no lo
hizo en tono furioso, sino con compasiva gravedad.
—Han perdido ustedes la cabeza, caballeros —dijo—. ¿Qué significa este jaleo? ¿Vamos a ganarle batallas al enemigo para perderlas luego entre nosotros mismos? Díganme, ¿cuál es la raíz de todo esto?
El silencio era tan intenso, que el chisporroteo de una rama en una fogata cercana estalló como un cañonazo en el aire helado. Una voz gritó:
—Que hable Jemmy Rice en nombre de todos.
Jukes esperó inútilmente oír la voz del soldado. Finalmente se volvió a mirar entre la multitud hasta que sus ojos se posaron en Rice: un turbulento personaje de su propia compañía, el hombre más protestón de todo el campamento. Pero ahora, delante del brigadier, Jemmy Rice permanecía silencioso. Ya que esto podía ser considerado como un motín, y él no tenía estómago para exponerse a que le fusilaran como cabecilla.
Jukes, viendo que el silencio se prolongaba, cerró sus puños y avanzó unos pasos, situándose en un lugar donde los acechantes ojos del brigadier pudieran localizarle. De haber dado rienda suelta a sus sentimientos, hubiera descargado un torrente de furiosas palabras sobre el oficial. Jukes se mordió los labios hasta hacerlos sangrar. Su rostro se alzó hasta el del brigadier, no con expresión de reto sino como un igual hablando a un igual.
—Esta tarde ha muerto un hombre en mi barracón por falta de alimentos y falta de mantas. Ha muerto en el suelo, con un poco de paja debajo del cuerpo. En el mismo barracón hay otros cuatro hombres que no tardarán en acompañarle. Ésa es la raíz de todo esto.
El brigadier inclinó la cabeza.
—Estoy enterado de las condiciones en que se encuentra este campamento. Todos los oficiales que merecen este nombre están enterados de ellas. ¿No creen ustedes que hacemos todo lo que está a nuestro alcance por mejorarlas? Pero, ¿qué clase de ayuda esperan obtener con esta conducta?
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Jukes, mirando más allá del brigadier, vio el rostro de su capitán, furioso porque un hombre de su compañía se había hecho portavoz de la rebelión. Jukes cuadró los hombros y continuó:
—No dudamos de sus esfuerzos. Pero, al parecer, los oficiales no están en situación de ayudarnos, de modo que tratamos de levantar nuestras propias voces. Hace seis días que no hemos comido carne. Las últimas raciones de pan estaban mohosas. En cuanto a la ropa…, bueno, no hemos podido cambiarnos la camisa desde el mes de octubre. La mitad de esta compañía se encuentra en el hospital, y muchos esperan que quede una cama libre para ingresar en él. Y no hablemos de la paga: no he visto un centavo desde hace catorce meses. Ahora dicen que va a llegar un comité del Congreso para averiguar por qué no estamos satisfechos. ¡Quiera Dios que venga a esta compañía en busca de información!
Los rumores que se alzaron detrás de él le revelaron a Jukes que había expresado los sentimientos de la brigada. El rostro del capitán estaba contraído por la rabia, pero el brigadier permaneció impasible.
—Se ha quedado usted corto. Yo podría añadir algunas pinceladas al cuadro que acaba de pintarnos y hacerlo todavía más sombrío. Caballeros, sus desdichas son las mías. Pero la indisciplina no resolverá nada. Lo único que hará será fortalecer la posición de nuestros enemigos. Nada podrá convencerme de que son ustedes de la clase de soldados que manchan su honor con la sedición. Deseo que se dispersen y regresen a sus barracones. Pero antes quiero informarles de que de un momento a otro llegarán a este campamento varios transportes con ropas de invierno y carne fresca. Ahora, retírense a sus alojamientos.
El brigadier, contemplando los pensativos semblantes, supo que había ganado la partida. Habían prestado atención a sus palabras, y esto significaba que todavía eran razonables. Siendo un hombre bondadoso por naturaleza, remachó su victoria con un detalle de bondad.
—La mayoría de ustedes están muy débiles. Teniendo esto en cuenta, vamos a suspender el desfile de esta noche.
Los soldados se alejaron uno a uno, regresando lentamente a sus barracones. El brigadier y su estado mayor desaparecieron a caballo. Jukes, profundamente afectado, volvió al bosquecillo y acabó de derribar el árbol. Luego se dedicó a cortar las ramas y a partir el tronco. Su reciente discurso le había hecho adquirir conciencia de sus propias preocupaciones personales, y mientras troceaba el tronco pensó de nuevo en sus padres.
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—Padre debe de estar muy enfermo —murmuró—. Ya sabía yo que ese Bige no era de fiar…
Clavó el hacha en el tronco y recogió una brazada de astillas. Fue a amontonarlas delante de su barracón, y se acercó a la fogata más próxima en busca de una astilla encendida. Desde el interior del barracón, alguien le llamó:
—¿Es usted, Jukes? ¿No ha visto el aviso?
—¿Qué aviso?
—Hace unos instantes ha venido un soldado y ha clavado un aviso en la puerta de su barracón. Será mejor que lo lea.
Jukes cogió una rama encendida y se acercó a la puerta del barracón. Allí estaba el aviso, escrito de puño y letra del capitán.
A partir de esta fecha, Jem Rice queda ascendido a sargento de la compañía, sustituyendo a Alva Jukes, que pierde su graduación y pasa a soldado raso.
Fleming, capitán.
Jukes leyó el aviso tres veces, para convencerse de su contenido. La furiosa mirada del capitán había fructificado y él, Alva Jukes, acababa de perder los galones que se había ganado a pulso. Los perdía por haber dicho la verdad; y, lo que era más injusto, se los ponían a un hombre que no había tenido el valor suficiente para sostener lo que creía.
La ardiente sangre irlandesa dio fuerza a su mano. La rama encendida se estrelló contra el aviso, y el papel empezó a arder.
—¡Que hagan ellos la guerra, entonces! —gritó, entrando en el barracón
—. ¡Yo ya he hecho mi parte!
Se dirigió a su rincón, hizo un paquete con sus pertenencias y cogió su
rifle. Al salir, se detuvo a añadir leña al fuego.
Unos instantes después se lo había tragado la noche.
Cuanto más se alejaba del campamento, más intensa era su amargura y su resentimiento. Finalmente, le gritó al negro cielo invernal:
—¡Que el Señor me hiera de muerte si vuelvo a ver el ejército! ¡Que luche el Congreso! ¡Pandilla de asquerosos leguleyos! ¡Que defiendan su propia libertad, si tienen redaños para hacerlo!
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Alva Jukes era un hombre duro, capaz de capear los peores temporales. Aquella noche, mucho más tarde, se apartó de la carretera y durmió en un granero. Cuando rompió el día estaba de nuevo en camino, llevando en sus bolsillos unos puñados de maíz, que fueron su único alimento en las diez horas siguientes. Se dirigía hacia el noroeste, hacia el hogar que había abandonado dos años antes.
Mientras andaba se mantenía vigilante a fin de no tropezar con alguna de las patrullas que recorrían los alrededores de Valley Forge. No estaba dispuesto a que le detuvieran y le hicieran comparecer ante un consejo de guerra. De modo que en cuanto divisaba algún jinete por la carretera se ocultaba detrás de algún grupo de árboles y les dejaba pasar.
En un cruce de caminos, a cierta distancia ya del campamento, escogió la carretera menos utilizada. El cielo tenía un color plomizo y poco después de mediodía empezó a nevar. Entonces, también, Alva Jukes se consideró lo suficientemente lejos del ejército como para abandonar sus precauciones y dedicar toda su atención al camino que se extendía delante de él.
El hecho de haber abandonado el campamento sin permiso no le preocupaba lo más mínimo. Sólo estaba haciendo lo que otros centenares habían hecho antes que él. En realidad, los miembros de aquel ejército consideraban que sus contratos de alistamiento eran muy «flexibles». La campaña activa les mantenía juntos, pero cuando llegaba el invierno y las perspectivas de una batalla se hacían remotas, se sentaban alrededor de sus fogatas y escuchaban la llamada de sus familiares que necesitaban ayuda. Entonces, las brigadas quedaban diezmadas. Jukes, avanzando bajo la nieve, defendía su actitud con argumentos que le parecían perfectamente válidos.
«Dos años sin un solo permiso —se decía—. ¿No es suficiente para un hombre? Ahora les toca a los demás. Yo ya he hecho mi parte.»
Era lo bastante perspicaz para saber que había millares de ciudadanos útiles para la guerra que no habían respondido a la llamada de la patria y que dejaban de buena gana que otros lucharan por ellos. Para un hombre de la naturaleza de Jukes, dotado de un agudo sentido de la justicia, ése era un argumento decisivo. Él había hecho más de lo que le correspondía. Ahora podía venir otro a ocupar su puesto.
A pesar de todo, a medida que la tarde avanzaba y él se adentraba en una región desconocida, los pensamientos de Jukes volvían una y otra vez al oscuro y miserable barracón donde reposaban sus desdichados camaradas.
«Supongo que esta noche habrá desfile —murmuró—. Bueno, no creo que mis hombres estén en condiciones de desfilar… Y seguro que dejarán apagar
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otra vez el fuego…»
Las sombras se espesaron a su alrededor. Aquí y allá, a amplios intervalos en la carretera, veíanse casas de labor con luces brillando a través de las ventanas y humeantes chimeneas. Podía haber entrado en una de ellas y pedir cobijo, pero un obstinado orgullo le impulsó a seguir adelante. No era un vagabundo, ni había descendido hasta el punto de tener que pedir limosna. Continuó andando, esperando que se hiciera completamente de noche para deslizarse en algún granero.
Sus oídos captaron el sonido de los cascos de un caballo, y no tardó en divisar un solitario jinete que seguía su mismo camino. Jukes reemprendió la marcha sin volverse a mirar hacia atrás, aunque oía al jinete cada vez más cerca; se limitó a apartarse a un lado de la carretera, dispuesto a dejar que pasara el jinete. Éste llegó a su altura y aflojó el paso de su caballo. Luego se dirigió a Jukes en tono cortés.
—Un mal día para ir a pie.
Jukes se pasó el fusil al otro hombro y alzó la mirada para ver un rostro mofletudo y amable. Pertenecía a un hombre de calidad, bien vestido y de modales dignos. Un par de ojos azules brillaban debajo de unas pobladas cejas, unos ojos muy penetrantes. Jukes sintió todo el peso de su escrutinio y se puso repentinamente en guardia.
—He andado con un tiempo peor —dijo, en tono huraño, manteniéndose a un lado para permitir que el hombre pasara.
Pero el caballero era de naturaleza sociable.
—Sin duda viene usted de Valley Forge —sugirió—. Posiblemente se dirige a su casa, con permiso.
—Digámoslo así —asintió Jukes, insatisfecho por la mentira pero considerando que era la mejor política a seguir.
El caballero levantó la mirada hacia el plomizo cielo.
—Esta noche va a caer mucha nieve. Sería mejor que se refugiara en alguna parte. A una milla de aquí hay una taberna. Creo que le gustará.
—¡Una taberna! —gruñó Jukes—. ¿Imagina que tengo dinero para gastarlo en una taberna? Hace catorce meses que no he cobrado mi paga.
—Pero, no puede dormir al raso —protestó el caballero—. Estas noches son endiabladamente frías.
Jukes contempló las elegantes ropas del hombre con repentino resentimiento.
—Las he pasado peores —dijo—. Y hay muchos graneros a lo largo del camino.
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—Tonterías. Que no se diga que Pennsylvania trata mal a sus soldados.
Vamos a detenernos en la taberna y yo correré con todos los gastos.
Considérese mi huésped.
—¿Y quién es usted? —preguntó Jukes.
—Soy St. Louis Cotton, miembro de la Asamblea de Pennsylvania.
—¿Un leguleyo del Congreso? —inquirió Jukes en tono desabrido.
—No soy miembro del Congreso Continental. No tengo ese honor. Sólo de la Asamblea de Pennsylvania.
La distinción no era lo bastante clara como para refrenar la animosidad de Jukes. Delante de sus ojos tenía a uno de aquellos sujetos que discutían y perdían el tiempo y faltaban a sus promesas y nombraban inútiles comités mientras el ejército se moría de hambre.
—¡Guárdese su hospitalidad! —exclamó—. No quiero aceptar nada de los de su clase. Son ustedes la ruina del ejército. Comen bien, duermen en una buena cama, mientras nosotros las pasamos moradas.
El caballero se irguió en la silla y resopló con fuerza.
—Esto es una impertinencia —dijo—. Le ofrezco a usted la gratitud de un Estado, y contesta como un carretero. Ya comprendo… Es usted uno de esos individuos que abominan de las legislaturas del pueblo. Hay alguna siniestra influencia actuando entre ustedes.
—La influencia de una tripa vacía —replicó Jukes—. Me gustaría saber qué es lo que hacen ustedes. Cuando pedimos víveres y ropas, nos envían hermosas promesas. Nos morimos de hambre, y ustedes dicen que comemos demasiada carne. ¡Son una pandilla de cretinos, y el país iría mucho mejor sin ustedes! ¿Cree que han ayudado al general Washington a ganar alguna batalla?
El caballero tiró fuertemente de las riendas de su caballo, haciendo que se detuviera del todo, y Jukes, mirando a través de las cada vez más espesas sombras, se dio cuenta de que el rubicundo rostro estaba congestionado.
—Dispare, viejo —añadió burlonamente—. Haga un bonito discurso como los que nos endilgan los comités.
El caballero habló con encomiable calma.
—Supongo que los miembros del ejército lo harían mejor, si fueran elegidos para servir en el Congreso…
—Lo único que puedo decirle es que no perderían tanto tiempo charlando inútilmente.
—Cuando tenga usted unos años más —dijo el caballero—, no hablará de ese modo. Estamos viviendo unos tiempos terribles, y no está en la naturaleza
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de los hombres ponerse de acuerdo, por desesperadas que sean las circunstancias. Los soldados olvidan, también, que cada Estado tiene sus representantes en el Congreso, y es muy difícil que todos los Estados coincidan en sus puntos de vista. Cada uno de ellos tiene sus propios intereses que defender. Tal vez el Congreso haga promesas que luego no cumpla, tal vez yerre en sus juicios. Pero es un organismo sin poder, amigo mío. Puede pedir harina y carne a los Estados, pero sólo la conciencia puede hacer que los Estados entreguen lo que se les pide. ¿Ha olvidado usted eso?
Jukes gruñó, intranquilo. El caballero manejaba las palabras del mismo modo que él manejaba un fusil. No podía refutar el argumento, debido a su ignorancia. Pero, ¿qué validez tenían los argumentos de los leguleyos, cuando la miseria y la desdicha de Valley Forge estaban allí para confundirlos a todos? Si querían un país libre, ¿por qué no encontraban los medios para ayudar a sus soldados?
—Lo que veo es que a pesar de sus desacuerdos, ustedes cobran el día de paga y van bien vestidos —dijo Jukes—. Y que cada vez que suena un cañón inglés a cincuenta millas de Filadelfia, salen ustedes corriendo. ¡Bonito ejemplo!
—Ya me he dado cuenta —replicó el caballero— de que es usted un descontento. ¿Dice que va de permiso? ¿Dónde está el documento que lo acredita?
—Yo no necesito ningún papelucho —dijo Jukes.
—Entonces, es usted un desertor… Creo que voy a apuntarle con un revólver y a llevarle al campamento.
Jukes echó mano a su fusil.
—Ocúpese de sus asuntos, viejo, si le importa su pellejo.
Se enfrentaron el uno al otro, mientras el crepúsculo daba paso a la oscuridad y la nieve caía a su alrededor con redoblada intensidad. Jukes rió torvamente.
—Dedíquese a sus debates, viejo. Es lo mejor que puede hacer. Y deje los asuntos de armas para los hombres que saben luchar. Y ahora, váyase. No puedo perder más tiempo con un carcamal como usted.
St. Louis Cotton ahogó una exclamación y puso su caballo en movimiento.
—Es usted un renegado…, un rufián, y estará mejor fuera del ejército que dentro de él.
—Pero soy lo bastante bueno para matar ingleses, ¿verdad? Lo bastante bueno para creer en sus hermosas promesas cuando las cosas tenían mal
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aspecto… ¡Ya estoy harto! Ahora, usted y sus amigos de sangre azul tendrán que luchar por sus propios pellejos.
En aquel momento llegaron a una curva de la carretera y divisaron una taberna casi oculta entre los árboles, a un centenar de metros de distancia. Jukes se tragó las palabras que estaba a punto de añadir y se detuvo. Una de las puertas de la taberna estaba abierta de par en par, con la amarillenta luz formando un recuadro en la nieve. Y por aquel recuadro desfiló un escuadrón de soldados con el uniforme de los dragones ingleses. La puerta se cerró detrás de ellos, dejando a Jukes con los labios secos y una pregunta en la punta de la lengua.
—¿Hay algún campamento de esos bestias por estos alrededores, viejo? —No tengo la vista muy buena —dijo el caballero—. ¿Qué es lo que ha
visto?
—Dragones ingleses —murmuró Jukes, tratando de taladrar con los ojos las sombras que les rodeaban—. He visto entrar a seis. Me pregunto…
El caballero estaba rezongando en voz baja.
—¡Otra vez esa maldita patrulla! Recorren con frecuencia esta parte de la región. En este lado de Filadelfia no hay ningún campamento. ¡Me gustaría ajustarles las cuentas! Si dispusiera de un par de hombres…
—Pare el carro, amigo —le interrumpió Jukes, sorprendido por el bélico lenguaje del caballero—. No está usted en condiciones de luchar. Si le cogen empuñando un arma y vestido de paisano, le colgarán sin contemplaciones.
—¡Bah! —replicó el caballero—. Soy coronel asimilado de la milicia. —De la milicia, ¿eh? Bueno, en la milicia cualquiera puede ser oficial. Jukes se había arrodillado, con la cabeza tendida hacia adelante y los ojos
muy abiertos. El caballero se apeó de su montura, murmurando:
—Si no fuera usted un granuja y dispusiéramos de otro par de hombres… —Voy a efectuar un pequeño reconocimiento —le interrumpió Jukes—.
No se mueva de aquí hasta que regrese.
Dejó caer su mochila al suelo y avanzó rápidamente, con su cálida sangre irlandesa hirviendo ante la proximidad del enemigo. Un osado plan empezaba a tomar forma en su cerebro. A unos diez metros de la taberna se detuvo: acababa de oír resoplar a un caballo. Al cabo de unos instantes de atenta observación, llegó a la conclusión de que no había quedado ningún hombre de guardia con los animales y se deslizó silenciosamente hasta una de las ventanas de la taberna, situada en un ángulo de la casa. La luz brillaba a través de los helados cristales. Jukes se quitó el sombrero, se incorporó cautelosamente y miró hacia el interior.
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No se había equivocado en la cuenta. Eran seis, al mando de un sargento, y estaban sentados alrededor de una mesa; seis robustos mocetones, con las chaquetas desabrochadas a causa del calor y las puntas de los sables hundidas en el suelo de madera. El tabernero dejó unas tazas humeantes sobre la mesa y desapareció unos instantes en la cocina, para volver luego con un plato de carne. Jukes localizó la puerta trasera de la cocina y retrocedió, sonriendo astutamente.
—Pasarán unos minutos comiendo —murmuró—. Bueno, les daremos tiempo para que se cuelguen ellos mismos.
Se acercó al lugar donde estaban los caballos para convencerse de que no había ningún centinela: una vez allí, decidió hacer otro nudo en las atadas riendas. Si alguno de los soldados deseaba marcharse a toda prisa, tropezaría con inesperadas dificultades. A continuación regresó junto al caballero.
—Son seis —dijo Jukes—. Señor coronel de la Milicia, ¿lleva usted alguna arma encima?
—Mis pistolas. ¿Acaso piensa usted enfrentarse con ellos?
—Luchar es lo mío. Usted habla mucho, pero no estoy seguro de que sepa utilizar una pistola. La Milicia… Bueno, si hay algo más que sebo debajo de su piel, acompáñeme. Quiero que vaya a la puerta principal y espere allí hasta que me oiga gritar. Entonces grite usted, todo lo fuerte que pueda, y entre en la taberna. Yo entraré por la parte de atrás. En marcha.
El caballero ató su caballo a un árbol y siguió a Jukes hasta que se encontraron cerca de la taberna.
—Espere hasta que me oiga gritar —repitió Jukes—, y entonces haga todo el ruido que pueda.
Se encaminó hacia la parte trasera. Otra furtiva mirada a través de la ventana le permitió comprobar que los dragones estaban comiendo tranquilamente, y continuó deslizándose a lo largo de la pared. La puerta de la cocina estaba abierta. Antes de entrar, se detuvo a colocar su bayoneta en la punta del fusil; luego empujó la puerta y lanzó un grito que podía haber sido oído en Filadelfia.
La puerta chocó contra la pared y Jukes, esgrimiendo su fusil, cruzó a paso de carga la cocina, asustando de muerte a la mujer que trasteaba en los fogones, y llegó a la sala principal. Profirió otro aullido salvaje y se precipitó contra los ingleses en el momento en que el caballero, obedeciendo sus instrucciones, penetraba por la puerta principal, empuñando sus pistolas.
—¡Rendíos, caballeros, o sois muertos!
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La mesa se derrumbó con un ruido de platos y vasos rotos. Los dragones se habían puesto en pie de un salto, con la espalda apoyada contra la pared, los sables llameantes.
—¡A ellos! —aulló el sargento—. ¡Matad a los diablos!
El fusil de Jukes rugió: la habitación se llenó de humo y la cabeza del sargento pareció estallar. Cayó al suelo, tropezando con el sable de uno de sus hombres.
—¡Adelante, Pennsylvania! —gritó Jukes, con el rostro encendido. Parecía un demente, con una diabólica sonrisa que dejaba al descubierto
sus dientes y los ojos llameantes. La bayoneta tropezó con un sable y lo apartó a un lado. Resonaron varios disparos, y Jukes sintió que la pólvora chamuscaba sus mejillas. A través del repentino sudor que nubló sus ojos vio que la punta de su bayoneta había enrojecido. La ronca voz del caballero se unió a los enfurecidos gritos de Jukes. Luego hablaron sus pistolas, antes de que un enloquecido dragón le empujara a un lado mientras huía del salvaje que se movía por la sala como un huracán, con una ensangrentada bayoneta en la punta de su fusil.
El caballero gritó:
—¡Duro con ellos, muchacho! ¡Ya son nuestros!
—¡Basta! —imploró un aterrorizado dragón, dejándose caer de rodillas—. ¡Basta! ¡Nos rendimos!
Jukes estaba en el centro de la habitación, con el negro pelo caído sobre el rostro y el sudor deslizándose a través de sus patillas. En algún momento de la refriega, un sable había desgarrado una manga de su chaqueta, que ahora colgaba de su flaco brazo, dando a su figura un aspecto indescriptible. Lentamente, el fuego de sus ojos se apagó. Dejó caer la punta de su bayoneta, repentinamente cansado.
Habían hecho un buen trabajo. El sargento y dos soldados estaban caídos en el suelo, muertos; otros dos se habían entregado prisioneros y el sexto había huido. El tabernero asomó su pálido rostro por la puerta de la cocina y Jukes le gritó:
—¿De qué lado estás tú, gordinflón?
—Soy un buen patriota. Y… habéis destrozado mi taberna.
—Agradece a tu buena suerte que no te haya destrozado también a ti — gruñó Jukes—. Recoge ese revólver y no pierdas de vista a estos dos tipos.
Se dirigió hacia la puerta, dispuesto a perseguir al dragón que había huido. Pero no tuvo necesidad de hacerlo, ya que estaba tendido sobre la nieve, a unos pasos de la taberna. Y a su lado, empuñando todavía una pistola, se
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encontraba el caballero St. Louis Cotton, miembro de la Asamblea de Pennsylvania. Jukes se inclinó sobre él, notando un extraño escozor en los ojos. El sonrosado rostro del caballero estaba vuelto hacia el cielo, y sus labios temblaron.
—Hijo mío —susurró—, si eres un desertor, vuelve al campamento antes de que sea demasiado tarde. Éste no es el momento de abandonar a la patria. Más tarde te arrepentirías, y tus hijos te odiarían. Vuelve al campamento.
—Sí —murmuró Jukes—. Precisamente estaba pensando en regresar… Pero St. Louis Cotton no oyó aquellas palabras, porque estaba muerto; sus
facciones conservaban la misma dignidad que habían tenido en vida. Jukes le contempló unos instantes con aire sombrío. Finalmente, volvió a entrar en la taberna.
—Alva Jukes no ha nacido para huir —murmuró—. En este momento estarán haciendo el relevo de guardia… ¿y quién ayudará a aquellos pobres diablos a mantener el fuego encendido?
Pensó en el anciano caballero con admiración.
—Un viejo cabal. Tal vez está en lo cierto.
El tabernero le devolvió el revólver.
—Será mejor que vaya a atender al caballero.
—El caballero no necesita tus cuidados. Busca a alguien que te ayude a enterrarlos a todos —replicó Jukes en tono áspero—. Ahora, gordinflón, tráeme algo de comer y anótalo en la cuenta de Pennsylvania.
Media hora más tarde se encaminaba hacia Valley Forge, con dos prisioneros y seis caballos con la corona real bordada en sus sillas. Jukes sonreía hoscamente mientras avanzaba a través de la oscura noche. Después de todo, no podían hacerle gran cosa a un desertor que regresaba con tanta realeza.
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RÍO SECRETO
ERNEST HAYCOX
CAPÍTULO PRIMERO
S EGÚN Springtime Povy, que tenía ideas muy originales acerca de un gran número de materias, Dios creó el Oeste porque en su Infinita Sabiduría sabía perfectamente que algún día sería habitado por una raza especial y superior de mortales conocidos por el nombre de cowboys. Y a continuación, Springtime, atusándose el lacio bigote con el pulgar y el índice, ampliaba su explicación. El Oeste, aseguraba, tenía una extensión superior a la de cualquier otra región conocida, a fin de que el cowboy dispusiera de espacio para levantarse cuando montaba algún bronco ojizarco que no estaba dispuesto a permanecer sobre el suelo. Además, el Oeste era tan ancho para impedir que los amplios pensamientos del cowboy fueran constreñidos o aprisionados. La primavera y el otoño le habían sido dados para que supiera lo agradable que puede ser la vida; en tanto que el invierno y el verano le enseñaban a prescindir del falso orgullo en lo que respecta a sus propias
capacidades.
Cuando un quisquilloso oyente señaló con indudable realismo que otras partes del país tenían también tiempo frío y cálido, Springtime lió tranquilamente un cigarrillo y amalgamó así las creencias fundamentales de su vida:
—Sí, es posible que sea verdad. Pero no tienen períodos de calor tan terrible, ni ventiscas tan intensas. Ahora bien, ¿a qué obedece eso? A que el cowboy es un animal más salvaje, más rudo y más obstinado que el remilgado señorito del Este, y Dios sabía que se necesitaban unas condiciones más severas para hacerle entrar en vereda.
Al llegar a este punto Springtime descubrió que no había puesto los adecuados cimientos a su tesis. Entre su auditorio reinaba un evidente
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escepticismo, y dado que era un hombre práctico, descendió a un terreno más prosaico.
—Bueno, tal vez esté perdiendo el tiempo ofreciendo los frutos de mi mente a unos vulgares comedores de ovejas como vosotros. Creí que seríais capaces de pensar, lo cual fue un error por mi parte, pero, vamos a ver, ¿a qué distancia de aquí se encuentra el pueblo?
Tras elaborados cálculos, uno de los miembros del auditorio llegó a la conclusión de que entre Roan Horse y la cerca del rancho había una distancia de veinte millas en línea recta.
Springtime acogió la cifra con aire satisfecho.
—Bien. ¿Y por qué creéis que hay tanta distancia? ¿Por pura casualidad? No, amigos míos. En este mundo no hay casualidades. Esas veinte millas han sido puestas ahí a fin de que un hombre del Rocking Chair pueda salir de Roan Horse agradablemente achispado y llegar al rancho completamente sobrio. Si hubiera menos distancia, lo más probable es que llegara aquí en malas condiciones para trabajar, lo cual sería muy lamentable. Eso demuestra cómo la Providencia vela por el cowboy. Contestad a eso, ignorantes.
No hubo ninguna respuesta. Los semblantes de los vaqueros reflejaban únicamente un gran asombro. O al menos ésa fue la expresión que Springtime creyó ver en ellos. Se puso en pie con el aire de alguien que ha esparcido maná ante unos desagradecidos, incapaces de apreciarlo, y se dispuso a acostarse. La operación era sencilla y estaba completamente de acuerdo con las normas que regían en el dormitorio de los vaqueros: se quitó el sombrero, se quitó las espuelas y se envolvió en una manta. Pero antes de sumirse en el sonoro sueño, oyó la reacción a sus metafísicas deducciones.
Un pie rasgó el suelo, llameó un fósforo y alguien murmuró en voz baja:
—¡Es el mismo diablo!
Springtime debía saber de lo que hablaba, ya que había recorrido aquellas veinte millas muchas veces, y en el momento en que empieza este relato estaba cubriendo de nuevo aquella distancia, tras haber salido de Roan Horse en un estado que él mismo hubiera descrito como «agradablemente cargado, pero no demasiado espeso».
Era un día de principios de primavera y el sol se encaminaba hacia el ocaso. En el aire flotaba el olor a salvia y el vapor desprendido por la húmeda tierra bajo los efectos del primer sol cálido del año. Los arroyos bajaban llenos, las balsas no estaban todavía secas, y en los picos de las montañas veíanse manchas negras donde el día anterior había un espeso manto de nieve.
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En los bancales, la hierba estaba adquiriendo un hermoso color verde, en tanto que los árboles empezaban a perder su marchita y desolada apariencia.
A un veterano como Springtime, aquello debió recordarle que los años empezaban a transcurrir con demasiada rapidez; debió recordarle también que no tardaría en presentarse el rodeo de primavera, el cual no significaba ya el alegre acontecimiento que había significado para él cuando era un joven que sólo pensaba en mantenerse dieciocho horas erguido sobre la silla de su montura.
Pero en la mente de Springtime no había ninguna idea sombría. Los impulsos primaverales le afectaban con la misma intensidad que a todas las cosas animadas. El rocín galopaba, una cálida brisa soplaba del oeste y el cielo era más azul de lo que lo había sido en los últimos seis meses. Resultaba muy agradable sentirse vivo y saber que el reumatismo había desaparecido hasta la próxima estación húmeda. Y no era esto todo: se había gastado la mayor parte de su paga alegremente en el Doble O de Roan Horse, y para empezar el año adecuadamente se había comprado unas botas nuevas, unos guantes nuevos y un nuevo pañuelo de hierbas, todo lo cual llevaba la etiqueta del New York Mercantile Emporium (propietario M. Fishbein).
En el bolsillo trasero de sus pantalones llevaba un frasco cuidadosamente envuelto del Elixir de las Estaciones Frazer, un medicamento patentado que Springtime bebía religiosamente con la llegada del buen tiempo, convencido de que le rebajaba la sangre y, al mismo tiempo, le tonificaba. De modo que cabalgaba en paz, lleno de buena voluntad hacia todas las cosas, grandes y pequeñas; dispuesto incluso a perdonar a sus peores detractores. De vez en cuando abombaba el pecho y decía «Whooosh!» con voz retumbante, lírica, mirando con gran interés a un punto determinado del paisaje.
«Se me está aclarando la vista —murmuró—. Hace un momento aquellas cumbres eran trillizas. Ahora son gemelas. Bueno, creo que dentro de media hora estaré completamente sobrio. Whooosh!»
No sintiéndose en condiciones de encaminarse directamente al rancho, tomó un atajo, cruzó un arroyuelo recién formado y trepó hacia un terreno más alto.
A pesar de las agradables sensaciones que bullían en su interior, su rostro mostraba al mundo una expresión austera y melancólica. En este aspecto, Springtime no había tenido suerte. La Madre Naturaleza, al formarle, se había olvidado de dar elasticidad a los músculos de sus mejillas. Springtime nunca había sabido reír; ni le habían visto nunca enfurecido. Era un hombre delgado, con unos ojos que bizqueaban ligeramente, unos brazos largos y
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bamboleantes y un par de piernas arqueadas más allá de toda descripción. Pero, a pesar de su inexpresivo rostro, Springtime tenía sus momentos de humor y sus momentos volcánicos. Los muchachos del Rocking Chair reconocían aquellos momentos por el tono de su voz.
Springtime dijo «Whooosh!» de nuevo y habló enfurruñadamente con su caballo:
«Estoy convencido que los del Doble O empeoran lamentablemente la calidad de su whisky. Había una época en que por el importe de la paga la chispa me duraba hasta la misma cerca del rancho. Ahora casi estoy sobrio, y no he llegado ni a medio camino… ¡Eh! ¿Qué es eso?»
Caballo y jinete se detuvieron en el borde de un cerro. Debajo, un serpenteante arroyo brillaba a los últimos rayos del sol, y los alisos mostraban un incipiente verdor. Pero lo que había llamado la atención de Springtime era una vaca, una vaca de piel abigarrada con la cabeza inclinada, mugiendo a los cuatro puntos cardinales. Se encontraba a menos de cincuenta metros de distancia, y Springtime pudo ver claramente sus ubres hinchadas de leche.
El ver al animal pareció serenar repentinamente a Springtime. Se irguió ligeramente en la silla y contempló unos instantes a la vaca en silencio.
«Puede ser un error natural —murmuró finalmente—, y puede ser un hecho provocado por la mano del hombre. Vamos, caballito.»
Descendió hasta el arroyo, rodeó los árboles y de pronto tropezó con otra vaca con las ubres hinchadas y una voz mugiente. Springtime, repentinamente alerta, empezó a subir la ladera de una colina, barriendo el suelo con la mirada mientras ascendía. Tardó media hora en llegar a la cumbre, y para entonces el sol se había hundido en el oeste, dejando al mundo convertido en una masa de sombras rosa y púrpura. Por debajo de la otra ladera de la colina discurría el Río Secreto, cuyas aguas iban ennegreciéndose a medida que caía el crepúsculo; un río que giraba y se retorcía y volvía a girar, formando pequeñas islas y penínsulas enanas. Ahora bajaba lleno con el agua de las nieves, pero dentro de un par de meses sería un insignificante riachuelo. No importa. Springtime había pasado toda su vida en aquella región y conocía el Río Secreto; conocía sus caprichos, y las historias relacionadas con él. Siempre ofrecía un aspecto un poco sombrío, un poco siniestro. Ningún río de la región tenía tantos vados traicioneros; ninguno podía alardear de una historia más negra.
Springtime, dejando correr su mirada adelante y atrás, podía haber recordado más de una caza del hombre a lo largo de la corriente, si hubiera estado de humor para hacerlo. Pero no lo estaba. Había divisado algo oscuro
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en el suelo, en un pequeño pliegue de la ladera de la colina. Descendió hasta allí y se inclinó en la silla; dio la vuelta lentamente a lo que había visto, estudiando las señales con los ojos medio cerrados. Finalmente, volvió a encaminar su caballo hacia la cumbre y permaneció unos instantes mirando a lo lejos. Oculta a la vista, más allá del recodo, se encontraba la cuadrilla de Streeter.
Springtime sacudió su puño en aquella dirección y le habló secamente a su caballo:
—¡Vamos!
Cuando Springtime llegó al rancho era de noche. Los muchachos estaban sentados delante del dormitorio de los vaqueros y, mientras se acercaba a ellos, los comentarios llenaron el aire balsámico, ligeramente sarcásticos.
—¡El veterano regresa de la guerra! Vamos, Springtime, cuéntanos otra de tus increíbles mentiras.
—¡Oh! ¡Pellízcame, Algy! ¿Es cierto lo que ven mis ojos? Mira lo que lleva en las manos…
Alguien reclamó silencio y anunció:
—¡El Elixir de las Estaciones de Frazer!
Al oír aquellas palabras, los muchachos se reunieron en un pequeño grupo y fingieron estar muy interesados.
—Este maravilloso Elixir está garantizado para curar el asma, la caspa, el dolor de oídos, la tuberculosis y otras muchas dolencias. Aplicado externamente es una maravillosa loción para el afeitado. Tomado interiormente es el remedio natural por excelencia. Ninguna persona enferma puede prescindir del Elixir de Frazer. Téngalo a mano para curar las heridas de bala y las paperas. Adquiéralo a dos dólares el frasco en todas las farmacias y ferreterías. El mayor descubrimiento de la civilización.
Normalmente, Springtime se hubiera detenido y les hubiera fulminado con unas cuantas palabras escogidas. Esta vez continuó su camino, dejando que el comentario se desvaneciera detrás de él. Acercándose al porche de la enorme casa, contempló con aire solemne a las tres personas que se encontraban allí, como si esperase un saludo. El viejo Jim Bolles masticó su Cigarro y no dijo nada. La maestra de escuela le ignoró. Pero el joven Jim Bolles se inclinó un poco hacia adelante.
—¿Qué hay, Springtime? —preguntó.
—Alguien —respondió Springtime con voz ronca— está utilizando de nuevo el hierro de marcar. He encontrado tres o cuatro vacas mugiendo por
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sus terneros. Y en una hondonada había rastros de un pequeño fuego que encendieron para calentar los hierros.
Miró de nuevo a la maestra dé escuela, y por un instante pareció como si una especie de emoción asomara a través de la rígida máscara de su rostro. Pero la muchacha miró deliberadamente por encima de la cabeza de Springtime, y éste dio media vuelta y se encaminó hacia los corrales.
La maestra de escuela hizo chasquear la lengua, pero el joven Jim no le prestó atención. Padre e hijo estaban intercambiando miradas en la semioscuridad. El anciano dejó caer su puño sobre la barandilla del porche.
—Me están declarando la guerra, ¿eh? ¡Bien, les daré gusto! ¡Voy a destruir ese nido de serpientes!
El joven Jim estaba muy serio. Sacudió la cabeza con aire preocupado.
—Sí, creo que tendremos otra guerra —murmuró.
CAPÍTULO II
La maestra de escuela, cuyo nombre era el de Evelyn Fleming, se irguió en su silla y se llevó una mano a la boca. Era muy joven y muy bonita, con un tipo de belleza algo insolente y llena de confianza en sí misma. Tenía un par de ojos llameantes y un rostro que reflejaba continuamente un tumulto de emociones. Había llegado del Este por lo que de aventura representaba el cambio, y de acuerdo con las costumbres de la región era virtualmente huésped de los Bolles, aunque ejercía de maestra en la escuela situada a dos millas de distancia. Pero el Oeste la había decepcionado con su ancho y sonriente semblante. Lo que había en él de romántico y de pintoresco no la había envuelto inmediatamente, y no había tenido ocasión de contemplar la vital y primitiva inmensidad de los terribles inviernos ni el ardiente calor de los veranos. Era casi demasiado lista, demasiado rápida en formarse una opinión, demasiado propensa a juzgar a aquella tierra y a aquella gente de acuerdo con las normas que regían en el Este. Y, excepción hecha del joven Jim Bolles, sus juicios no eran favorables. Por este motivo, quizá, no había llegado a descubrir que debajo del Oeste de movimientos lentos y lenguaje amable, había un perpetuo despliegue de fuerzas; no había comprendido nunca por qué los hombres del Rocking Chair estudiaban tan cuidadosamente todas las insignificantes señales en la tierra y en el aire, ni por qué los Bolles, padre e hijo, parecían mantener siempre una actitud vigilante cuando estaban
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al aire libre. De modo que aquel anuncio cayó en sus oídos como el retumbar del trueno.
—¡Guerra! —exclamó—. ¡Dios mío! ¿Guerra con quién? ¿Se están ustedes burlando de mí?
El viejo Jim, de acuerdo con las costumbres de su generación, era rápido en ocultar las dificultades. Su blanca cabeza se agitó en la sombra.
—¡Oh! Springtime es especialista en traer malas noticias. Me saca de mis casillas. Soy un viejo estúpido, miss Evelyn. Pierdo los estribos y no digo más que tonterías. No hay nada por lo que su hermosa cabecita deba preocuparse.
Miró a su hijo y se puso en pie.
—Creo que será mejor que vaya a ordenar un poco mis cuentas, si no quiero que me embarguen el rancho. No compre nunca un rancho ganadero, miss Evelyn. A mí me ha encanecido prematuramente.
—Yo me iré a la cama —anunció la muchacha, levantándose a su vez—. Estoy terriblemente decepcionada. Por una vez que creí que iba a ocurrir algo excitante…
El joven Jim esperó hasta que la muchacha hubo desaparecido escaleras arriba antes de dirigirse a la oficina de su padre. Sacudió la cabeza, y cuando se enfrentó con su padre a través de la amarillenta luz de la lámpara, tenía el ceño fruncido. El viejo Jim estaba de pie en un rincón, esperando a su hijo, exudando rabia por todos sus poros. Pero aún le quedaba humor para una chanza.
—¿Qué es lo que pasa contigo, Jim? Cuando yo tenía tu edad ya me había declarado a tu madre, me había casado con ella y había creado una familia. Tú te lo tomas con mucha calma. ¿No te das cuenta de que la muchacha está esperando que se lo pidas?
El joven Jim enrojeció, sin decir nada. El anciano gruñó:
—Bueno, tú sabrás cuándo es el momento oportuno. Ahora, vamos a coger el toro por los cuernos. Estoy harto de que me roben ganado. Diecisiete caballos este invierno, y sólo Dios sabe cuántas reses. Me pregunto si los Streeter habrán creído que he perdido mis energías…
Dio un fuerte puñetazo sobre la mesa.
—¡Voy a exterminar hasta el último de los Streeter! ¡Incendiaré sus casas y arrasaré todo lo que hayan construido! ¡Borraré a esa maldita raza de la faz de esta región!
El joven Jim dijo, sin perder la calma:
—Necesitamos más pruebas, papá. Y yo no creo que todos los Streeter sean malos.
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El viejo Jim levantó su grisácea cabeza y miró fijamente a su hijo. De pie uno enfrente del otro, formaban una espléndida pareja desde el punto de vista del vigor físico. Los dos poseían las generosas características de su tribu: barbilla y nariz prominente, pómulos salientes y las cuencas de los ojos ligeramente hundidas, lo cual daba a su mirada un aire particularmente intenso. Aquí terminaba el parecido. El viejo Jim había crecido con una generación de rudos luchadores que habían colonizado nuevas tierras y se habían dictado sus propias leyes. Había sido un hombre bravucón y peligroso, duro de corazón con sus enemigos pero generoso sin medida con sus amigos. Se había reído de sus propias dificultades, y en consecuencia era algo insensible a los sufrimientos de los demás. Ahora, con escarcha en su cabeza y sus músculos sobrecargados de grasa, era señor de su dominio, un hombre colérico, brusco, orgulloso de su poder y despiadado con quienquiera que atropellase sus derechos.
El joven Jim era media cabeza más alto que su padre, más ancho de hombros y desbastado por el continuo cabalgar y el rudo trabajo. Springtime había dicho en cierta ocasión en el dormitorio de los vaqueros que el joven Jim era un hombre mucho mejor de lo que su padre había sido. «Es mucho más inteligente y comprensivo. En cuanto a disparar, es el hombre que maneja mejor el revólver en esta región, aunque prefiere utilizar sus puños. Cuando se mete en una pelea no le gusta dejar cadáveres detrás de él.»
En tanto que el temperamento del viejo Jim le hacía rugir de alegría en un momento determinado y tronar de rabia un instante después, el joven Jim tenía un carácter más equilibrado. Rara vez sonreía, y miraba al mundo con ojos sobrios y burlones.
—¿Todos los Streeter no son malos? —gritó el viejo Jim—. ¿Qué brebaje has estado bebiendo, hijo? Mira, cuando una serpiente muerde a un hombre, el hombre no se detiene a pensar que tal vez se trataba de una serpiente con malos instintos. No. Lo que hace es matar a todas las serpientes. Esto puede aplicarse a los Streeter. En veinte años no he conocido a ningún Streeter que fuera bueno. Y estoy dispuesto a acabar con la raza.
—Necesitas más pruebas —insistió el joven Jim.
La luz formaba una especie de balsa alrededor de sus ojos y el anciano, al mirar a su hijo, quedó desconcertado.
—Es curioso lo que me pasa contigo, Jim. He dejado de poder leer en tu interior. Bien, iré a ver a un hombre de los corrales de ganado de Portland y me dará todas las pruebas que quiera. Y tal vez la asociación de ganaderos tenga algo que decir también en el asunto. Sí, tendremos pruebas más que
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suficientes, no te preocupes. Cuando estén todas las cartas sobre la mesa, tu conciencia no seguirá importunándote.
El joven Jim dio unos pasos por la habitación y se situó más allá de los rayos de la lámpara.
—Eso significará una lucha. ¿Qué es lo que pasa con la ley en esta región? ¿Acaso el sheriff no tiene suficientes redaños para presentarse allí y detener a esos individuos? ¿Por qué hay que convertir la expedición en una cacería?
—Si crees que alguno de los Streeter se dejaría detener pacíficamente es que no les conoces —dijo el viejo Jim.
—Tal vez —convino su hijo—. Pero, aun suponiendo que sea cierto, no creo que tus viejos compañeros estén demasiado ansiosos por actuar pacíficamente.
—Exacto —dijo el anciano. Echó la cabeza hacia atrás y soltó una risita, como si la idea le divirtiera enormemente—. Ya conoces a los de mi época. Pero no creas que estamos sedientos de sangre. Lo que ocurre es que conocemos el percal. ¿Qué hará la ley? Nada. Actualmente hay demasiados abogados de lenguas untuosas metidos de por medio.
El joven Jim se movió de nuevo hacia la luz, cuadrando sus hombros.
—Bien, cuando llegue el momento tendré que pronunciarme.
En el rostro del anciano, las arrugas se hicieron más profundas.
—Este rancho es tan tuyo como mío. Si un hombre no lucha por su propiedad, no vale gran cosa.
—Lucharé a mi manera —replicó el joven Jim—. No voy a meterme en un tiroteo absurdo, sólo porque vosotros, los viejos, deseáis un poco de diversión.
—¿Es tu última palabra? —gruñó el viejo Jim, frunciendo la nariz.
El joven Jim vaciló. Miró sombríamente la lámpara, y en aquel momento su rostro pareció ajado y devorado por la inquietud.
—No sé si es mi última palabra o no, papá. Un hombre no puede renegar de su sangre. Y es evidente, también, que tenemos que limpiar la región. Mientras pueda, me mantendré al margen de los acontecimientos. Si ocurre algo que me empuje a este jaleo, lucharé como el primero. Pero no me gustaría ser empujado a él, ¿comprendes?
—Me gustaría poder leer en tu interior, muchacho —dijo el anciano pensativamente—. No eres un cobarde. Te he visto zurrar a demasiados hombres para pensar eso.
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El joven Jim sacudió la cabeza y salió de la oficina. Al cabo de unos instantes se alejaba del rancho cabalgando en la oscuridad, mientras el viejo se preguntaba adonde iría. Desde una ventana de su dormitorio, la maestra de escuela vio también cómo se alejaba; pero, siendo una mujer, sospechaba el objetivo de aquel paseo a caballo. Le había visto cabalgar en la misma dirección demasiado a menudo para no intuir lo que le empujaba hacia allí. Y dado que su propio corazón estaba interesado en el joven Jim, se dejó caer en la cama y pasó una hora muy amarga.
Una vez fuera de la vista del rancho, el joven Jim cabalgó rápidamente hacia el noroeste hasta el sendero que cruzaba un arroyo. Al llegar allí soltó las riendas de su caballo y cabalgó como le gustaba cabalgar: solo, en medio de un mundo lleno de paz y de misterio. No había luna, pero el aterciopelado y opaco universo estaba tachonado de innumerables estrellas que brillaban como diamantes. A través de la oscuridad llegaba el susurrante ritmo de los pequeños seres de la tierra, y el viento nocturno suspiraba en las copas de los ocasionales pinos. El joven Jim, relajado en su silla, sentía la inmensidad de los cielos y su propia insignificancia. Debiera de haber sido una idea deprimente, pero siempre servía para aliviar sus preocupaciones; nunca podía cabalgar al aire libre, como ahora, sin pensar por un instante en lo infinito, y el pensamiento libraba a su mente de la turbulencia y la incertidumbre del trabajo cotidiano.
De repente, el joven Jim vio el prolongado y oscilante brillo de una luz. Allí estaba el Río Secreto… y el rancho de los Streeter. No tardó en cruzar un vado, al otro lado del cual se extendía una cerca. No podía ver la cerca, pero el caballo se detuvo y el joven Jim se apeó, silbando suavemente. Muy cerca, se oyó la susurrada respuesta de una mujer.
—¿Jim? No te muevas de ahí. Creo que Jere ha ido río arriba a esperar a alguien.
Un pie tropezó con una roca y una mano cayó ligeramente sobre el hombro del joven Jim. Éste cogió la mano ávidamente. Cuando habló lo hizo con voz ronca, casi furiosa.
—¿Cuándo va a terminar todo esto, Nan? Uno de estos días te descubrirán, y tu hermanito te azotará con un látigo. ¡El pensarlo me pone enfermo!
—No digas eso, Jim. Hace una noche demasiado maravillosa para que la estropees con esas desagradables ideas. Mira, allí está nuestra estrella. Me gusta contemplarla…, aunque no sé cómo la gente puede ser tan tonta como para creer que las estrellas se preocupan por los problemas de la tierra.
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—Todos estamos un poco desquiciados, querida. De no ser así, ¿estaríamos tú y yo aquí ocultos, como un par de conejos asustados? Siéntate un momento.
El joven Jim se agachó; un fósforo estalló como una bomba y un pequeño rayo de luz brotó de su mano, iluminando el rostro de la mujer.
Era un rostro inocente y ovalado, con una ancha frente y una masa de cabellos negros que parecían absorber la luz. La muchacha estaba sentada en un tronco. Sus ojos grises se ensancharon, asustados, e inmediatamente se inclinó hacia adelante y sopló el fósforo, apagándolo.
—¡No debes hacer eso, Jim! ¡Si te descubren aquí, te matarán! Algo flota en el aire esta noche. Todo el mundo está de mal humor.
—Sólo temo a un Streeter —dijo Jim.
—¿A quién?
—A ti, querida. Temo que permanezcas con ellos demasiado tiempo. ¿Cuándo vas a dejar que cuide de ti? Estás viviendo en una guarida de ladrones.
—Es mi familia, Jim. No tengo otra.
—Bueno, yo te proporcionaré otra familia, pronto.
—Tengo que quedarme, Jim. Soy la única mujer en la casa. Los hijos de Jere no pueden ser dejados con los hombres. ¡Oh, ya sé! Vas a decirme que me los lleve conmigo. Pero, entonces, Jere no pararía hasta matarte en una emboscada. He vivido con Jere el tiempo suficiente para conocerle.
—¿Es eso lo único que te retiene?
La muchacha no respondió en seguida. Su mano aferró el puño del joven Jim.
—No —murmuró finalmente—. No puedo evitar el ser una Streeter. Sé lo que la región opina de los Streeter. Todos son malos…, siempre han sido malos. Pero me han alimentado desde que era niña y algo les debo por ello. ¿Crees que no he discutido con papá y con Jere para que abandonaran su mala vida? Se limitaron a reírse de mí, hasta que me cansé de predicar en desierto. No, las cosas tienen que seguir así hasta…
Jim se inclinó hacia adelante y la muchacha captó su creciente avidez. —¿Hasta… qué?
—Creo que «hasta» significa siempre, Jim.
—No, no será tanto tiempo…
Estaba a punto de decir algo más, pero se contuvo. Hacía mucho tiempo que habían hecho un trato sobre aquel extremo: no hablar de los planes de sus familias. Pero la muchacha supo lo que Jim había omitido.
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—Entonces, ¿va a llegar? Me refiero a la lucha… Expulsarán a los Streeter de esta región. ¿Formarás parte del grupo?
—Mira, Nan, yo…
Nan le interrumpió, apoyando una fría mano contra su boca.
—Irás con ellos, Jim. Siempre has sido leal. Por eso te amo. Pero… la cosa no puede terminar bien. ¿Una Streeter y un Bolles? Ni siquiera suena bien. Tú eres como todos los hombres: crees que el matrimonio elimina todas esas dificultades. Jim, harías mejor complaciendo a tu padre y casándote con la maestrita.
—¡Que me aspen si lo hago! —replicó bruscamente Jim.
La respuesta de Nan pareció llegar desde una gran distancia.
—Bueno, no debería hacerlo, pero me alegro de oírte decir eso. ¡Cuidado! Algo chapoteó en el agua no muy lejos de allí, y una figura pasó a través de la zona iluminada delante de la casa. Los labios de la muchacha rozaron la
mejilla de Jim, diciendo:
—Quédate aquí hasta que yo me haya marchado. Dios te bendiga, Jim. No tomes el mismo camino para regresar a tu casa.
Nan desapareció. El joven Jim permaneció agazapado junto a la cerca durante veinte interminables minutos. La muchacha debió cruzar también la zona iluminada al dirigirse hacia la casa, pero no lo hizo. Desde que habían escogido aquel lugar como punto de reunión, Jim no había visto nunca la figura de Nan en la sombra, nunca supo dónde estaba hasta que ella le llamaba desde la cerca. Había algo misterioso en todo lo relacionado con el rancho de los Streeter; en veinte años, ningún hombre había acompañado nunca a un Streeter hasta su puerta.
El joven Jim suspiró, aliviado. Nan había llegado a la casa sin novedad, ya que en una de las ventanas superiores osciló una luz durante unos segundos. Aquélla era la señal que esperaba. Llevando a su caballo de la brida, remontó el curso del río un cuarto de milla y luego cabalgó hacia el rancho, deprimido y embargado por negros presentimientos.
La antigua tregua entre los Streeter y los ganaderos responsables de la región estaba a punto de romperse. Jim lo sabía por la actitud de su padre y por el aire expectante que mostraban los hombres con los cuales se había encontrado durante la última semana. Tampoco los Streeter habían permanecido ociosos. Por tres veces en los últimos días, Jim se había tropezado con forasteros en el camino de Roan Horse, personajes identificables a simple vista; y más tarde, al seguir el rastro de aquellos hombres, había descubierto que sus huellas conducían directamente a Río
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Secreto. Los forajidos se estaban haciendo más osados y llamaban en su ayuda a otros pistoleros. Había que estar ciego para no captar las dificultades que se avecinaban.
«¿Qué es lo que voy a hacer? —murmuró el joven Jim—. Tengo un solo revólver, una sola cabeza y un solo corazón. No puedo nadar entre dos aguas… Tendré que decidirme en uno u otro sentido.»
Nan Streeter entró en el vestíbulo de la casa por una determinada puerta y se quedó en pie en medio de la oscuridad, escuchando. Reconoció la ronca y susurrante voz de su padre flotando en el cuarto de estar, y oyó los ocasionales monosílabos de un forastero. Estaban haciendo planes; Nan lo supo por el modo de hablar de su padre, a la vez cauteloso y apremiante, pero no le gustaba fisgonear y tras un momento de vacilación abrió silenciosamente la puerta de la cocina y volvió a cerrarla detrás de ella. En la habitación situada encima de la cocina se arrastraron unas botas —otros forasteros llegados para pasar la noche—, y al oír aquel sonido el rostro de Nan se puso rígido. Estaban convirtiendo la casa en un cubil de ladrones y asesinos, invitando a ella a los peores forajidos de la región. No tardaría en estallar la guerra, desde luego.
Nan se dirigió a un rincón, junto a los fogones, donde dormían dos niños sobre un colchón tendido en el suelo, y durante un largo rato permaneció contemplándolos, preguntándose qué clase de hombres serían al crecer. En la familia Streeter había algunos impulsos de decencia, pero a Nan le había parecido siempre que esta casa, con sus tradiciones delictivas, había influido en las voluntades de los hombres. Mucho tiempo atrás, los Streeter habían sido honrados. Luego, uno de ellos se apartó del camino recto, y desde entonces el peso muerto de sus actos había gravitado sobre toda la familia. Era como si todas las generaciones siguientes hubiesen captado la desconfianza de la comunidad y replicado a ella con insolencia. A veces, Nan reconocía el impulso en sí misma, como cuando se encontraba con un sheriff o un comisario en las colinas. En tales ocasiones experimentaba el deseo de escupirles un insulto y salir corriendo. Eso era lo que los Streeter habían hecho con ella y, probablemente, lo que harían con aquellos dos niños.
Nan les había hecho de madre, dedicándoles su ternura y sus cuidados. Deseaba apasionadamente que crecieran por el buen camino, que se convirtieran en la clase de hombre que era Jim Bolles. A veces se preguntaba si no sería mejor huir con ellos, empezar una nueva vida en otro ambiente.
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Pero siempre acababa tropezando con una infranqueable barrera. Adondequiera que fuese, sabía que su hermano Jere acabaría encontrándola y obligándola a regresar con sus hijos. La vida sería entonces mucho más dura para todos ellos. Conocía muy bien a Jere.
Mientras estaba pensando en él, la puerta trasera de la cocina se abrió silenciosamente y apareció Jere, barriendo la estancia con sus agudos ojos. Era un hombre de baja estatura, con un rostro moreno y una boca de trazos femeninos que siempre mantenía entreabierta, mostrando unos dientes blanquísimos. Se movía con la suavidad de un gato, con la cabeza ligeramente erguida, al acecho de algún sonido que significara peligro. La muchacha, contemplándole con disimulado temor, quedó impresionada por la idea de que los peores instintos de los Streeter parecían haberse concentrado en él. Tenía el intuitivo instinto de un animal salvaje, la perfidia de una serpiente, las cóleras antojadizas y volubles de un felino. Aunque no era mucho mayor que Nan, la vida de disipación había impreso su huella en él.
—¿Dónde has estado? —preguntó, taladrando a su hermana con su suspicaz mirada.
—En el prado, contemplando la noche —respondió la muchacha. Siempre procuraba acercarse todo lo posible a la verdad, ya que Jere
poseía una misteriosa habilidad para leer en su voz y en sus ojos. Pareció quedar insatisfecho con la respuesta, y Nan pensó que conocía su secreto. Deseaba marcharse, pero sabía que su hermano esperaba aquella muestra de debilidad y continuó en pie con la espalda apoyada en la pared, las manos fuertemente agarradas detrás de ella, replicando con una mirada serena a la inquisitiva mirada de Jere.
—Hum… Será mejor que te quedes dentro, niña. Permanecer al aire libre es poco saludable. ¿Dónde está el viejo?
Nan hizo un gesto en dirección al cuarto de estar, y estalló en una protesta:
—Jere, ¿en qué estáis convirtiendo este rancho? ¡Todos los rufianes del Estado se están reuniendo aquí! ¿No era ya bastante malo sin ellos? Papá y tú habéis perdido la cabeza…
Jere la interrumpió con un brusco movimiento de su brazo. Estaba sonriendo, con una sonrisa desprovista de humor, que hizo más profundas las arrugas de su rostro y le hizo parecer más viejo y más peligroso.
—Basta de sermones —advirtió.
—¡Oh! Hace mucho tiempo que he renunciado a ellos. Pero todas las cosas tienen un límite, Jere. Si agotas su paciencia, acabarán cazándote y te
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matarán.
—La noche te ha estado contando cosas, ¿eh? ¿Crees que no sé que se proponen crucificarnos? Bueno, vamos a darles una sorpresa. Y esto volverá a ser una región libre. Habrá unos cuantos puritanos muertos, y los que queden no tendrán ganas de meterse con nosotros.
Estaba loco. Nan había temido que algún día la demente avidez de matar se manifestara en Jere sin trabas. Su temor estaba a punto de verse confirmado.
—Entretanto —continuó Jere—, cuida de la casa. Mañana por la mañana les darás de comer a nuestros huéspedes. El viejo y yo vamos a salir esta noche.
—¿Qué vais a hacer, Jere?
De nuevo asomó a su rostro aquella fría sonrisa.
—Tal vez a empezar el baile. No te metas en lo que no te importa. Y escucha: no trates de escapar de nosotros. Sí, siempre has sido leal. Tú también eres una Streeter. Pero, no eres como los Streeter que yo he conocido siempre, y no me fío de ti.
Señaló con un dedo a sus dos hijos, que dormían tranquilamente:
—Creo que les mataría incluso a ellos, si fueran un obstáculo para mis planes. Piensa en ello, hermanita.
Salió de la cocina. Al cabo de un rato se oyeron pasos en el vestíbulo y un susurrar de voces; cinco minutos después Nan supo que su padre y Jere se habían marchado, a caballo. Arriba, los forasteros estaban riendo, y a pesar de todo su valor la muchacha notó que una garra helada le oprimía el corazón. Esta odiosa casa había matado a todas las Streeter… y la mataría también a ella. Una vez más pensó en huir. Pero al mirar a los chiquillos abandonó la idea. Volviéndose, cogió la lámpara y subió a su habitación. Acercándose a la ventana, hizo oscilar la lámpara varias veces. Era la señal para el joven Jim. Luego apagó la mecha, cerró la puerta y se acostó, pensando ansiosamente en el solitario jinete.
CAPÍTULO III
A la mañana siguiente, el viejo Jim ocupó su puesto en la mesa con evidente mal humor. Le gritó al cocinero chino; cuando se presentó el capataz en busca de instrucciones le habló en tono irritado; y miró ceñudamente a su hijo durante todo el desayuno. El joven Jim correspondió a aquel trato con
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una sonrisa comprensiva. Su padre soportaba muy mal la falta de descanso, y las crecientes dificultades con los Streeter no constituían un sedante, precisamente. La maestra de escuela, acostumbrada a aquellas escenas, charlaba animadamente, observando disimuladamente al joven Jim.
—Cualquiera que oyera a su padre —dijo— supondría que el que ha trasnochado ha sido él, en vez de usted.
El joven Jim no mordió el cebo. Su sonrisa se hizo un poco más ancha, pero asintió y dijo que tendría que traer unos cuantos pumas para que desayunaran con los viejos. Su padre gruñó algo ininteligible, y la maestra de escuela, volviendo a la carga, disparó otro dardo.
—Si no está cansado de la compañía de una mujer, tal vez quiera acompañarme a la escuela. Todos estos comentarios acerca de las dificultades que parecen avecinarse…
—Crea que lo siento —se disculpó el joven Jim—, pero le prometí a Joe Tatum que esta mañana iría a su casa, temprano. Le diré a Springtime que la acompañe…
La maestra de escuela no dijo nada más, pero el viejo Jim rezongó:
—¡Vaya una generación la actual! En mis tiempos, la palabra de una
dama era siempre una orden.
—Esto tiene trazas de convertirse en una pelea familiar —sonrió el joven Jim, poniéndose en pie—. Discúlpeme, miss Evelyn, pero esta mañana tendrá que conformarse con la compañía de Springtime. Lo siento.
—Si se atreve a mirarme con ojos de carnero degollado —prometió la maestra de escuela, fingiendo bromear, pero con una nota de enojo en la voz —, le arrancaré hasta el último pelo de su bigote.
—Cosa que le dejaría sin fuerzas, como al pobre Sansón —dijo jovialmente Jim.
Salió a ensillar su caballo y a llamar a Springtime; y los vio a los dos preparados ya. La maestra de escuela se mostraba casi abiertamente hostil al vaquero, pero cuando el joven Jim captó la avidez que pugnaba por abrirse paso a través de las rígidas facciones de Springtime, tuvo que hacer un esfuerzo para mantener su semblante serio. Sin embargo, unos instantes después, cuando su padre le llamó a su despacho, perdió todas las ganas de reír.
—Tal vez soy un poco obtuso en algunos aspectos —dijo el anciano, masticando un cigarro—, pero esa muchacha ha estado haciendo unas observaciones muy raras. ¿Es cierto que te dedicas a pasear de noche?
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—Salgo a observar los múltiples rostros de la naturaleza —asintió el joven Jim.
—¡Al diablo! —rugió el anciano—. Vayamos al grano. ¿Has pensado en casarte con la maestra de escuela?
Se interrumpió bruscamente y continuó, en un tono más suave:
—Mira, hijo, me estoy haciendo viejo. Los hombres como yo no duran mucho. Y antes de cruzar la colina me gustaría verte establecido. Esa muchacha tiene muchas cosas que no me convencen, pero es lista y aprendería a manejar el rancho.
El joven Jim apoyó una mano en el hombro de su padre.
—Te equivocas de blanco, papá. En primer lugar, ella no soportaría a un tipo como yo. ¿Qué te hace pensar que le intereso? En segundo lugar… — vaciló, y su rostro adquirió una expresión sombría—, podría decirte que estoy destinado a continuar soltero durante muchos años. Quiero a Nan Streeter, y ella no es para el joven Jim Bolles.
El anciano no hizo el menor movimiento, pero el joven Jim pensó que nunca había visto tal relampagueo de furor en los ojos de su padre. El viejo Jim permaneció callado durante un largo rato; la ira se desvaneció, dejándole algo más pálido, algo menos erguido. Se encaminó silenciosamente hacia su escritorio y cogió su sombrero. Cuando habló, lo hizo con una amabilidad que el joven Jim no recordaba en él desde que era niño.
—El nombre de los Streeter es veneno para mí, Jim, y tú lo sabes. Va contra todas mis convicciones, contra la idea que los Streeter tienen el diablo en el cuerpo. He visto al viejo Anse matar a un hombre por la espalda antes de que tú nacieras. Sé cosas de ellos que avergonzarían a cualquier hombre bien nacido. No comprendo cómo has llegado a mezclarte con esa gente. Si estás enamorado de esa muchacha, sé que sería inútil todo lo que te dijera, porque es imposible que un hombre razone en contra de su corazón. Sólo quiero que recuerdes esto, Jim: todo hombre nacido de mujer tiene determinadas obligaciones. Para bien o para mal, debe permanecer al lado de los suyos, pagar sus deudas. Es un problema de conciencia.
Se interrumpió, dirigiendo a su hijo una larga y tímida mirada, como si se avergonzara de haber hablado tanto. El joven Jim dio un paso adelante y oprimió el brazo de su padre. Aquello fue todo. El anciano salió del despacho y unos instantes después galopaba en dirección a Roan Horse. El joven Jim le contempló hasta que una depresión del terreno lo ocultó a su vista y entonces, con el corazón apesadumbrado, montó en su caballo y se dirigió hacia el Este, para efectuar la prometida visita a Joe Tatum. El sol estaba muy alto en el
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cielo y el calor era intenso. A lo lejos, una nube de polvo señalaba el regreso de uno de los vaqueros del Rocking Chair de los pastos con parte de la manada de caballos.
«Me pregunto —murmuró el joven Jim— si ha creído que no pienso en mis deudas.»
El rostro de Springtime Povy rara vez estaba de acuerdo con sus sentimientos. Habitualmente aparecía melancólico y afligido, como si el peso de un mundo malvado gravitara sobre sus hombros. Sin embargo, aquella mañana experimentaba un íntimo desasosiego que armonizaba perfectamente con aquella expresión. Springtime había emprendido el camino con la maestra de escuela sumido en un arrobamiento perfectamente disimulado. La sola proximidad de la dama le producía un efecto más beneficioso del que hubieran podido producirle una docena de frascos del Elixir de las Estaciones de Frazer, y su único anhelo era el de que miss Evelyn volviera hacia él un semblante alentador, para dejar caer algunas sutiles observaciones acerca de la inevitable conveniencia del matrimonio. Éste era el secreto de Springtime. El lúgubre vaquero, viéndose a sí mismo tal como deseaba que le vieran los demás, aspiraba a ser educado. No a recibir una educación corriente, de manos de un maestro corriente. Había contraído, para decirlo de una vez, aquella fiebre de la cual se reponen tan pocos mortales. La primavera se había instalado en su sangre, y luchaba torpemente por encontrar palabras para expresar lo que sentía.
Pero, podía haberse ahorrado el trabajo. Evelyn Fleming había descubierto aquel secreto y aprovechó el paseo matinal para exponerlo de un modo despiadado. En realidad, lo sacó a la luz, le dio vueltas en todos los sentidos y finalmente lo rompió en trocitos tan pequeños, que cuando hubo terminado Springtime se quedó sin una sola migaja de su gran pasión que llevarse a la boca. Tal vez la maestra de escuela deseaba dejar bien sentadas las cosas, o tal vez su propia decepción la hizo mostrarse un poco cruel. Lo cierto es que el Springtime que dejó a la puerta de la escuela era un hombre muy distinto del que había salido del Rocking Chair una hora antes.
Sólo lo rígido de su rostro le salvó de la peor de las humillaciones. Mortalmente herido por dentro, sin ánimos para trabajar, buscó consuelo en un paseo solitario, en el curso del cual consumió una cantidad fabulosa de tabaco de mascar. Sin embargo, de las negruras de su depresión surgió un pensamiento capaz de poner a salvo su orgullo.
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«Debí darme cuenta de que había puesto los ojos en el joven Jim. Diablos, ¿qué se ha hecho de mi habitual ojo clínico? Pero, no, me ha sucedido lo que le sucede a cualquier inexperto jovenzuelo enamorado. He estado ciego. Completamente ciego. Bueno, si piensa atrapar a Jim, su amor propio va a recibir un rudo golpe. Sí, sabrá lo que es sufrir.»
Repentinamente, el apagado día se hizo más luminoso. Ya que Springtime sabía algo acerca del joven Jim y de Nan. No en balde había pasado toda su vida en aquella región.
«De modo que parezco la caricatura de un vaquero, ¿eh? Bueno, eso es lo que ella ha dicho. ¡Demonios! Cuanto más pienso en ello más me duele… Desde luego, las mujeres son especiales para pinchar a un hombre con alfileres que no duelen hasta que los han hundido hasta la cabeza. De acuerdo, señorita, si ésa es su opinión, quédese con ella. Pero apuesto diez mil novillos contra un filete de búfalo que no se sentirá tan orgullosa cuando el joven Jim le dé calabazas.»
Si en el fondo de su corazón Springtime no hubiese sido un caballero, hubiera dado rienda suelta a su mal humor maldiciendo a más y mejor. Pero como no podía maldecir sin relacionar los calificativos con la maestra de escuela, se abstuvo de hacerlo. De modo que se limitó a cabalgar lúgubremente, apelando a los recursos de su filosofía contra el cataclismo. De haber sido un hombre más joven, hubiera enrollado sus mantas y abandonado el país. Siendo lo que era, un honrado ciudadano con un gran apego a su región y a su rancho, descartó inmediatamente la idea como desleal y le dio otro bocado al tabaco de mascar.
En aquel instante, mientras aplicaba aceite a sus heridas, oyó el eco de un disparo procedente del camino de Roan Horse. Inmediatamente, sus preocupaciones personales pasaron a un plano secundario, dominadas por un mundo de realidades. Su mano descendió velozmente hacia su revólver, mientras barría el paisaje con una rápida mirada. Resonó un segundo disparo. Luego volvió a reinar el silencio. Springtime pensó rápidamente. Ninguno de los vaqueros del Rocking Chair estaba por allí. Sus obligaciones les retenían en la parte occidental del rancho. El joven Jim había ido a visitar a Tatum, y el viejo Jim…
«¡Por el sombrero que llevaba Maggie!», juró Springtime, hundiendo las espuelas en los flancos de su caballo. El animal emprendió un rápido galope, mientras el vaquero extraía el rifle de su funda. Al cabo de un cuarto de hora llegó a la cima de una colina desde la cual podía divisar una gran extensión del camino de Roan Horse. Lo primero que vio fue la figura de un jinete que
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galopaba como alma que lleva el diablo en dirección a Río Secreto. Luego sus ojos se posaron en la familiar silueta de un caballo, parado en el centro del camino, con las riendas colgando de su cuello. Cerca del caballo había alguien tendido en el suelo, completamente inmóvil.
Springtime levantó su rifle y disparó contra el jinete fugitivo, sabiendo que sólo un milagro le permitiría dar en el blanco. En efecto, el tiro quedó corto, y Springtime no perdió más tiempo y descendió hacia el camino.
El espectáculo que se ofreció a sus ojos puso una garra de acero en su leal corazón. El hombre tendido en el suelo era el viejo Jim Bolles, con el sombrero a unos pasos de distancia y la blanca cabeza medio enterrada en la polvorienta arcilla del camino. Estaba boca abajo, un brazo extendido hacia adelante como para protegerse de la caída, la otra mano engarfiada en torno a la culata de su revólver. Un diminuto riachuelo de sangre manaba de su pecho; cuando Springtime se inclinó y apoyó una mano sobre el corazón de su jefe, supo que la bala asesina había sido certera. Súbitamente, Springtime se incorporó, profiriendo un grito de rabia. Acababa de ver el agujero de un segundo proyectil en la nuca del viejo Jim. El asesino le había dado un tiro de gracia. Además, había dejado un trozo de papel en la mano del viejo Jim. Springtime lo cogió y leyó las palabras trabajosamente garrapateadas:
ABISO a Rockin Chare y a todos los demás si cieren empesar una lucha haqui tienen la ocasión. Degenos en paz o arrasaremos este balle.
Springtime dobló cuidadosamente la nota y se la puso en el bolsillo, mientras examinaba la figura que se desvanecía a lo lejos. No había ni que pensar en perseguirle: el hombre podía tenderle fácilmente una emboscada o llegar a su escondrijo. Y, de todos modos, Springtime sabía perfectamente adonde se dirigía aquella figura. Aquel asunto podía esperar un poco. Entretanto…
Cruzó el cadáver del viejo Jim sobre la silla de su montura y él trepó detrás. Llamó con un silbido al segundo caballo y emprendió el camino hacia el rancho. La maestra de escuela había dejado de existir para Springtime. En su interior resonaban ahora los tambores de guerra: el apacible y tranquilo Springtime estaba dispuesto a matar.
El joven Jim no había llegado aún al rancho cuando Springtime se presentó con su fúnebre carga, y el vaquero se enteró de aquel hecho con una sensación de alivio. Siendo un hombre profundamente tímido, como todos los de la región, en asuntos del alma, no deseaba ver el rostro del joven Jim
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cuando éste mirara a su padre. Tendió el cadáver en un lecho, salió al exterior y lió cigarrillo tras cigarrillo, ninguno de los cuales se molestó en encender. Y cuando el joven Jim regresó, alrededor de mediodía, Springtime había escogido las palabras necesarias para contar lo ocurrido. El vaquero sabía por experiencia que una herida duele menos cuando es brusca y repentina; de modo que se puso en pie, miró al joven Jim y luego volvió la cabeza, como si le molestara el sol en los ojos.
—Tu padre está muerto —dijo—. Le he encontrado en el camino de Roan Horse, a unas seis millas de la escuela. Le asesinó un hombre que huyó hacia Río Secreto. Aquí está la nota que dejó.
Poniendo el papel en la mano del joven Jim, Springtime se alejó tan rápidamente como le permitían sus arqueadas piernas, sin ver apenas por dónde iba. Cuando al cabo de un largo rato miró a su alrededor, vio que la puerta de la enorme casa, que siempre permanecía abierta, estaba cerrada. Springtime se sentó en los peldaños de la entrada del dormitorio de los vaqueros y esperó.
Llegó la hora de comer, pero el gong del cocinero no sonó. Uno a uno, los vaqueros regresaron de sus tareas, y cuando Springtime les contaba lo sucedido desaparecían silenciosamente en el interior del dormitorio, para volver a salir de nuevo con sus cartucheras llenas de munición. Ensillaron los mejores caballos, inspeccionaron sus aparejos y aguardaron, mirando hacia el oeste, en dirección a Río Secreto. Impasibles, en completo silencio, aguardaron durante más de una hora, y cuando al fin la puerta de la casa volvió a abrirse y el joven Jim cruzó el patio, ni un alma se movió.
El rostro del joven Jim estaba tan gris y tan helado como un trozo de granito. Su mirada barrió el grupo como si aquellos hombres le fueran completamente desconocidos. Luego extendió una mano y su dedo índice cayó de vaquero en vaquero.
—Smoky, tú irás a Roan Horse. Quiero que vengan el sheriff y el coroner. Jim, irás al Thunderbolt y le dirás a Streibig que se deje caer por aquí. Él solo, sin ninguno de sus hombres. Silver, irás al Flyin M y le dirás lo mismo a Mike Mitchell. Maxy, lo mismo al Diamond Two Bar. Bob, al Circle Dot. Steve, al Tatum. Y Bill Jones al Bell. Esto es todo.
A medida que iba nombrándolos, los vaqueros saltaban sobre la silla y se alejaban, cabalgando rápidamente. El sol brillaba ahora con toda su fuerza, y de vez en cuando su brillo se reflejaba en el metal de los arreos. Pero al cabo de unos instantes sólo una nubecilla de polvo señalaba el lugar por el cual habían desaparecido. El joven Jim se volvió hacia el resto.
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—Limpy, tú te encargarás del ataúd. Springtime, tú te quedarás conmigo.
Y vosotros continuad con vuestro trabajo sin alejaros del rancho.
Springtime se retrasó deliberadamente mientras el joven Jim regresaba a la casa. Cuando creyó que su jefe no podría oírle, se volvió hacia el resto del equipo y miró a sus compañeros con ojos llameantes, mientras susurraba a través de su bigote:
—¿No os lo había dicho? El Oeste hace hombres.
Sabía, sin necesidad de que se lo dijera, lo que el joven Jim quería de él y se dirigió al cobertizo de las herramientas para recoger un pico y una pala. Aquella tarde, Springtime y el joven Jim cavaron una nueva tumba en la colina donde reposaban los muertos del Rocking Chair. En un rincón del pequeño cementerio se erguían dos álamos. Debajo de uno de ellos había sido enterrada, hacía unos años, la esposa del viejo Jim; debajo del otro enterrarían al viejo Jim.
Aquella tarde, el telégrafo subterráneo vibró con un nuevo mensaje. Uno de los grandes barones había sido asesinado: había estallado la guerra. La noticia corrió de rancho en rancho. Se estaban efectuando los preparativos para el rodeo de primavera, pero el trabajo se interrumpió inmediatamente y los hombres montaron en sus caballos y cabalgaron hacia el norte, acudiendo a la cita del Rocking Chair. Ni un solo veterano faltó a ella, ya que el viejo Jim había sido uno de los suyos; había luchado con ellos y contra ellos en los antiguos tiempos. Formaba parte de la sangre vital y del nervio de la región. Los pequeños rancheros acudieron también a la cita, ya que se dieron cuenta del reto que la situación encerraba: la lucha de los forajidos contra la ley que ellos habían implantado tan penosamente. Si la ley caía, caerían ellos.
Al atardecer había un numeroso grupo de hombres en el patio del Rocking Chair, y a medianoche, cuando llegaron el sheriff y el coroner, acompañados de un pastor, había aumentado extraordinariamente el número de rancheros que aguardaban las órdenes del joven Jim Bolles. El hecho de que el sheriff fuera la autoridad constituida de la región no significaba nada para ellos. Aquélla era la lucha del joven Jim, y la autoridad le correspondía a él. Delante de la casa había sido encendida una gran fogata, junto a dos improvisadas mesas llenas de platos y tazas de estaño. La fogata ardía muy alta en medio de la oscuridad de la noche, como un faro que podía ser visto desde muchas millas de distancia y un reto para cualquier puesto de vigilancia establecido en las alturas situadas encima de Río Secreto. El joven Jim había ordenado encender la fogata con aquel propósito.
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Con la llegada del coroner y del pastor se procedió al traslado de los restos del viejo Jim a la colina donde debían recibir sepultura. Fue un entierro silencioso, sin mujeres, sin lágrimas. Springtime, de pie al lado del joven Jim, recordó el áspero temperamento de su antiguo patrón y en el fondo de su corazón supo que éste era el final que él hubiera deseado: el viril y rudo adiós a alguien que ha vivido una existencia audaz y combativa. Cuando descendían de la colina miró de soslayo al joven Jim, y su alma leal se regocijó ante lo que vio en aquel rostro. El pedernal y el acero de la casta de los Bolles no habían sido enterrados definitivamente aquella noche.
El joven Jim reunió en la oficina al sheriff y a los propietarios de los ranchos más importantes. Eran una docena, en total, y al contemplarles Jim experimentó un súbito orgullo por el nombre que llevaba, y un intenso agradecimiento por la prontitud con que habían respondido a su llamada. Habían acudido porque él se lo había pedido, cumpliendo así la primera de las normas de su código moral. Esperó a que todos estuvieran sentados antes de sacar la nota encontrada sobre el cadáver de su padre y entregársela al sheriff.
—¿Reconoce usted esa escritura? —preguntó.
El sheriff se inclinó sobre la lámpara y pareció deletrear cada una de las palabras.
—Sí —dijo finalmente—. La he visto en algunas fianzas de libertad provisional.
El joven Jim cogió la nota y se la entregó a Tatum, su vecino más próximo.
—¿La reconoce usted?
Tatum examinó la escritura.
—Desde luego, Jim. He recibido dos o tres cartas con el mismo carácter de letra.
Se la devolvió a Jim y éste la entregó a un tercer hombre, con la misma pregunta.
—Es idéntica a la escritura de un individuo cuyo nombre he visto en muchos avisos de embarco de ganado —dijo el tercero.
—Hágala circular —dijo Jim—. Quiero que todo el mundo le eche una mirada.
Esperó hasta que la nota hubo dado la vuelta completa y volvió a sus manos. Entonces formuló la pregunta a todos los reunidos.
—¿Es la escritura de Jere Streeter?
Cinco o seis asintieron. Estaban seguros de ello. Los demás no habían visto nunca la escritura de Streeter, y así lo manifestaron.
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—Bueno, eso simplifica las cosas, ¿no es cierto? —inquirió el sheriff—. Lo que me extraña es que haya actuado tan a la descarada. Diríase que ha querido redactar una invitación para que vayamos a por él.
—Eso parece —convino Tatum—. Y tal vez ésa ha sido su intención. —¡Se ha vuelto loco! —gruñó Streibig, del Thunderbolt—. No tiene
sentido común, ni siquiera tratándose de un ladrón de ganado. Tres o cuatro hombres pueden limpiar su guarida. Creí que Jere era más prudente.
—Un momento —interrumpió el sheriff—. Quizá no sepa usted que Jere ha estado reuniendo a forajidos procedentes de los cuatro puntos cardinales. Durante la pasada semana he visto llegar con mis propios ojos a otros tres Streeter. Y durante el mismo período he visto cruzar Roan Horse a cuatro o cinco hombres de catadura sospechosa. ¿Qué puede significar esa concentración? En mi opinión, que los Streeter se proponen convertir esto en un coto para sus fechorías.
—Yo localicé las huellas de tres hombres que se dirigían a Río Secreto — añadió el joven Jim, cuyo rostro parecía más delgado que nunca a la amarillenta luz de la lámpara. De vez en cuando, los rayos caían directamente sobre sus ojos y se descomponían en haces luminosos, como al caer sobre las facetas de un diamante.
Un ranchero establecido al otro lado del Río Secreto aclaró la cuestión. —Esta mañana he enfocado mi catalejo sobre el patio del rancho de los
Streeter y he contado dieciocho hombres y dos chiquillos.
—Entonces, digamos que cuentan con veinte rifles —intervino el impetuoso Streibig—. De acuerdo. Vamos hacia allá y antes de que salga el sol serán nuestros.
El joven Jim sacudió la cabeza.
—No, Streibig, no podemos obrar así. Tal vez nos veamos obligados a derruir el rancho, piedra por piedra, pero antes hemos de efectuar una tentativa pacífica. Juego limpio, incluso para los Streeter. Si es posible, solucionaremos esto sin derramamiento de sangre.
Los rancheros se miraron el uno al otro, algo desconcertados. —Queremos detener a Jere por asesinato —continuó Jim—. También
queremos detenerle, lo mismo que a su padre, por robar ganado. Pero, ¿qué hay acerca de las pruebas?
—Aquí está —dijo Streibig, sacando algo de su bolsillo—. Estaba esperando que tu padre iniciara el baile, y de no haberlo hecho él hubiera actuado por mi cuenta. Aquí está la prueba. —Coloco bajo la luz un trozo irregular de cuero, arrancado a una res—. Esta marca, como mis hombres y
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yo mismo podemos atestiguar, ha sido enmendada. Cogimos el ternero en los jarales del Río Secreto, donde pace el rebaño de los Streeter. Llevaba una de sus tres marcas, el Lazy L Diamond T. Pero nosotros afeitamos el pelo de este trozo de cuero y descubrimos los bordes de la quemadura dejada por nuestro propio hierro. Ahora verás lo que hicieron. —Para hacerlo claro a todo el mundo, cogió un lápiz y dibujó su propia marca en un trozo de papel. Para ilustrar el sistema utilizado por los Streeter para modificarla trazó tres cortas líneas intersecantes y el resultado fue la marca Lazy L Diamond T—. Aquí está la prueba. Mírenla.
Todos la miraron, aunque ninguno de ellos necesitó más de una ojeada para comprender lo que había sucedido. El rumor de aquellas maniobras se había extendido ya, y la mayoría de los rancheros sabían, aunque no pudieran probarlo, qué marcas modificaban los Streeter.
—Tu propia marca ha sido modificada, Jim —continuó Streibig—. No cuesta ningún trabajo coger una Rocking Chaig y convertirla en una Circle H.
El joven Jim asintió.
—Lo sé. Papá había advertido a un inspector de los corrales de ganado de Portland para que lo comprobara. Dijo que el inspector le iba a enviar la prueba. Pero no ha llegado todavía.
—Bueno —dijo Streibig—, si lo que quieres son pruebas, la que yo te ofrezco es más que suficiente para condenarles. En cuanto a mí, lo único que quiero es destruir aquel nido de ladrones y asesinos.
Todos se mostraron de acuerdo, incluso el sheriff, que estaba cansado de oírse acusar de inepto.
El joven Jim se irguió, mirando rectamente a los reunidos.
—Lo sé. Y creo que yo tengo un interés más personal que cualquiera de ustedes en el asunto. Voy a poner mis cartas sobre la mesa. El diente por diente no me ayudaría en nada. No puede devolvérsele la vida a un hombre matando a otros diez. Quiero a los Streeter vivos, si podemos cogerlos. Dejaremos que la ley cuelgue a Jere. Pero, si no quieren venir vivos, los traeremos muertos. —La última palabra cayó pesadamente en la estancia. Los ojos del joven Jim llameaban de nuevo a la luz, y las arrugas de su rostro se tensaron como alambres y se desvanecieron—. A todos, menos a uno. Mejor dicho, una. A ella la quiero viva. Hay una Streeter buena en la familia.
Se produjo un breve silencio. El sheriff extendió su brazo y lo dejó caer ligeramente sobre el hombro del joven Jim.
—De acuerdo, muchacho. Comprendo que todo esto ha de ser muy penoso para ti. Lo comprendo. Señala a los hombres que quieras llevarte.
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—Mis vaqueros y yo sumamos dieciséis. Con ustedes doce, seremos veintiocho. Hay suficiente.
—Entonces, vamos —dijo el sheriff.
Salieron de la oficina uno a uno. Cuando salieron de la casa, la multitud que aguardaba en el exterior avanzó hacia ellos. El joven Jim debió de alegrarse al saber que contaba con toda aquella fuerza. Sin embargo, su aspecto era el de un hombre que se encuentra en presencia de un grupo de fantasmas. Levantó una mano reclamando silencio.
—Os estoy muy agradecido, muchachos, pero ya he escogido a los hombres que me acompañarán. Arreglaos como podáis para dormir. Todo lo que hay en este rancho está a vuestra disposición, ahora y mientras esté vivo. Si cualquiera de vosotros se encuentra en dificultades, que no vacile en pedir mi ayuda. Mientras tenga un dólar en el banco o una vaca en el rancho, son vuestros.
Se produjo un murmullo que parecía ser de descontento. El joven Jim lo acalló extendiendo los brazos. La luz de la fogata cayó de lleno sobre su cuerpo, sobre su rostro.
—Permaneced tranquilos y dejad que arreglemos las cosas a nuestro modo.
Después de aquello no hubo dificultades. Los hombres que iban a tomar parte en la expedición comieron rápidamente, sin saborear los manjares, y se reunieron a un lado. El joven Jim se colocó al frente de ellos y espoleó a su caballo, gritando:
—¡En marcha!
Los veintiocho jinetes partieron al galope, cruzaron el arroyo y se encaminaron hacia las colinas, más allá de las cuales se encontraba el Río Secreto y el rancho de los Streeter.
Desde la ventana de su dormitorio, la maestra de escuela les vio alejarse. Había contemplado cómo se llevaban el cadáver del viejo Jim para enterrarlo en la colina; había visto las llamas de la fogata erguirse hacia el cielo, rojas como la sangre, y los rostros de los hombres iluminados por ellas…, unos rostros en los cuales parecía reflejarse la bárbara crueldad de esta tierra despiadada. Había oído al joven Jim acallarles con sus tranquilas palabras; les había visto comer y beber en la antesala de la muerte, había observado el brillo de sus ojos…
Para ella había sido una noche de horror. A través del velo de la vida prosaica, a través de la cotidiana rutina, de los incidentes vulgares, había llegado esta explosión de fuerza primitiva, aplastante. Y, sobresaliendo por
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encima de ella, una gran figura: la del joven Jim, que a pesar de la pena que le embargaba todavía conservaba en su corazón espacio para un poco de piedad.
Evelyn Fleming había visto alejarse a Jim. Y mientras el terror de la escena invadía su corazón, deseó ser la clase de mujer capaz de cabalgar a su lado.
CAPÍTULO IV
El joven Jim recorrió una vez más el camino que conocía tan bien, y una vez más la insondable inmensidad del cielo, el dulce olor de la salvia y el misterio de la noche profunda le susurraron su mensaje. Pero el antiguo hechizo se había desvanecido, las antiguas imágenes no se levantaron en su mente. Lo único que veía era la maciza cabeza de su padre tal como había sido en su última conversación, y oía la voz de su padre, diciendo una y otra vez: «Un hombre tiene obligaciones que cumplir, deudas que pagar. Es un problema de conciencia.» Bueno, él estaba ahora pagando sus deudas, pagándolas hasta el último centavo, aunque el hacerlo le dejara empobrecido en felicidad. ¿Qué era la felicidad, después de todo, sino una sombra ilusoria en cuya búsqueda los hombres se arruinaban a sí mismos? ¿No le habían dicho todas las cosas de este vago mundo, desde la estrella más alta a la más pequeña de las formas de vida de la tierra, que el destino avanzaba al margen de las cosas vivas o muertas? Él no era más que un instrumento movido por la suprema fuerza que lo movía todo.
Si hubiera sido un hombre insignificante, el joven Jim hubiese quedado moralmente destruido en el curso de aquella noche. Pero la integridad y la honrada sencillez de su naturaleza le salvaron del desastre. Había decidido cumplir con lo que consideraba su deber, costara lo que costase, aunque al mismo tiempo se proponía hacer lo que estuviera a su alcance para sacar a Nan Streeter del siniestro círculo de hombres que la envolvía.
Treparon silenciosamente la colina. Springtime cabalgaba inmediatamente detrás del joven Jim, y el resto seguía ligeramente espaciado, hasta que alcanzaron la cima. Una vez allí, el joven Jim se detuvo. Debajo, en el centro de aquella negra concavidad, se alzaba el rancho de los Streeter, donde normalmente brillaba una luz. Ahora no había ninguna luz que le parpadeara amistosamente; los moradores del rancho estaban durmiendo, o esperando la llegada del enemigo. Un caballo tascó el freno y alguien susurró.
El sheriff se acercó al joven Jim, murmurando:
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—Esa cerca va a ser un problema. He estado pensando en ello, y no sé si será mejor desmontar y arrastrarse por debajo o abrir el portillo más adelante.
—Es preferible arrastrarse por debajo de ella —dijo el joven Jim. Avanzaron con redobladas precauciones; una sola piedra deslizándose por
la pendiente podía significar una advertencia para los forajidos, un posible instrumento de emboscada. El joven Jim, viendo los declives y las curvas de la ladera como si fuera de día, dejó el sendero y dio un pequeño rodeo para eludir un arco del río. De pronto, sus sentidos le dije ron que habían llegado a la cerca. Desmontó y alargó la mano hacia la barrera de alambre espinoso, mientras el sheriff se apeaba del caballo junto a él.
—Será mejor hacer correr la voz de que se desplieguen y se arrastren por debajo de la cerca —susurró el joven Jim—. Será muy fácil. Hay que rodear el rancho. Y no disparar a menos que se dé la orden o que los Streeter inicien el fuego. También sería conveniente utilizar un santo y seña para que nuestros hombres puedan reconocerse y no disparen unos contra otros. El santo y seña puede ser «Rocking Chair» y «Thunderbolt».
Esperó unos instantes, mientras circulaban las instrucciones. Se oyó un apagado roce contra los arbustos, un suave arrastrar de espuelas. El joven Jim habló de nuevo:
—Sheriff, Springtime, Joe Tatum…, ustedes vendrán conmigo.
Se deslizó fácilmente a través del alambre y aguardó a que los otros se reunieran con él. Diez metros más adelante se aplastó contra la pared de un cobertizo, escuchando.
Río Secreto murmuraba incesantemente a cincuenta metros de distancia; una leve brisa gemía a través de la copa de un pino. Aparte de aquellos rumores, no había nada que pudiera guiarles. Enfrente de ellos, una sombra más oscura entre las sombras, se erguía el edificio del rancho. Parecía deshabitado. El joven Jim apoyó el oído contra la pared del cobertizo y permaneció así durante cinco minutos… o hasta que el sheriff empezó a impacientarse. Tocando a sus compañeros para que le siguieran, contorneó el cobertizo, alcanzó un pequeño sendero y llegó al borde del porche de la casa.
Habían transcurrido diez minutos, aproximadamente, desde que cruzaron la cerca, tiempo suficiente para que los flancos convergentes de la expedición hubieran recorrido sus respectivos arcos de círculo. El joven Jim examinó atentamente los oscuros rincones del porche antes de ordenar a sus compañeros:
—Cuerpo a tierra, muchachos.
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Esperó hasta que les oyó caer al suelo. El murmullo de protesta de
Springtime llegó débilmente a sus oídos:
—¡No seas imprudente, Jim! ¡Esto no es una visita de cumplido!
Los dedos del joven Jim rozaron la culata de su revólver; se irguió, cruzó el porche y llamó a la puerta con los nudillos.
Su voz resonó como un escopetazo en medio del silencio nocturno: —¡Abran la puerta! Soy el joven Jim Bolles. ¡Quiero ver a Jere Streeter! Pareció como si el peso del mundo convergiera sobre aquel pequeño
porche. En el silencio que siguió, las susurrantes aguas del río se hicieron más ruidosas a los oídos de los hombres y el más leve de los sonidos producía el efecto de un disparo de rifle. El joven Jim esperó, oyendo el chasquido de los dientes de Springtime al morder su pastilla de tabaco. El sheriff suspiró y se arrastró ligeramente por el suelo, susurrando:
—Esta noche no vas a obtener ninguna respuesta de esa casa, muchacho. Se equivocaba. Alguien gruñó en el interior. Se movió un cuerpo, y una
voz de mujer habló a través de la puerta.
—¡Jim! ¡Márchate! ¡Oh, márchate, antes de que te maten!
El joven Jim se apoyó contra la pared.
—Abre, Nan. Tengo que ver a Jere.
—Jere no está en la casa. No hay nadie más que los niños y yo. Jim, te estás encaminando directamente a la muerte.
Silencio. Nan nunca le había mentido, pero Jim sabía que sería capaz de mentir para protegerle, para evitar el derramamiento de sangre.
—Dile a Jere que salga en son de paz. He venido a por él. Si hay otros hombres en la casa, dile que suelten sus armas. Tenemos el rancho rodeado. No queremos guerra ni linchamientos. Pero hemos venido a llevarnos a Jere, a tu padre y a los dos peones. Los otros pueden marcharse libremente.
Nan aporreó la puerta con la mano como para dar más fuerza a sus palabras.
—Aquí no hay ninguno de los que buscas, Jim. ¡Créeme!
—Entonces, abre la puerta —dijo el joven Jim, bajando la voz—.
Enciende una lámpara y ponía en el vestíbulo.
—¡Esto es…, esto es un asesinato!
Las palabras casi no cruzaron el muro de madera. El joven Jim sacudió la cabeza.
—Abre, Nan. Enciende la lámpara.
La oyó moverse detrás de la puerta. Un gozne chirrió, algo cayó al suelo.
Springtime gruñó:
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—Cuando se abra la puerta hazte a un lado, Jim. Ofreces un blanco excelente.
Una luz amarillenta se filtró a través de los bordes de una persiana y el gozne protestó de nuevo. Nan estaba en la puerta, hablando mientras hacía girar la llave.
—Ten cuidado, Jim. —La puerta se abrió. Nan estaba de pie ante él, sosteniendo la lámpara detrás de ella para evitar que sus rayos dieran de lleno en Jim. Éste abrió la boca para decir algo, pero volvió a cerrarla. Nunca había visto a Nan tan alta, tan erguida. La tragedia le había conferido majestad y belleza. Cuando Nan habló, su voz despertó extraños ecos en el vestíbulo:
—Te he dado mi palabra, Jim. Estoy sola aquí con los niños. Pero diles a tus hombres que tengan mucho cuidado.
El joven Jim entró en la casa, con Springtime y el sheriff pegados a sus talones. Inmediatamente entraron Joe Tatum, Streibig y otros tres o cuatro hombres, cerrando la puerta detrás de ellos. El joven Jim cogió la lámpara de manos de Nan. La muchacha dirigió una rápida mirada al pequeño grupo y se volvió hacia Jim.
—Sabía que vendrías con ellos —dijo—. No podías evitarlo.
Jim asintió, lentamente.
—¿Sabes por qué estamos aquí?
—Para detener a los míos por lo que han hecho.
El resto de los hombres se había esparcido por la casa. El joven Jim comprendió que Nan ignoraba lo que había sucedido, y por un instante consideró preferible no decírselo. Pero al darse cuenta de la obstinación con que se empeñaba en compartir la suerte de los Streeter, llegó a la conclusión de que necesitaba una sacudida para que su decisión se debilitara.
—Se trata de un asesinato, Nan. Jere asesinó a mi padre ayer al mediodía, en el camino de Roan Horse.
De repente, la casa se llenó de ruidos y los hombres empezaron a gritar desde diversas habitaciones. Brilló otra luz, y la voz de Springtime se alzó en una especie de irreverente sonsonete:
—Si esto no es suficiente para que un hombre se entregue a la bebida… Estoy sudando como un…
—Jim —murmuró Nan Streeter—, hubiera preferido que me matara a mí. Si alguien le hubiera pegado un tiro a aquel primer Streeter antes de…
—La cosa ya no tiene remedio —la interrumpió bruscamente el joven Jim
—. Ningún hombre sabe cómo caerán las cartas. Ahora, despídete de esta casa. Llévate a los niños. Haré que alguien te acompañe al Rocking Chair.
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Nan movió negativamente la cabeza.
—Es demasiado tarde. ¿Por qué quieres protegerme?
—Ya conoces la respuesta. Mis sentimientos no han cambiado. Vamos. —¿Qué clase de mujer sería si me casara contigo ahora? —inquirió
apasionadamente Nan—. Si lo hiciera, todo el valle me despreciaría, y con razón. ¿Es que no quieres comprenderlo? Tengo que quedarme aquí hasta el final. No puedo hacer otra cosa.
—No les debes nada a los Streeter —protestó Jim, dándose cuenta de que el tiempo transcurría peligrosamente—. ¿Quieres decirme adónde han ido?
Vio que la muchacha volvía a denegar con la cabeza, y de repente supo que tenía que romper el hechizo que la retenía aquí, No era lealtad a su clan, ni orgullo; simplemente, no deseaba mezclar a nadie en la maraña de su vida. También ella pagaba sus deudas. El joven Jim levantó el brazo.
—Te doy tres minutos para que recojas tus cosas. Si no quieres marcharte por tu propia voluntad, te sacaré a la fuerza.
Súbitamente, Nan pareció ceder.
—Bueno…, deja que vaya a buscar a los niños.
Se desvaneció en la oscuridad de la cocina, mientras el sheriff bajaba las escaleras.
—Los pájaros han volado —gruñó—. Y, lo que es peor, han empezado a dolerme las articulaciones, lo cual es síntoma evidente de que va a pasar algo. Esto está demasiado tranquilo. Apuesto una gallina a que no se encuentran muy lejos de aquí. Supongo que tendremos que quedarnos hasta que se haga de día.
El joven Jim oyó a los niños que corrían hacia la esquina de la casa. La muchacha parecía susurrarles algo. Una corriente de aire frío le dio en pleno rostro y a continuación resonó un portazo. El sheriff se irguió, con el revólver a medio sacar, mientras el joven Jim corría hacia el extremo del vestíbulo. Entró en la cocina. Estaba vacía. Trató de abrir la puerta trasera… y la encontró cerrada. El sheriff se dirigió apresuradamente al otro extremo del vestíbulo, gruñendo.
—¡Éste es el peor embrollo en que me he visto metido! Esta puerta también está cerrada. ¿Cómo diablos se habrá desvanecido esa muchacha?
Springtime salió del cuarto de estar; Streibig y Tatum bajaron la escalera, seguidos por los demás.
—La casa está vacía —anunció Tatum—. Se habrán asustado…
El prolongado silencio quedó interrumpido por el súbito estampido de un disparo de rifle y el aullido de un hombre. Inmediatamente pareció desatarse
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un infierno sobre la pradera. El sheriff corrió hacia la puerta.
—¡Vamos! —gritó—. ¡Son capaces de haber minado la casa con dinamita! Si esto no…
No terminó la frase. Había abierto la puerta y empezado a salir. Pero se detuvo en seco, como alcanzado por un rayo, y se desplomó en el umbral. El joven Jim vio un pequeño agujero en la cabeza del sheriff, cuyo rostro estaba bañado en sangre. Levantando la lámpara, la estrelló contra la pared y en la oscuridad que siguió salió rápidamente de la casa, con Springtime, Tatum y Streibig pegados a sus talones.
Nan Streeter se había desvanecido en el aire; el sheriff estaba muerto; la guerra había empezado con mal signo.
—¡Es el segundo muerto que veo en menos de veinticuatro horas! — gruñó Springtime—. Esto se está poniendo feo. ¿Qué hacemos, Jim?
—¡Cuerpo a tierra!
El grupo se dejó caer de bruces al suelo. Un proyectil se estrelló contra la casa directamente detrás de ellos, y el joven Jim levantó la voz:
—¡Aquí no hay ninguno de los Streeter, muchachos! ¡Disparad hacia el otro lado!, y no malgastéis la munición. ¡Tenemos mucho tiempo!
Inmediatamente resonó otra voz, retadora y burlona:
—¡Desde luego que tienen mucho tiempo, amigo! ¡Mucho tiempo para morir! Les tenemos a ustedes donde queríamos tenerles, ¿se da cuenta? ¡Trate de salir!
—Una afirmación muy cierta —murmuró Springtime—. Pero, ¿de dónde diablos está hablando ese tipo?
—Supongo que están apostados en la ladera de la colina —respondió Streibig—. Si es así, hemos tenido que pasar muy cerca de ellos cuando veníamos hacia aquí. Son muy astutos, desde luego.
—Ese tipo estaba hablando para advertir a sus compañeros —gruñó Joe Tatum—. Tienen alguna carta debajo de la manga.
—Ahora sé lo que sintió el pobre Custer —dijo Springtime alegremente
—. ¡Diablos! Este suelo está terriblemente húmedo.
Los ojos del joven Jim vagaron a través del espacio, captando aquí y allá
la roja llama de un disparo de rifle. El fuego era ahora muy intermitente; le pareció que los forajidos se habían parapetado a lo largo del lado opuesto de la cerca y a unos veinte pies de altura. Estaban a menos de cien metros de distancia y desplegados en una línea irregular. No podía calcular la longitud de aquella línea, pero sospechó que la mayoría de ellos estaban agrupados en el flanco, para evitar cualquier tentativa de rodeo por parte de los rancheros.
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Era un hábil dispositivo, y llevaba la impronta de la mente rápida y traicionera de Jere Streeter. Así se lo manifestó a sus compañeros, y oyó que el puño de Joe Tatum golpeaba el suelo con ira.
—Sus tretas no le servirán de nada. Acabaremos haciéndonos con él.
Springtime, por su parte, acababa de hacer un descubrimiento.
—¡Mirad! Han colocado a tres o cuatro hombres al otro lado del río, por si se nos ocurre cruzarlo a nado.
El joven Jim dio media vuelta sobre sí mismo y súbitamente vio relampaguear un rifle a lo largo de las rocas. Otro ángulo cubierto. Jere Streeter había permitido el paso de los rancheros sin dar señales de vida, y había apostado a sus hombres de modo que formaran una red más o menos eficaz alrededor de ellos. El río y un puñado de forajidos les cerraban el paso por el oeste; al este, el grupo principal de los Streeter formaba un semicírculo, cuyos dos extremos tocaban el río. Evidentemente, los forajidos se proponían esperar a que se hiciera de día para cazar a los rancheros a mansalva.
—Del mismo modo que hemos llegado hasta aquí, podemos salir — murmuró el joven Jim. Jere Streeter parecía haber adivinado sus intenciones de solucionar el asunto pacíficamente y, en consecuencia, que su primer paso sería acudir al rancho dispuesto a parlamentar—. Es endiabladamente listo — admitió—. Pero las cosas pueden hacerse y deshacerse. Disponemos de un hombre por cada uno de sus hombres, y de unos cuantos más. —Se volvió hacia el pequeño grupo agazapado junto a él—. Si ellos nos han engañado a nosotros, nosotros podemos engañarlos a ellos. Apuesto a que sus flancos se extienden hasta el río. Pero hemos de encontrar el modo de pasar. Formaremos dos grupos de diez hombres. Usted, Streibig, se hará cargo de un grupo y se dirigirá hacia el norte a lo largo de la orilla del río. Usted, Tatum, se hará cargo del otro y se dirigirá hacia el sur. Avanzarán pegados al suelo, hasta que se encuentren a un centenar de metros detrás de ellos. Entonces pueden desplegarse en círculo, pero sin disparar. Quédense quietos hasta que se haga de día. Cuando ellos empiecen a disparar contra los que quedemos aquí, abran fuego desde atrás. Quedarán cogidos entre dos fuegos. Enviaré a tres o cuatro hombres para que se ocupen de los bandidos que están al otro lado del río. Los demás nos quedaremos aquí.
—Es como si me hubieras hablado en turco —observó el activo Tatum, pero se puso inmediatamente de rodillas, siendo imitado por Streibig.
—Recojan a los hombres del círculo, uno a uno, hasta que hayan completado su número —dijo el joven Jim—. Cuando se pongan en marcha, abriremos fuego desde aquí para hacer ruido. Esto les cubrirá un poco.
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Tatum y Streibig se alejaron sin hacer más comentarios. Springtime giró sobre sí mismo y gruñó:
—Me gustaría poder fumar un cigarrillo. Jim, ¿no se te ha ocurrido pensar que hay algo que no tiene una explicación satisfactoria? Me refiero al rancho. ¿Cómo se desvaneció la muchacha en el interior de la casa? ¿Por qué nadie pudo seguir nunca a un Streeter hasta el mismo rancho?
El joven Jim extendió un brazo y lo dejó caer sobre el hombro de Springtime.
—He estado pensando en eso durante la última media hora, Springtime. Y me parece que he encontrado la explicación. No tardaremos en comprobarlo. Apostaría todo lo que tengo a que Nan Streeter se encuentra dentro de nuestras líneas, y quiero localizarla antes de que se haga de día. Ahora, córrete algo a la izquierda y di a los muchachos que disparen durante cinco o diez minutos. Yo iré hacia la derecha.
El joven Jim se arrastró hacia adelante hasta que encontró al hombre más próximo. Era uno de sus propios vaqueros, Little Bob. El hombre maldijo en voz baja.
—Preferiría bajar a la madriguera de un chingo, patrón. Sí que lo preferiría. ¡Si por lo menos viera algo sólido!…
—No tardarás en verlo —dijo el joven Jim.
Siguió la línea hasta que volvió a encontrarse con Springtime. Los dos continuaron arrastrándose hacia el río, pasaron la consigna al resto de los hombres y se deslizaron más allá de la circunferencia del círculo. El agua gorgoteó en sus oídos. Springtime murmuró:
—¿Vamos a cruzar el río a nado, Jim?
—No. Pégate a mí. Vamos a bajar hasta el borde del agua, y avanzaremos a lo largo de los juncos. Procura contener la respiración.
Avanzaron en línea recta, cruzaron la espesura de juncos y recorrieron otra corta distancia hasta que la húmeda arena burbujeó alrededor de sus botas. Springtime tropezó con una roca y reprimió una exclamación de enojo. Un rifle escupió a través de la corriente, los juncos se agitaron al viento e inmediatamente se desató el fuego sostenido de los rancheros. El joven Jim se deslizó entre los matorrales, explorando el terreno arenoso. Veinte metros más adelante se detuvo en seco, con el oído tendido al viento; al cabo de unos instantes siguió avanzando, hasta que el agua le llegó a las rodillas.
Algo se movió cerca de él; crujió una rama, con un ruido audible incluso entre los intermitentes estampidos de los disparos. Los forajidos apostados al otro lado del río, alertados por la actividad de los rancheros, habían empezado
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a disparar; un proyectil cayó en el agua con un violento plunk, seguido por otro que se estrelló contra la arena. Pero el joven Jim no se movió. Quienquiera que estuviera sobre la angosta franja de playa parecía esperar también. El brazo de Springtime se arrastró lentamente hacia adelante; los disparos se hicieron más espaciados… y los juncos volvieron a moverse bajo un cuerpo.
—¡Thunderbolt! —murmuró Jim, agachado sobre la arena.
Springtime chapoteó en el agua detrás de él; un repentino fogonazo iluminó la densa oscuridad y un hombre gritó:
—¡Vamos! ¡Acércate de una vez, gallina!
El joven Jim, incorporándose, se encontró con un cuerpo que caía encima de él. Balanceó su revólver para descargarlo contra la cabeza del hombre, no atreviéndose a disparar a causa de la posición de Springtime. El cañón rozó la cabeza de su adversario, y la fuerza de su arco descendente arrancó el arma de su mano. Cayó de espaldas, y al ver el bulto que se precipitaba encima de él disparó los dos pies hacia arriba. Un segundo después las posiciones se habían invertido y el joven Jim se encontraba sobre su adversario, aferrando desesperadamente el cañón del revólver que empuñaba el forajido. Un estrépito ensordecedor pareció reventar sus oídos y el fogonazo chamuscó su rostro. Su puño libre cayó como una maza sobre la mandíbula de su rival y el revólver quedó en su poder. Esta vez no falló el golpe y toda resistencia cesó. Incorporándose, oyó que Springtime maldecía furiosamente.
—¡Algún hijo de perra me ha dado de lleno! ¡Pero me he cargado a un hombre! ¡El otro ha huido!
El joven Jim oyó los pasos del fugitivo entre los juncos. Pero, mientras trataba de orientarse, los pasos cesaron bruscamente. Springtime se encontraba ahora unos tres metros detrás de él; y cuando el joven Jim se abría paso entre los juncos, una corriente de aire le dio en pleno rostro, una corriente más intensa y más fría que la de la brisa nocturna. Dio otro paso hacia adelante y el aire dejó de soplar. Girando sobre sus talones, trepó por la arenosa orilla, apartó otra mata de juncos y repentinamente se encontró ante una especie de túnel que parecía discurrir por debajo del prado que rodeaba el rancho de los Streeter.
—Springtime —murmuró—, no te muevas de aquí. Voy a investigar esto. Creyó que el vaquero le había oído y se adentró en el túnel. Tres metros más adelante, la abertura empezó a estrecharse hasta el punto de que el joven Jim se vio obligado a avanzar de rodillas, primero, y completamente tendido, después. Enfundó el revólver que acababa de quitarle al forajido, temiendo
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que se llenara de tierra. Su avance quedaba entorpecido por el barrillo que la humedad había formado en el suelo del túnel. El joven Jim se dio cuenta de que otros le habían precedido por aquel camino, ya que en el barro estaban aún impresos los rastros de sus botas.
Pero no estaba preparado para lo que siguió. De repente le pareció notar que el techo, encima de su cabeza, se estremecía, y oyó los débiles ecos de los disparos de los rancheros. La corriente de aire se hizo más intensa, y súbitamente la abertura volvió a ensancharse. El joven Jim se puso en pie, dio un paso hacia adelante, perdió el equilibrio y cayó rodando sobre sí mismo hasta aterrizar en un suelo de madera. Un objeto duro se incrustó en su espalda y a sus oídos llegó un sibilante susurro de advertencia:
—¡No se mueva, o es hombre muerto! De acuerdo, Bill, trae una cuerda.
No, espera, esto es más fácil.
El joven Jim se dio cuenta de que había llegado a una cueva situada inmediatamente debajo del rancho de los Streeter; encima de su cabeza, las tablas crujieron con el peso de unos cuerpos que se movían cautelosamente.
Jere Streeter había desplegado sus triunfos.
La culata de un revólver se estrelló contra la cabeza de Jim y el joven perdió el conocimiento.
CAPÍTULO V
El joven Jim despertó en alguna remota y sofocante habitación al sonido de un apagado grito. Penetró a través de la niebla de su cerebro y de los violentos latidos de sus oídos y sirvió para devolverle las fuerzas; ya que el grito había sido proferido por una garganta femenina, y él sabía que en el rancho de los Streeter sólo había una mujer… Al mismo tiempo notó una sensación dolorosa en los brazos y un entumecimiento en las manos. Al tratar de agitarlos, se dio cuenta de que estaba fuertemente atado, hasta el punto de que la cuerda se hundía en su carne. La misma cuerda rodeaba sus piernas.
Pero no fue solamente su propia situación lo que le inquietó. Había atravesado por situaciones mucho más apuradas sin perder la cabeza. Estaba preocupado por Nan y por el conocimiento de que en aquel escondrijo de la casa una parte de los forajidos esperaban a que amaneciera para disparar por la espalda contra sus propios hombres. Ésta era la carta que Jere Streeter se reservaba en la manga. Astutamente, se había deslizado a lo largo de la orilla del río con unos cuantos de sus seguidores y había penetrado en el rancho a
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través del túnel; eso, suponiendo que no hubiera estado escondido en la cueva situada debajo de la casa mientras los rancheros entraban y lo registraban todo. Jim no estaba completamente seguro de que Jere se encontrara entre el grupo de forajidos ocultos en la cueva, pero cuanto más pensaba en la situación más convencido estaba de que aquél sería el lugar que Jere escogería: sus sanguinarios instintos le impulsarían a situarse donde la matanza fuera mayor. No podía faltar mucho para que se hiciera de día; la expedición había salido del Rocking Chair poco después de medianoche, y habían transcurrido ya tres horas. O más.
El joven Jim volvió la cabeza tratando de taladrar las sombras que le rodeaban, pero sus ojos tropezaron con una impenetrable negrura. Giró sobre sí mismo hasta chocar con una pared. Giró en sentido contrario y se encontró con otra pared. Luego se deslizó hacia sus pies, para tocar una tercera barrera. El sonido que produjo le pareció desproporcionado a la fuerza de su golpe, y entonces supo que le habían encerrado dentro de un armario. Un armario en una habitación del piso alto, ya que podía oír el susurro del viento entre las hojas de los árboles encima de su cabeza.
En el exterior, el tiroteo había cesado; dentro de la casa no se oía el menor sonido. Era como si los dos bandos ahorraran municiones y repusieran fuerzas para el duro encuentro que había de producirse al romper el día. La idea llenó de desesperación al joven Jim; luchó denodadamente hasta que consiguió sentarse, y tras unos cuantos intentos fallidos logró ponerse en pie, rozando el techo del armario con la cabeza. Súbitamente encontró el tirador de la puerta y trató de hacerlo girar agarrándolo con ambas manos. La puerta se abrió. El joven Jim se deslizó fuera del armario y se pegó a una pared, escuchando. La claridad grisácea del alba empezaba a penetrar a través de las ventanas. Le pareció oír un murmullo debajo de él, aunque no estaba seguro. En un lugar como aquél, la imaginación creaba seres y sonidos fantasmales. El joven Jim sacudió enérgicamente la cabeza tratando de ahuyentar la pesadez que sentía en ella, y luchó con la cuerda que le sujetaba.
Volvió a oír un leve ruido. Tensó sus músculos, esperando, sabiendo que alguien acababa de entrar en la habitación. Un suspiro, y luego una frase apenas susurrada:
—Por el sombrero que llevaba Maggie… —¡Springtime!
El vaquero se movió con la agilidad de un gato. Un segundo después se encontraba al lado del joven Jim, respirando trabajosamente, como después de
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un gran esfuerzo. Pegó su boca al oído del joven Jim y a pesar de que la vida de ambos pendía de un hilo no pudo evitar un comentario de los suyos:
—Apuesto lo que quieras a que he muerto una docena de veces durante los últimos veinte minutos. Sabía que reconocerías mi juramento favorito al oírlo… si es que estabas vivo.
—Lo cual es un milagro —murmuró el joven Jim.
Springtime cortó la cuerda con su cuchillo.
—¿El que estés vivo? No lo creas. Jere quiere vengarse de ti por su cuenta. Eso le oí decir. Sí. Cuando te perdí de vista junto al río, merodeé por aquellos alrededores hasta que descubrí el túnel. Llegué a la cueva. Entonces supe que una parte de los forajidos estaba en la casa. Retrocedí y advertí a los compañeros. Me quité las botas y volví a entrar. En la casa hay media docena de bandidos, todos apostados alrededor de las ventanas. Por eso pude cruzar el vestíbulo sin que me oyeran. Oí la voz de Jere hablando de ti, y eso me hizo suponer que estabas aquí.
La cuerda se desprendió del cuerpo del joven Jim y Springtime empuñó un revólver. Ahora que estaba con su patrón, había renunciado de nuevo a toda iniciativa.
—¿Cómo diablos vamos a arreglárnoslas para salir de este embrollo?
La claridad había aumentado hasta el punto de que el joven Jim podía distinguir ahora el bulto del cuerpo de Springtime. Rápidamente, pasó revista a la situación. Streibig y Tatum estaban desplegados a lo largo de la ladera de la colina. La advertencia de Springtime habría inducido a un par de vaqueros a vigilar la entrada del túnel. El resto de los hombres se encontraba en el prado, sabiendo que en la casa había un grupo de forajidos, y probablemente habían encontrado donde guarecerse de los disparos que no tardarían en llover sobre ellos. De modo que lo único que ahora podía hacerse era limpiar el rancho antes de que los forajidos apostados en la colina tuvieran ocasión de empezar a disparar. Había claridad suficiente para una lucha cuerpo a cuerpo; dentro de media hora la niebla matinal habría aclarado lo suficiente como para permitir una batida contra el resto de la banda.
El joven Jim pensó en la muchacha agazapada en alguna otra habitación, y reprimió un intenso deseo de ir en su busca. No podía arriesgarse a cruzar los crujientes suelos del rancho alertando así a los bandidos. Inclinándose hacia Springtime, susurró:
—Cubre el rellano superior de la escalera. La función va a empezar. Springtime se deslizó hacia atrás, silenciosamente, y de pronto el joven
Jim le vio reclinado contra el pasamano, empuñando un revólver.
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Acercándose a una ventana, levantó cautelosamente la falleba. Con un solo movimiento, abrió la ventana de par en par, se inclinó hacia afuera y gritó:
—¡Vamos, Rocking Chair, limpiad la casa primero! ¡Hay seis forajidos en la planta baja! ¡Springtime y yo les impediremos subir!
Oyó un estridente aullido y el primer estampido de un rifle; luego, el prado llameó en doce puntos distintos y la casa se estremeció con la respuesta de los bandidos. Springtime, desde el rellano, enviaba su reto a la planta baja:
—¡Salid, ratas de cloaca! ¡El primero en salir será el primero en morir! Los hombres apostados en el prado parecían haberse acercado más al
rancho después de que Springtime les hubo advertido, ya que su ataque se inició cuando el joven Jim se apartaba de la ventana. Oyó el ruido de cristales rotos, gritos obscenos y el retemblar de la vieja estructura mientras corría a unirse a Springtime. En aquel momento, dos o tres hombres cruzaron alocadamente el vestíbulo y empezaron a subir la escalera.
Los revólveres del joven Jim y de Springtime rugieron al mismo tiempo. El hombre que iba en cabeza se detuvo en seco, como fulminado por un rayo, se agarró a la barandilla y se desplomó hacia atrás, arrastrando a sus compañeros en la caída. En la semioscuridad de la estancia, los fogonazos de los disparos brillaban siniestramente. Alguien empezó a sollozar como un niño y alguien exhaló su último suspiro blasfemando horriblemente. Los vaqueros se habían lanzado al asalto del rancho. Durante unos instantes el tumulto fue indescriptible; rugieron las armas y los hombres cayeron como muñecos a los que se les hubiera acabado la cuerda; luego, repentinamente, reinó un profundo silencio interrumpido de vez en cuando por el lamento de un moribundo.
El joven Jim empezó a bajar la escalera.
—Springtime, registra todas las habitaciones. Nan tiene que estar en alguna de ellas. Sácala de aquí. —Se quitó la chaqueta y se la tiró al vaquero
—. Toma. Fuera hace un frío terrible. Ponle eso. —Se volvió hacia sus hombres—. Cubrid las ventanas, muchachos. Vamos a echarles un vistazo a esos hombres. En la cocina hay una lámpara. Jere tiene que estar entre los muertos.
Una luz amarillenta proyectó amplias sombras en el vestíbulo, brilló sobre un charco de sangre, sobre los rostros de los muertos y de los heridos. Los ojos del joven Jim corrieron a lo largo de los cinco hombres tendidos en el suelo, y sacudió rabiosamente la cabeza al comprobar que uno de ellos era Little Bob, el vaquero del Rocking Chair. El viejo Streeter, el padre de Nan, había caído al pie de la escalera, con un brazo extendido hacia los primeros
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peldaños. Tres hombres desconocidos, parte de los refuerzos traídos por los Streeter, estaban también muertos. Otro permanecía sentado, con la espalda apoyada en la pared, agarrándose un hombro y mirándoles con una expresión de odio. Pero Jere Streeter no estaba allí. El jefe de la banda había huido. El joven Jim encontró la trampilla por la cual se descendía a la cueva y pasó la lámpara a través de la abertura, iluminando el fondo: estaba vacía. Ninguno de los bandidos había tenido tiempo de huir por allí, desde luego. Dejó caer la trampilla y estacionó a un hombre junto a ella.
—Tal vez Jere huyó a través del túnel, antes de que empezara el jaleo. Le encontraremos fuera. Ahora, salgamos de aquí. Nos quedan unos cuantos huesos que roer.
Habían aplastado una parte del ejército de Jere Streeter. Tenían el sabor de la sangre en sus gargantas y salieron corriendo del rancho para enfrentarse con la colina a lo largo de la cual aguardaba el grupo principal de forajidos. La niebla matinal flotaba por encima de sus cabezas, levantándose lentamente, ocultando a un bando a las miradas del otro. Pero el tiroteo en el rancho había intranquilizado a los que estaban en la colina, y de vez en cuando disparaban al azar contra el prado. El joven Jim reunió a sus hombres y señaló a la línea de rocas que se extendía a media ladera, enfrente mismo de la cerca del rancho.
—Allí están, muchachos. No ataquéis todavía. Desplegaos y aguardad a que Tatum y Streibig entren en acción.
Se volvió en el preciso instante en que Springtime salía del rancho con Nan Streeter y los dos niños. Y a pesar de que la sangre hervía en sus venas, al ver a la muchacha quedó helado hasta el tuétano. Aquel hermoso rostro que él había adorado mostraba las huellas azuladas de unos golpes brutales; sus muñecas sangraban.
Springtime miró a su patrón con una expresión salvaje, exclamando:
—¡Estoy dispuesto a cortar en rodajas a alguien! ¡El muy…! ¡Tiene el
corazón más negro que el de una serpiente de cascabel!
Nan se tambaleó, y el joven Jim se precipitó hacia ella para sostenerla; vio que sus ojos negros estaban llenos de horror y que sus labios temblaban intensamente.
—¡Nan! —murmuró roncamente—. ¿Quién…?
La muchacha trató de sonreír, pero no lo consiguió. Sus labios formaron una frase:
—Jere… se ha vuelto loco… Cree que yo le he traicionado. ¡Jim! ¡Oh, Jim!
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El rostro del joven Jim adquirió la palidez de la cera.
—Ha escapado de nosotros, Nan. ¡Lo siento, muchacha, pero voy a matarle con mis propias manos! Sin armas, ¿oyes? Le encontraré y le destrozaré con mis puños.
El repentino disparo de un rifle le sobresaltó. Se volvió hacia Springtime. —Cuida de ella, vaquero. No te muevas de su lado, ¿comprendes? Si nos vemos obligados a perseguir a esos tipos, móntala en un caballo, lo mismo
que a los chiquillos, y llévalos a Rocking Chair.
Springtime le miró con aire casi suplicante, pero el joven Jim sacudió la cabeza.
—Es un favor especial que te pido, Springtime.
—Bueno —murmuró el decepcionado vaquero—, vive y deja vivir. De todos modos, tal vez tenga ocasión de disparar unas cuantas salvas.
El joven Jim corrió hacia la cerca y se deslizó a través de ella. Un proyectil arrancó chispas de una roca a sus mismos pies y el joven se dejó caer al suelo, levantando la mirada a tiempo para ver levantarse la cortina de niebla. Como un telón encima de una hilera de cañones de rifle.
—¡Streibig! ¡Tatum! ¡Adelante! —gritó.
Las dos alas se pusieron en marcha. El joven Jim empezó a arrastrarse de peñasco en peñasco, oyendo el ping de las balas que silbaban junto a él. Al llegar a una depresión del terreno que le ofrecía mejor refugio, se detuvo y miró hacia las primeras estribaciones de la colina. Vio un stetson que asomaba por encima de una roca: una vieja trampa en la que no cayó. De pronto, el stetson cayó hacia atrás y por uno de los extremos de la roca asomó el cañón de un revólver. El joven Jim apuntó cuidadosamente a la parte superior de aquel revólver y contuvo la respiración. Una cabeza se hizo visible; el joven Jim disparó, y vio que el revólver caía al suelo.
Aquel disparo pareció liberar el salvajismo latente en todos los hombres que se encontraban en la ladera de la colina. El valle entero se estremeció con el estampido de los rifles, los aullidos desafiantes y las provocativas respuestas. La línea de los hombres del joven Jim se desplegó hacia adelante, disparando por encima de las cabezas de los forajidos y acercándose cada vez más a la ladera. Aquella maniobra les hubiera costado cara de no mediar la intervención de los grupos de Streibig y Tatum, estratégicamente situados, que obligaron a los forajidos a dividir su atención.
Los hombres de Streeter, tan seguros de sí mismos unos momentos antes, se dieron cuenta rápidamente de lo débil de su posición y trataron de buscar la salvación en la huida. Pero, cercados como estaban, la cosa parecía muy
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difícil de lograr. En efecto, los hombres de Tatum y de Streibig, cuya sangre había hervido durante tanto tiempo al pensar en las fechorías cometidas por los moradores de Río Secreto, se lanzaron a la carga disparando sin cesar.
El joven Jim no perdió el tiempo. También él salió de su escondite y se lanzó hacia adelante. No tuvo necesidad de apremiar a sus hombres, los cuales corrían ya detrás de él, aullando y disparando como demonios. Lo que había sucedido hasta entonces fue un juego de niños comparado con esto. La escoria de la tierra y los hombres que representaban el orden y la ley frente a frente; hombres que tenían puesto precio a sus cabezas y hombres que luchaban por su región, por su ganado, por sus derechos. De vez en cuando, el joven Jim miraba a derecha e izquierda y veía caer a alguno de sus vaqueros; el hecho endurecía siempre su rostro y hacía surgir violentas palabras de su garganta. En su avance, llegó a una depresión del terreno y saltó sobre un forajido agazapado en el fondo: se encontró tendido sobre una figura que no se movía ni hablaba. Reposó un momento sobre sus manos y rodillas, mientras el muerto le miraba con los ojos muy abiertos; cuando volvió a ponerse en pie, la escena había cambiado por completo.
Los rancheros habían acabado definitivamente con toda resistencia; a su izquierda, una docena de los hombres de Streeter estaban reunidos en un grupo, con las manos en alto. Al otro lado oíanse algunos disparos aislados que no tardarían en cesar. El joven Jim examinó cuidadosamente a los prisioneros, rebuscó entre las silenciosas figuras caídas en el suelo, sin encontrar el rostro que deseaba ver.
—¡Maldito sea! ¿Por qué no se habrá quedado a luchar como un hombre? Pero Jere Streeter, que siempre parecía tener otro as en su manga, había desaparecido, dejando a sus hombres abandonados a su suerte. El último disparo resonó a través del prado; Streibig y Tatum estaban agrupando a los prisioneros, no demasiado amablemente, por cierto, en tanto que algunos vaqueros del Rocking Chair trataban de localizar a sus muertos. De repente, todo el mundo parecía encontrarse agotado y alicaído. El ardor bélico se desvaneció en el frío aire matinal. Los hombros se hundieron, y las palabras
no pasaron de un monótono susurro.
Todos parecían estar agotados. Todos, menos Tatum. El ranchero se volvió hacia el joven Jim, hirviendo de ira.
—¡Hemos perdido cinco hombres, Jim! ¡Alguien tiene que pagar por ello!
¡Vamos a liquidar ahora mismo a esta pandilla de rufianes!
—No dice usted lo que siente, Joe —replicó el joven Jim, sacudiendo la cabeza—. Pero, desahóguese hablando, si eso le hace bien.
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—La tarea ha terminado —intervino Streibig, pasándose una mano por los ojos inyectados en sangre—. ¿Qué hacemos con esos tipos?
—De momento, les llevaremos al Rocking Chair —dijo el joven Jim—. Allí descansaremos un poco y…
Se interrumpió bruscamente. Lejos, hacia el sur, su mirada había captado la figura de un jinete que surgía cautelosamente de una depresión del terreno, intentando huir. El joven Jim corrió hacia los caballos, seguido por Tatum y Streibig. Se volvió hacia ellos agitando una mano.
—¡Ese hombre es mío! ¡Yo me ocuparé de él!
Montó en su caballo y emprendió un rápido galope. Springtime gritó algo desde el rancho y pareció a punto de dejar a la muchacha. El joven Jim agitó su mano en dirección al Rocking Chair.
—¡Llévala allí, Springtime! ¡Ésta es mi lucha!
Un momento después se encontraba fuera del alcance del oído. Al llegar a la cumbre de la colina volvió a divisar fugazmente al fugitivo y supo que era Jere Streeter. Se inclinó sobre el cuello de su caballo apremiándole para que galopara más aprisa.
Mientras perseguía a Jere Streeter, sabía que sólo uno de ellos regresaría; no podía ser de otro modo. Jere Streeter no se dejaría coger vivo. En cuanto a él, se alegraba de que la situación presentara aquel cariz. El joven Jim había envejecido durante aquella memorable noche; algo le había sucedido. Cuando se puso en camino hacia Río Secreto deseaba detener a Jere para entregarlo a la ley, deseaba que el impersonal mecanismo de la justicia castigara al asesino de su padre. Ahora sabía que la ley no tenía significado para él. Siempre se había opuesto a los expeditivos sistemas de su padre para solucionar las dificultades por medio de la acción directa, y ahora estaba a punto de adoptar aquellos mismos métodos. Recordó una observación que en cierta ocasión había hecho el viejo Jim Bolles.
—La ley es excelente, Jim. Mantiene un equilibrio en este mundo. Pero recuerda una cosa: en esta región hay un código que la ley no puede alterar. Cuando un individuo calumnia a otro, o le desafía deliberadamente, ese otro individuo es un perro cobarde si trata de protegerse a sí mismo con la ley. ¡Oh! Ya sé que en el Este opinan que somos una pandilla de salvajes a causa de ese código. Pero ellos no viven como nosotros. La ley les protege en todos los aspectos. Pero aquí tenemos que protegernos a nosotros mismos en un montón de cosas. La reputación y el valor son cosas que uno tiene que mantener por sí mismo. En cuanto los granujas, y los maleantes y los pistoleros se enteran de que uno es un blandengue, le amargan la vida hasta el
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punto de que lo mejor que puede hacer es marcharse de la región y colocarse en una oficina.
El joven Jim había acusado a su padre más de una vez de tomarse la justicia por su mano. Ahora se daba cuenta de que el viejo Jim Bolles tenía razón. Se enfrentaba con un problema que tenía que solucionar con sus propias manos. No podía hacer otra cosa.
El sol había empezado a asomar su rojo disco por el este, iluminando el terreno con una claridad rosada. Un riachuelo discurría apacible y cantarín hacia el Río Secreto; los chopos que lo bordeaban tenían un color verde esmeralda. A lo lejos, un grupo disperso de reses del Rocking Chair ponía manchas oscuras contra la tierra. Mientras respiraba el aire perfumado a pino y a salvia, el joven Jim comprendió repentinamente que todo lo que él era o pudiera ser procedía del Oeste y pertenecía al Oeste. Nunca podría ser un mero espectador de sus bellezas, un crítico de sus costumbres; él tenía que vivir de acuerdo con sus reglas, atenerse a sus códigos.
El terreno por el que ahora galopaba era mucho más rocoso y agreste. Las masas de granito formaban extrañas figuras. Era un terreno que sólo criaba serpientes de cascabel y sólo ofrecía refugio a hombres como Jere Streeter. Para tipos de su calaña era un refugio ideal.
El joven Jim no dudó en ningún momento del camino que seguía el renegado, ya que a intervalos veía a Jere delante de él, y cada vez más cerca. Era como si se hubiera propuesto que el joven Jim le viera y le siguiera, para luchar con él. Cuando finalmente el joven Jim le vio a menos de cuatrocientos metros de distancia, comprendió que el forajido estaba escogiendo el terreno que le fuera más favorable. De repente, Jere se apeó de su caballo y disparó su revólver. La bala quedó corta. Después de aquello, hombre y caballo desaparecieron de la vista.
El joven Jim se apeó asimismo de su montura y dejó al animal fuera del alcance de las balas, para avanzar a continuación en línea recta sin tratar de ocultarse hasta que llegó a menos de un centenar de metros de la barricada natural de Jere Streeter.
Otro proyectil se estrelló contra las rocas delante de él. Saltó rápidamente de costado y se ocultó detrás de un peñasco. Oyó que el forajido se burlaba de él.
—¿Te ha entrado miedo, muchacho? ¡Vamos! ¡Ven a por mí! ¡Los buitres van a darse un festín con tu pellejo!
El joven Jim descansó unos instantes. Su adversario no era un hombre corriente. A pesar de sus fanfarronadas, utilizaría su astuta mente. El joven
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Jim estaba convencido de que Jere Streeter no esperaría detrás de aquella muralla de roca. Se deslizaría hacia uno u otro extremo, buscando un tiro seguro.
«Supongo que me concede algo de inteligencia —murmuró el joven Jim
—. Probablemente imagina que voy a avanzar lentamente en línea más o menos recta, ya que sabe que estoy ansioso por acercarme. Por lo tanto, tratará de dar un pequeño rodeo para dispararme por la espalda. Pero, ¿hacia dónde se arrastrará? ¿Hacia la derecha, o hacia la izquierda?»
A la derecha, las rocas formaban una serie de hendiduras y barricadas. A Jere le resultaría sumamente fácil avanzar por aquel lado. A la izquierda, el terreno era menos escabroso y no parecía ofrecer tanto peligro. El joven Jim, conociendo la traicionera mente de Jere Streeter, intuyó que escogería el camino menos probable. De modo que se desvió a la izquierda e inició un avance infinitamente lento de depresión en depresión. Una roca especialmente alta detrás de su nuevo sendero le preocupaba, ya que dominaba todos sus movimientos. Pero diez metros más adelante se dejó caer en un profundo hueco y quedó completamente a salvo de toda mirada. No podía estar absolutamente seguro de que Streeter no hubiera presenciado su maniobra desde su ventajoso punto de observación, y pensó en la posibilidad de cambiar de emplazamiento.
Decidió no hacerlo, y procuró dominar su avidez por lanzarse contra su enemigo. El joven Jim podía ser cauteloso mientras se negara a pensar en el magullado rostro de Nan y en la cabeza de su padre, atravesada por un balazo y semienterrada en la polvorienta arcilla del camino de Roan Horse. Por un instante se negó a escuchar la voz de la razón.
Experimentó un salvaje deseo de levantarse y acabar de una vez; le salvó el recuerdo del malvado y cruel rostro de Jere Streeter. El forajido le dejaría clavado de un solo disparo y huiría… probablemente para encontrar a su hermana e infligirle otras magulladuras.
De modo que continuó sin abandonar su refugio, moviéndose lateralmente pulgada a pulgada y pegando un oído contra la superficie de las rocas para escuchar. Sabía que era una precaución casi inútil; Jere Streeter no haría el menor ruido, no cometería ningún error. Cuando se hiciera visible, sería para matar. El joven Jim llegó a un sendero en forma de V entre rocas que conducía a algo parecido a un cráter. Doblando sus piernas debajo de su estómago se dispuso a saltar, pero inmediatamente retrocedió: el instrumento de muerte había estado ante su mismo rostro, enroscando un moteado cuerpo
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y escupiendo odio por una boca roja y unos ojos brillantes. El joven Jim dio un pequeño rodeo y dejó a la serpiente sola.
Se detuvo, tratando de tranquilizar sus nervios. «Entre esas dos serpientes —pensó—, habré muerto de excitación antes de que un disparo resuelva el asunto.» El sol continuaba ascendiendo en el cielo, y el calor empezaba a pesar. El joven Jim tenía el rostro empapado en sudor y empezaba a experimentar una intensa sed.
El agua estaba tentadoramente cerca, pero fuera de su alcance. En su avance, el joven Jim había llegado muy cerca de la orilla del Río Secreto. Desde el lugar donde ahora se encontraba podía ver la oscura cinta de la corriente.
Sus nervios empezaban a traicionarle, provocando en él movimientos reflejos, independientes de su voluntad. Uno de aquellos movimientos hizo descender su mano en busca del revólver, para encontrarse con el desconcertante hecho de que no llevaba ningún revólver. En alguna parte a lo largo de su penoso avance se le había caído de la funda. El descubrimiento constituyó una desagradable sorpresa. Pero al mismo tiempo, y por raro que parezca, le tranquilizó.
«Bueno, dije que acabaría con él con mis propias manos. Ahora tendré que hacerlo. ¡Maldito sea! ¿Dónde estará?»
Inmediatamente intuyó la respuesta. Sus sentidos no le dieron ningún aviso tangible; sin embargo, acababa de experimentar la misma sensación que había experimentado unas horas antes en el rancho de los Streeter, cuando intuyó la presencia de Springtime en la habitación. Se trata de una cualidad conocida de todos los animales salvajes y que en el hombre se ha embotado a través de muchos siglos de no utilizarla. Sin embargo, en determinados y decisivos momentos el hombre la recupera, como acababa de recuperarla el joven Jim. Tenía el convencimiento de que Jere Streeter estaba muy cerca de él, dispuesto a atacar.
Estaba tan seguro de ello, que tensó todos sus músculos preparándose para hacerse visible por encima de la roca que le ocultaba. Pero, cuando estaba a punto de saltar, una extraña premonición le advirtió que continuara pegado a su refugio y dejara la iniciativa a su adversario. Si Jere Streeter se encontraba al otro lado de la roca, ¿sabía también él que el joven Jim estaba al alcance de su brazo? Era más que probable, sabiendo lo abundantemente provisto que estaba de instintos animales. En tal caso, el joven Jim aterrizaría delante de la boca de un revólver. De no ser así, suponiendo que el forajido se ocultara en otra parte, el joven Jim se expondría a recibir un disparo a mansalva.
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Aquí terminaron sus razonamientos. Casi sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, trepó hasta la parte superior de la roca y saltó al hueco contiguo. El delgado cuerpo de Jere Streeter estaba tendido en el suelo, semejante a un reptil; mientras caía, con los hombros hacia adelante, el joven Jim captó fugazmente el rostro del hombre, arrugado, enjuto y cruel. Los delgados labios estaban fuertemente apretados, y los negros ojos le taladraron con odio. Otra serpiente enroscándose para atacar. El joven Jim cayó encima de él; estalló un revólver, pero el joven Jim ni sintió los efectos del proyectil. Girando en redondo, agarró el arma, la arrancó de manos de Jere y la tiró por encima del borde del precipicio que se abría a espaldas del forajido. Le golpearon dos veces con increíble fuerza; perdió el aliento, y Jere Streeter se puso en pie de un salto, con la agilidad de un gato.
El hombre estaba más allá del alcance del brazo, cogiendo una piedra para aplastar con ella el cráneo del joven Jim; éste oyó la sibilante respiración de Jere y, disparando sus dos pies al mismo tiempo, rechazó al hombre que se precipitaba encima de él. Fue golpeado una y otra vez antes de conseguir rodear con sus brazos el cuerpo del forajido. Giró sobre sí mismo, se puso lentamente de rodillas y deslizó una mano hacia el delgado cuello. Un instante después los dos hombres estaban en pie. Jere había logrado soltarse y retrocedía. Al parecer no tenía huesos ni articulaciones: únicamente músculos, flexibles y resbaladizos. Se inclinó de nuevo en busca de una piedra. El joven Jim dio un salto de costado, para evitar el impacto, y descargó su puño con todo el peso de su cuerpo detrás de él. Oyó un espantoso grito; en una especie de pesadilla vio que el forajido le miraba con el rostro desencajado, antes de girar como una peonza y desaparecer de su vista.
El joven Jim se apoyó en una roca, completamente agotado. En el cielo brillaba una bola de fuego roja como la sangre. El instinto de matar se apagó repentinamente en el joven Jim. Dando unos pasos hacia adelante, miró a ambos lados del precipicio y dio media vuelta. Cuando iba en busca de su caballo encontró el revólver; la serpiente de cascabel estaba todavía allí, pero Jim estaba más que saciado de muertes y la dejó en paz. Tambaleándose, trepó a la silla de su caballo y emprendió el camino de regreso.
«Vamos, muchacho —le murmuró a su caballo—. Río Secreto tiene ya otro secreto que susurrar. Hoy ha sido un día que no quiero recordar.»
Pero el valle había quedado limpio de la siniestra influencia de los Streeter. Los rancheros no volverían a mirar hacia el oeste y sacudir sus cabezas con aire preocupado. Una mala hierba había sido arrancada; el aire
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sería más puro a partir de entonces, y el sol brillaría más. La paz reinaría en la región.
Fue un trayecto largo y sombrío. Cuando llegó al rancho, encontró a los rancheros esperándole. Acercándose al dormitorio de los vaqueros, habló a un par de sus hombres:
—A caballo, muchachos. Seguid la orilla del Río Secreto, hasta el primer recodo. Allí está Jere Streeter.
Luego se dirigió hacia la casa para ver a Nan. Al cruzar la puerta se encontró con la maestra de escuela; y a pesar de su falta de capacidad para leer en aquella región, Evelyn Fleming fue lo bastante mujer para leer en Jim Bolles en aquel momento. Para leer profundamente en él mientras apoyaba sus manos sobre la mesa, mortalmente cansado de cuerpo y de alma. Y lo que leyó no resultó agradable para ella. Vio claramente que nunca podría compartir la vida de aquel hombre, que nunca podría obtener su lealtad ni su afecto. Tal vez esto la impulsó a mostrarse inconscientemente cruel. Echando hacia atrás la cabeza con aire de reto, muy abiertos los negros ojos, habló en tono duro:
—No encontrará a Nan Streeter. Se ha marchado.
CAPÍTULO VI
La cabeza del joven Jim se inclinó un poco más; se pasó una mano por los ojos y murmuró:
—¿Adónde ha ido?
—¿Cómo puedo saberlo? —inquirió la muchacha—. No soy su guardiana.
Le dijo a Springtime que unciera la carreta y la llevara a Roan Horse.
El joven Jim estaba asintiendo; una luz brilló y se apagó en los profundos pozos de sus ojos.
—Creo que es la única cosa que podía hacer. Y, ¿no dijo nada? ¿No dejó ningún mensaje?
La maestra de escuela contempló al joven Jim unos instantes. Tal vez había leído mal; tal vez la situación no era tan desesperada para ella como había supuesto. Pero no pudo encontrar ningún consuelo en aquel rostro serio y enjuto.
—Dijo unas cuantas cosas —admitió la muchacha—. ¡Oh, sí! Su ladrona de pelo negro…
Las palabras del joven Jim cayeron en la habitación como un latigazo.
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—¡Miss Evelyn! ¡No se pase de la raya!
—… dijo algo. Pero antes hablé yo. ¿Qué derecho tenía, con su pasado, perteneciendo a esa clase de familia, a compartir su techo? ¿Qué derecho tiene a desear su nombre? Ella sería un ancla colgada a su cuello. Usted es de una raza. Ella de otra. ¡Sí, le dije todo eso!
—¿Y qué respondió Nan? —preguntó el joven Jim, en tono sorprendentemente amable.
Los nudillos de sus dedos emblanquecieron a causa de la fuerza con que se agarraba al respaldo de la silla.
Los ojos de la maestra de escuela llamearon al recuerdo de aquella conversación.
—¡Esa mujer es un tigre! Estaba de pie donde usted se encuentra ahora y me miró. ¡Pensé que iba a matarme! Luego dijo…, dijo algo que halagará su vanidad, Jim Bolles: «No aspiro a que sea mío. No lo merezco. Pero usted tampoco. ¡Espero que la verá a usted tal como yo la veo!»
La maestra de escuela echó a correr hacia la escalera, casi gritando:
—¡Me marcharé mañana por la mañana! ¡Éste es un lugar salvaje,
horrible! ¡No quiero volver a verlo! ¡Nunca más!
El joven Jim salió del rancho y se dirigió a los corrales. Mientras ensillaba un caballo habló con Joe Tatum.
—Joe, lleva a los prisioneros a la cárcel. Yo tengo que ir al pueblo… ahora mismo.
Tomó el camino de Roan Horse a galope tendido.
Al primero que vio fue a Springtime. El vaquero estaba apoyado en el porche del hotel, hablando con una mujer de mediana edad. Al ver a su patrón, Springtime se acercó a él y señaló gravemente los balcones del hotel.
—Habitación diez —dijo.
El joven Jim entró en el establecimiento, subió la escara y llamó a la puerta con los nudillos. Un instante después se encontraba frente a Nan Streeter.
Los niños dormían en la cama, y la muchacha se llevó un dedo a los labios, advirtiéndole:
—No hables en voz alta, Jim. Llevan muchas horas sin descansar.
Las magulladuras continuaban siendo visibles en su rostro; en sus ojos oscuros había una expresión dolorida. Pero, a pesar de ello, el joven Jim pensó que nunca había visto a una mujer más hermosa. En ella había un metal que no pertenecía a los Streeter, una fortaleza y una decisión que no habían
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sido contaminadas por la maldad de su clan. El joven Jim trató de decir algo… y no lo consiguió. Finalmente, extendió los brazos.
—Nan —murmuró roncamente—, mis manos están manchadas con la sangre de los tuyos. Ahora no puedo pedirte que te cases conmigo. ¡Pero te juro que te amo!
—¡Cállate, Jim! —Una luz parpadeó a través de las sombras de su rostro
—. ¿Cómo podría casarme contigo ahora? ¡Una Streeter y un Bolles! No podrías sostener la carga.
—¡Puedo sostener el mundo entero si estás conmigo! —exclamó apasionadamente Jim—. Esto es el Oeste, Nan. La gente no tiene prejuicios contra ti. Mañana será otro día. En cuanto a mí…
Nan susurró una sola palabra: —Jere…
El joven Jim no dijo nada, pero la muchacha vio sus manos extendidas y comprendió. En aquel momento supo que nunca, mientras viviera, conocería toda la historia de labios de Jim. En cuanto a él, vio la mezcla de dolor y de alivio que se reflejaba en el rostro de Nan y comprendió que, pensara lo que pensara, no lo manifestaría nunca. Los dos eran iguales.
—No…, no puedo reprochártelo, Jim —susurró la muchacha—. Es preferible que esté muerto. Lo único que hizo en este mundo fue causar disgustos. ¡Oh, Jim, lo siento por ti! —Se acercó un poco más a él—. Esta misma tarde voy a marcharme a Gaiskell. En el hotel necesitan una camarera.
—No puedo soportar la idea de que tengas que trabajar… Nan le interrumpió.
—Tengo que hacerlo a mi manera, Jim. Quiero demostrarles que soy una persona honrada. Quiero saber que estoy haciendo algo de provecho. He de pagar mis deudas.
Las mismas palabras de su padre. El joven Jim dejó caer los brazos. —Dondequiera que estés, Nan, te acompañará mi recuerdo. Siempre.
Ahora y dentro de cincuenta años. Supongo que no hay ninguna esperanza para mí.
Nan le contemplaba como si quisiera grabar en su mente los rasgos de su rostro, el sonido de su voz. Durante un largo minuto permaneció silenciosa.
Luego murmuró:
—Jim, si continúas pensando igual dentro de un año… —¡Nunca cambiarán mis sentimientos, Nan!
—Entonces, ven a buscarme cuando haya transcurrido el plazo. Por primera vez, una lenta sonrisa asomó al rostro del joven Jim.
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—El mundo vuelve a tener sentido para mí, Nan. No esperaré ni un minuto más de ese tiempo. Suponiendo que pueda esperar tanto… —La miró ávidamente y luego se volvió hacia la puerta—. El trabajo me espera.
—¡Un momento, Jim!
El joven Jim se detuvo. Nan se acercó a él y sus labios rozaron la mejilla del joven.
—Esto es para que no olvides tu promesa. Hasta entonces, que Dios te proteja.
El joven Jim salió de la habitación y bajó la escalera tambaleándose. Al llegar a la calle, el sol cegó sus ojos hasta el punto de que pasó muy cerca de Springtime sin verle. Pero oyó la voz del vaquero y una respuesta femenina. Montando en su caballo, emprendió el camino de regreso al rancho.
Las primeras sombras del atardecer caían sobre el Rocking Chair, envolviendo sus edificaciones. En el dormitorio de los vaqueros brillaba una luz y por una de sus ventanas surgía el susurro de una conversación. Más allá del granero crujió el portillo de la cerca y chirriaron las ruedas de un carruaje. Springtime regresaba de Roan Horse, y no regresaba solo. A su lado, llenando algo más de la mitad del asiento, se encontraba la dama con la que había estado hablando en el porche del hotel. Una dama tan vieja como Springtime y con el aire decidido y resuelto de alguien que se ha enfrentado valientemente con las batallas de la vida… y ha provocado más de un conflicto. Mientras los vaqueros salían del dormitorio y el joven Jim se detenía en el porche, pudieron observar claramente que cuando Springtime le dio la mano para ayudarla a apearse de la carreta, la dama le dirigió una mirada posesiva y victoriosa.
Springtime se aclaró la garganta y extendió una mano hacia la dama. —Os presento a miss Clarabelle Petty. Miss Petty es mi prometida. En
cuanto haya recogido mis pertenencias y cobrado mi paga, regresaremos a Roan Horse para ser atados con los lazos nupciales, que pueden aflojarse, pero que nunca se rompen.
—¡Vaya! —dijo la dama—. Hablas como un payaso. —Barrió el patio con una ceñuda mirada—. ¿De modo que aquí es donde trabajas?
—Bien venida al Rocking Chair —la saludó el joven Jim, avanzando unos pasos—. Ha tenido usted un largo viaje. Nos encantará ofrecerle alojamiento para esta noche, o por todo el tiempo que desee quedarse.
—Gracias —dijo miss Petty—. Estoy acostumbrada a ser tratada como una señora y acepto con mucho placer.
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La maestra de escuela había bajado y estaba de pie junto a la puerta. Springtime se acercó a ella y repitió la presentación. Luego afirmó, en un tono que rebosaba satisfacción:
—Mi prometida también es maestra de escuela. Sí, es maestra de escuela.
—Muy interesante —dijo Evelyn Fleming secamente.
—¿Interesante? —replicó miss Petty, dándose cuenta de la situación. No era tonta, y la actitud de Springtime hacia aquella muchacha apoyada contra la puerta revelaba una especie de desquite—. Es tan aburrido como fregar platos. ¿Qué hay de interesante en una clase llena de mocosos? Cualquier idiota puede enseñarles. Yo lo hice por espacio de diez años y nadie me colocó sobre un pedestal.
Springtime carraspeó nerviosamente.
—He encontrado a miss Petty por pura casualidad —explicó—. Pero nos conocimos en Robey County hace muchísimo tiempo. Fuimos a la escuela juntos.
Miss Petty le fulminó con la mirada.
—¡Oh! No hace tan muchísimo tiempo. Cualquiera diría que somos unos ancianos…
Un opresivo silencio cayó sobre el grupo. Un leve suspiro pareció surgir de las filas de los vaqueros. Springtime trató de alegrar el ambiente.
—Bueno, una educación es algo maravilloso. Todos los hombres debieran recibirla, desde luego. Mira, preciosa, se me ocurre un problema de aritmética para el cual necesito ayuda. Si un hombre cobra cincuenta dólares de su paga mensual, y tiene que pagar diez dólares de una deuda de juego, siete y medio a un tabernero, treinta y cinco de asuntos particulares…, ¿cuánto le queda para atender a los gastos de su hogar? No te molestes en sacar los decimales…
—Hum… —dijo miss Petty—. Con tu paga mensual no tendrás que echar cuentas, Povy. Yo la cobraré cada mes y yo la administraré, ¿comprendes? Es más, si me entero de que tocas una carta o bebes una sola gota de licor antes de que nos casemos, puedes estar seguro de que te dejo plantado. Hay cosas que ninguna dama puede tolerar. Míster Jim, le agradecería que me indicara dónde está mi habitación.
El joven Jim la acompañó al interior de la casa, dejando a Springtime convertido en una melancólica figura en el porche. Los vaqueros empezaron a desfilar uno a uno, conteniendo a duras penas la risa, que estalló incontenible en cuanto llegaron al dormitorio. El joven Jim volvió a salir de la casa y
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encontró a Springtime paseando tristemente por el patio. Se acercó a él, hablándole amablemente.
—Mira, Springtime, no ha habido un solo hombre que haya desplegado a una mujer contra otra y haya salido indemne del experimento.
—Siempre supe que en este tejemaneje de la educación había gato encerrado —murmuró Springtime—. Bueno, le he prometido casarme con ella y la promesa sigue en pie. Aunque, pensándolo bien, no sé si se lo prometí por mi propia voluntad o si fue ella la que me arrancó la promesa, abusando de mis instintos caballerescos. No puedo recordarlo.
—Te echaré de menos, Springtime.
—Sí —murmuró Springtime con voz ahogada. Sus ojos brillaron con el reflejo de su cigarrillo—. Se acerca el rodeo, ¿verdad? Supongo que algún estúpido aprendiz de herrero ocupará mi puesto…
Silencio. Repentinamente, el cigarrillo formó un amplio arco en la oscuridad y cayó con una lluvia de chispas.
—Jim, como favor personal, ¿podrías prestarme cincuenta dólares? —Desde luego —dijo el joven Jim—. Y más, si quieres.
—No, cincuenta serán suficientes. Será un dinero bien gastado. ¿No le oíste decir que me dejaría plantado si tocaba una sola carta o bebía?
—Eso fue lo que dijo —convino el joven Jim.
—Entonces, mañana por la mañana voy a ir al pueblo con esos cincuenta dólares y miss Petty. Veinte dólares irán a parar a la mesa del faraón. Luego voy a coger una borrachera tal que un cerdo se avergonzará de mí. A continuación me instalaré bajo la ventana de su hotel y le cantaré aquella canción acerca de Annie Gray.
—Le diré al cocinero que te guarde un poco de cena mañana por la noche —anunció el joven Jim.
Springtime suspiró profundamente.
—Hay que ver hasta qué punto puede perder un hombre la cabeza por unas faldas —murmuró—. ¡Pero ningún aprendiz de herrero va a ocupar mi puesto en el rodeo!
El joven Jim dio media vuelta para entrar en la casa. Mientras le contemplaba, el rígido rostro de Springtime Povy pareció reflejar algo muy semejante al afecto.
—Te estaré esperando, Springtime —dijo el joven Jim.
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EL RASTRO DEL CABALLO DESCALZO
ERNEST HAYCOX
CAPÍTULO PRIMERO
N O hay nada en el mundo tan hermoso, tan raro y tan vigorizador como una mañana de otoño en tierras de ganado; y, cuando los dos camaradas, Indigo y Joe, salieron de su cabaña en el preciso instante en que el paisaje enrojecía con la promesa de un sol que empezaba a surgir por el horizonte, se detuvieron uno junto a otro y contemplaron el pequeño cañón en silencio y con aire satisfecho. El tenue aire tenía sabor: un sabor ligeramente acre, que borraba toda duda y todo cansancio; a lo largo de la ladera, los pinos conservaban oscuras charcas de frescor nocturno y sus agujas brillaban con un
color esmeralda que no volverían a tener durante el día.
A menos de un tiro de piedra de la puerta de su cabaña, el río lamía suavemente la guijarrosa playa. Más arriba, al discurrir a través de la garganta, el río se llenaba de murmullos que, en épocas de crecida, se convertían en fragor. A aquella distancia, el sonido tenía el poder de apaciguar el espíritu. Los serenos ojos de Joe contemplaron el escenario —río y ladera, cabaña y establo— y sus anchos hombros se alzaron con una profunda inhalación de aquel tonificante aire.
Cada uno de los objetos que se erguían contra la luz matinal se destacaba claramente y parecía engañosamente cercano a causa de la transparencia de la atmósfera. Las delgadas columnas de humo que surgían de su chimenea parecían estar inmóviles. Para un veterano como Joe, que había estado casi en todas partes y había visto casi todo lo que había que ver a lo largo de millares de millas de rutas ganaderas, éste era el lugar más bello de la tierra.
Se volvió hacia la pequeña y encogida figura que estaba a su lado y sonrió, con un gesto que iluminó las delgadas facciones y puso de manifiesto
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la congénita bondad de su naturaleza. Alrededor de sus ojos se formaron unas pequeñas arrugas. Sus sienes empezaban a platearse.
—Estás en un mal trance, Indigo. Esto es el paraíso del vaquero, y tendrás que admitirlo. Incluso un ave de mal agüero como tú tiene que admitirlo. Piensa. Trata de encontrar algo inconveniente. No podrás. Es imposible. Desde que era un niño y salí de Abilene para recorrer la ruta del ganado he estado buscando un lugar para establecerme y descansar. Este es el lugar, Indigo.
Los pálidos ojos de Indigo asaetearon el paisaje como si tratara de localizar algo objetable, algo que augurara una desgracia. Tal era la naturaleza del diminuto, dinámico y luchador enano. La vida había sido dura para Indigo, y él no había hecho la menor tentativa para que le tratara amablemente. Siempre se encontraba con dificultades a medio camino, y a veces antes; tenía a orgullo no admitir que algo era exactamente como tenía que ser. Pero aquella mañana, y las otras seis mañanas que llevaba compartiendo con Joe los veinte acres de terreno del cañón, se encontró al borde de la derrota. Lo único que dijo fue:
—Sí, no está mal.
Lo dijo a regañadientes, en un tono que revelaba a las claras sus reservas mentales. Para Indigo, todas las cosas buenas tenían una pega y, en consecuencia, ésta también debía tenerla.
—Bueno —decidió Joe—, tenemos que apresurarnos, cuanto antes compremos este lugar, más feliz me sentiré en él. Podría sucederle algo a Henry Bonnick antes de que le paguemos.
—Sí, lo más probable es que haya cambiado de idea y no quiera vender — gruñó Indigo—. También podríamos caer enfermos y tener que gastarnos el dinero en medicinas. O perderlo por el camino.
—Sería mucha casualidad —dijo Joe, sonriendo—. Cuando recurres a insignificancias como ésas, significa que estás rabiando por encontrarte con alguna dificultad. Vamos.
Montaron en sus caballos y se alejaron, dejando la puerta de la cabaña abierta de par en par y una olla de habichuelas borbolleando sobre un fuego moribundo. Durante las primeras horas de su estancia en la cabaña habían tenido ciertas dificultades con unos desagradables caballeros que vivían en las colinas, y no estaban seguros de que la cabaña no fuera saqueada durante su ausencia; pero una de las leyes no escritas del Oeste les prohibía cerrar la puerta de su vivienda. De modo que avanzaron sin prisas a lo largo de la orilla del río, en dirección a Smoky River, con la intención de pagarle a un tal
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Henry Bonnick la suma de cuatrocientos dólares, que era el precio que había puesto al terreno y a las construcciones. Hacía una semana habían encontrado al tal Henry Bonnick en situación bastante apurada. Les vendió la propiedad y se marchó inmediatamente, para evitar otros encuentros con los rudos caballeros de las colinas, pidiendo a los dos socios que fueran a pagarle a Smoky River, ya que no le agradaba la idea de llevar una suma tan importante a través de un territorio solitario y peligroso.
A medida que los dos camaradas avanzaban, las paredes del cañón fueron haciéndose más bajas y eventualmente los árboles quedaron detrás de ellos. Cabalgaron por un terreno llano, ligeramente ondulado, que se extendía delante de sus ojos por espacio de muchas millas.
—Vamos a ver si adquirimos unos cuantos melocotoneros y algunas fresas para plantarlos alrededor de la cabaña —murmuró Joe—. Dentro de dos o tres años darán fruto. Siempre he deseado asumir la actitud bíblica de recostarme debajo de mi propia higuera.
—Yo voy a completar mi provisión de cartuchos —graznó Indigo—. Tal vez no sea tan bíblico, pero será mucho más práctico. Alguien viene por allá.
Una nube casi imperceptible de polvo se alzaba en el camino, muy lejos, a media distancia entre el pueblo y los edificios de un rancho. Los dos jinetes, siendo antiguos camaradas y habiendo cabalgado muchas millas juntos, no necesitaban hablar. La conversación era a menudo un motivo de discordia, en tanto que el silencio no crispaba los nervios a nadie.
De modo que, hundidos en sus propios ensueños, siguieron avanzando, contemplando la nubecilla de polvo a guisa de distracción. Al cabo de media hora desapareció, lo cual les hizo suponer que el viajero había llegado al rancho. Un poco más tarde volvió a aparecer y aumentó de tamaño, avanzando directamente hacia ellos. El encuentro con desconocidos en un camino era siempre un acontecimiento y, en una región desolada como aquélla, a veces una sorpresa. Por lo tanto, Indigo empezó a ajustarse el cinto del cual pendía el revólver mucho antes del momento del encuentro, y de vez en cuando dirigía una significativa mirada a su compañero. Pero la expresión de Joe continuó inalterable. Los ojos azules, semicerrados contra los efectos de la intensa luz, se mantenían pegados al viajero que se aproximaba.
Caballo y jinete salieron de la zona de deslumbramiento producido por la distancia. Un poco más tarde, una pieza de metal de los arreos resplandeció como un diamante. Metro a metro, la proximidad permitió apreciar otros detalles. Un caballo zanquilargo y un jinete muy alto que llevaba un sombrero resplandeciente. El caballo era pardo, con una mancha blanca en el pecho. El
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hombre cabalgaba con una sorprendente rigidez de cuerpo, y su gorguera y su chaqueta abierta se agitaban al viento con los movimientos del animal. La mirada casual, aunque investigadora, de Joe captó lo lujoso de la silla de montar; captó también lo bien cortado de las ropas que el hombre llevaba.
Pero, al disminuir la distancia que les separaba, la atención de Joe quedó atraída por un hecho más significativo. Aquel hombre llevaba la pistolera más baja de lo acostumbrado; el cuero había sido cortado por ambos extremos; en la parte superior dejaba al descubierto la culata y el gatillo del revólver, y en la parte inferior permitía que asomara el cañón, de modo que el jinete podía disparar sin desenfundar el arma.
El desconocido cedió la derecha a los dos camaradas, una cortesía que era al mismo tiempo una precaución, teniendo en cuenta que llevaba la pistolera a la derecha. El detalle no pasó inadvertido ni a Joe ni a Indigo. Refrenaron sus monturas.
—Buenos días —saludó el hombre con voz inexpresiva.
Joe Breedlove sabía mostrarse impasible cuando la ocasión lo requería, pero su mirada se endureció visiblemente mientras observaba al desconocido más de cerca. En el transcurso de los años, Joe había visto a toda clase de hombres, buenos, malos y medianos; hombres de un valor temerario, hombres sin un adarme de energía. La experiencia le había enseñado a no clasificar con demasiada rigidez a las personas, y a no juzgarlas demasiado rápidamente. Pero, mientras examinaba al desconocido, supo que al fin su camino se había cruzado con el de un individuo que era un representante casi perfecto de una casta especial. En la alta y delgada estructura del desconocido había ciertos indicios infalibles que resultaban reveladores… y admonitorios.
El individuo parecía tallado de una sola pieza de un árbol muy alto y muy recto. Sus brazos eran todo manos y sus manos todo dedos; unos dedos ágiles y destructivos. El rostro, tan grisáceo como polvo de álcali, aparecía surcado por profundas arrugas, desde la estrecha frente hasta la pequeña barbilla. Sus ojillos negros tenían un brillo frío y desapasionado. Pero Joe no se dejó engañar por esto, ni por lo estrecho de los hombros y lo hundido del pecho. Se encontraba delante de un hombre de vitalidad física y mental poco corrientes, incansable, capaz de dominar el hambre y el sueño durante largos períodos de tiempo, y desprovisto del sentido del humor.
Joe oyó que Indigo se removía nerviosamente en su silla, y esto le dio a entender que su compañero compartía sus propias sensaciones. De modo que inclinó ligeramente la cabeza.
—Buenos días. Hace un tiempo soportable.
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—Si son ustedes forasteros —dijo el hombre en el mismo tono inexpresivo—, les advierto que esta región es más calurosa cuanto más se avanza hacia el Sur. En Smoky River el calor es muy intenso.
—Me estaba preguntando —dijo Joe— si Henry Bonnick se encuentra aún en el pueblo.
—Le encontrará en el establo, masticando paja —dijo el desconocido—. He oído decir que estaba un poco nervioso a causa de sus vecinos de las colinas.
—Nosotros pensamos ocupar su cabaña —explicó Joe, notando la inquisitiva mirada de Indigo—. A nosotros no nos ponen nerviosos los ruidos.
—Eso espero —murmuró el desconocido.
Joe creyó advertir cierta curiosidad en los ojos del hombre, aunque no estaba seguro. Sin embargo, la línea de sus labios se hizo más recta.
—Tal vez Smoky River sea un buen pueblo para los negocios —sugirió Joe.
El hombre le miró fijamente.
—Las gentes de Plaza San Felipe podrían discutirle ese extremo.
—De la discusión sale la luz.
Habitualmente, Joe pronunciaba sus sentencias filosóficas con un brillo de humor en los ojos. Esta vez, sin embargo, su mirada permaneció inalterable; parecía mantenerse en guardia.
—He visto discutir, y he tomado parte en algunas discusiones. Pero, personalmente, mi lema es la paz… hasta que me convenzo de que a mi interlocutor le tienen sin cuidado los lemas.
—Bueno —murmuró el hombre, y dejó que el hilo de la conversación cayera al suelo.
Indigo suspiró audiblemente. El desconocido levantó las riendas y dijo «adiós» en el mismo tono inexpresivo. Su caballo se puso en movimiento. Joe e Indigo reemprendieron también la marcha, sin mirar atrás. Un cuarto de milla más adelante, una quejosa pregunta de Indigo rompió el silencio:
—¿Por qué has tenido que contarle nuestro negocio? Ese tipo no me gusta. Me pone nervioso sólo el mirarle. ¿Por qué diablos le has dicho nada?
Pasó un larguísimo rato antes de que Joe contestara, e Indigo, al mirar a su compañero, quedó impresionado ante el cambio de expresión que observó en él. El hecho resultaba tanto más sorprendente, por cuanto Joe no acostumbraba mostrarse profundamente preocupado por ningún hombre ni por ninguna situación. Finalmente, sus ojos se enfrentaron con la mirada curiosa de Indigo.
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—He considerado que era más prudente que nos anunciáramos a nosotros mismos —murmuró.
—Si tu intención era la de pregonar nuestras intenciones por todo el condado —replicó Joe—, no creo que ese individuo sea aficionado a las habladurías.
—No. Lo único que quería era que lo supiera él, personalmente. Es un tipo de individuo con el que me he encontrado tres o cuatro veces en mi vida, Indigo. Un mal sujeto.
Indigo, que estaba de acuerdo con su compañero, experimentó uno de sus famosos cambios de opinión.
—Bueno, tal vez no sea tan duro, después de todo. Todavía no he visto a un tipo que necesite más de un balazo en el lugar preciso. Y, a fin de cuentas, no se ha metido con nosotros.
Pero Joe sacudió la cabeza y buscó sus útiles de fumar, luchando visiblemente por dominarse.
—Soy un estúpido, Indigo. Me he portado como un niño de seis años. Puedo entenderme con casi todo el mundo. Puedo sonreír ante cualquier clase de dificultad y encontrar algo bueno en casi todos los mortales. Pero cuando tropiezo con un hombre sin corazón y sin nervios, con unos ojos y unas orejas como las de ese individuo, ¿te has fijado que sus orejas eran más pequeñas que las de cualquier hombre normal y estaban pegadas a su cabeza como un trozo de piel transparente?, y cuando siento en mis huesos que me supera en músculo y en rapidez, me pongo furioso. No puedo evitarlo. Es como una fiebre. Me ha ocurrido dos veces en mi vida. Soy un imbécil, pero hay una clase de individuos a los que temo y con los cuales no puedo vivir en paz. Y ese hombre es uno de ellos, Indigo.
Indigo se encogió de hombros.
—Bueno, ya le hemos perdido de vista. Nuestros caminos no volverán a cruzarse.
Pero Joe, invirtiendo la habitual relación entre ellos, profetizó con aire sombrío:
—Está escrito que tengo que luchar con ese hombre. Siempre ha ocurrido
así.
No había nada bajo el sol que inspirara miedo a Indigo, ni nadie a quien reverenciara, excepción hecha de Joe, y le desconcertó oír admitir a su compañero la superioridad de otro hombre. Murmurando en voz baja, dirigió una intensa mirada al paisaje que les rodeaba y vio un leve rastro de polvo
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que ascendía hacia las colinas. Llamó la atención de Joe sobre aquel hecho, y ambos examinaron el rastro cuidadosamente.
—Parece que ese individuo ha dado un amplio rodeo y trata de llegar antes que nosotros a Smoky River —opinó Indigo—. Demasiada prisa, con el calor que hace. ¿Por qué?
Súbitamente, su humor se había ensombrecido.
—En esta condenada región, el misterio es tan espeso que puede cortarse con un cuchillo. Empiezo a sentir escalofríos en la espina dorsal, lo cual ha sido síntoma infalible de dificultades desde que era un chiquillo y me caí del tejado de aquel granero. Ojalá nos dejen en paz.
Llegaron al rancho que habían divisado desde lejos. En el patio se erguía una alta encina, y de una de sus ramas, colgada de una cuerda, pendía un cubo de agua que se balanceaba ligeramente a impulsos del aire. Caminantes sedientos, los dos compañeros entraron en el patio al reclamo del agua. Pero Joe, prudente en grado superlativo, alzó su voz reclamando a alguien de la casa y esperó pacientemente. De pronto, la puerta se abrió y apareció una muchacha que se detuvo en el umbral con aire de incertidumbre, mirándoles con unos ojos grises y preocupados. Sus cabellos color castaño brillaban a la luz del sol, y un rostro ovalado se volvió de un jinete al otro. Joe se quitó cortésmente el sombrero.
—¿Le importaría que bebiéramos un poco de agua?
—Está a su disposición.
Se acercaron al cubo y saciaron su sed. Joe, dándose cuenta de que en la atmósfera había una extraña tensión, se creyó obligado a ofrecer una explicación.
—Hay una larga cabalgada desde las colinas. Mi compañero y yo desconocemos la región y no se nos ocurrió traernos unas cantimploras.
La muchacha inclinó la cabeza, asintiendo.
—Pensé que pudieran ser ustedes de Plaza San Felipe. Aunque ninguno de aquellos hombres hubiera pedido permiso para beber.
Aquello fue todo. La puerta se cerró y los dos compañeros reemprendieron la marcha, mientras el calor se hacía cada vez más intenso. Hombres y animales se sentían afectados por él; el cuero y el metal ardían.
—Esa muchacha temía algo —fue el lacónico comentario de Indigo—. Teme a la gente de Plaza San Felipe. Es la segunda vez que oímos mencionar ese nombre. Debe ser el hogar de aquellas discusiones de que hablabais antes.
—Recuerda que el individuo con cara de muerto pasó por aquí un poco antes que nosotros —dijo Joe—. Eso es lo que la asustó. Una muchacha
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bonita… y sola. ¿Dónde están los vaqueros que uno esperaría encontrar en un rancho de este tamaño?
—Supongo que el diablo se ha tomado unas vacaciones —graznó Indigo, haciéndose todavía más pequeño bajo las descomunales alas de su sombrero.
Siguieron recorriendo milla tras milla en completo silencio. Smoky River se convirtió en algo más que una ilusoria promesa en el horizonte. Pasaron por delante de un carromato abandonado. Pasaron por delante de un llamativo letrero que pregonaba las excelencias de un hotel: «El Expreso del Oeste: Todas las Habitaciones con Ventana y Colchón». Pasaron por delante de unos corrales que no habían albergado a una sola res en muchos años. El río formaba allí una de las numerosas curvas de su tortuoso recorrido, y cruzaron su escaso caudal que crujió alarmantemente a su paso.
Smoky River estaba compuesto por una sola calle que discurría entre edificios de aspecto ajado e iba a perderse en el desierto que se extendía más allá. Los dos compañeros se encaminaron directamente a un destartalado edificio que parecía ser un establo y que prometía una agradable sombra. En él había alrededor de una docena de hombres, y Joe vio en último término el rostro preocupado de Henry Bonnick. Le saludó con un ademán y se apeó de su caballo.
—Bueno, amigo, ha transcurrido la semana y aquí estamos.
Henry Bonnick reaccionó de un modo muy raro. Miró a los recién llegados y luego al silencioso grupo, como recomendándoles que no hablaran en presencia de aquellos hombres. Acomodándose a aquella extraña conducta, Joe y su compañero se dirigieron a la parte trasera del edificio, seguidos por Bonnick. Cuando estuvieron fuera del alcance del oído, Joe se volvió hacia el hombre.
—Bueno, aquí estamos, y dispuestos a comprar. Supongo que no le molesta nuestra presencia.
—¿Por qué habría de molestarme? —fue la dudosa respuesta de Bonnick
—. Dios sabe que les esperaba para marcharme de aquí, pero creo que no haremos trato. No me atrevo a vender.
—¿Por qué no? —inquirió Indigo belicosamente.
Indigo no se había mostrado nunca entusiasmado con aquella compra, pero la actitud de Bonnick le impulsó, como de costumbre, a situarse al otro lado de la valla.
Joe sonrió.
—Me han dicho que no venda —gruñó Bonnick—. Me han advertido que no lo haga.
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—Siempre oí decir que éste era un país libre para los hombres que han alcanzado su mayoría de edad —replicó Indigo.
—¿De veras? Tal vez aprenda algo más acerca de esta región si se queda en ella.
—Siempre estamos dispuestos a aprender —observó Joe—. ¿Quién parece llevar la voz cantante en este caso?
Bonnick se acercó más a él y bajó la voz.
—No diga una sola palabra a nadie, pero Slash LeGore se enteró de que yo iba a vender. Hace cosa de media hora se presentó aquí y me dijo que haría bien no estimulando a ningún forastero para que se estableciera en la región.
—¿Quién es ese matasietes? —preguntó Indigo con aire de reto—. ¡El trato está hecho, y me gustará ver cómo lo rompe!
Joe, entretanto, parecía haberse tranquilizado. Tocó a Bonnick en el hombro.
—Ese tal LeGore, ¿no será por casualidad un individuo alto, delgado, con un rostro grisáceo y unas orejas pequeñas y pegadas a la cabeza?
—Le ha descrito usted exactamente —murmuró Henry Bonnick—. Ese es Slash LeGore en persona. El hueso más duro de roer con que se haya tropezado usted.
—Lo suponía —dijo Joe. Se volvió hacia Indigo. Sus rasgos habían vuelto a endurecerse—. Ese es nuestro amigo de la cara de muerto. ¿No te dije que estaba escrito que chocaría con él?
CAPÍTULO II
Joe Breedlove, mirando pensativamente hacia el establo, observó que los ociosos que allí se encontraban permanecían en completo silencio y les dedicaban una atención más que casual. Sin embargo, Indigo le estaba dando una conferencia a Bonnick con voz airada, indiferente a todo lo que le rodeaba. El insaciable apetito del pequeño Indigo para los casos peligrosos o poco populares había caído sobre el mejor de los pastos. No había nada que Indigo detestara tanto como el ver que un hombre presionaba injustamente a otro. Su propia insignificancia física le hacía extraordinariamente sensible en lo que respecta a la infracción de los derechos personales.
Un individuo de mayor tamaño sólo tenía que mirar una vez a Indigo con aire de duda para que el enano le buscara las cosquillas. Pero su susceptibilidad se extendía a todas las formas de injusticia, real o supuesta,
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que no le afectaban personalmente. No necesitaba ninguna invitación para ponerse de parte del más débil.
—¿Quién es ese individuo, Slash LeGore? —inquirió. Sus pálidos ojos verdes habían palidecido todavía más—. ¿Con qué derecho le da órdenes a usted? ¿Le debe usted algo, está obligado a él, emparentado con él, casado con alguna hermana suya?
—En absoluto —murmuró Henry Bonnick, sumamente nervioso—. Si llevara usted más tiempo viviendo aquí no me haría esa pregunta. Slash LeGore es Slash LeGore.
—Es un caudillo de hombres, ¿eh? —se mofó Indigo—. La gente opina que es poderoso e invencible.
—Desde luego que es un caudillo —gruñó Bonnick—. Pero no un caudillo de hombres honrados. ¡Oh! Ya lo verá con sus propios ojos.
—¿Dónde tiene su madriguera?
—Plaza San Felipe es su feudo privado. Todo lo que toca le pertenece. Ya lo verá con sus propios ojos.
—¿Y usted no está dispuesto a vender? —intervino Joe.
Henry Bonnick se retorció nerviosamente las manos.
—¡Estoy deseando perder de vista esta región! Pero hay un largo trayecto hasta el ferrocarril, amigo. Y Slash LeGore se enteraría de que he hecho trato con usted antes de que pudiera ensillar un caballo.
—¿Le dio alguna explicación acerca de su actitud?
—LeGore no da explicaciones a nadie.
—Piénselo bien —sugirió Joe—. Si quiere usted que le acompañemos hasta el ferrocarril, lo haremos de buena gana.
—Sí —murmuró Bonnick, y echó a andar. Al pasar por delante del grupo de hombres reunidos en el establo se detuvo y presentó a los dos amigos—. Muchachos, estos hombres son de fiar. Forasteros en la región, pero no vienen del Este.
—¿Qué hay de malo en el Este? —quiso saber Indigo.
—Plaza San Felipe —replicó Bonnick, y tal era su estado de ánimo que siguió andando a pleno sol y por el centro de la calle, desdeñando el trozo de sombra a lo largo de la pared septentrional.
—Es la cuarta vez que oímos hablar de ese pueblo —murmuró Joe. Todos los hombres que se encontraban en el establo llevaban revólver. Al
otro lado de una bala de heno había una hilera de rifles. No era únicamente el calor lo que les había reunido allí; obraban como gente que espera que suceda algo. Indigo gruñó acerca del hambre que sentía, de modo que los dos
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compañeros se alejaron de aquel lugar, tratando de aprovechar la escasa sombra de los edificios. Henry Bonnick había desaparecido ya, dejando solos a los dos amigos.
Sobre el pueblo planeaba una extraña tensión, que no era debida solamente al recalentamiento de la atmósfera a causa del intenso calor. En medio del profundo silencio, los dos compañeros oyeron los ecos que despertaban sus propios pasos.
Joe sacudió la cabeza.
—Hace demasiado calor para comer carne guisada, Indigo. Nos conformaremos con unos bocadillos y cerveza. Vamos a probar en aquel «saloon». Levanta tus ojos hasta el segundo piso…
Inmediatamente encima de ellos había una ventana que formaba una ligera balconada. Estaba abierta, y por ella asomaban el cañón de un rifle y el sudoroso rostro de un hombre en mangas de camisa. Las habitaciones de los pisos altos tenían que ser verdaderos infiernos con aquel calor; sin embargo, los dos amigos observaron que había otras ventanas ocupadas por hombres armados. La delgada estructura de Indigo se estremeció de excitación.
—Apenas llegamos y empieza el jaleo —murmuró—. Vamos a comer antes de que se inicie la función. Quiero que me coja con el estómago lleno.
—Nosotros nos mantendremos al margen de lo que pueda suceder — advirtió Joe.
Entraron en el «saloon». Todas las persianas estaban echadas y el establecimiento estaba envuelto en una agradable penumbra. Un grupo de hombres, algo mayor que el del establo, ocupaba los asientos a lo largo de las paredes, pero sin jugar a cartas ni beber. Los dos amigos recibieron el impacto de una inspección en masa mientras se acercaban al mostrador y pedían dos vasos de cerveza. Indigo, que acogió aquel escrutinio con su inveterada irritación, empezó a murmurar, pero Joe se limitó a sacudir la cabeza y se bebió su cerveza. Al cabo de un rato le preguntó al hombre que atendía al mostrador:
—¿Esperan acaso la llegada del recaudador de impuestos?
El hombre sacudió la cabeza y guardó un lúgubre silencio. Indigo se acercó a la bandeja de los bocadillos y cogió los suficientes para alimentar a un pelotón de reclutas hambrientos. En aquel momento se abrieron las puertas del «saloon» y entraron dos hombres. Uno de ellos era Henry Bonnick, y cuando vio a los dos amigos en el mostrador se volvió hacia los hombres que estaban sentados como si creyera necesaria una explicación.
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—Estos dos hombres son de fiar —dijo—. Les conozco y respondo por ellos. —A continuación se acercó a Joe acompañado por el otro hombre—. Le presento al sheriff Foshay, amigo.
Joe alargó la mano al sheriff y se presentó a sí mismo, incluyendo a Indigo en la ceremonia con un gesto. El sheriff era un individuo de aspecto simpático, pero acogió a los dos amigos con evidente reserva.
—Henry —dijo—, ¿dijiste que habían llegado del Sur?
Joe, dándose cuenta de que el sheriff les miraba suspicazmente, se apresuró a aclarar:
—La última parada que hicimos fue en Batwin, pero pasamos el invierno en el Triangle S Bar, cerca de Three Falls.
El sheriff frunció el entrecejo.
—¿Triangle S Bar? Ese es el rancho de Bill Farow, ¿no es cierto? —No. El dueño es Jim Gaines. Y el capataz Clubfoot Rhine.
Joe sabía que el sheriff había intentado tenderle una trampa. Los modales del representante de la ley se hicieron más amistosos. Dirigiéndose al encargado del mostrador, ordenó:
—Otra ronda. Bueno, siempre me alegra ver caras nuevas por aquí. ¿Piensan quedarse mucho tiempo?
—Depende —respondió Joe, sin comprometerse. Miró a Bonnick.
—Se lo he contado —explicó Bonnick en voz baja—. Se lo he contado todo.
El tono del sheriff se hizo más grave.
—No soy quién para decirles lo que han de hacer, muchachos. Me gustaría verles establecidos en la región. Al mismo tiempo, tengo que admitir que pueden verse comprometidos en una peligrosa situación. Tal vez saben ya lo que sucede.
—Hemos visto un montón de artillería —admitió Joe—. Y oído algo acerca de un pueblo llamado Plaza San Felipe.
El sheriff bebió su cerveza. Era un hombre de movimientos lentos, transparentemente honrado y que procuraba ser justo.
—Este pueblo —observó— ha sido cabeza de partido desde hace cincuenta y seis años. En otra época era un pueblo importante, como pueden apreciar. —Señaló las paredes del «saloon», de las cuales colgaban una serie de cuadros—. Sí, Smoky River conoció una gran prosperidad. Ahora no es más que un pueblo moribundo. En aquella época, la Plaza era una simple choza de adobes habitada por unos cuantos maleantes. Pero empezaron a llegar mineros, y Plaza creció hasta convertirse en un pueblo. Querían ser
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cabeza de partido, sustituyendo a Smoky River. En las últimas elecciones se votó el asunto y perdieron. Pero… siguen queriéndolo.
—No son más que un puñado de cuatreros y de perdonavidas —intervino Bonnick—. El propio Slash LeGore…
—No diré nada acerca de eso —le interrumpió el sheriff—. En plan no oficial, no puedo hablar mal de ningún pueblo ni de ningún hombre. —Miró pensativamente a Joe—. Puede usted leer la historia con sus propios ojos, amigo. Pueden presentarse dificultades en las que ustedes no tienen nada que ver. ¿Por qué habrían de mezclarse en ellas? Es preferible que se mantengan al margen. Los muchachos están un poco nerviosos, pero confío en que todo se arreglará. Me alegro de haberles conocido. Si necesitan algo que está a mi alcance, no vacilen en recurrir a mí.
Se marchó, seguido por Bonnick. Se oyó el rápido galope de un caballo a lo largo de la calle, provocando una evidente excitación en el interior del «saloon». Luego entró un muchacho cubierto de polvo de pies a cabeza y respirando agitadamente.
—Nadie puede acercarse a Plaza —anunció—. Pero he estado observando desde la ladera de la colina. He visto caballos y hombres, montones de ellos. Van a venir. ¡Seguro que van a venir!
La noticia fue acogida en silencio. A Joe le pareció que el espíritu de lucha de Smoky River estaba embotado por un miedo subterráneo. Indigo, siempre rápido en captar aquella clase de debilidad, murmuró desdeñosamente:
—¿Qué clase de rebaño es éste? —Luego, dejando caer los restos de un bocadillo, levantó la voz—: ¡Dejadles que vengan! ¡El infierno está lleno de fanfarrones como ellos!
—Hablar cuesta muy poco —rezongó el portador de malas noticias. —¿Eso crees? —inquirió Indigo amablemente—. Mira, hijo, la primera
vez que me expulsaron de un condado tú no habías nacido aún. He visto muchas Sodomas levantarse orgullosamente en el desierto… y las he visto caer, derribadas por un puñado de hombres resueltos. Plaza San Felipe canta una canción tan vieja como las colinas.
—Vamos —dijo Joe—. Ya has hecho tu discurso.
Salieron del «saloon», se encaminaron hacia la dudosa sombra del porche del hotel y se sentaron. Un hombre solitario dormitaba en una mecedora en el extremo más alejado del porche, pero Joe estaba demasiado preocupado para dirigirle más que una mirada casual. Indigo, sumergido en los embrollados asuntos del pueblo, ni siquiera vio a aquel hombre. A pesar de todos sus fallos
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temperamentales, Indigo era un estratega de primer orden, un eminente táctico de la guerra en la pradera. Sus ojos pálidos se movieron de un lado para otro, observando y calculando.
—Esos individuos lo están haciendo todo mal —concluyó finalmente—. Si los hombres de Plaza son tan ruines como dicen, no vendrán por el camino del puente. Serían unos imbéciles exponiéndose de ese modo. Vadearán el río por otro lugar, y caerán sobre el pueblo por la espalda. Y nosotros estaremos demasiado desperdigados por los edificios. Nos estorbaremos mutuamente con nuestro propio fuego. Tenemos que organizamos rápidamente.
—¿Tenemos? —gruñó Joe—. ¿Quién te ha dado vela en este entierro? —Supongo —replicó Indigo, en tono sarcástico— que te quedarás
sentado contemplando cómo los hombres de Plaza se hacen los amos de este pueblo… ¿No te das cuenta de la injusticia que está a punto de producirse?
—No es asunto nuestro —insistió Joe. —Supongamos que ese LeGore viene con ellos…
Joe no tenía ninguna respuesta preparada. Sacudió la cabeza, con aire pensativo. El hombre sentado en el rincón del porche se levantó y se marchó precipitadamente, mirando de soslayo a los dos amigos por debajo de un ajado sombrero negro. Joe captó el perfil achatado de un rostro y se sobresaltó ligeramente. Trató de verle más de cerca, pero el hombre le daba ya la espalda. El resonar de los cascos de un caballo sobre el puente advirtió de nuevo a Smoky River, y una muchacha, la muchacha del rancho solitario, continuó su galope hasta llegar al establo. Inclinándose en la silla, preguntó:
—¿Está mi padre aquí?
El sheriff Foshay salió de una tienda situada enfrente del establo; la muchacha desmontó al amparo de la sombra. Su rostro tenía una expresión preocupada. Eran padre e hija, indudablemente, y ambos poseían el mismo sello de sinceridad y de honradez. La muchacha habló con el sheriff en tono vehemente, acentuando sus palabras con rápidos gestos de sus manos. Foshay sonrió y sacudió repetidamente la cabeza. Así ocupados, se encaminaron hacia la tienda.
Por el otro extremo apareció Henry Bonnick. Trepó al porche del hotel y miró a su alrededor.
—He decidido vender —anunció, con voz susurrante—. Luego echaré a correr como alma que lleva el diablo. Vamos. Lo tengo todo preparado.
Cruzó la calle, seguido por los dos amigos, y se metió en un portal caldeado como un horno. Subió la escalera hasta el segundo piso y llamó a
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una puerta. Les abrió un hombre obeso, reluciente de grasa y empapado en sudor. Detrás de él había un escritorio lleno de libros y papeles.
Henry Bonnick habló apresuradamente.
—Quiero dejar arreglado esto en seguida. La propiedad es buena. No tiene una sola hipoteca. Los impuestos están pagados. Todo está en orden. Lean el documento de venta, si desean hacerlo, pero no perdamos tiempo.
Joe miró a Indigo, y ante su gesto de asentimiento, tomó la pluma. Bonnick ya había firmado. Joe estampó su nombre con una letra clara y angulosa y le pasó la pluma a Indigo, el cual garabateó algo indescifrable. Cuatrocientos dólares cambiaron de manos. El leguleyo se secó el sudor, firmó en calidad de testigo y murmuró algo acerca de buscar más tarde a un segundo testigo. Entregó los documentos a Joe y se puso en pie con el gesto de alguien que ha permanecido debajo del agua más allá de los límites de la resistencia humana.
—Vámonos de aquí antes de que me derrita. Me ocuparé de registrar la venta. Les veré a ustedes en el hotel.
Una vez en la calle, Bonnick suspiró.
—Esto ha sido mi hogar durante muchos años, amigos. No puedo decir que me alegra el marcharme. Pero soy ya demasiado viejo para continuar en esta región. Tengo un hijo en Nebraska. Me iré a vivir con él. —Hizo una breve pausa, y luego formuló una extraña petición—. Les agradecería que al llegar el otoño me escribieran una carta. Pueden enviármela a Hastings. Sólo quiero que me digan si hay buena pesca en el Smoky y si aquel viejo lobo gris baja a través del cañón. Así tendré algo en que pensar.
—Cuente con ella —dijo Joe, con repentina aspereza—. ¿Quiere que le acompañemos hasta el ferrocarril?
Bonnick rechazó el ofrecimiento.
—Llamaríamos demasiado la atención. Bueno, estoy perdiendo el tiempo.
Adiós. Desde luego, han hecho ustedes una buena compra.
Joe bajó la voz.
—¿Quién es el individuo de rostro achatado y sombrero negro que estaba en el porche del hotel hace unos instantes? Ahora va por allí…
Bonnick no se volvió a mirarle. Pero sus hombros se estremecieron ligeramente y el temor asomó a sus ojos.
—Nig Gilpin. ¡Oh! Tengo que marcharme antes de que sea demasiado tarde. No se fíen de nadie de este pueblo. No crean que todos luchan por Smoky River. Nadie sabe quién está actuando por cuenta de LeGore. Adiós.
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Se marchó apresuradamente, entró en el establo y volvió a salir casi inmediatamente a caballo. El puente retembló a su paso; apareció un instante en la orilla opuesta, luego dio la vuelta al recodo del río y quedó oculto a la vista. Joe, mirando atrás para observar a Gilpin, descubrió que se había evaporado.
Eran casi las cuatro de la tarde, y el calor del día había alcanzado su punto culminante. Su intensidad tropical gastaba extrañas jugarretas a la vista y a la sangre; la atmósfera era tan densa que llegaba a hacerse visible, las paredes de los edificios pinchaban las manos al ser tocadas y los hombres que tenían necesidad de salir a la calle andaban con una exagerada lentitud.
El sheriff Foshay salió de la tienda con su hija: al parecer trataba de convencerla para que regresara al rancho; al final levantó una mano señalando el puente. Pero la muchacha sacudió la cabeza, en vista de lo cual el sheriff llamó a alguien que se encontraba en el establo. Inmediatamente salió un joven pelirrojo, participó brevemente en la conferencia y entró en la tienda con la muchacha. Foshay desapareció en el interior del establo.
—¡Están llegando!
El aviso cayó como una bomba. La puerta del «saloon» vomitó hombres, lo mismo que las esquinas y aberturas, que corrieron hacia el establo. Desde un portal, una mujer gritó:
—¡Jim! ¡Jim Styles! ¡Ven aquí!
Otros hombres se apartaron del grupo y se metieron en las casas contiguas. Algún individuo excitable empezó a tañer la campana de la iglesia, sin que Joe comprendiera el motivo, y otro empezó a disparar alocadamente desde la ventana de un segundo piso. El sheriff salió del establo gritando:
—¡Basta de ruidos inútiles, estúpidos! ¡Quiero a todo el mundo aquí, inmediatamente! ¡He de deciros algo!
Indigo miró a Joe con aire interrogador.
—¿Qué opinas del asunto?
Joe sacudió la cabeza.
—Nos mantendremos al margen… mientras podamos. Estoy convencido de que nos veremos obligados a escoger, tarde o temprano, pero el Señor odia al hombre que toma sus decisiones precipitadamente. Necesitamos algún pretexto mejor que el ocio para mezclarnos en esto. Estoy un poco preocupado por el sheriff Foshay, eso es todo. ¿Cómo podemos saber que Plaza no sería mejor cabeza de partido que Smoky River?
—¡Diablo! —exclamó Indigo—. Hablas como un libro. Pero otras veces te has metido en jaleos con menos pretextos que ahora.
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Joe suspiró. Transcurrió un largo rato antes de que contestara.
—Lo sé. Pero tengo la impresión de que tendré que enfrentarme con LeGore antes de que pase mucho tiempo, Indigo. Es un presentimiento cada vez más intenso. Y no quiero tener sobre mi conciencia el hecho de haber sido yo el que ha iniciado la pelea.
El sheriff se dirigió a los hombres reunidos en el establo con voz tan fuerte que sus palabras llegaron hasta los dos amigos.
—Muchachos, parece que vamos a tener dificultades. Pegaos a vuestras armas y a vuestros puestos. Pero no quiero que se haga un solo disparo hasta que yo haya hablado con esa pandilla. No quiero que nadie dé un paso en falso, proporcionándoles un pretexto para empezar a disparar. Lo que hacen esos hombres es ilegal, pero ello no nos concede el derecho a violar la ley. Hablaré con ellos y trataré de convencerles. Si no lo consigo… bueno, resistiremos, y que Dios nos ayude.
La última frase resonó solemnemente a través de la calle. Joe asintió, con un brillo en los ojos.
—El sheriff Foshay es todo un hombre.
El grupo se disolvió. Foshay señalaba a cada uno el lugar que debía ocupar, dándole una última advertencia. Súbitamente pasó junto al hotel y, al ver a los dos amigos, se detuvo.
—Este asunto no tiene nada que ver con ustedes, muchachos —dijo—. Será mejor que se marchen del pueblo o que se oculten. Si les sucediera algo me sentiría responsable de ello.
—Nos quedaremos —afirmó Joe—, pero no levantaremos un solo dedo, a menos… —Y agitó un brazo con un gesto indefinido.
El sheriff miró fijamente a Joe, reconociendo en él a un hombre de su mismo temple. Se comprendían el uno al otro y se respetaban mutuamente.
—¿A menos… qué? —inquirió Foshay.
—A menos —murmuró Joe— que LeGore haga un movimiento personal contra mí, no tendré en cuenta el hecho de que me ha advertido, a través de Bonnick, que no me quedara en esta región. No quiero chocar con él, pero si se empeña en encontrarme y me desafía de un modo directo, tendré que contestarle.
—Un hombre debe obrar de acuerdo con sus convicciones —respondió gravemente el sheriff, y se marchó.
Los débiles y los miedosos abandonaban el pueblo. De vez en cuando, a medida que avanzaba la tarde, un jinete solitario cruzaba el puente y desaparecía en el desierto. La tensión iba en aumento. Algunos hombres
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salían de sus puestos y paseaban unos instantes por la calle para templar sus nervios. Una carreta, transportando a toda una familia, pasó junto al hotel; el conductor, sin sombrero, azotaba a los caballos con el extremo de las riendas. Las puertas estaban cerradas, las persianas echadas.
El sheriff había vuelto a pasar por delante del hotel, acompañado por el joven pelirrojo. Al lado de la tienda se alzaba el edificio más alto del pueblo, con un rótulo esculpido en una fachada de piedra encima de la puerta: PALACIO DE JUSTICIA—1888. El sheriff y el joven pelirrojo se detuvieron allí e inspeccionaron una barricada que estaba siendo levantada en el interior del edificio. En contraste con aquellos preparativos bélicos, las puertas del «saloon» permanecían abiertas de par en par. Cayeron las seis de la tarde sobre Smoky River, anunciadas por el gong del restaurante.
Indigo había resistido todo lo que su naturaleza le permitía resistir. Pero estaba a punto de estallar, de modo que sugirió que fueran a cenar. Se dirigieron al restaurante y se sentaron en el solitario mostrador. Mientras cenaban, el dueño del restaurante esperaba con desasosiego a unos clientes que no llegaban. Golpeó el gong por segunda vez.
—Lo malo de este pueblo —anunció— es que la gente no come bastante carne. La carne es lo que hace fuertes a los hombres. Yo como una libra de carne todos los días y no le temo a ninguno de esos bandidos de Plaza. ¿Por qué cree que esos tipos de Plaza están tan seguros de sus fuerzas? Porque todos son ladrones de ganado y se comen las reses que roban. Seguro. Voy a…
Joe soltó su tenedor. Indigo se puso en pie de un salto, con la cabeza erguida y los pálidos ojos llameantes. Oíase un rítmico murmullo a lo largo de la endurecida tierra.
Alguien aulló:
—¡Están llegando!
El dueño del restaurante echó a correr hacia la puerta para cerrarla, pero Indigo le apartó a un lado y se asomó al umbral, mirando a una y otra dirección.
—Mira, Joe. ¿No te dije que caerían sobre el pueblo por la espalda? Eso es lo que han hecho.
Joe tiró un dólar sobre el mostrador.
—¿Ves al sheriff por alguna parte?
—Está en los peldaños de la entrada del palacio de justicia.
—Entonces, vamos a regresar al porche del hotel.
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Salieron apresuradamente, oyendo que la puerta del restaurante se cerraba detrás de ellos. La hija del sheriff estaba de pie en el porche del hotel, tratando de no llorar, mientras el joven pelirrojo la tranquilizaba desmañadamente y dirigía ávidas miradas al palacio de justicia. Era evidente que deseaba encontrarse allí, y finalmente se marchó. La muchacha dirigió una mirada suspicaz a los dos amigos y echó a andar detrás del pelirrojo. Pero Joe se plantó delante de ella, sacudiendo la cabeza.
—Creo que a su padre no le gustará que vaya usted allí, señorita —dijo. —¿Quién es usted? —inquirió la muchacha—. ¿No hay nadie en Smoky
River, aparte de mi padre, que tenga el valor suficiente para enfrentarse con esos matones? ¡Déjeme pasar!
—Su padre tiene ya bastantes preocupaciones —dijo Joe—. No quiera usted aumentárselas. Entre en el hotel y espere.
Los hombres del pueblo corrían en todas direcciones a pesar de que les habían sido asignados los correspondientes puestos. Las puertas se abrían y se cerraban y en todas partes resonaba un confuso griterío. La tranquila voz del sheriff Foshay se levantó por encima de aquella barahúnda:
—¡Tranquilizaos, muchachos! Quedaos quietos y no deis pretexto para que hablen las armas. Yo manejaré esto.
De repente, el pueblo se estremeció con el resonar de los cascos de unos caballos lanzados al galope. Un grupo de jinetes apareció por el extremo de la calle; el metal de sus arreos y de sus armas centelleó a los últimos rayos del moribundo sol. Joe les contempló con los ojos entrecerrados, su alto cuerpo tan inmóvil y tan recto como el poste en el cual se apoyaba ligeramente. El grupo de jinetes actuaba con una arrogancia y una seguridad que le enfureció inmediatamente. De vez en cuando, uno de los jinetes se separaba de la columna para apostarse en un portal o en una esquina. No tardaron en llegar a la altura del hotel y allí se detuvieron, envueltos en una nube de polvo amarillento. El individuo de rostro achatado y sombrero negro se apartó un poco del grupo y blandió su puño en dirección al sheriff Foshay.
—Bueno —gruñó—, aquí estoy. No esperaba verme en tan buena compañía, ¿eh? Supongo que reconocerá al pobre peón que trabajaba en su rancho… Las cosas han cambiado. Aquí estoy, Bill Foshay, cantando otra canción.
—Sabía que te unirías a esa compañía a la primera oportunidad que se te ofreciera de hacerlo, Nig —dijo Foshay. El sheriff no se había alterado, pero su voz tenía ahora un leve acento metálico—. Hace mucho tiempo que andas por un mal camino. ¿Sabes lo que estás haciendo? ¿Te das cuenta…?
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—¡Déjese de monsergas! —le interrumpió Gilpin—. No tenemos tiempo para sermones. Ya sabe lo que queremos, ¿no es cierto? Sabe lo que vamos a hacer, ¿no? Bien, háganse a un lado, usted y esa pandilla de conejos asustados que se guarece a su sombra.
—¿De parte de quién estás? —inquirió el sheriff.
—Lo sabe usted perfectamente —gruñó Gilpin—. Háganse a un lado. —Este edificio es el palacio de justicia del condado. Cualquier hombre
que entre aquí sin estar legalmente autorizado, se hará reo de allanamiento de un edificio público. Cualquier hombre que empuñe un revólver y empiece a disparar esta tarde se hará reo de alteración del orden público. Cualquiera de vosotros que provoque un conflicto del cual resulte algún muerto se hará reo de asesinato. Y el asesinato se castiga con la horca, no lo olvidéis. Os aconsejo que lo meditéis y os marchéis por donde habéis venido.
—¿De veras? —inquirió burlonamente Gilpin.
Se volvió ligeramente y miró a los hombres de su grupo estacionados a lo largo de la calle. Levantó los ojos hacia las ventanas de los pisos, hacia las abiertas puertas del «saloon», hacia el establo. Al pasar, sus ojos rozaron a los dos amigos y una maliciosa sonrisa asomó a su feo semblante. Silenciosamente, señaló los puntos débiles del pueblo y una parte del grupo pasó a cubrir el «saloon» y el establo. Unos rifles apuntaron determinadas ventanas. Gilpin cuadró los hombros y volvió a enfrentarse con el sheriff.
—Tenemos el pueblo controlado, Foshay, y usted lo sabe. Hágase a un lado de una vez, o aténgase a las consecuencias. Smoky River lleva tanto tiempo muerto, que hiede como una carroña. Ya no representa al condado; ha dejado de ser el pueblo más importante. Es un cadáver. Plaza va a llevarse los archivos y se convertirá en cabeza de partido. Si se produce alguna muerte, el único responsable será usted. Y si hay algún juicio por asesinato, a partir de ahora se celebrará en Plaza. ¿Se da cuenta? ¿Cree que algún jurado o juez de Plaza va a condenar a un hombre de Plaza? Piénselo.
Pero el sheriff Foshay movió obstinadamente la cabeza, denegando. Estaba en pie, blanco de cuarenta revólveres, sería el primero en caer. Hacerse a un lado significaba para él seguridad, vida, todas las cosas deseables. El resto de los hombres de Smoky River imitarían su gesto, ya que lo único que galvanizaba su voluntad de lucha era el obstinado espíritu del sheriff. Su alta figura se recortaba contra el umbral del palacio de justicia. No podía hacerse a un lado; llevaba la insignia que representaba la Ley. Ni siquiera se le ocurrió pensar en otra posibilidad. Hacerse a un lado significaría traicionar el orden
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establecido, negar la razón de ser de su cargo. De modo que sacudió la cabeza.
—No podéis invadir el palacio de justicia, muchachos. No lo permitiré. Hay un modo legal de hacer las cosas y un modo ilegal. Vosotros habéis escogido el ilegal. Regresad a vuestras casas y votad por Plaza en las próximas elecciones: ése es el modo legal. —Su tono se hizo más incisivo, más imperioso—. ¿Acaso hay algún hombre en Plaza que pueda decir que no le he dado un trato justo? Sabéis perfectamente que no. No sois más que los esbirros de un hombre que ni siquiera está aquí para compartir las dificultades… Regresad a vuestras casas.
—¡Por última vez, Foshay, apártese! —aulló Gilpin—. ¡O le apartaremos nosotros!
—Adelante —dijo Bill Foshay—. No pienso moverme. Soy el responsable de los archivos del condado y nadie se los llevará mientras yo esté con vida.
Joe Breedlove estaba sacudiendo la cabeza cuando el primer disparo estremeció a Smoky River de extremo a extremo, y una sensación de malestar físico se apoderó de él: una sensación que no había vuelto a experimentar desde el remotísimo día en que presenció la primera lucha a tiros. Estaban asesinando a un gran hombre mientras él permanecía con los brazos cruzados. La figura del sheriff Foshay continuó bloqueando la puerta del palacio de justicia unos segundos más; luego se desplomó hacia adelante, rodó por los peldaños y cayó delante del caballo de Nig Gilpin.
Un aullido salvaje rasgó el aire, preludio de un indescriptible pandemónium. Tronaron los revólveres, relincharon los caballos. Joe vio el rostro de Indigo vuelto hacia él, suplicante y furioso; pero continuó sacudiendo la cabeza. Nig Gilpin estaba vaciando su revólver como un loco, haciéndolo oscilar de un lado a otro. Las sillas estaban vacías y el grupo estacionado en la puerta del palacio de justicia se había disuelto ante la furia del ataque de los hombres de Plaza; los cristales caían a trozos desde las ventanas de los pisos altos, y un hombre entró tambaleándose en el «saloon», agarrándose el vientre con las dos manos.
Un grito de mujer vibró a través de los ecos más brutales; la hija del sheriff Foshay salió corriendo del hotel, apartó furiosamente el brazo con que Joe trató de detenerla y se precipitó hacia el lugar donde yacía su padre.
En aquel preciso instante, y procedente de la parte trasera del pueblo, apareció un magnífico caballo castaño, montado por Slash LeGore, erguido e
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imperturbable. Llamó a sus hombres sin que pareciera alzar la voz, pero ellos la oyeron, tal era su intensidad.
—¡Basta, muchachos! Ya se ha derramado bastante sangre. ¡Basta de disparos, Gilpin! Has obrado mal. Te has dejado llevar por el deseo de vengar un agravio personal, y más tarde hablaremos de ello. ¡Alto el fuego, Smoky River! Podríamos arrasar este pueblo, si quisiéramos, pero no deseamos llevar las cosas hasta ese extremo. Alto el fuego. Apartaos de las ventanas y despejad la entrada del palacio de justicia. Sólo queremos llevarnos los archivos. ¿Alguien desea morir por unos cuantos legajos polvorientos de papel?
Foshay había desaparecido, y con él la voluntad que había provocado la resistencia de Smoky River. No se levantó una sola voz, excepto la del joven pelirrojo que estaba apoyado contra una pared sangrando por un brazo y maldiciendo a Gilpin con todas sus fuerzas. LeGore hizo un ademán.
—De acuerdo. Entrad a por los archivos. Traed también un par de carretas del establo. Daos prisa.
Los hombres de Plaza se apresuraron a cumplir aquellas órdenes. Slash LeGore se detuvo unos instantes junto al cadáver del sheriff, y pareció divertirse ofreciendo un blanco perfecto a cualquier rebelde o descontento de Smoky River. Un hombre sin nervios; siniestro y poderoso. Luego echó a andar lentamente calle arriba, y al pasar por delante del porche del hotel se enfrentó con los amigos con un brillo que implicaba reconocimiento en sus ojos.
—Veo que han permanecido al margen de la lucha.
Joe asintió, con el rostro impasible.
—Me equivoqué al juzgarles —continuó Slash LeGore—. Y eso que rara vez me equivoco al juzgar a un hombre… ¿Por qué no intervinieron?
—Por motivos personales.
—Veo que no han seguido mi consejo y que le compraron sus terrenos a Bonnick.
—Parece usted saber todo lo que pasa —dijo Joe secamente.
—En efecto. Lo sé todo. El nombre de Slash LeGore significa algo en esta región. Pregunten y se enterarán. Han obrado ustedes juiciosamente al no intervenir en la lucha, pero son lo bastante tontos como para no querer marcharse de la región, a pesar de la advertencia que les hice a través de Bonnick. Por su bien, les aconsejo que se marchen.
—¡Váyase usted al infierno! —exclamó Indigo—. Haremos lo que…
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Slash LeGore ignoró al pequeño Indigo por completo, interrumpiendo su furiosa réplica.
—Yo escojo a la clase de gente que quiero tener aquí. Y ustedes no me parecen deseables como vecinos. Podrían causarme dificultades. Márchense.
—Nos quedaremos —dijo Joe, en tono inexpresivo.
—Eso creo —murmuró LeGore.
Se produjo un breve silencio mientras LeGore contemplaba a sus hombres, que habían traído las carretas y estaban saqueando de un modo sistemático el palacio de justicia. Archivos, ficheros, material de escritorio, mesas, todo era amontonado de cualquier manera en los vehículos. Un grupo se afanaba al pie de la escalinata de entrada tratando de abrir la caja fuerte. Gilpin intentaba llamar la atención a LeGore.
LeGore se volvió hacia Joe.
—Es usted la clase de hombre que puede plantearme dificultades —dijo
—. Por última vez le aconsejo que abandone la región. Si he de volver a aconsejárselo, utilizaré algo más que palabras.
Joe cuadró los hombros. La ira endureció sus facciones y sus ojos llamearon.
—Eso es lo que estaba esperando —replicó fríamente—. Dije que no haría ningún movimiento hostil. Pero los de su clase son veneno para mí. Tenemos que chocar, fatalmente. Pero esperaba a que usted pusiera sus cartas sobre la mesa. Vamos a quedarnos, LeGore. Lo que he visto esta tarde ha bastado para ponerme enfermo. Volveremos a vernos, no le quepa duda.
—Eso espero —gruñó LeGore.
Gilpin se acercó a su jefe y habló con él en voz baja, con un brillo satánico en sus crueles ojos. LeGore, gris y enigmático como un trozo de granito, permaneció con la vista clavada en Gilpin hasta que éste se alejó. Joe, que tenía un gran conocimiento del corazón humano, desdeñó la amenaza que podía representar Gilpin, a pesar de que por su aspecto parecía el más malvado de todo el grupo. La terrible presencia de Slash LeGore empequeñecía todas las demás.
El espléndido caballo castaño dio media vuelta y se llevó al hombre de Smoky River, solo.
Las rudas exclamaciones de Gilpin azotaron a la multitud, las carretas avanzaron a lo largo de la calle y a través del puente. La nube de polvo fue alejándose y un desolado silencio cayó sobre el pueblo, un silencio interrumpido únicamente por los sollozos de la muchacha arrodillada en el polvo junto al cadáver de su padre y llorando su perdida juventud.
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CAPÍTULO III
Las azuladas sombras del crepúsculo descendían suavemente sobre el pueblo, como si quisieran tender un piadoso velo sobre la catástrofe. Los hombres se recobraban lentamente de la impresión que les había causado sentir tan de cerca el cálido aliento de la muerte, envueltos en sus propias emociones. Joe Breedlove, cuyo corazón era rápido en captar la desgracia ajena y cuyos amables ojos veían lo que los hombres no suelen ver, cruzó la polvorienta calle y se inclinó al lado de la muchacha. No dijo nada, ya que no había nada que decir. Pero la obligó a incorporarse con imperiosa amabilidad y la acompañó al hotel, palmeando su hombro con una bronceada mano, tal como hubiera consolado a una niña. La muchacha subió a ciegas los escalones del porche y cruzó a ciegas la puerta del hotel. Ni siquiera vio la silla a la cual la condujo Joe, una antigua mecedora: se dejó caer en ella, simplemente. Otros hombres, al tratar de tranquilizarla no hubieran hecho más que hurgar en la herida recién abierta. Joe se sentó a su lado y balanceó lentamente la mecedora. Un movimiento insignificante. Pero el hombre de las sienes plateadas conocía el poder que tienen las cosas insignificantes. Lo sabía por experiencia. Aquella leve oscilación contribuiría a desentumecer, hasta cierto punto, la intensa agonía de la muchacha.
No se equivocaba. La morena cabeza cayó hacia adelante, sobre un brazo de la mecedora, sostenida por un puño crispado, mientras el llanto fluía libremente de los ojos grises. Entraron unos hombres. Joe sacudió la cabeza y volvieron a marcharse de puntillas. El dueño del hotel rascó un fósforo para encender una lámpara, pero un ademán de Joe le hizo desistir y dejó el lugar sumido en una semioscuridad. De vez en cuando, Joe acariciaba con sus delgados dedos las sienes de la muchacha, recordando la época en que su madre lo había hecho y él había olvidado sus desdichas infantiles. Recordando, también, su propia breve hora de romance cuando otra muchacha, pálida y emocionada a la luz de la luna, había llorado sobre su hombro. Hasta tal punto los esquemas de la vida se repetían a sí mismos en esta transitoria existencia. Los hombres estaban hechos para soportar la rápida tragedia del mundo; las mujeres eran distintas. Esta noche, aquella muchacha estaba dejando algo maravilloso y tierno detrás de ella, algo que no recobraría nunca.
Entró el joven pelirrojo. Joe se puso en pie y le empujó hasta el porche. —Ahora no, hijo —murmuró—. Déjala un rato sola. ¿Qué puedes decirle
que le sirva de ayuda?
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El joven protestó.
—¡Voy a perseguir a esos bandidos mientras quede un adarme de vida en mi cuerpo! ¡Voy a matar a Gilpin! ¡Eso es lo que voy a decirle!
—Y cada una de tus palabras la golpeará como un martillo —afirmó gravemente Joe—. Esta noche no puedes decírselo, muchacho. Supongo que la amas. Si es cierto, piensa un poco más en ella. Esta noche tienes que ocupar el lugar de su padre. Es posible que no seas capaz de hacerlo, pero tienes que intentarlo. Vuelve dentro de un rato y llévala a casa. No le hables de venganza hasta que lo hayas consultado con la almohada. Deja la muerte para aquellos que ya han sido manchados por ella. Por mucha razón que tengas al matar, la vida de otro hombre es un peso muy duro de soportar en la conciencia. ¿Qué te pasa en el brazo?
—Nada —murmuró el joven—. Una rozadura de bala. ¡No me hable de matar! ¡He vaciado una silla, y hubiera deseado vaciarlas todas!
—Consúltalo con la almohada —repitió afablemente Joe—. Y no dejes que el rencor asome a tus labios cuando hables con ella. Lo que necesita es ayuda.
El joven pareció dominar sus impulsos.
—Lo sé. Habla usted como su padre. Bill Foshay siempre habló con nobleza. Gracias. Volveré dentro de un rato.
Se marchó. Joe se quedó de pie en el porche, contemplando los peldaños de la entrada del palacio de justicia. Un grupo de hombres había transportado el cadáver del sheriff al interior del edificio. Otros grupos recorrían la calle con linternas, deteniéndose junto a los cuerpos caídos en el polvo, Cuatro hombres habían muerto durante el breve tiroteo. Indigo salió de la oscuridad del porche y se aclaró la garganta. La punta de su cigarrillo dejaba un rastro luminoso en la penumbra.
—Tú y yo llevamos mucho tiempo juntos, Joe. Estando sobrio, nunca te he reprochado nada. Tal vez hayas obrado de acuerdo con tu conciencia. Siendo así, no te lo reprocho y no volveré a hablarte del asunto, pero nunca me convenceré de que hicimos bien quedándonos cruzados de brazos mientras asesinaban al sheriff. Fue una conducta muy poco gallarda.
—Es posible —suspiró Joe—. Pero no se trataba de un problema de conciencia, Indigo. Cuando Gilpin disparó estaba a punto de intervenir. Pero, ¿ves aquellas dos ventanas del edificio contiguo al palacio de justicia…, las que dominan este porche en línea recta?
—Sí.
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—Cuando los hombres de Plaza aparecieron por el extremo de la calle, asomó el cañón de un rifle por cada una de ellas. Tú no los viste; yo sí. Uno de los rifles apuntaba directamente a los botones de tu camisa. El otro apuntaba a mi hígado. Estaban esperando que diéramos un paso en falso.
—¡Diablos! —gruñó Indigo—. Creí… ¡Soy un estúpido! Pero, ¿cómo pudieron subir hasta allí con tanta rapidez los hombres de Plaza?
—No subieron. Los hombres apostados en aquellas ventanas eran de Smoky River. Este pueblo está lleno de traidores.
—Si la gente sana no se decide a marchar contra Plaza y barrerlo del mapa…
—No lo harán. Al morir Foshay, desapareció la voluntad que aglutinaba las energías de Smoky River. Están asustados como conejos. Si otro hombre como el sheriff se pusiera al frente de ellos, tal vez lo intentarían, pero no queda otro hombre como él. Y no les reprocho que estén asustados de Slash LeGore. A mí también me inspira temor.
—No digas eso —protestó Indigo—. Sabes perfectamente que no es cierto.
En aquel momento llegó un jinete a través del puente y se encaminó directamente al palacio de justicia. Dirigiéndose a los hombres reunidos allí, anunció:
—Mi carromato casi aplastó a un hombre muerto a cuatro millas de aquí. Es Henry Bonnick y le dispararon un tiro en la cabeza. ¿Dónde está el sheriff?
El brazo de Joe se levantó y volvió a caer en las sombras.
Tras un largo silencio, uno de los hombres de Smoky River dijo:
—¡Dios mío! ¿También a él le han matado? Mire, Kearwill, el pueblo está lleno de hombres muertos. Los hombres de Plaza cayeron sobre nosotros como una tonelada de dinamita y se marcharon con los archivos del condado.
—De modo que finalmente se han decidido… —murmuró Kearwill—. Hace mucho tiempo que lo sospechaba. Me pareció oír disparos cuando me acercaba. He dejado a un hombre junto al cadáver de Bonnick hasta que alguien vaya allí. Será mejor que advirtamos a Foshay.
—Foshay ha muerto —murmuró su interlocutor—. Le asesinaron. —¡Foshay!
—Bonnick tendrá que quedarse allí esta noche. Aquí no queda ninguna autoridad. Eso es tarea del coroner, y Doc Spears se ha marchado esta tarde a atender a un paciente. No regresará hasta muy tarde.
Kearwill empezó a murmurar algo que quedó ahogado por un creciente estrépito que procedía del puente. Una larga hilera de carromatos acababa de
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cruzar el río y se había detenido en la calle; diez o doce vehículos enormes, arrastrados por mulas. Las blasfemias de los muleros mientras desuncían los animales constituyeron un nuevo pálpito de vida a través de Smoky River. Una vez desuncidas, las mulas entraron en el establo. Salieron mulas de refresco.
La pregunta de Joe detuvo a un hombre que pasaba por delante del porche del hotel:
—¿A quién pertenecen estos carromatos?
—A una compañía que efectúa el transporte desde el ferrocarril hasta las minas de las colinas. Cambian de tiro aquí, desayunan a las cuatro de la mañana en Plaza y llegan a las minas a la salida del sol. Puede usted poner su reloj en hora guiándose por ellos.
Indigo volvía a mostrarse inquieto.
—¿Y bien, Joe?
—Sí. Vamos a intervenir en esto. Empezaremos desde el lugar donde mataron a Bonnick. Pero será mejor que esperemos a que llegue el coroner y le acompañemos. Entretanto, iremos a echarnos un rato. Quiero meditar en lo que he visto hoy. ¿Ves el final de esto, Indigo? El final ha de vernos a Slash LeGore y a mí, uno enfrente de otro, con un revólver en la mano. No sé quién asesinó a Bonnick ni sé qué significa todo esto. Pero sé que el camino termina con LeGore y conmigo.
En completo silencio, se dirigieron al restaurante, tomaron café y se encaminaron al establo, dejándose caer sobre un montón de paja.
—Cuando llegue el coroner —le dijo Joe al vigilante del establo—, avísenos.
Indigo empezó a roncar casi inmediatamente, mientras Joe Breedlove, tendido sobre su espalda, contemplaba la negra bóveda del techo. Su sensitiva mente recordaba claramente todas las escenas: Bonnick marchándose precipitadamente de Smoky River, la alta y delgada figura de Bill Foshay irguiéndose por encima de los forajidos y luego desplomándose sin vida, su hija llorando arrodillada en el polvo. Un hombre con menos imaginación hubiese podido apartarlas a un lado; pero en Joe ardían cada vez con más intensidad, despertando un frío furor. El grisáceo rostro de LeGore apareció ante él y un escalofrío recorrió su cuerpo. El que a hierro mata a hierro muere. Durante toda su vida, Joe había tratado de encontrar la paz que deseaba, y sin embargo, se encontraba siempre aislado dentro de un torbellino de violencia. Algún día caería. Este podía ser para él el final del camino: LeGore era el mejor de los dos.
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No había amanecido aún cuando el vigilante del establo se acercó gruñendo al lecho de paja de los dos amigos. El buggy del doctor Spears aguardaba en la calle, y el propio doctor estaba desayunando. Los dos amigos se lavaron en la bomba y se dirigieron apresuradamente al restaurante, donde encontraron a Spears, un hombrecillo canoso que tomaba café a la luz de la lámpara. También estaban allí el joven pelirrojo y otro hombre del que Joe receló instintivamente. Una lacónica presentación reveló que este último individuo era un comisario llamado Cash Cairns. En él no había nada imponente; era todo piel y huesos, tenía la tez cetrina y los ojos apagados. Saludando a los recién llegados con un simple gruñido, terminó su desayuno y salió a la calle. Spears aprovechó su ausencia para interrogar al pelirrojo.
—¿Dónde estaba Cairns durante el tiroteo?
—Fuera del pueblo.
—Me lo imaginaba. Bueno, vámonos.
El doctor y el joven montaron en el buggy, en tanto que los dos amigos y Cairns seguían detrás. Spears hizo una seña a Joe para que se acercara a hablar con él.
—Siendo ustedes forasteros, ¿qué interés tienen en Henry Bonnick?
—Le compramos su propiedad —explicó Joe—. Le advirtieron que no vendiera, pero él aprovechó la oportunidad y se marchó. Por eso le asesinaron.
—¿Quién le advirtió que no vendiera? —inquirió el doctor.
Joe sacudió la cabeza.
—¿A usted qué le parece? Juzgue por sí mismo. La primera sospecha será la correcta.
Repentinamente, el doctor se puso rígido y golpeó la baranda del buggy con el puño cerrado.
—¡He visto enterrar a demasiados hombres en los últimos cinco años! Todos los rastros conducían al mismo hombre. Me gustaría poder librarme de la mitad de mis años. ¡Seguiría ese rastro!
Al romper el día llegaron al primer recodo del río y se detuvieron ante un cuerpo tendido en medio del camino. El hombre al que Kearwill había dejado de vigilancia salió de detrás de un peñasco, gruñendo:
—Creí que no iba a venir nadie. La próxima vez se quedará otro vigilando al muerto. Que no cuenten conmigo.
El doctor se inclinó sobre el cadáver de Bonnick. El pelirrojo no se movió del asiento del buggy, después de todo lo que había sucedido la noche
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anterior, aquella escena no le impresionaba en lo más mínimo. Tampoco Cairns desmontó.
—Le dispararon un tiro y le robaron todo lo que llevaba encima —declaró el doctor.
—Un caso evidente de atraco —intervino Cairns—. Ocurre todos los días.
Bonnick tenía que saber a lo que se exponía.
El doctor miró a Joe con los labios fuertemente apretados. Movió un brazo, y los dos amigos transportaron a Bonnick a la parte trasera del buggy y le cubrieron con un trozo de lona. El doctor Spears trepó al asiento.
—Nosotros nos quedamos aquí —anunció Joe—. Le veremos a usted más tarde.
El doctor comprendió.
—Buena suerte —murmuró—. Me gustaría tener unos años menos para acompañarles.
El pelirrojo captó el significado de aquellas frases y empezó a apearse del buggy.
—¡Quieto! —dijo Joe—. No tienes ningún caballo y esto no es asunto tuyo. Quédate junto a la muchacha hasta que regresemos.
El buggy emprendió la marcha. Cairns se rezagó un instante. Su rostro tenía ahora una expresión suspicaz.
—¿Cómo puedo saber que no están metidos en esto? —inquirió—. ¿Qué se proponen hacer?
—No ha crecido usted bastante para hacer preguntas —replicó secamente Indigo—. Piérdase de vista.
—Yo no me metería en camisa de once varas —gruñó Cairns. Se irguió en la silla y miró fijamente a los dos amigos. Antes de espolear a su caballo, lanzó una última advertencia por encima de sus hombros—: En esta región, los cementerios están llenos de personas demasiado curiosas.
Indigo se limitó a rezongar:
—Tú ni siquiera mereces un entierro decente. Eres carnaza para los buitres.
Pero el comisario se encontraba ya fuera del alcance del oído.
Joe cabalgó a lo largo del camino, con los ojos clavados en el polvo mientras la luz de la mañana se hacía más intensa. De repente hizo una seña a Indigo para que se acercara.
—Aquí hay una huella muy rara. Echale una mirada.
Indigo se deslizó de la silla y se agachó hasta que su puntiaguda nariz casi tocó la huella.
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—Este caballo no llevaba herraduras, Joe. Iba descalzo. A estilo indio. Y por aquí no hay indios.
—Vamos a seguir el rastro.
Lo siguieron por espacio de una milla. En aquel punto, el rastro del caballo descalzo giraba bruscamente para penetrar en el desierto. En aquel punto, también, las huellas del caballo de Bonnick trazaban un repentino círculo de sur a norte y retrocedían hacia Smoky River.
—El asesino —dijo Joe— estaba oculto detrás de algún enebro, esperando. Al llegar aquí, Bonnick le vio y dio media vuelta, tratando de regresar al pueblo; estaba asustado. El caballo descalzo salió detrás de él, y al llegar al recodo del río el asesino disparó. Ahora, vamos a ver lo que hizo el caballo descalzo a continuación.
El paso de los carromatos había borrado casi por completo el rastro de perseguido y perseguidor, pero los dos amigos consiguieron localizarlo en el punto en que ambos se habían salido ligeramente del camino. Trazando amplios círculos en el desierto y tomando como eje el lugar del asesinato, dieron finalmente con las huellas que se dirigían en línea recta hacia las colinas del este.
—Hacia Plaza San Felipe —murmuró Joe.
—¿Y bien?
—Vamos a seguir el rastro, Indigo. Encontraremos al caballo y al hombre que lo montaba.
—¿LeGore? El caballo que montaba cuando llegó a Smoky River no iba descalzo.
—Tal vez no. El asesino puede ser otro. ¿No te diste cuenta de que Gilpin se perdió de vista cuando Bonnick se marchaba del pueblo, ayer tarde? Él, o LeGore, o algún otro hombre. No importa. Al final, el rastro conduce a LeGore. Vamos.
Media milla más adelante vadearon el Smoky por un lugar muy poco profundo. El sol brillaba ahora sobre sus cabezas y el polvo se había convertido en una tortura contra la cual no podían defenderse. Smoky River quedaba cada vez más a la izquierda y detrás de ellos. Pero el rastro del caballo descalzo continuaba manteniéndose en línea recta. Sin embargo, al cabo de tres cuartos de hora, los dos amigos llegaron a un punto en que las huellas describían un amplio semicírculo, y poco después se encontraban en un camino hollado por los carromatos de carga y por el grupo de jinetes que habían llegado a Smoky River procedentes de Plaza. Allí se perdía el rastro del caballo descalzo.
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Indigo se volvió a mirar hacia Smoky River. Joe sacudió la cabeza.
—El asesino se unió aquí a los jinetes de Plaza, ayer tarde —anunció—. Y probablemente les acompañó a Smoky River para participar en el ataque.
—En cuyo caso —dijo Indigo—, el caballo descalzo se encuentra ahora en Plaza o en sus alrededores. Pero, si anoche estaba con aquella pandilla, ¿cómo es que no lo vimos?
—Ni tú ni yo prestamos mucha atención a nadie que no fuera Gilpin o LeGore.
—Y ni el uno ni el otro montaban un caballo descalzo. ¿Descarta eso a esos dos buitres? Tal vez sí, tal vez no. De todos modos, el pueblo al que tenemos que echar una mirada es Plaza. Y no va a resultar fácil. Nadie va a entregarnos las llaves de la ciudad, Joe.
Continuaron avanzando a través de la abrasadora atmósfera. Detrás de ellos, Smoky River fue perdiéndose de vista; delante apareció Plaza San Felipe como un trazo de carbón dibujado a través de la base de una colina requemada por el sol. Joe lo contempló unos instantes con los ojos entrecerrados.
—No podemos exponernos a que nos localicen desde el pueblo con un par de prismáticos. Y es casi seguro que tienen a un centinela en este camino. De modo que daremos un rodeo para acercarnos por el norte. No creo que esperen a nadie por la puerta trasera de Plaza.
—Uh, uh —gruñó Indigo.
Un par de horas más de camino no significaban nada para los dos amigos, obligados como estaban a aguardar a que se hiciera de noche; sería imposible entrar en Plaza a la luz del día. De modo que iniciaron su rodeo, utilizando todos los arroyos para mantenerse debajo del plano de visibilidad. A mediodía se detuvieron a descansar debajo de un enebro. Hacia el sur, un rastro de polvo señaló el paso de un apresurado jinete que galopaba en dirección a Plaza. Sin pronunciar una sola palabra, los dos amigos ampliaron el círculo y a las seis de la tarde trepaban por una loma ligeramente separada de la cordillera principal, después de un viaje infinitamente caluroso y aburrido. Al otro lado de la loma se encontraba Plaza. Faltaba media hora para que el sol, que encendía en arreboles el oeste, acabara de ponerse; los dos amigos se ocultaron en una depresión del terreno y se dispusieron a esperar.
Joe había permanecido extraordinariamente silencioso e inquieto durante todo el día. Se encontraba en un estado de ánimo que Indigo no había visto nunca en él, a pesar de que llevaban más de dos años viajando juntos. Parecía sumido en desagradables pensamientos, su rostro reflejaba una evidente
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tensión y ni una sola vez, desde la noche anterior, había asomado a sus ojos aquella sonrisa que brillaba en ellos en las peores circunstancias. Cuando el sol se hundió del todo en el horizonte, Joe se volvió gravemente hacia su compañero.
—¿Tienes alguna reserva mental acerca de nuestra expedición? —¿Qué diablos te pasa? —gruñó Indigo.
—Esto no sucedería en un millar de años —murmuró Joe, contemplando las sombras que empezaban a espesarse a su alrededor—. Vamos a meternos en el pueblo de otro hombre y en el juego de otro hombre. Vamos a buscar un caballo en un pueblo lleno de caballos. En cualquier otro momento y en cualquier otro lugar, nos ocuparíamos de nuestros propios asuntos. Esto es dudoso, Indigo. Endiabladamente embrollado. No hemos visto aún dónde empieza y dónde termina. Pero ni tú ni yo podremos vivir en esta región hasta que encontremos a LeGore y zanjemos el asunto. Este es el único motivo de que estemos buscando algo que ni siquiera un tonto buscaría. Es todo lo que tenía que decir.
—Está oscureciendo —respondió lacónicamente Indigo—. Vamos. ¿Se te ha ocurrido algún plan especial?
—No. Haremos frente a las circunstancias a medida que se presenten.
La loma iba quedando absorbida lentamente por las sombras color cobalto. Joe e Indigo descendieron la ladera, trazando amplios zig-zags, hasta que llegaron a una especie de terraplén. Dejando allí sus caballos, completaron el descenso a pie. A menos de cien metros de distancia brillaban las luces de Plaza San Felipe. Indigo, aleccionado por anteriores experiencias, empezó a trazar un plano mental del lugar. Los locales más brillantemente iluminados eran, naturalmente, «saloons». Había siete de ellos a lo largo de la calle principal, dando frente a la loma; la calle parecía ser una continuación del camino que conducía a las colinas pasando por Smoky River. Detrás de aquella calle había otra más oscura, y detrás de ella se extendía una nuera de chozas de adobes: viviendas mejicanas. Unas callejas negras como la pez enlazaban los tres cuerpos de edificios.
—No descuidan la vigilancia —murmuró Joe—. Estoy convencido de que han apostado centinelas más allá del pueblo.
—Mal asunto —gruñó Indigo—. Tenemos que cruzar la calle principal y meternos en aquellas callejas. Desde aquí no puedo ver ningún establo. Pero tratándose de un pueblo dominado por ladrones de ganado y frecuentado por mineros, tienen que haber dos o tres.
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—Primero daremos una vuelta para echarle una ojeada al lugar —dijo Joe
—. Existe una pequeña posibilidad de que localicemos el caballo atado delante de algún edificio. Puede estar en un establo, desde luego. O incluso puede que no se encuentre en el pueblo. Luego buscaremos a Gilpin y a LeGore. Si los encontramos en un lugar favorable, les llevaremos a Smoky River.
—Suponiendo que quieran ir —dijo Indigo.
—No conviene hacer planes con demasiada anticipación —replicó Joe—. Lo mejor es permanecer al acecho de una ocasión propicia. Vamos.
Avanzaron lentamente, adoptando grandes precauciones. Estaban en las afueras del pueblo. Desde el lugar donde se encontraban podían ver el porche de un hotel, ocupado por algunos ociosos. Joe murmuró una palabra de advertencia a su compañero y los dos flanquearon la calle hasta que llegaron a un grupo de corrales. El resplandor de las luces del pueblo apenas iluminaba aquella zona, de modo que los dos amigos se encontraban relativamente seguros y empezaron a dar un rodeo para dirigirse al otro lado de Plaza.
Algo se movió en la oscuridad. Joe e Indigo se dejaron caer al suelo. La oscura silueta de un jinete procedente de las colinas se detuvo muy cerca de ellos. Parecía haber oído a los dos amigos o encontrar algo sospechoso en la zona de los corrales. En voz baja, inquirió:
—¿Quién es?
Los dos amigos contuvieron la respiración. El jinete aguardó unos instantes y luego reemprendió la marcha en dirección a los corrales, pasando a un par de metros de distancia de los dos hombres tendidos en el suelo. El sonido de los cascos de su caballo fue apagándose; Joe e Indigo se levantaron al mismo tiempo, cruzaron rápidamente la calle y llegaron a la parte oscura de un edificio desierto. Siguiendo aquella pared, llegaron a la segunda calle. En el centro de ella había un «saloon»; por su destartalado aspecto, Joe supuso que era frecuentado por mejicanos. Pero en aquel barrio había menos luces y muchos menos transeúntes.
—Esta noche hay un montón de mineros en el pueblo —murmuró Joe—. Creo que si nos mantenemos en la sombra podemos andar por ahí sin llamar la atención.
—Lo malo es que nosotros no tenemos aspecto de mineros —objetó Indigo.
Avanzaron a lo largo de la acera. La claridad procedente de algunas ventanas no era suficientemente intensa para traicionarles. A través de las
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puertas se filtraban retazos de frases en español. Un par de jinetes pasó lentamente calle abajo y se perdió en un callejón.
Los dos amigos se ocultaron en la sombra de un porche. Indigo estaba inquieto, y cuando se encontraba en aquel estado de ánimo su mente no descansaba.
—Si seguimos a este paso, se hará de día y continuaremos aquí. Vamos a separarnos. Yo recorreré la mitad del pueblo, y tú te encargarás de la otra mitad. Veremos lo que haya que ver, y volveremos a reunirnos en el lugar que fijemos. Esos tipos no pueden estar lejos, pero si queremos encontrarlos tenemos que movernos.
—Ya sabes lo que ocurrió la última vez que nos separamos —objetó Joe. —Ahora no se trata de armar ningún jaleo, sino de localizar a esos
individuos.
—De acuerdo. Nos reuniremos en aquella esquina, dentro de media hora.
—Sí —gruñó Indigo.
Salió del porche y se desvaneció.
Joe, lamentando inmediatamente aquella decisión, adoptó una actitud más osada. Calándose el sombrero hasta los ojos, se unió a la escasa corriente de transeúntes y avanzó hacia el este, observando los caballos trabados que encontraba a su paso. Cuando tenía que cruzar una zona más iluminada, hundía ligeramente la cabeza y apresuraba el paso. De este modo pasó por delante de un par de «saloons», del portal de un establo y llegó a un restaurante, repentinamente consciente de que tenía hambre y sed. Dando media vuelta, retrocedió hasta el establo. Cerca del farol y de los cuatro o cinco hombres sentados en unas balas de paja había un cubo de agua y un cazo. Joe entró sin hacer ningún comentario y bebió un cazo de agua. Nadie le prestó una atención especial. En aquel momento, uno de los hombres cogió el farol para ir en busca de su caballo. La mirada de Joe le acompañó de pesebre en pesebre, sin ver nada de interés. Saliendo del establo, Joe se encaminó hacia lo que parecía ser el centro del pueblo.
Si LeGore estaba en Plaza, probablemente se encontraría en alguna oficina privada, ya que no parecía ser el tipo de hombre que pasa una gran parte de su tiempo en un «saloon». Pero Joe estaba convencido de que Gilpin no podía estar en otra parte más que en un bar, de modo que al pasar por delante de los «saloons» se detenía brevemente ante las puertas abiertas y su mirada recorría el interior del establecimiento. Ni el primero ni el segundo le proporcionaron ninguna información. Esto agotó su territorio. Los otros «saloons» se hallaban en el sector que Indigo había escogido, pero Joe,
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temiendo no forzar suficientemente su suerte, siguió adelante. Cruzó la esquina y avanzó lentamente hacia el resplandor en forma de abanico que surgía del mayor de los «saloons» del pueblo. Antes de aventurarse en aquella claridad barrió los rostros de los hombres que se movían ociosamente a su alrededor.
En aquel momento resonó un disparo en la parte posterior de Plaza San Felipe, seguido inmediatamente por otro.
Un par de jinetes, probablemente los mismos que habían pasado por delante de los dos amigos en la otra calle, aparecieron lanzados al galope. Un puñado de hombres salió precipitadamente de las esquinas, como centinelas respondiendo a una voz de alerta, advirtiéndole a Joe que el pueblo estaba más estrechamente vigilado de lo que había llegado a creer.
Las puertas del «saloon» vomitaron también un grupo de hombres y Joe, aplastándose contra la pared de un edificio, vio el inconfundible rostro de Cash Cairns que avanzaba hacia él. El comisario de Smoky River estaba mirando al lugar exacto donde se encontraba Joe, aunque la intensa claridad del «saloon» del que acababa de salir hacía que su visión fuese borrosa. Un instante más y hubiera chocado con Joe, pero se oyó el resonar de los cascos de muchos caballos que llegaban a Plaza procedentes de las colinas, y Cash Cairns se detuvo bruscamente y se volvió a mirar. Slash LeGore, rígido y taciturno, montado en su caballo castaño, se detuvo ante un edificio situado enfrente del «saloon». Cairns llamó al jefe de los forajidos y avanzó impacientemente hacia el hombre.
En la parte posterior del pueblo el alboroto iba en aumento. Otros hombres, presintiendo que sucedía algo anormal, corrían hacia la oscura calleja. Joe tensó los músculos. Tenía la sensación de que Indigo se encontraba en dificultad. Dando un rodeo para evitar las luces del «saloon», se dirigió a la calleja.
CAPÍTULO IV
LeGore entró en la oficina del jefe de policía de Plaza San Felipe, seguido por una docena de sus hombres. El jefe de policía estaba sentado detrás de su escritorio, pero al ver aparecer a LeGore se puso en pie precipitadamente para salir a su encuentro. El recién llegado empezó a recorrer la oficina a grandes pasos, con un rostro tan impasible como si fuera de granito. De vez en cuando se detenía unos segundos para barrer con la mirada las paredes y los montones
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de documentos que habían sido depositados allí después del ataque a Smoky River.
—¿Dónde está Gilpin?
El jefe de policía sacudió la cabeza.
—Lo ignoro. La última vez que le vi estaba en el Blue Bucket.
Aquello provocó una fría cólera.
—Algún día voy a hacerle tragar una botella y no beberá más. ¿Qué ha sido ese tiroteo?
—Alguna discusión personal, supongo —respondió el jefe de policía—.
Esta noche, el pueblo está atestado.
Cash Cairns se abrió paso a través del grupo.
—He estado esperando toda la tarde para decirle algo, Slash.
—Esperarás todo el tiempo que a mí se me antoje —replicó secamente LeGore.
—Desde luego, desde luego —murmuró Cairns—. No me quejo. Pero los dos forasteros que le compraron su propiedad a Bonnick salieron hacia aquí a primera hora de la mañana.
—¿Acaso debe preocuparme eso? —tronó LeGore. Sin embargo, un pesado silencio planeó sobre la estancia. En la frente del forajido apareció un pequeño pliegue. Se volvió hacia el jefe de policía—: ¿Qué diablos está usted haciendo aquí con todo ese jaleo en la calle? Pueden ser esos dos estúpidos. Si son ellos, quiero que me los traiga.
—Coloqué un cinturón de hombres alrededor del pueblo —protestó el jefe de policía—. No pueden haber entrado. Esta noche no podría entrar en Plaza ni una lombriz.
—Ni usted ni nadie de Plaza es lo bastante listo para impedir que entren esos hombres, si se lo proponen —replicó LeGore—. Son un par de veteranos, capaces de hacerles andar de cabeza a todos ustedes. Ahora, vaya allí y entérese de lo que pasa.
El jefe de policía salió de la oficina. LeGore contempló a sus hombres con un brillo irónico y helado en los ojos. Un movimiento casi imperceptible de su mano les envió a la calle a todos, excepto a un par de individuos de aspecto siniestro: los lugartenientes de LeGore. En el prolongado silencio que siguió, LeGore dio vueltas y más vueltas alrededor de la mesa.
—No quería que mataran a Bill Foshay —declaró finalmente—. Era el único hombre de la región capaz de aunar las voluntades. Y su muerte puede ser una bandera bajo la cual se agrupen los hombres de Smoky River,
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provocando dificultades. Y todo por culpa de ese borracho de Gilpin. Un día de estos le ajustaré definitivamente las cuentas.
No había levantado la voz, pero sus palabras habían tenido una venenosa intensidad. Los lugartenientes permanecieron en silencio, como clavados en el suelo.
—Pero, puesto que Foshay ha desaparecido, voy a cambiar mis planes. Vamos a instalarnos en un sitio más favorable. Esas colinas están demasiado llenas de minas, demasiado alejadas de los grandes rebaños. Vamos a trasladarnos a los cañones del Smoky.
—¿Junto a los terrenos de Bonnick? —murmuró uno de los lugartenientes.
—Exacto.
—¿Qué pasará con Craw Magoon y sus hombres? Siempre han considerado aquella zona como suya.
—¿Ese gallina? —inquirió desdeñosamente LeGore, y lo barrió del mapa con un ademán—. Esta misma noche nos trasladaremos. De camino pasaremos por el rancho de Foshay y nos llevaremos todo el ganado que quede allí. Si encontramos resistencia, incendiaremos el rancho. Los terrenos de Bonnick serán nuestro cuartel general.
—¿Y la muchacha, jefe… la hija de Foshay?
El grisáceo rostro de LeGore permaneció impasible. Ignoró la pregunta.
El lugarteniente que la había formulado cambió de táctica.
—Este es ahora su pueblo, jefe. Lo tiene usted en la palma de la mano. ¿Por qué quiere marcharse?
—Ha quedado pequeño para mí —dijo LeGore—. Ahora quiero el condado. Id a reunir a los muchachos.
El jefe de policía entró precipitadamente en la oficina, jadeando.
—¡Un enano ha estado a punto de matar a Gilpin, jefe! —anunció—. Uno de los muchachos dice que es un forastero que llegó a Smoky River con otro tipo alto. El enano ha desaparecido, pero no puede estar muy lejos.
LeGore se puso rígido. Una helada sonrisa fulminó al jefe de policía. —De modo que ni una lombriz podía entrar en Plaza, ¿eh? Esos hombres
son más listos que todos ustedes juntos. —El susurro se convirtió en una voz restallante como un látigo—. ¡Ahora, salga de aquí y tráigame a esos hombres! ¡A los dos! ¡Ponga a Plaza patas arriba, si es preciso, pero no vuelva sin ellos! ¡Rápido! —Se volvió hacia sus lugartenientes—: ¡Y vosotros también!
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Cuando se hubieron marchado, LeGore se quedó en pie junto al escritorio mirando a través de la puerta abierta.
«He cometido un error —murmuró—. Cuando les vi por primera vez supe que me causarían dificultades. Debí librarme de ellos cuando tuve ocasión de hacerlo. Aquel hombre alto me recuerda a Foshay, aunque Foshay no le llegaba a la altura del zapato. Un lamentable descuido.»
LeGore era un supremo egoísta, sin escrúpulos y sin conciencia. Ambicionaba el poder, y había en él una vena de crueldad asiática que se complacía en los sufrimientos físicos de otros hombres y en verles humillados a sus pies. Admitir el poder de otro hombre, como lo estaba haciendo ahora, servía únicamente para inflamarle. De modo que, golpeando el escritorio con la fusta que llevaba en la mano, salió de la oficina, apartando bruscamente a un lado a algún transeúnte que inconscientemente se cruzó en su camino. La calle principal estaba casi vacía. En la parte posterior del pueblo continuaba el tumulto y de vez en cuando resonaba un disparo.
Indigo le había sugerido a Joe que se separaran porque se le había ocurrido un plan, sin madurar todavía, para encentrar a LeGore y a Gilpin… y al caballo descalzo.
Bajo la tensión del peligro, Indigo poseía el instinto agresivo de una cobra; no conocía el significado de la palabra miedo, lo cual resultaba a veces lamentable, ya que le hacía descuidar toda precaución. Cuando se despertaba en él el dinámico instinto de lucha, se lanzaba hacia adelante hasta que algo sucedía o alguien caía. Sabía perfectamente que mientras estuviera con Joe no sucedería nada de aquello. El método de Joe era distinto; Joe permanecería en la sombra, esperando un golpe de suerte con la inquebrantable paciencia de un indio. Por lo tanto, Indigo se desvaneció en la oscuridad de la parte posterior de Plaza San Felipe.
La estrella roja de su fortuna brilló casi inmediatamente bajo el paraguas de su sombrero. Apenas había llegado a la segunda y menos iluminada de las calles y se disponía a entrar en el barrio mejicano, cuando se abrió la puerta trasera de una especie de garito y tres hombres pasaron a través del amarillento abanico de luz. Indigo se aplastó rápidamente contra la pared, ya que el personaje central del trío tenía un rostro familiar. Aquel rostro achatado y feo pertenecía a Nig Gilpin, el asesino del sheriff Foshay.
La primera reacción de Indigo fue agarrar la culata de su revólver con dedos nerviosos. Sin embargo, los dos acompañantes de Gilpin tenían un
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aspecto peligroso, de modo que Indigo reprimió aquel primer impulso. Tras una breve discusión en voz baja, el trío se hundió en el misterio de la calleja, giró a la izquierda y volvió a detenerse ante una choza de adobes con una ventana muy alta a través de la cual se filtraban los rayos de una lámpara. Se produjo otra discusión; luego, dos de los miembros del grupo se alejaron, dejando al tercero hurgando en la cerradura de la puerta de la choza. Indigo no supo con certeza quién era el que se había quedado hasta que la puerta se abrió y la luz iluminó las brutales facciones de Gilpin. El hombre entró en la choza llamando a alguien. No hubo ninguna respuesta. Entonces, murmurando en tono enojado, Gilpin empezó a cerrar la puerta.
No llegó a cerrarla. El delgado cuerpo de Indigo penetró a través de la angosta abertura con un impulso que hizo retroceder a Gilpin hasta el centro de la destartalada habitación, con la boca estúpidamente abierta por el asombro ante la amenaza del cañón del revólver de Indigo.
—¡Levanta las manos hasta tocar el techo! —rugió Indigo—. No tengo mucho tiempo que perder, y desde luego no voy a perderlo contigo. ¡Si mueves un solo dedo puedes darte por muerto!
Si Gilpin había entrado borracho en la choza, treinta segundos más tarde estaba completamente sobrio. Un color terroso oscureció sus rojizas mejillas; su frente se llenó de gotitas de sudor. Pero obedeció la orden sin rechistar. Una sola mirada al rostro de Indigo le había bastado para comprender que el hombrecillo estaba dispuesto a cumplir su amenaza. Levantó los dos brazos. Sin embargo, no acertando a captar el significado de lo que estaba ocurriendo, se aventuró a preguntar:
—¿Quién diablos eres tú? No me he equivocado de choza, ¿verdad? —Baja la mano izquierda, coge tu revólver con dos dedos y déjalo caer al
suelo —dijo Indigo.
—Pareces conocer el oficio —gruñó Gilpin—. Actúas como un profesional. —El revólver chocó contra el suelo y casi simultáneamente la visión de Gilpin terminó de aclararse. Lo mismo que su memoria. Abrió los ojos de par en par y rugió como un toro encadenado—. ¡Vaya! ¡Si es el maldito enano! ¿Cómo has entrado en este pueblo? ¡Maldita sea! ¡Voy a tostarte las plantas de los pies en la forja del herrero hasta que no puedas dar un solo paso! ¿Viste lo que hice ayer? ¡Puedo hacerlo otra vez!
—Desde luego —gruñó Indigo—. Por eso estoy aquí. He venido a buscarte. Vas a regresar conmigo a Smoky River, donde hay un árbol y una soga que te esperan. No soy hombre que me meta en los asuntos ajenos, pero tú eres la clase de cerdo asqueroso que merece ser tratado al estilo indio.
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Mientras hablaba, Indigo había retrocedido hasta apoyarse en una de las paredes de la choza, ya que había descubierto que el tabuco tenía dos habitaciones, separadas por una chillona cortina de color rojo. Ahora dominaba a Gilpin y a la cortina. Gilpin giró sus abotargados ojos hacia la cortina y luego los dejó caer sobre el revólver que reposaba en el suelo. La cortina se apartó a un lado y una mejicana de seno opulento contempló la escena con ojos cargados de sueño.
—No se mueva, señora —murmuró Indigo, algo desconcertado—. Y tú, Gilpin, no trates de escudarte en ella. Echa a andar hacia la puerta; yo te seguiré.
La mujer estalló en una carcajada y le dijo algo a Gilpin en español; pero cuando el hombre replicó en tono imperativo, la risa se convirtió en una llama de furor que chamuscó a Indigo. Éste no comprendía el español, pero imaginaba lo que la mujer estaba diciendo y lo que se proponía hacer. La morena y obesa Dalila se deslizaba lentamente hacia un lado, con los brazos en jarras, para interponerse entre el revólver y Gilpin.
Indigo, que no disponía de ningún sistema de defensa contra una mujer, se ladeó ligeramente para evitar la maniobra.
—No intente escudarse en sus faldas, o será lo último que haga en su vida —le advirtió de nuevo a Gilpin. Luego se volvió hacia la mujer, enojado y nervioso—. Cuidado, señora. Una mujer no debe mezclarse en esta clase de asuntos. No es correcto.
La mejicana avanzó hacia él, con los negros ojos llameantes. Indigo, que era lo bastante osado como para enfrentarse con un león y ser el primero en dar un zarpazo, se sintió completamente indefenso ante aquella imprevista situación. No sabía si la mujer quería aplastarle con su peso o arañarle.
—¡Dígale a esta mujer que no intervenga! —le advirtió a Gilpin.
Gilpin le gritó una orden a la mejicana. La mujer aulló, lo cual acabó de desmoralizar al aturdido Indigo, levantó los brazos y se lanzó contra él como una furia.
Indigo protestó:
—¡Cuidado, señora! ¡Esto no es cosa de mujeres!
Pero las uñas de la mejicana se clavaron en su rostro y su enorme cuerpo le aplastó contra la pared; a continuación le abofeteó hasta que los oídos de Indigo empezaron a zumbar, y aferró el revólver que hasta entonces había apuntado a Gilpin.
En medio del huracán desencadenado por aquel torbellino con faldas, Indigo vio que Gilpin se lanzaba hacia adelante; apartando con un empujón a
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la mujer, disparó a quema ropa. La bala rozó al forajido, sin herirle. A renglón seguido, Gilpin y la mujer cargaron contra Indigo al mismo tiempo, derribándole al suelo; la mejicana, como si poseyera un diabólico conocimiento del punto flaco de Indigo, volvió a aullar, esta vez pegando la boca a su oído. El puño de Gilpin se aplastó contra su nariz, y el peso de su voluminoso cuerpo le dejó sin respiración.
Con la espalda pegada al suelo, Indigo apeló a la reserva de furor que en una crisis como aquélla le convertía en un puma enloquecido. Retorció el cuerpo inverosímilmente. Los puños de Gilpin perdieron su blanco y se estrellaron contra el suelo de arcilla; además, la mujer, en sus esfuerzos para lastimar al intruso, perdió el sentido de la orientación y clavó sus garras en Gilpin. Esto provocó que aflojara la presión que ejercía sobre Indigo para librarse de la mejicana.
La dama, ahora sumamente imparcial en su furor, arañó de nuevo a Gilpin y trató de retorcerle la oreja. Indigo giró sobre sí mismo y se zambulló de cabeza hacia el lugar donde había caído su revólver. La mujer, olvidando momentáneamente a Gilpin, agarró una de las botas de Indigo, tirando de ella. El forajido saltó sobre Indigo, pero éste le golpeó en pleno vientre con el otro pie, proyectándole contra la pared. Indigo volvió a disparar y falló de nuevo el tiro. La mejicana inició otro ataque, pero Indigo, mortalmente aterrorizado ante la posibilidad de que le obsequiara con otro aullido, hizo un esfuerzo sobrehumano y cruzó la puerta de la choza de un prodigioso salto. Aterrizó de pie y, sin detenerse, echó a correr. Detrás de él oyó los gritos de Gilpin convocando a los hombres de Plaza San Felipe para la captura del forastero que se había introducido entre ellos; y, con absoluto desprecio de todas las leyes de la seguridad, Gilpin hizo cuatro disparos a la negra oscuridad.
A Indigo le pareció imposible que aquella desierta zona del pueblo vomitara tan de repente tal cantidad de perseguidores, surgidos de Dios sabe dónde. Mejicanos, vaqueros y mineros brotaron como por arte de magia de las casas y callejas para tomar parte en la caza, gritando en tres idiomas distintos. Indigo se topó con uno de aquellos individuos en un extremo de la calleja, le golpeó con todas sus fuerzas y continuó galopando. No tenía la menor idea del lugar hacia el cual se encaminaba; lo único que pretendía era huir de allí con toda la rapidez posible. De modo que cruzó velozmente la calleja, llegó a la segunda calle y continuó en línea recta hacia la parte más iluminada de Plaza.
Casi inmediatamente descubrió que había cometido un error táctico. La población de Plaza surgía atropelladamente del «saloon», del establo y del
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restaurante; y toda aquella marea humana se precipitaba hacia el barrio mejicano. Indigo dio un amplio rodeo para evitar al grueso de la multitud, buscando los rincones más oscuros. Llegó un momento en que casi se consideró a salvo y aminoró el paso; pero en aquel preciso instante oyó que otro grupo de hombres, menos numeroso, avanzaba hacia él procedente de la parte oeste de la calle.
Cogido entre dos fuegos, Indigo levantó los ojos en busca de un último recurso y vio una escalera exterior que trepaba por el costado de un edificio. Subió por ella rápidamente, llegó a un rellano y se encontró ante una puerta que cedió a la presión de su hombro. Ignoraba lo que había detrás de ella, ya que una impenetrable oscuridad lo llenaba todo. Pero, fuera lo que fuese, era preferible a la peligrosa situación creada en la calle. Indigo cruzó la puerta y volvió a cerrarla detrás de él.
Durante los cinco primeros minutos no descubrió nada, excepto su propia y lamentable condición física. Respiraba como una locomotora sobrecargada de vapor; le dolían los puños, le escocía el rostro y tenía todo el cuerpo magullado.
Poco a poco, el ritmo de su respiración fue normalizándose. Al mismo tiempo, sus ojos se habituaron a la oscuridad y empezó a oír el ruido que producían unos hombres moviéndose debajo de él y ver unos rastros luminosos que ascendían a través de unas diminutas grietas. Extendiendo las manos hacia la derecha, y luego hacia la izquierda, tocó unas vigas descendentes. Delante se encontraba la fuente de los ruidos que llegaban hasta él; y puesto que era probable que tarde o temprano a alguien se le ocurriera que no estaría de más echarle un vistazo a la escalera por la cual había subido, lo mejor que podía hacer era buscar el modo de salir de aquel sofocante desván. En consecuencia, Indigo se agachó y empezó a avanzar. Los rastros luminosos se hicieron más intensos, y le pareció oír el tintineo de unos vasos. Descubriendo una rendija iluminada algo más ancha que las otras, decidió echar una ojeada a través de ella; avanzó otro paso… y se produjo la catástrofe.
Había pisado en falso, apoyándose en un material blando que había sido fijado al suelo por la parte de abajo, para simular un techo. El material cedió, e Indigo, luchando como un gato a punto de ser arrojado desde lo alto de un puente, descendió vertiginosamente los quince pies que le separaban del iluminado piso de un «saloon». Le pareció oír un estrépito de cristales rotos, pero no vio nada: el velo de la inconsciencia nubló sus ojos.
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Cuando recobró el sentido, Indigo se encontraba sentado entre un par de individuos de rostro patibulario y rodeado por una silenciosa y fascinada multitud. Contó los cañones de tres revólveres distintos que le apuntaban. El grisáceo rostro de Slash LeGore se inclinó hacia él.
—Me pregunto —gruñó Indigo—, qué les habrá sucedido a mis alas.
Joe había recorrido la calleja hombro con hombro con varios individuos, y quedó apartado a un lado en la segunda calle del pueblo por la rapidez de su paso. No podía distinguir claramente ningún rostro, pero oyó una voz que aullaba por encima de la multitud y le pareció haberla oído antes. A través de las palabras pronunciadas por aquella voz vio confirmados sus temores: Indigo había iniciado el jaleo. Una vez más, la increíble capacidad de su compañero para provocar conflictos había obtenido éxito. Joe, preocupado y aprensivo, no pudo evitar una leve esperanza de que Indigo hubiera quedado satisfecho por el resultado de su acción.
Unos faroles se movían a través de la multitud, probablemente reconociendo los rostros de los hombres que la componían. Varios jinetes galoparon hacia el oeste, y un repentino aullido puso a todo el grupo en movimiento. Joe, dándose cuenta de la inutilidad de continuar avanzando, dio media vuelta. Tal vez Indigo había conseguido librarse de sus perseguidores y se encaminaba al lugar de la cita. Por si acaso, Joe se dirigió a aquel lugar adoptando grandes precauciones. Pero al llegar allí no encontró a nadie.
«¡Condenado Indigo! —murmuró—. Siempre será el mismo. Algún día le retorcerán el pescuezo por buscarse complicaciones innecesarias.»
Un griterío a lo largo de la calle anunció a Joe que sucedía algo nuevo. Se pegó a la pared, viendo a la multitud que se encaminaba hacia la calle principal. Al cabo de unos instantes, Joe avanzó sin abandonar la sombra protectora de la pared. Al llegar a la puerta trasera del establo se detuvo a echar un vistazo. La puerta estaba abierta y en el establo había un solo individuo, unciendo un par de caballos a un carromato de plataforma sin toldo; todos los demás se habían unido a la multitud.
Joe irguió los hombros y entró en el establo; el atareado conductor ni siquiera se volvió a mirarle. Joe se detuvo en la puerta delantera, al amparo de las sombras. La multitud se arremolinaba alrededor del «saloon» principal y un grupo de caballos estaban alineados contra la acera. Mientras observaba la escena, sin poder ver nada en particular, un pequeño grupo de hombres salió del «saloon», montó a caballo y emprendió la marcha en dirección este,
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abriéndose paso a través de la multitud. En aquel preciso instante el conductor terminó su tarea y salió a la calle. Joe, asombrado ante aquel personaje tan indiferente, le vio entrar en el restaurante. Entretanto, el grupo de jinetes había llegado a la altura del establo, y los ojos de Joe se endurecieron ante el espectáculo que presenció.
Uno de los caballos iba montado por Indigo, con los pies atados bajo el vientre del animal; a su lado cabalgaba Slash LeGore sobre un pequeño alazán. Las luces del restaurante iluminaron por un instante el grupo y Joe descubrió que el alazán no llevaba herraduras. Aquél era su caballo descalzo. El grupo continuó avanzando en dirección a las colinas.
Joe volvió a entrar apresuradamente en el establo. Cogió el cubo de agua, medio lleno, y lo colocó debajo de la plataforma del carromato que esperaba. A continuación se apoderó de una silla de montar colgada de una estaca clavada en la pared y corrió hacia los pesebres. Se metió en el primero que encontró, le colocó la silla a un caballo al que ni siquiera podía ver y apretó tanto la cincha que el animal relinchó de dolor. En la acera había un grupo de hombres, bloqueando la puerta del establo y discutiendo acerca de algo. Joe esperó sólo un momento; su paciencia india había desaparecido y en su lugar hervía en él una incontrolada temeridad. Sacó el caballo del establo y lo llevó hacia la puerta trasera. Allí, a oscuras, le colocó la brida al animal; luego montó en él y esperó.
El conductor regresó con lo que parecía ser un cesto de comida, trepó al asiento y chasqueó la lengua. El grupo de hombres se separó en dos para permitir la salida del carromato, el cual giró hacia el este y empezó a alejarse. Joe esperó un poco más y luego emprendió también la marcha hacia la parte más oscura del pueblo y también en dirección este. Cuando llegó al camino principal descubrió al carromato unos metros delante de él. Aminoró el paso de su cabalgadura, ya que no deseaba abordar al vehículo hasta que estuviera más lejos de Plaza. En aquel momento, un jinete surgió silenciosamente de algún oscuro escondrijo, bloqueándole el camino a Joe.
Alguien inquirió:
—¿Quién es usted, amigo?
Joe se sobresaltó. Pero el prolongado adiestramiento a que se había sometido en el dominio de sus emociones puso una nota de indiferencia en su voz mientras contestaba.
—No me entretengas ahora, Pete. ¿Adónde ha ido Slash? Se ha marchado sin avisarme.
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—No soy Pete, soy Lem. Slash acaba de pasar por aquí. No tardarás en encontrarle. Toma el primer desvío a la izquierda. Se dirige a Smoky River. ¿Eres Mex Trimble?
—A-huh. Vaya horas escoge Slash para andar por ahí. Hace una eternidad que no he pegado un ojo. Bueno, tengo que apresurarme, si no quiero que me coja demasiadas millas de delantera.
Trató de reemprender la marcha, pero el otro cruzó su cabalgadura en el camino, cerrándole el paso. En tono suspicaz, dijo:
—He terminado los fósforos. ¿Tienes uno?
—Desde luego —asintió Joe, y rebuscó en el bolsillo de su chaleco. Pero, al tiempo de sacar el fósforo, le arrancó la cabeza con la uña del pulgar. Esperó, mientras el llamado Lem lo rascaba contra el cuerno de la silla.
—No se enciende —dijo Lem—. ¿Tienes otro?
—¿Qué te propones? —inquirió secamente Joe—. ¿Ponerme en dificultades con el jefe? ¿Qué estás haciendo por aquí?
—Cumplo órdenes. Slash está convencido de que en el pueblo hay otro forastero. Un tipo alto, con las sienes ligeramente canosas. Compañero de aquel enano que acabamos de atrapar. ¿Dónde está el fósforo?
—Los he terminado. Apártate de una vez. No puedo pasarme aquí toda la noche. Si no eres capaz de encender los fósforos que la gente te da, será mejor que lleves una vela. Hasta luego.
Y Joe hundió las espuelas en los costados de su caballo, emprendiendo un rápido galope. Esperaba que el centinela le diera el alto y posiblemente le persiguiera; pero le dejó marchar. El carromato había recorrido unos centenares de metros y el conductor había encendido un farol, colgándolo del mango del freno. Joe lo adelantó al galope; al pasar vio un rostro moreno y taciturno. Un cuarto de milla más adelante detuvo a su montura y esperó.
El conductor había puesto a los caballos al trote y canturreaba en voz baja. Joe levantó su revólver. Cuando el carromato estuvo a diez metros de distancia saltó hacia adelante.
—Pare un momento, amigo. Y no haga ningún movimiento sospechoso.
Podría costarle caro.
El conductor tiró de las riendas.
—¡Diablos! —gruñó—. No es usted demasiado listo, para ser salteador de caminos. ¿Qué espera robarme?
—Aquella cesta de comida, amigo. La necesito más que usted. Démela. El conductor se la entregó, murmurando su enojo ante tales
procedimientos.
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—¿Por qué no llena usted su estómago en el pueblo, como un hombre blanco? Tendré que viajar toda la noche sin probar bocado. ¿Y ahora qué?
—El cubo de agua que hay debajo de la plataforma.
—No llevo ningún cubo de agua.
—Búsquelo y lo encontrará.
Cuando su mano tropezó con el cubo, el conductor profirió una exclamación de sorpresa.
—¿Cómo ha llegado hasta aquí?
—Lo puse yo en el establo —dijo Joe—. Gracias por el servicio. —Entonces —exclamó el conductor—, ¿no es usted uno de ellos? —Usted no es curioso, ¿verdad? —murmuró Joe.
El conductor tragó saliva un par de veces antes de contestar:
—No, no tengo el vicio de la curiosidad.
—¡En marcha!
En el silencio nocturno, las ruedas chirriaron cuando el carromato reemprendió la marcha. El brillo amarillento del farol fue apagándose en la distancia. Joe se internó en un atajo alrededor de la base de la loma con medio cubo de agua y una cesta de comida. Veinte minutos más tarde llegó a la cima de la loma, repartió el agua entre los caballos que esperaban desde hacía tanto tiempo y devoró la cena que acababa de tomar prestada.
Luego lió un cigarrillo y lo encendió, con aire pensativo.
«El único motivo de que LeGore se haya llevado a Indigo con él — murmuró— es el de que sirva de cebo para mí. Sabe que Indigo y yo somos socios. Sabe que le seguiré para sacar a Indigo del atolladero. De modo que piensa atraerme a una trampa.»
Volvió a montar en el caballo que le había conducido hasta allí llevando a los otros dos de la brida. Al oeste se encontraba Smoky River. Joe se encaminó hacia aquel desdichado pueblo, orientándose por la estrella polar que brillaba débilmente en el cielo.
CAPÍTULO V
Mientras galopaba a través del agradable frescor nocturno, Joe meditaba en el problema de Slash LeGore. EL jefe de los forajidos había asesinado a Henry Bonnick, y el hecho de que ahora montara el caballo descalzo así lo indicaba, ya que un hombre de su autoridad no compartiría sus caballos con nadie, y consiguientemente nadie sino él lo montaba cuando mataron a
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Bonnick. Pero, ¿por qué motivo LeGore, tan orgulloso de su dominio que ni siquiera se había tomado la molestia de conducir a sus hombres al asalto de Smoky River, había de ocuparse personalmente de dar caza a un personaje inofensivo e insignificante como Bonnick? La única explicación parecía residir en el inmenso egoísmo de LeGore. Le había advertido a Bonnick que no vendiera su propiedad, y al parecer el latente salvajismo de su naturaleza le había impulsado a asesinar a Bonnick en una especie de venganza personal.
«Conozco el tipo —murmuró Joe—. Es un salvaje blanco. No existe nada tan peligroso como los hombres de su clase. Probablemente jugó con Bonnick antes de asesinarle… le hizo sudar sangre y sentir el temor a la muerte antes de que llegara. Sí, eso es lo más probable.»
Quedaba un pequeño punto sin aclarar. Bonnick había sido asesinado alrededor de las cuatro de la tarde. Tres horas después, LeGore se encontraba en Smoky River montando otro caballo. ¿Dónde había efectuado el cambio, y por qué motivo? Una cosa era segura: LeGore no había tenido tiempo de regresar a Plaza. Las circunstancias parecían indicar que el forajido había encontrado a sus hombres en alguna parte situada a lo largo de la carretera principal y les había seguido a Smoky River.
«No hubiera cambiado de caballo para ocultar su participación en el crimen. No creo que le importe quién pueda saberlo. Tal vez deseaba proporcionar un descanso al caballo descalzo para otra misión como la que ahora se trae entre manos. Y, ¿qué es lo que le conduce ahora a Smoky River?»
Mucho más tarde se detuvo en la oscuridad para descansar y fumar un cigarrillo. Luego reemprendió la marcha, girando gradualmente hacia el sur para acercarse a la carretera. Seguía tratando de adivinar los propósitos de LeGore. Los tipos como él se movían impulsados por primitivas y contradictorias pasiones. Hacían las cosas empujados por lo despiadado de sus instintos. Si LeGore se proponía hostigar nuevamente a Smoky River, sería debido a alguna sed salvaje que no había quedado saciada del todo.
De repente, Joe detuvo su caballo y se irguió en la silla con el oído tenso. A lo lejos, hacia el oeste, acababan de resonar varios disparos. Joe miró la estrella polar para comprobar su propia posición. A menos que estuviera equivocado, aquellos disparos no procedían de Smoky River, sino de un lugar situado más al norte del pueblo. ¿Qué es lo que había al norte? En toda la extensión de terreno desde el cañón hasta Smoky River Joe conocía un solo rancho: el de Foshay. Esto aclaraba la cuestión.
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«No satisfecho con asesinar a Foshay —pensó Joe—, ese bandido quiere destruir todas sus propiedades. Debí suponerlo.»
Un punto de luz, más cercano de lo que imaginaba, rompió la negra cortina de la noche. Al principio fue una diminuta mancha amarilla, que poco a poco aumentó de tamaño y adquirió un tono rojizo; en otra parte apareció un nuevo puntito, que creció a su vez y no tardó en unirse al primero, con un rugido que llegó claramente a oídos de Joe a medida que se acercaba. A la claridad de aquella antorcha, Joe vio una hilera de jinetes que corrían hacia el norte, en dirección al cañón.
Al cabo de unos instantes varias figuras a pie cruzaron ante la luz, luchando inútilmente contra el incendio; los peones del rancho de Foshay, seguramente. El calor del fuego alcanzaba ahora las mejillas de Joe; había llegado al espacio iluminado por las llamas, y por un instante temió que le confundieran con un miembro de la pandilla de LeGore. El grupo de peones contemplaba con aire desolado la pared de llamas, y no descubrieron la presencia de Joe hasta que se encontró a menos de un centenar de metros de ellos. Unos revólveres se alzaron contra él; levantó una mano y se acercó un poco más.
Contó hasta diez hombres en el grupo. Un hombre robusto, de rostro enrojecido y expresión furiosa, se adelantó hasta el recién llegado y arrancó las riendas del caballo de sus manos.
—¿Quién es usted? —inquirió en tono suspicaz—. ¿Qué diablos está haciendo aquí a esta hora de la noche?
—No se excite —respondió Joe—. Algunos de ustedes me vieron ayer en Smoky River con mi compañero. LeGore lo ha hecho prisionero y yo estoy siguiendo su rastro. ¿Hay algún herido?
Otro hombre se adelantó.
—Sí, les vi a ustedes en el porche del hotel, anoche, cuando se desencadenó el infierno. Y no vi que movieran un solo dedo. Se quedaron tranquilamente sentados, contemplando el espectáculo. Y ahora viene a decirnos que está siguiendo a LeGore por su cuenta… Ni un niño se tragaría ese cuento.
—Estoy siguiendo a LeGore —replicó tranquilamente Joe— porque capturó a mi amigo y tengo la obligación de ayudarle. En cambio, ¿qué obligación teníamos de meternos en un asunto en el que nada nos iba? Muchos de los hombres de Smoky River se quedaron quietos. ¿Por qué reprochan a unos forasteros su pasividad, si ustedes que han vivido aquí toda la vida se asustaron como conejos al oír el primer disparo?
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—¡Oiga! No le consiento… —empezó a protestar el individuo de rostro rojizo.
Pero Joe no era hombre que retrocediera una vez había empezado; y la fácil rendición de Smoky River le había irritado.
—He dicho como conejos. Estaban ustedes repartidos por todo el pueblo y tenían rodeados a los hombres de LeGore. Hubiera sido una lucha dura, y algunos de ustedes hubieran caído en ella, pero los hombres de LeGore no hubieran salido mejor librados. No creo que puedan enorgullecerse de su actitud.
—Tal vez no conoce usted toda la historia, forastero —murmuró otro de los hombres.
—Conozco lo suficiente de ella como para mantener la boca cerrada — replicó secamente Joe—. Mientras ustedes se quedaban en Smoky River preguntándose qué podían hacer, mi compañero y yo fuimos a Plaza para tratar de coger al toro por los cuernos. De modo que tranquilícense. ¿Hay alguien herido aquí?
Los peones se encerraron en un obstinado silencio. Pero el hombre alto, erguido en su silla delante de ellos, tenía un aire de autoridad que no dejó de impresionarles. En aquel momento, Joe parecía un severo maestro de escuela reprendiendo a un puñado de indisciplinados escolares. Joe Breedlove había pasado demasiados años acumulando experiencia para no comprender una situación como aquélla.
—Me estaba preguntando… —empezó a decir. Un vaquero llegó corriendo y gritando: —¡Eh! ¿Dónde está miss Alice?
Los peones se volvieron hacia el vaquero. Alguien aulló:
—¡Echó a correr hacia el depósito del hielo!
—¡Lo sé, pero ahora no está allí! Me pareció ver a alguien que la obligaba a montar en un caballo…
—Sería LeGore, probablemente… —¿Quién es miss Alice? —preguntó Joe.
—¡La hija de Foshay! —aulló el vaquero que sostenía aún las riendas del caballo de Breedlove. El intenso calor que irradiaba la casa incendiada llegaba hasta ellos y el caballo empezó a retroceder.
—¡Basta de charla inútil! —exclamó Joe, arrancando las riendas de manos del vaquero—. ¡Hay que buscarla! Mirad en todos los corrales y cobertizos. Si no está allí, regresad con vuestros caballos. ¡Aprisa!
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Dio un amplio rodeo para evitar que el caballo se espantara con el fuego, pero llegó a los corrales mucho antes que los vaqueros de Foshay. El lugar estaba iluminado como en pleno día y no vio ni rastro de la muchacha; mientras galopaba en dirección al granero, preguntándose por qué lo había respetado la antorcha incendiaria, pasó ante la puerta abierta del depósito de hielo. Alrededor de la construcción había numerosas huellas de pisadas de caballo, y Joe estuvo a punto de pasar de largo; pero, asaltado por un súbito recuerdo, retrocedió y se inclinó sobre la silla. Un instante después llamaba a gritos a los vaqueros de Foshay:
—¡No busquéis más! ¡LeGore se la llevó! Junto al depósito de hielo hay unas huellas que pertenecen a su caballo: un caballo descalzo. ¡Vamos!
Emprendió un rápido galope y rodeó el desierto hasta que interceptó el rastro del grupo de forajidos. Por su dirección comprendió que la intención de LeGore era dirigirse hacia el cañón del Smoky. Esto significaba que pasarían por delante de la puerta de la pequeña cabaña que él y su compañero habían comprado. Y una extraña idea asaltó su mente: las habichuelas que habían dejado en el fuego la mañana anterior se habrían quemado y estarían incomibles.
«Y yo que creí que íbamos a establecernos definitivamente para pasar una vejez tranquila… —murmuró—. Si LeGore aplica una cerilla a aquella cabaña al pasar junto a ella, le arrancaré el corazón.»
Cualesquiera que pudieran ser los defectos de los vaqueros de Foshay, Joe no pudo quejarse de lo disciplinada y rápidamente que le seguían. Incluso se vio obligado a refrenarles para que no le adelantaran.
—Uno de vosotros se quedará detrás esperando que lleguen los hombres de Smoky River. Esas huellas conducen al cañón. Probablemente, LeGore ha decidido instalar un campamento en las colinas. Los hombres del pueblo tienen que saber dónde estamos, a fin de que no puedan confundirnos con los bandidos. ¿Quién se queda?
No hubo ningún voluntario. Joe gruñó impacientemente y señaló al miembro más joven del grupo.
—Te quedarás tú, muchacho. Cuando lleguen, diles que nos hemos adelantado y que les esperamos. Si tenemos que salir del cañón, dejaremos a otro hombre para que les indique el camino.
—¿Cómo sabemos que van a venir los hombres de Smoky River? — objetó el muchacho escogido por Joe—. Ignoran lo que ha pasado aquí.
—Verán el resplandor del incendio, y si eso no les pone a todos en movimiento, es que Smoky River está definitivamente muerto y merece ser
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pasto de los buitres. No te preocupes, muchacho, vendrán. Y mientras esperas, ocúpate de los dos caballos que he dejado detrás del granero. Abrévalos y dales un poco de alfalfa. ¡Vamos!
Emprendieron la marcha, oyendo el repentino estrépito que producía el tejado del rancho al hundirse. El fuego ardió con más intensidad, su resplandor se elevó más hacia el cielo. Los vaqueros de Foshay, impresionados y enardecidos al mismo tiempo por el desastre, volvían la vista atrás con frecuencia, profiriendo maldiciones y amenazas. Joe movió afirmativamente la cabeza en la oscuridad; aquellos hombres se estaban hostigando a sí mismos para despertar su adormecida voluntad de lucha, estaban olvidando el espectro del nombre de LeGore, un nombre que tenía el poder de preceder al forajido y acobardar a la gente con su intangible amenaza. Smoky River llevaba mucho tiempo socavado por ella, el ánimo del pueblo había sido minado día tras día hasta que se había derrumbado después de media docena de disparos y de la visión de LeGore erguido en su caballo por encima del humo de la pólvora. Los vaqueros que cabalgaban con Joe habían pasado por el mismo proceso; LeGore les había acobardado, lo cual no era de extrañar ya que el propio Joe se había sentido un poco acobardado cuando vio por primera vez la rígida y gris figura del hombre.
Pero él sabía cómo estaba construido aquel nefasto mecanismo, y sabía cómo podía ser destruido. A lo largo de su vida, Joe Breedlove había sido testigo del proceso en más de una ocasión. Empezaba con un hombre que traspasaba las fronteras de la ley, estableciendo el hecho de que era un personaje «duro». La mayoría de los hombres de ese tipo no tardaban en encontrarse con una bala justiciera, pero los que escapaban a ella se veían rodeados de una leyenda que no correspondía a su verdadero mérito, una leyenda que los ciudadanos pacíficos contribuían a fortalecer hinchando las historias que oían contar.
A la gente le gustaba rodear de una especie de halo a los bandidos, tal como lo ha venido haciendo desde la época de Robin Hood, e incluso antes. Se crea una tolerancia, y protegido por ella el bandido se hace cada día más osado y destructivo, hasta que la tolerancia se convierte en miedo y los hombres evitan chocar con él. Otros forajidos se unen a su suerte, y de pronto la comunidad se encuentra ante una fuerza más poderosa que la ley organizada. Esta era la historia de Slash LeGore.
Pero no existe ningún bandido tan feroz y tan inexpugnable como la leyenda que le rodea; ni existe ninguna comunidad que no pueda, mediante una acción mancomunada, acabar con lo que ella misma ha contribuido a
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crear a través de su propia negligencia. El que a hierro mata a hierro muere. Joe sabía que si conseguía levantar a los hombres de Smoky River podía acabar con la banda de LeGore. Luego, él mismo se enfrentaría con el forajido revólver en mano. No estaba seguro del resultado de aquel encuentro, pero tenía el pleno convencimiento de que se produciría.
Sumido en estos pensamientos, Joe condujo al pequeño grupo a través del desierto. El resplandor del incendio fue haciéndose menos intenso, y finalmente Joe vio ante sus ojos la boca del cañón bostezando a través del palio de la medianoche. El río murmuraba entre las piedras y una leve brisa suspiraba al, rozar las copas de los pinos. Detrás de ellos se extendía el desierto; delante no había más que misterio y la promesa de dificultades. Joe captó una especie de deshinchamiento entre los hombres y se detuvo; si quería vencer a LeGore y aplastar a la pandilla que rodeaba al forajido, tenía que dejar bien sentada su propia supremacía.
—Os encuentro un poco mustios, muchachos. Hace una hora parecíais dispuestos a escupirle en los bigotes a un puma. Si estáis asustados, dad media vuelta y marchaos a casa. Empecé esto solo, y supongo que podré terminarlo solo.
—Es usted un poco fanfarrón, amigo —gruñó uno de los hombres del grupo—. ¿Quién le ha dicho que en Smoky River no había redaños? Cuando termine este jaleo pienso averiguar si hay en usted algo más que fachada, ¿se entera?
Joe sonrió para sí mismo.
—Bien, eso es lo que quería saber. Ahora, mucha atención. En alguna parte de este cañón se encuentra el campamento de LeGore. Vamos a tratar de localizarlo. Pero hemos de movernos con precaución, sin producir ningún ruido innecesario. Procuraremos rodear el campamento y aguardaremos a que lleguen los hombres de Smoky River. Para entonces ya será de día. Mientras, nada de disparar. Y quede bien claro que yo dirijo este asunto. ¿Comprendido?
—Está usted muy seguro de sí mismo, ¿verdad?
—Desde luego —fue la lacónica respuesta de Joe—. He tenido muchos años para aprender a ir por el mundo. Seguidme, y os enseñaré unas cuantas cosas que se olvidaron de poner en los libros.
—¿De veras? ¿Qué es esto… un discurso del Cuatro de Julio? Vámonos de una vez y le enseñaremos a usted cómo se lucha.
Normalmente, Joe no se mostraba inclinado a hablar acerca de sí mismo, ni lo hubiera hecho de no haber deseado estimular el amor propio de aquellos
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hombres. De modo que hundió un poco más el aguijón.
—Si alguno de vosotros duda de sus propias fuerzas, será mejor que abandone ahora. Sólo quiero recordaros que no hay ningún forajido que no pueda ser derribado de la silla con un buen disparo. Ninguno de ellos lleva camisa de hierro. A partir de este momento avanzaremos de dos en dos. Cuando le dé con el codo una sola vez al hombre que esté más cerca de mí, significará que hay que hacer alto. Si le toco dos veces, significará reemprender la marcha. Cuando nos detengamos, no tratéis de volver a avanzar hasta que yo dé la orden. ¿Entendido? Ahora, en marcha, y veamos si servís para algo, o si toda la fuerza se os va por la boca.
—¡Se tragará usted esas palabras! —gruñó alguien. —Lo haré con mucho gusto —dijo Joe—. ¡Vamos!
El grupo reemprendió la marcha. Las paredes del cañón se hacían cada vez más altas a ambos lados y las sombras se espesaban más a su alrededor. No podían evitar el hacer algún ruido, pero el murmullo del río absorbía aquellos sonidos, y Joe mantuvo un trote sostenido por espacio de media milla, hasta llegar a una pequeña loma que, según recordaba de su anterior viaje, se erguía a unos trescientos metros de la cabaña de Bonnick. Rodeando la loma, ordenó un alto.
Era posible, desde luego, que LeGore hubiera evitado el cañón rodeándolo por las tierras altas. Incluso era posible que el forajido hubiera decidido regresar a Plaza San Felipe. Pero Joe se dejaba guiar por su intuición. LeGore se había llevado a Indigo con el único propósito de atraerle a una trampa. En tal caso, a Joe no le parecía razonable que LeGore regresara a Plaza. Y después de incendiar el rancho de Foshay y de raptar a la muchacha, el forajido buscaría un refugio más seguro. El mejor refugio eran las colinas; y el camino más conveniente hacia ellas discurría a lo largo del río.
«Es inútil tratar de adivinar lo que va a hacer ese hombre —se dijo Joe a sí mismo—. Es capaz de cualquier cosa. Será mejor que me deje guiar por mi intuición. Tal vez sea conveniente echarle una ojeada a la cabaña.»
Escogió al hombre que tenía más cerca, desmontaron y continuaron su avance a pie.
—Tal vez haya alguna trampa más allá —le susurró a su acompañante—.
El lugar es muy a propósito para tender una. No se separe de mi lado.
Un centenar de metros más adelante se dejaron caer al suelo y empezaron a arrastrarse. Cinco minutos de trabajoso avance les llevaron a la vista de la cabaña. Joe observó inmediatamente un detalle: cuando había salido de ella con Indigo, el día anterior, dejaron la puerta abierta; ahora estaba cerrada.
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Joe apretó la cabeza de su compañero contra el suelo arenoso. Algo se movía lentamente en la oscuridad del patio. Un leve ruido dominó por un instante el murmullo del río y una sombra se destacó del perfil de la cabaña y echó a andar hacia el borde del agua. Un centinela de LeGore que iba a beber. ¿Estaría solo aquí? ¿Y dónde estaba acampado LeGore? El acompañante de Joe se movió nerviosamente. Joe le dio un codazo, para recomendarle que se estuviera quieto, y apeló a su inagotable paciencia, semejante a la de un indio.
De repente, el centinela emprendió el regreso a la cabaña, saciada su sed. Por un instante pareció explorar la noche como si olfateara algún peligro. Luego entró en la cabaña; un fósforo ardió brevemente en la oscuridad y se apagó. En aquel espacio de tiempo, Joe se había levantado y cruzado el claro que se extendía delante de la cabaña, pegándose a una de sus paredes con el revólver en la mano. El centinela suspiró y profirió una maldición; una cacerola rodó por el suelo. Esto pareció molestar al centinela, ya que salió rápidamente de la cabaña. En cuanto cruzó la puerta, la culata del revólver de Joe se estrelló contra su cabeza, dejándole sin sentido.
El vaquero de Foshay avanzó también, murmurando:
—¡Acabe con él!
—¡Silencio! —gruñó Joe—. Vuelva al lugar donde estaba y no se mueva.
El bosque puede estar lleno de forajidos.
Dio la vuelta a la cabaña. En la parte trasera encontró a un solo caballo trabado. Con aquella seguridad regresó al lado de su compañero.
—Vaya en busca de los demás. Dígales que vengan a pie. Que dejen a un hombre con los caballos. Dígale que sitúe a los animales de modo que no bloqueen el camino. Y que espere allí a los hombres de Smoky River.
El vaquero se marchó. Joe regresó junto al caballo del forajido y le quitó la brida. Con ella ató a la inconsciente figura, la desarmó y la arrastró hasta el corral. Buscó a tientas una piedrecita, la introdujo en la boca del forajido y lo amordazó con su propio pañuelo. Luego ató el caballo a uno de los pesebres. Al regresar a la cabaña, encontró a los vaqueros de Foshay esperando en completo silencio.
—¿Alguno de vosotros conoce este cañón? —inquirió—. ¿Adónde conduce? ¿Tiene alguna otra entrada? Este no es el único camino para entrar o salir, ¿verdad?
La respuesta no fue demasiado concreta.
—Esta zona está poco explorada, al menos por nosotros. Que yo sepa, el cañón se va estrechando cada vez más. Supongo que acabará hundiéndose en las entrañas de la tierra. Las paredes tienen aquí un centenar de metros de
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altura, pero hay un lugar donde se puede escupir a través del río. Y no creo que haya otra salida.
—Esto no tiene sentido —gruñó Joe—. LeGore no se metería en una trampa por su propia voluntad. Tiene que haber un camino en el otro extremo, o en alguno de los lados.
De LeGore puede esperarse siempre cualquier cosa. Está loco.
—¿De veras? Bueno, muchacho, cuando estés tan loco como LeGore no trabajarás por cuarenta dólares al mes. Una cosa es segura: si existe algún camino en el otro extremo o en alguno de los lados, estará vigilado. Tiene que haber apostado también centinelas a lo largo de los acantilados. No pueden exponerse a que disparen contra ellos desde arriba.
—Resulta casi imposible trepar a esos acantilados. Claro que no conozco esta región. La gente no se mete en ella a menos que tenga dificultades. Y yo no he tenido nunca esa clase de dificultades.
—Bien —decidió Joe—. Voy a continuar avanzando y veré lo que puedo hacer. Vosotros quedaos aquí hasta que lleguen los hombres de Smoky River. Si alguno de ellos conoce un camino para llegar a los acantilados, será mejor que vayan hacia allí sin esperar a más tarde. Pero no empecéis ningún jaleo hasta que yo regrese. Los forajidos tienen en su poder a una muchacha y a mi compañero. No podemos exponernos a herirlos. Supongo que ésta es una de las cartas que está jugando LeGore. ¡Hasta luego!
Joe avanzó hasta el primer declive y, tras una larga espera en la casi opaca oscuridad, reemprendió la marcha, llegó a lo que parecía ser una pequeña depresión en la ladera del acantilado y empezó a trepar por ella, alejándose de la orilla del río. Lógicamente, LeGore debía tener algún centinela apostado en aquel lugar, aunque Joe no consiguió localizar a ninguno; si alguien se movía por aquellos alrededores, el murmullo del río ahogaba el sonido de sus pasos.
Lentamente, continuó su ascensión por la arcillosa ladera del acantilado, trazando una especie de semicírculo que le alejó del curso del río para volver nuevamente a él. Calculando cuidadosamente sus posibilidades, terminó por llegar a la parte superior del acantilado, esperando ver la fogata del campamento de los forajidos ardiendo en la oscuridad desde la próxima hendidura de la pared del cañón. Pero no vio ningún fuego. En cambio, apareció ante sus ojos un largo y tortuoso sendero alrededor de un amplio recodo; y por el intenso resplandor reflejado en la pared opuesta —un resplandor que no penetraba las profundidades del cañón—, Joe sospechó que había una especie de playa que se hundía en las rocas al final del recodo.
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Hasta entonces, el cañón había prometido muchas cosas y no había revelado nada. Pero habiendo llegado a aquella peligrosa situación, Joe no estaba dispuesto a retroceder. Si había un camino que trepaba por la pared del cañón, estaba convencido de que la fogata del campamento de los forajidos lo haría visible; y desde allí podría ocurrírsele alguna idea para rodear a LeGore. En consecuencia, continuó avanzando, deseando apresurarse, pero frenado por la incertidumbre de lo que había delante de él. La parte superior del acantilado era una interminable sucesión de melladuras rocosas. De repente, Joe oyó a un forajido que llamaba a uno de sus compañeros:
—¡Dan! ¡Eh, Dan!
Joe se paró en seco y se dejó caer al suelo, mientras pensaba rápidamente en las posibilidades que se le ofrecían: retroceder, el río o el acantilado. Inmediatamente se dio cuenta de que la retirada era imposible, ya que alguien contestó a la llamada desde el otro lado, lo suficientemente cerca para darle a entender a Joe que estaba atrapado en el tortuoso borde. Por un momento pensó en deslizarse hasta el agua y asirse a alguna roca con las manos. Pero rechazó aquella alternativa; la rápida corriente le hubiera arrastrado. En cuanto a acercarse a uno de los dos forajidos y cogerle desprevenido, era un recurso desesperado que sólo en último caso podía intentarse. Como la mayoría de los llaneros, Joe temía al agua y, por otra parte, le repugnaba la idea de matar a un hombre a sangre fría.
—¡Dan! ¿Vienes ya?
—Sí.
Los forajidos iban a encontrarse inmediatamente debajo de él. Joe se pegó al suelo, conteniendo la respiración.
CAPÍTULO VI
El encuentro de la pareja fue breve y lacónico. —El jefe me ha dicho que ocupe tu puesto, Dan. —¿Alguna novedad?
—Ninguna, que yo sepa. ¿Has oído algo acerca del compañero del enano? El jefe cree que se encuentra por estos alrededores.
—Tonterías. No será tan estúpido como para meter la nariz por aquí. —El jefe cree que es un hombre muy duro. Parece que tiene muchas
ganas de cogerle. Bueno, vete a tomar café. Este lugar está condenadamente húmedo. Creo que me daré un paseo hasta la cabaña.
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Los dos hombres se separaron y echaron a andar en direcciones opuestas. Joe se incorporó y estudió la situación. Si el nuevo centinela se dirigía a la cabaña, pasaría junto a los vaqueros que esperaban a unos metros de ella. Se preguntó si tendrían el suficiente sentido común para no moverse, o si darían a conocer su presencia imaginándose que el que llegaba era el propio Joe.
«Tal vez tengan bastantes sesos como para imaginar que si el que llega no hace ningún ruido, no puedo ser yo. En tal caso, le atacarán por sorpresa y espero que no le den la oportunidad de empezar a disparar.»
Su suerte estaba en manos de los dioses. Entretanto, se le había ocurrido otra idea. La roca que se erguía delante de él parecía permitir un fácil ascenso. Una vez arriba, podría obtener una buena visión del campamento de LeGore, e incluso era posible que pudiera encontrar algún camino descendente que más tarde permitiera a los hombres de Smoky River rodear a los forajidos. Chanto más pensaba en ello, más convencido estaba de que LeGore no se dejaría atrapar en un cañón sin salida. Tenía que existir otro medio para entrar y salir. Pensando en esto, empezó a trepar.
A medida que subía, la inclinación del acantilado se hacía más pronunciada, facilitando su ascensión. Cuando llegó a la cumbre, se encontró mirando directamente a la playa situada en la hondonada. Al resplandor de la gran fogata, contó a unos treinta hombres; los otros diez estaban de guardia, al parecer. El propio LeGore no era visible, ni tampoco Indigo; pero la muchacha estaba sentada junto al fuego, contemplándolo fijamente.
El verla en tan penosa situación, indefensa entre la hez de la región, enfureció a Joe. A lo largo de su agitada vida había presenciado muchas iniquidades, y sabía cuán inhumano puede ser el hombre con sus semejantes, pero nunca había soportado el espectáculo de una mujer víctima de la crueldad humana. Estaba dispuesto a comprender casi todos los errores de la naturaleza humana, pero no podía aceptar una cosa como aquélla. LeGore había traspasado los límites del código moral de Joe; LeGore merecía la muerte como un animal salvaje.
Durante otro par de minutos, su mirada barrió las franjas exteriores de luz. En la pared del acantilado parecían abrirse unas pequeñas galerías excavadas por la acción del agua, y Joe sospechó que LeGore había metido a Indigo en una de ellas. Volviéndose, se arrastró a lo largo de la superficie del promontorio y vio la abertura de una especie de pasillo de un metro de anchura que ascendía por el acantilado. Siguiendo aquel pasillo, llegó al borde oriental del cañón. Exploró a través de los pinos que allí se erguían, en busca del sendero que nunca suele faltar en tales espacios abiertos: senderos
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trazados por los animales del bosque que bajan a beber y que más tarde son aprovechados por el hombre.
Encontró uno de aquellos senderos y avanzó por él un centenar de metros, guiándose por el resplandor de la fogata que aparecía de vez en cuando a través de la maleza. Cuando el sendero empezó a descender hacia el río, Joe aminoró el paso y buscó la protección de los árboles. Aquella entrada al fondo del cañón era demasiado ancha y demasiado llana para que no estuviera vigilada.
Pero, a pesar de que esperó hasta agotar su paciencia, nadie se movió a lo largo del sendero. Los hombres de Smoky River habrían llegado ya a la cabaña y no tardaría en amanecer. Joe no podía permitirse el adoptar demasiadas precauciones; posiblemente, los centinelas estaban apostados más adelante, en el lugar donde empezaba el sendero. De modo que Joe avanzó otro centenar de metros, hasta que se encontró junto al río, mirando la fogata del campamento de LeGore desde el lado opuesto.
Con lo que ahora sabía, podía regresar ya y localizar a sus hombres. Sin embargo, la proximidad de LeGore excitó su curiosidad. Deseaba descubrir dónde estaba Indigo; y al mismo tiempo se le había ocurrido otra idea. Mientras Indigo y la muchacha estuvieran en poder de LeGore, la posición del forajido, aún en el caso de que consiguieran rodearle, sería inexpugnable. Pero si Indigo estaba lo bastante lejos del fuego, y si la muchacha podía apartarse de él… Joe, que era un hombre práctico, descartó la posibilidad de que las cosas pudieran salir tan a la medida de sus deseos; sin embargo, tenía también temperamento de jugador, y recordando que las rachas de suerte favorecían más a menudo al hombre que las esperaba, se aplastó contra la pared del acantilado y se acercó un poco más al campamento.
El perfil irregular del acantilado le servía de escudo. Las sombras que le rodeaban eran todavía muy densas, pero pudo ver a los hombres de LeGore moviéndose ociosamente alrededor de la fogata. También empezó a divisar a alguna ocasional figura envuelta en mantas debajo del saliente que formaban las rocas. Y mientras aguzaba la vista tratando de taladrar las sombras que se extendían más allá del círculo de claridad proyectado por las llamas, LeGore se acercó a la fogata y se inclinó sobre la muchacha. El murmullo del río ahogó sus palabras. Alice Foshay sacudió la cabeza sin levantar la mirada. LeGore extendió un brazo, señalando al acantilado. La muchacha se puso en pie y dio la vuelta a la fogata, con la barbilla retadoramente erguida. LeGore se encogió de hombros y empezó a alejarse.
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Joe se aplastó de nuevo contra las rocas y reanudó su lento avance. Le pareció oír un sonido que no procedía del río, pero ya se había dejado engañar varias veces por el repentino quebrarse del agua contra una roca y no hizo caso de aquel leve eco. El error estuvo a punto de costarle caro. Afortunadamente, un sexto sentido le advirtió del peligro a tiempo. Apenas se había dejado caer al suelo cuando un jinete descendió por el sendero a galope tendido, en dirección a la fogata. Pasó tan cerca de Joe que la gravilla levantada por los cascos del caballo le cayó encima. LeGore se había detenido, con el rostro vuelto hacia el jinete; éste desmontó de un salto y empezó a hablar excitadamente con el forajido, señalando el borde superior del acantilado y el sendero que descendía hacia el cañón. LeGore levantó un brazo y el campamento despertó repentinamente a una febril actividad. Una docena de hombres echaron a correr hacia el sendero descendente. Un ademán de LeGore envió a otros tantos hacia el lugar donde se encontraba Joe.
El pálido rostro de Alice Foshay quedó iluminado por las llamas mientras la muchacha se acercaba más a la pared del acantilado. En aquel momento resonó una descarga cerrada que cogió de lleno al grupo de forajidos que había empezado a subir el sendero. Tres de los hombres cayeron y los demás retrocedieron precipitadamente. LeGore, por su parte, había empezado a apagar la fogata, ayudado por otros forajidos. El resplandor se apagó en las paredes del acantilado, pero con la última lluvia de chispas Joe vio a la muchacha que corría hacia él. El tiroteo se generalizó. Joe abandonó su refugio y saltó hacia adelante para atajar a la hija de Foshay antes de que la negrura del cañón se la tragara.
Estuvo a punto de fracasar en su intento. Alice sabía que la seguirían, y cuando el último resplandor del fuego se hubo apagado echó a correr zigzagueando. Los extendidos dedos de Joe rozaron su vestido. Volviéndose, cogió a la muchacha y recibió un fuerte golpe en el rostro antes de poder darse a conocer.
—¡Un momento! ¡Espere! Soy el compañero del hombre que LeGore tiene prisionero. Yo…
—¡Suélteme! ¡Le mataré!
—De acuerdo, de acuerdo. Pero, tranquilícese, señorita. Vamos a aclarar esto. Lo único que quiero es saber dónde está mi compañero. Confíe en mí. Aplástese contra la pared del acantilado… Así. ¿Dónde tienen a mi compañero? No he podido verle.
—¿Cómo se llama usted?
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—Joe Breedlove.
La muchacha dejó de luchar; se atragantó y empezó a toser. Al parecer, los hombres de Smoky River habían llegado ya, porque el tiroteo era cada vez más intenso y los hombres de LeGore no habían empuñado aún un solo revólver.
—He oído hablar de usted —susurró la muchacha—. Su compañero está atado a una silla de montar en el hueco del acantilado, casi directamente enfrente de la fogata. ¿Cómo saldré de aquí?
—No volverán a encender la fogata —murmuró Joe—. Creo que voy a mezclarme con ellos para buscar a Indigo.
Un proyectil se estrelló contra la roca muy cerca de ellos; otro se hundió en el agua, a muy poca distancia de la orilla. Joe se colocó delante de la muchacha y la empujó hacia el sendero. LeGore se reservaba algún triunfo; la playa estaba demasiado tranquila. Joe avanzó hasta localizar el final del sendero que trepaba por el acantilado; se detuvo un momento a escuchar y luego guió a la hija de Foshay hasta allí.
—Ahora, a correr.
La advertencia era innecesaria. La muchacha trepó ligera como una gacela, hasta el punto de que cuando Joe llegó a la parte superior del acantilado, empapado en sudor y con el corazón palpitante, una mano suave se agarró a su brazo. De haber sido diez años más joven, Joe se hubiese sentido lastimado en su amor propio. Ahora, se limitó a aspirar una profunda bocanada de aire y a congratularse mentalmente de que la muchacha estuviera lejos del alcance de las garras de LeGore.
—Mi cuerpo empieza a no estar para estos trotes —murmuró—. Bueno, aquí está segura, señorita. Escóndase entre la maleza hasta que yo regrese. Voy a ver lo que puedo hacer por Indigo.
Alice se agarró a su chaqueta.
—¡No conseguirá usted nada! —exclamó—. No es que me asuste quedarme sola, pero LeGore le matará si le coge allí. Le dijo a su amigo que usted le seguiría y que él le destrozaría el corazón de un balazo. Le odia a usted, míster Breedlove. Cree que está levantando a la región contra él.
—Lo cual es un agradable cumplido, ¿no le parece? —dijo Joe—. Pero Indigo está en un apuro…
—LeGore no le hará ningún daño. Sólo odia a los hombres que se oponen a su autoridad. ¡Es un salvaje sin entrañas!
—¿De veras? Bueno, no demuestra conocer mucho a Indigo si cree que aquel pequeño cartucho de dinamita no puede derribar las columnas sobre su
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cabeza en cuanto tenga ocasión. No falta mucho para que se haga de día. En caso de que yo no apareciera…
En aquel momento se oyeron los cascos de varios caballos resonando en el sendero y aplastando la maleza a su paso. Joe empujó a la muchacha hacia atrás en el preciso instante en que un aullido volaba como una jabalina a través de la noche. Luego, el bosque se tragó la sombra del último de los jinetes.
Joe no maldecía nunca delante de una mujer, pero ahora lo hizo furiosamente.
—Ese aullido lo ha proferido Indigo. ¡Y se lo han arrancado del cuerpo!
¡He de enviar a todos esos forajidos al infierno!
—Lo siento —murmuró la muchacha.
—¡Son todos de la misma calaña que su jefe! Bueno, vamos a buscar un camino a través de esta selva.
Hacia el este se insinuaba tímidamente la aurora. Joe y la muchacha emprendieron la marcha, dejando detrás de ellos el murmullo del río. Un cuarto de hora más tarde se encontraban en el fondo de un barranco. Joe se detuvo para orientarse.
—A la izquierda está el norte. A la derecha, el sur. Ignoro lo que hay más allá. Estoy desorientado. Esta región es nueva para mí. Pero cogeremos el camino de la derecha y veremos lo que pasa. No me extraña que LeGore se sienta a salvo. Lo que no comprendo es por qué se metió en el cañón.
—Para atraerle a usted allí —dijo la muchacha—. Me lo dijo a mí.
—¿De veras? —inquirió Joe, en tono dubitativo—. No creo que recorriera toda la región únicamente por eso.
Pero la hija de Foshay tenía buenos motivos para conocer la mente del forajido.
—Hará cualquier cosa que sirva a sus propósitos.
—Entonces, ¿qué se proponía al llevársela a usted? —preguntó Joe. —No creo que quisiera hacerme ningún daño —dijo la muchacha—. ¡Oh!
Ignoro lo que pensaba su cruel cerebro. Tal vez humillarme, porque soy la hija de un hombre al que él odiaba. O quizás aterrorizar a la región, mostrando a la gente de lo que es capaz.
Joe permaneció silencioso unos instantes. En el horizonte, un dedo invisible trazaba una delgada raya de luz.
—Cuando un hombre tiene que alimentar continuamente una fama acerca de sí mismo —murmuró finalmente Joe—, acaba volviéndose loco. Eso es lo que le ha sucedido a LeGore. Pero al poner las manos sobre usted ha
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sobrepasado la medida. Ningún pueblo, por asustado que esté de un forajido, deja impune un acto de esta naturaleza. Smoky River reaccionará. Y acabaremos con esa banda, si alguien no se apresura demasiado al disparar.
Habían llegado a la cima de una pequeña loma y desde allí vieron la cabaña de Bonnick. En los corrales se movían unos caballos y en el patio brillaba la luz de un farol. Joe le recomendó silencio a la muchacha y reanudaron la marcha. Cuando se encontraban a un tiro de piedra de la cabaña, una larga hilera de jinetes apareció en la parte superior del cañón. Los hombres de Smoky River echaron pie a tierra. Un joven pelirrojo echó a correr hacia Alice Foshay. Joe se volvió bruscamente y se encontró ante un rostro familiar: uno de los vaqueros de Foshay.
—¿A quién se le ocurrió la idea de empezar a disparar tan pronto? — preguntó Joe.
—Estábamos esperándole a usted, cuando un grupo de forajidos se nos echó encima. ¿Qué otra cosa podíamos hacer? De todos modos, le hemos dado un susto a LeGore. Ha salido huyendo. Pero, ¿por dónde diablos se habrá marchado?
—Por la puerta trasera —replicó secamente Joe—. No supondrá usted que es tan estúpido como para meterse en un callejón sin salida, ¿verdad?
—Bueno, de todos modos, le hemos obligado a soltar a miss Foshay. No es tan poderoso como creíamos.
—Todavía tiene a mi compañero —observó Joe.
Un hombre de mediana edad se acercó a él.
—Se llama usted Breedlove, ¿no es cierto? He encontrado esta nota para usted clavada en una estaca del campamento de LeGore. Parece como si LeGore le invitara a seguirle.
Joe cogió la nota y la leyó:
Breedlove: Si quiere a su compañero vivo, venga a buscarle a Plaza.
Slash LeGore.
Otro hombre de Smoky River estaba leyendo la nota por encima del hombro de Joe. Suspiró:
—He crecido con Slash, Breedlove. Le conozco como si fuera mi hermano. Lo que dice en esa nota no es una baladronada.
Joe no hizo ningún comentario, pero a la indecisa luz de la mañana su enjuto y cansado rostro adquirió una expresión salvaje. Acababa de despertar en él un aspecto de su naturaleza que durante toda su vida había estado
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reprimiendo. Cuando montó en un caballo y cabalgó al frente del grupo hacia Smoky River, era un sanguinario asesino.
CAPÍTULO VII
Joe Breedlove creía sinceramente que su naturaleza correspondía a la de un espectador de la vida, y que era más feliz cuando observaba a los seres humanos desde la barrera. Pero, como ocurre casi siempre, la teoría y la práctica no marchaban de acuerdo. A pesar de la frecuencia con que repetía que su lema era la paz, y que no deseaba ser caudillo de ninguna causa, la noria de los acontecimientos le colocaba incesantemente por encima de la multitud. En su alta y tranquila figura había algo que inspiraba confianza a primera vista. A pesar de la modestia con que se producía en sus relaciones con los demás hombres, su verdadera naturaleza acababa por situarle a la cabeza del grupo. No podía evitarlo. Cada milla y cada año de su vida estaban señalados por la obediencia de otros hombres que habían visto en él a un jefe.
Lo mismo sucedía ahora. Desaparecido Foshay, Smoky River veía en él al hombre capaz de acaudillarles. No fue por casualidad que cuando el grupo emprendió la marcha hacia el pueblo Joe cabalgara en cabeza; ni era por casualidad que los que habían estado cerca de él durante la turbulenta noche le rodearan ahora esperando lo que tuviera que decirles. Joe tenía mucho que decirles, pero, observándoles cuidadosamente, se dio cuenta de que no era el momento de hablar. Conocía demasiado a los hombres para apremiarles más allá de un determinado límite. Estaban cansados y hambrientos. El espíritu de lucha se había apagado en ellos. Algunos estaban asustados y temían la venganza de Slash LeGore; otros se daban por satisfechos con haber desafiado al forajido y rescatado a la muchacha. Indigo no significaba nada para ellos. En consecuencia, Joe eludió prudentemente el tema.
—Necesitamos una buena comida y un buen descanso. Pero no os alejéis del pueblo. No hemos terminado todavía.
El joven pelirrojo había llevado a Alice Foshay al hotel y sólo captó la última frase.
—Desde luego que no —murmuró—. Nos quedan unos cuantos huesos que roer.
Joe tomó nota de aquella observación y decidió que el pelirrojo fuera su lugarteniente. A continuación fue a tomar su primera comida sólida en treinta y seis horas. Después se dirigió con paso cansado al hotel y se acostó.
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Cuando se despertó era de noche y a través de la ventana llegaba el ruido de unos carromatos que salían del pueblo. Una leve corriente de aire le hizo intuir que la puerta de la habitación estaba abierta; en efecto, el vaquero pelirrojo estaba sentado en una silla, fumando un cigarrillo. Joe permaneció completamente inmóvil unos instantes, preguntándose si se estaría haciendo viejo. Cinco años antes, ningún hombre hubiera entrado en su habitación sin despertarle. Cada año que transcurría añadía una pesada carga al cuerpo, embotaba un poco más los sentidos, iba desajustando los nervios y la vista. Su espíritu de lucha sería el mismo cuando se encontrara frente a LeGore, el mismo impulso destructor movería su brazo hacia el revólver. Nada enfriaría su decisión de matar. Pero, por rápido que fuera, sabía que su rapidez no sería la de sus años mozos. Se preguntó si a LeGore le ocurriría lo mismo.
—¿Qué hay, muchacho?
El pelirrojo se sobresaltó.
—¡Caramba, me ha asustado usted! Estaba tan quieto, que no me he dado cuenta de que se había despertado…
—¿Pasa algo?
—Quería darle las gracias por haber sacado a Alice de aquel apuro. Anoche creí que me volvía loco. Estaba dispuesto a meterme en el campamento de LeGore, pero los muchachos lo impidieron, diciéndome que sería un suicidio y sólo contribuiría a empeorar las cosas. Pero quiero decirle que Alice y yo estamos en deuda con usted. Sé que nunca podremos pagárselo, pero a partir de este momento, de día o de noche, cuente conmigo para lo que sea.
Joe se sentó en la cama y empezó a ponerse las botas.
—Gracias, muchacho —dijo—. Supongo que vas a casarte con aquella señorita, ¿no es cierto?
—Sí.
—Pégate bien a ella, muchacho. No hay nada… —Las palabras parecieron apagarse a través del humo. Joe suspiró, pensando en la época en que acariciaba algo más que recuerdos—. No hay nada como el matrimonio, hijo mío. Un hombre soltero es un animal solitario. Está incompleto. Dios no creó al hombre para que viviera solo.
—No pensamos casarnos —explicó el pelirrojo— hasta que lo de LeGore esté solucionado. No habrá paz para mí mientras él se encuentre por aquí. Y al paso que vamos… ¿Tiene usted alguna idea?
—Sí.
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—Entonces, por el amor de Dios, póngala en práctica antes de que los hombres de Smoky River vuelvan a hundirse en la sombra. Yo no tengo la talla suficiente para organizar ningún grupo. Foshay pudo haberlo hecho. Usted puede hacerlo. Nadie más. A usted le escuchan. Tienen confianza en usted. Hay cincuenta hombres capaces de enviar al infierno a la banda de LeGore, pero necesitan a alguien que les dirija.
—¿Puede confiarse en todos ellos? —preguntó suavemente Joe.
—No incluía a los hombres en los cuales no se puede confiar.
Joe se puso en pie y se dirigió hacia la calle, seguido por el pelirrojo. —Voy a comer un bocado —dijo Joe—. Reúne a todos los hombres en el
vestíbulo del hotel. Quiero hablar con ellos. Y si hay alguno en el cual no confías, ponte detrás de él y hazme una seña con la cabeza a fin de que pueda saber quién es. Tengo una idea que puede dar resultado, pero no podemos cargar con ningún peso muerto.
—De acuerdo —asintió el pelirrojo, y se marchó. Joe entró en el restaurante.
Saboreó su comida como si encontrara en ella inesperados placeres, en tanto que su mente estaba ocupada en otros pensamientos: recuerdos de juventud, algunos de los grandes duelos en que había participado a lo largo de su tormentosa carrera… Aquellos pensamientos, de modo indefectible, le conducían a la rígida y grisácea figura de LeGore. Se enfrentaría con LeGore antes de que brillara la luz del nuevo día, estaba tan seguro de ellos como del hecho de su propia existencia.
Joe no sentía ningún temor, su pulso latía tan acompasadamente como siempre; pero estaba visualizando el rostro muerto de LeGore, la acerada flexibilidad de su hombro y de su brazo, la enorme fuerza de sus dedos. Incluso oía su monótona e inexpresiva voz. El hombre poseía todos los elementos de una potencia destructiva: poder físico, un egoísmo que superaba toda debilidad, agilidad de tendones y articulaciones, y una fría impasibilidad que le asemejaba a un reptil. Joe no temía a LeGore, pero mientras levantaba sus ojos azules a la luz se preguntó cuál de los dos vería amanecer el siguiente día. Se bebió el resto de su café y se puso en pie para pagar la cuenta.
—Ese bistec —le dijo al dueño del restaurante— permanecerá en mi mente como el mejor que nunca he comido, amigo.
—Podrá comer otros como ése —dijo el dueño—. Venga aquí mañana y le serviré otro todavía mejor. Un hombre tiene que comer carne. Guardaré el mejor trozo en la nevera para usted.
Pero Joe sonrió, con una sonrisa triste, mientras abandonaba el lugar.
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—No me refería a la calidad de la carne, amigo, ni a la salsa con que estaba adobada. Las cosas saben mejor cuando no estamos seguros de que podremos volver a saborearlas.
Se dirigió hacia el hotel, en cuyo vestíbulo encontró a medio centenar de hombres que le esperaban. Cruzó por en medio de ellos y subió unos peldaños de la escalera para dominarlos mejor. Cuando empezó a hablar en el vestíbulo reinaba un silencio de muerte.
—Mientras LeGore continúe con vida, no tendréis un solo día de paz, no dormiréis una sola noche a gusto. Mientras él esté vivo, tendréis que inclinaros ante su palabra. Lo que ha hecho hasta ahora no es más que una pequeña parte de lo que hará. Ha asesinado a Foshay, ha saqueado este pueblo, ha puesto sus sucias zarpas sobre una mujer y ha incendiado un rancho. Tiene prisionero a mi amigo. Cree que todos vosotros estáis mortalmente asustados de su nombre. Y si vosotros pensáis que habéis terminado con él y que lo mejor que podéis hacer es dejarle en paz, estáis al borde del suicidio. LeGore me ha enviado un reto personal que voy a recoger. Esta noche me dirigiré a Plaza. Necesito detrás de mí a cuarenta jinetes que me ayuden a limpiar definitivamente aquel nido de víboras.
No había levantado la voz en ningún momento, y cuando terminó de hablar el silencio era tan absoluto como cuando empezó. Pero Joe sabía, por la expresión de los rostros de los hombres que tenía ante él, que se los había ganado. Empezó a descender los peldaños de la escalera, pero se detuvo al ver que el pelirrojo estaba detrás de Cash Cairns y movía la cabeza de un modo casi imperceptible. El comisario había regresado a Smoky River, convencido de que su secreto estaba a salvo en Plaza. Joe volvió a tomar la palabra.
—Quiero hombres que me sigan sin la menor duda en sus mentes. Cuando emprendamos la marcha no habrá lugar para la traición, y si alguien comete ese error no vivirá para arrepentirse de él. Esta noche no habrá más ley que la nuestra. Se lo advierto a los indecisos y a los que puedan creer que les convendría más luchar por Plaza. Los que estén de acuerdo conmigo pueden seguirme.
El pelirrojo le dirigió una significativa mirada y Joe asintió lentamente mientras se encaminaba a la calle. Los hombres de Smoky River avanzaron detrás de él en una masa compacta, y cuando hubo ensillado su caballo cincuenta jinetes le esperaban ya, dispuestos a cabalgar.
Emprendieron la marcha en silencio. Al llegar a las afueras del pueblo, Joe se detuvo.
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—Para vuestra información, muchachos, vamos a dar un rodeo y a entrar en Plaza por la parte de atrás. Nos estarán esperando. Seguramente habrán apostado varios centinelas allí, pero el grueso de sus fuerzas se encontrará en la parte delantera, creyendo que llegaremos por allí. Ahora, todos en marcha.
Las últimas luces de Smoky River fueron apagándose detrás del grupo de jinetes, que no tardó en quedar engullido por la oscuridad del desierto. Cabalgaron milla tras milla, envueltos en una nube de polvo. De repente se encontraron ante un puente que cruzaba un arroyo seco. Joe dio un rodeo, apartándose del camino, y el grupo trazó un amplio círculo hacia el norte. El pelirrojo había conseguido finalmente ponerse a la altura de Joe. Murmuró:
—Cairns estaba con nosotros al salir, pero ha desaparecido. Oyó lo que usted dijo acerca de entrar en Plaza por la parte de atrás. Será mejor que nos aseguremos de que no viene con nosotros.
—Dentro de un rato —dijo Joe.
—Si se ha adelantado a nosotros y advierte a los forajidos, puede hacernos mucho daño.
—O mucho bien —murmuró Joe.
—No confío en él. Creo que está de parte de LeGore.
—Yo lo sé positivamente. Anoche le vi en Plaza hablando con LeGore. —Entonces, razón de más para que comprobemos… —Dentro de un rato.
El rato se convirtió en horas. De repente, brotó delante de ellos la silueta de un molino de viento, y Joe, que lo había visto el día anterior, se detuvo allí. Detrás de la solitaria torre había una balsa de agua donde abrevaron los caballos.
—Ahora —dijo Joe—, vamos a ver si Cairns se encuentra entre nosotros. ¡Cairns!
Hubo una rápida inspección entre los jinetes.
—No está aquí.
—Salió con nosotros.
—¡Y ahora no está!
—¡Se ha adelantado para advertir a LeGore!
—Entonces, estamos perdidos.
—¿Quién dice eso? ¡Vamos a aplastar aquel cubil!
—No será fácil llegar a Plaza si los forajidos están sobre aviso… —¿Qué dice usted, Breedlove? Vamos a cambiar de planes, ¿verdad? —No entraremos en Plaza hasta las tres de la mañana —respondió
tranquilamente Joe—. A esa hora, todos los hombres que no estén dispuestos
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a luchar contra nosotros se habrán acostado o se habrán marchado a las minas. En las calles no quedarán más que los hombres de LeGore. Somos tantos como ellos, y no podrá preocuparnos la posibilidad de disparar contra algún inofensivo transeúnte.
—Pero si LeGore está sobre aviso, nos esperará en la parte posterior del pueblo con todas sus fuerzas.
—Nunca pensé entrar en Plaza por la parte posterior —dijo Joe—. Quería que Cairns me oyera decirlo. Y quería que se separara de nosotros y fuera a advertir a LeGore. Entraremos por la parte delantera.
—¿Nos vamos ya?
—Todavía no.
El grupo descansó mientras transcurrían las horas, interminables para los miembros más inquietos. De vez en cuando, Joe encendía un fósforo para consultar la hora, y cuando las manecillas de su reloj señalaron las dos dio la orden de reemprender la marcha. Esta vez, la dirección cambió del norte al sudeste, regresando al camino principal. Transcurrió otra hora. A la izquierda se hizo visible la loma que se erguía detrás de Plaza como un centinela. A la derecha, a cierta distancia del pueblo, una hilera de luces parpadeaba a través de la tierra. Se encontraban a unas dos millas de distancia de Plaza y Joe ordenó un alto. La hilera de luces avanzaba lentamente hacia ellos, y el eco lejano de los carromatos creció hasta convertirse en una confusión de ruidos. Eran los mismos carromatos que habían salido de Smoky River a las siete de la tarde. Joe preguntó:
—¿Cómo se llama el jefe de esa caravana?
—Kearwill —murmuró el pelirrojo—. Es el individuo que encontró el cadáver de Bonnick.
—Ya. ¿Qué clase de hombre es? ¿De qué lado está?
—Es una excelente persona. Pero tiene un negocio y se mantiene al margen de la lucha. No puede permitirse tomar partido por unos o por otros, ya que está obligado a viajar continuamente por toda la región.
—Si invierte dos días y dos noches para el viaje de ida y vuelta, ¿cuándo duerme el pobre diablo? —inquirió Joe.
—Tenía un encargado con el cual alternaba los viajes —explicó el pelirrojo—, pero LeGore lo expulsó de la región, por algún motivo que desconozco, la semana pasada. Kearwill está haciendo todos los viajes hasta que encuentre a otro hombre de confianza. En cuanto a los muleros, no le prestaría un níquel a ninguno de ellos.
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—De acuerdo, muchachos —decidió Joe—. Extendeos a lo largo del camino para cubrir a esos carromatos. Probablemente no habrá dificultades, pero no podemos exponernos a un tiroteo. Entraremos en Plaza con los carromatos.
—Que me aspen si no es la mejor idea que he oído en toda mi vida — gruñó uno de los jinetes.
El grupo se extendió a ambos lados del camino para rodear a los carromatos. Joe, acompañado por el pelirrojo y media docena de jinetes, avanzó rápidamente hasta que el carromato que iba en cabeza, al ver la obstrucción, se detuvo. Inmediatamente se adelantó un hombre a caballo. Era Kearwill.
—¿Qué diablos pasa aquí?
—Buenas noches —le saludó cortésmente Joe—. Siento molestarle. Kearwill se inclinó a coger el farol del carromato más próximo. Lo alzó
entre sí mismo y el grupo de Joe.
—Buenas noches. ¿Qué están haciendo aquí los hombres de Smoky River? Esto me huele mal. —Miró a Joe con más atención—. ¿Dónde le he visto a usted antes?
—En Smoky River, la noche en que asesinaron a Foshay. Siento mucho tener que interrumpir su viaje, pero no puedo evitarlo. Voy a tomar prestados sus carromatos para entrar en Plaza con mis hombres.
Kearwill era un hombre de modales agradables, pero cuando la ocasión lo requería sabía también mostrarse firme.
—Oiga, amigo, me está pidiendo que tome partido, cosa que no puedo hacer. Me crearía dificultades con Plaza. Tengo un negocio, y he de estar bien con todo el mundo. No puedo hacer lo que me pide.
—¿Le gusta Plaza? —inquirió Joe.
Kearwill se encogió de hombros.
—Mi opinión personal no tiene nada que ver con mi negocio. Tiene que gustarme Plaza. Se necesita ser todo un diplomático para tratar con esa gente. He estado haciendo equilibrios durante más de un año. Si le ayudo a usted, no podré volver a pasar por Plaza.
—Mientras la gobierne LeGore —rectificó Joe.
—No veo ninguna posibilidad de que cambien las cosas —fue la seca respuesta de Kearwill.
—Van a cambiar esta misma noche. Lo siento, Kearwill, pero voy a utilizar sus carromatos.
—No lo permitiré —replicó Kearwill.
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Era una negativa completa y obstinada, aunque sin ninguna ira personal. —Mire a su alrededor —dijo Joe—. Hay cincuenta hombres cubriendo
sus carromatos.
Kearwill miró. Su rostro, agotado por el trabajo y por la falta de sueño, se contrajo.
—No puedo utilizar la fuerza, amigo. Pero me está usted haciendo una afrenta personal. Recuérdelo.
—No —le contradijo Joe—. Nadie volverá a molestarle.
Kearwill levantó una mano resignadamente.
—Haga lo que quiera.
Joe llamó a sus hombres en voz baja.
—Reunid a los muleros aquí. Cinco hombres se quedarán con los caballos y se ocuparán también de los muleros.
El joven pelirrojo señaló a los cinco hombres que debían quedarse, mientras Joe recorría la hilera de carromatos, inspeccionándolos.
—Ocho de vosotros subiréis al primer carromato y os ocultaréis debajo de la lona. Si hay que sacar parte de la carga, podéis hacerlo. Yo me hago responsable de ella, Kearwill. Los cinco carromatos siguientes llevarán dos hombres cada uno, uno para conducir y otro de escolta. Ocho y diez son dieciocho. El resto de nosotros irá en los dos últimos carromatos. Manos a la obra.
»El carromato que va en cabeza se detendrá junto al establo y el resto se extenderá a lo largo de la calle, de modo que los dos últimos queden casi enfrente del gran “saloon” y de la cárcel contigua. Al detenernos, los ocupantes del primer carromato ocuparán el establo y cubrirán a los hombres de LeGore que puedan llegar procedentes de la parte posterior del pueblo. Los de los carromatos del centro buscarán refugio a lo largo de la calle para cubrir sus dos extremos. El resto de nosotros entraremos en la cárcel y en el “saloon”, que son los cubiles de la banda de LeGore. Que nadie actúe por su cuenta. Vigilad las callejas. No os coloquéis delante de ninguna luz. Los muchachos que conduzcan los carromatos se hundirán el sombrero hasta los ojos cuando entremos en aquel antro de iniquidad, ya que alguien podría reconocerlos. No es probable, ya que está muy oscuro y saben que la caravana de carromatos tiene que cruzar el pueblo. Pero no hay que descuidar ninguna precaución. Bajad las mechas de los faroles.
—¿Qué debo hacer yo? —preguntó Kearwill.
—Me gustaría que cabalgara al frente de los carromatos, como de costumbre. Cuando nos detengamos, ocúltese donde pueda.
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—¿Es una orden, o una petición personal?
Joe sacudió la cabeza.
—No soy nadie para darle órdenes, Kearwill. Pero no olvide que nuestra victoria de esta noche significará un beneficio para usted.
Kearwill pareció meditar profundamente. Los hombres de Smoky River estaban introduciéndose debajo de las lonas.
Joe sacudió la cabeza.
—¿Cree que puede vencer a LeGore?
—Vamos a aplastar a su banda, a destruir su poder. Esto es seguro, si conseguimos entrar en el pueblo sin ser descubiertos. En cuanto al resultado de mi lucha personal con LeGore, no puedo garantizarle nada, pero eso no importa. Si sale de Plaza vivo, no volverá a levantar la cabeza en la región. Muerto o vivo, desaparecerá de aquí.
—Ha pasado mucho tiempo desde que vi a un hombre con suficientes redaños para enfrentarse con LeGore —dijo Kearwill—. Estoy con usted. Vamos.
—¿Todos preparados? —preguntó Joe.
—Todos preparados.
—Entonces, en marcha.
Descabalgó, entregó su caballo a los hombres de Smoky River que iban a quedarse y formuló una última advertencia.
—No dejéis que los muleros armen jaleo. Y nada de disparos. Quedaos aquí hasta que oigáis desencadenarse el infierno en Plaza. Entonces, acudid con los caballos.
Cuando el último carromato pasó junto a él, trepó al vehículo y se metió debajo de la lona. Diez hombres habían descargado la mercancía para instalarse incómodamente sobre la dura plataforma, dejando únicamente dos o tres cajas en la parte trasera. Joe levantó el extremo de la lona para que entrara el aire y poder vigilar el camino. A paso de tortuga, fueron acercándose a Plaza.
—Espero —murmuró una voz sepulcral— que a nadie se le ocurra estornudar cuando pasemos por delante de los centinelas de LeGore.
—Por haberlo dicho —gruñó otro—, ya parece que me está picando la nariz.
Joe dejó caer la lona.
—Calma, muchachos. Nos estamos acercando y en cualquier momento podemos tropezamos con un centinela. Yo…
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Un jinete galopó a lo largo de la hilera de carromatos, rodeó el último vehículo y se situó a la altura del conductor.
—¡Eh, amigo! ¿Tienes un poco de tabaco de mascar?
El conductor, seguro en la oscuridad de la noche, hizo frente a las circunstancias con admirable sangre fría.
—No soy un estanco ambulante —replicó. —Bueno, puedes abrir alguna de esas cajas, ¿no?
—En este viaje sólo llevamos jaulas de canario, amigo. Jaulas de canario y peceras.
—Otro día será. ¿Has visto a alguien por el camino? —Hace un rato se cruzó con nosotros un grupo de jinetes. —¿Quiénes eran?
—No me detuve a preguntárselo —respondió el conductor—. Parecían tener prisa.
—Es posible que la tuvieran —dijo el jinete, y se alejó al galope.
De repente, la caravana hizo un alto y Joe notó que un sudor frío empapaba su piel. Luego reanudaron el avance, más lentamente. Una luz brilló contra la lona; a través de una pequeña abertura, Joe vio a un par de jinetes que surgían de un lado del camino y empezaban a seguirles de un modo casual, hablando entre ellos. Aparecieron unos corrales, después unas casas y finalmente se encontraron dentro de Plaza.
Un momento más y estarían junto a la guarida de LeGore. Un momento más y la soñolienta calma de la madrugada quedaría interrumpida por el fragor de la lucha. La mano de Joe descendió hasta su revólver, mientras se preguntaba si LeGore habría sospechado aquella posible utilización de los carromatos. Los jinetes continuaban siguiéndoles, aunque ahora se habían rezagado un poco y no parecían tener el menor interés en la caravana que les precedía. Aparte de ellos, la calle estaba desierta.
Más adelante, uno de los conductores empezó a maldecir a las mulas con voz furiosa. Chasqueó un látigo. Joe aferró el borde de la lona. Un freno chirrió contra una rueda. El último carromato se detuvo. Joe levantó rápidamente la lona, envió las cajas al polvo de un puntapié, y saltó al suelo en unión de los hombres de Smoky River. En la cabeza de la columna, un disparo de rifle pareció llenar el pueblo con su rugido. Los jinetes que habían seguido a la caravana se apartaron apresuradamente del centro de la calle, disparando. Joe envió una bala al que tenía más cerca y no supo nunca si le había matado o no, ya que sus oídos quedaron ensordecidos por el tronar de
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los revólveres a ambos lados de él, y bajo aquel salvaje granizo los hombres de Plaza empezaron a caer.
Joe corrió hacia la puerta de la cárcel, pero estaba bloqueada por varios de sus hombres. Una vez fuera de los carromatos, habían enloquecido y nada de lo que Joe les dijera ahora podría hacerles entrar en razón. Joe les había aguijoneado y traído hasta aquí; ahora, la lucha era cosa suya. Derribaron las puertas del «saloon» contiguo destrozaron las ventanas y se precipitaron al interior, mientras se alzaba un griterío de rabia y de dolor a lo largo del camino que se habían abierto.
LeGore no había sido tan ingenuo como para confiar de un modo absoluto en la historia que le contó Caish Cairns; el pueblo estaba lleno de forajidos, apostados en lugares estratégicos. Estaban a lo largo de la calle, alrededor de los corrales y ocupando las esquinas. LeGore les había situado bien, pero acostumbrado al paso de los carromatos por el pueblo, no se le había ocurrido que pudieran ser algo más que prosaicos instrumentos de comercio. Breedlove había acertado: en un mundo de engaño y de traición, había descubierto muchas veces que la cosa más evidente era la más falaz.
Como un buen general, permaneció unos instantes en pie al lado de un carromato, contemplando el afluir de los forajidos desde las zonas tranquilas al centro de la batalla, esperando ver aparecer a LeGore… y preguntándose dónde podría estar Indigo. La resistencia en la cárcel había quedado aplastada, y los hombres de Smoky River salían del edificio para enfrentarse a un grupo de forajidos procedentes de la parte posterior de los corrales. Joe entró en la oficina de la cárcel, tropezando con los restos del escritorio, sillas y otros muebles. Un hombre de Smoky River levantó una lámpara sobre su cabeza como una antorcha sin dejar de apuntar con su revólver a tres individuos alineados contra la pared. Otro estaba tendido boca abajo en el suelo, inmóvil.
—No puedo quedarme aquí vigilando a estos bandidos —gruñó el hombre de Smoky River—. Tendríamos que encerrarlos en la celda. ¿Dónde está la celda, granujas?
Alguien gritó con voz de falsete desde detrás de una puerta cerrada. Joe reconoció aquella voz, derribó la puerta de un puntapié y se encontró ante un corto pasillo a ambos lados del cual había una reja de hierro.
—¡Indigo!
—¡Sácame de este maldito lugar antes de que termine la lucha! ¡He de entregar personalmente algunas tarjetas de visita! ¡Sácame de aquí, Joe!
Breedlove se volvió hacia los prisioneros. —¿Alguno de vosotros sabe dónde están las llaves?
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Uno de los hombres señaló a la inmóvil figura tendida en el suelo.
—Era el jefe de policía. Las lleva encima. En el bolsillo izquierdo de su chaqueta.
Joe se arrodilló junto al cadáver, mientras el hombre de Smoky River murmuraba en tono solemne:
—La paga del pecado…
—¡Cierra el pico! —ladró Indigo—. Nadie ha recogido aún su paga. Espera a que salga de aquí…
Joe encontró las llaves. Se adentró en el pasillo y liberó a su compañero, el cual entró en la oficina de la cárcel como un loco, cogió un cinturón canana perteneciente a uno de los prisioneros y se lo colocó alrededor de su estrecha cintura con tanta fuerza que pareció que trataba de partirse a sí mismo en dos. Llevaba una barba de tres días y el ansia acumulada de lucha había puesto una pálida llama verde en sus ojos. Anonadó a los tres prisioneros con una terrible mirada, expulsó una gran bocanada de aire como si quisiera librar a su raquítico pecho de los miasmas del encierro y profirió un aullido capaz de destrozar los nervios más templados.
—¡Vamos, Joe! ¡Esos salvajes llevan mucho tiempo esperando una verdadera diversión, y ahora van a tenerla! ¡Vamos, Joe!
Indigo salió de la oficina como un huracán. Joe esperó a que el hombre de Smoky River encerrara a los tres prisioneros en la celda.
—Ahora es usted el carcelero —le dijo—. No se mueva de aquí. No tardaremos en traerle más huéspedes.
Luego siguió a Indigo. Apenas habían transcurrido treinta segundos, pero Indigo estaba ya agachado al lado de un carromato, disparando a través de los radios de una rueda. Un proyectil se estrelló contra la barandilla de hierro del carromato, y otro chocó contra el suelo, a sus mismos pies. Joe levantó la mirada hasta el segundo piso del edificio de enfrente y vio a dos forajidos que disparaban desde otras tantas ventanas. Envió una andanada de balas contra ellos y echó a correr calle arriba, gritándole a Indigo que le siguiera.
Pasó junto a un hombre caído en un oscuro portal y gimiendo lastimeramente; echó una ojeada a un «saloon» para ver a un grupo de forajidos alineados contra la pared, con las manos en alto. Aquí y allá seguían produciéndose algunas luchas individuales, pero era evidente que la resistencia tocaba a su fin y que el ataque de los hombres de Smoky River había aplastado definitivamente a los forajidos. Pero, ¿dónde estaba LeGore?
Sin darse cuenta, Joe había llegado a una zona oscura y solitaria. Indigo había vuelto a desaparecer. De repente, una puerta se abrió y volvió a cerrarse
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en alguna parte detrás de Joe. Se aplastó contra la pared, mientras una voz monótona e inexpresiva pronunciaba su nombre.
—¡Breedlove!
La figura del hombre era completamente invisible en medio de la opaca oscuridad, pero Joe hubiera reconocido aquella voz entre otras mil. Súbitamente, el calor de su ira remitió y una fría corriente fluyó a lo largo de su espinazo. Se oyó a sí mismo hablando lentamente, casi sin inflexión.
—Veo que tiene usted la costumbre de quedarse en la sombra, mientras los imbéciles que le siguen le sacan las castañas del fuego, LeGore. ¿Preparándose para huir?
LeGore ignoró la pregunta.
—Creí que tendría que buscarle en otra ocasión. Estaba dispuesto a seguirle hasta el fin del mundo. Usted y yo tenemos una cuenta que ajustar. Y Dios ha querido que sea ahora. Nunca había cometido el error de dejar que un hombre peligroso se cruzara dos veces en mi camino. Pero lo cometí con usted, Breedlove. Usted es un hombre peligroso para mí. Lo supe el primer día que le vi. Dos hombres tan iguales como usted y como yo no pueden vivir juntos en la misma región.
—Se equivoca usted de medio a medio —murmuró Joe— al decir que somos iguales.
—No. Usted está al lado derecho de la valla, y yo al izquierdo, pero eso no cambia las cosas. En el fondo, somos de la misma pasta. Nunca admití que otro hombre pudiera ser tan duro como yo, y aún me resisto a admitirlo. Dentro de unos instantes aclararemos ese extremo.
—¿Duro? —inquirió Joe—. Si es usted tan duro como dice, ¿por qué se ha ocultado como un conejo mientras mis hombres barrían a los suyos? ¡Duro! ¡No me haga reír!
—Sé reconocer cuándo mis cartas son malas —replicó el invisible LeGore
—. Supe que tenía un mal juego cuando entró usted en el pueblo burlando a mis centinelas. No importa. Al que quiero es a usted. Por eso me he quedado. ¡Maldita sea su alma! Ha arruinado usted todos mis planes. Ha convertido en fieras a un puñado de ratas que nunca se habían atrevido a levantar un dedo delante de mí. Pero no me marcharé de Plaza sin ajustarle las cuentas.
Joe captó el suave arrastrar de los pies del forajido; oyó también el leve roce de su cuerpo contra la pared de la calleja. Pero no se movió.
—Estoy dispuesto a complacerle, LeGore. Yo también deseo dejar zanjado este asunto.
—¿Tiene usted un revólver cargado, Breedlove?
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—Desde luego.
—Allá voy.
Se produjo un gran silencio. Los lados de la calleja parecieron encogerse hasta convertirse en un túnel en el cual las balas no podían dejar de encontrarle. Si LeGore estaba avanzando, lo hacía con increíble suavidad; si estaba esperando, tenía un sobrehumano dominio de sí mismo.
El tiempo se alargó hasta que se fundió con la bóveda sin edad de la noche y se convirtió en nada. La mente de Joe pareció huir de la realidad inmediata llenándose de escenas muy distantes en el espacio y en el tiempo, mientras en la oscura calleja la tensión se hacía casi palpable.
El forajido fue el primero en disparar. El fogonazo de su revólver desgarró la cortina negra en alguna parte a medio camino de la calleja. El aire del proyectil golpeó el rostro de Joe. Avanzó un par de pasos, y una segunda bala astilló la pared de madera junto a él, ligeramente alta. La posición de LeGore era perfecta y colocaba sus proyectiles con matemática precisión. La calleja era muy angosta y cada uno de los disparos, cortándola tangencialmente, cubría un ángulo mortal. Sin embargo, Joe conservó su propia posición, sin responder a los disparos. Cuando el tercero de los proyectiles se estrelló en la pared a menos de un metro de distancia delante de Joe, éste cruzó rápidamente la calleja y empezó a avanzar, disparando. Tenía seis cartuchos contra tres de LeGore. Envió sus balas a lo largo de la pared, muy ceñidas a ella. Vio los fogonazos de la réplica de LeGore, primero uno y luego el otro. Pero el tercero no llegó a producirse. Oyó el cuerpo de LeGore hundirse a lo largo de la pared, y oyó la fatigosa respiración del forajido. De pronto, todo quedó en silencio; LeGore había muerto.
El pueblo estaba ahora extrañamente tranquilo. Al principio, Joe creyó que sus oídos le engañaban, pero luego se convenció de que el tiroteo había cesado. Un grupo de hombres avanzaba hacia él a lo largo de la calleja y no tardó en verse rodeado por los hombres de Smoky River. Un farol iluminó la escena y Joe vio por última vez el rostro grisáceo e inexpresivo de Slash LeGore vuelto hacia el cielo nocturno. Se abrió paso a través del grupo, oyendo las breves y apremiantes órdenes que resonaban detrás de él. Órdenes de llevarse a LeGore de allí; órdenes de registrar el barrio mejicano. No prestó la menor atención a ellas.
Cuando llegó a la calle principal, los carromatos de Kearwill se disponían a abandonar el pueblo. Los caballos de los hombres de Smoky River habían llegado ya; Joe vio el suyo y montó en él de un modo casi maquinal. Vio a la mitad de sus hombres que empujaban a los prisioneros, a pie, hacia la parte
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oeste del pueblo. Vio al pelirrojo y a otro grupo cargando los archivos en un carromato. Todo el mundo parecía poseído de una extraña excitación, que contrastaba con su propio decaimiento. Luego apareció Indigo, también a caballo, con una expresión de relajamiento.
—¿Dónde has estado? —gruñó Joe—. Desapareciste como por ensalmo.
—He estado en todas partes —respondió Indigo, con un vago ademán. Sus manos temblaban ligeramente cuando trató de liar un cigarrillo—. En todas partes, Joe. Y lo he visto todo. He perseguido al animal de Gilpin por todo el pueblo. Y le he cazado. Ahora va con los demás prisioneros a enfrentarse con el tribunal que le juzgará. Los muchachos se han portado muy bien. Nadie habló de linchamientos. Están cansados de luchar y lo único que quieren es tranquilidad. Sí, señor.
—Me pregunto cuántos de los nuestros habrán caído —murmuró Joe, con una sombra de tristeza en el rostro.
—Creo que dos —gruñó Indigo. Sacudió la cabeza—. Bueno, ¿qué significan dos bajas comparadas con el trabajo que hemos hecho? Nunca sabremos las vidas que hemos ahorrado en el futuro… —Tiró el cigarrillo que no había conseguido liar y suspiró—. Hemos hecho un buen trabajo, y no me avergüenza confesar que he quedado saciado. Te cargaste a LeGore, ¿eh?
Joe se limitó a asentir con la cabeza. Indigo miró de soslayo a su compañero y gruñó:
—Ya es hora de que nos zafemos de todo esto. Podían haberte dado un serio disgusto. ¿Y qué diablos haría yo sin un socio?
Kearwill detuvo su caballo junto a los dos amigos. Miró a Joe en silencio durante un largo rato. Finalmente, extendió su mano.
—Me siento orgulloso de haberle conocido, Breedlove.
Y, sin añadir nada más, se alejó al galope.
—Vámonos —dijo Joe—. Me estoy haciendo viejo, Indigo. Estoy cansado. Lo único que deseo es sentarme a la puerta de nuestra cabaña y contemplar correr el agua.
Avanzaron juntos a lo largo de la calle, en cuyo extremo se había reunido el grueso de los hombres de Smoky River. El pelirrojo se detuvo ante Joe.
—Estábamos esperándole, míster Breedlove. Usted es el jefe de la expedición.
Pero Joe sacudió la cabeza, notando que todas las miradas estaban clavadas en él.
—Tendréis que acabar de liquidar este asunto por vosotros mismos, muchachos. Soy un hombre viejo. Voy a regresar a las colinas y a hartarme de
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dormir. Sólo quiero que recordéis que la época de los vigilantes ya ha pasado. —¿Qué hacemos con esos buitres? —preguntó alguien, señalando a los
prisioneros.
—Vosotros les conocéis mejor que yo. Creo que los más peligrosos deberían ser conducidos a Smoky River para ser juzgados, incluidos Gilpin y Cairns. A los otros les soltaría en la frontera más próxima del condado. Conocéis sus nombres: si alguno de ellos vuelve a entrar en la región, es hombre muerto. Por este lado no hay peligro. Desaparecido LeGore, Plaza se convertirá en una balsa de aceite.
Empezó a alejarse, pero súbitamente se detuvo y se volvió de nuevo hacia el grupo.
—Bueno, ¿a qué esperáis para marcharos? ¿No estaréis pensando en encender una fogata?
El pelirrojo bajó la mirada, como si estuviera avergonzado. Joe sacudió la cabeza. La luz de un farol iluminó de lleno su enjuto y amable rostro. En sus ojos azules se reflejaba una insondable tristeza.
—Yo no haría eso, muchachos. Lo que vais a destruir es propiedad de alguien. Hasta ahora no habéis hecho nada de lo que tengáis que avergonzaros. ¿Vais a contradeciros a vosotros mismos? Dejad que Plaza viva, gobernada por su población decente. ¡Hasta la vista!
Joe Breedlove se internó en el desierto, con Indigo cabalgando a su lado. En completo silencio tomaron el camino que conducía a las colinas y a la pequeña cabaña que se erguía junto al río.
Notas
[1] Antes de que se establecieran instituciones clásicas de justicia, como tribunales o policía, en muchos poblados del Oeste se reunían los vecinos para colgar o expulsar a quien hiciera peligrar la paz comunal. Se les llamaba Comités de Vigilantes. <<
[2] Chico del Llano. <<
[3] Nombre que en los EE. UU. se da a los hispanoamericanos. <<
[4] «King» es «rey», en inglés. <<
[5] Sobrenombre popular de los galeses. <<
FIN

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