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Libro N° 14807. Un Diamante En Bruto. Álvarez, Ana.


© Libro N° 14807. Un Diamante En Bruto. Álvarez, Ana. Emancipación. Febrero 14 de 2026

 

Título Original: © Un Diamante En Bruto. Ana Álvarez

 

Versión Original: © Un Diamante En Bruto. Ana Álvarez

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

UN DIAMANTE EN BRUTO

Ana Álvarez


Un Diamante En Bruto

Ana Álvarez

¿Y si tras cada palabra afilada del pasado se ocultaba el deseo de algo mucho más profundo que ninguno de los dos pudo reconocer?

Clara vive entre piedras preciosas y diseños que desafían las normas. Su pequeña empresa de joyería alternativa empieza a despuntar, pero un encargo inesperado —una colección clásica para una firma de renombre— podría cambiarlo todo. Para cumplirlo, necesita a alguien con precisión, técnica… y justo el nombre que aparece en su mente es el último al que querría llamar: Jaime.

Jaime lleva años atrapado entre las viñas y el legado familiar de una bodega que nunca fue su sueño. Él es diseñador de corazón, aunque el mundo parezca haberlo olvidado. Cuando Clara le ofrece la oportunidad de volver al diseño, sabe que no puede rechazarla. Si tan solo no se tratara de ella…

Porque Clara y Jaime comparten más que talento: comparten un pasado lleno de ironías, discusiones eternas y un choque de personalidades que terminó muy mal.

Ahora se ven obligados a convivir en un mismo taller, entre bocetos, metales preciosos… y recuerdos que aún arden bajo la superficie.

Esta historia de segundas oportunidades, pasión creativa y heridas que aún no han cicatrizado, demuestra que incluso las piezas más dispares pueden encajar… y formar una joya única.

Ana Álvarez

Un Diamante En Bruto

ePub r1.0

Titivillus 25.07.2025

Título original: Un diamante en bruto

Ana Álvarez, 2025

Diseño de cubierta: Bárbara Sansó Genovart

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

ÍNDICE DE CONTENIDO

Cubierta

Un diamante en bruto

Dedicatoria

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Epílogo

Nota de la autora

Sobre la autora

Siempre le dedico mis novelas a otra gente. Esta es para mí, porque está basada en una de mis primeras historias.

Capítulo 1

2024

Clara entró en el taller de joyería de su propiedad, como cada mañana. Pese a su juventud —acababa de cumplir los treinta años— había logrado cumplir el sueño de toda su vida: diseñar joyas y a la vez ser su propia jefa. Había creado una marca audaz y reconocida por su estilo único y poco convencional, cuyas piezas se empezaban a vender en joyerías. Contaba con una ayudante que se dedicaba a la fase final de la elaboración de las piezas, como el engastado y pulido, mientras que ella se dedicaba al diseño y la fabricación propiamente dicha. De momento, no necesitaba más personal.

No había sido fácil, había estudiado el Bachillerato de Arte y a continuación, en una escuela de orfebrería y un máster en diseño de joyería. Después trabajó —casi gratis— con joyeros que habían utilizado su talento y su disposición a cambio de unos pocos conocimientos y muchas horas de práctica no remunerada. Pero era despierta y había asimilado lo que le enseñaron y también lo que no. Al fin, tres años antes, su marca Klarity había visto la luz y estaba despegando en ventas. Sus piezas combinaban diamantes —eran unas piedras que la fascinaban— con otros tipos de materiales, nobles y menos nobles. Sus diseños, modernos y vanguardistas, hacían las delicias de aquellas personas a las que no interesaban las joyas tradicionales. Pero le estaba costando arrancar económicamente, debido al préstamo solicitado para comenzar el negocio.

Alberto Macías, el que fuera su mejor profesor en la escuela de joyería y orfebrería, y con el que mantenía contacto regular, le había recomendado que, de forma paralela a su línea principal, sacara otra más convencional.

Página 7

A media mañana, cuando le pasó a Fátima, su ayudante, unos pendientes, los últimos que acababa de elaborar, el timbre del taller sonó con estridencia. Se sobresaltó, pues no esperaba a nadie.

Con cautela, se asomó a la mirilla y sonrió al descubrir a su antiguo profesor ante la puerta. A veces solían verse para tomar un café juntos, pues él ya estaba jubilado, pero era muy raro que acudiera al taller.

—¡Alberto! ¡Qué grata sorpresa!

—Espero no ser inoportuno.

—Tú nunca lo eres. ¿Quieres un café? Puedo pedirle a Fátima que baje al bar por ellos.

Lo precedió hasta el pequeño despacho adjunto al taller, donde realizaba sus diseños y elaboraba todo lo relacionado con la contabilidad y demás tareas administrativas.

—No hace falta, no vengo a desayunar, sino a hablar de negocios — respondió el hombre aceptando la silla que Clara le ofrecía.

—¿Negocios? ¿Tú? Pero si ya estás felizmente jubilado. —Exacto, por eso he pensado en ti, mi alumna favorita. —¿Para qué?

—Para hacer lo que siempre te he recomendado: crear una línea de joyas paralela a la de Klarity.

—Ya hemos hablado de eso.

—Pero no con una oferta en firme. Supongo que conoces la cadena de joyerías Alver.

—¡¿Quién no?!

Se trataba de una cadena con sucursales en todas las grandes ciudades del país. Los Alver eran numerosos hermanos, hijos y sobrinos que habían extendido su imperio por cada una de las comunidades autónomas.

—Pero los Alver se caracterizan por sus joyas artesanales y muy muy clásicas.

—Así es, pero uno de los miembros de la última generación quiere innovar un poco, y han acudido a mí para que les indique a quién ofrecer la oportunidad de hacer la nueva colección.

—¿Les has mencionado mi nombre?

—Todavía no. Primero quería hablar contigo para saber si estás interesada.

—¿Quién rechazaría un contrato con los Alver, si quieren modernizar sus joyas? Estaría loca si lo hiciera, ¿no?

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—No te entusiasmes, solo quieren innovar «un poco». No aceptarían tus joyas habituales, deberías darles un toque más sobrio. Diamantes con metales nobles, nada de introducir esmaltes ni piedras semipreciosas, ni las formas extravagantes que tanto te gustan. Sobriedad y sencillez, con un toque moderno.

—Ya. ¿Crees que puedo hacerlo?

—Si lo dudara no estaría aquí.

—Me lo pensaré.

—No tienes mucho tiempo. Como mucho una semana para aceptar o rechazar el encargo. Deberías presentar un conjunto de anillo, brazalete, pendientes y collar. Si lo aceptan, tendrás un contrato en exclusiva con ellos para ampliar la línea y, por supuesto, sería tu marca, pero la venderían en todas sus joyerías a nivel nacional.

—Una oferta que me lanzaría del todo al mercado.

—Sí. Una oportunidad única.

—De acuerdo. Empezaré a diseñar algo de ese estilo y en unos días te respondo.

—Puedes hacerlo, Clara.

—Gracias por pensar en mí.

—Te lo mereces. Ahora te dejo, tienes trabajo que hacer y yo voy a continuar con mi paseo matinal de jubilado feliz.

Alberto se marchó y Clara se enfrentó a uno de los retos más difíciles de su vida. Conocía las joyas de los Alver y debía fusionar el estilo con el suyo. Una ardua tarea.

Clara había pasado todo el día realizando bocetos que no la convencían. Cuando terminó la jornada de mediodía en el taller —era el horario habitual, de nueve a dos, aunque con frecuencia no se cumplía de forma estricta—, se fue a su casa y continuó allí. Buscaba ideas en internet, contemplaba las joyas de los Alver una y otra vez para inspirarse, pero no conseguía fusionar los dos estilos de forma convincente.

Se estaba desesperando cuando su amiga Rocío, a la que conocía desde que estuvo alojada en su casa durante la época del bachillerato, le escribió un mensaje de WhatsApp proponiéndole una videollamada. Apartó el bloc de diseño dispuesta a aceptar.

Página 9

Conocía a Rocío desde hacía catorce años, cuando se alojó en casa de los padres de esta durante los dos años que estuvo estudiando el Bachillerato de Arte. En su pueblo natal de la sierra de Córdoba, esa opción de bachillerato no existía y sus padres se negaron a que fuera sola a la capital. Consuelo, la madre de Rocío, había sido amiga de la suya antes de casarse y se ofreció a alojarla en su casa de Cádiz durante el periodo de estudios. Las dos chicas compartieron habitación y confidencias, a pesar de los tres años de diferencia que había entre ellas, y se hicieron buenas amigas.

No había sucedido lo mismo con Jaime, el hermano mayor, de la misma edad de Clara y compañero, además, del Bachillerato de Arte. Las continuas discusiones entre ambos —aunque nunca delante de los padres, pues Clara era muy consciente de lo mucho que debía agradecerles el alojamiento, y la oportunidad de estudiar que le estaban ofreciendo— habían sacudido las aulas del instituto con frecuencia. Aunque estudiaban lo mismo, tenían una visión diferente del arte y de la vida. Bastaba con que uno dijera blanco para que el otro se posicionara en el negro más intenso. Eran como el agua y el aceite, y no se soportaban.

Rocío nunca había tenido claro a qué quería dedicarse y había saltado de unos estudios a otros con poco acierto y constancia. Al final, parecía que la FP parcial para adultos en vitivinicultura estaba siendo la opción definitiva, y le permitiría ocuparse de la gestión de la pequeña bodega familiar.

La cara redondeada y pecosa de su amiga en la pantalla la animó, como siempre le sucedía.

—Hola, Rocío. ¿Cómo estás?

—Bien. Con ganas de un rato de charla. Espero que tú también.

—La verdad es que sí necesito desconectar. Me encuentro un poco agobiada.

—¿En el terreno profesional o sentimental?

—Profesional. Mi corazón se está tomando un respiro después de haber cortado con Sebastián. Durante una buena temporada no quiero ver un hombre en mi casa ni en mi cama.

Sebastián había sido su novio durante tres años, y había acabado saturándola. Era demasiado intenso, no le dejaba espacio. Insistía en que se vieran a diario, en dormir juntos con demasiada frecuencia y se enfurruñaba como un niño cuando le sugería un día sin quedar. Ella no era

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en absoluto metódica, le gustaba un poco de caos a su alrededor, no tenerlo todo planeado; cambiar de opinión si se le antojaba o quedarse en el taller trabajando cuando le apetecía. Algunos días trabajaba tres horas y otros doce. Odiaba las rutinas y las obligaciones diarias. Para eso era su propia jefa y gestionaba los horarios a su conveniencia.

Con su relación amorosa le pasaba igual, podía pasar un par de días sin separarse de su chico, y a veces no le apetecía verlo en toda una semana. Cuando Sebas empezó, primero a sugerir y después a insistir, en que se fueran a vivir juntos, sintió tal pánico que puso fin a la relación un año atrás. No se había arrepentido ni un solo segundo.

—¿Qué te pasa en el terreno profesional? —preguntó su amiga con interés.

—Me han ofrecido una oportunidad de oro y no creo que pueda aceptarla.

—¿Por qué?

—Se trata de diseñar una colección para una cadena de joyerías de las más importantes de España, pero no sé si seré capaz de realizar lo que me piden.

—¿Y eso?

—Porque desean un término medio entre lo que yo hago y la joyería tradicional. Llevo todo el día haciendo diseños y tirándolos a la papelera. Cuando les meto algo más convencional no me gustan, y cuando me dejo llevar por la imaginación sé que no le gustarán al cliente. Lo malo es que solo tengo unos días para decidir si acepto o no el encargo.

—¿Qué pasará si no lo aceptas?

—Que seguiré vendiendo lo justo y necesario para vivir y pagar el préstamo del banco, pero con ese contrato podré estar tranquila, pagar publicidad y arriesgar incluso más en mi colección de Klarity. Tengo unas ideas fantásticas, pero, de momento, no me atrevo a llevarlas a cabo hasta consolidar más la marca y mis ingresos.

—Tal vez deberías contratar a alguien que te ayude con el diseño. Alguien con una visión más clásica que la tuya, y que complemente «tu creatividad».

—¿Y dónde encuentro a alguien así?

—Por ejemplo, mi hermano.

—¿Tú estás loca? ¿Jaime? Tu hermano no es diseñador de joyas.

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—No, tiene un grado en diseño del producto, por lo que es capaz de diseñar cualquier cosa.

—Pero trabaja en la bodega de tu familia.

—Y, aparte de diseñar unas botellas chulísimas y unos botelleros que son una pasada, del resto no tiene ni idea. No hace más que meter la pata, y de eso me doy cuenta ahora que estoy haciendo los cursos de vitivinicultura. O deja la bodega o la puede llevar a la ruina. Además, sé que está amargado, que odia su trabajo aquí. Lamenta cada día el momento en que dejó su empleo como diseñador en la fábrica de muebles, para ayudar a mi padre. Por eso este nunca va a decirle que se vaya, pero ahora yo puedo ocuparme de la bodega, con más conocimientos que él.

—Pero ¿joyas?

—¿Por qué no? Ha diseñado botellas, etiquetas, muebles para casa y la bodega, hasta sus propios zapatos…, todo lo que se proponga, y es bueno. Tú sabes que lo es, y lo bastante clásico y convencional para suavizar tus creaciones.

—Nos mataríamos trabajando juntos, Rocío. Nunca nos hemos soportado. Tus padres no lo sabían porque en tu casa nos ignorábamos, pero tú estabas al tanto. Nuestras discusiones eran legendarias en el instituto.

—¡Teníais dieciséis años, los dos estabais en plena y turbulenta adolescencia! Ahora sois dos adultos y seguro que podéis limar asperezas del pasado y conciliar un trabajo en común, porque ambos os necesitáis.

—¿Nos necesitamos?

—Por supuesto. Tú a alguien que te ayude a diseñar una colección de joyas, y él salir de la bodega. Dale una oportunidad. Si no te convence, siempre puedes despedirlo y que vuelva a casa.

—Me lo pensaré.

—Nos harías un favor a todos, incluida tú. Ahora te dejo, me llaman para cenar.

—Ni media palabra de esta conversación. Si decido contratarlo, ya hablaré yo con él.

—Por supuesto. Un beso, Clara.

—Adiós, Rocío.

Apagó la pantalla y contempló el bloc abierto sobre la mesa. Un colgante con un fino y liso cordón de oro y, pendiendo de él, un diamante en forma de pera, tachado y vuelto a tachar. ¿Podría Jaime ser el hombre

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que necesitaba? ¿Serían capaces de trabajar juntos? La enemistad se había generado entre ellos desde el primer encuentro, pero diseñando no era malo, si se tenía en cuenta que nunca arriesgaba. Todo lo contrario que ella.

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Capítulo 2

Octubre de 2010, Cádiz

Clara había llegado a Cádiz a media tarde en compañía de sus padres. Iba a alojarse en casa de una amiga de su madre —de la que había oído hablar toda la vida, pero a la que no conocía— durante los dos años que durase el Bachillerato de Arte, que estudiaría en la ciudad. Aunque las dos mujeres se habían visto con cierta frecuencia, siempre solas y sin la familia.

Clara hubiera preferido una residencia de estudiantes en Córdoba, y regresar a su casa los fines de semana, pero sus progenitores no quisieron ni oír hablar del asunto. Si quería estudiar un bachillerato diferente al que ofrecía su pueblo, debía hacerlo en Cádiz y con la supervisión de Consuelo.

Tanto esta como Enrique, su marido, recibieron a los recién llegados con afecto y agrado. Después, las dos amigas estuvieron charlando durante un buen rato para ponerse al día, aunque se llamaban por teléfono con cierta asiduidad. Después, los cordobeses se despidieron y dejaron a su hija para que se instalara en la que sería su casa durante el periodo de estudios, con excepción de las vacaciones y, tal vez, algunos fines de semana. Clara había afirmado que no tenía intención de recorrer los trescientos cincuenta kilómetros de distancia cada sábado para regresar el domingo.

Consuelo la llevó hasta el que sería su dormitorio, compartido con su hija Rocío, de trece años: una amplia habitación de dos camas en la que Clara se sintió a gusto de inmediato.

—Lamento no disponer de una habitación solo para ti; pero mi hija es una chica muy sociable y simpática. Seguro que os lleváis bien.

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—No te preocupes, estoy convencida de que será así.

Estaba dispuesta a poner todo de su parte porque no soportaría el Bachillerato de Ciencias al que estaría condenada si se quedaba en el pueblo.

—Rocío está en la playa con sus amigos, llegará en breve. Ya le he dicho que esté aquí a la hora de la cena para darte la bienvenida y que os conozcáis. Jaime no sé cuándo llegará, pero, de todas formas, a él lo conocerás mucho porque iréis al mismo instituto; también estudiará bachillerato artístico.

—Estupendo. Podremos ayudarnos uno al otro con las tareas.

Esa era su intención, pero la realidad fue otra desde el primer momento.

Jaime llegó después de la cena y coincidieron en el corredor, cuando Rocío y ella se dirigían a su habitación dispuestas a charlar un rato a solas para conocerse mejor.

Era un muchacho alto y con aspecto de deportista, con el pelo algo más largo de lo que dictaba la moda, y una estudiada sombra de barba cubriéndole el mentón. Y unos increíbles ojos azul oscuro, que se posaron en ella con desprecio. Era guapo y lo sabía; vestía un pantalón vaquero de marca, también unas zapatillas deportivas de las más caras del mercado y una camisa blanca. Demasiado arreglado para una tarde de octubre, calurosa como aquella.

—Jaime —dijo Rocío, haciendo las presentaciones—. Ella es Clara.

Ha llegado esta tarde.

—La ocupa —masculló entre dientes, observando casi con repugnancia el vaquero corto y agujereado de forma estratégica para no mostrar más de lo decente, y el top que enseñaba el ombligo.

—¡Jaime! —lo recriminó su hermana, incómoda por el comportamiento poco amistoso que había mostrado.

Clara iba dispuesta a llevarse bien con todos los habitantes de la casa, pero algo se rebeló en su interior ante la presencia y el desaire de aquel adolescente estúpido y engreído.

—No soy ninguna ocupa, sino una invitada de tus padres. Ellos han sido muy amables conmigo al alojarme.

—Pues que te aguanten ellos. Yo no pienso hacerlo. En el instituto ni te acerques a mí.

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—Será mutuo, no te preocupes. No tengo ninguna intención de relacionarme con alguien tan grosero como tú, aunque me aloje en tu casa. El masoquismo no me va.

Rocío tiró de la mano de Clara y entraron en la habitación para evitar que siguieran increpándose. Esta se sentía ofendida e insultada, no solo por las palabras, sino también por la mirada de desprecio y superioridad de aquel engreído.

—No se lo tengas en cuenta, no es nada contra ti. Está enfadado porque esta era su habitación y ha debido cambiarse a la mía, que es más pequeña y no caben las dos camas.

Trató de suavizar la irritación que sentía hacia el hijo mayor de la casa por su comportamiento descortés. Debería convivir con él durante dos años, y, a fin de cuentas, estaba en su casa y ella solo era una invitada.

—Puedo dormir en un sofá, si esto va a causar molestias a tu hermano.

Se lo diré a tu madre. No quiero ser «la ocupa».

—No aceptará. Jaime ya lo ha sugerido y nadie le ha hecho el menor caso. Dormirás aquí conmigo, y a mí me encanta la idea. Seguro que en seguida se le pasa y hacéis buenas migas.

«Lo dudo. Es un gilipollas integral, y si mantiene sus palabras de ignorarme en el instituto, mucho mejor para todos».

Esa fue solo la primera de las muchas discusiones que tuvieron en los dos años siguientes.

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Capítulo 3

2024

Eran las seis de un caluroso día de septiembre y Jaime esperaba con impaciencia la hora de marcharse a casa. Las tareas en la bodega en aquellas fechas eran múltiples y agotadoras y, aunque no le agradaban en ninguna época del año, en otoño su desagrado aumentaba. No le gustaba elaborar el vino, ni las catas, ni el embotellado. Por fortuna, su hermana estaba siendo un gran apoyo en todo eso desde que empezó los estudios un par de años atrás.

Cuando le sonó el teléfono, sintió alivio de tener una excusa para salir de la sala de prensado. El olor de la uva machacada, que les había llegado en camiones desde los campos donde la adquirían, le desagradaba cada vez más. No era un olor repugnante, pero él no lo soportaba.

No conocía el número, pero respondió.

—¡Dígame!

—¿Jaime?

La voz femenina le resultaba familiar, pero no conseguía ubicarla. —Sí, soy yo. ¿Quién llama?

—Soy Clara. Clara Silva, no sé si te acuerdas de mí.

Contuvo un bufido.

—Estuviste alojada en mi casa dos años; por supuesto que me acuerdo. Si quieres hablar con Rocío, no se encuentra aquí en este momento, llegará en un rato.

—Es contigo con quien deseo hablar, ella me ha dado tu número. —¿Conmigo? ¿Estás segura?

—Soy un poco caótica, pero no suelo confundir los destinatarios de mis llamadas telefónicas.

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—Pues tú dirás —dijo tratando de ser cortés y pensando en qué tripa se le habría roto para llamarlo tantos años después de que se fuera.

—Sé por Rocío que trabajas en la bodega de tu familia, y que no te agrada demasiado.

—Mi hermana es una bocazas —dijo ceñudo—. Esa información no debería haberla compartido contigo. Si estoy a gusto o a disgusto, es asunto mío.

—No te enfades con ella, si lo ha hecho es porque, tal vez, yo pueda ofrecerte un empleo que te interese.

—¿Un trabajo? ¿Tú a mí? —preguntó escéptico.

—Rocío me ha convencido de que eres la persona idónea para el puesto, pero si vas a ponerte borde, cuelgo ahora mismo y lo olvidamos.

—No voy a ponerme borde, es solo que no entiendo ni qué clase de empleo me puedes ofrecer ni el motivo de que lo hagas.

—Eres diseñador, ¿no? O eso me dijo tu hermana.

—Diseñador del producto, sí.

—Yo tengo una empresa de joyería y debo contratar a alguien con una visión, digamos convencional, del mundo. Si estás interesado, nos vemos en persona y te explico mejor. Si no es así, olvidemos esta conversación.

—¿Me estás ofreciendo un empleo como diseñador?

—Sí. —«¿Qué es lo que no has entendido?»—. ¿Te interesa o no?

—¿Por qué yo?

—Ya te lo he dicho, necesito alguien con una visión menos vanguardista que la mía para una colección.

No se lo podía creer. ¿Clara Silva se estaba bajando las bragas y pidiéndole ayuda al «soso»? ¿Al que no arriesgaba en sus diseños? Eso, como mínimo, merecía una conversación cara a cara. Quería ver su rostro cuando se lo dijera.

—De acuerdo, en principio, estoy interesado. Pero necesito saber más; si voy a dejar mi empleo en la bodega, no lo haré sin conocer a fondo la propuesta, ni las condiciones.

—¡No te hagas el mártir! Estás hasta las narices, por no decir otra parte menos delicada, de tu empleo actual. ¿Cuándo nos vemos? Lo antes posible, me urge un poco saber si cuento contigo o no.

—¿Mañana? Puedes venir a casa y de paso saludas a mis padres.

Seguro que les apetece verte, ellos te cogieron cariño.

Página 18

—Prefiero que no sepan nada de momento. Ya iré a visitarlos en otra ocasión. ¿Puedes acercarte tú a Córdoba?

—De acuerdo, iré yo. A ser posible por la tarde. Es una época de mucho ajetreo en la bodega y quisiera faltar lo menos posible, por si no me interesa tu oferta.

—¿Te parece bien a las seis? ¿O más tarde?

—Las siete mejor.

—De acuerdo. Te paso la ubicación de mi taller.

—Hasta mañana, Clara.

—Hasta mañana.

Cortó la comunicación. ¿La llamada había sido real o la había soñado? Hacía casi doce años que no veía a Clara. Rocío había mantenido contacto con ella, pero él se había visto encantado de librarse de su molesta presencia en la casa y en el instituto. Había sido un incordio durante los dos años de bachillerato, y ahora ¿iba a trabajar para ella? ¿O con ella? No lo creía posible, al menos no sería fácil. La gente no cambiaba y ellos eran como el agua y el aceite. Pero regresar al olor de la uva prensada no era mejor opción. Escucharía la oferta y ya decidiría.

Jaime se dirigió a la dirección facilitada por Clara, con escepticismo. No terminaba de creerse la sugerencia de trabajo que le había ofrecido. La última vez que se vieron no fue precisamente agradable, y se había sentido aliviado de no tener que encontrarse nunca más. Habían pasado mucho tiempo y no sabía cuánto había cambiado la adolescente que se alojó en su casa en el pasado. No obstante, no pensaba ignorar una posibilidad, por remota que fuera, de salir de la bodega familiar y de abandonar un trabajo que lo tenía bastante amargado. Si Clara le daba la oportunidad de volver a diseñar, algo que añoraba mucho, pondría de su parte ara que la relación laboral funcionase.

El taller estaba situado en uno de los barrios más modernos de la capital cordobesa. Llamó al timbre a la hora acordada, y pocos segundos después la puerta se abrió dando paso a una mujer qué apenas le recordaba a la chica que se alojó en su casa años atrás. Menuda, esbelta, pero toda una mujer. Sin embargo, algo no había cambiado: seguía vistiendo una camiseta que, sin duda, mostraría el ombligo al menor movimiento. Ese

Página 19

ombligo que tanto le había fastidiado contemplar en el pasado y que trajo de cabeza a algunos chicos de la clase.

Por un momento se miraron a los ojos, reconociéndose al fin en el hombre y la mujer en que se habían convertido los adolescentes de antaño.

—Hola, Clara. Aquí estoy.

Ella se hizo a un lado, franqueándole la entrada.

—Pasa.

Accedieron a un taller provisto de diverso material, que intuía debía utilizarse en joyería. Al fondo, se encontraba un pequeño despacho, en el que entraron.

—Siéntate —ofreció Clara, señalando una silla situada frente a la mesa. Ella ocupó el sillón tras la misma.

—Tú dirás —inquirió Jaime, aceptando el asiento ofrecido. Deseaba ir al grano, no tenía mucho tiempo si quería regresar esa misma noche a la bodega.

—Directo al meollo de la cuestión.

—No me gusta andarme por las ramas. No dispongo de toda la tarde, pretendo regresar esta misma noche a Cádiz.

—No has cambiado, sigues siendo el mismo cagaprisas de siempre. —No soy ningún cagaprisas, solo un hombre responsable que todavía

trabaja en una bodega, que en esta época está en plena temporada activa.

—Pero no te importará dejar el empleo.

—No, si tu oferta es lo bastante tentadora. Pero, mientras no lo haga, sigue siendo mi trabajo.

—Está bien, voy a comentarte con más detalle el puesto que te ofrezco. Hace tres años inauguré este taller y he lanzado al mercado una línea de joyas poco convencionales. Pero, aunque se venden bien, me ha surgido la posibilidad de sacar una línea un poco más clásica, que combine mis diseños con otros menos audaces. Es para eso para lo que te necesito. Tú siempre has sido más clásico en tus creaciones, al menos por lo que recuerdo del instituto.

—Más soso, creo que esa era tu palabra para definirme.

—Llámalo como quieras, pero es lo que me pide el cliente.

—¿Estás dispuesta a vender tu creatividad en aras del dinero? No es esa la Clara que yo recuerdo.

—La Clara que tú recuerdas no tenía que pagar facturas a final de mes.

—De modo que tu taller de joyería no va bien.

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—No va mal, pero podría ir mejor. El contrato con una cadena de joyería puntera a nivel nacional me permitiría dedicar más tiempo y medios a la colección que realmente me interesa: se llama Klarity y es cien por cien de mi estilo.

—Entiendo. Me necesitas para que cree una colección totalmente distinta a la que vendes ahora.

—No es exactamente así. Tendríamos que hacer algo a medio camino entre tu estilo y el mío.

—¿Los dos?

—Es la idea. Combinar ambos.

—¿De verdad crees que podremos? Nunca fuimos capaces de trabajar juntos. La única vez que nos obligaron a hacerlo en el instituto nos suspendieron a los dos.

—Eso fue hace mucho tiempo y debes reconocer que solo queríamos molestarnos el uno al otro. Entonces no teníamos nada que perder.

—Solo una buena nota de clase.

—Por entonces, eso era secundario.

—Lo sería para ti, a mí me importó que me suspendieran por tu culpa —protestó Jaime.

—Fue culpa de los dos, no solo mía.

—Hiciste un diseño espantoso solo para cabrearme.

—Y tú uno imposible de integrar con el mío. No niegues que tu intención era fastidiarme a mí.

—Lo cierto es que nuestra discusión fue tan aparatosa que el profesor no aceptó ninguno de los dos y nos suspendió la evaluación a ambos — recordó Jaime.

—Pero no por el trabajo en sí, sino porque fuimos incapaces de trabajar en equipo.

—Y por los gritos que dimos. Que tú diste, en realidad.

—No puedes echarme a mí la culpa de eso, tampoco tu tono de voz era bajo.

—¿Y crees que ahora podríamos hacer lo que no conseguimos en el pasado?

—Dímelo tú, para eso estás aquí.

—Depende de la oferta que me hagas.

—Un sueldo bajo y el veinticinco por ciento de lo que pague la cadena de joyería por los diseños si los aceptan.

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—Prescinde del sueldo, quiero el cincuenta por ciento de lo que paga la joyería por la colección y por cada pieza que se pueda fabricar en el futuro. También que mi nombre figure como diseñador junto con el tuyo. De igual a igual. Si vamos a crear una colección conjunta, quiero el mismo reconocimiento que tú y, por supuesto, los mismos ingresos. Creo que es la única forma de que podamos trabajar juntos. De tu otra línea de joyas no quiero nada.

—Pides demasiado. El taller y la empresa son míos.

—Y la colección a crear sería de los dos; lo tomas o lo dejas.

—Está bien. Supongo que será suficiente incentivo para que no quieras fastidiarlo todo.

—Espero que también sea lo bastante importante para ti como para enterrar el pasado y que podamos trabajar juntos.

—Ya somos adultos, Jaime. Y los dos estamos interesados en que esto salga adelante. ¿Serás capaz de diseñar joyas?

—Soy capaz de diseñar cualquier cosa. ¿Serás tú capaz de aceptar mis ideas?

—Lo haré.

—En ese caso, tenemos un acuerdo.

—Aceptaré el encargo de los Alver y redactaré un contrato con las condiciones. ¿Cuándo puedes incorporarte?

—Tan impulsiva como siempre. ¿Qué pasará si no aceptan nuestros diseños? No dejaré la bodega hasta estar seguro de eso. Propongo que hagamos un boceto y se lo presentemos al cliente. Si lo acepta, seguimos adelante, y si no, pues me vuelvo a Cádiz. Cogeré una habitación en un hotel durante un par de días.

—Y tú tan conservador. De acuerdo, diseñemos al menos una de las piezas de la colección para que aprueben la línea y ya después decidimos. ¿Cuándo puedes venir?

—Dame un par de días. ¿Disponemos de ese tiempo?

—Muy bien. Nos vemos en tres días.

—Hasta entonces.

Se separaron sin darse siquiera la mano. Ambos estaban dispuestos a hacer la prueba. Jaime no pensaba lanzarse de cabeza a una aventura semejante sin tener la certeza de que lograrían trabajar juntos. Todavía, a pesar de los años transcurridos, no había olvidado aquella escultura en barro que debían realizar entre los dos y que acabó en desastre.

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Capítulo 4

2010, Cádiz

Llevaban dos meses de curso en los que se habían ignorado educadamente en la casa para no crear incomodidad entre los miembros de la familia. No lo habían acordado así, pero ambos respetaban las formas y, aunque apenas se dirigían la palabra, cuando lo hacían era de forma correcta. Consuelo y Enrique no merecían tener una continua batalla bajo su techo.

No sucedía lo mismo en el instituto. Pronto quedó patente que, aunque estudiaban el mismo bachillerato artístico, tenían un concepto muy distinto del arte y de su interpretación.

A Jaime le irritaba la indumentaria de Clara, basada en pantalones rotos —o en otros muy rotos— y tops, camisetas o jerséis que siempre mostraban el ombligo. Un ombligo que parecía fascinar a algunos de los miembros masculinos de la clase. No a él. Él tenía suficiente con el ombligo de Paloma, una de las amigas de su pandilla con la que salía desde hacía unos meses y que solo mostraba en privado. Una chica tan convencional como él tanto en el vestir como en sus ideas y comportamiento.

Al finalizar el primer trimestre, el profesor de dibujo aplicado al diseño tuvo la nefasta idea de reunirlos para bocetar una escultura femenina que deberían ejecutar como trabajo conjunto para la evaluación. Imaginaban que con la intención de combinar dos formas tan diferentes de entender el arte.

Jaime bocetó una mujer de fabricar en barro. Preciosa, de

cabello largo sentada en una piedra, para líneas estilizadas y armoniosas. Clara se

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presentó con una propuesta de líneas angulosas y un enorme agujero donde debería estar la cara, para ejecutarla con materiales reciclados.

El profesor contempló ambos diseños y los llamó a su mesa.

—Veo que no entendéis la prueba. Habéis realizado dos diseños y muy diferentes entre sí. No es esa la idea de un trabajo en equipo. Tenéis que crear uno solo, entre los dos. Seguro que podéis lograr algo intermedio que nos satisfaga a los tres.

«Ni de coña voy a hacer algo tan clásico como una versión de La Sirenita con piernas», pensó Clara. «Eso ya se ha hecho mil veces».

«Está loca si cree que voy a participar de ese esperpento. No transigiré de ninguna forma», decidió Jaime.

Se encontraron al final de la clase, cuando el profesor abandonó el aula.

—Bueno, ya lo has oído —argumentó Clara con fastidio—. Hay que hacer cambios en los diseños.

—Sí, adaptar el tuyo al mío. No aceptaré otra cosa.

—¡Ni por asomo! No participaré en algo tan cutre como una damisela lánguida mirando al horizonte.

—Ni se te ocurra pensar que yo haré una mujer de hojalata y plástico. ¡Y sin cara!

—Simboliza a todas las mujeres del mundo, de todas las razas, estatus y condiciones.

—Eso no es una mujer, sino un esperpento. Tu escultura no es arte. —Tu concepto del arte se quedó en el cinquecento italiano. ¡El mundo

ha avanzado desde entonces, las damiselas se han convertido en mujeres! —¡Si es así como ves a la mujer actual, mal va la humanidad, porque

no habrá hombre que quiera reproducir la especie con ellas!

—No entiendes el nuevo concepto de escultura. ¡Estás obsoleto! Eres un anticuado, un viejo en ciernes.

—A mucha honra. En cambio tú, no tienes ni un ápice de femenina. —Si por femenina entiendes ser el tipo de mujer que te gusta, por

descontado que no quiero serlo.

Las voces se iban alzando en el calor de la discusión. Se fulminaban con la mirada, expresando con los ojos toda la animadversión que sentían por el otro.

Apenas eran conscientes de que estaban traspasando la línea de los conceptos artísticos para pasar a lo personal, pero no podían parar. Y, por

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supuesto, ninguno estaba dispuesto a dar su brazo a torcer y modificar el diseño que habían ideado.

El resto de los compañeros de clase los rodeaban con expectación haciendo incluso apuestas mentales sobre quién ganaría. No ganó ninguno, apareció el siguiente profesor sin que hubieran llegado a un acuerdo. Sin que siquiera tuvieran la intención de hacerlo.

Cada uno elaboró una escultura según su diseño inicial y presentaron las dos al finalizar el trimestre. Jaime, una bella y estilizada figura de barro, de treinta centímetros de altura, y Clara una elaboración tosca y angulosa, que igual podía ser una mujer que un hombre, sin rostro, sin cabello y sin forma.

El profesor se negó a aceptar ninguna de ellas y les suspendió la evaluación por no haber trabajado en equipo. Los dos culparon al otro y la brecha que los separaba se abrió aún más.

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Capítulo 5

2024

Jaime llegó de madrugada a Cádiz. Ya no vivía en la casa familiar, hacía años que se había independizado, pero residía cerca, y acudía cada mañana al trabajo. Rocío, en cambio, había regresado con sus padres después de recorrer varias ciudades en diferentes estudios, sin haber completado ninguno.

Aquel día se dirigió al domicilio familiar antes de iniciar la jornada. Quería encontrar a todos reunidos a la mesa del desayuno para hacerles partícipe de la decisión que había tomado. Cuando informó de que se tomaba la tarde libre no dio demasiadas explicaciones del motivo, salvo que necesitaba hacer algunas gestiones. Solo su hermana conocía la verdadera razón.

—Buenos días —saludó entrando en el comedor—. ¿Hay un café para

mí?

—Por supuesto, hijo —afirmó Consuelo—. Siéntate. ¿Tostadas? —No, solo café. Ya he desayunado antes de salir.

—Podías haber esperado y hacerlo con nosotros —reprochó la mujer —. Eres un impaciente.

«Cagaprisas», recordó la palabra con que lo había calificado Clara la tarde anterior.

—Tengo hambre cuando me levanto. Lo primero que hago es alimentarme.

Se sirvió de la cafetera que había sobre la mesa y contempló a su familia.

—No he venido solo a desayunar con vosotros —dijo sin más dilación. Había trabajo que hacer y el tiempo apremiaba para dejarlo todo listo antes

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de marcharse—. Tengo que comunicaros que es posible que deje de trabajar en la bodega. Me han ofrecido un empleo como diseñador y, si no os causa demasiado problema, voy a aceptar.

Miró a su padre y a su hermana, esperando una respuesta. Consuelo no se inmiscuía en la actividad vinícola.

—La bodega no es lo tuyo, Jaime, siempre lo hemos sabido —afirmó Enrique—. Te agradecemos mucho el sacrificio que hiciste al renunciar a tu anterior trabajo para ayudar aquí, en una época de vacas flacas en que yo no podía con todo. Pero ahora las cosas han mejorado, está Rocío para ocupar tu puesto y también podemos contratar a alguien en la temporada alta. Es justo que aproveches esta oportunidad.

—Gracias, papá. Aún no es definitivo, voy a estar, digamos a prueba, unos días. Ni que decir tiene que, si en algún momento hace falta que vuelva… la familia es lo primero.

—Ni te lo plantees —rechazó su hermana—. Nos las apañaremos sin

ti.

—Supongo que ese empleo es el asunto por el que cogiste ayer la tarde libre —indagó Consuelo—. Estoy segura de que superarás la prueba.

—Sí, me desplacé a Córdoba para una entrevista. No os dije nada porque no tenía muchas esperanzas de conseguir el puesto.

—Imagino que todo fue bien, que llegasteis a un acuerdo —comentó Rocío con una sonrisa burlona.

—Más o menos.

—¿Qué vas a diseñar? —preguntó Consuelo con curiosidad.

—Joyas. Y la persona con la que trabajaré, la que me ofrece el empleo, es Clara.

—¿Nuestra Clara?

—Yo no la considero mía.

—Ya sabemos que no os hicisteis íntimos cuando estuvo aquí. Pero para nosotros es alguien muy especial.

—Éramos jóvenes y testarudos. —«Ella más que yo»—. Pero creo que ahora nos llevaremos bien. Vamos a crear una colección de joyas conjunta. Si una importante cadena de joyería acepta los diseños, trabajaremos juntos.

—Seguro que será fantástica y la aceptarán. Me compraré alguna, seguro —informó Rocío, entusiasmada.

—Espera a que la hagamos. Todavía es solo un proyecto.

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—Y los dos vais a poner de vuestra parte para sacarlo adelante, ¿verdad?

—Por supuesto —aseguró—. De momento estaré un par de días en Córdoba, y si todo sale bien, me trasladaré a vivir allí. En ese caso, te traspasaría los temas que llevo de la bodega —dijo a su hermana.

—Estupendo. Puedo ayudarte a buscar casa, porque imagino que no te alojarás en la de Clara.

—¡Ni por asomo!

—¿Ni siquiera ese par de días de prueba? —preguntó Enrique.

—No; buscaré un hotel. Con una vez que conviví con ella tuve suficiente para catorce vidas.

—Exagerado —rebatió su hermana—. No fue para tanto.

—¡Si tú lo dices!

—¿Cómo está? Hace dos o tres años que no la vemos, aunque sabemos de ella por Rocío —se interesó Enrique.

—Bien. Tiene un taller de joyería y parece sana. —«Sigue enseñando el ombligo. Pensará que lo tiene bonito».

—¡Hijo! ¿No puedes ser más explícito?

—¿Qué quieres que te diga, mamá? Solo nos vimos un rato y hablamos de trabajo, no indagué en su vida privada. Seguro que mi hermana sabe más que yo, pregúntale a ella. Y ahora, si hemos terminado de desayunar, vamos, Rocío; tenemos trabajo.

Clara entró en el taller al día siguiente. Tenía sentimientos encontrados sobre la decisión de contratar a Jaime. No confiaba en que pudieran entenderse. Pero ya estaba hecho, no había marcha atrás, y tampoco tenía tiempo para buscar a otra persona. Deberían poner de su parte los dos para trabajar juntos, pero no estaba segura de que lo consiguieran.

Había algo en él, y no solo en el pasado, que le producía rechazo, que la impelía a desafiarlo, a rebatirle cualquier cosa que dijera, y debía controlarlo si querían llevar a buen puerto el proyecto que iban a iniciar.

Apenas se instaló en la mesa, llamó a Alberto para comunicarle que aceptaba el encargo de la colección para las joyerías Alver y que presentaría un proyecto en breve. Hecho esto supo que acababa de lanzarse

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al vacío y no tenía paracaídas. Solo esperaba encontrar un hipotético colchón al fondo del abismo para no estrellarse.

Media hora después llegó Fátima, su ayudante.

—Buenos días, Clara.

—Hola, Fátima. Tengo que comentarte una cosa.

—¿He hecho algo mal?

—No, no se trata de nada de eso.

—Es que estás muy seria.

Se preguntó si lo estaría, si era tan evidente su inquietud.

—Solo quiero anunciarte que es muy posible que en breve tengamos un compañero trabajando con nosotras.

—¿Vas a contratar a alguien más?

—Sí, he decidido aceptar la oferta de las joyerías Alver, que ya te comenté, y para eso necesito una visión más tradicional que la mía. Colaborará conmigo en el diseño y también contigo en la ejecución de las piezas, si nos aceptan los bocetos preliminares.

—¿Y por qué estás tan ceñuda? ¿Tienes reservas sobre el encargo o sobre el nuevo empleado?

—Sobre él. Lo conozco, fuimos compañeros en el instituto y nunca pudimos trabajar bien juntos.

—¿Por qué lo has fichado, entonces?

—Porque es bueno y no tengo mucho tiempo para encontrar a otro. Les dará a las joyas el enfoque que requieren los clientes. Pero no confío en que no nos tiremos algo a la cabeza en el proceso.

—¿A tanto puede llegar la cosa?

—Espero que no. Por si acaso, si escuchas gritos dentro del despacho, hazme salir con la excusa de una llamada o una consulta urgente. No me dejes llegar a nada extremo, por favor.

Fátima alzó las cejas.

—Creo que voy a estar muy divertida en el futuro, porque ¿va a trabajar aquí de forma permanente o solo mientras diseñáis la colección?

—Si los Alver aceptan los diseños, lo contrataré en firme. Habrá que fabricarlos y no serán exclusivos. Habrás más encargos una vez que los expongan en sus joyerías.

—Entiendo. Y puesto que fue compañero tuyo de estudios, imagino que debe ser joven.

—Sí, tiene solo unos meses más que yo.

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—¿Guapo?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes? Para eso basta con echarle una miradita. —Es Jaime. Nunca ha sido atractivo para mí, sino odioso. Tiene los

ojos azules, pero, por lo demás, es del montón. Creo.

—Ya juzgaré yo. Veo que sigues teniendo muchas reservas en su contra. ¿Son todas del pasado, o también del presente?

—No sé cómo es en el presente, no hemos tenido trato en doce años. —¿Cómo se te ha ocurrido pensar en él, entonces? —Me lo sugirió mi amiga Rocío. A ella la conoces.

La aludida había acudido en varias ocasiones a visitar a Clara y pasaba por el taller cada vez que lo hacía.

—¿Es su chico?

—Su hermano.

—Ajá. ¿El susodicho tiene pareja? ¿Está casado?

—Por lo que sé, casado no está o Rocío me lo hubiera comentado. Cuando lo conocí tenía una novieta muy modosita y muy pava llamada Paloma. Formaban una pareja bastante almibarada. Pero no sé nada de su vida amorosa en la actualidad. ¿Por qué lo preguntas? ¿Piensas ir a por él?

—Claro que no. Ya sabes que ando medio liada con Luis.

—Pero los chicos no te duran mucho.

—Es que no encuentro ninguno que no se me desinfle en pocos meses.

El mercado masculino está muy mal en la actualidad.

—Dímelo a mí. Después de Sebas estoy vacunada para un largo periodo de tiempo. No quiero un hombre cerca ni en fotografía.

—Lo malo es que tú lo aplicas también al sexo. Una cosa no quita la otra, mujer. Un polvete de vez en cuando como desfogue no te obliga a mantener una relación.

—Ni intentarlo, por si acaso me enamoro, que soy muy impulsiva. Es otro de los motivos por los que me he decidido a contratar a Jaime. No hay ningún peligro de que siquiera me guste. Es un repelente machito tradicional y conservador. —Hizo una mueca de desagrado—. Justo todo lo que no soporto en un hombre. Puesto que a él le pasa igual conmigo, no hay el menor riesgo. Ahora vamos a trabajar, quiero ir anotando algunas ideas, que con mucha probabilidad él tirará por tierra en cuanto las vea.

Entró en su despacho dispuesta a dejar volar su imaginación. Ya habría tiempo de hacer cambios cuando llegara su antagonista.

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Jaime dedicó un día a traspasar tareas a Rocío, para que se ocupara de todo lo que llevaba él hasta el momento, si dejaba la bodega. Después reservó una habitación para tres noches en un hotel no demasiado caro y dedicó todo un día a realizar un curso online sobre diseño de joyas. Aunque por sus estudios estaba capacitado para crear cualquier cosa, no pensaba permitir que Clara lo tachase de incompetente o poco informado sobre el tema. Se presentaría con conocimientos sobre la terminología, y la base del trabajo que debía realizar.

Cuando se trasladó a Córdoba, ya tenía una idea bastante definida de lo que pensaba proponer para la colección.

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Capítulo 6

2024

Jaime se presentó a las ocho en punto en el taller en la fecha acordada. Se alojaba en un hotel cercano y fue caminando hasta el lugar. Llamó a la puerta, pero nadie le respondió. Irritado marcó el número de teléfono de Clara para hacerle saber que estaba allí, pero esta no contestó la llamada.

Intentando no mandarla al diablo de forma inmediata y regresar a Cádiz, se acomodó en la terraza de un bar cercano, desde el que podía vislumbrar la entrada, y pidió un café. Esperaba que tuviera una buena excusa.

Casi tres cuartos de hora más tarde, cuando ya había pensado varias veces en marcharse, ella apareció. Con un pantalón desgastado y una camiseta que apenas le llegaba a la cinturilla del mismo, calzado deportivo y una mochila en la espalda. Parecía cualquier cosa menos una próspera empresaria de joyería.

Genio y figura, pensó.

Se apresuró a abonar la consumición y le salió al encuentro, uniéndose a ella ante la puerta.

—¡Jaime! ¿Ya estás aquí?

—Desde hace mucho rato —gruñó—. ¿Te sorprende? Te he llamado cuando llegué y no te has molestado siquiera en descolgar.

—Venía conduciendo, y no suelo responder a las llamadas mientras lo hago —explicó abriendo la puerta y entrando al taller. Él la siguió.

—¿Es esta la hora habitual de entrar al trabajo? Podías habérmelo dicho y no hubiera madrugado.

—No quedamos a ninguna en concreto; ni siquiera en un día determinado. Imaginaba que me llamarías cuando llegaras a Córdoba para

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precisar.

—Dijimos en tres días, si no recuerdo mal. Hoy es el tercero.

—¡Vale, Jaime! He olvidado tu forma de hacer las cosas. Yo no soy tan meticulosa ni con los horarios ni con las formas. A partir de ahora recuerda que la hora de entrar al taller es flexible. Yo procuro estar sobre las nueve y Fátima y tú podéis llegar después, dentro de un margen razonable.

—Define margen razonable.

—Pues de esa hora en adelante. Ella cuida de un padre enfermo y a veces duerme mal por las noches. Llega cuando puede; a mí, mientras haga su trabajo, me da lo mismo si se incorpora al taller antes o después.

—¡No me extraña que el negocio no vaya bien! Toda empresa, por pequeña que sea, necesita un orden y unas normas.

—Esta no. Y deberás recordar que serás el socio al cincuenta por ciento de la colección, pero la empresa es mía y las normas las pongo yo. Suelo estar aquí sobre las nueve, pero si un día no puedo, por lo que sea, y llegas antes que yo, te sientas en el bar y esperas a que aparezca. Yo te abonaré lo que consumas, si lo crees necesario.

—Puedo pagar un mísero café. Solo te agradecería que, si vas a venir más tarde, me avises con antelación para hacer lo mismo. No me gusta perder el tiempo. Los teléfonos móviles han de servir para informar de imprevistos y cambios.

—Tomar algo no es perder el tiempo. A mí me sirve para pensar y a menudo saco una buena idea de ello.

Jaime movió la cabeza con exasperación. No compartía en absoluto la opinión de Clara. A él le llegaban las ideas cuando se ponía a trabajar, no en los ratos de ocio. Cada cosa en su momento.

—Mejor vamos a la tarea, solo tengo alojamiento para tres días — apremió conteniéndose para no decir lo que pensaba—. Espero que sean suficientes para ponernos de acuerdo y realizar algo que interese a los Alver.

—Bien, vamos a ello.

—Como ya imaginarás, he estudiado con detenimiento las joyas que suelen vender nuestros clientes.

—No tenía ninguna duda de que lo harías.

—También tu colección Klarity.

—Lo suponía. ¿Y has llegado a alguna conclusión?

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—Sí; que va a ser complicado fusionar ambas cosas.

—Dime algo que no sepa. ¿Crees que te habría llamado si fuera fácil?

¿Si pudiera hacerlo sola?

—¿Tienes alguna idea?

—Líneas sencillas. ¿Y tú?

—Los Alver trabajan con piedras y engarces muy elaborados.

—Pero quieren innovar. ¿Qué propones? Conociéndote, seguro que tienes ya algo en mente.

—Presupones que me conoces, pero no tanto como piensas. Tienes de mí la imagen de un adolescente.

—La gente no cambia.

—Crece y madura, pero, por lo visto, tú tienes los mismos prejuicios de antaño. No he venido aquí para revivir el pasado. Si quieres que trabajemos juntos, debes olvidarlo tú también.

—¿Tú lo haces? Porque no veo tolerancia en tus ojos.

—Por supuesto. Hay cosas tuyas que no me gustaban entonces y siguen sin agradarme ahora, pero me he guardado mucho de decírtelo.

Su forma de vestir y de seguir enseñando el ombligo le parecían poco profesionales. Para tener éxito en una empresa, no bastaba con ser empresaria, también había que parecerlo.

—¿Seguro?

—Muy seguro.

El timbre de la puerta interrumpió la charla.

—Debe ser Fátima —anunció Clara levantándose para abrir.

Regresó al despacho pocos minutos después acompañada de una chica morena y muy delgada.

—Fátima, te presento a Jaime. Él va a trabajar con nosotros si logramos crear una colección de joyas que interese a los Alver.

El aludido se levantó de la silla y le tendió la mano. La chica, en cambio, se acercó a él y le estampó dos besos en las mejillas.

—¡Por favor, Jaime, no somos viejos! Encantada de tenerte por aquí. —Lo mismo digo, Fátima. —Correspondió a su saludo con

familiaridad. Se percató de que Clara y él apenas se habían saludado con una frase al reencontrarse después de muchos años. Ni siquiera habían intercambiado un apretón de manos.

—Fati para los amigos.

Clara alzó las cejas, sorprendida.

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—Fati entonces —admitió él con una sonrisa.

—Salgo a desayunar sobre las once. Por si te apetece venir. Clara no suele tomar nada a media mañana.

—No, muchas gracias. Lo hago a primera hora, y ya hoy he tomado un segundo café. Prefiero aprovechar el tiempo para estar en Córdoba lo menos posible, hasta saber si la colección es aceptada o no.

—Como desees. Yo me pongo con lo mío, Clara. Terminaré el anillo en que estoy trabajando esta misma mañana.

—Muy bien.

Salió del despacho dejándolos solos de nuevo, ante un bloc de dibujo con una hoja en blanco.

—Muy expresiva la chica —dijo Jaime con agrado.

—Es muy sociable —comentó moleta de que a ella nunca le hubiera pedido que la llamara por el apelativo coloquial—. Espero que no pienses en tontear con ella; tiene novio.

—¿Peligra su noviazgo si la llamo por el diminutivo que ella misma me ha sugerido? Solo me ha mostrado un poco de simpatía y me ha hecho sentir bienvenido. Siempre se agradece cuando se comienza en un sitio nuevo.

—Estás aquí para trabajar, no lo olvides.

—Ni por un momento. ¿Qué tenemos que diseñar en concreto?

Clara acercó la silla a la que ocupaba Jaime, decidida a comenzar cuanto antes.

—La línea consta de pendientes, anillos, brazaletes o pulseras y gargantillas o collares. He pensado que si hacemos una gargantilla les dará a los Alver una idea más exacta que si la muestra la hacemos con piezas más pequeñas. Mi intención es presentar una completamente detallada y unos esbozos del resto, siguiendo el mismo estilo. En tres días no hay tiempo para mucho más.

—Me parece bien. Gargantilla entonces.

Jaime comenzó a dibujar lo que había estado imaginando para la colección. Una cadena de oro sencilla con un intrincado triángulo de seis diamantes pendiendo de la misma.

Clara torció el gesto.

—Muy simple. Demasiado convencional.

—Los diamantes no forman un triángulo perfecto. La base superior es curva en lugar de recta. Podíamos hacerlas curvas las tres, para darle un

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aire más informal.

—No deja de ser lo mismo de siempre.

Jaime sabía que ella no aceptaría sin más su primer boceto.

—¿Qué propones tú?

—Preferiría una gargantilla en lugar de un colgante.

—Acortamos la cadena para ajustarla al cuello.

—No me convence.

—Estaba seguro de eso.

—¿De qué?

—De que le pondrías pegas al boceto y a la idea, viniendo de mí. No comprendo por qué me has propuesto esta colaboración, si no estás dispuesta a ser flexible.

—Te equivocas. Pretendo que encontremos una idea feliz juntos, pero no tengo que aceptar lo primero que propongas. No tiene que ver contigo.

—De acuerdo. El boceto ahora es todo tuyo. ¿En qué estás pensando? Se echó hacia atrás en la silla dispuesto a darle la oportunidad de

expresar sus sugerencias. No abriría la boca hasta que Clara tuviera algo que mostrar, porque hasta el momento se había limitado a rechazar, sin aportar nada.

Durante toda la mañana bocetaron y tiraron a la papelera todo lo que hicieron. A Clara le parecía demasiado clásico y a Jaime demasiado moderno. No conseguían encontrar un equilibrio que los satisficiera a los dos.

—Creo que ya está bien por hoy —exclamó Clara cansada de no llegar a ningún acuerdo. Llevaban varias horas dando vueltas a las mismas ideas, sin avanzar lo más mínimo.

—¿Ya te rindes? Para llegar a algo, hay que trabajar duro, pero veo que no estás dispuesta, que al menor contratiempo tiras la toalla. Solo tenemos tres días.

—¡No te consiento que me hables así! No pienso tirar ninguna toalla, pero tampoco estoy dispuesta a perder el tiempo volviendo una y otra vez sobre lo mismo. Propongo dejarlo y seguir cada uno esta tarde, por separado, buscando ideas diferentes a estas, y mañana las ponemos en común.

—Como quieras. Tú eres la dueña de la empresa, pero creo que es inútil, que en realidad no quieres que esto salga bien.

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—Eres tú el que está deseando largarse. El que prefiere volver a un trabajo que no le gusta antes que arriesgar.

—Creo que sí es mejor que continuemos trabajando por separado — admitió Jaime, que estaba comenzando a exasperarse—. Me marcho al hotel.

—Muy bien. Mañana después de las nueve. Y procura traer algo distinto a lo de hoy.

—También tú. Gargantilla entonces, pegada al cuello.

—Sí.

Recogió sus cosas y salió del despacho.

Clara lo oyó despedirse de Fátima con amabilidad. Con una amabilidad que no había mostrado con ella.

La empleada se le reunió después de que Jaime se marchara.

—No he entrado porque el nivel de los decibelios no me ha parecido preocupante —bromeó.

—No lo ha sido, te lo aseguro. Solo unas ligeras diferencias de opiniones; tendrías que habernos escuchado en el instituto. Nuestras discusiones eran legendarias.

—Hablando de diferencias de opiniones… discrepo contigo. —¿En qué?

—Cuando dijiste que no es atractivo. ¡Es un diamante!

Fátima utilizaba términos de joyería para referirse a los hombres. Los diamantes estaban muy altos en el escalafón.

—Un diamante en bruto —puntualizó.

—Esos son los mejores. Les puedes dar la forma que desees. Aunque con esos ojos, podría ser un diamante azul, mucho más raro y valioso.

Muchas chicas en el instituto suspiraban por los ojos de Jaime, de un raro azul oscuro. Ella no les veía nada de especial.

—Pues todo para ti, si lo quieres. Para mí es solo circonita coloreada. —Voy a darle una oportunidad a Luis, pero si no funciona… no

descarto nada. Me marcho ya, si no tienes nada más para mí.

—Yo voy a seguir un rato. Para mañana debo tener algo que fusionar con lo que aporte Jaime. ¡El muy imbécil se ha atrevido a sugerir que trabajo poco!

—¿No le has dicho que a veces te pasas la noche en vela, que eres un animal nocturno y te inspiras mejor de madrugada?

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—No lo entendería. Es de los que trabajan de ocho a tres, estoy segura. Una hora para cada cosa y cada cosa a su hora. Yo aprovecharé lo más oscuro de la madrugada, mi mejor momento creativo.

—Pues que te cunda.

—Hasta mañana, Fátima. ¿O debo llamarte Fati?

—Eso es solo para los tíos atractivos, los diamantes. Hasta mañana. — Rio y salió del despacho y del taller, dejando a su jefa bastante perpleja.

Clara permaneció pensativa durante un rato. ¿Atractivo? ¿En serio Jaime Sandoval lo era? Nunca se lo había parecido, aunque debía reconocer que los años habían convertido al muchacho delgado en un hombre, con cuerpo de hombre. Pero a ella no le resultaba atractivo en absoluto. Le gustaban más altos y, sobre todo, más amables. No era bajo, tenía por lo menos diez centímetros más que ella, pero prefería que la superaran en muchos más.

Apartando a Jaime de su mente siguió diseñando. No estaba dispuesta a presentarse al día siguiente sin nada que pudiera servirles de base para la gargantilla definitiva. Aunque no durmiera esa noche, le demostraría a Jaime que no había nadie más trabajador que ella.

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Capítulo 7

2024

A pesar de que había dormido muy poco aquella noche, Clara llegó al taller a las nueve en punto. En otra ocasión se hubiera permitido acudir más tarde, para recuperar las horas de sueño, pero no pensaba darle a Jaime la menor oportunidad para cuestionar su profesionalidad ni su disposición para el trabajo.

La madrugada había sido fructífera y en el bloc de dibujo llevaba varios diseños que había confeccionado. Uno de ellos le gustaba de forma especial y pensaba defenderlo con uñas y dientes ante su compañero. Se trataba de una fina línea de oro blanco, que rodeaba el cuello, muy pegada a la base del mismo, en la que iban engarzados una serie de diamantes muy pequeños, a una distancia regular de dos centímetros unos de otros.

Era una joya sencilla, muy del estilo de su diseñadora, pero muy valiosa por el precio de las piedras que la conformaban. Clara sabía que si le presentaba eso a Jaime tal como le gustaba a ella, este lo rechazaría de plano, por eso había pensado en un broche mucho más sofisticado, que aportara un toque clásico a la pieza. Tenía forma de concha cuyas dos mitades encajaban una con otra para cerrar la gargantilla, como una almeja que cierra sus valvas. De las mismas, una vez acopladas, colgaba una finísima cadena de la que pendía una diminuta perla, como si se hubiera escapado del interior.

Era una alhaja para lucir con pelo corto o un peinado recogido, que dejara la nuca a la vista, porque lo más espectacular, sin duda, era el broche.

Llegó al despacho y se dispuso a darle forma con el programa informático Drakon, que utilizaba para diseñar las joyas en 3D, una vez

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había bocetado la pieza sobre papel. Quería ver el resultado final antes de que llegara el antagonista, que, con mucha probabilidad, desaprobaría el trabajo.

Jaime llegó a las nueve y cuarto, con una sonrisa de satisfacción en el rostro que no conseguía ocultar.

—Buenos días, Clara —saludó con la expresión del gato que se ha comido al canario.

—Hola, Jaime. Pareces contento.

—Traigo resultados.

—Yo también.

Por un momento se miraron el uno al otro. Clara percibió un destello nuevo en los ojos azules, los del diamante raro y exótico que había mencionado Fátima el día anterior.

Se dijo que estaba pensando una tontería, que Fátima —que se volvía loca por cualquier cosa que tuviera pene— le estaba haciendo ver visiones. Los ojos de Jaime eran los mismos que había tenido siempre: azules, pero corrientes y molientes.

—Bien, como soy todo un caballero, te cedo el primer turno para mostrar lo que has hecho.

—¿Un caballero? Di mejor que te mueres de curiosidad.

—Si tú lo dices…

Clara se dirigió a la mesa y le mostró en la pantalla el detallado boceto de la gargantilla que había diseñado, ya de madrugada, y después de descartar tres variantes de la misma pieza. Contempló con expectación la mirada inquisidora de Jaime, preparada para el rechazo, y con varios argumentos dispuestos para rebatirlo. Pero este no se produjo, al menos no de inmediato, sino que estuvo bastante tiempo observando, tanto el dibujo como la proyección de la pantalla, en silencio.

—¿Piensas decir algo o no? —preguntó Clara, impaciente.

—El broche está bien.

—¿Está bien? Es una maravilla, reconócelo.

—Tampoco es para tanto. Original, no te lo discuto, pero de ahí a maravilloso…, discrepo.

Clara guardó sus réplicas porque no había recibido el aluvión de críticas que esperaba.

—¿Y el resto?

—Demasiado sencillo, pero tiene posibilidades.

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—No pienso recargar la gargantilla. El broche suple de sobras la simplicidad de lo demás ¡A ver qué has hecho tú!

Él sacó de una carpeta plastificada varias láminas de papel. Clara les echó un vistazo.

—Esta no me gusta nada —murmuró mostrando el recargado diseño de una gargantilla llena de volutas con esmeraldas engarzadas—. Es de las que se habría puesto mi abuela. La colección debe estar enfocada a la gente joven, y prefiero los diamantes a otro tipo de piedras.

—La gente joven no dispone de mucho dinero para diamantes, ni otras piedras de calidad —rebatió Jaime—. Es mejor enfocar la colección a gente de cierta edad y con mayor poder adquisitivo.

Clara ignoró el comentario.

—En cambio, esta… —comentó mostrando un círculo de unos dos centímetros con espirales en diagonal, encajadas unas con otras, con zafiros esta vez—, digo lo mismo que tú de la mía: tiene posibilidades.

—Habrá que hacer algo intermedio entre las dos. Porque intuyo que no estás dispuesta a que sea mi diseño el que presentemos.

—Por supuesto que no. Sentémonos a trabajar.

Comenzaron a elaborar diferentes variantes sobre ambos diseños, pero todas fueron descartadas por los dos, de forma unánime.

—Vamos a tener que elegir una de las dos piezas originales.

—Será la mía —decidió Clara.

—Demasiado sencilla, y te la van a rechazar; lo sabes.

—No aceptaré que sea la tuya, sin que yo aporte nada.

—Puedes diseñar tú las otras piezas. Los pendientes, los anillos, o las pulseras o brazaletes —ofreció Jaime con generosidad, pero intuyendo que iba a ganar esa batalla. Su gargantilla no tenía un broche espectacular, pero sí poseía el empaque y la elegancia de las joyas Alver.

—Pero, aunque las diseñe yo, deberán ser según tu diseño, porque la colección tiene que guardar una línea similar. Rotundamente, no.

—Pues tú me dices que hacemos.

En aquel momento llegó Fátima, disculpándose por la hora. Se sentó de inmediato ante su mesa de trabajo, dispuesta a recuperar el tiempo perdido.

—¿Por qué llega a estas horas? —preguntó Jaime—. Es media mañana. Deberías tener más control sobre tu empleada. Una cosa es llegar un poco después de las nueve y otra a las once y media.

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—A veces debe llevar a su padre enfermo a revisiones. Pero recupera las horas de retraso. Y cuando hace falta se queda, nos quedamos, por las tardes. Ya te dije que tenemos un horario flexible.

—Tuya es la empresa, pero si quieres mi consejo…

—Gracias —lo interrumpió sin dejarlo terminar—, pero no lo quiero. Fátima va a seguir viniendo cuando pueda. Es una excelente profesional, hace muy bien su trabajo, y las dos llevamos los horarios sin ningún problema.

—En ese caso, vamos a preguntarle a ella su opinión sobre qué gargantilla presentamos a los Alver —sugirió Jaime.

—¿Piensas que te la vas a ganar con tus zalamerías?

—Nunca utilizo zalamerías con ninguna mujer para conseguir algo. Solo busco su criterio como experta en joyas, porque acabas de decirme que lo es.

—De acuerdo, pero la suya solo será una opinión, y no la definitiva.

No actuará como desempate.

—Por supuesto que no, pero cuatro ojos ven más que dos, y seis más que cuatro. ¿No te parece?

Clara salió del despacho y se acercó a su empleada.

—¿Puedes venir un momento? —pidió.

—¿Va a llegar la sangre al río?

—Todavía no; solo queremos saber tu opinión sobre unos diseños.

La mujer siguió a su jefa hasta el despacho, en el que Jaime miraba con detenimiento la pantalla del ordenador en la que el programa mostraba una imagen de las dos piezas, muy parecidas a como quedarían terminadas.

—¿Cuál de las dos te gusta más? —preguntó Clara.

—Me encantan ambas. Este es tuyo, sin duda, y supongo que el otro de Jaime. Ambos diseños son muy buenos.

—No podemos presentar los dos.

—¿Por qué no?

—Porque solo han pedido una línea.

—¿Y si los convertís en una sola gargantilla? La fina más cerca del cuello y la de Jaime que cuelgue un poco más abajo. La de Clara es muy sencilla y se adaptaría sin problema a cualquier otro diseño; combinarían bien entre sí, con unos pocos cambios.

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Los dos aludidos se miraron. Y, por primera vez en su vida, se entendieron.

—¡Gracias, Fati! Acabas de dar con la solución. Porque no te niegas, ¿verdad? —inquirió Jaime mirando a Clara con suspicacia.

—No me niego. Podemos trabajar sobre ello a ver qué sale. Es una buena idea, Fátima.

La empleada salió del despacho y los dos se sentaron ante el ordenador.

—Estoy de acuerdo con unificarlos, pero tal vez deberíamos aligerar un poco tu parte —propuso Clara—. Juntos solo se podrá utilizar en ocasiones muy solemnes; y combinar diamantes con otras gemas… no me gusta. Propongo suprimir los zafiros o cambiarlos por diamantes.

—Estoy de acuerdo en eso. Pero si suprimimos las piedras de mi gargantilla, la tuya debería tenerlas más juntas, casi pegadas unas a otras.

—Lo veo.

—¡Vaya, vamos avanzando! Somos capaces de ceder ante las ideas del otro.

—Aun así, sigue sin poderse usar en el día a día —rebatió Clara, decidida a dotar a la línea de joyas de mayor versatilidad.

—¿Y si lo hacemos de forma que se puedan separar las dos partes?

¿Según la ocasión?

—¿Quieres decir para usarlos de forma indistinta, o unidas?

—Sí. Como los brazaletes de muchos aros, que se pueden separar unos de otros y utilizarlos todos o en parte.

—Sería aportarle un toque original a la colección. Vamos a trabajar sobre ello. ¡Me gusta!

—El cierre de concha se mantiene —propuso Jaime, sin reconocer de forma explícita que le había encantado—. Pero tendremos que encontrar la forma de unir las dos piezas de forma fácil y segura.

—Eso déjamelo a mí. Tú eres diseñador, pero yo también soy orfebre y te aseguro que muy capaz de lograrlo. ¡Voy a disfrutar mucho con esto!

Trabajaron duro el resto de la mañana. A la hora de salir, Clara se negó a marcharse a casa.

—No puedo dejarlo ahora, cuando estoy inspirada, no soy capaz de parar. Fátima se quedará a recuperar las horas de esta mañana y yo la acompañaré.

—¿Sin comer?

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—Bajaremos un momento al bar a tomar algo y seguiremos. Tú puedes irte a casa, ya sé que los horarios flexibles no son lo tuyo.

—No voy a dejarte sola con esto.

—¿No te fías? ¿Piensas que te voy a sabotear el diseño? —preguntó suspicaz.

—No es eso. También estoy entusiasmado y me cuesta dejarlo ahora que estamos consiguiendo resultados. Bajo al bar con vosotras, si no os molesta, y continuamos esta tarde.

—Como quieras.

—No servirá de precedente, no te preocupes. No pienso castigarte con mi presencia en todos los almuerzos. Pero, como ya te he dicho, solo tengo reserva de hotel hasta mañana y me gustaría dejarlo todo listo antes de volver a Cádiz.

—De acuerdo, trabajamos hoy a destajo y le presentamos el diseño a los Alver mañana.

Bajaron los tres a tomar un almuerzo rápido.

Jaime se sentía extraño. Hacía mucho tiempo que no se sentaba a una mesa con Clara. Pidieron unas tapas y unas cañas y la conversación giró en torno a los diseños y la nueva colección. —¿Habéis llegado a un acuerdo?

—Sí, aunque aún nos queda perfilar los detalles.

—¿Y habrá sangre?

—¿Por qué mencionas la sangre? ¿Qué te ha contado Clara sobre mí? —No demasiado, solo que no os llevabais bien en el pasado. —Éramos muy temperamentales; las cosas han cambiado, ahora los

dos estamos interesados en que la colección funcione.

—Y estáis dispuestos a enterrar el hacha de guerra.

—Por lo menos a que las hojas estén poco afiladas —bromeó Clara—. No descarto algún rifirrafe, no va a ser miel sobre hojuelas que trabajemos juntos, te lo advierto.

—Lo tengo muy claro. Todavía nos quedan por diseñar el resto de las piezas y no presupongo que sea fácil.

—¿Seguirán la misma línea?

—Es la idea. Al menos nuestra idea, pero los clientes todavía no han aprobado nada.

—Presentaremos la gargantilla mañana y, si nos dan el ok, ya nos pondremos con el resto.

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—Yo tengo que regresar a Cádiz unos días, aunque tengamos el visto bueno de los Alver. Hay asuntos de la bodega que tengo que traspasar a mi hermana, si voy a abandonar el empleo de forma definitiva.

—¿Tú crees que lo conseguiremos?

—Tengo bastante confianza. La idea de una joya doble y versátil puede marcar la diferencia.

—¿Te vendrás a vivir a Córdoba? —preguntó Fátima.

—Sí. Cádiz está demasiado lejos para recorrer la distancia todos los días. Alquilaré algo pequeño, y espero que no demasiado caro, porque al principio no tendré ingresos. Iré al cincuenta por ciento de los beneficios con Clara, pero estos tardarán un poco en llegar.

—Los Alver nos darán una cantidad inicial para sufragar el proyecto. Habrá que comprar material y apartaré una cantidad como sueldo inicial de ambos.

—En mi edificio hay una buhardilla que ahora está vacía. Es pequeña, pero el alquiler no es muy alto. Tal vez te interese —ofreció Fátima.

—Es posible, al menos mientras la colección empieza a funcionar. Aunque estamos haciendo el cuento de la lechera. Aún no han aceptado la colección.

—Pues regresemos al taller y pongámonos las pilas —sugirió Clara. Terminaron de comer y volvieron al trabajo. Metieron los datos

necesarios en el programa para ver el resultado final. Eliminaron los zafiros en el diseño de Jaime, con lo que la gargantilla ganó en sobriedad, aunque seguía manteniendo un toque clásico. En cambio, agrandaron el cierre en forma de concha para insertar en el mismo las dos piezas, que encajarían en él con un sencillo sistema de inserción.

Jaime se quedó asombrado de la facilidad con que Clara había solucionado el problema. Nunca se le habría ocurrido a él. Era buena, tenía que reconocerlo, a pesar de sus ideas extravagantes; aunque nunca lo admitiría en público, y mucho menos ante ella.

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Capítulo 8

2010, Cádiz

Clara se sentía satisfecha aquella mañana. Debían entregar un nuevo trabajo para la asignatura de Dibujo aplicado al diseño, su favorita. También el profesor era su preferido, porque no se limitaba a encargarles un boceto sobre el papel, sino que los obligaba a construirlos, y eso le encantaba. En el futuro, no sería una mera diseñadora de joyas, sino que las fabricaría con sus propias manos. Tenía una gran habilidad para ello, era capaz de construir cualquier cosa que su mente imaginara. Como aquel trabajo que introducía con cuidado extremo en una bolsa de plástico para llevarlo al instituto.

El proyecto de aquel trimestre consistía en diseñar una caja de madera. En aquella ocasión el material le había sido impuesto, no podría utilizar los alternativos que tanto le gustaban, pero sí innovó en el diseño.

Lo había fabricado en su habitación, bajo la entusiasta mirada de Rocío, que había prometido guardarle el secreto ante su hermano. Estaba segura de que Jaime habría intentado sonsacar a su amiga sobre lo que ella pensaba hacer. Si imaginaba que podría copiar lo que estuviera haciendo se equivocaba. Jamás tendrían una idea ni siquiera parecida.

En general acudían al instituto por separado, aunque debieran hacer el mismo camino, pero aquella mañana Jaime se demoraba en la cocina sin motivo aparente. En realidad, esperaba a Clara, que solía entretenerse más en desayunar y siempre llegaba a clase con la hora muy justa. Se moría de curiosidad por saber qué habría hecho, con tanto misterio, en su habitación. Él había fabricado un joyero de veinte por diez centímetros de marquetería y, en cada una de las caras, había insertado un óvalo de espejo

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con el dibujo en negro de uno de los monumentos más emblemáticos de Cádiz. Tenía la intención de regalárselo a su madre cuando lo evaluaran.

Los dos jóvenes salieron a la vez de la casa y, nada más llegar al portal, Jaime preguntó, sin poder contener más su curiosidad.

—¿Qué tipo de caja has hecho?

Ella, ufana y orgullosa de su trabajo, sacó de la bolsa que la contenía una pequeña pirámide hexagonal de unos cinco centímetros de diámetro y se la mostró. Cada lado tenía un color diferente, brillante y pulido.

—¿Eso es una caja? —preguntó él escéptico.

—Por supuesto.

—¿Dónde está la tapa? Por lo que veo, solo es un polígono en tres dimensiones. Si no se abre, NO —enfatizó— es una caja.

Con una sonrisa de suficiencia, Clara pulsó la base y cada uno de los lados se abrió formando una especie de flor con seis hojas. Por dentro todas eran blancas, y el centro hexagonal de un tono amarillo. Abierta semejaba una margarita.

Jaime parpadeó asombrado. No obstante, se resistió a admitir que le gustaba.

—Sigo diciendo que no es una caja. Estas sirven para guardar cosas, y en eso que has construido, sea lo que sea, el contenido se desparramará cuando se abra.

—¿Quién dice que el fin de las cajas sea guardar nada? ¿Tú? Puede ser solo decorativa. ¡A saber qué habrás hecho!

Jaime sacó de su mochila el joyero de marquetería, orgulloso de su obra. Clara esbozó una sonrisa torcida.

—Debí imaginarlo. No te has quebrado la cabeza lo más mínimo. ¿De dónde has copiado el diseño? ¿De una tienda de souvenirs para turistas?

—Por supuesto que no. Es todo idea mía; los monumentos son los favoritos de mi madre. Y al menos tiene un tamaño decente; lo tuyo parece una miniatura de juguete.

—Con un mecanismo que la abre. Tu trabajo no pasa de ser una simple caja.

—Que tiene muchísimo trabajo: los calados de marquetería, la inserción de los espejos y la técnica de pintura sobre vidrio. ¡¡No es una simple caja!!

—¡Bah! Lo mismo de siempre. No innovas, no arriesgas. Así nunca destacarás en el mundo del arte.

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—Dejo lo de destacar para ti, que te encanta llamar la atención; yo me limito a hacer algo bonito y bien hecho. Y, sobre todo, que tenga un uso, que sirva para algo.

—Para guardar cosas.

—Por supuesto. Esa es la función básica de lo que nos han pedido. No creo que el profesor te acepte esa flor estrambótica que vas a presentar, te va a decir que no has entendido la prueba.

—Eso ya lo veremos. ¿Qué te apuestas a que saco más nota que tú?

—No me gusta apostar.

—Porque sabes que vas a perder.

—Voy a ganar, pero detesto el azar.

—¡No puedes ser más soso! Todo trillado y controlado. Ni siquiera arriesgas en una apuesta tonta.

—Contigo no sería tonta. No me fio ni un pelo de ti. Nada de apuestas, pero sacaré más nota que tú.

—Eso lo veremos.

Llegaron al instituto y el profesor requirió los trabajos de todos los alumnos. Jaime presentó su caja joyero y recibió la aprobación y las felicitaciones del docente. Clara reconoció que cada una de las alabanzas eran merecidas. Jaime era bueno diseñando —si no fuera tan tradicional— y la caja estaba confeccionada con esmero y delicadeza. Se hubiera deshecho en halagos si el artífice hubiera sido otro, pero se cortaría las venas antes de admitir que él había hecho un buen trabajo y que el joyero le gustaba.

Cuando le llegó el turno a Clara de mostrar su caja, sorprendió a todos abriendo la pirámide con un simple toque y convirtiéndola en una flor. También recibió los halagos del profesor por la originalidad del diseño y la complejidad del mecanismo.

Desde su mesa, Jaime contempló el éxito de Clara, y admitió que era un trabajo excepcional, aunque jamás lo reconocería ante nadie, y mucho menos ante la autora.

Ambos recibieron la máxima calificación de los trabajos, un sobresaliente absoluto, por lo que las suposiciones sobre las notas quedaron en tablas.

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Capítulo 9

2024

Clara y Jaime no se limitaron a presentar la gargantilla como muestra de la colección, sino que bocetaron también unos pendientes en forma de concha, a los que se les podía incluir o no una perla colgando, como tenía el broche de la gargantilla. También los brazaletes constaban de dos piezas que podrían usarse de forma indistinta juntos o separados, y el anillo se asemejaba más al diseño que había hecho Jaime de la gargantilla que al de Clara.

Esta había protestado un poco, pero más por no aceptar a la primera que porque realmente no le gustara. Estaba convencida de que el suyo era un diseño demasiado sencillo y apenas tendría visibilidad sobre un dedo. No obstante, ofrecieron la posibilidad de incluirlo también, si los clientes lo solicitaban.

Cuando enviaron el proyecto a los Alver, se sentían sumamente satisfechos los dos, y confiaban en que fuera aceptado.

—Esto ya está —dijo Clara cuando recibió la confirmación de que el archivo había sido recibido por el destinatario—. El resto ya se encuentra fuera de nuestro control. Solo nos queda esperar.

—En ese caso, me vuelvo a Cádiz —afirmó Jaime—. No tengo nada que hacer aquí, hasta tener la respuesta de si aceptan o no nuestros diseños.

—¿No vais a celebrarlo? —preguntó Fátima.

—¿Celebrar qué? Aún no sabemos sí el proyecto va a tener futuro o

no.

—Pues que os habéis puesto de acuerdo por una vez en la vida, que sois capaces de trabajar juntos sin que vuelen los cuchillos.

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—Nunca hemos llegado a esos extremos —aseguró Clara. «Aunque no por falta de ganas».

—Fati tiene razón. Es todo un logro lo que hemos conseguido, Clara, y eso nos da esperanzas de que, si los Albert aceptan lo que les hemos enviado, vamos a hacer maravillas en colaboración.

—¡Venga, bajad al bar a tomar algo y celebradlo!

—No creo que sea buena idea, salvo que tú nos acompañes —propuso Jaime, mirando el rostro reticente de Clara.

—Si insistís, no diré que no. Esperamos hasta la hora de salida y nos tomamos algo antes de ir a casa. ¿Estás de acuerdo, jefa?

—Supongo que sí. —No estaba muy convencida de querer llevar la relación con Jaime a un terreno más personal. Y menos si él insistía en incluir a Fátima en la invitación. ¿Le gustaría? No tenía ni idea de la situación sentimental del hombre en la actualidad, pero, por lo que recordaba, en el pasado no iba de una mujer a otra.

—¡No seas aguafiestas! Comemos algo y salgo para Cádiz a continuación. De ese modo me evito parar a medio camino.

—De acuerdo.

Por segunda vez en pocos días, se sentaron a una mesa para almorzar, después de muchos años. Había un ambiente de cordialidad como nunca lo habían tenido en el pasado.

—Habéis hecho una labor estupenda —animó Fátima—. Estoy segura de que los Alver van a aceptarlos.

—Eso espero —comentó Clara.

—Pero, si no lo hacen, siempre podéis sacar vosotros las joyas por vuestra cuenta.

—En ese caso no tendríamos la difusión y el respaldo de la famosa cadena de los Alver —rebatió Jaime.

—¿Ya estás otra vez con tus miedos a lanzarte al vacío? —recriminó Clara—. Sería una opción interesante y, aunque tienes razón al decir que costaría más trabajo que se vendiera, sé que es lo bastante buena para no dejarla en un cajón. Si los Alver no la quieren, estoy dispuesta a comprar tu parte y sacarla yo. Alberto, el profesor que ha hecho de intermediario en esto, siempre insiste en que debo sacar una línea diferente a Klarity, para gente más conservadora.

—¡Ni de coña te voy a permitir que saques tú la línea sin mí! —rebatió Jaime, molesto—. El diseño es de los dos.

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—¿Estás dispuesto a arriesgar, a lanzarte a esta aventura, si las joyerías no aceptan los bocetos? Habría que realizar una inversión para comprar material, como mínimo —informó Clara.

—¿Me estás pidiendo que asuma riesgos?

—Tú verás. Yo voy a sacarla, contigo o sin ti. Si tengo que pedir otro crédito para comprar tu parte y lanzarla yo, lo haré, aunque deba alimentarme de pasta hervida el resto de mi existencia.

—En ese caso me lo pensaría, pero desde luego no vas a aprovecharte de mi diseño.

—De nuestro diseño, Jaime.

—Cruzaremos ese puente cuando lleguemos al río. Lo más probable es que contemos con la financiación de los Alver.

—¿No podéis dejar de discutir ni un solo momento? —preguntó Fátima risueña—. Estamos celebrando que habéis conseguido unas joyas magníficas y que habéis sido capaces de colaborar sin que os matéis por el camino. Esperad unos días hasta tener alguna respuesta, y después decidís lo que vais a hacer a continuación.

—Fati tiene razón. Comamos en paz y el tiempo dirá lo que nos depara el futuro.

—Tú puedes sentarte a esperar con tranquilidad; mientras, yo iré haciendo planes por si nos rechazan los bocetos.

—¡Y luego me dices que el cagaprisas soy yo!

Todos rieron. Jaime pensó que era la primera vez que Clara y él reían juntos.

Después del almuerzo regresó a Cádiz, dispuesto a traspasar temas de la bodega a su hermana y a pensar con detenimiento la propuesta de Clara, si no les aceptaban sus ideas. Ambas mujeres tenían razón, sería un desperdicio desaprovechar unos diseños tan buenos, pero era reacio a lanzarse al vacío con un negocio que exigiría una inversión considerable y con una mujer con la que, por primera vez y de forma milagrosa, había conseguido trabajar. Pero ese consenso podía haber sido algo puntual y no volver a repetirse. El riesgo era considerable, y no solo en el terreno económico.

Esperaría la respuesta de la cadena de joyerías, y ya tomaría decisiones más adelante, si eran necesarias. De lo que estaba seguro era de que no permitiría que Clara lanzara la línea de joyas como si fuera solo suya.

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Clara recibió la llamada de Alberto comunicándole que Mariano Alver estaba entusiasmado con los diseños que había recibido, y que deseaba reunirse con ella y con Jaime para concretar los términos de la colaboración.

Se sintió entusiasmada porque la aceptación de la cadena de joyerías suponía poder lanzar la colección sin ningún riesgo para ellos y con muchos más medios para la difusión y distribución de las piezas.

Después de despedirse de su antiguo profesor, telefoneó a Jaime, deseosa de darle las buenas noticias. Este respondió al instante, como si estuviera esperando la llamada.

—¡Hola, Jaime! —exclamó llena de entusiasmo—. Los Alver han aceptado. Trabajaremos con sus joyerías.

—Esa es una buena noticia —admitió él—. Ya me temía que debería arriesgar todos mis ahorros para evitar que sacaras la colección tú sola.

—¿Tan terrible sería que lo hiciera sin ti?

—Mucho. Ha supuesto un duro trabajo conseguir aunar nuestras ideas para sacar algo decente, y no pienso renunciar a mi parte de gloria ni de beneficios. Si contamos con financiación, será mucho mejor.

—¿Estabas dispuesto a hacerlo de todas formas?

—Sabes que sí. Aunque dijera lo contrario, no hubiera permitido que te aprovecharas de mis ideas.

—Bah, tus ideas no han sido tan relevantes. Si Fátima no llega a sugerirnos la solución, todavía andaríamos enzarzados en una discusión para llegar a un entendimiento.

—Coincido contigo en eso, pero, por suerte, nos dio la idea feliz. Bien, ¿cuál es el siguiente paso?

—Debemos reunirnos con Mariano Alver para llegar a un acuerdo sobre la elaboración y distribución de las piezas, los porcentajes de ganancia para cada una de las partes y varios puntos más de la colaboración.

—¿Cuándo?

—Lo antes posible.

—Yo necesitaría unos días para terminar de traspasar a Rocío mis cometidos en la bodega.

—Puedo ir yo en nombre de los dos, si te parece bien.

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—¡En absoluto me parece bien! Estaré allí en cuanto me digas, esto lo tenemos que gestionar entre los dos y no pienso darte margen para que actúes a tu manera. Debemos cuidar cada detalle y no dejar ningún cabo suelto.

—¿No me crees capaz de hacerlo? Ya no soy una estudiante de bachillerato alocada, sino una empresaria responsable y seria.

—Lo de seria estaría por ver. Estaré ahí contigo para ocuparme de todo.

—Como prefieras, pero no vas «a ocuparte de todo». Antes de la reunión nos veremos los dos y llegaremos al encuentro con Mariano con una decisión conjunta tomada tú y yo. ¡Conjunta! No vamos a discutir delante de nuestro cliente, eso lo haremos en privado. Te doy un día de margen para que termines de solucionar tus asuntos en la bodega y te espero pasado mañana a las ocho en punto en el taller para llevar una propuesta en firme, y a media mañana nos entrevistaremos con nuestro cliente.

—¿A las ocho en punto? ¿En serio?

—Por supuesto. Soy muy capaz de madrugar y ser puntual cuando la ocasión lo requiere.

—Allí estaré. Procura estar tú también y demuéstrame que puedes hacerlo. Y una sugerencia: cúbrete el ombligo, no darías buena imagen de empresaria «seria».

—¿Qué le pasa a mi ombligo?

—Que lo enseñas demasiado, y no es la impresión que quiero dar a los clientes.

—Sé vestirme para cada ocasión, pero no daré la misma imagen que tú. No cambiaré mi estilo para complacerte.

—No se trata de complacerme a mí, sino de causar una impresión adecuada.

—A los Alver les gustan los diseños, y lo más probable es que les dé lo mismo cómo me vista yo. No mostraré la cintura en la entrevista, pero no porque tú me lo digas. Si te molesta mi ombligo, te aguantas, porque vas a contemplarlo hasta la saciedad. Nos vemos pasado mañana, Jaime.

—Hasta entonces, Clara.

Jaime cortó la llamada. Supo que había cometido un error al permitirle saber que le molestaba su manía de mostrar la cintura, pero ya no podía retirar las palabras. Su hermana lo observaba con atención.

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—¿Han aceptado los diseños? —preguntó con una sonrisa.

—Eso parece.

—¿Solo lo parece? ¿No es seguro?

—Clara dice que sí. Hemos quedado pasado mañana para una reunión con el representante de las joyerías.

—¿Por qué dudas entonces?

—No lo sé. Algo me impide confiar en ella.

—Los dos debéis olvidar el pasado; si vais a trabajar juntos es necesario que confiéis uno en el otro.

—Ella tampoco confía en mí.

—No te habría ofrecido el empleo si no lo hiciera.

—No va a ser fácil trabajar con ella.

—Si lo habéis conseguido una vez, podréis hacerlo más. Y si no, ya sabes, la bodega siempre estará aquí para ti.

—Sabes cómo pincharme para darme ánimos, ¿verdad?

Lo último que deseaba era regresar a la bodega después de haber vuelto a probar el gusanillo del diseño.

—Claro que sí; cuando te sientas desfallecer, solo piensa que la alternativa es volver a elaborar vinos, y seguro que logras trabajar con Clara. Lo de la vestimenta, creo que solo te molesta a ti, y no sé por qué.

Él tampoco lo sabía, pero le irritaba mucho.

—Me da igual cómo se vista en su día a día, pero si vamos a embarcarnos juntos en esta aventura pretendo dar una imagen de respetabilidad. Y hablando de eso, ¿hay algo en su vida que deba saber? Porque esto ya no se trata de elaborar un diseño puntual, tendremos que pasar muchas horas juntos y en estrecha colaboración. Creo que al mencionar su ombligo he metido la pata y no quiero volver a hacerlo.

—¿Qué deseas saber?

—Todo lo que puedas contarme. Si tiene pareja, sí vive con alguien, si sufre alguna fobia o existe algún tema que no deba mencionar.

—No tiene pareja en la actualidad, pero hubo una relación que terminó hace un año. Imagino que tendrá sus «amigos» más o menos estables.

—Amigos hombres.

—¿Crees que es lesbiana?

—Pienso que es el tipo de mujer al que le gusta experimentar.

—Pues no creo que eso sea asunto tuyo.

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—Por supuesto que no lo es, pero quiero saber a qué atenerme. Tengo una imagen de la Clara adolescente y quiero tratar de encajarla en la mujer que es ahora.

—Dale una oportunidad; nunca ha sido como tú pensabas, ni siquiera en el pasado. Los dos os empeñasteis en aborreceros sin un motivo real que lo propiciara. Vete a Córdoba sin prejuicios y sin resquemores.

—Lo intentaré.

—Ahora vamos a trabajar; por lo que he escuchado, te esperan pasado mañana y hay mucho que hacer antes.

—Sí.

—Tendrás que buscarte un sitio donde vivir, no puedes estar en un hotel de forma indefinida.

—Fátima, la empleada de Clara, me ha comentado que hay una buhardilla en su edificio libre y que se alquila a buen precio. Veré si me interesa y, si no, te pediré ayuda.

Rocío había vivido en diversas ciudades a medida que cambiaba de estudios, y estaba habituada a buscar alojamientos, pisos de estudiantes y todo tipo de viviendas de carácter transitorio.

Jaime no deseaba nada definitivo, prefería un alquiler temporal hasta asegurarse de que su relación laboral con Clara perdurara a largo plazo.

Por mucho que su intención fuera la de limar asperezas, eso solo se conseguiría si los dos ponían de su parte.

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Capítulo 10

2024

Clara y Jaime se reunieron con Mariano Alver para concretar los términos de la colaboración que llevarían a cabo para la producción, distribución y venta de las joyas.

Con anterioridad —y sin grandes discrepancias— habían elaborado una serie de requisitos para comenzar la fabricación, de forma artesanal, en el taller de Clara. El joyero no tuvo inconvenientes en aceptar las peticiones, que incluían un sustancioso adelanto económico, para la provisión de materiales y salario de ambos, hasta que se comenzaran a comercializar las joyas. A cambio, solicitó la exclusividad de la colección para su cadena de joyerías, algo que ya suponían los diseñadores y con lo que estaban de acuerdo. También les impuso una primera fecha de entrega para poner a la venta antes de las navidades. No serían muchas piezas, solo las necesarias para abastecer las joyerías de Córdoba, Madrid y Barcelona, pero, aun así, supondría un arduo trabajo.

Clara aceptó sin titubeos y se comprometió en tener al menos tres colecciones completas en menos de dos meses.

Jaime la miraba inseguro, pero no rebatió su afirmación. Ya lo hablarían en privado.

Cuando salieron de la reunión, que se había celebrado en la trastienda de la joyería, donde Mariano tenía su despacho, y se encontraron en el coche de Clara, esta comentó a su ceñudo compañero:

—¿Se puede saber qué te pasa? ¿A qué se debe esa cara de vinagre? Todo ha salido muy bien.

—¿Seguro? Yo creo que te has vuelto a tirar al vacío sin paracaídas. A los dos, de hecho.

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—Nada de eso; contamos con una buena cantidad para comprar materiales y mantenernos hasta que se empiece a vender la colección. Y el porcentaje de beneficios que hemos negociado sobre las ventas es bastante sustancioso.

—Pero creo que no eres consciente de que nos has comprometido a entregar tres colecciones en siete semanas. ¿Cómo lo vamos a hacer?

—Trabajando.

—¿Trabajando cuánto? Habrá que contratar a alguien más, porque Fátima no siempre echa la jornada completa y yo no soy orfebre. Soy diseñador del producto, pero, por el momento, carezco de la habilidad manual que requiere un trabajo como el que vamos a acometer.

—Pues tendrás que aprender, porque no pienso contratar a nadie más, a menos que lo pagues tú de tu bolsillo.

—¿Cuándo vas a entender que esto es cosa de los dos, que no puedes tomar decisiones sin contar conmigo?

—¿Te asusta el trabajo duro? ¿No eras tú el que me recriminabas a mí por marcharme antes del horario que considerabas apropiado? Horario flexible no significa echar menos horas, sino las que sean necesarias según la carga de trabajo. Ahora toca ampliar la jornada y tú, si quieres cobrar lo mismo que yo, te apuntas a un curso de orfebrería nocturno o trabajas a mis órdenes montando joyas, o lo que yo considere que estás capacitado para hacer. Soy buena profesora y no eres ningún inepto; aprenderás rápido.

—Por lo que intuyo, no dispondré de tiempo para hacer ningún curso antes de las navidades si quiero comer y dormir, de modo que estaré bajo tu mando, y eso no me gusta en absoluto. Hemos hablado de términos de igualdad, no de subordinación.

—¿Sabes engarzar una piedra? ¿Confeccionar el broche en forma de concha?

—Sabes que no.

—Pues mientras no puedas hacerlo, yo te diré qué debes o puedes hacer para colaborar. No tengo intención de fastidiarte, pero entre los dos tenemos que sacar adelante unas piezas de alta joyería y ese será nuestro cometido. No habrá tiempo para rencillas ni discusiones.

—Siempre y cuando acate tus órdenes y tus decisiones, ¿no?

—Más adelante, cuando el tiempo no apremie tanto, harás los cursos pertinentes y trabajaremos de igual a igual. No te lo tomes a la tremenda.

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¿Qué debía hacer? ¿Rechazar la propuesta? Podías haberte negado tú, ya que tanto hablas de igualdad, pero Mariano Alver quería las joyas para la campaña de Navidad, y tiene toda la lógica del mundo. En esas fechas se vende tanto como en el resto del año. Habrá que trabajar mucho; yo también me resentiré de esto, porque no podré dedicar tiempo a mi colección Klarity, pero es lo que hay. Y si no te parece bien…

—Me vuelvo a la bodega, ¿no?

—Exacto.

—¡Ni por asomo!

—En ese caso, nos ponemos las pilas.

Jaime reconoció que ella tenía razón, que la campaña navideña era crucial para el lanzamiento de las joyas. Habría que trabajar duro, y eso no le asustaba. Hacerlo bajo las órdenes de Clara —aunque fuera por poco tiempo— ya era otra cosa.

Cuando llegaron al taller, Fátima les preguntó por la negociación y la pusieron al corriente, tanto de los acuerdos como de los apremios.

—No es la primera vez que debemos hacer horas extras —afirmó la empleada—. Lo conseguiremos.

—¿Y tu padre? —preguntó Jaime.

—Tengo una prima que se ocupa de él cuando debo ampliar la jornada laboral. Solo acudo a ella si no hay otro remedio, porque le pago por su dedicación, pero todos estamos en el mismo barco, Jaime, y debemos remar en idéntica dirección. Clara es flexible con mis necesidades y yo lo soy con las suyas.

—En ese caso, yo también lo haré. ¿Sigue libre la buhardilla de tu bloque? Porque no preveo tener tiempo para buscar un alojamiento hasta que no entreguemos el primer encargo.

—Creo que sí; lo preguntaré.

—¿Está amueblada?

—Lo justo, si no eres muy exigente. La cocina es lo peor, es antigua, pequeña y poco equipada.

—No cocino mucho, puedo comer en la calle, y siempre están las aplicaciones que sirven a domicilio.

—Lo más probable es que los almuerzos los hagamos en el bar de abajo —comentó Fátima—. Puedes cenar en mi casa, con mi padre y conmigo, si quieres. Soy una cocinera aceptable y, por un módico precio, añadiré un poco más de cantidad a nuestros menús.

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—¿Lo harías? —preguntó Jaime esperanzado. La idea de alimentarse de comida rápida durante unos meses no le seducía demasiado.

—Por supuesto.

Clara se sintió molesta por el ofrecimiento de Fátima. Molesta y apartada.

—¿Estás segura? —preguntó a su empleada.

—Claro. A mi padre le gustará tener un hombre con el que charlar, desde hace años solo se relaciona con mujeres.

—¿Y cómo le vas a presentar a Jaime?

—Como lo que es: un compañero de trabajo que vive en la buhardilla y no tiene tiempo de cocinar. ¿Por?

—Porque tal vez piense que tenéis otro tipo de relación.

—Mi padre sabe que nunca llevo a casa a los hombres con los que salgo.

—Por eso mismo. Sentarías un precedente.

—Lo entenderá. Es una medida urgente y necesaria para capear la situación. Porque Jaime necesita un lugar donde vivir y comer, y no tenemos tiempo que perder si queremos sacar la colección a tiempo.

Jaime escuchaba la conversación entre las dos mujeres. Decidió intervenir.

—Te lo agradezco mucho, Fati. Pero si te va a crear problemas con tu padre, ya me busco la vida.

—Ninguno.

Clara se encogió de hombros.

—En ese caso… un tema menos del que preocuparnos —afirmó, aunque seguía sin gustarle el acercamiento que se produciría entre Jaime y su empleada—. Esta tarde me pondré en contacto con los proveedores de oro y diamantes para que vayamos a hacer un pedido, a ser posible mañana. Supongo que querrás venir.

—Por supuesto.

—Yo consultaré lo de la buhardilla ahora mismo para que, si sigue disponible, puedas mudarte cuanto antes. ¿Tienes donde quedarte hoy?

—Sí, he reservado en el hotel un par de noches.

Clara se preguntó si Fátima le ofrecería a Jaime alojarse en su casa hasta que se instalara en la buhardilla. Se sintió irritada porque veía claro que la chica iba a por él. Confiaba en que eso no les trajera disgustos en la empresa.

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—Basta de charla, entonces —dijo tajante, y apartando esos pensamientos insidiosos—. Tenemos mucho que hacer. Que cada uno se ocupe de su cometido. ¿Lo tenéis claro?

—Meridiano —admitió Jaime.

Clara entró en su despacho mientras Fátima trataba de ponerse en contacto con el dueño de la buhardilla. Jaime permaneció en el taller en espera de las gestiones que lo proveerían de un alojamiento. Confiaba en que tanto el lugar como las condiciones fueran aceptables, porque era muy consciente de que no disponía de tiempo para buscar otra cosa a corto plazo, ni siquiera recurriendo a Rocío. No podría ir a visitar posibles viviendas de alquiler hasta que encontrase la adecuada.

Clara no parecía ser consciente de lo que se les venía encima; como siempre, arriesgaba demasiado.

—La buhardilla está disponible —comunicó Fátima tras una breve conversación telefónica—. Puedes ir a verla esta misma tarde, si quieres.

—¿Vendrás conmigo?

—Por supuesto. Le he asegurado al dueño que no montarás fiestas ruidosas ni molestarás a los vecinos.

—¿Me ves el tipo de hombre que monta fiestas en casa? Y aunque lo fuera, ¿tendría tiempo de hacerlo? Creo que, al llegar del taller, caeré en coma las pocas horas de sueño que nos podamos permitir.

—Será lo más probable.

—No pareces preocupada. ¿Has vivido algo así con anterioridad? —Alguna vez. Y siempre salimos adelante. —Confías en Clara, ¿verdad?

—Sí. Es la mejor jefa que he tenido nunca.

—¿Hace mucho que trabajas para ella?

—Un año, y nunca hemos tenido ningún problema. Es justa, comprensiva y generosa cuando hay que hacer horas extras.

—¡Una maravilla! —exclamó Jaime con sorna.

—Te darás cuenta cuando te libres de los prejuicios que tienes contra ella. Además, es muy buena como orfebre, te sorprenderás de lo rápido que resuelve el trabajo manual.

Jaime recordó aquella caja que se convertía en margarita al abrirse, hecha con herramientas rudimentarias, y pensó que tal vez Fátima tuviera razón. Solo tal vez. Debería comprobarlo por sí mismo para convencerse.

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Jaime y Fátima acudieron a ver la vivienda aquella tarde. No era ningún palacio, ni sería un alojamiento para un largo periodo, pero disponía de lo suficiente para una estancia temporal, mientras encontraba algo mejor. Constaba de una estancia que hacía las veces de salón y dormitorio, que incluía una minúscula cocina en la que supondría un verdadero reto preparar cualquier comida, pero mucho mejor que una habitación de hotel. Aceptó los términos que le propuso el casero y acordó que se mudaría al día siguiente, después de que hicieran una limpieza a fondo.

Tras agradecer a Fátima la ayuda, se desplazó al hotel y telefoneó a su hermana para comunicarle las novedades, y se dispuso a descansar y a dormir unas cuantas horas seguidas. ¡No sabía cuándo podría hacerlo de nuevo! La etapa que se abría ante él estaba llena de duro trabajo, pero también de expectativas. Volver a desempeñarse como diseñador merecía cualquier otro sacrificio, como el de residir en un espacio reducido e incluso el de someterse a las órdenes de Clara… al principio. No duraría mucho tiempo, en cuanto pudiera realizaría el curso de orfebre que lo colocaría al mismo nivel que ella y serían iguales. Pero estaba dispuesto a trabajar duro —e incluso a obedecer— para sacar adelante el proyecto que tanto lo ilusionaba.

Clara recibió la llamada de Fátima comunicándole que Jaime había conseguido el alquiler de la buhardilla. Se sintió molesta, pensaba que era él quién debería habérselo contado, pero no dijo nada al respecto. Sin embargo, quiso dejar las cosas claras y comentó lo que tanto la inquietaba. No era mujer que anduviera con medias tintas y fue al grano.

—¿Piensas liarte con él?

—¿Con Jaime?

—¿Con quién si no? No soy tonta, le has ofrecido un alojamiento encima de tu piso, lo has invitado a cenar con tu padre y contigo. ¿Te interesa?

—¿Te interesa a ti? —inquirió a su vez la chica.

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—Como hombre, en absoluto; como socio sí, y espero que, si vas a por él, eso no cree tensiones en el trabajo.

—De momento solo quiero solucionar problemas. Necesita un sitio donde vivir y, puesto que no hay tiempo para que se dedique a recorrer inmobiliarias y que tú no le has ofrecido alojarse en tu casa mientras encuentra algo, me he ocupado yo del asunto.

—¿Alojarlo yo en mi casa? ¿Cómo se te ocurre semejante cosa? ¡Ni que estuviera loca!

—Sería lo lógico, puesto que le conoces y ya compartiste techo con él. Pero no te preocupes, ya tiene donde vivir. Y, por el momento, no tengo intención de liarme con él. Si en el futuro la cosa cambia, ya te lo comentaré. Jaime me parece un gran tipo, y también tiene un buen polvo. Una de las dos debería aprovecharlo —bromeó—. Es un diamante, reconócelo.

—Los diamantes en bruto necesitan mucho trabajo para volverlos valiosos. Jamás dedicaría mi tiempo a convertir a Jaime en uno.

—Entonces, si lo dejo con Luis, ¿tengo tu beneplácito para tirármelo? Clara bufó.

—Por supuesto que no. Preferiría que buscaras tus rollos lejos del taller. No podemos permitirnos tonterías en el trabajo.

Fátima rio con ganas.

—Solo quería sonsacarte. De momento, no estoy interesada. —Mucho mejor. Ahora te dejo, estoy tratando de diseñar los anillos

con más detalle.

—¿Sin Jaime? No se lo va a tomar bien.

—Me da igual. Él está ocupado mudándose.

Fátima rio con ganas.

—Nos vemos mañana. Presiento que será otra jornada muy movida.

—Es muy probable —admitió Clara—. Hasta mañana.

Cortó la comunicación. Era muy posible que él se enfadase, pero no tenían tiempo que perder. Tampoco a ella le gustaba que se estuviera haciendo tan colega de Fátima, pero no podía hacer nada por evitarlo.

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Capítulo 11

2024

Jaime acudió con Clara a visitar a los proveedores para adquirir oro y diamantes con que fabricar las joyas, utilizando el dinero que Mariano Alver les había facilitado. Tuvo que reconocer que sabía lo que hacía y también lo que quería. A pesar de su insistencia en estar presente durante la adquisición, no intervino, limitándose a observar a su compañera elegir y seleccionar lo que necesitaban. Solo lo mejor, especificó ella, y el vendedor lo sabía, pues era su proveedor habitual.

Clara lo sorprendió de forma agradable, negociando e incluso regateando para obtener un buen precio en la transacción.

Cuando regresaron al taller y guardaron todo en la caja fuerte, se sentaron en el despacho a elaborar un plan de trabajo mientras Fátima realizaba su tarea en el taller.

—¿Cómo tienes la tarde? ¿Muy ocupada? —preguntó Clara cuando llegó casi la hora de comer.

—Libre, por el momento. Mi casero ha encargado una limpieza en la buhardilla, y mi intención es mudarme mañana a mediodía. Todavía me alojo en el hotel. ¿Por qué lo preguntas?

—Porque me gustaría enseñarte las herramientas necesarias para nuestro trabajo, y darte una especie de cursillo rápido para que te habitúes a su manejo. Hay muchas tareas básicas que podrás hacer al principio, mientras Fátima y yo nos encargamos de lo más complejo.

—Estoy a tu disposición.

Clara no pudo evitar reír con ganas.

—¿De qué te ríes? —inquirió molesto, sin encontrar la gracia al comentario.

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—De que nunca pensé que te escucharía decir esas palabras.

—No soy ningún necio, y reconozco que tú sabes de esto más que yo. Por el momento —puntualizó—. No dudes que te igualaré en cuanto me familiarice con todo el proceso, pero por ahora me conformaré con realizar esas tareas sencillas, si es que las hay en joyería.

—Las hay. De precisión, pero poco complicadas, y tú, por lo que puedo recordar, eras muy preciso y muy minucioso en tus trabajos. Poco original, pero muy bueno en los detalles.

—No he dejado de serlo.

—En ese caso, almorcemos en el bar y empecemos cuanto antes con el aprendizaje.

—Me parece bien.

—Mañana comenzaremos la jornada más temprano.

—¿Cómo de temprano?

—¿Las siete y media? Fátima se incorporará después, cuando deje a su padre levantado, y por la tarde su prima está libre para ocuparse del anciano. Tú puedes marcharte a mediodía para instalarte.

—No tengo problema en madrugar. Si es necesario traslado mis cosas del hotel a la buhardilla a la hora de almorzar y luego regreso a seguir trabajando, si Fátima y tú todavía estáis aquí.

—Tómate la tarde libre, de momento, y termina con la mudanza. Más adelante es seguro que necesitaremos echar más horas y prefiero que no te queden tareas por realizar en casa.

—Ningún problema. En la bodega es lo normal, en época de vendimia las jornadas se alargan mucho.

Fátima se marchó y Jaime y Clara se dirigieron al bar para almorzar.

Aquel día eligieron un menú en lugar de tapas.

—¿Haces esto muy a menudo? —preguntó Jaime con curiosidad. —¿Comer en el bar? Solo cuando es necesario, prefiero hacerlo en

casa.

—Me refiero a maratones de trabajo, a jornadas intensivas como las que nos esperan.

—A veces, cuando las entregas lo requieren.

—¿Y es compatible con tu vida personal y amorosa?

A pesar de que Rocío le había comentado que Clara tuvo una relación que terminó un año atrás, quería oírlo de la propia interesada. Sentía

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curiosidad por saber qué había sido de la vida de la mujer durante los catorce años que habían pasado sin contacto.

—No tengo vida amorosa en este momento, más allá de los diamantes. —¿Por algún motivo?

Ella se encogió de hombros.

—No soy mujer de rutinas ni ataduras. La libertad es muy preciada para mí, siempre lo ha sido.

—Pero has tenido una relación, por lo que me dijo Rocío.

Clara rio de nuevo. Se encontraba feliz y distendida por haber logrado un buen acuerdo con los Alver y aquel mediodía no sentía la necesidad de rebatir a Jaime en todo lo que dijera.

—Si ya lo sabes, ¿por qué me lo preguntas?

—Solo sé que hubo alguien en tu vida, pero ignoro los detalles. —Tampoco yo voy a dártelos. Solo te diré que me sentía asfixiada

estando en pareja, que lo que él deseaba, yo no, y le puse fin. No hubo terceras personas ni dramas de ningún tipo, al menos para mí. Espero que tampoco para él.

—¿Y en la actualidad?

—En la actualidad estoy muy feliz sola, con mi independencia y mi caos, y no tengo ninguna gana de que venga un hombre a poner orden en mi vida.

—No has cambiado en eso.

—Claro que no. ¿Qué me dices de ti? —Que sigo tan ordenado como siempre.

—Eso ya lo he averiguado; me refiero a si tienes pareja en Cádiz, o en algún otro lugar. En el instituto salías con una chica.

—Paloma.

—Sí, esa. ¿Qué fue de ella? ¿Seguís juntos? Parecía el tipo de mujer que se echa novio de joven y sigue con él toda la vida.

—Lo dejamos en la universidad. La distancia nos separó y la relación se resintió. Ahora está casada y tiene tres niños.

—¿Tres? ¡Madre mía, qué horror!

—No es ningún horror tener hijos. A ti te encantaría, te llenan la vida de caos.

—Ya tengo suficiente con el mío. No digo que sea un horror tener hijos, ¡pero tres y tan joven! Paloma es de nuestra edad. Yo no me lo planteo a corto plazo. Y si alguna vez los tuviera, sería sin padre.

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—Difícil lo veo.

—Me refiero a la inseminación artificial; acudiría a un banco de semen, los criaría sola y los educaría a mi manera.

—En el caos más absoluto.

—No tanto, pero, desde luego, con la mente abierta y sin normas demasiado estrictas.

—Dicen los expertos que los niños necesitan horarios, rutinas y estabilidad.

—¡No hagas caso! Mi forma de ser está marcada por una educación muy rígida y cuadriculada. En mi casa siempre se comía y se dormía a la misma hora, se establecía un menú semanal que se repitió durante todo el tiempo que viví en el pueblo, todo era muy estricto. No había ni un resquicio para salir de la rutina más absoluta. Mudarme a Cádiz y vivir en casa de tus padres fue un soplo de aire fresco.

—¿A pesar de mí?

Clara torció el gesto.

—Debo reconocer que fuiste la piedra en el zapato, pero solo me caías mal porque representabas todo lo que yo quería dejar atrás en mi vida; en general guardo muy buen recuerdo de aquellos años, pese a ti. Rocío fue la mejor amiga del mundo, y la pobre lo pasó mal porque estaba en medio, entre tú y yo. Lo que no entiendo es por qué te caía mal yo a ti.

—Porque eras todo lo contrario a mí. Más o menos lo mismo que te sucedía conmigo. Y… —dudó un momento si seguir, pero ella había sido sincera con él, y decidió confesar el absurdo motivo que le había desagradado siempre—: porque enseñabas el ombligo.

Clara no pudo evitar una carcajada.

—¿En serio? ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo mi ombligo? Lo sigo enseñando —advirtió alzando los brazos y mostrando la parte del cuerpo mencionada.

—Soy consciente —afirmó Jaime, evitando mirarle la cintura.

—Te sigue molestando, ¿verdad? Por eso dijiste que lo ocultara en la entrevista con el joyero.

—Me sigue irritando, sí. No es algo que pueda evitar, aunque ignoro el motivo.

—Pues te vas a tener que aguantar, porque no pienso cambiar mi forma de vestir. Simplemente, no lo mires.

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—Trato de no hacerlo. No vamos a discutir por tu ombligo, igual que no lo hicimos en el pasado.

—Será por lo único que no discutimos. Espero que eso haya cambiado. —No vamos a enfrentarnos por tonterías; solo por cosas importantes. —Yo pensaba que no íbamos a hacerlo por nada, que ambos tenemos

controlado el rechazo que sentíamos por el otro.

—Ya no somos críos, en efecto. Pero eso no quiere decir que vaya a aceptar todo lo que tú quieras, y sé que tampoco tú lo harás conmigo.

—Por supuesto que no. Pero nos hemos ido por los cerros de Úbeda y no me has hablado de tu vida sentimental en la actualidad. Porque eres de los tíos a los que les gusta estar en pareja. ¿Lo estás?

—En este momento, no. Pero tienes razón, no me gustan los encuentros esporádicos ni de una noche. Aunque las relaciones no siempre funcionan, y de momento estoy libre como el viento. No rechazo la posibilidad de empezar una, y si es duradera, mejor.

—Para toda la vida.

—¿Por qué no? Mis padres llevan juntos cuarenta años.

Estuvo tentada de preguntarle si le gustaba Fátima, pero, al igual que le pasaba a él con su ombligo, le molestaba que tuviera algo con su empleada. No tenía ningún sentido, porque le había conocido a la chica varios novios más o menos duraderos, y le había divertido la facilidad con que cambiaba de pareja. Sin embargo, con Jaime era diferente. Tal vez porque eso pudiera resentir la convivencia en el taller.

—Bien, es buena cosa que ninguno tenga pareja en este momento, así podemos dedicarnos al trabajo sin complicaciones ni interferencias.

—A mí nunca me impidió una mujer cumplir con mis tareas.

—La obligación antes que la devoción.

—Sí. ¿Para ti no?

—También, porque para mí ambas cosas van unidas. En eso coincidimos.

—¡Será en lo único!

—Será.

Habían terminado de comer y, tras abonar la cuenta, dividida de forma escrupulosa en dos partes iguales, regresaron al taller.

Clara se puso un delantal negro para salvaguardar la ropa y se sentaron ante la mesa de trabajo. Abrió los cajones del mueble adosado a la pared y extrajo una caja de herramientas que colocó sobre la superficie limpia.

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Jaime echó un vistazo al interior y se sorprendió de encontrar herramientas conocidas: pinzas, seguetas, alicates, martillos, limas, reglas y soldadores. También otras que no había utilizado nunca, e intuía que eran específicas de joyería.

Clara se las mostró.

—Estos son calibradores para ajustar con exactitud el tamaño de las piezas. Como imaginarás, un solo milímetro de diferencia puede arruinar una joya.

—No sucede solo con las joyas, la precisión es imprescindible para cualquier diseño.

—En orfebrería más, porque trabajamos con piezas muy pequeñas. Esto —añadió mostrando una herramienta que a Jaime le había llamado la atención— es un motor colgante. Se utiliza para perforar, pulir o grabar, según el accesorio que se le acople. Ahora te mostraré cómo funciona, porque grabaré una de las piezas de mi colección Klarity.

—Bien.

—Además, tenemos que utilizar cepillos y paños especiales para mantener las piezas limpias y libres de residuos.

—Supongo que esa será una de mis tareas.

—Supones bien.

—También puedo soldar, soy bueno en eso.

—Eres bueno en muchas cosas, no habría contactado contigo si no lo pensara. Pero, por el momento, empezarás por lo más básico; la soldadura en joyería es muy delicada y debe ser sólida y, a la vez, invisible.

—Soy capaz de hacerlo.

—Estoy segura de ello, pero no de momento. Practiquemos un poco con algunos restos de materiales que tengo aquí. Empecemos con plata, si te parece.

Sacó una caja con pequeños trozos, sobrantes de algunos trabajos anteriores, y durante un rato Jaime realizó diversas tareas que Clara le fue encargando. Trabajaban en sintonía, aunque él estaba seguro de que lo ponía a prueba. Más que comprobar su destreza manual, lo que hacía era aquilatar su capacidad de recibir órdenes. Órdenes de ella.

Durante toda la tarde obedeció, y estaba decidido a hacerlo en el futuro cuando se tratara de tareas que no estaba habituado a realizar, o muy complicadas y que pudieran estropear una joya. Pero la soldaduras meticulosas y perfectas eran una de sus habilidades y no permitiría que la

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cuestionara en el futuro. No obstante, no quiso provocar una discusión en aquel momento. Obedeció: limpió y pulió todo lo que le encargó Clara, que parecía muy satisfecha con su comportamiento.

A las ocho y cuarto, dieron por terminada la formación y se dedicaron a guardar todo lo que habían utilizado.

Clara se despojó del delantal con que cubría su ropa y lo colgó en una percha, junto a otro que solía utilizar Fátima. Alzó los brazos por detrás de la cabeza para masajearse la nuca y la camiseta que vestía se levantó mostrando la cintura y el ombligo en todo su esplendor. Jaime no tuvo dudas de que lo había hecho a propósito.

«¡Cabrona!», pensó arrepintiéndose de haber hablado de más. No obstante, no hizo el menor comentario.

—¿Mañana a las siete? —se limitó a preguntar.

—Sí.

—Pues hasta entonces. Seré puntual; espero que tú también.

—Por supuesto, Jaime. Descansa.

Se marcharon cada uno por un lado, Jaime a su hotel y Clara a su casa. Una nueva etapa comenzaba y tendrían que aprender a trabajar juntos. Y a tener la boca cerrada.

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Capítulo 12

2010, Cádiz

El instituto organizaba una fiesta para recaudar fondos para el viaje de fin de curso. Era una fiesta sin alcohol, pues muchos de los alumnos eran menores de edad, pero Jaime estaba seguro de que algunos se las arreglarían para beber antes de entrar en el recinto.

No le apetecía asistir, pero sus amigos lo harían y Paloma había terminado de convencerlo. Quien estaba seguro de que no se la perdería era Clara, porque la había escuchado hablar con Rocío a todas horas de la dichosa fiesta.

Por lo menos no se trataba del tipo de evento que celebraban en las películas americanas, en las que un chico pedía a una chica que lo acompañara. Ellos iban a acudir en grupo y sin formar parejas.

El local elegido era una asociación de vecinos del barrio de una de las profesoras que organizaban el viaje, una amplia sala con una barra en uno de los extremos y unos baños, dos o tres mesas y nada más.

«Cutre», pensó nada más entrar. No eran los primeros, ya había un nutrido grupo de asistentes, Clara entre ellos. Y se estaba luciendo de lo lindo. Vestía una falda que más bien parecía un cinturón y un top tan minúsculo que enseñaba bastante más que el ombligo, apenas una tela que ni siquiera ocultaba todo el pecho y que se sostenía de forma milagrosa por unos cordones que se cruzaban en la espalda.

—Está buena tu huésped —afirmó uno de sus amigos, mirando a Clara con arrobo. A pesar de sus intentos por ocultarlo, todos se habían enterado de que vivían juntos.

—No es mi huésped, sino de mi madre —masculló.

—¿Se pasea con poca ropa por la casa?

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—No lo sé; apenas coincido con ella, y si lo hago, ni la miro.

—¿Cómo puedes no mirarla? Es un bombón.

—Porque no es el tipo de mujer que me gusta.

Paloma se acercó mimosa, segura de que ese tipo de mujer era ella, vestida con sobriedad y elegancia. Él le pasó un brazo sobre los hombros y le besó la mejilla. Sin embargo, no pudo despegar los ojos de Clara, que lo estaba dando todo en la improvisada pista de baile.

Sus movimientos eran tan exagerados que en más de una ocasión temió que el minúsculo top —si se le poda llamar así— se le cayera y dejara al aire el lamentable espectáculo de sus pechos adolescentes. ¡Un bombón!, decían sus amigos y compañeros de clase. Era delgaducha y carente de formas, y lo suplía mostrando más piel de la necesaria, como aquella noche. Si él hubiera sido su madre le hubiera prohibido salir de casa con esas pintas, pero a Consuelo todo lo que hacía Clara le parecía estupendo.

Se sentía cada vez más irritado a medida que transcurría la noche, y ella más impresentable bailando como una loca desaforada. Cuando la vio dirigirse hacia los servicios, la siguió dispuesto a expresarle su parecer.

—¿Se puede saber qué haces?

—¿Cómo que qué hago? Bailar, como todo el mundo.

—Como todo el mundo, no. Pareces… desatada.

—No me gustan las ataduras, creía que ya te habías dado cuenta. —En cualquiera de tus movimientos locos se te puede caer el trapo ese

que llevas en el torso y dar un espectáculo.

—¡Eso quisieras tú! No vas a tener tanta suerte.

—¿Yo? No estoy interesado en ver tu patético cuerpo.

—¿Prefieres el de tu Palomita? ¿Te permite verle algo? Me apuesto lo que quieras a que ni siquiera la has visto en ropa interior. Es tan…

—¡Cuidado con lo que dices de ella!

—Iba a decir modosita; no voy a insultar a tu chica, sois tal para cual. ¡Habrá que ver vuestros encuentros amorosos!

—No voy a contarte mis intimidades con mi novia.

—Ni yo estoy interesada en saberlas. Vive y deja vivir, Jaime. Me lo estoy pasando en grande esta noche, así que deja de mirarme como si me quisieras asesinar. ¿O lo que quieres es meterme mano?

—¿Yo a ti? Ni loco. Lo que ocurre es que estás comportándote como una inconsciente y, si te pasa algo, la responsable es mi madre.

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—¿Si me pasa algo como qué? Me puedo doblar un tobillo, aunque no llevo tacones altos, o caerme de culo, pero de ninguna de esas cosas sería responsable tu madre.

No quiso decirle que varios de sus amigos estarían dispuestos a hacerle muchas cosas —él no entendía qué veían en ella—, pero no estaba dispuesto a elevarle el ego más de lo que ya lo tenía.

—Si alguien se propasa contigo me obligarás a salir en tu defensa. —No hace falta, puedo defenderme solita. Tengo una excelente

puntería en lo que a rodillazos en los huevos se refiere. ¿Quieres comprobarlo?

—¿Has bebido?

—Esta es una fiesta sin alcohol, para menores.

—Me refiero antes de entrar.

—Eso no es asunto tuyo, «mami». Ahora déjame hacer a lo que he venido o tendrás que recoger un charquito del suelo.

Entró en el baño de señoras dejándolo con la palabra en la boca y más irritado aún que antes de comenzar la conversación.

Clara regresó a la sala poco después y, sin pensárselo dos veces, se subió a una de las mesas para seguir bailando, aún más enardecida que antes, y sin dejar de mirarlo.

—¡Vámonos! —exclamó agarrando a Paloma por un brazo—. Esto es una mierda de fiesta. Ya he contribuido pagando las entradas, y no lo soporto más.

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Capítulo 13

2024

La nueva etapa se presentó más dura de lo que Jaime había imaginado. Clara lo sorprendió de forma positiva, con una capacidad de trabajo que no imaginaba en ella. En el pasado la había considerado como una artista — debía reconocer que lo era, aunque no le gustara su concepto del arte— que se complicaba poco la vida y se limitaba a hacer lo que menos esfuerzo le supusiera, que su extravagancia se debía más a pocas ganas de trabajar que a otra cosa. Sin embargo, o había cambiado o siempre estuvo equivocado con respecto a ella.

Habían establecido como hora de llegada las siete de la mañana para hacer frente a los plazos de entrega, pero la mayoría de las veces ya estaba en el taller cuando él llegaba. Fátima se incorporaba sobre las nueve o las nueve y media, cuando ya llevaban bastante rato allí. Y era Clara quien soportaba la mayor carga.

Le daba cosas sencillas que podía asumir, reconocía —solo para él— que, aunque podría desempeñar otras de mayor complejidad, no lo haría con la rapidez y destreza que el poco tiempo disponible requería. Era bueno con la soldadura, pero nunca lo había hecho con piezas tan pequeñas, por lo que era ella quien las realizaba. Eso y todo lo más delicado. Nunca lo dejaba parado, siempre tenía algo que hacer, aunque se limitara a tareas de fundido o limpieza. Sin embargo, no protestaba, porque comprendía que no estaba al mismo nivel de su socia.

Se había mudado a la buhardilla, y aunque no era el alojamiento de su vida, no estaba incómodo, tal vez porque disponía de poco tiempo para habitarla.

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Solían abandonar el taller sobre las siete y media o las ocho de la tarde, dependiendo de cuándo terminaran algún proceso que no se podía interrumpir, y, tras darse una ducha, bajaba a casa de su vecina para disfrutar de una cena poco elaborada por falta de tiempo, pero casera. Le encantaba ese tipo de comida, semejante a los guisos de su madre.

Charlaba con el padre de Fátima, un anciano agradable y muy culto — a fuerza de leer para compensar su falta de estudios—, con el que mantenía algunas charlas mientras su hija preparaba la comida. Después subía a su alojamiento y, si no caía rendido de cansancio, llamaba a su hermana, muy interesada en saber si Clara y él ya se habían tirado algo a la cabeza o estaban aprendiendo a soportarse.

Aunque el trabajo no suponía un esfuerzo físico, como sucedía a veces con el de la bodega, a su forma de hacer las cosas le generaba mucho estrés ver que se avanzaba poco cada día, y no podía hacer nada por remediarlo. Por mucho que Clara y Fátima afirmaran que lo conseguirían, tenía serias dudas.

—Fati, me gustaría pedirte un favor —le pidió a la chica una noche, mientras la ayudaba a recoger la cocina, como solía hacer.

—Claro, si está en mi mano…

—Me gustaría que me enseñaras algunas de las tareas que tú realizas en el taller. Me siento mal por lo poco que hago.

—También las tuyas son necesarias, y nos liberas de ellas a nosotras. —Lo sé, pero quisiera ayudar más. Hasta el momento Clara se carga

con casi todo.

—¿No será que te sientes menospreciado por el tipo de faenas que te encarga?

—No. Soy muy consciente de que no puedo hacer otras cosas, y deseo

ayudar. Ahora Clara se ocupa de la mayor parte del montaje y me doy

cuenta de que vamos con retraso.

—¿Temes que te lo reproche?

—No lo ha hecho, ni creo que lo haga, aunque con ella nunca se sabe. Solo deseo ayudar, puesto que me llevaré la mitad de los beneficios, y en este momento no creo que me los esté ganando.

—¿Te estás dando cuenta de lo buena profesional que es, aunque no compartas sus ideas sobre diseño?

—Estoy empezando a hacerlo, sí. He buscado cursos de orfebrería para apuntarme, pero no encuentro ninguno que se imparta de noche, y en este

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momento no me puedo permitir faltar unas horas del taller. Lo haré en cuanto entreguemos las primeras colecciones, pero si pudieras darme algunas nociones, yo practicaría en casa después de la cena, para coger destreza.

—Lo haría encantada, pero no tengo herramientas, ni material, está todo en el taller. De todos modos, no tengo tantos conocimientos ni habilidad como ella.

—Sabes más que yo. Hay kits de herramientas básicas para quienes comienzan en la joyería, me haré con uno y algo de oro y plata para empezar.

—En ese caso, cuenta conmigo. Lograremos sacar las colecciones adelante, Jaime.

—Eso espero.

—Yo estoy segura.

—Mañana intentaré salir un rato del taller para hacerme con uno de esos kits.

—Deja que me encargue yo. Antes de entrar pasaré por el almacén donde solemos comprar las herramientas y te conseguiré uno con buena relación calidad precio, que incluya lo necesario.

—Gracias. Si lo haces me ahorrarás pedirle a Clara un rato libre en horario comercial.

—Si sabe para qué lo quieres no te lo negará.

—¡O sí, vete a saber! Prefiero que lo ignore hasta que domine el tema.

Ya habrá tiempo de contárselo.

—Sigues sin confiar en ella, ¿no?

—No es eso. No entiendes el tipo de relación que tuvimos en el pasado. Aunque hayan transcurrido los años y hayamos cambiado, aún quedan resquicios de desconfianza, al menos en mí.

—Creo que los dos os equivocáis con respecto al otro. Como bien dices, ignoro lo que os pasaba en el bachillerato, pero me parece un poco surrealista. Porque, según tengo entendido, no existía un motivo justificado para tanta animadversión.

—Ahora, si lo miro con frialdad, tampoco lo tengo claro. Pero no nos podíamos ni ver. Bastaba con que uno dijera blanco para que el otro pensara negro solo por antagonismo. Y viceversa.

—Me hubiera gustado veros entonces.

—Mejor que no.

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Terminaron de recoger los platos y utensilios de la cena y se despidieron.

—Hasta mañana, Fati.

—Buenas noches, Jaime.

Fátima se encargó de comprar el kit de joyería para Jaime al día siguiente y se lo llevó al taller. No le comentó nada a Clara, pero cuando él la interrogó con la mirada, ella asintió con la cabeza y señaló el gran bolso que colgaba de su hombro, y que aquel día abultaba bastante. Lo guardó en el armario donde solían dejar las chaquetas y se acomodó en su silla.

A Clara no le pasaron desapercibidos los gestos de complicidad que intercambiaron y se sintió molesta.

—¿Ocurre algo con Fátima? —preguntó a Jaime cuando se encontraban solos en el despacho, revisando algunos detalles de los anillos.

—No. ¿Por?

—Porque os he visto haceros gestos raros.

—No tiene nada que ver contigo. Son cosas nuestras.

—Si tienen que ver con el taller, son también cosas mías —murmuró adusta.

—Nada que ver.

Clara gruñó algo ininteligible y Jaime esbozó una sonrisa.

—¿Tiene que ver con las cenas en su casa? —volvió a preguntar, con curiosidad mal disimulada.

—Exacto.

—Espero que seas consciente de que tiene novio.

—Creo que es la segunda o tercera vez que me lo dices. No comprendo qué tiene que ver con que cene en su casa. Eres su jefa, si comemos juntos o no, no te incumbe. Ni ninguna otra cosa que pueda suceder fuera del taller.

—Por supuesto que no. Solo me incumbe el tipo de trato que tengáis en el trabajo.

—¿Acaso este no es correcto?

—Hasta ahora, sí.

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—Pues entonces. Anda, dame otra tarea, que acabo de terminar lo que me has mandado antes y no me gusta estar parado.

—¿Te atreves con un anillo?

—¡Pues claro que me atrevo!

Hasta el momento había fundido los metales y los había vertido en los moldes para formar unas barras que serían la base de los anillos. Clara cogió una y la laminó con cuidado.

—¿Has visto cómo lo he hecho?

—Por supuesto.

—Coge la lámina y comienza a darle forma. De momento, solo eso.

Después, intenta laminar tú otro, a ver qué tal se te da.

Empezó a trabajar con meticulosidad y, al principio, poca destreza. Clara lo observaba desde su asiento, en el que daba forma a una gargantilla. Sabía que la iba a exasperar con su lentitud, pero si no lo ponía a realizar algo de más envergadura, no iban a llegar a buen término. Los anillos eran las joyas más fáciles de la colección. Habían decidido elaborar las piezas por categorías: las gargantillas a la vez, y lo mismo con el resto. Fátima se encargaría de hacer las fases finales de pulido y Clara engarzaría los diamantes.

El primer anillo lo tuvo que hacer tres veces para que le quedara bien. Clara negaba con la cabeza y Jaime pensaba lo mismo. Ninguno de los dos se conformaba con algo que no resultara perfecto, en eso estaban de acuerdo. Había que volver a fundir el oro y comenzar el proceso desde cero.

Cuando se reunieron a comer en el bar, Fátima lo felicitó.

—Veo que ya no te limitas a fundir y limpiar el metal.

—No, me han ascendido de categoría —afirmó algo molesto—.

Aunque voy demasiado lento.

—Lento, pero lo has conseguido.

—A la tercera.

—No importa —intervino Clara—. Seguro que el siguiente lo harás a la primera.

Jaime la miró incrédulo.

—¿He escuchado bien?

—¿Qué he dicho?

—No me has echado en cara los dos intentos fallidos. No es propio de

ti.

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—Todo el mundo comete errores cuando empieza con algo. En la escuela de orfebrería he visto compañeros que tardaron mucho más en hacer un anillo decente, ni siquiera perfecto.

—¿Y tú?

—No recuerdo cuántos fallé yo.

—Dirás que no lo vas a reconocer.

—En serio, lo he olvidado. Pero lo bueno del tuyo es que al final ha quedado perfecto, no solo pasable.

—Nunca has alabado nada que yo hiciera. Al contrario, has buscado errores donde no los había.

—Nunca he aprobado tus proyectos, pero sí la ejecución. Sé que lograrás ser un buen orfebre… con tiempo y paciencia. Que seas un genio del diseño o crees tendencia, es otra cosa.

—¡Ya decía yo!

Fátima los observaba divertida.

—¡Reconócelo, Jaime! Nunca te sales de lo establecido. Eres predecible —insistió Clara.

—¡Tú en cambio eres todo lo contrario! Impulsiva, alocada, arriesgada.

—Y divertida.

—Nunca me resultaste divertida.

—¿Seguro?

—Muy seguro.

—¿Sabéis lo que pienso? —intervino Fátima, que no se perdía una palabra del intercambio verbal.

—¿Cómo voy a saberlo? Seguro que tampoco soy adivino.

—Que os complementáis. Os daríais cuenta si no os empeñarais en fustigaros a cada momento.

—Ya no nos fustigamos, Fati. Acaba de decirme que he hecho un anillo perfecto.

—No te emociones, Jaime. Has hecho un aro perfecto, el anillo lo será cuando yo engarce el diamante en él, no antes.

Los tres rieron.

—Digamos que entre los dos hemos hecho una obra de arte en forma de anillo.

—Entre los dos habéis creado una colección que dará que hablar.

—Tú también aportaste tu granito de arena.

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—Yo me limité a haceros ver lo que os empeñabais en ignorar por vuestra rivalidad de egos. Yo, tú… mejor nosotros, ¿no?

—Nosotros. Los tres —constató Jaime, apoyando una mano sobre la de Fátima y dándole unas palmaditas de ánimo—. No te quites méritos.

Clara observó la mano de Jaime sobre la de su empleada con desagrado. Esta se apresuró a retirar la suya con rapidez.

—Dejemos las alabanzas para otro momento. Terminemos de comer, que hay que volver al curro.

—Sí, jefa.

Se apresuraron a apurar sus platos para continuar la tarea hasta el atardecer.

Regresaron al taller y Jaime dedicó la tarde a elaborar otro aro. Esta vez desde la fase de laminado. Le llevó bastante tiempo, pero, puesto que no había otra tarea por realizar en aquel momento, consideró que habían dado un paso importante para adelantar.

A la hora de marcharse, Fátima se acercó a Jaime.

—¿Te lo doy ahora o en casa?

—Mejor luego.

—Bien. Hasta ahora, entonces.

Se despidieron y cada uno se dirigió a su coche para dar por finalizado el día. A pesar de que vivían en el mismo bloque, el hecho de que Fátima llegara más tarde les impedía compartir vehículo.

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Capítulo 14

2024

Durante una semana Jaime dedicó una hora después de la cena a adiestrarse con las herramientas del kit de joyería bajo la supervisión de Fátima. Después, subía a su buhardilla y continuaba practicando soldaduras minúsculas un rato más. Estaba seguro de que pronto podría descargar a Clara de esas tareas, porque soldar siempre se le había dado muy bien, solo necesitaba un poco de práctica para hacerlo en joyas.

Había observado con atención a su socia cuando las realizaba, y cada día le robaba un poco de tiempo al sueño para conseguir la destreza necesaria.

Aquella noche estaba en ello cuando lo llamó su hermana.

—¡Hola, Rocío!

—¡Dichosos los oídos, chico! Hace días que no sé de ti.

—Tengo mucho trabajo.

—¿Hasta altas horas? Clara dice que os vais del taller como muy tarde a las ocho. Salvo que el trabajo sea de otro tipo. ¿Lo es?

—En absoluto. Yo después tengo otra sesión, y no de ese tipo que insinúas.

—¿Trabajas en otra empresa? No le va a gustar.

—No, estoy practicando en casa para hacer más tareas de las que realizo ahora. Pronto le daré una sorpresa a Clara. Aunque ya hago anillos yo solo, salvo el engarce de las piedras, que lo realiza ella. —Eso es una buena noticia. ¿Y la relación de trabajo?

—Más o menos. Tenemos nuestros roces, pero, de momento, no hay desgracias que lamentar.

—Me alegro.

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—Supongo que los dos hemos madurado y, aunque sigan sin gustarnos cosas del otro, nos las callamos.

—¿Qué sigue sin gustarte de Clara?

—Su forma de trabajar. Y su forma de vestir.

—¿No trabaja bien?

—Es muy buena en lo suyo, lo reconozco, pero sigue siendo caótica. No termina una pieza entera, pasa de un pendiente a un brazalete sin hacer la pareja. Dice que aprovecha mejor el tiempo de esa forma, que cuando se satura necesita cambiar. Yo no pienso lo mismo, desde luego. Aunque hemos decidido hacer todas las piezas de las tres colecciones seguidas, casi nunca lo cumple.

—¿Y se lo dices?

—Todos los días, pero ni caso.

—¿Y tú te enfadas?

—No grito, si es lo que piensas. Pero cuando pueda hacer las cosas a mi modo, le demostraré lo equivocada que está, que el orden es crucial para aprovechar el tiempo al máximo.

—¡Vaya dos! No cambiáis.

—¿Se te ha quejado de mí?

—Sabes que no voy a decirte eso. Siempre me he mantenido en medio, sin tomar partido y sin echar leña al fuego. Os contemplo desde la distancia, sin mojarme.

—¿Cómo puedes? Yo soy tu hermano y me debes lealtad incondicional —amonestó en tono de broma.

—Y ella mi amiga. No lo conseguiste en el pasado y tampoco lo lograrás en el presente. Las diferencias que podáis tener, las solucionáis vosotros.

—Tengo que reconocer que como orfebre es muy buena. Muy habilidosa, pero…

—Caótica: ya lo has dicho. Sin embargo, si saca adelante el trabajo, ¿qué más da si hace los dos pendientes a la vez o por separado? Mientras le salgan iguales…

—Le salen idénticos, debo admitirlo. —Entonces, ¿dónde está el problema?

—En ningún sitio, supongo. Solo en mi cabeza y en mi forma de hacer las cosas.

—Que no es la única ni necesariamente la mejor.

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—Supongo que no. Pero es la mía.

—Y la otra, la de Clara. No te cierres en banda, porque debéis trabajar juntos.

—No lo hago, sobre todo desde que reconoció que hice un aro perfecto para un anillo. Ni en mil años hubiera imaginado que lo admitiera, sobre todo porque me costó varios intentos.

—Veo que vais progresando.

—Un poco, lo admito.

—Respecto a la otra cuestión, ¿qué no te gusta de su forma de vestir? —Nada. Pero lo que más me molesta es que enseña el ombligo a todas

horas.

—Siempre lo ha hecho.

—Lo sé.

—¿Y eso es un problema? Lo tiene muy bonito.

—No es para tanto.

—¿Seguro? ¿Lo has visto bien?

—No soy un mirón que se queda abducido por un trozo de piel. —Eres muy puntilloso, hermano. En fin, allá vosotros. Ahora te dejo,

es hora de dormir.

—Yo voy a seguir practicando soldaduras un rato más. Buenas noches.

—Descansa.

—Ni por asomo. Tengo que conseguir soldaduras tan invisibles y perfectas como los anillos.

—Hasta otro rato.

Siguió soldando una y otra vez hasta alcanzar el grado de perfección que deseaba. Lo más increíble era que no lo hacía por competir con Clara, ni por demostrarle nada, sino porque deseaba ayudarla y librarla de algunas de sus tareas.

Clara llegó al taller aquella mañana con un grado de malestar considerable. Le dolía la cabeza debido a la falta de sueño y a un molesto resfriado que arrastraba desde el día anterior y que había empeorado. Siempre le pasaba igual si coincidía el invierno con un alto nivel de estrés. En otras ocasiones podía quedarse en casa un par de días, pero en ese momento le resultaba impensable.

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Le costó levantarse de la cama a las seis y media y ni siquiera la ducha caliente pudo recomponerla y evitarle los escalofríos que le provocaban las décimas de fiebre. Se tomó un analgésico con un café al salir de casa y se dirigió al taller, dispuesta a rendir lo mejor que pudiera.

Cuando llegó eran las siete y veinte y ya Jaime estaba en la puerta. El bar no había abierto aún y él esperaba en la calle. Temió las recriminaciones de su socio por la tardanza, pero este se mostró bastante comprensivo.

—Buenos días, Jaime. Siento la tardanza.

—¿Qué ha ocurrido? —se interesó en vez de hacer ningún reproche.

—Se me han pegado las sábanas. Estoy un poco cansada.

—Y acatarrada.

—Eso también —dijo mientras abría la puerta—. Pero nada que un paracetamol no mejore.

—¿Por qué no te has quedado un poco más en la cama?

—Porque no nos lo podemos permitir.

Él entró a continuación y se le acercó. Le colocó la mano helada en el cuello y ella se estremeció. Y no solo por el contraste de temperatura. Algo se agitó en su interior al notar los dedos masculinos posados en su piel. Nunca se habían tocado en el pasado, ni siquiera cuando ella se marchó de Cádiz, en medio de besos y abrazos por parte de todos. Él no estaba en la casa, se había ido a pasar el fin de semana con unos amigos después de terminar el curso y ni siquiera se despidieron.

—Tienes fiebre —afirmó Jaime retirando la mano.

—Apenas unas décimas. Bajarán en seguida, en cuanto el analgésico haga efecto.

—Son algo más que unas décimas. ¿No tienes un termómetro? —¿Para qué? Ya bajará.

—Deberías haberte quedado en casa.

—Tú estabas esperando en la puerta para entrar. No podemos perder todo un día de trabajo.

—¿Fátima no tiene llave?

—No.

—¿No confías en ella?

—Por supuesto que sí, pero siempre se ha negado a asumir esa responsabilidad. Hay mucho material valioso aquí dentro.

—¿Y qué pasa si estás enferma y no vienes?

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—Nunca he faltado al trabajo sin darle el día libre.

—Comprendo.

—Creo que tú sí deberías tener una llave, así, si yo me retraso, no tienes que esperar en la calle.

—¿Lo dices en serio? ¿Te fías de mí?

Se miraron uno al otro en silencio. Sin animadversión. Sin recelo.

Como nunca lo habían hecho antes.

—Sí. Serás un tío convencional, pero no un ladrón. En el pasado tuvimos nuestras diferencias, pero ahora estamos en el mismo barco. Los dos nos dejamos la piel para sacar este proyecto adelante.

—Tú más que yo; pero te prometo que pronto te igualaré en responsabilidades.

—Los dos, Jaime, los dos. Da igual lo que haga cada uno, esto es un trabajo de equipo.

Esas palabras les trajeron a ambos recuerdos del pasado.

—¿Te acuerdas de aquel trabajo de equipo que no fuimos capaces de llevar a cabo en común? —preguntó él.

—¿La escultura?

—Sí. Entonces ni se me pasaba por la cabeza que un día pudiéramos trabajar juntos.

—Tampoco a mí.

—Ni al profesor.

—No, tampoco a él, porque nunca más nos incluyó en el mismo grupo. —¿Puedo hacerte una pregunta sobre aquella escultura, Clara? —Hazla. Ha pasado mucho tiempo.

—¿La hiciste tan…? —Iba a decir estrambótica, pero suavizó la palabra—, ¿rara porque estabas de compañera conmigo? ¿Para fastidiarme?

—Tal vez. —Esbozó una ligera sonrisa—. ¿Y tú? ¿La hiciste tan clásica por lo mismo?

—Tal vez.

—¿Se te ha ocurrido pensar en alguna ocasión que pudimos ser amigos en aquella época?

—Nunca. ¿Y a ti?

—No. Era más divertido discutir a todas horas y por todo. Pero, como ahora no podemos permitirnos ese lujo, no discutiremos y nos dedicaremos a trabajar.

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—Tú vas a esperar a que te baje la fiebre, no estás en condiciones de realizar ciertas tareas, te puedes hacer daño.

—Tengo que hacer algunas soldaduras.

—Deja que las haga yo.

—Pero tú…

—Dame la oportunidad —la interrumpió—. A lo mejor no soy tan desastre como piensas. Si no me sale bien la primera, te dejo a ti.

—De acuerdo.

Alzó las manos para ponerse el delantal que usaba para cubrir la ropa en el taller. Jaime la miró y no pudo evitar que sus ojos se deslizaran hasta la cintura, cuando mostró el ombligo. Tal vez Rocío tenía razón, y no era tan feo como pensaba.

Clara se sentó en su lugar de trabajo y Jaime comenzó a soldar con cuidado y pericia. Ella lo observaba atenta al menor fallo, pero no descubrió ninguno.

Después de conseguir una soldadura casi imposible de detectar, Jaime alzó la mirada.

—¿Das tu aprobación?

—Dijiste que eras bueno, pero no imaginaba cuánto. A partir de ahora soldarás tú; eso nos hará adelantar bastante.

—Me alegro. Tú hoy deberías marcharte a casa. Fátima está a punto de llegar y nosotros podemos ocuparnos de todo.

—Me quedaré. Estaré mejor en seguida.

—Te brillan los ojos por la fiebre. El analgésico que has tomado no te la ha bajado del todo.

—Me quedaré —volvió a afirmar.

—Eres una cabezota.

—¿Ahora te das cuenta? Siempre lo he sido.

—Esperaba que hubieras cambiado, al menos en eso.

—Me temo que no. Nadie cambia tanto.

—Tómatelo con calma, al menos.

—Lo intentaré.

No tendría más remedio, se sentía realmente mal. La cabeza le martilleaba como si las hordas de Atila galoparan por su cerebro. El cuerpo le temblaba a fuerza de escalofríos y debía reconocer que anhelaba meterse en la cama y no levantarse en varias horas.

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Era propensa a los resfriados, los cogía muy a menudo y de forma muy intensa. La fiebre alta solía acompañarlos y en ocasiones se tomaba un par de días libres para recuperarse. Pero no admitiría debilidad delante de Jaime, por muy mal que se sintiera. Al verlo aplicado en la nueva tarea, se relajó.

Fátima llegó poco después y no pareció sorprendida al ver a Jaime realizando un trabajo que con anterioridad hacía Clara.

—Veo que sigues ascendiendo de categoría —le dijo.

Este esbozó una sonrisa cómplice con la empleada, o eso le pareció a Clara. Cada vez tenía menos dudas de que entre ambos existía una relación que iba más allá de la que mantenían en el taller. Tal vez las cenas compartidas les estuvieran llevando a algo más de lo laboral. No los veía como pareja, y tampoco le gustaba la idea, aunque no sabía por qué. Prefería a Jaime solo, centrado en el trabajo.

Decidió obviar esos pensamientos, le dolía demasiado la cabeza. Terminaría la jornada lo mejor que pudiera y se marcharían a casa más temprano aquella tarde. A todos les vendría bien un poco de descanso. Antes, durante la pausa del almuerzo, haría una copia de las llaves del taller y se las daría a Jaime.

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Capítulo 15

2024

Clara pasó mala noche, ardía de fiebre y se encontraba cada vez peor. Por la mañana se levantó y se mareó nada más incorporarse. Ni siquiera en un taxi se sentía capaz de acudir al trabajo. A su pesar, llamó a Jaime, era demasiado temprano para hacerlo con Fátima, pues ella no se incorporaría al taller hasta mucho después.

Este respondió al primer timbrazo.

—Jaime —dijo con la voz ronca y apenas audible.

—Dime.

—No me encuentro demasiado bien, voy a quedarme un rato más en la cama hasta que me sienta algo mejor.

—Tienes voz de camionero. Creo que deberías quedarte en casa y acudir al médico.

—Pasaré por el ambulatorio y después iré al taller.

—¡No seas bruta! Si me estás llamando es porque te encuentras fatal, ya nos conocemos.

—Con medicación adecuada me sentiré mejor. No…

—No me vengas otra vez con que no nos podemos permitir que faltes al trabajo. No estás en condiciones de venir, acéptalo. No eres una superwoman sino una mujer de carne y hueso, y no necesitas demostrar nada. Ya nos las apañaremos cuando estés bien. De momento, Fátima y yo nos ocuparemos de todo lo que podamos para no perder demasiado tiempo.

—De acuerdo, iré al médico y me quedaré hoy en casa. Seguro que mañana estoy más recuperada.

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—Puede que sí, pero si no es así, tómate el tiempo que necesites. No se va a hundir el mundo por eso.

—El mundo no, pero la colección puede. Sabes bien que no andamos sobrados de tiempo. Yo nos metí en esto con tan poco margen y no voy a dejaros tirados.

—El otro día dijiste que lo nuestro es un trabajo de equipo, no tuyo solo. Si al final tenemos que quedarnos sin dormir alguna noche, lo haremos. Fátima no puede por su padre, pero yo no tengo ningún problema.

—¿En serio lo harías?

—Por supuesto. Sacaremos la colección adelante, socia. Todo antes que volver a la bodega. Estoy disfrutando mucho.

—Gracias, Jaime.

—De nada. Cuídate.

Cortó la llamada y se recostó de nuevo. Dormiría un rato más y después acudiría al centro de salud para que la viera un doctor y le proporcionara la medicación necesaria. Sabía por experiencia que aquello era más que un simple catarro y que no se curaría ignorándolo. Debía ser consecuente y tratar de recuperarse lo antes posible.

No esperaba la amabilidad y comprensión de Jaime. Aunque en los últimos tiempos se había mostrado más indulgente, y su seguridad en que llegarían a tiempo para la entrega la había sorprendido. Desde el principio se había mostrado reticente al respecto. Y su ofrecimiento a trabajar incluso de noche había sido insólito. ¿El hombre metódico y ordenado estaba cambiando?

Clara acudió al médico, que le diagnosticó una gripe y le dio una semana de baja. Semana que no pensaba tomarse, porque supondría un desastre para la colección. Permaneció en la cama todo el día, alimentándose solo de agua y antipiréticos, y rogando por encontrarse mejor al día siguiente.

A las siete y media de la tarde, sonó el timbre del portero electrónico. Lo ignoró, no pensaba levantarse de la cama para atender a ningún repartidor ni recibir el paquete de un vecino.

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El visitante volvió a insistir, el sonido le taladraba la cabeza. A continuación, cesó, sustituido por la vibración del teléfono móvil. El nombre de Jaime iluminó la pantalla.

—Dime, Jaime —respondió preocupada. Mil desastres ocurridos en el taller le pasaron por la mente.

—Abre la puerta; soy yo.

—¿Qué haces aquí?

—Si me abres, lo averiguarás.

—Un momento.

Se levantó de la cama con desgana y se puso una bata. Con paso vacilante se dirigió a la puerta y abrió.

Jaime salió del ascensor pocos minutos después, con una sonrisa en la cara que se le congeló al verla.

—¿Ha ocurrido algo en el taller?

—Pues sí, y no es malo; al menos eso creo. Pero en realidad he venido a ver cómo estabas; ya veo que fatal.

—No es mi mejor momento, la verdad.

—¿Puedo pasar?

—Claro.

Se hizo a un lado demasiado deprisa y se tambaleó ligeramente. Él fue rápido y la sostuvo rodeándola con los brazos.

—¿Estás bien?

—La fiebre alta suele provocarme mareos, sobre todo si no como. No he debido moverme tan rápido.

—Vuelve a la cama. ¿Por dónde es? Te llevo.

—Puedo sola.

—Yo creo que no. Vamos.

La sostuvo con los brazos y se dirigieron al dormitorio. La ayudó a despojarse de la bata y a tenderse. Miró a su alrededor buscando una silla, pero la única que había en la estancia estaba llena de ropa. Tratándose de Clara, no podía ser de otra forma.

—Quítala, o siéntate en la cama, no me importa.

Jaime optó por esto último.

—¿Has ido al médico?

—Sí. Gripe —informó con abatimiento.

—Eso significa una semana, por lo menos.

—Ni hablar. Volveré antes al taller.

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—En realidad no he venido solo a interesarme por tu salud, sino a tranquilizarte con respecto al trabajo.

—Dudo mucho que puedas hacerlo.

Sin responder, él introdujo la mano en el bolsillo y sacó una pequeña cajita. En su interior había un pendiente de la colección, formado por media concha, como las del broche de la gargantilla, a falta de engarzar el diamante.

—¿Qué le ha pasado? Estaba terminado. ¿Qué habéis hecho? Si ya sabía yo que no…

Jaime cogió otro pendiente y se lo mostró.

—Este es el que tú hiciste, y continúa terminado. El otro lo he hecho yo hoy, y está pendiente de que le engarces la piedra. A tanto no me atrevo.

—¿En serio lo has hecho tú?

—Ya me dirás. Solo había uno y ahora son dos.

Clara acercó la joya para observarla con detenimiento. No había ninguna diferencia entre ambos.

—¿Cómo lo has logrado?

—Con ayuda de Fátima. No voy a adjudicarme todo el mérito. Nos ha llevado más tiempo que a ti, pero tenemos un pendiente que antes no existía.

—Pero tú no sabes…

—Sé hacer más cosas de las que crees. No pensaba decírtelo todavía, pero nuestra empleada me ha estado adiestrando en otras tareas de orfebrería por las noches, y creo que no lo hago del todo mal. No como tú, por supuesto, pero lo suficiente para que no perdamos demasiado tiempo.

—De modo que eso es lo que os traéis entre manos los dos con tantas miraditas y gestos cómplices.

—Justo eso. ¿Qué pensabas?

—Que tenéis otro tipo de relación.

—¿Amorosa?

Ella se encogió de hombros.

—¿Y su novio?

—No le duran mucho.

—Pues por eso no es mi tipo. No soy de los hombres que cambian de pareja cada dos por tres. De hecho, no empiezo una relación si pienso que no va a durar.

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—Pero te sientes atraído por ella.

—En absoluto. La encuentro simpática y encantadora, una buena compañera de trabajo y una cocinera excelente. Nada más.

—Me alegra saberlo.

Jaime mostró un gesto de sorpresa.

—¿Por algún motivo?

—No quisiera tensiones sentimentales en el taller.

—Pues tranquila, que no las tendrás. Ahora dime si me das vía libre para seguir con los pendientes, mientras tú te recuperas.

—Por supuesto. Será un alivio tenerlos hechos a falta solo de engarzar los diamantes.

—Espero que eso te permita recuperarte con calma. No quisiera ser grosero, pero tienes un aspecto lamentable.

—¿Crees que no lo sé? En este momento me da igual mi aspecto, solo quiero seguir durmiendo hasta la siguiente toma del analgésico.

—¿Que será…?

—A las diez de la noche.

—Son algo más de las ocho. Aún te falta.

Alargó la mano y le tocó la frente.

—Tienes mucha fiebre.

—Me baja poco con los antipiréticos, pero algo mejora.

—¿Por qué no te das una ducha templada? Despejará la fiebre y después te sentirás mejor.

—No me encuentro con fuerzas.

—Puedo ayudarte, si quieres.

—¿Desnudarme delante de ti? Ni lo sueñes.

—No tienes nada que no haya visto ya en otra mujer. —«También te he visto a ti, aunque no lo recuerdes. O no quieras recordarlo».

—No me apetece, solo quiero estar tumbada.

—En ese caso te traeré un poco de hielo o un paño húmedo para la frente. ¿Dónde está la cocina?

—¿Piensas hacer de enfermero?

—Por supuesto. Debo mirar por el negocio.

—No tengo ganas de discutir. La cocina es la segunda puerta después de esta.

—¿No está junto al salón?

—No. Así la tiene todo el mundo.

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—Menos tú.

—Exacto.

Se levantó de la cama y se dirigió a la cocina para regresar poco después con un paño lleno de cubitos de hielo. Lo colocó en la cabeza de Clara, que se estremeció al frío contacto.

—Esto es una especie de tortura, ¿verdad? Para vengarte de todo lo que pasó en el bachillerato.

—Por supuesto. He esperado catorce años para tenerte indefensa en una cama, y voy a aprovecharlo.

—Hazlo, porque jamás volverás a tenerme indefensa en una cama.

—«Ni siquiera en una cama».

Jaime no se sentó de nuevo, sino que se dirigió hacia la puerta de la habitación.

—¿Ya te vas? —preguntó Clara. No quería que se marchara, había estado sola y enferma todo el día, y aunque se seguía sintiendo muy mal, verlo allí la estaba reconfortando.

—No tendrás esa suerte. Me he permitido registrar tu frigorífico y he visto que tienes un poco de caldo. Lo voy a calentar para que te lo tomes.

—No me apetece nada.

—Me da igual. Es caldo y necesitas hidratarte.

—¿Me vas a obligar?

—Si hace falta.

—Sigues siendo tan mandón como siempre —protestó, pero sin oponer resistencia.

—Nadie cambia tanto, o al menos eso me dijo alguien no hace mucho. Regresó poco después con una taza de caldo en la mano. La ayudó a incorporarse y la hizo tomar unos sorbos. Consiguió que bebiera la mitad

del contenido.

—No quiero más.

—Es suficiente por ahora. Guardaré el resto para luego.

—¿Para luego?

—No pensarás que voy a marcharme dejándote así. Me quedaré esta noche, y no es negociable.

—No es la primera vez que estoy sola y con fiebre.

—Me da igual las otras veces. Hoy me quedo. ¿Puedo saquear tu frigorífico o me pido una pizza?

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—Saquea lo que quieras, pero déjame dormir un poco. Esta charla me ha agotado más de lo que ya estaba.

—Estoy en el salón. Llama si me necesitas.

—De acuerdo. Ya me vengaré cuando esté mejor, te lo advierto.

Jaime salió de la habitación y dejó la puerta entornada.

Clara cerró los ojos, volviendo a colocarse el paño en la frente. Le agradaba que alguien estuviera cerca, aunque fuera él. No era tan fuerte como trataba de hacer creer, y la enfermedad la hacía vulnerable.

Jaime buscó en el frigorífico lo necesario para hacerse un bocadillo. No quería profanar la intimidad de Clara, ni su cocina, más de lo necesario. Se sentó a comerlo en el sofá y no pudo evitar acordarse de otra ocasión en que tuvo que socorrerla, y también verla desnuda.

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Capítulo 16

2011, Cádiz

Jaime dormía profundamente cuando unos golpes en la puerta de su habitación lo despertaron. Era un domingo y había llegado a su casa poco antes, después de una de las habituales salidas con Paloma y con sus amigos. A pesar de que tenían clase al día siguiente, se recogía tarde. Se levantó de la cama y al abrir descubrió a Rocío muy alterada.

—¿Qué te pasa?

—A mí, nada, pero necesito tu ayuda. Se trata de Clara.

—¿Qué le ocurre a esa descerebrada?

—Ven, por favor.

La siguió hasta la habitación que compartían las dos chicas y que hasta hacía poco había sido la suya. Clara estaba tendida en la cama, atravesada en el colchón, con los pies en el suelo y la ropa llena de algo que parecía vómito.

—Creo que ha bebido un poco —dijo su hermana.

—¿Un poco? —Le cogió la mano y vio que estaba totalmente inerte—.

Yo diría que está borracha como una cuba.

—He intentado moverla y se ha vomitado encima. No puedo con ella.

—¿Y qué quieres que haga yo? Que duerma la mona.

—Tengo miedo de que tenga un coma etílico.

—No tiene los síntomas. Lo sé porque una vez presencié uno de un chico del instituto. Solo está borracha.

—Ayúdame a asearla; no puedo dejarla con la ropa llena de vómito.

Ensuciará las sábanas y mamá se dará cuenta.

—Mamá debería darse cuenta, está bajo su responsabilidad.

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—¡Vamos, Jaime! Ha sido la primera vez, y estoy segura de que no se repetirá. Además, el que esté libre de culpa, que tire la primera piedra. Sé de buena tinta que tú te has emborrachado en alguna ocasión, y te has quedado a dormir en casa de un amigo para que no lo supieran nuestros padres.

—¿Y tú cómo sabes eso?

—La hermana de Ramón es también amiga mía. Venga, ayúdame. Resignado, se inclinó y entre los dos alzaron a Clara. Pesaba como una

condenada.

Esta gruñó al sentirse izada y protestó algo ininteligible.

—¡A la ducha con ella!

—¿Vamos a ducharla? —preguntó Rocío.

—No hay otra. Así, mientras la despejamos, le lavamos la ropa.

La llevaron hasta el cuarto de baño. Por fortuna Consuelo y Enrique dormían en el otro extremo de la casa y disponían de su propio aseo.

El agua fría despejó a medias a la chica, pero le empapó toda la ropa. —¿Qué hacéis? —preguntó somnolienta, abriendo a medias los ojos y

mirando a los dos hermanos.

—Espabilarte, chata. Y encubrirte. ¡Te has lucido!

—¡Dejadme en paz! Quiero dormir.

—La próxima vez te lo piensas mejor antes de beberte media bodega.

—Solo era mosto, sin alcohol.

—¡Y un cuerno! Apestas a vino a kilómetros. Lo que no sé es como has llegado a casa.

—En taxi.

—¡En taxi! Pues menos mal.

—No le riñas, Jaime. Recuerda lo de tirar la primera piedra.

—Lo único que me consuela de este mal rato es que mañana va a estar hecha una piltrafa.

Clara apenas podía mantenerse en pie. Los ojos se le cerraban a cada momento.

—Ya basta de ducha —decidió Rocío—. Ahora vamos a ponerle ropa seca.

—Eso tendrás que hacerlo tú solita.

—¿Cómo? No puedo con ella, apenas se sostiene en pie.

—Si se entera de que la he visto desnuda me colgará de las pelotas. ¡No, gracias!

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—No se lo diré. Le contaré que lo hice yo sola, con mucho esfuerzo, pero sola. Es muy posible que ni se acuerde de que estás aquí.

Bufando, la sostuvo mientras su hermana le quitaba los pantalones mojados y la sempiterna camiseta a la cintura. No llevaba sujetador — tampoco le hacía falta, tenía los pechos pequeños, demasiado pequeños para su gusto— y las braguitas de algodón salieron a la vez que los vaqueros, dejándola completamente desnuda.

Se esforzó por no mirarla, por apartar la vista, pero no lo consiguió del todo. Descubrió que el color del pelo no era teñido, que el vello del pubis tenía el mismo tono rubio oscuro del cabello. Y que estaba delgada, pero con un cuerpo proporcionado.

Sintió alivio cuando Rocío la cubrió con una amplia camiseta.

—Vamos a llevarla a la cama.

Entre los dos la sostuvieron de nuevo hasta llegar al dormitorio y la acostaron.

—Gracias, Jaime. Espero que no te haya resultado muy incómodo tener que desnudarla. Te prometo que no lo sabrá, está más dormida que despierta.

—En absoluto. Desde luego no ha provocado mi libido, es un palo esquelético.

—Gracias, hermanito. Te debo una.

—De nada. Mañana estará hecha una piltrafa, dile que se tome agua con limón y miel y un paracetamol, que evite el café.

—¿Lo dices por experiencia propia?

—Sí. Y si lo considera necesario, que finja un dolor de regla u otro tipo de malestar y se quede en casa.

Rocío lo miró divertida.

—¿Qué sabes tú de dolores de regla?

—Paloma los sufre a veces.

—Entiendo.

—Pero no le digas que los remedios te los he recomendado yo, o los ignorará.

—Le diré que lo he mirado en Internet. Buenas noches.

Salió de la habitación con la esperanza de conciliar el sueño de nuevo. Estaba seguro de que Clara no sería capaz de levantarse de la cama al día siguiente.

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Pero se equivocó. Ella estaba en el instituto a su hora habitual. Un poco pálida, pero dispuesta a afrontar la jornada como cada día.

Por primera vez sintió admiración por ella, no era ninguna debilucha ni melindrosa.

Si recordaba su presencia en lo ocurrido la noche anterior, nunca lo supo, porque jamás mencionó nada al respecto. Como si nunca hubiera pasado. En cambio, a él le costó un poco olvidar que la había visto sin ropa. Pero tampoco le dijo una palabra a nadie.

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Capítulo 17

2024

Clara pasó la noche inquieta. Desde el sofá, Jaime la escuchó dar vueltas en la cama y se acercó en un par de ocasiones a comprobar la temperatura. Se mantuvo alta la mayor parte de la madrugada, pero al amanecer, cuando le tocó el cuello, estaba más frío.

Ella abrió los ojos al sentir el contacto, y encontró la mirada azul observándola con atención.

—Tengo que irme —dijo con pesar—. Me gustaría quedarme, pero hay que abrir el taller.

—Eso es lo más importante. Yo estaré bien.

—¿Te preparo un poco de café? ¿O alguna otra cosa?

—Una infusión. Me la dejas en la mesilla de noche y la tomaré poco a poco.

—Debes comer algo.

—No me entra nada. Prometo tomar la infusión. Hay sobres en el armario de la derecha.

—Lo sé, te he cotilleado toda la cocina.

—Ya me vengaré.

—Aceptaré tu venganza. Vendré esta noche, cuando cierre.

—No es necesario, seguro que me encontraré mejor a lo largo del día.

—Como no me fío de ti, tengo que comprobarlo.

—Eres un cabezota.

—Le dijo la sartén al cazo. Hasta luego.

—No la líes en el taller… —advirtió, pero el tono era de broma y no se sintió ofendido.

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—¡Ni te imaginas lo que te vas a encontrar cuando vuelvas! Todo ordenado por tamaños y colores.

—Estoy segura de que te mueres de ganas de hacerlo, y lo llevarías a cabo si tuvieras tiempo; pero no lo tienes.

—Ya lo tendré. Te aseguro que algún día ese taller estará organizado.

No la líes tú aquí, y descansa.

—Lo intentaré.

Salió de la habitación y de la casa, después de prepararle medio litro de infusión y dejársela en la mesilla de noche.

Se dirigió al trabajo, dispuesto a demostrarle todo lo que era capaz de hacer. Que la confianza que parecía haber puesto en él era merecida.

Clara permaneció en la cama con una sensación extraña. No sabía si era por la fiebre, pero le había parecido vislumbrar a un Jaime muy distinto al que recordaba. Un hombre en el que confiaba, y comenzó a sospechar que tal vez hubiera estado equivocada con respecto a él en el pasado. Reconocía que nunca le había dado la oportunidad que Rocío le pedía, que se había cerrado en banda negándose a ver nada más que al chico que se empeñaba en aborrecer.

Ahora estaba dispuesta a descubrir al hombre en que se había convertido, no solo por el bien del trabajo, sino también por él mismo.

Durante dos días más Clara permaneció en la cama y Jaime acudió cada tarde a su casa para llevarle comida y comprobar su estado.

Ella se sorprendió esperando su llegada con impaciencia. Con más impaciencia de la que deseaba admitir. Temiendo que no acudiera y respirando aliviada al escuchar el timbre.

Cuando regresó al taller, pálida y un poco más delgada, él ya estaba sentado ante el ordenador comprobando unos detalles del diseño.

—¡Veo que todo sigue en pie! —comentó mirando en derredor y pretendiendo que su voz sonara acusadora.

—Logramos sofocar los dos incendios y el derrumbamiento.

—Gracias, Jaime.

—Nada de gracias; pretendo cobrar mis beneficios.

—Me refiero a lo de venir a cuidarme.

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—También lo he hecho por el interés. Cuanto antes te recuperaras, antes volverías al trabajo.

—Pues ya estoy aquí. ¿Qué habéis hecho en mi ausencia?

Jaime fue hasta la caja fuerte y sacó algunas piezas en las que Fátima y él habían estado trabajando. Clara las inspeccionó y, aunque encontró algún que otro pequeño fallo, no dijo nada. Ya los corregiría ella.

—Ahora hay algo que no te va a gustar —anunció Jaime mirando la pantalla del ordenador, que tenía abierto el programa de diseño.

—¡Ya me parecía a mí! A ver…

Clara se preparó para lo peor.

—¡No es nada que hayamos hecho Fátima o yo, no me mires así! He detectado un problema en el diseño de las gargantillas. No es exactamente un fallo, pero no me termina de gustar la forma en que se acoplan las dos piezas. Me parece complicada y poco segura. Si no se ajustan bien, se pueden desprender con movimientos bruscos.

—¿Y qué sugieres?

—He estado buscando algunas soluciones. Tal vez te convenza alguna. Clara se sentó ante la pantalla, al lado de Jaime. Él desarrolló y explicó

con detenimiento lo que había estado haciendo.

—¿Debo ser yo quien decida?

—Debemos ser los dos. No se me ocurriría hacer ningún cambio sin contar con tu aprobación.

—Tú eres más técnico que yo. Yo soy más caótica, ya lo sabes. ¿Cuál te parece mejor?

—Este, si perfilamos un poco algunos detalles. Habría que modificar un poco el broche, que es diseño tuyo.

—De acuerdo. Nos ponemos a ello.

—¿En serio das el visto bueno para cambiar un diseño tuyo? ¿Sin protestar?

—Debe ser la fiebre. No hay mal que por bien no venga. ¡Pero no te acostumbres!

—Yo te prefería sin fiebre, aunque estuvieras belicosa.

Alargó la mano y le acarició la mejilla y el cuello, buscando indicios de temperatura alta.

—¿Por qué siempre que tomas la temperatura lo haces en el cuello, en vez de en la frente?

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—Mi madre siempre lo hacía así. A mi hermana apenas se le calentaba la frente. ¿Te molesta?

—No. Solo me ha extrañado.

Él mantenía la mano justo debajo de la oreja. Movió los dedos con suavidad hacia la unión con el hombro. Clara ahogó un gemido.

—Ahora no tienes nada de fiebre —afirmó.

—Me encuentro mucho mejor. He tenido un buen enfermero.

—Se hizo lo que se pudo.

Se sostuvieron las miradas durante unos segundos. Clara volvió a ser consciente del raro tono de azul de los ojos de Jaime. Él, de la suavidad de la piel del cuello bajo sus dedos.

—Ahora vamos a trabajar, hay que recuperar el tiempo perdido —dijo ella rompiendo el momento.

—Sí. —Retiró la mano y se volvió hacia el ordenador—. Pero hoy te lo vas a tomar con calma.

—Ya veremos.

Jaime sonrió. Volvía a ser la de siempre, pero a la vez, no lo era. Cuando llegó Fátima, los encontró sentados ante la pantalla,

modificando el broche de las gargantillas, con un talante amistoso. Alzó las cejas y, tras preguntar a su jefa por su salud, se sentó en su puesto de trabajo dispuesta a aprovechar el tiempo al máximo.

Clara se incorporó al taller a tiempo completo, en contra de los deseos de Jaime, que pretendía que se marchara temprano a casa durante unos días. Pronto dejó de insistir, consciente de que debía escoger las batallas, porque aquella no la ganaría. Clara era la primera que llegaba y se iba tan tarde como Jaime y Fátima, a pesar de que su rostro reflejaba el agotamiento que le producía la convalecencia.

Jaime la observaba con admiración por segunda vez en su vida. La veía luchar contra la debilidad y el cansancio con una tenacidad que nunca hubiera imaginado en ella.

El trabajo avanzaba, no solo debido a la pericia de Clara, sino también a la que iba adquiriendo Jaime, cada vez más versado en las tareas. Las piezas iban cogiendo forma y brillo, y algunas de ellas ya estaba terminadas. No obstante, deberían hacer un gran esfuerzo final, y la

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sugerencia de quedarse sin dormir alguna noche se iba perfilando cada vez con más nitidez.

Aquel mediodía Jaime se excusó a la hora de almorzar y no bajó con Clara y Fátima al bar cercano, sino que se pidió un par de horas libres para realizar unas gestiones personales. Adujo que comería un bocadillo en el coche, y se marchó sin dar más explicaciones.

Las dos mujeres se encontraron a solas por primera vez desde hacía semanas.

—¿Tú sabes qué le pasa a Jaime? ¿Qué tipo de gestiones tiene que hacer? ¿Es algo relacionado con el trabajo? —preguntó Clara llena de curiosidad.

—Ni idea.

—¿Seguro?

—Segurísimo. ¿Qué te hace pensar lo contrario?

—Últimamente tenéis mucha complicidad y algunos secretos.

—No tantos. Y yo diría que la complicidad la tiene ahora contigo.

—Hemos decidido enterrar el hacha de guerra por el bien del trabajo.

—Si tú lo dices…

—¿Qué es lo que piensas?

—Que después de tu enfermedad os veo diferentes.

—Tenemos mucho trabajo todavía, no hay tiempo para discusiones. —¿Solo eso?

—También le estoy agradecida porque ha venido a cuidarme y creo que no lo ha hecho solo para que me incorpore pronto al taller.

—Estaba preocupado por ti.

—¿Te lo ha dicho?

—No ha hecho falta, ya lo conozco lo suficiente como para saber lo que piensa y siente.

—¿Seguís con las clases nocturnas?

—Si, pero ya no hay mucho que le pueda enseñar. Yo solo soy auxiliar de joyería, la experta eres tú. La mayoría de las noches él se dedica a practicar por su cuenta, y debemos reconocer que está avanzando.

—Sí, lo hace.

—Quiere optimizar el tiempo.

—Aun así, creo que tendremos que trabajar alguna noche entera. —Lo siento, pero no puedo ofrecerme a hacerlo yo también. Mi prima

no se puede ocupar de mi padre más que por las tardes, y contratar a

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alguien está fuera de toda posibilidad. Él no lo aceptaría ni mi economía me lo permite.

—No te preocupes, ya haces bastante. Entre Jaime y yo nos ocuparemos. Él mismo lo ha sugerido.

—Veo que ya no te cae tan mal.

—Me está demostrando que ha cambiado… o tal vez yo estaba equivocada en el pasado.

—Creo que a él le pasa lo mismo contigo. —¿Te habla de mí cuando estáis solos? —Algo. Pero no me pidas que te lo repita. —¿Del pasado o del presente?

—Clara… ¡No! Si quieres saber qué piensa de ti, pregúntale; no creo que tenga problemas en repetírtelo.

—Me lo ha dicho muchas veces, siempre ha sido sincero al respecto: que soy caótica, desordenada, etcétera… Pero no sé qué puede decirle a otras personas o qué piensa en realidad. Los días que estuve enferma fue… diferente, como tierno.

—No es un hombre duro.

—¡Tendrías que haber oído al Jaime de los diecisiete años! Me decía cosas brutales.

—¿Y qué le decías tú a él?

—Más o menos lo mismo, la verdad.

—¿Sabes lo que pienso? Que a lo mejor no os odiabais tanto en el pasado como creéis.

—¿No estarás insinuando que nos gustábamos, o algo así? Nada más lejos de la realidad, Fátima. Era un odio intenso y visceral. Además, él salía con una chica, muy sosa y aburrida, por cierto. No, no había nada de eso. Ni siquiera lo encontraba atractivo.

—¿Y ahora?

—Ahora debo reconocer que su aspecto ha mejorado mucho, pero sigue siendo Jaime.

—Diferente, tierno…

—¡Quita! ¡Quita! Solo me cae algo mejor como socio y compañero de trabajo. Y hablando de trabajo…

—Es hora de volver, sí.

Regresaron al taller y se sumergieron en las tareas. Jaime regresó un rato después sin comentar dónde había estado, y Clara no pudo evitar

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mirarlo mientras se cubría la ropa con una camisa muy usada para proteger su indumentaria. Había mejorado, sí, se podría considerar un hombre atractivo en el presente. Había quien pensaba que también lo era en el pasado. Los ojos azules provocaban más de un suspiro entre las compañeras de clase, pero no en ella. Tal vez si no hubiera sido tan borde… pero no. Tampoco. No había existido ni un atisbo de atracción en el pasado, al menos no por su parte.

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Capítulo 18

2011, Cádiz

Clara regresó a Cádiz después de las vacaciones estivales, que había pasado en su pueblo de Córdoba, con sus padres. En esta ocasión no la acompañaban estos, pues se encontraban de viaje. Tampoco quería que lo hicieran, ya no necesitaba que la presentaran, pues se consideraba un miembro más de la familia Sandoval, después de haber convivido con ellos el curso anterior. Incluso contaba con su propia llave que tanto Consuelo como Enrique insistieron en que se quedara hasta que finalizase su estancia con ellos.

Había superado el primer curso de bachillerato con buenas calificaciones, y había dedicado el verano a descansar y a poner en práctica algunos de los conocimientos artísticos aprendidos. A su aire y sin ningún tipo de directrices ni normas, como más le gustaba.

Llegó a media tarde y llamó a la puerta, pero la casa estaba en silencio y no obtuvo ninguna respuesta. Telefoneó a Rocío y esta le confirmó sus sospechas: no había nadie en la casa, pues no la esperaban hasta el día siguiente. Decidió utilizar su llave y entrar, para aguardar allí la llegada de la familia.

En la maleta llevaba un regalo para cada uno de sus anfitriones, incluido Jaime. Había confeccionado unos llaveros personalizados. El de Enrique era una botella de vidrio que había soplado ella misma de forma rudimentaria; el de Consuelo consistía en una plaquita de cerámica con un dibujo del teatro Falla. Para Rocío, un corazón esmaltado, y para Jaime había utilizado una placa metálica retorcida que ni siquiera ella misma tenía claro qué podía representar. De lo que estaba segura era de que a él no le gustaría nada. Se moría por ver su rostro cuando lo contemplara.

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Llegó a su habitación y se puso cómoda, cambiando el pantalón vaquero y la camiseta por unos de lycra muy cortos y ceñidos y la parte superior de un biquini, y se sentó en la terraza a tomar el sol y escuchar música con los auriculares puestos.

No oyó las llaves en la cerradura, pero notó el cosquilleo de una mirada clavada en ella que la hizo volverse. Jaime estaba en la puerta de la terraza contemplándola en silencio.

—De modo que ya has llegado —dijo el chico.

—Ya lo ves.

Sin duda venía de la playa, pues llevaba puesto solo un bañador negro y una toalla en el brazo. Estaba más bronceado de lo que recordaba y también tenía el pelo un poco más largo. Un leve atisbo de barba le oscurecía el mentón y parecía como si en vez de dos meses hubieran transcurrido bastantes más. Se veía más mayor.

Él también la miraba con atención, con una sonrisa despectiva en la boca.

—Me he tomado la libertad de entrar con mi llave porque no había nadie —explicó—. Al parecer, ha habido un error con la fecha de mi llegada.

—Sabes que a mis padres no les va a importar cuándo ni cómo entres. A mí me has asustado, porque no esperaba a nadie. Están fuera este fin de semana y Rocío andará con sus amigas en la playa y suele llegar tarde.

—Ya he hablado con ella, vendrá para acá en cuanto pueda.

—En ese caso, me voy a dar una ducha para salir a cenar. He quedado.

Siéntete «como si estuvieras en tu casa», no te cortes.

—Por supuesto. No te preocupes por mí.

—No pensaba hacerlo. Tienes libertad para saquear la nevera a placer. Te hace falta, estás tan escuálida como siempre. ¿No te dan de comer en tu pueblo?

—Como una lima. Soy de constitución delgada, por suerte. Y para estar tan escuálida llevabas un rato ahí parado mirándome —dijo echándose un farol.

Él pareció turbarse ante la acusación. Se rehízo al instante.

—¡Eso quisieras!

—Os he traído un regalo —informó deseando entregarle el suyo—.

Los he hecho yo misma.

—¡Qué detalle! ¿Debo asustarme?

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—Juzga por ti mismo. Este es el tuyo —dijo alargándole un pequeño sobre blanco.

Jaime lo cogió con cautela, como si temiera encontrar dentro un animal peligroso dispuesto a morderle. Extrajo el extraño objeto y la miró con un brillo malicioso en los ojos.

—¿Qué se supone que es?

—Un llavero. ¿No ves la anilla para colocar las llaves?

—Hasta ahí llego. Pero no sé qué representa.

—A ti.

—¿A mí? ¿Una cosa informe y retorcida?

—Exacto.

—Encima tendré que darte las gracias.

—No es necesario. Ha sido un placer. Ahora, si ya te has cansado de mirarme, vete a darte esa ducha o llegarás tarde. Dale recuerdos a tu palomita, si todavía te aguanta.

Sin decir palabra Jaime dio media vuelta y se marchó. Clara volvió a colocarse los cascos, aguantando la risa. Había intuido que él llevaba ya unos minutos observándola y no se había equivocado. Parecía un chiquillo pillado en falta, aunque, a juzgar por el torso descubierto, estaba dejando atrás la etapa de chiquillo.

Había echado de menos durante todo el verano los enfrentamientos con Jaime, pero ya estaba de vuelta y le quedaba un maravilloso curso por delante para exasperarlo.

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Capítulo 19

2024

Se acercaba la fecha de entrega y, como habían previsto, no llegarían a tiempo si no se quedaban alguna noche para adelantar. Para variar, no se ponían de acuerdo sobre cuándo hacerlo. Clara opinaba que al final, y Jaime que lo hicieran cuanto antes. Para decidir, lo echaron a cara o cruz. Y ganó Jaime.

Prepararon una cena fría a base de tortilla de patatas, queso y cerveza, que compartirían cuando les entrara hambre, y dos termos con café —uno solo y otro con leche— para vencer al sueño.

Fátima se marchó sobre las ocho y los dejó solos, cerrando la puerta a su espalda.

—Hace mucho que no hago un maratón de este tipo —afirmó Jaime—.

Desde mi época de estudiante.

—¿Has tenido que hacerlo? Pensaba que lo tenías siempre todo al día y era yo la única que entregaba justa de tiempo y con prisas.

—Me gustaba tenerlo todo controlado, pero a veces era imposible. Como ahora. Preferiría estar en mi cama durmiendo, pero aquí estamos, con una tortilla de patatas, queso, unas magdalenas —que había llevado él — y café para despertar a un regimiento.

—Por cierto, ¿cómo te gusta la tortilla, con cebolla o sin ella? —Se habían repartido el aprovisionamiento y ella se había ofrecido a prepararla. Odiaba las que se compraban hechas.

—¿Es una pregunta trampa?

—No, es una pregunta típica. Aunque me da lo mismo la respuesta; la he hecho sin.

—Me gusta de las dos formas.

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—Me alegro.

Después de la marcha de Fátima se había creado en el taller una familiaridad diferente a la que existía durante las mañanas, antes de que la empleada llegase. Era como si el hecho de saber que esta ya no acudiría aquella noche crease un ambiente íntimo más allá del trabajo.

Clara se sentía rara, como si cometieran alguna travesura. Como si se encontrara a solas con Jaime por primera vez.

Continuaron con la tarea hasta las diez de la noche —soldando, engarzando, fundiendo—, hora en que él se detuvo y comentó, alzando la vista de la pieza que acababa de soltar:

—¿Paramos un poco? Me muero de hambre. —Pensaba que no lo ibas a proponer nunca. —¿Desde cuándo necesitas que yo proponga algo? —Desde que nos llevamos bien.

—¿Nos llevamos bien? —inquirió elevando una ceja, dubitativo. Los ojos azules se habían vuelto más interrogantes que las palabras.

—Bueno, mejor que antes, sí.

Se levantaron del banco de trabajo y se desplazaron al despacho, donde habían despejado el escritorio para instalar el improvisado comedor. Colocaron un mantel de papel y el táper de la tortilla, el queso, unos tenedores y un par de botellines de cerveza para acompañar la comida.

—Reconoce que, en el pasado, si yo te hubiera dicho que he preparado la tortilla sin cebolla tú te hubieras apresurado a responder que te gustaba con.

—Eso es cierto. Vivíamos para fastidiarnos uno al otro.

—¡Era tan divertido! —exclamó nostálgica.

—A mí no me divertía en absoluto.

—Claro que no, eras un gruñón.

—Y tú una tocapelotas.

—Lo admito —afirmó riendo y alzando su botellín—. ¡Por los gruñones y tocapelotas reconvertidos en colegas!

—Por eso —respondió Jaime chocando el vidrio y dando un largo trago.

Comenzaron a comer con apetito.

—¿Qué fue del pasado lo que más te molestó? —preguntó Clara. —¿Te refieres a nuestros desencuentros? —No los suavices, fueron auténticas broncas.

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—Pues guardo un especial, y negativo, recuerdo de la noche que te subiste bailando a la mesa, solo con la intención de fastidiarme.

—¿La de la fiesta en aquel antro cutre que se buscó la tutora? —Sí, justo esa noche.

—Pues sí. En aquella época debías haber comprendido que bastaba con que me dijeras que algo te desagradaba para que yo lo llevara a la máxima expresión. Lo pasé fatal en la mesa, me dio vértigo porque había tomado unas copas antes de entrar, y temía caerme y romperme la crisma. Menos mal que te fuiste rápido.

—Si me hubiera quedado un minuto más te habría bajado de tu pedestal yo mismo. No eras consciente de que mis amigos se morían de ganas de meterte mano, con aquellos movimientos insinuantes y medio desnuda como ibas. Más de uno te había echado el ojo desde hacía tiempo, y si se hubieran propasado yo me habría visto en la obligación de defenderte.

—¿En serio?

—¿En serio le gustabas a mis amigos o en serio te hubiera defendido? —Lo segundo. Lo primero ya lo sabía, una mujer sabe cuándo le

interesa a un hombre, y más si es un adolescente que no lo disimula.

—Lo hubiera hecho, sí. De alguna manera me sentía obligado porque vivías en mi casa. Y me fui, antes de que me viera en la necesidad.

—¿No hubo nada más que motivara tu partida?

Él sonrió, admitiendo por primera vez ante alguien la verdad:

—Me hacías perder el control.

—De eso me daba cuenta. Me encantaba provocarte.

—Lo hacías a propósito, claro.

—Mea culpa —confesó poniendo una mano sobre el pecho.

Jaime esbozó una sonrisa, dispuesto a aprovechar el momento de confidencias que Clara había propiciado.

—Ahora te toca a ti. ¿Qué fue lo que más te irritó de mí?

—Nuestro primer encuentro. El que me llamaras la ocupa. Yo no tenía ni idea de que habías perdido tu habitación por mi llegada. Me sentí mal por ello y te hubiera pedido disculpas si me lo hubieras explicado, ¡pero me miraste con tanto desprecio! Yo iba llena de ilusión a comenzar una nueva etapa de mi vida, y me echaste un jarro de agua helada por encima.

—No me gustó cómo ibas vestida.

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—Tampoco me entusiasmó a mí tu indumentaria. Me pareciste un pijo de manual.

—Venía de comer con los padres de Paloma. Ella se había empeñado en que los conociera y son muy tradicionales. Reconoce que no fui el único borde en aquel encuentro.

—No lo fuiste.

—Nos declaramos la guerra aquel día, los dos, y nos esforzamos en ganar el máximo número de batallas durante dos años.

—Creo que la guerra quedó en tablas.

—Sí, esa es también mi impresión.

—¿Hubo algo de mí que te gustara, aunque no lo dijeras? —preguntó Clara deseando averiguar algo más del pasado.

—Aquella caja con forma de margarita. Me pareció una obra de arte, algo que yo era incapaz de hacer. Era preciosa.

—La criticaste mucho al verla.

—Por supuesto. En aquella época me habría muerto antes de admitir que me gustaba algo que hubieras hecho.

—Ocupa un lugar predominante en mi mesilla de noche. En ella guardo un anillo que me regaló mi abuela. Clásico y tradicional, que nunca me pondré, pero que tiene un gran valor sentimental para mí.

—Yo también guardo aquel llavero que me hiciste.

—¿En serio? Pensaba que lo habrías tirado aquella misma tarde.

—Está en un cajón. Como supondrás, nunca lo usé.

—No pretendía que lo hicieras.

—Ahora te toca responder a ti. ¿Hubo algo que te agradara de mí? —La tarde que llegué de Córdoba después de las vacaciones de

verano, cuando me sorprendiste en la terraza y te quedaste mirándome, no sé cuánto tiempo, antes de que te descubriera. Porque lo hiciste, ¿verdad?

—Sí —confesó—. Estuve un rato mirándote.

—¿Puedo preguntarte por qué?

—Porque estabas medio desnuda, y yo tenía diecisiete años y mis hormonas campaban a sus anchas. Tenías razón al intuir que Paloma no era lo que se dice muy ardiente. Que me tenía bastante cortito en cuanto al sexo se refería. —«Y porque, a pesar de tu delgadez, tenías un cuerpo proporcionado y muy sexy. Fue un suplicio para mí la noche que te duchamos Rocío y yo, y tuve que controlar la respuesta de mi cuerpo al verte desnuda, para que mi hermana no se diera cuenta. Estuviste varias

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noches apareciendo en mis sueños, pero eso no te lo confesaré jamás, porque intuyo que tú no te acuerdas de nada. O no quieres acordarte».

—Está claro que los dos hicimos lo posible para fastidiar al otro, pero que no todo fue tan malo.

—No lo fue. Tal vez si alguno hubiera bajado la guardia un poco, podríamos haber sido amigos.

—Es muy posible, sí. Pero no se puede cambiar el pasado.

—Pero sí enmendar el presente y decidir el futuro.

—Yo estoy dispuesta. ¿Y tú?

—También. Empecemos de cero, Clara, como si nos acabáramos de conocer hace un par de meses. Es obvio que somos muy diferentes, que nuestros conceptos del arte son muy distintos, pero, como sucede con esta gargantilla, no incompatibles, sino complementarios.

—Supongo que te refieres al terreno laboral.

Jaime inclinó la cabeza y buscó los ojos femeninos, que parpadearon recelosos ante el intenso brillo de la mirada azul. Las caras estaban muy cerca una de la otra, bastaría un leve movimiento, por parte de cualquiera de los dos, para que sus bocas se rozaran.

—No solo al terreno laboral. Tal vez podríamos ofrecernos la amistad que un día nos negamos.

Clara respiró aliviada. Por un momento temió que fuera a besarla. Sin embargo, no se movió para evitarlo.

—Amistad me parece bien —susurró con voz queda, pero firme. Jaime asintió y apartó el rostro, sin llegar a tocarla. Clara pensó que

había sido mejor así.

—¿Una magdalena de postre? —preguntó él rompiendo la magia—.

Las he comprado en una confitería de mi barrio, no son industriales.

—Con un café bien cargado, sí. Todavía nos queda una larga noche por delante.

Terminaron de cenar y continuaron con el trabajo. Sin embargo, algo había cambiado. Con aquella conversación sobre el pasado, sobre el presente y sobre el futuro. Con aquella proximidad nueva y extraña que los envolvía.

Realizaban el trabajo en silencio, pronunciando las palabras mínimas necesarias para realizar las tareas, como si temieran hablar demasiado, o decir algo de lo que pudieran arrepentirse. Algo que rompiera el precario equilibrio que mantenían.

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La noche dio paso a la madrugada, entre cafés, dolor de espalda y ojos cansados. Habían conseguido adelantar mucho trabajo. Las gargantillas, las piezas más complejas ya estaban terminadas a falta de un pulido final. Los anillos también, solo los pendientes y los brazaletes requerían aún un poco de trabajo. Disponían de una semana todavía antes del plazo para entregarlos.

A las cinco y media, Clara soltó las herramientas y se frotó el dolorido cuello.

—Vamos a dejarlo ya. Marchémonos a casa unas horas y regresemos sobre las diez. ¿Te parece? Necesito tumbarme un rato.

—Sí. Si no descansamos un poco, mañana estaremos embotados y no nos cundirá lo que debería. ¿Lo dejamos todo tal cual o recogemos? Serán solo unas horas.

—¿En serio estás proponiendo dejarlo todo manga por hombro?

¿Tienes fiebre, Jaime?

—Estoy cansado —confesó—. Me parece una pérdida de tiempo recoger ahora para volver a sacarlo todo dentro de poco.

—Muy bien. Solo guardamos las joyas en la caja fuerte y dejamos las herramientas. Le mando un mensaje a Fátima para que no venga hasta las diez y nos vamos.

—Todavía queda algo de café. ¿Lo compartimos?

—No. Prefiero no meter más excitantes en mi cuerpo y dormir en cuanto llegue a casa.

—¿Estás en condiciones de conducir o te llevo y te recojo por la mañana? Así te relajas por el camino.

—No hace falta. Nos vemos sobre las diez.

Se levantaron y se despojaron de la ropa que usaban para trabajar sobre la suya propia. Salieron a la madrugada y Jaime acompañó a Clara hasta el coche. Antes de que ella entrara, le agarró el brazo y la miró a los ojos con intensidad. Con esa intensidad nueva que había surgido durante la noche. O que tal vez ya estaba ahí y nunca habían admitido.

—Clara…

—¿Sí? —Se giró antes de abrir la portezuela.

—Esta noche hemos estado a punto de besarnos.

No lo negó. Tampoco lo admitió; dejó que él siguiera hablando.

—Nos debemos un beso desde hace muchos años.

—¿Nos debemos? No sé a qué te refieres.

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—Claro que lo sabes… los dos lo sabemos. Una vez estuvimos a punto de besarnos, hace muchos años.

—¿Tú y yo? Eso lo has soñado, Jaime —trató de fingir indiferencia, pero no lo consiguió del todo.

—No fue un sueño. Tampoco un deseo, pero, por alguna extraña circunstancia, se alinearon los planetas y estuvo a punto de suceder, por mucho que lo niegues. Solo te digo que algún día tendremos que saldar esa deuda, si queremos ser amigos.

Se miraron por un momento y Clara se alzó sobre la punta de los pies y le rozó los labios con los suyos. Solo un ligero contacto fugaz y electrizante, que los sacudió a ambos.

—Deuda saldada, puesto que te empeñas. Pero nosotros nunca hemos estado a punto de besarnos, al menos que yo recuerde.

A continuación, entró en el coche y se perdió calle abajo.

Jaime se rozó los labios con los dedos y sonrió.

«No así. Pero, por hoy, pase».

Y se dirigió a su vehículo dispuesto a descansar unas horas antes de regresar al trabajo.

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Capítulo 20

2011, Cádiz

Jaime llegó a casa más temprano de lo habitual. Paloma sufría uno de sus dolores menstruales y no había salido aquel sábado y no le apetecía el plan de sus amigos de encerrarse en una discoteca. Tampoco podía estar por la calle, hacía un tiempo infernal típico de enero, por lo que decidió irse a casa y ver algo en la televisión. Con un poco de suerte estaría tranquilo, pues sus padres pasaban fuera el fin de semana en una de las catas a las que solían asistir, y Clara y Rocío estarían fuera de casa hasta tarde.

Pero no tuvo tanta fortuna. Cuando llegó, el salón estaba encendido con la tenue lámpara de pie que solían utilizar para ver la televisión, y Clara se encontraba en el sofá, en pijama, arrebujada en una gruesa bata y con un gran bol de palomitas en el regazo.

—¿Ya estás aquí? —le preguntó Clara al verlo aparecer, con evidentes signos de fastidio—. Muy pronto, ¿no?

—¿Te molesta?

—En absoluto.

Sabía que era mentira, que le había sentado como tres patadas verlo aparecer. Por un momento pensó en subir a su habitación, pero eran las diez de la noche y los créditos iniciales de una película aparecían en la pantalla. Una de esas películas de las que había visto escenas sueltas muchas veces, pero nunca completa de principio a fin.

Y se sentía lo bastante irritado por haberse quedado sin planes, y sobre todo porque hacía un par de semanas que no tenía un rato de intimidad con Paloma. Y Clara estaba disponible, no para nada sexual —faltaría más—, pero una buena bronca le ayudaría a relajarse.

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Sin pensarlo, se sentó en el otro extremo del sofá y alargó la mano hacia el bol de palomitas, con ganas de provocar.

—¿Puedo?

—Las ha comprado tu madre —dijo Clara permitiendo que cogiera un puñado.

—¿Qué estás viendo?

—Una película, ¿no lo adivinas?

—Una antigualla.

—¿No te gusta? Es de tu estilo.

—¿Se puede saber qué haces en casa un sábado por la noche?

—¿Y tú? ¿No te toca el polvo semanal? Ya sabes, sábado sabadete… —¡Qué expresión más arcaica! ¿Dónde la has escuchado?

—En el pueblo, claro. La dicen los patéticos que solo follan una vez a la semana, como tú.

Se sintió irritadísimo, porque tenía razón, él tardaba incluso más en tener sexo, y el que tenía era bastante pobre, con condón y marcha atrás mucho antes de que se acercara al momento de la eyaculación. Paloma tenía pánico a un embarazo no deseado.

—¿Y tú, cuándo follas? Ni siquiera sales con alguien.

—No hace falta emparejarse para echar un polvo. Estoy segura de que tengo más sexo que tú, pero soy discreta.

—¡A ver si vas a salir con una barriga! Te recuerdo que estás bajo la responsabilidad de mis padres.

—Ya casi he cumplido los dieciocho, por lo tanto, soy la única responsable de mí misma. Pero no soy tan tonta como para dejarme embarazar a esta edad, sé lo que hago.

—Vas de farol, si te liaras con alguien se sabría en el instituto. Estoy seguro de que eres virgen, y ni siquiera sabes besar.

—Mejor que tu Palomita, seguro. Un muerdo mío te dejaría K.O.

durante horas.

—¿Y quién quiere un muerdo tuyo?

—Tú, si no me equivoco.

—Ni muerto. Me envenenaría con esa lengua ponzoñosa que tienes.

Eso si sabes que existen los besos con lengua, que lo dudo.

—Sé de muchos tipos de besos. Y de muchas prácticas de las que tú ni siquiera has oído hablar. Eres tan tradicional que me juego la cabeza a que no has pasado del misionero.

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Jaime reconoció que tenía razón. Pero tampoco creía todo lo que Clara estaba diciendo. Salía con algunas chicas del instituto y, si fuera tan promiscua como afirmaba, los rumores habrían corrido como la pólvora.

—No me lo creo.

—¿Quieres comprobarlo?

Por un momento se sintió excitado. A su mente acudieron las imágenes de Clara desnuda en la ducha. Del cuerpo delgado y sexi, mucho más sexi de lo que admitiría jamás.

—¿Te estás poniendo cachondo?

«Joder, sí».

—Para nada. No eres el tipo de mujer que me excita. Para eso deberías tener algo de carne sobre los huesos. —«Ni te imaginas lo que me gustaría hacerte en este momento».

Provocativa, Clara soltó el bol de palomitas sobre la mesa e hizo amago de acercarse. Se sostuvieron las miradas durante unos minutos, tensos, expectantes.

En ese momento la puerta de la entrada se abrió y la voz de Rocío los interrumpió.

—¡Menuda nochecita! Estoy calada hasta los huesos —afirmó la recién llegada entrando en el salón. Se detuvo al verlos a ambos sentados en el sofá.

—¡Estáis aquí!

—Ya ves —dijo Clara con una sonrisa.

—¿Me he perdido algo?

—Sí. Casablanca —informó Jaime.

—¿La habéis visto los dos? —inquirió asombrada.

—Y no nos hemos matado —aseguró Clara—. Incluso hemos compartido unas palomitas.

—¿Seguimos con la sesión cinematográfica? Me cambio en un momento y me uno a vosotros.

—Yo ya me iba a acostar, se lo estaba diciendo a Jaime. El mal tiempo me da sueño.

Y con su llegada aquello había dejado de ser divertido.

—Yo me quedaré un poco más. Puedes unirte a mí, hermanita, si te apetece.

—Muy bien. En seguida estoy contigo.

—Prepararé más palomitas —dijo él levantándose.

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Clara lo imitó y se dirigieron cada uno en una dirección opuesta. Rocío los contempló a ambos, preguntándose qué había pasado antes de que llegara. No se tragaba que hubieran estado viendo una película juntos y en armonía. De lo que estaba segura era de que ni Jaime ni Clara le hablarían de ello por mucho que preguntase.

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Capítulo 21

2024

Lograron entregar la colección a tiempo, aunque para ello tuvieron que quedarse otra noche más hasta tarde. Noche en la que se limitaron a trabajar, ignorando la atracción que la presencia del otro generaba. Pero esta seguía presente, agazapada para saltar a la menor ocasión, y ambos lo sabían.

Después de la entrega la cadena de joyería les abonó la cantidad de dinero restante que completaba el adelanto y cubría la totalidad del pago correspondiente a las piezas entregadas, tal como habían negociado con Mariano. Este pago permitiría a Jaime mudarse de la buhardilla a otro alojamiento más espacioso, pero no tenía prisa en hacerlo. Las navidades se aceraban y se dedicaría a buscar otra vivienda cuando pasaran las fiestas. De momento solo quería descansar y pasar algo de tiempo con la familia, a la que apenas había tenido tiempo de telefonear durante las últimas y frenéticas semanas.

Clara había decidido cerrar el taller durante diez días —desde el veintitrés de diciembre hasta el dos de enero— para que todos pudieran pasar las fiestas con los suyos y, de paso, compensar el exceso de horas extra que habían trabajado durante dos meses. Aunque Fátima había cobrado todas las suyas y Jaime y ella contaban con el pago de la joyería, el descanso era primordial para afrontar el nuevo año con ilusión. Hasta esa fecha, seguirían trabajando a un ritmo normal preparando nuevas piezas y dedicando también tiempo a la colección Klarity.

—Los Alver van a organizar un cóctel el sábado para presentar la colección, y estamos invitados —anunció Clara aquella mañana cuando llegaron al trabajo.

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—Pensaba irme a casa este fin de semana.

—Estamos a quince de diciembre, ¿ya te vas a coger las vacaciones? El taller no cierra todavía.

—No, solo iba a estar fuera de viernes a domingo. Pero supongo que habrá que posponerlo.

—No puedes faltar a la presentación, la colección es de los dos.

—Por supuesto que acudiré, aunque no me gustan los saraos, sean del tipo que sean.

—Prometo no subirme a bailar a una mesa.

—¿Haces eso en las fiestas? —preguntó Fátima muerta de risa.

—Solo una vez, y tenía un motivo poderoso.

—¿Qué motivo? ¿Había una inundación?

—Fastidiarme a mí —aclaró Jaime—. El motivo más poderoso del mundo.

—Entrabas al trapo con mucha facilidad y eso me resultaba irresistible.

—Me hubiera encantado veros en aquella época. —Fue un poco tormentosa —admitió Jaime. —¿Solo un poco? Pero ya está superada, ¿verdad? —Solo si no te subes a la mesa en la presentación.

—También prometo no mostrar el ombligo. Hace demasiado frío. —Supongo que lucirás algo de tu colección Klarity —insinuó Fátima. —No. No se trata de promocionar mis joyas, sino la colección

conjunta. Usaré alguna de las piezas de la nueva, según he convenido con Mariano Alver. Si quieres te dejo alguna de las mías para que la uses tú.

—Yo no voy a ir a la presentación, no puedo contar con mi prima hasta después de Navidad; ya he abusado bastante de ella. Me quedaré en casa descansando.

—Como quieras. Vamos a seguir trabajando un poco a ritmo normal.

Esto no acaba aquí, después del evento hay que seguir fabricando piezas.

—Vamos.

El día de la fiesta Clara pasó a recoger a Jaime en un taxi. Habían acordado en no conducir ninguno de los dos para poder tomar alguna copa. Este bajó y se acomodó al lado de su compañera, saludándola con un simple buenas noches, pero dedicándole una mirada lenta y escrutadora.

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Llevaba un vestido rojo que no mostraba la cintura, pero sí los hombros y una de las piernas hasta medio muslo. Llamaría la atención durante toda la noche. Se había recogido el pelo para dejar libre el cuello, un cuello fino y delgado y era más que evidente que no llevaba sujetador de ningún tipo. Seguía sin necesitarlo, aunque ya no tuviera dieciocho años. Sobre la clavícula descansaba la gargantilla, la pieza clave de la colección y unos pendientes sencillos de oro, que no restarían protagonismo a la otra pieza.

Él vestía un sobrio traje negro con una no menos sobria camisa blanca y corbata gris. Juntos parecerían el día y la noche, la luz y la sombra. Clara y Jaime en la más pura expresión de sus distintas personalidades.

—Estás muy elegante —murmuró ella con una sonrisa pícara—, y tan convencional como siempre.

—Para no empañar tu imagen, que como ya había supuesto, es espectacular y llamativa.

—¿Lo habías supuesto?

—Pues claro. Que prometieras no mostrar el ombligo no significa que acudieras vestida de monja; ya nos conocemos. Estás muy guapa y muy seductora.

—Gracias. ¿Si alguien se propasa vas a defenderme?

—Solo si no has perfeccionado tu técnica de rodillazos ya sabes dónde. —No he perdido la práctica, no necesitaré tu ayuda. Pero no creo que los invitados de esta noche vayan a meterme mano en público. Como

mucho me harán proposiciones para hacerlo en privado.

—¿Aceptarías?

—Depende de la proposición y de quien la haga.

—¿Significa eso que llegamos juntos y podemos volver por separado? —Podría ser.

La mirada del taxista, a través del espejo retrovisor, los hizo sonreír y guardar silencio el resto del trayecto.

El salón donde se celebraba el evento era uno de los más lujosos de un céntrico hotel de Córdoba, y estaba engalanado para la ocasión con una profusa iluminación que haría destacar las joyas. Estas no se encontraban expuestas en urnas, como Clara había imaginado, sino que las lucían las mujeres de la familia Alver en todo su esplendor.

Mariano se acercó a ellos al verlos entrar, después de haber mostrado su invitación a un serio empleado situado en la puerta del salón.

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—Bienvenidos —los saludó con una amplia sonrisa—. Os felicito por haber cumplido los plazos de entrega, dudaba de que lo consiguieran. Imagino que no ha sido fácil.

—Hemos trabajado mucho, pero somos profesionales.

—Si Clara se compromete a algo, tenga por seguro que lo cumplirá — aseguró Jaime.

—Suponía que presentaría la colección en urnas o mostradores — comentó Clara.

—Luce mucho mejor sobre la piel femenina. —Y añadió una reveladora mirada al cuello de Clara. Jaime se sintió molesto—. No pretendo vender joyas esta noche, solo mostrarlas. Los negocios, en las joyerías; y no tengo dudas de que, después de hoy, recibiremos algunos encargos.

—Pero nos tomaremos las navidades para descansar —advirtió Clara

—. Hemos dormido muy poco las últimas semanas. Ya negociaremos las próximas entregas.

—Por supuesto. Esta noche también es de ocio, y os estoy importunando con temas de trabajo. Divertíos; yo tengo que atender a mis invitados, aunque a lo largo de la fiesta os quiero presentar a otros miembros de la familia. Todos están encantados con la colección.

Se quedaron solos y se les acercó un camarero portando una bandeja de copas con diversos tipos de vino y cava, y otro con algunos entremeses para picar. Más adelante se serviría una cena tipo bufé.

—Has impresionado a nuestro cliente —dijo Jaime—. Desde luego la gargantilla luce mejor en tu cuello que en el de aquella anciana, que lleva puesto el muestrario de la colección completo.

—Se ve un poco recargado, sí. Debe ser la matriarca de los Alver. —Seguro.

Pasearon por la sala con las copas en la mano, y pronto Mariano comenzó a presentarles a tíos, primos y todo tipo de parientes. No tuvieron más remedio que separarse para atender a todos los que querían saber más de la colección.

Desde cualquier rincón de la sala Jaime podía ver el vestido rojo de Clara, su esbelto cuerpo y su andar ondulante sobre los tacones, que nunca imaginó que dominaría. Con cada paso mostraba la pierna, enfundada en una media de seda, y fantaseó sobre qué la sostenía: un panty o un liguero.

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Observaba las miradas de los asistentes sobre ella y se sintió un poco celoso, no imaginaba que la acapararían de ese modo. Las palabras que ella pronunciara en el taxi sobre que podría aceptar alguna proposición masculina se le clavaban como dardos.

No todos los Alver tenían la edad de Mariano, rozando la cincuentena, algunos eran jóvenes y ricos. También había otros invitados, sin duda con un alto poder adquisitivo, o no estarían en el evento. Pero Jaime estaba seguro de que, si Clara aceptaba la propuesta de algún hombre, no lo haría motivada por el dinero, sino porque sintiera algún tipo de atracción. Aunque ignorara la que existía entre ellos.

También él se vio interpelado por algunas mujeres que querían saber qué tenía que ver con la colección y que le ofrecían —sin lugar a dudas— una propuesta para pasar la noche o para volver a verse. Pero no estaba interesado en ninguna de ellas, solo podía seguir el vestido rojo por todo el salón, esperando el momento de intercambiar con Clara, aunque solo fueran un par de frases.

También ella lo miraba y le sonreía, los ojos se encontraban una y otra vez, en la distancia y sin que pudieran reunirse.

Cuando sirvieron el bufé Jaime la vio acercarse a la mesa. Se despidió con tacto de la chica que le contaba su vida y se dirigió hacia donde Clara se servía un plato con embutidos y canapés.

—Hola, socia —dijo imitándola y cogiendo también un plato.

—Todo tiene una pinta deliciosa. Temía que no me dejaran tranquila ni un minuto para comer: estoy muerta de hambre.

—Has triunfado, de eso no hay duda.

—Dirás la colección.

—No te engañes, ese vestido rojo despierta pasiones. Nadie mira la gargantilla, los ojos se desplazan más abajo.

—¿Estás pendiente de quién me mira?

—Solo de vez en cuando. Tampoco tú dejas de observarme. —También estás muy solicitado. Debo reconocer que tienes mejor

planta que la mayoría de los asistentes. A pesar de tu atuendo taaan clásico.

Habían salido del salón hacia una terraza acristalada en la que se encontraban un par de mesas. El vidrio no protegía demasiado del frío de la noche, pero era el único lugar tranquilo y vacío en aquel momento y hacía demasiado calor en la sala.

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—A algunas mujeres les gusta este tipo de ropa —afirmó Jaime.

—Yo diría que están pensando más en quitártela que en admirarla. ¿Te han hecho ya alguna proposición para pillar una habitación y escaparos?

—Todavía no, de forma tan directa. ¿Y tú? ¿Te han preguntado ya si esa media de seda se sostiene con un liguero?

Se arrepintió de la frase en el mismo instante en que la pronunció. Lo dejaba demasiado expuesto.

—¿Te lo has preguntado tú?

Los ojos de Clara chispeaban con malicia. Jaime trató de recoger velas lo mejor que pudo.

—Pura curiosidad, nada más.

—Pues no me lo ha preguntado nadie todavía, pero, para satisfacer tu curiosidad, te diré que no; no llevo liguero.

Y con coquetería alzó un poco la abertura del vestido y mostró una blonda de encaje reposando directamente sobre la piel del muslo.

Jaime sintió que se le secaba la boca. Que se le aceleró el pulso. Y se le quitó el hambre.

—¿Satisfecha tu curiosidad?

Asintió. Y, olvidándose del plato, alargó la mano y le rodeó la nuca, acercándose hasta encontrar sus labios. Que se abrieron para recibirle.

Los dedos de Clara también se enredaron en el cuello masculino, colándose por dentro de la camisa, aflojando el nudo de la corbata y bajando por la espalda. La otra mano de Jaime avanzó por la pierna buscando la blonda y la piel que había por encima.

El beso se volvió tórrido, salvaje, liberando una tensión que había tardado años en aflorar. El fresco de la noche desapareció, y el calor los envolvió, abrasándolos, consumiéndolos. El mundo alrededor dejó de existir, como si solo estuvieran ellos en el universo. Ellos y el deseo que los dominaba.

Después, cuando al fin pudieron separar sus bocas y sus manos del cuerpo del otro, se contemplaron jadeantes, tratando de recuperar el aliento. Los ojos encendidos, las bocas hinchadas por la fuerza de la pasión compartida.

Jaime deslizó la mano por el hombro desnudo hacia el brazo, conteniendo las ganas de introducir los dedos por dentro del vestido, como había hecho ella por su camisa. La otra mano seguía en la pierna, mientras se miraban a los ojos con una intensidad desconocida.

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Clara vio que alguien se acercaba a la terraza y se separó con premura.

—Viene alguien.

Recompuso la abertura de la falda y la mano masculina se retiró de inmediato.

—Supongo que ahora sí hemos saldado la deuda de ese beso que Rocío impidió —expuso Clara con apenas un jadeo, haciendo esfuerzos por recuperar la normalidad.

—También ahora nos han interrumpido —dijo él mirando a la pareja que se acercaba hasta la otra mesa—. Podemos ir a otro sitio más íntimo. A fin de cuentas, esto es un hotel.

—No, Jaime. Sería un error.

—No estoy tan seguro —susurró ahondando en su mirada, tratando de averiguar lo que en verdad pensaba y deseaba. Algo que no se correspondía con sus palabras.

—Yo sí. Terminemos de comer y volvamos dentro. —¿Cada uno por su lado? ¿A mirarnos desde lejos?

—Sí, cada uno por su lado, y no tenemos por qué mirarnos. Regresaremos juntos a casa, como hemos venido. No me interesa ninguno de los tipos que hay ahí dentro. Tampoco aquí fuera —añadió retándolo con la mirada—. Lo que acaba de pasar tenía que ocurrir en algún momento, llevaba ahí mucho tiempo, agazapado. Pero es el fin de algo, no el principio de nada.

Estaba convencida de que mezclar el amor con los negocios era una pésima idea. Pero había tenido que sacarse esa espinita, averiguar a qué sabían sus labios. Demasiado bien para dejarse llevar. Era preferible cortar allí.

Hablaban en susurros para no ser oídos por la otra pareja que ocupaba la terraza. Muy cerca. Sintiendo aún el calor que desprendían.

—Como quieras. Regresemos a la fiesta —aceptó Jaime.

Ni por asomo se creía —y sabía que ella tampoco— que ese fuera al final de nada. No después de cómo se habían besado. Había aún mucho por expresar, por explorar, y más temprano que tarde volvería a surgir el deseo que ahora trataban de contener, y entonces no la dejaría ir. La impaciente era ella, él podía esperar un poco más.

Regresaron a la fiesta, y continuaron con las miradas, cada vez más frecuentes y más intensas.

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Después de la cena empezó a sonar música y algunos invitados comenzaron a bailar. Ellos permanecieron charlando con otros asistentes, negándose a salir a la pista de baile cuando alguien se lo proponía. Ninguno deseaba bailar con otras personas, pero eran muy conscientes — demasiado— de que si lo hacían juntos la noche se les iría de las manos. Jaime estaba dispuesto. Clara no. Por primera vez en su vida contenía sus impulsos, porque sabía que, si se dejaba llevar, todo acabaría en desastre.

Terminada la celebración se despidieron de los anfitriones y regresaron en un taxi, en un silencio tenso, lleno de frases insustanciales sobre el evento, la colección, las fiestas navideñas que se avecinaban y los planes de cada uno para celebrarlas. Jaime en Cádiz; Clara en su pueblo con sus padres. Lejos uno del otro, lo que ayudaría a poner en su sitio lo que esa noche se había desmadrado.

En esta ocasión el taxi se detuvo primero en casa de Clara. Antes de que se bajara del vehículo, Jaime preguntó:

—¿Estás segura de que quieres subir sola?

Ella asintió, y le dio un casto beso de despedida en la mejilla.

—Hasta el lunes, Jaime.

—Hasta el lunes.

La vio entrar en el portal, mientras contenía las ganas de salir tras ella y de besarla hasta que reconociera la atracción que existía entre ellos. Que siempre había existido.

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Capítulo 22

2024

Después del ritmo frenético de trabajo que habían mantenido durante dos meses, a Clara le resultó insoportable recluirse en el pueblo para pasar las fiestas navideñas. No tenía nada que hacer, pues no disponía de herramientas para trabajar; necesitaba tanto un descanso que no había tenido la precaución de llevar nada que pudiera distraerla durante las largas horas invernales. En el pasado había tenido amigas con las que salir, pero en la actualidad no quedaba nadie con quien echar un rato.

Pasada la Nochebuena, la cena con sus padres y el almuerzo de Navidad, se encontró con un montón de horas vacías y muy aburridas.

Los largos paseos le resultaban tediosos, pues no tenía con quién compartirlos. Las charlas con sus padres versaban siempre sobre los mismos temas: las tradiciones navideñas, que a ella no le interesaban lo más mínimo; su trabajo, que sus progenitores no comprendían, y poco más.

Lamentaba haberles informado de que estaría hasta el día dos con ellos, no sabía si aguantaría o se inventaría cualquier excusa para regresar a Córdoba. Cenar y recibir el año nuevo con Fátima y su padre le resultaba mucho más atrayente que quedarse en el pueblo.

Echaba de menos el ritmo de trabajo y, por qué no admitirlo, también las horas compartidas con Jaime en el taller, sus discrepancias a la hora de enfocar las tareas y las miradas cómplices cuando estaban de acuerdo en algo.

Trataba de apartar de su mente lo sucedido en la presentación de las joyas, cuando se encontraron a solas en la terraza y se abalanzaron uno sobre el otro con una pasión desmedida. Se repetía una y otra vez que era

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algo que tenía que suceder para cerrar un capítulo del pasado, que se había reabierto cuando él lo sacó a colación la noche que se quedaron trabajando. Durante años no había vuelto a acordarse de aquella proyección de Casablanca, que al final no pudieron ver, enzarzados en una discusión mucho más interesante que la historia de amor de la película.

En aquella época, cualquier cosa que tuviera que ver con Jaime y sus rifirrafes le parecía mucho más atrayente que ninguna otra.

Tan aburrida se encontraba, y puesto que no dejaba de pensar en él, que el veintiocho decidió gastarle una broma con motivo del día de los inocentes. Era más una excusa para llamarle que otra cosa. Con toda seguridad se enfadaría, discutirían, y eso animaría mucho su tediosa semana de vacaciones.

Cogió el móvil y telefoneó a su socio, regodeándose de antemano del susto que iba a darle.

Este respondió en seguida, y trató de poner su voz más patética. —Hola, Clara —saludó él con jovialidad—. ¿Cómo van esas

vacaciones?

—Bien hasta ahora.

—¿Qué sucede ahora?

—Me temo que tengo que darte un disgusto.

—¿En serio? ¿Qué ocurre? No me asustes.

—Se trata de la colección. Los Alver han decidido rechazarla.

—¿Por qué motivo? Creía que estaba todo bien, que les encantaba. El día de la presentación parecían todos muy contentos con ella.

—Pues al final no la quieren, y lo que es peor, piden que les devolvamos todo el dinero que nos han pagado, tanto el adelanto como el resto.

—¡No fastidies! ¿Qué vas a hacer?

—No puedo hacer nada, Jaime. Son muy poderosos, y si los denuncio o reclamo cualquier cosa van a hundir mi colección de Klarity. Me temo que te has quedado sin trabajo.

—No importa. En realidad, estaba pensando en cómo decírtelo, pero estos días aquí me he dado cuenta de cuánto echo de menos la bodega. Me encantaría volver a producir vino.

—¿Y dónde queda tu deseo de diseñar?

—Las cosas hay que tomarlas como vienen. Tampoco ha sido tan maravillosa la experiencia Si lo pensamos con frialdad, es lo mejor para ti

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y para mí.

—¿Lo mejor? ¿Por qué? —preguntó molesta.

—Porque después de lo que sucedió en la fiesta, lo de la terraza, supongo que lo recuerdas…

—Sí, claro que lo recuerdo.

—He pensado que cometimos una tontería, ni siquiera sé cómo se me ocurrió besarte. Creo que tantas horas trabajando juntos me han reblandecido el cerebro y me hizo cometer estupideces. Sinceramente, prefiero no seguir trabajando contigo, aunque lo de devolver el dinero, no lo haré. Tuya fue la idea de esta colección absurda, asume tú el coste.

Clara empezó a sentir que se alteraba mucho, que la antigua rabia que Jaime le producía estaba emergiendo con una furia inusitada, que no había vuelto a sentir desde hacía años.

—¡Serás cabrón! ¿Se te reblandeció el cerebro? Pues era lo único que tenías blando. Te recuerdo que fuiste tú el que propuso coger una habitación para terminar lo que habíamos empezado.

—No hubiéramos ido mucho más lejos. Habría bastado con que te quitaras el vestido para que se me desinflara la libido, y todo lo demás. Sigues siendo tan escuálida como siempre. Y ver tu ombligo me hubiera producido repulsión, siempre lo he aborrecido.

—Y tú eres tan capullo como te recordaba. ¡Cómo he podido pensar que habías cambiado!

—No he cambiado, sigo con los mismos gustos de siempre. Estos días me he reencontrado con Paloma. Está preciosa, llena de curvas apetecibles.

—¿Vuelves con esa estrecha? —masculló muy cabreada.

—Ya no lo es tanto. Hemos pasado unos ratos realmente excitantes estos días.

—¡Pues que te aproveche! Disfruta del misionero el resto de tu vida. Pero lo de que yo asuma el coste de la colección, ni lo sueñes. Si hace falta te demandaré, iremos a los tribunales y te sacaré hasta los calzoncillos.

Una sonora carcajada al otro lado del aparato la enfureció todavía más. —¿Te ríes?

—Feliz Día de los Inocentes, Clara.

—¿Es una broma?

—¿Tú qué crees? Pero has empezado tú, que conste. Estaba seguro de que me llamarías con alguna bromita, pero esperaba algo más ingenioso

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que el que los Alver rechazaran la colección. Ahora en serio, ¿cómo estás? —Aburrida. Desesperada —admitió sintiendo que volvía a recuperar el dominio de sus emociones—. Creo que voy a inventarme alguna excusa sobre un problema con la colección para volverme a Córdoba antes de

tiempo.

—¿Por qué no te vienes a Cádiz? Mis padres tienen ganas de verte. Podemos pasar la Nochevieja Rocío tú y yo; nunca salimos juntos los tres y puede ser divertido. No te estoy proponiendo ningún plan de parejas, si es lo que temes.

No temía nada. Estaba deseando escapar del pueblo y la opción de reunirse con Rocío y con Jaime le parecía una opción más que atractiva.

—Me encantará, pero creo que cuando me marché volviste a recuperar tu habitación. ¿Dónde dormiría?

—Te la cedería. Yo tengo mi propio piso, hace mucho que me independicé.

—En ese caso, acepto de mil amores. ¿Cuándo puedo ir? —Cuando quieras, ya sabes que siempre eres bienvenida aquí. —Trataré de escaparme mañana, bien temprano.

—Te estaremos esperando. Y me alegra saber que no has perdido del todo tu belicosidad de antaño. Que la fiera sigue agazapada dispuesta a saltar. Me ha costado lo indecible mantenerme serio.

—Puedes jurarlo.

Si lo hubiera tenido cerca le hubiera encantado darle una colleja cuando mencionó a Paloma. La sola idea de que volviera a liarse con aquella pava la había enfurecido, incluso más que las cosas que dijo sobre ella. Por fortuna, todo había sido una broma y el beso que se dieron había sido tan apasionado como lo recordaba.

Buscó a sus padres para decirles que se marchaba, que Consuelo y Enrique la habían invitado a pasar con ellos el fin de año. Sabía que no pondrían ninguna objeción, que les agradaba que no perdiera el contacto con quienes la habían acogido como a una hija en el pasado. No mencionó a Jaime para nada.

Jaime esperaba a Clara con impaciencia. Ella le había puesto un mensaje cuando salió del pueblo y, durante las cuatro horas de trayecto, no

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cesó de mirar el móvil temiendo que se arrepintiera.

Rocío lo miraba con sorna, acusando el cambio de su hermano hacia la chica. Cuando le había preguntado sobre ella todo habían sido alabanzas, ninguna recriminación ni crítica: era una excelente diseñadora, una profesional de la orfebrería y una trabajadora infatigable. Siempre supo que, si olvidaban la fijación que tenían uno con el otro, se darían cuenta de todo lo que podrían hacer juntos, pues ambos eran unos magníficos profesionales. Celebraba que se hubieran dado cuenta, o al menos Jaime.

Pero cuando vio los ojos brillantes de su hermano y su sonrisa jubilosa al comunicarle que Clara pasaría con ellos el fin de año, supo que había algo más que admiración hacia una compañera de trabajo. Solo quedaba descubrir si era mutuo o solo él había descubierto a la mujer que había debajo de la enemiga del pasado y de la actual socia.

Se moría de ganas de que Clara llegase para averiguarlo, sobre todo después de ver a Jaime mirar el teléfono con impaciencia. No dijo nada, se limitó a observarlo sin dar muestra de suspicacia o diversión.

La invitada llegó a mediodía, para regocijo de todos. Ambos hermanos habían estado trabajando un rato por la mañana en la bodega, pero regresaron a la casa para almorzar y recibir a la visitante. Consuelo acudió a abrir la puerta y desde el salón la escucharon saludar a la recién llegada con grandes muestras de afecto.

—¡Hola, cariño! ¡Qué alegría me da tenerte de nuevo por aquí!

—A mí también. Estoy muy feliz de que Jaime me haya invitado a venir.

—También me alegra eso. Veo que vuestra relación laboral está funcionando.

—Sí, va muy bien.

—Pasa, los chicos están en el salón. En seguida vendrá Enrique para almorzar.

Rocío observó la impaciencia de Jaime, contenida a duras penas para no precipitarse hacia la entrada. Sin embargo, aguardó en el salón.

Clara hizo su aparición en la estancia con una amplia sonrisa y la de Jaime se hizo aún más radiante. La recién llegada llevaba un jersey que apenas le cubría la cintura y él no se contuvo un ápice a la hora de mirar la piel apenas entrevista. Todas las dudas de Rocío se disiparon al instante al ver la mirada que cruzaron. El cambio no era solo de su hermano.

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Ambas amigas se abrazaron con cariño. No se veían desde el verano, debido a sus ocupaciones. Jaime esperó su turno con estoicidad.

—Bienvenida, ocupa —dijo cuando al fin se acercó a ella, y le di un abrazo y un beso en la mejilla, igual que había hecho su hermana, beso al que ella correspondió con naturalidad.

—Veo que ya os besáis y todo —dijo Rocío tratando de averiguar más. —Es un simple saludo —afirmó Clara—. Como he hecho contigo y

con tu madre.

—Pero no recuerdo que Jaime y tú os hubierais besado jamás. —Antes no trabajábamos juntos —aclaró él—. Ahora nos llevamos

bien.

—Eso es cierto. Bueno, vamos a tomar algo mientras esperamos a mi padre —propuso Rocío—. ¿Un vino?

—¡Cómo no, en casa de un bodeguero!

—Yo lo sirvo —ofreció Jaime.

—Descorcha una buena botella, lo de hoy hay que celebrarlo. Hace mucho que Clara no pasa unos días con nosotros.

—Por supuesto. No pensaba ofrecer cualquiera.

Se sentaron a disfrutar de unas copas y unas aceitunas mientras esperaban el almuerzo, que Consuelo preparaba en la cocina. Uno de los platos preferidos de Clara cuando estuvo en Cádiz años atrás.

—¿Cómo se te ocurrió invitarla, Jaime? Porque ha sido idea tuya que Clara viniera, ¿no?

—Me llamó para gastarme una bromita el Día de los Inocentes y me confesó que estaba muy aburrida en su pueblo. Decidí acudir al rescate.

—¿Qué broma? —preguntó Rocío, que ignoraba el motivo de la invitación. Se había limitado a aceptarla y a alegrarse de ver a su amiga—. ¿Picaste, Jaime?

—No. —Rio Clara—. Me la devolvió y piqué yo.

—¿En serio? ¿Y qué broma os hicisteis?

Clara hizo un movimiento ambiguo con la mano.

—Bah, unas tonterías. Nada importante.

—¿Unas tonterías privadas? —trató de indagar.

—Unas tonterías, sin más.

—Bien, no seguiré preguntando. Lo importante es que estás aquí.

—En efecto.

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Enrique llegó poco después y todos se sentaron a la mesa para disfrutar de una comida especial, como hacía doce años que no gozaban. Como tal vez no hubieran tenido nunca, pues en el pasado Jaime y Clara, aunque en familia no discutían abiertamente, tampoco mostraban hacia el otro la afabilidad de aquel día.

Al finalizar el almuerzo, Rocío se disculpó, de forma intencionada. —Tengo un poco de trabajo que hacer en la bodega. ¿Puedes ocuparte

tú de entretener a Clara, Jaime?

—Faltaría más.

—Si estás cansada y prefieres dormir una siesta, tu habitación está lista —informó Consuelo—. Considérate en tu casa, igual que siempre. Aunque ahora el cuarto es un poco diferente a como lo recuerdas.

—Ya me imagino que Jaime recuperaría sus dominios cuando me marché.

—Le faltó tiempo —confirmó Rocío.

—Ahora está libre, puedes mudarte a él cuando quieras —informó su hermano.

—No merece la pena. En realidad, el mío es más fresco en verano. — Y levantándose de la mesa se dispuso a abandonar la casa. La tarea por hacer no era urgente, pero quiso darles a su hermano y a Clara una oportunidad para estar un rato a solas—. Nos vemos luego.

—Muy bien.

Enrique se marchó con su hija y Consuelo entró a recoger la cocina, rehusando la ayuda que Clara le ofreció.

—Gracias, pero no es necesario. Después de terminar me sentaré un poco en el sofá a ver algo en la televisión; si os apuntáis…

Jaime interrogó a Clara con la mirada. No le apetecía la presencia de su madre en aquel momento, pero esperó a que la chica decidiera.

—No, Consuelo. He estado conduciendo durante horas, me gustaría estirar las piernas un poco. Me encantaría dar un paseo por la playa.

—Vamos entonces —aceptó él feliz por la propuesta—. Coge algo de abrigo, a la orilla del mar hace frío.

—No lo he olvidado —dijo llevando la bolsa de viaje a la habitación que antaño había compartido con Rocío y que ahora ocuparía ella sola. No obstante, no tenía dudas de que durante la noche se reunirían en alguno de los cuartos para compartir confidencias, como en el pasado.

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Pero, por lo pronto, le apetecía mucho dar un paseo con Jaime. Lo había echado de menos debido al aburrimiento. Cogió un anorak y salió a reunirse con él.

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Capítulo 23

2024

Volver a Cádiz, después de tantos años supuso para Clara una inmersión al pasado, pero no al pasado real, sino a uno que podría haber sido y no fue. Al que podría haber vivido si Jaime y ella no se hubieran empeñado en ser enemigos.

La relación entre ambos sufrió esos días un cambio sustancial, sin la presión de las largas horas en el taller, sin que se vieran obligados a ser compañeros de trabajo, sino simples amigos.

Aunque ya no vivía allí, él pasaba la mayor parte del tiempo en casa de sus padres, ayudando en la bodega a ratos y haciendo planes con Clara el resto, y se marchaba por la noche a la suya. Rocío se les unía a veces y, en otras ocasiones, aducía trabajo urgente y los dejaba solos. Ambos intuían que lo hacía a propósito, pero no preguntaron. Se sentían felices pasando tiempo juntos, dando largos paseos por la playa, tomando un aperitivo o un café en alguna de las terrazas que no cerraban a pesar del frío, o descubriendo algunos de los cambios que la ciudad había sufrido durante los doce años que Clara llevaba lejos.

La tarde del día treinta habían salido a dar un paseo por el centro y decidieron cenar fuera. Clara propuso llamar a Rocío para que se reuniera con ellos cuando saliera de la bodega y Jaime la complació. Telefoneó a su hermana y quedaron en reunirse en uno de los bares de tapas abierto hacía muy poco, por lo que Clara no lo conocía.

Cuando se cansaron de caminar, se sentaron en un parque para hacer tiempo hasta reunirse con Rocío.

—¿Qué quieres hacer mañana? —preguntó Jaime. Hacía frío, pero el cielo estaba despejado y ni una sola nube cubría el cielo. Eran los únicos

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visitantes del parque, pero les agradaba esa soledad.

—Me da igual. Me uno a los planes que tengáis vosotros. —Normalmente comemos las uvas en casa de mis padres y después

salimos a tomar algo. No siempre lo hacemos juntos Rocío y yo, no tenemos los mismos amigos.

—¿Tendré que escoger a uno de vosotros?

—No; hemos pensado unir nuestros planes para que no debas hacerlo. Pero no hemos decidido qué hacer concretamente. ¿Qué te apetece? Es muy tarde ya para contratar un cotillón típico, a estas alturas estarán todos completos, pero podemos intentarlo, si es tu deseo.

—A ti no te gustan las fiestas.

—Estoy abierto a lo que tú quieras.

—¿Por qué?

—Porque eres nuestra invitada, y porque quiero que disfrutes de tu estancia en mi ciudad. Y de la única Nochevieja que vamos a compartir.

—Te estás esforzando mucho para ello. Has renunciado a tus planes para hacerme de cicerone, aunque no haga falta. Viví en Cádiz dos años y conozco la ciudad, no voy a perderme.

—Pero nunca la conociste bajo mis ojos.

—No. Eso no.

—Yo tampoco conocía tus lugares favoritos. Ignoraba lo mucho que te gusta la playa.

—Nací en un pueblo del interior y Córdoba no tiene costa. Echo de menos el mar, al que me acostumbré cuando estuve aquí, y quiero aprovechar mi estancia para disfrutarlo todo lo que pueda.

—Pero nunca has vuelto. ¿Por qué?

—He pasado unos años complicados, estudiando y trabajando mucho para labrarme un futuro, para cumplir mi sueño.

—Tu sueño es Klarity.

—En parte. Mi sueño es mucho más ambicioso que eso: ser buena en lo mío, de hecho, ser la mejor. Y lamento si eso te incomoda, porque no pienso cederte ese puesto.

—No voy a discutir contigo por eso. Tú y yo no podemos compararnos uno con el otro, porque somos muy diferentes, como también lo son nuestras habilidades. Seré mejor soldador que tú, pero nunca alcanzaré tu perfección con los engarces, así que lo dejamos en tablas.

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—Si lo miras así… Lo que no entiendo es cómo renunciaste al diseño, con lo bueno que eres y lo mucho que disfrutas con ello, para acabar en la bodega.

—Trabajé durante unos años como diseñador en una empresa de muebles. Muebles clásicos, se entiende.

—No podía ser de otra manera —dijo con una sonrisa.

—Tampoco es que fuera muy creativo: sillas, mesas, algún armario estándar. Nada personalizado ni original. Eran muebles en serie, no a medida. No estaba mal allí, pero tampoco era el trabajo de mi vida. Hubo una crisis en la bodega, un par de malos años, y tuvimos bastantes pérdidas. La nuestra es una empresa pequeña y mi padre se vio en la necesidad de despedir a los trabajadores, y con sus años no podía ocuparse de todo él solo. Rocío estudiaba fuera y no terminaba de centrarse en nada y decidí dejar el trabajo, que tampoco me entusiasmaba, para venir a ayudar.

—Y ahí has seguido, a pesar de que ya la crisis está superada, ¿no? —Hasta que llegaste tú con tu proposición y me salvaste la vida.

¿Cómo se te ocurrió pensar en mí?

—La idea fue de Rocío, no mía. No tenía nada claro que pudiéramos trabajar juntos. Pero, a pesar de nuestras diferencias en el pasado, sabía que eras bueno. Soso, pero bueno. Y los Alver no me daban mucho tiempo para ponerme a buscar otro diseñador. Decidí correr el riesgo, y no me he arrepentido.

—Yo tampoco estaba seguro de que pudiéramos entendernos, pero al recibir tu proposición fui consciente de lo mucho que ansiaba dejar la bodega. No me gustaba el trabajo, pero no me había percatado del desánimo que me producía hasta que vi la posibilidad de dejarlo. Pensé que si no funcionaba (de hecho, estaba casi seguro de ello) buscaría otro trabajo de diseño y no volvería a hacer vino.

—Los dos nos equivocamos, al parecer. La simbiosis ha sido perfecta.

—Eso parece.

El sonido del móvil de Jaime interrumpió la conversación. Tras unos segundos, se levantó del banco.

—Rocío ya está en el bar. ¡Vamos!

Se dieron prisa en reunirse con la chica. No se habían percatado de que los cuerpos se quedaban ateridos por la baja temperatura y la inmovilidad.

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—¿Dónde estabais? —preguntó al verlos llegar—. Imaginaba que me esperaríais aquí.

—En un parque, cerca.

—¿En un parque con este frío? Es diciembre. —Yo no tenía frío. ¿Y tú, Clara? —Tampoco.

—¿Qué estabais haciendo? —preguntó Rocío con suspicacia.

Jaime alzó las manos con gesto de inocencia.

—Hablar.

—Ya.

—En serio. ¿Qué pensabas que podíamos hacer tu hermano y yo? — interrogó Clara.

—Se me ocurren algunas cosas.

—Pues contén tu imaginación porque no hay nada de eso. Que ahora nos llevemos bien no significa nada más. Solo somos compañeros de trabajo, y empezamos a ser amigos. ¿Verdad?

Clara buscó los ojos de Jaime, que brillaban traviesos.

—Verdad —confirmó este.

No dijo que había deseado besarla varias veces durante su estancia en el banco, pero se había contenido por miedo a que ella quisiera marcharse antes de que finalizara el año. Estaba disfrutando mucho de esos días, de su compañía y de la certeza de saber que entre ellos se estaba fraguando algo más que una simple amistad, por mucho que ella dijera lo contrario. No se precipitaría, ya vio cómo se replegaba en la terraza la noche de la presentación de las joyas.

Una vez sentados en una mesa ante unas raciones y unas copas de vino, Rocío comentó:

—Jaime, creo que deberíamos quedarnos a dormir en tu casa mañana, si no tienes otros planes para después.

—Mi único plan es con vosotras, pero ¿por qué no quieres volver a casa? ¡No pensarás emborracharte hasta perder el sentido!

—Claro que no, ya no tengo edad para eso. Pero creo que nuestros padres se merecen una noche para ellos, sin tener a nadie por allí. Aunque llegaremos tarde, o muy tarde, no se desmadrarán si saben que Clara y yo podemos aparecer en cualquier momento.

—¿Nuestros padres se desmadran?

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—Pues supongo que sí, eso no es prerrogativa de los jóvenes. Son una pareja y se quieren. ¿No sabes que se van de fin de semana con cierta frecuencia? Mañana es Nochevieja y se merecen celebrarla con todos los honores.

—Pues mi casa está disponible, estaré encantado de acogeros. Les diremos que no nos esperen hasta la hora de almorzar. Solo tengo un dormitorio, pero os lo cedo si no os importa compartir cama, y yo dormiré en el sofá. No sería la primera vez que me pongo a ver una película y me quedo frito en él.

—¿Casablanca? —preguntó Clara.

—No la he visto. Aquella noche pasamos de ella.

—Reconoce que fue mucho más divertida nuestra charla.

—Más interesante, desde luego.

—¿De qué hablasteis? —preguntó Rocío.

—No me acuerdo demasiado bien, solo tengo una ligera idea —se excusó Jaime.

—Mentiroso, acabas de decir que fue interesante —lo conminó su hermana a hablar.

—De sexo —confesó Clara.

—¿De sexo? ¿Vosotros? ¡No sería de lo que os gustaría haceros uno al otro…! ¿o sí?

—Jaime y yo nunca quisimos hacernos nada uno al otro. Como mucho, dar alguna colleja o bofetada, pero nada sexual.

—Creo recordar que Paloma salió en la conversación. Poco más — admitió Jaime.

Se calló que habían estado a punto de besarse y que ella los interrumpió.

—Está bien, veo que los dos tenéis malísima memoria. Volviendo a hablar de mañana, gracias por ofrecer tu casa para pernoctar, y a mí no me importa compartir la cama con Clara. Incluso cabríamos los tres, es enorme —informó su hermana—. ¿O ya conoces su guarida?

—No, nunca he estado allí.

Era cierto. Habían estado paseando, y tomando algo en bares o cafeterías, pero Jaime nunca le había propuesto llevarla a su casa, aunque solo fuera para mostrarle dónde vivía.

—No pienses que porque vive solo habita en una pocilga; siempre la tiene limpia y ordenada.

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—No tengo ninguna duda de eso —afirmó Clara.

Se había preguntado varias veces cómo sería su vivienda, qué tipo de muebles usaría y si los habría diseñado él mismo, pero nunca le había comentado que deseara verla. Tenía mucho cuidado con lo que proponía después de la forma en que se habían besado en la fiesta de los Alver. No quería hacer ningún tipo de sugerencia que indicara compartir esa cama que, al parecer, era muy grande. Por suerte, la noche siguiente estaría Rocío y sería con ella con quien debía dormir.

Mientras tapeaban, se preguntó si Paloma había pasado por ella, o qué otras mujeres la habían ocupado. Y se planteó qué tipo de amante sería.

—¡Clara! —escuchó a Rocío llamarla—. ¿Sí o no? —¿Sí o no, qué? Perdona, me he distraído un momento.

—Si te apetece que vayamos a una pequeña fiesta que organiza un amigo en su casa, o prefieres que nos vayamos los tres a tomar algo después de las uvas —comentó la chica.

—Me da lo mismo. ¿Jaime?

—Ya te he dicho que hoy decides tú.

—Pues entonces nos vamos a casa de Guille. No seremos muchos, unos diez o doce. Lo pasaremos bien, será algo tranquilo.

—De acuerdo.

Continuaron cenando y charlando, haciendo planes para la noche siguiente. Sobre qué comida y bebida aportarían a la reunión, sobre cómo se vestirían… y se las imaginó en el pasado, haciendo planes juntas y compartiendo noches de charla y confidencias. No pudo evitar preguntarse de cuántas de esas charlas había sido él protagonista. Tena claro que de más de una.

Terminada la cena, Jaime se ofreció a llevarlas a casa, pero ambas se negaron. El bar estaba cerca y ninguna necesitaba guardaespaldas, afirmaron.

Jaime se inclinó para besar a su hermana al despedirse y, a continuación, hizo lo mismo con Clara. Se marchó en dirección opuesta a las chicas con la sensación de sentirse abandonado. Al día siguiente iría temprano a casa de sus padres dispuesto a pasar con su socia el último día del año.

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Capítulo 24

2024

Era la última noche de un año lleno de cambios. Clara se arreglaba para celebrarla en Cádiz, y por primera vez no sabía qué ponerse.

Cuando hizo el equipaje metió un vestido de fiesta y, como segunda opción, un conjunto de pantalón de terciopelo y top de lentejuelas, pero a la hora de vestirse no se decidía por ninguno de ellos. A Jaime le gustaría el vestido y ella prefería el pantalón, porque la noche era fría.

Indecisa, llamó a la puerta de Rocío para recabar su opinión. Esta acudió presto, y a la vez asombrada.

—¿En serio necesitas ayuda para decidir qué ponerte? ¿Dónde está la Clara que yo conozco?

Esta no respondió, se limitó a mostrarle las dos opciones y a añadir: —Tú sabes mejor el tipo de fiesta a la que vamos. ¿Vestido o pantalón? —El vestido es más sexi, ese top de lentejuelas te cubre mucho más.

Pero tal vez ambos sean excesivos para ir a casa de Guille. ¿Y si combinas el pantalón con otra cosa más sugerente? La Clara que recuerdo nunca ocultaría el ombligo.

—¿Tú crees que lo tengo bonito?

—No hay que ser un lince para saber que sí.

—Tu hermano opina lo contrario.

—¿Y desde cuándo te importa lo que piense Jaime?

—Tienes razón. ¿Puedes traerme aguja e hilo, por favor? No soy una modista experimentada, pero a acortar un top llego. Y las lentejuelas me gustan, ya sabes que soy de llamar la atención.

—En seguida.

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A la hora de la cena, ambas bajaron de sus habitaciones, dispuestas a disfrutar de un rato en familia antes del cambio de año. Jaime ya se encontraba en el salón, vestido con un traje de corte moderno y sin corbata. Clara pensó que estaba guapísimo, a pesar de que prefería a los hombres con atuendo más informal.

Los ojos masculinos le dijeron que ella también estaba muy favorecida con su ropa. La mirada se dirigió a la cintura de inmediato y la sonrisa que afloró a su boca le indicó que no estaba sorprendido en absoluto, que lo esperaba.

Enrique les ofreció un vino antes de sentarse a la mesa. También él y Consuelo estaban muy arreglados a pesar de que no saldrían de casa después de medianoche, al menos que sus hijos supieran. Tal vez, como había sugerido Rocío, se desmadrarían en la intimidad.

—Me alegra mucho que pases el fin de año con nosotros —dijo Consuelo sirviendo los aperitivos.

—Yo también estoy feliz.

—Espero que sea la primera y no la única vez —insinuó Enrique.

—No prometo nada. No soy de costumbres fijas, ya lo sabéis.

—Serás bienvenida siempre que lo desees, ya sea en Nochevieja o en cualquier otro momento —invitó Jaime—. Sin presiones y sin ningún tipo de obligación. Pero no dejes pasar otros doce años para regalarnos tu presencia en Cádiz.

—No lo haré, lo prometo.

Comenzaron a comer los deliciosos platos que Consuelo había preparado para la ocasión.

—Hemos pensado —comentó Rocío— que, puesto que el lugar de la fiesta a la que vamos está cerca de la casa de Jaime, nos quedaremos a dormir allí para no coger el coche y poder tomarnos unas copas.

—Me parece una excelente idea. En estas fechas hay muchos controles, aparte de que conducir bajo efectos del alcohol es peligroso — comentó Enrique.

—Yo estaré encantado de ofrecer techo y desayuno, e incluso almuerzo si nos levantamos tarde. Nada de despertador para el primer día del año.

—Que será lo más probable. —Rio su hermana.

Clara observaba el ambiente cálido y festivo alrededor de la mesa y se sentía más integrada que nunca en esa familia que había considerado la suya durante dos cursos.

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Una vez finalizada la cena, prepararon las uvas y aguardaron el momento del cambio de año.

Jaime apenas había tomado media copa de vino con la cena y se limitaría a brindar a medianoche para conducir después hasta su casa, donde dejarían el coche para acudir andando al lugar de la fiesta. Clara pensó que siempre sería un hombre responsable, ya lo había sido de adolescente. Nunca lo había visto borracho, ni siquiera achispado ni perdiendo el control. La única vez había sido en la presentación de las joyas, cuando se besaron. Desde ese momento había pensado en varias ocasiones cómo se comportaría en la cama, si seguiría siendo el hombre controlado que conocía o se desmadraría, según la palabra usada por su amiga. De lo que estaba segura era de que no dejaría a una mujer insatisfecha. Una oleada de calor se instaló en su vientre sin que pudiera evitarlo.

Se dio cuenta de que se había dejado llevar por pensamientos inoportunos y poco convenientes, pero nadie parecía haberse percatado. Volvió a integrarse en la conversación tratando de olvidar que esa noche dormirían en su casa, pero, por fortuna, Rocío actuaría de catalizador. Se tomarían unas copas y compartiría la cama con su amiga, lo que evitaría que hiciera alguna estupidez. Porque pensar en Jaime como en un hombre y no un compañero de trabajo era la estupidez más grande que pudiera cometer. Aquellas minivacaciones en Cádiz estaban siendo una tentación que hasta el momento había conseguido vencer.

Llegó el evento cumbre de la noche. El reloj inundó la pantalla del televisor, sonaron las campanadas y tomaron las doce uvas a toda prisa. A continuación, se vio rodeada por los fuertes brazos de Jaime, que la besó en la mejilla, dejando los labios sobre la piel más tiempo del estipulado por la cortesía.

—Feliz año, Clara.

—También para ti.

—Va a estar lleno de cosas buenas, ya lo verás.

—Eso espero.

Se separaron para seguir repartiendo abrazos y parabienes para el resto del año con toda la familia.

Rocío los había observado mientras se felicitaban, y comprobó que no se había equivocado en sus suposiciones. Cuando abrazó a su hermano le susurró al oído:

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—Me gusta Clara.

—Por supuesto, es tu amiga —respondió él en el mismo tono, inaudible para los demás.

—Ya sabes a qué me refiero.

—Si lo que tratas de averiguar es si a mí también me gusta, la respuesta es sí.

—Si necesitas ayuda…

—Creo que me basto solo.

Con una sonrisa se separaron. Y, tras un breve rato de charla familiar, se marcharon a la fiesta del amigo de Rocío.

Como habían previsto, dejaron el coche en el garaje de Jaime. Aparcar en Cádiz era complicado, por lo que junto con el piso este había adquirido una plaza de garaje. Ni siquiera subieron a la vivienda, Rocío estaba impaciente por llegar a la celebración de Guille y Clara empezó a sospechar que aquel no era solo un amigo. Ya hablaría con ella por la noche —o el amanecer—, cuando se encontraran en la cama.

Como la chica había comentado, se trataba de una reunión de unas doce personas, repartidas por un amplio salón, tanto sentadas como de pie. Una música suave animaba el ambiente y a la vez permitía las conversaciones. A pesar de que todos habían cenado —ellos de forma bastante copiosa— llevaban bebidas y algo para picar a lo largo de la noche.

Guille era un hombre de unos treinta años, que saludó a Rocío de una forma bastante efusiva, que hizo evidente que había más que amistad entre ambos.

—Estos son mi hermano Jaime y mi amiga Clara. Ya te he hablado de ellos.

—Bienvenidos a mi casa. Consideradla la vuestra. Rocío, explícales donde está la cocina y el baño. En el frigorífico hay bebidas, hielo y cualquier cosa que os apetezca, solo tenéis que cogerla.

—Gracias.

Dejaron los abrigos en una habitación y se reunieron con los demás.

—Os presentaré al resto —dijo la chica.

En seguida les sirvieron una copa, que ninguno rechazó, y se integraron en la reunión. Rocío se movía entre los asistentes con soltura, conociéndolos a todos, mientras Jaime y Clara se mantenían uno junto al otro, ya fuera deambulando por la estancia o sentados a ratos en el sofá.

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Poco después comenzó el baile. Clara y Rocío salieron de inmediato a la improvisada pista, moviéndose ambas con una cadencia y un sentido del ritmo envidiables. Jaime permaneció apoyado en la pared sin apartar la vista de Clara, de su ombligo que se movía al compás de la música, y lo tenía hipnotizado. Solo podía pensar en lo que le gustaría hacerle a esa parte del cuerpo de la chica, que nunca le había gustado y ahora le fascinaba. Todo el cuerpo femenino le fascinaba.

Apenas había bebido, pero se sentía embriagado por las notas que sonaban en la estancia y por la presencia de Clara. Los dos días que ella llevaba en Cádiz habían sido especiales, íntimos, y la sola idea de que aquella noche estaría durmiendo en su cama —aunque no fuera con él— lo excitaba sobremanera. El recuerdo de la fiesta de los Alver, del tacto suave del muslo por encima de la media, del beso compartido, lo tenían más excitado de lo que debía. Una copa sucedió a otra, y a otra, mientras contemplaba a la bailarina tratando de no parecer embobado ni ansioso, hasta que su hermana se le acercó.

—¿No te animas a bailar?

—Soy muy patoso con este tipo de ritmos. A ti y a Clara se os da mucho mejor. Prefiero mirar.

—¿Cambiamos de música?

—Lo que queráis. Por mí, no.

—Ya te dije que te ayudaría.

Se alejó en dirección al equipo de música y, poco después, el ritmo rápido dio paso a una balada romántica. Rocío le guiñó un ojo y se acercó a Guille, llevándolo hasta la improvisada pista de baile.

Clara se le acercó, con la respiración entrecortada y los ojos brillantes.

—Estoy sedienta. Voy a la cocina por una copa.

—Hay cola, acabo de venir de allí. Si te vale esta, apenas la he tocado.

—Gracias.

La cogió de su mano y, de un trago, bebió la mitad del vaso.

—Lo siento. Solo pretendía dar un sorbito.

—Sí que tenías sed. Ya he tomado más de una copa esta noche, puedes quedártela.

—No tienes que conducir.

—Aun así, prefiero mantener la mente controlada.

—¿Nunca te desmadras?

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—Alguna vez, como todo el mundo, pero no quiero hacerlo en casa de un amigo de mi hermana.

—¿Temes subirte a la mesa a bailar? —preguntó con coquetería.

—Eso te lo dejo a ti.

—Me he comportado. Tampoco quiero avergonzar a Rocío en casa de su amigo, o lo que sea. Creo que hay más que amistad.

—Eso me parece a mí también.

—¿Piensas pasarte toda la noche sin bailar? Esta música no te dará miedo.

—Me da pánico, pero me he tomado varias copas… Eso siempre me vuelve valiente.

Clara lo cogió de la mano con una sonrisa socarrona y casi lo arrastró hasta una esquina del salón. Un rincón algo apartado de las miradas en general; le echó los brazos al cuello y se pegó a él como una lapa. También ella había bebido varias copas de vino y cava en la cena, y otras dos en la fiesta, además de la media que le acababa de robar a Jaime. En aquel momento la euforia del alcohol le corría por las venas y la contención le importaba poco.

—¿Qué te da miedo, el baile o yo?

—Tú, mucho más. Con el baile lento me apaño más o menos —susurró rozándole el cuello con los labios. Sintió el estremecimiento que se produjo en el cuerpo femenino y también el suyo reaccionó.

—Jaime, ¿se te ha reblandecido el cerebro? —preguntó Clara en su oído con tono de burla.

—Solo el cerebro, como en la fiesta. ¿No pretenderás que no me excite teniéndote tan cerca?

Ella emitió una ligera risita.

—¿Soy la causante?

—Solo en parte. El resto de la culpa es mía.

—Puedo asumir una culpa compartida.

Bailaron varias canciones en silencio, sintiendo sus cuerpos, que encajaban con una perfección casi absoluta. Ninguno hizo el menor ademán de separarse ni siquiera un centímetro. Tampoco querían hablar, solo dejar que la música los envolviera y que el alcohol que habían ingerido los desinhibiera lo bastante para no pensar. Se movieron al unísono, mejilla contra mejilla, durante mucho rato.

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Al fin, las baladas cesaron y la música paró del todo. Se separaron a regañadientes y, para no afrontar lo que acababan de vivir, se dirigieron a la cocina para servirse algo de beber. Los asistentes empezaron a despedirse poniendo fin a la fiesta. Eran casi las seis de la mañana.

Rocío se les unió ante el frigorífico.

—Imagino que ya es hora de marcharnos —comentó Jaime.

—Sí. ¿Os habéis divertido? —preguntó como si ignorara que llevaban un rato bailando.

—Sí, mucho —afirmó Clara.

—Tengo que deciros una cosa. No sé cómo os lo vais a tomar.

—Deja que adivine. Guille no es tu amigo —comentó Jaime—. No me lo voy a tomar de ninguna forma; eres mayorcita.

—Pero no voy a ir a dormir a tu casa, me quedo aquí. Espero que eso no os cause ningún problema; también sois adultos.

—Ningún problema. ¿Y a ti, Clara?

Esta respiró hondo. ¿Iban a dormir Jaime y ella solos en su casa? ¿Con el calentón que tenía? Si lo hubiera sabido no habría bailado con él, ni habría bebido tanto.

—Tampoco para mí —susurró poco convencida. Pero se moriría antes que admitirlo.

—Gracias, chicos. Tenemos pocas ocasiones de amanecer juntos, salvo cuando nuestros padres se van de fin de semana. Todavía no es oficial, y suelo volver a casa a una hora razonable, nunca por la mañana.

—Tranquila, Rocío. Por nosotros no se sabrá —aseguró su hermano.

Jaime sirvió un refresco para cada uno y se volvió a Clara.

—No cambia nada —afirmó tomando un sorbo de su bebida para refrescarse—. Yo dormiré en el sofá y tú en mi habitación, como estaba previsto.

Pero ninguno de los dos se lo creía.

Abandonaron el piso de Guille y echaron a andar por la calle, sin sentir el frío de la madrugada. Sumidos ambos en pensamientos que no deseaban compartir con el otro.

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Capítulo 25

2025

Ninguno de los dos se engañaba respecto a lo que pasaría cuando llegaran a casa de Jaime. No hicieron falta palabras, ni invitaciones, ni sugerencias. Tampoco se mencionó la palabra sofá. Apenas la puerta del piso se cerró tras ellos, se abalanzaron uno sobre el otro con una pasión y un deseo imposible de ocultar, ni contener.

Las bocas se buscaron, ávidas de besos, y las manos se dirigieron hacia los cuerpos con voluntad propia, dispuestas a desnudar, a tocar y a acariciar.

Las de Clara se deshicieron de la chaqueta de Jaime, bajándola de los hombros y dejándola caer al suelo en el recibidor. Por el salón salieron volando los botones de la camisa para dejar al descubierto el pecho ligeramente cubierto de vello, donde las manos se detuvieron ansiosas de piel desnuda.

El abrigo de Clara hizo compañía a la chaqueta masculina en el parqué, y las manos de él se deslizaron bajo el top de lentejuelas rodeando la cintura y deteniéndose en el ombligo, haciendo círculos alrededor, hasta hacer presión con el pulgar en la pequeña hendidura. Los labios no se separaron en ningún momento.

A trompicones y a oscuras recorrieron el escaso trayecto hasta el dormitorio. Clara se dejó conducir casi en volandas, con el cuerpo ardiendo y quemándose también con el calor que desprendía el hombre, al que en aquel momento deseaba más que a nada en el mundo.

Los dedos de Jaime se deslizaron por las caderas bajando los pantalones y la ropa interior a la vez, hundiéndose en las nalgas y apretándola contra su erección, una de las más potentes de su vida de

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adulto. Jamás había deseado a una mujer con tanta intensidad como a Clara en aquel momento. A cada instante temía que, al igual que sucedió en la fiesta de Alver, ella se echara atrás. Lo respetaría, por supuesto, aunque podría morir en el intento.

Pero ella no parecía dispuesta a parar, porque deslizó la lengua por el pecho masculino, deteniéndose en los pezones, rodeándolos con los dientes y dándoles pequeños mordiscos que aumentaron la excitación de ambos.

Él se deshizo a tirones de la ropa que le quedaba, enredándose los pies con los pantalones, haciéndolos trastabillar y arrastrándolos a los dos sobre la cama, mientras gemía con las caricias de la chica. Cayeron sobre el edredón, en un revoltijo de brazos y piernas, y volvieron a besarse. Desnudos, sintiendo la piel del otro en su totalidad.

Cuando ya los cuerpos pedían algo más que besos y caricias, Jaime se levantó y se arrodilló entre las piernas de Clara, cuyos pies continuaban en el suelo, y besó el ombligo, hundió la lengua en él durante unos minutos enloquecedores y empezó a descender con lentitud, beso a beso.

—¡Jaime, no! —protestó Clara—. Te necesito dentro. ¡YA! No puedo esperar más.

—Siempre tan impaciente —susurró contra su vientre—. No voy a aguantar nada… déjame prepararte.

—¡¿Qué te hace pensar que necesito preparación?! Tampoco puedo aguantar mucho.

Pero él ignoró la petición y encontró el lugar que buscaba. Apenas con el primer roce de la lengua, ella estalló, se convulsionó y gritó de placer.

Jaime se apresuró a ponerse un preservativo y se deslizó en su interior con un movimiento rápido y fluido. Hasta el fondo. Otro gemido de placer lo llevó a moverse, tratando de hacerlo con lentitud, pero las caderas de Clara, alzándose contra él con impaciencia, lo llevaron al clímax en cuestión de pocos segundos. Ella se unió a él en un nuevo y devastador orgasmo.

Jadeantes, se dejaron caer contra el colchón. Jaime, apoyado en los antebrazos para no aplastar el cuerpo menudo de Clara. Ella, recostada contra la almohada, con el corazón palpitante y el vientre aún convulso.

Se miraron y ninguno quiso indagar en lo que expresaban los ojos del otro. En el brillo intenso de las miradas. Ni en los cuerpos que continuaban unidos y se resistían a separarse.

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—No ha estado mal como comienzo del año —murmuró ella.

—Nada mal, diría yo. A pesar de que he sido incapaz de controlarme durante mucho tiempo; no me suele suceder, pero estaba demasiado excitado. Te pido disculpas.

—Yo he sido más rápida que tú. También me sucede cuando me excito mucho.

La tenue luz del amanecer se filtraba por el balcón que llevaba a la terraza, iluminando la habitación con luces y sombras, mostrando los cuerpos desnudos y entrelazados.

Él se inclinó y le besó los ojos, las mejillas y las comisuras de la boca. Después se retiró y se echó en la cama a su lado, muy cerca. Ninguno dijo nada durante unos largos minutos. Las sensaciones eran demasiado intensas todavía.

—Necesito entrar al baño —pidió Clara cuando estuvo segura de que las piernas la sostendrían y podría salir de la habitación con cierta dignidad.

—La primera puerta del corredor.

Ella saltó de la cama y, sin molestarse en ponerse nada encima, salió de la estancia.

Jaime la contempló, recreándose en las leves curvas, algo más acentuadas que en el pasado, pero delgadas aún. Seguía teniendo el cuerpo sexi y flexible que lo excitó doce años atrás mientras la duchaba.

Era muy consciente de que lo que acababan de vivir no era un polvo sin más, y temía la reacción de Clara cuando se percatara. No era ninguna tonta, no tardaría en hacerlo.

Ella entró en el baño y se enjuagó la cara. No tenía una necesidad fisiológica que satisfacer, sino emocional. Quería poner un poco de distancia con el hombre que la había hecho sentir cosas jamás experimentadas, que iban mucho más allá del placer físico. Y ese hombre era Jaime. Su enemigo del pasado. Su socio en la empresa. El último hombre del mundo con el que quería enredarse.

Sin embargo, lo que acababa de suceder era imposible de ignorar. El espejo le mostraba la evidencia: ojos brillantes, mejillas sonrosadas, y alguna marca en el cuello y los hombros producto de la pasión. También sus uñas debían haber dejado huella en la espalda masculina.

Más recompuesta, regresó al dormitorio. Él había destapado la cama y la esperaba cubierto hasta la cintura con el edredón gris y blanco. Estaba

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guapísimo con los ojos de un azul más profundo de lo habitual, el pelo revuelto y una sonrisa cautelosa y expectante.

Se acomodó a su lado, y por primera vez en su vida, no supo qué decir. —Jaime —susurró, consciente de que debían hablar, aclarar cosas para

evitar malentendidos.

—Así me llamo.

—Esto… lo de antes…

—Eso se llama un polvo espectacular. No irás a negarlo.

—Sería absurdo hacerlo. Los dos lo hemos vivido.

—Pero, por tu cara, supongo que ahora llega lo de que nos hemos precipitado, o que ha sido un error, o cualquier otra cosa parecida. ¿Me equivoco?

—No te equivocas. Trabajamos juntos. Somos socios y nunca nos hemos llevado bien.

—Eso ha cambiado. Esta noche nos hemos llevado mejor que bien. —Sí, pero decidimos ser amigos, nada más. No es bueno mezclar el

sexo con el trabajo.

—¿Has oído alguna vez eso de que lo que sucede en Las Vegas se queda en Las Vegas?

—En alguna película, sí.

—Pues en Cádiz pasa lo mismo. Si es lo que deseas.

—Anoche bebimos —continuó Clara tratando de buscar explicaciones.

—Sí.

—El alcohol es el culpable de lo que ha pasado.

—Podría ser.

—¿No lo crees? —preguntó deseando que él corroborase su versión. Porque admitir que llevaba días deseándolo, desde la noche de la terraza, y que ese deseo había aumentado en los días que llevaba en la ciudad, los precipitaría en una espiral de sexo que perjudicaría el trabajo cuando finalizara. Porque con ella todo finalizaba más pronto que tarde.

—Yo puedo hablar por mí, no por los dos. Es cierto que me tomé unas copas, pero mis ganas de acostarme contigo ya estaban ahí antes de beberlas —confesó Jaime—. Tal vez las tuyas hayan sido producto del alcohol, pero este no ha sido un polvo de borrachera para mí. Tal vez sí la impaciencia, la falta de contención, pero sabía lo que hacía. Lo que hacíamos, porque esto ha sido cosa de dos.

—No es buena idea.

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—¿Qué no es buena idea? ¿Que nos hayamos precipitado uno sobre el otro como si se estuviera acabando el mundo y fuéramos los dos únicos seres sobre la tierra? Porque eso es lo que ha pasado, y no trates de negarlo. —Alargó la mano y le rozó el cuello, que tenía la marca de sus labios—. Siento si te he hecho daño, me dejé llevar demasiado.

—También tu espalda debe tener la huella de mis uñas. Estamos en tablas. Por eso digo que debe ser efecto del alcohol, porque nunca me había pasado antes. —Clavó los ojos en los de Jaime, que la miraban expectantes, esperando una confirmación a sus palabras.

—Tampoco esa reacción es habitual en mí. He bebido en otras ocasiones y nunca me he descontrolado tanto —confesó él.

—No sé qué estás tratando de decirme, pero quiero dejarte clara una cosa: tuve una relación no hace mucho y me sentí agobiada y prisionera en ella. Le puse fin y después solo sentí alivio, pero imagino que no fue así para él, que le hice daño. No le pregunté porque Sebas y yo dejamos de vernos, pues nos movemos por círculos diferentes y yo solo quería perderlo de vista. Pero si estás insinuando que nosotros podemos llegar a algo parecido, que esto ha sido el principio de algo, olvídalo. La colección es lo más importante para los dos en estos momentos, y liarnos, aunque solo sea con un polvo de vez en cuando, sería nefasto. No es nada contra ti, nuestras desavenencias del pasado están más que superadas. Pero soy un espíritu libre y no quiero ataduras, sentimentales mucho menos, y si afectan al trabajo, ni te cuento. Me parece perfecto que lo que sucede en Cádiz se quede en Cádiz.

—Ya. Pero todavía no hemos abandonado la tacita de plata… —La mirada azul se hizo invitadora, sugerente, y las entrañas de Clara amenazaron con derretirse—. ¿Me dejas demostrarte que puedo ir un poco más allá del misionero? Siempre lo has dudado y mi orgullo masculino está en juego. Solo esta noche. Solo hoy, y se quedará en Cádiz.

—Si se trata de restaurar tu orgullo herido, vale —admitió incapaz de resistirse—. Aunque sigue sin ser buena idea.

—¿Y eso lo dice la mujer que se lanza al vacío sin red, la que improvisa y se mueve por impulsos?

Clara no respondió. Se giró y le echó los brazos al cuello. Él la pegó contra su cuerpo, mostrándole que aún no había terminado la noche, aunque estuviera amaneciendo.

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El timbre de la puerta los despertó de un sueño profundo y se incorporaron con un sobresalto. El sol estaba alto en el cielo y Clara miró a su alrededor, situándose y recordando las horas vividas en los brazos de Jaime. Sobre Jaime. Bajo Jaime. Un ligero dolor en el vientre le dio la medida de la intensidad de lo vivido.

El despertador debía haber sonado a las diez de la mañana, para evitar que Rocío los sorprendiera en la cama, pero no lo habían escuchado. Estaban demasiado agotados.

—Debe ser mi hermana —comentó Jaime saltando de la cama con rapidez y buscando algo que ponerse entre las prendas caídas. Los pantalones estaban en el suelo, enredados con los de Clara.

—Son las tres de la tarde. Creo que nos hemos quedado muy dormidos —dijo la chica buscando también su ropa.

Jaime acudió a abrir la puerta solo con los pantalones. Antes de hacerlo recogió su chaqueta y el abrigo de Clara del suelo del recibidor y los colocó sobre una silla sin mucho miramiento, pues el timbre volvía a sonar con insistencia.

—Veo que te he despertado —dijo Rocío al contemplarlo.

—Ves bien. Pasa.

—¿Clara duerme todavía?

—Creo que se ha despertado también.

—¿Solo lo crees? ¿A quién pretendes engañar? Ese sofá no se ha utilizado esta noche.

El mueble estaba impecable, con los cojines en su sitio y ni rastro de una manta para cubrirse.

—¿Te he preguntado yo dónde has dormido tú?

—Con Guille, por supuesto. Hemos recibido el año con todos los honores. ¿Y vosotros?

—También.

Clara salió del dormitorio vestida, con los ojos hinchados de sueño y muy despeinada.

—Buenos días —saludó.

—Más bien buenas tardes, dormilona —rectificó su amiga avanzando por el salón. De repente se detuvo—. Creo que he pisado algo.

Se agachó y recogió un pequeño objeto del suelo.

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—¿Un botón? Creo que es de camisa.

—Debe haber más de uno. Tu amiga es muy impaciente —aclaró Jaime.

—De modo que confiesas —acusó su hermana.

—No tengo por qué ocultarlo, no soy ningún adolescente, ni aquí ha pasado nada de lo que tengamos que avergonzarnos.

—Pero no es lo que piensas —explicó Clara.

—Pienso que habéis echado un polvo, o más de uno. Y no creo equivocarme, tu cuello te delata.

—Sí, nos hemos acostado esta noche, pero ha sido algo ocasional. Bebimos y ya sabes lo que pasa con el alcohol. Ha sido la primera vez y no se va a repetir.

Rocío alzó las manos en señal de inocencia.

—Yo no he dicho nada. A mí no tienes que darme explicaciones.

—Era por aclarar las cosas.

—Puesto que ya está todo aclarado, voy a preparar algo de comer — propuso Jaime.

—Yo ya he almorzado. Pero, si no os importa, voy a dar una cabezadita en el sofá mientras lo hacéis vosotros. Tampoco he dormido mucho.

Y a continuación se sentó, se recostó en el respaldo y cerró los ojos. Jaime y Clara se fueron a la cocina para ingerir la primera comida del

año, en mutua compañía. No hicieron ningún comentario más sobre lo sucedido durante la noche, pero los dos estaban seguros de que no lo olvidarían. Se limitarían a dejarlo en Cádiz y en el recuerdo.

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Capítulo 26

2025

Clara regresó a Córdoba el día dos por la mañana. Jaime lo haría al seis —después de Reyes— haciendo uso de la flexibilidad del trabajo que se imponía en la empresa. Los dos eran conscientes de que necesitaban un poco de distancia después de lo sucedido en Nochevieja, y puesto que continuar con la colección no urgía, Clara dedicaría esa semana a su línea Klarity.

No habían vuelto a mencionar lo ocurrido, como si nunca hubieran pasado la noche juntos, y los sentimientos que eso les había generado los guardaron para sí. Pasaron el resto del día con Rocío y se despidieron hasta después de Reyes con un simple y cortés beso en la mejilla que, sin embargo, les llenó a ambos de recuerdos de olor, de cercanía y de caricias.

Mientras conducía en dirección a su casa, Clara se permitió rememorar lo que había rehuido durante las últimas horas. Se repitió una vez más que había sido un error, que no debería haber bebido tanto como para anular el control que le permitía mantener a raya la atracción que empezaba a sentir por su socio. Una vocecita maligna le dijo que tal vez esa atracción no era nueva —tal como Fátima había insinuado—, que llevaba latente muchos años, aunque nunca le hubiera puesto el nombre correcto.

Durante el trayecto trató de apartar una y otra vez los recuerdos, las caricias, los ojos del hombre mirándola con intensidad, y sobre todo el deseo que había sentido por él y que, en vez de calmarse, se había incrementado. En aquel momento lo deseaba incluso más que la noche que se arrojó a sus brazos, y debía ponerle freno.

Se dijo que tenía cinco días para conseguirlo, para volver a ver al compañero de trabajo, al socio y no al hombre. Porque la idea de trabajar

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juntos de nuevo y no tocarlo siquiera se le antojaba muy difícil.

Llegó a su casa y, sin más dilación, encendió el ordenador y comenzó a diseñar un par de piezas nuevas para su colección. Era lo único que la distraería de los pensamientos y anhelos que la acosaban.

Jaime decidió quedarse en Cádiz hasta que terminaran las fiestas. Aunque hubiera deseado regresar con Clara —lo hubiera hecho si ella se lo hubiera pedido—, decidió retrasar su vuelta. La conocía lo suficiente para saber que necesitaba espacio para aclarar sus sentimientos. Él los tenía muy claros: estaba enamorado de ella, y tal vez lo estuvo siempre. Las discusiones de catorce años antes, los desencuentros y el afán de provocarla pudieron ser una forma de protegerse del rechazo que ella le mostraba.

Rememorando el pasado, sin tratar de engañarse a sí mismo, encontró infinidad de momentos en que admiró su creatividad, en que se recreó mirando a hurtadillas ese cuerpo juvenil que ella mostraba con bastante generosidad, aunque se dijera a sí mismo que no le atraía, que ese ombligo era horroroso y mil excusas más. Entonces se hubiera muerto antes que admitirlo. Ahora lo reconocía abiertamente.

El día que ella debía salir de su vida y de su casa para siempre, evitó la despedida. Consiguió que un amigo le invitase a un fin de semana lejos de Cádiz para no estar presente, para no ver cómo Clara, sus pantalones cortísimos, su cintura al aire y su aire desafiante, salían de su vida para siempre. Fingió ante sus padres que no le importaba, y aceptó la reprimenda de Consuelo por no acudir a la cena de despedida que le iban a hacer a la chica, y puso distancia. Sabía que ella nunca regresaría y se sintió libre de su influjo.

Sin embargo, cuando Clara lo llamó para ofrecerle el trabajo, eso lo había olvidado y solo quedaba en su memoria el rechazo mutuo, las desavenencias y las broncas. Todo había desaparecido con rapidez en el presente, porque la mujer en que se había convertido lo atraía mucho más que la adolescente de antaño.

—¿Otra vez en Babia? —le preguntó su hermana acercándose y sorprendiéndolo sumido en sus pensamientos. No era la primera vez desde que Clara se marchó que se ensimismaba pensado en la noche que pasaron

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juntos—. Te ha dado fuerte, ¿eh? La vas a ver en cinco días, hombre.

Ahora pon atención en el envasado.

—¿Burlándote de tu hermano mayor?

—Te lo mereces por tardar años en ver lo que yo adiviné hace mucho. —¿Qué adivinaste, listilla?

—Que os gustabais mucho, los dos. Y que no lo admitiríais nunca, salvo que pasara mucho tiempo.

—Clara sigue sin querer nada conmigo.

—No es eso lo que parecía el día de Año Nuevo.

—Ya oíste lo que dijo.

—Y no me lo creí, ni tú tampoco. ¿Vas a hacer algo?

—Por supuesto. De momento le daré el espacio que necesita, pero seguiré ahí.

—¡La quiero por cuñada!

—Pues deséame suerte, porque la voy a necesitar. Es tozuda como ella sola, y si se empeña en decir lo contrario, lo llevo crudo. Y ahora quiero hacerte una pregunta. ¿Lo de quedarte a dormir con Guille en Nochevieja, lo hiciste a propósito para dejarnos solos o ya lo tenías decidido?

—Pensaba hacerlo de todas formas, la relación no es ningún secreto, duermo en su casa con cierta frecuencia. Lo que sí hice con intención fue decirlo en el último momento y mencionar a nuestros padres como pareja, pero tenía que asegurarme de que no ibais a volver aquí si yo no os acompañaba.

—Muy buen truco.

—Tengo más; si los necesitas, solo tienes que decirlo.

—Creo que puedo ocuparme yo, hermanita celestina. Ahora sigamos con el envasado.

—Vamos.

Jaime y Fátima se incorporaron al trabajo el siete de enero a las nueve de la mañana, según el horario normal establecido en el taller. Clara había estado diseñando y montando un par de piezas de Klarity durante esos días, sola y en armonía consigo misma. O convenciéndose de que lo estaba.

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Cuando, a las nueve y diez escuchó las llaves de Jaime, se giró con rapidez para verlo entrar. No se había percatado de las ganas que tenía de que llegara hasta que apareció.

—¡Hola, socia! —saludó con voz alegre. Llevaba una bolsa en la mano que depositó en el armario junto con el anorak. No hizo además de acercarse a saludarla de forma más efusiva y se sintió a medias aliviada y a medias decepcionada—. ¿Algo nuevo que deba saber? ¿Todo bien por el taller?

—Nada sobre nuestra colección, salvo lo que ya nos dijo Mariano antes de las navidades: que debemos seguir montando piezas para el resto de las joyerías y que, a medida que las tengamos, nos las irán abonando. He dedicado estos días a Klarity. ¿Qué has hecho tú?

—Envasar vino. Ya no tenía la excusa de entretenerte para librarme de las tareas de la bodega.

—¿Yo era una excusa?

—Por supuesto. ¿Qué si no?

Se quedaron mirando uno al otro durante unos segundos en silencio, con una intensidad que desmentía las palabras; después Jaime se sentó en su sitio habitual y comentó:

—Yo sí tengo algo que comunicarte. Me he apuntado a un curso intensivo de orfebrería para mejorar mis capacidades. Iré dos horas de lunes a viernes de nueve a once, y los sábados durante toda la mañana. ¿Puedes prescindir de mí ese tiempo? Me he informado y es uno de los mejores. Si hace falta me quedo hasta tarde para recuperar el tiempo perdido, pero creo que nos beneficiará a todos, porque en el futuro ganaremos en rapidez.

—No hay problema, puedes ausentarte para hacer tu curso.

—Eso te dará más margen para tu propia colección.

—Estos días he estado haciendo un par de piezas con un diseño nuevo.

—¿Me las enseñas?

—Claro.

Sacó un broche y un anillo de la caja fuerte y aguardó expectante la opinión de Jaime.

—¿Qué te parecen?

Él esbozó una sonrisa.

—Muy tú.

—Toda la colección Klarity lo es.

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—Esto más que otros —afirmó cogiendo el broche—. Pienso que has dejado volar tu imaginación más de lo habitual. Me recuerda al llavero que me hiciste.

—¿Ese que guardas en un cajón?

—Ya no —afirmó sacando del bolsillo del pantalón la chapa de metal retorcida—. Ahora lo uso para las llaves del taller. Me va a destrozar los pantalones, pero es una pena que siga guardado.

—Creí que no te gustaba.

—No es mi estilo, pero no está tan mal.

—Puedo hacerte otro más de tu agrado.

—No es necesario, prefiero este. Tiene su simbolismo.

—¿Qué simbolismo?

—El pasado que compartimos.

La llamada de Fátima les interrumpió.

—Feliz año, aunque con un poco de retraso —saludó con alegría la recién llegada. Se acercó a Clara y le estampó un sonoro beso en la mejilla y a Jaime lo abrazó con efusividad—. Este va a ser un año de novedades.

—¿Qué novedades?

—Lo he dejado con Luis.

—¿En serio? Lo siento —lamentó Clara.

—No lo sientas, ya sabes que no era el hombre de mi vida. La relación estaba bastante fría. Año nuevo, oportunidades nuevas —añadió con un guiño pícaro.

Clara sintió que se le encogía el corazón. ¿Sería Jaime una de esas oportunidades?

—Yo también tengo una novedad —informó él—. Comienzo un curso de orfebrería para ponerme al nivel del taller y realizar tareas más complejas.

—¡Genial! Si quieres podemos practicar por las noches cuando mi padre se acueste. Salvo que quieras mudarte de la buhardilla a un sitio más amplio, ahora que eres más solvente.

Jaime fue consciente de que Clara apretó la mandíbula y contuvo la respiración ante la propuesta de su empleada.

—No es mi intención por el momento. ¿Dónde encontraría una cocinera tan buena? Me encantará practicar contigo. Por supuesto, cuando nos quedemos solos —afirmó.

—Estupendo.

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—Ahora que estamos todos, os quiero dar un pequeño detalle que han dejado los Reyes Magos para vosotras en mi casa.

—Tan tradicional como siempre, Jaime —musitó Clara con un resoplido.

Pero Jaime vio que se le iluminaron los ojos de expectación. Se dirigió al armario, sacó la bolsa y de ella extrajo dos paquetes de tamaño mediano, uno cuadrado y el otro rectangular. Le dio uno a cada una.

—No es muy original, ya lo sé, pero ¿qué le vamos a hacer, yo soy así? El mérito es que los he hecho con mis propias manos.

—Es lo que cuenta. ¿No crees, Clara?

—Por supuesto.

Abrieron los paquetes, que mostraron dos cajas parecidas a la que hizo años atrás para su madre. La de Fátima barnizada, y la de Clara policromada con pequeñas margaritas. El interior forrado de terciopelo.

—Dos joyeros para dos joyeras, valga la redundancia.

—Son preciosos, Jaime. Gracias —comentó Fátima.

—Si no os gustan, los podéis guardar en un cajón —sugirió mirando a Clara, que observaba su regalo con una sonrisa.

—Lo usaré. Esconderlo sería un crimen. Las margaritas son mi flor preferida.

—Lo he intuido, no solo por aquella caja que hiciste, sino porque algunas de tus joyas de Klarity están basadas en esa flor.

—Lo siento, yo no tengo nada para ti. Pero te invito a almorzar para compensarte, y no en el bar de abajo. Iremos a un restaurante hoy a mediodía.

—No es necesario.

—Sí que lo es. Fátima, estás invitada también.

—Gracias, Clara, pero yo me iré a casa a comer. Mi prima no se puede quedar con mi padre hoy y anda un poco pachucho. Se ha pasado con la comida estos días. Ya recuperaré las horas.

—No te preocupes por eso; sabes que no es problema.

—Respecto al regalo, Jaime, yo te prepararé una cena especial cuando se ponga mejor —ofreció Fátima—. Tengo una pierna de cordero en el congelador y la sacaré para hacerte los honores.

—Gracias a las dos.

—¡Vamos a trabajar, o la jefa se va a poner seria!

Se situaron cada uno en su asiento y comenzaron la tarea.

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Clara no dejaba de alzar la vista hacia Jaime, que se dedicaba a fundir oro para realizar un anillo, pero él permanecía absorto en su cometido. Quería averiguar si había pasado página, si podía olvidar lo sucedido. Parecía que sí, que no le había afectado tanto como a ella, y esto, en vez de producirle alivio, le causaba irritación.

Ella llevaba pensando en él desde que regresó, temiendo que mencionara lo sucedido, o lo que era peor, que quisiera repetirlo. No lo parecía, y eso no la tranquilizaba. Quería que lo propusiera para poder rechazarlo, para dejarle claro que ella no lo deseaba. Pero era mentira, lo deseaba mucho.

Jaime, por su parte, centró su atención en el trabajo, tratando de ignorar las miradas furtivas que Clara le estaba lanzando. Miradas que sentía sobre él más que verlas, como si fueran aguijones. Reprimió el deseo de alzar los ojos para encontrar los de la mujer, para que volvieran a mirarse como habían hecho aquella mañana, y se dijeran con ellos todo lo que las bocas callaban.

No haría ningún avance. Dejaría que fuera Clara quien diera el primer paso, y no dudaba de que lo haría, de que lo que sentían uno por el otro terminaría ganando la batalla. Era demasiado temperamental para contenerse. Él podía esperar.

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Capítulo 27

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Haber estado sola unos días no le sirvió a Clara para olvidar lo que pasó en Nochevieja con Jaime. Solo funcionó a medias mientras él estuvo ausente, porque no dejó de pensar en él, pero estaba lejos. Sin embargo, tenerlo de nuevo en el taller, con su presencia a su lado, con las miradas que se dirigían a cada momento, la alteraban más de lo que pretendía. Había una complicidad nueva entre ambos, cuando sus ojos se cruzaban. En vez de hablar de trabajo, parecían decirse otras cosas. Cosas que habían decidido no mencionar y dejar enterradas en el recuerdo, igual que habían hecho con el pasado. Pero eran muy recientes, demasiado recientes para ignorarlas.

También hicieron su aparición los celos, un sentimiento que Clara no había tenido jamás, con ninguno de los hombres que habían pasado por su vida. Unos celos que ni siquiera sabía si estaban justificados, pero cada vez que Fátima le dirigía a Jaime la palabra haciendo referencia a las prácticas nocturnas que llevaban a cabo, su sangre se encendía de furia y tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no preguntar, con tono desabrido, a qué dedicaban en realidad las veladas cuando el padre de la chica se dormía. Para no pedir explicaciones a uno u otra, explicaciones que no tenía derecho a reclamar puesto que él no era su pareja, ni siquiera un amigo especial.

Fátima no sabía lo que sucedió entre ellos en la noche de fin de año y estaba segura de que, si se lo contaba, no trataría de seducirlo. Pero se sentía patética ante la idea de decírselo, de pedirle que se olvidara del hombre y buscara pareja o sexo en otra parte. Ella no quería nada con él. ¿Por qué, entonces, le afectaba tanto que pudiera tenerlo con otra mujer?

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Fátima era una buena chica, un poco inconstante en sus relaciones amorosas, y Jaime buscaba algo serio, o eso creía. Era ese tipo de hombre, el que estuvo con Paloma durante años en la adolescencia, el que aún no había encontrado a su mujer ideal, pero que deseaba hallarla para tener una relación seria y, tal vez, formar una familia.

El pensamiento le producía urticaria. Tanto si deseaba hacerlo con ella como con otra. No creía que Fátima fuera el tipo de chica que lo atrajera, pero era un hombre y ya se sabía con qué pensaban todos. No se resistiría a una proposición de la empleada, y menos si se quedaban solos por la noche practicando lo que fuera que practicaban.

Era cierto que Jaime mejoraba día a día en sus habilidades como orfebre, que en cuestión de las tres semanas que llevaba de curso era capaz de realizar trabajos delicados y precisos que antes solo hacía ella. Era muy bueno y llegaría a ser aún mejor, porque era meticuloso y paciente. Mucho más paciente que ella.

Aquella mañana, mientras él se encontraba ausente, pues se incorporaba al taller pasadas las once, no pudo contenerse más e interrogó a su empleada.

—Jaime está aprendiendo mucho, ¿verdad? —le preguntó tratando de no aparentar demasiado interés.

—Es muy aplicado. Trabaja mucho —admitió Fátima.

—He mirado el curso que está haciendo y creo que es de los mejores. —Conociendo a Jaime, no tengo dudas de que no habrá buscado uno

mediocre, sino el más completo.

—¿Lo conoces mucho? —Se arrepintió de la pregunta de inmediato, pero ya no podía retirarla.

—No tanto como tú, pero Jaime es transparente, no tiene dobleces. Las dos sabemos cómo es: perfeccionista y meticuloso, haga lo que haga.

—Sí, haga lo que haga —musitó recordando sus manos sobre su cuerpo arrancándole sensaciones intensas y desconocidas hasta el momento.

—Sobre todo un gran profesional.

—Sí.

—Clara… ¿Tienes celos?

Se sobresaltó ante la pregunta directa.

—¿De Jaime? Por supuesto que no. ¿Qué te hace pensar eso? — inquirió sintiéndose descubierta y muy ridícula.

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—Tus preguntas. Llegará a ser tan bueno como tú, pero nunca intentará quitarte protagonismo ni robarte la colección. Es un hombre íntegro, legal, y te aprecia mucho, aunque pienses que no. Ya no queda nada en él de esa competitividad o rivalidad que vivisteis en el pasado; ahora es tu socio, no tu enemigo.

—¿Te lo ha dicho?

Fátima se encogió de hombros.

—No, pero se nota. Solo quiere ayudar y se está esforzando mucho para hacerlo, para que puedas recuperar tiempo para tu propia colección. Trabaja duro por las noches practicando por su cuenta lo que aprende en el curso.

—Contigo.

—Y solo, después cuando se va a su casa.

—¿Se va muy tarde?

Fátima la observó con detenimiento y lanzó una risita.

—¡Entonces este interrogatorio va de eso! Clara, ¿qué estás tratando de averiguar en concreto? ¿Si hay algo entre Jaime y yo?

—No sería bueno para el taller —afirmó categórica—. Reconoce que a ti los hombres no te duran mucho y, si empezáis una relación y luego la dejáis… el ambiente de trabajo se resentiría. Si algo me gusta de la empresa es el buen rollo que hay entre los tres.

—Jaime no está interesado en mí.

—¿Y tú en él?

—A nadie le amarga un dulce, y reconozco que es un encanto y muy atractivo, pero nunca me meto en una batalla que no puedo ganar.

—¿Qué tratas de decir? ¿A qué batalla te refieres?

—Pregúntale a él, seguro que estará encantado de decírtelo. —Las llaves en la cerradura pusieron fin a la conversación—. Es de los que van de frente.

—¿Quién va de frente? —interrogó el recién llegado.

—Un amigo de Fátima y mío —informó Clara, esperando que no hubiera escuchado de más.

—¿Lo conozco?

—No.

—¿Qué has aprendido hoy? —preguntó Fátima para cambiar de tema y que Jaime no siguiera indagando. Era evidente que Clara no deseaba que supiera que él era el motivo de la conversación.

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—A engarzar piedras pequeñas. Una clase muy interesante.

—¿Me enseñarás esta noche?

—Encantado.

Jaime se sentó en su lugar de trabajo y se dispuso a comenzar su jornada. A pesar de lo que Fátima había dicho, Clara seguía sintiéndose excluida de la relación que su empleada mantenía con su socio. Y celosa del tiempo que pasaban juntos, aunque fuera para practicar orfebrería.

Aquella tarde, a la hora de irse, Jaime se dirigió a Clara.

—Si no te importa voy a quedarme un rato más. Para practicar lo que he aprendido hoy necesito algunas de las herramientas del taller. Las que tengo en casa no son lo bastante precisas.

—Claro que no me importa. Si quieres puedo quedarme yo también y enseñarte algunos trucos de la profesión, que seguro no te han mencionado en el curso.

—¿Lo harías?

—Por supuesto.

—Pues me vendría muy bien. Gracias.

—No se merecen. Va en beneficio de la empresa.

Era la primera vez que se iban a quedar a solas desde el día siete. Cuando Jaime llegaba, ya Fátima llevaba un buen rato en el taller y se marchaban todos a la vez por la tarde.

—¿No te espero a cenar entonces? —preguntó la chica antes de marcharse.

—No sé cuánto tiempo nos llevará. Los engarces me parecen bastante complicados. Prepara comida solo para tu padre y para ti, nosotros tomaremos algo cuando terminemos.

—Hasta mañana entonces.

—¿Das por sentado que vamos a cenar juntos? —preguntó Clara cuando Fátima se marchó—. Has dicho tomaremos.

—Es lo menos que puedo hacer si te vas a quedar a ayudarme.

—No es Fátima la única que puede echarte una mano, yo tengo más conocimientos que ella.

—Nunca te has ofrecido.

—No sabía que te interesaba mi ayuda.

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Él la miró con intensidad y su voz sonó como una caricia.

—Todo lo que venga de ti me interesa. Mucho.

Clara carraspeó y desvió la vista hacia el material que habían preparado, evitando los ojos que hablaban de algo más que trabajo.

—¿Qué tipo de engarce te interesa?

—Con preferencia, y en primer lugar, los que usamos para nuestra colección, pero hemos aprendido otros hoy. Quiero dominarlos todos.

—Para los brazaletes usamos el engarce en canal. Los diamantes van sostenidos por las paredes laterales del metal, que forman un canal donde se insertan.

—Eso me parecía cuando lo he dado hoy.

—Para los anillos utilizamos el engarce en garra. Es el más corriente y permite que la piedra luzca mucho porque recibe más luz al quedar al aire.

—Empecemos con ellos, entonces.

Durante un rato, Jaime realizó algunos engarces en las piezas que habían preparado, en espera de las piedras. Clara no se lo puso fácil, le hizo repetir varias veces el proceso hasta que alcanzó el grado de perfección que deseaba.

Jaime no puso ninguna objeción a las correcciones. Repitió una y otra vez el trabajo hasta que alcanzaron el nivel requerido por ambos, dejando dos anillos terminados para la entrega y un brazalete bastante avanzado.

Centraron la atención en el trabajo, tratando de ignorar la cercanía. —Echo de menos nuestros ratos en el taller, sin Fátima —comentó

Jaime cuando se plantearon si seguir con otro tipo de engarce o dejarlo.

Clara no respondió. Ella también lo echaba de menos.

—Estoy dispuesta a seguir asesorándote con las prácticas siempre que quieras.

—En realidad necesitaría que lo hicieras a menudo. A diario a ser posible. Ya Fátima no puede ayudarme mucho, el curso ha avanzado por encima de sus conocimientos; pero no quiero abusar de ti ni de tu tiempo libre.

—Lo hago encantada. Cuanto antes tengas todos los conocimientos, antes entregaremos y cobraremos más piezas. La colección está siendo un éxito y necesitamos terminar el mayor número de joyas posible. Solo si tú te encargas de más fases de la producción, yo podré dedicar tiempo a Klarity.

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Jaime le agarró la mano que empezaba a guardar las piezas terminadas en su estuche. El pulgar se deslizó con suavidad por el dorso.

—¿Lo haces por eso? ¿Por la colección?

El contacto le aceleró el pulso. Se trataba de la mano, pero no era solo un roce de dedos. La voz acariciadora, la cercanía, el deseo siempre latente acompañaban a la caricia.

—No —confesó—. También a mí me gustaban nuestros ratos en el taller.

—¿Te gustaban? ¿Ya no te gustan?

—Siguen haciéndolo.

—¿Los repetiremos, entonces?

—Siempre que quieras. Mientras dure el curso y por el bien de la colección —puntualizó, pero no era verdad. Lo haría para pasar más tiempo con él; para evitar que lo hiciera con Fátima.

—Por supuesto —admitió Jaime con una sonrisa, pero Clara supo que mentía.

Sus ojos se lo decían, y su mano, que todavía retenía la suya, también. Sabía que él trataba de pasar tiempo juntos para propiciar intimidad, tal vez para algo más, pero no se sentía capaz de rechazar la oferta. Ella se encargaría de que solo trabajaran.

—Vamos a dejarlo por hoy. Ya has asimilado bastante.

—Pero cenamos juntos. Tengo que agradecerte la ayuda.

—No es necesario.

—¿Vas a dejarme comer solo? Mis planes de cena se han ido al garete y sentarme en un bar o restaurante sin compañía no me resulta muy agradable.

—Solo hoy —afirmó mirándolo con determinación.

—Solo hoy —admitió—. El próximo día le diré a Fátima que prepare comida también para mí.

Cerraron el taller y salieron juntos a la calle.

—¿Hay algún restaurante por aquí cerca, al que podamos ir andando? —preguntó Jaime—. Apenas conozco la zona.

—A unos veinte minutos.

—Nos vendrá bien para estirar las piernas.

Caminaron uno junto al otro por las calles ya iluminadas por las farolas. Hacía frío y ambos recordaron la visita a Cádiz, en que se habían dedicado a pasear y recorrer la ciudad durante horas.

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—¿Vas a empeñarte en que solo nos veamos en el taller, y para trabajar? Lo pasamos bien en navidades haciendo otras cosas.

Clara contuvo el aliento.

—Con otras cosas no te referirás a la noche de fin de año.

—No te negaré que me encantaría repetir aquello, pero sé que tú no estás por la labor. Me refiero a pasear, tomar algo, ir al cine. Todavía no he visto Casablanca, tal vez la repongan en algún ciclo de cine clásico.

—¿En una sala? Lo dudo. Si quieres verla tendrás que buscarla en una plataforma de streaming.

—No me apetecería verla solo. La buscaría si tú estás dispuesta a visionarla conmigo.

—¿En tu casa?

—O en la tuya, si tienes alguna. Yo pondría las palomitas.

—No es buena idea, Jaime.

—¿Por qué? No voy a hacerte nada que tú no desees.

Ni loca iba a encontrarse con él en una casa, los dos solos, aunque fuera para ver una película. Confiaba en lo que le había dicho; en quien no confiaba era en ella. Porque deseaba muchas cosas que no podían ser. Si quería seguir manteniendo las distancias, solo debían verse en el taller, y para trabajar. Tal vez cenar, como aquella noche, pero en público y rodeados de gente.

—Porque somos compañeros de trabajo, y nada más. No quiero complicaciones sentimentales con ningún hombre, y menos contigo.

—¿Por qué menos conmigo? Nos lo pasamos bien en Nochevieja.

«Porque me gustas demasiado».

—Porque no eres un hombre con el que puedo echar un polvo y luego olvidarlo.

—¿Por qué no?

—¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Pareces un niño preguntón. Porque trabajamos juntos, por eso. Porque hemos conseguido sacar una fabulosa colección de joyas y lanzarla al mercado por la puerta grande y con mucho esfuerzo. ¿Ya no te acuerdas de las largas jornadas de trabajo hasta la madrugada?

—Claro que me acuerdo. Y las añoro.

—Yo no. —Otra mentira.

—Entonces el problema es la colección. ¿No es nada contra mí? ¿Con el pasado?

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—Creo que ya te he demostrado que aquello está más que superado. No tiene nada que ver con eso. Ahora aprecio al hombre en que te has convertido, pero no te quiero como amante.

—Entendido.

—Y te agradecería que olvidaras lo sucedido en Nochevieja, o que al menos dejaras de mencionarlo. Solo fue un polvo y un calentón de borrachera, que no tuvo más importancia si no se la damos.

—La has mencionado tú.

—Por tu alusión. Pero vamos a olvidarlo, ¿vale?

—Como quieras.

Habían llegado al restaurante y entraron esperando encontrar una mesa libre. Lo consiguieron y se sentaron para disfrutar de una cena amistosa. De compañeros de trabajo. De colegas. Y tal vez de amigos.

La conversación giró en torno a la joyería, a los diferentes tipos de engarces que les quedaban por practicar. A cualquier cosa que no fuera ellos mismos y lo que sentían uno por el otro.

Terminada la cena, regresaron hasta el taller para recoger los coches, en silencio esta vez. Sin confesar las ganas que tenían de seguir compartiendo la velada, tal vez en una cama.

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Capítulo 28

2025

Empezaron a quedarse por las tardes un rato más para que Jaime practicara los trabajos, cada vez más complejos, que iba aprendiendo en el curso. Sin embargo, a las ocho y media él se iba para cenar con Fátima y su padre, y Clara a su casa, sin que ninguno de los dos mencionara la posibilidad de prolongar la jornada tomando algo o comiendo juntos. Aunque esa opción estaba en la mente de ambos y ninguno lo ignoraba.

Aquella tarde Clara se sentía distraída. Su atención estaba más en las manos de Jaime, en los dedos fuertes que sostenían el metal para darle la forma deseada, que en la elaboración de la gargantilla en la que trabajaba. Él ya era capaz de realizar solo la mayoría de las piezas y Clara lo sabía, pero se seguían quedando por las tardes en el taller y continuarían haciéndolo hasta la finalización del curso, que tendría lugar un par de semanas más tarde. Después, volverían al horario normal y apenas se verían a solas más que un breve rato por la mañana, antes de la llegada de Fátima.

Tan distraída se encontraba que, al alargar la mano para coger una pieza del broche en forma de concha, rozó el soldador caliente que estaba al lado. Dio un respingo y lanzó una imprecación.

—¡Joder! ¡Qué torpe soy!

Jaime se apresuró a agarrarle la mano y comprobar el daño. En el dedo meñique había una quemadura alargada.

—Ven —le ordenó sin soltarla, y tras llevarla hasta el lavabo, abrió el grifo del agua fría para sumergir la zona dañada.

—No es nada, Jaime —protestó Clara quitándole importancia.

—Te has quemado.

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—Un pequeño accidente laboral. Nada serio, ni siquiera se formará una ampolla. No es la primera vez.

—¿Dónde tienes hoy la cabeza? En el trabajo, no. Llevo toda la tarde temiendo que te hagas daño, o me lo hagas a mí. Trabajamos con herramientas cortantes, punzantes y calientes, y tú las estás utilizando de forma poco cuidadosa. Pareces estar a kilómetros de distancia.

—No es cierto.

—Sí lo es.

Regresaron al taller y, en vez de continuar con el trabajo, Jaime quitó el soldador caliente de la mesa y comenzó a guardar las herramientas y el resto del material, dando por finalizada la tarea aquella tarde.

—¿Qué haces?

—Se acabó por hoy, o tendremos algo serio que lamentar.

Cuando terminó, se acercó a Clara y, cogiéndole la mano, le acarició con suavidad la zona quemada, que se mantenía enrojecida. Ella se estremeció y ahogó un gemido, pero no de dolor. La caricia había activado algo en su interior, algo que llevaba conteniendo durante semanas y que amenazaba con descontrolarse al menor roce.

—¿Hasta cuándo, Clara? —preguntó Jaime clavando los ojos azules en los de ella, que rehuyeron su mirada.

—¿Hasta cuándo qué?

—Hasta cuándo vamos a seguir fingiendo que nos quedamos a trabajar. Hace días que no es necesario, que puedo realizar solo cualquier tarea; de hecho, las hago sin que me pongas ninguna pega, y no eres fácil de complacer.

—¿Quieres que nos marchemos más temprano? ¿Cuando se va Fátima?

—No; quiero que admitamos que lo que deseamos es pasar un rato a solas. Pero no es necesario que lo disfracemos de trabajo. Quiero —reiteró con énfasis— que admitas de una vez lo que de verdad deseas de estas tardes.

—Lo que yo deseo… ¿Y qué quieres tú?

—Tumbarte sobre esa mesa, arrancarte la ropa y hacerte el amor con la pasión que llevo conteniendo desde hace semanas. Eso quiero.

Los ojos azules relampagueaban de deseo, pero no se acercó ni un centímetro más hasta recibir una respuesta.

—¡Joder… no te andas con sutilezas!

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—En este momento no soy un hombre sutil. Te deseo, como nunca he deseado a una mujer, y sé que a ti te sucede igual conmigo. Sé interpretar tus miradas, tus suspiros contenidos y el temblor que te sacude cada vez que te rozo, aunque solo sea el canto de la mano.

El pulgar volvió a acariciar el dorso y, tras girar la palma, posó los labios en ella, mientras ahondaba en sus ojos, esperando una respuesta.

Clara fue incapaz de resistirse más. Lo atrajo hacia ella y lo besó con ardor mal contenido. Fue la primera en despojarlo de la camisa, con el perjuicio de algún botón.

Él alzó el jersey para sacárselo por la cabeza y enterró la cara en los pechos, libres de ningún tipo de sujeción, y los besó una y otra vez.

Se arrancaron la ropa uno al otro, incapaces de ir despacio, besándose, mordiéndose y tocándose sin contención, y tal como Jaime había insinuado, la tumbó sobre la mesa y se situó entre las piernas abiertas.

Se colocó un condón y la penetró con fuerza, sin más prolegómenos. Sin más dilación. Con una impaciencia rayana en la desesperación. Clara le rodeó las caderas con las piernas y se sujetó a los bordes de la mesa con ambas manos para no caerse con el ímpetu de las embestidas. Gimió, bajo la atenta mirada masculina que estudiaba su rostro y sus reacciones, y cuando él incrementó aún más el ritmo gritó, incapaz de contenerse. No le importaba que nadie la escuchase, necesitaba calmar ese deseo oscuro que la dominaba más allá de la razón.

Llegaron al orgasmo casi a la vez. Ella un poco antes, y cerró los ojos para no perder la cordura.

—No cierres los ojos, mírame.

Ella contempló al hombre que aún continuaba en su interior y apretó más las piernas en torno a su cintura para evitar que saliera. Cuando lo hiciera habría que afrontar cosas, y no estaba preparada.

Jaime estaba despeinado, con la camisa abierta y los ojos brillantes. Alargó la mano hasta sus pechos y rozó los pezones con los pulgares. Clara sintió que podría excitarse de nuevo con el contacto. Que podría excitarse cien veces seguidas con aquel hombre con que solo la mirase.

—Jaime…

—No lo digas. Ahora no. Solo abrázame.

Se incorporó y lo rodeó con los brazos. Seguían unidos, y enterró la cara en el hueco de su hombro.

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Él le besó la sien, deslizó la boca por la mejilla con una ternura infinita que la hizo sentir que estaba perdida. Porque deseaba que siguiera besándola, quería dormirse en sus brazos y que no la soltara nunca. Las semanas pasadas se le antojaron un suplicio de contención y estaba cansada. Muy cansada de luchar contra sí misma.

Estuvieron así mucho rato, hasta que por fin Jaime la soltó y se retiró.

Se deshizo del preservativo, evitando la mirada de Clara.

—Jaime… —volvió a musitar ella.

—Ahora no, ¿vale? —suplicó él en tono quedo—. Hablamos mañana. Porque no quieres venirte a mi casa a pasar la noche conmigo o invitarme a la tuya, ¿verdad?

Dejó abierta la posibilidad, pero ella negó con la cabeza. Se sentía demasiado vulnerable en aquel momento, capaz de aceptar cualquier locura que le propusiera. Tenía que pensar con calma en todo aquello, en su incapacidad para mantenerse alejada de él, y en todo lo que le hacía sentir.

—Hablamos mañana —confirmó—. Ahora necesito irme a casa.

—De acuerdo.

Se recompusieron la ropa lo mejor que pudieron, en silencio, lanzándose miradas furtivas como dos delincuentes que acabaran de cometer un delito. Conteniendo las ganas de seguir juntos.

Se despidieron en la puerta del taller poco después. Jaime le acarició la mejilla con ternura y Clara apoyó la cara en la palma de su mano.

—Descansa —dijo él con suavidad. Sabía que no podría pegar ojo, que debía encontrar la forma de evitar que siguiera rechazándolo. Porque nunca había sentido por una mujer lo que sentía por Clara, y no quería perderla.

Clara entró en su coche y no pudo evitar que los ojos se le empañaran con unas lágrimas que no tenían sentido. No sabía qué le pasaba. No entendía las ganas de correr tras Jaime y decirle que sí, que se fuera con ella a su casa o que lo seguiría hasta su buhardilla, o hasta el fin del mundo.

—¡No es buena idea, maldita sea! —musitó golpeando el volante con rabia—. ¡No lo es!

Se sentía tan abatida como la última noche que pasó en Cádiz doce años antes y no pudo despedirse de él. Por mucho que hubieran discutido durante dos años creía que, al menos, se merecía un adiós por su parte, que

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le dijera que se alegraba de su marcha, que por fin recuperaría su habitación u otra frase desagradable por el estilo, pero se había largado con unos amigos demostrándole una vez más lo poco que le importaba. Dejándola con la misma sensación de pérdida que sentía en aquel momento.

Llegó a su casa y se dio una ducha, que no logró quitarle el olor a Jaime que tenía impregnado en su piel y en sus sentidos. Se curó la quemadura y se metió en la cama. No tenía ganas de cenar, solo deseaba rememorar de nuevo lo sucedido, la forma en que, a pesar de que su sentido común le pedía mantener el control, se había lanzado al cuello masculino con auténtica necesidad. No lo podía achacar a falta de sexo, que la tenía, pero debía ser sincera consigo misma y admitir que lo deseaba a él y no a ningún otro. Y lo que era peor, deseaba otras cosas además de sexo.

A la mañana siguiente, Clara temió —o esperó— encontrar a Jaime en el taller cuando llegó, pero él había acudido al curso como cada día.

La tarde anterior habían acordado hablar ese día, pero tendrían que aguardar hasta que Fátima se marchara para hacerlo, pues la empleada llegó antes de que él se incorporase al trabajo. No sabía qué se iban a decir, porque lo sucedido no dejaba mucho a la suposición. Había quedado claro que lo que hicieron en Nochevieja no fue fruto del alcohol ni del baile ni de la casualidad, sino de un deseo profundo y carnal que no podían controlar.

Clara no era una mujer metódica y fría, sino impulsiva, pero con respecto a Jaime le gustaría serlo. Desearía que la razón se impusiera a todo lo demás, pero no podía. Confiaba en que él lo hiciera por los dos, y pusiera coto a lo que se estaba gestando entre ambos. A lo que los llevaría al desastre cuando pasara el deseo que los dominaba y ella se agobiara de estar en una relación y quisiera liberarse. Y eso conllevaría el fin de la colección. Habían trabajado muy duro como para perderlo todo por un calentón.

Jaime llegó como cada día, saludó a las dos mujeres y se sentó en su sitio. Comentó lo que había aprendido, nada nuevo, solo matizar y profundizar en conocimientos ya adquiridos. Apenas miró a Clara,

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ignorando las múltiples miradas que ella le dirigió. Se mantenía más serio de lo normal, sin responder a las habituales chanzas de Fátima. Se sumergió en el trabajo y apenas intervino en la conversación.

La empleada los observaba con detenimiento y tuvo claro que había algo diferente en sus jefes aquella mañana. Algo intangible que flotaba en el ambiente del taller.

Normalmente era Jaime quien lanzaba miradas a Clara y esta las ignoraba, pero aquella mañana era al revés. Se mantuvo también en silencio, centrada en el trabajo y sin dejar de analizar a la pareja.

La noche anterior Jaime había llegado más tarde de lo que solía y apenas cenó. No quiso quedarse a practicar después, aduciendo cansancio, y ella se preguntó si habría discutido con Clara. Aquella mañana los dos estaban muy raros y no tuvo dudas de que algo había sucedido, pero ignoraba qué.

Durante el almuerzo la cosa no cambió. Clara y Jaime mantenían una distancia inusual que llenó la comida de silencios, y Fátima desistió de intentar mantener una conversación que nadie seguía.

A las seis de la tarde, como cada día, la empleada se despidió hasta el día siguiente y por fin se quedaron a solas.

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Capítulo 29

2025

Cuando la puerta se cerró tras Fátima, durante unos minutos se miraron en silencio. Las piezas en las que habían trabajado seguían sobre la mesa y ninguno hizo ademán ni de guardarlas ni de sacar otras. El ambiente tenso de todo el día seguía presente, y ninguno sabía cómo empezar la conversación que tenían pendiente.

Jaime acercó su silla a la de Clara y aguardó, esperando que fuera ella la que comenzara, pero esta se limitó a juguetear de forma distraída con un trozo de oro.

—Está visto que debo ser yo quien empiece a hablar —comentó Jaime. —Fuiste tú quien dijo que debíamos hacerlo hoy. Yo hubiera preferido

dejarlo aclarado ayer.

—Ayer los dos estábamos un poco… aturdidos. Y estarás de acuerdo conmigo en que es necesario que hablemos de nosotros, con la mente fría y despejada. Sin engaños.

Ella se encogió sobre sí misma al escuchar la palabra nosotros. —Puedes empezar a hablar, te escucho, pero me parece muy

precipitado mencionar un nosotros.

—Es que lo hay, Clara, aunque te empeñes en negarlo. Lo que pasó ayer no fue fruto ni de la casualidad ni de un calentón. Es algo que se llevaba gestando desde hace semanas. Desde antes de Nochevieja diría yo, y era cuestión de tiempo que volviera a surgir. Yo voy a hablar por mí, y confío en que tú hagas lo mismo. Nunca fuiste una cobarde ni una mentirosa, espero que no lo seas ahora.

—No lo seré, pero tal vez no te guste lo que escuches.

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—Lo aceptaré, siempre que sea la verdad. Pero antes voy a hablarte de mí, de lo que siento.

Ella contuvo la respiración.

—Relájate, no voy a dictar tu sentencia de muerte. —El tono de Jaime era de broma, pero sus ojos estaban muy serios, y muy emocionados—. Estoy enamorado de ti, Clara, y ayer, cuando me preguntaste, te dije lo que deseaba hacerte en ese momento, pero quiero más. Mucho más.

—Jaime… yo…

—No me interrumpas, por favor. Luego será tu turno de decir todo lo que desees. Apenas he dormido esta noche preparando un discurso del que no recuerdo ni una palabra, pero solo tengo que dejar hablar al corazón, y no quiero que este se calle nada.

—Quieres una relación.

—No, si no es lo que tú deseas. Solo que admitamos que sentimos algo uno por el otro y le demos una oportunidad. Que lo dejemos fluir, sin ponerle trabas, ni etiquetas. Sin contener el deseo como hemos estado haciendo estas últimas semanas. Que nos llamemos por teléfono si tenemos ganas de vernos, o de pasar la noche juntos; que no nos digamos adiós por las tardes con el ansia de seguir viéndonos un rato más pintada en nuestros ojos y sin querer confesarlo. Quiero amanecer contigo alguna vez, si nos apetece, o hacer un viaje, o lo que se nos ocurra. No quiero seguir conteniendo lo que siento por ti, aunque tú no me correspondas de la misma forma.

Los ojos azules la contemplaban con expectación. Con arrobo. Con amor, y Clara sintió que se ahogaba cuando él guardó silencio.

—¿Es mi turno?

—Lo es.

Respiró hondo y comenzó a hablar.

—Tampoco yo he dormido mucho esta noche pensando en esta conversación. Sabía lo que me ibas a decir, aunque la palabra amor ha sido una sorpresa. —Clavó en él unos ojos afligidos y sinceros.

—Soy un hombre tradicional, ya lo sabes. Me gusta llamar a las cosas por el nombre que conozco.

—Ya tuve una relación, Jaime, y me sentí muy infeliz en ella durante los tres años que duró: atrapada, agobiada, siendo la mala de la película cada vez que rehusaba quedar con él, buscando excusas para no decir simplemente que no me apetecía verle. No quería hacerle daño, pero me lo

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estaba haciendo a mí misma. Corté con Sebas cuando comenzó a insinuar que nos fuéramos a vivir juntos y, en vez de triste o dolida por la ruptura, solo me sentí aliviada. Soy un alma libre, necesito mi espacio, mi caos, y eso no ha cambiado. Me prometí que no volvería a caer en lo mismo.

—Ya lo sé. No es eso lo que te estoy pidiendo. Por el momento solo quiero que me digas si sientes algo por mí. Sé que al menos me deseas, eso no puedes negarlo, pero ¿hay algo más? Puedo conformarme con eso, si no tienes otra cosa que ofrecerme, pero no me mientas… por favor.

—Creo… —titubeó— que podría enamorarme de ti. Y no es buena idea, Jaime.

—Repites esa frase como un mantra, como si necesitaras convencerte a ti misma. ¿Qué habría de malo en enamorarte de mí? No te estoy proponiendo una relación como la que tuviste, te conozco lo suficiente para saber el tipo de mujer que eres: imprevisible, impulsiva, excitante. Libre. El tipo de mujer que necesito para poner un poco de sal en mi sosa vida.

—No quiero hacerte daño.

—Es tarde para eso, porque me lo harás igual si decides que lo dejemos aquí.

—Trabajamos juntos. Hemos conseguido hacerlo en armonía y sin roces. Cuando me canse, y no dudes de que ese momento llegará, todo lo que hemos construido se vendrá abajo. Porque soy incapaz de seguir viendo a alguien con quien he mantenido algún tipo de relación amorosa o sexual, después de que termina.

—Cruzaremos ese puente cuando llegue. No te tires al agua antes. Alargó la mano y le acarició la mejilla con suavidad. Un leve gesto que

la hizo desear no seguir poniendo objeciones. Sin embargo, era testaruda y continuaba pensando que debía resistirse al deseo de compartir con Jaime algo más que las dos veces que se habían acostado juntos.

—Somos socios, Jaime.

—¿La colección es el problema? Es toda tuya, desde este momento.

Clara se irguió, inquieta.

—¿Cómo que es solo mía? Es nuestra, la hemos creado los dos. —Renuncio a mi parte. Quédatela; sigue tú con ella y, si lo prefieres,

dejaré el taller. Así, si esto acaba, no tendrás que verme.

—No digas si, di cuando.

—Está bien. Cuando. Correré el riesgo.

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—¿Vas a volver a la bodega?

—La bodega está en Cádiz y tú en Córdoba. No me iré lejos de ti, pero con mi titulación puedo diseñar cualquier cosa, en cualquier sitio. Buscaré otro trabajo.

—¿Estás dispuesto a renunciar a tanto por mí?

Él asintió.

—La colección es de los dos —repitió para que le quedara claro que sin él no valía la pena—. No deseo seguir con ella si no estás a mi lado, sacándola adelante los dos. Me gusta verte en el taller cada día, trabajar juntos… No quiero que te vayas.

—Y yo no quiero estar sin ti. Renunciaré a cualquier cosa menos a eso. Alargó la otra mano y encerró la cara femenina entre las palmas. La

hizo mirarlo.

—No pienso perderte otra vez. —¿Otra vez? ¿Cuándo me has perdido? —Hace doce años.

—Nunca me tuviste hace doce años.

—Pero eso no quita que te perdiera.

Por un largo momento se miraron a los ojos, con una certeza nueva.

Como si se vieran por primera vez, sin dobleces, sin fingimientos.

—Estoy muerta de miedo…

Jaime sonrió.

—Ya era hora de que la intrépida Clara Silva tuviera miedo de algo. —¿Y si no fun…?

No pudo terminar porque los labios masculinos la interrumpieron. Con un beso dulce y tierno, lleno de seguridad, de confianza y de amor. Respondió al beso, era incapaz de no hacerlo. Como bien había dicho Jaime, cruzarían ese puente cuando llegara, porque llegaría, de eso estaba segura. Mientras tanto, se dejaría llevar. Ella tampoco quería perderlo, otra vez. No tan pronto.

Amanecieron en casa de Clara. Se habían ido directos desde el taller la tarde anterior, sin más reservas y sin más dudas. Esta había decidido aparcar sus temores y arrojarse al vacío sin red.

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Jaime estaba dispuesto a darle todo el espacio que necesitara, que pidiera, porque iba a dejarse la piel para que aquello funcionara. Era tan testarudo como ella.

Prepararon una cena ligera entre los dos, sin dejar de mirarse como dos adolescentes enamorados, de rozarse en la pequeña cocina cada vez que se movían, de compartir besos con sabor a vino de la botella que Jaime había abierto para celebrar la decisión de dejarse llevar.

Estaban dispuestos a vivir algo que nunca tuvieron, ni en el pasado ni en el presente. Sin nombre, sin ataduras y sin compromiso, más allá de los sentimientos mutuos.

Antes de llegar pasaron por casa de Jaime para que recogiera algo de ropa, pues no pensaba marcharse antes del amanecer. Clara había estado de acuerdo en que, tal vez más adelante, uno de los dos regresara a su casa de madrugada, pero aquella noche, no.

Se sentaron a la mesa para compartir la ensalada y los filetes que habían preparado, y terminar la botella de vino.

—¿Pretendes emborracharme? —preguntó Clara con malicia—. No soy muy bebedora ni aguanto mucho el alcohol. Corres el riesgo de que me quede dormida.

—Ya lo sé. No sería la primera vez que te veo borracha.

—Ni desnuda —añadió ella con picardía.

—Ya te vi en Nochevieja.

—Me refiero a la noche que Rocío y tú me duchasteis hace años, en tu casa de Cádiz.

—¿Te acuerdas?

—Me despertaba de vez en cuando en medio de mi somnolencia. Tuve claro que las manos que me sujetaban no eran las de mi amiga ni tampoco las de tu madre.

—Nunca dijiste nada.

—Tú tampoco.

—Te hubieras avergonzado.

—Es muy posible.

—También enfadado, y mis pelotas corrían un grave riesgo.

—Me hubiera sentido más avergonzada que enfadada. Y hablando del pasado, aclárame eso de que me perdiste hace años.

—Porque saliste de mi vida sin que hubiera marcha atrás. Sin la esperanza de volverte a ver algún día.

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—Ni siquiera te despediste.

—Era un machote que te aborrecía en apariencia. Me hubiera derrumbado al decirte adiós.

—¿En apariencia?

—Sí. No lo hubiera admitido nunca ni siquiera ante mí mismo, pero sí. Solo en apariencia. En el fondo admiraba tu creatividad, tu energía, tu vitalidad. Lo del ombligo sí era cierto que no me gustaba. Por fortuna, eso ha cambiado.

—A mí me dolió que no te despidieras.

—No estaba preparado para decirte adiós para siempre, porque sabía que no volverías, que seguirías con tu vida sin mirar atrás, sin acordarte de aquel adolescente con el que compartiste aulas y techo.

—Pero aquí estamos.

—Sí. Esto ha sido una sorpresa que no esperaba.

—Ha sido el destino en forma de diamantes.

—Un diamante en bruto que podemos tallar a conveniencia.

—¿Tú crees?

—Estoy seguro. Podemos fundir el metal y darle la forma que deseemos para engarzar la piedra… retorcido como tu llavero o liso y pulido como lo haría yo.

—¿Qué tal un poco de cada?

Jaime alzó la copa.

—Es una buena opción. Habrá que sentarse a diseñarlo.

—Por los diamantes en bruto.

—Por ellos.

Terminaron de cenar y entraron a la ducha. Juntos. Para disfrutar del cuerpo del otro, tanto con la vista como con las manos. Después se metieron en la cama para amarse sin prisas, sin el apremio de otras veces. Para recrearse en caricias y besos, en palabras susurradas y suspiros ahogados. Para empezar una relación que no lo era. O tal vez sí. El tiempo lo diría.

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Capítulo 30

2025

Clara llegó al taller con un retraso considerable. Jaime se había marchado de su casa temprano para acudir al curso, pero ella se sentía tan agotada que había necesitado descansar un poco más. La noche había sido intensa tanto en actividad como en emociones. No había calculado el tiempo y se había quedado profundamente dormida.

Despertó con el sonido insistente del móvil en la mesilla de noche. Se incorporó para atender la llamada y comprobó que era la sexta que recibía de Fátima. Eran las diez y cuarto de la mañana.

—Fátima —murmuró aún medio adormilada.

—¡Menos mal! Sigues viva. Ya me estaba preocupando en serio. Llevo un rato en la puerta del taller y ya no sabía a qué atenerme, si llamar a la policía, a los bomberos o presentarme en tu casa.

—Disculpa; me he quedado dormida, en seguida voy. Espérame en el bar, por favor.

—Jaime tampoco responde.

—Debe estar en el curso. Con lo meticuloso que es, seguro que desconecta el teléfono.

—Es lo más probable, sí. ¿Está bien?

—La última vez que lo vi, sí. —Rio.

Saltó de la cama y se vistió con rapidez. Por fortuna, su casa no estaba lejos del trabajo y en veinte minutos estuvo frente a una Fátima que la observaba con curiosidad mal disimulada.

—Te pido perdón de nuevo por la tardanza.

—Nada de perdón, pero tienes que contarme qué demonios ha pasado. Es la primera vez que llegas después que yo sin avisar antes. He llegado a

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temer que os iba a encontrar a los dos tirados en un charco de sangre en medio del taller.

—¿Pensabas que nos habían atracado para robarnos?

—No del todo. Pensaba que os habíais tirado los punzones a la yugular Jaime y tú. Después del día de ayer, podía pasar cualquier cosa, y ya sabes que tengo una imaginación un poco truculenta.

Entraron al taller con un café que Clara compró en el bar antes de subir, sin pararse a desayunar.

—Nunca nos hemos tirado nada a la yugular, ni siquiera en nuestros peores momentos del pasado. Ahora somos más civilizados.

—Ayer estabais más raros que un perro verde. Bueno, que dos perros verdes, y no sabía que había ocurrido.

—Ayer teníamos una conversación pendiente.

—¿Y la tenéis todavía?

—No; ya no.

—¿Habíais discutido?

—No.

—Entonces follasteis como leones.

—Tampoco.

—Pues no se me ocurre ninguna otra opción que justificara vuestra extraña actitud.

—Hicimos el amor; algo mucho más preocupante.

—¿Y lo habéis aclarado ya?

Clara lanzó una carcajada.

—Te lo voy a contar porque no vas a parar hasta averiguarlo todo, y cuanto antes lo sepas, antes empezaremos a trabajar. Sí, anoche hablamos y hemos decidido aceptar que hay algo entre nosotros, que nos sentimos atraídos uno por el otro, y vamos a ver dónde nos lleva. Hemos pasado la noche juntos en mi casa y no será la única vez. Por lo que creo que deberías dar tu brazo a torcer y aceptar una llave del taller, por si nos volvemos a quedar dormidos.

—¿Le ha costado mucho convencerte?

—¿Qué te hace suponer que es él quien me ha convencido a mí? —Hace mucho que descubrí que está loco por tus huesos. ¿Por qué

crees que nunca me he planteado nada con él? Tú siempre has sido más reacia a admitirlo, aunque sientas lo mismo.

—Estoy aterrada.

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—¿Por lo que pueda resentirse el taller?

—Porque no sé si estaré a la altura de lo que espera de mí. No soy mujer de relaciones, ya lo sabes.

—¿Y tú, qué esperas de él?

—Demasiado. Y eso me asusta todavía más.

—Pues libera tus temores y déjate llevar. Disfruta, es la única forma de no fastidiarlo todo. Lo que tenga que ser, será.

—Y lo dice alguien que ha tenido más novios que dedos en las manos. —Nunca ha habido nadie especial. Vosotros lo tenéis, no en balde dura

quince años.

—¿Tú también crees que esto se fraguó en el pasado?

—No tengo ninguna duda. Y tú tampoco. Comenzó entonces y ha perdurado hasta ahora. Lo vuestro no es una atracción pasajera.

—Puede ser.

Las llaves de Jaime en la cerradura las hicieron callar y dedicar su atención al trabajo, que aún no habían comenzado a realizar.

—Buenos días —saludó jovial el recién llegado, y Clara esbozó una amplia sonrisa. También él estaba contento.

Se dirigió al armario para guardar el abrigo y después se sentó en su lugar habitual, como un día cualquiera.

—No hace falta que disimules, lo sé todo —comentó Fátima. —¿Qué sabes?

—El motivo por el que mi jefa ha llegado hoy tarde al trabajo. Muy tarde —recalcó.

Jaime miró a Clara con ojos inquisidores.

—Lo sabe todo. Por lo visto ayer no fuimos muy discretos ocultando nuestros sentimientos.

—No habéis sido discretos ni ayer ni nunca. Os felicito, Jaime, y te sugiero que te la lleves al bar a que tome un buen desayuno, apenas ha bebido un café.

—Yo tampoco he tomado nada. Vamos a comer algo, sí, estoy muerto de hambre —admitió levantándose de nuevo.

—No tengáis prisa, yo me encargo del taller por un rato.

—Gracias, Fati.

—Supongo que nuestro acuerdo para las cenas se anula, que ahora tendréis nuevos horarios y rutinas.

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—No lo sé. No quiero dar nada por sentado; ya iremos viendo. Por lo pronto, esta noche puedo cenar en tu casa, si Clara no tiene inconveniente.

—¡Ni por asomo! —exclamó la aludida—. Hoy me apetece ir al cine y tomar algo por ahí después.

—Ya has oído. Tampoco hoy cenaré en tu casa.

—Haremos una cosa. No preparo nada para ti en el futuro, salvo que me avises con antelación.

—Será lo mejor.

Jaime y Clara salieron del taller y se encaminaron al bar. Sentados ante sendos platos de café y tostadas, se miraron con una sonrisa.

—¿Muy cansada?

—Un poco. No he escuchado el despertador esta mañana y Fátima ha tenido que llamarme seis veces para que respondiera. De ahora en adelante, tendré que ponerle el sonido más alto o dormirnos más temprano.

—Esa no es una opción.

—No; no lo es —admitió con una amplia sonrisa.

La noche había sido intensa. Habían hecho el amor tres veces y entre una y otra habían hablado, del presente y del pasado. Los dos habían reconocido cosas que catorce años atrás ni se planteaban. Habían recordado momentos y discusiones que los irritaron en la adolescencia y que ahora les hacían reír. Se habían dormido abrazados, enroscados uno en el otro como si esa fuera la postura perfecta para ellos, aunque hubieran tardado mucho en descubrirla. En comprender que no eran antagonistas, sino dos mitades complementarias de un todo.

—Supongo que ahora nuestras rutinas van a cambiar —expuso Clara. —No tiene por qué. Nada de rutinas, iremos haciendo cada día lo que

nos apetezca. Sin compromisos ni obligaciones predeterminadas.

—Tal vez me he precipitado al decirte lo del cine esta tarde. Si prefieres cenar en casa de Fátima, lo dejamos para otro día.

—Ni hablar. Tampoco es que me vuelva loco comer con ella y con su padre. Me resultaba cómodo porque mi cocina es muy pequeña y apenas está equipada, y no preocuparme de la cena me dejaba más tiempo para trabajar en el taller. Me buscaré un alojamiento más adecuado para recibir visitas.

—¿Piensas recibir muchas?

—Una sola, pero a menudo.

La miró con adoración.

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—Lo a menudo que tú quieras… —rectificó—. No te impondré mi presencia salvo cuando lo desees.

—Gracias. Y respecto a Rocío y tus padres…

—Tú te has encargado de decírselo a Fátima; supongo que con ellos me corresponde a mí.

—Me gustaría esperar un poco antes de contárselo. Quiero asegurarme de que esto funciona, no me gustaría que se hicieran ilusiones para nada. Sé que a tu hermana le encantaría una relación entre nosotros.

—Me ha dicho literalmente que te quiere por cuñada, y se ha ofrecido a ayudar. Por supuesto le he dicho que de eso me ocuparé yo.

—¿Cómo vas a hacerlo?

—Comencé anoche, y pienso seguir en la misma línea. ¿Voy por buen camino?

—Yo diría que sí. Pero esto no es cosa de dos días. Cuando lo contemos será porque hay indicios de que va a durar.

—Muy bien. Haremos una cosa: seguiremos siendo solo socios para mi familia, y cuando tú estés preparada para hacerlo público, iremos a Cádiz y lo comunicaremos los dos juntos. ¿Te parece?

—Estás muy seguro de que funcionará, de que iremos a contárselo.

—Lo estoy. Y tú también lo estarás en poco tiempo.

Le cogió la mano y se la besó en la palma.

—Nada desearía más. De verdad —confesó, y era cierto. Le gustaría que Jaime fuera el hombre de su vida, encontrar con él ese tipo de amor que veía en Consuelo y Enrique y en sus propios padres. Temiendo ponerse demasiado sentimental, carraspeó y cambió de tema—. Ahora volvamos al trabajo, hemos perdido media mañana.

—Siempre podemos quedarnos un rato más a trabajar esta tarde — sugirió él con un guiño.

—Hoy no. Hoy iremos al cine.

—¿Y qué vamos a ver?

—Me da igual. Me gustan todo tipo de películas y estoy harta de ir sola. Te dejo elegir.

—Muy bien. Cine entonces.

Regresaron al taller y comenzaron a trabajar con una tranquilidad que hacía semanas que no tenían. Haber aclarado su situación amorosa les permitía aparcar los sentimientos hasta la hora de salida. El deseo seguía latente, pero lo podían controlar porque sabían que lo satisfarían después,

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cuando la jornada laboral terminara y se encontraran a solas. Durante el día podían ser solo socios y compañeros de trabajo, porque por las noches serían amantes.

Una nueva etapa se abría ante ellos, con nuevas rutinas y nuevas metas, y la más importante era la de construir algo juntos, lo llamaran como lo llamaran. Jaime estaba seguro de que lo conseguirían. Clara tenía sus dudas, pero los dos estaban dispuestos a poner todo de su parte para conseguirlo. Para que ese diamante en bruto que era su relación se convirtiera en la más bella joya, mitad lisa y mitad retorcida, para adaptarse a las dos personalidades tan diferentes.

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Epílogo

Ocho meses después

Jaime y Clara se dirigían a Cádiz aprovechando el puente de principios de diciembre. Iban juntos en el mismo coche, y dispuestos al fin a confesar su relación a la familia. Los ocho meses transcurridos no habían cumplido los temores de Clara, acerca de sentirse atrapada en la relación; al contrario, cada vez estaba más enamorada de Jaime y más segura de que tenían un futuro. Un futuro que él ansiaba compartir con sus respectivos parientes antes de las fiestas navideñas, que deseaban celebrar como pareja consumada tanto en Cádiz como en Córdoba.

Aquel año no estaban tan agobiados con las entregas, pues durante todos los meses transcurridos habían trabajado duro para abastecer todas las joyerías de piezas suficientes para los regalos de Navidad. La colección era todo un éxito, y estaban valorando añadir nuevas piezas. Ambos estaban deseando ponerse de nuevo a diseñar juntos y ya habían bocetado algunas ideas para broches, tiaras y colgantes. Pero eso sería en enero, ahora pensaban disfrutar de unos días de descanso y de unas merecidas vacaciones invernales.

Llegaron justo antes del almuerzo, con relativa sorpresa para todos, pues solo esperaban la visita de Jaime.

—¡Clara, cariño! Has venido tú también —musitó Consuelo abrazándola con alegría.

—¿Toda la fiesta para ella? ¿A mí no me das ni un triste abrazo? — preguntó su hijo con una sonrisa.

—A ti te he visto en verano. Clara no viene desde las navidades.

En agosto ambos habían pasado una semana con sus respectivas familias. Clara no quiso hacer pública su relación todavía, aún se sentía un

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poco insegura. Después se habían ido juntos a recorrer el sur de Francia en coche durante diez días. Un viaje maravilloso del que guardaban un recuerdo inolvidable. Fátima decía que una relación se ponía a prueba durante un viaje y la suya lo había superado con creces.

—Prometo venir más a menudo.

—Eso me alegra. En seguida te preparo tu habitación. De haber sabido que vendrías estaría ya lista, pero no tardo nada.

—No hace falta, Consuelo. Me quedaré en casa de Jaime.

—Ah… vale. Pero no me cuesta ningún trabajo.

—Pero seguro que a ella sí le costaría no dormir con mi hermano — afirmó Rocío mirando a su amiga con guasa.

Clara la miró y también a Jaime.

—¿Te has ido de la lengua? —preguntó.

—Soy inocente —afirmó él—. Pero mi hermana es muy lista.

—¿Nos estamos perdiendo algo tu madre y yo? —inquirió Enrique.

Jaime agarró a Clara por la cintura y la apretó contra él.

—Estamos juntos desde hace unos ocho meses. Y era secreto hasta este momento.

—¿En serio? ¡Qué alegría! —exclamó Consuelo.

—Ya era hora. Sois duros de pelar —afirmó Rocío.

—Pues brindemos por vosotros —sugirió Enrique abriendo una botella de vino, de las especiales.

Y se dispusieron a celebrar la noticia llenos de euforia. Clara se sentía feliz de compartir su alegría con toda la familia, de sentirse una vez más bien acogida en aquel hogar que una vez había considerado su segunda casa.

Cuando aquella noche llegaron al piso de Jaime, después de haber pasado la tarde con Rocío recorriendo el centro de la ciudad, charlando y poniéndola al corriente de todo lo sucedido en los últimos meses, este le señaló el sofá.

—Siéntate.

—¿No nos vamos a la cama? Estoy deseando rememorar viejos tiempos.

—Yo también, y tenemos un asunto pendiente.

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—¿Desde Nochevieja? ¿Se nos quedó algo por hacer?

—Mucho más antiguo. Ponte cómoda, yo tengo que preparar el escenario.

—¡Caray, cuánto misterio! Pues me pongo el pijama. ¿Ma va a durar mucho puesto?

—Yo calculo que un par de horas.

—No es demasiado.

—El suficiente.

Se cambió de ropa, se quitó los zapatos y se sentó en el sofá. Un olor a palomitas le llegó desde la cocina y sobre la mesa de centro había dos copas con gin-tonics.

—Dame cinco minutos a mí también —pidió Jaime entrando al dormitorio.

—¿Vamos a ver una película?

—No una cualquiera. La película.

—Ajá. Pues sorpréndeme.

Diez minutos después Jaime, ataviado con un pantalón de chándal y una sudadera, encendió la televisión y tecleó en el buscador de la plataforma de streaming. La intro de Casablanca ocupó la pantalla.

—Siempre he querido verla, y aquella noche no me dejaste —comentó ante la extrañeza de Clara.

—Has tenido doce años para hacerlo.

—No es lo mismo sin ti, es un asunto pendiente entre los dos. ¿Tú sí la has visto?

—Tampoco. Me olvidé por completo de ella.

—Pues es el momento.

Se recostó en el respaldo del sofá y atrajo a Clara contra su costado. Ella encogió las piernas y se acurrucó contra él, apoyando la cabeza en su hombro. Sobre el regazo masculino reposaba un cuenco de palomitas, y de vez en cuando daban un sorbo a sus respectivas copas.

Apenas llevaba media hora de emisión, la mano de Clara se deslizó bajo la sudadera de Jaime y le acarició el pecho con la punta de los dedos.

—Clara, no seas traviesa —susurró él adivinando sus intenciones, pero sin apartarse lo más mínimo.

Ella suspiró con exageración.

—¿Seguro que hay que esperar dos horas para que me quites el pijama?

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—Ya solo una hora y cuarto —aclaró Jaime levantando el cuenco de palomitas de su regazo, que acusaba las caricias femeninas, y colocándolo sobre la mesa.

—Me parece demasiado tiempo.

—¿Tampoco hoy vas a dejarme ver la película? —preguntó metiendo la mano a su vez bajo la camiseta de ella y buscando los pechos.

—No pareces muy disgustado ante la perspectiva.

—Me resigno —añadió pellizcando un pezón.

—A mí me gusta tener siempre temas pendientes, le dan sal a la vida. Le echó los brazos al cuello y lo besó con pasión. Jaime cogió el

mando y apagó la tele.

—Siempre nos quedará Casablanca —comentó echándose sobre Clara y dispuesto a dejar la película para otro momento. Podían esperar otros doce años para verla, o muchos más. Toda la vida.

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Nota de la autora

Como veis, una vez más, os traigo una pareja que en un momento de su relación se llevan fatal. Y es que me encanta ir cambiando ese odio hasta convertirlo en amor. Mis lectoras cero, cuando ven lo mal que se llevan me dicen: a ver cómo arreglas esto, y lo cierto es que no sé muy bien cómo lo hago, pero al final lo consigo.

La relación que los protagonistas tienen en el pasado está basada en una novela muy antigua, de cuando yo era poco más que adolescente y que, por tantísimos cambios en la vida y la sociedad, ahora sería imposible de publicar. Sin embargo, he querido recordar a sus protagonistas y sus muchos desencuentros.

Espero que esta novela os guste.

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ANA ÁLVAREZ (Sevilla, España, el 2 de abril de 1959).

Cursó estudios de bachillerato y auxiliar administrativo, tarea que realizó durante un tiempo además de ama de casa.

Escribe desde los veinte años novela romántica contemporánea, aunque por timidez inicialmente solo eran leídos por su hija. Ella fue quién la animó a publicar en internet, y tras comprobar que era leída por numerosas lectoras y gracias a sus comentarios, decidió autopublicar y enviar los primeros capítulos de dos novelas a la Selección RNR (una de ellas, la ya publicada con este sello Miscelánea).


FIN

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