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Libro N° 14805. Antología De Novelas Del Oeste. Vol. VIII. AA. VV.


© Libro N° 14805. Antología De Novelas Del Oeste. Vol. VIII. AA. VV. Emancipación. Febrero 14 de 2026

 

Título Original: © Antología De Novelas Del Oeste. Vol. VIII. AA. VV.

 

Versión Original: © Antología De Novelas Del Oeste. Vol. VIII. AA. VV.

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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ANTOLOGÍA DE NOVELAS DEL OESTE

Vol. VIII

AA. VV.


Antología De Novelas Del Oeste 

Vol. VIII

AA. VV.

La aventura del hombre blanco en el lejano Oeste es un tema que ha tenido en el cine y en la literatura una difusión considerable y una aceptación constante. Aunque no ha sido tratado siempre con la atención y el cuidado que requieren toda producción literaria, en estos volúmenes se han seleccionado narraciones cortas que pueden considerarse piezas maestras del género. El colorido del ambiente y la gran fuerza de sugestión que tiene todo tema de acción relatado por un verdadero escritor, se encuentran plenamente logrados en estas Antologías.

AA. VV.

Antología de novelas del Oeste Vol. VIII

Antología de novelas del Oeste - 8

ePub r1.0

Titivillus 17.12.2019

Título original: Antología de novelas del Oeste

AA. VV., 1971 Traducción: León-Ignacio

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

ÍNDICE DE CONTENIDO

Cubierta

Antología de novelas del Oeste Vol. VIII

Las primeras experiencias de Ralph Ringwood anotadas en sus coloquios con el autor (Washington Irving)

Encuentro en las montañas (Francis Bret Harte)

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

La tarjeta comercial de Dick Boyle (Francis Bret Harte)

La fe de los hombres (Jack London)

El amor a la vida (Jack London)

El camino solitario (O’Henry)

El marqués y miss Sally (O’Henry)

Al anochecer llegó un jinete (Eugene Manlove Rhodes)

I

II

III

IV

V

VI

Es parte de mi trabajo (James B. Hendrix)

I

II

III

IV

Notas

LAS PRIMERAS EXPERIENCIAS DE RALPH RINGWOOD ANOTADAS EN SUS COLOQUIOS CON EL AUTOR[1]

WASHINGTON IRVING

S oy de Kentucky por residencia y elección, pero virginiano de nacimiento. La causa de que abandonara el hogar ancestral, y emigrara a Kentucky, fue ¡un asno! Usted parece sorprenderse, pero tenga un poco de paciencia y le contaré cómo sucedió. Mi padre, que perteneció a una vieja familia virginiana, residía en Richmond. Era viudo, y sus asuntos domésticos eran dirigidos por una ama de llaves de la vieja escuela, como las que suelen administrar las grandes mansiones virginianas. Se trataba de una dignataria, que casi rivalizaba con mi padre en importancia, y parecía creer que todo le pertenecía a ella; de hecho, era tan considerada en su economía y tan cuidadosa en los gastos, que a menudo mi padre se sentía vejado, y aseguraba que ella perjudicaba su reputación con su mezquindad. Siempre aparecía con la vieja insignia y símbolo de la confianza y autoridad de las amas de llaves: un gran manojo de llaves cascabeleando en su cinto. Supervisaba el arreglo de Ja mesa en cada ágape, y velaba por que los platos estuvieran dispuestos de acuerdo con sus primitivas nociones de la simetría. Al atardecer, servía muy dignamente el té, con una mezcla de respetuosidad y de orgullo por su propia posición, realmente ejemplares. Su gran ambición era tenerlo todo en orden, y que la casa bajo su cetro fuera citada como modelo de buen mantenimiento. Si algo iba mal, la pobre y buena Bárbara lo tomaba muy a pecho, y se encerraba en su cuarto para llorar; hasta que unos cuantos capítulos de la Biblia tranquilizaban su espíritu y volvía a reinar la calma. De hecho, la Biblia era su recurso permanente en tiempos de apuro. La abría indiscriminadamente, y aunque fuera a caer entre las Lamentaciones de Jeremías, los Cánticos de Salomón o la farragosa enumeración de las tribus del Deuteronomio, un capítulo era un capítulo, y actuaba como un bálsamo para su alma. Tal era nuestra buena ama de llaves Bárbara, que estaba

destinada a jugar, sin saberlo, un papel muy importante en mi destino.

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Sucedió, en los días de mi juventud, cuando yo aún pertenecía a la época que se ha dado en llamar “la edad del pavo”, que a un caballero de la vecindad, gran promotor de experimentos y mejoras, de todas clases, se le metió en la cabeza que sería un inmenso beneficio público crear una casta de mulos, y, de acuerdo con tal idea, compró tres burros… ¡en una parte del país donde la gente se preocupaba, únicamente, de los caballos de raza! ¡Por Dios! Ellos habrían considerado sus mulas deshonradas y sus estirpes envilecidas por tal mésalliance. El asunto llegó a constituir un tema de murmuración y escándalo en el pueblo. El valioso amalgamador de cuadrúpedos se encontró metido de lleno en un triste lío, de manera que se retiró a tiempo, abjuró totalmente de la doctrina amalgamadora, y dejó sueltos a sus asnos. Estos acostumbraban pasearse por los bosquecillos, llevando una vida fácil, holgazana, una vida de perpetuas vacaciones: los animales más felices del país.

Ocurrió que el camino que yo tomaba cada día para ir a la escuela, debía cruzar el bosquecillo donde vagaban los asnos. La primera vez que vi uno de esos animales, lanzó un rebuzno que me dejó asustado y confundido. Pero pronto me recuperé del susto, y viendo que se parecía, en cierto modo, a un caballo, mi amor virginiano por todo lo relacionado con las especies ecuestres predominó, y decidí montarle. De manera que fui a casa del abacero local, me procuré una cuerda que había servido para amarrar un saco de azúcar, y confeccioné con ella un cabestro; entonces, tras convocar a algunos de mis camaradas de colegio, perseguimos al señor Jack[2] a través del bosquecillo hasta lograr acorralarlo en el ángulo formado por dos vallas. Después de muchas dificultades conseguimos encabestrarle, y monté sobre él. Levantó sus calcañares, salí disparado por encima de su cabeza, y salió de estampía. Me levanté en un santiamén, le perseguí, le cogí, y volví a montarle. A fuerza de repetidas caídas pronto aprendí a pegarme materialmente a su piel, de manera que no pudiera desprenderse de mí sin desprenderse, a la vez, de ella. El señor Jack y sus compañeros tuvieron, a partir de ese día, una vida harto agitada, pues todos nosotros los cabalgábamos al salir de la escuela y las tardes de fiesta; y pueden ustedes estar seguros de que las jacas de los escolares nunca permiten a la hierba crecer bajo sus patas. Pronto llegaron a conocernos tan bien, que huían a la vista de un escolar, y solíamos pasar más tiempo persiguiéndoles que cabalgando en ellos.

Se aproximaba el domingo en que yo había proyectado una excursión ecuestre a lomos de esos corceles de largas orejas. Sabiendo que habría una gran demanda de asnos el domingo por la mañana, me apropié de uno el

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sábado por la noche, y me lo llevé a casa, a fin de estar presto para una salida a hora temprana. Pero ¿dónde iba yo a albergarle durante la noche? No podía dejarlo en el establo; nuestro viejo lacayo negro, George, era tan absoluto en este dominio, como lo era Bárbara en los suyos, de puertas adentro, y habría considerado su cuadra, sus caballos, y él mismo, deshonrados por la presencia de un asno. Entonces me acordé del smoke-house, un edificio anexo a todas las grandes mansiones virginianas, dedicado al curado de jamones y otras clases de carnes. De manera que cogí la llave, introduje allí dentro al señor Jack, cerré la puerta con llave, volví a colocar ésta en su sitio, y me fui a la cama, con la intención de libertar a mi prisionero a una hora temprana, antes de que mi familia se despertara. Sin embargo, como estaba tan cansado por los esfuerzos que había debido desplegar para capturar al asno, caí en un sueño profundísimo, y rompió el día sin que yo me despertara.

Pero no sucedió lo mismo con Bárbara, el ama de llaves. Como de costumbre, para usar una expresión de su propia cosecha, “estaba levantada antes que el cuervo se pusiera los zapatos” y empezó a brujulear a diestra y siniestra para ponerlo todo en orden para el desayuno. El primer lugar donde se dirigió fue el smoke-house. Apenas abrió la puerta, el señor Jack, harto de su prisión, y contento de ser liberado de la oscuridad, dio un tremendo rebuzno y se abalanzó hacia delante. La vieja Bárbara cayó al suelo; el animal saltó por encima de ella, y se perdió en dirección al bosque. ¡Pobre Bárbara! Nunca había visto un asno, y acordándose de que la Biblia dice que el Diablo corre como un león rugiente, buscando a quién devorar, llegó a la conclusión de que se trataba del mismísimo Belcebú. Los gritos llegaron hasta la cocina; los sirvientes se dirigieron al lugar del suceso. Allí encontraron a la buena Bárbara en pleno desmayo; tan pronto como se recobraba de uno, los pensamientos sobre el Diablo volvían a ella, y caía en otro ataque, pues la buena mujer era devotamente supersticiosa.

Entre los atraídos por el ruido y el griterío, estaba un condenado, inquieto, gruñón tío mío; uno de esos espíritus difíciles que no pueden quedarse tranquilamente en la cama por la mañana, sino que deben levantarse temprano para tener más tiempo para incordiar a los parientes. Era sólo una especie de “medio-tío”, después de todo, puesto que se había casado con la hermana de mi padre: no obstante, usaba de una gran autoridad, basada en este maldito parentesco, y era un entrometido universal y una peste familiar. Este pegajoso e inquisitivo individuo pronto llegó a conocer la verdad, y descubrió que yo estaba en el fondo del asunto, y que había encerrado al burro en el smoke-house. No quiso investigar más, pues era de esos quisquillosos tacaños, para

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quienes los muchachos sin suerte son siempre culpables. Dejando a la vieja Bárbara luchar en imaginación con el Diablo, se dirigió a mi dormitorio, donde yo yacía sumido en rosados sueños, entre los que no figuraba el de la travesura que había hecho, ni la tempestad que iba a desatarse sobre mi cabeza.

En un instante, fui despertado por una lluvia de azotes, y me incorporé, asombrado. Pregunté el motivo del ataque, pero no recibí otra respuesta sino que había asesinado al ama de llaves, mientras mi tío continuaba azotándome en medio de mi confusión. Así un atizador del hogar, y me puse en defensiva. Yo era un muchacho robusto, para mi edad, mientras mi tío era un hombrecillo enclenque; uno al que en Kentucky no llamaríamos, siquiera, un “individuo”; nada más que “una remota circunstancia”. De manera que pronto pude forzarle a parlamentar, y enterarme de los cargos presentados contra mí. Confesé todo lo relacionado con el asno y el smoke-house, pero me declaré no culpable del asesinato del ama de llaves. Pronto descubrí que la vieja Bárbara pertenecía, aún, al mundo de los vivos. Pero estuvo en manos del doctor, durante varios días, y cada vez que parecía sufrir una recaída, mi tío intentaba darme otra azotaina. Apelé a mi padre, pero no obtuve reparación. Yo era considerado un “chico desgraciado”, avezado a toda clase de travesuras, de manera que las presunciones estaban en contra mía en todos los casos de apelación.

Me sentí muy dolido. Había sido apaleado, humillado y tratado con desprecio cada vez que me había quejado. Perdí mi habitual buen humor; y estando de malas con todo el mundo, supuse que todo el mundo estaba de malas conmigo. Un cierto espíritu de libertad, vagabundo y salvaje, que yo creo que es tan inherente en mí como en la perdiz, salió súbitamente a la superficie con los contratiempos y cortapisas que sufrí. “Me iré de casa”, pensé, “y volaré con mis propias alas”. Tal vez esa idea fue precipitada por la moda de emigrar a Kentucky, que era, en aquel tiempo, prevalente en Virginia. Había oído tantas historias sobre las románticas bellezas del país; de la abundancia de todas clases de animales de caza, y de la gloriosa vida independiente de los cazadores que atravesaban sus nobles bosques y vivían de sus rifles, que estaba tan ansioso de ir allí, como los muchachos que viven en ciudades portuarias lo están de sumergirse plenamente entre las maravillas y las aventuras del Océano.

Después de algún tiempo, nuestra buena Bárbara se restableció, tanto de cuerpo como de alma, y los hechos le fueron explicados, y, gradualmente, se fue convenciendo de que no era el Diablo a quien había encontrado. Cuando

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se enteró de cuán rudamente había sido yo tratado por cuenta suya, su buen corazón se conmovió, y habló calurosamente a mi padre en favor mío. Él se había dado cuenta del cambio operado en mi conducta, y pensó que, tal vez, el castigo había sido llevado demasiado lejos. Quiso, pues, tener una conversación conmigo, para tranquilizar mis sentimientos, pero era demasiado tarde. Le expliqué, francamente, la clase de mortificación que yo había experimentado, y la decidida determinación que había tomado de irme de casa.

—¿Y dónde piensas ir?

—A Kentucky.

—¡A Kentucky! ¿Por qué a Kentucky? No conoces a nadie, allí.

—No importa. Pronto haré amistades.

—¿Y qué harás cuando llegues allí?

—¡Cazar!

Mi padre silbó profundamente, y me miró a la cara con una expresión de cómica seriedad. Apenas tenía yo dieciséis años, y hablar de irme solo a Kentucky, para instalarme allí, y dedicarme a la caza, parecía, sin duda, charla ociosa de un rapazuelo. Mi padre no estaba muy al corriente de la terca resolución de mi carácter, y su sonrisa de incredulidad me ancló aún más obstinadamente en mis propósitos. Le aseguré que estaba hablando muy seriamente, y que tenía el firme propósito de irme a Kentucky en la próxima primavera.

Mientras corría el tiempo, mi padre hizo algunas ligeras alusiones a esa conversación, sin duda con el propósito de sondearme. Yo le expresé, invariablemente, el mismo grado de obstinada determinación. Gradualmente, me fue hablando de manera más directa, tratando, enérgica, pero bondadosamente, de disuadirme. Mi única réplica fue:

—Ya he tomado mi decisión.

De manera que, un buen día, tan pronto como hubo llegado la primavera, fui a verle a su despacho, y le informé de que estaba preparado para irme a Kentucky, y quería despedirme de él. Mi padre no hizo ninguna objeción, pues ya había agotado persuasiones y amenazas, y, sin duda, consideraba más práctico dejarme cumplir mi voluntad, creyendo que un poco de experiencia adversa me traería pronto de regreso a casa. Le pedí dinero para el viaje. Mi padre abrió un arcón, sacó una gran bolsa de seda verde, bien provista de monedas, y la puso sobre la mesa. Entonces pedí un caballo y un sirviente.

—¡Un caballo! —exclamó burlonamente mi padre—, no galoparías ni una milla con él sin romperte el cuello; y en cuanto a lo del sirviente, si tú no

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puedes cuidarte de ti mismo, mucho menos podrías cuidarte de él. —¿Cómo debo, pues, viajar?

—Bien… Supongo que eres bastante hombre para viajar a pie.

Mi padre hablaba en tono burlón, sin sospechar que yo estaba tomando sus palabras al pie de la letra, y que tenía una fe absoluta en mi empresa; así pues, me guardé la bolsa, me fui a mi cuarto, en donde hice un hato con tres o cuatro camisas, puse un puñal en mi pechera, ceñí un par de pistolas a mi cinto, y me sentí como un caballero errante, presto a recorrer el mundo en busca de aventuras.

Mi hermana —no tenía más que una— estaba a mi lado, lloriqueando y conminándome a que me quedara en casa. Yo me sentía como si el corazón se me subiera a la garganta, pero conseguí dominarme: no podía permitirme llorar. Finalmente, conseguí desasirme de ella, y me dirigí a la puerta.

—¿Cuándo volverás? —gritó mi hermana.

—¡Nunca! ¡Por Dios! —repuse—, mientras no sea miembro del Congreso de Kentucky. Estoy dispuesto a demostrar que soy el mejor de la familia.

Esta fue mi primera salida de casa. Pueden ustedes suponer cuán inocente era yo, y cuán poco sabía del mundo en que iba a penetrar.

No recuerdo ningún incidente de importancia, hasta que llegué a las fronteras de Pennsylvania. Me había detenido en una posada para tomar un refrigerio, cuando oí a dos hombres que hablaban, haciendo conjeturas sobre quién podría ser yo. Uno de ellos decidió, por fin, que yo era un aprendiz fugitivo, y que debía de ser detenido, a lo que el otro asintió. Cuando terminé mi comida, y después de haber pagado, salí por la puerta principal, tras resistir a la tentación de salir por la puerta trasera, como un ladrón que huye. Uno de los hombres se me acercó. Llevaba el sombrero echado a un lado, y tenía un aire de suficiencia que me irritó.

—¿Adónde vas, jovenzuelo? —me preguntó.

—Esto no es de su incumbencia —le contesté, ásperamente.

—Sí que lo es… Te has escapado de casa, y debes explicarte.

Dio un paso adelante, con intención de cogerme, pero entonces empuñé una pistola.

—Si avanza usted un solo paso, disparo.

Saltó hacia atrás como si hubiera pisado una serpiente de cascabel, y su sombrero cayó al suelo.

—¡Déjale! —gritó su compañero—. Es un joven cabeza loca, que no sabe lo que se hace. Es capaz de dispararte, puedes estar seguro de ello.

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Aquel hombre no necesitaba ese consejo; tenía miedo incluso de coger su sombrero. De manera que continué mi camino sin más molestias. Este incidente tuvo un efecto saludable sobre mí. Tomé la decisión de no detenerme a dormir en ninguna casa, por la noche, para no ser detenido. Tomaba mis comidas en las posadas, en el curso del día, pero, durante la noche, hacía un fuego en el bosque, y me echaba a dormir; esto era lo que yo consideraba el verdadero estilo cazador.

Finalmente llegué a Brownsville, terriblemente fatigado, y con muy mal aspecto, como puede suponerse, tras tantas noches de acampar a la intemperie. Intenté alojarme en alguna posada barata, pero no me admitieron. Me miraban con expresión dudosa, y luego me informaban de que no daban hospedaje a viajeros que iban a pie. Por fin, me decidí a dirigirme a la posada principal. El posadero pareció tan poco propenso a darme albergue como el resto de sus colegas, pero su esposa le cortó en medio de sus excusas, y apartándole a un lado…

—¿Adónde vas, muchacho? —me preguntó.

—A Kentucky.

—¿Qué vas a hacer allí?

—Voy a cazar.

Me miró enérgicamente por un momento.

—¿Vive tu madre? —dijo al fin.

—No, señora; hace ya algún tiempo que murió.

—Tal como yo creía —dijo ella, calurosamente—. Yo sabía que si tu madre estuviera viva, tú no estarías aquí.

Desde ese instante la buena mujer me trató con bondad maternal.

Me quedé varios días bajo su techo, recuperándome de las fatigas de mi viaje. Durante mi estancia, me compré un rifle, y, diariamente, hice prácticas de tiro, para prepararme para la vida de cazador. Cuando hube repuesto suficientemente mis fuerzas, me despedí de mis bondadosos mesoneros, y continué mi viaje.

En Wheeling, me embarqué, en un pequeño bote familiar, técnicamente llamado un “cuerno ancho”, un transporte fluvial en aquellos tiempos. Durante dos semanas estuve navegando en esa arca, sobre el río Ohio. El Ohio impresionaba por su salvaje belleza. Sus majestuosos árboles no habían sido aún talados. La selva llegaba hasta la misma orilla, y ocasionalmente era flanqueada por inmensos cañaverales. Abundaban los animales salvajes de todas las especies. Les oíamos al precipitarse entre los matorrales y arrojarse al agua. Venados y osos nadaban frecuentemente a través del río; otros se

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acercaban a la orilla y contemplaban nuestro bote. Yo estaba en permanente alerta con mi rifle; pero, de una manera u otra, los animales quedaban siempre fuera del alcance de mi arma. A veces tenía la suerte de atracar y probar mi fortuna en tierra. Cacé algunas ardillas, y pequeños pájaros, e incluso pavos salvajes, pero aunque pude divisar algunos venados huyendo por entre la maleza, no pude alcanzar a ninguno de ellos.

De esta manera nos deslizamos en nuestro “cuerno-ancho” hasta Cincinnati, la “Reina del Oeste”, como la llaman ahora; entonces un simple grupo de cabañas de madera; y el emplazamiento de la bulliciosa ciudad de Louisville, entonces designado por una solitaria casa. Como dije antes, el Ohio era un río salvaje; todo eran selvas, selvas, selvas… Cerca de la confluencia de Río Verde con el Ohio, desembarqué, dije adiós al “cuerno-ancho” y me dirigí hacia el interior de Kentucky. No tenía un plan preciso; mi única idea era llegar a una de las partes más salvajes del país. Tenía parientes en Lexington y otros lugares importantes, y estaba convencido de que mi padre les habría escrito a propósito de mí; pero como yo estaba tan imbuido de mis sentimientos de virilidad e independencia, y quería abrirme camino en el mundo sin asistencia ni control, resolví no ponerme en contacto con ellos.

En el curso de mi primer día de marcha, cacé un pavo salvaje y lo guardé en mi zurrón. El bosque era abierto y sin malezas. Vi abundantes ciervos, pero siempre corriendo, corriendo… Parecía como si esos animales nunca se detuvieran.

Por fin, me encontré con una banda de lobos hambrientos, que estaban liquidando los restos de un ciervo al que habían conseguido dar alcance. Estaban tan obsesionados con su presa, que no se dieron cuenta de mi presencia, y así pude verificar algunas observaciones. Uno de ellos, el mayor y más fiero, parecía reclamar la mejor parte de los despojos y tenía amedrentados a los demás. Si alguno se le acercaba demasiado mientras comía, se abalanzaba sobre él, le hacía retroceder, y regresaba a su festín. “Este lobo”, pensé yo “debe de ser el capitán. Si consigo matarle, habré derrotado a todo el ejército”. De manera que le apunté, hice fuego, y el animal cayó fulminado. Para asegurarme, le atravesé con otro disparo. El lobo no se movió, y los demás huyeron. Mi victoria era completa.

No sería fácil describir mis triunfantes sentimientos a propósito de esta proeza. Continué la marcha con renovados bríos, considerándome a mí mismo como el señor absoluto de la selva. Como la noche se acercaba, me preparé a acampar. Mi primer cuidado fue recoger leña seca, y hacer un buen fuego, para cocinar y también para poder dormir tranquilo, asustando a lobos, osos y

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panteras. Entonces empecé a desplumar mi pavo para la cena. Ya había dormido al raso en otras varias ocasiones, al principio de mi expedición, pero ello había ocurrido en zonas comparativamente más seguras y civilizadas, donde no había animales salvajes. Esta fue mi primera acampada en la auténtica selva, y pronto fui sensible a la soledad y peligro de mi situación.

Pronto empezó un concierto de lobos; debía haber una o dos docenas, pero a mí me parecía que había millares. Nunca había oído tantos aullidos ni tanto clamoreo. Habiendo desplumado mi pavo, lo dividí en dos partes, introduje un palo a través de un ala, y lo puse ante el fuego: el modo de asar de los cazadores. El olor de carne asada aguijoneó el apetito de los lobos, y su concierto llegó a ser verdaderamente infernal. Parecían estar todos alrededor de mí, aunque apenas podía verles cuando se acercaban mucho a la luz del fuego.

No me preocupé mucho por los lobos, de los que sabía que son una raza cobarde, pero había escuchado terribles historias sobre las panteras y empecé a temer su presencia en la oscuridad que me rodeaba. Tenía sed, y aunque oía el burbujeo de las aguas de un arroyo a escasa distancia, no me atrevía a ir a beber, por temor a la posibilidad de que una pantera yaciera en sus cercanías y se me echara encima. En seguida, un ciervo silbó. Nunca había oído a uno antes, y pensé que debía ser una pantera. Entonces imaginé que se subía a los árboles, se deslizaba sobre las ramas hasta situarse sobre mi cabeza, y se lanzaba sobre mí; de manera que mantuve la vista fija sobre las ramas, hasta que la cabeza me dolió. Más de una vez me pareció ver feroces ojos mirándome por entre las hojas. Finalmente, pensé en mi cena, y me volví para ver si mi medio pavo estaba ya bien asado. Al acercarme tanto al fuego, había puesto la carne entre las llamas, y se había consumido. No tenía otra cosa que hacer sino asar la otra mitad e ir con más cuidado. Con ella hice mi cena, sin sal y sin pan. Estaba tan poseído del miedo hacia las panteras, que no pude cerrar los ojos en toda la noche; estuve todo el rato tumbado, vigilando los árboles hasta que rompió el alba, cuando se disiparon mis temores al irse la oscuridad; y cuando vi el sol de la mañana brillar a través de las ramas de los árboles, me sonreí al pensar en el miedo que había pasado entre los ruidos y las sombras, pero yo no era más que un joven leñador, y un extranjero en Kentucky.

Tras desayunarme los restos de mi pavo, y saciar mi sed con el agua del arroyo, ya sin miedo a las panteras, continué mi viaje muy animado. Vi, de nuevo, muchos ciervos pero, como siempre, corriendo. Traté, en vano, de alcanzar alguno con mi rifle, y empecé a temer que nunca sería capaz de cazar

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ninguno. Estaba mirando, irritado, a una horda de ellos en plena estampía, cuando fui sorprendido por una voz humana.

Me volví, y divisé, a corta distancia de mí, a un hombre vestido de cazador.

—¿Qué estás buscando, muchacho? —gritó.

—Esos ciervos —repliqué ásperamente—, pero parece que nunca se están quietos.

Al oír esto se echó a reír.

—¿De dónde eres? —preguntó.

—De Richmond.

—¡Cómo!… ¿En la vieja Virginia?

—Exactamente.

—¿Y cómo diablos has llegado aquí?

—Desembarqué en Green River, en un “cuerno-ancho”.

—¿Y dónde están tus compañeros?

—No tengo ninguno.

—¿Cómo?… ¿Estás sólo?

—Sí.

—¿Adónde vas?

—A ninguna parte.

—¿Y qué has venido a hacer aquí?

—He venido a cazar.

—Bien —repuso él, de buen humor—, serás un verdadero cazador, ¡no hay ninguna duda de ello!… ¿Has cobrado alguna pieza?

—Nada, excepto un pavo. No puedo ponerme a tiro de un ciervo; siempre están corriendo.

—¡Oh!, yo te diré el secreto de eso. Siempre estás corriendo y empiezas la persecución de los ciervos desde demasiada distancia, fijándote sólo en los que huyen. Lo que debes hacer es avanzar tan lenta y silenciosamente como un gato, tener los ojos bien abiertos, escondiéndote tras los matorrales, si quieres tener alguna probabilidad de suerte con los ciervos. Pero, vamos… ¡ven conmigo a casa! Mi nombre es Bill Smithers, y vivo no lejos de aquí. Quédate conmigo algún tiempo, y yo te enseñaré a cazar.

Yo acepté, muy agradecido, la invitación del honrado Bill Smithers. Pronto llegamos a su morada; una simple cabaña de maderos, con un agujero cuadrado por ventana, y una chimenea hecha con jalones y arcilla. Allí vivía él, con su esposa y un chiquillo. Había desbrozado el terreno, en un par de acres a la redonda, con la intención de cultivar grano y patatas. Mientras

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tanto, mantenía a su familia exclusivamente con su rifle, y pronto me di cuenta de que era un cazador de primera clase. Bajo su tutela recibí mis primeras lecciones efectivas sobre caza y también sobre cómo comportarme en la selva.

Cuanto más conocía de la vida de un cazador, más me gustaba. En cuanto al país, que había sido la tierra prometida de mi juventud, no me desilusionó, tal como suele ocurrir con muchas tierras prometidas. Ninguna tierra agreste podía ser más bella que esa parte de Kentucky en aquellos tiempos. Los bosques eran abiertos y espaciosos, con nobles árboles, muchos de los cuales parecían tener siglos de existencia. Había, también, hermosas praderas, alteradas con matas y arboledas, que semejaban vastos parques, y en las cuales podían verse a los ciervos corriendo, a gran distancia. En la estación adecuada, estas praderas se cubrirían con fresas silvestres, donde las pezuñas de los caballos quedarían teñidas hasta las cornejas. Yo pensé que no era posible que existiera en el mundo otro lugar como Kentucky… y todavía lo pienso.

Después de pasar diez o doce días con Bill Smithers, creí llegado el tiempo de dejarle, pues su casa era apenas suficiente para su propia familia, y yo no quería en modo alguno ser un estorbo para nadie. De manera que preparé mi hatillo, colgué el rifle a mi hombro, me despedí amistosamente de Smithers y su esposa, y me interné en el bosque en busca de un tal John Miller, que vivía solo, cuarenta millas selva adentro, y de quien yo esperaba se sentiría satisfecho de tener un compañero de caza.

Pronto me apercibí de que uno de los factores más a tener en cuenta, en el bosque, era el arte de saberse orientar. No había caminos regulares en la selva, sino sendas hacia todas las direcciones. Algunas de esas sendas habían sido trazadas por el ganado de los colonos, y otras por inmensas manadas de búfalos que vagabundeaban a lo largo y ancho del país, desde la Gran Inundación hasta tiempos recientes. Estos senderos de búfalos atravesaban Kentucky de un lado a otro, cual camino real. Se encuentran todavía trazas de ellos en las partes más incultas, o profundamente entallados en las rocas donde cruzaban las montañas. Yo era un joven campesino, y me costaba muchísimo distinguir un sendero de ganado de otro de búfalos, y encontrar mi ruta en medio de ese complicado laberinto.

Encontrándome así perplejo, sin saber qué camino tomar, oí un ruido rugiente y profundo; el bosque se fue oscureciendo; miré a lo alto, y a través del follaje de los árboles pude divisar el cielo, y tuve la impresión de que las nubes rodaban como pelotas, con su parte baja más negra que la tinta. Se oían

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continuas explosiones, como estallidos de un cañoneo, y el ruido de árboles al caer. Ya había oído hablar de los huracanes en la selva, y barruntaba que éste era uno de ellos. Pronto llegó, retorciéndose, doblegándose y bramando. El huracán no se extendió hacia los lados, sino que, en cierta manera, trazó un surco a través del bosque; doblegando e incluso arrancando árboles que habían sobrevivido durante siglos, y llenando el espacio con ramas astilladas. Yo me encontraba justo enfrente del huracán, en su camino, y me aposté detrás de un inmenso álamo, de seis pies de diámetro. Durante algún tiempo resistió a la furia del vendaval, pero al fin comenzó a ceder. Viendo que se iba a caer, trepé por el tronco como una ardilla. El álamo cayó, arrastrando otro árbol en su caída. Me coloqué bajo el tronco como un refugio, y así pude protegerme de otros árboles que caían alrededor mío; tenía todo el cuerpo dolorido por los golpes de las ramas que la ventolera arrojaba sobre mí.

Este fue el único incidente digno de mención que me ocurrió en mi viaje en busca de John Miller, a cuya casa llegué el día siguiente, y fui recibido por el veterano con la rústica bondad de los hombres del bosque. Miller era un hombre de cabello gris, fornido y de aspecto sano; tenía una verruga azul, como un gran abalorio, sobre un ojo, por lo que era apodado, por los cazadores “Abalorio Azul” Miller. Había vivido en la región desde la llegada de los primeros colonos, y se había distinguido en las duras luchas con los indios que le dieron a Kentucky la apelación de “Tierra Sangrienta”. En una de esas luchas John Miller se rompió un brazo; en otro combate, se escapó de ser capturado por los indios, arrojándose valientemente a un río desde un precipicio de treinta pies.

Miller me recibió en su casa como a un camarada, y pareció complacido con la idea de hacer de mí un cazador. Su vivienda era una pequeña cabaña de madera, con un desván o guardilla de tablones, de manera que había amplio espacio para nosotros dos. Bajo su dirección pronto llegué a ser un cazador aceptable. Mi primer éxito de importancia consistió en matar un oso. Estaba cazando en compañía de dos hermanos, cuando llegamos al sendero de Bruin, en un bosquecillo donde abundaban la maleza y los cañaverales. El oso estaba trepando a un árbol, cuando le alcancé con un disparo que le atravesó el pecho: cayó al suelo y quedóse sin sentido. Los hermanos azuzaron a su perro, que clavó sus dientes en el cuello del oso; éste alzó un brazo, y abrazó al perro con tal violencia que le rompió las costillas. Un aullido, y el perro quedó inerme, sin vida. No sé quién murió primero, el oso o el perro. Los dos hermanos se sentaron en el suelo y lloraron como criaturas por la muerte de

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su infortunado can. Y no obstante, eran rudos cazadores, casi tan salvajes e indomables como los indios, pero eran unos excelentes compañeros.

Gradualmente fui siendo conocido, e incluso casi un favorito, entre los cazadores de la vecindad, es decir, hombres que vivían en un radio de treinta o cuarenta millas, y venían ocasionalmente a ver a John Miller, que era como un patriarca entre ellos. Vivían completamente apartados, en cabañas de madera y chozas de pieles, casi con la simplicidad de los indios, y tan poco al corriente como éstos de las comodidades e inventos de la vida civilizada. Raramente se veían los unos a los otros; transcurrían semanas, e incluso meses, sin rendirse visita. Cuando se visitaban, se comportaban bastante al estilo de los indios: vagando sin rumbo durante el día, sin gran cosa que decirse, pero volviéndose más comunicativos según avanzaba la tarde, y sentándose, la mitad de la noche, ante el fuego, contándose historias de caza, y terribles cuentos de las luchas de la “Tierra Sangrienta”.

A veces, varios cazadores se unían para una campaña de caza que debía realizarse en una región apartada. Esta clase de expediciones solían durar desde noviembre hasta abril, y en su transcurso echábamos mano de nuestro stock de provisiones de verano. Montábamos nuestros campamentos de caza, generalmente, junto a un curso de agua, y, siempre que ello fuera posible, al lado de un cañaveral, para que nos protegiera contra el viento. Un lado de nuestra tienda estaba siempre abierto enfrente del fuego central. Nuestros caballos eran trabados y dejados sueltos en los cañaverales, con correas en derredor de sus cuellos. Un miembro de la expedición se quedaba siempre para guardar el campamento, preparar las comidas y mantener alejados a los lobos; los demás se iban a cazar. Cuando un cazador mataba un ciervo lejos del campamento, le sacaba las entrañas; entonces se subía a un renuevo —una especie de gran tallo— conseguía doblarlo, ataba el ciervo a su parte superior, y luego lo soltaba, de manera que la res quedara suspendida, fuera del alcance de los lobos. Por la noche, regresaba al campamento, e informaba de su buena estrella. La mañana siguiente, cogía un caballo del cañaveral, y regresaba a casa con su presa. Ese día se quedaría en el campamento a descuartizarla, mientras sus compañeros cazaban.

Así pasábamos el día, en ocupaciones silenciosas y solitarias. Solamente por la noche nos reuníamos junto al fuego, y nos convertíamos en seres sociables. Yo no era más que un novato, y solía escuchar con ojos y oídos bien abiertos las extrañas y salvajes historias contadas por los viejos cazadores, y creía todo lo que oía. Algunas de esas historias bordeaban lo sobrenatural. Ellos creían que sus rifles podían estar bajo un mágico

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encantamiento, de manera que, llegado el caso, no pudieran matar un búfalo, aún cuando éste se encontrara a un brazo de distancia. Esta superstición la habían tomado de los indios, que a menudo creían que los cazadores blancos habían conjurado sus rifles. Miller creía en esa superstición, y solía decir que su rifle se encontraba bajo encantamiento, pero a mí me parecía que esto, en realidad, no eran más que excusas para justificar algún mal disparo. Si un cazador fallaba aparatosamente la puntería, acostumbraba preguntar: “¿Quién fue el último en disparar con este rifle?”, indicando así que el autor del último disparo lo había encantado. La única manera de romper el encantamiento que pesaba sobre el arma consistía en disparar una bala de plata con la misma.

A la llegada de la primavera generalmente habíamos reunido grandes cantidades de carne de oso y de venado, salada, secada y ahumada, y numerosos fardos de pieles. Entonces regresábamos a nuestros hogares transportando nuestro botín, a veces en canoas a lo largo del río, a veces a lomos de caballo a través de los bosques, y nuestro regreso era celebrado con festejos y bailes, en el verdadero estilo de los cazadores. Les he explicado someramente lo que eran nuestras expediciones de caza; déjenme contarles ahora lo que eran nuestros ratos de asueto.

Fue a nuestro regreso de una cacería de invierno en las cercanías de Green River, cuando nos enteramos de que se iba a celebrar una gran fiesta en casa de Bob Mosely para dar la bienvenida a los cazadores. Este Bob Mosely era un verdadero personaje en la región. Era un cazador apático, es cierto, y bastante perezoso, pero sabía tocar el violín, y esto era suficiente para hacer de él un personaje importante. No había otro hombre, en un radio de cien millas, que supiera tocar el violín, de manera que no podía celebrarse una fiesta normal sin la presencia de Bob Mosely. Los cazadores, por tanto, estaban siempre dispuestos a darle una parte de su botín a cambio de su música, y Bob siempre estaba dispuesto a participar en una fiesta, cada vez que ésta se celebraba al regreso de alguna expedición. La presente fiesta debía tener lugar en la propia casa de Bob Mosely, en Pigeon-Roost Fork, cerca de Green River.

Todo el mundo estaba ansioso de que llegara el día de la fiesta de Bob, y como era costumbre que toda la vecindad asistiera, pensé que debía limpiarme y cepillarme para esta ocasión. Mi vestido de cazador, de cuero, que era el único que poseía, estaba lleno de manchas de sangre y de grasa, pero yo era ya un muchacho avezado a los recursos de los cazadores. Metiéndome en una piragua, remé hasta una zona del Green River donde había mucha arena y arcilla, que pudieran hacer las veces del jabón; entonces

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me quité el vestido, y lo fregué y restregué con energía, hasta que pensé que se veía muy limpio. Entonces lo colgué de la punta de un palo, y lo puse fuera de la piragua, colgando para que se secara, mientras yo me desperezaba, muy cómodamente, sobre la arena. Desafortunadamente, una ráfaga de aire hizo mover la piragua, e hizo caer el palo: el vestido cayó hasta el fondo del río y no lo vi más. Yo me encontraba en un estado parecido al del primer hombre. Conseguí confeccionarme una especie de atavío a lo Robinson Crusoe, con pieles en bruto, que me permitió regresar a casa decentemente, pero mis sueños de moda y elegancia habían terminado, pues ¿cómo podía ni siquiera pensar en integrarme a la Alta Sociedad de Pigeon-Roost, vestido como un verdadero salvaje?

El viejo Miller, que empezaba a estar orgulloso de mí, se quedó confuso cuando comprendió que yo no podría asistir a la fiesta de Bob Mosely; pero cuando le expliqué mi disgusto, y que me había quedado sin vestido, gritó:

—¡Por Dios! ¡Tú irás, y serás el muchacho mejor vestido de todos! Inmediatamente puso manos a la obra, y me confeccionó una camisa de

cazador de piel de ciervo, con flecos y orlas por todas partes. ¡Un verdadero primor! Después me hizo una gorra de mapache, me hizo montar en su mejor caballo, y puedo decir, sin vanidad, que fui uno de los muchachos más presentables, en esa ocasión, en Pigeon-Roost Fork.

No fue una ocasión de poca importancia, por cierto. La casa de Bob Mosely era una cabaña bastante espaciosa, con todos los jóvenes cazadores y las muchachas bonitas de la región, en muchas millas a la redonda. Los muchachos vestían sus mejores trajes de cazador, aunque ninguno podía compararse con el mío, y mi gorra de mapache constituía la admiración de todos. Las chicas lucían, en general, vestidos de ante, pues todavía no se hilaba, ni se tejía, en el campo, ni falta que hacía. Nunca había visto muchachas que me parecieran tan bien vestidas como aquéllas, y eso que yo podía ser considerado un experto en la materia, conociendo las modas de Richmond. La comida fue muy agradable, y la atmósfera muy cordial, pues allí se encontraban Jemmy Kiel, un experto en la caza del mapache, y Bob Tarleton, y Wesley Pigman, y Joe Taylor, y varios otros chicos de primera clase para una fiesta, de manera que nos divertimos mucho, y nos reímos tanto, que creo que nuestras carcajadas debían oírse desde una milla de distancia.

Después de comer, empezó el baile, y hacia las tres de la tarde llegaron las dos hijas del viejo Simon Schultz; dos señoritas que afectaban estar al corriente de la última moda. Su llegada casi puso fin a nuestra diversión.

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Ahora deberé dar un pequeño rodeo en mi historia para contarles lo que sucedió.

Mientras el viejo Schultz, el padre, buscaba un día su ganado entre los cañaverales, encontró huellas de caballos. Sabía que no se trataba de sus caballos, y ninguno de sus vecinos podía tenerlos en tal lugar. Debía tratarse de caballos perdidos, a menos que pertenecieran a algún cazador perdido, que no sabía dónde dirigirse, pues aquel sendero no llevaba a ninguna parte. De manera que Simon siguió las huellas, hasta que se encontró con un desafortunado buhonero, con dos o tres caballos de carga, que se había extraviado por los senderos del ganado, y había errado durante dos o tres días entre bosques y cañaverales hasta casi perecer de inanición.

El viejo Schultz se lo llevó a su casa, le alimentó con carne de venado y de oso, así como con maíz molido, y al cabo de una semana el buhonero se había repuesto totalmente. Aquel hombre le expresó a Schultz su gratitud, y antes de partir le preguntó cuánto debía pagarle por su ayuda. El viejo Schultz retrocedió un paso, sorprendido.

—Forastero —dijo—, le he acogido en mi casa. No le he dado más que carne y maíz molido, porque no tenía nada mejor, pero me ha gustado su compañía. Puede usted quedarse aquí el tiempo que guste, pero ¡por Dios!, el que pretende pagarle a Simon Schultz su comida, le afrenta…

Tras decir esto, salió de la casa, muy enojado.

El buhonero admiró la hospitalidad de Schultz, pero no pudo reconciliar su conciencia con el hecho de irse sin dar alguna recompensa. Por allí estaban las dos hijas del honrado Simon, dos chicas corpulentas y pelirrojas. Abrió sus cofres y exhibió, ante los ojos atónitos de las muchachas, abalorios de cuya existencia no tenían ellas ni la más remota idea; en aquellos tiempos no había almacenes por aquellas regiones, donde se vendían galas y chucherías, y aquel buhonero fue el primero en internarse por los bosques de Kentucky. Las chicas quedaron completamente ofuscadas y no sabían qué elegir, pero lo que más les llamó la atención fueron dos espejuelos, del tamaño de un dólar, engarzados en estaño dorado. Ellas nunca habían visto antes nada parecido, ni habían usado otro espejo que un balde de agua. El buhonero les regaló esas chucherías, sin dudarlo un solo instante; aún hizo más, les colgó los espejuelos, galantemente, de sus cuellos, con cintas rojas, casi tan bonitas como los espejos. Hecho esto, se puso en marcha, dejándolas tan atónitas como dos princesas de un cuento de hadas que acaban de recibir un regalo mágico de un príncipe encantador.

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Fue con esos espejuelos colgando de su cuello como medallones, cómo las hijas del viejo Schultz hicieron su aparición a las tres de la tarde, en la fiesta de Bob Mosely, en Pigeon-Roost Fork.

Fue un acontecimiento. Una cosa tal nunca había sido vista antes en Kentucky. Bob Tarleton, un muchacho corpulento, con una cabeza como un capullo de castaña y una facha como la de un verraco en un huerto de manzanos, se adelantó, cogió uno de los espejos y, tras mirarlo por un instante, exclamó:

—¡Joe Taylor! ¡Ven acá! ¡Que me condene si Patty Schultz no tiene un medallón en el que te puedes ver la cara, tan claramente como en un cubo de agua!

En un santiamén todos los jóvenes cazadores rodearon a las hijas de Schultz. Yo, que sabía lo que eran los espejos, no me moví. Algunas de las chicas que se sentaban cerca de mí se sentían muy humilladas al haber sido súbitamente abandonadas. Oí como Peggy Pugh le decía a Sally Pigman:

—Bien sabe Dios que tenían que ser las Schultz las que se colgaran algo del cuello, porque es la primera vez que los hombres se les acercan…

Comprendí en seguida el peligro del caso. Éramos una pequeña comunidad, y no podíamos permitirnos el lujo de desunirnos con enemistades. De manera que me dirigí a las chicas, y les susurré:

—Polly, esos medallones son muy bonitos, y os sientan muy bien, pero vosotras no os dais cuenta de que esta región no está lo suficientemente adelantada para tales cosas. Vosotras y yo comprendemos estas cosas, pero esta gente no. Cosas bonitas como ésas están muy bien para las viejas y grandes ciudades, pero no lo están tanto para Pigeon-Roost Fork. Haríais mejor en dejarlas de lado, de momento, porque de lo contrario no tendremos paz.

Polly y su hermana, afortunadamente, comprendieron su error; se quitaron los medallones y los guardaron, y la armonía fue restaurada; de lo contrario, estoy convencido de que hubieran significado el fin de nuestra comunidad. Por otra parte, y a pesar del gran sacrificio que hicieron en esa ocasión, no creo que las chicas del viejo Schultz gozaron de muchas simpatías, en lo sucesivo, entre las señoritas del lugar.

Ésta fue la primera vez que los espejos fueron vistos en la región del Green River, en el Estado de Kentucky.

Ya había vivido algún tiempo en casa del viejo Miller, habiéndome llegado a convertir en un cazador bastante experto. No obstante, la caza empezó a escasear. Los búfalos se habían unido, como si se hubieran puesto

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de acuerdo, y habían cruzado el Misisipí para nunca más regresar. Muchos forasteros llegaban al país, talando bosques y construyendo edificios por todas partes. Los cazadores empezaron a impacientarse. Jemmy Kiel, de quien ya he hablado por su habilidad en la caza del mapache, vino a verme un día:

—No puedo aguantar más esta situación —me dijo—, ya empieza a faltar espacio por aquí. Simon Schultz se me está echando encima y mi vida no es nada cómoda.

—¡Qué manera de hablar! —dije yo—. Simon Schultz vive a doce millas de distancia de tu casa.

—No importa. Su ganado forrajea con el mío, y yo no quiero vivir en un sitio donde el ganado de otro hombre puede ir a los mismos pastos que el mío. Es una vecindad demasiado estrecha; yo necesito espacio para vivir. Además, este país es cada vez más pobre…, no hay caza, de manera que dos o tres de entre nosotros hemos decidido seguir a los búfalos hasta el Missouri, y nos gustaría que te vinieras con nosotros.

Otros cazadores que yo conocía hablaron de igual modo. Esto me hizo pensar, pero cuanto más pensaba, más perplejo estaba. No tenía con quien aconsejarme. El viejo Miller y sus camaradas no conocían más que un solo modo de vida, y yo no tenía ninguna experiencia en otras actividades, pero tenía un más amplio radio de pensamiento. Cuando salía a cazar solo, acostumbraba olvidarme de aquel deporte, y me sentaba durante varias horas al lado del tronco de un árbol, con el rifle en las manos, inmerso en mis pensamientos, y debatiendo conmigo mismo: “¿Me voy con Jemmy Kiel y sus compañeros, o me quedo aquí?… Si me quedo aquí, pronto no quedará nada que cazar. Pero ¿debo ser un cazador toda mi vida? ¿No soy capaz de nada más que de llevar un rifle colgado de mi hombro, día tras día, persiguiendo osos, ciervos y otras bestias?”. Mi vanidad me dijo que era capaz de algo más, y me trajo a la memoria mis alardeos ante mi hermana, según los cuales nunca volvería a casa hasta que fuera un miembro del Congreso por Kentucky, pero ¿era ése el camino para llegar a tal posición?

Varios planes pasaron por mi mente, pero fueron abandonados casi inmediatamente después de ser planteados. Finalmente, decidí llegar a ser un abogado. Es bien cierto que yo no sabía casi nada. Había dejado la escuela antes de poder ir más allá de la regla de tres. “No importa”, me dije a mí mismo, resueltamente, “soy lo bastante tozudo para hacer algo, una vez he tomado la decisión, y si un hombre tiene una capacidad ordinaria, y se pone a trabajar con toda su alma, puede hacerlo casi todo”. Con esta máxima, que ha sido mi divisa durante toda mi vida, alimenté mi determinación de probar

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suerte con las leyes. Pero ¿cómo debía enfocar el asunto? Debía abandonar la vida de la selva, e ir a una ciudad u otra, donde pudiera estudiar y asistir a los tribunales. Esto, además, requería fondos. Examiné el estado de mis finanzas. La bolsa que me había dado mi padre no la había ni tocado, permaneciendo en el fondo de un arcón, en el desván…, pues el dinero no era demasiado necesario en esa región. Había vendido las pieles producto de la caza, lo que me había permitido obtener un caballo y varios enseres, de los cuales, en caso de necesidad, podía obtener dinero, vendiéndolos. Esto me hizo pensar que podría subvenir a mis propios gastos mientras me preparaba para mi futura carrera en el foro.

Di a conocer mi plan a mi excelente anfitrión y patrón, el viejo Miller. Meneó la cabeza cuando comprendió que yo había decidido volver la espalda a los bosques, cuando precisamente me estaba convirtiendo en un cazador de primera clase, pero no hizo esfuerzo alguno para disuadirme. De manera que partí en septiembre, a caballo, con la intención de visitar Lexington, Frankfort y otras ciudades importantes, en busca de un sitio favorable para la prosecución de mis estudios. Mi elección fue hecha más pronto de lo que esperaba. Me quedé una noche en Bardstown, y pude enterarme de que podía obtener un buen alojamiento en una casa particular por un dólar y medio a la semana. Me gustó el lugar y resolví no buscar más. Así, la mañana siguiente, me preparé para regresar a casa y decir adiós definitivamente a la vida del bosque.

Acababa de tomar mi desayuno, y estaba esperando que me trajeran mi caballo, cuando, paseando arriba y abajo de la plaza, divisé a una joven dama, sentada cerca de una ventana; evidentemente, se trataba de una visita. Era muy bonita, con pelo rojizo y ojos azules, e iba vestida de punta en blanco. Yo no había visto nada parecido desde que saliera de Richmond, y en esa época era demasiado joven para que me llamaran la atención los encantos femeninos. Era tan delicada y elegante, tan diferente de las robustas, rollizas, morenas muchachas de los bosques… y, además, ¡su vestido blanco!… era perfectamente deslumbrante. Quedé completamente embrujado. Mi corazón anhelaba conocerla, pero ¿cómo iba a abordarla? Había crecido en el bosque y no tenía ninguna de las costumbres de la vida educada. Si ella hubiera sido como Peggy Pugh, o Sally Pigman, o cualquiera otra de las bellezas vestidas de cuero de Pigeon-Roost, me habría acercado a ella sin temor; incluso si se hubiera tratado de las hijas de Schultz con sus medallones de espejuelos, no habría dudado; pero ese vestido blanco, y esos rizos rojizos, esos ojos azules y ese aspecto delicado, me amedrentaban y, a la vez, me fascinaban. No sé qué

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me pasó, pero, de inmediato, pensé que quería besarla… Sería necesario desarrollar una larga amistad antes de llegar a lograr esa dicha, pero podía obtener el beso mediante un simple robo… Nadie me conocía en esta ciudad. No tenía más que adelantarme, besarla por sorpresa, montar mi caballo y huir al galope. Ella no perdería nada por ello, y ese beso… ¡oh! Yo moriría si no podía dárselo.

No les di tiempo a mis pensamientos para que se enfriaran, sino que me introduje en la casa y penetré ligeramente en la habitación. Ella estaba sentada de espaldas a la puerta, mirando por la ventana, y no me oyó acercarme. Toqué su silla, y mientras se volvía y alzaba la vista, le di el más dulce beso que nunca fuera robado, y me desvanecí en un santiamén. Instantes después, estaba a lomos de mi caballo, galopando hacia casa, enrojeciendo hasta las orejas por lo que había hecho.

A mi regreso a casa vendí mi caballo y convertí mis menguados enseres en dinero, y vi que con los restos de la bolsa paternal poseía casi cuatrocientos dólares…, un pequeño capital, que resolví administrar con la más estricta economía.

Fue duro separarse del viejo Miller, que había sido como un padre para mí. También me costó no poco abandonar la libre e independiente vida del bosque que hasta entonces había sido la mía; pero yo ya había decidido qué camino tomar, y nunca fue costumbre mía flaquear o volverme atrás.

Me encaminé, vigorosamente, a pie hasta Bardstown, tomé posesión de la vivienda que había alquilado, me encerré en mi cuarto, y me puse a estudiar con ganas. Pero ¡qué tarea tenía ante mí! Me quedaba todo por aprender; no meramente las leyes, sino también las ramas elementales del conocimiento. Leí, y leí, dieciséis horas diarias; pero cuanto más leía, más me daba cuenta de la extensión de mi ignorancia, y derramé abundantes lágrimas a causa de mi deficiencia. Parecía como si la dificultad del conocimiento se expansionara y llegara a ser cada vez más grande a medida que yo iba avanzando. Cada altura del saber que yo podía ganar revelaba una más vasta región que debía ser atravesada, llorando de desesperación. Me volví hosco, silencioso o poco sociable, pero estudié tercamente y sin interrupción. La única persona con la cual sostenía alguna que otra conversación era el buen hombre en cuya casa me hospedaba. Era honrado y lleno de buenas intenciones, pero completamente ignorante, y me parece que le habría gustado más si no hubiera sido tan adicto a la lectura. Creía que todos los libros estaban llenos de mentiras e imposiciones, y raramente podía mirar a uno sin encontrar algo que le molestara. Nada podía irritarle más que la aserción de que el mundo

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giraba sobre su propio eje cada veinticuatro horas. Juraba que esto era un ultraje al sentido común…

—¿Por qué —preguntaba él—, si esto fuera cierto, no cae el agua del pozo cada mañana, y toda la leche y la crema de la despensa no las encontramos, al levantarnos, derramadas por el suelo?

O cuando hablábamos de la tierra dando vueltas alrededor del sol… —¿Cómo lo saben?… He visto salir el sol cada mañana, y ponerse cada

noche, durante más de treinta años. Vale más que no me hablen a mí de esto de que la tierra da vueltas alrededor del sol.

Otras veces se enojaba cuando se le hablaba de la distancia existente entre el Sol y la Luna.

—¿Cómo puede nadie saber la distancia que hay? —gritaba—. ¿Quién lo midió? ¡Por Júpiter! Sólo hablan de esta manera delante de mí para molestarme. Pero hay incluso gente de buen sentido que ha caído en esa maldita farsa… Está el juez Broadnax, uno de los mejores hombres de leyes que tenemos… ¿No es sorprendente que pueda tragarse estos cuentos? Porque, en fin, el otro día le oí hablar de la distancia entre una estrella a la que él llamaba Marte, y el Sol. Seguramente lo habrá sacado de uno de esos condenados librotes que tan aficionado es a leer…, algún libro que cualquier sinvergüenza habrá escrito, sabiendo que nadie podría jurar si tal distancia era mayor o menor.

Por mi parte, notando mi propia carencia en conocimientos científicos, nunca intenté derrocar su convicción de que el Sol hacía su circuito diario alrededor de la tierra y, por cuanto yo sé, creo que debió morir convencido de ello.

Ya llevaba un año en Bardstown, viviendo así, recluido estudiando cuando, un día que paseaba por la calle, me crucé con dos jóvenes muchachas, en una de las cuales inmediatamente reconocí a la pequeña beldad que yo había besado tan desvergonzadamente. Ella se sonrojó hasta las orejas, lo mismo que yo, pero continuamos nuestro camino sin dar señales de que nos habíamos reconocido. Esta segunda visión de ella, no obstante, me causó un extraño sentimiento. Noté que el corazón me daba saltos. No pude quitármela del pensamiento durante muchos días. Se interfirió completamente en mis estudios. Traté de pensar en ella como una simple niña, pero no lo logré. Ella había mejorado aún su belleza, convirtiéndose en una espléndida mujer, mientras que yo no era más que un mozalbete. De manera que no intenté buscarla, ni enterarme de quién era, sino que volví hoscamente a mis libros. Gradualmente se fue desvaneciendo de mis pensamientos y si volvía a

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él ocasionalmente, solamente servía para aumentar mi abatimiento, pues temía que, a pesar de todos mis esfuerzos, nunca sería capaz de desenvolverme en un tribunal o de situarme lo bastante bien en la vida para mantener un hogar.

Un atardecer frío y tormentoso, estaba sentado, de humor bastante mustio, en la posada, mirando las ascuas del fuego, y perdiéndome en incómodos pensamientos, cuando fui abordado por alguien que había entrado en la habitación sin que yo me apercibiera de ello. Alcé la vista y contemplé un alto y —pensé— pomposo hombre, muy bien vestido, con la cabeza empolvada y los zapatos muy bien lustrados…, un estilo de vestirse y presentarse nada corriente, aquellos días, en aquel áspero país. No me gustó aquel hombre, desde el primer momento que lo vi. Me preguntó si mi nombre era Ringwood.

Me sorprendí, pues suponía que estaba muy bien guardado mi incógnito, pero, finalmente, respondí afirmativamente.

—Su familia, según creo, vive en Richmond… Empecé a sentirme molesto.

—Sí, señor —respondí de mala gana—, mi familia vive en Richmond. —¿Y por qué razón ha venido usted a vivir a esta parte del país? —¡Rayos, señor! —grité, levantándome enfurecido—, ¿qué le importa

todo esto a usted? ¿Cómo osa usted interrogarme de esta forma?

La entrada de algunos clientes impidió una respuesta; yo me puse a pasear de un lado a otro de la habitación, con consciente independencia e insultada dignidad, mientras el pomposo personaje que había osado molestarme se retiraba sin proferir una sola palabra más.

El día siguiente, mientras estaba sentado en mi cuarto, alguien golpeó la puerta con los nudillos y, al ser invitado a pasar, el hombre de la cabeza empolvada, bien vestido y zapatos lustrosos, penetró en la habitación con ceremoniosa cortesía.

Mi orgullo viril se puso otra vez en pie de guerra, pero aquel hombre me subyugó. Hablaba seriamente, pero también cariñosa y amistosamente. Conocía a mi familia, y comprendía mi situación y la dura lucha que yo estaba librando. Una pequeña conversación, cuando mi celoso orgullo fue dejado de lado, me tranquilizó. Aquel señor era un abogado de experiencia y de extensa práctica, y me ofreció de buenas a primeras tomarme con él y dirigir mis estudios. La oferta era demasiado ventajosa y honrosa para no ser inmediatamente aceptada. A partir de ese momento empecé a ver mi porvenir de un modo más favorable. Ya podía estudiar siguiendo un método y un programa. También trabé amistades con algunos de los jóvenes del lugar, que

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estudiaban la misma carrera, y me sentí muy animado al comprobar que podía sostener un debate ventajosamente con ellos. Creamos, precisamente, un club de debates, en el cual pronto me hice muy popular. Hombres de talento, que seguían otras carreras y actividades, se afiliaron al club, lo cual amplió la gama de nuestros temas de conversación y me permitió extender mis conocimientos. También ciertas señoras tomaron parte en nuestros debates, lo cual dio a éstos un tono cortés y mesurado. Mi patrón legal debe haber tenido también una favorable influencia en corregir alguna rudeza que pude haber contraído en mi vida de cazador. Él había pensado formarme en el sentido opuesto al que yo parecía seguir: era de la vieja escuela, citaba a Chesterfield en todas las ocasiones y hablaba de Sir Charles Grandison, que era su ideal. Un Charles Grandison, claro es, “kentuckyzado”.

Siempre me gustó el trato con las mujeres. Pero mi experiencia, hasta entonces, se había limitado a las rudas hijas de leñadores y cazadores, y me sentía un poco amedrentado ante las señoritas bien vestidas y educadas. Dos o tres señoras casadas de Bardstown, que me habían oído en el club de debates, decidieron que yo era un genio, y pusieron manos a la obra en la tarea de introducirme en la buena sociedad. Creo que verdaderamente llegué a mejorar, gracias a esas damas; me convertí en tranquilo y silencioso cuando antes hubiera sido tímido o huraño, y en desenvuelto cuando hubiera sido insolente.

Una tarde fui invitado a tomar el té con una de esas señoras y, ante mi gran sorpresa y confusión, encontré en su compañía a la mismísima pequeña beldad de ojos azules que yo había besado tan audazmente. Fui presentado a ella, pero ninguno de los dos dejó ver que ya nos conocíamos: el único signo visible fue que ambos enrojecimos hasta las orejas. Mientras preparaban el té, la señora de la casa salió de la habitación, para dar algunas órdenes a la servidumbre, y nos dejó solos.

¡Cielos, qué situación! Habría dado todo lo que tenía a cambio de encontrarme en la más profunda cañada del bosque. Sentí la necesidad de decir algo en excusa de mi pasada rudeza, pero fui incapaz de ordenar mis ideas ni de decir una sola palabra. Cada momento que pasaba hacía más embarazosa la situación. Incluso sentí la tentación, un instante, de hacer lo mismo que hice el día que le robé el beso…, salir de la habitación y poner pies en polvorosa, pero abandoné esa idea, pues lo que yo realmente quería era ganarme su buena voluntad.

Finalmente, haciendo acopio de coraje, al ver que ella estaba tan confusa como yo mismo, y acercándome desesperadamente hacia ella, exclamé:

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—He estado intentando encontrar algo que decirle, pero no puedo. Siento que me encuentro en una postura horrible. Tenga piedad de mí, y ayúdeme.

Una sonrisa apareció en su hermoso rostro, dibujando unos hoyuelos entre el rubor de sus mejillas. Alzó la vista, con una tímida pero traviesa expresión en sus ojos, que expresaban un recuerdo cómico; ambos nos echamos a reír, y desde ese momento todo transcurrió ya muy bien.

Algunos días más tarde, la encontré en un baile, y continuamos desarrollando nuestra amistad. Pronto me sentí muy atraído hacia ella; la cortejé formalmente, y antes de cumplir los diecinueve años, ya me había comprometido a casarme con ella. Hablé con su madre, una señora viuda, para pedirle su consentimiento. Ella pareció poner dificultades, a las cuales, con mis habituales prisas, repuse diciéndole que sus objeciones serían inútiles, pues si su hija había decidido aceptarme, yo la tomaría, desafiando a su familia y al mundo entero.

Se echó a reír, y me dijo que no era necesario que me preocupara, pues no habría ninguna oposición de importancia. Conocía a mi familia y a mí mismo. El único obstáculo consistía en que yo no tenía medios para mantener a mi esposa, y ella no podía darle ninguna dote a su hija.

Nada importaba; en ese momento todo me parecía delicioso. Me sentía capaz de todo. No temía nada, ni dudaba de nada. De manera que se decidió que yo proseguiría mis estudios, obtendría la licenciatura, y tan pronto como estuviera lo suficientemente lanzado en mi profesión, nos casaríamos.

Proseguí mis estudios con redoblado ardor, y hallándome sumergido en ellos, recibí una carta de mi padre, que había oído hablar de mí y de mis andanzas. Aprobaba mi padre el curso que estaba dando a mi vida, pero me aconsejaba cimentar una sólida cultura general, y ofrecía costear mis gastos, si yo tomaba la decisión de ir a una escuela superior. Yo sentía la necesidad de una educación sólida, y sentí vértigo ante este ofrecimiento. En cierto modo, contrariaba el curso de independencia que yo había tomado tan orgullosamente, pero no se podía negar que me permitiría afrontar con mayor provecho mi carrera legal. Discutí el asunto con la hermosa muchacha con quien me había comprometido. Ella compartió la opinión de mi padre, y habló tan desinteresadamente, tan tiernamente que —si ello hubiera sido posible— la hubiera amado todavía más. Por consiguiente, accedí a ir al colegio, por un par de años, a pesar de que ello debiera, necesariamente, retrasar nuestra unión.

Apenas acababa de tomar esa resolución, cuando su madre cayó enferma, y murió, dejándola sin protección. Esto alteró nuevamente mis planes. Yo

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sentí que podía y debía protegerla. Abandoné la idea de los estudios superiores, y me persuadí a mí mismo de que a fuerza de industria y aplicación podría superar las deficiencias de mi educación, y resolví licenciarme tan pronto como fuera posible.

En ese mismo otoño, fui admitido en el foro, y un mes después, me casaba. Éramos una joven pareja; ella no mucho mayor de dieciséis años; yo, apenas con veinte, y ambos sin casi un dólar en el mundo. El hogar que creamos se ceñía a nuestras circunstanciales necesidades: una casa de madera, con dos pequeñas habitaciones; una cama, una mesa, media docena de sillas, media docena de cuchillos y tenedores, media docena de cucharas —todo por medias docenas—; una pequeña vajilla, todo a escala reducida: ¡éramos tan pobres!, pero también, ¡tan felices!

No llevábamos muchos días de casados, cuando se convocó tribunal en una ciudad del condado, a unas veinticinco millas de distancia. Me era necesario acudir allí, por la posibilidad de obtener trabajo, pero ¿cómo iba yo a ir allí? Había gastado todo nuestro dinero en nuestro hogar, y, además, era duro separarse de mi esposa, justo después de nuestra boda. Pero debía irme. Debía ganar dinero o, de lo contrario, pronto nos encontraríamos en dificultades. Así que tomé prestado un caballo y una pequeña cantidad de dinero, y partí, dejando a mi mujercita en la puerta de casa, despidiéndome con la mano. Su última mirada, tan dulce y alegre, me llegó al corazón. Por ella sería capaz de hacer cualquier cosa.

Llegué a la capital del Condado una fría noche de octubre. La posada estaba llena de gente, pues el tribunal debía reunirse el día siguiente. No conocía a nadie, y me preguntaba cómo iba a poder yo, un forastero, y un mero jovenzuelo, abrirme camino entre aquella multitud y conseguir trabajo. El mesón estaba lleno de ociosos, que suelen reunirse en tales ocasiones. La gente bebía mucho, metía demasiado ruido, y menudeaban los altercados. En el preciso momento en que entraba, vi a un fanfarrón, medio borracho, golpear a un anciano. Se dirigió hacia donde yo estaba, y me dio un codazo al pasar. Entonces le derribé de un puñetazo, y le eché a patadas a la calle. No tuve necesidad de mejor presentación; en un instante recibí una docena de ásperos apretones de manos y de invitaciones a beber, y me sentí un personaje importante en medio de esa ruda asamblea.

La mañana siguiente el tribunal abrió la sesión. Tomé asiento entre los abogados, pero me sentí un mero espectador, sin tener ni la más remota idea de cómo iba a encontrar trabajo. En el curso de la mañana, un hombre compareció ante el tribunal, y fue acusado de hacer circular moneda falsa, y

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se le preguntó si estaba preparado para ser juzgado. Respondió negativamente. Había sido confinado en un lugar donde no habían abogados, y no había tenido oportunidad de consultar a ninguno. Se le dijo que escogiera uno entre los letrados allí presentes, y que estuviera preparado para ser sometido a juicio el día siguiente. Miró hacia el banco de los juristas, y me eligió a mí. Quedé petrificado. No podría decir por qué aquel hombre hizo una tal elección. Yo, un jovencito imberbe, un abogadillo sin práctica de los tribunales, y perfectamente desconocido. Me sentí abrumado, aunque muy contento, y hubiera podido abrazar a aquel granuja.

Antes de salir de la audiencia, me dio cien dólares en una bolsa, como anticipo de honorarios. Apenas podía creer lo que veía; todo me parecía un sueño. La importancia de sus honorarios no decía mucho, ciertamente, en favor de su inocencia, pero eso no era asunto mío. Yo debía actuar como abogado, no como juez, ni como jurado. Le seguí hasta la prisión y pude enterarme de los pormenores de su caso: entonces fui a la oficina del secretario del tribunal, y me hice cargo de las actas del sumario. Estudié la ley en lo que hacía referencia a aquel caso, y preparé mi defensa en mi habitación. Todo esto me ocupó hasta la medianoche, cuando me fui a la cama y traté de dormir. Fue en vano. Nunca en mi vida me sentí más completamente despierto. Una multitud de ideas y de fantasías se agolpaban a las puertas de mi mente: la lluvia de oro que tan inesperadamente acababa de caer en mis manos; la idea de mi pobre mujercita en casa…, me sentí atónito de mi buena fortuna… Pero también pensé en la pesada responsabilidad que había contraído: hablar por primera vez ante un tribunal; las esperanzas que el reo se había hecho sobre mis talentos…, todas estas, y muchas otras ideas más, revoloteaban dentro de mi cabeza. Me revolví en mi lecho toda la noche, sin conseguir pegar un ojo.

Me levanté nervioso y con fiebre. Salí del mesón antes del desayuno, haciendo esfuerzos para poner en orden mis pensamientos y tranquilizar mis nervios. Era una mañana brillante; el aire era puro y frío. Mojé mi frente y mis manos en una hermosa fuente, pero no pude aliviar la fiebre que sentía dentro de mí. Regresé al mesón para desayunar, pero no pude comer. Una simple taza de café fue todo cuanto logré tomar. Ya era hora de dirigirse a la audiencia, y allí fui con el corazón saliéndome casi por la boca. Creo que de no haber sido por la idea de mi esposa esperándome en nuestra casita de madera, habría devuelto los cien dólares a aquel hombre y abandonado el caso. Tomé asiento, pareciendo —estoy convencido de ello— un reo, y no un abogado de la defensa.

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Cuando llegó mi turno y me levanté a hablar, los nervios me atenazaban. Tartamudeando, vacilando, iba de mal en peor y me di cuenta de que estaba perdiendo el caso. Justamente entonces el Fiscal, un hombre de mucho talento, aunque algo agrio de carácter, hizo una observación sarcástica acerca de algo que yo acababa de decir. Fue como una descarga eléctrica, que recorrió todas y cada una de las venas de mi cuerpo. En un instante desapareció mi timidez. Respondí con un tono acerbo y áspero, pues acusé personalmente la crueldad de tal ataque hacia un joven novicio en mi situación. El Fiscal pidió, parcamente, excusas; esto, viniendo de un hombre en su posición, representaba, de hecho, una excelente concesión. Presenté mi argumentación con claridad y brío; llevé el caso triunfalmente, y el hombre fue absuelto.

Esto me abrió definitivamente camino. Todos tenían curiosidad por saber quién era ese nuevo abogado que había surgido súbitamente de la nada, y derrotado al Fiscal General del Condado, en la cumbre de su fama. La historia de mi debut en la posada, la noche precedente, cuando había derribado a un fanfarrón echándole luego a puntapiés, por haber golpeado a un anciano, fue muy propalada, incluyendo favorables exageraciones. Incluso mi faz barbilampiña y mi aspecto juvenil estaban a mi favor, pues la gente me daba más crédito del que realmente me merecía. Tuve la suerte de que se me presentaran muchos otros casos, y el sábado por la noche, cuando se clausuró la audiencia, después de pagar la factura del mesonero, me encontré con que había conseguido amasar ciento cincuenta dólares en plata, trescientos dólares en billetes, y un caballo que luego vendí por doscientos dólares más.

Nunca un avaro se regocijó con más delicia con su dinero. Cerré la puerta de mi habitación; apilé el dinero sobre la mesa; me senté con la barbilla entre las manos, y lo miré largo tiempo. ¿Estaba yo pensando en el dinero? ¡No! Estaba pensando en mi mujercita en casa. Siguió otra noche sin sueño; pero ¡qué espléndida noche de fantasías doradas y de castillos en el aire! Tan pronto como llegó el alba me levanté, monté el caballo que había tomado prestado y con el cual había hecho el viaje de ida, y guié el otro que había ganado como honorarios de un caso. Todo el camino de regreso estuve pensando en la sorpresa que aguardaba a mi mujer, pues ambos temíamos que gastaría todo el dinero que había tomado prestado, y volvería, además, cargado de deudas.

Nuestro encuentro fue muy alegre, como pueden ustedes imaginarse; pero yo actué como el cazador indio que, cuando regresa de una expedición de caza, deja pasar algún tiempo sin hablar de sus éxitos. Ella había preparado

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una agradable comida rústica para mí, y mientras ponía la mesa, me senté en el anticuado escritorio que teníamos en un rincón, y empecé a contar mi dinero y guardarlo. Mi esposa se me acercó antes de que yo hubiera terminado, y me preguntó para quién guardaba yo aquel dinero.

—Para mí mismo, naturalmente —repliqué con afectada frialdad.

—Lo gané en la audiencia.

Me miró a la cara, durante un momento, incrédulamente. Intenté mantener aquella actitud, y seguir actuando como un indio, pero no lo conseguí. Mis músculos empezaron a crisparse, mis sentimientos cedieron de un solo golpe. La tomé en mis brazos; reí, lloré y bailé con ella a través de la habitación, como un loco. Desde entonces, nunca más nos faltó dinero.

No hacía mucho tiempo que ejercitaba, con éxito, mi profesión, cuando recibí, un buen día, la visita de mi patrón en los bosques, el viejo Miller. Las noticias de mi prosperidad habían llegado hasta las selvas de Kentucky, y él había recorrido ciento cincuenta millas a pie para verme. Por aquel entonces yo había conseguido mejorar bastante mi hogar, haciéndolo agradable y cómodo. El viejo Miller miraba en derredor suyo, con ojos maravillados, lo que él consideraba lujos superfluos, pero suponiéndose que eran adecuados a mi nueva situación. Dijo que estaba convencido de que yo había actuado en busca de lo mejor para mí. Ciertamente, si hubiera continuado habiendo caza en abundancia, hubiera sido una locura abandonar la vida de cazador; pero la caza había desaparecido prácticamente de Kentucky. El búfalo se había ido a Missouri; el alce había sido casi totalmente exterminado; los ciervos, igualmente, empezaban a escasear; él —Miller— continuaría viéndolos toda su vida, pues se estaba haciendo viejo, pero no le sobrevivirían largo tiempo. Miller había vivido algún tiempo en las fronteras de Virginia. La caza empezó a escasear allí, él la siguió a través de Kentucky, y ahora se le escapaba de nuevo, pero era ya demasiado viejo para seguirla más allá.

Se quedó tres días con nosotros. Mi esposa hizo todo lo que pudo para que estuviera cómodo, pero al cabo de ese plazo dijo que quería irse, otra vez, al bosque. Estaba cansado de la ciudad, y de tener a tanta gente alrededor de él. De manera que se volvió a la selva y a su vida de cazador. Pero me temo que no terminó bien, pues he oído decir que unos cuantos años antes de su muerte se casó con Sukey Thomas, que vivía en la posada del Olmo Blanco.

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ENCUENTRO EN LAS MONTAÑAS

FRANCIS BRET HARTE

I

H acía ya unos momentos que la diligencia de las sierras había iniciado, en un absoluto silencio y en la más completa oscuridad, la ascensión de la cuesta que conducía al puerto de la montaña. La difusa y vaga forma del

carruaje, que traqueteaba sin ruido sobre sus muelles, semejaba deslizarse por la tierra como impelida por algún misterioso impulso, sin relación alguna con los invisibles caballos que de él tiraban. Los corpulentos árboles que bordeaban el camino se iban súbitamente acercando a la portezuela, para alejarse en seguida con igual presteza, destacándose un instante entre las sombras de la noche de modo tan fantástico que hubieran podido tomarse por los fantasmas que evocara el sueño de algunos de los adormilados viajeros. La espesa capa de pinaza que tapizaba el camino, apagando todo rumor, despedía, al triturarla las ruedas del vehículo, un perfume soporífero que amodorraba aún más a los pasajeros mecidos por la prolongada ascensión. De súbito, la diligencia se detuvo.

Tres de los cuatro pasajeros se irguieron de pronto, ya despiertos. El cuarto, que no dormía, se volvió con presteza hacia la portezuela. A John Hale, pues tal era su nombre, le pareció que dos de aquellos árboles fugitivos se habían de improviso inmovilizado, y que, luego, uno de ellos se movía de nuevo.

La portezuela se abrió, quedamente, como por sí misma.

—¡Abajo! —exclamó una voz desde las sombras.

Los viajeros se estremecieron, a excepción de John Hale. El que se sentaba a su lado se llevó la diestra a la cadera, pero se contuvo. Uno de los fantasmagóricos árboles se había acercado al coche y lo que en un principio semejaba una rama proyectada en ángulo recto, se delineó lentamente: era una escopeta de dos cañones que apuntaba a la portezuela.

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—Deje eso —exclamó de nuevo aquella voz.

El hombre que iniciara el ademán se echó a reír y la mano le cayó otra vez sobre la rodilla. Los otros dos se encogieron de hombros como jugadores que se retiran de una partida ya perdida. John Hale, decidido por temperamento, imprudente y sin experiencia, comprendió de improviso la verdad y concibió el proyecto de una desesperada resistencia. Pero incluso antes de que pudiera llevarlo a la práctica, se dio cuenta de que, por instinto, lo habían adivinado. El cañón de la escopeta le apuntó a él y tuvo la certeza de que inspiraba a todos sus compañeros una cólera mezclada de estupor.

Los viajeros se apearon, seguidos por un furioso e impotente Hale. Este vio con gran sorpresa que ya estaban allí el mayoral y el postillón, aunque no los había oído bajar. Buscó el tiro con la mirada sin conseguir distinguirlo en la sombra.

—¡Arriba las manos!

Uno de los viajeros había ya obedecido con aire de cansancio. Los demás le fueron imitando con torpeza y de mala gana, pero se advertía que les molestaba más lo ridículo de su actitud que el temor de un inminente peligro. Los rayos de una linterna, manejada hábilmente por invisibles dedos, iluminaron el rostro y las siluetas de los pasajeros, dejando a los asaltantes en la oscuridad. Pese al silencio pesado de la noche, aquel grupo humano, bañado por la luz, resultaba más grotesco que terrible. Un fragmento de periódico, un resto de comida y una piel de naranja, caídos de la diligencia, ponían una nota chillona y risible en la escena nocturna.

—Entre ustedes hay uno que lleva un fajo de billetes —volvió a decir la voz, con tal frialdad que sus palabras parecían las de una inspección aduanera.

Los viajeros se miraron entre sí y luego se volvieron hacia Hale.

—No es ése —advirtió la voz, acentuando ligeramente el pronombre—. Señores, ganarían tiempo y simplificarían mucho nuestra tarea si actuaran por su propia iniciativa. Si tenemos que registrarles a todos, deberemos cobrar nuestro trabajo.

La velada amenaza hizo su efecto. El viajero que antes había intentado empuñar un arma se llevó la mano al pecho.

—Por favor, vacíe antes el otro bolsillo —advirtió la voz.

El hombre, con una risita, sacó una pistola del bolsillo derecho y la dejó en el suelo, dentro del círculo de luz. Luego extrajo un abultado sobre del bolsillo interior de la abotonada levita.

—Ya les dije a los majaderos que me lo habían confiado, en vez de remitirlo por el postillón, que iba a ser por su cuenta y riesgo —murmuró a

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modo de excusa.

—Da lo mismo, puesto que el paquete irá a unirse con los del postillón — observó con ironía otro viajero, mostrándole la caja de encargos, ya depositada en el camino.

Hale, pese a su inexperiencia, se daba cuenta precisa del motivo y del planeamiento del ataque de que eran víctimas, pero no comprendía la indiferencia de sus compañeros de viaje, lo que aumentaba su furia. Interrumpió sus reflexiones una voz que semejaba venir de más lejos y que parecía más suave, como si abandonara la primitiva severidad.

—¡Al coche, de prisa! Bill, espera cinco minutos.

Esto último iba, sin duda, dirigido al mayoral.

Los pasajeros volvieron a subir a la diligencia y Bill y el postillón ocuparon sus puestos. Hale iba a hablar pero un gesto de su furioso compañero se lo impidió.

Continuaba el silencio. La espera se hacía insoportable cuando, desde las sombras, llegó de nuevo la voz, esta vez tan cerca que hizo estremecer a Hale.

—¡Buenas noches!

Ante esta señal, el mayoral restalló el látigo sobre el tiro, arrancaron los caballos y el pesado vehículo volvió a rodar a toda velocidad. Cuando Hale consiguió que le escucharan en medio del confuso rumor de voces, exclamó de mal talante:

—¿Así que ese bandido no se había movido?

—Claro —contestó su vecino—. Nos ha estado apuntando con su escopeta durante los cinco minutos, mientras sus compañeros huían con el botín.

—¡Entonces no eran más que tres! —exclamó Hale—. Y nosotros, seis. El otro se encogió de hombros. El viajero que había entregado los billetes

comentó con indolente acento:

—Por lo visto, es usted forastero.

—Sí, desde luego, soy ajeno a esa conducta. Vivo a diez millas de aquí, en la meseta de las Águilas —replicó Hale.

—¿De modo que es usted ese individuo que se dedica a una agricultura fantástica en las cumbres? —continuó su interlocutor, sin mucho interés.

—Me dedique a lo que me dedique en la meseta de las Águilas, no tengo por qué avergonzarme. En cambio, sí de lo que no he hecho esta noche. Soy uno de los seis hombres que se han dejado desvalijar y aterrorizar por esos tres bandidos.

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—En eso de aterrorizar, allá usted, que sabrá de eso más que nosotros, pero, en cuanto a desvalijar, no creo que le hayan quitado gran cosa. Y si gusta de hablar de lo que hubiera podido hacerse, yo le hablaré de lo que hubiera sucedido. Quizá se diera cuenta de que al detenerse la diligencia intenté echar mano a mis pistolas…

—Sí —terció otro viajero—, y también que no fue usted lo bastante rápido, cosa que le salvó la vida. Si yo hubiera sacado el arma y el mozo de la escopeta se hubiera dado cuenta…

—Eso le habría hecho vacilar —interrumpió Hale, impaciente.

—Le habría disparado a usted los dos tiros y usted habría volado por la portezuela, antes de que yo hubiese tenido tiempo de amartillar mis pistolas… —¿Y qué? Habría muerto uno, pero quedaban ustedes cinco —contestó

Hale, altanero.

—¡Claro! Si hubiera usted firmado un contrato para recibir todas las balas, no digo que no, pero a usted le bastaba con la octava parte de la metralla y aún quedaba suficiente para cada uno de nosotros, dándonos más de lo que pedíamos. Ya ve, por tanto, que no había que fiarse mucho.

—Pero tanto el mayoral como el postillón iban armados.

—Armados, sí; preparados, no.

—No le comprendo.

—¿Tiene idea de lo que es un duelo?

—Claro.

—Pues las probabilidades en contra de usted eran esta noche las mismas que si se colocara frente a un enemigo decidido, con derecho a disparar mientras usted cargaba la pistola. Puede que no entienda mucho de esas cosas, pero dudo que le convenga jugarse la vida en un albur de esta especie.

El indefinible acento de tales palabras y el burlón interés de los demás viajeros molestaron mucho a Hale, convencido ya de que era inútil cuanto objetara a su contradictor.

—¿Así que pretende usted afirmar que cuanto ha ocurrido era inevitable? —indagó en tono seco, pero menos agresivo.

—Seguro, pues eran ellos quienes atacaban. De ser usted quien les persiguiera, llevaría ventaja, siempre que supiera sorprenderles tan bien como ellos lo han hecho. Pero, además, si no les pilla con las manos en la masa, no hay pruebas de nada. Los de esta noche muy bien podrían ser de la banda de Joaquín Murrieta, aunque no me atrevería a jurarlo.

—¿Su jefe, no sería quizá Gentleman George[3]? —indagó otro pasajero —. Me parece reconocer algunos detalles característicos. En su modo de

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darnos las buenas noches había algo sentimental. No se parece a las órdenes de los demás bandidos.

—Fuese quien fuese, conocía bien el camino y el número exacto de viajeros. No me extrañaría que hubiera hecho en el pescante el viaje de ida, para entrar en conversación con el mayoral. Sabía muy bien quién llevaba esos condenados billetes, aunque me los han dado en el Banco de Sacramento. Debió de andar husmeando por allí al mismo tiempo que yo.

Hale guardó silencio algunos instantes. Nacido y educado en una ciudad, había crecido en un respeto casi religioso hacia el orden y la autoridad, aunque era de esa clase de hombres que siempre están dispuestos a tomar sobre sí la administración de ese orden y de esa autoridad cuando no se ejercen a su gusto. Llevaba hasta el extremo la innata veneración del bostoniano por las tradiciones, las conveniencias y la respetabilidad, pero no dudaba en descubrir las irregularidades y la negligencia, para combatirlas y así asegurar el triunfo de sus principios. En teoría, amaba la naturaleza, pero desconfiaba de sus indómitos instintos. Con una energía y una decisión prodigiosas, había construido e instalado una hermosa vivienda, mitad alquería y mitad residencia, en un rincón de las sierras, donde oponía al nuevo ambiente, con la tenacidad de su naturaleza anglosajona, el individualismo de sus gustos y de sus doctrinas. La indiferencia casi desdeñosa de sus compañeros estimulaba aún más ese deseo.

—¿Por qué no nos ponemos en seguida a perseguir a esos miserables? — propuso de pronto.

—¿Quién tomaría la iniciativa?

—No tengo inconveniente en empezar.

Un gran silencio acogió sus palabras. La diligencia había salido del bosque de pinos y una mayor claridad permitió a Hale ver que su vecino de enfrente le miraba curioso con unos ojos pálidos y fríos. Al encontrarse con una franca mirada, comentó, como si respondiera al curso de sus pensamientos:

—Podríamos hacerlo con cuatro hombres. Necesitaríamos un compañero para que se encargase del relevo. —Hizo una pausa y añadió con un ligero bostezo, mientras estiraba perezosamente las piernas—: Seré, con muchísimo gusto, de la partida.

—Yo también si es usted el coronel Clinch —terció el vecino de Hale con repentina viveza—. Soy Rawlins, de San Francisco. Me halaga su proposición, coronel, y le he reconocido en el modo de hacerla.

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Hale vio con gran asombro cómo los dos hombres se daban un frío apretón de manos, para entablar entonces una conversación en la que para nada se aludía a los bandidos. Poco después, el viajero que hasta entonces no había hablado, se dirigió a Hale para informarle de que sería de los suyos si aguardaban dos horas para que ventilase cierto asunto. El coronel agregó brevemente:

—Bastará con cuatro hombres, pero como necesariamente hemos de tomar caballos de refresco, el cuarto socio se nos reunirá en la casa de postas.

Luego continuó su indiferente diálogo con Rawlins, mientras el desconocido viajero les contemplaba en silencio.

Pese a sus firmes convicciones y al motivo puramente desinteresado que le movía, Hale se sintió molesto y algo irritado a causa del papel secundario y subalterno que parecían haberle adjudicado en una empresa por él concebida. Le quedaba la esperanza de recobrar un primer puesto en la casa de postas, donde le conocían y no iban a discutirle su autoridad.

Pero también le falló esta última esperanza. La casa de postas, que era medio albergue y medio cuadra, no tenía más habitantes que el propietario, que reunía en sí mismo las funciones de agente de la compañía y mozo de cuadra, con quien el coronel contaba como nuevo asociado. El juez de paz más cercano se encontraba a diez millas de allí y Hale no podía ni pensar en que le delegase para una misión oficial. Cierto comentario de Rawlins vino a aumentar su descontento.

—De buena ha escapado usted —le dijo éste mientras apretaba la cincha de su caballo.

—Yo creí que, al no defendernos, eliminábamos el peligro —respondió Hale con ironía.

—No me refiero a los bandidos, sino a él… —¿A quién?

—Al coronel Clinch. No ha tenido usted reparos en decirle que ha sido demasiado prudente.

—Siempre respondo de todas y cada una de mis palabras —contestó Hale, muy digno.

—Es curioso —continuó Rawlins sin inmutarse—. Clinch tiene malas pulgas y es el mejor tirador de toda California; ha hecho que el sol luzca a través de una docena de bravos que se le insolentaron menos que usted.

—¿De veras?

—Pero puesto que al fin y al cabo —siguió Rawlins pensativo— va con usted en vez de contra usted, ya se dará cuenta de qué madera está hecho y es

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más fácil que consigamos nuestro propósito. Con Clinch uno nunca se queda a medias. Además, si, como imagino, el jefe de los salteadores es ese miserable de Frisco[4], Clinch debe ajustar varias cuentas con él a causa de una disputa de juego que tuvieron hace tiempo.

Tales palabras acabaron con las ilusiones de Hale acerca de su cruzada ideal. Pero, pasada la primera impresión, comenzó a mirar con simpatía los procedimientos que antes condenaba y, en tono más amistoso, continuó la conversación con Rawlins:

—¿Así que cree usted conocer al jefe de los bandidos?

—Únicamente por deducción. Es a causa del refinamiento con que se ha hecho la tarea. En otras épocas, en el país del que procedo, los salteadores despojaban a los viajeros de todo cuanto poseían, incluidas las ropas. Se cuenta que cierta vez el mayoral y el postillón de una diligencia llegaron al relevo sin más indumentaria que un ejemplar del High California, pero hay quien asegura que fue una publicidad del periódico.

—¡En marcha!

—¿Dispuestos, caballeros?

Hale se sobresaltó. Había olvidado a su mujer y a sus familiares que se encontraban en la meseta de las Águilas, a unas diez millas de allí.

—¿Habría modo de enviar un mensaje a la meseta de las Águilas, antes de que amanezca? —indagó con ansiedad.

El de la casa de postas había agotado sus recursos en cuanto a hombres y a bestias. El viajero desconocido se ofreció a llevar la carta en cuanto hubiese arreglado unos asuntos que confiaba en solucionar rápidamente.

—Esto nos será útil —comentó Clinch— para que, si se da usted prisa, pueda cortarles la retirada a esos tipos en caso de que adviertan nuestra presencia e intenten doblar el Northern Pick. No van a aventurarse por un camino frecuentado y, en tales circunstancias, un hombre vale por diez.

Hale se dijo que él hubiera podido ser ese hombre y, así, recuperar su prestigio con una acción independiente, pero ya era tarde para rectificar. Escribió unas líneas en papel de la casa de postas, las entregó al servicial viajero y se unió a los expedicionarios que partieron en silencio.

Así cabalgaron durante casi una hora; se habían alejado del lugar del atraco por un camino más alto. Hacía ya tiempo que la aurora plantara su luminoso pabellón sobre las frías cumbres, blanqueadas por la nieve, que se alzaban a la derecha de los jinetes, bañando totalmente la cresta por la que cabalgaban.

—Creo que va a nevar —advirtió Rawlins con toda tranquilidad.

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Hale le miró con sorpresa. Nada en el cielo ni en la tierra justificaba tal afirmación. Hacía frío, pero podía ser una simple corriente de aire helado que llegaba desde las cumbres. Las profundas hendiduras del flanco conservaban, como en un horno mal apagado, el fuego solar de la víspera; un hálito caliente flotaba entre las rocas de granito; a sus pies, treinta millas de eterna primavera se desplegaban a lo largo del American River ocultándose a intervalos bajo capas de transparente bruma. En torno a ellos se afianzaba el mes de octubre; abajo, en el valle, reinaba agosto en toda su pujanza.

—He visto el desfiladero de Thompson cerrado por quince pies de nieve antes de esta época —explicó Rawlins al asombrado Hale— y en el pasado mes de septiembre tuve que recorrer en trineo el camino por el que pasamos ayer, mientras Thompson, una milla más abajo, al otro lado de la garganta, fumaba su pipa al fresco, junto a sus rosas. No hay que fiarse de la montaña. Apuesto a que no ha pasado usted ningún invierno aquí.

Hale contestó que residía en la meseta de las Águilas desde la primavera. —Sí, en las Águilas se está seguro, a condición de haber llegado. Pero

antes es preciso llegar… ¿Han oído? ¿Qué fue eso?

Un tiro muy lejano, pero claramente perceptible, acababa de repercutir en el aire claro, seguido de otro que parecía un eco del primero.

—Viene de allí, de las crestas del norte —indicó uno de los jinetes—. A dos millas a vuelo de pájaro y cinco por tierra. Alguien que caza osos.

—No son de rifle —rectificó Clinch, al tiempo que tiraba de las riendas de su caballo—. ¡Son ellos, los forajidos, que han doblado sobre nosotros! ¡Al Northern Pick, caballeros, al galope!

Nadie aguardó una segunda orden. Todos semejaban transfigurados. El salvaje instinto de la caza del hombre se había despertado ante la voz y la mirada del jefe. Con un sordo e ininteligible gruñido, Hale, amigo del orden, y Rawlins, el filósofo, soltaron la brida como los demás y, con furioso ímpetu, los jinetes desaparecieron en la espesura del bosque.

Una paz inmensa e indefinible se extendió sobre las sierras. Bajo el deslumbrante sol, que arrancaba chispas de la pizarra y del granito, el amplio horizonte parecía hacerse aún mayor y sumirse en un profundo reposo. A lo lejos, sobre el Northern Pick, una ligera humareda se elevaba hacia el azul, cual un alma que inicia su vuelo.

II

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La meseta de las Águilas, situada sobre uno de los más altos desfiladeros de la sierra, era, como su nombre indica, una superficie rodeada, igual que un verde lago, de un circular anfiteatro de granito que servía de pedestal a las nieves perpetuas. El aire y el espacio, demonios familiares de la montaña, protegían celosamente aquel apartado rincón y lo defendían con sus engañosos espejismos. Desde lejos, la meseta no parecía nunca lo que en realidad era. Quien la veía desde la altura del Northern Pick se encontraba, al descender hacia ella, que una profunda hendidura y un caudaloso torrente le cerraban el paso, y quienes pretendían escalarla por un sendero, que imaginaban directo, la perdían de vista al cabo de una hora de camino. Lo que desde arriba parecía un macizo de matorrales junto a una cabaña, no era sino un grupo de árboles de unos treinta mil pies de largo[5] y las tierras de labranza que a simple vista se diría que cabían en un pañuelo, se convertían en una finca de tres mil hectáreas.

La vivienda era una construcción larga e irregular, compuesta casi enteramente de tejados en declive y de terrazas cubiertas, que sostenían rústicos pilares de pinos, que aún conservaban la corteza y por los cuales trepaban rosales y parras. Sin embargo, se advertía muy pronto que la frescura y la sombra que creaba aquel edificio de estilo sudista se había planeado bajo la engañosa y deslumbradora luz de las sierras: las chimeneas tenían siempre troncos encendidos, hasta cuando sudaban los operarios de los campos vecinos. Un viento seco y continuo agitaba sin tregua las altas ramas de los cedros, con un rumor semejante al de las olas; pero, así como invitaba al ejercicio, helaba a los habitantes de la casa o los quemaba si, inmóviles, se sentaban al sol. Cortinas de muselina en las ventanas, tapices, pieles o gruesas alfombras en el suelo y otros detalles incongruentes parecían protestar de la inconsecuencia e inconstancia del clima.

Iguales contrastes ofrecía en sus ropas miss Kate Scott cuando, aquella mañana, salió a la terraza. Un ancho sombrero de paja, adornado con una cinta de vivos colores, prestaba un pícaro atractivo a su lindo rostro, al tiempo que lo protegía del viento y del sol; su blusa de roja franela tenía cierto aire masculino, mientras que el grueso abrigo, destinado a resguardarla de la brisa matutina, contrastaba con la clara falda de ligera batista que Kate lucía siempre, cualquiera que fuese el clima. A las observaciones de su cuñado contra tales atavíos, ella le respondía siempre con un enérgico:

—¿Cómo íbamos a saber si es o no verano en este ridículo clima?

Desde un punto de vista estético, tal combinación no resultaba en absoluto desagradable. Los escasos viajeros que por allí pasaban habían manifestado su

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aprobación de modo ingenuo y más de uno se aventuraron a seguir a la provocativa silueta hasta que topó con su fría mirada. A su cuñado le preocupaban muy poco aquellas manifestaciones de entusiasmo y le permitía pasear a su antojo con aquel extraño atuendo, acompañándola tan sólo cuando la muchacha cabalgaba con su traje de amazona verde oscuro.

Kate Scott, a los veinte años, había ya sometido sus ilusiones juveniles a un severo y crítico examen. Siguió gustosa hasta California a su madre y a su hermana casada, con la secreta pero ardiente esperanza de que la naturaleza le revelase secretos que ignoraba, pero no tardó en comprobar que había basado esas esperanzas en sus lecturas. Imaginó que iba a emanciparse de las trabas sociales en la libre existencia que le ofrecían y decidió demostrarles a todos hasta qué punto era capaz de saborearla. Sin embargo, no había tenido hasta entonces otro medio de afirmar su independencia que las ropas que lucía. Aquellos hijos de la naturaleza, en vez de proporcionarle enseñanzas, se las pedían a ella, la cansaban con sus preguntas acerca de una civilización de la que había querido huir y la irritaban queriendo insultarla con tanta torpeza.

Kate, por un íntimo sentimiento de orgullo, sabía ocultar sus decepciones y desilusiones o, si hablaba de ellas con su madre y su hermana, lo hacía en tono ligero. Mistress Hale y mistress Scott no tenían ídolo alguno que derribar ni entusiasmo que enfriar. Convencidas de modo absoluto de su superioridad, no por eso dejaban de aceptar con viveza sus nuevos deberes ni de cumplirlos a conciencia. A su juicio, esos deberes se reducían a una ciega abnegación por los intereses de Hale y a un vago apostolado entre sus vecinos, por lo que se preocupaban más de imponer sus doctrinas que de comprender las ajenas. El celo de la anciana mistress Scott obedecía a las tradiciones de su raza; el de mistress Hale aparecía templado por la amabilidad de la mujer distinguida y las exigencias de su posición. La actitud de John Hale en su casa era la del dueño absoluto, ya que no se había expuesto jamás a la comparación o a la censura, por lo que no estaba exento de graves errores.

Mistress Hale no tardó en reunirse con su hermana en la terraza y, poniéndose, a modo de pantalla, una mano larga y delgada sobre los ojos, estuvo contemplando el paisaje con más cortesía que interés. El implacable sol, que a juicio de Kate era de una vulgaridad irritante, le devolvió la mirada, pero sin poner un tinte más rosado en sus pálidas mejillas, al tiempo que realzaba la gracia de su delicada cabeza y de sus ojos oscuros y dulces. Más alta y más esbelta que Kate, tenía en ocasiones una agilidad de movimientos que le prestaba cierto aire juvenil y en ocasiones la hacía parecer la hermana soltera.

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—Me temo que a John le ha entretenido algún asunto —le indicó a Kate —, pues de otro modo ya estaría de regreso. Es inútil esperarle más, pero a lo mejor prefieres salir a su encuentro. Podrías ponerte el traje de amazona — añadió, examinando la híbrida vestimenta de Kate— y decirle a Manuel que te acompañase.

—¡Eso sí que no! ¿Cómo voy a llevarme al único hombre de la casa y dejarte sola? —respondió la otra.

—Pero si se quedan los braceros chinos —objetó mistress Hale—. Vamos, muchacha, ¿es que no vas a renunciar nunca a tus prejuicios ni a reconocerles cualidades humanas? John me ha asegurado que en el país de esos individuos existe la enseñanza obligatoria y que todos saben leer y escribir.

—Lo que no te iba a servir de mucho si…

—¿Si qué? —indagó su hermana sonriendo—. ¿Es que piensas en la extravagante historia de Manuel y en las huellas de oso que asegura haber encontrado por el campo? Te prometo que ni yo, ni mamá, ni Mimi, saldremos de casa hasta que vuelvas. ¿Estás más tranquila?

—No era eso en lo que pensaba —replicó Kate—, aunque tenga poca confianza en los redobles de tam-tam o en las salmodias para alejar a los animales salvajes. Pero no sé si recuerdas que los braceros chinos van a irse a un bautizo, a un entierro o a un banquete de pollos robados. Estarán ausentes todo el día.

—No dejes de llevarte a Manuel por eso. Aún nos quedan Molly y el indio, así como los criados chinos, para protegernos de lo que sea. Tengo plena confianza en las cualidades de Chy-Li como guerrero. Basta oírle cantar en tiempo de paz para suponer lo que sería en un combate. No recuerdo nada tan terrorífico como ese poema de amor que estuvo entonando el otro día. Pero, bromas aparte, te aseguro, Kate, que no me asusta quedarme sola. Ya sabes lo que John repite sin cesar: hay que estar preparada para todo.

—Querida Josephine —respondió Kate, enlazando a su hermana por la cintura—, estoy segura de que si Jack con sus tres dedos de menos[6], Bill con su pulgar de más, el propio Joaquín Murrieta o cualquier otro bandido se presentase de pronto, con las manos tintas en sangre, le ofrecerías graciosamente una taza de té, le pedirías con toda amabilidad noticias de sus últimas fechorías y ni se te iba a ocurrir mencionar a la policía o al juez. Pero, así y todo, no me llevaré a Manuel. No puedo mejorar sus costumbres ni impedirle que se emborrache de tequila. Te aseguro que a su oficioso

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servilismo, prefiero la familiaridad brusca del juez del condado de Pike, que se limita a decirme: “Salte, bonita, que yo la pescaré”.

—Supongo que no vas a molestarte por tan poca cosa —respondió Josephine—. John quiere que estemos en buenas relaciones con esa gente y reconocerás que poco a poco se van conduciendo mucho mejor.

—Sí, el hombre se pone guantes y chistera para visitarnos los domingos y su mujer se niega a hacerlo antes de que vayamos nosotras a su casa —dijo Kate.

—¡No puede ser! —exclamó Josephine ingenuamente—. Di que eres tú quien le tiene antipatía.

—Las quiero más que tú y por eso veo lo que a ti se te escapa. Mira, pensándolo bien, no iré a la casa de postas. Me dedicaré a contemplar la naturaleza. Adiós —añadió en castellano.

—No me agrada que Kate hable igual que esas gentes, aunque sea en broma —comentó mistress Scott, desde su mecedora junto a la ventana, cuando entró Josephine después de ver cómo su hermana se alejaba con paso rápido—. Debería cambiar de aires.

—Precisamente pensaba convencer a mi marido de que se la lleve a San Francisco este invierno —contestó Josephine—. Los Carey van a ir también y podría quedarse con ellos.

—Temo que si tardáis mucho, le dará lo mismo —comentó la madre, moviendo la cabeza—. A Kate ya no le gusta nada de lo que antes le gustaba.

Mientras, la muchacha continuó su camino, sumida en profundos pensamientos. Incluso había despedido a su perro Spot, que constituyó otra desilusión cuando estranguló a un cordero. El aire se mantenía suave y los rayos de sol parecían haber perdido su fuerza. Casi sin darse cuenta, Kate apresuró el paso y en menos de una hora llegó, algo sofocada, hasta la garganta donde se estrechaba el camino que conducía a la meseta de las Águilas.

Había creído siempre que el espectáculo que desde allí se dominaba era uno de los más grandiosos de las sierras, pero aquella mañana revestía un carácter impresionante en su austera y glacial majestuosidad.

Kate alzó la vista. Sabía que aquellos troncos, que se unían sobre su cabeza, eran tan grandes como los que había dejado atrás; también sabía que la altura donde sus ramas se entrelazaban no significaba más que la mitad de la vertiente y que las pifias, que el viento desprendía, iban a caer a un abismo de mil pies de profundidad. La muchacha, inclinando ligeramente la cabeza,

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echó a correr por la angosta galería y no se detuvo, después de franquearla, hasta alcanzar el abrupto declive que ascendía hacia el otro lado.

Sólo allí era posible darse cuenta de la posición de la meseta, tan difícil de escalar. Se dibujaba un alto promontorio que limitaban, por tres de sus cuatro lados, una serie de quebradas y de torrentes, y que se unía, por un largo y estrecho desfiladero, a la cima del Northern Pick. El desfiladero, que en otro tiempo fue turbulento río, parecía haberse ido cubriendo con tierras de aluvión y con escombros. Entonces, se advertía que no era posible alcanzar el valle, oculto en el fondo, sino ascendiendo aún más antes de bajar, pues el único camino cruzaba la cadena por un punto más alto. El panorama impresionó a la muchacha más de lo acostumbrado, pues en el momento de volverse a contemplar la meseta, imaginó ver una visible respuesta a cierta duda que aquella mañana inquietaba su espíritu. ¿Era necesario acaso, para alcanzar un destino más alto, elevarse una misma y, por otra parte, quienes iban subiendo, no veían las altas cumbres con igual claridad que los humildes que se quedaban en la llanura?

Estas profundas reflexiones no le impidieron a Kate recoger helechos helados ni las bayas color de púrpura que tanto le gustaban, ni tampoco observar con su mirada tranquila ciertos fenómenos climatológicos que se producían en torno suyo. Por lo pronto, advirtió una densidad en la atmósfera que, si bien aliviaba el calor del sol, no disminuía la transparencia del aire. A lo lejos se destacaban claramente los nevados picos, pero se hubiera dicho que los bañaba la luz de la luna. Incluso el propio sol parecía más pálido, aunque no hubiera ni bruma ni nubes que lo velasen. De pronto, un batir de alas, el rápido huir de unas aves de mayor tamaño bajo la espesura y el paso de algún animal entre la maleza llamaron la atención de la muchacha por lo desacostumbrado en aquellos silenciosos parajes. No le inspiraban temor alguno las bestias feroces, ya que había vivido lo suficiente en las montañas para saber que de ninguna de ellas hay que temer a menos que se las moleste, por lo que continuó tranquilamente su paseo.

Descendía Kate por un escarpado sendero, cuando la hizo estremecer un brusco ruido de ramas pisoteadas. Parecía venir de la opuesta vertiente, a su mismo nivel más o menos, y en el sendero que ella iba a seguir. Se repitió el ruido, aunque más apagado, igual que si un pesado cuerpo descendiese poco a poco. La muchacha se detuvo, imaginando que se trataría de alguna roca desprendida. De improviso, se abrieron los matorrales y un enorme oso apareció en el sendero, medio corriendo y medio rodando. Cincuenta pasos

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más de una y otra parte, y Kate y el plantígrado se hubiesen encontrado frente a frente.

Miss Scott ni gritó ni se desmayó, y ni siquiera tuvo miedo. No la inquietaba gran cosa aquella bestia aterradora. El oso, sorprendido por la caída de un pedrusco que desprendió el pie de la muchacha, se alzó sobre sus patas traseras y la examinó con unos asombrados ojillos. Sin moverse, puesto que la bestia le cerraba el paso, Kate se agachó, cogió una piedra y se la tiró, diciéndole:

—¡Anda, vete!

A la muchacha le pareció muy natural que el oso obedeciese y se fuera a su guarida con paso vacilante y pesado. Sin embargo, una vez la hubo perdido de vista, la invadió una profunda turbación y, retrocediendo precipitadamente, reemprendió el camino de su casa, sobresaltándose al menor rumor extraño. Al llegar a la entrada del paso, no sabía exactamente si estaba asustada o satisfecha de haber corrido aquella aventura, pero, por si acaso, prometió no contárselo a nadie.

El frío continuaba intenso. La luz del mediodía seguía disminuyendo y, cuando Kate alcanzó la meseta, vio una nube opaca como de tormenta, que se cernía, a lo lejos, sobre las nevadas cimas. Con un comentario entre burlón y furioso acerca de los caprichos del clima, Kate entró en su casa.

III

La muchacha, para su sorpresa, encontró desierta la planta baja de la vivienda, mientras en el primer piso se advertía un desacostumbrado rumor de idas y venidas. Encontró huellas de polvo en el suelo siempre tan limpio, y en el primer peldaño de la escalera una gota de sangre. Alarmada súbitamente y olvidándolo todo, llamó a su hermana con ansiedad. A su llamada respondió un discreto roce de faldas y Josephine, que descendía con prisas, se llevó un dedo a los labios para luego arrastrar a Kate a otra habitación, donde se apoyó en ella tras cerrar la puerta. En su rostro vagaba una ligera sonrisa y exhibía un papel arrugado en la mano.

—No te asustes —dijo, tendiéndoselo a su hermana—. Pero léelo. Lo han traído hace un momento.

Kate reconoció la letra clara y firme de su cuñado. Leyó con ansiedad: “La noche pasada asaltaron y robaron la diligencia. No hay heridos. Sólo he perdido el tiempo, ya que este asunto va a retenerme aquí hasta mañana. Enviadme a Manuel con un caballo de repuesto. Tranquilizaos. Como el

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portador tiene que dar un rodeo para entregaros esta nota, cuidad de que nada le falte”.

—¿Y bien? —indagó Kate.

—Pues parece que en el Northern Pick se encontró con los bandidos que le han herido en una pierna. Por suerte, un amigo suyo que salió en su busca le ha recogido y le ha traído aquí, que es el lugar más próximo al sitio de la lucha. Está arriba, en la habitación de los huéspedes, en compañía de su amigo, que no le abandona un instante. Ni siquiera deja entrar a mamá. Han podido contener la hemorragia con los instrumentos del botiquín de John y, ahora que me acuerdo, ésta es la ocasión, Kate, de demostrarnos tu habilidad y de si te ha sido útil el cursillo de enfermera. Es posible que haya que extraer la bala. Esmérate.

Kate contemplaba con curiosidad a su hermana. Un ligero carmín coloreaba las pálidas mejillas de ésta y sus serenos y dulces ojos se animaban con una extraña viveza. Nunca había resultado tan seductora.

—¿Por qué no mandamos a Manuel en busca de un médico? —indagó Kate.

—Sabes muy bien que el único médico vive a unas quince millas de aquí. Además, no encuentro a Manuel. Puede que haya ido a recoger el ganado, pues se avecina una nevada. Es absurdo.

—¿Quiénes son esos hombres? —preguntó Kate pensativa.

—Afirman ser “socios”, como si esto fuese una profesión o una posición social. El herido era uno de los pasajeros de la diligencia asaltada. O, por lo menos, así lo creo.

—¿Qué aspecto tienen? —insistió Kate—. ¿El de todo el mundo?

—El herido, cuando no pierde el conocimiento, no cesa de reír. El otro usa un bigote negro y tiene un aire bastante sombrío.

—¿Qué vamos a hacer?

—¿Qué podemos hacer? Incluso sin la recomendación de John no podría negarle hospitalidad a un desgraciado herido. Le tendré aquí, naturalmente, hasta que mi esposo regrese. Kate, empiezo a temer que te extralimites en tus prejuicios y te endurezcas hasta el punto de hacerle daño a esa pobre gente. Tranquilízate, querida, y no temas exponerte a la seducción del trovador herido ni a la de su tenebroso socio. Además, éste es tan tímido que ni siquiera se atreverá a mirarte.

En aquel momento se oyeron unos pasos vacilantes en el rellano de la escalera, que luego cesaron, retrocedieron y volvieron a acercarse; después, sonó un ligero golpe en la puerta.

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Kate se apresuró a abrir, con gran consternación de un hombre alto, de cutis atezado, que se disponía ya a retirarse. Pese a su turbación, tenía magnífico aspecto. Su bigote era suave y sedoso como los bucles de un niño y Kate se dio cuenta, aunque sin proponérselo, de que la mano con la cual se lo acariciaba era blanca y fina.

—Perdonen —dijo el recién llegado sin levantar la vista—, buscaba a la anciana señora. Les ruego que me disculpen…; ignoraba que… las señoritas…, que alguien… Sólo deseo…, quiero decirles que mi socio…

Se interrumpió bruscamente al ver la sonrisa que se dibujaba en los labios de Josephine y su bronceado semblante enrojeció.

—Confío, caballero, en que su socio no estará peor —se apresuró a decir mistress Hale, con excesiva etiqueta, como si deseara enmendar su sonrisa—. Mi madre está ausente en estos momentos; pero ¿no podemos reemplazarla mi hermana o yo?

A esta informal presentación, el desconocido, sin mirar a Kate, respondió con un saludo que, pese a ser breve y trémulo, no resultaba torpe ni descortés.

—Gracias, es usted demasiado buena; mi amigo se siente un poco mejor y si nos prestan un caballo intentaré llevármelo esta misma noche.

—¡No piense en llevárselo tan pronto! —respondió Josephine como en amable protesta, pero su hermana advirtió que había un fondo de sinceridad —. Esperen, por lo menos, hasta mañana, en que vendrá mi marido.

—No le esperen mañana —exclamó el forastero. Se mordió los labios y añadió con presteza—: Quiero decir que van a retenerle sus asuntos. Así me lo ha dicho mi socio hace unos momentos.

Kate advirtió que el huésped se había corregido, pero también se dio cuenta de que le había pasado por alto a su hermana.

—¿Cree usted que mister Hale no va a poder venir? —indagó entonces.

El forastero se volvió hacia ella.

—Creo —contestó señalando a través de la ventana la densa nube que Kate ya había observado— que en las cumbres está ya nevando y que si la nieve baja hasta el desfiladero, lo va a bloquear totalmente. Por eso conviene que nos marchemos cuanto antes.

—Pero si mi marido no puede pasar a causa de la nieve, tampoco van a poder ustedes —intervino Josephine—. Es preferible que nos permitan hacer lo posible para cuidar a su amigo en vez de exponerle a los riesgos de un viaje en esas condiciones. Mi hermana sólo desea tener ocasión de demostrarnos sus habilidades quirúrgicas —añadió con cierta malicia que Kate no le

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conocía y que la sorprendió casi tanto como la embarazó—. ¿No es cierto, querida?

Aunque se daba cuenta de que iban a interpretar su silencio de modo afirmativo, Kate no pudo encontrar una sola frase cortés que la librase de aquella proposición que le causaba tan vivo malestar. Quedó callada e inmóvil. El desconocido, sin preocuparse de su actitud, dirigió una breve ojeada a la sala.

—Imposible —insistió—. Hemos de marcharnos. El caso es que me he permitido adelantarme a su autorización y los caballos están ya ensillados. — Luego, con acento decidido y alzando brevemente los ojos para mirar a Josephine, añadió—: No dude que se los devolveremos lo antes posible y de que… no vamos a olvidar sus bondades. —Calló y se dirigió hacia la salida

—. He bajado ya a mi socio, que está ahí fuera, esperándolas, pues desea darles las gracias antes de partir.

Las dos mujeres siguieron al forastero y vieron, sobre un sofá de paja, al herido, cuyo cuerpo esbelto y frágil se ocultaba entre los pliegues de un sarape de color oscuro. Su afeitado rostro le daba un aire de adolescente, que desmentían, sin embargo, ciertas arrugas en la frente y en las comisuras de sus labios. Bajo su palidez se adivinaba un auténtico sufrimiento, pero sus ojos brillaban de alegría y de malicia. La soltura de su comportamiento contrastaba en gran manera con el sombrío embarazo de su compañero y parecía ser el único del grupo libre de preocupaciones.

—Me parece una gran impertinencia obligarlas a ustedes a venir a despedirme —exclamó con una risa sonora y comunicativa—. Ned[7] me ha traído hasta aquí en brazos y se proponía pasearme por toda la casa, igual que a un niño, para verlas a ustedes. Perdónenme si no me levanto, pero, de momento, con respecto a las piernas, me encuentro igual que una sirena fuera del agua. Ned quiere marcharse y me iré con él, aunque no sin antes despedirme de la abuela. Aquí viene.

Con gran estupor de Kate, no sólo su hermana toleró esta expresión populachera, sino que su madre se acercó solícita al herido con el propósito de que renunciase a sus proyectos.

—No es ésta mi casa —exclamó, mirando a su hija—, pero si lo fuese no iba a consentir que se marchara usted hasta el día en que estuviera fuera de peligro. ¡Josephine! ¡Kate!, ¿cómo se lo permitís? Pues bien, yo lo prohíbo. ¿Me oís? Usted, quieto aquí.

Kate, asustada, se preguntaba si se habría vuelto loca o si aquel hombre sombrío y su socio, con aquella odiosa familiaridad, la habrían embrujado.

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Cierto que uno de ellos estaba herido y que las más elementales reglas de humanidad ordenaban socorrerle, pero ¿cómo su madre se despojaba de toda su elaborada compostura para estrechar la mano de un desconocido? ¿Y cómo su hermana, que se negaba incluso a darles dos dedos a los habitantes del territorio, asistía a esa efusividad con tanta complacencia?

El herido se llevó la mano de mistress Scott a los labios y, luego, adoptando un aire serio, quiso levantarse.

—Lo lamento, señoras, pero debemos marcharnos. Dame el brazo, Ned. ¿Están preparados los caballos?

—¡Dios mío! —exclamó mistress Scott—. Olvidaba decirles que no nos quedan caballos. Manuel debió tomar el último para acosar al ganado. Pero ha de volver de un momento a otro y mañana…

—¿Manuel es uno de sus empleados? —preguntó el herido con súbito interés, mientras se sentaba de nuevo.

—Sí.

Los dos amigos cambiaron una rápida mirada.

—¿Un bebedor empedernido, con una cicatriz en la mejilla izquierda?

—Sí —asintió Kate—. ¿Es que le conocen?

El herido recobró su aire burlón.

—No conviene fiarse mucho de los borrachos —comentó por toda respuesta—. Habrá que contentarse con nuestras monturas, ¿eh, Ned?

—Sí.

El herido hizo un movimiento para levantarse pero le fallaron las fuerzas.

Casi se había desmayado.

A la vez, las tres mujeres se acercaron a él.

—Ya ve cómo no pueden irse —dijo Kate con firmeza.

—Dentro de un momento estará mejor.

—Puede, pero no va a durar mucho la mejoría. ¿Es que no hay modo de que cambie usted su decisión?

—Sí, desde luego —exclamó el otro forastero con cierta amargura—. ¡Eso!

—¡La lluvia!

—A una milla de aquí, esa lluvia es nieve y habrá cerrado los caminos antes de que alcancemos la estación de diligencias.

Acompañó sus palabras con un involuntario gesto, como admitiendo la derrota, y luego se volvió hacia su amigo. Este iba recobrando el conocimiento, gracias a los cuidados que le prodigaban.

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—Es un modo como otro cualquiera de irme —murmuró entonces el herido—. Pero preferiría estar ya en marcha.

—Demasiado tarde —le informó su compañero secamente—. El camino va a quedar bloqueado antes de que alcancemos la estación de diligencias.

—¿Cerrado? —repitió Kate.

—Sí, para todo el mundo, tanto hombres como animales. Y por donde no se puede salir tampoco se puede entrar —comentó Ned como si hubiera leído el pensamiento de la muchacha—. Me temo que mañana por la mañana no va a ver a Ha…, a su hermano. Iré a echar un vistazo en cuanto hayamos instalado a éste —agregó contemplando al herido con inquietud.

Hasta aquel momento no había cambiado tantas palabras seguidas con Kate y por primera vez la miró cara a cara. Su primitiva timidez había cedido el puesto a una mal resignada conformidad que, si bien resultaba menos embarazosa, era poco halagüeña para la propietaria de la casa. Tomando en brazos a su compañero, como si fuese un niño, subió con él la escalera del piso superior, precedido por mistress Scott, que llamaba a la sirvienta india y mostraba todas las señales de una extrema solicitud.

Una vez quedaron solas ambas hermanas, Josephine le dijo a Kate:

—De no ser porque nuestros huéspedes tienen tantas ganas de marcharse, me habría indignado tu poco hospitalaria actitud. No te comprendo. Siempre me censuras por no tratar con suficiente amabilidad a la gente del país.

—Bueno, pero ¿quiénes son esos dos?

—No sé más que tú, pero ya has leído la carta de mi marido.

La habilidad, típicamente femenina, con la que recordaba su parentesco con el amo de la casa y se libraba de toda responsabilidad e iniciativa hizo que Kate sintiera remordimientos.

—Ni siquiera sabemos sus nombres.

—¿Y qué importa? No lo juzgo necesario para ofrecerles albergue ni para atender al herido. ¿Es que en tus cursos de enfermera te enseñaron que primero había que acostarles boca arriba y pedirles nombre y apellidos? En fin, si así lo deseas, a uno puedes llamarle George y al otro Ned.

—Sabes muy bien lo que quiero decir, Josephine —protestó Kate—. ¿Cuál es George?

—El pobre herido y no el que estuvo hablando contigo más que con ninguna de nosotras para amansarte. En la frente se te leía la palabra “despedida”.

—Quisiera que John estuviera aquí —exclamó la muchacha.

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—Incluso en ausencia de mi amo y esposo, no tenemos nada que temer de gente que sólo piensa en marcharse. Si lo que te preocupa son las normas sociales, creo que la presencia de nuestra madre es suficiente garantía. Haremos por ellos lo que podamos y mientras…

—Voy a prepararles la habitación de John.

—Sí, mamá ha tenido la misma idea. Es la mayor y pueden ponerse allí dos camas, de modo que Ned no se separe de su amigo. Pero, oye, ¿por qué no te cambias de ropa? Esa sólo vale para cuando estamos nosotras solas.

—¿Es que imaginas que me pasaré el día con ellos? —indagó Kate indignada.

—No sería mala idea, en vista de que no hay médico. Está muy nervioso y recorre la casa como un perro que ha perdido a su amo.

—¿Quién?

—Ned. Pero debemos velar por su bienestar. El herido estará ya acostado —añadió Josephine dirigiéndose hacia la escalera.

Kate, molesta y disgustada, fue en busca de su madre; pero ésta se encontraba junto al herido, por lo que la muchacha se alejó prestamente de aquella habitación, convertida de súbito en el centro de la atención general, sintiéndose más irritada y sola que nunca. En cuanto se encontró en su dormitorio, abrió la ventana, ese eterno refugio de los espíritus turbados, y maquinalmente miró hacia fuera. Al contemplar el sitio por el que poco antes había estado paseando, se sintió deslumbrada. Se frotó los ojos y, luego, limpió con su pañuelo el cristal empañado por la lluvia. No era una ilusión. El conocido paisaje se había transformado en un vasto campo de blancura uniforme. La casa, con sus prados en declive y su franja de pinos y de algodoneros, semejaba una isla primaveral en medio de un océano de hielos.

El insensato deseo de ver más de cerca aquel extraño fenómeno y de poder calcular la extensión de sus dominios, inesperadamente limitados, se apoderó de Kate con tanta fuerza que, poniéndose un impermeable con capucha, salió de la casa sin que nadie la viese. La lluvia caía con insistencia sobre el sendero, pero más allá del arco de rocas parecía alzarse una espesa cortina formada por copos giratorios, que velaba el paisaje, conquistado de pronto por el invierno. La muchacha, apretando el paso con febril impaciencia, no tardó en llegar a la única salida de la meseta de las Águilas, comprobando que una blanca muralla la cerraba por completo. Estuvo durante un buen rato mirando la nieve y su desbordada imaginación creyó ver las movibles mallas de una red inexorable que, tejida por invisibles manos, se hacía más tupida por momentos para retenerla prisionera.

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Preocupada, iba a volverse, cuando descubrió a pocos pasos a Ned, también absorto en la contemplación del panorama. Se cubría con un negro poncho, bordado de plata, y el ala de su ancho sombrero de fieltro blando, agitada por el viento, dejaba al descubierto sus cabellos negros y rizosos sobre la frente atezada. Tenía un aire apuesto y pintoresco, sin el menor estudio ni afectación. Ni su apostura ni sus ropas desentonaban con el lugar en que se encontraban ni, a juicio de Kate, con sus costumbres y su posición. Sin embargo, consideró que era “demasiado” apuesto y “demasiado” pintoresco, sin darse cuenta de que le juzgaba desde los limitados puntos de vista de su antigua vida ciudadana.

Cuando el forastero volvió la cabeza, se encontró cara a cara con la muchacha.

—No creo que eso tienda a mejorar —dijo tranquilamente como si aquella fuerza mayor e inevitable hubiera calmado su impaciencia—. Es aún peor de lo que imaginaba. La nieve debió comenzar a caer anoche y, por ahora, no parece que vaya a detenerse. —Calló y, fijando sus ojos en los de Kate, agregó luego—: ¿Sabe usted lo que eso significa?

—No comprendo.

—Lo suponía. Pues significa que está usted aislada por completo del mundo exterior. Ahora la nieve mide unos cinco pies de altura en el único sendero por el que se puede entrar o salir de aquí. Supongo que no se asustará usted, señorita, pues en realidad no existe peligro material alguno. Una casa como la suya estará indudablemente bien aprovisionada y no sólo deben tener lo necesario sino incluso lo superfluo. A mano hay leña, agua, ganado y caza, pero durante quince días por lo menos vivirá usted encerrada aquí.

—¡Durante quince días! —repitió ella—. ¿Y mi cuñado?

—Ya debe saber lo que ocurre y se sentirá tan tranquilo respecto a la seguridad de ustedes, como ustedes deben sentirse respecto a la suya.

—Durante quince días —volvió a decir la muchacha—. No es posible.

Encontrará algún medio de llegar hasta aquí.

—Eso les deseo —respondió su interlocutor—, ya que lo que él pueda hacer, también lo podremos nosotros.

—¿Aún tiene usted prisa por marcharse? —indagó Kate, casi involuntariamente.

—Mucha.

Aunque en la forma no era descortés, esta exclamación lo era en el fondo, por lo que irritó mucho a miss Scott. Pero antes de que pudiera hablar, él añadió:

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—Pase lo que pase, quiero que recuerde que he hecho cuanto estaba en mi mano para no seguir aquí ni un minuto más de lo indispensable, sin exponer a mi socio a morir en la nieve.

—Así es —convino Kate, y luego, torpemente, agregó—: Confío en que se curará muy pronto. —Luego explicó, mientras se disponía a marchar—: Debo darle a mi hermana esa enojosa noticia.

—Imagino que va a encontrarla preparada. Si en algo puedo serle útil, disponga de mí. Quizá esté en condiciones de prestarle algunos pequeños servicios. En primer lugar, voy a explorar los alrededores de la meseta, ya que nada les resultaría a ustedes tan agradable como librarse de nosotros; sé manejar un rifle y el bosque se va a llenar de la caza que la tormenta expulsa de las cumbres. Permítame que le muestre algo, en lo que usted no habrá reparado. —Se detuvo y señaló con la mano una protuberancia que, protegida por altas rocas, se alzaba en el flanco de la montaña y que resaltaba, por su verdor, entre la blancura que la rodeaba. Entonces, parecía poblado de confusos objetos que se movían—. Son animales salvajes que huyen de la nieve —explicó—. El mayor de todos es un oso negro; también hay pumas, lobos, zorros y cabras monteses.

—¡Qué grupo tan variado! —quiso ella burlarse.

—Les ha reunido la desgracia. Están demasiado asustados para agredirse. —Más tarde se devorarán entre sí —dijo Kate, lanzando una furtiva

mirada a su compañero.

Este alzó de pronto sus oscuras pupilas y sorprendió la mirada.

—¿En ese refugio? ¡No! —dijo sencillamente.

IV

Tal y como había previsto el forastero, Kate encontró a su hermana muy al tanto de la situación. Un superficial recuento de recursos y de medios le había demostrado que la guarnición estaba bien aprovisionada y que podría soportar un largo sitio.

—Por lo visto, el nuestro no es un caso extraordinario —le dijo Josephine a su hermana—. No sé quién, en no sé dónde, tuvo que pasarse así cuatro semanas y la propia estación de diligencias del paso quedó cerrada. John se debió informar bien antes de comprar esta finca. Me avergüenza no haber sabido nada de eso, pero, por lo general, prefiero sus teorías a la experiencia de los otros. Sin embargo, nada va a faltarnos excepto nuestro correo, y a

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juicio de mister Lee no debemos compadecer a John, pues puede dirigirse a donde más le plazca, excepto a su casa.

—¿Míster Lee?

—Sí, el herido. El otro se llama Falkner. Para complacerte, he averiguado sus nombres y ahora puedo presentártelos con toda formalidad. Es una suerte que ambos estén aquí, ya que no hay ni un caballo en la cuadra y Manuel ha desaparecido. Míster Lee opina que no puede andar muy lejos puesto que ellos no le encontraron por el camino.

—¿Ha dicho algo más sobre Manuel?

—No, pero empiezo a compartir tu opinión y a no fiarme de él. También es ése otro de los resultados del sistema de John, que se obstina en dar confianza a los naturales del país, pase lo que pase.

Falkner cumplió lo prometido encargándose desde el primer momento de los trabajos de la casa, ayudado por el chino y bajo la supervisión de Kate. Esta advirtió al instante que si su huésped entendía en caballos, nada sabía, por el contrario, del cuidado de las granjas ni de los establos ni de otras particularidades de la vida rural. Pero la reserva y desconfianza de Kate cedieron ante su franca actitud; hablaron sin embarazo alguno y con entera libertad de mil asuntos relativos a su extraña situación. La conversación de Falkner era más pintoresca que la de John, pero mucho menos interesante; su cuñado tenía siempre la virtud de hacerla callar.

Cuando entraron en la casa, él no la acompañó a la sala sino que se dirigió al instante a la habitación de su amigo. Al servirse la comida, con mayor ceremonia que de costumbre, las dos hermanas recibieron con sorpresa un mensaje de Falkner que les pedía que le dispensaran de compartir su mesa, ya que prefería quedarse junto al herido, con lo que se simplificaría el servicio.

—Eso es sólo timidez —le informó Josephine a Kate—. No podemos consentirlo.

—Yo le haré compañía a ese desgraciado mientras mister Falkner come con vosotras —dijo mistress Scott, bondadosamente.

—Te veo demasiado dispuesta, mamá —dijo Josephine, amenazándola en broma con el dedo—. Ese desgraciado, como tú le llamas, ya no cumplirá los treinta y cinco años.

—Ni tampoco los treinta y seis si no le dejas tranquilo —exclamó la anciana—. Hablas demasiado cuando vas a verle.

—Debemos distraerle. Necesita otra compañía aparte de su lúgubre amigo, de cara de entierro —expuso Josephine con una extraña animación—. Por lo que no esperes que les deje mucho tiempo juntos. Kate, ve a examinar

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al paciente y a contrarrestar con tu prudencia los funestos efectos de mi frivolidad.

El instinto de Josephine había acertado mucho más que la sensatez de su madre. Los ojos del herido se animaron nada más ver a las dos hermanas y resultó evidente que su exuberante vitalidad necesitaba de algún estímulo moral para recuperar sus perdidas fuerzas. Animada por la ayuda seria y práctica de Falkner, Kate se decidió a examinar la herida de Lee. Le pareció menos grave de lo que en un principio imaginara; había sangrado, a causa de la rotura de varios vasos pequeños debajo de la rodilla, pero no habían sufrido ni el hueso ni la arteria. Una nueva hemorragia o un acceso de fiebre eran los únicos riesgos a que se exponía y ambos podían combatirse fácilmente.

La inalterable alegría de Lee, su buen humor, el ingenio de sus comentarios, su paciencia y la libertad de su lenguaje, acabaron por vencer la reserva de Kate como había vencido las de su hermana y de su madre. No pudo por menos de reírse varias veces durante aquella cura emprendida por obligación.

—Debería usted ampliar la clientela, señorita —le dijo el herido.

Y se dedicó a tomarle el pelo a su amigo, animándole a que se dejase caer por la escalera o a helarse en la nieve para que Kate le cuidase. Así pasaban el tiempo en una amena charla.

El golpear de la lluvia sobre los cristales y el chisporrotear del fuego en la chimenea prestaban un nuevo encanto al aislamiento, y sólo cuando mistress Scott se levantó, alegando que debía dejar descansar al herido, se dieron cuenta todos de lo avanzado de la hora. Al cerrarse la puerta, tras la última y tierna mirada de las dos hermanas, Falkner se encaminó a la ventana y quedó en silencio, contemplando la oscuridad de la noche. De pronto se volvió hacia su amigo, para decirle:

—¡George, esto es el infierno!

Lee, sonriendo, se volvió a su vez hacia él.

—¿Por qué? De no ser por la madre, única persona perfecta de la casa, que ni pide ni exige nada, iba a resultar muy curioso. Las dos hermanas desean emociones y se las buscan. Hale, el esposo, quiere darse importancia, persiguiéndonos. Pues bien, ya lo ha hecho y aún he de brindarle otra ocasión de que se distinga. Ese imbécil de mensajero, que se metió en lo que no le importa al aceptar traer aquí una carta, tuvo ocasión de cambiar unas balas conmigo. También ha recibido lo suyo y, según imagino, no pide más. Tú has hecho cuanto has podido para que nos vayamos y conseguido que esa linda puritana esté en camino de adorarte.

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—Puede, pero esa comedia que representamos, George…

—¿Qué comedia y quién la representa? Tú le has dado nuestros nombres. —No podía seguir mintiendo, pero, además, nada han averiguado al

saberlos.

—¿Imaginas que iban a ser más felices de conocer la verdad? ¿Crees que esa encantadora mujercita estaría tan contenta de enterarse que su marido es indirectamente el causante de que la conozcamos? ¿A quién hemos engañado? ¿Dónde está la comedia? ¿En el agujero que me han hecho en la pierna? Si lo tuvieras tú y hubieses sufrido cinco minutos bajo las diabólicas y caritativas manos de esa muchacha, reconocerías que es bastante real. ¿En el intento de huida? ¿En la posibilidad de que Hale vuelva y nos descubra?

Falkner no contestó. Hubo una larga pausa durante la que se agitaron los hombros de George a impulsos de la risa.

—Imagínate —exclamó— a mistress Hale presentándome a su marido. Yo le señalo una silla, sin dejar de apuntarle con una pistola bajo las mantas. Tú, sobresaltado, abandonas tus menesteres de granjero y vienes con una hoz en una mano y la muchacha en la otra, mientras la excelente anciana acepta el parecer de cada uno y procura contentarnos a todos.

—No me quedaré para verlo —afirmó Falkner.

—Seguro; tú eres capaz de montarnos en un caballo a mí y a las dos mujeres y raptarnos al galope. Sí, no lo niegues; te conozco. Escucha, Ned — añadió el herido, mucho más serio—; aquí no hay más engaño que haberle traído a esa mujer la carta del marido y eso fue idea tuya. Creías que la carta iba a disipar toda sospecha; yo perdía mucha sangre, tú querías salvarme la vida y arriesgaste todo el juego. Bien, aún me queda nervio para soltar unos cuantos tiros y luego…, no importa.

El acento de George carecía de amargura; continuaba sonriendo. Falkner, en silencio, apoyó la mano sobre las mantas; el otro la estrechó y así permanecieron durante unos instantes.

—¿Cómo acabará este lío? —murmuró Falkner al cabo de un rato—. Es algo que no puede durar mucho.

—¿Por qué no? Si nos quedamos aquí encerrados, tiene que durar. Por tanto, sé razonable, Ned. No pienso llevarme de esta casa más que lo que he traído o lo que voluntariamente me den, pero que me cuelguen si, aparte de eso, pretendo hacerme mejor de lo que soy. De este modo no estoy obligado a confesarles la verdad. No hay ninguna ley que obligue a un hombre a informar al primero que pasa de qué compañía acaba de dejar o de cual ha sido su última hazaña. ¿Supones que esas lindas mujeres van a revelarnos

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toda su historia? Yo me encuentro bien aquí. Descanso mejor en esta cama que en la mía propia. Buenas noches.

A los pocos minutos dormía con el sueño profundo y apacible de los adolescentes, privilegio que parecía haber conservado. Falkner se dirigió de nuevo hacia la ventana y quedó inmóvil, contemplando el temporal que no amainaba. De improviso, apagó la luz, se dirigió a la cama y apoyó una mano en el hombro del dormido. Este abrió los ojos al instante.

—¿Duermes?

—No.

—Alguien quiere entrar en la casa.

—¿No será “él”, el marido? —indagó Lee riendo.

—No, dos hombres, dos mejicanos a lo que parece. Creo que uno es Manuel.

—¡Vaya! —comentó Lee incorporándose.

—¿Qué?

—¿No lo comprendes? Suponen que las mujeres están solas.

—¡Bandido!

—Oye, habla con más miramientos de uno de mis hombres y alcánzame la pistola. Trae también ese látigo que cuelga de la pared. Ahora, vuelve a encender la luz y abre la puerta. Déjales que suban. Van a venir aquí, desde luego. Es el cuarto de Hale, donde se debe guardar el dinero, suponiendo que lo tengan. Además, tú da paso a la habitación de las mujeres. Yo me encargo de Manuel; tú, de su acompañante.

—De acuerdo.

—Como Manuel conoce el terreno, pasará el primero. En cuanto entren en el cuarto, cierra la puerta y encárgate del otro. Sobre todo, sin escándalo para que no se asuste nadie. Como salga bien va a resultar muy divertido.

—¿Y tú, George?

—Si no pudiera castigar a ese cobarde sin siquiera deshacer las sábanas, me tiraría por la ventana. Calla. ¡Cuidado!

Lee se tendió de nuevo, simulando dormir, pero descuidadamente la mano derecha se ocultaba bajo las sábanas acariciando la culata de una pistola. La luz se reflejaba pálidamente sobre el piso y en la pared opuesta, dejando en sombras el resto de la habitación.

En el exterior tan sólo turbaban la paz, la lluvia y el viento, cuya fuerza aumentaba. George semejaba vencido por el sueño que había aparentado; los inexplicables ruidos de una casa donde todos descansan podrían haber engañado a un oído menos experto que el del herido, pero éste supo al

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instante la causa de un débil rumor que parecía el crujir de una madera y cuando una cabeza rematada por un bosque de espesos y crespos cabellos examinó el cuarto antes de entrar, Lee la estaba esperando igual que si la hubiera visto acercarse. Un instante después se dibujó la silueta de un hombre. La puerta se cerró al instante; se oyó el fragor de una lucha y el choque de un cuerpo contra la pared. Luego, de nuevo el silencio. La sombra se volvió para salir de nuevo, pero se detuvo asustada al oír una voz tranquila que semejaba salir del lecho.

—Deja eso y ven aquí.

El visitante nocturno se estremeció y apenas contuvo una sorda exclamación. Los ojos del supuesto durmiente estaban bien abiertos y un brazo armado le estaba apuntando.

—Silencio o le doy al gatillo y te dejo seco.

—¡Por favor, capitán! —balbuceó el mulato, aterrado—. No sabía que estuviera usted aquí.

Lee se incorporó y, tomando la fusta con la mano izquierda, ordenó:

—¡Cállate!

El hombre retrocedió hasta dar con la pared.

—Abre esa puerta sin hacer ruido —le ordenó Lee. Manuel, pues de él se trataba, obedeció temblando.

—Ned —llamó George en voz baja—, tráeme al otro.

Falkner apareció con el otro bandido, cuyos ojos parecían a punto de saltarle de las órbitas por la presión de la mano de su aprehensor sobre la garganta.

—¡Silencio! —ordenó—. Ni una palabra.

En el silencio que pesaba sobre la casa, se oyó una puerta que se abría y la voz de mistress Scott que preguntaba dulcemente:

—¿Ocurre algo?

Lee, tranquilizando a Falkner con una mirada y amenazando a los bandidos con un gesto, respondió, en su habitual tono desenfadado:

—Nada, señora, excepto que Ned ha estado a punto de derribar la casa cuando buscaba algo en el maletín que me dejé en el vestíbulo.

—Espero que no se haya hecho daño —añadió una voz joven y burlona.

Lee indicó a su amigo que respondiese.

—No me he hecho nada, gracias —exclamó Falkner, con un azoramiento que no era fingido.

Aún se oyó el murmullo de unas voces femeninas; luego, una puerta que volvía a cerrarse y, al fin, de nuevo el silencio. Lee se volvió hacia su

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compañero.

—Desarma a ese cobarde —indicó— y échale fuera pero sin escándalos. Y tú, Manuel, vas a enseñarle a tu socio a lo que se expone si vuelve a asomar la cara por aquí.

Manuel dirigió a su cómplice una mirada llena de ruegos y de miedo, más elocuente que todas las palabras. Falkner volvió a sujetar a su prisionero, le arrastró al pasillo y desapareció sigilosamente por la escalera, sin soltarle.

—Déjeme marchar, capitán —rogó Manuel angustiado—. Le juro por lo más sagrado…

—Cierra la puerta.

El otro no se atrevió a desobedecer.

—Ahora —añadió Lee con una amplia sonrisa, poniéndose cómodo pero sin soltar la fusta ni el revólver— vamos a hablar tranquilamente. Una conversación entre amigos, ¿eh? Manuel, traes mala cara. Estoy seguro de que bebes demasiado. Es malo para el cutis.

—Déjeme marchar —insistió el mulato algo tranquilizado por aquella aparente benevolencia y sin advertir el brillo que despedían los ojos del herido.

—Pero si acabas de llegar, Manuel, y con muchas dificultades. ¿Es que no tienes nada que decirme? ¿Qué significa esto? ¿Qué pensabas hacer?

El ladrón se limitó a responder con un gruñido.

—Me explico tu timidez. A ver si puedo ayudarte. Sabías que Hale no estaba aquí, que no iba a volver y que no había un hombre para defender a esas tres mujeres. Creías encontrar dinero y diversiones, ¿verdad?

El tono amable de George animó un poco a Manuel; por desgracia, le llevó a hacer confidencias.

—¡Qué demonios, capitán! Pensé que por una vez podía trabajar solo y divertirme un poco. Cuando se anda en el mismo oficio, la gente se entiende. —Luego, añadió con insolencia—. Entre compañeros todo se arregla.

—Acércate.

—¿Para qué?

—Vamos, hombre, acércate.

Manuel obedeció, súbitamente inquieto.

—Un solo grito y el primero que entre en esta habitación va a encontrarte muerto.

Lee propinó dos o tres vigorosos fustazos en la espalda del mulato, quien, retorciéndose de dolor pero sin atreverse a gritar, cayó de rodillas.

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—Atiende bien. Voy a refrescarte la memoria. Cuando ibas en mi banda, de la que te expulsé porque no eres digno de alternar con personas decentes, ¿aprendiste a entrar así en las casas pacíficas? Contesta.

—No —reconoció el bandido.

—¿Aprendiste a robar a mujeres y a niños y atacar a los hombres por la espalda?

—No.

—¿En alguna ocasión te permití tocar a una mujer, joven o vieja, fuese para maltratarla o para acariciarla?

—No.

—Entonces, mi pobre Manuel, ha ocurrido lo que me temía. La vida tranquila de un rancho ha pervertido tus instintos. Me lo imagino muy bien. Ibas con el ganado de la hacienda y el caballo de tu amo cuando la nieve te cerró el paso y entonces tuviste la idea luminosa de esta aventura. Te equivocaste, amigo mío. En otras épocas no te permitía tener ideas propias, ¿no es cierto?

—No, capitán.

—¿Quién es tu compañero?

—Un inmundo negro del puerto, un sinvergüenza.

—Estamos de acuerdo, pero ¿qué iba a hacer? No le diste buen ejemplo. ¿Adónde va ahora?

—Me es igual que sea al infierno.

—De acuerdo; te complaceré. Sabrás algún modo de salir de esta meseta o, si no, lo inventas. Te concedo dos días para que desaparezcas. Luego, dispararé sobre ti en cuanto te vea. Quítate las botas.

El ladrón palideció y los dientes le castañetearon de miedo.

—Vamos, que hoy no pienso matarte —exclamó Lee, riendo—.

Simplemente te propongo que las cambies por este par de Hale que aquí veo.

Manuel se descalzó obediente y se puso las que George le indicaba.

—Ahora, abre la puerta.

El ladrón obedeció de nuevo. Falkner le aguardaba en el umbral.

—Suéltalos a los dos, Ned, después de haberlos desarmado, claro está. Podrían pelearse. —Mientras Falkner le quitaba al mulato un cuchillo y un revólver, Lee agregó—: Esa costumbre de llevar armas incita a la violencia y no está en armonía con nuestras viejas y patriarcales costumbres.

Falkner, una vez cumplido el cargo, regresó junto a su amigo.

—¿Te parece prudente —indagó— dejar en libertad a esos dos bandidos? Cada vez que pensaba en lo que venían a hacer aquí, debía contenerme para

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no apretarles el pescuezo.

—Querido Ned —contestó Lee, desperezándose voluptuosamente bajo las sábanas—, debes contener esos prejuicios que el orgullo de pertenecer a una esfera más elevada te inspira hacia los más humildes miembros de nuestra profesión. Por mi parte, puedo asegurarte que las razones de Manuel para entrar a robar aquí me parecen muy lógicas, aunque me oponga a esos actos de primitivismo, tan similares a muchos de los que realizan los amigos del orden.

—¡George! —amonestó Falkner, molesto.

—Sí, reconozco que es un poco tarde para discutir ciertas cuestiones de tipo metafísico y, además, tú debes estar cansado. Pero no teníamos más remedio que alejar de aquí a esos dos antes de que se dieran cuenta de nuestras relaciones con esas señoras y de que no somos más que dos.

—¡Bandidos!

—Nos hacen el mayor favor a su alcance al suponernos unos pillos más listos que ellos. Eres difícil de contentar, Ned.

—Pero ¿y si escapan y descubren lo ocurrido?

—Entonces podremos tener el inmenso placer de considerarnos mejores que nuestra reputación. Esconde esas botas de manera que las encontremos si es preciso demostrar su visita nocturna. Pero no veo la necesidad de asustar a las señoras; esos cobardes no volverán.

—¿Y si escapan?

—Siempre tendremos ocasión de alcanzarles.

—¿Y si Manuel se va de la lengua y pone a la autoridad sobre aviso? —¿Con esas botas que nos servirían de pieza de convicción? Buenas

noches, Ned. Ve a acostarte.

Lee se volvió hacia la pared, reanudando en seguida su interrumpido sueño. Falkner no parecía dispuesto a imitarle. En cuanto estuvo seguro de que su amigo dormía, abrió la puerta con cuidado. No parecía escuchar, pero su mirada se clavaba en un débil rayo de luz que salía por debajo de la puerta de Kate. Lo estuvo observando hasta que súbitamente se extinguió; luego, sin cerrar por completo, se echó vestido sobre el lecho, despertando a Lee que comenzaba a sentir los primeros síntomas de fiebre. Se agitó inquieto.

—George —llamo Falkner en voz baja.

—¿Qué?

—¿Recuerdas que una noche oscura vimos una antigua capilla abandonada, donde la lámpara que ardía ante el altar de la Virgen proyectaba sus rayos a través de los cristales, sobre el camino?

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Tras algunos segundos de un desesperante silencio, George contestó con ironía:

—¿Pretendes decirme que hemos de encender la luz?

—No.

—Entonces, no te distraigas inventando jeroglíficos y duerme.

A la mañana siguiente, había aumentado la fiebre del enfermo. Josephine, apesadumbrada y solícita, le dijo:

—Sé que ha pasado usted mala noche, aparte del incidente de su amigo, pues le he oído hablar durante mucho rato. Kate afirma que la puerta de su cuarto ha estado entornada hasta el amanecer. ¿También usted tiene fiebre, mister Falkner?

George contempló a su amigo con curiosidad. Su rostro, habitualmente pálido, aparecía como la grana.

V

La decisión con la que los expedicionarios, capitaneados por Clinch, se dirigieron al lugar donde sonara el disparo, no dejó a Hale tiempo para reflexionar. Tenía la vaga impresión de haber gritado igual que los otros y de haberle clavado las espuelas a su caballo, movido de un inexplicable ardor, pero sus impresiones no pasaban de ahí. Clinch y Rawlins, que iban delante por el angosto sendero, le impedían ver. Sólo en una ocasión, aprovechando un breve alto, se decidió a preguntar qué ocurría.

—¡Se ha perdido la pista! ¡No! ¡Aquí está! —le respondieron.

Clinch, con un grito, se lanzó hacia adelante; los caballos jadeaban y la pendiente se hacía cada vez mayor.

Hale, que iba coordinando sus ideas, comprendió que, en aquellas condiciones, no iban a poder enfrentarse ni tan siquiera con un solo hombre decidido, emboscado en la maleza, o que les sorprendiera en el estrecho sendero por el que debían avanzar en fila india. Sin embargo, al cabo de pocos instantes comprendió las razones de tanta prisa y de tanto ardor. Clinch, con un ronco grito de triunfo, había desembocado en un amplio claro del bosque, pero el grito se convirtió en seguida en una maldición.

Los jinetes se encontraron ante una tormenta de nieve, el camino iba desapareciendo ante sus atónitos ojos y la pista que habían seguido se borraba bajo el blanco sudario. Quedaron en silencio y asustados, ante un mar inmenso que carecía de huellas humanas.

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—Con permiso, caballeros —dijo el acemilero—; mi opinión es que busquen cena y albergue y dejen en paz a los forajidos. Yo debo responder de los caballos ante el patrón, y éste no es el momento de meterme en aventuras. Estamos a unas seis millas de la estación de diligencias, a vuelo de pájaro.

—En tal caso, tomemos de nuevo el sendero —decidió Clinch, haciendo volver grupas a su montura.

—Con su permiso, coronel —dijo el acemilero, sujetando el caballo de Clinch—, pero volviendo a andar lo andado sólo conseguiremos llegar a la carretera, alejándonos otras tres millas de la estación, y, lo que es más grave, en el camino habrá aún más nieve que aquí. Lo mejor sería cruzar la sierra y si nos damos prisa llegaremos antes de que nos bloqueen. Y, con su permiso, yo me voy.

No había tiempo para discutir. La alfombra que cubría la tierra se iba haciendo más espesa. Ya no eran copos lo que caía sino pelotas blancas. Los caballistas, ante aquel espectáculo, parecieron olvidar el motivo que les llevó hasta allí, perdiendo el ardoroso entusiasmo y el ciego furor que les había movido. Siguieron al acemilero que se alejaba, aceptando aquel nuevo jefe que prometía un refugio contra el frío y el hambre.

No llevaban mucho de camino cuando observaron que la tormenta cambiaba de signo. De momento, esto les pareció de buen augurio.

La nieve se hacía más fina y más liviana, y la que ya había caído se endurecía, crujiendo bajo los cascos de los caballos. Sin embargo, se había levantado un viento glacial que hacía que los copos de nieve golpeasen con fuerza el rostro de los jinetes. La marcha, no obstante, era mucho más fácil y los caballistas se reanimaban con el doble estímulo del frío y de la carrera, cuando su improvisado guía se detuvo.

—Nada se puede hacer, amigos. Es preciso renunciar. Esto no es una tormenta, sino un temporal, y va a durar varios días. Aunque lográsemos franquear la cresta, encontraríamos bloqueado el cañón.

El acemilero decía la verdad. Contrariados, los expedicionarios comprobaron que la nieve no disminuía y que los finos copos blancos iban rellenando las desigualdades del terreno. Contemplaron con ansiedad al que se había convertido en jefe suyo.

—Hay que seguir —dijo Clinch— y llegar al bosque antes de que sea demasiado tarde.

Al fin, no sin grandes esfuerzos, consiguieron alcanzarlo, tan sólo para comprobar que el descenso presentaba enormes dificultades. En silencio, y comprendiendo el riesgo, caminaban expuestos a la acometida de la nieve y

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obligados a cada instante a tirar de las riendas de sus caballos para evitar que el viento les arrojara al precipicio. A la media hora, el acemilero descabalgó, invitando a los demás a imitarle y a disponerse para bajar. Hale, cuando le tocó el turno, no pudo evitar echarse atrás, al darse cuenta del peligro al que se exponía. La senda, si es que así se podía llamar, le pareció el surco trazado por un tronco que se hubiera deslizado por la pendiente. En ocasiones, sólo tenía un pie de ancho y en otras desaparecía bajo las ramas y la maleza desgajadas. Si era peligrosa para un hombre, semejaba imposible para un caballo. Sin embargo, Hale se disponía a dar el primer paso cuando Clinch le tocó en el hombro:

—Más vale que se quede el último, ya que es el único forastero —le recomendó en tono amable—. Aguarde a que los otros le demos la señal desde abajo.

—¿Y si prefiero compartir el peligro? —replicó Hale con altivez.

—A su gusto —contestó Clinch con tranquilidad—. Pero como sé que no está usted acostumbrado a estas cosas, supuse que no tendría interés en saltar por encima de las rocas o en borrar la pista con un alud de piedras.

—Esperaré —convino Hale a media voz.

La lección le resultó muy provechosa, pues le dio en qué pensar, ocupándole la imaginación y distrayéndole del horror de aquel espantoso descenso, confiándose en el caballo, el cual, por un maravilloso instinto, ponía siempre los pies en las huellas del que le precedía. De modo que, antes de darse cuenta, se reunió con sus compañeros en el camino más ancho que pasaba al pie del abismo.

Se comprendía que, por las cimas, no iban a alcanzar la estación de diligencias, por lo que no les quedaba otra salida que descender toda la montaña hasta el campamento minero más próximo o acampar en los bosques vecinos. El acemilero asumió por segunda vez la jefatura.

—Caballeros, perdónenme —dijo—, pero los animales han sufrido hoy ya mucho y no andarán más. La carretera está sólo a un tiro de rifle de aquí, por lo que creo que esperaré a que pase la diligencia. No tendrá más remedio que detenerse a causa de la nieve y yo habré cumplido al entregarle las bestias al mayoral.

—¿Y si la diligencia, advertida del temporal, decide quedarse en la estación del valle?

—De todos modos, yo habré cumplido con mi deber —insistió el otro—.

Los que van en sus caballos pueden hacer lo que gusten.

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Puesto que se dirigía a Hale, éste se apresuró a declarar que no se separaría de sus compañeros.

—Si no puedo volver a la meseta de las Águilas —añadió—, no quiero alejarme mucho de ella. Supongo que uno de mis hombres, que debía esperarme en la estación, estará informado de la causa de mi retraso y del lugar donde me encuentro.

—¿Uno de sus hombres? —indagó Rawlins—. ¿Qué me cuenta? Tan sólo un pájaro podría venir hoy desde las Águilas y a condición de ser una de ellas. Entre su casa y la estación hay ahora diez pies de nieve, sin contar la del desfiladero.

Hale comprendió que Rawlins no mentía. En otra ocasión, aquel contratiempo le habría afectado mucho, pero en aquellas circunstancias le impresionó poco, e incluso le produjo cierto alivio. Su mujer, su suegra y su cuñada se hallaban a salvo, con lo cual le bastaba.

El acemilero, que estaba examinando la resbaladiza senda por la que acababan de bajar, exclamó contento, mientras se golpeaba las caderas:

—¡Que me lleve el diablo si esto no es el “resbalón” de Hennicker! Sé muy bien que se encuentra por aquí.

Rawlins, con breves palabras, explicó a Hale que se denominaba “resbalón” al surco que trazaban los carros cargados con pesados fardos, que no podían llevarse por los senderos normales.

—Entonces —continuó el acemilero— nos encontramos como a una milla de su casa. ¿Quieren que la busquemos?

A. la vez, se volvieron todos hacia Hale, como interrogándole.

—¿Quién es Hennicker? —preguntó éste al darse cuenta de la actitud de los otros.

El acemilero vaciló y consultó con la mirada a sus compañeros. —Algunos —exclamó al fin, como de mala gana— dicen que no vale

mucho más que la caza que perseguimos, pero no se lo dicen a él cara a cara.

Es mejor que no sospeche lo que nos ha traído hasta aquí.

—Por mi parte —le respondió Hale con altivez— no pienso callármelo. —No tenemos pruebas de que Hennicker esté complicado en este robo —

objetó Rawlins—. No es más que lo que se dice. Si le parece a usted oportuno discutir la cosa con él, hágalo. Incluso puede darle cierto atractivo a nuestra situación.

—Hale pretende decir que no iba a ser leal aprovecharse de lo que pudiéramos descubrir en casa de otro, como armas contra los que estamos persiguiendo —aclaró Clinch—. Por lo menos, así lo he entendido.

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—Exacto —confirmó Hale.

Aunque no era ésa su idea, aceptó la interpretación que le daban.

—Y, al fin y al cabo —prosiguió Clinch—, ese hombre no es tonto. Se dará cuenta en seguida de lo que estamos haciendo. Por lo tanto, no habrá necesidad de andar con misterios ni con tapujos.

—Entonces, vamos a casa de Hennicker —decidió el acemilero al verse apoyado por todos.

—¡Enséñanos el camino! ¡Adelante!

El acemilero montó a caballo y los demás le imitaron. La senda no tardó en ensancharse, mostrando claros indicios de irse acercando a una vivienda. Pronto, los jinetes desembocaron en una especie de terraplén natural, que recordaba mucho a la meseta de las Águilas. No se veían campos cultivados, pero por todas partes los troncos cortados a ras del suelo acusaban la presencia del hombre. En el centro se alzaban dos o tres edificios de madera sin desbastar, rodeados por una misma cerca. Se oyó ladrar a unos perros, pero no hubo otras señales de vida a la llegada de los expedicionarios.

—Hennicker no debe de estar, pues de lo contrario saldría a recibirnos — comentó el acemilero, descabalgando y dirigiéndose a la puerta.

Al poco se oyó una voz de mujer, ininteligible para los otros jinetes, aunque, a través de la puerta, sostuvo una conversación con el acemilero. Este, que no había conseguido que le franqueasen la entrada, acabó comunicando a sus acompañantes:

—Hemos de ir por la cocina. No quieren abrir esta puerta a causa del viento.

Los expedicionarios, tras dejar los caballos en una especie de cobertizo, penetraron en la cocina y siguieron hasta una sala cuadrada, llena del humo acre de la madera verde que ardía en la chimenea. Estaban herméticamente cerradas las ventanas y la puerta, pero el viento se colaba a furiosas ráfagas por el tubo de aquélla. Pese a la humareda, que irritaba las gargantas, la cálida temperatura de la sala reconfortó a los entumecidos viajeros. El único mobiliario lo constituían unas sillas de paja, dos mesas, una alacena y una mecedora. Hale se dejó caer pesadamente en una de las primeras y, abandonándose al bienestar material que experimentaba y al cansancio que adormecía sus sentidos, paseó la mirada por los objetos que le rodeaban, fijándose en el ama de la casa que conversaba con sus compañeros en un rincón.

Era una mujer alta, flaca y agotada, pero, pese a su aparente vejez, conservaba los cabellos negros y espesos, así como una viva y penetrante

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mirada. El acemilero le explicaba el motivo de que se encontrasen allí, aunque con las prudentes reservas.

—Cuéntale todo eso a Zenobia —respondió ella de mal humor—. A mí me importa muy poco. Ella conoce bien a Hennicker, le entiende mejor que yo y si quiere recibir a esos vagabundos es cuenta suya. ¡Zenobia, Zenobia! ¿Vas a venir o no?

Una linda y esbelta muchacha salió de una habitación vecina.

—¿Qué ocurre, madre? —indagó en tono de indiferencia.

La vieja le explicó, con pocas palabras y mala voluntad, de qué se trataba, mientras le mostraba a los recién llegados.

—Padre no está —respondió la muchacha, pensativa— y no sé si… ¡Hola, Dick! ¿Eres tú? —exclamó de pronto al reconocer al acemilero.

Avanzó decidida, con una gracia natural que le daba un aire de ninfa bajo la ligera falda que vestía. Su aspecto no desagradó a Hale.

—Está bien, madre —exclamó la muchacha, despidiendo a la vieja—. Yo misma arreglaré esa cuestión con Dick.

Una vez la otra hubo salido, Zenobia se apoyó en el respaldo de una silla y respondió con calma y una suprema indiferencia a la admiración que John le expresaba.

—¿Qué tonterías son ésas? —exclamó, dirigiéndose a Dick—. ¿Es que crees que voy a tragarme esa estúpida historia de la caza? ¿Quieres que te diga qué es lo que vais buscando? A George Lee y a los suyos. Los habéis perseguido por la sierra hasta que la nieve os ha cerrado el paso. Luego, habéis gritado y galopado como una partida de comanches. Y ahora venís aquí a salvar el pellejo de los caballos de la compañía.

Una carcajada general acogió estas palabras, para asombro de Hale. Aunque se esforzó en acompañar la risa de sus compañeros, no pudo conseguirlo. Se sentía humillado ante el modo como la chica había expresado lo que él consideraba sus elevados principios. Además, la certeza de que las pupilas oscuras de la joven se fijaban en él aumentaba su malestar.

Zenobia se echó a reír a su vez y se sentó ante el fuego.

—Apuesto a que a estas horas George Lee se está fumando un buen cigarro en el mejor saloon de Sacramento —exclamó, mientras extendía los pies hacia la chimenea e imitaba con sus dedos largos y finos el ademán de un fumador.

Desgraciadamente, esto ponía de manifiesto la poca limpieza de sus manos.

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—¡Nos has laceado! —comentó Rawlins en cuanto cesaron las risas, y todos contemplaron a la muchacha con admiración, sentimiento al que ella no se mostraba indiferente—. ¡Nos has laceado, Zenobia! Ya no me acordaba de que eres buena amiga de Lee.

—Es que George es un gran hombre.

—Antes congeniabais mucho —insistió Rawlins.

—Sí, cuando mi padre era del oficio —replicó ella con toda franqueza y sin preocuparse de lo que pudiera haber de deshonroso en esta infamante asociación.

El propio Hale, fascinado por tal inconsciente ingenuidad, se olvidó de enfadarse.

Al poco rato, Zenobia fue a la alacena en busca de una botella de whisky y de vasos. Luego sirvió a sus huéspedes. Todos se pusieron en pie mientras ella escanciaba. Al llegarle el turno a Hale, sus ojos se encontraron y aquel hombre casado, de treinta y cinco años, se ruborizó como un colegial.

Gracias a esta invitación se rompió el hielo y todo el grupo se apretujó ante la lumbre. Zenobia contempló un instante las llamas y después exclamó, como expresando sus sentimientos en voz alta:

—Si digo que George Lee es un gran hombre, es porque le conozco bien. ¿Es que le han visto cometer una mala acción? ¿Ha robado alguna vez a alguien que sea más pobre que él? Sólo ataca a los bancos y a las compañías, que no tienen escrúpulos en desvalijar a quienes se fían de ellos. Y nadie habla de ir a la caza de semejantes establecimientos. Además, ¿es que se queda todo el dinero para sí? Naturalmente que no. Lo reparte con los amigos que le ayudan a dar el golpe y ellos se encargan de que el dinero ruede. Él sólo se reserva el peligro. Apuesto doble contra sencillo a que sus hombres estaban ya a salvo cuando os dio las buenas noches.

—Debe, sin embargo, reconocer usted, Zenobia, que casi todo el dinero se le va en el juego —opinó Clinch, sonriendo—. Prueba de ello es que la pasada semana perdió cinco mil dólares que le limpió el juez Kelley.

—¿Y qué? No he oído comentar que el juez se los haya devuelto ni tampoco entregado al sitio de donde los sacó George. En cambio, se dice que usted le ganó una importante suma. Quizá le buscaba para devolvérsela.

Todos rompieron a reír, mirando a Clinch. Iba éste a replicar, cuando ella se adelantó:

—Si son ustedes tan aficionados a la caza, ¿por qué no van en busca de pájaros más gordos? De Jim Harkins, por ejemplo. En este caso yo misma les acompañaría.

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—¡Harkins! —exclamaron a la vez Clinch y Hale.

—Sí, Jim Harkins. ¿Le conocen ustedes?

—Un amigo mío le conoce —explicó Clinch.

—¿Y usted? —le preguntó Zenobia a Hale.

—Creo que ha sido mi banquero —respondió este último—, pero no le he tratado nunca.

—Entonces, procure siempre adelantársele para que no le cace él a usted. —¿Qué es lo que ha hecho, Zenobia? —indagó Rawlins, que se mostraba

muy satisfecho del giro que tomaba la conversación.

—Si lo contase, quizá se iba a molestar —objetó Zenobia señalando a Hale.

—Le ruego que no se preocupe por mí —advirtió el aludido.

—Bueno —convino Zenobia—. Puede que ustedes conozcan a Ned Falkner, el de la mina Excelsior…

—¡Seguro! —respondió Rawlins—. Es el intendente y un hombre honrado, incapaz de una acción indigna.

—¡Chóquela! —invitó Zenobia, tendiéndole una mano a Rawlins, que éste estrechó satisfecho—. Ya no nacen hombres como Falkner. Han roto el molde. Escuchen: Ned ha invertido en esa mina todo su dinero, su fuerza y su ingenio, hasta el punto de que era su familia, su novia y todo. Cuando los otros chicos se iban unos días de jarana a Fresno y lo pasaban bien, él se quedaba en la mina. “Esperad, —les decía a todos—, esperad a que la mina empiece a rendir y entonces veréis”. Consiguió que los muchachos metieran en el negocio hasta su última camisa, porque le querían y se hubieran echado al fuego por él. Y aún siguen queriéndole igual.

—Esto es cierto —convinieron Clinch y Rawlins—, y Falkner lo merece. —Pero —siguió Zenobia— la mina no dio beneficios tan pronto como él había esperado y todos se veían más pobres cada día. Entonces, ese miserable de Harkins le ofreció fundar una compañía de la que iba a ser director si Ned le ofrecía plenos poderes. En cuanto tuvo el negocio en el bolsillo, dijo que necesitaba medio millón de dólares y solicitó doscientos por cada acción. Eso era la ruina de muchas pobres gentes que, a fuerza de sudores, apenas sacaban lo suficiente para no morirse de hambre y que, como no podían pagar, debieron vender las que tenían por un pedazo de pan. Ned quiso ayudarles a sostenerse hipotecando lo suyo, pero ese maldito Harkins hizo correr la voz de que la mina era un camelo y que él se iba a retirar de la dirección, de modo que las acciones perdieron todo su valor. Ned no pudo conseguir ni un centavo de cobre y la nueva compañía rescató todo el papel que tenía,

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dejándole en la calle junto con sus amigos. Ned ha desaparecido. En cuanto al canalla de Harkins, ha pagado el medio millón y obtenido un beneficio de cien mil dólares antes de abandonar el estado. Si les quedan ganas de ir de caza, ahí tienen una buena pieza, sin necesidad de perderse en la nieve.

—¿Por qué no recurren a la ley? —exclamó Hale, indignado. Eso es un robo tan indigno como…

—Como el de esta noche, ¿verdad? Yo creo que es bastante peor. La ley, ahí, no puede hacer nada.

—Las cosas han venido así —convino Clinch—. La solución sería que Ned le pegase un tiro a Harkins nada más verle.

—Además, está la ley de Lynch[8], que siempre es la mejor —dijo Rawlins.

—Realmente —exclamó Hale tras meditarlo un poco—, quizá conviniera recurrir a cierta presión física, pero sin derramar sangre.

De un modo inconsciente, había adoptado su habitual manera de hablar algo enfática y, quizá sin pretenderlo, puso en sus palabras mayor ampulosidad de lo debido. Los demás le miraron con aire burlón. De improviso, Zenobia se acercó a él para decirle:

—¡Chóquela!

Hale estrechó con calor aquella mano y, movido por un nuevo sentimiento, se la llevó a los labios para depositar un respetuoso beso en los dedos, que le parecieron limpísimos.

—Así se habla —aprobó la muchacha sin desconcertarse por aquel acto de cortesía—. Y no es usted el primero que piensa de este modo.

—¿Quién es el otro? —indagó Hale sonriendo.

—George Lee.

VI

Los ladridos de los perros interrumpieron las risas que provocara aquella declaración de Zenobia. La muchacha se acercó a la ventana y Hale decidió no exponer ciertas reflexiones que aquella comparación le había sugerido, por lo que agradeció aquel incidente que les distraía a todos.

—¡Que me cuelguen! —exclamó la joven—. Ese maldito Jim nos trae todo el personal de la compañía de diligencias. El coche debe haberse quedado en la nieve. Pues aquí no admitimos a nadie más.

La negativa, no obstante, no pudo mantenerse frente a las humildes explicaciones de Jim, quien informó que el mismo Hennicker le había

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autorizado para que llevase a los viajeros a su rancho.

—¡Cualquiera entiende a mi padre! —gruñó Zenobia.

Y se fue, dando un portazo.

No había nada en los recién llegados que eliminase las prevenciones con que se les acogió. Su actitud torpe, arrogante y agresiva hizo que les mirasen aun con peores ojos. El que parecía más importante era también el más insoportable. Se sentó en una silla y pidió de beber.

—Tendrá que servirse usted mismo —advirtió Rawlins con frialdad—.

No hay aquí más que dos mujeres y las dos están ocupadas.

—Me parece una grosería. Hennicker hará bien en mostrarse sumiso o de lo contrario voy a darle un disgusto.

—Eso debería decírselo a él —replicó Rawlins tan fríamente como antes

—. ¿No lo cree así, coronel Clinch?

La mención de este nombre produjo el efecto que Rawlins esperaba. El

forastero examinó atentamente al coronel, quien entornaba, como distraído, sus fríos ojos grises. El recién llegado, sin más explicaciones, tomó la botella de whisky y se sirvió a sí mismo y a sus compañeros. Animado por el alcohol, se acercó a la chimenea.

—Coronel —exclamó, simulando una gran desenvoltura—, supongo que habrá oído hablar del asalto a la diligencia de esta noche.

Sin cambiar de expresión, Clinch asintió.

—Pues ése es el asunto que aquí me trae. He de abrir una información por cuenta de la compañía.

—¿Han perdido mucho?

—No tanto como pudiera imaginarse. El estúpido de Harkins puso un sobre con cien mil dólares en manos de su amigo Bill Guthrie, quien debía buscar, entre los viajeros de la diligencia, uno que lo llevase hasta Fresno. Harkins no se fiaba del arca de la compañía.

El forastero rompió a reír de modo afectado, en medio del silencio de los demás. El coronel se limitó a preguntar con indiferencia:

—¿Recuerda, por casualidad, el nombre de ese viajero?

—No he logrado averiguarlo. Como Guthrie sabe la manera como se comenta el suceso, ha preferido no revelar ese nombre.

—¿Y cómo se comenta el suceso?

—¿Qué van a decir de un hombre que, sin la menor resistencia, entrega una suma semejante, en cuanto se la piden, lo mismo que si fuese un cigarrillo? Imagine que los salteadores, según parece, no eran más que tres, y los pasajeros, seis, si contamos al mayoral y al postillón, todos armados. ¡Iban

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solos, los pobrecillos! Pero se han hecho justicia ellos mismos, pues han huido, con el pretexto de perseguir a los proscritos.

El forastero volvió a reír despectivamente y sus cinco acompañantes le imitaron.

Hale, olvidando que aquel hombre expresaba las mismas críticas y las mismas censuras que él mismo hiciera ocho horas antes, iba a levantarse con las mejillas enrojecidas, dispuesto a protestar contra aquellas injuriosas opiniones, cuando una mirada de Clinch le dejó inmóvil en su asiento. Rawlins, a quien sin duda le habían indicado lo mismo, no se movió.

—Nosotros, sin embargo, no hemos dicho aún nuestra última palabra — siguió el otro—. He redactado un informe que echa mucha luz sobre ese incidente. ¿Quieren oírlo?

—Con el mayor placer —convino Clinch.

Animado, el forastero adoptó el aire a la vez modesto y satisfecho de los autores que se leen a sí mismos, mientras sus cinco acompañantes, que ya conocían el texto, se dispusieron a formar el coro de alabanzas.

—Lo titulo: “Los pasajeros pusilánimes”. Comienzo: “Hemos sabido que el último asalto contra la diligencia se debe a la pusilanimidad de los propios viajeros. Tres hombres han robado a seis, sin disparar un solo tiro y sin la menor resistencia. No puede ponerse en duda el acreditado valor de Yuba Bill, el mayoral, ni la sangre fría y decisión de Bracy Tibbet, el valiente y capacitado postillón, quienes confiesan que quedaron inmovilizados de estupor ante la bíblica sumisión y la dulzura ovejil desplegadas por los pasajeros. Uno de éstos pretendía competir individualmente con la compañía, ya que según dicen llevaba encima una fuerte suma de dinero”. Creo que he puesto bastante pimienta, ¿verdad? Pues aún hay más.

—¡Desde luego que tiene pimienta! —reconoció Clinch con toda tranquilidad.

—“No obstante —continuó leyendo el forastero—, todo el asunto sigue envuelto en el misterio. La presencia del agente secreto Jackson N. Stanner (que soy yo), y de sus auxiliares, en el lugar del suceso, garantiza que el misterio no tardará en aclararse”. Esto último lo digo para complacer a la compañía —concluyó con modestia.

—Si he comprendido bien —exclamó Clinch—, con ese escrito pretende demostrar que tres hombres pueden acorralar a seis si éstos son cobardes o cómplices.

—Exacto; lo he escrito y lo sostengo —respondió Stanner—. Usted juzgará si no tengo razón.

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—Creo que no la tiene usted —respondió Clinch fríamente.

Entonces, sin levantar los ojos del suelo, se dirigió a la puerta por la que había salido Zenobia, la cerró con llave y se guardó ésta en el bolsillo. A Rawlins y a Hale les palpitaba el corazón; los demás contemplaban la escena con una burlona curiosidad. El coronel, tras cerrar la segunda puerta, regresó junto a la chimenea. Por primera vez, alzó los ojos. El primer hombre que percibió la fijeza de aquella mirada retrocedió asustado.

—Yo soy quien entregó los billetes a los bandidos —explicó Clinch lentamente y subrayando cada una de sus palabras—. Soy uno de los viajeros injuriados por esas palabras: esos señores son los otros dos. Usted no parece creer que tres hombres puedan acorralar a seis. Pues voy a demostrárselo; aún más, le demostraré cómo puede hacerlo un solo hombre. ¡Por Dios vivo, si no me entrega ese infame papel, aquí mismo le dejo seco de un tiro! Lo quiero antes de haber contado diez, y como alguno de esos ayudantes haga el menor gesto, irá a hacerle compañía.

Antes de que Clinch concluyese de hablar, Rawlins y Hale se pusieron en pie y, de común acuerdo, sacaron y amartillaron sus pistolas.

—¡Uno! —comenzó a contar Clinch alzando su arma—. ¡Dos, tres! —Escuche, coronel. Le juro que ignoraba que se trataba de usted —

balbuceó Stanner con el rostro lívido y sin atreverse a mirar a sus aterrorizados compañeros.

—¡Cuatro, cinco, seis!

—¡Deténgase! ¡Ahí va!

Tomó el manuscrito y lo arrojó a sus pies.

—Recójalo y tráigamelo. ¡Siete, ocho!

Stanner se apresuró a tomar el papel y tenderlo a Clinch. Luego dijo en son de chanza:

—No era más que una broma, una simple broma.

—Celebro saberlo, pero ahora mismo va a rectificarlo. Tome pluma y tinta y escriba lo que le dictaré. ¡Vamos! “Declaro que el anterior informe es una calumnia cobarde contra la reputación de Rinwood Clinch, de Robert Rawlins y de John Hale, aludidos viajeros, a quienes humildemente pido perdón”. Está bien: ahora firme. Firme, le digo. A continuación que firmen sus hombres.

Los agentes obedecieron sin hacerse rogar. Uno de ellos, sin embargo, propuso una ronda para romper la tensión.

—Perdone —objetó Clinch fríamente—, pero esta casa es demasiado pequeña para contenernos a ese hombre y a mí, y como este documento me

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reclama a la estación de Wild Cat, me voy en seguida y sin beber.

Sacó las llaves del bolsillo, volvió a colocarlas en las cerraduras, se echó un abrigo sobre los hombros y se dispuso a salir.

Rawlins le siguió; Hale vacilaba. Todo le impulsaba a separarse de sus compañeros, salvo el temor de que esto fuese contrario al honor, y también a causa de la creciente simpatía que le inspiraban. Se dijo, no obstante, que no iba a resultar de ninguna utilidad en la estación de Wild Cat y que, en cambio, se alejaba aún más de la meseta de las Águilas; por otra parte, le dominaba una imperiosa necesidad de acción y de independencia.

—Me quedaré aquí —le comunicó al fin el coronel—, siempre que usted no me necesite.

Clinch dirigió a los agentes una significativa mirada y, luego, contempló a Hale con afecto.

—Esté sobre aviso —le recomendó a media voz—, que con esa especie no hay que fiarse. Pero admiro su comportamiento. —Luego, dirigiéndose a Stanner, añadió en voz alta—: Me llevo ese papel. Si tiene algo que decirme, ya sabe dónde puede encontrarme, a menos que prefiera decírmelo ahora mismo y ahí fuera.

—Lo que se deba hacer concierne a la compañía —respondió Stanner en tono oficial.

Hale acompañó a Clinch y a Rawlins a la cuadra. Dick, el acemilero, que había ido a socorrer a la diligencia, no había regresado aún.

—No quisiera dejar a nadie entre esos bandidos —exclamó Clinch estrechando con fuerza la mano de Hale—, y no lo haría de no saber que puedo apostar por usted a ojos cerrados. Socio, es usted de los míos. Se necesita valor para quedarse solo ahí dentro. Al principio no me fue usted muy simpático, se lo confieso, pero ahora puede contar con Rinwood Clinch cuando necesite un amigo.

—Lo mismo digo —añadió Rawlins, tendiéndole la mano con igual franqueza—. Zenobia le avisará si pasa algo fuera de lo normal. Ella velará por usted. Hasta la vista y buena suerte.

Hale, que de momento se había rebelado ante la idea de que la hija de Hennicker le protegiese, acabó por sentirse satisfecho de aquel misterioso lazo que le unía a la muchacha, cuya belleza y extraño encanto le atraían de modo especial. Cuando regresó a la sala, los agentes, que estaban hablando entre sí, callaron bruscamente. Hale no intentó que rompieran su silencio y fue a sentarse cerca del fuego con toda tranquilidad. Stanner se acercó a él, con expresión amistosa.

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—Ese diablo de coronel —exclamó— se alborota en cuanto tiene en el estómago más de la cuenta.

—Debe comprender, míster Stanner —le atajó Hale con acento preciso y claro—, que toda alusión descortés con respecto al coronel Clinch resulta no sólo de mal gusto en su ausencia, sino, además, un insulto para mí. Si lo que pretende es insinuar que el coronel estaba borracho, debo advertirle que se equivoca y, asimismo, que las opiniones que ha expresado con respecto a usted son las mías. Ya que las circunstancias me condenan a sufrir su presencia, por lo menos evíteme la molestia de toda conversación.

Tales palabras, expuestas con enorme dignidad, hicieron en los asistentes mayor efecto que las amenazas de Clinch. El silencio que Hale reclamara se le otorgó sin la menor protesta. Los agentes se retiraron a un rincón, donde comenzaron a cuchichear en voz baja. Hale, con los fijos en el fuego, se entregó a sus meditaciones.

De improviso, alzó los ojos y vio que la puerta que daba a la cocina se movía ligeramente. Una o dos veces durante su discusión con Stanner le había parecido advertir la misma maniobra que, sin duda, tenía por objeto atraer su atención sin llamar la de los otros. No tardó en abrirse la puerta para descubrir el lindo semblante de Zenobia, quien le hizo una seña. Hale se levantó con calma, tomó su sombrero y, como si quisiera desentumecerse, pasó a la cocina mientras la muchacha se dirigía a la cuadra.

Subía Zenobia los primeros peldaños de una escalera que conducía al granero y, a medio camino, se detuvo ante una puerta baja, guiando a Hale a una habitación muy pequeña. A la luz de un farol, Hale pudo ver que aquel cuarto, si bien amueblado con extrema pobreza, delataba el gusto y la presencia de una mujer. Zenobia le ofreció la única silla que allí había, le indicó que tomara asiento y ella lo hizo en la cama. Sus facciones parecían aún agitadas por un reciente ataque de hilaridad.

—He creído —exclamó— que debía aburrirse usted mucho en compañía de Stanner y de su gente, sobre todo después del sermón que les ha largado, por lo que me figuré que estaríamos mejor aquí para charlar un rato. Le hemos oído desde la cocina. Mi madre imaginó que se expresaba usted en algún idioma extranjero; yo no podía contener la risa. ¡Qué palabras, qué frases! —Se detuvo a causa de un nuevo acceso de risa y continuó luego—. Sobre todo, me hizo mucha gracia cuando les decía: “Las circunstancias me fastidian…”.

—Perdone —objetó Hale—; pero yo no he dicho eso.

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—Y luego: “Condenado a sufrirles en vez de echarles a puntapiés”. Y después: “No me moleste con su charla que no vale un leño” o algo parecido. El coronel, con tantas palabras gordas, no le llega a usted a la altura del zapato. Stanner estaba verde.

—¿Es que se burla de mí? —indagó Hale, sin saber a ciencia cierta si le molestaba o le agradaba divertir a la hermosa muchacha.

—En ese caso —respondió ella con toda sinceridad— sería yo la única que iba a atreverse. Clinch pregona, ante quien quiera oírle, que su conducta cuando la disputa y su resolución de quedarse aquí valen por todas sus amenazas. Mi madre me regaña siempre a causa de mis modales, pero reconozco a un hombre de verdad cuando lo encuentro.

Esta vez Hale se dejó seducir por el encanto de aquel espontáneo homenaje, tanto más halagador por ser en cierto modo inconsciente; pero, azorado por la escrutadora mirada de Zenobia, exclamó, para cambiar de tema:

—¿Para subir aquí, ha de pasar siempre por la cuadra?

—Sí; hay otra escalera que lleva al cuarto de mi madre, pero este camino es más corto, y se está más cerca de los caballos por si hay que salir de pronto.

Aquella explicación corroboró las observaciones de Hale de que la casa, sin duda alguna, había sido construida pensando en los ataques inesperados y en las fáciles huidas. Quedó pensativo y Zenobia, que adivinó lo que le ocurría, agregó con decisión:

—Hay que estar en condiciones de acudir pronto cuando un oso o un puma vienen en busca del ganado; es preciso poder montar a caballo sin perder un minuto.

—¿Es que me va a decir que usted…?

—¿Qué voy a hacerle? Cuando padre está fuera, le substituyo y por eso he elegido este cuarto.

Hale siguió la mirada de Zenobia, que se había fijado en una extraña vestimenta, mitad poncho y mitad amazona, pendiente de un clavo.

—Con frecuencia he estado levantada, vestida y a caballo cinco minutos después de oír el primer balido.

Hale la contempló con asombro. No había en ella nada de masculino y ni siquiera la robusta complexión que él creía inherente a viril audacia. Sin preocuparse de las insistentes y excitadoras miradas de las que era objeto, Zenobia le indicó que se acercase y, fijando en él sus oscuras pupilas, indagó de pronto:

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—¿Por qué se le ocurrió esa caza de hombres?

La pregunta, hecha a quemarropa, desconcertó a Hale. Quiso disculparse, pero sus explicaciones le resultaban ininteligibles a la hija de Hennicker, que quiso saber tras una pausa:

—¿Qué tiene en contra de George?

—No conozco a George —respondió él, sonriendo—. Sólo persigo a un bandido.

—Él es ese bandido.

—Quiero decir que lucho contra un principio peligroso.

—Y George es ese principio: los demás no harían nada si él no les mandase. Puede que tenga usted razón; es muy peligroso.

Comprendió Hale que era inútil continuar y calló. Zenobia indagó entonces:

—¿Por qué se ha quedado aquí en vez de irse con Clinch? Supongo que será por algo más que por cerrarle el pico a Stanner.

La proximidad de la hermosa muchacha, el atractivo de sus confidencias, la expresividad de sus ojos negros, junto con la soledad, impulsaron a Hale a dar una respuesta galante, pero al recapacitarlo, esas mismas razones se lo impidieron.

—No lo sé.

—Yo sí. Es que tampoco le agradan Clinch y Rawlins. No son de su clase. Sorprendido por esta declaración clara y tajante, Hale respondió en voz

baja, al tiempo que sonreía:

—Podría ser que deseara quedarme a su lado.

—Yo tampoco soy de su clase —replicó ella. Quedó en silencio y estuvo escuchando—. Andan muy callados. ¿Qué deben hacer?

Hale, suponiendo que ella le indicaba con buenas maneras que se marchase, se puso en pie, pero Zenobia, adelantándosele, se dirigió a la puerta y, tras abrirla, miró a la cuadra.

—Me lo figuraba. No están los caballos. Se han largado.

Hale no contestó. Había tenido la idea de marcharse de igual modo. ¿Era acaso una advertencia de lo conveniente de su propósito? Indeciso, continuaba con los ojos bajos, siguiendo a la muchacha que descendía la escalera. Cuando los dos llegaron a la sala, la encontraron vacía, como imaginaban.

—Supongo que no seré yo quien les haya hecho huir.

Zenobia no contestó. Miró por la ventana, como inquieta.

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—Peor para ellos —dijo al fin, encogiéndose de hombros—. Es igual. ¡Madre! —gritó luego—. Stanner y su pandilla se han ido, pero el forastero dice que se queda.

VII

En la meseta de las Águilas habían pasado ocho días, unos sombríos a causa de la lluvia, otros luminosos de sol.

Aquella tarde, dos personas regresaban a la casa, sin preocuparse de su situación, como quien vuelve de un agradable paseo. Miss Scott, acompañada por Falkner, mostraba en sus ropas un retorno a las exigencias de la moda y a las obligaciones mundanas, de las cuales la libraba su forzado aislamiento. No sólo había renunciado a su blanca falda, cosa a la que podía obligarla el invierno, sino que había sacado una gorrita adornada con una pluma y un manguito de piel que usara en Boston. Asimismo Falkner había cambiado su sombrero y su sarape mejicano por un abrigo y una gorra de piel del cuñado de Kate que ésta le hizo vestir.

—No voy a pedirle —decía la muchacha— que renuncie totalmente a su manta mejicana. Puede llevarla los días de lluvia, cuando, de vuelta a su vida habitual, venga a pasar la velada con nosotros. Pero reconozca que semejante indumentaria es demasiado llamativa y sobre todo teatral para lucirla a pleno sol, como no sea al frente de una compañía de circo.

—¿Qué mal hay en vestirse de un modo que el pueblo ha consagrado como el más cómodo y apropiado en este país? —indagó Falkner, sin dejarse desconcertar.

—Pero usted no es igual a ellos —replicó la muchacha, impaciente—. Esa es la diferencia. No se parece a ellos ni se comporta como ellos; por lo que su traje y su manera de ser resultan muy opuestas y le dan un aire extraño.

—Y en su mundo de usted resulta censurable tener un aspecto extraño — comentó él con amargura.

—Siempre es censurable parecer lo que no se es —contestó Kate—. Según me ha dicho, usted es inspector de minas. Me parece inútil que le tomen por un bandido a causa de ese sarape. Le aseguro que de ir yo en una diligencia y verle a usted vestido así, en el camino, le hubiese entregado el reloj y el bolso sin la menor resistencia. ¡Y encima se enfada! ¿Es que desea que le diga que iba a entregárselo todo con alegría y que, para atenerme a la leyenda del país, me habría apeado para bailar un bolero con un bandido tan

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pintoresco? Pues bien —añadió tras una larga pausa—, supongamos que he querido decirlo.

Falkner marchaba un poco más adelante, con la vista perdida en el horizonte. De improviso se detuvo para afirmar:

—Sí, se habría tomado usted el tiempo necesario para examinar bien al salteador y poderle identificar cuando cayese en manos de la ley. Como su cuñado, se sacrificaría gustosa en bien de la civilización y del orden.

La boca y los ojos de la muchacha expresaban tan enérgica negativa, que, pese a no hablar, hubiera convencido a cualquier hombre menos preocupado que su acompañante. Al ver que él callaba, la muchacha hundió las manos en el manguito, se cubrió la boca con él, se encogió de hombros, abatió la vista y apresuró el paso.

—Es triste —comentó a media voz— que no podamos proveer a nuestra miserable existencia sin arrebatarles la vida a los demás.

Falkner se estremeció.

—Resulta desconsolador —continuó ella—, pero debo recordarle que aún no ha cazado nada para la cena de nuestro herido. Mire; allí hay una liebre. ¡Qué lástima que haya traído usted un riñe en vez de una escopeta de dos cañones!

—He elegido esta arma por si hemos de defendernos.

—¿Y sólo sirve para eso?

Falkner le dirigió una breve mirada y luego se echó rápidamente el riñe a la cara, en el momento en que la liebre cruzaba el prado a todo correr, como a unas cien yardas de distancia. Kate imaginó que el animal estaba a salvo cuando sonó un disparo, la liebre dio un salto y cayó inmóvil. La muchacha contempló al cazador, admirada.

—¿Está muerta? —indagó en voz baja.

—Ni siquiera se ha podido enterar de lo que ocurría a su alrededor. —Tiene razón. Es menos brutal que la posta, que a veces sólo deja

malherido. Me horroriza eso que llaman deporte de la caza, pero un disparo como éste lo considero…

—¿Qué?

—Más caballeresco.

Alzó su linda cabeza, hizo pantalla ante los ojos con la enguantada mano y, mientras contemplaba el cielo azul, preguntó vacilante:

—¿Podría…, podría? Pero, no; es absurdo.

—¿Qué es lo que desea? —indagó Falkner sonriendo.

—Nada, nada.

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—Sí, algo desea —insistió el otro, cargando el rifle de nuevo.

—Esta bien; el otro día me prometió una pluma de águila para mi gorra. ¿No es aquello un águila?

—Me parece que sólo un halcón.

—Me basta. Puede tirar.

Le brillaban los ojos. Falkner, apartando la vista de la muchacha, apuntó con exasperante lentitud.

—¿Está segura de que no prefiere un águila?

—Desde luego. No pierda tiempo.

Falkner no parecía tener prisa, pero de súbito restalló la detonación. El ave giró unos instantes en el aire y después cayó a cierta distancia, como prueba de la habilidad del cazador. Falkner fue en su busca y regresó con un ala en la mano.

—Elija la pluma que más le agrade.

—¿Cree que el halcón ha sufrido?

—La bala se le ha llevado la cabeza.

—Además, la caída habría bastado para matarle —comentó Kate, ya sin remordimientos—. Gracias. Deben tenerle a usted por un tirador de primer orden.

—¿Quiénes y dónde?

—Pues cuantos le conozcan; sus familiares, sus amigos, las amigas que usted pueda tener…

—George es mejor tirador que yo, mucho más acostumbrado. Le he visto hacer con un revólver lo mismo que yo he hecho con el rifle, aunque a menos distancia. Es un disparo mucho más difícil.

Kate no respondió, aunque su rostro indicaba que a su juicio nada podía aventajar la destreza de la que había sido testigo. Falkner recogió la liebre y, juntos, los dos jóvenes se dirigieron a la casa.

—¿Recuerda el día en que llegaron? Estábamos aquí mismo y usted me indicó el promontorio donde unos animales se refugiaban de la nieve.

—Sí —convino Falkner—, su número ha disminuido. Es posible que se hayan devorado entre ellos, como usted decía, a menos que pudieran escapar. Me gustaría que esto último fuese lo cierto.

—A diario los cuento con mis gemelos. Ya no quedan más que cuatro. Un oso, un puma, un lobo y otro animal que parece una ardilla.

—¡Qué lastima que todos no sean de la misma especie!

—¿Por qué?

—Así no habría diferencias que envenenasen el placer de estar juntos.

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—Al contrario. Debe ser muy aburrido que te encierren con tus iguales. Habían llegado al pórtico de la casa. Por alguna razón que no quiso

confesarse, Kate no se dirigió a la habitación donde se encontraban mistress Hale y el herido, ya tan mejorado que podía pasar el día tendido en un sofá junto a la ventana del salón, sino que se encaminó a su cuarto. Si esa maniobra tenía por objeto evitar a su hermana, resultó inútil puesto que Josephine, al ver llegar a Kate, dejó en seguida a George y subió la escalera antes que la otra. Falkner también deseaba la soledad, pero Lee, que era el único de los cuatro que conservaba su tranquilidad de espíritu, le llamó, obligándole a presentarse en la habitación con la liebre y el ala del halcón en una mano. George simuló asustarse al ver esto último.

—Creo que podré comerla en caso de necesidad —dijo— y puede que resulte el bocado más exquisito de todo el ave. La liebre bastará para esas señoras, pero te doy mi palabra de honor que no sabía que estuviéramos reducidos a tales extremos. ¡Tres horas y media de caza para traer una liebre y un ala de halcón, es algo espantoso!

Tras comprobar que su amigo estaba solo, Falkner depositó el botín en el vestíbulo y volvió junto al diván.

—Escúchame, George; es preciso que abandonemos esta casa sin más retraso. No me interrumpas. No puedo soportarlo por más tiempo.

—Ni yo tampoco mientras la puerta esté abierta. Ciérrala y cuéntame tu historia antes de que regrese mistress Hale. ¿Has encontrado alguna salida?

—No, no se trata de eso.

—Me parece que si piensas marcharte, ése es el punto esencial. Puede que le hayas pedido la mano a esa muchacha de Boston, que te considere muy atrevido, puesto que sólo os conocéis desde hace ocho días.

—George, me es imposible vivir esa vida de continua mentira. —Hablemos de eso. Desde luego, no sé cómo mentirás tú. Si es que

acompañas a esa muchacha recitándole salmos o te presentas como un millonario que piensa comprar la meseta para instalar aquí un casino de verano, creo que deberías elegir otros embustes. Pero tampoco veo la necesidad de que armes un alboroto, pidas a gritos la sangre de Harkins y cuentes tu fajo de billetes en la falda de Kate para demostrarle tu buena fe y sinceridad. Sin duda habrá un término medio.

—George, ya que estás en tan buenas relaciones con mistress Hale y con su madre, ¿no querrías revelarles la verdad a tu manera? De ti lo iban a creer todo.

—Hombre, gracias. ¿Y si también a mí me repugnase mentir?

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—Sabes muy bien lo que deseo. Tienes un modo especial de plantear las cosas que hace que resulte natural lo que no lo es.

—Bueno, pero, por si acaso, ¿estás dispuesto a todo? Contéstame. Falkner tardó en responder. Luego, tras haberlo pensado, exclamó: —Sí, ya que todo es preferible a esta incertidumbre.

—No opino lo mismo. ¿Ibas a consentir que esas mujeres te perdonasen?

—¿Qué quieres decir?

—Eso; su perdón sería lo peor que pudiera ocurrimos, querido Ned. Un momento. Asegúrate de que nadie nos oye. Mistress Hale tiene el paso de un ángel y la agilidad de una gata. Mira, Ned, yo no pretendo haberme enamorado de nadie de la casa, pero aún en ese caso, no iba a aprovecharme de la soledad en que está una mujer para irle a revelar secretos de mi pasado. No sería una partida igualada. Sabes muy bien que ella no podría ponerte en la puerta.

—No —convino Falkner, ruborizándose—, pero yo estaría dispuesto a marcharme y eso me serviría de excusa.

—¿Marcharte? ¿Y cómo? Ni siquiera has encontrado el camino por el que se fueron Manuel y su cómplice. ¿Es que pretendes acampar en la pradera para poder verla cuando abra la ventana?

—Como tú no dejas de coquetear con mistress Hale imaginas que todo el mundo…

—El simple hecho de que exista un marido establece que no me puedo casar con ella. Por tanto, los dos estamos en una situación similar. Nada de lo que ella pudiera saber de mí agravaría o justificaría sus coqueteos. ¿Puedes decir lo mismo de tus relaciones con la linda puritana?

—Nunca me has aconsejado que rehúya su compañía; al contrario. —Sólo deseaba que sacaras el mejor partido de la situación. Podías

haberte mostrado amable con ella, ya que no puedes ir más adelante.

—En fin, que me atribuías tu misma sequedad de corazón y tu egoísmo. —¡Ned!

Falkner se volvió bruscamente.

—Perdóname, George. Soy un loco y un ingrato.

Lee nada respondió, pero tomó la mano de su amigo, estrechándola con fuerza.

—Prométeme —dijo súbitamente serio— que nada dirás a las dos hermanas. Si un novelesco sentido del honor te impulsa a hablar, acuérdate de que no harás más que precipitar los acontecimientos que van a separarte para siempre de la que amas.

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—No comprendo.

—Es igual —exclamó Lee, adoptando de nuevo su desenfadado buen humor—. He dicho. ¡El jefe imberbe de las montañas ha hablado! Piense el rostro pálido de bigotes negros sobre sus palabras y tenga cuidado con lo que le dice al Agua Charlatana de Cochituata. ¡Vamos, déjame!

Sin embargo, en cuanto quedó solo, desapareció la sonrisa del rostro de Lee. Se sumió en tristes pensamientos y ni siquiera oyó el ligero roce de una falda que, habitualmente, su fino oído percibía al instante. Cuando al fin salió de su ensimismamiento, le sobresaltó la risa de Josephine, cuya presencia no había advertido.

—¡Dios mío, qué sentimentales estamos hoy! Es la primera vez, desde que resido en California, que oigo algo tan antiguo y tan familiar como un suspiro.

Afortunadamente, veía el semblante de Lee a contraluz, por lo que no pudo advertir una sorda irritación que la hubiese inquietado. No obstante, el herido aparecía tan turbado, cosa que no pasaba por alto a la delicadeza de su interlocutor, que ésta se acercó más a él para preguntarle con cierta timidez:

—¿Se encuentra usted peor, mister Lee? ¿Está fatigado?

—¿Cómo iba a estarlo si tengo una pierna inmovilizada igual que si fuera la de una momia? —respondió George con una amargura que ella no le conocía.

—¿Quiere que deshaga el vendaje? —indagó Josephine—. Quizá le oprima demasiado. Nada hay tan penoso como la sensación de estar muy atado.

El ligero contacto de la blanca mano sobre el vendaje, la gracia y la ternura de aquel hermoso semblante y el vago perfume que emanaba de la joven, disiparon las últimas nubes que ensombrecían la frente de George. En sus pupilas azules volvió a brillar una llamarada.

—Quizá sea que yo no aguanto ni respeto ninguna clase de lazo —dijo, contemplándola con ardor.

Josephine, comprendiendo o no el sentido verdadero de aquellas palabras, tuvo que aceptar el reto de su mirada. Se apartó y añadió, algo ruborosa:

—Me temo que ha recibido usted malas noticias.

—¿Qué considera usted malas noticias?

—Cuanto sea un obstáculo para su convalecencia o rompa nuestro círculo de familia. ¿Ha habido novedades?

Estaba encantadora así transfigurada por una emoción juvenil que animaba la frialdad, en ocasiones irritante, de sus correctas facciones. Lee la

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contemplaba fijamente, igual que si deseara grabar tanta belleza en la memoria y embriagarse de su atractivo, cual si fuesen los penetrantes aromas de una flor del trópico.

—¿Por qué me mira usted de este modo, mister Lee? —quiso saber ella sonriendo—. No lo niegue. Su amigo le ha comunicado algo importante.

—Está bien; es cierto. Ned ha descubierto algo que yo no sospechaba.

—¿Y le contraría a usted?

—Muchísimo.

—¿Es un secreto?

—En modo alguno.

—Entonces, ¿nos lo descubrirá a la hora de comer?

—De descubrirlo, ha de ser ahora mismo —dijo el herido, contemplando la puerta abierta.

—Haga lo que guste —respondió ella algo molesta—. Por lo visto, se trata de un gran misterio. —Hizo una pausa y agregó—: Kate se está arreglando. Aún tardará mucho.

—Más vale así. Señora, me temo que Ned está pagando muy mal la hospitalidad y las bondades que nos han ofrecido. Se ha enamorado de su hermana.

—¡No es posible! Sólo la conoce desde hace ocho días.

—Lamento no poder opinar acerca del período de tiempo que se requiere para amar a una mujer. Creo, no obstante, que puede muy bien ocurrir en siete días y cuatro horas, que es el tiempo exacto que hemos permanecido en esta casa.

—Quizá, pero como Kate estaba ausente cuando ustedes llegaron, hay que deducir una hora de semejante cálculo.

—Ned puede hacer la sustracción; yo no rebajo ni un minuto.

—¿No se engaña usted acerca de los sentimientos de su amigo? — interrumpió Josephine—. Seguramente que nada le ha dicho a mi hermana.

—Aún le queda un resto de honor y de razón, por lo que desea marcharse.

—Pero eso es absurdo.

—¿Lo cree así?

—¿Usted no?

—Se lo explicaré —dijo el herido, bajando la voz con una intensidad y una pasión que no se hubiera sospechado en aquella naturaleza tan frívola y tan joven—. Imagine, señora, a un hombre cuya existencia se hubiese desarrollado entre alternativas de miseria y de lucha, de aventuras sombrías y aún más sombríos excesos; un hombre para el que las palabras “familia” y

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“hogar” no significaran más que servidumbre y molicie o que sólo hubiese encontrado abnegación y amistad en el compañero que se batía a su lado a la hora del peligro y con el que compartía las privaciones en los momentos de penuria. Imagine, si puede, que a ese hombre le transportan como por milagro a una atmósfera de blancura, de gracia y de paz, donde le rodean los cuidados de una vida más elevada que ni siquiera sospechaba, donde se le admitiera en la intimidad de una mujer hermosa y pura, incapaz de concebir que en el mundo hubiera seres tan perdidos como él; y, luego, imagine a ese hombre enamorado de esa mujer. ¿No cree que la primera consecuencia de su amor sería revelarle su identidad, para que viese el infranqueable abismo que les separaba? ¿No supone que iba a preferir el dolor de la fuga a la vergüenza de su desprecio, en cuanto ella descubriera la verdad, o a la piedad que inspiraría el sacrificio del perdón?

—Pero ¿acaso mister Falkner es todo eso? —indagó mistress Hale, conmovida y agitada.

—¿Ned? ¡En modo alguno! Le doy mi palabra —afirmó Lee cambiando bruscamente de tono—; sin embargo, así es como siente un hombre cuando ama.

—¿De veras? Entonces, su amigo debería encargarle a usted que abogara por su causa cerca de Kate —aconsejó ella con forzada sonrisa.

—Para mí necesito cuanta elocuencia y persuasión pueda poseer.

Josephine se puso rápidamente en pie, pero sin salir del cuarto.

—Me parece que viene Kate —anunció—. Sí, ella es —añadió precipitadamente mientras se inclinaba a recoger la cesta de labor que había soltado ante la ardiente presión de las manos de George.

Kate, que entró en aquel momento, fue a ayudar a su hermana y Lee, desde el diván, lamentó la imposibilidad en la que se encontraba de ayudarlas.

—Es mi mala suerte —le dijo a Kate, pero mirando a Josephine—. Tengo el don de revolucionar el orden de las cosas, pero sin la facultad de restablecerlo o de sustituirlo por otro mejor. Pero ¿qué voy a hacer? Estoy dispuesto a sostener enmarañadas madejas o devanar innumerables ovillos. Hasta le perdonaré a Ned haber pasado la tarde en su compañía y no traerme para la cena más que un ala de halcón.

—De eso, soy la única culpable —se acusó Kate—. Mister Falkner iba buscando caza para usted cuando le pedí que tirase sobre ese pájaro; deseaba una pluma para mi gorra y no me negará que el ala es encantadora.

—Por desgracia, lo que es bello no suele ser comestible —respondió Lee gravemente.

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Aquella conversación no parecía divertir a la muchacha, pues no tardó en abandonar al paciente con la excusa de ir en busca de su hermana que, silenciosamente, ya había salido de la habitación. Por la noche, durante la cena, parecía pesar sobre las señoras y sobre Falkner un inexplicable malestar y una vaga inquietud, que por primera vez aparecía desde que comenzó su forzada reclusión. Ned procuraba no dirigirse más que a mistress Scott y, por su parte, Josephine prodigaba excepcionales mimos y atenciones a su hijita Mimi. Esta, movida por las ocultas inspiraciones de la infancia, se obstinaba por involucrar a Lee, al que quería mucho, en las caricias maternales. La solicitud con la que George se prestaba a las maniobras de la niña aumentaba el embarazo de Josephine.

La velada fue corta, pues todos se retiraron temprano. Kate pasó una noche muy agitada y, por el rumor de sus voces, comprendió que tampoco dormían los dos amigos.

Una mañana de claro sol y suave brisa no logró disipar la tirantez de las nuevas relaciones entre los habitantes de la meseta. Ofreció a Falkner la ocasión de ausentarse de la casa y a Lee un pretexto para salir a la terraza, con ayuda de una improvisada muleta. Josephine anunció que tenía mucho trabajo atrasado y Kate, para no encontrarse con Ned, no salió de la vivienda. Sin embargo, las dos jóvenes evitaron hablar a sus huéspedes, como de ordinario lo hacían. Tan sólo en una ocasión, Josephine se atrevió a preguntar como distraída:

—¿Es que te has enfadado con Falkner?

—¡Qué idea! —respondió Kate—. ¿Por qué me lo preguntas? —Ayer le vi muy pensativo y hoy no le has acompañado en su paseo. —Puede que él prefiera la soledad —comentó Kate con aparente

indiferencia—. Pero debe estar molesto a causa de las continuas burlas de Lee acerca de la caza de ayer, por lo que hoy querrá tener mayor éxito. Lee es, sin duda, muy gracioso, pero me parece que no tiene corazón.

—Bien se ve que no le conoces —opuso Josephine.

En contra de lo que dijera Kate, Falkner regresó casi en seguida y estuvo ayudando al herido a nuevas pruebas de resistencia por la terraza.

—Ni una mujer sería capaz de un afecto tan desinteresado —comentó Josephine observándoles—. Jamás vi una abnegación igual a la de esos dos seres. Míralos, Kate.

—Yo sólo veo una novelesca sensiblería. Pero, además, me temo que la influencia de Lee sobre su amigo resulte perjudicial.

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—Al contrario; la influencia de Lee es la que suaviza el carácter del otro —rectificó Josephine con vehemencia.

—Puede —transigió Kate—, pero te aconsejo que no sigas más tiempo en esta ventana, contemplándolos o acabarán por creer que no puedes dejar de mirarles ni un momento.

Y, tras estas palabras, Kate abandonó la habitación de su hermana. Aquella noche, mientras cenaban, la pequeña Mimi, sorprendida por la

tirantez que reinaba en la casa, se dirigió hacia George.

—¿Quieres marcharte y dejar a mamá y a tía Kate? —indagó durante una de las largas pausas.

—Si no me moviese de aquí —respondió Lee— no podría ir a buscar esa bonita nieve color de rosa que te enseñé el otro día en el pico de un monte.

—¿Qué es esa nieve tan rara y por qué molestas a míster Lee? —indagó Josephine.

—Mamá, es la nieve de las hadas. Míster Lee me ha dicho que quien consigue un poco, obtiene en la vida cuanto desea. ¿Verdad que es bonito?

Al amanecer del día siguiente, la nieve rosa brillaba en los cimas de los montes mientras el valle continuaba en sombras. Mimi, su madre y su tía dormían aún, pero George y Falkner estaban ya en camino. Los dos amigos galopaban sobre la nieve endurecida.

VIII

Aunque Kate se levantó temprano, su hermana había madrugado más, pues la encontró a la puerta de su cuarto, ya vestida, muy pálida y con una carta en la mano.

—¿Qué ocurre? —preguntó la muchacha con ansiedad, presa de un triste presentimiento.

—Se han ido antes de que amaneciese. Esto es lo que han dejado.

Le tendió a su hermana la carta abierta. Kate la leyó rápidamente en voz baja:

No estaremos aquí cuando reciban estas líneas. Ned ha encontrado una salida y hemos decidido aprovecharla. Ayer noche nos faltó valor para decírselo a ustedes y hoy nos sentimos demasiado cobardes para comunicarlo de palabra. Nos vamos sin avisar, tal como vinimos, pero sin pena. Encontrarán en nuestra habitación un paquete y una carta.

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Hagan el favor de dárselos a Hale cuando llegue. No sólo contiene una débil prueba de nuestro agradecimiento por sus bondades y su cariñosa hospitalidad, sino, además, la causa indirecta que nos ha permitido gozar de su compañía. Guárdenlos hasta que puedan ponerlos en manos del destinatario. Besamos la mano de su madre. Ned hubiera querido agregar algo más, pero el tiempo sólo permite enviar un abrazo a Mimi, a la que deben decir que vamos en busca de nieve color de rosa.

George Lee

—No estaba en condiciones de irse —comentó Josephine con tristeza—.

Y sólo Dios sabe si ese camino del que habla es seguro.

—Anteayer lo era —explicó Kate—. Lo estuve recorriendo hasta el cañón.

—Entonces, eres tú la que ha hablado más de la cuenta —le reprochó su hermana amargamente.

—¡Yo! —dijo Kate—. ¿Cómo puedes creerlo?

No dijo más; en los ojos de su interlocutora pudo darse cuenta del alcance de su negativa. Volvió la cabeza, avergonzada. Josephine la enlazó tiernamente, mientras exclamaba:

—Nos han tratado como a unas niñas, querida. Pero más pronto o más tarde podremos tomarnos el desquite. Estoy segura de que esa carta y ese paquete, dirigidos a John, significan algo, que pronto vamos a saber. ¿Qué puede contener la carta? ¿Qué puede contener el paquete?

—Debe ser alguna broma de Lee —opinó Kate, melancólica—. Sin duda considera todo esto como un juego y se debe estar felicitando por la buena jugada de haberse venido a instalar aquí.

—¿Con una pierna herida? Eres injusta, Kate; como lo fuiste con su amigo.

—Voy a arreglar el cuarto de mi cuñado —decidió Kate disponiéndose a salir—. John llegará de un momento a otro. ¿Vienes?

—Iré en seguida; déjame —respondió Josephine turbada. A las dos hermanas, la mañana les resultó interminable. Intentaron distraerse discutiendo con su madre las razones de la súbita marcha. La anciana, mucho más impresionada que ellas, les pintaba con colores muy negros las consecuencias de tan imprudente determinación. Imaginaba a los dos amigos perdidos entre la nieve, sin whisky, sin mantas y sin alimentos, cuando, de

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repente, unos furiosos ladridos de su perro Spot hizo sobresaltar a las tres mujeres. Se miraron con ansiedad.

—Son ellos que regresan —dijo Josephine corriendo hacia la ventana.

Un jinete galopaba hacia la casa, pero no era Lee ni Falkner ni tampoco Hale; se trataba de un forastero.

—Puede que nos traiga noticias —comentó mistress Scott.

El forastero, que acababa de entrar en la sala, parecía desconcertado al no encontrar allí más que a mujeres.

—Vengo a ver a John Hale —explicó.

—No ha vuelto aún —respondió Josephine.

—Lo suponía, pero, sin embargo, ha tenido tiempo de volver —exclamó el desconocido.

—Mi marido no habrá podido cruzar el paso; está bloqueado por la nieve.

—Ya no; yo he venido por allí esta mañana.

—¿Y no ha encontrado a nadie por el camino? —inquirió Josephine con cierta ansiedad.

—A nadie.

Hubo una larga pausa. El visitante comprobó que había desaparecido todo el interés con el que le recibieron y se sintió aún más embarazado. Sin embargo, hizo un esfuerzo para reanudar el diálogo.

—Apuesto algo a que no saben lo que ha retenido a Hale —exclamó de pronto.

—Sí lo sabemos; el ataque a la diligencia.

—Vaya, de haber sabido que estaban enteradas me habría quedado en casa. Sólo he venido a decírselo. John Hale había enviado a un hombre con una carta explicando la cuestión, pero los bandidos lo asaltaron, dejándolo por muerto en el camino.

—¿Y luego? —indagó Josephine, impaciente.

—Por fortuna, el hombre no estaba muerto y, al recobrar el conocimiento, se arrastró hasta donde yo le encontré. Entonces me lo llevé a casa.

—¿A su casa de usted? —repitió Josephine, sorprendida.

—Seguro —afirmó el hombre—. Yo soy Thompson, del desfiladero de Thompson. No es que mi casa sea muy buena, pero allí me llevé a ese individuo. Como no ha podido encontrar la carta de su esposo, supongo que se la quitaron los forajidos. Así que en cuanto se ha ido esa maldita nieve me he venido aquí para contárselo.

—¿Dice que mister Lee ha estado en casa de usted? —indagó Josephine —. ¿Que aún está allí?

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—¿Qué? Yo no he dicho eso; he dicho que Wilson fue asaltado y herido por Lee y que yo…

—Claro, Josephine —interrumpió Kate con presteza mientras se interponía entre Thompson y su hermana, pero mirando a ésta de un modo que la obligó a callar—. ¿No recuerdas que lo contaban los chinos? Pero resultaba bastante confuso. Continúe, caballero; se lo ruego —añadió la muchacha, intentando serenarse—. Decía usted que el mensajero de mi cuñado fue herido por Lee.

—Con la ayuda de otro forajido llamado Falkner. Eso es.

—Gracias. Su historia coincide con lo que sabíamos. Ha hecho usted un largo camino, mister Thompson. Le ruego que acepte un whisky. Venga por aquí.

El forastero salió en el momento oportuno. Josephine, que veía cómo danzaban las paredes de la habitación, se dejó caer en una silla con un nervioso sollozo. Mistress Scott, que no se había movido de su sitio, no apartaba los ojos de la puerta, esperando con ansiedad el regreso de su otra hija.

Al fin oyeron en el vestíbulo los pasos de Thompson, que se marchaba, y Kate regresó a la sala, pálida pero decidida.

—¿Y bien? —interrogaron a la vez Josephine y su madre.

—Pues —respondió la muchacha con seriedad— que los dos hombres que se apoderaron de la carta que John le dio al mensajero son, sin duda alguna, Lee y Falkner.

—¿Estás segura? —preguntó mistress Scott.

—No hay error posible.

—En tal caso —decidió mistress Scott triunfalmente—, nada me hará creer que no son completamente inocentes.

Esta decisión tajante, esta exposición de sus comunes deseos, unió aún más a las tres mujeres.

—¿Podéis imaginar —comentó mistress Scott— lo que habrá sufrido ese muchacho para hacer lo que le ha hecho a Wilson, pues así se llama ese individuo, según creo? Sería oportuno que nos informásemos de su estado y le enviásemos caldos de gallina. Es preciso tener caridad y obrar siempre con justicia, pues aunque haya herido a mister Lee al verse obligado, por así decirlo, a disparar sobre él, quizá obedecía a un equivocado sentido del deber. Además, esta conducta nuestra serviría para disipar sospechas.

—¡Que grande habrá sido su angustia —intervino Josephine— mientras estaba aquí, temiendo ver aparecer a John de un momento a otro! Pero

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siempre parecían contentos y alegres.

—Estoy convencida —dijo la madre— de que de haber seguido en casa un día más, lo hubieran confesado todo.

Callaron ambas hermanas. Kate recordaba las palabras de Falkner cuando regresaban de su último paseo; Josephine, por su parte, recordaba el sombrío cuadro que trazara Lee y, ahora, reconoció en él al herido. De pronto, tuvo un estremecimiento.

—John no tardará —dijo en voz baja—. ¿Qué vamos a decirle? ¿Y ese paquete, y la carta?

—De momento no te preocupes por decirle nada —aconsejó su madre—. Es lástima que Thompson haya venido precisamente hoy; pero nada nos obliga a tenerlo en cuenta ni a comprender lo que nos ha contado acerca del mensajero de John; nada nos obliga a relacionar sus palabras con nuestros huéspedes. Además, aunque no hubieran traído una carta de tu marido, creo que les hubiese recibido con el mismo agrado; por tanto, no es necesario insistir sobre este aspecto. Lo que ha ocurrido es sencillo. Hemos acogido a dos viajeros desamparados. John —añadió— no tiene por qué saber nada más. Ahora reflexionemos acerca de la carta y del paquete. Este, sin duda, contiene algún obsequio para agradecer la hospitalidad recibida. Sería poco delicado examinarlo en seguida.

Al día siguiente, las tres mujeres vieron llegar a John acompañado de otros jinetes. Su familia convino en que tenía un aspecto distinto, y conforme se acercaba, mistress Hale comprobó con estupor que la actitud de su marido y su modo de llevar el sombrero carecían por completo de la corrección habitual y, también, que cabalgaba con una desenvoltura a la vez atrevida y descuidada. Le sorprendió mucho y la inconsciente irritación aumentó cuando, en vez de la ceremoniosa acogida que solía dispensar habitualmente a las mujeres de la casa, se comportó con una familiaridad entre brusca y torpe, que hasta entonces no le conocía. De este modo presentó a Clinch y a Rawlins y su mujer no supo si alegrarse u ofenderse por aquella infracción de la etiqueta, ya que la presencia de los forasteros retrasaría la tan temida hora de las confidencias conyugales.

—Muy honrado en conocerla, señora —dijo el coronel Clinch, recordando de improviso alguna y vieja galantería ya olvidada—. Mi amigo el juez — añadió señalando a Hale como para indicar que a él se refería con ese tratamiento— debe ser más estoico que un ciudadano romano para abandonar una familia como la suya, una morada como ésta, a la llamada del deber público. ¿No tengo razón, Rawlins?

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—Seguro —afirmó éste, que dividía la atención de sus miradas entre Kate y Josephine.

—¿Y ese deber era muy imperioso? —indagó la última, sin decidirse a dirigir la vista hacia su marido.

—¿Qué vamos a decirle, señora? —respondió Clinch, sentándose en una butaca con un aplomo que, si bien demasiado familiar, no resultaba descortés

—. En los ocho días que andamos metidos en esta empresa, sólo hemos chocado con los agentes de seguridad. En cambio, las mejores personas con quienes hemos tratado son amigos del hombre al que perseguimos, por lo que, desde este momento, hemos cambiado el tiro de nuestras baterías. Hace poco, el juez y yo convinimos en que si tuviéramos que estrechar con agrado las manos de alguien serían las de Ned Falkner y George Lee.

—Se trata de los dos jefes de la banda que asaltó la diligencia —explicó Hale con el tono doctoral que a veces le agradaba adoptar.

Las tres mujeres se miraron, como en una muda acción de gracias. Sin comprender por completo cuanto el coronel acababa de decir, se daban cuenta de que aquellos a quienes recogieron estaban ya a cubierto de toda persecución.

—Sí, señoras —exclamó Clinch animado por los hermosos ojos que le contemplaban—. No nos hemos alistado entre los forajidos pero, palabra de honor, que si se presentara otra vez el mismo caso íbamos a obrar de modo muy distinto.

Entonces, con la exuberante y florida palabrería de quien tiene costumbre de ocupar la tribuna política, refirió el ataque a la diligencia y el papel que ellos habían jugado. Destacó el engaño y la mala fe de la que Falkner había sido víctima y que le impulsaron, aconsejado por Lee, a recobrar lo suyo por medio de un acto de violencia. Agregó que luego, en la estación de Wild Cat, se enteró de que Harkins se había fugado, de que la compañía de minas Excelsior había entablado contra él una acción judicial y de que el juez había ordenado el secuestro de todos los bienes del fugitivo. Como final, agregó:

—Aún nada se ha demostrado, pero yo no tengo dudas acerca de lo sucedido. Lee, que es antiguo amigo de Ned, ha preparado este golpe para ayudarle y Falkner se ha marchado con ese dinero que, en realidad, es suyo. Personalmente, me alegro mucho; no es que pueda enorgullecerme de haber contribuido a que así fuera, más que dándoles a los agentes de la compañía una pista falsa. Mi buen amigo el juez no puede quejarse; ha tenido buena mano en esta partida y reunido algunos triunfos, pues mientras aún estaba en casa de Hennicker, galanteando a su linda hija para averiguar la verdad,

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Stanner volvió allí con una partida reclutada entre los pasajeros de otra diligencia, sin más propósito que el de incendiar la casa de Hennicker. Entonces, nuestro valiente juez ha desbaratado el juego de su adversario, quien aún no ha pedido el desquite.

—Stanner merecía una lección —afirmó Hale algo desconcertado ante aquella mirada de soslayo que su mujer le dirigía y recobrando de súbito sus antiguos modales—. A mi juicio, esta clase de procedimientos son aún más censurables que el robo cometido por Lee y por Falkner. Stanner, amparándose en las augustas palabras de ley y orden, quería satisfacer un rencor personal, mientras que, si es que puedo formular una opinión sobre hechos que luego he conocido, el acto criminal no ha sido, en definitiva, más que un modo algo irregular y bastante audaz de recuperar los bienes robados.

—No dudo, John, de que cuanto has hecho está bien hecho —asintió Josephine con frialdad—, aunque no llegue a comprenderlo. Pero confío en que estos señores almorzarán con nosotros, por lo que espero que sabrán perdonarme si les abandono. En estos momentos estamos mal de servicio, pues Manuel ha seguido el ejemplo de su amo y ha salido a perseguir a alguien o a algo.

Las tres mujeres se retiraron y, al verse solas, Kate propuso:

—Tal como están las cosas, ¿no sería preferible que ahora contásemos la verdad?

—En modo alguno —objetó mistress Scott—. ¿Es que crees que ellos lo han hecho? ¿Quiénes son esos Hennicker? ¿Dónde han pasado los últimos ocho días?

—¿Os habéis dado cuenta de cómo llevaba John el sombrero? —dijo Josephine con cierta ironía—. ¿Y ese vulgar apodo de juez que le han dado?

—No he visto nada tan desagradable como la odiosa familiaridad de Clinch —añadió Kate con desprecio—. ¡Qué contraste con los modales de Falkner!

Durante el almuerzo, las tres mujeres, encerradas en sus inexpugnables posiciones, consiguieron con su actitud reducir a Hale y a sus dos acompañantes a una sumisión muy semejante al arrepentimiento. Pero fue muy breve el triunfo de las primeras, pues, antes de concluir el almuerzo, vino a interrumpirles el sonido de los cascos de unos caballos, al que siguió unos golpes en la puerta. En seguida, Stanner entró en el comedor muy decidido. Hale se puso en pie, furioso.

—Creí haberle manifestado de modo bastante categórico que no deseaba su compañía —dijo con altivez—, y me asombra su audacia al presentarse en

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mi casa, sobre todo después…

—¿Después del susto que le dieron en casa de Hennicker cuando hacía el amor a la hermosa Zenobia? —le interrumpió Stanner con insolencia—. De eso no puede hacerme responsable. Hoy vengo en misión oficial, ¿comprende? Si necesita garantías, se las daré muy gustosamente. Hay una orden de detención y…

—Lo único que veo es que está usted aquí y que si no se marcha… — advirtió Hale.

—Con cuidado. Mucho cuidado —interrumpió de nuevo Stanner, alzando la voz para hacerse oír de los cinco hombres que le acompañaban y que entonces se encontraban en el vestíbulo—. Aquí no va a poder atropellarnos, coronel Clinch, a menos que ignore la autoridad del estado de California. Vean lo que me trae aquí. Un mulato mejicano llamado Manuel, al que acaban de detener, ha declarado bajo juramento que vio a George Lee y a Edward Falkner en esta casa la misma noche del asalto a la diligencia. También afirma que los dos forajidos se encontraban aquí como en su propio hogar y, si juzgamos por la ayuda que hasta ahora nos ha prestado usted, me inclino a creer lo que dice el prisionero.

—¡Eso es una mentira inmunda! —exclamó Hale fuera de sí.

—Es posible que sea cierto —advirtió dulcemente mistress Scott poniéndose en pie—. Escúchame, John. Un hombre malherido y un amigo suyo vinieron a pedir refugio a tu casa, en medio de la nieve y el frío. La madre de tu esposa juzgó una indignidad no recibirlos. El herido se fue en cuanto pudo moverse, dejando una carta para ti, en la que sin duda debe explicar si es el que buscan estos agentes.

—Gracias, mamá —respondió Hale, estrechando la mano de su suegra—. Puede decirles a estos hombres que el esposo de su hija hubiese obrado del mismo modo y que, por tanto, es inútil abrir la carta y retener por más tiempo a mister Stanner.

—Yo exijo que se lea delante de esos señores —afirmó de improviso Josephine, recobrando todo su valor y toda su energía—. Les ruego que me sigan —añadió en un tono que no admitía réplicas.

Cuando todos se reunieron en el cuarto de Hale, vieron sobre una mesa un paquete y una carta. Stanner, aturdido por el giro que tomaban las cosas, devoró el paquete con los ojos.

Josephine entregó la carta a su marido; reinaba un profundo silencio. El dueño de la casa leyó lo que sigue:

“John Hale:

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”Usted se ha constituido a sí mismo en instrumento voluntario de la justicia para perseguirnos; nosotros teníamos derecho a la lucha leal, en campo abierto. Usted nos lo ha negado. Por pura casualidad, llegamos a su casa, al seno de su familia; aquí combatíamos con armas iguales y nos han vencido. Le dejamos el dinero que le quitamos al coronel Clinch en la diligencia, dinero que antes había robado Harkins a cuarenta y cuatro accionistas de la mina Excelsior. No es cosa nuestra indicarle el uso que debe hacer de esa suma; pero si aún no se ha cansado de andar por esa senda de justicia que le ha lanzado sobre nuestras huellas, quizá lo devuelva a su legítimo dueño.

”Dejamos también otro recuerdo que le demostrará que al mezclarnos en sus asuntos, hemos podido prestarle un servicio, tan casual como nuestra presencia en su casa. En un rincón de su cuarto encontrará un par de botas que quitamos de los indignos pies de su criado Manuel, quien, imaginando que sus amas estaban solas y sin protección, penetró en la casa con un cómplice la noche del pasado veintiuno, para ser capturado, castigado y expulsado por los humildes servidores de usted.

George Lee y Edward Falkner”.

Tembló la voz de Hale al leer las últimas líneas y se volvió bruscamente hacia su mujer, como para protegerla. Kate se encaminó al armario y mostró las botas.

—Algo sospeché yo aquella noche —dijo.

—Todo eso está muy bien —dijo Stanner adelantándose—. George Lee puede decir lo que guste, pero lo importante es que los billetes están aquí. Entréguemelos.

—Un momento —interrumpió Hale fríamente—. Si no me engaño, este paquete pertenece al coronel Clinch, ¿no es así?

—Seguro —convino el aludido.

—Entonces, tómelo —respondió Hale, tendiéndoselo—. Esta primera restitución es de derecho, pero tengo la seguridad de que se cumplirán los deseos de Lee, igual que yo lo hubiera hecho.

—Un momento, un momento —interpuso Stanner, furioso—. Tengo una orden que me autoriza a quedarme con este paquete donde lo encuentre. Les prevengo que no deben oponerse.

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—Mister Stanner —exclamó Clinch, inalterable—, aquí hay señoras. Si insiste en quedarse con este paquete, deberé pedirles que se marchen, pues le prevengo que me encuentro en mejores condiciones que la otra vez para resistir un ataque suyo. La orden que usted tiene es de la compañía de diligencias, ¿verdad? Pues queda anulada en virtud de un proceso que anteayer se abrió contra Harkin y de la orden de secuestro de todos los bienes de ese estafador, que ha desaparecido. Debió consultar usted con el juez acerca de sus atribuciones antes de presentarse aquí.

Stanner comprendió el lazo en el que había caído, pero con un alarde de audacia, ante las sonrisas burlonas de sus hombres, respondió con insolencia, mientras volvía la espalda:

—Aún no doy por terminado este asunto.

—¿De veras? —comentó Clinch con ironía—. ¿Es que por fin me hará usted el honor de…?

—En adelante se entenderá usted con los abogados de la compañía — atajó Stanner sin aceptar el desafío y marchándose con sus acompañantes.

—Señora —continuó Clinch dirigiéndose a la anciana—, ha albergado usted durante toda una semana a un bandido. Y digo “un” bandido, pues no sería justo calificar de este mismo modo a mi joven amigo Falkner por esa única aventura. Si se dejó arrastrar a ella fue a causa de una fuerte provocación y por influencia de Lee, un buen compañero suyo, a quien había acudido en su desesperación.

Kate lanzó una breve y significativa mirada a su hermana, que abatió la vista. Arrepentida, la muchacha indagó en seguida:

—¿Ese Lee es, efectivamente, un bandido?

—George Lee —explicó Clinch con sus aires de tribuno— es, si así lo quieren, un bandido, pero no un bandido vulgar. Pertenece a una de las más antiguas familias de Maryland. Tiene educación y sólo se ha mezclado en empresas de gran envergadura. Las mujeres y los niños le aman y puede enorgullecerse de no haber hecho jamás llorar a la belleza ni escandalizado a la inocencia. Presumo que así le juzgaban ustedes.

—Yo lo afirmo aquí y en voz alta —dijo mistress Scott—. George Lee es un caballero.

—Su única falta, en el caso de que lo sea —continuó Clinch—, es su audacia para el juego, y eso no mancilla a un hombre distinguido. George se entrega al juego, a un juego brillante, seductor, pero, perdónenme por decirlo, al juego incierto. No le he ocultado mi opinión, por lo que con frecuencia hemos discutido.

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—¿Le conoce usted bien? —indagó Josephine, más amable con el coronel.

—Tengo ese placer, señora.

—¿Corresponde su exterior a ese concepto, mi querida Josephine? — preguntó Hale a su vez—. ¿Comprendes lo que quiero decir?

—Me pareció correcto y sencillo —respondió su mujer, contrayendo ligeramente los labios—. No lleva los pantalones arremangados por encima de las botas cuando está con señoras, como tú los llevas ahora, ni entró en mi casa con el sombrero puesto, como tú lo has hecho esta mañana, y de haberlo hecho creo que le hubiese negado la entrada.

—Coronel, ¿entregará usted este paquete a míster Falkner en persona? — se apresuró a indagar mistress Scott para cortar aquel diálogo.

—Lo entregaré en las oficinas de la compañía Excelsior —respondió Clinch—, pero avisaré a Ned.

—Entonces —agregó la anciana— ¿sería tan amable como para encargarse de un mensaje para él?

—Estoy a sus órdenes, señora.

—Yo se lo agradeceré mucho, coronel —aseguró Hale.

Aquel mensaje hizo que seis meses más tarde Edward Falkner, intendente de la mina Excelsior, volviera a la meseta de las Águilas. Como antes, Kate y él, de pie en la terraza, contemplaron juntos las lejanas colinas cubiertas de exuberante vegetación. Ned exclamó de pronto:

—Todo está igual que el día en que vi esta casa por vez primera. Nada ha cambiado, excepto su hermana de usted.

—Este sitio no le sienta bien —respondió la muchacha con cierta tristeza

—. Así que mi cuñado ha decidido dejar las Águilas antes del invierno.

—Es una lástima —comentó Falkner—. Las últimas palabras de George

Lee, al irse a reunir con su primo en el ejército del Rappahannock, fueron: “Ned, si no me matan, espero encontrarme algún día en las Águilas, asomado a la ventana con mistress Hale y verte regresar a casa en compañía de Kate”.

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LA TARJETA COMERCIAL DE DICK BOYLE

FRANCIS BRET HARTE

L a diligencia para Sage Wood y Dead Flat aguardaba delante de la estación. El coche correo de Pine Barrens, que enlazaba con ella, con los pasajeros que debieran transbordar, traía mucho retraso. Toda la estación

se mantenía a la espera e inquieta. Incluso las bromas de Dick Boyle, viajante comercial de Chicago y el único pasajero por el momento, que habían distraído a los reunidos, ya no producían efecto, si bien el optimismo del chistoso seguía intacto. Los mozos habían regresado a los establos y el jefe de la estación y el cochero de la diligencia limitaban su conversación a impacientes monosílabos, como si cada uno considerase al otro culpable del retraso.

Un solitario indio, embozado en la manta que le había proporcionado un agente del Gobierno y cubierto con un alto sombrero, desechado por algún blanco, se acurrucaba junto a la pared de la estación con la mirada perdida en el vacío. La estación en sí, un largo edificio de madera, con todos sus departamentos para hombres y animales reunidos bajo un techo corrido como el de un cobertizo, no ofrecía cosa alguna digna de atención. Y mucho menos el paisaje: por un lado dos millas de árida llanura, hasta los corpulentos y espaciados pinos de la lejanía, una zona conocida por los Páramos; por otro, un desierto casi ilimitado, moteado por algunas manchas de oscura maleza, semejantes a residuos de apagadas hogueras.

Dick Boyle se acercó al inmóvil indio, estudiándolo como a una posible distracción.

—No parece importarte gran cosa si hay o no escuela —dijo—, ¿no es cierto, Lo?

El indio, que estaba en cuclillas, se puso en pie con un movimiento ágil, igual al de un felino. Boyle tomó una punta de su manta para examinarla con mirada crítica.

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—No es que el Gobierno te abrume con mercancías de primera calidad, Lo. Calculo que el agente te cobró cuatro dólares por ésta. Nuestra compañía te la hubiera vendido por dos treinta y siete, regalándote, además, como prima, una caja de cuentas. Algo así.

Sacó del bolsillo una cajita que contenía un vistoso collar para mostrársela al indio.

El salvaje, que le había escuchado con la tolerante indiferencia de alguien a quien molestan los juegos de un animal de orden inferior, cambió súbitamente de expresión. Una avidez infantil le encendió el lúgubre semblante y extendió la mano hacia la baratija.

—¡Quieto ahí! —advirtió Boyle, no muy decidido. Pero de pronto, cambió de parecer—. Bueno, quédatelo, y además, esto.

Sacó del bolsillo una tarjeta comercial que le metió al indio en la cinta del astroso sombrero.

—Guárdala. Se la enseñas a tus amigos, y cuando necesitéis algo de nuestro ramo…

La carcajada que, desde el pescante de la diligencia, le interrumpió, era, probablemente, lo que Boyle estaba esperando, ya que se apartó del indio para acercarse al carruaje.

—Está bien, muchacho. Ya he recompensado al noble piel roja y la estrella de nuestro imperio comercial inicia su carrera hacia el oeste. Imagino que nuestra compañía va a hacer con los indios el negocio del Gran Padre, a mitad de precio de lo que ofrecen en Washington.

En aquel momento, los mozos salieron del establo a toda prisa.

—Ahí viene —dijo uno—. Mire aquel polvo que se levanta detrás de Pino Solitario, y, por el modo como corre, creo que viene volando.

—Seguro —convino el agente de Correos, encaramándose en lo alto del coche para ver mejor—. Pero que me cuelguen como a un cuatrero si trae algún pasajero. Apuesto a que hemos esperado en balde.

Era cierto. Cuando los caballos del vehículo que se aproximaba salieron de la nube de polvo que les envolvía, pudieron distinguir al solitario cochero azuzándolos desde el pescante. Poco después, el carruaje se detuvo en un extremo de la estación.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó el agente de Correos.

—Nada de particular —respondió uno de los mozos—. Que ha habido pánico por la presencia de indios en los Páramos. Parece que estaban bailando la danza de los espíritus o algo así, y los viajeros, asustados, han tomado otro camino. Sólo uno ha tenido valor para venir. Y, por cierto, que es una mujer.

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—¿Una mujer? —repitió Boyle.

—Sí —explicó el cochero, sin apartar la vista de la muchacha alta y elegante que rechazaba la cortés ayuda del jefe de estación para bajar por sí sola del coche—. Una mujer. Y es nada menos que la hija del comandante del fuerte. Ya podéis apostar que tiene buena madera, es una rama del mismo tronco. Y esto significa, mi joven amigo, que debe usted cederle el mejor asiento. Miss Julie Cantire no lo hace por menos cuando viaja en mi coche.

La muchacha se dirigía ya, en línea recta y muy erguida, hacia la diligencia. Tenía un andar firme y decidido. Iba bien vestida, con guantes y botinas, guardapolvo para el viaje y una cenicienta capa de merino, todo ello impregnado por el inconfundible sabor de la distinción. Su nariz era aquilina y un poco grande, lo que hacía que su linda boca resultase más pequeña; los ojos, grises, con un amarillento reflejo en sus profundidades; las cejas, finas y bien dibujadas; los rizos del pelo, castaños. Estos rasgos le parecieron a Boyle los de un delicioso cuadro, que enmarcase el velo gris plata que lucía en el cuello y se anudaba bajo su ovalada barbilla. Sus sobrios tonos evocaron en la imaginación de Boyle una sinfonía, incluso en medio del polvo que los rodeaba. La impresión que él le producía a ella no resultaba tan clara. La muchacha le miró por encima, pues Boyle era más bien bajo, o a través de él, ya que, además, era poco hermético. Luego, sus ojos se detuvieron con franca satisfacción en el cochero.

—Buenos días, mister Foster —saludó sonriendo.

—Buenos días, señorita. Ya me he enterado de que los indios sembraron el pánico en los Páramos. Y supongo que a los hombres va a caérseles la cara de vergüenza al recibir esta lección de una señora.

—Me parece que no creyeron que iba a atreverme a venir. A algunos les acompañaban sus mujeres. Además, son gente del este, que no conoce a los indios tan bien como nosotros, mister Foster.

El cochero se sonrojó de satisfacción al sentirse incluido en aquel “nosotros”.

—Sí, señorita. Creo que como vieran al viejo Manta de Pulgas que allí tenemos —dijo, señalando al indio que se alejaba, muy digno, de la estación

— les entraría tal miedo que hasta perderían las botas. Y eso que lleva en el sombrero la tarjeta comercial de este caballero, mister Dick Boyle, representante de la gran casa Fletcher y Compañía, de Chicago. Así que creo que si alguien va a perder el cuero cabelludo van a ser los indios.

Miss Cantire atendió la presentación y el chiste con frialdad cortés y subió ágilmente a su asiento, mientras trasladaban a la diligencia los sacos del

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correo y un considerable equipaje, que, sin duda, pertenecía a los pasajeros fugitivos. De no encontrarse allí la hermosa viajera, el cochero hubiese manifestado, en grosero lenguaje, su convicción de que a su vehículo lo tomaban por una maldita carreta de mercancías; pero, dadas las circunstancias, se limitó a hacer una mueca, empuñó las riendas y chasqueó el látigo. El coche partió en medio del polvo que al instante se levantó a su alrededor y quedó convertido en una nube conforme se perdía en la distancia.

El polvo de la diligencia también envolvió por un instante al indio que avanzaba impávido por el camino marcado por las ruedas, pero, en seguida, el salvaje; se desvió, y alargó el paso emprendiendo el trote peculiar, lento y acompasado, de su raza. Manteniéndolo, alcanzó al cabo de una hora una línea de peñascos y arbustos que no se veía desde el camino, a causa de los altibajos de la llanura, aparentemente uniforme. Se deslizó entre ellos hasta desaparecer. La nube de polvo que delataba la posición de la diligencia también había desaparecido de los confines del horizonte visible.

Los riscos por entre los cuales se fue deslizando el indio constituían el muro protector de una hondonada que no se veía desde la llanura, si bien la seguía varias millas entre una maraña de árboles y maleza, refugio natural de los lobos, coyotes y algunos osos, cuyas pisadas, casi humanas, podían llegar a engañar a un novato. Sin embargo, estos rastros no entretuvieron al indio en su carrera, que sólo interrumpía de vez en cuando para examinar otras pisadas más frecuentes, las huellas leves y de dedos encogidos que señalan el paso de pies calzados con mocasines.

Conforme el indio avanzaba, la espesura se iba haciendo más tupida e impenetrable. La oscuridad que allí reinaba se veía ahora animada por otras formas que también se movían, formas vagamente perceptibles, tan inciertas y difusas como el follaje iluminado por el sol que el viento agitaba y que, pese a todo, tenían cierto aire de figuras humanas.

Al cabo de un rato, el indio se mezcló con los demás componentes del sombrío desfile, el cual, visto de cerca, resultaba una hilera de guerreros, unos en pos de otros, sosteniendo todos el mismo trote infatigable. Los árboles y la maleza parecían llenos de ellos, todos avanzando tras el primero en dirección paralela a la que llevaba la diligencia. De vez en cuando se divisaba en algún claro un rostro humano pintarrajeado de colores, un penacho de plumas, las alegres franjas de una manta, pero nada más. Y, sin embargo, a unos centenares de pasos se extendía la llanura, sombría y silenciosa, privada de todo sonido y movimiento.

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Mientras, la diligencia de Sage Wood y Pine Barrens, ajena, igual que todos los inventos humanos, a cuanto no fuese su regular funcionamiento, abandonaba la altiplanicie, para iniciar el grato descenso de un cañón sombreado por tupidos árboles que venía a unirse a la hondonada antes descrita, por la que el siniestro desfile avanzaba despacio, a una milla escasa de la diligencia, a un lado de sus flancos y a sus espaldas.

Miss Cantire, que había desafiado sin siquiera pestañear la polvareda de la llanura, como corresponde a la hija de un soldado, se puso entonces de pie para sacudirse la ropa, haciendo que su linda cabeza y su hermoso tipo brotasen de una nube plateada cual la figura de una diosa. Por lo menos así se lo pareció a Boyle, al que habían relegado al asiento trasero, sin que le ofendiese que ella reservase su conversación y sus atenciones al cochero y el agente de Correos. Cuando en una ocasión él hizo un comentario trivial, lo había acogido con tan fría cortesía que Boyle desistió de todo intento de arrimarse a ella, aunque no por eso perdiera el optimismo ni alimentase el más mínimo rencor por el evidente regocijo con que sus dos compañeros de viaje acogían su fracaso.

Es posible, sin embargo, que Julie tuviera ciertos prejuicios sociales, y que pensara que un agente de comercio no era para la hija de un mayor una compañía más apropiada que un vulgar buhonero. Pero aún era más probable que la reputación de Boyle como amigo divertido en una reunión de hombres, fuese incompatible con su idea de lo varonil. Puede ocurrir, en efecto, que el que mueve a risa a toda una asamblea sea detestado por las mujeres, sin contar las demás razones evidentes por las cuales a las Julietas no les agradan los Mercuccios.

Por alguna de estas causas, Dick Boyle, confinado en el asiento trasero, se vio obligado a distraerse a solas con las finas dotes de observación que la naturaleza le había concedido. Al entrar en el cañón, advirtió la enorme vuelta que el coche debía dar antes de alcanzarlo y ya había descubierto un camino mejor que penetraba en la hondonada, por el mismo lugar en que, sin él saberlo, se había introducido el indio. En su imaginación había proyectado un camino que, cruzando aquella selva, acortase el trayecto en varias millas. Echando sus cuentas, comprobó que resultaba ventajoso. Pero, en este momento, el coche iniciaba ya la subida de la ladera opuesta al cañón, empinada y difícil.

Apenas había empezado a subir, cuanto el vehículo se detuvo. Dick Boyle miró hacia atrás. Julie Cantire se apeaba, tras manifestar su deseo de hacer la subida a pie y de que el coche la esperase al final de la cuesta. Foster le

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advirtió con deferencia que fuese despacio, ya que nadie tenía prisa. Boyle contempló bastante emocionado su preciosa silueta, libre ahora de la forzada postura a que la obligaba el asiento del coche, surgiendo y desapareciendo entre los árboles que bordeaban el camino. Le hubiera gustado acompañarla en su paseo por el bosque, pero ni siquiera su natural optimismo le ocultaba la indiferencia que ella le mostraba.

En una revuelta del camino dejaron de verla y mientras el cochero y el agente de Correos discutían acerca de si el coche iba o no por donde debía, Boyle reanudó su silencioso estudio del paisaje. De repente, profirió una leve exclamación y saltó del carruaje. Su acción no pasó inadvertida al cochero, quien al punto pisó el freno y tiró de las riendas.

—¿Qué ocurre ahora? —gruñó.

Boyle no le respondió. Retrocedió unos pasos a toda prisa y se puso a explorar el suelo atentamente.

—¿Ha perdido algo? —indagó Foster.

—He encontrado algo —corrigió Boyle, recogiendo un pequeño objeto—. Miren esto. Que me cuelguen, como dicen ustedes, si no es la tarjeta que le di al indio de la estación hace unas cuatro horas.

Y les mostró la tarjeta.

—Mire, hijo, si lo que quiere usted es apearse para pasear con miss Cantire, ¿por qué no lo dice de una vez? No creerá que vamos a tragarnos ese cuento.

—Es cierto —insistió Boyle, angustiado—. Es la misma tarjeta que le prendí en el sombrero. Aquí está la huella de grasa, en esta esquina. ¿Cómo diablos habrá llegado aquí?

—Será mejor que se lo pregunte a él si es que anda por estos parajes. —Mire, Foster, no me gusta esto, miss Cantire se halla sola y… Una carcajada de Foster y del agente le interrumpieron.

—Vaya —opinó Foster—. Es una bonita excusa. No la desaproveche. Cuéntesela a ella. Explíqueles que los indios están en pie de guerra, que el sanguinario Manta de Pulgas ha desenterrado el hacha y que usted va a derramar hasta la última gota de su sangre para defenderla. Eso la conmoverá, sobre todo después de que se ha mostrado tan poco amable con usted. ¡Ande, vaya a contárselo!

Por un momento pensó en seguir la maliciosa sugerencia de Foster y revelar su descubrimiento a miss Cantire. Boyle era totalmente capaz de inventar una divertida historieta sobre el asunto que fuera. A cualquier otra muchacha la hubiese entretenido con su relato, pero a ésta no quiso imponerle

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su compañía. Dudaba de si el descubrimiento que había hecho se podía tomar a broma, y si la cosa no iba en serio, ¿para qué alarmarla?

Por si acaso, decidió quedarse en el camino a prudencial distancia de la muchacha hasta que ésta volviese al coche. No podía encontrarse muy lejos. Una vez decidido, siguió al vehículo, deteniéndose sólo de vez en cuando para mirar atrás.

Mientras, la diligencia continuaba el fatigoso ascenso, que se hacía más difícil a causa del raro nerviosismo de los caballos, en tanto que, a fuerza de mucho trabajo y de muchos improperios, el conductor conseguía obligarlos a no desviarse del camino habitual.

—Pero ¿qué les pasará a estos pencos? —exclamo Foster, colérico, tirando de las riendas hasta lograr que el guía volviese a la senda.

—Parece como si olieran algo raro, un oso o mustangs —sugirió el agente de Correos.

—¿Mustangs? —repitió Foster con ironía.

—Desde luego, los mustangs excitan a un caballo lo mismo que los potros salvajes.

—¿Dónde están los mustangs de que hablas? —indagó Foster sin dar crédito a su acompañante.

—No lo sé —respondió éste simplemente.

En aquel instante los caballos se asustaron a causa de algo que había en la espesura, con tanta violencia que el coche se desvió hacia la izquierda del camino. Por fortuna, el terreno era bastante bueno, de modo que Foster les dejó seguir su inclinación, seguro de que podría hacerlos volver a la senda en cuanto se lo propusiera. Tardó unos instantes en poder dominar completamente a los asustados animales. Después, conforme se calmaba su nerviosismo y se iban alejando de la espesura y al comprobar que el sendero por donde caminaban era menos inclinado, aunque con más curvas que el camino habitual, decidió seguirlo hasta alcanzar la cima, donde volvería al otro para esperar a sus pasajeros.

Una vez alcanzaron su meta, los dos se pusieron de pie en el pescante y, con una inquietud que tanto uno como otro intentaban disimular, volvieron la vista al cañón, tratando de descubrir a sus retrasados viajeros.

—Confío que miss Cantire no salga de estampida por un susto como el nuestro —dijo con voz vacilante el agente de Correos.

—Ella no es de esa clase. Tiene demasiado temple y experiencia para hacer una cosa así, a menos que ese vendedor le haya ido con el Cuento de la tarjeta.

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Esas fueron las últimas palabras que pronunciaron aquellos hombres. Dos disparos de rifle restallaron en los matorrales que bordeaban el camino, dos disparos hechos con tanta precisión que los dos hombres, mortalmente heridos, se desplomaron, quedando colgados unos segundos de la tabla del pescante para caer luego sobre las grupas de los caballos. Tampoco allí quedaron mucho rato. En breves instantes media docena de figuras siniestras se apoderaron de ellos, desengancharon las cabalgaduras y los ocultaron entre la espesura.

Otro media docena, seguida de toda una docena de sombras, se precipitaron sobre el coche, invadiéndolo por dentro y por fuera. Otras muchas fueron llegando hasta que todo el vehículo quedó ocupado, cubierto y oculto bajo aquel enjambre, oscilando y moviéndose bajo su peso cual una desvalida res atacada por una manada de lobos. Y, a pesar de todo, cuando aquella muchedumbre estaba en el apogeo de su actividad, se dispersó de improviso, obedeciendo a una misteriosa señal. Desapareció por completo, dejando el coche vacío, desprovisto de cuanto le había dado vida, peso, animación y sentido, cual un esqueleto abandonado al borde de un camino.

El viento de la tarde penetraba por las abiertas puertas del vehículo y jugaba con la carrocería como si fuese un despojo de varias semanas y no de varios minutos. Los rayos horizontales del sol poniente relampagueaban en las ventanas como si el fuego quisiese contribuir a la ruina. Pero incluso esto desapareció pronto, reduciendo al abandonado carruaje a un espectro, rígido e inerte del inmenso llano.

Una hora más tarde se oyó un retumbar de cascos de caballo y el crujir de atalajes; un escuadrón de caballería avanzaba por la llanura hacia el abandonado coche. Por un momento lo rodearon igual que lo hicieran las otras sombras. También las de ahora exploraron los matorrales y los árboles que bordeaban el camino. Y, en seguida, obedeciendo a una orden, partieron decididas sobre el rastro de las sombra destructoras.

Miss Cantire aprovechó el consejo de no apresurarse en su paseo. En la espesura recogió flores y bayas silvestres y estuvo contemplando nidos de pájaros con sana curiosidad juvenil e, incluso, aprovechó la ocasión para arreglarse el cabello con algo que sacó de un bolso que llevaba colgado del cinturón. Pasaron unos veinte minutos antes de que volviera al camino. La diligencia había desaparecido en una revuelta de la larga y serpenteante cuesta, pero a pocos pasos de ella estaba aquel hombre horrible, el viajante de

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Chicago. Aunque no era vanidosa, no dudó un momento de que la estaba esperando. No había modo de librarse de él; aunque su compañía iba a resultar muy breve. Julie comenzó a andar sin disimular su prisa.

Boyle, cuya preocupación por la muchacha había experimentado un considerable alivio al volver a verla, se puso también en marcha sin mirar hacia atrás. Julie no esperaba esa reacción. Como él iba delante, quedó en la ridícula apariencia de estarlo persiguiendo. Al darse cuenta, vaciló, pero, como entonces casi le alcanzaba, consideró preferible continuar.

—Creo que hace bien en andar de prisa, miss Cantire —dijo Boyle cuando pasó—. Hace un rato que no veo el coche y supongo que nos estará esperando allá arriba.

Esto le agradó aún menos a miss Cantire. Verse obligada a caminar junto a este hombre horrible, forzando el paso en pos de la diligencia, igual que una pareja de excursionistas que han perdido el coche, era realmente excesivo. A modo de excusa, propuso:

—Quizá si echara usted una carrerita y les explicase que voy tan de prisa como puedo…

—Presentarme ante Foster sin usted equivale a jugarme la vida — respondió él, riendo—. Sólo tiene usted que apresurarse un poco más.

Pero a la joven le molestó que le diese órdenes un viajante y comenzó a retrasarse, frunciendo el ceño con aire amenazador.

—Permítame que le lleve las flores —dijo Boyle, dándose cuenta de que a la muchacha le resultaba difícil sostener la falda y el ramillete al mismo tiempo.

—¡No! ¡No! —exclamó, horrorizada ante esta nueva muestra de confianza—. Muchas gracias; pero no vale la pena conservarlas. Las voy a tirar. ¡Allá van! —añadió, mientras las arrojaba al camino.

Pero no había contado con el inalterable buen humor de Boyle. Aquel galante idiota se agachó para recogerlas y siguió en pos de ella.

Julie aceleró el paso. ¡Si al menos lograra alcanzar el coche antes que él, para terminar con la escena! Porque un hombre tan ordinario seguro que le daría el ramillete al tiempo que le dedicaba algún chiste. Volvió a caminar despacio. Se sentía cansada y no se veía el coche por ninguna parte. El viajante, muy calmoso, iba detrás de ella, a respetuosa distancia, igual que el asistente de uno de los oficiales de su padre. Sin embargo, esto no le mejoró el humor. Se detuvo y cuando él la alcanzó le dijo con visible impaciencia:

—No comprendo por qué míster Foster le envió a buscarme.

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—No fue idea suya —confesó Boyle cándidamente—. Es que yo me apeé a recoger una cosa.

—¿A recoger una cosa? —repitió ella, incrédula.

—Sí, esto —le mostró la tarjeta—. Es la tarjeta de la casa que represento.

Julie sonrió con ironía.

—Es usted muy leal a su empresa.

—Pues sí —reconoció Boyle de buen humor—. A mi juicio, no vale la pena hacer las cosas a medias. En todo lo que hago, mantengo los ojos muy abiertos.

Pese a sus prejuicios, Julie observó que la mirada de Boyle, aunque impertinente, era la de un hombre honrado. Mientras, Dick seguía hablando:

—Apenas hay cosa que me pase por alto. Por ejemplo, miss Cantire, ese guardapolvo de fantasía que lleva usted no figura entre nuestros géneros ni lo tiene nadie al oeste de Chicago. Viene de Boston o de Nueva York y está hecho de encargo. Pero su sombrero, que por cierto le sienta a usted muy bien, es un artículo corriente de Dunstable, que nosotros podríamos vender en Pine Barrens a cuatro centavos y medio la pieza. Y, sin embargo, me imagino que le costó unos veinticinco en la sucursal.

Aunque sorprenda, estos fríos cálculos sobre el valor de sus prendas no indignaron a la muchacha, como lógicamente debieran haberlo hecho. Antes bien, por alguna misteriosa razón femenina, le resultaron divertidos e interesantes. Era una bonita anécdota que contarle a sus amistades como ejemplo de la idea que de la galantería tienen los viajantes. Y también para tomarle el pelo a aquel petulante oficialillo de West-Point que acababa de incorporarse a la guarnición. Por otra parte, los cálculos del viajante eran correctos. El mayor Cantire no disponía más que de su sueldo y Julie había tenido que elegir su sombrero en un almacén del Gobierno.

—¿Acostumbra suministrar estos datos a todas las señoras con quienes tropieza en sus viajes? —le preguntó.

—Pues no —respondió Boyle—. En eso hay que andar con más tino. A la mayoría iba a sentarle mal y no conviene molestar a posibles clientes. Pero usted no es de ésas.

Julie no hizo comentarios. Le constaba que no era de ésas, pero no necesitaba que aquel tipo vulgar se lo recordase. Durante un rato se adelantó a él, pero, de pronto, oyó que la llamaba. Se volvió de mal humor. Boyle estaba examinando atentamente las dos lindes del camino.

—O nos hemos perdido o el coche ha cambiado de rumbo. Estas no son huellas recientes y, como todas llevan la misma dirección, creo que

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pertenecen a la diligencia que pasó anoche. No son las de la nuestra. Ya me extrañaba no haber visto aún el coche.

—Entonces, ¿qué? —indagó Julie, impaciente.

—Tenemos que volver hasta encontrar el rastro.

La joven frunció las cejas y, con tono de suficiencia, propuso:

—¿Por qué no continuamos hasta llegar arriba? Yo, desde luego, sigo.

Al advertir la expresión preocupada del rostro de Boyle y su mirada inquieta, modificó inmediatamente el tono de la pregunta:

—¿Por qué no seguimos por donde vamos?

—Porque esperan que volvamos al coche, no al final de la cuesta. Tales son las “órdenes”, y ya sabe usted, como hija de militar, lo que esto significa.

Lo dijo riéndose, pero con una calma deliberada que la preocupó. Por tanto, le siguió sin rechistar cuando él añadió:

—Debemos retroceder para averiguar en qué sitio las huellas se apartan del camino.

Anduvieron un rato buscando con atención el rastro del coche. Un intenso interés y una creciente confianza en las dotes de Boyle aliviaron a la muchacha su mal humor y la hicieron recobrar su naturalidad. Con juvenil afán, Julie se adelantaba ahora, examinaba el terreno y seguía alguna pista falsa con gran entusiasmo, hasta que, advirtiendo su error, volvía al camino riendo alegremente. Y fue ella la que, al cabo de diez minutos de marcha, descubrió el verdadero rastro con un grito de triunfo.

Boyle, que había seguido sus movimientos con tanto interés como su descubrimiento de las huellas, quedó un poco preocupado al observar los profundos surcos que hicieron los caballos en su espantada. Julie se dio cuenta del cambio que se produjo en su expresión y que diez minutos antes le hubiese pasado inadvertido. Al verle vacilar le dijo:

—Quizá sería mejor seguir esta pista.

—Desde luego, es lo más seguro —convino Boyle.

—¿Qué cree usted que puede haber sucedido? Las huellas están muy marcadas.

Dijo esto en un tono confidencial, tan nuevo en ella como su anterior interés por Boyle.

—Alguno de los caballos debió resbalar y han pasado al camino viejo por creerlo menos empinado —se apresuró a responder él.

Naturalmente, Boyle no creía semejante cosa, pero sabía que, de haber ocurrido un percance serio, el coche les hubiera esperado en el camino. A continuación añadió:

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—Para nosotros este camino también es más cómodo, aunque resulte algo más largo.

Hubo una pausa. Julie dijo:

—Usted lo acepta todo con buen humor, mister Boyle.

—Es el único modo de hacer negocios. Un hombre de mi profesión debe cultivarlo.

Julie se arrepintió de haberlo dicho. Sin embargo, añadió con cierta ironía: —Pero usted no negocia con la compañía de diligencias ni tampoco conmigo, aunque le confieso que de ahora en adelante compraré mis

sombreros en su casa, a precio de subasta.

Antes de que él pudiera contestar, las detonaciones de los disparos, aminoradas por la distancia, se oyeron desde lo alto del acantilado, a cuyo pie se encontraban.

—Ahí están —anunció Julie con impaciencia—. ¿Lo ha oído?

Boyle alzó la cabeza hacia la distante cima para que ella no pudiese adivinar, en sus ojos, su presentimiento.

Julie añadió muy animada:

—Son los del coche. Lo hacen para guiarnos, ¿comprende?

—Sí —contestó él, riendo—. Y significa que hemos de darnos prisa, mucha prisa. Están cansados de esperar. Lo mejor será que vayamos en seguida.

—¿Por qué no les responde con su revólver? —indagó ella.

—Porque no tengo.

—¿Que no tiene? Yo suponía que los caballeros que viajan como usted no se separaban de él jamás. Tal vez sea incompatible con su doctrina del buen humor.

—Seguro, miss Cantire. Ha dado usted en el clavo.

—¡Pues vaya! —exclamó ella, sorprendida—. Yo tengo una Derringer, muy pequeña, por cierto, y la llevo en el bolso. Es un regalo del capitán Richards.

Abriendo el bolso, mostró una bonita pistola con empuñadura de marfil. La expresión de agradable sorpresa que asomó en el rostro de mister Boyle se alteró en cuanto ella levantó el percutor y extendió el brazo hacia lo alto. Rápidamente, Boyle la sujetó.

—No, por favor. Puede hacernos falta. Quiero decir que no oirían el disparo. Es un juguete muy útil; pero, a pesar de todo, sólo resulta eficaz de cerca.

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Se quedó la pistola mientras seguían andando. Julie se dio cuenta de su visible satisfacción cuando la sacó del bolso y su alarma cuando estuvo a punto de descargarla en vano. Julie era inteligente y sincera con aquellas personas en quienes ponía su confianza. Ahora comenzaba a confiar en el desconocido. En su rostro se dibujó una sonrisa.

—Me parece que tiene usted miedo de algo, mister Boyle —dijo, sin levantar la vista del suelo—. ¿Qué es? ¿No estará usted también asustado a causa de los indios?

Boyle no sentía falsa vergüenza. Con la misma franqueza que ella, le respondió:

—Creo que sí, que lo estoy. Comprenda que no conozco a los indios tan bien como usted o como Foster.

—Bueno, pues acepte mi palabra y la de Foster de que nada hay que temer de ellos. Por esta parte son como niños crecidos, crueles y destructores, igual que la mayoría de los niños; pero, a estas alturas, saben muy bien quiénes son los amos, y ya han pasado los tiempos en que arrancaban cabelleras a capricho. La única propensión infantil que conservan es la del robo. Pero, con todo, sólo roban lo que necesitan: caballos, armas y pólvora. Una diligencia puede ir a sitios que le están vedados a un carro de armamento o una carretela de emigrantes. De modo que su baúl de muestras está seguro en manos de Foster.

Boyle no creyó necesario discutir. Acaso pensaba en otra cosa.

—Me parece que voy a contarle algo más —continuó la muchacha con cierto misterio—. Secreto por secreto. Como usted me ha confiado los de sus negocios, voy a decirle uno del nuestro. Antes de partir de Pine Barrens, mi padre ordenó que una escolta de caballería estuviese dispuesta para salir al encuentro de la diligencia si los exploradores que andaban de observación lo creyeran necesario. Así que, como usted ve, no está justificada mi fama de valiente.

—Lo uno no quita lo otro —dijo Boyle, admirado—; pues su padre debió de sospechar algún peligro o, de lo contrario, no hubiera tomado tal precaución.

—¡Ah! No era por mí —se apresuró a contestar ella.

—¿Que no era por usted?

Julie se detuvo en seco, ruborizada y con una sonrisa de picardía. —¡Bueno! Después de lo que le he dicho, puedo también confiarle el

resto. Me inspira usted confianza, mister Boyle. —Mirándole con sus ojos claros y penetrantes, siguió—: Pues bien. Se habrá dado usted cuenta de que

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llevamos cierta cantidad de equipaje perteneciente a los pasajeros que no han venido. En realidad, esos pasajeros no tenían equipaje ni pensaron jamás tomar la diligencia. ¿Comprende? Esos baúles tan pesados y de apariencia tan inofensiva ocultan en realidad fusiles y munición que nuestro puesto envía a Fort Taylor bajo mi custodia personal. —En este punto hizo Julie una graciosa inclinación; luego, divertida ante la sorpresa de Boyle, continuó—: Como habrá comprobado, yo acompañé las cajas a la estación y las hice cargar en la diligencia con mucho menos ruido y complicaciones de las que hubieran causado un coche especial y una escolta.

—¿Y estaban en este coche? —indagó Boyle, distraído.

—¿Cómo que estaban? ¡Están! —rectificó miss Cantire.

—En tal caso, cuanto antes la devuelva a su tesoro, tanto mejor —dijo Boyle, riendo—. Por cierto, ¿lo sabe Foster?

—¡Naturalmente que no! ¿Imagina que se lo revelaré a alguien que no sea un forastero en estas tierras? Lo mismo que usted, sé muy bien cuándo y a quién puedo revelarle un secreto —agregó en tono de burla.

Pese a las preocupaciones que en aquel momento pesaban sobre Boyle, no pudo por menos de quedarse profundamente sorprendido y admirado de la muchacha que le acompañaba. La candidez con que le había descubierto su secreto le parecía tan incompatible con su anterior actitud de reserva, como su modo de razonar y su actitud de colegiala constituían ahora un delicioso contraste con su estatura, su aquilina nariz y su erguido porte. Como la mayoría de los hombres bajos, Boyle tenía propensión a sobrestimar las cualidades de la talla.

Caminaron un rato en silencio. La subida era relativamente fácil, pero bastante tortuosa. Boyle se daba cuenta de que este nuevo rodeo les exigía un tiempo considerable antes de que alcanzaran la cima. Al fin, miss Cantire expresó su pensamiento:

—¿Qué les habrá hecho apartarse del camino? Si usted no se hubiera dado cuenta del cambio de ruta, ¿cómo les hubiéramos encontrado? Pero, bueno — añadió con lógica femenina—, precisamente por eso hicieron aquellos disparos.

Boyle recordaba muy bien que los disparos habían sonado en otra dirección. Sin embargo, prefirió no corregir sus deducciones.

Aun así, dijo en tono de broma:

—Puede que también Foster tuviera miedo a los indios.

—A estas alturas —respondió Julie— debiera conocer mejor a los amigos, a los indios de las Reservas del Gobierno. Sin embargo, puede haber algo de

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cierto en lo que dice. Sepa usted —añadió riéndose— que, si bien mi vista no es tan penetrante como la suya, tengo un olfato muy fino y en una o dos ocasiones me ha parecido que olía a indios, ese olor peculiar de sus campamentos, distinto de cualquier otro, y que incluso se advierte en sus mustangs. Solía percibirlo cuando montaba alguno de ellos. Por mucho que lo limpiaran no había modo de quitárselo.

—Supongo que ni la intensidad ni el grado de olor le permitan saber si los indios abrigan buenas o malas intenciones hacia usted.

Aunque este comentario correspondía a la fama de Boyle como humorista, Julie lo acogió con una sonrisa. Por tanto, Boyle, que estaba un poco más animado, ya que hasta entonces nada había ocurrido y sabiéndose próximo al final de la caminata, continuó bromeando hasta que, una hora más tarde, pusieron de nuevo los pies en la llanura.

No se veía el coche, pero sus huellas frescas aparecían claras a lo largo del borde del precipicio en dirección a la encrucijada de la carretera, que era el camino que debieron seguir y al cual la diligencia había vuelto indudablemente. Boyle respiró aliviado. Ahora estaban relativamente seguros ante un ataque por sorpresa. Diez minutos más tarde, Julie pudo divisar, gracias a su mayor estatura, el techo del carruaje que sobresalía de entre los arbustos que rodeaban la encrucijada.

—¿Le importaría a usted tirar esas flores? —indagó ella contemplando los despojos que Boyle llevaba aún en la mano.

—¿Por qué?

—Son demasiado ridículas. Tírelas, se lo ruego.

—¿Puedo quedarme con una? —pidió con entonación de debilidad masculina.

—Como guste —dijo Julie con cierta frialdad.

Boyle eligió una ramita de mirto y arrojó las demás, obediente. —¡Dios mío! ¡Qué ridículo!

—¿Qué es lo ridículo? —quiso saber Dick alzando sus ojos hacia los de ella con un ligero rubor. Pero entonces reparó en que la muchacha contemplaba la lejanía.

—¡Vaya! Parece que la diligencia no tiene caballos.

También él miró. En un claro entre los matorrales divisó el vehículo, completamente vacío, sin caballos y abandonado. Rápidamente buscó en torno a ellos. En uno de los lados, unos peñascos les amparaban del borde del despeñadero. Por el otro, se extendía la llanura infinita.

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—Siéntese y no se mueva hasta que yo regrese —apremió él; luego le puso la pistola en la mano—. Y coja esto.

A toda prisa se dirigió hacia la diligencia. No había error. Allí estaba el coche, abandonado, con el timón caído y las riendas cortadas, mostrando con meridiana claridad la prisa o el miedo con que habían huido. Una pisada suave a sus espaldas le obligó a volverse. Era miss Cantire, sofocada y sin aliento. En la mano blandía la Derringer amartillada. A modo de excusa balbuceó:

—¡Qué locura, venir desarmado!

Ambos contemplaron el coche, la llanura desierta y a sí mismos. Tras la penosa ascensión, el largo rodeo, la impaciencia y la curiosidad que habían experimentado, este vehículo vacío e inútil les producía tal impresión de mofa cruel como si lo hubieran dejado a propósito para que resultara más patente su desamparo, que les afectó íntimamente tanto a ella como a él. Y como yo, escritor, trato de la naturaleza humana, me veo obligado a consignar que ambos rompieron a reír, siendo ésa, momentáneamente, su única reacción.

Miss Cantire, tras secarse los ojos húmedos y alegres con un pañuelito, dijo débilmente:

—¡Qué amables han sido dejándonos el coche! ¿Qué les habrá hecho salir de repente?

Boyle no contestó. Examinaba el carruaje con mucha atención. En aquella hora y media, el polvo del llano había tornado una gruesa capa sobre él y ocultado cualquier mancha que hubiera podido revelar la horrorosa verdad. Incluso las débiles pisadas de los indios, que calzaban mocasines, habían quedado borradas por el galopar de la caballería. Estas fueron las primeras que descubrió Boyle, pero las creyó hechas por los caballos de la diligencia, cuando los desengancharon.

Su compañera no cayó en el mismo error. Después de examinarlas con cuidado, alzó su rostro radiante y animado:

—Fíjese —dijo—, nuestros hombres han estado aquí y han intervenido en el asunto, sea lo que sea lo que haya sucedido.

—¿Nuestros hombres? —repitió Boyle sin comprender.

—Sí, soldados del fuerte. La escolta de que le hablé. Estas huellas son de las herraduras de reglamento en la caballería. No pertenecen al tronco de Foster, ni a mustangs, que jamás las usan. ¿No comprende? —insistió impaciente—. Nuestros hombres han desconfiado de algo y han acudido al galope a lo largo del acantilado. Mire —continuó, señalando las huellas de los

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cascos que venían del llano—, han sospechado que los indios iban a atacar y lo han puesto todo a buen recaudo.

—Pero si fue la escolta de la que me habló, deberían saber que usted estaba aquí y, por tanto… —iba a añadir “la han abandonado”, pero se contuvo, recordando a tiempo que eran los soldados de su padre.

Adelantándose a lo que él pudiera pensar, miss Cantire dijo con vivo orgullo profesional, que hacía honor a su nariz aquilina y a su gallarda figura:

—Saben que yo sé cuidarme y no iba a entretenerles en el cumplimiento de su deber. Y sabrán también, naturalmente —añadió con sonrisa desdeñosa —, que estoy protegida por un galante forastero, avalado por mister Foster. Seguro que ya está todo en regla —concluyó con cierta ciega confianza que a Boyle le produjo un leve sobresalto, pues hasta ahora ella no había demostrado fe semejante en él—. Todo ocurre “según órdenes del alto mando”, mister Boyle, y volverán cuando hayan cumplido su misión.

A pesar de sus palabras, el varonil sentido común de Boyle fue quizá más certero que la fe femenina y la disciplina que heredara miss Cantire, pues en seguida se dio cuenta de la triste realidad. Los indios habían estado allí primero, saquearon el carruaje y se hicieron dueños del botín y de los prisioneros antes de que la escolta llegara. Los soldados estarían ahora persiguiéndolos con gran ahínco, que exacerbaba el convencimiento de que la hija de su jefe figuraba entre los prisioneros. La situación era desesperada, pero, en medio de todo, le quedaba el consuelo de que la muchacha se encontraba segura. ¿Debía decirle lo que ocurría? No, era preferible dejarla que conservase su tranquila fe en la expedita solvencia de los militares y en su próximo regreso.

—Me parece que tiene usted razón —dijo, animoso—, y demos gracias porque en el coche vacío tiene usted un sitio donde esperar cómodamente a que ellos vuelvan. Mientras tanto, voy a hacer un pequeño reconocimiento.

—Le acompaño —dijo ella.

Pero Boyle le hizo ver con energía que era preferible que esperase allí la vuelta de los soldados, a lo que ella, cansada también por la larga caminata, accedió en seguida. Boyle, a pesar de haberse dado cuenta de la realidad, no creía que volviesen los asaltantes y sabía, por tanto, que la muchacha estaría segura.

Se dirigió a los matorrales más próximos, donde suponía con razón que los indios prepararon su emboscada y adonde primero se habían retirado, sin duda, con su botín. Esperaba encontrar señales o rastros del despojo que a causa de la prisa debieron abandonar. La suerte colmó sus esperanzas. Apenas

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había avanzado unos pasos por la maleza, encontró un testimonio que confirmaba sus lúgubres presentimientos: el cadáver de Foster. No lejos se encontraba el cuerpo del agente de Correos. Tanto uno como otro habían sido arrastrados a los matorrales desde el lugar en que cayeron, y allí estaban, escalpados y medio desnudos. No se veían señales de lucha. Seguramente estarían ya muertos cuando los llevaron hasta allí.

Boyle no era un hombre duro de corazón, pero tampoco excesivamente blando. Su profesión le había proporcionado suficientes peligros por tierra y por mar. Con frecuencia había prestado a otros su valiosa ayuda, sin que su buen humor le restase eficacia, rapidez y sentido común.

Sintió gran lástima por los dos hombres, y hubiera luchado por salvarlos. Pero como nunca fantaseaba con la muerte, su agudo sentido de la realidad le hizo reparar tan sólo en el aspecto grotesco que presentan muchas veces los que mueren violentamente. No se veían señales de agonía en las miradas perdidas de aquellos hombres, tendidos de espaldas, con la aparente indiferencia y bienestar de los borrachos, aspecto que realzaba su pelo desordenado y empapado en sangre coagulada, que había perdido ya su color rojo.

Al pensar en la muchacha que, sin sospechar la verdad de lo sucedido, aguardaba en el coche, arrastró los cadáveres hasta lo más espeso de los matorrales. Al hacerlo, encontró un revólver cargado y una botella de whisky debajo de sus cuerpos y, rápidamente, los guardó. Pocos pasos más allá estaban las codiciadas cajas de armas y municiones, con las tapas arrancadas y vaciado su contenido. Con una triste sonrisa comprobó que sus baúles de muestras habían sufrido idéntica suerte, pero tuvo la satisfacción de ver que, mientras las baratijas más brillantes habían despertado la infantil codicia de los indios, éstos no habían reparado en su grueso abrigo de piel de cordero que, sin ser caro, iba a prestarle ahora un útil servicio, pues serviría para proteger a miss Cantire del viento de la noche, que ya comenzaba a levantarse sobre la llanura fría y adusta.

También pensó que ella necesitaría agua después de su cansado viaje y decidió buscar un manantial. Encontró al fin su recompensa en un delgado chorro que descubrió no lejos del lugar de la emboscada. Pero no teniendo otro recipiente que la botella de whisky, vació su contenido, para llenarla de agua pura, un sacrificio heroico para un viajero que conocía bien los efectos reparadores de una bebida estimulante.

Rehízo el camino y, cuando estaba a punto de abandonar la espesura, su mirada alerta descubrió una sombra que se deslizaba delante de él, pegada a la

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tierra, lo cual hizo correr más de prisa la sangre en sus venas.

Era la figura de un indio que reptaba sobre sus manos y rodillas hacia el carruaje, a unas treinta yardas. Por primera vez en aquella tarde, el inquebrantable buen humor de Boyle fue reemplazado por una furia ciega. Pese a todo, no perdió la calma hasta el punto de olvidar que un disparo alarmaría a la muchacha, por lo que reservó la pistola para un caso extremo.

Durante unos instantes se arrastró tan silenciosamente como el salvaje y después, de un brusco salto, cayó sobre él, golpeando la cabeza y los hombros del adversario contra las peñas antes de que éste pudiera lanzar un solo grito. El cuchillo de escalpar que el indio sujetaba entre los dientes saltó cuando la mandíbula se aplastó contra las rocas. Boyle le sujetó y oprimió la espalda del indio con la rodilla, pero el salvaje no hizo más movimiento que una ligera contracción de las piernas. El golpe le había roto el cuello. Boyle dio la vuelta al inerte cuerpo. La cabeza se inclinaba hacia un lado como si se hubiera desprendido. En el mismo instante, Boyle reconoció al indio amigo en la estación, al que diera su tarjeta. Se levantó mareado. La reyerta había sido tan rápida que el único ocupante del coche no había advertido lo sucedido. Boyle amartilló instintivamente el revólver, pero el hombre que yacía no volvió a moverse. Entre los matorrales que le rodeaban no se advertía la presencia de ningún aliado del indio. Una vez más adivinó la verdad. Los asaltantes habían dejado atrás a aquel traidor y espía para que regresara a la estación y así se librara de sospechas. Él estuvo merodeando, pero, como no tenía armas de fuego, no se atrevió a atacar a los supervivientes mientras permanecieron juntos.

Boyle recobró en un momento su desbordante y habitual buen humor. Se fue al manantial, se lavó del indio, como con macabra expresión se dijo a sí mismo, se sacudió el polvo de la ropa, y recogió el abrigo y la botella para regresar al coche. Estaba oscureciendo, pero los tonos rojizos del cielo que se advertían por el oeste brillaban sin obstáculos a través de las ventanas. El silencio le asustó. Sin embargo, experimentó un gran alivio al abrir la puerta y ver a miss Cantire sentada, muy erguida, en un rincón.

—Siento haber tardado tanto —dijo, a modo de disculpa—, pero… —Supongo que se habrá tomado usted el tiempo que necesitaba —le

respondió ella en tono condescendiente—. No se lo reprocho, ya que cualquier cosa es preferible a quedarse encerrada en este aburrido coche durante Dios sabe cuánto tiempo.

—Fui a buscar agua —dijo él con humildad— y le he traído un poco.

Le entregó la botella.

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—Ya veo que se ha lavado usted —comentó ella con cierta envidia—. ¡Tiene usted un aspecto muy elegante! Pero ¿qué le pasa a su corbata?

Boyle se llevó la mano al cuello; la corbata estaba floja y en la reyerta se le había torcido. Se sonrojó por dos motivos: la sensibilidad de un hombre pulcro y esmerado y el temor a que ella descubriese la verdad.

—¿Y eso qué es? —indagó la muchacha señalando al abrigo.

—Una de mis muestras, que supongo sacaron del coche y quedó olvidada en el transbordo —explicó él—. Pensé que serviría para abrigarla a usted.

Ella le miró con expresión pensativa y lo puso a un lado alegremente. —¿No me irá usted a decir que va por ahí con cosas como ésta? —indagó

Julie en tono de broma.

—Pues sí —convino él con una sonrisa—. No deben perderse las oportunidades de comerciar, ¿no cree?

—Pues este viaje no le habrá resultado muy provechoso —observó ella—. Desde luego, vive usted por completo entregado a sus negocios. —Tras una pausa, añadió, descontenta—: Ya ha anochecido y no podemos seguir aquí, sentados en la oscuridad.

—Podríamos traer una de las lámparas del coche. Aún siguen ahí. Pensé que si dejásemos una fuera guiaría a nuestros amigos a encontrar el camino.

Así era. Boyle estaba convencido de que tanto la audacia del acto, como la certeza que tendrían los indios de la presencia de soldados en aquellos parajes, iba a contribuir a alejarlos del lugar en vez de atraerlos.

Julie se sintió reanimada en cuanto Boyle encendió la lámpara y la colocó dentro del coche. Con curiosidad, le observó bajo la luz. El rostro del viajante aparecía ligeramente encendido y sus ojos brillaban con viveza. El homicidio, cuando no lo practican manos avezadas y profesionales, tiene el inconveniente de que altera la circulación de la sangre. Pero miss Cantire había advertido que la botella olía a whisky, de lo cual sacó la errónea conclusión de que el pobre hombre había estado reconfortándose de las penalidades pasadas.

—Imagino que estará usted harto de tanto retraso —comentó ella reanudando la conversación.

—No lo crea —contestó él—. ¿Le gustaría jugar a las cartas? Llevo una baraja en el bolsillo. Podemos utilizar el asiento del centro como mesa y colgar la lámpara de la correa de la ventana.

Julie asintió sin entusiasmo desde el asiento trasero. Boyle ocupaba el de delante, dejando libre el del medio para que sirviera de mesa. Como principio hizo algunos juegos de manos con las cartas y logró despertar el interés de la

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muchacha con un jack que aparecía y se evaporaba como por arte de magia. A continuación jugaron algunas partidas, en las que miss Cantire hacía trampas con tan adorable candor que Boyle se dejó ganar mano tras mano sin sentir la más ligera molestia. Al fin, en un par de ocasiones, pareció como si ella se llevase las cartas a la boca para ocultar un bostezo y que los párpados comenzaran a pesarle. Boyle propuso entonces que se acomodase en un rincón del vehículo con tantos cojines como deseara, así como la despreciada chaqueta, mientras él tomaba el fresco nocturno, vigilando y aguardando el regreso de la patrulla. Al cabo de un rato, tuvo la satisfacción de comprobar que la muchacha se había dormido, con lo cual reanudó más tranquilo su ronda de centinela.

Cuando se hallaba a cierta distancia del coche pudo oír entre la maleza un lamento débil y lúgubre, que fue aumentando hasta romperse en un aullido prolongado. Otra voz, a lo lejos, en la sombría llanura, respondió del mismo modo. Boyle reconoció a los coyotes y comprendió al punto la repugnante causa del alboroto: las alimañas habían olfateado los cadáveres y él se culpaba por haber dejado a su víctima tan cerca del coche.

Cuando iba a retirarla, se oyó un nuevo grito, ahora humano y crispado de terror. La portezuela del carruaje se abrió y por ella salió como una exhalación miss Cantire, con el rostro demudado, los ojos agrandados por el pánico y su esbelta figura agitada por un convulsivo temblor. Corrió hacia Boyle, y se aferró con desesperación a las solapas de su chaqueta, como si en ella quisiera esconderse. Con voz entrecortada decía:

—¿Qué es eso? Sálveme, míster Boyle.

—Son coyotes —la tranquilizó él—, pero no hay peligro alguno. Nunca la atacarán a usted. Está muy segura en su asiento. Permítame que la acompañe otra vez al coche.

Pero ella permaneció en el mismo sitio, como pegada a él, aferrándose con desesperación a su chaqueta.

—No, por favor —rogó—. No puedo. Oí en sueños aquel horrible grito, abrí los ojos y, de pronto, vi aquel monstruo con sus ojos amarillos y la lengua colgando. Hasta sentí su repugnante aliento cuando se metía entre las ruedas de la diligencia. ¡Dios mío! ¿Qué es eso?

Presa nuevamente de un terror nervioso, se apretó contra él. Boyle, rápido, firme y dominando la situación la rodeó con el brazo. Al sentirse protegida, ella cedió a su presión, agradecida mientras dejaba escapar un sollozo.

—No hay nada que temer —repitió Boyle con tranquilidad—. Ya sé que no resulta agradable encontrarse con los coyotes, pero no la hubieran atacado.

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Es probable que ese animal que vio usted haya olfateado alguna carroña en la llanura. Seguro que le asustó usted más a él que él a usted. Apóyese en mí — invitó al observar que su paso vacilaba—. Estará más cómoda en el coche.

—¿Y no me dejará sola? —rogó Julie con terror.

—Seguro que no.

Sin soltarla, la condujo hasta el vehículo con sosiego, con gentileza, como dueño de ella y más aún de sí mismo, pese a que el hermoso cabello suelto de la muchacha le rozaba la cara y le caía sobre el hombro, a pesar de que su perfume le embriagaba y de que sentía el cuerpo esbelto y perfecto de Julie apoyado en el suyo. La ayudó a entrar en la diligencia. Con ayuda de los cojines y del chaquetón preparó un lecho en el asiento trasero. Después, pacientemente se sentó en el que le correspondía. Poco a poco volvió el color al rostro de la muchacha o, por lo menos, a la parte que su pañuelo no ocultaba.

La voz trémula de la muchacha, amortiguada detrás del pañuelo, intentó dar unas excusas:

—Estoy avergonzada, mister Boyle. No pude evitarlo. Fue todo tan repentino y tan horrible. No hubiera tenido miedo de tratarse de un indio con un cuchillo de escalpar, en vez de aquella fiera. No sé por qué lo hice; pero me encontraba sola y me parecía estar muerta, que usted también estaba muerto y que venían a devorarme, pues ya sabe que lo hacen, como usted mismo ha dicho. Quizá estuviera soñando. No sé qué va a pensar de mí. Ni yo misma sabía que fuera tan cobarde.

Boyle protestó indignado. Tenía la seguridad de que si estuviese dormido y no supiese de antemano que se trataba de coyotes, también él se hubiera asustado. Miss Cantire debía intentar dormir. Estaba seguro de que lo conseguiría, y él no iba a moverse del coche hasta que ella se despertase o regresaran sus amigos.

La muchacha, tranquilizada, retiró el pañuelo de la boca, aquella boca que volvía a sonreír aunque todavía temblase un poco. La reacción no se hizo esperar: sus fatigados nervios le proporcionaron, primero, languidez, y después, reposo. Boyle contemplaba cómo las sombras se iban intensificando alrededor de sus oscuras pestañas hasta que se apoyaron en el débil rubor que el sueño devolvía a sus mejillas. Sus finos labios se entreabrieron y, al fin, su respiración adquirió el ritmo sosegado del sueño.

Mientras ella dormía, Boyle, sentado enfrente, soñaba el antiguo sueño que los hombres buenos y honestos se permiten una vez en la vida. No se movió casi hasta que el alba con su luz opalina inundó la monótona llanura,

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devolviéndole los contornos del horizonte y la claridad. Sólo entonces despertó Boyle de su sueño, primero con un suspiro, luego con una risa. En aquel instante oyó el sonido de cascos lejanos, que le hicieron abandonar el coche en silencio. Un grupo de jinetes venía a su encuentro. Boyle les salió al paso y, alzando una mano, los detuvo a cierta distancia del carruaje. Ellos deshicieron el compacto grupo que formaban, con lo que se pudo revelar que eran unos doce soldados y un elegante oficial, tan joven como un cadete.

—Si buscan a miss Cantire —dijo Boyle en tono tranquilo y objetivo—, está a salvo en el coche, y dormida. No sabe una palabra de lo ocurrido. Cree que ustedes han vaciado la diligencia en previsión de un ataque indio. Ha tenido una noche bastante agitada, a causa del cansancio y del susto que le han dado los coyotes. He creído preferible ocultarle la verdad mientras fuera posible, por lo que les aconsejo que se la hagan saber poco a poco.

Sin palabras inútiles les refirió sus aventuras, omitiendo tan sólo su encuentro personal con el indio. Un nuevo orgullo, consecuencia tal vez de su secreto sueño, se lo impidió.

El joven oficial le contempló con toda la deferencia que podía demostrarle a un paisano que se mezclaba en operaciones militares.

—Estoy seguro —dijo cortésmente— de que el mayor Cantire le quedará muy reconocido cuando lo sepa. Y como nos proponemos enganchar inmediatamente para devolver el coche a la estación de Sage Wood, tendrá usted ocasión de contárselo personalmente.

—Yo no iré con ustedes a Sage Wood —respondió Boyle sin alterarse—. En esta excursión ya he perdido diez horas, así como mi baúl, y creo que lo menos que el mayor Cantire puede hacer es prestarme un caballo del ejército para llegar a la próxima estación a tiempo de alcanzar la otra diligencia. Lo conseguiré si me pongo en camino inmediatamente.

Boyle oyó su nombre, precedido del familiar Dicky, que el sargento, amigo suyo, le daba al oficial, seguido de las palabras “buhonero de Chicago”. Al oír éstas, una imperceptible sonrisa animó el grupo.

—Está bien, señor —decidió el oficial con una familiaridad algo menos respetuosa que su anterior actitud—. Puede usted llevarse un caballo, pues me temo que los indios se han apoderado de sus muestras. Dele una montura, sargento.

Los dos hombres se dirigieron a la diligencia. Boyle se detuvo un momento junto a la ventana para mostrarle la figura de miss Cantire, dormida aún apaciblemente sobre un montón de cojines, y luego se alejó con calma.

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Poco después galopaba en el caballo de uno de los soldados a través de la desolada llanura.

Miss Cantire despertó al cabo de un rato, al oír una voz familiar, para encontrarse con figuras que conocía. Pero las primeras palabras que le dirigió el joven oficial, un breve relato de la persecución de los indios y la recuperación de las armas, aunque omitiendo el asesinato de Foster y del agente de Correos, hicieron cambiar su alegre expresión y formar una arruga en su linda frente.

—Mister Boyle no me dijo una sola palabra de todo eso —exclamó alarmada—. ¿Dónde está?

—Camino de la próxima estación, en uno de nuestros caballos. Quería alcanzar la otra diligencia sin duda para conseguir una nueva caja de muestras, ya que los indios se han adornado con sus cintas y sus lazos. Dijo que en esta excursión ya había perdido bastante tiempo —añadió riendo el oficial—. Es un comerciante listo ese tipo. Confío en que no la habrá aburrido.

Miss Cantire se dio cuenta de que se le enrojecían las mejillas y se mordió los labios.

—Me ha resultado muy amable y delicado, mister Ashford —respondió fríamente—. Pudo haber creído que la escolta debiera haber alcanzado el coche un poco antes, evitando así todo lo que ha ocurrido; pero es demasiado caballeroso para decirme nada de eso —añadió en tono seco, alzando ligeramente su aquilina nariz.

Sin embargo, las últimas palabras de Boyle la habían herido en lo más vivo. ¡Marcharse tan de prisa, sin despedirse ni preguntarle qué tal había dormido! Ciertamente que había perdido tiempo, estaba cansado de su compañía y pensaba en sus preciosas muestras mucho más que en ella. Al fin y al cabo, era muy propio de él correr tras un pedido.

Estuvo a punto de volver a llamar al oficial para contarle cómo Boyle había analizado su indumentaria. Pero mister Ashford parecía entonces muy interesado, junto con sus hombres, en una roca cubierta de arbustos, que se hallaba a poca distancia del coche, lo bastante cerca para que ella pudiese oír lo que hablaban.

—Juraría que ayer no había aquí ningún indio muerto. Lo exploramos todo, y con luz del día, buscando rastros. A este indio lo han matado durante la noche. Es muy propio de Dick Boyle haberlo hecho, teniente, y también callárselo para no asustar a miss Cantire. Boyle sabe muy bien cuándo ha de tener la boca cerrada y cuándo debe abrirla.

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Miss Cantire regresó a su rincón al ver que el oficial se dirigía al coche. Súbitamente había comprendido lo que sucediera la víspera: la larga ausencia de Boyle, su rostro encendido, su corbata torcida y su forzado buen humor. Quedó anonadada, estupefacta, inquieta… y llena de admiración. ¡Y tal héroe había estado sentado delante de ella, guardando silencio durante toda la noche!

—¿Dijo algo mister Boyle de un ataque de los indios la noche pasada? — indagó Ashford—. ¿Oyó usted algo?

—Sólo el aullido de los coyotes —respondió miss Cantire—. Mister Boyle se ausentó por dos veces.

También ella era muy parca en palabras, como si deseara imitar al héroe ausente.

—Ahí hay un indio muerto. Lo han matado… —comenzó a decir el oficial.

—Por favor, mister Ashford, ni una palabra más —le interrumpió Julie— y marchémonos cuanto antes de este horrible sitio. Enganche los caballos, por favor. No puedo soportarlo por más tiempo.

Pero los caballos ya estaban enganchados y montados por los soldados. El vehículo se disponía a partir cuando miss Cantire gritó:

—¡Esperen!

Al llegar Ashford a la puerta, la muchacha estaba de rodillas examinando el piso del coche.

—¡Vaya por Dios! He perdido una cosa. Debió caérseme por el camino — exclamó sin aliento y con las mejillas encendidas—. Deberán esperar a que vaya a buscarla. No tardaré. Pero ya sabe que no tengo prisa.

Mister Ashford contempló absorto a miss Cantire, mientras ésta, como una colegiala, saltaba del coche y echaba a correr por el sendero que la tarde anterior recorriera en compañía de Boyle. No había andado mucho, cuando encontró las flores marchitas que ella le obligara a tirar.

“Debe ser por aquí”, se dijo. De pronto, dio un grito de júbilo y recogió la tarjeta que Boyle le había mostrado. Después, echó una mirada furtiva en derredor y, eligiendo una ramita de mirto del ramillete, la ocultó bajo su manto y regresó a toda prisa, muy contenta, al carruaje.

—Gracias. Muy bien, ya lo he encontrado —informó a Ashford con una sonrisa radiante.

Nada más entrar en el coche, la comitiva emprendió la marcha. Miss Cantire, a solas en su retiro, sacó el mirto del manto y envolviéndolo cuidadosamente con su pañuelo lo guardó en el bolso. Después cogió la

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tarjeta, leyó una y otra vez los datos e informes que contenía, examinó los bordes manchados, los cepilló con esmero y la sostuvo unos instantes en la mano con mirada distraída. Luego se la llevó a los labios, la enrolló muy despacio y, desabrochando un corchete, la guardó en el seno.

Mientras tanto, Dick Boyle cabalgaba hacia la lejana estación, ignorando que el primer paso para que se cumpliera su disparatado sueño ya se había dado.

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LA FE DE LOS HOMBRES

JACK LONDON

M ira, lo que podíamos hacer es jugar un poco —propuso uno de aquellos dos hombres.

—No está mal —respondió el otro, volviéndose hacia un indio que, en un rincón de la choza, remendaba unos zapatos para la nieve—. Oye, Billebedam, ve, como un buen muchacho, a la cabaña de Oleson, a pedirle que nos preste el cubilete de dados.

El inesperado encargo, hecho después de una conversación sobre dinero y víveres, sorprendió a Billebedam. Además estaban en las primeras horas de la mañana, y nunca había visto que hombres de la categoría de Pentfield y Hutchinson jugaran a los dados hasta después de concluida la jornada de trabajo. Pero cuando se puso los mitones y se encaminó a la puerta, su rostro aparecía tan impasible como el de todos los indios del Yukón.

Pese a que ya eran las ocho, fuera aún reinaba la oscuridad y la cabaña estaba iluminada por una vela de sebo clavada en una vacía botella de whisky que se encontraba sobre una mesa de pino, entre un revoltijo de sucios platos de estaño. El sebo de innumerables bujías había goteado por el largo cuello de la botella, endureciéndose hasta formar un glaciar en miniatura. La pequeña habitación presentaba idéntico desorden que la mesa: en un extremo, junto a la pared, había dos literas, una sobre la otra, con las mantas revueltas, tal como las dejaron sus ocupantes al levantarse.

Tanto Lawrence Pentfield como Corry Hutchinson eran millonarios, aunque no lo pareciesen. Nada de extraordinario había en ellos, que hubieran podido pasar por unos simples madereros de cualquier campamento de Michigan. Sin embargo, en la oscuridad exterior donde se abrían unos agujeros en el suelo, había muchos hombres ocupados en extraer barro, arena y oro, que otros hombres, que cobraban quince dólares diarios, iban separando. En cada jornada de trabajo se recogía oro por valor de miles de

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dólares y se subía a la superficie, todo lo cual pertenecía a Pentfield y Hutchinson, quienes figuraban entre los más ricos de Bonanza.

Pentfield rompió la pausa que siguió a la salida de Billebedam, amontonando aún más los platos sucios de la mesa y repiqueteando con los nudillos en el espacio desocupado. Hutchinson, pensativo, despabiló la vela, que humeaba, y restregó entre el pulgar y el índice la ennegrecida torcida.

—¡Por Jove, quisiera que pudiéramos irnos los dos! —exclamó de pronto —. Así, iba a resolverse todo.

Pentfield le miró, sombrío:

—Si no fueses tan testarudo ya estaría resuelto de todas maneras. Lo que debes hacer es marcharte cuanto antes. Yo me quedaré al cuidado de la mina hasta el año próximo, en que podré irme a mi vez.

—¿Y por qué he de ser yo el primero? Nadie me espera… —Tu familia —le interrumpió Pentfield, con aspereza.

—Igual que a ti —replicó Hutchinson—. Te espera una muchacha, no lo olvides.

Pentfield se encogió de hombros:

—Creo que puede esperar.

—Lo está haciendo desde hace dos años.

—Por uno más no va a envejecer hasta el punto de que no pueda reconocerla.

—Serán ya tres años. Piénsalo bien; tres años en este rincón del mundo, en este maldito lugar.

Hutchinson alzó el brazo con un sordo gruñido.

Era algunos años más joven que su socio (que sólo tenía veintiséis), y en su rostro había la seriedad de los hombres que desean obstinadamente todas las cosas de las que se han visto privados durante mucho tiempo. Idéntica seriedad se encontraba en el rostro de Pentfield, quien a su vez dejó oír un gruñido mientras se encogía de hombros.

—Anoche soñé que estaba en casa de Zinkand —dijo—. Sonaba música, tintineaban los vasos, se oían murmullos de voces y risas de mujeres, y yo pedía huevos; sí, señor, huevos fritos, cocidos, pasados por agua, revueltos y de todas las maneras, y me los comía en cuanto llegaban.

—Yo hubiera pedido ensaladas y verduras —opinó Hutchinson con avidez—, cerveza fresca y cebollas tiernas y rábanos de esos que crujen al morderlos.

—Yo seguramente también, después de los huevos, si no llego a despertarme —replicó Pentfield.

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Tomó del suelo un banjo lleno de remiendos, para arrancarle algunas notas sueltas y discordantes.

Hutchinson parpadeó, mientras suspiraba tristemente.

—¡Cállate! —estalló de pronto furioso cuando el otro atacó una alegre tonada—. Me vuelve loco. No puedo resistirlo.

Pentfield echó el banjo en una litera y recitó:

Oye mi charla, que el más débil no iba a confesar: ¡Yo soy el Recuerdo y el Tormento… Yo soy la Ciudad! ¡Yo soy lo que acompaña al traje de noche!

El otro se revolvió en el asiento, y echó la cabeza hacia adelante hasta apoyarla en la mesa. Pentfield continuó el monótono tamborileo con los nudillos. Un fuerte ruido junto a la puerta les llamó la atención. La helada iba invadiendo el interior cual blanca sábana; Pentfield comenzó a tararear:

Los rebaños están reunidos, los árboles desnudos; el salmón se encamina hacia el mar.

Y, ¡oh hermosa!, yo quisiera poder, en algún sitio, junto a ti, mi corazón albergar

Se hizo un silencio, que no interrumpieron hasta que llegó Billebedam y puso el cubilete de los dados encima de la mesa.

—Montón frío —explicó—. Oleson ha hablado conmigo y ha dicho que Yukón helado esta noche.

—¡Ya ves, viejo! —exclamó Pentfield dándole a su amigo una palmada en el hombro—. Quien gane, mañana, a estas horas, puede estar camino de la tierra bendita.

Tomó el cubilete, haciendo sonar los dados.

—¿Qué va a ser?

—Echa los dados de una vez —invitó Hutchinson.

Pentfield apartó con estrépito los platos de la mesa. Ambos miraban ansiosamente. La jugada fue sin un par y con cinco puntos.

—Mala tirada —gruñó Pentfield.

Después de mucho pensarlo, Pentfield recogió los cinco dados y volvió a meterlos en el cubilete.

—Si fuera tú, yo apostaría por el cinco —dijo Hutchinson.

—No, no ibas a hacerlo si vieses lo que vas a ver —replicó Pentfield, y echó los dados.

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Tampoco en esta ocasión hubo parejas, corriendo sin interrupción del dos al seis.

—¡Otra vez! —masculló—. Tu juego no vale, Corry. Así no puedes perder.

Hutchinson reunió los dados sin decir palabra, los agitó y los lanzó sobre la mesa con un molinete, comprobando que también había sacado seis puntos.

—Quiero hacerlo mejor que tú —dijo mientras cogía cuatro de ellos, y, tras agitarlos dentro del cubilete, hizo otra jugada de seis—. Ahora te gano.

Los dados rodaron dos, tres, cuatro y cinco veces… y continuó jugando, ni mejor ni peor que Pentfield.

Hutchinson suspiró.

—Esto no volverá a suceder ni en un millón de veces —dijo.

—Ni en un millón de vidas —añadió Pentfield tomando a su vez los dados para lanzarlos con presteza.

Aparecieron tres cincos, y a la segunda jugada obtuvo otro más. A Hutchinson no parecía quedarle ninguna esperanza.

Pero en su primera jugada salieron tres seises. Los ojos de Pentfield se nublaron de duda, mientras que en los de Hutchinson brillaba la esperanza. Aún le quedaba una jugada. Otro seis, e iba a cruzar el hielo hacia el agua salada y los Estados Unidos.

Agitó los dados en el cubilete, hizo como si fuese a tirarlos, titubeó y siguió agitándolos.

—¡Vamos! No puedes pasarte así toda la noche —recordó Pentfield con rudeza.

Sus esfuerzos para dominarse eran tan grandes, que clavaba las uñas en la mesa.

Los dados rodaron, y salió otro seis. Los dos hombres quedaron con la vista fija en él. Hubo largo silencio, Hutchinson miró disimuladamente a su socio, quien, pese a no demostrarlo, lo notó, y contrajo los labios en un intento de mostrarse indiferente.

Hutchinson, al levantarse, se reía de un modo nervioso e inseguro. En este caso, resultaba más desairado ganar que perder. Se aproximó a su socio, que se revolvió hacia él, agresivo:

—Deja, ahora no me hables, Corry. Sé todo lo que vas a decirme: que preferirías quedarte y que me fuese yo, y todo lo demás, así que cállate. Tienes que ver a los tuyos en Detroit, y es lo que importa. Además, tú puedes hacer por mí lo que yo pensaba hacer de haberme ido.

—¿Quieres decir…?

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Pentfield leyó la pregunta completa en los ojos de su socio, y respondió:

—Sí, exacto. Tú vas a traérmela. La única diferencia será que la boda va a

celebrarse en Dawson en vez de en San Francisco.

—¡Pero Lawrence! —protestó Hutchinson—. ¿Cómo se te ocurre que yo pueda traerla? No es que seamos hermanos. Además, no la conozco, y no iba a ser muy correcto que viajásemos juntos. Ya sé que no hay en eso nada malo, pero piensa en lo que dirá la gente.

Pentfield masculló unos juramentos, afirmando que tales preocupaciones sólo contaban en regiones menos frías que Alaska.

—Ahora, si quieres escucharme —dijo Hutchinson—, comprenderás que lo único que puede hacerse en estas circunstancias es que seas tú el que se vaya ahora, y así, el año que viene podré yo hacer una escapada. Pentfield movió la cabeza, aunque le dominaba la tentación.

—No quiero, viejo amigo; agradezco tu delicadeza, pero no quiero. Me avergonzaría cada vez que recordase que estás enterrado en este infierno.

De pronto, tuvo una idea. Comenzó a hurgar en su litera, revolviéndolo todo con impaciencia, hasta encontrar papel y lápiz, y sentándose a la mesa, se puso a escribir con rapidez.

—Toma —dijo, entregando a su socio la carta que acababa de garrapatear

—. Dale esto y se arreglará todo.

Hutchinson la recorrió con la vista y se la guardó.

—¿Crees que su hermano aceptará hacer este maldito viaje hasta aquí? — indagó.

—Lo hará por mí… y por su hermana —repuso Pentfield—. No me fiaría si viniese él solo con la chica, porque es un novato, pero, contigo, va a resultar un viaje fácil y seguro. Tan pronto como llegues, te presentas en su casa y la preparas. Luego puedes continuar el viaje hacia el este para ver a los tuyos, y en la primavera, ella y su hermano estarán dispuestos para acompañarte. Sé que va a gustarte en cuanto la trates; la conocerás nada más echarle la vista encima.

Mientras hablaba abrió la tapa posterior de su reloj para mostrarle el retrato de una muchacha pegado en el interior de la caja. Corry Hutchinson la contempló con admiración.

—Se llama Mabel —continuó Pentfield—. También conviene que sepas encontrar la casa. Nada más llegar a San Francisco, tomas un coche y le dices al cochero: “Holmes Place, Myrdon Avenue”. Ni creo necesario lo de Myrdon Avenue. Todo el mundo sabe dónde vive el juez Holmes. Oye —continuó

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Pentfield tras una pausa—, no estaría de más que me procurases alguna de esas cosas que…, ejem…

—Que un hombre casado necesita para su casa —le interrumpió Hutchinson, sonriendo.

Pentfield rió a su vez.

—Exacto, servilletas, manteles, sábanas, fundas de almohada y cosas parecidas. Y cómprame una buena provisión de vajilla. Ya comprenderás que ella no puede ocuparse de todo eso. Mándalo con el vapor que hace la travesía por el mar de Behring. ¿Y qué opinas de un piano?

Hutchinson aprobó la idea calurosamente. Se habían desvanecido sus escrúpulos y aceptaba la misión con entusiasmo.

—¡Por Jove, Lawrence! —dijo al final, cuando ambos se ponían de pie—. Traeré a tu novia igual que si fuera una princesa. Yo guisaré y cuidaré de los perros, y el hermano no tendrá otra preocupación que asegurarse de que ella va cómoda, y procurarle las cosas que a mí se me olviden. Y te aseguro que olvidaré las menos posible.

Al día siguiente, Lawrence Pentfield estrechó la mano de su socio por última vez y le vio correr con los perros el helado Yukón, hacia el mar y hacia el mundo. Pentfield se volvió a su mina de Bonanza, que ahora le resultaba más horrible; y se dispuso a hacer frente al largo invierno. Allí había mucho trabajo, debía vigilar a los hombres, dirigir las operaciones y ocuparse del pago de los obreros; pero no ponía el corazón en el trabajo ni en cosa alguna, hasta que sobre la colina de detrás de la mina empezaron a levantarse las hileras de troncos de una nueva cabaña. Era espaciosa y abrigada, dividida en tres cómodas habitaciones. Cortaban y ajustaban cada tronco a mano: un capricho caro, teniendo en cuenta que los operarios ganaban quince dólares diarios, pero a él nada le parecía demasiado cuando se trataba de la casa que debía habitar Mabel Holmes.

Así, cada mañana iba a echar un vistazo a las obras de la cabaña, cantando: “Y, ¡oh hermosa!, yo quisiera poder, en algún sitio, — junto a ti mi corazón albergar”. Clavado en la pared, sobre la mesa de su cuarto, Pentfield tenía un calendario, y, al levantarse, lo primero que hacía era arrancar la hoja del día anterior y contar los que faltaban para que llegase la primavera y, con ella, Mabel, deslizándose velozmente por el Yukón helado. Otro capricho suyo era no permitir que nadie durmiese en la nueva cabaña de la colina. Quería que, cuando Mabel la ocupara, estuviese tan intacta como la madera con que la habían construido; y, al terminar las obras, cerró la puerta con un candado. Nadie sino él entraba allí, y dentro solía pasarse largas horas,

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saliendo después con el rostro encendido y brillándole los ojos de alegría y entusiasmo.

En diciembre, recibió una carta de Corry Hutchinson. Acababa de conocer a Mabel Holmes, y convenía en que la adornaban todas las cualidades para ser la perfecta esposa de Pentfield. Las cartas se sucedieron con breves intervalos, y a veces, cuando el correo se retrasaba, llegaban dos o tres juntas, todas ellas en el mismo tono: Corry acababa de llegar de Myrdon Avenue; Corry se iba a Myrdon Avenue; o Corry se encontraba en Myrdon Avenue. Y su estancia en San Francisco se prolongaba, sin siquiera mencionar el viaje a Detroit.

Pentfield comenzó a pensar que su socio, que tenía la familia en el este, se quedaba mucho tiempo junto a Mabel Holmes. A veces, se sorprendía al darse cuenta de que esto le preocupaba, pero se hubiese preocupado más de no conocer tan bien a Mabel y a Corry. Por otra parte, las cartas de la muchacha mencionaban a Hutchinson. Al mismo tiempo, revelaban una especie de miedo, muy parecido a la falta de amor, con cuanto se relacionaba con el viaje por el hielo y la boda en Dawson. Pentfield procuraba animarla riéndose de sus temores, que él suponía simple precaución ante los riesgos y las privaciones, más que subterfugios de mujer.

Pero el interminable invierno y la fastidiosa espera, tras otros dos largos inviernos anteriores, habían hecho mella en él. La dirección de los trabajos y la ocupación de pagar a los hombres no bastaban para romper el tedio de la jornada, y a fines de enero comenzó a hacer algunos viajes a Dawson, donde durante unas horas, junto a las mesas de juego, podía olvidarse de su situación. Deseando perder, ganaba, y la suerte de Pentfield llegó a ser proverbial entre los jugadores de faraón.

Esta suerte se mantuvo hasta la segunda semana de febrero. Es difícil saber si hubiese durado más, ya que no volvió a jugar nunca. Ocurrió en la Opera House y en un momento en que a todos les parecía imposible que apostara por una carta sin hacerla ganar. En el silencio que sucedió al final de una de sus jugadas, mientras el croupier barajaba, Nick Inwood, que tenía la banda, comentó sin que viniera a cuento:

—Te aseguro, Pentfield, que tu socio lo está pasando muy bien fuera de aquí.

—Es lógico que Corry se divierta —repuso Pentfield—. Se lo tiene bien ganado.

—Sobre gustos no hay nada escrito —añadió riendo Nick Inwood—, pero me resulta difícil llamarle diversión al matrimonio.

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—¡Corry casado! —exclamó Pentfield sin poder creerlo, pero mucho más alarmado de lo que él mismo reconocía.

—Seguro —prosiguió Inwood—, lo leí en el periódico de San Francisco que llegó esta mañana.

—Bien, ¿y quién es ella? —indagó Pentfield con esa impaciente fortaleza que adoptamos ante lo inesperado, presintiendo, al mismo tiempo, que van a reírse a costa nuestra.

Nick Inwood sacó un periódico del bolsillo y empezó a recorrerlo mientras decía:

—No tengo buena memoria para los nombres, pero creo que es algo así como Mabel… Mabel… ¡Ah, sí!, aquí está… Mabel Holmes, hija del juez Holmes…, muy conocido en su casa.

Lawrence Pentfield no se alteró, aunque le extrañase, que ningún hombre del norte supiera a quién se referían. Paseó fríamente la mirada por los rostros que le rodeaban, tratando de descubrir algún indicio de la broma que le gastaban; pero aparte de una sana curiosidad, nada revelaban aquellos semblantes. Después se encaró con el de la banca, y le dijo en tono frío y sereno:

—Inwood, apuesto quinientos a que cuanto acabas de decir no está en el periódico.

El otro le miró entre burlón y sorprendido:

—Vete a paseo, muchacho, no me hace falta tu dinero.

—Lo suponía —dijo Pentfield con impertinencia, volviendo al juego y apostando a dos cartas.

Nick Inwood se sonrojó, como si dudara de su memoria, y releyó detenidamente la cuarta parte de una columna impresa.

Luego se volvió hacia Lawrence Pentfield.

—Mira, chico —dijo rápidamente, con ademán nervioso—. Eso no lo puedo consentir.

—¿Consentir, qué? —preguntó Pentfield con sequedad.

—Diste a entender que mentía.

—Nada de eso —repuso el otro—. Sólo imaginé que se trataba de una broma pesada.

—¡Jueguen, señores! —invitó el de la banca; y dirigiéndose a Pentfield, insistió—: Pues te digo que es cierto.

—Y yo he dicho que apuesto quinientos a que en el periódico no viene nada —contestó Pentfield, colocando al mismo tiempo un pesado saco de polvo de oro encima de la mesa.

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—Siento quedarme con tu dinero —replicó Inwood pasándole el periódico.

Pentfield lo vio, pero no podía darle crédito. Echó una ojeada al título: “EL JOVEN HUTCHINSON HA LLEGADO DEL NORTE”. Recorrió de prisa el artículo, hasta encontrar reunidos los nombres de Mabel Holmes y Corry Hutchinson, y entonces leyó el encabezamiento de la página. Era un periódico de San Francisco.

—Tuyo es el dinero, Inwood —advirtió con risa cortante—. Este socio mío nunca dice lo que piensa hacer.

Luego, volvió al artículo y lo leyó palabra por palabra, lenta y detenidamente. No cabía la menor duda: Corry Hutchinson se había casado con Mabel Holmes. Le describían como “uno de los potentados de Bonanza, socio de Lawrence Pentfield (a quien la sociedad de San Francisco no había olvidado aún), e interesado con este caballero en otras ricas propiedades del Klondike”. Más adelante y hacia el fin, leyó: “Se rumorea que mister y mistress Hutchinson, tras una breve visita al este, a Detroit, harán su verdadero viaje de novios por la deliciosa región del Klondike”.

—Vuelvo en seguida, guárdame el sitio —dijo Pentfield levantándose y cogiendo el saco que había servido para la apuesta, y que quedaba aligerado de quinientos dólares.

Bajó por las calles y compró un periódico de Seattle. Contenía la misma información, aunque algo más resumida. Corry y Mabel se habían casado sin duda alguna. Pentfield regresó a la Opera House y ocupó de nuevo su sitio en la partida. Pidió cambiar cierta cantidad.

—Tratas de recuperar lo perdido —comentó Nick Inwood riendo, al tiempo que asentía con un gesto—. Iba a marcharme a un asunto, pero creo que me quedaré para ver cómo ganas.

Eso le ocurrió a Lawrence Pentfield al cabo de dos horas de bucear en la suerte, cuando Nick, cortando con los dientes la punta de otro cigarro y encendiendo una cerilla, advirtió que la banca había quebrado. Pentfield cobró por valor de cincuenta mil dólares, estrechó la mano de Nick, y decidió que aquélla era la última vez que participaba en ninguna clase de juego.

Nadie supo, ni sospechó siquiera, que había sufrido un duro golpe. En su actitud no había ningún cambio aparente. Cuando leyó la noticia de la boda en un periódico de Portland, se esforzó en su trabajo con más ahínco que nunca. Después fue a visitar a un amigo, a quien encargó del cuidado de la mina, y partió por el Yukón detrás de sus perros. Continuó por el camino de Salt Water, hasta alcanzar el White River, que fue bordeando. Cinco días más

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tarde llegó a un campamento de cazadores indios. Por la noche hubo una fiesta, y él ocupó el sitio de honor junto al jefe; y al día siguiente por la mañana hizo que de nuevo los perros tomaran la dirección del Yukón. Pero ya no viajaba solo. Aquella noche una muchacha india dio la comida a los perros y le ayudó a plantar la tienda. De niña, la había mordido un oso y cojeaba ligeramente. Se llamaba Lashka, y, al principio desconfiaba de aquel hombre blanco tan extraño, que, llegado de lo desconocido, se había casado con ella sin casi dirigirle una mirada, ni la palabra, y ahora regresaba hacia lo desconocido con ella.

Pero a Lashka le cupo mejor suerte que a la mayoría de las muchachas indias que, en el norte, se casan con hombres blancos. Nada más llegar a Dawson, solemnizaron a la moda del hombre blanco, ante un clérigo, el bárbaro matrimonio que les había unido. Desde Dawson, que para ella fue algo así como un maravilloso sueño, se fue directamente a sus posesiones de Bonanza, e instaló a la squaw en la cabaña de troncos tallados de la colina.

La indignación que provocó este acontecimiento no fue tanto por el hecho en sí, a causa de la mujer que Lawrence Pentfield había elegido, cuanto por la ceremonia con que legitimaron la unión. Precisamente la sanción del matrimonio era lo que sobrepasaba la comprensión de aquella gente. Pero nadie molestó por esta causa a Pentfield. Mientras la extravagancia de un hombre no hiere directamente a la sociedad, la sociedad se contenta con dejarle en paz; pero a Pentfield no le negaron la entrada en las cabañas de los hombres que tenían esposas blancas. La ceremonia matrimonial evitaba que le considerasen igual que un indio, poniéndole a salvo de todo reproche moral.

Pero había hombres que ponían en duda su buen gusto en lo que a mujeres se refería.

Ya no llegaron más cartas de fuera. En el Big Salmon se habían perdido seis trineos, cargados de correspondencia. Además, Pentfield sabía que Corry y su mujer entonces se encontraban por el camino, en el supuesto de que estuvieran realizando su viaje de novios…, el viaje de novios con el que para sí había estado soñando durante dos años horribles. Al pensarlo, sus labios se replegaron en un gesto de amargura; pero la única manifestación que hizo fue mostrarse más afectuoso con Lashka.

Había pasado marzo, y abril tocaba a su fin, cuando, cierta mañana de primavera, Lashka pidió permiso para ir a la cabaña de Siwash Pete, a varias millas río abajo. La mujer de Siwash Pete, una india de Stewart River, había avisado que su hijito no estaba bien, y Lashka, que tenía pasión por los niños y a la que se consideraba muy entendida en materia de enfermedades

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infantiles, no perdía ninguna oportunidad de prestar sus cuidados a los niños de otras mujeres más afortunadas que ella.

Pentfield preparó los perros, y con Lashka, sentada detrás, emprendió el camino por el sinuoso lecho del Bonanza. La primavera se cernía en el aire. La dentellada del frío no era tan cortante a pesar de que la nieve seguía cubriendo la tierra; el murmullo y el gotear del agua indicaban que el invierno comenzaba a soltar su presa. El fondo del sendero era quebradizo, y aquí y allí el camino daba un rodeo, evitando agujeros recién abiertos. En un punto demasiado estrecho para dos trineos, Pentfield oyó el sonido de unas campanillas y detuvo a los perros.

Un tiro de canes de aspecto cansado apareció por el declive, arrastrando un trineo con una carga excesiva. Junto a la lanza iba un hombre, que le era familiar a Pentfield, y detrás caminaban dos mujeres. Pentfield bajó y esperó. Se alegró de que le acompañase Lashka. Se dijo que el encuentro, aun habiéndolo preparado, no hubiese podido resultar mejor. Y mientras esperaba, se preguntaba qué le dirían, qué iban a poder decirle. A ellos tocaba dar explicaciones y él estaba dispuesto a escucharles.

Cuando estuvieron frente a frente, Corry le reconoció y detuvo los perros.

Le tendió la mano con un:

—¡Hola, viejo!

Pentfield la estrechó, pero sin calor y en silencio. Mientras, llegaron las dos mujeres, y se dio cuenta de que una de ellas era Dora Holmes. Se despojó de la gorra de piel, cuyas orejeras llevaba sueltas, le estrechó la mano y luego volvió hacia Mabel. Ella se adelantó, espléndida y radiante, pero no se atrevió a aceptar la mano que él le ofrecía. Pentfield quiso decir: “¿Cómo está usted, mistress Hutchinson?”. Pero sin saber cómo, la última palabra se le había atragantado y sólo había logrado murmurar:

—¿Cómo está usted?

La situación era extraordinariamente violenta. Mabel se mostraba lo inquieta que era de esperar, mientras Dora, a la que evidentemente trajeron como pacificadora, decía:

—Pero ¿qué pasa, Lawrence?

Antes de que éste pudiera contestar, Corry le tiró de la manga, para llevárselo aparte.

—Oye, viejo, ¿qué significa esto? —indagó en voz baja, señalando a Lashka con los ojos.

—No veo lo que te puede interesar a ti, Corry —respondió Pentfield con ironía.

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Pero Corry fue directamente al asunto.

—¿Por qué está esa india en tu trineo? Un negocio sucio, del que luego deberás darme explicaciones. Y confío en que puedas dármelas. ¿Quién es?

Entonces Lawrence dio el último golpe, y lo dio con cierta tranquila altivez que pareció compensarle del agravio que le habían inferido.

—Es mi mujer —declaró—. Mistress Pentfield, si no te molesta.

Corry Hutchinson se quedó con la boca abierta, y Pentfield le dejó, volviéndose hacia las dos mujeres. Mabel se hallaba perpleja y parecía no comprender nada. Se dirigió a Dora preguntándole con naturalidad:

—¿Cómo te ha probado el viaje? ¿Te molestará el calor de la cama?… Y a mistress Hutchinson, ¿cómo le ha probado? —indagó a continuación, con los ojos fijos en Mabel.

—Pero ¡qué tonto! —gritó Dora, abrazándole—. Entonces también lo has leído. Ya me parecía que te portabas de un modo extraño.

—Yo…, yo no comprendo —comenzó a decir Pentfield.

—En el periódico del día siguiente lo rectificaron —continuó Dora—. No pensamos que llegaras a leerlo. Todos los demás diarios lo pusieron bien, y claro está, fuiste a ver precisamente ese maldito periódico.

—¡Un momento, un momento! ¿Qué quieres decir?… —indagó Pentfield, sintiendo, de improviso, un miedo en el corazón como al encontrarse de repente al borde de un profundo abismo.

Pero Dora siguió, con volubilidad:

—Pues que en cuando se supo que Mabel y yo íbamos al Klondike, el Every Other Week dijo que Myrdon Avenue iba a quedarse muy “amable”, queriendo dar a entender, por supuesto, que Mabel se iba.

—Entonces…

—Yo soy mistress Hutchinson —respondió Dora—. Pero tú creíste que lo era Mabel.

—Seguro —reconoció Pentfield muy despacio—. Ahora ya lo comprendo. Un periódico confundió los nombres, y en Seattle y Portland reprodujeron el error.

Durante un minuto guardó silencio. Mabel contemplaba a Pentfield, y éste pudo ver cómo se encendía su rostro con el fuego de la esperanza. Corry se mostró muy interesado con una de sus sandalias, mientras Dora miraba de soslayo el semblante inmutable de Lashka, sentada en el trineo. Pentfield tuvo la visión de un porvenir terrible; se vio sentado en un trineo, del que tiraban perros, y a su lado a Lashka la coja.

Después habló con toda sencillez, fijando los ojos en Mabel.

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—Lo lamento mucho. Creí que te habías casado con Corry. Esa mujer del trineo es mistress Pentfield.

Mabel se volvió hacia su hermana, como abatida, igual que si toda la fatiga de tan largo viaje le hubiese caído de pronto sobre ella. Dora la cogió por la cintura. Corry Hutchinson seguía ocupado con sus sandalias. Pentfield examinó brevemente los semblantes que le rodeaban y después se dirigió a su trineo.

—No podemos estar aquí todo el día, nos espera el niño de Pete —le dijo a Lashka.

Chasqueó el látigo, los perros saltaron sobre el correaje del pecho, osciló el trineo y se lanzó por el camino.

—¡Oye, Corry! —gritó Pentfield, volviéndose por última vez—. Podéis ocupar nuestra vieja cabaña. No se ha usado mucho. He construido otra en la colina.

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EL AMOR A LA VIDA

JACK LONDON

M ientras descendían por el ribazo cojeando dolorosamente sucedió que el hombre que iba en cabeza se tambaleó entre el caos de rocas. Los dos estaban fatigados y débiles; sus rostros contraídos tenían aquella

expresión de paciencia que confieren las privaciones largo tiempo soportadas. Iban pesadamente cargados de mantas enrolladas y sujetas a sus hombros por unas correas; otras correas pasaban sobre su frente y les ayudaban a sostener el fardo. Cada uno de los dos hombres llevaba un rifle y caminaba encorvado; los hombros hacia adelante, la cabeza inclinada, la vista clavada en el suelo.

—Me gustaría tener un par de los cartuchos que perdimos en nuestro escondrijo —dijo el segundo hombre.

Su voz era inexpresiva. El otro no contestó.

Cruzaban ahora —el que había hablado pegado a los talones del otro— la corriente que espumeaba, lechosa, entre las rocas. No se habían quitado las botas, puesto que el agua estaba helada hasta el punto de que les dolían los tobillos y sus pies se entumecían. En algunos lugares, el agua discurría contra sus rodillas y los dos vacilaban buscando dónde asentar el pie.

El que iba detrás resbaló sobre una piedra lisa, estuvo a punto de caer, pero recobró el equilibrio con un violento esfuerzo; en el mismo instante profirió un grito de dolor. Se sintió débil y la cabeza le daba vueltas; tambaleándose, extendió su mano libre como si buscara un apoyo en el vacío. Una vez recuperado, avanzó, pero de nuevo resbaló y estuvo a punto de caer. Entonces se mantuvo inmóvil y miró al otro, que no había vuelto la cabeza ni una sola vez.

Durante todo un minuto permaneció sin moverse como si se consultara a sí mismo.

Luego gritó:

—¡Bill! ¡Me he dislocado el tobillo!

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Bill, sin volverse, continuó oscilando a través de la corriente lechosa. El hombre que se había parado le vio avanzar, y aunque su rostro permaneció tan inexpresivo como antes, sus ojos eran como los ojos de una cierva herida.

Bill subió cojeando el ribazo opuesto y continuó andando en línea recta… sin volverse. El otro, que estaba aún en medio de la corriente, le miraba. Sus labios temblaron un poco, su lengua salió para humedecerlos y el pelo erizado y castaño que los cubría se movió visiblemente.

—¡Bill! —gritó.

Era el grito implorante de un ser en apuros, pero Bill no volvió la cabeza; el otro le vio alejarse, cojeando y titubeando, subiendo con paso indeciso la suave pendiente que iba a unirse con la delgada línea que la pequeña colina trazaba en el horizonte. Sus ojos siguieron a Bill hasta que éste hubo alcanzado la cresta de la colina y desapareció. Entonces volvió la mirada y contempló lentamente el círculo del mundo en el cual quedaba solo, ahora que su compañero se había marchado.

Cerca del horizonte, la hoguera del sol ardía oscura y casi enmascarada por las brumas y los vapores deformes que producían una impresión de masa densa.

El hombre sacó su reloj mientras apoyaba todo su peso sobre una pierna. Eran las cuatro y, dado que se encontraban a últimos de julio o primeros de agosto, y que él ignoraba la fecha exacta con casi un día de diferencia, calculó que el sol debía señalar aproximadamente el noroeste.

Miró hacia el sur; sabía que en alguna parte, más allá de aquellas sombrías alturas, se encontraba el lago de los Grandes Osos y que, en aquella dirección, el círculo ártico cortaba su camino inaccesible a través de los desiertos canadienses. La corriente en la cual se hallaba alimentaba el río Coppermine, que a su vez discurría hacia el norte y se sumergía en el golfo de la Coronación. Nunca había estado allí, pero un día lo había visto en un mapa de la Compañía de la Bahía de Hudson.

Su mirada completó el círculo a su alrededor. No era un espectáculo para inspirar alientos; por doquier, la línea suave del horizonte, las colinas bajas; no había árboles, ni arbustos, ni hierbas: sólo una desolación terrible y enorme que no tardó en poner espanto en sus ojos.

“¡Bill! —murmuró in mente. Y luego, una vez más—: ¡Bill!”.

De pie en medio del agua lechosa, se empequeñeció como si la inmensidad le oprimiera con una fuerza aplastante, le aniquilara brutalmente con su calma aterradora.

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Empezó a temblar como poseído por un acceso de fiebre, hasta el punto de que la carabina cayó de su mano, salpicándole. Esto le hizo recobrar el dominio de sí mismo; luchó contra su miedo, se repuso, y, tanteando dentro del agua, encontró su arma. Ladeó un poco su fardo, haciéndolo descansar más sobre su hombro izquierdo, a fin de aliviar un poco del peso al tobillo dislocado. Luego avanzó prudentemente hacia el ribazo, con una mueca de dolor en el rostro.

No se detuvo. Con una desesperación muy próxima a la locura, sin preocuparse del dolor, se apresuró a subir la pendiente detrás de la cual había desaparecido su camarada. Pero, al llegar a la cima, vio un valle poco profundo y sin vida. De nuevo, combatió su terror, lo dominó y, cojeando, descendió la pendiente.

El fondo del valle estaba saturado de agua que el espeso musgo retenía en la superficie como una esponja. Cada vez que levantaba un pie, el movimiento terminaba con un ruido de succión como si el musgo sólo soltara la presa a pesar suyo. Continuó su camino, paso a paso, siguiendo las huellas del otro hombre a lo largo y a través de los pequeños bancos de rocas que sobresalían como otras tantas islas de aquel mar de musgo.

Aunque solo, no estaba asustado. Sabía que, más lejos, llegaría a un lugar donde los pinos y los abetos muertos, pequeños y desmedrados, bordeaban la orilla de un pequeño lago; era el titchin-nichilie en el idioma del país, “la región de los pequeños bastones”. Y en aquel lago discurría un riachuelo que no era lechoso. Había cañas —lo recordaba perfectamente—, pero no árboles. Lo seguiría hasta que su primer hilillo saliera de la colina. Franquearía aquella colina hasta la fuente de otro riachuelo que iba hacia el oeste y que él bordearía hasta llegar al río Dease. Allí encontraría un escondrijo debajo de una canoa volcada y cubierta con un montón de piedras. En aquel escondrijo encontraría municiones para su carabina vacía, anzuelos con su correspondiente sedal, una pequeña red, es decir, todo lo necesario para capturar el alimento. Encontraría también harina —no mucha—, un trozo de manteca y alubias.

Bill le esperaría allí y juntos descenderían por el Dease remando, hacia el sur, hasta el lago de los Grandes Osos. Cruzarían el lago y llegarían al Mackenzie; y, siempre hacia el sur, continuarían mientras el invierno les perseguiría en vano, se formaría hielo en los lechos de los ríos y los días se harían fríos y quebradizos. Irían hasta un puesto de la bahía de Hudson, donde uno puede calentarse, donde los árboles proporcionan abundante leña y no escasean los víveres.

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Tales eran los pensamientos del hombre, mientras seguía adelante. Al luchar con todas las fuerzas de su cuerpo, luchaba también con todas las de su espíritu, tratando de convencerse de que Bill no le había abandonado, que Bill le esperaría seguramente en el escondrijo. Sin aquella convicción hubiera renunciado a luchar, y se habría tumbado en el suelo para morir… Mientras la bola oscurecida del sol descendía suavemente en el noroeste, revivió mentalmente, y muchas veces, su huida ante el invierno que llegaba. Y no dejó de pensar en los víveres del escondrijo y en los víveres del puesto de la Compañía de la Bahía de Hudson.

Llevaba dos días sin comer; y hacía mucho más tiempo que no había comido hasta saciar su apetito. A menudo se inclinaba y recogía las pálidas bayas de muskeg, se las metía en la boca, las masticaba y las tragaba. Una baya de muskeg es un grano encerrado dentro de un poco de agua; el agua se funde en la boca y el grano masticado es duro y amargo. El hombre sabía que en las bayas no había elementos nutritivos, pero las masticaba pacientemente con una esperanza que era más fuerte que la ciencia y que desafiaba a la experiencia.

A las nueve tropezó con el borde de una roca, se tambaleó y cayó, de fatiga y de debilidad. Permaneció tumbado sobre un costado, sin moverse; luego se libró de las correas de su fardo y, trabajosamente, se incorporó sobre sus rodillas. No había oscurecido aún y, a la claridad del crepúsculo moribundo, se arrastró entre las rocas para encontrar unas hilachas de musgo seco. Tras haber reunido un pequeño montón, le prendió fuego, un fuego que ardía sin fuerza, y puso a hervir agua en un pote de hojalata.

Deshizo su saco y su primer cuidado fue contar los fósforos que tenía; había sesenta y siete; los contó tres veces para estar seguro; los repartió en varios montoncitos, envolviéndolos con papel engrasado, introduciendo un paquete en su petaca vacía, otro en la copa de su sombrero deformado y un tercero debajo de su camisa, contra su pecho. Cuando hubo terminado, le invadió una especie de pánico: deshizo los tres paquetes y volvió a contar los fósforos; seguían siendo sesenta y siete.

Secó sus botas mojadas cerca del fuego. Los mocasines caían en harapos; las botas, confeccionadas con trozos de manta de lana, estaban llenas de agujeros; sus pies sangraban. Notó que su tobillo latía; lo examinó; se había hinchado hasta adquirir el tamaño de su rodilla. Desgarró una larga tira de una de sus dos mantas y la enrolló, bien apretada, alrededor de su tobillo. Desgarró otras tiras, con las cuales envolvió sus pies a guisa de mocasines y

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de botas. Luego se bebió el pote de agua humeante, dio cuerda a su reloj y se deslizó bajo sus mantas.

Durmió como un muerto. La breve oscuridad de medianoche llegó y desapareció; el sol se levantó por el nordeste…; al menos la claridad apareció en aquella dirección, ya que el sol estaba oculto por unas nubes grises.

A las seis, el hombre se despertó, boca arriba. Miró rectamente hacia el cielo gris y supo que tenía hambre. Cuando se volvía sobre su codo, se sorprendió al oír un sonoro ronquido y vio a un caribú macho que le miraba con una mezcla de curiosidad y de alarma. El animal no se había alejado cincuenta pies; inmediatamente, el pensamiento del hombre vio un filete de caribú chirriando sobre el fuego. Maquinalmente, alargó la mano hacia el fusil vacío, apuntó y apretó el gatillo. El caribú dio un salto y se alejó precipitadamente, haciendo resonar sus pezuñas contra las rocas mientas huía.

El hombre blasfemó y tiró el fusil lejos de él; gimió en voz alta, mientras trataba de ponerse en pie. Era una tarea lenta y difícil; sus articulaciones estaban como oxidadas, trabajaban mal en sus alvéolos y con muchos roces; cada flexión exigía un enorme esfuerzo. Una vez en pie, necesitó todavía otro par de minutos para sostenerse.

Se arrastró hasta un pequeño montículo y miró delante de él. No había árboles ni matorrales; sólo un mar gris de musgo apenas variado por unas rocas grises, unos pequeños lagos y arroyos grises. El cielo también era gris; no había sol ni rastro de sol. El hombre no tenía la menor idea de dónde se encontraba el norte, y había olvidado la dirección que tomó la noche anterior para llegar a este lugar. Pero no estaba extraviado, lo sabía: no tardaría en llegar al “país de los pequeños bastones”. Tenía la sensación de que se hallaba en alguna parte hacia la izquierda, no muy lejos…; tal vez al otro lado de la primera colina baja.

Volvió sobre sus pasos a fin de poner su equipaje en orden para el camino. Se aseguró de la existencia de tres paquetes distintos de fósforos, aunque sin contar su contenido. Pero vaciló, indeciso, a propósito de una abultada bolsa de piel de ante…, no muy grande, ya que podía ocultarla bajo sus dos manos, pero que pesaba quince libras, tanto como el resto de su equipaje. Aquella bolsa le atormentaba. Finalmente, la dejó a un lado y empezó a enrollar sus mantas. Detuvo sus ojos sobre la bolsa de cuero, y la recogió apresuradamente, mirando a su alrededor con aire desafiante como si la desolación fuese a robársela. Cuando se puso en pie para iniciar la marcha tambaleante de la jornada, la bolsa formaba parte del equipaje que llevaba a la espalda.

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Fue hacia la izquierda, parándose de cuando en cuando para comer unas bayas de muskeg. Su tobillo estaba anquilosado; pero aquel dolor no era nada comparado con el de su estómago. Los retortijones del hambre eran agudos y le torturaban sin cesar, hasta el punto de que no podía concentrarse para localizar el camino a seguir hasta el “país de los pequeños bastones”. Las bayas no calmaron aquellos retortijones, que repercutían dolorosamente en su lengua y en su paladar.

Llegó a un valle en el que los lagópodos se elevaban de las rocas y de los muskegs con un batir de alas, chillando: “ker, ker, ker”. El hombre les lanzó unas piedras, pero no pudo alcanzarlos; dejó su equipaje en el suelo y los persiguió como persigue un gato a un gorrión. Las aristas de las rocas rasgaron sus pantalones hasta las rodillas, dejando rastros de sangre. Pero aquel dolor quedaba ahogado en el del hambre. Rodó por el húmedo musgo, mojándose las ropas y helándose el cuerpo; pero no se dio cuenta, obsesionado por el hambre. Y cada vez, los lagópodos se elevaban, revoloteando delante de él, hasta que su “ker, ker, ker” se convirtió en una burla. El hombre los maldijo a gritos.

Una vez, se inclinó sobre un pájaro que debía estar dormido; no lo vio hasta que el lagópodo echó a volar y le golpeó la cara. Tan sorprendido como el propio lagópodo, trató de cogerlo, pero en sus manos sólo quedaron tres plumas de su cola. Cuando el pájaro se alejó, el hombre le insultó, como si el animal le hubiera ofendido. Luego volvió sobre sus pasos y se cargó de nuevo el equipaje.

A medida que avanzaba el día, el hombre llegó a unos valles donde la caza era más abundante. Una manada de caribúes, más de una veintena de animales, pasó al alcance de su carabina: un suplicio de Tántalo. Experimentó un loco deseo de perseguirlos, seguro de poder alcanzarlos. Vio a un zorro negro que llevaba un lagópodo entre sus fauces. El hombre gritó. Fue un grito terrible, pero el zorro, asustado, no soltó por ello su presa.

A última hora de la tarde siguió un arroyo, de aguas lechosas, que discurría a través de unas dispersas matas de juncos. Cogiendo aquellos juncos fuertemente por su parte inferior, cerca de la raíz, sacó lo que parecía un pequeño manojo de cebollas tiernas, muy delgadas.

Sus dientes se clavaron en uno de los tallos, pero éstos eran fibrosos y resistentes y, al igual que las bayas, estaban saturados de agua y no tenían la menor substancia. El hombre soltó su equipaje y se arrastró entre los juncos sobre las manos y las rodillas, masticando como un bovino.

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Estaba agotado y a menudo pensaba en descansar, en acostarse y dormir; pero se sentía apremiado, no tanto por el deseo de llegar al “país de los pequeños bastones” cuanto por el hambre. Buscó, en los pequeños charcos, alguna rana, y excavó la tierra con las uñas en busca de lombrices, aunque sabía que ni ranas ni lombrices existían tan hacia el norte.

Examinó en vano todos los charcos hasta que, hacia el crepúsculo, descubrió en uno de ellos un pez solitario, no mayor que un gobio. Hundió su brazo en el charco hasta el hombro, pero el pececillo se escurrió de entre sus dedos. Lo buscó con las dos manos y removió el barro lechoso del fondo. Llevado por su ardor, cayó en el charco y se mojó hasta la cintura. Luego, el agua quedó demasiado fangosa para permitirle ver al pez, y tuvo que esperar a que se aclarara.

Reemprendió la persecución hasta que el agua volvió a enturbiarse. Luego se decidió a cambiar de táctica: sacó su pote de hojalata y empezó a vaciar el charco. Al principio trabajó con tanto ardor, que se salpicaba y echaba el agua tan cerca que volvía a meterse en la charca. Luego puso más cuidado en su tarea, tratando de permanecer tranquilo, a pesar de que su corazón latía contra su pecho y de que sus manos temblaran. Al cabo de media hora, el charco estaba casi seco: apenas quedaba en él un dedo de agua… y no había ningún pez.

Descubrió, entre las piedras, una grieta oculta por la cual había escapado el pez a una charca contigua, mucho mayor, que el hombre no hubiese podido vaciar en un día y una noche. De haberlo sabido, hubiese podido tapar la grieta con una piedra desde el primer momento, y atrapar al pececillo.

Al pensarlo, se desplomó sobre la tierra húmeda. Lloró silenciosamente al principio, a gritos después, voceando su queja a la desolación implacable que le rodeaba. Durante largo rato, los sollozos sacudieron su cuerpo.

Encendió una pequeña fogata y se entonó bebiendo un cuartillo de agua caliente; luego instaló su campamento sobre un borde rocoso como había hecho la noche anterior. Lo último que hizo fue comprobar si sus fósforos estaban secos y dar cuerda a su reloj. Las mantas estaban húmedas. El tobillo continuaba latiendo dolorosamente. Pero lo único que el hombre sabía era que tenía hambre; y, durante su agitado sueño, se festejó con banquetes y con viandas presentadas de todos los modos imaginables.

Se despertó aterido y con muy mal cuerpo. No había sol. El gris del cielo y de la tierra se había hecho más oscuro y más profundo. Soplaba un viento áspero y las primeras bocanadas de nieve blanqueaban la cima de las colinas. A su alrededor, el aire se había espesado mientras hacía hervir el agua. Caía

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aguanieve, grandes copos blancos mezclados con una lluvia mansa. Al principio, los copos se fundían apenas tocaban el suelo; pero cayeron tantos que el terreno terminó por quedar cubierto de ellos; el fuego se apagó, y la provisión de musgo seco quedó empapada.

Para el hombre, aquélla fue la señal de reemprender la marcha, no sabía hacia dónde.

No pensaba en el “país de los pequeños bastones”, ni en Bill, ni en el escondrijo debajo de la canoa volcada, cerca del río Dease. Estaba obsesionado por la palabra comer. Estaba loco de hambre. Le importaba poco la dirección que tomara, con tal que siguiera el fondo de los pequeños valles. Anduvo a través de la nieve para llegar a las bayas de muskeg y se arrastró hasta las cañas y las arrancó por las raíces. Pero todo aquello era insípido y no le satisfizo. Encontró una hierba amarga y comió todo lo que pudo de ella, que no fue mucho, ya que la planta trepadora quedaba fácilmente oculta por algunas pulgadas de nieve.

Aquella noche no tuvo fuego, ni agua caliente, y se deslizó bajo la manta para dormir con un sueño agitado por el hambre.

La nieve se convirtió en lluvia helada; el hombre se despertó varias veces, sintiéndola caer sobre su rostro. Se hizo de día, un día gris y sin sol. La lluvia había cesado, el aguijón de su hambre había desaparecido. Su sensibilidad, en lo que respecta al deseo de comer, se había embotado. Notaba en sus entrañas un sufrimiento sordo e intenso, pero aquello ya no le atormentaba tanto. Ahora razonaba con más calma y volvían a interesarle el “país de los pequeños bastones” y el escondrijo junto al río Dease.

Desgarró el resto de una de sus mantas y confeccionó unas vendas con las cuales envolvió sus pies ensangrentados. Apretó el vendaje de su tobillo herido y se preparó para una jornada de marcha. Cuando ató su equipaje vaciló largo rato contemplando la abultada bolsa de piel de ante, pero finalmente la tomó consigo.

La nieve se había fundido bajo la lluvia, y sólo las crestas de las colinas aparecían blancas. Salió el sol. El hombre consiguió orientarse; ahora sabía que se había extraviado. Quizá, en su vagabundeo de los días anteriores, se había desviado demasiado a la izquierda: en consecuencia, caminó hacia la derecha para corregir la posible desviación.

Los retortijones del hambre no eran ya tan agudos, pero el hombre se dio cuenta de que estaba débil. Tenía que pararse a menudo para recobrar el aliento; entonces la emprendía con las bayas de muskeg y las raíces de caña.

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Tenía la lengua reseca, hinchada y como cubierta de pelos; le amargaba en la boca. Su corazón le produjo serias inquietudes; cuando llevaba unos minutos andando, empezaba a latir violentamente, sin piedad, y luego se desbocaba en una serie de latidos dolorosos que le ahogaban.

A media jornada encontró dos pececillos en una gran charca. No era posible vaciarla; pero, más tranquilo ahora, consiguió atraparlos con su pote de hojalata. No eran más largos que su dedo meñique, pero no tenía demasiada hambre; le pareció que su estómago se había dormido. Comió el pescado crudo, masticándolo cuidadosamente, ya que comer era un acto de pura razón: aunque no experimentara el deseo de hacerlo, sabía que necesitaba comer para vivir.

Por la tarde atrapó otros tres peces, se comió dos y guardó el tercero para el desayuno de la mañana siguiente. El sol había secado unas hilachas de musgo, de modo que pudo encender una fogata y calentarse con agua. Aquel día no había recorrido más de diez millas; al día siguiente, andando cuando su corazón se lo permitía, no recorrió más de cinco. Pero su estómago entumecido no le produjo la menor molestia.

Transcurrió otra noche. Por la mañana, sintiéndose más capaz de razonar, deshizo el lazo de cuero que cerraba la bolsa de piel de ante. Por la abertura salió un hilo amarillo de polvo de oro y de pepitas. Dividió el oro casi en dos mitades, ocultó una debajo de una roca, envuelta con un trozo de manta, y volvió a guardar la otra en la bolsa. Conservó su fusil, ya que en el escondrijo, junto al río Dease, había cartuchos.

Fue una jornada de niebla y aquel día el hambre se despertó de nuevo en él. Estaba muy débil y padecía vértigos que a veces le cegaban. No era raro ahora que tropezara y cayera, y una vez cayó de lleno sobre un nido de lagópodos. Había en él cuatro crías recién nacidas: unos fragmentos de vida que palpitaban, apenas un bocado. El hombre las devoró glotonamente, introduciéndolas vivas en su boca y triturándolas entre sus dientes como cáscaras de huevos. La madre voló a su alrededor, chillando; el hombre utilizó su fusil como una maza para golpearla, pero el ave se mantuvo fuera de su alcance. Le lanzó unas piedras y por casualidad le rompió un ala; entonces, la madre huyó revoloteando, corriendo, arrastrando su ala rota, perseguida por el hombre.

Los pequeños no habían hecho más que aguzar su apetito. Cojeando a causa de su tobillo, lanzaba piedras y de cuando en cuando profería gritos roncos. A veces permanecía silencioso, volvía a levantarse, obstinado y

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paciente, cuando había caído, o se frotaba los ojos cuando el vértigo anunciaba su presencia.

La persecución le llevó a un terreno pantanoso, en el fondo del valle, y percibió unas huellas en el blando musgo. No eran las suyas, desde luego; tenían que ser las de Bill. Pero no podía detenerse, ya que el lagópodo continuaba huyendo; primero le daría caza y luego regresaría para examinar las huellas.

Fatigó al animal, pero se fatigó también a sí mismo. El lagópodo se había parado en el suelo, jadeando; también él jadeaba tumbado en el suelo, a una docena de pies de distancia, incapaz de reptar hacia el animal. Y, mientras él recuperaba fuerzas, el animal también las había recuperado y voló lejos de su alcance en el momento en que su mano rapaz iba a alcanzarlo. La caza volvió a empezar; se hizo de noche y el lagópodo escapó. El hombre, debilitado, cayó con la cabeza hacia adelante, cortándose la mejilla con el equipaje atado a la espalda.

Durante largo rato no se movió; luego rodó sobre un costado, dio cuerda a su reloj y permaneció acostado hasta la mañana siguiente.

Otro día de niebla… No pudo volver a encontrar las huellas de Bill. ¿Qué importaba eso? ¡Tenía demasiada hambre! No obstante, se preguntó si también Bill se habría extraviado.

La fatiga producida por su carga se hacía insoportable; dividió de nuevo el oro en dos partes; esta vez, se limitó a esparcir una de ellas por el suelo. Por la tarde, tiró el resto. Se quedó únicamente con media manta, el pote de hojalata y su rifle.

Una alucinación empezó a hacer presa en él: estaba convencido de que quedaba un cartucho olvidado en la recámara del rifle. A pesar de saber que la recámara estaba vacía, la alucinación persistía. Durante horas enteras luchó contra ella, luego abrió su arma y se convenció de que estaba vacía. La decepción fue tan amarga como si realmente hubiese esperado encontrar un cartucho.

Echó a andar otra vez, y al cabo de media hora la alucinación volvió a presentarse. Luchó de nuevo, tuvo que abrir el rifle una vez más para convencerse. De cuando en cuando, su mente vagaba a lo lejos; seguía andando como un autómata, mientras unas extrañas visiones roían su cerebro como gusanos. Pero aquellas incursiones fuera de la realidad eran de corta duración, ya que los mordiscos del hambre le devolvían a ella sin cesar.

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Al salir de uno de sus ensueños presenció un espectáculo que le hizo desvanecerse. Giró sobre sí mismo y se tambaleó como un borracho que trata de mantenerse en pie. Delante de él había un caballo. ¡Un caballo! No podía dar crédito a sus ojos, ya que estaban velados por una espesa bruma taladrada por brillantes puntos luminosos. Se los frotó furiosamente para aclarar su visión y vio, no a un caballo, sino a un enorme oso pardo. El animal le contemplaba con una belicosa curiosidad.

El hombre casi había empuñado su rifle antes de volver a la realidad; lo soltó y sacó su cuchillo de caza de la funda que colgaba de su cadera. ¡Delante de él había carne…, la vida! Deslizó el dedo pulgar a lo largo del filo de la hoja: estaba perfectamente aguzado. Pero su corazón reemprendió sus desordenados saltos y latidos; un círculo de hierro parecía oprimirle la frente; el vértigo ascendía hasta su cerebro.

Su desesperado valor fue arrastrado por un gran remolino de miedo: débil como estaba, ¿qué haría si el animal le atacaba? Se irguió en toda su estatura, apretando su cuchillo, con los ojos clavados en el oso. Este, torpemente, avanzó un par de pasos, se irguió sobre sus patas traseras y profirió un gruñido. Si el hombre huía, le perseguiría; pero el hombre no huyó; ahora estaba animado por el coraje que infunde el mismo terror; también él gruñía, salvajemente, terriblemente, expresando el miedo que es hermano de la vida y que reposa enrollado alrededor de las raíces más hondas de la existencia.

El oso se alejó de costado, gruñendo amenazas, asombrado ante aquel ser misterioso que aparecía de pie y sin temor. Pero el hombre no se movió; permaneció como una estatua hasta que el peligro hubo pasado; entonces se echó a temblar y cayó sobre el húmedo musgo.

Se repuso, y volvió a ponerse en marcha, presa ahora de otro temor. No era el miedo a morir de un modo pasivo por falta de alimento, sino más bien el de ser aniquilado violentamente, antes de que el hambre hubiera destruido el último soplo que sostenía en él, apasionado, el deseo de vivir. Quedaban los lobos: sus aullidos cruzaban la desolación y parecían tejer el propio aire en un velo amenazador, tan tangible que el hombre se sorprendió con los brazos en el aire, apartándolo lejos de él como las paredes de una tienda derribada por el viento.

De cuando en cuando, los lobos se cruzaban en su camino en grupos de dos y de tres; pero pasaban a alguna distancia. No eran suficientes en número; además, cazaban al caribú, que no se defendía, en tanto que aquel extraño animal que andaba sobre dos patas podía arañar y morder.

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A última hora de la tarde encontró unos huesos dispersos en el lugar en el que los lobos habían matado: aquellos restos habían sido una hora antes un caribú, mugiente, lleno de vida. Contempló los huesos limpios y bruñidos, sonrosados aún por las células de vida que no habían muerto todavía. ¿Sería posible que quedara lo mismo de él antes de que terminara el día? Así era la vida: algo vano y fugaz; sólo la vida hacía sufrir; en la muerte no había sufrimientos. Morir era dormir; era el final, el reposo. Entonces, ¿por qué no le satisfacía la idea de morir?

Pero no pensó largo rato. Antes de que él mismo se diera cuenta estaba sentado en el musgo, con un hueso en la boca, chupando los restos de vida que le conferían un color levemente sonrosado. El sabor agradable a carne, apenas insinuado y fugaz como un recuerdo, le enloqueció. Cerró las mandíbulas sobre el hueso y apretó: a veces se partía el hueso, a veces sus dientes. Luego rompió los huesos con una piedra, los machacó furiosamente y se tragó aquella áspera papilla. En su apresuramiento se desgarró los dedos, y, a pesar de ello, pudo asombrarse del hecho de que sus dedos no le hicieran sufrir demasiado.

… Siguieron unos días terribles de nieve y de lluvia. No sabía ya cuándo había acampado, cuándo había reemprendido la marcha; viajaba de noche tanto como de día. Reposaba cada vez que caía, se arrastraba hacia adelante cada vez que la vida moribunda que había en él se reanimaba y ardía un poco más. En su calidad de hombre, ya no luchaba; era la que no quería cesar en él, la que le empujaba hacia adelante. No sufría; sus nervios estaban embotados, paralizados, en tanto que su cerebro se llenaba de visiones extrañas y de deliciosos ensueños.

No obstante, chupaba y masticaba los huesos machacados del caribú, cuyos restos más pequeños había recogido. No cruzó ya colinas ni montículos; siguió maquinalmente un gran río que discurría por un valle ancho y poco profundo. No vio el río, ni el valle; no veía nada, aparte de sus visiones. Su alma y su cuerpo se arrastraban juntos y, sin embargo, separados una del otro, tan tenue era el hilo que los unía.

Se despertó con la mente sana, tumbado boca arriba, junto a un peñasco. El sol brillaba claro y cálido. A lo lejos, oyó el mugido de unos caribúes. Recordaba vagamente la lluvia, el viento y la nieve, pero no sabía si la tormenta le había azotado durante dos días o dos semanas.

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Durante algún tiempo permaneció acostado, sin moverse; el alegre sol le inundó, penetrando de calor su carne. Un hermoso día, pensó. Tal vez llegaría a reconocerse a sí mismo. Con un penoso esfuerzo rodó sobre un costado. Debajo de él discurría un río ancho y lento; le turbó no reconocerlo. Lo siguió lentamente con la mirada, viendo cómo se extendía, con amplias revueltas, entre los montes desnudos y fríos, más desnudos, más fríos y más bajos que las colinas que había encontrado hasta entonces.

Lentamente, deliberadamente, fríamente, y sin demostrar más que un interés pasajero, siguió el curso del extraño río hasta la línea del horizonte y lo vio desembocar en un mar resplandeciente. Permaneció impasible: aquello era muy raro, pensó. ¿Se trataba de una visión o de un espejismo? Más bien una visión, un juego de su mente desequilibrada.

La idea se confirmó cuando vio un barco anclado en medio del mar resplandeciente. Cerró los ojos un instante, y luego volvió a abrirlos. Extrañamente, la visión persistía. Sin embargo, no, no era extraño: sabía que no había mares ni barcos en el corazón del país estéril, del mismo modo que sabía que no había cartuchos en el rifle vacío.

Oyó un gruñido detrás de él, una especie de suspiro o de tos semiahogada; rodó sobre el otro costado, muy lentamente, a causa de su excesiva debilidad. De momento no pudo ver nada, pero esperó pacientemente. De nuevo oyó el gruñido y la tos; percibió entonces la cabeza gris de un lobo, una silueta entre dos rocas hendidas, a menos de veinte pies de distancia. Las orejas puntiagudas no estaban tan rectas como las había visto en los otros lobos; los ojos aparecían veteados de sangre; la cabeza semejaba colgar blandamente y sin voluntad. El animal parpadeaba continuamente bajo el sol, parecía estar enfermo; mientras el hombre lo miraba, el lobo resopló y volvió a toser.

Aquello, al menos, era real, pensó; se volvió para ver la realidad del mundo que la visión le había ocultado. Pero el mar continuaba brillando en la lejanía y el barco se veía claramente. ¿Sería la realidad, después de todo? Cerró los ojos durante largo rato, pensó, y luego comprendió. Había marchado en dirección nordeste, alejándose de la cordillera Dease y adentrándose en el valle Coppermine. Aquel mar deslumbrante era el océano Ártico; aquel barco era un ballenero que se había desviado muy al este de la desembocadura del Mackenzie y que estaba anclado en el golfo de la Coronación. El hombre recordó el mapa de la Compañía de la Bahía de Hudson, que había visto hacía mucho tiempo… Ahora todo estaba claro.

Se sentó en el suelo y aplicó toda su atención a las cosas del presente. Había gastado completamente los trozos de manta que le calzaban, y sus pies

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estaban cubiertos de harapos. Su última manta había desaparecido; no tenía el rifle ni el cuchillo. Había perdido su sombrero en alguna parte, así como los fósforos que estaban en la copa; pero los que guardaba contra su pecho permanecían al abrigo, así como los de su petaca. Examinó su reloj: marcaba las once y seguía andando. Evidentemente, no se había olvidado nunca de darle cuerda.

Tranquilo y dueño de sí mismo, aunque sumamente débil, no experimentaba ninguna sensación de dolor. No tenía hambre; la idea de comer ni siquiera le resultaba agradable, y todo lo que hacía sólo lo hacía por su propia razón. Desgarró las perneras de sus pantalones hasta las rodillas y se envolvió con ellas los pies. De un modo u otro había conseguido conservar su pote de hojalata. Iba a tener agua caliente antes de emprender lo que le parecía que sería un viaje terrible hacia el barco.

Sus movimientos eran lentos; temblaba, como acometido de parálisis; cuando empezó a recoger musgo seco, se dio cuenta de que no podía sostenerse sobre las piernas. Lo intentó varias veces, y luego se limitó a arrastrarse sobre las manos y las rodillas. Una vez, se arrastró hacia el lugar donde se encontraba el lobo enfermo. El animal se apartó de su camino mientras lamía su labio colgante con una lengua que apenas parecía tener fuerza para replegarse. El hombre notó que aquella lengua no mostraba la rojez del estado sano; de un color pardo amarillento, estaba reseca y cubierta de una especie de mucosidad rugosa.

Después de haberse bebido un cuartillo de agua caliente, el hombre comprobó que le era posible sostenerse en pie, e incluso andar como podría hacerlo un moribundo. A cada instante se veía obligado a descansar; sus pasos eran débiles e inseguros, como lo eran los del lobo que le seguía, y, cuando el mar brillante desapareció en la oscuridad, no se había acercado a él más de cuatro millas.

Durante la noche oyó la tos del lobo enfermo y de cuando en cuando los mugidos de los caribúes. Estos representaban la vida llena de salud; pero él sabía que el lobo enfermo seguía los pasos del hombre enfermo con la esperanza de que el hombre sería el primero en morir. Por la mañana, al abrir los ojos, observó en efecto que el lobo le miraba con ojos ávidos y hambrientos. El animal se mantenía agachado, con el rabo entre las piernas, como un perro miserable y triste; tiritaba en medio del frío glacial de la mañana, y, sin fuerzas, mostraba los dientes cuando el hombre le hablaba con una voz que no pasaba de ser un ronco susurro.

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Se levantó el sol, brillante, y durante toda la mañana, el hombre, tambaleándose y cayendo, marchó en dirección al barco que continuaba sobre el mar resplandeciente. El tiempo era perfecto: el corto verano indio de las altas latitudes. Podía durar una semana. Podía cambiar mañana o pasado mañana.

Por la tarde, volvió a encontrar unas huellas: las de otro hombre que se había arrastrado a cuatro patas. Pensó que podía tratarse de Bill, pero lo pensó de un modo vago y desinteresado. No experimentaba la menor curiosidad; de hecho, la emoción y las sensaciones le habían abandonado. Desde entonces, no era ya sensible al sufrimiento; estómago y nervios se habían adormecido. Sin embargo, la vida que había en él le empujaba hacia adelante; él estaba muy fatigado, pero ella se negaba a morir. Y porque ella se negaba a cesar, el hombre comía todavía muskegs, bayas y pececillos, bebía agua caliente y no perdía de vista al lobo enfermo.

Siguió las huellas del otro hombre que se había arrastrado y no tardó en llegar al final…, unos huesos recientemente descarnados en un lugar donde el musgo empapado estaba marcado por las patas de una manada de lobos. Vio una pequeña bolsa de piel de ante, hermana de la suya, que los dientes agudos habían desgarrado. La recogió, aunque su peso fuera casi excesivo para sus débiles dedos. Bill había cargado con ella hasta el fin. ¡Ja, ja! Era él quien podría reírse de Bill: él sobreviviría y llevaría la bolsa hasta el barco sobre el mar resplandeciente. Su alegría era ronca y horrible como el graznido de un cuervo, y el lobo enfermo se unió a él aullando lúgubremente. El hombre se interrumpió bruscamente. ¿Cómo podía reírse de Bill si aquello era Bill, si aquellos huesos tan blancos, sonrosados y limpios, eran Bill?

Se volvió: Bill le había abandonado, pero él no quería tomar el oro ni chupar los huesos de Bill. Aunque Bill lo hubiera hecho, pensó, si los papeles estuvieran invertidos.

Llegó a una charca. Se inclinó para buscar algún pececillo, pero echó bruscamente la cabeza hacia atrás, como impulsado por un resorte. Había visto su rostro reflejado en el agua. Era tan horrible, que su sensibilidad se despertó el tiempo suficiente para quedar impresionada por el espectáculo. En la charca había tres pececillos, pero era demasiado grande para que pudiera vaciarla, y después de varias tentativas inútiles para atrapar a los peces con el pote de hojalata, renunció a ello. Temía, a causa de su gran debilidad, caer en la charca y ahogarse. Por este mismo motivo no se aventuró sobre el río, el cual hubiese podido descender a horcajadas en uno de los numerosos troncos de árboles varados en la arenosa orilla.

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Aquel día había disminuido en tres millas la distancia entre el barco y él. Al día siguiente, en dos, ya que ahora se arrastraba como se había arrastrado Bill; y al final del quinto día calculó que el barco se encontraba aún a una distancia de siete millas. ¿Podría recorrer una milla diaria? No obstante, el verano indio duraba; el hombre continuó arrastrándose y desvaneciéndose, sucesivamente, y siempre el lobo enfermo tosía y resoplaba detrás de él.

Sus rodillas estaban en carne viva, lo mismo que sus pies, y a pesar de haberlos envuelto con la camisa que había cubierto su torso, dejaba detrás de él un rastro rojizo sobre el musgo y sobre las piedras. Una vez, mirando hacia atrás, vio al lobo que lamía, hambriento, sus huellas ensangrentadas, y comprendió cuál iba a ser su final, a menos que él mismo pudiera dar cuenta del lobo.

Entonces empezó una tragedia feroz como nunca la hubo: un hombre enfermo que se arrastraba, un lobo enfermo que cojeaba…, dos seres arrastrando sus esqueletos moribundos a través de la desolación, uno persiguiendo la vida del otro.

Si el lobo hubiese estado sano, el hombre no se hubiera preocupado tanto; pero la idea de ir a alimentar el estómago de aquel animal asqueroso y casi muerto le repugnaba.

Su mente había empezado a verse inquietada por alucinaciones, en tanto que los intervalos lúcidos se hacían más raros y más breves.

Una vez, un jadeo junto a su oído le despertó de un desvanecimiento. Al verle moverse, el lobo retrocedió, ridículo de debilidad. Pero aquello no divirtió al hombre; ni siquiera se había asustado, falto de fuerzas incluso para sentir temor.

De todos modos, su mente se había despejado; se tumbó en el suelo y reflexionó. El barco no estaba a más de cuatro millas; podía verlo claramente cuando expulsaba la niebla que había delante de sus ojos; podía ver la vela blanca de un pequeño navío que cortaba la blancura del mar resplandeciente. Pero nunca podría arrastrarse durante aquellas cuatro millas. Lo sabía y, sin embargo, estaba tranquilo. Sabía que no podría arrastrarse media milla más y, no obstante, quería vivir; no había motivo para que muriera, después de haber resistido tanto. El destino exigía demasiado de él; moribundo como estaba, se negaba a morir. Tal vez era pura locura, pero, incluso entre las garras de la muerte, la desafiaba.

Cerró los ojos y se concentró en la lucha contra la languidez que ascendía en él como una marea desde las profundidades de su ser. Era un mar que subía y subía, anegando su conciencia poco a poco. A veces, quedaba casi

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sumergido, nadando en el olvido, con brazadas cada vez más débiles; luego, por una extraña alquimia de su alma, encontraba otra brizna de voluntad y nadaba con más fuerza.

Tumbado de espaldas, sin moverse, podía oír, acercándose lentamente, cada vez más, en un lapso de tiempo que le parecía interminable, la aspiración y la espiración del lobo enfermo. Sin embargo, no se movió. El animal estaba junto a su rostro: la lengua áspera y reseca rascó su mejilla. El hombre echó las manos hacia adelante, o al menos notó en él la voluntad de echarlas hacia adelante; sus dedos se habían encorvado como garras, pero se cerraron en el vacío.

La agilidad y la seguridad requieren fuerza, y el hombre carecía de ella. La paciencia del lobo era terrible; la del hombre no lo era menos. Durante

media jornada permaneció acostado, sin moverse, luchando inconscientemente, esperando la cosa que quería alimentarse con él y que él quería comerse. A veces, el mar de olvido crecía a su alrededor y el hombre soñaba largos sueños; pero a través de todo, despierto o soñando, aguardaba siempre el aliento cercano y la áspera caricia de la lengua.

Al salir de un sueño, no percibió el aliento, pero sí la caricia áspera de la lengua sobre su mano. Esperó. Los dientes apretaron suavemente. La presión aumentó; el lobo aplicaba sus últimas energías al intento de hundir los dientes en el alimento que esperaba desde hacía tanto tiempo. Pero también el hombre había esperado mucho tiempo, y la mano lacerada se cerró sobre la quijada.

Lentamente, mientras el lobo luchaba sin fuerza y la mano agarraba débilmente, la otra mano se arrastró para una presa. Cinco minutos después, todo el peso del cuerpo del hombre estaba sobre el lobo. Las manos no tenían bastante fuerza para ahogar al lobo, pero el hombre mantenía la boca apretada contra la garganta del animal y su boca estaba llena de pelos. Al cabo de media hora, el hombre experimentó la sensación de que algo cálido penetraba en su garganta. Una sensación poco agradable. Como si introdujeran en su estómago plomo derretido…

Más tarde, el hombre rodó sobre su espalda y se quedó dormido.

………………………………

A bordo del ballenero Bedjord había una expedición científica. Desde el puente, los observadores divisaron un extraño objeto sobre la playa; no pudieron clasificarlo y, como eran hombres de ciencia, montaron en la chalupa que estaba amarrada a lo largo del barco y desembarcaron en la playa. Y vieron algo vivo que apenas podía ser llamado un hombre: estaba

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ciego e inconsciente. Se arrastraba por el suelo como una monstruosa lombriz. La mayor parte de sus esfuerzos eran inútiles, pero persistentes; se retorcía, se enroscaba y avanzaba quizá unos veinte pies por hora.

………………………………

Tres semanas más tarde, el hombre estaba tendido en uno de los catres del ballenero y contaba con lágrimas sobre sus hundidas mejillas lo que había sufrido. Habló también de un modo incoherente de su madre, de la California del Sur, tan soleada, y de una casa entre los naranjos y las flores.

Pocos días después, estaba en la mesa con los hombres de ciencia y los oficiales del barco. Devoraba con los ojos toda aquella comida y contemplaba con ansiedad cómo desaparecía en la boca de los otros. Cuando los bocados eran engullidos, los ojos del hombre adquirían una expresión de profundo pesar. Le acosaba el temor de que los víveres llegaran a escasear. Se informó acerca de las provisiones que había en la despensa, interrogando al cocinero, al boy del camarote, al capitán. Le dieron toda clase de seguridades, pero él no podía creerles y encontró motivos para husmear en la despensa, a fin de comprobarlo por sus propios ojos.

Observaron que el hombre engordaba visiblemente. Los sabios sacudieron la cabeza y elaboraron sus teorías. Sometieron al hombre a una especie de racionamiento; sin embargo, su cintura continuó aumentando de tamaño, hinchándose de un modo prodigioso debajo de la camisa.

Los marineros sonreían: estaban al corriente. Y, cuando los sabios vigilaron al hombre, lo estuvieron también. Le vieron dirigirse a proa, terminado el desayuno, y acercarse a un marinero con la mano extendida, como un mendigo. El marinero sonrió y le entregó un trozo de bizcocho salado. El hombre lo cogió, lo miró como un avaro mira el oro, y lo ocultó en su seno. Los otros marineros, sin dejar de reírse de él, le entregaron limosnas semejantes.

Los hombres de ciencia fueron discretos y dejaron en paz al hombre, pero registraron su catre en secreto. Estaba alfombrado de bizcochos; la colchoneta estaba rellena de ellos; los había en todos los huecos, en todos los rincones.

El hombre tomaba precauciones contra otra posible época de hambre, eso es todo. Los sabios dijeron que sanaría de aquella obsesión, cosa que ocurrió antes de que la cadena del ancla del Bedford chirriase en la bahía de San Francisco.

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EL CAMINO SOLITARIO

O’HENRY

T ostado como un grano de café, desgreñado, empistolado, espoloneado, cauto, inquebrantable, vi a mi viejo amigo, el comisario Buck Caperton, dejarse caer, con un tintinear de espuelas, en una silla en la oficina exterior

del jefe de policía.

Y debido a que el palacio de justicia estaba casi desierto a aquella hora, y debido a que Buck me contaba a veces cosas que no debían ser publicadas, le seguí y trabé conversación con él aprovechándome de una debilidad suya de la que yo estaba enterado. En efecto, los cigarrillos liados con pinochera dulce eran como miel para el paladar de Buck; y aunque Buck podía apretar el gatillo de un “cuarenta y cinco” con habilidad y rapidez, nunca había podido aprender a liar un cigarrillo.

No fue culpa mía (ya que lié los cigarrillos apretados y lisos), sino un repentino capricho de Buck, pero lo cierto es que en vez de una Odisea del chaparral escuché… ¡una disertación sobre el matrimonio! ¡Y de labios de Buck Caperton! Pero insisto en que los cigarrillos eran impecables, y reclamo la absolución para mí.

—Acabamos de atrapar a Jim y Bud Granberry —dijo Buck—. Asaltaron un tren, ya sabes. Atracaron el Arkansas Pass el mes pasado. Les pescamos en el llano de las Veinte Millas, al sur del Nueces.

—¿Resultó difícil su captura? —pregunté, ya que aquí estaba la carne que mi hambre de epopeyas ansiaba.

—Un poco —dijo Buck; y luego, durante una pequeña pausa, el curso de sus pensamientos se salió de madre—. Es raro lo que pasa con las mujeres — continuó—, y el lugar que se supone ocupan en la botánica. Si me pidieran que las clasificara, diría que son una leguminosa humana del género loco. ¿Has visto alguna vez a un bronco después de que ha estado masticando loco? Llévale a un arroyuelo de dos palmos de anchura, y empezará a relinchar y a echarse para atrás: el arroyuelo le parece tan grande como el río Misisipí. Y

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luego se meterá en un cañón de mil pies de profundidad, creyendo que es la madriguera de un coyote. Lo mismo puede decirse de un hombre casado.

”Estaba pensando en Perry Rountree, que era mi compañero de fatigas antes de que le diera por casarse. En aquellos días, Perry y yo odiábamos todo lo que significara tranquilidad. Íbamos de una parte a otra sin cesar, y en todas hacíamos sentir nuestra presencia. Mira, cuando Perry y yo decidíamos divertirnos un poco en un pueblo, los encargados de elaborar el censo veían facilitada su tarea: se limitaban a contar a la gente que el sheriff enviaba detrás nuestro, y ya tenía el censo de la población. Pero un día apareció esa Mariana Buenasnoches, y miró a Perry de reojo, y Perry se derritió como un helado a pleno sol.

”Ni siquiera me invitaron a la boda. Claro que la novia conocía mi historial, y decidió que Perry tascaría mejor el freno si no tenía a ningún mustang como Buck Caperton caracoleando a su alrededor… De modo que pasaron seis meses antes de que volviera a ver a Perry.

”Un día pasaba cerca del pueblo y vi algo que parecía un hombre en el pequeño jardín de una casita, regando unos rosales con una regadera. Tuve la impresión de que había visto algo como aquello antes, y me detuve en la verja, tratando de recordar. No era Perry Rountree; al menos, no el Perry Rountree que yo había conocido: el matrimonio le había convertido en una especie de medusa coagulada.

”Mariana había perpetrado un homicidio. Perry no tenía mal aspecto, pero llevaba un cuello blanco, y zapatos, y se adivinaba en seguida que hablaba cortésmente, y pagaba impuestos, y mantenía el dedo meñique estirado mientras bebía, lo mismo que un ganadero o un tipo de ciudad. El ver a Perry corrompido hasta aquel extremo me llenó de vergüenza.

”Perry se acercó a la verja y nos estrechamos la mano; y yo dije, hablando como un loro con moquillo, en tono sarcástico:

”—Perdón… ¿No es usted mister Rountree? Si no me equivoco, hubo una época en que usted y yo éramos socios, o algo por el estilo.

”—¡Oh! Vete al diablo, Buck —dijo Perry en tono cortés, tal como yo había temido.

”—No tengo inconveniente —dije—. Pero ¿adónde vas a ir tú, con esa hermosa regadera? Supongo que eres un hombre decente y apacible, que sólo se relaciona con personas de su categoría y se dedica a regar las flores y a otros trabajos domésticos por el estilo. Pero en otra época eras un hombre. Me fastidia verte así. ¿Por qué no entras en la casa y te dedicas a fregar el suelo o

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a dar cuerda al reloj, en vez de estar aquí, al aire libre? Podría presentarse un conejo y morderte…

”—Mira, Buck —dijo Perry, hablando suavemente, y algo avergonzado —, un hombre casado tiene que ser distinto. Sus sentimientos son diferentes de los de un viejo bala perdida como tú. Es pecado perder el tiempo poniendo un pueblo patas arriba sólo para ver sus raíces, y jugar al faraón, y beber sin medida, y dedicándose a otras actividades tan poco recomendables como ésas.

”—Hubo una época —dije, y supongo que suspiré al mencionarlo— en que cierto corderillo domesticado cuyo nombre podría citar conocía de pe a pa la cartilla de esas actividades perniciosas. Confieso que nunca hubiese esperado verte reducido al nivel de frivolidad que demuestras, después de haber presenciado cómo actuabas en otros tiempos. Incluso llevas corbata, y hablas como un tendero o una dama. Sólo te falta llevar tirantes y usar paraguas, y salir de casa por las noches.

”—Creo que la mujercita ha hecho algunas mejoras —dijo Perry—. Tú no puedes comprender, Buck. No he salido de casa una sola noche desde que nos casamos.

”Hablamos un rato, Perry y yo, y, tan cierto como que estoy vivo, que el hombre me interrumpió en medio de una frase para hablarme de seis tomateras que tenía en su huerto. ¡Me restregó por la nariz su degradación agrícola, mientras yo le hablaba de lo que nos habíamos divertido alquitranando y emplumando a aquel jugador de faraón en el establecimiento de California Pete! Pero, al final, Perry tuvo un rasgo de sentido común.

”—Buck —dijo—, he de admitir que esto es a veces un poco aburrido. No es que no sea completamente feliz con mi mujercita, pero un hombre necesita un poco de excitación de cuando en cuando. Mira, vamos a hacer una cosa: Mariana ha salido esta tarde a hacer una visita, y no regresará a casa hasta las siete. Este es el límite que tenemos: las siete de la tarde. Ni Mariana ni yo estamos fuera de casa más tarde de esa hora, a menos que vayamos juntos. Me alegro de que hayas venido, Buck —añadió Perry—, ya que siempre resulta agradable recordar viejos tiempos con un buen amigo. Esta tarde podríamos echar una cana al aire…

”Di una ruidosa palmada en la espalda de aquel pobre cautivo.

”—¡Coge tu sombrero, viejo caimán! —grité—. Veo que no estás muerto del todo. Te queda algo de humano, aunque el matrimonio te haya estropeado. ¡Vamos a tumbar este pueblo patas arriba! Espero que no habrás olvidado tus conocimientos en el arte de descorchar una botella. ¡Aún tienes cuernos, vieja

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vaca! —dije, repitiendo la palmada—. Tío Buck te recordará las antiguas andanzas por los caminos del vicio.

”—Tengo que estar en casa a las siete, no lo olvides —repitió Perry. ”—¡Oh, sí! —dije, sonriendo para mis adentros, ya que sabía a qué hora

regresaría Perry a casa, después de visitar las tabernas del pueblo.

”—Iremos al saloon Mulo Gris…, aquel viejo edificio de adobes que está junto al almacén.

”—Donde tú digas —asentí, mientras nos dirigíamos hacia el lugar que Perry había escogido.

”Nos acercamos al mostrador.

”—¿Qué quieres beber? —le pregunté a Perry.

”—Zarzaparrilla —respondió.

”Quedé estupefacto. En aquel momento, podía haberme dejado fuera de combate con una cáscara de limón.

”—Insúltame cuanto quieras —le dije a Perry—, pero no sobresaltes al tabernero. Puede padecer del corazón. Vamos, vamos, tienes la lengua torcida y no pronuncias bien. Un par de vasos altos —le encargué al tabernero— y una botella en aquella mesa del rincón, a la izquierda.

”—Zarzaparrilla —repitió Perry, y luego sus ojos se animaron y comprendí que en su cerebro había germinado algún agradable proyecto.

”—Buck —dijo—, ya sé lo que vamos a hacer. Tenía muchas ganas de que se presentara una ocasión como ésta, ¿sabes? Me paso la vida en casa, y quiero soltarme un poco el pelo. Vamos a tener la mejor diversión que has disfrutado en tu vida. Nos meteremos en la trastienda y jugaremos a damas hasta las seis y media.

”Me incliné sobre el mostrador y le dije a Mike, que nos estaba observando, todo orejas:

”—Por el amor de Dios, no menciones esto a nadie. Ya sabes cómo era Perry. Pero ha tenido las fiebres, y el médico dice que tenemos que seguirle la corriente.

”Fui a la trastienda con Perry. Antes de cerrar la puerta, le dije a Mike:

”—No se te ocurra decir por ahí que has visto a Buck Caperton bebiendo zarzaparrilla delante de un tablero de damas, si no quieres que te rebane las orejas.

”Cerré la puerta, y Perry y yo jugamos a damas. El espectáculo que ofrecía aquel desdichado pelele doméstico sentado allí, riendo en voz alta cada vez que se comía un peón, con los ojos brillantes de animación cuando conseguía coronar una dama, hubiera hecho enfermar de pena a un

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chimpancé. Perry Rountree, que en otros tiempos sólo se sentía satisfecho cuando se enfrentaba a los más habilidosos jugadores de faraón, movía ahora los peones sobre el tablero como pudiera haberlo hecho Sally Louisa en una escuela de primer grado. Al contemplarle, mi desolación iba en aumento.

”Pero permanecí allí sentado jugando con los peones negros, temblando ante la idea de que alguien pudiera enterarse. Y pensando para mis adentros en lo parecido que era el matrimonio a la faena que la Dalila de la Biblia le hizo a Sansón. Le cortó el pelo, y todo el mundo sabe el aspecto que tiene la cabeza de un hombre después de que una mujer le ha cortado el pelo. Y luego, cuando los fariseos fueron a buscarle las cosquillas, se sintió tan avergonzado que echó la casa abajo, aplastándolos a todos. Los hombres casados —me dije a mí mismo— pierden toda su afición a las cosas buenas de la vida. No beben, no juegan, ni siquiera pelean. ¿Qué podía impulsarles a casarse y a persistir en ese estado?

”Pero Perry parecía tener considerables cantidades de hilaridad.

”—¿Qué te parece, viejo? —inquirió—. ¿No es éste uno de los mejores ratos que hemos pasado en nuestras vidas? Por mi parte, hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto. Verás, apenas he salido de casa desde que contraje matrimonio, y ésta es la primera cana al aire que he tenido ocasión de echarme.

”¡Una cana al aire! Sí, eso dijo Perry. ¡Jugar a damas en la trastienda del Mulo Gris! Supongo que para él resultaba un poco inmoral y mucho más parecido a una juerga que inclinarse sobre seis tomateras con una regadera en la mano.

”A cada instante, Perry consultaba su reloj y decía:

”—Tengo que estar en casa a las siete, Buck, no lo olvides.

”—De acuerdo —dije—. Mueve de una vez. Tanta excitación me está matando. No sé si conseguiré reponerme de esta disipación damística…

”Alrededor de las seis y media empezó el jaleo en la calle. Oímos un aullido y varios disparos de revólver, seguidos de un enorme griterío.

”—¿Qué pasa? —pregunté.

”—¡Oh! Alguna tontería, en la calle —dijo Perry—. Te toca mover a ti.

Tendremos el tiempo justo para terminar esta partida.

”—Voy a echar una ojeada a través de la ventana —dije—. No puedes esperar que un simple mortal soporte la excitación de tener un peón amenazado y oír al mismo tiempo todo ese jaleo, sin saber de qué va.

”El saloon Mulo Gris era uno de los antiguos edificios de adobes españoles, y la trastienda sólo tenía dos pequeños ventanucos de un pie de

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anchura, protegidos por barrotes de hierro. Miré a través de uno de ellos, y vi la causa del jaleo.

”Allí estaba la pandilla del Trimble —diez de ellos—, los peores desperados y ladrones de ganado de Tejas, subiendo calle arriba y disparando a derecha e izquierda. Se dirigían directamente al Mulo Gris. Luego quedaron fuera del alcance de mi vista, pero les oímos cabalgar hasta la puerta delantera y llenar de plomo el local. Oímos estallar en pedazos el gran espejo que adornaba la pared, detrás del mostrador, y el chasquido de las botellas alcanzadas por los disparos. Pudimos ver a Mike, con su delantal, corriendo a través de la plaza como un coyote, con los proyectiles levantando polvo del suelo a su alrededor. Luego, el grupo se hizo dueño del saloon, bebiendo lo que querían y destrozando lo que no les apetecía.

“Perry y yo conocíamos a los miembros de aquella pandilla, y ellos nos conocían a nosotros. Un año antes de que Perry se casara, él y yo estuvimos en la misma compañía de rangers, y expulsamos a aquellos individuos de San Miguel, después de detener a Ben Trimble y a otros dos por asesinato.

”—Ahora no podemos salir —dije—. Tendremos que quedarnos aquí hasta que se marchen.

”Perry consultó su reloj.

”—Son las siete menos veinticinco —dijo—. Podemos terminar esta partida. Te llevo dos peones de ventaja. Te toca mover a ti, Buck. No olvides que tengo que estar en casa a las siete.

”Nos sentamos y continuamos jugando. La pandilla de Trimble lo estaba pasando en grande, desde luego. Cada vez estaban más borrachos. Bebían, y aullaban, y seguían disparando contra botellas y vasos. Dos o tres veces se acercaron y trataron de abrir nuestra puerta. Luego se oyeron más disparos en la calle, y me asomé de nuevo al ventanuco. Ham Gossett, el sheriff del pueblo, había reunido a un grupo de hombres en las casas y las tiendas del otro lado de la calle, y estaba tratando de liquidar a un Trimble o dos a través de las ventanas.

”Perdí aquella partida de damas. No miento al decir que perdí tres peones que seguramente habría salvado en otro ambiente más apacible. Pero aquel estúpido hombre casado se retrepaba en su asiento cada vez que me comía un peón, cacareando como una gallina al descubrir un grano de maíz.

”Cuando terminó la partida, Perry se puso en pie y consultó su reloj. ”—He pasado un rato maravilloso, Buck —dijo—, pero ahora he de

marcharme. Son las siete menos cuarto, y ya sabes que tengo que estar en casa a las siete.

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”Creí que estaba bromeando.

”—Dentro de media hora, esos tipos se habrán marchado o estarán borrachos perdidos —dije—. No estarás tan harto de tu vida matrimonial como para desear suicidarte, ¿verdad?

”—Un día —dijo Perry, muy serio— llegué a casa media hora tarde. Encontré a Mariana en la calle, esperándome. Si hubieras podido ver, Buck… Pero es imposible que lo comprendas. Ella sabe la clase de pájaro que he sido, y siempre teme que pueda ocurrir algo. Desde entonces no he vuelto a llegar tarde a casa. De modo que vamos a despedirnos ahora mismo, Buck.

”Me interpuse entre Perry y la puerta.

”—Sé que te convertiste en un tonto en el instante en que el cura te echó las bendiciones, pero no creo que tu estupidez llegue al extremo de incapacitarte para pensar, de cuando en cuando. Ahí fuera hay diez miembros de esa pandilla, repletos de whisky y de deseos de matar. Acabarán contigo mucho antes de que llegues a la puerta de la calle. Si todavía te queda un resto de inteligencia, ahora es el momento de utilizarla. Siéntate, viejo caimán, y espera hasta que tengamos alguna posibilidad de salir por nuestro propio pie.

”—Tengo que estar en casa a las siete, Buck —repitió por enésima vez, como un papagayo, el imbécil de Perry—. Mariana me estará esperando. —Y, agachándose, arrancó una pata de la mesa en la que habíamos estado jugando

—. Pasaré a través de los Trimble —añadió— como un conejo a través de una manada de podencos. No siento el menor deseo de meterme en líos, pero tengo que estar en casa a las siete. Cuando yo haya salido cierra la puerta, Buck. Y no lo olvides: he ganado tres de cinco partidas. Te daría otra oportunidad, pero Mariana…

”—Deja de decir estupideces, viejo carcamal —le interrumpí—. ¿Has visto alguna vez a tu tío Buck ocultándose detrás de una puerta para evitarse un jaleo? No estoy casado —dije—, pero estoy tan loco como pueda estarlo cualquier mormón. Si de tres quito una, quedan dos —dije, y arranqué otra pata de la mesa—. Llegaremos a casa a las siete, no te preocupes.

”Abrimos la puerta y salimos disparados. Parte de la pandilla estaban alineados ante el mostrador, bebiendo a mansalva, y dos o tres forajidos atisbaban a través de la puerta y de la ventana, contestando a los disparos de los hombres del sheriff. La sala estaba tan llena de humo, que recorrimos la mitad del camino hasta la puerta de la calle antes de que nos vieran. Entonces oí la voz de Berry Trimble que aullaba, en alguna parte:

”—¿Cómo ha entrado aquí Buck Caperton?

”Y al mismo tiempo, me despellejó un lado del cuello con una bala.

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”Admito que estuve de suerte, porque Berry era el mejor tirador que podía encontrarse al sur de la vía férrea del Southern Pacific. Pero el saloon estaba demasiado lleno de humo para disparar a gusto.

”Perry y yo cargamos contra dos de los miembros de la pandilla con las patas de la mesa, las cuales no fallaron como había fallado el revólver, y mientras corríamos hacia la puerta arranqué un Winchester de las manos de un tipo que estaba vigilando la calle. Dando media vuelta, le ajusté las cuentas a míster Berry.

”Perry y yo cruzamos la puerta y unos segundos después doblábamos la esquina. Confieso que no había esperado salir de allí, pero no iba a dejarme intimidar por aquel hombre casado.

”En opinión de Perry, las partidas de damas fueron el acontecimiento del día, pero yo me considero tan buen juez como el primero en materia de diversiones honestas, y afirmo que nuestra estampida a través del Mulo Gris no le fue a la zaga, ni muchísimo menos.

”—Date prisa —dijo Perry—. Faltan dos minutos para las siete, y tengo que estar en casa…

”—¡Oh! ¡Cierra el pico! —repliqué—. Yo tenía que presentarme a un juicio oral, en calidad de actor principal, a las siete, y no le doy la lata a nadie con el retraso.

”Tuve que pasar por la casa de Perry. Su Mariana estaba de pie junto a la verja. Llegamos allí a las siete y cinco minutos. Mariana llevaba una bata de color azul, y sus cabellos estaban peinados hacia atrás, lisos, como se los peinan las niñas cuando quieren parecer mayores. No nos vio hasta que estuvimos muy cerca, ya que estaba mirando hacia el otro lado. Cuando vio a Perry, su rostro se iluminó de un modo que me resultaría imposible describir. Oí que respiraba profundamente, lo mismo que una vaca cuando le echan su ternerillo al establo.

”—Llegas tarde, Perry —dijo.

”—Cinco minutos —dijo Perry alegremente—. El viejo Buck y yo hemos jugado unas partidas de damas.

”Perry me presentó a Mariana, y ella me pidió que entrara en la casa. Pero no quise prolongar por más tiempo mis experiencias con gente casada. Dije que se me había hecho tarde, y que había pasado una tarde muy agradable con mi antiguo socio.

”—Especialmente —añadí, sólo para sobresaltar a Perry—, durante aquella partida, cuando se soltaron dos patas de la mesa…

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”Pero le había prometido a Perry que no hablaría de nuestra aventura delante de Mariana.

”Desde entonces me ha estado preocupando aquel asunto —continuó Buck—. Hay algo que me desconcertó y que no puedo quitarme de la mollera.

—¿De qué se trata? —pregunté, mientras liaba y entregaba a Buck el último cigarrillo.

—Verás, voy a decírtelo: cuando vi la mirada que aquella mujercita le dirigió a Perry al volverse y verle llegar sano y salvo al hogar… Bueno, en aquel momento, se me ocurrió la absurda idea de que aquella mirada suya valía mucho más que todas nuestras diversiones, incluidas la zarzaparrilla y las damas, y de que, de los dos, Perry y yo, el más tonto no era precisamente Perry Rountree.

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EL MARQUÉS Y MISS SALLY

O’HENRY

S in saberlo, el viejo Bill Bascom tuvo el honor de ser fulminado por el destino el mismo día que el marqués de Borodale.

El marqués vivía en la Regent Square, de Londres. El viejo Bill vivía en Limping Doe Creeck, en el condado de Hardeman, Tejas. La catástrofe que alcanzó al marqués asumió la forma de un crack financiero conocido con el nombre de “Monopolio del Caucho y de la Caoba en la América Central y del Sur”. La Némesis del viejo Bill asumió la forma no menos peligrosa de una banda de indios civilizados, ladrones de ganado, que arrambló con todo su rebaño de cuatrocientas cabezas y mató al viejo Bill cuando perseguía a los ladrones. Para igualar las consecuencias de los dos cataclismos, el marqués, en cuanto se enteró de que todas las acciones que poseía sólo representaban quince chelines por cada libra que había invertido, se pegó un tiro.

El viejo Bill dejó una familia de seis hijos e hijas huérfanos de madre, que se encontraron sin un solo ternerillo que llevarse a la boca, y sin un solo centavo para comprar alimentos.

El marqués dejó un solo hijo, un joven que se había establecido hacía algún tiempo en los Estados Unidos, y poseía un floreciente rancho en el Panhandle de Tejas. Cuando el joven se enteró de la noticia, montó en su caballo y se dirigió a la ciudad. Allí dejó todo lo que poseía, a excepción de su caballo, su silla de montar, su Winchester y quince dólares, en manos de sus abogados, con instrucciones para que lo vendieran todo y enviaran el producto de la venta a Londres, para pagar las deudas de su padre. Luego volvió a montar en su caballo y se encaminó hacia el sur.

Un día, llegando casi al mismo tiempo, aunque por distintos caminos, dos jóvenes se presentaron en el rancho Diamond-Cross, en la Little Piedra, y solicitaron trabajo. Ambos vestían correctamente ropas de vaquero. Uno de ellos era delgado, de facciones delicadas y bellas, pelo castaño muy corto y

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piel dorada por el sol. El otro era un mocetón ancho de hombros, de rostro pecoso, cabellos rizados y rojizos, ojos sonrientes y boca agradable.

El capataz del Diamond-Cross opinó que podía darles trabajo a los dos. En realidad, se había enterado de que, aquella mañana, el cocinero del rancho —uno de los miembros más importantes del equipo— había montado en su bronco y se había marchado, incapaz de soportar las continuas bromas de que era objeto, legítimamente, en virtud de su oficio.

—¿Alguno de vosotros sabe cocinar? —preguntó el capataz.

—Yo —se apresuró a contestar el joven pelirrojo—. Estoy acostumbrado a hacerlo. Estoy dispuesto a aceptar el empleo, hasta que pueda ofrecerme usted algo mejor.

—Bueno, así es como me gusta oír hablar a un hombre —dijo el capataz, en tono de aprobación—. Te daré una nota para Saunders, y él te dirá lo que tienes que hacer.

De este modo se incluyeron en la nómina del Diamond-Cross los nombres de John Bascom y Charles Norwood. Los dos salieron para el campamento inmediatamente después de comer. Sus instrucciones eran sencillas, pero suficientes: “No os separéis de la orilla del arroyo por espacio de quince millas hasta llegar allí”. Los dos jóvenes, desconocidos el uno para el otro hasta entonces, aprovecharon aquel largo recorrido para iniciar una amistad cuyos lazos habrían de verse fortalecidos con el transcurso del tiempo.

Llegaron a su destino poco después de la puesta del sol. El campamento principal estaba cómodamente instalado a orillas de una gran poza, sombreada por un hermoso bosquecillo. Sobre el terreno cubierto de hierba erguíanse varias tiendas de campaña, y la gran tienda rectangular destinada a las provisiones daba a entender que el campamento había sido instalado para un largo período de tiempo.

Los vaqueros habían llegado poco antes, hambrientos y cansados, a un campamento sin cena. Los muchachos estaban enzarzados en una apasionada contienda, que ganaría el que anatematizara con más vigor y rotundidad al desaparecido cocinero.

Los recién llegados preguntaron por Pink Saunders. El jefe del equipo se dio a conocer, y el pelirrojo le entregó la nota del capataz.

Pink Saunders, jefe del equipo durante las horas de trabajo, era un humorista en el campamento, donde todo el mundo, desde el cocinero hasta el capataz, era igual. Después de leer la nota agitó una mano hacia el campamento y gritó, ceremoniosamente:

—Caballeros, permítanme que les presente al Marqués y a Miss Sally.

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Ante aquellas palabras, los dos jóvenes mostraron una evidente confusión. El nuevo cocinero dio un respingo, con una expresión de sorpresa en el rostro, pero inmediatamente recordó que “Miss Sally” es el nombre genérico para el cocinero varón en todos los campamentos del oeste de Tejas, y recobró el dominio de sí mismo con una sonrisa.

Su compañero quedó igualmente sorprendido, e incluso se volvió furiosamente, mordiéndose el labio inferior y acercando la mano al pomo de su silla, como si se dispusiera a montar de nuevo en su caballo. Pero “Miss Sally” tocó su brazo y dijo, sonriente:

—Vamos, Marqués… Eso ha sido un cumplido, en boca de Saunders. Te ha llamado así porque se ha dado cuenta de que tienes un aire muy distinguido y una nariz muy aristocrática…

Empezó a desensillar su caballo, y el Marqués, recobrada la ecuanimidad, siguió su ejemplo. Subiéndose las mangas de la camisa, Miss Sally se encaminó a la tienda de las provisiones, gritando:

—¡Soy el nuevo cocinero del campamento! Reunidme un poco de leña para encender una fogata, y os prometo una buena cena caliente dentro de media hora.

La energía y el buen humor de que dio muestras Miss Sally mientras registraba la tienda en busca de café, harina y tocino, le ganaron inmediatamente el aprecio del campamento.

Asimismo, en los días que siguieron, el Marqués demostró ser un agradable compañero, aunque un poco reservado y sin tomar parte nunca en las ruidosas diversiones del campamento. Pero los muchachos se acostumbraron paulatinamente a respetar aquella reserva —que encajaba con el título que Saunders le había aplicado—, e incluso a apreciarle más por ella. Saunders le había destinado a la vigilancia del rebaño durante el marcado de las reses. Demostró ser un excelente jinete, y tan bueno con el lazo y con el hierro de marcar como la mayoría de ellos.

El Marqués y Miss Sally se hicieron muy buenos amigos. Después de la cena, cuando todo estaba limpio, podía vérseles juntos, Miss Sally fumando su pipa de raíz de eglantina roja, y el Marqués trenzando un látigo o confeccionando un par de guardafiones de cuero crudo.

El capataz no olvidó su promesa de no perder de vista al cocinero. En varias ocasiones, mientras visitaba el campamento, mantuvo largas conversaciones con él. Parecía haberle tomado un aprecio especial a Miss Sally. Una tarde, al regreso de una de sus visitas de inspección a los campamentos, le dijo:

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—Mañana por la mañana vendrá un hombre a ocupar tu puesto. En cuanto llegue, te vienes al rancho. Quiero que te encargues de la contabilidad y de la correspondencia. Necesito a alguien en quien pueda confiar cuando me ausento del rancho. No te preocupes por el sueldo. El Diamond-Cross sabe recompensar a un hombre que vele por sus intereses.

—De acuerdo —dijo Miss Sally, en tono impasible, como si esperase aquello desde hacía mucho tiempo—. ¿Hay algún inconveniente en que lleve a mi esposa al rancho?

—¿Estás casado? —inquirió el capataz, frunciendo un poco el ceño—. Nunca te he oído mencionar el hecho en nuestras conversaciones…

—Porque no estoy casado —dijo el cocinero—. Pero me gustaría estarlo. Sin embargo, antes de dar un paso en ese sentido he de tener un empleo estable y bajo techado. No puedo pedirle a la que ha de ser mi esposa que viva en un campamento de vaqueros.

—Comprendo —asintió el capataz—. Desde luego, un campamento de vaqueros no es el lugar más a propósito para una pareja de recién casados…, pero… Bueno, en el rancho hay sitio de sobra, y si desempeñas tu tarea tan bien como yo creo que puedes hacerlo, no habrá inconveniente en que traigas a tu esposa. Puedes escribirle a tu novia diciéndole que venga.

—Gracias —dijo Miss Sally—. Mañana, en cuanto me releven, me pondré en camino.

Aquella noche fue más bien fría, y después de cenar, el grupo de vaqueros se reunió alrededor de una gran fogata de troncos de mezquite secos.

Su habitual intercambio de chascarrillos y bromas se había apagado hasta llegar al silencio, pero en un campamento de vaqueros el silencio suele ser el preludio de acontecimientos ruidosos.

Miss Sally y el Marqués estaban sentados sobre un tronco, discutiendo las ventajas y los inconvenientes de un estribo largo o corto para recorrer grandes distancias a caballo. Súbitamente, el Marqués se puso en pie y se acercó a un árbol próximo del que colgaban unas tiras de cuero puestas a secar para confeccionar un lazo. En aquel preciso instante una ráfaga de viento hizo volar un poco de tabaco de un cigarrillo que Dry-Creek Smithers estaba liando. Las motas de tabaco fueron a parar a los ojos de Miss Sally. Mientras el cocinero se frotaba los ojos llorosos, “Fonógrafo” Davis —llamado así a causa de lo estridente de su voz— se puso en pie y empezó un discurso:

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—¡Compañeros y ciudadanos! Quiero formular una pregunta. ¿Cuál es el espectáculo más penoso que la mente humana puede contemplar?

Un coro de respuestas contestó a su pregunta. —¡Un proyecto de escalera de color fallido! —¡Un toro que no lleva nuestra marca! —¡Tú mismo!

—¡El agujero en la punta del revólver de otro individuo!

—¡Cerrad el pico, ignorantes! —dijo Old Taller, el más gordo de los vaqueros—. Fono sabe lo que es. Y nos lo va a decir en seguida.

—No, compañeros y ciudadanos —continuó Fonógrafo—. Los espectáculos que acabáis de mencionar son bastante penosos, y se acercan mucho a la solución, pero no son la solución. El espectáculo más penoso del mundo es ése —y señaló a Miss Sally, que continuaba frotando sus llorosos ojos—. Una mujer ingenua y confiada deshaciéndose en lágrimas porque un hombre ha sabido engatusarla y destrozar su corazón… ¿Somos hombres, o somos peleles para contemplar impasibles el llanto de nuestra Miss Sally por causa de su amor a un aristócrata, que se ha presentado entre nosotros con su belleza superior y su resplandeciente título para hacer sollozar a nuestra encantadora cocinera, a la que estamos obligados a proteger? ¿Vamos a actuar como hombres, o a permitir que nuestra Miss Sally continúe llenando de lágrimas las cacerolas?

—Es una vergüenza —dijo Dry-Creek, con un resoplido—. No es humano. Ya me había dado cuenta de que el muy granuja la rondaba con frecuencia. ¡Y es un marqués! ¿No es eso un título, Fono?

—Es algo parecido a un rey —se apresuró a explicar Brushy Creek Kid—, aunque algo más bajo en la escala. Si no me equivoco, viene después del diez y antes de la Q.

—No interpretéis mal mis palabras —continuó Fonógrafo—, ni creáis que trato de desmerecer a los a-ristó-cratas. Algunos de ellos son gente cabal y pueden presentarse donde se presente el primero de los vaqueros. Yo mismo he trabajado con alguno, y sé lo que me digo. Pero cuando un marqués juega con el afecto inocente de una pobre cocinera, ¿puedo preguntar qué es lo que parece exigir el caso?

—¡Pena de azotes! —gritó Dry-Creek Smithers.

—¡Ya lo has oído, Charity! —corroboró Kid.

—¡Todos estamos de acuerdo! —asintieron los vaqueros, a coro.

Antes de que el Marqués se diera cuenta de sus intenciones, dos de los vaqueros le agarraron por los brazos y le condujeron hasta el tronco.

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Fonógrafo Davis, que se había nombrado a sí mismo para cumplir la sentencia, estaba preparado, con un látigo de cuero en la mano.

Era la primera vez que ponían las manos sobre el Marqués desde que había llegado al campamento.

—¿Qué vais a hacer? —preguntó el Marqués, indignado, con ojos llameantes.

—Tranquilízate, Marqués —susurró Rube Fellows, uno de los vaqueros que le sujetaban—. Se trata de un broma. Tómatelo con calma, y no pasará nada. Sólo van a tenderte sobre el tronco y a propinarte unos cuantos azotes. No te dolerán mucho.

El Marqués, profiriendo una exclamación de rabia, exhibió súbitamente una fuerza asombrosa. Movió sus brazos con tanta violencia, que los hombres que le sujetaban salieron despedidos y fueron a parar a varios metros de distancia del tronco. El barullo que se produjo a continuación fue tremendo.

Miss Sally, pasados los efectos del tabaco en los ojos, se dispuso a tomar parte en la refriega.

Pero, en aquel preciso instante, un sonoro “¡Hola!” llegó a sus oídos y un pequeño carruaje arrastrado por un par de briosos mustangs penetró en el círculo de luz proyectado por la fogata del campamento. Todos los hombres se volvieron a mirar, y lo que vieron apartó de sus mentes la idea de seguir adelante con la diversión inventada por Fonógrafo Davis. Tenían a mano algo mejor, y sus captores soltaron al Marqués y se quedaron mirando a la nueva víctima que se acercaba.

El carruaje y los caballos pertenecían a Sam Holly, un ganadero del Big Muddy. Sam conducía, y a su lado iba un hombre robusto, barbilampiño, que llevaba levita y sombrero de copa. Era el juez del condado, mister Dave Hackett, candidato a la reelección. Sam le escoltaba en gira por los campamentos de la región, para ponerse en contacto con sus posibles electores.

Los dos hombres se apearon del carruaje, ataron los caballos a un mezquite y se acercaron a la fogata.

Inmediatamente, todos los vaqueros del campamento, a excepción del Marqués, Miss Sally y Pink Saunders —el cual tenía que hacer de anfitrión— profirieron un espantoso aullido de fingido terror y echaron a correr, desapareciendo en medio de la oscuridad.

—¡Santo cielo! —exclamó Hackett—. ¿Tan feo soy? ¿Cómo está usted, mister Saunders? Me alegro de volver a verle. ¿Qué está usted haciendo con mi sombrero, Holly?

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—No las tenía todas conmigo a causa de este sombrero —dijo Sam Holly pensativamente. Había cogido el sombrero de la cabeza de Hackett y lo sostenía en sus manos, mirando con aire de duda a su alrededor, hacia las sombras que se extendían más allá de la fogata, donde ahora reinaba un absoluto silencio—. ¿Qué opina usted, Saunders?

Pink sonrió.

—Sería mejor que lo elevara un poco —dijo, en el tono del que da un desinteresado consejo—. La luz no le hace ningún bien. No me gustaría llevarlo en mi cabeza.

Holly se encaramó a la rueda de un carromato y colgó el sombrero de la rama de una encina. Apenas había vuelto a poner el pie en el suelo cuando el estampido de una docena de revólveres rasgó el aire, y el sombrero cayó al suelo perforado por innumerables proyectiles.

Se oyó un ruido sibilante, como producido por una manada de serpientes de cascabel, y los vaqueros brotaron por todas partes, moviéndose con exageradas precauciones, y siseándose unos a otros para advertirse mutuamente de que debían acercarse con la mayor prudencia. Formaron un amplio y solemne círculo alrededor del sombrero, observándolo con evidente alarma y como dispuestos a emprender una rápida huida a la menor señal de peligro.

—Es el mal bicho —dijo uno de los vaqueros, ahuecando la voz— que vagabundea de noche diciendo “Willie-wallo”.

—Es el Kipootum venenoso —declaró otro—. Pica después de muerto, y grita cuando está enterrado.

—Es el jefe de la tribu peluda —dijo Fonógrafo Davis—. Pero ahora está completamente muerto, muchachos.

—No lo creáis —intervino Dry-Creek—. Está fingiendo. Es el temible Highgollacum del bosque. Sólo existe un modo de destruir su vida.

Señaló a Old Taller, el vaquero que pesaba 240 libras. Old Taller colocó el sombrero boca abajo en el suelo y se sentó solemnemente sobre él, dejándolo tan aplastado como una torta.

Hackett había contemplado todo aquello con los ojos muy abiertos. Sam Holly se dio cuenta de que su rabia iba en aumento y le dijo:

—Aquí es donde usted pierde o gana, juez. En el Diamond-Cross hay sesenta votos. Los muchachos se están divirtiendo un poco a su costa. Acéptelo como una broma, y no se arrepentirá.

Hackett supo estar a la altura de las circunstancias. Acercándose al lugar donde los ejecutores de la bestia salvaje rodeaban sus restos y certificando, en

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su calidad de juez, su defunción definitiva, añadió:

—Muchachos, he de daros las gracias por el inapreciable servicio que me habéis prestado. Mientras cruzábamos el arroyo, ese cruel monstruo que acabáis de destrozar cayó sobre nosotros por sorpresa. De modo que os debo la vida, y espero deberos, también, la reelección en el cargo para el cual vuelvo a presentarme candidato. Permitidme que os dé mi tarjeta.

Los vaqueros, que hasta aquel momento habían mantenido unos rostros impasibles, los relajaron en una sonrisa de aprobación.

Pero Fonógrafo Davis, cuya hambre de diversión no se había aplacado aún, guardaba algo más bajo su manga.

—Amigo —dijo, dirigiéndose a Hackett con una seriedad muy bien fingida—, en más de un campamento le reprocharían a usted el haber soltado sobre él un monstruo como ése… Pero, teniendo en cuenta que todo ha terminado sin daño para ninguno de nosotros, olvidaremos el asunto. Es decir, siempre que esté dispuesto a complacernos en lo que vamos a pedirle.

—¿De qué se trata? —inquirió Hackett, en tono suspicaz.

—Está usted autorizado a anudar los sagrados lazos del matrimonio, ¿no es cierto?

—Bueno, sí —asintió Hackett—. Una ceremonia matrimonial celebrada por mí sería legal.

—En este campamento hay un entuerto por deshacer —explicó Fonógrafo Davis en tono de santa indignación—. Un a-ristó-crata se está burlando del cariño de una humilde pero hermosa mujer. Y hemos decidido que el altivo descendiente de un centenar —o tal vez de ciento veinticinco— de condes se una a la llorosa dama, aunque para ello tengamos que atarle de pies y manos. ¡Muchachos! Rodead a Miss Sally y al Marqués: vamos a celebrar una boda.

Las palabras de Fonógrafo fueron recibidas con aullidos de aprobación. Los vaqueros salieron en busca de los protagonistas de la proyectada ceremonia.

—No comprendo una sola palabra de lo que está ocurriendo —murmuró Hackett, secándose la frente, a pesar de que la noche era fresca—. Espero que no confundan otras partes de mi atuendo con animales salvajes…

—Esta noche, los muchachos están más animados que de costumbre — dijo Saunders—. Ahora se proponen casar a dos de sus compañeros: un vaquero y el cocinero. Es otra broma. Usted y Sam tendrán que pasar la noche aquí, de todos modos; creo que es preferible que les siga la corriente. Quizá se den por satisfechos después de esa ceremonia.

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Los vaqueros encontraron a Miss Sally sentado ante la entrada de la tienda de provisiones, fumando tranquilamente su pipa. El Marqués estaba reclinado ociosamente contra uno de los árboles a los cuales estaba sujeta la tienda.

Metieron a los dos jóvenes en la tienda y Fonógrafo Davis, en su calidad de maestro de ceremonias, dio órdenes para los preparativos.

—Dry-Creek, Jimmy, Ben y Taller se encargarán de traer unas flores (las de mezquite servirán para el caso) para la novia. Traed también la lanza española que encontraréis en un rincón del establo. Tú, Limpy, tráete tu manta roja y amarilla: Miss Sally la utilizará como falda. El Marqués no necesita nada: en una boda, nadie se fija en el novio.

Durante aquellos absurdos preparativos, los dos protagonistas quedaron unos instantes solos en la tienda. Súbitamente, el Marqués se mostró inexplicablemente turbado.

—Esta locura no debe seguir adelante —murmuró, Volviendo hacia Miss Sally un rostro muy pálido a la claridad del farol que colgaba del palo central de la tienda.

—¿Por qué no? —dijo el cocinero, con una divertida sonrisa—. Los muchachos lo están pasando bomba; y hasta ahora, siempre te habían dejado al margen de sus travesuras. A mí no me importa.

—Pero ¿es que no te das cuenta? —insistió el Marqués, en tono desesperado—. Ese hombre es el juez del condado, y, por lo tanto la ceremonia será legal. No puedo… ¡Oh! Tú no sabes…

El cocinero se inclinó hacia el Marqués y tomó sus manos.

—¡Lo sé, Sally Bascom! —dijo.

—¿Lo sabes? —murmuró el Marqués, temblando—. ¿Y… quieres…? —Más que ninguna otra cosa en el mundo. Cuidado, ahí llegan los

muchachos.

Los vaqueros entraron en la tienda, cargados con brazadas de elementos decorativos.

—¡Pérfido coyote! —dijo Fonógrafo Davis, en tono severo, dirigiéndose al Marqués—. ¿Estás dispuesto a reparar el daño que le has hecho a esta ingenua y confiada joven llevándola al altar, por tu propia voluntad, o tendremos que atarte y llevarte hasta él a rastras?

El Marqués echó su sombrero hacia atrás y se dejó caer, como vencido, sobre una pila de sacos de alubias. Sus mejillas estaban enrojecidas y sus ojos brillaban.

—Me rindo sin condiciones —declaró.

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Poco después, una procesión se acercó al árbol bajo el cual se encontraban Hackett, Holly y Saunders, fumando.

Limpy Walker iba en cabeza, extrayendo una lastimera melodía de su concertina. Le seguían los novios. El cocinero llevaba la abigarrada manta india atada alrededor de la cintura y empuñaba en una mano la oxidada lanza española de más de dos metros de longitud y quince libras de peso. Su sombrero estaba adornado con ramas de mezquite y capullos de retama amarilla. Un trozo de mosquitero servía de velo. Detrás de ellos marchaba Fonógrafo Davis, en el papel de padre de la novia, profiriendo unos sollozos que podían ser oídos a una milla de distancia y secándose continuamente los ojos con una manta. A continuación iban los vaqueros, de dos en dos, comentando en voz alta el aspecto de la novia, en una supuesta imitación de los invitados a una boda de postín.

Cuando la procesión se detuvo delante de él, Hackett se puso en pie y, tras unas breves consideraciones acerca del matrimonio, inquirió:

—¿Cuáles son vuestros nombres?

—Sally y Charles —respondió el cocinero.

—Unid vuestras manos, Charles y Sally.

Es posible que no se haya celebrado nunca una boda más extravagante.

Porque fue una boda, aunque sólo lo supieran dos de los presentes.

Cuando terminó la ceremonia, los vaqueros profirieron un aullido de felicitación e inmediatamente renunciaron a sus bromas, por aquella noche. Desenrollaron sus mantas y el sueño se convirtió en la cuestión fundamental.

El cocinero (libre de su disfraz) y el Marqués se detuvieron unos instantes a la sombra de la tienda de provisiones. El Marqués apoyó la cabeza sobre el hombro de su compañero.

—¿Qué otra cosa podía hacer? —estaba diciendo—. Papá había muerto, y quedamos desamparados. Le había ayudado tanto con el ganado, que pensé que podía convertirme en un vaquero. No sabía hacer otra cosa para ganarme la vida. Pero, quiero que me aclares algo: ¿cuándo te diste cuenta por primera vez…, qué fue lo que te hizo sospechar que yo…?

—¡Oh! Fue el mismo día que llegamos al campamento, cuando Saunders gritó: “¡El Marqués y Miss Sally!”. Me di cuenta de tu sobresalto al oír el nombre, y sos…

—¡Granuja! —susurró cariñosamente el Marqués—. Y, ¿por qué pensaste que yo creía que Saunders me llamaba “Mis Sally” a mí?

—Porque yo era el Marqués —respondió el cocinero, tranquilamente—. Mi padre fue el marqués de Borodale. Pero tú sabrás disculparlo, ¿verdad,

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Sally? Yo no tengo la culpa de ser marqués…

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AL ANOCHECER LLEGÓ UN JINETE

EUGENE MANLOVE RHODES

I

Charlie Ellis ignoraba dónde se encontraba ni adónde se dirigía; ni siquiera le animaba la posibilidad de condenarse. Sus bienes terrenales se reducían a las ropas que vestía, al revólver que llevaba al cinto y al caballo que sujetaba entre las piernas además de la silla, las riendas y las espuelas. Carecía de dinero y de amigos en un área de quinientas millas. Por tanto, silbaba y cantaba, erguido en su montura, con el amplio sombrero ladeado airosamente, y los ojos brillantes, haciendo guiños de complicidad a un mundo agradable, un poco solitario en aquellos momentos, pero ¡tan divertido!

Poco más de veinte años, de talla más bien alta; barba rubia, tez curtida y fuerte mandíbula. Añadid un cabello color de estopa y una nariz insolentemente respingona y tendréis el inventario.

Durante todo el día estuvo cabalgando sin prisas, por una monótona comarca de interminables colinas, en dirección norte, cerrada a su derecha por una empinada sierra de caliza gris, afilada como un cuchillo, fría y desnuda, y, al oeste, la vasta y oscura mole del San Mateo, y durante toda la interminable jornada el jinete no había visto ni una casa, ni un sendero, ni a una persona.

Sin embargo, estaba ligeramente preocupado. Su potro ruano no podía más y había perdido su airosa lámina. Asimismo, hacía poco que perdiera una herradura, lo que aumentaba cierta propensión a la cojera.

Por esa causa, Charlie se alegró al ver, después de coronar una altura, que alguien había cavado una profunda muesca en la dura sierra de caliza, y que, encuadrados en aquella gran abertura, se alzaban los edificios de un rancho, que cubrían casi toda la alta meseta que se extendía al otro lado. En el camino se abría un oscuro y quebrado abismo. Ellis tan sólo distinguía la parte superior de las paredes, pero el agudo ángulo indicaba su profundidad.

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Un hondo y amplio valle se extendía a los pies del viajero y se dividía al oeste en distintos brazos neblinosos, entre riscos de un azul casi negro, cubiertos de pinos. Resultaba claro que las corrientes de esas múltiples gargantas desembocaban en la profunda hendidura.

Era ya tarde. El valle aparecía envuelto en sombras. Más allá, el solitario rancho se alzaba misterioso, bañado por el resplandor del sol poniente. Ellis sintió un estremecimiento al verlo cada vez más arriba, conforme descendía por una pendiente ladera. Se elevaba sin cesar; otro paso hacia el fondo y habría desaparecido de su vista.

Ahora, Ellis llevaba su caballo de la brida, para aliviar por el camino pedregoso la pata desherrada. Llegaron a una senda en el fondo del valle, que les condujo hasta un alegre arroyo, de corriente impetuosa y blanco de espuma.

Bebieron y lo cruzaron chapoteando.

Al borde del camino se alzaba un enebro, en el que habían clavado un letrero con la dirección toscamente pintada:

“Al rancho Box O, cinco millas”

Debajo se leía, escrito a lápiz: “No vayan por el cañón Box. Hay una cerca. Además, es muy escabroso. Sigan por el sendero”.

—Vinager, viejo amigo —dijo Charlie—. Te dejaré aquí y voy a irme a pie. Tienes buena hierba y además, estás muy cansado. Ese casco se te quedaría inútil si siguieras por estas piedras. Buscaré una herradura y vendré mañana a ponértela.

Colgó la silla en las ramas más altas del enebro, ya que el ganado prefiere una buena silla de setenta dólares a cualquier otra clase de alimento.

Las tiendas y los catres resultan nutritivos, pero muy secos. Una cuerda de tender la ropa puesta a secar, ofrece indudables encantos para un apetito delicado; las botas son deliciosas golosinas; las riendas constituyen un exquisito alimento, por lo cual se las aprecia mucho a pesar de las hebillas; pero en definitiva, como cosa picante y sustanciosa, la silla no tiene rival. Las riendas y las mantas pueden servirles de guarnición, pero el ganado fino suele despreciarlas con mucha frecuencia.

Charlie dio unas palmadas a su caballo y se alejó muy erguido, contoneándose en sus botas de altos tacones. Mientras al desconocido camino lo envolvían las sombras cada vez más densas, se distrajo con el inmortal romance de Sam Bass:

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Sam Bass venía de Indiana, tierra que le vio nacer, y al llegar a Tejas encontró mucho que hacer. Bebía de lo bueno, gastaba a manos llenas, ¡y nunca habréis visto un alma tan buena!

II

El rancho Box O se encuentra en una reseca meseta, a dos millas del manantial más próximo. Constituye una plaza de adobe, que rodea una gran cisterna, lo suficientemente amplia para almacenar toda el agua de lluvia que vierten los tejados. Habían elegido aquel lugar como refugio durante las guerras con los indios y no se veía en los alrededores ni una colina, ni una peña, a un tiro de fusil. Un solitario cedro se alzaba ante la casa, sin que pudiera verse ningún otro árbol; por ese motivo, construyeron allí el rancho y no en cualquier otro lugar. Una milla más allá se abría el estrecho, hondo y sombrío cañón de Nogales, donde a trescientas yardas de profundidad las aguas sin sol van labrando su camino hacia otro río lejano. Los corrales y las viviendas del rancho cerraban una de las esquinas de un cercado prado de unas tres millas cuadradas; los riscos del cañón de Nogales constituían el límite meridional.

Las grandes mesetas iban ascendiendo en pirámide hacia el oeste, escalón por escalón, y sobre ese pedestal, casi a la altura del cielo, el pico de San Mateo descansaba al sol cual un león dormido.

Pero no se aprecian tanta maravilla y tan gran belleza. San Mateo está en América.

Dos hombres llegaron al Box O al atardecer; uno de ellos era alto, fornido y de rostro basto, con nariz aguileña; el otro, más bajo y más joven, cetrino, de labios finos y ojillos inquietos, grises y mudables. Tenía amplias cejas y nariz afilada.

Un enorme revólver pendía de la cadera del más alto, mientras el otro lucía una pistola automática, y ambos llevaban un rifle en su funda junto a la silla. Se les veía cansados y abrasados de sed. Los caballos andaban con torpeza, aspeados y cubiertos por una capa de polvo, sudor y espuma ya seca, que se fue formando durante las últimas lentas millas de camino, de modo tal que no había manera de conocer su verdadero color.

La casa, abierta, aparecía silenciosa y vacía; el hogar estaba frío, y la mesa, cubierta por el polvo de muchos días.

—¡Estupendo! —exclamó el jinete más bajo—. ¡Hemos tenido suerte!

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Acompañó a su amigo a la cisterna. Ambos bebieron con ansia, aunque con cierta prudencia, y se quitaron el polvo que les cubría la cara, el cuello y el cabello.

—Ahora me siento vivir —dijo el más bajo.

—No exageres, que la cosa no fue para tanto. Espera a que estés seco de verdad, a que se te abran los labios y que la lengua se te ponga negra y se te hinche.

—¡No me interesa! Lo único que deseo es salir de aquí. Buscar el sitio donde más llueva de todo el mundo y allí me quedaré.

—¡Eso si escapamos! ¿Qué va a pasar si no encontramos caballos de refresco? Por aquí no se ve ninguno.

—Reed deja siempre sueltos a sus caballos, para que pasten. Están allá abajo, en el cañón, donde ese sol no ha quemado la hierba. ¡Ya verás como todo sale bien! Van a tener que seguirnos rastreando, Laxon…, y nuestras huellas han quedado bastante revueltas. No podrán encontrarlas de noche, y ni el mismo arcángel Gabriel sospecharía adónde nos dirigimos.

—¿No fías demasiado en la suerte y en… todo lo demás? Desde luego, no merecemos salir con bien de ésta.

Acercó su caballo, le quitó la brida y llenó un cubo de agua. El pobre animal bebió con ansia y, luego, sus ojos pedían más.

—Ahora basta, Bill. Te daré otro cubo dentro de diez minutos —dijo Laxon, como respondiendo a un débil relincho; desensilló y suspiró al ver la grupa abrasada por el sol—. Te echaré encima unos cuantos cubos en cuanto tu compañero haya bebido.

Volvió la cabeza. Su compañero, más joven, se había apoyado en la pared, con expresión sombría. No se había movido. El rostro de Laxon se endureció. En sus mejores momentos, sólo podía decirse de él que era feo y de aire brutal, lo que se agravaba por bizquear ligeramente. En aquel momento, su rostro parecía el de un demonio.

—¡Maldito inútil, atiende a tu caballo! Sospeché que eras un cobarde cuando anoche mataste al pobre Mims…, ¡pero ahora estoy seguro! No era necesario…, no hacía falta… Pudimos haber conseguido el arma y el dinero sin llegar a eso. ¡Que me lleve el infierno si no me dan ganas de abandonarte! ¡De tener la seguridad de que iban a colgarte el primero, te juro que lo haría!

—No nos peleemos, Jess. Ahora atenderé el caballo —dijo Moss con aire fatigado—. Es que he llegado al límite… Sería capaz de dormir toda una semana.

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—¿Y crees que el caballo no está tan cansado como tú, puerco? Mereces que te haga pasar esa puerta a patadas. ¿Pelear? ¡Tú! Me gustaría que lo intentases. ¡Me gustaría que probaras de levantarme la voz! ¡Dormir! ¡Dormir cuando de un momento a otro pueden caernos encima! No tendrás más que una hora de sueño. Vamos a cabalgar toda la noche y dormiremos mañana durante el día en algún agujero de la sierra, al otro lado de la divisoria. No veremos el sol hasta alcanzar el Gila.

Moss no contestó. Laxon entró cojeando en la casa y regresó con una lata de tomate, carne en conserva y un cuchillo carnicero. Comieron en silencio.

—¡Duerme ahora, muchacho! —invitó Laxon—. Vigilaré yo.

Extendió al sol las pesadas mantas de silla; dio agua a los potros, lentamente, hasta que los vio satisfechos, y, luego, con un saco y un cubo los lavó con cuidado. Tenían los ijares heridos por las espuelas y verdugones donde les había rozado una cuerda doble.

A una agotadora jornada hacia el norte, otros dos caballos yacían yertos y fríos, junto al corral de Aguazul, y una dura noche más allá de Aguazul, el pagador de la mina Harque Hala estaba tendido junto a la forzada caja fuerte, de cuya custodia le habían encargado, con una bala en el corazón.

Laxon encontró una lata de levadura y la fue espolvoreando sobre los abrasados lomos.

—Estos son malos días, Bill —dijo, acariciando el cuello de su caballo—. Y ese montón de monedas detrás del borrén te ha puesto aún peor… ¡No importa! Vosotros saldréis adelante…

Se acordó entonces de los dos caballos de Aguazul. Los había matado cuando amanecía. No quiso soltarlos para que bebieran el agua helada y muriesen en medio de una atroz agonía. Tampoco podía perder tiempo vigilándolos, ni encerrarlos en el corral para que soportaran el tormento de la sed hasta que llegasen sus perseguidores, quienes, a lo mejor, perdían el rastro en la zona rocosa y no llegaban nunca a Aguazul. Había sido un trance muy duro.

Encendió fuego y examinó la despensa; puso la cafetera, oteó atentamente las sierras y regresó junto a Moss. La hora había concluido.

Moss se quejaba y hablaba en sueños. Tenía los ojos muy hundidos y la piel de las mejillas pegada al hueso. El centinela se encontraba en mejor estado; sus reservas de vitalidad seguían casi intactas. Consciente de su fuerza, la rabia contra el hombre cansado cedió a una ruda compasión; y la hora se había convertido casi en dos antes de que despertase al durmiente.

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—¡En pie, Moss! Ya has descansado bastante, igual que tu caballo. He preparado café caliente. Échate una buena taza al estómago y vas a sentirte como nuevo. Después, hay que traer todos los caballos que se encuentren en el prado. Apenas nos queda tiempo antes de que anochezca. Mientras tú haces eso, yo prepararé una cena caliente, coceré algunos panes para llevárnoslos y reuniré suficientes provisiones. Es preferible que vayas tú a buscar caballos porque pesas veinticinco kilos menos. Además, conoces el prado.

—Quedamos en que iría yo —dijo Moss, mientras bebía el café—. Al fondo del prado hay un pequeño corral. Creo que podré meter allí unos cuantos potros para tener nuevas monturas. El resto será fácil.

—Elegimos los mejores y a los demás los echaremos fuera para que huyan —dijo Laxon—. No hay que dejarles caballos de refresco a esa gente, si es que llega hasta aquí. Y claro que llegarán.

—Sí. Pero va a costarles lo suyo descubrir cuáles son nuestras huellas. Me parece que dejaré aquí este dinero y el rifle —dijo Moss en el corral—. Así nos quitaremos peso.

Desató un impermeable de detrás de la silla. Al desenrollarlo, extrajo un saco de los que se emplean para cargar polvo de oro y lo arrojó junto a la silla de Laxon. Cayó al suelo con un denso tintineo de monedas.

—Oye, Jess, perdona que antes me portase como un niño. Debí cuidar de mi pobre caballo…, pero estaba tan cansado que ni sabía lo que hacía — vaciló—. Y… te juro, Jess…, que creí que Mims iba a echar mano al revólver.

—No me di cuenta de que estabas agotado —reconoció Jess, como si se quitase un peso de encima—. Olvídalo. Estamos en un apuro y hay que mantenerse unidos.

Al anochecer, Moss regresó con doce caballos de silla. Había encontrado un ruano de gran tamaño en el corralillo del cañón.

—Este es para mí —declaró al saltar a tierra.

—Yo me quedaré el negro —dijo Laxon—. Ahora, date prisa en cenar. Cuando acabes, yo estaré ya listo. Lo he empaquetado todo… y me llevo dos cantimploras. Mira, Moss; he encontrado mantas de cama. Colocaré mi parte de víveres detrás de la silla. El saco del dinero lo envolveré en una manta y lo pondré delante. ¿Comprendes? Así no se rozarán los caballos. Más vale que hagas tú lo mismo.

—Seguro. Prepáralo mientras como un poco.

Laxon laceó y ensilló el caballo azabache y luego ató uno de los sacos de comida detrás del arzón. Hizo un rollo con su saco de dinero y la manta y lo

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colocó atravesado detrás del pomo de la silla. Después, sujetó la bolsa del dinero y el saco de comida de su socio de la misma manera y colocó el rifle en la funda. Abrió la puerta exterior del corral para que los otros caballos escaparan hacia la meseta del este.

—¡Fuera, vosotros! Pronto os vamos a caer encima para haceros volar por ahí. Ahora, hay que ocuparse del pobre Bill, y estaremos listos para emprender el camino.

Bill se había echado en un rincón. Laxon le hizo levantar y le condujo por las crines hasta que cruzó la puerta que daba al prado. La del cuarto de arneses se abrió en silencio. Moss apoyó su pistola automática contra el marco y aguardó.

—Anda con tu compañero, viejo Bill. De ahora en adelante deberéis ser buenos camaradas. ¡Adiós! ¡Buena suerte! —dijo Laxon, mientras cerraba la verja.

Moss le disparó entre los omóplatos. Laxon dio la vuelta y cayó de bruces, mientras la automática seguía tableteando. Se incorporó en un codo, convulso y roto. Bala tras bala se le fueron clavando en el cuerpo. Disparó al ruano entre los ojos. El otro, el negro, retrocedió rompiendo la cuerda; y conforme caía hacia atrás, una bala del colt de Laxon le atravesó el pecho. Al caer, otro disparo le rompió el cuello. Después, Laxon estalló en carcajadas… y murió.

III

Pálido, inquieto, mascullando maldiciones, el asesino salió de su escondite, casi tambaleándose. Primero se aseguró de que Laxon estaba muerto.

—¡Maldito bizco! —exclamó.

Corrió hasta la puerta exterior. El hato de caballos estaba aún cerca y no ofrecía señales de miedo. Sin embargo, la noche caía ya. Si quería conseguir algo, tenía que hacerlo cuanto antes.

Abrió la verja. Le colocó las riendas al viejo Bill y lo montó a pelo. Con infinitas precauciones, fue describiendo círculos más allá del hato, para empujarlo suavemente hacia la puerta.

Los potros obedecieron sin dificultad y, de momento, pareció que no se presentarían problemas; pero, al llegar a la verja se detuvieron, olfatearon, vieron aquellas formas oscuras y misteriosas, tendidas al otro lado, y se agruparon volviendo grupas para dispersarse luego a un trote ligero.

Moss fue incapaz de detenerlos. El pobre Bill no pudo hacer otra cosa que esquivarlos. El trote acabó en paso y los animales se detuvieron para

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mordisquear la hierba nueva.

Otra vez los tenía, pero, antes de alcanzar la puerta, se desbandaron desasosegados. La noche había cerrado. De nuevo, los obligó a acercarse. En el cielo brillaban las estrellas, y la noche era clara. De súbito, se alzó una fresca brisa. Al aproximarse a la verja, los caballos olfatearon el aire; resoplaron y dieron media vuelta para dispersarse en un trote que se hizo galope y acabó en carrera tendida.

Moss soltó las riendas y regresó al paso hasta el corral. Se estremecía de coraje y de miedo.

Bebió en la cisterna hasta saciarse, cargó de nuevo la automática y se encaminó al lugar donde se encontraban los caballos muertos. Pasara lo que pasase, no iba a abandonar aquel dinero. Al fin y al cabo, aún quedaba una oportunidad. Se quedaría con los billetes y escondería el oro en alguna parte de los rocosos acantilados del cañón. Iría a través de las peñas, donde no dejaría rastro. Se quedaría en las alturas más abruptas, ocultándose durante el día. Se llevaría víveres y agua suficiente; cogería el rifle y en cuanto topara con un jinete solitario, tendría caballo…

Desató, nervioso, los dos sacos que contenía el tesoro y vació uno de ellos en el otro. Echó a andar hacia la casa. Entonces el corazón pareció detenérsele bruscamente. Se oía una voz, lejana y débil:

¡Conejo! ¡Conejo! ¡Vaya cola blanca!

Sí, mi buen señor. ¡Ahora voy a ocultarla!

Aterrado, el asesino soltó su tesoro y enarboló el rifle. Corrió hacia la verja y se ocultó en la sombra. Tenía el pelo erizado, el corazón le golpeaba el pecho y las rodillas le temblaban.

¡Conejo! ¡Conejo! ¡Vaya orejas largas!

Sí, buen señor. ¡Le salieron holgadas!

¡Le salieron holgadas!

Se trataba de una voz joven y alegre que llegaba del oeste, acercándose cada vez más. Protegido por las sombras, Moss se asomó a una esquina. A la luz de las estrellas, pudo ver a un hombre, ya muy próximo, que venía a pie por el camino, mientras cantaba:

Sam Bass venía de Indiana, tierra que le vio nacer…

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¿Del oeste? Sus perseguidores vendrían del norte, en pos de su rastro, no se anunciarían cantando y serían más de uno. ¿Por qué iba a pie aquel hombre? Con un sobrehumano esfuerzo de voluntad, Moss se rehízo, se dirigió a la cocina y encendió la lámpara. Echó astillas en las brasas, que se avivaron en una llama chisporroteante, invadiendo la habitación el agradable y picante aroma del cedro. Se pasó por la cara, que le ardía, una toalla húmeda y a toda prisa se alisó el pelo. Se miró a un espejo y se vio tembloroso, pálido y con los ojos hundidos, y su propia imagen le dio la excusa que necesitaba: era un enfermo.

Pero ¿es que aquel hombre no iba a llegar nunca? Sintió cómo le invadía el impulso de abandonar la lucha, de proclamar a gritos toda la espantosa verdad, de renunciar a… todo, para poder dormir, morir y descansar. Sin embargo, no le quedaba otra alternativa; debía seguir luchando. Tenía que utilizar al desconocido para sus fines. Pero ¿por qué iba a pie? ¿Por qué aquel hombre no tenía un caballo? Entonces hubiera resultado tan sencillo… Tenía la boca y la garganta secas, como invadidas por el polvo. Bebió agua fresca y sintió nueva vida en sus venas.

Después, puesto que debía llenar de algún modo el insufrible intervalo, se dominó el temblor de las manos preparando la pipa.

—¡Eh, los de la casa!

Moss abrió la puerta de par en par y, vacilante, la luz saltó a la oscuridad.

Por la senda dorada se acercaba un hombre, sonriendo.

—¡Adelante! Un poco tarde para viajar, ¿no? Meta su caballo en el corral mientras le preparo la cena.

IV

—Lo dejé allá arriba, en el camino. Me agrada andar —dijo Charlie. Una vez en el umbral, alzó la mano, advirtiendo—: Antes de entrar, pongamos las cosas en claro. Estoy cansado de carne en conserva. No quiero ni que me la nombren.

—No sé de qué me está hablando —dijo Moss—. Descanse. ¿Qué le parecerían unas patatas fritas con cebolla y tocino?

—¡Perfecto! Cualquier cosa menos conservas. —Ellis cojeó hasta un cajón que había junto al fuego y se quitó trabajosamente una bota—. ¡Grietas! ¡Y ampollas!

Moss se inclinó sobre el fuego.

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—Usted no es de por aquí, ¿verdad? —preguntó. Sacó unas brasas para la cafetera y puso las patatas al fuego.

—No. De Arizona… y ando buscando trabajo. ¿A qué fiesta se ha ido la gente?

—A ninguna. Están en el rodeo. Yo no vivo aquí. Simplemente paso una temporada por causa de la salud. (¡Si al menos consiguiera el caballo de este hombre…, si pudiera dejarle a él en esa trampa! Los que me persiguen estarán aquí mañana. ¡Tranquilo! He de encontrar el modo…). ¿Se murió su caballo?

—No; pero está derrengado y hoy perdió la herradura de la pata izquierda.

Supongo que podrá dejarme una.

—¡Seguro! (Pero este tipo les contará la verdad. No podré huir en un caballo cansado…, me alcanzarían en seguida; estarán aquí mañana. ¿Y si hiciese ver que Laxon y este hombre se mataron uno al otro? No; están las huellas que éste ha dejado al llegar… y se verán las más cuando me marche). Lamento no poderle prestar un caballo para que vaya a recoger el suyo. También yo me quedé a pie cuando anochecía. Todos los animales estaban en el corral, vi un coyote, salí corriendo para tirarle… Sin duda me oiría usted… Por cierto, no sé su nombre. El mío es Moss.

—Ellis…, Charlie Ellis. No, no le oí; a esa hora me encontraba yo detrás de aquel monte. Tiene usted mala cara, mister Moss.

—No es nada…; el corazón —dijo Moss. Las espesas cejas formaron una franja oscura a través de su pálido rostro… (¿Entonces? Me quedaré. Voy a ser el engañado, la víctima inocente… y este tipo ocupará mi puesto; huirá, le matarán por resistirse a que le detengan…). No es más que un pequeño arrechucho. Ya estoy acostumbrado. ¿Dónde estábamos? ¡Ah, sí…, los caballos! Bueno, pues no cerré bien la verja. Se abrió de pronto y mis caballos se fueron con el resto de la manada. Estúpido, ¿verdad? Yo pensaba irme esta noche a unas diez millas… Una excursión de caza. Por cierto, ahora que me acuerdo… Cocí pan y lo dejé fuera en mi mochila. Voy a buscarlo mientras usted se lava. Allí está la jofaina. (¡Este Ellis va a ser el asesino! Me robó el caballo cuando yo dormía. Intentó escapar, pero no consiguió ir muy lejos; el caballo estaba casi reventado. Cuando desperté; lo eché de menos y ¡encontré al hombre muerto en el corral!).

El negro propósito crecía e iba tomando forma. Lo admitió en su corazón cuando sacaba el pan de las alforjas y lo fue perfeccionando mientras escondía la saca del dinero. Encendió una cerilla para coger un fajo de billetes de cinco dólares, al que arrancó un trozo, como de un dedo, de una de las

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esquinas. Después separó uno de los billetes del mismo fajo, lo arrugó y se lo guardó en el bolsillo, ocultando de nuevo los otros en la saca.

A continuación, recogió el saco que había contenido la parte del botín de Laxon. Lo oprimió levemente contra la espalda del muerto, de modo que quedase impresa una pequeña mancha de sangre seca.

Luego recogió el pan y volvió presuroso hacia la casa, ocultando el saco vacío cerca de la puerta. Todo había sido muy rápido. Ellis se estaba peinando cuando entró su anfitrión.

—¡Vamos! El café está caliente y las patatas quedarán listas en un momento. Siéntese. ¿Dónde dijo que había quedado su caballo?

—Donde el sendero de carros cruza la garganta, al oeste del cañón… Hay un letrero clavado a un árbol.

—¿Cuál? Hay varios en distintos sitios.

—El que dice “Cinco millas al rancho Box O”.

—Supongo que trabaría a su caballo.

—Seguro. En realidad no hacía falta; no podía irse muy lejos. Está hecho polvo. ¡Lo que se va a alegrar cuando yo vuelva a emplearme! Y eso que el viejo Vinager es único; pero no puede más. Cuando parece cansado es que lo está de veras. Si no fuera por sus locuras sería el mejor caballo que he tenido. Claro que entonces en el VR no me hubiesen permitido quedármelo. Era lo mejor de su yeguada, pero con los frenos rotos. Es de los que creen que el jinete le pide que dé saltos de carnero. Pero no es peligroso.

—¡Ya! Un ruano marcado VR y algo loco. Parece como si lo viera.

—Exactamente.

—¿Cómo es…, ruano rojo?

—No…, azulado. Tiene una magnífica línea cuando come regularmente. ¡Viejo truhán!

—¿Viejo? ¿O es sólo un apodo cariñoso?

Charlie rió.

—Seguro. Sólo tiene siete años.

Moss le sirvió café y puso las patatas en un plato.

—Ahí tiene. ¡Adelante, que está en su punto! Yo también tomaré una taza de café. ¿Es muy alto su caballo?

—Quince palmos. Oiga, esto resulta un banquete, después del…, ya sabe…, del pienso. Anoche la pasé en una cabaña de troncos, al sur del pico.

Moss le interrumpió:

—¿De cuántas habitaciones? Es para darme una idea de dónde era.

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—Dos… Había marcado un HG a fuego en la puerta. Y escrito sobre las cuadras: “Chas. J. Graham, Cañón Alamosa”. No encontré a nadie pero sí carne en lata, harina y café. Y la noche antes estuve en el rancho Ancla X. Tampoco había allí un alma. Encontré una nota que decía que se habían ido a embarcar novillos al Magdalena. No decía nada de que fuesen a buscar víveres…, pero no era necesario. No había otra cosa que comer más que carne en conserva. Ni siquiera café. No he visto a un solo hombre desde hace casi una semana. Antes de eso, pasé un par de días con un viejo mejicano, en la misma cumbre de Sierra Negra, cazando y dejando que descansara mi caballo.

—Conocí una marca VR allá en el norte —exclamó Moss pensativo—. Las yeguas la llevaban en el anca, los sementales en el brazuelo y el ganado en el flanco.

—El que yo digo está en el Gila. El propietario se llama Hearn y marcan los caballos en la espalda y el ganado en el anca.

—Le llenaré otra vez la taza —dijo Moss—. Me agradaría que pudiese quedarse conmigo, pero si le urge conseguir trabajo y su caballo se atreve a recorrer unas dieciocho o veinte millas de aquí a mañana al mediodía, creo que puedo ayudarle. Los vaqueros van a reunirse mañana en Rosedale para seguir el rodeo en el norte. Aquí ya han acabado. Saldrán después de comer y acamparán a eso de unas veinticinco millas al norte. Tiene usted que retroceder por el camino que vino durante una milla. En el sitio que tuerce hacia aquí, en la cabecera del barranco, vuelva a la izquierda a través de la meseta, en dirección noroeste. A eso de seis u ocho millas encontrará un sendero llano que se dirige hacia el oeste desde el río, internándose en las sierras. Por ahí llegará a Rosedale.

—¡Bueno! Voy a tener que darme prisa para cogerlos antes de que se vayan. ¡Le agradezco mucho el informe! ¿Cree seguro que me den trabajo?

—Seguro. Ese ganado del VT tiene el diablo en la piel y siempre andan faltos de gente.

—Oiga, ¿puede darme una herradura del número uno y algunos clavos? ¿Me prestaría además un raspador y un martillo? Le dejaré las herramientas en el árbol en que han clavado el letrero. Herraré el caballo al amanecer y saldré antes de que apriete el calor. Puedo alcanzar al equipo poco después de las diez.

—Pero ¿no va a pasar aquí la noche?

—No. Podría dormirme. Me quedaré un rato a charlar con usted y me iré a dormir en mis mantas. Así me despertaré pronto.

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—Bien; lamento que se vaya, pero usted sabrá lo que le conviene. ¿Más café? Entonces, ¿un cigarro? —le pasó tabaco y papel—. Oiga, me convendría que me enviara un chico mejicano con un caballo para poder reunir a los escapados. ¡No se olvide!

—Esté tranquilo. ¿Puede dejarme un cubo para lavarme los pies antes de irme?

—Seguro. No se levante, que le traeré el agua. Voy a echar una ojeada por si alguno de los vaqueros ha dejado también calcetines limpios. Y le prepararé algo para desayunarse.

—¡Vaya, esto sí que es suerte! —decía poco después Charlie, con los pies en remojo, y echando anillos de humo mientras su anfitrión le iba empaquetando algunas provisiones—. Un empleo, la herradura, calcetines, cena y desayuno… ¡y nada de carne en conserva! Cualquier día le voy a hacer un favor a alguien… ¡Apueste usted a que sí! Yo no esperaba tanto hace un rato. Una hora atrás, bajo el sol, me decía que quizá mi cena fuese un cigarrillo y algunos versos del Boston Burglar… A menos que lograse cazar algo al oscurecer… Casi siempre se ven conejos a esa hora. Entonces descubrí este viejo rancho mirándome por la quebrada y ya está. ¡Hay que verme ahora! ¡Mejor que un ganadero! Es fantástico, ¿verdad? Lo que pueden cambiar las cosas en unas pocas horas… ¡Cuánta riqueza le espera a un hombre sin que él lo sepa!

Moss reía al oírle.

—Bueno, ya es hora de marcharme —agregó Charlie.

—¡Espere! Aún no he acabado con usted. Lleva un buen par de botas, pero deben atormentarle los pies, con tanta llaga. ¿Qué le parece si las cambiara por las mías? Son un siete.

—También éstas. Sí, las cambiaré. Las suyas deben de ser mucho más cómodas. No soy buen andarín.

—¿Imagina que voy a cambiárselas sin más? Las suyas valen por lo menos diez dólares, están casi nuevas, y las mías apenas se sostienen. No quiero aprovecharme así. Mire: le hago esta oferta: deme las botas y el 45, con cinturón y funda, a cambio de mi automática con sus arreos y cinco dólares además de mis botas.

—¡Hombre! ¡Se está engañando usted solo! Cambiar las botas y las armas a la par es suficiente —dijo Charlie mientras se quitaba las espuelas.

—¡No sea niño! Acepte el dinero. Aún falta mucho para el día de paga. Yo también he recorrido ese camino, muchacho. Si está sin un centavo, y

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sospecho que lo está por los síntomas, no va a empezar su empleo pidiendo un anticipo.

—Entonces… le doy también las espuelas. Así el trato será más justo. —¡Tonterías! Quédeselas. Las mías no sirven ni para hacer caricias. Con

ellas, un vaquero se vería descalzo. Acepte el dinero, hijo. Quisiera poderle dar más. Tengo bastante ahorrado, pero no aquí. Si le da reparos, tómelo como un préstamo y devuélvamelo cuando pueda. O mejor aún, déselo a quien lo necesite.

Charlie asintió.

—Acepto… con esa condición. ¡Es usted un buen hombre, mister Moss! Pruébese las botas nuevas a ver qué tal le quedan.

—¡Muy bien! Ni hechas a medida. ¡Vaya botas! Ustedes los jóvenes no cambian. Hasta el último centavo en caprichos. Apuesto a que tiene una silla de primera… aunque anda con el bolsillo vacío.

—Bueno, no es mala —reconoció Charlie, sonriendo—. Cincuenta y cuatro dólares me costó hace menos de un año. Pero es única.

—¿Con borrenes altos, estilo mejicano?

Charlie soltó un bufido.

—¡Nada de mejicano! No, señor; no necesito agarrarme. Monto sin ayuda. ¡Me quito las espuelas y me engraso los tacones! Claro que me han tirado, igual que a todo el mundo, ¡pero todavía no he arañado el cuero!

Moss sonreía indulgente.

—Bueno, voy en busca de los chismes de herrar. Mientras, quédese aquí y descanse. ¿Me dijo el número uno?

Regresó con la herradura y las herramientas, trayendo además el saco de mineral vacío, ahora abultado por una generosa ración de grano.

—¡Para Vinager, con mis saludos! —exclamó riendo y golpeando a Ellis en la espalda.

Charlie sintió que se le hacía un nudo en la garganta.

—Es usted todo un hombre, mister Moss. Si el viejo Vinager pudiera hablar, le daría las gracias en persona. Ahora me voy para que pueda usted acostarse. No se le ve tan enfermo como dice, pero sí muy cansado. ¡Adiós! Y confío en que volvamos a vernos.

—¡Seguro que nos veremos! ¡Adiós!

Se estrecharon la mano. Charlie se echó al hombro la carga y, cojeando un poco, la emprendió por el largo camino que iluminaban las estrellas, volviéndose una vez más para gritar su último “¡adiós!”.

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Moss saludó con la mano desde el iluminado umbral; una alegre canción llegó flotando hasta sus oídos:

¡Ada! ¡Ada! Ábreme la entrada,

Ada.

¡Ada! ¡Ada! Ábreme la entrada,

de madrugada.

¡Ada! ¡Ada! Ábreme la entrada,

o mi revólver la habrá abierto

¡de madrugada!

—Seguro que volverás a verme —murmuró Moss sonriendo con malicia. Luego cerró la puerta—. ¿Cansado? ¿Cansado? He de dormir para estar en forma.

V

Rancho Box O, 5 de agosto

Confesión de Elmer Moss:

“Me llamo Elmer Moss. Hace unas tres semanas que salí de Florence, Arizona, en busca de trabajo. No lo encontré y vine a caer en este rancho. Había estado en él durante un par de semanas, seis años atrás, cuando trabajaba aquí George Sligh.

”La pasada noche mi caballo estaba agotado y había perdido una herradura. Así que lo dejé en el cruce del cañón de Nogales, al oeste de la cerca del prado, y me encaminé al rancho.

”Llegué ya oscurecido y encontré a un hombre que aseguró llamarse Charlie Ellis y trabajar aquí. Se trataba de un tipo de aire agradable, de estatura parecida a la mía, pelo claro, ojos azules y la nariz respingona. Me acogió con amabilidad y dijo que no podía darme seguridades respecto a encontrar trabajo, pero que me quedase hasta que regresara el patrón. Estuvimos hablando mucho rato.

”Desperté temprano. Ellis no estaba en su camastro. Imaginé que andaría ocupado con los caballos del prado y volví a dormirme, pues me sentía muy fatigado de montar un animal

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de marcha tan lenta. Tardé mucho en volverme a despertar y me levanté. No se veía a Ellis. Salí al corral y allí encontré a un hombre muerto. Le habían disparado varias veces, no sé cuántas. Había, también, dos caballos muertos a tiros, ambos con sus sillas.

”Descubrí huellas de botas donde Ellis había recorrido a la inversa el camino que yo seguí para venir aquí. Intenta escapar con mi caballo y dejarme a ese hombre asesinado, del que tendré que responder.

”Me asusté tanto, que no sabía qué hacer. Salí al prado y fui hasta un lugar desde el que dominase todo el cañón. Si hubiera tenido un caballo, habría huido. Pero sólo encontré uno. Estaba muy cerca, bajo el reborde rocoso. Lo habían forzado hasta casi reventarlo. No hubiera podido llevarme ni cinco millas. Al descender encontré otro, aún en peor estado que el anterior, fuera de las vallas del corral. Lo metí dentro y le di agua y pienso. Había más huellas de caballos en los alrededores del corral.

”No sé qué puedo hacer. Ignoro lo que habrá ocurrido aquí. Puede pasar más de una semana antes de que llegue alguien. De ser hoy, o mientras aún está fresco el rastro que yo dejé al venir y Ellis al escapar, no sería tan grave. Esa es toda la historia, tan clara como en letras de molde. Mis botas son nuevas y las suyas estaban deshechas. No hay modo de equivocarse. Y mi caballo ha perdido la herradura de la pata izquierda, así que será fácil seguir su rastro. Además está casi agotado; no podrá ir muy lejos. Si alguien llegase hoy, puede seguirle y prender a Ellis fácilmente. Si no viene nadie, estoy perdido.

”He tapado al muerto con una lona. Se reía cuando murió. Continúa riéndose… y tiene los ojos abiertos de par en par. ¡Es horrible! Lo dejo todo tal como estaba. Escribo esto, pierdo el tiempo escribiéndolo, para que este asunto quede claro antes de que alguien venga haciendo preguntas y lo confunda todo. Y también por si me vuelvo loco, o consigo hacerme con un caballo e intento huir. No, no lo intentaré. Sería tanto como confesar que soy el asesino. Si me cogiesen, me ahorcarían sin remedio.

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”Sólo me puede salvar la pura verdad. Y tampoco va a servirme de nada a menos que alguien llegue hoy mismo. Ese Ellis es más o menos de mi estatura…, pero eso ya lo he dicho. Lleva pantalones azules, bastante desteñidos, y una camisa de franela gris. No me fijé en el sombrero; no se lo puso nunca. Distinguí el cinturón de un revólver bajo la almohada, que ahora no está; pero no llegué a ver el arma.

”Esto me ha hecho pensar. Fui a mirar por todas partes para ver dónde había vuelto a cargar Ellis su revólver. Descubrí varios cartuchos recién disparados, nueve del 32, para pistola automática, sin humo ni reborde, esparcidos por el suelo del cuarto de arneses igual que si hubiesen salido de una automática. Mató a ese pobre hombre a traición. Volví a examinar al muerto. Tiene dos balazos en la espalda. En total, por lo que pude ver, los balazos eran seis. No fui capaz de tocarlo. Era horrible verle reír de ese modo… y me siento a punto de desfallecer. También tiene un agujero en el cuello, del tamaño que puede hacer un 32.

”Vi un revólver en el suelo, cerca de la mano del muerto; con tres cartuchos vacíos. Esas balas debieron ser las que mataron a los caballos, supongo que cuando el muerto ya había recibido los balazos. Lo tapé de nuevo. Ahora comprendo que no debí acercarme a él. Ahora veo, aunque demasiado tarde, que no debí dejar una sola huella en el corral. De haberlo sabido, de haberlo pensado a tiempo, las huellas que había allí me hubieran librado de culpa. Sólo tenía que quedarme quieto. Pero ¿cómo podía ocurrírseme?

”Más tarde. Hay un árbol ante la casa y allí he comenzado a cavar una fosa. Si nadie llega antes de que se ponga el sol, enterraré a ese pobre hombre. Me las arreglaré para hacer una rastra, pondré en ella el cadáver y que el caballo que antes encontré le lleve hasta la fosa.

”Me ha sentado bien cavar y me ha calmado los nervios. Estoy ya por la mitad y he podido descansar un poco. Ahora voy a terminar.

”Más tarde. Son las diez de la noche. ¡Gracias a Dios! Al terminar la fosa y salir de ella, vi una gran polvareda que se aproximaba desde el norte. ¡Me he salvado! Ya están muy cerca

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y vienen con prisa; son diez o doce jinetes. He revisado con cuidado esta confesión y creo que no olvido nada. Es la verdad y nada más que la verdad, así Dios me ayude.

”Sólo deseo añadir una sola cosa: Moss no es mi verdadero nombre. Lo vengo usando desde hace nueve años. Procedo de buena familia y pude tenerlo todo en esta vida; pero he sido una mala cabeza. Ocurra lo que ocurra, no quiero manchar mi nombre. Continuaré siendo Elmer Moss. Si hubiera llovido y se hubiesen borrado las huellas…; sí, a causa del viento, se hubiesen cubierto de arena…, ¡en qué situación me encontraría ahora! Están ya muy cerca. Voy a dejar la pistola sobre estos papeles y saldré a su encuentro”.

—Eso es todo —dijo Tom Hall, al concluir la lectura.

Nadie le contestó. Todos respiraron largo y hondo, como si suspirasen.

Hubo un remover de pies.

Las amenazadoras miradas que se posaban en Moss, entonces sentado y abatido sobre la mesa, hacía largo rato que se trocaran en compasivas y ligeramente amistosas. Una docena de hombres de graves rostros se agrupaban en la cocina, algunos de ellos pálidos y desencajados a causa de lo que habían visto en el corral.

Se miraron entre sí. El joven Broyles apoyó levemente la mano en el hombro de Moss. Entonces, el viejo Teagardner se rascó la barba para decir:

—Su historia parece buena, mister Moss. Las huellas que salen de aquí son las mismas que habíamos descubierto en los corrales de Aguazul, y esos dos caballos cansados también venían de allí. Si dice usted la verdad, ha tropezado precisamente con lo que venimos buscando. Pero hemos de retenerle…, por lo menos de momento, hasta que demos con ese hombre. Va a tener que contestar algunas preguntas. ¿Qué clase de caballo montaba usted?

—Un ruano azulado, con la marca VR, fino, de unos quince palmos de alto, desherrado de la mano izquierda y de unos siete u ocho años. La silla es casi nueva —contestó Moss, abatido.

Luego irguió la cabeza y su voz reveló una repentina cólera:

—Puede preguntarme en cualquier momento…, puesto que me tiene aquí. ¿Por qué no salen en busca de Ellis? ¡Eso es lo que importa! Se está alejando a cada minuto. Claro que sé que deben retenerme. ¿Por quién me toma…, por algún tonto? ¿Imaginan que voy a creer que, después de encontrar a un hombre en mi situación, le dejarán irse tan tranquilo sólo porque diga: “Por

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favor, señores, que yo no fui”? Envíe a su gente en busca de Ellis que yo contestaré a todas las tonterías que se le ocurran.

—Hijo —dijo Teagardner sin perder la calma—, ese tipo no va a ir muy lejos. Hemos enviado hombres y mensajes por los alrededores y todo el mundo ha hecho correr la noticia. Quien no pueda explicarnos sus pasos, quedará detenido como sospechoso. Dentro de poco saldrán algunos de mis muchachos; pero apuesto diez contra uno a que el tal Ellis está ya preso… o muerto. Eh, chicos, vamos afuera donde se inspire un soplo de aire.

—¡Les aseguro que no va a luchar! —advirtió Moss, mientras seguía al exterior a sus captores—. Parecerá tan inocente como un cordero. Si no puede escapar, su juego será cargármelo todo a mí.

—Más razones para que responda usted a nuestras preguntas. —¡Preguntas! —dijo Moss amargamente—. Me gustaría que alguien

contestase a las mías… ¿Quién era el muerto? ¿Por qué lo mató Ellis? ¿A quién buscaban ustedes?

—No sabemos el nombre del muerto. Ninguno de nosotros lo había visto nunca —explicó Cook—. Hace dos días que les seguimos. Robo y asesinato. Ahora uno de ellos ha matado al otro para quedarse con el botín.

—¿De modo que no conocen al hombre al que van persiguiendo? Pero a lo mejor a ese hombre lo han matado por otros motivos. Puede que no tenga nada que ver con sus ladrones de bancos. Había una infinidad de huellas de caballo que salían del corral. Las vi esta mañana. Quizá era ésa la banda que ustedes persiguen.

Teagardner se acarició la larga barba blanca e hizo un ademán para que los demás callasen.

—Algunos de nosotros iremos en su busca, naturalmente; pero las huellas del corral pertenecen sólo a los caballos que soltaron, a mi juicio, para que no pudiésemos usarlos nosotros. Me parece que así fue como ese Ellis llegó a verse en el aprieto en que estaba: disparó contra su compañero y éste le dejó a pie antes de morir. Entonces, cuando usted llegó, Ellis le largó todo el asunto… ¡Bueno! Cal, tú y Hall escoged a otros dos que os acompañen y seguid a Ellis. Mirad con cuidado por si veis donde haya podido esconder el dinero. Estoy plenamente convencido que no lo lleva encima. Nosotros lo buscaremos por aquí. ¿Habéis elegido ya?

—Este par de zopencos bastarán, tío Ben.

—Bien. Entonces, comed un bocado y llevaos algo para el camino. Nos veremos antes de salir. Broyles, tú y Dick seguid el rastro de esa manada de caballos en cuanto hayáis cenado. Traedlos aquí… o ved adónde han ido. Es

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posible que hubiese dos bandas metidas en la misma faena; pero me parece que no. Sigo pensando que sólo eran caballos. Sam, tú y Spike preparad la cena. Los demás, a ver cómo hacéis un ataúd. Vigilad a Moss. Después, todos juntos, vamos a mirar por el rancho por si Ellis escondió aquí el dinero. Y, pase lo que pase, quiero a ese hombre vivo. ¿Sabéis? Nada de tiros. No estoy muy contento. Moss cuenta una historia que puede ser verdad y hasta ahora todo parece respaldarlo; pero ese Ellis…, ¿qué es lo que espera? Si aparece por aquí tranquilo y sin sospechar nada… es culpable y está haciendo una comedia para cargarle el muerto a Moss. Si está asustado, basta para que le ahorquemos; si nos planta cara es puro descaro y le colgamos igual. Si se defiende, es culpable; si se oculta, más culpable todavía. Si consigue escapar, la prueba ya no ofrece duda. Un juego en el que no se tiene la menor probabilidad de ganar, no me parece muy claro.

El joven Broyles entró en el cuarto.

—¡Mirad lo que he encontrado! Estaba en el corral, en el suelo. Di una patada a este saco que vi junto a los caballos muertos… ¡y mirad lo que ha salido! Diecinueve billetes de cinco dólares, bien empaquetados.

—Están rotos… Fijaos. Siempre van en fajos de cien dólares —explicó Hall—. Es probable que falte un billete.

—Sí —convino Cal, excitado—. Y ese saco de mineral… Seguro que había dos iguales y que, después del crimen, Ellis lo guardó todo en uno; entonces se le debió caer este fajo. Hay que llamar a Moss.

—Yo se lo diré —dijo Teagardner.

—¿Cómo se romperían estos billetes? ¿Y dónde estará el que falta? — exclamó Cal.

Hall se encogió de hombros.

—¿Y yo qué sé? Vamos, chicos…

La cena había concluido. Broyles y Dick se ponían de acuerdo sobre la búsqueda que iban a emprender. El ataúd estaba listo, con el muerto dentro.

—¿Van a enterrarlo ahora mismo? —indagó Moss.

—¡Así lo espero! —dijo Spike, estremeciéndose.

—Yo también —le hizo eco Sam—. No aguanto más esa horrible risa.

Vamos a quitarlo de aquí, tío Ben.

—No. En primer lugar, es preciso que Ellis lo vea. Además, puede llegar el sheriff, que a lo mejor quiere hacerse cargo. Por otra parte, quizá enterremos aquí al asesino y a éste nos lo llevemos a San Marcial.

Moss se humedeció los labios.

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—Pongámosles juntos en la misma hoya. ¿Por qué no? Es hondo de sobra —propuso Cook—. Mataron al viejo Mims… Que hablen ahora de eso.

—Fue uno solo el que mató a Mims —dijo Teagardner—, y quizá no fuera este desgraciado. Quien lo hizo fue su compañero, el que le disparó por la espalda desde detrás de una pared de adobe y después dejó que un inocente cargase con las culpas; seguro que ése es el que mató a Mims. Creo que no tenemos derecho a obligar a éste a que soporte semejante compañía. ¡Vamos! A trabajar.

Arrastraron los dos caballos muertos hasta que quedaron lejos, en la llanura; cubrieron de arena los charcos de sangre, y registraron la casa, tanto el techo y el suelo como las paredes; para luego pasar a los pajares y los establos en busca del dinero robado.

—Olvidan una cosa —advirtió Moss—. Puesto que soy su prisionero, sigo bajo sospecha. Al fin y al cabo, puedo ser el asesino y Ellis la víctima…, como él va a pretenderlo, naturalmente. Deberían seguir mis huellas hasta el lugar donde, esta mañana, me acerqué al barranco.

Teagardner le contempló con suave reproche.

—Deje de darle vueltas a la sesera, Moss. Nos ocupamos de todo. Eso fue exactamente lo que hicimos mientras usted descansaba antes de cenar. No ha dado usted un paso que no hayamos comprobado. Tampoco descendió usted al cañón en uno de los caballos para ocultar allí el dinero. Y lo mismo vamos a hacer con Ellis. Esa suma aparecerá. La necesitamos… como prueba.

—Bueno. Si han concluido la inspección, quisiera descansar… Dormir un poco, si es que puedo. ¡Estoy deshecho!

—Sí, se le nota. No me extraña, con la tensión que ha soportado. Aquí se ahoga uno… Vámonos junto a la fosa, bajo ese árbol. Es el único sitio fresco que hay aquí. Traed agua, muchachos.

—Bonito sitio para echar un sueño —comentó Sam con risita nerviosa cuando llegaron a la tumba—. ¿Qué tiene la sombra de esta casa?

—Ahí no corre el aire —explicó Moss—. Prefiero esto.

Teagardner se sentó sobre una piedra y estuvo contemplando la tumba durante largo rato, mientras fumaba plácidamente. Era muy viejo, duro, fuerte y tan tieso como un huso. Hacía mucho tiempo que Teagardner alcanzara la madurez en aquellas tierras. Desde entonces había transcurrido la mitad de su vida. A una edad en que la mayoría se conforman con ser meros espectadores, él partió en busca de nuevas aventuras. Tras un cuarto de siglo en Australia y en el Lejano Oriente, Hong Kong fue su última etapa, había regresado al escenario de su juventud… para morir.

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Si Napoleón, a los ochenta años, hubiese vuelto de Santa Elena, su posición habría sido muy similar a la del tío Ben. La leyenda y el mito habían ido creciendo en torno a su nombre; extrañas historias de los salvajes tiempos pasados, de aquellos días en que no era el Viejo, ni el tío Ben de todo el mundo, sino el fuerte entre los fuertes. Aquella mañana, la partida había pasado ante su puerta y él montó en su caballo, pese a sus setenta y siete años, sin que nadie se atreviese siquiera a intentar disuadirlo.

—Es una tumba muy profunda… en una tierra muy dura —dijo al cabo, levantando la vista—. ¿Ha sido usted minero, Moss?

—En cierto modo…, sí.

—Tuvo que trabajar duro para cavarla.

—Seguro. Parecía sentarme bien. Estaba bastante nervioso y excitado.

Bueno, los nervios no eran más que el susto.

—Dijo que venía de Arizona. ¿Dónde pasó la penúltima noche?

—En una choza de troncos de dos habitaciones, al pie del pico San Mateo, al sur. Era el rancho HG… o lo había sido, porque tenía esas letras en la puerta. No había nadie.

Spike asintió:

—Es la casa de Charlie Graham. Está en el rodeo.

—Pues siento que no estuviera allí, tal como me han ido las cosas; pero si mañana envían a un hombre, encontrará los botes de carne con que cené, además de la harina y el café, pero nada más… Sólo el rastro de mi caballo y la herradura que perdió en el camino. Eso probará mi coartada, por lo menos en lo que respecta al asalto del banco. Los billetes que han encontrado parecen acusar a esos otros dos caballeros.

—Si es necesario, enviaremos allí un hombre. Y no fue un banco lo que robaron, sino una mina…; mejor dicho, a su pagador —corrigió el tío Ben.

—Bueno, nadie me lo había dicho.

—No; no se lo dijo nadie. ¿Y la noche anterior?

—La pasé en el rancho Ancla X. También estaba vacío. Si un hombre se llega hasta allí, no va a encontrar más que carne en conserva… Ni siquiera un poco de café con que acompañarla. Verá también una nota que explica que el personal ha ido a embarcar reses al Magdalena.

La mirada tranquila de Teagardner examinó de nuevo el círculo de vaqueros y otra vez resultó confirmada la historia del detenido.

—Así es. Hoy están cargando. Bueno, tío, deje dormir al hombre. Ya ve que para todo tiene respuesta.

Pero el tío Ben insistió:

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—¿Y antes de eso? Debe haber visto a alguien en algún sitio, en alguna ocasión.

Moss movió la cabeza con impaciencia.

—Durante casi toda una semana estuve acampando con un viejo cazador mejicano en la divisoria del sur del Chloride, para que mi caballo descansara. Cazábamos venados, o mejor dicho, cazaba él y yo le acompañaba. No tengo rifle y el viejo no quería prestarme el suyo. Se llamaba Delfín no sé cuántos, y, según me dijo, vive en Springerville. ¡Oiga, estoy muy cansado! ¿Es culpa mía que no haya ni un alma en todo este maldito país? De haber podido leer el porvenir, hubiera contratado a un testigo para que me acompañase.

—Si pudiésemos leer el porvenir… nos íbamos a llevar más de una gran sorpresa —repuso Teagardner sin alterarse—. Vosotros… podéis ir todos a dormir. Yo ya dormí anoche. Os avisaré en cuanto sea la hora.

Buscó como asiento el lugar más blando sobre el reciente montón de tierra, se acarició la larga barba gris y contempló la tumba. Moss le miraba con los párpados entornados. Después le venció la fatiga, más fuerte que el miedo, el odio y el ansia de vivir, y se durmió.

VI

—¡Estúpidos cabezotas! —gritaba Charlie Ellis, furioso.

—Gracias por el elogio —respondió Tom Hall—. En cambio, hay algunos que se pasan de listos. ¡Estate quieto!

A Charlie le sujetaban tres hombres, uno por cada brazo y otro por el cuello de la camisa. Sus ojos relampagueaban; estaba encendido de cólera y con la indumentaria en desorden, pues acababa de realizar un sincero y concienzudo intento de romperle el cuello a mister Moss, intento que estuvo a punto de tener éxito. Fueron necesarios más de tres hombres para separarles. Moss, pálido y sonriente, se restañaba la sangre del arañado rostro, a salvo más allá del ataúd y de la tumba, mientras el sol poniente, a través de las nubes, bañaba el cuadro con una sañuda luz roja.

—Ya que hemos restablecido la calma —comentó Teagardner pacientemente—, pasemos a lo que importa. Tom, nos ha costado tanto explicarle la situación a mister Ellis, que aún no hemos oído tu informe. ¡Suéltalo ya!

—Tío Ben, este Ellis es el tipo que buscamos —aseguró Tom Hall—. Encontramos el sitio donde le había puesto una herradura a su caballo… y me parece claro que Moss no podía saberlo. Seguimos su rastro hacia Rosedale y

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entonces topamos con estos tres hombres que la traían de allí. Le habían dicho que estaban deteniendo a todo el mundo y le echaron mano. No protestó…, entregó el arma sin decir palabra. Era una 32 automática. El caballo y la silla corresponden a la descripción de Moss… y además llevaba este saco de minero.

El tío Ben movió la cabeza.

—Eso no significa nada, Tom. Todo resulta tal como dijo Moss…, pero también como dice Ellis. Por lo que veo, no tienen más que un caballo, una silla y una historia interesante para los dos.

—¡Ilustres, alegres y despreocupados cabezotas! —gritó Charlie con amarga burla—. De haberme contado lo que había dicho Moss, yo les habría pedido que dejaran atrás mi caballo para que él probase a describirlo. Tiene un casco blanco, se hirió con alambres de espino y la silla está reforzada con ante en el sitio donde se descosió el forro. De eso, Moss no hubiera podido decirles nada. ¿Es que me han dado la menor ocasión de defenderme? No, señor; llegaron a lo loco, dejándole a Moss que lo mirase todo… mientras simulaba acariciar al viejo Vinager. Yo no sospechaba nada. Me dijeron que había pasado algo raro y que estaban pidiéndoles explicaciones a todos los forasteros. Me pareció razonable y no me preocupé más.

—Vamos a tener que creerle bajo su palabra —se burló Sam—. Supongo que Moss también nos hubiera contado eso de habérselo preguntado.

—O no… Ellis tiene razón —decidió Hall, muy serio—. No le hemos dado ocasión de que se defienda. Lo lamento.

—¿Y qué hay del saco de minero?

—Muchachos —intervino el tío Ben—, estáis enmarañando las cosas. Mister Ellis dice que en ese saco llevaba comida. Me parece natural. Y que lo haya conservado, creo que cuenta en su favor.

—Lo mismo opino yo —afirmó Cal—, y juraría que si en el saco tenía dinero, debe haberse comido los billetes y tirado las monedas una a una. No lo ha escondido después de que abandonó la casa; de eso estoy seguro. Conozco bien cada pulgada del terreno que ha recorrido y no se me habría escapado el menor cambio. Incluso, para estar más seguro, fui, después de encontrarnos con los hombres de Rosedale, hasta el sitio donde le prendieron y volví al galope, para reunirme con el grupo.

—Entonces, ¿qué opináis de esto? —exclamó, triunfalmente, Spike, uno de los que sujetaban a Ellis—. Acabo de encontrárselo en el bolsillo.

Se trataba de un billete de cinco dólares nuevo y roto por una esquina. Teagardner sacó el fajo que encontraran; los desgarrones casaban

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perfectamente.

Un terrible rugido brotó de la docena de gargantas allí reunidas. Se apiñaron todos, empujándose, Moss entre ellos, y las manos se esforzaban por aferrar al preso.

—¡Colgadle! ¡Colgadle!

—¡Atrás! ¡Atrás, estúpidos! ¡Voy a matar al que vuelva a tocarlo! — ordenó Teagardner—. ¡Atrás!

—¡No vais a colgar a nadie, perros aulladores! —se burló Ellis con frialdad—. Estamos en el mismo sitio en que estábamos…; mi palabra contra la de Moss.

—¡Seguro! —aprobó el tío Ben—. ¿Es que no tenéis ni un poco de sentido? Cook, si fueses este hombre, y además culpable, ¿cómo dirías que el billete ha llegado a tu poder?

—Pues que Moss me lo había dado.

—Y tú, Spike, si supieras con seguridad que Ellis es inocente, ¿cómo explicarías que tuviera ese billete?

—Debió dárselo Moss —reconoció Spike a regañadientes. Charlie se reía. —Pues así es como llegó a mi bolsillo… cuando cambiamos las botas y

las armas, según ya os dije.

—¡Eres un maldito embustero!

Como nadie le sujetaba el pie a Charlie, entonces alcanzó de lleno a Moss en el pecho, tumbándole sobre el montón de tierra y casi dentro de la fosa.

—Mister…, bueno, tío Ben, como veo que le llaman —dijo luego Charlie —, usted parece ser quien preside la reunión y es lo bastante viejo para tener alguna idea clara de vez en cuando. Lo mismo hay en contra de Moss que en contra mía…, ¿no es eso?

—Seguro…, hasta ahora.

—Bien; entonces ¿por qué se nos trata de modo distinto? ¿Por qué me sujetan a mí mientras que él está libre?

—¡Tiene razón! —convino Cal.

—Dos de vosotros, sujetad a Moss —ordenó el tío Ben—. ¡Ahora, mister Ellis, escúcheme! —Alzó la tapa sin clavar del ataúd, para descubrir la cara del muerto—. ¿Conoce a este hombre?

—¡Diablo, está riéndose! No; no le había visto en mi vida. ¿Qué es lo que le hizo tanta gracia? ¿Sabe alguien el chiste?

—Se está riendo de su asesino.

—Bueno, yo ya sé quién es —opinó Charlie—. Y eso es más de lo que todos ustedes saben.

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Teagardner volvió a colocar la tapa del ataúd en su sitio.

—Lo único que nosotros sabemos, por lo menos hasta ahora, es que se ríe de usted o de Moss. Sus historias son exactamente iguales. ¿Qué podemos hacer? Compréndame… No se va a ahorcar a nadie hasta que se demuestre quién es el culpable.

—¡Reténgannos aquí! —dijo Charlie—. Vigílennos noche y día. Átennos juntos con cuantas cuerdas haya en el rancho. Uno de los dos miente. Envíe a alguien a recorrer el camino que yo he seguido hasta encontrar dónde la historia del que miente no concuerda con la verdad. Yo puedo describirles hasta el más pequeño detalle de los ranchos en los que estuve; puedo explicar cómo era el viejo cazador mejicano, si lograsen encontrarlo. ¿Podría Moss?

—Hijo —comentó Teagardner—, ha dado con una gran idea y su plan nos sería muy útil… si hubiera que recurrir a él; pero no va a ser preciso. Hay una cosa que han pasado por alto. Toda mentira tiene dos extremos, y uno de esos cabos de la nuestra queda más acá del crimen. Si llegamos a encontrar el dinero donde usted lo ocultó después de abandonar el rancho… le va a tocar columpiarse, Ellis. Si lo encontramos aquí mismo, pudo haberlo escondido cualquiera de los dos. Todo cuanto sucedió en el rancho pudo haberlo hecho uno de los dos…; todo, menos una cosa.

Dirigió la mirada hacia Moss, que estaba de pie junto al ataúd, pálido y tembloroso, sujeto por los brazos por dos jinetes.

La voz de tío Ben sonó mesurada, grave y dura:

—Todo menos una cosa —repitió—. Hay algo en que no ha intervenido Ellis. Moss cavó la tumba. Y la tumba resulta demasiado honda. Desde el principio me preocupó que lo fuese. Salta dentro, Sam, y mira por qué Moss cavó tanto.

A Moss se le doblaron las rodillas; sus guardianes debieron sostenerle, obligándole, luego, a acercarse al borde de la fosa. Un estremecimiento recorrió el grupo de vaqueros; se precipitaron hacia adelante y el último rayo de sol les cayó encima, cual una dorada saeta. Sam saltó dentro del hoyo.

—Moss la hizo demasiado honda… por miedo a que más tarde desenterrasen el cadáver para trasladarlo al cementerio —dijo Teagardner—. ¿Está muy duro por ese lado? Pues prueba por el otro.

Sam halló tierra suelta en el otro extremo. Trabajó con furia hasta dar con un paquete hecho con tela impermeable. Lo lanzó arriba. Aflojaron las cuerdas, abrieron la tela y, junto a la misma tumba, el dinero adquirido con sangre se desparramó a los pies del asesino.

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ES PARTE DE MI TRABAJO

JAMES B. HENDRIX

I

Cualquier hombre —dijo John el Negro, agitando el cubilete de los dados y lanzándolos sobre el mostrador— es un condenado loco si se pasa toda la noche jugando, y bebiendo un vaso cada vez que gana una apuesta. Esta mañana me siento endiabladamente mal, con un regusto en la boca como si me hubiera comido una mofeta con piel y todo.

El viejo Cush cogió los siete dados y los arrojó al mostrador:

—Ahí van tres seises, que ganan a tus tres cuatros, más esos cuatro doses. No te habría hecho ningún daño anoche tomarte un vaso cada vez que ganabas una pasada, pero de madrugada te tomabas uno cada vez que alguien ganaba. Y lo peor es que ya no estamos en la mañana, pues ya hace un buen rato que pasó el mediodía, y apuesto a que todavía no has comido nada.

—Sí; me freí una chuleta de alce y me tomé una taza de té. Me sentiré perfectamente tan pronto como lo haya regado con tres o cuatro copas de licor. Tus cuatro doses son buenos. Trae la botella.

—Incluso cuando tienes el estómago lleno has de pensar en la bebida — gruñó Cush—. Ahí viene John el Manco. Bébetela, y yo compraré una. Con ésta, ya te habrás bebido tres —añadió, mientras lo anotaba en un libro.

—Sí; estoy empezando a sentirme como el que siempre fui, y no como cualquier condenado inválido.

John el Manco cruzó el bar, se apoyó en el mostrador, y cogiendo la botella llenó el vaso que el viejo Cush le alargaba.

—¿Te acuerdas de aquellos dos fulanos —dijo— que vinieron el pasado otoño y reivindicaron ese terreno que se encuentra a unas cinco millas de aquí, aquellos a los que tú llamabas Ramón y… y no sé quién porque eran tan buenos amigos y estaban siempre juntos los pocos días que estuvieron por aquí? Tú decías que te recordaban a dos fulanos mencionados en la Biblia.

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—Sí… Damon y Pythias les llamaba yo —dijo John el Negro.

—De ésos se trata —replicó John el Manco—. Sólo que sus nombres son Bill y Jack.

—Y además —interpuso el viejo Cush— no recuerdo los nombres de Damon y Pythias, en la Biblia.

—Deben encontrarse hacia la mitad del libro, más allá de donde tú has llegado.

—Pues estoy bien cerca del Deuteromaderio o como se llame —se defendió Cush—, y si no hubiera sido porque me dejé engatusar por esa partida de dados la noche pasada, a estas horas ya habría llegado por lo menos hasta Josué.

—Estos dos quedan más lejos que Josué —gruñó John el Negro—. Al paso que vas, Cush, no te encontrarás con ellos hasta un año después de las próximas Navidades. Pero dejando a un lado las discusiones teológicas…

—Debes sentirte mejor —murmuró Cush—. Esas dos palabrejas habrían hecho detenerse a cualquiera. —Se volvió a John el Manco—. ¿Estabas diciendo algo a propósito de aquellos dos fulanos del terreno?

—Sí; parece que están en guerra.

—¡En guerra! —exclamó el viejo Cush—. ¿Cómo? —Luchando entre ellos, quiero decir. ¡Luchando con rifles! —¿A propósito de qué? —preguntó Cush. John el Manco se encogió de hombros.

—¿Cómo diablos podría yo saberlo? Si veo a un par de tipos tumbados en el suelo a cada lado de un campo, disparándose con rifles, podrían estar luchando por lo que quisieran, y me importaría un rábano. Yo oí los tiros y me asomé por encima del seto hasta que vi lo que pasaba, y después me fui de allí, antes que perder el brazo que me queda.

—A propósito —John el Negro sonrió burlonamente—, no creo haberte oído explicar cómo perdiste el izquierdo.

—El marido de una mujer casada me disparó con un fusil en un acceso de ira. Creo que disparaba contra mí… y por cierto que no fue un mal disparo, teniendo en cuenta cómo me escabullía yo. Después, un doctor me lo cortó. Pero no me gustaría perder este otro.

—¿Cuándo luchaban estos fulanos? —preguntó John el Negro.

—Por lo que sé, todavía deben estar en ello. Ya sé que no te gustan los tiroteos en estos bosques, de manera que vine hacia aquí tan pronto como pude. Hace, tal vez, hora y media que yo me encontraba allí.

John el Negro se volvió hacia Cush.

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—Creo que será mejor que vayamos allá a investigar —dijo—. Si uno de esos malditos locos mata al otro, o vicirversa, la policía podría enterarse, y venir a molestarnos.

Cush miró a John el Manco, amargamente.

—Ocúpate del bar hasta que yo regrese —ordenó—. Y no te acerques demasiado a la caja registradora, o perderás el brazo que te queda, en un acceso de ira.

II

Una hora más tarde, mientras los dos hombres salían del valle de Halfaday y se internaban en la parcela, el viejo Cush gruñó:

—Me importaría un comino que esos fulanos del infierno se tirotearan el uno al otro…, pero, como tú dices, cuanto antes lleguemos, y enterremos al uno y colguemos al otro, tanto mejor será por lo que se refiere a la policía.

John el Negro sonrió:

—Tal vez no estén las cosas tan mal como eso —aventuró—. Tal vez no pudieron alcanzarse el uno al otro, o se quedaron sin municiones, o algo así. Ahora no se oyen disparos. Y su choza no queda más lejos que una milla de aquí.

—A lo mejor, cada uno mató al otro, y entonces podremos enterrarlos a los dos —dijo Cush, animándose—. Han estado trabajando todo el invierno y probablemente no han ganado siquiera para pagar lo que han estado cavando… Si pudiéramos encontrar el sitio donde escondían sus cosas… Probablemente no sería preciso cavar demasiado hondo…, porque el suelo está todavía helado.

—Te estás volviendo muy sangriento —rió John el Negro—. Imagínate que alguien les echara de menos, y la policía se presentara aquí, a buscarlos.

—Pero ¿quién diablos iba a echar de menos a un chechako[9]? —dijo Cush—. De la manera en que se están apiñando junto al Yukón, no sería una mala cosa para este país si la mitad de ellos se murieran.

—Hay más verdad que poesía en esto. Pero esos dos eran muy jóvenes. Dudo que vinieran con la inmigración. Probablemente trabajaban en el White, después atravesaron el Halfaday, y llegaron a estos campos. Parecían ser unos buenos muchachos, y sólo se ocupaban de sus propios asuntos.

—Yo también lo creo así —replicó Cush—. Compraron sus provisiones de invierno el pasado otoño y se instalaron con todos sus bártulos por aquí. No se mostraron en público ni siquiera en las fiestas de Navidad. Lo que yo

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digo es que, si no están huyendo de la policía, ¿por qué no se dejan ver en el fuerte, de vez en cuando?

—Lo más probable es que, como son chechakos, no saben qué deben hacer. Cabezas más maduras que las suyas comprenderían que no es bueno para dos hombres quedarse dentro de una condenada choza durante todo el invierno. Un hombre puede hacerlo, o tres hombres…, pero no me gusta que sean dos hombres. He oído algo acerca de un campamento con tiendas de dos hombres, cerca de aquí. —Black John se tamborileó significativamente la frente con los dedos—. Aún podría pasar si de vez en cuando salieran, y se relacionaran con los demás. Pero qué me dices de los largos y fríos inviernos, y siempre a oscuras…, con pocas horas de trabajo y muchas horas de holganza…; queda demasiado tiempo para pensar, me temo. Y dos hombres no piensan siempre exactamente lo mismo, de manera que no importa cuán buenos amigos sean, y las discusiones empiezan, y las discusiones dejan casi siempre rescoldos amargos, y éstos dejan paso a las luchas… y cualquier cosa puede pasar.

—Tienes razón en esto, John —accedió Cush—. Solamente existe una combinación peor que ésta: que sean dos hombres y una mujer.

—Hum —gruñó John el Negro—, pon una mujer en cualquier situación, y el infierno se desatará…, sea cual sea la combinación ideada.

Los dos hombres guardaron silencio unos instantes y escucharon el ruido de pasos alejándose precipitadamente por el sendero.

—Los dos no están muertos —dijo Cush—. Y parece que éste tiene una prisa endiablada.

—Sí; como un hombre huyendo de la escena de un crimen.

John el Negro se echó el rifle a la cara, acariciando el gatillo, cuando un hombre apareció bruscamente junto a una roca inclinada hacia el desfiladero, y se paró en seco al ver a los dos hombres en el sendero, diez yardas delante de él.

—¡Socorro! ¡Necesito ayuda! ¡Es mi socio!

Se trataba de un hombre joven, con la cara pulcramente afeitada y blanca como la cera, y los ojos desencajados por el horror.

—¿Está muerto?

La voz de John el Negro sonó fría y dura, en acusado contraste con el tono histérico del otro.

—No; se trata de su pierna; ¡ha recibido un tiro…!

—Se lo ha hecho él mismo, ¿verdad?

—No. Yo lo hice.

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—Accidente, ¿eh?

—No; no un accidente. No exactamente… Yo…, yo le estaba disparando…, estaba tratando de matarle. Pero ¡vamos!, por favor. Podemos hablar más tarde. He conseguido detener la hemorragia, pero debemos hacer algo. Está en su camastro, en la choza. Yo mismo le llevé allí. Sólo estamos a media milla. Iba corriendo en busca de un doctor.

John el Negro sonrió fríamente.

—Hubieras debido correr mucho rato —dijo—. Los médicos más cercanos están en Dawson.

—Pero… ¿no hay un doctor en el fuerte? Alguien que sepa algo de medicina.

John el Negro negó con la cabeza.

—Un hombre con un tiro en la pierna no necesita la medicina —dijo, frunciendo el ceño—. Ve delante y te seguiremos. Somos tres. Y si no podemos hacer nada para salvarle, se morirá.

—Y yo seré un…, ¡un asesino!

La voz del joven subió, histéricamente, varios tonos al pronunciar esta última palabra, y sus ojos miraron, asustados, a los dos hombres.

—No deberás preocuparte durante mucho tiempo —dijo John el Negro secamente—. Los colgamos muy de prisa, en Halfaday. Continúa, y veremos lo que se puede hacer.

El joven abrió camino rápidamente, y los otros dos le siguieron, llegando a la choza unos minutos después. Una mirada a su interior hizo comprender a John el Negro lo que había sucedido. Era una cómoda cabaña, bien construida, con madera muy bien cortada, cuidadosamente entallada en las esquinas, y recubierta de musgo. El suelo estaba muy liso, afilado incluso con un hacha, y la puerta, hecha con planchas de madera de abeto, cortadas también con un hacha, e ingeniosamente mantenidas juntas. Las tres ventanas eran de vidrio, y John el Negro se dio cuenta de que una de ellas tenía dos pequeños agujeros, de los que irradiaba una red de grietas…

Captando la mirada, el chechako explicó:

—Encontramos esas ventanas en una cabaña abandonada a unas cuantas millas de aquí. Teníamos la intención de devolverlas cuando nos marchásemos, o, si acaso, pagar a su propietario.

John el Negro asintió con la cabeza:

—Olvídate de las ventanas —dijo—. El propietario no podrá cobrarlas. Su estancia en Halfaday fue muy corta…, como ocurre con la mayoría de la gente que viene por aquí. Los dos agujeros en el vidrio fueron hechos por un

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par de balas. Una de ellas mató a un hombre. Fue un asesinato. El cabo Downey se lo figuró al ver los agujeros. El asesino fue ahorcado.

El chechako se estremeció al oír estas palabras, mientras John el Negro le intimaba esta orden:

—Enciende fuego en el hornillo, y prepara un par de cubos de agua. Mientras el joven se daba prisa en obedecer, John el Negro cruzó la

habitación y se inclinó sobre el hombre inconsciente en el camastro. Era un hombre desaliñado, con una barba descuidada, que no se había afeitado, al menos, desde hacía medio invierno, ocultando así, parcialmente, la extrema palidez de su faz. Su vestimenta era sucia y abandonada, llena de remiendos, y le faltaban varios botones. Y un olor desagradable, áspero, emanaba de las sábanas del lecho. La suciedad de aquel hombre era total, y sus uñas estaban completamente ennegrecidas. Platos sin lavar sobre una mesita, apoyada contra la pared, y toda clase de desperdicios y basura esparcidos por el suelo, que, evidentemente, no había sido barrido desde muchas semanas atrás.

El otro lado de la choza mostraba un agudo contraste con los alrededores del camastro del herido. Sobre una mesa similar a la otra, los platos limpios y bien apilados se hallaban al lado de unas revistas y periódicos en perfecto orden. La ropa usada estaba muy bien doblada y ordenada en una alacena. Una larga mesa situada al lado de una ventana en el medio de la choza era, sin duda, propiedad común, y sus dos extremos mostraban el mismo contraste que se observaba en el resto de la vivienda…; un lado, sucio y desordenado, conteniendo una heterogénea colección de trastos; el otro, limpio y muy bien arreglado.

El chechako entró en la choza con un par de cubos de agua, que colocó en el fuego que acababa de encender.

—Esta solía ser nuestra mesa de comer —explicó— hasta que… nos disgustamos. Entonces hicimos cada uno mesa aparte.

—Ya…, ya… —replicó, distraídamente, John el Negro—. Todo empezó gradualmente, hasta que no pudisteis aguantaros más, ¿verdad?

—¡Eso es! —exclamó el otro, aliviado al comprobar que el hombre le comprendía—. Esto es exactamente lo que pasó. Y no puedo explicármelo. Bill es un excelente muchacho. Pero, por una u otra razón, empezó a decaer.

—Ya… Esto les sucede a muchos. No tienen coraje. No pueden soportarlo. Habrían hecho mejor quedándose en casa.

—¡Pero Bill tiene coraje! Es el mejor amigo que nunca he tenido.

Una mueca distendió los labios del hombrón.

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—Tú me pareces algo áspero en tus expresiones de amistad, ¿no? Pero ya tendremos luego tiempo para hablar. ¿Tienes algunos trapos limpios? Vamos a ver qué podemos hacer por este tipo.

—Yo tengo ropa interior limpia. La hiervo cada semana.

—Desgárrala en bandas tan anchas como puedas, mientras yo y Cush quitamos toda la basura de esta mesa y limpiamos su superficie. La llevaremos al medio de la cabaña, aquí, y la fregaremos con jabón y agua hirviente, y luego desparramaremos whisky encima de ella. Me traje un litro para beberlo, pero podemos aplazar la bebida en interés de la humanidad. Tenemos que tomar precauciones contra la gangrena. No hay mucho peligro de ello, en el campo y en un lugar como éste, y si se hubiera mantenido tan limpio como tú, prácticamente no existiría peligro alguno, y entonces podríamos continuar, y bebemos nuestro whisky.

Unos minutos más tarde, cuando se preparaban a levantar al paciente de su camastro, el chechako preguntó:

—¿No deberíamos desplegar una manta, o algo, encima de la mesa, antes de extenderle a él?

John el Negro denegó con la cabeza:

—No; limpiamos la mesa con jabón y la esterilizamos con whisky. Es razonable creer que una superficie dura no podría tolerar tantos microbios como una blanda…, como es una sábana. Cojámosle, ahora, y levantémosle.

El hombre fue levantado de su camastro y depositado sobre la mesa, y John el Negro cortó los pantalones y la ropa interior justo debajo de la pantorrilla, donde el novato había aplicado un nudo torniquete, fuertemente apretado. Apartó cuidadosamente su ropa, y apareció una fea herida causada por una bala que había destrozado la rodilla.

—Esta pierna debe ser cortada —declaró al primer golpe de vista—. Pero primero debemos aflojar este torniquete durante un minuto o dos.

—Me temo que se desangrará mortalmente —objetó el chechako—. Ya ha perdido mucha sangre antes de que yo consiguiera cortar su hemorragia.

—La sangre que pierda ahora, en un par de minutos, no le matará — replicó John el Negro—. Pero si no permitimos que un poco de sangre afluya a esa pierna, antes de que se la cortemos, es seguro como el infierno que morirá gangrenado. Le volveremos a poner el torniquete dentro de unos minutos.

—Usted parece saber exactamente qué debe hacerse —observó el chechako, suspirando aliviado—. ¿Ha estudiado usted cirugía?

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—Sólo de una manera general —replicó John el Negro—. Como, por ejemplo, cortar una mofeta. La cirugía es algo por ese estilo. Es una de esas condenadas cosas que un hombre debe hacer, forzosamente, alguna vez en la vida. Si sabe cómo hacerlo, tanto mejor. Si no lo sabe, lo hace como puede, y sale del trance de cualquier manera. Tú no encontrarás a un maldito especialista en este país salvaje, pero hay un montón de hombres que tiran por la calle de en medio, y hacen el trabajo de los especialistas. En este país, el sentido común y la práctica pasan delante de todo, y son ellos los que marcan los goles, como diría un futbolista. Y es sorprendente cuán a menudo marcan.

—¡Esperemos que también marquen esta vez!… —exclamó el chechako, fervorosamente—. Dios… ¡Dios!… Si Bill muriera…, yo…, yo… —su voz se rompió, y se paseó nerviosamente de un lado a otro de la cabaña, retorciéndose nerviosamente las manos.

—¡Contrólate y estate quieto! —ordenó John el Negro ásperamente—. Sólo somos tres aquí, y los tres hacemos falta. Como dije antes, si él se muere, no tendrás que preocuparte por gran cosa. Será un asesinato… y nosotros ahorcamos a los asesinos en Halfaday. En este caso tuyo, este trabajo presenta un ángulo personal, de manera que sería mejor que pusieras todo lo que esté de tu parte para que resulte un éxito.

Gracias al torniquete, la operación fue casi incruenta. El chechako se mantuvo firme, pálido como la cera y temblando, y le pasaba a John el Negro lo que éste le pedía.

A medida que la operación avanzaba, el paciente empezó a moverse y a debatirse. El viejo Cush intentó mantenerle pegado a la mesa, pero el hombre consiguió incorporarse, manoteando. John el Negro dudó sólo por un instante; entonces, con la herramienta que tenía en las manos, asestó un tremendo golpe en la barbilla de aquel hombre, que se desplomó de nuevo, esta vez totalmente inconsciente. John el Negro se estremeció, tambaleándose, a consecuencia de un golpe que recibió junto a la oreja. Casi inmediatamente, el chechako le asestó otro formidable puñetazo. Pero de nuevo la poderosa diestra de John el Negro entró en acción, y el joven fue proyectado contra la pared, resbalando luego lentamente hacia el suelo.

—¿Por qué hizo eso, el condenado estúpido? —chilló el viejo Cush—. Y tú, mientras tanto, haciendo todo lo que puedes por su socio…

—¡Oh!, no tiene importancia —murmuró John el Negro—. Es parte de mi trabajo. No critiques a ese pobre diablo. Perdió el control de sus nervios. Ahora será bueno durante un buen rato. Y aquí, el paciente, también. Esta

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anestesia resultó, ¿verdad? Espero no haberle roto el cuello. Vamos a ver si terminamos el trabajo de una vez.

III

Cuando la operación estaba terminándose, el chechako tumbado en el suelo se movió, y se puso en pie, todavía semiinconsciente.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, llevándose la mano a su mandíbula. —Te has dado un golpecito en el suelo —replicó John el Negro, sin

levantar la vista, mientras continuaba ligando puntos.

—Me…, me debo de haber desmayado —dijo el joven, en tono de excusa

—. Recuerdo que súbitamente me sentí muy nervioso. Yo…, yo tuve un sueño malo. Soñé que usted pegaba al pobre viejo Bill, y que yo salía en su defensa.

—No fue un sueño —replicó John el Negro—. Fue la realidad. Ahora, ven acá y ayúdame a llevarlo hasta su cama.

—Espere un minuto, mientras cambio las sábanas…; las mías están más limpias.

Las sábanas sucias fueron substituidas por otras completamente limpias, y unos minutos después los tres hombres miraban, de pie, al herido que reposaba en una cama decente.

—Está muy pálido —dijo el chechako—. ¿Cree usted que vivirá? John el Negro rugió:

—Un infierno de malditos cojos ha sobrevivido —replicó—. En todo caso, tiene una posibilidad. Hicimos lo mejor que pudimos.

—Yo…, yo no sé cómo agradecérselo, señores —dudó el chechako—. Si hubiera tenido que ir hasta el fuerte a buscar ayuda, me temo que él hubiera muerto.

—Es muy probable —accedió John el Negro—. Y eso te hubiera dejado a ti en una posición muy delicada. Incluso en la manera como se ha resuelto el asunto, todavía te quedan muchas cosas que explicar. ¿Sabes? En Halfaday, donde todos estamos fuera de la ley por un motivo u otro, no nos gustan los pistoleros, ni los que juegan con pistolas. Puede resultar un juego fatal, y hace venir a los policías. Mantenemos una moral de hierro por allí, no porque nos guste necesariamente, sino como consecuencia de nuestra política. Todos los delitos mayores, tales como asesinato, robo, falsas pretensiones sobre terrenos y cosas como ésas, son debatidas en un meeting de mineros. Otro delito mayor es mutilar a un hombre con un arma de fuego, con intención de matar.

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Estudiaremos tu caso esta noche, pero si hay circunstancias atenuantes o mitigantes relacionadas con él, harías santamente en explicárnoslas a Cush y a mí. Es posible que consigamos disuadir a los chicos si se les mete en la cabeza que hay que colgarte de un árbol.

—¡Oh! Es cierto que disparé contra él. No voy a mentir sobre esto. Le habría matado, de haber podido. Tal vez me volví loco. No lo sé. Nunca quise matar a nadie antes de ahora…, y a Bill menos. Fue sólo una cosita, una insignificancia la causa de todo, fue…

—Repórtate, hijo —interrumpió John el Negro, con una voz gruñona aunque bondadosa—. Será mejor que empieces por el principio. No sé lo que pudo ser… y poco puede importar, en cierto modo. Tú tal vez no lo sepas, pero nosotros, cabezas viejas, lo sabemos; que todo este tiroteo fue el resultado de una serie de cosas. Una cosita encima de otra…, nada, pero, todo junto, grande como el infierno.

—¡Esto es! —exclamó el joven, con evidente alivio—. Ya sé que va a parecerles una locura; he estado pensando en ello desde…, desde… el tiroteo. Es tan estúpido que no creí que nadie pudiera llegar a entenderlo. Bill nunca fue muy ordenado, y a principios del invierno fue haciéndose más y más dejado. Dejó de afeitarse… Dijo que no servía para nada. Después dejó de peinarse, y de tomar baños, y finalmente ni se lavaba la cara ni las manos. Tampoco barría el suelo, ni ayudaba a lavar los platos. Dejó de lavar sus mantas y sábanas, y cuando yo se lo recordaba, se enfurecía como el infierno, y empezaba a decirme que yo debiera haber nacido chica, y muchas cosas de este estilo. Intenté no hacerle caso, y mientras trabajábamos fuera, en la mina, era el mismo viejo Bill de siempre…, pero durante las noches, o los días en que no podía trabajar, se le veía moroso y áspero. Incluso se ponía de mal humor cuando lavaba mi ropa, o tomaba un baño, o barría el suelo. Poco tiempo después de Navidad, no pude aguantarlo más, y le dije que si él quería vivir como un jabalí, podía hacerlo…, pero que a mí no me haría vivir de esa manera. De modo que nos dividimos la choza, con un extremo para cada uno, y dividimos los platos y las provisiones, y cada uno hizo su propia cocina, en su propio territorio. Por aquel tiempo empezamos a disputarnos por futesas que no tenían maldita importancia, igual que un par de condenados niños mimados. A veces estábamos varios días sin dirigirnos la palabra. Entonces, esta mañana, mientras me fui a por un par de cubos de agua, ¡hizo esto!

El joven se detuvo e indicó con el dedo una fotografía clavada con un alfiler en la pared, encima de la mesita, y del lado del joven.

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—¿Qué hizo? —preguntó John el Negro, mientras Cush y él se acercaban para ver desde cerca.

—¡Cómo que qué hizo! ¡Le dibujó un bigote a esa chica!

—¡Oh! —dijo John el Negro, mientras miraba el retrato de una hermosa joven sobre cuyo labio superior un absurdo y enorme bigote había sido dibujado con lápiz—. ¿Tu novia?

—No; no es mi novia. La recorté de una revista. Pero es de la manera que un hombre querría que fuese su novia, si tuviese una. Es una especie de mujer ideal, supongo. Es tan limpia, y parece tan sana… Yo acostumbraba tumbarme en mi camastro, y la miraba, mientras pensaba si una chica de verdad, de carne y hueso, podría ser tan bella como ella. Bueno; cuando regresé con el agua, y vi lo que Bill había hecho con ella, algo pareció estallar dentro de mi cabeza, y súbitamente monté en cólera. Me quedé petrificado, mirando la fotografía, y entonces él se rió…; una risa mala, estúpida. Dejé caer el cubo de agua y me dirigí hacia él. Es mucho más corpulento que yo… y más fuerte…, y continuaba riéndose…, y abofeteándome…, y empujándome. Yo no podía alcanzarle con mis puños, de manera que finalmente me volví, agarré mi rifle, lo cargué y le apunté. Él dijo: “¡Buen Dios, Jack, no me asesines!…”. Recuerdo la palabra asesines… —Hizo una pausa—. “No te asesinaré —le dije—, pero te mataré. Coge tu arma y resolvamos esto de una vez…”. “Aquí no”, dijo él, y pude ver cómo sus ojos se estrechaban mientras cogía su rifle. “¡Fuera!”. “De acuerdo”, dije yo. “Fuera. Pero vamos, de una vez. Tú tomas un lado del bosque, y yo el otro”. Salió por la puerta, y yo esperé hasta que se hubo detenido al lado de esa gran roca, junto al precipicio. Yo salí a mi vez, y me instalé detrás de la esquina de la choza. No sé quién disparó primero; sólo sé que ambos disparábamos. Tiramos durante largo tiempo. Me metí en el bosque…, él también…, y cada vez que lográbamos vernos, uno de los dos disparaba. Así estuvimos durante una hora…, o tal vez dos horas, o incluso tres…, no lo sé. Entonces vi su pañuelo flameando por encima de un arbusto; yo dejé caer mi fusil y corrí hacia donde él se encontraba. Lo había atado al cañón de su fusil. Me miró y sonrió, y yo me di cuenta de que era la vieja sonrisa del bueno de Bill…; no había ningún sarcasmo en su sonrisa, ni ninguna animosidad. “Creo que me diste bien, Jack —me dijo—. Creo que me estoy desangrando mortalmente. Pero no te preocupes, chico. Todo fue culpa mía. Ahora puedo verlo. Fui un maldito estúpido”. Entonces se desmayó, y yo le puse este torniquete para detenerle la hemorragia; lo cogí, lo traje a la choza y entonces salí corriendo a buscar ayuda. Pero toda la culpa no fue suya, ¡caray!… Bill era un buen

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muchacho. Fue mi culpa. Yo empecé la lucha. Haré frente a los hechos, con la cabeza alta.

John el Negro meneó lentamente la cabeza y se volvió hacia el viejo Cush.

—¿Qué te dije yo… sobre las mujeres? Hasta su fotografía puede desatar el infierno. —Miró al chechako—. Tendrás que hacer un viaje hasta el fuerte —añadió—. Cush y yo nos quedaremos aquí con el paciente. Entonces tú volverás acá con algunos hombres. Y, con ellos, tendremos la reunión de mineros. Encontrarás a un hombre manco detrás del bar.

John el Negro cogió un lápiz y escribió rápidamente una nota.

—Es para John el Manco —explicó a Cush—, diciéndole que mande a John el Tripas de Hierro, a John el Largo y a John el Rojo, a John el Narizotas y al pequeño John, hacia acá, y que se traigan tres pintas de whisky. Necesitamos beber algo, y también lo necesita el paciente.

El chechako cogió la nota y su mirada se paseó rápidamente por la choza.

—¿No podría esperar un minuto y limpiar un poquito todo esto? —dijo—. No… No me gustaría dejar al pobre Bill instalado en su lado de la cabaña, con toda esta suciedad. Si alguien lo viera así, podría pensar…

John el Negro gruñó:

—Dejaremos las cosas tal como están, hijo… Esta cabaña hablará mejor que cualquier abogado que tú puedas contratar. Vete de prisa, y diles a los muchachos que no tarden en presentarse aquí.

Cuando el hombre se hubo marchado, el viejo Cush se volvió hacia John el Negro:

—¿Quién va a pagar las tres pintas de whisky?

—Yo y tú. Vamos a dividir los gastos. Tú sabes muy bien, Cush, que no soy contrario a obtener una ganancia moderada en una aventura. Pero este caso es diferente. Estos chicos se han metido en una especie de mermelada psicológica…

—¿Y esto es grave? —preguntó Cush.

—Esto deberá decidirlo el meeting de los mineros.

—No me parecería muy bonito, en cierto modo, ahorcar a ese joven, aunque sea un chechako —se aventuró a opinar Cush—. Hasta me parece que me gusta un poco.

—Sí. Hasta parece que puede llegar a ser alguien… cuando haya aprendido a dejar a las mujeres tranquilas. Y con ese jurado, elegido a dedo, no me sorprendería que lograra salvar la piel.

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Un débil lamento procedente del camastro llevó a los dos hombres al lado del herido. Les miró a las caras, perplejo.

—¿Quién… sois vosotros? —preguntó, con voz apagada—. Y ¿dónde está Jack?

—Ha ido al fuerte. Estará aquí dentro de poco. Nosotros nos quedaremos contigo mientras tanto. ¿Cómo te sientes?

—Mi… mandíbula, me duele. Y mi pierna me duele como el diablo.

—Sí —replicó John el Negro, suavemente—. Tu mandíbula te duele debido al anestésico. Actúa de esta manera en ciertas gentes. Y no te preocupes acerca de tu pierna… No queda gran cosa de ella, para que te pueda preocupar… Te la hemos cortado justo por encima de la rodilla.

—¡La habéis cortado! ¿Eres médico?

—Mis ocupaciones son variadas —dijo John el Negro—. A veces soy una cosa, y a veces soy otra. Esta tarde he sido un doctor… Esta noche, es muy probable que tenga que ser un abogado, y así van las cosas. Yo hago todo lo que se presenta. Te daré un vaso de agua, ahora, y luego vas a intentar dormir un poco. Tu socio va a traer un barrilito de whisky, y entonces podrás beber como Dios manda.

Después de que John el Negro le hubo alargado un vaso de agua, poniéndoselo junto a sus labios, el herido cerró sus ojos, y sus dos acompañantes fueron a sentarse al lado limpio de la habitación.

—Tendremos que prepararle de alguna manera una especie de pierna de madera —dijo John el Negro mientras llenaba su pipa—. El abeto es lo mejor: es bueno, ligero y fácil de obtener.

—Lo malo es que en este país —opinó Cush— una pata de madera va a ser un condenado infierno, míratelo como te lo mires. Cada vez que ande por la nieve se va a hundir hasta el muslo. E igual le va a pasar en los barrizales. Y si anda sobre el hielo, va a empezar a bailar como una peonza, para terminar en el suelo, sobre sus posaderas.

—Podríamos aparejar el extremo de la pierna de madera de modo que pudieran adaptársele diversos útiles…, como zapatos para andar sobre la nieve, y una especie de escarpia, para caminar sobre el hielo.

—Sí —se mofó Cush—, y una rueda para el verano, y unos esquís para el invierno. Pero cada vez que se meta en una canoa, esa pierna suya le haría un buen agujero…

—Que se la quite para meterse en una canoa. Nadie tiene que pasearse dentro de una canoa. Y hasta podríamos hacerle una rodilla, también, si pudiéramos encontrar una buena bisagra, en alguna parte.

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—También podríamos cortar algún pie y sujetárselo de algún modo al extremo de su pierna de madera —sugirió Cush—, y luego ponerle un zapato. Entonces, si ese buen hombre conseguía mantener su bisagra lo suficientemente engrasada de manera que no rechinara, resultaría una pierna tan buena como otra cualquiera.

—O mejor aún —sonrió John el Negro—. Los dedos de sus pies no se enfriarían nunca y las moscas negras y los mosquitos no le molestarían, y si un perro le mordiera, o le pegaran otro tiro, no le haría ningún daño.

—Naturalmente —accedió Cush—, y podría arremangarse sus pantalones y pintarse unos calcetines, que hicieran juego con el que lleva puesto en su pie de verdad.

John el Negro chasqueó la lengua.

—Parece que la única preocupación que va a tener de ahora en adelante es impedir a las ardillas y a los pájaros carpinteros que hagan nidos en su pierna. Estaba justamente pensado…; podríamos usar piel de alce como gozne…, es fuerte y no rechina. Me parece que voy a salir ahí fuera, a ver si encuentro un buen leño. Podríamos empezar a trabajar en ello, mientras esperamos que lleguen los muchachos.

IV

Hacía un buen rato que había oscurecido, cuando regresó el chechako, acompañado por los hombres que John el Negro había designado como jurado. Después de varias rondas de whisky, en las que participó el herido, John el Negro llamó a la asamblea al orden.

—Asamblea de mineros, convocada para el proceso de un chechako llamado Jack, por pegarle un tiro a otro chechako llamado Bill, el cual ha recibido un balazo en la rodilla. Me nombro a mí mismo presidente de la asamblea, y es vuestro deber escuchar todas las pruebas presentadas y emitir un veredicto de acuerdo con las mismas. En primer lugar, les pido que tengan presente el estado en que se encuentra esta cabaña. Es evidente que, en vez de ser una cabaña para dos hombres, como empezó siendo, son dos cabañas cada una de un solo hombre bajo el mismo techo… y ustedes saben lo que esto significa. Fíjense en las condiciones de las dos mitades de esta choza. Les explicaré que el lado sucio pertenece al hombre que recibió un tiro en la pierna, mientras el lado limpio es del hombre que se juzga en este tribunal. Mientras la suciedad, per se, no es una ofensa que merezca un tiro, no hay duda de que en este caso debemos acordarnos de la pajita que rompió la

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espalda de un camello. Además de vivir como un cerdo, y de no ayudar a mantener la choza limpia, este hombre de aquí, el llamado Bill, que yace en el camastro, cometió la felonía de dibujar un bigote en la fotografía pegada ahí, en la pared…, fotografía que es propiedad del acusado Jack. Ahora, caballeros, todos ustedes saben que el más puro de todos los sentimientos sentimentales que existen es inspirado por las mujeres. Las mujeres, caballeros, constituyen la gloria coronada de la especie humana…, mejorando lo presente. Cuando un hombre ama a una mujer, él…; bueno, él… es el fulano más feliz del mundo… o eso se imagina al menos. Todos debemos recordar, caballeros, que no hay un solo hombre en esta choza cuya madre no fuese una mujer… ¡Y también debemos recordar que la gloria coronada de las mujeres es que no llevan bigote! Entonces, caballeros, cuando un desgraciado granuja aparece, y con deliberada malicia coge un lápiz y, a propósito, dibuja un bigote en la cara de una hermosa mujer, está cometiendo un sacrilegio que no admite comparación ni con las más monstruosas profundidades de la depravación humana. Y debemos considerar que esta asquerosa ofensa fue cometida tras seis o siete meses de vivir como un cerdo. —Hizo una pausa y siguió—: Con tales hechos a nuestra vista, llegamos a la pax vobiscum de este caso. Cuando el acusado llegó a la choza esta mañana y vio lo que su socio había hecho, se inflamó…, pero en vez de asesinar a su sucio ofensor en la misma cabaña, como cualquier hijo de vecino hubiera hecho en Halfaday, ¿qué hizo? Señores, ofreció que se pegaran, mutuamente, tiros, fuera de la tienda… Sí, señores… Le dejó coger su rifle; él cogió el suyo propio, y salieron fuera de la choza, se colocaron en los extremos opuestos del campo, y empezaron a dispararse el uno al otro. El resultado de este duelo demuestra, caballeros, de manera incontrovertible, que la justicia acaba siempre por prevalecer. El dibujante de bigotes recibió un tiro en la rodilla, y el acusado, aquí presente, el llamado Jack, corrió en su ayuda, lo trajo aquí, lo extendió sobre su camastro después de detener la pérdida de sangre, y entonces huyó precipitadamente…, pero no para escaparse, caballeros…, ¡no para escaparse!, sino para pedir ayuda. Se encontró conmigo y con Cush, y continuó ayudándonos a cortar la pierna del ofensor, y por cierto que ayudó mucho, y todos vosotros sabéis lo que esto significa. Significa que sus actos salvaron una vida humana. Ahora, pues, con todos los hechos registrados en nuestra mente, debemos considerar que, mirándoselo bien por todas partes, y como una regla general, el pegar tiros, como tal, no está muy bien visto en Halfaday…, pero siempre hay circunstancias atenuantes y mitigantes a las cuales ya he aludido yo. Y ellas deben ser tenidas en cuenta a la hora de

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emitir el veredicto que, en este caso, si resultara contra el acusado, maldito sea el condenado jurado que se atreviera a hacerlo… y además, tendría que vérselas conmigo… Todo lo que queremos es un veredicto honesto e imparcial en este caso. —Casi sin detenerse agregó—: Los que estén de acuerdo con la teoría de que el acusado es culpable, que digan “Sí”.

Silencio.

—Los que no lo estén, que digan “No”.

Un formidable coro de “No” siguió a estas palabras, y John el Negro se volvió hacia el reo.

—Estás absuelto de haber hecho nada malo —anunció—. Pero, de todas maneras, esta absolución trae condicionada una sentencia futura posible. Por vuestro propio bien, vosotros dos recibís la orden de comparecer, por lo menos una vez al mes, en Fort Cushing, y mezclaros con los muchachos. Ya veréis que no somos malos chicos… y que os llevaréis muy bien de ahora en adelante, como si nada hubiera pasado.

Los chechakos asintieron. Jack dijo:

—Ahora puedo darme cuenta de ello —luego agregó—. Yo… quiero darles las gracias, señores.

—Yo también… —Estas palabras procedían del camastro, donde el herido se incorporó, apoyándose sobre su codo—. Yo también puedo darme cuenta. Escuchaba lo que decíais… Fue culpa mía. Todo es verdad.

John el Negro se aproximó al lecho, y sus blancos dientes aparecieron tras su oscura barba.

—Escucha, muchacho —dijo—, no te fijes demasiado en lo que dije de ti hace un rato. ¿No te dije que probablemente hasta tendría que hacer de abogado esta noche? Bien, el que hablaba era el abogado, no yo, personalmente. Casi nada de lo que dijo era verdad, ni tenía ningún sentido, pero ganó su caso…, de manera que perdónale.

Apenas había terminado de hablar, cuando se abrió la puerta, y el cabo

Downey, de la Policía Montada del Noroeste, entró en la habitación. John el

Negro le dio la bienvenida efusivamente.

—Hola, Downey… ¡Estoy contento de verte! Entra y toma un trago.

Estábamos a punto de abrir una botella.

—¿Qué hay de ese tiroteo, por aquí? —preguntó el cabo tras dirigir una rápida ojeada por toda la cabaña.

—¿Tiroteo? ¿A qué tiroteo te refieres?

—Escucha… —dijo Downey—, me detuve en el fuerte y oí a John el Manco hablando con otro hombre. Estaban hablando de una asamblea de

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mineros que iba a tener lugar aquí. ¿A propósito de qué?

—Oh… Ya veo. La asamblea de mineros. Bueno, ya se ha terminado. —¿Habéis colgado a alguien?

—¡Caramba! No, Downey. Aquí en Halfaday sólo colgamos a un hombre cuando es culpable.

—Pero hubo un tiroteo. —El joven cabo se acercó al camastro y apartó las mantas, apareciendo el muñón vendado—. ¿Cómo perdió la pierna este hombre?

—¿Quién?… ¿Este?… —preguntó John el Negro—. Bien, Downey, ya que tú lo mencionas, te lo voy a explicar. Se emborrachó mucho, anoche, y se fue a dormir en el río, y un bote de vapor lo atropelló.

El cabo Dowey hizo coro a la carcajada general que acogió estas palabras. —Está bien, John, pero no te puedes reír de un tiroteo. Disparar contra la pierna de un hombre es un delito en el Yukón…, aunque no se haya muerto.

Este caso necesitará una investigación.

—¡Ah! ¿Sí? —bramó John el Negro, mirando directamente a los ojos del cabo—. ¿Y quién va a llevar esa investigación?

—¡Yo lo haré! —Las palabras salieron, enérgicas, a través de los labios apretados de Downey, mientras miraba gravemente a John el Negro.

Este rugió:

—Entonces, ¡hazlo, si quieres! ¡Adelante! Pero será la primera vez que veo que la Policía Montada del Noroeste se interesa por los tiroteos de Alaska.

—¡Alaska! —exclamó Downey.

—¡Naturalmente! ¿No sabías que la línea fronteriza corta estos terrenos una milla más allá de estos peñascos?

—¡No! —replicó Downey—. Yo sabía, claro es, que estáis cerca de la frontera, por aquí, pero no me di cuenta de que la había atravesado.

—No importa —rió John el Negro—. Vamos… ¡Bebe! Este caso ya ha sido legalmente investigado. Y se ha hecho justicia. Después de que tú hubieras examinado fríamente las cosas, no hubieras hecho ningún arresto aunque los hechos se hubieran desarrollado en tu propio territorio. No es más que un caso de “demasiados chechakos” y muchos nervios sueltos. Todo irá bien. Espérate un momento, ahora, mientras les digo a los chicos que ayuden a ese hombre a ocuparse del herido. Será mejor que haya dos hombres aquí con él, por algún tiempo. Y me arreglaré de manera que un hombre de Fort Cushing esté siempre aquí durante veinticuatro horas, de modo que

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establezcan un servicio de rotación. Y pueden rotar hasta que el herido se ponga bien.

John el Tripas de Hierro se ocupó del primer turno, y los demás se dirigieron al fuerte, mientras John el Negro le explicaba el caso al cabo Downey conforme descendían por los peñascos a la luz de la luna.

Aquella misma noche, ya muy tarde, cuando Downey se había ido a la cama y los demás habían regresado a sus cabañas, el viejo Cush se sirvió a sí mismo una bebida, y alargó la botella hacia John el Negro.

—Toma otra copa antes de ir a dormir, John —le invitó—. Y escucha, yo no sabía que esa cabaña estaba en territorio de Alaska. Que me condene si lo creo.

John el Negro hizo una mueca:

—Yo tampoco, pero no lo sé, no estoy seguro, y tampoco lo está Downey. ¡Canastos! Tenía que pensar en algo, ¿no es así? No sirve de nada perder el tiempo dándoles vueltas a los detalles técnicos…, ¡qué diablos!

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Impreso en los talleres

de Gráficas Diamante,

Zamora, 83

Barcelona

Notas

[1] Ralph Ringwood, aun siendo un nombre ficticio, es un personaje real: el difunto Gobernador Duval de Florida. Ya he contado algunas anécdotas de su temprana y excéntrica carrera con —hasta donde puedo recordar— las mismas palabras con que él las relató. Tuve ciertamente la tentación de adornarlas con detalles ficticios, pero las encontré tan típicamente características del individuo, y de la sociedad en que su humor le hizo desenvolverse, que preferí transcribirlas exactamente en su original simplicidad. <<

[2] Mister Jack, literalmente, «señor o señorito Jack», se refiere, en este caso, a un asno. «Jackass» significa asno. (N. del T.) <<

[3] El caballero Jorge. (N. del T.) <<

[4] Sobrenombre que los californianos anglosajones daban a la ciudad de San Francisco. (N. del T.) <<

[5] Unos nueve kilómetros. <<

[6] Se refiere a los bandidos Three Finger Jack y Joaquín Murrieta, que sembraron el terror en California durante muchos años. (N. del T.) <<

[7] Diminutivo de Edward. (N. del T.) <<

[8] Equivale al tristemente célebre linchamiento. Se basa en la sentencia del juez Charles Lynch, de Virginia, que dio por buena la justicia ejercida de modo colectivo por un puñado de hombres. (N. del T.) <<

[9] Novato, en el argot de los mineros del Yukón. (N. del T.) <<


FIN

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