© Libro N° 14806. Rencor Sangriento. Marsons, Angela. Emancipación. Febrero 14 de 2026
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RENCOR
SANGRIENTO
Angela
Marsons
Rencor Sangriento
Angela Marsons
El pasado no perdona… y ha llegado la hora de la venganza.
La víctima yace bajo los árboles, con los brazos levantados sobre su cabeza, anormalmente quieto. Sus músculos están flácidos. Sus ojos están vacíos. No hay señales de vida. Pero no está completamente muerto…
Angela Marsons
Rencor Sangriento
Kim Stone - 19
ePub r1.0
Titivillus 10-08-2025
Título original: Bad Blood
Angela Marsons, 2023
Traducción: Daniel Conde Bravo
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
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Este libro está dedicado a mi hermana, Lyn Allen, el torbellino de la familia, que ha sido un pilar firme y un apoyo fundamental tras la reciente pérdida de nuestra madre.
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Capítulo 1
Por las cuentas de Kim, el petirrojo se había posado ya once veces sobre el alféizar de la ventana.
Se imaginaba que en cada ocasión se trataba de un petirrojo diferente, pero el resultado no cambiaba demasiado. Aterrizaba, movía la cabeza ligeramente hacia arriba y hacia abajo, miraba hacia dentro y terminaba echando a volar. No le culpaba. Si ella pudiera estar en aquel momento picoteando por el alféizar de la ventana en busca de insectos, sin duda alguna lo estaría.
—¿No está de acuerdo, inspectora Stone?
La pregunta retórica procedía del superintendente jefe, situado en el lugar central de la mesa, y constituía toda una trampa, pues se la había formulado como lo habría hecho un maestro cuando trata de desafiar a un alumno que anda distraído.
No, probablemente no estaba de acuerdo, pero trató de volver a centrar su atención en lo que estaba sucediendo en aquella reunión, a la que debería haber asistido su superior, el inspector jefe Woodward, al que un virus estomacal había atacado a primera hora de la mañana. Lástima que el mismo virus no la hubiera incapacitado también a ella. No compartiría con nadie cualquier duda que pudiera tener acerca de la veracidad de la enfermedad de Woody.
Estaban presentes representantes de todos los departamentos de la comisaría de Halesowen: Lydia Knight, de la oficina de comunicación con la prensa; el inspector Plant, de los agentes a pie de calle; Warren Marwood, del centro de operaciones; Betty, de la cafetería; Martin Hobbs, de relaciones con la comunidad, y el superintendente jefe, al mando de todos ellos.
Por el rabillo del ojo, vio al petirrojo aterrizar y partir de nuevo.
«Haces bien, amigo, aquí sigue sin haber nada interesante», pensó.
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—Me he tomado la libertad de preseleccionar tres posibles proyectos —dijo Martin, pasando un papel a cada uno de los presentes. ¿En serio no eran capaces de procesar la información relativa a tres planes sin necesidad de leerla?
Se había detectado que Halesowen podría estar haciendo un esfuerzo mayor para establecer vínculos con la comunidad local, al margen de las iniciativas generales que involucraban al cuerpo de Policía a nivel global.
El superintendente jefe asintió ante la lista en señal de aprobación. Un vistazo rápido hacia el otro lado de la mesa le hizo saber a Kim que el inspector Plant se sentía exactamente igual que ella; ambos tenían un millón cosas que hacer relativas a su trabajo, que era a lo que se tendrían que estar dedicando en ese momento, en lugar de encontrarse en aquella reunión.
—El primer candidato —continuó Martin—, y posiblemente mi favorito, es la escuela primaria Three Oaks. Una parte de su patio está cubierta de hierbas y matorrales. Hay que limpiarla bien para dejar espacio para un huerto y una especie de minirreserva natural.
Todos asintieron con entusiasmo. Martin explicó un poco las otras dos opciones, pero la favorita estaba clara; ninguna de las otras alternativas fue descrita con el mismo nivel de pasión.
«Vale, ha sido bastante fácil», pensó Kim. Se había tomado una decisión y ella había sido capaz de seguir a pies juntillas la orden de Woody: «No hables». Esa parte del mensaje que le había enviado estaba escrita en mayúsculas. Tanto él como su compañero Bryant estarían muy orgullosos de ella. Además, quería ganar la apuesta que este último le había propuesto: demostrar que podía terminar la reunión sin ofender a nadie.
Estaba considerando en silencio cómo gastar las cinco libras que iba a ganar cuando el superintendente jefe volvió a hablar.
—Está decidido entonces. Nos volvemos a reunir el miércoles para discutir los detalles.
La mirada de exasperación que dirigió al inspector Plant fue solo un movimiento involuntario. Y, como de su boca no salió palabra alguna, las cinco libras seguían perteneciéndole.
—¿Qué ha sido eso, Stone?
«No hables».
Sacudió la cabeza para indicar que no había dicho nada.
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—La miradita que acabas de dirigir hacia el otro lado de la mesa. ¿Qué significa?
Todos los ojos presentes en la sala la miraban, agradeciendo en silencio que la atención no se centrara en ellos.
«No hables —se repitió a sí misma—. No va a conseguir que me equivoque ahora. Tengo cosas que perder si no logro quedarme callada».
—Por favor, dinos lo que estás pensando —insistió el superintendente con una actitud desafiante en el rostro.
«No hables. No. No. No. No. No».
—¿No te parece positivo interactuar con la comunidad local?
—Claro que sí, señor —dijo ella, incapaz de morderse la lengua y sintiendo cómo se escapaba de entre sus manos el billete de cinco libras—. Deme una fecha y una hora, y allí estaré con mis tijeras de podar. Pero las cosas no funcionan así. Habrá reuniones de planificación, evaluaciones de riesgos, formación de equipos y sesiones informativas que sumarán incontables horas de trabajo que estoy bastante segura de que el colegio Three Oaks preferiría que empleáramos en encontrar a los desgraciados que se colaron allí la semana pasada para robar cuatro ordenadores. Señor —añadió mientras el inspector Plant echaba un vistazo a su teléfono, que había empezado a vibrar sobre la mesa.
Su móvil, que estaba en silencio, también se encendió una fracción de segundo después. Su mirada se cruzó con la del inspector Plant, y ambos tomaron sus dispositivos.
—Disculpen —murmuró Kim, cogiendo el teléfono, y se dirigió hacia la puerta.
Al ver el nombre de quien la llamaba, ignoró por completo las miradas curiosas que procedían de todas las personas que había alrededor de la mesa, y también la expresión de furia del superintendente jefe. Cualquier cosa, tanto profesional como personal, pasaba a un segundo plano ante una llamada de aquel hombre.
—¿Qué tienes, Keats? —preguntó, una vez se encontró en el pasillo.
—Homer Hill Park. Ya.
El forense cortó la comunicación de inmediato, pero Kim no necesitaba que se lo repitiera dos veces.
No le hacían falta explicaciones cuando la convocaba.
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Capítulo 2
—Esto es una novedad, ¿eh, jefa? —expresó Bryant cuando ya se encontraban en el coche.
Ella asintió y él se adentró en la carretera. Nunca les habían hecho acudir a aquel lugar.
El parque estaba en Cradley, Halesowen, y lo utilizaban familias, corredores y gente que paseaba a sus perros. Por lo que ella sabía, contaba con una zona de juego para niños pequeños, un campo de fútbol, una cancha de baloncesto para chavales mayores y un área extensa de césped bien cuidado para hacer pícnics. Kim no recordaba que nunca se hubiera encontrado un cadáver en aquel lugar.
—Me la juego a que no has sido capaz de estar callada durante la reunión sobre las relaciones con la comunidad —se aventuró Bryant con suficiencia.
—¿Cómo lo has sabido? —quiso saber Kim, preguntándose qué participante de la misma sería su contacto y cómo le había comunicado con tanta rapidez su desliz.
—Soy detective. Sé cosas.
—No, en serio. ¿Cómo te has enterado? ¿Quién se ha chivado? —Nadie. Si hubieras ganado la apuesta, yo tendría un billete de cinco
libras menos, porque ya estaría en el bolsillo trasero de tu pantalón.
Cobraré mis ganancias en el almuerzo, muchas gracias.
Kim abrió la boca con la intención de replicar, pero se dio cuenta de que no podía hacerlo.
Bryant se revolvió un poco en su asiento. —Oye, jefa, no quiero darte la lata, pero… —Entonces, no lo hagas.
Era de todos sabido que las personas que empiezan las frases con esas palabras inevitablemente hacen justo lo que aseguran no querer hacer. «No
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quiero ofenderte, pero…», «no quiero parecer de poca ayuda, pero…». La lista era interminable.
—Es que ella está…
—Bryant, ya le he preguntado dos veces e insiste en que está bien. Kim podía oír la acusación en el silencio que guardaba su compañero. —¿Qué más quieres que haga, genio? Siempre podría intentar
arrancarle la uña del pulgar con unos alicates para hacerla hablar, pero no estoy yo muy segura de que la guía de normas laborales incluya eso como herramienta de gestión.
—¿Estás siendo sarcástica, jefa?
—No se te escapa una, ¿eh? —exclamó, antes de girarse para mirar a través de la ventanilla mientras pensaba en Stacey. Le había preguntado a la ayudante de detective más de una vez si todo iba bien. Cualquiera que la conociera mínimamente se habría dado cuenta de que había perdido alrededor de seis kilos. A diario, Penn ponía un gesto de frustración ante los táperes aún medio llenos que metía en su bolso de hombre al final de cada turno de trabajo.
Le faltaba algo. Su chispa había desaparecido, y mostraba menos vitalidad y lucidez que de costumbre, aunque su trabajo no se resentía por aquello que la estuviera afectando. Stacey al ochenta por ciento de su capacidad funcionaba mejor que mucha gente trabajando a pleno rendimiento.
Kim se había preguntado vagamente si tendría problemas con Devon, aunque sospechaba que no. Estaban hechas la una para la otra. Pero ¿quién sabía lo que podría pasar de puertas para dentro?
Joder, odiaba que un simple comentario de Bryant la hiciera reevaluar su trabajo y volver a pensar en cómo había actuado, pero le había preguntado a la chica en dos ocasiones si estaba bien y, dado que su rendimiento laboral no había disminuido, no tenía derecho alguno a intentar profundizar más.
Kim dejó de reflexionar de inmediato en cuanto Bryant entró en Slade Road y se acercó al aparcamiento.
Lo primero que pensó fue que todo en aquel lugar estaba como tenía que estar. O casi. Había un cordón que hacía que se agolpara una multitud que provenía de las casas de los alrededores. También se veían coches patrulla, la furgoneta forense de Keats, otro vehículo forense y una ambulancia. Todo absolutamente normal en una escena del crimen.
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«Pero hay algo que no encaja», pensaba Kim cuando Bryant atravesó el cordón con el coche y se dirigió hacia la izquierda, a cierta distancia del resto de los vehículos.
La energía, percibió.
Normalmente, cuando llegaba a la escena de un crimen, todos los presentes tenían la mirada gacha, un comportamiento silencioso y respetuoso, como si temieran despertar a algún muerto. La gente estaba de pie, en pequeños grupos, discutiendo y señalando hacia algún lugar, pensando y evaluando, haciendo anotaciones mentales.
Pero allí todo el mundo estaba alerta, expectante, concentrado. El ambiente estaba cargado de una tensión que nunca había percibido en la escena de un crimen.
La perplejidad del rostro de su compañero le indicaba que él estaba pensando lo mismo.
Salieron del coche cuando una voz atronadora pidió a todo el mundo que se apartara.
Se dirigieron hacia aquella voz, que procedía de un agente de policía que subía a toda velocidad por el camino hacia el aparcamiento.
Detrás de él, dos sanitarios empujaban una camilla con ruedas por el sendero de grava.
Keats los seguía de cerca, con el rostro pálido.
Kim observó cómo los sanitarios abrían la puerta de la ambulancia y colocaban con pericia la camilla en la parte trasera.
—Keats, ¿qué coño está pasando? —gritó Kim.
—No está muerto —dijo Keats casi sin aliento, mientras el motor de la ambulancia arrancaba y la sirena comenzaba a sonar.
Se giró para mirar al forense.
—Joder, Keats, ¿cómo coño la has cagado de esa manera?
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Capítulo 3
—Claro, hombre, si yo me imagino que es fácil no verlo —continuó Kim mientras seguía al forense hasta lo que a esas alturas no se sabía muy bien si era la escena de un crimen o el lugar donde un tipo se había echado una siesta—. Son detalles menores sin importancia: latidos, pulso, respiración… Es totalmente comprensible.
Keats se volvió hacia ella de forma tan brusca y rápida que Kim casi chocó con él.
—¿Cuánto tiempo voy a tener que soportar esto?
—Hasta que te jubiles —ofreció Bryant.
—¡Ja! ¿Y por qué iba a parar cuando llegue ese día? —preguntó Kim mientras adelantaba a Keats y tomaba la delantera—. Será un placer llamarte todos los días después de que te hayas jubilado para recordarte este gran momento.
—Stone, te advierto que…
—A ver, que eres forense. Solo tenías un trabajo que hacer —se mofó mientras se acercaba al jefe de los técnicos forenses.
—Oye, Mitch, ¿has oído hablar del forense que…?
—Inspectora, te juro que…
—Vamos, Keats, si la situación fuera al revés, tendrías tema de conversación durante meses.
A pesar de su expresión furibunda, Keats sabía que eso era cierto. También era consciente de que, si cualquier persona ajena a su círculo profesional más estrecho se atreviera a criticarlo por aquello, ella la machacaría sin piedad.
—¿Qué tenemos entonces exactamente? —preguntó la inspectora, echando un vistazo a su alrededor. Los agentes de uniforme habían hecho un buen trabajo despejando la zona, y solo quedaba una mujer con un niño pequeño, que se encontraban justo en el borde exterior del parque de
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juegos vallado. Había un agente junto al niño, mostrándole algo en su radio.
Keats siguió la mirada de Kim.
—Un crío lo encontró cuando su balón de fútbol fue a parar entre los árboles. Corrió a decírselo a su madre, que echó un vistazo y dio la alarma de que había un cadáver.
—Pero no lo había, ¿verdad, Keats? —volvió a burlarse, con una sonrisa sesgada. Aunque lo estaba disfrutando, pensó que quizá no debería divertirse tanto a costa del forense.
Bryant se fue directamente hacia los testigos.
Keats ignoró el golpe bajo y continuó:
—Llegamos. No detectamos señales de vida en el hombre. Os llamé. Volví a comprobar sus constantes vitales. Detecté un pulso muy débil y ordené a los sanitarios que se pusieran a trabajar.
Kim miró hacia abajo, donde debería encontrarse el cadáver, pero en su lugar solo vio una marca profunda en la tierra que supuso que había provocado la camilla de los sanitarios.
—¿Un borracho inconsciente? —preguntó, tratando de llamar la atención de Bryant para poder hacerle señas y que regresara junto a ellos. Ese no era un trabajo para el equipo; solo valdría la pena dedicarle algo más de tiempo para meterse un poco más con Keats.
El forense hizo un gesto de negación.
—Por mucho que se beba, el alcohol no enmascara las constantes vitales.
—¿Y qué podría ser capaz de hacerlo? —quiso saber Kim, preguntándose por un momento si Keats iba a intentar encontrar una excusa para lo que había pasado.
—Hay drogas que sí pueden hacer que parezca que estás muerto. —Sí, claro, en las películas —rebatió Kim, que no sabía bien por qué
seguía en aquel lugar, contemplando un espacio vacío que hasta hacía un rato había albergado un «cadáver» no muerto.
—Habíamos empezado a hacer las fotos y demás —explicó Keats, frotándose la calva como si aún tratara de entender lo que había sucedido.
—Para ser justos, parecía completamente muerto —añadió Mitch, apoyando a su compañero.
—¿Sobredosis? —preguntó Bryant, volviendo al lado de Kim y coincidiendo con lo que estaba pasando por la cabeza de su jefa, aunque
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no había rastro alguno de materiales relacionados con el consumo de drogas. Kim supuso que las podría haber ingerido en otro lugar y que podría haberse arrastrado hasta allí para morir.
Keats negó con la cabeza.
—Pronto os daréis cuenta de que eso es poco probable.
—¿Por qué? ¿Ha dicho algo? —preguntó mirando a su espalda hacia el camino. Por lo que sabían hasta entonces, se trataba de una persona que, o bien había tomado demasiadas drogas, o posiblemente había sufrido las consecuencias de un juego sexual que no salió demasiado bien.
—Inspectora, creo que no lo estás entendiendo —dijo Keats—. El hombre no movía ni un solo músculo. No se movió ni un milímetro. No había parpadeos ni espasmos ni un solo gesto; cuando los sanitarios lo sostuvieron, estaban levantando un peso muerto.
—Aun así, no veo delito alguno todavía, Keats —dijo, dando un paso atrás. Por el momento, no parecía un caso para el Departamento de Investigación Criminal.
—Enséñaselo —ordenó Keats, haciéndole una señal a Mitch.
El jefe de los técnicos se acercó hasta ella con su cámara digital. Una imagen iluminó la pantalla.
—Pero ¿qué co…? —Sus palabras se fueron apagando mientras le quitaba la cámara de las manos.
En un principio, dirigió la mirada hacia el rostro del hombre. Amplió la imagen y no había duda de que parecía muerto. Le costaba creer que esa persona hubiera estado viva cuando se le hizo esa foto. Su piel tenía una flacidez que solo se producía cuando se liberaba de sus funciones a todos y cada uno de los músculos del cuerpo humano. Tenía la mirada perdida y ausente, vidriosa y sin vida.
—Vale, Keats, te puedo perdonar el error visual —disculpó mientras Bryant echaba un vistazo por encima de su hombro.
Alejó el zoom y estimó que estaban ante un varón de cerca de treinta años, con el pelo oscuro y barba de algunos días.
Volvió a ampliar la imagen para observarla mejor. El hombre llevaba pantalones de chándal y una camiseta con el logotipo de una cerveza. Tenía los brazos estirados hacia arriba, uno a cada lado de su cabeza, de modo que quedaban pegados a sus orejas. Sus dedos se levantaban tanto que parecía que el hombre fuera a empezar a hacer una pirueta. De cintura
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para abajo, tenía las piernas abiertas y separadas de forma que había casi un metro de distancia entre sus pies.
—No es una posición normal cuando hablamos de una sobredosis — observó Mitch mientras Kim le devolvía la cámara.
—Para nada —coincidió Kim, sintiendo cada vez mayor curiosidad por todo aquello. Había presenciado muchos casos de sobredosis y lo único que todos tenían en común era la ausencia de una postura ordenada y definida; los cuerpos se habían desplomado sin orden ni concierto hasta quedar inertes a medida que los músculos se habían relajado. Ese hombre no se había colocado en aquella postura por sí mismo.
—¿Puedes conseguir algo desde un punto de vista forense? —le preguntó a Mitch.
—Nada que vaya a pasar el filtro de un buen abogado defensor — respondió el técnico justo cuando el teléfono de Keats empezaba a sonar.
Kim comprendió el problema. Los sanitarios habían pisoteado la escena, pues solo tenían una prioridad: salvar vidas. Los forenses y las pruebas no eran de su incumbencia.
Bueno, tal vez se pasara por el hospital para interrogar a aquel tipo cuando saliera de su aturdimiento. Solo para satisfacer su propia curiosidad.
—Gracias por avisarme —agradeció Keats justo antes de colgar.
Kim esperó a que hablara.
—No ha logrado llegar con vida al hospital. Lo han declarado muerto a su llegada.
—¿Están seguros? —preguntó Kim, que nunca había tenido motivos para cuestionar una declaración de ese tipo.
—Y tanto, no hay duda de que está muerto.
Kim miró a Bryant, cuya única respuesta fue encogerse de hombros.
La situación lo desconcertaba tanto como a ella.
Tenían un cadáver sin signos claros de violencia y un lugar que podía o no ser la escena de un crimen. No había testigos ni causa evidente de la muerte ni pruebas reales de que se hubiera cometido delito alguno.
—¿Y ahora qué, inspectora? —preguntó Keats.
—Creo que es hora de que todos nos pongamos a trabajar en esto y lo resolvamos.
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Capítulo 4
Era casi la hora del almuerzo cuando Kim apoyó por fin su trasero en el borde del escritorio vacío.
Desde que había regresado a la oficina, había hablado con el hospital, confirmado la muerte del hombre, conseguido su identidad y datos personales, y enviado al inspector Plant a informar a la familia.
También había respondido al mensaje lleno de exclamaciones de Woody acerca de su repentina desaparición de la reunión de la mañana. Él se ablandó un poco cuando le explicó que había habido un cadáver, luego un «no cadáver» y, por último, de nuevo un cadáver, y le exigió que se lo aclarara detalladamente por correo electrónico. A medida que pasaban las horas, se iba convenciendo cada vez más de que era verdad que su jefe se encontraba mal y no había sido cuestión de tratar de escaquearse de la reunión.
—Bueno, compañeros, nuestro hombre es Eric Gould, tenía treinta años y era de Colley Gate. El inspector Plant está ahora con su familia, y Mitch ha recogido sus efectos personales del hospital para el examen forense. —Dio un sorbo a su café—. Y, antes de que me preguntéis, sí, Keats lo declaró muerto de forma algo prematura, pero, si ese dato sale de esta sala, alguien va a tener que buscarse otro trabajo.
Nadie dijo ni mu.
—Estoy segura de que todos os estaréis preguntando cómo ha podido ocurrir algo así, y no me cabe duda de que Keats también. Con suerte, la autopsia nos dará más detalles. Mientras no nos digan lo contrario, Eric nos compete, es nuestra víctima y tenemos que averiguar exactamente qué fue lo que le pasó. Está claro que algo le impidió actuar con normalidad. —Hizo una pausa—. Mi mayor inquietud en este momento es saber qué fue. Es fácil deducir que Eric no llegó por sí solo a ese estado ni se colocó en esa posición. Entonces, ¿de qué podría tratarse? —preguntó Kim,
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tratando de imaginarse lo que habría sentido el joven de haber estado consciente.
¿Habría oído acercarse a los agentes? ¿Habría pensado que lo iban a salvar? ¿Habría experimentado algún tipo de esperanza? ¿Habría permanecido su mente lúcida incluso aunque su cuerpo no le respondiera? Esa última pregunta hizo que se estremeciese. Sería algo así como que te enterrasen vivo: la frustración, la inutilidad. La sensación de intentar llamar la atención y hacerte notar, de tratar de comunicarte mientras hablan de ti como si ya estuvieras muerto.
—Stace, echa un vistazo a sus redes sociales. Quiero saber qué clase de persona era.
—De acuerdo —respondió Stacey, deslizando su cuaderno de notas sobre su teléfono móvil. A pesar de que estaba en silencio, Kim percibió que la pantalla estaba encendida.
—¿Necesitas cogerlo? —le preguntó, más que nada para que la ayudante de detective no pensara que esas cosas le pasaban desapercibidas.
—No, no. Estoy recibiendo muchas llamadas molestas, de seguros de vida y cosas del estilo. Obviamente mi número debe andar en alguna base de datos.
Un simple «no» habría sido suficiente para Kim. Las palabras de
Bryant volvieron a resonar en su cabeza, pero tenía que confiar en que, si
Stacey necesitaba que la ayudara en algo, se lo pediría.
—Penn, vete a ver a Keats —ordenó—. Va a querer inspeccionar este cuerpo de inmediato.
—Voy para allá —contestó Penn, abriendo su cajón para buscar una corbata.
—Ah, y no te atrevas a…
—De ninguna manera, jefa —respondió, asegurándole que no haría mención alguna al error del forense.
Solo ella podía disfrutar de ese placer.
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Capítulo 5
Stacey dejó escapar el aire que había estado conteniendo y, al hacerlo, liberó parte de la tensión que sentía, relajando a la vez sus hombros.
Dejó caer la cabeza entre las manos y se frotó la cara con energía, luchando contra el cansancio, que era como una sombra constante que se cernía sobre ella.
Le resultaba difícil recordar un momento en el que no sintiera en su estómago las consecuencias de la ansiedad, que en ocasiones era tan abrumadora que tenía que esforzarse mucho para respirar apropiadamente. A menudo, el miedo a no poder respirar le desataba un pánico que le aceleraba el corazón y hacía que su visión se volviera borrosa. Se había acostumbrado a recitar mentalmente el alfabeto una y otra vez hasta que lograba regular su respiración. Una vez estabilizada, la fatiga se apoderaba de ella, y su cuerpo parecía querer recuperar la energía que había gastado como consecuencia del estado de alerta en el que se encontraba un número innumerable de veces cada día.
Las lágrimas amenazaban en aquel momento con brotar de sus ojos, pero logró contenerlas. Se acababa de ver obligada a mentir de nuevo cuando su teléfono se había iluminado. Era un número desconocido, lo que solo podía significar que Birch se había comprado un teléfono nuevo después de que ella hubiera bloqueado todos los números que él había ido usando. Mentiras y más mentiras, todos los días, lo que la hacía sentirse aún peor consigo misma. ¿Por qué no había tenido una conversación con la jefa cuando todo empezó un par de meses atrás, en cuanto se dio cuenta de que su enfrentamiento con Terence Birch no había servido para nada? Pensó que le había dejado claro que no tenía ningún interés en él y que debía dejarla en paz. Pero parecía que aquello solo logró empeorar el comportamiento de ese hombre.
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Pensaba en las ocasiones en las que su víctima anterior, Charlotte Danks, se habría sentido exactamente igual que ella. ¿Cuántas veces, durante sus diez años de calvario, habría suplicado y rogado que la dejara en paz de una vez? La implacable persecución que ejerció sobre Charlotte a través de cartas, mensajes, llamadas telefónicas y siguiéndola a todas partes provocó que ella se trasladara al otro lado del mundo. Ni siquiera la cárcel logró enfriar su pasión, y al día siguiente de que lo soltaran, volvió a las andadas.
La experiencia que Stacey había vivido en los dos últimos meses le había permitido comprender perfectamente las decisiones de Charlotte, porque el tormento que estaba viviendo la ayudante de detective parecía haberse ido intensificando cada semana que pasaba. Había recibido flores en el trabajo de forma cada vez más frecuente. Las primeras veces que llegaron, ella estaba sola y nadie le preguntó nada, pero ya más adelante se vio obligada a dejar instrucciones en la recepción de la comisaría para que cualquier ramo que apareciera por allí con su nombre fuera directo a la basura o se enviara de vuelta a la floristería. Para responder a la mirada interrogante de Jack ante aquellas órdenes, le explicó que alguien le estaba gastando una broma.
Terence debió ver en varias ocasiones cómo el trabajador de la floristería se llevaba de vuelta las flores a la furgoneta, porque dejó de mandarle ramos. Sin embargo, Stacey no paró de recibir mensajes en su teléfono y en sus cuentas de redes sociales. En cuanto ella lo bloqueaba, él encontraba otra forma de ponerse en contacto con ella. Sus últimos intentos habían sido por correo, sabiendo que eso era algo que ella no podía bloquear.
Sus cartas eran largas y prolijas. Abría su corazón y hablaba del vínculo que había entre ambos. De momento, había tenido la suerte de ver el correo antes que Devon, otra presión más añadida al resto de las cosas que tenía en la cabeza. Una lista mental de todo lo que tenía que hacer para mantenerlo todo en secreto.
Nunca le había ocultado nada a Devon. Su relación siempre había tenido como pilar fundamental la sinceridad, pero este asunto se le había ido de las manos. Creyendo que podía arreglárselas sola, prescindió de la opinión y la ayuda de su mujer cuando todo comenzó. En cuanto le quedó claro que Terence había entendido su encuentro como un estímulo, le dio vergüenza darse cuenta de que había empeorado la situación. No podía
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soportar imaginarse la mirada de dolor y reproche de su mujer ante tal secretismo, y cada día que pasaba, ese temor se iba agrandando.
Todo aquello había afectado a cualquier aspecto de su vida. No dormía, apenas era capaz de comer, y hacía semanas que no se acostaba a la misma hora que Devon, prefiriendo sentarse en silencio en la oscuridad, preocupada por lo siguiente que tendría que afrontar.
Hacía muchísimo tiempo que no salían. Siempre ponía alguna excusa para quedarse en casa, prefiriendo la seguridad que le proporcionaba su propio hogar y evitando un doble miedo a salir de casa. Por un lado, a que la siguiera, y por otro, a que Devon descubriera lo que estaba pasando.
Recientemente, su mujer la había instado a aceptar la invitación de Alison para pasar unos días escalando en Shropshire. Stacey se había negado en redondo, consciente de que se sentiría casi tan culpable por no compartir su situación con su mejor amiga como lo hacía con Devon.
Y no hablemos ya de contárselo a la jefa. Le temblaban las piernas solo de pensarlo.
No había duda alguna de que tanto ella como el resto de sus compañeros sabían ya que algo iba mal, a pesar de sus esfuerzos por ocultarlo. Hasta la tarea de almorzar o de comerse las deliciosas ofrendas de Jasper se había convertido en un ejercicio de engaño y mentiras.
Esperaba a que la oficina estuviera vacía para tirar su almuerzo a la papelera, asegurándose siempre de dejar el envase o el envoltorio vacío sobre su mesa durante el tiempo suficiente para que uno o dos de sus colegas lo vieran y supusieran que había comido.
La realidad era que la comida no le proporcionaba placer alguno. En cuanto se metía algo en la boca, la ansiedad se hacía con su saliva, convirtiendo cada bocado en un esfuerzo por masticar y tragar. Todo le sabía a cartón, todo tenía su textura, y le resultaba muy difícil que fluyera a través de la garganta.
En el trabajo lograba a duras penas mantenerse a flote, lo cual ya era un milagro, teniendo en cuenta que tenía que hacer un esfuerzo titánico para meterse en la ducha cada mañana.
Existir, esa era la palabra que pasaba a menudo por su mente. Había olvidado lo que era la normalidad. Le resultaba complicado recordar un momento en el que lo primero en lo que pensara no fuera Terence Birch y qué sería lo próximo que estaría planeando hacer con ella.
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Stacey se mantenía en funcionamiento, sin más; comía lo suficiente para proporcionar energía a su cuerpo durante una parte del día, hasta que se quedaba sin gasolina. Sabía que la ropa le quedaba cada vez más holgada, pero no le era placentero perder peso. No merecía la pena de ningún modo. Se lo había explicado a Devon; le aseguró que estaba intentando perder algunos kilos, aunque a su compañera no le había convencido mucho la explicación.
Iba a trabajar todos los días, pero a media tarde apenas lograba ya mantener los ojos abiertos. Se las apañaba para mantener bajo control el trabajo que le correspondía, pero es que, si no hubiera sido capaz de hacerlo, estaba segura de que las conversaciones breves sobre su bienestar que había mantenido con la jefa habrían tenido un tono totalmente distinto.
Así que, con esa idea bien presente, echó la silla hacia atrás, cogió la foto de la víctima de la impresora y la pegó a la pizarra.
La miró detenidamente, y estuvo de acuerdo de inmediato en que Eric Gould parecía muerto en aquella foto, sin duda.
A continuación, se puso a trabajar en sus redes sociales. Su pantalla se llenó con los perfiles de diferentes plataformas.
Primero observó su TikTok y encontró siete vídeos, todos de él ejercitando sus músculos en el gimnasio. Parecía estar en forma. No tenía el físico de un culturista, pero sí que contaba con músculos definidos. Por alguna razón, le gustaba grabar vídeos cortos de su entrenamiento: ejercicios de pecho en el banco, pesas, flexiones…; nada fuera de lo común, pero siempre al ritmo de la canción Eye of the Tiger. Sus vídeos recibían unas doscientas visitas y algunos comentarios por aquí y por allá, unos positivos y otros negativos. Los buenos provenían principalmente de chicas y los malos, de chicos. Leyó todos los comentarios que se habían escrito en cada uno de los vídeos para comprobar si alguno de sus autores se repetía, pero pocas personas habían comentado más de una vez, y aunque las reacciones eran a veces un poco insultantes, no había nada amenazador ni sospechoso en ellas. Eric no interactuó con ninguna de las personas que habían escrito esos comentarios. Su cuenta solo llevaba operativa un par de meses y parecía que estaba aún aprendiendo a usarla y decidiendo qué hacer con ella.
A continuación, entró en su perfil de Twitter. Seguía a menos de quinientas personas y solo la mitad de ellas lo seguían a él.
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—¡Oh! —exclamó Stacey al darse cuenta de que podría haber perdido un buen número de seguidores tras su último tuit halagando al ultraderechista misógino Andrew Tate, al que tachaba de héroe. Defender a misóginos rabiosos no contribuía demasiado a tu popularidad general. La mayoría de las respuestas a ese tuit eran negativas, le habían dicho de todo. De nuevo, no había respondido a ninguno de esos comentarios, y esa había sido su última publicación, que se había escrito dos semanas antes.
No había mucha actividad en su Facebook, donde solo se relacionaba con familiares y amigos; sin embargo, su Instagram era una historia completamente diferente.
Su cuenta en esa red social estaba repleta de fotos, información personal, chistes machistas, fotos de comida y del gimnasio y algunos vídeos. Había algunas publicaciones sobre trabajos que había realizado, sobre todo acerca de aquellos que habían tenido lugar en casas de mujeres solas, insinuando que las calderas no eran lo único que necesitaba un repaso en esos hogares.
Entre las muchas fotos y vídeos en los que aparecía, encontró una etiqueta que correspondía a la cuenta de una mujer llamada Teresa Fox, que mostraba orgullosa su anillo de compromiso. Stacey se dio cuenta enseguida de que lo había etiquetado porque era con él con quien se había prometido. Eric le había dado a «me gusta» en la publicación, pero no había hecho ningún comentario. No era una persona demasiado sentimental, pensó Stacey.
Obviamente, el hombre había encontrado la red que mejor se ajustaba a sus necesidades. Por sus publicaciones, determinó que era una persona un tanto inmadura, un fanfarrón con una buena dosis de confianza en sí mismo.
Sí, podría ser un poco molesto, pero no veía ninguna razón para que alguien lo quisiera muerto.
Informaría a la jefa de que se trataba de un tipo normal y corriente.
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Capítulo 6
—Nada destacable —explicó Kim, leyendo el mensaje que le había enviado Stacey, mientras Bryant gestionaba las continuas interrupciones en el tráfico de camino a Colley Gate—. Eric Gould parece estar limpio. Algo inmaduro y con un aparente toque de misoginia añadido, pero nada que pueda explicar su muerte —continuó detallando mientras Bryant encontraba por fin la calle que buscaban.
La casa de Eric Gould estaba situada en una hilera pequeña de apenas seis viviendas, detrás del hospital privado de West Midlands.
Kim se sorprendió al ver que un coche patrulla seguía todavía allí. El inspector Plant la recibió en la puerta.
—La chica está mal —explicó en voz baja—. No he querido dejarla sola. Sus padres están de camino, llegarán en cualquier momento.
—Vale, nos hacemos cargo —aseguró Kim, indicándole que ya se podía marchar. La casa era pequeña y el hecho de que hubiera un gran número de desconocidos en ella solo serviría para abrumar aún más a la mujer.
Kim entró por la puerta principal, que daba directamente al salón. Una chica que supuso que era Teresa Fox sollozaba en un sillón situado en una esquina.
Sus ojos enrojecidos parecieron reflejar un atisbo de esperanza.
—La acompañamos en el sentimiento —expresó Kim, tomando asiento en el sofá.
Bryant la imitó mientras presentaba a ambos ante la joven.
La pequeña estancia era funcional y todo en ella parecía girar en torno a una televisión, demasiado grande para el espacio disponible. Parecía que para dejarle hueco se había tenido que sacrificar algún que otro mueble. Una taza de café que había en el suelo, a la derecha del sillón de Teresa,
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daba fe de ello. Kim tardó muy poco en darse cuenta de que las únicas fotos que había en pared eran del hombre que acababa de morir.
Supuso que la mujer tendría unos veinticinco años; poseía una melena larga y castaña que le caía desordenada sobre los hombros. A pesar de los ojos enrojecidos y una piel con manchas, era una chica atractiva, con un aire inocente y delicado.
—Sentimos la intromisión, pero ¿podríamos hacerle un par de preguntas?
—Va… vale —titubeó, tratando de contener un sollozo—. Pero ¿pueden contarme antes cómo ha muerto? ¿Cuándo? ¿Ha sido un accidente? ¿Un coche? Aún no sé absolutamente nada.
Debido a la confusión reinante en la escena del crimen, Kim comprendía por qué el inspector Plant había compartido con la chica muy pocos detalles, porque la verdad era que no los tenía. Tampoco ellos sabían mucho más a esas alturas, pensó Kim, pero no dijo nada al respecto.
—En estos momentos estamos intentando responder a todas esas cuestiones, señora Fox, pero para ello necesitamos saber un poco más sobre Eric. Tenemos entendido que era su prometido —dijo Kim, mirando el anillo.
Teresa apartó su mano derecha de la correa del reloj que no dejaba de tocar e hizo girar el anillo de compromiso que llevaba puesto.
—Desde el mes pasado —respondió temblorosa, como si ese periodo de tiempo tuviera alguna trascendencia, como si llevando tan poco tiempo comprometida fuese imposible que hubiera sucedido algo así.
—No tenemos aún todas las respuestas, pero sí que creemos que podría haber alguna persona involucrada en su muerte. ¿Hay alguien con quien Eric tuviera problemas?
—No —respondió de inmediato con vehemencia—, todo el mundo adoraba a Eric. Era extrovertido y simpático, siempre dispuesto a reírse. A ver, había gente que sentía celos del cuerpo que tenía, pero él se limitaba a ignorar a los que lo criticaban.
—¿Tenía muchos amigos? —preguntó Bryant.
Teresa se lo pensó un segundo antes de responder.
—No muchos. Creo que incluso hasta los amigos se sentían un tanto intimidados por su forma física. A veces me ha mencionado algún nombre de alguien del gimnasio, pero no he llegado a conocer a ninguno.
—¿Y algún viejo amigo? —preguntó Kim.
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La mujer se secó un poco los ojos antes de que su mano volviera a juguetear con la correa del reloj.
—No. No tenía antiguos amigos del instituto ni nada por el estilo.
Nunca me hablaba de su pasado. Ni siquiera sé a qué colegio fue.
—¿Familia?
Teresa hizo un gesto negativo con la cabeza.
—¿Quiere decir que no tiene familia o que no tenía relación con ella? —intentó aclarar Kim.
—Que no tiene.
—¿Algún amigo con el que saliera de bares?
—La verdad es que no. Apenas bebe. Cuida mucho su cuerpo — explicó, haciendo girar cada vez más rápido la correa del reloj.
Kim no tenía claro a quiénes se había referido con ese «todo el mundo» que «adoraba a Eric».
—¿Tenía una relación cercana con sus compañeros de trabajo? — preguntó Bryant, que parecía claramente querer encontrar también ese grupo de admiradores.
—No lo creo. Trabajar de fontanero es algo un poco solitario, ¿no les parece?
Había muchas profesiones solitarias, pero todo el mundo terminaba relacionándose con alguien que terminaba convirtiéndose en amigo.
Por el momento, la chica sentada frente a ellos era la única persona con la que podían hablar acerca de Eric. Kim necesitaba algún tipo de pista para tratar de comprender por qué lo habían encontrado en aquel estado esa misma mañana.
—¿Qué más puede contarnos sobre él?
—Era un tipo muy agradable, sin más. Generoso y afectuoso. Se tomaba en serio su forma física, y le encantaba ver deporte.
Mientras hablaba, continuaba haciendo girar su reloj como si fuera un hula-hop.
—Qué reloj tan bonito. Me recuerda a uno que tenía mi madre. ¿Me permite? —preguntó Kim, extendiendo la mano hacia la mujer.
La inspectora cogió el reloj y le dio la vuelta, mientras que, en su visión periférica, pudo observar que Teresa seguía jugueteando con la piel que había quedado expuesta, que estaba enrojecida y un poco abultada.
—Sí, es muy parecido al de mi madre. Es precioso —afirmó Kim, devolviéndoselo. Miró fijamente la muñeca mientras Teresa trataba de
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ponérselo.
La joven se percató del lugar hacia el que la inspectora estaba mirando, tal y como esta había pretendido.
—Cirugía láser —explicó—. Es reciente. Un antiguo novio. Eric no… —Se calló porque se abrió la puerta principal y un hombre gigantesco, de enorme envergadura, entró en la estancia.
—¡Papá! —gritó Teresa, lanzándose a sus brazos.
—Tranquila, mi amor, ya pasó —la tranquilizó, abrazándola con fuerza.
Una mujer rubia entró detrás del hombre y cerró la puerta tras de sí. Se aproximó a la chica y le dio unas palmaditas tranquilizadoras en la espalda, aunque no pudo acercarse mucho más.
Las dos nuevas personas que habían entrado en el salón lo habían convertido en un lugar en el que resultaba imposible estar cómodamente.
Kim se puso de pie y se dio cuenta de que tanto el padre como la hija ya no parecían conscientes de su presencia. Sacó su identificación policial y se presentó —también a Bryant— ante la mujer, que se abrió paso por el reducido espacio para poder saludarlos.
—Jackie y Rufus —dijo, señalándose a sí misma y a su marido—. Somos sus padres. —Jackie se quitó la chaqueta—. Voy a preparar té — dijo, antes de salir de la habitación.
Kim esquivó a la chica, que no dejaba de llorar, y a su padre y siguió a Jackie hasta la cocina. Bryant, sospechó, se había quedado de momento atrapado en el salón.
—Gracias por venir tan rápido. Ella los necesita —dijo Kim. —Bueno, solo necesita a uno de los dos, agente —respondió la mujer,
llenando el hervidor de agua. Se giró, pero la expresión de su rostro no dejaba entrever sus sentimientos—. Tengo muchas preguntas que hacerle, pero sé que solo va a compartir lo que pueda. Teresa no se expresó con mucha claridad cuando llamó a su padre al quirófano.
Kim había detectado un olor a desinfectante y a perros cuando se cruzó con el mastodonte en el salón.
—Puedo contarle muy poco —dijo Kim con honradez. Entre otras cosas, porque ni siquiera ella misma sabía demasiado—. Pero sentimos mucho la pérdida que acaban de sufrir.
—Yo no he sufrido pérdida alguna —respondió Jackie de forma totalmente sincera.
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—¡Oh! —dijo Kim.
—O podría mentirle porque se ha muerto, si usted lo prefiere.
—No, por favor, no lo haga —pidió Kim, que seguía sin conocer a un solo miembro del club de fans de Eric Gould del que Teresa les había hablado—. Su hija parecía quererlo mucho.
—Pues claro, tiene veintipocos años. Él era mayor que ella, bastante atractivo, lleno de músculos y le prestaba atención. Ella estaba loquita por sus huesos.
—Pero ¿a usted no le gustaba? —preguntó Kim mientras Jackie alcanzaba tres tazas del estante superior. Hizo una pausa antes de coger más, en señal de ofrecimiento a los agentes.
—No, muchas gracias.
—No me malinterprete. Se comportaba de forma bastante agradable con nosotros. Eran pequeños detalles. Vinieron a comer el domingo. Yo estaba sacando los platos. Me fijé, a través del reflejo de la vitrina, en que se señalaba el reloj. Diez minutos después, se habían largado. Mi hija llevaba apenas seis meses viviendo sola cuando la convenció para que se fuera a vivir con él. A veces contestaba por ella. Eran ese tipo de cosas. Probablemente esté siendo un poco sobreprotectora, pero es nuestra única hija.
—¿Intenta decirme que el chico era un poco controlador?
—Al menos, por lo que yo he visto.
—¿Y qué pensaba su marido?
—Estaba de acuerdo, aunque admitía que no podía ser imparcial. Tenía una gran relación con el exnovio de Teresa, Curtis. Nadie estará jamás a la altura de ese chico.
—Me he fijado en la cicatriz que tiene en la muñeca.
El rostro de Jackie se tensó al escuchar aquello mientras utilizaba la cucharilla para exprimir el color de las bolsitas de té.
—Era un tatuaje con el nombre de Curtis. Estoy bastante segura de que le puso esa condición para que se comprometieran.
Kim recordó que Teresa había mencionado a Eric en relación con el tatuaje justo cuando aparecieron sus padres.
—¿Cree que su comportamiento llegó a ser algo más que controlador? —preguntó Kim.
—¿Me está preguntando si alguna vez llegó a la violencia?
La inspectora asintió.
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—No le diré que no se me ha pasado por la cabeza.
—¿Le ha preguntado a su hija?
Jackie negó con la cabeza y luego hizo un gesto con la misma en dirección al salón.
—Si hubiera sucedido algo así, no me lo habría contado a mí.
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Capítulo 7
Penn observó a su llegada a la entrada de la morgue algo que nunca había visto antes. Había carteles de advertencia impresos y pegados en la pared que rezaban: «SOLO PERSONAL AUTORIZADO».
El segundo ayudante de Keats, Andy, un hombre al que veía con muy poca frecuencia, se encontraba junto a las puertas dobles que daban a la antesala. Por anteriores ocasiones, a Penn le parecía un hombre sobrio y sin sentido del humor, que tal vez pasara demasiado tiempo rodeado de cadáveres.
—El doctor Keats me ha ordenado que te advierta que esta ocasión merece una protección total.
—Vale —dijo Penn, siguiéndolo hacia dentro. Normalmente se ponía un traje blanco desechable y unas gafas, ¿qué protección adicional podría necesitar? ¿Y de qué se tenía que proteger exactamente?
Sobre la encimera, a la derecha del fregadero, había dispuestos dos montones de equipos de protección personal.
—Haz lo mismo que yo —dijo Andy, cogiendo un traje blanco. —¿Vas a entrar también? —preguntó Penn. Ya podía ver a Keats y
Jimmy en la sala.
—Con este cadáver, sí —dijo, poniéndose el traje.
Penn lo imitó. A continuación, Andy se puso unas zapatillas de protección y, luego, un segundo par.
—Zapatos y guantes dobles —instruyó Andy.
—¿De verdad es…?
La mirada de Andy parecía provenir directamente de Keats. No le dejó ninguna duda de que, si no obedecía, le harían marcharse.
El ayudante cogió un rollo de cinta adhesiva y se arrodilló. Enrolló la cinta alrededor del punto donde el mono se unía con los zapatos protectores de Penn.
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—¿Brazos?
Penn se puso los guantes y extendió los brazos, y Andy repitió el proceso anterior alrededor de las muñecas antes de pasarle a Penn el rollo de cinta adhesiva.
El sargento le devolvió el favor, preguntándose en aquel momento si le estarían gastando una broma.
Se rio cuando Andy sacó dos máscaras respiratorias de un compartimento.
El ayudante de Keats le pasó una a Penn y se colocó la otra. Andy le indicó a Penn que se subiera la capucha de su traje protector. Un rápido vistazo hacia la sala mostró a Keats y Jimmy colocándose también sus máscaras respiratorias.
Siendo honesto consigo mismo, empezaba a estar un poco acojonado. Era la primera vez que acudía a una autopsia temiendo por su propia seguridad.
Andy le abrió la puerta, Penn entró, y él se detuvo en el umbral. Nadie más iba a entrar en la sala.
—No te acerques a menos de cinco metros —advirtió Keats.
—Un poco excesivo todo, ¿no? —preguntó Penn con valentía. Parecía una escena de la película Contagio.
Keats lo miró con una dureza que resultaba evidente a pesar de la máscara respiratoria.
—Mis disculpas, doctor Penn. Está claro que ya has identificado las toxinas que hay en el cuerpo de este hombre y has determinado que no es nada que pueda vaporizarse y envenenarnos cuando hagamos incisiones en su piel. Por favor, explícanos por qué no nos lo has dado a conocer antes para ahorrarnos todo este jaleo.
Cinco palabras. Solo había dicho cinco palabras, pero habían sido suficientes para hacer que se sintiera como un niño de primaria que ha escrito mal una palabra que ya debería saber.
—Lo siento, Keats, nunca había hecho esto antes —murmuró, tratando de escaparse del rincón en el que castigaban a los niños traviesos.
—Menos mal que yo sí —respondió Keats, girándose hacia el cuerpo. A Penn no se le había pasado por la cabeza que lo que había matado a Eric Gould todavía podría tener la capacidad de causar estragos en otras personas, y puede decirse que sintió cierto alivio de que Keats lo hubiera obligado a tomar las precauciones necesarias. No podía permitirse ser tan
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apático con respecto a su bienestar. Tenía que pensar en Jasper. Además, también tenía a Lynne en su vida, aunque sus inquietudes en aquel momento con respecto a eso eran otra historia.
—Como puedes ver, Penn, vamos a proceder con esta autopsia de forma algo diferente. Solo nosotros cuatro podremos estar presentes en la sala. Si algo tiene que salir de ella, Andy lo transportará, permaneciendo protegido ante cualquier salpicadura o derrame potencial. Todos los utensilios permanecerán en la bandeja o los tendré yo en mis manos. Jimmy me alcanzará cualquier cosa que necesite o moverá cualquier objeto que obstaculice mi camino. Tú no darás un paso adelante, y si te digo que salgas, lo harás de inmediato. ¿Lo has entendido?
—Perfectamente. ¿Puedo hacer preguntas?
—Claro.
—¿Tienes alguna idea de lo que estás buscando?
—En absoluto. Puede que no sea nada, pero, desde que los rusos envenenaron a Litvinenko en 2006 con un compuesto radiactivo, tenemos que ser todo lo cuidadosos que podamos.
—¿Le inyectaron algo? —preguntó Penn. Recordaba aquel nombre, pero no las circunstancias exactas del caso.
Keats negó con la cabeza mientras retiraba la sábana que cubría el cuerpo de Eric.
—Se lo administraron en una taza de té. Igual de creativo fue el intento de asesinato de los Skripal en 2018 con el agente neurotóxico novichok.
—¿En un frasco de perfume? —creyó recordar Penn. Había visto documentales al respecto.
Keats asintió.
—¿Crees que los rusos han matado a Eric? —preguntó Penn con una sonrisa.
—De momento, no descarto nada.
—¿Por qué usar esos métodos tan complejos? El té, el frasco de perfume… ¿Por qué no usar una simple inyección?
—Las personas que enviaron para matar a las víctimas que te acabo de relatar no tenían ninguna relación con ellas. Eran asesinos a sueldo, les pagaban para llevar a cabo un trabajo. No acercarse demasiado ni ser reconocido por los testigos era clave para protegerse a sí mismos. Inyectar algo a una persona es un acto arriesgado y personal. Como apuñalar. Requiere una intimidad, un deseo de contacto físico, tal vez incluso una
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necesidad de reconocimiento, como si quisieras que tu víctima supiera que fuiste tú. No soy psicólogo, pero, en este caso, parece que nuestro asesino quería que Eric lo viera.
Penn reflexionó sobre esa idea mientras Keats comenzaba su examen externo del cadáver. Eric no era un tipo pequeño. Habría hecho falta mucha fuerza para obligarlo a hacer algo en contra de su voluntad. A menos que conociera a la persona que le había provocado la muerte.
Siguió observando cómo Keats inspeccionaba el cuerpo, literalmente centímetro a centímetro. Le hizo un gesto a Jimmy para que lo ayudara a poner a Eric de lado. Se inclinó hacia el cuerpo para examinar con la lupa la cadera izquierda.
—Lo tengo —dijo Keats, volviéndose hacia Penn—. Orificio punzante en el muslo izquierdo. Así que ya sabemos cómo entró la sustancia en su cuerpo; ahora tenemos que averiguar exactamente de qué se trata.
—¿Puedo? —preguntó Penn, señalando hacia la puerta.
Keats asintió.
—Andy te ayuda.
La mayoría de las veces Penn se quedaba hasta el final, pero en esta ocasión tenía que ponerse en contacto con la jefa y no podía hacerlo estando atado como si fuera una momia egipcia.
Ella querría enterarse de que se había confirmado que aquel hombre había sido asesinado, y que muy posiblemente lo había hecho alguien a quien Eric conocía.
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Capítulo 8
—¿Qué te pasa? —preguntó Bryant, arrancando de nuevo el coche. Apenas habían recorrido un kilómetro y medio desde la casa de Teresa
Fox cuando Kim le pidió que parara en un McDonald’s.
—No lo sé —respondió ella, abriendo la tapa del café que acababa de pedir en el autoservicio.
Colocó el vaso abierto en el salpicadero tan solo porque disfrutaba viendo el pequeño ataque de pánico que se solía dibujar en el rostro de su compañero. La mirada nerviosa que le echó de reojo le proporcionó cierta satisfacción.
—Hay algo que no me deja muy tranquila —dijo.
—Ya, a mí me pasa igual —respondió, volviendo a mirar hacia el vaso. Kim entendía a la perfección que Rufus Fox les hubiera pedido, con mucha educación, que volvieran más tarde porque su hija estaba
consternada. Pero le habría gustado hacer algunas preguntas más.
No existía una cosa específica que la estuviera inquietando. Lo que Penn les había contado sobre la marca de un pinchazo encontrada en el cuerpo de Eric, indicándoles que en consecuencia se había tratado de un ataque personal, acababa de engrosar la lista de posibles razones. De acuerdo, los padres no se habían mostrado demasiado entusiasmados con el prometido de su hija, pero eso no era algo poco frecuente, sobre todo en el caso de una hija única con padres sobreprotectores, en particular el padre. Pero Eric no era un vago. Tenía un buen trabajo, un oficio. No era un bebedor empedernido, no tomaba drogas y se cuidaba mucho. Muchos padres habrían estado encantados. Pero no el señor y la señora Fox. ¿Qué era lo que no les gustaba de él?
—¿Crees que pensaban que era un poco controlador y que ella no les hacía caso? —preguntó tras dar un sorbo a su bebida.
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—No creo que exista un solo hombre lo bastante bueno como para que el padre lo aceptara. Aunque, si yo saliera con su hija, habría tenido cuidado para no cometer errores.
Sí, Kim entendía a qué se refería su compañero. Rufus Fox parecía ser una figura imponente, en todos los sentidos de la palabra.
—¿Qué te parece el tatuaje? —preguntó Kim.
—Mierda, sabía que me ibas a preguntar por eso. Me gustaría decir que no me habría molestado, pero no estoy seguro —explicó, sacudiendo la cabeza de lado a lado—. ¿Que tu novia tenga el nombre de otro hombre tatuado en su cuerpo? —No dijo nada más; parecía como si supiera lo que sentiría al respecto, pero no quisiera reconocerlo.
—¿Le habrías dado un ultimátum? —presionó Kim—. ¿No hay compromiso hasta que te lo quites?
—No, no creo que hubiera hecho eso —contestó, respondiendo mucho más rápido en esta ocasión.
—Vale, ahora me toca preguntarte como padre. ¿Qué pasaría si descubrieras que Josh le ha puesto las manos encima a Laura? —preguntó, en referencia a su hija y al novio de esta.
Al instante, su rostro mostró un sentimiento de rabia.
—Cogería al cabrón por el…
—Pero eres policía —le recordó ella.
—Antes que nada soy padre, y oye, no me digas ese tipo de cosas. Vienen a cenar a casa esta noche y no quiero tener esa imagen en mi cabeza.
—Te gusta —señaló. Sospechaba que apreciaba a Josh todo lo que podía llegar a apreciar a cualquiera que estuviera saliendo con su hija.
Bryant hizo un gesto de indiferencia.
—Está bien. De todas formas, puede que estemos sacando conclusiones precipitadas sobre Eric porque Stacey ha estado indagando y nos ha dicho que no existían señales de alarma.
—Mmm… —musitó Kim, sacando su teléfono. Entró en el páramo desolado que era su cuenta de Facebook. La inspectora tenía perfiles en todas las plataformas, aunque nunca posteara ni accediera a ellas a menos que estuviera buscando a alguien. No comprendía la fascinación por las redes sociales. Exigían trabajo, interacción, mantenimiento. No le interesaba lo más mínimo lo que hicieran los demás y no tenía deseo alguno de compartir sus propias acciones.
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—¿Me estás ningufoneando otra vez? —preguntó Bryant, antes de dar un sorbo a su café.
—¿Que si te estoy qué?
—Ningufoneando. Es cuando ignoras a un amigo o a tu pareja en favor de tu móvil. Es una combinación de «ningunear» y…
—Bryant, te lo digo de verdad, tienes que dejar de intentar encajar con los chavales. ¿Cuánto tiempo llevabas esperando para usar esa palabra?
—La he escuchado en la radio esta mañana.
Kim hizo un gesto de desesperación mientras escribía el nombre de Teresa en el buscador de la red social. La mujer que trataba de encontrar aparecía entre los cinco primeros resultados.
Hizo clic en el perfil y la primera foto que vio fue una de Teresa sonriendo de oreja a oreja, extendiendo su mano izquierda.
Kim se deslizó por la publicación para ver los comentarios, todos de felicitación excepto un par de ellos, que bromeaban sobre el tamaño de la piedra preciosa. Fueran o no en broma, no podía estar en desacuerdo con esos comentarios. No es que hubiera sido una compra muy derrochadora, aunque a Teresa no se la veía menos contenta por ello.
Siguió desplazándose por la página hasta que dio con una frase que le llamó la atención. A Kim le encantaba cuando la gente hacía capturas de pantalla de citas famosas en Internet y las colgaba en su perfil. En muy pocas ocasiones habían sido elegidas al azar; más bien, estaban dirigidas a alguien en particular.
La cita se refería a que todo el mundo tiene derecho a una segunda oportunidad.
«Mmm… ¿Quién merece una segunda oportunidad y para qué?», se preguntó la inspectora.
Dos publicaciones más abajo había una foto de Teresa con un moratón en la mejilla y una explicación excesivamente detallada que tenía que ver con la puerta del armario de la cocina. ¿Se trataba de una lesión auténtica o la habrían agredido? ¿Lo habría publicado en las redes sociales como un grito de socorro o tal vez había constituido una forma encubierta de advertirle a Eric que eso no podía volver a ocurrir?
Cada vez se iba tensando más y sintiéndose peor al respecto. Le pasó su teléfono a Bryant.
—Ya claro, no hay señales de alarma para nada.
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El desconcierto se apoderó del rostro del sargento mientras iba deslizándose por la pantalla.
—Qué raro. ¿Cómo ha podido Stacey no ver…?
Interrumpió su frase porque el teléfono comenzó a sonar. Al comprobar quién era la persona que estaba llamando, se lo devolvió a Kim con un gesto tan rápido que parecía que le hubieran prendido fuego.
La inspectora emitió un gruñido al ver el nombre de Frost.
—¿Qué? —respondió.
—Stone, ¿dónde coño estás? —rugió Frost en su oído.
—En el trabajo. A diferencia de otras, tengo uno de verdad. Lo siento, ¿me he olvidado de nuestra cena de aniversario o…?
—Deja de hacer el payaso. Tal vez prefieras volver pitando a la escena del crimen.
—¿Por qué? —preguntó Kim, echándose hacia delante en el asiento. —Porque esto es un absoluto caos, no te imaginas la que hay aquí
liada.
Kim cogió su bebida mientras Bryant se ponía en marcha.
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Capítulo 9
Por suerte para Stacey, el gimnasio que Eric Gould frecuentaba formaba parte de una cadena nacional que tenía más de doscientos locales.
Tras lograr hablar con la persona adecuada y acreditar su identidad, le concedieron un nombre de usuario y una contraseña para el sistema de cámaras de seguridad que le servirían durante una hora. Después de aceptar los términos de uso, tuvo acceso a las diecisiete cámaras que había en la propiedad.
Stacey era lo bastante joven como para no recordar los antiguos sistemas de grabación en VHS, pero como agente de policía había tenido que acudir a ciertos lugares en los que había tenido que grabar imágenes provenientes de sus cámaras de seguridad en un CD. Era mucho más rápido y eficaz que le enviaran los vídeos por correo electrónico; que le concedieran acceso a la intranet de la empresa era ya el lujo máximo. Su cooperación le había ahorrado horas de trabajo.
Un rápido vistazo al sistema confirmó que había muy pocos puntos ciegos y que la calidad de las imágenes era excepcional. Hasta el momento, estaban sacando una nota excelente en la lista de empresas con cámaras de seguridad de gran utilidad.
Aunque en el perfil de Instagram de Eric no existía una foto suya de aquella mañana en el gimnasio, la franja horaria habitual de las publicaciones en las que se mostraba ejercitando sus músculos era entre las siete y las ocho y media de la mañana, por lo que Stacey tenía que confirmar o descartar su visita al gimnasio para verificar sus movimientos.
Le resultó fácil localizarlo entrando en el local apenas un minuto pasadas las siete de la mañana, vestido con unos pantalones de chándal Adidas negros y una camiseta lisa de manga corta del mismo color, que daba la impresión de estar al límite de su elasticidad alrededor de sus bíceps.
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Pudo seguirlo hasta los vestuarios, de donde salió tres minutos después con pantalones cortos y una camiseta de tirantes que resaltaba toda su musculatura.
Primero, se dirigió hacia las cintas de correr situadas junto a una hilera de bicicletas. Una de ellas estaba ocupada por otro hombre, pero no hubo ningún tipo de saludo entre ambos. Eric se puso los auriculares antes de empezar a correr. Quince minutos después, se bajó de la cinta y fue hacia el área de pesas. Al entrar en ella, dos hombres que se encontraban allí se miraron el uno al otro y se marcharon poco después.
Stacey retrocedió la grabación y volvió a examinar la escena. No parecía que hubieran tenido ninguna intención de irse de allí antes de que entrara Eric.
Cambió de cámara para ver las imágenes de la anterior y no se sorprendió al comprobar que ambos hombres estaban en la zona contigua, uno dirigiéndose hacia las cintas de correr y el otro a las bicicletas, como si no hubieran querido estar allí con Eric.
Volvió a centrarse en su objetivo, ya consciente de que no se trataba de una persona demasiado popular. Tenía la zona de pesas para él solo.
Stacey se tomó un momento para evaluar la ausencia de interacción con otras personas. Ya había observado que exhibía lo que ella denominaba el «caminar del gallito». Hombros echados hacia atrás y torso y genitales proyectados hacia delante en un paso lento y fanfarrón, como anunciando la llegada de sus partes íntimas antes de que el resto de su cuerpo las alcanzara. No sabía si andaba así habitualmente o si lo reservaba solo para el gimnasio. Emanaba una arrogancia y una superioridad que debían resultar repulsivas para aquellos que no lo conocían. Y para los que sí, tal vez no fuera más que otro elemento desagradable que añadir a sus rasgos presuntuosos, sexistas y misóginos. Stacey estaba bastante segura de que no habría querido conocerlo en persona. Aún quedaba por determinar si, de manera individual o en conjunto, esos rasgos habrían sido los responsables de su asesinato.
Tras los hallazgos de la autopsia, estaba buscando a cualquiera que se le hubiera acercado, pero no resultaba muy difícil hacerlo.
A las ocho menos diez, Eric ya había trabajado con casi todas las máquinas y se marchó de vuelta a los vestuarios. No había hablado con nadie, y tampoco una sola persona se había dirigido a él.
A las ocho y cinco, salió del vestuario y se encaminó hacia la salida.
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Stacey accedió a las imágenes de la cámara que había situada junto a la puerta del vestuario. Nadie había entrado en él durante los quince minutos anteriores a que lo hiciera Eric, por lo que no cabía duda de que, allí dentro, había estado todo el tiempo solo.
Para estar completamente segura de que nadie había hablado con él durante toda su estancia en el gimnasio, siguió con atención su camino hasta la entrada.
Deslizó su tarjeta de socio y salió.
La ayudante de detective estaba ya a punto de pulsar el botón para salir de las grabaciones cuando algo llamó su atención.
Justo al cruzar las puertas automáticas, al adentrarse en la acera, un transeúnte chocó con él.
No se podía ver nada por encima de la cintura de ninguno de los dos, pero sabía cuál era la indumentaria de Eric.
Lo reprodujo de nuevo a cámara lenta y amplió las imágenes.
Tras presenciarlo de nuevo, no le quedó ninguna duda de que la mano del transeúnte había hecho contacto con el muslo de Eric Gould.
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Capítulo 10
—Pero ¿qué coño…? —exclamó Kim cuando llegaron a la calle más cercana a la escena del crimen.
El tráfico estaba completamente paralizado y los coches, aparcados uno tras otro, casi tocándose. Había una multitud de personas que se dirigía hacia la zona acordonada como si se tratara de la entrada a un macroconcierto. Los vecinos observan aquel escándalo desde las puertas de sus casas.
Bryant aparcó como pudo en un lugar en el que estaba prohibido hacerlo.
—Frost no estaba de broma, ¿eh? —dijo mientras salían del coche. —No, su descripción ha sido mejor que la de la mayoría de sus
noticias —observó Kim.
A medida que se iban acercando a la entrada del parque, el caos era mayor; tuvieron que esforzarse para abrirse paso hasta llegar a la parte delantera del gentío, donde encontraron a la periodista.
—Están haciendo todo lo posible por contenerlo, pero algunas personas han conseguido avanzar —les advirtió Frost.
—¿Hasta la escena del crimen? —preguntó Kim.
—Bueno, dos agentes no iban a bastar para detener a las hordas. —Les mostró su teléfono—. Por suerte, tengo un montón de imágenes del tumulto para darle color a mi relato digital de esta noche.
—Vaya, pues eso va a ser de gran ayuda —espetó Kim.
—No es mi problema, tú verás cómo lo resuelves. Deberías haber contado con más gente para hacerle frente a esto.
—¿A qué exactamente? —preguntó Kim, escuchando sirenas en la distancia. Apoyo, supuso, pero iba a hacer falta mucho para poder dispersar a un grupo de personas como aquel.
—La incitación a la acción.
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Kim se quedó callada.
La expresión de Frost se distorsionó, mostrando una absoluta incredulidad.
—¿Me estás diciendo que no te has enterado de lo de la cuenta de Twitter?
Kim luchó contra la rabia que iba creciendo en ella.
—¿Has tenido la cabeza en las nubes durante las últimas horas o es que has estado echándote una siesta?
—Por favor, ilumíname sin disfrutarlo tanto.
Frost desbloqueó su teléfono; las sirenas cada vez sonaban más fuerte. —El nombre de la cuenta es Centinela y… ¡Oh, madre mía!
—¿Qué pasa? —preguntó Kim mientras Frost giraba la pantalla hacia ella.
—A ver, cuando te he llamado hace veinte minutos, tenía unos mil seguidores y ahora ha subido hasta cinco mil. Se está volviendo viral.
—¿Con qué? —Kim le quitó el teléfono de las manos a Frost.
—Está pidiéndole a todo el mundo que venga a este lugar, que moleste, que estorbe. He seguido sus enlaces y es miembro de muchos grupos de la comunidad local. Ha conseguido atraer seguidores hablando sobre la delincuencia en la zona y criticando a la policía, pero en las últimas horas ha subido el tono.
Kim empezó a navegar por su cuenta de Twitter mientras los agentes se abrían paso entre la multitud, aconsejando a la gente que se fuera a casa.
«Pero ¿por qué?» —se preguntó Kim—. «¿Por qué estaba fomentando el caos aquella persona, y por qué recibía tanta atención?»
Finalmente dio con su primer tuit del día, publicado alrededor de la hora en la que habían llegado a la escena del crimen.
Homer Hill Park. Se ha encontrado a un hombre muerto. Un hombre malo. Un desecho humano. Cobarde. Violento. Merecía un castigo. Merecía una muerte lenta 1/6.
Al final del tuit había etiquetas de las cuentas de Twitter de grupos y comunidades locales. Cada uno de los siguientes comentarios estaba escrito con idéntica brusquedad, incitando al caos y al alboroto. Más de doscientas personas habían respondido al primer tuit, y algo así como el doble de esa cantidad lo habían compartido.
Kim siguió desplazándose hacia abajo por la pantalla.
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—¿Dónde está el resto?
—¿El resto de qué? —preguntó Frost.
—Los tuits. Ha indicado que hay más. Mira, dice uno de seis.
—Tal vez los publique más tarde, como si se tratara de una narración continua —ofreció Bryant.
—Joder, Stone, esta vez la has cagado de verdad —acusó la periodista. Incapaz de rebatir los hechos, Kim le devolvió bruscamente el teléfono
a Frost y se dirigió hacia el coche con dos preguntas en la cabeza. ¿A qué estaba jugando aquel idiota?
¿Por qué coño había tenido que enterarse de su existencia por Frost? Tenía el teléfono en la mano antes de subir al coche, pero esperó a que
Bryant se sentara a su lado para hacer la llamada.
Stacey contestó al segundo tono.
—Hola, jefa.
—¿El Centinela, Stace? —le ladró.
—¿El ce… el qué?
—La cuenta de Twitter que está incitando al caos en la escena del crimen —explicó, tratando de ocultar su ira al hablar, pero fracasando estrepitosamente, a juzgar por la cara de su compañero.
Kim oía de fondo a la ayudante de detective tecleando con rapidez. —¡Oh, joder! ¡Dios mío! ¿Es nuestro hombre?
—Esa es la pregunta que me acaba de hacer Frost, la periodista, que ha disfrutado cada segundo sabiendo que era ella quien me estaba informando de lo que sucede.
—Jefa, lo siento. Estaba…
—¿Descubriendo cómo se hizo Teresa Fox ese moratón gigante en la cara? Supongo que eso también se te ha pasado por alto —acusó Kim. Sabía que se notaba que estaba siendo sarcástica, pero apenas llevaban unas horas de una investigación importante y su compañera ya había metido la pata dos veces.
—¿Qué moratón?
—El que era bien fácil de encontrar en su perfil de Facebook. ¿Podría Eric tener antecedentes de un comportamiento así, será algo habitual en él? ¿Lo conocemos mínimamente? Son preguntas relevantes, ¿no crees?
—Jefa, he estado ocupada comprobando…
—Stace, no hay nada que puedas decirme que pueda disculpar un error así. Sea lo que sea lo que te está distrayendo del trabajo, te sugiero que lo
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resuelvas, o tendremos una conversación muy diferente.
Kim colgó bruscamente y esperó haberse expresado con suficiente claridad.
Ya estaba bien.
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Capítulo 11
—¿Estás bien, Stace? —preguntó Penn al sentarse, mientras se quitaba la corbata.
Su compañera estaba guardando el móvil en su bolso satchel y aún no había cruzado su mirada con él.
—¿Puedes decirle a la jefa que me he ido a casa? No me encuentro muy bien.
—Claro. ¿Hay algún…?
—Gracias, Penn —dijo ella, pasando apresuradamente junto a él.
Si no la conociera, juraría que había estado llorando.
Echó su silla hacia atrás y se acercó al escritorio de Stacey. Su papelera se encontraba a la derecha del mismo. Levantó el papel que había más arriba y lo encontró. El almuerzo de hoy, algo parecido a una ensalada de pasta, tirado sin que ni siquiera lo hubiera abierto.
Su compañera no era tan inteligente como se creía. Penn había empezado a sospechar cuando vio cómo dejaba paquetes y envases vacíos sobre su escritorio, algo que jamás le habrían permitido sus estrictos hábitos ordenados. Resultaba tan obvio que sintió el impulso de buscar más allá, y la mayoría de los días encontraba cosas como las de hoy.
Eso explicaba sin duda su pérdida de peso. Le había preguntado muchas veces si se encontraba bien y siempre le aseguraba que sí. Sabía que le estaba mintiendo, pero ¿qué otra cosa podía hacer él? Había pensado en mandarle un mensaje a Devon, pero, si ella era parte del problema, podría terminar convirtiéndolo en algo peor. E incluso si no lo era, no le resultaba cómodo cruzar esa frontera entre compañero y amigo.
No tenía ni idea de qué había provocado que saliera de repente de la oficina, pero sospechaba que no tenía nada que ver con «no encontrarse bien».
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Suspiró, sabiendo que, fuera lo que fuera lo que le pasaba, no se enteraría hasta que se sintiera lista para compartirlo. Por razones personales, le habría gustado que no se hubiera marchado de forma tan repentina. Quería pedirle consejo sobre una situación delicada que estaba viviendo con Lynne en aquel momento, pero tendría que aguantarse y esperar.
Abrió su bandeja de correo y le sorprendió ver que el primero era de Stacey. No había palabras en él, ninguna explicación, tan solo un enlace a una cuenta de Twitter.
Hizo clic en él y empezó a leer los tuits de alguien que tenía una cuenta llamada Centinela.
—¡Mierda, mierda! —exclamó, comprendiendo el impacto que tendría algo como aquello en la investigación del caso. Como se había pasado varias horas en la morgue, no tenía la más mínima idea de lo que estaba ocurriendo en el exterior. Suponía que sería hora de ponerse un poco al día de todo con el jefa, pero había algo a lo que quería echar un vistazo antes de hacerlo.
Ver al hombre tendido en la morgue en la posición habitual de aquel lugar le había recordado la extraña pose del cadáver en la escena del crimen.
Tenía que significar algo.
Descolgó la foto y comenzó a estudiarla. La jefa había dicho algo sobre una marca en la tierra, a los pies del cuerpo. El personal médico solía dejar caer el botiquín en el lugar donde trabajaba, pero se imaginaba que no habrían contemplado la posibilidad de practicarle la reanimación cardiopulmonar en las rodillas.
Giró la foto para verla desde el lado contrario. ¿Y si la marca no tenía nada que ver con el equipo médico? ¿La habría dejado el asesino para indicarles desde dónde se debía mirar el cuerpo? ¿Qué estaba intentando el criminal? ¿Estaría relacionado su mensaje con algún baile? La pose solo parecía una pirueta si se contemplaba desde la mitad superior. ¿Y qué relación podía tener eso con la posición en la que estaba colocada la camiseta, de tal forma que se veía una franja de piel en su vientre?
«¿Qué mensaje quieres mandarnos? —se preguntó Pen. Luego, se acordó de su cuenta de Twitter—. ¿Y por qué tienes tantas ganas de hablar?».
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Dejó de pensar en aquel rompecabezas al recordar lo que Stacey le había pedido que hiciera.
Cogió el teléfono para llamar a la jefa.
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Capítulo 12
Kim colgó tras hablar con Penn justo cuando Bryant aparcaba de nuevo frente a la casa de Teresa Fox en Colley Gate.
Había una parte de ella que no quería irse de la escena del crimen en Homer Hill Park. Deseaba unirse a los agentes y despejar el lugar, pero el inspector Plant le aseguró que su equipo tenía la situación bajo control y, tras echar un vistazo a las redes sociales de Teresa Fox, entendía exactamente a qué lugar debía acudir.
Menos claro tenía el motivo que pudiera tener Stacey para irse a casa tan temprano.
No es que fuera la primera vez que la reprendía, y normalmente se lo comía y volvía al trabajo con más fuerza. Kim era consciente de que había llegado el momento de tener una conversación de otro tipo con la ayudante de detective.
—¿Crees que he sido demasiado dura con ella? —le preguntó a Bryant mientras apagaba el motor.
—¡Oh, oh! Una pregunta difícil.
—¿De verdad?
—No, no has sido demasiado dura, para tus estándares. O sea, siendo tú, podría haber sido mucho peor, y ella la ha cagado hoy.
—Vale, me quedo satisfecha con…
—Pero —continuó— puede que hayas sido la gota que ha colmado el vaso. Sabemos que algo le pasa, así que tu bronca podría haberla hecho estallar.
—Vaya, gracias por tu apoyo, amigo —respondió Kim, bajando del coche.
Bryant no le había dado la respuesta que buscaba, así que lo más probable era que terminase ignorando lo que le acababa de decir.
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No se sorprendió demasiado al ver que era Rufus el que les abría la puerta. Sospechaba que nadie podría acercarse a su hija sin su permiso.
—¿Tan pronto de vuelta? —preguntó el hombre, haciéndose a un lado para que entraran.
Teresa se encontraba sentada en el extremo más lejano del sofá. Los saludó con una sonrisa débil. Jackie apareció en el umbral de la puerta de la cocina y Rufus se sentó junto a su hija.
—¿Podemos hablar con Teresa a solas? —pidió Kim mientras Rufus cogía la mano de Teresa.
—Ella no tiene secretos para mí, inspectora. No hay inconveniente alguno en que yo esté presente.
Kim no dijo nada y esperó.
Teresa captó el mensaje.
—No pasa nada, papá. Estaré bien.
El hombre dudó, pero le dio un golpecito en la mano y se dirigió hacia la cocina. Jackie cerró la puerta cuando salieron del salón.
—Teresa, siento tener que preguntarle esto, pero… ¿alguna vez se puso Eric agresivo con usted?
La chica se puso colorada y enseguida empezó a negar con la cabeza.
—Por supuesto que no.
Negación instantánea y pasional.
Kim se quedó callada, esperando a que la mujer llenara el silencio. —Eric nunca me haría daño. Era cariñoso y amable. A ver, tuvimos las
típicas peleas, con muchos gritos por ambas partes, pero ¿qué pareja no las tiene?
Kim asintió, pero siguió sin hablar.
—Los dos tenemos mal genio, así que a veces chocábamos por tonterías. No soy de las que ceden fácilmente. Los dos nos enfadábamos el uno con el otro, pero que lo acuse de ser violento…
—Yo no he dicho eso —corrigió Kim—. Le he preguntado si alguna vez se puso agresivo con usted.
—La respuesta es no —afirmó Teresa, irritada—. Eric jamás me habría dado un puñetazo.
Ahí lo tenía. Si se le da suficiente tiempo, la verdad termina manifestándose por sí sola.
—Sabe que la violencia doméstica no solo consiste en dar puñetazos y patadas, ¿verdad?
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—Sí, pero…
—Primero, rara vez empieza así y, segundo, el maltrato puede adoptar múltiples formas. ¿Puede ser sincera con nosotros? Tenemos que evaluar si un hecho así podría tener alguna relación con su asesinato.
Teresa se quedó boquiabierta a consecuencia de la sorpresa.
—Eric no puede haber muerto porque me empujara unas cuantas veces.
—¿Cuántas exactamente?
—Tres, tal vez cuatro. Yo me mantenía firme y no retrocedía un paso, y él lo hacía para apartarme, pero jamás me habría pegado.
Kim no estaba del todo segura de si Teresa de verdad se creía lo que estaba diciendo o si solo pretendía que Kim se lo creyera.
—¿Y esos empujones fueron la única muestra de agresividad que Eric manifestó con usted?
—Bueno, no, pero la otra vez fue un accidente.
—Continúe —instó Kim, presintiendo que estaba a punto de escuchar el tipo de historia que tantas veces había oído durante sus años como agente de policía.
—Fue algo accidental. Eric estaba tratando de alejarme con un leve manotazo, y al hacerlo, me dio sin querer una bofetada, solo eso.
Para Kim, eso suponía un paso hacia algo más grave.
—Estaba muy avergonzado. Me compró flores y mil cosas más. No paraba de disculparse. ¡Fue muy cariñoso! Aquello no fue para tanto.
«Hasta la próxima vez», pensó Kim.
La aceptación del maltrato por parte de Teresa la entristeció, pero eso no le preocupaba en aquel momento. El maltratador estaba muerto y nunca iba a volver a hacerle daño.
—¿Le habló a alguien de esa violencia? —preguntó Kim.
Teresa retrocedió manifestando cierto rechazo, pero Kim no pensaba reformular la pregunta usando una palabra diferente.
—No fue violencia, de verdad. O sea, solo… —Pero ¿se lo contó a alguien? —presionó Kim. —Puede que… tal vez se lo mencionara a mi padre. —¿A alguien más?
Teresa negó tristemente con la cabeza, como si aquello fuera algo que no hubiera querido compartir bajo ninguna circunstancia.
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Kim se levantó, fue a la cocina por segunda vez aquel día y cerró la puerta al entrar, dejando a Bryant con Teresa.
Rufus se levantó y se dirigió hacia la puerta del salón, impaciente por regresar junto a su hija.
—Un segundo, señor Fox. ¿Puede confirmarme que usted sabía que Eric estaba maltratando a Teresa?
—¿Perdone?
—Ya me ha oído, señor Fox —dijo Kim, ignorando su maniobra para ganar tiempo—. ¿Lo sabía?
Jackie lo miraba fijamente desde su espalda, como si también estuviera esperando una respuesta.
El hombre volvió a sentarse.
—Sí, me lo contó hace poco.
—Rufus, ¿qué cojones? —gritó Jackie.
—Ella no quería que lo supieras —dijo, mirando a su mujer—. Le pedí que lo dejara, que volviera a casa. Le mostré todas las estadísticas que pude encontrar sobre violencia doméstica. Ella me juró que él iba a cambiar; yo le dije que no, que iría a peor, pero no me quiso escuchar. — Tenía la cara roja—. Ni siquiera siento que se haya muerto. No tenía derecho alguno a ponerle las manos encima.
No es que Kim no estuviera de acuerdo con eso; no podía ni imaginarse cómo se habría activado el gen de protección parental al enterarse de una noticia así. Solo podía compararlo con que alguien le hubiera hecho daño a Barney, y la mera idea la hacía sentir furiosa.
—¿Habló del asunto con él? —preguntó Kim. Le costaba imaginarse que aquel hombre pudiera mantenerse callado al respecto.
Sacudió la cabeza de lado a lado.
—Mi hija me juró que no querría saber nada de nosotros si yo le decía una sola palabra sobre el tema. Y lo habría hecho, sin duda. Es igual de testaruda que su madre.
Jackie asintió para señalar que aquello era cierto, aunque aún parecía conmocionada por acabar de enterarse de cuál era la verdadera naturaleza de la relación de su hija.
—Debió enfadarse mucho cuando ella le hizo la confidencia —dijo Kim.
—En toda su carrera, probablemente nunca una afirmación suya se haya quedado más corta, inspectora. Quise despedazarlo miembro por
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miembro con mis propias manos.
«Y con las que tienes, habría sido bastante factible hacerlo», pensó Kim.
—Pero no a riesgo de perder a mi hija —continuó—. Tuve que morderme la lengua y esperar que no volviera a suceder.
Kim abrió la boca con la intención de explicarle que no parecía haber sido un incidente aislado, pero no llegó a decir nada. No le correspondía a ella contar esa historia.
—¿Llegó a compartir esa información con alguna otra persona? — preguntó.
Rufus miró hacia arriba y hacia la izquierda antes de negar con la cabeza, y de inmediato Kim supo que le estaba mintiendo.
—¿Está seguro, señor Fox? Es importante que lo sepamos.
—¿Por qué? —preguntó, frunciendo el ceño.
Jackie se giró hacia ella y también esperó una respuesta.
—No puedo darles más detalles de momento. Entonces ¿qué?, ¿podría habérselo contado a alguien?
—Bueno, tal vez a Curtis, así de pasada. —¿Curtis? ¿Se refiere al exnovio de Teresa?
—Sí. Seguimos siendo amigos. Lo veo unas cuantas veces al mes.
Quizá era algo un poco extraño, pero no inaudito.
—Es un buen chaval —aseguró Rufus—. Jackie y yo nos tomamos bastante mal la ruptura. Es un gran chico. No lo tuvo fácil en su infancia, pero ha logrado llegar a ser un gran hombre. Se llegó a convertir en el hijo que nunca tuvimos.
Joder, incluso aunque no hubiera existido violencia alguna, Eric no había tenido ninguna oportunidad.
—¿Y dónde podríamos encontrar a Curtis?
Rufus consultó su reloj.
—Todavía estará en el hospital. Está semana tiene turno de tarde y no termina hasta las nueve.
—¿En qué hospital?
—En el que hay aquí al lado. Es enfermero —explicó Rufus con orgullo.
Kim les dio las gracias por atenderla y se unió a Bryant de camino hacia la puerta de salida.
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Por alguna razón, no era capaz de imaginarse a Rufus tras la cuenta de la red social de Centinela, a menos que se tratara de algún tipo de estratagema.
Lo que más le preocupaba era que los dos hombres que parecían querer a Teresa a más no poder tenían fácil acceso a una gran variedad de drogas.
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Capítulo 13
Pasaban ya las siete de la tarde cuando Bryant entró en el aparcamiento del hospital, que estaba casi vacío.
Durante el corto trayecto en coche, Kim lo había puesto al corriente de todo lo que Rufus le había admitido.
Bryant reconoció que, reflexionando sobre los hechos, llegaba a la conclusión de que, si se tratara de Laura y Josh, no sería capaz de ignorar algo así y no hacer nada al respecto, incluso a riesgo de perder el contacto con su hija.
Sus palabras y la pasión con las que las dijo hicieron que Kim tuviera dudas; quizá estuviera descartando demasiado pronto que Rufus pudiera estar implicado. Ya había mandado a Penn a casa, pero al día siguiente lo pondría a investigar más a fondo el pasado de aquel hombre.
—Así que, según Rufus Fox, nuestro Curtis es el hijo pródigo que no puede hacer nada malo, ¿no es así? —preguntó Bryant mientras se acercaban a la entrada del hospital.
—Y tanto, es sin duda el yerno predilecto.
La mujer que estaba tras el mostrador de recepción les ofreció una sonrisa acogedora, que no obstante dejaba entrever el desgaste tras un largo día de trabajo.
—¿Vienen a visitar a alguien? —les preguntó, dispuesta a darles instrucciones sobre dónde encontrar a los pacientes hospitalizados que han de pasar allí la noche.
Ambos mostraron sus identificaciones policiales.
—¿Podríamos hablar con Curtis Jones?
—Eh… estará en planta en estos momentos. ¿Puedo mandarle un mensaje para…?
—Necesitamos hablar con él —insistió Kim.
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—Vale, siéntese, por favor —dijo, señalándoles un sofá mientras cogía el teléfono.
Kim se apartó un poco para dejarle algo de privacidad, pero no se sentó.
—Lo mandan de inmediato para abajo —dijo tras colgar el auricular.
Kim se acercó de nuevo al mostrador.
—¿Lleva Curtis mucho tiempo trabajando aquí? —preguntó simulando desinterés.
—Alrededor de tres años. Es maravilloso. Los pacientes lo adoran.
—¿Y el personal? —preguntó Bryant.
—¡También! —dijo con una sonrisa que parecía haber recuperado parte de su vitalidad—. Todas las supervisoras de planta lo requieren para los cuidados posquirúrgicos. Nada es un inconveniente para él, pone tanto empeño en…
Dejó de hablar cuando escuchó el timbre de un ascensor que llegaba al final del pasillo.
Escucharon el sonido inconfundible de unos zuecos Crocs, que caminaban sobre las baldosas dirigiéndose hacia ellos.
Kim supuso que Curtis mediría alrededor de un metro ochenta y tenía el pelo rubio claro, no muy largo y con un corte estiloso. Vestía con una bata y pantalones azul marino a juego. Del bolsillo de la bata asomaban dos bolígrafos. Extendió el brazo; Bryant le estrechó la mano.
Su sonrisa era cálida, aunque algo desconcertada.
Kim se apartó del mostrador y su compañero la siguió.
—Hemos venido para hablar con usted sobre Eric Gould.
Tardó un segundo en recordar aquel nombre.
—¿No es el novio de Teresa?
«Novio, no prometido», anotó mentalmente Kim.
—Lo era, pero ha muerto hoy.
—¡¿Qu… qué?!
—¿Lo conocía, señor Jones?
—Curtis, por favor —pidió—. No. La primera vez que oí su nombre fue cuando Rufus me contó la verdadera razón por la que Teresa me había dejado.
—Continúe.
—No sé si esto es algo que vaya a serles de mucha ayuda, pero, después de tres años juntos, ella me dijo que necesitaba un poco de
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espacio. Lo entendí, aunque yo no quería que nuestra relación terminara.
Creía que éramos felices.
Curtis levantó los hombros con desgana, y Kim pudo ver gracias a ese gesto instintivo algo de tinta bajo su reloj. Supuso que se habrían hecho tatuajes a juego. En aquel momento no sabía si él sería consciente de que Teresa ya no llevaba su nombre en la muñeca.
—Estaba a punto de pedirle que se casara conmigo; estaba muy seguro de ello.
Y al final fue otro hombre el que consiguió ponerle un anillo en el dedo.
—Debió dolerle que tuvieran visiones tan diferentes de su relación. —Claro. Yo no podía ni imaginarme que había conocido a Action Man
y que se lo presentaría a sus padres apenas dos semanas después de nuestra ruptura.
«¡Auch!», pensó Kim.
—Pero ¿siguió en contacto con sus padres? —preguntó, intentando que aquello no le pareciera un poco raro.
—Por supuesto que sí. Yo había sido parte de esa familia durante varios años. Teresa me dejó, pero ellos no.
«Pues vaya jaleo en Navidades», pensó Kim, que no entendía por qué Curtis no habría tomado algo de distancia.
—Mi padre murió cuando yo tenía quince años. Rufus tiene una gran presencia.
—¿Es una figura paterna? —preguntó Kim.
—Supongo que sí. Nos llevamos bien. Tenemos cosas en común.
—¿Porque es veterinario? —inquirió Bryant.
—No solo por eso. Nos gustan los mismos deportes; los dos somos fieles seguidores del West Bromwich Albion. De vez en cuando nos tomamos una pinta y echamos un billar.
Kim tenía sus dudas acerca de con quién había estado saliendo Curtis en realidad.
—No quería perder esas cosas aunque Teresa y yo estuviéramos dándonos un tiempo.
—¿Es eso lo que usted sentía? ¿Que volverían a estar juntos en algún momento?
Dudó, pero enseguida asintió.
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—Y Rufus estaba de acuerdo; me decía que ella entraría en razón tarde o temprano.
Kim concluyó que el padre estaba tratando de no alejarse demasiado de su yerno predilecto y que este se mantuviera en espera, suspirando por que su hija cambiara de opinión.
—¿Y Rufus le contó que fue víctima de maltratos?
La mandíbula del hombre se tensó.
—Sí.
—¿Y cómo le sentó eso?
—¿A usted qué le parece? —replicó, y su serenidad y autocontrol se desvanecieron por un instante. Kim se apostaría lo que fuera a que las supervisoras de planta no verían con frecuencia esa parte de Curtis—. Quise atacarlo en un callejón oscuro y obligarlo a enfrentarse con alguien de su tamaño.
—¿Y no lo hizo?
Unas emociones tan fuertes como esas normalmente exigían un desahogo.
—Traté de hablar con ella, decirle que aquello no era normal. Me pidió que me metiera en mis asuntos. Yo no podía hacer nada más.
—¿Seguro que no se tomó la justicia por su mano? —preguntó. —Claro que no, inspectora. No soy estúpido, por mucho que quisiera
hacerle daño.
—De acuerdo, señor Jones, muchas gracias por su tiempo —dijo, y se dirigió hacia la salida.
A aquellas alturas, le costaba creer que los dos hombres que más habían querido a Teresa se hubieran quedado de brazos cruzados sabiendo que otro hombre le estaba poniendo las manos encima.
Y la relación entre esos dos hombres le resultaba muy desconcertante.
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Capítulo 14
Stacey sintió que el corazón se le salía del pecho cuando escuchó abrirse la puerta del piso. Se acurrucó aún más en la esquina del sofá, consciente de que apenas faltaban un par de minutos para que Devon entrara en el salón.
Sabía que ya no podía seguir con la mentira. Había contenido a duras penas las lágrimas que querían brotar de sus ojos mientras se encontraba en la parte de atrás del taxi.
Las duras palabras que le había dirigido la jefa sobre la cuenta de la red social y sus otras meteduras de pata le habían causado un gran impacto por dos razones: primero, porque la jefa nunca había tenido motivos para ser tan dura con ella y, por tanto, no estaba acostumbrada a ser el blanco de su lengua afilada; y segundo, y lo peor de todo, porque sabía que tenía razón. No estaba rindiendo en condiciones, y en general no funcionaba bien en ningún aspecto de su vida. Pero, además, esta vez el estado en el que se encontraba había afectado a su trabajo. Debería haber sido ella quien hubiera descubierto el moratón de Teresa y la cuenta de Twitter de Centinela; normalmente habría sido la primera hallar ambas cosas. En lugar de eso, la jefa se había enterado gracias a Frost, precisamente ella. Las duras palabras estaban justificadas, e intuía que al día siguiente la convocaría para mantener una reunión formal.
Entre luchar o huir, su cuerpo había optado elegir lo segundo, y con mucha dificultad había sido capaz pagar al taxista antes de entrar en casa y sufrir un ataque de pánico en toda regla.
Durante unos minutos, pensó que el martilleo que sentía en su pecho iba a matarla. Aunque la idea la había hecho morirse de miedo, una parte de ella se había sentido aliviada, incluso esperanzada, pero esos pensamientos la habían terminado aterrorizando todavía más que el propio ataque de pánico.
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Sabía que no quería morirse. Lo que quería era paz, descanso mental. Deseaba regresar a un momento del pasado en el que el miedo que le tenía a Terence Birch no dominara su vida por completo. Una época en la que tenía la seguridad de que no había nadie observándola desde el otro lado de la calle, tal y como estaba segura de que Birch estaría haciendo justo en aquel momento.
Cuando el ataque de pánico remitió, dejando su cuerpo débil y agitado, se rindió a las lágrimas que permanentemente estaban a punto de brotar. Permitió que el llanto hiciera estragos en su cuerpo derrotado mientras reflexionaba sobre cómo su vida, antes envidiable, se había reducido a aquello.
Y, cuando el llanto comenzó a ceder también, fue consciente de que ya no tenía fuerzas para luchar sola contra la situación.
—¡Hola, amor! —saludó Devon, encendiendo la luz principal—. ¡¿Qué pasa?!
Su mujer corrió para sentarse a su lado y le agarró la mano.
—¿Qué ha pasado? ¿Por qué estás así?
Stacey respiró hondo para tranquilizarse. No tenía ni idea de cómo iba a discurrir aquella conversación.
—¿Va todo bien? ¿Tu madre está…?
—Está bien. Todo el mundo está bien —tranquilizó, apretando la mano de su mujer. La preocupación en la cara de Devon no ayudaba a aliviar su ansiedad.
—Tengo que hablar contigo, Dee. No te va a gustar lo que te voy a contar.
—Venga, vamos. Ya te he dicho muchas veces que nada podrá con nosotras.
Stacey vaciló, sin saber muy bien por dónde empezar. —Vamos, amor, que me estás asustando. ¿Has conocido a otra?
—Por Dios, claro que no —dijo Stacey, apretando su mano—. No es nada de eso.
La cara de Devon expresó alivio al instante, pero enseguida volvió a mostrar preocupación.
Stacey tenía que encontrar la forma de sacarlo de dentro. No podía soportarlo sola ni un minuto más.
—¿Te acuerdas de nuestro último gran caso, el de los videntes? Devon asintió.
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—Tuve que interrogar al hombre que encontró el primer cadáver en el cementerio, Terence Birch. La cosa no fue bien —explicó Stacey, deseando poder volver atrás hasta aquel día y pedirle a Penn que lo interrogara él—. Tenía antecedentes por acoso. ¿Recuerdas cuando llegamos a casa después de una clase de conducir que dimos juntas y alguien saltó bruscamente desde detrás de los arbustos?
Devon tardó en recordarlo, pero acabó asintiendo.
—Era Birch.
Stacey vio que Devon quería hacerle mil preguntas, pero las contuvo para seguir explicándose.
—Durante aquella semana, desvió toda su atención hacia mí. Empecé a verlo por todas partes. Al principio pensé que me lo estaba imaginando, y luego creí que serían meras coincidencias, pero empezó a enviarme mensajes, flores y más mensajes.
Stacey tragó saliva con dificultad, sintiéndose sobrepasada por la emoción.
Devon parecía horrorizada.
—¿No me lo dijiste, amor?
Las lágrimas volvieron a brotar al notar dolor en la voz de Devon. —No fui capaz. Me sentía culpable, como si hubiera hecho algo para
provocarlo. Al principio, no estaba segura, pero cuando me enfrenté con él cara a cara…
—¡Dios de mi vida! —estalló Devon, soltándole la mano y levantándose de un salto del sofá—. ¿Te enfrentaste a él y no me lo contaste?
Stacey asintió, sintiendo ganas de vomitar.
—Pensé que, si era directa con él y le exigía que me dejara en paz, captaría el mensaje.
La ayudante de detective estuvo tentada de explicarle la historia de Charlotte, por todo lo que tuvo que pasar esa mujer, pero sabía que eso no la ayudaría demasiado.
—¿Hablaste con él tú sola?
Stacey asintió.
—¡Dios de mi vida! —gritó de nuevo—. Te enfrentaste sola a un trastornado y no se te ocurrió contármelo. Joder, Stace, te podría haber pasado cualquier cosa y yo no habría tenido ni la más remota idea. ¿Y si te
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hubiera atacado o…? ¡Dios mío! —exclamó Devon, paseándose por la habitación como si las piezas le pudieran encajar desde un lugar diferente.
—Lo sé y lo siento. He cometido muchos errores, pero es que no sabía qué podía hacer.
—¿Cómo está la situación ahora? ¿Qué dijo Kim cuando se enteró? Stacey ahogó un sollozo.
—¡Tienes que estar quedándote conmigo! ¿Tampoco se lo has contado a ella?
Stacey negó con la cabeza.
—Amor, pero ¿en qué estabas pensando? —preguntó Devon, abriendo las manos exasperadamente.
—Creí que un algún momento pararía. Después de enfrentarme a él, creí que ignorarlo sería suficiente, que se aburriría. Pero nada funcionó. No me deja en paz. Cada vez va a más. No soy capaz de comer, no puedo dormir, siempre estoy cansada y con ansiedad, y ni siquiera logro hacer bien mi trabajo, pero él no para.
—¿No ves que le has dado todo lo que quería? Le has dado intimidad. —Yo nunca…
—No me refiero a ese tipo de intimidad. Como no se lo has contado a nadie, habéis estado los dos solos encerrados en una relación retorcida. Ese cabrón enfermo te ha tenido entera para él. Está claro que ha sido lo más importante para ti durante muchas semanas.
Stacey no podía rebatir aquello.
—Esta es la razón que lo explica todo, ¿verdad? Por qué dejaste las clases de conducir, por qué nunca quieres salir, por qué te negaste a irte por ahí con tu mejor amiga un par de días… ¿Lo has abandonado todo por su culpa?
—Lo sé… Lo sé… No sé qué hacer.
Stacey percibía que su mujer se debatía entre consolarla y seguir procesando la información que acababa de recibir.
De repente, Devon giró la cabeza hacia ella.
—Un momento, has dicho que te enfrentaste a él. ¿Dónde?
—Ahí, en la calle.
—¿Estaba vigilando nuestra puta casa?
—Siempre lo está haciendo.
—¡¿Está ahora mismo?!
Stacey asintió.
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—¡Pero si acabo de entrar! —protestó Devon, dirigiéndose hacia la ventana.
—Se esconde detrás del ciprés alto.
—Esto es enfermizo, Stace —respondió Devon, descorriendo la cortina—. ¡Está ahí de pie, joder! —exclamó, horrorizada.
Por supuesto que lo estaba. Rara vez estaba en otro sitio.
Devon abrió la ventana con violencia.
—¡Eh, vete a la mierda, la policía viene de camino! —gritó antes de volver a cerrarla con el mismo ímpetu.
Se volvió hacia Stacey.
—¿Cuánto tiempo lleva pasando esto?
—Dos meses —admitió, acercándose a Devon.
—No entiendo cómo has podido guardarte para ti algo tan aterrador y extraño. Esto es muy perturbador.
Stacey se acercó un paso más.
—Dee, siento haberte mentido.
—Es demasiado pronto, dame algo de tiempo —dijo Devon, alejándose un poco de su mujer—. Necesito un poco de espacio. Son demasiadas emociones juntas, y no quiero decir algo de lo que me pueda arrepentir.
Devon se dirigió hacia la entrada y cogió su chaqueta.
—Dee, por favor, déjame que te explique —suplicó Stacey, siguiéndola.
—Amor, yo sé que necesitas mi apoyo y mi comprensión, y los tendrás, pero primero me hace falta algo de espacio para olvidar las mentiras y el engaño. Hay algo en ti que no te permitió confiar lo suficiente en mí como para compartir lo que te estaba sucediendo, y tengo que ver cómo asimilar eso.
Stacey percibió cómo se quebraba la voz de su mujer, y de inmediato comprendió el dolor tan grande que le había causado.
Sabía que era inútil intentar impedir que se fuera, pero, cuando Devon llegó a la puerta de entrada, no fue capaz de contenerse.
—Me has dicho que nada podría con nosotras, que lograríamos arreglar cualquier cosa que nos pasara.
Devon dudó un instante en el umbral de la puerta.
—Toda herida necesita un tiempo para cicatrizar —dijo antes de cerrar la puerta tras de sí.
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Capítulo 15
Kim aún seguía teniendo la conversación con Curtis en la cabeza cuando se sirvió su segundo café de la máquina; el reloj marcaba las diez de la noche. Durante todo el camino de vuelta a casa, había estado intentando recordar alguna situación en la que un padre y el exnovio de su hija hubieran continuado teniendo una relación tan cercana después de la ruptura. Se preguntaba si Eric sabría algo de aquella dinámica tan extraña. Quizá fuera una de las razones por las que no le deleitaba pasar tiempo con la familia de Teresa, o tal vez simplemente se tratara de un tipo violento al que le gustaba agredir a las mujeres.
—Vamos, chico —incitó, dando una palmada en el sofá—. Ven aquí y cuéntame qué tal te ha ido el día.
Barney miró hacia ella y luego hacia el sofá, y estaba a punto de saltar para sentarse en él cuando sus orejas se pusieron de punta y salió corriendo hacia la puerta.
—Amigo, te estás volviendo loco. No va a venir nadie a esta hora de… Los ladridos del perro interrumpieron a sus palabras; acto seguido,
llamaron a la puerta.
—¿Quién coño será? —preguntó al aire mientras se levantaba.
No le hizo falta observar a través de la mirilla. La figura le resultaba reconocible incluso a través de los paneles de vidrio, que distorsionaban.
«¿Qué demonios hace aquí a estas horas?» se preguntó mientras abría la puerta.
—Maldita sea, Bryant, ¿no deberías estar ya metido en la cama con tu taza de Horlicks?
—Lo odio —respondió, pasando por delante de ella, y le ofreció una manzana a Barney.
El perro se la llevó a su alfombra para masticarla; en ese momento le habría dado igual que el invitado apuñalara a su dueña y se llevara todas
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sus posesiones, pues le había traído su fruta preferida.
Kim evaluó la situación con rapidez mientras se dirigían hacia la cocina. Normalmente, esas visitas a su casa, donde era Kim y no la jefa, venían precedidas de una discusión entre ambos o del hecho de que ella hubiera hecho o dejado de hacer algo con lo que él no estaba de acuerdo, pero era lo bastante profesional como para no plantearlo delante del equipo.
Ah, eso era. Ya sabía por qué había ido a su casa.
—Bryant, no voy a hablar con Stacey otra vez —se excusó, cogiendo la taza de su compañero del armario de la cocina—. Sé que estás preocupado por ella, pero, después del fiasco de hoy, no sería una conversación sobre su bienestar, así que…
—No he venido por lo de Stacey. Sé que has hecho todo lo posible. Ya nos enteraremos cuando llegue el momento.
—Ah, vale —se sorprendió, mientras repasaba mentalmente el resto del día. ¿A quién más habría cabreado?
—Por una vez, no se trata de ti —dijo, tomando asiento en uno de los taburetes.
—Genial —dijo, pasándole la taza de café. Al verlo más de cerca, se le notaba completamente abatido.
—Madre mía, Bryant, ¿quién se ha muerto?
—Nadie, menos mal. Y… y… cualquier cosa que te cuente ya te va a saber a poco, ¿verdad? —resopló.
Había algo en su comportamiento que le estaba dando ganas de reír. Sabía que a Laura y a Jenny no les pasaba nada, porque de haber sido así, no estaría allí sentado.
Su postura encorvada y su expresión de desdén le hacían gracia. —Bryant, ¿estás haciéndome pucheritos?
—Maldita sea, Kim, hazme el favor. Por supuesto que no estoy haciendo pucheritos.
—Bueno, ¿qué te pasa?
Tomó un sorbo de café y luego suspiró profundamente.
—Te conté que Laura y Josh iban a venir a cenar.
—Sí.
—Bueno, en cuanto entraron, supe que pasaba algo. Estaban empalagosos y haciéndose ojitos de una forma que…
—¿Haciéndose ojitos? —preguntó, levantando una ceja.
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—Sabes a lo que me refiero. Y, justo antes del postre, soltaron la bomba.
—¿Está embarazada?
—Joder, ¡no! No estaría aquí ahora, andaría persiguiéndolo con un cuchillo afilado para cortarle los…
—Tu hija tiene veinticinco años. Tengo que contártelo, amigo. Ya ha tenido sexo.
—¡Puaj! Cállate. Están… Se han comprometido.
—¿Entre ellos? —preguntó Kim, tratando de comprender la causa de su desdicha.
—Pues claro. ¿Con quién si no?
—Sigo buscando el motivo de tu tristeza —dijo con sinceridad.
—Es demasiado pronto.
—Llevan casi tres años juntos, y a ti te gusta ese chico. —Es demasiado… Es algo demasiado permanente. —Entiendo. Vamos, que me estás haciendo pucheritos, ¿eh?
—Que no. Es que ha sido de repente. No me lo esperaba, no estaba preparado para ello.
—¿Y qué has hecho, te has marchado en mitad de la cena? —preguntó.
No era un problema que no se pudiera resolver.
—No, le he dado la mano y todo eso, y les he deseado lo mejor a los dos, pero ni una sola de mis palabras era sincera. En cuanto se han marchado, le he dicho a mi mujer que me iba a tomar una cerveza.
—¿Qué te ha contestado?
—«Saluda a Kim de mi parte».
Kim se rio. Le encantaba que Jenny no se sintiera ni de lejos amenazada por su amistad con Bryant. También sabía que su mujer albergaría la esperanza de que ella lo hiciera entrar en razón.
—Vale, analicémoslo paso a paso. ¿Es drogadicto?
—No.
—¿Vagabundo?
—No.
—¿Tiene un trabajo decente?
Bryant le puso mala cara.
—Es abogado. Madura. ¿Has visto en él algo que te preocupe? —No.
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—¿Laura sigue teniendo ganas de avanzar en su carrera profesional? ¿Sigue contando con un buen círculo de amigos a los que ve con frecuencia?
—Pues claro. No es tonta. No permitiría que nadie le diga lo que tiene que hacer.
—Por supuesto que. Ha tenido un buen ejemplo. Jenny ha hecho un gran trabajo.
—Muy graciosa.
—Pero ella sabe lo que se hace. Le habéis dado las herramientas necesarias. Conoció a un chico, se enamoró de él, no se ha precipitado y ahora está lista para compartir su vida con alguien. Pero claro, todo eso ya lo sabes.
Bryant asintió. Dio otro sorbo a su bebida.
—Ella no iba a volver a ser una niña, Bryant. No lo es desde hace mucho tiempo. Has estado muy orgulloso de cada cosa que ha hecho y de la forma en que lo ha hecho. ¿Por qué cambiar eso ahora?
—Es que será diferente. Ya no seré ese hombre.
Kim lo comprendía. Siempre había constituido la presencia masculina de referencia. La persona a la que Laura podía recurrir en cualquier momento. El que nunca la defraudaría. No era que estuviera resentido con Josh por ser el hombre que ahora ocuparía ese lugar en la vida de su hija; simplemente, le habría molestado cualquiera que lo hubiera hecho.
—La cosa es que siempre lo serás. Tú nunca la vas a juzgar o desautorizar, siempre serás para ella un refugio seguro.
—Mierda, Kim, me estoy poniendo sentimental.
—Pero no viene mal, ¿verdad? —dijo ella, cogiendo la taza de café de su compañero—. Ahora lárgate y ve a decirles a Laura y a Josh lo contento que estás por ellos. Y, esta vez, dilo en serio.
—De acuerdo. Gracias por la charla —dijo, cogiendo sus llaves antes de dirigirse hacia la puerta.
Dio un rodeo rápido para acariciar la cabeza de Barney antes de salir.
Kim se sirvió una taza de café recién hecho.
Bueno, al menos había sido capaz de ayudar a un miembro de su equipo. Solo esperaba que lo que fuera que estuviera perturbando a otro se solucionara antes de que se cometieran más errores.
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Capítulo 16
—No puede ser —exclamó Kim mientras sonaba la alarma del teléfono.
Todos sus sentidos le indicaban que aún no era la hora de levantarse.
Cuando se incorporó, se dio cuenta de dos cosas: todavía estaba oscuro fuera y lo que sonaba no era la alarma, sino la melodía de llamada.
—¿Qué cojones? —maldijo al ver el nombre de la persona que la estaba llamando, justo bajo el reloj que indicaba que eran las 4:37 de la madrugada.
—Maldita sea, Keats, siento haberte tomado el pelo, ¿vale?
Esperó a que se disculpara diciéndole que se había equivocado de botón o algo así, y la venganza se habría consumado.
—Quizá te convenga venir a Gornal.
Se irguió y se puso alerta. No se trataba de una represalia por sus bromas.
—Tienes algo para mí.
—Sí, inspectora.
Empujó la manta hacia el otro lado de la cama.
—Solo una pregunta. ¿Este está muerto?
—Y tanto. Con este, no hay duda.
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Capítulo 17
Eran casi las cinco y cuarto de la madrugada cuando Kim se detuvo ante el cordón en Upper Gornal. Situada al sur de Sedgley, aquella zona había sido el blanco de tres bombas de la Luftwaffe alemana durante la Segunda Guerra Mundial, pero ningún edificio resultó dañado y no se produjo ninguna víctima civil. Se bromeó mucho acerca de que los habitantes de Upper Gornal tenían una suerte de otro mundo.
Pero ella no se sentía precisamente afortunada porque la hubieran llamado antes de que despuntara el alba. Después de dejar salir a Barney al jardín, se preparó una taza de café solo que bebió a sorbos mientras le enviaba un mensaje a Charlie.
Salir de casa tan temprano, antes de comenzar la rutina habitual, implicaba que Barney se podría desorientar. Charlie le daría de comer, lo pasearía y se lo llevaría a casa para que tuviera compañía.
Aun así, no le gustaba salir a toda prisa y dejarlo tirado. Le enviaría un mensaje a Charlie más tarde para asegurarse de que su chico estaba bien.
Mostró su identificación policial y pasó bajo la cinta agachándose.
De inmediato, tuvo la sensación de que llegaba tarde a la fiesta.
Al llegar a la escena de un crimen siempre se tenía una idea clara del estado del proceso en el que se encontraban todo.
A menudo, se producía un murmullo respetuoso cuando se compartía la información por primera vez: las circunstancias, el momento, los detalles de los testigos. Todo el mundo se desvivía por transmitir la información a la siguiente persona de la cadena.
A medida que se acercaba al lugar específico, había menos charla, como si el trabajo ya hubiera finalizado.
Encontró a Keats conversando con un inspector de la División de Tráfico.
Se excusó ante él al verla acercarse.
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—Keats, ¿qué p…?
—Ya lo verás —dijo, caminando hacia delante.
Aquella escena no se parecía en nada a la que había visto el día anterior. Esta era organizada, planeada, tranquila. Parecía relacionada con algún tipo de incidente de tráfico.
Sus sospechas se confirmaron cuando vio una figura desplomada en medio de la carretera.
Al acercarse, vio que se trataba de un varón vestido con vaqueros, zapatillas negras y un polar azul marino. Su cuerpo formaba unos ángulos tan imposibles que de estar vivo habrían supuesto un reto para el mejor contorsionista.
Los charcos de sangre que se habían secado a su alrededor confirmaban su sospecha de que todo había sucedido hacía ya varias horas.
—Keats, esto no se parece en nada a mi caso.
Por muy trágico y horrible que fuera, estaba claro que se trataba de un accidente de tráfico y no tenía nada que ver con ella. No cabía duda de que para sufrir esas heridas le había tenido que golpear algo grande o rápido, quizá ambas cosas.
—¿Por qué estoy aquí? —inquirió, sin saber si al final todo era una broma.
—Está claro que no hay vínculo alguno con lo de ayer —explicó, haciendo un gesto a su equipo que indicaba que ya podían mover el cadáver—. Pero, aun así, pensé que querrías verlo.
El equipo giró suavemente al hombre sobre su espalda y, cuando Kim gritó de asombro, comprendió por qué la había llamado Keats.
Ambos conocían de antes a aquel hombre.
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Capítulo 18
Stacey deseaba que sus piernas dejaran de temblar de una vez.
Una vez tomada la decisión de contarle la verdad a su jefa, quería hacerlo cuanto antes.
Al salir de casa, había pasado sigilosamente al lado de Devon, que estaba durmiendo en el sofá, con cuidado de no despertarla. Stacey no tenía ni idea de a qué hora había llegado a casa y tampoco se había aventurado a salir del dormitorio para echar un vistazo y comprobar si había vuelto.
Comprendía por qué su mujer estaba tan enfadada con ella. Si hubiera sido al revés, ella también se habría sentido muy dolida. Pero, ahora que ya no tenía secretos con Devon, había de reunir el valor suficiente para contárselo a todos los demás. Tenía dudas sobre si habría sido posible gestionar peor la situación si se lo hubiera propuesto.
De todas las cosas que Devon le dijo, lo que más le dolió escuchar fue que había permitido que Terence Birch creara intimidad entre ellos, una coyuntura que solo ellos dos compartían y que excluía al resto del mundo. Su vergüenza, humillación y debilidad le habían proporcionado justo lo que ese hombre pretendía.
No era probable que el hecho de habérselo contado a Devon fuera a cambiar el comportamiento de Terence, pero al menos sí servía para dejar de estar sola. Por muy enfadada que estuviera su mujer, Stacey sabía que el cabreo terminaría dejando paso al apoyo y al amor.
Ese extremo había quedado demostrado diez minutos antes, cuando recibió un mensaje de texto mientras esperaba sentada en silencio a que llegara la jefa.
El mensaje decía:
Te quiero más que a nada en este mundo. Esta noche hablamos.
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Esas palabras iban seguidas de una docena de emoticonos de corazones, y el mensaje había servido para reforzar su decisión de sincerarse con todo el mundo, pero en ese momento sentía que perdía un poco el control sobre sus nervios.
Esperaba ver a la jefa antes de que llegara el resto del equipo, pero se dio cuenta de que se iba a ver obligada a descartar ese plan cuando oyó las voces de Bryant y Penn al otro lado de la puerta.
—Hola, Stace —saludaron ambos.
—¿No traéis a la jefa con vosotros? —preguntó.
—No. Ha mandado un mensaje diciendo que…
—¿Otra vez hablando de mí a mis espaldas, Bryant? —preguntó Kim, entrando en la oficina.
—Solo he dicho cosas buenas, jefa —bromeó Bryant, echando un vistazo hacia la máquina de café.
Stacey ya se había adelantado con respecto a eso. Era lo primero que había hecho. La jefa también iba a necesitar uno.
La ayudante de detective se levantó y cogió la taza favorita de Kim. —Bien pensado, Stace, y antes de empezar con los asuntos del día, una
noticia. No tiene relación con nuestro caso actual, pero Terence Birch murió anoche en un atropello con fuga.
Stacey sintió que el tiempo se detenía a su alrededor, y se le cayó la cafetera de la mano.
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Capítulo 19
—¿Qué cojones acaba de pasar? —farfulló Bryant a Penn mientras colocaban trozos de papel de cocina sobre el líquido que se había derramado.
Stacey se quedó petrificada de puro horror ante lo que había dicho la jefa y luego le pidió de forma entrecortada y apenas audible hablar con ella en privado.
Todos sabían que la ayudante de detective llevaba tiempo actuando de forma extraña, pero ¿por qué la muerte de un testigo de un caso anterior la habría impactado tanto?
Cuando Penn se puso de pie para coger el rollo de papel de cocina, echó un vistazo hacia el interior del centro de operaciones.
Stacey estaba sentada y las lágrimas resbalaban sin cesar por sus mejillas.
La jefa estaba de pie con los brazos cruzados, con una expresión que hacía tiempo que no veía, pero que conocía muy bien.
Tal y como esperaba, su voz retumbó fuera del centro de operaciones. —Stacey, ¡¿te estás riendo de mí o qué?! Bryant se puso de pie.
—Ey, Penn, ¿vamos a desayunar?
—Sí, sí, claro que sí —respondió, cogiendo la bolsa repleta de trozos de papel empapados de café.
Bryant cerró la puerta de la sala de la brigada al salir.
Ni él ni Penn ni el resto de la comisaría tenían por qué escuchar nada de la conversación entre ambas.
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Capítulo 20
Kim observó cómo sus dos sargentos salían de la sala con tacto, pero eso no logró calmar su temperamento lo suficiente como para no repetir la pregunta.
—No, en serio, Stace, ¿te estás riendo de mí?
La rabia que sentía tampoco se veía mermada por las lágrimas que caían de los ojos de la ayudante de detective.
—No fui capaz de contártelo. Pensé que sabría gestionarlo. Pensé que se aburriría. Pensé que era yo quien lo había incitado.
—Eso es mucho pensar para alguien que parece haber perdido el juicio. De verdad, ¿en qué coño estabas pensando? ¿Cómo pudiste no decírmelo? ¿Cómo pudiste no denunciarlo?
—No lo sé. No lo sé —se lamentó Stacey, enterrando la cabeza entre las manos.
—¿Cuánto tiempo llevabas así? —preguntó Kim.
—Unos dos meses.
—¿Después de que termináramos con el caso?
Stacey asintió.
—Y también durante.
—¿Y, aun sabiendo con exactitud lo que les había hecho a otras mujeres, no hiciste nada al respecto?
Stacey resopló y movió la cabeza de lado a lado en señal de negación. Kim no podía permitir que la tristeza de la chica aplacara su ira. Lo
que había hecho era imperdonable. Era agente de policía. Ella lo sabía perfectamente.
—¿Se lo contaste a Devon?
—Lo acabo de hacer.
Kim supuso que la funcionaria de inmigración estaría todavía más cabreada que ella.
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—Joder, Stace, podría haber pasado cualquier cosa y ni siquiera nos habríamos enterado.
—¿Qué puedo hacer para enmendarlo?
—Empieza por enviarme todo lo que tengas sobre Birch.
—De acuerdo.
—Y luego ponte con los archivos. Fuera —instó Kim, que necesitaba que Stacey estuviera lejos de ella.
La gestión de los archivos se realizaba en una sala del sótano cuando no tenían otra cosa que hacer.
Kim suspiró muy profundamente una vez que la ayudante de detective hubo abandonado la sala. Su ira no había disminuido ni un ápice, pero ya podía controlarla. En aquel momento, no podía mirar a la chica sin querer arrancarle la cabeza, así que era mejor no tenerla a la vista.
—¡Mierda! —rugió, dando el primer golpe sobre la mesa. No iba a permitirse a sí misma pensar en lo que Stacey habría tenido que sufrir durante los dos últimos meses. Su rendimiento y su pérdida de peso eran buenos indicadores de ello, pero aún no había llegado a ese punto. De momento, seguía centrada en el engaño, la falta de confianza y el mal juicio.
Y ahora aquel hombre había muerto.
Una hora antes, ese caso no tenía nada que ver con ella. Terence Birch no había sido más que un testigo. Pero ahora era un cadáver con una conexión con un miembro de su equipo.
Si el nombre de Stacey salía a relucir en relación con la investigación, la suspenderían al instante, o posiblemente algo peor. Con que llegaran a interrogarla en conexión con la muerte de Birch, la información se adjuntaría a cada trabajo al que se presentara o promoción que solicitara.
Fueran cuales fueran sus sentimientos hacia Stacey en aquellos momentos, sabía una cosa con certeza: tenía que descubrir cualquier vínculo que su compañera tuviera con el caso de Birch antes de que lo hiciera cualquier otra persona.
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Capítulo 21
—¡No me jodas! —exclamó Bryant cuando Kim les relató la confesión de Stacey—. O sea, eso explica muchas cosas, pero vaya tela.
—¿Está bien? —preguntó Penn.
—Siéntete libre de preguntarle cuando me vaya de la comisaría, pero ahora mismo mi cabeza está en otras cosas. Y esto queda entre nosotros, ¿entendido?
Ambos asintieron, y ella deseó que no le preguntaran más al respecto. —Vale, volviendo al caso de Eric Gould. Penn, no estoy convencida de
que ni el padre ni el exnovio de Teresa estén limpios. Si estamos en lo cierto sobre el contacto que se produjo en la puerta del gimnasio, no tenemos forma de identificar a ninguno de los dos solo por la grabación, así que por ahora céntrate en lo que el padre y el exnovio estuvieron haciendo en la mañana de ayer.
—Me pongo con ello, jefa.
—Además, investiga cómo se comportan en las redes sociales. ¿Podría ser alguno de ellos ese tal Centinela?
—De acuerdo.
—E intenta conseguir los datos de la cuenta. El Centinela tiene que estar registrado en alguna parte. Dale la lata a Keats para tener cuanto antes los resultados de toxicología. Tenemos que saber qué le inyectaron a Gould y si la sustancia es fácil de conseguir.
—Vale.
—Y echa un ojo a los medios de transporte. El tipo que buscamos no pudo teletransportar a Eric Gould desde el gimnasio hasta el parque. Comprueba las cámaras de seguridad de la zona.
Penn enarcó una ceja interrogante ante esa petición. A menos que hubiera imágenes del asesino introduciendo a Eric en un vehículo, podrían estar buscando cualquier cosa que fuera más grande que una moto.
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—Lo sé, pero quizá des con algo extraño. Por último, ¿qué historial tiene Eric? Averigua si tiene algún antecedente. Sé que es mucho trabajo, eres libre de elegir cómo delegar cada tarea.
Kim era perfectamente consciente de que muchas de los trabajos que le había encomendado deberían haberse hecho durante el día anterior, y de que Penn estaba pagando las consecuencias de la distracción de Stacey.
—Entendido, jefa.
—Solo un segundo, jefa —pidió Bryant—. ¿No vamos a tomarnos un instante para hablar de lo que Stacey ha tenido que estar sufriendo?
—Podéis sentaros aquí y charlar de ello todo lo que queráis. Yo tengo un asesino al que atrapar —respondió, cogiendo su abrigo.
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Capítulo 22
—¿Quieres volver a subir? —preguntó Penn cuando Stacey contestó al teléfono en la sala de archivos.
—¿Se ha ido ya?
—Sí.
—Voy para allá.
El sargento comprendía por qué la jefa estaba enfadada. Guardarse para uno mismo algo así de gordo era un error garrafal. Se habría tomado mal la noticia tanto profesional como personalmente.
Profesionalmente porque, por muy víctima que fuera Stacey en aquella situación, no lo había denunciado. No lo había puesto en conocimiento de su jefa ni de ninguno de sus compañeros. Con respecto al momento en el que había decidido contárselo a Devon, eso era una cuestión donde sabía que no debía meterse. Pero la jefa era consciente de que, si el nombre de Stacey salía a la luz en relación con Birch, estaría en el foco de todas las miradas, y bueno, más valdría que la prensa jamás se enterara.
A nivel personal, la jefa los protegía a todos, pero en especial a Stacey. Penn había visto el vínculo que las unía desde el momento en que se incorporó al equipo, y no había hecho más que crecer y fortalecerse en todos aquellos años. Sabía muy bien que las decisiones de Stacey habían
hecho que la jefa se sintiera traicionada.
Nada de eso tuvo demasiada importancia cuando vio a su compañera entrar en la sala.
—Ey, amiga, ¿estás bien?
—No seas agradable conmigo. No creo que esté en condiciones de soportarlo de momento —dijo, acomodándose en su asiento.
—No puedo ni imaginarme lo que has tenido que estar sufriendo.
Levantó la mano y movió la cabeza en señal de negación.
—Penn, de verdad que no puedo.
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—Vale, vale, pero, si me necesitas para lo que sea, puedes contar conmigo.
—Lo sé —susurró, parpadeando para contener las lágrimas.
—Venga, vamos a ponernos manos a la obra, ¿vale? —sugirió Penn, dispuesto a darle todo el espacio que necesitara.
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Capítulo 23
—¿Qué parte de «no quiero hablar de ello» no entiendes? —preguntó Kim mientras Bryant conducía hacia la dirección que ella le había facilitado. No se había quedado a charlar con Penn, sino que la había seguido hasta el coche.
—La parte de que no quieres hablar de ello —respondió Bryant—. Si dejamos al margen todo lo demás, ¿puedes hacerte una idea de por lo que ha tenido que estar pasando?
Y precisamente por eso no estaba dispuesta a hablarlo. Bryant la iría guiando por la conversación hasta que ella misma terminara empatizando con Stacey, y aún no estaba preparada para ello.
—¿Has llamado ya a Laura? —preguntó.
—Guau, impresionante intento de desviar la atención; la respuesta es no. No he tenido tiempo.
—Cuanto más tiempo lo dejes, peor va a ser. Si estáis tan unidos como piensas, sabrá que tu reacción de anoche fue rara, a pesar de los apretones de manos, los abrazos y los brindis de felicitación. No permitas que sea eso lo que recuerde en el futuro de ese momento tan especial de su vida.
—Gracias, jefa. Le daré una vuelta. Y también me voy a pensar si procede hacerte una pregunta cuando ya sé que la respuesta es no, máxime sabiendo que te vas a poner de peor humor del que ya estás cuando te cuente una cosa.
—Joder, es demasiado temprano para ponerme de mala leche, Bryant. ¿De qué me estás hablando?
—Ya sabía yo —bromeó—. Frost ha publicado un artículo en Internet. No te va a gustar, y no tengo ni idea de por qué te lo estoy contando mientras estamos encerrados en un espacio tan reducido como el de mi coche.
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Kim gruñó mientras alcanzaba su teléfono. Tardó menos de tres segundos en encontrar el artículo. Lo leyó y lo releyó.
Salió del navegador y entró en sus contactos para buscar el número correspondiente.
—¿Qué cojones haces, Frost? —bramó cuando la periodista respondió. —Buenos días, inspectora. Llegas tarde. Esperaba tu llamada cinco
segundos después de que se publicara el artículo.
—Aquí hay dos problemas. El primero es que haces que el Centinela parezca un maldito héroe.
—Eso no es verdad. He condenado sus acciones.
—Sí, pero a la vez te preguntas si tenía algún motivo para matar a Eric Gould. Usas palabras como «atrevido» y «seguro», haciendo creer a los lectores que va por ahí haciendo el bien. Se trata del tono, Frost, y lo sabes muy bien.
—Por suerte, la opinión de mi editor prevalece sobre la tuya, y a él le pareció bien el tono. ¿Cuál es el otro problema? Estoy loca porque me lo cuentes.
—No te hagas la interesante, no te pega nada. Sabes muy bien que utilizando palabras como «mediocre» y «distraída» en relación con la investigación policial, no solo vas a conseguir tocar la fibra sensible de tus lectores, sino que también mermas la confianza de la gente en nosotros.
—Es mi observación objetiva. Deberías estar dándome las gracias por no haber entrado en detalles acerca de cómo te enteraste del alboroto en la escena del crimen. ¿Cuándo habrías aparecido si no te hubiera llamado?
—Frost, tú…
—No, Stone, deberías haber estado al tanto. Tenías el nombre de la víctima y no comprobaste de inmediato si había alguien por ahí hablando de él. Yo leí la publicación apenas dos minutos después de que Centinela la escribiera, y tú también deberías haberlo hecho. Estaría bien saber por qué no lo hiciste. Alguien dentro de tu equipo está…
—Cierra el pico. Quiero que retires el artículo y…
—De ninguna manera. No hay nada en él que sea mentira, y además tú sabes que tengo razón en todo.
—¡Esta maldita mujer! —gritó Kim cuando terminó la conversación. —Penn me debe cinco libras. Descubrimos el artículo en la cafetería
mientras Stacey y tú estabais en vuestro cara a cara.
—¿Apostasteis a ver cómo reaccionaba?
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—¡Ja, ja! La apuesta no tenía nada que ver con tu reacción; los dos te conocemos lo suficiente como para predecirla sin problemas. Apostamos sobre cuánto tardarías en llamarla y ponerla como un trapo. He ganado.
Muy a su pesar, Kim reaccionó riéndose. No tenía ni idea de si se lo estaba inventando, pero había aliviado parte de la tensión que sentía.
—Es imposible controlarla, jefa, no está nuestras manos. Pone sus intereses por encima de cualquier otra cosa. Es mejor emplear nuestro tiempo en algo que podamos cambiar e influir.
Bryant tenía razón. La inspectora desbloqueó su teléfono y se deslizó por la pantalla buscando el nombre de «Vikram Shah».
—Hola, Vik —saludó Kim cuando le contestó. Habían sido compañeros cuando eran agentes de a pie antes de que ella solicitara plaza para el Departamento de Investigación Criminal y él se cambiara a Tráfico.
—Hola, desconocida.
—Te llamo por el atropello con fuga en Gornal anoche. ¿Quién lo lleva?
—El menda. ¿Qué quieres saber? —preguntó, evitando cualquier charla trivial. Esa era una de las razones por las que siempre habían congeniado. Ninguno de los dos se había sentido jamás obligado a llenar los silencios que inevitablemente se producían durante turnos nocturnos de doce horas.
—La víctima era testigo de un caso que cerramos hace poco —explicó, sin mentir aún—. Atrapamos al culpable, pero me quiero asegurar de que no haya cabos sueltos.
—Entendido. ¿Estás absolutamente segura de que cogisteis al verdadero culpable?
Se le formó un nudo en el estómago.
—Sí, lo confesó todo, pero ya sabes lo que pienso yo de las coincidencias. Que un accidente de este tipo suceda justo después de…
—Bueno, es prematuro llamarlo accidente, inspectora. Todavía no podemos catalogarlo como tal. Las declaraciones de los testigos son contradictorias.
Ella no dijo nada, esperando que añadiera algo más.
Pero eso no sucedió, aunque ya le había dicho lo suficiente para que entendiera que no se iban a quitar aquello de encima tan rápido como le habría gustado.
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—Vale, gracias por todo, Vik. ¿Alguna posibilidad de que me mantengas al día?
Vacilación.
—No tengo claro si esto va realmente de dejar cerrado tu caso anterior, pero claro, por qué no.
Ella le dio las gracias y colgó justo cuando Bryant llegaba a la dirección a la que se dirigían.
—Eh… ¿dónde estamos? —preguntó el sargento, apagando el motor. —En la casa de Terence Birch. ¿Quieres echar un vistazo? —Te sigo —decidió, y ambos salieron del coche.
La calle de Coombs Wood se encontraba en silencio y Kim estaba segura de que nadie la vio cuando empujó con el pie la puerta de entrada, que no cedió.
Bryant se mantuvo en silencio mientras su compañera se dirigía hasta la parte trasera de la casa.
Una valoración rápida le aclaró a Kim un par de cosas: no había ventanas abiertas, y no sería demasiado difícil forzar la cerradura de la puerta trasera si quisiera hacerlo.
Se lo pensó un momento antes de darse la vuelta hacia su compañero. —Bryant, creo que estoy a punto de tomar algunas decisiones
erróneas. Tal vez quieras ir a esperarme al coche.
El sargento resopló.
—¿Y dónde estaría la diversión si hiciera eso?
Kim sacó su tarjeta de crédito de la funda del teléfono. Si la suerte estaba de su lado, el pestillo estaría orientado hacia ella.
Introdujo el borde de la tarjeta entre la puerta y la placa donde se fijaba la cerradura. Una vez introducida la esquina, la enderezó para que quedara perpendicular a la puerta y todo su borde exterior quedara entre la puerta y la placa. Dobló la tarjeta hacia el pomo y la movió de un lado a otro hasta que escuchó el característico clic.
La puerta se abrió de inmediato, y enseguida Kim detectó un olor rancio y a humedad.
No era ni mucho menos un olor tan horrible como el de un cadáver, pero de todas formas era bastante desagradable. Se imaginó que, si convivías con él, quizá llegara a pasarte desapercibido.
Entró en la cocina, que a simple vista no parecía un vertedero.
Bryant la siguió en silencio, cerrando la puerta al entrar.
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Kim continuó recorriendo la casa. No era enorme. El olor a rancio la acompañaba por todas partes.
Se asomó a cada habitación por la que pasaba, sin saber muy bien lo que estaba buscando, pero segura de que lo sabría si lo encontraba.
Llegó al pie de la escalera, junto a la puerta de entrada. Había restos de comida y pelusas por todos los rincones. Al examinar más de cerca, comprobó que todo estaba cubierto de un milímetro de polvo. Probablemente, eso era lo que provocaba aquel olor. Aunque la casa estaba ordenada, no parecía que la estuvieran limpiando. Recordó que Stacey había comentado tras interrogar a Birch algo acerca de que su madre había fallecido recientemente y se preguntó si esa sería la razón por la que la casa estaba así. Era difícil dedicar tiempo a mantenerla en perfectas condiciones estando solo.
La primera puerta que abrió en la planta de arriba fue la del cuarto de baño. No le llamó la atención nada ofensivo. Era antiguo, pero estaba razonablemente limpio.
A continuación, llegó a un trastero, lleno de montones de ropa de mujer, que supuso habrían pertenecido a su difunta madre.
La siguiente habitación era la más grande y daba a la calle. Estaba amueblada con una cama king-size, una mesilla de noche y un armario empotrado de dos puertas.
El olor a dejadez absoluta continuó siguiéndola, incluso al abrir las puertas del armario y confirmar que allí era donde dormía Terence Birch, que no había hecho esfuerzos por cuidar aquella estancia algo más que el resto de la casa.
Solo quedaba una habitación por comprobar antes de echar un vistazo más a fondo en uno o dos cajones.
Kim abrió la puerta de la misma y se detuvo en seco.
Bryant miró hacia dentro por encima de la cabeza de su compañera. —¡Madre mía de mi vida! —exclamó el sargento, antes de soltar un
leve silbido.
A Kim se le revolvió de inmediato el estómago, de forma completamente abrumadora. Tragó saliva mientras se acercaba a la pared más grande de la habitación.
Los ojos de Stacey la contemplaban desde cientos de lugares diferentes de la habitación. Había fotos de la agente entrando o saliendo de su piso, bajando del autobús, sentada en una cafetería haciendo algo en su teléfono,
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caminando por un supermercado… Las imágenes variaban en forma y tamaño. Las más estrechas eran probablemente fruto de haber recortado a Devon de ellas. Algunas eran pequeñas y otras habían sido ampliadas a tamaño A4.
Aquí y allá había recibos, facturas de teléfono, folletos, envoltorios… Algunos de ellos habían estado arrugados, y luego habían sido aplanados.
A Kim no se le quitaron las ganas de vomitar al darse cuenta de que aquel hombre había estado revisando la basura de Stacey.
—Maldita sea, esta es la distancia a la que ha estado de ella —gruñó Kim, acercándose a la pared.
Sin poder contenerse, empezó a arrancar las fotos, despegándolas, quitando la cara de Stacey de lo que había sido la galería personal de Terence Birch.
—Oye, oye, oye —advirtió Bryant, agarrándola del brazo—. Eso es algo más que echar un vistazo, jefa, es adulteración y manipulación, lo cual te metería en un lío de cojones.
—¡Grr! —gruñó, dando un paso hacia atrás—. ¡Por el amor de Dios! Si hubiera tenido a Birch delante, estaría hundiéndole las uñas en la
cara. ¡¿Cómo se atrevía a hacerle algo así a alguien de su equipo?!
Al contemplar la pared de la obsesión, se alegró de que estuviera muerto, y no se sintió mal por tener un pensamiento como ese.
Se quedó mirando las fotografías que había arrancado y que ahora estaban en el suelo. Lo que más deseaba era reunir todos los documentos que pudieran vincular a aquel hombre con Stacey para que el nombre de la agente no apareciera relacionado con la investigación de su muerte. Quería borrar el nombre de la chica de la vida del psicópata para protegerla. Pero eso significaba hacer algo que nunca había hecho.
—Bryant…
—No puedes, jefa. Lo sabes bien.
La voz de su conciencia había hablado, pero aun así…
—Jefa, vete al coche —le dijo Bryant, lanzándole las llaves—. Volveré a colocar las fotos.
Kim dudó, pero sabía que no tenía elección.
Bajó las escaleras sin necesidad de comprobar nada más. Sus peores temores se habían confirmado y Stacey estaba en el epicentro de todo.
Subió al coche y suspiró, preguntándose hasta qué punto sería capaz de proteger a su compañera cuando su nombre apareciera en todos los
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titulares en relación con un fallecido.
Su teléfono sonó; la sobresaltó tanto que dejó de pensar de inmediato. Sintió un alivio instantáneo al comprobar que no era Keats quien la llamaba.
—Dime, Penn.
—Lo tengo, jefa.
—¿A quién? —preguntó, dándose tiempo para reaccionar.
—A Centinela. Tengo su dirección. He conseguido un chat directo con un usuario de Twitter que…
—¿A dónde tenemos que ir? —lo interrumpió, no necesitando más información.
—Número treinta y dos de Sandy Lane, Wollescote.
—Perfecto —respondió, y colgó justo cuando Bryant entraba en el coche.
—Sandy Lane, Wollescote —repitió a su compañero—. Tenemos la dirección de Centinela.
—¡Qué rapidez! —celebró, y de inmediato introdujo los datos en el navegador para encontrar la ruta más rápida.
Kim volvió a echar un vistazo a la casa desde el coche.
—Van a venir, ¿verdad? —preguntó, consciente de que el equipo de investigación de Tráfico tendría que registrar la casa de Birch para buscar pistas.
—Y tanto.
—¿Qué coño vamos a hacer? —preguntó Kim, más a sí misma que a su compañero.
—Ya lo decidiremos a su debido tiempo —respondió el sargento, iniciando la marcha.
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Capítulo 24
El mal presentimiento que Kim sentía se agravó cuando Bryant se detuvo frente a una hilera de bungalós al final de una calle en Wollescote.
El que buscaban era el penúltimo. Junto a la puerta había un andador que hacía las veces de asiento, con una bolsa de la compra enganchada.
Justo al bajar del coche, salió de aquella vivienda un hombre de setenta y tantos años, que cerró la puerta tras de sí.
Estaba claro que aquel hombre no era Centinela.
—Disculpe, ¿podríamos hablar un momento? —preguntó Kim, interceptándolo al final del camino de entrada.
—Por supuesto, jovencita, pero no voy a comprarles nada.
—No vendemos nada. ¿Puede decirnos cómo se llama?
—Oiga, espere un momento. Son ustedes los que han venido a buscarme. ¿De qué va esto? La gente de la asociación Age Concern me ha aconsejado que no comparta ninguna información personal. Un pequeño detalle y los delincuentes pueden hacer de las suyas.
Ambos mostraron sus identificaciones policiales.
—Tranquilo, somos policías.
—Honestamente, no sé yo si eso me tranquiliza demasiado. No es que todos los de su gremio estén limpios.
A Kim le entristeció esa opinión, pero no podía rebatirla. En cualquier sector había manzanas podridas, y la policía no era una excepción.
—Señor, creemos…
—Donald —dijo, abriendo su andador para tomar asiento—. Don para una señorita tan guapa como usted, y mi apellido es Beattie, pero no le voy a dar mis datos bancarios. Solo se los doy a los príncipes nigerianos que me mandan correos para preguntarme por mi herencia.
—Don, no dará usted…
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—Ja, ja, ¡esa siempre hace que la gente se alarme! —dijo con un brillo en los ojos—. Age Concern nos mantiene al día de las últimas estafas, lo cual es una pena porque no me importaría nada recibir los ochenta millones de libras que me prometía aquel tipo.
Kim empezaba a darse cuenta de que Don iba a ser un tipo difícil de manejar; parecía ser todo un caso, aunque ya había respondido a lo que habría sido su siguiente pregunta.
—Entonces, tiene acceso a Internet, ¿verdad?
—Sí, mi hija insistió en que instaláramos esa cosa de Internet. Era barato hacerlo junto a unos canales de televisión o algo por el estilo. La verdad, creo que lo quiso poner para comprobar que no estaba invitando a mujeres a casa después de que muriera su madre. Me comentó que podría ver muchos programa diferentes, pero creo que es una treta para espiarme. —Bajó la voz—. Y creo que ya sé cuándo lo hace. A veces la luz verde de la máquina parpadea; debe ser cuando me está vigilando desde York. Pero no me va a pillar haciendo nada con ninguna mujer en mi casa. —Hizo una pausa—. Siempre voy yo a las suyas.
El hombre estalló en una carcajada y Kim no pudo evitar reírse con él.
Era la primera vez que se reía de forma sincera en todo el día.
—Hablando de la cosa esa de Internet, ¿alguien le ha llegado a pedir algún número?
—¿Qué tipo de números y dónde tendría que encontrarlos? —preguntó con ingenuidad.
Eso era un no en toda regla.
—¿Y no ha recibido algún invitado o alguna otra persona que haya pasado aquí la noche?
El señor la miró con desconfianza. —¿Seguro que no la ha enviado mi hija? Kim sonrió.
—No la conozco, Don. Solo tengo que asegurarme de que nadie haya manipulado su Internet.
Don negó con la cabeza.
—Nadie ha tocado nada. Mi hija me mataría si hubiera pasado algo así. Tenía la esperanza de que el cabrón de la semana pasada se lo hubiera llevado, pero…
—¡¿Cómo?! —exclamó Kim.
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—Me entraron a robar el mes pasado. Una cosa de lo más extraña. El ladrón no se llevó nada. Yo estaba en el baile para personas mayores. Me di cuenta porque la cerradura no funcionaba bien. El tipo debió pensar que no había muchas cosas que pudiera llevarse.
«O quizá consiguió justo lo que pretendía», pensó Kim.
—¿Qué dijo la policía? —preguntó Bryant.
—Bueno, dijeron que, debido a la gravedad del incidente, iban a poner a su mejor gente a trabajar en el caso. No sé muy bien de qué lo iban a acusar, pero quizá al menos lo obligaran a disculparse.
—No parece que le moleste mucho —observó Kim.
—No me hicieron daño, ni siquiera estaba en casa, y no se llevaron nada. Mi hija se puso un poco nerviosa, pero llevo semanas aprovechando cada oportunidad que tengo para contar la historia, sobre todo a las mujeres.
El guiño diabólico que le dedicó hizo pensar a Kim que ese hombre tenía que ser el animador del club que frecuentaba.
A la inspectora se le pasó por la cabeza la idea de que, si alguna vez hubiera tenido un abuelo, le habría gustado que fuera como Don.
—¿Y ha habido alguna otra cosa que le haya causado…? Interrumpió su pregunta porque escuchó su teléfono sonar. El corazón le dio un vuelco al ver quién la llamaba.
Le hizo un gesto a Bryant y se alejó mientras su compañero le daba las gracias al hombre por haberlos atendido.
Deseó con todas sus fuerzas que Keats la estuviera llamando para informarla de los informes toxicológicos.
—Stone —respondió.
—Belle Vale.
—¿Otro?
—Este es peor.
—¿Está muerto? —preguntó.
—Todavía no; los sanitarios están trabajando con él en estos momentos.
—¿Por qué es peor?
—Lo entenderás en cuanto llegues —explicó justo antes de colgar.
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Capítulo 25
—¿Qué coño es el fentanilo? —preguntó Stacey mientras Penn lo buscaba en Google.
El sargento acababa de recibir en su correo el informe toxicológico. Moira, del laboratorio, se había andado con prisas porque le gustaban los tipos con rizos, según había dicho.
El correo electrónico lo distrajo de poder demostrar con total certeza dónde habían estado tanto Rufus Fox como Curtis Jones a las ocho de la mañana del día anterior.
Rufus aseguraba haber llegado pronto a la consulta veterinaria para preparar una operación de cierta envergadura de un dóberman. Lamentablemente, ninguna de las enfermeras podía verificar esa coartada, ya que no habían llegado al trabajo hasta poco antes de las nueve de la mañana.
Curtis afirmaba haber salido a correr hasta las ocho menos cuarto, hora en la que regresó a casa para ducharse y prepararse para el trabajo, aunque su turno no empezaba hasta las doce del mediodía. Por desgracia, Curtis no usaba una pulsera de actividad o algo por el estilo, lo cual le hubiera permitido comprobar su ruta. Incapaz de confirmar si decían o no la verdad, Penn se contentó con pasarle esa información más tarde a la jefa y ponerse a tratar de descubrir el origen de la droga que se había usado para matar a Eric.
El sargento sabía que había oído en algunas ocasiones la palabra «fentanilo», pero normalmente en relación con la política estadounidense.
Leyó en voz alta la información que tenía en la pantalla para que Stacey se instruyera a la par que él.
—«La evolución del fentanilo desde su diseño original como herramienta eficaz para el tratamiento del dolor tras una cirugía hasta convertirse en una de las principales causas de muerte por sobredosis ha
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sido rápida. Se trata de un opioide sintético creado en laboratorios en la década de los sesenta como un potente analgésico para circunstancias muy específicas. Es cincuenta veces más potente que la heroína…». ¡Joder! — exclamó, con un silbido que expresaba incredulidad—. Eso último es de mi cosecha.
—Sigue leyendo para ti y luego me haces un resumen —le ordenó Stacey.
Penn hizo lo que le pidió y descubrió que la sustancia era adecuada para cualquier cirugía; podía ser inyectada en un quirófano.
Pasó rápidamente por la parte que explicaba que era una sustancia sencilla de sintetizar a partir de un par de moléculas precursoras disponibles en Pakistán, India o China. Pero volvió a concentrar toda su atención al leer que era fácil de encargar a través de la dark web y que gracias a su efectividad también era sencilla de enviar. Cantidades muy pequeñas daban para mucho. Dos simples miligramos podrían llegar a ser mortales, dependiendo del tamaño del cuerpo, la tolerancia del individuo y el modo de uso. Sus efectos podían empezar a notarse en apenas un minuto y se prolongaban entre treinta minutos y una hora.
Las drogas más comunes que el fentanilo podía reemplazar eran la oxicodona o las pastillas de Xanax, y Penn leyó una noticia breve que explicaba que San Francisco parecía estar asfixiada por culpa de esa sustancia.
«No es un compuesto demasiado volátil, por lo que no se convierte en vapor», leyó para sí mismo, lo que quería decir que, aunque Keats había tomado todo tipo de precauciones en la autopsia de Eric Gould, en realidad nadie habría corrido peligro.
Al seguir leyendo, comprendió que Keats hubiera cometido el error de dar por muerto a Eric. Los principales síntomas de una sobredosis de fentanilo eran depresión respiratoria severa, disminución drástica del nivel de conciencia, flacidez de extremidades, incapacidad para hablar y ausencia de respuesta. Se habían registrado varios casos en los que las víctimas habían sido dadas por muertas debido a la flacidez de sus cuerpos y a un pulso casi indetectable.
Penn volvió a pensar en Rufus Fox y Curtis Jones. Una rápida búsqueda en Internet le indicó que la mayoría de los hospitales disponían de fentanilo. Otra búsqueda le confirmó que también lo utilizaban la mayoría de los veterinarios.
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Por mucho que lo intentara, seguía sin ser capaz de descartar al padre de Teresa o a su exnovio.
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Capítulo 26
Belle Vale era el nombre tanto de una calle como de una zona de Cradley, en Halesowen, que antaño se solía llamar «el hermoso valle de Cradley». Hacía mucho tiempo que las fundiciones y forjas, que habían sustituido a los numerosos molinos de agua que existían a lo largo del arroyo que desembocaba en el río Stour, habían destruido el paisaje que merecía tal reconocimiento.
Bryant dejó atrás Clancey Way, una urbanización de más de ochenta viviendas construida en el emplazamiento de la fundición de G. Clancey unos diez años atrás, y aparcó junto a otros vehículos en el aparcamiento de la Reserva Natural de Corngreaves.
Kim se bajó y corrió a toda velocidad por el camino que iba en dirección al río Stour, en el que se distinguían varios hombres con chalecos reflectantes, pero Keats emergió de entre ellos moviendo la cabeza de lado a lado.
—Ha muerto. Lo hemos perdido hace unos minutos.
—¡Joder! —exclamó Kim, rodeando a uno de los sanitarios que estaba ya recogiendo su equipo.
La escena del crimen era un caos absoluto; había bolsas de material, envoltorios, huellas de pisadas, marcas de rodillas en el suelo… Otra vez, iba a ser imposible para Mitch sacar algo de aquel caos.
—¿No se le ha podido salvar ni sabiendo lo que le han inyectado? — preguntó Kim, suponiendo que el forense también habría recibido el correo del laboratorio toxicológico.
—El fentanilo es un opioide. Se adhiere a los receptores opioides de las células del cerebro, la médula espinal y otros órganos del cuerpo y los activa. Medicamentos como la naloxona, un antagonista de los opioides, pueden revertir una sobredosis si se usan a tiempo. Es bastante poco probable que, aunque los sanitarios hubieran tenido a mano un par de dosis
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de este antagonista, hubiesen podido salvar a nuestra víctima. Aquí no estamos hablando de una sobredosis accidental. Es una dosis que han administrado con la única intención de matar. La cantidad que detectamos en el cuerpo de Eric Gould habría podido cargarse a un ejército entero.
Kim enarcó una ceja.
—Bueno, entero no, pero seguro que al menos entre cinco y diez hombres.
La inspectora se dio la vuelta y examinó a la víctima mientras Keats daba el relevo a los sanitarios.
Supuso que el hombre tendría treinta y pocos años, y unos diez kilos más de la cuenta. Llevaba un pantalón de chándal azul marino que tenía un pequeño agujero a la altura de una de las rodillas. Sus zapatillas deportivas eran de una marca decente, pero estaban muy gastadas. Los sanitarios le habían vuelto a bajar la camiseta roja y lisa una vez hubieron terminado, y Kim comprobó que la barriga del hombre provocaba que la tela se estirara.
La mirada de la inspectora se dirigió hacia la piel rugosa de las mejillas de la víctima, que parecía tener cicatrices provocadas por el acné. Tenía los labios ligeramente entreabiertos, y ello permitía divisar la ausencia de un par de dientes en la parte inferior de su dentadura. Tenía el pelo castaño, largo y desordenado.
Ese hombre no guardaba ningún parecido con la perfección esculpida de la primera víctima.
Bryant echó un vistazo rápido y, a continuación, se dirigió hacia los dos corredores que estaban cerca de la escena, en compañía de un agente. Supuso que serían las personas que habían encontrado a la víctima.
Keats se acercó de nuevo mientras los sanitarios volvían ya hacia el aparcamiento.
Kim no le dio oportunidad de hablar.
—Por favor, dime que tienes…
—¡Jimmy! —gritó Keats, haciendo señas a uno de sus ayudantes. —¿Jefe?
—Muéstrale las fotos a la inspectora.
Jimmy sacó su teléfono y se desplazó hasta la primera de ellas. Fue enseñándole las siete fotos de las que disponía, todas ellas tomadas desde distintos ángulos, intentando conseguir una imagen decente a pesar de la presencia de los sanitarios.
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Kim reprimió su frustración por no haber podido ver la escena del crimen antes de que la hubieran alterado. Por supuesto, los trabajadores no habían tenido más remedio que intentar salvar la vida de aquel hombre.
La inspectora volvió a contemplar la primera foto. —¿Lo habían movido ya cuando tomaron esta imagen?
—No —respondió Jimmy—. Los sanitarios hicieron esa foto antes de empezar a trabajar en él.
Hizo caso omiso de las demás imágenes y se centró en aquella. Era la única que tenía relevancia.
—¿Lo han tocado? —preguntó Kim, señalando con la cabeza hacia los corredores.
—No —respondió Keats.
Así que en esa foto era lo más cercano a la realidad con respecto a la posición en la que el asesino había dejado a su víctima.
La imagen mostraba al hombre tumbado de lado, con la parte superior e inferior del cuerpo formando un ángulo casi recto. Los brazos se encontraban extendidos hacia arriba, y ambas piernas estaban totalmente estiradas, habiendo desaparecido la curvatura característica de la zona de las rodillas.
Kim giró el teléfono varias veces para intentar comprender bien la imagen.
—Me dijiste que este era peor —dijo Kim.
—Y lo es. ¿Ves la total rectitud de las dos extremidades?
—Sí.
—Intenta replicarlo. Es imposible.
La inspectora trató de hacerlo mientras Bryant volvía de nuevo hacia donde se encontraban, poniendo una expresión de incredulidad al contemplar aquello.
Kim creía que estaba cerca de conseguirlo.
—No es exactamente así.
La recta que formaban las piernas se veía completamente fluida; el cuerpo parecía estar colocado en esa posición sin ningún esfuerzo.
—¡No! —exclamó Kim, esperando que lo que se le acababa de pasar por la cabeza no fuera cierto.
—Oh, sí. Martillazos en las rodillas para forzar la posición.
—¿Estando vivo todavía?
—Sí.
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—¡Joder! —gritó, tratando de imaginarse lo que sería sufrir un dolor así sin poder siquiera defenderte ni gritar.
Kim le ordenó a Jimmy que le enviara las fotos tanto a ella como al resto del equipo; luego, echó un último vistazo al cuerpo maltrecho que había en el suelo y se preguntó a qué hostias se estarían enfrentando.
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Capítulo 27
Stacey no recordaba ningún momento de su vida en el no supiera cómo sentirse.
Se notaba abrumada, agotada, como si acabara de finalizar un combate de diez asaltos contra Mike Tyson. Su mente y su corazón no funcionaban de forma coordinada, y aunque la jefa le acabara de contar que Terence Birch estaba muerto, su organismo aún no había procesado que su calvario había llegado a su fin.
Le resultaba muy complicado recordar un momento en el que no sintiera miedo, en el que no la asustaran acciones tales como mirar por la ventana o subir al autobús. En el que no la aterrorizara echar un vistazo a su perfil de Facebook o contestar al teléfono. Todos ellos parecían actos intrascendentes que no deberían haberle provocado tantísima ansiedad. Era difícil creer que se hubiera liberado del terror que la había acompañado a todas partes durante meses.
¿Y qué pasaría cuando por fin mente y corazón comenzaran a coordinarse y procesar la información de que aquel hombre había muerto? ¿Dejaría escapar un suspiro lento y largo, como si se tratara de un castillo hinchable que se estuviera desinflando? ¿Se descomprimiría de esa forma gradual su estrés emocional, o sería más bien como pinchar un globo con un alfiler y, así de repente, empezaría a saltar y bailar de alegría? ¿Sería capaz la muerte de un hombre de hacerle sentir tanto placer?
Le contó la noticia a Devon en un mensaje. No le ofreció más explicaciones ni detalles adicionales, y su mujer tampoco se los pidió. Solo respondió con un:
¡Menos mal!
Seguido de un par de emoticonos con manos rezando.
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A continuación, le mandó otro mensaje incluyendo varios besos. Como algo que se le hubiera ocurrido añadir en el último momento.
Stacey tenía más motivos para seguir sintiendo ansiedad. ¿Cuánto daño habría causado su forma de actuar en todas sus relaciones? Además del cabreo de Devon, la jefa aún no la había llamado por teléfono ni una sola vez. El teléfono de Penn era su conexión directa con la comisaría; la última llamada, de hecho, les había informado de que había aparecido una segunda víctima. Normalmente la habría llamado a ella para comunicar una información de ese tipo, pero por el momento parecía que no soportaba oír su voz.
—Bueno, pues nada entonces —se quejó Penn, colgando tras terminar de hablar con Lloyd House, la sede central de la policía de West Mids. Stacey sabía que su compañero había estado charlando con el equipo de soporte técnico. Dentro del cuerpo, había personas que se dedicaban a la gestión de la relación entre la policía y las plataformas de redes sociales, gente que conocía la mejor forma de obtener de ellas una respuesta que no pasara por las opciones incluidas en el genérico «contacta con nosotros», a través de lo cual como mucho se recibía una respuesta estándar en un plazo de cuarenta y ocho horas.
—¿Nada? —preguntó Stacey.
—Ni de coña. Esa cuenta de Twitter está registrada a nombre de Don Beattie en esa dirección IP, y como es él mismo el que ostenta dicha dirección, están conformes porque no se ha infringido ninguna norma y no tienen intención alguna de cerrar la cuenta de Centinela.
—Pero la jefa dice que es imposible que el hombre que vive allí sea sospechoso de nada.
—Cuéntaselo a Elon y a sus compañeros. La cuenta sigue activa.
Penn tamborileó con los dedos sobre el escritorio.
—Stace, ¿cómo de difícil sería intentar rastrear hacia dónde se desvía esa dirección IP?
—Depende del servidor proxy, de la VPN y de cómo lo esté ocultando. —Mmm… Justo lo que pensaba que ibas a responderme, pero en un
idioma que entienda.
—A ver, es… ¡Oh, espera un momento! —dijo al ver que algo comenzó a parpadear en su barra de herramientas.
Stacey maximizó la pestaña que mantenía abierta en la cuenta de Twitter de Centinela. No iba a cometer otro fallo más en relación con eso.
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Ya le había desconcertado bastante que los seguidores de la cuenta casi se hubieran duplicado de la noche a la mañana.
Leyó los tuits en voz alta a medida que iban apareciendo.
—«Hola, compañeros de vigilancia. Os encantará saber que, una vez más, se ha hecho justicia. Un hombre malo ha encontrado la muerte en Belle Vale y ya no le hará daño a nadie más. Su nombre era Paul Brooks y no se merece ni un gramo…». Mierda, le ha puesto nombre —se lamentó Stacey mientras esperaba el siguiente tuit.
—A la jefa ni siquiera le habrá dado tiempo de hablar con su familia —dijo Penn, mientras iba a buscar su teléfono.
Stacey volvió a fijarse en su pantalla.
—«… de vuestra compasión. Mis fuentes me dicen que la investigación forense no va a llegar a ninguna parte, por lo que la policía va a querer tirar de testigos y transeúntes. Os animo a que ofrezcáis datos erróneos para hacer que el juego sea más interesante 2/6».
—¡Mierda! —maldijo Stacey de nuevo, entendiendo lo que el usuario de la red social estaba tratando de hacer. No contento con provocar el caos en la misma escena del crimen, ahora estaba alentando a que la gente ofreciera información que no tenía. Aquel tipo era consciente de que la policía nunca sería capaz de distinguir entre pistas falsas y auténticas hasta que las verificaran, gastando recursos muy valiosos y perdiendo muchísimo tiempo para hacerlo.
—Penn, creo que deberías contárselo a la jefa cuanto antes.
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Capítulo 28
—¡Qué cabronazo! —exclamó Kim cuando terminó de hablar con Penn. —Sé un poco más específica —pidió Bryant, que ya comenzaba a
dirigirse hacia la dirección de Paul Brooks en Hollytree.
—El Centinela. Ha compartido públicamente el nombre de la víctima antes de que hayamos podido informar a algún familiar, y está alentando a la gente a que ofrezca pistas falsas.
Kim se frotó la sien. Aquel iba a ser un día muy largo. Cualquier indicio que obtuvieran a través de llamadas a comisaría iba a servir de poco.
Se detuvieron junto a un coche patrulla. Dos agentes miraban desde fuera a través de la ventana del piso.
—¿Veis algo que os guste, chicos? —preguntó Kim, mientras Bryant se encaminaba hacia una mujer que observaba la escena desde el otro lado de la carretera con un cigarrillo en la mano, con la intención de charlar con ella.
—No contesta nadie, señora. Vive solo y no tiene más copias de sus llaves, según dice la vecina. ¿Da permiso para que usemos la llave gigante?
—Eh… claro, abrid como sea.
Kim enseguida percibió la ironía de conceder aquella autorización tras su propia actuación en casa de Terence Birch.
Unos instantes después estaba ya cruzando el umbral de la casa de Paul Brooks. El dulce aroma floral que la recibió la sorprendió gratamente.
Se quedó un segundo en el recibidor, esperando a ver si se acercaba alguna mascota.
Pero no, así que avanzó.
Al tratarse de un apartamento en una planta baja, el pasillo cubierto que se extendía frente a la hilera de seis viviendas oscurecía la parte
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frontal de la propiedad, lo que dejaba la cocina en penumbra incluso en un día soleado.
Apenas eran las tres de la tarde, y para cocinar algo habría que encender la luz.
A pesar de la oscuridad, la estancia estaba bastante bien cuidada.
Kim se dirigió hacia el salón, que presentaba una imagen similar. Aunque algo antiguo, el mobiliario estaba limpio y ordenado. La televisión era pequeña pero moderna.
El aspecto que la víctima presentaba en la escena del crimen la había hecho creer que se trataba de un hombre descuidado, pero no parecía ser el caso.
La inspectora subió las escaleras y entró en el primer dormitorio, que quedaba a la izquierda. Era la habitación más pequeña y en ella apenas había un par de armarios.
Se acercó y abrió el primero de ellos.
—Mmm… —murmuró para sí misma, sorprendida al ver la ropa lavada, planchada, ordenada y colgada. No había en ninguna prenda etiquetas de marcas caras, pero todas ellas parecían estar en mejores condiciones que las que llevaba puestas cuando lo mataron. Una observación curiosa, que probablemente fuera irrelevante.
—La vecina dice que Paul no tiene familiares, al menos que ella sepa —dijo Bryant, sobresaltándola.
Kim esperó a que le explicara algo más.
—El hombre ya vivía aquí cuando ella se mudó, hace cinco años. Dice que no ha visto nunca a nadie que lo haya visitado; asegura que lleva años sobreviviendo gracias a las ayudas sociales. No sé mucho más, pero dice que no hablaba con él si podía evitarlo.
—¿Por qué? —preguntó Kim, que ya se dirigía hacia el dormitorio principal.
—Le resultaba inquietante.
—¿Eso es todo?
Bryant asintió.
Por el momento, Paul Brooks parecía ser una de esas personas que pasan desapercibidas en la vida. No dejaba huella en su trabajo, pues no tenía, y tampoco provocaba simpatías entre sus vecinos. Cobraba su dinero, mantenía limpia su casa y se limitaba a caminar a duras penas por
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la vida. Eso había hecho al menos hasta que alguien tuvo otras ideas para su destino.
Al igual que la otra habitación, su dormitorio estaba ordenado, y había un edredón antiguo encima de la cama de matrimonio.
Un televisor ocupaba la pared opuesta, en la que había otro par de armarios a ambos lados de la misma, y tres cajones debajo.
«Pues sí que le gustaba la ropa», pensó Kim al abrir la puerta de uno de los armarios.
—¡Oh! —exclamó al contemplar estanterías que no estaban llenas de prendas de vestir.
—Lo mismo en este —aseguró Bryant, abriendo el otro armario.
Ambos estaban repletos de vídeos y DVD.
Kim se fijó en algunos de los títulos mientras Bryant abría los cajones que había bajo el televisor. Debía ser una de las mayores colecciones de material pornográfico que la inspectora hubiera visto en su vida.
—Bueno, cada uno tiene sus… —Kim se quedó muda al leer bien el nombre de algunas de las películas. Títulos como Se lo tenía bien merecido y Permítele disfrutarlo eran algunos de los más inofensivos, pero otros eran absolutamente repugnantes.
—Dale patadas en las tetas —dijo Bryant con profundo asco. —Parece que a este tipo le gustaba el porno con una buena dosis de
violencia —observó Kim.
—Contra las mujeres —añadió Bryant justo cuando el teléfono de su compañera empezaba a sonar.
La llamaban de comisaría.
—Stone —respondió.
—Aquí hay un par de tipos —explicó Jack, el sargento de guardia.
—Búscate otros dos y ya puedes formar un grupo de música.
—Los dos quieren hablar contigo, y yo tengo muchas cosas que hacer. —¿Hay una ola repentina de crímenes, Jack?
—No, acaba de entrar un caso de agresión sexual. Así que, si puedes encontrar la forma de despejarme la recepción, te lo agradecería mucho.
—¿Estás seguro de que los dos quieren hablar conmigo?
—Y tanto. Uno de ellos dice que ha asesinado a alguien y el otro asegura que conoce a los dos hombres que han muerto. Está claro que quieren verte.
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—Voy para allá —respondió Kim, dirigiéndose hacia la puerta de la vivienda.
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Capítulo 29
Kim se tomó algo de tiempo para ojear los titulares de las noticias mientras volvían a la comisaría, en lugar de consultar el Ordenador Nacional de la Policía cuando llegara a su despacho, para comprobar si existía alguna novedad sobre Terence Birch.
Había una voz en su cabeza que no la dejaba en paz, que la instaba a ponerse en contacto con Vik, pero no sabía cómo hacerlo sin levantar sospechas.
«Bah, a la mierda», pensó mientras cogía el teléfono. La necesidad por saber superaba con creces su temor a lo que pudiera pensar su antiguo compañero.
Vik contestó al segundo tono.
—Otra vez tú —respondió el hombre. Kim no sabía bien si su tono tenía un toque de humor o más bien de irritación—. Siempre has sido como un perro con un hueso.
—Tienes razón, pero es que hay un cabo suelto y me gustaría saber si habéis encontrado algo en su casa que me puedas contar.
—¿Algo como qué?
Joder, no se lo estaba poniendo nada fácil.
—No lo sé. Cualquier cosa fuera de lo…
—Estaba de broma. Te entiendo. A veces nos encariñamos con los testigos durante los casos importantes. Comprendo tu preocupación; sabes que vamos a hacer todo lo posible para encontrar a quien lo haya hecho. En estos momentos vamos de camino a su casa —explicó, y a Kim le dio un vuelco el corazón—. Te llamo si encuentro algo que debas saber.
—Gracias, Vik —respondió Kim, consciente de que su siguiente conversación con él iba a ser muy diferente.
—Está a punto de suceder —le explicó la inspectora a Bryant justo cuando entraban en el aparcamiento de la comisaría.
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—Cosa que ya sabíamos —respondió el sargento con un tono que emanaba tranquilidad.
Ambos salieron del coche y, aunque Kim no le había dado a Bryant muchos detalles sobre los dos hombres que los esperaban dentro, estaba convencida de que iban a suponer las primeras de las muchas pistas falsas que les iban a llegar por cortesía de Centinela. Se ocuparía de ellos rápidamente y así podría continuar de inmediato con el caso.
—Ponte al día con los demás mientras yo me encargo de estos tipos que solo pretenden hacernos perder el tiempo —le ordenó a su compañero cuando entraron en el edificio.
—Vale, jefa.
Kim se acercó hasta la mampara de cristal donde se encontraba Jack. —A ver, ¿quién es el que se ha cargado a alguien? —preguntó,
echando un vistazo a los dos hombres que estaban sentados dejando dos asientos libres entre ellos.
El que estaba a su izquierda tendría veintipocos años, y vestía vaqueros y camiseta azul. Tenía una chaqueta deportiva, colocada en el asiento de al lado. El pelo negro rizado rozaba la parte superior del cuello de su camiseta. El chico estaba inclinado hacia delante, con los brazos apoyados en las rodillas.
El individuo que estaba a la derecha llevaba pantalones negros y camisa blanca, y no había levantado la vista del libro que estaba leyendo.
—El de la izquierda —aclaró Jack, señalando con su bolígrafo—. Se llama Philip Drury…
—Gracias —dijo Kim, acercándose a los hombres hasta situarse en medio de ambos.
—¿Señor Drury?
Ambos levantaron la vista y el hombre de la izquierda hizo un gesto.
Kim se giró hacia el otro.
—No tardaré mucho tiempo.
—Tómese el que necesite. Acabo de llegar a la parte buena.
Sostenía un libro titulado The Adventure of English: The Biography of a Language.
Kim se preguntó cuál sería la parte buena.
No le respondió y le indicó a Drury con un gesto que la siguiera hacia dentro.
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La inspectora pasó por delante de la sala de interrogatorios número uno, que estaba ocupada con el caso de agresión sexual, o eso supuso. Condujo a Drury hasta la sala número dos y le pidió que tomara asiento mientras ella hacía lo mismo.
Le resultaba una incógnita hasta qué punto iba a ser paciente con aquellos dos tipos. Después de la llamada que había recibido por la mañana, sabía que el día se le iba a hacer muy largo.
—Bueno, señor Drury, ¿hay algo que quiera compartir con nosotros?
—¿Voy… voy a perder mi trabajo?
Tenía que reconocérselo. Estaba metido por completo en el personaje. Se le empezaban a formar gotas de sudor en la frente y retorcía sus propias manos como si fueran un paño de cocina.
—Mi compañero de ahí fuera dice que ha matado a un hombre —dijo, intentando no sonar a puro hastío.
—Yo no quer… Fue sin querer. Todo sucedió muy rápido.
La velocidad no era un factor que Kim hubiera considerado. ¿Había estado corriendo, se había tropezado y había inyectado por accidente a otra persona una dosis letal de fentanilo en dos ocasiones distintas?
De repente, el hombre rompió a llorar y enterró la cara entre sus manos.
—¡Voy a perderlo todo: mi novia, mi trabajo! —Levantó la cabeza, con el rostro deformado a causa del miedo—. ¿Voy a ir a la cárcel?
O el tipo tenía aptitudes como para ganar un Óscar, o estaba siendo sincero, pensó Kim, inclinándose hacia delante en su silla.
—Depende, señor Drury. ¿Qué ha hecho exactamente?
—Lo atropellé con mi furgoneta. El hombre de Gornal Road. Fui yo quien lo mató.
Kim no pudo controlar la repentina sensación de euforia que la invadió mientras se dirigía hacia la puerta.
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Capítulo 30
—Creo que te has olvidado algo, Bryant —le dijo Penn a su compañero cuando entró en la sala de la brigada. Solo.
—Joder, sabía que me había dejado algo en la escena del crimen — respondió este, quitándose la chaqueta—. Por cierto, hablando de la jefa, ¿has recibido las fotos que te ha mandado? —Estoy imprimiéndolas ahora mismo.
—Tengo algunas novedades sobre las que informarla acerca de Eric y Paul —explicó Stacey mientras Penn recogía sus documentos de la impresora.
—Se ha encontrado con un poco de tráfico en la planta baja —aclaró Bryant, percibiendo cierta tensión en el rostro de Stacey—. Subirá en cuanto haya mandado a paseo a un par de tocapelotas.
La expresión de la ayudante de detective cambió de inmediato, mostrando cierto alivio; ese cambio le ofreció a Bryant la respuesta que buscaba acerca de cómo estaba manejando Stacey la situación de tensión con la jefa.
Bryant no estaba muy convencido de que Penn y él lo estuvieran gestionando mucho mejor. El eje sobre el cual se apoyaba habitualmente la dinámica del equipo se encontraba desequilibrado. El distanciamiento entre la jefa y Stacey le afectaba más que si esa situación se estuviera dando con él mismo. Había sido testigo directo del fortalecimiento del vínculo entre ambas, algo que se había basado en la confianza y el respeto. Una de esas bases había sido completamente arrasada.
Estaba de acuerdo con la jefa en que Stacey había cometido unas cuantas meteduras de pata, pero, si se consideraba su contribución al equipo a lo largo de los años, la agente tenía crédito de sobra. Había casos que nunca se habrían resuelto de no haber sido por su tenacidad y
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habilidad en el análisis de datos. Y, además, había mostrado tener un instinto muy fiable.
Bryant sabía que Stacey daba lo mejor de sí misma no solo por su intachable ética laboral, sino para mantener la aprobación de la jefa. Disfrutaba cuando la elegían la persona más valiosa del equipo después de un caso, galardón que en la mayoría de las ocasiones merecía de sobra, pues nadie hacía su trabajo mejor que ella. La confianza que la jefa poseía en ella le dio más seguridad y entusiasmo para hacerlo todavía mejor.
Caer en desgracia ante la jefa sería una cruz demasiado pesada para Stacey, y conociendo a Kim como Bryant la conocía, no creía que se fuera a ablandar pronto.
No estaba en las manos del sargento solucionar el conflicto, así que lo máximo que podía hacer era tratar de limitar los daños. Se desplazó sentado en su silla hasta apoyarse en el escritorio de su compañera.
—¿Estás bien? —le preguntó.
Stacey se giró y asintió.
—¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte?
La agente movió la cabeza de lado a lado en señal de negación.
Bryant le tocó ligeramente el brazo.
—Nos preocupamos por ti. Todos. Si hay algo que…
—Bryant, ven y échale un vistazo a esto —dijo Penn, antes de levantar la vista—. ¡Ay, lo siento!
Como siempre que estaba concentrado, a Penn le pasó desapercibido lo que estaba sucediendo a su alrededor.
Bryant puso mala cara, pero hizo retroceder su silla y se colocó detrás de su compañero. Penn era único, jamás podrían cambiarlo.
—Estas fotos… Pensaba que había algo relacionado con el baile en la escena de Eric, y con la natación en la de Paul, pero creo que estamos ante otra cosa.
—Continúa —instó Bryant, examinando las fotos.
—Creo que son letras.
—¿Letras? —repitieron Bryant y Stacey al unísono.
—Lo más seguro es que esté equivocado, pero creo que a Eric lo colocó en una postura que sugiere una A y a Paul, en una V.
Bryant puso un gesto de extrañeza.
—Más o menos veo lo que quieres decir, pero no creo que…
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—No tan rápido —interrumpió Stacey—. Con lo que acabo de descubrir en el Ordenador Nacional de la Policía, eso tendría todo el sentido del mundo.
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Capítulo 31
—Lo tenemos —aseguró Kim, encontrándose de frente a Bryant al salir al pasillo.
Su colega sostenía una taza humeante, que ella aceptó agradecida, sintiendo que se había pasado el día entero intentando conseguir el nivel de cafeína que necesitaba.
—¿A quién? —preguntó Bryant.
—Al hombre que mató a Terence Birch.
La inspectora le dio un sorbo al café y se lo devolvió al sargento para poder coger el móvil y hacer una llamada.
—Hola, Vik —saludó cuando le contestaron.
—Joder, Stone. Como me llames una vez más, voy a tener que darle explicaciones a mi mujer.
—Tengo a tu hombre, Vik. Aquí, en la comisaría. Ha venido decidido y lo ha confesado todo.
—¿Estás de broma?
—No. Si quieres le pongo hasta un lacito.
Kim sabía que no debía comportarse de forma tan frívola, pero se sentía completamente aliviada. Solo esperaba haber dado con Vik a tiempo.
—Vale, cuídamelo. Vamos para allá. De todas formas, aquí no había nada.
—¿Dónde? —preguntó Kim con la sensación de que se le helaba la sangre. Desde que había escuchado la confesión, esperaba poder hablar con su amigo de Tráfico antes de que investigaran en la casa de Terence Birch.
—En la casa de Birch. Todo en orden.
—Ah, v… vale, eso es bueno. Nos vemos en un ratito —dijo antes de colgar.
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Kim fijó la mirada en Bryant.
—Han registrado su casa y no han encontrado nada.
El sargento se encogió de hombros en un gesto de incertidumbre.
—Qué raro. No habrán buscado demasiado a fondo.
—Bryant… —murmuró Kim mientas su compañero le devolvía el café.
—Espabila, jefa, tienes otro personaje al que interrogar, y en la planta de arriba tenemos novedades, hemos progresado.
Bryant se giró y se alejó, dando por terminada la conversación.
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Capítulo 32
—Ya estoy aquí, siento la espera —se disculpó Kim ante el segundo hombre cuando este tomó asiento al otro lado de la mesa de la sala de reuniones. La sala de interrogatorios número uno seguía ocupada con la víctima de agresión sexual, y Philip Drury estaba en la dos, esperando nervioso a que llegara Vik.
—No se preocupe. Entiendo que estará muy liada. Permítame presentarme: Ryan West, profesor de lengua.
—Mi compañero de recepción me ha dicho que conoce usted a nuestras dos víctimas, ¿es eso cierto?
Maldito Centinela, una faena que hubiera revelado el nombre del segundo cuerpo tan pronto.
El hombre asintió y Kim lo observó con detenimiento. Medía alrededor de un metro ochenta y tenía unos músculos que no provocaban que su camisa se estirara, pero sí que se hacían notar. Llevaba el pelo castaño oscuro más corto por los lados y con más volumen en la parte superior. Tenía una barba espesa, y un par de líneas sutiles que aparecían junto a sus ojos cuando sonreía indicaban que rondaría los treinta y cinco años. Era guapo y lucía impecable, y además no estaba dando muestras de ser el típico chiflado. Por el momento, le concedería el beneficio de la duda mientras vigilaba si había acudido a comisaría a tomarle el pelo y a intentar que perdiera el tiempo enviándola detrás de pistas falsas.
—Bueno, «conocer» es un término un poco exagerado y el uso del presente de indicativo tampoco es del todo correcto.
—Ya, ya —contestó Kim, sintiendo que el beneficio de la duda empezaba a desvanecerse.
—Lo siento. Intentaré explicárselo. Sé lo que tienen en común. —Continúe —instó Kim, cada vez más dubitativa. No era capaz de
imaginarse qué podrían tener en común las dos víctimas. Eric tenía
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trabajo, estaba en forma, se había comprometido en matrimonio, se preocupaba por su salud y era organizado. Paul no compartía ninguna de esas características.
—Me pareció reconocer el nombre de la primera víctima, pero al principio no lograba ubicarlo. Al ver hoy el segundo nombre en las redes sociales, he conseguido recordar y he venido de inmediato.
Kim esperó a que siguiera explicándose.
—Conocí a los dos en Welton. Formaban parte de un grupo en el que había más gente.
—¡Ah! —exclamó Kim, sin necesidad de que le detallara a qué se refería.
Welton Hall, el nombre completo de la institución, era un centro de detención de jóvenes delincuentes situado en las afueras de Wednesbury.
Si Kim no recordaba mal, antes había sido un reformatorio, y el simple hecho de mencionar su nombre había constituido una amenaza durante los años que la inspectora pasó en un centro de acogida. «Como lo vuelvas a hacer, te mandamos a Welton», eran palabras que todos los niños que pasaron por el Hogar Infantil Fairview habían escuchado alguna vez. Oírlas provocaba un miedo tan atroz en muchos niños que a veces se orinaban en la cama durante los días posteriores.
Solo cuando transcurrieron varios años Kim comprendió la vacuidad de aquellas amenazas. Welton solo acogía a chicos de quince años en adelante que habían cometido delitos. Adolescentes que ni eran lo bastante adultos para ir a la cárcel ni lo bastante jóvenes para ser enviados a centros de internamiento.
—Y usted estuvo allí porque…
—Era profesor. Fue mi primer trabajo cuando terminé la universidad. Era un idealista, quería cambiar los patrones típicos, o al menos ayudar a esos chicos a entender que los términos «habiera» o «podería» en realidad no existen.
Kim no pudo evitar esgrimir una sonrisa. Sí, estaba claro, era profesor de lengua.
—O sea, ¿pretendía salvarlos con el manejo de una sintaxis superior soberbia?
—Muy inteligente, inspectora. Me he dado cuenta. Buen uso de la aliteración, y sí, supongo que trataba de hacer algo así, que al menos aprendieran lo básico, ¿no? Existen muy pocos trabajos donde no haga
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falta leer o escribir. ¿Sabía que el cincuenta por ciento de los jóvenes de entre quince y diecisiete años tienen niveles de aritmética y alfabetización que en realidad corresponderían a los de niños de entre siete y once años? Yo quería cambiar esas cifras.
—Muy altruista por su parte, pero noto arrepentimiento en su tono, así que me imagino que su sensibilidad fue seriamente desafiada.
—Si lo que quiere preguntarme es cuánto tiempo tardé en perder los nervios, le admito que no demasiado.
—¿Me diría más o menos cuánto? —Siete meses, dos semanas y tres días.
—Sabe perfectamente qué pregunta viene a continuación. ¿Qué pasó? —Se lo cuento encantado. En un lugar así, se habla mucho de boquilla.
Dicen que para ellos es prioritario dedicar tiempo a la educación o a programas que ayuden a los delincuentes a conseguir un trabajo o a retomar los estudios. Las palabras quedan muy bien sobre el papel o adornando la página web, pero en la práctica son bastante vacías. Sé dónde está el problema. Los trabajadores no ponen demasiado interés y los infractores tampoco. Para cambiar las cosas, al menos a uno de ellos tiene que importarle algo. No pude soportar el desánimo, la desilusión. Llegué lleno de energía y entusiasmo, pero, con el paso de las semanas, fui desencantándome. Tenía veintidós años y no quería cumplir los veintitrés sin esperanzas.
—¿Y todos los niños tenían el mismo problema? ¿Estaban todos desmotivados? —preguntó Kim, que se había sentido incómoda con la generalización. Llevaba toda la vida luchando contra el estigma de ser una «niña de acogida» y, como ocurría en cualquier grupo de personas, las había buenas y malas.
—No todos. Había algún caso extraño que sí que quería sacar provecho de cualquier oportunidad educativa que se presentara.
—¿Y qué me dice sobre Eric y Paul? ¿Querían mejorar?
—Ni de coña. Esos dos eran un par de desgraciados.
—¿Ha dicho antes que eran parte de un grupo en el que había otros chicos? —preguntó Kim empezando a notar cierta ansiedad en el estómago.
El hombre se rascó la cabeza.
—Sí, estaban Eric, Paul, Leyton, Nathan, Dean y un chico mayor llamado Ian. No recuerdo sus apellidos, pero ese era el grupo, creo.
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Kim había contado los nombres con los dedos.
—¿Está seguro de que no hay ninguno más?
Ryan la estudió durante un instante y a continuación asintió.
Kim pensó en la numeración de los tuits. No tenían nada que ver con el número de los mensajes o con el orden de los mismos. Uno de seis. Dos de seis.
El asesino les estaba proporcionando un informe sobre el progreso de su tarea.
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Capítulo 33
Eran ya casi las seis cuando Kim acompañó a Ryan West a la salida del edificio.
El hombre le dejó su dirección y su número de teléfono, y se ofreció a ayudar en lo que hiciera falta. Ella le dio las gracias por su tiempo, consciente de que tarde o temprano habrían descubierto el vínculo entre las víctimas que Ryan le había detallado, pero gracias a él podrían ponerse de inmediato con esa línea de investigación.
En aquel momento, no se le ocurría nada mejor que llegar a casa, darse una ducha con agua hirviendo y pasar la noche con su chico. Los mensajes que Charlie le había ido mandando a lo largo del día la habían dejado tranquila, pues aparentemente Barney no había sufrido lo más mínimo en su ausencia. Una reunión rápida con el equipo y daría por terminada la jornada laboral.
Kim se dirigió a las escaleras sintiéndose más ligera que cuando las había bajado. Sus tobillos parecían haber estado soportando el peso de tratar de desvincular el nombre de Stacey del caso de Terence Birch. Y, de alguna manera, eso había sucedido. No le iba a dar demasiadas vueltas al asunto del santuario que encontraron en la pared de la casa de ese hombre. A fin de cuentas, Vik y su equipo habían entrado en la propiedad y no habían encontrado nada. No sabía con certeza cómo había sido eso posible, pero tampoco quería saberlo. Sospechaba que alguien habría escondido las fotos de forma creativa, pero nunca lo preguntaría. Ahora tenían al culpable y Stacey estaba libre de toda sospecha. El día estaba resultando mejor de lo que había imaginado.
—Hola, Vik —saludó al ver al agente de Tráfico al pie de la escalera
—. Espero que te haya gustado tu regalo. —La inspectora intentaba que el alivio que sentía no resultara obvio. Su compañera había quedado fuera del punto de mira.
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—Por supuesto —respondió Vik sonriendo—. Y, si quieres continuar y resolver el caso al completo, reservo para irme por ahí este fin de semana con mi señora.
—¿Qué queda por hacer? —preguntó Kim, sintiendo de nuevo algo de peso en sus tobillos.
—Te conté que había declaraciones contradictorias entre los testigos, pero en una cosa todos estaban de acuerdo. Que había un coche que avanzaba a toda velocidad hacia Terence Birch desde el otro lado de la calle, provocando que corriera hacia delante y se cruzara en la trayectoria de la furgoneta que conducía el señor Drury.
—Vale, ¿y cuál era la fuente de contradicción en las declaraciones? —Si el coche que iba a toda velocidad era azul claro o plateado, pero
el señor Drury nos lo ha aclarado.
—¿Y bien?
—Se trataba de un coche pequeño, un Clio, un Focus o algo así, y era azul claro, sin dudas.
—Vale, Vik, gracias —dijo Kim, agarrándose con fuerza a la barandilla mientras subía las escaleras.
Conocía a alguien que conducía un Ford Focus azul claro.
Stacey volvía a estar en el centro de la diana.
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Capítulo 34
—Pues no, ninguno de los dos hombres me ha hecho perder el tiempo, admito que me equivoqué —dijo Kim, entrando en la sala de la brigada—. Y antes de que alguien consulte en los libros de historia para comprobar cuándo fue la última vez que eso sucedió, fue allá por los años los noventa.
La inspectora cogió la taza que Bryant le había llevado y la rellenó. —Os cuento, la primera persona con la que he hablado ha admitido ser
el hombre que mató a Terence Birch. No tiene ningún vínculo con Birch, y no parece haber sido intencionado. Vik ha hablado con él, pero parece que hubo otro coche implicado que podría haber sido responsable de forzar a Birch a ponerse en la trayectoria de la furgoneta que se aproximaba hacia él. Os contaré más cuando haya novedades.
Por el rabillo del ojo, Kim vio que la expresión de alivio de Stacey se tornaba pensativa y, aunque aún no era capaz de mirarla a los ojos sin enfadarse, no estaba preparada para darle los detalles que ya conocía sobre el coche. No al menos hasta que hubiera investigado un poco al respecto.
—El segundo tipo nos ha facilitado un vínculo entre las dos víctimas.
Ambos estuvieron algún tiempo en Welton Hall.
Kim se preparó para las expresiones de sorpresa y emoción que les debía provocar tal descubrimiento, pero no se produjeron.
—Ya lo sabíamos, jefa —explicó Penn, haciendo un gesto con la cabeza a Stacey, que se hizo cargo de la narración.
—Según el Ordenador Nacional de la Policía, nuestro primer hombre, Eric Gould, fue condenado por agresiones físicas cuando tenía quince años. Dejó a su víctima bastante maltrecha. Nariz rota, labio partido, dos dientes delanteros arrancados y hematomas por todo el cuerpo.
—¿Quién fue su víctima? —preguntó Kim.
—Cheryl Gordon, su novia, que ya no quería seguir siéndolo, razón por la cual Eric le dio una paliza —explicó Stacey antes de pegar un pósit
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en el borde de su escritorio. La dirección de Cheryl Gordon.
Kim mantuvo sus emociones bajo control. Deseó que Cheryl Gordon hubiera visto las noticias y reconocido el nombre.
—¿Y Paul?
—Paul agredió sexualmente a una chica después de una fiesta en el instituto. Ella había bailado con él una vez y no quiso volver a hacerlo. La siguió hasta su casa y la agredió a unos veinte metros de la entrada.
La mirada de Kim se dirigió hacia la única foto de Paul Brooks que se había colocado en la pizarra. Asintió con la cabeza.
—¡Son letras! —percibió.
—Sí, también lo hemos visto, jefa. El tipo que buscamos posicionó a Eric formando una A, por «agresor», y a Paul en una V, por «violador».
—Maldita sea, vaya par de dos. ¿Alguno de ellos reincidió?
—No que sepamos —contestó Stacey. —¿Tenemos la dirección de la víctima de Paul? Stacey pegó otro pósit en el borde de su escritorio. —Su nombre es Daisy Hobbs.
—Entonces, si ninguno de los dos ha reincidido, esto tiene que ser algún tipo de castigo por aquellos delitos. Pero obviamente no se trata de la misma víctima en todos los casos, así que ¿podríamos estar enfrentándonos a más de un asesino? —preguntó Bryant.
—En ambos casos el modus operandi ha sido idéntico, y además es muy difícil de replicar en dos personas diferentes —dijo Stacey mientras crecía la perplejidad.
—Mmmm… Bueno, por último ¿también le habéis encontrado un sentido al sistema de numeración de los tuits de Centinela? —preguntó Kim.
Las expresiones vacías de sus compañeros indicaban que se habían olvidado de eso.
—Es su progreso. Uno de seis, dos de seis. Está hablando del número de las víctimas.
—¿Faltan otras cuatro? —preguntó Bryant.
—No si podemos evitarlo. Su antiguo profesor, Ryan West, me ha dado otros cuatro nombres que, junto a nuestras víctimas, formaban un grupo de seis particularmente despreciable en Welton.
Stacey sacó su bloc de notas, pero Kim le hizo un gesto con la mano para que lo apartara. Se estaba haciendo tarde y todos necesitaban
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descansar.
—Ya está bien por hoy. Marchaos. Nos vemos aquí a la hora habitual. Todos recogieron sus cosas y se despidieron con el típico «buenas
noches» al salir.
Por desgracia, era poco probable que la noche fuera a ser muy buena para Kim.
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Capítulo 35
Por primera vez en su vida, Stacey no sabía cómo actuar ni cómo sentirse al entrar en su propia casa. Le parecía un lugar ajeno a ella, corrompido, no lo percibía como el refugio seguro que siempre había sido. Era casi como si Terence Birch estuviera presente en todas las estancias del piso, aunque nunca hubiera puesto un pie allí.
La costumbre de estar pendiente de él no la había abandonado. Se había pasado el trayecto de vuelta a casa examinando cada rostro, cada figura parcialmente girada hacia ella, para comprobar si se trataba de él. Se le había acelerado el pulso en cada parada de autobús por si Birch se hubiera subido al vehículo.
El miedo parecía haberse convertido en parte de ella; su memoria corporal incluía el peinado de aceras y tiendas. No se permitía creer que había muerto; se instaba a pensar que podría haberla engañado de algún modo y que, en cuanto bajara la guardia, aparecería de nuevo bajo la ventana de su habitación. Incluso en aquel momento, después de entrar en su casa, sentía la necesidad de acercarse a la ventana para asegurarse.
Sin duda, su calvario no podía haberse acabado así sin más.
Stacey era consciente de que parte de su malestar se debía a que se sentía insegura con Devon. Habían tenido muchas peleas a lo largo de los años, pero siempre se habían propuesto no irse a la cama sin solucionar el problema.
La terquedad que ambas compartían había provocado en algunas ocasiones que al salir el sol las dos estuvieran sentadas en silencio, ninguna dispuesta a ceder.
Había sido bastante fácil comunicarse a través de mensajes y emoticonos a lo largo del día, pero ¿cómo iban a desarrollarse los acontecimientos a partir de entonces?
—Hola, nena —saludó Devon, apareciendo en el umbral de la puerta.
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Stacey dudó.
Devon abrió los brazos y Stacey se dejó abrazar por ella.
Ambas empezaron a disculparse al mismo tiempo.
—No, no —dijo Devon, cogiéndola de la mano—. No tienes que pedirme perdón por nada.
Stacey se dejó conducir hasta el sofá.
—Escúchame, reaccioné fatal. No debería haberme enfadado contigo. Debería haberte escuchado y haber permitido que te explicaras. Debería haberte apoyado en lugar de perder los nervios. Tú eres la víctima de esta situación, no yo, y me rompe el corazón que hayas estado sufriendo sola. No paro de pensar en eso. Ese hijo de puta te ha hecho pasar un infierno, y ni siquiera lamento que se haya muerto.
Stacey se inclinó hacia su mujer, sintiendo la seguridad y la confianza de la Devon que conocía.
—No parece real, Dee. Es que no soy capaz de aceptar que todo ha acabado. —Se dio varios golpecitos en la cabeza—. Es como si todavía estuviera aquí metido.
—Pues claro que lo está, amor, porque ha vivido ahí durante un tiempo. La amenaza que representaba siempre ejerció más influencia sobre ti que él mismo. Es como si fuera un eco. La voz se ha ido, pero su recuerdo permanece.
Stacey se acercó más, encontrando ya consuelo en la confianza de Devon.
—Y, como cualquier eco, se desvanecerá. Aparecerá otra cosa que irá llenando gradualmente el espacio que él ocupaba.
—¿Tú crees? —preguntó Stacey, que no sabía si alguna vez volvería a sentirse como antes.
—Por supuesto, pero va a llevar su tiempo. Te has habituado a una forma de vivir. Una existencia horrible, estresante y llena de ansiedad. Tu cuerpo ha aprendido a estar preparado para reaccionar en un instante, ya sea para pelear o para huir. Es como una goma elástica que tiene que volver a su estado original.
—Creo que la jefa no lo ve así. Han cogido al tipo que atropelló a Birch, pero aún no es capaz ni de mirarme a los ojos.
Sintió que Devon se tensaba un poco al oír el nombre de Birch. —¿Ya lo han pillado?
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—Sí, vino a comisaría y confesó. Caso cerrado. Pero no estoy segura de que las cosas con la jefa vayan a volver a ser como antes. Llama a Penn cuando necesita algo en vez de a mí —explicó Stacey, consciente de que Devon entendía lo hiriente que aquello resultaba para ella—. Creo que no confía en que sea capaz de hacer mi trabajo.
—Pero lo hará, amor —la tranquilizó Devon—. Ya sabes que, cuando se trata de gestionar sentimientos, tu jefa no es una persona normal. Deja que Penn asuma un poco la responsabilidad. Eso te dará más tiempo para volver a estar plenamente centrada.
—Te quiero —dijo Stacey de repente, sintiéndose cada vez más aliviada. Cayeron lágrimas de sus ojos, y no hizo nada por contenerlas. Le sentaba bien dejarlas salir.
—Y yo también a ti, amor —respondió Devon, acercándose a ella—. Y eso es lo primero que debería haberte dicho anoche. Siento mucho la forma en que actué, pero es importante que sepas que siempre siempre estaré ahí para ti.
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Capítulo 36
Kim acababa de responder al último correo electrónico y cerró el ordenador, lista para irse a casa.
—Ah, Stone, qué oportuno que estés aquí —dijo Woody, que se había detenido bajo el umbral de la entrada de la sala de la brigada.
Como la mayoría de las reuniones que Kim mantenía con él tenían lugar en su despacho, donde solía estar sentado detrás de su escritorio, a menudo se olvidaba de la imponente envergadura que tenía su jefe.
Entró en la sala con una actitud indiferente que Kim no se tragaba. Tenía las manos en los bolsillos y se había quitado la corbata. Aparentaba ser el típico jefe que se daba una vuelta para comprobar quién quedaba por allí. Pero él nunca hacía eso.
Como era costumbre en la inspectora, su cabeza empezó automáticamente a buscar razones que explicaran aquella visita inesperada. Sin duda, si el superintendente jefe se hubiera cabreado por la actitud que había mantenido en la reunión del lunes, ya se habría enterado. Y eso habría significado que la llamaran al despacho de Woody, en la tercera planta, y no un deambular del jefe por la sala de la brigada.
Kim lo había mantenido al día de las últimas novedades del caso mediante correo electrónico, mensajes y llamadas, así que tampoco se trataba de eso.
—Acabo de encontrarme con Vik en el pasillo. Un buen policía —dijo, apoyando el trasero en el borde del escritorio de Penn.
—Sí, una lástima que se pasara al lado oscuro.
—Mmm… Vaya asunto desagradable el de Terence Birch. Un antiguo testigo nuestro —añadió.
—Y que lo diga. Trágico.
Woody se cruzó de brazos.
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—Me ha dicho que estás mostrando mucho interés por los pormenores del incidente.
Kim se preguntó cuáles habrían sido las palabras exactas que habría utilizado Vik. Lo conocía bien y estaba segura de que, fuera lo que fuera, lo habría dicho medio en broma, pero aun así había provocado que Woody detectara que la inspectora tenía cierto interés en el caso.
—Es pura curiosidad —dijo, encogiéndose de hombros—. Tuvimos una relación con ese hombre.
No era mentira.
La situación no le estaba resultando cómoda, pero sabía que, si le contaba toda la verdad a Woody, este se vería obligado a tomar medidas formales, que muy probablemente incluirían un interrogatorio exhaustivo a Stacey y un informe oficial, que quedaría grabado para siempre en el expediente de la agente, como si fuera un tatuaje.
—No hay ninguna otra razón —presionó el inspector jefe.
—No, señor, solo es curiosidad profesional.
Vale, eso sí era mentira.
—También he oído rumores de que ha habido un altercado en esta sala en el día de hoy, con gritos de por medio.
Kim se obligó a mostrar un gesto de extrañeza.
—En todo caso, un debate acalorado. Siempre ocurre cuando empezamos con un caso nuevo.
Y eso también era mentira.
—¿Está ocurriendo algo que yo deba saber, Stone? —le preguntó Woody, clavándole la mirada.
—Por supuesto que no —respondió Kim, mirándolo a los ojos y sosteniéndole la mirada, a pesar de encontrarse en un terreno que le resultaba desconocido. Las preguntas directas que le hacía su jefe solían recibir respuestas sinceras.
—Creo que estarás de acuerdo en que te he demostrado en más de una ocasión que puedes confiar en mí, que siempre cuentas con todo mi apoyo.
—Sí, señor.
—Y no me gustaría nada pensar que me estás mintiendo.
—Por supuesto que no, señor.
No tenía por qué enterarse de lo de la pared de la obsesión en la casa de Birch.
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—Porque, si rompieras esa confianza, no sé muy bien qué nos depararía el futuro.
—Claro, señor —dijo Kim.
No tenía por qué enterarse de lo del coche azul pequeño.
—Vale, Stone, no te entretengo más. Ya es hora de que te vayas a casa. Kim tenía un par de cosas que hacer de camino a casa, pero Woody
tampoco tenía por qué saber de ellas.
Trató de ignorar la sensación de inquietud que se apoderaba de ella mientras su jefe abandonaba la estancia.
Genial, le acababa de mentir a una de las pocas personas que siempre la había apoyado en todo.
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Capítulo 37
—¿Ella…? —preguntó Kim cuando una mujer con el pelo castaño corto abrió la puerta. El informe de Stacey había hecho referencia a la hermana de Charlotte, que visitaba a su madre todos los días.
La mujer asintió, y Kim mostró su identificación policial.
—¿Tiene un momento?
—¿Para qué?
Stacey había estado en lo cierto en cuanto a la hostilidad que aquella mujer mostraba hacia la policía. Opinaba que habían hecho poco por ayudar a su hermana, y lo cierto era que eso no estaba demasiado lejos de la verdad.
Kim se había pasado la última hora leyendo toda la información existente sobre las interacciones de Stacey con Terence Birch y con cualquier persona relacionada con él.
Aquel hombre había perseguido sin tregua a Charlotte Danks, obligándola a mudarse, cambiar de trabajo y a mudarse de nuevo cuando Birch se la jugó a su madre y obtuvo su dirección nueva a través de ella. Esa familia había sufrido terriblemente, y merecían enterarse de las novedades en persona.
—Se trata de Terence Birch.
—¡Por el amor de Dios, qué harta estoy de escuchar ese puto nombre! Pase —ofreció a regañadientes.
—¿Es nuestra Charlotte? —escuchó Kim gritar desde el salón.
—Me temo que no, mamá, hoy no.
—Ella, ya la están liando otra vez. Haz que se callen.
—No te preocupes, mamá, yo me encargo de ellos.
Kim observó cómo Ella entraba en el salón y se colocaba frente al sofá con ambas manos en las caderas.
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—Ya os he dicho a los dos que paréis de una vez. A mamá no le gusta, y si seguís así, tendréis que largaros.
Una mujer que aparentaba unos sesenta años contemplaba cómo Ella gritaba mirando hacia el sofá. Un sofá que estaba vacío.
—Ya van a dejar los cuchicheos, mamá. Voy a terminarme el té, pero avísame si empiezan de nuevo.
—Gracias, cariño. ¿Viene Charlotte a tomar el té?
—Hoy no, mamá —respondió Ella con la voz entrecortada.
Kim empezaba a comprender lo que Terence Birch había provocado en aquella familia.
La hermana de Charlotte le indicó a Kim que fuera con ella a la cocina. Deslizó la puerta corredera que separaba las estancias, pero no la cerró del todo.
—¿Su madre está enferma?
—Sufre demencia; en concreto, demencia con cuerpos de Lewy. Los cuerpos de Lewy, depósitos anormales de proteínas, afectan a las sustancias químicas que hay en el cerebro. Los síntomas empezaron hace un par de meses: trastorno del comportamiento del sueño REM, agitación, delirios, alucinaciones. Ve cosas que no existen. Al principio, trataba de explicarle que las figuras no eran reales, pero eso la asustaba todavía más. No le entraba en la cabeza que ella pudiera verlas y yo no. Ahora les riño y se queda contenta. Me llama por teléfono a casa y tengo que decirle que ponga el altavoz para poder echarles la bronca. Todavía no requiere atención las veinticuatro horas del día, pero con el tiempo tendré que tomar decisiones difíciles.
—Una situación muy complicada.
—En realidad, no tanto. Al menos, no todavía. Tiene sus días buenos. Lo peor es que es perfectamente consciente de lo que le pasa en sus momentos de lucidez. Cuidó a su propio padre cuando sufrió la misma enfermedad.
—¿Se encarga de ella usted sola?
—No tengo otro remedio, ¿no cree?
—Ahora sí —respondió Kim.
La mujer se apartó de la tetera que estaba removiendo; Kim no podía prolongar la desgracia de la mujer ni un segundo más.
—Terence Birch está muerto; Charlotte puede volver a casa.
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—¡¿Q… Qué?! —exclamó Ella, agarrándose a la encimera para buscar apoyo.
—Ha muerto. Lo mató un conductor que se dio a la fuga.
La hermana de Charlotte tomó asiento.
—¿Está segura?
—Vi su cuerpo con mis propios ojos.
—¡Dios mío de mi vida! —exclamó, tapándose la boca—. ¡Llevo tanto tiempo rezando por que pasara algo así! Sé que eso suena fatal, pero no voy a mentirle. Ese hombre ha destruido a mi hermana y a nuestra familia. Nuestra propia madre ni siquiera sabe dónde está Charlotte. Birch la engañó una vez, y no ha dejado de culparse por ello ni un segundo.
La mujer se quedó mirando fijamente la mesa y empezó a sacudir la cabeza de lado a lado.
—No me lo puedo creer.
A Kim le recordaba a una escena de la película Scrooged, en la que la vida de muchas personas mejoraba gracias a la muerte de un hombre.
—En serio, no se puede hacer una idea de lo que ese hombre le hizo a mi hermana. Y, si eso no fuera suficiente, nos privó a mi madre y a mí de disfrutar de ella. Ese tipo es…
—Era —corrigió Kim, acercándose y tocándole el brazo—. Use el pasado. La historia se acabó. Charlotte puede volver a casa.
A Ella se le escaparon las lágrimas, que se mezclaron con la sonrisa que aparecía también en su rostro.
—Lo siento, es que no sé cómo actuar. Madre mía, estoy deseando contárselo a Charlotte. Cogerá un tren y mañana mismo estará con nosotras. Mi madre va a…
—¿Mañana? Pensaba que vivía en Australia o en…
—Qué va. Mentí deliberadamente. Desde luego, he tenido años para ensayar la mentira. Después de aquella vez que engañó a mi madre, me juré a mí misma que nadie tendría ni idea de su paradero. Desde entonces, Charlotte ni siquiera conduce porque para hacerlo tendría que estar registrada en la página web de la DGT y no se fiaba de que Birch no diera con ella por ahí. Le he contado la misma historia a cualquiera que me preguntara por ella. Mi hermana nunca se habría mudado tan lejos de nuestra madre. Está en Newcastle, y hablamos brevemente cada dos meses. Venga conmigo a contárselo a mi madre.
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Kim siguió a una emocionada Ella hasta el salón. La inspectora no tenía clara la edad que tendría aquella mujer, pero parecía haber perdido al menos diez años tras enterarse de la noticia.
—Mamá, ¡adivina qué! —dijo Ella, que se sentó junto a su madre y le cogió la mano.
—¿Qué pasa, cariño? —respondió la mujer, abriendo mucho los ojos. —Por fin podemos volver a estar todas juntas. Terence Birch está
muerto. Charlotte puede volver a casa.
La señora Danks dio una palmadita cariñosa en la mano de su hija. —¡Anda, qué bien, cariño! Pero ¿quién demonios es Charlotte?
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Capítulo 38
Kim hizo un esfuerzo por dominar la sensación de angustia que la invadía al pasar por delante del edificio donde vivían Stacey y Devon. Las cortinas estaban echadas, así que no corría peligro de que la vieran.
Tal y como sospechaba, el Ford Focus azul claro estaba aparcado al final de la calle.
No esperaba que fuera a estar dañado. No era el vehículo que había golpeado a Terence Birch, pero sí que era posible que fuera el coche que había desencadenado el accidente.
Kim no se sentía demasiado orgullosa de estar merodeando por el barrio de su compañera. Pero algo no dejaba de rondarle la cabeza, y tenía la necesidad de resolverlo.
Caminó despacio por la acera, mirando atentamente hacia ambos lados.
A tres casas de la de Stacey, encontró lo que buscaba.
La cámara de seguridad que incluía el timbre estaba situada en el interior de un porche abierto, y Kim supuso que disfrutaría de una buena perspectiva de la calle.
Llamó a la puerta y preparó su identificación policial. Trató de quitarse de encima la sensación de estar haciendo algo malo. Era una agente de policía que quería ver una cámara de seguridad, nada más.
Una mujer de unos cincuenta y tantos años, con unas gafas apoyadas en la parte superior de la cabeza, abrió la puerta.
—Siento molestarla —se disculpó Kim, mostrando su placa—, pero veo que tiene una cámara aquí.
La mujer miró hacia el aparato como confirmando que sí, que incluía una cámara.
—Estoy investigando un robo que ocurrió anoche un par de calles hacia atrás. Quizá entre las ocho de la tarde y la una de la madrugada.
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Trato de comprobar si nuestro sospechoso pasó por aquí.
—Pase, pase —invitó la mujer, haciéndole señas para que entrara—. ¿Quiere mi teléfono?
—Si es tan amable.
La mujer lo sacó de su bolso y abrió la aplicación.
—No llamó nadie al timbre en ese intervalo de tiempo, pero la cámara coge la acera y parte de la calle.
Eso era justo lo que Kim esperaba.
—Aquí tiene —le ofreció, pasándole el teléfono—. ¿Necesita algo más?
—No, con esto es suficiente, gracias —respondió Kim, poniendo en marcha la grabación.
Era una cámara con sensor de movimiento, por lo que solo captaba los momentos en los que había alguna actividad.
Kim vio y descartó un gato que escalaba el muro y un perro que se detuvo a orinar sobre las plantas de la mujer. Rezó para que eso fuera lo peor que tuviera que ver.
21:21 – Pasa un coche. No es Devon.
21:37 – Pasa un coche. No es Devon.
21:49 – Pasa un coche. No es Devon.
22:01 – Aparece una persona en escena.
Su corazón dio un vuelco al darse cuenta de que la persona que había emergido era Terence Birch.
El hombre se detuvo y se giró.
A Kim se le secó la boca.
Devon apareció en la grabación. Se encaró con Birch, señalándolo y gesticulando de forma vehemente.
Terence Birch parecía no decir nada. No respondía a su rabia, más bien daba la impresión de divertirse con ella.
Kim vio cómo Devon levantaba la mano y le daba un puñetazo en la cara, y a continuación se daba la vuelta y se alejaba.
No era lo que a la inspectora le habría gustado ver, pero el puñetazo no le había matado, por muy incriminatorio que fuera.
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Birch se frotó la barbilla y acto seguido salió del plano. Kim continuó observando. «Que no haya nada más», rezó para sí misma.
22:17 – Pasa un coche. No es Devon.
22:21 – Pasa un coche. No es Devon.
22:23 – Pasa un coche. Es Devon.
Mierda, exactamente lo que se temía.
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Capítulo 39
—Venga, compañeros, vamos al lío —dijo Kim, tratando de que no le temblara la voz.
No estaba de muy buen humor. La causa no la tenía muy clara; quizá era porque apenas había pasado tiempo con Barney, pero tal vez se debía a lo que había visto en la cámara de seguridad la noche anterior. Un descubrimiento que había decidido no compartir con nadie.
Tampoco la ayudaba el hecho de que aún no fuera capaz de mirar a Stacey a la cara. No se sentía orgullosa de ello, pero era lo que había.
—Siguiendo con lo de ayer, creo que podemos estar seguros de que Centinela es el asesino que buscamos. Publicó el nombre de Paul Brooks antes de que se diera a conocer oficialmente. Parece pensar que Brooks no merecía compasión. O bien tenemos entre manos a un justiciero contemporáneo que cree que sus víctimas no pagaron lo que debían por los crímenes que cometieron, o bien nos falta algún detalle por descubrir del tiempo que las víctimas compartieron en Welton. De modo que necesito hablar con alguien de ese centro, concertadme una cita cuanto antes.
Hizo una pausa.
—Ryan West, el profesor de inglés, me dio cuatro nombres más: Dean, Nathan, Leyton e Ian. No recordaba apellidos, así que puede que nos resulte difícil dar con ellos hasta que obtengamos más información de Welton.
Dio un sorbo a su café.
—Es también razonable pensar que Don Beattie, el hombre que vive en la dirección a la que está vinculada la cuenta de Twitter, no es nuestro Centinela. Poneos a trabajar en averiguar cómo está accediendo al servidor el tipo que buscamos. Es posible que obtuviera la información necesaria durante un robo reciente en el domicilio de Don, en el que no se sustrajo nada.
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—Entendido, jefa —dijo Penn.
—Quiero saber también dónde se puede conseguir fentanilo y qué tipo de conocimientos se necesitan para poder inyectarlo. Además, hay que listar los movimientos de Paul Brooks durante las horas previas a su asesinato. Creemos que a Eric lo pincharon en la puerta del gimnasio, y quiero saber dónde le ocurrió a Paul. Sigo queriendo enterarme también de como traslada luego los cuerpos.
Penn asintió.
—La autopsia es a las diez, pero bueno, os dejo a vuestra elección si asistís o no. Os he dado suficientes tareas.
Kim dio otro sorbo a su café. Había una cosa más, pero para ello tenía que hablar con Stacey.
Durante su paseo nocturno con Barney, cayó en la cuenta de que hasta entonces jamás se había enfrentado a un asesino de esas características, a alguien que mantuviera deliberadamente vivas a sus víctimas para que los servicios de emergencia destrozaran la escena del crimen, a un asesino que se dedicara a pregonar sus crímenes a los cuatro vientos en las redes sociales.
Tenía que entender como fuera a qué se estaban enfrentando. —Stace, ¿puedes llamar a Alison? —Eh… no, jefa.
—¿Perdona? —reaccionó Kim bruscamente. No era el mejor momento para que la ayudante de detective rechazara una petición suya.
—No voy a poder localizarla, jefa. Está escalando en Shropshire. Tiene el teléfono apagado.
—En Shropshire, ¿dónde en concreto?
Stacey dudó.
Kim la fulminó con la mirada.
—En algún lugar llamado Nesscliffe.
Kim se terminó el café.
—Bryant, coge tu abrigo y un mapa. Parece que vamos a empezar el día con un recorrido turístico.
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Capítulo 40
—¿Estás bien, Stace? —preguntó Penn cuando Bryant y la jefa ya habían salido de la oficina.
—Sí, estoy bien. Gracias por preguntar.
Para Penn, aquella había sido una de las reuniones informativas más incómodas que había vivido a lo largo de toda su carrera profesional. Su antiguo jefe en West Mercia, Travis, era brusco, dictatorial y excluyente. En comparación, lo de la jefa aquella mañana no había sido para tanto, pero la actitud que había mostrado no dejaba lugar para conversar, hacer alguna broma o responder cualquier cosa a no ser que ella hubiera preguntado explícitamente.
—Ya sabes que está así porque se preocupa por todo —trató de tranquilizar a su compañera. Aunque no siempre era fácil entender a la jefa, lo que Penn decía era una verdad como un templo.
—Lo sé —respondió Stacey con tristeza.
Penn deseaba poder hacer lo que fuera para ayudar, pero las cosas se terminarían solucionando con el tiempo, como solía decirle su madre. Todo el mundo sabía que la jefa era absolutamente leal a todos ellos, y ya no digamos protectora, sobre todo con Stacey. En opinión del sargento, Stacey era como la hermana pequeña que la jefa nunca había tenido. Por desgracia, cuando algo le dolía a Kim, solía manifestarse en forma de ira, y por tanto a Stacey no le quedaba más remedio que resistir la tormenta hasta que pasara. Poco podía él hacer para ayudar.
—Vale, ¿de qué tareas prefieres encargarte? —preguntó Penn.
Stacey miró las notas que había tomado.
—Eh… Me quedo con los historiales de las víctimas y con los movimientos de Paul.
—Vale, porque ya te digo yo que prefiero no saber demasiado de los movimientos de Paul —dijo Penn, enarcando una ceja.
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Stacey se rio del chiste, y Penn cayó en la cuenta de que hacía mucho tiempo que no escuchaba ese sonido.
Y así fue como se dio cuenta de que había alguna forma en la que podía ayudar.
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Capítulo 41
Eran ya casi las nueve de la mañana cuando Bryant dejó el coche en el aparcamiento de Oak. Era lo más cerca que se podía aparcar del Área de Conservación de Nesscliffe, que, según lo que había leído Kim en el trayecto de una hora desde la comisaría por la A458, abarcaba cerca de treinta hectáreas. Había considerado la opción de pedirle a Bryant que diera media vuelta, consciente de que dar con Alison sería como encontrar una aguja en un pajar. Según lo que había leído, la superficie incluía dos colinas arboladas, una cresta cubierta de brezo y un castro de la Edad de Hierro. Las antiguas explotaciones mineras, ahora transformadas en acantilados de arenisca roja blanda, solo ocupaban una pequeña parte de la extensión.
Kim divisó el Citroën de Alison cuando se bajó del coche.
El sol empezaba a asomar entre las nubes, ofreciendo una temperatura agradable, unos diecinueve grados, con una suave brisa. Un tiempo perfecto para escalar, o no, meditaba Kim mientras se dirigía junto a Bryant hacia un sendero muy trillado que esperaba que los condujera hasta el lugar donde se podía practicar escalada.
—¿Por qué hace esto la gente? —preguntó, entrando en una zona arbolada.
—¿El qué? ¿Tomarse algo de tiempo para descansar? —respondió Bryant.
—No, hombre, eso lo entiendo, más o menos, pero ¿por qué exponerse a algo así?
—¿Por la adrenalina, tal vez? ¿Por hacer algo completamente diferente?
—Pues, chico, vete a España, ponte moreno, léete un libro.
—Se trata de la aventura, jefa. De buscar un momento para poner a prueba tus nervios, salir de tu zona de confort —ofreció Bryant con una
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sonrisa que se podía percibir en su voz—. Esta mujer está de permiso. Kim se preguntó si aquel había sido el último recurso de Bryant para
que no acosara a Alison durante su tiempo de descanso.
—Genial, pues mándale un mensaje al tipo que estamos buscando y pídele que se tome un respiro hasta que Alison vuelva al trabajo.
—Hay más psicólogos, jefa —contestó Bryant cuando la densidad de los árboles ya comenzaba a disminuir.
Es verdad, los había, pero ella confiaba en todos ellos mucho menos que en Alison.
—¡Joder! ¿De verdad va a escalar eso? —preguntó Kim, mirando hacia arriba. El acantilado que tenían frente a ellos se elevaba hasta casi cincuenta metros.
No le cabía en la cabeza el hecho de enfrentarse a una situación en la que solo un trozo de cuerda se interponía entre uno mismo y una muerte instantánea.
Encontraron a Alison al pie de la roca, entre un grupo de seis o siete escaladores, ya equipados y listos para escalar.
—Menos mal, me alegro de verte aún aquí —dijo Kim. Estaba claro que quería mantener a Alison aún en tierra como fuese.
La mujer se quedó inmóvil antes de girarse. Cuando lo hizo, su rostro reflejaba un horror absoluto.
—¡No puede ser! —exclamó, moviendo la cabeza de lado a lado, incrédula.
—Sí puede ser —respondió Kim, llegando hasta la mujer—.
Necesitamos tu ayuda.
Los instructores y escaladores observaban la escena con interés. —Eh… No estoy trabajando —dijo Alison entre dientes—. ¿Acaso no
ha quedado claro con la respuesta automática de mi correo electrónico y mi buzón de voz?
—Sí, pero, como acabo de decirte, te necesitamos.
Kim miró hacia el grupo.
—¿Podéis darnos un momento, chicos?
Todos empezaron a alejarse, pero el instructor que sujetaba la cuerda que Alison tenía atada a su cuerpo solo retrocedió un par de pasos.
—Tenemos a un asesino suelto —dijo Kim, bajando la voz.
Alison la miraba como si aún no se pudiera creer lo que estaba viendo. —¿Te haces una idea de lo complicado que es atarse esto?
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—¿Cuántas veces tengo que decirte que necesitamos tu ayuda? — protestó Kim, preguntándose por qué Alison no estaba ya desenredándose de aquel arnés de aspecto complejo.
—¿Y tú cuántas señales más necesitas para darte cuenta de que no estoy disponible?
—La roca va a seguir ahí cuando lo hayamos cogido —dijo Kim. —Me da igual, no se trata de eso —respondió Alison, mirando hacia el
instructor.
—Está dejando a sus víctimas al borde de la muerte, de forma que cuando las encontremos aún estén vivas —explicó para despertar el interés de Alison. Sabía que a esa mujer le encantaban los casos interesantes.
—Te da completamente igual caer tan bajo, ¿verdad? —preguntó Alison, sacudiendo la cabeza.
—Y tanto.
—¿Sabes? Algún día deberíamos tener una buena charla sobre tu percepción de que tienes derecho a hacer cualquier cosa.
—Gran idea. Nos vemos en comisaría y podemos… —Estoy lista, Pete —dijo Alison al instructor. —No lo hagas, Pete —pidió Kim. El hombre se puso en posición.
—No se ofenda, pero ella es la que me paga.
—Pero ella no puede arrestarte —amenazó Kim.
—Usted tampoco si no he hecho nada malo —respondió con una sonrisa confiada.
—¿Quieres apostarte algo? De momento, estoy considerando acusarte de obstrucción si permites que suba más.
—Y yo estoy considerando revelarle que trabajo para la fiscalía, así que sé que lo que acaba de decir es un disparate. —Hizo una pausa—. Alison, estamos listos.
—¡Alison! —gritó Kim cuando la mujer empezó a escalar.
—¡Búscate a otro! —respondió por encima de su hombro.
Bryant dio un paso adelante.
—Jefa, creo que te lo ha dejado muy claro.
Kim se volvió hacia el otro instructor, que observaba divertido la situación.
—Oye, amigo, engánchame, ¿vale?
—¡Oh, Jesús! —exclamó Bryant, retrocediendo.
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—Me llamo Nick. ¿Ha hecho esto alguna vez antes? —Aprendo rápido —respondió la inspectora. Alison no se le iba a escapar tan fácilmente. —Tome, póngase esto —le dijo, pasándole un casco. —¿Para qué me va a servir si me caigo?
—Pues para no mucho si está muy arriba —respondió el instructor, mirando hacia la cima—. Se trata más bien de protegerse la cabeza de las piedras que puedan desprenderse o del propio equipo de seguridad.
—Vale, porque no pienso llegar tan alto. ¿Qué coño es eso? — preguntó mientras el hombre sacaba un artilugio compuesto por tres aros.
—Es un arnés. Esto va alrededor de su cintura y estas son las perneras. —Maldita sea, si fuera a perseguirla vestida como el rey Arturo, no tendría que ponerme tantos cacharros. ¡Oye, cuidado, campeón, vigila bien
dónde pones las manos!
Nick mantuvo una expresión seria mientras le colocaba el arnés, pero Bryant estalló en una carcajada.
—¡Vamos, vamos, vamos! —urgió Kim, que veía cómo Alison se iba alejando de ella.
Para cuando le hubo terminado de explicar cómo usar los mosquetones, los ascensores y los descensores, Alison le llevaba ya más de diez metros de ventaja.
Clavó los pies en una fisura y tiró de los ascensores para ayudarse a subir. No necesitaba alcanzar a Alison, pero sí al menos estar a una distancia de ella en la que pudiera escucharla, aunque fuera a gritos.
La psicóloga conductista parecía haber llegado a un punto que requería tomar una decisión. Mientras ella pensaba su siguiente movimiento, Kim fue capaz de avanzar unos metros. Una vez más, se preguntó por qué coño alguien haría aquello por elección propia.
—¡Oye, Alison! —gritó.
La mujer miró por encima de su hombro izquierdo.
—De verdad, inspectora. Tienes un problema con los límites. Vete de una vez, yo no voy a ir a ninguna parte.
Kim ajustó los ascensores para subir casi otro metro.
—Está vomitando odio a través de las redes sociales.
—Bien por él. Yo estoy de vacaciones.
Medio metro más.
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—Parece que coloca a sus víctimas de forma que parezcan letras, incluso les rompe algún hueso con ese objetivo mientras aún están vivas.
—Sigo estando de vacaciones —murmuró Alison.
Kim se estaba quedando sin recursos para seguir tentándola.
—Parece que ambos chicos estuvieron en Welton, un centro de detención juvenil que…
—Sé lo que es Welton. No sé de cuántas formas diferentes tengo que decirte que no voy a renunciar a mis vacaciones para trabajar en ese caso, digas lo que digas.
«¿En serio?», pensó Kim.
—Pues qué lástima, porque a tu mejor amiga seguro que le vendría bien tener a una amiga cerca en estos momentos.
Kim golpeó el descensor de la forma en la que le habían enseñado y controló el trayecto de vuelta hacia el suelo.
—Oye, ¿qué le pasa a Stacey? —gritó Alison.
Kim se desabrochó y se quitó el arnés.
—Eh, ¿qué está pasando? ¿Por qué necesita Stacey…?
—Gracias, chicos —dijo Kim, ignorando la voz que provenía de arriba.
Empezó a caminar de vuelta al coche.
Los gritos de Alison sonaban cada vez más tenues y apagados.
—Vaya tela, jefa. Eso no ha sido demasiado ético.
Kim se encogió de hombros mientras continuaba caminando.
Alison había dado en el clavo: le daba absolutamente igual lo bajo que cayera si eso servía para resolver aquel caso.
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Capítulo 42
—Bueno, Stace, sé que tienes muchas cosas en la cabeza, pero necesito tu ayuda con una cosa y cada vez tengo menos tiempo —soltó Penn en un impulso.
Stacey levantó la vista del ordenador.
—Madre mía, Penn, ¿qué te pasa? —respondió, contemplando el rostro de pánico que tenía su compañero.
—He quedado con Lynne esta noche temprano para picar algo. Vamos a hacer un pícnic en Clent antes de que empiece su turno de noche.
Había sido difícil encajar algún plan en sus horarios de trabajo, pero se trataba de una ocasión especial.
—Vale —contestó Stacey, sintiéndose menos preocupada ya por su compañero.
—Es que es nuestro aniversario. Hacemos seis meses.
—¡Anda, felicidades! Pero ¿por qué te causa tanto estrés cualquier cosa que esté relacionada con eso? ¡Oh, mierda! No irás a romper con ella, ¿verdad?
Penn sacudió la cabeza y esgrimió un leve gemido en forma de queja. Tenía que poner en palabras los pensamientos que estaban rondándole la cabeza.
—¿Qué se supone que debo hacer?
—Penn, ¿es una pregunta trampa?
—Hacemos seis meses. ¿Cuánta importancia hay que darle? Vamos a hacer un pícnic porque es lo único que nuestros turnos de trabajo nos permiten hacer hoy, pero ¿debería reservar un restaurante elegante para el fin de semana? ¿Le compro un ramo de flores enorme? ¿Le hago una tarjeta de felicitación? ¿Contrato un dirigible para que sobrevuele sobre nosotros con una pancarta? ¿Hago algunas de esas cosas o mejor ninguna? Y, si elijo alguna, ¿cuál…?
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—Tranquilo, hombre —interrumpió Stacey—. ¿Por qué te preocupa tanto?
—Porque quiero hacer lo correcto, lo apropiado. No me gustaría pasarme por si eso la asusta, y tampoco quedarme corto para que no piense que no cuido los detalles y que me da igual.
—A ver, Penn, tienes que dejar de pensar que la vas a cagar. De verdad, yo creo que Lynne sabía lo que sentía por ti desde hace mucho tiempo y solo estaba esperando a que tú lo sintieras igual. Tienes que tomarte todo con más calma.
—Ya lo sé. Pero ¿y si hago algo mal?
Una mirada extraña recorrió el rostro de Stacey antes de que contestara.
—Todos cometemos errores en nuestras relaciones. Algunos pequeños y otros grandes, pero tenemos que hacer siempre lo que nos parezca correcto en ese momento determinado.
Penn no sabía si Stacey se estaba refiriendo a él o a sí misma.
—Bueno, ¿tienes alguna idea concreta? —preguntó Stacey.
Penn metió la mano en la bolsa que tenía a los pies.
—Tengo dos regalos —explicó, colocándolos sobre el escritorio—. Un vale para un libro y una pulsera de oro.
—Enséñame la pulsera —pidió Stacey.
Abrió la caja y mostró lo que la dependienta había descrito como una «pulsera delicada de estilo belcher». Tenían cadenas más voluminosas en la joyería, pero a Lynne no le gustaban las joyas aparatosas.
—¡Es preciosa! —dijo Stacey con admiración. Luego abrió mucho los ojos—. ¿Y lo del vale para un libro?
—A ella le gusta leer —se defendió, sintiendo que Stacey se burlaba de esa elección—. No sé qué sería lo más apropiado para un aniversario de seis meses —dudó, contemplando ambos regalos.
—Penn, respóndeme a una cosa. ¿Cómo te hace sentir Lynne? —Completo —respondió sin pensar—. Cuando la veo, siento que hay
más luz en el mundo. Ella es siempre lo primero en lo que pienso cuando me despierto. Cuando sé que voy a verla, deseo que pasen las horas lo más rápido posible, y cuando estoy con ella, no quiero que se vaya nunca. Estoy loco de contento por la relación que está construyendo con Jasper y, en resumen, literalmente, no puedo imaginarme la vida sin ella.
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Stacey se quedó mirándolo; Penn juraría que podía ver alguna lágrima en los ojos de su compañera.
—Entonces, ¿qué debería regalarle, el vale o la pulsera? —preguntó Penn, que seguía sin estar seguro de la elección más correcta.
—La pulsera, Penn. Sin duda, la pulsera.
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Capítulo 43
Welton no parecía ser menos intimidante para los adultos que para los niños, reflexionaba Kim mientras Bryant aparcaba ante el edificio.
Construido en los años setenta, se trataba de un edificio de hormigón anodino y desprovisto de detalles. No había nada que atenuara su rigidez, y parecía un lugar aterrador desde el momento en el que lo veías. Tampoco existían indicios de que dentro de aquellos muros fríos e implacables fueras a encontrarte calidez alguna.
A la inspectora la recorrió un escalofrío cuando se acercaron a las puertas dobles de la entrada. Probablemente, durante casi toda su adolescencia, había estado a apenas una pelea de acabar en un lugar como aquel.
En décadas posteriores se habían construido instalaciones con propósitos similares en las que Kim había percibido la intención de hacerlas parecer menos amenazadoras. Había visto fotos de Hindley, en Manchester, construido con ladrillo claro, que parecía más o menos un edificio de oficinas.
Stacey les había conseguido una cita con el director, que se iba a retrasar unos minutos. Tras mostrar sus identificaciones policiales en el mostrador de recepción y seguir los protocolos de seguridad, los hicieron aguardar en una sala de espera.
—Bastante deprimente hasta el momento —observó Bryant, sentándose en una de las sillas cuadradas.
Kim se quedó de pie junto a una ventana pequeña, que tenía el mismo estilo que las del resto del edificio.
—Supongo que es justo lo que se pretende —aseguró.
Bryant no se equivocaba, pero era importante tener en cuenta que aquel no era un centro para niños revoltosos. Los internos de Welton habían cometido delitos, violado la ley. No estaban allí por haber tenido un
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comportamiento errante o rebelde, sino por haber llevado a cabo alguna actividad delictiva. Tenían que sufrir las consecuencias de sus actos. Otra voz que provenía del interior de la inspectora, con menos fuerza que la anterior, parecía querer insistir en que, a pesar de todo, seguían siendo niños.
—Siento haberles hecho esperar —se disculpó una voz femenina desde la puerta.
Kim se sintió culpable por haber presupuesto que iban a reunirse con un hombre.
La mujer medía unos dos centímetros más que el metro ochenta de Bryant. Tenía la complexión de una atleta y el pelo largo y pelirrojo, recogido hacia atrás salvo por algunos mechones sueltos alrededor de la sien.
Bryant mostró la placa que aún no había guardado y los presentó a ambos.
—Me llamo Josephine Kirk; por favor, síganme.
La mujer, brusca, no les ofreció un apretón de manos y empezó a caminar a toda velocidad. Kim y Bryant se miraron el uno al otro y comenzaron a seguirla.
Josephine abrió una puerta y les hizo un gesto para que entraran.
La oficina no era espaciosa, ni tampoco lujosa. Como en el resto de las instalaciones, todo en ella era sencillo, cuadrado y sin esfuerzos por que resultara menos hostil.
A pesar de la descortesía de Kirk, Kim estaba dispuesta a concederle el beneficio de la duda a cualquier mujer que hubiera logrado hacerse un lugar en un entorno dominado por hombres.
—Su compañera me ha hablado de un caso actual. ¿En qué puedo ayudarlos? —preguntó Josephine Kirk, y Kim percibió que ni les había ofrecido un refresco ni había intentado entablar una conversación trivial. No le importó la ausencia de ninguna de las dos cosas.
—Tenemos dos víctimas, y creemos que ambas estuvieron aquí internas.
—¿Nombres? —preguntó Josephine, tecleando algo para que se encendiera la pantalla del ordenador.
—Eric Gould.
—¿Edad?
—Treinta años.
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—Sí, estuvo aquí interno entre 2008 y 2011. ¿El siguiente? —instó, con los dedos preparados para introducir otro nombre.
—Paul Brooks.
—¿Edad?
—Treinta y un años.
—También estuvo entre 2008 y 2011. ¿Siguiente?
—Ya no hay más.
—Bueno, en ese caso, ya he contestado su…
—¿Nos puede contar algo más sobre estas dos personas? —preguntó Kim. Apreciaba la concisión, pero esperaba obtener de aquella conversación algo más que una mera confirmación. Eso podía conseguirlo a través de los archivos judiciales.
—¿Como qué?
—Cómo eran.
Kirk se encogió de hombros en un gesto de desconocimiento.
—Esa fecha es muy anterior a que yo llegara aquí. Reemplazamos al Servicio de Custodia de Menores hace apenas siete años. Por ello, no sabemos mucho a nivel personal de muchos de los prisioneros.
—Pero ¿no tienen registros? —preguntó Kim, señalando el ordenador. —Son propiedad de Acer Security Services y no se puede acceder a
ellos sin una orden judicial.
—Pero seguro que habrá alguien en las instalaciones que recuerde a aquellos chicos.
La mujer soltó un largo suspiro y se cruzó de brazos, en un lenguaje corporal que parecía querer indicar que estaba teniendo una paciencia extrema.
—Inspectora, cuando nos hicimos cargo de Welton Hall, nos encontramos con, perdone mi lenguaje, un puto desastre. El centro se construyó para albergar a doscientos jóvenes criminales y en aquel momento había casi el doble de internos. A veces confinaban a los prisioneros hasta veintiuna horas al día, y no recibían mucho apoyo en general; además, tampoco tenían muchas oportunidades en cuanto a la educación.
—No pensaba que un reformatorio tuviera que ser un lugar divertido —observó Bryant.
—Y yo no pensaba que siguieran existiendo dentro de la policía tipos tan chapados a la antigua —acusó con tono cortante—. Ya nadie usa esa
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palabra para denominar a este tipo de centros. El primer reformatorio se abrió en Kent en 1902. Estaban gestionados por los servicios penitenciarios y se inventaron con la intención de reformar a los delincuentes juveniles. Por suerte, el sistema se abolió en 1982 y se sustituyó por los Centros de Custodia de Menores. El antiguo sistema se basaba en la rutina, la disciplina y la autoridad. Porque, por supuesto, eso iba a servirles a los chavales para solucionar todos los problemas de sus vidas.
—Entonces, ¿por qué este sitio estaba todavía tan atrasado cuando se hizo cargo de él hace siete años? —preguntó Kim.
—El régimen era el mismo que el de una prisión, pero con una proporción menor de trabajadores por recluso. Es mucho más fácil mantener encerrados a los internos cuando no cuentas con suficiente personal.
—Me da la impresión de que hay un pero en lo que nos cuenta.
—Es que eso solo sirve para retrasar la violencia. Los chicos encerrados sin esperanzas por progresar son iguales que los que andan por ahí vagando con las mismas perspectivas, con la salvedad de que los primeros están aún más cabreados que los segundos. Si se les permite salir a todos, sería como abrir una botella de Coca-Cola después de haberla metido en la lavadora. Estallarían.
—¿No es cierto que tres cuartas partes de los delincuentes reinciden durante el año posterior a ser puestos en libertad? —preguntó Bryant.
—O podría decirlo al revés, que una cuarta parte de ellos no lo hace — se quejó Kirk. Kim no había tenido la impresión de que aquella fuera una mujer que viera el vaso medio lleno—. Esa es, por cierto, una estadística que trabajamos para mejorar, continuamente. Aquí en Welton, los reclusos reciben al menos veinticinco horas de formación a la semana, y tienen la posibilidad de colaborar en iniciativas de trabajo voluntario en beneficio de la comunidad.
A Kim no le interesaban todos los chicos. Solo dos de ellos.
—Pero ¿Eric y Paul…?
—No puedo darles más detalles de casos concretos. Custodiamos los registros desde que tomamos el control hace siete años y cumplimos con la protección de datos de manera rigurosa.
—¿Y no hay ningún trabajador que pueda recordar a esos chicos? — preguntó Kim de nuevo, esperando que la postura de la mujer fuera ahora
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un poco más accesible.
—Despedimos a todos los guardias del régimen anterior. No queríamos que quedara nada de él. Gestión nueva, ya sabe.
—¿Ni siquiera queda personal de cocina o de administración? Kirk sacudió la cabeza.
Kim no tenía ningún interés en la información que pudiera darle sobre delitos y condenas. La podía obtener a través del Ordenador Nacional de la Policía. De hecho, los expedientes de menores no desaparecían hasta que el condenado cumplía cien años. Lo que necesitaba eran detalles relevantes. ¿Cómo fueron aquellos chicos? ¿Se conocían bien entre sí? ¿Con qué otras personas se habían relacionado? ¿Estaban arrepentidos por los crímenes que habían cometido?
El Ordenador Nacional de la Policía no iba a saber decirle ninguna de esas cosas.
—¿De verdad que no queda nadie? —suplicó Kim.
Kirk suspiró profundamente.
—Bueno, tal vez el oficial de justicia de menores. No era alguien de quien pudiéramos prescindir. Lenny Baldwin. Creo que trabajaba en Wolverhampton.
—Muchas gracias, nos ha sido de gran ayuda —dijo Kim, poniéndose de pie.
—De nada. Encantada de ayudarlos —respondió, sin percatarse del sarcasmo—. Entonces, ¿eso es todo? ¿Hemos terminado? —preguntó Kirk, acompañándolos hasta la puerta.
—Qué va, casi no hemos ni empezado —respondió Kim—. Tenga claro que nos va a volver a ver, y la próxima vez traeremos una orden judicial.
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Capítulo 44
—Qué cabronazo —exclamó Stacey.
—¿Esa es forma de dirigirte a tu mejor amiga? —preguntó Alison desde la puerta.
—¡Buenas! —saludó Penn, levantando la vista para saludar a la conductista.
—¡¿Qué cojones?! —exclamó Stacey—. ¡Si tú estás de vacaciones! —Ya no —respondió Alison, dejando su bolso sobre el escritorio—.
Al parecer, se me necesita aquí.
Stacey no se podía creer que la jefa hubiera conseguido que Alison volviera tan rápido.
—¿Qué ha pasado?
—Me ha encontrado, acosado, intimidado y luego seguido por la pared rocosa de un acantilado.
—¿Que ha hecho qué? —balbuceó Stacey.
—Sí, sí. Ojalá tuviera fotos para enseñároslas —dijo Alison, quitándose la rebeca.
A pesar del cabreo que tenía su jefa con ella, a Stacey le hacía gracia imaginarse la escena, y aquella insistencia era una de las razones por las que siempre había valorado tenerla de su lado. Aunque sabía que ahora no era así.
—Uf, Penn, me vendría genial tomar algo calentito —dijo Alison, sentándose.
Penn dirigió un gesto significativo hacia la máquina de café, que estaba casi llena.
—Té. Me muero por una taza de té; si puedes traerme una, te voy a deber un favor bien gordo…
Penn sacudió la cabeza con impaciencia y echó la silla hacia atrás para levantarse. Miró primero a su compañera y luego a la psicóloga.
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—Supongo que no quieres que me dé mucha prisa.
—Te lo juro por Dios, Penn, me parece que estoy un poco enamorada de ti —dijo Alison.
El sargento se rio antes de salir de la sala. —Bueno, ¿qué pasa contigo, amiga? Stacey emitió un leve quejido. —¿Te lo ha contado?
Alison negó con la cabeza.
—No me ha dicho qué te pasa, solo que te vendría bien tener una amiga cerca.
Stacey sintió que se le iban a saltar las lágrimas. —¿Y por eso has renunciado a tus vacaciones? —Eh… obviamente.
A Stacey le daba igual que la jefa hubiera utilizado su situación actual como herramienta para conseguir que Alison la ayudara con el caso. Era cierto que no le vendría mal la presencia de una amiga, aunque fuera una a la que le hubiera mentido.
La ayudante de detective suspiró profundamente.
—¿Te acuerdas de que te llamé hace un par de meses para pedirte consejo sobre el tema de los acosadores?
—Claro que sí —respondió Alison, sacando un KitKat de su bolso. —Bueno, pues la que necesitaba consejo era yo. Estaba sufriendo el
acoso de un hombre al que había interrogado como testigo. No se lo conté a nadie. Ni a ti ni a Devon ni a ninguno de mis compañeros. Y el hombre en cuestión murió en un atropello con fuga el lunes por la noche. ¿Lo entiendes?
Alison se olvidó de su KitKat.
—Para nada, cariño. ¿Puedes empezar a contármelo otra vez, desde el principio?
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Capítulo 45
—¡Hombre, Alison! ¡Qué sorpresa verte por aquí! —se burló Kim, entrando en la sala de la brigada.
—Sí, te habrás quedado en shock al verme.
Kim ocultó la sonrisa que se quería dibujar en su rostro mientras se quitaba la chaqueta y la colocaba sobre el respaldo de la silla.
Según sus cálculos, Alison habría llegado unos cuarenta minutos antes, lo que habría permitido que Stacey tuviera tiempo de sobra para explicarle la situación con Terence Birch.
—Bueno, venga, chicos. Penn, deja lo que estés haciendo y consíguenos lo antes posible una orden judicial para acceder a los registros de Welton. La señora Josephine Kirk no nos ha servido de ninguna ayuda, se niega a cooperar lo más mínimo.
—Quizá podrías tratar de sobornarla utilizando el estado de ánimo de alguna de sus amigas para conseguir lo que quieres de ella —sugirió Alison.
—Qué buena idea. Qué pena que no se me haya ocurrido. Bueno, como veo que cuento con tu atención, ¿escuchaste todo lo que te dije en la pared mientras escalábamos o tengo que repetirte algo?
—Deja a sus víctimas con un hilo de vida, le gusta colocarlas de una forma determinada, incluso rompe huesos para hacerlo. Es activo en las redes sociales, y ambas víctimas estuvieron un tiempo internas en una institución para jóvenes delincuentes. ¿Me he olvidado de algo?
—No, eso es todo. ¿Qué te parece?
Alison dudó un momento antes de mirar a su izquierda.
—Creo que el culpable es Penn, me da que fue él. Bueno, no, la verdad es que fui yo. Mierda, no, que yo estaba en Shropshire. Venga, me quedo con Penn.
Kim se cruzó de brazos y esperó a que Alison dejara la broma.
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—Llevo aquí menos de una hora. Ni siquiera he abierto mi portátil, no he leído un solo informe ni una mísera declaración de algún testigo, y tampoco he visto una foto de ninguno de los cadáveres. Así que, si lo que quieres una respuesta rápida, el tipo que buscas es Penn.
Kim contuvo la sonrisa que quería escapar de ella. Había olvidado lo fácil que era sacar de quicio a Alison. Estaba recibiendo el castigo que se merecía por hacerla trepar por la ladera de un maldito acantilado.
—Vaya, parece que alguien está un poquito tenso. Me da a mí que te vendría bien cogerte unas vacaciones. Avancemos, ¿tenemos algo sobre los movimientos de Paul antes de que el asesino lo atrapara?
Stacey movió la cabeza de lado a lado.
—Me está resultando difícil dar con alguien a quien le importara mínimamente lo que Paul hiciera cualquier día de la semana, pero seguiré buscando.
—Vale, bueno, pues…
—Solo una cosa más, jefa —añadió Stacey, casi disculpándose.
Kim asintió para que continuara, medio deseando que la ayudante de detective pudiera hacer su trabajo desde la sala de archivos. El cabreo que tenía con Stacey no había disminuido lo suficiente como para poder interactuar con ella con normalidad.
—He estado echando un ojo a la cuenta de Centinela. No ha vuelto a tuitear, pero hay una cuenta interesante que retuitea todo lo que nuestro tipo postea. Comparte sus publicaciones por todas partes y se asegura de que llegue a la mayor cantidad posible de gente.
—Continúa.
—Se trata de los ABC.
—¿Quiénes son los…? ¡Mierda, no! —exclamó Kim cuando cayó en la cuenta.
Los Ángeles de Black Country eran una brigada ciudadana que operaba desde un pequeño local a las afueras de Wrens Nest.
Kim había tenido un par de encontronazos con ellos a lo largo de su carrera. Aunque no recientemente, porque parecían haber estado manteniendo un perfil más bajo. Cuando el grupo nació, casi todas las semanas arrastraban a alguien a la fuerza hasta comisaría y trataban de obligarlo a confesar algún delito que ellos consideraban que había cometido.
—¿Han hecho los Ángeles algún comentario explícito?
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—Solo emoticonos de pulgares hacia arriba.
—Genial. Nuestra brigada ciudadana local aprueba a nuestro asesino.
Joder, me conmueve.
—Pero ¿y si significara algo más que eso? —se preguntó Penn en voz alta—. ¿Y si el tipo que buscamos es uno de ellos, un justiciero de verdad, y está utilizando la plataforma para llegar a más gente?
—Es posible —explicó Alison—. Está claro que en los tuits que Stacey me ha enseñado se percibe ese tono justiciero. Resulta evidente que este tipo siente que sus víctimas necesitan un castigo, así que hay muchas posibilidades de que tenga vínculos con brigadas ciudadanas.
—Perfecto, gran reunión, chicos. Seguid con lo vuestro mientras Bryant y yo vamos a hablar con algunos de los Ángeles.
Kim dio un golpecito sobre los pósits que había en el escritorio de Stacey, donde estaban anotadas las direcciones de las víctimas de Paul Brooks y Eric Gould en el pasado.
—Averigua en qué andan. Iremos a hablar con ellas si lo vemos necesario, pero me da que el vínculo que buscamos está en Welton. El número seis está apareciendo mucho, y, de momento, esa institución es el único lugar donde sus caminos parecen haberse cruzado.
Stacey recolocó las notas en su cuaderno mientras su jefa se dirigía hacia la puerta.
La inspectora no había sido capaz de mirar a la chica a los ojos ni una sola vez, y ello se debía a más razones que la que Stacey conocía.
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Capítulo 46
—Joder, pues sí que está enfadada, ¿no? —preguntó Alison una vez que la inspectora y Bryant hubieron salido de la sala de la brigada.
—Y tanto —respondió Stacey, con cara de profunda tristeza.
En realidad, Alison aún estaba intentando procesar lo que Stacey le había contado. Se acordaba muy bien de aquella conversación que mantuvieron tiempo atrás. También recordaba haberle enviado a Stacey enlaces a artículos sobre mujeres a las que sus acosadores habían terminado asesinando, de lo cual ahora se arrepentía profundamente. Su amiga debió haber estado aterrorizada durante todo aquel tiempo.
Una pequeña parte de la Alison entendía lo que debía sentir la inspectora, aunque sabía que muchas víctimas de acoso mantienen su sufrimiento en silencio durante años. A veces sienten que exageran las cosas, que hacen una montaña de un grano de arena.
Si nada físico ha ocurrido, es fácil restar importancia al hecho de que alguien se pasee por delante de tu casa o te mande mensajes. Para los demás, es sencillo minimizar el impacto que eso puede tener tu vida.
Las víctimas siempre tienen la esperanza de que, si son bastante pacientes, todo se acabará y podrán volver a vivir su vida con normalidad.
Incluso sabiendo todo lo que lo que ella sabía sobre victimología y autoinculpación, Alison no pudo evitar sentirse un poco dolida porque Stacey no hubiera confiado en ella lo suficiente como para contarle lo que estaba pasando.
Pero nunca se lo haría saber a su amiga. Tendría siempre muy presente que Stacey era la víctima e intentaría apoyarla al cien por cien.
—Necesita un poco de tiempo —observó Alison—. Tiene sentimientos encontrados hacia ti.
—Me odia —respondió Stacey, dándose la vuelta.
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Alison no respondió mientras abría su portátil. Sabía que esa afirmación estaba muy lejos de la realidad.
La psicóloga se había sentido en un principio muy enfadada con la inspectora por el trato que estaba dispensándole a su mejor amiga. La tensión cuando ambas estaban juntas en la misma sala era palpable a leguas. Cada vez que Stacey hablaba, Kim Stone parecía no inmutarse. Alison había tenido ganas de zarandearla para hacerla entrar en razón, pero, mientras observaba y escuchaba, se había dado cuenta de algo muy importante. Allí no se necesitaba su experiencia ni su formación para resolver aquel caso. A su retorcida manera, la jefa se había asegurado de que Stacey pudiera contar con alguien que le ofreciera el apoyo que ella misma no le podía ofrecer en aquel momento.
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Capítulo 47
—Jefa, ¿te puedo preguntar qué…?
—No —respondió Kim mientras él apagaba el motor del coche.
La inspectora miró hacia la propiedad a la que había hecho dirigirse a Bryant.
—A veces simplemente tengo que pedirte que confíes en mí, ¿vale? —De acuerdo —asintió mientras su jefa se bajaba.
Kim no había compartido con nadie lo que había visto a través de la cámara de seguridad la noche anterior. Solo existía una persona con la que estaba dispuesta a hablar de ello. La persona que conducía el pequeño coche azul.
Pulsó el botón para llamar a la casa, y la voz de Devon le sonó en respuesta a través del altavoz.
—Soy yo, Stone. ¿Puedo subir?
Kim no sabía bien cómo presentarse. No había acudido a aquel lugar en calidad de amiga ni tampoco como una agente en medio de una investigación. Estaba en algún punto intermedio entre ambas cosas.
Devon la esperaba con la puerta abierta, ya vestida para irse a trabajar en su turno de noche como funcionaria de inmigración.
—No sé bien a qué has venido, pero entra.
A pesar del tono áspero que percibió en la voz de la mujer, Kim pasó junto a ella y entró en la casa que compartía con Stacey.
—Según tengo entendido, no te estás tomando demasiado bien que Stacey te haya engañado —acusó Devon, cerrando la puerta de entrada.
—¿Cuándo supiste de Birch? —preguntó Kim, volviéndose para enfrentarla.
Por mucho que fuera la mujer de Stacey, Kim no iba a discutir con ella cómo se sentía al respecto.
—Unas doce horas antes de que te lo contara a ti, por lo que sé.
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—¿Y te enfadaste?
Devon tuvo la delicadeza de parecer avergonzada.
—No estoy orgullosa de la forma en la que me lo tomé. Soy su mujer. Me di cuenta de mi error y entendí que Stacey habría estado aterrorizada durante mucho tiempo. Me disculpé y le ofrecí todo mi apoyo, y es una pena que su jefa y sus compañeros no sean capaces de…
—¿Y qué hiciste al respecto? —preguntó Kim, esforzándose al máximo para esconder la ira que sentía. Se moría de ganas por responderle, pero entonces la echaría de allí sin las respuestas que necesitaba.
—¿A qué te refieres?
—¿Qué hiciste inmediatamente después de que te lo contara?
—Me fui de casa, furiosa. Luego me serené, aclaré mis ideas, entré en razón y volví a casa.
Mierda, le estaba mintiendo.
—¿Puedes pensártelo un poco más y responderme de nuevo? —pidió Kim.
Devon se cruzó de brazos.
—¿Perdona?
—Te estoy preguntando si te importaría intentar refrescar un poco la memoria.
—¿Sabes?, pensé que habías venido para hablar sobre cuál sería la mejor manera de apoyar conjuntamente a Stacey. Por eso te he dejado entrar, pero tu hostilidad es…
—Porque no me gusta que me mientan, Devon.
—¡Cómo te atreves a entrar en mi casa y llamarme mentirosa!
—Te lo voy a preguntar por última vez: ¿qué hiciste cuando saliste de este piso el lunes por la noche?
—¡Ya te lo he contado! Me…
—¡Y una mierda, Devon! ¡Te he visto! Una de tus vecinas tiene una cámara de seguridad que te grabó dándole a Terence Birch un buen puñetazo.
—¡¿Q… qué?!
—No te culpo en absoluto por ello, pero no entiendo por qué me estás mintiendo descaradamente sobre ello.
—No tengo nada más que decirte —aseguró Devon, dándose la vuelta.
—Y luego te metiste en tu coche y lo seguiste —presionó Kim.
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—Vete de aquí.
—Un testigo ha identificado un pequeño coche azul en la escena. Sabemos que ese coche no golpeó a Terence Birch, pero el comportamiento del conductor provocó el accidente; necesito que me des una puta buena razón por la que no debería acudir a la persona que lleva el caso y darle tu dirección y tu número de teléfono ahora mismo.
—P… por favor, vete.
—Devon, alguien va a seguir el rastro. Si tienes algo que contar, es mejor que lo hagas antes de que…
—¿Crees que lo hice yo? —gritó, con los ojos fulgurantes de rabia—. ¿Crees que fui responsable de la muerte de un hombre?
—Si no me dices dónde…
—¡Fuera de mi casa ahora mismo! No eres bienvenida aquí. Ni siquiera eres capaz de dar tu apoyo a un miembro de tu equipo, ¿y ahora vienes a acusarme de esto?
—Me voy —espetó Kim, permitiéndose por fin mostrar la rabia que sentía—. Pero no te atrevas a decir, me cago en todo, que los compañeros de Stacey no la están apoyando. No tienes ni idea de hasta qué punto su equipo se está esforzando para mantenerla protegida. ¡Cómo coño te atreves!
—¡Fuera!
Kim dejó escapar un gruñido cuando escuchó la puerta cerrarse tras ella.
Maldita sea. Aquello no había salido como había planeado.
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Capítulo 48
Los Ángeles de Black Country no anunciaban su presencia en el límite del complejo residencial de Wrens Nest. De hecho, el local mantenía el nombre del restaurante chino de comida para llevar que había cerrado más de dos años antes.
El vidrio translúcido de las ventanas impedía a Kim ver otra cosa que no fueran sombras moviéndose en el interior.
Intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave.
Golpeó fuerte y de forma continuada en la puerta hasta que se abrió; sus nudillos casi chocaron con el pecho de un hombre musculado.
El hombre hizo un gesto exagerado y gritó hacia atrás por encima de su hombro:
—¡Han venido los federales!
—¿Por qué ha dicho eso? Esto no es Estados Unidos, aquí no hay federales. ¿Cómo es posible que funcione? —preguntó Kim.
—¿Qué quieren? —inquirió el hombre—. ¿Es esta una nueva irrupción para robarnos nuestra información?
—Venga ya, por favor, no sea dramático. Déjenos entrar de una vez. Y, por cierto, si nos enseña cualquier información veraz antes de publicarla en las redes sociales, tal vez aún estemos a tiempo de recopilar pruebas útiles.
Ese era el problema con las brigadas ciudadanas. La mayoría de ellas pretendían ser útiles, pero a menudo terminaban siendo un obstáculo.
Aquel grupo en concreto se formó a finales de los años noventa, a raíz de una serie de robos en la zona en los que se atacaba a ancianos y se les golpeaba para quitarles el poco dinero que tenían. De inmediato, se formó un grupo de veinte personas, que creció hasta contar con más de cincuenta voluntarios que patrullaban por parejas las zonas objetivo.
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Los ataques no cesaron de inmediato, pero la presencia de los voluntarios restringió los actos del culpable a una zona más pequeña, donde finalmente lo capturaron.
En los años transcurridos desde entonces, aquellos ciudadanos comprometidos habían ido desapareciendo, y los había sustituido un núcleo más joven con un enfoque más proactivo. En otras palabras, se dedicaban a incitar, a hacer que sus objetivos cayeran en la trampa. Kim recordaba un caso ocurrido unos seis años atrás en el que uno de los Ángeles de Black Country se hizo pasar por un chico de catorce años y engatusó a un hombre de Walsall para que se dirigiera a la estación de tren de Cradley Heath. Grabaron el encuentro, lleno de acusaciones, y lo subieron a YouTube el mismo día. Cuando los agentes de policía registraron el domicilio de aquel hombre, quedó claro que este, tras ver su cara por todas partes en Internet, había tomado la precaución de destruir cualquier prueba. No fueron capaces de acusarlo de nada.
El hombre se hizo a un lado para que entraran, y Bryant se presentó a sí mismo y a Kim.
—Soy Reedy, y este es Banksy —respondió el hombre, señalando a otro sentado en el segundo escritorio del local. Había una cocina más al fondo, probablemente herencia de los anteriores ocupantes.
—¿Usted es el de los grafitis? —preguntó Kim al segundo tipo, que tenía un aspecto sombrío bajo una barba tupida y una gorra de béisbol.
—No es ese Banksy —respondió Reedy, sentándose.
—No me diga —se burló Kim mientras ocupaba la última silla libre y Bryant se acomodaba detrás, en uno de los asientos junto a la ventana—. Nombres y apellidos, por favor —pidió mientras su compañero sacaba su cuaderno.
—Soy Elliot Reed y él es Gordon Banks.
Bryant cerró abruptamente el cuaderno.
—¿Cómo van las cosas? —preguntó Kim.
—Lo de siempre. Prestamos atención a los chivatazos. Hacemos cosas que ustedes no se molestan en hacer.
—Ya, he revisado sus redes sociales. Aún siguen molestando a ese tipo de Stourbridge.
—Es un pedófilo. Sus vecinos deberían saberlo.
—Van ustedes más allá cuando hacen un piquete en su trabajo y termina quedándose en el paro.
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Reedy se encogió de hombros.
—Es un peligro para los niños.
—Pero cumplió su condena hace diecisiete años, y que yo sepa no existen muchos niños que vayan por ahí solos, sin compañía alguna.
No es que Kim precisamente sintiera simpatía alguna por el hombre en cuestión. Pero los métodos de aquella banda iban mucho más allá de la mera vigilancia.
También sabía que, a veces, personas demasiado entusiastas se equivocaban y acusaban de crímenes horribles a una persona inocente, lo cual en ocasiones terminaba en agresiones e incluso asesinatos.
A los miembros de las brigadas ciudadanas no se le requerían tantas pruebas para probar los crímenes como a la policía. Se basaban en rumores y habladurías.
La inspectora recordaba el caso de un hombre llamado Bijan Ebrahimi, de cuarenta y cuatro años, que había hecho una serie de fotos de unos jóvenes que estaban destrozando sus jardineras colgantes para presentarlas como prueba. Alguien lo vio con la cámara en las manos y avisó a la policía. Lo interrogaron, comenzó a haber rumores y un par de días después sus vecinos lo golpearon hasta dejarlo inconsciente, lo arrastraron a la calle, lo rociaron con aguarrás y le prendieron fuego. El hombre no había hecho nada malo.
—Bueno, ¿están disfrutando de las hazañas del Centinela? —se interesó Kim.
—Parece que es un tipo eficiente.
—¿Es alguien que usted conozca? —preguntó, esperando un milagro. —Lo dudo, pero me gustan sus métodos. Tiene la valentía de actuar
con decisión para detener a los malos.
—¿Y está seguro de que son realmente malos?
—Yo no soy el que tiene que estarlo. No soy yo quien los mata.
La actitud engreída de Reedy estaba empezando a desquiciar a la inspectora.
—Entonces, ¿trabajan a partir de los chivatazos que reciben de la gente?
—A veces.
—¿Y cómo funciona eso? —preguntó Kim. Cabía la posibilidad de que alguien que perteneciera al grupo estuviera actuando sobre la base de la información que les llegaba, llevando a cabo los asesinatos basándose
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en los soplos que recibían. Los miembros de los ABC normalmente no ejecutaban ese tipo de venganza, pero la lista de personas que pertenecían a la banda cambiaba constantemente.
—Nos mandan un correo o un mensaje, y empezamos a vigilar. —¿Tienen formación para realizar la vigilancia?
—Solo vigilamos a la gente. No hace falta formación para eso.
—Claro que no —comentó Bryant, con cara de incredulidad.
—¿Y después? —presionó Kim.
—Creamos un expediente. Si no hay nada de lo que informar, lo cerramos. Cuando hay algo, se lo pasamos a ustedes, pero nadie hace nada.
Kim nunca había visto ningún expediente de los que aquel hombre mencionaba, pero estaba dispuesta a apostar lo que fuera a que, en ellos, las pruebas sólidas brillarían por su ausencia.
—Pues debe resultarles frustrante. Hacer un trabajo así y que no sirva para nada.
—Claro que lo es, joder. Tenemos un equipo formado por diecinueve voluntarios que, además de cumplir con este deber público, tienen otros trabajos. Renuncian a horas y horas de su tiempo libre para ayudar a liberar las calles de pedófilos, maltratadores y violadores. Sienten pasión por la seguridad pública y ustedes no les brindan ningún tipo de ayuda.
—¿Tanta pasión como para llegar a matar? —preguntó Kim. —Ninguno de nuestros miembros sería capaz de llegar tan lejos. —Usted no puede saberlo, así que voy a necesitar que me dé esos
diecisiete nombres, Reedy, y no me venga con éticas y valores. ¿Qué me dice de aquella cagada de hace un par de semanas?
El hombre tuvo la decencia de ponerse ligeramente colorado.
—No fui yo.
—Vale, no fue usted el que fingió ser un chico de dieciséis años, aunque nunca le dijo al hombre que tenía esa edad, por lo que el tipo en realidad creía que estaba conociendo a un chaval de dieciocho, ¿es así?
—Ese hombre estaba casado y engañaba a su mujer.
—Lo cual no es ilegal. Y desde luego no es un pedófilo, pero, por supuesto, ustedes publicaron el vídeo en el que lo acusaban de grooming y ahora lo ha perdido todo. Ha tenido que mudarse, y su mujer intentó quitarse la vida tras los abusos y las amenazas de muerte. Qué gran resultado. En fin, si puede darme para empezar el nombre real del angelito que lo hizo, se lo agradecería mucho.
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El hombre movió la cabeza de lado a lado.
—Eso no va a suceder. Protección de datos. No pueden obligarme. Esas últimas palabras parecían haber sido pronunciadas por un niño
petulante.
—¿Dónde está ahora su deber cívico? Están asesinando a algunas personas. ¿No necesitan también su protección?
—No si han hecho cosas malas.
—Se acabó, basta ya de jueguecitos. Deme ya los nombres.
—Ni de coña. Está pensando que uno de nuestros voluntarios ha sido capaz de actuar por su cuenta.
—Y su negativa a facilitarme sus nombres me hace pensar que podría tener razón.
—No, no. Ya le he dicho que ninguno de los nuestros haría algo así. —Deme sus nombres y podremos comprobarlo por nosotros mismos
—insistió Kim.
Reedy se cruzó de brazos.
—No se los voy a dar, inspectora. Vuelva con una orden judicial.
—Cuente con ello —amenazó, levantándose de su asiento.
Bryant abrió la puerta para que ambos salieran del local.
Hasta que no llegó al coche, Kim no cayó en que el tal Banksy no había hablado ni una sola vez.
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Capítulo 49
—Buenos, pues tenemos otra orden judicial que solicitar y dos nombres más que investigar —explicó Penn tras finalizar la conversación con la jefa, que esta vez se iba a asegurar de no dejar ni un cabo suelto.
—¿Nos ponemos con lo de la institución o con lo de los brigadas ciudadanas? —preguntó Stacey.
Penn no estaba seguro, pero cada vez se sentía más incómodo con el hecho de que la jefa siguiera sin hablar con su compañera.
Ese no era el orden natural de las cosas. Él trabajaba arduamente de forma independiente y Stacey se limitaba a mantener el contacto. Si él estaba sintiendo el cambio de dinámica, ella también tenía que estar sintiéndolo.
—Poneos con quien la tiene más grande —dijo Alison.
—¿Perdón? ¿Cómo dices? —se sorprendió Penn.
—Fíjate bien —continuó la psicóloga—. Tenemos a un tipo que nos provoca dejando cadáveres con un hilo de vida. No puede saber con total seguridad si van a ser capaces de comunicar algo. Se toma la molestia de colocarlos en una postura determinada para mandar un mensaje y luego grita a los cuatro vientos en las redes sociales. Está presumiendo de rabo, y puede haber dos motivos. Puede que realmente lo tenga enorme y quiera presumir de ello, o puede que esté intentando compensar algo —dijo, agitando el dedo meñique.
A Stacey se le escapó una carcajada, pero Penn se volvió hacia la conductista. Al igual que valoraba una buena autopsia, también le gustaba ver a Alison en acción. Era tan fascinante conocer el funcionamiento de la mente como la mecánica del cuerpo.
—¿Me estás diciendo que todo esto puede tener que ver con el tamaño real de su pene?
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—Estoy hablando metafóricamente, Penn. Lo que quiero decir es que este asesino es un arrogante. Tiene un ego sobredimensionado que le hace pensar que puede dejar las huellas que quiera y, aun así, salirse con la suya. Los asesinatos son importantes, pero podría ejecutarlos sin necesidad de montar tanto alboroto. ¿Por qué molestarse en colocar los cadáveres en una posición concreta? ¿Por qué molestarse en dejarlos vivos? Si no jugara tanto con los cuerpos, no tendría necesidad alguna de contaminar la escena del crimen. Y, además, ¿por qué publicarlo en las redes sociales? Ya ha culminado su trabajo, su objetivo está muerto. Misión cumplida. ¿Por qué el espectáculo de distracción?
—¿Vas a responder a alguna de esas preguntas? Porque estoy muy intrigado —pidió Penn.
—Quiere algo. Se involucra de demasiadas formas, así que está claro que busca algo en concreto. Pero aún no estoy segura de qué se trata.
—No me dejes con la intriga demasiado tiempo.
Alison se rio y volvió a centrar la atención en su pantalla.
—¿Qué prefieres, Stace, la orden o los nombres?
—Penn, no tienes que cuidarme tanto. Sé cumplir con mis responsabilidades.
—Lo sé, pero estoy en racha con las órdenes judiciales. Me quedo yo con eso, para ti los nombres.
Con diferencia, la parte más interesante de los encargos que acababan de recibir.
—Penn, de verdad…
—No me hagas ejercer mi jerarquía, Stace —advirtió.
El sargento se quejó por dentro cuando vio que lo llamaba otra vez la jefa. Esperaba que la vida volviera pronto a la normalidad, y en ello pensaba mientras pulsaba el móvil para contestar a la llamada.
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Capítulo 50
—Bryant, por favor, evita que haga algo de lo que sé que me voy a arrepentir —suplicó Kim, dando golpecitos con el teléfono contra su rodilla mientras su compañero conducía en dirección a la casa de Lenny Baldwin. Aparentemente, el oficial de justicia de menores era la única persona capaz de responder a las preguntas que tenía la inspectora.
—No sé si voy a ser capaz, jefa. Los fundamentos para obtener una orden judicial por pertenencia a los Ángeles son un tanto débiles. Puede que no la consigamos.
Kim no le había contado lo que se estaba planteando hacer, pero él la conocía lo suficiente como para comprender hasta qué punto quería conseguir la información que buscaba, y hasta dónde estaba dispuesta a llegar para hacerlo.
—No siempre tienes que ser sincero, ¿sabes? —dijo Stone, desbloqueando su teléfono.
Se desplazó hasta el número y marcó bruscamente, sabiendo que no le quedaba otra, pero consciente de lo que le iba a doler hacerlo.
—¿Qué coño he hecho ahora? —respondió Frost de forma gélida. Kim cerró los ojos mientras pronunciaba las palabras que iban a
causarle dolor físico.
—Frost, necesito tu ayuda.
Volvió a abrir los ojos durante el silencio que siguió a su intervención.
—¿Qué quieres ahora? —preguntó Frost con poca energía.
Kim sonrió ante esa respuesta. Así era la relación entre ambas. No sabía si la periodista había ya olvidado y perdonado la discusión que habían mantenido anteriormente solo por curiosidad ante la inminente petición que estaba a punto de hacerle, pero las duras palabras que se cruzaban entre ellas rara vez dejaban una cicatriz duradera.
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—Los Ángeles del Black Country. Necesito los nombres de sus miembros.
—Mira en su página web y su perfil de Facebook. Los encontrarás muy activos y orgullosos de sus logros. No es que sean precisamente introvertidos.
—La mayoría de esos nombres no son más que alias, yo quiero los de verdad. Si alguno de ellos tiene algún vínculo real con las brigadas ciudadanas, no creo que lo ande proclamando a los cuatro vientos con su verdadero nombre.
—¿Crees que el asesino es un justiciero que pertenece a alguna brigada? —preguntó Frost.
Kim no respondió. La periodista contaba con la logística necesaria y la capacidad para buscar en cualquier artículo escrito sobre el grupo en el pasado o en el presente y dar con contactos y, posiblemente, con miembros activos de la banda. Tenía todo tipo de fuentes, pero, cuanto menos supiera Kim al respecto, mejor.
Al darse cuenta de que Kim no le iba a contar nada más, Frost suspiró.
—Vale, me encargo de ello.
Kim colgó y Bryant se rio con disimulo.
—¿Qué pasa?
—Vaya relación más rara que tenéis. Sois como… no sé… hermigas. —¿Qué coño es una hermiga? —preguntó Kim, consciente de que la
periodista no la había obligado a vender su alma, comerse algún marrón gordo o incluso sacrificar una parte de su cuerpo por el arrebato que tuvo la última vez que habló con ella. Sí, sin duda podría haber sido mucho más duro.
—A ver, ninguna de las dos vais a admitir nunca que seáis amigas. Normalmente solo los parientes consanguíneos, como las hermanas, pueden salir indemnes de lo que se hacen la una a la otra y luego actuar como si nunca hubiera pasado nada.
Kim le gruñó despectivamente, pero supuso que en cierto modo tenía razón. Ella y Frost habían vivido varias situaciones tensas a lo largo de los años. Hubo una vez en que se salvaron la vida mutuamente estando en las garras de un loco empeñado en vengarse. También hubo una ocasión en la que Frost estuvo en posesión de un expediente que contenía todos los detalles de los primeros años de la vida de Kim. En lugar de leerlo y publicarlo, se limitó a devolvérselo. En otra oportunidad, la inspectora
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invitó a Frost a pasar una noche, solo una, en su habitación de invitados, cuando resultó herida en el curso de la investigación de una historia. Pero Kim recordaba un momento en concreto por encima de todos los demás: Frost acudió a su casa para ofrecerle apoyo y consejo sobre cómo gestionar sus complejos sentimientos después de que Symes la golpeara hasta dejarla medio muerta.
A pesar de todo aquello, esa mujer seguía siendo un dolor de muelas, reflexionaba Kim mientras Bryant empezaba la maniobra para aparcar.
Lenny Baldwin vivía en el extremo de Wall Heath que pertenecía a Kingswinford. La calle donde residía estaba flanqueada por árboles y pequeños jardines frontales, existiendo un acceso para coches en cada propiedad.
Las viviendas eran casas adosadas con garajes contiguos en los que cabía un solo vehículo. No era una zona muy acomodada, pero había lugares muchísimo peores que aquel para vivir en Black Country.
Según lo que les había contado Penn, Baldwin se había jubilado recientemente de su cargo en el Servicio de Custodia de Menores.
El hombre que les abrió la puerta aparentaba tener cada uno de los sesenta y siete años con los que contaba. Las arrugas que había alrededor de sus ojos estaban muy marcadas, y su piel era más bien pálida. Su cabellera era completamente blanca.
Bryant se presentó a sí mismo y a su compañera, y el hombre se hizo a un lado para dejarles pasar.
—Me supuse que vendrían tarde o temprano —explicó, cerrando la puerta tras ellos—. Veo las noticias.
—¿Ha reconocido los nombres de las víctimas que han aparecido en la zona? —preguntó Kim, fijándose en que existía un ejemplar masculino y femenino de cualquier cosa que observaba: botas de agua, chaquetas, bufandas…; sin embargo, en la casa no se oía un alma, no había señal alguna de actividad, por lejana que fuera—. Espero que no le estemos causando ninguna molestia ni a usted ni a su mujer.
—Sería difícil molestar a Lizzie, murió hace tres meses.
—Lo siento mucho —dijo Bryant automáticamente.
Y, sin embargo, su mujer seguía estando presente por todas partes, pensaba Kim, que ahora apreciaba la tristeza de la imagen de los pares de objetos que había por toda la casa.
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—¿No consideró venir a comisaría y contarnos que conocía a las dos víctimas cuando reconoció sus nombres? —preguntó Kim mientras tomaba asiento en un sofá desgastado.
—¿Para qué? ¿Para decirles qué conocí a los dos chicos hace quince años? Difícilmente les iba a ser eso de ayuda.
—Hemos recibido la visita de Ryan West, que también recordaba a los chicos y fue capaz de ofrecernos el vínculo de Welton.
Baldwin resopló.
—No creo que ese hombre pueda contarles demasiado. Apenas los conocía.
Ryan ya les había admitido que no pasó mucho tiempo en aquel lugar. —Tenemos entendido que usted fue el único miembro del personal que
continuó en Welton cuando Acer Security tomó las riendas del centro. —Sí, pero solo porque no podían deshacerse de mí. En aquel momento
me sentí muy satisfecho, pero, echando la vista atrás, ojalá me hubieran largado junto al resto.
—¿Por qué lo dice? —preguntó Kim.
—Es un lugar sin alma, maldita sea. Empiezas con las mejores intenciones, te ves cambiando las cosas, pero nunca llegas a hacerlo. Intentas conseguir pequeñas victorias allá donde puedas, para no rendirte. Tus ambiciones pasan de ayudar a un chico a dar un giro a su vida a simplemente dar gracias por que no te apuñale. Tu esperanza muere y tu pasión se termina desvaneciendo.
—¿Cuándo cambiaron sus percepciones? —preguntó de nuevo la inspectora.
El hombre se encogió de hombros.
—No lo sé. Al principio, el trabajo era tal y como se anunciaba. Supervisaba a jóvenes delincuentes que cumplían órdenes judiciales y condenas comunitarias, y los ayudaba tras su puesta en libertad, intentando que se incorporaran a la educación, el mercado laboral o la formación. Pero poco a poco todo se redujo a pasar tiempo con ellos en instituciones seguras, ofrecerles apoyo individual, gestionar actividades cotidianas y ayudarlos a crear rutinas a través de la educación y las interacciones sociales. Al principio veías la evolución de un chico, pues estabas con él durante todo el proceso, de principio a fin, pero luego algunos de los trabajadores hacían todo el trabajo dentro de la prisión y otros se encargaban de todo el apoyo posterior. No había forma de crear un vínculo
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durante el tiempo que pasabas con ellos, pues luego los supervisaba otra persona diferente, y los chicos sabían que eso iba a pasar, lo cual les hacía sentir que eran parte de un mecanismo global. La consecuencia es que todo les daba igual.
—Entonces, ¿no hay esperanza para ellos? —preguntó Kim, intentando evitar sonar muy áspera. Entendía que Welton era un lugar para delincuentes juveniles, pero, al fin y al cabo, se trataba de niños. Tenía que existir alguna esperanza para ellos.
—¿En cuántos casos ha trabajado hasta ahora en su carrera?
Kim hizo un gesto que indicaba que no tenía ni idea de la cifra.
—¿Cientos?
—Seguro.
—¿El porcentaje de ellos que ha terminado en algún tipo de cargo contra el detenido rondará el ochenta y tantos por ciento?
—Un poco más.
—¿Tasa de condenas por debajo del ochenta?
—Por ahí andará.
—Vale, ahora imagínese que fuera cero. ¿Cuánto cree que duraría su entusiasmo si tuviera una tasa de éxito de exactamente cero?
—¿Cree que no disfrutó de ni un solo éxito? —preguntó Kim dubitativa. La carrera de aquel hombre se había alargado durante más de treinta años.
—No. La gente tiene que querer que la ayuden, y si eso significa romper hábitos o esforzarse por cambiar, olvídese. —Su mano derecha se cerró en un puño—. Entregué mis mejores años. Responsabilizándome de ellos, intentando mejorar sus vidas. Puse toda mi energía en cada uno de esos niños. Cada semana, cada año; algunos fines de semana estaba tan agotado que no podía ni levantarme de la cama. Física y mentalmente. Incluso cuando no estaba en el trabajo, pensaba en algunos de ellos, ideando formas de ayudarlos a darle un giro a sus vidas. Y, en todo momento, Lizzie me apoyaba, me confortaba y me permitía dedicarme al trabajo.
Kim sabía hacia dónde se dirigía aquel monólogo. Podía sumar dos más dos y entender el origen de la amargura de aquel hombre.
—Por fin, me jubilé. Era nuestro momento. Los críos pasaron a ser el problema de otra persona y yo podía retirarme con la conciencia tranquila. Literalmente una semana después, a Lizzie le diagnosticaron un cáncer de
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pulmón terminal. Solo podían ofrecerle ya cuidados paliativos. Duró seis semanas, y lo pasó fatal en cada una de ellas.
Kim oyó que su voz se entrecortaba y esperó un instante a que se recuperase.
—Siento mucho su pérdida, señor Baldwin.
—Gracias. Pero estoy seguro de que puede entender por qué no tengo ganas de gastar energías hablando de Welton.
—Lo comprendo, pero es que es usted la única persona a la que podemos preguntar. Tal vez solo unas cuantas cuestiones, y luego le dejaremos en paz.
El rostro del hombre se tensó, pero terminó asintiendo.
—Según creemos, Eric Gould y Paul Brooks coincidieron en Welton. ¿Cree que podrían haber cruzado sus caminos?
La inspectora omitió deliberadamente el resto de los nombres que le había ofrecido Ryan West, para ver si ese hombre les contaba la misma historia.
El señor Baldwin farfulló.
—¿Que si se cruzaron sus caminos? ¿Se está quedando conmigo? Eran inseparables, uña y carne. Compartían habitación y siempre estaban juntos. A ver, no eran solo ellos. Había un grupo principal, de seis miembros si mal no recuerdo. —Se dio un golpecito en la cabeza—. Ah, sí, claro. Se hacían llamar los Seis Superiores. Era el nombre de su pequeña banda. Nosotros les pusimos otro apodo, pero no era tan agradable.
—¿Cuál era?
—Los Seis Psicópatas.
—¿Y por qué los llamaban así? —preguntó Kim.
—Porque eran un puñado de cabrones repulsivos.
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Capítulo 51
—Pues la verdad, ninguno de los dos parece ser un genio —dijo Stacey, provocando que tanto Penn como Alison levantaran la vista hacia ella.
—¿Qué dos? —preguntó Alison.
—Elliot Reed y Gordon Banks, de los Ángeles de Black Country. Elliot es hijo de un cirujano y se ha pasado la mayor parte de sus treinta y dos años siendo una persona normal y corriente. Su padre es muy respetado por su pericia como traumatólogo y, sin embargo, el hijo fue un estudiante mediocre hasta los dos últimos años del instituto, cuando le pusieron a un profesor particular para que lo ayudara a subir las notas para entrar en la universidad, que terminó abandonando a mitad del primer curso. Ha trabajado como barista, lavacoches y portero de hotel en Birmingham, y sigue viviendo en casa con papaíto y mamaíta. Me sorprende no tenga ninguna pasión, que no le guste nada aparentemente. Me da a mí que debe ser un holgazán de cuidado.
—O quizá sea disléxico —apuntó Alison—. Ha trabajado en empleos poco cualificados que no requieren mucho dominio de la escritura. Muchas de las personas a las que se etiqueta erróneamente como vagas o torpes tienen en realidad una dificultad de aprendizaje severa.
—Tienes razón —admitió Stacey. Quizá había dado por sentado que, como Elliot pertenecía a una familia adinerada, sería un parásito malcriado. No era el caso de Gordon Banks, que, al parecer, se había pasado sus años en el colegio repartiendo puñetazos por doquier, y luego desapareció del sistema educativo en mitad de su adolescencia. A aquellas alturas, estando ya cerca de los treinta, el contenido de sus redes sociales se limitaba a chistes groseros y vídeos cómicos. Ambos tipos parecían carecer de pasión, vocación y dirección.
—No acabo de entender por qué se ofrecieron como voluntarios a los Ángeles de Black Country. Ninguno de ellos parece un activista político y
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tampoco es que se pronuncien contra la injusticia social.
—Quizá hayan sido víctimas de algún crimen —sugirió Alison—. Nuestra primera reacción ante un delito no es el miedo, sino la ira, que a menudo requiere de acción para neutralizarla.
—Pero unirse a una banda de entrometidos y obstruccionistas que… —Oye, hay mucha gente que valora mucho el trabajo de las brigadas
ciudadanas —interrumpió Alison—. En 1981, en Missouri, un habitante de Skidmore disparó y mató al tirano del pueblo a plena luz del día tras haber sufrido años de crímenes que no le habían hecho merecedor de ningún castigo. Básicamente, había violado, saqueado y destruido todo lo que encontraba a su paso a lo largo y ancho del pueblo durante años. Ninguna de las cuarenta y cinco personas que fueron testigos del tiroteo quiso identificar al tirador.
—Pero a ver, eso es un asesinato, te pongas como te pongas —protestó Penn.
—Cuarenta y cinco personas piensan lo contrario. Lo mismo que pensaban las doscientas mujeres de Kasturba Nagar, en la India, que lincharon a un hombre que las había violado repetidamente durante más de una década. Le cortaron el pene, y el hombre terminó muriendo a causa de las setenta puñaladas que recibió. No se trata solo de la reciente moda de perseguir y cazar pedófilos. Las brigadas ciudadanas llevan décadas existiendo. En El Salvador hay un grupo llamado Sombra Negra, formado en su mayoría por policías y militares jubilados cuya única misión es purificar el país, eliminar los elementos sociales inmorales, y por ello matan a delincuentes y a miembros de bandas criminales.
—No está al nivel de lo de El Salvador, pero ¿no había un tipo en Hampshire hace unos años que se dedicaba a rajar los neumáticos de muchos coches porque, por lo que decía, había visto a sus conductores usando teléfonos móviles? —preguntó Stacey.
—Sí, yo me acuerdo de eso. Estaba claro que sentía una gran aversión hacia las personas que usaban de esa forma sus móviles —añadió Penn.
—Las personas en general sienten aversión por ciertas cosas, Penn — aclaró Alison—. Y, como os he explicado antes, suele provenir de la ira que surge ante algún tipo de injusticia. Leí en alguna parte que en algunas ciudades de Estados Unidos la gente ha creado alter egos de superhéroes, poniéndose máscaras y disfraces para patrullar sus vecindarios.
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—Entonces, ¿lo hacen por experimentar una sensación de poder? — preguntó Stacey.
—Algunos sí, pero también hay grupos que tienen la única intención de proteger. La Gulabi Gang de Uttar Pradesh es un grupo de justicieras que se dedica a defender a las mujeres de todas las castas de la violencia doméstica, la sexual y la opresión.
—¡A esa banda me apuntaba yo! —exclamó Stacey. Justo después de hacerlo, vio que Penn estaba echándole un vistazo a su reloj. El sargento miró hacia ella y vio que se había percatado del gesto.
—No voy a salir a tiempo, ¿verdad?
Ya eran las cinco y era imposible que terminaran de trabajar a la hora que les correspondía.
—Puedo cubrirte, compañero. Es tu aniversario. Tómate una hora libre y luego vuelves. Estoy segura de que a la jefa no le importará que…
—Estamos hasta arriba, Stace.
Penn tenía razón, pero la oferta que le acababa de hacer su compañera era de corazón. Ella sabía que él haría lo mismo si fuera al revés. Aun así, conociendo a Penn como lo conocía, Stacey dudaba mucho que su amigo fuera a permitir que alguien asumiera su parte del trabajo.
—Vuelvo en un segundo —dijo finalmente Penn, yéndose hacia el pasillo con el teléfono en la mano.
Su postura encorvada le indicaba a Stacey que odiaba tener que hacer aquella llamada, pero a menudo el trabajo que tenían exigía cambios de planes y cancelaciones de última hora.
Stacey esperaba que, en una relación que cumplía ya los seis meses, aquello no supusiera un contratiempo demasiado grande.
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Capítulo 52
—Es imposible que me acuerde de todos los detalles sobre los seis —dijo Baldwin—, pero eran unos cabronazos. El cabecilla era sin duda Ian Perkins. Era el mayor de todos y el que llevaba más tiempo interno. También era el que había cometido el delito más grave.
—¿Cuál? —preguntó Bryant.
—Asesinato. A su hermano.
—¡Joder! —exclamó Kim—. ¿Por qué?
—Por sufrir abuso sexual. Su hermano estuvo abusando de él desde que tenía siete años. Finalmente, Ian se lo contó a sus padres cuando tenía doce. No le creyeron, así que Ian se cargó a su hermano una semana después.
—¿No se alegó defensa propia o la existencia de circunstancias atenuantes? —preguntó Bryant.
—Luke estaba durmiendo en su cama cuando Ian lo acuchilló siete veces.
—Madre mía.
—No mostró remordimiento alguno por lo que había hecho y sus padres lo repudiaron; no asistieron al juicio y jamás lo visitaron en Welton. El chico quedó completamente desvinculado de su familia.
Existían muchas formas de ver aquel caso. El abuso seguro que fue algo terrible, muy difícil de soportar. Sin duda marcó a Ian, pero tuvo la valentía de contarlo. Sus padres lo ignoraron. ¿Eran comprensibles sus acciones tan extremas? Kim no sabía qué pensar. En cualquier caso, la familia del chico se inclinó por uno de los bandos, que no fue el suyo.
—Qué duro.
—Créame, no habría sentido pena por él durante demasiado tiempo. Lo transfirieron de Welton al sistema penitenciario de adultos cuando tenía veintiún años.
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—¿No es una edad tardía para lo habitual?
—Es la máxima posible. Podrían haberlo trasladado antes, pero su caso estaba en apelación, así que lo mantuvieron en Welton todo lo que pudieron.
—¿Y tanto Eric como Paul pertenecían a esa banda? —preguntó Kim, centrando de nuevo la atención en sus víctimas.
—Sí, junto con otros tres. Déjeme pensar. Nathan Yates, Dean Newton y un chico más tranquilo, Leyton no sé qué. No me acuerdo bien.
Bryant no necesitó que nadie le ordenara que apuntara aquellos nombres en su libreta.
—Entonces, ¿Eric y Paul…?
—Eran unos chicos horribles. No sé si por separado habrían tenido un comportamiento mejor, pero, como parte de aquella banda, intimidaban a todos los chicos nuevos, pegaban a los más jóvenes, robaban cosas, atemorizaban a todo el mundo. Los guardias tenían verdaderas dificultades para controlarlos. Escupían, tiraban cosas y, bueno, creo que asuntos aún más serios.
—Continúe, no se corte —instó Kim.
—Yo no estaba trabajando allí en aquel momento, pero oí hablar de un incidente en el que acorralaron a una de las guardias y la arrastraron hasta las duchas de los chicos. Llegaron a bajarle los pantalones, pero alguien cayó en la cuenta del lugar en el que se encontraban.
La intención había estado meridianamente clara.
—Ella se quitó de en medio. No presentó cargos y no quiso saber nada más del lugar. También recuerdo que me contaron que el grupo estaba merodeando por la zona en la que un agente especialmente estricto se cayó por las escaleras y murió. Y esto es solo por contarle un par de historias. Hubo muchos más incidentes. No se trataba de niños con un comportamiento inadecuado. Sus acciones eran malvadas, desagradables, despiadadas. Formar parte de aquel grupo parecía sacar lo peor de todos ellos.
—¿Puede recordar alguna historia donde solo Eric y Paul estuvieran involucrados?
El señor Baldwin se quedó pensando un instante.
—Había un chico cuyo nombre no recuerdo, creo que tendría apenas trece años. Lo colocaron en la celda junto a ellos dos, y no se lo tomaron bien. Lo ataron de muñecas y tobillos, lo pusieron en la litera de arriba y lo
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empezaron a empujar. Le metieron unos calzoncillos en la boca y continuaron zarandeándolo. El crío no pudo siquiera evitar caer por la forma en la que lo habían atado. Los guardias lo encontraron a la mañana siguiente, inconsciente y cubierto de sangre. Estuvo una semana en el hospital y luego lo trasladaron a otra ala.
—¿Se presentaron cargos? —preguntó Kim esperanzada.
Baldwin negó con la cabeza.
—Al chico le prometieron que, si no contaba nada, saldría antes de la prisión.
—¡¿En serio?!
El hombre miró a Kim con un gesto de desdén. —Inspectora, ¿cómo cree usted que funcionan esos sitios?
—Según el reglamento y, con suerte, acorde a las mejores directrices de buenas prácticas.
—Vaya. Odio ser yo quien la haga sentirse desilusionada, pero habré visitado siete o quizá más instituciones durante toda mi carrera profesional, y puedo asegurarle que muy pocas se ajustan a ningún reglamento que yo haya conocido. Una normativa o un protocolo son instrumentos muy rígidos. Los seres humanos no lo son. Nos adaptamos, aprendemos, negociamos, regateamos. Hacemos lo que sea necesario para conseguir lo que queremos.
—Señor Baldwin, está acabando con mi ilusión de…
—Ustedes tienen una normativa sobre procedimientos policiales y obtención de pruebas, ¿no es así?
—Kim asintió.
—Es muy clara, ¿verdad? Le dice todo lo que debe hacer en cualquier situación.
—Sí.
—¿Y me está diciendo que en una investigación importante no se desvía jamás del guion para obtener lo que desea?
Kim empezó a leer para sí misma la lista.
Allanamiento en la casa de un hombre fallecido.
Manipulación de pruebas una vez dentro de dicha vivienda.
Interrogar en secreto a la mujer de una compañera acerca de la muerte de un hombre.
«Vale, mejor no dar detalles», decidió, dejando a un lado sus pensamientos.
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—Hay zonas grises, inspectora, aspectos difusos y ambiguos. El equipo directivo de Welton no quería que ciertos incidentes llegaran a oídos de los mandos superiores, y por eso se hacían tratos.
—Y usted, ¿hizo alguno?
El hombre negó con la cabeza.
—Por supuesto que no. Yo nunca haría algo así. —¿Alguna vez los Seis Psicópatas fueron a por usted? —No, yo salí muy bien parado. Me dejaban bastante en paz. Cabía preguntarse por qué, pensó Kim, pero no lo compartió.
Ninguna de las preguntas que rondaban por la cabeza de la inspectora podía responderse sin tener acceso a los registros históricos de Welton. ¿Quién era el chico al que Eric y Paul intimidaron sin piedad? ¿Qué habría sido de él? ¿Dónde podrían encontrar a la mujer a la que atacaron? ¿Cómo habría afectado a su vida? ¿Habría sido de verdad un accidente trágico sin más la caída del funcionario de prisiones?
—Solo una última cosa, señor Baldwin. ¿Sería posible que nos facilitara una lista de la gente a la que Eric y Paul pudieran haberle hecho la vida imposible?
El hombre movió la cabeza de lado a lado.
—¿Por qué?
—Porque, sinceramente, la lista sería interminable.
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Capítulo 53
El paso por la cafetería no había contribuido demasiado a mejorar el humor de Stacey.
Estaba obligándose a interesarse por las cosas que antes disfrutaba, y la comida era una de ellas. Su dificultad para encontrar algo apetecible no tenía nada que ver con la calidad de los servicios de Betty, sino más bien con el hecho de que su cuerpo aún no se comportaba de forma normal.
De vuelta a la oficina, dejó sobre la mesa de Alison al pasar junto a ella la patata asada con frijoles que le había pedido.
—Mil gracias, guapa. ¿Qué te has pillado para ti?
Stacey movió la cabeza de lado a lado mientras se sentaba.
—No tengo hambre, así que no intentes forzarme a comer.
—Soy tu amiga, no tu niñera —respondió Alison mientras Stacey se volvía hacia su ordenador—. Pero, como amiga, voy a sugerirte que al menos podrías descansar un ratito de la pantalla.
Penn estaba dando un paseo de un cuarto de hora fuera, alrededor del edificio, para despejarse un poco. Había cancelado su cita con Lynne, quien había entendido perfectamente la situación.
—Sí, ahora voy —aseguró Stacey, todavía mosqueada por la conversación que había alcanzado a escuchar en la cafetería entre dos agentes, hombres, que devoraban pastel de carne.
Se registró para estudiar los informes diarios y encontró el incidente del que los hombres estaban hablando.
La ayudante de detective sabía que el día anterior se había denunciado una agresión sexual justo cuando la jefa estaba interrogando en la planta baja a los dos hombres que se presentaron en la comisaría, pero lo que acababa de oír había despertado su interés. Los dos agentes habían comentado a la ligera, sin darle ninguna importancia, que una sargento iba de camino a decirle a la víctima que poco más podían hacer por ella, dado
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que la mejor descripción que había dado de su agresor fue que era un gordo cabrón.
—En cualquier caso, algo así nunca va a llegar a juicio —había dicho el agente de policía más bajo, con la boca llena de puré de patatas—. Viendo que apenas llegó a tocarla…
—Ya, no tiene sentido. El tipo la acorrala en el callejón, la empuja contra el suelo y luego se detiene porque piensa que la ha matado. Cuando ella vuelve en sí, el hombre se había evaporado. ¿En serio? —había preguntado su compañero con incredulidad—. Qué va, es el típico caso de sentimiento de culpa por lo que la mujer estaba a punto de hacer. A ella le apetecía liarse con ese hombre, pero cambió de opinión y al final se vio obligada a explicarle a su novio la herida que tenía en la cabeza.
Por desgracia para el hombre que había pronunciado aquel discursito, Stacey tropezó accidentalmente al pasar tras él, lo cual provocó que su tenedor entrara en contacto con sus orificios nasales.
La disculpa que la agente apenas susurró se perdió bajo la fuerte exclamación de dolor y conmoción que emitió el hombre.
Stacey analizó la información del incidente y llegó a la descripción del agresor. Aunque no era demasiado detallada, sí que explicaba algo más que «gordo cabrón».
Y esos pocos detalles extra fueron los que le llamaron la atención.
Stacey accedió a sus archivos y envió un documento a imprimir. Mientras salía poco a poco por la parte superior de la máquina, cogió su chaqueta y su bolso satchel.
—¿Qué pasa? —preguntó Alison, limpiándose la salsa de frijoles de la boca.
—Tengo que salir. Si volviera la jefa, dile que no sabes dónde estoy.
—Cosa que no es mentira, porque no me lo estás contando.
—Exacto. No tardo mucho —explicó la ayudante de detective, y salió a toda prisa por la puerta.
Mientras bajaba las escaleras, Stacey sintió mariposas revoloteando en su estómago.
Pero estas no eran de las oscuras, pegajosas y carnívoras, de las que le quitaban la energía, de las que la habían acompañado durante las últimas semanas.
Estas eran de las buenas.
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Capítulo 54
—Un momento, ¿este tío no era una de las clásicas personas que te hacen perder el tiempo? —preguntó Bryant mientras se aproximaban a una dirección en Dudley Wood—. Ya has hablado con él.
—¿Sabes? Si escucharas todo lo que cuento en vez de la mitad de las cosas, te habrías enterado de la realidad.
—Sí, pero entonces no podría apreciar ese tono de desprecio en tu voz apenas disimulado que tanto disfruto.
—Pensaba que no nos iba a servir para nada, pero al final resultó que fue profesor de lengua en Welton durante algún tiempo.
Kim prefirió no especificar que solo fueron apenas unos meses.
—Esa —señaló la inspectora tras leer el número de la vivienda en la dirección que el hombre le había dejado.
Bryant aparcó en la pequeña entrada de una casa adosada de tres plantas, y justo en aquel momento el teléfono de Kim comenzó a sonar. Era un número que no reconocía, pero, como estaba en contacto permanente con Tráfico y además estaban metidos de lleno en la investigación de su propio caso, no le quedaba otra que contestar.
—Stone.
—Inspectora, soy Lynne…, la novia de Penn. Nos conocimos…
—Sé quién eres, Lynne. Trabajamos juntas en un caso importante. ¿Qué sucede?
—Penn me acaba de llamar. Ha cancelado el pícnic que teníamos organizado. Es nuestro aniversario y sé que se tiene que sentir fatal. Entiendo la situación, de verdad, pero… ¿podría pasarme por la comisaría y llevármelo por ahí un rato? Quiero darle una sorpresa antes de irme a trabajar, para que sepa que no pasa nada, que no me he enfadado.
Kim comprendía las presiones que el trabajo ejercía sobre las relaciones personales. Por cada matrimonio que sobrevivía, probablemente
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había dos que no lo hacían. Y no sería ella quién se cargara esa relación, no iba a quedarle eso en la conciencia.
—No hay problema, disfrutadlo —respondió Kim antes de colgar.
Bryant le sonrió mientras se bajaban del coche.
—¿Qué pasa?
—Eres una buena persona cuando quieres serlo, de verdad que sí. —Ya, ya, tú comprueba lo buena que puedo llegar a ser como
empieces a difundir ese rumor —amenazó, acercándose hasta la entrada de la vivienda.
Ryan West abrió la puerta enseguida.
—Hola, inspectora, me alegro de volver a verla —saludó, haciéndose a un lado y asintiendo hacia Bryant.
Kim le explicó quién era mientras se fijaba en el atuendo del profesor. Vestía la misma camisa de cuello abierto y corbata sin ajustar que había llevado en la comisaría, pero unos pantalones de chándal grises
habían sustituido a los elegantes pantalones de vestir negros.
—Estaba dando clases por Skype —explicó, llevándolos hasta la cocina, donde tenía el portátil abierto—. Acabo de terminar una clase online con un grupo de refugiados afganos. Han captado el concepto de participio no concordante bastante más rápido que muchos de mis alumnos.
Kim lo miró con cara de no comprender nada.
—Da igual —añadió, cerrando el portátil, y señaló las sillas—. ¿Cómo puedo ayudarlos?
—Hemos estado hablando con Lenny Baldwin sobre los Seis Psicópatas.
Ryan movió la cabeza de lado a lado.
—Joder, había olvidado que algunos solían referirse a ellos con ese apodo. Siendo justos, eran espantosos. Algunos más que otros.
—¿Por casualidad habrá sido capaz de recordar sus nombres completos?
—Espere —pidió, dando golpecitos sobre la mesa y tratando de recordar—. Ya conocen a dos de ellos —continuó, contándolos con los dedos—. Estaba Ian Perkins. —Le recorrió un escalofrío.
—¿El cabecilla?
—Sin duda. Luego estaban Nathan Yates, Dean Newton y Leyton… ¡Ah, sí, Leyton Parks! Sí, creo que esos son los nombres. He estado
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tratando de recordarlos desde la última vez que hablamos.
Bryant añadió la información que faltaba en su cuaderno.
—Qué raro que ese sea el nombre que más me haya costado recordar. —¿Por qué?
Ryan se encogió de hombros.
—No se parecía demasiado a los demás. Yo me llevaba bien con él. Terminó en ese grupo por accidente, supongo que por ser compañero de celda de uno de los otros chicos, pero era más tranquilo, más amable que sus amigos. Le gustaba leer, se refugiaba en la palabra escrita.
Kim comprendía por qué el profesor de lengua habría creado un vínculo con ese chaval.
—Lenny nos ha hablado de un par de incidentes que involucraron a los chicos. ¿Hubo un intento de agresión sexual?
—Me temo que eso ocurrió antes de que yo llegara al centro, pero sí es verdad que escuché rumores.
—¿Y qué me dice de un chico al que Eric y Paul aterrorizaban permanentemente?
Ryan movió la cabeza de lado a lado.
—No recuerdo nada así durante el tiempo que estuve trabajando allí, pero vamos, que me lo creo.
—¿Intentaron hacerle algo a usted?
—Eh… Aparte de encontrarme excrementos humanos en mi maletín y restos de una eyaculación en el bolsillo de mi abrigo, nada del otro mundo.
—Con sus refugiados afganos no tiene problemas de ese tipo, ¿verdad? —observó Bryant.
—En absoluto —respondió Ryan con una sonrisa.
—¿Nunca fueron violentos? —presionó Kim.
Ryan volvió a negar con la cabeza.
—¿Tampoco con Lenny Baldwin?
—No. —El hombre torció el gesto—. De hecho, creo que ni siquiera le metieron zurullos en su maletín. Sin embargo, existían rumores.
—¿Sobre qué?
—Miren, no pasé en el centro el tiempo suficiente para poder juzgarlo, y estamos hablando de la carrera de un hombre.
—Ya está jubilado, y no vamos a difundirlo por las redes sociales — aseguró Kim.
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—Bueno, sus informes tenían muchísimo peso. En algunos casos, eran clave para que a un chico lo liberaran antes de tiempo o no. Yo no estoy diciendo que hiciera algo inapropiado como prometer la libertad anticipada a algún interno ni nada por el estilo, pero los rumores existían —explicó, abriendo las manos expresivamente.
Kim hizo un esfuerzo por tratar de reprimir las sospechas que aquello iba despertando en ella, pero le resultaba complicado teniendo en cuenta que el propio Lenny le había admitido que en el desempeño de su trabajo a veces existían aspectos ambiguos.
La inspectora agradeció a Ryan la claridad de sus declaraciones antes de marcharse.
Llamó a Penn para que insistiera en la obtención de la orden judicial para Welton. Tenía que enterarse de quiénes eran los chicos acerca de los que Lenny Baldwin había redactado informes favorables para que fueran liberados anticipadamente.
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Capítulo 55
Stacey llamó con suavidad a la puerta de la casa frente a la que se encontraba, en Lye. No sabía por qué llamaba con tanta sutileza, porque tendría que hacerlo con bastante fuerza para que la mujer que había ido a ver la oyera, pero se imaginó que sería un acto inconsciente que pretendía ser sensible y cuidadoso, teniendo en cuenta lo que aquella mujer acababa de sufrir.
La puerta se abrió despacio. Tras ella apareció una figura vestida con un jersey de lana de gran tamaño, con un cuello que le cubría hasta la barbilla y un dobladillo que le llegaba a la altura de las rodillas. Llevaba el pelo castaño y húmedo recogido en una coleta apretada. Su rostro estaba pálido y sin maquillaje, y mostraba una expresión de desconfianza.
Stacey mostró su identificación policial y se presentó.
—¿Qué es esto, joder? ¿Una segunda visita para explicarme que no pueden hacer nada más?
Stacey negó con la cabeza.
—Pertenezco al Departamento de Investigación Criminal. Tengo entendido que ha venido una sargento.
—Sí, para explicarme que no iban a ser capaces de coger al cabrón que…
—¿Es eso lo que le ha dicho? —preguntó Stacey, con dudas.
—No exactamente, pero he captado el mensaje. Supongo que podría decirse que ha venido a mi casa a gestionar mis expectativas.
—¿Puedo pasar?
Karen Boyd soltó la puerta y se giró hacia dentro, en un gesto que parecía indicar «haz lo que te dé la gana».
Stacey cerró la puerta tras de sí y siguió a Karen hasta el salón.
La mujer se sentó en el sillón y metió las piernas y los pies dentro del jersey, como si este fuera una especie de refugio seguro. Se inclinó hacia
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delante, sacó un cigarrillo del paquete y lo encendió.
—Lo siento, solía fumar fuera, pero ahora ya no lo hago. Ni en el jardín de mi propia casa me siento ya segura.
Stacey la compadeció. Su experiencia reciente había provocado que supiera bien cómo el miedo a lo que te pueda pasar tiene el poder de afectar a cosas que antes hacías de forma inconsciente, sin pensarlas ni un segundo.
—¿Puedo llamarla Karen? —preguntó Stacey.
La mujer se encogió de hombros. Le daba absolutamente igual. —¿Le importaría contarme lo que pasó la otra noche?
—¿Para qué? ¿Para que tampoco me crea? —Por favor, Karen, quiero ser capaz de ayudarla.
Karen dio una larga calada al cigarrillo y, a continuación, lo apagó bruscamente. Sus brazos desaparecieron dentro del jersey con el resto su cuerpo, dejando solo su cabeza al descubierto.
—Volvía del pub. Estuvimos tomando unas copas por el cumpleaños de mi jefe. El pub no está lejos de mi casa, a menos de un kilómetro. No me tomé la última copa para que no se me hiciera de noche a la vuelta.
Cuántas cosas había que tener en cuenta simplemente para volver a casa después de salir a tomar algo.
—Joder, ¿quién se pilla un Uber para una distancia así? —exclamó, en un tono que daba a entender que ojalá lo hubiera hecho—. Ni siquiera percibí que alguien me estuviera persiguiendo. No oí pasos, no sentí nada. Estaba más o menos a mitad de camino. Andaba distraída buscando mis llaves en el bol… en el bolso.
La mujer hizo una pausa y respiró unas cuantas veces.
—Tómese su tiempo. No tenemos ninguna prisa —dijo Stacey con amabilidad.
—De repente, en un abrir y cerrar de ojos, me golpearon con tanta fuerza que pensé que me había atropellado un coche. Estaba tirada en el suelo, de lado, en mitad del callejón. Me había golpeado la cabeza. Estaba aturdida. Antes de siquiera abrir los ojos, sentí que algo tiraba de mi ropa. Había manos en mis muslos, tratando de levantarme la falda. Me di cuenta de que la persona que tenía encima no tenía la intención de ayudarme. Lo que pretendía era violarme.
Las lágrimas le caían a la mujer por sus mejillas.
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—Tenía sus manos sobre mi cuerpo, tirando, empujando, buscando, agarrando. Empecé a dar patadas y puñetazos, pero parecía que el forcejeo lo ayudaba a colocarme precisamente en la posición que quería. Logró meterse entre mis piernas. Fue justo entonces cuando empecé a gritar. Me golpeó aquí —explicó, sacando brevemente una mano del jersey y señalándose la frente—. Eso provocó que mi cabeza rebotara contra el suelo. Intenté no desmayarme porque de ser así no podría seguir gritando, y justo en aquel momento, paró. De repente, el peso desapareció y pude respirar algo más tranquila.
El recuerdo la hizo tomar aire varias veces para poder continuar el relato.
—Tenía la ropa alrededor de la cintura. Todas mis intimidades estaban a la vista.
—Entonces no hubo…
—No —interrumpió Karen, evitando que Stacey pronunciara la palabra que no quería escuchar.
—¿Y no vio a nadie más?
—Un par de minutos más tarde alguien me encontró. Estaba sollozando contra la pared, demasiado asustada como para salir del callejón. Era un hombre e hizo todo lo posible por no tocarme. Se puso de pie delante de mí y llamó a la policía. No paraba de decirme que no iba a dejarme sola así, y que nadie iba a hacerme daño.
La sonrisa triste del rostro de la mujer indicaba que la actuación de aquel transeúnte la había ayudado a sentirse segura mientras esperaban a que llegara la policía.
—¿Cree que su agresor cambió de opinión? —preguntó Stacey, comprendiendo la ridiculez de la pregunta. Que un violador se detuviera a mitad de camino no era algo habitual. Karen hizo un gesto de extrañeza.
—Al principio pensé eso. Creí que mis gritos habían provocado algún revuelo, pero hay cosas que no tienen sentido. Nadie vino a ayudarme de inmediato.
La mujer se calló, pero el gesto de estupefacción permanecía. Había algo más.
—Continúe.
—Es difícil de explicar, pero no se apartó poco a poco de encima de mí. No hubo una disminución gradual de su peso sobre mi cuerpo. No soy
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capaz de explicarlo. Fue como si estuviera sobre mí, y al instante hubiera desaparecido.
—¿Como si otra persona se lo hubiera quitado de encima? —preguntó Stacey.
Karen asintió lentamente.
—Sí, justo eso, pero no puede ser, ¿verdad? Porque si alguien hubiera hecho eso, se habría parado a ver cómo me encontraba, ¿no?
«No si lo que quería era coger al tipo y que la policía no lo viera», pensó Stacey.
—¿Y pudo ver bien al hombre que la atacó?
Karen volvió a sacar las manos del jersey para secarse los ojos.
—Sí.
—Pero no estaba entre las fotos que le mostraron en comisaría.
La mujer sacudió la cabeza, y de nuevo las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.
—Habría dado lo que fuera por que hubiera estado. Por mucho que no quisiera volver a verle la cara, ahora sé que las probabilidades de que lo atrapen son prácticamente nulas. La sargento me lo ha insinuado hará media hora. ¿Cómo voy a volver a sentirme segura? ¿Cómo sé que no va a volver a venir a por mí? Si ya lo ha intentado una vez, podría hacerlo de nuevo. Ocurrió ahí mismo, al final de la calle, por el amor de Dios. No puedo salir sola, e incluso cuando estoy acompañada, voy buscándolo por todas partes, con ganas de vomitar.
Esa última frase provocó que Stacey se emocionara. Era un miedo con el que se podía identificar.
—Eh, tiene que darse algo de tiempo —tranquilizó a Karen—. Apenas han pasado un par de días.
—Pero ¿cuándo se acabará? ¿Cómo volveré a sentirme segura sabiendo que anda por ahí suelto?
Stacey sacó su teléfono mientras Karen se encendía otro cigarrillo con manos temblorosas. Se desplazó hasta la foto con aspecto menos horrible que Keats les había mandado del cadáver de Paul Brooks.
—Karen, ¿es este el hombre que intentó violarla?
El resuello ahogado de la mujer fue la respuesta que Stacey estaba buscando.
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Capítulo 56
—Gracias por unirte a nosotros —saludó Kim cuando Stacey entró en la sala de la brigada.
—Lo siento, jefa, había algo a lo que quería echar un vistazo — contestó la ayudante de detective, dejando su satchel bajo el escritorio.
—Teniendo en cuenta los acontecimientos recientes, no habría estado de más contarle a alguien de a dónde ibas —espetó Kim.
A la inspectora no le había hecho mucha gracia llegar a la oficina y que le explicaran que Stacey había desaparecido sin decirle a nadie a dónde se dirigía. Precisamente estupideces de ese tipo habían sido las causantes del origen del conflicto.
Kim sabía que no estaba siendo justa y que Stacey se había limitado a hacer su trabajo, pero aquel no era el momento de poner a prueba su paciencia.
—Cogí un coche patrulla —comentó Stacey en voz baja.
Kim emitió un leve gruñido en respuesta.
La inspectora había vuelto a la oficina esperando que Stacey le pidiera conversar en privado. ¿No quería saber por qué su jefa había mantenido una charla con su mujer? ¿No estaba enfadada porque el tono de esa charla había sido bastante hostil? A menos que Devon no se lo hubiera contado. Esa posibilidad suscitó todo tipo de preguntas en la mente de Kim.
—Paul Brooks es la persona que atacó a Karen Boyd —anunció Stacey, acercando la silla a su escritorio.
Kim hizo un gesto de extrañeza. No reconocía aquel nombre.
—El intento de agresión sexual que recibimos la otra noche —aclaró Stacey.
Kim recordó aquel caso que se estaba investigando en la comisaría mientras ella estaba interrogando a Philip Drury y Ryan West.
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—¿Estás segura? —preguntó Kim. En ese momento, un movimiento en el aparcamiento llamó su atención. El Volkswagen Polo de Lynne acababa de llegar y estaba aparcando junto al muro. Kim estuvo a punto de decirle algo a Penn, pero se detuvo cuando Lynne estiró la mano hacia el asiento del copiloto para alcanzar algo.
—La mujer lo identificó cuando le enseñé una foto, jefa. Fue él, seguro —respondió Stacey.
—Joder. ¿Por qué se quedó la cosa en un intento? ¿Hubo algo que lo asustara? —preguntó la inspectora, echando otro vistazo hacia el exterior. Ocultó su sonrisa al ver a Lynne tendiendo una manta en un espacio en el que podían estacionar tres coches. Sobre la misma depositó una cesta de pícnic, que comenzó a vaciar para ir colocando varias cosas.
Kim sabía que había una razón por la que Lynne le había caído bien cuando trabajaron juntas unos años atrás, y era justo esa. Le daba igual lo que pensaran los demás.
Stacey abrió la boca para responder, pero Kim levantó una mano para detenerla.
—Penn, hazme un favor, ¿vale? Ahí en el aparcamiento hay alguien al que le está costando cambiar una rueda. ¿Quieres ir a echarle una mano?
—Claro, jefa.
—Y no tengas prisa por volver.
El sargento se extrañó, pero ella le hizo gestos para que saliera rápido de la sala. Lo entendería cuando llegara abajo.
Tres pares de ojos miraron a Kim con curiosidad. Ella señaló la ventana.
Stacey se giró en su silla y Alison y Bryant se acercaron.
—¡Madre mía! —exclamó Alison, poniéndose la mano sobre la boca.
—¡Eso es taaaan romántico! —dijo Stacey.
—Y él se ha quedado atónito —observó Bryant cuando Penn salió corriendo del edificio y se detuvo en seco al ver a Lynne de pie junto a una manta de pícnic que había llenado con vasos, bocadillos y platitos.
Penn miró hacia arriba, hacia la ventana de la sala, y su expresión fue suficiente.
—Venga, chicos, vamos a dejarlos en paz un rato —dijo Kim, apartando a los demás de allí.
Cuando los ¡ohhh! y los ¡ayyy! cesaron, Kim continuó la conversación sobre la víctima de la agresión sexual.
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—¿Decías que algo detuvo al atacante, Stace?
—Sí, bueno, ahí es donde la cosa se pone algo extraña. Karen cree que alguien lo interceptó antes de que pudiera agredirla sexualmente.
Kim lo entendió enseguida.
—¿Crees que fue el asesino que buscamos el que lo detuvo? — preguntó, con la impresión de que la verdadera Stacey estaba empezando a volver al trabajo. Sin embargo, le iba a hacer falta algo más que un par de observaciones útiles para revertir el daño que había causado. Y, además, estaba el tema de lo de Devon.
Stacey asintió.
—Es posible. No hemos sido capaces de rastrear los movimientos de Paul Brooks en las horas previas a que lo mataran, y Karen cree que alguien le quitó a su agresor de encima a la fuerza.
—Pero ¿no estaba registrado en nuestro sistema siendo ya un adulto? —preguntó Kim, cayendo en la cuenta de qué era lo que la había perturbado al ver su ropa. Aquel hombre había salido de casa con la intención de cometer una violación y se había puesto su ropa más vieja y raída, pues pretendía destruirla una vez cometido el delito, junto con cualquier otra prueba física.
Se le revolvió el estómago al pensarlo.
—No, jefa, y tampoco Eric Gould —respondió Stacey.
Kim estaba pensando qué decir cuando sonó su teléfono.
—Stone —respondió ella, al ver que la llamaban desde la recepción.
—Hay una mujer aquí que abajo quiere verte, inspectora.
—Tengo bastante lío ahora mismo, Jack.
—Vale, esperará, pero dice que no se va a ir hasta que pueda hablar contigo.
Joder, odiaba a la gente tan persistente.
—¿Cómo se llama?
—Charlotte Danks.
—Dile que ya bajo.
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Capítulo 57
Siguiendo instrucciones de Kim, Jack había colocado a Charlotte en la sala de interrogatorios número uno. Por alguna razón, la mujer era diferente a como la inspectora se la había imaginado. Todo en ella era normal. Tenía el pelo castaño con un corte al estilo bob, con un flequillo recto por encima de sus ojos de color avellana. Sus rasgos eran atractivos, pero no despampanantes, no llamaba la atención. En la mente de Kim, Birch se había sentido atraído por Charlotte por su aspecto deslumbrante, pero, por guapa que fuera, jamás habría destacado en una multitud.
Kim se presentó mientras se sentaba.
—¿Es verdad? —preguntó Charlotte, apretando las manos sobre la mesa.
Kim no necesitó que le explicara la pregunta.
—Sí, está muerto.
—Quiero verlo —exigió, empujando su mentón hacia delante, dispuesta a enfrentarse a lo que fuera, lista para la batalla.
—Puedo confirmarle con total certeza que Terence Birch está muerto.
Lo conocí en un caso anterior, y estuve presente en su escena del crimen.
Era él.
—No me vale. Tengo que verlo por mí misma.
Kim buscó su teléfono.
—Tengo fotos de…
—No, necesito verlo. Es la única forma.
—No es usted pariente o…
—Soy su víctima, inspectora. Puedo asegurarle que no existe nadie que haya pensado en ese hombre más que yo.
—Señora Danks, yo no puedo…
—Sí, sí que puede, inspectora —aseguró, y el temblor de su barbilla delató la emoción que la invadía—. Usted, como agente de policía, tiene la
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oportunidad de hacer lo que todos ustedes no han sido capaces de hacer durante los diez últimos años, que es darme tranquilidad.
Kim consideró brevemente la posibilidad de asegurarle que el cuerpo de Policía había hecho todo lo que estaba en su mano, pero no iba a valerle de mucho, porque nada había servido dado que Charlotte se vio obligada a dejar atrás su vida y su familia para sentirse segura y no terminar de perder la cabeza.
La gente suele pensar que, una vez enfrentados a la ley, los individuos ponen fin a su comportamiento aberrante, pero algunos delincuentes no se amilanan a pesar de las consecuencias que eso pueda tener. Terence Birch fue un buen ejemplo de ello.
Kim volvió a abrir la boca para discutir. Aquello no era una práctica normal.
—Si no va a decirme algo que no sea una fecha y una hora concreta, por favor, ahórreselo. Si tengo que acampar en la entrada más cercana a la morgue con una tienda de campaña y un hornillo, lo haré. He perdido años de mi vida por culpa de ese hombre —dijo, susurrando las últimas palabras.
Kim finalmente comprendió el motivo de la actitud de la mujer. Era pura fachada. Detrás de la hostilidad y la agresividad, lo que en verdad quería era comprobar que de verdad podría volver a vivir.
Por mucho que nadie le dijera que todo había terminado, no existía otra forma de que pudiera encontrar paz.
—Deme su número y veré qué puedo hacer.
Charlotte recitó rápidamente su teléfono y Kim lo guardó en el suyo.
—Si consigo gestionarlo, preferiría que no lo hiciera sola.
—Estaré bien. No quiero que mi familia sepa lo que estoy haciendo, intentarían disuadirme.
Y aún le resultaba imposible dejar atrás los secretos.
—Déjelo en mis manos. Estamos en contacto —ofreció Kim, poniéndose de pie, y abrió la puerta.
—Gracias, inspectora. De verdad que aprecio mucho su ayuda, y lo siento si he venido un poco…
—No se preocupe —dijo Kim, mostrándole el camino de vuelta a la recepción.
Continuó observando a la mujer, meditando sobre cómo iba a pedirle un favor a Keats sin deberle nada a cambio.
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Aún seguía sumida en sus pensamientos cuando Charlotte salió del aparcamiento de la comisaría en un Fiat Panda azul claro.
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Capítulo 58
—Venga, Alison, cuéntanos algo —instó Kim, una vez de vuelta en la oficina. Se estaba haciendo tarde y el equipo estaba cansado, pero quería conocer cualquier hallazgo que Alison pudiera haber hecho.
—Qué buen tiempo está haciendo últimamente.
—Preferiría que me contaras algo sobre los Seis Psicópatas y sobre quién podría querer hacerles daño.
—Bueno, para empezar, me parece que ese apodo constituye una etiqueta injusta, teniendo en cuenta que todos sus miembros eran menores de dieciocho años cuando cometieron sus delitos. Ninguno de ellos padecía una psicosis y, en el peor de los casos, se les habría diagnosticado un trastorno de conducta, resultado de una mezcla de comportamientos agresivos, deshonestos, destructivos y rebeldes.
—¿Cuáles son los signos que se presentan en las fases más avanzadas de la psicopatía? —preguntó Bryant.
—Básicamente, es un comportamiento que entra en conflicto con las normas sociales. Desprecio por los derechos de los demás. Incapacidad para distinguir el bien del mal, falta de empatía, mentiras abundantes, manipulación o daño a las personas en general, desprecio por la seguridad y la responsabilidad, ira frecuente. Se suelen presentar tres o más de todas estas características.
—¿Y qué señales se presentan en el trastorno de conducta? —preguntó Kim.
—Intimidación, agresión, forzamiento de la actividad sexual, utilización de armas, mentiras, allanamiento de morada, robos, falsificación, piromanía u otros actos destructivos, absentismo escolar, fugas, drogas y alcohol.
—Perdona mi ignorancia, pero la lista dos se parece muchísimo a la uno —señaló Bryant.
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—Anda, lo has pillado, ¿eh? ¡No se te escapa una, Bryant! La detección de la psicopatía en jóvenes no difiere de la detección en adultos. Lo único que cambia es la etiqueta que se le asigna, y eso depende de la edad.
—Pero ¿no hay señales tempranas? —preguntó Bryant—. He visto algo de eso en Discovery Channel.
—Alguien tiene que quitarte ese canal —bromeó Alison—. ¿Estás hablando de la Tríada de Macdonald?
—¿Hamburguesa, patatas fritas y batido? —preguntó Penn con una sonrisa.
Su humor había mejorado sensiblemente desde su improvisada cita con Lynne sobre una manta en el aparcamiento.
Alison le dirigió una mirada tolerante.
—Es una tríada relacionada con los sujetos sociópatas que describe tres factores: crueldad con los animales, obsesión por prender fuego y enuresis persistente más allá de los cinco años. En teoría, la presencia de dos de los tres factores está relacionada con una conducta agresiva posterior. Aunque supongo que lo de «Seis Psicópatas» era solo un apodo y no la consecuencia de una evaluación psicológica.
—Vale, pero ¿deberíamos tener en cuenta los factores que detalla la tríada para intentar encontrar al que sabemos que sí es un psicópata y que tiene en el punto de mira a esos seis? —preguntó Kim. No tenía claro si una búsqueda en los registros de Welton para dar con otros internos que cumplieran los requisitos de la tríada y cruzar luego las referencias con los nombres de las personas a las que «los seis» habían intimidado los ayudaría a obtener algunos nombres que quizá merecieran le pena.
—No corras tanto —previno Alison, destruyendo las esperanzas de Kim de reducir el número de sospechosos en Welton utilizando ese criterio. Los «no corras tanto» de Alison solían suponer para Kim un golpe a sus ilusiones—. Otros estudios han demostrado que tanto la piromanía como la crueldad hacia los animales están relacionadas con períodos largos en los que se ha sufrido una humillación constante. La crueldad repetida contra los animales tiene más relación con la violencia contra los seres humanos. Puede considerarse como una especie de ensayo para matar a personas, para lo cual podrían utilizarse los mismos métodos. Mojar la cama a edades tardías puede ser un indicador de posibles abusos
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en la infancia. Así que todos estos factores también pueden ser indicadores de maltrato físico o emocional continuado.
—¿Quieres decir que todos los internos de Welton Hall son víctimas inocentes de traumas familiares o sociales, abusos o abandono? — preguntó Kim, viendo cómo su posible línea de investigación continuaba desvaneciéndose.
—No, no, para nada —se defendió Alison—. Me encanta venir aquí y que rebatas cualquier cosa que diga.
—Es un placer; venga, sigue, que ya estamos todos agotados por hoy —pidió Kim.
—Hay muchas razones por las cuales los chicos se meten en problemas. Hay causas genéticas, como el daño cerebral. En algunos niños, la ira y la violencia están relacionadas con el miedo y la ansiedad, los efectos secundarios de alguna medicación, trastornos del sueño o el dolor crónico. Cada vez más jóvenes son remitidos a equipos de salud mental infantil o juvenil para que los evalúen después de haber cometido algún acto violento. La depresión en la adolescencia puede manifestarse como ira y agresividad. Por otro lado, la hiperactividad y los trastornos de atención predisponen a los niños tanto a un comportamiento antisocial en la adolescencia como a un trastorno antisocial de la personalidad en la vida adulta.
—Vale, genial —dijo Kim—. ¿Cómo va a reducir eso nuestra lista de sospechosos potenciales?
En muchas ocasiones anteriores, Alison había proporcionado una visión valiosa y aportado claridad con respecto a lo que podrían estar buscando. Sin embargo, esta no era una de esas veces.
—No puedo sacarme un nombre de la chistera —dijo Alison.
Kim suspiró.
—Vale, de momento, vamos a seguir asumiendo que nuestro asesino tiene algún tipo de vínculo con Welton. Ya sabemos que nuestro encantador grupo de seis no era excesivamente popular entre el resto de los internos o los trabajadores. Tenemos que conseguir como sea acceder a los registros de Welton, y mañana nos vamos a centrar en localizar a los demás y prevenirlos. Alguien la tiene tomada con ese grupo.
La inspectora se alegró de ver los nombres de Ian Perkins, Nathan Yates, Leyton Parks y Dean Newton ya en la pizarra.
—Ya sé dónde no está Ian Perkins —ofreció Penn.
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Kim esperó a que el sargento continuara hablando. Por lo que tenía entendido, era el mayor, el cabecilla y el único de todos los miembros que había cometido un asesinato.
—Ya no está encarcelado. Dejó Welton a los veintiún años, cuando fracasó su apelación, e ingresó en el sistema penitenciario. Lo soltaron cuatro años después.
—No debería ser muy difícil localizarlo si… —Tiene una nueva identidad. Kim emitió un leve gruñido.
—¿Protección de testigos?
—Sí. Un mes antes de que lo soltaran, testificó contra un traficante turco que le había revelado secretos de su operación, permitiendo a la Policía Metropolitana de Londres investigar apuntando a los objetivos más altos. Consiguió un nombre nuevo y todo ese rollo.
—¿Alguien tiene alguna noticia buena que darme? —preguntó Kim, observando que Stacey en particular parecía estar barruntando algo.
—Jefa, sé que estamos centrados en la hipótesis de que estos ataques son una especie de venganza por lo que los Seis Psicópatas hicieron a la gente, pero tal vez haya algo más.
—¿Como qué?
—Eric Gould ingresó en Welton por violencia contra su novia. Su relación con Teresa Fox iba también en esa dirección. Paul Brooks estaba en Welton por agresión sexual; iba camino de reincidir, pero lo asesinaron antes de que pudiera hacerlo. ¿Hay alguna posibilidad de que se estén cargando a estos tipos no por lo que hicieron en el pasado, sino por lo que estaban a punto de hacer en el presente? Quizá alguien los esté vigilando, tal vez los Ángeles de Black Country, que a lo mejor saben cosas que nosotros no sabemos, ¿podría ser?
—Eres consciente de que Minority Report es solo una peli, ¿verdad? —preguntó Penn, guiñándole un ojo.
Stacey respondió enarcando una ceja.
—Es una teoría interesante —opinó Alison.
—Que estudiaremos a fondo mañana —dijo Kim, apartándose del escritorio.
Había mucho que investigar, pero su equipo llevaba más de catorce horas seguidas trabajando y ella tenía otra cosa aún en la cabeza.
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—Nos vemos aquí mañana a las siete —ordenó, dirigiéndose al centro de operaciones.
Sin más dilación, los cuatro empezaron a cerrar sus ordenadores y a organizar papeles.
Stacey miró a Kim de reojo cuando pasó junto a la mampara de cristal, pero la inspectora apartó la mirada. Tendrían una conversación, pero ella aún no estaba en ese punto.
No cabía duda de que Stacey no la soportaba en aquel momento, pero Kim estaba ya centrada en hablar con alguien que la soportaba aún menos.
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Capítulo 59
Cuando Stacey abrió la puerta de su casa, iba pensando menos en Terence Birch que en el estado de la relación con su mujer.
Hacía meses que su piso no representaba aquel refugio seguro que siempre había sido. En un tiempo no tan lejano, se habría quitado los zapatos y se habría puesto cómoda para disfrutar de una noche de pizza a domicilio y televisión basura tras un día de trabajo largo y duro. Aquella normalidad, las pequeñas cosas. Las echaba de menos, como también echaba de menos el remanso de paz que había sido su hogar en compañía de Devon. Parecía que la pelea de la otra noche había permitido que sonaran los tambores de guerra en su refugio idílico. Sí, Devon se había disculpado y, por supuesto, ella había aceptado sus disculpas, pero perdonar no significaba borrar de inmediato lo que había pasado.
—Hola, Dee —saludó, entrando en la cocina.
Devon se apartó del hervidor de agua y le dio un abrazo con un solo brazo y un pico en los labios.
A Stacey le pareció que había algo realmente triste. ¿Qué coño era lo que habían perdido? ¿Volverían a encontrarlo alguna vez?
Devon le tendió una copa de vino blanco; ella sostenía una taza de café.
—¿Qué tal el día, amor?
Stacey consideró soltar algún comentario rápido e ingenioso que le evitara tener que seguir pensando en su jornada laboral, pero dudaba que cerrarse y aislarse fuera la mejor estrategia para volver a encontrarse con su mujer.
—Pues una mierda. Mi jefa todavía me odia —se quejó, tomando asiento.
—Ya, pues yo estoy segura de que me odia a mí también —dijo Devon, sentándose frente a ella.
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Stacey se percató de que Devon no estaba distante ni fría, como había pensado al llegar, sino pensativa y tensa. El alivio que la agente sintió duró poco, lo que tardó en digerir las palabras de su mujer.
—¿Por qué iba a odiarte?
—Ha estado aquí hoy.
—¡¿Q… Qué?!
—Bueno, pues creo que eso no va a ser lo que más te va a sorprender de todo lo que vas a escuchar esta noche. Pero le canté las cuarenta, amor.
—¡Madre mía! —exclamó Stacey, dando un largo sorbo a su copa de vino. Como si no tuviera ya suficientes problemas con la jefa.
—Lo siento, pero te está tratando fatal, y así se lo he dicho.
—Cariño, es mi jefa —se quejó Stacey.
—Pues debería empezar a actuar como tal de una puta vez, ofreciéndote su apoyo por lo que has tenido que pasar y disculpándose por haberte expuesto a un hombre como Birch.
—Ella no tenía manera de saber que Birch iba a comportarse así.
Interrogué a los testigos de aquel caso a solas todo el tiempo.
Devon movió la cabeza de lado a lado en un gesto de desesperación. —Sabía que te la defenderías. Ojalá fuera capaz de entender qué ha
hecho esa mujer para merecer esa lealtad tan ciega por tu parte.
Stacey se sentía mal. La idea de su mujer y su jefa en plena disputa era demasiado para ella.
—Somos una unidad —explicó Stacey—. Trabajamos juntos todos los días. Se crean vínculos. Es difícil de explicar.
Devon trabajaba en un ambiente laboral diferente, porque en su empleo el personal rotaba constantemente y el equipo con el que trabajaba cambiaba cada semana.
—Lo entiendo, amor, pero esos mismos vínculos deberían ir en ambas direcciones. Por muy enfadada que esté contigo, debería apoyarte en un momento así.
—Ella no es una persona normal, Dee. Muestra sus emociones de una forma diferente, pero… —Stacey se quedó callada, consciente de que la conversación se estaba desviando de algo que era mucho más importante —. Pero espera un momento, ¿para qué ha venido?
—Ah, bueno, porque quería hablar conmigo sobre la noche en la que mataron a Birch.
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Stacey sintió un torrente de emociones: ira, injusticia, miedo. Su jefa había estado hablando con su mujer en relación con la muerte de un hombre, en calidad de agente de policía, y ni siquiera se lo había contado. ¿Qué derecho tenía a hacer eso y, lo que era más importante, por qué motivo iba a hacer algo así?
Cogió su satchel. Aquello ya era demasiado. Quería volver a estar de buenas con su jefa, pero ¿qué derecho tenía a hablar con Devon a sus espaldas?
—No puede ser, esto no se va a quedar así. Voy a llamar ahora… —Espera un segundo. Déjame que te cuente todo. Dale un buen trago
al vino —advirtió Devon.
Stacey la obedeció, preguntándose qué coño más podría haber pasado.
—Ha venido a hablar conmigo porque vio unas imágenes.
—¿De qué? —preguntó Stacey; un escalofrío de miedo le recorrió la espalda.
—Unas en las que salgo dándole un puñetazo a Birch.
—¡¿Q… Qué?! ¿Cómo? ¿Cuándo?
Stacey pensaba que, quizá si saliera del piso y volviera a entrar, a lo mejor todo aquello tendría algún tipo de sentido que en aquel momento no encontraba.
—Cuando salí furiosa de casa el lunes por la noche, lo alcancé. Le grité. Le di un puñetazo. Y todo aquello lo grabó una cámara que debe haber en la puerta de algún vecino.
—Pero te fuiste en el coche —dijo Stacey.
—Sí, después de confrontar a Birch. Y tu jefa quiere saber a dónde fui. La cámara también muestra mi coche alejándose en la misma dirección que tomó Birch.
—¡Dios mío de mi vida! —se lamentó Stacey, enterrando la cabeza entre las manos. No tenía mucha información sobre las circunstancias en las que había muerto el hombre que la había estado torturando, pero sí sabía que había un segundo vehículo implicado.
El malestar que sintió de pronto en el estómago fue abrumador. Era surrealista estar sentada en la mesa de la cocina con una copa de vino mientras trataba de digerir todo lo que le acababa de contar.
Devon le cogió la mano.
—Amor, sé que no debería haberme enfrentado a él. Hay muchas cosas que no debí haber hecho esa noche, y sé que mis acciones solo han servido
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para perjudicarte aún más. Pero, cuando lo vi ahí afuera, sabiendo por lo que te había hecho pasar, me cegó la rabia.
Hasta qué punto le había cegado la rabia era la pregunta que se cruzó de inmediato en la mente de Stacey.
—Si pudiera volver atrás, te aseguro que…
—¿Lo hiciste, Dee? —le preguntó Stacey sin poder evitar que aquellas palabras escaparan de sus labios.
Devon se quedó congelada. Su rostro reflejaba un dolor muy profundo. —¿De verdad me crees capaz de hacer algo así? —preguntó Devon,
apartando su mano de la de Stacey.
—Ahora mismo, no sé lo que creer.
—Vale —dijo Devon, retirando bruscamente su silla de la mesa—. Voy a darme una ducha para intentar olvidarme de que has sido capaz de hacerme esa pregunta.
—Dee, escúchame…
Pero era demasiado tarde. Devon ya había salido de la cocina.
Stacey cogió la copa de vino y la tiró al suelo; se quedó unos instantes contemplando el amasijo de cristales rotos y líquido.
Qué ironía que, incluso muerto, Terence Birch seguía arreglándoselas para arruinarle la vida.
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Capítulo 60
—Bueno, chico, ¿cómo vamos a hacerlo? —preguntó Kim mientras Barney bebía un buen trago de agua.
Desde que había llegado a casa, le había dado de comer y se había pasado media hora lanzándole su pelota de tenis favorita en el jardín. El sol de mayo se estaba poniendo, provocando una brisa fría que le molestaba a Barney mucho menos que a ella, pero bueno, ya se habría quedado satisfecho, al menos hasta su paseo tardío que tendría lugar alrededor de medianoche.
—¿En serio? —le preguntó cuándo vio cómo iba dejando un rastro de babas desde su cuenco hasta la alfombra.
El perro movió la cola en respuesta, provocando un silbido. Kim comprendió que el animal no iba a serle de mucha ayuda en su dilema de aquel instante, así que le limpió las babas y tiró el papel de cocina a la papelera.
La inspectora se lavó las manos y se sirvió un café mientras seguía dándole vueltas a la pregunta que se llevaba haciendo desde que supo de la liberación de Ian Perkins.
¿Cómo ponerte en contacto con una persona que no quiere que la encuentre nadie? Y no se refería al chico asesino que había cambiado de identidad al salir de la cárcel. Hablaba de la mujer que probablemente sabría dónde se encontraba en la actualidad ese chico.
Tomó asiento en el sofá, sujetando y dándole ligeros toquecitos a su taza de café.
¿Cómo era posible que aquella mujer hubiera entrado y salido de su vida dos veces, y no tuviera forma de ponerse en contacto con ella?
Kim comprendía que la profesión de Leanne King implicaba que su vida estuviera rodeada de secretismo, que se movía entre las sombras protegiendo a personas que la inspectora no estaba segura de que
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merecieran protección. El secretismo en torno a la protección de testigos siempre era necesario, pero, antes de conocer a Leanne, Kim nunca había sido consciente de que los agentes implicados tuvieran ese nivel de sacrificio y compromiso.
No por ello esa mujer era más simpática, tal y como la inspectora había comprobado cuando se convirtió en su agente de protección personal en la época en la que Symes amenazaba su integridad física.
Por Dios, Leanne había pasado tres noches bajo su techo. Kim había convivido menos de cinco minutos con algunos de los contactos que tenía guardados en su teléfono. Pero Leanne se había asegurado de que Kim no volviera a molestarla. La inspectora no sabía casi nada de Leanne, pero esta sí que sabía casi todo de ella. Kim miró hacia la tostadora, un recuerdo permanente de los días que Leanne se estuvo quedando en su casa. Fue precisamente mientras desmontaba la antigua cuando Kim le contó detalles íntimos sobre su madre, entonces moribunda. A cambio, Leanne le reveló que era adoptada, lo cual tampoco sirvió para aclararle a Kim si había nacido de forma natural o la habían fabricado en un proceso industrial.
Kim se había planteado preguntarle a Woody de qué forma podía contactar con ella. Él lo había conseguido cuando sintió que su inspectora necesitaba que alguien la protegiera. Sin embargo, los hilos que había movido eran probablemente de un único uso, y a ella le advertirían que la agente de protección no era el canal adecuado para gestionar cualquier asunto relacionado con la protección de testigos.
Kim tenía poco tiempo para considerar tales sensibilidades. Lo más probable era que Leanne tuviera acceso a la información que le hacía tanta falta. Poder prevenir a Ian Perkins bien podría salvarle la vida.
Refunfuñó mientras dejaba la taza de café sobre la mesa. Cambió absolutamente todas las cosas en su casa para cumplir con las instrucciones que le dio la mujer. Se invadieron todos los aspectos de su vida privada. Leanne estaba al tanto de todos los movimientos de Kim gracias a un dispositivo de rastreo que llevaba en el maletero del coche. Su casa se había convertido en una fortaleza con cerraduras, cámaras y una empresa de vigilancia. La inspectora eliminó muchas de esas cosas una vez neutralizada la amenaza de Symes.
—¡Espera un momento! —exclamó Kim cuando Barney se dispuso a unirse a ella en el sofá. El animal se quedó quieto.
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—No, tú no —dijo, dando unas palmadas en el sofá para que se subiera.
La empresa de vigilancia. El servicio seguía en funcionamiento; tan solo tomó la decisión de bloquear la activación de la alarma, por si la activaba por error y tenía que explicar a los agentes que acudieran que su vida no sufría amenaza alguna, sino que, en general, era un desastre con la tecnología.
Se desplazó por el teléfono hasta encontrar el número que Leanne había memorizado en él cuando creó la cuenta.
Al segundo tono, respondieron. Kim escuchó cómo el operador le decía el nombre de la empresa y se ofrecía a ayudarla.
—Hola, querría comprobar los datos de mi cuenta para asegurarme de que están actualizados.
—Por supuesto —respondió una voz amable—. Permítame hacerle unas preguntas de seguridad para verificar su cuenta.
Tras responderlas y dar su contraseña, el operador se mostró predispuesto a ayudarla.
—Estoy segura de que mis datos son correctos como primera titular, pero creo que los de la segunda podrían estar desactualizados.
Todas las empresas de vigilancia insistían en que se dieran al menos dos números de contacto por si no se podía localizar al primero.
—Sin problemas. Puedo actualizárselos ahora mismo.
—Si me lee el número que tiene grabado, por favor, le diré si es el correcto.
El operador lo hizo de inmediato y Kim lo anotó rápidamente. Sonrió. No era un número que reconociera, lo cual significaba que había muchas probabilidades de que Leanne se hubiera anotado a ella misma como segundo contacto, dado lo que estaba sucediendo en aquella época.
—Pues vaya, me he equivocado —le explicó al operador, que aguardaba—. Sí que es el número correcto. Por favor, déjelo tal como está.
Le dio las gracias y colgó. Tal vez una noche, por pura diversión, activaría la alarma y no respondería a la llamada de control de seguridad, solo para que Leanne se llevara una sorpresa desagradable.
Tecleó el número en su móvil y se preparó para un torrente de ira e indignación. No era un número que Leanne hubiera ofrecido para uso habitual.
La llamada dio tono hasta que saltó un buzón de voz genérico.
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Mierda.
Lo intentó de nuevo.
Misma respuesta.
Kim esperaba que Leanne no tuviera la impresión de que la estaba llamando para mantener una conversación amena, una charla relajada. Suponía que a la otra mujer le gustarían ese tipo de conversaciones tanto como a ella. Se trataba de trabajo y tenía que encontrar las respuestas que necesitaba.
La inspectora gruñó a su teléfono y se preguntó si sería posible tener alguna interacción con Leanne que no estuviera cargada de frustración.
—Bueno, vale —dijo Kim, pulsando el icono de los mensajes. De un modo u otro, iba a decirle a Leanne lo que quería decirle.
Tecleó y leyó el texto hasta tres veces antes de enviarlo.
Ian Perkins, treinta y tantos años, liberado de prisión hace ocho años con identidad alternativa. Necesito sus detalles de contacto. Es una situación de vida o muerte.
«Así, breve y conciso», se dijo antes de pulsar el botón de envío.
Observó que el mensaje se entregaba de inmediato. Al cabo de un minuto, ya lo habían leído.
Esperó pacientemente cualquier señal de respuesta.
Se llevó el teléfono a la cocina mientras se servía otro café.
Nada.
Volvió a sentarse junto a Barney, que ni siquiera se había molestado en seguirla.
—Vamos —le espetó a su teléfono. Le valdría cualquier cosa, hasta una llamada o un mensaje lleno de insultos.
Como ya se agotaba su limitada paciencia, volvió a pulsar el botón de llamada. Si Leanne se creía que iba a rendirse con tanta facilidad, estaba muy equivocada.
Saltó directamente el buzón de voz.
Maldita sea, la mujer había bloqueado su número.
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Capítulo 61
Eran las 3:15 de la madrugada cuando sonó el teléfono de Kim.
Sí, sin duda sería propio de Leanne llamarla a esas horas, reflexionó mientras se acercaba hasta la repentina fuente de luz.
—¡Joder, no! —exclamó al ver el nombre de la persona que la llamaba.
—Corre al hospital —ordenó el hombre entrecortadamente.
—Joder, Keats, ¿para qué? —preguntó Kim, levantándose de la cama.
—Tenemos otro.
—¿Por qué no estás tú con él? —inquirió, poniendo el móvil en manos libres. Cogió unos vaqueros negros del armario.
—No he llegado a recibir ninguna llamada. Los sanitarios atendieron el aviso. El hombre se movía mínimamente, así que estaban seguros de que no estaba muerto. Al principio pensaron que se había desmayado a causa del alcohol o las drogas, así que nada de forenses ni de fotos. Me he enterado solo porque Jimmy estaba hoy trabajando bastante tarde. Fue a tomarse un café y oyó a los sanitarios hablando de ello mientras comían algo.
—Mierda, ¿cuánto hace que ha ocurrido?
—Unas tres horas, creo. ¿Así que me haces el favor de colgar el teléfono e ir al hospital lo más rápido que puedas?
—¿Y tú?
—Me quedan cinco minutos para salir de casa.
—¿Y por qué vas a ir? —preguntó Kim, ya cogiendo su chaqueta. —Porque si se encuentra en condiciones similares a las de los demás,
va a ser solo cuestión de tiempo.
—Vale, supongo que no tienes un nombre que darme, ¿no?
—Pues sí, Jimmy tenía la mente puesta en lo que hacía. El hombre se llama Nathan Yates.
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—¡Mierda! —gruñó Kim mientras salía ya de su casa.
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Capítulo 62
A las 3:45 de la madrugada, Kim aparcaba su Ninja en la acera, frente a las puertas de urgencias del hospital Russells Hall.
A pesar de que ya habían pasado varias horas, por aquel lugar habría entrado Nathan al hospital. Sería más rápido empezar allí su búsqueda que ir corriendo de unidad en unidad dando explicaciones en cada una de ellas.
A Kim no le sorprendió ver la sala de espera prácticamente llena, a tres cuartas partes de su capacidad, aunque a menudo no entendía bien qué andaría haciendo la gente a esas horas de la madrugada para necesitar asistencia médica.
—¡Nathan Yates! —soltó de inmediato a la recepcionista mientras mostraba su identificación policial—. Lo trajeron hace unas horas.
La mujer tecleó el nombre en su ordenador.
—¿Qué necesita…?
—¿A dónde lo han mandado?
—A ninguna parte —respondió la mujer, sacudiendo la cabeza de lado a lado—. Todavía lo están valorando.
—¡Mierda! —respondió Kim, que se fue directa a la puerta que conducía a la zona de evaluación clínica ignorando las protestas de la recepcionista.
Un guardia de seguridad se interpuso en su camino.
Kim mostró su placa.
—En serio, amigo, quítate de en medio.
El hombre se hizo a un lado y cogió su radio.
«Venga ya, tío», pensó Kim, segura de que el guardia de seguridad estaba pidiendo ayuda.
La inspectora se acercó al control de enfermería y mostró su identificación policial, que aún llevaba en la mano.
—Necesito hablar con quien esté al cuidado de Nathan Yates.
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—¿El borracho? —preguntó un médico que se había apoyado en el escritorio para rellenar unos papeles.
—No está borracho. ¿Dónde está? —preguntó Kim, fijándose en su credencial, que lo identificaba como el doctor Samuel. No sabía si era su nombre o su apellido.
—Creo que será mejor que…
—¡Vale, es ese! —dijo Kim, siguiendo la dirección de la mirada rápida que el doctor había lanzado cuando le había hecho la pregunta.
Kim se dio la vuelta y se dirigió al box cubierto con cortinas que había en una esquina.
—No puede acceder ahí —advirtió el doctor Samuel desde atrás. —¿Quiere apostarse algo? —respondió la inspectora, desafiante,
abriendo las cortinas.
El hombre que se encontraba tumbado en la cama era de complexión media y vestía vaqueros y una sudadera. Kim enseguida apreció que su ropa era de buena calidad y que tenía un corte de pelo decente. La piel del hombre era lisa y su cuerpo no mostraba signos evidentes de traumatismo alguno.
La inspectora se volvió hacia el médico. —¿Cuánto tiempo lleva aquí? —Tendría que comprobar el…
—Joder, hasta yo sé que lleva aquí varias horas. ¿Ha movido un músculo en ese tiempo?
—Bueno, no, pero una buena juerga puede…
—Con una juerga como la que usted está pensando, ya se habría meado encima o vomitado. Es un envenenamiento por drogas, fentanilo para ser exactos, y este hombre no ha terminado en este estado por sí solo. ¿No le ha informado Jimmy Keene?
—¿El técnico de la morgue? —preguntó el doctor Samuel con una mirada burlona—. Sí que me comentó algo, pero no pensará que voy a fiarme más de lo que me diga un técnico de la morgue que de mi propio criterio. Soy médico. Trato con los vivos, y…
—Y Jimmy ya ha visto dos casos exactamente iguales que este durante esta semana.
—Este paciente es el siguiente en mi lista, ahora…
—A ver, va a meterse en un lío de los gordos si su pereza y cabezonería no…
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—Perdone, inspectora —respondió, furioso—. Estamos en mitad de la noche, soy el único médico en urgencias y hasta ahora he tenido que atender ya cinco huesos rotos, un accidente de moto y un dedo amputado.
—Y va a tener un cadáver como no deje de ser tan terco y empiece de inmediato a tratar a mi víctima de intento de asesinato.
—¿Me está diciendo que alguien ha intentado matarlo?
Kim vio la incredulidad en el rostro del médico, que no procesaba que el paciente que en principio resultaba menos problemático de todos cuantos tenía se convirtiera de repente en su prioridad.
—Este hombre necesita naloxona, y si quiere saber cómo están las dos víctimas previas, llame al técnico de la morgue y seguro que estará encantado de mostrarle algunas fotos.
El doctor Samuel tragó con dificultad; su incredulidad se estaba convirtiendo en pánico.
—Así que vaya a comprobar qué se necesita hacer desde un punto de vista médico y yo me quedaré con él para que sepa que no está solo. Y asegúrese de que nadie sin identificación policial se acerque a este box.
Sin responder, el doctor se dirigió de vuelta hacia el control de enfermería.
Kim se sentó junto a la mano derecha del hombre. No sabía si iba a poder oírla o no.
—Nathan, soy agente de policía y sabemos lo que te ha pasado. El médico ha ido a pedir ayuda, lo más seguro es que te trasladen pronto.
Kim lo miró a la cara, pero sus rasgos no indicaban que hubiera sido capaz de escucharla.
La inspectora dirigió su mirada hacia los dedos de su mano derecha. El hombre hacía un movimiento mínimo en el que su pulgar y su corazón se tocaban.
Kim acercó su silla y le tocó el brazo. No sabía si el movimiento del chico era intencionado o no era más que un reflejo involuntario en respuesta a lo que estuviera ocurriendo en su cuerpo.
—Nathan, ¿eres capaz de detener el movimiento que estás haciendo con los dedos? —preguntó con la respiración contenida.
El movimiento se detuvo.
Kim se sintió a la vez eufórica y triste. Lo primero, porque Nathan estaba vivo y podía comunicarse con él; lo segundo, porque era tristísimo
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comprobar que su mente funcionaba perfectamente dentro de un cuerpo que no era capaz de obedecer ninguna de sus órdenes.
La inspectora dejó a un lado las emociones que sentía, intentando no pensar en el miedo que tendría que estar pasando aquel hombre.
—Voy a hacerte algunas preguntas. Mueve los dedos si la respuesta es sí, y no los muevas si es no. ¿Me entiendes?
Un movimiento.
—¿Te duele algo?
Como con cualquier otra persona, su primera prioridad era el bienestar inmediato de Nathan. Dado que llevaba más de tres horas tumbado en la camilla, daba por hecho que debería dolerle todo.
Aun así, no hubo movimiento alguno.
—Nathan, tenemos que intentar averiguar quién te ha hecho esto. Sé que estás asustado, pero tengo que preguntarte algunas cosas más. ¿Te parece bien?
Un movimiento.
—¿Conoces a la persona que te lo ha hecho?
Un movimiento.
—¿Ha sido un familiar?
No hubo movimiento alguno.
—¿Alguien relacionado con tu pasado?
Un movimiento.
—¿Relacionado con Welton?
Un movimiento.
—¿Ha sido un…?
—Disculpe, oficial —dijo el doctor Samuel, abriendo las cortinas—.
Tiene que salir de aquí. Vamos a llevar al paciente a cuidados intensivos.
Entraron dos celadores, que se dirigieron a la cama.
—Deme cinco minutos más —intentó Kim, pero los celadores ya estaban colocados a los pies y a la cabecera de la cama.
—No puede ser. Necesita asistencia médica urgente.
—Cosa de la que ni se habrían enterado si no fuera por mí.
—Y le estamos muy agradecidos por ello —dijo el doctor, haciéndose a un lado para que el paciente pudiera ser trasladado.
Kim no podía oponerse. La demora en la atención hacia aquel hombre no había sido responsabilidad suya, pero en ese momento no iba a hacer
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nada que pudiera comprometer que recibiera atención médica cuanto antes, por mucho que deseara hacerle más preguntas.
—Maldita sea —se lamentó. Se sorprendió al ver que el pulgar de Nathan seguía golpeando contra el corazón a pesar de que ya había dejado de hablarle.
La camilla desapareció de la vista de Kim, que suspiró profundamente. Era palpable el alivio que mostraba el rostro del doctor Samuel, ahora que Nathan ya no era su responsabilidad. Las estadísticas de mortalidad no
se incrementarían en su departamento.
—Deles media hora para que lo estabilicen, y luego quizá la dejen verlo.
Kim asintió con la cabeza en señal de agradecimiento y se dirigió hacia la entrada, donde vio llegar a Bryant. Había más personas todavía esperando su turno, pues parecía que la madrugada iba dejando paso a las primeras horas del día.
—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó Kim mientras se sentaba. —No me jodas, jefa, solo ha pasado media hora desde que has
llamado.
A Kim le parecía que había pasado mucho más tiempo.
—Bueno, cuéntamelo todo.
Kim lo puso al día, terminando con el último descubrimiento: ahora sabían que todo estaba relacionado con la época en la que las víctimas estuvieron internas en Welton.
—¿Crees que tiene alguna posibilidad de salvarse?
Kim se encogió de hombros. Ojalá con solo desearlo fuera suficiente.
Se puso de pie.
—Venga, Bryant, por una vez invito yo al café.
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Capítulo 63
—¿Lo tienes todo? —preguntó Kim cuando Bryant terminó la llamada que había realizado. El café que había comprado en la cafetería del hospital estaba ya frío y su atención seguía fija en el reloj.
—Sí, tengo los nombres y las direcciones de ambos sanitarios, que terminaron de trabajar hace dos horas y probablemente estén metidos en la cama soñando con los angelitos.
Como no se habían hecho fotografías, no les quedaría otra que interrogar a las primeras personas que habían asistido a Nathan Yates, para saber exactamente dónde y cómo lo habían encontrado. Y, mientras no pudiera hablar con la víctima, a Kim le daba igual que estuvieran en la cama; iba a ir a hablar con ellos.
—¿Se lo has contado a Keats?
Ella asintió.
—Sí, se va a quedar en la morgue hasta que lo llame y le cuente novedades.
—Eso espero —respondió Bryant, abriendo mucho los ojos—. Quién querría ver al forense paseándose por los pasillos del hospital. A veces parece la mismísima Parca. —Dio un sorbo a su bebida y luego la apartó —. Entonces, ¿Keats no tiene esperanzas de que Nathan se recupere?
—Tras haber visto a las dos primeras víctimas, seguro que ahora mismo está dando golpecitos con los dedos en su camilla, aguardando.
—Y esa imagen no es nada macabra —ironizó Bryant.
Kim miró el reloj.
—Quedan tres minutos.
—Suficientes para contarte que he llamado a Laura hoy, al volver del trabajo. Me he disculpado por no haberme mostrado completamente entusiasmado, y le he asegurado que Josh es más que bienvenido a nuestra familia.
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—¡Aleluya! Ya era hora, ¿eh? ¿Te ha echado la bronca por el berrinche?
Bryant se puso ligeramente colorado.
—Me ha dicho que no había notado nada raro, pero que me agradecía la llamada.
—Te ha mentido, pero está haciendo la vista gorda porque te quiere.
Jo, es una chica fantástica.
—Gracias por hacerme entrar en razón el otro…
—Ya es hora de moverse. Ha pasado media hora —dijo Kim, poniéndose de pie.
Bryant se apresuró para caminar a su lado mientras se dirigían hacia la UCI. Eran casi las cinco de la mañana y los pasillos estaban llenos de personal a punto de comenzar su jornada. La intimidad de la madrugada había desaparecido.
—¿Puedes imaginarte lo chungo que debe ser? —preguntó Bryant. —¿El qué? ¿Que Keats esté aguardando para abrirme en canal con su
colección de herramientas, propias de un asesino en serie?
—No me refería a eso, pero vaya, qué difícil de superar. Me refería a ser incapaz de moverte, pero que tu cerebro siga activo. Una mente despierta y llena de potencial asfixiada por un cuerpo inútil.
—La jubilación no será tan jodida, te lo aseguro.
Bryant se rio, provocando una mirada severa de una enfermera que acababa de entrar en la UCI.
Recuperó la compostura cuando llegaron a la puerta, pero la enfermera se había asegurado de dejarla cerrada cuando entró.
—De todas formas, no me jubilaré hasta que me echen. Eso Jenny me ha dicho.
Kim sonrió al pensar en la mujer de Bryant. No, estaba claro que de ninguna manera iba a permitirle a su marido vegetar en su sillón favorito.
La inspectora pulsó el botón del interfono y se presentó.
La puerta se abrió con un zumbido y Kim se permitió albergar la esperanza de poder continuar su conversación con Nathan.
Por mucho tiempo que le llevara, podía obtener información muy esclarecedora con preguntas que solo requirieran un sí o un no como respuesta.
—¿Podría hablar con Nathan Yates? —preguntó.
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La enfermera de aspecto amable sacudió la cabeza de lado a lado con pesar, y Kim supo lo que le iba a responder antes de que abriera la boca.
—Por desgracia, lo hemos perdido hace unos diez minutos.
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Capítulo 64
Cuando se estaba preparando para la reunión informativa de las siete de la mañana, el humor de Kim aún no había mejorado demasiado.
Había salido del hospital con el corazón encogido y una tristeza profunda, teniendo la sensación de que podría haber hecho algo más. Había conseguido poca información, y el tipo había terminado muriéndose.
Hacía varias horas que no sentía ya necesidad alguna de dormir más por aquella noche, así que, tras pasar por casa para pasear a Barney, decidió darse una ducha e irse a trabajar.
Atípicamente, la primera persona que llegó fue Stacey, que no se dirigió a su propio escritorio, sino que llamó a la puerta del centro de operaciones, que se encontraba abierta.
Kim le hizo un gesto con la cabeza para que entrara. A pesar de que se veía venir que tarde o temprano iban a tener que mantener una conversación, enderezó la espalda por puro automatismo, debido a la expectación ante lo que iba a suceder, y no sintió ninguna satisfacción al observar la tristeza que reinaba en el rostro de la ayudante de detective.
—¿Hablaste con Devon ayer?
—Correcto.
—¿Y por qué no me lo contaste?
—Me imaginé que te ibas a enterar pronto; de todas formas, si hablamos de guardar secretos, en eso todavía me llevas mucha ventaja.
Si Stacey tenía la esperanza de que le ofreciera algún tipo de disculpa, podía esperar sentada.
—¿Podrías explicármelo al menos?
Sí, sí que podía.
—Me limité a seguir el curso de la investigación.
—Pero esa investigación no nos corresponde —argumentó Stacey.
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—Tienes razón. No me habría visto obligada a intervenir si una persona de mi equipo no tuviera cierta vinculación con el caso. De verdad, ¿te haces una idea de lo que podría significar para tu carrera que tu nombre apareciera en relación con Birch? Es incomprensible que priorizaras tu bienestar por encima de todo, quedando además en entredicho tu formación como agente de policía.
—Pero nadie me habría relacionado con él, jamás —protestó Stacey.
Kim recordó la pared de la habitación de la casa de Birch.
—Mira, créeme, eso habría sucedido.
Stacey se quedó extrañada.
—¿Qué quieres decir?
—Nada —respondió Kim, cogiendo algunos papeles para la reunión informativa.
La inspectora no era estúpida. Si Vik no había encontrado las fotos, era porque ya no estaban allí, no había otra explicación posible. Ella no las había quitado… y Bryant no solo estaba protegiendo a Stacey cuando se negaba a contarle a Kim lo que había hecho.
—Digamos que Birch no se esforzó demasiado en ocultar que eras su objetivo.
Stacey se quedó pasmada.
—Y no habría tenido que charlar con Devon si no hubiera visto unas imágenes en las que aparece dándole un puñetazo a Birch y luego conduciendo un coche en la misma dirección en la que él desaparece del plano, un coche que, por cierto, tiene un parecido asombroso con el que al parecer causó el accidente que lo mató.
—Pero es imposible que Devon pudiera hacer algo así.
—¿Te ha contado a dónde fue el lunes por la noche? —preguntó Kim
—. Por favor, dímelo, lo compruebo y fin de la historia.
—Ella jamás haría algo así —dijo Stacey, sin responder a su pregunta —. No pondría en peligro su carrera por un tipo como Birch.
—Eso es una opinión, no una coartada, Stace —dijo Kim, cruzándose de brazos—. No siempre somos capaces de pensar con claridad cuando nos enfadamos. Le acababas de contar lo que había estado pasando. Se sintió excluida, impotente, incapaz de protegerte. Estaba cabreadísima cuando salió de vuestro piso. Ni siquiera sabías que le había dado un puñetazo, ¿me dices en serio que sabes de qué podría ser capaz y de qué no?
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—Sí, claro que sí. Sé que, por muy enfadada que esté, eso es algo que no haría jamás. ¿Cómo te atreviste siquiera a cuestionarlo? —preguntó Stacey.
—Mira, Stacey, te voy a decir por qué lo cuestiono. En cuanto me contaste por lo que habías pasado, podría haber despedazado a Terence Birch miembro a miembro. Saber que te había causado tanto sufrimiento me habría impulsado a arrollarlo con mi coche y luego dar marcha atrás; quizá incluso habría hecho unos cuantos derrapes por encima de su culo si lo hubiera tenido delante. Así es como me sentí yo, que soy tu jefa. ¿Cómo se tuvo que sentir Devon? Ni me lo imagino. Así que, a menos que me puedas contar dónde estaba tu mujer y puedas demostrar la hora, o me hables de algún testigo que la viera, el nombre de Devon permanece sin duda en la lista.
Stacey se quedó casi tan sorprendida como ella misma por aquel arrebato, que no sabía de dónde había venido, pues no había pretendido que se produjera.
Kim hizo un gesto hacia la sala de la brigada, que se estaba llenando rápidamente.
—Reunión informativa en dos minutos.
Stacey se dio la vuelta y abandonó el centro de operaciones para entrar en la sala, donde varios ojos la miraban de forma curiosa.
Bryant miró a Kim y enarcó una ceja.
La inspectora hizo un gesto para tranquilizarlo y se tomó un momento para serenarse antes de empezar oficialmente el día. No había tenido la intención de que se le notara lo furiosa que estaba, pero aún seguía sintiendo una rabia incontrolada al pensar en el poder que aquel hombre insignificante había logrado ejercer en su entorno.
Aparcó sus sentimientos y se dirigió hacia la sala de la brigada. —Bueno amigos, ya tenemos tres muertos del grupo de los Seis
Psicópatas, así que a ver si nos espabilamos antes de que caigan más. —Se volvió hacia la conductista—. ¿Qué piensas, Alison?
—Sin duda, parece una venganza planeada. Ese grupo le tocó las narices a mucha gente.
—No sabremos exactamente a cuánta hasta que tengamos la orden judicial para comprobar los registros de Welton —respondió Kim, mirando a Penn.
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—Será lo primero con lo que me ponga en cuanto terminemos la reunión, jefa.
—Pero hay algo más —añadió Alison con mala cara.
—Cuenta.
—Las publicaciones en las redes sociales. Con nuestra última víctima, no incitó a ninguna confusión o alteración del orden público. Como si supiera que estamos a kilómetros de distancia o fuera lo bastante engreído como para estar seguro de que no vamos a conseguir nada desde un punto de vista forense. Pero el tuit que ha puesto esta mañana es un poco raro.
Alison cogió su teléfono y leyó en voz alta:
—«No desperdicies lágrimas con el pobrecito Nathan Yates. Fue un chico muy malo y debía sufrir un castigo. Ya no causará más daño a nadie 3/6».
Sí, Kim ya lo había visto mientras paseaba a Barney.
La inspectora levantó la mano hacia Alison y se volvió de nuevo hacia Penn.
—Habla con la sede central en Lloyd House. Si no han conseguido rastrear a este tipo a través de la dirección IP, ve a casa de Don Beattie y apaga su router. Explícale que te envía su hija.
—Jefa, no sé yo si…
—Aíslalo, Penn —ordenó, volviéndose ahora hacia Alison.
—Estás cometiendo un error —opinó la psicóloga, cruzándose de brazos mientras se sentaba.
—Está provocando el caos, dirigiendo el espectáculo —protestó Kim. —No está haciendo ninguna de esas dos cosas. Las escenas del crimen
ya se dan por perdidas; su intento de que la gente generara pistas falsas no llegó a ninguna parte. Al tuitear, está satisfaciendo algún tipo de necesidad, pero, con cada tuit, aprendemos algo nuevo.
—¿Como qué?
—Creo que siente que tiene derecho a hacerlo.
Kim esperó a que siguiera explicándose.
—Como si creyera tener todo el derecho del mundo a actuar como está actuando.
—¿No se sienten así todas las personas vengativas? —preguntó Bryant.
—Es verdad…; pero hay algo en la terminología que usa, «desperdiciar lágrimas», «pobrecito Nathan», «chico muy malo»…
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—¿Estás pensando en una persona mayor? —preguntó Kim.
—No es un lenguaje que use la gente joven.
—A menos que sea una distracción intencionada —sugirió Bryant.
—Vale, quiero verlo todo en la pizarra: nombres, fotos, conexiones. Quiero más información sobre el historial de los miembros de las brigadas ciudadanas, y quiero las localizaciones actuales de Leyton Parks, Dean Newton e Ian Perkins. Este último podría ser más difícil de encontrar, pero no es excusa para no intentarlo.
—De acuerdo, jefa —dijeron Penn y Stacey al unísono.
—¡Ja! ¡Ya os gustaría que eso fuera todo! —advirtió Kim, frotándose las manos—. Penn, vete a ver a los sanitarios que atendieron a Nathan Yates. Sé que no existirán fotos, pero tenemos que saber cómo estaba colocado cuando llegaron, y que nos cuenten cualquier otra cosa que piensen que podría sernos de utilidad.
—Jefa, yo podría ayudar con eso —ofreció Stacey.
Kim se mantuvo en silencio.
—Si estamos en lo cierto sobre las letras que ha estado formando con sus víctimas, supongo que a Nathan Yates lo podría haber colocado en forma de P. Ese chico fue condenado por agredir sexualmente a una niña de ocho años cuando él tenía quince.
—¡Madre mía! —exclamó Kim, sintiendo cómo se le revolvía el estómago.
Apenas hacía unas horas que había estado cogiéndolo de la mano, ofreciendo consuelo a un pederasta convicto.
Su malestar no disminuyó un ápice cuando vio el nombre de la persona que la estaba llamando por teléfono.
La inspectora entró en el centro de operaciones.
—¿Qué pasa?
—Eh… Me has pedido un favor, pero vamos, que podría dedicar mi tiempo a hacer mi puto trabajo.
—Vale, que sí. ¿Puedes darme algunos nombres ya?
—Sí, he encontrado a algunos miembros menos visibles de los Ángeles de Black Country.
—¿Alguno de ellos tiene un historial interesante?
—Joder, Stone. A caballo regalado no se le mira el diente, pero tú no, tú directamente se lo partes.
—Asumo que eso significa que la respuesta es no.
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—Correcto. No soy tu maldita esclava. ¿Estás lista?
—¿No sabes lo que es el correo electrónico?
—No voy a poner nada de esto por escrito, Stone. Se supone que no debería ni siquiera conocer algunos de estos nombres.
Kim llevó el teléfono a la sala de la brigada, lo puso en manos libres y lo colocó sobre el escritorio de Bryant.
—Que alguien anote los nombres que vamos a escuchar.
Stacey y Penn cogieron sus libretas.
—Adelante, Frost —ordenó Kim.
—Vale, tengo unos veinte nombres. Gerald Foster, Ray Wilkins, Darren Skelton, Curtis Jones…
Todas las miradas de la sala se dirigieron hacia el teléfono. Kim se puso el dedo índice en la boca, indicando así al resto que se mantuvieran en silencio. No sería nada aconsejable que Frost percibiera que uno de los nombres que les había dado tenía mucha relevancia.
Stacey continuó escribiendo en su libreta los nombres que recitaba la periodista.
—¿Eso es todo? —preguntó Kim cuando terminó.
—Sí, ¿ves algo que os sea útil?
—No creo, pero has sido más rápida que la orden judicial, así que gracias por ello —respondió Kim antes de colgar.
Curtis Jones, exnovio de Teresa Fox, la prometida de la primera víctima, Eric Gould. ¿Qué coño pintaba su nombre en aquella lista?
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Capítulo 65
—¿Interrumpimos algo cuando llegamos antes mientras estabas hablando con Kim? —preguntó Alison cuando Stacey se disponía a colocar un buen puñado de papeles en la pizarra.
Penn había salido de la comisaría unos instantes después que la jefa y Bryant, dejándolas a ella y a la psicóloga a solas.
—Bah, solo estaba preguntándole por qué mi mujer es sospechosa en la muerte de Terence Birch.
—¿Devon? —preguntó Alison, muy sorprendida.
—No, no me refería a esa mujer, sino a una de las otras —vaciló Stacey con un gesto de desesperación.
—Venga ya. Hasta la jefa sabe que eso es ridículo.
—No si existen imágenes en las que aparece dándole un puñetazo poco antes de su muerte.
Stacey no se molestó en contarle también la información relativa al coche. Con lo primero ya era suficiente, ya daba una idea de la mala pinta que tenía el asunto.
—¿Por qué se ha involucrado Kim? No es que sea precisamente una investigación que le corresponda llevar porque… Ah, claro, según estoy hablando, me estoy dando cuenta de que se ha implicado por si tu nombre apareciera en relación con el caso.
—Correcto.
—Recuerda que te dije que quería protegerte…
—Lo comprendo, pero ahora mismo no me quito la imagen de mi mujer y mi jefa enzarzadas, enfrentándose y diciéndose cosas de las que luego se podrían arrepentir. Hay hostilidad entre ellas, y la culpa es mía. No tengo ni idea de cómo puede volver todo a la normalidad. Ahora mismo, ninguna de las dos es capaz de mirarme a la cara.
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—Espera, pensaba que las cosas con Devon estaban bien, según me habías dicho.
—Y lo están… o lo estaban… o sea…
—¿Cómo reaccionaste cuando te contó las sospechas de la jefa? — preguntó Alison, afilando la mirada.
—No pasó nada en especial, estuvimos hablando y… —Le preguntaste si había sido ella, ¿verdad? Stacey asintió.
—Mierda, Stace. Vaya manera de meter la pata una y otra vez. ¿Te has propuesto como objetivo comprobar a cuántas de las personas que te rodean eres capaz de cabrear en una semana?
Stacey no podía llevarle la contraria. Supo que se había pasado en cuanto le soltó aquello a Devon, que de inmediato fue a ducharse y luego se marchó al trabajo sin mediar palabra. Esa mañana, su mujer le había mandado un mensaje escueto para informarle de que se había ido a casa de su madre a dormir un poco entre turnos nocturnos.
—Tienes que arreglarlo rápido, querida —advirtió Alison—. A veces en las discusiones se dicen cosas que no se borran con el tiempo.
—Alison, con el debido respeto, cállate ya. Joder, qué pesadilla que una conductista sea tu mejor amiga.
—Te entiendo. Una vez salí con un nutricionista que me detallaba todos los ingredientes nocivos que contenía una bolsa de patatas fritas con beicon ahumado. No es divertido.
Stacey sonrió y se giró hacia la pizarra.
Quería a Alison con locura, pero en aquel momento necesitaba estar a solas para completar la primera de las tareas del día.
Stacey había imaginado con anterioridad que la conversación con la jefa iba a ser acalorada. Estaba atrapada entre la mujer a la que amaba con toda su alma y una mujer que contaba con su lealtad, confianza y respeto.
A pesar de la conversación que había mantenido con su esposa la noche anterior, Stacey sabía perfectamente que Devon no había estado implicada en la muerte de Terence Birch. Sabía también que la jefa lo descubriría más pronto que tarde. Cualquier otra opción era inimaginable.
Lo que sin embargo la había estremecido durante la conversación con su jefa era la rabia tan increíble que le había mostrado.
La ayudante de detective empezaba a comprender lo mal que había juzgado a la gente que la rodeaba. Sabía que su rendimiento en el trabajo
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se había resentido en los dos últimos meses y, sin embargo, la jefa la había apoyado, había estado pendiente de ella, la había cubierto.
Estaba ya hartísima de tener siempre aquellas sensaciones: impotencia, debilidad, falta de control. Birch estaba muerto. Había desaparecido de su vida. Ya no tenía poder para hacerle daño.
Stacey quería recuperar su vida. Quería volver a ser ella misma, sentir de nuevo alegría al entrar por la puerta de su casa. Necesitaba reconquistar el respeto que le había tenido la jefa, volver a ser la persona a la que llamaba siempre.
Llevaba demasiado tiempo vistiendo el traje de víctima; ya era hora de quitárselo y quemarlo.
Y lo primero que tenía que hacer era demostrarle a la jefa que era capaz de hacer su trabajo.
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Capítulo 66
Kim seguía intentando comprender qué tendía que ver Curtis Jones con los Ángeles de Black Country cuando Bryant se detuvo en la dirección de la víctima más reciente del caso.
De repente, la inspectora recordó que Rufus había mencionado algo acerca de que Curtis no lo había tenido fácil en su infancia. Un hecho al que no le había dado demasiada importancia en su momento, pero que ahora sí que la cobraba. Le pediría alguna explicación más profunda sobre aquello cuando terminaran de hablar con la mujer que acababa de enviudar hacía apenas unas horas.
Abrió la puerta una mujer vestida con pantalón de chándal, zapatillas deportivas y camiseta.
Tenía los ojos enrojecidos, pero no ausentes ni vacíos. No, no era la señora Yates.
Tanto Kim como Bryant mostraron sus placas policiales.
—Pasen. Soy Amy Petracek, la hermana de Katie.
Amy señaló hacia el pasillo, indicándoles que su hermana se encontraba en la parte de atrás de la casa.
Kim encontró a Katie Yates sentada en un banco que incorporaba una mesa de pícnic que era demasiado grande para una cocina tan pequeña como aquella.
Vestía un pijama amarillo liso y estaba mirando fijamente una taza de café.
—Señora Yates, la acompañamos en el sentimiento —dijo Bryant antes de que Kim tuviera oportunidad de abrir la boca. Como nunca estaba seguro de que ella se fuera a acordar de ofrecer las condolencias, a veces al sargento le gustaba asegurarse.
Katie levantó la mirada de la taza e hizo un gesto de asentimiento ante el tópico.
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—No me han contado nada —aseguró, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Kim se sentó en uno de los bordes del banco, optando por no hacer la maniobra que colocase sus piernas debajo de la mesa.
Amy sí que la hizo, de forma instintiva y sin esfuerzo, y le pasó el brazo por los hombros a su hermana.
—Katie, no es sencillo decírselo, pero a su marido lo han asesinado.
—¡¿Qué?! —exclamaron las hermanas a la vez.
Kim esperó unos segundos para que lo comenzaran a asimilar.
—Lo encontraron casi inconsciente y en un estado de parálisis. Lo habían envenenado con una droga llamada fentanilo.
—¡Pero si estaba en el hospital! El agente que nos lo ha contado nos ha explicado que los sanitarios lo llevaron allí.
—No pudieron hacer nada para salvarlo.
Kim no creía que explicarle a Katie los efectos que causaba esa droga fuera a hacerle ningún favor.
—Pero ¿por qué? —se lamentó la mujer.
Amy trató de acercar a su hermana hacia su cuerpo, como si lo intentara utilizar como escudo, pero Katie se apartó. Quería respuestas.
—Eso es lo que estamos tratando de averiguar —explicó Kim—. ¿Puede contarnos un poco más sobre él?
—Claro, pero no hay nada en especial que vaya a ayudarlos. Tiene que haber sido un error. Nathan se lleva bien con todo el mundo. Es un hombre dulce y amable. Nunca levanta la voz, jamás se enfada. Es maravilloso. Nadie querría hacerle daño.
Kim no dudó de la sinceridad de aquellas palabras. Katie las había pronunciado a una velocidad tal que parecía que sentía que, si actuaba lo bastante rápido, el error podría corregirse y Nathan volvería a entrar por la puerta.
—¿Puedo preguntarle cómo se conocieron?
—A través de mí —explicó Amy; una expresión de incomodidad se dejó ver fugazmente en el rostro de Katie—. Estuvo saliendo conmigo antes de conocer a mi hermana. Soy tres años mayor que ella. Conocí a Nathan en la universidad. Lo nuestro se fue diluyendo, y Katie volvió a toparse con él un tiempo después.
—Yo tenía dieciséis años —dijo Katie sin que Kim pudiera comprender por qué motivo lo había especificado. De hecho, la hizo dudar
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de la veracidad de la afirmación y, además, le provocó cierta inquietud. Con la información que tenía, Kim se preguntaba si Nathan habría preferido quizá a la versión más joven de las dos.
—¿Y a usted no le importó? —le preguntó Kim a la hermana mayor.
Amy hizo un gesto de desdén.
—Ya hacía tiempo que habíamos terminado cuando se reencontraron. Había que estar muy ciego para no ver lo incómoda que estaba Katie
mientras se hablaba de aquello. Era un tema del que no quería seguir conversando, sin duda. Kim estaba dispuesta a complacerla. Ya se había hecho una idea clara, y le daba asco.
—¿Y se casaron?
—Cuando yo tenía diecinueve años. Hace tres.
Madre mía, la chica tenía veintidós años y ya era viuda.
—¿Puede contarnos dónde trabajaba su marido?
Ese cambio de tema hizo que el rostro de Katie mostrara cierto alivio. —Era encargado nocturno en Asda, en Great Bridge. No hacía mucho
que lo habían ascendido. Le encantaba su trabajo y allí estaba muy bien considerado.
—¿Había tenido algún problema recientemente?
—No, para nada. Lo adoran. Es muy querido por todo el mundo.
Siempre está riéndose y gastando bromas.
—¿Le había mencionado alguna cosa extraña recientemente? ¿Alguna llamada rara o tal vez algún amigo del pasado que hubiera vuelto a aparecer en su vida?
La mujer negó con la cabeza.
—No creo que mantuviera contacto con nadie del colegio.
—¿Y de su adolescencia? —presionó Kim, pero el rostro de Katie permaneció inexpresivo, confirmando que no sabía nada del tiempo que su marido había pasado en Welton ni de la razón por la que estuvo allí internado.
Era probable que se enterara de aquello por la prensa, y más pronto que tarde. La mujer ya había sufrido suficiente por ese día.
De momento, no había nada que sugiriera que Nathan hubiese hecho algo más. Su trabajo no le exigía relacionarse con niños, y estaba felizmente casado, aunque con una mujer mucho más joven con la que llevaba saliendo desde que era adolescente.
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—¿Había cambiado algo en su vida últimamente? —preguntó Kim, considerando la teoría de Stacey de que a las víctimas las habían matado justo antes de cometer un crimen. La inspectora se enorgullecía de tomarse siempre en serio las teorías de los miembros de su equipo, por extravagantes que fueran.
—Nada de nada. Era feliz, estaba viviendo su vida.
Tal y como Kim se imaginaba.
—Vale, señora Yates, gracias por hablar con nosotros en un momento tan…
—Ah, sí que hay una cosita, aunque no creo que le sirva de gran ayuda, porque habla de la generosidad habitual de Nathan.
—Dígame —instó Kim, sintiendo que se le empezaba a formar un pequeño nudo en el estómago.
—Había solicitado ser voluntario en el club juvenil local.
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Capítulo 67
Era ya casi la hora de comer cuando Bryant aparcó junto al hospital West Midlands de Colman Hill. Se ahorraron la molestia de solicitar la presencia de Curtis Jones cuando lo vieron salir con un andar decidido. Una chaqueta deportiva sencilla apenas ocultaba el uniforme de enfermero que llevaba debajo.
—Justo lo estábamos buscando —dijo Kim, interponiéndose en su camino—. ¿Podemos hablar un segundo?
La sonrisa del hombre se desvaneció.
—Pero muy rápido. He quedado con un amigo para comer. —Intentaremos no retenerlo mucho tiempo. Tenemos entendido que es
usted miembro de la brigada ciudadana de los Ángeles de Black Country, ¿verdad?
El hombre esbozó una incipiente expresión de desagrado.
—¿Cómo saben eso?
—Lo sabemos, sin más. ¿Le importaría explicarnos por qué? — preguntó Kim.
—Que por qué ¿qué? No he hecho nada malo, ¿no?
—No que sepamos, pero debe haber alguna razón para que se uniera a ellos. ¿Qué le impulsó a hacerlo?
Curtis se encogió de hombros.
—Mi sentido del servicio a la comunidad.
—Me atrevo a decir que eso es mentira —respondió Kim, enarcando una ceja—. La gente normalmente entra a formar parte de brigadas ciudadanas porque tiene una sensación de injusticia, de que están intentando corregir algún error.
—Bueno, pues será así para ellos, pero no para mí —explicó, mirando por encima del hombro y cambiando el peso de su cuerpo de un pie al otro.
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Lo que había aprendido gracias a Alison y su propio poder de observación le indicó a Kim que aquel hombre no les estaba diciendo la verdad.
—¿Qué le pasó, Curtis? —preguntó Kim. —No me pasó nada, inspectora. —Entonces, ¿por qué está…?
—Si realmente quiere la verdad, me uní a los Ángeles por culpa de ustedes, porque no confío en que hagan su puto trabajo.
Kim se quedó atónita al ver cómo la expresión afable y cordial de Curtis se volvía oscura. Bajo su calma exterior, fabricada, hervía la ira a fuego lento.
Bryant dio un paso adelante.
—Eh, tranquilo, amigo.
—Ha sido ella quien me ha preguntado. Y ha insistido, así que ahora es lo que hay. Ustedes son la mierda. Perdí a mi padre. Lo mataron, y ustedes no movieron un puto dedo al respecto, joder. Los asesinos vuelan libres cual pájaros por las calles porque la policía no es capaz de hacer su trabajo. Al menos, los Ángeles de Black Country son proactivos y están intentando sacar a la escoria de las calles.
—¿Qué le pasó a su…?
—Ah, no, ahora no vamos a hablar de eso —dijo mientras empezaba a caminar, esquivándola—. Tuvieron su oportunidad y la desperdiciaron. Ahora me niego a hablar de aquello.
Kim se giró y lo vio alejarse. Una furgoneta pequeña con la imagen corporativa de «Servicios Veterinarios Fox» se detuvo junto a la acera. Rufus, el padre de Teresa Fox, bajó la ventanilla y los saludó con un gesto mientras Curtis se sentaba en el asiento del copiloto.
Ambos desaparecieron de su vista, y Kim se percató de que la situación era mucho más compleja de lo que se había imaginado.
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Capítulo 68
Stacey colgó el teléfono con una sonrisa. La jefa se acababa de comunicar directamente con ella por primera vez desde que se había enterado de lo de Birch. Vale, quizá fuera porque sabía que Penn no estaba en comisaria, dado que había ido a charlar con los sanitarios, pero bueno, al menos era un comienzo. Igual de gratificante había sido para Stacey que, durante la llamada, Kim le hubiera admitido que podría tener sentido lo que había sugerido en la reunión informativa: que el asesino podría estar actuando para tratar de evitar que las víctimas del caso cometieran un crimen.
—Nathan Yates estaba intentando entrar como voluntario en un club juvenil local —le dijo Stacey a Alison después de un buen rato de silencio entre ambas.
—No me jodas. No sé cómo creyó que podrían aceptarlo. ¿Acaso no pensó que comprobarían sus antecedentes?
—Tal vez creyó que su historial juvenil no saldría a la luz.
—¿Cómo va la búsqueda de los demás? —preguntó Alison.
—Dean Newton no ha sido muy difícil de encontrar —explicó Stacey. Sabiendo que sería difícil tratar de localizar al cabecilla, Ian Perkins,
buscó primero a Dean Newton y Leyton Parks.
A Dean Newton las fuerzas del orden lo conocían bastante bien; el Ordenador Nacional de la Policía reflejaba su abultado historial. Lo internaron en Welton cuando tenía quince años por una pequeña colaboración en el robo a mano armada de una gasolinera en Coseley, y desde entonces no había cambiado demasiado su actitud. Tras ser puesto en libertad, terminó en una cárcel para adultos por delitos relacionados con robos. En su historial no figuraban episodios de violencia, malos tratos a mujeres ni crímenes sexuales, y la gravedad de sus delitos no había ido a más en los años transcurridos desde su primera infracción. Tan solo no podía dejar de apropiarse de las cosas ajenas. Se ganaba la vida robando,
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era un delincuente de carrera y se tomaba sus épocas de cárcel como gajes del oficio. Haciendo cuentas rápidas, Stacey se dio cuenta de que, desde su primera estancia en prisión, los días que había pasado aquel hombre entre rejas superaban con creces a los que había estado en libertad.
La ayudante de detective investigó en las redes sociales, y la única donde Dean se mostraba activo era Facebook, donde lo que más le gustaba era publicar fotos de todos los pubs que solía frecuentar. Contó casi treinta fotos distintas de cervezas.
No había duda de que no sería demasiado difícil dar con aquel tipo. Dedicando un poco de tiempo a recorrer los pubs de Hollytree, tarde o temprano te lo encontrarías.
Dean había publicado la última foto justo la noche anterior, en The Tenth Lock, en Brierley Hill.
Estaba clarísimo. Dean Newton estaba vivito y coleando. Al menos, de momento.
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Capítulo 69
—Qué llamativa —observó Bryant mientras llamaban a la puerta de la vivienda de Dean Newton.
—Como su historial —respondió Kim, a la que casi no se escuchaba debido a los gritos que provenían del interior. Aparentemente, cada una de las personas que estaba dentro quería que fuera otra a abrir la puerta, que había sido reventada tantas veces que se podían apreciar hasta tres colores diferentes de pintura.
Por fin, un hombre demacrado, esquelético, de unos cuarenta años y vestido solo con unos calzoncillos abrió la puerta de golpe.
Kim sintió el hedor que provenía del piso. Mostró su identificación policial.
—¿Dean Newton?
El hombre le dirigió una mirada fulminante, negó con la cabeza y llamó a alguien hacia su espalda.
—Newt, ha venido la pasma.
Vaya, hacía tiempo que no escuchaban aquel apodo.
—Amigo, eso se decía en los noventa. Me parece que se ha quedado anticuado —dijo Bryant.
—Que te den por culo —respondió el hombre, alejándose de la puerta. Hubo un tiempo, según decía la gente, en el que era algo natural tratar con respeto a la policía. A Kim le costaba creerlo cuando un muchacho de no más de diecinueve años pasó por delante de la puerta con un pantalón
de pijama y una lata de cerveza Stella en la mano.
Dean Newton aún no había aparecido, pero no había que ser un genio para darse cuenta de que aquello era un cuchitril de mala muerte donde dormían personas sin hogar. Dean era el inquilino legal de la vivienda de protección oficial, pero parecía que abría las puertas de su casa a cualquier degenerado.
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La inspectora y el sargento comprobaron enseguida la veracidad de aquello al contemplar cómo el tipo que les había abierto la puerta se tumbó en un colchón de la sala de estar y sacó su parafernalia para drogarse.
Kim miró a Bryant.
—Voy —dijo el sargento, apartándose un poco para informar.
En cuanto se abrió la puerta, Kim supo que el lugar estaba atestado de drogas, pero consumirlas proactivamente delante de un agente de policía ya era una broma de mal gusto. No pudo evitar pensar en que aquel tipo carecía de instinto de supervivencia alguno para tratar de que no lo arrestaran. Qué pocas esperanzas debes tener en tu futuro para que te importe una mierda que te detengan, sabiendo que la vida es igual de atractiva estando libre o entre rejas.
—¿Dean Newton? —volvió a preguntar Kim cuando apareció otro hombre en el umbral de la puerta.
Este llevaba puesta una bata. Tenía el pelo corto, castaño y enredado, y una cicatriz recorría cinco centímetros de la piel de su mejilla izquierda.
¿Nadie en aquel lugar era capaz de vestir adecuadamente?
—¿Qué? —preguntó el hombre, con la actitud de una persona que está acostumbrada a que la visite la policía.
—Departamento de Investigación Criminal. Tenemos que hablar con usted sobre la época en la que estuvo interno en Welton.
La mueca de su rostro parecía indicar que eso era lo último que esperaba que le dijeran.
—¿Queréis pasar? —preguntó, haciéndose a un lado.
—Ni aunque mi vida dependiera de ello. ¿Puede ponerse algo de ropa y hablar con nosotros aquí afuera?
Dean emitió un gruñido y desapareció de la vista de la inspectora. Kim se apartó un poco del hedor a grasa, vómito, olor corporal y orina. —Ya he dado el aviso, jefa —dijo Bryant, volviendo a reunirse con
ella.
La inspectora podía imaginarse la reacción de los agentes que habían atendido la llamada de Bryant. Aquella dirección les resultaría de lo más familiar.
Cuando Kim se hubo alejado una distancia prudencial, Dean Newton se dirigió decididamente hacia ellos vestido con un pantalón de chándal liso y una camiseta sin mangas, clásica de culturistas, que le quedaba enorme.
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Un cigarrillo encendido colgaba de la punta de sus dedos.
—Daos prisa —exigió, mirando a su alrededor.
Claro, cualquier credibilidad que el hombre tuviera en Hollytree iba a quedar diezmada si lo veían hablando con ellos.
—Asumo que se ha enterado de lo de sus antiguos compañeros, ¿verdad? —preguntó Kim.
La cara de póker del chico parecía indicar que no. Kim no daba crédito a que, en los tiempos que corrían, pudieran pasarte desapercibidos los asesinatos de tres personas a las que conocías en el pasado.
—¿No ve las noticias? —preguntó Bryant.
Dean se encogió de hombros.
—Ni me van ni me vienen.
—Tres de sus viejos amigos de Welton han muerto.
El hombre volvió a encogerse de hombros y dio una calada a su cigarrillo.
—Me importa una mierda la gente que conozco ahora, no te digo ya la de aquella época.
Kim sintió que la desesperanza típica de Hollytree se personificaba en el hombre que tenían delante, que representaba los valores de aquel lugar. Allí a nadie le importaban los demás. Quizá, de no haber sido así, Mikey, el hermano gemelo de la inspectora, seguiría vivo.
Kim se sacudió aquella idea, loca por acabar la conversación para poder salir de aquel entorno que tanto la consumía.
—¿Formaba usted parte de un grupo conocido como los Seis Psicópatas? —le preguntó al hombre.
Dean mostró una sonrisa de oreja a oreja.
—Sí, vaya nombre más guapo. Nos echamos unas buenas risas. ¿Quién la ha palmado?
—Eric, Paul y Nathan.
—¡Hoooostia! ¿Y eso?
—Todos asesinados.
No parecía que le preocupara lo más mínimo.
—¿Se da cuenta de que existe la posibilidad de que sea usted el siguiente?
Volvió a hacer un gesto de total indiferencia y dio una calada a su cigarrillo más allá del filtro, desprendiendo un nauseabundo olor sulfúrico.
—Que vengan a por mí. No me voy a mover de aquí.
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—¿No le preocupa?
—Pff… He estado entrando y saliendo de la trena desde que tenía quince años. ¿Crees que nunca me han amenazado de muerte?
—¿Y a pesar de ello sigue volviendo a la cárcel?
—Supongo que es mi estilo de vida. No me puedo quejar, no busco que se compadezcan de mí. Me enfrento a lo que tenga que venir.
—Ninguno de sus compañeros reincidió —le explicó Kim.
—¿Y qué tal les ha ido? —preguntó el hombre, encendiéndose otro cigarrillo.
—¿Tiene alguna idea de quién podría haber querido matarlos? — preguntó Bryant.
Dean se echó a reír.
—¿Quieres una lista? Éramos un puñado de cabronazos.
—¿De los que se saltan alguna norma o de los que hacían daño a la gente?
—Probablemente las dos cosas —respondió sin remordimientos.
—Qué bonito.
—Venga, despertad —se quejó, molesto—. Haces lo que tienes que hacer para sobrevivir. Te sientes cómodo con la gente que se parece a ti. Ya sabéis, en grupo se está más seguro.
—¿Por eso fueron todos en grupo para tratar de abusar de aquella guardia?
Dean se rio, y Kim se tuvo que esforzar para no abofetearlo. —Hostia puta, ya me había olvidado de lo bien que nos lo pasábamos. —¿Esa es la idea que tienes tú de pasarlo bien? —gritó Bryant, dando
un paso hacia él.
Newton levantó la mano.
—Relájate, grandullón. No le hicimos daño, apenas le bajamos las bragas. No sucedió nada.
«Porque os interrumpieron», pensó Kim, pero miró de reojo a Bryant para que se contuviera.
Aquel trozo de carne llevaba quince años entrando y saliendo de la cárcel. No había hecho ningún esfuerzo por alejarse de la delincuencia. Ellos no iban a ser quienes le dieran lecciones de moral en un rato de conversación, pero aún les quedaban preguntas por hacerle.
—Sabes que eres un desgraciado, ¿verdad?
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Dean no se inmutó ante el insulto. Kim iba a intentar hablarle desde aquel momento en un idioma que el hombre entendiera.
—Fue un intento de violación, chaval, y tuvisteis suerte porque alguien apareció a tiempo. ¿De quién fue la idea?
—No estoy seguro, pero todos participamos. No fue para tan…
—¿Y qué me cuentas del chico al que golpeasteis en la celda? — preguntó Bryant.
—¿Qué pasa con él? ¿Creéis que lo que ha ocurrido es algún tipo de venganza?
Ahora fue Kim quien se encogió de hombros.
—Aquel chaval no tendría huevos. Da igual cuántos años hayan pasado, estoy seguro de que ese chico no ha desarrollado los cojones suficientes como para hacer algo así, para defenderse por sí solo.
—La gente cambia.
—Pero no tanto. Era un tío patético. Una persona insignificante, alguien a quien darle un par de hostias si tenías un mal día.
—Tenía un nombre, supongo —instó Kim.
—Sí, pero no lo recuerdo. No estoy seguro de que lo supiera en aquella época. Daba igual. Era solo un saco de boxeo.
—O sea, que no fue solo el incidente de la celda, ¿no?
—¡Ja! ¡Ya le gustaría! No, era nuestro juguetito. Pero tampoco le hicimos nada serio. Que tampoco es que nos lo cargáramos.
Dean Newton no era la persona más despreciable con la que Kim se había topado en su carrera, pero parecía que se iba colocar en la lista de las cinco primeras. Daba la sensación de que jamás en su vida se había parado un instante a reflexionar sustancialmente sobre sus actos.
La inspectora se vio obligada a controlar las ideas que se le pasaban por la cabeza, porque de repente deseó que, si el asesino aún no había terminado su plan, estaría bien que aquel tipo fuera el siguiente de su lista.
—Intimidabais a todo Welton, a otros internos y al personal. ¿Había alguien que fuera intocable?
—Tal vez Baldy.
—¿Lenny Baldwin? —trató de aclarar Kim.
—O sea, también le dimos por culo, pero no tanto.
—¿Por qué?
—Porque tenía el poder, ¿no?
—¿Y cómo lo usaba?
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—Ya no me acuerdo, hace tiempo de eso —respondió, cambiando el peso de su cuerpo de un pie al otro.
—¿Qué es lo que no me estás contando?
—Si te lo dijera, te lo estaría contando, ¿no? —preguntó con una sonrisa arrogante.
—¿Pasó algo con Lenny Baldwin?
—Siguiente pregunta. —Dean movió las manos dejando claro que no iba a contarles nada sobre ese tema. Pero era evidente que había algo más.
—¿Y Ryan West? —preguntó Kim, queriendo avanzar a otra cosa. —¿Quién, el profesor? No, él era buena gente. Nos escuchaba y a
Parky le caía bien. Le gustaban los libros y esas cosas.
—Parky. ¿Te refieres a Leyton Parks?
—Sí, ya no me acordaba de su nombre real. Él y el profesor se llevaban bien, así que lo dejamos en paz.
—¿Y dónde está Leyton ahora? —preguntó Kim.
Un coche patrulla llegó al lugar y se detuvo junto a ellos. Newton ni pestañeó. O sabía que no habían ido a por él, o le daba igual.
Bryant se dirigió hacia el conductor.
—Han venido a por tu amigo, que ha decidido pincharse en nuestra cara —explicó Kim.
—Qué gilipollas —respondió Dean mientras los agentes entraban en el piso.
—¿Leyton? —le recordó.
—Quién coño sabe. Al chico no le gustaba mucho la gente en general. Era bastante tímido. Todo lo que hizo fue tirar algunas piedras desde un puente. ¿Cómo iba a saber que el conductor no iba a ser capaz de controlar el coche?
No era exactamente la misma historia que le había contado Stacey. El conductor había muerto y su novia había sufrido lesiones que le cambiaron la vida para siempre.
—Pero sí que intenté encontrarlo una vez —admitió Newton.
—Creía que te daban igual todos ellos.
—Y me dan igual, pero me faltaba una persona para un proyecto en el que estaba trabajando.
Hablaba de un robo.
—No di con el imbécil, no apareció. Se lo tragó la tierra.
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Kim detuvo un instante el interrogatorio mientras el agente sacaba al drogadicto. A juzgar por sus párpados caídos, había conseguido meterse una buena dosis en las venas.
Newton apenas le dirigió la mirada.
—¿Y qué pasa con Ian Perkins? ¿Tienes idea de dónde anda?
—No, y no podría darme más igual. Esta gente no significa nada para mí, pero, si os preocupa la seguridad de Ian, ahorraos la energía, sabe cuidarse solo. Asesinó a su propio hermano sin motivo alguno, cojones.
—Creo que alguna razón sí había detrás de aquello —explicó Kim, ya deseosa de poner fin a aquella conversación. Habían puesto a aquel hombre sobre aviso, un hombre que no tenía nada útil que ofrecerles sobre el paradero de sus viejos amigos.
—¿Sabes?, por un momento he creído que tenías un gramo más de materia gris que tus compañeros de zoológico —dijo Dean, dándose golpecitos en la sien—. Pero qué va, sois todos igual de inútiles.
—A ver, ¿qué me quieres contar? —lo instó ella, intuyendo que el hombre estaba deseando iluminarla.
—Veo que piensas que lo que Ian le hizo a su hermano estaba justificado. Lo pensaron los policías, lo pensó el juez y lo pensó la junta de revisión de la libertad condicional, pero ninguno de vosotros sabe la puta verdad.
Kim esperó a que continuara.
—Estaba cabreado porque su hermano le había ganado jugando a la PlayStation. No hubo ningún tipo de agresión sexual. Mató a su hermano por un juego.
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Capítulo 70
—¿Repite eso? —instó Penn, sacando el pañuelo de su cajón. —La jefa ha llamado…
—¡Aleluya! —gritó el sargento, levantando los brazos.
Aunque Stacey se rio, Penn se sentía verdaderamente aliviado. El universo volvía a su equilibrio natural.
—Quiere saber si podemos encontrar alguna forma de verificar la acusación de abuso de Ian Perkins contra su hermano.
—Pues va a ser un poco complicado teniendo en cuenta el hecho de que está muerto —respondió Penn—. ¿Por qué las dudas?
—Dean Newton afirma que Ian Perkins engañó al sistema mintiendo para conseguir una sentencia menos severa. Que todo se debió a un videojuego, a ver quién obtenía la puntuación más alta jugando al Sonic.
Penn reflexionó un instante.
—Pero ¿acaso importa? Quiero decir que no hay duda de que queremos advertir al tipo, avisarlo de que su vida podría correr peligro, así que ¿qué más da?
—Pues sí que da, porque no es lo mismo lidiar con un psicópata sin remordimientos ni empatía que con un individuo traumatizado, que fue incapaz de soportar ya más abusos —explicó Alison sin apartar la vista de la pantalla de su ordenador.
—Vale, es razonable —se conformó Penn, optando por no discutir con la experta.
—Oye, ¿cómo te ha ido con los sanitarios? —preguntó Stacey, lo que le hizo recordar al sargento lo que llevaba en el bolsillo.
Sacó un papel y lo mostró.
—¿Así estaba colocado cuando lo encontraron? —preguntó Stacey.
—Sí —respondió Penn, pegando el papel en la pizarra.
—Lo pusieron de lado, con los brazos extendidos formando un círculo.
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—Está claro que es una letra P —observó Alison.
—Y acababa de presentarse como voluntario en el club juvenil local —añadió Stacey.
—¿Cómo coño sabe el asesino todo esto? —preguntó Penn.
—No es tan complicado —respondió Alison—. Sigues a alguien durante unos cuantos días, estás atento a sus redes sociales, ves de quién es amigo, qué cosas le gustan, los enlaces que comparte…
La conductista sabía mucho sobre cómo seguir los movimientos de una persona.
—Alison, ¿tienes algo que contarnos? —preguntó Penn, enarcando una ceja.
La psicóloga se rio, pero el sonido del teléfono del sargento le evitó responder.
—Hola, Jack —saludó Penn.
—Ha llegado algo para ti. Si vas a querer subirlo, yo que tú llamaría a alguien que te ayudara.
Penn frunció el ceño. No estaba esperando nada, pero le picó la curiosidad.
—Vuelvo en un segundo —dijo, seguro de que se bastaría solo para gestionar lo que fuera.
Bajó las escaleras silbando y entró en el despacho de Jack. —¡Joder! ¿Qué coño es esto? —preguntó, deteniéndose en seco. —Arriba hay una nota —advirtió Jack por encima del hombro del
sargento.
Penn cogió el papelito que había sobre la cuarta caja de documentos. —¡¿Qué broma es esta?! —exclamó en cuanto vio el nombre del
remitente.
Sí, estaba esperando que Welton mandara los registros tras haberse emitido la orden judicial, pero pensaba que lo harían por medios electrónicos.
Cogió la primera caja, la abrió y suspiró con pesar.
Si no tuviera ninguna experiencia, pensaría que Josephine Kirk estaba intentando complicarle su trabajo al máximo.
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Capítulo 71
Kim dejó a Bryant engullendo un sándwich para almorzar y se dirigió hacia la entrada principal del hospital Russells Hall, el lugar en el que habían estado por última vez a primera hora de aquella mañana.
Su compañero solía notar la falta de sueño en el estómago; su cuerpo parecía necesitar unas calorías adicionales para compensar el sueño perdido. En Kim, en cambio, se manifestaba como una sed insaciable de cafeína.
A Bryant no le había importado que lo mandara esperar en el coche mientras almorzaba. Ella, entretanto, acompañó a Charlotte a la morgue.
No le sorprendió ver que la mujer ya la estaba esperando dentro, mirando a su alrededor y frotándose las manos con nerviosismo.
—Ey, ¿está segura de que quiere hacerlo? —preguntó Kim, tocando suavemente a Charlotte en el brazo.
—Por supuesto. Necesito tener la certeza.
Kim abrió la boca para decir algo, pero se dio cuenta de que, por mucho que tratara de tranquilizarla, nada llegaría a tener el valor de lo que los propios ojos de la mujer iban a ver.
La inspectora comenzó a andar y Charlotte la acompañó, caminando a su lado.
—¿Ha visto alguna vez un cadáver?
La mujer asintió.
—A mi abuelo. Murió de lo mismo que tiene mi madre ahora.
—Me lo contó Ella. Lo siento.
—Está avanzando rápido. Le cuesta atarse los cordones, pero es capaz de hacer en diez minutos el crucigrama que viene diariamente en el periódico. He estado ausente demasiado tiempo, me he visto privada de la posibilidad de estar a su lado.
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Kim no podía consolarla con palabras. Lo que aquel hombre hizo destrozó a esa familia y provocó que no disfrutaran de un tiempo que nunca volvería. Kim no podía hacer nada al respecto, aunque sí que podía brindarle algo de paz.
—Por aquí —guio a Charlotte, abriendo unas puertas de uso exclusivo para el personal que conducían a un pasillo que acabaría llevándolas hasta la morgue.
La respuesta inicial de Keats había sido un no rotundo, hasta que Kim le explicó las circunstancias. Finalmente cedió y la citó a una hora, para que él mismo pudiera supervisar la visita durante su descanso.
Kim pulsó el timbre de llamada y enseguida apareció Jimmy para facilitarles la entrada.
El técnico las saludó a ambas con un leve gesto de la cabeza cuando pasaron junto a él.
—En la sala de acondicionamiento —dijo Jimmy. Charlotte se estremeció de forma perceptible.
La mirada de la mujer recorrió aquel espacio frío y estéril. Viéndolo con sus propios ojos como si fuera la primera vez que lo hacía, Kim pudo comprender la involuntaria reacción física de Charlotte. Faltaba armonía. Todo giraba en torno a la muerte.
De nuevo, Kim se preguntó si aquello había sido una buena idea. —Estoy… Estoy bien —aseguró Charlotte, como si leyera los
pensamientos de la inspectora.
Kim abrió de un leve empujón las puertas de la sala de acondicionamiento de Keats. Ese espacio no era más cálido ni acogedor que la morgue en sí, pero al menos no se veían en él tantas herramientas terroríficas propias del oficio del forense.
El cuerpo de Terence Birch yacía en una camilla, cubierto con una sábana blanca sencilla.
Charlotte vaciló un instante, y Kim tuvo que recordarse a sí misma que, aunque no se trataba de un familiar o un cónyuge de luto, el momento suscitaba igualmente muchas emociones.
—¿Está lista? —preguntó Kim, tocando con suavidad a Charlotte en el codo.
Asintió.
Keats retiró la sábana hasta el cuello.
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Charlotte jadeó y perdió el equilibrio. Kim la sostuvo, pero lo hizo en silencio, viendo cómo distintas emociones se sucedían en el rostro de aquella mujer.
Se hizo el silencio en la estancia mientras Charlotte miraba con atención el cadáver, como esperando algún movimiento o quizá encontrar respuestas.
—De acuerdo, por favor, sáqueme de aquí —susurró finalmente la mujer.
Kim dio las gracias a Keats con un gesto mientras sacaba a Charlotte primero de aquella sala y después de la morgue.
Ninguna de las dos dijo una sola palabra hasta que volvieron al área central del hospital.
—¿Puedo sentarme? —preguntó Charlotte con una voz que vibraba, denotando que estaba a punto de echarse a llorar.
Kim la condujo hasta un banco que había junto al ascensor. Charlotte se sentó y comenzó a temblar entre sollozos. —Sé que debe ser muy difícil…
—Gracias —dijo Charlotte entre lágrimas—. Lo necesitaba. Tenía que verlo muerto, pero no esperaba sentirme así.
—¿Así cómo?
—Estas lágrimas son de rabia. Tengo una rabia que me quema por dentro. Es pequeñísimo. Creía que era más alto, más grande, más poderoso.
«Un engaño de la mente», pensó Kim. La percepción que tenía Charlotte sobre el físico de Birch estaba relacionada con el poder que había ejercido sobre ella.
Charlotte se limpió la nariz con un pañuelo.
—Estoy enfadada conmigo misma. ¿Cómo coño permití que me quitara una parte tan importante de mi vida? Ahí tumbado era tan pequeño, tan patético…, pero lleva diez años metido en mi mente.
Enterró la cabeza entre las manos. A Kim le pareció que estaba liberando diez años de emociones contenidas, lo cual era saludable. Lo de echarse la culpa a sí misma ya no lo era tanto.
—Me he perdido muchos años con mi madre, y ahora está enferma. La afección está avanzando más rápido en ella de lo que lo hizo en mi abuelo, y no he estado presente en una época vital para ella. Se dio un puñetazo en la pierna. Con fuerza.
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—No es usted la única a la que ese desgraciado ha amedrentado — explicó Kim, agarrándole el puño.
—¿Eh?
—Se fijó también en una de nuestras agentes.
Charlotte dejó de llorar; sus ojos se abrieron de par en par y mostraron una mezcla de asombro y horror.
—Birch fue testigo en un caso en el que trabajamos. Mi agente lo interrogó. Ella no hizo nada mal. El tipo llevaba dos meses acosándola cuando murió.
—¡Por Dios, no!
—Se lo cuento para que se dé cuenta de que usted no tiene culpa de nada. De absolutamente nada. La mujer de la que le hablo es agente de policía. Sabía lo que tenía que hacer, pero no hizo nada. Se lo guardó para sí misma y sufrió en silencio. Como usted, pensó que lo había incitado, que había provocado la situación y que sería capaz de gestionarla sola. Creyó que, si lo ignoraba el tiempo suficiente, terminaría desapareciendo de su vida.
Charlotte asentía, entendiendo por completo lo que escuchaba.
—Ha tenido que aguantarlo durante un par de meses, y es más que visible el precio que ha tenido que pagar por ello. Así que no sea tan dura consigo misma. Usted no fue la que provocó la situación. La culpa fue de Birch, y ahora está muerto. De ahora en adelante, su única responsabilidad es vivir su vida de la mejor forma posible y crear todos los recuerdos bonitos de su madre que pueda.
Charlotte respiró hondo y se puso de pie.
Caminaron hacia la entrada principal en silencio. Cuando llegaron a las puertas, la mujer se detuvo.
—¿Le podría dar mi número a su compañera?
—Claro.
—Si necesita hablar o simplemente desahogarse, estoy disponible siempre que quiera… ¡Guau! Es la primera vez en años que le ofrezco a alguien mi teléfono de forma voluntaria.
—Gracias por hacerlo. Estoy segura de que mi agente lo valorará. —Sé que contará con el apoyo que le hace falta entre su familia y sus
compañeros, pero, si me necesita, estaré ahí.
—Se lo agradezco —volvió a decir Kim mientras Charlotte le daba las gracias antes de salir a la calle.
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Kim se quedó quieta un momento, luchando contra cierto malestar interior. Sí, Stacey contaba con el apoyo de personas que la querían.
Pero no de todas ellas.
La inspectora vio desaparecer a Charlotte.
Había preguntas que le habría gustado hacerle, pero no había previsto que la identificación fuera a suscitar tantas emociones. Necesitaba respuestas que pudieran ayudarla a aclarar lo que le había ocurrido a Terence Birch el lunes por la noche. Pero la conversación sobre el coche azul pequeño tendría que esperar a otro momento.
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Capítulo 72
Era un secreto a voces que a Penn le encantaban los puzles. Siempre le habían gustado, incluso cuando era un niño. A veces, cuanto más difíciles eran, más le motivaban. De pequeño, le encantaba hacer puzles, pero nunca había visto el resultado final de ninguno, porque nunca los hacía con el dibujo hacia arriba. No quería que la imagen lo ayudara. En vez de eso, se centraba en las formas, los bordes y los agujeros. Con cualquier puzle siempre existía ese momento, el instante de revelación en el que te dabas cuenta de que ibas por el camino correcto y que ibas a terminarlo.
De momento, aún no había experimentado ese instante con los registros que le habían enviado desde Welton Hall.
Tenía delante cuatro cajas a rebosar, llenas de páginas sueltas; parecía que alguien hubiera vaciado deliberadamente todos los archivos y carpetas y los hubiera repartido entre todas las cajas.
Penn había ocupado la sala de reuniones de la tercera planta y se paseaba por aquel espacio sin parar, andando de un lado a otro mientras trataba de averiguar cómo clasificar los documentos para hallar algo. El método que eligió fue dividirlos en montones grandes y pequeños.
Al agruparlo todo en montones grandes, luego podía crear subcategorías dentro de cada uno. No tenía otra alternativa que leer cada uno de los papeles según se los iba encontrando.
Por el momento, había creado montones diferentes para internos, personal, historiales médicos, información judicial, informes de incidentes y miscelánea.
Cogió el montón de los internos y lo dividió automáticamente en dos, uno para los Seis Psicópatas y otro para el resto.
Luego volvió a dividir el primero, de forma que cada uno de los seis miembros del grupo tuviera su propio montón.
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Sabía que a la jefa le interesaba averiguar la implicación de Lenny Baldwin en las fechas de liberación de cada uno de ellos, así que revisó cada montón en busca del informe de recomendación del oficial de justicia de menores y cogió un trozo de papel usado para anotar los hallazgos.
Eric Gould - Sí
Paul Brooks - Sí
Nathan Yates - Sí
Leyton Parks - Sí
Dean Newton - Sí
Ian Perkins - Sí
Bueno, tal vez se tratara de una persona indulgente que pensaba que todos los chicos merecían una segunda oportunidad.
Penn apartó los montones de los internos y cogió el que contenía los expedientes de otros reclusos durante la misma época.
Encontró un total de veintisiete nombres.
Lenny no había recomendado la puesta en libertad anticipada de ninguno de ellos.
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Capítulo 73
Kim no esperaba encontrarse de nuevo frente a la puerta de la casa de Lenny Baldwin tan pronto. El hombre pareció igual de sorprendido de verla.
—¿Podemos pasar? —le preguntó, viendo que Lenny permanecía firme en el umbral de la puerta.
—No veo cómo podría ayudarlos más.
—Es solo para aclarar algunas cosas —respondió la inspectora, dando un paso adelante. O Lenny se movía, o se iba a chocar con él—. Ya hemos recibido los archivos de Welton. Son bastante interesantes de leer.
Él se hizo a un lado y ella lo empujó ligeramente al pasar, dirigiéndose hacia el salón.
—Me lo puedo imaginar. No era un lugar en el que hubiera angelitos, precisamente.
Kim se sentó donde lo había hecho en la visita anterior.
—A juzgar por sus recomendaciones de libertad anticipada, tenía usted mucha fe en que esos seis chicos dieran un giro a sus vidas.
—¿No cree que mereciesen otra oportunidad?
—¡Vaya cambio con respecto a lo que nos dijo! Nos dio a entender que no había esperanza alguna para esos chicos y que a usted lo consumieron y le arruinaron la vida.
—Solo recomendé la libertad anticipada de aquellos chavales que consideré que de verdad la merecían —dijo, removiéndose en su asiento.
—Vale, vamos a seguirle la corriente con las gilipolleces que me está soltando. ¿Quiere decirme que tenía la sensación de que Eric había aprendido la lección en cuanto a lo de pegar a las chicas que no hacían lo que les ordenaba?
—Sentí que había hecho sus progresos.
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—¿Y creía también que Paul Brooks merecía un trato especial después de una agresión sexual?
—Su arrepentimiento era sincero.
—¿Nathan Yates estaba igual de arrepentido por haber abusado sexualmente de una menor?
—Él creía que era mayor.
—La chica tenía ocho años. ¿Pensó que tenía diez?
Lenny apretó los labios.
—Y Dean Newton…
—Inspectora, puede preguntarme por cada uno de ellos si quiere perder el tiempo, pero puedo asegurarle que existían razones fundamentadas para proponer una pena más leve para cada chico al que respaldé con mi nombre.
—Incluso para Ian Perkins, que mató a su hermano, ya fuera a raíz de haber sufrido abusos sexuales o por un simple juego de la PlayStation, ¿quién sabe?
El rostro de Lenny se contrajo, haciendo palpable su confusión. Obviamente era una de las muchas personas a las que Dean Newton se había referido al decir que todo el mundo se había tragado la historia de Ian.
—No sé nada acerca de lo del juego de la PlayStation, pero tuve la impresión de que el episodio violento de Ian había sido una cosa puntual, un incidente aislado. No me pareció que fuera un peligro para nadie.
—¿Aunque fuera el cabecilla de esos chicos traviesillos?
El hombre abrió mucho las manos.
—Mi trabajo consistía en formarme una opinión después de pasar algo de tiempo con ellos. El mío no era el único juicio que se tenía en cuenta cuando se tomaba la decisión final sobre la fecha de liberación anticipada.
—¿Así que juzgó cada caso de forma independiente?
—Por supuesto.
—¿Y sigue defendiendo que actuó correctamente?
—Claro.
—Entonces, ¿por qué, en los cinco años que transcurrieron desde que empezó hasta que terminó de evaluar a ese grupo de seis, ningún otro interno recibió una recomendación positiva por su parte?
Lenny se puso blanco.
—No creo que eso sea correcto.
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—Lo es. Lo hemos comprobado. A ningún otro chico se le recomendó la libertad anticipada.
El hombre movía su cabeza de lado a lado.
Kim se puso de pie.
—Bueno, vamos a mostrarle los registros a su antiguo supervisor, a ver si él puede explicarnos algo más.
—Espere, espere, déjeme pensar —dijo Lenny, indicándole a Kim con un gesto que volviera a sentarse.
Tal y como la inspectora sospechaba, no iba a querer que se manchara su nombre ahora, después de haberse jubilado manteniéndolo intacto.
—¿Por qué no fue indulgente con otros chicos? —preguntó, sentándose de nuevo—. Cuéntenos la verdad, señor Baldwin, o le garantizo que habrá una filtración y leerá sobre este caso en la prensa.
Era una amenaza vacía, pero él no tenía por qué saberlo.
—Porque no se lo merecían. Juzgué a cada uno de ellos por separado y, como quiere saber la verdad, se la cuento: todos eran escoria, nunca iban a cambiar. A la mayoría les gustaba ser así, y los demás no sabían hacer las cosas de una manera diferente. Por uno u otro motivo, no merecían ser liberados ni un minuto antes de lo que dictara su condena.
—Y, sin embargo, los únicos seis que usted recomendó pertenecían al mismo grupo… Haga el favor, señor Baldwin.
—Pura coincidencia.
—Yo lo llamaría más bien mentira —acusó Kim, sin importarle herir la sensibilidad de Lenny—. Les prometió a todos que les redactaría una recomendación positiva si a cambio lo dejaban a usted en paz.
—No creo que puedan encontrar alguna prueba de eso en ninguna parte. Son sus sospechas, sus suposiciones, y yo no las voy a confirmar.
—¿Tanto miedo les tenía? ¿De verdad vendió tan barata su integridad profesional?
—¿Qué tenían en contra de usted? —preguntó Bryant tras observar cómo había ido reaccionando el hombre.
El dedo índice de Lenny golpeaba frenéticamente el brazo del sillón, y Kim pudo apreciar que se le comenzó a formar una gota de sudor en la sien.
—Nada —respondió.
Bryant se puso de pie.
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—Bueno, como hay un miembro de los Seis Psicópatas que está colaborando mucho en la investigación, vamos a ir a preguntarle y esperemos que no haya periodistas cerca cuando…
—No, no haga eso —dijo Baldwin, levantando la mano.
Kim apreció el pequeño farol que se había tirado Bryant mientras volvía a sentarse. Le hizo un gesto con la cabeza a su compañero para que tomara la iniciativa.
—¿Le estaban haciendo algún tipo de chantaje? —preguntó el sargento.
Lenny se quedó callado durante más de cinco segundos; después, asintió.
—¿Con qué?
—Prefiero no contárselo.
—Y nosotros preferimos que lo haga —dijo Bryant.
Lenny suspiró con pesar.
—Encontraron ciertos vídeos en mi ordenador, unos vídeos que no me habría gustado que mi mujer viera.
—¿Estamos hablando de pornografía? —aclaró Bryant.
Asintió, moviendo las manos con nerviosismo.
—¿Niños? —preguntó Bryant con severidad.
—¡No, por Dios! Jamás haría algo así. No, eran vídeos de sexo gay.
—¿Es usted gay? ¿Bisexual?
Negó con la cabeza.
—Nunca me he sentido físicamente atraído por un hombre, pero, después de ver un vídeo gay, descubrí que no podía parar de hacerlo.
—¿Y uno de los chicos encontró esos vídeos? —preguntó Bryant, sin necesidad de conocer más detalles.
Lenny asintió.
—Dos de los otros chavales me distrajeron e Ian se hizo con mi ordenador. Era listo, apenas tardó un par de minutos en dar con ellos. Me dijo que, si no recomendaba la libertad anticipada de todos ellos, se lo contarían a mi mujer.
—¿No le amenazó con que podría perder su trabajo? —preguntó Kim. —¿Qué habría ganado con ello? Necesitaban que yo estuviera allí para tener la opción de salir antes en libertad. Provocar que me despidieran no
les habría servido de nada.
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—¿Así que accedió a hacer lo que le pidieron a cambio de su silencio? —preguntó Bryant.
—Sí. Y no me sirvió de mucho… Al final se lo contaron a mi mujer. Cuando me jubilé, ella recibió una carta anónima. Fue pocos días después de que la diagnosticaran.
Kim se compadeció de aquella mujer, cuya vida se había derrumbado por completo en un abrir y cerrar de ojos.
—¿Qué hizo al respecto? —preguntó Kim.
—Lo negué categóricamente, pero, desde aquel día hasta que se murió, me miró de forma diferente.
—¿Por qué hicieron los Seis algo así? —preguntó Bryant.
—No lo están pillando ¿verdad? Formaban un grupo de chicos despreciables. No había ni uno bueno entre ellos. En un momento dado, incluso hubo rumores de que empujaron a un guardia de la prisión por las escaleras y lo mataron. Eran un grupo de pequeños psicópatas despiadados y, respondiendo a su pregunta, se lo contaron a mi mujer solo porque podían hacerlo. Destruyeron un matrimonio de treinta años porque estaba en su mano, porque tenían ese poder. Aunque mi mujer y yo no nos separamos, yo sabía que ella nunca volvería a mirarme de la misma manera después de leer aquella carta, y eso es algo que nunca les perdonaré.
—Ya que nos ha mentido constantemente, señor Baldwin, me siento obligada a preguntarle si hay algún otro secretito que nos quiera contar durante esta confesión.
Lenny Baldwin se puso de pie.
—Por favor, salgan de mi casa de inmediato.
—Con mucho gusto —respondió Kim mientras se dirigía hacia la puerta, encontrando la presencia del hombre cada vez más repugnante. Lenny había renunciado a toda profesionalidad e integridad para encubrir su secretito, del cual al final su mujer se había enterado. No podía sentir compasión por él, solo la sentía por su mujer.
—Sé que piensan que han descubierto algo muy importante tras lo que les he contado hoy, pero, si quieren enterarse de cosas realmente reveladoras, quizá deberían analizar más a fondo a los trabajadores actuales de Welton —dijo antes de dar un portazo cuando Kim y Bryant hubieron salido.
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Capítulo 74
Eran casi las cuatro de la tarde cuando Kim se sirvió su primer café en la sala de la brigada.
Había convocado a Penn, que estaba en la tercera planta, y estaba esperando a que llegara antes de explicarles a todos su plan.
Tras hablar con Lenny Baldwin, se había dado cuenta de que las pistas que tenían no los estaban llevando a ninguna parte. No podían conseguir nada a través de los forenses, las órdenes judiciales llegaban con lentitud y, cuando lo hacían, se tardaba mucho en descifrar el papeleo. Además, el grupo se había granjeado tantos enemigos durante su época en Welton que la lista de sospechosos podría llenar un estadio de fútbol.
Tres de los Seis Psicópatas ya estaban muertos. De los tres supervivientes, uno tenía una nueva identidad protegida y otro había desaparecido de la faz de la tierra, pero Dean Newton vivía sin miedo y sin la menor intención de tomar precauciones en relación con su seguridad.
—Ya estoy aquí —dijo Penn, deslizándose en su asiento.
—¿Lo has dejado todo bajo llave y asegurado? —preguntó Kim.
—Sí, he cerrado la sala, prohibido el paso hasta mañana.
Kim ya le había explicado a Penn que no iba a volver a la comisaría aquella tarde.
—Bueno, os pongo al día. Curtis Jones ha admitido que forma parte de los Ángeles de Black Country porque no hacemos una mierda en nuestro trabajo. No confía en que saquemos a los malos de las calles y prefiere el método justiciero.
—Entiendo cómo se siente la gente. Nunca ha habido menos confianza que ahora en el trabajo policial —aseguró Alison.
—¿Y crees que eso justifica que la gente se tome la justicia por su mano? —preguntó Kim, cruzándose de brazos.
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—Si yo me viera sola en algún apuro, a altas horas de la noche, y alguien viniera a ayudarme, no me importaría que fuera un Ángel de Black Country. Le estaría agradecida, sin más.
—Pero parece que la cosa ya no va solo de mantener las calles seguras, ¿verdad? —la desafió Kim—. No se trata de Batman protegiendo a los pobres y necesitados de Gotham City. Estamos hablando de grupos que buscan proactivamente a los malhechores y les imponen su idea de castigo.
—Y no siempre aciertan —añadió Penn—. Leí algo sobre un tipo de sesenta años al que mataron a tiros por secuestrar a una niña de un año, a la que se encontró una hora después sana y salva. El hombre no había tenido nada que ver con su desaparición.
—Pero algunas veces sí que aciertan —dijo Bryant.
—¿Apoyas estas acciones? —preguntó Kim, sorprendida.
—No siempre, pero a veces incluso el sistema judicial respalda las acciones de los miembros de estas brigadas ciudadanas. En Estados Unidos, un padre mató a tiros al profesor de kárate que había violado en multitud de ocasiones a su hijo de once años. El juez le impuso una pena suspendida, libertad condicional y trabajos comunitarios. ¿Cómo no vas a querer ayudar un poco a un tipo así?
—¿Y a ninguno os importa que la mayoría de los actos de estos justicieros no puedan cometerse sin infringir las leyes?
—Daños colaterales —dijo Alison.
Por alguna razón, a Kim le sorprendió la respuesta de su equipo. Stacey no había dicho nada al respecto, y la inspectora suponía por qué. Dadas sus recientes experiencias, la opinión que Stacey pudiera tener sobre las brigadas ciudadanas habría cambiado drásticamente, y lo más probable era que no quisiese manifestar un desacuerdo evidente con su jefa dado el estado en el que se encontraba su relación.
—Bueno, avancemos. Al padre de Curtis lo asesinaron, y no atrapamos a los culpables. Sé que poco se puede hacer ahora, pero deberíamos dedicar algo de tiempo a investigar las circunstancias que rodearon la muerte de su padre. Me gustaría conocer la razón exacta del odio que Curtis siente hacia la policía.
—Asesinatos sin resolver en los que aparezca el apellido Jones. Bah, pan comido —bromeó Penn.
—También hemos tenido una buena conversación con Dean Newton, al que al parecer le importa una mierda que tres de sus antiguos amigos
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estén muertos. Muy extraño, con lo unidos que estaban cuando se encontraban internos en Welton.
—No tanto —dijo Alison, estrujando un envoltorio de Twix. —Cuéntanos —dijo Kim. La inspectoría se había sentido perturbada
por la indiferencia que Newton había mostrado al enterarse de los asesinatos.
—¿Hay alguna prueba de que mantuvieran el contacto cuando salieron de Welton? —preguntó Alison.
Kim analizó todas las conversaciones que había mantenido con los seres queridos de las víctimas y negó con la cabeza.
—En situaciones a las que no estamos acostumbrados, nos sentimos más seguros en grupo, y por eso tendemos a formarlos. Constituyen una barrera protectora contra una amenaza. Pero la dinámica de cada grupo exige una estructura y una jerarquía para funcionar con eficiencia. Normalmente todos imitan una dinámica familiar; es decir, los padres establecen las normas que deben seguir los niños. Casi el cuarenta por ciento de los niños en un centro de detención proceden de un sistema de acogida. Uno de cada tres tiene problemas de salud mental. Una jerarquía proporciona orden y seguridad. Hay líderes y seguidores, lo cual evita el caos, y todos los miembros del grupo son felices.
—Pero ¿el vínculo no dura? —preguntó Kim.
—¿Alguna vez has pasado una noche en la planta de un hospital?
Kim se encogió de hombros. Sí que lo había hecho, pero nunca había intimado demasiado con otros pacientes.
—Yo sí —ofreció Bryant, levantando la mano como si se tratara de un examen en el colegio.
—¿Te llegaste a encariñar con otros pacientes? —preguntó Alison.
Bryant se lo pensó un momento; luego, asintió.
—Estás aislado del mundo en un entorno cerrado, ves exactamente a las mismas personas todo el tiempo. El mundo exterior no se detiene por ti. En ese momento, esas pocas personas son las únicas que existen en tu vida. Se crea un vínculo, una cercanía, casi una intimidad con gente con la que quizá nunca te hubieras relacionado en la vida real.
—Sí, es verdad —coincidió Bryant.
—Sigues sin responder a mi pregunta —insistió Kim.
—El vínculo es solo aparente —continuó Alison—. Solo sirve para sustituir lo que tienes en tu vida real. Todos hemos visto esos reality shows
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en los que la gente se empareja o forma de inmediato grupos muy íntimos cuando se les aísla del mundo exterior. Están sustituyendo las relaciones que tienen en la vida real por otras temporales para poder sobrellevar esa situación. —Alison se volvió hacia Bryant—. ¿Con cuántas de esas personas del hospital mantuviste después el contacto?
—Con ninguna.
—¿Así que estás diciendo que los Seis Psicópatas no eran íntimos? — preguntó Kim.
—No a partir del momento en el que salieron de Welton. El grupo había cumplido su propósito y ya no era necesario.
A veces Alison decía cosas que tenían todo el sentido del mundo y ofrecía detalles contextuales muy útiles, pero en ese momento nada de aquello les servía de ayuda.
—Bueno, ¿a quién le apetece hacer un poco de vigilancia? —preguntó Kim, frotándose las manos.
Penn y Bryant emitieron un gruñido, y el rostro de Stacey mostró cierta decepción. Como no conducía, era un aspecto en el que no se podía involucrar.
—Venga, chicos, pensadlo bien. Dean Newton podría ser el siguiente en la lista. Nuestro asesino tiene que estar a punto de ir a por él, y Dean no tiene intención alguna de esconderse. Podemos verlo de dos formas: lo estamos protegiendo de una amenaza creíble o lo estamos usando como cebo para ver si se acerca alguien.
A pesar de las pequeñas quejas, Kim percibió que todos estaban de acuerdo con su lógica. No era demasiado frecuente que tuvieran una hipótesis tan plausible del próximo lugar en el que un asesino volvería a atacar.
La puesta en marcha de una operación oficial de vigilancia estaría sujeta a protocolos, reuniones y evaluaciones de riesgos, y desde luego era imposible que todo ello tuviera lugar esa misma noche. Tendrían, por tanto, que turnarse entre ellos para cubrir la vigilancia.
—Es un lugar pintoresco y habrá un sinfín de movimientos, pero lo único que nos interesa es Dean Newton. Si pone un pie en la calle, lo seguimos. ¿Entendido?
Kim observó que Stacey seguía teniendo una cara muy triste. La ayudante de detective odiaba no poder contribuir como los demás y compartir la carga de trabajo junto al resto de su equipo.
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—Yo me encargo del primer turno y lo tengo vigilado hasta las diez — dijo Kim. Ya le había enviado un mensaje a Charlie para que le llevara a Barney un poco más tarde y que le diera su merienda.
—Bryant, descansa un poco y relévame a las diez; te quedas hasta las dos.
—Entendido, jefa.
—Penn, releva a Bryant a las dos y recoge a Stace de camino. Podéis turnaros para echaros alguna cabezadita, y nos vemos aquí para la reunión informativa de las siete de la mañana.
Tal y como Kim había previsto, la cara de Stacey se iluminó.
La inspectora les lanzó una mirada a todos.
—¿Qué hacéis aquí todavía?
Todos se apresuraron a recoger sus cosas para poder descansar un poco antes del turno que les había tocado.
Stacey se detuvo un instante.
—Jefa, gracias por…
—Y mandadme un mensaje en cuanto veáis algo sospechoso, ¿de acuerdo? —ordenó Kim antes de volver al centro de operaciones.
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Capítulo 75
A Stacey no le pudo venir mejor que la dejaran salir antes del trabajo para descansar un rato antes de su turno de vigilancia. Aquella situación le había dado tiempo para urdir un plan que no tenía nada que ver con descansar.
Y por eso había terminado sentada en un banco del parque de Sedgley Hall Farm a las seis de la tarde.
Devon intentaba correr al menos tres veces a la semana para despejarse y aquel era su lugar favorito, con sus suaves colinas y sus vistas de la campiña de Shropshire. El lugar estaba lleno de familias y parejas que disfrutaban del sol del atardecer.
Justo en el momento esperado, Devon apareció a lo lejos. Su pelo corto y teñido de rubio parecía un faro que iluminaba sus pantalones cortos y camiseta azul marino. Stacey sabía que iría escuchando rock en sus auriculares.
Devon la vio y dejó de correr al instante. Redujo la marcha hasta empezar a caminar, y en su rostro había una mezcla de emociones: sorpresa, rabia, tristeza y arrepentimiento.
Stacey se dio cuenta de lo mucho que la quería. Nunca había valorado nada en su vida tanto como a aquella mujer, que había conseguido conquistar todos los rincones de su corazón. No iba a permitir que su matrimonio se estropeara. Mientras estuviera viva, lucharía por lo que habían construido juntas.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Devon, deteniéndose frente a ella y quitándose los auriculares de los oídos.
—Tenemos que hablar, Dee.
—¿Qué nos queda por decir? Ya ni siquiera nos reconozco — respondió Devon.
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—Hace menos de una semana nos reconocíamos perfectamente. No podemos haber destruido lo que teníamos. Es imposible.
Devon se extrañó al ver el aspecto de Stacey.
—¿Llevas ropa de correr?
Stacey asintió.
—Si tú odias correr.
—Te voy a perseguir por el parque toda la noche si es necesario. No me voy a separar de ti hasta que hayas escuchado lo que he venido a decirte.
Devon dudó, pero siguió sin sentarse.
Stacey metió la mano en su bolsillo trasero.
—¿Ves esto? Es pegamento instantáneo, el más fuerte y duradero del mercado. O me escuchas o te juro por Dios que me pegaré a ti y que tendrá que separarnos un cirujano.
—Vale, vale —se rindió Devon, tomando asiento al lado de su mujer. Una pequeña sonrisa se dibujó en el rostro de Devon al ver el
pegamento, que era justo lo que Stacey había pretendido. Las palabras que estaba a punto de decirle tenían que ser el verdadero pegamento. Si no le contaba toda la verdad, sabía que su matrimonio estaría acabado.
—Me faltan dedos si sumo los de nuestras manos y nuestros pies para contar todas las cagadas que he cometido recientemente —comenzó, dejando que la verdad fluyera—. He defraudado a todos los que me rodean al no confiar en nadie cuando necesitaba ayuda. He evitado, he mentido, he ignorado, he engañado… Pero lo más importante es que te he acusado de hacer algo que es tan imposible que hayas hecho que has terminado dudando de que nos conociéramos bien.
Devon jugaba con los auriculares en su mano, mirándolos fijamente, muy concentrada. Stacey sentía la tristeza y la desesperanza de su mujer. No, la agente no había reaccionado demasiado tarde. De ninguna manera.
—No debería haberte hecho esa pregunta, Dee. Fue imperdonable. Pero no tiene nada que ver con que piense que eres capaz de hacer algo así. —Tomó aire—. Te lo pregunté porque, si la situación hubiera sido al revés, no estoy segura de que yo no lo hubiera hecho.
Las lágrimas brotaron de los ojos de Devon e, instintivamente, Stacey estiró su brazo para acercarla contra su cuerpo. Se sintió aliviada al comprobar que Devon no se opuso.
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—Es que no sé cómo vamos a salir de esta —dijo Devon en el hombro de Stacey.
La ayudante de detective le levantó la cabeza para mirarla a los ojos.
—¿Todavía me quieres?
—Siempre —murmuró Devon.
—Pues ese es un punto de partida cojonudo.
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Capítulo 76
Kim suspiró con pesar mientras se alejaba del aparcamiento de Hollytree a las diez y cinco de la noche, después de informar a Bryant de la actividad que había habido tanto dentro como fuera de la propiedad que estaban vigilando.
Mientras que el resto de sus ocupantes habían estado entrando y saliendo de la misma, Dean Newton solo había salido una vez para ir a una de las tiendas situadas justo en el límite del barrio. Kim lo siguió a pie y observó que compraba cuatro cervezas y un paquete de cigarrillos. Dean no se percató de su presencia y volvió despreocupado a su casa quince minutos después de haber salido. Allí seguía desde entonces.
Por mucho que había tratado de mantener la mente ocupada durante las cinco horas de observación, la cabeza de la inspectora había intentado hacerla retroceder en el tiempo sin parar, hasta la época en la que tenía seis años.
Recordaba las sensaciones de miedo y angustia cuando cogía a Mikey de la mano y recorrían juntos el corto trayecto de vuelta a casa desde el colegio. Siempre intentaba pensar en una forma de escapar de la situación que estaban viviendo, y todos los días se preguntaba si cada niño de su clase se encontraría el mismo panorama al regresar a casa: una madre que los quería matar. Al observar a Newton comprando las cervezas, su mente se remontó a cuando el establecimiento cerrado que había al lado de esa tienda había sido un local de fish and chips.
La mayoría de las noches llevaba a Mikey a pedir una bolsa de restos; eran las migas quemadas, crujientes y empapadas en grasa que quedaban en la freidora y se apartaban. Eran gratis, pero, de vez en cuando, el amable dueño dejaba caer en la bolsa por accidente alguna patata rebozada.
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Mikey soltaba un grito de alegría cuando desprendía el rebozado y descubría la rodaja de patata que había dentro. Se la ofrecía a Kim para compartirla, pero ella fingía una cara de asco para que su hermano pudiera comérsela toda sin remordimientos. Saboreaba cada bocado, cerrando los ojos con fuerza, extasiado. Y momentos como aquellos eran los que Kim intentaba prolongar, para que él los preservara, para que se formara recuerdos felices antes de volver a casa.
La inspectora sintió que el peso de su pasado se disipaba a medida que se alejaba del barrio. Estar allí parecía hacerla retroceder en el tiempo.
Se sacudió esa rabia e impotencias tan familiares en el momento en que aparcó, ya de vuelta, frente a su casa.
Aquel era su refugio seguro. Hollytree y todas sus calamidades no tenían cabida allí. Dejó escapar un suspiro de satisfacción, imaginándose ya a Barney al otro lado de la puerta, esperando ansioso su regreso. Tenían varias horas por delante para pasar juntos un tiempo de calidad.
Kim abrió la puerta y entró como hacía siempre. Barney apareció junto a sus piernas, pero algo no iba bien. Tardó uno o dos segundos más de lo habitual en hacerlo.
Los sentidos de la inspectora se agudizaron al máximo. Algo había cambiado en su casa.
Encendió la luz y dio un respingo.
—¡Hostia puta! —gritó mientras notaba el fuerte latido de su corazón en los oídos.
Leanne King estaba sentada en su sofá con una expresión ilegible. —¿En serio? No me jodas, ¿qué coño haces en mi casa?
—¿Qué coño haces tú llamándome a un número que se supone que ni siquiera deberías tener?
—Pues no lo dejes por ahí a mano de cualquiera, pero vamos, mi delito no es tan grave como el tuyo —dijo Kim, esperando a que la sangre dejara de bombear en sus oídos.
—No me gustan las comparaciones, y bueno, es que lo que he venido a contarte es mejor contarlo en persona.
—Espléndido. ¿Quieres café? —preguntó Kim, adaptándose a la situación. Por muy insoportable que fuera, la agente de protección de testigos nunca hacía las cosas de forma convencional. Quería hablar en persona, así que se había colado en su casa y sentado a esperarla a oscuras.
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Kim evaluó rápidamente a aquella mujer mientras se levantaba para dirigirse hacia la cocina. Llevaba unos vaqueros azul claro que se ajustaban a sus largas piernas, sin oprimirlas. Sus botines añadían otros cinco centímetros a su ya de por sí impresionante estatura. Vestía una camiseta negra lisa bajo una chaqueta de béisbol blanca y azul marino. Kim recordaba aquella ropa. Al igual que ella, Leanne había encontrado un estilo con el que se sentía cómoda y se había mantenido fiel a él.
En el poco tiempo que Leanne se había visto obligada a vivir con ella como agente de protección, aprendió algunos de los hábitos de Kim. Lo primero que la inspectora hacía siempre al llegar a casa era dirigirse hasta la cocina y encender la cafetera. Lo siguiente, dejar salir a Barney al jardín trasero, aunque él seguía demasiado enamorado de su invitada como para hacerlo de inmediato.
—Mantente alejado de la señora mala, chico; me pidió que me deshiciera de ti.
Leanne le hizo un gesto de cierto desprecio.
—Sigues igual de dramática, ¿eh, Stone? Solo te advertí de que él era tu mayor debilidad. Y lo es. ¡Oh, qué tostador más bonito!
—Sí, me lo regaló una compañera de trabajo insufrible que se cargó el antiguo.
—Bueno, técnicamente, tú desmantelaste…
—¿Quieres café o no? —preguntó Kim, instando a Barney a salir por la puerta trasera.
Leanne negó con la cabeza.
—¿Ian Perkins? —preguntó Kim, esperando que Leanne hubiera venido con información acerca del paradero del cabecilla del grupo.
—Lleva una vida totalmente respetable y no se ha metido en ningún lío desde que quedó en libertad. Le va bien.
—Tengo que prevenirle —dijo Kim, que no tenía claro si Leanne comprendía la gravedad de la situación—. Formaba parte de un grupo específico de seis chavales internos en Welton Hall. Esta semana han matado a tres de ellos.
—Caramba, cualquiera diría que no tengo acceso a periódicos, televisión o móviles.
—No sé qué prestaciones tiene tu cueva, y tampoco es que me importe. Necesito saber dónde está para advertirle de que…
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—Eso ya se ha hecho. Ian ha leído los artículos que tu amiga ha estado escribiendo en estos días. Ha visto los nombres de las víctimas y no es estúpido. Tomará todas las precauciones del mundo.
—Dime dónde está —exigió Kim.
—No.
—¿Por qué no me das algo de información?
—Gracias a su testimonio ante el tribunal, ese hombre tiene una identidad nueva. Eso le otorga ciertos derechos.
—Venga, coño, no me jodas, Leanne. ¿Hay alguna posibilidad de que un día te equivoques y te dé por ser una agente de policía de verdad?
Lo que nunca iba a cambiar era la obstinada inclinación de Leanne a cumplir con las reglas.
—Sabes lo que implica mi trabajo, y si crees que no me he saltado ninguna norma para venir a tu casa y contarte esto, es que no tienes ni idea de nada.
—Grrr…
Leanne levantó la cabeza hacia Kim.
—¿De verdad acabas de gruñirme?
—Me sacas de quicio.
—¡Ohhh! Siento no saltar cuando me mandas hacerlo, pero ¿sabes qué? No eres mi jefa, y ni siquiera me caes bien.
Kim se rindió.
—Gracias por venir. Puedes irte por donde has venido. Ya me has dicho lo que venías a decirme.
Y era algo que le podía haber dicho mediante un mensaje. Al caer en la cuenta, Kim supo por qué no había utilizado ese recurso.
—Anda, ya has cambiado tu número, ¿verdad?
—No soy tu infiltrada en protección de testigos. No puedes llamarme e importunarme, acosarme para que te dé información. No soy tu contacto directo. Sabes muy bien que no debería haber respondido a tus preguntas sobre Ian Perkins.
—¿Y por qué lo has hecho?
Se hizo el silencio entre ambas durante un instante.
Barney ladró tras la puerta trasera para que lo dejaran volver a entrar. —Elegí un modo de vida, Stone. Era muy consciente de lo que hacía y
a lo que renunciaba. Me adapté y me volví más fuerte. Vivo en la sombra porque no me queda otra. Mis labores me lo exigen. Me encanta mi
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trabajo, y, joder, soy muy buena haciéndolo. Pero solo puedo llevarlo a cabo estando aislada. No puedo tener amigos, contactos, expectativas. No puedes llamarme, coño.
—Entendido —dijo Kim, dirigiéndose con paso firme hacia la puerta de entrada.
Leanne se acercó lentamente a la misma, encontrándose con la mirada de Kim y sosteniéndola.
—Así es como tiene que ser.
—¿Así que hasta aquí nuestra relación? —preguntó Kim.
Leanne asintió y se acercó un paso más.
—¿Has cambiado de número?
—Sí —dijo Leanne, dando aún otro paso.
—¿Te has asegurado de que no pueda dar contigo nunca más? Leanne negó con la cabeza. Solo un palmo las separaba. Kim extendió la mano.
—Entonces, devuélveme la puta llave de mi casa.
No había pruebas de que hubieran forzado la entrada. Leanne debió haber hecho una copia cuando era su agente de protección.
Leanne colocó la llave en la palma de la mano de la inspectora y le dedicó una media sonrisa antes de salir por la puerta.
Kim la cerró de un portazo y se apoyó en ella.
No paraba de darle vueltas a una sensación que era desconocida para ella. Sentía como si acabara de perder algo que en realidad nunca había tenido.
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Capítulo 77
Eran las siete y cinco de la mañana cuando Kim salió del centro de operaciones y entró en la sala de la brigada. Penn y Stacey habían llegado a las siete menos cuarto y se habían dado una ducha rápida en los vestuarios para refrescarse un poco. Habían pasado una larga noche que probablemente se enlazaría con un día igual de largo mientras intentaban avanzar en la búsqueda del asesino.
La noche de la inspectora tampoco es que hubiera sido mucho más relajada. La presencia de Leanne de nuevo en su casa la había perturbado un poco, aunque hubiera sentido la situación como algo familiar. Su shock inicial se convirtió en aceptación: al igual que ella, Leanne nunca haría una cosa tan convencional como llamar a la puerta de su casa antes de entrar. Esa mujer no seguía las mismas reglas que el resto del mundo, cosa que Kim no podía más que respetar.
La inspectora era consciente de que había hecho uso de la única oportunidad que tenía de ponerse en contacto con Leanne y que ya no tendría más opciones de hacerlo. La agente de protección le había dejado claro que no volverían a verse y, por mucho que Kim despreciara a aquella mujer, por alguna razón, esa idea la entristecía.
No había sido lo único a lo que le había estado dando vueltas durante la noche mientras repasaba los acontecimientos del día, pero ya se preocuparía del otro asunto más tarde.
—Bueno, chicos, que alguien me explique por qué Dean Newton no está muerto todavía —preguntó Kim.
—¿Porque lo hemos estado vigilando? —respondió Penn.
—¿A qué hora salió a comprar el periódico?
—Exactamente, a las seis y tres minutos —informó el sargento. —¿Se cruzó con mucha gente?
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—¿En Hollytree? —preguntó Penn, enarcando una ceja. No es que fuera un lugar donde abundaran las personas con un empleo estable.
—A eso me refería. El tío tiene la costumbre de salir a comprar el periódico cuando no hay mucha gente en la zona. Nuestro asesino parece conocer los movimientos de sus víctimas. Así que lo que decía, ¿por qué no ha matado a Dean todavía?
—Quizá ya haya terminado el trabajo que se había propuesto —sugirió Penn.
—Pero ¿por qué? —insistió Kim—. No hemos descubierto ningún incidente en el que participaran solo los tres que ya han muerto.
—No ha terminado todavía —ofreció Alison.
—Joder, había olvidado que estabas aquí —dijo Kim—. Por favor, explícanos por qué no.
—Porque nos contó desde el principio su objetivo. En su primer tuit detalló el número de víctimas que tenía previsto. No escribió 1/3. No hay duda de que quiere que mueran todos los miembros de los Seis Psicópatas.
—Coño, Alison, eso ya lo podía adivinar yo sola. Cuéntame algo que no sepa —suplicó Kim—. A estas alturas, ya deberías haber hecho avances.
Alison agitó un papel en el aire.
—Estaba a punto de compartir algunas ideas. Creo que el hombre que buscas es retorcido e inteligente. También es presumido, le gusta lucirse. No es un justiciero cualquiera, pero puede tener vínculos con brigadas ciudadanas. No hay duda de que es arrogante, pero también inteligente.
—¿Edad? —preguntó Kim.
Alison negó con la cabeza.
—He omitido deliberadamente lo que pienso al respecto. No cabe duda de que le gusta asumir riesgos, algo típico de la juventud, pero hay indicios de que se trata de una persona madura que ejerce una autoridad paterna. Los factores que mejor explican una forma de actuar como esa son la experiencia y la edad, pero también puede que provenga de una autoridad asumida. Por ejemplo, aunque unos hermanos apenas se lleven un par de años, el mayor suele adoptar un tono paternal con el menor. Incluso puede ocurrir entre compañeros, por ejemplo, entre jefes y subordinados, así que eso no nos ayuda a acotar su edad.
La psicóloga continuó la explicación:
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—Se trata de una persona en buenas condiciones físicas y paciente. Ha planeado y esperado para atrapar a sus víctimas sin que hubiera testigos y sin que lo registrara ninguna cámara de seguridad. Secuestra a sus objetivos, los transporta y posiciona sus cuerpos en una pose concreta sin ser visto. Eso nos dice que tiene agallas. También tiene una gran capacidad de concentración. Utiliza una droga letal y sabe qué cantidad ha de inyectar para que su víctima se vuelva flexible, maleable, sin pasarse para no matarla directamente. Está dispuesto a romper huesos con tal de transmitir su mensaje. Actúa como si fuera un justiciero, y en cierto modo creo que quiere que pensemos que lo es, pero está claro que hay algo más.
—¿Dean Newton? —preguntó Kim, que seguía queriendo saber por qué ese hombre aún no estaba muerto.
—Lo único que se me ocurre es que haya establecido un orden concreto en su plan —dijo Alison.
—O tal vez ha cambiado de opinión. Quizá con tres le sea suficiente —ofreció Penn.
—No ha terminado —dijo Stacey.
—Eso es lo que he dicho hace un minuto —repitió Alison.
—Y él también lo dice. Acaba de publicar en Twitter. «Un día ajetreado 4/6».
—¡Mierda! —exclamó Kim—. Tiene que estar refiriéndose a Dean Newton o a Leyton Parks; no creo que haya podido encontrar a Ian Perkins. Hemos hecho todo lo posible para advertir a Newton.
—¿Y si hubiera encontrado a Leyton Parks, jefa? —preguntó Penn. —Stace, no hagas otra cosa hasta que descubras dónde vive. Penn,
llama a Dean Newton y dile que se quede en casa y que no le abra la puerta a nadie.
—¿Crees que nos va a obedecer?
—Eso es cosa suya. No podemos ser sus canguros mientras intentamos encontrar al asesino, es imposible hacer las dos cosas al mismo tiempo.
—Entendido, jefa. Ah, ya tenemos la orden judicial para los Ángeles de Black Country. La modifiqué para añadir a Curtis Jones, lo cual parece haberla acelerado.
—Magnífico. Penn, quiero que vuelvas a ponerte con los registros de Welton. Necesito el nombre del chico al que dieron aquella paliza brutal y al que, en general, le hacían la vida imposible, y presta también especial atención a los trabajadores actuales. Lenny Baldwin insinuó que
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deberíamos echarles un ojo. ¿Qué coño haces aquí? —preguntó Kim al ver a Bryant llegar a la oficina—. Te dije que vinieras tarde.
—Y vengo tarde —respondió, quitándose la chaqueta.
—¿Quince minutos?
—No quiero perderme nada de la fiesta.
—Deja de comportarte como si fueras un adolescente —advirtió Kim
—. Bueno, chicos, vamos al lío. Stace, quiero hablar contigo un momento —dijo, dirigiéndose hacia el centro de operaciones.
La inspectora esperó junto a la puerta a que entrara la agente.
—Esta vez podéis quedaros sentados en vuestros sitios —aclaró a los demás, cerrando la puerta.
—Siéntate —ordenó a Stacey mientras ella hacía lo propio.
Stacey la obedeció en silencio. Kim no podía culparla por no saber para qué quería hablar con ella.
—¿Cómo estás? —Bien.
—¿Cómo estás, Stace? —volvió a preguntar.
—No muy bien. Lo estoy intentando, pero sigo teniendo mucha ansiedad.
—No has llegado a ese estado de un día para otro. Vas a necesitar tiempo, y creo que te va a hacer falta ayuda.
—No, jefa, no, no necesito…
—Espera un momento —dijo Kim, levantando la mano—. No me refiero a ayuda oficial. —Se había hecho un gran esfuerzo por parte de varias personas para mantener el asunto fuera del registro oficial, y aun así, no estaba totalmente segura de que se hubiera conseguido.
—Ayer estuve con Charlotte Danks en la morgue. Quiere que la llames.
—No, no podría hacerlo. No. —¿Por qué no?
—Ella lo tuvo que sufrir durante diez años. Mi calvario apenas ha durado un par de meses. No podía pedirle que reviviera…
—Por lo que pude ver ayer, lo revive a diario. Solo vosotras dos lo podéis entender. Sois las únicas que podéis comprender de lo que era capaz ese hombre. ¿No crees que podríais apoyaros la una a la otra?
Stacey parecía dubitativa. Kim era consciente de que la agente comparaba las situaciones a las que se habían tenido que enfrentar
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Charlotte y ella, y minimizaba su sufrimiento en comparación con el calvario que había tenido que soportar la otra mujer.
Kim deslizó un papel por el escritorio.
—O la llamas, o lo organizaré yo por la vía oficial, pero, de una forma u otra, tendrás la ayuda que necesitas.
Era una amenaza sin fundamento, pero tenía que asegurarse de que Stacey hablara con alguien.
—Y también estoy yo. A cualquier hora, del día o de la noche. Cuando quieras hablar, llámame.
—Debería habértelo contado, jefa.
—Es verdad, debiste hacerlo, pero también yo debería haberte apoyado un poco más de lo que lo hice. Bueno, un poco no, un mucho, pero bueno, miremos hacia delante, ¿vale?
—Por mí estupendo, jefa —dijo Stacey con una sonrisa sincera.
—Pues venga, a trabajar.
Stacey volvió a su escritorio con un andar más liviano, y aunque Kim deseaba preguntarle cómo iban las cosas con Devon, no fue capaz de hacerlo. Todavía no.
La inspectora sacó su teléfono y se deslizó por su lista de contactos. —Buenas, Vik —saludó cuando le contestó el agente de Tráfico. —Madre mía, si vas a seguir acosándome hasta que te diga que sí,
pues vale, sí, acepto que me invites a salir.
—Fantástico. Llévate a tu mujer y a tus hijos. Yo invito.
Vik se echó a reír.
—¿Qué quieres ahora?
—Nada, solo saber si habéis hecho progresos con el tema del coche azul pequeño.
—Que sepas que, cada vez que me llamas en relación con este asunto, aumentan mis sospechas sobre el interés que tienes en él.
—Bah, es pura curiosidad porque conocíamos al tipo. Y, además, es que estoy haciendo vigilancia ahora mismo, y me aburro. —Las mejores mentiras siempre eran aquellas que no se alejaban demasiado de la verdad
—. Es la última vez que te llamo, lo prometo.
—No hay nada nuevo desde la última vez que hablamos. Tengo un
testigo que salía en ese momento del fish and chips que afirma que el vehículo era blanco, y los otros dos testigos que coinciden en el color discrepan en la marca y el modelo.
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—Qué putada —reaccionó Kim, pensando que sería la respuesta más adecuada.
—Sí, ya, lo siento, Stone. Estamos haciendo todo lo que podemos, pero, si te soy sincero, es tan probable que encontremos al conductor como que tú y yo tengamos un hijo a escondidas.
Kim se rio.
—Gracias por la sinceridad, Vik. Ahora que lo tengo claro, lo doy por zanjado.
La inspectora colgó y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.
Y, en efecto, daría el tema por zanjado.
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Capítulo 78
Kim pudo ver a través de la ventana del piso superior que había alguien levantado en la casa. Como ella era muy madrugadora, no sabía muy bien a partir de qué hora se consideraba apropiado llamar a la puerta de la casa de otra persona.
—Jefa, ¿te importaría contarme a qué hemos vuelto aquí? —preguntó Bryant.
—¿Te importaría a ti decirme por qué no eres capaz de hacerme caso cuando te doy una instrucción tan simple como que vengas algo más tarde a trabajar?
Bryant no contestó; ella se desabrochó el cinturón, y su compañero fue a hacer lo mismo.
—No tardo nada —dijo Kim, prácticamente saltando del coche. Charlotte abrió la puerta con unos pantalones piratas por encima de los
tobillos y una camiseta.
—¿Hola?
—Solo quería asegurarme de que estaba bien después de lo de ayer. —Por favor, entre. Estoy preparando el desayuno de mi madre. Está
ahí —explicó Charlotte, señalando hacia el salón—. ¿Le traigo un café?
—Sí, por favor. ¿Está Ella?
—No, se está tomando un merecido descanso.
—¿Y cómo está su madre? —preguntó Kim.
Charlotte sonrió.
—Hoy tiene un día bueno.
Kim entró en el salón y sonrió a la señora Danks.
—Hola de nuevo. ¿Cómo está? —le preguntó, tomando asiento en el sofá.
—¿Quién es usted? ¿Qué está haciendo aquí? Voy a llamar a la policía.
—Está bien, señora Danks. Soy policía. No voy a hacerle daño.
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La mujer gruñó y apartó la mirada de Kim, que suspiró.
—Siento mucho lo de su enfermedad, señora Danks. Tuvo que ser terrible para usted notar los primeros los síntomas de su demencia, sobre todo después de haber cuidado a otra persona que tenía la misma enfermedad. Me imagino que desde el principio supo lo que se avecinaba y cómo iba a progresar.
La señora Danks permanecía en silencio.
—Apuesto a que se moría de miedo ante la idea de no volver a ver a Charlotte o de no reconocerla cuando lo hiciera.
Se dejaron entrever algunas lágrimas en los ojos de la mujer.
—No puedo ni imaginarme cómo se tuvo que sentir, siendo consciente de cómo iba a evolucionar, pero a la vez funcionando con absoluta normalidad la mayor parte del tiempo. Siendo todavía capaz de lavarse y vestirse, cocinar, limpiar… Conducir.
En los registros de la DGT figuraba que la señora Danks era la propietaria registrada del pequeño Fiat Panda azul.
La mirada de la mujer se encontró con la suya y lo que Kim pudo ver fue un miedo intenso, sobrecogedor.
Kim le tocó ligeramente la mano, compadeciéndose del futuro que la esperaba. No tendría por qué ser peor de lo que ya era. Esa mujer ya había sufrido bastante. Todas ellas lo habían hecho.
—Por desgracia, señora Danks, me temo que nunca encontrarán al responsable del accidente de Terence Birch, así que no puedo contarle ninguna novedad al respecto. La investigación sobre el otro conductor está a punto de cerrarse.
El miedo parecía disiparse, pero su mirada seguía siendo cautelosa. —Entiendo que tiene días buenos y malos, pero no se sienta mal por
disfrutar al máximo de los buenos. ¿Lo entiende, señora Danks?
La mujer asintió lentamente. Ya no era necesario que exagerara sus síntomas. Las consecuencias reales de la enfermedad no tardarían en presentarse.
Kim se levantó.
—Cuídese, señora Danks.
La inspectora se dirigía hacia la puerta cuando oyó una voz que sonó con un poco más de fuerza que un susurro.
—Gracias, inspectora Stone.
Kim continuó caminando hacia la cocina.
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—Charlotte, lo siento, me acaban de llamar por una emergencia, no me puedo quedar a tomarme el café.
—Ah, vale —respondió Charlotte, soltando la taza que sostenía. —Pero acabo de tener una charla muy agradable con su madre y es
verdad lo que me ha dicho antes, parece que hoy tiene un día de los buenos. Tengo la sensación de que ahora va a tener bastantes como este.
Charlotte le dedicó una sonrisa inquisitiva.
—Siga con su vida y disfrute de su madre todo el tiempo que pueda.
—Lo haré. Se lo prometo.
Kim cerró la puerta al salir.
El caso de Terence Birch, ahora sí, había quedado definitivamente zanjado.
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Capítulo 79
Penn levantó la vista al ver que se abría la puerta de la sala en la que se encontraba.
—He pensado que te vendría bien tomarte uno —dijo Stacey, poniendo una taza de café sobre la mesa.
—Gracias, Stace. Te juro por Dios que las autoridades no quisieron que nadie se enterara del incidente que involucró al chico al que los Seis acosaban.
—¿Has revisado los historiales médicos? —preguntó Stacey.
Penn ya lo había tenido en cuenta.
—Como con el resto de los papeles que me han mandado desde Welton, no hay orden alguno en los registros médicos, e incluso si lo hubiera, estoy buscando a un chico con lesiones en un periodo de entre tres y cuatro años en una cárcel para jóvenes…
—¿No requirió hospitalización?
—No si nos guiamos por los documentos contenidos en estas cajas. Solo siete internos requirieron atención hospitalaria durante los años en los que nuestros chicos estuvieron en la institución. Un brazo roto, una fractura de costilla, dos virus, un tímpano perforado, una apendicitis y una uña del pie encarnada.
—¿En serio? —exclamó Stacey—. ¿Eso es todo, en más de tres años? —Y en ninguno de esos casos la razón que se esgrimió para acudir al
hospital tuvo que ver con la violencia. Los dos huesos rotos fueron supuestamente causados por meros accidentes.
—¿No hay ninguna alerta en los archivos de los Seis Psicópatas, algo que te llame la atención?
—No en relación con el incidente que buscamos. Hay muchas anotaciones que tienen que ver con asuntos de poca importancia, pero no hay nada relacionado con temas más serios.
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—Obviamente nos hemos equivocado con ellos. Eran unos angelitos —dijo Stacey, dirigiéndose ya de vuelta hacia la puerta.
—O eso, o alguien ha desafiado la orden judicial y se ha detenido a escoger muy bien la información que nos iban a enviar.
Y, por supuesto, demostrar eso iba a ser muy difícil.
Penn suspiró, dándose cuenta de que podía estar buscando algo que quizá ni siquiera existiera. No le cabía duda de que alguien había ocultado la agresión inapelable contra el chico cuya identidad aún desconocían y la había eliminado de los registros, si es que aquel incidente llegó a estar registrado alguna vez.
—Stace, me he quedado sin ideas —reconoció Penn con sinceridad. —Penn, sé a ciencia cierta que seguirías buscando la aguja en el pajar
si alguien te dijera que no hay dudas de que está ahí, pero en este caso no hay ninguna certeza. Puedes seguir buscando, pero…
—Puedo ponerme con alguna de las otras veinte tareas que nos ha mandado la jefa.
—Exacto —dijo Stacey, que cerró la puerta al salir finalmente de aquella sala.
Penn decidió centrarse en el personal actual de Welton. Al parecer, Lenny Baldwin había insinuado que había algún trapo sucio relacionado con los trabajadores del centro.
Dejó a un lado los montones de papeles relativos a los seis chicos y cogió la caja que había llenado con el primer montón de miscelánea. Contenía documentos que había desechado de primeras al no haber en ellos referencia obvia a los nombres que había estado buscando.
Cuando llevaba más o menos un tercio del contenido revisado, encontró un informe oficial realizado por la Agencia de Salud y Seguridad. Era un documento de veinte páginas, quizá más, y se centraba en una investigación sobre la seguridad de las escaleras del ala norte. Penn no había esperado obtener alguna información relevante a partir de aquel documento, pero prestó algo más de atención al revisarlo.
Pasó la primera página y leyó de inmediato el nombre del funcionario de prisiones que había resultado herido de muerte al caer por las escaleras del ala norte.
Cogió el informe y salió disparado de la habitación, corriendo escaleras abajo.
Para aquello iba a necesitar la ayuda de su compañera.
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Capítulo 80
—¿No vas a contarme a qué hemos venido? —preguntó Bryant, arrancando de nuevo el coche.
—Claro. En cuanto me expliques cómo es posible que Vik no encontrara el santuario dedicado a Stacey en la casa de Birch.
Silencio.
—Lo que pensaba. Por favor, acepta que esto ha sido una simple comprobación del bienestar de una persona, ¿te parece?
—Imposible que alguien que te conozca un poco se trague algo así.
El sonido de su teléfono le evitó a la inspectora contestar a Bryant. Contuvo la respiración. Con que no fuera Keats el que la llamara, se daba por satisfecha.
—Dime, Stace —saludó Kim, respirando tranquila.
—Acabo de hacer algunas averiguaciones sobre los chicos a los que vais a ver ahora, jefa. No he encontrado nada nuevo sobre Elliot, pero su compañero, Gordon Banks, parece haber desaparecido de todas las redes sociales en las que estaba. Parece que nunca hubiera estado registrado en ellas.
—Vale —respondió Kim, torciendo el gesto. El tipo callado de la oficina de los Ángeles de Black Country les había pasado prácticamente desapercibido—. Gracias, Stace —dijo antes colgar.
Kim se volvió hacia Bryant.
—¿Cómo coño es posible que no le hayamos hecho ni caso? —Porque el único crimen que cometió fue no ser muy hablador en tu
presencia. Si lo hubiéramos interrogado…
—Bryant, cállate un momento —ordenó Kim, bajando la ventanilla. El pestazo a quemado se estaba colando en el coche. Estaban a menos
de ochocientos metros del cuartel general de los Ángeles de Black Country.
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—Es una coincidencia, jefa —dijo Bryant, pisando el acelerador, lo cual desmentía en cierto modo sus propias palabras tranquilizadoras.
A medida que se acercaban, el olor se iba intensificando.
Se había establecido un cordón al final de la calle.
—¡Mierda! —exclamó Kim, saltando del coche, y se dirigió hacia los policías con su identificación policial en la mano. No le hizo falta, ya que los oficiales se apartaron de inmediato.
Dos camiones de bomberos dirigían sus mangueras hacia el local de los Ángeles de Black Country.
—¡Venga, joder, no puede ser, no me jodas! —maldijo Kim, sintiendo cómo le quemaba en el bolsillo interior la orden judicial que llevaba.
Elliot Reed salió de entre multitud y caminó hacia ella.
—¿Hay alguien dentro? —le preguntó la inspectora justo cuando Bryant llegaba a la altura de ambos.
—No, por Dios. He llegado para abrir, poco después de las nueve. Ni siquiera había salido del coche cuando he visto que salía humo del local. Un vecino lo olió y ha llamado a los bomberos.
—Tengo una orden judicial —le anunció.
Elliot se encogió de hombros.
—Puede estudiar con total libertad lo que quede ahí dentro cuando estos chicos hayan terminado su trabajo.
Lo más probable era que todo lo que no se quemase terminara empapado, y, en cualquier caso, hasta que no se determinaran las causas del incendio, no tendría acceso a nada.
—Teníamos un calentador chunguísimo que a veces soltaba alguna chispa —explicó Elliot, pasándose la palma de la mano por la frente.
—¿Quién podría haber estado ahí dentro encendiéndolo?
Se encogió de hombros.
—A saber.
—¿Dónde está Gordon?
—No lo sé. Solo hacemos turnos juntos de vez en cuando.
—Pero tiene su número, ¿no?
—Claro —dijo, sacando su teléfono—. ¿Lo quiere? —No. Quiero que lo llame usted y le pregunte dónde está. —Vale, vale —dijo, apartándose el pelo negro rizado de los ojos.
Elliot se giró hacia el edificio en llamas mientras esperaba a que le cogiera el teléfono.
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—Qué raro. Me salta el buzón de voz. Espere, voy a llamarlo otra vez y le dejo un mensaje.
—No importa —dijo Kim—. ¿Qué sabe de él?
—Vive en Hollytree. En uno de los bloques altos. Déjeme pensar… — pidió, con el rostro contraído, fruto de la concentración—. Shakespeare House.
—Eso no existe —espetó Kim.
Los tres bloques altos de pisos tenían nombres de escritores famosos, pero Shakespeare no era uno de ellos.
—¿Qué sabe sobre el pasado de Gordon?
Elliot volvió a encogerse de hombros.
—Nosotros no hablamos de esas cosas. Creo que no tuvo una infancia demasiado feliz. Me parece que pasó un tiempo en un hogar para niños.
—¿En un hogar para niños o un centro de detención para menores? —Ni idea. Podría ser cualquiera de las dos opciones. Fuera una cosa o
la otra, creo que lo acosaban sin parar.
Kim se dio cuenta de que iba a obtener tanta información de Elliot como de aquel edificio, que convenientemente ardía en llamas.
Con pesar, se dio la vuelta y emprendió el camino de vuelta al coche. —¡Anda, en el momento justo! —exclamó Kim tras casi chocar con
Tracy Frost.
—¿Por qué, necesitas que te ayude más?
—No, es que estaba pensando que el día no podía ir peor de lo que ya iba, pero mira, no, me equivocaba, has aparecido tú. —La inspectora se giró hacia su compañero—. Arranca el coche. Voy enseguida.
—¿Has sacado algo útil de los nombres que te di? —preguntó Frost mientras echaba un vistazo al fuego, motivo por el que había acudido a aquel lugar. En cuanto supiera que no había nadie dentro, se largaría y no se molestaría en darle cobertura mediática.
—Pues la verdad es que no, y no creo que lo que ves aquí te dé para ningún artículo.
—Improbable, si no existe el elemento humano. De todas formas, puede que haya dado con otra cosa. Algo que te toca más de cerca, por cierto.
—Venga ya, Frost, ¿qué mentiras te estás sacando de la manga en esta ocasión?
Frost se echó hacia atrás su larga melena rubia.
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—Hay momentos en los que te encantaría que no fuera tan buena en mi trabajo.
—Por suerte para mí, esos momentos no se dan con mucha frecuencia. Bueno, si has…
—Verás, gracias al amigo de un amigo, he escuchado el rumor de que has estado especialmente interesada en un atropello con fuga que ocurrió a principios de esta semana.
Kim sintió que se le helaba la sangre en las venas, pero mantuvo el rostro inexpresivo.
—No tardé mucho en averiguar que la víctima había sido un testigo tuyo en un caso anterior, pero, dada tu incapacidad para formar vínculos emocionales, sabía que tenía que haber algo más. Resulta que el hombre tiene un historial considerable por acoso; le hizo la vida imposible a una familia durante una década. Pero eso sigue sin explicar que te interese tanto su muerte. Tiene que haber algo más que eso. Y entonces la tonta de mí empieza a atar cabos, como que se te están escapando cosas y no estás rindiendo bien…, pero claro, en realidad no eres tú la que no estás rindiendo bien, ¿verdad? Así que, bueno, ahora mismo lo que creo es que Birch se empezó a fijar en otra persona, y me da a mí que ahí tengo una historia bastante buena que…
—Es completamente ficticia y el resultado de una mente psicótica poco activa.
Genial, después de todo el esfuerzo que había hecho para proteger el nombre de Stacey, su peor pesadilla había logrado unir todas las piezas del rompecabezas. Maldita sea.
—Anda, entonces es verdad. He acertado. Lo hiciste.
—¿Que hice qué?
Frost se encogió de hombros.
—No voy a especificarlo, porque entonces dejarás de hacerlo y no podré volver a confiar en ello.
Kim se acercó Frost.
—Si le sueltas una sola palabra de todas esas gilipolleces a alguien, te…
—Deja de amenazarme, Stone —interrumpió Frost, apartándose del dedo amenazador que tenía frente a su cara—. Hay formas más fáciles de conseguir lo que uno quiere.
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A Kim la situación le hizo recordar un experimento que Woody hizo con ella y Bryant unos años atrás. El jefe le ordenó que le abriera el puño. Ella intentó hacerlo por la fuerza, usando sus uñas y la fuerza bruta. Cuando se dispuso a coger un cúter, Woody le pidió lo mismo a Bryant. Su compañero simplemente le pidió a Woody que abriera el puño. Y así lo hizo.
—Frost, te pido que te olvides del tema…, por favor.
—Vale, cuenta con ello.
—¿Así de fácil? —preguntó Kim, enarcando una ceja.
—Es que es una buena chica. Me cae bien. Pero tenlo en cuenta, si hubiera sido al revés, tú…
—Adiós, Frost —dijo Kim, tajante, y se dio la vuelta para dirigirse al coche. Ya tenía la mente puesta de nuevo en el caso.
Sacó el teléfono para hacer una llamada, pero Penn se adelantó. —Penn, necesito sea como sea que me des algo sobre el chico que
compartió celda con Eric y Paul.
Kim sabía que esos dos chavales habían sido los principales ejecutores del acoso y la intimidación, aunque otros también lo habían visto como un blanco fácil para maltratarlo. Sería verosímil que hubiera habido incidentes que involucrasen a los seis.
—Seguiré intentándolo, jefa, pero de momento tengo que contarte otra cosa. El funcionario de prisiones que se cayó por las escaleras… tenía un hijo. Y su nombre ya nos es conocido.
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Capítulo 81
Aquel día no tuvieron tanta suerte y no se toparon con la persona que iban buscando mientras salía a almorzar. Por ello, solicitaron a Belinda, una de las recepcionistas del hospital, su presencia inmediata.
Con un apellido tan común como Jones, a Penn y Stacey les había costado un buen rato verificar que Curtis Jones era sin duda el hijo de Richard Jones, el funcionario de prisiones de cuarenta y tres años que murió al caer por la escalera norte de Welton.
—Este maldito caso tiene más giros que una montaña rusa —comentó Bryant mientras se apartaban un poco de los dominios de Belinda.
Tenía razón, y en ello pensaba Kim cuando escuchó un sonido que ya le resultaba familiar: unos zuecos Crocs sobre las baldosas del suelo. Esta vez se dirigían escaleras abajo y, a diferencia de cuando acudieron el día anterior para hablar con el hombre que los llevaba puestos, en esta ocasión este no hizo ningún intento de simular una sonrisa encantadora.
Kim se alejó aún más del mostrador de recepción, consciente ya de cómo iba a desarrollarse la conversación.
—Inspectora, estas interrupciones…
—No serían necesarias si nos hubiera dicho la verdad desde el principio, señor Jones.
El hombre hizo un gesto de extrañeza, pero no tan marcado como debería.
—No sé muy bien a qué se refiere. En mi vida le he mentido a la policía.
—Pero tampoco nos ha contado toda la verdad, ¿a que no?
Curtis enmudeció; esperó a que Kim mostrara sus cartas, cosa que hizo encantada.
—¿No se le pasó por la cabeza contarnos que su padre murió en el centro donde su contrincante en el amor estuvo tres años interno cuando
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era adolescente? ¿O que existe el rumor de que vieron al grupo conocido como los Seis Psicópatas por la zona donde su padre cayó fatalmente?
El hombre se encogió de hombros y Kim comprendió que no iba a ofrecerles información con facilidad.
—¿Sabía que Eric Gould era miembro de ese grupo en el momento en el que se enteró de que estaba saliendo con Teresa?
—Al principio no caí. El nombre me sonaba, pero hacía años que no pensaba en eso.
—¿No pensaba en el accidente de su padre? —preguntó Bryant. —Asesinato, inspectora —dijo entre dientes; la emoción empezó a
provocar que se le soltara un poco la lengua—. Mi padre tenía encontronazos con ese grupo todo el tiempo. Era estricto y no aguantaba sus gilipolleces. Lo odiaban porque no podían darle coba. Nunca conseguían engañarlo y doblegarlo, y él los trataba como la escoria que eran. Todos los demás estaban acojonados con ellos: los niños, los trabajadores… Pero mi padre no. Lo escuchaba hablar sobre ellos con mi madre, y él nunca se dejaba intimidar, hicieran lo que hicieran. Así que decidieron deshacerse de él.
Kim no estaba dispuesta aún a cuestionar aquel punto de vista sobre el incidente. Tenía otras preguntas que necesitaban respuesta.
—No me puedo imaginar cómo se tuvo que sentir cuando se enteró de que uno de los culpables le había robado a su novia —dijo Bryant.
—Me dieron ganas de vomitar, pero ¿qué podía hacer yo al respecto? —El tipo está muerto —le recordó la inspectora. —Y no me da ninguna pena.
—¿Lo sabe Rufus? —preguntó Kim. Por alguna razón, se le había quedado grabada la imagen de los dos alejándose en la pequeña ambulancia para animales de Rufus.
—¿Que si sabe qué?
—Todo.
Curtis se puso ligeramente colorado.
—Yo no… Bueno, a ver… Probablemente sí. Hemos hablado de cosas relacionadas con el tema, y…
Kim podía imaginarse a los dos hombres hablando de cualquier detalle relacionado con aquello después de haberse tomado unas cuantas cervezas. No era de extrañar que Rufus hubiera sido incapaz de encariñarse con Eric Gould.
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—¿Rufus le habló a Teresa sobre el pasado de Eric? —preguntó Kim.
Curtis negó con la cabeza con vehemencia.
—No iba a arriesgarse a perderla. Esperaba que la relación tarde o temprano se terminase, que no llegara a buen puerto.
«¿O tal vez planeó eliminar a Eric de la vida de Teresa de una manera más permanente?», se preguntó Kim.
—Si ustedes hubieran hecho bien su trabajo desde el principio…
—El cuerpo de Policía no hizo nada mal —replicó Kim, pues Penn le había leído todo el informe por teléfono durante su trayecto en coche hasta el hospital—. No había ningún delito que investigar. Sí, vieron a los chicos por la zona, pero la verdadera culpable fue una barandilla defectuosa.
—Lo empujaron.
—No fue así. La barandilla se desprendió.
—La aflojaron —insistió Curtis.
—Llevaba tres días en la lista de «tareas pendientes» del equipo de mantenimiento. Fue un accidente terrible y trágico que nunca debió ocurrir, pero el grupo no fue responsable del mismo.
Curtis movió la cabeza de lado a lado.
—Nada de lo que diga o haga me va a convencer de que eran inocentes. No recibieron ningún castigo por lo que le hicieron a mi padre.
Kim tuvo la tentación de volver a aclararle que no había pruebas inculpatorias, pero sabía que solo serviría para malgastar saliva. Esa idea se había ido arraigando en el interior de ese hombre durante quince años. Le interesaban más las consecuencias de ese hecho.
—¿Rufus le creyó o intentó hacerlo entrar en razón? Es una persona muy protectora, y ahora tres de sus enemigos acérrimos han muerto. Ustedes dos tienen acceso al fentanilo, y…
—Inspectora, no sé a dónde quiere ir a parar, pero…
—¿Me lo dice en serio? Es usted un hombre inteligente e instruido.
Creo que es bastante obvio.
Curtis le sostuvo la mirada durante unos diez segundos; la vena que palpitaba en su frente delataba que estaba tratando de reprimir sus emociones.
—Por favor, no vuelvan a aparecer por aquí. Si quieren hacerme más preguntas, estaré encantado de atenderles. En presencia de mi abogado — dijo, antes de darse la vuelta y subir las escaleras.
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La recepcionista les dirigió a Kim y Bryant una mirada de desaprobación mientras salían del hospital.
Kim estaba a punto de decidir si iniciaba el protocolo para interrogar formalmente a Curtis Jones cuando sonó su teléfono.
—Dime, Penn.
—Ey, jefa. El consejo de Lenny Baldwin se ha convertido en una mina de oro. Sigo centrando en el personal de Welton, tal y como me pediste, y he descubierto más cosas, no te lo vas a creer.
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Capítulo 82
Welton Hall no parecía un lugar más acogedor que un par de días atrás. Solo un joven fuerte y poco sensible podría no sentir cierto temor al ser internado en un sitio como aquel. Puede que incluso los trabajadores tuvieran ciertas reticencias.
—Josephine Kirk —espetó Kim, mostrando su identificación policial. —Recuerdo quiénes son ustedes. Estaba aquí el otro día cuando
vinieron —dijo la chica que se encontraba al otro lado del mostrador de recepción—. Pero no sé si la señora Kirk está disponible.
Kim comprendía que no se podía abandonar todo solo porque unos agentes de policía que estaban investigando un triple asesinato aparecieran en tu trabajo. Pero, salvo que hubiera estallado un motín o se estuvieran enfrentando a un intento de suicidio en el interior del recinto, Kim no comprendía qué podría eclipsar su presencia.
—Por favor, dígale a la señora Kirk que es urgente que hablemos con ella. Ahora mismo —exigió la inspectora, alejándose del escritorio, sin permitir que sus órdenes fueran discutidas.
Por el rabillo del ojo, vio a la chica hacer una llamada. Fue corta, y no les dijo nada cuando colgó. Se limitó a hacer un gesto con la cabeza al agente que había realizado los controles de seguridad, quien les hizo señas para que lo siguieran.
Kim ya se sabía el camino, pero supuso que ni siquiera a los agentes de policía se les permitía deambular con libertad por las instalaciones.
El agente llamó a la puerta del despacho de Josephine Kirk y esperó sus instrucciones antes de permitir la entrada a los policías.
Kirk parecía haberse impuesto a sí misma el uniforme que vestía, formado por una camisa de seda blanca y unos pantalones azul marino. No se levantó ni les ofreció la mano. Tampoco los invitó a que se sentaran, aunque lo hicieron de todos modos.
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—Gracias por recibirnos tan precipitadamente —dijo Bryant.
—¿Acaso tenía elección? —preguntó Kirk, mirando a Kim.
—La verdad es que no, pero es que mi compañero es más educado que yo —respondió Kim.
Kirk no podía discutirlo.
—Ah, y gracias por enviarnos los archivos.
—Creo que tampoco tenía elección con respecto a eso.
—También es verdad —concedió Kim—. Aunque no nos habría importado recibirlos una hora más tarde para que hubieran tenido tiempo de ordenarlos. Un orden de algún tipo, del que fuera.
Kim juraría que vio un gesto de triunfo en los ojos de la mujer. —Creímos que era muy urgente. Ordenar los archivos no es una tarea
prioritaria. Se los enviamos en cuanto los localizamos.
Kim levantó su cabeza para mirarla a los ojos.
—Supongo que una persona un poquito cínica podría pensar que la ausencia de orden quizá tenga que ver con un intento de esconder alguna información.
—Bueno, esa persona desconocería que va en contra de la ley retener información de ese tipo.
—Yo no he dicho retener, señora Kirk.
La mujer se puso ligeramente colorada, y Kim ya se había cansado de jugar.
—Bueno, basta ya de pantomimas. Tenía que haberse imaginado que nos íbamos a enterar de que usted fue la joven guardia a la que atacaron los Seis Psicópatas.
Kirk no dijo nada, pero tragó saliva.
—¿Creía que no íbamos a darle importancia al hecho de que tres de sus atacantes hayan sido asesinados? ¿Hay alguna razón por la que no se molestó en contárnoslo usted misma?
Las manos de Kirk se entrelazaron sobre el escritorio.
—No le vi relevancia alguna. Aquello sucedió hace mucho tiempo. —Entonces, no le importará contarnos lo que pasó —dijo Kim,
recostándose en su asiento.
—Fue una broma. Una estupidez de un grupo de chicos inmaduros. Kim no sabía bien si la mujer le estaba restando importancia en
beneficio de los chicos o en el suyo propio.
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—Seis chicos la atacaron, la sujetaron, la desnudaron y estuvieron a punto de violarla.
La mujer movió algunos papeles.
—Lo dice de una forma que hace que parezca mucho peor de lo que fue en realidad.
—No, no lo creo. Le afectó lo suficiente como para dejar su trabajo.
—Bueno, claro que me fastidió un poco en aquel momento.
—Señora Kirk, parece usted la reina de los eufemismos. Esos seis desgraciados la desnudaron e intentaron violarla. La sometieron y la pusieron en una situación vulnerable y aterradora. ¿Por qué coño se comporta como si hubiera sido una broma de verdad, como si la hubieran hecho tropezar mientras llevaba una bandeja con el almuerzo?
—Porque no me gusta pensar mucho en ello, en ellos. Darle muchas vueltas al asunto les da demasiado poder en mi presente, no solo en mi pasado.
Kim estaba a punto de comprobar si esa estrategia le funcionaba. Puede que hubiera apartado a los Seis Psicópatas de su mente, pero, en aquel momento, tenían que hablar sobre ellos.
—Tenemos que entender mejor cómo funcionaba la dinámica del grupo. ¿Quién fue el cabecilla durante el ataque sexual?
—No me… No me acuerdo —balbuceó Kirk, negando con la cabeza. —¿Fue Paul? —preguntó Kim. Al fin y al cabo, ese chaval era un
violador convicto.
—De verdad que no lo recuerdo, inspectora, y no me apetece esforzarme demasiado en hacerlo.
—Maldita sea, ¿no se da cuenta de que está dificultando las cosas siendo tan obstructiva? —preguntó Kim, sin preocuparse por ocultar la frustración que aquella actitud le producía.
—Mi memoria es mi memoria, y no estoy dispuesta a inventarme nada.
Estaba claro que la mujer no había gestionado bien las consecuencias de la agresión y que no iban a ser capaces de sacarle nada más.
Como no se había llegado a producir una violación, el episodio no tuvo un gran impacto en la vida de ninguna persona. Excepto en la de Josephine Kirk. Para todos los demás fue un «casi» episodio. Algo que podía dejarse de lado y terminar olvidándose.
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A Kim le pareció que Kirk había intentado hacer eso mismo. Todo el mundo le había restado importancia, y ella también. No solo seguía trabajando en el mismo sector laboral, sino que lo hacía en el lugar donde se había producido la agresión.
Al no haberse enfrentado nunca a ninguno de sus traumas infantiles, Kim no era la persona más capacitada para opinar sobre algo así. Y, siendo consciente de que si hacía una pregunta incorrecta más la mujer se negaría a seguir hablando sin la presencia de un abogado, no tenía sentido hacer preguntas relacionadas con la investigación sin haber hecho antes los deberes.
—De acuerdo, señora Kirk, no la molestamos más. Si se le ocurre algo que pueda ayudarnos, llámenos —dijo, antes de levantarse y dirigirse hacia la puerta.
—Dos de ellos… —murmuró Kirk cuando los agentes estaban ya a punto de salir.
Kim se giró y esperó.
—Había dos que no querían hacerlo. Les decían a los otros que pararan.
—¿Qué dos? —preguntó Kim con gentileza.
—Dean Newton y Leyton Parks.
—Gracias —dijo la inspectora antes de salir del despacho finalmente. Kim permaneció sumida en sus propios pensamientos mientras los
acompañaban de vuelta a la entrada.
¿Era casualidad que los dos chicos que intentaron detener la agresión fueran dos de los tres que seguían vivos?
Pero lo que más la perturbaba era haber contemplado que en el interior de Josephine Kirk se agolpaban una serie de emociones volátiles que le recordaban a una reacción química a punto de desbordarse.
La mujer estaba reprimiendo sus sentimientos tan profundamente que en algún momento iban a encontrar la manera de salir a la superficie. Y eso iba a ocurrir lo quisiera ella o no.
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Capítulo 83
—¡No existe! —dijo Stacey.
—Eso no parece demasiado factible —respondió Penn, dándole un bocado a su sándwich.
El sargento había salido de la sala de reuniones para comer algo.
—Es que es una cosa mágica; aparentemente Leyton Parks ha desaparecido y no encuentro rastro de él por ninguna parte —aclaró la agente—. No está en ninguna red social ni en foros empresariales ni en páginas web de citas, y no reincidió después de salir del centro de menores.
—¿Tiene alguna dirección que conozcamos?
—Residía en un asentamiento permanente de la comunidad itinerante de nómadas, que se desmanteló y se vendió para construir viviendas hace diez años.
—¿Vivía allí con sus padres? —preguntó Alison.
Stacey asintió.
—¿Qué pasó con el resto de la comunidad? —preguntó Penn.
—Los trasladaron a otros lugares del condado. No existen registros oficiales de a dónde fue a parar cada miembro.
—Joder, Stace, si pertenece a la comunidad itinerante, no tienes ninguna posibilidad de encontrarlo —se lamentó Alison—. No va a aparecer registrado en ninguna parte.
—¿Cómo coño se supone que voy a localizarlo entonces? Alison se encogió de hombros y volvió a centrarse en su portátil. Stacey dirigió su atención hacia Penn, que se estaba metiendo en la
boca el último trozo de su sándwich.
—Me has dicho que ya tienes ordenado todo lo relacionado con los chicos en diferentes montones, ¿verdad?
—Sí.
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—¿Me das el montón de Leyton? Quizá haya algo en él que me dé alguna pista.
—Sí, voy a cogerlo. De todas formas, tengo que empezar a recoger las cosas de allí; hay una reunión sobre presupuestos a las cuatro.
Penn salió de la sala, y Alison apartó su portátil y apoyó la barbilla en sus dedos entrelazados.
—Bueno, ¿me vas a contar de qué fue la charla de esta mañana? —Nada que contar, excepto que, bueno, ya estamos bien, más o
menos. En fin, se puede decir que estamos mejor —explicó Stacey, aún aliviada por la conversación que había mantenido con la jefa.
La ayudante de detective no era tan ingenua como para pensar que las cosas fueran a volver a ser como antes así sin más, de golpe, pero al menos la jefa ya podía mirarla a la cara y la llamaba directamente en lugar de pasar por Penn.
El alivio que le producía aquella novedad significaba bastante menos que la euforia que sintió cuando Devon y ella volvieron a casa cogidas de la mano. No cabía duda de que les quedaba un buen camino por recorrer, pero Stacey sabía el amor que sentían la una por la otra las ayudaría a superar cualquier obstáculo.
—¿Y el mensaje?
—Joder, Alison, ¿hay algo que no quieras saber?
—La verdad es que no. Debería estar escalando en estos momentos.
Como no lo estoy, necesito conseguir mi dosis de emoción de otra forma.
—Buen argumento. Me lo mandó la jefa, para decirme que Devon ha quedado libre de toda sospecha. No es que necesitara confirmación, pero Devon se ha sentido aliviada.
—¿Y qué sabe la jefa que nosotros no sepamos? —preguntó Alison. —Ya sabes que no suele dar muchos detalles. No me lo ha dicho, y yo
tampoco le voy a preguntar.
—Bueno, lo importante, ¿cómo te sientes tú?
—Mejor —admitió con sinceridad. La tensión entre ella y la jefa había contribuido enormemente al surrealismo vivido durante los últimos días.
—Perfecto. En ese caso, voy a reservar un hostal en Shropshire para este fin de semana, y así largarme de aquí unos días.
—Pero ¿qué pasa con el caso? —protestó Stacey.
—Sabes bien que mi presencia en este caso era innecesaria. He dado todas las ideas que he podido, así que recojo mis cosas y me voy.
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Penn regresó a la sala de la brigada, y por ello Stacey no pudo rebatir a Alison. Tampoco es que quisiera impedir que su mejor amiga disfrutara de los últimos días de sus vacaciones.
Alison tenía razón. No había sido necesaria para aquel caso, pero a Stacey le había ayudado mucho el hecho de tener a su amiga a apenas tres metros.
—Bueno, aquí tienes todo lo que existe sobre Leyton Parks. No sé si nos va a servir de algo. Si el tipo quiere esconderse, estará a kilómetros de distancia, probablemente en alguna ciudad.
—No tiene por qué —dijo Alison, guardando ya su portátil en el bolso. —Lo lógico es pensar que se siente más seguro en un grupo o en medio de un gran volumen de personas. Caos. Anonimato. Hasta en un lugar como Birmingham puedes pasar desapercibido entre miles de personas. O sea, yo perdí de vista a Lynne en un centro comercial durante
una hora, y mira que sé cuál es su apariencia física.
Stacey se rio por lo bajo.
—Pero la sensación no es de seguridad —explicó Alison—. Te sientes vulnerable cuando te estás escondiendo de algo. Lo que sea de lo que te escondes puede aparecer por sorpresa en cualquier momento, en el instante que menos te lo esperes. El ruido, el tráfico y las multitudes te impiden vigilar todas las direcciones a la vez. Es agotador. Sientes que tienes que estar moviéndote todo el tiempo. Cientos, si no miles, de cámaras vigilan todos tus movimientos. Estás demasiado expuesto.
—Gracias por advertirnos de ello, amiga —dijo Stacey, preguntándose por dónde demonios iba a empezar su búsqueda.
—Pensadlo al revés: si os sintierais amenazados o vulnerables, ¿a dónde acudiríais? ¿Dónde nos sentimos más seguros?
—En casa —ofreció Penn.
—Exacto —señaló Alison, alcanzando ya su abrigo—. Nos es familiar. Conocemos sus debilidades y fortalezas. Tenemos estrategias de salida. Sabemos a quién podemos pedir ayuda. Lo conocemos todo sobre el lugar en el que nos encontramos.
—Ya, pero, si este tipo hubiera vuelto a casa, estaría ahora mismo en medio del salón de otra persona —apuntó Stacey, señalando las casas nuevas en un plano impreso.
—Con eso, me despido de los dos. Stace, te doy un toque este finde. —Perfecto, y oye, Alison…
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—Dime.
—Gracias —dijo Stacey, sintiéndolo de corazón.
Alison respondió con un saludo de sus manos antes de desaparecer de la vista de ambos.
—¿Puedo echarle un vistazo rápido a eso, Stace? —preguntó Penn. —Créeme, no puedes permitirte estas casas —dijo Stacey, pasándole el
plano.
—Mmm…
—¿Qué pasa?
—Quiero comprobar una cosa en el expediente de planificación. —Penn, ahora no es el momento de comprobar si se ajustaron a las
normas durante la construcción de las viviendas.
—Vale, guay —respondió el sargento, claramente sin escuchar. Penn se puso a teclear con fuerza, muy concentrado en la pantalla. Stacey había visto aquella mirada antes y sabía que en esas ocasiones
lo mejor era guardar silencio. Si cayera un meteorito en momentos como ese, su compañero ni se enteraría.
La ayudante de detective dio un respingo cuando la impresora se puso en marcha. Cogió la hoja recién impresa de la bandeja.
—Un segundo —dijo Penn mientras la impresora volvía a ponerse en marcha.
Penn se acercó hasta el lateral del escritorio de Stacey.
—Elije una propiedad —le pidió, mirando las dos hojas de papel. —¿Estamos jugando a elegir la casa de nuestros sueños? —Solo me interesa la localización.
—Vale, entendido.
—Ábrela en Google Earth —ordenó.
Stacey lo hizo y vio cómo giraba la bola del mundo de la aplicación hasta situarlos a vista de pájaro de las diez viviendas nuevas.
—Dale la vuelta —pidió Penn, disponiendo las dos hojas sobre el escritorio, y acercó la silla de Bryant para sentarse en ella—. Mira esto — le dijo a Stacey, señalando la primera página. Era una antigua imagen aérea del asentamiento de la comunidad itinerante antes de que se construyeran las nuevas viviendas. El acceso a aquel lugar era a través de un carril rural, a un kilómetro y medio de Stourport. El carril cruzaba el emplazamiento en línea recta, y había ocho caravanas a cada lado del mismo. Toda la zona estaba rodeada por un bosque de árboles maduros
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que se extendía hasta una profundidad de entre diez y doce metros. Más allá del mismo, había un pequeño embalse que separaba el asentamiento de la carretera principal que daba acceso a la ciudad.
—Vale —dijo Stacey, sin saber bien qué se suponía que tenía que mirar.
—Esta segunda hoja es la licencia de obras para el proyecto nuevo. —Vale —repitió la agente, cada vez más frustrada. A veces prefería
que Penn le dijera directamente lo que estaba pensando, pero era consciente de que él quería que siguiera su razonamiento para ver si alcanzaba la misma conclusión que él por sí sola.
—Es más corto —dijo, mirando ambas hojas alternativamente. —Exacto. El permiso de obras recogía que la última casa tenía que
estar al menos a cien metros del extremo del embalse.
Stacey podía ya ver con claridad que el grupo de árboles que separaba las casas del agua era mucho más denso de lo que lo había sido en el asentamiento de la comunidad itinerante.
—Obviamente, los promotores plantaron más árboles en ese extremo para dar continuidad a los que ya había.
—¿No creerás que…?
—Haz zoom en los árboles —pidió Penn, acercándose a la pantalla. Stacey se desplazó hacia el lado izquierdo de los árboles y amplió la
imagen hasta que empezó a perder claridad.
La agente movía el ratón despacio, centímetro a centímetro, buscando cualquier cosa que pareciera fuera de lugar.
La sala de la brigada se quedó en completo silencio mientras ambos se concentraban en la pantalla.
—¡Ahí! —gritó Penn, casi golpeando la pantalla y dándole a su compañera un susto de muerte.
Pero tenía razón, pensó Stacey, alejando un poco la imagen. Había una irregularidad en la uniformidad de los árboles.
Stacey volvió a acercarse despacio, manteniendo el enfoque mientras avanzaba.
—¿Stace?
—Sí, lo estoy viendo, Penn.
Refugiada bajo los árboles, pero incapaz de ocultarse por completo, había una única caravana.
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Capítulo 84
Kim dio un sorbo a su café, tratando de poner en orden sus ideas.
Al ver su cara de concentración, Luigi exclamó:
—¡En marcha uno bien cargado!
La inspectora y Bryant se llevaron sus cafés afuera. El sonido de la autovía de Mucklow Hill solía ayudarla a pensar con más claridad.
—Sigo sin entenderlo —reconoció Kim. Le había enviado un mensaje a Dean Newton para comprobar cómo estaba, y la respuesta de este, «Que te den por culo, poli», le había valido para saber que seguía vivo—. ¿Qué tiene este chico que lo haga diferente a los demás?
—Su encanto y su atractivo juvenil —respondió Bryant.
Kim se rio antes de darle otro sorbo a su café. El hombre no poseía ninguna de las dos virtudes. No respondió nada al comentario de su compañero porque su teléfono comenzó a sonar.
—Dime, Stace —contestó, poniendo la llamada en altavoz.
—Jefa, tenemos buenas y malas noticias.
—Necesito desesperadamente que me des las buenas, a la de ya. —Creemos que lo hemos encontrado, jefa. Creemos saber dónde vive
Leyton Parks.
—Explícanos —instó Kim, enderezándose en su asiento.
—Lo ha encontrado Penn. Parece que está viviendo de forma completamente autosuficiente. En una única caravana, sin electricidad ni gas, sin una dirección registrada y rodeado por un perímetro cercado, quizá una valla, quizá un alambre de espino.
—Vale, ¿cuál es la mala noticia?
—Creemos que el Centinela podría haberlo encontrado también. Ha escrito otro tuit. Hace un minuto.
—¿Diciendo qué? —preguntó Kim, sintiendo que su corazón se aceleraba.
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—Dos palabras: «Te tengo» —respondió Stacey—. Quizá se refiera a Dean Newton, pero justo en este instante Dean está mandando a tomar por culo a Penn por teléfono.
—Mierda, ¿podemos mandar algunos coches patrulla hacia la localización de Leyton? —preguntó Kim, teniendo claro que intentar proteger a Dean Newton era una causa perdida.
—¡Tranquila, fiera! —exclamó Bryant—. Olvídate de esa última orden, Stace, y envíanos toda la información que tengas.
Se hizo el silencio; Stacey esperaba a que fuera Kim quien diera la orden.
—Envíanos la información y te vuelvo a llamar —reafirmó la inspectora, cogiendo de nuevo el teléfono para colgar la llamada.
—¡¿Qué coño haces, Bryant?! —protestó mientras apartaba su cargadísimo café—. Sabemos dónde está Leyton Parks. Puede que el Centinela también haya dado con él. Tenemos que prevenirle.
—Por supuesto que sí, pero ¿has escuchado bien lo que ha dicho Stacey? No es que el hombre nos esté poniendo una alfombra roja para darnos la bienvenida a su hogar. Ha elegido vivir de forma autosuficiente, aislado y sin servicios básicos. Si enviamos coches patrulla, no podemos predecir cómo va a reaccionar. Tal vez tiene armas, o podría incluso haber otras personas en su casa. No podemos saber cómo terminaría todo.
—Jesús, Bryant, me lo pintas como si fuéramos a enviar allí a la caballería.
—Jefa, este tipo vive de esa forma por decisión propia. O se está escondiendo de alguien, en cuyo caso no le va a hacer ninguna gracia vernos, o ha hecho algo malo, y de ser así tampoco le gustará que le hagamos una visita. Sea como sea, no nos va a ofrecer un café y unas pastas. También existe la posibilidad de que tenga problemas mentales. La aparición de coches patrullas a toda velocidad no va a contribuir positivamente a ninguno de los escenarios que te he planteado. No siempre somos las primeras personas a las que la gente se quiere encontrar.
—Vale, puede que tengas razón —admitió Kim. Los teléfonos de ambos recibieron a la vez un mensaje—, pero, si el Centinela llega primero, estamos jodidos.
—Piénsalo, jefa. Si Stacey tuviera algo de razón con la teoría Minority Report y el Centinela tiene como objetivo a gente que está a punto de
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reincidir, es sin duda más probable que vaya a por Newton. No hay pruebas de que Leyton haya metido la pata desde que salió de Welton.
Kim entendía el razonamiento, pero entonces, ¿por qué Newton no estaba ya muerto? El chico no paraba de reincidir.
La inspectora tenía claro que se les escapaba algo. La venganza como móvil no se terminaba de sostener. Pero la prioridad en aquel momento tenía que ser Leyton Parks.
Ambos estudiaron en silencio la información que Stacey les había enviado.
—De acuerdo. Por una vez, tienes razón —admitió Kim. Como iba a ser difícil que vieran con claridad todos los detalles en las pantallas pequeñas de sus teléfonos, Stacey había añadido flechas y descripciones
—. Está claro que no quiere visitas.
—Tenemos que ser tan discretos como podamos e intentar no resultar
amenazadores —afirmó Bryant—. Tiene que parecer que vamos en son de paz. Lo mejor sería que te quedaras en el coche.
Kim le dedicó LA mirada.
—Mira, a fin de cuentas, él no nos conoce, y no va a… —Tengo una idea —dijo Kim, cogiendo su teléfono. —No hace falta que envíes a los GEO —bromeó Bryant.
—Tengo algo mejor —respondió la inspectora, esperando a que respondieran a su llamada.
Cuando pensaba que iba a saltar el buzón de voz, Ryan West contestó.
—Hola.
La voz del hombre era apenas audible.
—¿Está libre ahora mismo?
—Justo ahora no. Estoy dando una clase de lengua a un grupo de estudiantes extranjeros de intercambio.
—¿A qué hora termina?
—En media hora. ¿Por qué?
—Hemos encontrado a Leyton Parks. Le va a venir bien ver una cara conocida.
—No sé… Ha pasado mucho tiempo. Probablemente ni me recuerde. —Todo el mundo dice que se llevaban muy bien. Tenemos que hacerle
entender de algún modo que no representamos una amenaza para él. —Mmm… ¿Es peligroso? —preguntó Ryan—. Soy un simple profesor
de lengua.
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—Lo van a acompañar dos policías. No correrá ningún peligro. —Vale, ¿me recogen en la puerta de Dudley College a las cinco? —Estupendo —dijo Kim, que a continuación colgó.
—¡Buena idea! —exclamó Bryant, levantando la mano para chocar los cinco.
El asco que mostró el rostro de Kim destrozó el gesto de su compañero, que se desvaneció como una flor que se marchita.
Kim arrastró su café hasta el centro de la mesa. Por fin iban a poder advertir a Leyton Parks de que estaba en peligro.
Penn y Stacey habían hecho un gran trabajo tratando de localizarlo. Solo le quedaba rezar para que el asesino no lo hubiera encontrado antes que ellos.
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Capítulo 85
Tal y como habían acordado, Ryan los estaba esperando frente a la entrada principal de Dudley College.
El hombre se quitó la mochila antes de abrir una de las puertas de atrás del coche.
—Gracias por aceptar hacer esto —saludó Kim mientras Ryan se abrochaba el cinturón.
—No hay de qué. Tengo una clase online a las ocho. ¿Debería cancelarla?
—No sabría decirle, habrá que ver cómo va la cosa.
Ryan los miró desde atrás.
—¿Algo más que deba ser?
—No queremos que Leyton se sienta amenazado —explicó Kim mientras Bryant introducía la ubicación en el GPS.
—De acuerdo.
—Háblenos de él —instó Kim. Cualquier información que les ofreciera podría ser de utilidad para conseguir que les abriera la puerta.
—No lo traté durante demasiado tiempo, pero siempre tuve la sensación de que no encajaba en ninguna parte. Sabía que procedía de la comunidad nómada itinerante, pero no era arrogante ni maleducado. Creo que se dejaba manipular fácilmente por los chicos mayores, y eso fue lo que lo metió en problemas. En Welton hizo lo mismo, se juntó con chavales mayores y más rudos, y hacía lo que le decían. Pero yo percibía algo diferente en ese crío. En mis clases, parecía estar escuchándome, parecía querer aprender. Su formación académica era limitada y todo suponía para él un nuevo descubrimiento. Su capacidad para leer y escribir estaba muy por debajo de la de los demás. Le llegué a ofrecer clases particulares adicionales, para ayudarlo a alcanzar el nivel de los demás. El
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chico aceptó, pero, cuando sus compañeros se enteraron, se empezaron a cachondear de él, así que no quiso seguir haciéndolo.
A Kim le entristeció escuchar esa historia. Welton bien podría haber sido el comienzo de una historia de éxito para Leyton Parks. Había tenido a mano unas instalaciones y unas oportunidades que pudieron haberle ofrecido un futuro mejor, pero la influencia de su entorno destruyó esa esperanza. Y ahora vivía en una maltrecha caravana aislado del resto del mundo.
—Voy a cancelarla. Por quedarme tranquilo —dijo Ryan, sacando su teléfono.
Kim sacó el suyo al mismo tiempo. Tenía que estudiar con detenimiento lo que les había mandado Stacey y averiguar cómo iban a llegar hasta Leyton.
Atendiendo a las fotos, no había forma de que un coche se acercara hasta su guarida.
Kim supuso que, cuando salía de su hogar aislado, no escalaba la valla y usaba la calle que pasaba por delante de todas las propiedades nuevas. Un hombre que se había esforzado tanto por mantener en secreto su ubicación no caminaría tan abiertamente junto a esas viviendas. La inspectora se apostaría lo que fuera a que ese hombre llamaría la atención de inmediato, y cualquiera que lo viera se preguntaría de dónde había salido. Por otra parte, ir en aquella dirección lo alejaría de la localidad y de las provisiones necesarias para sobrevivir.
Kim se centró en el terreno abierto que flanqueaba el embalse y desembocaba en la carretera principal que daba acceso a la ciudad.
Por allí, en algún lugar, tenía que haber un camino.
Amplió la imagen, y finalmente descubrió una línea que iba en diagonal desde el extremo del embalse hasta la puerta de una finca junto a la carretera. No era un camino oficial, pero supuso que era una ruta que usaba la gente que iba a ver el embalse o a dar de comer a los patos.
Desde la vista aérea, parecía que no había forma de caminar alrededor del embalse, pero Kim estaba segura de que alguien que conociera la zona podría llegar con facilidad hasta el límite de la arboleda y bordear el embalse para alcanzar al sendero en el extremo del mismo.
Si estaban en lo cierto, el hombre había elegido vivir en una caravana que carecía incluso de lo más básico. No se podía acceder mediante vehículos, por lo que no había forma de realizar ningún tipo de entrega.
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Si de verdad estaba solo en su escondite, Leyton se encontraba aislado y apartado de cualquier tipo de comunidad. Tenía que caminar un kilómetro largo para hacerse con las provisiones más básicas y se había preocupado por cercar el lugar en el que vivía, protegiéndolo con una especie de barrera.
Kim no dejaba de preguntarse por qué.
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Capítulo 86
Eran casi las seis de la tarde cuando Bryant aparcó junto a la puerta de la finca. Aunque solo habían recorrido poco más de treinta kilómetros, el tráfico de la hora punta había hecho que tardaran unos veinte minutos más de lo normal en llegar hasta aquel lugar.
Cuando su compañero apagó el motor, Kim se giró hacia él.
—Bryant, creo…
—Sí, yo estaba pensando lo mismo —respondió el sargento, alzando una mano.
—¿Qué pasa? —preguntó Ryan desde el asiento trasero.
—Bryant va a quedarse aquí por si espantamos a Leyton y le da por intentar escaparse.
—Yo puedo esperar también aquí si quieren —se ofreció Ryan.
Kim empezaba a comprender por qué aquel hombre no había durado mucho en Welton.
—Necesito que venga conmigo para que, en caso de que lleguemos hasta su casa, vea una cara conocida.
—Vale —aceptó, saliendo del coche.
—¿Cada cinco? —preguntó Bryant, refiriéndose a una de sus estrategias habituales de seguridad cuando tenían que separarse.
Bryant llamaba al teléfono de Kim a intervalos regulares. Si no le contestaba, sabía que tenía que abandonar su posición y acudir a buscarla.
—Mejor cada diez —respondió la inspectora, abriendo la puerta del coche y saliendo—. No quiero que el sonido del teléfono lo ponga nervioso si cuando me llames me pillas justo en la puerta de su casa.
—Vale. Ten cuidado.
—Estaré bien. Ryan me protegerá si nos encontramos con algún problema.
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—¡¿Qué?! —exclamó el profesor, ajustándose la mochila sobre los hombros.
—Puede dejarla aquí si quiere —sugirió Kim.
—Llevo agua y medicina para la alergia al polen. Y no voy a ninguna parte sin mi inhalador —dijo Ryan, dando golpecitos a la mochila.
—Estupendo —respondió Kim, trepando por la verja metálica. Ni que fueran a escalar hasta la cima del Ben Nevis.
El hombre parecía inseguro, así que ella le tendió una mano.
Una vez al otro lado de la verja, Kim trató de recordar la imagen del satélite que había estudiado. En ella, la finca parecía más pequeña y no estaba repleta de algún tipo de cultivo.
La realidad era que apenas se podía ver el camino, y las plantas les llegaban hasta los muslos.
—Colza —dijo Ryan, desde detrás de Kim.
—¿Cómo dice?
—Colza —repitió—. Es lo que estamos atravesando.
—Qué interesante —respondió Kim, tratando de mantenerse orientada. El campo tendría entre dos y tres hectáreas, y tenían que atravesarlo en diagonal. A medida que el terreno se iba elevando, obstruyéndoles la vista, solo le quedaba esperar que realmente se estuvieran dirigiendo hacia el extremo del embalse.
—Es la tercera mayor fuente de aceite vegetal y la segunda de harina proteica del mundo. Su derivado es un producto que se usa como alimento para ganado, cerdos y aves. El aceite de colza también se utiliza como gasóleo.
—Ryan —interrumpió Kim.
—Dígame.
—Cállese —ordenó la detective, sintiendo que ya lo conocía lo suficiente como para ser así de franca.
—Entendido —respondió el profesor justo cuando Kim llegaba a la cima de la colina.
La inspectora tuvo una sensación agridulce al llegar allí. Se podían divisar el extremo del embalse y los árboles hacia el este, pero apenas estaban a mitad de camino, y el esfuerzo que había tenido que hacer para atravesar los cultivos ya se estaba reflejando claramente en la musculatura de sus muslos.
Kim tuvo la necesidad repentina de frotarse los ojos.
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—No se pare —le advirtió Ryan, pasando a su lado y avanzando—.
Tenemos que salir de aquí.
—¿Por qué? —preguntó Kim, indicando la dirección que tenían que tomar.
—Alergias, picor de ojos, tos y disnea. Y ya me callo.
Kim se sintió agradecida. Con Ryan encargándose de ir aplanando los cultivos, llegaron hasta el extremo del embalse. En ese momento, sonó el teléfono de la inspectora.
—Estamos bien —respondió Kim, casi sin aliento. —Joder, pareces hecha polvo. ¿A qué distancia estáis? —Acabamos de salir de la finca. —¿Nada más?
Kim estuvo tentada de soltarle algún improperio, pero pensó que mejor emplear sus energías en recobrar su aliento.
¿Por qué coño Leyton Parks no podía tener un puto teléfono? —Quince —le ordenó a Bryant antes de colgar. Los diez minutos que
habían acordado no eran suficientes. Honestamente, pensaba que a esas alturas habrían recorrido una distancia mayor.
—Bueno, esa era la parte fácil —insinuó Kim, adentrándose ahora en el bosque. No le iba a ser tan fácil orientarse entre los densos manzanos silvestres y los laureles—. Mierda —dijo cuando algo se le enredó en el tobillo.
—Espinas de zarzamora —apuntó Ryan, pisándolas y manteniéndolas sujetas con un pie para que la inspectora pudiera liberar su tobillo.
Kim percibió que uno de los pequeños pinchos había perforado la tela de sus pantalones. Resistió el impulso de rascarse y siguió hacia delante.
—Tenga cuidado con esas ortigas enanas también. Pican como el demonio.
—De acuerdo —dijo Kim, siguiendo el trazado que Ryan le señalaba. No sabía cómo iban a ser capaces de evitarlas. Esas mierdas estaban por todas partes.
—¿Sabía que las plantas tienen esas espinas para defenderse de los animales y que no se las coman? —preguntó Ryan.
—No, y me parece que no es un dato que vaya a necesitar contarle a nadie en el futuro.
—Me he dado cuenta de que es usted propensa al sarcasmo —observó Ryan.
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—¿En serio? ¡Y yo que pensaba que lo estaba disimulando bien! —¿Ve? Acaba de hacerlo de nuevo. Anda, coño, se ha quedado
conmigo.
Kim sonrió. No era muy difícil hacerlo.
A medida que se adentraban en el bosque, la inspectora observó que los árboles cambiaban; había más coníferas y proporcionaban mayor resguardo.
—Creo que ya casi hemos llegado —aseguró. Los árboles parecían menos densos en los veinte metros que tenían por delante.
—¡Ay, mierda! —se quejó Ryan, agarrándose el tobillo—. Una de esas ortigas enanas me acaba de picar.
El profesor se bajó el calcetín y descubrió una marca roja.
Kim dedujo por su cara que se estaba retorciendo de dolor, y comprendió lo quejica que era aquel hombre.
—¿Le traigo una hoja de acedera?
—Cualquier hoja me vale —aseguró Ryan, sentándose sobre un tronco caído.
Kim arrancó un par de hojas y se las dio. Él las estrujó en la mano y luego se las frotó sobre la zona afectada.
—La savia es lo que alivia. No tiene por qué ser acedera. —¿Sabe?, seguro que conoce un montón de cosas inútiles que… Kim no terminó la frase porque le sonó el teléfono. Respondió rápidamente.
—Todo bien, otros quince —susurró antes de colgar.
Ryan se puso de pie de un salto tras restregarse una hoja por última vez.
—Listo.
Kim continuó avanzado y, tal como había pensado, los árboles empezaron a ralear.
A lo lejos, distinguió una valla de alambre de púas de tres niveles.
Se acercaron hasta ella con cautela, vigilando a su alrededor mientras se movían. Kim no descartaba que hubiera trampas para animales y, además, joder, no se quitaba de la cabeza las palabras de Bryant sobre la posible reacción de Leyton.
Toda la zona estaba rodeada por una valla hostil, con una abertura de un metro para acceder a la caravana. Kim pudo divisar una ventana pequeña que tenía las cortinas echadas.
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La inspectora inspeccionó bien la zona que la rodeaba y vio montones de metal, madera y basura. La caravana estaba situada en el lugar donde habría estado el final de la calle del antiguo asentamiento de nómadas itinerantes.
Un sentimiento de inquietud se apoderó de ella.
Notaba que la atmósfera estaba tensa, cargada.
Había ido a aquel lugar a advertir a un hombre de que su vida podía correr peligro, pero tuvo el temor repentino e inexplicable de que su propia vida estuviera pendiendo de un hilo por alguna razón.
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Capítulo 87
—Gracias por echarme un cable, Stace —dijo Penn, intentando ordenar de nuevo sus montones.
Los dos habían estado tan absortos en la búsqueda de Leyton Parks que el sargento se había olvidado de que tenía que dejar libre la sala de la tercera planta antes de la reunión de presupuestos. Hasta que Woody lo llamó y le ordenó en términos inequívocos que cambiara las cosas de sitio.
Stacey había corrido escaleras arriba con él para apilarlo todo en un gran montón y sacarlo de allí.
—No hay de qué —dijo Stacey, golpeando el escritorio con los dedos
—. Aún estoy con la intriga, no sé si tendremos que seguir buscando a Leyton Parks.
Penn se moría de ganas de llamar a la jefa para ver si habían acertado con su teoría.
—Esto no parece un viernes —reflexionó Stacey.
—Creo que es porque no vamos a tener el fin de semana libre, Stace. Es imposible que la jefa nos deje un par de días libres habiendo un asesino por ahí suelto.
—Es verdad. Voy a seguir intentando averiguar algo más sobre este tal Gordon Banks. Es un poco sospechoso que haya desaparecido después de que se incendiara el local.
Penn siguió ordenando sus papeles. No habían hecho demasiados progresos para encontrar al asesino, así que su trabajo no había terminado. Todo lo que habían descubierto hasta entonces era la localización de otra de sus potenciales víctimas.
—Bueno, ponte tú con ese montón mientras yo… —Penn sintió que las palabras dejaban de fluirle hacia al exterior cuando observó más de cerca la tarjeta que tenía en la mano.
—Esto… Stace, tenemos un problema.
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—¿Qué es eso?
—Una invitación a una ceremonia en recuerdo de uno de los antiguos empleados de Welton.
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Capítulo 88
Kim tuvo la sensación de que ocurrían tres cosas al mismo tiempo.
Su teléfono empezó a sonar.
Leyton Parks apareció junto a la caravana.
Ryan West la agarró por el cuello.
En el segundo que tardó en comprender lo que estaba ocurriendo y ordenar a su cerebro que opusiera resistencia, Ryan se había colocado detrás de ella con los pulgares en la base del cráneo y los dedos presionándole la laringe.
Leyton Parks no hizo movimiento alguno para acudir en su ayuda. Su rostro estaba paralizado por el miedo, mirando fijamente al hombre que estaba detrás de Kim.
—Sabía que terminarías encontrándome —dijo Leyton en voz baja.
—Te prometí que lo haría, y ya sabes que yo cumplo mis promesas. Me lo has puesto muy difícil, pero, por suerte, esta amable agente me ha guiado hasta ti. ¡Hasta me ha traído en coche! —Se rio de forma cálida—. Y, gracias a todo lo que me ha ayudado, no voy a matarla todavía.
Kim tenía una sensación de pánico cada vez mayor, pero no se atrevía a mover ni un músculo. Ryan le estaba aplicando una ligera presión en la garganta.
La inspectora tenía que ser paciente y esperar el momento oportuno.
—¿Dónde están los demás? —preguntó Leyton.
—Muertos.
Leyton asintió como si esa fuera la respuesta que hubiera estado esperando.
Kim quería gritarle que saliera corriendo, que desapareciera entre los árboles hasta que llegara la ayuda. Pero el hombre daba la sensación de no poder moverse, de estar completamente paralizado.
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—Inspectora, me gustaría darle las gracias por permitirme acompañarla, pero ya no me hace falta su ayuda. Leyton y yo vamos a dar un paseo agradable y a solucionar nuestros asuntos. Voy a aplicarle a usted suficiente presión en la garganta como para dejarla inconsciente durante un rato, pero eso no la matará. Así, podré cumplir con lo que he venido a hacer. Si intenta perseguirnos, no tendré tanta consideración la próxima vez. ¿Ha quedado claro?
Sintiendo un escalofrío ante aquel tono completamente razonable, Kim asintió despacio, consciente de que solo habían pasado un par de minutos desde la última llamada de Bryant. Ryan había calculado a la perfección el momento oportuno en el que tenía que picarle la ortiga; de ese forma, se acababa de hacer la última comprobación telefónica. Bryant no iba a moverse del coche de forma inmediata, e incluso cuando lo hiciera, tardaría entre veinte y veinticinco minutos en alcanzarla, si es que lograba encontrarla.
Físicamente, Kim no podía luchar contra la fuerza que sentía en las manos de Ryan. Así que tenía que aprovechar cada segundo.
Su cabeza seguía intentando comprender por qué Leyton le tenía ese miedo a su antiguo profesor de lengua y por qué este estaba intentando matarlos a todos.
—Usted no es Ryan West, ¿verdad? —balbuceó mientras comenzaba a sentir cómo aumentaba la presión sobre su laringe.
—Bravo, inspectora. Le doy un sobresaliente.
Kim comenzó a ver puntos de luz en espiral; su visión empezó a desdibujarse.
—Usted es… es aquel chico. El que maltrataban sin parar —adivinó Kim, sintiendo que la vida abandonaba su cuerpo.
—Sí, inspectora, soy yo —respondió el hombre, ejerciendo un último apretón en la garganta antes de dejarla caer al suelo.
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Capítulo 89
Bryant miró el reloj. Quedaban nueve minutos. Subió el aire acondicionado para sentir una ráfaga de aire más frío. No es que tuviera mucho calor, pero el aire frío lo ayudaría a mantenerse despierto. El hecho de estar sentado en el coche simplemente pendiente del reloj para realizar la siguiente comprobación telefónica estaba contribuyendo a que sus ya de por sí pesados párpados pesaran aún más.
Haber perdido cuatro horas de sueño y estar después corriendo de un lado a otro durante un turno de más de doce horas le hacía anhelar en silencio una taza de té y meterse en la cama. Aunque nunca se lo diría a la jefa. Kim ya tenía bastante material para burlarse de él.
El sargento volvió a mirar el reloj.
Siete minutos.
Su teléfono sonó.
—Oye, Penn, tienes unos seis minutos para entretenerme porque… —Bryant, ¿dónde coño estás?
Bryant se enderezó en su asiento. Penn nunca hablaba con tacos.
—En el coche. En la puerta de la finca. La jefa ha querido que me quede aquí vigilando mientras iba con Ryan a…
—¡Ese no es Ryan! —gritó Penn mientras Bryant apagaba el motor. —¿Qué coño me estás diciendo? —exclamó, saliendo del coche. —Ryan West murió hace tiempo. Tenía cincuenta y siete años. —Entonces, ¿con quién cojones está Kim? —preguntó mientras
saltaba ya la verja de la finca.
—Creemos que es el chico al que los Seis Psicópatas maltrataban y llegaron a mandar al hospital, pero, como lo encubrieron todo, no existe un nombre. No hay ningún registro oficial.
—Estoy yendo hacia su localización —explicó Bryant, caminando por el campo. La adrenalina había actuado y avanzaba rápidamente, devorando
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los metros.
—Bryant, la jefa no nos coge el teléfono. ¿Qué quieres que haga?
—¿Has mandado refuerzos?
—Sí, sí.
—Entonces reza. Reza para que esté sana y salva.
Penn colgó y Bryant gruñó para expulsar la rabia que lo inundaba.
No solo habían guiado al asesino hasta su siguiente víctima, sino que habían puesto en peligro a la jefa. Por su mente pasaban todo tipo de escenarios.
Aceleró y volvió a llamar a Kim.
Ahora sí estaba completamente despierto.
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Capítulo 90
Kim escuchó sonar su teléfono, pero parecía que lo hacía desde algún lugar lejano o como si estuviera debajo de las sábanas.
Cuando empezó a despejarse, las pulsaciones que notó en su garganta le recordaron lo que había ocurrido.
No sabía bien cuánto tiempo habría permanecido inconsciente, pero Ryan había provechado ese intervalo de tiempo para atarle las manos y los pies. No se trataba de nudos especialmente eficientes, y fue capaz de liberarse los pies en un santiamén, restregando la cuerda contra el suelo y doblando el tobillo.
Ryan, o como que se llamara, había sido inteligente al orquestar la trama de la picadura de ortiga; de esa forma, había conseguido retrasar su encuentro con Leyton hasta que se hubiera producido una segunda llamada de comprobación. Una vez que ella le había confirmado a Bryant que estaba bien, él fue consciente de que contaba con una ventaja de quince minutos sin interrupciones.
La inspectora se incorporó y se dirigió hacia la alambrada. La cuerda le apretaba bastante las muñecas y se dio cuenta enseguida de que las púas de las que estaba formada la valla tardarían demasiado en surtir algún efecto. Se destrozaría los brazos antes de poder romper la cuerda.
Miró a su alrededor y se dirigió hacia el montón de basura que había visto con anterioridad. Al no ver nada útil en la parte de arriba, empezó a dar patadas por el montón y tuvo un golpe de suerte al encontrar una lata de alubias vacía que aún tenía adherida su tapa dentada. Cogió la lata con las dos manos y consiguió doblar la tapa hacia arriba. Luego se sentó en el suelo, colocó la lata entre sus rodillas y frotó la cuerda hacia delante y hacia atrás sobre el metal cortante, con cuidado de no acercarse demasiado a las muñecas.
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La cuerda comenzó a deshilacharse enseguida. Iba a poder liberarse de ese modo, pero le requeriría algo de tiempo. Un tiempo que Leyton Parks no tenía.
Su teléfono dejó de sonar, pero volvió a hacerlo inmediatamente.
—No puedo responderte, joder —maldijo.
Quienquiera que la estuviera llamando estaría preocupado al ver que no contestaba. Pedirían refuerzos.
Eso no servía para ayudar a Leyton Parks, que probablemente estaba a escasos minutos de que lo pincharan con una jeringuilla llena de fentanilo.
—¡Más rápido! —gritó a la cuerda mientras aumentaba la velocidad del movimiento.
Cada vez se iba deshilachando más rápido; Kim sentía cómo la presión en sus muñecas se debilitaba.
—¡Sí! —gritó, triunfante, cuando la cuerda por fin cedió.
Se levantó de un salto, cogió el teléfono y no se sorprendió al ver que las llamadas perdidas provenían de Penn y de Bryant.
Le devolvió la llamada a Bryant.
—¡Menos mal! —respondió este—. ¿Estás…?
—¿Dónde estás? —preguntó Kim, dirigiéndose hacia la caravana.
—De camino a tu ubicación.
—Ryan no es Ryan. Es el asesino. Tiene a Leyton.
—Sí, ya lo sé. Espérame ahí y…
—No tenemos tiempo. ¿Has llegado al extremo del embalse? —Ahora mismo estoy ahí.
—Dirígete hacia el oeste y rodea el embalse desde la otra dirección. Yo iré por la otra parte y nos encontramos en el medio.
—Jefa, creo que debería…
—¡Hazlo así! —ordenó Kim, colgando a continuación. El primer instinto de Bryant sería ir directamente a comprobar cómo se encontraba ella, pero Leyton no disponía de tanto tiempo como para que Bryant lo malgastara así.
Kim echó un vistazo rápido por la caravana, que parecía más espaciosa de lo que era en realidad, y comprobó que los hombres no estaban allí.
Dio media vuelta y comenzó a caminar en la dirección opuesta a la que había llegado con Ryan.
Esperaba que Leyton hubiera intentado escapar y estuviera haciendo perder algo de tiempo a Ryan. Cualquier cosa que le permitiese disponer
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de más oportunidades de encontrarlos. A juzgar por su teléfono, la inspectora solo había estado inconsciente durante unos minutos, así que rezaba por que no estuviera demasiado lejos de ellos.
Se adentró en el bosque que acabaría conduciéndola hasta el extremo más ancho del embalse. Stacey les había explicado que la profundidad de la arboleda era de unos veinticinco metros, así que tendría que moverse despacio y escuchar con atención.
Una vez dentro del bosque, comprobó que había mejor visibilidad que cuando se estaba acercando a la caravana. Caminaba entre árboles que eran una combinación de ejemplares viejos que llevaban cien años en el lugar y otros nuevos que aún no habían alcanzado su madurez total, que supuso que habrían plantado los promotores de las nuevas viviendas.
Si miraba hacia su derecha, precisamente se veían esas casas nuevas. A la izquierda, divisaba el brillo lejano del agua.
Kim oyó una voz por delante de ella y se quedó quieta.
Escuchó con atención. ¿Sería alguien que se hubiera alejado de los puntos reservados para la pesca alrededor del embalse?
No. La voz sonaba enérgica, alterada y provenía de algún lugar cerca del agua.
Sacó su teléfono y le escribió rápidamente un mensaje a Bryant.
Cerca de la orilla.
Kim caminó en dirección a la voz.
Un gemido de dolor le hizo ser consciente de que Leyton seguía vivo. Respiró aliviada mientras continuaba acercándose, aunque de
momento Ryan tenía el control de la situación.
Un par de pasos más adelante vio a Ryan montado a horcajadas sobre Leyton en la orilla del embalse. Ambos estaban embarrados y sucios, y Kim se alegró de que Leyton hubiera peleado para defenderse. Había otra noticia que era menos buena: Ryan llevaba una jeringuilla en la mano.
Kim se acercó lo suficiente para oír lo que Ryan estaba diciendo.
—Si rompes una promesa, tienes que pagar las consecuencias. Os dije a todos lo que pasaría si no cumplíais con vuestra palabra.
Un cúmulo de recuerdos de la semana se agolpó de repente en la cabeza de la inspectora. Las piezas del puzle que habían estado dispersas
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en su mente encajaron de pronto, y por fin la imagen se le reveló con nitidez.
Kim avanzó un paso más.
—Baja la jeringuilla, Ian.
La inspectora supo al fin quién era aquel hombre. No se trataba del chico al que habían intimidado, no; era el cabecilla de los Seis Psicópatas.
—Me cago en todo, otra vez tú no —dijo, poniendo un gesto de desesperación—. Pero bueno, al menos esta vez has acertado mi nombre.
—¿De verdad que quieres hacer esto? —preguntó, señalando con la cabeza a Leyton.
—No tengo más remedio que hacerlo. Los conozco mejor que nadie. No van a cambiar. Todos van a intentar hacer cosas malas, y les estoy parando los pies antes de que las hagan. Pensaba que ya os habríais dado cuenta de eso —expresó, mostrándose asqueado.
—Anda, eso ya lo averiguamos hace un montón de tiempo. Nos dejaste suficientes pistas para hacerlo. Tal vez demasiadas.
Él la miró con un gesto de extrañeza, pero Kim había oído lo que le había dicho a Leyton y ahora todo había cobrado sentido para ella.
—Mataste a Eric porque creíste que estaba a punto de agredir a su novia, ¿correcto?
—Las señales eran obvias. Vi aquella foto con un moratón en su cara. —¿Y mataste a Paul porque estaba a punto de cometer una violación? —Literalmente se lo quité de encima a aquella chica, o sea que sí, estaba a punto de hacerlo, y antes de que me preguntes, sí, sé que Nathan se iba a presentar voluntario para trabajar con niños. Os he hecho un favor. Deberíais darme la enhorabuena. Esta gente ya no anda libre por las calles gracias a mí. Nunca podrían cometer esos terribles crímenes. He salvado
vidas.
—Sí, claro, qué nobleza la tuya, ¡no te jode! —exclamó Kim, cruzándose de brazos y mirándolo exasperada. Durante el pequeño discurso de Ian, tuvo tiempo de considerar qué actitud debería tomar para mantener la jeringuilla lejos del cuerpo de Leyton. Se iba a jugar el todo por el todo mientras la vida de un hombre corría serio peligro, pero Ian era un psicópata y un matón. Tenía que hablarle en su idioma.
—¿De verdad te crees las gilipolleces que dices o eres más lúcido de lo que aparentas?
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La mirada del hombre se afiló. Kim había captado su atención, y la jeringuilla seguía en su mano.
—A ver, sí, todo ha sido muy loable por tu parte, pero, si estuvieras diciéndome la verdad, ¿por qué Dean Newton no está muerto? Es un criminal prolífico. Nunca ha dejado de delinquir. Entonces, ¿por qué no lo has matado? ¿Por qué no te has puesto en plan Minority Report con él?
—Lo haré. Él es el siguiente.
—No, es mentira. Has tenido mucho tiempo y multitud de oportunidades, y él sigue vivito y coleando. No se ha escondido lo más mínimo.
Ian la fulminó con la mirada.
—Todo lo que me has contado es una patraña, Ian. No es una simple casualidad que Dean Newton haya sido el único que ha reincidido, ¿verdad?
La cara de Ian mostró un gesto de rabia. Kim prosiguió:
—Dean fue el único que regresó. Todos dijeron que lo harían, pero solo Dean cumplió su promesa.
Las palabras con las que Ian se había dirigido a Leyton sobre ciertas promesas la hicieron recordar todo lo que Alison les había contado sobre dinámicas y jerarquías. Los tuits que tenían un aire paternal, el derecho a castigar…
—Destruiste a tu propia familia, así que creaste otra en tu cabeza. Eric, Paul, Nathan, Dean y Leyton fueron tu nueva familia, y todos te abandonaron, uno por uno. Todos ellos te prometieron que volverían a verte, y no lo hicieron.
Kim pudo ver cómo a Ian le temblaba la mano de pura rabia.
«Vamos, Bryant», rezaba Kim en silencio. Se había comprometido con una estrategia y tenía que seguirla hasta el final.
—Eres un maldito niñato —le dijo, moviendo la cabeza de lado a lado con un gesto de puro asco—. ¿No te diste cuenta de que fuiste solo un medio para alcanzar un objetivo? Les diste toda la protección que necesitaban mientras estaban internos en Welton, y una vez que salieron de allí, no volvieron a acordarse de ti. ¿Sabían siquiera que tu hermano no abusó sexualmente de ti, que te lo cargaste por un videojuego? ¿O eso solo lo compartiste con Dean Newton cuando cumplió su promesa y consiguió que lo metieran de nuevo en la cárcel?
—¿Te lo ha contado él?
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—¡Por Dios, Ian! ¿Cuándo vas a entender que a ninguno de ellos le importas una mierda? Dean no dudó ni un instante en contarnos qué tipo de persona eres. Los otros chicos prometieron que volverían, y no lo hicieron. Te decepcionaron. Qué lástima, ¿verdad? No eran tu familia.
—En ese caso, ¿qué me va a impedir clavarle esto ahora mismo? — exclamó Ian, tensando la jeringuilla en su mano.
Kim hizo un gesto de aparente indiferencia.
—Hazlo. Yo no pierdo mucho con ello. Pero, eso sí, en cuanto lo hagas, pierdes tu posición de poder. En cuanto la aguja toque su piel, tienes que mantenerla en su lugar para que tu objetivo se pueda cumplir, y yo no tendré nada que perder. Iré directa hacia ti.
Ian enderezó la cabeza al escuchar el mismo sonido que también oía Kim.
—Son los refuerzos, Ian, vienen para ayudarme. En cinco minutos más o menos, no vas a poder moverte por este bosque sin encontrarte con un policía.
Un movimiento que se produjo por detrás del hombre llamó la atención de Kim.
—Si te quedas el tiempo que necesitas para inyectarle el contenido de la jeringuilla, te voy a coger. Si sales corriendo ya, quizá puedas abandonar el bosque a tiempo. Eres lo bastante listo como para darte cuenta de que es la única oportunidad que tienes.
Ian dudó, pero Kim necesitaba que tomara la decisión correcta.
—Tú decides, Ian. Cumple con tu plan y pasa el resto de tu vida en la cárcel, o lánzate a huir. Quién sabe, tal vez seas más listo que yo y jamás logre encontrarte. Es poco probable, pero al menos tendrías una oportunidad.
El hombre la miró fijamente. Ya no quedaba nada del profesor de lengua afable y servicial. Su mirada era fría y reflejaba un odio profundo.
La inspectora contuvo la respiración mientras le devolvía la mirada. Ian se incorporó de un brinco de su posición a horcajadas sobre Leyton
Parks y salió corriendo hacia la arboleda.
En el momento exacto, Bryant salió de entre las sombras y lo tiró al suelo de un empujón.
—¿A dónde te crees que vas, fenómeno?
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Capítulo 91
Kim estiró la mano hacia el asiento del copiloto y acarició a Barney mientras esperaba a que llegaran los demás.
Eran las nueve de la mañana del sábado y el sol ya calentaba. Iba a ser un buen día para el plan que tenían previsto.
Hacía menos de doce horas que había salido de la comisaría tras interrogar a Ian Perkins. Con un poco de presión, el hombre admitió los asesinatos de Eric Gould, Paul Brooks y Nathan Yates. La fiscalía cuestionaba el cargo de intento de asesinato de Leyton Parks, ya que, aparte de haberse revolcado un poco por el barro, Leyton no había sufrido daño alguno. También existían otros cargos menores en relación con su ataque a la inspectora, por lo que, incluso sin la acusación relacionada con Leyton Parks, era poco probable que Ian Perkins volviera a disfrutar de la libertad en lo que le quedaba de vida.
Kim no sabía hasta qué punto querría presionar Leyton en relación con lo que le había tocado sufrir. Suponía que a ese hombre no le gustaría demasiado comparecer ante un tribunal ni la exposición pública en general. Había llevado un estilo de vida solitario durante tantos años que Kim tenía muchas dudas de que pudiera soportar bien el escrutinio público.
Ian Perkins había estado presente en su cabeza la mayoría del tiempo desde que salió de la sala de interrogatorios. Cuando Ian les había hablado del amor por la educación que tenía Leyton Parks, en realidad estaba hablando de sí mismo. Desde que salió de la cárcel, aprovechó cada oportunidad que tuvo para formarse y desarrollar una nueva personalidad. Kim se tomó un instante para mirar la foto de Ian que tenían registrada en el sistema, y aunque Stacey no se la enseñó cuando estuvo comprobando el historial de los miembros de los Seis Psicópatas, no lo habría reconocido aunque lo hubiera hecho. Por aquella época tenía los dientes
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prominentes y torcidos, imperfecciones en la piel, cejas pobladas y una expresión fiera en la mirada, casi salvaje. La foto no guardaba ninguna similitud con la persona culta y de apariencia impecable que se había presentado como Ryan West. La barba poblada y el tiempo que había pasado en la cárcel lo habían envejecido, y no había habido ningún indicio para sospechar que no fuera el Ryan real. El psicópata que Ian llevaba dentro se había asegurado de que aquel Ryan rezumara encanto y simpatía. Su necesidad por controlarlo todo lo condujo a inmiscuirse en la investigación a la primera que pudo. Fue dejando suficientes pistas sobre el conocimiento que tenía de los chicos y simplemente esperó a que la policía siguiera su rastro. Su objetivo desde el principio había sido utilizarlos para encontrar a Leyton Parks, y ellos habían cumplido con su deber. Claro que fue capaz en todo momento de responder a cualquier pregunta sobre los Seis Psicópatas. Había sido su líder.
Cuando Leanne investigó un poco sobre Ian Perkins, descubrió que llevaba una vida respetable y tranquila bajo el nuevo nombre que le había sido concedido. Solo ante el equipo de Kim se había identificado como el antiguo profesor de lengua, como una treta para acercarse a su objetivo. Los agentes de protección de testigos no detectaron sus actividades, ya que a la mayoría de los tres mil miembros del programa de protección se les controlaba con mucha menos frecuencia que los casos graves en los que se había concedido el anonimato de por vida. Y, sin embargo, todos los esfuerzos que Ian había hecho por mejorar solo habían provocado en él cambios superficiales. Admitió alegremente que fue él quien envió la carta a la señora Baldwin para contarle que su marido tenía pornografía en el ordenador, y que lo hizo solo porque tenía la capacidad hacerlo; ese hecho demostraba que seguía siendo la persona egoísta y despiadada que había sido en su juventud.
En el aparcamiento de Dudley College se recuperó un Ford Focus de lo más normal, registrado con la nueva identidad del chico, que condujo hasta allí para que lo recogieran con el fin de mantener la farsa. A Kim no le cabía duda de que en el interior del vehículo se encontrarían rastros de las tres víctimas una vez que Mitch hubiera terminado de trabajar con él.
La inspectora sabía ahora que Nathan Yates había intentado decirle algo y que ella no lo había entendido. Su pulgar golpeaba contra su dedo corazón. Ese gesto representa la letra I en lenguaje de signos. ¿Cómo no lo
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había visto, joder? Y lo que era peor, ¿cómo coño no vio las señales del psicópata? Estaba bastante acostumbrada a lidiar con ellos…
Kim aceptó que Ian había actuado de forma inteligente y meticulosa. Orquestó el plan con sumo detalle. Las cuentas en las redes sociales le servían para satisfacer su vanidad personal, además de para causar caos y alteración del orden, pero en última instancia reveló el nombre de la segunda víctima para darse una oportunidad de establecer contacto con Leyton y manifestar un vínculo con ambos hombres.
Aunque Ian admitió los asesinatos, mantuvo que los había cometido para evitar que sus antiguos amigos reincidieran, y no porque los hubiera convertido en una especie de familia que finalmente le había decepcionado. Kim desconocía por qué había esperado tanto para vengarse. Sospechaba que su necesidad de control requirió una planificación y una investigación meticulosa y que no se habría permitido a sí mismo precipitarse lo más mínimo.
Los Ángeles de Black Country se encontraban en un proceso de reconsiderar su posición dentro de la comunidad. Sin un local y con un grupo de voluntarios bastante mediocre, sospechaba que no volverían a reagruparse. La lucha contra la injusticia ya era durísima para un agente de policía; mantener esa pasión y esa rectitud sin dejar de lado otro trabajo a tiempo completo y la familia supondría un sacrificio enorme. Aún no se había determinado la causa del incendio, y Gordon Banks se había evaporado. ¿Sería el chico al que los Seis Psicópatas maltrataron sin piedad en Welton y habría encontrado su lugar en la sociedad dentro de un grupo que luchaba para defender víctimas? ¿O quizá no estaba para nada vinculado con el caso, pero tenía alguna cosa que ocultar? Entre que los registros de Welton eran pobres y que el hecho se había encubierto, Kim sospechaba que nunca lo averiguarían.
La inspectora pensaba también en los empleados de Welton, los antiguos y los nuevos. No le había caído bien la mujer que ahora dirigía el centro, pero respetaba, muy a su pesar, su capacidad no solo para haber seguido desempeñando la profesión que amaba, sino para evolucionar dentro de ella. Otra cosa era ya que Josephine Kirk hubiera superado de verdad el trauma del intento de violación que sufrió.
Luego estaba Lenny Baldwin, que se había dejado chantajear para evitar que su mujer se enterara de su predilección por ver vídeos pornográficos de sexo gay, dándoles así todo el poder del mundo a los Seis
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Psicópatas. El hombre podría haber gestionado la situación de muchas formas, pero todas habrían supuesto contarle la verdad a su mujer. Las decisiones de Lenny no habían contribuido a los asesinatos, pero sí que habían demostrado hasta dónde estaba dispuesto a llegar para proteger su secreto. De todos modos, al final no le había servido para nada.
A Kim le resultaba casi imposible sentir simpatía alguna por las víctimas de Ian Perkins. Su comportamiento en Welton había hecho la vida imposible tanto al personal laboral como a otros internos. Más de una persona iba a tener que vivir con las consecuencias de su vileza durante el resto de su vida. No había duda de que Eric había estado a punto de comenzar años de maltrato doméstico. Las señales estaban ahí, y la violencia ya había comenzado a escalar. ¿Quién sabía cómo podría haber acabado?
Paul Brooks había estado a punto de violar a una mujer. Su historial y la repugnante colección de material pornográfico que encontraron en su vivienda indicaban que llevaba una temporada meditando hacerlo y que solo era cuestión de tiempo.
Nathan Yates se había buscado la forma de acceder a un trabajo relacionado con niños y, a pesar de su matrimonio y las sospechosas connotaciones del mismo, parecía tratar de satisfacer su deseo interior.
Ian Perkins había afirmado que ninguno de ellos había cambiado desde que eran adolescentes, y Kim pensó que quizá tendía razón. A excepción de Leyton, todos habían continuado el camino que iniciaron cuando eran adolescentes. Si la tasa de éxito de la rehabilitación era un irrisorio uno de cada seis, el sistema necesitaba una revisión drástica. Pero en última instancia, tuviera razón o no, esa no había sido la motivación de Ian para matar a sus antiguos amigos. El joven formó una nueva familia y sus miembros lo habían decepcionado. Era tan simple como eso. En fin, aunque a la inspectora le costaba llorar la pérdida de Eric, Paul y Nathan, sí sospechaba que las decisiones de Ian marcarían las vidas de Teresa Fox y Katie Yates hasta el final de sus días.
Curtis Jones nunca llegaría a creerse que los Seis Psicópatas no hubieran sido los responsables de la muerte de su padre, pero, después de leer el informe completo, Kim no tenía ninguna duda de que había sido un desgraciado accidente. Esperaba que con el tiempo Rufus lo ayudara a mitigar un poco el tormento que llevaba a cuestas. En un momento dado,
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cuando los vio salir juntos en coche para almorzar, Kim se preguntó por un instante si habían formado un equipo para afrontar la situación.
Rufus Fox le cogió muchísimo cariño a Curtis tras enterarse de su terrible pérdida y asumió un papel paternal en la vida del chico. Deseó con todas sus fuerzas acoger a Curtis en su familia como yerno y mantuvo su vínculo con él incluso después de que su relación con su hija se terminara. Kim se imaginaba que, a partir de entonces, Rufus trataría de apelar a los sentimientos más profundos de su hija para que volviera con Curtis, y poder así tener por fin la familia que deseaba.
Kim tampoco había olvidado lo irónico de sus desencuentros con Stacey durante aquella semana. ¿Tenía ella la culpa de haberse comportado con su equipo igual que Ian? Tal vez. ¿Los mataría si la decepcionaban? No. Tan solo les gritaría y los ignoraría durante una semana.
Kim se acaloraba al pensarlo. Echando la vista atrás, no se sentía orgullosa del modo en que había tratado a Stacey cuando se enteró de lo que le ocurría. Sí, se había enfadado. Sí, le había dolido mucho. Pero sí, al final se había dado cuenta de que Stacey había sufrido una barbaridad y había sido víctima de un individuo muy perturbado. Debería haberse dado cuenta antes.
En definitiva, la familia había estado en el foco de todos los asuntos relacionados con aquella última semana. La atención se había centrado en las familias que uno elige, las que se construyen.
La señora Danks lo había arriesgado todo para volver a pasar tiempo con su hija. Ya conocía los efectos de la enfermedad tan cruel que padecía y era plenamente consciente de lo que la esperaba. Sabía que estaba en la primera fase, en la que tienes más días buenos que malos. Con el paso del tiempo, esa balanza podía inclinarse en su contra, y ella no podría hacer nada al respecto. Por supuesto, Kim no tenía ninguna confirmación, solo una cierta sospecha, de que la mujer estuviera conduciendo su pequeño coche azul claro la noche del accidente de Terence Birch. Cualquier certeza la habría obligado a llamar a Vik. A Kim le parecía que la señora Danks ya se había perdido demasiados años con su hija, así que, bueno, las sospechas no saldrían de su cabeza.
Pero esas mismas sospechas y también sus propias decisiones la habían llevado a cuestionar lo que pensaba sobre los justicieros y esas brigadas ciudadanas. Antes del caso de aquella semana, se oponía a cualquier forma
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de tomarte la justicia por tu mano. Pero… ¿cuánto más debía aguantar la familia Danks? Se habían visto en una situación horrible en la que, atada de manos por la ley, la policía se había mostrado ineficiente, incapaz de ayudar. Y, además, ¿no era Kim en cierto modo culpable de haberse tomado la justicia por su mano aquella última semana?
Sin duda, debería haberle contado a Vik todo lo que sabía acerca de la relación de Stacey con Birch. A lo largo de su carrera había hecho todo lo posible por no caer en ambigüedades, no jugar dentro de las zonas grises y dispersas, pero, cuando se trató de proteger a uno de los suyos, retuvo información, entró de forma ilegal en casa de un fallecido y mintió a su jefe. Aún predominaba en su cabeza la idea de que nadie tenía derecho a tomarse la justicia por su mano y de que el castigo lo tenía que decidir el sistema judicial. Pero ya no lo tenía tan claro como antes. En fin, guardaría ese hecho en una de las muchas cajas que tenía en un rincón oscuro de su cabeza, igual que depositaría allí su desempeño dentro de la zona gris y dispersa durante aquella última semana.
Volvió al presente cuando el Astra Estate entró en el aparcamiento. Su compañero y amigo, Bryant. Incluso su sentido de la moralidad había fallado durante algún momento de la semana. De alguna manera, él y Kim habían llegado a un acuerdo silencioso. Él no le preguntaría sobre la familia Danks y ella no le preguntaría sobre el santuario que había desaparecido de la casa de Birch. El sargento se había enfrentado a sus propios problemas familiares esa semana. Se había visto obligado a aceptar que su familia estaba a punto de crecer y que a partir de entonces ya no estarían solo los tres. Con el tiempo, llegaría a comprender que tener a Josh en la familia sería una bendición, no una maldición.
Los siguientes en llegar fueron Penn, Lynne y Jasper. Salieron del coche, y Kim se alegró de ver que Jasper llevaba un táper de un tamaño considerable. Nadie se iba a ir de allí con hambre.
Penn y Lynne habían vivido un momento significativo para la pequeña familia que formaban durante aquella semana. No había duda de que los dos estaban enamorados, y estaba claro que Jasper ocupaba un lugar muy especial en el corazón de Lynne. La mujer aceptaba a Penn en su totalidad: su rareza, su torpeza social y su compromiso de por vida con Jasper. Ambos tenían trabajos exigentes, y Kim solo esperaba que sus sentimientos pudieran estar siempre por encima de los retos que los esperaban.
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El último en llegar fue el pequeño coche azul que le había hecho perder el sueño a Kim durante gran parte de la semana.
Devon y Stacey salieron y se dirigieron hacia el pequeño grupo que se estaba formando. Una sonrisa se dibujó en los labios de la inspectora cuando vio algo que le dio esperanzas de que la pareja pudiera superar la desconfianza que sentían en aquel momento y así ser capaz de reconstruir y fortalecer su relación. La distancia entre el coche recién llegado y el resto del grupo era de apenas diez metros, pero sus manos se encontraron y se mantuvieron unidas durante aquel pequeño trayecto.
Kim sintió la seguridad de que esa pequeña familia sobreviviría. —¡Ay, qué bien estamos, ¿verdad, chico?! —le dijo a Barney, dándole
un restregón en la cabeza.
Por alguna razón, a la inspectora le vino a la mente la imagen de Leanne. No tenía ni idea de por qué, quizá por el hecho de que también vivía sola, comprometida con un trabajo que así lo exigía. Sin compañeros de trabajo, sin amigos, solo con gente que necesitaba su protección.
Alejó la imagen de su cabeza. Era poco probable que volvieran a verse alguna vez.
Kim desabrochó el cinturón de Barney y le puso la correa. Abrió la puerta del coche y Barney la siguió.
Todos se giraron hacia ella y sonrieron de oreja a oreja. Barney empezó a tirar de ella hacia Bryant.
—Toma, cógelo —le dijo a su compañero mientras dirigía su mirada hacia otra parte.
Bryant le quitó la correa de la mano y sacó una manzana del bolsillo. —Devon, ¿puedo hablar contigo un segundo? —preguntó Kim, y se
alejó del grupo. Devon la siguió.
Kim tomó aire.
—Escucha, sobre lo del otro día…
—¿Sabes? La verdad es que ha sido una semana de mierda, ¿no? — dijo Devon, interrumpiéndola.
—Joder, ya te digo —contestó Kim—. Pero eso no me daba ningún derecho a…
—Sí, sí que te lo daba… —protestó Devon—. Con las pruebas que tenías, ¿acaso era viable que no me interrogaras? No estoy orgullosa de lo que hice. No debí pegarle, pero no lamento que esté muerto.
Kim no discrepó lo más mínimo.
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—Pero necesito decirte algo —añadió Devon, mordiéndose el labio—. Nunca, jamás, debí cuestionar tu lealtad a Stace. Sé que la estimas mucho, y eso fue imperdonable por mí parte. Lo siento.
—Gracias, pero…
—Escucha, venga, ya está. Por mi parte, todo arreglado. ¿Por la tuya? —preguntó Devon con una sonrisa cautivadora.
Kim se rio.
—Sí, por mi parte también.
—Genial. Hagamos de este lugar un paraíso de la jardinería.
Kim la siguió de vuelta al grupo, donde todos habían estado ocupados sacando herramientas de los maleteros de los coches.
—Joder, compañeros, esto parece Ground Force —observó Kim mientras caminaban hacia las puertas de entrada de la escuela primaria Three Oaks.
La inspectora había renunciado a todos los trámites burocráticos de una iniciativa policial a gran escala para rehabilitar un terreno inutilizable. Como había sospechado a principios de la semana, todavía se estaba llevando a cabo la planificación de la iniciativa.
Así es que, en lugar de esperar, llamó a la escuela y preguntó si podía ir con algunos amigos a poner un poco de orden en aquel espacio.
Habían aceptado la oferta con una gratitud inmensa.
Una mujer de cincuenta y pocos años, vestida con vaqueros y camiseta, apareció en la puerta.
—Soy Leslie Stubbs, la directora, y me gustaría agradecerles muchísimo lo que están haciendo. Ni se imaginan lo que significa para nosotros.
—Pónganos a trabajar —instó Kim mientras todos los demás se reunían con ellas en la puerta.
—Síganme.
Acompañaron a la directora hasta una zona que probablemente tendría unos mil metros cuadrados, pero que estaba cubierta de hierbas y matorrales.
—Hay que desbrozarlo todo —explicó Leslie, con un tono que parecía que se estuviera disculpando.
—Ese trabajo es ideal para nosotros —respondió Bryant, señalando con la cabeza a Penn. Ambos portaban desbrozadoras eléctricas.
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—Hay que nivelar esta línea de adoquines. Es un peligro para los más pequeños, se pueden tropezar —explicó la directora, señalando un camino que llevaba al huerto deteriorado.
Lynne miró a Jasper.
—¿Tú levantas los adoquines y yo los nivelo?
—¡Genial! —respondió el hermano de Penn, y la siguió hasta la primera losa.
—Y el huerto necesita con urgencia que se vuelvan a fijar esas tablas sueltas.
—Tengo un martillo y clavos —dijo Devon, dando golpecitos sobre su cinturón de herramientas antes de dirigirse hacia la parcela.
—Y esto de aquí una vez fue una glicina brillante y vigorosa. Estaba fuerte y sana, pero la verdolaga la ha estropeado un poco. Con algo de cariño y de esfuerzo, seguro que vuelve a tener la fuerza que tenía.
Kim se encontró con la mirada de su ayudante de detective y sonrió. —Parece un trabajo ideal para nosotras, ¿eh, Stace?
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Carta de Angela
En primer lugar, quiero daros las gracias por haber elegido leer Rencor sangriento, la decimonovena entrega de la serie de Kim Stone, y a muchos de vosotros por acompañar a Kim y a su equipo desde el principio.
No fue fácil escribir este libro tras la muerte repentina e inesperada de mi madre a principios de año. Hubo momentos en los que me costó liberar mi mente para dar rienda suelta a la creatividad y, sin embargo, una vez que fui capaz de hacerlo, escribir se convirtió en lo que siempre ha sido para mí: mi mejor amigo y mi refugio. Sumergirme en el mundo de Kim me dio el espacio y el tiempo que necesitaba para aceptar la pérdida.
Como muchos de vosotros sabéis, me encanta plantear a Kim situaciones nuevas, y en este libro quería que se viera obligada a entrar en una zona moralmente difusa y ambigua del trabajo policial. ¿Cómo actuaría cuando uno de los suyos se viera amenazado? ¿Hasta qué punto se ceñiría a las normas que defiende y por las que vive apasionadamente? ¿Hasta dónde estaría dispuesta a llegar para proteger a las personas que le importan y cuáles serían las consecuencias de las decisiones que tomara? Tenía muchas ganas de explorar las dinámicas que rigen en las familias que formamos.
Como siempre, fue divertido rescatar a Alison, y la escena entre ella y Kim durante la escalada es una de mis favoritas. Sus aportaciones al caso, así como las relaciones entre los miembros del equipo, fueron divertidas de explorar a través de sus ojos.
He disfrutado muchísimo escribiendo Rencor sangriento, y si te ha gustado, te estaría muy agradecida si escribieras una reseña. Me encantaría conocer tu opinión, que, además, puede ayudar a otros lectores a descubrir uno de mis libros por primera vez. Quizá también puedas recomendárselo a amigos y familiares…
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Agradecimientos
Como siempre, mi primer reconocimiento es para mi compañera tanto en la vida como en el crimen, Julie. Cada libro es un viaje diferente que en algún momento del proceso siento que nunca terminaré. Inquebrantablemente, ella está siempre ahí en los momentos difíciles, las dudas y los vaivenes e incertidumbres de la narración, y aunque ya hemos pasado por todas esas cosas muchas veces, su paciencia es ilimitada, al igual que lo son su pasión y su entusiasmo. No podría dedicarme a esto sin ella.
Aunque ya no esté con nosotros, mi eterno agradecimiento a mi madre, que nunca cesaba de difundir las novedades de mis libros a todo aquel que quisiera escucharla.
Gracias también a mi padre y a mi hermana, Lyn, a su marido, Clive, y a mis sobrinos, Matthew y Christopher, por su apoyo.
Gracias a Amanda y Steve Nicol, que nos apoyan de muchas maneras diferentes, y a Kyle Nicol por encontrar y reconocer mis libros allá donde va.
Me gustaría agradecer al cada vez más numeroso equipo de Bookouture su entusiasmo inagotable por Kim Stone y sus historias.
Un agradecimiento especial para mi editora, Ruth Tross, que me ha ayudado a navegar por un espacio creativo nuevo tras una pérdida personal repentina e inesperada. He apreciado de corazón su pasión y entusiasmo por las historias de Kim Stone y, sobre todo, la aportación creativa que me ha permitido en todas las partes del proceso. También debo señalar que los pequeños mensajes que me ha dejado a lo largo del manuscrito me han hecho reír a carcajadas y han garantizado que el proceso de edición fuera lo más positivo e indoloro posible. Me muero de ganas por trabajar en el siguiente.
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A Kim Nash (Mamá Osa), que trabaja incansablemente para promocionar nuestros libros y protegernos del mundo exterior, y me ha ofrecido una ayuda muy apreciada en este libro. A Noelle Holten, cuyo entusiasmo y pasión por nuestro trabajo son ilimitados, y a Sarah Hardy y Jess Readett, que también defienden nuestros libros en cada ocasión que tienen.
Un agradecimiento especial a Janette Currie, que ha llevado a cabo la corrección de estilo de los libros de Kim Stone desde el principio. Su conocimiento de las historias ha garantizado una continuidad que le agradezco enormemente.
Gracias a la fantástica Kim Slater, que lleva muchos años siendo un apoyo y una amiga increíble y que, a pesar de escribir novelas excepcionales, siempre encuentra tiempo para charlar. Muchísimas gracias a Emma Tallon, que me ayuda a seguir adelante con historias divertidas y un apoyo infinito. También a las fabulosas Renita D’Silva y Caroline Mitchell, escritoras a las que sigo y leo con voracidad, y sin las cuales este viaje sería imposible. Gracias infinitas a la familia de autores de Bookouture, cada vez más grande, que sigue divirtiéndome, animándome e inspirándome a diario.
Un agradecimiento especial a una encantadora señora llamada Chell Simpson que ha compartido conmigo su experiencia personal en relación con la demencia con cuerpos de Lewy que sufre su encantadora madre y me ha permitido compartir sus historias.
Mi eterna gratitud a todos los maravillosos blogueros y críticos que se han tomado el tiempo necesario para conocer a Kim Stone y seguir su historia. Estas personas estupendas alzan la voz y comparten con generosidad, y no lo hacen porque sea su trabajo, sino porque es su pasión. Nunca me cansaré de agradecer a esta comunidad su apoyo tanto a mí como a mis libros. Muchas gracias a todos.
Muchísimas gracias a todos mis fabulosos lectores, especialmente a los que han sacado tiempo en su ajetreado día a día para entrar en mi página web, mi perfil de Facebook, Goodreads o Twitter.
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ANGELA MARSONS (Brierley Hill, West Midlands, Reino Unido - 1968), es una autora británica de ficción criminal.
Trabajó como guardia de seguridad en el centro comercial Merry Hill en Brierley Hill en West Midlands.
Proviene del Black Country, donde establece sus historias.
Es autora de una serie de novelas policíacas cuyo personaje principal es la detective Kim Stone.
El internado de los inocentes (2015) fue su primera novela.
El éxito de los libros de Kim Stone, publicados digitalmente, dio como resultado un acuerdo de impresión. Marsons ha firmado un contrato con Bookouture por un total de 16 libros de la serie Kim Stone.
FIN

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