/* ELIMINACIÓN DE TEXTOS RESIDUALES EN EL MENÚ */ .label-size, .label-name, .label-count, .cloud-label-widget-content, .label-wrapper, .label-item, .label-head, .label-list, .feed-link, .show-more, .status-msg-wrap { display: none !important; visibility: hidden !important; height: 0 !important; font-size: 0 !important; /* Mata el texto aunque el contenedor no cierre */ margin: 0 !important; padding: 0 !important; } /* SI ES PUBLICIDAD DE ADSENSE MAL UBICADA */ ins.adsbygoogle[data-ad-status="unfilled"], .google-auto-placed { display: none !important; } /* ====== FORMATO FIJO PARA ENTRADAS ====== */ /* Títulos */ h1 { font-size: 2.2em; font-weight: bold; text-align: center; margin: 25px 0; color: #d32f2f; } h2 { font-size: 1.8em; font-weight: bold; margin: 20px 0; color: #333333; } h3 { font-size: 1.4em; font-weight: bold; margin: 15px 0; color: #555555; } /* Texto */ p { margin-bottom: 15px !important; line-height: 1.6; } strong { font-weight: bold; color: #002060; } em { font-style: italic; color: #444444; } /* Imágenes */ img { max-width: 100%; height: auto; display: block; margin: 15px auto; border-radius: 5px; /* opcional */ }

Menú

Slider

Libros Más Recientes

EMANCIPACIÓN DE YOUTUBE, OTRA MANERA DE VER LA ACTUALIDAD

Libros Más Leídos

Libro N° 14808. El Chico De La Habitación Vacía. Lightwood, Mike.


© Libro N° 14808. El Chico De La Habitación Vacía. Lightwood, Mike. Emancipación. Febrero 14 de 2026

 

Título Original: © El Chico De La Habitación Vacía. Mike Lightwood

 

Versión Original: © El Chico De La Habitación Vacía. Mike Lightwood

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/el-chico-de-la-habitacion-vacia/


 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

 

Portada E.O. de:  

https://assets.lectulandia.co/b/ab/Mike%20Lightwood/El%20chico%20de%20la%20habitacion%20vacia%20(3)/big.jpg 

 

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

EL CHICO DE LA HABITACIÓN VACÍA

Mike Lightwood


El Chico De La Habitación Vacía

Mike Lightwood

Fran no tenía muchas ganas de que su madre volviera a casarse, aunque lo que menos esperaba era enamorarse de su nuevo hermanastro, el chico de la habitación de al lado.

Pero ahora Marcos se ha ido y Fran se ha quedado solo, echando de menos al chico de la habitación vacía.

Sin embargo, cuando Marcos vuelve para las vacaciones, Fran comienza a sospechar que tal vez no esté todo perdido.

¿Es posible que Marcos siga enamorado de él? Y, si es así… ¿lograrán encontrar la forma de vencer todas las dificultades que tienen por delante para poder estar juntos?

Mike Lightwood

El Chico De La Habitación Vacía

El chico de al lado: 02

ePub r1.0

Titivillus 03.02.2026

Título original: El chico de la habitación vacía

Mike Lightwood, 2025

Retoque de cubierta: Eibisi

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

Para Juanka, como no podría ser de otra manera.

Sin ti, esta aventura no habría sido tan especial.

Gracias por todo.

¿ANTES?

DESPIERTO CON UNA SONRISA EN LA CARA, COMO SIEMPRE QUE DUERMO CON MARCOS.

Lo primero que percibo es su olor, que inunda mis fosas nasales con esa familiaridad que tan bien conozco. Es mi olor favorito del mundo.

Después, oigo su respiración. Todavía está profundamente dormido, y ese es el sonido que quiero seguir escuchando noche tras noche, durmiendo siempre junto a él.

A continuación, siento su tacto bajo mi mano. Su piel cálida y su vello abundante, el lugar del que jamás querría salir. Con una sonrisa, me abrazo más fuerte a su ancho pecho. Está tirando a blando, pero así es como me gusta, cómodo y achuchable. El mejor lugar del mundo.

Sigo sin abrir los ojos; estoy demasiado bien así. Aún no ha sonado la alarma, así que todavía puedo disfrutar del calor de su piel, de su aroma, del sonido de su respiración lenta y profunda. No hay nada que me guste más que concentrar todos mis sentidos en él.

—¿Fran? —susurra de pronto, con la voz adormilada—. ¿Estás despierto?

Sonrío al escuchar esa voz que quiero oír cada día de mi vida. Me incorporo un poco, parpadeo y, en la penumbra, me dejo caer en esos ojos en los que podría perderme eternamente. Le doy un beso breve en los labios y siento ese sabor que jamás me cansaré de probar, ese sabor que tanto ansío en todo momento. Apenas soy capaz de pasar un segundo consciente de cada día sin tener sed de su boca.

Ahora sí, mis cinco sentidos están concentrados por completo en él. Es casi como si esa fuera la razón por la que existen, poder experimentarlo de todas las formas posibles. No podría ser más feliz ahora mismo.

Hasta que me despierto de golpe.

Página 5

Pestañeo un par de veces, confuso. Todavía puedo olerlo, y eso me desconcierta mientras parpadeo un par de veces para tratar de volver al mundo real. Sigo rodeado de su aroma, pero no de él. Entonces lo comprendo: estoy durmiendo entre sus sábanas, y también estoy abrazando la almohada impregnada de su olor. Sin embargo, él no está.

La realidad me golpea tan fuerte que me quedo sin aliento: Marcos ya no vive con nosotros. Se ha ido, se ha marchado para proteger la felicidad de nuestra familia, a pesar de que al hacerlo me haya destrozado a mí. Y a él también, supongo. Al fin y al cabo, nunca negó que me quisiera.

Aunque, últimamente, estoy empezando a dudar de que esos sentimientos fueran reales.

Se me escapan las lágrimas al pensar en el sueño. En realidad, ha sido más bien un recuerdo. Uno de cuando éramos felices, hace apenas unas semanas. Hasta que, de la noche a la mañana, todo cambió. Mientras lloro, vuelvo a abrazarme a la almohada y respiro hondo, inhalando su olor. Sé que me va a costar volver a dormir, pero tengo que intentarlo. Al menos, no ha sido una de las pesadillas que estuve teniendo durante las primeras noches sin él.

Al menos, en sueños vuelvo a tener al chico de la habitación de al lado.

O, más bien, al chico de la habitación vacía.

Página 6

PRIMERA PARTE

PUNTO Y APARTE

Página 7

1.

SOLO HAY UNA COSA PEOR QUE EL HECHO DE QUE TU MADRE SE ECHE NOVIO: QUE, UN AÑO DESPUÉS, LA COSA VAYA TAN BIEN QUE TOMEN LA DECISIÓN DE CASARSE Y DE QUE VIVAMOS CON SUS HIJOS TODOS JUNTITOS, como si

fuéramos una gran familia feliz. Que te enamores irremediablemente de tu nuevo hermanastro y que, después de unas breves semanas de felicidad, este decida cortarlo todo por lo sano porque sabe que la familia jamás lo aceptaría.

Mi vida parece una serie de televisión absurda de mediados de los 2000, la verdad. Ojalá esta realidad no fuera más que el sueño demente de un hombre de mediana edad y desaparezca de golpe cuando se despierte.

Ya han pasado diez días desde que se fue. Diez días sin sus ojos ni su sonrisa, sin poder escuchar su voz más allá de los pocos audios que tengo en el móvil. Diez días sin nuestras caricias disimuladas en cualquier momento posible, sin nuestras piernas entrecruzadas mientras comíamos. Diez días sin aprovechar para besarnos cada vez que no había nadie delante, con un ansia que pocas veces he sentido. Diez días sin nuestros encuentros sexuales a escondidas, sin todos los momentos que robábamos cada día para nosotros. Diez días sin dormir abrazados.

Diez días sin Marcos, sin la persona que siempre lograba hacerme sonreír, sin el chico de la habitación de al lado.

En cualquier otro contexto, puede que diez días no parezcan demasiados. Pero, cuando ya me había acostumbrado a vivir con él, a que

Página 8

fuera una constante en mi vida, a que su presencia en casa estuviera patente desde que me levantaba hasta que me acostaba… En fin, estos diez días han sido como diez eternidades.

Suelto un suspiro. Durante estos diez días infinitos he tenido mucho tiempo para pensar, y eso me ha hecho darme cuenta de algo: nuestro tiempo juntos fue muy breve. Demasiado breve. Terriblemente breve. Debo de ser masoquista o algo así, porque he apuntado en un cuaderno todos los hitos de nuestra relación y no puedo evitar leerlo cuando peor estoy, tal vez para tratar de aferrarme a algo, o para convencerme de que todo fue real.

Nuestra primera noche juntos en el hotel de Gran Canaria fue el 28 de octubre, un viernes. Durante cinco noches, nuestra relación fue avanzando a pasos agigantados, de forma surrealista pero al mismo tiempo muy real. Al principio no era más que sexo, un desahogo para los dos, pero, cuando el viaje llegó a su fin, todo había cambiado por completo entre nosotros. El miércoles 2 de noviembre volvimos a casa, y el sábado fue la primera noche que dormimos abrazados. Al día siguiente me llevó a un hotel para que pudiéramos estar solos y me besó por primera vez, y ese es el día que considero como el principio oficial de nuestra relación: el 6 de noviembre.

Los días fueron pasando mientras lo que había entre los dos iba creciendo cada vez más y nosotros se lo escondíamos a la familia, hasta que al fin, el 14 de noviembre, me dijo que me quería. Tendría que haberme dado cuenta de que era demasiado pronto para ser real. Era un lunes, y esa fue también la misma semana que se terminó todo. Las cosas se torcieron después de que mi madre estuviera a punto de pillarnos el jueves, hasta que el domingo 20 Marcos decidió marcharse de casa. Tan solo dos semanas después de nuestro primer beso.

Así de breve fue lo que había entre nosotros.

Ahora estamos a día 30, miércoles, y parece mentira que ya haya pasado más de la mitad del tiempo que tuvimos juntos. ¿Cómo es posible que esas dos semanas se me hicieran tan imposiblemente cortas y estos diez días se me hayan hecho tan insoportablemente largos? ¿Cómo voy a ser capaz de seguir adelante sin Marcos cuando absolutamente todo lo que hay en esta puta casa me recuerda a él? Como cantaba Leire, qué corto fue el amor y qué largo el olvido.

Por supuesto, no soy el único que siente su ausencia aquí. El ambiente de la casa ha cambiado de forma considerable, como si su marcha hubiera

Página 9

dejado un vacío imposible de llenar, además del que ha dejado en mi corazón. Ya no suena música desde su habitación. Las comidas y las cenas son mucho más silenciosas, como si ninguno de los que quedamos aquí supiera qué decir ahora que la familia se ha roto, aunque nadie sabe todavía hasta qué punto. La televisión está siempre encendida en cualquier canal, como si nuestros padres quisieran que ese rumor de fondo le diera un poco de vida a la casa, pero suena artificial y forzada.

Y, sobre todo, el cuarto de baño está siempre vacío. Nunca pensé que echaría de menos tenerlo a él ocupándolo cuando necesitaba entrar, pero aquí estoy. Es especialmente duro por las mañanas, cuando me despierto y la realidad me golpea con una fuerza arrolladora. Es en esos momentos cuando me meto en la ducha y, a salvo bajo el agua, me permito desahogarme de verdad, llorar, dar rienda suelta a mis sentimientos. Lloro hasta quedarme sin lágrimas, o hasta que se gasta el agua caliente, que suele ser lo primero que ocurre. Solo entonces salgo de la ducha.

Pero lo peor, con diferencia, es tener que hacer como si nada. Nuestros padres y Natalia no sabían nada sobre nuestra relación, y ellos han sido precisamente la razón por la que se terminó. No puedo permitir que se enteren ahora; no después de que Marcos se haya ido de casa para proteger a nuestra familia. Así pues, me esfuerzo al máximo por intentar que no se me note. No es tarea fácil, y todavía no he sido capaz de sonreír ni una sola vez, pero ellos tampoco lo hacen. Por suerte, puedo pasarme casi todo el día encerrado en mi habitación con la excusa de que tengo que estudiar, lo cual es cierto. Otra cosa es que lo consiga.

Durante las comidas, apenas soy capaz de probar bocado con la silla de Marcos dolorosamente vacía a mi lado, pero me obligo a hacerlo, aunque apenas tenga fuerzas para participar en la conversación. Sin embargo, sé que los demás también lo están pasando mal, especialmente Antonio, así que hago el esfuerzo y trato de hablar, de responder a sus preguntas y sacar temas de conversación cuando nos quedamos en silencio. Aun así, nunca he sido muy buen actor, y sé que ellos también se dan cuenta de mi tristeza. Con un poco de suerte, tal vez pensarán que lo echo de menos por razones muy diferentes; al fin y al cabo, Marcos y yo habíamos empezado a pasar mucho tiempo juntos también delante de ellos. Nuestros padres pensaban que habíamos hecho buenas migas después de habernos visto obligados a compartir habitación en el hotel y que nos habíamos vuelto inseparables, pero no sabían hasta qué punto.

Página 10

Después de comer siempre estoy totalmente agotado por el esfuerzo, así que les doy las buenas noches y me encierro en mi cuarto. Cierro el pestillo, porque ahora es cuando más vulnerable soy y no puedo permitir que nadie me encuentre en este estado, y me voy directamente a la cama. La colcha es mía, pero por debajo están sus sábanas, las que quité de su cama el día que se marchó. Me meto entre ellas y, por fin, rompo a llorar otra vez, abrazado a la almohada e invadido por su aroma. Esto es lo más cerca que puedo estar de él, pero al mismo tiempo, el dolor es tan intenso que me resulta abrumador.

Soy consciente de que estuvimos muy poco tiempo juntos. De que ni siquiera tuvimos ocasión de llegar a conocernos bien. De que su marcha no tendría que haberme afectado tanto. Tan solo fueron dos semanas de relación, joder. Dos putas semanas. Pero, a pesar de ello, lo que había entre nosotros era tan intenso y se desarrolló con tanta rapidez que es como si me hubiera quedado vacío por dentro ahora que todo ha desaparecido de golpe.

Y así, respirando su olor como todas las noches, lloro hasta quedarme dormido.

Página 11

2.

EL JUEVES ES EL PEOR DÍA, PERO TAMBIÉN ES EL MEJOR.

Es el peor porque llego una hora antes a casa y no puedo evitar recordar esos escasos jueves que pasamos juntos y a solas, cuando teníamos una hora para dar rienda suelta a lo que sentíamos, a todo lo que estaba creciendo entre nosotros. No puedo evitar sentirme estúpido, la verdad. Antes de que pasara lo que pasó, habíamos acordado que el jueves sería «nuestro día». Sin embargo, tan solo tuvimos dos de ellos, y fue precisamente en el segundo de «nuestros días» cuando todo se torció.

La oleada de recuerdos agridulces que me invade desde que me despierto por la mañana es tan intensa que me siento como si estuviera ahogándome, incapaz de salir a la superficie, así que sí, es el peor día.

Pero los jueves también son el mejor día porque puedo entrar en su habitación cuando llego a casa, y eso es como estar un poco más cerca de él.

No registro sus cosas; jamás haría eso. No, en realidad, lo único que hago es mirarlas y, a veces, rozar algunas de ellas con los dedos. Lo que sí me permito hacer es abrir las puertas de su armario, aunque sin mirar dentro de los cajones. Tan solo se ha llevado una maleta, así que gran parte de su ropa todavía sigue aquí. Miro sus prendas una por una, tratando de visualizar a Marcos con cada una de ellas. A veces sonrío al recordar algún momento concreto en que lo viera con alguna de las prendas, pero en otras ocasiones, se me escapa una lágrima al ver una camiseta o una sudadera

Página 12

que evoca un beso, un abrazo o una caricia que ahora están demasiado lejos.

Pero, sobre todo, lo que hago es mirar lo que hay en la habitación, en esta habitación vacía donde tanto pesa su ausencia ahora que se ha ido. Durante estos días me he dado cuenta de lo poco que lo conocía en realidad, a pesar de todo. Lo que había entre nosotros creció tanto y con tanta rapidez en tan poco tiempo que, entre que los dos teníamos que ir a clase y que teníamos que ocultárselo a nuestra familia, no llegamos a mantener demasiadas conversaciones profundas. Ver su personalidad entre estas cuatro paredes me permite conocerlo un poco mejor, aunque no logra sofocar el dolor intenso de que ya no esté. Dejo que transcurran los minutos mientras observo los fragmentos de su vida, esas cosas que formaban parte de él y que no pude llegar a conocer bien antes de que fuera demasiado tarde.

Me siento sobre su cama, sin sábanas desde que él las quitó antes de irse, aunque yo me las apropié para llevármelas a mi habitación, para que no se perdiera su olor. Miro a mi alrededor y no puedo evitar pensar en los momentos que pasamos aquí. Fueron escasos porque casi siempre dormíamos juntos en mi habitación, pero todos ellos fueron únicos. Aquí fue precisamente donde pasamos esos dos jueves, aprovechando que su cama es más grande que la mía. Aquí fue donde lo llenó todo de velas para darme una sorpresa.

Aquí fue donde me dijo que me quería por primera vez.

Cuando me quiero dar cuenta, tengo los ojos llenos de lágrimas. Pero ya casi se ha terminado el tiempo que tengo aquí a solas, de modo que me apresuro a secármelas con el dorso de la mano y me pongo en pie para marcharme.

Me doy cuenta de que una esquina del póster de Spider-Man que hay encima del cabecero se ha despegado de la pared, como un sutil recordatorio de su ausencia, pero no lo coloco bien. No sé si Natalia, su padre o incluso mi madre habrán entrado en algún momento, así que no quiero arriesgarme a que se den cuenta de que he estado aquí. Tendría que dar demasiadas explicaciones, y todo esto ha ocurrido precisamente para no tener que dar explicaciones de nada. Así pues, no lo toco, sino que me marcho y cierro la puerta detrás de mí.

Una vez en mi habitación, hago lo mismo que llevo haciendo desde hace once días: abrir la galería del móvil y buscar la foto con Marcos, la

Página 13

única que tenemos de los dos juntos. Nos la hicimos durante el viaje a Canarias, y él consiguió hacerme reír justo en el momento de sacar la foto, lo que hace que mi cara en la pantalla muestre una felicidad que estoy muy lejos de sentir ahora mismo. El Fran de la foto parece casi un desconocido, así que paso a las fotos anteriores, las que le saqué yo a Marcos.

Cuando me pidió que se las hiciera, yo no sabía que serían uno de los pocos recuerdos de él a los que me aferraría apenas un mes más tarde, pero aquí estamos. No puedo evitar que me invada la nostalgia al recordar ese momento, esos primeros días en los que estaba comenzando a surgir esa complicidad entre nosotros que no comprendíamos del todo, aunque ninguno de los dos podíamos imaginar hasta dónde nos acabaría llevando.

Ni, por supuesto, cómo acabaría terminando todo.

El resto de la tarde transcurre con la monotonía habitual. Durante la primera semana, no era capaz de concentrarme en nada y me permití llorar a gusto y desahogarme cuando lo necesitaba, pero ahora tengo que obligarme a ponerme las pilas con los estudios. Y eso significa empezar a estudiar en serio, aunque sea lo último que querría hacer en estos momentos.

Al llegar la hora de la cena después de una tarde interminable, me siento dividido. Por un lado, agradezco la oportunidad de poder parar de estudiar un rato. Pero, por otro, no quiero tener que enfrentarme a la cena. Me deja agotado tratar de aparentar normalidad cuando, en realidad, me siento como si me estuviera muriendo por dentro. Y tener que hacerlo dos veces al día es prácticamente insoportable.

Sin embargo, cuando me siento hoy a la mesa mientras trato de ignorar la ausencia de Marcos a mi lado, me doy cuenta de que Antonio no tiene la cara de tristeza habitual, la misma que tenía hace apenas unas horas durante la comida. De hecho, hasta lo veo sonreír un par de veces mientras comenzamos a comer.

—Pareces más contento esta noche —señalo, forzándome a sacar conversación tal como siempre hago.

Página 14

Él mira a mi madre con una sonrisa y asiente con la cabeza antes de contestar.

—Pues sí, la verdad. Tengo una buena noticia.

Está claro que ella ya lo sabe, porque también sonríe. Natalia me dirige una breve mirada, extrañada.

—¿Qué pasa? —pregunta.

—Mañana va a venir Marcos —responde su padre.

Página 15

3.

ME QUEDO EN SILENCIO DURANTE UNOS SEGUNDOS, SIN SABER CÓMO

REACCIONAR MIENTRAS MILES DE PENSAMIENTOS PASAN POR MI CABEZA, TODOS AL MISMO TIEMPO.

¿De verdad va a volver a casa? ¿Será que se ha replanteado su decisión? Aunque no puede ser eso, ¿verdad? Si fuera así, me lo habría dicho, pero no me ha vuelto a escribir desde que se marchó. Sin embargo, también es posible que quiera hablarlo en persona, ¿verdad? A lo mejor es eso, a lo mejor prefiere esperar a que estemos juntos para hablar del tema. Una pequeña chispa de esperanza se enciende dentro de mi pecho, muy a mi pesar.

No sé qué decir. Por suerte, es Natalia quien rompe el silencio por mí. —¿En serio? —pregunta con una amplia sonrisa, y su padre asiente

con la cabeza—. ¿Y eso?

—Tus tíos ya tenían sus planes para el puente, y lógicamente no les hacía mucha gracia dejar a tu hermano solo en su casa —le explica Antonio—. Además, Marcos solo quería irse con ellos para estar cerca de la facultad, así que no tiene sentido que se quede allí durante el puente. Van a ser muchos días.

Hago una mueca disimulada; esa no es la verdadera razón por la que Marcos quería marcharse, pero su padre no lo sabe. Trato de reprimir un suspiro de resignación mientras la esperanza se apaga en mi interior; por suerte, no he permitido que crezca demasiado.

Página 16

—Entonces, ¿solo va a venir para el puente?

Su sonrisa flaquea ligeramente; está claro que esa parte no le hace tanta gracia.

—Pues sí, pero es un puente largo… el día seis cae en martes y el ocho en jueves, así que no tenéis clase hasta el viernes. Por eso mi hermana y su marido se van de viaje.

Asiento con la cabeza, sin saber muy bien qué decir. Mi madre me mira con una expresión extraña que apenas logra disimular cuando le devuelvo la mirada, pero no me cuesta imaginarme la razón. Tanto ella como los demás piensan que Marcos y yo nos hicimos inseparables durante el viaje a Canarias, así que supongo que se esperaba una respuesta mucho más entusiasta por mi parte.

—Qué bien —digo, obligándome a sonreír.

—¿Verdad que sí? —responde ella, sonriendo también—. Podemos recuperar las noches de cine.

Preferiría pegarme un tiro en los cojones antes que tener que pasarme una hora y media o dos sentado junto a Marcos tal como están las cosas, pero eso no se lo voy a decir. La semana pasada no vimos ninguna película juntos porque utilicé la excusa de que me encontraba mal (de hecho, ni siquiera era mentira), aunque la realidad es que la idea de estar en el sofá yo solo me resultaba casi tan horrible como la idea de tener que compartirlo con él ahora que no quiere estar conmigo, pero sé que a mi madre le hace ilusión la idea.

—Sí —respondo, con la voz falsamente animada—. Estaría bien. Aquella primera y única noche de cine en familia con Marcos fue muy

especial. Podíamos estar los dos juntos en el sofá, bien pegados y tapados con la manta utilizando el frío como pretexto, acariciándonos sutilmente y casi abrazándonos sin que nadie sospechara nada. Fue bonito, y entonces tenía la esperanza de que aquello se convirtiera en una rutina que se repitiera todas las semanas.

Pero, tan solo una semana más tarde, las cosas habían cambiado por completo. Marcos dijo que le dolía el estómago para excusarse, y eso mismo fue lo que dije yo una semana más tarde, cuando él ya no estaba. Ahora sería poco creíble que cualquiera de los dos volviera a inventarse algo parecido, pero la idea de tener que pasar dos horas en el sofá junto a él sin poder tocarlo cuando eso es lo que más querría en el mundo me parece una tortura.

Página 17

No digo gran cosa durante el resto de la cena, distraído con mis propios pensamientos mientras los demás proponen planes para hacer en familia durante el puente. Cuando terminamos, Natalia y yo nos encargamos de recoger, tal como hemos estado haciendo estos últimos días. No hemos hablado demasiado, pero sí que intercambiamos algunas palabras de vez en cuando. De algún modo, eso ayuda a mitigar un poco la ausencia de Marcos.

—¿Estás contento? —me pregunta de repente mientras tira los restos a la basura y yo voy metiendo los platos en el lavavajillas.

Pestañeo un par de veces, sorprendido.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Por la vuelta de Marcos.

Una punzada de pánico me atraviesa el estómago. Es imposible que sepa lo que había entre nosotros, ¿verdad? Por si acaso, decido optar por disimular.

—¿A qué te refieres?

—Venga ya, Fran. Yo también lo echo de menos. Trago saliva. ¿Tan evidente he sido o qué? —¿Quién ha dicho que lo eche de menos?

Ella me mira y levanta una ceja antes de seguir con lo suyo.

—Vamos a ver, que os volvisteis inseparables durante el viaje. Y a la

vuelta estabais todo el día juntos, yendo al cine y de todo. Es normal que

estés triste porque se haya ido.

—Ya, bueno. Supongo.

Ya ha terminado de tirar los restos a la basura, pero me mira fijamente en vez de marcharse. Yo disimulo mientras sigo metiéndolo todo en el lavavajillas.

—Os habéis peleado, ¿verdad? —me pregunta, sorprendiéndome una vez más con su perspicacia.

—¿Por qué lo dices?

—Estabais muy raros antes de que se fuera. Pensé que habíais discutido, y como después se fue tan de repente…

—Ya, bueno. —Me encojo de hombros, tratando de encontrar la mejor forma de poner fin a la conversación—. Mira, no quiero ser borde ni nada, ¿pero te importa si dejamos el tema?

Me parece ver un atisbo de dolor en su rostro, pero entonces se recompone y se aparta el largo pelo castaño de la cara.

Página 18

—Claro. No te preocupes.

—Gracias.

Ella sonríe levemente y se dirige a la puerta mientras yo abro el armario bajo el fregadero para sacar las pastillas del lavavajillas, pero entonces veo por el rabillo del ojo que se detiene.

—Oye, Fran.

—Dime.

—¿Quieres un abrazo?

Tardo unos instantes en responder mientras meto la pastilla en su compartimento y pongo en marcha el lavavajillas. Siento un nudo en la garganta, pero me esfuerzo por tragármelo.

—Vale.

Entonces, se acerca a mí y me rodea con los brazos. No es la primera vez que nos abrazamos, pero sí que es la primera vez que lo hacemos estando los dos solos… es decir, sin Marcos. Y, aunque desde que la conozco siempre la he considerado un poco cría y tampoco tengo con ella la confianza suficiente como para hablar de estas cosas, ahora mismo me siento inmensamente agradecido por el gesto.

—No te preocupes —me dice con voz animada cuando nos separamos

—. Sea lo que sea, seguro que lo solucionáis.

No tengo fuerzas para contestar y el nudo de mi garganta no ha llegado

a desaparecer del todo, así que asiento con la cabeza y trato de forzar una sonrisa hasta que se marcha. Entonces voy al salón para despedirme de mi madre y Antonio, que están viendo algo en la tele. Vuelvo a utilizar la excusa de que quiero irme a dormir temprano, aunque hace diez días que eso no ocurre, por mucho sueño que tenga.

Una vez en mi habitación después de pasar por el baño, me meto en la cama y me abrazo a la almohada, dejando que me invada el olor de Marcos. Pero, por supuesto, sé que no voy a poder dormir. La noticia de su regreso no hace más que dar vueltats por mi mente una y otra vez.

Va a estar aquí casi una semana entera; desde el viernes por la tarde hasta supongo que el jueves por la tarde o por la noche, que será cuando vuelva a casa de sus tíos. Trago saliva. Sé que no puedo hacerme ilusiones; Antonio ya ha dicho que solo va a venir por el puente. Sin embargo, vamos a volver a estar bajo el mismo techo. Volverá a ser el chico de la habitación de al lado. Durante seis noches, volveremos a dormir pared con pared.

Página 19

Muy a mi pesar, esa chispa de esperanza vuelve a encenderse tímidamente en mi interior. Al fin y al cabo, así fue como empezó a surgir eso que había entre nosotros: con la convivencia, el roce, el contacto continuado. Y también estaba la innegable influencia de nuestras hormonas, claro. Pero lo que empezó como un desahogo sexual acabó creciendo de una forma que ninguno de los dos habríamos podido imaginar, hasta convertirse en algo a lo que no soy capaz de renunciar.

¿Y si todavía hay una posibilidad de que podamos retomar lo que había entre nosotros? ¿Y si estos días volviendo a vivir juntos sirven para que Marcos se replantee su decisión, para que decida regresar a casa de forma definitiva, para que le dé otra oportunidad a lo nuestro? Me da miedo pensarlo porque sé que, si no pasa, la hostia será aún mayor. Sin embargo, esa esperanza no parece estar dispuesta a desaparecer por mucho que trate de ignorarla.

Suelto un suspiro. No sé lo que pasará estos días, pero hay una cosa que está clara: mañana volveremos a vernos.

Y no sé si eso es bueno o malo.

Página 20

4.

DECIR QUE ESTOY NERVIOSO SERÍA EL MAYOR EUFEMISMO DE LA HISTORIA. DESPUÉS DE UNA NOCHE SIN APENAS SER CAPAZ DE DORMIR, ME HE DESPERTADO

HISTÉRICO Y DE LOS NERVIOS, y así he continuado durante toda la mañana mientras soportaba pacientemente las interminables horas de clases en la facultad. Pero, por fin, ya ha llegado el momento de marcharnos.

Antes de que terminara la última hora, le pedí a Álex que nos fuéramos a comer los dos solos en lugar de quedarnos con nuestros amigos de la facultad, tal como tenemos costumbre de hacer los viernes. Ella no ha puesto ninguna objeción; después de todo, llevo toda la mañana rarísimo y me he negado a soltar prenda. Sabía que, si le contaba lo que había pasado, correría el peligro de desmoronarme, de que se derrumbara esa fachada protectora que tengo que levantar todas las mañanas para ser capaz de ir a clase. Y ella es mi mejor amiga, así que lo ha comprendido sin hacer demasiadas preguntas.

Al menos, hasta ahora.

—¿Me lo vas a contar ya o qué? —me pregunta mientras nos alejamos de la facultad.

Miro a mi alrededor para asegurarnos de que no haya nadie cerca que puedo oírnos, y entonces suelto un suspiro antes de responder. Sé que no puedo seguir retrasándolo, y también sé que necesito contárselo.

—Hoy va a volver Marcos a casa —digo sin rodeos, y ella se queda con los ojos como platos, claramente impactada. Abre la boca para decir

Página 21

algo, pero yo continúo hablando antes de que pueda hacerlo—. Temporalmente. Solo va a quedarse durante el puente porque sus tíos ya tenían planes y tal, pero después se volverá a marchar con ellos.

—Joder —dice, y entonces se queda unos segundos en silencio, como procesando la información—. ¿Cómo estás?

—¿Sinceramente? No lo sé, la verdad. Es raro.

—Uf, normal. ¿Qué vas a hacer?

—¿Qué quieres que haga? —Me encojo de hombros—. Sabes que yo no tengo ni voz ni voto en todo esto.

—Ya, eso está claro. Pero… ¿qué vas a hacer con él?

Yo también he estado preguntándome eso a mí mismo desde ayer. ¿Qué voy a hacer? ¿Cómo va a actuar Marcos? No va a volver a casa por mí; eso lo tengo claro. Ni siquiera ha sido su decisión. Tan solo vuelve por el puente, nada más; su propio padre lo ha dicho. Y, aun así…

—Voy a intentar hablar con él. Ya han pasado casi dos semanas. — Concretamente, doce días, pero no quiero ser tan patético como para darle la cifra exacta—. He tenido mucho tiempo para pensar, y seguro que él también. Cuando hablamos ese día estábamos los dos muy nerviosos, pero a lo mejor ahora podemos hablar más tranquilos. A lo mejor ahora podemos arreglarlo.

Es una esperanza absurda, pero ahí está de todos modos, muy a mi pesar.

—Bueno… Quién sabe.

No lo dice, pero lo capto en su tono: esa esperanza que albergo es absurda, y yo mismo soy consciente de ello.

En lugar de ir al restaurante italiano al que solemos ir con nuestros compañeros de clase, optamos por una hamburguesería barata. Mejor: así, tendremos que esperar menos para que nos sirvan la comida, y también tardaremos menos en comérnosla. Y, de ese modo, podré volver antes a casa. Llevo todo el día deseando hacerlo, deseando volver a ver a Marcos, pero sería un amigo de mierda si dejara tirada a Álex para ir a ver al chico que cortó conmigo y ni siquiera ha dado muestras de tener algún interés por verme o hablar conmigo en doce días. Bastante mal me siento ya por haber huido de los demás otra vez, pero sé que no sería capaz de enfrentarme a todos al mismo tiempo.

Lo bueno de Álex es que valora el silencio tanto como yo. No tiene miedo a sus pensamientos, no necesita llenar cada segundo de una

Página 22

cháchara interminable, no se siente incómoda cuando estamos juntos sin hablar. Ahora mismo, lo único que necesito es su compañía, nada más, y ella está dispuesta a darme exactamente eso. Así pues, comemos los dos en silencio, compartiendo el momento.

—Por cierto —dice al cabo de un rato, cuando ya nos estamos tomando los helados baratos que hemos pedido de postre—. Estos están bastante preocupados.

Hago una mueca; no necesito que me aclare a quiénes se refiere: The Girls & the Gays, nuestros compañeros de clase más cercanos, los mismos con los que solemos ir a comer los viernes después de clase. No son tan íntimos como Álex, pero siguen siendo muy buenos amigos, y soy consciente de que últimamente no me he portado muy bien con ellos. Las semanas previas a la boda estuve bastante amargado por el tema y por la mudanza, y después del viaje, estaba demasiado obsesionado con Marcos como para hacer mucho caso a la conversación cada vez que estaba con ellos.

La semana pasada no me presenté a la comida, aunque le dije a Álex que se fuera con ellos. Por un lado, porque me sentía mal si se quedaba sin comer con ellos por mi culpa. Y, por otro, porque prefería estar solo, así que aproveché para dar vueltas por ahí, escuchando música antes de volver a casa. No me di cuenta de que no había comido siquiera hasta que llegó la hora de la cena, pero incluso entonces me costó probar bocado. Todavía estaba todo demasiado reciente, aunque últimamente he vuelto a recuperar un poco el apetito.

—Hablaré con ellos —digo al fin.

—¿Seguro?

—Te lo prometo.

—Así me gusta —responde, y me dirige una enorme sonrisa antes de terminarse el helado.

Yo no tardo en terminármelo también, y entonces recogemos las bandejas para marcharnos. Álex sabe que estoy deseando llegar a casa, así que vamos directamente a la estación de metro. Una vez allí, nos despedimos con un abrazo antes de ir cada uno a nuestro andén.

—Buena suerte —susurra junto a mi oído, apretándome con fuerza.

—Gracias.

Durante el trayecto, me dedico a ver stories en Instagram, y uno de ellos me llama la atención. Es de Darío, mi cantante favorito. Según

Página 23

cuenta, unos amigos suyos van a estrenar una obra de teatro de temática LGBTIQ+ a mediados de enero, y él se ha encargado de componer la música y la canción principal. Va a hacer una pequeña actuación el día del estreno, y está sorteando entradas con Meet & Greet incluido para conocerlos a él y al resto del equipo. Para participar solo hay que dejar un comentario en una publicación mencionando a alguien, así que escribo varios comentarios mencionando a Álex, Vero y un par de amigos del grupo. Ya hay más de cien participantes en apenas una hora y sé que es imposible que me toque, pero la esperanza es lo último que se pierde.

Por desgracia, la distracción no dura demasiado. Enseguida, el pensamiento de que estoy muy cerca de volver a ver a Marcos comienza a dar vueltas por mi mente otra vez. ¿Cómo va a ser el momento? ¿Incómodo, doloroso, tal vez alegre? ¿Me ignorará como si todo lo que pasó entre nosotros jamás hubiera ocurrido? ¿Me saludará como si nada? Y, si lo hace, ¿será con un simple «hola», o tal vez me dará un abrazo? ¿Y cómo reaccionaré yo si realmente me abrazara? ¿Seré capaz de aguantar sin lanzarme a sus labios, o incluso sin romper a llorar?

No quiero hacerme ilusiones, no quiero alimentar esa esperanza, pero, mientras camino hacia casa después de salir del metro, no puedo evitar pensarlo… ¿y si ha cambiado de opinión? ¿Y si estas semanas lejos le han servido para pensárselo mejor, y si volver a estar en casa hace que quiera que todo vuelva a ser como antes?

Pero no. Mientras subo en el ascensor me recuerdo que no puedo permitirme tener esperanzas, porque, si lo hago, el inevitable golpe será todavía más fuerte.

Las puertas se abren y salgo del ascensor, pero no avanzo. Me doy cuenta de que tengo el corazón acelerado, así que respiro hondo unas cuantas veces para tratar de tranquilizarme un poco.

Entonces, saco las llaves para abrir la puerta y trago saliva, preparándome para lo que voy a encontrarme al otro lado.

Preparándome para volver a ver a Marcos.

Página 24

5.

POR SUERTE O POR DESGRACIA, O TAL VEZ AMBAS COSAS A LA VEZ, MARCOS NO ESTÁ EN EL SALÓN CUANDO ENTRO.

Antonio y mi madre están viendo algo en el sofá, mientras que Natalia está tirada en el suelo haciendo los deberes, tal como suele hacer. Los tres levantan la mirada al verme.

—¡Hola, cariño! —me saluda mi madre—. Qué pronto has vuelto hoy. —Sí, es que estaba cansado —respondo; ya había pensado la excusa de antemano. Pero necesito saber si Marcos ha llegado ya a casa, aunque no quiero levantar sospechas—. ¿Qué tal la comida? —pregunto para probar

suerte.

—Pescado hervido —dice Natalia con una mueca—. Te has librado.

—El pescado hervido está rico —replico entre risas.

—Ya, bueno. Menuda forma de recibir a Marcos.

Bingo. Está en casa.

—Tu hermano decidió irse por voluntad propia —le recuerda su padre

—. No vamos a hacerle una fiesta solo porque haya tenido que volver. Pero estoy empezando a conocerlo, y es evidente por su expresión que

le hace feliz volver a tener a su hijo en casa. Siento una punzada de culpa; a fin de cuentas, he sido yo quien le ha arrebatado eso. Aunque él no lo sabe, claro. Y menos mal.

—Hoy cenas aquí, ¿verdad? —me pregunta mi madre.

—Sí. ¿Por?

Página 25

—Hemos pensado que podríamos hacer noche en familia viendo una película. ¿Qué te parece?

—¿No era los sábados?

—Sí, pero llevamos mucho tiempo sin estar todos juntos en casa — dice ella—. Así recuperamos el tiempo perdido.

Trago saliva. Ya había dado por hecho que el momento de la cena iba a ser muy incómodo entre Marcos y yo, pero si encima vamos a tener que ver una película juntos, los dos en el sofá… Sin embargo, mi madre y Antonio parecen tan contentos que no puedo fastidiárselo. No después de haber sido yo quien ha separado a la familia.

—Vale —respondo, tratando de fingir una sonrisa—. Genial.

Y, sin más, me dirijo hacia mi habitación. Me detengo brevemente al llegar al pasillo, desde donde veo que la puerta de Marcos está cerrada. Antes casi nunca la cerraba. Trago saliva, preguntándome qué hacer. ¿Debería llamar a la puerta? ¿O tal vez sería mejor esperar a ver si es él quien quiere ir a hablar conmigo? Sé que lo más racional sería lo segundo, pero no puedo evitarlo: tengo demasiadas ganas de verlo, de volver a oírlo. Y, antes de poder pararme siquiera a pensármelo mejor, ya estoy llamando a su puerta.

—¿Sí?

Su voz amortiguada desde dentro me provoca un escalofrío. Es la primera vez que escucho esa voz desde hace doce días, al menos en persona. Tenía unos pocos audios suyos en el móvil, así que los he estado escuchando en bucle desde que se fue, una pequeña cosa más a la que aferrarme en su ausencia. Patético, ya lo sé.

—Soy yo —respondo. Transcurre un largo momento, pero no dice nada—. ¿Puedo pasar?

Hay otro prolongado silencio, y estoy empezando a pensar que me está ignorando cuando de repente…

—Pasa.

El corazón me late con fuerza mientras abro la puerta y entro en la habitación. Ayer mismo estuve aquí dentro, pero hoy todo parece diferente. Hay una maleta en el suelo, y las puertas del armario están abiertas de par en par. Y, sobre todo, está Marcos.

Verlo hace que me tiemble el corazón dentro del pecho. Esos ojos castaños observándome con curiosidad, esos rizos que tanto anhelo

Página 26

acariciar. Me doy cuenta de que ahora tiene algo más de barba que antes; está un poco dejado. Pero sigue siendo Marcos. Mi Marcos.

Solo que ya no es mi Marcos.

Noto una sensación extraña en el estómago, y el impulso de abalanzarme hacia él y rodearlo con los brazos casi es demasiado fuerte como para poder controlarlo. Pero, de alguna manera, consigo hacerlo.

—Ey —digo con voz débil.

—Ey.

El silencio se extiende entre nosotros, pero no es de esos silencios agradables que compartíamos de vez en cuando antes de que se marchara. Este es un silencio tenso, lleno de sentimientos reprimidos y cosas sin decir.

—¿Cómo estás? —pregunto cuando ya no soy capaz de seguir soportándolo más.

Se encoge de hombros.

—Bien. ¿Y tú?

—Bien —miento.

Otro silencio incómodo. Los dos desviamos la mirada; es evidente que ninguno de los dos soportamos seguir mirándonos. ¿De verdad es posible que hace poco más de dos semanas no pudiéramos aguantar sin comernos a besos? ¿De verdad ha olvidado todo lo que hemos compartido?

—¿Querías algo, o…? —comienza, aunque deja la pregunta inconclusa.

—Sí, bueno. Era para ver si podíamos hablar.

—¿De qué?

—A ver, ya sabes —respondo, bajando la voz—. De lo del otro día.

Marcos suelta un suspiro. —Fran, eso ya lo hemos hablado. —Entonces, ¿no has cambiado de opinión?

Me da la impresión de que titubea durante unos segundos antes de responder. Pero, cuando lo hace, su voz suena firme.

—No.

La palabra es como un bofetón, pero no me rindo.

—¿No podemos hablarlo?

—Fran, por favor. No me lo pongas… no nos lo pongas más difícil. Ya te dije lo que pensaba.

Página 27

—¿Y qué hay de lo que pienso yo? —pregunto, con unas lágrimas traicioneras en los ojos que no soy capaz de contener—. ¿Es que eso no importa o qué?

Entones me mira, y puedo ver en su expresión que no le gusta verme así. Eso tiene que ser bueno, ¿verdad?

—Claro que importa —susurra—. Pero no tenemos otra opción. Ya te dije que pensaba que esto era lo mejor, y lo sigo pensando. Y sé que en el fondo tú también lo sabes.

Pero no, yo no puedo pensar eso. Me niego a pensarlo. Y, a pesar de ello, él ya ha tomado su decisión.

—Entonces, ya no hay más que hablar, ¿verdad?

Aparta la mirada durante unos instantes, pensativo. Pero, cuando vuelve a mirarme a los ojos, su mirada es firme.

—No —responde, y esa única palabra es como una puñalada en las tripas.

—Está bien. —Las lágrimas están amenazando con desbordarse de mis ojos, así que me doy la vuelta para marcharme; lo último que quiero hacer es ponerme a llorar delante de él—. Pues adiós.

—¿Fran? —me llama antes de que pueda salir por la puerta.

Me detengo y esa minúscula chispa de esperanza vuelve a encenderse, pero no lo miro.

—¿Sí?

—Solo quería que supieras… que lo siento. De verdad que lo siento.

La esperanza muere por completo.

Sin decir palabra, salgo por la puerta y la cierro detrás de mí. Por suerte, no hay nadie en el pasillo que pueda verme, de modo que me apresuro a encerrarme en mi habitación y echar el pestillo; no quiero que entre nadie sin que me dé cuenta. Me meto en la cama y me abrazo a la almohada, sintiéndome invadido al instante por su olor. Al principio hay silencio al otro lado de la pared, pero entonces vuelvo a oír los ruiditos que indican que ha continuado con lo que estaba haciendo.

Y así, con Marcos a apenas unos metros de distancia pero completamente inalcanzable, rodeado por su aroma y con sus sábanas como lo único que puedo tener de él, rompo a llorar.

Página 28

6.

CUANDO ME CALMO LO SUFICIENTE COMO PARA PODER VER LA PANTALLA DEL MÓVIL EN CONDICIONES, DECIDO MANDARLE UN MENSAJE A VERO, MI PRIMA. ENTRE UNAS COSAS Y OTRAS, APENAS HABÍA TENIDO OCASIÓN DE HABLAR con

ella en las semanas posteriores a la boda, pero me ha ayudado mucho con todo lo que está pasando. Si le sorprendió que le contara lo que había pasado entre Marcos y yo, no lo demostró. Y, al fin y al cabo, ella misma me lo había dicho el día de la boda: él era exactamente mi tipo de chico. Por mucho que yo me hubiera negado a verlo entonces, hay cosas que son innegables. Y, conforme lo fui conociendo mejor, resultó que Marcos era mucho más que simplemente «mi tipo».

Aunque, teniendo en cuenta cómo ha terminado todo, casi preferiría que no hubiera sido así.

Vero

Andas por aquí?

Sí, dime

Estás bien?

Sí, tranquila

Todo bien

No podría ser menos cierto, pero bueno.

Página 29

Es por Marcos

Qué ha pasado?

Te ha hablado?

Él por voluntad propia, no

Pero ha vuelto a casa

Solo por el puente

Joder

Cómo estás?

Hago una mueca. Es exactamente la misma pregunta que me hizo Álex y, una vez más, no sé cómo responder. Después de haberme quedado sin lágrimas, siento una especie de vacío por dentro que no sé muy bien cómo explicar. Es demasiado difícil expresarlo con palabras.

No lo sé, la verdad.

El caso es que he hablado con él

De lo vuestro?

Sí, bueno

Se ve que "lo nuestro" ya no existe

Me cuesta obligarme a decirlo, pero tal vez verlo escrito en la pantalla me sirva para aceptar un poco mejor la realidad. No sé si es así, pero lo que sí sé es que me resulta demasiado doloroso.

En serio?

Le he preguntado si ha cambiado de opinión y me ha dicho que no

Joder…

Lo siento muchísimo, Fran

Y sabes qué es lo peor?

Que yo sé que me quería, joder

Página 30

Que supuestamente descubrió su sexualidad conmigo, no me jodas

Y sinceramente, no creo que haya dejado de quererme en menos de dos semanas

Y no crees que sigue habiendo alguna posibilidad?

Son muchos días, a lo mejor si volvéis a hablar…

Ni de coña, me lo ha dejado clarísimo

Está empeñado en no hacer nada que ponga en peligro a la familia.

Durante estas dos últimas semanas, ya le he contado a Vero lo que me dijo Marcos aquel día. Le conté que su madre había muerto cuando él era adolescente, que su padre se había pasado años sin levantar cabeza. Que lo único que le hizo salir del pozo fue conocer a mi madre, y que nuestra nueva familia significaba el mundo entero para él. Y Marcos no pensaba permitir que nada pusiera en peligro la felicidad que tanto le había costado conseguir a su padre, aunque eso significara renunciar a su propia felicidad. Supongo que, en cierto sentido, eso lo honra.

Lástima que también tenga que joderme la vida a mí en el proceso, y todo por no querer buscar una solución.

Vaya mierda… es muy injusto

Qué me vas a contar…

De verdad que lo siento, Fran

No te lo mereces

Lo peor es que ahora me esperan cinco o seis días con él en casa

Y encima hoy toca la puta noche familiar viendo una película, para empezar con buen pie

Ojalá me caiga un puto meteorito en la cabeza

Observo la pantalla, esperando su respuesta. Frunzo el ceño al ver que está escribiendo y dejando de escribir, como si se estuviera replanteando lo que me va a decir, o tal vez borrándolo todo para empezar de nuevo. Aguardo hasta que su mensaje aparece al fin.

Oye, y si te vienes aquí durante el puente?

Página 31

Parpadeo un par de veces mientras vuelvo a leerlo, para asegurarme de que no lo he entendido mal. No me esperaba la propuesta, pero la verdad es que me vendría de maravilla.

En serio?

Claro! Hace mucho que no vienes

Además, mi padre va a estar fuera, así que no podrá darnos el coñazo

Podrías quedarte hasta el jueves si quieres.

Pues sinceramente… me encantaría

Te parece si te vienes mañana?

Después de comer o algo?

Pero a ver, espera

Tendrás que preguntárselo a tu madre primero, no?

Y yo también tengo que preguntar en casa

No sé si les hará mucha gracia que me vaya ahora que ha vuelto Marcos, la verdad

A ver, por mi madre no habrá problema

Ya sabes que te adora

Si quieres, le pregunto cuando vuelva a casa y te digo, vale?

Genial

Muchas gracias

De nada

Ánimo, vale?

Te quiero mucho

Y yo a ti

Dejo el móvil junto a la almohada con una leve sonrisa, mucho más animado que hace apenas un rato. Si hace solo unas horas me hubieran

Página 32

dicho que estaría deseando alejarme de Marcos, lo más probable es que no me lo hubiera creído, pero así son las cosas. Me lo ha dejado todo muy claro, y sé que no hay nada que pueda hacer para que cambie de opinión, al menos por el momento. Dadas las circunstancias, cualquier contacto entre nosotros va a ser forzado e incómodo y, sinceramente, preferiría poder ahorrármelo. Lo único que me va a doler más que estar lejos de él es tener que verlo todos los días y no poder besarlo ni abrazarlo, así que lo mejor será que me vaya hasta que sea él quien se marche.

Aunque me rompa tener que hacerlo.

Página 33

7.

LA TARDE TERMINA MÁS RÁPIDO DE LO QUE ME HUBIERA GUSTADO, Y ENTONCES LLEGA EL MOMENTO QUE TANTO TEMÍA: LA CENA. O, COMO MI MADRE LO LLAMA, LA NOCHE EN FAMILIA. EN SU DÍA, ME HABÍA GUSTADO la idea: pedir pizzas

para cenar viendo una película todos juntos y, en mi caso, muy cerca de Marcos, los dos en el mismo sofá, tal vez hasta tapados con una manta. Pero, ahora, la idea de tener que hacerlo no podría resultarme más horrible.

Natalia pasa por mi habitación para asegurarse de la pizza que quiero, la barbacoa de siempre, y para preguntarme si me parece bien la película que han elegido, aunque olvido el título en cuanto me lo dice. Después, me quedo mirando Instagram hasta que oigo el timbre que indica que han llegado las pizzas. Con un suspiro, me pongo en pie y salgo de mi cuarto.

Antonio está en la puerta de entrada, esperando a que suba el repartidor. Paso junto a él y entro en el salón, donde ya están todos preparados. Natalia y mi madre se encuentran en el sofá que ocupan siempre con Antonio, mientras que Marcos está en el pequeño, donde siempre nos sentábamos. Me echa un vistazo cuando entro, pero enseguida aparta la mirada y tengo que contener las ganas de poner los ojos en blanco. Va a ser una noche divertida.

Procurando no mirarlo, me dirijo hacia el sofá y me siento todo lo lejos que puedo de él. Hay una botella de Coca-Cola con dos vasos, así que cojo uno de ellos, lo lleno hasta arriba y me lo bebo del tirón. Cuando Antonio

Página 34

vuelve con las pizzas, deja primero una caja delante de nosotros y después se va al otro sofá. Casi lo olvidaba: Marcos y yo vamos a tener que compartir una pizza por mitades. Con un poco de suerte, tal vez sea capaz de hacerlo sin tener que mirarlo ni una sola vez.

La película comienza, aunque lo único que recuerdo de lo que me ha contado Natalia es que es de acción. No es mi género favorito precisamente, pero en fin, supongo que me vendrá bien para desconectar el cerebro un poco. Trato de concentrarme en la pantalla mientras voy cogiendo los trozos de pizza uno a uno, comiéndomelos mientras procuro no mirar a Marcos, tratando de ignorar sus movimientos en mi visión periférica y la mano que aparece de forma esporádica sobre la caja de la pizza o la botella de Coca-Cola.

Tan solo me queda un trozo de pizza cuando siento una vibración en el bolsillo, y después otra más un segundo más tarde. La película me está resultando soporífera y ni siquiera sé quiénes son ninguno de los personajes, así que me apresuro a sacar el móvil, agradecido por la distracción. Cuando miro la pantalla, veo que he recibido dos mensajes de Alejo.

Eyyyy

Como vas tio?

Esbozo una sonrisa al leer su mensaje. Aunque no he estado con ánimos para quedar con nadie desde que Marcos me dejó, y por tanto hace varias semanas que no veo a mi mejor amigo, él siempre se acuerda de preguntarme cómo estoy.

Bueno, ahí vamos

Tirando y tal

Tú cómo estás?

Bueno, bien

Igual que siempre

Me alegro :)

Con ganas de puente?

Joder ya te digo

Página 35

Te apetece que nos veamos un dia de estos?

Se te echa de menos

Pongo los ojos en blanco al leer su mensaje, aunque con una sonrisa. ¿Por qué parece que los tíos heteros piensan que van a perder su masculinidad o algo así si muestran directamente sus sentimientos? ¿Por qué no pueden decir directamente las cosas y siempre tienen que darle la vuelta a la frase para que no parezca que están diciendo lo que están diciendo? En lugar de «te echo de menos», «se te echa de menos». En lugar de «te quiero», «se te quiere». Pero en fin, así es Alejo. Sé que me quiere, tanto como yo lo quiero a él, aunque nunca sea capaz de decirlo directamente. Y, por supuesto, yo también lo echo de menos.

Pues a ver, la cosa es que a lo mejor mañana me voy a casa de Vero a pasar el puente, pero podemos mirarlo para un día de estos

A casa de Vero?

Pero no decías que iba a volver Marcos?

Ya, bueno

He hablado con él, pero digamos que no ha salido bien

Prefiero alejarme un poco y tal

Joder lo siento

Quieres hablar?

Me encantaría poder hacerlo, pero sé que ahora no es el mejor momento para ponerme a hablar de Marcos cuando lo tengo a apenas unos centímetros de distancia. Lo último que me apetece en este momento es acabar llorando en mitad del salón, con toda la familia presente.

Mejor no… prefiero contarte en persona, vale?

Vale

Si quieres que hablemos con Álex para vernos un día los tres…

No puedo evitar sonreír ante la mención a mi mejor amiga, la chica de la que Alejo está claramente enamorado desde hace ya tiempo. Siempre busca cualquier excusa para verla, pero al mismo tiempo es absolutamente

Página 36

incapaz de dar el paso con ella. Y, aunque Álex no ha mencionado nada al respecto y se le da mucho mejor ocultar sus sentimientos, algo me dice que no lo rechazaría si él se atreviera a ir más allá. Pero ninguno de los dos va a hacer nada si no les doy un buen empujón primero, así que me parece que voy a tener que acabar interviniendo tarde o temprano.

Estaría genial

Lo hablamos estos días, vale?

Va

Y oye…

Mucho ánimo, vale?

Se te quiere

Se me escapa una carcajada sin poder evitarlo ante ese último mensaje. Por el rabillo del ojo veo que Marcos gira la cabeza hacia mí, pero no levanto la mirada de la pantalla. Continúo escribiendo, con los ojos clavados en el móvil, hasta que vuelve a dirigir la mirada a la tele. Para entonces, han empezado a arderme un poco las mejillas.

Yo también te quiero

Y te prometo que no se te va a caer la polla si me lo dices directamente alguna vez 

No tengo ni idea de lo que está pasando en la película, así que continúo hablando con Alejo de cosas intrascendentes mientras espero con paciencia a que termine. Ya que estoy, aprovecho para mandar un mensaje también por el grupo de amigos de la facultad, para disculparme por haberme escaqueado de la comida una semana más. Les explico que no estoy muy bien últimamente, pero que tengo ganas de que volvamos a hacer cosas juntos. Por suerte, se muestran comprensivos.

Cuando por fin termina la película, ya estoy medio adormilado, pero me apresuro a ponerme en pie. Antes de que Marcos se fuera, normalmente recogíamos las cosas de las comidas los dos juntos, pero hoy prefiero ahorrármelo.

Página 37

—Me voy a la cama —anuncio, fingiendo un bostezo mientras voy hacia la puerta—. Estoy que me caigo.

—Buenas noches, cariño —responde mi madre.

—Descansa —añaden Natalia y su padre al unísono.

—Buenas noches —masculla Marcos, con la voz apenas audible.

—Buenas noches.

Por suerte, consigo pasar por el baño y entrar en mi habitación sin tener que cruzarme con él. Cuando me meto en la cama y me veo invadido por su aroma, mi primer impulso es volver a levantarme para quitar las sábanas. Después de todo, Marcos ya me ha dejado claro que no quiere nada conmigo, ¿no? Sé que no tiene sentido que trate de aferrarme a la esperanza, pero una parte de mí insiste en que todavía necesita tiempo, en que tal vez acabe cambiando de opinión. Así pues, me quedo donde estoy y me abrazo a la almohada con fuerza, permitiendo que su olor me inunde por completo.

Quince o veinte minutos más tarde, todavía no he conseguido dormirme cuando oigo el sonido amortiguando del colchón cediendo bajo su peso al otro lado de la pared. Está en la cama, al igual que yo, y una sensación agridulce se revuelve en mi estómago al imaginármelo allí tumbado. Se encuentra en la cama donde lo sentía dentro de mí, la misma cama donde me dijo por primera vez que me quería, donde tantas veces nos hemos besado. ¿Se acordará él también de esos momentos?

Sea como sea, ahora parece que esta simple pared que nos separa fuera una barrera infranqueable entre los dos.

No tardo en darme cuenta de que me va a costar mucho dormir esta noche. En general, abrazarme a la almohada mientras su olor me envolvía me servía para calmarme, para engañar a mi cerebro y hacerle creer que estaba con él hasta que llegara el sueño. Pero ahora soy demasiado consciente de la realidad, de que Marcos se encuentra al otro lado; el Marcos de verdad, no el de mi imaginación. Recuerdo que él nunca tardaba más de unos minutos en quedarse dormido, así que me pregunto si oírlo me ayudará con el autoengaño, si será una capa más en la fantasía que me acompaña todas las noches.

Pero, para mi sorpresa, el tiempo pasa y los ronquidos no llegan. Por el contrario, cada pocos minutos oigo el sonido de su colchón cuando Marcos se mueve, y no me cuesta demasiado adivinar lo que pasa: está dando vueltas en la cama. Cuando miro el móvil, compruebo que ya ha

Página 38

transcurrido casi una hora desde que se acostó. Eso no es nada propio de él, jamás tarda tanto en quedarse dormido.

Está claro que no soy el único con problemas para conciliar el sueño esta noche.

Página 39

8.

DE PRONTO, SUENAN UNOS GOLPES EN MI PUERTA QUE ME DESPIERTAN AL INSTANTE. PARPADEO UN PAR DE VECES, CONFUSO. NADIE LLAMA A MI PUERTA POR LA NOCHE. DE HECHO, NADIE VIENE SIQUIERA A MI habitación por la

noche, no desde que Marcos se marchó. Y eso significa que solo puede ser él. La cuestión es… ¿por qué ha venido?

—¿Sí? —susurro, con el corazón desbocado.

Oigo que la puerta se abre de forma casi imperceptible.

—Soy yo —responde Marcos, y ahora que tengo la confirmación, el corazón me da un vuelco. No sé qué hora será, pero tiene que ser tardísimo. ¿Qué está haciendo aquí ahora?

—¿Qué pasa?

—¿Podemos hablar?

El corazón se me acelera todavía más si cabe. Solo puede haber una razón por la que haya decidido venir a hablar conmigo de madrugada, ¿verdad? La chispa de esperanza vuelve a cobrar vida con fuerza en mi interior.

—Claro.

Entonces, dobla la esquina y puedo ver su silueta, prácticamente fundida por completo con la oscuridad de la habitación. Hacía mucho tiempo que no entraba aquí, pero me siento como si este hubiera sido siempre su lugar, como si nunca debiera haberse marchado. Con naturalidad, se acerca a mi cama y se sienta en el borde, con tanta

Página 40

delicadeza que el colchón ni siquiera se hunde bajo su peso. Me incorporo un poco mientras me mira.

—He estado dándole vueltas a lo que hemos hablado antes. —Por supuesto, tan solo hay una cosa a la que pueda referirse—. Y creo… creo que me lo he pensado mejor.

En este momento, mi corazón se detiene por completo.

—¿En serio? —acierto a susurrar, y él asiente con la cabeza.

—Mira, Fran, pensaba que estaba seguro de mi decisión… pero no puedo seguir así. Es que no puedo. Al estar aquí me he dado cuenta de que te quiero demasiado, de que te echo demasiado de menos como para seguir alejado de ti. De que no quiero seguir alejado de ti.

—¿Entonces…? —comienzo, pero no soy capaz de continuar. —Quiero intentarlo —responde, y es como si mi corazón comenzara a

latir por primera vez en mi vida, como si mis pulmones estuvieran llenándose de aire por primera vez—. Me da igual lo que pase… quiero intentarlo.

Trago saliva, todavía incapaz de creérmelo, mientras unas lágrimas se deslizan por mis mejillas. Esto parece demasiado bonito para ser real, pero está sucediendo. Marcos acerca los dedos para secarme las lágrimas, pero estoy tan concentrado en su mirada que ni siquiera soy capaz de sentirlos contra mi piel.

—¿Estás seguro? —susurro.

—Estoy seguro —responde con firmeza, y me toma la mano entre sus dedos con tanta delicadeza que apenas lo noto.

Se acerca un poco más a mí, y sé muy bien lo que pretende hacer. Su boca se abre ligeramente, y siento esa ráfaga de emoción que ya creía olvidada, esa expectación antes de uno de sus besos. Mis labios cubren al fin la distancia entre los suyos para besarlos, pero lo único que encuentran es el aire. Mi mano se cierra alrededor de la nada; los dedos de Marcos han desaparecido. Me aparto un poco, confuso, y lo miro a los ojos. Sin embargo, ahora puedo ver en la penumbra que son completamente negros, sin iris ni pupilas que pueda distinguir. Su boca se curva en una sonrisa cruel, una que jamás había visto en él.

—No voy a volver contigo jamás —susurra con una voz casi diabólica.

El corazón se me rompe en mil pedazos.

—¿Qué?

—Lo que has oído.

Página 41

—Marcos… —acierto a decir, sintiendo la humedad y el calor de las lágrimas que se deslizan por mi mejilla.

Acerco la mano para tratar de tocarle el brazo, pero él ya no está. Miro a mi alrededor, pero no lo veo por ninguna parte, como si se hubiera desvanecido en el aire.

—¡Marcos!

Entonces es cuando despierto, con el corazón acelerado y el cuerpo cubierto de un sudor frío. Las lágrimas siguen corriendo por mi cara; eso era lo único real.

Ha sido una pesadilla. Otra puta pesadilla. Pensaba que por fin me había librado de ellas, que ya solo me quedaban los sueños bonitos con los que mi mente decidía obsequiarme de vez en cuando. Pero, tal vez por volver a tener a Marcos tan cerca, las pesadillas han regresado. Y después de una noche sin dormir, justo en el momento más inoportuno.

Oigo el sonido del colchón al otro lado de la pared y me pregunto si él seguirá sin poder dormir o si tan solo se está moviendo en sueños. Miro la hora en el móvil y suelto un gruñido al ver que ya son casi las siete de la mañana. No sé a qué hora acabó venciéndome el sueño antes de la pesadilla, pero recuerdo haber mirado el móvil pasadas las tres. Y, para entonces, estoy casi seguro de que Marcos todavía no se había dormido. Al igual que ahora, no había ni rastro de sus ronquidos habituales, y cada pocos minutos podía oírlo dando vueltas en la cama. Cierro los ojos y trato de aferrarme al sueño otra vez, pero vuelvo a pasarme un buen rato incapaz de dormir.

Cuando vuelvo a despertar unas horas más tarde, estoy de mal humor después de la noche de mierda que he pasado. Desbloqueo el móvil, entrecerrando los ojos ante la claridad de la pantalla, y reviso las notificaciones. No actualizo mis redes sociales desde hace semanas, así que no hay nada que ver por allí, pero sí que tengo unos cuantos mensajes. En el grupo que comparto con Álex y Alejo, este ha propuesto que quedemos los tres durante el puente, tal como hablamos ayer, y no puedo evitar sonreír al ver que Álex no tardó ni un minuto en responder. Me

Página 42

apresuro a escribir que me parece bien, pero que tendré que esperar para ver cuáles son los planes con mis primos para estos días.

Los siguientes mensajes son de mis primos. El de Vero no es más que un saludo para preguntarme si ya he hablado con mis padres sobre lo de quedarme en su casa, así que le digo que lo haré a la hora de la comida. Pero lo que me sorprende es el mensaje de Víctor. Aunque siempre nos hemos llevado bien, nunca hemos tenido costumbre de hablar mucho, y por lo general solo nos escribimos para felicitarnos por nuestros cumpleaños, para comentar algo sobre algún juego y poco más.

Hola primo!

Al final vas a venirte este puente?

Está conectado, así que tecleo rápidamente la respuesta.

En principio sí!

Tengo que hablar con mi madre y tal, pero no creo que haya problema

Que guay!

Jajajaja

Tienes ganas de verme o qué?

Pues si jajaj

Miro fijamente el mensaje, sonriendo. Víctor es buen chaval, pero siempre he tenido mucha más relación con su hermana. Me hace ilusión que tenga ganas de verme, la verdad.

Y yo a ti, enano

No parece que vaya a decir nada más, así que me desperezo y me obligo a salir de la cama. Aunque ya son más de las doce del mediodía, sigo estando dormidísimo, así que decido darme una ducha para despejarme.

Apenas llevo un par de minutos bajo el agua caliente cuando oigo unos golpes en la puerta, y el corazón se me acelera.

—¿Sí?

Página 43

—Soy yo —responde la voz de Marcos, con una timidez poco propia de él—. ¿Puedo pasar? Me estoy meando.

Vuelvo a recordar el sueño al instante, ese momento en que me decía que se lo había pensado mejor, pero trato de obligarme a apartarlo de mi mente. Eso jamás pasará, así que tengo que aceptarlo.

Sin embargo, si dice eso es porque él también acaba de levantarse, lo que probablemente significa que debe de haber pasado una noche tan mala como yo, si no peor. Muy a mi pesar, el corazón se me acelera todavía más ante la perspectiva de estar aquí desnudo mientras él entra en el cuarto de baño. Pero sé que tengo que mantenerme firme. Él fue quien dijo que no quería nada conmigo, así que ahora no puede pretender que algunas cosas sigan siendo como antes. Y eso incluye que los dos utilicemos el baño al mismo tiempo.

—No —digo simplemente.

Espero unos segundos para ver si responde, pero no lo hace. Comienzo a sentirme mal al instante, y por un momento me planteo la posibilidad de llamarlo para ver si todavía está allí, pero no lo hago. No puedo ceder ahora. Aun así, que no quiera que entre en el cuarto de baño mientras yo estoy dentro no significa que me guste hacerle sufrir, de modo que, en lugar de darme la ducha larga y relajante que me apetece, termino de aclararme y me apresuro a salir de la ducha. Apenas un par de minutos más tarde, ya estoy seco, vestido y saliendo por la puerta.

Sigo sintiéndome culpable por haberme negado de una forma tan tajante, así que me apresuro a volver a mi habitación para no correr el riesgo de encontrármelo. Cuando lo oigo entrar en el baño, voy corriendo a la cocina para coger un plátano con el que aguantar un par de horas, porque ya es demasiado tarde para desayunar en condiciones. A continuación, vuelvo a mi cuarto y cierro la puerta, dispuesto a no salir de allí hasta la hora de la comida.

Por suerte, hoy todavía no me he cruzado con él, pero todavía falta lo peor: tener que sentarme a su lado mientras comemos en familia. Pero, si todo va bien, esta comida será la última.

Página 44

9.

POCO DESPUÉS DE LAS DOS, NATALIA LLAMA A LA PUERTA DE MI HABITACIÓN.

—¿Fran? Ya va a estar la comida.

—Ya voy, gracias.

Me levanto del puf donde me he pasado la última hora matando zombis, me desperezo una vez más mientras suelto un prolongado bostezo, y me pongo en pie justo cuando oigo a Natalia avisando también a su hermano. Acabo de salir por la puerta cuando oigo abrirse la de Marcos, así que me apresuro a seguirla hasta la cocina sin mirar atrás, muy consciente de los pasos que suenan detrás de mí. En la cocina, Natalia se acerca al fogón y remueve algo con una cuchara; se ve que ha estado ayudando a nuestros padres a preparar la comida.

—Vosotros dos id poniendo la mesa, ¿vale? —nos pide mi madre a Marcos y a mí cuando llegamos.

—Vale —respondemos al unísono, y no puedo evitar enrojecer ligeramente.

Sin hablar ni mirarnos, comenzamos a llevarlo todo al salón. La tensión en el ambiente podría cortarse con un cuchillo, pero si alguno de los demás se da cuenta, no dicen nada. Y, aunque Marcos y yo no nos comunicamos de ninguna manera, por alguna razón es como si fuéramos capaces de compenetrarnos de una forma extraña mientras lo llevamos todo antes de colocarlo sobre la mesa. El corazón comienza a latirme con

Página 45

fuerza, no tanto por estar cerca de él, que también, como por lo que tengo pensado decir dentro de apenas unos minutos.

Cuando ya estamos todos sentados, hago el anuncio al fin:

—Quiero ir a pasar el resto del puente a casa de Vero y Víctor.

Noto que Marcos se pone rígido a mi lado, pero trato de no fijarme en él. En su lugar, miro a mi madre y a Antonio, que parecen sorprendidos.

—¿Y eso? —me pregunta ella, aunque, por suerte no parece triste. Eso facilitará las cosas.

—Me lo ha propuesto Vero —respondo, utilizando la excusa que ya habíamos preparado previamente entre los dos—. Hace mucho tiempo que no podemos estar juntos, entre la mudanza, el viaje y todo eso… Hemos pensado que sería un buen momento para aprovechar.

Ella me mira unos instantes, pensativa. Pero antes de la boda yo siempre pasaba al menos un fin de semana al mes en casa de Vero, y ella solía hacer lo mismo en la mía. A veces, Víctor también se venía. Sin embargo, en el último par de meses tan solo nos hemos visto el día de la boda, así que sé que mi madre no va a negarse, al menos, no del todo.

—¿Y no podrías ir el fin de semana que viene? —sugiere—. Como ahora volvemos a estar todos juntos…

—Es que Vero no está muy bien últimamente —añado; también tenía la excusa preparada—. Problemas de chicos, ya sabes.

—Ay, pobrecilla. —Sigue mirándome, pero desvía la mirada un momento hacia Marcos. Ha tenido que darse cuenta de que no nos hablamos desde que ha llegado, así que tal vez piense que estamos peleados por alguna razón. Supongo que eso debe de jugar a mi favor—. Bueno, está bien. ¿Cuándo te marchas?

—Esta noche… si os parece bien —añado para no ser demasiado tajante—. La tía quería hacer comida mexicana aprovechando que Gollum no está en casa; ya sabes que él odia todo lo que no sea muy español y mucho español.

—Te tengo dicho que no llames así a tu tío —me reprende, pero me doy cuenta de que está tratando de reprimir una sonrisa. Natalia y Marcos se ríen con disimulo, y siento algo extraño en la tripa al oírlo a él.

—Hay que reconocer que es un hombrecillo raro —dice Antonio, dirigiéndome una sonrisa para mostrarme su apoyo—. No entiendo qué pudo ver tu hermana en él, Belén.

—Eso nos gustaría saber a todos —responde ella con un suspiro.

Página 46

—Entonces, ¿puedo ir?

Mi madre se muerde el labio, indecisa.

—No sé yo… ¿No podrías esperar al menos hasta mañana? Así estamos todos en casa un poco más.

—Venga, mujer, deja que se vaya con sus primos —le dice Antonio, sorprendiéndome—. La chica está mal y él quiere estar con ella, es comprensible.

—Bueno… está bien.

—Además, faltan menos de tres semanas para las navidades — continúa él—. Entonces ya podremos estar todos juntos de nuevo.

Marcos y yo nos tensamos de inmediato.

—¿Las navidades? —pregunto.

—Sí, es eso que se celebra todos los años el 24 de diciembre, ¿recuerdas? —se burla Natalia con una sonrisita—. Nos dan vacaciones y he oído que a lo mejor hasta tenemos regalos.

—Ja, ja. Muy graciosa.

—¿Qué pasa en navidades? —pregunta Marcos, que parece tan confuso como yo.

—Pues que vas a volver —dice su padre, como si fuera lo más evidente del mundo—. No vas a pasarte las navidades en casa de tus tíos. Y, de todos modos, ellos ya tienen sus planes y nosotros los nuestros.

—¿Los nuestros? —repito.

—¿Estáis bien? —pregunta Natalia, levantando una ceja—. Hoy parecéis todavía más empanados que de costumbre.

—Nos vamos a ir a la sierra, ¿no os acordáis? —dice mi madre—. A un hotelito rural en la nieve, justo después de Navidad y hasta fin de año. Lo hablamos hace semanas, poco después de volver de Canarias.

Con disimulo, trato de estrujarme el cerebro en busca de aquella información. Es cierto que me suena un poco ahora que lo menciona, pero me cuesta recordar los detalles. ¿Nieve y esquí, puede ser? Teniendo en cuenta que en esa época Marcos y yo nos pasábamos la hora de la comida buscando la forma de enredar nuestras piernas por debajo de la mesa y de rozarnos brazos y manos con disimulo en vez de prestar atención a la conversación, no es de extrañar que a los dos se nos hubiera pasado información importante.

—Ah, claro —dice él a mi lado—. Ya me acuerdo.

Página 47

Sin embargo, algo en su tono me dice que, no solo él también se había olvidado, sino que la idea de volver a irnos de viaje le hace tan poca gracia como a mí.

—Si te parece, podemos llevarte en coche esta tarde —sugiere mi madre—. Así veo a tu tía y a los niños, que entre unas cosas y otras, no nos vemos desde la boda.

Entre tener que comerme una hora en metro cargando con la maleta para llegar y poder ir cómodamente en coche con mis cosas en el maletero, me quedo con lo segundo sin pensármelo, de modo que asiento con la cabeza.

—Me parece genial.

Página 48

10.

ACEPTAR QUE ME LLEVARAN HA SIDO LA PEOR IDEA QUE HE TENIDO EN LA VIDA.

Resulta que mi madre y su hermana han estado hablando por teléfono durante la tarde, así que los planes han cambiado. Como mi tía iba a preparar comida mexicana, se le ha ocurrido la fantástica idea de invitarnos a todos a cenar a su casa. Y, por supuesto, a mi madre y a Antonio les ha encantado la idea, así que ahora vamos a ir todos juntos. Los cinco. Incluido Marcos.

A mí me están grabando.

Por suerte, me las arreglo para ducharme y prepararme sin coincidir con él. Después de lo de esta mañana, tengo la impresión de que me está evitando, aunque supongo que sería más apropiado decir que los dos lo estamos haciendo. Me doy una ducha larga y caliente para tratar de relajarme un poco, y él no llama a la puerta ni una sola vez. De hecho, desde que terminamos de comer, no volvemos a vernos hasta que llega el momento de montarnos todos en el coche.

De inmediato, recuerdo aquella primera vez después de la boda, el primer trayecto en coche que hicimos todos juntos. Fue muy diferente a los que tuvieron lugar más tarde durante el viaje, llenos de una tensión agradable y roces tanto buscados como fortuitos. En esta ocasión, es exactamente igual que el primero, lleno de una incomodidad casi tangible. Estoy completamente pegado a la puerta, con la cabeza apoyada contra la ventanilla para minimizar el contacto con Marcos lo máximo posible. Y él,

Página 49

por su parte, se ha sentado tan cerca de Natalia que esta se queja un par de veces de que no le está dejando espacio.

Pero no; en realidad, esto no es exactamente igual que el primer trayecto: es todavía peor, porque ahora ya ha habido algo especial entre nosotros y Marcos decidió terminar con todo. Frunzo el ceño y me pongo los auriculares, tratando de contener las lágrimas de impotencia y de ahogar las penas con la música.

Nos las arreglamos para no rozarnos durante la primera mitad del trayecto, hasta que en una curva cerrada Marcos cae contra Natalia y ella se queja tan alto que puedo oírla por encima de la música.

—Que me dejes sitio ya, jolín.

—Marcos, déjale espacio a tu hermana —dice su padre desde el asiento del copiloto. Se asoma por el hueco entre los asientos y levanta las cejas al vernos a tan separados—. ¿Por qué te pegas tanto a ella? Tienes espacio de sobra.

—Vale —responde él con voz inexpresiva.

Entonces, se mueve ligeramente hacia el centro, lo que significa que su muslo se encuentra ahora en contacto directo con el mío. La tensión se apodera de mí de golpe; es como un escalofrío y una corriente eléctrica que recorren mi cuerpo, todo al mismo tiempo. Incluso a pesar de la ropa, soy muy consciente de todos y cada uno de los centímetros de nuestros cuerpos que están en contacto, desde los brazos hasta los pies. Y, sobre todo, soy demasiado consciente de la ardiente necesidad de disminuir todavía más esa distancia entre nosotros.

Me muero de ganas de besarlo, joder.

Como si el universo hubiera escuchado mis deseos, el coche gira en otra curva cerrada y ahora soy yo el que acaba con Marcos prácticamente encima, más pegado a mí de lo que hemos estado desde hace más de un mes.

—Perdón —masculla mientras se aparta.

—No pasa nada.

Aunque, por supuesto, sí que pasa. Si antes ya me estaba costando estar a su lado, ahora me resulta prácticamente insoportable.

Pero, al fin, tras unos minutos interminables, llegamos a casa de mi tía y mis primos. Se encuentra en un barrio cerca de los límites de la ciudad, mucho más tranquilo y verde que el nuestro. Como el ascensor es solo para cuatro personas, mi madre y yo entramos primero.

Página 50

—Cariño, ¿estás bien? —me pregunta durante la subida hasta la sexta planta. Evidentemente, debe de haberse dado cuenta de mi cara después del trayecto junto a Marcos.

—Sí, claro —miento para disimular—. ¿Por?

—Te veo mala cara.

—Es que estoy cansado.

Por suerte, el ascensor se detiene con un «ding» antes de que ella tenga tiempo de indagar más. Salimos al rellano y las puertas se cierran tras nosotros para ir a recoger al resto de la familia. Mientras tanto, nosotros nos dirigimos hacia la puerta y mi madre llama al timbre.

Es Vero quien abre, con una enorme sonrisa.

—¡Tita! —dice mientras se lanza a los brazos de mi madre—. ¡Qué ganas tenía de verte!

—Y yo a ti, cariño. ¡Te veo guapísima! ¿Cómo estás?

—Bien, como siempre. ¿Y tú?

—No me puedo quejar.

Vero se separa de mi madre y se dirige hacia mí para abrazarme también.

—¿Estás bien? —me susurra al oído, con una voz casi inaudible.

Yo asiento levísimamente con la cabeza, para que mi madre no se dé cuenta de nada. Después de estas últimas semanas, no quiero darle más razones para preocuparse.

En ese momento, oigo el «ding» que indica que ha llegado el ascensor, así que me aparto de Vero para evitar tener que ver Marcos. Mi madre se queda frente a la puerta, esperando al resto de la familia.

—¿Se puede? —grito mientras cruzo el umbral, a pesar de que ya he entrado aquí cientos de veces.

—¡Pasa, cariño! —contesta mi tía a lo lejos—. Estoy terminando de preparar la cena.

Antes de que tenga ocasión de llegar a la cocina, Víctor dobla la esquina, de camino a la puerta de entrada, y sonríe ampliamente al verme.

—¡Hola! —me saluda con alegría, y yo abro los brazos.

—Ven aquí, enano. —Él se acerca a mí para darme un abrazo, y entonces me percato de su cabeza ya me llega hasta la barbilla. ¿Cómo es posible? No ha pasado ni un mes y medio desde la última vez que nos vimos, y juraría que entonces no era tan alto—. ¿Se puede saber qué te están dando de comer? Antes no eras tan alto.

Página 51

Él suelta una risita.

—Ya no soy tan enano, ¿eh?

—Siempre serás mi enano —replico, revolviéndole el pelo mientras se ríe. De pequeño odiaba que se lo hiciera, pero sé que ahora le gusta, aunque probablemente jamás lo admitiría.

Mientras él se aleja hacia la puerta para saludar a los demás, yo sigo mi camino hasta la cocina. Antes de llegar capto el aroma inconfundible de la comida mexicana, y se me hace la boca agua a pesar de que hasta hace unos minutos estaba tan tenso que tenía el estómago cerrado. Aunque no soporto a mi tío, hay algo que dice siempre y tiene toda la razón: la comida de mi tía podría levantar a los muertos.

—¡Cariño! —me saluda cuando me ve, sonriente. Se seca las manos en el delantal y se acerca a mí para darme un abrazo—. ¿Cómo estás?

—Bien —miento, tal como llevo haciendo las últimas dos semanas—. ¿Tú qué tal?

—Muy bien, aquí estamos. Como siempre.

No menciona lo evidente, y es que cuando mejor está es precisamente cuando su marido se marcha de casa. Pero ese es un tema que no se saca jamás, así que asiento con la cabeza y me acerco a las sartenes y las cacerolas, olisqueando como un perro mientras comienza a gruñirme el estómago.

—Huele genial —digo con sinceridad.

—Muchas gracias, cariño.

Entonces entran mi madre y el resto de la familia en la cocina y todos comienzan a saludar a mi tía. Trago saliva al ver a Marcos, y Vero debe de darse cuenta de la tensión porque no pierde ni un segundo en llamarme.

—Fran, ¿te vienes un momento a mi cuarto? Quiero enseñarte una cosa.

—Voy —respondo, dando gracias en silencio por el salvavidas que me ha lanzado, y me apresuro a seguirla por la puerta.

Una vez en su habitación, Vero cierra la puerta y vuelve a abrazarme, mucho más fuerte que antes. En esta ocasión, tardo mucho más en separarme.

—Ahora en serio. ¿Cómo estás?

—Pues bueno, ahí vamos. Es complicado.

—Joder, ya me imagino. ¿No ha habido ningún avance?

Niego con la cabeza antes de contestar.

Página 52

—Qué va. Me ha dejado claro que sigue convencido de su decisión, así que no tiene ningún sentido tratar de insistir.

Ella suelta un suspiro.

—Lo siento muchísimo, Fran. De verdad.

—Ya, bueno. Pero así es la vida, ¿no? Es culpa mía por haber sido tan gilipollas como para enamorarme de mi hermanastro.

—Tú no tienes la culpa de nada —me asegura, pero yo me limito a encogerme de hombros—. ¿Crees que vas a estar bien durante la cena?

Tardo un largo momento en responder.

—No lo sé —confieso con voz temblorosa.

Página 53

cuál es la

11.

POR SUERTE, LA CENA VA MUCHO MEJOR DE LO QUE PENSABA. VERO SE HA ENCARGADO DE DISTRIBUIR LOS ASIENTOS, SEGÚN HA DICHO, «PARA QUE FLUYA MEJOR LA CONVERSACIÓN», AUNQUE SOLO ELLA Y YO SABEMOS

auténtica razón. La mesa es rectangular, con espacio para tres personas en cada uno de los lados alargados, y una en cada extremo. Marcos y yo estamos sentados en el mismo lado de la mesa, con Natalia en medio como si fuera una especie de escudo humano para que no tengamos ni que vernos. Vero se encuentra en el extremo de la mesa que hace esquina con mi lado, y Víctor se halla justo delante de mí. A su lado está su madre, después la mía, y Antonio en el otro extremo.

El plan funciona, y me paso buena parte de la cena charlando tranquilamente con Vero. A veces también hablo un poco con Víctor, aunque no tardo en darme cuenta de que está mucho más callado que de costumbre. Me da la impresión de que me lanza miradas furtivas de vez en cuando, y también a Marcos, y empiezo a pensar que tal vez no se me ha dado tan bien como pensaba eso de disimular cómo me siento con mi hermanastro aquí. Sin embargo, su madre me habla de vez en cuando con normalidad, preguntándome por la universidad y esa clase de cosas, así que a lo mejor es solo que mi primo está raro y nada más.

El único momento verdaderamente peliagudo llega cuando mi tía se dirige directamente al lado de la mesa donde estamos Natalia, Marcos y yo y nos mira con una amplia sonrisa.

Página 54

—Bueno, ¿y vosotros cómo lo lleváis ahora que sois tres hermanos?

¿Hacéis muchas cosas juntos?

Lo dice cuando estoy hincando el diente a mi tercera quesadilla, pero pierdo el apetito de inmediato. Esa tensión familiar se apodera de mí al instante. Un silencio incómodo cae sobre la mesa de golpe; es evidente que ninguno de los tres sabemos qué responder.

—La verdad es que no —dice Natalia al fin, salvándome de tener que inventarme alguna mentira—. Marcos se ha largado de casa.

—¿Qué dices? —se extraña mi tía—. ¿Y eso?

Él carraspea antes de contestar.

—Es que me pilla muy lejos de la facultad. Siempre me tocaba madrugar mucho, y eso estaba empezando a afectar a mi rendimiento.

Contengo la necesidad de poner los ojos en blanco. La única razón por la que su rendimiento se estaba viendo afectado, si es que de verdad era así, es porque nos pasábamos todas las horas que podíamos juntos.

—Claro, es normal —responde mi tía, que siempre es demasiado comprensiva—. ¿Dónde estás viviendo ahora? ¿En una residencia de estudiantes o con algún amigo?

—Mis tíos viven cerca de la facultad. Tienen una habitación de invitados que no suelen usar, así que me estoy quedando con ellos.

—Pero seguirás yendo con tu familia los fines de semana, ¿verdad? Vero y yo intercambiamos una mirada furtiva. La situación no podría

ser más incómoda.

—Qué va —interviene Natalia—. Hace dos semanas que se fue y no se ha dignado a volver hasta ayer.

—Es que es un lío estar yendo y viniendo —se defiende él—. Para los puentes y esas cosas, supongo que sí, pero…

—Ya lo hemos hablado, Marcos —lo interrumpe Antonio, tajante—. El fin de semana pasado era diferente porque tenías un examen y me dijiste tenías mucho que estudiar, pero a partir de ahora, deberías venirte los fines de semana con nosotros. Tus tíos también querrán hacer su vida, y ahora los cinco somos una familia. Lo normal es que estemos juntos.

—También tengo un examen la semana que viene, y la siguiente.

Miro de reojo a Antonio, que está mucho más serio que de costumbre.

—Bueno, pues después de navidades.

—Después de navidades tengo los exámenes del primer cuatrimestre —replica Marcos—. Ya te lo he dicho, joder.

Página 55

Nunca lo había oído hablándole así a su padre, y parece que a él no le hace ninguna gracia.

—Tengamos la fiesta en paz, ¿vale? —dice Antonio, y me doy cuenta de que está empezando a enfadarse. Mi madre le pone una mano sobre el brazo para tranquilizarlo—. Cuando termines los exámenes del primer cuatrimestre, te vas a volver a casa todos los fines de semana, y no se hable más. ¿Entendido?

Marcos tarda un largo momento en responder.

—Sí, papá —cede al fin.

El ambiente en la mesa no podría ser más incómodo ahora mismo.

Pero, por suerte, Vero siempre sabe cómo salir de estas situaciones.

—Oye, Belén —le dice a mi madre con voz tranquila, como si no hubiera pasado nada—. ¿Qué tal es esto de tener una hija? ¿Mejor que con el desastre de Fran o qué?

—Ja, ja —replico con sorna, aunque le agradezco con una sonrisa el momento de distracción que tanto necesitábamos.

El rostro de mi madre se ilumina ante las palabras de Vero, e intercambia una mirada con Natalia antes de contestar.

—Ay, cariño, soy tan feliz… —Ahora me mira a mí, y yo me obligo a sonreír también para animarla a continuar—. Siempre quise tener la parejita, pero no pudo ser… Me alegra haber podido tener al final una hija tan maravillosa como Natalia.

—Venga ya, que me vas a poner roja —dice ella, apartándose la larga melena castaña de la cara. La miro de reojo y veo que se ha ruborizado un poco, cosa que me inspira cierta ternura. Nunca me habría esperado cogerle tanto cariño, pero aquí estamos.

—Es la verdad.

Y así, después de que Vero haya logrado acabar con el momento de tensión como solo ella sabe hacerlo, continuamos con la charla tranquila de antes, de nuevo en pequeños grupitos.

Al cabo de un rato, acerco la mano al cuenco de los nachos para coger uno, pero entonces rozo unos dedos ajenos y me detengo de golpe. No necesito mirar para saber que pertenecen a Marcos; reconocería el tacto cálido de su piel en cualquier circunstancia. Él también se queda inmóvil durante un instante, y no puedo evitar preguntarme si habrá sentido el mismo cosquilleo que yo al tocarme. Pero, entonces, como si nada, coge un par de nachos y los moja en el guacamole casero antes de llevárselos a

Página 56

la boca. Un poco aturdido, hago lo mismo yo también. Y, desde ese momento, me aseguro de mirar antes de volver a coger nada de la mesa.

Cuando la cena llega a su fin, un buen rato más tarde, me siento bien a pesar de todo. Ya no solo por lo deliciosa que estaba la comida, lo cual también es un factor importante, sino porque he logrado sobrevivir a la situación mucho mejor de lo que esperaba, y ni siquiera he tenido que irme a llorar en secreto al baño ni una sola vez. La estrategia de los asientos de Vero ha dado resultado y, a excepción del breve momento al ir a coger los nachos, no he tenido ninguna clase de contacto con Marcos.

Tal vez esa sea la razón por la que me quedo momentáneamente sin aliento cuando nos ponemos todos en pie y, durante un brevísimo instante, nuestros ojos se encuentran. Los dos nos apresuramos a apartar la mirada, aunque sigo mirándolo de reojo con tanto disimulo como puedo mientras los demás comienzan a despedirse.

—Bueno, cariño —dice mi madre, acercándose a mí—. Ve hablándome estos días, ¿vale?

—Claro.

Mientras me da un abrazo, no puedo evitar sentirme un poco culpable. Es evidente que tenía muchas ganas de que estuviéramos todos juntos durante el puente, pero no soy capaz de hacerlo, no si no quiero que mi salud mental se vaya a pique. Y, después de estas últimas semanas, sé que no puedo correr el riesgo.

Antonio es el siguiente en acercarse para abrazarme, y después, Natalia. Marcos me mira durante un instante, vacilante, y yo me siento invadido por las dudas. Por un lado, me gustaría que me abrazara, volver a sentir el calor de su cuerpo, sus brazos a mi alrededor. Sin embargo, sé que eso sería peor, así que en parte me alegro cuando él se limita a asentir brevemente con la cabeza. Le devuelvo el gesto, y después continúo observándolo mientras se aleja con los demás para marcharse. ¿En qué momento hemos vuelto a convertirnos en dos desconocidos?

—¿Seguro que quieres quedarte aquí todo el puente? —me pregunta Vero, dándose cuenta de lo que estoy mirando—. Sé que te lo he ofrecido

Página 57

yo, pero no pasa nada si prefieres volver con él, podemos quedar igualmente estos días.

Tardo un instante en responder mientras observo a Marcos con tristeza, un segundo antes de que desaparezca por la puerta del salón.

—Sí —respondo con un nudo en la garganta—. Estoy seguro.

Sé que, si quiero superar esto, tengo que hacer un esfuerzo, aunque eso signifique tener que alejarme conscientemente de él.

Por mucho que me duela.

Página 58

entre sus brazos

12.

POR LA MAÑANA, VERO Y YO NOS DESPERTAMOS CASI AL MEDIODÍA DESPUÉS DE HABERNOS PASADO LA MITAD DE LA NOCHE HABLANDO DE TODO Y DE NADA. HE

TENIDO TIEMPO DE DESAHOGARME CON ELLA, DE LLORAR

mientras daba rienda suelta a mi dolor, pero también de reír sin parar, y es que mi prima a veces es como la mejor de las medicinas.

Estoy en el cuarto de baño cuando alguien llama a la puerta, y el corazón me da un vuelco ante la familiaridad de la situación.

—¿Hay alguien? —pregunta la voz de Víctor.

—¡Termino enseguida!

Cuando salgo por la puerta, me sorprende encontrármelo todavía en pijama. Está despeinado, y es evidente por su cara que se acaba de despertar. Me sorprende, porque llevo toda la vida quedándome a dormir en casa de Vero cada pocos fines de semana y él siempre se despierta antes que nosotros.

—¿Tú también te levantas ahora, enano? —le pregunto, revolviéndole el pelo.

Víctor se encoge de hombros.

—Sí, ¿por?

—No, por nada.

Le dejo pasar y me voy a la cocina a desayunar. Al entrar, veo a Vero sentada frente a la mesa y a su madre apoyada contra la encimera.

—Buenos días, dormilón —me saluda mi tía.

Página 59

—Buenos días.

—Mi madre y yo hemos tenido una idea genial —dice Vero con una sonrisa.

—Los tres os habéis levantado tarde, y yo hace ya varias horas que me tomé el café. ¿Qué te parece si hacemos un brunch?

La lógica me dice que debería seguir lleno después de haberme hartado a comer anoche, pero no puedo evitarlo: me he despertado muerto de hambre, así que el estómago me ruge ante la idea.

—Me parece genial.

Es algo que llevábamos un tiempo sin hacer, y es que solo podemos darnos el capricho cuando mi tío no está. Según él, «los horarios de las comidas son sagrados», y cosas como un brunch son «americanadas y moderneces estúpidas». Supongo que él es más de cigarro y carajillo en el bar.

Víctor entra en la cocina un par de minutos más tarde. Su madre le cuenta la idea y él acepta sin dudar, aunque sin el entusiasmo habitual, cosa que me hace fruncir un poco el ceño. Como siempre, Vero ayuda a su madre a preparar la masa de las tortitas, y yo comienzo a preparar el café y a exprimir un buen montón de naranjas. Mi primo, mientras tanto, va poniendo la mesa.

—¿Hay fresas para las tortitas? —pregunta cuando termina.

—Están en la balda de abajo de la nevera —responde su madre, vertiendo la primera cucharada de masa en la sartén. El chisporroteo y el olorcillo hacen que el estómago me ruja todavía más.

—¿Te ayudo? —le pregunto a Víctor cuando termino con el zumo.

—Vale.

Me coloco a su lado frente a la encimera. Mientras él lava y seca las fresas, yo voy cogiendo las que me da, les quito las hojas y las corto en trocitos antes de dejarlas en un cuenco. Lo miro de reojo mientras trabajamos, y ahora lo tengo claro: está raro, tal vez desde ayer por la noche. Por lo general habría estado más animado, y tal vez me habría chocado los cinco y habría mencionado algo sobre el trabajo en equipo. Hoy, sin embargo, permanece serio y en silencio.

Cuando terminamos, sirvo el café para mi tía y para mí y unos Cola Cao para mis primos, y Víctor llena cuatro vasos con la jarra de zumo de naranja que he dejado en el frigorífico. Nos sentamos a la mesa y, apenas

Página 60

un par de minutos más tarde, llega mi tía con una fuente a rebosar de tortitas.

—Hace mucho tiempo que no las preparaba —dice mientras se sienta, sonriente—. ¡A ver si están ricas!

Nos servimos cada uno un buen puñado de tortitas y nos turnamos con el bote de nata montada y el sirope de chocolate. Añado un puñado de fresas, me como el primer trozo y no puedo evitar soltar un suspiro: están buenísimas.

Lo bueno del brunch es que no hay ninguna prisa, así que podemos tomarnos todo el tiempo que queramos. Aunque Víctor permanece en silencio casi todo el rato, Vero y su madre hablan conmigo animadamente. Le cuento a mi tía todos los detalles que se pueden contar sobre el viaje a Canarias, procurando parecer animado mientras hago todo lo posible por no pensar en Marcos, lo cual no es demasiado fácil que digamos. Después, ella me cuenta anécdotas sobre su trabajo en el restaurante y me habla sobre las últimas plantas que ha comprado y lo difícil que le está resultando cuidar de algunas de las antiguas ahora que es invierno.

Cuando terminamos de comer, estamos todos tan llenos que nos cuesta levantarnos de la mesa. Pero al fin, pasadas las dos de la tarde, Vero y yo nos ponemos en pie y volvemos a su habitación.

—Había olvidado lo bien que cocina tu madre —digo con una sonrisa mientras me tumbo en la cama supletoria sin hacer y me coloco una mano sobre el estómago.

—¿Verdad?

Pero hay un tema que está empezando a preocuparme un poco, así que decido sacarlo.

—Oye, ¿qué le pasa a tu hermano? —pregunto en voz baja.

—Ni idea. —Se encoge de hombros y lanza un vistazo rápido a la puerta antes de continuar, para asegurarse de que no esté cerca—. Lleva unos días rarísimo. Bueno, ya son varias semanas, la verdad.

—¿No le has preguntado por qué?

Página 61

—Claro que sí, pero ya lo conoces. Nunca le cuenta nada a nadie. — Entonces, esboza una sonrisa—. Pero, ¿sabes qué? Sea lo que sea, creo que le viene muy bien que estés por aquí. Se puso muy contento cuando le dije que ibas a quedarte aquí estos días.

—¿En serio?

—Te lo juro. Le hizo mucha ilusión.

Aunque él mismo ya me había dicho que tenía ganas de verme, no puedo evitar sentirme sorprendido. Sé que Víctor me quiere; al fin y al cabo, es mi primo y siempre nos hemos llevado muy bien. Pero él nunca ha sido abierto con sus sentimientos, y yo tampoco es que me haya sincerado demasiado con él ni me haya puesto a contarle mis cosas ni nada por el estilo. Sabe que me gustan los chicos, y también sabe que tuve novio hace un tiempo, pero, aunque jamás ha dado muestras de tener ningún problema con ello, tampoco hemos llegado a hablar del tema. Sin embargo, me hace ilusión saber que se ha alegrado de que viniera. Además, ya tiene quince años, así que tal vez ahora que es un poco mayor podremos empezar a tener una relación más cercana.

Un par de horas después de comer, aunque todavía sigo lleno, consigo salir al fin de la cama. Mientras Vero va al baño, yo llamo a la puerta de Víctor, que está entreabierta.

—¿Se puede?

—¡Pasa!

Desde que entro, ese olor característico a habitación de chico adolescente golpea mis fosas nasales de inmediato. Frunzo un poco el ceño, tratando de ignorarlo; no he venido a hacer que se sienta mal. Lo veo tumbado en la cama, con el móvil en la mano, aunque lo deja a un lado y se incorpora al verme.

—¿Te apetece jugar un rato a la Switch? —le pregunto.

Él parece entusiasmado al oírlo; por primera vez desde que nos hemos levantado, vuelvo a verlo sonreír.

—¡Vale! —responde, poniéndose en pie—. ¿Al Mario Kart?

Página 62

—Ya sabes que tu hermana lo odia. ¿Al Mario Party? Así podemos jugar también con tu madre.

Su sonrisa se atenúa un poco, pero asiente con la cabeza.

—Bueno, vale. Pero me debes unas carreras al Mario Kart, ¿vale? Que hace mucho que no jugamos.

—Eso está hecho. Tenemos días de sobra.

Con suerte, estos días me servirán para olvidarme de Marcos.

Página 63

13.

LA TARDE TRANSCURRE ENTRE RISAS, CON UNA PARTIDA DE VEINTE RONDAS AL MARIO PARTY QUE NOS LLEVA MÁS DE DOS HORAS. AL FINAL ES MI TÍA QUIEN GANA, AUNQUE POR UNAS POCAS MONEDAS Y SOLO PORQUE LE dan una estrella

de bonificación al final. Yo quedo el segundo, Víctor el tercero, y Vero la última.

Para cuando apagamos la consola, ya son casi las siete de la tarde, y me doy cuenta con sorpresa de que no he pensado en Marcos en todo este rato.

—Bueno, yo voy a tener que ir preparándome —dice mi tía cuando terminamos, poniéndose en pie. Al principio me extraño, pero entonces recuerdo que durante el brunch mencionó que tenía turno de noche en el restaurante—. Cenad una tortilla francesa, un sándwich o algo ligerito, ¿vale? Que estamos comiendo un montón, y ya sabéis que mañana toca lasaña.

No puedo evitar sonreír al oírlo. La lasaña de mi madre solo tiene un rival, y es precisamente la lasaña de mi tía. En realidad, las dos aprendieron a hacerla de mi abuela, que es algo así como la maestra lasañera, pero ya hace años que no la prepara.

Cuando se marcha, decidimos poner una película. Víctor quiere poner una de Marvel, pero me niego en rotundo: eso me recuerda demasiado a Marcos. Cuando Vero propone una de terror y yo vuelvo a negarme, ella capta al vuelo lo que me pasa y me ofrece elegir a mí. Cojo el mando y

Página 64

reviso las plataformas, hasta que al final opto por una obra maestra del cine de principios de los 2000, superada solo por su segunda parte.

Shrek.

Una hora y media más tarde, la película termina y Vero anuncia que va a darse una ducha. Me quedo en el sofá con Víctor, que se ha pasado casi toda la película con el móvil, a pesar de que es una de sus favoritas.

—Oye, enano. —Él levanta la mirada de la pantalla—. ¿Estás bien? Al principio no reacciona, pero entonces se encoge de hombros. —Sí. ¿Por?

Sin embargo, por su actitud evasiva es más que evidente que no me está diciendo la verdad.

—Te veo raro.

Ahora aparta la mirada, confirmando así mis sospechas y las de Vero.

Tarda unos instantes en responder.

—Nada, es que estoy un poco agobiado con los exámenes y todo eso. —¿Seguro? —Él asiente con la cabeza—. Me lo puedes contar, ¿vale? —No es nada —insiste.

No quiero presionarlo, así que asiento con la cabeza.

—Bueno, vale. Pero, si necesitas algo, que sepas que puedes decírmelo, ¿eh?

—Gracias. —Lo observo mientras permanece en silencio unos minutos, con la mirada clavada en el móvil, pero me doy cuenta de que tiene los ojos vidriosos. Con un hilo de voz, añade—: Oye, Fran.

—Dime.

—Pues… ¿Quieres dormir en mi cuarto esta noche?

Parpadeo un par de veces, confuso. Eso no es lo que esperaba, aunque no voy a negarme.

—Claro.

—Así podemos jugar al Mario Kart —se apresura a añadir, aunque me suena un poco a excusa—. Hace mucho que no jugamos.

Asiento con la cabeza, sonriendo.

—Me parece genial, enano.

Supongo que es un avance, ¿no? Todavía no me ha contado lo que le pasa, a menos que lo de los exámenes sea verdad. Pero, si me ha pedido específicamente que duerma en su habitación esta noche, tal vez sea porque quiere hacerlo. Si a Vero le sorprende que vaya a dormir con él cuando se lo contamos, no dice nada. Al fin y al cabo, ella sabe

Página 65

perfectamente que su hermano está raro, así que debe de haber llegado a la misma conclusión que yo.

Después de la cena y de terminarnos la película que nos hemos puesto — en esta ocasión, Shrek 2—, voy con Víctor a su habitación, que por suerte ha ventilado un poco, y lo ayudo a sacar la cama supletoria que hay debajo de la suya. No es la primera vez que duermo aquí; de hecho, es donde duermo cuando me quedo en casa de mis primos mientras está mi tío. Siempre dice que no puedo dormir con Vero porque «yo soy un hombre y ella es una mujer», así que nos toca hacer el paripé… como si tuviera la más mínima intención de hacer nada con ella.

Pero mi tía sabe perfectamente que me gustan los chicos, así que cada vez que Gollum se va a Mordor a ver a su familia de orcos o lo que sea, puedo dormir en la habitación de Vero. Lo raro es precisamente lo que estoy haciendo hoy, dormir en la de Víctor cuando su padre no está. Pero él me lo ha pedido expresamente, así que no quería negarme, sobre todo cuando está claro que le pasa algo.

—¿Quieres una manta? —me pregunta mientras saca las sábanas del armario—. Está haciendo bastante frío últimamente.

—Sí, vale —respondo mientras tomo el fardo de sábanas que me tiende—. Gracias.

Juntos, colocamos las sábanas en silencio. A continuación, cojo el pijama que he traído de la habitación de Vero y comienzo a quitarme la camiseta para ponérmelo. Víctor se apresura a darse la vuelta, y no puedo evitar fruncir el ceño al verlo. Mi prima no se equivocaba; está muy raro. Termino de ponerme el pijama y él hace lo mismo de espaldas a mí, y entonces nos tumbamos cada uno en nuestra cama, con las Nintendo Switch entre las manos.

—Pero solo cuatro carreras, ¿vale? —le advierto—. Que ya es tarde. —Vaaaleee… —responde, arrastrando mucho la palabra, y me arranca

una sonrisa. Los dos sabemos que no nos vamos a conformar con cuatro. Comenzamos una copa al azar, entre risas y bromas, y vamos muy a la

par hasta que al final yo acabo ganando la primera carrera.

Página 66

—Vas a flipar, chaval —me dice mientras comenzamos la siguiente—.

En esta te voy a dar una paliza.

—En tus sueños, enano.

Pero tenía razón, porque logra vencerme. Después, gana también la tercera carrera, y esta vez soy yo quien se empieza a picar.

—¿Has visto? —se burla.

—Prepárate —le advierto—. En esta no me vas a ganar ni de coña.

—Eso ya lo veremos.

En esta ocasión soy yo quien tenía razón, porque acabo ganando. Él va a quedar segundo, pero un caparazón rojo lo golpea justo cuando está a punto de cruzar la línea de meta y al final acaba el cuarto, lo que hace que quede por debajo de mí en la clasificación final.

—¡No es justo! —protesta—. Quiero la revancha.

—Venga, una copa más, pero ya está. Que es más de la una.

—Ya verás. Te vas a cagar.

Víctor gana la primera carrera y yo la segunda. Después, él gana la tercera, aunque por los pelos. Cuando ya estamos en la tercera vuelta de la cuarta, él se encuentra en la segunda posición, pero le saco ventaja y sé que le va a costar adelantarme. Así pues, hago mal un derrape a propósito para estamparme contra un lateral y perder unos valiosos segundos que le bastan para adelantarme justo antes de llegar a la línea de meta.

—¡Toma! —dice entusiasmado—. Te lo dije.

Dejo la consola sobre la cama, tratando de contener una sonrisa.

—Pues venga, vámonos a dormir.

—¿Y si echamos otra?

—Ni de coña.

—Tú has ganado la primera copa y yo la segunda, así que hay que desempatar.

—Mañana —le prometo—. Es tarde.

—Vaaaleee… —dice otra vez.

Sonriente, se levanta de la cama para dejar la Switch sobre su escritorio. Yo estiro el brazo para guardar la mía en la mochila que he dejado a un lado, y lo observo mientras vuelve a meterse en la cama.

—Bueno… pues buenas noches —dice mientras apaga la luz.

—Buenas noches.

Ahora sería el momento perfecto para indagar un poco más, pero no sé cómo hacerlo. Después de todo, no tengo ni idea de lo que le pasa.

Página 67

—¿Estás mejor? —pruebo a preguntar.

—¿Qué? ¿Mejor de qué?

—Bueno, lo de esta tarde y tal. Como estabas agobiado…

—Ah. Sí, bueno. Sí.

—Recuerda, si necesitas algo…

—Vale. Gracias.

Me abrazo a la almohada, siendo una vez más demasiado consciente de la ausencia del olor de Marcos. Trato de olvidarme de él, y en su lugar me esfuerzo por pensar cuál podría ser la mejor forma de ayudar a Víctor. ¿Debería insistir otra vez? ¿O será mejor darle espacio para ser él quien saque el tema? Después de todo, ya le he dicho dos veces que puede contar conmigo si necesita algo.

Está claro que si me ha pedido que me quedara en su habitación era por algo, y dudo mucho que fuera para jugar al Mario Kart. De hecho, estoy empezando a pensar que tan solo estaba insistiendo tanto en jugar para poder retrasar la conversación. Opto por esperar, pero decido volver a preguntarle si pasan cinco minutos sin que me diga nada.

Víctor no tarda ni dos minutos en hablar de nuevo.

—Oye, Fran —susurra en la oscuridad—. ¿Estás despierto?

—Sí —respondo, esbozando una sonrisa que no puede ver—. ¿Qué pasa?

—¿Te puedo preguntar una cosa?

—Claro. —Me quedo en silencio, esperando a que hable, pero no lo hace—. ¿Vic? ¿Te has dormido?

—No, perdona. Es que estaba pensando.

Frunzo el ceño; cada vez me queda más claro lo que decía Vero sobre lo rarito que está.

—Bueno, pues tú dirás.

Vuelve a quedarse en silencio durante unos instantes, así que me dedico a esperar otra vez. Empiezo a pensar que se ha quedado dormido, pero entonces…

—Tú eres… gay, ¿verdad?

—Eh… Sí, claro —respondo, un tanto descolocado por la pregunta—. Si ya lo sabías. ¿A qué viene eso ahora?

No se me ha escapado su forma de pronunciar la palabra «gay», con cuidado, como si fuera peligrosa, y no puedo evitar fruncir el ceño mientras lo miro en la penumbra.

Página 68

No quiero pensar mal, pero a fin de cuentas, su padre es mi tío Jesús, un turbofacha de cuidado. ¿Habrá dicho algo sobre mí? Aunque creo que él es el único que sigue sin saber que soy gay. ¿O es que a lo mejor le ha contagiado sus prejuicios a su hijo? Eso me llenaría de tristeza, porque Víctor es demasiado bueno como para envenenarlo con esas mierdas.

Pero no puede ser eso, ¿verdad? Él mismo es quien me ha pedido que durmiera en su habitación, así que no creo que tenga prejuicios hacia mí ni nada por el estilo.

Comienzo a ponerme nervioso mientras espero a que responda, sin saber muy bien qué esperar.

—¿Y cómo…? —Su voz suena pastosa, y hace una pausa para aclararse la garganta antes de continuar—. ¿Cómo te diste cuenta de que te gustaban los chicos? —dice al fin, con la voz temblorosa.

Al principio, la pregunta me descoloca un poco. Pero, entonces, abro mucho los ojos, comprendiéndolo todo de golpe.

Página 69

14.

POR SUPUESTO, SOLO PUEDE HABER UNA RAZÓN POR LA QUE ME ESTÁ HACIENDO ESA PREGUNTA.

Ahora, todo encaja por completo. Esa es la razón por la que lleva un tiempo raro, tal como me ha contado Vero. Es la razón por la que se había alegrado tanto de que fuera a venir aquí durante el puente, la razón por la que me ha pedido que durmiera con él. Si se está cuestionando su sexualidad y sabe desde hace años que yo soy gay, me imagino que debo de ser una especie de referente para él por eso de que soy su primo mayor. Mientras pienso qué decir, siento una emoción burbujeante en el pecho. Significa mucho para mí que haya decidido hablar conmigo sobre este tema.

Pero sé que tiene que ser difícil para él y es evidente que le ha costado mucho abrirse conmigo, así que tengo que actuar con tacto y, sobre todo, no presionarlo. Comprendo al momento por qué ha elegido este momento y este lugar, en la seguridad de su habitación y a oscuras, tal vez para que no pueda verle la cara que muy probablemente tendrá rojísima.

—No sabría decirte un momento exacto —admito—. Creo que fue como una suma de pequeñas cosas, detalles de los que no me daba cuenta al principio. A lo mejor había un chico con el que tenía muchas ganas de estar y me daba cuenta de que con él no era como con otros amigos, cosas así. O también había veces que…

Página 70

Me interrumpo. En realidad, no sé cuánto debería contarle exactamente.

—¿Qué pasa? ¿Qué ibas a decir?

Suelto un suspiro.

—A ver, Vic, es que hay ciertos temas… Joder, que eres mi primo pequeño.

—Oye, que no soy un crío, ¿vale? —responde, y parece molesto. Cierro los ojos y trato de pensar cómo reconducir la situación. Al fin y

al cabo, dentro de unos meses cumplirá los dieciséis años; es verdad que ya no es ningún crío. Pero sigue siendo mi primo pequeño, y hay temas que me resultan violentos de tratar con él.

—A veces puede pasar que estés con un chico y tu cuerpo… reaccione. —Espero que entienda a lo que me refiero, porque no pienso entrar en detalles. Por mucho que diga, me cuesta aceptar que ha crecido—. ¿Sabes lo que te digo?

—Sí.

—Bueno… pues eso.

—Vale.

Se me está dando fatal la conversación, pero tampoco se me ocurre mucho más que decir. De nuevo, se hace el silencio. Me doy cuenta de que me arden las mejillas, y supongo que Víctor tiene que estar todavía peor. Una vez más, aguardo en silencio a que sea él quien continúe hablando. A pesar de mi torpeza, con un poco de suerte estaré creando un espacio lo bastante seguro como para que se sienta cómodo y me cuente lo que se le está pasando exactamente por la cabeza.

—Oye, Fran —susurra al cabo de unos minutos.

—Dime.

—Es que creo que me está pasando eso.

—¿Que te gusta un chico?

Tarda un largo instante en responder.

—Sí —dice con la voz casi inaudible.

—Sabes que no pasa nada, ¿verdad? Eso no tiene nada de malo.

—Ya, bueno. Supongo. —Vuelve a quedarse en silencio, pero me doy cuenta de que todavía no ha terminado. Al fin, añade—: Es que es difícil.

—Qué me vas a contar a mí —añado entre risas—. Es una mierda. ¿Quién te gusta?

De nuevo, tarda en responder.

Página 71

—Es Adri —dice al fin—. Mi mejor amigo.

Me suena que lo ha mencionado alguna vez, pero no acabo de situarlo del todo.

—¿Y crees que tú podrías gustarle a él?

—No lo sé. No lo creo. —Hace una pausa—. Que yo sepa, él es… es hetero.

Me duele solo de pensarlo. Si se ha enamorado de un chico hetero, está claro que no hay nada que hacer. Lo que no sé es cómo decírselo sin que se ponga peor.

—Joder. Lo siento, enano.

Se queda en silencio una vez más.

—¿A ti te ha pasado? —pregunta un minuto más tarde, y me doy cuenta de que su voz suena temblorosa—. ¿Que te gustara un amigo y tal?

—Sí —respondo.

En su día, me pasé un tiempo pillado por Alejo. Era mi mejor amigo, estábamos juntos a todas horas y, cuando quise darme cuenta, había empezado a verlo como algo más. Pero, por supuesto, aquello no podía ir a ninguna parte.

—¿Y qué hiciste?

—No me quedó otra que asumirlo, Vic. A veces hay que aceptar las cosas tal y como vienen.

Como el hecho de que Marcos no quiera estar conmigo. —Pero tú sabías que era… que era hetero, ¿verdad? —Sí. ¿Por? ¿No tienes claro que Adri no lo sea?

—No lo sé… Es que estoy hecho un lío últimamente. —Le vuelve a temblar la voz, y oírlo me llena de una ternura infinita—. Creo que alguna vez ha mencionado que le gusta alguna chica, pero a veces… es como que me mira, ¿sabes? No sé cómo explicarlo.

—Bueno, la bisexualidad existe —señalo—. Que le hayan gustado las chicas no significa que no puedas gustarle tú también.

—Ya, bueno. Supongo.

—Siento si no puedo ser de más ayuda, pero es más difícil cuando no lo conozco a él.

—¿Y no podrías darme algún consejo?

—Se me da fatal dar consejos —admito—. Pero lo que sí puedo decirte es que intentes ser natural con él. Que dejes que la cosa fluya, sin

Página 72

forzar las cosas pero también sin ocultar nada. Y, si tú tienes claro lo que sientes…

—Es que tampoco lo tengo claro —me interrumpe—. A ver, me gusta estar con él y me pongo nervioso cuando vamos a vernos, y a veces me pasa… lo que tú has dicho del cuerpo y tal. —Apenas susurra estas últimas palabras; tiene que estar muerto de vergüenza—. Pero no sé si eso significa que me gusta. A lo mejor solo lo quiero mucho porque es mi amigo y ya está, ¿no?

—Puede ser —admito—. A ver, a tu edad es normal tener dudas. Aun así, te digo lo mismo que antes: tú deja que la cosa fluya entre vosotros. Esa es la mejor forma de aclarar lo que sientes, y la mejor forma de averiguar lo que siente él.

—Vale. Gracias.

—De nada.

Hace una pausa antes de volver a hablar.

—Me… —comienza, pero entonces se interrumpe y traga saliva de forma audible—. ¿Me das un abrazo?

De nuevo, una enorme sonrisa me curva los labios.

—Claro que sí, enano.

Me levanto de la cama y me subo a la suya. Con cierta torpeza, lo rodeo con los brazos; es la primera vez que lo hago desde que llegó a la pubertad y empezó a creerse demasiado mayor para esas cosas. Pero esta vez me lo ha pedido él, y se refugia entre mis brazos casi con desesperación. Me doy cuenta de que está temblando ligeramente, de modo que trato de transmitirle mi cariño y mi calidez mientras le acaricio el pelo con una mano y la espalda con la otra.

—Cuéntame, anda. ¿Hay algo más que te preocupe?

—Es que… —comienza con voz temblorosa—. Me da miedo. —¿Que te puedan gustar los chicos?

Él asiente con la cabeza contra mi pecho y sorbe por la nariz.

—Sí —susurra.

Lo abrazo con más fuerza y, entonces, comienza a llorar.

—Ey, ey, ey. ¿Qué pasa, Vic?

Pero no habla, sino que continúa llorando. Y si hay algo que he aprendido durante estas dos últimas semanas es que a veces es necesario llorar y desahogarse, así que dejo que lo haga mientras continúo rodeándolo con los brazos, acariciándole el pelo y la espalda para tratar de

Página 73

tranquilizarlo. Jamás se había mostrado tan vulnerable conmigo, y es una responsabilidad que no puedo tomarme a la ligera. No pienso fallarle.

—Lo si-siento —susurra al cabo de unos minutos, cuando ya ha comenzado a calmarse.

—No tienes nada que sentir —le aseguro—. Cuéntame, anda. ¿Por qué tienes miedo?

—Me da mi-miedo que cambien las c-cosas —confiesa.

Se me llenan los ojos de lágrimas al oír sus palabras; después de todo, yo mismo tuve que pasar por eso en su día, y es un sentimiento que conozco demasiado bien.

—Sé que da miedo darse cuenta de algo así, pero hoy en día es algo muy normalizado. No creo que tus amigos te vayan a dejar de lado por esto, la verdad.

—Ya, bueno. Supongo. —Permanece en silencio unos segundos—. Pero, con mi padre y todo eso…

Uf. Su padre, claro. Lo había olvidado. Mi tío Jesús el turbofacha, más conocido como el primo feo de Gollum. Con un padre así, no me extraña que Víctor tenga miedo.

—Mira, no te voy a mentir. Sabes que tu padre no me cae muy bien… —No, ni a ti ni a nadie —me interrumpe, arrancándome una risita. —Cierto. Pero lo importante es que tienes a tu madre. Y a Vero. Y

ellas van a estar contigo pase lo que pase. Ya lo verás.

—Bueno —responde, aunque todavía no parece demasiado convencido.

—Y, ¿sabes qué? Ahora hay una habitación vacía en mi casa. —Trato de ignorar el hecho de que, en realidad, ahora mismo no lo está—. Si la cosa se pone fea, puedes venirte con nosotros una temporada.

—¿De verdad? —pregunta, y su voz suena esperanzada.

—Te lo prometo.

—Gracias. —Con un hilo de voz, añade—: Pero ojalá se divorcien, la verdad.

—Pues sí. Ojalá. —Permanecemos así durante unos instantes, abrazados mientras le acaricio la espalda con suavidad. Ya ha dejado de llorar, y su respiración se ha calmado bastante—. Vamos a dormir ya, ¿vale? Que es tarde.

—Vale.

Página 74

Me separo de él, pero le doy un beso en la mejilla antes de irme a mi cama. Aunque siempre he querido a Víctor, ahora que hemos hablado me siento curiosamente protector con él, como si fuera mi hermano pequeño o algo por el estilo. No soporto la idea de que lo esté pasando mal con este tema, pero me hace feliz que haya confiado en mí para contármelo. Tan solo espero que la cosa salga bien, sobre todo en lo relativo a su padre.

—Oye, Fran.

No puedo evitar sonreír otra vez.

—Dime.

—Gracias por todo. Eres el mejor.

—De nada, enano. Buenas noches, ¿vale?

—Buenas noches.

Página 75

15.

LOS DÍAS TRANSCURREN CON UNA CALMA APACIBLE. DESPUÉS DE LA NOCHE DURMIENDO CON VÍCTOR, DECIDIMOS QUE VOY A TURNARME CON AMBOS PARA DORMIR EL RESTO DEL PUENTE, ASÍ QUE EL LUNES ME TOCA dormir en la

habitación de Vero. Evito por completo el tema de Marcos, y ella tampoco lo saca a relucir. En su lugar, hablamos de sus cosas, que también dan para muchas horas de conversación.

Según me cuenta, hay un chico de su clase que está conociendo mejor últimamente y le está empezando a gustar, así que se dedica a contarme con todo lujo de detalles absolutamente todas las conversaciones que han mantenido durante las últimas semanas. Analizamos cada una de ellas minuciosamente, tratando de llegar a alguna conclusión sobre lo que podía sentir el chico en cuestión. Por suerte, dedicarme a hablar de la vida amorosa de otras personas me ayuda a olvidarme del desastre que es la mía.

El martes quedo con Álex y Alejo para comer, tal como hablamos la semana pasada. Entre unas cosas y otras, hace mucho que no quedamos los tres, desde que estuvimos estudiando en mi casa hace unas semanas. Y,

Página 76

especialmente, hace mucho que no quedo con Alejo, a quien no puedo ver todos los días en clase como a Álex.

Él es precisamente el primero en llegar a donde hemos quedado, nuestro restaurante chino favorito, y me mira con una enorme sonrisa mientras me acerco a él. Sin decir nada, me da un abrazo enorme. Alejo nunca ha sido muy de mostrar sus sentimientos, y aunque entre nosotros es habitual que nos abracemos para saludarnos o despedirnos, por lo general siempre son esos abrazos rápidos que suelen darse los tíos heteros, no sea que se les vaya a caer la polla si tocan a otro chico durante más de cinco segundos.

Sin embargo, en esta ocasión es un abrazo largo, y sé perfectamente por qué me lo está dando. Me abraza con fuerza y no me suelta durante un largo rato, y en lugar de las típicas palmadas en la espalda que me ha dado alguna vez, lo que hace es acariciarme la espalda con suavidad. Puede que se le den fatal las muestras de cariño en general, pero no se puede negar que siempre sabe estar ahí cuando más lo necesito.

—¿Interrumpo algo? —dice una voz femenina detrás de nosotros—. Porque, si preferís que me vaya…

Nos separamos entre risas, pero, en lugar de alejarnos del todo, lo que hacemos es acercar a Álex a nosotros para abrazarla también.

—Os echaba de menos —susurro mientras me abrazan con fuerza. —Bueno, espero que a mí me eches un poco más de menos que a ella

—replica Alejo—. Que vosotros os veis todos los días en clase.

Me echo a reír una vez más.

—Pero también echaba de menos que estemos los tres juntos. Entramos en el restaurante y nos dirigimos hacia nuestra mesa favorita,

justo al fondo del todo. La gente suele evitarla porque está al lado de las puertas de la cocina, pero a nosotros nos gusta porque no hay mesas cerca y siempre podemos hablar tranquilamente de lo que queramos.

—Bueno… ¿y cómo estás? —me pregunta Alejo, a pesar de que lleva más de dos semanas haciendo lo mismo todos los días.

—Pues bueno, ya sabes. Tirando.

—Me imagino que tiene que ser jodido.

—Bastante. —Aparto la mirada y suelto un suspiro antes de continuar

—. No me imaginaba que fuera a terminar así, la verdad.

Él frunce el ceño ligeramente, pero no dice nada. Sin embargo, mi

mejor amigo es como un libro abierto para mí, y sé perfectamente lo que

Página 77

está pensando: que él sí que lo imaginaba. De hecho, él mismo me lo dijo hace cosa de un mes, el día que le conté lo que había pasado entre Marcos y yo. Me dijo que se me había ido la olla. Que me iba a llevar la mayor hostia de mi vida. Que estábamos poniendo en peligro a nuestra familia. Y, por supuesto, tenía razón en todo. Pero tiene la delicadeza de no recordármelo, y supongo que por eso precisamente es mi mejor amigo.

—Lo siento mucho, Fran —dice al fin—. De verdad.

—Gracias.

—Pero tengo que decirte una cosa.

—Sí, ya lo sé. —Pongo los ojos en blanco—. Que ya sabías que esto iba a pasar, que ya me lo advertiste, que…

—No es eso —me interrumpe.

—¿Entonces? —pregunta Álex.

—Pues a ver… ¿Cuándo vamos a abrir el melón que llevamos semanas evitando? —pregunta Alejo, alternando la mirada entre nosotros.

Frunzo el ceño mientras lo miro, confuso.

—¿De qué estás hablando?

—De que Marcos no es un chaval cualquiera que casualmente era el hijo de tu padrastro —señala, y capto de inmediato por dónde van a ir los tiros—. Es el putísimo Marcos, joder. Te recuerdo que lo odiábamos.

Pongo los ojos en blanco.

—A ver, no exageres. Tampoco es que lo odiáramos.

Él alza ambas cejas antes de responder.

—¿Perdona? ¿Tengo que recordarte que te pasaste más de un año quejándote de que tu madre tuviera que salir con su padre?

—Lo recuerdo perfectamente. Pero, vamos a ver… En el instituto, tampoco lo conocíamos de verdad. No es como pensábamos.

—Formaba parte del grupito de los gilipollas —señala él—. Eso es más que suficiente.

—¿Eso no es un poco prejuicioso? —interviene Álex—. Que ellos fueran gilipollas no significa que él tuviera que serlo.

—Eso es —coincido, aunque no sé muy bien por qué lo estoy defendiendo exactamente—. Todo el mundo comete errores.

—La mierda se pega —sentencia él, testarudo—. Si te juntas con mierda, tú también lo eres. Si no lo eras antes, lo acabas siendo después.

—Pero se separó de ellos —replico—. Recuerdo que me lo dijo, ya no se junta con los amigos que tenía en el instituto.

Página 78

—Siempre fue un imbécil, y todo lo que te ha hecho demuestra que sigue siendo un imbécil.

—Eso no es verdad. Ha cambiado —insisto—. Y si me ha dejado no ha sido para no hacerme daño, sino para no cargarse la familia.

—¿Y no se lo podía haber pensado un poco antes? —replica él, enfadado—. Por ejemplo, ¿antes de pedirte que le comieras la polla?

Comienzan a arderme las mejillas de inmediato.

—No fue así como ocurrió.

—Prefiero no saber los detalles, la verdad. Lo que quiero decir es que él tendría que haber sido más consciente, Fran. Sí, los dos estabais en una situación complicada y los dos hicisteis mal al empezar con toda esa movida, pero él era el único que sabía lo de su padre. Tendría que haber sido más responsable.

—Supongo que tienes razón —respondo, muy consciente todavía del calor en mis mejillas.

—Los dos tenéis una parte de razón —dice Álex, conciliadora—. Es cierto que Marcos tendría que haberse pensado antes lo de su familia. Pero, si Fran dice que ha cambiado, no veo por qué no debería haberle dado una oportunidad, aunque se juntara con esa gente en el instituto. Todos cambiamos mucho en esos años.

—¿Qué excusa te dio para juntarse con esa peña? —me pregunta Alejo, descolocándome un poco.

—¿Cómo?

—A ver, supongo que algo te diría, ¿no?

—Pues… la verdad es que no. No llegamos a hablar del tema.

Alejo me mira fijamente, con la boca entreabierta.

—Joder, ¿os llegasteis a sacar el rabo de la boca alguna vez? —No te pases —le advierte Álex en voz baja.

Ahora estoy prácticamente seguro de que mis mejillas tienen que estar totalmente incandescentes. Es verdad que follábamos mucho, pero eso no significa que no habláramos.

—No es eso, joder. A ver, recuerdo que un día quise sacarle el tema, cuando estuvimos en Canarias y tal, casi al principio. Pero al final no pude, y supongo que entre unas cosas y otras, lo fui dejando.

—Lo fuiste dejando —repite, claramente incrédulo.

—Joder, entiéndeme, ¿vale? Durante el día estábamos casi siempre con nuestros padres, no era el mejor momento para tener una conversación así.

Página 79

Y por las noches… En fin, supongo que nos dejábamos llevar.

—¿Y a la vuelta qué? —insiste—. Porque pasaron más de dos semanas hasta que te dejó.

—Alejo… me estaba enamorando de él —susurro, y unas lágrimas brotan en mis ojos—. Por mucho que no quisiera, me estaba enamorando de él. Tú sabes perfectamente lo que se siente. Cuando empiezas a enamorarte de alguien, te olvidas del pasado, te olvidas de todo lo que no sea el presente con esa persona. Apenas podía pensar siquiera en el futuro, estaba centrado en el día a día con él.

—Ya, pero aun así…

—Para ya, Alejo —lo interrumpe Álex—. Lo que dice tiene mucho sentido.

—Es que todo fue muy rápido —continúo—. Mira, no voy a negarlo: al principio era solo sexo, ya os lo dije. Me caía mal, pero con el roce y el contacto, empezó a ponerme cachondo. —Casi puedo sentir el humo saliendo de mis mejillas, pero me obligo a seguir hablando—. Y entonces una cosa llevó a la otra, y todo lo que ocurría lo hacíamos sin pensar, sin planificarlo. Todo surgía de forma espontánea, todo era muy natural. Y, cuando quise darme cuenta, me estaba enamorando de él. Yo no elegí hacerlo, porque creedme: si hubiera podido elegir, jamás me habría enamorado. Tal vez así no habría tenido que pasarlo tan mal.

No me doy cuenta de que he empezado a llorar hasta que Álex me coloca una mano sobre el brazo y me acaricia ligeramente. Alejo, por su parte, acerca su silla a la mía y me da un abrazo de lado. El gesto hace que llore todavía más, pero lo necesitaba. Soy vagamente consciente de que Álex se pone en pie para abrazarme también, y seguimos así durante unos minutos hasta que logro tranquilizarme un poco.

—Lo siento —dice Alejo al separarse de mí—. De verdad, siento si he parecido brusco, pero es que me preocupo. Sabes que Marcos no me caía bien, y odio que lo estés pasando mal por su culpa. Hace que lo odie todavía más.

—Yo creo que lo habrías odiado aunque se casaran —replica Álex, haciéndonos reír a los dos.

—No, pero en serio —continúa él—. Odio que lo pases mal.

—Lo sé —respondo—. Gracias.

—En fin, tú míralo por el lado positivo. Si te ha dicho que no quiere volver, eso es porque está seguro de su decisión. Ahora lo único que

Página 80

puedes hacer es aceptarlo y seguir adelante.

Tardo un largo momento en responder.

—Sí. Supongo que sí.

Página 81

16.

LA NOCHE DEL MARTES VUELVO A DORMIR EN LA HABITACIÓN DE VÍCTOR, QUE UNA VEZ MÁS ESTÁ CON GANAS DE HABLAR CONMIGO. Y, POR SUPUESTO, YO NO VOY A NEGARME. EN ESTA OCASIÓN, ME PREGUNTA POR detalles acerca de mi

vida amorosa. Está claro que al haberme confesado sus dudas se ha quitado un peso de encima y ahora está deseoso de saber más, así que le respondo lo mejor que puedo y le cuento todas las cosas que considero apropiado contarle, aunque evito por completo mencionar a Marcos.

El miércoles tampoco como con ellos. Mis amigos de la universidad no se han ido a ningún sitio durante el puente, así que Álex y yo quedamos con ellos para comer en nuestro italiano habitual. Me siento culpable por haber estado pasando de ellos prácticamente desde la boda, así que me esfuerzo por participar en la conversación y estar menos ensimismado que en estas últimas semanas.

—Oye, te veo más animado —comenta Sandra con una sonrisa cuando estamos empezando a comernos las pizzas. Hay una honestidad en sus ojos castaños que me anima a tratar de sincerarme.

—Sí, bueno. Estas semanas no he estado muy allá, pero supongo que ya va mejor la cosa.

—Nos habíamos dado cuenta —dice Luis al lado de Sandra, apartándose el flequillo castaño de la frente—. A ver, no te ofendas, pero lo habíamos comentado cuando no estabas. Te veíamos raro, casi no hablabas, a veces no venías a comer con nosotros…

Página 82

—No me ofendo —le aseguro con una sonrisa—. Tienes razón, y lo siento. Intentaré que no vuelva a pasar. Pero gracias por no presionarme. Necesitaba espacio.

—De nada —responde él.

—¿Quieres contarnos lo que ha pasado? —pregunta Sandra.

—Pero solo si tú quieres —se apresura a añadir Carlota, que está justo a mi lado.

Álex y yo intercambiamos una mirada, y ella asiente levemente con la cabeza y esboza una leve sonrisa para darme ánimos.

—A ver, es un poco complicado, la verdad. —Trago saliva mientras trato de reunir fuerzas, y entonces lo digo—: He estado con un chico.

—¡Lo sabía! —dice Luis, triunfal—. Ya os dije que se le notaba que estaba pillado por alguien.

—Veo que os ha cundido eso de hablar de mí a mis espaldas —replico, fingiendo estar indignado, y ellos se ríen ligeramente.

—Culpable —responde él con una sonrisa tímida.

—Tampoco os culpo, la verdad. Pero en fin… no os emocionéis. Al final la cosa no ha salido bien, así que ahora me toca pasar página.

—Vaya… lo siento —dice Carlota, y veo en sus ojos azules que está siendo totalmente sincera—. ¿Qué ha pasado? Si quieres contarlo, claro.

—Sinceramente… ahora mismo preferiría no hacerlo. Todavía está todo muy reciente, la verdad.

Luis capta la mirada de las chicas de forma significativa, y puedo ver en sus ojos lo que pretende hacer un segundo antes de que lo haga.

—¡Abrazo en grupo! —grita antes de que pueda detenerlo.

Todos a una, se ponen en pie y se acercan a mi silla para abrazarme. Finjo querer zafarme de ellos, pero todos sabemos que es mentira. Ahora mismo, no podría sentirme más agradecido por los amigos que tengo, a pesar de que yo no haya sido tan buen amigo con ellos últimamente.

Cuando nos separamos, volvemos a nuestras pizzas y a la charla insustancial; es evidente que están tratando de alejar mi mente de lo que suponen que ha sido una ruptura dolorosa. Hablamos sobre el concurso de Darío que les había enviado. El plazo para participar se cerrará el domingo, así que suponemos que anunciarán los ganadores la semana que viene. Pero todos sabemos que es casi imposible que ganemos, de modo que hacemos planes para comprar entradas para la obra en cuanto salgan a la venta. Aunque con unas entradas normales no tendremos ocasión de

Página 83

conocer a Darío en persona, la idea de verlo cantar también nos atrae mucho. Y, con un poco de suerte, no serán demasiado caras.

Mientras vuelvo en metro a casa de mis primos un par de horas más tarde, no puedo evitar sonreír de oreja a oreja. No me había dado cuenta de lo mucho que necesitaba estar con mis amigos, y ahora que ya me he sincerado con ellos, me reprendo a mí mismo por no haberlo hecho antes, por no haber pasado más tiempo con ellos en lugar de quedarme rumiando las cosas yo solo. Supongo que no me había dado cuenta de lo absorbido que me tenía Marcos, tanto antes de la ruptura como después, y sé que eso no es bueno. Por mucho que quieras a alguien, no puedes permitir que se convierta en el centro de tu mundo y olvidarte de todo lo demás, sobre todo de los que siempre han estado ahí contigo.

Cuando llego a casa de mis primos, Víctor no está. Su madre me informa de que se ha ido con sus amigos, y trato de contener una sonrisa al pensar que tal vez uno de ellos sea precisamente ese chico que le gusta. Ya que yo no puedo tener suerte en mi vida amorosa, al menos puedo alegrarme por él si la cosa sale bien, ¿no? Tan solo espero que el otro chaval no le dé calabazas si mi primo da el paso, porque ahora mismo no estoy en el mejor estado mental para consolarlo.

Decidimos echar otra partida al Mario Party para pasar la tarde. Como no está Víctor, el NPC es Wario, de modo que nos aliamos para fastidiarle el juego todo lo posible; sería una humillación que nos ganara. Pero, al final, es Vero quien resulta victoriosa. Yo vuelvo a quedar el segundo, y mi tía, la tercera. Por supuesto, Wario queda el último, como tiene que ser.

Víctor llega poco después de que terminemos de jugar, cuando estamos empezando a preparar la cena. No parece ni especialmente triste ni especialmente contento, así que supongo que no habrá habido ningún avance con su amigo.

Mientras cenamos, me doy cuenta de lo buenos que están siendo estos últimos días. Estoy riendo más que nunca, estoy siendo más feliz de lo que había sido desde… en fin, desde antes de que Marcos se fuera. El único momento difícil llega por las noches, cuando Vero o Víctor ya se han

Página 84

dormido, depende de con quién duerma, y tengo que quedarme a solas con mis pensamientos, escuchando el sonido de su respiración y recordando cómo era sentir la de Marcos cuando dormíamos juntos. En esos momentos de debilidad siempre se me acaba saltando alguna lágrima, y lo echo tanto de menos que casi me duele de una forma física. Pero, al menos, estoy consiguiendo pasar el resto del día casi sin pensar en él, lo cual ya es un avance significativo.

Con un poco de suerte, podré seguir así el tiempo suficiente como para superarlo.

Página 85

buscarme después de

17.

AL FINAL, EL PUENTE SE ME PASA DEMASIADO RÁPIDO. CUANDO QUIERO DARME CUENTA, YA ES JUEVES Y TENGO QUE VOLVER A CASA. COMO MARCOS SE IRÁ A

MEDIA TARDE, MI MADRE ME HA DICHO QUE VENDRÍA A

desayunar, para que pudiéramos comer todos juntos en casa. No me opuse; después de todo, ya es mucho que me haya dejado pasar el puente fuera.

—¿Cómo estás, cariño? —me saluda con una sonrisa cuando entro en el coche, y se inclina hacia mí para darme un fuerte abrazo. Mientras siento su calidez, tengo que reconocer que la he echado de menos estos días.

—Bien, todo bien. ¿Y tú?

—Muy bien. ¿Cómo te lo has pasado con tu tía y tus primos? ¿Qué habéis hecho?

De forma resumida, le cuento lo que hemos estado haciendo desde que ellos se marcharon después de cenar. Una parte de mí quiere preguntarle qué han estado haciendo ellos estos días, pero sé que me sentiría mal en cuanto mencionara a Marcos. Me han sentado muy bien estos días lejos de casa y tratando de no pensar en él, así que al menos quiero estar tranquilo durante el trayecto de vuelta.

Pero, por supuesto, se me hace tan corto ahora como largo el otro día con él a mi lado. Cuando quiero darme cuenta, ya hemos llegado y estamos aparcando. Apenas unos minutos más tarde ya estamos entrando en casa, y me doy cuenta de que el corazón me late a toda velocidad. Me

Página 86

acerco a la cocina porque sería de mala educación no saludar, y ahí está él, preparando la comida con Antonio y con Natalia. Se gira para mirarme cuando me oye entrar, y el corazón se me detiene durante un segundo.

Joder.

Incluso con esa barba descuidada, sigue siendo guapísimo.

—Ey —me saluda, claramente cohibido.

—Ey —respondo, preguntándome si mi voz sonará tan tensa como me siento.

Natalia se da la vuelta al oírnos y corre directamente hasta mí para abrazarme con fuerza, sorprendiéndome un poco.

—¡Fran! Te echaba de menos.

—¿En serio? —no puedo evitar preguntar, sonriendo.

—Pues claro. —Se aparta de mí y me mira, fingiendo un mohín—. ¿Es que tú a mí no o qué?

—Claro que sí, tonta.

Marcos se ha quedado junto a la vitrocerámica removiendo algo en una olla, pero Antonio se ha acercado para abrazarme también.

—¿Cómo estás? —me pregunta con una sonrisa.

—Bien, todo bien. ¿Qué vamos a comer? Huele genial.

—Espaguetis —responde él, dándome una palmadita en el hombro—.

Con mi salsa especial.

Sonrío al oírlo; la verdad es que los espaguetis le quedan de muerte.

—Bueno… Pues voy a cambiarme y esas cosas.

Vuelvo a mi habitación, dejo la maleta en el suelo y me quito la ropa para ponerme algo más cómodo. Tal vez debería volver con los demás y ayudar a poner la mesa, pero eso significaría cruzarme otra vez con Marcos, y prefiero evitar el momento en la medida de lo posible. Por suerte, tan solo faltan unas pocas horas para que se vaya.

Estoy tumbado en la cama mirando TikTok cuando oigo unos golpecitos en la puerta y el corazón me da un vuelco.

—¡Ya está la comida! —me avisa Natalia.

Me levanto para ir al salón, pero entonces la oigo llamar también a la puerta de Marcos. El corazón se me acelera una vez más, pero me quedo inmóvil y espero unos cuantos segundos prudenciales para asegurarme de que él ya haya pasado, para que no tengamos que cruzarnos en el pasillo. Cuando llego al salón, veo que ya están todos sentados alrededor de la mesa. Como era de esperar, el único asiento libre es el que se encuentra al

Página 87

lado de Marcos, así que contengo las ganas de soltar un suspiro mientras me acerco.

Sin mirarlo, aparto la silla y me siento, procurando ignorar el hecho de que todos mis sentidos parezcan estar tratando de centrarse en él por voluntad propia. No lo miro y no lo toco, pero está tan cerca que puedo percibir su sutil aroma, ese olor que tanto echaba de menos… ¿o es que solo me lo estoy imaginando? Sinceramente, no lo sé. Lo que sí tengo claro es que puedo percibir su calor corporal, ese calorcillo agradable que tan placentero me resultaba cada vez que me abrazaba a su pecho. El mero recuerdo hace que se me humedezcan ligeramente los ojos, así que me obligo a apartar ese pensamiento de mi mente. Ahora no es el momento ni el lugar para recordar un pasado que ya nunca volverá.

A lo largo de la interminable comida, tengo que contar una vez más lo que he estado haciendo estos días con mis primos y mi tía. Cuando termino, Natalia comienza a hablar animadamente de lo que han hecho ellos. Escucho solo a medias, tratando de asentir con la cabeza y sonreír de vez en cuando para que parezca que le estoy prestando más atención de lo que estoy haciéndolo en realidad. Veo sus labios moviéndose y oigo el sonido que sale por ellos, pero apenas soy capaz de comprender las palabras que está diciendo.

Supongo que eso es lo que se conoce como «disociar».

Por suerte, la comida no dura mucho más y pronto ya hemos terminado todos.

—Recoged vosotros tres, ¿vale? —nos pide Antonio.

—Yo he puesto la mesa sola —se queja Natalia—. Que lo hagan ellos.

—Marcos y Fran, encargaos vosotros —decide mi madre.

—Vale —responde él, y yo asiento con la cabeza.

Mientras los demás se marchan, nosotros empezamos a recoger en silencio. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez, pero no tardamos en recuperar ese ritmo habitual que teníamos en su día. Yo apilo los platos y los cubiertos y me los llevo, mientras Marcos hace lo mismo con el resto de cosas. Después, él va enjuagándolas en el fregadero y yo las meto en el lavavajillas. La única diferencia es que antes siempre aprovechábamos esos momentos para besarnos a escondidas, y ahora ni siquiera nos miramos.

Veo por el rabillo del ojo que ya ha terminado de enjuagarlo todo. Sin embargo, en lugar de marcharse, se queda allí plantado. Me da la

Página 88

impresión de que está mirándome, pero trato de hacer como si no me diera cuenta.

—Oye, Fran —me dice cuando termino y pongo en marcha el lavavajillas—. ¿Podemos hablar un momento?

Ni siquiera lo miro antes de responder.

—No.

—Fran… Por favor.

Su voz suena suplicante, y eso rompe algo dentro de mí. Me doy la vuelta para mirarlo por primera vez en todo este rato, luchando con fuerza contra las ganas casi insoportables de besar esos labios. Pero me mantengo firme y trato de aparentar una calma que estoy muy lejos de sentir.

—¿Has cambiado de opinión sobre lo que me dijiste el otro día?

Tarda un largo momento en responder y, por un segundo, esa chispa de esperanza ya familiar vuelve a encenderse tímidamente en mi interior.

—No.

La chispa muere de golpe, y no puedo evitar pensar que ya debería estar acostumbrado a estas alturas. Sin embargo, duele como una puñalada todas y cada una de las veces.

—Pues entonces, no tenemos nada de lo que hablar.

Sin decir nada más, d0y media vuelta y lo dejo solo en la cocina.

Me encierro directamente en mi habitación y, durante unos segundos, pienso que va a venir detrás de mí, que va a llamar a la puerta para insistir. Qué cojones, hasta tengo la esperanza de que lo haga. Sin embargo, no lo hace, y un par de minutos más tarde escucho el sonido de la puerta de su cuarto cerrándose. Solo entonces me tumbo en la cama, me abrazo a la almohada y, tratando de ser silencioso, dejo que las lágrimas comiencen a deslizarse por mis mejillas una vez más.

Y las que quedan.

Página 89

18.

YA HAN PASADO DOS SEMANAS EXACTAS DESDE QUE MARCOS VOLVIÓ A MARCHARSE DESPUÉS DEL PUENTE.

De nuevo, han sido dos semanas más sin su voz y su risa, sin sus besos, sin sus caricias. Dos semanas casi insoportables que se suman a las anteriores para formar este mes sin él. Lo único que me queda para aferrarme a lo que teníamos es, una vez más, su olor. La noche que se marchó, me colé a hurtadillas en su habitación para coger las sábanas que había utilizado durante esa última semana. Para disimular, coloqué las que ya la había robado la última vez en su cama, y después puse las nuevas en la mía, con su aroma renovado. No podía evitarlo; por patético que fuera, todavía necesitaba abrazarme a la almohada mientras dejaba que su olor me invadiera para poder quedarme dormido todas las noches.

Pero ahora ha llegado de nuevo el momento de volver a vernos, y no sé si estoy preparado.

Hoy comienzan las vacaciones de Navidad. Y eso significa que, como su excusa para irse a casa de sus tíos fue estar más cerca de la facultad, ahora va a tener que volver a casa, le guste o no. Creo que tendría que haberse mirado el calendario académico antes de tomar su decisión, porque al final nos estamos viendo cada dos por tres. Aunque supongo que eso cambiará cuando llegue enero. A menos que su padre acabe exigiéndole que venga los fines de semana, tal vez no nos veamos hasta Semana Santa. Con un poco de suerte, eso me servirá para superarlo.

Página 90

Sin embargo, primero tengo que sobrevivir a las navidades. Y es que, como no podría ser de otra manera, nuestros padres ya tenían organizado un viaje familiar para las vacaciones. Si durante su luna de miel nos fuimos a la playa en Canarias, ahora han optado por la sierra; un lugar con nieve y donde podamos esquiar, que por lo visto a todos les interesa muchísimo. Menos a mí, claro.

Por supuesto, ya tenían los billetes y el alojamiento pagados desde hace semanas, y sé por experiencia que no va a servir de absolutamente nada que trate de escaquearme. Con un poco de suerte, tal vez no tenga que compartir habitación con Marcos, aunque algo me dice que la suerte se me agotó hace mucho.

Como hoy es el último día antes de las vacaciones de Navidad y muchos nos vamos a ir fuera, he estado comiendo con mi grupo de la universidad. Al menos, desde esa vez que quedamos durante el puente he conseguido integrarme un poco más, y estas últimas semanas he sido capaz de participar en la conversación sin que nadie me obligara a hacerlo. Ninguno de ellos ha vuelto a sacar el tema de mi relación fallida y yo tampoco lo hago, pero es evidente que se alegran de verme un poco más animado y participativo. Durante las casi dos horas que pasamos en el restaurante italiano, casi logro olvidarme por completo de lo que me espera al volver a casa.

Por suerte, al igual que nadie ha mencionado el tema de mi ruptura, de la que evidentemente estaban todos enterados sin que yo les contara nada, nadie saca tampoco el tema de las navidades. No todos tienen familias con suficiente dinero como para irse de vacaciones, y por suerte, el hecho de que todos tengan el suficiente tacto como para no hablar de las próximas semanas significa que también puedo olvidarme de ese tema en concreto durante un par de horas.

Al menos, hasta que tengo que montarme en el metro para volver a casa y el peso de la situación cae por completo sobre mí. De nuevo, comienzo a mentalizarme de la idea de que muy pronto volveré a ver a Marcos.

El corazón me late con fuerza cuando entro en casa y camino hasta el salón, pero me lleno de alivio al ver que no está allí. Como siempre, Natalia está tirada en el suelo mientras nuestros padres ven la tele en el sofá, y eso me ayuda a tranquilizarme un poco. Tras los saludos de rigor,

Página 91

voy a mi habitación, aunque primero necesito pasar por el baño. Abro la puerta, pero un grito me detiene en seco.

—¡Ocupado!

Cierro de golpe mientras el corazón se me acelera de nuevo. Comienzo a sentir una molesta maraña de nervios en la boca del estómago: no estoy preparado para volver a pasar más de dos semanas con cruces y encuentros inoportunos en el baño, la verdad. Me apresuro a entrar en mi habitación, y no salgo de allí hasta que oigo que Marcos abre la puerta del baño y cierra la suya un par de minutos más tarde.

Sinceramente, no sé cómo voy a sobrevivir a los próximos días.

Página 92

19.

LOS DOS PRIMEROS DÍAS DE LAS VACACIONES SON CASI COMO UNA REPETICIÓN DEL TIEMPO QUE PASÉ EN CASA DURANTE EL PUENTE.

El jueves por la noche, la cena me resulta tan tensa como la última comida antes de que Marcos se marchara después de pasar el puente aquí. Al menos, en esta ocasión me libro por completo de participar. Los demás quieren saber lo que ha estado haciendo Marcos durante las últimas semanas, así que tengo la excusa perfecta para desconectarme por completo y concentrarme en mi comida.

El viernes quedo a comer con Alejo, y después vamos a su casa a jugar a la consola un par de horas. La tarde con él me ayuda a olvidarme del tema, pero tengo que volver a tiempo para la cena: mi madre está empeñada en que tenemos que hacer otra de sus adoradas «noches en familia».

Como era de esperar, la cosa no podría ser más tensa. En esta ocasión me dejan elegir película a mí, así que soy inteligente y escojo una que me gusta y no llega a la hora y media: Mulán. Es una de mis películas favoritas y tenía la esperanza de que me sirviera para olvidarme de la presencia de Marcos a mi lado, pero la evidente bisexualidad confusa de Li Shang no hace más que recordarme a él en todo momento. Y, por supuesto, tenerlo justo al lado, tan cerca que podríamos tocarnos si quisiéramos, tampoco es que ayude precisamente. Por suerte, la tortura no dura demasiado y pronto puedo volver a mi habitación.

Página 93

Sin embargo, me está resultando muy difícil dormir estos días ahora que Marcos vuelve a estar al otro lado de la pared. Soy demasiado consciente de cualquier sonido, de los movimientos que hace al darse la vuelta sobre la cama. Es como si su presencia fuera algo casi físico dentro mi propia habitación, a pesar de tener un tabique de por medio.

El sábado me levanto un poco más animado. Hoy es Nochebuena y, como todos los años, Víctor, Vero y su madre van a venir a cenar a casa. Comenzaron a hacerlo desde el divorcio de mis padres, supongo que para que no nos sintiéramos tan solos, cosa por la que siempre les estaré agradecido. Además, a ellos les viene bien: mi tío el primo de Gollum siempre se va a cenar con sus padres, que ya están mayores y, por lo que cuenta Vero, son tan horribles como él.

La parte negativa es que la cena será mucho más larga de lo habitual y, por consiguiente, también voy a tener que pasar mucho más tiempo con Marcos. Pero voy a estar con mi tía y mis primos, y eso siempre es bueno. El otro día salió todo bien, a pesar del breve momento de tensión, así que no hay razones para pensar que hoy vaya a ser diferente.

Acabo de salir de la ducha cuando oigo el sonido de voces en el salón que me indican que ya han llegado. Me visto con rapidez antes de ir hacia allí y entonces los saludo con una sonrisa, feliz de tenerlos en casa. Aunque solo hace poco más de dos semanas desde que estuve pasando el puente con ellos, siempre me alegra que podamos estar juntos.

—Fran, cariño —me dice mi madre cuando terminamos de saludarnos

—. ¿Puedes remover un poco la bechamel? No quiero que se pegue. —Voy contigo —se apresura a decir Víctor.

Vamos juntos a la cocina y comienzo a remover despacio mientras espero a que hable; es evidente que ha querido acompañarme por algo.

—Oye, Fran… —empieza al fin, y yo trato de contener una sonrisita.

—Dime.

Pero, justo cuando va a hablar, Marcos entra en la cocina y todos nos tensamos. En casa no somos creyentes y vemos la Navidad más como una forma de estar en familia, así que no nos arreglamos demasiado, pero

Página 94

Marcos se ha puesto un pantalón beis y una camisa negra en lugar de su ropa habitual para estar por casa. Me doy cuenta de que se ha afeitado, aunque no sé de cuál de las dos formas lo prefiero.

—Ey —saluda.

—Ey —respondo.

—Hola —dice Víctor, y alterna la mirada entre nosotros con el ceño fruncido.

—¿Qué me ibas a decir? —le pregunto, bajando la voz.

Él le echa un vistazo a Marcos, que está sacando vasos de la alacena.

—Nada, da igual. No era importante.

—¿Seguro? —le pregunto cuando Marcos se marcha—. Ya estamos solos.

Él mira a su alrededor con nerviosismo, como si le preocupara que pudiera aparecer alguien más de un momento a otro.

—Sí, sí. Tranquilo.

Y, sin más, se marcha de la cocina.

El resto de la tarde transcurre entre risas y diversión, como suele ocurrir en días como este, a pesar de la presencia constante de Marcos. Primero, «los chicos» jugamos al Mario Kart. Al principio no me hacía mucha gracia jugar con Marcos, pero me lo tomo como un reto personal; no puedo permitir que me gane. Apenas puedo contener la sonrisa de satisfacción cuando, después de ocho rondas, quedo en el primer puesto, con Víctor debajo por apenas cinco o seis puntos. Marcos ha quedado el tercero, y su padre, el último.

Después, cuando Antonio se va la cocina, Vero propone que «los hijos» juguemos al Mario Party. Somos cinco y el juego solo admite cuatro jugadores, pero, por suerte, Marcos se excusa diciendo que tiene cosas que hacer en su habitación. Mucho más desinhibido y sin la presión de tener que ganarle a nadie, me lo paso todavía mejor que antes. Por culpa de un injustísimo reparto final de estrellas, la ganadora es Natalia, seguida por Vero, después Víctor, y yo en último lugar. Pero no me importa; me lo estoy pasando tan bien que no me importaría tirarme varias horas más jugando con ellos.

Al fin, llega la hora de la cena. Parte del nerviosismo que sentía antes vuelve a aparecer cuando veo a Marcos de nuevo, pero trata de disimular. Hemos abierto la mesa extensible para que quepamos todos, y Vero y yo nos hemos encargado de asignar los asientos exactamente de la misma

Página 95

forma que el otro día, para que Marcos y yo no tengamos ni que vernos.

En parte me duele esta frialdad y esta lejanía, pero sé que es lo mejor.

Cuando quiero darme cuenta, ya es más de la una de la mañana. La conversación se ha ido apagando durante la última media hora; es evidente que estamos todos cansados, pero ninguno queremos levantarnos de la mesa. Las luces del árbol de Navidad brillan alegremente, pero ya empiezan a resultarme un tanto molestas a la vista.

—Víctor, Vero —los llama su madre—. Vamos a ir ayudando a recoger, que tendríamos que irnos ya.

Mi primo me lanza una mirada fugaz antes de mirarla a ella.

—¿No podemos quedarnos un rato más? —pregunta—. Todavía es pronto.

—Cariño, tenemos que volver a casa. Sabes que tardamos un buen rato y ya es más de la una.

—Pero…

—Estás de vacaciones —le recuerda ella—. Podéis quedar cuando queráis.

Víctor frunce el ceño, pero asiente con la cabeza. Es evidente que no tiene ninguna gana de marcharse, y entonces recuerdo que estuvo tratando de contarme algo en la cocina. Teniendo en cuenta las conversaciones que mantuvimos en su casa, sé que tiene que ser importante para él.

—Oye, ¿y por qué no se queda a dormir aquí? —propongo—. En el trastero hay una cama supletoria.

Víctor mira a mi tía, claramente esperanzado. Sí, está claro que quiere hablar conmigo. Ella, a su vez, mira a su hermana y a su cuñado, con una expresión interrogativa en el rostro.

—A mí no me importa —dice mi madre—. Sabes que estoy encantada de tenerlos por aquí.

—La familia tiene que estar unida —añade Antonio, en su línea habitual—. A los chavales les vendrá bien estar juntos.

Le lanzo una mirada de disculpa a Vero, que es la que suele quedarse a dormir conmigo. No quise contarle nada de lo que me dijo Víctor porque es algo privado suyo y tiene que ser él quien lo haga, pero me da la impresión de que se huele por dónde van los tiros. Por suerte, ella sonríe y asiente con la cabeza; también se ha dado cuenta de que esto es importante para su hermano.

Página 96

—Si te quedas, no vas a tener regalos de Navidad hasta que vuelvas a casa —le recuerda su madre a Víctor.

—Me da igual —asegura él.

—Bueno, pues como quieras. Aunque no tienes pijama, y…

—Yo puedo prestarle uno mío —intervengo—. Tengo alguno que me queda más pequeño, y ya casi es de mi altura, así que…

Ella suelta un suspiro, pero contesta con una sonrisa.

—Bueno, está bien.

A pesar del gigantesco elefante en la habitación que es la situación con Marcos, me doy cuenta de que soy feliz. Ha sido un día bonito, una noche bonita. Ni mi madre ni yo hemos sido nunca religiosos, y tan solo celebramos la Navidad por tradición. Lo mismo se podría decir de mi tía y de mis primos, aunque no de mi tío, que es de esos que van a misa todos los domingos y luego se olvidan de las supuestas enseñanzas de Jesucristo durante el resto de la semana, como buen cristianazi fascista que no entiende su propia religión. En cualquier caso, son fechas que siempre he asociado con los momentos en familia, y me alegra que este año haya ido tan bien a pesar de mis reticencias iniciales. Incluso con Marcos presente.

Ya he superado la primera prueba complicada de estas vacaciones, pero al final no ha sido tan difícil como pensaba. Con un poco de suerte, también seré capaz de superar las próximas.

Página 97

20.

MEDIA HORA MÁS TARDE, VERO Y MI TÍA YA SE HAN MARCHADO. CON MI PRIMO, YA SOLO QUEDAMOS SEIS EN CASA.

—Bueno… yo creo que me voy a dormir ya, que me caigo de sueño — dice Marcos, y se dirige a su padre para darle un abrazo—. Feliz Navidad.

—Feliz Navidad, campeón.

Permanecen unos segundos así, y entonces Marcos se separa de él y se acerca tímidamente a mi madre.

—Feliz Navidad, corazón —dice ella, salvándolo un poco de la vergüenza, y lo rodea con los brazos. Todavía no me he acostumbrado a que mi madre tenga muestras de cariño con ellos, pero, por alguna razón, verlos ahora me hace sonreír ligeramente.

Entonces, se separan también y Marcos se dirige hacia Natalia. —Feliz Navidad, mocosa —le dice entre risas, rodeándola con los

brazos.

—Feliz Navidad, payaso —responde ella, abrazándolo también. —Haya paz… —interviene su padre, aunque está sonriendo. De

nuevo, la situación me hace sonreír levemente.

Pero, entonces, trago saliva al darme cuenta de lo que va a ocurrir a continuación. Marcos se separa también de Natalia y se acerca a donde estamos Víctor y yo, con evidente timidez. Supongo que le resultará incómoda la idea de abrazarnos; a mi primo, porque apenas lo conoce, y a mí por razones evidentes. Pero quedaría mal si no lo hiciera, así que me

Página 98

imagino que se está obligando a hacer el paripé para que nuestra familia no sospeche que pasa nada extraño.

—Me ha encantado conocerte mejor —le dice a Víctor.

—Y a mí.

Marcos hace ademán de acercarse un poco a él y, cuando mi primo le corresponde, lo abraza también, aunque de forma mucho más breve.

Después, se dirige a mí.

—Bueno —dice, claramente incómodo.

—Bueno.

—Feliz Navidad.

Entonces se acerca para darme un breve abrazo, todavía más incómodo que si no hubiera llegado a hacerlo. Y, a pesar de ello, es como si una descarga eléctrica pasara entre nosotros en los puntos donde nuestros cuerpos se tocan. Pero el momento es breve y, cuando quiero darme cuenta, ya está saliendo por la puerta.

Diez minutos más tarde, Víctor y yo ya hemos colocado la cama supletoria en mi habitación, cerca de la mía. Estamos los dos cansados, así que nos metemos directamente entre las sábanas y apagamos la luz. Cierro los ojos sin tratar de dormir, esperando a que hable.

—Oye, Fran —me llama al cabo de un par de minutos.

—Dime —respondo con una sonrisa; sabía que no tardaría en decir algo.

—¿Recuerdas lo que te conté? ¿Lo de que… tenía dudas y tal? —Sí.

—Nos hemos besado —susurra, con la voz casi inaudible.

Abro mucho los ojos, sorprendido. Esto sí que no me lo esperaba. —Entonces, supongo que ya no tienes tantas dudas, ¿no?

—Al contrario —responde, y esta vez puedo oír la angustia en su voz

—. Tengo dudas precisamente porque nos hemos besado.

—Oye, Vic, es tarde y estoy medio dormido, así que vas a tener que

ser más claro, ¿vale? —le pido—. ¿Qué pasó exactamente? Ya sabes que puedes contarme lo que quieras.

Y lo digo en serio. Yo no tuve a nadie que me ayudara cuando descubrí que me gustaban los chicos, y habría dado cualquier cosa por tener un primo mayor a quien pudiera pedirle consejo. Pero, como yo no lo tuve, quiero ser esa persona para él.

Página 99

—A ver, es que ayer estábamos unos cuantos en casa de un amigo, y jugamos a «Verdad o reto». Adri… Bueno, Adri es mi mejor amigo, ¿recuerdas? Le tocó reto, y le dijeron que tenía que besar a un chico. Y me besó a mí.

Joder. Pues sí que son lanzados los chavales de ahora. Tan solo hace cuatro o cinco años que yo mismo tenía su edad y jamás me habría atrevido a hacer algo así.

—Y entonces, ¿ya tienes claro si a ti te gusta Adri?

—Ese es el problema. Que no lo sé. ¿Cómo puedo saber si me gusta o

no?

Si él supiera la de días que me pasé sin aceptar cuánto me gustaba realmente Marcos…

—No sé, ¿tú qué sientes cuando estás con él? ¿Notas algo especial? —A ver… es mi mejor amigo. Mi persona favorita, en realidad. —Lo

suelta todo del tirón, como si le hubiera dado muchas vueltas al tema—. Siempre tengo ganas de estar con él, y de hacer cosas con él. ¡Pero no cosas de esas! —se apresura a decir, arrancándome una sonrisa. Tiene que estar rojísimo, y me obligo a contener una risita—. Cuando no estoy con él, lo echo de menos, y a veces me pongo nervioso antes de que nos veamos, y… Perdón. Estoy siendo un pesado.

—No eres un pesado —le aseguro, todavía sonriendo.

—Bueno, pero entonces, ¿qué piensas?

—Vamos a ver, Vic. A mí me parece que está claro que sí que te gusta, ¿no?

Hace una larga pausa antes de responder.

—No lo sé… ¿puede ser? Es que nunca me había pasado esto, te lo juro.

—A ver… ¿Dirías que te gustó el beso?

—Creo… creo que sí —admite con la voz llena de vergüenza—. Pero estoy rallado.

—Bueno, pero es que eso es normal, es algo muy nuevo para ti. ¿Has hablado con él?

—Ese es el problema. Que ahora está raro.

—Es posible que él también esté rallado —señalo—. Tienes que buscar la forma de hablar con él.

—Ya… Supongo.

—Seguro que todo sale bien, ya verás.

Página 100

Nos quedamos de nuevo en silencio, pero me doy cuenta de que todavía quiere decir algo más. De nuevo, aguardo hasta que se sienta preparado.

—Oye, Fran —comienza con voz dudosa al cabo de un par de minutos

—. ¿Te puedo hacer una pregunta? No puedo evitar sonreír. —¿Otra más?

—Perdón. —Dime, anda.

—¿Qué pasa con Marcos?

El corazón me da un vuelco de repente. Trato de mantener la calma antes de contestar; no quiero que se dé cuenta de nada.

—¿A qué te refieres?

—No sé, es que estáis como… tensos. Me di cuenta el otro día, y hoy también.

—No sé de qué me hablas, la verdad.

—Siempre lo miras a escondidas cuando crees que nadie te ve — señala, y me quedo de piedra al oírlo. ¿De verdad es tan evidente?—. Y él también te mira a ti.

Eso sí que no me lo esperaba.

—¿En serio?

—En serio. —Hace una pausa, y entonces añade—. Te mira bastante. Y, cuando estábamos con el postre, se dio cuenta de que yo lo estaba viendo mientras te miraba y apartó la vista de golpe, todo rojo.

Joder. ¿Qué cojones significa esto ahora? No es suficiente como para que vuelva a aparecer la chispa de esperanza que creía olvidada, pero, ¿y si…?

—No nos llevamos muy bien —respondo, lo cual no es del todo mentira. En otra situación, no me habría importado contarle a Víctor lo que sentía por Marcos. Pero todavía me duele demasiado y, de todos modos, si mi primo se está cuestionando su sexualidad, no quiero meterle dramas en la cabeza, no quiero que se le quiten las ganas de intentarlo solo porque a mí me haya ido mal—. Casi no nos conocíamos cuando nuestros padres se casaron, y en fin, la convivencia es complicada.

—Ah, vale —responde, aunque no sé si parece muy convencido.

—Pero gracias por preocuparte.

Página 101

Permanecemos unos minutos más en silencio, roto solo por el movimiento de Marcos sobre el colchón al otro lado de la pared.

—Estaba guapo hoy —dice Víctor con una voz casi inaudible, como si le diera vergüenza decirlo.

Se me escapa una risita por la sorpresa. Es muy posible que sea la primera vez que dice algo así de un chico.

—Sí —respondo, y trato de contener la necesidad de soltar un suspiro

—. La verdad es que sí. —¿Y a ti no te gusta?

—No —miento descaradamente. —¿Ni siquiera un poquito? —insiste. —Duérmete ya, enano. Que es tarde. —Vaaaleee…

Página 102

21.

LA MAÑANA DE NAVIDAD COMIENZA CON AJETREO.

Mi madre y yo nunca hemos sido muy de Papá Noel; siempre hemos preferido los Reyes Magos. Parece que la familia de Marcos es igual que nosotros, pero aun así, todos tenemos un regalo debajo del árbol cuando nos levantamos. Como no hay ninguno para Víctor porque su estancia con nosotros ha sido improvisada, no los abrimos hasta que se mete en la ducha, para que no se sienta mal. Mi regalo es el último disco de Taylor Swift, que todavía no lo tenía en formato físico: justo lo que quería. Cuando terminamos de abrirlos, Antonio se va a por churros; al parecer, entre ellos es tradición desayunar churros en Navidad, Año Nuevo y Reyes. No me voy a quejar, la verdad.

Sin embargo, no tenemos demasiado tiempo para entretenernos con el desayuno, porque a las doce sale nuestro autobús para ir a la sierra. La madre de Víctor viene a recogerlo a las once, así que me despido de él con un fuerte abrazo mientras le susurro un «buena suerte» al oído. Al menos, todo parece apuntar a que su vida amorosa será un poco mejor que la mía durante las próximas semanas.

A las once y cuarto ya estamos saliendo por la puerta. Llevamos una maleta cada uno y varias mochilas, así que tenemos que hacer dos viajes en ascensor. Marcos, Natalia y Antonio son los primeros, y se llevan todas las maletas para ir metiéndolas en el coche en lo que bajamos mi madre y yo.

Página 103

—¿Te lo has pasado bien con Víctor? —me pregunta cuando nos quedamos solos, sonriente.

—Sí, la verdad. El pobre tenía ganas de estar conmigo.

—Os veo más unidos últimamente, ¿no? Antes solías estar más con Vero.

—Ya, bueno. Supongo que se está haciendo mayor, no es lo mismo que cuando era más crío.

—¿Y qué hay de Marcos?

El cambio de tema hace que me dé un vuelco el corazón.

—¿Qué pasa con él?

—También parecía que estabais muy unidos durante el viaje y después cuando volvimos a casa, pero ahora ni os habláis. Y tampoco quisiste estar con él en el puente. ¿Es que os habéis peleado?

Me encojo de hombros. Por suerte, él mismo me ha proporcionado la excusa perfecta.

—Es él quien quiso marcharse de casa. —El ascensor llega justo cuando termina la frase, así que entro y presiono el botón del garaje antes de continuar—. No es culpa mía que nos haya dejado tirados.

—Venga ya, cariño. Tampoco ha sido así.

—No es culpa mía —insisto.

Ella suelta un suspiro y se aparta el pelo rubio de la cara.

—En fin, a ver si estas vacaciones os sirven para volver a acercaros un poco, como cuando fuimos a Canarias.

—No lo creo.

—Bueno. Pero, sea lo que sea, espero que lo solucionéis.

Las puertas se abren unos segundos más tarde, y mientras salimos pienso que no tiene razón. Por muy buena voluntad que muestre ahora, ella no sabe lo que había entre nosotros, porque, si lo hiciera, jamás querría que lo solucionáramos. Le hacía demasiado feliz haber ampliado la familia después de tanto tiempo como para que dos chavales demasiado hormonados nos lo carguemos todo. Supongo que, en el fondo, Marcos tenía razón al querer cortar por lo sano, por mucho que me duela admitirlo.

De nuevo, ha llegado el momento de compartir asiento con él. Al menos, esta vez no trata de alejarse de mí como si tuviera la peste o algo por el estilo, pero eso significa que nuestros cuerpos se rozan constantemente con los vaivenes del vehículo y, sinceramente, no sé que

Página 104

es peor. Por suerte, el trayecto no dura demasiado, y apenas diez minutos más tarde ya estamos en la estación de autobuses.

Dejamos el coche en el aparcamiento y, cargando con las maletas y las mochilas, vamos en busca del autobús donde tendremos que montarnos. Ya hay un poco de cola a pesar de que todavía falta media hora para que salga; supongo que es lo normal en fechas así.

—¿Queréis ir al baño antes de salir? —pregunta mi madre—. El trayecto dura algo más de una hora, pero después tenemos que llegar al hotel, hacer el check-in y todo eso.

A todos nos parece una buena idea, así que vamos en tropel hasta los servicios más cercanos. Marcos y su padre entran primero y se dirigen hacia dos de los cuatro urinarios vacíos que hay en un lado de la pared. Echo un vistazo rápido a los cubículos, y me invade el pánico al ver que están todos cerrados. Estoy pensando en ir al lavamanos a hacer como que me peino para disimular hasta que uno de ellos se quede libre, pero entonces oigo la cisterna y salgo disparado hacia allí. Un chico joven sale por la puerta del cubículo y yo me apresuro a ocupar su lugar, con el corazón latiéndome con fuerza. Con Marcos había empezado a superar mis nervios a la hora de usar los urinarios, pero después de lo que ha pasado entre nosotros, sé que sería peor que nunca. Sobre todo con su padre de por medio.

Cinco minutos más tarde, ya estamos todos en la cola del autobús, todavía más larga que antes.

—No nos van a dejar sin montar, ¿verdad? —pregunta Natalia.

—No te preocupes —la tranquiliza su padre—. Los billetes están pagados.

—En todo caso, lo difícil va a ser que encontremos asientos juntos — añade mi madre.

—Yo quiero ir contigo —se apresura a decir Natalia.

—Bueno, a ver si hay suerte.

Somos los últimos en subir. Lo primero que encontramos es un asiento libre junto a un hombre que viaja solo, así que Antonio se sienta allí. Seguimos caminando y, hacia la mitad del autobús, Natalia y mi madre encuentran dos asientos vacíos, uno a cada lado del pasillo, junto a otras dos personas que viajan solas. Marcos y yo seguimos avanzando, tensos. Hay un sitio libre junto a un madre que lleva un bebé en brazos que no deja de llorar y, un poco más atrás, otro al lado de un chaval hosco con

Página 105

pinta de que podría apuñalarnos si nos sentáramos a su lado. Ignoramos ambos y seguimos caminando, pero ya estoy empezando a darme cuenta de cómo va a acabar todo esto.

Tal como esperaba, solo quedan dos asientos libres, justo al final del todo. Estoy empezando a plantearme la posibilidad de sentarme junto al posible apuñalador; tal vez me vendría bien que me sacara de mi sufrimiento. Sin embargo, no quiero fastidiarle el viaje a la familia, así que ocupo el asiento junto a la ventanilla, recordando que Marcos se marea.

—¿Quieres que vayamos a buscar a tu madre? —me sugiere, todavía de pie. Es la primera vez que se dirige a mí a solas desde hace mucho tiempo—. Puedes sentarte aquí con ella si quieres.

—Natalia quería sentarse con ella —le recuerdo.

—Podemos cambiarnos de sitio con ellas. Así pueden sentarse juntas. Trato de contener un resoplido. ¿Tanto le molesta tener que sentarse a

mi lado que prefiere hacer todo el lío de cambiarse solo para poder tener un pasillo en medio? Sinceramente, que se joda. Que se vaya él si quiere cambiarse, pero yo me quedo aquí.

—Da igual, Marcos. Déjalo.

—Vale.

En silencio, ocupa el asiento junto a mí con cuidado de no tocarme. Aunque estoy pegado a la ventana, mirando la gente que camina de aquí para allá entre las dársenas, soy demasiado consciente de su presencia.

Algo me dice que este viaje a va a ser una auténtica tortura.

—Oye, Fran —dice unos segundos más tarde.

Sorprendido, giro la cara para mirarlo. Estar tan pegado a él y ver sus labios tan cerca de los míos hace que el corazón me dé un vuelco y, al mismo tiempo, que me sienta como si me hubieran pegado un puñetazo en el estómago.

—¿Qué pasa?

—Creo que deberíamos hablar.

Echo un vistazo a las cabezas que veo por encima del respaldo de los asientos que tenemos delante.

—No me parece que sea el mejor momento, la verdad. —¿Y cuándo crees que sería el mejor momento? —No lo sé —admito—. ¿Cuando volvamos? ¿Nunca?

Él suelta un resoplido, claramente frustrado, y tengo que reconocer que eso me provoca cierta satisfacción.

Página 106

—Fran, por favor. Si no lo haces por mí, al menos hazlo por tu madre.

Por Natalia y por mi padre.

Au. El muy cabrón ha ido a tocar en donde duele.

—Vale. Pero sé rápido. ¿Qué quieres?

—Odio que estemos así.

—Buen chiste ese —respondo entre risas amargas, y él suspira. —Mira, Fran. A pesar de todo, me importas mucho. Muchísimo. —

Siento un cosquilleo en el estómago al oírlo, pero me esfuerzo por ignorarlo—. Bastante más de lo que piensas.

—Ya.

—Lo digo en serio, pero me da igual que no me creas. Lo único que quiero decirte es que hay más personas de por medio. Personas a las que no quiero hacer daño. —Echa un vistazo a los asientos de delante y continúa, bajando la voz—: Ellos no tienen culpa de lo que ocurrió entre nosotros.

Me da rabia reconocerlo, pero sé que tiene razón.

—¿Qué es lo que quieres exactamente?

—Que no les hagamos daño. Que no les jodamos las navidades. Y tú sabes perfectamente que, como sigamos así, se las vamos a joder.

—¿Entonces? ¿Qué sugieres que hagamos?

—Cuando volvimos de Canarias estábamos siempre juntos. Obviamente, ellos se han dado cuenta de que ya no es así. Tanto mi padre como Natalia me lo han preguntado. —Asiento con la cabeza; tendrían que estar demasiado en la inopia para no darse cuenta—. ¿No podemos hacer como si nos hubiéramos reconciliado? ¿Como si volviéramos a ser amigos?

—Tú y yo nunca hemos sido amigos —señalo, todavía evitando su mirada—. Ni lo éramos antes, ni creo que podamos empezar a serlo ahora.

Al menos, no todavía. Él vuelve a suspirar.

—No te estoy pidiendo que seamos amigos —responde, aunque creo oír dolor en sus palabras—. Tan solo digo que tal vez deberíamos actuar como si lo fuéramos. No por mí, ni por ti. Sino por ellos.

Quiero soltarle alguna respuesta sarcástica, algún comentario hiriente. Pero, en el fondo, no quiero hacerle daño. Y, al igual que antes, sé que tiene razón. Él quiso cortar con lo que había entre nosotros para no hacer sufrir a nuestra familia, así que no tiene ningún sentido que empecemos a

Página 107

hacerlo ahora. Por mucho que me duela tratar de hacer como si nada, sé que es lo mejor.

—No prometo nada —digo al fin—. Pero lo intentaré.

Él tarda un largo instante en responder.

—Gracias —dice al fin.

No respondo. Como si hubiera estado esperando a que termináramos de hablar, el autobús arranca, de modo que me pongo los auriculares, vuelvo a apoyarme contra la ventana y cierro los ojos, con la esperanza de que la música haga que el trayecto sea menos tortuoso. Pero la presencia de Marcos sigue siendo intensa a mi alrededor, así que sé que no va a ser tarea fácil.

En cualquier caso, no hay forma de negarlo. Por mucho que trate de mantenerme alejado de él, por mucho que trate de mostrarme frío y arisco cuando me habla, sé muy bien cuál es la verdad. A mí no puedo engañarme.

Sigo estando demasiado enamorado de él.

Página 108

22.

DESPIERTO DE REPENTE, UN TANTO SOBRESALTADO AL NOTAR QUE ALGUIEN ME ESTÁ FROTANDO LIGERAMENTE EL BRAZO.

—¿Fran? —susurra la voz de Marcos—. Ya hemos llegado.

Pestañeo un par de veces, confuso, y entonces me doy cuenta de que sigo en el autobús, aunque ahora hay un paisaje nevado al otro lado de la ventana. Mierda. Me he quedado dormido. Me apresuro a llevarme la mano a la barbilla para hacer como que me rasco, pero por suerte no se me ha caído la baba ni nada por el estilo. Me incorporo un poco en mi asiento, tratando de evitar la mirada de Marcos.

Todo el mundo está ya poniéndose en pie para salir, pero nosotros nos encontramos al final del todo y todavía tenemos que esperar unos minutos. Cuando por fin salimos al exterior por la puerta de en medio, nuestros padres y Natalia ya están esperando con todas las maletas. Mi madre me dirige una amplia sonrisa al verme.

—¡Pues ya estamos aquÍ!

Me esfuerzo por devolverle la sonrisa.

—¿Dónde es el hotel? —pregunto.

—Lo hablamos ayer durante la cena, ¿no te acuerdas? —se extraña Natalia.

La verdad es que no. Me pasé casi toda la cena hablando con Vero y Víctor, y procuré ignorar de forma consciente cualquier mención a un viaje que no podría apetecerme menos.

Página 109

—Tenemos que coger un taxi —me explica mi madre—. Según la página web, está a menos de diez minutos en coche desde aquí.

Nos dirigimos hacia la pequeña parada de taxis que hay cerca del autobús. Mientras esperamos a que nos llegue el turno, frotándome los brazos para tratar de mantener el frío a raya, miro a mi alrededor. Por muy pocas ganas que tuviera de venir, tengo que reconocer que el paisaje lleno de montañas nevadas no podría ser más bonito. Pero, sobre todo, lo que marca la diferencia es el aire; un aire puro y fresco tan diferente al de la ciudad que casi parece mentira que estemos a solo una hora y pico de distancia. Casi siento que se me limpian los pulmones al respirarlo.

Cuando llega el taxi, Antonio ocupa el asiento delantero por ser el más voluminoso y los demás nos metemos atrás. Aunque el coche es de tamaño grande y mi madre y Natalia son pequeñas, hay menos sitio de lo habitual y tengo a Marcos tan pegado que me cuesta respirar, aunque no sé si se debe al poco espacio o a su mera presencia. Para tratar de distraerme, miro por la ventanilla mientras el taxi avanza por la carretera a través de las montañas nevadas. Sin poder evitarlo, comienzo a imaginar cómo sería caer por uno de estos barrancos y acabar con mi sufrimiento.

Al fin, llegamos al hotel, que no podría ser más diferente al de Canarias. Mientras que aquel era un enorme complejo turístico, este es un hotelito rural mucho más modesto, como si fuera una casa muy grande entre las montañas. Parece estar construido por completo de piedra, y tiene varias chimeneas de las que sale humo. Por muy pocas ganas que tuviera de venir aquí, tengo que reconocer que tiene su encanto, aunque habría preferido venir en circunstancias muy diferentes.

Mientras entramos, trato de enfrentarme a la dura realidad: sé que voy a tener que compartir habitación con Marcos. Nadie lo ha dicho, y tampoco me he molestado en preguntarlo, pero, después de lo de Canarias, lo doy por hecho. Y, aunque he estado tratando de evitar ese pensamiento, ahora que ha llegado el temido momento no puedo evitar que me invada el desasosiego. Cuando fuimos a Canarias no quería compartir habitación con él por una razón muy diferente: no soportaba la idea de tener que estar con él. Pero ahora, por el contrario, lo que no soporto es la idea de estar tan cerca de él y no poder tocarlo siquiera. Ya me ha dolido de una forma casi física en los escasos momentos que hemos pasado juntos desde la ruptura, pero sé que las noches van a ser todavía más difíciles.

Página 110

Cinco minutos después, el recepcionista reparte las tarjetas de nuestras habitaciones. Trato de mantenerme inexpresivo al ver que, tal como esperaba, Marcos y yo vamos a dormir en la misma una vez más. Sé que no tiene ningún sentido tratar de protestar, así que le doy las gracias en voz baja y me guardo la tarjeta en el bolsillo, resignado.

Estamos en la primera planta, así que subimos las escaleras sin molestarnos en esperar al ascensor. La habitación de nuestros padres es la 103, y la de Natalia está al lado de la suya, la 105. Por nuestra parte, Marcos y yo vamos a compartir la 104, que se encuentra justo enfrente.

—Bueno, pues estas son —dice mi madre, muy contenta—. ¿Os parece si deshacemos el equipaje, descansamos un poco y nos vemos dentro de una hora para comer?

Asiento con la cabeza y sigo a Marcos mientras abre la puerta de nuestra habitación. Casi parece que la historia se repite, pero, mientras que el viaje a Canarias estuvo lleno de morbo, excitación y una complicidad que iba creciendo con cada noche, esta vez la situación no podría ser más incómoda. Recuerdo esa idea que tuve en el anterior viaje, cuando me planteé dormir en la habitación durante el día para no tener que pasar el tiempo con Marcos. ¿Estaría muy feo que le suplicara a mi madre para que me dejara hacerlo?

—¿No entras? —me pregunta desde dentro, disipando mis pensamientos.

Lo miro y veo que me está mirando con el ceño ligeramente fruncido. Está tan guapo y su boca entreabierta me resulta tan tentadora que lo único que quiero es lanzarme a sus brazos, besarlo como si no hubiera un mañana, pero sé que no puedo hacerlo. Que no debo hacerlo.

Suelto un suspiro, resignado, y cruzo la puerta hacia la que será nuestra habitación durante las próximas cinco noches. Lo primero que veo es que hay dos camas, y menos mal; sería demasiado horrible tener que compartir otra vez después de lo que ha pasado entre nosotros. Tal y como están las cosas ahora mismo, habría preferido dormir en el suelo antes que tener que dormir juntos de nuevo. Aun así, las dos camas están cerca. Demasiado cerca; tan solo hay un metro de distancia entre ambos.

—Bueno… —comienza Marcos cuando cierro la puerta detrás de mí, con evidente timidez. Supongo que esto tampoco debe de ser fácil para él, pero eso no es problema mío. Es él quien ha provocado toda esta situación —. Pues aquí estamos.

Página 111

—Aquí estamos.

—¿Qué cama prefieres?

—Me da igual —respondo simplemente.

Ahora es él quien suelta un suspiro de resignación. Después mira a su alrededor, y yo hago lo mismo. La habitación no es tan espaciosa como la del hotel de Canarias, aunque sigue siendo grande. Las paredes son de piedra, y los escasos muebles son de una madera cálida y acogedora. Una de las camas se encuentra junto a la pared del baño, mientras que la segunda está entre la otra y la ventana, y eso me da una idea. Me dirijo hacia esta última.

—¿Te importa si me quedo con esta? Así habrá menos probabilidades de que me despierte si vas al baño por la noche.

—Me da igual —dice Marcos ahora.

La excusa ha sido terrible, y está claro que se ha dado cuenta. Contengo las ganas de soltar otro suspiro y me dirijo hacia la cama. Dejo la maleta a un lado, me descuelgo la mochila y la coloco sobre la colcha de color crema. A continuación, comienzo a mover la cama en dirección a la ventana, para alejarla lo máximo posible de la otra. Cuanto más distancia haya entre nosotros estos días, mejor.

—Joder —murmuro entre dientes; pesa bastante más de lo que imaginaba.

—Si quieres te ayudo —me ofrece, aunque no sé si hay cierta sorna en su voz o si tan solo me lo estoy imaginando.

—No hace falta, gracias.

Dejo la cama casi pegada a la pared de la ventana, con solo un centímetros de espacio para las cortinas, y me siento en el borde para recuperarme del esfuerzo. Miro de reojo a Marcos mientras abre la maleta junto a su cama, y me pregunto qué clase de crimen habré cometido en otra vida para que el universo me esté castigando de esta manera.

También hay otra razón para haber alejado mi cama todo lo posible, y es que recuerdo perfectamente que Marcos no es capaz de dormir sin su habitual paja de buenas noches. Dadas las circunstancias, lo más probable es que se encierre en el baño para hacérsela y, tal como están las cosas, preferiría no tener que oírlo, la verdad. En mi caso, no va a haber ningún problema. Desde que me dejó, he estado prácticamente muerto de cintura para abajo; creo que solo me habré hecho dos o tres en el último mes, y

Página 112

fueron para tratar de coger el sueño más que porque realmente tuviera ganas.

—¿Fran? —me pregunta de pronto, sacándome una vez más de mi ensimismamiento.

—¿Sí?

—Pensaba darme una ducha, que he estado sudando por la calefacción del bus, ¿pero quieres entrar tú primero en el baño? —Antes de que pueda contestar, añade—: Y vamos a intentar dejar lo de «me da igual», ¿vale?

Muy a mi pesar, sus palabras me arrancan una sonrisa, y veo que sus labios también se curvan ligeramente. Una vez más, siento ese irrefrenable deseo de lanzarme a sus brazos, de devorar esos labios que tanto echo de menos. Y, una vez más, me contengo por mucho que todo mi ser me grita para que no lo haga.

—Vale. Voy yo primero.

Me apresuro a sacar mis cosas de la maleta y, a toda prisa, me meto en el cuarto de baño y cierro el pestillo. No necesito mirarme al espejo para ver que tengo los ojos llenos de lágrimas, pero lo hago de todos modos. Me cuesta reconocer al Fran que me devuelve la mirada; llevo más de un mes evitando mirarme en el espejo. He perdido peso y se me nota en la cara, con los huesos más marcados y las ojeras más pronunciadas que nunca.

Mientras observo mi reflejo, las lágrimas comienzan a caer por mis mejillas. Cualquiera pensaría que se me habrían agotado durante este último mes, pero parece que no tienen fin y siempre acaban saliendo de una forma u otra. Es verdad que llevaba varios días sin llorar de esta manera, pero ahora que la presencia de Marcos vuelve a ser algo constante, al menos de forma temporal, no puedo evitar rendirme al llanto. Antes de que él pueda oír nada desde fuera, me apresuro a desnudarme, me meto en la ducha, pongo el agua a la máxima temperatura que puede soportar mi cuerpo, y doy rienda suelta a las lágrimas.

Ya sabía que iban a ser unos días muy difíciles, pero me parece que las noches van a ser terribles.

Página 113

23.

DESPUÉS DE LA COMIDA, LA TARDE TRANSCURRE CON CALMA. ESTE HOTEL ES MUY DIFERENTE AL DE CANARIAS; AQUÍ TODO ES SENCILLO Y PENSADO PARA GRUPOS PEQUEÑOS, PERO PRECISAMENTE POR ESO TAMBIÉN resulta muy

hogareño. Hay un par de salas de uso común, cada una con una chimenea, y en una de ellas conseguimos una mesa cerca del fuego, rodeada de unos sillones pequeños pero cómodos. Creo que nunca antes había estado cerca de una chimenea, pero me gusta la experiencia. El calor que emiten las llamas en movimiento es muy diferente al de la calefacción o un radiador corriente; es como más agradable, más cálido, si es que eso tiene sentido siquiera.

Nuestros padres han traído barajas de cartas y toda clase de juegos de mesa en la maleta para que no nos falte entretenimiento estos días, y así nos pasamos toda la tarde, entre partidas a las cartas, al Cluedo o al Uno. Estar aquí junto al calor de la chimenea mientras fuera oscurece cada vez más, riendo y pasándolo bien, hace que mi corazón se llene de alegría, a pesar de la dura realidad de tener a Marcos demasiado cerca y no poder tocarlo. Sin embargo, tras nuestra conversación en el autobús los dos estamos fingiendo llevarnos bien, así que al menos nos estamos dirigiendo la palabra con falsa cordialidad.

Cuando llega la hora de la cena, nos vamos todos al comedor, donde la selección de platos es mucho más limitada que en el hotel de Canarias, pero está todo buenísimo. Es extraño que tengamos tanta hambre cuando

Página 114

lo único que hemos hecho en toda la tarde ha sido jugar, pero acabamos comiendo de todo. A continuación, volvemos a la sala común. Nuestra mesa de antes ahora está ocupada, de modo que nos acomodamos en un sofá y unos sillones que hay en un rincón, charlando un poco de todo y de nada. Yo no hablo demasiado; entre el calorcito de la chimenea, la comodidad del sofá y mi estómago lleno, me siento tan a gusto que estoy empezando a quedarme amodorrado.

De pronto, siento que alguien me zarandea y me despierto de repente. —Fran —dice mi madre, mirándome con una sonrisa—. Estábamos

hablando de irnos ya a la cama.

—¿Qué hora es? —pregunto, todavía desorientado.

—Son más de las doce. Llevas una hora y pico dormido.

Miro a mi alrededor, parpadeando. El fuego ya está comenzando a extinguirse, pero alguien ha encendido unas pocas velas sobre las mesas y en unos soportes sujetos a las paredes de piedra. Somos casi los únicos que seguimos aquí; tan solo queda una pareja muy acaramelada en el sofá que hay en un rincón.

—Joder. No tendríais que haberme dejado dormir… seguro que ahora me va a costar mucho más quedarme dormido cuando suba.

—Es que estabas monísimo —dice Natalia con una sonrisa—. Nos daba pena despertarte.

Hago una mueca y me pongo en pie, aunque a regañadientes. Todos juntos, subimos las escaleras hasta nuestras habitaciones. Por suerte, el desayuno se sirve hasta las once de la mañana, así que quedamos en vernos en el pasillo a las diez. Doy gracias por eso; odio tener que madrugar, y sobre todo estando de vacaciones. Además, algo me dice que la noche va a ser muy larga.

Cuando entro en la habitación y cierro la puerta detrás de mí, la tensión que habíamos conseguido esconder durante el resto del día hace acto de presencia de inmediato. Aquí ya no hay máscaras, ya no hay necesidad de fingir. La realidad me golpea con fuerza: somos dos exnovios que se ven obligados a convivir y a poner buena cara ante los demás para que nadie se

Página 115

dé cuenta de lo que había entre nosotros. Hoy no ha sido tan difícil, pero no sé cómo vamos a ser capaces de sobrevivir durante una semana entera.

—¿Quieres entrar en el baño? —me pregunta, y esa simple frase me basta para saber que él se siente tan tenso como yo.

—Vale.

Cojo mi neceser donde he metido el cepillo de dientes y unas cuantas cosas más y entro en el cuarto de baño. Cuando salgo unos minutos más tarde, veo que Marcos ya se ha puesto el pijama, y me doy cuenta de que es la primera vez que va a dormir en pijama delante de mí. Antes, cuando dormíamos juntos, siempre lo hacía en bóxers y como mucho una camiseta, incluso antes de que pasara nada entre nosotros. Mientras él entra en el baño, me pongo el pijama yo también y me meto en la cama. Llevo casi todo el día desconectado, así que respondo varios mensajes en lo que espero a que salga, agradeciendo especialmente a Álex y a Alejo que me hayan deseado buena suerte.

Unos minutos más tarde, la puerta del baño se abre de nuevo. Con el móvil delante de la cara, observo de reojo a Marcos mientras se mete también en la cama y apaga la luz con el interruptor que hay sobre la mesita de noche.

—Buenas noches —dice simplemente.

—Buenas noches.

Es todo tan frío, tan lejano, que siento que se me humedecen los ojos al recordar cómo eran antes las noches que pasábamos juntos. Incluso la primera de todas, esa noche que dormimos en la misma cama en un hotel muy lejos de aquí, la cosa era muy diferente a esto. Antes de cerrar los ojos ya sé que me va a costar mucho conciliar el sueño, y me maldigo una vez más por haberme quedado dormido antes.

Los minutos transcurren con insoportable lentitud. Tal como esperaba, no soy capaz de dormir. Sin embargo, está claro que no soy el único, porque no dejo de oír a Marcos moviéndose cada pocos minutos. Recuerdo bien el sonido de su respiración profunda cuando duerme, y hoy está respirando con normalidad, como cuando está despierto. Es más que evidente que a él también le está costando dormir.

Cambio de postura una vez más, en esta ocasión, para situarme de espaldas a la ventana. La habitación está a oscuras, pero mis ojos se han acostumbrado tanto a la escasez de luz que puedo distinguir a la perfección la silueta de Marcos en su cama, tan cerca y a la vez tan lejos.

Página 116

—¿No puedes dormir? —me pregunta de repente, sobresaltándome un poco.

Aunque ya me había dado cuenta de que él también estaba dando vueltas, no esperaba que fuera a mencionar el tema.

—Pues no.

—Yo tampoco.

Pongo los ojos en blanco.

—Ya, me he dado cuenta —señalo.

—Será por estar en una cama extraña.

Frunzo el ceño ante sus palabras. ¿En serio está tratando de sacar conversación o algo por el estilo? Porque podría ahorrárselo, la verdad.

—Sí, será eso.

Ninguno de los dos menciona el gigantesco elefante en la habitación de que la última vez que compartimos habitación en un hotel durante varias noches a ninguno de los dos nos costó dormir, por mucho que estuviéramos en una cama extraña. Permanecemos en silencio unos instantes, y entonces…

—Si quieres —dice, y hace una pausa antes de continuar—, se me ocurre una solución para que podamos dormir mejor.

Abro mucho los ojos, sorprendido. Tiene que estar de coña, ¿verdad?

¿De verdad me está proponiendo lo que creo que me está proponiendo?

Página 117

24.

—SI VAS A PROPONERME QUE NOS HAGAMOS UNA PAJA, TE PUEDES IR A LA MIERDA AHORA MISMO.

Mis palabras salen mucho más hostiles de lo que pretendía, pero Marcos suelta una risita. Al menos, no parece que le haya molestado.

—Tranquilo, que no es eso. Ven conmigo.

Oigo cómo se levanta, y entonces coge el móvil y enciende la linterna para alumbrar el camino.

—Joder, que tienen que ser como las dos y pico de la mañana —me quejo—. Quiero dormir.

—Pero no estás durmiendo. Confía en mí, en serio.

Quiero decirle que perdió el derecho a pedirme que confiara en él cuando decidió dejarme, pero me trago mis palabras. Veo que sigue plantado frente a su cama, expectante, así que suelto un resoplido y me pongo en pie. Solo entonces echa a andar y lo sigo hasta el baño.

El corazón comienza a latirme con fuerza cuando entramos. Es la primera vez que estamos solos en este cuarto de baño en concreto, pero hemos compartido muchos momentos especiales en muchos otros cuartos de baño, y no puedo evitar preguntarme si él también estará pensando lo mismo. Pero no puedo verle la cara, porque se encuentra de espaldas a mí y ha dejado el móvil sobre el lavabo mientras rebusca dentro de su neceser.

—Aquí está —dice al fin, sacando un botecito cuya etiqueta no logro distinguir.

Página 118

—¿Qué es eso?

—Melatonina. Va muy bien para dormir —me explica mientras coge los dos vasos de agua que hay sobre la repisa y los llena con agua del grifo —. Llevo unas semanas tomándola.

El corazón me da un vuelco mientras miro la pastilla y el vaso que me tiende. Si lleva unas semanas tomando melatonina para dormir, eso coincide más o menos con nuestra ruptura. Y, si no ha podido dormir bien en estas semanas… ¿será por las mismas razones que yo? Pero eso debería ser bueno, ¿verdad? Si no ha podido dormir bien después de haberme dejado, ¿eso no debería significar que no está del todo convencido de lo que ha hecho?

Esa persistente chispa de esperanza hace su aparición una vez más, pero me esfuerzo por ahogarla.

Aun así, no puedo evitar sonreír mientras acerco la mano a la suya. Y entonces, cuando tomo la pastilla de su palma abierta, mis dedos rozan los suyos y es como si una corriente eléctrica nos recorriera a los dos, conectándonos a través de sus dedos. Lo miro a los ojos y él me devuelve la mirada. Por un momento, no estoy muy seguro de lo que vamos a hacer ninguno de los dos. Pero, entonces, el momento pasa y me llevo la pastilla a la boca antes de beberme el agua. Lo observo mientras él hace lo mismo y vuelve a guardar el bote de melatonina en su neceser.

—Bueno —dice, esbozando una leve sonrisa—. Pues vamos a ver si nos dormimos de una vez, ¿no?

—Sí —respondo, a falta de nada mejor que decir.

Salimos del cuarto de baño y nos dirigimos cada uno hacia nuestra cama. En estos minutos fuera me ha entrado frío y estoy empezando a temblar, así que me apresuro a volver a taparme bien antes de abrazarme a la almohada. Después de que Marcos haya encendido la linterna del móvil ya no puedo ver tan bien como antes en la oscuridad, pero lo oigo mientras se mete en su cama y vuelve a taparse, preparándose para dormir.

—Buenas noches, Fran.

—Buenas noches, Marcos —respondo, ignorando la punzada de dolor que siento al oírlo pronunciar mi nombre.

De nuevo, transcurren los minutos mientras trato de conciliar el sueño. No sé cuánto tarda lo que me ha dado en hacer efecto, pero pronto oigo que su respiración se está volviendo más profunda, lo que indica que ya se está quedando dormido. Con un poco de suerte, yo también seré capaz de

Página 119

hacerlo pronto. Aun así, vuelvo a sentir esa familiar punzada de dolor en el estómago al darme cuenta una vez más de que está a solo unos metros de mí y no puedo tocarlo.

Trato de contener un suspiro, repitiendo el momento del baño dentro de mi cabeza. Sí, estar tan cerca de él sin poder tenerlo es difícil. Pero también me ha demostrado que se preocupa por mí, que quiere que esté bien, y eso tiene que ser bueno, ¿verdad? No permito que la esperanza crezca demasiado, pero sí que me doy permiso para pensar algo diferente: a lo mejor podría acostumbrarme a esta situación, no a corto plazo, pero sí con el tiempo. A lo mejor podría acostumbrarme a tener otra clase de relación con él; después de todo, es mejor tenerlo como amigo que no tenerlo en absoluto, ¿no? Y, también con el tiempo, tal vez acabe volviendo a casa y podamos aprender a ser amigos, hermanos incluso. Supongo que eso es mejor que nada, ¿verdad?

—Fran… —murmura de repente, cuando ya estoy quedándome adormilado.

Abro los ojos, sobresaltado.

—¿Qué pasa? —susurro. Aguardo unos segundos, pero no responde—. ¿Marcos? ¿Qué pasa?

Sin embargo, sigue sin decir nada. Oigo que su respiración sigue siendo profunda y constante, lo cual solo puede significar una cosa: está dormido. Y, si ha pronunciado mi nombre mientras dormía… ¿será porque está soñando conmigo? ¿O tal vez ha sido solo cosa de mi imaginación? Después de todo, yo mismo estaba ya medio dormido.

Pero no, no puede ser eso. Estoy seguro de que lo he oído, de que realmente ha dicho mi nombre en sueños.

En cualquier caso, no tengo ocasión de plantearme más preguntas. El sueño está comenzando a vencerme al fin, y así, con un agradable cosquilleo en la tripa al pensar que tal vez esté soñando conmigo, me quedo dormido yo también.

Página 120

25.

LA ALARMA DEL MÓVIL ME DESPIERTA DESPUÉS DE UNA NOCHE EN LA QUE,

SORPRENDENTEMENTE, HE LOGRADO DORMIR DEL TIRÓN, SUPONGO QUE GRACIAS A LA MELATONINA.

Todavía oigo la respiración profunda de Marcos, que siempre tarda mucho más en despertarse, y recuerdo lo que ocurrió por la noche, justo antes de que me quedara dormido. Pronunció mi nombre en sueños. Al menos, eso creo. Pero ahora estoy empezando a dudar; ¿y si era yo el que estaba dormido y no fue más que mi propio sueño? Pero, si es verdad… Ha pronunciado mi nombre. Mientras dormía. ¿Qué cojones se supone que significa esto ahora?

Lo observo mientras duerme plácidamente, con la boca ligeramente entreabierta, y una maraña de sentimientos se arremolinan con furia en mi estómago. Al verlo así es imposible no recordar todas esas noches que dormíamos juntos, cuando me despertaba abrazado a Marcos y podía quedarme acurrucado junto a él un ratito más. Pero ahora no puedo hacer nada de eso, de modo que suelto un suspiro y me pongo en pie. Procurando no hacer ruido, abro la maleta que he dejado junto a la cama y saco ropa limpia. A continuación, me meto en el cuarto de baño.

Estoy disfrutando del relajante chorro de agua caliente sobre mi espalda cuando oigo unos golpes en la puerta, y el corazón me da un vuelco al instante.

—¿Sí?

Página 121

—¿Puedo pasar? Me estoy meando.

Por supuesto, es Marcos. Aunque he tratado de ser silencioso, supongo que lo habrá despertado el sonido de la ducha. O a lo mejor se ha puesto una alarma, no lo sé. En cualquier caso, no sé que hacer. Por un lado, me resulta violento que vuelva a entrar mientras me ducho después de lo que ha pasado entre nosotros. Pero, por otro, no quiero ser borde con él ahora que los dos estamos esforzándonos por comportarnos de forma civilizada. Ya fui demasiado cortante el día que me pidió entrar durante el puente de principios de mes, y después me sentí fatal.

—¿Fran? —insiste, y puedo oír la urgencia en su voz. Compruebo que la cortina de la ducha esté bien cerrada antes de contestar.

—Vale.

Entonces, abre la puerta y entra.

No pierde el tiempo; puedo ver por su sombra proyectada sobre la cortina que va directo al retrete. Oigo cómo orina por encima del sonido del agua, y noto una sensación extraña en el estómago. Esto es demasiado íntimo, demasiado familiar, pero nosotros ya no hacemos estas cosas. La época de compartir momentos íntimos ya pasó, y solo porque él quiso. Volver a vivir uno de ellos, y que además sea por iniciativa suya, me resulta extraño.

Sobre todo después de lo de anoche.

—Gracias —dice antes de marcharse, y vuelve a dejarme solo con mis pensamientos.

Me gustaría pasarme media hora más con el agua cayendo sobre mí, pero sé que él también querrá ducharse y tenemos que bajar a desayunar, así que cinco minutos más tarde ya estoy de nuevo en la habitación. Marcos me dirige lo que parece una sonrisa tímida y yo trato de devolvérsela, aunque creo que me sale extraña.

—Ey —dice.

—Ey.

—Gracias por dejarme entrar.

—De nada.

Entonces, se mete en el cuarto de baño. Espero a oír el sonido del agua y después, sin poder evitarlo, me acerco a su cama. Con cuidado de no hacer ruido, me tumbo en ella y me abrazo a su almohada. Aspiro por la nariz y, con una sensación extraña en el estómago, me dejo invadir por ese aroma que tanto echaba de menos, ese aroma que se había convertido en

Página 122

una de mis cosas favoritas del mundo antes de que todo se terminara. Unas lágrimas brotan en mis ojos, así que me apresuro a secármelas antes de que caigan sobre la almohada.

Pero sé que es demasiado arriesgado estar abrazado a su almohada de esta manera, así que solo me permito quedarme aquí durante un minuto más antes de levantarme. Después, vuelvo a mi propia cama y me meto en Instagram mientras espero a que salga.

Diez minutos más tarde, ya estamos bajando todos al comedor. Estoy distraído mientras desayuno, sin prestar apenas atención a la conversación. Pero, de pronto, mis oídos captan una palabra que me hace centrarme al instante: «esquiar».

—¿Qué has dicho? —le pregunto a Natalia, que es quien la ha pronunciado.

Ella parpadea un par de veces, confusa.

—Que estoy deseando que vayamos a esquiar.

Miro de golpe a mi madre, repentinamente presa del pánico. —¿Es hoy?

Ella también parece extrañada por mi pregunta.

—¿A qué te refieres?

—¿Hoy es el día que vamos a ir esquiar? —Fran, el plan es ir a esquiar todos los días. Me quedo paralizado ante sus palabras. —¿Qué?

—Vamos a ver, ¿qué pensabas que íbamos a hacer si no en la sierra? —me pregunta, claramente confusa—. Si ya lo hemos hablado, cariño. Por las tardes podemos hacer senderismo, pasar el rato en la nieve o quedarnos por aquí como ayer, pero el plan era ir a esquiar por las mañanas.

—Lo estuvimos hablando en casa —señala Antonio, claramente confuso—. ¿No lo recuerdas?

Sí, recuerdo vagamente que mencionaron que querían ir a esquiar. Pero estas últimas semanas he estado demasiado descentrado como para prestar atención a las conversaciones durante la comida, así que no había captado el pequeño pero importantísimo detalle de que el plan era ir a esquiar todos los días.

Y, por muy atractiva que pueda resultarme últimamente la idea de desnucarme esquiando para acabar con mi sufrimiento, la verdad es que no

Página 123

me parece una forma demasiado agradable de morir, que es el único resultado posible si me acerco siquiera a unos esquís.

—¿No puedo quedarme yo aquí? —pregunto, esperanzado.

—¿Y qué vas a hacer todo el día aquí encerrado? —replica mi madre

—. Además, ya hemos pagado una clase de iniciación de dos horas para ti y para mí. Si no te gusta, mañana puedes quedarte en el hotel, pero hoy tenemos que ir.

Puedo ver que está empezando a frustrarse, igual que ocurrió con mi mala actitud al principio del viaje a Canarias. Sé que no va a servir de nada tratar de discutir, y tampoco quiero montar un drama y fastidiarles las vacaciones, así que cedo y asiento con la cabeza.

—Vale.

Media hora más tarde, Marcos y yo estamos preparándonos en la habitación. No hablamos, pero me doy cuenta de que me echa vistazos poco disimulados de vez en cuando.

—¿Estás bien? —me pregunta al fin, y yo me encojo de hombros. —Supongo.

—No te hace mucha gracia la idea de ir a esquiar, ¿verdad? —Pues no.

Permanece en silencio unos instantes, como si no supiera muy bien qué decir a continuación.

—A mí se me da bastante bien —comenta al fin.

Frunzo el ceño, sin saber muy bien qué quiere decirme con eso. ¿Espera que le ponga un pin o qué?

—Me alegro por ti. Él se ríe.

—Lo que quiero decir es que puedo ayudarte. El corazón me da un vuelco al oírlo.

—¿En serio?

—En serio. A mí también me daba miedo la primera vez que lo hice, así que te entiendo. Pero me alegra haber aprendido, ahora me gusta mucho.

—No me da miedo —miento descaradamente.

—Bueno, pues miedo, nervios o lo que sea. Es normal, créeme. —Si tú lo dices.

—Pues sí, lo digo. Así que, si necesitas ayuda, estoy por aquí.

Página 124

Ahora, el corazón me tiembla ligeramente dentro del pecho, conmovido por el gesto.

—Bueno… pues gracias, supongo.

—De nada —responde, y entonces sonríe—. Pero termina de prepararte ya, anda, que nos están esperando.

Sigo sin estar muy convencido, pero asiento con la cabeza, ligeramente más animado que antes. En fin, si tengo que morir desnucado, supongo que será un poco mejor si puedo hacerlo al lado de Marcos, ¿verdad?

Página 125

SEGUNDA PARTE

MI CORAZÓN

Página 126

26.

ANTES DE LLEGAR A LA ZONA DE ESQUÍ TENEMOS QUE HACER UNA CAMINATA DE UNOS QUINCE O VEINTE MINUTOS DESDE EL HOTEL. HACE MUCHO FRÍO, PERO TENGO QUE RECONOCER QUE EL PAISAJE NEVADO ES TAN bonito que ni siquiera

me importa. Preferiría quedarme por aquí y hacer muñecos de nieve, montar en trineo o hacer una pelea de bolas de nieve y todas esas cosas que se ven en las películas, pero bueno. Aunque he decidido que me voy a quedar en el hotel a partir de mañana, tal vez pueda convencerlos para pasar alguna de las mañanas aquí. Después de todo, vamos a estar casi una semana en este sitio, así que vamos a tener tiempo de sobra.

—¿Falta mucho? —se queja Natalia cuando ya llevamos un rato caminando—. No recordaba que estuviera tan lejos.

Durante la cena de ayer me enteré de que a la familia de Marcos le gusta esquiar, así que ya han venido un par de veces por aquí.

—No, mira, ya estamos —responde Antonio.

Sigo la dirección de su dedo y abro mucho los ojos de golpe. Lo que está señalando no es una pista de esquí, tal como esperaba. No, lo que estoy viendo es algo muy distinto.

Un teleférico.

Por supuesto, tendría que haberlo adivinado. El hotel se encuentra a tan solo media altura de la montaña, y estaba rodeado de más montañas que se elevaban a nuestro alrededor. Tendría que haber imaginado que las pistas de esquí estarían arriba, mucho más arriba. Trago saliva. Si la idea

Página 127

de esquiar ya me parecía poco atractiva, la idea de montar en teleférico me resulta simplemente aterradora. En serio, ¿se puede saber qué cojones he hecho yo para merecer esto?

Llegamos justo cuando se acerca una de las cabinas. Se baja un pequeño grupo, y entonces el encargado hace pasar a las tres personas que tenemos por delante. Me quedo blanco al ver la cabina de aspecto endeble de cerca, el cable por el que sube las montañas. ¿De verdad vamos a montar en este cacharro? Tiene que ser una broma.

—Solo caben tres personas más —nos informa el encargado al ver que somos cinco.

Antonio y mi madre se miran.

—¿No podemos ir todos en el siguiente? —pregunta ella.

—No —responde el hombre, tajante—. Si empieza a venir gente antes de que llegue el siguiente, se va a formar cola. Mirad, hay gente viniendo desde allí.

—Sube tú con Natalia y Marcos —le dice mi madre a Antonio—. Yo subo con Fran en el siguiente.

—¡Yo quiero ir con papá y contigo! —protesta Natalia, haciendo un mohín mientras la mira.

Puedo ver por el rabillo del ojo a Marcos poniendo los ojos en blanco.

Si no estuviera cagado de miedo, tal vez hasta me reiría.

—Por favor, dense prisa —insiste el encargado, que empieza a sonar exasperado—. Hay gente esperando dentro.

Mi madre me mira, claramente dividida. Es evidente que quiere ir conmigo, pero Natalia es más pequeña y, al fin y al cabo, se supone que yo soy un adulto. Aunque rara vez me siento como tal, y menos ahora.

—Id vosotros tres —dice Marcos—. Fran y yo nos montamos en el siguiente.

Perdona, ¿qué?

—¿Seguro? —pregunta mi madre, algo preocupada al verme.

Soy incapaz de responder, pero Marcos asiente con la cabeza.

—Venga, daos prisa. No os preocupéis.

—Bueno… vale —dice mi madre, no muy convencida mientras se mete en la cabina del teleférico. Se despide de mí con la mano mientras el encargado cierra la puerta con cara de fastidio.

La cabina comienza a alejarse por el cable, y la observo con el corazón latiéndome a toda velocidad. ¿En serio nuestra supervivencia depende de

Página 128

un simple cable? La parte más racional de mí me recuerda que no debería haber ningún peligro, que cientos de personas deben de bajar y subir por ahí todos los días. Que lo más probable es que lleven años y años haciéndolo sin que jamás haya habido algún accidente.

Pero, ¿y si ha llegado el momento? ¿Y si me toca precisamente a mí? O, peor todavía, ¿y si le toca a mi madre? El pensamiento me resulta tan terrorífico que no puedo evitar estremecerme.

No miro a Marcos, pero me doy cuenta de que él sí que me está mirando a mí. Ninguno de los dos dice nada durante varios minutos, mientras esperamos a que llegue la siguiente cabina. No aparto la mirada de la que se ha llevado a mi madre ni por un segundo.

—Estás nervioso —señala al fin en voz baja. No es una pregunta.

Me encojo de hombros.

—Nunca había montado en teleférico.

—No te preocupes. Estoy contigo.

Mentiría si dijera que no me alegra su compañía, pero tampoco es como si eso fuera a salvarme de una muerte segura si ocurre algo.

—¿Y qué? —respondo, tal vez más borde de lo que pretendía. Por primera vez, lo miro a los ojos, con expresión desafiante.

—Pues que no voy a dejar que te pase nada.

El corazón me da un vuelco al oírlo. No sé qué decir, y sigo pensando que tampoco habría nada que él pudiera hacer si pasara algo, pero asiento con la cabeza en silencio, agradeciéndole el gesto.

La cabina con el resto de nuestra familia se aleja sin contratiempos hasta que ya apenas soy capaz de distinguirla. La nuestra no tarda en llegar, y sigo a Marcos al interior mientras siento el torrente de mi propia sangre en mis oídos.

—Parece que os toca ir solos —dice el encargado.

Al mirar atrás veo que el grupito que se estaba acercando se ha parado a hacerse fotos en la nieve. Hago una mueca; el resto de nuestra familia podría haberse quedado esperando de todos modos para que fuéramos los cinco juntos. Me gustaría hacer algún comentario sarcástico, pero tampoco quiero contrariar a la persona que tal vez tenga mi vida en sus manos, de modo que asiento con la cabeza y me siento junto a Marcos. El encargado cierra bien la portezuela y la cabina se pone en marcha con una leve sacudida.

—Joder —susurro al notar el movimiento.

Página 129

Marcos y yo estamos mucho más pegados que de costumbre, pero agradezco poder hacerlo. Aunque el movimiento de la cabina es mucho más fluido de lo que esperaba, el leve bamboleo hace que me ponga de los nervios mientras comenzamos a alejarnos cada vez más y más del punto de partida.

—¿Estás bien? —me pregunta, tan cerca de mi oído que siento un cosquilleo.

—Mejor pregúntamelo cuando lleguemos. Si es que llegamos.

Él se ríe, pero no dice nada más.

Al cabo de unos segundos, me atrevo a echar un vistazo por el cristal, pero me arrepiento al instante. Estamos tan alto que el corazón me da un vuelco, y vuelvo a encogerme en mi asiento. Un pánico helado se extiende por mis venas, y noto que mi respiración y mis latidos se aceleran.

Entonces, Marcos hace lo último que me habría esperado. Acerca la mano a la mía y me la envuelve con los dedos, provocándome un estremecimiento. Aunque los dos llevamos guantes y hay gruesas capas de tejido entre nuestra piel, es lo más íntimo que hemos compartido desde hace mucho tiempo.

—¿Y esto? —susurro, observando con sorpresa nuestras manos entrelazadas.

—Te lo he dicho. No voy a dejar que te pase nada.

—No creo que cogerme la mano vaya a servir de mucho si nos despeñamos, la verdad.

Él se ríe, como si lo hubiera dicho en broma.

—No —admite—. Pero a lo mejor puedo evitar que te pongas tan nervioso que acabes vomitando o algo así.

—Bueno. Pues gracias, supongo.

Él esboza una tenue sonrisa.

—Pues de nada, supongo.

Entonces, comienza a mover los dedos ligeramente sobre los míos, acariciándome con lentitud. Una ráfaga de sensaciones me invade por dentro; todos los recuerdos de nuestras caricias, de nuestras manos unidas. Levanto la mirada hasta su cara y veo que me está observando con intensidad. Clavo los ojos en los suyos, aturdido, y él hace lo mismo. No puedo evitar recordar todos los momentos como este, mirándonos a los ojos apenas unos segundos antes de que nuestros labios se encontraran.

Por un momento, pienso que estoy a punto de besarlo.

Página 130

Por un momento lleno de euforia, pienso que va a besarme él.

Pero, entonces, la cabina se tambalea ligeramente, separándonos un poco, y los dos desviamos la mirada. Sin embargo, nuestras manos permanecen unidas, y trato de centrarme en ellas como si fueran una especie de ancla que me mantuviera a salvo. Por supuesto, no es lo mismo ahora que los dos llevamos guantes, pero es la primera vez desde hace más de un mes que hacemos algo parecido. Con un poco de suerte, no se habrá dado cuenta del rubor traicionero que ha comenzado a florecer en mis mejillas.

—Se supone que te mareas si vas junto a la ventanilla del coche o del avión —señalo después de un minuto, con el ceño fruncido—. ¿Cómo es posible que aquí estés tan tranquilo?

—Me mareo si voy en un vehículo que se mueva muy rápido. Pero esto no va rápido.

—Los cojones.

Él se echa a reír, pero me da un leve apretón en la mano que le agradezco enormemente, a pesar de que jamás lo confesaría en voz alta.

Algo más calmado, me atrevo a echar otro vistazo al exterior, y esta vez no aparto la mirada. Objetivamente, sé que el paisaje es bonito, que las vistas son espectaculares. No puedo negarlo. Pero me siento nervioso aquí arriba, aunque la presencia de Marcos me ayuda a tranquilizarme. Sobre todo cuando sus dedos no dejan de deslizarse sobre los míos, evocándome toda clase de recuerdos de una época demasiado cercana y demasiado lejana al mismo tiempo; una época en la que todo era mejor.

Sin poder evitarlo, esa pequeña chispa de esperanza que ya creía casi extinguida vuelve a aparecer tímidamente en algún lugar de mi interior. Y, al contrario que otras veces, en esta ocasión no trato de apagarla.

Página 131

27.

CUANDO AL FIN NOS REUNIMOS TODOS EN LA PISTA DE ESQUÍ, FALTAN MENOS DE VEINTE MINUTOS PARA QUE DÉ COMIENZO LA CLASE DE INICIACIÓN A LA QUE VAMOS A IR MI MADRE Y YO. MARCOS Y SU FAMILIA, QUE YA han estado aquí

un par de veces y también tienen experiencia esquiando en algún otro sitio, nos explican brevemente cómo va todo. Hay distintas pistas que se diferencian por dificultad, dependiendo de la experiencia del esquiador. Ellos suelen ir a las de dificultad media, así que quedamos en que ellos irán allí y después nos reuniremos en la cafetería cuando termine nuestra clase de iniciación. Vamos todos juntos al puesto de alquiler de esquís, gafas y el resto del equipo, ya que ellos no tienen el suyo propio, y mi madre y yo, mucho menos.

—Buena suerte —nos dice Marcos con una sonrisa de ánimo, aunque no se me escapa que me está mirando directamente a mí. De nuevo, siento un cosquilleo agradable en la tripa.

—Nos vemos dentro de dos horas —añade Antonio, y le da un beso a mi madre—. Pasadlo bien.

—¡Pasadlo bien! —se suma Natalia.

Entonces, los tres se alejan de donde estamos, y mi madre y yo nos dirigimos hacia donde nos han indicado que se encuentra la pista para principiantes. Suspiro aliviado al ver que se trata de una pista muy poco escarpada y más bien corta; así tendré menos posibilidades de morir.

Página 132

Cuando llega la hora, somos unas quince personas reunidas en la pista. La instructora es una mujer joven y amable, con el típico cuerpo envidiable de deportista al que probablemente no podría quitarle los ojos de encima si fuera hetero. Nos saluda a todos con una sonrisa y comienza a hablar.

—Lo primero que tenéis que saber es que aprender a esquiar es muy fácil —nos asegura. Debe de ver mi cara de escepticismo y tal vez alguna más, y posiblemente hasta tuviera la respuesta ya preparada, porque añade —: Lo difícil es aprender a esquiar bien. Con una hora podréis aprender los movimientos básicos, y estoy segura de que los dominaréis a lo largo de la mañana. Pero llegar a esquiar como un experto puede llevaros años, así que no os frustréis. No hay ninguna prisa, y podéis pasarlo bien esquiando sin ser expertos.

A continuación, comienza a ayudarnos con cosas tan elementales como aprender a ponernos los esquís, y me siento un poco mejor al ver que nosotros no somos los únicos que no tienen ni idea de nada. Después, comienza a explicarnos conceptos básicos como las mejores formas de mover e inclinar las piernas y el resto del cuerpo, o cómo sujetar bien los palos. Insiste mucho en que es importante aprender a caer, cosa que no me inspira demasiada tranquilidad, pero nos hace varias demostraciones y tengo que reconocer que no parece tan grave.

Por supuesto, cuando pide voluntarios que se animen a bajar por la pista, yo no me ofrezco. Sin embargo, los dos chicos que van primero son igual de novatos que yo, y no parece que se les dé demasiado mal a la hora de poner en práctica lo que hemos aprendido. A continuación va una pareja de unos treinta años, y luego dos chicas que deben de tener más o menos mi edad, y tampoco se escalabra ninguno de ellos.

—¿Te animas? —me pregunta mi madre con una sonrisa cuando la instructora pide más voluntarios.

Suelto un suspiro.

—Venga, vale.

Nos colocamos al comienzo de la pendiente, cada uno a un lado. Cuando la instructora nos da la señal, nos impulsamos hacia delante, siguiendo las indicaciones que nos ha dado. Comienzo a deslizarme de inmediato y, aunque no voy demasiado rápido, tengo que reconocer que hay algo que me gusta en el hecho de poder bajar velozmente por la

Página 133

pendiente, en sentir el viento cortante contra mi cara, con los ojos protegidos por las gafas de seguridad.

Durante el resto de la clase, seguimos turnándonos para lanzarnos por la pista, escuchando los comentarios de la instructora para corregir nuestra postura o los movimientos que hacemos. Varias personas se caen, mi madre incluida, pero ninguno se hace ningún daño. De hecho, ella hasta se echa a reír mientras se sacude la nieve de la cara. Lo más sorprendente de todo es que yo no me caigo.

Al fin, termina la clase con la instructora y nos deja en libertad, aunque nos dice que estará en esta pista durante el resto del día por si tenemos cualquier duda. Mi madre y yo nos alejamos en dirección a la cafetería, donde vemos a Marcos, Natalia y su padre esperándonos en una mesa, los tres con las mejillas ligeramente enrojecidas.

—¿Qué tal? —nos pregunta Antonio con una sonrisa, y le da un beso breve a mi madre—. ¿Os ha gustado?

—¡Mucho! —dice ella, entusiasmada—. No entiendo por qué no habíamos venido antes, ¿verdad, cariño?

Me dirige la pregunta a mí, pero me limito a encogerme de hombros. —¿A que no ha sido para tanto? —pregunta Marcos mientras me mira,

también sonriente. Siento un revoloteo en la tripa; todavía me resulta extraño que volvamos a actuar como si nos lleváramos bien. Aunque cuando ocurrió lo del teleférico estábamos los dos solos, así que eso no era una actuación, ¿verdad?

—Bueno, no ha estado mal.

—Si os parece, podemos quedarnos todos en la siguiente pista — propone Antonio—. Es la segunda más fácil, después de la que habéis usado para practicar.

—Me parece genial —responde mi madre, y yo asiento con la cabeza. Estamos todos muertos de hambre a pesar de que no ha pasado tanto tiempo del desayuno, de modo que nos comemos unos bocadillos y, después, nos ponemos en marcha para dirigirnos a la pista que se encuentra justo al lado de la anterior. En esta hay más gente, así que nos quedamos a un lado y decidimos turnarnos para bajar por la pendiente en grupitos. Mi madre va con Natalia y con Antonio y no duda en lanzarse, mostrando un valor que ya me gustaría tener a mí. Yo me quedo con Marcos, y mientras esperamos, recuerdo de nuevo la situación de antes en el teleférico, nuestras manos unidas, ese momento en el que nos miramos a

Página 134

los ojos. No quiero hacerme ilusiones, pero… ¿es posible que esté volviendo lo que había antes entre nosotros, aunque sea poco a poco?

Al fin y al cabo, así fue como surgieron los sentimientos entre él y yo: poco a poco y casi sin que nos diéramos cuenta. Sí, con el tema sexual fuimos bastante a saco, pero era precisamente eso: nada más que sexo. Los sentimientos fueron surgiendo día tras día y noche tras noche, y cuando empezamos a ser conscientes de ellos, ya era demasiado tarde como para volver atrás. La esperanza que sentí en el teleférico sigue estando ahí, en algún rincón de mi interior. Y, aunque me aterroriza la idea de que crezca más de la cuenta y acabe llevándome la hostia otra vez, tampoco me veo capaz de tratar de apagarla.

Página 135

28.

—¿PREPARADO? —ME PREGUNTA CUANDO NOS LLEGA EL TURNO, MIENTRAS NOS SITUAMOS JUNTO AL PUNTO DE PARTIDA. ME GIRO PARA MIRARLO, PERO EL RESPLANDOR DEL SOL ME RESULTA CEGADOR Y APENAS SOY capaz de distinguir su silueta.

—Creo que sí.

—¿A la de tres?

Trago saliva, consciente de que es demasiado probable que acabe arrepintiéndome de esto.

—Vale.

—Una… dos… ¡tres!

Me impulso hacia delante, tal como hemos aprendido durante la mañana. Esta pista es un poco más larga que la anterior, y la pendiente ligeramente más pronunciada, aunque lo justo como para no asustarme demasiado. Doy gracias por las gafas que me protegen los ojos mientras el viento azota mi cara. La adrenalina invade mi cuerpo mientras me deslizo velozmente por la nieve, y casi diría que estoy empezando a comprender qué es lo que le ve la gente a esto.

Pero solo casi.

—¡Vas genial! —oigo que grita la voz de Marcos desde algún lugar a mi derecha, aunque apenas me resulta audible por encima del rugido del viento. Me giro para mirarlo, pero entonces el resplandor del sol me ciega y, sin poder evitarlo, giro bruscamente en su dirección—. ¡Cuidado!

Página 136

De pronto, siento el impacto.

Entre la velocidad, la nieve y el brillo del sol apenas soy capaz de ver lo que ocurre exactamente, pero siento el cuerpo de Marcos chocando contra el mío y, entonces, comenzamos a caer. Recuerdo de milagro lo que nos ha explicado la instructora, así que doblo las rodillas y extiendo las manos para tratar de amortiguar la caída. Aun así, me deslizo junto a él unos pocos metros más, hasta que al fin nos detenemos.

—Au —me quejo, y entonces soy consciente del peso de su cuerpo sobre el mío.

Él levanta la cabeza y me mira, con los ojos muy abiertos y claramente asustado.

—¿Estás bien? —susurra, tan cerca de mis labios que por un momento pienso que va a besarme.

—Creo… Creo que sí.

—¿Seguro? —insiste, y su mirada está tan llena de preocupación que el corazón me da un vuelco.

—Sí.

Por supuesto, me encantaría que siguiera encima de mí, pero él se apresura a ponerse en pie para asegurarse de que realmente estoy bien. Al menos, no parece que haya sufrido ningún daño por mi culpa.

—¿Te duele algo? —me pregunta.

—Eh… Bueno, el cuerpo en general, pero nada grave. Igual que si fuera una caída normal, supongo.

—Prueba a estirar los brazos y las piernas. —Me siento un poco ridículo, pero hago lo que me pide. Es evidente que está preocupado, y eso me hace sentir algo cálido por dentro—. ¿Nada grave?

—Parece que no.

—Prueba a levantarte —me dice, y entonces, se agacha para tenderme la mano. Tratando de evitar los sentimientos que me provoca ese contacto, planto los pies con los esquís en el suelo, tomo su mano y me impulso hacia arriba. Pierdo un poco el equilibrio y caigo hacia Marcos, pero él me sujeta con fuerza, prácticamente abrazándome—. ¿Bien?

—Bien —susurro, demasiado consciente de sus brazos alrededor de mi cuerpo. Durante un instante, no parece darse cuenta de que estamos casi abrazados, pero entonces baja la mirada y retrocede un poco.

Unos segundos más tarde, oigo la voz de mi madre por encima del viento.

Página 137

—¡Fran! ¡Marcos! ¿Estáis bien?

Miro hacia atrás y veo que mi madre y los demás están frenando muy cerca de nosotros.

—Os hemos visto caer desde arriba —explica Antonio—. ¿Estáis bien?

—Sí, sí —me apresuro a responder—. Me he distraído y me he chocado con Marcos, pero no me ha pasado nada.

—A mí tampoco.

—¿Seguro? —pregunta mi madre, preocupada.

—Hay una enfermería arriba —señala Antonio—. ¿Creéis que estáis bien para subir? A lo mejor deberíamos pedir ayuda…

—Estamos bien —le asegura Marcos—. En serio.

—Bueno, pero de todos modos vamos a ir a la enfermería a que os echen un vistazo —dice mi madre, tajante. Intercambia una mirada con Antonio y se muerde el labio, preocupada—. Y creo que será mejor dejar el esquí por hoy.

—No hace falta —insisto—. Y tampoco quiero fastidiaros la tarde por mi culpa.

Pero no logramos librarnos de la enfermería. Tal como imaginaba, estamos bien, a excepción de unas cuantas magulladuras, pero nada grave. Aun así, el enfermero nos recomienda reposo, al menos hasta mañana. Mi madre quiere que nos volvamos todos al hotel, pero logramos convencerla para que se queden ellos en las pistas un rato más mientras Marcos y yo nos descansamos y nos tomamos algo en la cafetería.

Nos pedimos un par de cafés y un para de bocadillos más para merendar —tampoco es que tengan muchas más opciones por aquí— y nos quedamos sentados en una mesa el uno frente al otro, comiendo en silencio. No es como esos silencios cómodos que disfrutábamos cuando estábamos juntos, pero tampoco es un silencio tenso como los pocos que hemos compartido cuando hemos tenido que estar el uno junto al otro últimamente. Es algo intermedio, supongo.

Sin embargo, al cabo de un rato siento la necesidad de romper este silencio, de decir algo, pero no sé el qué exactamente.

—Lo siento —susurro al fin, incapaz de mirarlo a la cara.

—¿Por qué?

—Por haberme chocado contigo.

Él se encoge de hombros levemente.

Página 138

—Bueno, tampoco creo que te hayas caído a propósito.

—No, pero ha sido culpa mía.

—Le pasa a todo el mundo, Fran. Si me hubieras visto a mí cuando estaba aprendiendo…

—Ya, bueno. Pero me siento mal —insisto.

—Pues no hace falta que te sientas mal. Ya has oído al enfermero, ¿no? Los dos estamos bien.

Sin embargo, eso no es lo único que me preocupa. Permanezco en silencio unos instantes más, tratando de encontrar la forma de expresarlo con palabras.

—Siento haberte fastidiado la tarde.

—Bueno, estoy contigo. Eso tampoco es mal plan.

Me detengo mientras mastico y abro mucho los ojos, sorprendido. ¿De verdad acaba de decir lo que creo que acaba de decir? ¿Y qué se supone que voy a responder a eso? No sé qué decir, así que me quedo en silencio.

No hablamos mucho más después de eso. Él saca su móvil, así que yo hago lo mismo con el mío y aprovecho para informar a mis amigos de lo que ha sucedido a lo largo del día. Trato de no darle importancia a los momentos de contacto con Marcos, pero Álex me cala de inmediato. Alejo, no tanto.

Una hora más tarde, nuestra familia regresa y emprendemos la marcha hacia el teleférico. Trato de prepararme mentalmente durante el camino, aunque supongo que el descenso no puede ser mucho peor que la subida, ¿verdad?

Esta vez logramos entrar todos en la misma cabina. Me siento junto a mi madre, y Marcos se coloca justo a mi lado. Lo miro de reojo mientras se quita el abrigo y lo coloca sobre su regazo, aunque la mitad cae sobre el mío. Entonces, su mano busca la mía por debajo del abrigo y me la sujeta con fuerza. Lo miro disimuladamente, y él me dirige una leve sonrisa. Me apresuro a apartar la mirada.

¿Qué cojones está pasando aquí?

Página 139

29.

AUNQUE HE BEBIDO MUCHO DURANTE LA CENA, SIGO TENIENDO SED A LA HORA DE IRME A LA CAMA. SEGÚN ME HA EXPLICADO ANTONIO, ES POR LA DESHIDRATACIÓN. CON EL FRÍO DE LA NIEVE Y LA MONTAÑA ES MÁS fácil

olvidarse de la sed, a pesar del ejercicio físico, así que he estado bebiendo mucho menos de lo que debería. Por suerte, en una de las salas comunes del hotel tienen una máquina expendedora con botellas de agua, así que me bebo una entera mientras jugamos a las cartas cuando terminamos de cenar y después me la subo a la habitación. Lo primero que hago es ir al lavamanos del cuarto de baño para rellenarla. El agua de aquí está fría y deliciosa, y me bebo un buen trago antes de volverla a rellenar.

Salgo del cuarto de baño y dejo la botella sobre la cama para coger el pijama. Observo de reojo a Marcos, que está metiendo la ropa sucia en una bolsa y sacando algunas cosas de la maleta.

—Siento haberte fastidiado el esquí —le digo, incapaz de quitármelo de la cabeza.

Él se detiene y me mira fijamente.

—Fran, en serio. No pasa nada, ¿vale? Todo el mundo se cae. No es el fin del mundo.

—Ya han dicho nuestros padres que mañana no nos dejan ir a esquiar. —Y seguro que eso te da muchísima pena, ¿a que sí? —me pregunta

con sorna.

Página 140

—Pues no, la verdad —respondo, incapaz de contener una risita—.

Pero me sabe mal por ti.

—Mira, no sé cuántas veces te lo tengo que decir: te juro que no pasa nada. Mañana nos quedamos aquí de tranquis, y pasado volvemos a esquiar. No es para tanto.

—Bueno. Vale.

Me siento en la cama para quitarme los zapatos, pero entonces planto la mano sobre la colcha y toco algo húmedo.

—¡Mierda! —exclamo, poniéndome en pie de un salto.

—¿Qué pasa? —pregunta Marcos, alarmado.

No contesto mientras veo cómo el líquido se extiende a través de la colcha. Tardo un instante en reaccionar, pero ya es demasiado tarde. Para cuando cojo la botella, el agua ya ha calado la colcha, la manta y parte de la sábana. Me apresuro a retirarlo todo y veo que a la sábana bajera no han llegado más que unas pocas gotas, pero el resto está empapado.

—Me cago en todo.

—¿Qué pasa? —repite mientras se pone en pie—. ¿Estás bien? —Yo sí, lo que no está bien son las sábanas.

—Joder —susurra al ver el estropicio—. ¿Qué ha pasado?

—La puta botella y los putos tapones estos que se quedan pegados. — Levanto la botella de medio litro, que ahora está a medias—. Me la he debido de dejar medio abierta y se ha derramado todo.

Nos quedamos en silencio durante unos instantes, pensativos. —Podemos ir abajo —sugiere Marcos—. Supongo que podrán darte

sábanas secas.

—No lo creo. De esas cosas se encarga el servicio de habitaciones, ¿no? Y dudo mucho que estén de guardia por la noche por si algún gilipollas derrama la botella en la cama. Además, creo que no hay nadie atendiendo en recepción por la noche.

—Ya… tiene sentido. Pero algo tendrás que hacer, ¿no? No puedes dormir destapado.

—Da igual. Me pongo un jersey y ya está.

—¿Seguro?

Asiento con la cabeza y tiro las sábanas mojadas al suelo, enfadado por mi propia estupidez. A continuación, voy hacia la maleta para sacar un jersey. Cuando me lo pongo, me doy cuenta de que no va a ser muy cómodo para dormir, pero mejor eso que nada.

Página 141

Al darme la vuelta, veo que Marcos está sacando las sábanas de su cama.

—¿Qué haces? —le pregunto, extrañado.

—Por mucho que te pongas el jersey, no puedes dormir sin taparte.

Quédate con mi sábana al menos.

El gesto me conmueve, pero trato de ignorar el revoloteo que siento en la tripa.

—No hace falta, Marcos.

—No me vas a convencer. Con la manta y la colcha tengo más que suficiente.

—Marcos, en serio… me sabe mal.

—Y a mí me sabe mal que pases frío —insiste, tan testarudo como siempre—. De hecho, si quieres, puedes quedarte con la sábana y la colcha. Yo creo que con la manta me apaño bien.

Las mariposas de mi estómago revolotean todavía más fuerte. ¿De verdad se preocupa tanto por mí?

—Solo la sábana —respondo, consciente de que no lo voy a convencer de menos—. No quiero que seas tú quien pase frío por mi culpa.

—Bueno —acepta, no muy convencido, y se acerca a mí con la sábana entre las manos—. Pero si tienes frío, me lo dices, ¿vale?

—Vale.

—¿Quieres melatonina?

—Venga, vale.

Lo observo mientras se va a buscar al neceser al cuarto de baño. Oigo el sonido del grifo, y entonces vuelve con las pastillas y dos vasos de agua. Me tiende una pastilla y uno de los vasos.

—Ten cuidado, no lo vayas a derramar —me dice con una sonrisita.

—Ja, ja. Muy gracioso.

Aun así, bebo con cuidado, y después dejo el vaso sobre la mesita de noche. A continuación, coloco la sábana sobre la cama y me meto dentro. Ya me estoy dando cuenta de que no va a ser suficiente, pero es mucho mejor esto que nada.

—Gracias por la sábana —le digo mientras él apaga la luz antes de meterse en la cama.

—De nada. —Permanecemos los dos en silencio un rato más, y entonces—: Buenas noches, Fran.

—Buenas noches, Marcos.

Página 142

El corazón me late con fuerza, y todo se debe al gesto que ha tenido conmigo. Al igual que ayer con la melatonina, está claro que se preocupa por mí. Y, aunque tal vez solo esté conformándome con migajas, eso me hace feliz. Mientras me abrazo a la almohada, capto un aroma sutil pero familiar, y no tardo en percatarme de que es el de Marcos. Después de todo, anoche durmió tapado con esta sábana. No ha sido suficiente tiempo para que se impregne demasiado de su olor, como las que robé de su cama, pero ya es algo.

Sin embargo, no tardo en darme cuenta de que con el jersey y la sábana no basta para mantener el frío de la montaña a raya. No tardo en comenzar a tiritar, y estoy dando más vueltas todavía que anoche, incluso a pesar de la melatonina.

Al cabo de unos minutos, Marcos suelta un suspiro, y me odio por no dejarle dormir.

—Fran —me llama en voz baja.

—¿Sí?

—Todavía tienes frío, ¿verdad?

—Sí —admito—. Lo siento, por mi culpa no estás durmiendo nada.

—No digas chorradas.

Se pone en pie y, con los ojos ya acostumbrados a la penumbra, veo que comienza a quitar la manta y la colcha de su cama otra vez.

—¿Qué haces? Ni se te ocurra quedarte tú sin nada.

Pero Marcos no contesta, sino que se acerca a mí y coloca la manta sobre mi cuerpo, y después la colcha. Estoy tan boquiabierto que no soy capaz de decir nada. ¿En serio está dispuesto a quedarse él sin nada? Por mucho que se lo agradezca, no puedo permitírselo.

—Hazme hueco —me pide cuando termina. Yo abro mucho los ojos, comprendiendo al fin sus intenciones.

—¿Qué?

—Mira, Fran. Sé que las cosas son complicadas entre nosotros. Y sé que, en gran parte, es culpa mía. Pero eso no significa que no te q… que no me importes. —El corazón me da un vuelco al pensar en lo que tal vez ha estado a punto de decir. Porque no me lo he imaginado, ¿verdad?—. Y no voy a permitir que te pases toda la noche helado.

—Pero…

—Déjate de peros. Tenemos dos opciones. O dormimos juntos, o te congelas. ¿Qué prefieres?

Página 143

Por supuesto, preferiría dormir con él incluso aunque no me estuviera congelando, pero eso no voy a decírselo.

—Dormir juntos.

—Pues hazme hueco, anda.

Apenas soy capaz de asimilar la realidad de lo que está ocurriendo. Después de todo lo que ha pasado, después de las semanas de separación, vamos a dormir juntos otra vez.

Y ha sido por iniciativa suya.

Página 144

30.

CON EL CORAZÓN LATIENDO TAN FUERTE QUE ESTOY CASI SEGURO DE QUE TIENE QUE ESTAR OYÉNDOLO, ME PEGO TODO LO QUE PUEDO AL BORDE PARA QUE PUEDA TUMBARSE MIENTRAS ÉL VA A POR SU ALMOHADA. ESTO no es como la

cama del hotel, donde había tanto espacio que no teníamos ni que rozarnos si no queríamos. No, esta cama es del mismo tamaño que la que tengo en casa, y cuando dormíamos allí, tan solo había una forma de estar cómodos: durmiendo abrazados. No puedo evitar preguntarme si se habrá dado cuenta de eso antes de proponérmelo, pero ahora mismo estoy demasiado aturdido por lo que está pasando como para pensar con claridad.

En cualquier caso, es evidente que lo de dormir abrazados está completamente descartado aquí. Tan solo vamos a dormir juntos por una cuestión práctica, porque yo he sido tan inútil como para empapar las sábanas. Pero eso no significa que haya cambiado nada entre nosotros, y como sé que voy a pasarlo peor si tengo que estar mirándolo, me doy la vuelta para quedar de espaldas a él. Entonces, el colchón cede ligeramente cuando Marcos se mete en la cama. Sus piernas y sus brazos rozan los míos mientras se acomoda, y al instante se me pone toda la piel de gallina.

—Bueno… pues buenas noches —dice, demasiado cerca de mí.

—Buenas noches.

El movimiento detrás de mí me indica que él también se está dando la vuelta, de modo que nos quedamos prácticamente espalda contra espalda. Sus nalgas ejercen una ligera presión contra las mías y, por primera vez

Página 145

desde hace semanas, lo que tengo entre las piernas hace amago de querer despertar. Una especie de corriente eléctrica me atraviesa por completo, como si todo mi cuerpo fuera consciente de que es la primera vez que estamos tan cerca desde hace más de un mes. Los momentos que hemos compartido en la montaña ya han sido un acercamiento que no esperaba, pero ahora que tenemos muchas menos capas de ropa de por medio y nos encontramos a solas y a oscuras, es como si todo fuera mucho más íntimo.

Sin embargo, también es incómodo. Para empezar, estoy tumbado sobre el costado derecho, cosa que odio para dormir porque nunca acaba de resultarme cómodo del todo. Pero, sobre todo, la falta de espacio significa que no puedo abrazarme bien a la almohada como a mí me gusta, y tengo la espalda tan tensa que por un momento pienso que se va a partir.

—Fran —me llama Marcos al cabo de unos minutos, y el corazón me da un vuelco.

—Dime.

—Estás incómodo.

No es una pregunta, y sé que no tiene sentido negarlo.

—Sí.

—Yo también —admite.

No me extraña; después de todo, lo conozco lo suficiente como para saber que siempre duerme boca arriba, con independencia de las circunstancias.

—Puedes volver a tu cama si quieres —le digo—. Ya he entrado un poco en calor; seguro que con la sábana me apaño.

Permanece en silencio durante un largo instante en el que solo puedo oír el sonido de mi respiración y la suya, ahora sincronizadas, y mis propios latidos en mis oídos.

—O podemos dormir como siempre —sugiere al fin.

El corazón se me detiene un instante al oír esas palabras. «Como siempre.» Como si siguiéramos juntos. Como si no hubiera pasado el tiempo, como si no hubiera ocurrido nada. Como si estas últimas semanas no hubieran sido nada más que una horrible pesadilla. Y, aunque sé que no es buena idea, aunque sé que si hacemos esto, después la inevitable separación va a ser todavía más difícil, soy incapaz de resistirme ahora que es él quien lo ha propuesto. La chispa de esperanza de mi interior brilla un poco más fuerte.

—¿Estás seguro? —susurro.

Página 146

—Si tú quieres, sí.

—Sí que quiero.

—Pues venga, vente.

Noto su movimiento en la cama, así que me doy la vuelta para mirarlo mientras se tumba boca arriba. Puedo ver en la penumbra que me está mirando fijamente; es como si un tenue fuego ardiera en sus ojos.

—No hace falta que lo hagamos si no quieres —le digo, solo para asegurarme.

—Soy yo quien lo ha propuesto —me recuerda.

—Bueno, vale.

Con infinita timidez, moviéndome despacio y con cuidado, me acerco más a él y, por fin, paso el brazo por encima de su pecho; ese pecho ancho con el que tanto me gustaba sustituir la almohada que siempre abrazaba cuando dormía solo. Noto los latidos acelerados de su corazón, prácticamente sincronizados con los míos, y me pregunto qué significará eso. ¿Acaso está tan nervioso como yo? ¿O es que se lo ha pensado mejor y lo que estamos haciendo le parece una mala idea?

Me acerco un poco más, aunque todavía me siento tenso y no lo hago del todo. Antes, siempre enredaba las piernas con las suyas, pero hoy me parece que tal vez sería ir demasiado lejos. En su lugar, las dejo estiradas, aunque hay cierta tensión en mi cuerpo y sé que no voy a estar tan cómodo como pensaba.

—Fran, no estás como siempre —señala al darse cuenta de cómo me he colocado. Pillado—. Se supone que esto es para estar cómodos, ¿no?

—Vale. Perdón.

Con el corazón resonando con fuerza en mis oídos, me acerco todavía más a Marcos y, ahora sí, entrelazo las piernas con las suyas. Me pongo cómodo al fin, y entonces él pasa la mano por encima de mi espalda para acercarme más a él, tal como solía hacer. Su cuerpo es cálido, y soy tan consciente de sus latidos como de los míos. Ahora que volvemos a estar pegados, es como si fuéramos dos piezas de un puzle encajando a la perfección, como si nuestros cuerpos estuvieran hechos para estar precisamente así, abrazados y entrelazados. De inmediato, un torrente de sensaciones que creía haber olvidado me invade por completo y, a juzgar por el estremecimiento que recorre el cuerpo de Marcos, me da la impresión de que a él le está pasando algo parecido.

Página 147

Ahora sí, mi polla despierta, y el calor que se extiende como una oleada desde ella hasta el resto de mi cuerpo me recuerda todas las semanas que me he pasado sin dedicarle la atención habitual. Pero la ignoro de nuevo, porque no necesito más. Durante este último mes pensaba que no volvería abrazar a Marcos, que jamás volveríamos a dormir juntos. Y, ahora mismo, eso es lo único que necesito.

—Buenas noches, Fran —susurra muy cerca de mi pelo, provocándome un escalofrío que desciende hasta mis pies.

—Buenas noches, Marcos.

Poco a poco, los latidos de su corazón bajo mi mano comienzan a calmarse al mismo tiempo que los míos; vuelven a estar sincronizados una vez más. Su cuerpo irradia calor, y me doy cuenta de lo mucho que lo echaba de menos, de lo frías que eran las noches sin él. Y estando así, abrazado a Marcos y respirando su aroma mientras escucho el sonido de su respiración y nuestros corazones latiendo al unísono, me siento casi como si no necesitara absolutamente nada más en el mundo. Mientras me dejo invadir por su presencia, creo que podría aceptar que no me quiera, o que no quiera estar conmigo, siempre que pueda seguir estando abrazado a él.

Cuando las neblinas del sueño ya están comenzando a invadir mi mente, tengo la sensación de que la mano de Marcos se desliza por mi espalda, acariciándome ligeramente. Pero, para entonces, ya estoy demasiado lejos de todo y, antes de que pueda moverme para comprobar si es verdad o si únicamente me lo he imaginado, el sueño se apodera por completo de mí.

Página 148

31.

CUANDO DESPIERTO POR LA MAÑANA, TARDO APENAS UNOS INSTANTES EN COMPRENDER DÓNDE ESTOY. ENTONCES, LA PRESENCIA DE MARCOS INVADE TODOS MIS SENTIDOS DE GOLPE. SU AROMA ENVOLVIÉNDOME. MI mano sobre

su pecho. El sonido suave pero profundo de su respiración. Abro los ojos y lo veo bajo la débil luz que se cuela entre las rendijas de la persiana, todavía dormido, con la boca ligeramente entreabierta y una expresión de paz en el rostro. El único sentido del que no se ha adueñado es el gusto, aunque sé que eso está fuera de mi alcance. Pero, por ahora, me conformo con que invada los demás.

Me estiro para ver su reloj de muñeca y compruebo que solo son las ocho y media, así que todavía nos queda una hora antes de tener que levantarnos. Sonriendo, vuelvo a acomodarme y me abrazo bien a él, disfrutando una vez más de la sensación. Ahora que es de día, parece imposible que haya pasado esto. ¿De verdad hemos dormido juntos? ¿De verdad ha sido él quien lo ha propuesto, de verdad yo he aceptado? Me cuesta creerlo y, sin embargo, no podría ser más cierto.

Mientras cavilo sobre ello, ahora que me siento más descansado me doy cuenta de que, en realidad, sí que teníamos más opciones. Podríamos haber colocado las sábanas sobre el radiador y tratar de sacarlas con el secador. Podría haberme tapado con las toallas limpias del cuarto de baño. Podríamos haber subido la calefacción, y entonces ni siquiera tendría necesidad de taparme. Y tal vez no habría habido ningún problema si

Página 149

hubiera bajado a la recepción para pedir sábanas limpias; seguro que, aunque no hubiera nadie en el mostrador, habría alguna forma de contactar con alguien.

Pero, ¿a quién pretendo engañar? Esta solución me gusta mucho más que todas las demás.

Y todavía me queda una hora más con él, por corta que sea, así que estoy dispuesto a aprovecharla. Tengo ganas de ir al baño, pero no quiero desperdiciar ni un minuto, ni mucho menos arriesgarme a despertarlo y que se vuelva a su cama, así que me quedo donde estoy. Incapaz de dejar de sonreír, cierro los ojos mientras continúo abrazado a él, respirando su aroma, oyendo su respiración profunda y sintiendo su calor. No me quedo dormido del todo, sino en una especie de estado intermedio, lo suficientemente despierto como para disfrutar de la sensación, pero también lo suficientemente dormido como para poder descansar un poco más.

De pronto, la alarma de mi móvil me saca del estado de duermevela del que he estado disfrutando la última hora. Marcos se mueve debajo de mí, y noto que estira el brazo y toquetea la mesita de noche para apagar el despertador.

—Buenos días —dice con la voz áspera a causa del sueño.

—Buenos días —respondo con timidez; siempre parece que las cosas son muy diferentes por la mañana—. ¿Has dormido bien?

—Genial. ¿Y tú?

—También.

—Me alegro.

Seguimos como estamos, él boca arriba y yo abrazado a él. De pronto, me invade un pánico repentino. ¿A lo mejor se siente incómodo ahora que es de día y sigo abrazado a él? ¿Y si está deseando que me aparte pero no sabe cómo decírmelo sin parecer un maleducado? Le quito el brazo de encima y hago ademán de alejarme, pero él me toma la mano con la suya y, con la otra sobre mi espalda, me mantiene donde estoy. La chispa de

Página 150

esperanza brilla un poco más fuerte todavía que por la noche, y sé que a estas alturas ya me va a costar mucho tratar de apagarla.

—Espera —susurra, tan cerca de mi oído que me estremezco por completo—. Cinco minutos más.

De nuevo, el corazón se me detiene. Se supone que esto es bueno, ¿verdad? Recuerdo que así fue como empezaron a crecer los sentimientos entre nosotros. Al principio, entre Marcos y yo no había más que sexo, tan solo era una forma de dar rienda suelta a nuestras necesidades fisiológicas mientras estábamos obligados a compartir cama en contra de nuestra voluntad. Lo único que hacíamos era dejarnos llevar por las hormonas, la curiosidad, y también un deseo cada vez más intenso. Pero, entonces, comenzaron los abrazos. En un hotel muy lejos de aquí, al otro lado del océano, Marcos también me había pedido que me quedara cinco minutos más abrazado a él. Entonces no tenía forma de saber todo lo que pasaría después, pero en retrospectiva creo que ese fue el momento preciso que lo cambió absolutamente todo.

En cualquier caso, tengo demasiadas ganas de seguir disfrutando de esto, así que no pienso quejarme.

Pero, cuando veo en su reloj que ya han pasado más de quince minutos, no me queda otra que despegarme de él.

—Marcos —le digo.

—¿Hum…? —murmura, todavía medio dormido.

—Se nos va a hacer tarde.

—¿No podemos quedarnos aquí un rato más? —rezonga.

Lo observo con una ligera sonrisa, contemplando la expresión perezosa de su rostro. Esto también se parece tanto a aquellas mañanas en aquel hotel que no puedo evitar que el corazón se me acelere; es todo demasiado parecido.

Pero sé que necesito mantenerme fuerte.

—Tenemos que estar fuera dentro de veinte minutos. Si quieres, tú quédate aquí un ratito más mientras me meto en la ducha, pero después te toca a ti.

—Vaaaleee…

No puedo evitarlo; mi sonrisa se extiende por completo al oírlo.

Una vez en el baño, me doy cuenta de que necesito contarle a alguien lo que ha pasado. Descarto a Álex y a Alejo; al menos por el momento. Ellos son quienes más han sufrido conmigo todo lo que ha ocurrido, así

Página 151

que no quiero decirles nada cuando ni siquiera yo mismo tengo muy claro lo que está pasando. Sé que se preocupan por mí, y que han estado muy preocupados por este viaje, así que no quiero darles más razones para seguir haciéndolo. También están mis amigos del grupo, pero nuestra relación siempre ha sido más grupal; no tengo una amistad especialmente estrecha con ninguno de ellos en concreto.

Por lo tanto, eso me deja solo con mis primos. Mi relación con Víctor ha crecido a pasos agigantados en estas últimas semanas y sé que le gustaría que confiara en él para contarle algo así, pero siendo objetivo, sé que sigue siendo joven e inexperto. Además, me resultaría extraño confiarle mis ralladas amorosas a mi primo pequeño, por no mencionar que él tiene sus propias ralladas amorosas en las que pensar. De modo que, como siempre, decido recurrir a Vero, mi eterna confidente.

Vero

Estás?

Sí, dime!

Todo bien?

Pues… es que he dormido en la misma cama que Marcos 

QUÉ

CUENTA TODO AHORA MISMO

A ver, es un poco absurdo todo, la verdad xd

Anoche se me derramó la botella en la cama, así que me quedé sin sábanas

Como no había más, Marcos se ofreció a dormir conmigo Porque ir a recepción a pedir más sábanas no era una opción, claro

Ya, bueno

El caso es que… hemos dormido abrazados

WHAT

A ver, es que hacía frío y tal

Página 152

La cama era pequeña y si no era muy incómodo, así que…

Mientras se lo cuento, yo mismo soy consciente de lo absurdo de la situación, ¿pero qué le voy a hacer? Soy débil y, por mucho que lo intentara, jamás habría podido rechazar la posibilidad de dormir abrazado a él una última vez.

Te das cuenta de que eso es de todo menos normal, verdad?

No sé

Supongo?

Joder, Fran

Está claro que todavía le gustas

El corazón me da un vuelco al leer sus palabras.

Tú crees?

Venga ya, tío

Técnicamente sois ex, no?

Es imposible que haya dormido contigo si no quería algo más En plan… sexo?

Eso no lo sé, no lo conozco

Pero a ver, no podemos olvidar que así empezó todo entre vosotros A lo mejor estaba cachondo y ya está, los tíos sois así

No sé

No me pareció que estuviera cachondo, y tampoco intentó hacer nada

Pues entonces… yo creo que está claro

Dudo mucho que durmiera contigo solo por pura amabilidad, la verdad

A ver, Marcos es muy buen tío

No sería tan raro

Página 153

Te recuerdo que hasta hace menos de dos meses era «el putísimo Marcos», pero vale jajaja

Lo que quiero decir es que sí, puede que hubiera amabilidad y tal Pero dudo mucho que lo hubiera hecho si no le siguieras gustando

La cosa es que ese nunca fue el problema… ya sé que le gusto O que le gustaba, no lo sé

Ya sabes que no me dejó porque no quisiera estar conmigo, sino por la familia

Ya, bueno, pero precisamente por eso es tan raro que haya accedido a algo así

A menos que haya cambiado de opinión, claro

Crees que es posible?

No lo sé, Fran

Ojalá pudiera decirte que sí, pero no lo conozco y no quiero hacerte ilusiones

Lo que sí pienso por lo que me cuentas es que todavía le gustas

Y eso ya es algo, no?

Sí, supongo que sí

Gracias 

De nada 

Mantenme informada, vale?

Tranquila 

Entre mensaje y mensaje ya han pasado más de cinco minutos y tampoco tenemos mucho más tiempo, así que pongo a correr el agua para que se caliente y empiezo a desnudarme. Mientras me meto en la ducha, el corazón me late más fuerte todavía. Vero tiene razón; aquí está pasando algo. Y eso por no mencionar el entorno, otra vez en un hotel, otra vez compartiendo habitación. Los paralelismos son más que evidentes. Aunque ahora no hay sexo, está claro que la cosa está avanzando de una

Página 154

forma muy parecida a la última vez, con la diferencia de que en esta ocasión los sentimientos ya están ahí de antemano. Pequeños gestos, pequeños contactos, pequeños avances. Y, entonces, un avance enorme, como el hecho de haber dormido abrazados.

Con un poco de suerte, la convivencia de estos días y las noches juntos le estarán sirviendo a Marcos para darse cuenta de que él también me echa de menos a mí, de que los dos éramos mucho más felices juntos. Y, con un poco más de suerte, tal vez eso servirá para que vuelva a replantearse una decisión que nunca tuvo ningún sentido.

La esperanza de mi interior se está convirtiendo en algo cálido y palpitante, como si fuera un segundo corazón. Pero, por primera vez desde hace más de un mes, ahora no tengo la menor intención de tratar de apagarla.

Y, si vuelvo a llevarme la hostia… En fin, al menos habré podido disfrutar de Marcos un poco más.

Página 155

32.

AUNQUE NO ES NADA DEMASIADO GRAVE, MARCOS Y YO SEGUIMOS LIGERAMENTE MAGULLADOS DESPUÉS DE LA CAÍDA DE AYER, DE MODO QUE NUESTRA FAMILIA SE MANTIENE FIRME EN SU DECISIÓN DE QUE HOY NO vamos a

ir a esquiar. Desayunamos con calma, y después nos agenciamos una de las mesas de la sala común no muy lejos de la chimenea para volver a jugar a juegos de mesa. En esta ocasión, optamos por una partida al Monopoly, que se alarga varias horas hasta que llega el momento de ir a comer. Como no podía ser de otra manera, es mi madre quien gana; siempre se le ha dado de maravilla este juego.

—¿Soy la única que está hoy que se cae de sueño? —pregunta mientras vamos al comedor—. He dormido bien, pero me siento como si me hubiera atropellado un camión.

—Es normal —responde Antonio—. Esquiar cansa bastante, sobre todo si no estamos acostumbrados. A fin de cuentas, es un deporte.

Supongo que no le falta razón. A pesar de que he dormido muy bien abrazado a Marcos, lo cierto es que me siento como si hubiera tenido muchas menos horas de sueño.

—Creo que hemos hecho bien en no ir hoy a esquiar —añade mi madre.

—Pues sí —coincide él—. Podríamos ir en días alternos. Mañana volvemos a esquiar, y pasado nos quedamos aquí otra vez. —Nos mira a todos antes de preguntar—: ¿Qué os parece?

Página 156

—Por mí, genial —respondo, encantado de tener una excusa para librarme de tener que esquiar otra vez. Al final, la experiencia no fue tan mal como esperaba, pero la idea de volver a subir en teleférico no me hace demasiada gracia, precisamente. Aunque pensar en Marcos cogiéndome la mano otra vez es un aliciente, la verdad.

Los demás están de acuerdo, así que decidimos que eso será lo que haremos.

—¿Qué pensabais hacer después de comer? —pregunta Natalia cuando ya estamos tomándonos el postre—. ¿Más juegos de mesa?

—Podemos hacer una pelea de bolas de nieve —propone Marcos, sonriente.

—Pues prepárate, porque te pienso dar una paliza que vas a flipar — responde ella, y entonces me mira a mí—. ¿Tú te apuntas, Fran?

—Claro. Pero con calma, que todavía sigo un poco dolorido por lo de ayer.

—¿Vosotros queréis? —pregunta Marcos a mi madre y a su padre.

—Uf, yo creo que me voy a echar una siesta, cariño —dice ella—.

Pero si es dentro de un par de horas, me parece genial.

—La verdad es que una siesta ahora entraba genial —admite Natalia. —Pues sí —coincido—. Creo que yo también me voy a echar una. —Podemos subir a las habitaciones y salir a la nieve dentro de un par

de horas —sugiere Marcos—. Todavía nos quedarán una o dos horas de luz.

—Y después, podemos echar otra partida al Monopoly antes de cenar —añade Antonio entre risas—. Quiero la revancha.

Con los planes de la tarde decididos, nos terminamos el postre y subimos a la primera planta.

Cuando entramos en la habitación, hay una tensión evidente entre Marcos y yo, y no puedo evitar acordarme una vez más de aquel hotel en Canarias. En esta ocasión no ha habido nada de sexo, y sé que es imposible que lo haya, pero haber dormido abrazados anoche hace que todo parezca todavía más íntimo que si lo hubiera habido.

Trato de contener un suspiro mientras observo mi cama. El servicio de habitaciones ha entrado y la ha hecho durante la mañana, con sábanas limpias, y me maldigo a mí mismo por no haber pensado en colgar el cartel de «No molestar» de la puerta antes de marcharnos. Aunque tampoco sé si habría servido de mucho; al fin y al cabo, lo más probable

Página 157

sería que mis sábanas se hubieran secado durante la noche de todos modos.

De espaldas a Marcos, me pongo el pijama con lentitud. Tengo la mirada desenfocada, así que tardo un poco en encontrar los agujeros correctos para los brazos y las piernas. Cuando termino, me tumbo sobre la cama y me quedo mirando el techo. Soy vagamente consciente de que él se está moviendo por la habitación a mi alrededor, pero no lo miro. Tan solo hay un único pensamiento dando vueltas por mi mente: después de lo de ayer, me va a costar mucho volver a dormir sin él. Sobre todo cuando seguirá estando al otro lado de la habitación, tan cerca pero al mismo tiempo tan lejos.

—¿Estás bien? —me pregunta de repente, sobresaltándome un poco.

—Sí —respondo con demasiada rapidez, y él sonríe.

—No es verdad.

Permanezco unos instantes en silencio, sin saber muy bien qué decir. ¿Cómo podría empezar a expresarlo siquiera?

—Es que… —comienzo, pero dejo la frase inconclusa.

—Dime.

Trago saliva antes de hablar, pero no soy capaz de hacerlo. Niego con la cabeza y aparto la mirada de sus ojos.

—Nada. Da igual.

—No, ahora me lo dices.

Suelto un suspiro; tendría que haber imaginado que me diría algo por el estilo.

—Es solo que… —Respiro hondo y decido soltarlo del tirón—. ¿Quieres que volvamos a dormir juntos?

Al principio, Marcos no responde. Me atrevo a mirarlo de nuevo y él clava sus ojos en los míos. Son tan intensos que me cuesta no apartar la mirada, pero logro contenerme.

—La verdad es que hacía mucho tiempo que no dormía tan bien —dice al fin.

—Yo tampoco —confieso.

—A lo mejor no es mala idea.

—A lo mejor no.

De nuevo, nos quedamos los dos en silencio. No digo lo que los dos estamos pensando: que no habíamos dormido tan bien desde que estábamos juntos y podíamos dormir abrazados todas las noches. Sé que lo

Página 158

que le estoy pidiendo es extraño, y puede que también peligroso, pero la intensidad de su mirada me deja claro que la idea no le disgusta. Me late el corazón tan fuerte que me parece imposible que no pueda oírlo desde su cama.

—Solo dormir, ¿verdad? —me pregunta al fin.

—Solo dormir —susurro.

Y es la verdad; aunque me gustaría poder hacer mil cosas más con Marcos, empezando por besar sus labios y acabando por saborear el resto de su cuerpo, el simple hecho de poder dormir con él otra vez es más que suficiente. No, no es solo que sea suficiente: me doy cuenta de que la idea me llena de felicidad, una felicidad que llevaba más de un mes sin sentir.

—Está bien —dice.

—¿En serio?

—En serio.

Sin poder evitarlo, suelto un suspiro de alivio, tratando de contener la enorme sonrisa que quiere extenderse por mi cara. Él, sin embargo, sí que sonríe, aunque con cierta timidez.

Nos turnamos para ir al baño. Yo voy primero y me aseguro de lavarme los dientes de forma concienzuda; primero porque acabo de comer, y segundo, porque nunca se sabe lo que puede pasar, por pequeña que sea la esperanza. Después, me tumbo en la cama de lado, tratando de controlar mi respiración acelerada y los latidos desenfrenados de mi habitación mientras espero a que salga.

Cuando por fin lo veo, acercándose a mí con la camiseta gris claro y el pantalón negro que utiliza para dormir, está tan guapo que por un momento vuelvo a sentir ese impulso de abalanzarme hacia sus labios. Por suerte, logro controlarlo, y me pego al borde mientras él se tumba en la cama.

—No tienes que hacerlo si no quieres —le digo mientras comienza a taparse, por si acaso se lo ha pensado mejor y ahora se está sintiendo obligado o algo por el estilo.

Él se detiene y me mira con una sonrisa antes de contestar, y sus ojos son tan intensos que siento que algo se derrite dentro de mí.

—Claro que quiero hacerlo.

Las implicaciones de ese «hacerlo» son demasiadas como para poder enumerarlas, pero, por el momento, decido ceñirme a lo que hemos

Página 159

hablado: dormir juntos, y nada más. Tampoco es que necesite nada más ahora mismo, la verdad.

Marcos está ya tumbado boca arriba, así que me acerco a él de nuevo, ahora sin tanta timidez como ayer. Paso el brazo por encima de su pecho y coloco la mano donde me gusta, justo encima de su corazón. Me doy cuenta de que late con fuerza, y trato de contener una sonrisa. Mientras tanto, Marcos me coloca la mano sobre la espalda para acercarme más a él, y entonces entrelazo las piernas con las suyas.

—Que duermas bien —me dice, y estoy empezando a pensar que le gusta notar cómo me estremezco cada vez que susurra contra mi pelo.

—Tú también.

Página 160

33.

LLEVAMOS YA UNOS MINUTOS ABRAZADOS, PERO, AL CONTRARIO DE LO QUE OCURRIÓ ANOCHE, CUANDO ME QUEDÉ DORMIDO CASI AL INSTANTE, ESTA VEZ ME ESTÁ COSTANDO MUCHO MÁS. LOS LATIDOS DE MARCOS ESTÁN acelerados

bajo mi mano, no se calman como siempre acaban haciendo al cabo de un rato. Su respiración también suena entrecortada, como si estuviera corriendo, o como si… como si… En fin, no quiero pensar en las otras veces que he oído su respiración de esta manera, porque solo de recordarlo siento que un calor se extiende por mi cuerpo hasta acabar en el lugar menos apropiado posible en este momento.

Sigo así durante unos minutos, todavía incapaz de encontrar la postura. Doblo un poco las piernas, entrelazadas con las suyas, y entonces lo noto contra mi muslo.

Su polla.

Y está dura. Muy dura.

Se ve que Marcos no se esperaba ese contacto, porque suelta un gemido contra mi pelo que hace que me estremezca por completo. Me quedo paralizado al instante, sin saber cómo va a reaccionar. Sin embargo, no parece molestarle el contacto, sino más bien todo lo contrario, porque mueve ligeramente las caderas, como para invitarme a ir más allá… Empalmándome de forma casi automática, deslizo la mano lentamente por su vientre mientras él se estremece debajo de mí y su respiración se acelera todavía más.

Página 161

Mi mano alcanza al fin su polla, abultada por debajo del pijama, y la echaba tanto de menos que me cuesta contener las ganas de abalanzarme hacia ella. En lugar de eso, lo masturbo con suavidad, deleitándome los gemidos de placer que le arrancan mis movimientos. Me cuesta creer que esto esté sucediendo de verdad, pero pienso aprovecharlo.

Poco a poco, le bajo los pantalones hasta que puedo tocar su carne directamente. La siento dura e hinchada entre los dedos, palpitante y deseosa de placer. Y eso es precisamente lo que hago, regalarle todo el placer que no he podido darle durante este tiempo.

—Fran… —susurra al cabo de unos minutos, con la voz entrecortada. —¿Sí?

—¿Me la chupas?

No tiene que pedírmelo dos veces. Me gustaría ser capaz de alargar el momento, de provocarlo un poco antes de darle lo que me pide, pero no soy capaz de seguir conteniéndome. Sin perder un instante, me acerco a su polla y, por fin, me la meto en la boca. Debe de haberse duchado hace un momento sin que me diera cuenta, porque no noto ese sabor intenso y ese aroma que tanto me excitaban. Aun así, me esfuerzo como nunca por darle placer, por recordarle lo que era el sexo entre nosotros.

—Fran… me corro… —dice con la voz ronca.

Mientras me masturbo, continúo succionando con ansia, deseoso de sentir ese torrente de sabor en mi boca, el fruto del placer que tanto me gusta darle.

Entonces, Marcos suelta un fuerte ronquido y me despierto de golpe.

Joder. No puede ser.

¿En serio? ¿Otro puto sueño? De verdad que tiene que haber una especie de ser malvado escribiendo mi vida y riéndose de mis desgracias en este momento, porque ya me parece bastante surrealista todo esto.

Tardo un segundo en darme cuenta de lo que tengo en la mano, pero entonces lo comprendo: es la polla de Marcos. No está dura del todo, pero tampoco completamente en reposo, y esto ya no es ningún sueño. Joder. Le he agarrado la polla mientras dormía, como si fuera un animal en celo o algo así. Me apresuro a apartar la mano mientras me invade una oleada de vergüenza, ¿se habrá dado cuenta? Pero, si hubiera sido así, se habría quitado mi mano de encima, ¿verdad? Me habría dicho algo, tal vez hasta se habría enfadado.

Página 162

Aguardo unos segundos, con el corazón acelerado a causa del pánico, pero Marcos sigue respirando de forma lenta y profunda, como siempre que duerme. No puedo evitar sonreír cuando suelta un leve ronquido, y eso me tranquiliza. Por suerte, no se ha dado cuenta de nada.

Vuelvo a abrazarme a él, asegurándome de no tocar ningún lugar inapropiado, y cierro los ojos de nuevo. Sin embargo, esta vez me cuesta dormir, al igual que ha ocurrido en el sueño. Soy incapaz de dejar de darle vueltas a todo lo que está sucediendo estos días, todos estos pequeños acercamientos que ha habido entre nosotros, siempre propiciados por él.

Sí, es verdad que me dijo que tendríamos que actuar como si no hubiera ningún problema entre nosotros por el bien de nuestra familia, pero esto va más allá que eso. Lo de la melatonina pudo ser un simple acto de amabilidad, nada del otro mundo, ¿pero qué hay de todo lo demás? Tratar de tranquilizarme antes de subir al teleférico, cogerme la mano durante el trayecto y después a la vuelta, y también, por supuesto, el gigantesco elefante en la habitación que es imposible no ver: que fuera él quien me propusiera dormir conmigo, que fuera él quien sugirió que durmiéramos como siempre… es decir, abrazados. Que por la mañana me pidiera quedarse en la cama conmigo cinco minutos más, todavía abrazados. No es normal. Esto va mucho más allá de su petición de que nos lleváramos bien.

Puede que haya sido yo quien propusiera dormir juntos la siesta, pero no había absolutamente ninguna razón para que él aceptara, más allá del hecho de que realmente quisiera dormir conmigo. Y, por supuesto, también están sus palabras de hace apenas un rato. «Solo dormir, ¿verdad?». ¿Qué era que lo que esperaba exactamente? ¿Que nos besáramos? ¿Que folláramos y después hiciéramos como si nada? No tengo forma de saberlo, pero lo que sí tengo claro es que había algo más en sus palabras.

Y, sin embargo, fue él quien me dejó hace ya más de un mes, fue él quien me dijo hace unas semanas que seguía convencido de su decisión. Pero, entonces, ¿a qué viene este cambio de actitud en él? ¿A qué viene este acercamiento tan evidente por su parte? Si quisiera volver conmigo, supongo que ya me lo habría dicho, ¿no?

Estoy tan confuso y tengo la cabeza tan llena de pensamientos contradictorios que soy completamente incapaz de dormir, ni siquiera estando abrazado a él, ni siquiera cuando cierro los ojos y trato de concentrarme en su aroma y en el sonido de su respiración.

Página 163

Sabiendo que tal vez me arrepienta, sabiendo que tal vez esta sea la última vez que tenga ocasión de dormir con Marcos, me aparto de él y me levanto de la cama, con cuidado de no despertarlo. Lo observo una vez más en la penumbra, y está tan mono mientras duerme a pierna suelta que la tentación de volver a abrazarme a él es demasiado fuerte, pero trato de mantenerme firme.

Caminando despacio para no hacer ruido, me meto en el cuarto de baño y cierro la puerta detrás de mí. No enciendo la luz; no me apetece que la repentina claridad me deslumbre. En lugar de eso, me meto en la bañera. Como Marcos no está en su cama pegada al cuarto de baño, sino en la mía, con un poco de suerte, no lo despertaré. Pongo la ducha en marcha, espero a que suba la temperatura del agua y me planto debajo, con la esperanza de que el agua caliente calme mis pensamientos alborotados y, sobre todo, me ayude a tomar una decisión.

Página 164

34.

EL RESTO DEL DÍA TRANSCURRE DE FORMA EXTRAÑA. TAL COMO HABÍAMOS ACORDADO DURANTE LA COMIDA, NOS ABRIGAMOS BIEN Y VAMOS CON NUESTRA FAMILIA AL EXTERIOR. DECIDIMOS ALEJARNOS UN POCO DEL hotel hasta

encontrar una zona sin gente, y entonces empezamos una batalla campal de bolas de nieve. Primero jugamos chicos contra chicas, aunque nosotros estamos en el grupo más numeroso. Después, jugamos padres contra hijos, lo que significa que vuelvo a contar con la ventaja numérica.

Las dos veces comparto equipo con Marcos, y me resulta extraño. Ya hemos dormido abrazados dos veces, pero después hemos hecho como si nada, como si eso fuera lo más normal del mundo, como si no tuviéramos que darle ninguna importancia. El problema es que sí la tiene, queramos o no, y mientras me duchaba tomé una decisión que no sé si voy a ser capaz de cumplir esta noche, pero tengo que intentarlo. Por muy difícil que sea.

Cuando oscurece demasiado como para seguir jugando, volvemos al hotel y nos quedamos en una de las mesas de la sala común, contentos de poder resguardarnos del frío frente al calor de la chimenea. En esta ocasión, mi madre trae un parchís para cinco jugadores que ha comprado especialmente para la ocasión. Verlo me hace sonreír, y mientras jugamos soy consciente de que me lo estoy pasando bien, de que estar en familia es agradable, de que podría acostumbrarme a esto. Sin embargo, es imposible estar viendo constantemente a Marcos sin recordar lo que hubo una vez entre nosotros, sin pensar en todo momento en lo que está pasando estos

Página 165

días, sea lo que sea. Pensaba que lo habíamos dejado todo claro, pero ahora ya no estoy tan seguro.

Durante la cena, apenas participo en la conversación y casi no soy capaz de probar bocado, a pesar de lo cansado que estoy después de la pelea de bolas de nieve. Trato de disimularlo, pero mi madre me pilla al vuelo.

—¿Estás bien, cariño? —me pregunta con preocupación—. Casi no estás comiendo esta noche.

—Sí, sí —respondo, tratando de buscar una excusa convincente—. Es que tengo el estómago un poco revuelto… creo que me pasé comiendo al mediodía.

—Vaya, si no habías dicho nada. ¿Quieres que te dé algo? He traído… —No, no. Tranquila, que tampoco es para tanto. Pero prefiero no

comer demasiado, por si acaso.

Lo más probable es que mi cara delate la mentira, pero al menos, no insiste más.

Al terminar de cenar, Antonio propone jugar a algo más antes de dormir. Sin embargo, y aunque me lo paso bien jugando con ellos, sé que estoy demasiado agotado mental y emocionalmente como para seguir haciéndolo, como para seguir fingiendo que no pasa nada. Así pues, aprovechando la excusa de antes, me excuso diciendo que prefiero irme a descansar.

—Vale, cariño —dice mi madre, y se acerca a mí para darme un abrazo

—. Descansa mucho. Y, si necesitas algo o te duele algo, me lo dices, ¿vale?

—Tranquila.

—Yo también me voy a dormir —anuncia Marcos, y me parece distinguir un matiz de fingida despreocupación en su voz—. Las puertas chirrían un poco, y si Fran necesita descansar no quiero despertarlo si subo más tarde.

—No hace falta… —comienzo, sin saber muy bien por qué. —No te preocupes. Yo también estoy cansado.

—Y pensar que estos son los jóvenes… —dice Antonio entre risas.

A continuación, Marcos y yo damos las buenas noches a nuestra familia y nos marchamos en dirección a las escaleras mientras ellos se dirigen hacia la sala común. Envidio un poco el calorcillo agradable de la chimenea que me voy a perder, pero sé que no sería capaz de aguantar la

Página 166

situación mucho más rato. Claro que yo contaba con irme a la habitación solo, y ahora no sé si va a ser peor el remedio que la enfermedad. Mientras subimos en silencio, soy demasiado consciente de la presencia de Marcos detrás de mí. No me esperaba lo que ha hecho, pero supongo que el hecho de que haya decidido subir conmigo debería significar algo bueno, ¿verdad?

Cuando entro en la habitación y Marcos cierra la puerta detrás de él, siento algo en el ambiente que no soy capaz de identificar del todo. Después de lo de anoche y lo de esta tarde, supongo que se da por hecho que ahora también vamos a dormir juntos, y eso debería llenarme de felicidad. Sin embargo, hay un pensamiento que no ha dejado de dar vueltas por mi cabeza desde esta tarde. Ahora sería el momento perfecto para sacar el tema y hablar con él, pero el problema es que no sé cómo hacerlo.

Me tumbo en la cama, con la mirada clavada en el techo mientras trato de ignorar su presencia en la habitación, esforzándome por encontrar la mejor forma de abordar la conversación.

—¿Qué te pasa? —me pregunta al cabo de un par de minutos, sobresaltándome un poco.

—Nada —me apresuro a responder, cometiendo el mismo error que por la tarde.

—No es verdad —replica, también igual que antes.

De nuevo, permanezco unos segundos en silencio y trago saliva antes de continuar.

—No sé si hemos cometido un error —admito al fin.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿De qué estás hablando?

Se levanta de su cama para sentarse en la mía y me mira a los ojos, pero aparto la mirada. Sé que, si lo veo mirándome como lo hace, no voy a ser capaz de decirlo.

—No sé si hemos cometido un error al dormir juntos —le explico.

Él permanece en silencio. Todavía sigo sin mirarlo, pero noto sus ojos clavados en los míos. Sé que no sería capaz de soportar la intensidad de su mirada sin derrumbarme.

—Yo no creo que hayamos cometido un error —susurra.

—Y cuando volvamos a casa, ¿qué? —Me atrevo a mirarlo al fin, y unas lágrimas furiosas brotan en mis ojos—. Volverás a marcharte, ¿no? Y entonces yo volveré a dormir solo en mi cama todas las noches. Volveré a

Página 167

echarte de menos cada puto día y cada putísima noche, y encima será todavía peor después de haber pasado estas noches juntos. Así que sí, claro que hemos cometido un error.

De nuevo, Marcos se queda callado. Sigo sin mirarlo y trato de secarme con disimulo esas lágrimas que tiene que haber visto de todos modos. Él continúa así durante un largo rato, hasta que el silencio se vuelve tan denso y pesado que amenaza con aplastarme por completo.

Cuando habla al fin, lo hace con una voz tan baja que me resulta casi inaudible.

—Yo no quiero que estas noches se acaben.

—Pero se acabarán —replico, sin asimilar del todo el significado de sus palabras—. Y entonces tocará volver a casa. Y yo volveré a quedarme solo, y tú volverás a irte de casa. Volverás a ser el chico de la habitación vacía.

—A lo mejor no tiene que ser así.

El corazón me da un vuelco, de forma casi violenta. De inmediato, esa familiar chispa de esperanza vuelve a crecer, pero en esta ocasión no me veo capaz de tratar de apagarla. Por primera vez desde esta tarde, lo miro a los ojos, y el intenso fuego que veo ardiendo en ellos casi me provoca un estremecimiento.

—¿Qué dices? —pregunto, tratando de luchar contra la nueva oleada de lágrimas que amenazan con derramarse.

—Ya te lo he dicho —responde, y la voz se le rompe en la última palabra—. No quiero que estas noches se acaben, Fran.

—Eres tú quien decidió marcharse de casa —le recuerdo mientras una lágrima solitaria se desliza por mi mejilla—. Eres tú quien decidió acabar con todo. No puedes pretender venir ahora de repente y…

Pero ni siquiera sé cómo terminar la frase. Sin embargo, él asiente con la cabeza.

—Lo sé. Tienes toda la razón del mundo, de verdad. Pero tienes que creerme, Fran, jamás te habría hecho daño si no hubiera pensado de verdad que era lo mejor.

Me doy cuenta de que sus ojos también se humedecen. Creo que estoy empezando a entender lo que quiere decirme con todo esto… Pero no puede ser cierto. No puede ser verdad.

¿O sí?

Página 168

—¿Y ya no lo piensas? —me atrevo a preguntar, y la chispa de esperanza comienza a arder con más fuerza.

—No lo sé. Ahora mismo estoy hecho un lío, la verdad. Lo único que tengo claro es lo que te he dicho: que no quiero que estas noches se acaben. Y a lo mejor no tienen que acabarse.

—¿Entonces…?

—Pues es que estos días estando contigo, esta última noche durmiendo contigo… En fin, supongo que me he dado cuenta de que no puedo renunciar a eso. De que no puedo… De que no puedo renunciar a ti. —Sus lágrimas se derraman también por sus mejillas, pero continúa hablando con la voz estrangulada—. Me he dado cuenta de que no puedo olvidarte por mucho que lo haya intentado. De que no puedo cambiar lo que siento.

Continúo mirándolo fijamente, incrédulo. Sus palabras son como una explosión de felicidad en mi corazón que me hace temblar de la cabeza a los pies. La chispa de esperanza crece hasta convertirse en una bomba que estalla contra la pared de un dique, haciendo que todas las emociones que apenas había logrado contener se derramen con violencia tanto dentro como fuera de mí.

—Marcos… —acierto a decir.

Sin poder evitarlo, rompo a llorar.

Él, sin perder ni un segundo, cubre la escasa distancia entre nosotros y me abraza con fuerza. Pero no lo hace solo con los brazos, sino con todo su cuerpo, tal como solía hacerlo en esas semanas imposiblemente cortas que pasamos juntos. Con una mano me acaricia la espalda, y con la otra, el pelo, y el contacto con sus dedos me pone la piel de gallina. Su presencia me invade y me rodea por completo, y mientras tanto, soy incapaz de dejar de llorar.

Al cabo de unos minutos, horas o tal vez días, Marcos se separa de mí para mirarme a los ojos, y veo que él también tiene la cara llena de lágrimas. Se encuentra tan cerca que siento su respiración contra mi boca, tan cerca que podría contar los poros de su nariz. Levanta ambas manos para secarme las lágrimas con los dedos, y después, me acaricia ambas mejillas sin apartar la mirada de la mía ni un segundo.

—Fran, no llores —susurra—. Si lloras, me muero. Porque te quiero. A continuación, se acerca todavía más a mí y me besa por fin en los

labios.

Página 169

35.

NO SABÍA QUE ERA POSIBLE BESAR A ALGUIEN MIENTRAS LLORAS, PERO SUPONGO QUE SIEMPRE HAY UNA PRIMERA VEZ PARA TODO.

Una vez rota la barrera del primer beso después de las largas semanas que he pasado lejos de sus labios, es como si nada fuera a ser capaz de separarme de ellos. Lo beso con ansia, con sed, con deseo, con toda la añoranza acumulada durante todo el tiempo que hemos pasado separados. Lo beso como si no hubiera un mañana, y lo mejor es que él hace exactamente lo mismo, por increíble que sea, por imposible que parezca.

Mientras me besa con infinita ternura, Marcos sigue acariciándome la cara, secándome con los dedos cada lágrima que cae. Y, conforme lo va haciendo, no deja de susurrar las mismas dos palabras una y otra vez entre beso y beso:

—Lo siento. Lo siento. Lo siento.

Pronto, mi llanto se calma y puedo dedicarme por completo a lo que realmente quiero hacer: recuperar el tiempo perdido sin sus labios. El corazón me late tan fuerte que empiezo a temer que pueda explotar de un momento a otro, pero, si eso ocurriera, sé que moriría feliz.

Después de varios minutos devorando nuestras bocas, nos separamos un poco para coger aire, los dos con la respiración jadeante.

—Entonces… —comienzo, todavía con miedo, mientras miro el fuego que arde en sus ojos—. ¿Volvemos a estar juntos?

—¿Tú quieres que volvamos?

Página 170

—Sí. —No tengo ni que pensármelo, pero lo que realmente me preocupa es lo que piense él—. ¿Y tú?

—Sí. Joder, sí. Claro que sí.

Su boca impacta de nuevo contra la mía, como una colisión estelar. No nos separamos hasta al menos una hora más tarde. A veces se me

humedecían los ojos mientras nos besábamos, incapaz de creer que estuviera ocurriendo de verdad, pero la incontestable realidad de la situación me ayudaba a olvidarme de las lágrimas; sus besos llenos de ternura me demostraban que todo lo que deseaba se había cumplido. No era ningún sueño; estaba completamente despierto y con todos mis sentidos concentrados por completo en él.

No hemos ido más allá de los besos y las caricias, pero nuestros cuerpos estaban tan despiertos como nosotros. Mientras nos besábamos y nos acariciábamos de todas las formas posibles, su polla dura e hinchada se clavaba en mi vientre a través del pijama, y la mía hacía exactamente lo mismo con él. Nuestras manos se desviaban hacia abajo de vez en cuando, pero ninguno de los dos hemos ido más allá, ninguno hemos tratado de quitarle la ropa al otro. Y, ahora que nos hemos separado para recuperar el aliento, mi cuerpo entero es como un volcán a punto de explotar, repleto de sentimientos, deseo, hormonas y excitación.

Pero, entonces, me doy cuenta de que él también tiene los ojos húmedos.

—¿Qué te pasa? —acierto a preguntar, con la voz ronca.

—Me siento fatal —confiesa con un hilo de voz, y una lágrima solitaria se desliza por su mejilla. En esta ocasión, soy yo quien se la seca con el dedo.

—¿Por qué?

—Por todo lo que ha pasado. Por ti. Por hacerte daño.

Habla con la voz estrangulada, y se le rompe en la última palabra de una forma que me provoca un dolor casi físico. Lo abrazo con fuerza, tratando de consolarlo como ha hecho él conmigo.

—No pasa nada, Marcos.

—Claro que pasa —replica él—. Te he hecho daño, te he hecho sufrir.

Y no voy a poder perdonármelo en la vida.

Ahora es él quien ha comenzado a llorar, así que lo abrazo todavía más fuerte y dejo que se desahogue contra mi pecho. Noto que la humedad comienza a acumularse en la camiseta de mi pijama mientras le acaricio la

Página 171

cabeza con una mano y la espalda con la otra. Odio verlo así, odio que esté llorando, pero es algo bueno, ¿verdad? Si lo hace es porque…, porque me quiere, aunque me cueste permitirme pensarlo.

—Tranquilo —susurro contra su oído—. Ya está, Marcos. Ya está. Cuando al fin se tranquiliza, se separa un poco de mí y me mira con

ojos tímidos.

—Pensarás que soy un gilipollas —dice, claramente avergonzado. —¿Qué? ¿Por qué?

—Primero soy yo quien te deja, y ahora voy y me pongo a llorar. Soy lo peor.

—Claro que no, Marcos. No digas eso.

—Es la verdad —replica, frotándose los ojos—. Es para matarme. —Bueno, si te refieres a matarte a besos, siempre podemos probar a

ver qué pasa…

Él suelta un sonido a medio camino entre la risa y el llanto, y entonces se acerca para darme un beso rápido en los labios.

—No me parece mal plan.

—¿De verdad quieres volver conmigo? —pregunto, todavía incapaz de creérmelo del todo.

—De verdad. ¿Tú quieres?

—Claro que quiero, Marcos. Es solo que… tengo miedo.

—¿De qué?

Aparto la mirada, tratando de encontrar las palabras apropiadas. No quiero hacerle daño, pero sé que tengo que decírselo.

—Lo he pasado muy mal estas semanas.

—Lo sé. Y lo siento. De verdad que lo siento.

—No, creo que no lo sabes en realidad —insisto—. No sabes lo mal que he estado, cuánto te echaba de menos, lo difícil que ha sido estar lejos de ti.

—Sí… supongo que me lo puedo imaginar.

—Nunca había vivido en esa casa sin ti —continúo, ahora incapaz de parar—. Siempre dormíamos pared con pared hasta que empezamos a dormir juntos, compartíamos baño, nos sentábamos juntos para comer, para ver películas con la familia. Pero de repente ya no estabas, y podía sentir tu ausencia tanto dentro como fuera de mí. Era horrible estar en el baño y recordar todas las veces que me pedías entrar cuando me estaba duchando, o al revés, y también cuando empezamos a aprovechar todos

Página 172

esos momentos para besarnos a escondidas. Era horrible sentarme a comer como si nada sin que tú estuvieras en la silla de siempre, a mi lado. Era horrible pasar por tu habitación y saber que no estabas allí, saber que estaba vacía. Y, sobre todo, era horrible dormir cada noche sin ti, sin poder oírte siquiera al otro lado de la pared.

Para cuando termino de hablar, ya estoy llorando otra vez, pero Marcos vuelve a secarme las lágrimas con los dedos y me da un suave beso en los labios.

—Lo siento.

—No te lo estoy diciendo para que me pidas perdón —le aseguro—. Lo único que necesito es que lo tengas claro. No quiero que me digas que quieres volver si no estás seguro.

—Estoy seguro —se apresura a responder.

—Pero eso no es lo que me dijiste cuando volviste a casa por el puente —le recuerdo.

—Lo sé. Y odio haberlo hecho, porque todo habría sido diferente. Pero entonces todavía lo tenía todo demasiado reciente, todavía estaba tratando de convencerme a mí mismo de que era lo mejor. Fueron unos días difíciles, sobre todo porque te fuiste con tus primos, y después de irme yo otra vez, tuve mucho tiempo para pensar. Y ahora…

—Espera —lo interrumpo, colocando un dedo sobre sus labios—. Ahora no es el momento, ¿vale? Han sido demasiadas emociones esta noche…, y, sinceramente, no me apetece acabar llorando otra vez. Lo único que necesito saber es que lo tienes claro.

—Clarísimo —responde con firmeza.

—Vale. Pues de momento, con eso me basta. Pero vamos a tener que hablar un día de estos, ¿vale? No quiero que dejemos más cosas sin resolver.

—Cuando quieras.

Asiento con la cabeza. Sigo estando demasiado eufórico por haber vuelto con él como para mantener una charla complicada, y sé que no sería capaz de soportar más emociones esta noche, pero sé que es necesario que lo hagamos en algún momento. Tenemos que hablar de lo que ha pasado entre nosotros, de las razones detrás de sus decisiones, pero también tenemos que hablar sobre el futuro. Después de todo, si ahora volvemos es porque tenemos la intención de ir en serio. Dadas las circunstancias,

Página 173

nuestra relación no nos concierne solo a nosotros, sino también a nuestra familia. Y los dos sabemos que la cosa va a ser como mínimo complicada.

Y eso por no mencionar que todavía tenemos cuestiones sin resolver sobre el pasado.

—Además —añado—, esta no es la única conversación que teníamos pendiente.

—¿A qué te refieres? —me pregunta, extrañado.

—Tú y yo no nos conocimos cuando nuestros padres empezaron a salir.

Permanece un instante en silencio y asiente con la cabeza, comprendiéndolo.

—Sí. Lo sé.

—¿Sabes qué es lo gracioso? Que quise hablar contigo en Canarias, ese día que estuvimos haciéndonos fotos en las montañas. —Esbozo una sonrisa al recordar ese momento—. Todavía no estaba enamorado de ti, pero estábamos empezando a tener… acercamientos.

Él suelta una risotada.

—Yo diría que eso de correrme en tu boca una noche y que me la chuparas al día siguiente es algo más que un «acercamiento».

Enrojezco ante sus palabras, pero al mismo tiempo comienzo a sentir un calorcillo agradable que comienza en la parte inferior de mi tripa y se extiende hacia abajo.

—Lo que quiero decir es que, conforme empecé a sentir cosas por ti, se me fue olvidando lo mal que me caías antes. Y creo que deberíamos hablarlo antes de que pase mucho más tiempo.

—Me parece bien.

—No hace falta que sea en estos días —añado—. A lo mejor podríamos tener unas vacaciones tranquilas… tratar de recuperar el tiempo perdido.

—No me voy a quejar, la verdad —dice con una sonrisa.

—Pero sí que deberíamos hablar cuando volvamos, ¿vale? Algún día que estemos solos o lo que sea.

—Sí —responde—. Me parece bien.

Esbozo una sonrisa mientras levanto una ceja. —¿Es que vas a decirme que sí a todo o qué? Él se echa a reír.

Página 174

—No, pero es que tienes razón. Tendríamos que haber hecho las cosas de forma diferente.

—Bueno, no pasa nada —respondo, y le doy un beso en los labios—.

Podemos hacerlo a partir de ahora.

—Vale. Pero, en serio, Fran… lo siento muchísimo.

—No hace falta que sigas diciéndolo, de verdad.

—Quiero hacerlo —insiste, y vuelve a tener los ojos húmedos—. Necesito hacerlo. La he cagado mucho, te he hecho sufrir, y necesito que sepas que lo siento. Lo siento muchísimo. Lo único que espero es que puedas perdonarme alguna vez.

—Está todo perdonado desde el momento en que volviste a besarme.

—¿De verdad? —susurra.

—De verdad —le aseguro, pero entonces le muestro una sonrisa traviesa—. Aunque tendrás que recompensármelo de alguna manera.

—Lo que quieras —se apresura a responder—. Tú pídeme lo que quieras.

—Quiero que me compenses el tiempo que hemos pasado separados. —¿Cómo?

—Vas a tener que darme absolutamente todos los besos que no me has dado durante todas estas semanas que hemos estado separados.

Él esboza una sonrisita.

—¿Todos?

—Todos. Y te recuerdo que casi no podíamos estar despegados, así que…

—¡Pero esos son muchos besos! —replica, con fingida incredulidad. —Pues sí —afirmo, encogiéndome de hombros con despreocupación,

pero sonriendo también.

—En ese caso, será mejor que vayamos empezando, ¿no?

Sin darme opción a responder, me tumba sobre la cama y comienza a devorar mi boca una vez más.

Página 175

36.

LA ERECCIÓN QUE ME HABÍA ACOMPAÑADO DURANTE CASI TODA LA HORA ANTERIOR VUELVE A HACER ACTO DE PRESENCIA CASI DE INMEDIATO, Y TAMBIÉN ME DOY CUENTA DE ALGO MÁS: ME DUELEN LOS HUEVOS. Lo malo —o lo

bueno, según se mire— de que estemos los dos en pijama es que no hay forma de ocultar las reacciones de nuestros cuerpos, y enseguida me doy cuenta de que Marcos está exactamente igual que yo, tal como ha ocurrido hace un rato.

Pero la excitación del momento y las semanas casi de celibato me están pasando factura y ya no soy capaz de seguir conteniéndome, de modo que mi mano no tarda en encontrar el camino hasta el interior de su pantalón mientras él hace lo mismo con el mío. Tiene los bóxers completamente empapados, y eso hace que me excite todavía más. Hasta que no tengo su polla entre las manos y comienzo a deslizar los dedos por el glande húmedo no recuerdo por completo lo mucho que me gustaba hacer esto.

El problema es que estoy demasiado excitado y llevo demasiado tiempo sin él como para andarme con rodeos, así que pronto perdemos la ropa por completo y no tardo en acercar mi boca a su polla. Casi había olvidado su sabor intenso, su humedad, lo cálida y dura que está bajo mi lengua, la intensidad de sus gemidos cuando le daba placer. Saboreo su líquido preseminal fluyendo de forma continua en mi boca, y tengo el cerebro tan nublado por la excitación que ahora mismo no recuerdo si

Página 176

siempre era así o si tan solo se debe a lo excitado que está. Soy vagamente consciente de que Marcos está cambiando de posición, aunque sin llegar a sacarla de mi boca, y entonces noto que empieza a chupármela él también, casi con un ansia voraz, como si hubiera echado de menos esto tanto como yo.

Sin embargo, el placer que me genera es demasiado intenso y estas semanas sin apenas tener actividad sexual pesan demasiado. Bastante antes de lo que sería deseable en circunstancias normales, me doy cuenta de que ya no voy a ser capaz de aguantar mucho más. Me saco su polla de la boca, tratando de controlar los gemidos de placer que él me está provocando.

—¿Marcos? —susurro, un tanto avergonzado, y él deja de chupar también.

—Dime.

—Es que estoy a punto —confieso mientras siento que se me encienden las mejillas—. Como no pares, me corro.

—Yo también —responde con la voz agitada.

—¿En serio?

—En serio. Llevo varias semanas casi sin correrme.

—Pues ya somos dos.

—¿Lo intentamos a la vez? —propongo, y él asiente con la cabeza.

—Vale.

Sin decir nada más, vuelvo a meterme su polla en la boca, saboreando con ganas, chupando y lamiendo para devolverle todo el placer que él también me está dando a mí. Enseguida, su cuerpo se tensa de esa forma tan familiar, y entonces noto su polla hinchándose apenas un instante antes de que el primer chorro de semen impacte contra mi garganta. La explosión de sabor es instantánea, y mientras Marcos continúa gimiendo alrededor de mi polla y bombeando ese semen caliente y delicioso dentro de mi boca, mi propia excitación llega a su cúspide y comienzo a correrme yo también. Casi había olvidado lo mucho que se corría, aunque creo que hoy ha sido todavía más que de costumbre.

Me saco la polla de su boca, pero no trago, y sé que él tampoco lo ha hecho. Nos miramos intensamente a los ojos, con sendas sonrisas avergonzadas y, sin decir palabra, volvemos a acercarnos y nos besamos una vez más. Mi propio semen se derrama en mi boca mientras el de

Página 177

Marcos fluye en la suya, entremezclándose gracias al jugueteo de nuestras lenguas.

Continuamos besándonos durante un largo rato mientras nuestro semen se mezcla en nuestras bocas, diluyéndose poco a poco con nuestra saliva hasta que al final es imposible saber quién de los dos es el que se lo traga. Cuando terminamos, nos separamos ligeramente y nos miramos a los ojos. Por primera vez en varias semanas, me permito perderme en los suyos, me permito asomarme a ese profundo pozo lleno de unos sentimientos que temía que hubieran muerto.

Entonces, nos abrazamos con tanta fuerza que casi duele, como si estuviéramos tratando de compensar todo el tiempo que hemos pasado sin hacerlo. Todavía tengo la respiración entrecortada y puedo sentir su pecho subiendo y bajando contra mí, los latidos de su corazón, tan desbocado como el mío.

—¿Fran? —susurra contra mis labios.

—¿Sí?

Se separa ligeramente de mí para poder mirarme de nuevo a los ojos y coloca las manos a ambos lados de mi cara antes de responder.

—Te quiero.

Sin que pueda evitarlo, esas dos simples palabras hacen que se rompa algo dentro de mí. Cuando quiero darme cuenta, ya estoy empezando a llorar otra vez.

—Ey, ¿qué pasa? —me pregunta Marcos, alarmado—. ¿Fran? ¿Estás bien?

A mí mismo me cuesta saber por qué estoy llorando exactamente, pero me esfuerzo por explicárselo.

—Sí. Es solo que… no sé. —Sorbo por la nariz y me froto los ojos antes de continuar—. Me daba miedo que no volvieras a decírmelo. No quería creerlo, pero me daba miedo que realmente me hubieras dejado de querer para siempre.

Él asiente con la cabeza, comprensivo. Me aparta un mechón de pelo húmedo de la frente y me seca las lágrimas con los dedos una vez más.

—Bueno, si no recuerdo mal, ya te he dicho que te quiero hace un buen rato.

Pero hace un rato yo estaba demasiado sumido en el llanto como para asimilar de verdad que por fin me lo había dicho, que por fin había vuelto

Página 178

a decirme que me quería. Que sus sentimientos seguían estando ahí, que no habían muerto como tanto me temía.

—Ya, pero… No sé. —Me encojo de hombros—. Es que ahora mismo no me lo esperaba, nada más. Me has pillado desprevenido.

—A ver, que si quieres que no te lo vuelva a decir…

—¡No! —me apresuro a decir, aunque sonrío ante la broma—. No digas eso. Necesito oírlo siempre, ¿vale?

—Vale. Pues te quiero. —El corazón me da un vuelco al oírlo de nuevo, pero en esta ocasión consigo no llorar—. Te quiero. Te quiero.

—No dejes de decírmelo. Por favor.

—Tranquilo. No pienso hacerlo —responde con una sonrisa, acariciándome la mejilla con los dedos. Entonces, se acerca a mí y me besa otra vez en los labios—. Te quiero.

—Te quiero —susurro contra su boca, y vuelvo a besarlo.

—Pero deberíamos irnos a dormir ya, ¿vale? Ya es muy tarde, estamos los dos muy cansados.

Asiento con la cabeza sin rechistar; al fin y al cabo, estoy agotado de tantas emociones. Aunque hemos subido a la habitación mucho antes que nuestra familia, ha pasado tanto tiempo que ellos tienen que estar dormidos desde hace rato, así que lo mejor será que tratemos de descansar. Sobre todo porque mañana toca volver a esquiar y no tengo la menor intención de tratar de escaquearme si Marcos va a ir con ellos, así que seguramente será un día agotador.

Sin molestarnos en vestirnos, nos cobijamos bajo las mantas y me abrazo a él con fuerza, tal como siempre me gusta hacer. Es la tercera vez que vamos a dormir abrazados durante este viaje, pero ahora es diferente: en esta ocasión, los dos podemos ser abiertos por fin con nuestros sentimientos. Y, en este momento, no hay nada que pueda hacerme más feliz.

Acerco la cara a la suya y nos besamos largamente antes de acomodarme bien, con la cara contra su costado, la mano sobre su pecho y su mano sobre mi espalda.

—Te quiero, Marcos —susurro.

—Te quiero, Fran —responde él cerca de mi pelo, acariciándome la espalda—. Buenas noches.

—Buenas noches —digo con una amplia sonrisa, consciente de lo ciertas que son esas palabras.

Página 179

Y es que, cuando puedo dormir abrazado a él, todas las noches son buenas.

Página 180

37.

DESPIERTO ENTRE LOS BRAZOS DE MARCOS Y, AL PRINCIPIO, ESTOY TAN ADORMILADO QUE NO RECUERDO DE INMEDIATO LO QUE OCURRIÓ ANOCHE; ME SIENTO DEMASIADO ENVUELTO POR SU CALOR, SU AROMA Y EL sonido de su

respiración como para ser capaz de pensar en nada más. Pero, unos segundos más tarde, los recuerdos acuden a mí, y con ellos llega una oleada de felicidad que me invade por completo. Sin poder evitarlo, se me humedecen los ojos mientras lo abrazo.

Hemos vuelto. Marcos y yo hemos vuelto. Y no podría ser más feliz. Por supuesto, apenas hemos hablado, al menos con palabras; nuestras

bocas y nuestros cuerpos ya se encargaban de hablar por nosotros. Todavía no hemos tenido ocasión de mantener una conversación sobre lo que va a pasar a partir de ahora, y de todos modos los dos preferimos esperar unos días para poder disfrutar libremente del tiempo perdido, pero lo importante es que volvemos a estar juntos. Y supongo que eso significa que volverá a casa y que, en algún momento, más pronto que tarde, tendremos que decírselo a nuestros padres.

Me da vértigo pensarlo, pero trato de apartar esos pensamientos de mi cabeza; tal como le dije ayer, prefiero que tengamos unas vacaciones tranquilas sin pensar en lo difícil que va a ser todo cuando volvamos a estar los dos en casa. Lo único que importa ahora es que volvemos a estar juntos, que vuelvo a estar entre sus brazos. Y sé que, mientras sigamos juntos, todo saldrá bien, por complicado que pueda ser el camino que

Página 181

tenemos por delante. Porque va a ser complicado; eso es evidente. Pero ya hemos dado el paso más importante, que es decidir que queremos volver a intentarlo. Cueste lo que cueste.

Pestañeo un par de veces para terminar de sacarme esas ideas de la mente; quiero concentrarme en disfrutar de Marcos otra vez, ahora que puedo. Me pego todavía más a él, pero, cuando levanto ligeramente la pierna por encima de las suyas, noto algo duro que reconozco bastante bien. Tanteo ligeramente con la pierna, y sí: es su polla. Y está completamente empalmado otra vez.

Durante estos minutos mis ojos ya se han acostumbrado un poco a la escasa claridad, y cuando le miro la cara, veo que sigue profundamente dormido. Pero, razones circulatorias aparte, no me sorprende que esté empalmado; por mucho que nos corriéramos juntos hace apenas unas horas, él mismo me ha dicho que llevaba varias semanas casi sin hacer nada, al igual que yo. Mientras lo observo con una sonrisa, mi propia polla comienza a crecer también entre mis piernas.

Una parte de mí quiere abalanzarse de nuevo hacia la suya, disfrutar de ella con la calma que no pude permitirme anoche. Pero no sé hasta qué punto le gustaría que lo despierte con una mamada. No es algo que hayamos hablado nunca, y para mí siempre ha sido importante que todo lo que hagamos sea totalmente consentido por ambas partes.

En cualquier caso, si me he despertado es porque necesito ir al baño urgentemente, así que, con movimientos lentos, termino de retirar la sábana y la manta que nos cubre. Con cuidado, me aparto de él para bajar de la cama, tratando de no despertarlo.

—¿Fran? —murmura cuando ya casi lo he conseguido, con la voz áspera a causa del sueño.

Mierda.

—Perdona. No quería despertarte.

Sin previo aviso, me coge la mano antes de que pueda alejarme y la lleva directamente a su polla. Está dura y palpitante, deseosa de mí.

—Me parece que una parte de mí ya se había despertado.

Sonriendo, llevo su mano hasta mi propia erección.

—Ya somos dos.

—Pues entonces, mejor quédate en la cama, ¿no?

—O mejor me voy al baño y así puedo prepararme para que lo pasemos todavía mejor.

Página 182

Sigue adormilado, pero puedo ver en sus ojos el momento en que lo comprende. Al instante, una amplia sonrisa se extiende por su rostro.

—Me parece genial.

—Pues venga, suéltame —digo; su mano todavía está sujetando la mía sobre su polla.

—Dame un beso primero.

Tira de mí para hacerme bajar hasta sus labios, aunque nos entretenemos con el beso un poco más de lo que pretendíamos.

Cuando nos separamos, me apresuro a ir al cuarto de baño para prepararme. Me doy cuenta de que tengo el corazón acelerado, y no es para menos. Lo de ayer fue todo muy repentino, ocurrió todo con fluidez, con naturalidad. Simplemente nos dejamos llevar, permitimos que nuestros cuerpos se reencontraran a su propio ritmo. Pero ahora es diferente, como más planificado. Sé lo que va a pasar, y él también lo sabe. Y, aunque eso también tiene su propia clase de encanto, al mismo tiempo propicia más que aparezcan los nervios.

Al salir del cuarto de baño, veo que Marcos ha encendido la lámpara de la mesita de noche, aunque le ha colocado su camiseta por encima para que no haya tanta claridad. Está desnudo sobre la cama, masturbándose despacio, y la visión me resulta tan excitante que tengo que emplear toda mi fuerza de voluntad para no abalanzarme sobre él en este mismo momento. Por mucho que lo desee, no quiero parecer un animal en celo.

Así pues, camino hasta la cama con cierta calma mientras lo observo.

Estoy a punto de subirme cuando él me detiene con un gesto.

—Espera.

—¿Qué pasa?

—No te subas todavía. —Se tumba al revés, por la parte de los pies de la cama, y deja la cabeza casi en el aire—. Acércate.

Sé exactamente lo que quiere, así que hago lo que me pide y le meto la polla en la boca. Está semiflácida después de los minutos que he pasado en el baño, pero él comienza a lamer y succionar con ganas, deslizando la lengua por ella y jugando con mi glande mientras, poco a poco, comienza a crecer una vez más. Cuando quiero darme cuenta le estoy follando la boca, jadeando por encima de su respiración ahogada.

Pero como siga así, voy a acabar corriéndome mucho antes de la cuenta, así que me detengo y la saco sin previo aviso.

—Me toca.

Página 183

Ahora sí, me subo a la cama y voy directamente hasta su polla. Estoy entre sus piernas y, mientras le doy placer y trago ese líquido delicioso que sale por su glande, no dejo de mirarlo a los ojos ni un solo segundo. Hace apenas unas horas que me he vuelto a tragar su semen y ya quiero más, necesito más. Pero ahora también necesito algo muy diferente, y tal vez ambas cosas sean incompatibles entre sí.

Así pues, me detengo y me acerco a su boca para besarlo. Él me devuelve el beso con ganas, recorriendo todo mi cuerpo con las manos. Sus dedos se deslizan a lo largo de mi torso, provocándome escalofríos y dejándome la carne de gallina a su paso. Traza con las manos un camino invisible hasta llegar a mis nalgas y, una vez allí, comienza a masajearlas y apretarlas con ganas, haciendo que aumente mi excitación. Pronto, sus dedos llegan hasta mi orificio, provocándome un nuevo estremecimiento, pero entonces se queda inmóvil.

—Mierda —susurra contra mi boca, y yo me aparto un poco. —¿Qué pasa?

—Otra vez estamos sin lubricante —señala, claramente frustrado, y suelta un suspiro—. A ver, si quieres que dejemos esto para otro momento… Siempre podemos repetir lo de anoche.

Sé lo que está pensando; en esas primeras veces en el hotel de Canarias, cuando no teníamos lubricante y tuvimos que conformarnos con toda la saliva que podíamos producir y mucha paciencia; una paciencia que no podemos permitirnos ahora que ya es casi de día. Sin embargo, esta vez me pongo un poco rojo.

—En realidad… yo sí que tengo.

Él me mira, alzando una ceja.

—¿Y eso? —pregunta con una sonrisita juguetona—. ¿Pensabas meterte en Grindr estos días o qué?

—No es eso, gilipollas —respondo, dándole un golpe en el brazo—. Es solo que… No sé, supongo que nunca llegué a perder la esperanza — confieso.

Me mira fijamente durante unos segundos, en silencio, y me doy cuenta de que le brillan los ojos bajo la escasa claridad.

—Te quiero muchísimo, ¿vale? —susurra al fin, arrancándome una enorme sonrisa—. No lo olvides.

—Y yo también —respondo, y me acerco para darle un beso en los labios—. Entonces… ¿voy a por él? —pregunto, y Marcos asiente con la

Página 184

cabeza.

Con el corazón latiendo con fuerza, voy hacia la maleta y saco un segundo neceser que no había llevado al cuarto de baño como el que contenía la pasta de dientes, el cepillo y esas cosas. Vuelvo a acercarme a la cama y lo dejo sobre la mesita de noche. Una vez más, observo a Marcos, que ahora se ha colocado de nuevo con la cabeza sobre la almohada y está despatarrado, con la polla en la mano. Esa simple imagen me excita tanto que no sé cómo es posible que no me corra aquí mismo, sin tocarme siquiera.

—Ya que estás de pie… —comienza, con una sonrisa traviesa en los labios—. ¿Qué tal si te sientas en mi cara?

Le devuelvo ampliamente la sonrisa.

—Me parece genial.

Página 185

38.

NERVIOSO, AUNQUE LLENO DE GANAS, HAGO LO QUE ME PIDE Y ME SIENTO A HORCAJADAS SOBRE SU CARA. ÉL PLANTA AMBAS MANOS SOBRE MIS NALGAS PARA SEPARARLAS Y, ENTONCES, COMIENZA A MORDISQUEAR ligeramente,

provocándome un estremecimiento tras otro mientras noto que se me eriza todo el vello del cuerpo y se me endurecen los pezones. Continúa mordisqueando y succionando hasta que, al fin, llega al orificio y comienza a lamer y llenarlo de saliva, arrancándome un gemido tras otro. Sigue así durante varios minutos, hasta que al fin ya no puedo soportarlo más y me agacho hasta su polla para llevármela a la boca. Él comienza a gemir también, unos jadeos ahogados contra mis nalgas que me provocan escalofríos de puro placer.

Pero, pronto, ya ni siquiera me basta con seguir chupándosela, así que me la saco de la boca.

—¿Me vas abriendo? —le pido.

—Vale —responde, y lo oigo trastear con el neceser.

Unos segundos después, noto el primer dedo embadurnado de lubricante junto al orificio. Con cuidado, comienza a introducirlo poco o a poco, y yo respiro hondo para relajarme hasta que siento sus nudillos contra mis nalgas. Ha pasado más de un mes desde la última vez, pero no ha sido difícil.

—¿Bien? —me pregunta.

—Bien. Prueba con otro.

Página 186

Con el segundo dedo ya siento una ligera presión, pero no es desagradable, más bien al contrario: echaba de menos la sensación. Esta vez los deja dentro un poco más, dándole tiempo a mi cuerpo para que vuelva a acostumbrarse a tener algo dentro. Cuando ya estoy completamente relajado, comienza a moverlos ligeramente, presionando mi próstata y provocándome los indicios de un placer que no me había dado cuenta de que echara tanto de menos. Suelto un gemido prolongado, pero entonces Marcos comienza a sacar los dedos despacio, y me obligo a contener un gruñido de frustración.

—¿Otro?

—Sí —respondo—. Con cuidado, ¿vale?

—Eso siempre.

Entonces, comienza a introducirme los tres dedos. Esta vez me cuesta un poco más por la falta de práctica, pero no me duele: buena señal. Aunque haya perdido la costumbre, las ganas a veces sirven para suplir eso.

—Yo creo que ya podemos probar —le indico—. Saca.

Él obedece, y entonces me levanto de su cara y me doy la vuelta para mirarlo, todavía encima de él. Tiene las mejillas enrojecidas, y me doy cuenta de que las mías también deben de estarlo. Mete la mano en el neceser una vez más y saca uno de los preservativos que había guardado allí.

—¿Quieres que usemos…? —me pregunta, sosteniéndolo en alto. —Yo no he vuelto a hacer nada con nadie. ¿Y tú? —Tampoco.

—Pues entonces, déjalo —respondo con cierta vergüenza—. Quiero sentirte a ti.

—Y yo. Joder, y yo.

—¿Te parece si me quedo yo encima de ti? —le pido—. Así controlo mejor… que ya ha pasado mucho tiempo desde la última vez.

—Sí, claro. Genial.

Retrocedo un poco sobre él y tomo su polla palpitante entre las manos. Marcos me tiende el bote de lubricante, ya abierto, así que vierto un poco en mi mano y lo esparzo por toda su longitud, provocándole un estremecimiento. Entonces, me coloco en posición y acerco su glande a mi orificio, manteniéndolo sujeto con una mano. Casi puedo sentir cómo se hincha por las ganas de entrar en mi interior.

Página 187

—¿Vamos? —le pregunto.

—Sí —responde con la voz entrecortada—. Por favor, sí.

Sujetando su polla con una mano, ejerzo una ligera presión, con cuidado de no ser demasiado brusco. Al principio su glande queda pegado a mi orificio, como si fuera demasiado grande para mí. Pero, entonces, me abro ligeramente y siento cómo entra y se desliza de golpe hasta la mitad de su longitud, arrancándome un gruñido.

—¿Estás bien? —susurra. Lo miro y su cara de preocupación hace que me derrita por dentro.

—Sí, tranquilo. Solo necesito un momento.

Con infinita ternura, él me toma ambos brazos y comienza a acariciarme, tratando de ayudarme a relajarme. Respiro hondo varias veces y, poco a poco, el dolor va remitiendo hasta convertirse en esa agradable presión que conozco tan bien y que tanto echaba de menos sin darme cuenta. Me agacho ligeramente y, ahora sin esfuerzo, termino de introducirlo todo en mi interior. Comienzo a moverme de arriba abajo, muy despacio, disfrutando de esta sensación que se extiende por todo mi cuerpo en pequeñas oleadas de placer.

—¿Bien? —vuelve a preguntar.

Esta vez asiento con la cabeza, sonriente, aunque sin dejar de moverme.

—Joder. Ya te digo.

Él también sonríe ampliamente al oírme.

—No te imaginas las ganas que tenía de estar dentro de ti, Fran — susurra.

—No te imaginas las ganas que tenía yo de sentirte dentro de mí, Marcos.

—Pues venga… ahora disfruta.

—Vas a tener que ayudarme, ¿no? —señalo, con una sonrisa traviesa. —¿Y cómo te gustaría que lo hiciera?

A estas alturas ya estoy completamente dilatado, así que sé que podemos ir más allá.

—Fóllame, Marcos. Fóllame fuerte.

Y eso es exactamente lo que hace. Coloca ambas manos sobre mis caderas y, entonces, comienza a embestirme con fuerza, sin dejar de mirarme a los ojos ni un segundo. Comienzo a masturbarme despacio, disfrutando de las continuas oleadas de sensaciones que se extienden por

Página 188

todo mi cuerpo. Echaba tanto de menos esto que me siento como si estuviera a punto de explotar, en varios sentidos diferentes. Enseguida tengo que parar y limitarme a disfrutar de lo que está haciendo con mi culo, porque no quiero correrme antes que él.

—Joder —dice al cabo de unos minutos con un gruñido de frustración, deteniéndose de repente.

—¿Qué pasa? —le pregunto, un tanto alarmado.

—¿Te puedes creer que prácticamente te la acabo de meter y me parece que ya estoy a punto de correrme? —me pregunta él a su vez, claramente avergonzado.

—La verdad es que sí —admito—, porque yo estoy exactamente igual. —Te diría que intentáramos alargarlo, pero… —Me dirige una sonrisa

tímida pero traviesa—. Me muero de ganas. —Yo también me muero de ganas. —Entonces… ¿quieres que terminemos? Asiento con la cabeza.

—Pero con una condición —le advierto.

—¿Cuál?

—Tienes que darme muy fuerte.

La sonrisa se ensancha en su rostro.

—Eso está hecho.

Al instante, comienza a mover las caderas con más fuerza que nunca, como si realmente estuviera tratando de compensar con este movimiento todo el tiempo que llevamos sin hacer esto, como si estuviera tratando de dejarme claro que él echaba de menos esto tanto como yo. No dejamos de mirarnos ni un segundo y, de pronto, veo en su rostro esa expresión que conozco tan bien.

—Me corro —susurra con la voz ronca, aunque no necesito que lo haga; su cara ya lo dice todo.

Me embiste varias veces más, con más fuerza que nunca, y esas oleadas de placer estallan al fin dentro de mí mientras noto su polla hinchándose en mi interior, bombeando su semen dentro de mí. De algún modo, es como si sentir lo que está haciendo activara una especie de resorte y, antes de que pueda darme cuenta siquiera, comienzo a correrme a chorros sobre su pecho.

Nos miramos durante un instante de silencio, aturdidos.

—Joder —susurramos los dos al mismo tiempo.

Página 189

Entonces, sin aliento, me desplomo sobre él y mis propios fluidos. Marcos me abraza con fuerza, y me presiona contra su cuerpo, como si no fuera capaz de soportar que haya ninguna clase de distancia entre los dos. Estamos los dos acalorados y sudados, pero no nos importa. Lo único que importa somos nosotros, este momento de unión entre nuestros cuerpos y también algo mucho más profundo. Cierro los ojos sobre su clavícula mientras nuestras respiraciones comienzan a calmarse poco a poco. El martilleo de su corazón acelerado contra mi oído es la música más bonita que he escuchado en mucho tiempo.

—Te quiero —murmura cerca de mi oído, y una enorme sonrisa se extiende por mi cara al oír esas palabras, unas palabras que pensaba que no volvería a escuchar de sus labios.

—Te quiero.

Pasan los minutos, con él acariciándome la espalda y yo acariciándole el pelo, embriagándome de su aroma, hasta que nuestros cuerpos llegan de nuevo al estado de reposo. Me estiro un poco y me acerco a su cara para besarlo, pero entonces veo algo que me hace reír.

—¿Qué pasa? —pregunta él, extrañado.

—Es que… te he corrido la boca.

Él abre mucho los ojos y, para mi sorpresa, saca la lengua. Se la pasa por los labios hasta alcanzar las gotas de semen que han caído justo debajo del inferior. Me sorprendo todavía más al ver que se lo traga.

—¿Y eso? —pregunto, alzando una ceja—. Pensaba que preferías no tragártelo.

—¿Y lo de ayer qué fue? —replica él, haciéndose el ofendido.

—Creo que ayer yo tragué mucho más que tú.

—Permíteme dudarlo.

Nos reímos juntos y, como siempre, esto es todavía mejor que el sexo. —No, pero en serio —le digo—. ¿A qué viene ahora esto? Antes no te

gustaba.

—Creo que eran cosas de ser novato en el sexo con chicos y todo eso —responde con evidente vergüenza—. Pero, después de haberme pasado más de un mes sin ti… No quiero desperdiciar ni una gota a partir de ahora.

¿Cómo es posible que lo que está diciendo sea una cerdada y al mismo tiempo me resulte increíblemente romántico?

Página 190

—Pues no sé si te has dado cuenta, pero estamos totalmente pringados —señalo en broma.

Pero, sorprendiéndome una vez más, Marcos me empuja un poco para que me quite de encima, me tumba sobre la cama y se acerca a mi polla. Está húmeda y un tanto pegajosa, y comienza a lamerlo todo despacio y con calma, como si estuviera disfrutando de verdad del sabor. Después, con lentitud, comienza a lamer mi tripa y más tarde mi pecho, lanzándome miradas furtivas a los ojos mientras lo limpia y se lo traga todo. A continuación, me besa en los labios.

Ahora soy yo quien le hace tumbarse, y entonces hago lo mismo con él. No es que hayamos acabado muy limpios precisamente, ya que ahora estamos los dos llenos de saliva seca, pero esto es casi más íntimo que lo que hemos compartido hace tan solo un rato. Cuando termino, lo beso de nuevo y volvemos a abrazarnos con fuerza.

—¿Qué hora es? —le pregunto.

—Casi las nueve. Todavía nos queda un poco más de media hora antes de que suene el despertador. —Hace una pausa, y puedo sentir la timidez en su postura—. ¿Te apetece… que te abrace por detrás?

Sonrío de oreja a oreja al oírlo.

—Me parece genial.

Cambiamos de posición una vez más y volvemos a una que no habíamos probado de nuevo desde que recomenzó todo esto entre nosotros hace apenas unas horas. Tenemos poco espacio, de modo que me coloco cerca del borde de la cama, sobre mi costado izquierdo, y me abrazo a la almohada tal como siempre me gusta hacer cuando duermo solo. Entonces, Marcos se acerca a mí por detrás, pega el pecho a mi espalda y me pasa el brazo por encima. Cojo su mano con la mía y la dejo sobre mi pecho, justo encima del corazón. Después, entrelazamos las piernas, y suelto un suspiro de felicidad al ser consciente de todas las partes de mi cuerpo que están en contacto con el suyo.

—Te quiero —digo en voz baja, incapaz de contenerme.

—Te quiero —responde contra mi cuello, provocándome un agradable cosquilleo que me pone la piel de gallina.

Mientras disfruto de estos minutos antes de que suene el despertador, a medio camino entre el sueño y la vigilia, una enorme sonrisa se extiende por mi cara. No sé cómo ha pasado esto, pero lo que he pensado al despertar es totalmente cierto: ahora mismo, no podría ser más feliz.

Página 191

39.

NO SÉ SI NOS LLEGAMOS A DORMIRNOS DEL TODO O NO, PERO LA ALARMA SUENA DEMASIADO PRONTO. MARCOS REZONGA ENTRE MIS BRAZOS; ESTÁ CLARO QUE LA IDEA DE TENER QUE LEVANTARSE LE GUSTA TAN POCO como a

mí. Había olvidado lo difícil que es salir de la cama cuando estamos juntos.

—¿Cinco minutos más? —me pide, con un tono lastimero que me hace sonreír.

—Vaaale —acepto, como si yo no lo estuviera deseando también—.

Pero solo cinco.

Me pego todavía más a él y cierro los ojos, disfrutando de su calor, su aroma, su cercanía. Todavía no me he acostumbrado de nuevo a esto, y me resulta demasiado fácil dejarme llevar…

Abro los ojos de golpe, asustado. Le levanto el brazo para ver la hora en su reloj de muñeca y me incorporo al instante.

—Joder.

—¿Qué pasa? —pregunta Marcos, todavía adormilado.

—Nos hemos dormido. Tenemos menos de diez minutos para prepararnos. Corre.

Página 192

Ni siquiera lo planeamos. Sigo estando desnudo, así que voy al cuarto de baño y me meto directamente en la ducha. Comienzo a enjabonarme y aparto la mirada mientras él se detiene a orinar sin la menor vergüenza delante de mí; por suerte, yo ya lo hice antes de lo que hemos hecho hace un rato. Unos segundos después, se mete en la ducha conmigo y nos apresuramos a enjabonarnos y a aclararnos mutuamente; no hay tiempo que perder. Esto no tiene nada de erótico ni de sexy. Es puramente práctico, aunque, al mismo tiempo, también resulta curiosamente íntimo. Como si estuviéramos recuperando esa rutina compartida que habíamos perdido.

Cinco minutos después, ya estamos los dos duchados, secos y vestidos. Tomo nota mentalmente para disfrutar de una ducha más tranquila con él cuando tengamos ocasión; estaría bien poder tomárnoslo con calma para variar.

Durante el desayuno con nuestra familia estoy cansado después de haber dormido tan poco por la noche, pero vuelvo a notar una sensación que ya había olvidado, la misma que tenía cuando empezó todo lo de Marcos hace casi dos meses. Como ya me pasó en su día, es como si lo que ha pasado estas últimas horas entre nosotros fuera una especie de talismán secreto, algo cálido y palpitante cerca de mi pecho que me acompaña en todo momento. La tensión de estos días ha desaparecido por completo. Estamos juntos de nuevo, así que volvemos a hablar con naturalidad sin tener que fingir cordialidad. Y, sobre todo, volvemos a reír. Es increíble lo muchísimo que echaba de menos el sonido de su risa.

El único problema es algo que también había olvidado: lo horrible que es estar tan cerca de él y no poder besarlo cada vez que quiera porque está nuestra familia delante. Esa parte no la echaba de menos, la verdad, pero al menos el desayuno no se alarga demasiado tiempo.

Aun así, robamos pequeños momentos cada vez que podemos. Nuestros brazos se rozan cuando nos sentamos el uno al lado del otro para comer y a veces nos cogemos discretamente de la mano durante unos segundos; dejamos que nuestras piernas se entrelacen por debajo de la mesa. No tiene tanta gracia cuando hay más capas de ropa de lo habitual de por medio, pero algo es algo.

—¿Qué tal va lo vuestro? —pregunta Antonio cuando ya casi estamos terminando de desayunar.

Página 193

El corazón se me detiene un instante, y me doy cuenta de que Marcos se tensa a mi lado.

—¿Qué? —dice él.

—Os habéis dado un buen revolcón —responde su padre, y ahora el corazón me da una voltereta dentro del pecho—. ¿Todavía os duele?

—Eh… —comienzo, pero no sé qué más decir.

—Tienes suerte de que Marcos no te reventara —añade Natalia—. Es un bruto.

Estoy empezando a ponerme rojo, incapaz de comprender cómo hemos llegado hasta esta conversación. ¿Cómo cojones lo saben? ¿Cómo es posible que estén hablando de esto con tanta naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo? ¿Y cómo les digo que no me ha dolido en absoluto, sino más bien todo lo contrario?

En serio, ¿qué coño está pasando aquí?

—Aunque no fuera una caída grave, acabasteis con unos cuantos moratones —añade mi madre, y entonces lo comprendo. Por supuesto, están hablando de cuando nos caímos esquiando.

¿Soy gilipollas o qué me pasa?

—Estoy bien —respondo sin pensar; todavía no me he recuperado del susto. Sin embargo, Marcos me da un golpecito disimulado con la pierna por debajo de la mesa.

—¿Estás seguro? —me pregunta—. Antes me has dicho que todavía te dolía.

—Ah… es verdad —miento, comprendiendo de pronto lo que pretende

—. Perdón, es que todavía sigo medio dormido. Pero sí, me duele un poco al agacharme y eso.

—Pues así no deberías ir a esquiar —señala mi madre. —¿Y tú, campeón? —le pregunta Antonio a Marcos.

—Pues un poco igual, la verdad. Todavía me duelen los moratones. Mi madre nos mira con ligera preocupación y después se gira hacia su

marido.

—Podemos no ir a esquiar hoy y dejarlo para mañana —sugiere—. A lo mejor para entonces ya están mejor.

—No es mala idea.

—¡No! —decimos Marcos y yo al unísono.

—No quiero fastidiaros los planes por nuestra culpa —se apresura a añadir él.

Página 194

—Ni yo —me sumo—. Nosotros podemos quedarnos aquí mientras vosotros vais a esquiar, tampoco no pasa nada.

—¿Y qué vais a hacer los dos aquí encerrados todo el día? —pregunta Antonio, con el ceño fruncido—. Hemos venido de vacaciones juntos, no estaría bien que os dejáramos tirados para irnos a esquiar.

—Yo tengo que estudiar —se apresura a decir Marcos—. Aunque estemos de vacaciones, tampoco quiero pasarme tantos días sin tocar los apuntes. Prefiero aprovechar hoy y que ya hagamos cosas juntos mañana.

Me da un leve golpecito con la pierna para que añada algo más a nuestra coartada improvisada.

—Sí, y yo, eh… me muero de sueño —digo, y suelto un enorme bostezo totalmente real. Al menos, no he tenido que mentir—. Me está costando dormir estos días, así que me vendría bien quedarme toda la mañana en la cama.

—Tremendo vago estás hecho —comenta Natalia entre risas, y yo me encojo de hombros.

—Pero igual no volvemos hasta casi el atardecer —señala mi madre—. Van a ser muchas horas…

—Siempre puedo hacer una videollamada con Álex y Alejo — improviso.

—Además —interviene Marcos—, si vemos que nos aburrimos, podemos jugar a un montón de cosas.

Por supuesto, se está refiriendo a los juegos de mesa que se han traído nuestros padres, aunque tengo la ligera impresión de que también lo dice con segundas, sabiendo que yo soy el único que va a entenderlo.

—Bueno… si vosotros lo tenéis claro —dice mi madre.

—La verdad es que mañana no es muy buen día para esquiar de todos modos —señala Antonio—. Anuncian tormenta leve.

—¡Entonces tenemos que ir hoy! —insiste Natalia, sin saber cuánto nos está ayudando en realidad—. No pienso quedarme dos días seguidos sin esquiar, que se supone que hemos venido a la sierra para eso.

—Bueno… Está bien —acepta al fin mi madre.

Y así queda decidido. Cuando terminamos de desayunar, subimos todos juntos a las habitaciones. Como no podría ser de otra manera, no perdemos el tiempo; desde el momento en que cerramos la puerta, Marcos y yo comenzamos a besarnos otra vez. El tiempo que hemos pasado abajo ha sido insoportable. Devoro su boca con sabor a café casi con ansia, y

Página 195

muy pronto siento su polla dura contra la mía. Nos restregamos un poco por encima de la ropa, tratando de contener los gemidos, pero entonces me separo de él.

—Deberíamos parar —le digo—. Al menos, hasta que se marchen. Para disimular, me pongo el pijama de nuevo y me tumbo en mi cama,

esta vez solo, y me tapo bien antes de abrazarme a la almohada. Al fin y al cabo, mi coartada es que supuestamente me estoy muriendo de sueño.

—Estás monísimo —dice Marcos con una sonrisa—. ¿No puedo meterme ahí contigo?

Yo sonrío también, algo avergonzado. —Mejor nos esperamos a que se vayan. —Vaaaleee…

Suelto una risita y lo observo mientras saca los apuntes de la maleta; era verdad que se los ha traído. Se acerca y se inclina sobre mí para darme un beso que se alarga un poco más de la cuenta, aunque lo aparto entre risas cuando comienzo a empalmarme. A continuación, cierro los ojos y me acomodo mejor sobre la cama, feliz de saber que vamos a poder pasar todo el día juntos.

Estoy quedándome dormido de verdad cuando suenan unos golpes en la puerta. Oigo que Marcos se levanta de la cama para abrir.

—Nos vamos ya, cariño —dice mi madre desde la puerta.

Levanto la mirada y veo que están los tres ahí, bien abrigados y preparados para marcharse.

—Pasadlo bien.

—¡Gracias! —responden.

Pensaba que se marcharían al momento, pero mi madre entra en la habitación y se acerca a mi cama. Siento una punzada de pánico al pensar que tal vez pueda encontrarse algo incriminatorio, pero entonces recuerdo que antes de irnos a dormir guardamos el bote de lubricante en mi neceser de la mesita de noche. Salvo que le dé por abrirlo, cosa bastante improbable, no debería haber ningún peligro.

La miro con una sonrisa cansada mientras se sienta en el borde de mi cama y me acaricia la mejilla.

—Pobrecillo… tienes cara de estar hecho polvo.

—Un poco —respondo, y no es del todo mentira.

—Pues descansa mucho. —Se inclina para darme un abrazo y un beso en la mejilla—. Y tú cuídamelo mucho, ¿vale, corazón? —le pide a

Página 196

Marcos, con una leve sonrisa.

—Tranquila —dice él, que está en la puerta para despedirse de su padre y su hermana—. Lo haré.

—Así me gusta.

Aunque seguramente no le gustaría tanto saber cómo va a cuidar de mí exactamente, claro.

Me despido de los demás con la mano y observo a mi madre hasta que sale por la puerta. Marcos hace ademán de cerrar la puerta, pero entonces se asoma para mirar hacia el pasillo.

—¿Qué haces?

Él se apresura a meter la cabeza de nuevo en la habitación.

—Shhh. Espera.

Lo observo con curiosidad mientras vuelve a mirar, sintiéndome un tanto confuso. Entonces, coge el cartelito de «no molestar» y lo deja colgado por fuera. Comprendo de golpe lo que estaba haciendo: esperar a que nuestra familia baje las escaleras para que no lo vieran colgar el cartel. Ha hecho bien en acordarse de hacerlo, porque no me gustaría acabar traumatizando a algún empleado de la limpieza. Y, desde luego, tampoco me gustaría que nos interrumpieran.

Sigo mirándolo mientras cierra el pestillo y se acerca a toda prisa a mi cama. Me río mientras se sube encima y comienza a besarme, primero despacio, y después con ganas. Enseguida, nuestras pollas se endurecen y parecen luchar entre ellas, deseosas del placer que les hemos estado negando desde hace más de un mes. Sin embargo, y aunque una parte de mí lo está deseando, en esta ocasión me cuesta más corresponder los movimientos llenos de deseo de Marcos.

Y, por supuesto, él se da cuenta de inmediato.

—Era verdad que tenías sueño, ¿no?

—Pues sí —admito.

—Vale. Pues vamos a dormir —decide. Pestañeo un par de veces, algo sorprendido. —¿En serio?

—Claro —responde, y él también parece confuso—. ¿Por qué no iba a decirlo en serio?

—¿No te importa que…?

Dejo la pregunta inconclusa, algo avergonzado.

—¿Que no follemos? No, claro que no.

Página 197

—Joder. Debes de ser el primer tío del mundo que ha dicho eso alguna vez.

Él se echa a reír.

—Fran, me he pasado más de un mes sin ti, y todo por haber sido un gilipollas. Sé que es difícil que podamos recuperar el tiempo perdido, pero hay demasiadas cosas que echaba de menos hacer contigo.

—Como follar —digo para meterme un poco con él.

—Como follar —repite, sin negarlo ni avergonzarse—. Pero eso es solo una de las muchísimas cosas que echaba de menos, y todas consisten básicamente en estar contigo. De todas las formas posibles. Y dormir juntos es una de las mejores formas de estar contigo que se me ocurren.

Los ojos se me humedecen; todavía me cuesta un poco asimilar que realmente haya pasado esto, que de verdad esta sea nuestra nueva realidad.

Lo observo mientras se quita el chándal que se ha puesto para desayunar y vuelve a ponerse el pijama. Después, me aparto a un lado para hacerle hueco, tapo nuestros cuerpos con la sábana y la manta, y me abrazo a él en nuestra postura habitual, con nuestras piernas entrelazadas. De inmediato me siento invadido por esa maravillosa y familiar mezcla de sensaciones entre su calor corporal, su aroma, su respiración profunda y su mano sobre mi espalda.

—Descansa —susurro.

—Tú también. Y, por cierto… te quiero.

Mi sonrisa de oreja a oreja es instantánea.

—Te quiero.

Me abrazo todavía más a él, inhalando su aroma y concentrándome en su respiración sosegada. Hace tan solo unos minutos, los dos estábamos tan empalmados que lo único que quería era hacer todas las cerdadas del mundo con él. Pero, ahora, la verdad es que no se me ocurre absolutamente nada mejor que esto.

Página 198

40.

VOLVEMOS A DESPERTAR PASADAS LAS DOCE Y MEDIA. NO ES QUE HAYAN SIDO DEMASIADAS HORAS DE SUEÑO, PERO PUSE LA ALARMA A CONCIENCIA PARA QUE TENGAMOS TIEMPO DE SOBRA PARA APROVECHAR EL TIEMPO juntos.

Tengo que admitirlo: ahora que he descansado un poco más, estoy cachondo. Mientras Marcos no estaba, lo último en lo que pensaba era en el sexo; recuerdo pensar no hace mucho que parecía que estuviera muerto de cintura para abajo. Pero, ahora que hemos vuelto, que podemos dar rienda suelta a nuestros sentimientos a través de besos, abrazos y caricias sin fin, el deseo sexual también ha regresado. Supongo que no debería extrañarme; después de todo, lo nuestro comenzó como algo puramente sexual antes de convertirse en algo mucho más grande.

Por suerte para mí, Marcos parece estar exactamente en el mismo punto. Tras estirarse un poco, me dirige una sonrisa perezosa antes de besarme, y no tarda en profundizar el beso de esa forma que me deja claro qué es exactamente lo que quiere. Al cabo de unos minutos, sus manos comienzan a recorrer mi cuerpo, un tanto vacilantes al principio, más firmes y decididas después. Yo hago lo mismo con él, disfrutando del tacto de su cuerpo, de su calor debajo de mis dedos. Y, aun así, nos besamos despacio, conscientes de que tenemos tiempo de sobra para disfrutar.

Las dos veces anteriores estábamos siguiendo las órdenes de nuestros cuerpos; unos cuerpos que se echaban demasiado de menos, unos cuerpos con una química casi incomparable entre ellos que estaban deseando

Página 199

unirse de nuevo. Pero ahora nuestras mentes están al mando, y se nota. Aunque sigue habiendo ese deseo casi animal entre nosotros, actuamos de forma más sosegada que antes, los dos mucho más conscientes de todo lo que estamos haciendo. Los besos son profundos pero también lentos; nuestras caricias llegan a todas partes pero lo hacen despacio, sin prisa.

Al cabo de unos minutos, Marcos se separa un poco de mí, apenas lo suficiente como para poder mirarnos a los ojos. Me rodea el torso con un brazo, y con la otra mano me acaricia la cara mientras continúa mirándome, como si estuviera embelesado por lo que ve.

—Oye, Fran —susurra, tan cerca de mi boca que siento su respiración sobre los labios.

—Dime.

—Hay una conversación que todavía no hemos tenido. Frunzo el ceño, extrañado. ¿A qué viene esto ahora? —¿Y crees que ahora es el mejor momento para eso? —Pues sí.

—Pensaba que íbamos a…

—Tranquilo, que pienso darte lo tuyo de todos modos —responde con una sonrisa, y yo me echo a reír—. Pero quiero que hablemos de esto primero.

—¿No habíamos dicho que íbamos a dejar eso para cuando volviéramos a casa?

—No es eso —me asegura.

Su sonrisa flaquea ligeramente mientras lo miro, y me doy cuenta de que la está forzando un poco. Eso me provoca una ligera punzada de ansiedad; después de lo que pasó hace poco un mes, me da miedo lo que pueda decir.

—¿Entonces?

—Pues…

Pero deja la frase inconclusa y, cuando frunzo el ceño y él aparta la mirada, veo que tiene la cara roja. En serio, ¿qué está pasando aquí? Esto no es nada propio de él.

—¿Qué pasa, Marcos? Me estás preocupando.

—No, no, tranquilo. No es nada malo.

—Pues dímelo de una vez, anda —le pido—. Me estás poniendo nervioso.

Página 200

—Es solo que… —Vuelve a mirarme al fin, y veo que respira hondo antes de continuar—. ¿Quieres ser mi novio?

No sé qué es lo que esperaba exactamente, pero desde luego que no era esto. Me quedo con la boca abierta unos segundos, incapaz de procesar lo que me está diciendo. Solo ahora soy consciente de que, aunque técnicamente estuvimos juntos antes de que se marchara, jamás habíamos llegado a ponerle un nombre. Y, aunque siempre he pensado que esta clase de etiquetas muchas veces son innecesarias, tengo que reconocer que el hecho de que me lo esté diciendo me hace feliz, porque significa que quiere tomarse lo nuestro en serio.

—Sí —acierto a responder—. Joder, claro que sí.

Su rostro se ilumina de repente, con una alegría casi infantil ante mis palabras.

—¿De verdad?

—De verdad. —Trato de recordar en qué día estamos para saber cuál será nuestra fecha, y entonces frunzo el ceño ligeramente y añado—: No es una broma por el Día de los Inocentes, ¿verdad?

Marcos se echa a reír, sorprendido.

—¿Es hoy?

—Me parece que sí.

—Joder. Pero no, no es ninguna broma —me asegura—. Y, además, acabo de darme cuenta de una cosa… El veintiocho de octubre fue el día que fuimos a Canarias, así que hoy se cumplen dos meses desde la primera noche.

Alzo una ceja sin poder evitarlo; la posibilidad de meterme con él es demasiado tentadora.

—Te recuerdo que ese día lo único que hicimos fue pajearnos —le recuerdo—. Pero si quieres que celebremos eso…

Me da un manotazo y yo me echo a reír.

—No es eso, payaso. Pero esa fue la primera noche que dormimos juntos —señala con timidez—. Ese fue el día que las cosas comenzaron a cambiar entre nosotros, aunque al principio tan solo fuera algo sexual. Pero, si no hubiera ocurrido eso, es muy posible que no hubiéramos acabado aquí.

Muy a mi pesar, sus palabras logran conmoverme. Y, como no podría ser de otra manera, vuelvo a darle un largo beso.

—Pues… me parece bien —digo cuando nos separamos.

Página 201

—Entonces… ¿somos novios? —me pregunta, todavía con cierta timidez.

—Somos novios —confirmo, con la seriedad de quien está firmando el acuerdo más importante de su vida.

Una enorme sonrisa aparece en su rostro, y yo sonrío también al ver esa expresión inconfundible de felicidad.

—Joder. Te quiero, Fran.

Siento un cosquilleo en la tripa, como siempre que pronuncia esas mismas palabras.

—Te quiero, Marcos.

Y, como no podría ser de otra manera, nuestros labios vuelven a encontrarse una vez más.

Por supuesto, nuestros besos no tardan en volverse voraces y, aunque seguimos tratando de ir con calma, cada vez nos resulta más difícil mantener nuestras hormonas bajo control. Nos recorremos el uno al otro con las manos mientras nos besamos, pegando nuestros cuerpos de todas las formas posibles, como si cualquier hueco que pueda haber entre nosotros fuera espacio desperdiciado. Su polla dura contra mi cuerpo no podría resultarme más tentadora, pero alargo al máximo el momento de meterle la mano en el pantalón.

Cuando al fin lo hago, no me sorprende encontrar su polla tan húmeda como me gusta. Llevamos tanto rato retrasando el momento que tiene los calzoncillos mojados, y me sorprende que haya sido capaz de aguantar tanto tiempo sin quitarse él mismo la ropa. Cierro la mano alrededor de su erección y la muevo de arriba abajo, observando la cara de Marcos mientras cierra los ojos y produce esos gemidos de placer que siempre logran erizarme la piel. Después, vuelvo a mirar su polla mientras lo masturbo despacio. La piel de su prepucio sube y baja sobre su glande húmedo, y puedo ver cómo sale una gota transparente por el orificio.

Ya no soy capaz de seguir aguantándolo más, así que me acerco y lamo bien todo el líquido, disfrutando de la explosión de sabor que tanto me excita. Cuando termino de lamerlo todo, dejo que mis labios vuelvan a cerrarse a su alrededor antes de comenzar a succionar. En esas escasas semanas que pasamos juntos antes de que se fuera, me encantaba darle placer y, ahora que hemos vuelto, es como si necesitara recuperar el tiempo perdido.

Página 202

Utilizo mi boca con él tal como hemos hecho todo lo demás, despacio y con calma, hasta que los gemidos y la respiración acelerada de Marcos me indican que, si no paro pronto, no va a ser capaz de aguantar mucho más tiempo. Pero no quiero que esto se acabe tan pronto, de modo que me detengo antes de que sea demasiado tarde.

—Túmbate —me pide entonces, y yo obedezco más que encantado. Él me separa las piernas y se lleva mi polla semierecta a la boca. No tarda en crecer entre sus labios y, cuando quiero darme cuenta, ya estoy gimoteando yo también—. Date la vuelta.

De nuevo, obedezco sin rechistar, y siento un estremecimiento al darme cuenta de lo que va a pasar a continuación.

Mientras yo estoy tumbado boca abajo, Marcos se coloca justo encima de mí, y se pone la carne de gallina al sentir la dureza de su erección justo entre mis nalgas. Sin embargo, no le hace mucho caso a mi culo de inmediato. En vez de eso, me abraza con fuerza, inmovilizándome contra el colchón, y comienza a besarme el cuello y las orejas de esa forma que me encanta y me provoca unos intensos escalofríos de puro placer. No dejo de soltar gemidos amortiguados contra la almohada y, cuando se mueve contra mi culo para que note su polla dura, el ansia de sentirlo dentro de mí es tan intensa que siento que casi estoy a punto de ponerme a gimotear.

Por fin, se aparta de mi cuello y comienza a bajar despacio por mi espalda, depositando besos a su paso sobre mi columna que me ponen la piel de gallina. Cada uno de ellos me genera un estremecimiento, y me doy cuenta de que Marcos está yendo deliberadamente despacio para observar todas y cada una de mis reacciones. Casi puedo sentir su sonrisa al verme temblar.

Cuando llega al fin a mi culo, se queda inmóvil durante un momento, como si estuviera contemplándolo. Eso me hace sentir un poco cohibido, pero también tengo que reconocer que me gusta. A continuación, planta ambas manos sobre mis nalgas y comienza a masajearlas, provocando en mí una clase diferente de placer. Noto su aliento sobre mi piel justo antes de que comience a darle una serie de mordisquitos y lametones juguetones que me vuelven a poner la carne de gallina.

Al fin, separa mis nalgas con las manos y hunde la cara entre ellas. Cuando vuelvo a notar su lengua, el placer va en aumento, y enseguida estoy temblando otra vez bajo su poder. No sé cuánto tiempo permanece

Página 203

así pero, una vez más, comienzo a desesperarme por la necesidad de sentirlo en mi interior. Y al fin, como si estuviera escuchando mis pensamientos, introduce el primer dedo. Entre lo excitado que estoy y que ya me ha metido algo más grande que su dedo hace tan solo unas horas, entra con facilidad, deslizándose poco a poco dentro de mí, sin prisa pero sin pausa, con cuidado de no hacerme daño. En noviembre ya aprendió a tocar el punto exacto que me hace gemir y ahora no ha tardado en recordarlo, así que eso es exactamente lo que hace, provocando que el placer que me invade se incremente todavía más.

—Pásame el lubricante —me pide al cabo de unos segundos, extrayendo el dedo. Yo estiro el brazo para coger el neceser de la mesita de noche y se lo doy. Aguardo mientras se unta el lubricante y, entonces, siento de nuevo esa agradable presión mientas me introduce lo que deben de ser dos dedos. Cuando siento sus nudillos contra las nalgas, me pregunta—: ¿Vas bien?

—Genial —respondo con sinceridad, y se me escapa un sonoro gemido cuando vuelve a presionar ese punto—. Cabrón.

Marcos se echa a reír.

—Pero te encanta.

—Me reservo el derecho a contestar a esa pregunta.

Sigue jugando con los dos dedos un par de minutos más y, después, vuelve a extraerlos con lentitud. Al cabo de un instante, me introduce tres dedos juntos. Entran con mucha más facilidad que antes, y enseguida estoy retorciéndome de placer sobre el colchón, ahogando los gemidos contra la almohada.

Entonces vuelve a sacarlos, y sé exactamente lo que va a pasar ahora.

Página 204

41.

AUNQUE YA HEMOS HECHO ESTO HACE TAN SOLO UNAS HORAS, EN ESTA OCASIÓN ES MUY DIFERENTE. CUANDO NOS DESPERTAMOS POR LA MAÑANA, ERA YO QUIEN LO HACÍA TODO, QUIEN SE COLOCÓ ENCIMA Y GUIABA SUS

movimientos. Llevábamos mucho tiempo sin hacer esto, y no quería hacerme daño por ceder demasiado a nuestros deseos. Pero ahora es Marcos quien tiene el control, y eso tiene algo que me excita mucho más de lo que me gustaría admitir. Contengo el aliento cuando noto su glande húmedo contra mi orificio. Marcos ejerce una ligera presión, y entonces me abro para él. Comienza a avanzar despacio en mi interior y, mientras siento cómo se apodera de mí, se me escapa un prolongado gemido que la almohada apenas logra acallar.

—¿Qué tal? —me pregunta, siempre atento.

—Sigue —respondo simplemente.

Y eso es justo lo que hace. Centímetro a centímetro, su polla se adentra en mí, llenándome por dentro de una forma indescriptible, hasta que al fin siento la ingle de Marcos contra mis nalgas. Después, deja caer su cuerpo con cuidado encima de mí y me rodea con los brazos una vez más, inmovilizándome por completo. Se queda totalmente quieto durante unos instantes, dándole tiempo a mi cuerpo para que se acostumbre a la sensación.

—¿Te gusta? —susurra contra mi oído, provocándome un estremecimiento que hace vibrar todo mi cuerpo.

Página 205

—Me encanta —acierto a decir, con la voz temblorosa.

—Pues prepárate, porque solo acabo de empezar.

Entonces, empuja con las caderas para introducirse todavía más en mí, arrancándome un grito ahogado de puro placer. Tras eso, no se detiene, sino que continúa moviéndose de forma rítmica, provocando unas oleadas ardientes de pura sensación que recorren mi cuerpo por completo. Al igual que hace unos minutos, aunque me gusta sentarme sobre él y ser yo quien marque el ritmo, el hecho de estar inmovilizado bajo su peso mientras él se dedica a darme placer tiene algo que me excita de una forma muy diferente.

El hecho de que nos hayamos corrido juntos dos veces en las últimas doce horas tiene algo bueno, y es que ninguno de los dos tiene la menor prisa por terminar. De hecho, hasta me sorprende que Marcos sea capaz de mantener la erección lo suficiente como para ser capaz de hacer esto, aunque ya sabía que lo raro en él es que no tenga ganas. Sin ninguna necesidad de perseguir el orgasmo, sin el ansia que tenía antes de soltar todo lo que tenía acumulado, disfruto de los movimientos de Marcos, de la sensación de su polla dura en mi interior, de su peso sobre mí y sus brazos alrededor de mi cuerpo. Y, mientras tanto, él no deja de besarme y lamerme el cuello y las orejas, de susurrar contra mi oído, haciendo que me estremezca todas y cada una de las veces.

Pero al fin, inevitablemente, comienzo a notar esa familiar presión del placer creciente dentro de mí. Y, aunque sé que es raro que me corra sin tocarme, sobre todo después de todo lo que ha pasado desde anoche, no quiero poner la cama perdida si pierdo el control.

—Marcos… —le digo con la voz jadeante, y él acerca un poco la boca a mi oreja.

—Dime —susurra de esa forma que me hace temblar.

—No voy a poder aguantar mucho más.

—Yo tampoco —admite—. ¿Quieres que siga así o…?

Aunque la idea de que se corra así, mientras estoy inmovilizado sobre la cama, tiene algo que me excita, hay algo que me gusta todavía más.

—¿Podemos vernos las caras? —le pido—. Me gusta más cuando terminamos así.

—Claro.

Con cuidado, sale de mi interior, arrancándome un gruñido de frustración, y entonces me doy la vuelta para tumbarme boca arriba. Verlo

Página 206

tal y como está, con la cara roja, el cuerpo sudoroso y la respiración agitada, vuelve a provocarme ese familiar cosquilleo en la tripa, esa intensa excitación que apenas soy capaz de soportar.

En lugar de continuar de inmediato, Marcos se tumba sobre mí, me abraza con fuerza y me besa largamente, saboreando mi boca con la lengua mientras yo hago lo mismo con la suya. De nuevo, tratamos de alargar el momento, como si así pudiéramos compensar todo el tiempo que hemos permanecido separados.

Cuando al fin se separa de mí, retrocede ligeramente para situarse de rodillas entre mis piernas y yo las levanto para colocarlas sobre sus hombros. Entonces avanza un poco, no sin cierta torpeza que lo hace todavía más adorable, y apenas un instante más tarde vuelvo a sentir esa agradable presión en el punto exacto donde quiero que esté.

—¿Voy? —me pregunta.

—Sí.

Empuja ligeramente y su polla entra con facilidad; estoy bien abierto y lubricado después de lo que ha estado haciendo hasta hace solo unos minutos. Sonrío al ver su cara de concentración mientras avanza en mi interior, hasta que vuelvo a sentir su ingle contra mis nalgas. Entonces, me mira con una leve sonrisa y me sujeta las piernas.

No hablamos; no es necesario en este momento. Lo único que hacemos es mirarnos a los ojos mientras el placer va creciendo en nuestro interior. Sus caderas se mueven despacio pero con un ritmo constante, lejos de la prisa que habíamos tenido esa última vez hace tan solo unas horas. Poco a poco, nuestra respiración se va volviendo más trabajosa de nuevo, nuestros jadeos y gemidos comienzan a sucederse cada vez con más frecuencia. Va acelerando poco a poco el movimiento de su cuerpo y, sin poder evitarlo, me llevo la mano a la polla y comienzo a masturbarme todo lo despacio que soy capaz, aunque el esfuerzo que tengo que hacer para contenerme me resulta casi insoportable.

Pero, inevitablemente, todo acaba llegando al punto sin retorno. —Me falta poco —susurra, tal como suele hacer—. ¿Y a ti? —También.

—¿Quieres que vaya más rápido?

Es lo que solemos hacer siempre, pero en esta ocasión niego con la cabeza; me apetece probar algo diferente.

—Mejor sigue así, ¿vale?

Página 207

—Vale.

—Pero avísame cuando vayas a correrte —le pido, y él asiente con la cabeza.

Continúo masturbándome con lentitud mientras él sigue moviendo las caderas al mismo ritmo tranquilo, todo ello sin dejar de mirarnos a los ojos. Aunque soy consciente de que no siempre vamos a ser capaces de contenernos de esta manera, me doy cuenta de que esto es todavía más íntimo que otras veces, de que los movimientos pausados hacen que estemos conectados de una forma todavía más profunda de lo habitual. Sin embargo, el placer no deja de crecer en mi interior, y pronto me doy cuenta de que ya no voy a ser capaz de seguir aguantando mucho más tiempo. Por suerte, la respiración trabajosa de Marcos me indica que él está exactamente igual que yo.

—Fran… me corro.

Nada más oír esas palabras, empiezo a masturbarme de forma casi furiosa, como si mi vida dependiera de ello. Siento el momento exacto en que Marcos comienza a correrse; lo noto en cómo se tensa su cuerpo, en sus manos sujetándome las piernas con un poco más de fuerza, en cómo suelta una serie de gruñidos prolongados mientras me da unas cuantas embestidas bruscas, llenándome de su semen caliente y abundante. Al mismo tiempo, el placer estalla al fin dentro y fuera de mí, y unos chorros más potentes de lo habitual me llegan hasta la cara.

—Joder… —susurra mientras me observa, con la cara roja, sudorosa y llena de una satisfacción absoluta.

—Joder —repito.

Permanecemos así unos segundos, tratando de recuperar la respiración, y entonces Marcos sale de mi interior. Acto seguido, se dirige directamente hacia mi polla y comienza a lamer, asegurándose de limpiarla por completo con la lengua. Comienza a subir despacio por mi tripa y después mi pecho, lamiendo y tragándose cada gota, hasta que llega a mi cara y lame también lo que me ha caído sobre la mejilla. Después se acerca a mis labios y, cuando me besa, el sabor de mi propio semen en su boca me excita una vez más, si es que todavía es posible.

—Te quiero —susurra contra mis labios.

—Te quiero.

Y, entonces, nos abrazamos con fuerza.

Página 208

Aún nos queda casi media hora antes de tener que marcharnos si queremos que nos dé tiempo a comer, así que decido aprovechar bien el momento y me abrazo una vez más a Marcos. Mientras me acurruco contra su cuerpo cálido y cómodo, pienso de verdad que jamás podría cansarme de esto, por mucho tiempo que pase.

Tan solo espero que podamos pasar juntos muchísimo tiempo, que tengamos ocasión de hacer esto miles de veces más.

Página 209

42.

A LA HORA DE LA COMIDA, APROVECHO PARA CONTARLE A VERO LO QUE HA PASADO, Y ELLA RESPONDE CON UNA RISTRA INTERMINABLE DE ABSOLUTAMENTE TODOS LOS EMOJIS DE CORAZONES, SONRISAS Y CARAS DE

emoción o felicidad que existen. Mientras contengo la risa, me planteo hablar también con Álex y con Alejo, pero sé que con ellos voy a necesitar una conversación un poco más tranquila en la que pueda explicárselo todo bien, y ahora no hay tiempo. En lugar de eso, contesto a sus mensajes en el grupo contándoles que me lo estoy pasando muy bien, pero que apenas estoy teniendo tiempo para mirar en el móvil. Al menos, eso es totalmente cierto. Con un poco de suerte, antes de la vuelta tendré ocasión de contárselo todo.

Terminamos de comer justo antes de que termine el horario del almuerzo en el comedor, y después volvemos a la habitación. Aunque subimos un poco la calefacción y nos desnudamos para poder sentirnos por completo y sin nada entre nosotros cada vez que nos abrazamos, no hay sexo. En lugar de eso, Marcos acerca una silla a la cama y coloca su ordenador portátil encima, tal como hemos hablado durante la comida.

—¿Qué quieres ver? —le pregunto.

—Hay una serie en Netflix que dicen que es muy bonita… Se llama Heartstopper, ¿la has visto?

—Varias veces —admito.

Página 210

—Ah. —Veo en su cara que parece decepcionado, pero enseguida trata de ocultarlo—. Bueno, no pasa nada. Podemos ver otra cosa si quieres.

—No me importa verla otra vez contigo.

—¿Seguro?

—Seguro —confirmo—. Pero me tienes que abrazar mientras la vemos.

—Eso está hecho —responde con una amplia sonrisa.

Tarda un poco en conectar el portátil al wifi del hotel, pero al fin pone el primer episodio y, a continuación, se tumba detrás de mí y me abraza por detrás, tal como me gusta. Esta serie es una especie de lugar seguro para mí, y poder verla con Marcos no hace sino incrementar esa sensación. No tardo en darme cuenta de por qué quería verla: en la serie, también hay un personaje que comienza a descubrir su bisexualidad al enamorarse de un chico, así que supongo que se sentirá identificado. Al estar haciendo la cucharita no puedo verle la cara, pero a veces noto que se le pone la piel de gallina en los brazos, y en esos momentos siempre se los aprieto con más fuerza, tratando de transmitirle mi cariño.

Estamos en mitad del cuarto episodio cuando nuestros móviles suenan a la vez. Me estiro para coger el mío de la mesita de noche y veo que hemos recibido un mensaje en el grupo familiar, de mi madre avisándonos de que ya están volviendo al hotel. Al echar un vistazo por la ventana veo que ya ha oscurecido; no me había dado ni cuenta.

—¿Nos dará tiempo a terminarlo? —pregunto, girándome un poco para mirarlo.

—Yo creo que sí —responde, y me da un beso en los labios—. Pero mejor nos vestimos, por si acaso.

Me sonrojo ligeramente; estoy tan cómodo con él que ni siquiera me acordaba de que estábamos desnudos. Ponemos la serie en pausa y nos levantamos de la cama, aunque nos besamos y nos abrazamos un poco más antes de vestirnos. Nuestras pollas comienzan a despertar al unísono, la una contra la otra, pero no vamos allá y nos limitamos a vestirnos y volver a la cama.

Vuelvo a tumbarme de espaldas a Marcos para que pueda abrazarme de nuevo y él lo hace con entusiasmo, dándome un beso más en la curva entre el cuello y la oreja mientras continúa la serie.

El episodio está a punto de terminar cuando suenan unos golpes en la puerta.

Página 211

—Mierda —susurro.

—Joder, pensaba que iban a tardar más —dice él, separándose de mí para ponerse en pie—. ¡Ya voy!

Mientras Marcos va hacia la puerta, yo pongo la serie en pausa y me siento sobre la cama.

—¡Hola! —saluda mi madre cuando él abre la puerta, dirigiéndome una sonrisa—. ¿Estabais ocupados?

—Qué va, solo estábamos viendo una serie —explico, señalando el portátil.

—¿Qué serie? —pregunta Natalia con curiosidad, tratando de asomarse por encima de los hombros de nuestros padres.

—Daredevil —responde Marcos automáticamente, como si ya tuviera la respuesta preparada de antemano. Su hermana no tiene el más mínimo interés por Marvel, así que es una forma segura de que no se le ocurra tratar de unirse a nosotros.

—Qué coñazo —replica ella, y se aleja al momento.

—Nosotros nos íbamos a dar una ducha y a descansar un ratito, que estamos reventados —dice Antonio—. ¿Queréis que bajemos más tarde a jugar un rato antes de la cena?

—Genial —responde Marcos.

—¿Dentro de una hora? —propone mi madre.

Le echo un vistazo al reloj; son poco más de las seis.

—Vale.

—¡Pues luego nos vemos! —responde, risueña, y se marchan a su habitación mientras Marcos cierra la puerta.

Sin perder un segundo, vuelve a meterse en la cama conmigo. Sin embargo, en lugar de tumbarse para abrazarme como antes, se acerca a mí y me da un beso largo en los labios.

—¿Y esto? —pregunto con una sonrisa cuando nos separamos después de unos segundos.

—Es que te echaba mucho de menos —responde, y yo me echo a reír.

—Qué payaso eres.

—Pero te encanta.

—Puede ser —admito—. ¿Seguimos con la serie?

—Vale.

Y eso es lo que hacemos, otra vez tumbados como antes. Sin embargo, esta vez Marcos deposita más besos suaves sobre mi cabeza, mis hombros

Página 212

y mi cuello, como si fuera consciente de que nos queda poco tiempo para seguir haciendo esto antes de que tengamos que pasar el resto de la tarde con nuestra familia. No me voy a quejar de que lo haga, la verdad.

Cuando termina el quinto episodio, todavía nos quedan quince minutos para que llegue la hora acordada, así que decidimos aprovecharlos de la mejor forma que sabemos: besándonos como si no hubiera un mañana. Después de todo, si Marcos estaba pensando lo que creo hace un rato, no le faltaba razón: la espera hasta que volvamos a estar solos en la habitación va a ser demasiado larga.

Poco después, nos reunimos con los demás y pasamos el resto de la tarde jugando al Cluedo entre risas mientras ellos nos cuentan su día esquiando. Cuando terminamos la partida y nos levantamos para ir a cenar, me doy cuenta de algo: voy a echar de menos estos días. Al igual que ocurrió cuando fuimos a Canarias después de la boda, un viaje que no podía tener menos ganas de hacer ha acabado siendo maravilloso y lo ha cambiado absolutamente todo. Y, aunque la posibilidad de pasarme mañana otro día encerrado en la habitación con Marcos me resulta demasiado tentadora, sé que ya tendremos ocasión de hacerlo ahora que muy probablemente volveremos a vivir bajo el mismo techo. Mañana será nuestro último día aquí, así que pienso aprovecharlo con toda la familia, incluso aunque me obliguen a ir a esquiar.

Después de cenar, volvemos a una de las salas comunes para seguir jugando, en esta ocasión, a Viajeros al tren. Poco antes de que terminemos la partida, se marcha la familia que se encontraba en el sofá más cerca de la chimenea, así que aprovechamos para trasladar el tablero con cuidado y ocupar su lugar. Marcos, Natalia y yo estamos en el sofá, muy pegados, mientras que nuestros padres ocupan los sillones que hay a cada extremo de la mesa alargada que tenemos delante. Cuando terminamos, estamos todos demasiado cansados como para empezar una partida nueva a otro juego, pero se está tan bien delante del fuego que nos quedamos aquí sentados sin más, charlando de trivialidades.

No podría estar más a gusto. La estancia está tenuemente iluminada solo por las velas que hay repartidas entre las mesas y el agradable resplandor anaranjado de las llamas, que ya están extinguiéndose. Tengo el estómago lleno, el corazón también, y el calorcillo que llega de la chimenea y el tenue sonido de la conversación me producen una modorra tan agradable que hace que me resulte difícil mantener los ojos abiertos.

Página 213

Me dejo llevar y, casi sin darme cuenta, apoyo la cabeza sobre el hombro de Marcos y permito que la oscuridad se apodere de mí.

El sonido de unas risas me despierta de golpe, y miro a mi alrededor un tanto desorientado.

—¿Qué pasa? —pregunto, confuso.

Siento la vibración de la risa de Marcos en mi cuerpo, y solo entonces me doy cuenta de que sigo teniendo la cabeza sobre su hombro. Me apresuro a levantarla mientras espero una explicación.

—Es que estabas roncando, cariño —me explica mi madre con una sonrisa.

—¿Mucho? —pregunto, sintiéndome avergonzado.

—Un poquito —responde Marcos.

—¿Un poquito? —repite Natalia entre risas—. Has soltado un ronquido que parecías un oso hibernando.

De nuevo, todos se echan a reír, provocándome un rubor que se extiende por mis mejillas.

—Qué graciosa —replico con sorna.

Pero, a pesar de ello, no puedo evitar sonreír yo también. Después de todo, estos son precisamente los momentos que vale la pena compartir.

Levantarme del sofá y subir las escaleras me cuesta mucho más de lo que me gustaría admitir, pero al final lo consigo. Cuando le damos las buenas noches a nuestra familia y entramos de nuevo en nuestra habitación, Marcos me abraza con fuerza y me da un largo beso.

—Te quiero —susurra contra mis labios.

—Te quiero.

—Venga, vamos a dormir. Que estás que te caes. —No opongo resistencia mientras me conduce hasta la cama y comienza a desvestirme con delicadeza—. ¿Quieres el pijama o…?

No termina la pregunta, pero niego con la cabeza. Después del tiempo que hemos pasado separados, hasta la ropa es un obstáculo indeseado cuando estamos juntos. No es una cuestión de deseo sexual, sino de intimidad: no hay nada mejor que la sensación de su piel desnuda contra la

Página 214

mía, que el hecho de saber que no hay absolutamente nada entre nosotros. Aunque estamos en invierno y fuera las temperaturas están bajo cero en las montañas, la habitación se encuentra ligeramente caldeada gracias a la calefacción que hemos dejado puesta, y sé que no voy a pasar frío abrazado a su cuerpo cálido mientras dormimos bajo las sábanas.

Voy al baño yo primero, y después me meto en la cama mientras va Marcos también. Cuando regresa, me besa de nuevo y puedo saborear la menta de la pasta de dientes en su boca. Seguimos devorándonos durante un rato, como tratando de recuperar el tiempo perdido mientras estábamos con nuestra familia. Aun así, ninguno de los dos tiene intención de que haya sexo; además del cansancio, está claro que tanto él como yo hemos tenido suficiente con tres veces en las últimas veinticuatro horas.

Cuando conseguimos separar nuestros labios, nos colocamos en nuestra posición favorita, con él boca arriba y yo abrazado a su cuerpo. Nos tapamos lo mejor posible, disfrutando de la calidez, y entonces Marcos me rodea la espalda con un brazo, haciendo que se me ponga la piel de gallina de forma agradable.

—Buenas noches, Fran —susurra.

—Buenas noches, Marcos.

—Te quiero.

—Te quiero.

Y así, con una enorme sonrisa, cierro los ojos y me dejo invadir por la mezcla de sensaciones de su aroma, el agradable calor de su cuerpo, el sonido de su respiración y los latidos de su corazón bajo mi mano.

Podría dormir así cada noche de mi vida y sería feliz.

Página 215

43.

CUANDO SUENA EL DESPERTADOR POR LA MAÑANA Y DESPIERTO DESPUÉS DE TODA LA NOCHE DURMIENDO DEL TIRÓN, LA FELICIDAD ME INVADE POR COMPLETO AL DARME CUENTA DE QUE ESTOY ABRAZADO A MARCOS. Todavía

es todo demasiado nuevo, todavía me cuesta creer que de verdad está pasando esto, que realmente hemos vuelto. Que realmente vamos a poder dormir juntos decenas, cientos, tal vez miles de noches más. Tal vez llegue el día en que logre acostumbrarme a esto, pero todavía es demasiado pronto.

El problema es que hay una parte en particular de mi cuerpo que está más despierta y un poco más contenta que las demás. Y, cuando Marcos se mueve para desperezarse y se gira hacia mí para besarme, me doy cuenta de que a él le pasa exactamente lo mismo.

—Buenos días —susurra contra mis labios.

—Buenos días.

Me pego más a él, y entonces nuestras pollas duras se rozan. —Alguien se ha despertado con ganas hoy —comenta con una sonrisa,

y lleva la mano hasta mi erección.

Alzo las cejas mientras hago exactamente lo mismo que él.

—Yo podría decirte lo mismo a ti.

—Pues si te apetece que empecemos el día con buen pie… —No tenemos mucho tiempo —señalo.

—¿Algo rapidito? —sugiere—. Luego podemos ducharnos juntos.

Página 216

Después de lo de ayer, me da rabia no poder dedicar a nuestros cuerpos el tiempo que necesitan, pero ahora mismo no hay otra opción; hemos quedado con nuestra familia para ir a desayunar. Me planteo rechazarlo, pero la idea de esperar hasta la noche me resulta demasiado difícil de soportar. Además, su polla ya está comenzando a lubricar entre mi mano, y eso es todo lo que necesito para aceptar, deseoso de probar esos sabores que tanto me excitan y, sobre todo, de darle placer.

Quince minutos después ya estamos los dos en la ducha, con el sabor de su semen en mi boca mientras saboreo el mío en la suya. Este es otro momento que también me gustaría poder disfrutar más, así que espero que tengamos oportunidad de ducharnos juntos con calma antes de que nos vayamos del hotel; después de todo, en casa va a ser mucho más difícil. Pero, como hoy nos queda poco tiempo, nos enjabonamos mutuamente con rapidez, todo ello sin dejar de besarnos, y después nos apresuramos a aclararnos bien.

Tan solo dos minutos después de la hora acordada ya estamos con nuestra familia, bajando para desayunar. Como hoy es el último día, los demás quieren volver a ir a esquiar, pero solo hasta la hora de comer. Me parece bien; después de todo, el otro día no me lo pasé tan mal como esperaba. Aunque el teleférico me sigue poniendo nervioso, cuando llega el momento Marcos se sienta junto a mí y vuelve a cogerme la mano con disimulo por debajo de nuestros abrigos, que nos dejamos convenientemente colocados encima. Miro a los demás mientras charlan, pero nadie parece haberse dado cuenta de nada, y tengo que contener una sonrisa al pensar en lo que estamos haciendo, en este secreto que, de momento, es solo de nosotros dos.

De nuevo, nos vamos todos a una de las pistas de principiantes; aunque mi madre tiene un día y medio de práctica más que yo, no le hace mucha gracia la idea de perderme de vista, por mucho que me deje con Marcos. Esta vez me siento mucho más seguro y confiado mientras me lanzo por la pista a toda velocidad, y pronto tengo que admitir que me lo estoy pasando

Página 217

mucho mejor de lo que pensaba. Aunque me caigo una vez, tampoco es nada grave, y dudo mucho que vayan a salirme moratones siquiera.

—Estar todo el rato aquí es un coñazo —se queja Natalia un par de horas más tarde—. ¿No podemos irnos aunque sea un rato a la siguiente pista? Que ya es el último día…

—La verdad es que estaría bien aprovechar —dice su padre, y entonces mira a mi madre—. ¿Tú qué piensas, cariño?

Ella me mira, mordiéndose el labio. Es evidente que también tiene ganas de ir, pero no quiere dejarme solo.

—Yo puedo quedarme aquí —respondo—. No me importa.

—A mí no me importa quedarme con él —señala Marcos—. Si queréis, podemos vernos dentro de una hora en la cafetería para comer.

—¿Seguro que te parece bien? —me pregunta mi madre, no demasiado convencida—. Si quieres que me quede contigo…

Aunque le agradezco el gesto, la idea de quedarme solo con Marcos me gusta mucho más, y además así no los fastidio a ellos, así que niego con la cabeza.

—No te preocupes. Nos vemos dentro de una hora.

—Bueno… está bien.

Los observamos mientras se marchan, y entonces Marcos y yo nos dirigimos hacia el punto de partida de la pista.

—¿Preparado? —me pregunta.

—Qué remedio —respondo entre risas.

—Venga ya. Te lo estás pasando bien.

—Sí —admito—. La verdad es que sí.

Entonces, nos lanzamos por la pista y disfruto una vez más de la sensación de velocidad, del viento sobre mi cara. Casi va a darme pena y todo que se vayan a acabar las vacaciones, porque esto me está gustando mucho más de lo que pensaba. ¿Quién soy y qué he hecho con el Fran de hace solo unos días?

Marcos llega el primero a la amplia extensión llana que hay al final de la ladera poco pronunciada. Sin embargo, en lugar de dirigirse hacia la zona designada para subir, se aleja un poco de allí, en dirección a unos árboles cubiertos de nieve.

—¿Marcos? —lo llamo, caminando torpemente con los esquís hacia donde está. Entonces, veo que se quita los esquís y se sienta en el suelo. Me cuesta demasiado caminar con los míos puestos, de modo que me los

Página 218

quito yo también y me acerco a él, que ahora está frotándose el pie. Frunzo el ceño, preocupado—. ¿Qué te pasa?

—Creo que me he hecho daño en el pie —explica—. ¿Me ayudas a levantarme?

Me tiende la mano, así que se la cojo con la mía para ayudarlo. Sin embargo, y para mi sorpresa, él tira de mí con fuerza y me hace caer de bruces sobre él.

—¡Marcos! —grito, tratando de quitarme de encima para no hacerle más daño en el pie, pero él me abraza con fuerza—. ¿Qué haces?

—Abrazarte.

Lo miro fijamente, incrédulo al darme cuenta de lo que ha pasado. —No te has hecho daño, ¿verdad?

—Me reservo el derecho a contestar a esa pregunta —responde con una sonrisa que lo confirma todo, y yo pongo los ojos en blanco.

—Eres lo peor.

—Qué va.

—¡Me habías asustado! —le reprendo, dándole un manotazo en el brazo, pero estoy sonriendo muy a mi pesar.

—Cállate y bésame, anda.

Y, por supuesto, no tengo más remedio que obedecer al momento. Después de toda la mañana sin poder hacerlo, tengo que admitir que me moría de ganas.

Sin embargo, estar haciendo esto en un lugar abierto me pone un poco nervioso.

—Como nos pillen nuestros padres… —digo con preocupación cuando nos separamos.

—No nos van a pillar —me asegura él—. Desde su pista no se puede acceder a esta, y no van a volver por aquí cuando ya hemos quedado para comer.

—Bueno… si tú lo dices.

—¿Es que no quieres besarme o qué? —me pregunta, alzando una ceja.

—Claro que quiero.

Y eso es justo lo que hacemos. Pero, por supuesto, no es el momento ni en lugar para dar rienda suelta a la pasión. Aunque estamos un poco alejados de la zona donde llegan los demás esquiadores de la pista,

Página 219

tampoco es que estemos demasiado ocultos precisamente, así que nos esforzamos para contenernos.

No nos separamos hasta un buen rato después, y solo porque nos hemos quedado completamente helados por estar tirados sobre la nieve. Tiritando, emprendemos el camino de subida, pero para cuando llegamos ya no nos apetece lanzarnos una vez más, de modo que nos dirigimos con calma hacia la cafetería.

—Voy a echar de menos esto —comenta Marcos.

Miro a mi alrededor, al paisaje montañoso cubierto de nieve, y me doy cuenta de que a mí también me pasa. Esto es demasiado bonito y los días están demasiado llenos de paz. Aunque volver a vivir con Marcos tendrá sus alicientes, regresar a la rutina de la ciudad, el bullicio y las clases no me apetece tanto.

—Yo también, la verdad.

—Oye, ¿y si nos hacemos unas fotos? —me propone, arrancándome una sonrisa.

—¿En serio?

—Claro. ¿Por qué no?

Me encojo de hombros, tratando de quitarle importancia. Pero la realidad es que me hace ilusión la propuesta porque tan solo tenemos una foto de los dos juntos, esa que nos sacamos durante el viaje a Canarias, en una montaña muy diferente a esta. Esa y las que le había sacado yo justo antes eran las únicas fotos que tenía de él y con él, las únicas que podía ver una y otra vez cuando se marchó. Y, aun así, en esa ocasión ni siquiera estábamos juntos como pareja, a diferencia de ahora. Aunque parezca una chorrada, me hace ilusión que nos hagamos fotos.

Utilizando mi móvil, nos colocamos en distintos lugares para sacarnos fotos tanto juntos como por separado. Pero, entre esto y las horas de esquí, no tarda en cansárseme el brazo.

—Venga, ya está bien —le digo con una sonrisa después de al menos veinte fotos distintas.

—Una más —me pide—. De los dos juntos.

—Vaaaleee… —acepto, secretamente complacido.

De nuevo, nos colocamos en posición, con su brazo alrededor de mi torso mientras yo estiro el brazo para sacar la foto.

—Avisa —dice.

—Tres… dos… uno… ¡ya!

Página 220

Pero, justo en el momento en que pronuncio la última palabra y me apresuro a sonreír para sacar la foto, Marcos gira la cara y me planta un beso en la mejilla. Pestañeo un par de veces, sorprendido.

—¿Y esto? —pregunto mientras lo miro, aunque no puedo dejar de sonreír.

—Me apetecía —responde simplemente, también sonriendo—. Venga, a ver cómo ha quedado.

Y, aunque en general nunca me ha gustado hacerme fotos, tengo que reconocer que esta me encanta. Sin saber cómo, he sacado la foto en el momento justo, o, más bien, Marcos ha calculado el momento a la perfección. Salgo sonriendo, pero también hay una expresión de ligera sorpresa en mi cara, mientras que la suya expresa una intensa felicidad al darme el beso. Me doy cuenta de que se ha convertido en mi foto favorita, aunque me da rabia no poder subirla a Instagram ni poder utilizarla como foto de perfil en ninguna parte, al menos por el momento.

Todavía faltan cinco minutos para la hora acordada, así que voy al baño de la cafetería y después nos quedamos esperando a que llegue nuestra familia. No tardamos en verlos acercarse, con las caras enrojecidas a causa del frío, pero muy sonrientes.

—Parece que lo habéis pasado bien —señalo.

—¡Tendrías que haberte venido! —dice mi madre.

—A lo mejor a la próxima.

—¿Vamos a pedir ya? —pregunta Natalia—. Me muero de hambre.

—Por favor y gracias —respondo entre risas.

—¿No me estabas diciendo que tenías que ir al baño justo cuando los hemos visto acercarse? —me pregunta Marcos.

Frunzo el ceño al oírlo, ya que acabo de ir, pero entonces lo comprendo.

—Sí, es verdad —respondo.

—Pues voy contigo.

—¿Os pedimos lo mismo del otro día? —pregunta Antonio.

—Vale —decimos al unísono.

El plan de Marcos tenía fisuras porque su padre podría haberse apuntado a ir con nosotros, pero, por suerte, no es así. Hay una persona en uno de los urinarios, así que tratamos de no hacer ruido mientras nos metemos a escondidas en uno de los cubículos. Una vez allí, nos besamos en silencio pero con ganas, conscientes de que vamos a tener que pasarnos

Página 221

un rato sin poder hacerlo. Estamos a punto de salir cuando oímos que entra alguien, así que procuramos contener la risa mientras esperamos a que salga, para que no piense cosas raras.

Durante la comida, el resto de la familia nos cuenta sus aventuras en la pista, y nosotros nos inventamos las nuestras. En un momento dado, Antonio se levanta para ir al baño, lo que nos da carta blanca a Marcos y a mí para repetir la jugada más tarde. Cuando terminamos de comer, volvemos a pasar por el baño y a encerrarnos un par de minutos, esta vez sin incidentes.

Mientras bajamos en el teleférico, con nuestras manos unidas una vez más bajo los abrigos, me doy cuenta de que el cosquilleo que siento en el estómago se debe a mucho más que los nervios y el miedo a las alturas.

Página 222

44.

CUANDO LLEGAMOS AL HOTEL TODAVÍA NOS QUEDAN UNAS POCAS HORAS DE LUZ, ASÍ QUE NOS DAMOS UNA DUCHA RÁPIDA, NOS CAMBIAMOS DE ROPA Y VOLVEMOS A SALIR.

El plan para la tarde es hacer una pequeña caminata por la montaña. Marcos y su familia ya han estado aquí en otras ocasiones y dicen que hay zonas muy bonitas en dirección contraria a donde hemos estado, así que mi madre no quería irse sin verlas. Aunque tampoco es que haya nada especialmente interesante, tengo que reconocer que los paisajes nevados son preciosos y solo por eso ya merece la pena venir.

Caminamos a paso tranquilo y sin prisa, y durante el trayecto aprovecho para sacar unas cuantas fotos. Cuando empieza a oscurecer, las reviso y decido subir algunas de ellas a Instagram en una única publicación. Me planteo colar una de las fotos que me hice junto a Marcos entre ellas, pero parecemos demasiado acaramelados en todas, así que al final opto por subir una de las que me sacó él a mí. Me gusta cómo salgo, y eso es casi un milagro.

Ya es prácticamente de noche cuando llegamos a un asador al que Marcos y su familia ya han ido en otras ocasiones. Todavía es temprano, pero estamos cansados después de la mañana de esquí y la tarde de caminata, así que cuando Antonio propone cenar aquí, Marcos, Natalia y yo estamos encantados. Sin embargo, mi madre parece preocupada.

Página 223

—¿No se nos va a hacer muy tarde? —pregunta—. Si tenemos que volver hasta el hotel en plena noche…

—Es difícil darse cuenta si no conoces la zona —dice Antonio—, pero, si te fijas, hemos estado caminando en un círculo muy grande alrededor de la montaña. El hotel está a unos diez minutos a pie de aquí. —Se gira y señala un punto de luz que se atisba a lo lejos—. ¿Ves? Justo ahí.

—Y no es un camino complicado —añade Marcos—. No hay peligro. Ya más tranquila, mi madre asiente con la cabeza, y entonces entramos todos en el restaurante. El establecimiento es cálido y acogedor, con las paredes de piedra y una enorme chimenea que arde alegremente. Nos dan una mesa no muy lejos del fuego, y se está en la gloria después de haber

pasado tantas horas en la nieve.

—Es un poco caro, pero merece la pena —nos asegura Antonio mientras abrimos las cartas—. Es el mejor restaurante de por aquí.

Enseguida viene un camarero para tomarnos nota de las bebidas, y después Antonio se excusa para ir al baño. Yo también tengo ganas de ir, pero prefiero aguantarme para evitar contratiempos. Cuando veo de reojo que sale de allí, me pongo en pie yo también.

—Creo que voy al baño yo también, que odio levantarme en mitad de la cena.

—Y yo —anuncia Marcos.

Mierda. Después de lo de antes, lo más probable es que piense que quiero besarme con él, pero tengo ganas de ir de verdad. El corazón me late con fuerza cuando recuerdo esos momentos en otro viaje de hace casi dos meses. En este tiempo no he superado la vergüenza, y desde luego que no estoy preparado para orinar junto a él.

Por suerte, cuando entro veo que solo hay un urinario en la pared y dos cubículos con puerta. Voy directamente hacia el más alejado de los dos, aunque dejo la puerta abierta como un pequeño intento de tratar de superar mi problema. Oigo a Marcos orinando en el urinario de fuera, así que al menos tengo la certeza de que no hay nadie. Al principio me cuesta un poco, pero tengo la vejiga tan llena que no tardo en conseguirlo. Hasta suelto un suspiro de alivio.

Cuando tiro de la cisterna y me doy la vuelta para marcharme, doy un respingo al encontrarme con Marcos justo en la puerta.

—¡Joder! ¿Qué haces?

Página 224

—Tú cállate y bésame, que no tenemos mucho tiempo.

Y eso es justo lo que hago, pero no nos permitimos tardar más de un minuto. Cuando salimos, el corazón sigue latiéndome con fuerza.

—Casi me das un infarto, que lo sepas.

—Pues que sepas que has meado muy bien —replica, y noto que se me calientan las mejillas al instante—. Vas mejorando.

—¿Has estado ahí plantado todo el rato o qué? —pregunto mortificado.

—Solo desde que terminé yo. Pero sabes que tienes que superarlo, ¿verdad?

—Lo sé —respondo a regañadientes.

Llegamos a la mesa justo cuando el camarero está trayendo las bebidas. Cuando nos sentamos, nos pregunta qué vamos a querer. Yo no tengo ni idea de lo que se come en estos sitios, de modo que confío en Antonio cuando propone pedir entrantes y un asado para todos. El plato principal va a tardar un rato en llegar, así que damos buena cuenta de los entrantes con calma. Mientras tanto, aprovecho para escribir en el grupo que comparto con Álex y Alejo, con cuidado de que nadie vea nada. Han pasado demasiadas cosas en las últimas cuarenta y ocho horas, pero he estado tan centrado en Marcos que ni siquiera he tenido ocasión de contarles nada.

Heyyy, cómo vais?

Tengo algo que contaros 

ALEJO

A ver si lo adivino

No has tardado ni cinco días en meterte su polla en la boca

En realidad no han sido ni tres días, pero… ¿cómo ha conseguido calarme tan deprisa?

Joder

Tan evidente era?

ALEJO

Joder, Fran

Espero q sepas lo que haces

Página 225

Frunzo el ceño, un tanto molesto. Entiendo que se preocupe, pero… ¿de verdad tiene que ser tan borde?

Ah, gracias por el apoyo 

ALEJO

Sabes que te apoyo a muerte

Pero no quiero q vuelva a hacerte daño

Como lo haga, le parto las piernas

Trato de aguantarme la risa; ahí está el Alejo de siempre. Sé que no puedo enfadarme con él cuando lo único que hace es preocuparse por mí, y tampoco es que no tenga razones.

Tranquilo, que no va a hacer falta

Hemos aclarado las cosas

ALEJO

Bueno

Pues entonces, me alegro 

No es demasiado entusiasta, pero no puedo echárselo en cara después de lo que ha pasado. Al fin y al cabo, yo mismo soy reacio a creer que todo esto esté pasando de verdad, por mucho que lo esté viviendo en mis carnes.

ÁLEX

AAAAAAAAAAH!!!!!!! ESTOY FLIPANDO!!!

Perdón, es que estaba en la ducha

Pero qué fuerte!! Lo sabía!!

ALEJO

ÁLEX

Tú calla, que eres el grinch del amor

No, pero en serio

Cómo ha sido? Tienes que contárnoslo todo!!!

Página 226

Trato de contener la risa ante su entusiasmo; no quiero que nadie de la mesa me haga preguntas sobre la conversación.

Ahora no puedo

Es que estamos cenando en familia y tal

Pero a la vuelta os lo cuento todo, vale?

ÁLEX

Bueno, vale

Pero Alejo tenía razón en algo, eh?

?

ÁLEX

Sabes lo que estás haciendo, verdad?

Tranquila 

ÁLEX

Pues si lo tenéis todo claro, genial

Continúo poniéndome al día con ellos entre bocado y bocado, contándoles cosas más inofensivas sobre el viaje y respondiendo cuando ellos me cuentan lo que han estado haciendo estos días. Entonces llega el asado, que tiene una pinta increíble, así que dejo el móvil para centrarme en la comida y en la conversación con mi familia.

Cuando al fin terminamos de comer, una hora y media después de habernos sentado, estamos todos tan llenos que nos cuesta movernos de las sillas. Sin embargo, el restaurante está empezando a llenarse ahora que ya empieza a ser una hora más normal para cenar, de modo que pedimos la cuenta para dejar la mesa libre. Por supuesto, Marcos y yo volvemos a «ir al baño» antes de marcharnos; bastante nos ha costado aguantar todo este rato como para tener que esperar hasta que lleguemos al hotel. Es como si,

Página 227

después de las semanas que hemos pasado separados, ahora no fuéramos capaces de estar sin besarnos o tocarnos ni un segundo más y necesitáramos algo que nos ayudara a aguantar hasta que podamos estar solos para dar rienda suelta al fin a todo lo que sentimos.

Fuera ya ha oscurecido del todo. La luna es apenas una curva estrecha en el cielo, y todo está completamente lleno de estrellas. Me quedo impresionado al ver el firmamento lejos de la contaminación lumínica de la ciudad; parece mentira que estemos a tan solo unas pocas horas de casa. Es casi como si estuviéramos en otro planeta.

—Es una pasada, ¿verdad? —me pregunta Marcos con una sonrisa.

—Pues sí.

—Es una pena que no haya mucho que hacer por aquí en verano, porque las noches tienen que ser increíbles —añade.

Asiento con la cabeza mientras me imagino una noche como esta pero sin el frío, tumbado con Marcos en algún campo bajo el cielo estrellado. Con un poco de suerte, tal vez logremos hacerlo algún día.

Estamos caminando unos cuantos metros por detrás de los demás. De pronto, y para mi sorpresa, los dedos de Marcos se deslizan entre los míos, y lo miro con los ojos muy abiertos.

—¿Y esto? —susurro, apresurándome a mirar de nuevo hacia el resto de la familia. Por suerte, se han distanciado todavía un poco más.

—No nos ve nadie —responde.

Entonces, se acerca a mí para darme un beso fugaz en los labios. Me gustaría alargarlo más, pero sé que nos jugamos mucho, así que me quedo con las ganas. Al menos, no queda demasiado para llegar al hotel; ya puedo ver sus ventanas iluminadas no muy lejos de donde nos encontramos. Hacemos casi todo el camino cogidos de la mano, y no nos soltamos hasta que los demás llegan a la entrada del hotel y se detienen para esperarnos.

Mientras cruzamos la puerta, vuelvo a tener esa sensación agridulce que recuerdo del viaje a Canarias: no quiero que se acaben estas vacaciones. Y, aunque supongo que todo lo bueno siempre acaba llegando a su fin, al menos tengo la perspectiva de que a la vuelta podré vivir con Marcos de nuevo.

Página 228

45.

TODAVÍA ES TEMPRANO, ASÍ QUE DECIDIMOS QUEDARNOS EN LAS SALAS COMUNES JUGANDO A ALGO UN PAR DE HORAS. PERO PRIMERO PASAMOS POR NUESTRAS RESPECTIVAS HABITACIONES PARA CAMBIARNOS DE ROPA, IR al baño

y asearnos un poco, lo que significa que Marcos y yo podemos besarnos un rato más hasta que ya sería demasiado cantoso seguir aquí y nos obligamos a bajar en busca de los demás. Empiezo a pensar que casi parecemos animales en celo, ¿pero qué le vamos a hacer?

Como no podía ser de otra manera, llegamos tarde. En una de las salas comunes, el resto de la familia ya ha ocupado una de las mesas, y están empezando a preparar el tablero para echar una partida al Monopoly. Aunque este es uno de esos juegos capaces de romper amistades, parejas y familias, nosotros nos lo pasamos tan bien entre risas, bromas y piques que las horas vuelan casi sin que nos demos cuenta.

Es Natalia quien gana, ganándose el insulto de «cerda capitalista» por parte de Marcos, lo que nos hace reír a todos. A continuación echamos una partida al parchís en la que gana Antonio, y después, unas cuantas rondas al cinquillo.

—Bueno… ¿nos vamos a dormir? —pregunta mi madre después de coronarse ganadora durante tres rondas seguidas, pasadas ya las dos y media de la mañana.

Al final la cosa se ha alargado tanto que ya no quedan más huéspedes en la sala común, tan solo nosotros. Es evidente que ninguno queríamos

Página 229

que se terminara nuestra última noche aquí, pero ya es muy tarde y tenemos que despertarnos dentro de poco más de siete horas si queremos llegar a tiempo para desayunar antes de marcharnos.

—Uf… se está demasiado a gusto aquí —se queja Marcos.

—Pues más a gusto estarás en tu cama, ¿no? —replica Antonio, poniéndose en pie—. Venga, levanta.

—Ahora iré, tranquilo… cinco minutos más.

No puedo evitar sonreír ante esa frase tan propia de él, aunque por lo general suelo oírlo en una situación muy diferente. De pronto, se me ocurre una idea.

—Yo me quedo con él para recoger los juegos y todo eso—me ofrezco —. Vosotros id a dormir, que ahora subimos nosotros.

—Vale, cariño —responde mi madre con una sonrisa, y se acerca a mí para darme un beso—. Descansa.

Nos despedimos y nos damos las buenas noches, y entonces se marchan todos de allí. Me acerco a las escaleras de puntillas y presto atención para escucharlos subir, hasta que oigo el leve sonido de sus puertas cerrándose en la planta de arriba. Solo entonces vuelvo a la sala común y me siento junto a Marcos, que ha ocupado ahora el sofá que se encuentra justo delante de la chimenea, donde ya solo quedan unas pocas brasas que se niegan a extinguirse. Como no podría ser de otra manera, comenzamos a besarnos de nuevo, devorándonos con un ansia que no somos capaces de controlar.

Cuando quiero darme cuenta, estoy tumbado en el sofá con él encima de mí, y puedo notar su polla dura contra la mía a través de nuestra ropa mientras bebe de mis labios con ganas. Y, aunque la idea de parar es casi dolorosa, también es cierto que aquí no podemos hacer nada.

—¿Subimos a la habitación? —le pregunto, con la respiración jadeante, y él asiente con la cabeza.

Sin embargo, tardamos unos minutos más en ser capaces de despegarnos antes de recoger los juegos a toda prisa. Por suerte, no nos cruzamos con nadie por el camino; sería muy difícil disimular nuestras erecciones claramente adivinables a través de los pantalones.

Una vez en la habitación, nos entregamos por completo al deseo de nuestros cuerpos, que todavía se anhelan fervientemente después de haber pasado más de un mes separados. No es un polvo rápido como el que echamos cuando nos despertamos ayer y los dos estábamos demasiado

Página 230

invadidos por las hormonas como para ser capaz de controlarnos, ni tampoco algo lento como lo que hicimos unas horas después, cuando podíamos tomarnos todo el tiempo que quisiéramos. Ahora es un punto medio perfecto, y la sinfonía de gemidos que producimos está tan llena de deseo como de dulzura.

Ya son casi las cuatro de la mañana cuando terminamos, los dos sudorosos y con la respiración entrecortada. Marcos me acaricia el pelo mientras yo me abrazo a su pecho, sintiendo los latidos acelerados de su corazón debajo de mi mano.

—¿Quieres que nos vayamos a dormir? —le pregunto al cabo de unos minutos de silencio, cuando nuestros cuerpos ya han vuelto al estado de reposo.

—¿Tú quieres? —dice él a su vez.

—La verdad es que no —confieso.

—Yo tampoco. Como es la última noche…

Comprendo muy bien lo que quiere decir. Aunque cuando estamos con el resto de la familia nos toca fingir, los momentos en la habitación del hotel son solo nuestros. Aquí tenemos una libertad que jamás tendremos en casa, así que queremos aprovecharla. Por mucho que Marcos vuelva a colarse en mi habitación para dormir conmigo las noches de entre semana, o yo en la suya los fines de semana, siempre tendremos que ponernos una alarma temprano para que nadie se dé cuenta de nada, tal como hacíamos antes. Y, aun así, siempre habrá un riesgo. En casa no podremos hacer lo que queramos sabiendo que no hay ningún peligro como ocurre aquí, siempre habrá una ligera tensión subyacente.

Pero aquí podemos hacer cualquier cosa, sea sexual o no. Podemos estar desnudos para que no haya absolutamente nada interponiéndose entre nosotros. Podemos hablar, reír o, en fin, producir cualquier clase de sonido sin miedo a que nadie nos escuche a través de estas paredes de piedra. Podemos ver series juntos y abrazados sin peligro, y eso es precisamente lo que decidimos hacer.

Como no queremos que se acabe todavía nuestra última noche aquí y ayer dejamos la primera temporada de Heartstopper a medias, decidimos terminarla. Pensaba que el sueño nos vencería antes, pero no. Marcos me abraza desde atrás, de modo que no puedo verle la cara, pero sí que lo oigo sorber por la nariz de vez en cuando, en los momentos más emotivos. Me da la impresión de que hay algo que no me está contando con respecto a la

Página 231

serie, pero no lo presiono. Después todo, Nick descubre su bisexualidad durante la temporada, al igual que le ha pasado a él conmigo, así que tal vez los tiros vayan por ahí.

Cuando termina el último episodio de la temporada, tengo los ojos húmedos a pesar de que ya he visto varias veces la serie. Marcos, por su parte, está temblando detrás de mí. Me doy la vuelta para mirarlo y veo que está sollozando ligeramente, y eso hace que sienta una presión dolorosa en el corazón.

—Ey, ey, ey —le digo en voz baja, llevando una mano a su mejilla—. ¿Qué pasa?

En lugar de contestar, él se abraza a mí con fuerza y comienza a llorar, desesperado. Le devuelvo el abrazo mientras le acaricio el pelo y la espalda, tratando de consolarlo de la mejor forma que puedo. Sin poder evitarlo, comienzo a sollozar yo también.

—Lo s-siento —susurra al cabo de unos minutos, con la voz entrecortada.

—Tranquilo. Tranquilo. —Continúo abrazándolo mientras llora contra mi pecho hasta que, al fin, su llanto comienza a calmarse—. ¿Mejor?

Marcos asiente con la cabeza, pero sigue teniendo la cara escondida en mi pecho.

—Lo siento —repito.

—No digas eso. No tienes nada que sentir. ¿Qué te pasa?

—Es solo que… —comienza, pero entonces se detiene—. No lo sé.

Creo que son muchas cosas.

—¿Es por la serie? —adivino.

—En parte.

Permanezco unos segundos en silencio mientras continúo abrazándolo y acariciándolo, sin saber muy bien qué decir.

—¿Qué piensas? —pregunto al fin.

—Es solo que… me encanta que seas mi novio, ¿vale?

Se me escapa una risita.

—Y a mí también, tonto. Pero no creo que te hayas puesto a llorar por eso.

—No —admite—. Lo que pasa es que odio no poder contarlo.

El estómago me da un vuelco, y entonces lo comprendo. Esa escena al final de la temporada, en la que Nick grita lo que siente por Charlie… Es una buena representación de lo que me gustaría hacer a mí, pero no puedo.

Página 232

Y, por lo que parece, Marcos también está pensando algo muy similar. El corazón se me acelera al pensar que realmente quiere hacerlo, que quiere gritar lo que siente por mí. Pero, al mismo tiempo, también me duele por su sufrimiento.

—Lo contaremos —le prometo, sin pensármelo siquiera.

Lo oigo tragar saliva, y entonces separa la cabeza de mi pecho para mirarme a los ojos.

—¿De verdad?

—De verdad.

—Tengo miedo —confiesa, con los labios temblorosos, y una lágrima se desliza por su mejilla. Se la seco con el dedo antes de responder.

—Yo también —susurro; sería absurdo tratar de negarlo—. Pero todo saldrá bien, ya lo verás.

—Yo no sé si podemos estar tan seguros, la verdad.

—A ver… va a ser difícil, eso está claro. —No tiene sentido suavizar la verdad a estas alturas; los dos somos más que conscientes—. Pero nuestra familia nos quiere. Aunque les cueste, yo creo que lo acabarán aceptando.

—Pero mi padre…

—Tu padre te quiere. Sé por qué te fuiste, tú mismo me lo dijiste. Sé que todo fue por él, para que no nos cargáramos lo que había construido, para no destrozar la familia. Pero en este último mes y pico lo he ido conociendo un poco mejor, y sé que te quiere con locura. Y eso significa que también quiere que seas feliz.

Al menos, eso es lo que espero, aunque trato de no mostrar mis dudas.

Marcos asiente con la cabeza, pero permanece en silencio unos segundos.

—Siento haber estropeado la última noche con esto —dice al fin, y una nueva lágrima cae lentamente por su cara. En esta ocasión, la recojo con un beso.

—No has estropeado nada —le aseguro—. Pero creo que estamos los dos muy cansados, y mañana nos espera un día muy largo con la vuelta a casa y todo. Deberíamos dormir, ¿vale?

—Deberíamos, sí —dice con una leve sonrisa.

—Pues venga, que mañana vamos a estar todo el día cayéndonos de sueño.

Nos acomodamos en la cama y nos colocamos como siempre, Marcos boca arriba y yo abrazado a él, muy pegados en el estrecho espacio, pero

Página 233

cómodos y calentitos bajo las sábanas.

—Te quiero —susurro contra sus labios, una de las pocas veces en las que me atrevo a tomar yo la iniciativa desde que hemos vuelto.

—Te quiero.

Y así, bien abrazados, cerramos los ojos y dejamos que el sueño se apodere por completo de nosotros.

Página 234

46.

NOS CUESTA DEMASIADO SALIR DE LA CAMA POR LA MAÑANA. EN OTRAS CIRCUNSTANCIAS, TAL VEZ ME HABRÍA ARREPENTIDO DE NO HABER DORMIDO MÁS, PERO JAMÁS PODRÍA ARREPENTIRME DE PASAR TIEMPO CON Marcos. Aun

así, me siento tan cansado que me cuesta estar de buen humor, incluso a pesar de despertar entre sus brazos. Cuando al fin conseguimos salir de la cama apenas nos quedan cinco minutos para prepararnos, así que nos damos una ducha rápida y nos vestimos a toda prisa. Este último par de días ha habido sexo por la mañana, pero hoy no tenemos ni tiempo ni ganas.

—Vaya caras traéis hoy —comenta Antonio cuando nos encontramos todos en el pasillo para bajar a desayunar—. ¿Habéis dormido mal?

—Seguro que se habrán quedado despiertos y viendo frikadas hasta tarde —dice Natalia con una sonrisita.

—Es que se nos coló un mosquito en la habitación —explica Marcos

—. Nos ha costado muchísimo dormir.

No es que sea muy buena excusa porque las probabilidades de que se

haya colado un mosquito en pleno invierno y en mitad de unas montañas nevadas es prácticamente nula, pero al menos nadie parece poner en duda su argumento.

—¿Os ha picado mucho? —pregunta mi madre, preocupada—. Creo que no he traído nada para las picaduras, pero puedo mirar si tengo…

Página 235

—No, no —me apresuro a interrumpirla—. Nos quedamos despiertos hasta que conseguimos matarlo, pero el problema es que nos desvelamos.

—Ay, pobres. Bueno, a lo mejor podéis dormir en el autobús.

Para entonces, ya estamos en el comedor del hotel. Son las diez y media y como el horario del desayuno termina a las once ya no quedan tantas cosas en el bufé, así que me sirvo en un plato todo lo que puedo y comienzo a comer. Anoche cenamos bastante temprano y después Marcos y yo nos quedamos despiertos hasta tarde, así que estoy muerto de hambre. A juzgar por todo lo que está comiendo él, tiene pinta de que le pasa exactamente lo mismo.

—¿Nos vamos a ir cuando acabemos de desayunar? —pregunta Natalia entre mordisco y mordisco de tostada.

—La hora de salida es a las doce porque tienen que preparar la habitación —explica mi madre—, pero he preguntado y pueden guardarnos las maletas hasta la noche.

—Habíamos pensado que podríamos pasar la mañana en la nieve, ir a comer al restaurante de ayer, y después volver en el autobús de las cuatro —añade Antonio—. ¿Qué os parece?

—¡Genial! —respondemos los tres al unísono.

Después de desayunar, nuestros padres nos dan una hora para recoger nuestras cosas de la habitación y preparar las maletas para dejarlas abajo. Marcos me besa en cuanto cerramos la puerta y, como era de esperar, acabamos perdiendo un poco el control, aunque no me arrepiento: este es de los pocos momentos de libertad absoluta que nos quedan.

Cuarenta minutos más tarde estamos duchándonos juntos, con el semen de Marcos dentro de mí y el mío en su estómago. Aunque no hay tiempo para la ducha larga que quería, al menos esta vez podemos entretenernos un poco más.

—Voy a echar esto de menos —dice Marcos mientras me enjabona, como si estuviera leyéndome la mente.

—¿Follar? —pregunto con una sonrisita, y él se echa a reír.

Página 236

—No, payaso. Esta clase de cosas. —Señala la ducha a nuestro alrededor—. Poder ducharnos juntos, no tener que escondernos…

Suelto un suspiro.

—Te entiendo. Pero todavía tendremos ocasión de hacerlo. Recuerda que los jueves salimos antes de clase. Y seguro que algún día podemos quedarnos solos si ellos tienen que salir o lo que sea.

—Ya, pero no es lo mismo.

Veo en su rostro la misma preocupación de anoche, de modo que le acaricio la cara con cuidado de no meterle espuma en los ojos.

—Lo conseguiremos. Ya lo verás.

Él parece dudar unos segundos, pero entonces asiente con la cabeza y me besa en los labios.

—Vale.

Cuando salimos todos del hotel, decidimos irnos a un punto más alejado, para no molestar a nadie, e iniciamos una pelea de bolas de nieve. Al principio, jugamos solo entre nosotros, como el otro día. Sin embargo, no somos el único grupo que está haciendo lo mismo, y pronto acabamos juntándonos todos en una gran batalla campal con otros quince desconocidos. No recuerdo la última vez que me lo pasaba tan bien, y ver a Marcos reír a carcajadas, completamente en paz y ajeno a cualquier preocupación, es como un bálsamo para mi alma.

Después de la épica batalla, estamos todos tan cansados que decidimos irnos ya al restaurante. En lugar de dar una vuelta larga como hicimos ayer, nos dirigimos directamente hacia allí, deseosos de hincarle el diente a la comida. Por supuesto, en cuanto nos asignan una mesa, Marcos y yo pasamos por el baño para realizar nuestras necesidades fisiológicas.

Es decir, para besarnos.

Mientras comemos, no puedo evitar observar a nuestros padres con disimulo. Son muy felices juntos, eso está claro. Y son muy felices con nosotros, como si tanto Marcos y Natalia como yo fuéramos hijos de los dos. Como si de verdad fuéramos los tres hermanos. Pero, ¿qué pensarán cuando descubran que entre dos de los supuestos hermanos ha surgido algo más? No va a ser fácil, eso está claro. Y, aunque ayer fui sincero al decirle a Marcos que estaba seguro de que todo saldría bien, también es verdad que una parte de mí teme la reacción que puedan tener. Aunque acabaran aceptándolo, tenía la sensación de que iba a ser difícil. Y, por supuesto, el potencial de cargarnos nuestra familia todavía estaba ahí. Con

Página 237

un poco de suerte, seremos capaces de resolver la situación. Y espero que lo hagamos, porque, de lo contrario, tal vez podría volver a perder a Marcos, esta vez para siempre.

Pero no tiene sentido que me amargue con eso cuando lo estamos pasando tan bien, así que me centro en el presente y continúo participando en la conversación y riendo mientras nos comemos la ensalada que hemos pedido de entrante, hasta que llega al fin el plato principal.

Cuando terminamos de comer, nos ponemos en marcha de nuevo para ir a buscar nuestras maletas al hotel, no sin antes hacer la parada obligatoria por el baño. De nuevo, Marcos y yo nos quedamos rezagados por detrás del resto de la familia. Sin embargo, hoy es de día, lo que significa que es demasiado arriesgado caminar de la mano, aunque sí que nos esforzamos por rozarnos todo lo posible. En una ocasión, hasta me da un beso fugaz en los labios, aunque no me arriesgo a alargarlo. No tardamos en llegar al hotel, recoger las maletas y pedir el taxi que nos llevará a la parada del autobús.

Esta vez, el vehículo no está tan lleno como cuando vinimos. Mi madre y Natalia se sientan juntas cerca de la parte delantera del autobús, con Antonio justo detrás de ellas. Marcos y yo encontramos dos asientos juntos un par de filas más atrás. Los demás están distraídos y tendrían que darse la vuelta específicamente para mirarnos, así que aprovechamos para darnos unos besos rápidos. Después, nos cogemos de la mano; esto sí que podemos hacerlo sin peligro tras la protección del respaldo delantero.

—Me da pena irme —comenta Marcos mientras el autobús se pone en marcha.

—Y a mí —respondo mientras miro por la ventana, algo triste. Después de todo, estas montañas nos han dado mucho. Han sido el

lugar donde hemos decidido volver a intentarlo, el escenario de nuestra reconexión, de algunos de los momentos más felices que he vivido nunca. Es aquí donde he descubierto que los sentimientos de Marcos no se habían extinguido como me temía, que todavía seguían ardiendo en su corazón, tal como siempre deseé. Donde me ha demostrado que realmente está dispuesto a intentarlo otra vez, a enfrentarnos a todo lo que sea necesario para poder seguir juntos.

Por supuesto, volver a casa tiene sus cosas buenas; aunque no me lo ha dicho de forma específica, creo que está más que claro que va a volver a vivir con nosotros. Y eso significa que podremos volver a dormir juntos, a

Página 238

cogernos de la mano por debajo de la mesa mientras comemos, a besarnos en el baño o en la cocina mientras recogemos las cosas después de comer. Estos días junto a él han sido como un torbellino continuo de emociones mientras tratábamos de recuperar el tiempo perdido, así que todavía no he asimilado del todo que realmente esto va a ser una constante a partir de ahora, que, aunque no tendremos la misma libertad, volveremos a dormir bajo el mismo techo.

Pero, por muchas cosas buenas que suponga el hecho de volver a casa juntos, también hay otras que no lo son tanto. No es que sean malas, exactamente, sino más bien complicadas. Tenemos un par de conversaciones pendientes y, aunque nos hemos prometido concedernos estos días de respiro para centrarnos en nosotros y en nuestro reencuentro, ya no podemos seguir retrasándolas mucho más.

Y, obviamente, también está la cuestión de nuestros padres, a la que tendremos que enfrentarnos más pronto que tarde. En noviembre ya vimos el peligro que conllevaba vivir nuestra relación a escondidas del resto de la familia, y esa fue precisamente la razón por la que Marcos decidió marcharse. Pero, tal como ya le he dicho, soy optimista. Estoy convencido de que todo va a salir bien, aunque eso no significa que pensar en ello me resulte más fácil.

Sin embargo, tengo demasiado sueño como para ponerme a pensar en eso ahora, así que apoyo la cabeza sobre los hombros de Marcos y cierro los ojos. Él me da un beso en la cabeza y un apretón en la mano, y así, con la calidez de su cercanía y la vibración del autobús reverberando por mi cuerpo, voy quedándome amodorrado poco a poco hasta que, al final, el sueño me vence.

Página 239

47.

—FRAN… DESPIERTA.

Siento que me zarandea el brazo con suavidad, pero me cuesta demasiado abrir los ojos. Esto se parece mucho a cuando me despertó al llegar al hotel, y por un segundo pienso que seguimos estando en ese momento, que todavía no hemos llegado al hotel, que todo lo que ha pasado estos días no ha ocurrido más que en mis sueños. Tendría sentido, ¿verdad? En cierto modo, todo esto parece demasiado bonito para ser cierto.

Pero entonces siento su mano entre la mía y me doy cuenta de que sigo teniendo la cabeza sobre su hombro, y sé que todo ha sido real. Abro los ojos y su sonrisa acaba de confirmármelo todo.

—Hola —acierto a decir.

—Hola, dormilón —responde, y su sonrisa se ensancha.

—¿He roncado? —pregunto con preocupación.

Marcos se echa a reír, pero entonces niega con la cabeza.

—Qué va. Aunque estabas monísimo, que lo sepas.

—Calla, anda —respondo, un tanto avergonzado. Miro por la ventana y veo que ya nos encontramos en la estación, con el autobús dirigiéndose a su dársena—. ¿Te he molestado mucho estando encima de ti todo el rato?

—No, tranquilo.

Echa un vistazo hacia delante, para comprobar si nuestra familia nos está mirando, y entonces me da un beso fugaz en los labios. No logro

Página 240

contenerme y alargo el momento un poco más, pero solo unos segundos.

Apenas un par de minutos después, ya estamos saliendo del autobús. Una vez más, el resto de la familia ya está abajo, esperándonos con las maletas.

—¿Te has quedado dormido? —me pregunta mi madre, sonriente. —¿Tanto se me nota?

—Tienes una cara de empanado que flipas —dice Natalia entre risas. —Joder, gracias —respondo, aunque no puedo evitar reír yo también. —Bueno, ¿nos vamos ya o qué? —pregunta Antonio—. Estoy

deseando llegar a casa.

—Yo tengo que ir al baño —digo—. Me estoy meando.

—Voy contigo —se apresura a añadir Marcos.

—Yo también quiero ir —se suma Natalia.

Así pues, nos dirigimos todos hacia los baños.

—Yo tenía que ir de verdad —le susurro a Marcos cuando entramos.

—Y yo.

Hago una mueca al ver que los compartimentos están cerrados; voy a tener que utilizar los urinarios de la pared. Por suerte, es verdad que me estoy meando, así que tal vez eso facilite las cosas. Me dirijo hacia uno de los tres, el del lado más pegado a la pared del fondo, con la esperanza de que Marcos deje uno libre en medio. Pero, por supuesto, se coloca justo a mi lado.

—¿En serio tienes que pegarte a mí para mear?

—¿Somos novios, nos pasamos el día follando, pero todavía te da vergüenza mear conmigo?

—Joder, calla —le pido, mortificado, pero él suelta una risita.

—No me ha oído nadie.

—No es por eso —admito a regañadientes—. Es que, si me empalmo, menos voy a poder mear.

Él se vuelve a reír, pero entonces se pone serio.

—Venga, relájate. Recuerda lo que hablamos en su día. Cierra los ojos y tranquilízate, ¿vale? Yo no voy a decir nada más.

Intento hacer lo que me pide. Me la saco, cierro los ojos, respiro hondo y trato de concentrarme. Soy demasiado consciente de la presencia de Marcos a mi lado, y eso hace que me ponga nervioso. Oigo que se abre una de las puertas, pero me esfuerzo por ignorarla. Por suerte, tenía demasiadas ganas, así que la cosa no tarda en comenzar a fluir. Al segundo

Página 241

oigo que Marcos comienza a orinar también a mi lado y eso hace que me desconcentre un poco, pero consigo controlarme hasta que terminamos, prácticamente a la vez.

—Oye, pues muy bien —comenta mientras nos alejamos para lavarnos las manos, y me da un beso rápido a modo de felicitación.

—Cállate, anda.

Natalia ya está esperándonos fuera con nuestros padres, así que nos vamos al aparcamiento para montarnos en el coche.

—¿Soy la única a la que se le ha hecho cortísimo? —pregunta Natalia cuando ya estamos en camino—. Ojalá hubieran sido más días.

—Un viaje así es muy caro, cariño —responde mi madre—. Que somos muchos.

—Con suerte, a lo mejor para Semana Santa podremos organizar algo —dice Antonio—. Aunque menos caro, a poder ser —añade entre risas.

Sonrío por el comentario, y entonces siento un cosquilleo en el estómago ante la perspectiva de otro viaje, otra habitación de hotel con Marcos, más libertad. Pero para eso todavía quedan meses, y vamos a tener que mantener muchas conversaciones incómodas con nuestra familia primero. Si llegamos a Semana Santa con la familia entera y nuestra relación intacta, será prácticamente un milagro. Y, aunque nunca he sido una persona religiosa, ahora mismo hasta me planteo empezar a rezar.

Una vez en casa, nos vamos cada uno a nuestra habitación para deshacer las maletas y llevar la ropa sucia a lavar. Después, me meto en la ducha; siento que lo necesito después de un día tan agotador. Apenas llevo tres minutos bajo el agua caliente cuando suenan unos golpecitos familiares en la puerta, arrancándome una sonrisa.

—¿Puedo pasar? Me estoy meando.

—Entra, anda. —Me asomo por el hueco de la cortina para darle un largo beso en los labios—. Vas a tener que inventarte mejores excusas — susurro—. Hemos ido al baño en la estación hace menos de una hora, es imposible que tengas tantas ganas.

—Bien pensado —responde, pero me da otro beso largo y profundo. Estoy empezando a empalmarme cuando se separa de mí, pero por

suerte no se ha dado cuenta de nada. Me guiña un ojo, tira de la cisterna y se aleja para hacer como que se lava las manos. Después, se marcha y vuelvo a quedarme solo, disfrutando de la sensación del agua caliente sobre mi cuerpo.

Página 242

Cuando termino de ducharme, me voy a mi habitación y me quedo tirado en la cama con el móvil, poniéndome al día con mis amigos y revisando un poco las redes sociales. Tengo unos cuantos comentarios en las fotos que subí de las montañas, así que los contesto todos y me pongo a cotillear lo que ha estado subiendo la gente que sigo durante estos días de desconexión casi absoluta.

Un par de horas después, nos reunimos todos alrededor de la mesa para cenar. Ninguno tenemos demasiada hambre después de todo lo que hemos comido estos días, especialmente hoy, así que mi madre prepara unas tortillas francesas. Mientras como, soy demasiado consciente de la pierna de Marcos contra la mía, y me cuesta contener las ganas de sonreír de oreja a oreja ante la perspectiva de todas nuestras futuras cenas juntos. Aunque haya cosas en el futuro que me dan miedo, también estoy lleno de ilusión por todo lo que está por venir.

Para cuando terminamos, estamos todos tan cansados que nos damos las buenas noches y nos vamos directamente a la cama, aunque todavía es temprano. Marcos y yo nos turnamos para ir al baño y nos mandamos unos mensajes al móvil para quedar en vernos más tarde, cuando todos se hayan dormido. Va a ser él quien venga a mi habitación y de todos modos estoy bastante cansado, así que me meto en la cama y me abrazo a la almohada mientras espero a que venga.

Página 243

48.

ESTOY YA ADORMILADO CUANDO OIGO SU VOZ SUSURRANDO:

—¿Fran? ¿Estás despierto?

Ni siquiera lo había oído entrar; no sé cómo consigue ser siempre tan silencioso.

—Sí. Vente.

Enciende la linterna del móvil y se acerca a mi cama en silencio. Me tapo la cara para protegerme de la tenue claridad, pero entonces noto que se detiene.

—Oye, Fran…

Lo miro y veo que tiene el ceño fruncido, con los ojos clavados en la cama.

—¿Qué pasa?

—¿Por qué tienes mis sábanas?

Abro mucho los ojos al comprender de lo que está hablando, y entonces enrojezco de inmediato. Con un poco de suerte, la penumbra bastará para que no se dé cuenta, aunque está claro que ya se ha percatado de algo mucho más vergonzoso.

—Pues… —comienzo, tratando de pensar a toda prisa alguna respuesta convincente—. Es que me quedé sin sábanas. Por eso te cogí las tuyas.

Él me mira alzando una ceja, y no necesito que me lo diga para saber que mi respuesta ha sido de todo menos convincente.

Página 244

—Eso no te lo crees ni tú.

—¡Es la verdad! —protesto, aunque sé que ya es demasiado tarde para convencerlo de nada.

—No me mientas, anda —me pide suavemente, con una leve sonrisa en los labios.

Con la cara de un rojo probablemente incandescente, aparto la mirada a un lado, incapaz de mirarlo a los ojos. Permanezco unos instantes en silencio, sin saber muy bien cómo decirlo.

—Cuando te fuiste, te echaba mucho de menos —confieso al fin, sintiendo un vacío molesto en el estómago al recordarlo—. O sea, eso ya te lo he dicho y tal, pero creo que no te imaginas cuánto te echaba de menos en realidad. Los días eran horribles, pero es que las noches eran todavía peores.

—Lo siento, Fran —susurra mientras se sienta en mi cama y me acaricia la cara—. De verdad que lo siento.

—Tranquilo. No hace falta que lo sientas. El caso es que, el día que te fuiste, fui a la terraza y cogí tus sábanas del cesto de la ropa sucia. Después, las puse en mi cama y coloqué mi colcha por encima, para que nadie se diera cuenta si entraba en mi habitación.

Marcos permanece en silencio unos segundos, observándome fijamente.

—Joder, pues qué asco —dice con voz seria, arrancándome una risita y aliviando un poco la tensión del ambiente mientras se ríe él también.

—Gilipollas. Culpa tuya por haberte ido. —Lo digo sin pensar, pero esta vez una expresión dolida aparece en su rostro, haciendo que me arrepienta al instante de mis palabras—. Lo siento. No debería haber dicho eso.

—No, si tienes razón. Soy yo quien se marchó. Soy yo quien lo siente. —Pues a ver, el caso es que todas las noches me dormía entre tus sábanas, respirando tu olor, y así era como si te tuviera un poco más cerca de mí. —Aparto la mirada; todavía me da vergüenza confesarle esta clase de cosas—. A veces, cuando tenía suerte, soñaba contigo, y entonces es cuando era feliz de verdad. —Frunzo el ceño al recordar las pesadillas—. Aunque otras veces… En fin, digamos que no siempre tenía la misma

suerte.

Cuando vuelvo a mirarlo, veo que tiene los ojos húmedos.

Página 245

—Pero no habrás estado desde que me fui con las mismas sábanas, ¿verdad? —me pregunta, todavía con esa fingida seriedad—. Porque eso es una cerdada.

De nuevo, me echo a reír, incluso a pesar de las lágrimas que yo también tengo acumuladas en los ojos. De verdad, ¿cómo lo consigue?

—No, tranquilo. Volví a robártelas cuando te fuiste después de pasar aquí el puente. —le explico, y esbozo una sonrisita tímida—. Así podía renovar tu olor.

En esta ocasión es él quien se ríe, aunque hay una ternura inconfundible en el sonido.

—Vale, supongo que ahora todo tiene sentido. Aunque sigo pensando que no es demasiado higiénico que digamos.

—No lo creo, la verdad —admito.

—Pues venga, levanta.

Se pone en pie y yo lo imito, confuso.

—¿Qué pasa?

—Hay que cambiar estas sábanas, que ya hace más de tres semanas desde que empecé a usarlas en el puente —dice mientras comienza a quitarlas. Entonces las huele, frunce un poco el ceño, y las tira al suelo—. Si llegamos a esperar un par de días más, seguro que empieza a crecer una nueva forma de vida.

—Exagerado.

—Lo que tú digas, pero no necesitamos otra pandemia.

Contengo la risa mientras me dirijo al armario para sacar sábanas limpias. Juntos, las colocamos bien en la cama, y entonces nos metemos dentro, esta vez los dos juntos.

—Hala, pues ya está —digo con una sonrisa.

Tengo que reconocer que, aunque dormir con unas sábanas impregnadas del olor de Marcos era de los escasos momentos de felicidad que tenía durante esas semanas difíciles, hay pocas cosas mejores que dormir con unas sábanas limpias y recién colocadas. Sobre todo si puedo hacerlo junto a él, lo que básicamente hace innecesario que las sábanas tengan su aroma.

—No te preocupes —dice mientras me abraza, ajeno a mis pensamientos—. Como parece que te gusta tanto mi olor, a partir de ahora, voy a dejarlo en tu cama todas las noches.

Sin poder evitarlo, le doy un beso largo y profundo en los labios.

Página 246

—Eres el mejor —susurro contra su boca cuando nos separamos.

—Se intenta —responde, y los dos nos reímos ligeramente.

—No, pero, ¿sabes qué?

—Dime.

—En realidad, no necesito que dejes tu olor —digo con absoluta sinceridad—. Tenerte aquí conmigo es lo que de verdad necesito.

Sonríe ampliamente y se acerca para besarme. Y, como suele ser habitual entre nosotros, una cosa acaba llevando a la otra.

Tardamos un buen rato en separarnos. Cuando al fin lo hacemos, el sabor de nuestro semen está entremezclado en nuestras bocas. Se tumba junto a mí y yo me abrazo a él, dejándome invadir por la maravillosa mezcla entre su aroma, la calidez de su cuerpo y la absoluta perfección de su cercanía.

—Te quiero —susurra contra mi pelo.

—Y yo a ti.

Y así, con una enorme sonrisa en los labios, me dejo invadir por el sueño, feliz de saber que todas las noches van a ser así a partir de ahora.

Página 247

49.

LA ALARMA DE MARCOS ME DESPIERTA A LAS SEIS DE LA MAÑANA, MUCHO ANTES DE LO QUE NOS GUSTARÍA A CUALQUIERA DE LOS DOS.

—Joder… qué sueño —se queja.

—Ya ves…

Con los ojos entreabiertos, lo miro mientras coge el móvil para apagar la alarma, y entonces sonríe al ver algo en la pantalla.

—¿Sabes qué día es hoy?

Frunzo un poco el ceño, tratando de recordar.

—Es fin de año, ¿no?

—Sí, pero no lo digo por eso —responde, y entonces sonríe con timidez—. Hoy se cumplen dos meses desde la primera vez que nos abrazamos en la cama.

Sonrío al rememorar ese momento yo también, aunque todavía estoy más dormido que despierto. Es fácil recordar la fecha, porque era Halloween e hicieron un espectáculo temático en el hotel. Esa mañana, Marcos y yo nos despertamos juntos después de que él se corriera en mi boca por la noche. Yo quería que nos levantáramos ya porque íbamos algo justos de tiempo, pero él tiró de mí para que me quedase abrazado a él, y seguimos así durante un rato. Después, nos duchamos juntos para recuperar el tiempo perdido; otra de las muchas primeras veces que vivimos en ese hotel.

Página 248

Me abrazo con fuerza a él, sonriendo mientras lo recuerdo. Continuamos así unos pocos minutos más, hasta que suena la segunda alarma.

—Tengo que irme ya —susurra cerca de mi oído—. No quiero que nos pillen.

—Jo… —murmuro adormilado, todavía abrazado a él como un koala

—. Cinco minutos más… Él se ríe entre dientes.

—Sabes que es arriesgado, Fran. Esta noche volveremos a dormir

juntos, ¿vale?

—¿Solo esta noche?

—Claro que no. Absolutamente todas las noches.

—¿Me lo prometes? —insisto.

—Te lo prometo.

—Bueno… Pues venga, vete. Pero primero tienes que darme un beso. Y eso es justo lo que hace, aunque estoy demasiado dormido como

para devolvérselo. Con cuidado, pasa por encima de mí y me da un beso más antes de marcharse, esta vez en la cabeza.

—Descansa.

Trato de contestar, pero estoy demasiado dormido y a gusto mientras dejo que el sueño se apodere de mí una vez más.

El día es bastante movidito. La casa ha estado casi una semana vacía y esta noche van a venir mi tía y mis primos para pasar el Fin de Año con nosotros, así que hay mucho que limpiar, preparar y cocinar. Como Marcos y yo somos los más negados a la hora de cocinar, nosotros nos encargamos de limpiar a fondo el salón mientras nuestros padres y Natalia permanecen bien ocupados en la cocina. No es que me encante limpiar precisamente, pero no me quejo: trabajar junto a Marcos supone poder robarnos besos con cierta frecuencia, así que al menos tiene sus ventajas.

Los invitados llegan poco después de las siete de la tarde. Nos saludamos todos con besos y abrazos, y mi tía enseguida se va a la cocina para guardar en el frigorífico el postre que ha hecho y ayudar con la cena.

Página 249

Ya sabía que mi tío Jesús no iba a venir, pero no puedo evitar extrañarme. Aunque no lo soportemos, suele ser difícil librarnos de él en las reuniones familiares, y ya van varias en las que no aparece. Según me había contado antes Vero, se ha ido a pasar la Nochevieja con sus padres, que están enfermos y no querían tener más invitados hoy, así que mis primos y mi tía se han librado de tener que ir con ellos. Mejor para todos, la verdad.

A pesar de la siempre bienvenida ausencia de su padre, no se me escapa que Víctor parece un poco más apagado de costumbre hoy. Me siento un poco culpable por no haberle escrito durante las vacaciones, aunque lo cierto es que él tampoco me ha contado que le haya pasado nada. Tomo nota para preguntárselo un poco más tarde, cuando estemos a solas. Mientras tanto, se me ocurre la forma perfecta de animarlo un poco.

—¿Echamos una partida al Mario Kart? —le propongo, y su rostro se ilumina.

—¡Claro! —responde con entusiasmo, mirándonos a Marcos, a Vero y a mí—. ¿Queréis que juguemos los cuatro?

—Uf, ni de coña —dice Vero—, ya sabes que estoy harta de ese juego. Voy a ayudar en la cocina y le pregunto a Natalia si quiere venir, ¿vale?

Mientras ella se marcha, Marcos y yo vamos a mi habitación para coger la consola, porque todo el mundo sabe que hacen falta dos personas para transportar una Nintendo Switch, y aprovechamos para darnos unos cuantos besos rápidos. Cuando volvemos al salón, Natalia ya está sentada con Víctor en el sofá que suele ocupar ella con nuestros padres. Marcos y yo conectamos la consola a la tele y después nos ponemos cómodos en nuestro sofá, el mismo donde siempre nos sentamos juntos en las noches de cine en familia. Es la primera vez que estamos aquí desde que hemos vuelto, y siento un cosquilleo al darme cuenta de todas las veces que vamos a ocupar este sitio juntos a partir de ahora.

Después de doce rondas, Víctor se proclama como el absoluto vencedor, seguido por Natalia. Marcos queda en el quinto puesto y yo en el sexto, algo totalmente nefasto para nosotros, pero más que comprensible teniendo en cuenta que nos hemos estado haciendo caricias con disimulo cada vez que los demás no miraban. Cuando íbamos por la penúltima ronda nos avisaron de que fuéramos dejándolo para empezar a poner la mesa, y como Natalia había seguido ayudando en la cocina después de que Marcos y yo termináramos de limpiar, los tres chicos nos ponemos en pie para ir a la cocina. Mientras lo llevamos y colocamos todo, Marcos y yo

Página 250

aprovechamos cualquier momento posible para rozarnos, lo que me hace sentir como si unas corrientes eléctricas recorrieran mi piel.

La cena es mucho más cómoda que la noche que fuimos a casa de mis primos. Esta vez, Marcos y yo estamos sentados el uno al lado del otro, participando alegremente en la conversación, y los minutos se transforman en horas casi sin darnos cuenta, entre risas y bromas. No se me escapan las miradas furtivas que nos lanza Víctor a Marcos y a mí, pero no dice nada y yo finjo no darme cuenta.

Después de cenar, Natalia, Víctor y Vero echan una partida al Mario Party mientras los demás jugamos a las cartas; se ve que le hemos cogido el gusto durante las vacaciones. La noche continúa, y apenas soy capaz de dejar de sonreír en ningún momento al darme cuenta de que estoy rodeado de casi todas las personas que más quiero.

Al fin, llega la hora de tomar las uvas, así que acercamos unas sillas y nos congregamos todos alrededor de la televisión. Marcos y yo estamos ocupando nuestro sitio habitual, pero esta vez lo tengo a él a mi izquierda y a Vero a la derecha. De nuevo, apenas soy capaz de contener la felicidad al tener a cada lado a las que probablemente sean mis personas favoritas del mundo. Todos tenemos unos pequeños cuencos con las uvas en las manos, esperando con nerviosismo hasta que comiencen las campanadas.

Y, entonces, llega el momento. Como siempre, las cuatro o cinco primeras uvas son fáciles, pero después comienzan a acumularse en mi boca. Para cuando termino con la última, tengo que esperar un momento para tragármelas todas mientas Vero me abraza.

—¡Feliz año! —decimos todos.

Entonces, Marcos me abraza también, así que me giro hacia él. Me encantaría poder darle un beso, pero va a tener que esperar hasta después y tan solo voy a poder conformarme con este abrazo.

—Feliz año —dice, apretándome con fuerza. En voz más baja, me susurra al oído—: Te quiero.

—Te quiero —susurro yo también, antes de añadir en voz alta—: Feliz año.

Nos ponemos en pie para abrazar a los demás. Mi madre y Antonio se están separando después de darse un beso en los labios, los dos sonriendo ampliamente, y yo aparto la mirada. Ojalá pudiera darle un beso así a Marcos delante de todos, pero es imposible. Y eso me duele más de lo que querría admitir.

Página 251

Después de los besos, abrazos y felicitaciones de rigor, mando unos cuantos mensajes a mis amigos y respondo los que he recibido, y entonces volvemos a los juegos en familia. Continuamos así hasta las dos de la mañana, cuando empieza a vencernos el sueño.

—¿Por qué no os quedáis a dormir aquí? —le propone mi madre a su hermana—. Tenemos sitio, y así no tendrás que conducir a estas horas.

—¿No vamos a ser una molestia? —pregunta ella, dudosa.

—Qué va, mujer —le asegura Antonio—. Al contrario.

—Vero puede dormir en mi habitación —propone Natalia—. Tengo cama supletoria.

No me extraña la propuesta. Ya habían congeniado durante la cena mexicana en casa de mis primos y después en Nochebuena, pero hoy se han hecho todavía más amigas. Al igual que yo siempre he visto a Vero como una hermana más que como una prima, supongo que Natalia, que solo tiene un hermano varón, la está empezando a ver también como una especie de hermana mayor. Un poco como con mi madre, que prácticamente ha pasado a ser ya su nueva madre.

—El sofá grande es sofá cama —le explica mi madre a mi tía—. Y Víctor puede dormir con Fran. ¿Os parece bien?

Se gira para mirarnos y todos asentimos con la cabeza, encantados con la idea. Aunque tenía la esperanza de pasar la primera noche del año con Marcos, tampoco querría perder la oportunidad de dormir con Víctor, sobre todo después de haberlo visto algo decaído hoy. Al fin y al cabo, a Marcos podré tenerlo todas las noches.

Mi madre tiene prácticamente el mismo cuerpo que mi tía y que Vero, así que les presta un pijama a cada una. Por mi parte, yo le doy a mi primo el mismo pijama que ya utilizó la última vez. En casa solemos tener cepillos de dientes desechables para esta clase de ocasiones, así que después de turnarnos para ir al baño, Víctor y yo nos vamos a mi habitación.

El problema de que esté la casa tan llena es que Marcos y yo no tenemos oportunidad de darnos ni un triste beso de buenas noches. De hecho, tan solo nos hemos besado una sola vez desde las campanadas, cuando estábamos todos jugando y fuimos los dos a la cocina con la excusa de ir a por algo de beber. Trato de consolarme pensando que, a partir de ahora, todas las noches van a ser nuestras.

Página 252

50.

—OYE, ¿Y QUÉ TAL VA LO DE TU AMIGO? —LE PREGUNTO A VÍCTOR MIENTRAS NOS METEMOS EN LA CAMA; YA ES TARDE Y NO VAMOS A TENER MUCHO TIEMPO PARA HABLAR—. SE LLAMABA ADRIÁN, ¿VERDAD?

Él tarda un rato en responder.

—Es complicado. Prefiero no hablar de ello hoy, ¿vale?

—Claro. Perdona.

—No pasa nada. Pero bueno, ¿tú qué tal? ¿Algún chico interesante en tu vida?

Me echo a reír. Para haber estado con tantas dudas sobre su sexualidad hace menos de un mes, ahora parece que esté a tope con el tema.

—Pues… ¿quieres que te cuente una cosa?

—¡Claro!

—Marcos y yo estamos juntos —susurro, enrojeciendo al instante.

—¡Lo sabía! —responde, casi a gritos.

—Tío, baja la voz —le pido entre risas—. Que nos van a oír. —Perdón. Pero… Lo dices en serio, ¿verdad?

—Sí —contesto, sintiendo un agradable cosquilleo en la tripa—.

Somos novios.

—Joder, qué guay —responde con sinceridad, aunque puedo oír cierto anhelo en su voz, como si él también tuviera ganas de pronunciar esas palabras—. Me alegro mucho.

—Gracias, enano.

Página 253

—Pero supongo que los demás no lo saben, ¿no? Os estaba viendo muy juntitos hoy, pero tampoco actuabais como si fuerais pareja.

—A ver, es que todavía no se lo hemos contado al resto de la familia —le explico—. La única que lo sabe es tu hermana.

—Ah, claro. Entiendo.

—Tú no le digas nada a nadie, ¿vale? Estamos esperando al mejor momento, y no queremos joderle las vacaciones a la familia.

—Claro… me imagino que está un poco chunga la cosa.

—Pues sí —admito—. Pero bueno, ya te contaré lo que pasa.

—Seguro que sale todo bien —me anima, y no puedo evitar sonreír.

Víctor es un buenazo—. ¡Pero no te creas que me vas a dejar así! —¿De qué estás hablando?

—¡Quiero que me lo cuentes todo!

Me echo a reír.

—¿Sobre Marcos?

—¡Claro! Tienes que contarme cuánto tiempo lleváis juntos, cómo empezasteis a gustaros, cómo empezasteis a salir… ¡todo!

El pobre no se da cuenta de que hay pocas cosas más difíciles que lo que me acaba de pedir. Después de todo, mi relación con Marcos comenzó básicamente centrada en el sexo, y los sentimientos no empezaron a surgir hasta más adelante, con el roce continuado del día a día y las noches de hormonas descontroladas. Pero Víctor es mi primo pequeño y, aunque ya sea mayorcito dentro de lo que cabe, me cuesta dejar de verlo como un crío. Apenas soy capaz de asimilar la idea de que le guste un chico y hasta se haya besado con él; para mí, todavía sigue siendo ese niño tan mono pero muy pesado que nos seguía a Vero y a mí por todas partes.

Así pues, decido contarle una versión alterada y bastante edulcorada de los hechos, omitiendo casi por completo todos nuestros escarceos sexuales, lo que significa que tengo que inventármelo prácticamente todo. Pero Víctor no parece darse cuenta de nada, sino más bien todo lo contrario: no deja de hacer preguntas, claramente entusiasmado, hasta que al final tengo que pararle un poco los pies porque ya es demasiado tarde y tendríamos que estar durmiendo desde hace un buen rato.

Sin embargo, me doy cuenta de algo. Aunque me ha hecho feliz pasar la noche con Marcos y estar todos juntos con el resto de la familia en una noche tan señalada, no me gusta tener que fingir con él delante de los demás. Sí, al principio tenía su gracia, cuando todavía estábamos

Página 254

descubriendo lo que sentíamos el uno por el otro, cuando no sabíamos hasta dónde iba a llegar todo aquello. Era divertido buscar el contacto a escondidas, tocarnos las piernas y los brazos por debajo de la mesa, robarnos besos cada vez que podíamos. Pero ahora ya tenemos claro lo que hay entre nosotros; los dos hemos tomado la decisión de seguir adelante, de ir en serio. En una situación así, tener que ocultarlo le quita un poco de magia a toda esta situación. Y eso significa que no podemos esperar mucho más para mantener esas conversaciones que tenemos pendientes.

Víctor ha empezado ya a roncar con suavidad, pero yo soy incapaz de dormir y no dejo de dar vueltas en la cama. Al otro lado de la pared, oigo el sonido periódico del colchón de Marcos, la señal inconfundible de que él también está teniendo problemas para quedarse dormido. Como si me estuviera leyendo la mente, mi móvil vibra suavemente y la pantalla se ilumina con un mensaje.

No puedes dormir?

Qué va

Tú tampoco?

No… es muy difícil dormir sin ti 

Ya ves… 

Tu primo me cae genial, que lo sepas

Pero hoy ha sido un poco inoportuno, jajaja

Por supuesto, no le he contado a Marcos nada sobre los problemas amorosos de Víctor porque eso es algo entre él y yo, así que no sabe nada sobre sus dudas y su curiosidad por mi vida romántica.

Es que necesitaba hablar

No está muy bien últimamente

Ya, me lo estaba imaginando

Parecía tristón el pobre

Se ha dormido ya?

Página 255

Le echo un vistazo a Víctor con la pantalla del móvil; aunque no puedo verle la cara, sus suaves ronquidos y el movimiento de su pecho indican que está frito.

Parece que sí

Te quieres venir un rato a mi cuarto?

Qué dices

En serio??

Solo un rato… en plan no para dormir, sino ya sabes

Comerme la boca?

Joder, qué bestia 

Pero es verdad

Yo lo llamaría más bien darte besitos de buenas noches

Muchos besitos de buenas noches?

Muchísimos

Venga, vale

Pero sabes que si nos calentamos no vamosa poder hacer nada, verdad?

Es demasiado arriesgado con tanta gente en casa

Y eso por no mencionar a tu primo durmiendo justo al lado, jaja

No te preocupes

Me conformo con besitos 

Venga, pues voy

Me pongo en pie despacio, con cuidado de no hacer ruido. Iluminando la habitación solo con la pantalla del móvil, rodeo la cama de Víctor fijándome bien para no chocarme, y después camino de puntillas hasta la puerta.

—¿Fran? —me sobresalta la voz de Víctor cuando ya tengo la mano sobre el pomo, provocándome siete infartos seguidos—. ¿Qué haces?

Página 256

—Nada, es que tengo que ir al baño. Tú duérmete.

—Vale.

Salgo de mi habitación y cierro la puerta con suavidad, tratando de no hacer ruido. Mientras paso frente a la puerta del baño, me planteo entrar para disimular, pero no me parece que vaya a ser necesario: Víctor siempre ha tenido el don de quedarse dormido en cuestión de segundos. Así pues, continúo caminando hasta la habitación de Marcos y abro la puerta con cuidado, sintiéndome nervioso y con el corazón palpitante. Todavía no me he acostumbrado a que podamos hacer esto. Una vez dentro, me dirijo hacia su cama, donde puedo ver su cara sonriente tenuemente iluminada por la pantalla de su móvil.

—Hola —lo saludo, sonriendo yo también.

—Hola —responde él, y se acerca un poco más a la pared para hacerme hueco.

Había olvidado la parte buena de estar en su cama, y es que aquí tenemos mucho más espacio. Tras haber pasado varios días durmiendo y haciendo toda clase de cosas juntos en una cama individual en el hotel, esto está muchísimo mejor. Y, ahora que por fin volvemos a estar solos después de una tarde y una noche muy largas, nos besamos durante tanto tiempo que, cuando nos separamos, los dos tenemos la respiración entrecortada.

—Debería irme —susurro contra sus labios.

—Deberías.

—Pero no quiero.

—Yo tampoco —responde con una sonrisa pícara—. ¿Y si te quedas a dormir aquí?

—Hay demasiada gente hoy en casa… es muy arriesgado.

—Nadie va a venir a nuestra habitación hasta que sea de día. Podemos ponernos una alarma, como siempre.

«Como siempre». Está hablando de lo que solíamos hacer antes de que se fuera de casa, cuando yo me colaba en su habitación para dormir con él los fines de semana y nos poníamos una alarma para marcharme antes de que se despertara nadie. Ni siquiera pasamos tanto tiempo juntos, así que tampoco es que tuviéramos ocasión de hacerlo muchas veces, pero es como si ya fuera una costumbre, algo nuestro.

Sin embargo, hoy no es el mejor momento para recuperar el hábito. —Se supone que estoy durmiendo con Víctor…

Página 257

—Pero él ya está dormido, ¿no?

—Sí.

—Pues ya está. Si se despierta y no está, pensará que has ido al baño. —A ver… —Me muerdo el labio—. Le he contado lo nuestro, así que

realmente no pasaría nada si se diera cuenta de que no vuelvo. —Pues entonces, más a mi favor, ¿no?

Marcos me da un beso en los labios, y eso es lo único que necesito para terminar de convencerme. Soy demasiado débil cuando hay besos de por medio.

—Venga, vale.

Sin perder más tiempo, comenzamos a besarnos otra vez. Esta noche no vamos a ir más allá, no con Víctor durmiendo al otro lado de la pared, pero eso no nos impide dejarnos llevar un poco por la pasión, permitir que nuestros labios disfruten con ganas del reencuentro.

Entonces, todo ocurre muy rápido. Una luz brillante nos ilumina de repente, sobresaltándonos a los dos. Antes de que podamos tratar de separarnos siquiera, suena una voz.

—¿Qué cojones?

Mierda. Nos separamos de golpe, pero ya es demasiado tarde.

Casi siento náuseas mientras giro la cabeza para mirar a la recién llegada, que evidentemente lo ha visto todo, y trago saliva al ver su silueta iluminada por la luz de su móvil.

Es Natalia.

Página 258

TERCERA PARTE

LA VIDA AL REVÉS

Página 259

51.

MIERDA. ME HE TENIDO QUE DEJAR LA PUERTA ABIERTA CUANDO HE VENIDO, ASÍ QUE NI SIQUIERA LA HEMOS OÍDO ENTRAR.

—¿Qué estás haciendo tú aquí? —le pregunta Marcos, alarmado, mientras se pone en pie para acercarse a ella. Natalia, sin embargo, sale de la habitación a toda prisa—. ¡Espera!

El corazón me late con fuerza mientras me levanto de la cama yo también. Ya está. Nos lo hemos cargado todo. Va a contárselo todo a nuestros padres sin que Marcos y yo tengamos ocasión de preparar el terreno siquiera, sin que podamos tratar de hacerlo de la mejor forma posible.

Así no, joder. No tenía que ocurrir así. Menuda forma de empezar el año. Y todo por mi culpa.

Sin embargo, cuando salgo de la habitación, veo que Natalia no está entrando en la de nuestros padres, sino en la suya propia. Eso es bueno, ¿verdad? Trata de cerrar la puerta, pero Marcos la sujeta con fuerza. Pienso que la situación podría desmadrarse en cualquier momento, que lo único que tendría que hacer ella es gritar para cargárselo todo, pero no lo hace. En lugar de eso, se aparta a un lado y le deja entrar. Titubeo un instante antes de entrar detrás de él.

—¿Qué estáis haciendo? —susurra Vero mientras enciende la linterna del móvil cuando me ve entrar a mí también, claramente enfadada—. ¿Qué habéis liado ahora? Que es tardísimo.

Página 260

Natalia mira a Marcos con gesto enfático, y después a mí.

—Pregúntaselo a ellos.

Suelto un suspiro; aunque Natalia sea la hermana de Marcos, Vero es mi prima, así que me corresponde a mí decírselo.

—Marcos y yo nos estábamos besando en su cuarto. Y ella nos ha pillado.

Por supuesto, Vero ya sabía que volvemos a estar juntos, así que no es algo que le sorprenda demasiado. Lo único que hace es poner los ojos en blanco.

—Joder. Mira que sois poco discretos.

Natalia se gira hacia ella, con el ceño fruncido.

—¿Tú no estás flipando o qué? —le pregunta, claramente confusa.

—A ver… es que yo ya lo sabía, Nati.

—De locos —replica ella, claramente enfadada.

Está alzando la voz y eso es peligroso, así que le lanzo una mirada de súplica a Vero.

—Vamos a ver —dice, haciéndose cargo de la situación—. Son las mil de la mañana, no podemos ponernos aquí a hablar con vuestros padres en la habitación de al lado.

—Pues yo no pienso irme a dormir sin que me deis una explicación — insiste Natalia, tozuda. Sé que no puedo culparla, pero es que no podría haber elegido un momento peor.

—Vamos a mi cuarto —sugiere Marcos.

—Pero Víctor está durmiendo en el de Fran, ¿no? —pregunta Natalia —. Se va a enterar de todo.

Decido omitir el detalle de que él también lo sabe; no hace falta echar más leña al fuego. Por suerte, Vero acude en mi rescate una vez más.

—No te preocupes, a mi hermano no lo despierta ni una bomba —le asegura—. Venga, vamos. Pero rapidito, que me muero de sueño.

Despacio y en silencio, salimos todos de la habitación para ir a la de Marcos. Por suerte, no despertamos a nadie en el proceso. Vero entra la última y cierra la puerta detrás de ella. Yo tomo asiento en la cama, sin saber muy bien qué decir.

—Antes de nada, ¿se puede saber qué estabas haciendo en mi cuarto? —le pregunta Marcos a Natalia, claramente molesto—. Ya sabes que no me gusta que entres sin permiso, yo nunca entro en la tuya.

Página 261

Ella frunce el ceño y parece que vaya a estallar otra vez, pero entonces Vero le hace una leve caricia en el brazo y parece calmarse.

—Tenía sed, así que me levanté para ir a beber agua en la cocina — explica—. Al salir de mi cuarto oí ruidos raros en el tuyo, pero no le di mucha importancia. Cuando volví todavía seguía oyéndolo, y me di cuenta de que tenías la puerta abierta. Pensaba que igual estabas teniendo una pesadilla o algo así, así que entré para ver si estabas bien.

Tengo las mejillas tan calientes que me siento como si estuviera a punto de entrar en combustión espontánea. Por supuesto, los ruidos que había oído Natalia no eran los jadeos nerviosos de una pesadilla, sino una clase de sonidos muy diferentes y mucho más placenteros. Al menos, no estábamos haciendo nada sin ropa, pero soy consciente de que tal vez estábamos jadeando un poco más de la cuenta mientras nos besábamos. ¿Cómo hemos podido ser tan descuidados? Y, sobre todo, ¿cómo he podido cometer el error de dejarme la puerta abierta?

—Bueno —dice Marcos, tratando de tranquilizarse—. Gracias por preocuparte.

Me sorprende que a ella no se le haya pasado por la cabeza que tal vez su hermano estuviera produciendo esos sonidos con alguna acción privada, pero en fin, supongo que no puedo culparla por preocuparse por él.

—¿Me vais a contar lo que estabais haciendo o qué? Marcos y yo intercambiamos una mirada rápida. —Yo creo que es evidente, ¿no? —dice él. Su hermana pone los ojos en blanco.

—Ya sé que os estabais besando, no soy tan tonta. Lo que quiero saber es por qué.

De nuevo, Marcos y yo nos miramos. Tiene una expresión inquisitiva, así que asiento con la cabeza. Él suelta un suspiro antes de contestar.

—Fran y yo estamos juntos.

Natalia frunce el ceño, pero entonces asiente con la cabeza.

—Sabía que estaba pasando algo —susurra.

No me había parado a pensar en cuál iba a ser su reacción, pero no me esperaba que se lo tomara con tanta calma.

—¿Por qué lo dices? —pregunta él.

—No sé, ¿porque lleváis un par de meses rarísimos, a lo mejor? — replica ella, alzando una ceja—. Primero os llevabais genial después de Canarias, pero después tú te marchaste, y Fran estuvo un par de semanas

Página 262

fatal. Después volviste en el puente y ni os hablabais, y Fran se largó a casa de Vero y Víctor como si estuviera huyendo de ti. Cuando volviste en Navidad, seguíais sin hablaros, pero entonces empezasteis a cambiar otra vez.

—Nos has calado —dice Marcos, con una sonrisa nerviosa.

—Supongo que os liasteis en Canarias —continúa ella, pensativa—. Después os peleasteis o algo por el estilo, y por eso tú te fuiste de casa, pero ahora habéis vuelto. ¿Es así?

Marcos y yo asentimos con la cabeza, impresionados. Joder con la cría.

Sin embargo, de pronto siento una punzada de pánico en el estómago.

Pensaba que habíamos sido discretos delante de nuestra familia, pero si

Natalia se ha dado cuenta…

—¿Sabes si nuestros padres también se han dado cuenta? —pregunto con un hilo de voz, temiendo la respuesta.

Ella se lo piensa durante un par de segundos, pero entonces niega con la cabeza.

—Qué va. A ver, yo me había dado cuenta de que pasaba algo raro, pero no sabía lo que era. Y no he atado cabos hasta ahora. Pensaba que os habíais hecho amigos y después os habíais peleado, nada más. —Joder. Menos mal —respondo, y Natalia frunce el ceño.

—Sabéis que esto es algo muy gordo, ¿verdad?

Marcos suelta un suspiro.

—Sí. Lo sabemos.

—¿Qué pensáis hacer?

—Todavía no lo hemos hablado —admite él—. Ha ocurrido todo demasiado rápido.

—Supongo que lo de no ir a esquiar ese día era una excusa para quedaros solos en el hotel, ¿verdad? —pregunta Natalia, como si poco a poco los detalles fueran encajando en su mente.

—Bueno, en parte —dice Marcos—. Tienes que entenderlo… es todo muy reciente. Necesitábamos pasar tiempo juntos, hablar y esas cosas.

Por supuesto, hacíamos mucho más que hablar, pero eso no tiene por qué saberlo nadie. Observo a Natalia, que sigue con el ceño fruncido, aunque no contesta. Está siendo todo tan incómodo que casi me gustaría haber empezado a arder de verdad hace unos minutos. Por suerte, ella tiene que estar pensando algo muy parecido y opta por no alargar el momento.

—Bueno. Me voy a dormir.

Página 263

Se da la vuelta para marcharse, pero Marcos la sujeta del brazo antes de que pueda llegar a la puerta.

—Oye… No se lo digas a papá y a Belén, ¿vale?

Ella permanece en silencio durante unos segundos que se me antojan larguísimos. Lo único que puedo oír son los latidos atronadores de mi corazón.

—No lo haré —dice con una seriedad que no sé muy bien cómo interpretar.

—Gracias —respondemos Marcos y yo al unísono.

Natalia lo mira a él y después a mí, y puedo ver en sus ojos que esta situación no le hace mucha gracia precisamente. Sin decir nada más, asiente con la cabeza, da media vuelta y se marcha de la habitación.

—Bueno… pues me voy a dormir —dice Vero, que también parece claramente incómoda por la situación—. Volved cada uno a vuestra cama, anda. No necesitamos más líos esta noche.

—Vale. Gracias.

Ella me sonríe levemente y asiente con la cabeza, y entonces se marcha también.

—Joder —dice Marcos, desplomándose sobre la cama. Lo abrazo y me doy cuenta de que él también tiene el corazón a punto de salírsele del pecho—. Pensaba que nos íbamos a la mierda.

—Lo siento. La he cagado.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Es culpa mía. Si no me hubiera dejado la puerta abierta…

—No, Fran, no digas eso. Yo te insistí para que vinieras, ¿recuerdas? —Ya, pero…

—Nada de peros. Estamos juntos en esto, ¿vale?

—Vale.

Sin embargo, aparto la mirada. Un pensamiento molesto no deja de dar vueltas por mi mente.

—Dímelo ya, anda.

—Es solo que… —Trago saliva, tratando de encontrar las palabras apropiadas—. ¿Tú tienes dudas?

—¿Qué? ¡No! Claro que no. —Asiento con la cabeza, pero sigo sin devolverle la mirada. No quiero decirle lo que estoy pensando, pero él se da cuenta de todos modos—. Tranquilo. Lo que ocurrió en noviembre no va a volver a pasar.

Página 264

—¿De verdad?

—Te lo prometo —afirma—. Te lo he dicho: estamos juntos en esto. Y ya te dije que quería volver contigo porque estaba seguro. Aunque vaya a ser difícil.

—Pero nuestra familia…

—Nuestra familia tendrá que aceptarlo. Además, tú mismo lo dijiste:

todo saldrá bien. Porque todavía lo piensas, ¿no?

Ahora mismo estoy demasiado invadido por la ansiedad como para pensar con claridad, pero asiento con la cabeza.

—Sí. Supongo que sí.

Entonces me besa, despacio y profundamente.

—Debería irme a mi cuarto —digo cuando nos separamos.

—Deberías.

Hago ademán de levantarme, pero él me sujeta del brazo y me acerca para darme otro beso, esta vez breve.

—Te quiero —susurra contra mis labios.

—Te quiero. Buenas noches, anda.

—Buenas noches.

Página 265

52.

NOTO UNA MANO ZARANDEÁNDOME, PERO ME CUESTA DEMASIADO SALIR DE ENTRE LAS PROFUNDIDADES DEL SUEÑO. SUELTO UN GRUÑIDO Y ME ABRAZO A LA ALMOHADA CON MÁS FUERZA TODAVÍA. ¿POR QUÉ ME ESTÁN despertando? Si estamos de vacaciones.

—Fran… —dice una voz familiar, aunque estoy demasiado dormido para reconocerla al principio—. Fran… despierta.

—Déjame… —respondo, y la voz se ríe.

—Venga, Fran, que son más de las once. —Reconozco la voz como la de Víctor, y entonces me obligo al fin a abrir los ojos—. Antonio ha ido a por churros.

Eso último me despierta un poco más. Suelto un prolongado bostezo, desperezándome. No se me escapa el hecho de que mi primo está tratando de contener una sonrisa al verme así.

—¿Llevas mucho tiempo despierto? —le pregunto.

—Una hora o así. He estado jugando con Vero y Natalia en el salón. —¿Cómo están?

Víctor frunce un poco el ceño, extrañado por mi preocupación mal disimulada.

—Bien, como siempre. ¿Por?

—No, por saber.

En realidad, la que me preocupaba de verdad era Natalia, pero habría sido demasiado cantoso preguntar solo por ella. Al menos, sus palabras dejan entrever que no ha mencionado nada delante de él, y también que no ha estado actuando de forma extraña. Con un poco de suerte, tal vez

Página 266

nuestros padres no se den cuenta de ningún cambio sospechoso en nuestro comportamiento. Todavía necesitamos tiempo.

Salgo de la habitación detrás de Víctor, aunque él sigue adelante mientras yo entro en el cuarto de baño. Justo acabo de salir y estoy a punto de pasar frente a la puerta de entrada cuando esta se abre y entra Antonio, cargado con dos bolsas de papel gigantescas de churros y porras y una bolsa de plástico que parece contener varios recipientes de chocolate.

—¡Buenos días, campeón! —me saluda con una sonrisa—. Se te han pegado las sábanas, ¿eh?

Me río con cierto nerviosismo, aunque tal vez pueda interpretarse como vergüenza o timidez.

—Es que anoche nos acostamos muy tarde. ¿Te ayudo?

—Mira, lleva tú el chocolate.

Me tiende la bolsa de plástico, que pesa un poco más de lo que esperaba, y nos dirigimos juntos hacia el salón.

—Buenos días —saludo al entrar.

—Buenos días, cariño —responde mi madre—. ¿Has dormido bien? Me doy cuenta de que Natalia me está mirando mientras me dirijo

hacia la mesa, pero me esfuerzo por ignorarla. Con un poco de suerte, cumplirá su palabra y no mencionará nada.

—Sí, muy bien.

Anoche dejamos el mantel puesto para no tener que volver a colocarlo para el desayuno, pero hoy no hay más que tazas alrededor de la mesa, una cafetera recién preparada y todavía humeante sobre un salvamanteles, y una jarra grande llena de leche. Todos los demás están ya sentados, de la misma forma que ayer, lo que significa que hay una silla vacía junto a Marcos esperándome. Tomo asiento junto a él y su mano encuentra la mía de inmediato para darme un apretón que interpreto como un «buenos días», así que se lo devuelvo. Me duele que no hayamos podido saludarnos con un beso, pero no ha habido ocasión.

—Marcos, corazón, se te han olvidado las servilletas —dice mi madre justo acabo de sentarme.

Él me da un apretón más en la mano antes de levantarse y ponerse en

pie.

—Voy.

—Voy contigo —añado, poniéndome en pie también—. Así me bebo un vaso de agua, que me he despertado con la garganta seca.

Página 267

Por el rabillo del ojo me parece ver a Natalia poniendo los ojos en blanco, pero trato de ignorarlo mientras sigo a Marcos hasta la cocina. Sin perder ni un segundo, se acerca a mí y me da un beso.

—Buenos días —susurra contra mis labios.

—Buenos días. Te has olvidado de las servilletas a propósito, ¿verdad? —Puede ser —admite con una sonrisa traviesa, y me da otro beso. —Vale, pero después de lo de anoche, tenemos que tener cuidado —le

recuerdo—. Vete ya, anda.

Él me da un beso más, reúne las servilletas y se marcha. Mientras tanto, yo saco un vaso de la alacena y me sirvo un poco de agua del grifo, más para disimular que porque tenga sed de verdad.

Cuando regreso, Natalia está claramente de morros. No me cuesta imaginar la razón: ahora que sabe que su hermano y yo estamos juntos, también tiene que saber la verdadera razón por la que hemos ido los dos a la cocina. Me extraña verla así, la verdad. Puede que no la conozca demasiado, pero nunca me ha parecido que sea una persona homófoba, así que no creo que esa sea la razón. Supongo que será lo evidente: ahora que Marcos y yo somos novios de forma oficial, estamos poniendo en peligro la familia que nuestros padres han construido. Y, como es lógico, eso no debe de hacerle ninguna gracia.

Al principio, me cuesta comer mientras la miro de reojo, atento a sus movimientos. Sin embargo, Vero capta mi mirada y enseguida comienza a hablar con ella sobre el nuevo libro de Los Juegos del Hambre, que las tiene a las dos muy emocionadas, y la expresión de Natalia cambia casi de inmediato. De verdad que mi prima hace milagros. Me planteo unirme a la conversación porque yo también soy fan de la saga, pero prefiero no interferir en la magia de Vero. Mucho más tranquilo, comienzo a comer con ganas.

Cuando terminamos, tengo el estómago tan lleno que estoy a punto de reventar.

—¿Queréis jugar a algo? —propone Víctor.

—Tenemos que volver a casa ya, cariño —dice mi tía.

—¿Por qué? Es pronto.

—Tu padre me ha llamado antes, y estaba enfadado porque ha llegado y no había nadie. Le he prometido que volveríamos después de desayunar.

—Jo —responde él, claramente alicaído—. Pues nada.

Página 268

Mientras lo miro, no puedo evitar sentir una punzada de dolor por él. Al fin y al cabo, yo he tenido suerte; aunque las cosas no salieran bien entre mis padres, he tenido la suerte de haber vivido siempre con mi madre, una mujer buena y cariñosa que siempre me ha aceptado tal y como soy. La madre de Víctor es igual de maravillosa, pero su padre es todo lo contrario. Y sí, puede que siempre me ría de él llamándolo Gollum y derivados, pero la situación es de todo menos graciosa. Teniendo en cuenta todas las veces que le he oído decir palabras como «maricones» o «mariconadas», no me extraña que a Víctor le haya costado tanto aceptar su sexualidad. Tiene que ser horrible convivir cada día con alguien así, aunque me ha dado la impresión de que últimamente está mucho menos por casa. Espero que al menos eso sea un alivio para mi primo.

Los tres chicos nos encargamos de recoger la mesa. Una vez en la cocina, le hago un gesto a Víctor para que se siente junto a la mesa. Intercambio una mirada con Marcos, y él asiente con la cabeza y se marcha para seguir recogiéndolo todo.

—Vic, ¿estás bien?

Él tarda unos segundos en responder.

—No quiero volver a casa —dice, y su voz lastimera me rompe el corazón.

—Ya me lo suponía… tiene que ser una mierda.

—Un poco —responde, y veo que tiene lágrimas en los ojos.

Verlo así me llena de impotencia; quiero ayudarlo, pero no sé cómo hacerlo. Al menos, me queda el consuelo de saber que siempre va a tener a Vero, que podrá contar con su hermana pase lo que pase.

—Recuerda lo que te dije, ¿vale? Si pasa algo y necesitas venir aquí, no tienes ni que dudarlo.

—Gracias —responde, con la voz estrangulada.

Entonces, una lágrima se desliza por su mejilla. Sin poder contenerme, me acerco más para abrazarlo, y él comienza a sollozar contra mi pecho.

—Tranquilo —susurro, dejando que se desahogue mientras le acaricio el pelo—. Estoy contigo.

Su cuerpo tiembla con el llanto mientras hago lo que puedo por consolarlo, por transmitirle mi cariño. De nuevo, odio no poder hacer nada más para ayudarlo, pero al menos espero que esto le sirva de algo.

De pronto, nos interrumpe una voz.

—Víctor, cariño, ve a recoger tus…

Página 269

Es mi tía, pero deja la frase inconclusa cuando entra en la cocina y nos ve abrazados.

—Voy —dice él, poniéndose en pie y tratando de disimular, pero no hay forma de ocultar su cara roja y húmeda.

—Cariño, ¿qué te pasa? ¿Estás bien?

—Sí, tranquila —le asegura, poniéndose en pie—. Es solo que me da pena irme.

Me da la impresión de que ella va a darle un abrazo, pero Víctor se marcha de la cocina antes de que pueda hacerlo.

—Fran, cielo —me dice, con una cara tan llena de preocupación que me destroza un poco por dentro—. Víctor lleva varias semanas bastante raro, y la verdad es que ya no sé qué puedo hacer para ayudarlo. ¿Tú sabes lo que le pasa?

Tengo la camiseta húmeda por las lágrimas de Víctor y, de todos modos, ella ya lo ha visto llorando conmigo, así que no tiene sentido tratar de ocultarle esa parte.

—Sí —admito—. Pero no puedo contártelo.

Ella parece dolida durante un instante, pero entonces asiente con la cabeza.

—Lo entiendo —responde con la voz temblorosa—. ¿Puedes decirme al menos si es algo grave?

—No, tranquila —le aseguro—. No es nada grave, te lo prometo.

De nuevo, asiente con la cabeza. Mi tía no es tonta, así que no me extrañaría que se esté imaginando por dónde pueden ir los tiros, aunque no pienso darle ninguna pista al respecto. Tras unos segundos, se acerca a mí para abrazarme.

—Muchas gracias por ayudarle, cielo —dice cuando nos separamos, con la voz compungida—. Víctor tiene mucha suerte de tener a un primo como tú.

—Bueno, pero también tiene mucha suerte de tener a una madre como tú —respondo, esbozando una sonrisa—. Y a una hermana como Vero.

Por supuesto, ninguno de los dos mencionamos a esa cuarta persona que hay en su casa, esa persona que es precisamente el origen de buena parte de la aflicción que hay en las vidas de mi tía y mis primos.

—Gracias por todo —repite, y me da un apretón cariñoso en la mejilla. —De nada. Cuida de él, ¿vale? —le pido—. Ahora mismo te necesita

mucho.

Página 270

Ella esboza una sonrisa llena de tristeza.

—No te preocupes, cielo. Lo haré.

Página 271

53.

COMO SUELE OCURRIR EN ESTA CLASE DE FESTIVIDADES, EL RESTO DEL DÍA TRANSCURRE DE FORMA EXTRAÑA, COMO SI EL TIEMPO SE DILATARA O SE CONTRAJERA POR MOMENTOS. CUANDO MI TÍA Y MIS PRIMOS SE marchan, voy

al cuarto de baño para darme una ducha y Marcos utiliza su estratagema habitual de decir que se está meando para entrar a darme un largo beso. Después, vuelvo a mi habitación. Durante los días que hemos pasado en la montaña he descuidado por completo mis tareas de la universidad, así que dedico un par de horas a estudiar un poco; al fin y al cabo, ya estamos en enero y los exámenes del primer cuatrimestre se encuentran a la vuelta de la esquina.

Comemos tarde, pasadas las tres. Después de la copiosa cena de ayer y el desayuno tardío de hoy, la comida es ligera, tan solo una sopa de pollo con fideos. Ahora que no está Vero para animarla, Natalia vuelve a estar huraña, y apenas participa siquiera en la conversación. Al menos, no nos mira con odio a Marcos y a mí, pero creo que nuestros padres han tenido que darse cuenta de que le pasa algo. Más de una vez se miran entre ellos cuando piensan que no los vemos, pero al menos no mencionan nada al respecto.

Como de costumbre, Marcos y yo recogemos la mesa juntos. Sin embargo, esta vez solo nos damos un beso breve cuando entramos en la cocina; no queremos arriesgarnos a hacer nada que pueda fastidiar las cosas todavía más.

—¿Tienes que estudiar? —me pregunta cuando terminamos.

—Sí —respondo a regañadientes—. Qué coñazo, la verdad.

—Si te sirve de algo, yo también.

Página 272

Nos despedimos con otro beso rápido antes de salir al pasillo para volver a nuestras respectivas habitaciones. Cuando llego, miro el móvil y veo que tengo un mensaje de Víctor cagándose en su padre, así que me paso un buen rato tratando de animarlo un poco antes de ponerme a estudiar.

Llevo un par de horas estudiando cuando recibo un mensaje de Marcos.

Tienes ganas de mear?

?

Qué

Pues eso

Iba a ir cuando terminara de estudiarme este tema

Por?

Es que me iba a duchar

Esbozo una sonrisa al comprender lo que me está queriendo decir.

Pero es verdad que quiero mear, y ya sabes que me cuesta si estás tú ahí

Pero puedes intentarlo, no?

Y de premio, te llevas un beso

Me da la impresión de que me voy a arrepentir, pero el premio es demasiado tentador como para rechazarlo.

Venga, vale

Apenas dos minutos más tarde, oigo el sonido de la ducha al otro lado de la pared. Espero un par de minutos más antes de salir de mi habitación y llamar a la puerta del cuarto de baño.

—Marcos, ¿te queda mucho? Me estoy meando.

—Entra si quieres.

El corazón ya está latiéndome con fuerza mientras entro, tratando de no pensar en la presencia de Marcos al otro lado de las cortinas. Me doy cuenta de que ha dejado su ropa en el bidé y la tapa abierta, tal vez para facilitarme la tarea. Trato de dejar la mente en blanco mientras me la saco,

Página 273

apunto y cierro los ojos, procurando olvidarme del sonido de la ducha y del pensamiento de que Marcos se encuentra a menos de un metro de distancia, completamente desnudo.

Por supuesto, no funciona. El corazón me late con fuerza mientras los segundos transcurren poco a poco, hasta que me doy cuenta de algo: si no me doy prisa, ni siquiera vamos a tener ocasión de darnos un beso breve. De nuevo, me obligo a dejar la mente en blanco y de ignorarlo todo a mi alrededor, hasta que el chorro comienza a salir por fin. No estoy seguro, pero diría que es la vez que menos me ha costado.

Marcos abre la cortina cuando tiro de la cisterna.

—Buen chico —dice con una sonrisita.

—Tú cállate y dame mi premio, anda —replico en voz baja.

Y eso es justo lo que hace. Estira el brazo para engancharme el cuello de la camiseta y tirar de mí hacia él, y entonces me besa en los labios, con tanta intensidad que me deja sin aliento. Está empapado, lo que significa que me moja también la cara y el pecho, pero no me importa. No nos besamos así desde esta mañana, y la verdad es que lo echaba de menos. Sin embargo, no podemos entretenernos demasiado, así que me separo de él después de apenas unos segundos. Suelto una risita entre dientes al bajar la mirada.

—Veo que te ha gustado —susurro, señalando su polla medio dura con un gesto de la cabeza.

Él se encoge de hombros sin la menor vergüenza.

—Me encantan tus besos, ya lo sabes. Pero venga, vete.

Por suerte, mis calzoncillos y el pantalón del pijama disimulan bastante el bulto que ha empezado a crecer también entre mis piernas, así que no se da cuenta de nada que me deje en mal lugar. Le doy un beso breve y me acerco al lavabo para lavarme las manos antes de salir.

Antes de volver a mi habitación, paso por la cocina para coger un plátano y un yogur para merendar. Me quedo estudiando una hora y pico más, hasta que noto que mi capacidad de concentración está empezando a fallar, y después enciendo la consola para despejarme y desconectar un rato.

Un par de horas más tarde, oigo unos golpes en la puerta.

—A cenar —dice Natalia con voz seria, antes de que tenga ocasión de contestar siquiera.

Página 274

Está claro que todavía no se le ha pasado el cabreo, porque nunca me habla tan borde.

Cuando salgo está pasando de nuevo frente a la puerta de mi habitación después de avisar a Marcos, pero no me mira ni dice absolutamente nada. Cuando él sale, veo por su expresión que también se ha dado cuenta de su actitud. Trato de contener un suspiro de resignación; no necesitaba otra cena incómoda ahora mismo, la verdad.

—Id poniendo la mesa, por favor —nos pide mi madre cuando llegamos a la altura de la cocina.

Natalia ya está dentro, sacando los platos. Juntos pero sin hablarnos, los tres nos encargamos de colocarlo todo. Cuando nos sentamos, el ambiente no podría estar más tenso. Mi madre ha hecho su maravillosa tortilla de patatas, pero hasta me está costando disfrutarla en condiciones.

—Chicos, ¿estáis bien? —pregunta Antonio al cabo de unos minutos, claramente preocupado—. Parecéis mustios.

El corazón me da un vuelco. Por lo que yo sé, es la primera vez desde anoche que alguien le pregunta a Natalia algo así de forma más o menos directa, y me da miedo cuál pueda ser la respuesta. Aunque quiero creer que seguirá cumpliendo su palabra, está claro que ahora mismo no siente mucho aprecio que digamos por nosotros.

—Es que estoy cansada —dice, y tengo que contener un suspiro de alivio—. Dormí bastante mal anoche.

—¿Y eso, cariño? —se interesa mi madre.

—Mejor pregúntaselo a ellos dos—replica Natalia, encogiéndose de hombros.

Ahora el corazón se me detiene un segundo, pero al menos Marcos no tarda en reaccionar.

—Es que estuvimos hablando en mi habitación hasta bastante tarde, con Vero y tal.

Por suerte, su hermana no niega esa versión de los acontecimientos. Y, técnicamente, la verdad es que Marcos ni siquiera ha mentido.

—Bueno, pues intentad acostaros pronto hoy —dice mi madre—.

Tenéis que aprovechar las vacaciones para descansar ahora que podéis.

El resto de la cena transcurre en silencio, pero, por suerte, la incomodidad no se prolonga demasiado. Cuando terminamos, nos ponemos los tres a recoger la mesa. Mientras Natalia enjuaga los platos y los cubiertos, Marcos recoge los vasos y yo limpio las migas de la mesa.

Página 275

Lo veo mirando de reojo a nuestros padres antes de susurrar cerca de mi oído:

—No sé qué hacer con Natalia. Odio que estemos así.

—¿Has intentado hablar con ella?

—No —admite.

—A lo mejor deberías hacerlo —sugiero—. ¿Quieres que vaya contigo?

Él se lo piensa un instante y asiente con la cabeza.

—Venga, vale.

Mientras nuestros padres ven la tele, nosotros nos vamos a la cocina, donde Natalia ya se está secando las manos con un trapo. Nos mira con el rostro serio, pero no dice nada.

—Hola —saludo.

—¿Podemos hablar un momento?

Ella deja el trapo sobre la encimera y cruza los brazos.

—¿Qué pasa?

—Mira, yo sé que para ti todo esto puede ser raro, o a lo mejor un poco difícil de aceptar y tal —comienza Marcos, con una torpeza evidente. Respira hondo antes de continuar—. Pero, a ver… estas cosas son normales, ¿vale? Yo no he cambiado, sigo siendo el mismo de siempre. No tiene nada de malo que me gusten los chicos, ¿sabes?

Ella permanece en silencio unos segundos. Por su expresión, parece incrédula.

—¿Eres idiota o qué? —le pregunta al fin, y me doy cuenta de que tiene lágrimas en los ojos—. A mí me da igual que te gusten los chicos. Ya sé que no tiene nada de malo, no soy una homófoba de mierda.

Una vez más, se hace el silencio entre los tres.

—¿En serio? —acierta a decir Marcos, claramente esperanzado.

—En serio —le asegura Natalia, y hace una pausa antes de continuar

—. No me importa que te gusten los chicos. Ni siquiera me importa que estéis juntos.

—¿Entonces…?

—Lo que me duele es que no me lo hayas querido contar.

Las lágrimas se derraman por sus mejillas, y el corazón se me rompe al verla. Sin decir nada más, se da la vuelta y se marcha de la cocina pisando fuerte. Alcanzo a oír un sollozo antes de que salga por la puerta.

—Nati, espera… —la llama Marcos.

Página 276

Hace ademán de ir detrás de ella, pero yo lo detengo sujetándole el brazo.

—Dale tiempo —sugiero, convencido de verdad de que será lo mejor

—. Igual no deberías presionarla. —¿Tú crees?

Asiento con la cabeza.

—Sí. Todavía lo tiene todo muy reciente; es normal que ahora se sienta dolida y un poco confusa. Creo que necesita algo de tiempo a solas para pensar desahogarse.

—Sí… supongo que sí.

Le doy un beso breve en los labios, y después nos asomamos los dos al salón para dar las buenas noches a nuestros padres y nos vamos cada uno a nuestra habitación para prepararnos antes de dormir; aunque es temprano, todavía tenemos cansancio acumulado de anoche y los días anteriores.

Mientras me meto en la cama, soy incapaz de dejar de pensar en lo que ha ocurrido en la cocina. Aunque le he cogido bastante cariño a Natalia en este último par de meses, antes de la boda siempre había pensado en ella como una cría un poco molesta. Pero ahora me doy cuenta de que es una persona mucho más madura e inteligente de lo que pensaba, alguien que quiere de verdad a Marcos. Me duele haberle hecho daño.

Ella misma lo ha dicho: el problema no es lo que somos; ni siquiera el hecho de que estemos juntos. El problema es que ninguno de los dos, especialmente su hermano, hemos confiado en ella lo suficiente como para contarle lo que estaba pasando entre nosotros. Aunque creo que por nuestra parte es comprensible que hayamos actuado así porque todavía es todo demasiado reciente, no puedo decir que no la comprenda a ella también.

Oigo a Marcos dando vueltas en la cama al otro lado de la pared; está claro que él tampoco es capaz de dormir. Ya hace rato que he oído a nuestros padres metiéndose en su habitación, así que le mando un mensaje.

¿Quieres que vaya a dormir contigo?

Sí, porfa 

No tiene que decir nada más. Enciendo la linterna del móvil y me levanto de la cama, salgo de mi habitación y cierro la puerta con cuidado para no hacer ruido. Camino de puntillas por el pasillo, entro en su cuarto,

Página 277

y en esta ocasión me aseguro de dejar la puerta bien cerrada; no necesitamos más sustos. Por si acaso, echo también el pestillo, aunque sé que no va a ser necesario.

Cuando la luz de mi móvil ilumina la cara de Marcos, me doy cuenta de que ha estado llorando.

—Ey —susurro cuando me meto en la cama con él, y le doy un beso en los labios—. ¿Qué pasa?

—Es que me siento fatal —responde con la voz estrangulada—. Nati tenía razón, tendría que haber confiado antes en ella.

—Es todo muy reciente, Marcos —le recuerdo, rodeándolo con los brazos—. Nosotros también necesitábamos tiempo. No tienes que sentirte mal.

Continúo abrazándolo mientras él solloza contra mi pecho. Cuando al fin se calma, nos damos un largo beso, ponemos varias alarmas para no correr ningún riesgo, y nos colocamos en nuestra posición habitual para dormir. Esta noche tampoco hay sexo; ninguno de los dos estamos de humor para ello. En lugar de eso, nos damos cariño y calor mutuamente mientras dejamos que los miedos y las preocupaciones se disipen y se pierdan en el mundo de los sueños.

Página 278

54.

CUANDO ME DESPIERTO POR SEGUNDA VEZ EN LA MAÑANA, EN ESTA OCASIÓN, EN MI PROPIA CAMA, SONRÍO AMPLIAMENTE AL REVISAR EL MÓVIL. HOY HE QUEDADO PARA COMER CON ÁLEX Y ALEJO, Y TENGO LA pantalla inundada de

notificaciones del grupo que compartimos; los dos llevan un buen rato esperando a que les conteste para terminar de cuadrar. Me apresuro a responder antes de desperezarme para ir al baño. Mientras tanto, aprovecho para mandarle un mensaje de buenos días a Marcos.

Cuando termino, dedico unos minutos a afeitarme. No es que me salga demasiada barba, pero llevo sin afeitarme desde antes de irnos a la montaña y ya se me notan un poco los pelillos. Después, me meto en la ducha. Apenas llevo unos pocos minutos dentro cuando suenan los consabidos golpecitos en la puerta.

—¿Puedo pasar? Me estoy meando.

—Pasa, anda.

A diferencia de mí la última vez, no se está meando. Así pues, abro la cortina de la ducha y me asomo para besarlo; un beso largo que me enciende por completo. Enseguida, mi polla está dura y palpitante; después de todo, llevo casi dos días sin correrme. La mano de Marcos rodea mi erección y comienza a masajearla, y entonces todo ocurre muy rápido. Cuando quiero darme cuenta, se ha puesto de rodillas y está chupándomela con ansia. Al principio, me dejo llevar por la sensación, estremeciéndome de placer mientras me muerdo la muñeca para tratar de contener los gemidos. Pero entonces gana mi parte racional; sé que no deberíamos estar haciendo esto ahora mismo. Es demasiado arriesgado.

—Marcos… la familia.

Página 279

Él se saca mi polla de la boca y me mira con una sonrisa diabólica. —No están —me explica—. Han salido los tres a comprar un par de

cosas.

Eso es una perspectiva de lo más interesante.

—¿Hace mucho?

—Justo antes de que te levantaras, así que todavía tardarán un ratito.

—Pero, entonces, ¿a qué venía el paripé de que te estás meando?

Su sonrisa se ensancha.

—Era para darte la sorpresa.

Le doy un manotazo en el brazo.

—Eres lo peor.

—Qué va —replica él—. Si me adoras. —Puede ser. ¿Salgo y nos vamos a la cama?

—No sé si es buena idea. Aunque les falte un rato para llegar, creo que es mucho menos arriesgado hacerlo aquí.

—Sí, supongo que tienes razón —admito a regañadientes—. Pero ponte de pie, que ahora me toca a mí.

Él se apresura a obedecer mientras yo cierro la ducha antes de arrodillarme frente a él dentro de la bañera, y siento un estremecimiento al volver a probar ese sabor delicioso que siempre consigue hacerme perder los papeles. Mientras se la chupo, comienzo a masturbarme con furia, incapaz de parar.

Nunca habíamos hecho nada así, no de esta forma, y entre que la situación me resulta demasiado excitante y que llevo más tiempo de lo habitual sin correrme, me doy cuenta de que no voy a ser capaz de aguantar mucho más. Por suerte, la respiración acelerada de Marcos y sus gemidos apenas contenidos me indican que él está exactamente igual. Mejor así, porque no deberíamos entretenernos mucho más.

—Fran… me voy a correr.

No respondo; tengo la boca demasiado ocupada. En lugar de eso, sigo chupando casi con ansia mientras me masturbo todavía más fuerte, sintiendo cómo me voy acercando cada vez más al clímax. Entonces, todo el cuerpo de Marcos se tensa y sé que ha llegado el momento. Suelta un gruñido y su polla se hincha mientras comienza a bombear ese semen espeso y caliente sobre mi lengua, un delicioso chorro tras otro que inundan mi boca por completo. Justo acaba de terminar cuando comienzo a correrme yo también, y solo entonces me lo trago todo.

Página 280

Me saco su polla de la boca, la aprieto ligeramente para extraer y lamer las últimas gotas, y alzo la vista para mirarlo con una sonrisa. Él sonríe también y me tiende la mano para ayudarme a ponerme en pie.

—¿Te ha gustado la sorpresa? —me pregunta.

—Me ha encantado.

—Esa era la intención.

Entonces, se inclina hacia mí para besarme. Pienso que va a ser un beso breve, pero no: explora mi boca a conciencia, como si quisiera saborear los restos de su semen. No puedo decir que me queje, pero el sentido común vuelve a hacer acto de presencia y me separo un poco de él mientras planto las manos sobre su pecho.

—Deberías marcharte.

—Debería.

—Además, me estoy congelando —admito; después de todo, estoy desnudo y mojado.

—Vale, vale —dice con una sonrisa—. Ya me voy.

Me da un beso más, esta vez breve, y entonces se marcha. Yo continúo duchándome, incapaz de dejar de sonreír. Cuando salgo, el resto de la familia ya ha llegado; menos mal que no nos hemos entretenido más en el baño. Después de los saludos de rigor, me voy a la cocina para desayunar, aunque solo me como un plátano porque ya me he entretenido demasiado entre unas cosas y otras.

Un par de horas después de levantarme ya estoy en el metro, de camino al restaurante chino donde he quedado con Álex y Alejo. Estoy mirando tiktoks sin prestarles demasiada atención cuando empiezo a recibir notificaciones del grupo que comparto con mis amigos de la universidad. Entro en el chat para leer los mensajes, y entonces me quedo boquiabierto.

CARLOTA

Chiques!!

Que he ganadoo!!

Qué fuerte!!

Página 281

SANDRA

El qué?

De qué hablas?

LUIS

El concurso??

El de Darío????

CARLOTA

Sí!!

Estoy flipando jajaja

Con tantas emociones durante estas últimas semanas, ya casi lo había olvidado. Darío, uno de mis cantantes favoritos, había organizado un sorteo en Instagram. Unos amigos suyos van a estrenar una obra de teatro para la que él ha compuesto la música, y el día del estreno, dentro de un par de semanas, va estar él cantando en directo. La cosa es que el sorteo no consistía solo en unas entradas, sino también en poder conocerlos a él y al resto del equipo, lo que significa que habría podido conocer a mi ídolo. Pero no he tenido suerte; supongo que eso ya habría sido mucho pedir después de haber recuperado a Marcos. Además, sé que tampoco voy a poder ir como acompañante de Carlota. Para participar en el sorteo había que dejar un comentario mencionando a otra persona y ella mencionó a su novia, así que estaría muy feo que me llevara a mí en vez de a ella.

Noto que me invade una sensación agridulce. He estado siguiendo a Darío desde que se dio a conocer en un programa musical por internet hace unos años. Recuerdo que también le surgieron unos cuantos haters, pero yo estuve apoyándolo y votándolo desde el principio y no podría estar más orgulloso de todo lo que ha conseguido. Tengo todos sus discos, y el año pasado pude ir por primera vez a un concierto suyo; fue uno de los mejores días de mi vida. Me habría hecho mucha ilusión ganar la entrada para poder conocerlo en persona, pero no ha podido ser.

Aun así, ya que no he sido yo, me alegra sinceramente que al menos haya sido una de mis amigas. Y, con suerte, a lo mejor podré darle mis discos para que le pida que me los firme.

Página 282

Joo, qué suerte!!

Me alegro mucho 

Busco en internet la obra de teatro y selecciono el día del estreno, el catorce de enero. Si no son demasiado caras, a lo mejor podría comprar dos entradas para ir con Marcos, y así al menos tendría ocasión de ver a Darío cantando aunque no pueda conocerlo en…

Mi gozo en un pozo.

Las entradas están completamente agotadas; no queda ni una sola butaca libre en todo el teatro. No me extraña; aunque no conocía la obra de nada, la promesa de que Darío vaya a cantar es demasiado tentadora. Me maldigo a mí mismo por no haber sido más previsor y no haber pensado en comprarlas antes: por mucho que hubiera participado en el sorteo, seguro que no me habría costado revender las entradas normales sin perder dinero si hubiera ganado. Pero no lo hice, así que ahora voy a quedarme sin ver a uno de mis cantantes favoritos. Supongo que haber vuelto con Marcos ha debido de terminar con toda la suerte que me quedaba en un buen tiempo.

Noto que me estoy poniendo de mal humor, pero no quiero seguir así ahora que estoy a punto de ver a Álex y Alejo después de un par de semanas sin estar los tres juntos; tengo demasiadas ganas de pasar un buen rato con ellos. Tratando de olvidarme del tema, silencio el grupo durante una hora y continúo viendo tiktoks hasta que llego por fin a mi estación. El restaurante no se encuentra demasiado lejos de aquí; menos de diez minutos caminando. Cuando ya estoy cerca, veo que Álex está esperándonos en la puerta, muy guapa con su gabardina burdeos que le llega hasta los tobillos y un gorro a juego.

—¡Fran! —grita cuando me ve, y se acerca corriendo para darme un abrazo—. ¡Feliz año!

—Feliz año —contesto con alegría mientras entierro la cara en su abundante pelo de color trigo; tenía muchas ganas de verla—. ¿Cómo estás?

—Bien, bien. No me quejo. ¿Y tú? —No me quejo —repito con una risita.

—No ha podido ser lo de Darío, ¿eh? —me dice Álex, mirándome con una sonrisa compasiva—. Lo siento mucho, sé que te hacía bastante ilusión.

Página 283

—No pasa nada —le aseguro—. Me alegra que al menos le haya tocado a ella.

—Ya, pero aun así… De entre nosotros, tú eres el mayor fan. —Bueno, pero así es la vida. ¡Mira! —Señalo hacia el otro lado de la

calle—. Ahí viene.

Alejo está trotando hacia nosotros, muy sonriente. Álex me mira y, al igual que antes, echamos a correr hacia él. Nos encontramos en mitad de la acera para darnos un enorme abrazo en grupo de esos que tanto me gustan.

—Feliz año —dice.

—¡Feliz año! —respondemos nosotros.

Entre risas, volvemos al restaurante y esperamos a que nos asignen una mesa; se nota que estamos en navidades porque está todo casi lleno. Mientras aguardamos a que nos atiendan para pedir, Alejo nos cuenta una historia graciosísima de una mujer mayor que prácticamente lo ha atropellado en el metro para conseguir un asiento libre.

—Os lo juro —insiste, apartándose el flequillo negro de los ojos mientras Álex y yo nos partimos de risa—. Esa vieja corría más que todos nosotros juntos.

Entonces nos reímos todavía más fuerte, y me doy cuenta de que Alejo sonríe levemente al ver reír a Álex. Un par de segundos más tarde aparece la camarera, así que nos tranquilizamos un poco para pedir.

—Bueno —digo cuando se marcha, sonriente—. ¿Y qué tal las vacaciones?

Ellos intercambian una mirada antes de volver a mirarme a mí, y entonces Álex levanta una ceja.

—No creas que te vas a librar. Empieza a hablar, anda.

—¿Qué?

—Lo sabes perfectamente —dice Alejo, muy serio—. Marcos. Tú.

Queremos saberlo todo.

Suelto un suspiro. En fin, ya sabía que esto iba a pasar, así que tampoco puedo decir que me sorprenda. Bajo la mirada, un tanto avergonzado.

Después, respiro hondo y comienzo a hablar.

Página 284

55.

CUANDO TERMINO DE CONTARLES TODA LA HISTORIA YA CASI NOS HEMOS ACABADO LA COMIDA, Y ESO QUE HE OMITIDO LOS DETALLES MENOS APTOS PARA OÍDOS DELICADOS Y SOLO HE PARADO PARA IR COMIENDO UN poco de vez en

cuando. Noto las mejillas tan calientes que debe de ser un milagro que no haya salido ardiendo. Por suerte, ellos no han participado demasiado en la conversación, lo cual probablemente me habría avergonzado más; tan solo se han limitado a dejarme hablar y me han hecho alguna que otra pregunta mientras yo me detenía para comer un poco o beber.

—Y bueno —concluyo—. Eso es todo.

Ellos se quedan en silencio unos segundos, mirándome fijamente. Por alguna razón, me siento como si estuviera delante de un tribunal.

—Joder. Qué fuerte —dice Álex al fin. —Ya ves —se suma Alejo. —Bueno… ¿pero qué os parece?

De nuevo, tardan un momento en responder.

—¿Tú eres feliz? —pregunta Álex.

—Sí. —No tengo ni que pensármelo—. Muchísimo.

—Pues entonces, eso es lo más importante. Lo que nos parezca a nosotros da igual. Lo que cuenta es que tú estés bien.

—Pero no os hace mucha gracia —adivino.

Ellos se miran fugazmente, y entonces me doy cuenta de que tienen que haber estado hablando mucho de mí y de Marcos entre ellos. Probablemente, largo y tendido. Aunque no los culpo, la verdad.

—Marcos no se ha portó bien contigo —dice Alejo.

—No —admito—. Ya sé que no. Y él también lo sabe, créeme.

Página 285

—Pero, aun así… ¿Tú lo tienes claro?

—Sí —respondo, de nuevo sin dudarlo. Antes de que pueda preguntarme lo que sé que está pensando, añado—: Y él también lo tiene claro.

—¿Estás seguro? —insiste—. La última vez también lo pensabas.

—La última vez no lo habíamos hablado en serio.

Técnicamente, todavía no lo hemos hecho, pero sí que me ha dejado claras sus intenciones y, de momento, con eso me basta. Además, ahora que hemos vuelto a casa, tan solo es cuestión de tiempo que mantengamos esa conversación. Solo tenemos que encontrar el momento y el lugar apropiados.

—Bueno… vale —dice al fin.

—No te veo muy convencido —señalo.

Él suelta un suspiro. Mira a Álex y ella asiente con la cabeza, como animándolo a hablar.

—A ver, si realmente no es nada nuevo. Es lo mismo que te dije la última vez… no quiero que te haga daño.

—No me lo hará.

—Pero ya te lo ha hecho, tío —me recuerda—. Te dejó. Te quedaste fatal, estabas hecho una mierda. Eres mi mejor amigo, y joder, sabes que te quiero. Y no puedo volver a verte así, de verdad que no puedo.

La voz se le rompe en la última palabra, y a mí se me rompe un poco el corazón al oírlo. Sé que Alejo me quiere, por supuesto que sí, pero es la primera vez que lo expresa de esa forma, la primera vez que lo dice con claridad. De nuevo, no puedo echarle en cara que se preocupe por mí. Tiene la mano sobre la mesa, y entonces hago algo que nunca había hecho: acerco la mía y la coloco sobre la suya.

—Gracias —susurro.

Él parece sorprendido por el gesto, pero entonces coloca la otra mano sobre la mía, algo que él tampoco había hecho nunca.

—Prométeme que vas a tener cuidado, ¿vale?

—Te lo prometo —respondo, con un nudo en la garganta.

Los dos tenemos los ojos vidriosos mientras nos miramos.

—Joder, chicos —dice Álex, con la voz temblorosa—. Me vais a hacer llorar.

Alejo y yo soltamos una risita nerviosa, aliviando parte de la tensión del momento.

Página 286

—Entiendo que os preocupéis. De verdad. Pero sé lo que hago, ¿vale? Marcos y yo hemos hablado y tenemos las cosas claras; los dos estamos seguros de que queremos seguir adelante con esto. No va a volver a pasar lo mismo de la última vez.

Ellos permanecen en silencio un momento, pero entonces Álex asiente con la cabeza.

—Vale —dice Alejo—. Pero que sepas que es la última oportunidad que le doy. A la próxima, le rompo las piernas.

Me río sin poder evitarlo; esto es muy típico de él, y la verdad es que le agradezco que aligere un poco el ambiente.

—No creo que haga falta.

—¿Qué vais a hacer con vuestra familia? —me pregunta Álex—. Esto es algo demasiado gordo como para ocultárselo, ¿no?

—Se lo vamos a contar. No sé cómo ni cuándo, pero lo vamos a hacer.

Espero que pronto, aunque la verdad es que estoy un poco cagado.

—¿Crees que se lo tomarán mal? —pregunta Alejo.

—A ver… Mi madre sabe que soy gay y ya sabéis que conoció a mi ex, así que no va a ser totalmente sorprendente para ella. Aunque no es lo mismo que le presente a mi novio a que el novio sea el hijo de su marido, claro.

—Tiene que ser complicado, sí —dice.

—Pues sí. Pero, en fin, supongo que lo aceptará, aunque seguro que le cuesta. En realidad, lo que me preocupa es el padre de Marcos.

—¿Es homófobo? —pregunta Álex, preocupada.

—A ver… no lo creo. Yo nunca he ocultado que soy gay, y él siempre me ha tratado genial. Lo que pasa es que Marcos nunca le ha contado a nadie que es bisexual. Ni siquiera lo sabía hasta que empezamos a… experimentar. —Noto que se me calientan las mejillas otra vez, pero me esfuerzo por ignorarlo—. Apenas ha tenido tiempo para hacerse a la idea, y mucho menos para salir del armario con nadie.

—Es comprensible —afirma Alejo, y me sorprende ese gesto en deferencia a Marcos por su parte.

—¿Qué tal Natalia?

Suelto un suspiro.

—Ella ya lo sabe. Nos pilló besándonos la noche de Fin de Año. —Joder —dice Alejo—. ¿Y qué tal?

—Bueno… No se lo tomó demasiado bien que digamos.

Página 287

—No jodas…

—A ver, ella tampoco es homófoba ni nada de eso. Al principio pensaba que sí, pero se ve que no. Lo que pasa es que nos pilló sin esperárselo, y se quedó decepcionada. Le dolió que Marcos no se lo hubiera contado antes.

—Claro, normal —dice Alejo.

—Te veo muy comprensivo hoy —señalo, levantando las cejas.

—A ver, es que en parte la entiendo. Yo me pasé un par años esperando a que tú me lo contaras, y al principio pensaba que no confiabas en mí. Y luego pensé que era culpa mía, que no te había dado razones para confiar en mí.

Frunzo ligeramente el ceño.

—Pero sabes que no fue ninguna de las dos cosas, ¿verdad? Simplemente… no sabía cómo hacerlo.

—Lo sé —me asegura—. Pero de eso me di cuenta después. Lo que quiero decir es que entiendo que Natalia se haya sentido decepcionada, pero estoy seguro de que se le pasará.

—Espero que sí. Pero venga, que ya tengo la boca seca de hablar tanto. ¿Qué tal vosotros?

Entonces, comienzan a hablarme de lo que han hecho ellos mientras yo no estaba. Los escucho con atención, riendo cuando dicen algo gracioso y disfrutando de este momento de poder estar simplemente pasando el rato con mis mejores amigos.

Ahora que ya he terminado de contar mi historia y el foco de atención no está sobre mí, puedo fijarme con disimulo en cómo interactúan ellos dos. Hace ya tiempo que tengo bastante claro que a Alejo le gusta Álex, aunque no me ha dicho nada al respecto. Ella, por su parte, es mucho más discreta con sus sentimientos, pero me da la impresión de que a veces lo mira de forma diferente, como si viera algo especial en él.

No sé si es porque todavía sigo con el romanticismo subido después de haber vuelto con Marcos, pero me haría feliz que ocurriera algo entre ellos. Siempre quedamos los tres juntos, así que alguna vez me he preguntado si me sentiría como un sujetavelas si eso ocurriera, pero no me importa: son dos de las personas que más quiero en el mundo, y estoy seguro de que podrían ser felices juntos. Además, ¿quién sabe? Tal vez podría presentarles a Marcos en condiciones y empezar a quedar los cuatro de vez en cuando.

Página 288

Cuando salimos del restaurante, nos dedicamos a deambular sin rumbo fijo, tal como solemos hacer, hablando de todo y de nada. Sin embargo, después de una hora ya está empezando a hacer bastante frío y no nos apetece meternos en algún sitio a consumir cuando no hace mucho que hemos comido, de modo que comenzamos a caminar en dirección al metro. Me he pasado un buen rato sin mirar el móvil y cuando lo saco veo que tengo un mensaje de Marcos, así que me apresuro a responder.

Espero que lo estés pasando bien 

Te quiero 

Sí! Perdona, que estábamos en el restaurante

Yo también te quiero 

Su respuesta no se hace esperar.

Volverás para cenar?

Te echo de menos… 

Sí, tranquilo

Estoy yendo ya hacia el metro

Tú qué haces?

Pues nada, he estado estudiando y tal

Justo me acabo de duchar, pero es más divertido cuando estás tú 

Sonrío al leer esto último.

Pillín… 

Por cierto, mi padre y tu madre se han ido hace un momento

Creo que están comprando cosas de Reyes, porque estaban en plan misterioso 

Pues seguro jajajaja

He pensado que voy a aprovechar para hablar con Natalia

Página 289

Creo que haces bien

Sigue rara?

No tanto, pero sí

Pues sí, deberías hablar con ella

Seguro que os viene bien a los dos 

Eso espero… 

Que sí, ya lo verás

Natalia te adora, ya lo sabes

Bueno… te haré caso

Ese es mi chico 

Tu chico? 

Claro 

Estoy contigo, vale?

Pase lo que pase

Te quiero 

Yo más 

Eso es discutible, jajaja

Si tú lo dices… 

No me doy cuenta de mi sonrisa de idiota hasta que Alejo habla. —Mira qué cara de enamorado tiene, cómo se nota que está hablando

con su novio.

Enrojezco hasta la raíz del pelo al oír las palabras «su novio» refiriéndose a la relación de Marcos conmigo. Creo que es la primera vez que alguien lo dice; al fin y al cabo, es todo tan reciente que todavía hay muchas cosas que no hemos experimentado todavía.

—Gilipollas —murmuro entre dientes, y él me mira con una sonrisa. —Me lo tienes que presentar, ¿eh? Levanto las cejas.

Página 290

—Pero si ya lo conoces. Te recuerdo que íbamos a la misma clase en el instituto.

—Sí, pero tú dices que ha cambiado, ¿no? —Asiento con la cabeza—. Pues, si para ti ha cambiado lo suficiente como para plantearte una relación con él, entonces es casi como si fuera otra persona. Así que quiero conocerlo.

—Y yo también, ¿eh? —añade Álex.

En esta ocasión, soy yo quien sonríe. Nada me haría más feliz que estar a la vez con tres de mis personas favoritas del mundo, sobre todo si ahora existe la posibilidad de que puedan llevarse bien.

—Me parece genial.

Página 291

56.

CUANDO LLEGO A CASA, NUESTROS PADRES TODAVÍA NO HAN REGRESADO; LO SÉ PORQUE ESTÁ CASI TODO A OSCURAS.

—¡Hola! —saludo desde la puerta.

—Hola —responde la voz de Marcos—. Ahora voy.

Su habitación tiene la puerta abierta, pero la luz está apagada. De la puerta entreabierta de Natalia sale un pequeño rayo de luz y oigo voces amortiguadas dentro, así que supongo que todavía tienen que estar hablando. Paso por el baño y después me meto en mi habitación, un poco nervioso. Por lo que me ha dicho Marcos, ya tienen que llevar un buen rato. Pero, ¿eso es bueno o malo?

Prefiero no oír nada sin querer, de modo que cierro la puerta. Sé que debería aprovechar para estudiar y así no perder el día por completo, pero también sé que no voy a poder concentrarme; me siento demasiado tenso por la conversación que está teniendo lugar a solo unos metros de aquí. A falta de nada mejor que hacer, me tiro en la cama para mirar tiktoks, tratando de desconectar el cerebro un rato.

Por suerte, no tardo en oír unos golpecitos en la puerta.

—¿Sí?

—Soy yo —responde Marcos.

—Entra.

Oigo el sonido de la puerta abriéndose, y entonces aparece él. Mientras se acerca, me doy cuenta de que tiene los ojos rojos e hinchados, así que lo abrazo con fuerza antes de darle un beso.

—¿Cómo estás?

—Bueno, bien.

Página 292

—¿Ha ido bien?

—Sí, bueno. Pero Natalia quiere hablar contigo.

Trago saliva, temiéndome lo peor.

—¿Ahora?

—Sí.

Me levanto de la cama, un tanto nervioso. Marcos me coge de la mano y me conduce fuera de la habitación, hasta la puerta de su hermana. Pienso que me va a soltar antes de entrar, pero no lo hace, y eso me hace sentir un calorcillo agradable en la tripa. Natalia está sentada en la cama y, cuando me mira, me doy cuenta de que ella también tiene los ojos rojos. Supongo que los dos habrán estado llorando bastante. Su mirada se detiene un instante en nuestras manos unidas, pero su expresión no cambia.

—Hola —saludo con timidez.

—Hola.

—¿Quieres que me vaya? —le pregunta Marcos.

—No hace falta.

—Bueno… —comienzo con nerviosismo—. Pues tú dirás.

Ella permanece en silencio durante un par de minutos, como si estuviera tratando de encontrar las palabras apropiadas.

—¿Sabes? —dice al fin, con tono serio—. Me estaba empezando a gustar que fueras mi hermano.

Trago saliva. Esto no suena bien.

—Natalia, yo…

—Déjame terminar —me interrumpe, poniéndose en pie para acercarse un poco a mí—. Como he dicho, me estaba empezando a gustar que fueras mi hermano. Pero creo que también me va a gustar tenerte de cuñado.

El corazón me da un vuelco al oírlo.

—¿En serio?

—En serio —responde con una amplia sonrisa, y yo sonrío también. Incapaz de controlarme, cruzo el escaso metro que nos separa y le doy

un fuerte abrazo. Ella me lo devuelve con ganas.

—Gracias —le digo, con la voz estrangulada.

—De nada —susurra. No se separa de mí, pero me doy cuenta de que estira el cuello para mirar a su hermano—. Ven aquí, anda.

Apenas un segundo más tarde, siento los brazos de Marcos a nuestro alrededor. Esto me recuerda mucho a ese abrazo que compartimos antes de ir a Canarias, la primera y única vez que nos habíamos abrazado los tres.

Página 293

En esa ocasión también fue un abrazo de reconciliación, pero el de ahora no podría ser más diferente. Entonces no había absolutamente nada entre él y yo, más allá de cierta curiosidad por mi parte, pero nos llevábamos más mal que bien. Ese abrazo fue una especie de tregua, una muestra de la voluntad que teníamos los tres por tratar de llevarnos bien, aunque fuera por el bien de nuestros padres.

Pero el de ahora es muy distinto. Para empezar, Marcos y yo estamos juntos, así que todos nuestros abrazos son mucho más que un simple gesto físico de cariño. Además, ahora Natalia sabe lo que hay entre nosotros y aun así nos está abrazando, lo que significa muchas cosas: que acepta lo nuestro. Que nos apoya. Que nos ha perdonado por no habérselo contado. Que sigue queriendo a su hermano y, supongo, también me tiene algo de cariño a mí. Sinceramente, después de haber pensado hace solo dos noches que todo se iba a ir a la mierda por culpa de nuestra imprudencia, ahora mismo no podría estar más aliviado.

Permanecemos un rato abrazados, hasta que Natalia se separa de mí y alterna la mirada entre los dos.

—Ya lo he hablado con Marcos, pero… sabéis que lo tenéis jodido, ¿verdad?

—Joder, gracias por los ánimos —digo con una mueca, medio en broma y medio en serio.

—Lo que quiero decir es que no sé si ellos se lo van a tomar tan bien como yo. Pero yo os apoyo, ¿vale? Si puedo hacer algo para ayudaros, decídmelo.

Siento una oleada de cariño hacia ella extendiéndose por todo mi cuerpo. Si alguien me hubiera dicho contado todo esto hace solo un par de meses, me habría reído en su cara por demasiados motivos.

—Muchas gracias. De verdad.

—De nada. Pero bueno, venga, podéis iros si queréis.

—Ah, así que nos echas —replica Marcos, fingiendo indignación—.

Qué bonito.

Natalia pone los ojos en blanco.

—No os echo. Pero papá y Belén todavía no han llegado, así que a lo mejor queréis aprovechar este rato para estar solos.

Los dos sonreímos a la vez y volvemos a abrazarla.

—Eres la mejor —dice Marcos.

—Venga, pesados —responde ella entre risas—. Marchaos ya.

Página 294

Y eso es lo que hacemos. Como la cama de Marcos es la más grande, nos metemos en su habitación. Dejamos la puerta abierta; no queremos levantar sospechas cuando lleguen nuestros padres.

—¿Qué te apetece hacer? —le pregunto.

—Besarte —responde, y se inclina hacia mí para hacerlo.

—No digo que me parezca mal, pero alguna excusa tendremos que tener para estar juntos si llegan nuestros padres.

—¿Heartstopper? —sugiere—. Todavía tenemos que empezarnos la segunda temporada.

—Me parece perfecto.

Marcos coge su portátil y lo coloca en la silla mientras yo me acomodo en la cama. Podríamos irnos al salón para ver la serie en la tele, con una pantalla más grande y en la comodidad del sofá, pero ninguno de los dos menciona esa posibilidad. Por un lado, porque estar en su cama es más íntimo; está claro que los dos lo preferimos. Y, por otro, por la serie en concreto que estamos viendo. Nuestros padres no saben que Marcos es bisexual, y probablemente comenzarían a sospechar si nos vieran viendo una serie así los dos juntitos. Después de lo que ha pasado con Natalia y de haber esquivado la bala tras un par días llenos de tensión, ahora no queremos arriesgarnos más. No pueden enterarse de lo que hay entre nosotros si no es por nuestra boca.

Marcos pone el capítulo y se sube a la cama. Normalmente se coloca detrás de mí para abrazarme, pero hoy no lo hace. En lugar de eso, me empuja delicadamente para tumbarme boca arriba y se sube encima de mí.

—Te quiero —susurra.

—Y yo a ti.

Entonces, comienza a besarme con delicadeza, como si mis labios fueran algo tan frágil que le preocupara romperlos, pero tan tentadores que no pudiera evitar tocarlos. Nos besamos despacio y con calma, sin ceder a la pasión que tan a menudo suele invadirnos. Primero, porque hemos dejado la puerta abierta y Natalia está en casa. Y, segundo, porque los besos apasionados siempre acaban provocando que nos entren ganas de más, y los dos somos conscientes de que no vamos a poder desahogarnos hasta que llegue la hora de dormir.

—Marcos… —digo al cabo de unos segundos.

—Dime.

—Así no te vas a enterar del capítulo —señalo, y él se ríe.

Página 295

—¿Cinco minutos más? Y luego volvemos a ponerlo desde el principio.

Suelto un suspiro. Pero, ¿a quién quiero engañar? Los dos sabemos que soy incapaz de resistirme a él. En casa tenemos pocos momentos para besarnos a gusto, y ahora que contamos con el beneplácito de Natalia, este es precisamente uno de ellos. Así pues, continuamos besándonos los cinco minutos que me ha pedido y después volvemos a poner el episodio desde el principio. Paramos justo a tiempo, porque mi sangre ya ha empezado a concentrarse en un lugar poco apropiado.

Marcos se sitúa detrás de mí, pega el pecho a mi espalda y me abraza con fuerza, tal como siempre hacemos en estas ocasiones. A veces me da besos en la cabeza y en la mejilla, y en estos momentos, me siento tan lleno de felicidad que, si él no me estuviera sujetando, tal vez empezaría a flotar sobre la cama.

Oímos el sonido de la puerta de entrada abriéndose cuando vamos por la mitad del segundo episodio. Con cuidado de no hacer ruido, nos separamos y nos sentamos con normalidad, con las piernas cruzadas mientras continuamos viendo la serie.

—¡Ya estamos aquí! —saluda mi madre desde el pasillo.

—¡Hola! —respondemos Marcos y yo al unísono, y oímos también la voz de Natalia desde su habitación.

—¡Anda! —se sorprende Antonio—. ¿Estáis los dos juntos otra vez? —Venga, déjalos —dice mi madre—. Estarán viendo algo.

Entonces, él aparece en la habitación y nos echa un vistazo. Mi madre va justo detrás de él.

—Hola, papá —lo saluda Marcos—. Estamos viendo una serie.

—Así me gusta —responde su padre con una sonrisa—. Que seáis buenos hermanos.

Trato de forzar una sonrisa. Si él supiera…

Una hora más tarde, durante la cena, el ambiente es mucho más animado que en estos dos últimos días. Ni Natalia está enfadada, ni Marcos ni yo estamos tensos por los nervios de pensar que de un momento

Página 296

a otro pueda explotar la cosa. Seguimos estando de vacaciones, y el ambiente alegre y festivo es casi como una presencia física en el aire. Después de dos días, puedo volver a respirar y disfrutar del momento.

Ya va una de tres. Tenemos una aliada en casa, y eso nos facilita mucho las cosas. Por desgracia, algo me dice que la situación no hará más que complicarse a partir de ahora. El siguiente paso será decírselo a mi madre, y después… a Antonio. Aunque sea un buen tío, lo veo un poco como el jefe final de un videojuego: estoy seguro de que él será quien peor se lo tome. De entre los tres, probablemente será quien que más nos costará convencer para que acepte lo nuestro, si es que llega a hacerlo, y su reacción podría determinar el futuro de nuestra relación… y tal vez también de nuestra familia.

Página 297

57.

POR FIN HA LLEGADO EL DÍA DE QUEDARNOS SOLOS EN CASA.

A la hora de comer, nuestros padres nos preguntaron si queríamos hacer algo por la tarde. Marcos y yo dijimos que teníamos que estudiar, pero Natalia les propuso ir al centro para pasear por ahí, merendar churros y ver las luces de Navidad. Aunque la perspectiva de comer churros me resulta demasiado tentadora, la idea de quedarme a solas con Marcos después de varios días lo es todavía más. Sigo pasando las noches en su cama, con lo que ello suele implicar, pero que esté nuestra familia en casa significa que tenemos que ser silenciosos y muy cuidadosos, sobre todo después de lo de Natalia, lo que se traduce en que no podemos hacer todo lo que nos gustaría.

Sin embargo, y por muchas ganas que tenga, hoy el sexo va a tener que esperar. Hay otra cosa que hemos estado retrasando, así que ha llegado el momento de mantener de una vez por todas esas conversaciones que teníamos pendientes. Es verdad que podríamos haberlo hecho por las noches, pero no quería estropear esos escasos momentos de soledad que teníamos con conversaciones incómodas. Y, ahora que tenemos toda la tarde por delante, sé que no podemos seguir retrasándolo más.

Acabamos de despedirnos del resto de la familia y de cerrar la puerta cuando Marcos se gira directo hacia mí, dispuesto a besarme. Le sigo un juego durante unos segundos, pero entonces me separo de él.

—¿Te parece si vamos a tu cuarto?

Página 298

—Vale —responde con una sonrisa; es evidente que tiene una idea muy distinta de lo que va a ocurrir en su habitación, al menos en el futuro más próximo.

Una vez dentro, me siento en su cama, tratando de controlar los latidos desbocados de mi corazón que puedo sentir atronando en mis oídos. Nunca se me han dado muy bien estas cosas.

—Creo que deberíamos hablar —digo, yendo directamente al grano. Su expresión cambia en un instante, y esa sonrisita de antes da paso al

pánico. Traga saliva antes de contestar.

—¿Pasa algo?

—No ha pasado nada, tranquilo. —Me esfuerzo por sonreír; no quiero que se asuste—. Es solo que… En fin, ya sabes que tenemos una conversación pendiente.

Él asiente sombríamente con la cabeza y toma asiento junto a mí.

—Sí. Lo sé.

—Mira, creo que a ninguno de los dos se nos da bien esta clase de conversaciones, así que voy a intentar decirte las cosas tal como las siento, ¿vale?

—Vale.

—Antes que nada, quiero que recuerdes que te quiero. Ni me arrepiento de nada, ni quiero que lo dejemos. Eso tienes que tenerlo claro.

—¿Seguro? —pregunta con un hilo de voz.

—Seguro —afirmo, y le cojo las manos para tratar de infundirle más confianza—. Pero bueno, volviendo al tema… Tú sabes que antes me caías como el culo, ¿verdad?

Él suelta una risita.

—Como para no saberlo. El putísimo Marcos… ¿no era así como me llamabas?

Parpadeo un par de veces, confuso.

—¿Cómo sabes tú eso?

—Te escuché una vez —admite—. Una de las veces que nuestros padres nos llevaron a comer, o a cenar. Creo que le estabas mandando un audio a algún amigo, no lo recuerdo bien.

Enrojezco violentamente; nunca se me ocurrió pensar que se hubiera

dado cuenta. Por lo que dice, lo más probable es que lo estuviera

criticando con Alejo.

—Yo… lo siento.

Página 299

—No tienes que sentirlo —me asegura—. Supongo que puedo llegar a entenderlo. No me conociste en mi mejor época.

—Si te soy sincero, cuando empezamos a… No sé, a acercarnos, supongo… La verdad es que no me fiaba nada de ti.

—Lo sé —responde con una leve sonrisa—. Se te notaba un poco, la verdad.

—Como ya te he dicho, me caías como el culo. Pero, cuando empezamos a convivir… A ver, es como que parecías diferente, pero me resistía a creérmelo. ¿Sabes lo que te digo?

—Sí, supongo que sí. Yo no quería presionarte ni nada, pero intenté acercarme a ti. ¿Te diste cuenta?

Asiento con la cabeza.

—Lo que pasa es que yo pensaba que tan solo querías que nos lleváramos bien por tu padre y tu hermana, ¿sabes? No acababa de creerme que no siguieras siendo la misma persona.

Él suelta un suspiro.

—¿Tan horrible crees que era en el instituto?

—A ver… sí y no. O sea, tú nunca me hiciste nada. Jamás me insultaste, jamás te burlaste de mí. Pero los amigos que tenías… En fin, no tengo ni que decírtelo. Tú lo sabes mejor que nadie. Para mí erais como un todo, una única entidad. Erais los putísimos payasos de la clase, así que tú eras el putísimo Marcos.

Parece avergonzado mientras asiente con la cabeza, y me doy cuenta de que tiene los ojos húmedos.

—Lo siento.

—No te lo digo para que lo sientas. Te lo digo para que lo entiendas. Para que me entiendas a mí. —Hago una pausa y respiro hondo antes de continuar—. Mira, yo no quería que mi madre rehiciera su vida. Es egoísta, lo sé. Y a veces me odio por ello. Pero llevábamos muchos años los dos solos, ella y yo contra el mundo, así que ya creía que iba a ser siempre así. No quería un padrastro, nunca había querido hermanos.

—Y de repente tu madre mete a tres personas más en tu vida. —Exacto. El día que nuestros padres nos presentaron, yo ya iba de

mala hostia. Estaba predispuesto a odiaros. Que fueras precisamente tú me lo puso muy fácil; como ya te he dicho, me caías como el culo.

—Creo que me quedó claro la primera vez —dice con una sonrisa; al menos, no parece dolido.

Página 300

—Lo siento. El caso es que a ver, tú lo sabes mejor que nadie… tuvimos más de un año para conocernos antes de que nuestros padres se casaran, pero yo no puse de mi parte. No quería poner de mi parte, no quería conoceros mejor. Eras el putísimo Marcos, y eso me daba la excusa perfecta para no querer saber nada de ti.

—Lo sé. Y lo entiendo. Yo trataba de acercarme a ti, pero en fin… Lo único que me transmitías era hostilidad. —Se encoge de hombros y me mira con una sonrisita triste que me rompe por dentro—. Pero tranquilo, que no te culpo.

—Mira, te voy a ser sincero. Muy en el fondo, supongo que yo ya sabía que eras diferente, aunque no quisiera admitirlo. Como ya te he dicho, tú nunca me insultabas en el instituto, jamás te metías conmigo ni con nadie. Casi parecía que fueras la mascota del grupo, más que una parte real de él. —Marcos hace una mueca; supongo que él también debía de sentirse así—. Pero lo fácil era negármelo, ¿sabes? Lo fácil era tratar de autoconvencerme de que eras tan gilipollas como los demás, de que mi madre estaba cometiendo un error enorme al unir nuestras familias. Porque eso me daría la razón a mí. Así que tú seguiste siendo el putísimo Marcos y seguiste cayéndome como el culo.

—Creo que ya van cuatro veces que lo dices, de verdad que puedes parar —señala entre risas.

—Perdón. Es solo que quería dejarlo todo claro, ¿vale? Necesito que comprendas cómo me sentía, por qué era tan hostil contigo. Esos primeros días fueron como una montaña rusa de emociones para mí.

—Para mí también lo fueron —dice con absoluta seriedad.

—Cuando empezamos a convivir, es como que la persona que tenía en la cabeza no encajaba del todo con la persona que estaba viendo todos los días. Cuando solo te veía un par de veces al mes, cuando nuestros padres nos juntaban, podía fingir que eras el Marcos que creía que eras, el Marcos que quería que fueras, solo que estabas disimulando delante de nuestros padres. Pero, en casa… En fin, aquí ya era más difícil. —Pongo los ojos en blanco antes de continuar—. Y luego está lo de las pajas.

—¿Las pajas?

—Sí, bueno, las pajas y todo lo demás. ¿Recuerdas la primera noche? Él sonríe.

—Me echaste la bronca por hacer ruido haciéndome una paja y luego tú hiciste exactamente lo mismo.

Página 301

Enrojezco ligeramente.

—Me ponías cachondo, ¿vale? Todavía no me había dado cuenta, creo que no era capaz de admitirlo ante mí mismo, pero me ponías. Y luego empezaron los encuentros en el baño, y cuando me estaba afeitando, y cuando te paseaste en pelotas delante de mí…

—¿Te cuento un secreto? —me pregunta con una sonrisa tímida. —¿Yo también te ponía?

—Bueno, sí, pero no me refería a eso. En realidad… estaba tratando de provocarte.

Me quedo boquiabierto.

—¿En serio?

—A ver, yo sabía que eras gay, ¿vale? Y me daba la impresión de que me mirabas un poco más de la cuenta, y bueno, ahora me lo acabas de confirmar. Yo no sabía lo que sentía exactamente porque estaba hecho un lío, pero sí que tenía como mucha curiosidad por ti, ¿sabes? Sé que suena ridículo, pero, no sé… Estaba bastante confuso, y es como que pensaba que a lo mejor tú podrías ayudarme o algo así, supongo.

Pronuncia la última frase en voz baja, con timidez. Lo miro con infinita ternura y le doy un beso suave en los labios antes de continuar.

—Siento haber sido tan gilipollas contigo esos días.

—Pues sí, lo fuiste —responde con una sonrisita—. Pero tenías tus razones. Yo también habría hecho lo mismo.

—Que sepas que me sentía fatal por lo que te dije en el aeropuerto y todo. Y bueno, después fue cuando empezamos a… —Me doy cuenta de que no sé cómo expresarlo, ¿por qué me siento avergonzado de repente?

—. En fin, ya sabes.

—¿A follar?

—Joder, que bestia eres. Te recuerdo que fuimos poco a poco.

—Te recuerdo que la tercera noche que dormimos juntos te lanzaste corriendo a tragarte mi semen.

Le doy un manotazo en el brazo.

—Como si no lo hubieras estado deseando.

—Pues sí —admite sin la menor vergüenza.

—El caso es que, no sé… Me ponías bastante, aunque apenas había empezado a darme cuenta, y esas noches en el hotel, la intimidad que podíamos tener ahí… Era algo que jamás habría imaginado que pudiera tener contigo.

Página 302

—A mí me pasó exactamente igual. Todavía me cuesta creer que llegáramos a hacer todo lo que hicimos, la verdad.

—Pues sí. Pero el caso es que durante el día sí que dejaba de pensar con la polla. Pensaba en que todavía me caías mal, en que tendríamos que resolver los asuntos pendientes del instituto. Lo que pasa es que por las noches me olvidaba por completo de sacar el tema, era como que me invadían las hormonas y las ganas de ti. Durante el día tenía momentos de debilidad, pero más o menos podía controlarme. Pero, por las noches… en fin, tan solo podía pensar en el deseo que sentía hacia ti.

Él esboza una sonrisita.

—Me acuerdo bien, sí.

—Gilipollas —le digo, dándole otro manotazo—. La cosa es que un día intenté sacar el tema, ¿sabes? Fue el día que estuvimos haciéndonos fotos en la montaña, pero nos interrumpieron. Y también quería hacerlo el último día, en la playa. Quería hablar contigo, pero entonces fue cuando empezaste a contarme tus dudas, a decirme que creías que podías ser bisexual. Y en ese momento me pareció que me necesitabas mucho más de lo que yo necesitaba hablar.

Veo que sus ojos se humedecen ligeramente al recordarlo.

—Fuiste muy bueno conmigo. Y creo que no me lo merecía.

—Claro que sí, tonto. Te lo merecías todo y más.

—Si tú lo dices.

—Lo digo. Pero bueno, el caso es que durante el día apenas teníamos ocasión de hablar, y por las noches estábamos demasiado cachondos. Y después volvimos a casa, y entonces casi no teníamos ocasión de estar a solas. Aunque dormíamos juntos, no quería estropear los pocos momentos que teníamos a solas, ¿sabes? Igual que ahora. Y, aparte…

Dejo la frase inconclusa, sin saber muy bien cómo expresarlo. —¿Sí?

—Es como que me olvidé del tema, no sé —continúo—. Alguna vez me acordaba, así en plan random, pero en general, era como si el tema hubiera desaparecido de mi cabeza. Ya te he dicho que al principio no me caías bien, y…

—Di que te caía como el culo, si total, una más… Me echo a reír.

—Sí, me caías como el culo. Pero era como si me hubiera ido al viaje con una imagen de ti y hubiera vuelto con otra completamente diferente,

Página 303

¿sabes lo que te digo? Ya no eras el Marcos que había conocido, o que creía conocer, sino una persona distinta, una persona nueva. Estaba tan centrado en empezar a conocerte de verdad, en lo que estaba creciendo entre nosotros y lo que estaba empezando a sentir por ti, que ya ni siquiera me acordaba del instituto.

—A mí también me costaba acordarme, la verdad.

—Pensándolo ahora, me imagino que tal vez deberíamos haberlo hablado antes, pero, no sé, supongo que los comienzos de una relación siempre son así, ¿no? —Me encojo de hombros antes de continuar—. Al principio todo es fantasía y arcoíris, no eres capaz de ver más allá de lo que sientes y no te paras a pensar con la cabeza porque estás demasiado cegado por lo bonito que es todo, las ganas que tienes de estar con la otra persona. El pensamiento racional no llega hasta más tarde, y entonces es cuando puedes pensar fríamente en lo que está pasando.

No digo lo que los dos estamos pensando: que, en nuestro caso, el momento de pensar fríamente llegó cuando estábamos separados, cuando Marcos me dejó y se marchó. Pero sé que eso todavía le atormenta, así que no lo menciono y en su lugar le acaricio las manos con un gesto de cariño.

—Lo entiendo —dice al fin—. Y gracias por contármelo.

—Gracias por escucharme.

—¿Necesitas decirme algo más sobre este tema? —pregunta en voz baja.

—Creo que no.

Marcos asiente con la cabeza. Abre la boca para decir algo, pero entonces la cierra. Lo miro a los ojos y él aparta la mirada, como si estuviera tratando de elegir sus próximas palabras, pero la tensión que invade su cuerpo es evidente debajo de mis manos.

Cuando al fin habla, su voz es poco más que un susurro.

—¿Quieres que te hable del instituto?

Asiento con la cabeza y le doy un apretón en la mano para transmitirle mi apoyo, consciente de que probablemente va a ser difícil para él.

Él asiente también, pensativo, y entonces traga saliva, como mentalizándose antes de empezar a hablar.

Página 304

58.

DE NUEVO, MARCOS NO COMIENZA DE INMEDIATO. LE DOY TIEMPO Y ESPACIO, HASTA QUE AL FIN RESPIRA HONDO Y COMIENZA A HABLAR.

—A ver… ¿te acuerdas de Andy?

Hago una mueca al oírlo; no es un nombre que me apetezca demasiado escuchar.

—Cómo olvidarlo.

—Nos conocimos antes del instituto. Era mi mejor amigo en el colegio.

—Pues no tenías muy buen gusto, la verdad.

Él se ríe, pero tampoco lo niega.

—En el colegio era diferente. Llegó en tercero de primaria y, además, ya empezado el curso porque le hacían bullying en su anterior colegio, así que nunca se integró muy bien. Tampoco es que los demás se lo permitieran. Yo era su único amigo; los demás no le hacían caso.

—Si pretendes que me dé pena después de que se volviera un gilipollas…

—No, no. Tranquilo. Lo que quiero es que comprendas mi parte de la historia. Para mí, Andy era mi amigo Andrés, el del colegio, el que llevaba media vida conociendo. Pero, cuando llegamos al instituto… No sé, es como que se transformó. Supongo que no quería que volviera a pasar lo que le había ocurrido en el colegio, así que se convirtió en una persona diferente, la que tú conocías, empezó a hacerse llamar Andy. Cuando

Página 305

estábamos solos, se comportaba como el Andrés de siempre, pero en el instituto era un completo desconocido.

—Pero para ti seguía siendo tu amigo del colegio.

—Exacto. Pero, cuanta más gente éramos en el grupo, menos caso me hacía a mí. Y yo estaba ahí como de fondo, como si fuera un adorno o una mascota a la que nadie le prestaba mucha atención. Desde que llegamos al instituto, empezó a reclutar gente para el grupo, ya sabes de quiénes hablo, y es como que poco a poco se fue olvidando de mí.

Por supuesto que sé a quién se refiere: los cinco o seis payasos que siempre iban en manada con ellos. Para mí eran como un todo, aunque Andy era claramente el cabecilla. Pero ahora sé que Marcos era el único que estuvo ahí antes de que hubiera ningún grupo, y el único que no se sumó a él por una mera cuestión de unión entre gilipollas. Sin embargo, eso no explica por qué permaneció a su lado, ni justifica el hecho de que jamás les parara los pies. Aun así, no quiero echarle en cara cosas que hizo cuando era un Marcos muy diferente al que he conocido durante estos últimos meses, de modo que trato de suavizarlo.

—¿Por qué no lo mandaste a la mierda?

Tarda un largo instante en responder.

—No podía —dice al fin—. Era mi mejor amigo.

—Pero en realidad ya no lo era, ¿no? Tú mismo me lo acabas de decir, ya no te hacía ni caso.

—Lo sé, pero es como que estaba obsesionado con él, ¿sabes? Me costaba darme cuenta de la realidad. Seguía aferrándome a la idea de que el Andrés de siempre seguía ahí, en algún lugar, aunque nunca me dejara verlo. Yo justificaba su comportamiento porque para mí ese no era él de verdad, ¿sabes lo que te digo? Pensaba que solo era una fachada, y supongo que al principio era así, pero con el tiempo esa fachada se acabó convirtiendo en su verdadera cara. Pero ocurrió de una forma tan gradual que ni siquiera me di cuenta de que estaba pasando. Y, cuando llegué a darme cuenta de verdad, estaba tan metido en toda esa situación que ni siquiera sabía cómo salir.

Se detiene para tomar aire, y yo lo miro mientras asiento con la cabeza, pensativo.

—Supongo que tiene sentido.

—Mira yo no creía que las bromas que hacía fueran con maldad. Pensaba que eran algo inofensivo. Y, a ver, la verdad es que jamás le

Página 306

pegaron a nadie.

—No, pero a mí me llamaron maricón más de una vez —le recuerdo, con el ceño fruncido.

Odio desenterrar recuerdos dolorosos, pero es necesario que lo haga si nos estamos sincerando. Lo que sí que no hago, por no echar más sal en la herida, es recordarle algo más: que él nunca los detuvo. Esa es la razón por la que para mí fue el putísimo Marcos durante tanto tiempo, por la que lo odiaba a él y a su pelo de oveja, por la que me costó tanto confiar en él. Aunque jamás me insultó, no impidió que los demás lo hicieran. Sí, puede que nunca intentaran ponerme la mano encima, pero eso no le resta gravedad a lo demás.

—Lo sé —susurra, como si supiera exactamente lo que estoy pensando

—. Y, créeme, no sabes cuánto tiempo llevo odiándome por ello.

Una lágrima se desliza por su mejilla, pero se la seco con un dedo

antes de hacerle una caricia. Necesito que sepa que le apoyo, necesito que sepa que no le estoy echando las cosas en cara, por mucho que necesite decirle algunas de ellas.

—No tienes que odiarte. Comprendo la situación.

—Justo estaba en mitad de todo eso cuando se murió mi madre. —La voz se le rompe en la última palabra; este es un tema que apenas ha mencionado siquiera conmigo—. Ella quería mucho a Andrés, aunque no sabía cómo era él en el instituto. Pero él también la quería, y me apoyó mucho. Durante unos meses, volvió a ser el Andrés de siempre. Iba a mi casa todas las tardes para que no estuviera solo y jugábamos a videojuegos o estudiábamos juntos, trataba de hacer planes conmigo todos los fines de semana. Mi padre se había convertido en una especie de zombi, y mi hermana todavía era pequeña, entonces no podíamos apoyarnos mutuamente como lo haríamos ahora. Pero Andy volvió a ser Andrés, volvió a ser mi mejor amigo; él era el único que estaba a mi lado de verdad en una época tan difícil. No podía renunciar a él.

Asiento con la cabeza.

—Eso también lo entiendo.

—El problema es que, con el paso de los meses, yo empecé a superarlo un poco, al menos externamente, y él comenzó a alejarse de mí otra vez, muy poco a poco. De nuevo, volví a ser el que se quedaba en segundo plano en el grupo, el que no le importaba mucho a nadie. Después del dolor de la muerte de mi madre, ahora estaba perdiendo a mi mejor amigo

Página 307

por segunda vez. Y no sabía si podía hacer algo para evitarlo, o si quería intentarlo siquiera. Y así pasaron un par de años más sin saber qué hacer.

A estas alturas las lágrimas ya se están deslizando libremente por sus mejillas, así que lo abrazo con fuerza para tratar de transmitirle todo mi cariño.

—Lo siento. Tiene que haber sido muy difícil.

Él sorbe por la nariz antes de contestar.

—Bastante. Pero eso me sirvió para empezar a comprender que Andrés no era tan amigo como yo pensaba. Y quería alejarme, ¿sabes? Pero no sabía cómo hacerlo. Al principio, tratar de alejarme de él me parecía una traición, después de lo que había hecho por mí cuando lo de mi madre. Pero él siguió cambiando, y llegó un punto que ya no sabía qué hacer. Por un lado, me daba miedo que él o los demás la tomaran conmigo, que creyeran que los había traicionado o algo así. Y, aunque no fuera así, tampoco podía irme como si nada, no tenía más amigos. Me daba miedo quedarme solo.

Esbozo una sonrisa llena de tristeza.

—Alejo y yo te habríamos acogido, ¿sabes? Nosotros dos tampoco teníamos muchos amigos que digamos; no nos habría importado tener uno más.

Él aparta la mirada y se queda mirando a la nada, pensativo. Entonces, suelta un suspiro.

—Las cosas habrían sido diferentes —dice al fin.

—Muy diferentes.

Entonces, lo abrazo de nuevo. Y, mientras lo hago, no puedo evitar imaginar cómo podría haber sido la situación si nos hubiéramos hecho amigos en el instituto. A lo mejor existe una especie de universo alternativo donde las cosas se desarrollaron de forma diferente. ¿Tal vez Marcos y yo habríamos empezado a gustarnos mucho antes, varios años antes? ¿Tal vez habríamos descubierto nuestra sexualidad juntos, tal vez hasta habría sido mi primer novio? Pero, de haber sido así, ¿todavía seguiríamos juntos, o lo nuestro se habría acabado terminando con el tiempo, como suele ocurrir con tantos amores adolescentes? De haber sido así, tal vez nuestros padres se habrían conocido de una forma muy diferente, cuando nosotros los presentáramos.

Pero, si las cosas hubieran ocurrido de esa forma, lo más probable era que nuestros padres nunca hubieran llegado a intimar, que nunca hubieran

Página 308

llegado a enamorarse ni mucho menos a casarse. Y, si Marcos y yo hubiéramos roto con el tiempo, ahora mismo la situación sería muy diferente. Yo estaría en mi casa de siempre con mi madre, los dos solos. Y Marcos estaría con Antonio y con Natalia. No solo habría perdido lo que tengo ahora con él, sino que también habría perdido a esas otras dos personas que ahora son mi familia.

Pero no estoy dispuesto a renunciar a ninguno de los tres, así que prefiero quedarme en mi universo. Supongo que, a pesar de todas las posibilidades, las cosas han acabado saliendo tal y como tenían que salir.

Continúo abrazándolo mientras él solloza en silencio contra mi pecho. Hace tiempo que lo perdoné casi sin darme cuenta mientras comenzaban a crecer los sentimientos entre nosotros, pero, ahora que comprendo un poco más de la situación, sé que no puedo juzgarlo por lo que hizo o más bien dejó de hacer en el pasado. En la despiadada jungla del instituto, o comes o se te comen. Puede que él no devorara a nadie, pero se aseguró de estar lo bastante cerca de los depredadores como para no convertirse él también en presa. Y eso por no mencionar que Andy y sus amigos ni siquiera eran auténticos depredadores; de ser así, me resultaría mucho más difícil tratar de justificar su comportamiento.

Es posible que Marcos actuara como un cobarde, pero, ¿acaso no lo habríamos sido todos en su situación? Tenía demasiadas cosas encima, demasiado sufrimiento al que hacer frente. No podría echarle en cara que hubiera escogido la salida fácil cuando muy probablemente yo también lo habría hecho si hubiera estado en su lugar. Andy y los demás no eran verdaderos abusones, aunque a veces se pasaran de la raya. Simplemente eran los gilipollas de la clase, los payasos de la clase. Sabiendo lo que sé sobre otros institutos y las cosas que pueden ocurrir en ellos, la verdad es que agradezco que ellos fueran lo peor que tuviéramos.

Cuando Marcos se calma al fin, decido mencionar algo que me ha llamado la atención mientras hablaba.

—Antes has dicho que estabas un poco obsesionado con Andy… — comienzo, pero no sé cómo terminar la frase.

Él asiente con la cabeza.

—Supongo que es posible que me gustara como algo más. Entonces no me daba cuenta, claro. Siempre había sido mi mejor amigo, lo quería muchísimo, y es como que pensaba que esos sentimientos eran algo

Página 309

natural. Pero darme cuenta de que él no me quería de la misma manera me dolía, y por eso siempre estaba tratando de buscar su aprobación.

—Pero al final lo superaste, ¿no?

—A ver… esto me da un poco de vergüenza —dice con una sonrisa tímida.

—Creo que a estas alturas ya no debería haber vergüenza entre nosotros —le recuerdo.

—Pues a ver… Cuando ya era más mayor, en bachillerato, me pillé mucho por una profesora. Elsa, ¿te acuerdas de ella?

—¿La rubia de Inglés? ¿La que se fue con un australiano?

—Justo.

—Mientras no te liaras con ella…

—Joder, ojalá —responde entre risas. Yo arqueo una ceja, y él se calla al instante—. A ver, quiero decir que en esa época no me habría quejado.

—Bueno, eso habría sido abuso por su parte —señalo.

—Lo sé. El caso es que, a ver… digamos que me obsesioné bastante con ella. Y, en parte, eso fue lo que hizo que dejara de estar tan obsesionado con Andrés. Estas últimas semanas lo he estado analizando un poco y, en fin, digamos que me di cuenta de algo…

Deja la frase inconclusa, pero creo que sé por dónde va.

—No era la primera vez que te obsesionabas así.

Él asiente con la cabeza.

—Exacto.

—Y yo que pensaba que yo era el primer chico que te gustaba… — replico con fingida indignación, y él suelta una risita.

—Eres el primer chico que me ha hecho darme cuenta de que me gustan los chicos. Descubrí mi sexualidad contigo, no con él.

Y, entonces, me da un beso en los labios.

Hemos estado hablando largo y tendido, y tal vez todavía nos queden cosas pendientes, pero por el momento nos hemos sacado muchas cosas de dentro y estamos agotados emocionalmente. En otra ocasión, tal vez aprovecharíamos que estamos solos en casa para unir nuestros cuerpos por completo, pero ahora no es el momento. En lugar de eso, nos tumbamos en la cama y ponemos Heartstopper, y nos quedamos abrazados hasta que termina la segunda temporada, sintiéndonos más ligeros que nunca después de haber mantenido esta conversación que tanto necesitábamos los dos.

Página 310

59.

NORMALMENTE ODIO LAS AGLOMERACIONES DEL METRO, EN ESPECIAL CUANDO

SE TRATA DE ÉPOCAS TAN AJETREADAS COMO LAS NAVIDADES, PERO HOY VOY SONRIENDO.

Por un lado, por la conversación de ayer con Marcos. Necesitaba quitarme todas esas espinitas que tenía clavadas, necesitaba desahogarme y, sobre todo, necesitaba escuchar lo que tuviera que decirme él. Sé que le ha costado abrirse tanto conmigo, pero también sé que se sintió tan aliviado como yo después de hablar. Los dos nos hemos quitado un enorme peso de encima, y tengo la sensación de que ahora nuestra relación es más fuerte que antes. Teniendo en cuenta que más pronto que tarde tendremos que enfrentarnos al temido momento de contárselo todo a nuestros padres, supongo que lo vamos a necesitar.

La segunda razón por la que sonrío es porque estoy yendo a ver a mis amigos de la universidad, incluida Álex. No los veo desde que comenzaron las vacaciones hace casi dos semanas, así que tengo muchas ganas de estar con ellos. Hemos quedado en nuestro restaurante italiano habitual, y también vamos a celebrar nuestra reciente tradición del amigo invisible que comenzamos el año pasado.

Luis y Carlota se bajan en la misma estación que yo y siempre nos esperamos en la boca de metro. En esta ocasión soy yo quien llega primero, aunque a ellos solo les falta una parada, de modo que aprovecho para mandarle un mensaje a Marcos recordándole que le quiero. Su

Página 311

respuesta no se hace esperar, y continuamos escribiéndonos mensajes almibarados hasta que una voz muy cerca de mí me hace dar un respingo.

—Creo que alguien está hablando con su chico.

Levanto la mirada y veo a Luis, mirándome con una sonrisa burlona, con Carlota a su lado.

—No seas malo, anda —le reprende ella—. Ya quisieras tú tener novio.

Él se lleva una mano al pecho, fingiendo indignación.

—¡Qué golpe tan bajo!

Entre risas, me acerco a ellos para abrazarlos. Aunque ahora esté un poco avergonzado, la verdad es que es un alivio poder hablar del tema en voz alta después de esas primeras semanas ocultando que estaba con Marcos y las semanas posteriores ocultando que me había dejado.

Juntos, comenzamos a caminar hacia el restaurante, donde ya nos están esperando Álex y Sandra junto a la puerta. Al igual que hizo Álex el otro día, las dos corren hacia nosotros para abrazarnos. Después, nos apresuramos a entrar para guarecernos del frío y pedimos una mesa. Enseguida nos damos cuenta de que hoy está nuestro camarero favorito, un chico bastante majo que a Luis le gusta bastante.

—¡Pero bueno! —nos saluda mientras se acerca a la mesa, con una enorme sonrisa en su cara morena—. ¡Pero si están aquí mis clientes favoritos!

—Algún día vas a tener que mojarte, Flavio —le dice Sandra, siempre descarada—. Uno de nosotros tiene que ser tu favorito, no podemos serlo todos.

Él le guiña un ojo de una forma tan sexy que hasta yo, obsesionado como estoy con Marcos, siento un cosquilleo en la tripa.

—Tengo a mi favorito —confirma—. Pero estoy trabajando y ante todo tengo que ser un buen profesional, así que jamás lo sabréis.

—¡Venga ya! —se queja ella.

—Es lo que hay. ¿Lo de siempre, chicos?

Cuando le damos nuestra confirmación, Flavio se aleja de la mesa sin necesidad de tomar nota; venimos tan a menudo por aquí que ya se sabe nuestro pedido de memoria.

—Ha dicho favorito, con «o» —señala Carlota—. Eso significa que es uno de los chicos.

—Será Fran —se apresura a decir Luis—. Él es más guapo que yo.

Página 312

Pongo los ojos en blanco.

—No digas tonterías.

—¡Es la verdad! Tú tienes a tu novio guapísimo y yo estoy aquí, más solo que una mierda.

—Vaya, gracias —replica Carlota—. Veo que si no tenemos polla, no te servimos para hacerte compañía.

—Qué va —dice Sandra—. Yo tengo polla y tampoco le sirvo, lo único que quiere él es a Flavio.

A estas alturas, Luis está tan rojo que me está dando hasta pena, así que decido intervenir.

—Anda, dejadlo en paz. ¿Qué tal las vacaciones? ¿Qué habéis estado haciendo?

Todos intercambian una mirada, a excepción de Álex.

—Estás flipando si te crees que no vas a ser tú el primero en contarlo todo —señala Sandra.

—Venga, desembucha —añade Carlota.

Suelto un suspiro de resignación y, como no podría ser de otra manera, comienzo a hablar. Una vez más, acabo monopolizando yo casi toda la conversación. Al menos, las pizzas tardan un rato en llegar y nosotros también tardamos más en comérnoslas, de modo que cuando termino de relatarles toda la historia, todavía nos queda más de media pizza a cada uno. En mi caso, son más de tres cuartos, porque apenas he podido parar de hablar para comer sin que me exigieran que siguiera hablando.

—¿Te das cuenta de que tu vida parece la típica serie surrealista española de los 2000? —dice Luis mientras muerdo mi segundo trozo—. Solo te falta que te suene la cancioncita de la intro todas las mañanas.

—Sí, y que la titulen Uno más uno son cinco —respondo entre risas—.

Pero ahora, venga, contadme vosotros.

Libre para comerme al fin el resto de mi pizza, los escucho atentamente, disfrutando de su compañía y de las risas que siempre compartimos. Y pensar que estuve tan alejado de ellos cuando pasó todo lo de Marcos… Tomo nota mentalmente para no volver a hacerlo; aunque ellos no son tan cercanos como Álex y Alejo, siguen siendo mis amigos y los quiero.

Cuando terminamos con los postres, llega el momento del amigo invisible. Hacemos un sorteo con una aplicación del móvil para ver quién será el primero en abrir su regalo y le toca a Álex, que suelta un grito de

Página 313

emoción al ver que se trata del Blu-Ray de una película que tenía muchas ganas de tener. Es bastante cinéfila, y su colección es envidiable. El regalo es de parte de Luis, así que ahora le toca a él abrir el suyo, unas pinturas que le hacen sonreír de oreja a oreja. Como soy yo quien se lo ha regalado, ahora me toca a mí abrir el mío.

Se trata de un libro, la última publicación de Fátima Embark y Virginia Cavanillas. Escriben tan rápido que me cuesta un poco seguirles el ritmo, pero me hace feliz poder tenerlo al fin en mi pequeña biblioteca. Y, aunque no he estado leyendo demasiado desde que ocurrió la ruptura con Marcos, tal vez sea un buen momento para recuperar el hábito.

—¿De quién es? —pregunto con una enorme sonrisa.

—¿Por qué no lo abres? —sugiere Álex—. A lo mejor te lo han dedicado.

Sus palabras me hacen sospechar, pero sé que a ella le ha tocado regalarle a Sandra, y eso significa que el libro solo puede ser de la propia Sandra o de Carlota. Pero, cuando lo abro, no me encuentro con una dedicatoria, sino con un sobre que cae sobre la mesa. Frunciendo el ceño, lo abro y saco la hoja de papel impreso de su interior. Es un correo electrónico… y me quedo con los ojos como platos al ver que el remitente es la agencia de representación de Darío, mi cantante favorito. El corazón se me detiene un instante mientras leo el mensaje, informándome de que hay unas entradas a mi nombre.

Miro a Carlota; está claro que solo ha podido ser ella.

—¿Y esto? —susurro.

—Sé que te morías de ganas de ir —me explica con una gran sonrisa

—. Lucía no iba a poder ir conmigo porque tiene un cumpleaños familiar ese día, así que me pareció que no había nadie mejor que tú para disfrutar de la obra. No conocemos a nadie que sea más fan de Darío.

Sonrío todavía más que antes. —Entonces, ¿vamos a ir juntos?

Sin embargo, ella niega con la cabeza.

—Prefiero ir yo otro día con ella, para que no se quede sin ir —me explica—. ¿No has visto que las entradas están a tu nombre? Puedes ir con quien tú quieras… aunque había pensado que a lo mejor querrías ir con tu chico.

El corazón me da un vuelco.

Página 314

—¿En serio? —pregunto, ligeramente aturdido. Esto parece demasiado bueno para ser cierto.

—En serio —confirma ella con una enorme sonrisa.

—Joder… gracias. En serio, mil gracias. Estuve mirando entradas para ver si podía ir el día que va a estar Darío, pero ya no quedaban. Joder. No me lo creo.

—Pues créetelo. Vas a poder conocer en persona a tu cantante favorito. —Y encima, con tu chico —añade Álex, y ahora comprendo que ella también estaba en el ajo. Como es mi mejor amiga, la gente siempre suele

acudir a ella para saber qué regalarme—. No te quejarás.

—Pues no. La verdad es que no. ¿Os he dicho ya que sois los mejores? Los demás se echan a reír.

—Qué pelota eres… —dice Carlota—. Venga, ¡quiero ver mi regalo! Todavía sigo incrédulo mientras las demás abren sus regalos, incapaz

de dejar de mirar el papel con las entradas a mi nombre. Como han dicho ellas, voy a conocer a mi cantante favorito y, encima, voy a poder hacerlo junto a Marcos. Probablemente sea el mejor regalo que me han hecho en toda mi vida.

Sin embargo, no puedo evitar sentir cierta inquietud. Al fin y al cabo, no estoy demasiado acostumbrado a que me salgan tan bien las cosas. Y, después de lo que pasó con Marcos cuando pensaba que éramos felices, me cuesta quitarme de encima la sensación de que todo podría acabar torciéndose de un momento a otro.

Espero equivocarme.

Página 315

después de la

60.

CUANDO QUIERO DARME CUENTA, YA HA LLEGADO LA VÍSPERA DE REYES, LA QUE SIEMPRE HA SIDO UNA DE LAS NOCHES MÁS MÁGICAS DEL AÑO. MI MADRE

SIEMPRE SE VOLCÓ EN HACER QUE FUERAN ESPECIALES, Y

separación de mis padres, esta es la primera vez que voy a pasar tanto la noche como la mañana en familia. Hay pocos momentos en los que vuelvo a sentirme como un niño, y este es sin duda uno de ellos, así que me levanto por la mañana con ilusión.

Estamos comiendo todos en casa cuando Natalia hace una propuesta:

—¿Podemos ir a la cabalgata del centro? —dice, mirando a nuestros

padres—. No tenemos nada que hacer.

—A mí me parece bien —responde mi madre, sonriente—. ¿Tú qué opinas? —le pregunta a Antonio, que asiente con la cabeza.

—Sí, claro. Yo la llevo todos los años. —Entonces, se dirige a Marcos

—. Tú supongo que no querrás venir, ¿no?

—Ya sabes que nunca voy. Me agobia que haya tanta gente. —¿Y tú, cariño? —me pregunta mi madre.

No tengo ni que pensármelo: si Marcos no quiere ir, es la oportunidad perfecta para quedarnos los dos solos en casa.

—Creo que paso… demasiados niños chillando y demasiados adultos dispuestos a matar por unos caramelos.

Marcos ha dicho que nunca va a la cabalgata y mi madre sabe perfectamente que yo también llevo años sin ir, así que no debería resultar

Página 316

sospechoso que los dos prefiramos quedarnos en casa. Me doy cuenta de que Natalia está tratando de contener una sonrisita, y empiezo a preguntarme si no habrá hecho esta propuesta completamente a propósito para dejarnos solos. ¿Es posible que sea una aliada todavía mayor de lo que pensamos?

—Bueno, pues vamos nosotros tres —decide Antonio—. Pero esta noche se cena en familia, ¿eh? Si no, no hay regalos.

—Vale —respondemos Marcos y yo al unísono.

Como sé que vamos a estar juntos desde que los demás salgan por la puerta, me voy a estudiar después de comer. Llevo ya un par de horas agobiado entre apuntes cuando me entran ganas de ir al baño, pero cuando me acerco a la puerta, escucho el sonido inconfundible de la ducha. Doy unos golpecitos.

—¿Puedo entrar? Tengo que mear.

—¡No! —responde Marcos, y me da la impresión de que su voz suena un poco más aguda de lo normal.

Alzo una ceja. ¿En serio? Yo siempre le dejo entrar, y a él siempre le encanta aprovechar estos momentos para darnos besos furtivos.

—Venga ya, que me meo.

—Bueno, vale —responde tras un instante de pausa—. Pero no tardes. Estoy tan extrañado por su comportamiento que, en esta ocasión, ni siquiera necesito tratar de concentrarme para orinar. Cuando termino, me

acerco a las cortinas de la ducha.

—¿No me das un beso? —susurro.

—Luego, ¿vale? Ahora no puedo.

Frunzo el ceño todavía más mientras voy a lavarme las manos, incapaz de comprender su comportamiento. Como se esté haciendo una paja en la ducha en lugar de esperar a que nos quedemos solos, lo mato.

Apenas llevo diez minutos en mi habitación cuando mi madre se asoma por la puerta.

—Cariño, nos vamos ya. —Entra y se acerca a mi escritorio para darme un beso—. Intenta descansar un poco, ¿vale? Que estás de vacaciones.

—Sí, supongo que luego me pondré a ver algo con Marcos. ¡Pasadlo bien!

—Gracias, hijo. ¡Hasta luego!

—Hasta luego.

Página 317

Aguzo el oído para tratar de escuchar mientras Antonio se despide de Marcos. Oigo la puerta de entrada cerrándose, espero un minuto, y después voy a la habitación de al lado.

—¿Se puede? —pregunto, llamando a la puerta.

—Sí, claro —responde Marcos, aunque su voz suena extraña—. Pasa. Me acerco a él y nos fundimos en el beso habitual, pero me da la

impresión de que está raro.

—¿Te pasa algo?

—No, tranquilo —me asegura—. Es que tenía muchas ganas de besarte.

—Pues entonces, será mejor no perder más tiempo.

Comenzamos a besarnos de nuevo y, en esta ocasión, Marcos no tarda en soltarse. Enseguida nuestros latidos y nuestras respiraciones se aceleran, y puedo sentir su polla dura contra mi muslo mientras la mía se clava en su vientre. Aunque seguimos dándonos placer a escondidas casi todas las noches, hoy es el primer día desde que volvimos de la sierra que podemos estar solos de verdad y dar rienda suelta a todo lo que sentimos, a todo lo que queremos hacer.

—Oye, Fran —susurra al cabo de unos minutos, con la respiración entrecortada.

—Dime.

—Hace tiempo que quería decirte una cosa.

Lo miro y veo que tiene las mejillas rojizas, algo muy poco propio de él. Frunzo un poco el ceño al verlo, extrañado.

—Tú dirás.

—Pues… Es que creo que estoy preparado para que demos un paso más.

Parpadeo un par de veces, tratando de comprender sus palabras.

—Me parece que somos demasiado jóvenes para casarnos, Marcos — bromeo entre risas, y él se ríe también.

—No es eso, idiota.

—Venga, dime.

Entonces aparta la mirada y traga saliva, actuando otra vez de forma extraña. Se nota que está nervioso, y ahora mismo me parece tan adorable que quiero comérmelo entero. Pero aguardo con paciencia hasta que, al fin, vuelve a mirarme a los ojos.

—Quiero que me folles —susurra muy cerca de mis labios.

Página 318

El corazón me da un vuelco dentro del pecho y la polla se me pone dura al instante. Las ganas de sonreír son demasiado fuertes, pero la tentación de provocarlo es un poco más intensa.

—Joder, y decían que el romanticismo había muerto.

Él me da un golpe juguetón en el brazo, arrancándome una carcajada. —Lo digo en serio, Fran. —Traga saliva antes de continuar—. No sé si

me va a gustar, y la verdad es que me da un poco de miedo… Pero quiero hacerlo. O, al menos, quiero intentarlo. Contigo.

De nuevo, mi corazón hace una especie de voltereta. Sin poder evitarlo, le doy un beso largo y profundo.

—¿Estás seguro? —susurro cuando nos separamos. —Estoy seguro —responde con decisión. —¿Ahora?

—Sí. —Esboza una sonrisa avergonzada, y entonces añade—: Me he estado preparando en la ducha antes de que se fueran los demás.

Vale, ahora todo tiene sentido.

—¿Sabías cómo hacerlo?

—No —admite—. Pero lo he buscado en Google y tal. Espero haberlo hecho bien.

—Y, si no, no pasa absolutamente nada —le aseguro—. No quiero quiero que te pongas nervioso pensando en eso, ¿vale?

—Vale.

—¿Confías en mí?

—Confío en ti.

No sé quién de los dos besa al otro primero, pero nuestros labios se encuentran de nuevo y comenzamos a devorarnos una vez más. Poco a poco, vamos perdiendo la ropa hasta que ya no queda ninguna barrera entre nuestros cuerpos. Estoy rodeado de Marcos por todas partes, y él está rodeado de mí.

Al cabo de un rato, Marcos comienza a chupármela como tan bien le he enseñado a hacer. Lo hace despacio y con delicadeza, como si quisiera asegurarse de reverenciar cada centímetro. Lo observo mientras succiona el glande, provocándome escalofríos de placer, y él levanta la mirada para dejar que nuestros ojos se encuentren mientras se introduce en la boca el resto de mi polla, tan despacio que me resulta casi agónico. Contengo un gruñido cuando llego hasta su garganta y Marcos comienza a mover la cabeza de arriba abajo con decisión.

Página 319

—Marcos —susurro con la voz ronca por el placer—. Quiero probar una cosa.

Él se saca mi polla de la boca para hablar.

—¿El qué?

—Quiero que te sientes en mi cara.

Marcos traga saliva mientras me mira.

—Vale —dice—. Pero… Ya sabes que nunca lo he hecho. —Tranquilo. Tú ponte como me pongo yo cuando me siento encima de

ti, ¿vale?

—Vale.

Veo que se muerde el labio, pero se acerca a mí y me da un beso rápido. Después, se da la vuelta para mirar hacia mis pies y me pasa una pierna con torpeza por encima del pecho. No hacía falta que me dijera que es la primera vez que hace esto; para empezar, porque ya lo sabía, y también porque es más que evidente. Pero, al fin, encuentra la posición y baja las nalgas con lentitud sobre mi cara.

—¿Estoy bien así? —me pregunta, con la voz claramente llena de nerviosismo.

—Perfectamente —le aseguro.

Entonces, planto ambas manos sobre sus nalgas. Es de los pocos lugares de su cuerpo que apenas he explorado, pero por fin ha llegado el momento. No quería sacarle el tema porque sé que no tenía ninguna experiencia con chicos antes de lo nuestro, pero estaba deseando encontrarme de una vez en esta posición. Y, por supuesto, aprovecho la oportunidad. Primero, masajeo sus glúteos carnosos, disfrutando de la sensación, pasando los dedos por el vello. Marcos está tenso sobre mí, pero pronto comienza a relajarse.

Presiono ligeramente sus muslos para que termine de bajar sobre mi cara. Suelto las manos y llevo una de ellas a sus huevos y la otra hasta su polla, que ya está bien dura y húmeda a causa de la excitación. Extiendo ese líquido por su glande mientras esparzo suaves mordiscos por sus nalgas, haciéndole dar un leve respingo todas y cada una de las veces. Comienzo desde fuera, cerca de sus caderas, y después voy avanzando poco a poco hacia dentro. Utilizo también la lengua, dándole lametones aquí y allá para que se vaya preparando para lo que está por llegar.

Me doy cuenta de que el corazón me late con fuerza y, aunque me gustaría alargar el momento, tengo tantas ganas que no sé si voy a poder

Página 320

aguantar. Voy hasta sus huevos y les doy un lametón, y después deslizo la lengua hacia arriba entre sus nalgas hasta que, al fin, comienzo a lamer ese lugar donde muy pronto voy a poder entrar. Marcos vuelve a tensarse encima de mí, así que coloco las manos sobre sus muslos y lo acaricio con suavidad hasta que comienza a relajarse poco a poco.

Muevo la lengua con cuidado, fijándome en sus reacciones. No necesito que me diga nada para saber que le gusta; es más que evidente. Mientras mis movimientos se van volviendo más intensos, él comienza a gemir y a sufrir espasmos de placer, cerrando las manos sobre mi pecho mientras se estremece. Pero pronto empiezo a quedarme sin aire, así que aparto un poco la cara.

—¿Te gusta? —pregunto mientras trato de recuperar el aliento.

—Joder, sí. Me flipa. Necesito más.

—¿Quieres que siga?

—Sí —se apresura a responder—. Por favor, sí.

Y eso es justo lo que hago. Continúo comiéndole el culo con ganas durante un buen rato, disfrutando tanto del simple hecho de hacerlo como de las sensaciones que estoy provocando en él. Está claro que esta es una clase de placer completamente nueva para Marcos, y no podría estar más entregado mientras se estremece sobre mi cara y mi cuerpo. Su orificio palpita para mí, como pidiendo más, así que le separo las nalgas un poco para introducir ligeramente la lengua, y noto cómo se retuerce contra el contacto.

—Fran… —susurra con la voz entrecortada; una voz que nunca le había oído antes.

—Dime.

—Métemela.

Y, aunque yo también lo estoy deseando, sé que todavía es demasiado pronto.

—Todavía no —respondo con una risita—. Sé que tienes ganas, pero tengo que dilatarte primero. No quiero hacerte daño.

—Joder. Vale.

—¿Quieres que empiece a probar con los dedos?

—Sí. Joder, sí.

—Mejor ponte a cuatro patas, ¿vale?

—Vale.

Página 321

Se quita de encima de mí y me da un beso largo e intenso que me la pone más dura que nunca, y entonces se coloca a cuatro patas junto a mí. Me sitúo en posición entre sus piernas, maravillado ante la visión de su culo expuesto para mí, totalmente entregado, totalmente dispuesto a permitirme hacer lo que quiera con él. Es tan diferente al Marcos habitual, a ese papel un poco más dominante que suele adoptar, que siento una ráfaga de excitación recorriendo todo mi cuerpo en intensas oleadas. La tentación de metérsela ahora mismo y no parar hasta que los dos nos corramos es demasiado grande, pero sé que tengo que esperar.

Sonriendo, cojo el bote de lubricante que ha dejado en la mesita de noche. Antes de abrirlo, permito que mi boca se entretenga con su culo un poco más; sé que después no será lo mismo con el sabor del lubricante. Entonces, abro el bote y me vierto un poco en los dedos. Lo extiendo alrededor de su orificio y, por fin, comienzo a introducirle el dedo índice con lentitud. Su cuerpo se tensa contra mi mano, así que me detengo.

—¿Estás bien? —le pregunto para asegurarme.

—Sí —susurra—. Es que se me hace raro. Pero sigue.

—¿Seguro?

—Seguro.

Así que continúo. Poco a poco, termino de introducir el dedo, sintiendo la deliciosa calidez de su interior, la dulce presión de su interior apretándome, y me palpita la polla solo de pensar cómo será cuando pueda metérsela al fin. Espero poder aguantar, porque ahora mismo no hay nada que me gustaría más que correrme ahí dentro.

—¿Está entero? —me pregunta entonces.

—Sí. ¿Te duele?

—No, la verdad —dice con sorpresa—. Pensaba que sería peor. —Bueno, de momento solo va uno. ¿Pruebo con otro? —Vale.

Extraigo el dedo con cuidado para no hacerle daño, y entonces esparzo el lubricante entre el índice y el corazón. Deslizo los dos alrededor de su orificio, que ya está empezando a dilatarse, e introduzco las puntas de ambos dedos con facilidad. Continúo avanzando poco a poco, pero entonces Marcos se tensa de nuevo y vuelvo a notar esa presión en los dedos, ahora más intensa que antes.

—¿Estás bien?

—Eh… sí, creo que sí. Es lo que te he dicho, se me hace un poco raro.

Página 322

—Lo sé, pero es normal, sobre todo al principio —le aseguro—. Tan solo es cuestión de acostumbrarte, ¿vale?

—Vale.

—¿Prefieres que los saque?

—No, no. Sigue.

—Lo que tú me digas, pero tienes que intentar relajarte. Si no, voy a hacerte daño sin querer.

—Vale —dice otra vez.

—Cierra los ojos si no los tienes cerrados todavía —le instruyo; no puedo verle la cara desde donde estoy—. Y respira hondo.

No contesta, pero comienzo a oír su respiración más profunda. Entonces, sus músculos se relajan y la presión sobre mis dedos desaparece. Voy por la mitad, así que continúo avanzando hasta llegar a los nudillos. Se deslizan bien gracias al lubricante, así que ahora que hay dos dentro de él, comienzo a moverlos ligeramente, de arriba abajo y haciendo movimientos circulares para ayudarlo a dilatar más. Él sigue relajado, y suelta un gemido que me confirma que está empezando a disfrutarlo.

—Creo que ya puedes probar con otro —me indica.

—Vale.

De nuevo, saco los dedos con cuidado y me extiendo el lubricante, esta vez humedeciendo también el anular. Junto los tres y, una vez más, comienzo a introducírselos poco a poco. Esta vez no me resulta tan fácil avanzar, pero Marcos no se tensa y tampoco se queja. Cuando voy por la mitad, me detengo un momento para asegurarme de que esté bien.

—¿Sigo?

—Sigue.

Y eso hago. Avanzo de nuevo hasta llegar a los nudillos, y entonces repito los movimientos de antes. Es evidente que está mucho más dilatado, porque sigue sin quejarse y apenas siento resistencia. Sin embargo, trato de extender el momento. Por mucho que lo esté deseando, quiero disfrutar de este momento, no quiero hacer nada con prisas y, sobre todo, no quiero hacer nada brusco que pueda hacerle daño. Y esos gemidos que le estoy arrancando son demasiado deliciosos como para no seguir provocándoselos.

Con suavidad, giro las yemas de los dedos hacia su próstata y presiono ligeramente. Noto el momento en el que toco el punto sensible porque Marcos suelta un prolongado gemido, incapaz de contenerse. Continúo

Página 323

tocando y presionando el mismo lugar, arrancándole gemidos cada vez más intensos que él trata de ahogar contra la almohada.

—Joder. ¿Qué estás haciendo?

—¿No te gusta? —pregunto con una sonrisita que no puede ver; sé perfectamente que es todo lo contrario—. Si quieres, paro.

—¡No! No pares —suplica, casi desesperado.

Así que no lo hago.

Página 324

mientras sus gemidos de

61.

SU CUERPO EMPUJA CONTRA MI MANO, COMO PIDIENDO MÁS SIN QUE ÉL MISMO SEA CAPAZ DE CONTROLARSE, Y ESO ES JUSTO LO QUE LE DOY. INCREMENTO LA

VELOCIDAD DE MIS DEDOS Y AUMENTO LA PRESIÓN

placer comienzan a volverse casi agónicos. Los sonidos que produce son como una sinfonía para mis oídos, y me doy cuenta de que tengo la polla húmeda y más dura que nunca. La necesidad de clavársela es casi insoportable, pero me esfuerzo por controlar las ganas.

Sin embargo, Marcos parece estar tan impaciente como yo.

—Fran, por favor… Fóllame ya.

—¿Seguro? —pregunto, tratando de controlar mi propio deseo—. Es tu primera vez, es muy importante que estés bien dilatado para no hacerte daño.

Él mueve el culo de arriba y abajo contra mi mano, provocándome. —Joder, Fran, te lo digo en serio —responde con una desesperación

evidente en la voz—. Quiero tu polla. Métemela. Fóllame. Dame rabo.

Reviéntame. Préñame. De verdad que no sé de qué otra forma pedírtelo.

—Vale, vale —respondo entre risas—. Mensaje captado.

Saco los dedos con cuidado y alcanzo las toallitas húmedas para limpiarme el exceso de lubricante. A continuación, cojo el bote otra vez y le acaricio una nalga.

—¿Quieres que sigamos en esta posición o…?

Página 325

—Pues… ¿Podemos vernos las caras? —me pide con timidez, y suena tan adorable que siento que me derrito.

—Claro.

Se da la vuelta y, de nuevo, me besa profundamente antes de colocarse en posición. Entonces, se tumba boca arriba y se coloca un cojín bajo las nalgas, tal como me ha visto a hacer a mí muchas veces. Abre las piernas para mí, exponiéndose por completo, y lo que estoy viendo me resulta tan espectacular que no puedo creer que de verdad me esté pasando esto a mí. Su polla está completamente dura y húmeda a causa de su líquido preseminal, mi eterna perdición. Sin poder evitarlo, me abalanzo hacia ella y se la limpio con la boca, y el delicioso sabor me pone más cachondo todavía si cabe.

—¿Te la puedo chupar yo a ti un poquito? —me pregunta cuando me la saco de la boca.

—Claro. Además, así me la lubricas un poco.

—Ponte encima.

Y eso es justo lo que hago, sentándome a horcajadas sobre su pecho. Marcos se coloca la almohada bajo la cabeza y, entonces, me coge la polla y me da un lametón en el glande que me hace estremecer. A continuación, comienza a chupar con ansia, con unas ganas que nunca había visto en él, y algo me dice que lo que he estado haciendo con su culo tiene mucho que ver.

—Como sigas así, no voy a aguantar nada cuando te la meta —le advierto, y él deja de chupármela al instante.

—Perdón —susurra con timidez mientras me aparto, y su sonrisa avergonzada me hace darle un beso más.

A continuación, me muevo para situarme donde estaba antes, justo entre sus piernas. Marcos vuelve a separarlas, y yo me coloco la derecha sobre el hombro izquierdo para darle un poco más de margen de apertura. Puedo ver su orificio palpitando para mí, pidiendo más, y estoy dispuesto a dárselo. Tomo mi polla entre mis manos y la deslizo entre sus nalgas, dejando que el lubricante se entremezcle con su saliva. Cuando al fin me detengo justo en la entrada, los dos nos estremecemos por la expectación.

—¿Preparado?

Marcos traga saliva de forma visible y asiente con la cabeza.

—Pero ten cuidado, ¿vale? —susurra.

Página 326

Lo miro con infinita ternura, desde los rizos húmedos por el sudor que caen sobre su frente, sus ojos castaños y esa boca entreabierta que tanto me gusta besar hasta ese ancho pecho que es mi lugar favorito del mundo, su polla dura y sus piernas separadas. Está tan adorable y tan sexy, tan vulnerable y tan entregado, tan abierto a mí en todos los sentidos, y le quiero tanto que noto algo grande y cálido aleteando en mi pecho, creciendo hasta que siento que estoy a punto de estallar. Las palabras salen por mi boca antes de que pueda detenerlas.

—Claro que sí, mi amor.

Y entonces me quedo paralizado al darme cuenta de lo que acabo de decir.

—¿Qué has dicho? —me pregunta.

Mierda.

—Joder. Lo siento. A ver, no quería decir que…

—Fran. —Se incorpora un poco para mirarme más de cerca, con los ojos llenos de un fuego intenso, y lleva la mano hasta mi mejilla para acariciarme ligeramente—. No pasa nada… mi amor —añade con una sonrisa vergonzosa—. Me alegra que me lo hayas dicho.

—¿De verdad?

—De verdad.

—Mi amor —repito con un susurro.

—Mi amor.

Me acerco a él y volvemos a besarnos profundamente, bebiendo de ese amor que a estas alturas no tiene ningún sentido tratar de negar.

—No quiero estropear el momento romántico —digo con una sonrisa contra sus labios—. Pero te tenía muy bien dilatado.

Él sonríe también, con una picardía irresistible.

—Pues venga… Fóllame ya, mi amor.

¿Y cómo podría negarme cuando me lo pide así?

De nuevo, me coloco su pierna sobre el hombro izquierdo, dejándome el brazo derecho libre para maniobrar. Vuelvo a tomar mi polla y la acerco a sus nalgas una vez más, pero esta vez no me detengo en provocarlo. Los dos estamos demasiado excitados; mi polla y su orificio están prácticamente palpitando por las ganas de encontrarse por primera vez. Y, por supuesto, no les hago esperar.

Tanto mi glande como la abertura están lubricados y resbaladizos, así que tan solo tengo que ejercer una ligera presión para comenzar a

Página 327

introducirme dentro de él. Siento la humedad y la calidez de su interior, aprisionando mi erección con firmeza pero también con delicadeza. Marcos suelta una especie de gruñido y la presión que noto de repente me indica que su cuerpo ha vuelto a tensarse, así que me detengo al momento.

—¿Estás bien? —le pregunto.

—Sí —me asegura—. Es solo que… No sé, estoy un poco nervioso. —Es normal. Pero vamos a ir a tu ritmo, ¿vale? Si en algún momento

necesitas que paremos o que la saque, me lo dices y lo hago.

—Vale.

—Y tampoco hace falta que lleguemos hasta el final —añado, acariciándole la pierna—. Si ves que no aguantas o lo que sea, podemos hacer otras cosas.

—Quiero que lleguemos hasta el final —insiste.

—Y yo. Pero no quiero te sientas obligado a nada. Lo importante es que tú lo disfrutes, ¿vale?

—Vale.

Lo miro con una sonrisa y, con la mano izquierda, le acaricio suavemente la pierna. Él sonríe también, no sin cierta timidez. Mientras me mira, noto que su cuerpo vuelve a relajarse otra vez. Asiente con la cabeza para darme luz verde, así que continúo. Ya tiene casi un tercio dentro, aferrado por su cuerpo, de modo que sigo abriéndome paso poco a poco en su interior, avanzando casi milímetro a milímetro para asegurarme de no hacerle daño. Pero está bien dilatado y bien lubricado, así que es fácil ahora que se ha relajado. La sensación es indescriptible; la humedad, el calor de su cuerpo y la presión se combinan para llenarme de tanto placer que no sé si voy a ser capaz de aguantarlo mucho más tiempo. A veces, Marcos se tensa, pero tan solo tengo que detenerme un poco y aguardar unos instantes hasta que vuelve a relajarse para continuar.

De pronto, noto que se dilata un poco más y termino de hundirme en él con un suspiro de satisfacción, arrancándole un gemido. La sensación es tan intensa que me cuesta creer que este momento esté siendo real. Por fin estoy completamente dentro de él, llenándolo de mí, sintiéndolo a mi alrededor, y saber que voy a provocarle placer cada vez que me mueva me llena de una especie de euforia extraña. No hemos dejado de mirarnos a los ojos ni un segundo, y ahora tampoco lo hacemos.

—Ya está —le aviso.

—¿Toda? —pregunta sorprendido.

Página 328

—Toda —respondo entre risas. ¿Es que querías más o qué?

—No, no. Es que… Pensaba que iba a ser más difícil.

—A ver, que me he pasado un buen rato dilatándote bien —le recuerdo con una sonrisa.

—Y también es que me moría de ganas.

—Eso también —respondo, riendo de nuevo—. ¿Seguimos? —Vale.

Sin dejar de mirarlo a los ojos, comienzo a moverme. Lo hago despacio, para asegurarme de Marcos se encuentre bien en todo momento; sé muy bien que la sensación es extraña al principio y hace falta un tiempo para acostumbrarse. Estoy absorto en sus ojos, en su rostro en general, deleitándome con sus expresiones de placer y sus gemidos, cada vez más prolongados. Poco a poco, comienzo a aumentar la velocidad de mis caderas mientras entro y salgo de él con un ritmo cada vez más intenso. Muy pronto los dos estamos ya gimiendo al unísono, y la oleada de sensaciones que recorre mi cuerpo me resulta casi abrumadora.

—¿Estás bien? —le pregunto con la respiración entrecortada después de unos minutos sin hablar.

—Joder… sí —responde sin aliento. Él tampoco ha apartado la mirada de mí ni un segundo mientras se masturba. Tiene la mano húmeda por ese líquido delicioso, así que acerco la mía para cogérsela y me la llevo a la boca, donde comienzo a lamer cada dedo—. ¿A ti… te gusta?

—¿Que si me… gusta? Me encanta.

—A mí también.

Eso nos hace encendernos todavía más, de modo que aumento el ritmo de mis caderas mientras él hace lo mismo con la mano, todo ello sin dejar de devorarnos con la mirada, unidos en una sinfonía de gemidos perfectamente sincronizados. Pero, pronto, me doy cuenta de que ya no voy a ser capaz de aguantar mucho más.

—¿Cómo vas? —le pregunto entre jadeos.

—Llevo un rato tratando de aguantar —confiesa con una sonrisa vergonzosa que casi hace que me corra al instante—. ¿Y tú?

—A punto. ¿Quieres que nos corramos?

Puedo ver su dilema porque es exactamente el mismo que tengo yo. Por un lado, quiere alargar este momento para siempre, que esta unión entre nuestros cuerpos no termine jamás. Pero, por otro, el placer es tan

Página 329

intenso que sabe que ya no va a poder contenerse mucho más tiempo. Y yo tampoco.

—Vale —dice al fin.

Entonces, incrementamos la velocidad todavía más, todo ello sin dejar de mirarnos a los ojos, como si estuviéramos atrapados cada uno en la mirada del otro. Su rostro se retuerce por el placer y su boca suelta libremente unos gemidos y gruñidos de placer que se entrelazan en el aire con los míos, poniéndome la piel de gallina. De pronto, noto que su cuerpo se tensa alrededor de mi polla, y el placer que se ha ido acumulando en mi interior estalla de forma casi violenta. Prácticamente gritando, me corro con fuerza dentro de él mientras unos potentes chorros de semen denso y abundante salen disparados por su polla. Me doy cuenta de que es la primera vez que veo cómo se corre porque hasta ahora siempre lo ha hecho dentro de mí, y verlo no podría resultarme más excitante. Está claro que no mentía aquella noche en el hotel: le llega hasta la cara, y también cae un poco sobre la almohada. Pero él no parece haberse dado cuenta; tan solo me mira con absoluta satisfacción y una sonrisa complacida y totalmente despreocupada en el rostro.

Sonriendo yo también, salgo con cuidado de su interior. A continuación, me dirijo hacia su polla para limpiársela con la lengua; no estoy dispuesto a desperdiciar esto que tanto me gusta. Centímetro a centímetro, voy ascendiendo con lentitud por su torso mientras saboreo ese néctar delicioso, tragándomelo todo. Al llegar a su cara, le doy un beso largo en los labios.

—¿Bien? —susurro.

—Bien no. Genial.

Sonrío todavía más y comienzo a lamer el semen de su cara, esas gotas blancas en las mejillas, la barbilla y hasta la frente; no le ha caído en los ojos de milagro. A continuación, cojo una toallita y limpio también la almohada.

—Te dije que siempre lo ponía todo perdido —dice, un tanto avergonzado—. Tendría que haber cogido unos pañuelos o algo.

—Ya veo —respondo entre risas, y vuelvo a besarle—. La próxima vez te voy a pedir que te pongas un vaso para poder tragármelo todo.

Marcos suelta una sonora carcajada.

—Qué cerdo que eres.

—Pero te encanta.

Página 330

Él se encoge de hombros.

—No lo negaré.

Y así, entre risas, me recuesto sobre su pecho y él me rodea la espalda con los brazos. Siento su corazón acelerado contra el mío, y entonces, bien pegados, me concentro en la sensación y el sonido de su respiración mientras nuestros cuerpos se van calmando poco a poco. La felicidad que siento es tan intensa que me cuesta creer que todo esto esté ocurriendo de verdad.

—¿Fran? —susurra contra mi oído, y su aliento cálido me provoca un cosquilleo que se extiende por todo mi cuerpo. ¿Lograré acostumbrarme algún día a esto? Me parece que no, pero claro, tampoco es que quiera acostumbrarme.

—Dime.

—Te quiero, mi amor.

Abro mucho los ojos, sorprendido, y entonces le doy un largo beso en los labios antes de responder.

—Y yo a ti… mi amor —digo contra su boca.

Y nos volvemos a besar.

—Entonces… ¿te ha gustado? —pregunto cuando nos separamos, unos minutos más tarde.

—¿Estás de coña? Si me ha encantado, joder. Pensaba que la primera vez sería más complicada.

—Bueno… Suele serlo —digo en pocas palabras, sin entrar en detalles.

—¿La tuya fue difícil?

Aprieto la mandíbula antes de contestar.

—A ver, digamos que a mí me hubiera gustado que me ayudaran. Por eso quería asegurarme de que tu primera vez fuera bien.

Sin embargo, no quiero estropear el momento hablando de otros chicos. Ahora mismo, el único que existe para mí es Marcos. Por suerte, él parece captarlo, así que no insiste. En lugar de eso, me abraza todavía más fuerte, aferrándome bien a él.

—Te quiero —susurra.

—Te quiero —respondo, feliz de poder estar entre sus brazos. ¿Cuándo cojones me he enamorado tanto de él?

Página 331

continuamos viendo

62.

DESPUÉS DE UN BUEN RATO ABRAZADOS, NOS METEMOS JUNTOS EN LA DUCHA. CUANDO TERMINAMOS, VOLVEMOS A LA HABITACIÓN DE MARCOS Y, TODAVÍA

SIN VESTIRNOS, NOS ABRAZAMOS BAJO LAS SÁBANAS Y

Heartstopper. Vamos por el tercer episodio de la tercera temporada cuando Natalia nos manda un mensaje para avisarnos de que ya vienen en camino.

—Sí que lleva bien el tema —señalo con una sonrisa.

—Pues sí. Nos vino muy bien poder hablar de todo el día que quedaste con tus amigos.

—Me alegro.

Me giro hacia él para besarle y, cuando quiero darme cuenta, la pasión se ha vuelto a apoderar de nosotros una vez más. Pronto nuestras erecciones hacen acto de presencia, y Marcos no tarda en coger la mía con la mano, que empieza a mover a un ritmo constante.

—¿No deberíamos parar? —pregunto contra sus labios—. A ver si nos van a pillar.

—Natalia ha dicho que van a tardar más de media hora. Tenemos tiempo para algo rapidito.

—¿En serio no puedes esperar hasta la noche? —le digo haciéndome el duro, como si no estuviera muriéndome de ganas yo también—. Te recuerdo que solo hace como dos horas desde que hemos follado…

—Creo que esta noche no sería conveniente visitarnos. Con el tema de los regalos y tal… es posible que haya más movimiento de lo habitual por

Página 332

la casa.

Hago una mueca; no lo había pensado, pero tiene toda la razón. Llevo la mano también a su polla, y al notar el líquido que ha comenzado a gotear por su glande, lo recojo con los dedos y me lo llevo a la boca.

—Pues venga, pero rápido.

Él me besa de nuevo mientras seguimos masturbándonos. A continuación, nos colocamos de esa forma que tanto nos gusta, el clásico 69, para poder darnos placer mutuamente. No ha pasado demasiado desde que nos hemos corrido juntos y pensaba que iba a ser más difícil, pero la excitación que despertamos el uno en el otro siempre es demasiado intensa. Y así, en cuestión de unos pocos minutos, los dos estamos a punto de alcanzar de nuevo el clímax. Como siempre, tratamos de sincronizarnos, y los densos chorros del semen de Marcos llenan mi boca apenas un par de segundos antes de que me corra yo también. Tragamos los dos y entonces volvemos a besarnos, disfrutando del sabor entremezclado de nuestro placer.

A continuación, nos vestimos y Marcos abre la ventana para airear la habitación mientras yo vuelvo a poner el episodio. Todavía no ha terminado cuando oímos la puerta de entrada, así que nos apresuramos a separarnos y nos quedamos sentados con las piernas cruzadas.

—¡Ya estamos en casa! —grita Natalia desde la entrada, y sonrío al darme cuenta de que es muy posible que lo esté haciendo para avisarnos por si estamos despistados u ocupados de alguna forma.

—¡Hola! —respondemos al unísono.

—¿Otra vez los dos aquí? —dice mi madre con una sonrisa al asomarse para saludar.

—Muy bien, muy bien —añade Antonio—. ¿Falta mucho para que termine lo que estáis viendo? Vamos a empezar a preparar la cena.

—Qué va, menos de cinco minutos —responde Marcos.

—Venid a ayudarnos cuando acabéis, ¿vale? —nos pide mi madre—.

Así cenamos antes, que hoy hay que acostarse temprano.

—Vale, mamá.

Cuando termina el episodio, nos damos un breve beso y vamos a la cocina. Mi madre está haciendo tortilla de patatas, así que Marcos y yo la ayudamos a pelar patatas y batir huevos mientras Natalia prepara la ensalada y su padre corta el jamón. Mientras lo hacemos, me doy cuenta de que es la primera vez que preparamos la cena todos juntos, y este

Página 333

momento es tan cotidiano y tan familiar que no entiendo cómo es posible que no lo hayamos hecho antes.

—Tendríamos que repetir esto —comento mientras termino de batir los últimos huevos.

—¿El qué, cariño?

—Cocinar todos juntos. No sé, me gusta.

—¡Yo me apunto! —dice Natalia, que ya ha terminado de preparar la ensalada y está cortando una barra de pan en rebanadas—. Así hacemos más cosas juntos.

—Me parece una idea estupenda, chicos —añade Antonio con una sonrisa, envolviendo la pata de jamón con un trapo—. Si preparamos la cena todos juntos, seguro que todo sabe mejor.

Y no sé si eso será cierto o no, pero, cuando nos sentamos todos alrededor de la mesa y comenzamos a comer, me da la impresión de que todo está más bueno de lo habitual.

—¿Qué tal la cabalgata? —pregunta Marcos.

—¡Genial! —responde Natalia—. Tengo caramelos para un mes.

—¿Un mes? —dice mi madre, mirándola con fingida reprobación—.

Has llenado una bolsa entera, con eso tienes para muchos meses. —Bueno, pero también los voy a compartir con ellos dos —le asegura

ella, mirándonos a Marcos y a mí—. Si queréis, después de cenar os doy unos cuantos.

—Menos mal que siempre vas por ahí diciendo lo mayor que eres… — se burla su hermano en broma—. Espero que no te hayas pegado con los niños por los caramelos.

—No, pero poco le ha faltado. A mí me estaba dando hasta miedo — dice mi madre entre risas, y todos nos echamos a reír con ella.

—¿Vosotros qué tal? —pregunta Antonio justo mientras comienzo a masticar un trozo de jamón—. ¿Lo habéis pasado bien?

Me atraganto al oír sus palabras, pero, por suerte, Marcos sale a mi rescate mientras yo trato de disimularlo.

—En realidad, hemos estado estudiando casi toda la tarde —miente descaradamente—. Pero cuando ya estabais a punto de llegar tenía la cabeza demasiado saturada, y por eso le dije que se viniera a ver una serie conmigo.

Antonio alterna la mirada entre su hijo y yo, muy sonriente.

Página 334

—Con lo mal que os llevabais al principio… quién me iba a decir a mí que acabaríais siendo tan buenos hermanos.

Me esfuerzo por sonreír yo también, aunque siento cierta intranquilidad. Una vez más, tengo claro que Antonio va a ser el obstáculo más grande en todo esto. Está empeñado en utilizar la palabra «hermanos» para referirse a nosotros y, aunque puedo llegar a comprender su punto de vista, cada vez me resulta un poco más difícil de oír. Si dijera «amigos» sería más fácil. Es más fácil contemplar un romance nacido de una amistad; a fin de cuentas, la gente lleva enamorándose de sus amigos desde que el mundo es mundo.

Pero el problema es que siempre emplea la palabra «hermanos», y eso significa que las connotaciones son muy diferentes. Es como si lo que hubiera entre nosotros fuera algo antinatural, algo prohibido. Y, aunque Marcos y yo no compartimos ningún lazo de sangre que nos una, cada vez me preocupa más que las ganas que tiene Antonio de que todos seamos una gran familia feliz sean un obstáculo insalvable cuando se dé cuenta de que entre nosotros hay mucho más de lo que se podría haber imaginado.

Sin embargo, ahora no es el momento para pensar en eso. Ahora es el momento de disfrutar del presente, de la familia. Se supone que estas fechas son para eso, ¿no?

Cuando terminamos de cenar, Marcos y yo nos ofrecemos a recogerlo todo. Como no podía ser de otra manera, aprovechamos cuando nos quedamos solos en la cocina para besarnos a escondidas. Aun así, tratamos de contenernos. Si ya sería peligroso que nos pillaran en cualquier otra ocasión, en una noche como esta sería peor todavía. Terminamos de recogerlo todo con unos pocos besos fugaces, y después nos vamos cada uno a nuestra habitación para ponernos el pijama. Cuando termino, la puerta del cuarto de baño está cerrada, así que espero a que Marcos salga para poder lavarme los dientes.

Una vez en mi habitación, me sobresalto un poco al verlo sentado en mi cama, aunque me recupero rápido.

—¿Y esto? —susurro con una sonrisa—. ¿Qué haces aquí?

—No íbamos a quedarnos sin el beso de buenas noches, ¿no?

Trato de contener una risita.

—Pues no, la verdad.

Me acerco a él y nos besamos lenta y profundamente, pero me detengo cuando me doy cuenta de que mi sangre está comenzando a calentarse un

Página 335

poco más de la cuenta. De verdad, ¿puedo dejar de ser peor que un animal en celo cada vez que estoy con él?

—Buenas noches —susurro contra sus labios, antes de que la cosa vaya a más.

—Buenas noches. Te quiero.

—Te quiero.

Entonces, me da un beso más y sale de la habitación.

Sonriendo, me meto en la cama. Al taparme con las sábanas, hago una mueca al darme cuenta de que no huelen a Marcos; como estos días he sido yo el que ha estado durmiendo en su habitación, no ha habido ocasión de que las impregne de su aroma. Tomo nota mentalmente para acordarnos de cambiar de cama las próximas noches; es mucho más fácil dormir separados cuando las sábanas huelen a él.

Estoy ya abrazándome a la almohada y a punto de coger el móvil para mandarle un mensaje a Marcos cuando suenan unos golpecitos en mi puerta.

—Soy yo —dice mi madre—. ¿Se puede?

—Sí, claro. —Aguardo un segundo hasta que la veo aparecer por la esquina—. ¿Qué pasa?

—Tenemos una tradición, ¿no te acuerdas? —responde con una sonrisa —. ¿O es que ya eres demasiado mayor?

—Jamás —digo, devolviéndole la sonrisa.

Cuando era pequeño, mi madre siempre me arropaba para dormir, supongo que como suelen hacer todas las madres con sus hijos. Conforme fui creciendo, ella fue dejando de hacerlo, aunque con dos excepciones: el día de mi cumpleaños y el día de Reyes. O, más bien, sus respectivas noches. En esas ocasiones, mi madre siempre viene a darme un beso y abrazarme; a arroparme y hablar un ratito conmigo. Por alguna razón, siempre ha habido una intimidad especial en esos momentos. Fue en una de esas noches, la de mi decimoquinto cumpleaños, cuando le confesé que me gustaban los chicos. Y lo cierto es que hoy también tengo algo que confesar, pero no sé si estoy preparado para hacerlo todavía.

—Has crecido tanto, cariño… Parece que fue ayer cuando tenía que quedarme todas las noches contigo hasta que te durmieras porque te daba miedo la oscuridad.

—Me llenaste el techo de estrellas fluorescentes para que tuviera algo de luz por las noches, ¿te acuerdas? Te pasaste un día entero pegándolas y

Página 336

haciendo constelaciones.

Ella se ríe.

—Habría hecho cualquier cosa por ti, mi vida. Eras mi niño, ¿cómo no iba a hacerlo?

—Todavía sigo siendo tu niño, mamá —susurro con la voz estrangulada.

Ahora se le escapa un sonido que parece a medio camino entre una risa y un sollozo.

—Claro que sí, mi amor. Aunque ya seas prácticamente un hombre, siempre serás mi niño. Y estoy muy orgullosa de ti.

—¿Por qué? —pregunto, incapaz de encontrar un motivo.

—Por la persona en la que te has convertido. Por lo valiente que eres. Y por lo bueno que eres. —Ahora soy yo el que siente ganas de llorar. No soy tan valiente como ella piensa, porque hay algo que todavía no me he atrevido a contarle. Como si me estuviera leyendo la mente, continúa—: Quiero que sepas que vas a tenerme a tu lado pase lo que pase, ¿vale? Siempre voy a apoyarte en todo, sea lo que sea.

El corazón me da un vuelco. Casi parece una indirecta, como si me estuviera animando a contárselo. Después de todo, mi madre no es tonta, y aunque no me ha presionado al respecto, sabe que me pasa algo. Ella me veía todos los días durante las semanas posteriores a la ruptura, y también ha visto el cambio en mí desde que Marcos y yo hemos vuelto. Aunque siempre me ha dado el espacio que necesito y nunca me ha presionado, sé que le gustaría saber qué es lo que me pasa exactamente. Y sus palabras son precisamente su forma de animarme a hacerlo.

Pero no soy capaz de contarle nada; esta noche no. Mañana es el Día de Reyes, uno de esos momentos familiares bonitos que tanto mi madre como Antonio están deseando vivir. Aunque sigo teniendo la esperanza de que mi madre se tome bien mi relación con Marcos, sé que para ella va a ser difícil de aceptar, y lo último que querría sería robarle ese momento de felicidad familiar que tanta ilusión le hace. Por mucho que diga que va a apoyarme en todo, sé que no le resultará tan fácil hacerlo de la noche a la mañana cuando sepa la verdad de lo que ha estado ocurriendo entre nosotros.

—Vale —digo simplemente.

Ella me da un beso y un abrazo, y yo se los devuelvo. A continuación, me arropa igual que cuando era pequeño, arrancándome una sonrisa.

Página 337

—Buenas noches —me dice, incorporándose para marcharse.

—Buenas noches, mamá. Te quiero.

—Y yo a ti, mi vida.

Espero a que cierre la puerta para tomar el móvil de la mesita de noche. Sonrío el ver que tengo un mensaje de Marcos y me apresuro a responder.

No me gusta no dormir contigo 

Ya 

A mí tampoco, jo

Qué dura es la vida…

Jajaja

No te preocupes, ya recuperaremos el tiempo perdido.

Buenas noches, anda 

Buenas noches 

Ahora sí, me abrazo a la almohada para dormir, aunque no sé si va a ser fácil, porque de pronto acuden a mi mente los recuerdos de lo que ha pasado esta tarde con él. Después de esta nueva primera vez con Marcos, me siento como en una nube, incapaz de dejar de rememorar todos y cada uno de los segundos que pasé dentro de él, así como todos los momentos previos. Al fin y al cabo, esta ha sido nuestra primera vez verdaderamente especial.

En el hotel de Canarias, todo había comenzado por puro deseo sexual; puede que hubiera atracción física y cierto interés mutuo, pero nada más, al menos al principio. Todavía no había sentimientos, no había amor entre nosotros. Estábamos follando, simple y llanamente, y aunque jamás me arrepentiré de lo que ocurrió porque así fue como comenzó todo entre nosotros, lo cierto es que tampoco fue particularmente especial.

Pero lo de hoy ha sido muy diferente. Esa expresión de «hacer el amor» siempre me ha parecido ridícula, cursi y anticuada, pero, en fin, tengo que admitir que es lo más parecido que hay para describir lo que ha pasado hoy entre nosotros, aunque sé que jamás pronunciaré esas palabras concretas en voz alta. Lo que hay entre nosotros es cada vez más fuerte,

Página 338

cada vez más intenso, y sé que eso nos dará todas las fuerzas que necesitamos para contárselo a nuestros padres.

Al menos, eso espero.

Página 339

63.

UNOS GOLPES INSISTENTES EN LA PUERTA ME DESPIERTAN MUCHO ANTES DE LO QUE ME GUSTARÍA.

—¡Fran! ¡Fran, despierta! —Es la voz de Natalia—. ¡Hay que abrir los regalos!

Suelto un gruñido, obligándome a abrir los ojos. Miro el móvil y veo que son las nueve de la mañana; no es que sea especialmente temprano, pero estos días me he estado acostando tarde con todas las visitas a la habitación de Marcos y después tenía que volver a mi cama temprano y volver a dormirme, así que no me levantaba hasta casi las once. Por si fuera poco, esta noche me he tenido que levantar de madrugada para dejar en el salón los regalos que he comprado yo, así que he dormido todavía menos de lo habitual. A regañadientes, me incorporo y suelto un prolongado bostezo. Después de una visita al cuarto de baño, me voy al salón, donde ya están todos esperando.

—Buenos días, cariño —dice mi madre.

—¡Ya era hora! —me reprende Natalia—. El Día de Reyes hay que levantarse temprano.

—Que sí, que sí…

Marcos me dirige una amplia sonrisa mientras me acerco a ellos. Como cada uno tenemos ya nuestro lugar establecido en los sofás, esos han sido los sitios escogidos para dejar los regalos, así que Marcos y yo nos dirigimos al nuestro para abrirlos. No son demasiados; nuestros padres

Página 340

ya nos han avisado de que no había mucho presupuesto después de los viajes después de la boda y en Navidad. Y, a decir verdad, tampoco es que lo necesite: nada puede darme más felicidad que las otras cuatro personas que hay en esta habitación.

Me doy cuenta de que hay un paquete entre sus regalos y los míos, y al cogerlo compruebo que dentro hay algo blando. Cuando miro la etiqueta, veo que se trata de un regalo para los dos de parte de Natalia, así que se lo enseño a Marcos y lo abrimos juntos. Dentro hay una manta mullida y calentita de Spider-Man, y además, bastante grande.

—¿Y esto? —le pregunta él, sonriente.

—Para cuando veamos películas en familia —responde su hermana, sonriendo también—. Así no pasáis frío.

—Muchas gracias, Natalia —le digo, y nos acercamos para abrazarla entre los dos.

De nuevo, está dándonos una prueba más de su apoyo a nuestra relación. Antes ya utilizábamos una manta para taparnos en el sofá, pero esta es lo bastante grande para cubrirnos sin problema a los dos, lo que significa que podremos acurrucarnos todavía más sin que nadie se dé cuenta.

Después del abrazo, volvemos con nuestros regalos. Encima de mis paquetes hay un sobre con mi nombre escrito a mano que me llama la atención, así que lo cojo primero y lo abro. Dentro veo una hoja de papel impresa… la reserva de una noche de hotel. Un hotel de verdad, no uno por horas. Sonrío al ver la fecha: el veintiocho de enero, el día que se cumple exactamente un mes desde que Marcos y yo decidimos ser novios oficialmente.

Por supuesto, no necesito preguntar para saber quién me lo ha regalado.

—Joder… te has pasado —le digo en voz baja—. Muchísimas gracias. —Qué va —susurra Marcos, y echa un vistazo a los demás para asegurarse de que no nos estén escuchando antes de continuar—. Tan solo

quería hacer algo especial para nuestro primer mes oficialmente juntos.

—Pues es perfecto.

—Pero no te esperes lo mismo todos los meses, ¿eh? —añade, alzando una ceja—. Si acaso, para cuando cumplamos un año.

Suelto una risita.

Página 341

—Me parece bien. Ahora abre tú el mío, anda —le pido, señalándolo

—. Es ese de ahí. Aunque te va a parecer una mierda.

Marcos se apresura a abrirlo y saca la caja con los tres primeros

cómics de Heartstopper que le he comprado. Comparado con la noche de hotel, ahora me parece un poco cutre, pero su rostro se ilumina al verlo.

—Me encanta, Fran —dice con la voz estrangulada por la emoción—.

De verdad. Muchas gracias.

—¿En serio?

—En serio.

—Pues menos mal, pensaba que te iba a parecer una mierda.

—Al contrario. Joder, ojalá pudiera besarte ahora mismo —murmura entre dientes, y hay cierta tristeza en su voz.

—Sí —digo con una sonrisa agridulce—. Ojalá.

Continuamos abriendo nuestros regalos; en mi caso, un par de libros y juegos que había pedido. Nuestros padres se han regalado un par de cosas entre ellos, pero esperan a que nosotros terminemos con nuestros regalos para abrir los que les hemos hecho entre los tres: a mi madre, un vestido negro bastante bonito, y a Antonio, un juego de cuchillos de cocina profesionales que por alguna razón heterosexual que no comprendo le hacían muchísima ilusión, incluido un cuchillo jamonero que está deseando probar.

—Venid aquí —nos llama, y Marcos y yo nos acercamos para unirnos a un abrazo en grupo que me reconforta por dentro.

—¿Os han gustado vuestros regalos? —pregunta mi madre, y nosotros respondemos que sí y les damos las gracias.

Tardamos un buen rato en separarnos, hasta que Antonio anuncia que va a ir a por los tradicionales churros del desayuno.

—¿Te ayudo con el café? —le pregunta Natalia a mi madre en cuanto Antonio sale por la puerta, lanzándonos una mirada de soslayo a Marcos y a mí.

—Claro, cariño. Vosotros id poniendo la mesa, ¿vale?

—Vale —respondemos al unísono.

En cuanto desaparecen en la cocina, Marcos y yo nos lanzamos el uno al otro y nos besamos por fin, casi con desesperación. Nos devoramos mutuamente con ganas, como si las escasas horas que hemos pasado separados desde que nos despedimos por la noche hubieran sido días enteros.

Página 342

Media hora más tarde ya estamos todos alrededor de la mesa, hablando y riendo alegremente mientras nos hinchamos a churros con chocolate. Soy incapaz de dejar de sonreír en todo momento por la felicidad pura que siento en estos momentos. Mi madre siempre se aseguraba de que el Día de Reyes fuera especial para mí, pero hoy debe de ser el mejor de mi vida.

El resto del día transcurre con una agradable tranquilidad. Me permito no estudiar y me paso varias horas estrenando uno de mis nuevos juegos; ya volveré a ponerme en serio mañana. Marcos se cuela en mi habitación unas cuantas veces para darme besos furtivos, y sobre las tres de la tarde, volvemos a reunirnos todos alrededor de la mesa para comer una ensalada de pasta ligera. Después del atracón de churros, tampoco tenemos ganas de mucho más. De postre hay roscón de Reyes, algo que llevaba años sin probar porque antes solo éramos dos personas y se nos estropeaba si lo comprábamos solo para nosotros. A Natalia le toca el haba, y nos reímos mucho cuando nuestros padres se meten con ella, diciéndole que ahora tendrá que pagar el roscón.

Después de comer, mi madre y Antonio se quedan en el sofá con Natalia tumbada en el suelo para ver una de esas películas navideñas malísimas que ponen estos días en la tele, tal como suelen hacer. Mientras tanto, Marcos y yo nos vamos a su habitación. La versión oficial es que vamos a ver Daredevil. Pero, antes de poner el episodio correspondiente de Heartstopper, nos damos el lote con ganas una vez más; está claro que nos ha pasado factura eso de no haber podido pasar la noche juntos.

La tarde transcurre entre besos furtivos y no tan furtivos, caricias y sollozos de Marcos contra mi pecho mientras nos tragamos lo que nos queda de la tercera temporada, viviendo una auténtica montaña rusa de emociones en poco menos de tres horas. Cuando termina el último episodio, los dos nos quedamos un buen rato en silencio. Aunque ya he visto la serie varias veces, siempre consigue afectarme.

—Joder —susurra Marcos tras unos minutos, con la voz todavía estrangulada—. Mañana me empiezo los cómics.

—Entonces, ¿te ha gustado el regalo?

Página 343

—Pues claro —responde, y se acerca para darme un beso. Continuamos besándonos hasta que oímos unas pisadas por el pasillo y

nos apresuramos a separarnos. Después, vuelvo a mi habitación, donde me siento en el puf para continuar con mi videojuego hasta que llegue la hora de cenar.

Una hora más tarde, suenan unos golpecitos en la puerta.

—¿Sí? —pregunto.

—Soy yo —responde Natalia—. Dice tu madre que la cena llegará dentro de diez minutos y que vayáis a poner la mesa.

—Vale, ya voy.

Cuando salgo de mi habitación, me encuentro con Marcos esperándome frente a la puerta.

—Ey —me saluda.

—Ey.

Y, entonces, se inclina hacia mí para darme un beso fugaz.

—Venga, anda —susurro cuando nos separamos, apenas un segundo después—. Que nos van a pillar.

Después de la comida ligera todos volvemos a tener hambre a la hora de la cena, así que Antonio ha ido a comprar un pollo asado con patatas de la pollería cercana. Sonrío al recordar que esa fue precisamente una de las primeras cosas que comimos en esta casa todos juntos, aunque las circunstancias no podrían ser más diferentes. Ese día me estaba viendo obligado a comer con gente de la que no quería saber nada, pero ahora se han convertido en algunas de las personas más importantes de mi vida, unas personas que ahora mismo no cambiaría por nada.

De postre volvemos a comer roscón, y resulta que el rey le toca… a Natalia. Nos reímos todavía más que antes, y ella se coloca la corona de cartón sobre la cabeza y se jacta de que no tendrá que pagar nada. Me lo estoy pasando tan bien que ni siquiera recuerdo que todavía tengo que mantener una conversación importante con mi madre hasta que Marcos y yo nos recogemos la mesa y la cocina, con los besos furtivos de rigor.

—Creo que voy a hablar con mi madre esta noche —le digo.

—¿En serio? —pregunta, y yo asiento con la cabeza—. ¿Estás seguro? Obviamente, no necesita que le aclare de qué quiero hablar con ella

exactamente.

—Sí. No puedo seguir retrasándolo más.

—¿Quieres que esté contigo?

Página 344

—Creo que será mejor que no. Pero deséame suerte, ¿vale?

—Claro que sí —dice, y se inclina hacia mí para besarme—. Mucha suerte, mi amor.

—Gracias. La voy a necesitar.

—Tú ve contándome, ¿vale?

—Claro.

Cuando salimos de la cocina, veo que nuestros padres están en el salón, viendo uno de esos programas musicales navideños que suele haber por estas fechas. Sé que sería extraño que la interpelara directamente en este momento, así que vuelvo a mi habitación, cierro la puerta y le mando un mensaje mientras me siento en la silla de mi escritorio.

Oye, mamá. ¿Podemos hablar un momento?

Claro, cariño

Voy a tu cuarto?

Sí, porfa

Y entonces, con el corazón latiendo a toda máquina, me preparo para lo que está a punto de pasar. Hay muchas posibilidades, pero no dejo de dar vueltas a las malas. Al fin y al cabo, si la cosa sale mal, esto podría suponer no solo el fin de mi relación con Marcos… sino también el fin de nuestra familia. Y, si eso ocurre, nosotros seremos los únicos culpables.

Menos de un minuto después, suenan unos golpecitos en la puerta y el corazón se me acelera todavía más.

—Pasa.

Ella entra y cierra detrás de sí. Me doy cuenta de que parece preocupada.

—¿Pasa algo, cariño?

—No, no. Tranquila. Tan solo quería contarte una cosa.

—Claro, dime. —La observo mientras se sienta en el borde de mi cama—. ¿Te quieres sentar aquí conmigo? —me pregunta, señalando con un gesto el resto de la cama.

Me lo planteo brevemente, pero entonces niego con la cabeza. Es posible que tenga que salir de aquí corriendo, así que me quedo donde estoy, lo más cerca posible de la puerta. Aunque, por supuesto, no sé adónde podría ir si esto saliera mal.

Página 345

Sin embargo, no soy capaz de decir nada. Abro la boca, pero no sale ningún sonido. Trago saliva y vuelvo a intentarlo; nada. Estoy empezando a ponerme nervioso, y es evidente que mi madre se ha dado cuenta.

—¿Fran? Me estás preocupando.

—Lo… Lo siento —logro decir al fin—. Es que no sé cómo decírtelo.

—Ven aquí, anda —insiste—. Siéntate conmigo.

Quiero negarme, pero mi cuerpo actúa por voluntad propia, así que asiento con la cabeza y me dirijo hacia la cama. Cuando me siento, ella me abraza, y eso hace que se me llenen los ojos de lágrimas. Lo más probable es que este sea el último abrazo que me dé teniendo en cuenta lo que tengo que contarle, así que trato de disfrutarlo durante unos segundos.

—Lo siento —susurro contra su pelo, mientras una lágrima se desliza por mi mejilla.

—¿Por qué, cariño? ¿Qué ha pasado?

—Es que no sé por dónde empezar —confieso.

Ella suelta un suspiro.

—Fran, eres mi hijo y voy a apoyarte siempre, ya te lo dije ayer. Y, sea lo que sea, estoy segura de que no será tan grave.

—Sí que lo es —replico.

—Bueno, pero aun así, yo estoy contigo. Eres lo más importante del mundo para mí, ¿sabes? Puedes contarme lo que sea.

—¿Me prometes que no me vas a odiar? —le pregunto con un susurro, y la voz se me rompe en la última palabra.

—¿Por qué iba a hacer eso, cariño?

Trago saliva mientras ella me seca unas lágrimas que han caído por mis mejillas.

—Prométemelo —insisto—. Por favor.

—Te lo prometo, Fran. Yo jamás podría odiarte.

—¿De verdad?

—De verdad. Pero dime ya qué pasa, por favor. Me estás asustando. Me coge las manos con las suyas, y yo cierro los ojos para disfrutar de

la sensación una vez más. Respiro hondo antes de volver a mirarla.

—Es por Marcos.

—¿Qué pasa con él?

Tomo aire otra vez. Y, entonces, le suelto la bomba al fin.

—Estamos juntos. —Ella permanece en silencio, mirándome fijamente —. En plan… que somos novios y tal.

Página 346

No me suelta las manos, así que supongo que eso es buena señal, ¿verdad? Y tampoco me está mirando con odio, ni me ha dado un bofetón, ni se ha puesto a gritarme o algo por el estilo, aunque esas cosas no serían nada propias de ella. Pero sigue sin reaccionar, y eso me está poniendo de los nervios.

De pronto, esboza una pequeña sonrisa.

—Entonces sí que es verdad que ya lo habéis arreglado todo, ¿no?

Perdona… ¿Qué?

Página 347

64.

PESTAÑEO UN PAR DE VECES MIENTRAS LA MIRO, TRATANDO DE PROCESAR LO QUE ACABO DE OÍR.

—¿De qué estás hablando? —pregunto.

Su sonrisa crece ligeramente.

—Llevo ya un tiempo sospechando que había algo entre vosotros.

Me quedo boquiabierto de forma literal, lo que le arranca una risita. Un calor intenso comienza a extenderse por mis mejillas. ¿Cómo puede ser? ¿De verdad hemos sido tan evidentes? Y nosotros que pensábamos que estábamos siendo discretos…

—Pero… ¿cómo? —acierto a preguntar—. ¿Por qué?

—Os vi en la playa cuando estuvimos en Canarias. El día que os fuisteis de paseo después de comer, ¿recuerdas? —Asiento con la cabeza; me acuerdo muy bien de ese día—. Ya había pasado un buen rato y me extrañaba que tardarais tanto en volver, así que fui a dar una vuelta para ver si os encontraba. Os vi dormidos sobre una roca, y estabais abrazados.

Ahora las mejillas comienzan a arderme de forma casi literal. —Entonces… ¿lo sabías desde el principio? —acierto a decir,

desviando la mirada. Soy incapaz de mirarla a la cara, invadido por una vergüenza intensa.

—Bueno, no es que supiera nada… Tan solo os había visto en una actitud cariñosa. Al principio pensé que simplemente os habíais cogido cariño y ya está, aunque me extrañaba veros tan abrazados. —Se encoge

Página 348

de hombros—. Pero antes os llevabais como el perro y el gato y de repente estabais todo el rato juntos, así que empecé a pensar que a lo mejor mientras compartíais habitación acabasteis cruzando la línea que separa el odio del am…

—Para —la interrumpo muerto de vergüenza; sé que mis mejillas incandescentes no lo soportarían si terminara de pronunciar esa frase—. ¿Por qué no me dijiste nada?

—¿Qué querías que te dijera, cariño? —me pregunta ella, con una leve sonrisa—. No tenía nada claro, tan solo era una sospecha. No podía abordarte así sin más, porque si me equivocaba, pensarías que estaba loca.

—Eso es verdad —admito.

—También pensé que lo mejor sería que me lo contaras tú cuando te sintieras preparado. Y, además…

Deja la frase inconclusa, así que levanto una ceja.

—¿Además, qué?

—Me pareció que a lo mejor queríais que nadie lo supiera, aunque fuera por un tiempo —responde, y vuelve a sonreír—. Un romance secreto o algo así.

Prácticamente puedo oler el humo que debe de estar saliendo por mis orejas.

—Entonces… ¿no estás enfadada?

—Claro que no, mi vida. ¿Cómo iba a estarlo?

—Tú siempre has querido una familia como la que tenemos ahora.

—Sí, pero tú siempre serás lo más importante para mí.

—Joder —acierto a decir, incapaz de mirarla a los ojos.

Ella lleva la mano a mi barbilla y me gira la cara con suavidad para que vuelva a mirarla.

—¿Tú eres feliz con él, Fran?

Asiento con la cabeza, sintiendo el calor de mis mejillas como un fuego ardiente.

—Sí —susurro, invadido por una timidez más intensa que nunca—.

Muchísimo.

Ella sonríe y me acaricia la cara.

—Pues ya está, cariño. Si tú eres feliz, eso es lo único que me importa.

—¿De verdad? —pregunto con un hilo de voz, incrédulo.

—De verdad. —Entonces, sin poder evitarlo, la abrazo con fuerza y rompo a llorar—. Fran, mi vida —susurra mientras me devuelve el abrazo

Página 349

—. ¿Qué pasa?

Pero al principio soy incapaz de hablar; estoy demasiado invadido por una mezcla de emociones que apenas soy capaz de controlar. Sin embargo, la más fuerte de todas es el alivio: a pesar de mi temor, a pesar de mi preocupación, mi madre se lo ha tomado todavía mejor de lo que podría haber esperado. Y eso no podría hacerme más feliz.

—Lo siento —digo al fin—. Es que ha sido muy difícil.

—Lo entiendo, cariño —responde, acariciándome el pelo—. Os queréis mucho, ¿verdad?

Asiento con la cabeza, pero me obligo a susurrar la palabra.

—Sí.

—Pero tuvisteis una pelea —añade, y no es una pregunta—. Por eso se fue Marcos de casa. —Asiento con la cabeza una vez más—. ¿Qué pasó? Si es que me lo quieres contar, claro.

Suelto un suspiro antes de responder.

—Fue por vosotros. O sea, no por vuestra culpa —me apresuro a añadir—. Pero teníamos miedo de vuestra reacción. Teníamos miedo de cargarnos la familia, de destrozar toda la felicidad que habíais encontrado Antonio y tú.

Ella me mira con un amor infinito, y me doy cuenta de que tiene los ojos húmedos.

—Ay, cariño… Sois los dos maravillosos, no me extraña que os hayáis enamorado.

—Un día llegaste a casa antes de lo que esperábamos —continúo, tratando de ignorar esa última palabra—. Y, a partir de ahí, Marcos se ralló mucho. Pensaba que nos estábamos arriesgando demasiado, que nos ibais a descubrir en cualquier momento, que os lo ibais a tomar fatal. Y por eso decidió marcharse, para no seguir complicando las cosas.

Ella asiente con la cabeza y se queda en silencio unos instantes, pensativa. Me coge ambas manos y me las aprieta con fuerza, como tratando de transmitirme su cariño.

—Lo siento mucho, mi vida. Pero yo jamás me lo habría tomado fatal, ni ahora ni antes. Siento mucho que hayas tenido que pasarlo tan mal, de verdad.

Trato de asimilar sus palabras, pero entonces me doy cuenta de algo.

—Has hablado en singular.

Ella parpadea un par de veces, confusa.

Página 350

—¿Qué?

—Has hablado en singular —repito—. Has dicho que tú no te lo habrías tomado fatal.

Ella suelta un suspiro.

—No puedo saber cómo se lo habría tomado Antonio, la verdad. O Natalia.

—Bueno, en realidad, ella ya lo sabe. No es que se lo contáramos antes que a ti —me apresuro a añadir—. Lo que pasa es que el otro día nos vio besándonos.

Me estoy muriendo de vergüenza al tener que decirle eso, pero me parece importante dejarle claro que no es que quisiéramos contárselo a Natalia antes que a ella. Asiente con la cabeza y me acaricia el dorso de la mano.

—¿Y con ella no ha habido ningún problema?

—No —respondo, ahorrándome contarle lo de ese par de días de tensión que ahora no vienen a cuento—. Pero, en fin… Nos preocupa cómo se lo pueda tomar Antonio.

—No va a ser fácil —señala, sin paños calientes—. Seguramente le costará un poco aceptarlo.

—Lo sé —le digo, asintiendo con la cabeza—. Y la verdad es que nos da bastante miedo su reacción.

—Es normal. Pero yo estoy con vosotros, ¿vale? No puedo saber cómo se lo va a tomar, pero sí que te prometo que haré todo lo que esté en mi mano para ayudar.

—Gracias, mamá —respondo con la voz temblorosa, y unas nuevas lágrimas se deslizan por mi mejilla—. De verdad.

Ella me abraza de nuevo, y yo comienzo a llorar contra su pecho otra vez. Vuelvo a sentirme como un niño, llorando en brazos de mi madre. Y, al igual que ocurría entonces, sus abrazos, sus besos y sus caricias son suficientes para arreglar cualquier cosa que pueda pasarme. Al menos, así es como me siento.

Cuando al fin nos separamos, no sé cuánto tiempo ha transcurrido desde que entró aquí, pero se le escapa un bostezo que enseguida me contagia.

—Vete a dormir si quieres —le digo—. Estarás cansada. —Vale, cariño. Pero avísame si necesitas algo, ¿eh? —Claro. Y… muchas gracias.

Página 351

—De nada, mi vida.

Con una sonrisa de infinito cariño, se acerca a mí para darme un beso.

A continuación, se pone en pie y se marcha.

Yo me quedo sentado en la cama, demasiado invadido por las emociones, demasiado aturdido por todo lo que acaba de pasar. Los minutos transcurren mientras le doy vueltas a la conversación una y otra vez, casi incapaz de creérmelo. Apenas estoy comenzando a asimilar que al final todo ha salido bien, que mi madre no se ha enfadado, sino todo lo contrario.

Llevo ya un rato solo cuando me vibra el móvil, y al mirar la pantalla veo un mensaje de Marcos preguntándome si estoy bien. No tengo fuerzas para transcribirle toda la conversación, de modo que le pido que venga a mi habitación. Apenas unos segundos después, oigo que mi puerta se abre y después vuelve a cerrarse con suavidad.

—Fran, ¿qué te pasa? —me pregunta al verme la cara, claramente preocupado—. ¿Has estado llorando?

Asiento con la cabeza.

—Un poco, pero no te preocupes. No es nada grave.

—¿Qué ha pasado? —insiste, claramente poco convencido—. Me estás asustando.

—No es nada, en serio —le aseguro—. Se lo he contado a mi madre.

Pero ha salido todo bien.

Suelta un suspiro de alivio que hace que le tiemble todo el cuerpo. Se derrumba sobre mi cama, y casi puedo sentir la tensión abandonando su cuerpo de golpe. Aun así, se incorpora un poco y me mira con el ceño ligeramente fruncido.

—¿Seguro? Si has estado llorando, habrá sido por algo.

—No es nada malo, de verdad. Ha sido solo por… el alivio, supongo. —Me encojo de hombros—. Estaba muy tenso y muy nervioso, y supongo que, cuando me di cuenta de que realmente no pasaba nada, fue como que estallé. Pero nos ha venido muy bien tener esta conversación, poder contarle la verdad, llorar y desahogarme. Ahora me siento mucho mejor.

—Entonces, ¿crees que nos apoya?

—Pues sí. —Esbozo una sonrisa—. De hecho… ya lo sabía, más o menos.

La escasa luz se refleja en sus ojos muy abiertos.

—¿Qué dices? ¿En serio?

Página 352

—Resulta que no hemos sido tan discretos con lo nuestro como pensábamos…

Comienzo a relatarle la charla con mi madre, aunque me guardo sus palabras de cariño solo para mí. En algún punto se me humedecen los ojos al recordar momentos concretos de la conversación; todavía sigo sin asimilar que todo haya salido tan bien. Marcos me escucha atentamente, sin intervenir, y por su expresión es evidente que a él también le cuesta creer que hayamos sorteado un obstáculo más.

—Joder —dice cuando termino—. Menos mal.

—Pues sí.

—¿Y crees que con mi padre hay alguna posibilidad de que haya pasado lo mismo? —pregunta, ligeramente esperanzado—. Si tu madre se ha dado cuenta sola, a lo mejor él…

—Lo dudo mucho, Marcos. ¿De verdad crees que tu padre sería tan perspicaz?

—No —admite—. Pero, no sé, si tu madre le ha comentado algo sobre nosotros…

—Si hubiera sido así, me lo habría dicho —señalo—. No creo que vayamos a tenerlo tan fácil con él.

—Ya… tienes razón.

Parece desanimado, así que trato de recordarle el avance que hemos hecho hoy.

—Tú piensa que mi madre ya lo sabe, y que se lo ha tomado genial.

Con tu hermana, ya van dos de tres.

—Dos de tres… —repite—. Supongo que podría ser peor.

—Mucho peor.

—Pero, por mucho que ellas lo hayan aceptado, si él no se lo toma bien…

No continúa la frase y no necesito que lo haga; los dos sabemos perfectamente las consecuencias que podría haber si Antonio rechazara nuestra relación. En ese caso daría igual que mi madre y Natalia nos apoyaran, porque sería un duro golpe para la familia del que sería difícil recuperarnos. Pero, una vez más, trato de apartar esos pensamientos amargos de mi cabeza y centrarme en la realidad de que todo ha salido bien con mi madre, de que tenemos una nueva aliada en nuestra relación. Como le he dicho a Marcos, ya van dos de tres. Por el momento, prefiero quedarme con eso.

Página 353

—Todo va a salir bien —susurro mientras lo abrazo con fuerza—. ¿Vale?

—Vale. Te quiero.

—Te quiero.

Y, entonces, volvemos a besarnos. Nos perdemos cada uno en los labios del otro mientras nos abrazamos y nos acariciamos, pero no vamos más allá. Esta es una de esas noches en las que no hay sexo; ninguno de los dos lo necesitamos. Simplemente nos abrazamos, nos besamos despacio, nos damos cariño de todas las formas posibles. Nos susurramos palabras de amor, y también lloramos un poco de puro alivio. Después de todo, ahora ya estamos un paso más cerca de nuestro objetivo, que es simplemente poder vivir lo nuestro sin tener que ocultarnos.

Aunque, como ya hemos hablado, todavía falta lo peor.

Página 354

65.

UNA VEZ PASADO EL DÍA DE REYES, ME ESFUERZO POR IR DESCONECTANDO LA MENTALIDAD DE LAS VACACIONES PARA QUE LUEGO NO ME CUESTE TANTO VOLVER A LA RUTINA. NO FALTA DEMASIADO PARA LOS EXÁMENES, así que me

me paso el resto del fin de semana estudiando; sé que me voy a arrepentir más adelante si no empiezo a tomármelo en serio desde ya. Aunque no me pongo el despertador para levantarme temprano, dedico las mañanas del sábado y del domingo a estudiar. Después de comer, me paso un par de horas descansando con mis nuevos videojuegos y, a continuación, sigo estudiando hasta la hora de cenar. De vez en cuando intercambio mensajes con mi primo Víctor, que me mantiene al día de sus dramas amorosos, y también informo a Vero y mis amigos de lo que he pasado con mi madre.

Cuando quiero darme cuenta, ya ha llegado la cena del domingo. Y, con ella, el final de las vacaciones. Se nota el ambiente melancólico alrededor de la mesa; está claro que a ninguno nos apetece tener que volver a la rutina de siempre.

—Pues se acabó lo que se daba —dice Antonio con una sonrisa, aunque me parece ver cierta tristeza en ella—. ¿Tenéis ganas de volver a clase?

—No —respondemos los tres a la vez.

—No es justo que las vacaciones de Navidad sean tan cortas —se queja Natalia—. Deberían durar una semana más. O un mes.

Página 355

Los demás nos echamos a reír y el ambiente se aligera un poco. Al menos, aunque se acaben las vacaciones, seguiremos teniendo estas cenas en familia, estos momentos compartidos alrededor de la mesa. Sinceramente, ahora mismo no podría pedir nada más. Quién me iba a decir que acabaríamos así cuando empezaron las navidades y la simple idea de tener que compartir espacio con Marcos no podría haberme resultado más horrible…

—¿Vendrás al menos los fines de semana? —pregunta Antonio de repente, dejándome descolocado.

Tardo un par de segundos en darme cuenta de que está hablando con su hijo, y un par de segundos más en comprender a lo que se refiere. Por supuesto, técnicamente, Marcos se había ido de casa. La excusa era que estando cerca de sus tíos le sería más cómodo ir y venir de la universidad, pero la realidad era que solo quería alejarse de mí. Sin embargo, eso ya no será necesario.

Desde que volvemos a estar juntos ya se me había olvidado el tema, pero ahora me doy cuenta de que Antonio no lo ha hecho. Ahora comprendo su sonrisa de tristeza de hace un par de minutos, las miradas melancólicas que le había visto echarle a Marcos. Él no me había mencionado nada sobre el tema, así que supongo que tampoco lo recordaba ya. Y supongo que su padre no habrá querido sacarlo hasta el último momento posible porque no le gustaba la idea de que su hijo volviera a marcharse, así que el asunto había quedado sin resolver.

—No voy a marcharme —dice Marcos, y el rostro de su padre se ilumina—. Cuando me fui, realmente pensaba que era lo mejor, pero, no sé… Estar aquí estos días me ha hecho darme cuenta de que no quiero irme. Me da igual dormir menos, me da igual tardar más en ir y volver a la universidad. Quiero estar con vosotros. Con todos vosotros. Si no os importa, claro.

Los ojos de Antonio se llenan de lágrimas. Técnicamente, Marcos ha adornado un poco la verdad, pero él no necesita saber eso ahora mismo.

—Claro que no, campeón.

Mi madre, que también parece ligeramente emocionada, le da un codazo a su marido.

—Recuerda lo que hemos hablado.

—No lo he olvidado —dice él, y vuelve a dirigirse a su hijo—. ¿Qué te parece si a partir de ahora te llevo a la facultad en coche antes de irme al

Página 356

trabajo?

—¿En serio? —pregunta Marcos, sonriente—. ¿No es mucho lío? —No, ya lo he estado mirando. No es mucho desvío para ir luego al

trabajo y solo tendría que salir diez minutos antes de lo habitual, pero tú podrías levantarte un buen rato más tarde. Y, cuando salga temprano, también puedo pasarte a recoger y así te ahorras tardar tanto a la vuelta. ¿Qué te parece?

—Me parece genial —responde él, sonriendo todavía más, y está tan guapo que me cuesta contener la necesidad de besarlo.

—Lo hemos estado hablando estos días porque no queríamos que volvieras a marcharte, corazón —interviene mi madre, mirándolo con cariño—. Tendríamos que haberlo pensado antes.

—Supongo que sería la costumbre —dice Marcos, encogiéndose de hombros—. En la casa anterior no estábamos tan lejos, así que no tenía que madrugar tanto para llegar a clase. Pero aquí, como encima tengo que hacer dos transbordos…

—Pues no se hable más —replica Antonio, radiante—. Vamos a brindar. —Todos nos rellenamos los vasos y esperamos a que continúe—. Por nuestra familia. Para que nada pueda volver a separarnos.

El corazón me da un vuelco al oír esas últimas palabras; después de todo, si hay alguien que ha estado a punto de separarnos ese soy precisamente yo. Pero ahora no es el momento, de modo que trato de apartar esos pensamientos de mi mente mientras me obligo a sonreír y acerco el vaso para hacerlo chocar con los demás.

Cuando terminamos de cenar, todavía nos quedamos un rato más alrededor de la mesa, charlando de todo y de nada; es evidente que ninguno de nosotros queremos que se acabe la noche. Pero, cuando dan las doce, mi madre declara que ya es hora de irnos a la cama si no queremos parecer zombis mañana, así que eso es lo que hacemos.

Marcos y yo nos enviamos mensajes a través del móvil mientras esperamos a que los demás se acuesten. A partir de ahora, va a ser él quien venga a dormir a mi habitación entre semana, invirtiendo así la rutina de estos días. Mientras estábamos de vacaciones, era yo quien iba a su cuarto; como su cama es más grande, teníamos más espacio para estar cómodos y a gusto. Yo solo tenía que ponerme una alarma a las siete de la mañana para volver a mi habitación antes de que nadie se despertara.

Página 357

Pero, ahora que van a reanudarse las clases, hemos decido recuperar la costumbre de que sea él quien duerme conmigo, ya que seguirá teniendo que levantarse antes. Sin embargo, en lugar de despertarse casi una hora antes que yo, tan solo tendrá que hacerlo diez o quince minutos antes, tiempo suficiente para pasar por el baño y ducharse antes de que yo me levante. De hecho, ahora que va a salir más tarde de casa, hemos decidido que vamos a desayunar juntos antes de meterme yo en la ducha y que él se vaya con su padre. Es decir: más rato durmiendo juntos, menos tiempo solo en la cama, y poder empezar la mañana juntos. Todo ventajas.

Los ronquidos de Antonio ya han comenzado a sonar amortiguados por el pasillo cuando oigo que mi puerta se abre y se cierra de forma casi imperceptible. Unos segundos después, Marcos se mete en mi cama.

—Ey —susurra mientras se acomoda junto a mí.

—Ey. —Lo abrazo con fuerza y le doy un beso en los labios, abrazándolo—. Admito que me ha gustado dormir en tu cama estos días, pero esto también tiene su encanto. Así podemos estar mucho más pegados.

—Pues ya verás en verano —dice entre risas—. Soy muy caluroso y suelo emitir bastante calor, seguro que me mandas a dormir al suelo.

—Jamás —le aseguro, y lo abrazo más fuerte todavía.

Permanecemos en silencio durante unos minutos, simplemente abrazándonos y dándonos calor mutuamente.

—Jo, no quiero que llegue mañana —dice al cabo de unos minutos—.

Las vacaciones se me han hecho cortísimas.

—Ya ves. Cortísimas e intensas.

—Ahora vamos a tener que pasar todas las mañanas separados, es una mierda.

—Ya… Pero bueno, tú piensa que al menos podremos seguir durmiendo juntos.

—Y no lo cambiaría por nada —susurra antes de volver a besarme. Cuando nos separamos, trato de encontrar algo que decir para alargar

el momento; no estoy preparado para irnos a dormir y que se acaben las vacaciones.

—Por cierto, ¿qué tal Heartstopper? —le pregunto, recordando que se ha pasado el fin de semana leyendo.

—Ya me los he terminado todos —confiesa.

—¿En serio?

Página 358

—En serio —responde, algo avergonzado.

—Entonces supongo que te habrán gustado.

—Me han encantado. Muchísimas gracias, de verdad.

—De nada —respondo, y le doy un beso fugaz en los labios.

Me da la impresión de que va a decir algo más, pero no lo hace. Me rehúye la mirada, como si estuviera avergonzado por algo, y no puedo evitar preocuparme. Sin embargo, empiezo a saber cómo actuar cuando está así, así que lo abrazo con fuerza y le doy tiempo para que me diga lo que sea cuando se sienta preparado.

No vuelve a hablar hasta varios minutos después, cuando ya empezaba a pensar que estaba quedándose dormido.

—Oye, Fran.

—Dime.

—Me he quedado pensando después de Heartstopper.

—Cuéntame.

—No sé cómo decirlo… es como que me ha afectado más de lo que pensaba.

—¿En qué sentido? ¿Estás bien?

—Sí. Es solo que… A veces pienso que lo he hecho todo mal. —¿El qué?

—Contigo —especifica—. O sea, es que veo todo lo que hacía Nick con Charlie, y no sé… Pienso que a lo mejor tendría que haber hecho las cosas de forma diferente.

Sus palabras logran removerme algo por dentro.

—Ha sido todo perfecto —le aseguro—. No tenías que haber hecho nada diferente.

—¿Tú crees? Porque empezamos haciéndonos pajas juntos, Fran. Me corrí en tu boca antes de que nos hubiéramos dado ni un abrazo. Follamos antes de besarnos siquiera. ¿No se supone que estas cosas deberían empezar de forma diferente? No sé, ¿como más románticas o algo así?

Suelto un suspiro. Entiendo bien por dónde va, porque yo también lo he pensado en alguna ocasión.

—Hay muchas clases de relaciones y todas empiezan de forma diferente, y todas son válidas siempre que haya consentimiento y respeto. Así fue como empezó la nuestra, pero tú mismo me lo dijiste cuando decidimos seguir adelante: todo lo que ha pasado es precisamente lo que nos ha llevado hasta aquí. Así que, por mi parte, no me arrepiento de nada.

Página 359

—Yo tampoco —se apresura a decir—. De verdad. No es que me arrepienta, es solo que… No sé, a lo mejor tendría que haber sido más especial.

—Lo ha sido —le aseguro—. Cada momento contigo ha sido especial.

Sin embargo, Marcos sigue sin parecer convencido.

—Si no hubiera sido un gilipollas en el instituto, a lo mejor las cosas habrían sido muy diferentes.

—Mira, yo también lo he pensado, ¿vale? —admito—. Si nos hubiéramos conocido de verdad en el instituto, a lo mejor nos habríamos enamorado entonces, quién sabe. Pero en esa época no éramos las mismas personas que ahora, éramos mucho más inmaduros. A lo mejor no hubiéramos durado, a lo mejor no hubiéramos acabado bien. Y entonces habríamos perdido nuestra oportunidad.

—Supongo. Lo que pasa es que no puedo evitar pensar en lo que habría podido pasar si tantas cosas hubieran sido diferentes.

—Lo entiendo. Pero no tiene sentido pensar en lo que habría podido pasar si no tenemos forma de cambiarlo, ¿no? Lo que cuenta es lo que ha pasado de verdad, y lo que ha pasado es lo que nos ha llevado hasta aquí.

Permanece unos segundos en silencio, pero entonces asiente con la cabeza.

—Ya. Tienes razón.

—Mira, puede que lo nuestro no sea la típica historia romántica y de película donde todo empieza con arcoíris, unicornios y azúcar. Pero es nuestra historia, Marcos. Solo nuestra. Y, sinceramente, no querría haber vivido otra diferente. Porque es nuestra, y eso hace que sea especial.

Él sonríe y acerca la cara para besarme. Pronto, la intensidad de nuestros besos va en aumento y, para cuando quiero darme cuenta, ya hemos perdido la ropa y estamos tratando de contener los gemidos de placer que nos arrancamos el uno al otro en la oscuridad.

Página 360

66.

LOS PRIMEROS DÍAS DE VUELTA EN LA UNIVERSIDAD SE ME HACEN MÁS LLEVADEROS DE LO QUE ESPERABA. AUNQUE ECHO DE MENOS A MARCOS MIENTRAS ESTOY FUERA DE CASA, NOS MANDAMOS MENSAJES constantemente,

hasta el punto de que Álex acaba poniendo los ojos en blanco la enésima vez que me ve mirando la pantalla embelesado cuando tendría que estar atendiendo en clase.

Después de que terminen las clases del martes, estoy a punto de sacar el móvil para mandarle un mensaje a Marcos mientras salimos de la facultad cuando me quedo paralizado. Pestañeo un par de veces, incapaz de creer lo que ven mis ojos, pero ahí está él, a solo unos metros por delante de mí.

—Ni que hubieras visto un fantasma —comenta con una sonrisa al verme incapaz de hablar.

—¿Qué estás haciendo aquí? —acierto a preguntar.

—Oye, que si quieres me voy…

—¡No! Claro que no, idiota. Es solo que… no me lo esperaba. —Quería darte una sorpresa —dice como si tal cosa, y entonces se

dirige a mi acompañante—. Tú eres Álex, ¿verdad?

—Eh… sí. Encantada.

—Lo mismo digo —responde él. Técnicamente, ya se conocen, pero tan solo se habían visto brevemente una vez, cuando Marcos y yo no nos llevábamos demasiado bien que digamos—. ¿Os apetece ir a comer?

Página 361

La idea de juntar a mi novio y a mi mejor amiga no podría parecerme más maravillosa, pero no sé si ella tendrá ganas o si podrá siquiera.

—A mí me encantaría —respondo mientras la miro—. ¿Tú quieres? —Eh… A ver, no me importaría, pero a lo mejor preferís estar solos.

Tampoco quiero molestar…

—No molestas —decimos los dos al unísono, y ella pone los ojos en blanco.

—Está claro que sois tal para cual —señala, y los tres rompemos a reír —. Venga, vale. ¿Adónde vamos?

—¿Al italiano? —sugiero—. Está cerca, la comida está rica y no es muy caro.

—Me parece guay. Pero tengo que avisar a mis padres.

—Yo también —recuerdo, y le echo un vistazo a Marcos—. Los martes siempre comemos en casa.

—No te preocupes —dice él con una sonrisa, mostrándome su móvil

—. Acabo de avisar por el grupo de que íbamos a comer fuera… les he dicho que íbamos a quedar para estudiar en la biblioteca.

Saco el móvil y ahora soy yo el que pone los ojos en blanco al ver la respuesta de Natalia, que no podría ser más cantosa:

Pasadlo bien! 

Cuando Álex avisa a sus padres, echamos a andar en dirección al italiano. No digo gran cosa mientras caminamos; ellos dos han empezado a hablar acerca de los estudios y los exámenes, así que los dejo tranquilos mientras se van conociendo un poco más. Ni siquiera me molesto en tratar de contener la sonrisa que curva mis labios cuando me doy cuenta de que parecen estar congeniando de verdad.

Una vez en el restaurante, nos asignan una mesa diferente a la habitual, más pequeña que la que solemos ocupar cuando venimos con el resto del grupo. Flavio, nuestro camarero favorito, se acerca a nosotros con una sonrisa al vernos.

—Anda, no esperaba veros hoy por aquí. ¿Cómo es que no habéis venido todos?

—Ha sido un poco improvisado, la verdad —explica Álex—. ¿Echas de menos a alguien o qué?

Él esboza una sonrisita.

—No sé de qué me hablas.

Página 362

—Ya.

—¿Y quién es este chico tan majo? —pregunta Flavio, ignorándola—. Nunca lo habíais traído por aquí, ¿verdad?

—Es Marcos… mi novio —respondo en voz baja, y mis mejillas comienzan a arder al instante.

—¡Anda! Pues hacéis muy buena pareja. ¿Qué os pongo, chicos?

En realidad, el único que tiene que pedir es Marcos, porque Flavio sabe perfectamente lo que pedimos siempre Álex y yo. Después de tomarnos nota, se aleja de nuestra mesa y vuelve unos minutos más tarde con nuestras bebidas.

—Parece que os lleváis bien con él —comenta Marcos, señalándolo con un gesto de la cabeza cuando vuelve a marcharse.

—Digamos que venimos bastante por aquí —responde Álex entre risas.

—¿A qué venía lo de antes? ¿Lo de si echaba de menos a alguien? Ahora nos reímos tanto ella como yo.

—Tenemos un amigo, Luis, que está pilladísimo por Flavio —explico. —A ver, eso tampoco lo sabemos —interviene Álex—. Lo

sospechamos, pero no lo sabemos.

—¿Y creéis que a Flavio también le gusta?

—Es lo mismo, no son más que sospechas —responde ella—. Pero ninguno de los dos ha dicho nada, así que tampoco lo sabemos seguro.

Trato de contener una sonrisa; al fin y al cabo, la situación entre Flavio y Luis es muy parecida a la de Álex y Alejo. Es como si todo el mundo a su alrededor lo supiera, a excepción de ellos mismos.

Marcos sigue haciendo preguntas sobre Luis y el resto de nuestros amigos, y una vez más, participo poco en la conversación mientras los escucho hablar. De nuevo, me siento feliz por lo bien que están congeniando. Álex y Alejo son dos de las personas más importantes de mi vida y ellos son precisamente quienes más han sufrido conmigo todo lo de Marcos, así que me alegra que se esté llevando tan bien con al menos uno de ellos. Tenía intención de organizar algo pronto con los tres para que se conocieran mejor, pero tengo que reconocer que es un alivio que esto haya surgido de una forma tan espontánea y que esté saliendo tan bien.

Estamos hablando tanto que la comida se alarga mucho más de lo habitual, aunque no me quejo. Cuando al fin terminamos, Flavio se acerca

Página 363

para preguntar si queremos algún postre. Álex lo rechaza, pero Marcos y yo nos pedimos una panna cotta para compartir entre los dos.

—Una panna cotta para la parejita —dice Flavio con una sonrisa cuando nos la trae.

De nuevo, siento que se me calientan las mejillas. Todavía no me he acostumbrado a volver a estar con Marcos, y me resulta todavía más extraño no tener que ocultar nuestra relación en público. Comenzamos a comernos el postre en silencio, disfrutando del sabor. Cuando nuestras cucharillas se chocan, los dos soltamos una risita nerviosa.

—Sois tan monos… —comenta Álex con una sonrisa mientras nos mira—. Me alegra que seáis tan felices juntos.

Mi rubor se incrementa todavía más, hasta el punto de que siento las orejas casi en carne viva. Por suerte, ellos continúan charlando sin fijarse mucho en mí hasta que pedimos la cuenta, pagamos y nos marchamos.

—Me lo he pasado genial —dice Marcos, mirándola, mientras caminamos hacia la estación de metro—. Me ha encantado conocerte, tenía muchas ganas.

—Lo mismo digo. Tenemos que repetirlo, ¿eh?

—Por favor y gracias. ¡Y también me gustaría quedar algún día con Alejo!

Álex me mira, dejándome la respuesta a mí.

—Sí, estaría bien —respondo, aunque prefiero no comprometerme demasiado—. A ver si puede algún día, que suele tener mucho lío con la FP y todo eso.

—Vosotros preguntádselo y yo intento adaptarme.

Seguimos caminando los tres juntos hasta llegar a la estación de metro. Tenemos que ir en direcciones opuestas, así que nos despedimos después de pasar por los tornos. Álex y yo siempre nos abrazamos para saludarnos y despedirnos, pero me sorprendo cuando nos separamos y veo que abraza también a Marcos. Ella no suele abrazar a la ligera, así que esto debe de significar que le ha caído realmente bien. De nuevo, una oleada de felicidad me inunda por dentro, y no es para menos.

Que nuestra familia aceptara lo nuestro era muy importante, pero que lo hicieran mis amigos más cercanos también lo es. Sé que con los de la universidad no va a haber ningún problema, pero Álex y Alejo, que tuvieron que aguantarme un año despotricando sobre Marcos y después vivieron mucho más de cerca mi sufrimiento cuando se marchó, me

Página 364

preocupaban bastante más. Y, aunque en otras circunstancias tal vez habría planificado esto hasta el más mínimo detalle, ahora me alegra que todo haya sucedido de una forma tan espontánea y, sobre todo, que haya salido tan bien.

Una vez en el vagón del metro, me siento con la cabeza sobre el hombro de Marcos y nuestras manos unidas. Mientras espero a que pasen las paradas, reflexiono sobre lo ocurrido y sobre lo que está por llegar en las próximas semanas. En nuestra familia ya tenemos a dos aliadas de tres, y en cuanto a mis amigos, va una de dos. Por supuesto, los que quedan van a ser los más complicados: Antonio y Alejo, los que sin duda no van a aceptarlo todo con una sonrisa.

Al menos, con Alejo ya tengo gran parte del camino recorrido: sabe que estoy con Marcos, y también sabe que los dos estamos más que seguros de lo nuestro. Pero, aun así, el rencor que le sigue guardando a Marcos sigue siendo muy real. Aunque yo le haya hablado maravillas de él, sé que el día que se conozcan de verdad va a ser la auténtica prueba de fuego, tal como ha pasado hoy con Álex. Con un poco de suerte, las cosas también saldrán bien, pero si no… En fin, decir que va a ser incómodo sería quedarme corto.

Sin embargo, mientras pienso sobre el tema me doy cuenta de algo, y es que no sé nada sobre los amigos de Marcos. En cierto sentido, supongo que es comprensible: hemos tenido que hacer frente a tantas cosas para poder estar juntos que los temas más alejados de nuestra relación han quedado un poco en un segundo plano. Aun así, ahora que me he percatado, no puedo evitar pensar que es como si él hubiera omitido el tema de forma deliberada, como si hubiera preferido no mencionarlo de forma consciente. Después de lo que me contó acerca de sus supuestos amigos del instituto, comprendo que es muy posible que no tenga demasiadas amistades, así que tal vez sea una cuestión delicado para él. Sé que ahora que estamos en un lugar público no es el momento apropiado para sacar el tema, pero tomo nota mentalmente para hacerlo un día de estos.

La idea de que tal vez no tenga amigos me resulta demasiado dolorosa, así que espero estar equivocado.

Página 365

67.

TRAS UN PAR DE DÍAS RELATIVAMENTE TRANQUILOS, LLEGO A CASA EMOCIONADO Y LIGERAMENTE NERVIOSO. HOY ES JUEVES, Y ESO SIGNIFICA UNA COSA: MARCOS Y YO VAMOS A PODER ESTAR SOLOS EN CASA.

Entre semana, Marcos siempre es el primero en llegar. Yo salgo antes los jueves y los viernes, pero los viernes mi madre también sale antes del trabajo y yo suelo quedarme a comer con mis amigos de la universidad. Sin embargo, los jueves tenemos vía libre: cuando llego a casa, todavía nos queda una hora entera antes de que llegue nadie. Fue precisamente en uno de estos días cuando todo se fue a pique: Marcos y yo nos habíamos quedado dormidos, y entonces mi madre llegó de repente. Él se asustó y comenzó a comerse la cabeza, y fueron unos días llenos de incertidumbre hasta que al fin decidió que no podíamos continuar así, que lo mejor sería marcharse de casa.

Por suerte, al final cambió de opinión y ahora volvemos a estar juntos. Y, no solo eso, sino que mi madre y su hermana han aceptado nuestra relación, lo que significa que ya no tenemos que andar con pies de plomo por casa tanto como antes. Siempre que no nos pillen follando, claro: eso sería más que bochornoso. Pero, para evitarlo, lo único que tenemos que hacer es ponernos una alarma y asegurarnos de estar vestidos para cuando lleguen los demás; ni siquiera tendríamos que irnos cada uno a nuestra habitación para disimular ahora que hemos empezado a ver series juntos. Ni tan mal, la verdad.

Página 366

Cuando abro la puerta, Marcos sale corriendo hacia mí y prácticamente derrapa para detenerse, arrancándome una carcajada.

—Ey —me saluda con una sonrisa.

—Ey —digo, y cruzo los escasos centímetros que nos separan para darle un beso—. Sí que tenías ganas de verme.

—Puede ser.

Me da otro beso, y entonces me coge de la mano para conducirme a su habitación.

—¿Te importa si paso un momento por el baño primero? Ya sabes… —Vale. Pero no tardes, porfa. Que el tiempo corre. —Tranquilo.

Dejo la mochila en mi habitación y después me meto en el cuarto de baño. Me apresuro a prepararme para lo que va a pasar dentro de unos minutos, tratando de ignorar ese cosquilleo nervioso que siento en la boca del estómago. Aunque tenemos sexo oral casi todas las noches y hace justo una semana yo hice de activo con él, llevo sin sentirlo dentro de mí desde que estábamos en el hotel, lo que significa que técnicamente no lo hacemos desde el año pasado. Y no veo el momento de repetirlo por fin.

Cuando salgo del baño y me acerco a su puerta, completamente desnudo, veo que su habitación está en penumbra, y el parpadeo de las luces me hace sonreír al darme cuenta de lo que voy a encontrar en su interior. Entro y, cuando doblo la esquina, me encuentro con la mesita de noche y las repisas llenas de velas encendidas, al igual que había hecho en noviembre antes de que todo terminara.

—Sabes que no hacía falta, jo —le digo, con la voz llena de vergüenza.

—Claro que sí. Sé que te gusta.

—Puede ser.

Está tumbado sobre el colchón, tan desnudo como yo, y la visión de ese cuerpo que tantas cosas enciende dentro de mí hace que se me acelere un poco la respiración. Él me tiende la mano, así que me acerco a él, me subo a la cama y me tumbo sobre él, con sus piernas abiertas a ambos lados de mis caderas.

—Ey —susurra contra mis labios.

—Ey.

Y volvemos a besarnos. A estas alturas, los besos que hemos compartido ya son incontables, pero todos ellos siguen siendo especiales. Por lo general, no son más que momentos fugaces; besos robados que nos

Página 367

damos cuando hay más gente en casa pero no somos capaces de resistirnos a la necesidad casi física de unir nuestros labios. Y, aunque otras veces nos besamos despacio y con calma, sin prisa y disfrutando de la sensación, hoy nuestros cuerpos no están por la labor. Después de todo, son pocas las ocasiones en las que podemos estar de esta manera, y la energía sexual que nos invade ahora siempre ha fluido con fuerza entre nosotros.

El móvil de Marcos pita en la mesilla de noche, pero los dos lo ignoramos. Sin embargo, cuando vuelve a sonar dos, tres, cuatro y hasta cinco veces más, ya está empezando a resultar bastante molesto.

—Espera —me pide, apartando los labios de los míos—. Lo voy a poner en silencio, es que había activado el sonido por si me decías algo antes de llegar.

Estira el brazo para cogerlo, pero se queda inmóvil durante un momento mientras mira la pantalla. A continuación, sus labios se curvan lentamente en una sonrisa, y entonces gira el móvil para enseñármelo. En la pantalla de bloqueo puedo ver varios mensajes en el grupo familiar. Mientras los leo, llega alguno más.

BELÉN

Chicos, hoy no vamos a comer en casa

Natalia tenía médico y se han retrasado un poco, así que ya comeremos algo por aquí cuando salgamos.

Haceos cualquier cosa del congelador, vale?

@Papá, te vienes con nosotras?

PAPÁ

Vale.

Yo salgo dentro del trabajo dentro de media hora.

Estaré por allí en unos 45 minutos.

BELÉN

Creo que ya habremos salido para entonces, pero yo te voy avisando de lo que sea.

Sonrío yo también al leerlo. ¿Esto está pasando de verdad? Si no van a comer hasta dentro de cuarenta y cinco minutos, eso significa que como mínimo vamos a tener una hora y media solos, o puede que hasta dos, en vez de la hora habitual.

Página 368

—¿Crees que lo habrá hecho a propósito? —me pregunta con una sonrisa cuando le devuelvo el móvil y revisa los últimos mensajes antes de teclear una respuesta.

A decir verdad, no me lo había planteado, pero ahora que lo dice… —Pues puede ser, ¿eh? Mi madre sabe lo nuestro y lógicamente

también sabe que apenas tenemos oportunidades para estar juntos y a solas, así que…

—Joder. Tengo la mejor suegra del mundo.

Me echo a reír y, entonces, lo vuelvo a besar. Antes de que la cosa se caliente más, retrasamos la alarma. Al final no hace falta que nos demos tanta prisa como pensábamos, así que vamos a poder disfrutar con calma, tal como lo hacíamos durante esas escasas noches en el hotel.

Una hora más tarde, estamos los dos sudorosos, respirando trabajosamente mientras nuestra respiración y nuestros corazones se van calmando poco a poco.

—¿Cómo vamos? —le pregunto, y Marcos coge el móvil de la mesita de noche para echarle un vistazo.

—Mi padre ha pillado atasco. Hace diez minutos tu madre ha dicho que iban a ir cogiendo mesa y pidiendo algo para beber. Ah, mira. Mi padre dice que acaba de aparcar.

—O sea, que entre que comen y vuelven… —Hago un cálculo rápido —. Deberíamos tener al menos una hora más solos, y eso si comen rápido.

—Sí, yo diría que sí. —Me mira con una sonrisita—. ¿Es que quieres otra ronda o qué? Que yo necesito recuperarme.

Me echo a reír.

—No es eso, gilipollas. Pero me gusta que podamos estar tranquilitos y con calma. Quedarnos en la cama sin prisa.

Él deja el móvil sobre la mesita de noche y se acerca para darme un beso largo y dulce.

—A mí también.

Volvemos a abrazarnos, y cierro los ojos mientras me dejo invadir por la presencia de Marcos, su aroma y su calidez, el tacto de su piel y el

Página 369

sonido de su respiración. Sin embargo, ahora que tenemos tiempo, me doy cuenta de que es el mejor momento de sacar el tema que quedó pendiente el martes, después de estar con Álex.

—Oye, Marcos.

—Dime.

—¿Por qué nunca hablas de tus amigos? O sea, tampoco es que yo te haya contado demasiado, pero ya sabías de Álex y Alejo, y también te he hablado de mi grupo de la uni. Pero tú nunca me cuentas nada.

Él aprieta la mandíbula y aparta la mirada, y me doy cuenta de que he tocado un tema un poco sensible.

—Es complicado —dice al cabo de unos segundos, sin entrar en detalles.

—¿Me lo quieres contar?

De nuevo, permanece unos instantes en silencio, pero entonces asiente con la cabeza.

—Ya te hablé de mis supuestos amigos del instituto, Andy y los demás. Cuando terminamos el bachillerato no volví a hablar con ellos, así que me quedé solo. Creo que por eso estuve intentando acercarme a ti cuando nuestros padres nos presentaron, ¿sabes? Creo que, de forma inconsciente, es como que quería hacerme amigo tuyo.

Siento un calor incómodo en la cara al recordarlo. Al principio de nuestros encuentros forzosos gracias a nuestros padres, Marcos había mostrado un claro interés en mí, pero yo era incapaz de dejar de asociarlo con el instituto. Ahora que sé la verdad, me avergüenza haberme comportado de una forma tan hostil con él.

—Lo siento.

—No lo sientas —se apresura a decir—. Lo entiendo, en serio. El caso es que en la universidad me costó hacer amigos… supongo que no sabía cómo hacerlo. Suena absurdo, lo sé. Pero, después de lo del instituto, me costaba mucho abrirme a la gente, me costaba tratar de acercarme a los demás. Me pasé la mitad del primer año de carrera solo.

—Joder. Vaya mierda.

—Ya, bueno. Pero a mediados de curso me tocó hacer un trabajo con dos compañeros, Laura y Carlos. Ellos tampoco se relacionaban demasiado con los demás, y al final hicimos buenas migas. Poco a poco fuimos cogiendo confianza, y hoy en día son muy buenos amigos.

—¿Son los únicos?

Página 370

Él se encoge de hombros.

—Bueno, más o menos. Ellos y un chico que conocí por internet. Pero este curso hemos empezado a hablar un poco más con la gente, y algunos también se han acercado a nosotros. No es que sean amigos exactamente, pero nos llevamos bien.

—Jo —digo simplemente, sintiéndome mal por él. No está tan solo como me temía, pero aun así…

—No pasa nada, en serio. En el instituto ya tuve un grupo, aunque fueran amigos de mierda, y me di cuenta de que no era lo mío, supongo que prefiero estar con dos o tres personas más como máximo.

—Ya, bueno. Es comprensible.

Abre la boca para hablar, pero la cierra antes de hacerlo. Aparta la mirada de nuevo, suelta un suspiro y entonces vuelve a intentarlo.

—Ellos no saben nada de lo nuestro —admite—. Ni de… En fin. Ni de lo mío.

Asiento con la cabeza; no sé por qué, pero ya lo suponía.

—Me lo imaginaba.

—No es por ti —se asegura a decir—. De verdad. No es que haya tratado de ocultarte ni nada por el estilo. Lo que pasa es que tampoco hace tanto que nos conocemos, ¿sabes? Menos de un año. Y nunca he tenido amigos cercanos con los que pudiera hablar con confianza. No sé cómo sacar el tema.

—¿Crees que te rechazarán o algo así?

Se lo piensa un instante, pero niega con la cabeza.

—No lo sé, no lo creo. Sé que Carlos tiene un primo gay, una vez mencionó que habían tenido movida en una comida familiar por eso. Pero no creo que sea homófobo, ni Laura tampoco. Es solo que… En fin, supongo que no sé cómo sacarles el tema.

—Ya, imagino. —Le doy un apretón cariñoso en la mano—. Tiene que ser complicado.

—Pero quiero hacerlo, ¿eh? Y también me gustaría presentártelos.

Pero necesito un poco de tiempo, supongo.

—No te preocupes. No hay ninguna prisa.

Él se acerca a mí con una leve sonrisa y me da un beso.

—Eres el mejor —susurra contra mi boca, provocándome un agradable cosquilleo—. ¿Lo sabías?

—Creo que algo me habías comentado —respondo entre risas.

Página 371

Mientras reímos y volvemos a besarnos, conseguimos aligerar un poco el ambiente después de la conversación. Pero, cuando lo abrazo, se me humedecen los ojos. Antes de conocer de verdad a Marcos no esperaba que fuera tan vulnerable, pero ahora que me ha abierto su alma y su corazón en tantos sentidos diferentes, sobre todo en estos últimos días, no puedo evitar la intensa sensación de que tengo que protegerlo a toda costa.

Página 372

68.

HA LLEGADO EL DÍA.

Y decir que estoy de los nervios sería el eufemismo del siglo.

Hoy es el día de la obra de teatro. Ir al teatro ya haría especial el día sin necesidad de más alicientes porque rara vez tengo ocasión de hacerlo, pero hoy es todavía más especial. La obra en cuestión está escrita y representada por unos amigos de Darío, uno de mis cantantes favoritos, y él mismo se ha encargado de escribir la música y la canción principal, que va a cantar en directo. Y, como Carlota me ha regalado las entradas que ganó en el sorteo, voy a poder conocerlo. En persona. Hablar con él. Todavía no me lo creo.

Me he pasado el día incapaz de probar bocado a causa de los nervios. Mi madre va a ir a ver a mi tía, así que se ha ofrecido a llevarnos antes de ir. Y ahora, estando en el asiento trasero del coche mientras avanzamos mucho más despacio de lo que me gustaría, me siento como si estuviera a punto de vomitar. Marcos me ha cogido la mano y eso me ayuda a controlar un poquito la tensión, pero solo un poquito.

Miro el tráfico mientras me muerdo el labio, un tanto nervioso. —Hay un poco de atasco. ¿Seguro que vamos a llegar bien? —Tranquilo —dice mi madre—. El GPS marca diez minutos, incluso

con el atasco, y todavía os queda media hora.

—A pie tardaríamos casi veinte minutos desde aquí —añade Marcos, mirando el mapa en el móvil—. A unas malas, si en diez minutos vemos

Página 373

que la cosa empeora, todavía podemos bajarnos para ir caminando hasta el teatro y llegaríamos bien, así que no te preocupes.

—Bueno. Vale.

Me aprieta ligeramente la mano para transmitirme fuerzas, pero sigo preocupado y continúo así hasta que, por fin, mi madre detiene el coche junto al teatro. Los diez minutos se han convertido en quince, pero hemos llegado bien.

—Pasadlo bien, chicos —dice mi madre con una sonrisa. —Gracias —respondo—. Dale un beso a la tía de mi parte, ¿vale? —Claro que sí. Avisad si queréis que os vengamos a recoger.

—No te preocupes —responde Marcos, sonriente—. Ya nos las apañamos nosotros.

—Bueno, como queráis. ¡Disfrutad mucho!

Le damos las gracias una vez más y nos bajamos del coche. Mientras caminamos hacia el teatro, con el cartel de la obra en la fachada, nos damos cuenta de que no hay cola ni nada que indique que va a haber una función hoy. Supongo que es normal; al fin y al cabo, todavía faltan casi dos horas para que empiece. Nuestra visita va a comenzar una hora y media antes, dentro de unos quince minutos. Como todavía nos queda tiempo, le saco una foto al cartel de la obra y la mando por el grupo, dándole las gracias de nuevo a Carlota. A continuación, la subo a Instagram, etiquetando a Darío y a la compañía.

—¿Dónde crees que será? —le pregunto a Marcos, que me está mirando con una sonrisa.

—No sé, ¿a lo mejor es en la entrada principal? —Se encoge de hombros—. Podemos ir a ver si hay alguien a quien podamos preguntarle.

—Sí, supongo.

Al acercarnos a las puertas, vemos que hay una pequeña taquilla en un lateral. Un hombre de aspecto aburrido levanta la mirada cuando nos acercamos.

—Hola, buenas —saludo con timidez—. He… he ganado unas entradas. Para conocer a… para conocer a los actores y todo eso.

No menciono a Darío, que es a quien realmente quiero conocer; me da la impresión de que parecería demasiado fanboy. El taquillero asiente con la cabeza y consulta una hoja de papel que tiene delante.

—DNI, por favor.

—Claro.

Página 374

Carlota había dado mi nombre cuando le mandaron el correo diciéndole que había ganado, así que saco el carné de la cartera y se lo paso al hombre a través de la pequeña ventanilla para que pueda confirmar mi identidad. Él lo revisa, comprueba mi nombre en el papel y asiente con la cabeza mientras me lo devuelve.

—Un segundo. —Coge el teléfono que tiene al lado y marca un número rápidamente—. Sí, mira. Están aquí los chavales que han ganado el sorteo. Sí. De acuerdo. Gracias. —Cuelga el teléfono y vuelve a dirigirse a nosotros—. Quedaos por aquí un momento. Enseguida salen.

—Muchas gracias.

—De nada.

Con los nervios a flor de piel y el corazón latiendo a toda velocidad, aguardo junto a la puerta a que vengan a buscarnos. Apenas un par de minutos después, veo una figura que se acerca a nosotros y el corazón me da un vuelco, pero enseguida me doy cuenta de que no se trata de Darío. Es un chico joven, de tal vez veintipocos años, no demasiado alto y con el pelo ligeramente ondulado. Abre las puertas y nos mira con una sonrisa.

—¡Hola! ¿Eres Fran? —me pregunta, y yo asiento con la cabeza—.

Me llamo Óscar. Soy uno de los directores del grupo.

Para mi sorpresa, se acerca a mí para darme dos besos.

—En… encantado. Este es Marcos.

—Encantado —dicen los dos a la vez, y también se dan dos besos. —Bueno, pasad —nos invita Óscar, haciendo un gesto para que

crucemos las puertas dobles. Después, las cierra detrás de nosotros—. ¿Tenéis ganas de ver la obra?

—Sí —respondo con sinceridad. Aunque lo único que me interesaba al principio era Darío, lo cierto es que después de haber leído la sinopsis me llama bastante.

—Si solo venís por Darío también lo podéis decir, ¿eh? —dice él, sonriente, y los tres nos echamos a reír—. No pasa nada, en serio. Nuestro grupo no es tan conocido, aquí el famoso es él.

Mientras habla, me doy cuenta de algo. Aunque intenta aparentar calma y seguridad, me da la impresión de que él también está nervioso, tal vez tanto como yo, aunque supongo que por motivos muy diferentes. Tiene sentido; si él es el director del grupo, es comprensible que se ponga nervioso el día del estreno.

Página 375

—¿De qué lo conoces? —pregunta Marcos, claramente mucho menos nervioso que él y que yo.

—Darío es mi… mejor amigo, por decirlo de alguna manera — responde Óscar mientras nos conduce por una puerta que lleva a un largo pasillo—. Nos conocemos desde pequeños.

—Qué suerte —replico sin pensar, y él se ríe.

—La publicidad que nos hace es una suerte, eso desde luego. —Nos conduce por una puerta más hasta lo que parece ser una sala de descanso. Hay mesas, sillas, un sofá y un par de sillones, y supongo que aquí es donde se reunirán antes y después de la función. Hay unas cuantas personas dentro, pero ni rastro de Darío—. No os preocupéis —añade Óscar con una sonrisa, adivinando mis pensamientos—. Llegará dentro de un rato. ¿Os parece si os presento a los demás?

—Claro —respondo.

—Este es Sergio. —Señala a un chico alto y guapo, con unos profundos ojos azules. Por la mirada de complicidad que intercambian, capto de inmediato que hay algo entre ellos—. Es el creador del grupo, y el director principal.

Al igual que Óscar, Sergio se acerca para darnos dos besos.

—¿Qué tal? —dice con una sonrisa deslumbrante—. Muchas gracias por venir.

—Gracias a vosotros —respondo.

—Esos son Pablo y Guille —continúa Óscar, señalando a un chico pelirrojo y regordete y a otro moreno y delgado que están concentrados en un ordenador portátil. Ellos levantan la mirada y nos saludan con la mano antes de volver a concentrarse en la pantalla—. Pablo se encarga de las fotos y del contenido para las redes, y Guille es uno de los actores. Y esta es Sara, actriz y guionista.

Una chica rellenita, con el pelo castaño y rizado, se acerca a nosotros y nos damos dos besos.

—Vosotros dos estáis juntos, ¿a que sí?

—Joder, Sara —la reprende uno de los chicos del portátil, el pelirrojo.

Pablo, creo.

—¿Tanto se nos nota? —pregunto con cierta vergüenza, intercambiando una mirada con Marcos.

—A ver, que vivo rodeada de maricones que están todos liados entre ellos —me explica ella entre risas—. Tengo el superpoder de calaros a

Página 376

kilómetros.

Me río tímidamente.

—Vuestro grupo es genial.

—Y, por mucho que diga Sara, también permitimos que entren heteros y todo —asegura Óscar entre risas—. Estos son Fer y Marta —añade, señalando a un chico y una chica que están sentados muy juntos—. Ellos hacen de mis… de los padres del protagonista.

—Un placer —nos saluda Fer; aunque está sentado, se nota que es alto, y además guapo—. Pero seguro que solo habéis venido a ver a Darío, ¿a que sí?

—Oye, no seas malo —le riñe Marta, dándole un manotazo juguetón, y él le da un beso en la frente.

Lo cierto es que no le falta razón, pero me están cayendo tan bien todos que casi se me había olvidado.

—No os preocupéis —dice Óscar antes de que Marcos o yo podamos contestar—. Vendrá enseguida.

—Pero seguro que tú no te has presentado en condiciones —señala Sergio con una sonrisa mientras lo mira con orgullo, y me doy cuenta de que Óscar enrojece ligeramente. Sí, sin duda tiene que haber algo entre ellos—. Óscar es codirector del grupo, pero también es actor y el guionista principal. Normalmente también actúa en nuestras obras, pero esta vez ha preferido mantenerse al margen. Él ha escrito la obra que vamos a estrenar hoy.

—Bueno, pero Sara me ayudó…

—Tres frases —replica ella, poniendo los ojos en blanco—.

Literalmente te cambié tres frases. El resto estaba perfecto.

Óscar se ha puesto tan rojo que no puedo evitar echarme a reír junto a los demás, olvidando los nervios que me invadían hace solo unos minutos.

—Los demás actores están haciendo un ensayo de última hora y andan un poco nerviosos —añade Sergio—. Me voy con ellos, ¿vale? Si no nos vemos después, muchas gracias por venir.

—Un placer —decimos Marcos y yo al unísono.

—Espero que os guste la obra.

Entonces, Sergio se inclina hacia Óscar y le da un beso en los labios, confirmando mis sospechas. Continúan así durante unos segundos y prácticamente me derrito al verlos, hasta que Sara carraspea sonoramente.

Página 377

—Oye, por favor, que tenemos invitados —los reprende—. Lleváis mil quinientos años juntos y todavía estáis así, qué pesadilla. —Se dirige hacia nosotros, poniendo los ojos en blanco—. Son insoportables.

Marcos y yo nos echamos a reír, aunque siento una leve punzada de envidia. ¿Es posible que nosotros también lleguemos a vivir nuestro amor con tanta libertad algún día?

—Marta, Fer —los llama Sergio—. Vosotros tendríais que venir conmigo, hay un par de escenas que querrán ensayar con vosotros.

—Señor, sí, señor —responde Marta, poniéndose en pie, y Fer se ríe. Se despiden de nosotros con la mano y, los tres juntos, se marchan por una puerta cercana.

—Bueno —dice Óscar—. Os llevaríamos a ver a los ensayos, pero creo que se pondrían más nerviosos todavía. Y a lo mejor os hacemos spoiler.

—No te preocupes —respondo.

—Mientras esperamos, ¿queréis saber algo sobre nosotros? ¿Tenéis alguna pregunta sobre la compañía, la obra o lo que sea?

—Eh… —empiezo, pero se me ha quedado la mente en blanco. Siempre me pasa lo mismo: nunca sé qué decir cuando alguien me pide que pregunte algo.

Antes de que pueda pensar algo que no dé vergüenza ajena, oigo el sonido de una puerta abriéndose a mis espaldas. Óscar mira detrás de mí y su rostro se ilumina.

—¡Aquí está la estrella! —dice.

—¡Hola! Siento mucho la tardanza.

Reconocería esa voz en cualquier parte. Me doy la vuelta con lentitud, nervioso, y el corazón se me detiene al ver a la persona que ha entrado.

Es Darío.

Página 378

69.

MARCOS, QUE HA ESCUCHADO UNAS POCAS CANCIONES DE DARÍO POR INSISTENCIA MÍA PERO NO ES FAN, TOMA LA INICIATIVA AL VERME PARALIZADO.

—¡Hola! Soy Marcos. Y este es Fran.

—¡Hola, chicos! —nos saluda Darío mientras se acerca a nosotros, sonriendo—. Muchas gracias por venir.

—Ho… hola —acierto a decir.

—Fran es superfán tuyo —añade Marcos, haciendo que me vuelva rojo al instante—. Estaba deseando conocerte.

El rostro de Darío se ilumina con sinceridad, y me da la impresión de que él también ha enrojecido ligeramente.

—¿En serio? Pues muchísimas gracias, Fran.

—¿Puedo…? —comienzo, pero tengo que detenerme a tragar saliva antes de continuar—. ¿Puedo darte un abrazo?

Darío se ríe.

—Claro que sí.

Doy un paso vacilante hacia él, que me rodea con los brazos sin dudarlo. Aunque el momento es breve, me abraza con fuerza, como si lo hiciera con cariño y no por compromiso.

—Me… me encanta tu música —acierto a decir cuando nos separamos

—. Te sigo desde el concurso… Siempre te votaba. —¿En serio? Jo, pues muchas gracias. De verdad.

Página 379

Algo que me ha gustado siempre de Darío es que parece totalmente… normal. Ya se le veía en el concurso con el que se dio a conocer; era un chico corriente y sencillo, sin pretensiones, y parecía no acabar de creerse del todo que realmente estuviera allí. La fama no lo ha cambiado y, varios años después, sigue siendo tan natural como entonces.

—¿Nos sentamos? —propone Óscar, señalando el hueco que han dejado Marta y Fer en el sofá.

Asiento con la cabeza. Él nos hace un gesto a Marcos y a mí para que tomemos asiento y ocupa uno de los sillones, con Darío sentándose en el que tiene al lado. Sara, mientras tanto, se va con Pablo y Guille, supongo que para ayudarles con lo que sea que estén haciendo con el portátil.

—¿Tenéis ganas de ver la obra? —nos pregunta Darío.

—Sí —respondo con sinceridad. Después de haber conocido al grupo, tengo muchas ganas de ver lo que han montado.

—Es dura —nos advierte—. Pero vale la pena.

—¿En serio?

Sabía que era un drama, pero no que fuera dura. Óscar y Darío intercambian una mirada.

—Es una historia bastante personal para mí —explica el primero—.

Digamos que… necesitaba contarla.

Darío acerca la mano para colocarla sobre su brazo en un gesto de apoyo.

—A veces es necesario contar las cosas —dice Marcos, pensativo. —Pero también es una historia de amor, resistencia y superación —

continúa Óscar—. Vosotros dos estáis juntos y seguro que sabéis lo que es eso, así que espero que os guste.

Darío nos mira con una sonrisa.

—¿Sois pareja? —Asiento tímidamente con la cabeza, y su sonrisa se ensancha mientras le acaricia el brazo a Óscar, con gesto distraído. La amistad que hay entre todas estas personas me parece algo precioso—. ¿Y lleváis mucho tiempo juntos?

—Oficialmente… unas semanas —respondo—. Hacemos un mes el veintiocho.

—Pero lo nuestro empezó hace unos meses —añade Marcos—. Lo que pasa es que era una relación complicada.

Ellos intercambian una mirada.

Página 380

—Nosotros tenemos cierta experiencia con las relaciones complicadas, créeme —dice Óscar con una risita.

Me siento tan cómodo con ellos que casi parece como si fueran amigos de toda la vida. Intercambio una mirada con Marcos y él asiente con la cabeza, animándome a contárselo.

—Mi madre se casó con su padre hace casi tres meses —les explico—. Al principio, Marcos y yo no nos llevábamos muy bien, pero después… pues eso. —Puede que esté a gusto con ellos, pero no tanto como para contarles lo que empezó a ocurrir exactamente entre nosotros—. Y, en fin, digamos que ha sido un poco complicado.

—Estábamos juntos, pero entonces me rallé y me fui de casa —dice Marcos sin cortarse, aunque puedo oír el dolor que trata de disimular en su voz—. Me daba miedo joder la familia, así que pensaba que sería lo mejor para todos. Pero después me di cuenta de que la había cagado, de que no podía vivir sin él, así que he decidido volver.

El corazón me da un vuelco. Es la primera vez que lo oigo hablar con alguien de lo que siente por mí, y sus palabras hacen que se me humedezcan los ojos.

—Joder —dice Óscar, visiblemente emocionado—. Tiene que haber sido difícil.

—Bastante.

—¿No había una serie viejuna sobre eso? —pregunta Darío, frunciendo el ceño, y Óscar se encoge de hombros—. De todos modos, creo que has sido muy valiente. Nosotros sabemos bien lo que es tener que plantarle cara a nuestra familia por ser lo que somos y sentir lo que sentimos. Pero es lo que hay que hacer si quieres ser feliz.

—A ver, mi familia y mis amigos saben que soy gay —explico, aunque prefiero omitir a mi padre porque realmente no forma parte de mi vida—. Salí del armario con mi madre hace unos años y se lo tomó genial, y lo mismo con mi tía y mis primos. Y el padre y la hermana de Marcos también lo saben, y nunca han tenido ningún problema. Pero…

Dejo la frase inconclusa y miro a Marcos; prefiero que sea él quien la termine y cuente solo lo que quiera contar.

—Yo soy… —Se detiene y traga saliva antes de continuar—. Soy bisexual. Pero en realidad no lo sabía hasta que conocí a Fran, así que está siendo todo muy nuevo.

Página 381

—Es normal —dice Darío, muy serio—. Descubrir tu orientación sexual puede llegar a ser un proceso muy complicado. Yo tenía hasta pesadillas.

—Joder —susurro.

—¿A vosotros os fue bien? —me atrevo a preguntar, temeroso de estar fisgoneando demasiado. Pero a ellos no parece importarles.

—Bueno, mi adolescencia fue bastante complicada —dice Óscar, y su rostro se ensombrece. Hay una oscuridad en sus ojos que no había visto antes, y tengo la incómoda sensación de que ha tenido que sufrir mucho en la vida, a pesar de lo joven que parece—. Mi madre y mi hermana me apoyaban, pero mi padre… En fin, todo eso daría para un libro.

—O una obra de teatro —añade Darío con una sonrisa, haciéndole reír y aligerando un poco el ambiente.

—Lo que quiero decir es que la gente que vale la pena te va a apoyar siempre, pase lo que pase —continúa Óscar—. En mi caso, no pudo ser con mi padre. Pero el tuyo parece diferente, Marcos. Si no tiene ningún problema con Fran, dudo que lo tenga contigo.

Él suelta un suspiro.

—Sí. Supongo que sí.

—Piensa que al menos tu padre no es como el padre de Vero y Vic — le recuerdo.

—Eso es verdad.

Darío y Óscar parecen extrañados; obviamente, ellos no saben de quiénes estoy hablando.

—Mi primo pequeño está teniendo… dudas —les digo sin entrar en detalles, tampoco quiero contar cosas privadas—. Pero su padre es muy homófobo, retrógrado y de todo… nadie de la familia lo soporta. Y mi primo lo está pasando mal.

De nuevo, el rostro de Óscar se ensombrece. Ya ha dicho que no tuvo suerte con su padre, así que tal vez mis palabras han removido malos recuerdos en él. Se queda pensativo un instante antes de hablar.

—¿Qué edad tiene tu primo?

—Quince. ¿Por?

—Sergio, Sara y yo colaboramos con una asociación que da charlas sobre diversidad en institutos —me explica—. Con el teatro y tal ya no tenemos tanto tiempo como antes, pero sí que intentamos ir al menos un par de veces al mes.

Página 382

—Y, si no, los demás voluntarios son geniales —interviene Sara desde la mesa.

—Si me dices cuál es su instituto y a qué clase va, podemos ponernos en contacto con ellos para ver si les interesa que vayamos —continúa Óscar—. Es gratis, así que son pocos los que se niegan.

—Salvo los centros ultracatólicos. Ellos dicen que somos el demonio —añade ella, haciéndonos reír.

—La verdad es que estaría genial —respondo con una sonrisa—.

Seguro que le ayuda.

No tengo claro cuál es el instituto de Víctor porque siempre hemos vivido en barrios diferentes, pero Óscar me da su Instagram personal para que podamos estar en contacto. Así, podré preguntarle a mi primo cuál es su instituto y su clase exacta, para que la asociación pueda tratar de ir. Teniendo en cuenta lo que me ha contado Vic sobre su mejor amigo, estoy seguro de que a este también le vendrá bien asistir a una charla así.

—Muchas gracias —digo con sinceridad cuando Óscar me devuelve el follow—. Sois geniales.

—Bueno, tenemos que ayudarnos entre nosotros, ¿no? —Se encoge de hombros—. Por mucha suerte que puedan tener algunas personas concretas, son pocas las personas del colectivo que no han tenido que vivir situaciones difíciles. Deberíamos estar unidos y tratar de apoyarnos en lo que podamos.

—Pues sí —respondo, sonriendo ante lo bien que me cae este tío. No me extraña que sea uno de los mejores amigos de Darío—. La verdad es que sí.

—¿Y por casualidad no tenéis algún consejo para hablar con mi padre? —pregunta Marcos, con una sonrisa tímida.

—A ver, cada persona es un mundo —dice Óscar—. Pero te lo digo en serio: quien te quiere de verdad, te va a apoyar siempre. Y, aunque puede que le resulte difícil aceptarlo, seguro que lo acabará haciendo.

—Si te sirve de algo, yo tuve que salir del armario con mi abuela, que es mi única familia —añade Darío con un cariño evidente en la voz—, y pensaba que se lo tomaría fatal. Pero resulta que no fue así. Ya está mayor, pero a día de hoy, sigue siendo mi mayor apoyo.

—El problema ya no es solo que sea… que sea bisexual —explica Marcos; es evidente que todavía le cuesta emplear esa palabra consigo

Página 383

mismo—. El problema es… que estemos juntos. Con nuestros padres casados, siendo hermanastros. Es que es una movida.

—Sí —reconoce Óscar—. La verdad es que sí. ¿No tenéis a nadie que pueda apoyaros?

—Bueno, mi madre ya lo sabe —añado—. Y también su hermana. Y se lo han tomado bien.

—Las madres y las hermanas siempre son las mejores —dice él, sonriente—. Pero, oye, es muy importante que tengáis el apoyo de ellas dos. Ya tenéis mucho terreno ganado.

—Supongo que sí —responde Marcos—. Pero mi padre… En fin. Me da miedo decírselo. Me da miedo que piense que ya no soy el de antes, me da miedo que piense que estamos cargándonos la familia.

—Mirad, chicos —dice Darío—. Yo me pasé mucho tiempo escondiendo lo que era. Hice cosas de las que me arrepiento cada día de mi vida. Cosas de las que me avergüenzo. Y le hice daño a la gente que más me importaba. Ocultar lo que eres nunca es sano, y ocultar lo que sientes puede llegar a destrozarte por dentro. No merece la pena. Si hay algo que he aprendido, es que el amor es algo demasiado bonito como para ocultarlo.

Por supuesto, ya conocía la sensibilidad de Darío gracias a sus canciones, pero oírlo hablar de esa forma delante de mí hace que me emocione. Todavía me cuesta creer que de verdad lo haya conocido, que de verdad estemos hablando, como para que encima me esté dando consejos amorosos. Dicen que conocer a tus ídolos suele salir mal, pero yo no podría estar más contento.

—Y está claro que lo que hay entre vosotros es bonito y fuerte — añade Óscar, sonriente—. Si no, no estaríais tan decididos a seguir adelante, ¿verdad?

—Sí —responde Marcos—. Tenéis razón.

—Muchas gracias —añado—. De verdad.

A continuación, nos quedamos todos en silencio. No me siento incómodo, pero tampoco sé qué más decir.

—Oye, Darío —lo llama Sara, rompiendo el silencio—. Fran es superfán tuyo. ¿Por qué no le cantas algo?

Los dos nos ponemos rojos, él ligeramente, y yo de forma casi violenta.

Página 384

—¿Te apetece? —me pregunta con una leve sonrisa—. Tengo la guitarra por aquí.

—Me encantaría —confieso con un hilo de voz.

Página 385

70.

DARÍO SE PONE EN PIE Y SE ALEJA POR DETRÁS DEL SOFÁ. UN MOMENTO DESPUÉS, VUELVE CON LA GUITARRA. EL CORAZÓN COMIENZA A LATIRME CON FUERZA AL DARME CUENTA DE QUE VA A TOCAR PARA NOSOTROS, solo para

nosotros. ¿Cuántas personas han tenido la suerte de que Darío les cante en privado? Seguro que, fuera de los que están ahora mismo en esta sala, muy pocas.

Se sienta de nuevo, con la guitarra sobre su regazo, y empieza a tocar unos acordes que conozco muy bien. Se trata de su primer single, el que sacó unos meses después del concurso. Lo observo embelesado mientras cierra los ojos y, entonces, comienza a cantar.

—Eres los restos de un sueño perdido…

Se me humedecen los ojos mientras lo escucho cantar, y Marcos me coge la mano para transmitirme su cariño. Cuando termina, los dos rompemos a aplaudir. Al mirar a Óscar me doy cuenta de que él también tiene los ojos húmedos; debe de ser una canción especial para él.

—¿Te gusta? —pregunta Darío con timidez, como si no hubiera hecho cientos de conciertos a estas alturas.

—Me encanta. Es de mis favoritas.

—También de las mías —responde él con una sonrisa—. ¿Quieres oír alguna más?

—¡Claro!

Página 386

Nos pasamos así un buen rato más, escuchando cantar a Darío a un metro de mí, con Marcos a mi lado, y apenas soy capaz de creer la suerte que tengo. Pero, al fin, llega el momento de marcharnos; ya solo falta media hora para que comience la función y ellos tienen que prepararse.

—Muchas gracias por todo —les digo mientras nos despedimos—.

Sois geniales.

—Muchas gracias a vosotros por venir —responde Óscar, dándome dos besos—. Me ha encantado conoceros.

—A mi próximo concierto estáis invitados, ¿eh? —añade Darío, sonriente.

—¿En serio? —pregunto con incredulidad.

—Pues claro —me asegura él, dándome un abrazo.

—Joder —respondo cuando nos separamos—. Gracias.

—Y gracias por la charla —añade Marcos.

—Un placer. Debería ir yéndome ya, que tienen que maquillarme y esas movidas.

—¡Esperad! —dice uno de los chicos de la mesa, el pelirrojo. Lo miro y veo que está levantando una cámara—. ¿Unas fotos con los fans?

—Claro —responde Darío, sonriente.

Me coloco torpemente junto a él, un poco rígido, pero entonces me pasa el brazo por encima con naturalidad para acercarme más a él. El pelirrojo, cuyo nombre ya no recuerdo, nos saca unas cuantas fotos y después le hace un gesto a Marcos para que se nos una también. A continuación, nos hace un par de fotos más también con Óscar.

—Me voy pitando, ¿vale? —se despide Darío cuando terminamos—.

Espero que os guste la obra.

Coge su guitarra y se marcha por la misma puerta por la que salieron antes Sergio, Marta y Fer. Entonces, el chico moreno se levanta de la mesa del portátil para unirse a nosotros. El pelirrojo se acerca para darme dos besos.

—Yo soy Pablo, no sé si te acuerdas. Y él es Guille —Óscar había mencionado sus nombres, pero la verdad es que ya se me habían olvidado

—. Perdonad que os hayamos ignorado. Teníamos que terminar de retocar las fotos que hemos estado haciendo del elenco y los ensayos.

—No pasa nada.

—Yo tengo que irme ya, que me toca actuar —anuncia Guille, sonriente—. ¡Espero que os guste!

Página 387

—Yo también me voy —dice Sara, y se acerca para darme un par de besos—. Encantada, chicos. Sois majísimos y monísimos.

—Sí, tendríamos que irnos ya todos —añade Óscar, aunque me da la impresión de que tiene tantas ganas de quedarse aquí como Marcos y yo.

Mientras Sara y Guille se marchan, Óscar y Pablo nos acompañan hasta una puerta.

—Podéis entrar al teatro desde aquí —nos explica Óscar mirando el reloj; me doy cuenta de que está empezando a agobiarse un poco. Nos entrega a Marcos y a mí las entradas con la información de nuestras butacas, y también un par de programas—. Aquí tenéis, antes de que se me olvide.

—Muchas gracias.

—Puedo acompañarlos yo —dice Pablo—. Tengo que hacer fotos desde el patio de butacas y me gustaría hacer algunas de la gente entrando, así que me quedaré ya por allí.

—Genial, me salvas la vida. —Entonces, para mi sorpresa, Óscar se acerca para darme un abrazo. Se lo devuelvo de buena gana; casi me siento como si fuéramos amigos—. Me ha encantado conoceros, en serio. Espero que os guste.

—Lo mismo digo. Muchas gracias.

Le da un abrazo también a Marcos, y entonces se marcha corriendo. Pablo, armado con su cámara, nos acompaña por un pasillo que desemboca en el vestíbulo del teatro a través de una puerta secundaria.

—Si enseñáis las entradas allí —dice, señalando el bar—, os darán bebidas gratis. Habladnos por las redes del grupo y os mandamos las fotos con Darío, ¿vale?

—Genial —respondo—. Muchas gracias. —Yo me voy ya. ¡Espero que os guste! —¡Gracias!

—¿Cómo estás? —me pregunta Marcos, sonriente.

—Joder. No me lo creo.

Se inclina hacia mí para darme un beso y abrazarme con fuerza. No sé si está siendo la mejor noche de mi vida, pero desde luego que se le acerca. Juntos, vamos a pedir las bebidas y después miramos las entradas para ver dónde están nuestras butacas. Es en uno de los palcos, así que subimos las escaleras.

Página 388

—¿Quieres ir al baño antes de entrar? —me pregunta Marcos cuando pasamos por delante.

—No hace falta.

En realidad, no me vendría mal ir, pero he visto a gente entrando y prefiero evitar otro momento incómodo. Así pues, entramos por la puerta de los palcos, donde una mujer muy sonriente nos pide que le enseñamos nuestras entradas y nos conduce hasta nuestro sitio, en un pequeño palco acortinado con solo dos butacas y una mesita redonda donde dejamos nuestras bebidas. Le hago una foto al palco con el escenario de fondo y la subo a Instagram, etiquetando al grupo de teatro y, por supuesto, también a Darío.

Cuando ocupamos nuestros asientos, abro el programa y comienzo a leerlo mientras esperamos a que empiece la obra. Curiosamente, los nombres de los personajes son los de las personas que he conocido: Óscar, Sergio, Marta, Fer y Sara. Pablo, Guille y también Darío. No puedo evitar preguntarme si la obra será la historia que ellos mismos han vivido; después de todo, me han dicho que era muy personal. Al fijarme en las fotos de los actores, me doy cuenta de Marta y Fer hacen de «Madre» y «Padre». Guille interpreta a un tal «Alejandro», y Sara hace de «Ana». No reconozco a los demás actores; parecen más jóvenes y deben de ser los que estaban ensayando. Pronto, las luces se atenúan y una voz que reconozco como la de Sergio anuncia que el espectáculo comenzará en breve.

Un minuto después, Darío aparece en el escenario y el público rompe a aplaudir. Comienza a cantar una canción nueva, una que habla de fuego y hielo, de amor y desamor, de culpa y perdón. Me recuerda a su primer single, pero esta es diferente, como más esperanzadora. Cuando termina, da comienzo la obra. Durante más de una hora, lloro, río y me emociono con la historia que se desarrolla ante mis ojos. Es una historia de dolor y sufrimiento, pero también de amor, amistad y resistencia.

—Soy fuego. Soy luz. Soy radiactivo —dice el personaje de Óscar en mitad del escenario, y unas luces rojas y anaranjadas dan la impresión de que todo haya estallado en llamas.

Entonces, cae el telón y la voz de Sergio anuncia que va a haber un descanso de quince minutos. Me seco las lágrimas de los ojos, emocionado. Cuando miro a Marcos, veo que él también tiene los ojos brillantes.

—¿Te está gustando? —me pregunta con una sonrisa.

Página 389

—Mucho. ¿Y a ti?

—También. Gracias por traerme.

—A ti por venir conmigo. Está siendo una noche increíble.

Él asiente con la cabeza y se pone en pie.

—Tengo que ir al baño. ¿Quieres venir?

—Sí —respondo a regañadientes—. No creo que pueda aguantar hasta que termine.

Marcos me tiende la mano para ayudarme a levantarme y, juntos, vamos hacia los servicios. Cuando entro, trago saliva al ver los urinarios. Hay cinco, y tres de ellos están ocupados de forma alterna. Como no podía ser de otra manera, los cubículos están cerrados.

—¿Prefieres esperar o…? —me susurra Marcos.

—No.

Decidido, me dirijo hacia uno de los huecos libres. No sé si es porque la conversación con Óscar, Darío y los demás me ha hecho sentirme fuerte, porque la obra me ha envalentonado o simplemente porque tengo demasiadas ganas, pero hoy consigo mantener los nervios a raya. Cierro los ojos y respiro hondo, tal como me instruyó Marcos una vez, y en cuestión de segundos, todo comienza a fluir. Menos de un minuto más tarde ya estoy lavándome las manos. Marcos me sonríe a través del espejo, orgulloso, y yo le devuelvo la sonrisa.

—Nunca te he pedido perdón por esto —me dice mientras volvemos a nuestros asientos.

—¿Qué? —pregunto, descolocado.

—Lo de los baños y tal. Ya sabes.

—No, no lo sé —replico, frunciendo el ceño mientras me siento—. ¿De qué hablas?

Ahora es él quien frunce el ceño.

—¿En serio no te acuerdas?

—Marcos, me estás rallando.

—En el instituto. Andy y los demás. En los baños.

Al principio no entiendo de qué está hablando, pero entonces sus palabras activan algo dentro de mí. Es como si el recuerdo hubiera permanecido enterrado por los años, tan hondo que lo había olvidado por completo, y ahora Marcos lo hubiera sacado a la luz.

Debía de tener unos trece años. Estaba en el baño del instituto, un lugar que, al igual que los vestuarios, había comenzado a darme miedo

Página 390

desde que había empezado a notar que no era como los demás chicos, que no sentía como los demás chicos. Para tratar de no cruzarme con nadie, siempre iba corriendo desde que sonaba el timbre, aunque rara vez tenía suerte y casi siempre había alguien. Al menos, nunca me habían dicho nada. Y, como lo más rápido eran los urinarios, solía ir directamente al más alejado de todos para darme toda la prisa posible y salir de aquel sitio que tan nervioso me ponía.

Ese día estaba yo solo, tranquilo frente al urinario, cuando oí unas risas detrás de mí. Miré por encima del hombro y me quedé de piedra al verlos: eran Andy y sus amigos, incluido un Marcos mucho más pequeño. Creo recordar que él era el único que no se reía, aunque los detalles están un poco borrosos. Traté de seguir con lo mío, pero estaba nervioso. Compartía clase con ellos y sabía que no eran violentos; nunca le habían pegado a nadie, nunca se metían en peleas. Eran simplemente gilipollas, pero les gustaba meterse con la gente. Ellos decían que solo eran bromas inofensivas, risas entre colegas, pero muchas veces eran los únicos que se reían. Y, como no agredían físicamente a nadie, siempre se libraban de meterse en un lío.

—¡Mira cómo mea! —dijo Andy. Por alguna razón, eso le pareció muy gracioso a los demás.

—¿Seguro que está meando? —preguntó otro—. No se oye nada. —¿Qué pasa? —añadió un tercero—. ¿Te estás haciendo otra paja o

qué?

De nuevo, todos rompieron a reír otra vez.

—¡Que eso tienes que hacerlo en tu casa! —gritó Andy.

—Chicos, vámonos… —les pidió Marcos con voz débil, un flojo intento de detener lo que estaba pasando—. Nos van a pillar.

Pero nadie le hizo caso. Oí unos pasos, y entonces vi por el rabillo del ojo que Andy ocupaba el urinario que había junto al mío. Clavé los ojos en la pared de delante. Todavía tenía ganas, pero era incapaz de continuar; me había quedado completamente paralizado.

—¿Flan? —dijo, el mote absurdo que siempre usaba conmigo—. ¿No me oyes o qué? —Me di cuenta de que se asomaba para mirar a mi urinario; no tenía forma de esconderme—. ¡Coño! ¡Si Flan la tiene como un flan!

De nuevo, todos estallaron en risas.

Página 391

Incapaz de seguir aguantándolo más, me subí la cremallera, di media vuelta y me marché, con la cara al rojo vivo mientras los demás se reían a mis espaldas, todos menos Marcos. No volví a pisar el baño ese día, a pesar de las ganas que tenía. Cuando llegué a casa, estaba a punto de hacérmelo encima.

Durante las semanas siguientes, la escena se repitió varias veces. Y no solo conmigo; pronto me di cuenta de que solían hacerles lo mismo a todos los de nuestra edad o del curso inferior; con los mayores no se atrevían. Cuando había más de una persona en el baño, se cortaban un poco más, así que empecé a pedirle a Alejo que me acompañara. Aun así, ya no era capaz de hacer nada en los urinarios; me quedaba completamente paralizado cada vez que lo intentaba. Y, desde entonces, comencé a utilizar exclusivamente los cubículos cerrados.

Cuando vuelvo a mirar a Marcos, tengo lágrimas en los ojos. Llevaba años sin pensar en aquel momento, el recuerdo había quedado olvidado en algún rincón de mi memoria, pero ahora entiendo que probablemente fuera el origen de mi trauma.

—Ya no me acordaba —susurro, y una lágrima solitaria se desliza por mi mejilla.

—Lo siento —dice con la voz rota—. Tenía que haberlos detenido.

—Lo intentaste —recuerdo—. Pero no te hicieron caso.

—Puede ser.

—Eran unos gilipollas, Marcos. No es culpa tuya.

—Lo sé. No eran mis amigos de verdad. Pero… ¿de verdad no me odias?

—Jamás podría odiarte —le aseguro.

Entonces, me da un beso tierno en los labios y me seca las lágrimas con los dedos.

Nos quedamos en silencio. Conforme más lo pienso, más convencido estoy de que tiene todo el sentido del mundo. Nunca me lo había planteado, y ni siquiera recordaba ya ese incidente hasta que Marcos lo ha mencionado, pero esa tiene que ser la razón por la que me da tanto reparo orinar si hay alguien cerca. Como si fuera un trauma enterrado en el fondo de mi mente o algo por el estilo. Ahora comprendo todavía mejor su insistencia en ayudarme: tal vez, al darse cuenta del posible origen de mi problema, se sentía culpable y quería tratar de solucionarlo de alguna forma.

Página 392

Pero enseguida se apagan las luces y comienza el segundo acto de la obra, y no tardo en olvidarme de todo.

Página 393

71.

CONOCER A DARÍO, ÓSCAR Y LOS DEMÁS Y VER LA OBRA QUE CLARAMENTE ESTABA BASADA EN SUS PROPIAS VIDAS ME HA DADO UNAS FUERZAS QUE NO SABÍA QUE TENÍA. ME DA IGUAL QUE TENGAMOS OBSTÁCULOS EN nuestro camino, porque sé que podemos superarlos todos. Empezando por Alejo.

Cuando llegamos a casa después del teatro, decido mandarle un mensaje.

Eyyy cómo estas??

Apenas tarda unos segundos en responder.

Genial y tu??

Que tal la obra?

Ufff una pasada!!

Nos ha encantado

Me alegro mucho

Es majo Dario?

Ni te lo imaginas!

Nos ha caído genial

Que guay!

Algun dia escuchare sus discos, te lo prometo jajaja

Página 394

Jajajajaja

A ver si es verdad

La conversación está siendo distendida, así que es el mejor momento para lanzarle la bomba. Sé que es ahora o nunca.

Por cierto, te quería decir una cosa

Te apetece quedar con Marcos algún día?

Tiene muchas ganas de conocerte mejor

Puedo imaginarme su reacción, la sonrisa desapareciendo de su rostro al instante. Y supongo que no es para menos. En la pantalla aparece la indicación de que está escribiendo y borrando el mensaje varias veces hasta que, al fin, aparece una única palabra.

Claro.

Suelto un suspiro. No ha sido demasiado entusiasta que digamos, pero tampoco es que pudiera esperar algo así. Y al menos no se ha negado, así que supongo que la cosa ha salido bien dentro de lo que cabe.

Gracias :)

De nada.

De nuevo, puedo ver en la pantalla que escribe y borra su mensaje un par de veces.

Yo también tengo ganas de conocerlo mejor.

El corazón me da un vuelco.

En serio?

Claro

Es tu novio no?

Si es importante para ti, también lo es para mí

Joder

Gracias

Página 395

De nada

Mucho más aliviado, hablo con Marcos para cuadrar un momento que nos venga bien a los tres. Finalmente, optamos por el lunes, cosa que me alegra: ahora que Alejo se muestra tan abierto a la idea, prefiero no seguir retrasándolo más tiempo. Cuando se lo cuento a Álex, ella se ofrece a venir con nosotros, y yo acepto sin dudar. Se lo agradezco por varios motivos; por un lado, para sentirme apoyado, para tener a una aliada en la mesa con nosotros. Y, por otro, porque estar con Álex siempre suaviza mucho a Alejo; es mucho más probable que esté más tranquilo si se encuentra ella presente. Además, tampoco podemos olvidar que Marcos logró ganársela con creces el día que se conocieron. Si mi mejor amigo ve lo bien que se llevan, tal vez acepte más fácilmente que no es la misma persona que creíamos conocer en el instituto.

El tiempo transcurre con rapidez y, cuando quiero darme cuenta, Álex y yo ya estamos saliendo de clase el lunes. Marcos ya me ha avisado de que nos está esperando en la entrada de la facultad, al igual que el otro día, mientras que Alejo irá directamente al restaurante chino.

—¿Estás nervioso? —me pregunta mi amiga mientras bajamos las escaleras.

—Joder. Ni te lo imaginas.

—Es normal. Pero no te preocupes, porque se van a llevar genial. —Si tú lo dices…

—Te lo digo —insiste—. Marcos es un encanto, ya viste lo bien que congeniamos el otro día.

—Ya, pero es que tú no estabas tan predispuesta a odiarlo como Alejo —le recuerdo, haciendo una mueca—. Tú no le tenías manía desde el instituto.

—Es cierto —admite—. Pero también es cierto que Alejo te adora, tan solo quiere lo mejor para ti. Y es evidente que lo mejor para ti es Marcos, no hay más que veros juntos.

—Para ya, que me vas a poner rojo.

Ella suelta una risita.

Página 396

—Es la verdad, si es que sois monísimos juntos. Y lo más importante es que se nota que Marcos te quiere muchísimo, y Alejo se dará cuenta. Ya lo verás.

—Espero que tengas razón.

—Siempre tengo razón. Ya lo sabes.

Entre risas, salimos de la facultad, donde el resplandor de un sol inusualmente brillante para estar en enero me ciega por un momento. Me llevo una mano a los ojos mientras pestañeo un par de veces y, cuando logro enfocar la mirada de nuevo, distingo a Marcos en el pie de los escalones, mirándome con una sonrisa. Bajo hasta él y me lanzo a sus brazos sin dudarlo, sin preocuparme siquiera de que estemos rodeados de gente. Como suele ocurrir siempre que estoy con él, en este momento solo existimos Marcos y yo.

—Ey —susurra contra mis labios.

—Ey —respondo, y le doy un beso.

Un beso que tal vez se alarga un pelín más de la cuenta, como si lleváramos semanas sin verlos y no solo unas horas, desde que nos despedimos por la mañana.

—Oye, que estoy aquí —dice Álex a mis espaldas, y nos separamos entre risas.

—Perdón —se disculpa Marcos, pero esa sonrisa picarona no abandona su rostro. Como si fueran amigos de toda la vida, se acerca a ella para darle un abrazo—. ¿Cómo estás?

—No me quejo. ¿Y tú?

—Si te lo digo, seguro que te ríes en mi cara.

Frunzo un poco el ceño, sin saber a qué se refiere.

—Sí, hombre; ahora me lo dices —lo presiona Álex.

Marcos me echa un vistazo y me rodea el torso con el brazo para acercarme a él antes de contestar.

—Ahora que vuelvo a estar con Fran, de maravilla.

Enrojezco ligeramente mientras me da un beso en la frente, pero mentiría si dijera que no me encanta que haga esa clase de cosas. Veo por el rabillo del ojo que Álex pone los ojos en blanco, pero la conozco demasiado bien como para dejarme engañar.

—Si no fuerais tan monos, creo que me daríais arcadas.

Nos echamos los tres a reír y comenzamos a caminar en dirección al restaurante chino donde siempre vamos con Alejo. Cuando llegamos, él ya

Página 397

está esperando en la puerta, distraído con el móvil. Levanta la mirada mientras nos acercamos, pero en lugar de mostrarnos su sonrisa habitual, permanece serio. Trago saliva. Puede que el otro día estuviera dispuesto a este encuentro, pero eso no significa que vaya a ser fácil. Y sí, Álex tenía razón al decir que quiere lo mejor para mí. Pero, al igual que siempre he pensado que el padre de Marcos era una especie de jefe final, Alejo también es uno de los tochos. Y ahora nos toca enfrentarnos a él.

—Hola —saludo con timidez, sin saber muy bien cómo romper el hielo.

—Hola —responde, pero no hace ademán de acercarse.

Por suerte, contamos con el arma secreta de Álex, que se acerca a él con naturalidad para darle un fuerte abrazo. Cuando se separan, mi amigo ya parece un poco más animado, así que decido que es el mejor momento para hacer las presentaciones oficiales.

—Bueno… pues este es Marcos —digo mientras lo señalo, como si no se conocieran ya.

—Sí —responde Alejo—. Lo sé.

Al menos, no hay hostilidad en su voz y en su mirada. Si acaso, tal vez hay recelo, y supongo que no puedo culparlo. Se dan la mano, y por suerte no tengo la impresión de que mi amigo esté tratando de machacarle los dedos o algo por el estilo.

—Encantado —dice Marcos, sonriente—. Tenía muchas ganas de conocerte.

Estoy observando a Alejo con tanta atención que no se me escapa el hecho de que sus labios se curvan apenas un milímetro, cosa que decido interpretar como una buena señal.

—Yo también —responde para mi sorpresa, y sus labios se curvan un poco más.

Todavía hay esperanza.

—¿Entramos, chicos? —sugiere Álex—. Me muero de hambre.

Al principio, la cosa es un poco incómoda. Álex y yo tratamos de sacar conversación, pero sin demasiado éxito; no parece que Marcos y Alejo tengan nada en común. Los dos contestan con naturalidad a las preguntas que les hacemos, pero apenas hablan entre ellos. Marcos le pregunta algo de vez en cuando, pero Alejo se limita a responder con monosílabos. No es que esté siendo un desastre, pero la situación no podría estar más alejada de lo bien que fue todo con Álex el otro día.

Página 398

La cosa sigue así hasta que llega la comida y vemos que Marcos examina sus palillos con curiosidad.

—¿No hay cubiertos normales? —pregunta con voz inocente.

Álex y yo lo miramos de golpe, indignados. Para nosotros, la comida china es sagrada. Y siempre hay que comerla con palillos. No sé por qué, pero con cubiertos ni siquiera sabe igual. Está científicamente demostrado.

—¿No sabes comer con palillos? —le pregunta ella.

—Pues no. Pensaba que se podían pedir cubiertos.

—A ver, por poder, sí que se puede —dice Álex—. Pero podemos enseñarte, es fácil.

—Estamos en un restaurante chino —le recuerdo—. Estaría un poco feo.

—Pues sí —coincide ella.

Marcos suelta un suspiro.

—Así es como muere la libertad… con un estruendoso aplauso.

Me quedo confuso ante sus palabras, pero Alejo levanta una ceja con curiosidad.

—¿El Episodio III? —le pregunta, y Marcos asiente con la cabeza.

—La venganza de los Sith. La mejor de las precuelas.

—¿Te gusta Star Wars?

—Me flipa Star Wars —responde Marcos, sonriente.

—A mí también.

—Oh, no —rezonga Álex, con una expresión de auténtico terror—. Has juntado a dos frikis. Ahora ya no van a hablar de otra cosa en toda la comida.

Y eso es precisamente lo que ocurre. Como ni ella ni yo tenemos la menor idea sobre la saga, por mucho que Alejo se haya pasado años tratando de meternos en la secta, nosotros nos ponemos a hablar de nuestras cosas mientras ellos dos comienzan a hablar de películas, series, algo sobre Andorra, y también de mandalorianos y grogus, sea lo que sea eso, aunque a mí me suena un poco a nombres de ITS. Es como si fueran amigos de toda la vida, como si lo que ocurrió en el instituto no hubiera pasado, como si el rencor que sentía mi amigo hacia él jamás hubiera existido. Y, aunque no tengo ni idea de lo que están hablando, tengo que reconocer que me hace feliz verlos tan animados.

Es Alejo quien le enseña a utilizar los palillos, entre risas y bromas, con un colegueo que jamás habría imaginado entre ellos. A Marcos no se

Página 399

le da mal del todo, pero se nota su falta de experiencia y todavía le queda comida en el plato cuando los demás terminamos.

—Voy al baño —anuncio mientras él se acaba su comida.

—Voy contigo —se suma Álex, y nos ponemos en pie al mismo tiempo.

—Ha ido bien, ¿verdad? —le pregunto con una sonrisa mientras nos alejamos.

—Joder, ya te digo. Bendito sea Joss Lucas o como se llame.

Me echo a reír para disimular, aunque no sé de quién está hablando. —Espero que no me secuestre al novio cuando se estrene el episodio

catorce o lo que sea que toque ahora.

—Yo no me haría muchas ilusiones. Pero, oye, mejor eso a que se odien, ¿no?

—Pues sí.

Entonces, nos separamos para entrar cada uno en nuestro baño. Veo que hay tres urinarios en la pared, y un hombre acaba de ocupar el de la izquierda. En cualquier otra situación, me habría metido directamente en uno de los cubículos, todos ellos vacíos, pero hoy no lo hago. En lugar de eso, trato de relajarme mientras ocupo el de la derecha. Por suerte, todo marcha sin contratiempos. Está claro que voy mejorando.

Salgo del baño antes que Álex, así que aprovecho para mirar en dirección a Marcos y Alejo. Siguen hablando, aunque ahora parecen mucho más serios que antes. Frunzo el ceño, un tanto extrañado. Hasta hace unos minutos, estaban de risas y bromas con sus frikadas, pero ahora es como si se hubiera muerto alguien.

—¿Vamos? —me dice Álex cuando sale. —Espera. Míralos. ¿No están como raros? Ella lo mira y se encoge de hombros. —Estarán teniendo la charla. ¿Qué esperabas?

—¿La charla? ¿Qué charla? —pregunto, todavía más confuso que hace unos segundos.

Álex me mira alzando una ceja, como si fuera evidente.

—Vamos a ver, Fran. No puedes dejarte engañar por toda la cantinela de Star Wars, eso no han sido más que dos frikis haciendo conexión. Y sí, es bueno, pero no cambia la realidad: que tú eres el mejor amigo de Alejo, que Alejo odiaba a Marcos hasta hace dos días, y que tú estás saliendo con

Página 400

Marcos. Por mucho que hayan conectado, Alejo no iba a dejar pasar la oportunidad de darle la charla.

Creo que empiezo a entenderlo, pero no del todo.

—¿La charla… para que me deje?

—No, joder. Alejo jamás te haría eso, sabe que eres feliz con él. —Les echa un vistazo antes de continuar—. Es la charla típica de amigo protector, ya sabes: que si va en serio contigo, que si más le vale no hacerte daño, que si te hace sufrir le romperá las piernas…

Suelto una risita nerviosa.

—Pero no será tan bestia, ¿no?

—Conociendo a Alejo, yo no descartaría nada. Pero esperemos que no.

¿Volvemos? El pobre Marcos tiene cara de no saber dónde meterse.

Caminamos hacia ellos, pero, por suerte, «la charla» termina antes de que lleguemos. Marcos suelta una risita nerviosa, y entonces se gire y sonríe al verme.

—Ey —me saluda.

—Ey. ¿De qué os reíais?

—De nada —se apresura a responder él.

—Bueno, estábamos hablando de ti —dice Alejo.

—Espero que no le hayas dado la charla —le recrimino.

—¿Charla? ¿Qué charla? —pregunta con una inocencia muy poco creíble, y yo pongo los ojos en blanco—. Tan solo le he dicho que te cuidara, nada más.

—Bueno. Eso espero.

—Tranquilo —dice Marcos, sonriente—. Alejo es genial. Me alegra que hayamos podido conocernos mejor.

—A mí también —asegura mi amigo—. Estoy hay que repetirlo, ¿eh? —Me parece genial —digo con sinceridad.

—Pero sin hablar de Star Wars, que sois muy pesaditos con el tema — añade Álex.

Ellos se echan a reír al unísono.

—Como os pongáis igual de pesados a la próxima, pasaremos de vosotros —les advierto—. Así que vosotros veréis lo que hacéis.

Por supuesto, no les digo lo que estoy pensando en realidad: si ese es el precio a pagar para que se lleven bien, hasta estaría dispuesto a tragarme todas las películas de Star Wars con ellos. Las catorce o las que sean. Después de todo, esa saga es la que ha conseguido que mi novio y mi

Página 401

mejor amigo se lleven bien así, algo que me había parecido imposible hace unas semanas, y complicado hace unas horas.

Soy tan feliz ahora mismo que me cuesta creer que todo esto esté pasando de verdad.

Página 402

72.

LA SEMANA TRANSCURRE CON CALMA; DESPUÉS DE QUE LAS COSAS HAYAN SALIDO TAN BIEN CON ALEJO, UNA TRANQUILIDAD AGRADABLE HA INVADIDO MI CORAZÓN. LAS MAÑANAS LEJOS DE MARCOS ME RESULTAN MÁS llevaderas de

lo habitual. Por las tardes nos cortamos menos a la hora de estar juntos; aunque los dos tenemos que estudiar, solemos hacerlo en la misma habitación para poder besarnos de vez en cuando o darnos mimos cuando nos agobiamos. Por las noches podemos explorar nuestros cuerpos y dormir juntos, y el jueves, volvemos a tener una hora entera para nosotros solos antes de que lleguen los demás a casa, una hora en la que por fin puedo sentirlo dentro de mí otra vez.

Me estoy acostumbrando tanto a esta nueva cotidianidad entre nosotros que casi se me olvida que todavía nos espera la prueba más difícil de todas… hablar con su padre.

Durante estos días, hemos tomado una decisión: vamos a hacerlo este fin de semana. Entre semana preferimos centrarnos en estudiar, y los dos tenemos demasiadas cosas en la cabeza como para pensar en nada más. Pero, por desgracia, el viernes llega demasiado rápido.

Hemos hablado con mi madre y Natalia para pedirles que estén las dos presentes, a modo de apoyo moral. Si Antonio se lo toma mal, es posible que ellas puedan ayudarnos a suavizar un poco la situación. A las dos les parece bien el plan, y me alegra ver que al menos podemos contar con ellas.

Página 403

Por sugerencia de mi madre, escogemos la noche del viernes, antes de la cena. A Antonio le encantan esas noches en familia, así que lo más probable es que lo pillemos de buen humor. Marcos y yo todavía estamos juntos en su habitación después de habernos pasado toda la tarde estudiando, aunque ya hace una hora que ninguno de los dos es capaz de concentrarse en nada, cuando Natalia nos manda un mensaje para avisarnos de que ya están pensando en pedir las pizzas. Teniendo en cuenta la posibilidad más que probable de que la conversación se alargue, lo más prudente es que vayamos a hablar con él antes de pedir nada.

—Tendríamos que ir ya —le digo—. Cuanto antes nos lo quitemos de encima, mejor.

—Joder. No puedo hacerlo.

—Mira, Marcos. Intenta pensar en positivo, ¿vale? Por lo que lo he podido conocer en todo este tiempo, hay tres personas que tu padre adora por encima de todo. Dos de ellas son mi madre y Natalia, y la otra eres tú. Si esto te hace feliz, no va a oponerse. Y, si son precisamente ellas dos quienes nos apoyan, menos todavía. Todo va a salir bien. Ya lo verás.

Él traga saliva antes de responder.

—Tengo miedo —susurra, y una lágrima se desliza por su mejilla. —Lo sé, mi amor. —Le doy un beso en los labios—. Pero yo estoy

contigo, ¿vale?

—Vale.

—¿Vamos?

Marcos suelta un suspiro.

—Vamos.

Entrelazo los dedos con los suyos y, juntos, recorremos el pasillo en dirección al salón. Cuando llegamos a la puerta, le doy un apretón y después le suelto la mano; creo que será mejor así.

—¡Aquí están los empollones! —dice Antonio al vernos, muy sonriente—. Justo estábamos hablando de pedir las pizzas.

Marcos traga saliva de forma audible a mi lado. —¿Te importa si hablamos un momento primero? La sonrisa de su padre se atenúa un poco. —Claro. ¿Pasa algo?

—No, tranquilo. No es nada grave. ¿No sentamos?

Normalmente es mi madre quien se sienta en el centro del sofá que suelen ocupar los tres, con Antonio a su izquierda y Natalia a su derecha.

Página 404

Sin embargo, hoy ellas dos se sitúan estratégicamente a ambos lados del sofá, dejándolo a él en el centro. Así, podrán ayudar a tranquilizarlo si fuera necesario.

Por nuestra parte, Marcos y yo ocupamos nuestro sofá habitual, aunque lo hemos girado ligeramente para poder mirar a su padre.

—Me estás preocupando, hijo.

—No es nada grave —insiste Marcos—. De verdad.

—Bueno… pues tú dirás.

Odio no poder darle la mano para transmitirle mi apoyo, pero por el momento voy a tener que conformarme con darle mi cercanía. Lo miro y veo su nuez moviéndose cuando traga saliva otra vez. Cierra los ojos y respira hondo y, entonces, comienza a hablar.

—A ver… Sabes que Natalia y tú sois lo más importante de mi vida. —Su voz suena temblorosa, pero continúa hablando—. Hemos sufrido muchas cosas juntos, pero siempre hemos conseguido salir adelante. Os quiero muchísimo y haría lo que fuera por vosotros.

Antonio parece sorprendido; está claro que no se imaginaba que iba a decir algo así.

—Y yo por ti, campeón. ¿A qué viene esto?

Marcos respira hondo de nuevo.

—Vosotros sois mi familia, mi pilar, las personas que más quiero en este mundo. Pero ahora la familia ha crecido, hemos dejado de ser tres para ser cinco. Y las cosas han cambiado. Ya no sois solo vosotros dos las personas que más quiero.

Ahora su padre está visiblemente emocionado, con los ojos húmedos de una forma que no había visto antes en él.

—Qué feliz me hace oír eso, hijo. No sabes cuánto.

—Lo que estoy intentando decir es que los quiero mucho. Muchísimo —continúa Marcos; me doy cuenta de que se está enredando un poco con las palabras, pero ya he aprendido que es su forma de expresar sus sentimientos—. Después de lo de mamá, pensé que no podría querer a nadie como la quería a ella, pero entonces llegó Belén. Y, a ver, puede que no sea lo mismo, pero la quiero mucho. Y me hace muy feliz que os hayáis casado, que hayáis decidido unir nuestras familias.

—Gracias, corazón —dice mi madre, también emocionada. Está claro que ella tampoco se esperaba esto.

Página 405

—¿Es que te has propuesto hacernos llorar a todos esta noche o qué? —pregunta Antonio, arrancándonos una risita nerviosa.

—Y después está Fran —continúa Marcos—. Cuando empezamos a conocernos, yo no me imaginaba que las cosas iban a llegar hasta este punto, pero así ha sido. Jamás me habría imaginado que llegaría a ser tan importante para mí. Jamás me habría imaginado que llegaría a quererle tanto. Pero así ha sido. Quiero mucho a Fran, papá. Muchísimo.

Ahora soy yo el que se ha emocionado y tiene los ojos húmedos. Si la situación no fuera la que es, me lanzaría a sus brazos solo por lo que acaba de decir.

Sin embargo, no puedo dejar de observar fijamente a Antonio, temeroso de su reacción. Permanece completamente serio unos instantes, pero entonces sonríe.

—Sí, ya me he dado cuenta.

El corazón me da un vuelco.

No puede ser. ¿En serio? ¿Es que él también lo sabía?

Marcos frunce el ceño, confuso.

—¿Qué?

—Pues que sois prácticamente mejores amigos, ¿no? —dice su padre. Mi gozo en un pozo—. Mi sueño era que os llevarais bien, que aprendierais a ser buenos hermanos, pero al final os habéis hecho amigos inseparables. Y eso me hace muy feliz, no sabes cuánto.

—Papá…

—Espera —lo interrumpe él—. No te creas que tú eres el único que sabe decir cosas bonitas. —Entonces, me mira directamente a mí—. Fran, tu madre me ha devuelto la alegría, la ilusión, las ganas de vivir. No sé si lo sabes, pero es así.

—Lo sé.

—Pero tú también eres parte de esa felicidad —me asegura—. Puede que no se me dé bien expresarlo, que a veces me cueste demostrar mis sentimientos, pero quiero que lo sepas. Fran, tú ya eres un hijo para mí.

Me quedo paralizado, sin saber muy bien qué responder. Esto está saliendo mal, terriblemente mal, y no de la forma que imaginaba. En cierto sentido, es casi peor.

—Gra-gracias —acierto a decir.

—Y que os hayáis convertido en tan buenos hermanos es de las mejores cosas que me han pasado en la vida.

Página 406

—Papá… A ver, es que yo no estoy hablando de eso —insiste Marcos. Entonces me toma la mano, y supongo que ya no hay vuelta atrás. Se la aprieto con fuerza para transmitirle mi apoyo mientras continúa hablando

—. Fran y yo estamos juntos.

Antonio pestañea un par de veces, confuso. Su mirada se clava en

nuestras manos unidas, como si no fuera capaz de comprender lo que significa el gesto, lo que significan las palabras de su hijo.

—¿Cómo juntos?

—Fran y yo no somos hermanos. No somos amigos. Bueno, sí, supongo que sí que lo somos, pero es mucho más que eso. Estamos juntos. Somos… —Respira hondo, y entonces lo suelta al fin—. Somos pareja. Somos novios.

La sonrisa ha desaparecido por completo del rostro de su padre. Mala señal.

—Estáis de broma, ¿no?

—No —respondemos al unísono, y es como ver algo cortocircuitando dentro de su mente. Casi puedo percibir el olorcillo a humo.

—Pero tú… Pero a ti… Pero tú no eres…

—Soy… Soy bisexual —explica Marcos, y traga saliva de forma audible antes de continuar—. Siento no habértelo contado antes, pero ni yo mismo me había dado cuenta del todo. Lo he comprendido gracias a Fran.

Su padre no deja de negar con la cabeza, una y otra vez.

—No. No puede ser.

—Es la verdad. Estamos enamorados, papá. Queremos estar juntos. Antonio está empezando a aturullarse, respirando como si le faltara el

aire. Mala señal. Muy mala señal.

—Pero no… no puede ser. Es imposible. Eso es incesto, ¡incesto! No puede ser.

—Papá… Por favor —suplica Marcos—. Fran y yo no somos hermanos, tú lo sabes. Esto no es incesto, no es nada malo. Tan solo estamos enamorados.

—Antonio, cariño —interviene mi madre, acariciándole el brazo para tratar de calmarlo—. Los chicos tienen razón. No pasa nada.

Pero es como si él no fuera capaz de aceptarlo, como si no fuera capaz de comprenderlo siquiera. Su respiración suena cada vez más entrecortada. Esto está siendo peor de lo que pensaba, mucho peor.

Página 407

—No puede ser… no puede ser. Tiene que… Tiene que ser una… una broma.

—No es ninguna broma, papá —insiste Marcos, con los ojos llenos de lágrimas—. Es la verdad. Fran y yo nos queremos. No tiene nada de malo.

—No puede… ser… No puedo… no puedo… respirar.

La expresión de mi madre cambia de inmediato; si antes trataba de parecer tranquilizadora, ahora está claramente preocupada.

—¿Antonio? ¿Qué te pasa?

Él hace unos gestos confusos con la mano, y entonces se la lleva al pecho, tratando de hablar.

—No puedo… respirar. El… el co… corazón.

La cara de mi madre se llena de preocupación.

—Natalia. Un abanico o algo para abanicar, rápido.

Ella sale corriendo en busca de algo que podamos utilizar, con el rostro compungido. Sin decir nada más, mi madre toma el móvil de la mesita que hay delante del sofá y marca un número con rapidez.

—¿Papá? —pregunta Marcos mientras se acerca a él, con la cara descompuesta—. Papá, ¿qué te pasa?

Pero, a juzgar por la mano que tiene sobre el corazón, yo creo que está claro lo que pasa: un infarto.

Le hemos provocado un puto infarto.

Página 408

73.

LO QUE OCURRE A CONTINUACIÓN ES UN BORRÓN CONFUSO DE SUCESOS QUE SE ENTREMEZCLAN. MI MADRE PIDE UNA AMBULANCIA, DA NUESTRA DIRECCIÓN Y RESPONDE UNAS CUANTAS PREGUNTAS, ADEMÁS DE formular algunas. Natalia

regresa con una revista y comienza a abanicar a su padre, con los ojos húmedos y hablándole con voz lastimera. Marcos está paralizado, con las lágrimas corriendo por la cara sin dejar de susurrar palabras que no alcanzo a comprender. Sin saber qué otra cosa hacer, lo abrazo con fuerza y dejo que llore contra mi pecho, sintiendo los latidos frenéticos de su corazón contra mi cuerpo y mi propio torrente sanguíneo como un río rugiendo en mis oídos.

Me odio. Me odio, me odio, me odio. Todo esto es culpa mía. Mi madre va a perder a su marido. Marcos y Natalia van a perder a su padre. Y todo por mi culpa.

Todo esto ha pasado porque no he sido capaz de controlar mis putas hormonas, y ahora sé que jamás podré perdonármelo.

No sé cuánto tarda en llegar la ambulancia, pero al menos Antonio sigue estando consciente. Eso debería ser bueno, ¿verdad? No se ha muerto. Y, si no se ha muerto, no debería ser grave, ¿no? Apenas soy consciente del trabajo de los paramédicos; solo puedo mirar a mi madre, que responde algunas preguntas y observa la escena con una mano cerrada junto al pecho y la otra sobre la cabeza de Natalia, que ahora está abrazada a su torso.

Al fin, una de los paramédicos pronuncia tres palabras que provocan una oleada de alivio casi tangible entre nosotros.

—No parece grave.

Página 409

A continuación, suben a Antonio a una camilla para llevárselo al hospital.

—Yo quiero ir —dice Natalia entre lágrimas.

—Solo puede ir una persona —advierte el otro paramédico, mirando a mi madre.

—Cariño, debería acompañarle yo, ¿vale?

—Pero es que yo quiero ir con él…

Marcos todavía parece demasiado aturdido como para decir nada, así que decido hacerme cargo de la situación.

—Natalia, es mejor que vaya con él un adulto. Marcos y yo te llevamos en un Uber o algo, ¿vale?

Aunque sigue llorando, asiente con la cabeza.

Mientras mi madre se marcha con los paramédicos, yo me apresuro a sacar el móvil para pedir un coche. Es viernes por la noche, así que hay mucha demanda y es caro, pero no me importa. Al fin y al cabo, si están llevándose a Antonio al hospital es precisamente por mi culpa.

—El Uber llegará dentro de once minutos —les informo—. Vamos a cambiarnos y a coger lo que necesitemos, ¿vale? No tardéis.

—Vale —responde Natalia, y sale disparada a su habitación.

Marcos, sin embargo, se queda donde está.

—Venga, tenemos que irnos —le digo con suavidad, acariciándole un brazo.

Él asiente con la cabeza, pero entonces rompe a llorar otra vez. Lo abrazo con fuerza, sin saber muy bien qué decir ni qué otra cosa hacer.

—¿Por qué tiene que pasar esto? —dice con la voz amortiguada contra mi pecho, totalmente desconsolado—. ¿Por qué ha tenido que pasar esto solo por querernos?

Me quedo en silencio. No tengo ninguna respuesta que pueda darle, más allá de lo evidente: que todo es culpa mía, que soy yo quien le ha jodido la vida a todo el mundo.

Los once minutos se convierten en quince, y los diecisiete minutos de trayecto hasta el hospital, en veintitrés. Cada uno de ellos está lleno de agonía e incertidumbre, con los tres cogidos de las manos mientras tratamos de transmitirnos apoyo de la única forma que sabemos. Le mando varios mensajes a mi madre con disimulo, pero no contesta a ninguno de ellos. Estoy tan nervioso que es muy posible que vaya a vomitar de un momento a otro. ¿Qué va a hacer mi madre si ocurre lo peor? ¿Qué van a

Página 410

hacer Marcos y Natalia? ¿Qué voy a hacer yo? Aunque no sea mi padre, en este tiempo yo también he empezado a quererle.

Pero lo peor de todo es la culpa. Una culpa agria e intensa, como un veneno en la tripa que se extiende como tentáculos por el resto de mi cuerpo. No dejo de darle vueltas a lo mismo, una y otra vez: todo esto es culpa mía. Culpa de mi imprudencia, de mi estupidez, de mis putas hormonas que parece que no soy capaz de controlar. Si hubiera sabido controlarme, si no me hubiera dejado llevar como lo hice, nada de esto habría pasado. Pero ya es demasiado tarde para arrepentirme.

Hasta hace solo un rato, pensaba que jamás podría arrepentirme de nada de lo que ha pasado con Marcos; que todos los pasos del camino me han llevado a estar con él, a la felicidad de que estemos juntos. Pero ahora sí que me arrepiento, porque gracias a lo que hay entre nosotros he mandado a su padre al hospital. Sí, puede que los paramédicos hayan dicho que no parecía grave, pero… ¿y si se equivocaban? ¿Y si ha ocurrido lo inimaginable, y por eso mi madre no contesta?

Si ha pasado eso, o si llega a pasar, habré destrozado a la familia. Después de un matrimonio de mierda, habré dejado sin marido a mi madre, sin la segunda oportunidad de tener una familia feliz. Pero lo peor es que habré destrozado completamente a Marcos y Natalia. Después de que perdieran a su madre, ahora van a perder también a su padre, y eso antes de que ella se acerque siquiera a la mayoría de edad. ¿En qué me convierte a mí eso? ¿Cómo van a poder mirarme a la cara después de esto? ¿Cómo van a perdonármelo siquiera, cómo voy a perdonarme yo a mí mismo?

Son demasiadas preguntas para las que no tengo respuesta, así que dejo que los minutos transcurran con agónica lentitud mientras esa culpa venenosa amenaza con devorarme completamente por dentro.

Los mensajes llegan por el grupo familiar cuando ya estamos a punto de llegar al hospital.

MAMÁ

Los médicos han descartado el infarto

Parece que podría haber sido solo un ataque de ansiedad

Comienzo a escribir para preguntar cómo se encuentra Antonio, pero entonces llega un tercer mensaje.

Página 411

Está fuera de peligro

Soltamos un suspiro de alivio generalizado. Natalia rompe a llorar y se abraza a Marcos, que le devuelve el abrazo con fuerza. Mis ojos se cruzan con los del conductor a través del retrovisor, pero aparto la mirada; no me veo con ganas de explicarle nada a un desconocido. Me inclino hacia Marcos y los rodeo como puedo con los brazos, tratando de transmitirles mi apoyo. Dos minutos después, nos detenemos frente a la entrada de Urgencias del hospital. El conductor nos desea suerte mientras salimos, y yo le doy las gracias antes de cerrar la puerta detrás de mí.

De nuevo, los siguientes minutos transcurren de forma confusa. Mi madre nos escribe para decirnos dónde está, aunque nos cuesta un poco localizarla. Cuando al fin nos encontramos y nos abrazamos todos, nos explica que al parecer Antonio ha sufrido un ataque de ansiedad, bastante fuerte, pero no el infarto que todos temíamos. No debería ser grave, y lo más probable es que no tenga secuelas, pero como ya tiene cierta edad y el corazón delicado, han preferido dejarlo esta noche en observación, solo por si acaso.

—Siento que hayáis venido hasta aquí para nada —añade—. Deberíamos volver a casa. Mañana podemos venir a verle desde que nos levantemos.

—¿No podemos quedarnos? —pregunta Natalia, que parece estar al borde de las lágrimas otra vez.

—No, cariño. Está en una habitación compartida, no podemos estar allí con él. Y no tenemos ningún sitio donde dormir. Mañana venimos temprano, te lo prometo.

—Yo me quedo aquí —dice Marcos, decidido.

—Cariño… Aquí no tienes nada que hacer. Ya está fuera de peligro, de verdad.

—Me da igual —replica él, tajante—. Todo esto es culpa mía.

—Y mía —añado—. Así que yo también te quedo.

Mi madre suelta un suspiro.

—Fran… Marcos… nada de esto es culpa vuestra. Vosotros solo os habéis guiado por vuestros sentimientos, exactamente igual que hemos hecho él y yo, así que tiene que comprenderlo por mucho que le cueste. No habéis hecho nada malo.

—Me da igual —insiste Marcos—. Yo me quedo.

Página 412

—Si ellos se quedan, yo también —añade Natalia.

—Ellos son mayores de edad y no puedo obligarlos —replica mi madre, ahora seria, aunque supongo que en realidad sí que podría hacerlo

—. Pero seguro que a tu padre le daría otro ataque de ansiedad si se enterara de que te has pasado toda la noche durmiendo en una silla, así que tú te vienes conmigo, señorita.

Natalia frunce el ceño, pero asiente con la cabeza. —Vale.

—Deberíamos ir a la cafetería a cenar algo —añade mi madre—. Ya es tarde.

A falta de nada mejor que hacer, desfilamos todos hacia allí, donde nos comemos sin demasiadas ganas unos sándwiches de jamón y queso y unos zumos. Nos quedamos en la cafetería alrededor de una hora, prácticamente sin hablar, hasta que Natalia comienza a quedarse dormida encima de la mesa y mi madre decide que es hora de marcharse.

—Supongo que no voy a convenceros —nos dice a Marcos y a mí. —No —respondemos los dos al mismo tiempo.

—Vale. Y lo entiendo, así que no voy a insistir más. Pero intentad dormir al menos, ¿vale?

Después de prometerle que sí y de que nos dé algo de dinero por si nos entra más hambre, se marcha con Natalia mientras nosotros vamos a la sala de espera. Una vez allí, nos sentamos en dos sillas contiguas, nos cogemos de la mano en silencio y, simplemente, esperamos.

El tiempo transcurre imposiblemente despacio mientras esperamos. Apenas hablamos. A veces dormito sobre el hombro de Marcos y, otras, es él quien se queda dormido durante unos minutos. En ocasiones estamos los dos despiertos y, en otras, supongo que estamos los dos dormidos. Vamos un par de veces al baño, siempre por turnos, para que haya alguien esperando si ocurriera algo. De vez en cuando nos comunicamos con mi madre y Natalia por el grupo familiar, pero Antonio se ha dejado el móvil en casa y no tenemos forma de contactar con él.

Poco a poco, la sala de espera va vaciándose, y cuando nuestra hilera de asientos se queda vacía, los dos nos tumbamos sobre las sillas con las cabezas casi pegadas, utilizando nuestros abrigos a modo de almohada, y los pies señalando en direcciones opuestas. Es incómodo, pero al menos es mejor que tratar de dormir sentados. Un enfermero nos trae un par de mantas, y creo que logramos dormir tres o cuatro horas seguidas antes de

Página 413

que la actividad del hospital comience a aumentar una vez más. Para entonces los dos estamos muertos de hambre, así que nos turnamos de nuevo para ir al baño y desayunar algo rápido de la máquina expendedora que hay en la sala de espera.

Llevamos una media hora juntos de nuevo cuando una enfermera se acerca a nosotros.

—¿Marcos? —lo llama, y él prácticamente da un respingo.

—Sí. ¿Está bien mi padre?

—Está bien, tranquilo —dice ella con una sonrisa—. Ha pasado buena noche, se ha despertado hace un rato y ha desayunado. Otro de los enfermeros le ha comentado que estás aquí y ha dicho que le gustaría verte, ¿quieres ir?

—Sí. Claro. ¿Dónde es?

—Te acompaño si te parece.

—Gracias. ¿Fran…?

—Yo me quedo aquí —le digo—. Así aviso a mi madre de que va todo bien.

Aunque, en realidad, lo cierto es que me da la impresión de que Marcos y su padre deberían tener este momento para hablar los dos solos, sin tenerme a mí en medio. Escribo por el grupo para transmitirles las palabras de la enfermera, y enseguida mi madre contesta que están desayunando algo rápido y que vendrán en breve. A continuación, escribo a Álex y Alejo para ponerles al corriente de todo. Después, me esfuerzo por distraerme entre Instagram y TikTok mientras la ansiedad me come por dentro al pensar en lo que pueden estar hablando Marcos y su padre.

No sé cuánto tiempo transcurre hasta que Marcos regresa al fin, con los ojos llorosos.

—¿Estás bien? —le pregunto, invadido por los nervios. Él asiente con la cabeza—. ¿Y tu padre?

—Sí. Pero quiere hablar contigo.

Trago saliva y asiento con la cabeza, temiéndome lo peor.

Página 414

74.

ME PONGO EN PIE CON CALMA, TRATANDO DE NO MOSTRAR MI NERVIOSISMO. ME GUSTARÍA PREGUNTARLE QUÉ HA PASADO, DE QUÉ HAN HABLADO, SI MARCOS ME ODIA, SI SU PADRE SE NIEGA A QUE MANTENGAMOS UNA relación

bajo su techo. Pero me da miedo conocer la respuesta a esas preguntas y, de todos modos, siento la garganta tan constreñida que creo que no sería capaz de decir nada aunque lo intentara.

Juntos, caminamos en silencio hasta la habitación; los latidos de mi corazón suenan atronadores en mis oídos. Cuando llegamos, Marcos me hace un gesto para que pase, pero se queda fuera. Con el miedo fluyendo como algo líquido, espeso y desagradable a través de mis venas, me armo de valor y doy unos golpecitos en la puerta antes de entrar.

—Hola… ¿se puede?

—Pasa, hijo —responde Antonio, con la voz calmada. Eso es buena señal, ¿no?

Hay otra cama en la habitación, pero está vacía. Tal vez se han llevado a su compañero a hacerle alguna prueba, o le han dado el alta. Antonio está medio sentado en la cama, con mucho mejor aspecto de lo que esperaba. Le han puesto lo que supongo que será una vía en el brazo, pero por lo demás, casi parece normal. Tiene los ojos algo enrojecidos, y me pregunto si él también habrá estado llorando con Marcos.

—¿Cómo estás? —le pregunto con un hilo de voz.

—Bien, bien. Un poco aburrido, con ganas de salir.

Página 415

Desvío la mirada antes de contestar; soy incapaz de mirarlo directamente a la cara.

—Siento… siento lo de ayer.

—De eso quería hablar contigo.

—Si quieres que lo dejemos, lo haremos —acierto a susurrar. —¿Qué? No. Claro que no, Fran. Mírame, anda. —Hago lo que me

pide, aunque me cuesta—. Ayer reaccioné mal. No me lo esperaba, y lo siento. Lo siento muchísimo. Tenéis que haber estado todos muy asustados.

—Un poco —admito—. Pero no lo sientas. La culpa es solo nuestra. —Fran, escúchame. Vosotros no tenéis la culpa de nada, ¿vale? Es lo

que te digo… no me lo esperaba. Ni siquiera sabía que Marcos… En fin, ya sabes. Supongo que fue demasiada información de golpe, pero no pasa nada. De verdad. Ya he hablado con él todo lo que tenía que hablar. No pasa nada.

Comprendo sus palabras, pero es como si no fuera capaz de asimilarlas. ¿«No pasa nada»? ¿Cómo que no pasa nada?

—No sé si te entiendo.

—Hasta hace un par de años, Marcos y Natalia eran lo mejor que me había pasado en la vida. Haría cualquier cosa por ellos, cualquier cosa con tal de que sean felices. Pero entonces llegó tu madre, y tú con ella, y vosotros también sois de lo mejor que me ha pasado jamás. Sé que te ha costado cambiar de vida, pero también sé que te has esforzado, y no sabes cuánto te lo agradezco.

Asiento con la cabeza, sin saber muy bien qué decir.

—¿Entonces…?

—Mira, Fran, con todas las cosas que me contaba tu madre de ti, y conforme he ido conociéndote más, me hacía mucha ilusión la idea de poder llegar a considerarte mi hijo algún día. Pero, ahora… estoy orgulloso de que también seas mi yerno. —El corazón me da un vuelco, pero él continúa hablando—. Si tú aceptaste mi relación con tu madre, ¿cómo no voy a aceptar yo la tuya con mi hijo? ¿Cómo no voy aceptarte cuando sé que le haces feliz?

Sin poder evitarlo, me abalanzo hacia él y lo abrazo con fuerza. Es la primera vez que lo hago, pero parece natural.

—Gracias —susurro—. Gracias, gracias, gracias.

Página 416

Él me devuelve el abrazo y, con este gesto, es como si mi corazón volviera a sanar.

Entonces, suenan unos golpecitos en la puerta.

—¿Se puede? —dice la voz de mi madre, y nosotros nos separamos justo a tiempo de verla entrar, sonriente y seguida de Marcos y Natalia—. ¿Todo bien por aquí?

—Estupendamente —responde Antonio.

Los siguientes minutos están llenos de besos y abrazos. Mi madre me abraza y me da un beso al pasar y después hace lo mismo con su marido; Natalia abraza a su padre con fuerza y lo llena de besos, Marcos me abraza a mí y después vuelve a abrazar a Antonio.

—He hablado con la doctora —dice mi madre cuando termina la ronda de abrazos—. Te van a hacer unas pruebas más, pero deberían darte el alta a la hora de comer. Yo me quedaré aquí para llevarte.

—Estupendo. Vosotros dos marchaos a casa ya, anda —añade Antonio con una leve sonrisa, dirigiéndose a Marcos y a mí—. Tenéis que estar muy cansados después de haber pasado la noche aquí.

—Os doy dinero para un taxi —se ofrece mi madre—. Tenéis que descansar.

—Yo no pienso irme —replica Natalia, tozuda—. Acabo de llegar. —Si quieres quédate tú conmigo, ¿te parece? —le propone mi madre,

y ella asiente con la cabeza.

Marcos y yo nos miramos, indecisos.

—Marcos… Fran —nos llama Antonio, haciéndonos un gesto para que nos acerquemos a su cama. Nos toma una mano a cada uno—. Marchaos a casa, en serio. Necesitáis descansar un poco, que lleváis aquí desde ayer. Y Fran… Hijo, tú no tenías por qué lidiar con todo esto, pero estás aquí de todos modos. Gracias por estar aquí, y gracias por apoyar a Marcos.

—Es lo mínimo que podría hacer —susurro, y él sonríe.

—Aquí tampoco podéis hacer nada —repite—. Pero sé que necesitáis estar juntos, os merecéis estar juntos. Así que, de verdad, marchaos, que no pasa nada. En unas horas me darán el alta y volveremos a vernos. Pero hoy os habéis ganado descansar y estar solos un rato.

Por supuesto, no se me escapa el significado subyacente de sus palabras. Aunque no lo esté diciendo directamente, lo que sí está diciendo de forma indirecta es que tenemos su permiso. No solo acepta nuestra relación, sino que tenemos su permiso y su bendición para disfrutar de

Página 417

ella, para besarnos libremente o cualquier otra cosa que queramos hacer. Lo nuestro ya no es algo que ocultar, y tampoco es un tabú del que no debamos hablar de ahora en adelante. Y, ahora mismo, creo que nada podría hacerme más feliz.

En esta habitación se encuentran cuatro de las personas que más quiero; junto a Álex, Alejo, mi tía y mis primos, ellos son las personas que más me importan en este mundo. Uno de ellos es Marcos, y sí, estoy profundamente enamorado de él. Pero ahora, por primera vez, todos los demás saben de nuestra relación, todos la aceptan. Y, aunque en casa tampoco vamos a poder hacer libremente todo lo que queramos, al menos mientras haya alguien más dentro, sí que se acabó lo de tener que ocultarnos para querernos. Se acabó tener que besarnos a escondidas, se acabó estar buscando excusas para demostrarnos lo mucho que nos queremos.

Pasamos todo el trayecto en taxi en silencio, con nuestras manos unidas como único punto de contacto. Un cuarto de hora más tarde, ya estamos por fin en casa.

—¿Estás bien? —le pregunto cuando cierro la puerta detrás de nosotros, preocupado. Marcos asiente con la cabeza—. No has dicho nada desde que salimos del hospital.

—Lo siento —responde, y me doy cuenta de que su voz suena áspera

—. Es que… No sé, demasiadas emociones en muy poco tiempo, supongo. —Lo entiendo. ¿Prefieres que te deje solo? —Él se apresura a negar

con la cabeza—. ¿Estás seguro? Si es lo que necesitas, a mí no me importa.

—No. Por favor, no. —Su voz suena lastimera y se le rompe en la última palabra, y me doy cuenta de que tiene los ojos húmedos. Me cuesta contener el impulso de abrazarlo, pero espero a que continúe—. No me dejes solo nunca. Por favor.

Unas lágrimas se deslizan por sus mejillas, y ahora sí que lo abrazo, incapaz de seguir conteniéndome. Él me devuelve el abrazo con fuerza, como si no quisiera soltarme jamás, como si le diera miedo hacerlo. Es como si yo fuera su ancla, del mismo modo que él es la mía. Comienza a sollozar suavemente sobre mi hombro, y yo le abrazo y le acaricio el pelo mientras lo hace.

—Lo siento —susurra cuando nos separamos.

Página 418

—No tienes que pedir perdón por llorar, Marcos. ¿Quieres que vayamos a tu cama? Así estamos más cómodos.

Marcos asiente con la cabeza y, caminando de la mano, vamos a su habitación. Nos quitamos la ropa de la calle hasta quedarnos en calzoncillos, y después nos metemos juntos en la cama y nos tapamos con la sábana y la manta. Entonces, vuelvo a abrazarlo contra mi pecho, y él rompe a llorar otra vez.

—Ya está —susurro—. Ya está.

—¿De verdad no lo he soñado? ¿De verdad está todo bien?

—Sí, Marcos. Está todo bien.

Por fin somos completamente libres para estar juntos. La felicidad y el alivio que nos invade se junta con el cansancio y, enseguida, Marcos se queda dormido contra mi pecho. Me pesan los párpados, y sé que no tardaré en seguirlo yo también.

Siempre lo seguiré a donde haga falta.

Tal como nos habían dicho, nuestra familia llega poco después de la hora de comer, aunque nosotros nos hemos olvidado de hacerlo. Marcos y yo seguimos dormidos en su habitación, los dos en calzoncillos, pero nos despertamos al oír la puerta.

—¡Ya estamos en casa! —anuncia mi madre.

Los dos nos desperezamos y sonreímos mientras nos miramos, felices. Se acabó el miedo, se acabó el tener que ocultarnos. Cogemos nuestra ropa y nos vestimos antes de salir de la habitación, pero lo hacemos cn calma, sin la preocupación de que puedan pillarnos. Todos saben lo que hay entre nosotros; ya no hay nada que esconder.

—¿Todo bien? —pregunta Marcos cuando salimos a saludar.

—Perfectamente —responde Antonio—. No ha sido más que un susto.

—Menos mal —añado yo.

Nos acercamos a él para abrazarlo, los dos a la vez. Todavía me siento un tanto nervioso al hacerlo, pero me alegra ver que su decisión no ha cambiado.

Página 419

A lo largo de la tarde, Marcos y yo tenemos que seguir estudiando, pero volvemos a hacerlo juntos, con pausas esporádicas para besarnos cuando lo necesitamos. Aunque somos discretos y tratamos de no hacer ruido, tal vez por costumbre o tal vez por vergüenza, es un alivio poder besarnos sin miedo a lo que pueda pasar si alguien nos descubre.

Anoche interrumpimos el plan de pizza y película con nuestra bomba y sus consecuencias, así que decidimos retomarlo cuando llega la hora de la cena. Por alguna razón, Antonio ha empezado a llamarnos «parejita» cuando se dirige a nosotros y, aunque me muero de vergüenza cada vez que lo hace, también es cierto que me hace feliz que se lo haya tomado tan bien después del susto de anoche. Es él quien elige la película; todos estamos de acuerdo en que se lo merece después de la estancia en el hospital. El problema es que es una de acción y tiros que a mí no podría interesarme menos, pero no me quejo.

A pesar de la siesta por la mañana, Marcos y yo seguimos cansados después de haber pasado toda la noche en el hospital, y entre eso y que la película no nos está gustando demasiado, la modorra nos invade cuando nos terminamos nuestra pizza. Ahora sin miedo a que puedan decirnos algo, apoyo la cabeza sobre el hombro de Marcos y dejo que me invada el sueño.

Una explosión en la pantalla me despierta cerca del final de la película y me apresuro a apartarme y mirar a mi alrededor, sobresaltado, hasta que recuerdo lo que ha pasado hoy y que ya no tenemos que ocultarnos. Con una sonrisa, vuelvo a apoyar la cabeza sobre Marcos y trato de mantenerme despierto hasta que termina la película. Es difícil, pero lo consigo.

—Deberíamos irnos a dormir ya —dice mi madre cuando comienzan los créditos—. Han sido un par de días muy intensos.

Estamos todos de acuerdo, así que nos ponemos en pie y comenzamos a recoger las cosas de la cena.

—Por cierto, parejita —añade Antonio, mirándonos con una sonrisa. Intercambia una mirada con mi madre antes de continuar—. Hemos estado

Página 420

hablando antes de la cena. Si queréis dormir en la habitación de Marcos, por nuestra parte no hay ningún problema.

Enrojezco ligeramente.

—¿En serio? —pregunta Marcos, claramente incrédulo.

—En serio —confirma él—. Total, si seguro que ya habréis estado durmiendo juntos en Canarias y en la montaña.

No hace falta que lo confirmemos; supongo que el intenso rubor de nuestras mejillas ya lo dice todo.

—Sabemos que no podemos impediros que hagáis nada que queráis hacer —añade mi madre—. Eso sí, dentro de unos límites. Vivimos en familia y eso hay que respetarlo, ¿vale? Así que nada de ruidos.

—Vale —respondemos al unísono. Siento la cara prácticamente incandescente.

Tras darnos las buenas noches los unos a los otros, Marcos y yo nos turnamos para ir al baño y después nos vamos a su habitación, por primera vez, sin tener que hacerlo a escondidas.

—Joder —susurra cuando entro y cierro la puerta detrás de mí—. No me lo creo.

—Yo tampoco —admito—. Si básicamente nos han dado permiso para follar en casa.

Él se ríe.

—Bueno, me parece que eso entra dentro de la categoría de cosas ruidosas. —Me coge de la mano y tira de mí hasta que caigo sobre él en la cama—. Pero sí que podemos hacer otras cositas.

Le doy un largo beso en los labios antes de contestar.

—Se me ocurren unas cuantas.

Página 421

75.

LOS DÍAS TRANSCURREN DE FORMA EXTRAÑA, COMO SI ESTUVIERA FLOTANDO EN UNA NUBE LA MAYOR PARTE DEL TIEMPO. TENEMOS EXÁMENES, Y ME SALEN BIEN, PERO ES COMO SI PERDIERAN IMPORTANCIA FRENTE A LA nueva situación en casa.

Marcos y yo tardamos un poco en adaptarnos a nuestra libertad recién adquirida como pareja; supongo que todavía estamos demasiado acostumbrados a tener que ocultar lo que hay entre nosotros. Seguimos besándonos a escondidas cada vez que podemos; aunque en teoría ya no tendríamos por qué, todavía nos da demasiada vergüenza hacerlo delante de nuestros padres o de Natalia. Pero, como nos pasamos todas las tardes estudiando juntos, ahí ya tenemos ocasión de aprovechar más.

Dormimos juntos todas las noches, y en casi todas ellas nos rendimos al deseo de nuestros cuerpos. Ya no tenemos que ponernos alarma para volver cada uno a nuestra cama; aunque Marcos se despierta un poco antes que yo entre semana para ir al baño, ducharse y vestirse, yo me quedo acostado hasta que termina. Cuando ya está vestido, me termina de despertar con mimos y después nos vamos a desayunar juntos hasta que su padre se lo lleva a la facultad y yo me voy a la ducha. No podría imaginar una vida mejor, la verdad.

Lo único que empaña esta felicidad es mi primo Víctor: sé gracias a Vero que no está muy bien últimamente y me encantaría ayudarlo, pero vuelvo a notarlo muy cerrado conmigo otra vez. Como la semana que

Página 422

viene habrán terminado los exámenes, tomo nota mentalmente para quedar con él; sé que le vendrá bien que hablemos un rato.

El jueves, Marcos y yo nos quedamos solos y, como no podría ser de otra manera, aprovechamos el tiempo con creces. Cuando terminamos, nos duchamos juntos, pero ya no hay que disimular como en otras ocasiones. En lugar de eso, volvemos a la habitación de Marcos y nos quedamos en su cama, besándonos despacio y acariciándonos mientras hablamos en voz baja hasta que llegan los demás a casa. Cuando estamos comiendo creo captar alguna mirada de reojo hacia nosotros y soy consciente de que es muy probable que todos sepan lo que hemos estado haciendo exactamente antes de que llegaran, pero trato de ignorarlo. Si a ellos no les importa, a mí tampoco.

El viernes, después de clase, Marcos se une a nosotros en el restaurante italiano para comer con mis amigos de la facultad: estaban todos deseando conocerlo. Como no podría ser de otra manera, congenian de maravilla, y aunque seguiré quedando con mis amigos por separado, me alegra ver que todos se llevan tan bien con quien se ha convertido en una de las personas más importantes de mi vida.

Por la noche repetimos la habitual cena en familia, con pizza y película. Hoy hace bastante frío y lo único que me apetece es abrazarme a Marcos bajo la manta que nos regaló Natalia, aunque trato de contenerme. Pero, ¿por qué no hacerlo? Miro a mi madre, que está medio abrazada a Antonio, y sé que no pasaría nada si nosotros también lo hiciéramos.

Con cierto nerviosismo, a pesar de que ya no tenemos que ocultarnos, me quedo medio tumbado para ponerme más cómodo y me acurruco junto a Marcos bajo la manta. Él me pasa un brazo por encima para acercarme más a él, para transmitirme su calidez, y suelto un suspiro de satisfacción al pensar que todavía nos quedan incontables noches como esta por delante.

Al fin, llega el sábado, el día que cumplimos un mes juntos oficialmente, y también tres meses desde que comenzaron los acercamientos iniciales entre nosotros. Marcos me regaló un día en un hotel para celebrarlo y para

Página 423

que podamos estar solos, y ahora no podría sentirme más nervioso mientras me preparo para salir. Lo bueno es que ya no tenemos que fingir con nuestra familia, así que no ha hecho falta que nos inventemos ninguna excusa para pasar la noche fuera de casa. Hace un par de días les contamos a nuestros padres que hoy iba a ser una fecha importante para nosotros, con las caras muy rojas, y ellos no se opusieron en ningún momento a que nos fuéramos. De hecho, mi madre hasta se ofreció a llevarnos.

Ahora estamos los dos en el asiento del coche un par de horas después de comer, con mi madre conduciendo. Aunque no está Natalia, Marcos se ha sentado en el asiento de en medio para no marearse, como siempre. Mejor así, porque eso nos proporciona una excusa para estar bien pegados. Se me hace un tanto incómodo que nos lleve mi madre cuando sabe exactamente qué es lo que vamos a hacer en el hotel, pero en fin… tampoco es como si no se imaginara lo que hacemos por las noches.

—Bueno, chicos —dice mi madre cuando nos detenemos frente al hotel—. Aquí estamos.

—¡Gracias por traernos! —responde Marcos.

—Muchas gracias —añado yo, y me asomo al asiento del conductor para darle un beso—. Te quiero.

—Y yo a ti, cariño. ¡Pasadlo bien!

Cuando bajamos del coche y nos acercamos al hotel, bastante sencillo pero con cierto encanto, Marcos me mira con timidez.

—No es la gran cosa —dice—. Pero tampoco tenía dinero para más. —Es perfecto —le aseguro con una sonrisa—. No tenías que haberte

molestado.

Entramos por las puertas dobles y cruzamos el pequeño vestíbulo hacia la recepción. Marcos le da sus datos al recepcionista, que comprueba la reserva y nos pide los carnés.

—Una sola noche, ¿verdad?

—Sí.

—Estupendo —dice el recepcionista, y nos tiende un par de tarjetas—.

Aquí tenéis las llaves. Habitación doscientos ocho, segunda planta.

—Vale —responde Marcos—. Muchas gracias.

—Gracias —añado.

—A vosotros. ¡Que disfrutéis de la estancia!

Cuando salimos del ascensor no recuerdo el número de habitación, así que miro la tarjeta para comprobarlo. 208… ¿De qué me suena eso? No lo

Página 424

comprendo hasta que llegamos a la puerta y veo el número grabado en una placa de metal.

—Marcos… ¿es el mismo número que la habitación de Canarias? Él sonríe mientras abre con su tarjeta. —Sabía que te darías cuenta.

—¿Lo has pedido a propósito?

—Puede ser.

—¿Y eso?

Marcos se ríe.

—Me pareció que podía ser romántico.

—Qué cursi eres —respondo entre risas mientras entro detrás de él.

—Pero te encanta.

—Puede ser. No, pero, en serio… Eres increíble. ¿Te lo había dicho

ya?

—Alguna vez. Pero puedes volver a decírmelo, ¿eh?

La habitación es sencilla. No es tan espaciosa como la de Canarias o la de la sierra, pero es mucho mejor que esa otra en la que estuvimos una tarde, la del hotel por horas. La cama es doble, lo que ya le da puntos por encima de la de la montaña. Y que haya pedido específicamente el mismo número que el de la primera habitación que compartimos hace que todo sea aún más especial si cabe.

A fin de cuentas, nuestra historia siempre ha girado en torno a las habitaciones: la habitación de al lado donde Marcos dormía al otro lado de la pared, la habitación donde nos vimos obligados a dormir juntos y donde empezó a forjarse lo que hay ahora entre nosotros, mi habitación donde se colaba por las noches para dormir conmigo, la habitación de la sierra donde reconectamos y tomamos la decisión de seguir adelante.

En esta nueva habitación, no perdemos el tiempo. Los dos sabíamos lo que iba a pasar, los dos sabíamos lo que ocurriría en cuanto nos quedáramos solos, así que venimos preparados de casa. Marcos me lleva de la mano hasta la cama y, una vez allí, me besa en los labios. Al principio lo hace con dulzura, besos tiernos con los que parece querer cubrirme por completo. Pero después se vuelve más voraz, comienza a devorarme casi con ansia, y yo hago lo mismo con él. No tardamos en perder la ropa, y cuando su boca se cierra alrededor de mi erección y comienza a succionar, siento que estoy a punto de estallar de placer.

Página 425

Al cabo de un rato, cuando ya me tiene temblando, se detiene y se acerca de nuevo a mi cara. Me da un beso largo y profundo antes de hablar.

—¿Quieres que volvamos a intentarlo? —pregunta—. ¿Lo del otro día?

No necesito más datos para saber a lo que se refiere; antes de venir al hotel ya se ha pasado un buen rato en el cuarto de baño, así que supuse que se estaba preparando.

—Vale, pero con una condición.

—¿Cuál?

—Esta noche me la metes tú a mí.

Él sonríe ampliamente y me da otro beso.

—Eso está hecho.

—Pues siéntate en mi cara.

Y eso es justo lo que hace, esta vez, sin la timidez del primer día. Aunque me encanta sentir a Marcos en mi interior, la experiencia de estar dentro de él se me quedó grabada en la mente, y llevo ya unas semanas esperando con paciencia a que vuelva a proponérmelo. Comienzo a lamer casi con ansia, y sonrío al darme cuenta de que hoy le está resultando mucho más fácil dilatar. Supongo que es normal; ahora que ya sabe qué esperar, no tiene tanto miedo como esa primera vez.

—Fran… hazlo ya —me pide con voz suplicante cuando le introduzco el tercer dedo.

No necesito que me lo diga dos veces. Dejo que se tumbe boca arriba, y entonces le doy un largo beso que me la pone todavía más dura si cabe. A continuación, voy hasta su polla húmeda y me aseguro de lamerlo todo bien. En lugar de tragar como suelo hacer, le separo las nalgas y escupo entre ellas, para añadir un extra de lubricación. Solo entonces me coloco entre sus piernas, disfrutando de la visión de tenerlo tan entregado a mí. Llevo mi glande hasta su orificio empapado y ejerzo una ligera presión. Apenas ofrece resistencia, y a Marcos se le escapa un gemido ahogado en el momento en que empiezo a entrar en su interior.

—¿Bien? —le pregunto para asegurarme.

—Bien. Sigue.

Poco a poco, atento a las reacciones de su cuerpo para asegurarme de no hacerle daño, continúo avanzando hasta que, al fin, mi polla entera está dentro de él, envuelta por esa calidez y esa presión maravillosa. Lo miro a

Página 426

los ojos y espero a que asienta con la cabeza antes de comenzar a moverme, primero despacio, y después ganando velocidad conforme sus gemidos van yendo en aumento.

No sé cuánto tiempo permanecemos así, pero estoy hipnotizado por la sensación de su interior cálido y húmedo acogiéndome con ganas, la preciosa sinfonía de sus gemidos, la visión de su pecho húmedo por el sudor, de su rostro casi contorsionado por un placer puro y sin diluir. Todos mis sentidos están concentrados en él, y el momento es tan perfecto que lo único que deseo es que no acabe jamás.

Pero, por supuesto, todo lo bueno se acaba. Últimamente no necesitamos hablar para sincronizarnos, nos basta con leer nuestras caras y nuestro lenguaje corporal, y eso es justo lo que ocurre ahora. Noto que sus gemidos van en aumento, que cierra los ojos y aumenta la velocidad de su mano a un ritmo casi furioso. Sabiendo lo que va a pasar, comienzo a mover las caderas cada vez más rápido, hasta que al fin siento esa fuerte presión en la polla apenas un instante antes de que comience a correrse. Los chorros salen densos y abundantes contra su mano mientras grita de placer, y con cada uno de ellos siento sus músculos presionándome de una forma deliciosa que hace que comience a correrme yo también, bombeándolo todo en su interior.

Nos miramos durante unos instantes, sudorosos y jadeantes, incapaces de dejar de sonreír. Entonces, salgo con cuidado de su interior y utilizo las toallitas que nos hemos traído para limpiarme el lubricante. Me doy cuenta de que Marcos ha colocado su mano a modo de barrera al correrse para no ponerlo todo perdido, pero el semen ya está comenzando a deslizarse por su vientre, así que me apresuro a lamerlo todo antes de que caiga sobre la cama. A continuación, me acerco a su cara y le doy un largo beso que él aprovecha para recorrer la totalidad de mi boca con la lengua.

—Te quiero, Fran —susurra cuando nos separamos, poniéndome toda la piel de gallina.

—Te quiero, Marcos.

Me quito de encima y me coloco de lado, abrazándome a su torso en nuestra posición favorita mientras él me pasa la mano por encima de la espalda para acercarme todavía más. Mientras respiro su aroma y escucho los latidos de su corazón, todavía acelerados, siento una felicidad que me invade por completo, una sensación de plenitud y satisfacción que apenas soy capaz de describir.

Página 427

El sexo siempre ha sido una parte importante de nuestra relación; no tendría ningún sentido tratar de negarlo. Fue así como empezamos a acercarnos, como empezamos a romper las barreras que había entre nosotros. Pero es en los momentos posteriores, momentos como este, donde se ha forjado de verdad lo que hay entre nosotros. En estos abrazos, en los besos tiernos y las caricias cargadas de cariño, en las conversaciones en voz baja, en todas las veces que hemos dormido abrazados, en las duchas juntos, en las tardes viendo series en la cama.

Apenas soy capaz de asimilar que de verdad haya ocurrido todo esto. Es algo que ninguno de los dos quería, algo que no buscábamos y, sin embargo, ahora no podría ser más feliz de que haya ocurrido.

Aunque ya estoy empezando a acostumbrarme a la situación, todavía me cuesta creer también que todo haya salido mucho mejor de lo que podríamos haber esperado. No solo lo nuestro, sino todo lo que rodea a nuestra relación. Ya no tenemos que esconder lo que sentimos, no tenemos que ocultarnos ante nadie. Nuestra familia lo sabe y no solo lo acepta, sino que nos apoya. Mis amigos también lo hacen y, aunque todavía no he conocido a los de Marcos, tengo esperanzas.

Mientras respiro su aroma, con nuestros corazones latiendo al unísono y su mano trazando círculos por mi espalda, sonrío al pensar en lo lejos que hemos llegado.

Empezó siendo el putísimo Marcos, alguien de quien guardaba un mal recuerdo del instituto, alguien que no quería molestarme en tratar de conocer. Cuando nuestros padres se casaron y se empeñaron en convertirnos en hermanos, eso no hizo más que aumentar mi rencor hacia él. No lo soportaba, ni a él ni a su pelo de oveja.

Entonces fue cuando se convirtió en el chico de la habitación de al lado. Cuando comencé a oírlo por las noches, cuando comenzamos a coincidir en el baño. Mi curiosidad por él comenzó a crecer, muy a mi pesar, hasta que todo estalló en ese viaje que nos cambió la vida a los dos. Y, aunque al principio solo era algo puramente sexual, los sentimientos no tardaron en crecer entre nosotros, más fuertes e intensos de lo que jamás podría haber imaginado.

Pero entonces se fue, rompiéndome el corazón en mil pedazos, y el chico de la habitación de al lado se convirtió en el chico de la habitación vacía.

Página 428

Pensaba que ese había sido el final de nuestra historia, que ya no había nada que hacer. Que todo se había acabado, que había sido un sueño imposible y ahora tendría que vivir con la realidad de su ausencia. Hasta que un nuevo viaje nos dio una segunda oportunidad.

Ya no es el chico de la habitación vacía.

Ni siquiera es solo el chico de la habitación de al lado.

Es el chico que me robó el corazón. El de los rizos preciosos, el del pecho que se ha convertido en mi lugar favorito para dormir noche tras noche. Es quien ha sabido ser fuerte conmigo, y quien también me ha ayudado a mí mismo a ser más fuerte. El chico que siempre me hace reír y sonreír, que siempre se esfuerza por hacerme feliz.

Es simplemente Marcos. Mi Marcos. Mi chico.

Y, juntos, simplemente somos.

Página 429

ONCE MESES DESPUÉS

SONRÍO AL VERLOS A LOS TRES EN LA ZONA DE LLEGADAS DE LA ESTACIÓN PARA RECIBIRNOS: MI MADRE, ANTONIO Y NATALIA. MI FAMILIA. NUESTRA FAMILIA. NO HEMOS PASADO NI UNA SEMANA FUERA, PERO LOS echábamos de menos.

Nos turnamos para abrazarlos a todos, entre sonrisas y besos, y después caminamos hacia el coche arrastrando las maletas. Pensaba que me iba a costar más volver a la realidad después del viaje que hemos hecho con nuestros amigos, pero sigo estando en una nube. Sí, puede que se hayan acabado las vacaciones, pero sigo viviendo en un sueño. Tengo a los amigos perfectos, a la familia perfecta y al novio perfecto. Y, encima, puedo vivir con él. ¿Qué más puedo pedir?

El trayecto en coche pasa entre preguntas y respuestas sobre el viaje, hasta que al fin llegamos a casa. Esa casa a las que tan pocas ganas tenía de mudarme hace poco más de un año y que ahora se ha convertido en un hogar. Después de todo, el hogar es donde está la gente que quieres, ¿no? Y yo no podría querer más a la gente que vive aquí.

Cruzamos el pasillo en dirección a nuestras habitaciones. Llegamos primero al de Marcos, así que me despido de él con un beso, como si fuéramos a irnos a lugares diferentes en vez de estar separados por una simple pared. A continuación, entro en mi cuarto, pero una voz me hace detenerme en seco.

—¿Qué cojones?

Frunzo el ceño, confuso. Es la voz de Marcos, pero no ha sonado desde su habitación, sino desde la mía. Sin embargo, es imposible. Él ha entrado por la puerta de su cuarto, es imposible que esté aquí. Doblo la esquina de mi habitación en forma de «L», y entonces me quedo de piedra al ver a Marcos al otro lado de la cama, justo delante de mí. A juzgar por su expresión, está tan aturdido como yo.

Pestañeo un par de veces, tratando de asimilar lo que estoy viendo. Mi cama individual ya no está. La pared que nos separaba ha desaparecido. En su lugar, ahora se encuentra la cama de Marcos, ocupando el espacio donde antes estaba la separación entre nuestras habitaciones. Dos habitaciones que ahora se han convertido en una.

–¡Sorpresa!

Página 430

Me doy la vuelta y veo a mi madre, mirándome con una sonrisa.

—¿Y esto? —acierto a preguntar.

—Si no me fallan las fechas, acabáis de cumplir un año juntos —dice Antonio, que se ha acercado a Marcos por detrás y le está dando unas palmadas en los hombros—. Está claro que lo vuestro va en serio, así que habíamos pensado que os gustaría tener vuestra propia habitación.

—Joder —dice Marcos, claramente incrédulo—. Gracias.

—Gracias —digo yo también, y me giro para abrazar a mi madre, con los ojos húmedos por la emoción—. Pero… ¿no habrá sido muy caro? Si habéis tenido que hacer una obra…

—No ha sido para tanto —me asegura ella—. Era un tabique muy finito, así que ha sido fácil. Hemos tardado más en mover y proteger todas vuestras cosas para que no se llenaran de polvo que los obreros en tirarlo.

—Eso sí, no esperéis regalos por Navidad o Reyes —añade Antonio entre risas—. Este es vuestro regalo.

—Es el mejor regalo del mundo —respondo con sinceridad.

—Muchas gracias —añade Marcos—. De verdad.

Le doy un abrazo más a mi madre, y entonces me subo a la cama para pasar al otro lado y abrazar también a Antonio mientras Marcos hace el movimiento a la inversa.

—Bueno, nosotros nos vamos ya, que queríamos ir a cenar fuera — dice mi madre cuando nos separamos todos.

—Al restaurante tailandés —añade Natalia, que ha entrado también por la puerta desde el lado de la habitación de Marcos.

—A vosotros no os gusta —nos recuerda Antonio—, pero pensamos que estaríais cansados después del viaje y querríais descansar un poco.

—Y tenemos que irnos ya, que tenemos mesa reservada —dice mi madre—. Volveremos tarde.

Y, sin más, se marchan de la habitación, dejándonos a cada uno a un lado de la cama, con idénticas expresiones de desconcierto. Unos segundos después, oímos cómo se cierra la puerta de entrada.

—¿Es cosa mía o nos han dado permiso para que estrenemos como es debido nuestra nueva habitación? —me pregunta con una sonrisa traviesa, quitándose los zapatos para subirse a la cama.

—Eso parece. —Lo imito y me subo a la cama con él—. Y no han sido nada sutiles, la verdad.

Página 431

—Pues prepárate, porque te voy a follar como si no hubiera un mañana —susurra contra mis labios, y mi erección hace acto de presencia al instante. Me pego a su cuerpo y puedo notar la suya contra la mía. ¿Cómo es posible que sigamos teniendo ganas después de habernos pasado casi una semana sin parar? Ya llevamos un año juntos, pero el deseo que sentimos el uno por el otro no ha menguado en absoluto.

Le doy un beso y planto las manos firmemente sobre sus nalgas para atraerlo todavía más a mí.

—Eso será si no te follo yo a ti primero —replico.

Él sonríe de nuevo y me muerde el labio inferior, arrancándome un gemido.

—Pues entonces tenemos mucho que hacer, así que será mejor que vayamos empezando.

Me empuja para hacerme caer sobre la cama, la que ahora es nuestra cama, y se coloca encima de mí. Entonces, me mira una vez más con esa sonrisa que me desarma por completo y comienza a devorarme mientras perdemos rápidamente la ropa. Cuando ya estamos desnudos, coloca ambas manos sobre mis mejillas con una ternura infinita y me mira fijamente a los ojos.

—Te quiero —susurra sin dejar de mirarme.

—Te quiero.

Mientras volvemos a besarnos, soy felizmente consciente de que ya no hay paredes ni barreras entre nosotros, en todos los sentidos posibles. Y nunca más las habrá. Lo miro a los ojos mientras pienso en este último año en el que tantas cosas han pasado, un año que empezó con altibajos y momentos difíciles, pero que sobre todo ha estado lleno de momentos felices a su lado.

Ahora que compartimos habitación, es como si hubiéramos dado un nuevo paso en nuestra relación. Este año que ha transcurrido no ha sido más que el principio, el primero de los muchos años juntos que nos esperan en nuestro futuro.

Ha sido difícil, y hemos tenido que superar muchos obstáculos, pero lo hemos conseguido. Y, aunque me bastaba con que fuera el chico de la habitación de al lado, con saber que podía irme a dormir con él todas las noches y despertar a su lado todas las mañanas, esto es todavía mejor si cabe.

¿Quién me iba a decir que era tan fácil ser feliz?

Página 432

La historia de Fran y Marcos termina aquí, pero en el futuro publicaré dos libros desde el punto de vista de Marcos para quienes queráis ahondar un poco más en él.

Además, que termine la bilogía no significa que sea la última vez que los veamos, porque también sabréis de ellos en próximas novelas.

Para empezar, muy pronto podréis leer la historia de Víctor en…

Verdad o reto

Otoño 2025

Página 433

AGRADECIMIENTOS

Llevo diciéndolo desde que publiqué mi primer libro en 2016: escribir no sería lo mismo sin mis lectores, así que ahora tengo que daros las gracias a vosotros. Me daba miedo lanzarme a la aventura de la autopublicación, pero la experiencia ha superado todas mis expectativas. Mil gracias por el cariño, por el apoyo, por las lecturas y las reseñas, por hacer que El chico de la habitación de al lado se haya pasado meses en los primeros puestos de los ránkings de ventas. Sois increíbles.

Lo poquito que vemos de la obra que van a ver los protagonistas casi al final de esta novela está basado en mi propia saga Fuego y hielo, protagonizada por los personajes que conocen Fran y Marcos aquí. Ahora que se han cumplido diez años desde que la editorial decidió publicar mi primer libro y más de nueve desde su publicación, estos capítulos han sido mi pequeño regalo a los lectores que me han estado acompañando desde entonces y que, desde que concluyó la saga en 2020, han estado preguntándome cuándo volveríamos a ver a Óscar, Sergio, Darío y compañía. Aunque algún día me gustaría dedicarles un nuevo libro, todavía estoy esperando la historia correcta, pero eso no significa que no vayan a seguir apareciendo en otros libros…

Como ya os he contado, la bilogía concluye con este libro, pero también he estado escribiendo la historia desde el punto de vista de Marcos, así que espero poder lanzarlos en un futuro no demasiado lejano. Además, hay personajes secundarios como Víctor, Álex, Alejo y algún otro que tendrán sus propios libros más pronto que tarde, así que estad atentos.

Quiero dar las gracias a Juanka, aunque me faltan palabras para expresar todo lo que te debo. Gracias por tu apoyo, por tus lecturas y tus comentarios, por tu entusiasmo constante. Por las imágenes para Instagram, por tu cariño y, sobre todo, por tu amistad. Has sido una parte

Página 434

clave de toda esta aventura, así que espero que me acompañes en muchas más en el futuro.

Muchísimas gracias también Merce, por la cubierta y las ilustraciones interiores, por dar vida a Fran y Marcos de una forma tan bonita.

Gracias a Jony y Sergio, por haber creído siempre en mí, por apoyarme siempre cuando más lo necesitaba.

Gracias a David Lozano, por superar la odisea imposible de comprar el primer libro y llevártelo de viaje.

Gracias a mi familia, aunque espero que jamás leáis este libro.

Como decía al principio, los lectores habéis sido una parte esencial de todo esto. Tras nueve años publicando con editoriales, me daba vértigo lanzarme al vacío solo, pero me ha hecho muy feliz poder contar con vosotros. Si os ha gustado esta novela, os agradecería mucho que dejarais reseñas en Amazon y Goodreads, y que contarais lo que os ha parecido por redes sociales y me mencionarais. Os prometo que ayuda muchísimo más de lo que creéis.

La historia de Fran y Marcos concluye aquí. Pero muy pronto comenzaré a publicar una saga spin-off formada por libros independientes y más cortitos, cada uno centrado en un personaje que ya habéis conocido aquí, y en ellos podréis ver a Fran y Marcos como secundarios después de lo ocurrido en esta historia. El primero será sobre Víctor, así que quedaos con el título, porque llegará muy pronto: Verdad o reto.

Una vez más, gracias por todo. ¡Nos vemos entre las páginas!

Página 435

MIKE LIGHTWOOD es el seudónimo de Miguel Trujillo, que nació en Sevilla, creció en Las Palmas de Gran Canaria y vive en Madrid. Su pasión por las letras lo llevó a crear su blog literario en 2009, y más tarde su canal de YouTube.

En 2016 publicó con Plataforma Neo El fuego en el que ardo, novela que cuenta con múltiples reediciones y está traducida al japonés, y a la que siguieron otras tres en la misma serie: El hielo de mis venas (2017, también en japonés), La estrella de mis noches (2018) y Las llamas del incendio (2020).

En 2017 publicó Biónico, cuyos derechos espera recuperar pronto. Probó con la autopublicación con El fantasma de los huevos (2018), una novela corta humorística, así como varios relatos.

Además, fue el ganador del I Premio eLit LGTBI de Harlequin Ibérica con Lo que nunca fuimos (2021). Más recientemente, ha publicado Al otro lado (2023) con TBR, un sello del Grupo SM.

El chico de la habitación de al lado y El chico de la habitación vacía son sus primeras novelas largas autopublicadas, aunque pronto habrá muchas más.

Compagina la escritura con su labor como traductor, que le ha permitido traducir más de un centenar de libros, aunque en los últimos años ha comenzado también a traducir series y videojuegos, uniendo sus mayores pasiones con su trabajo.

www.mikelightwood.com



FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Suscripcion

📚 Biblioteca Emancipación

Accede y recibe automáticamente cada nuevo libro publicado

Suscríbete gratis

📩 Contacto: emancipacionbiblioteca@gmail.com