© Libro N° 14809. El Barman Del Ritz. Collin, Philippe. Emancipación. Febrero 14 de 2026
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EL
BARMAN DEL RITZ
Philippe
Collin
El Barman Del Ritz
Philippe Collin
Una ciudad mítica, París. Un lugar mítico, el Grand Hotel Ritz. Un barman mítico, Frank Meier, el barman del Ritz.
Todos habían degustado sus célebres cócteles: Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, Coco Chanel, Mistinguett, Sacha Guitry, Jean Cocteau, Arletty.
Pero en julio de 1940, las tropas alemanas ocupan París y sus responsables deciden hospedarse en el Ritz, como lo harán los jerarcas nazis como Göring y Goebbels cuando visiten la capital francesa.
El bar del Ritz se convierte entonces en uno de los centros del París ocupado donde confluyen los mandos de la Gestapo, las SS y la Wehrmacht, los colaboracionistas franceses, hombres de negocios sin escrúpulos, aduladores, artistas, espías, miembros de la Resistencia. Mientras, fuera reinan el hambre, los oportunistas, la violencia contra los judíos, el miedo.
Frank Meier, conocedor de los gustos de cada uno, sigue preparando sus cócteles, atento a todo lo que se dice, imperturbable en apariencia. Pero el barman del Ritz guarda un secreto que nadie conoce, y es mejor que nadie sepa: el barman del Ritz es judío.
Philippe Collin
El barman del Ritz
ePub r1.0
Titivillus 02.02.2026
Título original: Le barman du Ritz
Philippe Collin, 2024
Traducción: Adolfo García Ortega, 2025
Imagen de portada: Salón y bar del hotel Ritz, París, febrero de 1939. Roger-Viollet
Editor digital: Titivillus
ePub base r3.0 (ePub 3)
A Blanche Auzello, la sin par reina del Ritz
«Cuando pienso en el más allá, en el paraíso, siempre me veo trasladado al Ritz de París».
Ernest Hemingway
París fue ocupado por las tropas alemanas del 14 de junio de 1940 al 25 de agosto de 1944: 1533 noches durante las cuales el hotel Ritz se convirtió en un mundo extraño, único y complejo, en medio de una Europa desgarrada por la guerra. Hay mil y una maneras de contar esta historia. El barman del Ritz es una novela que se basa en hechos y en personajes reales. Supone una lectura de esos años sombríos de la historia de Francia. Con el fin de iluminar ciertos aspectos, el autor ha empleado los medios propios de la ficción que equivalen a las armas del novelista. El personaje de Luciano es inventado, así como el de Fersen se inspira en las circunstancias que rodearon a Frank Meier durante aquellos años. Los extractos de su diario también han sido imaginados por el autor y son un homenaje a ese destino fuera de lo común.
Prólogo
VELA DE ARMAS
13 DE JUNIO DE 1940
Mañana las tropas alemanas entrarán en París. Francia se ha disuelto como un terrón de azúcar en un vaso de absenta.
Apenas hace un mes que empezó la batalla de Francia. Los pánzer de Guderian han devorado las Ardenas. Combaten en Ruán. Combaten en Senlis. Han cruzado el Marne. Desde ayer, el cielo está negro por humaredas amenazantes, la capital ya se ha rendido. Acaba de ser declarada «ciudad abierta». Los parisienses han tomado la vía del éxodo. En tren, en coche, en carromato o a pie, han cogido lo que han podido y han abandonado el resto. Apenas quinientas mil almas permanecen aterradas en sus casas y lo único que circula son los rumores.
El gobierno de la República ha huido antes de ayer para refugiarse en Tours. Ya no hay administración, ni taxis, ni policía, ni correos, ni servicios públicos. El pánico se propaga como el fuego por el bosque. Se han quemado los archivos en los patios de los ministerios. Y desde hace dos días, bandas de saqueadores campan a sus anchas. Las calles están vacías, los comercios han echado el cierre. París está sumida en el silencio, la desolación y la muerte.
Sin embargo, en la Place Vendôme, el gran hotel Ritz sigue abierto. ¿Quién podría creer que Winston Churchill estaba todavía allí hace menos de dos semanas? Los clientes habituales han desertado. Gabrielle Chanel se ha refugiado en Biarritz. El duque de Windsor y su esposa Wallis han aterrizado en España. En su suite del primer piso, la heredera norteamericana de los Woolworth, Barbara Hutton, duda, hace y deshace las maletas.
En la Galería de las Maravillas, ese túnel que comunica las dos alas del hotel de lujo, las vitrinas con las insignias prestigiosas parecen pertenecer a un mundo ya pasado. El bar Cambon ha cerrado sus puertas antes de ayer. Solo el Petit Bar sigue funcionando. Ha abierto a las seis de la tarde, como siempre. El mostrador lustroso, las boiseries de caoba, las pantallas de cuero de las lámparas, el verdeceledón del terciopelo de los sillones Luis XV: un decorado que ha permanecido invariable. Las botellas de alcohol puestas en fila como los libros ordenados de una biblioteca. Es la fortaleza de Frank Meier, el barman del Ritz. Austriaco de nacimiento, famoso por su arte para el cóctel y adulado por los más elegantes bebedores de Europa y de América, Meier es una leyenda en el mundillo del lujo. Su fino bigote, sus gestos precisos y su mirada risueña son al menos tan conocidos como sus brebajes. En vísperas de la invasión alemana, está en su puesto, chaqueta blanca y corbata negra. Con la cincuentena cumplida, ni gordo ni delgado, veinte años en la casa lo han convertido en el patrón. Meier parió este bar en 1921 y seguirá unido a él cueste lo que cueste, poco le importan los alemanes y la desbandada. Quiere parecer impasible, pero esta tarde el barman del Ritz está mano sobre mano. Desmoralizado. Detrás de su aspecto afable, afloran las señales del cansancio y de la angustia. Hasta ahora, tenía la costumbre de disimular cuidadosamente una ascendencia de la que nadie se preocupaba.
La gente aquí no ve más que a un barman hábil de manos y todopoderoso dios de las botellas. Como si yo hubiera estado siempre ahí, como si hubiera nacido detrás de la barra.
Exiliado voluntario de una vida que ha dejado atrás, Frank Meier oculta un secreto: es judío.
Esta tarde, su único cliente, Otto de Habsburgo, heredero despojado del Imperio austrohúngaro, ahoga su angustia en ginebra. Los nazis han puesto precio a su cabeza y debe huir. Rápido. Esta misma noche. Sentado en un extremo de la barra, le da vueltas en la cabeza por última vez a las semanas que acaban de pasar y luego vacía de un trago su vaso de Beefeater. El príncipe real de Bohemia se levanta y estrecha entre sus trémulos brazos a ese barman que podría ser su padre. Frank se contrae. Este abrazo parece un epílogo. Otto de Habsburgo dice adiós a Europa: dentro de pocos días estará en Washington. El barman del Ritz ve así desaparecer a su último cliente del mundo de antes.
Primera parte
GUERRA DE TRINCHERAS
JUNIO-JULIO DE 1940
1
14 de junio de 1940
Heme aquí atrapado en la guarida de los boches.
Seis y media de la tarde y los alemanes se están haciendo esperar.
Por la mañana, han desfilado por la avenida Foch.
Ahora están aquí, dentro del recinto del Ritz, entre sus cuatro paredes. Todos los hoteles de lujo parisienses han sido requisados por el ejército alemán para instalar a sus oficinas en ellos; el Ritz acogerá a un centenar de oficiales de alta graduación —la crème de la Wehrmacht— y pasará a ser la «residencia del gobernador militar de Francia»: si este título no recordara la cruel humillación que acaba de sufrir el ejército francés, sería
casi prestigioso.
La Place Vendôme se beneficia de un estatus especial. Hasta nueva orden, el Ritz puede seguir recibiendo a su clientela habitual. El bar, por supuesto, sigue abierto. Para ocuparse de ello, junto a Frank Meier solo está su viejo compañero de armas, Georges Scheuer, y un joven aprendiz italiano, Luciano.
El barman no ha pegado ojo en toda la noche, al acecho del incongruente silencio que reina en su casa, un inmueble de la rue Henri-Rochefort, cuya mayor parte de los vecinos ha huido de París.
Cobardes.
En su insomnio, ha pensado en su hijo Jean-Jacques. Frank nunca ha sabido amar verdaderamente a ese hijo único nacido en 1921, fruto de su desafortunado matrimonio con Maria. Los separa un abismo. No tiene noticias de él desde hace lustros, desde que el joven entró a trabajar en el Casino de Niza, hace unos cinco años.
¿Dónde está? ¿Ha sido movilizado?
¿Debería ponerme a salvo yo también? ¿Reunirme con él en Niza?
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Impensable abandonar mi bar a los Schleus…
Esta tarde, impecable con su chaqueta, Frank Meier se prepara para la llegada de sus nuevos clientes. Acaba de atisbar su rostro reflejado en su coctelera Christofle: ojeras más profundas que nunca, mirada con un brillo de inquietud. Del estómago ni hablemos: ha exhalado en su mano un aliento fétido. La llegada de los alemanes, y con ellos las reminiscencias de las trincheras, le revuelve las tripas.
El barman echa la enésima ojeada al reloj de pared. Siete menos veinte.
Todo está preparado: cítricos, hojas de menta, frutos rojos y azúcar moreno para el Royal. El Perrier-Jouët está frío y hay en abundancia. Los vencedores tendrán mucho que celebrar.
Pero por el momento, nada. Todavía nada.
Desde donde está ubicado, tras la barra maciza de madera oscura, Frank no puede ver llegar a los clientes, el pasillo que conduce hasta su bar está fuera de su ángulo de visión. Es un engorro para los tiempos que corren. Imposible anticiparse. Por eso ha apostado a su aprendiz como vigía en el quicio de la puerta.
¿Dónde están esos jodidos boches?
El cargado silencio previo al asalto. Georges se entretiene jugueteando con las frambuesas.
—Para ya, las vas a echar a perder.
—Estoy nervioso, Frank.
¡Todos lo estamos, amigo!
—Entonces pasa la gamuza por el bar, hay marcas de dedos.
Guerra de pega, decididamente.
Ah, ahí viene uno. ¿Es de ellos…?
No, tan solo es un cliente francés cuya visión podría arrancarle un rictus de desprecio si no fuera porque se contiene. El imposible señor Bedaux.
Por un instante, Frank se imagina que le pide, educada pero firmemente, que se dé media vuelta. Pero Bedaux forma parte de los nuevos amos, va a tener que tragárselo. Por tanto, al que ve avanzar hacia él es al primer cliente del mundo de después.
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Qué sorprendente personaje es este Charles Bedaux. Frente despejada, rasgos finos y una edad parecida a la de Frank, en la cincuentena vigorosa. También, como él, desembarcó de joven en Norteamérica sin nada en los bolsillos. Sus destinos se han cruzado a menudo. En Nueva York, Meier aprendió a servir, Bedaux a brindar. Ambos enseguida se convirtieron en expertos en sus respectivos campos: Frank como barman, Bedaux como hombre de negocios. En menos de diez años, Bedaux se casó con dos herederas americanas y se hizo el paladín de la teoría de «la organización científica del trabajo» —escribió un libro sobre el tema, del que habla con frecuencia, así como de sus fábricas de tal y cual sitio, de su reciente nacionalidad norteamericana, de su unidad de medida, «la unidad Bedaux»—. Pero su mayor admiración es por la Alemania nazi.
Frank toma buena cuenta de su sonrisa de vencedor. Imperturbable, el barman le suelta:
—¿Una copa de Pol Roger, como de costumbre, señor?
—Esta noche no, Frank. Prepáreme más bien su Royal Highball doble. ¡Hay que festejar el renacimiento de Francia, por fin libre de espíritus decadentes y afeminados! Yo siempre lo he dicho: si el caos rige la naturaleza, no cabe duda de que solo el orden salva al hombre. ¿No es así, Frank?
Si el cóctel es un arte de rigor y mesura, llevar un bar es, por el contrario, el arte del desorden; dejar que la vida se desborde, jugar con los límites, aceptar sobrepasarlos a veces, en esto ha consistido el éxito de Frank Meier, más incluso que en sus célebres combinados. Esa es también su ambigüedad, la de un espíritu disciplinado imantado por el anticonformismo. Pero Charles Bedaux jamás lo ha entendido así. Para él, nada debe desbordarse, salvo lo relativo al cuidado de sus propios intereses. El arte, los hombres, la política no son más que apuesta, inversión, plusvalía. En el fondo, solo hay un asunto en el que Frank y Bedaux están de acuerdo: que Francia necesita a Philippe Pétain. El magnate de la industria, porque eso beneficiará a los negocios; el barman, porque sirvió como suboficial bajo las órdenes del Mariscal durante la Gran Guerra.
Frank nunca se lo dirá a ese traidor de Charles Bedaux, pero en la línea del frente, a las órdenes del gran hombre del mostacho blanco, el sargento
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mayor Meier se convirtió en un patriota.
El hombre de negocios se lleva el vaso a los labios y luego lo deposita en la barra. Parece querer lanzar otra soflama, pero se lo impiden unas voces y unas risas que vienen a turbar la quietud del bar.
Son ellos…
Ha llegado el momento. Frank se ajusta el cuello, pone una mano sobre el hombro de Georges. Le toca recibirlos. Las risas se acercan por el pasillo. Risa de cuarteles. Por un instante, Frank ha regresado a Verdún. Endereza los hombros, pero siente cómo el sudor perla su espalda. Su camisa está empapada bajo la chaqueta, tiene frío hasta en los huesos.
La primera línea enemiga avanza.
—Buenas tardes, señores. Bienvenidos al bar del Ritz.
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Diario de Frank Meier
Soy un proletario. Y un proletario judío, además. Desde crío, siempre he buscado salvarme.
Mi vida es una evasión.
Nací en el Tirol austriaco, el 3 de abril de 1884, hijo de obreros polacos en el exilio. Para mi padre, la disciplina era el origen de todas las virtudes. La educación que él me ha dado no ha sido más que un largo curso de subordinación.
¡A sus órdenes, jefe! Una prisión mental. ¡Sí, jefe! El sentimiento de morir un poco cada día. Enseguida comprendí que había una cierta necedad en su manera de vivir, la de no cuestionarse nunca nada. Siempre he desconfiado de las personas llenas de certezas.
Mi padre nació en Lodz, en medio de los pogromos. Vio cómo los suyos eran perseguidos, incluso a veces ahorcados por hordas rubias. Acabó por quemarlo todo tras de sí antes de emigrar a las montañas del Tirol. Me puso un nombre austriaco, para mayor desesperación de mi madre, hija de un simple rabino de Budapest. Se negó a que me circuncidaran. Ni hablar tampoco de inscribirme en los registros de la sinagoga: decretó que nadie de su descendencia sería judío. La familia se instaló en Viena, en el Favoriten, un barrio en el que toda Centroeuropa se mezclaba sin distinción alguna. Me acuerdo de mi viejo aullándole a mi madre cuando ella todavía quería festejar el Pésaj o cuando se le escapaban tres palabras en yidis.
Antes de instalarnos en Viena, vivíamos en Kufstein, un pequeño pueblo del Tirol austriaco donde mis padres llegaron con una mano delante y otra detrás. Mi padre era entonces el empleado de un zapatero bien asentado y con una amplia clientela. Como cobraba poco, él aspiraba a abrir su propio puesto y para ello ahorraba las propinas que le
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daban las viejas metomentodo. Vivíamos los tres en un desván que había encima de la tienda. No pagábamos alquiler. Una ganga. De la mañana a la noche, veía a mi padre cargar con su gran mandil de cuero de ternera, provisto de pulidores, espátulas y un martillo. Me impresionaba con sus herramientas en la mano, vigoroso y meticuloso a la vez. Cuando era niño, allá en Kufstein, él era para mí todo un héroe. Tal vez me haya pasado la vida imitando, al otro lado de la barra, sus cuidadosos ademanes.
Adoraba a mi pobre madre, su ternura, sus sonrisas, la suavidad de su piel y su olor a violeta. Crecí entre sus faldas, al abrigo del mundo. Creo que conservo de aquellos años un recuerdo sereno y alegre. Poco después las cosas se torcieron. Un buen número de aldeanos emigró a los centros industriales. El centro y los alrededores de Kufstein se despoblaron en unos meses y la zapatería Gruber tuvo que cerrar. Mi padre perdió su trabajo en enero de 1888. Había que hacer algo, y rápido. Entonces tuvo la idea de probar suerte en Viena y abrir por fin su propia tienda en la capital del gran Imperio danubiano. Había oído decir a unos clientes que los dueños de las fábricas vienesas buscaban mano de obra femenina, peor pagada. La Revolución Industrial había mecanizado los telares y todo consistía en manejar palancas, una tarea fácil para las obreras. Mi madre encontraría rápidamente un salario, y él también. Ahorrarían y luego alquilarían un traspaso. El comercio, la senda hacia la gloria para quien tiene poco.
Así fue como mis padres se unieron a esas manadas de campesinos tiroleses que fueron a trabajar a la ciudad por unas perras. Renunciaban al mundo antiguo con la esperanza de una vida mejor. Un éxodo, otra vez. Mi madre encontró enseguida un empleo en una fábrica de herramientas mecánicas último modelo. Su salario era miserable, sus escasos ahorros se fundieron como la nieve al sol. Él se vio obligado a aceptar una plaza de obrero cualificado en una manufactura de botas para oficiales del ejército austrohúngaro.
La miseria se negaba a abandonarnos y mi viejo se hundió. Exhausto por la fatiga, melancólico, irascible, se encerró en sí mismo. Un derrumbe interior. Le reprochaba a mi madre que no ganara suficiente dinero, se dio a la bebida y se volvió violento. Con la muerte en el alma, renunció a su
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tienda y empezó a darle vueltas en la cabeza de la noche a la mañana, poseído por una rabia sorda, incapaz de asumir el fracaso, a la vez que sus estrechas convicciones no cesaban de ir en su contra. Yo crecí como pude. Y entonces, un día, tuve la extraña sensación de que mi juventud lo exasperaba. Estaba celoso de mi futuro todavía intacto.
A los doce años, trabajaba diez horas al día en un taller de cardadura de lana en Viena. Me fascinaban los chiquillos con los que me cruzaba por la mañana camino de la fábrica. Eran de pura raza, elegantes, insolentes, con sus camisas blancas almidonadas y sus rebanadas de pan con pasas. Deseaba la vida que llevaban. Extraerme de la de los pobres. Conocer el calor de una casa burguesa. Un deseo irreprimible. Estafé a mis padres. En dos años, sin decirles nada, escamoteé una parte de mi salario y reuní una bonita suma, mientras soñaba con un país de Jauja: América. Todo el mundo hablaba de ello. Tentar la suerte. Hacer fortuna. Mi padre estaba furioso conmigo, mi madre no dejaba de llorar, aun así me fui una mañana de otoño al amanecer. Primero me metí en un viejo tren de mercancías, viajé durante tres días en un vagón de ganado de Viena a Múnich, luego de Múnich a Bruselas, y por fin llegué a Amberes, en Flandes, donde tuve que chuparme una larga cuarentena debido a unas fiebres malignas, con la angustia de quedar bloqueado en el puerto. Una vez restablecido, logré pagarme un billete de tercera clase en el entrepuente de un transatlántico de la Red Star Line, un magnífico barco a vapor, un mastodonte, la promesa de una desmesura por llegar. Mi deseo era nítido como la luz del día, mi vida avanzaba.
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14 de junio de 1940
—Noch einmal, bitte!
—Jawohl, mein Hauptmann.
Son unos veinte, botas de charol y cabello al ras. Botonadura dorada y uniformes impecables. Frank está al otro lado de su barra. Se entabla una guerra de trincheras. Bedaux ha tratado de empezar el diálogo, pero los militares apenas han reparado en él y ha debido dar marcha atrás. Los oficiales alemanes todavía no saben quién es Charles Bedaux y se burlan de él. Lucen la belleza de los vencedores y están aquí como en su casa.
En un guirigay continuo, aglutinados en torno a la barra, piden exclusivamente cerveza. Cualquiera diría que están en una cervecería de Múnich.
De repente, una ola se forma ante el mostrador, los oficiales se apartan para dejar paso a un hombre con aspecto arrogante y andares decididos.
—Buenas noches, señor Meier —dice, con un acento tan impecable como sus galones—. Encantado de volver a verlo.
¿De qué me conoce este Fritz con tanto entorchado?
—Buenas noches, mi coronel…
El oficial sonríe, bonachón.
—¿No me recuerda, verdad?
—Pues…
¿Este cabeza de chorlito, quién es, por Dios…?
—Hans Speidel. Era agregado militar en la embajada de Alemania en París, hace unos años. Venía aquí a veces, a última hora de la tarde…
—¡Herr Speidel! Discúlpeme, estoy avergonzado.
—¡Bah! Es el uniforme, sin duda.
—¿Qué puedo ofrecerle? ¡No, espere, ya sé! Un Golden Clipper.
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El coronel Speidel esboza una amplia sonrisa.
—¡Frank Meier, el barman que conoce la bebida favorita de cada diplomático de París! Su reputación no ha declinado en absoluto. Nunca he probado un Clipper más delicioso que el suyo.
—Georges, pásame el Bacardí y la nata de melocotón.
En ese momento, todo regresa de golpe. Un tipo encantador, ese Speidel, afable y culto. Un poco más calvo, lleva gafas, pero no cabe duda de que es él.
—No ha cambiado nada por aquí, Herr Meier —constata el coronel, echando una ojeada a la redonda—. Uno sigue sintiéndose muy a gusto en este lugar.
¿Quién habría podido imaginar que se asomaría por aquí cuatro años más tarde, encalomado en un uniforme gris verdoso?
Para estupefacción de Frank, Speidel saca de su chaqueta con medallas un libro con la cubierta acorchada que el barman reconoce enseguida. The Artistry of Mixing Drinks. Su libro. La vista de ese pequeño ejemplar encuadernado lo lleva a una época tan lejana como desaparecida a golpes de fracaso. La portada dorada, promesa de risas y de chanzas, de ropas elegantes, de conversaciones animadas, de pronto le parece una especie de reliquia, una antigualla. América, Scott, los años locos ya esfumados…
—He encontrado uno en Stuttgart. He pagado por él una fortuna a un viejo barón arruinado. Nunca me he atrevido a imitar sus combinaciones, para mayor desesperación de mi esposa… Cargo con él en mi equipaje desde hace un mes. ¿Querría dedicármelo?
Las miradas convergen hacia Frank y Speidel.
Primera velada entre los boches y ya estoy firmando autógrafos… —Propongo una ronda de Royal Highball para todos, a la salud del
Führer.
Junto al piano, el reloj de pared de ónice blanco da las ocho.
—Herr Meier —susurra Speidel—, en cuanto acaben los vítores, no tardaré en marcharme disimuladamente, el general Von Bock me espera para cenar.
—No faltaría más, mi coronel.
—¿Presentará mis saludos a la bella señora Auzello?
¿Es una prueba o este Speidel ignora realmente la situación?
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—La señora Auzello está en Niza, ha seguido a su marido en la movilización.
Speidel se endereza, sonríe hacia un lado.
—Gracias por todo, Frank. Me verá pronto por aquí, quiero saberlo todo de la vida parisina. ¡Cuide bien a mis hombres!
—Cuente con ello, mi coronel.
El militar da media vuelta.
Frank lo ve marcharse sin decir ni una palabra al grupo de oficiales. ¿Quién eres tú, Hans Speidel? ¿Quién eres tú y qué quieres?
Él, que creía saber juzgar a un hombre desde el primer vaso, ya no está seguro de nada.
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Diario de Frank Meier
Dejé Europa el 28 de noviembre de 1898, lleno de excitación y cagado de miedo. Una fuga. Dirección a Nueva York, la ciudad de los hombres libres. El barco iba a rebosar. Los pasajeros cantaban y bailaban, compartiendo la alegría de un nuevo renacer.
La tripulación largó amarras, la sirena del barco resonó y de pronto me sobrevino una enorme tristeza al pensar en mi pobre madre. El exilio social se paga con una tristeza eterna. Me junté a una colonia de judíos ucranianos. Dormíamos en el puente más bajo, justo encima de las mercancías, casi podíamos tocar el mar al extender el brazo.
A lo largo de la travesía, con el balanceo, recuperé la emoción de la libertad. Sentirme realizado, llegar a ser yo mismo, parecía aún inalcanzable, pero sabía que mi vida de adulto empezaba al mismo tiempo que el nuevo siglo y se presagiaba lucrativa, emancipada, gozosa. Nadie podía tener en cuenta, en aquel momento, que vendrían dos guerras y millones de muertos. Y, sin embargo, yo tendría que haber sentido esa violencia agazapada en la sombra y que estaba en el ambiente. En medio del mar, subía de vez en cuando al puente con mis camaradas de Odesa para tratar de conseguir algo de comer. Con un poco de suerte, los pasajeros ricos de los puentes superiores nos echaban comida y luego la llevábamos vorazmente a nuestro pañol, en la bodega. Los ricachones nos miraban con asco, para ellos éramos animales hambrientos.
Al desembarcar en Nueva York, dejé mi historia atrás.
De trabajillo en trabajillo, conocí los bajos fondos y las tabernas del Lower East Side antes de empujar las puertas del Hoffman House, en el 25 de Broadway Street. Por aquel entonces era uno de los lugares más reputados de la ciudad, llevado por un maître de sala y de coctelería: Charley S. Mahoney. Aquel individuo alto y delgado cambió el curso de mi
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destino. Me contrató como aprendiz de botones para las fiestas navideñas de 1902. Estaba lanzado y empecé a trepar por los escalones de la alta burguesía que durante tanto tiempo me había estado vedada.
Aires de libertad soplaban sobre Nueva York, el Hoffman House daba fiestas suntuosas, los artistas se codeaban con grandes industriales, corredores de bolsa y antiguos buscadores de oro. Sin embargo, a decir verdad, no me lancé a pecho descubierto a ese gran mundo: primero aprendí sus códigos y costumbres, nunca me pasaba de la raya y evitaba emborracharme cada noche como la mayoría de mis colegas, demasiado ansiosos por participar en una fiesta que no tenía fin.
Mahoney no tardó en fijarse en mí y ponerme bajo su ala. El viejo barman me enseñó todos los secretos del oficio: el cuidado del detalle, el arte del servicio, la palabra adecuada para cada quien y la disponibilidad para todos. La gestión de los suministros, el sabor de los alcoholes fuertes y, lo más importante, el arte de saber mezclarlos. Durante meses, estuve observando la manera en que los ingredientes se transformaban unos en contacto con otros para dar como resultado cócteles únicos. Luego me puse a escrutar sus efectos sobre los clientes, qué alcohol excita, cuál apacigua y cuál neutraliza. Enseguida comprendí que cada cliente tiene su identidad de bebedor, que la embriaguez no es igual para todos y que en un momento dado un solo vaso de un buen alcohol puede bastar para calmar a un cliente demasiado acalorado.
Algunas de mis creaciones gustaron a Charley Mahoney hasta el punto de incluirlas en la carta del Hoffman. El Pompadour… un nombre que mi madre adoraba pronunciar, ron, mistela y zumo de limón, tres ingredientes tan solo, pero un sabor sorprendente. Poco a poco me convertí en el titiritero de noches endiabladas. Todavía me acuerdo de la gran fiesta del Año Nuevo de 1904, una de las más fascinantes que se hayan dado en Nueva York. El Perrier-Jouët no dejó de manar cual cascada en toda la noche y, minutos antes de las doce, Mahoney hizo lanzar un fabuloso castillo de fuegos artificiales desde el tejado del hotel, bajo la ebria y maravillada mirada de los que vestían abrigos de pieles y los herederos. Una retahíla de forrados y esplendorosos ricos. Toda la velada, vestido con mi inmaculada chaqueta, tuve el vertiginoso sentimiento de estar vivo y de caminar hacia la gloria. A mitad de la noche, incluso besé a Sofia,
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una joven y preciosa emigrante italiana. Otra alma exiliada. Rubia como el trigo de Toscana. Una sonrisa para caerte de culo, un bellezón que jamás he podido olvidar.
Pero en 1907, la dirección del establecimiento decidió derruir el hotel para reconstruir un Hoffman House más hermoso, más impresionante, más moderno. Durante las obras, el bar de Mahoney tuvo que cerrar y yo me quedé sin trabajo. Hube de empezar de nuevo.
«Deberías volver a Europa, chaval, me sugirió una noche el gran Bill Cody. ¡Tendrías todo un éxito!».
Buffalo Bill acababa de llegar de una gira triunfal por Francia con su Wild West Show. El viejo cowboy me habló de la belleza de París y del apetito frenético de los europeos por todo lo que viniera del otro lado del Atlántico.
Mi decisión estaba tomada: había conocido lo mejor de Nueva York, me había convertido en un barman consumado, no tenía más que hacer las maletas y atravesar el océano en el otro sentido. No era un paso atrás, al contrario, huía del fracaso, algo que iba a hacer durante toda mi vida. Bill Cody había dado en el clavo. En París, todo había cobrado otra dimensión. Europa estaba descubriendo los cócteles y no tardaría en cogerle el gusto. La lista de ingredientes parecía infinita, la búsqueda de refinamiento era un juego. Yo conocía ya todos los secretos de la bebida; en cuanto a los secretos de la alta sociedad europea, no eran tan difíciles de penetrar para quien había crecido en el Imperio austrohúngaro, aunque fuese desde el nivel más bajo de la escala social. Por consejo de Henry Tépé, un discípulo de Charley Mahoney emigrado a Francia, abrí mi primer bar en junio de 1907, el Brunswick, muy cerca de la Ópera, en la rue des Capucines, en pleno barrio de los negocios y de los norteamericanos instalados en París. Había por allí en torno a cinco mil almas del Nuevo Mundo.
Al cabo de unos meses, la reputación de mi bar se disparó y el joven director adjunto del hotel Claridge, un tal Claude Auzello, me enviaba cada noche su clientela americana, la que todavía no podía permitirse ir al Ritz. Mis negocios florecían cuando la primera guerra contra los Schleus estalló. Arrastrado por el patriotismo de Claude Auzello, convencido de que nada era más valioso que la gloria conquistada en el
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campo de batalla, me alisté en la Legión Extranjera en agosto de 1914. Un insignificante soldado de infantería austriaco al servicio de Francia, su país de asilo. La Gran Guerra como una loca aventura, con el espíritu embriagado y la virilidad de la acción, o eso creía yo. Pero lo que hubo fue vida de trincheras, lluvia de obuses, olor a muerte, alemanes con sus cascos de punta. El miedo en el vientre, las cagaleras, las bocas reventadas, el ataque de Vimy con el general Pétain, la batalla de Verdún y el reemplazo de hombres, luego la supervivencia en el lodo y el clarín por los desaparecidos, el toque por los muertos antes de un caótico retorno a la vida.
Después del armisticio tan esperado, ¿qué iba a hacer yo?
Otra vez el miedo al hundimiento. La vuelta a la casilla de salida. La parálisis. En diciembre de 1919 encontré a Maria en un banquete organizado por la Unión Nacional de Combatientes. Maria Hutting, una belga autoritaria, ni fea ni guapa, una mujer refugio. Se quedó embarazada, nos casamos y nuestro hijo Jean-Jacques nació en 1921. Había que encontrar trabajo rápidamente y aquel mismo año la providencia llamó a la puerta: me nacionalicé francés en marzo, antes de ser contratado en el Ritz en abril, con la misión de abrir un bar de cócteles para una encopetada clientela cosmopolita. Al soldadito, la patria reconocida.
Antiguo combatiente, embarcado en el buque insignia del lujo parisino, seguí ascendiendo. Estaba en las puertas del Ritz. Entré allí por primera vez el 6 de abril de 1921, tenía treinta y siete años. Me iba a convertir en el barman de su sanctasanctórum.
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14 de junio de 1940
—Henos aquí de nuevo, cara a cara, con los boches —dice Georges—.
Pero esta vez nos jugamos menos la piel.
Ha pasado medianoche y Frank sufre una dolorosa migraña.
¡Qué extraña velada!
Los oficiales alemanes han seguido bebiendo como si estuvieran sedientos, una vez que el coronel se ha marchado; sobre todo aguardiente, de un trago y sin medida.
Y sin pagar nada, claro está. Es el precio de la debacle.
Le parece que han pasado varias vidas en pocas horas.
—Ve a acostarte, Frank —le dice Georges con la bayeta en la mano.
Mirada de resignación.
—Hemos de aprender a vivir con ellos.
Frank enciende un cigarrillo y ofrece otro a su viejo camarada.
Ambos se dejan caer sobre el Chesterfield. Frank se abstrae en el anillo de humo que se eleva hacia el techo y su moldura de madera tallada, sucia de tabaco.
Los dos permanecen un instante en silencio, como si trataran de espantar sus negras ideas con el humo de sus cigarrillos. Georges aplasta su colilla en el cenicero de latón y se levanta del Chesterfield.
—¿Sabes qué? —dice—. Cuando he visto a todos estos cabrones entrar en el bar hace un rato, he pensado en los compañeros. En todos los que murieron en Peronne, con las tripas en las patas. ¿Y todo para qué? ¿Para ver volver a los Schleus esta noche? Es para echarse a llorar, Frank.
Desde hace veinte años, Frank y Georges, como otros tantos millones, comparten las mismas pesadillas de la encerrona de las trincheras. Sus
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heridas, en realidad, nunca han cicatrizado. Esta noche, los boches han echado vinagre en ellas. Eso escuece.
Frank ha bajado al sótano para coger su cartera de cuero de su taquilla. Saluda al portero y se mete por la rue Cambon, completamente desierta. Hay toque de queda desde las diez, pero los alemanes le han proporcionado un Ausweis especial. Frank atraviesa la ciudad solo con sus
fantasmas.
Son casi las dos de la madrugada cuando cruza la puerta de su casa, en la rue Henri-Rochefort. Se tumba en la piltra y trata de evocar recuerdos más felices. Nueva York, Arletty, Hemingway: todo cuanto pudiera trasladarlo a una vida más dulce. Una mitad de nostalgia, un tercio de tristeza, una lágrima de abandono y dos pizcas de esperanza, este es el cóctel de la noche.
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Diario de Frank Meier
Fue Fitzgerald quien me sugirió la idea. Era la víspera de Navidad de 1934.
—Escriba un libro, Frank. ¡Arrasaría! —¿Un libro, yo? ¿Un libro sobre qué?
—¡Pues sobre usted, amigo, cuente sus secretos!
Acodado en la barra con su Dry Martini, Fitzgerald insistió. Escribir un libro es como abrir un surco, es hacerse inmortal.
Scott estaba convencido de que mi reputación bastaba para publicar un compendio de mis combinaciones y de mis trucos como barman. Los editores correrían a ofrecerme un contrato.
—Conviértase en el cronista de su propio viaje a la burguesía — añadió—, deje de una vez su clase social, sea un fugitivo, uno de verdad, ¡eche a volar!
Sus palabras todavía resonaban en mi interior dos años más tarde, durante la velada organizada en el Ritz para celebrar la publicación de mi libro. The Artistry of Mixing Drinks, un vademécum en inglés para uso de gente de mundo. Mil ejemplares, ni uno más. Avivar el deseo creando una rareza. En quince años, me había convertido en un personaje imprescindible en la élite del lujo. Mi bar se había transformado en un joyero de burguesía refinada. Yo era el hombre más temido por la alta sociedad parisina. Practicaba la hospitalidad selectiva, duro a la hora de hacer mis selecciones, solamente entraba la flor y nata, y en el otoño de 1936 ningún otro bar del mundo tenía una clientela tan distinguida como la mía. Era el feudo de los señores de la noche, dandis parisienses, escritores neoyorquinos, ricos herederos frívolos y diplomáticos ilustrados. Era mi obra: el duque de Windsor, Joséphine Baker, Georges Mandel, Gabrielle Chanel, Noël Coward, Sacha Guitry, Jean Cocteau,
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Winston Churchill, Serge Lifar, Cole Porter, Arletty, Hemingway, hasta Kermit Roosevelt, el hijo del presidente, cada uno tuvo su ejemplar numerado y dedicado. Aquella velada del lanzamiento fue una cima de elegancia y refinamiento. Las bodas de la aristocracia y la bohemia. Una auténtica consagración. Por la tarde, la casa Christofle me había regalado un neceser completo de cocteleras, coladores, rejillas y cucharas de bar, todo de plata, la orfebrería de los poderosos al servicio del modesto barman tirolés.
Al otro lado de la barra, yo inventaba, transmitía alegría, hacía piruetas. Georges, mi fiel lugarteniente, de punta en blanco, proporcionaba un servicio de primera calidad. Era socarrón y tierno y, en el fondo, aquella velada también era suya, era la velada de todos los bármanes. El fotógrafo Roger Schall nos enfocaba con su Rolleiflex, Hemingway me escribió un soneto en alejandrinos, y Arletty me llamaba «Frank, mi amor». Con un traje sastre entallado amarillo y blanco, me acuerdo perfectamente como si fuera ayer, largos guantes gris ratón, un sombrerito bibi negro, insolente y en frágil equilibrio, y un collar rosa de oro tallado, la vedete se había emperifollado solo por mi libro y por mí. En esa época, conducía ya un Bentley, cenaba de vez en cuando en La Tour d’Argent, me compraba mis trajes a precio de pachá y veía cómo lo más granado de París se acicalaba en honor de Frank Meier.
Y entonces llegó ella, a las ocho y media.
Con su mirada brillante y su aire melancólico, ataviada de reina de los gitanos, Blanche Auzello cautivó inmediatamente a todo el mundo, en especial a Hemingway y a Fitzgerald. La esposa americana del director estaba radiante con su vestido robe crayon de terciopelo berenjena y negro, encaramada a unos escarpines de charol, medias de rejilla y un collar libélula y aguamarina alrededor del cuello.
Balbucí un «buenas noches, señora».
Blanche Auzello me contestó con una distinción marcada con un acento neoyorquino que siempre he apreciado tanto. Cautivado, salí de la barra por unos instantes. Arletty había pedido un Manhattan y la diva se impacientaba:
—Dime, mi amor, ¿es que mi cóctel viene en ferri?
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Sonreí. Siempre tuve un inmenso afecto por Arletty. Creo que era recíproco. Una complicidad de clase, tal vez.
Como con Claude Auzello. Siempre nos hemos apreciado mutuamente porque los dos sabemos lo que ha costado el camino recorrido. A modo de guiño privado, el director del Ritz me regaló aquella noche un viejo posavasos con la efigie del Brunswick que había conservado entre sus cosas, y eso me emocionó. Claude me dio una palmada reconfortante en el hombro con su manaza. Sin decir ni una palabra. Me gusta la dignidad de ese hombre. Aquella noche fue mágica. El alcohol corría a raudales, gratis, a mi cuenta. Nunca hay que tacañear con la gloria. Muchas veces, entre un cóctel y otro, he pensado en aquel chavalillo austriaco acurrucado entre las terneras en un vagón helado, camino de Múnich. He pensado en Charley Mahoney, en Sofia, en los camaradas muertos en Verdún, ese infierno del que sigo sin saber por qué salí indemne. Me acuerdo también que Maria no vino aquella noche. No era ese su mundo, y lo que es peor, mi mujer lo despreciaba. «Tus cosmopolitas —decía— le chupan la sangre a nuestro viejo país».
Tendría que haberme dado cuenta de que no tardaría en dejarme. Mejor para ella. Maria se adhirió a la Acción Francesa al día siguiente y, seis meses más tarde, nos divorciamos. Qué importa. Aquella noche fue la cima de mi gloria. Scott tenía razón, ese libro será la huella de Frank Meier en el mundo de después. La prueba de su existencia.
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23 de junio de 1940
En el Ritz, los alemanes están en su casa. «En un Fritz, hay un Ritz», recalca Georges a la menor ocasión.
En menos de una semana, París se ha puesto a la hora alemana.
Pétain ha firmado el armisticio ayer y Frank casi se ha alegrado por ello.
Que le dejen el campo libre al viejo Mariscal.
Los relojes han tenido que adelantarse una hora para ajustarse con Berlín. Hoy anochece a las once y media, más de dos horas después del toque de queda. Así, cuando las estrellas se encienden paulatinamente, la cruz gamada ondea ya sobre todos los monumentos.
París, Frankreich.
Por la mañana, Hans Elmiger, el director general interino del Ritz por ausencia de Claude Auzello, ha dado a conocer el nuevo reglamento. Este suizo más bien anodino, sobrino del propietario, es la persona adecuada: representa la perfecta neutralidad. El gran hotel ha sido dividido en dos alas distintas: la que da a la Place Vendôme está reservada a los oficiales de alta graduación de la Wehrmacht y a los dignatarios del Reich, el ala que da a la rue Cambon permanece abierta al público y podrá albergar a civiles, con libre acceso al restaurante y al bar. A continuación, Elmiger ha mandado instalar en el gran vestíbulo de entrada un magnífico cofre de madera para que los «huéspedes militares», como él los llama, depositen allí sus Lüger.
—¡Señor Meier! —Se acercan cuatro oficiales alemanes, uno de los cuales es el teniente coronel Soehring.
Es la voz con suave acento piamontés de Luciano, su joven aprendiz, desde su puesto de vigilancia. No tiene aún diecisiete años y ya lo ha
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asimilado todo. Frank siente por él un afecto que incluso lo sorprende. Al principio, el barman desempeñaba el papel de un tutor distante por amistad con su madre, a quien había conocido en una de sus antiguas vidas en Nueva York. ¿Se han unido más debido a ese secreto que los incomoda, pero que los hace más precavidos a la hora de correr riesgos? En el registro civil, Luciano se apellida Levi. Además, está circuncidado, lo que lo vuelve más vulnerable a la denuncia. Frank ha decidido contar que el muchacho venía de Lugano, en el Tesino, y no de Livorno, donde sería más fácil rastrear sus huellas. Hijo de comerciantes acomodados que lo han enviado a Francia para huir de las leyes raciales de Mussolini, el joven llegó a París hace dos años para aprender el oficio. Su candor lo ha empujado a contárselo todo a Frank, a quien idolatra, y a ponerse bajo la protección del barman.
El chico se ha aprendido de memoria cómo se llaman todos los Fridolins y cuando los suboficiales de la Wehrmacht aparecen, él los saluda por su nombre sin equivocarse nunca.
Luciano es la sonrisa del Ritz, más valiosa que todos los alcoholes del bar. Chaqueta blanca, corbata negra con nudo Windsor, delgado y esbelto, llama la atención por su aire ligeramente acanallado. A Frank le divierte que, desde hace unos días, se peine como él: raya en medio, pelo engominado a ambos lados. Mientras que el resto de empleados se marchita en la amargura, Luciano se divierte ante las trampas. Se anticipa, le gusta el riesgo, es un jugador nato. ¿A alguien le sorprende su pasión por las carreras de caballos? Se ha pasado la adolescencia junto a un hipódromo, en Turín, como subalterno de un palafrenero. Frank le había prometido llevarlo algún domingo a Auteuil, pero nunca encontró tiempo y ahora es demasiado tarde: los alemanes han prohibido las carreras. Un inconveniente para Frank, ya que, con tal de asegurar su elevado tren de vida, estaba acostumbrado a llevarse una comisión por las apuestas en el bar.
Hay que encontrar otro plan. ¿Pero cuál?
Acabará por encontrarlo, sin duda, siempre ha sabido hacerlo. Por el momento, Frank se niega a vender su Bentley Blower a los boches: este coche es su orgullo de triunfador.
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El carillón del reloj de pared de ónice blanco da las seis. Todo listo para una nueva velada en el frente de esta guerra de pega. Georges se ajusta su chaqueta antes de ir a abrir y pone cara amable.
—Sonrisa y cortesía, ¡el espíritu de París!
Muy bien, Georges, resiste ahí.
Pero ¿por cuánto tiempo?
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1 de julio de 1940
¡Por fin ha acabado este maldito mes de junio!
Nadie sabe lo que deparará julio, pero empieza en lunes, primer día libre para Frank Meier desde la entrada de los alemanes en París. Sale el sol, siguen vivos, el Ritz parece salvado.
El negocio estuvo en un tris la otra noche en la barra. Aprovechando que el coronel Speidel venía a darse el gusto de un Golden Clipper antes de cenar, Elmiger y su adjunto, el escurridizo señor Süss, dieron la voz de alarma: sin fondos suplementarios, el ministro Goebbels, cuya llegada es inminente, se verá obligado a brindar con agua de Seltz.
Speidel solo tuvo que hacer una llamada al Meurice, donde se ha instalado el cuartel general militar, y el asunto se arregló: el general Streccius ordenó al Banco de Francia la apertura de una línea de crédito de un millón de francos para el Ritz. Cuando llegó la confirmación oficial, Elmiger cambió su limonada por un Glenfiddich doble sin hielo.
Luego la calculadora se puso en marcha.
Frank se ha despertado tarde esta mañana, ha leído el Paris-Soir de la víspera con su café solo, limpiado la cocina y doblado la colada. Para almorzar, ha tomado únicamente una rebanada de pan negro untado de paté de las Ardenas con un vaso de borgoña y se ha plantado en el Boulevard des Capucines. Ataviado con su terno de tweed de espiga gris, acompañado de una corbata escocesa roja y verde, busca rastros de la ciudad de antes, de la ciudad de hace apenas un mes.
Por primera vez, Frank se sorprende al pensar que los alemanes tal vez no se vayan nunca.
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En la rue d’Antin entra en su sastrería habitual. Frank había encargado en abril dos camisas de popelina a medida. Huelen a nuevo y a viejo a la vez. Basta una mirada cómplice a los dos empleados para intercambiar su amargura. A modo de excusa por haber tenido que cerrar unas semanas, el sastre le ofrece un minúsculo clavelero de estaño que ha llenado de agua antes de meterlo en el bolsillo exterior de la chaqueta. Maravillosa chuchería que mantiene viva la flor del ojal. Mañana por la tarde, Frank pondrá ahí un clavel blanco, para rivalizar con los galones prusianos.
Impresionar a los boches: por ahora, la mejor arma que he encontrado.
Al salir, busca con la mirada un taxi —los viejos reflejos—, pero decide caminar a pie por el XVII.º Distrito. La dulzura del verano ahuyenta poco a poco sus ideas sombrías. Sin embargo, justo detrás del parque Monceau, un letrero le llama la atención:
COMERCIO PROHIBIDO A LOS JUDÍOS
Le da un escalofrío. Frank Meier, a quien la flor y nata cree conocer perfectamente, el mejor amigo de los bebedores más elegantes, respetado por la sociedad más cosmopolita de los cinco continentes, arriesga su vida sin ninguna gloria a cambio, pero nadie lo sabe. Lo de Luciano es harina de otro costal. Hasta ahora, Frank trataba de no pensar demasiado en ello; a los oficiales de la Wehrmacht les importan poco esas historias sobre los orígenes de uno. Están menos obsesionados que los nazis. Además, con el falso pasaporte suizo que Frank le ha conseguido —nunca se es demasiado prudente—, debería estar más o menos a salvo. Pero Luciano es joven, Luciano es jugador, un paso en falso podría ser fatal.
Mientras sube por la escalera de la rue Henri-Rochefort, Frank comprende que nunca estará tranquilo del todo y que en adelante habrá de tener cuidado por los dos. El barman del Ritz y su aprendiz, dos judíos atrapados.
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11 de julio de 1940
Frank se despierta sobresaltado. Son las tres de la madrugada. Temblando, con las sábanas empapadas de sudor, nadaba en la fría
corriente de las angustias sepultadas.
Pronto hará un mes que los alemanes están aquí y qué he hecho yo. Le lamo el culo a Speidel con la esperanza no sé de qué, me he convertido precisamente en lo que quería evitar. ¡Buenas noches, señores! ¿Un Ron Fizz, mi teniente?
Sonreír a los alemanes, es lo que os corroe por dentro.
Sin embargo, ayer le han devuelto a Philippe Pétain los plenos poderes.
Finiquitada la República corrupta. ¡El Mariscal por fin está al mando!
La víspera, el viejo militar con quepis ha hablado por la radio. La voz es un poco temblorosa, pero habla claro.
Desde las primeras palabras de su discurso, Frank ha vuelto a encontrar a su Mariscal: «Francia, sola frente a su destino, hallará una nueva razón para templar su valentía conservando intacta su fe en el futuro».
Frank conoció a Pétain cuando era tan solo general. Fue en abril de 1915, en el frente norte. El austriaco había tomado partido por Francia, su patria de corazón; esta estaba siendo atacada y él se rebeló —se tiene sentido del honor o no se tiene—. En la primavera de 1915, se hallaba bajo las órdenes de Pétain, un caudillo que no se parecía a los demás.
Habían atacado a los boches en las alturas de Arrás, por la cresta de Vimy. Artillería, bombardeo, ataque a la luz del día, en el momento adecuado, en el lugar adecuado: el 9 de mayo, la división marroquí perforó
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las líneas alemanas —¡hacía meses que el ejército francés esperaba un boquete como aquel!—. Pero los refuerzos se retrasaban y avanzar en solitario habría sido un suicidio. Pétain detuvo la ofensiva y la guerra se eternizó.
«Nuestro programa es devolver a Francia las fuerzas que ha perdido». La voz del Mariscal en la radio le traía muchos recuerdos. Marzo de
1916, Verdún, Georges y los otros, y luego Craonne, la carnicería. «¡Démonos a Francia! Ella siempre ha llevado a su pueblo a la
grandeza».
Frank da vueltas en la cama y piensa en este nuevo residente permanente que van a acoger en el Ritz. Herman Goering deberá ocupar las habitaciones del primer piso, donde está la suite imperial.
Goering se instalará en la Place Vendôme después de que terminen unas pequeñas obras en verano, concretamente la ubicación de una inmensa bañera. Frank ha investigado por su cuenta, no ha tenido que presionar demasiado. Un oficial de la Luftwaffe, ebrio de coñac, al acabar la noche le contó en confidencia que «el hombre de hierro» necesita tomar tres largos baños diarios «por razones de salud». No quiso decir más, pero el barman comprendió. Blanche Auzello también tomaba largos baños para mitigar su dependencia de la morfina. ¿Qué pasa con ella? Frank puede mentirse a sí mismo durante el día, pero por la noche todo se revela. Blanche nunca lo abandona. Un fantasma. Intocable. ¿Qué lugar ocupa ella en este desmadre?
La iglesia sueca, a pocos pasos de su casa, da las cinco de la mañana.
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Blanche. La más audaz de todas. La primera vez que Meier puso los ojos en ella fue en el Ritz, en la Galería de las Maravillas, un día de 1925. Para él fue como una aparición. Su contrario, su doble. Tan bella y arrogante que le hizo sentirse un don nadie. Tan llamativa era ella como discreto prefería ser él. Y en el fondo, vulnerables ambos. El director ya le había enseñado una fotografía de su mujer, pero ninguna imagen habría sabido hacer justicia de la delicadeza de sus ademanes: los hombros hacia atrás, la cabeza alta y unas piernas largas como una tarde estival. Pelo azabache, rostro empolvado ligeramente de rosa, labios encantadores y una liviandad en las facciones que neutralizaba una mirada tenebrosa. Una princesa en el exilio.
Frank Meier y Claude Auzello se conocían desde 1909. No llegaron a ser íntimos, pero ambos se tenían en alta estima. Los dos formaban parte de los precursores de este barrio de la Ópera que se había convertido en la guarida favorita de los americanos en París. Los dos habían ganado dinero. Los dos habían sobrevivido a la Gran Guerra. Al regresar del frente, Claude Auzello había pasado a ser director adjunto y después director general del Claridge, hotel lujoso al que vino a parar desde Manhattan, en 1922, una joven actriz norteamericana que soñaba con hacer carrera en el cine por haber salido en algunas películas mudas. La chica de la Costa Este y el guapo mozo del sur no tardaron en casarse, unión que acabaría con los sueños de gloria de la joven Blanche.
Unos meses más tarde, Claude Auzello era fichado por el Ritz como director adjunto. Su excelente reputación le abrió el camino y él soñaba con ello desde hacía mucho tiempo —¿quién, en el mundo de la industria
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hotelera, no soñaba con el Ritz?—. Sin embargo, él apuntaba más alto todavía. Poco tiempo después de su llegada, preguntó a Frank si podía verlo en un lugar discreto. Había oído decir que la viuda Ritz desconfiaba de los judíos.
Era marzo de 1924 y París se helaba. Los dos hombres se encontraron en el Café de la Paix en torno a un caldo de Viandox. Auzello le explicó a Frank que Blanche se apellidaba de soltera Rubenstein y era hija de un matrimonio judío alemán emigrado a Estados Unidos a finales de los años ochenta del siglo pasado. Auzello temía que eso perjudicara su carrera en el Ritz, donde Marie-Louise llevaba firmemente las riendas desde la muerte de César. Frank aún no había visto a Blanche, pero tenía contactos capaces de auxiliar a su nuevo patrón. En concreto pensó en un viejo cliente del bar, funcionario en la embajada estadounidense, que tenía una considerable deuda que saldar; no fue muy complicado eliminar la ascendencia askenazí de la joven neoyorquina. Una denuncia de pérdida en la comisaría, nuevos documentos de identidad falsificados y certificados por el cómplice con un nuevo apellido de la joven que nadie en París podría verificar. En unas semanas, Blanche Rubenstein se convirtió en Blanche Ross, nacida en Cleveland. Una perfecta cristianita del Medio Oeste. Frank se contentó con una comisión del diez por ciento —la misma que él empezaba a pedir por las apuestas hípicas a cambio de sus soplos— y Claude Auzello pudo encarar con serenidad su ascenso hacia la dirección del Ritz, que consiguió dos años más tarde.
Los primeros escarceos entre Frank y Blanche Auzello se resumieron a unas simples cortesías de pasillo. Frank conocía perfectamente la identidad de la joven y Blanche no ignoraba el papel que él había desempeñado en la obtención de sus papeles. Luego, una noche de 1931, poco antes de Navidad, ella entró en su bar. 1931, el año de la creación del Petit Bar, enfrente de su hermano mayor, el Café Parisien: lugar reservado a las mujeres para que ellas también pudieran beber alcohol en un espacio público. Una iniciativa inédita en la alta sociedad europea. Claude Auzello estaba a favor, Marie-Louise Ritz estaba en contra. Decidieron probar por un mes, bajo estricta supervisión. Dos semanas más tarde, el éxito había
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sobrepasado las expectativas: aquellas damas se volvían locas por los cócteles de Frank y por esa libertad nueva que no amedrentaba a sus monederos. El hotel reflotaba su economía maltratada por la crisis que acababa de alcanzar a Europa y mimaba su reputación de establecimiento innovador en el Viejo Continente. La viuda Ritz se decidió a mantener abierto el Petit Bar, con la estricta condición de que no fuera mixto. Asunto concluido. Una auténtica fiebre del oro.
La gestión del Petit Bar le fue encargada a Georges Scheuer y Frank oficiaba por allí de vez en cuando. Eran los únicos hombres autorizados en medio de ricas elegantes.
Sin el menor titubeo, Blanche Auzello se había sentado a la barra sobre un taburete como una clienta más. Llevaba un vestido de flores de seda de Siam con un gorro de fieltro azul, como si se burlara de la llegada del invierno. Y con un aire travieso, «mientras esperaba a una amiga que se estaba retrasando», pidió un Bijou. Frank se sorprendió: ¿cómo podía conocer ella ese anticuado cóctel? Nadie en el Ritz pedía un Bijou, mientras que él había servido cientos en el bar del Hoffman. Era un clásico a principios de siglo, inventado por el papa de los bármanes, Harry Johnson, y había sido enterrado con la Prohibición. El Bijou reunía los colores de tres piedras preciosas: ginebra por el diamante, vermú por el rubí y chartreuse por la esmeralda.
Esa mezcla sutil le sentaba de maravilla a Blanche Auzello. Se sopló tres en dos horas. La amiga que se retrasaba nunca apareció.
Entre un cóctel y otro, Frank y Blanche intercambiaron sus recuerdos de Nueva York. Ella le contó cuando, al caer la tarde, iba al speakeasy[1] del Plaza con su amiga Pearl White, vedete del cine mudo. Su pasatiempo preferido consistía en ligar con jóvenes corredores de bolsa de Wall Street que las invitaban a pasar el fin de semana en sus suntuosas villas de Long Island.
Bajo su aparente melancolía, Blanche desplegaba tal fuerza vital que Frank habría dado lo que fuera con tal de tener veinte años menos y volver con ella a Nueva York. ¿Sentía Blanche lo mismo? Ella pidió una tercera copa. Como para sellar un pacto. Un poco ebria, se burló de las santurronas ajadas del Medio Oeste. Luego, en un murmullo apenas audible, dijo: «Nunca le estaré lo suficientemente agradecida por lo que
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hace, Frank, mi bravo Claude nunca habría conseguido ser director sin…», antes de confesar que ella era incapaz de situar Cleveland en un mapa. Se echaron a reír. Compartían, pues, un secreto, el de su pasaporte falsificado. Blanche añadió en voz baja que, a pesar de todo, le parecía extraño tener que disimular ante los demás una parte de sí misma.
Ella ignoraba, por supuesto, que él era también judío. Frank estuvo a punto de confesarlo, pero se echó atrás. Nueve años más tarde, sigue alegrándose por no haberlo hecho. Recuerda aún el ardiente deseo de besarla que tuvo aquella noche.
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24 de julio de 1940
—Señor, el director lo espera en su despacho. Lo antes posible — anuncia Luciano con voz sepulcral.
Frank no hace preguntas. El rostro del muchacho lo dice todo: la hora es grave. Se arregla el cuello ante el espejo, piensa por un instante en su hijo.
Ya está, la Vieja ha debido de dar la orden, me van a echar.
Al llegar delante de la puerta del despacho, da tres golpes con aplomo y entra sin esperar.
Enseguida se da cuenta de que se ha equivocado. Mustio en su sillón de cuero, Elmiger ni siquiera se ha tomado la molestia de levantarse. Está nervioso, bebe a pequeños tragos un whisky con hielo y su silueta se nubla entre las volutas rubias de su cigarrillo. El traje de director, sin duda alguna, le viene demasiado grande y la débil luz de la lámpara en forma de bolsa de agua caliente con su tulipa de friso dorado no pega con el cuadro. En la penumbra, Frank termina por reparar en la presencia de Süss, que está de pie al lado de Elmiger. Tieso, serio, ojos azules y un impecable mechón rubio, el «Vizconde» Süss hace una ínfima inclinación de cabeza. Una ligera deformación del labio superior le da un aspecto sarcástico. Con un gesto lento, el adjunto no duda en invitar a Frank a sentarse sobre la poltrona góndola instalada frente al escritorio. Finalmente dice:
—La señora Ritz estará de regreso aquí el lunes por la mañana.
Frank acusa el golpe. Elmiger suspira.
—Y eso no es todo.
¿Ah, no?
—Claude y Blanche Auzello llegarán el martes —añade Elmiger con tono cansado—. No obstante, es evidente que Claude Auzello no puede
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volver a su puesto de director, no habla alemán.
—Por consiguiente, el director seguirá siendo Elmiger —concluye Süss.
Menuda bomba. Se avivaba la antigua querella entre la Vieja y los Auzello. La viuda del fundador le había cogido manía a la mujer de su director. ¿Qué otra cosa podría haber sido? Marie-Louise es mujer de otra época. Nacida en tiempos de Napoleón III, hija de hoteleros alsacianos, educada con rigidez, en 1918, tras la muerte de César, se puso del lado de los accionistas hasta que estos la nombraron presidenta del consejo de administración, una proeza inaudita. Hasta Frank lo reconoció: Marie-Louise también ha sabido ser audaz.
Marie-Louise y Blanche. Dos exiliadas, dos mujeres fuertes: habrían podido estar unidas. Se odiaron hasta la ruptura, violenta, definitiva. Fue en la primavera de 1936. Impulsada por el Frente Nacional, donde por primera vez tres mujeres habían sido nombradas subsecretarias de Estado, Blanche Auzello había logrado convencer a su marido para que aboliese la prohibición de bares mixtos en el Ritz. Marie-Louise estaba en contra, por supuesto, pero Frank se dio el gusto de obedecer las instrucciones de su director. Por eso, en el mes de junio, por primera vez en la breve historia de los hoteles de lujo, los hombres y las mujeres se pusieron a brindar en la misma barra.
Eran casi las once de aquel 15 de junio de 1936 cuando Marie-Louise Ritz entró en el bar acompañada de sus dos grifones belgas, con las manos enguantadas en encaje negro y una esclavina de armiño en los hombros. Un silencio de muerte se abatió sobre los animados clientes. Sin embargo, los verdaderos habituales del hotel siguieron hablando en voz alta, con Arletty y Guitry a la cabeza. Ella echó una mirada llena de desprecio sobre los cincuenta invitados que habían acudido a la gran inauguración. La viuda Ritz contra lo más granado de París: un viejo duelo tenía lugar allí, en el bar, el de la tradición contra la vanguardia, la eterna disputa que había labrado la gloria del gran hotel desde su apertura, cuando dos Francias, en pleno caso Dreyfus, se habían encontrado en la Place Vendôme. De un lado, la burguesía conservadora y antisemita mimada por
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Marie-Louise Ritz. Del otro, los artistas e intelectuales dreyfusistas que se reunían en torno a Sarah Bernhardt, amante del chef de cocina Auguste Escoffier, socio de César. De nuevo una rivalidad de mujeres. Y ahora, cuarenta años más tarde, Marie-Louise volvía a enfrentarse a otra mujer, mucho más popular que ella.
Blanche Auzello estaba sentada en un taburete, con el codo puesto delicadamente sobre el pasamanos cobrizo de la barra. Ataviada con un vestido largo de crespón crema, miraba a Marie-Louise sin desprenderse de una vaga sonrisa, mientras esta la cubría de frases viperinas. El cabreo se apoderó del lugar. El mundillo nocturno no iba a dejarse insultar sin replicar. Frank sabía que la respuesta no vendría de Blanche, sino de la mujer que estaba a su lado, su misteriosa e inseparable amiga, la que, junto a ella, había promovido que las mujeres tuvieran por fin derecho a beber con los hombres: la rutilante Lily Kharmayeff. Conocida por todos simplemente como «la Kharmayeff», era una belleza andrógina, antigua bailarina de un ballet ruso que se había convertido en aventurera de la noche, siempre vestida con chaqueta y pantalón negros, cabeza alta y verbo insolente. Cuando Marie-Louise hubo acabado de esparcir su odio, Lily hizo sonar su calderilla en el bolsillo y dio un paso adelante.
—Usted toma el camino de la tradición como un peregrinaje, señora Beck —soltó Lily, recordando adrede el apellido de soltera de Marie-Louise, cuando era una hija más en un hogar modesto—. Blanche siempre ha preferido el bandolerismo.
La multitud de zazús entusiastas aporreó tan ruidosamente que nadie oyó a los dos grifones de la Viuda ladrar con rabia. Entonces Blanche Auzello se levantó y con un gesto tranquilizó a la concurrencia. Bijou en mano, risueña, dio el golpe fatal:
—¡Viva el siglo XX!
El bar repitió la frase a coro. Pálida, la Viuda derrotada se fue finalmente sin que nadie le dijese una frase amable. Frank recuerda aún a Guitry dándole una patada furtiva a uno de los grifones.
Al día siguiente se convocó un consejo disciplinario: se les prohibió la estancia en el Ritz a Lily Kharmayeff y a Blanche Auzello si no presentaban por escrito sus excusas. Marie-Louise Ritz tuvo que seguir una cura de reposo en Suiza en casa del barón Pfyffer, de quien todo el
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mundo en el hotel suponía que era su amante desde hacía veinte años. Y para no sentirse humillada, puso como adjunto de Claude Auzello al fiel sobrino del barón, Hans-Franz Elmiger.
Parecía haberse hallado cierto equilibrio.
Qué lío, piensa Frank, inmerso en sus recuerdos. La pareja Auzello y la Viuda otra vez juntas en el Ritz, en medio de los alemanes, quién se lo iba a imaginar.
Elmiger, Süss y Frank permanecen un rato en silencio. La noticia flota sobre ellos en la habitación llena de humo.
Frank pagaría lo que fuera por saber lo que los dos helvéticos piensan el uno del otro. Pero Elmiger y Süss no son más que dos peones en un juego que los supera. Elmiger aplasta su cigarrillo en el cenicero, Süss se sirve un vaso y Frank se calla.
De vuelta, Meier trata de poner orden en sus ideas. Se había visto ya despedido, pero lo han aplazado. Sabe que la Vieja lo echará a la menor ocasión. O tal vez sea él mismo quien se marche. Cruzar la línea y reunirse con su hijo en Niza, por qué no. Sería la ocasión de desempeñar su papel de padre. Jean-Jacques era su cita frustrada. Frank lo ha sacrificado todo por el Ritz y por su prestigiosa clientela, pero ahora, en medio de los boches, ¿para qué? Dejarlo todo y empezar de nuevo ya lo ha hecho antes. Pero entonces era más joven.
El aprendiz era yo, en aquella época. En cambio, hoy…
Aprieta el paso bajo una lluvia incipiente. Al embocar la rue Henri-Rochefort, trata de imaginarse París sin el Ritz.
Imposible.
Aprovéchate de los Schleus todo lo que puedas. Sé más cínico, como Georges. Recuerda lo que decíamos en la Legión: si eres valiente, te arriesgas a que te maten; si eres cobarde, te arriesgas a que te capturen; si montas en cólera, te arriesgas a que te trasladen; si eres susceptible, te arriesgas a que te humillen; si te compadeces, te agobiarás. Así que
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encuentra el camino entre las líneas, muévete, repta, arrástrate, ¡puedes hacerlo, Frank!
Más que a Luciano, más aún que a Blanche, lo que tiene que proteger es su bar. Es una cuestión de dignidad, un modo de ver el mundo que no va a dejar a merced de los boches ni de la Vieja. De ninguna manera va a desertar.
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Diario de Frank Meier
La belle époque acabó el 14 de agosto de 1914. El día en que firmé mi alistamiento en la Legión Extranjera. Claude Auzello había sido movilizado el 4 de agosto. Diez días más tarde, yo me convertía en soldado de infantería al servicio de Francia contra el Imperio de Guillermo II, aliado de Austria-Hungría, mi país natal. Me incorporé al 2.º Regimiento Extranjero, en principio sin alemanes ni austriacos; en realidad, había unos cuantos, voluntarios como yo. Me instruyeron en el manejo de un fusil Lebel en el campamento de Mailly, en el Aube, la región del champán…
Y luego, enseguida, tuvimos la primera prueba de fuego. Un diluvio de acero, una ronda de muerte. Tenía treinta años, se había acabado la fiesta. Un abismo. Encontré a Georges en las llanuras desoladas del Mosa. ¿Cuántas veces creímos reventar en aquella locura sanguinaria? ¿Diez, cien, mil veces? Oí a mis compañeros de agujero aullar toda la noche como bestias salvajes, solos frente a la parca en la tierra de nadie entre dos líneas, sujetándose las vísceras con la mano. He cruzado miradas de horror con tiarrones que llamaban a sus madres. Nos embriagábamos de éter como si fuera alcohol antes del asalto, y luego nos atormentaban los gritos atroces de los muchachos heridos, operados sin el cloroformo que les habíamos robado. ¡Cuántas veces no me habré cagado en la trinchera y habré estado con el pantalón pringado de diarrea! Muchas veces mi escudilla tenía el sabor de mi propia mierda mezclada con la de los otros. Hemos visto cuerpos mutilados, abrasados, hemos tenido las fosas nasales infestadas por la carne quemada y el olor de la sangre seca. Hemos visto sufrir a hombres que luego hemos matado. Desde entonces, vivimos como podemos. Esta es la verdad. Yo salí de allí sin un rasguño. Nada. Y sin embargo, no era ningún gandul. Es un milagro, como si la vida hubiera
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decidido preservarme para poder proseguir en mi camino. Solo guardo en mi corazón el ataque a la cresta de Vimy con Pétain. Menuda paliza les dimos a los boches. Un orgullo. El sentimiento de haber tenido bravura.
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Segunda parte
GUERRA DE MOVIMIENTOS
AGOSTO-NOVIEMBRE DE 1940
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16 de agosto de 1940
Marie-Louise Ritz ha regresado de Lucerna. Dicen que en buena forma, lo que hace presagiar lo peor. Esta noche, durante su insomnio, el barman ha contado los años: se cumplen ya cuatro que no la ve.
En el bar del Ritz, los oficiales han sentado sus reales. No hay noticias del coronel Speidel desde hace diez días, Georges hace reverencias, Frank se acostumbra. Los dos bármanes fingen y evitan temas escabrosos. A veces, Frank tiene la impresión de estar actuando: hace los gestos, pero la cabeza está en otra parte. A ciertos altos mandos, a menudo los más discretos, los sorprende con sus cócteles. A otros, se da el malévolo gusto de servirles un burdeos de 1933, el año del ascenso al poder del Führer y el de la peor cosecha de la década. Ha subido los precios, las reservas no tardarán en agotarse.
Al otro lado de la Galería de las Maravillas están todos reunidos en el salón Vendôme, donde el embajador nazi en París Otto Abetz da una cena de gala en honor de la nueva amistad franco-alemana. Luciano ha sido requerido para la ocasión. Frank ha ido a echar un vistazo: ¡un banquete de bodas en toda regla! De entrante vieiras gratinadas con crema de azafrán, huevos de codorniz escalfados en caviar —Frank ha pillado dos en la cocina, deliciosos—, medallones de cordero Eduardo VII, puré de alcachofa y nabos tiernos glaseados, acompañado todo de un Château Ausone de 1900. Para acabar, un crujiente de calvados y su granizado de aguardiente de champán, con una copa de Roederer Cristal.
Una reputación debe mantenerse cueste lo que cueste, y Marie-Louise Ritz ha sabido hacer notar su regreso.
Frank reconoce algunas caras entre los alemanes. Speidel no ha pasado por el bar, pero está ahí, charlando animosamente con el teniente coronel
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Soehring. Por parte francesa, Pierre Laval ha venido con su hija Josée y su yerno, René de Chambrun. A Frank le gusta mucho Laval. Habla claro, es directo y es un pacifista. En su mesa, el almirante Darlan de civil, el mosquetero Jean Borotra y el abogado Fernand de Brinon. El clan del Mariscal está en orden de batalla. Parecen serenos, casi bravucones.
Luciano hace su aparición con una botella de burdeos en la mano para servir a esos nuevos amos de Francia. Laval le murmura una frase amable, los hombres brindan —en el fondo, el país no pide más que eso: la paz y basta così—.
De vuelta a su lugar en el bar, Frank echa una mirada a los periódicos. «Vivimos horas extraordinarias; no sabemos lo que somos», escribe el editorialista de Le Matin, para quien la situación no es tan siniestra como se hubiera podido temer. Frank no puede estar más de acuerdo.
¡A trabajar con valentía! ¿Hay otra solución, acaso?
—Frank, ¡qué demonios! Quiero saber qué está haciendo la señora Auzello.
La voz seca y nerviosa de Süss lo saca bruscamente de sus pensamientos. Hace ya unos días que el matrimonio ha vuelto. Claude ha bajado a estrecharle la mano a todo el mundo, cortés y paternal pese a haber sido apartado. Blanche, en cambio, permanece invisible y por eso han empezado a circular las habladurías. Ayer, en el lobby, Frank oyó cómo un botones le contaba al conserje que había abandonado al antiguo director para regresar a Nueva York. A Süss le encantaría oír esa historia, pero un verdadero barman no se rebaja a divulgar rumores. Lo que él piensa es: morfina.
—La señora Auzello tal vez esté aquejada de migrañas —sugiere el barman—. No es la primera vez que no sale de su habitación durante varios días…
El director adjunto tuerce el gesto. No se lo cree. Tiene miedo. El vizconde se frota nerviosamente las manos. La Viuda y él comparten una obsesión: hay que evitar cualquier exceso de Blanche. Pero ¿cómo controlarla, si ni siquiera pueden verla?
—Sé que ayer por la noche mandó que le subieran una botella de Perrier-Jouët a las habitaciones de los Auzello —afirma el vizconde con
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tono crispado—. La próxima vez que pidan una bebida, quiero que se ocupe usted de ello personalmente. ¿Entendido?
—Perfectamente —dice Frank—. Cuente conmigo.
Süss termina su whisky de un trago y se va a toda prisa.
Frank cierra el bar, tiene la mente turbia. La Vieja y sus dos suizos ya pueden esperar sentados: no piensa subir donde los Auzello. No se moverá. No será él el primero que dé el paso hacia Blanche. Si ella quiere verlo, que baje. Y si busca morfina, ya sabrá dónde encontrarla. Como aquel día de junio del año pasado.
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Diario de Frank Meier
Después del golpe de efecto con la Kharmayeff contra la Vieja en junio de 1936, Blanche se anduvo con mucho cuidado durante varios meses. En la primavera siguiente, volvió progresivamente por el bar hasta hacerse un sitio en el Club de los Elegantes, que se citaban los jueves por la noche. Cómo los cautivaba a todos, especialmente a Hemingway y a Fitzgerald. Hasta Guitry la había adoptado, con lo misógino que era.
Al otro lado de la barra, yo servía, animaba, inventaba.
Como hacía Arletty, Blanche también me llamaba «amor» con su ligero acento neoyorquino, pero era un guiño inocente, en mi opinión. Aparecía por allí del brazo de los clientes más vulgares, o bien sola, para encadenar un cóctel tras otro, con la mirada cada vez más vidriosa. Tendría que haberme dado cuenta de que era presa de la más dura melancolía. Lily Kharmayeff se había ido ocho meses antes a luchar contra Franco con los republicanos españoles y la echaba de menos terriblemente. Lily llevaba una vida aventurera, mientras que Blanche, atrapada en el confort del Ritz, tenía que aprender a matar el tiempo. No le hallaba un sentido a su vida, estaba ociosa y bebía demasiado. Llenaba sus largos días leyendo novelas. Las de Proust parecían comprenderla tan bien. Se sabía de memoria el final de Un amor de Swann y pensaba, taciturna, en los años que podemos malgastar amando a alguien que no nos gusta y que, en el fondo, no es nuestro tipo.
Yo solo veía que se apagaba.
Y entonces llegó el 8 de junio de 1939. La noche había transcurrido tranquila, como siempre a principios de semana. No quedaba nadie más que ella, sola al piano. Tocaba una Gymnopédie de Satie en una versión enfebrecida, como un acróbata en el alambre. Le propuse una infusión de jazmín. Ella prefirió su famoso Bijou y me suplicó que brindara con ella.
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¿Cómo negarse? Con el alma sombría, preparé el Bijou y me preparé un bombardero generosamente cargado de bourbon, recuerdo de mi juventud en Manhattan. Cuando Blanche se sentó a la barra, la abertura de su vestido azul celeste dejó ver el encaje blanco de su sostén acogiendo un seno redondo. Nunca la había encontrado tan bella.
—El siglo XX empieza a aburrirme —dijo llevándose el vaso a los labios.
De pronto, se inclinó sobre la barra, me cogió lentamente por el cuello de la camisa y me atrajo hacia ella, con los ojos cerrados. Sus labios rozaron los míos, se detuvieron en ellos un instante.
Su mano se posó sobre la mía. Blanche se había puesto ya de pie. Tenía que irse, se hacía tarde, esperaba conciliar el sueño. Tal vez yo podría ayudarla.
Tendría que haber sabido enseguida el precio de ese beso. Pandora acababa de depositar su caja ante mí, no tendría que haberla tocado siquiera. Pero la tentación era demasiado fuerte. Respondí que no podía hacer nada por ella esa noche, pero que encontraría una dosis para ella al día siguiente. ¿Por qué diablos cedí con tanta facilidad? ¿Por el temor ancestral a no satisfacer las expectativas de una mujer a la que queremos poseer? Y eso que en Nueva York había visto a decenas de muchachos dispuestos a todo por abrazos que nunca se habrían producido. Un hombre listo sabe esas cosas, y un barman experimentado lo sabe más que nadie. Sin embargo, con cincuenta años, caí en la trampa. Era algo más fuerte que yo. Me perdía la pasión. Esa mujer me embrujaba. Su belleza con aroma a desolación actuaba sobre mí como un imán. Temía que desapareciese de golpe si yo le negaba lo que fuera que ella quería. Y además, compartíamos al menos una cosa: debido al odio tan extendido, ambos éramos dos judíos camuflados. Blanche ignoraba que yo era un modesto judío del Este, pero me poseía el sentimiento pujante de tener con ella un vínculo secreto. Una entelequia, sin duda.
De ese modo me convertí en el único proveedor de paraísos artificiales de quien, en adelante, día y noche, iba a ocupar mis pensamientos. Pero la morfina era cara. A finales de julio, empecé a llevar una doble contabilidad en el bar.
El barman se había transformado en ladrón.
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Por una ironía del destino, fue la guerra la que me salvó. El 3 de septiembre de 1939, Claude Auzello fue movilizado y designado oficial instructor en un cuartel de la zona de Niza. Blanche no tuvo más remedio que acompañarlo. Con el corazón destrozado, le proporcioné morfina una vez más, para que tuviera durante unas semanas. Gasté lo que me quedaba. Luego, la llegada de los alemanes en junio descuadró todas las cuentas. En un abrir y cerrar de ojos, ni pérdidas ni beneficios. Quedaba el sabor amargo de la perversión: por Blanche, por poseerla como fuese, me había convertido en lo que siempre había detestado, un embustero, un tramposo, un inmoral.
Poco antes de que dejara el Ritz, me había cruzado con ella en la Galería de las Maravillas una última vez. Había leído en su mirada cuánto detestaba que hubiera sido testigo de su degradación. Yo habría deseado que las cosas fuesen de otro modo. Habría querido ser quien le dijera palabras de consuelo, pero Blanche nunca quiso mi compasión. Incluso su beso tiene aún un regusto a mentira. Entonces, ¿por qué, mientras todo el hotel se pregunta qué puede estar haciendo Blanche Auzello recluida en su suite, yo me hago esta otra pregunta, a punto de volverme loco: quiero o no quiero volverla a ver?
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25 de agosto de 1940
—¿Me está tomando el pelo, Meier?
—No, señora…
Aferrada a su escritorio, Marie-Louise Ritz está fuera de sí. Convocado con urgencia, Hans Elmiger acaba de llegar pisándole los talones a Frank. Süss ya está allí.
—¡Le ordeno que hagan volver a los artistas al bar y echen a la calle a esas prostitutas que han dejado entrar en el Ritz!
Frank está convencido de que la Vieja lo detesta.
Conservaba de ella la imagen de una lechuza avejentada, pero ha regresado convertida en un reptil venenoso. Hasta ha adelgazado un poco.
Va a ser verdad que esta guerra revitaliza.
—No se imaginan lo penoso que ha sido el viaje desde Lucerna. Mi cadera me está matando. ¡Dos días enteros para llegar hasta aquí! Y ayer por lo menos dos horas para cruzar esta dichosa línea de demarcación: los alemanes han registrado nuestro coche de arriba abajo. Este país está humillado, me avergüenzo de él.
Por una vez, Frank está de acuerdo con ella.
—¿No dice nada? —profiere la Viuda—. ¡Siempre ha sido un inútil, Meier! Además de un cobarde. Todo el mundo lo sabe. Señor Süss, ¿puede repetirle al señor Elmiger lo que me ha contado hace un rato?
El vizconde obedece, con aire disgustado:
—Ayer por la noche, como oí voces en la zona del bar, fui a echar un vistazo, por curiosidad… y vi a un capitán de la Wehrmacht desaliñado, sentado al piano, con una fulana sobre las rodillas.
¿Quién hubiera dicho que, bajo esas pintas de dandi con tan buenos modales, se ocultaba un chivato?
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Süss no se atreve a precisar que esa joven tenía su mano dentro del pantalón del oficial —una paja de París, el regalo de bienvenida de la Francia ocupada—. Pero lo que hace el vizconde es describir una hilera de oficiales alemanes desgreñados y borrachos en compañía de prostitutas con las que desaparecían cuando les venía en gana. Por lo visto, Süss ha sorprendido a más de una en los lavabos con una polla alemana en la boca. Hans Elmiger escucha a su adjunto con los ojos desorbitados. Los de Marie-Louise brillan tanto de cólera como de gusto, por el placer que parece causarle injuriar a su barman.
Sus mejillas han enrojecido de excitación.
—Es repugnante, Meier. Se ha convertido en el regidor de un burdel en mi propia casa. Esto hay que atajarlo inmediatamente.
Frank asiente, pero no cree en ello lo más mínimo. Los alemanes nunca querrán que les priven de sus putitas de lujo: tacones de charol, medias de seda, perfume elegante y una mamadita barata. Son educados, pero a la manera de los vencedores. ¡Quieren tomar Francia a lo cosaco!
—Escúcheme —dice la Vieja, más calmada—. Quiero que siga con nosotros, Meier. Para serle sincera, su pericia con los cócteles es muy apreciada por nuestros huéspedes alemanes y por lo mejorcito de París. Sería una idiota si prescindiera de su «arte coctelero», como lo llaman.
Silencio. Marie-Louise lo mira fijamente con unos ojos que parecen dos pequeños botones. Frank nunca había entrado en el despacho de César Ritz. Sobrio, austero, se parece a su propietaria. Incluso el retrato del fundador colgado de la pared parece deslucido, todo allí está impregnado de un aroma a cera de abeja.
—Le propongo un trato, Frank. El ministro Goebbels nos ha hecho saber al señor Elmiger y a mí, por medio del coronel Speidel, que desea relanzar lo antes posible la vida cosmopolita del Ritz. París le parece siniestro y quiere que eso cambie. Ha dado dos consignas: actividad y alegría. Le gustaría que una clientela muy selecta de artistas parisienses encuentre de nuevo el camino de la Place Vendôme. Usted podría ayudarnos a que volvieran algunos de los antiguos habituales… Sacha Guitry, Serge Lifar, Jean Cocteau… Creo que usted mantiene muy buenas relaciones con ellos, ¿no es así?
—Me honran con ello, sí.
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—Digamos que esta sería una manera de demostrarme su lealtad. Frank presiente la trampa. El desafío es casi imposible: el Ritz nunca
volverá a ser lo que fue mientras el bar esté lleno de oficiales alemanes de uniforme. Tampoco ignora que con los artistas y su deseo incesante de llamar la atención cabe esperarse de todo.
—Cuente conmigo —sentencia Frank—. Trataré de hablar con Guitry enseguida.
—¡Perfecto! Estoy segura de que vamos a hacer negocios, usted y yo, Meier… Con la condición, por supuesto, de que esté usted dispuesto igualmente a satisfacer mi segunda solicitud.
Sonríe de un modo que no presagia nada bueno.
Süss se regocija, Elmiger aguarda con un poco de ansiedad.
—Restablezca la separación de sexos en los bares.
Ella parece reflexionar.
—¡No! Mejor aún: prohíba el acceso a las damas. Sí, eso es. Quiero que lo ponga en un reglamento interno. ¿Está claro?
—Sí, señora.
—Hasta entonces, su bar está cerrado.
Un rictus se fija en el rostro de la Viuda, mientras Frank se levanta para despedirse ante las miradas opacas de Süss y de Elmiger.
—Veo que por fin se ha vuelto usted razonable, señor Meier. ¡Vayamos por la vía de la reconciliación! Que el mariscal Goering se instale con nosotros —prosigue ella, dirigiéndose ahora a Elmiger—. Su presencia pondrá un poco de orden en sus filas. Por cierto, ¿lo tiene todo a punto, Hans? ¿Las obras para colocar la bañera estarán terminadas a tiempo?
—El viernes, señora. Y los muebles de Versalles los traerán mañana. —Perfecto. También hay que comprobar que todo el ajuar, sábanas,
toallas, etcétera, tenga sus iniciales bordadas. Un monograma en rojo y negro. ¡Qué diantres! ¡Pero si falta todo!
Frank Meier sale del despacho más cansado que nunca. «Qué diantres». Una expresión de su madre. Estaba tan orgullosa de conocer esa expresión francesa que la usaba para todo. «¡Diantres, qué esponjoso está el strudel! ¡Diantres, qué sucios estás estos tsitsit! ¡Diantres, qué pronto es Pésaj este
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año!». Ah, su madre, a la que tanto ha querido, tan desbordante de bondad como la viuda Ritz lo puede ser de acritud. A menudo le repetía que hacía falta más temor de Dios. Frank desconfía tanto de los hombres como de las mujeres. Ahora que las corporaciones reclaman la expulsión de los extranjeros y se habla cada vez más de un estatus especial para los judíos, prefiere no pensar en lo que haría Marie-Louise si supiera que, además de ser un cobarde y un inútil, su barman era israelita.
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28 de agosto de 1940
Pronto hará cuatro semanas que los Auzello volvieron a la Place Vendôme y sigue sin haber ni rastro de Blanche.
¿Dónde está? ¿Cómo se encuentra? ¿Qué hace? ¿Es verdad que ha venido?
Frank no aguanta más, quiere saber. Ha decidido pasar a la acción y la acción empieza con Marie Sénéchal, una de las doncellas del hotel. Fue él quien hace tres años la recomendó a Claude Auzello para que trabajara en el Ritz. Conocía bien a su madre, gobernanta intachable y mujer ejemplar. Marie ha sido siempre leal y responsable, fiel a su protector. Frank la ha citado en el Café de la Paix, en la plaza de la Ópera. Una invitación a comer, después del curro. La muchacha se alegró, para los tiempos que corren una simple tortilla con lechuga vale oro. Vestido de modo informal con un terno gris de lana merina, corbata negra de seda y camisa blanca, el barman ha llegado con antelación y se ha sentado en una mesa del fondo. Es miércoles, no hay mucha gente.
—Buenos días, señor Meier.
—¡Ah, hola, Marie!
Con sus ojos verdes, su cara pecosa, sus rizos rubios y su aire travieso, Marie Sénéchal es el vivo retrato de su madre.
—¿Cómo te va la vida?
—Bien, señor. Una se hace a todo.
—¿Tienes hambre?
—Un hambre de lobo…
Ordenan la comanda: terrina de conejo para dos, rodaballo a la parisina para él y filetes de lenguado a la cancalesa para ella, todo regado con un cuartillo de Riquewihr. Marie parece animada. Se alegra de que la vida se
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recupere lentamente y elogia los méritos del «viejo Mariscal». Incluso le ha escrito una carta para agradecérselo. Frank la felicita y aprovecha para iniciar el motivo de la comida:
—Y, por cierto, ¿qué piensa Claude Auzello de Philippe Pétain? —Bueno, usted ya conoce al señor Auzello, él siempre está
refunfuñando.
—¿Incluso contra Pétain?
—No, a los que detesta sobre todo es a los boches. Pero, en fin, yo le entiendo, hizo la guerra del 14, como usted.
—Sí. Y tú, Marie, ¿qué piensas de los boches?
—Bah, se portan bien…
La camarera pone las dos terrinas en la mesa. Frank se ha percatado de que la joven Sénécal ha desconfiado un poco en su última respuesta. Ha cogido una gruesa rebanada de pan y devora el entrante con los ojos. Frank la observa. Se lanza:
—¿Y la señora Auzello, qué piensa ella de los alemanes…?
Marie Sénéchal duda si contestar. Sonríe y se concentra en su plato.
Frank deja adrede que se prolongue el silencio.
—No debería decírselo, pero… La señora no está muy bien.
Así que es verdad que Blanche está encerrada en sus habitaciones.
Está aquí.
Y pensar que había llegado a dudarlo. Entonces crecen en él unos sentimientos mezclados de excitación y de temor. ¿Qué quiere decir que no está muy bien? Coge su copa de vino de Alsacia y echa un trago. De nuevo permanece en silencio.
La muchacha se siente obligada a decir algo más, como para dar prueba de su lealtad:
—La señora está muy irascible. No sale de la habitación y a veces se retuerce de dolor. Tenemos que cambiar con frecuencia las sábanas porque la señora suda mucho. Pero se niega a que la vea un médico.
—¿Y qué dice Claude?
—Nada, el pobre señor Auzello está desesperado. Nos ha pedido la mayor discreción, pero con usted no es lo mismo, tengo confianza.
—Gracias, Marie. Tranquila, no diré nada.
—Espero que se recupere pronto.
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—Yo también…
Frank Meier piensa en las crisis y en los síntomas de los peludos adictos al éter. Es más o menos lo mismo. Abstinencia de la morfina. De inmediato, piensa en la Vieja; si Marie-Louise Ritz se enterase del estado de Blanche, lo aprovecharía para quitársela de encima.
La joven doncella del hotel se limpia delicadamente la boca con la servilleta antes de llevarse a los labios su vaso de vino blanco. El Ritz es una escuela de buenos modales.
—¿Tienes noticias de tu madre?
—Ninguna, está en Bretaña, pero no siempre funciona el correo. Y usted, ¿tiene noticias de su familia?
—No, ni siquiera sé dónde está mi hijo…
Frank se sorprende al hablar de Jean-Jacques. No suele hacerlo.
Seguramente la chica ni sabía que yo tenía un chaval.
Incrédula, Marie Sénéchal le pregunta la edad.
—Jean-Jacques tiene diecinueve años.
—¡Vaya, como yo! —exclama.
Frank no dice nada. Se da cuenta de que nunca ha invitado a su hijo a comer.
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12 de septiembre de 1940
Siempre que entra en cualquier sitio, lo hace como director de cine. Se calla, escruta, se toma su tiempo. Sacha Guitry acaba de llegar al umbral del Aiglon. Pondera el espacio, calcula las distancias, capta el ánimo, huele el ambiente con mirada punzante. Sondea lo que la gente dice a su alrededor. La escucha, se infiltra en ella, la penetra. Es su secreto. El maître ve parada en la puerta a la gran celebridad y se precipita hacia él. Guitry levanta el índice, aprieta los dientes, hay que traducir enseguida ese gesto como una señal para que el maître haga su papel. Esa noche, lleva un terno Príncipe de Gales grisáceo hecho a medida, chaqueta de doble botonadura con hombreras napolitanas, camisa blanca de cuello almidonado realzada por una chalina de terciopelo negro y un borsalino de fieltro, tono carbón, ladeado como para desviar los golpes. Nariz recta, mofletes de cincuentón, mirada inteligente, Guitry pone cara de un coronel de ingenieros que se devanara los sesos por abrirse camino hasta el centro de esta zona gris. Desde hace diez días, por las mañanas, en su despacho de la avenida Élisée-Reclus, el barón de los bulevares ha empezado a escribir una nueva obra. Avenida Élisée-Reclus: nunca una dirección ha llevado un nombre tan oportuno como ahora. Además, ¿quién podría creer que este orfebre del verbo está recién casado? Geneviève de Séréville es la señora de Guitry desde el verano. Su cuarta esposa es una joven actriz, el cuarto acto de una vida dedicada al teatro, y esta vez las primeras escenas tienen por decorado la ocupación alemana. ¿Adónde lo llevará esto…?
Frank Meier observa a su amigo como observaría al primer bailarín de un ballet, con una mezcla de admiración y de inquietud.
Ha sido Guitry quién ha concertado la cita en el Aiglon, de la rue de Berri. Frank siempre ha odiado este lugar: todo aquí es artificial y de mal
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gusto, desde la carta hasta las dalias malvas sobre las mesas. Tal vez sea eso lo que les gusta a los alemanes, numerosos esta noche, haciéndose notar.
Entonces, ¿por qué Guitry viene aquí?
El maître, Edmond, ha reconocido a Frank Meier, que maltrata el mantel mientras espera. El individuo, barrigudo, atraviesa la sala para ir a saludar al barman del Ritz demasiado ostensiblemente, a decir verdad.
—¿Es cierto lo que dicen de que ha cerrado el bar? —le pregunta, con tono afectado.
Frank sospecha que le quiere quitar el puesto, si se da el caso.
—Solo por unos días. El hotel está preparando la llegada de una importante personalidad, es confidencial.
Frank ha tenido que desmentir ese rumor una decena de veces esta semana. Como los otros, Edmond responde:
—Sí, ya veo…
Se ven tantas cosas, hoy por hoy.
—Creo que está esperando al señor Guitry, ¿verdad? Justamente ahí llega.
Frank sonríe en señal de asentimiento.
—Me dejaría tentar muy bien por un Blue Bird.
—Nuestro barman se va a echar a temblar si sabe que es para usted.
—El señor Jean lo hará muy bien. Salúdelo de mi parte.
El menú del restaurante está ya en alemán.
No hay duda de que tenemos sentido comercial, a este lado de los Campos Elíseos.
Frank se promete evitar las truchas de la Selva Negra y el chucrut con foie gras y salchicha.
—He oído que echa pestes de mí, Frank.
Una voz fuerte con acento metálico. Sacha Guitry está ahí, sonrisita irónica, la elegancia personificada.
—Buenas noches, Sacha.
—Si me permite que le diga, amigo mío, parece estar de un humor de perros. No ponga esa cara, ¡dispone de todo el jueves para usted!
—Discúlpeme, es por esta compañía…
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—Ya lo sé —dice Guitry echando un vistazo a las mesas de los soldados alemanes—. Pero me vuelve loco la cabeza de ternero servida con patatas en ensalada.
El encanto de trilero del dramaturgo sigue intacto. Esa imperiosa necesidad del hacer el pavo real como para salvarse del abismo. Y esas conversaciones que arrancan con fuerza desde el primer momento, punzantes y aparentemente anodinas.
—Figúrese, esta mañana —continúa— he vuelto a pensar en esa frase de Chamfort en el lecho de muerte. Como no quería recibir la extremaunción, le murmuró a uno de sus amigos: «Voy a fingir que no me muero». Astuto, ¿no?
Frank se pregunta a dónde quiere ir a parar, y de golpe lo comprende.
Fingir no morirse.
—Deme una copa de Pol Roger. Ya sabe lo que Winston Churchill repite sin parar: «En la victoria, la merezco. En la derrota, la necesito». Es la agudeza de un alcohólico.
Frank alza su vaso.
—Siempre consigue hacerme sonreír, Sacha. Gracias.
—¡Qué bien! Y dígame, ¿en qué puedo serle útil?
Estos últimos días, Frank se ha preguntado cien veces cómo plantear el asunto. En el último momento, opta por la vía directa:
—En realidad, es bastante simple. Le resultará un poco extraño que le pida esto. Me gustaría, en la medida de lo posible, que se deje caer de vez en cuando por el bar del Ritz.
—¡Caramba! ¿Y eso solucionaría sus problemas?
—En cierto modo. Por el momento, hemos cerrado, pero deberíamos reabrir muy pronto. La Viuda ha vuelto a casa.
—¡Mira por dónde!
Los ojos de Guitry se iluminan al conocer la noticia.
—Sí. Mamá Ritz desea relanzar otra vez sus veladas parisinas, llenas de gracia y elegancia. Cuenta con usted, entre otros. Lo ideal sería que usted pudiera convencer a Cocteau, a Lifar o a Arletty para que lo acompañaran. Que todos finjamos un poco no morirnos…
Guitry se entusiasma, le encanta que lo citen. Alza su vaso.
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—Es usted el oráculo de la sabiduría, mi querido Frank. Es usted el corazón y la inteligencia al unísono. Brindemos por mi vuelta a la Place Vendôme. Imagino que habrá allí extraordinarios especímenes por estudiar, ¿no?
—No se decepcionará. Vamos incluso a recibir un cocodrilo antropófago.
—¡Ah! ¿No será uno regordete con una chaqueta llena de medallas? — pregunta Guitry, con mirada glotona.
Dos horas más tarde, Frank Meier deja el Aiglon con el estómago lleno, la mente despejada y el sabor amargo.
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28 de septiembre de 1940
Hace más de un mes que Frank oficia en una iglesia vacía y este silencio es un suplicio. Hasta echa en falta el alboroto de los boches. Pensaba que, una vez garantizada la complicidad de Guitry, la vieja Ritz reabriría enseguida las puertas, pero no ha hecho nada de eso.
Todo este dinero perdido, no hay quien lo entienda.
—¿Cree usted que seguirá todavía mucho tiempo cerrado, señor Meier?
Estas horas vacías, al menos, permiten perfeccionar el aprendizaje de Luciano. Es lo único que se puede hacer. No se inventan nuevos cócteles cuando el corazón está ausente, pero se pueden repasar los clásicos.
—Ni idea, chaval. Veré mañana a Elmiger, a ver qué dice. Mientras tanto, empecemos otra vez. ¿La receta de un American Beauty? Soy todo oídos.
—En primer lugar, se coge un vaso grande —declama Luciano—. Se echa dentro una cucharilla de licor de menta blanco y otra de granadina. A continuación, se añade el zumo de una naranja exprimida, medio vaso de vermú francés y otro de brandy. Después, se llena hasta arriba de hielo picado y se agita con fuerza la coctelera. Se vierte en un vaso enfriado y se decora con fruta de temporada. ¿Es así?
—No. Concéntrate. Falta una cosa. El secreto.
—¡Ah, sí! La especialidad Meier. Una lágrima de oporto por encima.
—En efecto. Y lo sirves con una paja y una cucharilla.
—Por supuesto.
—Ahora, la receta del Blue Bird.
—¡El Blue Bird! Se echa en la coctelera medio vaso de ginebra, una cucharilla de curaçao y… Creo que han llamado a la puerta, señor.
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Frank también lo ha oído. Sin embargo, es tarde.
—¡Ábrame, por favor!
Llaman de nuevo y de pronto reconoce la voz ahogada del otro lado.
—Se lo ruego, Frank. Soy yo.
Frank se ha quedado paralizado en la barra. El joven está ojo avizor. —Luciano —susurra ordenando sus ideas—, sal por la puerta de
servicio, deprisa.
—Bien, señor.
Habrá que recordarle mañana que no ha oído nada. Blanche se impacienta detrás de la puerta. —¡Ábrame, por Dios!
Frank inspira profundamente.
—Entre, rápido —dice nada más abrir.
Echa el cerrojo una vez que ella ha entrado y la mira detenidamente. Bajo el pañuelo de seda que cubre su cabello, ve unas ojeras profundas, unos rasgos cansados y una silueta frágil. Ha adelgazado mucho en un año, pero cuando sus miradas se cruzan por fin, Frank sabe que ya no tiene el menor deseo de odiarla.
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—Corra las cortinas, baje la luz y sírvame un Dry Martini —musita la espectral esposa del director.
Blanche se dirige hacia la barra. —¿Alguien la ha visto venir hasta aquí?
—No, seguro que no. Sírvanos un vaso, Frank, se lo suplico… El barman tiene las manos húmedas.
Ya está a sus órdenes. Sabe que ella no es más que una fuente de problemas.
Sabe que debería sacarla de allí y que no lo hará.
—¿Con quién estaba hablando antes? —pregunta ella.
—Con Luciano, mi aprendiz.
Ella echa una ojeada a su alrededor, preocupada. Frank la tranquiliza: están solos, con sus recuerdos y esa cólera triste que se puede leer en los ojos de Blanche. ¿O es de temor? Él tiene ya la mano sobre la botella de Beefeater.
—Frank, por favor, míreme.
Lo que descubre en su mirada es el miedo.
—¿Quién más en el hotel, aparte de usted y de Claude, sabe que soy judía?
—Nadie…
—¿Y el tipo de la embajada que nos había echado una mano? —Lo trasladaron a Londres hace dos años.
No cabe la menor duda: solo Claude y él están al corriente del engaño.
Pero eso no parece tranquilizar a Blanche Auzello.
—¿Sabe usted que los judíos tienen que volver a censarse? Ayer, los boches han decretado que todos los judíos deben identificarse en la comisaría de su distrito antes de que acabe el mes de octubre.
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Eso no estaba en los periódicos: lo que había en ellos era la humillación de la flota del general De Gaulle ante Dakar y la guerra aérea entre Alemania e Inglaterra.
—¿Pero cuál es la intención? —Frank parece preocupado.
—Quieren marcarnos como al ganado. ¡Tengo un nudo en el estómago desde esta mañana que me devora por dentro!
—Sus documentos certifican que es usted católica, señora, no tenga miedo.
—No estoy tan segura —replica Blanche, con tono desafiante—. Al fin y al cabo, usted podría delatarme a la Vieja.
—¿Por qué habría de hacerlo?
—No sé. ¿Para quedar bien con ella? ¿Para proteger su situación? ¿No es lo que hace ahora todo el mundo? Todo está podrido y sálvese quien pueda. Hay que sobrevivir, ¿no?
¿De verdad piensa lo que dice?
Blanche se lleva las manos a la cara.
—¡Frank! Póngase en mi lugar: esto me obsesiona, no puedo más. Me siento acosada. Una presa en medio de los depredadores. Y yo misma me he puesto bajo el yugo de mis enemigos. Aunque llevo tres meses sin probar nada. Tres meses de cura, limpia como el agua.
Frank había dado en el clavo, era síndrome de abstinencia.
—Le impresiona, ¿verdad? Tengo instinto de supervivencia, créame. Salvada en el último momento. Estaba segura de que me hundiría. He estado en la cama, a oscuras, día y noche, con unas migrañas terribles. Una inmovilidad absoluta… A veces me despertaba empapada de sudor y me daban ganas de arrancarme la piel de los antebrazos.
—¿El señor Auzello está al corriente?
Ella suelta una risita triste.
—No entiende nada. Piensa que estoy asustada por estar aquí en vez de habernos quedado en Niza. Cree que es por culpa de mamá Ritz. Qué ingenuo es a veces…
Sacude la cabeza y añade con voz de pronto más ronca:
—Por la noche, soy prisionera de mis insomnios. Antes de ayer, a hacia las dos de la mañana, salí de la habitación por primera vez desde que hemos vuelto. Me paseé por los pasillos. No me crucé con nadie, aparte de
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la pequeña Quiniou, con su uniforme de criada detrás del carrito. Iba recogiendo los zapatos de los Fritz para sacarles brillo durante la noche. Y pensar que yo podría haber tenido una vida como la suya, doncella en un gran hotel de Manhattan. ¿Habría sido menos feliz? Seguro que no. ¡Sobre todo hoy en día, en medio de esta manada de lobos!
—No lo piense. Salga un poco más, en lugar de encerrarse. Tome el aire, así evitará los fantasmas y todas esas sospechas que circulan sobre usted desde hace un mes y medio.
Ojalá pueda seguir mi consejo.
—No he salido todavía por París —dice ella mientras él dosifica el vermú en la coctelera—. Claude me ha contado lo mucho que ha cambiado todo. Una ciudad ocupada por el enemigo, soldados con ganas de juerga por todas partes. Cualquiera diría que todos los boches compran Número 5 para sus buenas esposas, ¡Berlín va a apestar! Doña Chanel está haciendo una fortuna, está claro que hay a quien siempre le sonríe la suerte. Sin embargo, la han desalojado de su suite. Vive con nosotros, pero del lado Cambon. Esa víbora no ha podido conseguir más que una mísera mansarda. ¡Ella se lo ha buscado!
—Eso le permitirá ahorrar.
El comentario arranca una débil sonrisa a Blanche. La tacañería de Gabrielle Chanel era uno de los más extendidos motivos de broma.
—Claude la vio ayer. Ella estaba sentada a una mesa del jardín de verano en compañía de un guapo oficial alemán. Me pregunto qué será lo que puede estar maquinando.
—El barón Von Dincklage —precisa Frank—. Lo apodan Spatz.
Se rumorea que Chanel, al regresar de la costa vasca a mediados de agosto, lo tomó enseguida por amante, con la esperanza de poder liberar a su sobrino André, preso en Baviera, donde había contraído la tuberculosis. Había jurado cuidarlo como a un hijo cuando se hermana murió.
—Lo he echado de menos, Frank.
¡Qué no habría dado él por oír esas palabras antes de que la guerra estallase de nuevo!
—Yo a usted también —murmura, a la vez que vierte lentamente el Martini en dos vasos de boca ancha.
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—¿Sabe lo que siempre he pensado? Que su bar es como el vientre de una madre, aquí nos sentimos protegidos de los ataques de la vida exterior. Sus cócteles son como un hechizo. Nos quitan las penas. Son los únicos que tienen ese poder.
Frank siente cómo su pasión por Blanche invade todo su ser. Está atrapado por esta mujer. Tiene la tentación de revelárselo todo: que también él es judío y que tiene miedo, por él, por ella y por Luciano.
La tenue luz del bar los envuelve en un confortable silencio.
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30 de septiembre de 1940
—Le ha dado las buenas noches, ¿verdad, señor Elmiger?
—Sí, señora. Luego, se ha reído como un exaltado, ha echado a andar con su bastón de mariscal como si desfilara y se ha enredado los pies con la bata. Ha estado a punto de caerse cuan largo es…
—Estaba borracho, supongo.
—Más que eso, en mi opinión.
—¿Qué quiere decir?
—Me temo que ayer por la noche, el Reichsmarschall Goering haya abusado de sustancias psicotrópicas, tipo cocaína.
—¿Lo dice en serio, Hans?
—Sí, señora. Desde luego, el señor Süss está convencido de ello. Frank se habría echado a reír si no fuera porque el rostro de Marie-
Louise Ritz estaba tan crispado. En ocasiones, basta un solo cliente — ¡aunque menudo cliente!— para llevar el hotel al límite. Sin embargo, todo parece ir sobre ruedas. Las prostitutas demasiado visibles han desaparecido. Arletty se acaramela con el teniente coronel Soehring y Chanel retoza bajo los plátanos con su aristócrata prusiano. Clientes de muy alto nivel se cruzan en los salones del Ritz: cuatro ministros del Reich, un ministro del Estado italiano y el cuñado del general Franco. En cuanto a los dignatarios de la Wehrmacht, crean vínculos cada vez más íntimos con los residentes de la Place Vendôme.
Y así es como el Gran Cazador encabeza el carnaval de los depravados sin que la Vieja lo haya visto venir.
—Dios mío —suspira ella—, yo creía que era morfinómano.
—Y lo es también —responde Elmiger—. Por otra parte, esto supone un problema del que me gustaría hablarle…
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El sobrino le explica que, desde su llegada, el Reichsmarschall se baña varias veces al día, por prescripción de su médico personal, para atenuar su adicción a la morfina. A resultas de lo cual, él solo consume casi todo el agua caliente del hotel. Las quejas se acumulan en recepción, pero los altos mandos de la Wehrmacht fingen no saber nada. Elmiger, avergonzado, reconoce que no sabe cómo salir de esta.
Al oírlo, los ojos de la viuda Ritz se iluminan.
—Bueno —dice ella—, ya es hora de que vaya a hacerle una visita a ese señor Goering. Parece que ha exigido que se cambie el reloj de su salón, es demasiado ruidoso para él. Voy a encargarme de que le lleven otro. Aprovecharé para aclarar con él dos o tres detalles…
Si hay algo que hemos de admitir en la Viuda es que tiene agallas. La adversidad no la arredra, al contrario, parecen gustarle los problemas tanto como las baratijas antiguas.
—Avise a su ayudante de campo y vea a qué hora puedo subir a sus habitaciones —ordena a Elmiger.
Sin escuchar su respuesta, se vuelve hacia Frank.
—Y ya que está aquí, Meier, se me ha ocurrido que venga usted conmigo.
—¿Donde Goering? ¿Está usted segura, señora?
—¡Deje de hacerse el remilgado! Vaya a buscar en la bodega una buena botella de champán. De la mejor cosecha, con una historia que contar. Nosotros le daremos ese regalo de bienvenida y usted lo pondrá por las nubes.
—Bien, señora.
—Perfecto. Le voy a complacer. Amigo mío, su penitencia acabará esta noche. He aceptado volver a abrir el bar. Su tripulación vuelve a cubierta, puede usted ya avisar a Georges Scheuer. No pierda tiempo. Ah, y otra cosa…
Nunca dar nada sin algo a cambio: a Frank le habría sorprendido mucho que las cosas fueran tan rodadas.
—El señor Elmiger ha pensado que usted podría inventar nuevos cócteles en honor de nuestros huéspedes. Se sentirían halagados, ¿no cree?
Frank se vuelve hacia Elmiger.
Apurado, el director desvía la mirada.
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—Se trata tan solo de poner en la carta algunos cócteles que lleven el nombre de oficiales alemanes.
Frank duda un instante antes de responder que el SS Manhattan está en la carta desde 1932.
—¡Venga, no ponga esa cara, Meier! —zanja la Viuda—. Ah, pero espere un momento… ¿Tiene usted noticias de la señora Auzello?
—Dicen que está convaleciente y que aún no se ha recuperado. Los acontecimientos de estos últimos meses la han afectado severamente.
—¿Afectado? ¿A Blanche Auzello? ¡Si es dura como una roca! La Viuda se dirige a Elmiger.
—¿Qué dicen las chicas de la planta, Hans? —No las deja entrar en su habitación. —¿Cómo? —se irrita Marie-Louise, lívida.
—El matrimonio Auzello ha renunciado al servicio de habitaciones. —¿Renunciado? ¡Qué insensatez! ¿Eso qué quiere decir? Elmiger se limita a alzar las manos.
—Que limpian ellos mismos —dice Frank con voz vacilante. —Tonterías, Meier —trina la Viuda, antes de volverse hacia los dos
suizos—. Tienen cómplices, estoy segura. ¡Encuentren una manera de entrar ahí, caramba! Quiero saber qué trama a mis espaldas.
Ánimo, Frank, no pierdas la calma.
¿Qué es peor para él, Goering o la viuda Ritz? En ese momento, no sabría decirlo.
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Una cosa es conocer a un personaje público a través de lo que dicen de él en los periódicos o en los noticiarios y otra muy distinta tenerlo de frente en carne y hueso.
Sobre todo cuanto hay tanta carne.
Nada en Hermann Goering se adecúa a su reputación de Gran Cazador. Más bien diríase un viejo almizclero ataviado con un kimono de muselina de seda sobre un pantalón azul lavanda y calzado con pantuflas de piel y adornos de pedrería. Su rostro gotoso, abotargado y espeso. Su piel recubierta con una base de maquillaje y un perfume Guerlain de fragancias exóticas. «Soy un hombre del Renacimiento», declaró señalando el tocador de madera lacada verde botella que mandó instalar en su suite. El adalid de la virilidad nazi adora maquillarse frente a su espejo de doble batiente.
Por fin una anécdota que le hará reír a Georges. Y a Blanche.
En esa suite recargada, Frank Meier ha perdido su intuición, se siente privado de referencias.
Según lo previsto, han brindado con champán. Un Veuve Clicquot de 1913: cosecha embotellada con motivo del jubileo de plata del emperador Guillermo II. Una rareza.
El Reichsmarschall se siente halagado, Marie-Louise, encantada. Un individuo mofletudo con gafas cuadradas ha entrado en el salón. Goering lo ha presentado como su marchante de arte, Karl Haberstock. Este alemán achaparrado ha venido a peritar el reloj de pared de Marie-Louise.
Frank observa a Goering mientras la Viuda empieza a deshacer el envoltorio. Su mirada oblicua devora el reloj dorado cuya esfera se remata con un jarrón clásico. ¡Será glotón! Haberstock asiente adelantando la barbilla y confirma el valor extraordinario del objeto:
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—Una auténtica joya del siglo XVIII.
Goering acaricia las capas de porcelana rosa y pregunta si puede hacer una oferta.
—Imposible —responde Marie-Louise—. Este reloj pertenece al palacio de Versalles, es propiedad del Estado.
Goering se echa a reír:
—¿No necesita el Estado francés un poco de dinero?
—Les diré luego a nuestro director o a su adjunto, el señor Süss, que se informen —promete Marie-Louise.
Nada más pronunciar el nombre del vizconde, Goering le pregunta si vería algún inconveniente en que ese director adjunto ayudase a su experto en la búsqueda de obras de arte por adquirir en París. Marie-Louise no pierde aplomo. Si buscaba una rendija para no irse con las manos vacías, la ha encontrado.
—A cambio de los servicios del señor Süss —arriesga ella—, ¿sería posible rogarle que solo se diera un baño al día?
Frank y Karl Haberstock dan un paso atrás. El Reichsmarschall se queda callado. Se revuelve en su chaise longue, despide con un gesto de la mano a su marchante y a continuación se yergue. Inclinando el busto hacia atrás, se transforma súbitamente en un paladín majestuoso.
—He oído decir, en efecto…
Deja su frase en suspenso y mira fijamente a su anfitriona como si tratara de penetrar en sus pensamientos.
Frank es testigo del tejemaneje de ambos carnívoros que se tantean en silencio. No puede evitar admirar una vez más la confianza en sí misma de la Viuda. La mirada de Goering es capaz de helar a cualquiera hasta la médula, pero ella no baja los ojos. El silencio se prolonga. Goering se levanta, da unos pasos, luego, con voz clara y tranquila, casi dulce, le pregunta si ella ya ha conocido los placeres de la venganza. Touché! La Viuda parece desconcertada. Nadie diría que, bajo su aspecto de ogro empolvado, Goering fueran tan perspicaz. ¿O lo ha dicho a ver qué pasa? Marie-Louise se recupera:
—Sepa que, a mi edad, una ha vivido de todo…
El Reichsmarschall sonríe con astucia antes de tumbar de nuevo su osamenta de paquidermo sobre la meridiana aterciopelada. Con la cara
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cerosa vuelta hacia el techo, las manos sobre su vientre de helio, parece una efigie funeraria.
—¡Hitler es el salvador! —declara con los párpados cerrados a la vez que eleva exageradamente la voz—. Prueba de ello es el día de hoy. La chusma izquierdista, los judíos y los nihilistas se deprimen en el polvo. Nunca hay que desconfiar lo suficiente de las consecuencias de una humillación. ¿Está de acuerdo?
Prosigue como para sí mismo:
—Hay que aniquilar totalmente a los enemigos si se quiere triunfar, es la condición absoluta para que el III Reich pueda durar mil años.
El ogro no dice nada más, su respiración animal se ha apaciguado. Los presentes dudan. ¿Goering se está durmiendo? Frank mira sus pies cruzados sobre una piel de tigre de Bengala traída por el Gran Cazador personalmente.
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1 de octubre de 1940
Aunque Goering ha sustituido a Churchill en la Place Vendôme, el edificio de la rue Henri-Rochefort ha recuperado una vida casi normal. Incluso el portero ha encontrado tiempo para encerar la escalera de roble oscuro. Un dulce olor a cera Sapoli permite la ilusión del mundo de antes. En el tercer piso, esta noche, la señorita Le Trocquer ha vuelto a tocar el piano, de nuevo Schumann. La joven domina el Träumerei con la punta de los dedos.
No todo lo de los boches es malo.
Sentado en el sofá de su salón, Frank parece de buen humor. Su hijo está sano y salvo y ya no está prisionero. Para festejar la noticia, se ha permitido dos vasos de Côte de Nuits. Esta mañana le ha llegado una primera carta entre zonas, Frank la relee por decimosegunda vez. Jean-Jacques se ha librado de la movilización gracias a su miopía. Se siente un tanto avergonzado por haber olvidado que su hijo es miope. ¿Lo sabía solo él? Qué importa, su chico sigue en Niza y acaba de ser contratado como contable en el Negresco. Ha escrito que está «sereno».
La noche trascurre en calma en la rue Henri-Rochefort, Frank sabe bien que el edificio ha perdido varios de sus inquilinos. Ahora juzga con menos dureza a los que han huido. Le conmueve pensar en la familia Birenbaum. No son de los que volverán; al acabar la mañana le han dejado las llaves de su casa, en el último piso, antes de salir para España, pidiéndole que vigile para que «los saqueadores» no se lo desvalijen. En la acera, Jean Birenbaum le ha susurrado a Frank que todos los judíos franceses deberían hacer lo mismo que ellos. «Los lobos han entrado en el redil», ha añadido. Y Frank ha tenido la extraña sensación de que el comentario de su vecino encerraba una indirecta. ¿Le estaba dando un
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consejo? Imposible. Soy francés desde hace veinte primaveras, antiguo combatiente, he luchado en Verdún a las órdenes de Pétain, no corro ningún riesgo.
Frank se sirve un tercer vaso de vino, se acostará ebrio, mejor para él.
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Diario de Frank Meier
El Träumerei repercute en mi alma cada vez que lo oigo. No me resisto, al contrario. La melodía se apodera de mí y me arrastra ipso facto hacia mis recuerdos de juventud en Manhattan. En el bar del Hoffman House, Ewald, pianista indolente de Düsseldorf, acompañaba regularmente la hora de cierre con esa pieza de Robert Schumann. Los últimos clientes adoraban esa melodía melancólica que endulzaba la noche. Yo también. Sobre su Steinway, las manos de Ewald enjugaban nuestras penas de exiliados, y el Träumerei me procuraba el sentimiento de una fugaz inmortalidad. Antes de concluir mi servicio, cuando me disponía a sacarle brillo al delgado canalillo de cobre que revestía el reborde del mostrador, a menudo le pedía a Ewald que volviera a tocar el Träumerei solo para mí. A veces, la tocaba seis veces seguidas y daba la impresión de que no se detendría jamás. En lugar de irme a acostar, me sentaba en una de aquellas sillas de madera de padouk, completamente solo en el antro de Mahoney, y me sumergía en la noche de Nueva York a través del inmenso ventanal que había a la izquierda del bar. Una ciudad asombrosa, resplandeciente de electricidad. Allí fuera todo estaba iluminado y animado por el baile de los faros de los coches. Los rótulos de los teatros, de los espectáculos de variedades y de los grandes hoteles que quedaban encendidos toda la noche. Las tinieblas habían dejado de existir, el siglo
XX se presagiaba mágico. Era un dulce sueño. Sobre la barra, presidía un oso negro lleno de paja que se tenía de pie sobre sus patas traseras, apoyado en una farola dorada como diciendo que el mundo salvaje ya estaba domesticado y aplacado. Colgado de la pared, frente al plantígrado, había un óleo de ninfas y sátiros, un cuadro atrevido, una invitación al placer… Reinaba por aquel entonces una atmósfera de ligereza y hedonismo. Cada noche, los pioneros del progreso venían a
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gozar de la vida, un mundo despreocupado hecho de lentejuelas, dólares y champán helado. América imitaba a sus edificios, se volvía hacia el cielo; el país entero galopaba hacia el futuro, forzosamente radiante y soleado. En Nueva York o en París, nadie podía imaginar los bosques de Verdún que pronto estarían devastados, nadie podía suponer que las naciones occidentales se matarían unas a otras ferozmente en la bruma y el lodo de las Ardenas.
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2 de octubre de 1940
Borracho como una cuba, he ahí al Reichsmarschall.
El mismísimo Goering en persona se ha sentado a la mesa de Speidel, a quien le cuesta reprimir cierto bochorno tras sus gafitas redondas. Tal vez trate de olvidar así que su batalla de Inglaterra se atasca y que los Spitfire de la RAF están poniendo en aprietos a los escuadrones de la Luftwaffe. Más de una vez el coronel Speidel ha lanzado hacia la barra miradas desesperadas. Frank alza los hombros.
¿Qué quieres que haga yo?
En circunstancias normales, habría deslizado una discreta llamada al orden. Pero las circunstancias no tienen ya nada de normales. Georges, por su parte, no sirve de ninguna ayuda para atender a Goering. Acaba de ponerle delante un segundo Pink Lady: ginebra, clara de huevo, granadina y zumo de limón. Al ogro le chifla, sobre todo cuando se le va la mano en el último chorrito de brandy.
Frank se siente prisionero en su propio bar, teniendo como carcelero al Gran Cazador en persona. Ante los ojos lacrimosos de admiración de una veintena de oficiales de la Luftwaffe que representan a cual mejor la chispa de la vida, ese hombre es un quintal expandido de poder y de locura.
—¡Silencio, caballeros! —ruge bruscamente Goering—. Tengo ganas de jugar a un juego.
En el bar enseguida se hizo el silencio como en una trinchera antes del ataque. Goering echa una ojeada vidriosa a las mesas, luego a la barra.
—¡Ah, Georges, ahí está! Es con usted con quien quiero jugar.
—A su disposición, Reichsmarschall.
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—Verá usted, el juego dice mucho de la persona que uno tiene delante. Para empezar, voy a sacar de mi bolsillo un billete de cien marcos del Reich. Aquí está. Muy bonito, muy nuevo. ¡Cien marcos del Reich! Mi pregunta es muy sencilla, Georges: ¿qué haría usted con él si fuera suyo? Le doy a elegir. Puede invitar a una ronda de cerveza a esta noble concurrencia de oficiales del Reich aquí reunida esta noche…
Aplausos ruidosos de los subalternos.
—… o bien —prosigue Goering—, puede usted escoger a una sola persona en esta sala y pagarle una excelente botella solo para ella. A ver. ¿Qué haría usted, amigo mío?
Frank lanza a su viejo cómplice miradas insistentes.
¡No caigas en la trampa, Georges! ¡Sal de ahí, te lo suplico! Responde con otra pregunta…
—Sin dudarlo, Reichsmarschall, elijo la segunda opción.
Los oficiales privados de cerveza no ovacionan menos al criado que a su amo.
Basta que Goering esté aquí para que el bar se convierta en un circo. —Es usted un valiente, Georges. ¡Esa es la respuesta de un espíritu
temerario! Un rasgo de carácter muy estimado por el nacionalsocialismo. La bravura merece recompensa. Voy a darle mis cien marcos del Reich. A cambio, mi querido Georges, díganos a quién de estos valiosos oficiales va a elegir usted. ¿A quién quiere regalarle esa excelente botella?
Georges, sin variar su tono altivo, se vuelve hacia la barra.
—Dime, Frank, cien marcos del Reich es exactamente el precio de un Dom Pérignon, ¿no?
Frank asiente ligeramente, preocupado por ver a su amigo, a su compañero de armas, seguir ese juego comprometedor.
—Entonces, ¡abramos una a la salud del Reichsmarschall Goering! Los oficiales prorrumpen en aplausos. A regañadientes, Frank manda a
Luciano a buscar una botella en la bodega.
—¡Gloria a Georges! —exclama a voz en grito un Goering en trance
—. Debo corresponder a su atención y, como soy todo un señor, ¡tome doscientos marcos del Reich de propina! Heil Hitler!
—Heil Hitler! —repite con firmeza toda la sala al unísono.
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—Danke sehr, mein Reichsmarschall —aduce Georges inclinando ostensiblemente la cabeza.
—Bitte sehr.
Lo que Frank temía está a punto de ocurrir ante sus narices, el arma más temible de los nazis: el envilecimiento pérfido de las almas. La avidez en la mirada de Georges, ese es su objetivo.
Los nazis arden en deseos de destruir el espíritu francés. Corrompen París a conciencia fomentando los más viles instintos. Pétain debería enmendar el asunto y rápido.
Sin la menor clarividencia, todos los parisienses acabarán por hundirse, unos tras otros. Y Georges ha caído en la trampa. Quiere su parte, ¿cómo reprochárselo? Pero cuando va a darle a Luciano uno de los dos billetes de su propina, Frank se interpone:
—Deja al chaval fuera de todo esto, Georges. Quédate con la pasta. Luciano, date una vuelta por la sala, venga. Ve a descorchar champán como un buen camarero boche. Ocúpate de lo tuyo.
Luciano cede, pero un destello de decepción cruza su mirada. Frank fulmina a Georges:
—¿Qué ganas con esto, Georges? ¿No ves que es una trampa?
—Lo que te pasa es que estás cagado de miedo —murmura Georges—. Yo creía que tú también querías aprovecharte, ¿no?
—No así.
—Haz lo que yo, amigo, y déjame en paz. Aplico la táctica del señor Süss. ¿Has visto cómo va el vizconde, con sus pintas de pachá? Es elegante, habla bien, gusta a las camareras. Sabe lo que hay que hacer. Si hoy en día tienes guita, eres el rey. Además, así podré enviarle algún paquete a mi pobre madre. Comida, ropa de abrigo, zapatos nuevos, con suelas de caucho y no de madera.
—Süss es un parásito de guerra.
—No —musita Georges—. La guerra ha acabado, ya no hay ninguna guerra, Frank. Los Fritz en París, esta es la vida de ahora y hay que vivir en ella. Hace un mes que solo como ensalada de alubias y carne cocida, y ya estoy harto.
—Haz lo que quieras, tío, pero no arrastres al chaval con tus chanchullos.
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Georges rebate el argumento antes de volver a la mesa de Goering:
—Ya no es un chaval, sabe decidir por su cuenta…
¡Malditos sean los boches!
¿Y si Georges tuviera razón? Su cabeza es un hervidero, el sudor frío le hiela la espalda. Siempre que su alma se tambalea, Frank piensa en aquel breviario de Mazarino que le había prestado un viejo ayudante en el lodazal de Argonne. Un libro al que se había pegado como si su vida dependiera de él y que había leído diez veces, veinte veces, en el fondo de la trinchera. Se sabe de memoria pasajes enteros. Pero ¿qué consejo le daría el cardenal esta noche, en mitad de esta emboscada? Frank cierra los ojos. Las palabras danzan delante de sus párpados cerrados: «Maquilla tu corazón como se maquilla un rostro, simula y disimula, no te fíes de nadie, contente, sé prudente…».
Georges se equivoca: la guerra no ha acabado.
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3 de octubre de 1940
Marie-Louise Ritz se ha puesto un visón. Este jueves 3 de octubre, el bar del Ritz debe volver a su antiguo prestigio, enganchar otra vez con las majestuosas noches de antes de la guerra en las que la flor y nata de París se peleaba por asistir a la cita de lo más granado. La cultura de Francia regresa al Ritz. Frank no sabría decir cuál de los dos sentimientos predomina en la Vieja: la alegría de reencontrar el alma del Ritz o el alivio de responder a las exigencias de los nuevos amos. No olvida que detesta a Arletty casi tanto como a Guitry. Süss también está por aquí. Ha pedido para Marie-Louise una picota confitada en un vaso de Guignolet, sin hielo, su bebida preferida.
La Viuda ha pasado una parte de la tarde con Laura Corrigan, una cliente rica de Cleveland a quien considera soberanamente idiota, pero que se había convertido en la amante de Goering. ¿Noticia falsa o verdadera? La rica americana no ha soltado prenda. Süss, por su parte, promete averiguarlo cuando vea mañana por la noche a Karl Haberstock, el marchante artístico de Goering.
—Al parecer —adelanta Süss—, esperan que yo presente al tal Haberstock a los antiguos clientes del hotel.
—¿Antiguos?
—Nuestros antiguos clientes israelitas.
Marie-Louise se ha sobresaltado: ¿será Süss judío? El interesado lo ha negado sin pestañear, como si el asunto careciera de importancia. Frank no ha dicho nada, pero acaba de leer en los periódicos alemanes que los oficiales dejan olvidados en el bar que una película titulada El judío Süss lleva siendo todo un éxito en los cines de Alemania desde hace dos meses.
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¿Tanto habrían engañado a Elmiger como para contratar como adjunto a un judío?
Cuando la Viuda pregunta a Süss si sabe por qué Goering desea que vaya a verlo, el vizconde se limita a marear la perdiz. Es la ley de los grandes hoteles: siempre y cuando el negocio vaya bien, cada cual puede mantener sus relaciones con la gente más diversa y no está obligado a responder si le preguntan por ello.
Mientras Frank prepara un Martini para dos oficiales sentados al fondo del bar, Luciano anuncia a los recién llegados: tres diplomáticos de Europa central que hacía varios meses que no venían por aquí. Marie-Louise los saluda y regresa a la barra a terminar la conversación.
Últimamente la Viuda tiene una obsesión: alquilar un piso en París para el matrimonio Auzello y mantenerlos alejados del Ritz. La llegada de una decena de oficiales alemanes aparta a Frank de la discusión, pero ha tenido tiempo de comprender que el barón Pfyffer ha zanjado el asunto. El accionista mayoritario prefiere no tentar al futuro: si la situación llegara a cambiar, Claude Auzello podría resultar muy útil.
—¡Diantres! —exclama Marie-Louise—. ¿De qué futuro habla? Él y yo llevaremos ya un siglo muertos…
—O no —sonríe Süss—. Sea como sea, el barón me ha insinuado que el Ritz nos sobrevivirá a todos…
La Viuda lanza un exasperado suspiro.
—Meier, sírvame otro Guignolet.
Media hora más tarde, el bar está casi lleno. Georges y Luciano han organizado discretamente una perfecta ocupación de los espacios: a un lado, Francia, al otro, Alemania, y los diplomáticos en el centro. Al fondo de la sala, en la parte izquierda, algunos oficiales prusianos comparten un Moselle Cup a base de zumo de fruta, Bénédictine y un espumoso Mosela alemán.
Fiel a su promesa, Sacha Guitry ha respondido a la llamada; el búho real ha vuelto. Entra en el bar con Arletty del brazo y flanqueado por un par de amigos, Jean Cocteau y Serge Lifar. Frank siente crecer en su interior un orgullo teñido de melancolía, la Vieja está entusiasmada. El barman del Ritz estrecha calurosamente la mano de su cliente fetiche y le da las gracias. Enseguida los instala cerca de la puerta de entrada, Guitry
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se lo ha pedido por favor con el fin de poder observar a los que entran y salen. Arletty habría preferido un lugar más discreto; le han hecho ver que de este modo podrá irse más cómodamente cuando le venga en gana. Los diplomáticos ocupan tres mesas y se mezclan con algunos aristócratas. El embajador de Suiza se ha acercado a saludar a Marie-Louise; dos norteamericanos parlanchines discuten con el cónsul de Irlanda mientras el ministro plenipotenciario de Rumanía mantiene una animada conversación con Fersen, cónsul escandinavo destacado en París desde 1936. Los dos eran miembros ocasionales del Club de los Elegantes de los jueves por la noche.
En cada mesa se brinda con champán y se analiza minuciosamente la nueva carta de cócteles: esta noche, el Ritz invita a descubrirla. Los diplomáticos se aventuran con un Alexandra —brandy, nata fresca y anisete— o un Frank’s Special —vermú, ginebra y una gota de licor de melocotón—. Guitry lamenta la ausencia de Goering y sugiere que el Special sea rebautizado el FrankReich; los demás saborean un Pimm’s o un Highball, regalos de la casa. El coronel Speidel, Clipper en mano, penetra entre la multitud, saludando por doquier, hasta llegar a Marie-Louise, a quien gratifica con un beso en la mano. Charles Bedaux no sabe dónde ponerse y acaba en la barra con la Viuda y con Süss.
La velada se alarga y Frank siente que su cuerpo se relaja: halla de nuevo la fluidez de sus gestos, se esmera, sonríe, propone. Vuelve a ser el dueño de la situación. En el fonógrafo suena Bach muy bajito; el nivel sonoro de la sala se eleva poco a poco, las conversaciones aumentan, los cócteles se suceden y todos se mezclan unos con otros.
A las ocho, la mayor parte de los invitados sigue al pie de cañón como en los mejores tiempos, Fersen y Cocteau hablan de teatro y una amiga de Arletty le ríe las bromas a un joven comandante alemán. Muchos están considerando cenar en la ciudad. Marie-Louise, encantada, los convida a seguir la noche en el restaurante del Ritz.
El mundo de antes ha vuelto. Todos o casi todos han regresado. Solo falta Blanche. Mejor que sea así.
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5 de noviembre de 1940
«Eviten los barrios de París donde pululan los judíos llegados de todas partes del mundo. Les asaltará un olor nauseabundo. Verán a niños negros de mugre y plagados de parásitos reptar por callejuelas oscuras». Es lo que puede leerse en una nueva versión de la guía que la Wehrmacht distribuye entre sus valerosos soldados cuando salen de juerga.
El mes pasado, el gobierno de Vichy ha publicado un edicto con el «estatuto» que define la «raza judía» y prohíbe a los judíos franceses acceder a la mayor parte de empleos públicos. Poco después han empezado a aparecer letreros sobre algunos escaparates: Jüdische Geschäft. Negocio judío.
¿Cómo puede el Mariscal permitir esto? Está claro que no ha tenido más remedio que ir a estrecharle la pezuña a Adolf Hitler en Montoire.
Al leer con atención ese famoso «estatuto de los judíos», Frank ha reparado en que los antiguos combatientes de la Gran Guerra no están afectados por esas prohibiciones.
Ahí se nota la garra de Pétain.
Cada vez que la palabra «judío» se pronuncia en el bar, Frank recuerda que Georges, su viejo camarada de trinchera, los tiene a Luciano y él en un puño. El ambiente está viciado.
¡Mariscal, sálvenos del abismo!
En esta guerra que ahora llaman paz, Frank Meier se siente sacudido entre dos mundos que coexisten y nunca se cruzan: el mundo de dentro, el del Ritz, con su fastuosidad, su confort y su rapacidad, y el mundo de fuera, el del hambre, el frío y la humillación. Frank no llega a hacerse idea de la
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situación. Es más, se niega a ello. Se aferra a la leve esperanza de que Pétain tal vez pueda todavía invertir la tendencia, devolver a los franceses la existencia digna y decente de la que los han privado desde hace meses. Ayer, en el jardín de las Tullerías, vio a un viejo hambriento tratar de atrapar inútilmente a una infeliz paloma con una red.
En el Ritz las cosas cambian. El coronel Speidel se ha mudado de golpe al Royal Monceau. Oficialmente, lo que ha hecho ha sido ceder su suite a un superior jerárquico: el general Otto von Stülpnagel, nombrado jefe de las fuerzas de ocupación alemanas en Francia y gobernador militar de París, el rango más alto de la Wehrmacht. Un prusiano tieso y delicado a la vez, alto y delgado, ataviado con un monóculo y uniforme con botonadura de oro. Nadie sabe aún qué pensar de él, y además no sonríe nunca. Frank sospecha que Speidel ha buscado alejarse de Goering —¿y quién no? Tan solo Guitry lamenta no ver al Gran Cazador cada vez que va por el Ritz—.
El único hombre cuyas agallas ha podido apreciar el nuevo general es Claude Auzello. El antiguo director se hallaba en el vestíbulo del hotel cuando llegó Otto von Stülpnagel. Elmiger quiso presentarlos, pero Auzello se negó ostensiblemente a darle la mano, limitándose a inclinar la cabeza. Elmiger se quedó de piedra, Marie-Louise estuvo a punto de atragantarse. El comandante en jefe de la Wehrmacht no se inmutó y siguió su camino. A Frank le dieron ganas de aplaudir.
Esa misma noche, flanqueado por el coronel Speidel, el general Von Stülpnagel se ha presentado en el bar. El aristócrata prusiano ha pedido una copa de Pol Roger y ha preguntado a Frank qué pensaba de la presencia de los alemanes en el Ritz.
—Y usted, mi general, ¿qué piensa de la ausencia del ejército francés en el Savoy de Berlín? —le ha replicado.
Enseguida Frank teme haber ido demasiado lejos, pero Speidel ha soltado una carcajada y Stülpnagel ha esbozado lo que parecía una sonrisa.
Frank se irrita al oír al veterano locutor de Radio París pretender decir que la vida ha recuperado su curso. Radio París miente a los franceses, París miente a los alemanes y cada cual miente a todo el mundo. Por lo menos no te mientas a ti mismo, se promete Frank mientras saca del armario una nueva chaqueta blanca. Busca sin éxito algo con qué
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distraerse en el periódico del día. En la sección de Deportes de Le Matin encuentra una declaración de Goering que anuncia que los ataques contra Inglaterra no cesarán. Para entretenerse, echa un vistazo a Sucesos: en el Boulevard de Sébastopol, un mecánico ha degollado al amante de su mujer. Y justo al lado, bajo el título «Bruselas tomará medidas contra los judíos», estas cuatro líneas: «Según fuentes fidedignas, en Bruselas se acaba de aprobar una ley para resolver la cuestión judía».
Fuera, un perro aúlla, triste y lejano.
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Tercera parte
EXTENSIÓN DEL CONFLICTO
MAYO-AGOSTO DE 1941
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14 de mayo de 1941
Ha pasado el invierno y con él las primeras Navidades de un París ocupado.
Los días se vuelven semanas, luego meses y cada vez cuesta más acordarse de cómo era la vida de antes.
En el Ritz, los «tres días sin alcohol» por semana decretados por el gobierno de Vichy evidentemente no cuentan, aquí no se priva de nada. El elegante diplomático Fersen ha dejado de venir, pero el bar funciona bien, las propinas están garantizadas y Goering es un poco más discreto. El ogro pasa menos tiempo en París. A ambos lados de la barra, las cosas se han calmado.
Frank no tiene de qué quejarse: la Viuda lo deja en paz, y también Elmiger. Puede llevar su negocio sin perder de vista a Georges. La reanudación de las carreras en Auteuil es una bendición. Los alemanes han vuelto a las apuestas hípicas y Frank les pasa el soplo como antes, previo el cobro de su comisión sobre las ganancias. Una vieja costumbre ante la que todo el mundo cierra los ojos. Ha metido a Georges en el asunto, al menos los sigue uniendo esta complicidad. Al general Von Stülpnagel, jinete de altos vuelos e hijo de un coronel de caballería prusiano, no le agradan las apuestas. Pero las tolera.
Stülpnagel baja al bar con regularidad. Es un bebedor distinguido, aunque no tiene nada de mundano. Unas pocas semanas después de su llegada, confundió a Cocteau con Guitry. Cocteau se sintió ofendido, ¡con todo lo que él hacía por estar a la hora alemana! Sacha Guitry disfrutaba con esa anécdota y Stülpnagel arregló su error pagando discretamente una copa a los dos autores el jueves siguiente.
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A veces, Frank se sorprende pensando que con Von Stülpnagel la ocupación podría llegar a ser aceptable. Luego enseguida se acuerda de Goebbels, de Goering, del estatuto de los judíos, del miedo en los ojos de Blanche, de sus insomnios, y cambia de opinión. Frank piensa en ella a todas horas. Se ha cruzado con ella alguna vez, este invierno, en la Place Vendôme, y, afable y jovial, parece haber dejado definitivamente atrás la morfina. Ahora hace más de un mes que no la ha vuelto a ver.
Esta mañana, al descubrir las primeras peonías en el parque Monceau, se le ha aparecido el fino rostro de la hermosa Auzello. En otra vida, quién sabe, le habría ofrecido un ramo de esas flores.
De nuevo, mejor que sea así.
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—¿Señor?
—Dime, Luciano.
—Tenemos ocho botellas de Cointreau, tres de Campari, cuatro de Glenmorangie y una de Dubonnet.
Es día de inventario. El joven aprendiz ha bajado a la bodega a hacer recuento.
—Tomo nota.
—También tengo dos botellas pequeñas de Jack Daniel’s, una de Jim Beam, dos Johnnie Walker. Y una caja de Cinzano.
—Me esperaba algo peor. Hijo, tenemos existencias todavía. ¿Qué más?
—Una caja de Bacardí, una de Beefeater y dos de Gordon’s. Una de Sobieski, una de Hennessy, una de Martini.
El muchacho consulta su libreta de Moleskine.
—Dos cajas de Chivas, una de Rémy Martin. Pero solo dos botellas de Marie Brizard y una de Glenfiddich.
—Muy bien. Haremos un pedido el lunes por la mañana.
El cuaderno de existencias no ha vuelto aún a su cajón cuando oyen a sus espaldas una voz alborozada:
—¡Muy buenas, señores!
Frank no necesita volverse. Solo hay un cliente incapaz de entender que el bar abre a las seis de la tarde.
—Lo siento, señor Bedaux, todavía no hemos abierto.
—¡Ah! Perdónenme —responde el empresario sentándose a la barra—. No he mirado la hora. ¿Saben la buena noticia? ¡La gran limpieza ha empezado!
—¿A qué se refiere?
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—Esta tarde, los alemanes han detenido a unos tres mil judíos en Paname[2]. ¡Fuera con esos judiacos, por fin!
Detrás de Frank, Luciano ha roto la copa de cristal que iba a poner en su sitio.
—Lo siento, señor.
—No pasa nada, chaval. Solo es un vaso. Ve a buscar la escobilla. ¡Maldito Bedaux!
Luciano va a tener que aprender deprisa lo más elemental del oficio:
¡la flema, chaval, la flema!
—Cuénteme ese asunto —dice Frank interesado, con voz apenas apagada.
—Una redada en París. Perfectamente calculada. Los han encerrado en el gimnasio Japy por esta noche y mañana por la mañana los trasladarán al campo de Pithiviers.
—¿Y qué judíos son?
—¡Los extranjeros que nos invaden y nos lo emponzoñan todo! Sobre todo polacos. Y también los hay checos y austriacos, creo. Van a reparar las carreteras destruidas por los bombardeos. Una idea brillante, ¿no? Con lo contentos que estaban cuando Francia se movilizó hace dos años para ir a salvar a los judíos alemanes, ahora van a poder arreglar todo eso. Y los judíos que se dicen franceses que se preparen. No tardando, irán a reunirse con los otros, se lo digo yo.
Un escalofrío recorrió los antebrazos del barman. Charles Bedaux, entusiasmado, con la cabeza hacia delante y los ojos desorbitados, le espeta:
—¿No cree que la noticia bien vale una copa?
Al lado de Frank, Luciano esta lívido, despavorido.
Cambia de tema, rápido.
—Por supuesto, hay que celebrarlo, señor Bedaux. ¿Champán? —Con mucho gusto.
—A su salud, señor Bedaux.
—¡Por el saneamiento, Frank!
Todos los bares de mala muerte parisinos, desde Montmartre hasta el Ritz, están llenos de Charles Bedaux convencidos de que el barman siempre es de su misma opinión.
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—Por lo demás, ¿cómo van sus negocios, señor?
—Maravillosamente bien, amigo mío, gracias. Las relaciones franco-alemanas nunca han sido tan fructuosas. Desde hace casi seis meses, me reúno a comer con industriales alemanes y peces gordos franceses. ¡Del Estado, eh! Vienen a mi casa, soy uno de los actores de la nueva Europa. Un benefactor benévolo de la colaboración económica, por así decir. Y no le digo nada del caballero que vive aquí arriba. ¡Está usted hablando con un amigo del señor Goering!
Baja la voz:
—¿No le parece sorprendente este Goering? A menudo, cuando estamos hablando, se pone a jugar con su colección de piedras preciosas como un crío con sus canicas. Coge algunas, se las pasa de una mano a otra… Antes de ayer, me recibió en su suite cuando se estaba dando un baño. ¡La bañera es inmensa! Me cae bien, creo yo. Me ha invitado a Carinhall, su pabellón de caza al norte de Berlín. Qué ganas tengo de ver ese sitio.
¡Y pensar que este merluzo ambiciona llegar a ser ministro en Vichy! Quién iba a decir que tipos como este casi empujarían a Frank a
proteger al vizconde, sobre el que circulaban mil rumores por los pasillos del Ritz. Pero esta noche, Frank piensa sobre todo en Luciano. Cuando lo encuentra en la bodega, el joven todavía está conmocionado.
—Tengo que salir de París —balbucea, al borde las lágrimas—. Me van a descubrir, seguro. ¡Soy judío! ¡Judío!
Frank da una fuerte bofetada a su aprendiz. El muchacho retrocede, impactado. Los ojos se le inundan de lágrimas. Frank está furioso.
—¡Jamás digas que eres judío! ¿Me oyes?
—Sí, señor —murmura Luciano con la cabeza gacha.
—Aquí estás a salvo, pero solo si no te traicionas a ti mismo. Piensa siempre lo que muestras de ti a los demás. No olvides que este bar es un teatro de máscaras. Cuida mucho la que tú llevas puesta y nunca bajes la guardia.
Dan las ocho de la tarde.
Frank pone dos manos paternales sobre los hombros de Luciano. —Venga, no te enfades conmigo, hijo, ve hasta la entrada. Y recibe a
todo el mundo con la más amplia sonrisa. Todo va a ir bien.
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Frank se queda solo en la bodega.
Todo va a ir bien…
Pese a estar seguro de que el cielo acaba de oscurecerse de golpe sobre Luciano, sobre él, sobre Blanche, sobre toda la ciudad, no es consciente del peligro que acecha.
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17 de mayo de 1941
Hay clientes que llegan demasiado pronto y otros que asoman la nariz a la hora de cerrar. Caras que no se habían visto nunca por la Place Vendôme, franceses provistos de Ausweis que sortean el toque de queda y se permiten todo tipo de familiaridades.
—¿Qué tal la noche, Frank?
—Excelente, señor Joanovici.
Hace solo seis meses, Joseph Joanovici era chatarrero en Clichy. Apenas sabe leer, pero desde que empezó a vender hierro fundido y acero a los alemanes, los fajos le salen de los bolsillos y se da aires arrogantes. Va con asiduidad al Ritz y quiere saber todos los chismorreos, como si estuviera en el bar de la esquina.
—He oído que la Chanel flirtea con un oficial alemán. ¿Sabe usted algo? Un tío guapo, al parecer…
Según la gobernanta, Gabrielle Chanel compartía su cama con dos amantes, prusianos los dos.
—No sé a quién se refiere, señor.
—Mi querida esposa se va a llevar una decepción. Le encantan los cotilleos.
—Lo siento mucho.
—Qué le vamos a hacer. Tome, esto para usted.
—Muchísimas gracias, señor.
—Y cierre en cuanto me vaya, me gusta ser el último cliente.
—En lo que canta un gallo, señor Joanovici. Buenas noches.
—Gracias, Frankie, también para usted.
Una vez a solas, exhausto e irritado por ese tontaina, Frank se centra en los quehaceres del bar. Ha abierto la puerta, apesta a tabaco.
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Menos mal que Georges no estaba hoy aquí…
Se ha ido a pasar unos días a casa de su madre.
Eso le sentará bien.
Que su viejo cómplice se añada a la lista de los nuevos ricos como Joanovici es la pesadilla de Frank. Por ahora, Georges guarda las distancias, no se cambia en seis meses a un hombre que lleva veinte años de empleado.
Pero un día bien podría dejarse tentar.
—Buenas noches, Frank.
Frank se sobresalta. Esta voz dulce y ronca y este andar felino son propios de Blanche Auzello.
—Buenas noches, señora Auzello.
Vestida de negro, delicadamente empolvada, más salvaje y fiera que nunca con sus ojos de gato abisinio, está cautivadora.
—Necesito un Dry Martini —dice.
—Entre y cierre la puerta.
Blanche se acerca a la barra y se sienta con delicadeza sobre uno de los taburetes.
—Estoy agobiada, Frank… ¿Se ha enterado de la noticia? Están arrestando a los judíos, los encierran como ganado antes de mandarlos a no sé dónde… Dicen: «Son los boches», pero no es verdad, son los agentes de policía franceses los que hacen el trabajo. Si he oído bien, por ahora solo han detenido a los hombres. ¿Sabe usted adónde los han llevado?
—A un campo, en Pithiviers, al sur de París. Se dice que son más de tres mil. Quizá cinco mil.
—¡Pero son tantos como una ciudad! ¿Cómo van a vivir ahí? ¿Qué les va a pasar? ¡Nadie dice nada! Nos callamos y nos escondemos bajo la bota de los Fritz.
Frank recuerda el artículo de Le Matin que ironiza sobre las condiciones de detención de esos judíos extranjeros: «Una sopa gratis para todos y una partida de cartas antes de acostarse, no tienen motivo para quejarse. Se les trata mejor que a muchos prisioneros franceses en Alemania».
—¿Qué dice su marido? —pregunta él.
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—Claude piensa que Pétain no abandonará jamás a los judíos franceses. Y que yo estoy a salvo por matrimonio.
Mezclar ginebra y vermú en un vaso con cubitos de hielo… —Tiene razón.
—¡No, lo dice por decir! ¡Un judío es un judío a los ojos de Hitler, no importa su nacionalidad! ¡Esta es la verdad! Y su Mariscal ve Francia con esos mismos ojos.
Remover con la cuchara.
¿Sirve de algo tratar de convencer a Blanche de la moralidad del Mariscal?
Servir en un vaso de Martini con un colador de cubitera. Añadir dos aceitunas en un palillo.
—Aquí tiene su Dry Martini.
—Gracias.
Ella suspira con la mirada perdida. Al poco, renace una sonrisa en su cara. Esa sonrisa triste que Frank conoce demasiado bien.
—El viernes por la noche, Claude me llevó al cine. Vimos una comedia musical teutona sobre la vida de Chaikovski, una auténtica estupidez. Pero descubrí los noticieros alemanes que ponen antes de la película. Una propaganda ridícula, y como estaba oscuro en la sala, Claude empezó a silbar y yo hice algo parecido. No fuerte, eh, únicamente para darnos el gusto. El público se rio con nosotros. ¡Volveré al cine solo por eso!
—Es muy propio del señor Auzello —comenta Frank sonriendo también.
—Hoy me ha enseñado esta expresión que circula por París: «la peste parda». ¡No se puede decir mejor! Estamos ante una pandemia. La infección galopa y me constriñe cada vez más.
Frank lleva su propio vaso de Martini.
—De todo lo que tengo aquí, el Martini sigue siendo lo mejor para quitar el miedo…
—Tiene razón, Frank, brindemos.
Frank cruza su mirada con la mirada intensa de Blanche. Un júbilo adolescente se apodera de su espíritu. Pero tras la sonrisa del barman crece una inquietud. Mientras ambos serenan sus angustias, otros como
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Joanovici o Süss mueven sus fichas. La situación exige un cinismo infinito, pero ¿tendrá la suficiente sangre fría? ¿Y cuánto tiempo podrán aguantar sin destrozarse para siempre el alma?
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24 de mayo de 1941
Soy hijo de un doble exilio. Exiliado de mi país natal y exiliado de mi clase social. Esto es precisamente lo que Frank habría querido confesarle esta noche al coronel Speidel, pero este ha preferido hablar solo de sí mismo. Desde que se ha instalado en el Royal Monceau, sus visitas son más escasas; sin embargo, cuando viene al bar, se establece entre ellos una relación casi amigable. El coronel acaba de llegar de una copiosa cena en La Tour d’Argent con Ernst Jünger y saborea un aguardiente de pera para digerir su chateaubriand con tocino y pimienta roja. Es tarde, están solos y el coronel parece un poco ebrio.
Justo lo que hace falta para que surjan las confidencias.
Speidel ha empezado por contar que frecuenta un nuevo sitio que le encanta: el salón de Florence Gould, una exuberante cuarentona franco-americana, mujer de carácter y gran enamorada de la literatura. Ella y su marido, un magnate de los ferrocarriles, son muy conocidos en el Ritz. Pero el esposo tiene una salud frágil y descansa en la Riviera mientras que su mujer ha fijado su domicilio en Bristol.
—Es algo más que un salón mundano, como puede suponer, es un ámbito excepcional de inteligencia franco-alemana —recalca Speidel ante la mueca incrédula de Frank.
Las citas tienen lugar los jueves, para comer. Degustan un bogavante de Roscoff o una raya a la mantequilla negra, acompañados de un crianza Pol Roger y de la flor y nata de París: Léautaud, Jouhandeau, Giraudoux o Louis-Ferdinand Céline, pintores como Marie Laurencin o, de nuevo, el capitán Jünger, del que se dice que es amante de la señora Gould. Se evoca allí la belleza de los grandes jardines de Europa, la literatura rusa, los templos de Angkor o incluso la angustia de la muerte…
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—En fin, hablamos de todo —se entusiasma Speidel.
Frank asiente, pero apenas está impresionado. Le recuerda mucho a su difunto club de los jueves. Imposible explicarle a Speidel que las mentes más eruditas, gozosas y elegantes ahora tienen prohibida la entrada en el Ritz o en la casa de la tal señora Gould, y piensa en Alfred Döblin, en Heinrich Mann o en Walter Benjamin, los tres alemanes y los tres fugitivos.
Mientras Frank se da una vuelta por sus recuerdos, Speidel ha terminado su licor de pera y cambiado de tema. Esta noche, tiene ganas de hablar de Ernst Jünger y de celebrar lo que considera un éxito personal: ha convencido al general Von Stülpnagel para poner bajo sus órdenes al escritor estrella. «¡Un héroe de la Primera Guerra, cuyas novelas se extienden más allá de las fronteras alemanas!». Jünger es solo capitán, pero impresiona a todo el mundo allí por donde pasa. El propio Frank se dio cuenta de ello, cuando Stülpnagel lo recibió en el bar la semana pasada. Jünger tiene magnetismo. Lleva el uniforme con una rara elegancia, su cultura es inmensa, su sonrisa enigmática y su presencia entre los demás es tan dulce como presumida. Se presentó con la edición original de un tratado sobre los insectos en Europa occidental, un regalo para Stülpnagel. «En una ciudad ocupada, mi general, proliferan los insectos», le dijo. Confuso, Stülpnagel prometió leerlo lo más rápido posible, confesando que eso lo apartaría de las Krimis, las novelas policiacas que ahora estaban de moda al otro lado del Rin. Frank reprimió una sonrisa: él también las leía, incluso tenía una preferida, Asesinato por cinco céntimos, que explora los bajos fondos de Berlín. «Me pregunto cómo es posible que ese libro se haya librado de la censura nacionalsocialista», replicó Stülpnagel. Jünger y el general se echaron a reír a la vez.
La vida cultural también ha vuelto. Los teatros están a rebosar, Sacha Guitry juega con la censura, Léo Marjane canta «Estoy sola esta noche» para las mujeres de los prisioneros. Incluso la moda cuenta de nuevo con el común beneplácito. Animado por su segundo aguardiente de pera, Speidel apenas puede ocultar una excitación casi infantil al evocar un pase de modelos al que lo ha invitado mamá Ritz: la presentación de la colección de otoño de Lucien Lelong que harán dos jóvenes diseñadores,
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Christian Dior y Pierre Balmain. A Frank le divierte verle memorizar los nombres de los nuevos modistos franceses. «Es para mi mujer», se justifica el coronel Speidel. Lo que aguarda con interés es la cena que seguirá al desfile. Le han dicho que acudirá Arletty. A Speidel lo fascinan las actrices y los famosos en general.
A la tercera copa, invitación de la casa, el coronel revela las artimañas de Gabrielle Chanel para recuperar la propiedad exclusiva de sus perfumes. Quería hacerle llegar una carta a Xavier Vallat, el comisario general para los asuntos judíos, y había pedido cita por mediación de su amante, el barón Von Dincklage.
—La señorita Chanel se considera espoliada por sus socios judíos, los hermanos Werheimer, exiliados en Estados Unidos. Poseen todavía el noventa por ciento de la empresa que los tres crearon al principio de los años veinte.
Speidel se limitó a escucharla educadamente antes de tramitar la petición, las cuestiones económicas no son de su incumbencia y tampoco comulga con la obsesión nazi por los judíos. Pero se quedó con la carta, como con cientos de otras parecidas.
—Me sigue pasmando la avidez de los franceses por la delación —dice
—. Recibimos mil quinientas cartas al día. Que si mi patrón es judío, que si mi vecino es judío, que si mi suegro vende mantequilla en el mercado negro… Sobrepasa cualquier imaginación. Sin embargo, he de reconocer que eso nos facilita mucho el trabajo…
Frank se imagina todas esas cartas de autores anónimos camuflados bajo sus valores cívicos. Cualquier día, una de esas cartas podría delatar su nombre y el de Luciano. O el de Blanche. Por supuesto.
Para ahuyentar cierta incomodidad que pérfidamente se ha instalado entre ellos, el coronel Speidel se interesa por las fotografías colgadas de la pared. Se detiene en el retrato de Scott Fitzgerald y pregunta a quién pertenece esa mirada tan profunda. Frank titubea. Confiesa que es la de un escritor norteamericano. ¿Le ordenará Speidel que la descuelgue?
—Un viejo amigo del bar. Un ataque al corazón acabó con él el pasado diciembre.
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Una vez a solas detrás de la barra, Frank vuelve a enfrentarse con un hastío que creía haber superado desde la llegada de la primavera.
«Hace veinte años que tratas de sobreponerte a la tristeza del exilio inventando cócteles dignos de la grandeza de Viena», le decía Scott.
Scott ha muerto. Scott Fitzgerald. Mi amigo, mi bebedor de ginebra más querido. Ha muerto lejos del Ritz, en esa América que me parece tan lejana, como un continente a la deriva en el que la guerra no existe.
Los ojos se le llenan de lágrimas. Frank sueña con un París libre de alemanes, en el que Hemingway pudiera entonces volver al Ritz para ver que nada ha cambiado. Hemingway, «Papa», el otro americano, el ídolo de Georges. Una especie de escalofrío agita al barman, uno de esos raros momentos en que el futuro parece aclararse antes de que todo vuelva a ser completamente oscuro. Fitzgerald habría hallado las palabras para guiarlo en esa oscuridad. Pero esas palabras murieron con el mundo de ayer.
Que descanse en paz tu espíritu alegre y melancólico, mi querido Scott.
Y Frank alza su copa.
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Diario de Frank Meier
Rue de Vaugirard, número 58, frente al jardín de Luxemburgo. París, VI.º Distrito. La dirección de Scott. Hemingway vivía muy cerca, en el número 6 de la rue Férou. Una bonita zona céntrica tomada por los americanos que buscaban autenticidad. Esas avenidas y edificios más antiguos que su país eran algo mareante para ellos.
«Los americanos en París son lo mejor que ha hecho América», repetía a menudo Scott. Era mayo de 1928, Scott y Zelda acababan de mudarse a su nuevo apartamento. La felicidad corría por las calles. La despreocupación pasaba volando. Aquella noche, daban una fiesta por la inauguración del piso y me habían propuesto que ejerciera mi talento con sus invitados. No podía decirle que no a Scott. Llegué un poco antes de las seis con todos mis pertrechos de barman. Fitzgerald me abrió la puerta en batín, debajo llevaba camisa blanca, corbata negra y chaqueta de tweed. Me hizo pasar al salón, tenía que terminar de escribir una carta. Se sentó en su escritorio, una mesa de roble con florituras de bronce dorado y un vade de piel manchado de tinta, un mueble con la firma de Henry Van de Velde. Le iba como un guante. El gran escritor en su mesa de trabajo, un poco como yo detrás de mi barra. Mientras esperaba, me dio a leer la edición de Le Matin. Me senté en un sillón de cuero gastado y leí el periódico. Recuerdo muy bien que allí se hablaba de las elecciones en Alemania. El bloque republicano había ganado holgadamente, pero el partido nacional socialista había conseguido doce escaños. Era la primera vez que Hitler contaba con diputados en el Reichstag. Me acuerdo por eso. Se lo leí a Scott y él se echó a reír, el tal Adolf Hitler le parecía un payaso. Estaba convencido de que la violencia de los nazis inspiraría siempre a la burguesía conservadora una profunda aversión: «Alemania, Frank, es un país altamente civilizado…».
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Una civilización que tenía su eco en aquella fiesta primaveral de la rue de Vaugirard. Zelda había dispuesto por todas partes unas mesitas cubanas de caoba moteada con rosas blancas y nomeolvides. Las copas de champán de Baccarat estaban finamente esmeriladas con motivos geométricos, muy modernos, y los vasos de cóctel, también de cristal, tenían en el borde un ribete dorado. Una elegante decoración floral en claroscuro azul ornaba la vajilla de porcelana art nouveau. Con jazz americano, luz atenuada y volutas de cigarrillos rubios, el piso tenía un ambiente neoyorquino en el corazón de París. Yo me encontraba como pez en el agua detrás de mis botellas, mi coctelera y mis cítricos. Los Fitzgerald transformaban su fortuna en encantamiento.
Zelda apareció con vestido de lamé plateado. Mistinguett llevaba una túnica de crepé verde adornada con perlas blancas y escarapelas. Sara Murphy, de blanco, con bordados multicolores de seda, rivalizaba en elegancia. Joséphine Baker había optado por un fascinante vestido negro de flecos ribeteado de coral con un cuello de armiño. Kiki de Montparnasse bailaba con un flapper charleston beis de flecos y lentejuelas cequíes. Todos los hombres habían elegido trajes claros y una evidente virilidad. Un enjambre masculino: Hemingway, Gerald Murphy, Cocteau, Picasso, Matisse, Man Ray, Brancusi y Modigliani.
Hemingway quería hacerme probar toda clase de mezclas: Papa insistía en que inventáramos juntos un cóctel que él llamaría Vaugirard, en recuerdo de esa velada. Todos parecían bastante contentos de sí mismos, sin ser esnobs. Se divertían con cualquier cosa, incluso cuando Frances Scott, de siete u ocho años, se sopló un Gin Fizz que había confundido con una limonada. La pequeña estaba ebria, yo espantado de aquello, pero era el único. Los invitados reían al ver a la niña dando tumbos por el salón.
Hacia medianoche, Zelda se propuso saltar desde el balcón, como los clavados que hacía desde las rocas en la Riviera ciertas noches de mucho alcohol, y fue necesaria toda la autoridad de Hemingway para disuadirla de ello. Scott, ebrio también y abstraído en los encantos de una joven bailarina que era modelo exuberante del pintor Jules Pascin, no se enteró de nada. Furiosa, Zelda se llevó a toda la troupe al Dingo Bar de la rue Delambre, en Montparnasse. Yo me quedé solo con Scott. Quería una
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última copa. Tirado en un sofá, me contó que, en las noches de insomnio, le encantaba inventarse vidas, figurándose que era un futbolista famoso o un gran capitán de caballería. Es un juego al que siempre me presto. En eso Scott se parecía a mí, por eso lo quería tanto. Los dos nos pasamos la vida inventando historias en las noches vacías para huir de la angustia de las desilusiones. Antes de que pudiera servirle su Dry Martini, Scott se quedó dormido, borracho como una cuba. Ordené el salón como si fuera mi propio bar, para hacerles un favor, y luego llevé a Scott hasta su cama. Volví a mi casa dando un paseo, tan suave era la noche.
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11 de junio de 1941
—Señores, seré breve, nos enfrentamos a un grave problema… Marie-Louise Ritz ha convocado a Frank a la reunión que tiene cada
miércoles por la mañana con Elmiger y Süss. Son momentos sinónimos de café. De verdadero café, un bien cada vez más escaso. Marie-Louise lo sirve en tazas de porcelana. La Vieja adopta ese aire solemne que se ha convertido en una segunda naturaleza suya y cabe preguntarse si, en el fondo, no siente cierto regocijo siempre que la situación se complica.
—Sospecho seriamente que la señora Auzello es judía de nacimiento.
Una fría cuchilla penetra en las entrañas de Frank.
—Si este fuera el caso —continúa Marie-Louise—, Blanche Auzello no se ha censado como tal, estando obligada a hacerlo.
Volviéndose hacia Süss, prosigue:
—No temamos afrontar la verdad, estamos ante una situación muy crítica. Podríamos ser acusados de cómplices.
Frank tiene la garganta seca y la lengua pastosa. ¿Por qué me ha convocado? ¿Qué sabe, en realidad?
Con tono afectado, la Viuda añade que le habría gustado oír a Blanche explicarse ella misma, pero esta sigue negándose a dirigirle la palabra, mientras Claude Auzello está en Juan-les-Pins, en casa de su amigo Frank Gould.
—Le he encargado al señor Süss que lleve a cabo una discreta investigación. Espero que ustedes dos lo ayuden para poner en claro este asunto lo más pronto posible.
Por el tono empleado por la Viuda, Frank entiende que la investigación ya está en marcha. Su corazón se acelera, su cabeza podría estallar en
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cualquier momento. ¿Sospecha algo? Probablemente no, de lo contrario habría presentado la situación de otra manera.
—He de admitir que por ahora no he logrado corroborar la información —confiesa el vizconde, levantando sus gafas redondas hacia lo alto de la frente—. Nos llega de una camarera contratada hace diez días y que parece haber conocido a Blanche cuando esta llegó a Francia. En aquella época, ella trabajaba en el hotel Claridge, del que Claude Auzello era director adjunto. Esta mujer asegura haber visto aparecer por allí a una joven neoyorquina que se llamaba miss Rubenstein y que no ocultaba su ambición por triunfar en el cine en París. Blanche Auzello sería, por tanto, una israelita escondida detrás de su matrimonio.
—Señor Meier, usted que los conoce desde hace tanto tiempo —dice seguidamente la Viuda—, ilumínenos.
El primer aviso acaba de sonar.
—Siempre he oído a la señora Auzello afirmar que había recibido una educación católica. Incluso creo que su padre era diácono en Cleveland. No se imagina hasta qué punto estoy sorprendido…
Marie-Louise escruta a su barman con desconfianza. Frank no se atreve a cruzar su mirada con la mirada inquisidora de Süss. Que el padre de Blanche sea eclesiástico se le ha ocurrido de repente, un acto reflejo. La Vieja y el vizconde no tardarán en pedirle una confirmación de ello a Auzello…
¡Te has pasado de listo, te has puesto en peligro inútilmente! —¡Jamás se me ocurriría denunciar a la señora Auzello! —promete la
Viuda, llevándose la mano al pecho—. Es contrario a mis principios. Además, no tengo nada en contra de los judíos, pero si la información se confirma, sería impensable mantener a los Auzello bajo nuestro techo.
Elmiger sigue sin decir ni una palabra. Evidentemente, no ha sido informado de las investigaciones llevadas a cabo por su adjunto y las arrugas de su frente dejan entrever que no le ha gustado nada haber sido puenteado. Se vuelve hacia Süss con una severidad que Frank no conocía en él.
—¿Esa camarera ha ido verlo a usted por propia iniciativa?
El vizconde, tenso, asiente.
Por primera vez, aparecen fisuras en el dúo suizo.
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—¿A qué viene esa pregunta, Hans? —quiere saber Marie-Louise, crispada.
El sobrino guarda uno de esos silencios que a veces preceden a un acto de valentía.
—No estaba al corriente de esta historia, pero debo decir que, desde hace unas semanas, me inquieta el espíritu de delación que parece haberse introducido en el alma del hotel —empieza a decir Elmiger.
Marie-Louise lo mira fijamente con cara estupefacta.
—La presencia de oficiales alemanes en el Ritz, señora, conlleva unas propinas poco habituales y, en el actual clima de venganza social, un buen número de nuestros asalariados parecen estar dispuestos…, digamos, a amasar el máximo dinero que puedan. Siento informarla tan crudamente, pero es un hecho: en cada piso de nuestro maravillosa casa reina una atmósfera deleznable.
—Exagera, Hans. Los empleados de la casa siempre han estado expuestos al dinero. Es cierto que su tío alaba su carácter precavido, pero yo creo que usted es más bien asustadizo. Cualquier nimiedad lo atormenta…
—No creo, señora. Si me atrevo a decirle lo que pienso de verdad, es únicamente en interés del Ritz. Es urgente cortar de raíz esta obscenidad. El ambiente podría acabar siendo tóxico. El señor Süss podrá confirmárselo. Estoy pensando concretamente en el personal de restauración, donde me temo que hay un conflicto explosivo.
La Viuda se dirige hacia Süss, pero este se cierra como una ostra. Elmiger, en cambio, se mantiene más erguido que de costumbre. Aliviado por haber hecho mella en la armadura de su adjunto, su rostro ha ganado autoridad. Como si le hubiera vuelto la dignidad, se burla Frank para sus adentros. No le sorprende lo que oye: ese afán de lucro que amenaza la buena marcha del servicio es lo que él vive cada noche con Georges en el bar. Pero un director consciente de la realidad siempre es un acontecimiento.
—La situación se ha agravado con las visitas, cada vez más frecuentes, de granujas que se enriquecen en el mercado negro —prosigue Elmiger—. Tal vez usted no se ha dado cuenta, señora, pero el dinero corre a espuertas de los bolsillos de estos nuevos ricos y excita ambiciosos deseos.
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Marie-Louise presta atención. Los «nuevos ricos»: Elmiger ha sabido encontrar las palabras que más la estremecen.
—Sin ir más lejos, ayer mismo tuvimos un ejemplo ante nuestros ojos. Uno de los camareros del restaurante fue abordado por un tal Lafont, notorio colaboracionista. Este individuo le ofreció una considerable suma de dinero a cambio de que cada día le diga el nombre de los oficiales alemanes que hayan reservado mesa en el hotel a la hora de comer…
Frank enseguida comprende el truco. Reservar una mesa cerca de la de Goering o de Speidel es una bicoca para un crápula.
—Lo he sabido —continúa Elmiger, suspirando— porque el joven empleado ha sido denunciado por un colega envidioso…
—¡Quiero la cabeza de ese miserable inmediatamente! —grita Marie-Louise.
—Se la daría con mucho gusto, señora, pero ¿no sería más juicioso evitar enfrentarse con ese famoso Lafont que mantiene estrechos lazos con la Gestapo?
El director mira de reojo al barman en busca de un apoyo. O de un respiro. Intuitivamente, Frank se lanza:
—Si me lo permite, lo que dice el señor Elmiger tiene sentido. Conozco a ese Lafont, es cliente habitual desde hace unas semanas. Es del estilo de los chicos que trabajan con nosotros. Habla el idioma de la calle, como ellos. Es un proletario que gusta de que lo llamen «patrón»; eso le encanta, se pirra por eso. En el bar, se pavonea y trata a todo el mundo como si estuviera en su casa.
Frank asesta a la Viuda el golpe de gracia:
—Es una especie de Gavroche, señora, un huérfano echado a perder.
Su éxito de truhan apegado a los dignatarios nazis fascina a los empleados.
—Si nuestros empleados se ponen a colaborar demasiado —insiste Elmiger—, perderemos la apuesta de mantenernos al margen del conflicto. Y eso no es todo…
El apocado Elmiger se enfunda el traje de director en lo peor de la tormenta, ¡quién lo hubiera dicho!
Marie-Louise se hunde un poco más todavía en su sillón Luis XV; Süss junta sus manos y se acerca los índices a los labios apretados, como para impedirse a sí mismo abrir la boca.
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—Debo indicarle también que una de nuestras doncellas mantiene relaciones íntimas con un oficial alemán alojado en el Ritz.
—Será una broma, ¿no? —se exaspera la Vieja.
—Por desgracia, la señora Delmas, nuestra jefa de gobernantas, me asegura que la señorita Anna Jaouen se ha convertido en la amante del capitán Sommer, habitación 208. Si es verdad lo que dice, me parece prioritario que nuestras doncellas no crean que vamos a tolerar ese tipo de conducta. Nuestro reglamento es muy claro a ese respecto, y no aplicar una sanción severa sería interpretado, pura y simplemente, como una complicidad por nuestra parte. Por consiguiente, he convocado a la señorita Jaouen a mediodía en mi despacho y querría su autorización para suspenderla del servicio, con el fin de que nos deje cuanto antes.
La guerra cambia a los hombres. Desconcertada, Marie-Louise mira por la ventana y de repente siente inquietud por la fragilidad de sus amados tilos, cuyas descoloridas hojas se llenan de manchas grises.
También ellos están contaminados por el ocupante.
Una vez fuera de los aposentos de la Viuda, el director y el barman se reúnen en el pasillo.
—Ya ve, Meier —dice Elmiger con una benevolencia desacostumbrada—, en el fondo, soy una persona responsable. Cuando pienso en ello, al caer la noche, veo el cielo más despejado y distingo las estrellas.
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¿Pero qué está haciendo, joder?
Las cuatro menos diez, no hay que perder ni un minuto más. Frank se impacienta en el vestuario del personal. El olor a sudor irrita sus narinas, anestesiadas sin embargo por los cigarrillos que fuma en cadena desde esta mañana.
Por enésima vez, el barman se lleva la mano al bolsillo donde está el sobre que podría cambiarlo todo. Después de haber dejado a Elmiger, se ha precipitado hasta la despensa del bar para escribirle una nota a Blanche, avisarle del peligro que corre y de que sostenga la mentira que hace un rato ha improvisado sobre su padre, diácono en Cleveland.
Si se atiene a esta versión indemostrable, aún puede salvarse.
Tiene que hacerle llegar este mensaje antes de que Süss la interrogue. Impensable subir a la habitación de los Auzello, ni siquiera pretextando servir una petición de champán: el riesgo a ser visto es demasiado grande. Pero Frank tiene un as en la manga: Marie, la hija de Sénéchal, una de las doncellas que asisten al matrimonio Auzello. Claude y Blanche la aprecian y él sabe que la joven lo prevendrá en caso de peligro.
Frank ha repasado la planilla de los turnos, Marie debe empezar su jornada a las cuatro de la tarde. Dentro de cinco minutos.
¿Dónde está?
Por fin la puerta se abre, se enciende la luz.
Frank, escondido detrás de una de las taquillas de madera, comprueba que es ella y sale de su ángulo muerto. La pequeña Sénéchal se asusta.
—¿¡Señor Meier!?
—Buenas tardes, Marie —dice en voz baja—. Es a ti a quien quería
ver.
El miedo sucede a la sorpresa en el rostro de la criada.
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—¿Me van a despedir?
—¡No, no, en absoluto! ¿Por qué piensas eso? —Es que hoy ha ocurrido algo espantoso… Frank siente que el pánico se apodera de él. —¿Qué es? ¡Habla!
—Han puesto en la calle a Anna… La han acusado de ser la amante de un oficial alemán.
—Lo sé, sí —murmura él, aliviado.
—¡No! No lo sabe…
La joven camarera se echa a llorar. —La culpable no es Anna… ¡Soy yo! —¿Cómo?
—Soy yo la que se ha enamorado de un boche, no ella.
Frank trata de ordenar las ideas en su cabeza. Todo va demasiado deprisa desde esta mañana.
—Ven —dice él cogiéndola del brazo—, no sigamos aquí. Vamos al office, no habrá nadie.
Marie Sénéchal camina delante y él observa cómo tiembla.
—A ver, cuéntame de qué va esa historia —le pregunta en voz baja cuando llegan a la antecocina.
—Es la tía esa, la Delmas, que se ha vengado. El otro día, Anna dijo que iba a quejarse a la dirección porque un oficial boche había querido meterle mano una noche de borrachera, pero la Delmas le ordenó que se callara, Anna la trató de alcahueta y de pécora. De todos modos, ambas se detestan desde hace meses porque la Delmas se mete en el bolsillo las propinas que deberían ser de todas y Anna ya no lo aguanta más. Las otras lo dejan correr. Qué importa que te manosee un tipo ebrio. Si curras en el Ritz, no hay peligro. Ella tendría que haberse callado, la muy idiota. Y ahora, está de patitas en la calle. Ruego a Dios para que encuentre enseguida un trabajo. Los empleos son tan caros en París…
—Pero ¿y tú? ¿Quién es ese alemán?
—Karl Sommer. Es capitán. El ayudante de campo del general Von Stülpnagel. Me aterra pensar que me despidan también…
—¡Vaya por Dios…!
Marie se lleva las manos a la cara. Su llanto es más intenso.
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—Debes acabar con esa historia de inmediato —le ordena Frank con sequedad.
—¡No, no puedo!
—¿Por qué no?
—No soy una cualquiera, señor Meier. Karl me gusta de verdad. Es muy amable conmigo…
Frank respira hondo y articula con severidad:
—Escúchame bien, hija mía. Sé extremadamente prudente, ¿de acuerdo? Nadie debe saber lo que haces con ese hombre. ¡Nadie! Te juegas el empleo.
—Sí, señor Meier.
—Tengo una cosa que pedirte. Es urgente y muy importante.
—Sí, señor Meier.
—Me gustaría que entregues discretamente esta carta a la señora Auzello esta misma tarde. Ella te aprecia mucho, confiará en ti. Quiero que se la des en mano. Nadie tiene que saber que yo te he dado este sobre, ¿está claro?
—Muy claro, señor.
—Cuento contigo, Marie. Es fundamental que la señora Auzello tenga esta carta hoy mismo, ¿de acuerdo?
—Sí, lo he entendido.
—¡Adelante, hija!
—Bien, señor —dice ella, dándose la vuelta para marcharse.
Entonces, una luz se ilumina en la mente de Frank:
—¡Espera un momento! Dime, ¿te ocupas también de la habitación de Stülpnagel?
—Sí…
—¿Se encuentra allí ahora mismo? No se le ha visto mucho.
—Hace ocho días que está enfermo. Han hecho venir a un matasanos porque no se le baja la fiebre. Las otras chicas y yo nos turnamos por las tardes para cuidarlo. Es curioso lo distinta que se ve a la gente en esos casos. Normalmente, es tieso como el palo de una escoba, con el pelo siempre repeinado. Ahora está allí sin afeitarse, desgreñado, amarillento, incluso a veces delira. Está obsesionado por una vieja bruja que ha
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estirado la pata en un sanatorio. ¡Sí, sí, se lo aseguro! De repente, casi me parece simpático.
—¿Hablas con él?
—Le damos los buenos días, nada más. Hoy estaba dormido. Y entonces, bueno, a usted se lo puedo confesar: he aprovechado para curiosear en sus cosas. ¡No en balde es militar, tendría usted que ver lo ordenado que tiene los armarios! Hay una gruesa hoja de papel de estraza debajo de cada pila de ropa, un auténtico maniático. Sobre su escritorio, ha amontonado un montón de libros, pero como todos están escritos en teutón, no he pillado ni mu, salvo uno sobre insectos, porque tenía dibujos. Tiene la misma estilográfica que mi Karl. Una Kaweco, fabricada por los boches y cuesta un riñón. En el cuarto de baño, hay un frasco de Guerlain. Se parece al de Karl, pero yo prefiero el de mi capitancito. Huele mejor… He ordenado sus toallas, todas con sus iniciales, y le he oído toser. Enseguida he vuelto hacia su cama, pero el general estaba un poco en las nubes y me ha sonreído. ¿Se acordará de mí, si tengo problemas con el hotel o con la gorda de la Delmas?
—Quizá sí. Mientras tanto, pon mucha atención en lo que haces, Marie. No digas nada a nadie. ¡Cuídate! Y ve corriendo a darle mi carta a la señora Auzello.
—Confíe en mí, señor Meier, voy enseguida.
«Mi capitancito…». La pobre se ve ya de novia.
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21 de junio de 1941
Blanche ha leído la carta a tiempo; ha podido confirmar que su padre era diácono a Süss, quien ha tenido la desfachatez, con el aval de la Vieja, de llamarla a su despacho. Marie Sénéchal ha ido a contárselo a Frank a hurtadillas.
Stülpnagel se ha restablecido, el Ritz ha perdido dos tilos, pero ha recuperado la serenidad con la partida de Goering. El ogro ha regresado a Berlín. En el bar, el mayor desafío de Frank es, en adelante, contener a Lafont, a sus comparsas y a sus condesas. Se ha convertido casi en un juego en el que participan un puñado de diplomáticos a la antigua usanza y cierta gente con clase de antaño que, algunas noches, acude a exhibirse igual que antes de la guerra, como si de pronto el bar entero demostrase a esos piojosos del mercado negro que su dinero sucio no es bienvenido. Frank siente que a Georges le tienta la camaradería viril y la ropa llamativa de Lafont, pero todavía conserva un mínimo respeto por el Ritz. Hoy se ha producido una pequeña victoria al empezar la noche. Henri Lafont y Joseph Joanovici salían de una cita en los salones del hotel; metieron la cabeza por la entrada del bar y se quedaron en el umbral un instante, sin atreverse a entrar, como en un acto reflejo que los acomplejaba por su clase social. Frank y Luciano preparaban un pedido. Estoicos, ni siquiera han alzado la vista. Georges, un poco avergonzado, tampoco ha dicho nada y los demás clientes han continuado con sus conversaciones como si tal cosa. Los dos gánsteres se han largado con una mueca de desprecio.
A la hora del cierre, Frank disfruta imaginando a Marie-Louise Ritz obligada a presentar sus más amplias excusas al matrimonio Auzello, después del mensaje furibundo que Claude, harto ya de «esta odiosa
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investigación» sobre su esposa llevada a cabo por Süss, le enviara al barón Pfyffer ayer por la mañana. «Han estado a punto de llegar a las manos», le ha dicho la pequeña Marie, conmocionada. Frank está contento como unas pascuas. Pero cuando a eso de la medianoche entra Süss con el rostro impasible, comprende de inmediato que la calma ha terminado.
El vizconde va hasta el extremo de la barra; no ha ido allí a beber. —Estoy seguro de que usted y yo vamos a hacer un buen negocio,
Herr Meier —dice, a modo de introducción.
Frank no responde.
«Herr Meier», me habla como a los boches.
El otro prosigue:
—Imagino que usted está ya al corriente de que Auzello me ha increpado. Ese asno con albardas vociferaba y me ha pasado por las narices su certificado de matrimonio, como si fuera un talismán. Un documento muy bien hecho, por cierto, incontestable, diría yo. Señorita Ross, nacida en Cleveland, en efecto. Pero un detalle me llamó la atención de inmediato. ¿Por qué el documento lleva la fecha del 1931, cuando la boda tuvo lugar en 1925?
Frank siente un escalofrío en la espalda.
—Como eso me ha intrigado, ayer por la mañana pedí ver el pasaporte de la señora Auzello, con el pretexto de que la Gestapo exige en adelante un documento de identidad para cada una de las personas alojadas en el hotel. ¿Y adivine qué? También está fechado en 1931. ¿Qué coincidencia, no le parece? Me cuidé mucho en anotar el nombre del diplomático estadounidense que había firmado el certificado de matrimonio…
Pérfido, Süss introduce una pausa. Frank espera la continuación, pero sabe ya que ha perdido. El vizconde desgrana su historia lentamente, saboreando cada etapa de su investigación. Explica cómo ha conseguido dar con ese diplomático tejano, «destinado a Londres». Cómo ha sabido que el tal diplomático estaba acribillado a deudas de juego. Y cómo, con casi nada y sin tener que moverse del Ritz, ha podido obtener de él lo que quería. «Un toma y daca». Ahora, Süss lo sabe todo: Blanche es judía, Claude ha mentido y Frank es su cómplice.
—Habrá observado que todavía no he dicho nada de todo esto a la señora Ritz —prosigue—. No tengo nada contra la señora Auzello,
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créame. Digamos que preferiría guardar esta información como un seguro y negociar con usted nuestra mutua tranquilidad.
Frank, que está blanco como una sábana, acusa el golpe. Süss no tarda en referirle que, aconsejado de Karl Haberstock, ha conocido este invierno a un viejo cirujano askenazí, aficionado al arte, que estaba en posesión de una de las más bellas colecciones privadas de París.
—Una cita crucial, un auténtico billete para entrar en las casas de los notables judíos.
Precisamente, de un tiempo a esta parte, Süss está agobiado por su nueva misión al servicio de los secuaces de Goering. Además de las numerosas responsabilidades en el hotel, la viuda Ritz no deja de presionarlo para que satisfaga el apetito de los marchantes de arte alemanes. «Está en juego la salvación del Ritz», repite ella, en contra de la opinión de Elmiger.
—Lo que pasa es que Goering es un jeta —dice Süss en tono confidencial—. Ha abandonado París, pero ha dado unas órdenes. No conoce la saciedad. Amasa, atraca, saquea… Creo que me tomaré uno de sus cócteles, finalmente. ¿Un Pompadour?
Abrumado, Frank sigue sin ver adónde quiere ir a parar el vizconde y, poniendo manos a la obra, no se pierde nada de lo que cuenta. Pinturas, esculturas, tapices, pianos, violonchelos, relojes, incunables: los nazis están desvalijando a los judíos de París. Para Süss, la cadencia aumenta. Sobre todo desde que, el mes pasado, el viejo cirujano le presentó a su notario, que ahora oficia de oteador.
—Un regordete fofo con cejas pobladas. Está lleno de tics, suda y apesta como un cerdo. Usted nunca dejaría entrar aquí a semejante tipo, Frank. Pero yo tengo que citarme con él todos los martes, en un piso mal aireado, donde ese repugnante personaje levanta la caza, unas veces es un dibujo de Renoir, otras un boceto de Frans Hals. Y es imposible puentearlo…
Ese oteador se lleva hasta un diez por ciento de las ventas. Si se escamotease a ese horrible notario, explica Süss, las familias judías y él mismo podrían repartirse su parte de las transacciones sin decir ni una palabra a los alemanes. Pero no hay nada que hacer: todos sus clientes
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judíos exigen pasar por ese notario que ni siquiera es judío. Süss ha logrado averiguar la razón.
—Figúrese, además de hacer de intermediario, el tipo facilita a las familias judías pasaportes falsos de excelente factura. Con esos documentos, mis clientes pueden llegar a Marsella o a Lisboa y luego huir a Estados Unidos.
Frank, sin decir ni una palabra, tiende el Pompadour a Süss, que alza su copa en señal de agradecimiento. El vizconde da un sorbo y continúa:
—Así que me pregunto, querido Frank, que si yo guardo silencio sobre los orígenes de Blanche Auzello, tal vez usted pueda procurarme documentos falsos, salvoconductos o certificados de nacimiento, ya que al parecer ha hecho usted aquí algunos valiosos contactos en esta materia. ¿Me equivoco?
Frank evita, por ahora, menear la cabeza.
¿Qué sabe Süss de su red diplomática? ¿Sabe acaso, que, antes de la guerra, era el barman habitual de las celebraciones ofrecidas en las festividades norteamericanas por su excelencia William C. Bullitt, en la avenida Gabriel? ¿Sabe que Fersen y Fitzgerald llegaron a ser amigos gracias a él? ¿Sabe que el cónsul de Portugal lo invitó a la boda de su hija en su casa de Estoril? ¿Sabe que Frank ha enseñado los rudimentos básicos del arte de la coctelería al agregado militar de la legación rumana?
Sea como sea, lo cierto es que Süss parece seguro de su jugada. Lo tiene todo previsto.
—Y como usted tiene la costumbre de intercambiar discretamente por encima de la barra las papeletas de las apuestas hípicas, los alemanes no sospecharán nada.
Desde luego, Süss está al tanto de todo.
Impactado, Frank se sirve un whisky y se lo bebe de un trago en silencio. Flota entre ellos un posible acuerdo.
—¿Sabe qué? —pregunta el vizconde al cabo de unos segundos—. Goering estaría dispuesto a pagar una fortuna por un boceto de Cranach el Viejo. Es su pintor favorito. El que, y cito sus palabras, «mejor representa el genio germánico»… Haría lo mismo por un Picasso o por un Monet y los guardaría discretamente en su depósito privado del Jeu de Paume, pero
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solo para contar con la posibilidad de intercambiarlos más adelante por un cuadro del gran maestro del XVI. Los llama sus «rehenes»…
Cranach contra Picasso, clásico contra moderno, he aquí otro campo de batalla de esta guerra en la que Süss es un mercenario sin doctrina. Con la mirada fija, el vizconde murmura que él no discute las órdenes, está al acecho.
—Yo le cubro a usted en el asunto de Blanche Auzello y usted me consigue la documentación falsa, y además le doy una comisión. Tiene dos días para pensarlo. Buenas noches, Frank.
El barman está estupefacto. ¿Abrazar la realidad del presente o desconfiar de los tiempos que corren? ¿Coger la mano tendida de Süss o seguir los pasos prudentes de Elmiger?
¿Tengo elección? ¿Se atrevería Süss a denunciar a Blanche?
En la soledad de su insomnio, Frank no sabe qué hacer. Todo se precipita y su cerebro parece ralentizarse. El sol despunta ya cuando por fin logra conciliar el sueño.
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22 de junio de 1941
En el bar del Ritz, Frank es el patrón. Pero en cuanto deja la barra, reaparece el hijo del tejedor judío de Lodz, el niño de las montañas tirolesas y el adolescente miserable perdido en la Viena de la belle époque. Con un pie en cada mundo, nunca más allí ni nunca del todo aquí. ¿Quién es esta tarde, en esta antesala de una embajada donde espera con paciencia desde hace casi un cuarto de hora? ¿El joven amilanado o el hombre de mundo en que se ha convertido? ¿El renombrado y envidiado barman o el ferviente admirador de la mujer de otro? Los es todos a la vez, por supuesto. Esta mañana, se ha puesto en contacto con Fersen y, aunque es domingo, el diplomático sueco le ha dado cita enseguida. No se han vuelto a ver desde la velada de octubre, cuando se movilizó a la flor y nata para volver al bar del Ritz, algo que apenas había seducido a Fersen. No importa, los dos hombres se aprecian y comparten una sensibilidad por las debilidades humanas.
El retrato de Bernadotte, rey de Suecia, está colgado de la pared de este hotel particular que alberga la embajada sueca. Los techos lujosos, las molduras, todo en este lugar habla de la estabilidad, de la continuidad de la historia más allá de los sobresaltos. Aquí más que en ninguna otra parte Frank puede calcular el camino recorrido. Piensa en esa distancia irreductible que lo separa de las buenas familias.
Goering, Stülpnagel, Speidel, el barón Pfyffer o Fersen, todos son nobles o grandes burgueses. Una guerra puede barajar de nuevo las cartas, pero ellos siempre estarán en la cima, mientras que los hombres como yo, los Scheuer, los Süss, incluso los Lafont, forcejean como pueden esperando la caída. El propio César Ritz era de ese mismo palo.
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César Ritz fue elevado muy por encima de su condición, fue idolatrado, y sin embargo, siempre estuvo en manos de los banqueros. Y aunque quiso fundar una dinastía, lo cierto es que esa dinastía está abocada al fracaso. Marie-Louise ocultó la decrepitud de su esposo durante varios años para poder llevar mejor las riendas del negocio; pero ella no tardará en morir y deberá dejar en herencia su Ritz al único hijo que le queda, Charley, que venderá el hotel porque él prefiere la pesca con mosca.
Frank tiene todavía en sus manos su propio destino. Süss le ha dado cuarenta y ocho horas, le quedan treinta y seis y aún no ha tomado una decisión. Podría no hacer nada: tal vez el vizconde esté faroleando o Claude Auzello encuentre un medio para hacerlo callar. Por otra parte, el dinero prometido por Süss podría serle muy útil en el futuro. Sin embargo, ¿qué sabe él del mercado del arte?
—¿Señor Meier?
Un funcionario lo conduce hasta el amplio despacho del diplomático que da a un frondoso jardín. Sobre una consola de madera de palisandro, Fersen ha puesto una pequeña balanza. Unas pocas coronas de su país natal mantienen los platillos horizontales. Un equilibrio perfecto.
—Perdone que le haya hecho esperar, querido amigo, tengo el día un tanto ocupado…
Es una frase convencional, pero el tono es sincero. Frank sabe ya que ha llamado a la puerta adecuada. Explica la situación a medias. Fersen comprende sin hacer preguntas y habla hipotéticamente para que se sienta cómodo. Los caballeros se entienden entre sí.
Por otra parte, el diplomático sueco se mueve con más soltura en las zonas grises de los documentos falsos que en el derecho internacional y, para personas de su confianza, está dispuesto a accionar ciertas palancas. Desde luego, no se encargaría él mismo, «pero soluciones hay…».
La conversación se interrumpe un instante, Frank echa un vistazo a la balanza.
—¿Dinero? —sonríe Fersen—. Como supondrá, ciertas palancas no se accionan más que con marcos. Pero yo no me rebajaré a ponerlo como condición entre nosotros. De todas formas, si le he comprendido bien, usted está solo en la fase exploratoria de su… proyecto, ¿no?
—Así es.
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—Si por ventura yo pudiera serle útil, sería un placer para mí. Sé que usted haría lo posible por agradecérmelo, lo cual le honra. Estoy seguro de que, llegado el caso, llegaríamos a un arreglo asequible…
Frank comprende de golpe la enormidad de su petición y del servicio que Fresen está dispuesto a hacerle.
—Debería volver alguna vez por el Ritz —dice finalmente, poniéndose de pie—. El general Von Stülpnagel va con frecuencia al bar, podría usted enterarse allí de cosas interesantes…
Fersen sonríe, con la mano ya tendida.
—Mi querido Frank, sé lo valiosas que son las conversaciones en su bar. Pero como puede suponer, para la política, grande o pequeña, afortunadamente dispongo de otras redes de contactos…
Pese al ligerísimo acento escandinavo, Frank halla de nuevo la elegante ironía de la noche de los jueves, la que le impone su interlocutor sin rebajarse nunca.
Cuando sale de la embajada, se siente a la vez liberado de un enorme peso y agobiado por las decisiones que quedan por tomar. Caminando instintivamente hacia el Ritz, hace balance, duda, reconsidera los riesgos.
Un vértigo lo atenaza. Hablar y reflexionar ya no es suficiente, va a tener que quitarse los guantes blancos y mancharse las manos. Después de lo que decida de aquí a mañana, entrará en un mundo nuevo. Un mundo en el que estará más solo que nunca.
Al entrar en la rue Cambon, consulta su reloj. Le quedan treinta y cinco horas.
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23 de junio de 1941
Como esta tarde ha llegado demasiado pronto, Frank se acoda en su querida barra y repasa los periódicos de la víspera mientras espera a Georges. Deben establecer un plan de acción para garantizar los suministros de alcohol de las próximas semanas. La cadencia del flujo de bebidas disminuye y hace varios días que Le Matin y Paris-Soir se han hecho eco de ello en portada. Se reclama urgentemente una reglamentación para el vino, que también empieza a escasear, y se espera que la reciente cartilla de tabaco ponga fin al contrabando y a los fraudes de todo tipo.
En cuanto se abre el bar, entra Charles Bedaux, pavoneando su triunfo. El industrial franco-americano señala con desdén los periódicos del mostrador.
—Todo eso está desfasado. ¡Empieza la gran final! ¿Se imagina? Cuatro millones de soldados cabalgando para Hitler por la gran llanura de Rusia: la mayor invasión militar de todos los tiempos, ¡la guerra total para destruir al enemigo de Europa! Hasta Churchill debería ayudarnos a aplastar a los sóviets y, luego, ya encontraremos un modo de firmar la paz. Póngame un Whisky Sour, Frank. ¿Sabe que Joe Louis ha tumbado a Billy Conn en el Polo Grounds de Nueva York? Habría pagado un ojo de la cara por estar en primera línea del ring. Sé que los nazis detestan a Joe porque es negro, pero a mí me encanta su boxeo. ¿Lo ha visto ya alguna vez? Tiene un gancho increíble. Cuando ataca, nadie lo puede esquivar. Es lo que les va a pasar a los rojos, ya verá. Alemania los va a tumbar en la lona en unas semanas.
Termina su vaso de un trago y echa a Frank una mirada inquietante, casi amistosa.
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—Recuerde lo que le voy a decir, Frank, y que quede entre nosotros: la Wehrmacht es Joe Louis. Destruye a su adversario. Usted no me cree. ¡No diga nada, lo sé! Pero, desde esta tarde, le garantizo que nada será como antes. Solo tiene que apostar por el ganador. A usted siempre le han gustado las apuestas, ¿no? Pues aquí tiene una colosal que afecta al futuro del mundo, y al nuestro de rebote. Confíe en mí, compruebo a diario el fabuloso poderío de Alemania, nada se le va a resistir. ¡Piénselo bien, granuja!
A Frank Meier nunca le ha gustado el comunismo, más bien al contrario. Él, que se ha labrado solo su destino de triunfador, desconfía de las luchas colectivas, ve a los bolcheviques como un obstáculo, como golpistas que aspiran a destruir la sociedad. Siguiendo el ejemplo de Pétain, él también desprecia a los comunistas. Unos antifranceses. De pronto, frente a esa cabalgada alemana contra los rusos, toma conciencia de que tiene los mismos adversarios que los nazis.
—En todo caso —prosigue Bedaux—, esta operación ocupa ya muchas seseras y eso va a hacer que varíen las relaciones de fuerza. A mí me van a nombrar consejero técnico del gobierno de Vichy, Fernand de Brinon me lo ha anunciado personalmente hace poco.
La invasión de la Unión Soviética es confirmada por unos cuantos oficiales de la Wehrmacht que han bajado al bar. No habrá mucha gente esta noche. Georges y Luciano lo tienen mal: las propinas será flojas. Mientras tanto, Bedaux pide un segundo whisky y elige a Frank para sus confidencias. Saca a colación lo de «este maldito pasaporte americano», que sigue valiéndole algunas sospechas en Vichy, habla de su esposa, que lo exaspera, de los pechos de Blanche Auzello, que lo excitan cada vez más, y de Gabrielle Chanel, que le sigue pidiendo que intervenga en su cruzada contra sus socios judíos.
El bar ahora ya está vacío, Frank ha mandado a casa a Georges y a Luciano, mientras Bedaux reclama una última copa. Frank tiene la inspiración de aumentar la dosis de Jack Daniel’s. Es «el brebaje de los secretos». Apenas unos minutos después de mojarse los labios, Bedaux acaba por revelarle una información capital:
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—Con todas estas historias, me había olvidado del señor Süss, con quien me encontré ayer por la noche en el vestíbulo del hotel. El pobre parece agobiado. Va de fisgón por París y he oído decir que ya no goza del favor del entorno de Goering. Haberstock me ha comentado que a la Gestapo le intriga la antigua vida de Süss en Viena. La bofia nazi se pregunta cuáles son las razones de su llegada a París, hace tres años. ¿Es un fugitivo? ¿Antinazi, judío o comunista? Créame, se le va a acabar pronto el reinado a ese esbirro de lujo.
¿Qué crédito conceder a esta historia?
Frank siente enseguida el deseo de aceptar la propuesta del vizconde. Esta noche habla el instinto: si Bedaux lo detesta, Süss no debe de ser tan malo.
Ahora ya sabe lo que tiene que hacer. Protegerá a Blanche y usará sus ahorros para prevenirse de todos los Bedaux que pululan alrededor del mariscal Pétain. El vizconde tiene razón: ha de contar con sus apoyos. Y los de Frank son deleznables. Speidel es un militar que cumple órdenes; Georges camina por una cuerda floja entre la moral y las tentaciones; y por lo que respecta a Claude Auzello, se pasa el día vigilando la habitación y dándole vueltas a todo en la cabeza, cuando no está en la cocina ocupándose de las mermeladas o las berenjenas.
Mejor arrepentirse que lamentar, zanja la cuestión. Y si su decisión no le aporta ni orgullo ni consuelo, le queda al menos la esperanza de que lo deje dormir un poco esta noche. Arrepentimiento, por haber actuado. Lamento, por no haberlo hecho.
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15 de julio de 1941
La operación Barbarroja es la heroína del verano. Desde el 23 de junio, la prensa solo habla del éxito de la Wehrmacht y de la derrota de Stalin, del que se dice hoy que ha huido de Moscú. Las penurias alimentarias han pasado a segundo plano.
Sin embargo, falta vino, incluso en Burdeos y en Béziers.
En el Ritz, Hermann Goering está obsesionado con el frente del Este. Ha venido a pasar el fin de semana en la Place Vendôme. «La Unión Soviética se desplomará en menos de cuatro meses», repite a quien quiera oírlo. Elmiger, trata de hacerse con las riendas del personal del restaurante y del servicio de habitaciones; ha llevado a cabo algunos despidos y vigila la formación de las nuevas empleadas, dejando a Süss al cargo tan solo de la intendencia.
En el bar, el ritmo ha bajado. La clientela tradicional ha fijado su residencia veraniega en la costa. Qué importa que Normandía y Bretaña estén prohibidas. La mayoría ha obtenido permisos para ir al Mediterráneo.
Frank se ha quedado en París. No duerme mejor. Un dolor de muelas lo ha tenido irritado varios días, pero ahora el miedo ha cogido el relevo. En las últimas tres semanas ya ha entregado a Süss dos pasaportes falsos y tres salvoconductos.
A finales de junio fijó los detalles con Fersen en un bar de Saint-Lazare donde no corrían el riesgo de ser reconocidos. Le costará algunos cientos de marcos por documento, que irán íntegramente al bolsillo del falsificador. Por el momento, ha debido adelantar el dinero y no se atreve a reclamárselo a Süss. Fersen le ha asegurado que no se quedará con ninguna comisión y Frank lo cree y piensa agradecérselo con un coñac
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Denis-Mounié o con un Château Cheval blanco que seguro echa de menos desde hace ya demasiado tiempo. Ni siquiera los diplomáticos tienen las facilidades del Ritz por lo que respecta a los suministros…
Ambos se citan cada dos domingos por la mañana en los jardines de la embajada de Suecia. El barman se pasea con un maletín muy poco diplomático lleno de billetes sin usar. A cambio, los documentos falsos le son entregados en unos cafés que, mediante algunos marcos del Reich, sirven de buzón. «Lo más importante es que no nos vean juntos», ha precisado Fersen, quien, no obstante, se personó una tarde en el Ritz para saludar a Stülpnagel. Al acabar la noche, deslizados entre unos programas de carreras hípicas, había dos salvoconductos consulares para la zona no ocupada. Si el ritmo no aumenta, piensa Frank, la cosa es llevadera. Pero luego está ese sudor que nunca lo abandona y esa tensión agotadora por mentirle permanentemente a Speidel y a Stülpnagel, que se han convertido en unos habituales del bar y no tienen ningún reparo en sentarse a la barra, como esta noche.
—¿Dónde se encuentra Saint-Brieuc, Herr Meier?
—En Bretaña, mi coronel.
—¡Ah! Tenía usted razón, mi general.
Los dos alemanes han compartido una cena de vieiras de Saint-Brieuc flambeadas al armañac, acompañadas de un Silvaner Saint-Hippolyte 1937 y están allí para saborear un aguardiente de pera. La dulce vida de los oficiales de la Wehrmacht en París. Mientras prepara dos Bee’s Knees para Laura Corrigan y una de sus amigas sentadas al fondo de la sala, Frank aguza el oído.
—Goering ya no está por aquí, pero ha dado el compás a los mangantes —asevera Stülpnagel—. Una panda de crápulas surgidos de nuestras filas han transformado París en un almacén de «sírvase usted mismo» y el partido nazi los ampara.
El coronel alza los hombros como para decir que no está en sus manos hacer algo.
—Que recaudemos un tributo me parece muy normal, Speidel. Francia nos había estrangulado con el Tratado de Versalles. Hoy le toca a ella
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asumir su derrota. Pero de ahí a ser unos ladrones, aumenta el riesgo de rebelión en la población civil y se pone en peligro la seguridad de nuestras tropas. A la humillación cotidiana se suma una cólera sorda. ¿Se acuerda del desfile de aniversario de nuestra entrada en París, el mes pasado? Numerosas parisienses llevaban en el pelo un lazo negro. Jünger me dio una explicación: lo hacían en señal de duelo, ¡en nuestras propias narices! Al capitán le pareció divertido, pero a mí eso no me hizo ninguna gracia.
—Herr Meier, ¿puede servirme otro, por favor?
Stülpnagel y Speidel ponen todo su empeño en dirigirse a Frank en francés. ¿Acaso han olvidado que el alemán es su lengua materna y que comprende todo lo que ellos dicen? O tal vez simplemente están achispados. Stülpnagel cuenta ahora que últimamente ha debido ordenar que se dejen las luces de los cines encendidas durante el noticiero alemán, porque el público no dejaba de abuchearlos a oscuras.
—El humor parisino nos es cada vez menos favorable, ¿no le parece? Deberíamos aflojar un poco la brida. ¿Qué haría usted en mi lugar, Speidel?
El coronel se refiere a una investigación que ha encargado a Jünger sobre las luchas de poder entre el estado mayor de la Wehrmacht y los emisarios del partido nazi, y cuyas conclusiones espera con impaciencia.
Pero Stülpnagel no quiere esperar. Una conversación con Jünger ha sido suficiente: es preciso saciar más rápidamente la glotonería de los nazis. Si no, la exasperación civil se intensificará y el ejército se verá obligado a aplicar mano dura, dando inicio a una espiral de violencia inevitable.
—Jünger me ha hablado largamente de la incapacidad de la aristocracia y de la vieja burguesía alemanas por contener a los nazis, que han instaurado la violencia como modo de vida…
He ahí la auténtica guerra, piensa Frank. La que se desarrolla en cada campo y en cada uno de nosotros. Las palabras de Süss, después de venir de una velada con magnates en casa de Lafont, resuenan en él: «Una crueldad así está inscrita en el ser humano».
—La alta sociedad alemana le fue de gran utilidad a Hitler para acceder al poder, porque fue ella la que lo nombró canciller, pero enseguida se convirtió en un estorbo —continúa Stülpnagel—. Jünger está
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convencido de que si encontramos tantas dificultades para oponernos al sistema de los dignatarios nazis, es porque nuestra educación choca contra su desenfrenado sadismo. En el fondo, en París soy el garante de cierta moderación y si, por desgracia, acabáramos por perder esta batalla en la sombra contras las SS, se abatiría sobre la Francia ocupada un régimen de plomo…
Perplejo, Speidel termina su resto de aguardiente de pera y guarda silencio. Es evidente que lo que ha oído lo atormenta.
—¿También es este el punto de vista del capitán Jünger sobre Alemania? —pregunta.
—No me he atrevido a preguntárselo. Esa conversación sobre el partido nazi habría bastado para ponernos en una incómoda situación si los oídos de la Gestapo nos hubieran sorprendido, así que no me pareció conveniente insistir. Algunos pretenden que Jünger es un protegido del Führer. No tengo ni puta idea, Speidel.
Frank no da crédito a lo que oye. Los alemanes dan la imagen de una manada de lobos muy ordenada, de un bloque inquebrantable. Pero, en realidad, se llevan a matar, dispuestos a devorarse unos a otros.
Los dos hombres han pedido una copa más; Frank se pregunta si por fin se darán cuenta de su presencia, pero Stülpnagel vuelve a la carga. La discusión con Jünger no ha dejado de darle vueltas desde hace tres días, confiesa. Algo está cambiando en Francia y el deseo de volver a Alemania lo atormenta un poco más cada día.
—¿Qué estamos haciendo aquí, Speidel? ¿Para qué somos útiles, en realidad, al cabo de un año?
—Veo que nuestro agitador literario causa un efecto nocivo en usted, mi general —responde Speidel con una ligera sonrisa.
He ahí unos hombres que gustan de las conversaciones sin siquiera estar presentes. El lunes por la noche, durante una recepción dada en el Ritz por Otto Abetz para celebrar sus diez años de afiliación al NSDAP, Jünger fascinó a su auditorio hablando de insectos, más concretamente de los eumeninos o avispas alfareras, insectos de una rara elegancia que parecen llevar consigo a la vez la justica y el castigo.
—Jünger afirma que se aprende mucho de los hombres observando a los insectos —explica Speidel—. Desde luego, mi general, no entendí todo
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lo que decía, pero hay al menos una cosa que comprendí perfectamente, y es que el capitán es muy popular en todos los círculos alemanes en París.
—Por supuesto que es muy agradable vivir en el Ritz, pero para ser honesto con usted, Speidel, he acabado por vernos con los ojos de Jünger: como un enjambre de abejorros ávidos y vanidosos.
Dicho esto, se calla y escruta el fondo de su vaso vacío.
Es la hora en que la verdad brota del aguardiente.
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27 de agosto de 1941
Ayer, Frank recibió una carta de Jean-Jacques, que empieza a estar harto de leer las noticias de los progresos alemanes en el Este y de la guerra que prosigue contra Inglaterra en Oriente Próximo. Su hijo acaba con estas palabras: «Queremos vivir, aquí y ahora». Pero por el momento, piensa Frank, aquí y ahora se contiene a los recalcitrantes. Aquí y ahora se mata. Aquí y ahora, los muros de París se cubren de carteles de la futura exposición en el palacio Berlitz: El judío y Francia.
—Quien tiene un poco de lucidez se apresura en buscar un modo de huir de aquí —dice una voz grave.
Como de costumbre, Blanche aparece por la puerta en el momento en que Frank va a cerrar. Luce una pelliza de paño azul con cuello de astracán negro, su sonrisa es sombría y sublime. Su cara pálida está realzada por un moño sostenido por una peineta de asta tallada, decorada de oro y diamantes. Al principio, una ola de alegría lo coge de improviso, pero Frank enseguida comprende. Lo que le atrae tanto de ella, aparte de su belleza, es todo lo que, en su fuero interno, parece faltarle a él en estos tiempos turbios: audacia y una cierta honestidad. Una postura ante la adversidad que Frank le envidia. Es la actitud que él había experimentado en la cresta de Vimy, en la primavera de 1915. La joven está más animada; él se alegra de constatar que las cosas parecen irle mejor. Esta noche ha venido a hablarle de un viejo judío del Marais, un amigo de Lily Kharmayeff, un hombre flaco y calvo con quien se ha visto esta misma tarde en el Café de la Paix. El anciano no ha querido que Blanche lo acompañe a su casa, le avergüenza la miseria inmunda que hay
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actualmente en su barrio. Vive en la rue des Écouffes, en Saint-Paul. A menos de media hora a pie desde el Ritz.
Blanche sigue aún afectada por ese encuentro.
—Se llama Joachim Ruderman, tiene setenta y tres años. Vive solo y daría lo que fuera por reunirse con su hermana pequeña, que emigró a Chicago hace quince años. Nunca ha salido de Europa. Pero esta vez siente el odio al judío señalado por todas partes, abandonado en la naturaleza como una bestia salvaje. Presiente una catástrofe y querría morir en paz. El señor Ruderman me ha contado que hay un fugitivo de Zboriv, un campesino, oculto en su edificio desde hace diez días. Una noche, todos los inquilinos se reunieron en el salón de los Ackermann en torno al campesino ucraniano y este les describió con todo detalle el horror que ha vivido este verano. Los alemanes entraron en su ciudad el 2 de julio; tres días más tarde, ya habían masacrado a todos los judíos de Zboriv. Las SS los obligaron primero a cavar sus propias tumbas, luego los fusilaron uno por uno tras ordenarles que se echaran en las fosas alternando pies contra cabeza. Seiscientas personas por lo menos. Nadie gritó ni suplicó: sabían que no escaparían de la muerte. El campesino dijo que fue reclutado por las SS para escoltar a los judíos hasta las fosas desde las que se oyeron durante horas los estertores de los agonizantes bajo la masa de cuerpos embarullados. Vio cómo un niño de seis años reptaba a cuatro patas por encima de los cadáveres para llegar al de su madre; se puso a sollozar hasta que un asistente de las SS en mangas de camisa, con una botella de Schnapps en la mano, le pegó un tiro en la cabeza seguido de los aplausos y vítores del pelotón de ejecución.
¿Es posible creer algo semejante? ¿No será ese ucraniano un sórdido cuentista? Frank conoció en las trincheras del Somme a tipos que inventaban montones de historias de horror por el solo gusto de acojonar a los demás. Ese campesino bien puede haber sido enviado por los alemanes para asustar a los judíos occidentales, tan difícil se ha vuelto hoy en día distinguir lo verdadero de lo falso.
¿Y si el tal Ruderman se lo hubiera inventado todo para justificar su huida?
—Sé que cuesta creerlo —dice Blanche con el rostro bañado en lágrimas—, pero, Frank, los ojos de aquel hombre no mentían, estoy
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segura. Y me preguntaba si…
Frank la hace callar con el gesto más suave que puede. Ha entendido.
En ese momento, todo el mundo desea pasaportes falsos.
—Se niega a quedarse en Francia por más tiempo —insiste Blanche—, se teme lo peor. He pensado en recurrir a Laura Corrigan y a sus ligues nazis, pero la odio tanto. Ya no nos hablamos… ¡Frank, se lo suplico! Usted me ayudó a quedarme aquí. ¿Podría ahora ayudar a ese hombre a marcharse? Se lo ruego, si supiera usted de algún medio…
Frank duda. Nadie, excepto Süss, debe saber que puede conseguir documentación falsa. Pero cruza la mirada con Blanche y se derrite ante su bondadosa alma.
—Veré qué puedo hacer —le promete.
Lo que puede hacer él ya lo sabe. Obtendrá de Fersen un pasaporte falso para ese tal Ruderman, y a sus expensas. Süss por fin le ha pagado y por ese lado no tiene ninguna queja. Sus piernas se tambalean cuando Blanche se inclina para besarlo en la mejilla.
—Es usted fuerte, señora —dice.
De nuevo ella se deshace en lágrimas. Frank se siente desbordado por la sensibilidad de Blanche. Por primera vez, se atreve a posar su mano sobre la de ella. Ha recuperado el valor. Blanche lo mira con intensidad. Toma la mano de Frank y la lleva hasta su rostro. Una mano acostumbrada a coger botellas, a manipular licores, puesta torpemente sobre la mejilla de Blanche. Frank titubea. No sabe qué hacer. Siente en el hueco de la palma de la mano el calor y la suavidad de esa piel húmeda de llanto.
Poseído por la emoción, piensa en acariciarle el cabello, le gustaría hundir sus dedos en ese pelo recogido a punto de deshacerse. Le zumba la cabeza. ¡Escucha a tu deseo! Querría besarla, reconfortarla, estrecharla entre sus brazos. ¡A qué esperas, maldita sea! ¡Atrévete! De pronto, un ruido seco, como en cascada, los sobresalta. Blanche se yergue de inmediato. Ha debido de caer en la despensa una pila de cajas vacías. Alarmado, Frank se ha dado la vuelta. Otra pila de cajas también se viene abajo.
—¿Hay alguien ahí?
La voz severa del barman disimula su inquietud.
—¿Quién está ahí?
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Cuando la puerta de la bodega se entreabre con un chirrido, Blanche lanza un breve grito de espanto. Se ha levantado y da unos pasos atrás, contiene la respiración. Meier se pone derecho, tensa los músculos y se dirige a la puerta. Echa un vistazo al picahielos de la pila. ¿Un boche?
Por el oscuro resquicio de la puerta aparece entonces el rostro lívido de Luciano. Frank se relaja, aliviado. Su cuerpo se apoya en la barra.
—¿Qué coño haces aquí, chaval, con lo tarde que es?
—Me había olvidado la navaja, señor. Como estaban charlando, no me atreví a molestarlos.
—¡Nos estabas espiando! —le dice Blanche.
—En absoluto, señora.
La cara del aprendiz se sonroja, prueba flagrante de que lo ha oído todo.
—¡Venga, ve a acostarte! —ordena Frank.
Avergonzado, el muchacho los saluda sin atreverse a mirarlos, se pone la chaqueta y desaparece por el vestíbulo.
—¿Es consciente de que su aprendiz debe de creer que somos amantes?
—No se atormente con eso, señora, respondo de la lealtad de ese muchacho. Luciano es como un hijo para mí. No dirá nada. Se lo prometo.
Frank piensa por un instante en revelarle que el chico es judío. Pero enseguida cambia de opinión. Nunca infringir la regla absoluta.
De todos modos, mañana por la tarde le hablaré al chaval a solas. Nerviosa por este incidente, alterada por lo que ha estado a punto de
pasar entre ellos esta noche, Blanche prefiere volver a su habitación, se pone de nuevo la pelliza y se dirige a la salida.
Si se gira por última vez antes de salir del bar, hallaré un día el valor de besarla.
En el umbral, Blanche se detiene.
—Buenas noches, Frank.
—Buenas noches, señora…
La oye alejarse por el pasillo al ritmo de sus tacones sobre el mármol.
Frank se acaricia la coronilla, a la vez feliz y atormentado.
Se ha girado, es una señal del destino.
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Blanche y Luciano, los dos seres que le son más queridos, son dos judíos rodeados por una jauría de perros rabiosos. El miedo a haber sido espiado, el riesgo a una denuncia, la suerte de los judíos de Zboriv. Todo se mezcla en su cabeza. La muerte se aproxima. Frank enciende un cigarrillo.
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Cuarta parte
GUERRA DE DESGASTE
FEBRERO-JULIO DE 1942
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20 de febrero de 1942
Los submarinos alemanes hunden petroleros en el mar de las Antillas. Japón acaba de invadir Singapur, debilitando a Inglaterra; Estados Unidos ha entrado en guerra en el Pacífico. «En adelante, la guerra es mundial», titula Le Matin. En París, nada de esto importa, es invierno y hay otras preocupaciones. Cada noche, hace un frío que pela. Un frío que también ha roto la cabeza de esa anciana, muerta ayer por la mañana al resbalar sobre una placa de hielo en el Boulevard de Sébastopol. Los gatos van desapareciendo de las calles, pero no es por causa del frío. Es la hambruna. Por mucho que los periódicos adviertan de las enfermedades que los felinos pueden transmitir por haber comido ratas, no hay nada que hacer.
En la cena de los pobres se unta paté de gato.
Mientras París se hunde en el frío y el hambre, el bar vuelve a su apogeo. Cada noche, el Ritz está a rebosar de público, o casi. Al abrigo de las bajas temperaturas, se bebe, se ríe, se brinda, se baila. Süss, que cada vez oculta menos su desesperada ironía cuando se reúne con Frank después de cerrar, le ha puesto al hotel el sobrenombre del «búnker del glamur».
Frank continúa suministrándole documentos falsos, pero las numerosas botellas de vino que ofrece a Fersen son cada vez más difíciles de disimular. Para sustituirlas, el diplomático le pide algunos alimentos espirituales: Zweig, Freud, Kessel…, la lista de autores prohibidos es extensa y Fersen es un gran lector. Ya han ayudado a huir a una treintena de judíos. Para Frank, es dinero que ingresa. Delante del espejo, por la mañana, a veces se pregunta si no es un parásito de la guerra. No es capaz de responderse aún.
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Georges Scheuer, desconocedor de lo que se trama al otro lado de la barra, ha adoptado el culto al cuerpo que practican los vencedores y hace gimnasia. La Viuda lo aprueba; Frank se limita a suspirar.
—¿Señor? Llega el general Von Stülpnagel —avisa Luciano.
En diciembre, el general solía bajar al bar varias veces por semana, la fiera venía a saciar su sed de civiles y acabar con el cansancio de la jornada. Pero luego, eso se hizo más esporádico: hacía más de diez días que no se le veía por allí.
Frank está a punto de situarse tras el mostrador cuando, con un gesto, el general señala su mesa favorita al fondo del bar.
—Guten Abend, Herr Meier. Un Royal Highball, por favor, y… una copa de champán para usted, si tiene a bien sentarse conmigo un momento. Dejo París pasado mañana. He venido a decirle adiós y a darle las gracias. He solicitado el relevo de mis funciones —precisa Stülpnagel ante el aire circunspecto del barman.
—¿Por qué, mi general?
—He tenido que tomar ciertas decisiones difíciles. Prefiero ceder el puesto a un general más joven, más preparado para esta pesada tarea. ¿Se puede creer que será uno de mis primos quien me releve? Otro Stülpnagel. Ya verá usted como sale ganando con el cambio: Carl-Heinrich posee un carácter más sociable que el mío. Es más fogoso.
—Me apena su marcha.
—Me siento halagado.
Brindar parecería incongruente. Frank se limita a alzar su copa. —Pues… ¿salud y prosperidad?
—Gracias, Frank. A la suya, y que la providencia vele por usted. Frank siente una punzada en el corazón y se avergüenza de lamentar la
partida de quien ha hecho fusilar a cien judíos las pasadas Navidades. ¿Eran esas las decisiones difíciles? ¡No dudó lo más mínimo en
tomarlas!
Se atrinchera tras la barra y observa a Speidel, que se ha acercado a la mesa de Stülpnagel. ¿Una dimisión? ¡Anda ya! Todo induce a creer más bien en una brusca jubilación que revela las grietas de ese oscuro castillo que es el estado mayor alemán, donde rigen la violencia y los castigos. Un peso inmenso sobre sus hombros. Ha necesitado mucho tiempo para
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adaptarse y ahora va a tener que empezarlo todo de nuevo desde el principio.
Seducir y ganarme al fogoso primo germano. ¿Tendré energía para ello?
De pronto, Frank se da cuenta de que ha olvidado la aceituna del Dry Martini que está preparando.
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28 de febrero de 1942
Luciano estaba sentado tranquilamente sobre un barril de cerveza en la despensa tallando tapones de corcho con su navaja suiza cuando Frank le pidió que fuera corriendo a la cocina a echar una mano.
Una orden de Elmiger.
El muchacho no daba crédito al ver cincuenta kilos de carne completamente congelada. Trozos tan duros como el granito, conservados en cajas de zinc llenas de bloques de hielo. Unos soldados alemanes y un oficial del servicio sanitario han exigido al chef que se los prepare para cenar. Luciano ha entendido finalmente que eran experimentos de la Wehrmacht sobre congelación de provisiones de cara al frente del Este.
El vizconde ha llegado antes de abrir, congelado él también y muy pálido. Después de asegurarse de que ni Georges ni Luciano habían llegado todavía, se ha sentado a la barra. Está afectado. Lo primero que ha pensado Frank es en un próximo regreso de Goering. ¿O es porque Süss no tiene noticias del notario mugriento a quien le están escamoteando el negocio? Hace seis meses que Frank teme verlo aparecer por allí para reclamar lo suyo…
—Vengo de casa de Picasso —dice al fin el vizconde, después de haber pedido un coñac.
El director adjunto lleva una semana sin apenas pegar ojo. Tiene que preparar la vuelta del Reichsmarschall, para quien ha de encontrar a toda costa nuevas obras. Un Manet y un Velázquez ya han caído en la faltriquera. Y el otro día, en una de esas galerías que todavía organizan exposiciones clandestinas, ha confiscado una tela de Utrillo.
Picasso apenas se ha dejado ver desde la llegada de los alemanes. Finalmente ha aceptado una cita por mediación de Jean Cocteau. El
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maestro ha abierto la puerta, cuenta Süss, envuelto en una zamarra verde. Silenciosamente ha escrutado con sus ojos redondos al visitante, sin responder a su saludo y «disfrutando de la incomodidad que provocaba», precisa Süss, antes de decirse halagado por acoger en su modesta vivienda «al mensajero del Gran Guardabosques». No ignoraba las razones de la visita de Süss en su taller de la rue des Grands-Augustins. «Está usted en su casa», le ha dicho el artista apartándose para dejarlo pasar, «ya que, al parecer, su casa está en todas partes».
—Me habría gustado tener una respuesta mordaz —añade Süss—, aunque solo fuera para ganarme un poco su estima. Pero no se me ha ocurrido nada.
Picasso desapareció enseguida.
—De pronto me encontré yo solo con sus telas —prosigue Süss—, y entonces… ¿Me pondría otro coñac? Media copa, tengo trabajo. Entonces, como le digo, fue una revelación, Frank. Soy incapaz de decirle si estaba nervioso o maravillado ante el poderío de su pintura. Había decenas de cuadros colgados, superpuestos, amontonados, y todo estallaba ante mi cara. Todos los horrores de la guerra. La alteración de formas, los rostros descolocados, la brutalidad de los colores, insoportable. Me di cuenta en ese momento de por qué el gordo de Goering no puede soportar visceralmente a Picasso: lo cierto es que le tiene tanto miedo como al demonio.
Süss eligió dos cuadros: una mujer echada sobre un sofá, un pequeño formato que tiene oculto en su habitación, y un óleo más grande representando a una mujer que llora, destinado a la «provisión de rehenes» que el Reichsmarschall tiene en el Jeu de Paume.
—¿No cree usted que podemos enriquecernos si con ello ayudamos a esa humanidad devastada que he visto en los cuadros de Picasso? Yo… ¡Ah, Georges, buenas tardes!
Süss termina su copa y deja que el personal del bar se prepare para abrir. Mientras se dispone a recibir en silencio a las demás eminencias de la colaboración, Frank piensa en lo que acaba de oír.
¿Quién hubiera dicho que el vizconde pudiera albergar, también él, alguna duda?
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Si, como parece, semejante reptil aspira en adelante a conciliar sus asuntos con un comportamiento más moral, eso podría aliviar su dolor de muelas. Pero algo le dice que no ha terminado de rechinar los dientes esta noche…
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4 de marzo de 1942
Una hora entera de bombardeos. Billancourt, Neuilly y Clamart sumidos en el duelo y el espanto. La guerra ha hecho aparición en la ciudad, golpea mucho y con dureza. Los ingleses han bombardeado las fábricas Renault por la noche, causando seiscientos muertos y mil quinientos heridos.
Una verdadera carnicería.
Esta tarde, en el bar del Ritz, no se habla de otra cosa. La alta sociedad, conmocionada, se ha reunido por instinto. Necesitan hablar en un lugar seguro, todos con la misma pregunta en los labios: ¿Cómo es posible que los alemanes hayan permitido a los pilotos británicos acercarse tanto a París?
—¿La próxima vez será en el perímetro de la Place Vendôme? — exclama Laura Corrigan con malévola sonrisa—. Sería un blanco precioso, ¿verdad?
—¡Cállese, va usted a darnos mal fario! —la reprende Florence Gould, sobrepasada—. Tiene que haber una explicación, lo hablaré con Speidel o con Jünger.
Florence Gould se ajusta su sedosa estola de moaré y apura su copa de champán como si engullera un antidepresivo. A su lado, Barbara Hutton permanece callada y no ha tocado aún su copa de brandy. Su fino rostro coronado por un moño rubio está lánguido y absolutamente inmóvil. Parece una figura de cera. Serge Lifar se ha bebido dos whiskys japoneses en diez minutos y acaba de pedir un tercero. Solo Guitry saca fuerzas de flaqueza para engañar a su ansiedad.
—Si la gran guadaña se invita a la fiesta, amigos míos, nuestros nervios van a someterse a una dura prueba. Más vale pensar en la muerte
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por la mañana, porque por la noche es demasiado triste…
Frank observa la mecánica del miedo que se desarrolla ante sus ojos. Desde que empezó la guerra, los ricachones se creían a salvo. ¿Acaso el dinero, las buenas amistades, el lujo, no los protegían de todo? Pero las bombas son otra cosa. Un peludo que ha vivido en las trincheras conoce muy bien esa lluvia de acero y no puede olvidarla jamás. Sabe que un bombardeo es una lotería. Una fatalidad y se acabó todo. Y ese silbido permanente que puede volver loco a cualquier… A mediodía, el mariscal Pétain ha declarado en la radio que lloraría con París. ¿Qué hace su gobierno para proteger la ciudad de los obuses? Si Charles Bedaux estuviera ahí, se lo preguntaría con mucho gusto, pero se ha marchado ayer a Vichy, donde su nombramiento es «inminente» ya desde hace varios meses…
La noche languidece entre vanas reflexiones, cuando súbitamente suena una voz que no se había vuelto a oír por esos lares desde hace más de seis años.
—¡Señoras, señores, buenas noches!
Todo el bar se paraliza, como si las dos mujeres que acaban de entrar hubieran descendido en paracaídas desde un avión británico.
Frank es el primero en reaccionar:
—Señorita Kharmayeff, señora Auzello, sean bienvenidas.
Lily Kharmayeff ha vuelto. Va vestida como un hombre: moño recogido bajo su boina de fieltro, traje pantalón azul, mocasines de piel, camisa blanca y corbata de terciopelo negro con lunares. Su aire desafiante y su cigarrillo en la comisura de los labios recuerdan a Marlene Dietrich. Junto a ella, Blanche Auzello exhibe su mirada más fría. Su tez de porcelana contrasta con el negro intenso de su traje sastre ajustado. Blanche no se ha mostrado en público desde el principio de la guerra.
—Buenas noches, Frank —dice ella con una sonrisa—. Lily nos ha dado la sorpresa de aparecer de improviso. ¡Qué alegría!
—Desde luego. ¿Cómo está usted, señorita Kharmayeff?
—No lo sé, Frank. Estoy en alguna parte entre la desesperación y la cólera. ¿Qué me recomienda usted?
—Sin duda necesita un clásico. Sugiero un Dry Martini.
A sus espaldas, el bar empieza a vaciarse.
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Todos allí saben que Lily Kharmayeff es persona non grata. Goguenarde, el antiguo bailarín ruso, dirige algunas buenas noches a los que huyen. Solo Guitry le devuelve el saludo. Besa la mano de las dos mujeres, pero también prefiere abandonar el lugar.
—Veo que nada ha cambiado por aquí —observa Lily Kharmayeff, jovial—. Sigue estando de moda la cobardía. Una bonita panda de acojonados al servicio del mejor postor…
—Ahora entiendes por qué no quería venir sola —dice Blanche.
—Lo entiendo, querida. ¿Y usted, Frank, no tiene miedo de verme por aquí?
Los Martinis están listos.
—¿Por qué habría de tenerlo, señorita?
—Porque la Vieja va a enterarse de que he venido a tomar una copa — dice Lily Kharmayeff divertida—. Usted podría tener serios problemas por no haberme echado a patadas, ya sabe.
—Por ahora, todo va bien —responde él, con calma.
—Es usted todo un caballero, Frank. ¡A su salud!
Un caballero que va directo a meterse en líos. La viuda Ritz no va a dejar pasar esta afrenta. Y si él no pone a la Kharmayeff de patitas en la calle, sencillamente es porque no puede negarle nada a Blanche. Pero está alerta y hace una señal a Luciano. Enseguida el chico se aposta en la entrada: si Süss o Elmiger llegaran de improviso, no le cogería desprevenido.
Mientras tanto, la Kharmayeff ha vaciado su copa y su mirada se pierde en el vacío. De pronto, desaparece de ella toda provocación.
—Ya que estamos solos, aprovecho para darle las gracias por haber aceptado ayudar al señor Ruderman —añade con tono serio—. La pena es que…
No termina la frase.
Frank sabe, como todos los parisienses, que varios centenares de judíos notables fueron arrestados antes de Navidad: Ruderman dudó y tardó demasiado en decidirse, fue detenido en la redada con otros magistrados jubilados.
—¿Sabe algo del campo judío de Compiègne? —le pregunta Blanche.
—He oído hablar de él, sí.
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—Son judíos franceses, Frank. Y las condiciones en que están allí son espantosas. Cuéntale lo que sabes, Lily.
—Joachim Ruderman consiguió hacerme llegar una carta clandestina. Su vida corre peligro por haber enviado ese mensaje. Lo que me escribe es terrible. Los barracones estaban previstos para quince personas, pero hay al menos treinta por habitación. Muchos duermen sobre jergones de hierro y colchones de paja infestados de parásitos. Todas las ventanas tienen los cristales rotos, un viento glacial entra por ellas de día y de noche y muchos han caído enfermos. Apenas tienen raciones de comida. Sus cuerpos están descarnados y cubiertos de llagas a causa de los piojos. Los lavabos son inmundos y unos abrevaderos de piedra sirven de urinarios durante la noche. En tres meses no han tenido derecho más que a una sola ducha. Se trata mejor al ganado…
—¡Se da cuenta, Frank! —se indigna Blanche—. ¿Por qué nadie dice nada? No digamos ya su Pétain… ¡Esas personas son ciudadanos franceses, caramba!
—Lo sé, señora…
Frank prefiere no pensar en el Mariscal por ahora. Su admiración hacia él se tambalea cada vez más. Se pregunta sobre todo cómo Lily ha podido tener en su poder esa carta, cuando Süss asegura que hasta las familias judías más adineradas se quejan de no tener ninguna noticia de sus familiares encarcelados en Compiègne.
Debe de tener contactos sólidos. ¿Desde cuándo está de nuevo en París?
¿Y para qué? ¿Será Lily Kharmayeff bolchevique?
Mañana, todo el hotel sabrá que las dos mujeres estuvieron en el bar por la noche. Ahora que todo empezaba a calmarse por fin, Blanche le da a la Viuda el pretexto perfecto para conseguir su cabeza. Frank también piensa en Claude Auzello. Si los alemanes toleran su ceño fruncido y sus irritaciones patrióticas, es porque Blanche y él son inofensivos en el recinto del Ritz. Pero con la Kharmayeff por el medio ya es otro asunto. Seca unas copas de flauta para tener ocupadas las manos y calmar la angustia sorda que nota crecer en su interior.
—¿Ha oído hablar de esta historia, Frank? —pregunta Blanche. —Perdón, señora, ¿a qué historia se refiere?
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—La de Joan Fontaine y Olivia de Havilland. ¿Sabía usted que eran hermanas?
—Lo ignoraba.
Blanche prosigue, en el mismo tono confidencial:
—La semana pasada, en Los Ángeles, las dos hermanas fueron candidatas al Oscar a la mejor actriz. Joan Fontaine se llevó la estatuilla y rechazó ostensiblemente las felicitaciones de su hermana mayor. ¡En Hollywood solo se habla de esto!
—La familia es una prisión, Blanche —afirma la antigua bailarina rusa
—. Hay que saber huir de ella, romper el vínculo.
—Prefiero no tener que pensarlo, bastantes preocupaciones tengo ya
—suspira Blanche—. Pobre Havilland, qué cruel es la vida. En todo caso, hace mucho tiempo que no voy al cine, lo echo de menos. Al parecer, las salas están llenas hasta reventar. Como se está calentito, la gente acude.
—Vamos mañana por la tarde. Querría ver L’Âge d’or, con Elvira Popesco. Una comedia que echa pestes de los arribistas, me han dicho.
—Una película sobre nosotras, en cierto modo… —Y que lo digas. Frank, ¿nos pone otra de lo mismo? —Con sumo gusto, señorita Kharmayeff…
Testigo impotente de la fascinación que ejerce Lily sobre la pequeña Blanche Rubenstein, convertida en Blanche Auzello, Frank prepara dos nuevos Dry Martini. La sensibilidad que se derrumba ante la seguridad, la fragilidad atraída por la fuerza, la melancolía aspirada hasta lo más hondo.
Observa sus risas, como si fuesen felices todavía.
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10 de marzo de 1942
En la antesala de la señora Ritz, Frank lee la prensa norteamericana que hay sobre una mesa baja de cristal. Los periódicos describen con detalle el proceso abierto actualmente en Riom, al sur de Vichy. «Pétain quiere juzgar a los responsables de la derrota». Por el Tribunal Superior de Justicia pasan Édouard Daladier, el general Maurice Gamelin y Léon Blum. El corresponsal de The New York Times informa de que Blum brilla frente a sus jueces hasta el punto de revolver a la audiencia contra el régimen actual. El antiguo presidente del Consejo, gracias al gran nivel de su defensa y a la sinceridad vibrante de su patriotismo, desacredita las opciones políticas de Philippe Pétain.
La Viuda le interrumpe la lectura, ya está lista para recibirlo. Turbado aún por la admiración del periodista americano hacia Blum, se levanta y se une a ella en el despacho.
—Siéntese, Frank. ¿Quiere un chocolate?
—No, gracias, señora.
—Debería, es excelente. No tiene usted buena cara…
Desde el comienzo de la guerra, la incertidumbre es una de las más traicioneras causas de agotamiento. Desde que Frank esperaba ser llamado a capítulo al día siguiente de la escandalosa visita de Lily Kharmayeff, ha transcurrido ya toda una semana. Y esta tarde, justo antes de abrir el servicio, lo convoca urgentemente y lo recibe con una afabilidad desconocida en ella desde el verano de 1936.
Decididamente, esta mujer desconcierta a los suyos mejor aún que Churchill.
Frank saca él mismo el asunto de la Kharmayeff para demostrarle que no se hace el tonto. Ella aparta sus explicaciones con un gesto de la mano.
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—Sé muy bien lo que pasó, Meier. Ponga atención, le voy a hacer una confidencia.
Luce su mirada de astuta y un ligero punto de desdén en la voz. ¿Qué está pasando?
—He sabido esta tarde, por Fernand de Brinon, que el estado mayor alemán nos ha elegido para acoger la recepción que seguirá a la inauguración de la exposición Breker, a mediados de mayo. ¿Conoce usted a Breker?
—¿Un pintor…?
—¡Vamos, Meier, espabile! Un escultor grandioso, un extraordinario tallista de la piedra. ¡Será la comidilla de la primavera! Lo verá muy pronto por el bar, se hospeda con nosotros desde hace tres días. Me gustaría que pensara cuanto antes en un cóctel especial para esa gala, una de esas creaciones cuyo secreto solo tiene usted. Una bebida inédita que cincele de inmediato el espíritu, como las obras de Breker.
La Viuda le enseña un folleto que muestra algunas esculturas de hombres modernos en estilo clásico, con dimensiones gigantescas. Tienen la mirada orgullosa de los adolescentes, el vientre plano y los bíceps notorios de los jóvenes libertinos.
—César decía siempre que no hay que descuidar ningún detalle cuando se desea grabar en las memorias. Prepáreme, pues, dos o tres combinados. Me pasaré por el bar a probarlos. Digamos que será su manera de contribuir a lo que estamos preparando, y de hacer olvidar su permisividad con respecto a determinadas clientas…
Orgullosa y feliz tanto por organizar esa recepción como por haber reprendido a Frank, se frota las manos como un cardenal.
—A propósito de nuestros clientes —añade—, ¿sabe usted que Gabrielle Chanel por fin ha conseguido hacer que liberen a su pequeño André?
Toda la Place Vendôme está al corriente, pero Frank no quería sustraerle a la Viuda el placer de contárselo.
—Lloraba de alegría. Confío en aprovecharlo para animarla a que nos haga por fin una nueva colección, con desfile en el Ritz y toda la parafernalia. ¿Sería usted tan amable de pedirle el favor a su amigo
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Guitry? Él podría convencerla para que coja de nuevo el metro y las tijeras…
El oportunismo de esta mujer no tiene límites, es su mayor fuerza. Frank lo hablará con Guitry, sabe que no tiene elección. Sabe también
que Guitry se limitará a reírse.
—Me pregunto qué concesiones les habrá hecho a los alemanes para obtener la liberación de su sobrino…
Estos días pasados, entre los oficiales de la Wehrmacht que había en la barra se murmuraba que Gabrielle Chanel habría rendido un servicio de tomo y lomo a un alto dignatario nazi durante un reciente viaje a Berlín. Frank no tiene más información, pero sospecha que el regreso de André Palasse a París no ha sido gratis. Marie-Louise no puede evitar insistir machaconamente:
—¿Cree usted que tiene tanto don de gentes como para birlarle su perfume a los hermanos Wertheimer?
La malicia de la Viuda le hace a Frank reírse a su pesar.
Marie-Louise, por su parte, sonríe abiertamente.
—¡¿Una risa en Frank Meier?! Vaya…, le diré que ya he tenido esta mañana el privilegio de una sonrisa de Claude Auzello. Definitivamente, hoy es un día histórico. Figúrese, mi antiguo director ha decidido serme útil, Claude se encargará del abastecimiento de las cocinas. Ese hombre maravilloso ha puesto en marcha su contacto con agricultores, pescaderos, viticultores, qué sé yo. Francia entera trabaja para que nuestro Ritz no se prive de nada.
Frank comprende por fin las razones de la magnanimidad de la Viuda con respecto a Lily Kharmayeff.
El barman enciende un cigarrillo mientras cruza la Galería de las Maravillas. Se reprocha de vez en cuando que fuma demasiado: su gusto y su olfato lo padecen, se juega su sustento, pero sin el tabaco se volvería loco. Por fortuna, en el Ritz puede comprar cuanto quiera. ¿Cómo hacen los demás, ahí fuera, con el tabaco racionado desde hace dos años?
Y eso que el precio del Caporal corriente ha seguido subiendo…
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Frank esperaba un final de noche tranquilo, pero a eso de las diez llega la sorpresa anunciada por la Vieja: el propio Arno Breker, con su cabeza de intelectual pretencioso, acompañado de su mujer, una griega muy morena y longilínea, y de Ernst Jünger.
Con un terno escocés de tweed, pañuelo inmaculado y mirada zalamera, la clase del capitán Jünger es incontestable. A su lado, Breker parece no exhibir otra cosa que su vanidad. Frank ha dejado la preparación de los Bloody Mary a Luciano. Pero el escultor alemán y su mujer no dudan en devolverlos. Exigen que se los haga «el barman en persona».
Odiosos.
El decorado, en cambio, les parece apropiado.
Breker se siente a gusto y habla cada vez más alto. Evoca el frente del Este y esos rumores de masacres de judíos que se han vuelto muy persistentes. Jünger da a entender que «en Ucrania y en Bielorrusia, algunos carniceros habrían liquidado pueblos enteros», y a continuación cuenta una extraña historia. Unos soldados rusos, agonizantes en un bosque al cabo de varias horas, llamaron pidiendo ayuda. Una compañía alemana los encuentra y se dispone a hacerlos prisioneros, pero en ese momento los rusos abren fuego sobre ellos, que podrían haber aliviado sus sufrimientos.
—Lo cual revela el grado de animalidad que hemos pasado a tener en el combate —concluye el escritor alemán—. Una bestia salvaje, cuando está herida, siempre trata de morder al que acude a socorrerlo.
Cuando Frank se acerca de nuevo a la mesa, unos minutos más tarde, un Jünger extrañamente parlanchín cuenta al matrimonio Breker su velada de la víspera en la Comédie Française, donde se representaba Las mujeres sabias, de Molière. Frank se percata de que se dirige también a él, como si
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lo incluyera secretamente en una conversación con convidados que lo aburren.
—Me sorprendió comprobar cómo todo el público, francés o alemán, reaccionaba de la misma manera ante las agudezas de Molière.
Y, para concluir, Jünger increpa a los Breker:
—Porque, a ver, ¿acaso estamos obligados de verdad a odiarnos? Breker y su mujer no abren la boca. Frank sonríe al escritor y
silenciosamente le agradece elevar un poco el nivel de esta guerra.
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6 de abril de 1942
Ayer, los ingleses han destruido las fábricas de caucho de Asnières. ¿Cuántos muertos? Nadie lo sabe: en la prensa no se mencionan más que las pérdidas soviéticas en el frente del Este, se promete llenar más la cesta de la compra en verano y se celebra la victoria de Émile Idée en la pista del Vel’ d’Hiv’. El vivaracho quiosquero de l’Étoile tiene la mirada triste. Un París arrodillado observa el paso de los carromatos con alemanes de permiso cargados de regalos para sus familias del otro lado del Rin.
Es su día libre y Frank está citado en el Bagatelle, donde Speidel lo invita a cenar. Con su Ausweis en el bolsillo y su empleo en el Ritz, está a salvo de cualquier apuro, pero no de los escrúpulos. Estos le han vuelto al pasar a la altura de la puerta Dauphine, donde ve estómagos vacíos y almas resignadas.
Si estuviera en su lugar, odiaría a alguien como yo, ha pensado, mientras el cielo se nublaba. Sin embargo, el empleo en el Ritz no se lo debe a nadie, es suyo. Sus privilegios se los ha ganado a pulso.
¿No tiene Speidel nada mejor que hacer que invitar a cenar al barman del Ritz? Es cierto que me lo había prometido en 1940, pero ¿es ese el tipo de promesa que se mantiene cuando las bombas son una amenaza cada noche?
El maître del Bagatelle recibe a Frank con calidez. La sala ya está llena y Speidel está sentado al fondo, en un pequeño reservado. El lugar es cita obligada del cine francés. Lo mejor de lo mejor. Allí se apiñan Jacqueline Delubac, Fernand Gravey, Danielle Darrieux, Junie Astor, Viviane Romance, André Luguet, Suzy Delair, Pierre Fresnay. La clientela es más francesa que en el Ritz, incluso se podría olvidar la ocupación, si no fuera
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por la mesa corrida de oficiales de la Wehrmacht que encadenan las Magnum de Pommery una tras otra. Speidel se levanta al verlo entrar.
—¡Frank! ¿Qué tal está?
Como de costumbre, el uniforme de Speidel es impecable, su mano firme y su sonrisa educada. Frank observa que está recién afeitado, tal vez ha vuelto a pasar por el barbero al acabar la tarde. Sin embargo, bajo esa apariencia de cortesía, el coronel parece preocupado.
—¿Sería apropiada para usted la sobriedad de un champán?
—Por supuesto.
Solemne, el coronel pide una botella de Krug 1911.
El barman capta el mensaje. La cosecha acentúa las emociones, es su virtud. Y 1911 fue un gran año.
—¿Se ha fijado en el doble arcoíris de hace un rato, cuando cesó la lluvia? —pregunta Speidel—. Era sublime. Huela esto.
Saca de su bolsillo un sobre del que extrae una flor cortada.
—Es un crocus de mi jardín, en Mannheim. Seis días de viaje metido en el sobre y aún exhala su aroma de primavera.
Frank se lleva el crocus a la nariz.
El coronel tiene razón, hay magia en la persistencia de ese aroma. —Me lo ha enviado mi esposa. He de admitir que la compañía del
capitán Jünger me juega estas pasadas: presto atención al olor de las lilas, soy sensible al sonido del viento entre los tilos del Ritz…
La botella de Krug 1911 llega. ¿Cuál será el motivo de su brindis? Hace casi dos años que el coronel está en París y Frank debe reconocer que Speidel le ha hecho la vida considerablemente fácil. Ha puesto aceite en las ruedas, amansado a la Viuda y devuelto la prestancia al bar; su salvoconducto sin restricciones se lo debe a Speidel. Se ha convertido para él en una especie de protector, y sin pedir jamás nada a cambio.
—¡A su salud, Frank!
—Prost!
Empanada de ostras y chuleta de buey de Salers para Speidel, con su ragú de alcachofas con pimienta a la sidra. Frank ha optado por los huevos condesa y un pilaf de cangrejo al curry. Mientras que la gran mesa de los oficiales es cada vez más ruidosa, la del cine francés finge partirse de risa y alza sus vasos para unirse a la fiesta. Semejante alboroto es ideal para las
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confidencias, así nadie podrá escucharlas. El coronel coge su copa sin llevársela a los labios.
—Amigo mío, no me andaré con rodeos, como dicen los franceses. Ahora es a mí a quien le toca abandonar París. El miércoles. Me han destinado al frente del Este.
Así que era esto.
A Frank no le apetece en absoluto tocar su Krug. No siente ni alegría ni tristeza, pero una irreductible inquietud se apodera de él. En las trincheras, cada aumento de las raciones anunciaba un asalto inminente, de modo que era imposible disfrutar de la porción de tocino suplementaria sin pensar en un futuro baño de sangre. Tendría que haber sospechado que ese champán de tan buena cosecha era un mal augurio.
En la mesa de oficiales se han puesto a cantar con entusiasmo. Es el momento. Frank se decide a hablar:
—¿En qué estado de ánimo se encuentra, mi coronel?
—Berlín tiene la intención de multiplicar las ejecuciones de rehenes civiles en Francia. Ya sabe usted lo que pienso al respecto, mi estado mayor lo sabe también. Sin duda que esa es la razón de mi traslado a Rusia.
—¿Cree que en el Este será distinto?
—He acabado por considerar esta peripecia como una manera de enfrentarme a las auténticas razones de esta guerra. Amigo mío, hemos de romper el frente judeo-bolchevique, es el sacerdocio de nuestro siglo.
¿De verdad lo cree?
Meier se limita a asentir. El coronel prosigue:
—No dejaré París sin pesar, pero me atrae ir a comprobar lo que está pasando realmente en el frente ruso. Meterme de nuevo en el ardor del combate, dar sentido a mi rango. Y contarme entre los libertadores.
—Es la vocación de todo soldado —apostilla Frank—. Pero, dígame, mi coronel, ¿ha oído hablar de ciertos rumores en el Este?
—Rumores… ¿Se refiere usted a las «grandes matanzas»?
—Sí.
—Así que han llegado hasta usted…
—En el bar de un gran hotel se oye toda clase de cosas.
Speidel se pone tenso y, repentinamente nervioso, añade:
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—Eso son pamplinas. No es creíble que nuestros jefes puedan respaldar semejantes atrocidades.
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8 de abril de 1942
¿Pero dónde diablos está Luciano?
La noche ha transcurrido tranquila y Frank lo busca para que seque algunos vasos y saque brillo a la barra antes de cerrar. Acaba por hallarlo en la bodega, otra vez sentado con las piernas cruzadas sobre un barril de cerveza de roble, muy concentrado. Sorprendido, el chaval disimula como puede el tapón de corcho que tiene en la mano izquierda y se mete la navaja bajo el muslo.
—¿Qué estás haciendo?
—Nada.
—¿Qué escondes ahí?
—Nada, ya le digo.
—¡Ya basta, Luciano! Enséñame lo que tienes.
Confuso, el joven abre lentamente los dedos. Frank le quita el tapón de champán y, acercándolo a una bombilla, descubre estupefacto una caricatura del coronel Speidel tallada en el corcho. Luciano le ha esculpido un rostro de búho, al que ha agregado unas gafitas redondas hechas con el alambre del morrión.
—¡Cómo si no tuviéramos ya en el bar suficientes payasadas! ¿Es que quieres nuestra perdición, joder? ¡Enséñame tu taquilla!
Como bien se temía Frank, su aprendiz esconde allí toda una colección de tapones. Otto von Stülpnagel es un búfalo, Ernst Jünger un saltamontes, el teniente coronel Soehring un antílope con cuernos y Günther von Dincklage un gorrión. No da crédito a lo que ve, pero ha de admitir que la caricatura del capitán Jünger es de lo más realista: tras ese saltamontes flacucho aparece un esteta altivo. Frank se guarda todo ese pequeño zoológico en el bolsillo de su chaqueta.
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—Voy a tirarlo a la basura. Qué gilipollas eres. ¿Es que no te das cuenta?
Enmudecido de pronto por la tristeza del chaval, se ablanda:
—¡A saber qué habría podido pasar si uno solo de estos oficiales hubiera llegado a descubrir tus proezas! Tienes talento, pero ¡coño, estás jugando con fuego!
El chaval se echa a llorar y le da las gracias entre un mar de lágrimas. Frank lo agarra por el cuello con ternura y le propone que vayan juntos a cerrar la tienda. Luciano se envalentona:
—Señor Meier, nunca me he atrevido a preguntárselo, pero… —¿Pero qué, hijo?
—¿Por qué me cuida? Usted podría hacerlo todo sin mí, le basta con Georges, y sería menos caro…
Frank, un tanto azorado, se pone a ordenar las botellas vacías en una caja de madera. Luciano lo observa.
—Bueno…, ya sabes que conozco a tu madre desde hace mucho tiempo. Éramos dos jóvenes empleados en un gran hotel de Nueva York. Un austriaco y una italiana, los dos un poco perdidos lejos de nuestra casa. Nos consolamos como pudimos, Sofia ha significado mucho para mí. Después de nuestro regreso a Europa, nos felicitamos las Navidades cada año. Me anunció su boda con tu padre, en Livorno, un buen casamiento. Pudo dejar de trabajar. Luego, me anunció tu nacimiento. Cuando se aprobaron las leyes de Mussolini contra los judíos, hace más de tres años, Sofia se dio cuenta enseguida de que estaban cambiando las tornas. Y tenía razón. No sabía qué porvenir ofrecerte. Entonces me escribió para preguntarme si quería meterte en el Ritz como aprendiz mío. Dije que sí. Te cuido, Luciano, porque me comprometí con tu madre a hacerlo, y además te has convertido en alguien muy valioso para mí.
Al hilo de las palabras de Frank, Luciano reflexiona y mueve un peón:
—Pero, entonces, señor Meier, ¿usted es judío?
—No.
—¿Cree que yo estoy en peligro?
—Mientras estés conmigo, no corres ningún riesgo. No olvides nunca que tu pasaporte te protege. Tú eres suizo, como César Ritz, esa es la única verdad. ¿De acuerdo?
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Al observar a Luciano vaciar los ceniceros, con los hombros temblorosos por el llanto reprimido, Frank piensa en Jean-Jacques y en el amor que nunca ha sabido darle. Se oye un silbido. Intrigado, el chaval echa una mirada al pasillo.
—Señor…
—Sí, Luciano.
—Viene el capitán Jünger.
—¡Por el amor de Dios! ¿Solo?
—Sí.
—¡Al mostrador!
—Herr Meier, ¿llego demasiado tarde para una última copa? —Por favor, capitán Jünger, con mucho gusto.
Un gusto, qué remedio. Con la partida del coronel Speidel, hacer buenas migas con Jünger pasa a ser una necesidad.
—He cenado en Lapérouse con Cocteau y Drieu. Cena copiosa y me siento pesado. Su buen hacer me aliviará. ¿Qué puedo beber para disolver la pitanza y dormir como un lirón?
—Tengo lo que usted necesita. Una copita de calvados con hielo picado: el Trou Normand, no hay nada mejor que eso.
Frank Meier se siente extrañamente intimidado, Jünger es una de esas pocas personas a quien cuyo instinto de barman no ha logrado calar todavía. Siempre ha visto al capitán en compañía de otros militares. Esta es la primera vez que está solo frente a él. Le pasa a Luciano el picahielos, escoge un calvados de la región de Auge y busca de qué hablar.
—Y dígame —pregunta—, ¿qué tal el amigo Cocteau?
—¡De un humor de perros! Se queja de que no hacen más que sabotear la representación de sus obras. Unos aguafiestas arrojan ratas vivas en el patio de butacas, lo cual crea pánico en el público y nadie quiere ir al teatro.
—Pobre Cocteau, los parisienses son ingratos.
—¿Qué se le puede reprochar más que a Guitry? —pregunta Jünger. —No lo sé, capitán. Las obras de Guitry tienen un éxito enorme sin ser
alteradas por nadie con mala intención. Guitry sigue siendo popular, pero Cocteau no, suscita dudas… sobre sus costumbres, tal vez.
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Jünger agarra el vaso con el digestivo, se muerde el labio inferior y vuelve ligeramente la cabeza hacia Luciano. Detrás de la barra, el aprendiz lo mira fijamente mientras juguetea con su navaja suiza entre los dedos. Frank le lanza una mirada fulminante: ¡Ni se te ocurra tallarlo en su tapón de corcho!
Jünger también se ha dado cuenta de algo.
—¿De dónde has sacado esa magnífica navaja, muchacho? Las cachas son de marfil, ¿no?
—Sí, de marfil de jabalí africano. Es un regalo de mi madre, mi capitán.
—¿Y dónde vive tu madre?
¡Maldita navaja!
—En Suiza, mi capitán.
No tengas miedo, Luciano. Concéntrate. Tómatelo como un juego. —Todo el mundo es suizo, en este hotel —se burla Jünger—. ¿Y qué
hace allí?
—Trabaja de criada en una familia.
—¿Entones tú eres suizo?
—Sí.
—¿Y dónde vive, en ese hermoso país?
—En Lausana, señor.
—¡Ah! ¿Entonces hablas alemán, no?
—Muy mal. Nací y crecí en Lugano. Hablo italiano.
—Lugano, quella città è tanto bella! ¿Y te has venido a París? —Sí. El señor Meier me tomó de aprendiz hace tres años. Jünger sonríe y el ambiente de pronto se distiende. —Tienes suerte, es un puesto muy solicitado.
—Trato de estar a la altura cada día —responde bravamente Luciano. ¡Ya lo tienes, pequeño, enhorabuena! Has hecho honor a tu pasaporte
falso.
—Conserva esa navaja con mucha atención, muchacho —añade Jünger
—. Tu madre debe de saber que puede salvarte la vida. Mañana regreso a Alemania a encontrarme con mi hijo. Le regalaré una navaja como la tuya.
Esta vez Frank ya no se contiene: —¿Cómo? ¿Se va usted también?
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Jünger sonríe.
—Es solo un permiso para pasar un poco de tiempo con mi familia.
Echo de menos a mi mujer.
—Me tranquiliza.
—Estaré de vuelta en París dentro de tres semanas. Bueno, sería conveniente que me vaya a acostar, cojo un tren en la Estación del Este muy temprano.
—Buenas noches, Herr Jünger. Y buen viaje.
El encanto del capitán Jünger es como una infusión caliente de Darjeeling.
¿Qué palabras habría escogido Fitzgerald para describirlo? ¿Sabe él quién es Fitzgerald? Ha visto su retrato en la pared.
¿Se ha callado por instinto para evitar caer en un aprieto? No, no es cuestión de instinto. De deducción, más bien…
—¡Luciano! Me gustaría que averigües la dirección de Jünger en Alemania. Encuéntramela rápido, le haremos llegar una botella de calvados durante su permiso. ¡Ah! Y apáñatelas para conocer su fecha de nacimiento, que también me interesa.
—Me pondré a ello mañana por la mañana, señor.
—Venga, vete a la cama, es tarde. Buenas noches, Luciano.
Movido por un impulso que lo supera, su mano roza con ternura el pelo de ese chaval de corazón confiado que posee todas las cualidades para llegar a ser un gran barman, y también un hombre honesto, incluso en medio de los soldados alemanes.
Chaval, aguanta y sabrás nadar entre los tiburones, piensa al verlo salir por la puerta del bar con su chaqueta en la mano. Un arrebato de orgullo lo embarga.
Ya son las once, Frank Meier está agotado. Suspira al pensar en la media hora de camino que lo espera hasta llegar a su casa. Mañana por la mañana, tiene cita en el Café de la Paix a las siete para recoger un lote de documentos falsos. Entonces decide quedarse a dormir ahí, detrás de la barra. Improvisa una especie de colchón mientras piensa en Luciano, en las familias judías. En sí mismo también, y en el dinero que va a sacar del
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negocio. Hace ya seis meses que dura esta artimaña y en ese tiempo ha podido apartarse una bonita suma. Un botín, por lo demás, con el que no sabe qué hacer, pero que lo tranquiliza.
Si un día tuviera que huir, no me sobraría ni un solo billete.
Frank no conoce la vida por los libros, como Ernst Jünger, pero al menos hay una cosa que le han enseñado las novelas policiacas: huir cuesta caro.
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6 de mayo de 1942
El vizconde ha avisado de que llegaría tarde. «Tengo un asunto que resolver», ha dicho. El bar está cerrado y, mientras tanto, Frank ojea la última edición de Paris-Soir. El ejército japonés parece imponerse, la aviación alemana bombardea de nuevo las costas inglesas, Hitler y Mussolini se han reunido en Salzburgo para reafirmar la fraternidad de las potencias del Eje… Hay anuncios sobre «polvos de belleza» contra la tez pálida, sobre «antianémicos» y demás «complementos alimenticios» azucarados para los niños. Frank está en la página de deportes.
Vaya, el puñetero Süss por fin.
El vizconde lleva una gabardina beis entallada, elegante, pero sorprendentemente está cubierto de polvo y telas de araña. Sus zapatos de charol tienen barro. Frank jamás lo ha visto así. Süss se quita el gabán y trata de sacudirlo, aunque enseguida se da cuenta de que no vale la pena.
¿De dónde sale?
Frank no hace ninguna pregunta.
Süss lo cuelga de un gancho de latón clavado bajo el mostrador. —¿Qué tal ha ido la reunión con la señora Ritz? —termina por
preguntar, con un tono irónico.
Un poco antes, esa misma tarde, Frank ha dado a probar a la Viuda tres cócteles elaborados especialmente para la velada inaugural de la exposición Breker. Elmiger estaba con ella; Bedaux se metió de rondón, feliz como un niño. Con la vuelta de Pierre Laval al gobierno, a finales de abril, su hora por fin ha llegado y no ha dejado de perorar sobre la misión que Pétain ha confiado a Laval. «Avancemos hombro con hombro con Hitler, es el futuro de Francia», repite como un mono sabio. La misma cantinela que la portada de los periódicos, donde se asegura que la
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salvación de Francia solo puede pasar por la Nueva Europa, ¡la de los Schleus!
—¿Y qué dijo el señor Elmiger? —pregunta Süss.
—Lo dejo a su imaginación…
Los dos saben muy bien que el director desaprueba esa velada. La tradición del Ritz es la discreción y esa cena pone al hotel en el firmamento del mal gusto.
Frank tenía preparada su jugada: un cóctel un poco vanguardista, otro muy clásico y, entre ambos, el Siegfried: Aquavit, zumo de limón, azúcar de caña y una gota de Cointreau. La viuda Ritz lo habría elegido solo por el nombre. Sugirió a Elmiger que se mojara los labios, pero el director se negó: «Nunca alcohol en horas de trabajo». La vieja dama se encogió de hombros e, irritada, alzó los ojos al cielo soltando un largo suspiro de desprecio.
—Su relación se parece cada vez más a la del primogénito que se niega a ceder a los caprichos de su madre —se mofa Süss.
Frank asiente y sonríe. Su creciente complicidad llena un poco el vacío dejado por Speidel y por Jünger. Después de posar su copa de coñac, Süss mete la mano en el bolsillo interior de su gabardina y saca un sobre generosamente abultado: la paga de Frank de estas últimas semanas. Se lo tiende por encima de la barra, pero no lo suelta cuando Frank lo coge mirándolo a los ojos.
—Van a poner en marcha lo de la estrella amarilla para los judíos. Hacía tiempo que se venía diciendo… Esta vez, el rumor se confirma, las
SS han hecho varios pedidos de ese tejido. Nuestro negocio se va a acelerar. Tenemos que estar preparados para aumentar la cadencia.
Frank menea la cabeza afirmativamente.
—Todas las grandes familias judías van a tratar de huir de la zona ocupada antes de fin de mes. Están dispuestas a pagar fortunas para proveerse de documentos falsos. ¿Ha oído hablar de Carl Oberg?
—Vagamente.
—Llega a París para acechar a las redes de la Resistencia. Y a los judíos. Un auténtico cazador. Leal a Heydrich, de la peor especie. Los verá a uno y a otro pasado mañana en la cena de Breker. Créame, Frank, a su
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lado, el gordo Goering podría pasar por un fanfarrón simpático. A los judíos les conviene salir corriendo.
Un estremecimiento sacude el espinazo de Frank. Es consciente de que, desde la marcha de Stülpnagel, su bar ha dejado de ser el lugar de las indiscreciones que era al principio de la ocupación. El primo alemán que lo sustituye lleva en el cargo dos meses, pero nunca ha bajado a beber una copa. Goering tampoco ha vuelto, y eso que Frank sabe por Süss que ya ha regresado del frente ruso.
El vizconde hace una pausa y luego prosigue:
—¿Me creería si le dijera que hay un túnel que comunica los sótanos del Ritz con los de la galería del Jeu de Paume?
Los pasajes secretos son propios de las novelas. Sin embargo, eso explicaría el polvo en la gabardina y los zapatos sucios.
—Ese subterráneo data de la construcción del edificio en el jardín de las Tullerías —explica Süss.
—¿Cómo ha sabido esto?
El vizconde se acerca como si temiera ser oído.
—Desde que Goering me obliga a ir con frecuencia a la galería del Jeu de Paume, me he hecho amigo de la cuidadora del museo. Ella me ha contado que Napoleón III deseaba un acceso directo para reunirse con la condesa de Castiglione en el hotel Gramont, el antecesor del Ritz. Mandó excavar ese túnel bajo la rue Rivoli hasta la Place Vendôme. Hoy, al término del horario al público y con la complicidad de la empleada del museo, me he encerrado en el depósito que Goering tiene allí.
—¿Pero adónde va a dar ese túnel? —pregunta Frank.
—Al sótano donde están consignados los equipajes y baúles que el hotel guarda durante largas estancias. Se accede al subterráneo por una puerta de roble disimulada detrás de una columna de piedra, en la que se ha insertado una pequeña escalera de caracol. Las aguas del Sena hacen húmedo y fétido el conducto, pero es completamente practicable. Me he cruzado con algunas ratas. Provisto de un candil, he podido salir sin problema. Meier, en caso de urgencia, es posible una huida por ese túnel.
—¿Por qué habría una urgencia?
—¿No son frecuentes las urgencias en tiempos de guerra? Ya sabe usted que, en el pasado, ha habido gente que me ha servido de ayuda.
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Ahora yo puedo ayudar a otros a cruzar el bosque tenebroso.
Su tono sincero le llega a Frank al alma. Süss parece agotado por la soledad y por la angustia. Frank está a punto de hacerle la pregunta, pero teme que Süss la vuelva contra él.
Nadie debe saberlo, he aquí la única norma.
Se produce un silencio en la barra. Luego el vizconde reanuda la conversación:
—¿Sabe que Lafont cuenta con llegar a ser el ayudante de Oberg? Ayer me han informado de que ese bribón ha ofrecido sus servicios a las SS para la cacería de judíos, con el fin de hacerse con una parte del botín. Con ese loco furioso por la zona, el juego se vuelve más arriesgado. Esta es la razón por la que le cuento lo del subterráneo.
Frank se pregunta si no sería entonces más prudente dejar de hacer lo que hacen, pero también sabe que ya es demasiado tarde.
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14 de mayo de 1942
Lomos de merluza a la reina, turnedó con salsa a la financiera, pularda Mireille y bomba Copelia.
¿Son conscientes de que los parisienses se mueren de hambre?
Son las diez, los invitados de la recepción Breker fluyen a las mesas del restaurante y Frank se limita a esperar la ronda de los abonados al licor digestivo.
Vendrán muchos, y achispados. Esta noche siente que ha envejecido diez años.
Georges está junto a la barra, con cigarrillo y sonrisa en los labios. —Ya ves que Pétain tenía razón, ¿no? —dice desganadamente—. El
viejo ha mantenido su promesa.
—¿Cómo dices? —suspira Frank.
—La vida es más justa que antes. Pétain ha puesto en práctica la igualdad de oportunidades. Cada francés puede demostrar su capacidad de servir al país.
—¿Te burlas de mí?
Georges se aproxima al patrón y añade en voz baja:
—Mira a todos los que están aquí esta noche haciendo méritos. No están porque sean de buena cuna, están porque han demostrado su valor. Se parecen a nosotros y nos reconocen, ¿has visto las propinas que dejan? ¿A que nunca has visto nada igual, Frank? No son tan desagradecidos como los burgueses de tu mundo de ayer…
Frank alza las cejas. «Tus burgueses»: siempre esa manía de clasificar a la gente en dos campos muy distintos. Prefiere callarse.
—¿No dices nada? No puedes negar que el mundo de antes estaba podrido hasta los huesos. ¡Hay que reconstruir Francia, amigo mío! ¡Bah,
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me crispas con tu silencio! Salgo a tomar el aire.
El ambiente es tenso. Elmiger ha pasado hace unos minutos para pedir un vaso de Saint-Raphaël. Lívido, le ha dicho al oído a Frank que ya no controla la situación. Esa noche, el hotel es un hervidero, se chocan los talones, se grita, se ríe a carcajadas en alemán, en francés o en italiano. La viuda Ritz pasa con naturalidad de un idioma a otro, disfruta de su resurrección. Con su vestido largo de terciopelo rojizo, reina cual leona y pasea de grupo en grupo su cabello plateado. Revolotea, felicita por aquí y por allá, pero se cuida mucho de no tocar a nadie y mantiene una distancia prudencial. Un éxito. En esta extravagante fiesta se cruzan toda clase de especímenes: delincuentes opulentos con sus ternos a rayas y su puro en la boca; mujeres de mundo con sombrero y perfume Lanvin; capitostes nazis con uniforme de gala y monóculo falso; políticos franceses de pelo engominado y riguroso esmoquin; actrices de cine cuyas risas agitan su collar de diamantes; coroneles de la Wehrmacht atraídos por cortesanas pechugonas; y, como gran estrella, el matrimonio Breker flanqueado por el ilustre Reinhard Heydrich, el jefe de la manada. El gran desfile del libertinaje bajo los auspicios del Führer, el Reich en la cima de su poder, celebrado en la Place Vendôme.
Por ironías del destino, la velada tiene lugar un jueves. Frank Meier vuelve a pensar en su difunto club de estetas: se nutrían del espíritu del lugar a la vez que aportaban su inteligencia y su impertinencia. Los que ocupan su lugar esta noche odian precisamente aquel espíritu.
Tus burgueses… ¿Dónde están, entonces?
Desde 1940, la burguesía ilustrada no ha podido evitar el abismo. Puede que a algunos pocos la integridad y el honor les hayan impedido sucumbir a las tentaciones cloacales de Vichy, pero son una excepción; recluidos o exiliados, ya no se los oye. Los demás, guiados por el oportunismo y sobre todo por el miedo a perder sus privilegios, se han adaptado a las exigencias de los nuevos tiempos.
La burguesía francesa se ha quebrado y se ha hundido.
Antaño, después de volver de las trincheras, Frank pensaba, como Georges, que los rentistas menospreciaban los sacrificios de los soldados en el frente. Escondidos, se habían aprovechado de la guerra para enriquecerse. Veinte años de barra más tarde, Frank Meier ha aprendido a
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distinguir otros matices en el reino de los privilegiados. El burgués exiliado, que ha conocido el desclasamiento. El burgués católico, cuidadoso con cumplir con su deber de caridad. El burgués culto, guiado por su mala conciencia. Y, en fin, el burgués socialista, prendado de un ideal de justicia.
Al final, mis burgueses luchaban sobre todo contra ellos mismos. Ahora, solo existe el guirigay ininterrumpido de los carroñeros. Los
vándalos lo han saqueado todo, ese era su objetivo. Erigir un orden nuevo: la selección natural. La ley del más fuerte.
¿Y qué hacen en Vichy, al cabo de dos años, para aliviar los sufrimientos del pueblo francés? Pétain había prometido hacer repatriar a los prisioneros: los pobres desgraciados están volviendo a cuentagotas.
Para colmo, Frank ha tenido que soportar antes de la cena las felicitaciones del círculo íntimo de Philippe Pétain: el embajador Brinon, el ministro Bonnard e incluso Pierre Laval. Buenos amigos de Marie-Louise Ritz, por supuesto. Claude y Blanche Auzello estaban sentados entre Bedaux y dos periodistas franceses adeptos a la causa nazi. Imposible declinar esta invitación sin ofender a la Viuda y sin ponerse en peligro. Dos fantasmas del mundo de ayer cogidos en la trampa del carnaval de los buitres. Pobre Blanche, piensa Frank, debe de estar al borde de un ataque de nervios. En cuanto a Claude…
—¡Señor! —lo llama de pronto Luciano—. Creo que está aquí el nuevo general Von Stülpnagel.
—¿Solo?
—Sí.
El primo alemán saca por fin la nariz.
—Guten Abend, Herr Meier.
Vaya, conoce mi nombre.
—Buenas noches, mi general.
—Me he escapado de esa cena interminable, detesto que esas cosas se alarguen. He tomado un atajo hacia el coñac.
—Es usted un fino estratega. ¿Luis XIII o Rémy Martin?
—Me pongo en sus manos.
Speidel tenía razón, piensa Frank cogiendo una copa de coñac. Más afable que su primo, Carl-Heinrich von Stülpnagel tiene encanto. Su
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presencia es inmediata, su mirada magnética. Su iris es de un verde oscuro muy raro, moteado de puntos azules. Pese a su bigote rubio, debe de tener la misma edad que Frank. Un poco más joven, quizá. Más atlético también, es cierto. Frank ha reparado que del cinturón de su elegante uniforme cuelga un bastón-estoque africano en forma de espiral, cuya empuñadura de cuerno de búfalo está coronada por una pequeña placa de marfil con un blasón grabado. Un objeto suntuoso.
—Tenía que haber venido a verlo mucho antes, amigo. En sus cartas, mi primo me ha hablado de su bar. Me lo imaginaba más grande, en realidad es muy pequeño…
—Creo que su primo ha sido demasiado generoso al respecto, mi general.
—No es del tamaño de la iglesia lo que cuenta, sino el carisma del cura y el modo como celebra la eucaristía.
Frank sonríe.
—Digamos que la coctelera es mi cáliz y la ginebra los santos óleos.
—¿Sí? Olvide el coñac, entonces. Muéstreme su ritual.
El general está un poco ebrio, pero su mirada empañada ha cobrado un nuevo brillo. ¿Cuánto tiempo hacía que Frank no se sentía tan cómodo en su papel de barman? Tal vez porque le parece haber encontrado por fin a un interlocutor a su altura.
—¿Sabe que cada oficial de la Wehrmacht que hay en Europa sueña con venir a descubrir su guarida? Usted mismo lo ha dicho: es un remanso de paz en medio de los atentados que se multiplican afuera…
Una sirena ensordecedora lo interrumpe en medio de la frase. Un ataque aéreo. Stülpnagel deja escapar un gesto de fastidio.
—Lo siento mucho, mi general, el reglamento me impone tener que cerrar el bar.
—¡Qué se vayan al diablo, esos jodidos ingleses! A ver, sírvame rápido un culín de coñac. Me lo beberé en el sótano.
—Por supuesto, mi general. Tenga.
—Buenas noches, señor Meier. Volveré, se lo prometo.
Frank se lo agradece con la mirada y llama a Luciano para que lo acompañe hasta el refugio.
—Ve tú también, Georges. Yo os alcanzo.
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Georges muestra una sonrisa ligeramente burlona.
—Qué pena, con lo bien que iba la cosa con el nuevo mandamás. —¡Déjame en paz, quieres! Y date prisa, baja con los demás. —A sus órdenes, jefe…
Frank se queda detrás de la barra; abstraído por los ecos de pánico que llegan de todas las partes del hotel, cierra un instante los ojos. La gente corre por los pasillos y las escaleras del guardarropa. Los invitados, espantados, huyen a toda velocidad, no hay ya sitio en el sótano para toda esa gente; oye aullidos de miedo y de cólera, órdenes gritadas en alemán. Las sirenas rugen cada vez con más fuerza, a lo lejos retumba la tormenta de los Spitfire.
¡La Viuda no había previsto semejantes fuegos artificiales a los postres!
—¿Necesita que le eche una mano, Frank?
—¡Ah, señora Auzello! Me ha asustado…
Blanche está justo delante de él. Lleva un vestido negro avolantado y largos guantes de satén. Su cara está cubierta por una redecilla, como si hubiera elegido esa noche llevar el luto por un mundo que ha amado. Entre la malla, su tez se ve más pálida que de costumbre.
—¡La que se ha montado en el vestíbulo! Qué rostros más espantosos, cuando se les caen las caretas. ¡Tenía que haber visto a Gabrielle Chanel! Enloquecida, seguida siempre por la criada que le lleva su máscara de gas sobre un cojín de seda, figúrese…
—No me sorprende. Pero usted debería estar ya en el refugio… —¿Querría servirme una copa? —le corta ella.
Frank advierte en la mirada de Blanche una intensidad que no le había notado en mucho tiempo.
—Yo… tengo que cerrar, señora.
—Salvo que decida no hacerlo —dice ella, bravucona—. ¿Tiene miedo, señor Meier?
—No —responde el barman sin dejar de mirarla.
—Entonces, ¿qué tal una copa de champán conmigo, bajo las bombas? En ese momento, Frank es consciente del poder que Blanche ejerce sobre él. Nota lo mucho que esa situación de peligro exacerba su deseo.
Solos los dos, en medio de un mundo que se hunde.
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El bar está iluminado únicamente ya por la débil lamparilla que hay bajo la barra. Frank escruta a Blanche en la penumbra, más bella y más provocadora que nunca. Una mujer definitivamente extraordinaria.
—¿Ha perdido a su esposo?
—Claude ha bajado al sótano.
—Nunca viene por aquí. No lo veo nunca. ¿Cómo está?
—Depende del día. Hierve de impaciencia.
—Me han dicho que se ocupaba de la intendencia.
—Se dedica a las frutas y verduras —ironiza ella—. Claude se pasa el tiempo colgado del teléfono haciendo pedidos. La vieja Ritz le está muy reconocida. Incluso lo invitó ayer a tomar el té en su habitación. ¿Puede creérselo?
—Con ella, nunca se sabe a qué atenerse. Por regla general, siempre nos pilla con el pie cambiado.
—¡Marca principesca! Ella sabe ejercer el poder, es su único talento. Dice lo mismo y su contrario, así nadie sabe nunca dónde está la verdad y todo el mundo desconfía. De ahí procede su autoridad.
—Tiene usted razón. ¿Un Pol Roger? —Perfecto, gracias, Frank. ¡A su salud! —A la suya, señora.
Observa a Blanche mojar sus labios de carmín en la copa de champán. ¿Qué me impide confesarle lo que siento por ella, después de todo este tiempo? ¿Es por pudor o por demasiada alta estima de sí mismo? Más, claro está, el miedo terrible a una decepción. Pero esta noche… a solas con ella en este bar vacío, bajo la amenaza de los obuses ingleses, siente crecer
en él un coraje inaudito.
—Tengo algo importante que pedirle, Frank.
Él comprende de pronto que, una vez más, se ha vuelto a equivocar. ¿Alguna vez bajará Blanche al bar para pedirle algo que no sea un
favor?
—He aceptado esconder a un aviador inglés en las buhardillas.
—¿En las buhardillas? ¿Del Ritz? Pero, señora, a ver, ¡eso es una locura!
—Su avión fue abatido cerca de Asnières, el desgraciado está herido en la pierna. Como una emergencia, Lily me ha pedido que lo aloje conmigo.
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Lo hemos metido de noche por la rue Cambon… ¿Qué debo hacer, según usted? ¿Dejar a mi amiga y a ese pobre hombre a merced de los nazis?
—¡No, ha preferido esconderlo en medio de los boches!
—No se altere, Frank, por favor se lo pido. Este piloto se está recuperando, lo que hay que hacer ahora es sacarlo de París. Necesito documentos falsos.
—¡Oh, señora…!
Un pesado silencio se cuela entre ellos. Frank no da crédito a lo que acaba de oír.
—Sírvame otra copa, estoy un poco nerviosa.
—¿Este individuo sigue allá arriba?
—Sí, en el doble techo de una de las buhardillas. ¡Ayúdeme, por favor! Blanche adelanta una de sus manos enguantadas hacia la de Frank, que
la retrae imperceptiblemente.
—¿Quién está al corriente?
—Lily y yo, nadie más. Y ahora, usted.
—Joder…
—¿Quiere ayudarme, sí o no?
Frank reflexiona un instante. No puede negarle nada, lo sabe muy bien. —Deme dos días. Pero se lo advierto, es la última vez. Si la denuncian,
la fusilarán. Y a mí también.
A Frank le gustaría al menos que ella comprendiera el riesgo insensato que le está haciendo correr. ¡Quiere jugar a hacerse la heroína, pero en este hotel todo se sabe! ¿Cuánto tardarán las camareras en darse cuenta de que hay un inglés durmiendo a su lado? Y luego, ¿cuánto tardará cualquiera de ellas en denunciarlo?
—Hay que actuar con rapidez, señora. ¿Tiene usted una foto? —Sí, claro. Tenga. Él la llevaba encima. —¿Habla francés?
—No, ni una palabra.
—Voy a conseguirle un pasaporte sueco. Los suecos se las apañan muy bien en inglés. Vuelva a verme el domingo por la noche. No hablemos de ello, viene gente.
En efecto, se oye un rumor. El Ritz recupera la vida como un corazón que se pone a latir. La cara de Luciano aparece por el quicio de la puerta.
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—Era una falsa alarma, señor Meier. Como no lo veía a usted por el sótano, he venido a avisarlo. No habrá más bombardeos esta noche, todos los invitados se están largando a toda prisa por un lateral de la Vendôme, está siendo un caos. La señora Ritz ha subido a sus habitaciones. Creo que usted ya puede irse a su casa.
—Gracias, muchacho. Ve a acostarte tú también. Hasta mañana. Vuelve a cerrar la puerta. Blanche, que se había agachado detrás de la
barra, se pone de pie y se echa a reír.
—¡Alzo mi copa por la muerte que nos aguarda y por las ironías del destino, mi querido Frank!
¿Quién podría resistirse a su aire travieso y a su mirada burlona? Ahora está ahí, pegada a él, al otro lado de su barra. La luz de la araña del pasillo proyecta sobre su claro rostro la sombra moteada de su redecilla. Este champán tiene el sabor de un beso que quema y que él nunca se atreverá a robar.
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14 de julio de 1942
Han pasado dos meses y no ha muerto nadie; al menos en el Ritz. El piloto inglés fue sacado clandestinamente, pero Fersen advirtió que no siempre podría intervenir con tanta urgencia. Tal como había previsto Süss, la solicitud de documentos falsos ha ido en aumento: desde el mes de junio, los judíos deben llevar la estrella amarilla.
En el frente ruso, la Wehrmacht avanza nuevamente gracias al verano; más al sur, en Bir Hakeim, el general Rommel ha vencido a un cuerpo de soldados franceses y se ha apoderado de Tobruk. A veces a Frank le entran ganas de desear la victoria de Alemania.
¡Así acabaremos con esta puta incertidumbre!
El barman está agotado. Como no puede encomendarse a nadie, casi lamentaría su divorcio. Ni siquiera sabe dónde vive Maria, con la que no mantiene ningún contacto. Le ha hecho muy feliz haber recibido una carta de Jean-Jacques, ha supuesto una alegría y lo ha sacado de su soledad. Su hijo le ha anunciado la llegada de su prima Pauline para reunirse con él en Niza. Los dos viven en el mismo piso y se apoyan mutuamente.
Por segunda vez, se han prohibido en el Ritz las celebraciones del 14 de julio. Las banderitas tricolores de raso duermen desde hace tres años en unas cajas de cartón. Este 14 de julio chafado no impide poner el cartel de completo en el bar de Frank. Barbara Hutton estrena un collar nuevo. Las perlas son de un tamaño muy notable. Esta mujer está cada vez más delgada. Demasiado. Da miedo. A su lado, Laura Corrigan tararea con acento neoyorquino «Mi amante de Saint-Jean», el último éxito de Lucienne Delyle. Acodado en la barra, Charles Bedaux, armado con un mondadientes, trata en vano de pinchar la aceituna de su Dry Martini igual que ese ministerio que nunca ha conseguido obtener. Guasón, Guitry silba
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en sordina la Marsellesa mientras se limpia los cristales de las gafas. Su obra ¡No hagan caso, señoras! triunfa en el Madeleine. En la mesa de atrás, dos jóvenes oficiales alemanes recién llegados juegan al backgammon y ríen como niños. Sola en su mesa, Florence Gould lleva más de una hora escribiendo —¿qué? ¿una carta a su marido o al capitán Jünger?—. Serge Lifar y Jacques Benoist-Méchin discuten sobre la decadencia republicana y la quiebra moral. El periodista brinda a la salud del Mariscal y Bedaux asiente. Cocteau garabatea sobre una libreta mientras Jean Marais y Marie Laurencin, joviales y bellos hasta decir basta, se divierten tratando de adivinar lo que dibuja su mentor. Sus risas parecen exasperar al viejo comandante de la Wehrmacht que bebe a sorbos una copa de Veuve Clicquot en un extremo de la barra. Con una calva notoria y lisa, es la tercera vez que viene esta semana, sin hablar nunca con nadie. Frank está seguro de que escucha todo lo que se dice.
No lejos de allí, Gabrielle Chanel está sentada a una mesa con su teniente de uniforme y una joven cuya identidad Frank ignora. Una extraña muñeca maquillada. Es una criatura morena, piel clara y rasgos delicados, nariz aguileña y ojos brillantes. Sobre las rodillas de la desconocida destaca un gato cartujano de ojos cobrizos al que acaricia lentamente. Frank aguza el oído y capta una pizca de acento alemán en su impecable francés. Está contando que ha ido a ver la exposición de Breker temprano esa mañana y se ríe del buen rato que Josée de Chambrun le hizo pasar a un puñado de amigos invitados a su casa el martes por la noche. La hija de Pierre Laval les aseguró que Arno Breker «le había regalado un original» e hizo entrar en el salón a un atleta, desnudo como una lombriz. Gabrielle Chanel se parte de risa. La mujer con el cartujano lanza una persistente mirada a Frank.
Es la segunda copa. ¿Quién es esta mujer?
No tendrá ocasión de saberlo, el teléfono del bar ha sonado y Luciano le hace una señal.
—El señor Elmiger querría verlo en su despacho sin falta. —Cerramos en menos de una hora. Dile que me pasaré al acabar. —Insiste, señor. Quiere verlo inmediatamente, dice que es urgente. ¿Qué puede ser urgente hasta ese punto? Elmiger está en la cuerda
floja desde hace mucho tiempo, se le ha acabado la paciencia y ve
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peligros por todas partes.
—¡Entre! —grita el director cuando Frank llama a la puerta.
El sobrino del barón Pfyffer está pálido, tiene un cigarrillo en los labios a la vez que otro se consume en el cenicero.
—Siéntese, Frank —dice, indicándole un asiento frente a él.
Esta vez sí, esta vez la he cagado.
—¿Qué ocurre?
—Blanche Auzello acaba de ser arrestada por la policía alemana.
El suelo se hunde bajo los pies de Frank.
—Estaba con la Kharmayeff —resume Elmiger—. Han ido a cenar a Maxim’s. Han pedido champán y cigalas. El camarero les ha dicho que se habían acabado. Diez minutos más tarde, ven que a un coronel alemán le sirven una bandeja de mariscos llena de cigalas. Eso a Blanche la ha sacado de sus casillas y ha insultado al maître: «En esta ciudad todo es para los boches», etcétera. Ya se imagina el cuadro. Luego ella ha tendido su copa gritando: «¡Viva Francia!».
—Dios santo…
—Les han rogado que se marchen. Fuera las esperaban dos gestapistas.
Las han metido en un furgón. De eso hace menos de una hora.
Frank acusa el golpe y trata de recuperar el ánimo.
—¿Se ha informado a Claude Auzello?
—No, todavía no.
—¿Cómo lo ha sabido usted?
—Nos ha llamado el maître del Maxim’s, totalmente consternado…
—¿Y la señora Ritz?
—Tampoco todavía.
—¿Y el señor Süss?
—Está inencontrable, y el tiempo corre. Frank, usted que la conoce, ¿cree que Blanche Auzello sabe cosas que pudieran ponernos en peligro si hablara?
Elmiger lo escruta con ansiedad, como si esperase hallar una respuesta en su cara. Luego, fuera de sí, el director se levanta de su asiento sin aguardar la respuesta del barman.
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—Frank, ella es judía, ¿verdad? ¡Dígamelo!
—¡No!
La violencia de su contestación no parece convencer a Elmiger, que se encoge de hombros.
—¡Vamos, Meier, se lo ruego! ¿Y esa historia del inglés escondido en el desván? La señora Delmas ha venido a informarme de su sospecha de que había un aviador inglés oculto en las buhardillas, ¡dese cuenta! Hemos registrado por todas partes y nada. ¿Sabe una cosa? La señora Auzello podría haberse visto arrastrada por las relaciones bolcheviques de su amiga Kharmayeff.
—No sé nada al respecto —dice Frank, concentrándose en permanecer impasible.
Poner la realidad a un lado, atenerse a la lógica, decirle al cliente lo que quiere oír: Frank jamás había imaginado que una vida de barman lo entrenaría para los interrogatorios.
—La señora Auzello nunca pondría en dificultades a su esposo — acaba por decir.
Elmiger parece tomarse un tiempo en sopesar el argumento.
—En todo caso, me veo obligado a poner al corriente a la señora Ritz. —¿Por qué no espera un poco? —sugiere Frank—. Estaban ebrias, se
les pasará la borrachera y los boches las soltarán.
Elmiger lanza un largo suspiro.
—Bueno —dice sirviéndose un poco de Glenfiddich—. Vaya a cerrar el bar, mañana veremos…
Nada más salir del despacho, Frank siente cómo el miedo le retuerce las tripas. El terror y la rabia. Necesita un gin-tonic, pero no es cuestión de volver al bar. Da tumbos por los pasillos, se deja caer sobre uno de los sofás que hay en esa planta.
¡Blanche en manos de la Gestapo!
¿No podía Lily Kharmayeff haberse llevado a su casa a ese piloto inglés? Todo es por su culpa. Y ahora esa lianta de la Delmas viene a entrometerse. ¡Qué idiotez, sin embargo, ir a insultar a los alemanes en Maxim’s! ¿Qué la harán? ¿Torturarla?
Jamás Frank habría imaginado que el fin de la historia podía llegar tan rápido.
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17 de julio de 1942
Blanche ha sido liberada esta mañana. Frank lo ha sabido por boca de Elmiger a la hora de comer, en un lugar de paso y aún no es del todo consciente.
Después de tres noches sin dormir, esta tarde trata de disimular. Ante los clientes, escasos, por fortuna. Ante Luciano, a quien no quería asustar. Ante Georges, que se obstina en elogiar el gobierno de Laval. Georges ha sido quien le ha dicho que los miles de judíos de la redada de ayer habían sido hacinados en el Vélodrome d’Hiver.
¿Adónde los enviarán?
A Alemania, supone Georges.
—Así lo ha negociado Laval y sanseacabó, Frank. Intercambia trabajadores por prisioneros franceses, eso es todo. Además, la mayoría de los judíos son extranjeros.
—¿Trabajadores? ¿Te burlas de mí? Lo que yo he visto esta mañana es a un mocoso de ocho años coger de la mano a su hermana de cinco para subir a un autobús abarrotado. Me han dado ganas de vomitar. ¿Y sabes qué? Me tienes harto, Georges.
—Espera un momento, a mí también me repugna lo de los niños… —Cierra tú. Me voy a acostar.
Todavía hace mucho calor en la calle desierta. Una auténtica noche de verano. El silencio es tal, que Frank oye a lo lejos el chirrido de los pedales desengrasados de una patrulla en bicicleta. Un soldado alemán tararea «Lili Marleen» con una voz magnífica. A él le gusta esa canción, aunque le pone triste. Piensa en esos miles de desgraciados apretujados bajo el techo de cristal azul del Vel’ d’Hiv. Podría ser uno de ellos, pegado a su madre, perdido y asustado…
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¿Es que siempre el pasado termina por atrapar a los exiliados? —Buenas noches, Frank —murmura una voz en la negrura.
Sus ojos se hacen a la oscuridad. El vestido adamascado en azul de Blanche es espléndido, pero su rostro parece turbado. Frank siente que sus pupilas se empañan al distinguir su cara demacrada y su penosa sonrisa. No consigue responder, contento de mirarla como se mira a quienes se temía no volver a ver nunca más.
—¿Está llorando, Frank? ¿Quiere un trago de ginebra?
—No, gracias.
—Sí —insiste Blanche—. Tenga, esta noche soy yo quien se encarga del bar.
Un banco público, Blanche Auzello y una petaca llena de Beefeater, una noche de julio en París. De pronto, Frank tiene treinta años, diecisiete años, se ríe entre lágrimas imaginando la escena. Iría a sentarse junto a su chica, mirarían juntos las estrellas, luego pasaría una mano por su pelo, metería su cara en el hueco de su cuello, aspiraría su aroma embriagador, acariciaría su vestido, la abrazaría y la estrecharía en sus brazos… Pero ya no tiene diecisiete años, ni siquiera treinta, y la ginebra tibia ni siquiera es de buena calidad. Son dos judíos sin estrella amarilla que están en París, en julio de 1942, agotados y paralizados por la razia inmensa que acaba de sacudir la ciudad.
—Se habla de que son por lo menos diez mil —dice Blanche mirando hacia delante—. Diez mil, sin contar a los niños. Y todos arrestados por la policía francesa. En Belleville, corría desde hace varios días el rumor de una redada, pero nadie lo creyó.
Blanche prosigue su relato y Frank la escucha. ¿Habría creído el rumor si hubiera sido él uno de esos judíos de Belleville o del Marais? La voz de Blanche se quiebra. Frank oye las dificultades de pronunciación que tan bien conoce en ella.
¿Habrá vuelto a caer en la morfina?
—¿Qué había tomado, la noche del martes?
La familiaridad de la pregunta le sorprende a él mismo. Tanto como la respuesta que sigue:
—Perdí el control. Estaba fuera de mí y un poco ebria. Pero se lo aseguro, Frank, estos tres días con sus tres noches me han hecho
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reflexionar. Allí, a oscuras, en el calabozo, Lily me hizo una extraña pregunta.
—¿Qué pregunta?
—«Si Dios existe, Blanche, ¿qué te gustaría que te dijera cuando estuvieras ante Él?». Curioso, ¿no? Y usted, ¿qué querría escuchar de Dios, cuando llegara la hora?
—Pues… me gustaría que me dijese: «No hay sitio, Frank, vuelva más tarde». Creo que eso estaría muy bien.
La joven ríe.
Esa risa calienta de nuevo el corazón de Frank, gélido a pesar del ardiente verano.
—Entonces, usted querría una prórroga.
—En cierto modo, sí. ¿Usted no?
—A mí me gustaría que Dios me dijese: «Has hecho lo que has podido, Blanche, entra ahora».
—Su respuesta es más sabia que la mía, teniendo en cuenta que ha sido arrestada por la Gestapo por provocación y que está sentada sola, en un banco, a las once de la noche, con una botella de ginebra, en pleno toque de queda.
—¡Oh, no me sermonee, se lo suplico! Estoy molida…
—Venga, levántese —añade Frank, tendiéndole el brazo—. La acompañaré al Ritz.
Ella se pega a él sin mirarlo a los ojos. Frank la siente de nuevo flaquear. Le hace pensar en esa luna menguante que apenas se adivina en el cielo: una fina franja de Blanche Auzello centellea en la noche como una ilusión. Lo demás está inmerso en la oscuridad y no se sabe lo que se trama en ella.
A pocos metros de la entrada del Ritz, Blanche se detiene, con la mirada fija en la calzada.
—¿Sabría dónde conseguirme una dosis para esta noche?
Habría apostado por ello. La morfina ha ganado.
—No, Blanche, eso no la ayudará.
Ella lo mira a los ojos por primera vez esa noche. —¡No me llame por mi nombre, no soy ninguna niña!
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Eleva la voz. Su frágil intimidad se desvanece en el cielo de París. Un agente de policía se detiene a su altura.
—¿Todo bien, señora?
—Muy bien, sí —dice Frank—. Buenas noches, señor agente.
—Sus pases, por favor.
—Tenga —dice Frank tendiéndole su salvoconducto—. Acompañaba a la señora Auzello al Ritz.
—Ah, bien, pues parece que la señora ya ha llegado. Usted debería volver a su casa, señor Meier, es tarde.
—Desde luego, señor agente. Buenas noches, señora.
Blanche le pone la misma mirada desesperada que le puso el verano de 1939, cuando ya no soportaba más que él se hubiera convertido en el espejo de su deterioro. En momentos así, bien sabe que ella lo odia. Frank no ha cedido, y sin embargo se ha sentido ridículo. Ahora está anulado por la tristeza y la inquietud. Si esa droga vuelve a ser la obsesión de Blanche, despertará en ella al demonio que la empuja directamente a lo peor.
¿Quién sabe qué nueva locura podría cometer la próxima vez?
Esta noche, sobre la acera de la rue Cambon, bajo la débil luz de las farolas cubiertas de pintura azul para engañar a los Spitfire británicos, Frank Meier ve cómo su sombra diáfana se aleja por el asfalto.
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Quinta parte
GUERRA TOTAL
MARZO-JULIO DE 1943
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Niza, 31 de enero de 1943
Papá,
He recibido hoy tu carta y tu giro postal, que te agradezco. Te garantizo que llega en el momento justo, porque estoy sin un céntimo. Con el estacionamiento de las tropas de la Wehrmacht en Niza, he sido licenciado. El Negresco ha sido requisado por el estado mayor alemán y todo el personal del hotel ha sido despedido. Vuelvo a ser un don nadie como al principio. Me encuentro en la miseria, papá: un rumor cada vez más insistente da a entender que Laval va a imponer un servicio de trabajo obligatorio en Alemania para los jóvenes franceses en mi situación. Pero voy a negarme a hacerlo. Tengo un favor que pedirte, y no te oculto que es también el motivo de esta carta. ¿Podría ir a París y hospedarme en tu casa? Tal vez así encontraría más fácilmente un curro por allí. También sería la ocasión de recuperar un poco el tiempo perdido. ¿Cómo lo ves? Sé que nuestra relación nunca ha sido cariñosa ni cómplice, pero nunca es demasiado tarde, como repite a veces Pauline. Además, tu sobrina iría conmigo, siempre y cuando estés de acuerdo. Ella era la secretaria del director y también ha sido despedida. Es una joven entregada y fuerte. Te gustaría. Y ella estaría encantada de volver a verte, porque hace mucho tiempo que no estamos todos juntos. ¿Tendrías sitio para acogernos a los dos? Seríamos discretos. Te lo prometo. Deseo de todo corazón que mis palabras encuentren eco en ti. Soy tu hijo, papá, te pido un poco de ayuda. En este mundo tan extraño, eres la única persona en la que puedo confiar. ¿Cuándo acabará todo esto? Pauline y yo te mandamos un abrazo y esperamos tus noticias.
Afectuosamente,
Jean-Jacques
Las lágrimas inundan los ojos de Frank, estupefacto. No esperaba ya que fuera posible el regreso de Jean-Jacques a su vida. En esta existencia solitaria orquestada por los alemanes y una y otra vez a merced de los acontecimientos, verse de pronto llamado «papá» lo trastorna. La idea de recuperar a su hijo le causa una profunda alegría. En cuanto a Pauline, no ha vuelto a ver a su «querida sobrina» desde hace casi veinte años, pero le gustaba mucho de niña… Su mirada dulce y orgullosa. Su voluntad de hierro. Frank sonríe, tener a los dos junto a él sería un verdadero lujo. Deja la carta sobre la mesa y mira por la ventana. La calle está invadida por la oscuridad gris del final de la tarde.
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Una mujer mayor avanza lentamente por la acera de enfrente. Se estremece en un abrigo demasiado delgado y estrecha un chal de lana alrededor de su cuello. Frank desvía la mirada. Su chimenea de carbón tira muy bien, el calor lo incomoda. «También sería la ocasión de recuperar un poco el tiempo perdido».
Siente una ligera irritación. Su hijo siempre supo tocarle la fibra sensible cuando necesitaba alguna cosa. Se nota que es hijo de su madre, un seductor. Aparta enseguida este pensamiento malévolo y un tanto estúpido. Después de haber releído la carta por tercera vez, coge su pluma Montegrappa que está sobre el velador de la entrada y busca una hoja de papel. Va a contestarle esta misma noche. Jean-Jacques y Pauline se instalarán en casa de los Birenbaum, en el 6.º, buena idea. La invasión de la zona no ocupada por las tropas de la Wehrmacht el pasado otoño le regala el regreso de ese hijo perdido desde hace tanto tiempo. Y Pauline hará de colchón entre nosotros. Sin que sepa por qué, esa presencia femenina lo tranquiliza un poco y se pone a garabatear en la hoja blanca que tiene delante.
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5 de marzo de 1943
La Wehrmacht se ha estancado en la nieve y el frío como el Gran Ejército napoleónico. En Stalingrado, la arrogancia teutona ha sufrido un golpe que ha resonado hasta en el Ritz. Las tensiones aumentan, la violencia también. Stülpnagel el Joven es el más afable de los clientes cuando baja al bar, pero no tiene otra elección que ejecutar las órdenes de Hitler. Todos los judíos detenidos en la redada de julio en París han sido deportados a Polonia. Los niños de menos de doce años también, por orden expresa de Pierre Laval. Dicen que el carbonero no ha querido separar a las crías de sus madres, ¡será cínico! En el bar del Ritz todo el mundo la conoce, pero nadie se atreve a mencionar la suerte de esos condenados. ¿Qué piensa Stülpnagel en lo más profundo de sí? Frank lo nota reticente; sin embargo, el general no suelta prenda sobre sus estados de ánimo. Hay oídos por todas partes, sobre todo en el Ritz, y el menor signo de debilidad puede ser sancionado inmediatamente.
Hitler necesita tropas de refresco en el Este. Desde hace un mes, el Reich envía al frente soviético una oleada continua de oficiales destinados en París. Ayer, el «capitancito» de la hija de la Sénéchal ha hecho las maletas para Járkov, donde las tropas de Manstein han lanzado la contraofensiva. La infeliz doncella lloraba a lágrima viva en la rue Cambon, alternando bajo su nariz un pañuelo blanco y una bola aromática. Su Karl había debido de dejar algunas fragancias de Guerlain.
Las colas se alargan en las aceras ante los escaparates vacíos. Ya no hay mantequilla, ni queso, ni huevos. Las madres de familia se han provisto de taburetes porque la espera es interminable para conseguir un miserable mendrugo de pan o una fina loncha de tocino. Teatros y cafés conciertos, en cambio, siempre están llenos. Cada noche, en el Casino de
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París, Mistinguett repite su exitosa canción de antes de la guerra, «Busco a un millonario». A mitad de la canción, dice en voz baja en el micrófono que también busca una pata de cordero y da su dirección del IX.º Distrito. La sala se ríe a carcajadas, pero Sacha Guitry le ha contado a Frank la noche pasada que algunos admiradores le han enviado allí algo de carne a escondidas.
Jean-Jacques y Pauline viven ahora en el piso vacío de los Birenbaum, encima del de Frank. La joven, que tiene buena presencia, ha encontrado un empleo de vendedora en Vuitton. Para su hijo es más complicado, pero Frank sigue buscando.
También en el bar los equilibrios cambian. Georges está menos colado por Pierre Laval y el Mariscal desde que instauraron el STO[3]. Y aunque Luciano ha aprendido a contener sus emociones detrás de la barra, su cólera no ha desaparecido pese a ello.
—Zorra.
—¡Luciano! ¿Qué coño te pasa?
—Nada, es esa zorra de Marie Sénéchal…
—¡Cállate, quieres! —le ordena secamente Frank—. ¿Qué ocurre? —Acabo de cruzarme con ella en la entrada de los vestuarios. Berreaba
como una Magdalena diciendo que todo era por culpa de los judíos y de los comunistas, que había que exterminarlos. Lo único que quiere es volver a estar en el catre con su Fritz. Sé que se acostaba con el ayudante de campo de Stülpnagel, los he visto en el mirador del Trocadero el día de Año Nuevo. Por eso lloriquea desde esta mañana. No he tenido ningún reparo en decirle que era una puta de boches.
—¿¡Has hecho eso!?
—Sí.
—¡No eres más que un idiota! —exclama Frank, con un tono que sobresalta a su aprendiz—. No atraigas sobre ti la cólera de nadie, no podemos permitirnos ese lujo. ¿Es que no lo entiendes?
Luciano se sorbe los mocos como un muchacho obcecado.
—¡Mañana irás a disculparte! Haz lo que te digo y cierra el pico.
Contrólate, joder, es la regla básica. ¡Venga, a trabajar!
¡Insultar a la pequeña Sénéchal, qué estupidez! ¡A saber si no buscará vengarse!
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Frank sabe que el chaval entrará rápido en razón. La época lo exaspera, frecuenta en las cocinas a chicos mayores que él e imita a veces actitudes viriles, pero en el fondo es buena persona.
Luciano se ha situado en la puerta, enfurruñado. Pero enseguida se le ilumina el rostro.
—¡Señor! El capitán Jünger se acerca —anuncia.
Hace casi seis meses que se fue a Rusia; Frank empezaba a preguntarse si el escritor habría muerto en el frente y su cadáver congelado yacería en las estepas heladas.
—Guten Abend, Herr Meier!
—Buenas tardes, Herr Jünger. Sea bienvenido a su casa.
Jünger parece radiante, con la mirada vivaracha y la sonrisa irónica de los supervivientes.
—Infinitas gracias por la botella que me envió, Frank. Fue todo un delicado detalle.
—Faltaría más.
—Gracias a usted, he impresionado a todos los generales del frente. De vez en cuando, les he servido un chorrito de calvados después de la cena. Una pizca de Ritz sobre los suburbios de Voroshílovsk, créame, era algo que no tenía precio.
—Cuénteme, ¿cómo están las cosas por allí? —Frank lo pregunta mientras descorcha con habilidad la botella de Perrier-Jouët.
Jünger suspira ampliamente.
—Estamos al borde del abatimiento. Hemos exprimido al máximo a nuestros soldados, sus cuerpos están en las últimas. Un rasguño de bala y estás muerto.
—¿Peor que en Verdún o en Péronne?
—Mucho peor, soldado Meier. Hoy en día, la guerra la dirigen unos técnicos que consideran que sus semejantes son mera chusma. Hemos caído al nivel de los insectos. Herr Meier, la vida humana ya no tiene valor.
Un incómodo silencio los rodea por un instante.
—¿Y aquí en el Ritz, Frank, cuáles son las noticias del frente? —Estos últimos meses han sido bastante tranquilos. Salvo el arresto de
Charles Bedaux…
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La mirada de Jünger se ilumina.
—¿Bedaux? ¿Arrestado?
—Sí —confirma Frank, satisfecho del efecto causado—. Fue enviado a Argelia. El gobierno le había confiado la misión de construir allí un oleoducto, pero los ingleses y los americanos desembarcaron en el norte de África y Bedaux cayó atrapado en sus redes. Lo más divertido es que, al tener pasaporte estadounidense, lo han acusado de alta traición. Para mí que eso huele a chamusquina.
—Cruel ironía del destino. No nos queda más que compadecer al infeliz Bedaux. Tantos esfuerzos por ponerse al servicio de Vichy y se deja atrapar a la primera ocasión…
A Frank le gusta la visión de la gente que tiene el escritor. Le hace pensar en la de Fitzgerald.
Al igual que él, Jünger evalúa a los hombres sin juzgarlos, siempre con la curiosidad de saber qué motivaciones ocultas en el alma animan a las personas con las que se encuentra, cualquiera que sea su rango. Y pensar que todavía ayer Frank, harto de desconfiar de todo el mundo, soñaba con un empleo tranquilo en una pequeña tasca de Batignolles.
Pero cuando Ernst Jünger pasa por la puerta, ¿cómo renunciar al Ritz?
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3
1 de abril de 1943
¡Por fin una tarde libre! Frank ha invitado a Jean-Jacques y Pauline a cenar en su casa. Ha cocinado una pierna de cordero con judías. El chef del hotel le ha proporcionado gratis un camembert y una botella de Gevrey-Chambertin empezada la noche anterior. Ningún derroche. Al menos da para un vaso de vino para cada uno, esas son las ventajas del Ritz. Sin embargo, este lujo tiene un precio que a Frank le cuesta pagar cada vez más. Esta tarde, volviendo por el Boulevard des Capucines, ha visto cómo un anciano bien trajeado cogía una colilla tirada en la calle. Se han cruzado sus miradas. Avergonzado, el hombre ha bajado los ojos. Frank ha pensado ofrecerle un cigarrillo, pero enseguida también él se ha sentido incómodo, pillado en el flagrante delito de sus privilegios. Ha preferido abstenerse. Como un cobarde.
Desde la radio de galena, el periodista de Radio París anuncia esta noche que Léon Blum, «el antiguo presidente del Consejo responsable de la derrota», ha sido trasladado ayer a una prisión alemana en calidad de rehén político.
¿Entregar a Blum a los boches? ¡Cómo hemos caído tan bajo! ¡Qué vergüenza!
La media acaba de sonar en el reloj y Jean-Jacques y Pauline siguen sin llegar. Habían dicho a las siete y cuarto. En los tiempos que corren, cada retraso de alguien cercano causa una inquietud, sobre todo desde que se ha modificado el STO. En adelante, cualquier joven nacido entre 1920 y 1922 puede ser requisado, sea cual sea su profesión. Agentes de policía y milicianos persiguen a los que se niegan y hacen redadas en las salidas del metro. Frank ha suministrado a Jean-Jacques un carné de trabajo falso, pero a este atolondrado es capaz de habérsele olvidado. Por lo visto, en
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caso de control, aquellos que no puedan justificar su situación son mandados para Alemania de inmediato, sin tener tiempo de volver a pasar por su casa. Si fuera el caso, Frank siempre podría echar mano de sus relaciones en el Ritz, pero más vale ahorrar esos cartuchos…
A las ocho menos cuarto llegan por fin. Jean-Jacques apenas se excusa por el retraso:
—Hemos ido al cine y la sesión ha tardado en empezar. Hemos visto El asesino vive en el 21. Estupenda.
—Tú conoces a la actriz, ¿no? Suzy Delair —pregunta Pauline a su tío. —En realidad, no. Digamos que viene algunas veces por el bar. Es una
estirada.
—¡Ah, eso me da igual! —exclama Pauline—. En la película es alegre e íntegra.
Alegre e íntegra, como lo era Blanche hace tiempo.
—Venga, pasemos a la mesa. Si no, la pierna se hará demasiado.
Al repartir el cordero, piensa en los treinta años que cumplirá Pauline a fin de mes. Los chicos se merecen algo más. Una buena cena de mercado negro, por ejemplo. Y un poco de guita. Pero Jean-Jacques ve las cosas de otro modo:
—Hemos visto unas inscripciones con tiza en las paredes de la rue Cardinet al venir para acá. Habían escrito «1918» o «Stalingrado». El ambiente está cambiando. Hay que pensar en el futuro, papá.
Frank deja su tenedor.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a economizar. Y a distanciarse un poco de los boches también.
—Has de admitir que, estando en el Ritz, eso es complicado.
Un enorme suspiro hace enfriar la pierna de cordero de golpe. Frank comprende que Jean-Jacques viene rumiando sus temores desde mucho antes que esta conversación. Y esa conclusión lo alegra: su hijo se preocupa por él.
—No te fíes, papá. Si todo cambiara, te verías en una posición muy comprometida.
—Lo sé, hijo. Me lo planteo cada día. Pero es imposible sacrificar el presente por el futuro, así es desde hace tres años. Hay que desconfiar de
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todo el mundo.
—Claro, hasta de la propia esposa —interviene Pauline.
Frank se vuelve hacia ella sin entender.
—Hoy, en Vuitton, me han contado una historia espantosa —dice ella
—. La secretaria de uno de mis jefes supo que su marido iba a ser liberado por fin y entonces le envió un último paquete con comida a Alemania, como muestra de su amor. Pero el tipo volvió antes de lo previsto. Cuando apareció por Batignolles, su mujer estaba en la cama con un cabeza cuadrada. Mientras tanto, en Alemania, los compañeros de cárcel del marido se repartieron las provisiones. Hubo cuatro muertos: en la barra de mantequilla, la secretaria había metido arsénico…
La época está podrida por dentro.
Frank reflexiona un instante y se dirige a su hijo.
—Una cosa es segura, en efecto: si los boches tuvieran que huir, en París habría venganzas terribles.
—Por eso debes pensar en guardarte las espaldas, papá.
Frank no ve claro aún cómo podría hacerlo, pero le promete que lo pensará. Sí, un día de estos lo pensará.
¿Acaso sabe alguien lo que va a ocurrir?
¿Cómo puedo salir del Ritz? ¿Abandonar a Blanche?
Frank apenas la ha vuelto a ver desde aquella noche de julio; tan solo se han intercambiado saludos formales que le duelen en el corazón. Se rumorea en el Ritz que es alcohólica, irascible y depresiva, y que está otra vez recluida en su habitación.
La morfina.
¿Auzello está ciego o es un gran comediante?
Frank observa a su hijo y a su sobrina repartirse el camembert y su simple presencia lo conmueve. Su compañía le es saludable. Duerme mejor. Blanche no dispone de semejante lujo: nada la distrae, excepto el alcohol o la morfina. Ha roto el pacto que los une como los dos arribistas que son: el de la disciplina que hay que tener para ser capaz de emprender la huida.
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13 de abril de 1943
—A ver, chaval, está lloviendo a cántaros, ¿cómo vas a irte? —En bici, señor.
—Ten cuidado, Luciano, la calzada estará resbaladiza.
—No se preocupe. Buenas noches, señor Meier.
Hoy en día hay más bicis que parisienses. Con la llegada de la primavera, todo el mundo circula montado en viejas bicicletas un poco inestables, los hombres echando el torso hacia delante, las mujeres con las piernas desnudas, en las que han pintado una raya negra en la pantorrilla para simular la costura de las medias.
Menuda carnicería si un obús inglés cayera sobre ese enjambre de ciclistas.
Toques de silbato, cuerpos despedazados sobre la calzada y un pánico en aumento, como en las fábricas Renault de Billancourt, en el puente de Sèvres o en el hipódromo de Longchamp el pasado fin de semana. Tres escuadrillas a plena luz del día, más de trescientos muertos. Jünger se encontraba por casualidad en el hipódromo con su amante. Ha contado que en las bocas de salida del metro, los paseantes domingueros se chocaban con grupos de heridos exhaustos cuya ropa estaba hecha jirones, con una madre que estrechaba contra su pecho a una chiquilla ensangrentada…
—Buenas noches, Frank…
—¡Señor Auzello! Qué sorpresa.
Desde que empezó la guerra no había franqueado la puerta del bar. En otro tiempo, compartíamos ciertos hábitos al acabar la noche. —Qué catástrofe, Frank…
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—¿Qué ocurre, señor?
—La Gestapo ha vuelto a detener a Blanche.
—¿Otra vez? ¿Por qué razón? ¿Otro arrebato de la Kharmayeff? —Está acusada de haber dejado las luces de las cocinas encendidas la
noche pasada, se supone que para ayudar a los aviones británicos a dirigir sus ataques en pleno centro de París.
—¡Dios santo!
Los pensamientos de Frank se entrechocan en una algarabía incontrolable.
—¿Cómo está? ¿Dónde la han llevado? ¿La cree capaz de haberlo hecho?
—¡No sé nada! No la entiendo, Frank. Blanche parece desafiar a la vida con una especie de arrogancia que no le conocía. Sin embargo, le aseguro que hago todo lo posible por ayudarla. Los cabrones que han venido a buscarla eran bruscos y agresivos. Yo estaba aturdido, aterrado. Ella, en cambio, estaba tranquila y resignada. Me ha dado unos cachecitos en la mejilla diciéndome que todo iría bien. Estaba bebida. Supongo que ya sabe usted que bebe demasiado.
La voz de Auzello se quiebra. Frank le sirve un triple seco, que ingiere de un trago.
—¿Quién más está al corriente?
—Elmiger y la señora Ritz. Ellos han llamado enseguida a Stülpnagel desde su habitación. Pero las SS no dependen de nadie, salvo de Himmler directamente. No se puede hacer nada.
Ambos permanecen callados durante prolongados segundos. La ausencia de Blanche parece llenar todo el espacio.
Finalmente, Claude rompe el silencio:
—Si ella habla, estoy perdido. En fin, qué más da, a usted se lo puedo contar. Estoy enterado de sus trapicheos con documentos falsos para los judíos, así que si me denuncia, lo arruino.
A Frank se le pone en el estómago una intensa sensación de frío. —No se enfade, Frank. Conocemos el negocio. En este hotel todo se
sabe, pero nadie dice ni mu. Esa es la regla, ¿no? Elmiger está convencido de que estoy haciendo lo imposible por aprovisionar las cocinas de frutas y
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hortalizas, pero en realidad informo a los ingleses sobre las idas y venidas de nuestros clientes.
Frank se queda atónito por segunda vez esta noche. ¿Cómo él, el barman del Ritz, no se ha dado cuenta de ello, si estaba sucediendo delante de sus narices?
—He puesto nombre de frutas y de verduras a algunos generales de la Wehrmacht y a algunos dignatarios nazis. Creen que estoy haciendo un pedido. La verdad es que estoy al teléfono con un amigo ferroviario en Suiza. Le informo sobre los horarios y las fechas de su presencia aquí de unos y de otros.
Ante la estupefacción de Frank, los labios de Claude Auzello recobran una leve sonrisa.
—Si Goering avisa de que pasará tres días en el Ritz, la víspera de su llegada yo pido tres cajas de nabos. Si Jünger reserva una mesa para cenar, esa misma mañana yo pido una caja de espárragos. Y si el gran escritor ha previsto invitar a su amigo Stülpnagel, añado un cajetín de coliflores.
—Ya decía yo…
—¿Qué? —pregunta Claude jugueteando con su vaso vacío.
—Que había algo más detrás de su historia de mayoristas y verduleros. No le veía haciendo ese papel, señor. Y su esposa jamás lo traicionará. Es una mujer con sentido del honor.
Claude eleva sus palmas al cielo.
—¿Podemos saber de qué no seríamos capaces usted y yo bajo tortura? Un estremecimiento sacude a Frank. Querría sobremanera que Claude se callase, y sin embargo sabe que tiene razón. Blanche podría ser
interrogada y torturada.
Unas imágenes insoportables surgen de pronto en su mente: el fino rostro de ella tumefacto, su delicado cuerpo paralizado. ¿Quién puede resistir la tortura de la Gestapo?
A su marido ya le ha contado que yo traficaba con documentos.
Puede repetírselo a la Gestapo. ¿Qué hacer, entonces? ¿Jurarle lealtad a Lafont para que intervenga ante sus amigos de las SS? Pero si la caga…
¿Qué pasará con Jean-Jacques y Pauline?
Además, Blanche no puede desaparecer… No, Blanche no.
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Diario de Frank Meier
Esta vez, la cosa va en serio.
Llevas una semana desaparecida. ¿Dónde estás, Blanche? ¡Blanche! Llevo seis días sin pegar ojo. No hago más que dar vueltas entre las
sábanas.
En cuanto me adormezco, se me aparece tu cara martirizada.
Veo tus pómulos hinchados, tus labios con sangre, tu frente moteada de cardenales.
O de pronto oigo tu voz. Desgarra mis noches y me pide ayuda.
A veces, al límite de mis fuerzas, caigo rendido y me duermo.
Y entonces gritas mi nombre. Suplicas.
Me despierto sobresaltado.
Durante el día trato de engañarme ocupando mis manos y mi mente.
Pero en cuanto llega la noche…, la noche es toda para ti.
Permanezco despierto, echado en mi cama, trato de suplicar a alguien, pero no sé a quién.
Espero el alba mientras oigo tus gritos salvajes.
Me veo impotente.
Tengo miedo.
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27 de abril de 1943
—Señor Meier. Entre.
Frank comprende que el momento es grave antes incluso de penetrar en el despacho de la Viuda. Elmiger tiene el rostro descompuesto, Süss, los ojos legañosos. Marie-Louise Ritz, demacrada, se mantiene erguida como una estaca, siempre tan impresionante en la adversidad.
Cuanto peor va todo, mejor lo soporta.
—Señor Meier —dice ella, ofreciéndole por fin una breve sonrisa que él no consigue interpretar—, se lo ruego, siéntese. ¿Quiere un cigarrillo?
—Estoy bien, señora, se lo agradezco.
Siempre ha habido dos personas en Frank Meier. La que se refugia en la autoridad y la disciplina, y la que se siente atraída por la irreverencia y la libertad. No es el único, por supuesto. La vida cotidiana tóxica en la que el destino lo ha sumido desde hace tres años no ha hecho más que exacerbar su viejo conflicto. Un día rinde un servicio a los alemanes y al día siguiente ayuda a las familias judías a escaparse.
El ambiente está cargado en el despacho de César Ritz, donde ahora ya saben que pueden ser arrestados.
Empieza Elmiger:
—Frank, hemos sabido una noticia muy desagradable y que nos concierne a todos: Blanche Auzello ha sido condenada esta tarde a ocho meses de prisión por la justicia militar alemana.
Ocho meses. Una eternidad.
Frank hace esfuerzos para no flaquear.
—¿De qué se la acusa? —logra preguntar.
—Connivencia con los comunistas.
—¡Eso es absurdo! —se rebela el barman.
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—No tanto, Frank. Tienen también detenida a la señorita Kharmayeff. Antes de ayer, los periódicos de Moscú se vieron sacudidos por «el arresto de una gran bailarina rusa en París», con eso es suficiente. El pobre Claude, muy afectado, se ha encerrado en sus habitaciones. Gracias a Dios, permanece en calma. Sabe que el interés superior del Ritz lo obliga a mantener un perfil bajo. Y su esposa da muestra de buena conducta, puede que esté de regreso entre nosotros para las fiestas de Navidad.
Navidad, ¿hay todavía Navidades en este mundo?
—Nos vemos en una posición muy comprometida —prosigue Elmiger
—. La Gestapo está más que irritada por el asunto de las luces encendidas en las cocinas. Lo consideran un acto de sabotaje. En adelante, somos sospechosos y vamos a tener que darles rápidamente alguna garantía…
—¿Y eso en qué me concierne? —pregunta Frank.
—A eso voy. Henri Lafont acaba de ser nombrado Hauptsturmführer de las SS y nos ha hecho saber esta mañana que desearía celebrar en el Ritz su nombramiento. Si me permite que le diga, veo en ello un golpe de suerte. Hemos pensado que usted podría poner el bar a su disposición para demostrarle nuestra cordialidad.
Desconcertado, Frank Meier se queda mudo. ¿Dejar el bar a Lafont? ¿Mi bar?
—Es alguien influyente ante las autoridades nazis. Hágase cargo; a cambio, le ofrecemos el diez por ciento de lo que se saque esa noche. Puede ser una bonita suma. No escatime en gastos. Vendrá toda su panda de sinvergüenzas…
—¡Hans! —lo interrumpe la Viuda—. El entorno del señor Lafont es gente de más valía.
—Le ruego que me disculpe, señora. Tiene usted razón. Rectifico, se trata de organizar una recepción fastuosa para Henri Lafont y sus «valiosos» amigos. Habría que recibir también a varios oficiales de las SS, como Helmut Knochen, el Standartenführer de la Gestapo en Francia. De alto nivel. Tiene que sentirse como en su casa, ¿lo comprende?
El Ritz entero está a punto de capitular. No es una simple velada, es una invasión. Pero ¿hay otra opción, con Blanche en poder de la Gestapo?
—¿Lafont ha sugerido alguna fecha? —pregunta.
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—El sábado 15 de mayo.
Cuatro años después del avance de los pánzer en 1940.
Frank suspira.
—De acuerdo.
—No dudábamos de ello, Frank. Por otra parte, nuestra oferta es de lo más justa. Todo el mundo necesita dinero, en los tiempos que corren…
—Es verdad. Por eso querría el quince por ciento.
La Viuda casi se ahoga.
—¿Perdón?
—Quiero involucrar a mis chicos. Estarán más dispuestos a servir a los agentes de la Gestapo si les prometo que sacarán algo a cambio.
—¡Es usted un insolente, Meier! —protesta la Viuda, sin mucha convicción.
—Creo que Frank tiene razón, señora —sostiene Elmiger—. Eso hace mayores nuestras posibilidades. Y le estaremos dando a ese Lafont algo que no olvidará nunca.
—Si usted lo dice, señor director —dice, enojada, la Viuda.
—¿Trato hecho, Frank?
—Trato hecho, señor Elmiger.
La viuda Ritz echa un vistazo al reloj de pared.
¡Si supieras, vejestorio, todo lo que se trama cada día bajo tu techo! Frank observa a Elmiger. ¿Ha entendido algo, desde los meses que
dura este circo? Tal vez nada. O tal vez todo. Frank prefiere no saberlo.
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5 de mayo de 1943
Desde hace varios días, a Frank le llama la atención la presencia de unas viejas bicicletas puestas sobre calzos en la parte trasera de la peluquería. Un botones se lo explica: Elmiger ha contratado a un equipo ciclista para mantener calientes los secadores de pelo a golpe de pedalada y dinamo. Una verdadera genialidad. Pueden multiplicarse en París los cortes de corriente, pero las clientas tendrán siempre a punto sus rulos. Fuera, se persigue a los judíos, se fusila a chavales en el monte Valérien, la gente se muere de hambre, pero en el gran hotel hay que ser impecables con los bigudíes.
El Ritz, paraíso de ilusiones.
Delante de él, Süss se hunde en las tinieblas. Pegado a sus talones, Frank avanza con dificultad por el sótano del Ritz. ¿Por qué el vizconde lo ha citado en la bodega de equipajes? Ayer por la noche, al teléfono, parecía preocupado, no ha dado ninguna indicación, salvo la de ser lo más discreto posible.
—Señor Süss —lo llama, ahogando su voz con la mano—, no lo veo. ¿Está ahí?
Qué extraño lugar es este. Siniestro y tranquilo. Ningún ruido del exterior, atmósfera árida, penumbra y muros gruesos. Parece una cripta funeraria. Los baúles y arcones amontonados ahí se asemejan a ataúdes. Pertenecen al mundo de ayer, alineados, etiquetados y colocados por orden alfabético. Un cementerio de recuerdos. Esas maletas no se han abierto desde hace años. ¿Qué habrá sido de sus propietarios? ¿Dónde viven ahora? Numerosos clientes huyeron precipitadamente de París en la
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primavera de 1940, dejando tras de sí todas sus pertenencias. ¿Las recuperarán algún día? En todo caso, todavía los alemanes no han metidos sus narices en estos tesoros del pasado.
Al menos aquí la guerra no existe. Nunca ha existido. Qué paz… Arriba, se roba, se saquea, se mata; en los sótanos del Ritz, el pasado duerme tranquilo.
Süss lo arrastra hacia la puerta secreta, la entrada del subterráneo.
A la tenue luz de su linterna, Frank ha podido entrever que el vizconde está más pálido aún que la pasada semana. Nada más llegar, desembucha:
—Estoy metido en un serio apuro, Frank. He sabido de buena tinta que desde hace tres semanas la Gestapo ha abierto una investigación contra mí.
Ahora se entiende todo.
—¿Por qué motivo?
—Las SS sospechan que soy un espía infiltrado a favor de los británicos.
—Pero… eso es falso, ¿no?
—Creen que mi cercanía a Goering es para ocultar un doble juego. Después de todo lo que he hecho por ese cerdo…
—¿El entorno de Goering trata de desembarazarse de usted? —Lo he pensado. Pero no tengo ni idea. —¿Y por qué no lo han arrestado ya?
—Están esperando a atrapar a más gente. Las SS están convencidas de que el Ritz da refugio a toda una red.
Eso no augura nada bueno. Frank reflexiona a toda velocidad.
—¿Cómo lo sabe usted? —pregunta.
—Por Bedaux.
—¿Charles Bedaux?
—Está negociando su liberación con los Aliados en Argel. Ha decidido colaborar, lo cual debe de ser un rasgo propio de su carácter.
—¿Y se fía de él?
Süss esboza una media sonrisa que da a entender a Frank que aún le queda mucho por saber de lo que sucede fuera de su bar.
—Estamos en contacto desde el verano pasado. Ha comprado una decena de obras de arte a unas familias judías, a precio de mercado, no a la
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baja. Me ha sido muy útil. Pagaba lo que fuera sin rechistar. Su detención es un enorme contratiempo.
—¡Pero si Bedaux aborrece a los judíos!
—Digamos que se ha cubierto las espaldas. Prueba de ello es que le ha venido bien.
—Me dan náuseas…
La sonrisa desesperada de Süss se alarga ligeramente.
—¿Cómo es posible que la injusticia de este mundo lo afecte todavía, Frank? Lo cierto es que Bedaux me ha avisado de que la Gestapo nos espía.
Está claro que nunca acabará esta guerra.
—¿Meier?
—¿Qué?
—¿Me escucha?
—Absolutamente.
—Camine hacia la columna. Inclínese hacia la izquierda. Frank maldice sus articulaciones, cada vez menos ágiles. —Ahí abajo, ¿ve la arqueta incrustada en la piedra? —Sí.
—Ábrala.
Frank no había reparado en ese abertura encastrada en la columna de gres. Es verdad que la luz es débil y la arqueta está muy disimulada. El postigo es de bronce y latón dorado. En el centro, se distingue un relieve del Cristo Pantocrátor que parece datar de los tiempos bíblicos.
—Dígame qué ve.
—Hay un fular de seda.
—Me lo llevaré en caso de fuga. Si desaparezco, Frank, venga a comprobarlo. Si el fular no está ahí, usted sabrá que sigo con vida y que he huido por el subterráneo. Y sabrá también que usted debería andarse con mucho cuidado.
—¿Adónde irá usted?
—Mejor para ambos que no se lo diga. Otra cosa, Frank. Fue Blanche Auzello quien dejó las luces de las cocinas encendidas. La pillé in fraganti.
—¿Ha sido usted quien la ha denunciado? —pregunta Frank sin dar crédito.
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—¡Claro que no! ¿Qué interés tendría yo? Se ciernen sobre mí y ahora Blanche ha caído en manos de los boches, es una granada sin anilla.
—Pero, entonces…, ¿quién la ha denunciado?
—¿Usted quién cree?
Frank duda.
—¿La Vieja?
—Estoy casi seguro.
Ante la arqueta con el Cristo Frank ruega en secreto que Blanche resista.
Soñaba con ser una heroína y le han dado la oportunidad de demostrar al mundo de qué madera está hecha. Si supera esta prueba, tengo una posibilidad de salir bien librado. Si no…
—Trabájese a fondo la velada de Lafont —le ordena el vizconde—. Muestre su entusiasmo, sea seductor. Todos estarán allí. Esta vez, no habrá otra ocasión. Júreles a todos lealtad. ¡Protéjase, Frank!
Al ver cómo el vizconde cuelga de la pared con sumo cuidado una lamparilla de aceite, Frank comprende que la decisión del vizconde está tomada. No le está dando simples consejos. Se está despidiendo de él. Lo embarga una emoción.
—Gracias, señor Süss. Usted ha sido para mí una gran ayuda moral.
Me ha mostrado el camino en medio del caos.
Süss esboza de nuevo una sonrisa mientras sube hacia las cocinas del Ritz.
—Es la solidaridad de las almas errantes, Frank.
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15 de mayo de 1943
Apenas son las diez de la noche y lo más duro está hecho. La fiesta de Lafont está en su apogeo, el bar del Ritz es todo suyo y el nuevo SS francés se pavonea, mientras su horda exhibe júbilo en medio de dalias negras y orquídeas. El exceso es el modo más sutil que Frank ha encontrado para burlarse del héroe del día. En cuanto supo que el antiguo mecánico de coches tenía pasión por las flores, las ha puesto por todas partes. Y ya que le ha oído varias veces proclamar su amor por Hitler, se ha apresurado a colgar en la pared el retrato del Führer.
El barman, haciendo su papel, ha elaborado algunos cócteles. Pero, aunque Benoist-Méchin le ha pedido los secretos del Siegfried, la mayoría ha optado por el champán. Frank Meier ha servido, Frank Meier ha sonreído.
Süss tenía razón, no falta nadie: Knochen, el jefe de las SS rodeado de su jauría negra, el prefecto de policía Bussière, François Chasseigne, el antiguo diputado socialista reconvertido en miliciano, Jean Luchaire, el presidente del sindicato de la prensa, hasta Jacques Benoist-Méchin, el intelectual que ha llegado a ser secretario de Estado, cortesano fanático del Führer. Lo más granado del colaboracionismo se ha mezclado con el clan de los delincuentes: Joanovici el chatarrero; Bonny, el agente de policía corrupto y sádico; Paul Clavié, el sobrino chantajista; Alexandre Villaplane, el exfutbolista torturador; Abel Danos, el pistolero; Pierre Loutrel, el asesino demente; Émile Buisson, el atracador histérico, y Jean Sartore, el rapiñador de judíos. Se rumorea que solo él les habría confiscado cien millones de francos. En la fiesta hay también algunas «condesas», por supuesto, pero han dejado sus títulos en el guardarropa y las medias de rejilla en su casa.
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Frank observa a Georges, que no parece muy cómodo entre esos granujas a quienes con demasiada rapidez había convertido en sus ídolos.
Aspiraba a ser como ellos, pero es incapaz.
Su moral se lo impide, aunque tal vez también una pizca de cobardía. Georges no está hecho para la ley del más fuerte. Frank nota la vergüenza y la frustración de su amigo. No está enfadado con él, porque Georges ha comprendido por fin, aunque sea a sus expensas, que este mundo está más podrido que el precedente. La gente de ahora no roba, «embarga». No desvalija, «registra». No extorsiona, «redacta un acta». Hasta las palabras han sido expoliadas.
—¿Señor?
—Sí, Luciano.
—Hay en la entrada una mujer sin tarjeta que dice haber sido invitada. Ya ha estado aquí otra vez —precisa Luciano—. En la mesa de la señorita Chanel. Viene con un gato.
—¡Ah! La extraña muñeca maquillada… —¿Quién?
—Nadie. Pregunta al señor Lafont, está noche el patrón es él. ¿Qué pinta una mujer como ella en una velada como esta? —Y pon dos taburetes en el mostrador, por favor.
Henri Lafont está risueño, orgulloso y encantado de recibir a la recién llegada. Frank ha de reconocer que la joven es todavía más espectacular que como la recordaba. Cabello castaño con toque ceniciento, destellos irisados, tez lechosa, ojos opalinos, exuberante. Su ajustado vestido verde de raso le realza una silueta cabaretera con estilo reluciente. Una cierva en medio de los lobos, a los que mantiene a distancia. Ronroneando bajo su sedoso guante de color mantequilla fresca, el cartujano es tan hierático como su dueña.
¿Quién puede ser?
—¡Frank, amigo mío, sírvale una copa de Roederer a la Fraülein! —Enseguida, señor Lafont.
Este le pasa la mano por la parte baja de la espalda.
Ella no ha reaccionado. ¿Serán amantes?
—Su champán, señorita. He puesto dentro una frambuesa, deje que embeba el alcohol y saboréela luego. Ya verá, es algo celestial.
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Ella tiende la mano hacia la copa dorada con una extrema delicadeza. —Gracias. Me gusta esta sobriedad. Es un signo de distinción. —Me halaga usted. ¿Cómo se llama su gato?
—Raimund. Como Ferdinand Raimund. Un dramaturgo austriaco del siglo pasado. Un vendedor de caramelos convertido en literato que se suicidó a los cuarenta y seis años por creer que lo había mordido un perro rabioso. Me gusta imaginar que se ha reencarnado en gato.
La mirada de la joven es hipnótica y su escote turbador, en sus rodillas el cartujano parece estar a punto de sacar las uñas.
Espabila, amigo, se dice a sí mismo Frank, mientras vuelve Lafont. —Mi querida Inga, le presento a Helmut Knochen, el jefe de la
Gestapo en París.
—Encantada, mein Standartenführer. Inga Haag. Soy la secretaria del almirante Canaris, y también su sobrina.
¡El almirante Canaris, el jefe de los espías alemanes! ¿Qué viene a hacer aquí su sobrina?
—Su tío nos aporta una ayuda muy valiosa a la hora de perseguir a los terroristas que vienen a esparcir su propaganda por Francia —afirma Knochen.
—Trabaja día y noche, se lo puedo asegurar.
—Los franceses no son lo suficientemente impermeables a las manipulaciones británicas. Debemos vigilar aquí tanto como en nuestra casa, para controlar la psicología de ambas poblaciones civiles.
Inga Haag le lanza una sonrisa provocativa.
—¡Brindemos por la victoria del Tercer Reich! —propone enseguida Lafont.
—Dios le oiga, Lafont. Heil Hitler!
—Heil Hitler!
¿A qué estará jugando esta mujer fatal?
Detrás de ellos, la jauría privada de su jefe empieza a impacientarse. Los delincuentes reclaman trasladarse al One Two Two, el lupanar favorito de Lafont.
El Standartenführer da por fin la señal de partida:
—Herr Meier, gracias por esta excelente velada.
—Ha sido un placer, Herr Knochen.
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Lafont se levanta a su vez.
—Frank, estaba todo perfecto.
—Gracias, señor Lafont.
Frank ha notado la mirada de Inga Haag sobre él.
De pronto, se siente avergonzado de parecer tan íntimo de ese hombre al que desprecia al máximo.
—Espero que disfrute del final de la noche, Fraülein Haag.
—Gracias, Frank. Por cierto, dígame, ya que al parecer da usted excelentes consejos para las carreras de caballos, ¿podría darme alguno? Me vuelven loca.
—Con mucho gusto, señorita.
Esta mujer busca algo, es evidente.
Eso no le resta menos encanto para Frank.
Cálmate, Frank.
El guateque ya ha pasado, Lafont y Knochen se van satisfechos, misión cumplida.
—¡Luciano! —llama al aprendiz—. Acompaña al señor Lafont a su coche.
—Bien, señor.
En el bar del Ritz solo quedan dos antiguos combatientes agotados. Georges tiene el gesto malhumorado. Sus sueños de ser un canalla se han ahogado en la ciénaga de los hijos de puta de verdad. Pétain les había prometido la recuperación de Francia y la ha dejado en manos de bandidos y de macarras.
A nosotros, los soldados de Verdún, el Viejo nos ha traicionado como a los demás.
Frank pone una mano sobre el hombro de su antiguo camarada. Se miran, contemplan juntos su bar, con el enjambre de dalias moradas y el retrato de Hitler mayestático, y se echan a reír.
—¿Hacemos las cuentas? —propone Frank, para subir la moral. Alinean los billetes sobre el mostrador, como en sus inicios; ponen a
un lado la parte de Luciano, dejan en la caja lo que irá para el hotel y se reparten equitativamente el resto del botín, en virtud de lo que vivieron juntos hace mucho tiempo.
El dinero. Al menos les queda eso.
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3 de junio de 1943
Sentada frente a Frank, Inga Haag está sola en el bar. Un chollo. Esta noche lleva un arrebatador vestido veraniego color mimosa en tejido de algodón con cuadros blancos. El corte ceñido acentúa su seductora silueta de bailarina y el cuello vuelto dentado le da un ligero aspecto de oficial inglés. Inga y Frank han establecido un ritual. Desde que ella entra por la puerta de su bar, él le sirve una copa de Roederer con una frambuesa. Luego sale de la barra y va a tenderle la mano para que ella se alce en su taburete. Su bello cartujano ha encontrado su sitio; haciéndose un ovillo junto a la caja registradora, el felino dormita con un ojo y vigila al barman con el otro. Desde hace veinte minutos, embobado, Frank escucha a su clienta alemana referirle anécdotas sobre su juventud en Berlín, sobre sus años de colegio burgués en Londres, sobre la belleza sin par de su madre o sobre su adorado padre, banquero de negocios y coleccionista de incunables. Al hilo de sus negocios, Inga juguetea con su índice de niña rica sobre el borde de su copa vacía. Frank está hechizado, invadido por un deseo irreprimible. ¿Y Blanche? Blanche, que en ese mismo momento tal vez esté viviendo el peor de su vida… Mientras le llena la copa de champán, Inga echa un vistazo al retrato enmarcado de Fitzgerald.
—Me habría gustado tanto pasar una noche con él —susurra ella. —No hace mucho tiempo que se sentaba donde está usted ahora… Inga parece asombrada, Frank se hincha de orgullo.
—¿Lo conoció mucho? —pregunta. —Creo poder decir que éramos amigos. —¡Qué chic!
—Lo echo de menos…
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Inga Haag aprieta los labios como emocionada. Luego menciona su pasión secreta por la literatura norteamericana. Antes de la guerra, devoró todas las novelas de Fitzgerald. Frank está impactado, no son tan numerosos en París los que han leído Gatsby. Saber que esta mujer sublime conoce la obra de Fitzgerald lo desconcierta aún más que sus reiteradas sonrisas. Su deseo se dispara. La observa mientras se lleva la copa a los labios.
Querría tenerla entre mis brazos, estrecharla vigorosamente contra mí para sentir cómo la redondez de sus pechos se aplasta sobre mi torso, descender a lo largo de su cuello para embriagarme de su piel dorada.
Déjate llevar de una puta vez.
Blanche no es para ti. Es una mujer casada. ¿A qué esperas?
El nerviosismo de Frank es notorio e Inga Haag parece haber percibido su turbación.
¿Cuánto tiempo hace que no me he acostado con una mujer?
La joven alemana le sonríe y pasa suavemente la mano por la cabeza de su gato.
—¿Sabe cómo aprendí francés? —suelta Frank, un pelín bravucón.
—Usted me lo va a decir.
—Leyendo y releyendo Rojo y negro, de Stendhal.
—¡Vaya!
—Admiro la audacia de Julien Sorel.
—Ustedes, los hombres, erigen todos a Sorel como modelo, pero ¿no es la historia de un fracaso?
—Tal vez, sí…
Las palabras de Inga caen sobre él como una cascada y lo sacuden. Un fracaso. Nunca lo había pensado. ¿El estrepitoso fracaso del héroe de Stendhal habría representado para él, desde hace treinta años, una especie de trampa mental?
Por el momento me bastaría tener el valor de Sorel ante Madame de Rênal y, como él, cogerte la mano.
El reloj del bar da la hora. Son las diez en punto.
—¡Señor!
Frank se sobresalta.
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Distraído por su excitación, se había olvidado de Luciano, que seguía en su puesto de vigía en el marco de la puerta.
—El señor Lafont se acerca.
—¿Solo?
—No, está con dos oficiales alemanes. Gestapo.
Inga Haag ha deslizado enseguida la pitillera en su bolso de piel. Se levanta, coge a su gato bajo el brazo y le guiña el ojo a Frank.
—No voy a callejear por ahí, Frank, es un poco tarde.
—Bien, señora.
Lafont entra en el bar, fanfarrón y burlón.
—¡Buenas noches, Frank! ¡Vaya, señora Haag, qué grata sorpresa!
—Buenas noches, Henri.
—¿Nos abandona ya?
—Por desgracia, sí. Pero nos veremos el martes, en casa del almirante Canaris.
A su vez, Frank percibe cierto apuro en la joven. Se escapa.
¿A qué tiene miedo? ¿A Lafont o a sus guardianes?
Los dos oficiales de la Gestapo no han dicho ni una palabra. Inga Haag saluda a Luciano al salir, mientras los tres hombres se sientan en los taburetes de la barra.
—Tres martinis, Frank.
Lafont jugando a jefe.
—Por supuesto, señor.
—¿Entonces es usted amigo de la señora Haag? —Me hace el honor —responde Frank prudentemente. La risa gruesa de Lafont lo sobresalta.
—Ándese con cuidado, Frank. Su marido podría interpretarlo mal. Un oficial de la Wehrmacht…
¿Casada? Pero…
No sale de su asombro.
Pero si se hace llamar Fraülein y se muestra tan seductora… De pronto a Frank se le encoge el corazón.
Blanche. ¿Dónde estará a estas horas?
En un oscuro sótano, en manos de individuos como estos tres cabrones…
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Frank vacila, se siente culpable y avergonzado por haber deseado a Inga. ¿Se atreverá a interrogar a Lafont, como si tal cosa, acerca de la suerte que le espera a Blanche?
Inga, Blanche… Blanche, Inga…
Las caras de ambas mujeres se superponen en su mente, Frank sacude la cabeza como para borrar esas imágenes.
Su amor por Blanche no ha salido bien.
Inga acertó, Rojo y negro es la historia de un fracaso.
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12 de julio de 1943
El teléfono del bar no deja de sonar y Frank no quiere cogerlo. Sabe que es Elmiger. Sabe por qué, pero no sabe qué decirle.
Süss ha desaparecido.
Frank se lo temía desde ayer por la noche. Fue a verificarlo nada más llegar al Ritz: el fular de seda roja no estaba en la arqueta.
Tampoco había ningún candil en la pared.
El vizconde arrepentido ha emprendido la huida por la ruta del exilio. Esta fuga no resuelve los asuntos del Ritz con la Gestapo. Frank teme que lo interroguen. Su mente está bloqueada, el miocardio oprimido y se le ha puesto un dolor en el hombro izquierdo debido a la ansiedad. Sueña con pasear al sol por los muelles del Sena: aspirar el aire de París al atardecer y no pensar en nada. Dejar de tener miedo. Pero está atrapado al otro lado de este mostrador, el bar abre dentro de diez minutos. El agudo timbre del teléfono suena de nuevo. Tiene ganas de estampar el aparato contra la
pared.
—¿No lo coge, Frank?
—¡Por Dios, Sacha! Me ha asustado… Guitry señala el teléfono con aire divertido.
—¿A quién diablos del otro lado del hilo está usted evitando?
—Al director, sin duda. Su adjunto ha desaparecido desde ayer noche, nadie sabe dónde está.
—¿El escurridizo señor Süss se ha volatilizado? Le veo preocupado, Frank. ¿Eran amigos?
—Digamos que hemos intimado estos últimos meses.
Guitry se toma su tiempo antes de sentarse.
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—¿Y si es Süss quien le está llamando para decirle que está camino de Lisboa, donde espera embarcar para Caracas…?
La idea arranca de Frank una sonrisa.
—Me asombra usted, Sacha. ¿Cómo hace para llegar a ver las cosas de un modo diferente?
—Bah… No se lo tome todo en serio, Frank, la frivolidad es el principio de la sabiduría. Es un poco pronto, pero sírvame un gin-tonic y brindemos por la liberación de Sicilia antes de que lleguen los de los uniformes…
No cabe duda de que Guitry tiene talento para la oportunidad.
Frank vuelve a pensar en Süss. Esteta autodidacta y espíritu libre. Sabe que echará de menos al vizconde y su modo de pensar, tan pragmático como lúcido. Le sorprende pensar en él en pasado.
El teléfono suena otra vez. Guitry acaba de lanzar a Frank una ojeada de apoyo. El barman comprende el mensaje. Esta vez lo va a coger.
—¡¿Oiga, Frank?! Soy Elmiger, ¿dónde diablos estaba? —En el sótano, terminando un inventario con Luciano. —¿Hay alguna noticia de Süss? —No, ninguna.
—¡Qué trastorno! La Gestapo está irritada por su desaparición. Sospechan que ha enriquecido a Haberstock. ¿Sabe usted algo de eso?
—¿Yo? No, nada.
—Me han convocado a la avenida Foch mañana por la mañana, a las nueve. Llámeme si se entera de algo, lo que sea.
—Por supuesto, señor. Y buen viaje.
—¿Perdón?
—Discúlpeme, saludaba a un cliente que parte para Lisboa.
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26 de julio de 1943
¿Cómo se ha enterado Luciano de la noticia?
Frank no se lo ha preguntado, demasiado feliz de alegrarse por él. Benito Mussolini ha sido derribado por las élites tradicionales italianas, asustadas por el avance de las tropas aliadas en la península.
El Duce ha sido arrestado por orden del rey.
La primera sacudida en el campo fascista.
Luciano estaba emocionado hasta las lágrimas al pensar que ya podría volver a ver a su madre antes de fin de año. Hace cinco años que vive aquí, una eternidad cuando se tienen veinte. Una eternidad también para una madre privada de su hijo. Frank ha estrechado a Luciano entre sus brazos por primera vez, con lágrimas en los ojos. Le ha prometido que los dos se beberán una copa de Veuve Clicquot esta noche después del servicio. Incluso ha autorizado al joven a empezar la jornada una hora más tarde, con el fin de compartir este momento con un mozo de cocina napolitano del que se ha hecho amigo.
«¡No olvides que eres un suizo de Lugano!», ha querido recordarle, pero Luciano ya se había marchado. ¿Ese amigo napolitano se dejará engañar? Poco importa, comparten su odio al ocupante y, lejos de sus respectivas casas, la lengua materna les sirve de patria.
Mussolini encarcelado.
A Frank le parece mentira algo así.
¿Algún día conocerán Hitler y Pétain la misma suerte?
El ambiente está a punto de estallar. Ya a mediodía, una espesa columna de humo gris ocultaba el cielo azul por encima de la Concorde. Decenas de curiosos se apiñaban detrás de las rejas de las Tullerías. Elmiger ha sabido que los alemanes estaban quemando los cuadros
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confiscados en el jardín del Jeu de Paume, «obras de pintores degenerados que hay que expurgar de la tierra francesa», dicen. Frank ha pensado en el Picasso que Süss había comprado al maestro español.
¿Lo habrán quemado también?
¿Lo quemarán todo antes de marcharse, como un último castigo, una última expiación?
Mientras tanto, vendrán más días de incertidumbre, más días de angustia. Y más días con Inga Haag. Que acaba de llegar, con su cartujano en brazos.
—Querido Frank, buenos días, ¿tendría a mano una escudilla con agua para Raimund?
—Por supuesto. Desafortunadamente no he recibido frambuesas esta mañana.
—No pasa nada. Hoy me apetece un Dry Martini.
—Se lo preparo enseguida.
Inga Haag está sublime en ese vestido suelto de verano, cuyo corte acampanado realza sus formas sin ceder a lo indecente. Un nuevo modelo de vestido, nunca he visto otro igual. Él se concentra en su coctelera y busca distraerse. ¿Puede hablar con ella del arresto del Duce? ¿Qué puede pensar ella al respecto, en realidad? Jünger, esta semana, le ha enseñado una artimaña para sondear el alma de quien tenga enfrente. «No tema abordar un asunto delicado, decía. El hundimiento del ejército alemán en el saliente de Kursk, por ejemplo. Si la persona estima que la situación es reversible, o invoca una “pausa táctica”, entonces ya sabrá usted con quien está tratando y podrá, educadamente, restringirse a hablar de banalidades. En el caso contrario, pongamos que es una etapa preliminar a una eventual connivencia. Siempre hay que desconfiar de los que fingen».
—Su Dry Martini, señora.
—Gracias.
Frank siempre se fija en el modo como Inga Haag se lleva la copa a los labios. Es algo que lo excita, y lo sabe. Ya va siendo hora de que descubra a que está jugando.
—¿Cuál es su secreto, Frank?
—¿Cómo?
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—Nunca he disfrutado un Dry Martini tan delicioso en ninguna otra parte del mundo. Tiene un truco, ¿no?
Aliviado, Frank ofrece su mejor sonrisa.
—Pues… todo se basa en el hielo. Los cubitos de hielo deber servirse en el vaso a una temperatura muy precisa: entre dieciséis y diecisiete grados bajo cero, exactamente como estos. Eso estimula la ginebra, no hay más truco.
—Es fantástico. Es usted todo un artista.
Cuanto más se lo inventa, más se lo creen. ¿A quién se le ocurre por un instante que los cubitos de hielo puedan estar a temperatura constante en una cubeta de cristal? Inga Haag no es su única víctima. Desde hace unas semanas, Frank se ha hecho un experto en patrañas por el estilo, como si se entrenase para los interrogatorios.
Se dispone a comentar la sorprendente victoria de Encantador ayer en el hipódromo de Vincennes, cuando Georges entra bruscamente en el bar, con la frente enrojecida y perlada de sudor.
Sin embargo, es su día de permiso.
—¡He-venido-tan-rápido-como-he-podido, Frank! —balbucea, casi sin
aliento.
—Cálmate. ¿Qué ocurre?
—Tengo que hablar contigo. Es urgente.
Frank se vuelve hacia Inga y le ruega que los excuse. Ella hace una vaga señal con la mano y enciende un cigarrillo. Frank se lleva a Georges a la despensa.
Parece tan despavorido que cualquiera juraría que ha visto al diablo.
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—¿Dónde está Luciano?
—En la cocina, con Gianni. ¿Qué pasa, Georges?
—Un tío de la banda de Lafont acaba de avisarme. Alguien del hotel ha ido a chivarle a la Gestapo que Luciano es judío. Vienen de camino para comprobarlo. Le van a pedir que se baje los pantalones.
—¿Qué? ¿Quién ha hecho eso?
—¡Que se haga una paja, Frank! Date prisa, corre a avisar al chico. Que huya de aquí, si no lo van a trincar. ¡Y a ti con él, amigo!
—Pero cómo…
—¡Apresúrate, te digo! Vete, yo me encargo de la barra.
Frank reordena las ideas.
¡Respira, ponte derecho, sonríe, Frank!
Tiene el cordón izquierdo desatado, se para y se lo ata lentamente. No hay que precipitarse. Parecer normal. Luego pensar. Caminar. Sin correr. Respirar. Joder, ya están aquí. Tres hombres con gabardina de cuero negro y pelo engominado han hecho su aparición frente a él en la Galería de las Maravillas. Han venido a detener a Luciano, no cabe duda.
Sonríe, Frank.
—Buenas tardes, señores.
—Buenas tardes.
—¿Puedo ayudarlos?
—Buscamos el bar del señor Meier.
—Yo soy Frank Meier. Encantado. El bar está al final del pasillo, después del escaparate de la joyería Cartier, a su derecha. Pónganse cómodos, ahora voy yo.
¡Y pensar que Luciano debería haber estado apostado a la entrada del bar! Tal vez le salva la vida la caída de Mussolini.
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Si Frank quiere evitar que lo detengan a él, es preciso que hoy nadie los vea juntos. Por tanto, no debe entrar en la cocina. Decide refugiarse en el vestíbulo de la lavandería y esperar en el quicio de la puerta a que pase por allí su aprendiz. También podría jurar a Elmiger y a los tres gestapistas que ese día Luciano no ha venido al trabajo. ¿Cuánto dinero tiene en su bolsillo esta noche?
Mil quinientos francos, algo es algo. Ojalá el chaval lleve su documentación encima. Ojalá que…
—¡Luciano!
—¿Señor? ¿Qué hace usted aquí?
—¡Calla! Ven, entra, escóndete. La Gestapo está en el bar. Vienen a ver si estás circuncidado. Tienes que huir enseguida, muchacho. Tengo una solución para sacarte de aquí sin que nadie te vea. ¿Llevas contigo tus papeles?
—Sí, señor, siempre…
—¡Gracias a Dios! Bien, escucha. No deben vernos juntos. Sal un poco antes que yo, nos encontraremos en la entrada de consigna de equipajes, en el sótano.
Luciano está como ido, mira sin entender nada.
—Ve por la trastienda de la peluquería, no habrá ni un alma a estas horas. ¿Has comprendido?
—La… la peluquería. La consigna de equipajes.
—Nos encontraremos allí en cinco minutos. ¡Venga, date prisa! —Bien, señor.
—¡Luciano! No corras. Camina con naturalidad. Nos vemos en un rato.
El pavor del chaval le rompe el corazón. ¿Qué será de ti, Luciano? Imposible esconderlo en su casa, sería demasiado arriesgado por los vecinos.
Siete y cuarto. Ahí está Marie-Louise Ritz bajando por la escalera principal. ¡Maldita sea! Sonríe, Frank.
—Buenas tardes, señora.
—¿No está detrás de su barra, Meier?
—Voy a dar una vuelta por la cocina, me he quedado sin frambuesas.
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—Hemos recibido seis cajas esta mañana, no creo que hayan desaparecido. Vuelva pronto a su puesto y ponga mejor cara, Dios santo, va a espantar usted a los clientes con esa cara tan pálida.
Tendré que pasar por la cocina a recoger las dichosas frambuesas. Frank se muerde el puño para no olvidarlo. Se hace daño. Se le han revuelto las tripas, tiene las manos húmedas y una aguja le traspasa el corazón.
¿Quién ha podido denunciar al chico? No es el momento de pensar en ello, es mejor coger un candil de la bodega y…
¡Lo encontré! Eso es, Luciano se irá a Biarritz.
Allí está su amigo Charles. Charles podrá echarle una mano.
—¡Ah! Ya estás aquí. Perfecto. Sígueme.
Luciano se mantiene erguido en medio del sótano, pero está blanco como una sábana.
—¿Quién le ha avisado, señor?
—Georges.
—Ha sido Marie Sénéchal, estoy seguro. Esa puta.
—¿Por qué dices eso?
—Se está tirando a un nuevo boche y me mira de mala manera desde hace una semana.
—¿Por qué razón?
—Alguien ha pintado una K en la puerta de su taquilla.
K como Kollabo. Frank comprende de pronto.
—No me digas que tú…
—No puede saberlo, nadie me ha visto.
Luciano es un mar de lágrimas.
—Venga, hijo, no tenemos tiempo para eso. Mira, es justamente ahí. ¿Ves detrás de la columna esa puerta secreta?
—Sí.
—Deslízate a lo largo de la pared y empújala. ¡Vete!
—No llego. Está bloqueada…
—¿Cómo que bloqueada? ¡Empuja con fuerza! —Imposible, está cerrada por dentro… —¿Qué? Aparta.
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Frank enciende la linterna y la acerca a la cerradura. El chaval tiene razón: hay un pestillo bajado al otro lado. Pero no tienen elección. Luciano no puede correr el riesgo de volver a subir. Esconderse aquí también es imposible: si vienen a registrar el sótano, lo cazarán como a una rata.
—Tengo la navaja suiza de mi madre. Puedo tratar de meter la cuchilla por el hueco de la puerta para levantar el pestillo…
—Bien visto, hijo. Venga, prueba a ver.
¿No había dicho Jünger que un cuchillo puede salvar una vida?
Al azar. Demasiado alto. Demasiado bajo. La cuchilla se hunde en el vacío, hasta que por fin la puerta acaba por ceder.
—¡Bien hecho, muchacho!
—¿Y ahora qué? —balbucea Luciano.
—Métete dentro y sigue el pasadizo. Irás a dar a los bajos del Jeu de Paume, en el jardín de las Tullerías. ¿Te haces idea?
—Sí.
—Bien. Luego espera que caiga la noche, ¿de acuerdo?
—Sí.
—Si hay un vigilante nocturno, te escondes hasta que amanezca. Si no, no esperes y sal de allí inmediatamente. Una vez fuera, atraviesas el jardín y saltas la verja por el lado de la Orangerie, sin que te vea la patrulla. ¿Lo pillas?
—Sí.
—Después, apáñatelas para bajar hasta Biarritz, incluso a pie si hace falta, ¿me entiendes?
—De acuerdo.
—Una vez allá, te asomas por el hotel Palais. Te diriges al bar y preguntas por Charles, es el patrón. Ha sido mi aprendiz. Dile que vas de mi parte. Si exige una garantía, dale la receta del Happy Honey, lo inventó él. Acuérdate de todo lo que te digo.
—Eh… sí.
—¿Te acuerdas de la receta del Happy Honey?
—Dos dosis de brandy, una de zumo de pomelo y media de sirope de miel de acacia. ¡Ah, y dos gotas de tabasco!
—Perfecto. Y no le digas jamás que eres judío. Ni a él ni a nadie. ¿Has comprendido?
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—Comprendido.
—Luego le pides a Charles que te ayude a embarcar en un pesquero, ya sea para España o para Portugal. Dile que yo le recompensaré por todo esto. Ve hacia el sur, encuentra el medio de llegar a Argelia o a Marruecos. Vas a hacer todo lo que te he dicho, ¿verdad?
—Sí, señor.
—Si por el camino te paran los boches, enseña tu documentación, está en regla. Diles que trabajas en París, pero que eres suizo de Lugano y que regresas a Italia para ayudar al Duce a recuperar el poder, ¿lo pillas?
—Sí.
Frank hurga en el bolsillo de su chaqueta.
—Aquí tienes tres billetes de quinientos francos, es todo lo que tengo. Consérvalos lo más que puedas para pasar a Argelia. Si necesitas un poco más, pídeselo a Charles. Una vez con él, dile que me envíe una postal con una receta de cóctel. Las menos palabras posibles, nunca se sabe. Y tú no me escribas mientras los boches estén en Paname, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
—Ten, toma también mi porta billetes. Lo compré en Nueva York cuando tenía tu edad. Dáselo a Charly, a él le encantaba. Dile que es una garantía.
Unas gruesas lágrimas corren por las mejillas de Luciano, que está plantado sin moverse.
—No llores, muchacho. Si corres de prisa por la noche te prometo que nos volveremos a ver. Venga, no te vuelvas, sé más fuerte que ellos. ¡Hale, vete! ¡Vete!… Cierra bien la puerta detrás de ti, con el pestillo.
—Sí, señor —responde la voz ahogada de Luciano desde el otro lado.
—Buen viaje, Luciano. Siempre estaré contigo, no lo olvides nunca.
¡Nunca! Adiós, hijo.
Oye un murmullo impreciso y unos pasos que se alejan, o más bien cree oírlos. Luego nada. Luciano se ha adentrado por el túnel.
Frank no ha estrechado al chaval en sus brazos.
Ha perdido a Blanche. Ha perdido a Süss. Y ahora a Luciano. Pero ha de subir, avanzar, hacer una señal a Georges, cruzar su mirada con la de Inga Haag. No aparentar nada.
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Frank Meier nunca ha tenido tan pocas ganas de volver a su bar como en esta ocasión.
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27 de julio de 1943
Avenida Foch, 31 bis. Oficina de Asuntos Judíos, XVI.º Distrito. Un barman de cincuenta y nueve años con el alma destrozada va a soportar un interrogatorio de la Gestapo por primera vez. Yo soy Frank Meier, barman principal del Ritz desde hace veinte años, antiguo combatiente en Verdún y judío askenazí. Va a desplegar todos sus recursos: traje completo de alpaca, camisa blanca con pechera, corbata de seda gris, gemelos de nácar, zapatos de charol. Hele ahí en primera línea del frente de esta extraña guerra. Jean-Jacques le ha preguntado esta mañana si es que iba a un entierro. Ha dudado si mentir a su hijo. Pero él y su sobrina tenían que saberlo. Cuando ha pronunciado le palabra «Gestapo», su hijo se ha muerto de miedo y Pauline se ha echado a llorar.
Frank los ha tranquilizado como ha podido y ha prometido darles noticias a la hora de la comida.
Son las once y diez y está esperando su turno. Digno. De pie. Piensa en Elmiger, que lo ha precedido en la sala de interrogatorios. Pobre hombre, no es la primera vez que es llamado para eso, cuando en realidad no tiene ni idea de los secretos de su hotel. Tal vez es mejor así. En la hora que Frank lleva esperando ha tenido tiempo de observar, a través de la inmensa ventana de marco dorado, a los pájaros que se posan en los árboles del parque. Ha reparado en una pareja de tórtolas turcas, una paloma torcaz, tres tordos cantarines, algunos pinzones, un herrerillo carbonero, algunos estorninos y un acentor moteado. Una infancia en el campo nunca se olvida. No cabe duda de que la espera forma parte del interrogatorio, para debilitar sus defensas. Pero esos pájaros le han dado fuerzas. Son libres, a salvo de los nazis, ignorantes de esta guerra. Pegado al cristal de la
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ventana, Frank se pregunta dónde estará Luciano en ese instante. Se le estrecha el corazón.
—Herr Meier?
—Ja.
—Guten Morgen. Komm bitte rein.
—Danke schön.
Jean-Jacques lo ha avisado de que iban a interrogarlo en alemán, la lengua del Reich, Ich bin Frank Meier, Chef Barkeeper im Ritz seit zwanzig Jahren, Veteran von Verdun und aschkenasischer Jude. A Frank le habría gustado cruzarse con Elmiger antes de entrar, para captar algún indicio, algo en su mirada, pero la habitación está vacía cuando él penetra. El director del Ritz ha debido de salir por otra puerta.
Con una ojeada, Frank se hace una idea del mobiliario: una vitrina para libros Luis XV de cerezo silvestre, una lámpara de escritorio con una tulipa de metal lacado, un velador de tres patas con pátina metalizada, una gran alfombra de lana con círculos de color amapola sobre un fondo verde, una mesa baja con superficie de mármol veteado gris, en definitiva, un auténtico salón parisino burgués, si no estuviera detrás de ese hermoso escritorio Sormani un delgado teniente coronel de las SS con el pelo al ras, más estirado que un palo.
—Se lo ruego, Herr Meier, tome asiento. Sé que usted habla un alemán perfecto, pero prefiero que charlemos en francés. ¿Tiene algún inconveniente?
—No, como usted quiera.
Si la entrevista tiene lugar en francés es porque debe ser escuchada por gestapistas que no hablan ni una palabra de alemán. ¿Quién los espía?
El propio Lafont, ¡vete tú a saber! Tiene que estar furioso conmigo; en el gran jolgorio SS que montó, el camarero era un judío y eso no debe de llevarlo muy bien.
—El Standartenführer Knochen le aprecia mucho, Herr Meier. Me ha pedido que lo salude de su parte.
Yo soy Frank Meier, barman principal del Ritz desde hace veinte años, antiguo combatiente en Verdún y judío askenazí.
—Me siento halagado. Salúdelo de la mía.
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—No obstante, le inquieta saber si estaba usted al corriente de que se escondía en su casa un pequeño judío peligroso.
—Si está usted hablando de mi joven camarero, él no es judío. Y menos aún peligroso.
—¿Cómo ha conocido a ese joven?
—Conocí a su madre hace mucho tiempo, en Nueva York. Se llama Sofia Baresi. Créame, ella es católica, el chaval no tiene ni una gota de sangre judía.
—Sin embargo se llama Luciano Levi.
—No, él se llama Luciano Baresi. No conoce a su padre.
—¿Es hijo suyo?
Frank se mantiene tieso en su silla, dispuesto a plantar cara.
—En absoluto. Era mi aprendiz.
—¿Dónde vive su madre?
—En Lausana, ella es la gobernanta de una casa burguesa.
—No ha visto a su hijo desde hace cinco años. Es bastante extraño, ¿no cree?
—Es la guerra, mi coronel.
—Yo he visto a mi hija en Pascuas. Es la guerra, sí, pero nada impide a esa mujer venir a París a pasar una Navidad con su hijo. A menos que el riesgo a ser desenmascarada en la frontera sea demasiado alto para ella.
El tono con el que el teniente coronel lleva el interrogatorio es sin duda intencionado. Frank resiste el asalto.
—Sofia y yo estamos al servicio de los demás. Apenas tenemos tiempo libre. Como sabe, yo estoy al servicio del Ritz desde hace más de veinte años. Ese gran hotel es mi vida, mi sacerdocio. Me gusta servir.
—Servir, en efecto… A usted le concedieron la nacionalidad francesa en 1923, ¿no es así?
—No. En 1921.
—Usted ha nacido en Austria, en…
El SS finge buscar entre los desordenados papeles que están esparcidos por el escritorio.
—… Kirchberg, el 3 de abril de 1884.
—Exacto.
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—Fue destinado en agosto de 1914 al 2.º Regimiento Extranjero, en Marruecos. Se moviliza voluntariamente contra Alemania… Para servir a Francia. Tengo aquí un dosier con su nombre. Una investigación policial abierta en 1941. Su profesión de barman en el Ritz le permite estar en contacto con nuestros altos dignatarios y oficiales del estado mayor, por eso queríamos estar seguros de su fiabilidad.
—Comprendo.
—No le voy a ocultar que estanos un poco sorprendidos de que un austriaco escogiese el bando francés en 1914. Albergamos una ligera duda sobre el hecho de que pudiera ser judío también usted…
El corazón de Frank late tan fuerte que el barman tiene la impresión de que suena en todo el despacho.
—¿Cómo dice?
—¿Es usted judío, Herr Meier?
—Soy católico, bautizado por un cura tirolés.
—Sin embargo, su nombre no aparece en ningún registro parroquial austriaco. Ni en Kirchberg, ni en Viena. Extraño, ¿no le parece?
—No sé qué decirle…
—Dicho esto, tampoco aparece su nombre en los registros judíos del Tirol. Debido a su notoriedad, le hemos concedido el beneficio de la duda, estos dos últimos años. Comprenderá que este asunto del aprendiz judío ha cambiado las cosas.
Frank deja un breve silencio y luego intenta una nueva estrategia:
—¿Tan estúpido me cree como para haber puesto a trabajar a un
israelita en medio de los generales del ejército alemán? —Entonces, ¿por qué ha huido? —pregunta el oficial al instante. La partida de ajedrez ha empezado.
—No tengo ni idea, es obvio que le ha entrado miedo.
—¿Miedo de qué, Herr Meier? Solo los que no están en regla con la ley temen a la policía, ¿no?
Frank lo mira sin responder.
Yo soy Frank Meier, barman principal del Ritz desde hace veinte años, antiguo combatiente en Verdún y judío askenazí.
—¿Cuándo lo vio por última vez?
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—Ayer, a primera hora de la tarde. Preparamos el servicio de esa noche.
—Y después, desapareció… Imagino que alguien lo avisó de nuestra visita. ¿Sabe usted quién?
—No.
Por un instante, el oficial lo escruta con atención. Luego revuelve las hojas que tiene delante.
—Y ese señor… Süss. Usted y él eran bastante cercanos, al parecer.
—En realidad, no mucho.
—¿Ha tenido alguna noticia de él?
—Ninguna.
—¿También judío?
—No, no creo.
—Muchas sospechas se ciernen sobre usted, Herr Meier.
Nuevamente un silencio.
—Escuche —dice Frank con calma—. ¿Me habla usted de sospechas? Ante eso no puedo hacer nada. Desde hace tres años, estoy en mi puesto de trabajo. No he hecho ninguna distinción entre mis clientes de ayer y los de hoy. He servido a los oficiales alemanes con el mismo gusto y la misma devoción.
—Nadie tiene queja de usted, en efecto. Hasta tal punto es apreciado por el Standartenführer Knochen que se ha negado a someterlo a un reconocimiento médico…
—Dígale que estoy dispuesto a hacerlo cuando usted quiera. No estoy circuncidado.
—¿Cuáles son sus relaciones con la señora Haag?
—Corteses, nada más.
—¿Es su amante?
Frank deja escapar un suspiro.
—No, desde luego que no.
—Pero ella va a menudo, ¿no es así?
—Viene regularmente, sí. Como el capitán Jünger o el general Von Stülpnagel.
—¿No le parece a usted que ella presta demasiada atención a lo que se dice en la barra?
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¿La Gestapo sospecha que es una espía?
—No mucho —dice Frank.
—Está claro que usted no es muy conciliador.
—Perdóneme, pero le estoy diciendo la verdad.
—¡La verdad! —exclama el teniente coronel, exasperado—. ¡Me hace usted reír! Hoy nadie dice la verdad, Herr Meier. ¡No existe la verdad! — grita.
El oficial parece tener una última carta en la manga. Consulta una vez más sus papeles y con un gesto cansino los aparta hasta el borde de la mesa.
Se queda callado unos instantes, antes de decir, con una amplia sonrisa y una voz bruscamente amable:
—Me caso de nuevo, el mes que viene, con una francesa. El banquete de bodas tendrá lugar en la propiedad del señor Lafont, en Neuilly-sur-Seine. Me gustaría contar con usted entre nosotros, para que mis invitados puedan disfrutar del arte de sus cócteles…
Frank no da crédito. No se lo esperaba en absoluto. Sin embargo, enseguida se recupera.
—Con sumo gusto, mi coronel. Antes debo contar con la autorización del director.
—Herr Elmiger está de acuerdo. Ya lo hemos arreglado entre él y yo.
—Entonces, perfecto, cuente conmigo.
—¡Qué buena noticia! Dispóngalo todo. Y no dude en hacer llegar a su entorno que la Gestapo sabe ser educada e inteligente.
El hombre lo acompaña hasta la puerta. Tienen la misma edad; probablemente combatieron uno frente al otro hace treinta años, en el Argonne o en las Ardenas.
¡Al menos podría haber respetado ese pasado de soldados!
Yo soy Frank Meier, barman principal del Ritz desde hace veinte años, antiguo combatiente en Verdún y judío askenazí.
Esta mañana, en nombre de todos los metecos de la Place Vendôme, Frank ha vuelto a encontrar la senda de la guerra.
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Sexta parte
ESTADO DE SITIO
FEBRERO-JULIO DE 1944
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Diario de Frank Meier
¿De dónde soy yo? Ya no lo sé muy bien.
Si profundizo, no puedo olvidar de ninguna manera que en el fondo encontraré al austriaco. Me he formado en Nueva York y en París, pero también soy fruto de la cultura germánica. Hasta el punto de sentirme algunas veces muy próximo a ciertos oficiales alemanes. No he ido a la escuela, pero Goethe y los hermanos Grimm siempre han formado parte de mi identidad. Recuerdo que, en las duras tardes de invierno, en el Favoriten, una anciana bávara nos contaba historias a los chicos del barrio. De ella se decía que había sido preceptora de los dos hijos de los Kleitz, una rica familia textil que vivía en una mansión al oeste de Viena. El rumor decía también que por desgracia ella había desatendido sus funciones de vigilancia durante unas vacaciones de verano en los Alpes y que, por su culpa, aquellas dos criaturas rubias habían muerto ahogadas en un lago de montaña.
Minada por la culpabilidad, la vieja expiaba su error acogiendo en su casa a los chicos de la zona. Al acabar la jornada, los martes y los jueves, ella nos servía un agua caliente aromatizada con ramitas de tomillo, acompañada de una torrija con finas capas de mermelada de naranja. Su mirada nos mimaba, pero sin llegar nunca a ser sensiblera, porque tenía mucha dignidad. Su voz ronca me hipnotizaba. Lo cierto es que la adorábamos. Sentada en su cuchitril cerca de una vieja estufa deslucida, abrigada con un chal escocés y provista de unos quevedos en la punta de la nariz, nos leía Hansel y Gretel, Caperucita Roja o «El rey de los Alisos». Yo debía de tener ocho o diez años, no más, cuando ese poema de Goethe me dio en el alma. Un impacto. Ese hijo que muere en los brazos de su padre, raptado por la muerte. Una juventud segada por un rey
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invisible y voraz. Mucho más tarde, vi a mi generación sacrificada bajo las «tempestades de acero» de la Gran Guerra.
Al llegar a Nueva York, sin duda poseído por la nostalgia de mi país, compré por apenas un dólar una versión alemana de Las penas del joven Werther. Exprimí esa gran novela de la libertad, la leí y releí, la devoraba día y noche en mi cuartucho de Manhattan. Comprendía mejor ese Imperio austrohúngaro rigorista e insensible en el que yo había crecido. Ese mundo en el que el orden moral sofocaba las ambiciones y los deseos individuales en todos los estratos de la sociedad. Para escapar de ese yugo espantoso, tanto en Austria como en Alemania, hubo movimientos juveniles que vaciaron de golpe todos los institutos de la burguesía. Fue en 1901 o 1902, no estoy seguro, yo ya había dejado atrás el continente. Esos jóvenes se pusieron a vivir en las granjas y a deambular por los bosques, huyeron de las ciudades e inventaron una cultura alternativa, para mayor desesperación de sus padres. Estoy convencido de que uno de los objetivos de Verdún fue quitarse de encima a esa juventud alemana que rechazaba el orden y la religión.
No se conoce lo suficiente ni se comprende nada de la cultura germánica si no se la considera con relación al orden y a las frustraciones que genera. Gracias al magisterio de Goethe, enseguida entendí por qué había dejado Viena por América, el país de la emancipación y de los sueños cumplidos.
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2 de febrero de 1944
Ha nevado abundantemente toda la noche. Las ráfagas de viento levantan la nieve en polvo de los montículos en que se acumula. ¡Lleva varios días haciendo tanto frío! Esta mañana, París es presa de la ventisca. Al volante de la furgoneta del Ritz, Hans Elmiger conduce con la mayor prudencia, pegando la nariz al parabrisas de la T23. El barman, sentado en el asiento del pasajero, se hunde en una espesa niebla interior, abatido por su propia capitulación.
Su lucha no lleva a ninguna parte. No se va a la guerra solo. Süss y Luciano ya no están aquí. Blanche sigue en prisión. Estar sin noticias es un suplicio. Frank ha aguantado unos días, el tiempo de alejar las sospechas de la Gestapo, pero luego se ha derrumbado. Invadido por una infinita tristeza, ha renunciado a la acción. La cobardía lo ha superado, la edad ha aniquilado su valentía. Durante un tiempo, pudo aferrarse a las visitas de Inga, pero la sobrina del almirante Canaris también ha desaparecido al acabar el verano y se ha ido a Alemania. Le ha dejado como recuerdo una vieja edición de poemas de Goethe. A veces la abre, pero encuentra en ellos más melancolía que consuelo. Tampoco puede decirse ya que sea de alguna utilidad para las familias judías: desde la marcha de Süss, no ha vuelto a entregar ningún pasaporte falso más. El propio Fersen le hizo saber que lo más prudente era parar, los riesgos son demasiado altos desde que los pronazis franceses han entrado en el gobierno de Vichy. Por eso hace meses que Frank sufre su suerte como esos hombres despavoridos que hay que sacudir en el fondo de la trinchera cuando toca salir del parapeto. Jean-Jacques ha intentado hacerle hablar, sin éxito. Pauline y él están preocupados. Levantarse de la cama por las mañanas le es cada vez más penoso, abrir el bar le cuesta un poco más cada tarde. Mientras tanto,
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los alemanes aguantan el golpe. Siguen aquí, mal que le pese. Fingir se le hace más difícil. Tendría que recobrarse, pero es más fuerte que él, carece de motivación… Trabaja como un autómata, hace lo que se le pide y no abre la boca. De hecho, lleva veinte minutos sin intercambiar ni una palabra con Elmiger y se siente a gusto así. Tampoco sabe qué imagen está dando. Sin duda, la de un hombre acabado.
—Ya estamos, Frank.
Se yergue sobre su asiento, entre la niebla repara en los depósitos de la rue Lecourbe.
—Voy a por ellas, señor. Mientras usted aparca.
—Gracias, pero espéreme antes de entrar.
Hace casi un año que Frank no ha puesto un pie en la orilla izquierda del Sena. Los alemanes han decidido inspeccionar los almacenes del Ritz repartidos por todo París en busca de armas o de explosivos escondidos por los «terroristas». Lo cual, de paso, les da una oportunidad para requisar lo que podría habérsele escapado a su avidez. Hans Elmiger no ha tenido más remedio que aceptar. Esta mañana se ha llevado consigo a Frank para una misión secreta: que el barman saque, sin ser visto, algunas botellas de grandes caldos trasladadas aquí en mayo de 1940. Fue Süss quien tuvo entonces la ingeniosa idea de poner a cubierto una parte de la bodega en los confines del XV.º Distrito justo antes de la llegada de los alemanes.
Frank siempre ha detestado este barrio. Sucio, miserable y gris, le recuerda la miseria del Favoriten, en Viena. A pocos metros de ahí, cinco niños juegan a la guerra en el chasis de un coche.
¿Qué hacen fuera con este frío?
¿Cuándo han comido por última vez? Están esqueléticos.
Con el aumento de los bombardeos y los destrozos en las carreteras, las dificultades de avituallamiento se han acentuado. Pauline ha vuelto ayer afirmando que no hay ni un solo trozo de carne en París. Y pensar que un simple huevo cuesta veinticinco francos… Algunas madres se hieren adrede, confiando en ser hospitalizadas y encontrar allí algo de comer para sus hijos.
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El oficial alemán saluda a Elmiger y entra en el depósito. Provisto de una fusta de verga de buey, le ordena que abra todos los baúles, uno tras otro. Elmiger lo hace. El teniente es un poco pánfilo ante ese gabinete de curiosidades, los tesoros confiados al Ritz por clientes que han emprendido el camino del exilio: un huevo de Fabergé en lapislázuli, un caparazón de tortuga aligátor, un estuche de barbero de marfil, un bastón de paseo de ébano de la marca Fayet, una silla de montar de Hermès, camisas de esmoquin de popelina de la casa Charvet, un libro antiguo sobre las pelucas de la corte de Versalles, un puñal tuareg con la vaina engastada de rubíes, un paraguas de la casa Antoine de la avenida de la Ópera…
Frank observa a los Feldgraus[4] que piensan cada vez menos en encontrar las armas ocultas de la Resistencia y más en hallar un pretexto para requisar las maletas. Sin la presencia de Elmiger, ya se habrían agenciado la mercancía. El director aprovecha su asombro ante una pitillera de cuerno de búfalo con incrustaciones de nácar para hacer una señal a Frank. Es el momento de esfumarse. Tiene cinco minutos, no mucho más. Su misión consiste en escoger algunos grandes vinos para abastecer las reservas del Ritz antes de que los soldados se den cuenta del asunto. En su bolsa hay lugar para cuatro botellas, quizá cinco. Una de champán, dos de blanco y dos de tinto deberían bastar.
Frank se esperaba una emoción al reencontrarse con su cava, pero al encender la luz, siente un mareo. Aquello no es una cava, es una cueva de Alí Babá. ¡Debe de haber al menos cien mil botellas! Había olvidado esa abundancia. Recuerda entonces que se necesitaron seis semanas para trasladarlas hasta aquí, incluso habían pedido a Luciano que echara una mano cada mañana, ahora comprende por qué. Comprende sobre todo que si los tres alemanes caen sobre este tesoro, con Elmiger o sin él, el pillaje es seguro. Pero ¿qué escoger? Apresúrate, Frank, deja hablar al instinto. Empieza por un Krug de 1911, una añada de la que apenas quedan botellas, una verdadera pieza de museo. Luego dos Meursault. Ubica cuidadosamente las botellas en la bolsa envolviéndolas en papel de estraza para que no suenen unas contra otras. Llega a los Burdeos, ve un Haut-Brion de 1921. Se conforma con un Pétrus de 1909. Menos de dos minutos; tiene tiempo de ir rápido a los Borgoñas, coge un Romanée-Conti
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de 1933. Se dispone a subir, cuando oye el acento gutural que ya le es tan familiar.
—¿Y abajo qué hay?
¡Mierda! El teniente rechoncho es escrupuloso. Frank siente que el pánico se apodera de él. ¿Qué va a decirle? ¿Cómo pueden justificar que haya allí cien mil botellas? Un sudor frío le recorre la espalda. Respirar. Las botas del teniente hacen crujir los viejos peldaños de la escalera de madera. Abre los ojos como platos.
—Mein Gott! Was ist das, Herr Direktor?
—Una cava de vino —responde sobriamente Elmiger.
—¿Del Ritz?
—En efecto.
—Sehr gut, nos había ocultado este botín. ¡Queda requisado! Elmiger lo interrumpe con la mano, sorprendentemente tranquilo. —Lo lamento, mein Oberleutnant, eso no va a ser posible. —Ach, warum?
—Porque… es la bodega personal del Reichsmarschall Goering.
—Mein Gott! Entschuldigen Sie mich!
—Señor Meier hace de sumiller —prosigue Elmiger—. Se conoce de memoria los gustos del Reichsmarschall.
—Jawohl, jawohl. Olvide lo que le he dicho… Elmiger sonríe.
—¿Una botella para la comida, mein Oberleutnant? Quedará entre nosotros, por supuesto.
—Nein, danke schön.
—Bien. Entonces, ¿hemos terminado? Al igual que usted, yo también tengo un poco de prisa.
Unos instantes más tarde, regresan en la furgoneta del Ritz.
—He cogido cinco botellas.
—Estupendo.
—He de decirle que me ha impresionado cómo ha salido del embrollo. El otro se ha quedado helado como si el mismísimo Goering lo hubiera pillado con las manos en la masa. Ha tenido usted agallas.
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Elmiger tiene la sonrisa modesta, se arrellana en el asiento del pasajero. Frank lo mira de soslayo al girar por el Boulevard Pasteur. El director le hace pensar en esos hombres que en el frente de las Ardenas mostraban su valía en la prueba de fuego. Al principio, eran débiles, discretos, atormentados. Era frecuente ver a profesores o a pasantes de notaría con lágrimas en los ojos, queriendo volver a sus casas. Estaban cagados de miedo, el casco les bailaba en las cabezas. El tipo de suboficiales gallinas de los que todos los soldados huían, convencidos de que eran gafes. Sin embargo, contra todo pronóstico, la prudencia de su temperamento les permitía sobrevivir. A base de metralla, una fuerza moral se forjaba en ellos. Se erguían, se ceñían la correa de su casquete y domeñaban su miedo. Cada día que pasaban bajo la lluvia de obuses, esos hombres que habían sido juzgados demasiado rápido se investían de ese raro carisma que tranquiliza a los demás, hasta guiarlos en el momento del ataque.
—¿En qué está pensando? —pregunta Frank frotando el parabrisas para desempañar el cristal.
—Lucienne, mi mujer, me ha contado que en diciembre usted le proporcionó documentación falsa para ayudar a huir de París a un amigo nuestro…
Un cruce. La T23 se detiene.
—La señora Elmiger me había jurado que no le diría nada…
—No tema. Sabía ya por Süss que usted podía hacer ese tipo de servicio. Se trataba de uno de mis más viejos amigos, arrestado en Lyon y trasladado a Drancy. Sobornó a uno de sus guardianes gracias a una suma de dinero que logramos pasarle en un paquete. Se escapó y estuvo tres semanas refugiado en los desvanes del Ritz, en diciembre. Gracias a los papeles que usted nos facilitó, pudo llegar a España. Hoy está en Londres, a salvo.
—Me alegra saber que he podido ser útil.
—Más que eso, Frank. También usted ha dado pruebas de valentía.
Elmiger lo sabía.
—Querría preguntarle, señor Elmiger… —Dígame.
—¿Por qué ha despedido a Marie Sénéchal?
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—Por libertinaje. Ha sido un escándalo para nuestras camareras y eso no es de recibo. Una auténtica batalla campal.
—¿No la ha puesto de patitas en la calle por haber acusado a Luciano de ser judío?
—¡En absoluto! ¿No sabe usted, entonces, quién denunció a su aprendiz?
Frank ha estado a punto de no tomar la curva de la rue Vaugirard. —¿Y usted lo sabe?
—¡Por supuesto que sí! Estaba convencido de que usted también lo sabía. Es uno de nuestros antiguos pescaderos, Bertrand Barterote.
—¿Barterote? No sé muy bien quién es…
—Un tipo de Cherburgo, de apenas treinta años. Coincidió en los urinarios del personal con Luciano. Meaban uno al lado del otro y Barterote vio por encima del hombro que el chaval estaba circuncidado. Ipso facto, llamó a uno de los hombres de Lafont creyendo sacar algo de pasta. Ese hijo de puta dejó de atender al Ritz tres días más tarde para entrar en la banda de la rue Lauriston…
—¡Joder…!
Muchas veces Frank ha tenido ganas de atrapar a la joven Sénéchal. Ha rumiado tenderle alguna trampa, quería hacérselo pagar. ¡Seré imbécil! Ha estado a punto de meterse en un lío por nada.
—Marie Sénéchal es una buena chica, sabe usted —le dice Elmiger como si le leyera el pensamiento—. Busca un marido, eso es todo. Coge lo primero que tiene a mano. Los jóvenes franceses están en Alemania o en el maquis, por tanto, las opciones disminuyen. Juzgarla sería demasiado fácil.
Frank no sabe qué responder.
—¿Y tiene alguna noticia del chaval?
—No, ninguna.
Frank decidió enviar la semana pasada un telegrama al hotel Palais, de Biarritz, y todavía no ha recibido una respuesta.
—¿Y del señor Süss hay noticias?
—Tampoco nada. Ha desaparecido —dice finalmente—. Solo quedamos usted y yo, en medio de la ventisca.
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20 de febrero de 1944
Diez meses en manos de la Gestapo, ¿en qué estado se sale de ahí? Todos los empleados del hotel se han reunido en el vestíbulo de la rue
Cambon para recibir a la señora Auzello, que acaba de ser liberada. Todos, menos la Viuda, que ha pretextado una ciática. Las doncellas cuchichean entre ellas, los camareros adoptan gestos graves y los ayudantes de cocina ocultan sus manos en los bolsillos. Georges está junto al maestresala y al sumiller. Frank está situado cerca de la entrada, un poco retrasado. Desde ahí ve a casi todo el mundo, incluidos esos dos soldados alemanes de uniforme que se mezclan con el personal. Dos hombres muy jóvenes, de la misma edad que Luciano y con el mismo aspecto de muchachos inocentes, pero que no dudarán en hacer un informe sobre el regreso de Blanche Auzello al Ritz. De repente un murmullo. ¡Ahí está! Primero unas simples siluetas a contraluz: la de una mujer delgada y frágil como un pajarillo agarrada del brazo de un hombre con bastón y sombrero. La delgadez de Blanche es más llamativa a medida que la pareja avanza bajo la luz eléctrica. Su cara pálida se ha endurecido, su tez se ha vuelto casi transparente de tan amarilla, sus ojos afiebrados tienen ojeras tan profundas que parecen desaparecer en ellas. Camina lentamente, sujeta al brazo de su esposo porque, si se soltase, no tardaría ni un segundo en caerse, en naufragar, en ahogarse.
Sorprendida de ver a tanta gente a su alrededor, comprendiendo que en ello hay un homenaje silencioso, un auténtico testimonio de amistad, su rostro martirizado se crispa con una tímida sonrisa infantil. Algunos aplausos surgen por aquí y por allá, antes de apagarse enseguida. Aunque se tema un incidente diplomático, el corazón no lo teme. Cuando la mirada de Blanche se cruza por fin con la de Frank, ella encuentra la fuerza de
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hacerle un pequeñísimo guiño. Frank se escapa, corre a su despensa, sacudido por un ataque de llanto.
Dos días más tarde, se cita con ella en el jardín de las Tullerías. Ha sido ella quien le ha contactado por medio de una nota bien visible sobre la barra del bar. Las Tullerías, un terreno neutral, por así decir, sepultado bajo la nieve. Frank llega el primero y se sienta en el brocal de una fuente cuyo estanque ha sido vaciado durante el invierno. Azota su rostro un cierzo helado. El aire que penetra en sus pulmones es más cortante que un trago de vodka. Castaños de Indias y olmos de China están cubiertos de escarcha; el jardín está desierto, salvo algunas avefrías empenachadas que buscan una escasa comida. Frank está temblando. ¿Qué van a decirse?
A lo lejos suena la campana de Saint-Germaine-l’Auxerrois, una vibración lenta, acompasada y grave, y luego de nuevo el silencio.
De pronto la ve.
Distinguiría su silueta entre mil, incluso cuando ella camina lentamente, con un abrigo de piel de lince ruso que ha podido ser bonito antaño, pero que ahora está totalmente desfasado, con los brazos cruzados bajo el pecho y la mirada pegada al suelo. Parece extenuada, como si la cárcel hubiera absorbido diez años de su existencia.
Frank siente que se le empaña la mirada.
Eres un llorón. Domínate, Frank.
Ella ha aguantado frente a la Gestapo, él debe mostrarse a la altura de su valentía.
—Buenos días, Frank. Perdóneme que le haya citado aquí, no es muy confortable, pero necesito aire y cielo, ¿lo entiende, verdad?
Ella se ha puesto tan cerca de él que puede oler en su cuello su perfume preferido, Jean Patou.
—He vivido ocho meses con una bata mugrienta, infestada y maloliente, y unas botas de suela de madera —añade con una débil sonrisa
—. Así que ahora voy en pos de la elegancia. —¿Quiere caminar un poco? Cójase de mi brazo.
—Estoy bien así. Si me siento débil, se lo diré. Vayamos por el paseo. Ella evita su mirada, tiembla a su lado, le falta el aire.
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—Es hasta gracioso estar aquí esta mañana. ¿Sabe qué apodo me pusieron mis camaradas de la prisión?
—Dígamelo.
—Blancanieves. Por mi palidez.
—Pronto recuperará el color.
—Por lo menos en adelante estaré sobria. Ni una gota de ginebra o de champán y ni un gramo de morfina desde hace diez meses. ¡Una proeza! Espero que esté orgulloso de mí…
—Es usted la mujer más fuerte que he conocido, señora. ¿Ha sufrido mucho?
—Sobre todo al principio. Esos malvados me han acribillado a preguntas sobre lo que ellos llamaban «las actividades secretas del Ritz». Están convencidos de que el hotel alberga un nido de enemigos del Reich. Me impedían dormir por la noche y me gritaban durante el día. Me amenazaron varias veces con arrancarme las uñas con unas pinzas de cirujano que agitaban ante mis narices con un perverso placer. Varias veces me han abofeteado violentamente, pero esa no era la tortura. He oído los gritos de las torturadas y eso era otra cosa, créame…
Frank aprieta los puños en sus bolsillos.
—Enseguida comprendieron que yo sufría más por mis adicciones que por sus golpes. Más alcohol y más opiáceos, era un suplicio. Llegaba empapada de sudor a cada interrogatorio, con atroces migrañas, y decía cosas incoherentes. Una tarde, al límite de mis nervios, me puse a retorcerme como una lombriz sobre mi silla metálica, atacada por unos retortijones terribles. Me cagué varias veces delante de ellos. En esos momentos, con la ropa sucia de excrementos, me veía a mí misma y ni siquiera me daba vergüenza… Y esos sádicos se reían, se burlaban. Me prometían una botella de coñac si lo confesaba todo. Pero me encerré en el silencio. Me gané unas cuantas patadas más en el hígado. Creí que iban a matarme. Eso duró algo más de dos semanas. Luego, me dejaron tranquila. Debieron de pensar que no sabía nada.
Ha terminado su relato y camina con más lentitud. Blanche Auzello está agotada.
—Su bravura la honra, señora.
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—Usted habría hecho lo mismo. Es usted un hombre de una pieza, Frank.
El «hombre de una pieza» siente una náusea que lo avergüenza. Ha soñado tantas veces con el cuerpo de Blanche. Todas esas noches solitarias imaginando un abrazo febril… Y ahora lo que se impone es la imagen de la prisionera ensuciada. Como en una pesadilla, esa visión se superpone a la de los cadáveres de la Primera Guerra. Siente un sofoco.
Blanche podría haberlos denunciado, a Süss y a él, para aliviar sus sufrimientos. Frank desconoce si él habría sido capaz de un valor como el de ella. ¿Qué hacía él durante todo ese tiempo? Se enriquecía detrás de su barra. Propinas, apuestas, comisiones, tráfico de documentos falsos: protegía sus intereses y ni siquiera supo evitarle a Luciano una huida en la noche. Es lamentable. El barman quería grandeza, pero apuntar demasiado alto solo ha servido para minarlo por dentro. La grandeza, en 1944, ya no es el Hemingway que sermonea a los aristócratas con una botella de champán en la mano, es la Blanche Auzello que no confiesa pese a los golpes, y Frank no está preparado para esta grandeza.
—¿Sabe que Süss me sorprendió encendiendo las luces de las cocinas? —pregunta Blanche mientras se adentran por el paseo de Diana.
—Me lo dijo él mismo, sí.
—Comprendí que no me entregaría a los boches cuando vi que no las apagó al marcharse. ¿Sabe una cosa? Creo que el bueno del señor Süss deseaba tanto como yo que bombardearan ese jodido Ritz.
Frank nunca lo había pensado. Blanche siempre ha sido más clarividente que él.
—Estaba preso en su propia trampa, un obús inglés lo habría liberado de ese cepo. Claude está convencido de que los nazis lo han ejecutado y han arrojado su cadáver al Sena. ¿Tiene alguna noticia suya?
—Ninguna, por desgracia. Ha desaparecido sin dejar rastro.
—He pensado en él para no derrumbarme en algunos interrogatorios. Era arrogante, lo detestaba, y sin embargo no me denunció. Necesitaba ser tan noble como él para ganarme su respeto.
—Era un hombre verdaderamente asombroso…
Frank ha pronunciado esta frase de manera casi automática, sorprendido de sentir una punzada de celos. Le habría gustado tanto que
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Blanche pensara en él como en un refugio en medio de las hienas. Pero era al vizconde a quien ella quería impresionar, al héroe, al hombre fuerte.
—Frank, tengo un último favor que pedirle… Su voz es tan débil…
—¿Por qué «último»?
—Quiero regresar a mi casa. Dejar Europa. ¿Podría ayudarme a volver a Nueva York?
La pregunta lo tumba como un puñetazo en el pecho.
—Pues…
Reflexiona por un instante. Todos los lazos con Estados Unidos o Inglaterra están cortados. La única manera de llegar a Nueva York sería en un barco desde Lisboa o Casablanca. ¿Con qué papeles? Seguro que norteamericanos no, eso es demasiado peligroso. Una documentación francesa también sería sospechosa. ¿Un pasaporte extranjero falso, entonces? No ha tenido contacto con Fersen desde hace meses, pero con la mujer de Claude Auzello el diplomático sueco podría hacer una excepción… De todos modos, a Frank ni se le pasa por la imaginación decirle que no a Blanche. Al menos hoy.
—Le conseguiré la documentación, sí —dice finalmente—. Para usted y para el señor Auzello.
—No. Únicamente para mí. Claude no sabe que quiero marcharme. Él desea seguir aquí. Lo comprendo, esta es su «patria», como él dice. Por mi parte, mi decisión está tomada. ¿No ve en qué estado me han dejado?
—En unas pocas semanas habrá recuperado las fuerzas, ya verá. Seguro que tendrá ocasión de pasar el verano en los Hamptons…
—Si supiera lo mucho que me emociona lo que dice, Frank… Cada noche, para escapar de la angustia en mi maldita celda, me refugiaba en mis recuerdos de Nueva York. ¡Esa época parece tan lejana! La vida en Manhattan con Pearl White era extraordinaria. La excitación, la felicidad, nos atrevíamos a todo… Hoy Pearl está muerta y todo ha desaparecido.
—No por completo. La audacia nunca la ha abandonado.
Ella lo mira y de repente sus ojos se llenan de lágrimas.
—Le quiero tanto, Frank.
Él siente que lo invade un ardor intenso.
¡Dios, haz que este paseo invernal a su lado dure una vida entera!
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Ella lo agarra por el brazo, se tambalea. Es evidente que aún sufre. ¡Cuánto daño te han hecho esos cabrones de boches!
A continuación, él la lleva lentamente hacia el Ritz.
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5 de marzo de 1944
—Frank, ¿sabe que ha muerto Charles Bedaux?
—¡No! ¿Cómo ha sido?
Elmiger mantiene un rostro marmóreo, pero su voz adquiere cierta ironía.
Frank le sirve un vaso de ginebra.
No tengo la cabeza para hacer un cóctel.
—Los americanos lo trasladaron de Argelia a Florida para someterlo a un tercer grado por los servicios de información antes de abrir un proceso contra él. Según Stülpnagel, Charles Bedaux se ha suicidado oportunamente en su celda, en Miami. Sobredosis de fenobarbital. No me creo que un hombre como él, siempre convencido de que va a salir de cualquier apuro, se quite la vida. Tal vez lo han ayudado. Sus inoportunos dosieres sobre honrados ciudadanos estadounidenses no debían gustar a todo el mundo.
La conversación se interrumpe por las sirenas. Las alarmas no cesan. Los ataques empiezan cada vez más pronto, desde que cae la noche. Los impactos todavía son lejos del Ritz, pero se van aproximando. Desde que la semana pasada un bombardeo se cebó en el VI.º Distrito, en los pasillos del gran hotel el ambiente es más sombrío, y el circo menos cómico. La mundanidad ha renunciado a sus artificios y los aseos están descuidados.
El reinado de la elegancia instaurado por César Ritz acaba en la decrepitud más absoluta.
Todos los clientes han bajado al sótano con su máscara de gas. Gabrielle Chanel, abrigada en su manta de pelo de guanaco, refunfuña contra Elmiger porque se niega a calentar el refugio para economizar. Su amante Spatz, cansado de lloriqueos, intenta en vano hacer que gire el
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viejo gramófono a merced de las variaciones del suministro eléctrico. Elmiger garabatea furiosamente en su cuaderno de piel para aparentar estar irritado y evitar así tener que poner en su sitio a la señorita Chanel. El matrimonio Auzello se ha sentado en el sofá Regencia sin dirigir la mirada ni por un segundo a Marie-Louise, ambas mujeres no estaban juntas en la misma habitación desde 1936… Claude y Blanche se han abrazado. Él está sin afeitar, sin corbata y con la camisa arrugada bajo la chaqueta. Ella parece más enclenque que nunca, ataviada con una bata de felpa. Frank ha cruzado su mirada con la de ella al entrar: esperaba leer en sus ojos una pregunta sobre los papeles que le ha prometido, pero no ha visto más que una enorme fatiga. Blanche no sabrá que por fin ha conseguido contactar con Fersen: se ha adormecido poco después de sentarse. Claude Auzello le sostiene suavemente la nuca.
Esa pareja unida en la adversidad remite a Frank a su inmensa soledad. La mujer, quien apenas hace unos días estaba más cerca de él que nunca, gime con los ojos cerrados y se pega a su marido.
Ahí están Guitry y Jünger, impecables en su cortesía, elegantes como lo han sido siempre los clientes de mi bar.
Reacios a bajar con los demás, se han acodado en el mostrador improvisado que Elmiger ha mandado colocar en el refugio antiaéreo para darle apariencia de bar, con el fin de hacer la espera más llevadera durante los bombardeos.
—Tengo otra vez una salud mediocre, Sacha —confiesa Jünger—.
Adelgazo a ojos vista.
—Bebe usted poco champán, querido.
—¿Está de guasa? Este estilo de vida nos va a matar. Estamos todo el tiempo cenando y bebiendo.
A millones de personas les gustaría decir lo mismo, piensa Frank.
El capitán Jünger ha decidido emprender largas caminatas para mantenerse en forma. Guitry hace ver que eso lo horroriza, pero de buen grado deja que Jünger cuente con detalle su última expedición, de Suresnes a Neuilly, entre los pescadores de caña, los pájaros y las iglesias en ruinas del extrarradio.
—¡Dios santo —comenta Guitry—, estoy agotado yo también…!
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Saber oír sin parecer escuchar, eso es lo que ha de hacer uno de los mejores bármanes del mundo. Las conversaciones son un consuelo para Frank. Gabrielle Chanel asegura haberse extasiado durante las once horas de El zapato de raso, de Claudel, en la Comédie Française. «Afortunadamente iba sola», le suelta Guitry con una amplia sonrisa. Jünger, por su parte, ha ido a ver la Antígona, de Anouilh, en el teatro del Atelier. Le sorprende que la censura haya podido dejar pasar una obra como esa.
—El ambiente es nocivo —confía en voz baja—. Figúrese, Sacha, ayer por la tarde recibí en mi despacho la visita del teniente coronel Hofacker.
—¿Hofacker?
—El comandante en jefe de la Wehrmacht en París. En cuanto entró en mi despacho, descolgó el auricular del teléfono. No parecía cómodo, era como si nos espiaran…
Frank llega a captar algunos fragmentos del relato de Jünger. Habla de «patria en peligro», de «catástrofe» y de «angloamericanos». Comprende que algunos oficiales en el seno de la Wehrmacht —¿ha oído el nombre de Stülpnagel?— desearían negociar con los Aliados antes de un desembarco en Francia.
Las notas de una sonata de Beethoven suenan de una manera un tanto caótica, el gramófono por fin funciona, aunque a duras penas.
—¿Un atentado? —murmura Guitry enarcando las cejas.
—¡Cállese, por Dios! —lo reprende Jünger.
Frank evita mirar en la dirección de los dos hombres para no llamar la atención.
¡¿Joder —piensa sirviendo champán en la copa de Gabrielle Chanel —, es que el general y otros oficiales están planeando liquidar a Hitler?!
El gramófono salta otra vez y Frank puede pillar la última frase:
—Hay tantos espías en París, incluido el Ritz, que estoy seguro de que
Himmler sabrá antes que yo lo que voy a decidir hacer.
Georges se acerca a ellos, Jünger hace una indicación a Guitry y ambos se ponen a hablar de los méritos de Octave Mirbeau. Todo dura apenas un minuto.
Frank sirve un Guignolet a Marie-Louise Ritz y vigila con el rabillo del ojo a Barbara Hutton, ebria y engominada con su kimono de seda, que
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mata el aburrimiento limándose las uñas a la luz de un candelabro, a mil leguas de cualquier decoro, sin que esto le choque a nadie.
¿Cuántos peces gordos de la Wehrmacht están esperando la muerte del Führer?
Por loco que pueda parecer, a Frank le da por soñar.
¿Y si hubiera de verdad un complot?
¿Y si triunfara ese insensato proyecto? ¿Y si Hitler llegara a desaparecer?
Pero con tantos síes, y un barman lo sabe mejor que nadie, París se colapsaría.
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19 de marzo de 1944
Frank no ha vuelto a oír hablar del atentado. Ni una palabra, ni un rumor; empieza a preguntarse si lo habría entendido mal. En cambio, se habla cada vez más de un desembarco aliado. La idea ocupa la mente de todo el mundo.
Georges se cuida cada vez menos. Siente llegar el final y Frank constata que eso genera en él una especie de excitación. Parece dispuesto a creerse todos los rumores que susciten alguna esperanza.
—¿Has oído lo que se cuenta del tío Adolf? —pregunta mientras acondiciona la sala.
—No.
—Se dice que se ha vuelto majara y que los nazis lo han encerrado en Berghof. ¿Te imaginas? El tipo que aparece en los noticieros sería un sosias.
Frank suspira.
—Eso son sandeces, Georges.
—Sí, pero confirman que la vida da muchas vueltas. ¡Nos vamos a hacer ricos, amigo mío! Tal vez tendríamos que pensarlo… No hay nada bajo control, esto se tambalea por todas partes. Podemos hacer lo que queramos, Frank. Una contabilidad paralela, por ejemplo… ¿Qué te parece?
Frank alza una ceja con severidad, pero Georges insiste:
—¿Quién va a comprobar tus pedidos, tus existencias, tus facturas, tus gastos, tus recetas? ¿Quién, Frank? ¡Nadie! Todo se ha ido a pique.
—Eso es robarle al Ritz, Georges.
Desde que entró a trabajar en el Ritz en 1921, Frank le ha sido siempre leal al hotel. Ha tomado su parte, pero nada más, es una línea moral y se
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atiene a ella. Incluso para sufragar los gastos de la documentación falsa ha evitado abrir una contabilidad paralela.
—Eso es aprovechar esta situación podrida y sacarle el jugo a los ricos, Frank. A ti siempre te ha gustado la pasta.
—Te equivocas, Georges. Nunca me ha gustado el dinero. Me gusta la libertad que me ofrece.
—Sea como sea, te digo que es ahora o nunca. Si los boches se van, volverán los esbirros de todos esos pijos de mierda. Tenemos una oportunidad. Dame el veinticinco por ciento, ¿a quién le importa que ganemos dinero el tiempo que esto dure? ¡Al menos piénsalo!
Pobre Georges. Frank sabe que su amigo siempre ha aspirado a ser algo más que un simple barman; sueña con ser un patrón, un derrochador, un «pijo», uno de verdad. Ha creído en Pétain, en Laval, en Lafont, todos lo han decepcionado, ¿quién será el siguiente? ¿De Gaulle? Frank desconfía de los arrebatos de entusiasmo de su viejo cómplice, pero no quiere enfrentarse a él, y menos esta noche. Georges sigue siendo su escudo contra la soledad en el recinto del bar. Además, le ha salvado la vida a Luciano y eso Frank no lo olvidará nunca.
—Muñeca maquillada se acerca —dice Georges, mientras termina de
preparar el alineamiento de las botellas—. Solo son las cinco y media, ¿la
dejo entrar?
—Ve, sí.
—¿Te tira los tejos de puta madre, eh?
—¡Georges!
La pregunta, sin embargo, es pertinente. Inga ha vuelto a París, sigue tan provocadora y sigue con su gato, como si solo se hubiera ido unos días de vacaciones. No han tardado en rehacer su ritual, comentando la actualidad más sombría con el desafío de la ligereza, sin que en el fondo la señorita Haag nunca revele lo que de verdad piensa.
Un ligue en medio de los bombardeos y de los fusilamientos de resistentes.
Desde que ella ha vuelto, Frank trata de resolver el misterio. Ha intentado hacer coincidir sus visitas con la presencia de tal o de cual, pero sin sacar nada en claro. Ha imaginado que podía estar cumpliendo alguna misión al servicio de su tío —imposible saberlo—. La única cosa segura
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es que ella nunca ha estado allí durante una alerta. Pero eso podría ser más bien fruto del azar. Viene cada tres días, aproximadamente, se queda una hora y luego se va. Últimamente desconfía de ella, por mucho que su connivencia halague su amor propio y atenúe su soledad.
Es la primera vez que enseña la nariz fuera del horario de apertura. Lleva un vestido entallado bajo un abrigo de zorro blanco y, por una
vez, no viene con el gato.
—Buenos días, Inga. ¿Roederer y frambuesas?
—No, gracias, Frank. Un Martini con vodka, más bien.
—De acuerdo…
El ligue, obviamente, no se producirá esta tarde. Inga Haag parece inquieta, tiene la sonrisa torcida y la mirada en otra parte.
—¿Dónde está Raimund?
—Vengo de una cita a la que no podía acompañarme.
—Me tranquiliza…
Con un gesto precipitado, Inga saca de su bolso de piel de zapa una pitillera.
—¿Quiere fuego?
—Por favor.
Echa una profunda calada al cigarrillo y pregunta:
—¿Podría hacerle llegar un sobre al general Von Stülpnagel de mi parte?
La joven titubea y baja ligeramente la voz:
—Verá, Frank, yo estoy casada, el general también… Evito estar junto a él en público.
—Oh… Claro, por supuesto, comprendo.
¡Inga Haag, amante de Stülpnagel!
Esta no la había visto venir.
¡Qué imbécil soy!
—Sé que usted es extremadamente discreto, Frank. ¿Aceptaría ser nuestro…, cómo lo llaman ustedes…, nuestro mensajero?
—Cuente con ello, señora. Soy una tumba.
No es cuestión de llamarla por su nombre.
—Mil gracias, Frank.
—Su Martini con vodka, señora.
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La mira humedecer sus labios en la copa, pero ese espectáculo ya no tiene el mismo sabor. Intenta imaginarlos a los dos en una cama sin lograrlo, el oficial alemán siempre le ha parecido demasiado íntegro… Así que ella habría vuelto para echar el guante no al modesto barman, sino al gran general prusiano… ¿Se habría servido Inga de él para conseguir su presa? ¿Sería acaso una espía rusa o británica? O peor: ¿estaba al servicio de Himmler? ¿O tal vez quiere ponerle una trampa a Stülpnagel y hacer fracasar sus planes?
—Tenga —dice ella tendiéndole un trozo de papel no muy grande por debajo de la copa—. Me gustaría que le hiciera llegar esta nota.
—Lo haré en cuanto lo vuelva a ver, quédese tranquila —responde Frank guardándoselo en el bolsillo interior de su chaqueta.
—Sé que pasará por aquí esta noche. Mil gracias, Frank. Me voy, me esperan en el Lutetia. ¿Cuánto le debo?
—Oh, nada. Apenas la ha tocado. Déjelo.
—¿Seguro?
—Sí. Buenas noches, señora.
—Hasta pronto, Frank.
Saluda a Georges y desaparece.
¿A qué estará jugando?
Su nota no tiene sobre, tan solo está doblada en dos.
Espía y amante, ¿por qué tan pocas precauciones?
Ella intuye que Frank pueda leerla. Él se muere de ganas, qué duda cabe. El barman desdobla lentamente la nota. Aparece una palabra: «Sehnsucht», deseo.
Es un poema de Goethe:
Esta no será la última lágrima
que brote de este corazón ardiente,
el cual, en indecible calvario renovado,
calma su dolor acrecentándolo.
Frank no puede evitar pensar: ¿Esto es todo?
Pero también, ¿qué se esperaba?
¿Un secreto de Estado o una invitación lujuriosa?
—¿Te ha dejado una nota amorosa? —pregunta Georges, relamiéndose de gusto con la sonrisa.
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—Pues no…
—¿Qué es, entonces?
—Un poema para el general Von Stülpnagel.
—¿Tienen un metesaca estos dos?
—No estoy seguro —murmura Frank.
—Mira que se ha convertido en algo raro, tu bar…
Georges tiene razón. Frank se ha dejado engañar una vez más.
Un tonto de remate.
Se enfada consigo mismo por no haberse dado cuenta de nada. Una cólera fría lo invade.
—¿Sabes qué? —dice—. Lo he pensado mejor. Vamos a hacer esa doble contabilidad…
—¿¡No!? ¿En serio?
—Setenta por ciento para mí, treinta para ti.
La cara de Georges se ilumina.
—Cuenta conmigo. Van a beber todos como cosacos. Nos vamos a poner las botas. ¡Menudo negocio!
Menudo negocio…
Que la vieja Ritz se vaya al diablo.
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26 de marzo de 1944
¿Ha habido alguna vez un plan para atentar contra Adolf Hitler? Frank Meier ha dejado de creer en ello. Si hubo un proyecto, ha
fracasado, porque el Führer sigue vivito y coleando. La guerra continúa, cada día un poco más fea. La vida cotidiana se vuelve imposible. Cuatro o cinco alertas al día. Las restricciones de gas y de electricidad cada vez son más severas. Y el abastecimiento se ha convertido en algo terriblemente caótico.
Ocupantes y ocupados, todos están ahora de los nervios por igual. Los alemanes temen una emboscada en cada esquina, los soldados ya no pueden caminar libremente por la ciudad y los oficiales están a punto de explotar.
La única distracción son los sucesos. A diario los periódicos suministran mil nuevos detalles sobre lo que ya se conoce como el caso Petiot. Frank finge no estar interesado, pero en el fondo esa macabra historia lo fascina, como a todo el mundo. Alarmados por unos olores nauseabundos y un espeso humo gris, los vecinos de Marcel Petiot avisaron a la policía y a los bomberos, quienes acabaron por descubrir los restos de veintisiete cadáveres humanos descuartizados en el sótano de un hotel particular de la rue Le Sueur. Era el sótano del doctor Petiot. Al parecer, el sospechoso atraía a su casa a individuos perseguidos por la Gestapo. Pero era una auténtica trampa. Petiot presumía de poder hacerlos llegar a Argentina. Los candidatos al viaje se presentaban en su casa, donde eran asesinados y quemados. El asesino se ha presentado ante la prensa como un antiguo combatiente herido por una granada en 1917, antes de ser internado por trastornos psiquiátricos en el hospital de Fleury-les-Aubrais. En vista de las descripciones de los cadáveres en los
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periódicos, Frank no duda ni por un instante que ese individuo está chalado. Lo peor, por lo que le han contado ayer por la tarde en el Ritz, es que Petiot había hecho poner una mirilla en la puerta blindada del sótano para asistir al suplicio de sus víctimas envenenadas. Frank está convencido de que los crímenes de Petiot son fruto de una sociedad nihilista en la que la vida humana no tiene valor. ¡Cómo escapar de allí, Dios santo! Frank siente una opresión. Sobre todo desde que Petiot ha desaparecido, no se sabe dónde está y el asesino campa a sus anchas por las calles. Dicen que se vale de ciertos cómplices en la policía. Frank no sabe qué pensar.
También se rumorea que el propio Lafont habría descubierto el osario y habría chantajeado a Petiot antes de dejarlo escapar. Lo único cierto es que entre las víctimas se encontraban varios judíos a quienes el siniestro médico había prometido documentación para cruzar la frontera española. Frank se estremece solo con pensarlo: quién sabe si Süss no sería uno de ellos, tal vez las familias que ambos salvaron se desplazaron hasta Chaillot… Ayer, Frank pensó en reanudar el negocio, incluso Fersen no lo vio mal. El diplomático ha aceptado suministrarle un último pasaporte para Blanche, y enseguida ha vuelto a recomendarle la máxima prudencia. Solo tiene ya que buscarle a Blanche un falso nombre escandinavo.
Nos acercamos al precipicio.
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3 de abril de 1944
Frank cumple hoy sesenta años. Tenía treinta en 1914. Dos guerras en una vida, no se lo desea a nadie.
Este siglo hecho pedazos es el mío, voy a tener que apurarlo hasta las heces, ha pensado esta mañana mientras pasaba una cuchilla nueva por sus magras mejillas. Por la tarde, pese a las circunstancias cada vez más sombrías, a no ser que sea precisamente debido a este momento crepuscular, se han citado todos en el bar para celebrar el cumpleaños de Frank Meier. Ernst Jünger ha venido con Florence Gould, Elmiger con su esposa, Josée de Chambrun con su esposo. Guitry también está, por supuesto. Y Arletty, y Cocteau, y Serge Lifar, incluso Jean Marais, que acudía muy de vez en cuando. No es una fiesta sorpresa: la idea ha sido del propio Frank, con la complicidad de Georges y de los habituales del local. Pero no se esperaba ver a tanta gente.
Hasta Fersen ha venido desde la hora de apertura. Había envuelto una vieja edición francesa de una obra de Ibsen: Al despertar de nuestra muerte. Con el libro quizá habría sido suficiente, pero el diplomático le ha dicho discretamente que su regalo estaba en la página 84. Frank no ha tenido necesidad de mirar ahí para comprender: en el interior se encuentra un pasaporte a nombre de Alba Hoffsen, con un visado para España y Portugal. Frank piensa dárselo a Blanche esta misma noche. Un verdadero gesto cinematográfico, tan triste como hermoso.
La noche de su cumpleaños, el héroe ofrece a la mujer que ama en secreto la llave de una libertad que los alejará para siempre a uno del otro.
Pero cuando Blanche llega por fin del brazo de Claude, solo halla en su rostro una sonrisa vacía, como si ella ya hubiera olvidado lo que le había
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pedido. Como si ya lo hubiera olvidado a él. Pone el libro en la despensa, deja los sentimientos debajo de la barra y piensa en Inga Haag. Ella aún no ha llegado. ¿Vendrá sola? Sigue intercambiando con Stülpnagel una nutrida correspondencia. Sea cual sea su contenido, esa relación afecta al vínculo que se había creado entre ella y Frank. La complicidad, aunque no hubiera sido más que de fachada, ha desaparecido. Quedan los buenos modales entre un barman y una clienta fiel.
Frank se consuela contemplando la multitud de las grandes veladas y el ceño fruncido de Marie-Louise Ritz, que no se ha dignado a acercarse a estrecharle la mano.
Echa de menos a alguien a su lado, detrás de la barra. ¿Dónde estás, Luciano? Frank sigue sin recibir la postal, pero no desespera. El otro día, sin poder aguantar más, telefoneó a Biarritz y preguntó por Charles. «El señor Launay ya no trabaja aquí desde hace un año, le dijeron. Se fue a Casablanca». Quién sabe si Luciano llegó hasta el hotel Palais, se presentó en el bar, no encontró a Charles pero, aun así, consiguió que alguien de allí lo ayudara. A lo mejor lo han contratado. Por un instante, Frank estuvo a punto de pedir a la telefonista que le pasara con el nuevo barman o de preguntarle por un joven aprendiz suizo… Pero no se atrevió. ¿Sabrá algo de él algún día? Desde que el chaval se fue hace un año, se engaña a sí mismo, pero es evidente que algo se ha muerto en él. Hoy sus acciones clandestinas se limitan tan solo a un intercambio de notas amorosas entre una presunta espía y un general prusiano, y al poco glorioso saqueo de la caja del bar alimentada por los náufragos del Ritz. Sigue retirando para Luciano una décima parte de lo que le corresponde a él, por si algún día vuelve a verlo. Mientras tanto, en ausencia del aprendiz, es el propio Frank quien se encarga de picar el hielo, como en sus inicios, y cuando se dispone a hincar el pincho una voz jovial suena en medio de la algarabía.
Con una gravedad inédita y sombría en la mirada, el coronel Speidel viene a estrecharle la mano. Ahora se ha vuelto un hombre precavido. ¿La experiencia en el frente ruso?
¿De qué tiene miedo?
—¡Qué alegría, coronel! ¿Qué le trae por aquí?
—Me han nombrado jefe del estado mayor del mariscal Rommel. Heme de vuelta en el frente Oeste. Y he oído hablar de su fiesta de
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cumpleaños…
—¿Se aloja en el Ritz?
—No, hemos instalado los cuarteles en La Roche-Guyon, cerca de Giverny. Nos alojamos en el castillo de los de La Rochefoucauld.
El general Von Stülpnagel no tarda en unirse a ellos con una sonrisa en los labios.
—Guten Abend, Herr Meier! Le he traído a Speidel. Magnífico regalo, ¿no?
—Desde luego, estoy encantado de que esté de nuevo entre nosotros. ¿Qué les sirvo?
—Un Royal Highball para Speidel y un Happy Honey für mich, bitte. Al volverse para preparar los cócteles, Frank sonríe discretamente. Algún día podré decir sin avergonzarme que, cuando cumplí sesenta
años, me hizo feliz que a la fiesta asistiera un coronel de la Wehrmacht. ¡Qué herejía para un peludo!
—¡Damas y caballeros, presten atención, por favor!
Carl-Heinrich von Stülpnagel acaba de tomar las riendas de la velada, con su Happy Honey en la mano:
—Me gustaría hacer un brindis a la salud de nuestro querido Frank. Alzo mi copa esta noche por sus sesenta primaveras, que coinciden con el regreso del sol del que hemos disfrutado todo el día. Un cumpleaños celebrado por la floración de las anémonas, de los lirios y de los ásteres, y también, como me indicaba esta mañana el capitán Jünger, por el regreso de las mujeres hermosas a las calles de París. Sabemos lo sensible que es Frank a todas esas beldades que la naturaleza nos regala. Frank Meier, ¡que la providencia vele por usted! Necesitamos de su consuelo. Abrevamos en su barra para atenuar nuestros tormentos gracias a su buen hacer, por eso es nuestro benefactor. En nombre de toda esta concurrencia que tanto lo aprecia, no me cabe la menor duda, ¡le deseo un feliz cumpleaños!
¡Vaya! Tantos aplausos para un insignificante judío acobardado que les sirve de beber.
El comandante en jefe de las tropas de ocupación le presenta sus respetos, el todo París de la colaboración lo ovaciona. ¿Es para reír o llorar? Sonríe, Frank. Míralos a todos, inclina la cabeza, da las gracias.
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La velada transcurre a las mil maravillas. Beben, ríen, charlan. ¡Idos a cenar ya, que no puedo más!
Pero en ese momento Stülpnagel se dirige hacia él.
Sonríe, Frank.
El general Von Stülpnagel ha mirado por encima del hombro antes de sentarse. Aprovecha el ruido de las conversaciones que hay a su alrededor para aproximarse discretamente.
—¿Tiene alguna nota para mí, Frank?
—Esta noche no, mi general, lo siento. La señora Haag no viene por el bar desde hace varios días.
Stülpnagel parece disgustado. Frank presiente que algo no va bien. —Creo saber que ha sido llamada ayer a Berlín, con su tío, el
almirante Canaris —añade Stülpnagel.
Frank no se inmuta.
—¿Problemas? —pregunta.
—Prefiero pensar que no. En todo caso, usted nos ha sido muy útil, Frank. Le estamos muy agradecidos.
—No hay de qué.
—Quizá vuelva a pedirle que siga haciendo su papel de mensajero para mí, si no tiene inconveniente…
El general ha arrastrado las últimas palabras como para darle al barman el tiempo de pensarlo. La petición no es poca cosa: en este momento, hacer de mensajero podría costarle muy caro. Frank trata de analizar la situación. ¿Stülpnagel e Inga Haag eran realmente amantes? Poco probable. ¿Un complot de la Wehrmacht contra los de la esvástica? Tal vez.
Desde el fondo del bar, bajo el retrato de Fitzgerald, Guitry hace su brindis: «¡Por Frank Meier, el mejor de entre nosotros!». Agradece la pausa. El barman alza su copa de champán hacia el dramaturgo y su grupito, sin dejar de reflexionar. ¿Qué va a responder al general? Parece difícil negarle su ayuda, quién sabe qué consecuencias podría acarrearle. Su instinto, un tanto anárquico, le pide aceptar. En este nido de espías
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alemanes en que se ha convertido París, prefiere aún estar del lado de Stülpnagel.
—De acuerdo —dice finalmente.
Stülpnagel sonríe, luego se va a saludar a dos oficiales que se disponen a abandonar el bar. Pone cara afable, pero Frank no olvidará el sombrío fulgor que acaba de percibir en su mirada. Es el mismo que podía leerse en la de Speidel, hace un rato.
¿Cuántos estarán esta noche al corriente de lo que traman estos dos? Frank tiene tanto miedo de lo que estén maquinando que prefiere saber
lo menos posible. Esta noche, Frank Meier cumple sesenta años, agobiado por los alemanes y asediado por sus flaquezas.
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27 de abril de 1944
«¡Viva Pétain! ¡Viva el Mariscal!».
París no había conocido una efervescencia semejante desde hacía mucho tiempo. Por primera vez desde junio de 1940, Philippe Pétain estaba en la capital, ayer, con Pierre Laval. Los dos vinieron de Vichy hasta Notre-Dame para asistir a la ceremonia fúnebre en memoria de las víctimas de los últimos bombardeos. Más de mil muertos en pocos días. Los Aliados tenían como objetivo el depósito ferroviario de La Chapelle, sus bombas transformaron calles enteras en un montón de ruinas. Nunca la muerte y la destrucción estuvieron tan cerca del corazón de París. Todo el mundo vive con miedo y nadie sabe lo que puede pasar en adelante. Por eso ayer la ciudad se aferró a su viejo Mariscal.
Hace unos años, Frank habría creído en él…
La gente está cagada de miedo, por eso ha corrido a aclamar al Viejo…
¿Casualidad o consecuencia? Veinticuatro horas más tarde, el barman es llamado al despacho de la Viuda. «La señora Ritz tiene una proposición que hacerle», ha dicho Elmiger por teléfono.
El director parece ya agotado frente a una Marie-Louise revitalizada. El aire de la habitación está saturado de ese aroma a lirio que a ella tanto le gusta, pero que a Frank le da unas irreprimibles ganas de estornudar. Cada mañana, la Viuda ordena que llenen con esas flores toda su colección de jarrones de cerámica.
—Querido señor Meier, su cumpleaños fue un éxito: toda esa gente a su alrededor, todos los que son alguien en París, ¡enhorabuena! Y eso me ha dado una idea…
Frank querría estornudar, pero no lo consigue. Espera lo que viene.
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—He pensado que podríamos organizar un guateque de ese estilo para el cumpleaños de la señorita Arletty. Es el 15 de mayo. ¿Qué me dice?
¿Cómo se le ocurre pensar en hacer una fiesta de cumpleaños después de lo que ha pasado estos últimos días?
—Por supuesto, la caja de ese día sería interesante para usted.
Frank siente que Elmiger lo fulmina a su derecha. Con la mirada, el director lo exhorta a que dé largas.
—¡Ah! —añade Marie-Louise—. Si busca la aprobación del señor Elmiger, no cuente con ella. Lo desaprueba. Quiero saber cuál es su opinión, Frank.
—Pues…, las cosas están cambiando, señora.
—¡En absoluto! ¿No ha visto el triunfo del Mariscal, ayer? El país no quiere una Francia inglesa o americana, sus bombardeos no hacen más que asesinar a inocentes. ¡Los monstruos son ellos!
Se le han enrojecido las mejillas. Elmiger da un paso adelante. —Permítame, señora. Como le decía antes de que llegara Frank,
hemos de pensar sobre todo en el futuro del Ritz.
—¿El futuro? —se troncha Marie-Louise—. Deme una definición del futuro, señor Elmiger.
—Sería incapaz, señora.
—Ese es el problema.
—Frente a un futuro tan incierto, creo que deberíamos recuperar una neutralidad suiza en la política de la casa. Si las fuerzas alemanas fueran expulsadas de París en los meses que vienen, nosotros deberíamos poder demostrar a sus sucesores que fuimos víctimas de los nazis, que también nosotros hemos sufrido la ocupación. En caso contrario, no dude de que le confiscarán el Ritz.
—¡Antes morir!
—Entonces más vale no organizar por propia iniciativa una fiesta en honor de una figura notoriamente favorable a la ocupación… Y le añado, señora, que los rumores de un desembarco aliado están cada vez más extendidos entre los oficiales alemanes. ¿No es lo que se dice en su bar, señor Meier?
Frank lo confirma. Marie-Louise Ritz agita sus manos delante de ella como para ahuyentar un mal pensamiento.
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—Me exasperan ustedes —dice—. Me han quitado las ganas. Sea, renuncio a ese cumpleaños para la señorita Arletty. Pero le ordeno que continúen tratando a nuestros huéspedes con la mayor atención. Nuestro presente, señores, son los alemanes.
Al salir del despacho, Frank piensa que Elmiger está en lo cierto. Cuando los alemanes se hayan ido, habrá que evitar a toda costa que la Place Vendôme siga oliendo demasiado a azufre. Y ni todos los lirios del mundo bastarán para ello.
Aún tiene ganas de estornudar cuando, por el pasillo, se topa con Blanche Auzello, a quien no ha vuelto a ver desde la noche de su cumpleaños.
¡Blanche!
Hace tres semanas que piensa en ella cada día, al meterse en el bolsillo de su chaqueta los documentos de Fersen. No ha encontrado aún el valor de decirle que los tiene en su poder y su reticencia a verla partir no hace más que acrecentar su cobardía. Pero al verla sonreír, tan delgada como siempre, pero vital de nuevo, sabe que, esta vez, no podrá zafarse.
—Buenos días, señora —dice, llevándose ya la mano a su chaqueta—. ¿Cómo…?
Blanche lo interrumpe:
—Frank, no hemos vuelto a hablar de esos documentos que yo le había pedido para ir a América. Estaba muy débil cuando salí de la cárcel. No sé cómo me dio por querer huir. ¿Qué iba a hacer allí yo sola? Mi vida está en París. Mi lugar es este.
Frank permanece inmóvil.
—Me alegra saberlo, señora —llega a decir al cabo de unos segundos. —¡Pero no ponga esa cara larga! ¿No me diga que habría preferido que me fuera a América? Ahora ya no tengo miedo. Es América la que viene a
mí, Frank. ¡Arriba ese ánimo!
Ella le da una palmadita en el hombro y se va por el pasillo hacia la salida.
Frank Meier reemprende el camino a su bar evitando los espejos de la Galería de las Maravillas.
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18 de mayo de 1944
El supuesto desembarco que iba a tener lugar de un día para otro se retrasa. Han transcurrido tres semanas y de los Aliados siguen viéndose tan solo los aviones. Cada mañana, en el periódico, aparece la misma letanía: los Aliados bombardean y los alemanes fusilan a «terroristas». En el Ritz, el tiempo se ha detenido. Se está a la espera. En el ala oeste cunde la desolación bajo una última apariencia de lujo, lo único que les consuela es compararse con el exterior o beber indolentemente algunos cócteles en el bar de Frank Meier. En el ala este, el lado alemán, todo es actividad y espionaje. También allí se bebe, y en grandes cantidades, las reservas de aguardiente están casi agotadas.
En medio de este triste espectáculo y en el máximo secreto, se produce en la despensa del bar un intercambio de mensajes codificados. En ese intercambio interviene una media docena de personas, a veces con uniforme, a veces de civil, a primera hora de la tarde o en medio de todo el follón, pero siempre muy discretamente. Con Frank como mediador cualificado. Algunos son poemas, aunque la mayoría son frases sibilinas o series de cifras que parecen imitar apuestas de caballos. Para mayor sorpresa, se han reanudado las apuestas clandestinas; Frank cree que ha debido de haber una consigna en este sentido, con el fin de facilitar el incremento de los mensajes intercambiados en su bar y borrar así las pistas.
Cada vez hay menos sobras que pillar en las cocinas.
Cuando no está de servicio, a Frank le gusta pasear su tristeza por las calles de París con las manos en los bolsillos, pero con los puños apretados y el corazón encogido. Jean-Jacques pasa su tiempo libre con su nueva novia, de la que Frank ignora el nombre, solo sabe que es dependienta en
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las Galerías Lafayette, en los Grandes Bulevares, y Pauline se ha ido a pasar unos días en Blois, a casa de Lucette, su mejor amiga. Últimamente Frank piensa a menudo en su madre. ¿Qué habría pensado ella de su hijo en esta extravagante guerra? ¿Un enchufado en el Ritz? ¿Un hombre incapaz de declarar su amor a una mujer? Sin duda, ella le habría sabido encontrar circunstancias atenuantes. ¿Habría logrado convencerlo de que lo había hecho lo mejor posible?
Después de su marcha a Nueva York, Frank no volvió a ver a sus padres en Viena: Estados Unidos estaba lejos y creía haberse ido para siempre. Y en cierto modo fue así. Su madre murió de tisis tres años después de su «fuga», tenía cuarenta y un años. Él lloró como un crío durante semanas, en su pequeño cuarto de Manhattan. Su padre murió alcoholizado en un cuchitril del Favoriten, en 1912, con cincuenta y dos años. Frank ya había regresado a Europa, pero, arrastrado por su propia vida, ni siquiera fue al entierro. Hoy sigue sin saber dónde descansan sus padres, seguro que en una fosa común. No ha vuelto a ver Viena, pese a que ha tenido varias ocasiones desde que entró a trabajar en el Ritz. Corroído por la culpa, mantiene su congoja desde hace cuarenta y cinco años. Ese abandono tal vez fuera el precio que ha tenido que pagar por lo que ha conseguido en la vida.
También a ese abandono debo mi éxito. Nunca lo he dudado.
Tras pasar a la orilla izquierda, Frank deja tras de sí el Palais-Bourbon y sonríe con melancolía mientras le da vueltas a esas viejas historias. Llegó al barrio de Batignolles más bien por azar, después de su divorcio. ¡Cuántas cajas no habrá hecho y deshecho! Estos últimos tiempos sobre todo ha tenido la impresión de vivir en casa de Jean-Jacques y de Pauline. No le importa, además: las relaciones con su hijo se han apaciguado y su sobrina es toda una ama de casa. Ella a veces se burla de sus cajas, pero él no puede confesarle que siempre está alerta por lo que pueda pasar.
Siempre preparado para salir huyendo en la noche. Un exilio sin fin… Observa que el Boulevard Saint-Germain está bloqueado por el paso de algunas unidades alemanas. ¿Van de camino al Canal de la Mancha, hacia la batalla final? Las orugas de los pánzer interpretan una sinfonía macabra sobre el pavimento de la calzada. En los camiones Opel Blitz y
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sobre los armones de artillería, jóvenes soldados imberbes se dirigen a su condenación.
Frank sigue perdido en sus pensamientos cuando una voz femenina lo llama desde la acera:
—¡Señor Meier! ¿Qué está haciendo por aquí?
Es Marie Sénéchal, la antigua doncella. Frank le sonríe.
—¿Y tú, adónde vas con esa maleta?
—A Montparnasse —dice—. Vuelvo a mi casa, en Quimper. —¿A ver a tu madre?
—Sí. Y también a ponerme a salvo, menudo follón se avecina. —¿Qué follón?
—¡El desembarco de los americanos, señor Meier! Su jovial insolencia aligera el aire del bulevar. —¿Qué es lo que sabes? —pregunta Frank.
—Tengo un nuevo noviete que es boche, y ellos ya lo saben, créame.
Va a ser muy pronto, estoy acojonada.
—¿Y dónde está tu noviete?
Ella se encoge de hombros.
—No estoy tan unida a él como lo estaba a Karl. Le he dicho además que me iba. ¡Ya se le pasará, al abuelito! No me gustan las despedidas, no señor. El grosero de Karl no ha vuelto a dar señales de vida. Sufrí, me rompió el corazón, ¿sabe?, pero luego he seguido mi camino, aunque me hayan botado del Ritz…
Se sorbe los mocos con aire de revancha, como si el infeliz soldado que ha abandonado debiera pagar por su «capitancito».
—Se me hace curioso verlo aquí —añade—. Me he cruzado esta mañana con la señora Auzello en la terraza del Flore, estaba con su amiga, la rusa. Y a menudo pienso en el pobre Luciano, ¿tiene noticias suyas?
—No, ninguna.
Frank se ha estremecido.
—Estaba contra mí, pero en el fondo era bueno. Le juro a usted que no fui yo quien lo denunció.
—Lo sé, Marie, lo sé.
—Bueno, mi tren sale dentro de cuarenta minutos.
—Sé prudente, pequeña.
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—Usted también, señor Meier. Debería volver a su casa.
—Lo pensaré, sí, gracias.
Volver a mi casa. Ese es el problema, precisamente.
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7 de junio de 1944
Después de tanto tiempo esperándolo sin que sucediera nada, ya se había dejado de creer en ello.
Pero los Aliados lo han hecho.
Han desembarcado en la noche de tormenta donde menos se esperaba. —¡Tienen cojones, esos gringos! —dice Georges—. En medio de un vendaval de mil demonios y en las playas normandas, donde los
disparaban como a conejos. ¿Quién lo hubiera dicho?
—Tendríamos que habernos hecho corredores de apuestas y haber apostado al máximo —agrega Frank, señalando al bar desesperadamente vacío—. Habríamos sacado más pasta que esta noche.
—Pese a todo, no han logrado su objetivo. Aunque han rascado un trozo de costa, va a ser chungo para ellos traspasar las defensas boches. Ya han perdido diez mil hombres, según los periódicos. Tienen que evitar que los devuelvan al agua… Mientras esperamos, es verdad que no se ve ni a un gato por aquí esta noche. ¿Cuánto llevamos en la caja?
—Cincuenta mil francos —dice Frank sin necesidad de comprobarlo.
Georges pone una mirada golosa.
—¿Y si nos repartimos veinticinco mil para cada uno para celebrar el desembarco? ¿Qué te parece?
—No…
—¿Qué? Sabes de sobra que no vamos a ver más clientes por aquí. No me digas que no lo has pensado: sin clientes, a la porra la puta contabilidad paralela. ¡Venga, Frank!, nos llevamos la pasta en cuanto amanezca. ¡Nadie se va a enterar, joder!
Frank menea la cabeza. De derecha a izquierda. Luego de arriba abajo.
—Vale, de acuerdo —dice finalmente—. Fifty-fifty.
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—En la guerra como en la guerra, ¡afloja la guita!
Georges ríe a carcajadas como un niño en Navidad. En ese momento suena el teléfono y Frank se sobresalta como si le hubieran pillado en falta.
—Es la Vieja, que nos espía —bromea Georges.
—¡Calla!
—En cuanto le afanan la pasta, pega un telefonazo.
—¡Silencio! —se enfada Frank—. ¿Dígame?
Es Elmiger.
Frank palidece mientras el director le cuenta que Blanche Auzello ha sido arrestada por la Gestapo por tercera vez. Se encontraba en el Flore con la Kharmayeff y se habrían pasado de la raya.
Incorregibles.
Un tercer escándalo. Una tercera vez. Sin duda la última.
Ya nunca más la volveré a ver…
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Diario de Frank Meier
Lo has hecho adrede, Blanche. Sabes que en el fondo lo has hecho adrede. Te has metido otra vez en la boca del lobo. Es un suicidio, Blanche. Esta vez van a hacerte mucho daño. No te vas a librar, porque en el fondo es lo que la Kharmayeff y tú queríais.
Lo has hecho adrede, Blanche. Prefieres el infierno a lo que se ha convertido tu vida, nuestras vidas. Te importan un pepino los que te quieren y los que están en vilo cuando desapareces. Te importa un pepino nuestra angustia porque nos desprecias. Y con razón. Van a ultrajarte y golpearte hasta la muerte, a arrastrarte por el pelo, a dejarte morir de hambre, de sed. En cambio yo, cada día hago como que vivo, que me pongo en pie, que hablo con los clientes. Cada día me visto y me afeito, cada día hago teatro mientras tú gritas de dolor. Blanche, tienes razón para despreciarme, soy totalmente despreciable. No merezco más que tu desprecio. Soy abyecto hasta el punto de temer incluso que alguien leyera esto que escribo. Dentro de un rato, esconderé este cuaderno de tapas de piel bajo una tablilla de la tarima del suelo. Dentro de un rato, como hago siempre, dudaré si arrojarlo o no al fuego para hacer desaparecer entre las llamas las pruebas de mi amor impotente. Soy un miserable. Temo por mi vida cuando es la tuya la que se te va yendo bajo los golpes de tus verdugos.
No soy digno de escribir tu nombre. Blanche.
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10
10 de julio de 1944
Claude Auzello no sale del apartamento. Las doncellas de su planta lo describen como un deshecho humano: no se lava, no se afeita, no se viste. Bebe de la mañana a la noche, con la bata guateada de su mujer, sin decir ni media palabra, quebrado hasta el punto de que Elmiger teme que el antiguo director termine por poner fin a sus días. Entre Marie-Louise, que padece de ciática, y Gabrielle Chanel, que ha vuelto a dejarse arrastrar por Barbara Hutton a la morfina y al alcoholismo, el Ritz está poblado de fantasmas asustados pidiendo ayuda. Infernal y silenciosa conmoción que transforma el hotel en un asilo.
¿A quién le toca ahora? ¿Seré yo el siguiente?
Frank querría que afloraran todas las lágrimas de su cuerpo, pero sus ojos están secos. Se encierra en lo más profundo de sí mismo, levanta a toda velocidad un dique contra la desesperación, como si creyera que, al ceder a la tristeza, de su corazón manaría un torrente hasta ahogarlo. Blanche había reaparecido el invierno pasado como un milagro y ahora había desaparecido de nuevo. Como Luciano. Como Süss.
Blanche Auzello, nacida Rubenstein, ha alcanzado lo que ella creía ver en su horizonte: la autodestrucción.
Se cumple hoy un mes desde que fue arrestada por tercera vez y no hay la menor noticia. Nadie sabe qué ha sido de ella, ni siquiera Claude, que ha removido cielo y tierra sin ningún resultado. Las dos mujeres han desaparecido en la niebla y este vacío obsesiona a Frank.
¿Estarán prisioneras en París?
¿Habrán sido deportadas a Silesia? Quizá ya hayan muerto…
—¡¿Papá?!
—¿Sí?
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—¿En qué piensas?
—No te he oído, hijo, perdóname…
Jean-Jacques sacude la cabeza.
—¡Hay que largarse, te digo! Los Aliados acabarán por liberar Paname y tendrás problemas. ¡Créeme!
—Ya lo hemos hablado, Jean-Jacques. No tengo nada que reprocharme.
—Esa no es la cuestión, papá. Tú has sufrido menos que otros, tendrás que rendir cuentas.
Jean-Jacques no se equivoca.
Frank debe reconocer que en el Ritz, aunque rodeado de uniformes, ha vivido la guerra como emboscado. Ha saciado el hambre, nunca ha tenido frío, incluso ha logrado hacerse con unos ahorros nada desdeñables… ¿Quién va a saber la cantidad de pérdidas, angustias y peligros que esta guerra le ha acarreado? Ha tenido que ocultar su identidad, ha perdido a Blanche, a Luciano y las pocas ilusiones que le quedaban… Paga cada día el impuesto del sufrimiento.
—Vente con nosotros a Toulouse.
—No —se obstina Frank—. Mi lugar es este.
«Mi lugar es este». Las palabras de Blanche.
—¿Y qué vas a decirles? —se irrita Jean-Jacques—. ¿Que eras el lacayo de esos putos Schleus?
Frank siente que hierve por dentro. Está contra la guerra, contra su hijo porque no comprende lo que no puede decirle. Está contra sí mismo por tener sus cajas siempre preparadas para exiliarse y no ser capaz de moverse, por estar como muerto, mientras Jean-Jacques y Pauline hacen lo que él habría hecho a su edad.
—Tío —suplica Pauline en un tono más dulce—, piénsalo. Nos vamos pasado mañana, ven con nosotros.
—No iré a ninguna parte porque no he hecho nada de lo que pudiera avergonzarme. Al contrario. No os lo he contado todo para protegeros, a Jean-Jacques y a ti. He ayudado a mucha gente, ¡puedo probarlo!
Pauline baja la cabeza. Jean-Jacques ha decidido enfrentarse a él. —¿Probar qué, papá? ¿Qué traías pavo asado para cenar porque eras el
barman preferido de Goering?
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—¡Cállate! ¿Quién te crees que eres?
—Déjalo —suelta Jean-Jacques con una mueca de desprecio—. Con tu Jünger y tu Guitry no veías el peligro, ni la miseria ni el sufrimiento de París. Cuando se vive en el lujo, uno se vuelve tan ciego y egoísta como los demás. Me voy a acostar. Buenas noches.
Frank se pone de pie, amenazante.
—¿Y tú? ¿Dinos qué has hecho tú para salvar Francia?
Ha llegado el momento en que las palabras van más allá del pensamiento.
—¡Un espectador pasivo, eso es lo que tú eres! ¿Y te las das de héroe? Más bien deberías avergonzarte, Jean-Jacques.
—Me importa un bledo lo que tú pienses. Tengo la conciencia tranquila. Ya te he avisado.
—Así es —escupe Frank mientras Jean-Jacques llega a la puerta y la cierra tras de sí—. ¡Que te vaya bien!
Frank lamenta no tener más paciencia con Jean-Jacques. Es peor que su propio padre. En vez de insultarlo, debería explicar a su hijo lo que siente; pero en cambio le ladra y lo muerde. Querría encontrar la fuerza para disculparse; al menos ante Pauline, que lo mira con tristeza y desconcierto. Pero no lo hará.
Mañana, Frank estará en su puesto. Él es así, testarudo, orgulloso y obstinado. Siempre podrá explicar que, arriesgando su vida, ha elegido la misión de ser mensajero contra el Führer. Un golpe de suerte, un ligero apaño con la verdad y una buena dosis de cinismo: el cóctel de la Ocupa’.
Al fin y al cabo, sigo siendo el barman principal del Ritz, veterano de Verdún y un simple judío askenazí. Un simple judío que ha logrado ocultárselo a todo el mundo y cuya historia, cuando los alemanes hayan abandonado la ciudad, no se creerá nadie.
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19 de julio de 1944
Frank tiene la chaqueta manchada de sangre; está sentado en el suelo de la despensa y apoyado contra la puerta del refrigerador, como noqueado. Su cuero cabelludo le arde detrás de la oreja derecha; ha debido de golpearse la cabeza al caer. Se siente débil, todo da vueltas a su alrededor y le cuesta respirar.
¿Sigue ella ahí?
Parecía alarmada. ¿Habrá visto que me he caído?
No sabe nada.
—¿Cómo te encuentras, Frank? —pregunta Georges, con voz preocupada.
—Mejor.
—Te has desmayado, amigo. Así, de repente, te has caído de espaldas.
—¿Sigue ella ahí?
—¿Quién?
—¡La muñeca! ¡Inga! ¡Inga Haag!
—No, no, se fue. Me has contagiado uno de tus canguelos, Frank. ¿Qué te ha chivado la tía? ¡Estás pálido!
Frank trata de levantarse; todavía debe hallar las fuerzas para mentir. —No recuerdo…
—No te muevas, colega. Voy a buscar una toalla. Te has hecho un corte en la cabeza y todavía estás sangrando…
Así que era verdad. El general Von Stülpnagel y los demás habían previsto asesinar a Hitler y el bar del Ritz era el lugar de reunión de los conjurados. Inga Haag ha venido hace un rato para contárselo todo, desde lo de las
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notas intercambiadas estos últimos meses hasta lo de los poemas incomprensibles, y prevenirlo de que no acepte ya ningún sobre, bajo ningún pretexto. Stülpnagel teme haber sido descubierto y cualquier cruce de notas podría ser ahora una trampa tendida por la Gestapo.
Detrás de su barra, Frank Meier comprende que ha sido la perfecta correa de transmisión entre los hombres de Stülpnagel y los servicios de contraespionaje alemán.
Estoy bien jodido, es el único pensamiento que logra articular desde la bruma que lo envuelve.
Ese era el complot. ¡Y bien grande: asesinar a Hitler!
Solo queda hacerse el muerto y cruzar los dedos.
—Ten, ponte esto en la cabeza. Lo he pasado por el agua caliente.
—Gracias, Georges.
—Todavía gotea rojo, pero ya menos.
Y Georges insiste:
—¿Pero qué te ha dicho esa fulana, para que te hayas caído redondo? Esta vez, Frank comprende que debe darle una respuesta. Cualquiera,
con tal de que Georges deje de interrogarle.
—Me ha dicho que regresaba a Berlín porque tenía miedo. Ha venido a despedirse. La he saludado y luego lo he visto todo borroso, ha empezado a dar vueltas y me he desplomado…
—Estás hecho polvo. Y además no te alimentas bien. Te voy a echar en un sofá y a traerte agua de Seltz con un poco de quina.
¿Tiene la más mínima posibilidad de triunfar un atentado contra Hitler? Respira. Reflexiona. La verdad es que no tienes cincuenta mil opciones: o huyes esta noche y te reúnes con Jean-Jacques y Pauline en Toulouse, o te quedas aquí, capeando el temporal, y destruyes todas las pruebas que te vinculan a ese asunto.
En ambos casos, tendrá que pasar por su casa. Ha conservado dos de esas notas comprometedoras que no han encontrado a su destinatario y tendrá que desembarazarse de ellas, pero ¿dónde las puso? Entonces todo le vuelve a la memoria, cada pieza del puzle halla su lugar: la primera visita de la extraña muñeca maquillada, su irrupción en la fiesta de Lafont, su juego de seducción apenas disimulado, el minino, el Roederer y las frambuesas… Vuelve a ver la amable sonrisa de Stülpnagel la noche de
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su cumpleaños, y a Speidel, ansioso, cuchicheando en la barra con unos oficiales desconocidos. Todos me han utilizado. Todos. ¿Y quién me habría prevenido, si Inga no hubiera pasado por el bar esta noche? Está metido hasta el cuello en un proyecto de atentado del que no sabe nada o casi nada. Si el atentado falla, todos los que han participado en él estarán a merced de los lobos.
Siente que desaparece el suelo bajo sus pies, querría desmayarse de nuevo.
Que todo acabe de una vez, piensa cerrando los ojos.
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20 de julio de 1944
A las seis de la tarde, como un autómata, Frank Meier ha abierto su bar. No ha sido capaz de hacer otra cosa, pese a su gran ansiedad. Solo, en su casa, esta mañana estaba confuso. Radio París no daba ninguna noticia sobre un atentado contra Hitler. Por eso ha ido al cajón de su secreter y ha cogido las dos notas comprometedoras; a renglón seguido las ha quemado en el fregadero de la cocina. ¿Y ahora qué? Quedarse en la rue Henri-Rochefort sin hacer nada le ha parecido insoportable. Era incapaz de quedarse quieto. Entonces se ha afeitado apresuradamente y se ha curado la herida de la cabeza antes de ponerse una camisa blanca de cuello almidonado, una corbata negra y sus zapatos de charol. Luego se ha dirigido hacia la Place Vendôme, como cada día desde hace veintitrés años.
El Ritz es prácticamente lo único que me queda.
Al ver venir hacia la barra al coronel Speidel, nervioso y serio, Frank se pone la chaqueta blanca que tan cuidadosamente había puesto sobre el taburete que tenía al lado.
—¿Podría servirme un vodka doble?
—Enseguida.
—Está muy tranquila la tarde —dice.
—Usted es mi primer cliente.
—La calma antes de la tempestad…
Frank no se atreve a replicarle mientras el otro deposita su vaso vacío a la velocidad de un Stuka en picado.
—Será esta tarde.
¿Por qué diablos Speidel aparece por aquí en un momento como este?
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—A lo mejor vamos a poder brindar usted y yo por la recuperación del control de Alemania, Frank…
¿Es que sabe que estoy al corriente del complot? No cabe duda de que
sí.
Con un gesto de la cabeza, Speidel pide otro vodka. Frank lo sirve con más ligereza, luego se sirve un vaso de agua. De pronto, suena el teléfono del bar. El coronel no se ha inmutado. Frank tampoco. Speidel se mira las cuencas de la mano. Segunda llamada. El oficial alemán alza los ojos hacia el barman y lo escruta con intensidad. Frank sostiene la mirada. El tiempo se detiene. Tercera llamada y Frank descuelga.
—¿Dígame?
Una voz en alemán, tranquila, lejana y grave, pregunta por el coronel Speidel. Frank asiente y le tiende lentamente el auricular a su único cliente. Nervioso, Speidel coge el teléfono, hace una inspiración y saluda en voz baja, luego escucha a su interlocutor sin decir ni una palabra. Los segundos van transcurriendo en un silencio mortal, el rostro de Speidel sigue impasible, la mirada perdida en el vacío. Frank no capta el menor indicio. Nada. Speidel, callado, devuelve el auricular a Frank.
—Todo está perdido…
Su voz es apagada.
—Todo está perdido, Frank. Hitler ha sobrevivido al atentado.
Frank trata de encajar el golpe, pero le zumban los oídos. Siente que se tambalea. Se agarra a la barra. Speidel se ha levantado.
—Dios santo, Frank, vamos directos a la catástrofe. Stülpnagel, convencido de la muerte de Hitler, ha hecho arrestar a más de un millar de
SS esta tarde, en París, entre los que están Knochen y Oberg. Una auténtica locura. Si no desaparezco esta noche, voy a acabar con una cuerda de piano al cuello antes del amanecer.
Frank Meier se sirve un vaso de vodka y se lo bebe de un trago. Speidel ha recuperado una cierta autoridad.
—Sobre todo, no abandone su bar, si lo hace firmaría su sentencia de muerte.
—¿Usted cree?
—Finja ignorancia, hágame caso. Tendrán otras presas que cazar antes que a usted.
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Frank coge una botella de vodka ruso que tiene a su espalda.
—Llévesela con usted.
Speidel desliza la botella en su bolsa con la mirada llena de gratitud. Cara a cara, los dos veteranos de 1914 se estrechan calurosamente la mano.
—Es la hora de las despedidas.
—Hasta pronto, coronel.
—Su elegancia es inaudita, Frank.
Speidel cruza la puerta sin mirar atrás y sale del Ritz por la rue Cambon. Su alta silueta desgarbada desaparece en la noche. Paralizado por el miedo, Frank no puede evitar pensar que él también podría acabar colgando de una cuerda de piano, el suplicio de los traidores.
¿Qué ha pasado?
Enciende la radio de la despensa. Radio París difunde en ese momento el mensaje que Adolf Hitler acaba de dirigir al pueblo alemán: «No sé cuántos atentados se han planeado y ejecutado contra mí. Si os estoy hablando hoy por la radio, es para que oigáis mi voz y sepáis que estoy vivo. Una pequeña camarilla de oficiales ambiciosos, sin honor y con criminal estupidez, ha fomentado un complot dirigido a suprimirme y a eliminar en el mismo golpe al estado mayor de las fuerzas armadas. ¡También esta vez nosotros, los nacionalsocialistas, sabremos ajustar las cuentas como solemos hacer! ¡Viva Alemania!».
Frank es incapaz de ir a su casa. Se enjuga la frente con el dorso de la mano, despliega el colchón debajo de la barra y se echa encima, con la boca pastosa, la mente desordenada y su chaqueta blanca a modo de mortaja.
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21 de julio de 1944
Desde que ha amanecido, el Ritz es un hervidero de SS. Ellos son los que han despertado a Frank, echado en su colchón improvisado. Unos cuarenta de ellos están registrando por todas partes, vociferando por los pisos, vengadores, exigiendo poder entrar en todas las habitaciones.
Por el momento, parece que los SS no saben nada del «mensajero», pero no es más que cuestión de horas. Por la manera como Elmiger lo ha fusilado con la mirada a mediodía, Frank comprende que el director se teme algo.
Aparece Georges.
—¡Menudo desbarajuste! ¿Has oído lo que dicen? —se inquieta el fiel ayudante—. Que Stülpnagel y Speidel estaban implicados en el golpe.
—Lo sé, sí.
—No me puedo creer que dos tipos como esos hayan conspirado contra Hitler. Parece que todavía los estoy viendo, aquí, en el bar… ¡A saber si la muñeca maquillada no estaba también metida en esto!
—Por supuesto que lo estaba, Georges.
Frank duda por un instante si seguir guardando el secreto, pero ya no puede más. Pero enseguida es consciente de que la ignorancia de Georges no lo pone a salvo del peligro.
—Y para serte sincero, yo también.
Frank se siente de pronto aliviado de la inmensa carga que llevaba encima. Georges da un brinco.
—¿Qué?
—Al principio, Stülpnagel me había pedido tan solo que pasara algunos mensajes e Inga Haag también. Tú creías que ella me echaba los tejos y yo que ellos tenían un lío amoroso. Sin entender realmente lo que
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se tramaba desde el mes de abril, he servido de mensajero de los conspiradores.
Georges registra la información con el ceño fruncido. Ha envejecido de golpe.
—¿Y sigues todavía aquí? —se exaspera, ansioso—. ¡Pero lárgate, joder, lárgate de una vez, Frank! ¡No te librarás de sus garras!
—Es demasiado tarde. Tengo prohibido salir del hotel hasta nueva orden. Me han echado el ojo.
—¡Estamos en un lío, hay que pirarse a toda leche!
—Tú puedes —dice Frank—. Ábrete antes de que vuelvan. Sal de aquí o te enchironan conmigo.
—De acuerdo —cede Georges sin resistirse—. Me largo, pero estaré por ahí cerca, eh, al acecho.
—Aunque les dirás que yo no era más que un colaboracionista, ¿no? Georges encuentra aún las fuerzas para sonreír. —¿A quién? ¿De qué me hablas?
Georges coge su chaqueta, espera que se atenúen las voces en el pasillo y toma el camino de la salida. Al llegar a la puerta, se vuelve por última vez.
—«La victoria al cantar nos abre la barrera, guía nuestros pasos la libertad, de norte a sur suena la trompeta guerrera, ha llegado la hora de salir a luchar…»
«La canción de la partida». La que compartían los peludos para darse valor. Se la había enseñado Georges en 1916.
—«Temblad enemigos de Francia, reyes ebrios de sangre y soberbia — prosigue Frank—. El pueblo soberano avanza, tiranos, el ataúd os aguarda».
Tiene aún la piel de gallina cuando Georges Scheuer, su compañero de armas, desaparece finalmente hacia la rue Cambon. Hele aquí solo de nuevo frente al enemigo.
Ve con claridad lo que le aguarda. No le cabe duda de que será arrestado, acusado, encarcelado y torturado. El destino acepta por fin darme un papel, piensa mientras hace esfuerzos por alejar su terror. Ha llegado la hora. Se acabó la guerra escondido detrás de la barra, me toca ahora existir en este mundo absurdo. Algún día también yo podré contar
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lo que sufrí en las mazmorras de Moloch, y si muero en ellas, Georges lo recordará por mí. El honor está salvado.
¿El honor, de verdad?
Deliras, desgraciado, se dice apurando su vaso.
Enciende un cigarrillo, rodea la barra y se desploma sobre una butaca, con el asco en el corazón y el miedo en las tripas.
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23 de julio de 1944
Durante cuatro días y tres noches Frank no salido de su bar. Vive atrincherado, con la camisa arrugada, el pelo pringoso y la barba de papel de lija. Raciona los cigarrillos como si debiera aguantar un largo asedio, se lava la cara en el grifo del fregadero y hace como puede enjuagues bucales con Cointreau para disimular el aliento fétido. El bar era su iglesia, ahora, enclaustrado en la sacristía, a oscuras, con el oído avizor y las puertas cerradas, está aislado del mundo. A nadie se le ha ocurrido venir a buscarlo. ¿Los SS se habrán olvidado de él? La segunda noche, en un delirio nervioso, vio a Jesucristo crucificado, pero parecía que se le negaba el martirio. Esperaba a Judas flanqueado de legionarios germanos, pero nada era como estaba previsto. El suplicio se había aplazado, o tal vez nunca tendría lugar, prisionero voluntario en una prisión vacía.
Desde el segundo día, no hay ni un solo ruido en el hotel. Ni rastro de Elmiger ni de Claude Auzello ni de la Viuda. ¿Habrán cerrado el Ritz? ¿Es su castigo por haber albergado la felonía de algunos generales alérgicos a los nazis? Si fuera el caso, la Vieja ha debido de echar mil pestes sobre su nombre. Frank vive en la penumbra, a la débil luz de una delgada vela, con el cuerpo anquilosado. Para combatir la soledad en ese silencio tan lúgubre, a veces se sumerge en los poemas de Goethe que le regaló Inga Haag: «Ojos míos, ojos míos, ¿por qué os cerráis? ¿Acaso es que volvéis de nuevo, dorados sueños? Vete, sueño, por dorado que seas; también aquí hay amor, también aquí hay vida». Cada tarde, se esfuerza por hacer resonar en su memoria las carcajadas y los vuelos líricos de los dandis del club de los jueves. Decrecen poco a poco, pero a él le parece oír su eco, a lo lejos, en un tiempo perdido.
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Pronto serán las seis; ciñéndose al ritual para no caer en la locura, Frank se remoja la cara con agua y se pone su chaqueta blanca, como si fuera a abrir el bar a clientes imaginarios. Lleva tres días sin comer otra cosa que aceitunas y alguna fruta, el hambre ha hecho mella y la cabeza empieza a darle vueltas. Acerca la vela al retrato de Fitzgerald. Lo hace con frecuencia, como si buscara penetrar el secreto de esa mirada afable. ¿Qué hay tan reconfortante en esa imagen? ¿Un paraíso perdido, una tregua o un padre? Era la primavera de 1936, hace mil años. Luego, el mundo se derrumbó. ¿Qué habría escrito, el bueno de Scott, sobre todo este desastre? Seguro que el joven Nick Carraway habría muerto en una playa de Normandía… El cuerpo del ahijado de Gatsby agujereado por el plomo, boca abajo, con los brazos en cruz, el final del sueño americano bajo la metralla alemana…
Y de pronto, una voz:
—¿Frank? ¿Está usted ahí?
Hay un hombre detrás de la puerta. Ha hablado tan bajo que Frank no ha reconocido la voz. Apaga la vela y se refugia al otro lado de la barra. Reflejo animal.
—Frank —vuelve a decir la voz—, estoy seguro de que está ahí. Soy el capitán Jünger.
¡Jünger! ¿Sera el Judas que viene a entregarme a los esbirros?
¿O llega como salvador?
—He venido a despedirme. Si está usted ahí, ábrame.
—¡Un momento, capitán!
Ha hablado el instinto. Frank va a oficiar por última vez detrás de su barra. Jünger será su sacristán, juntos celebrarán la eucaristía de las almas perdidas. Enciende de nuevo la vela y añade otras dos más, limpia el mostrador y se dirige a la puerta.
—Buenas tardes, Herr Jünger…
—¡Herr Meier! Estaba seguro de que se encontraba aquí, fiel a su puesto. ¿Puedo?
—Se lo ruego, son las seis. Sea bienvenido.
Jünger se ha presentado vestido con un traje beis mal planchado. Casi parecería un don nadie sin su parafernalia de esteta, si no fuera por su
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mirada… Mezcla de autoridad y melancolía, posee un encanto al que es imposible sustraerse.
—No hay mucho que ver por aquí, parece un velatorio.
—Digamos que no tengo ganas de que me molesten…
—Ah —dice Jünger, como si eso fuese algo normal—. ¿Se está usted escondiendo?
—Sí y no. Espero.
Jünger lo observa en silencio.
—¿Qué le serviría usted a un tipo en sus circunstancias?
—Hum… Un calvados, creo.
—Tendría que haberlo adivinado. ¿Puede poner dos y así brindamos por la despedida?
—Con mucho gusto. ¿Aceptaría usted picar un poco de hielo, capitán? —Será un placer.
—Venga a mi lado y coja ese picahielos que hay al final de la barra.
Jünger no se hace de rogar.
—Heme aquí de ayudante suyo —dice—. Me divierte.
—Me alegro.
¿Cómo se puede tener tanta inteligencia, una cultura tan vasta y seguir siendo de una sencillez tan conmovedora?
Representa la esencia de lo grandioso, piensa Frank. Jünger se ha puesto detrás de la barra, justo donde trabajaba Luciano. El chaval se sentiría muy orgulloso si pudiera verlo esmerarse tanto. El gran escritor empuñando un picahielos.
—Llevo tres días sin salir de aquí —confiesa finalmente Frank, abriendo su última botella de calvados—. ¿Está cerrado el hotel?
—No que yo sepa, pero ya no queda nadie. Al venir hasta aquí, me ha dado la impresión de caminar por la nave de una catedral vacía. Qué días tan extraños…
Jünger golpea el bloque de hielo con impresionante destreza.
—Si ha estado aquí todo ese tiempo, no está al corriente de nada, ¿no? —¿El atentado fallido? Sí, lo sé por la radio. Stülpnagel… —¿No sabe, entonces, lo que ha hecho él antes de ayer?
—No…
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—Después del fracaso del atentado, fue convocado a Berlín. Stülpnagel tenía orden de subir a un avión, pero prefirió ir en automóvil. Al llegar muy cerca del fuerte de Vaux, le pidió a su chófer que hiciera una parada para meditar y recogerse en ese lugar donde él y sus hombres habían luchado tan duramente en 1916. Se alejó del coche y luego se oyeron dos disparos.
—Dios santo…
—Dos balas de revólver en la cabeza, pero el muy imbécil falló. —¿Y dónde está ahora?
—Lo han ingresado en el hospital de Verdún. Nuestros médicos tratan de salvarlo a toda costa. Están acojonados por si se les muere.
—¿Y eso por qué?
—Hitler ha exigido que lo entreguen vivo a la Gestapo para ser torturado.
—Eso es terrible.
Jünger asiente en silencio y saborea un ínfimo trago de calvados.
—Antes de ayer, Stülpnagel y yo teníamos que haber cenado juntos. Antes de abandonar París, el general tuvo el detalle de avisarme para anular la cena, ¿se da usted cuenta? Incluso de camino al cadalso, un aristócrata de la categoría de Stülpnagel no puede renunciar a la cortesía ni a los buenos modales.
Frank no presiona más a Jünger para que siga hablando. Le basta con menear la cabeza. El barman no llega a sentir lástima por Stülpnagel: aún le reprocha haberlo manipulado y el general, además, ha vertido demasiada sangre por París. En cambio, la suerte de Speidel lo atormenta.
¿Qué será de él si los SS lo atrapan? Una muerte atroz, no me cabe duda.
Como si le leyera el pensamiento, Jünger suelta un desolado suspiro. —¿Estuvo usted enterado del complot?
—¡Claro que no! Stülpnagel me apreciaba, sí, y eso era recíproco. Y en cuanto a Speidel, nadie ignora que le encantaba este lugar. Pero nada más.
Jünger alza sutilmente las cejas.
—Su vaso está vacío, ¿quiere otro calvados, Frank?
—Con mucho gusto.
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—Voy a picar un poco de hielo más. Qué maravillosa actividad a la luz de la vela. Esto me recuerda mi infancia, cuando pasaba mis noches leyendo libros con un candil. Por la mañana, estaba agotado y me costaba mucho concentrarme en el pupitre del colegio. ¡Era un vago!
—No le creo, Herr Jünger…
—Se equivoca. Detestaba el colegio. Prefería pasear por la naturaleza con mi hermano. Examinábamos los insectos. Recogíamos piedras o plantas extraordinarias, era una vida maravillosa. De eso hace tanto tiempo… Luego conocí la guerra antes de conocer a las mujeres. Desafié a la muerte. He sido herido catorce veces. Y era tan estimulante como escuchar el trino de los pájaros.
El calvados está servido. Jünger hace dar vueltas al líquido en el vaso como da vueltas a su lengua en la boca antes de hablar.
—Hoy —prosigue— estoy corroído por la duda. Para serle sincero, Frank, ya no creo en nada. Ni en el mal, ni en la bondad, ni en Dios, ni siquiera en el hombre. Largo tiempo he imaginado que, detrás del caos absurdo de la guerra, había algo que nos superaba y suponía un orden invisible. ¡Qué equivocado estaba! Después de esta guerra, si la providencia me concede seguir viviendo, me obligaré a un exilio interior. No veo otro horizonte posible para mí.
—A su salud, Herr Jünger…
—A la suya, Herr Meier.
Beben de un trago, dejan ruidosamente el vaso sobre el mostrador y se ríen de su gesto. Tal vez no vuelvan a verse nunca más y lo saben, pero ahora están unidos para toda la vida.
—Voy a tener que dejarle, Herr Meier. Debo proseguir mi jornada de despedida. Dígame, ¿ha dormido alguna vez en el Ritz?
—Oh, no —responde Frank—. No hay habitaciones reservadas para los empleados.
Ernst Jünger señala benévolamente con el dedo hacia él.
—Pues si yo fuera usted, lo aprovecharía ahora. El hotel está vacío.
Vaya por los pisos, escoja una hermosa suite y dese un buen baño.
—Me hace usted sonreír.
—Se lo sigo en serio. Ha sobrevivido hasta aquí. En medio de esta gran tormenta, usted ha demostrado tener recursos. Es toda una proeza la
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suya, Frank.
—Lo voy a pensar…
—Hágalo. Dese ese gusto. Adiós, Herr Meier.
—Adiós, Herr Jünger.
Esta guerra, al final, no habrá sido más que una sucesión de separaciones.
¿Coger una habitación, de verdad? ¿Por qué no, después de todo? Tendría gracia. ¡A mayor gloria de Ernst Jünger! Sí, se puede ser fuerte sin temor a ser vulnerable. Esta noche voy a acostarme en la gran cama de una suite de lujo y a dormirme hasta el desenlace de esta guerra interminable.
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Séptima parte
LA EXTRAÑA DEBACLE
JULIO-AGOSTO DE 1944
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25 de julio de 1944
Hotel Ritz, habitación 202. Una alfombra de lana, una escribanía Luis XVI, un busto de Goethe sobre la chimenea y, frente a él, una inmensa cama con espectaculares almohadas de plumas de oca canadiense. La colcha es mullida, las sábanas de seda, y bajo las sábanas, la cara somnolienta de Frank Meier. Podría seguir durmiendo unas horas más, pero una ráfaga de metralleta suena brutalmente en sus oídos. Se despierta sobresaltado y con el pulso acelerado por el pánico.
¿Quién ha podido disparar en plena calle en este barrio? ¿Un ajuste de cuentas? ¿Han empezado por fin los combates? Imposible saberlo. Por la junta de las cortinas se adivina la rutilante luz solar de julio. Frank no sabe cuánto tiempo ha dormido. No tiene ni la menor idea de lo que está pasando ahí fuera. El tiroteo ha cesado. Ha vuelto la calma. Disfruta de la suavidad de la sábana sobre su piel de viejo oso y poco a poco le vienen las imágenes pasadas. Jünger en el bar, el último calvados, las escaleras subidas a paso de lobo a través de un hotel desierto, la habitación abierta, vacía. Antes de acostarse, se ha dado un largo baño con espuma con aroma a vetiver. Luego se ha afeitado; todavía huele a colonia. Pone una mueca al recordar la delgadez de su cuerpo cuando lo estuvo escrutando en el gran espejo. Los hombros caídos, las ojeras, el sexo marchito: un cuerpo humano machacado por cuatro años de angustia. Ha envejecido y su carne se ha vuelto fofa. ¿Quién lo querría ahora? Hace más de cuatro años que no estrecha a una mujer en sus brazos, duda de que supiera qué hacer, si se presentara la ocasión. Sabe que Georges frecuenta los prostíbulos. Él siempre los ha evitado.
Demasiado pudor, demasiado orgullo.
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Esta mañana, su sexo sigue flojo y su vientre ha menguado. La última vez que hizo una comida de verdad fue hace cuatro días, por lo menos. Quizá más. Se le ocurre la idea de tocar el timbre del servicio de habitaciones. ¿Podría pedir que le subieran el desayuno? Huevos revueltos y brioche tibio, un litro de café… Imagina la cara del camarero de planta que abriese la puerta y lo descubriera a él, a Frank Meier, echado en esa lujosa ropa de cama. Si es que todavía quedan camareros de planta, claro.
En ese preciso momento llaman a la puerta.
—¿Frank, está usted ahí?
No es un camarero de planta.
Es la voz de Elmiger. ¿Cómo lo ha sabido? —Frank, soy el director. ¿Ya está despierto? Despierto, sí. Pero desnudo. —¡Un momento, señor!
Frank se levanta de un salto y se mete en el cuarto de baño. Se moja la cara y la cabeza y se peina. ¿Qué querrá Elmiger? Frank descorre las cortinas, lo ciega la luz. ¿Y por qué el patrón llama a la puerta cuando debería penetrar con autoridad y echarlo a patadas de su lustroso calzado?
—¡Voy!
Frank Meier lleva veintitrés años codeándose con el lujo y cuando precisamente ahora lo pillan en una habitación, su reacción es la del hijo del obrero austriaco que siempre ha sido. ¿Cómo va a justificar su presencia ahí? En lo que tarda en cruzar la habitación, piensa en que el propio Jünger esté dispuesto a pagar la cuenta.
Pero no, eso es ridículo. —Buenos días, señor director. —Buenos días, Frank. ¿Puedo entrar? —¡Se lo ruego! Está usted en su casa…
Elmiger no parece enfadado, sino más bien tranquilo, impecable en su terno de tweed, camisa blanca y corbata Ascot con un alfiler de latón.
—La gobernanta le ha oído roncar esta noche —dice—. La señora Bourhis estaba segura de que la habitación no estaba ocupada y nos ha avisado enseguida. Hemos abierto la puerta y ahí estaba usted, dormido como un bebé.
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—Pues, yo… En efecto, no he oído nada. Me ha despertado hace diez minutos una metralleta justo ahí, en la rue Cambon.
—Escuche, Frank, estamos ante un dilema. En unos pocos días, o unas semanas, los alemanes habrán abandonado París. ¿En qué estado dejarán el Ritz? No tengo ni idea. Por ahora, he de considerar a la vez la llegada de los Aliados y la gestión de la presencia de nuestros huéspedes. Un auténtico rompecabezas. La única solución es reabrir su bar. Solo para los alemanes, pero de manera muy discreta.
—¿Un bar privado, quiere usted decir?
—En cierto modo, sí. Diremos a los americanos y a los ingleses que estábamos obligados a hacerlo. Es un número de equilibrismo. ¿Qué me dice?
—He de admitir que tiene lógica.
—Bien. De cara afuera, debemos dar la impresión de que su bar está cerrado. Por consiguiente, mientras dure nuestro pequeño asunto, le propongo que ocupe usted esta habitación. Que se encargue del bar usted solo. Que reciba a los peces gordos y los mime como siempre, a ver si así se tranquilizan. A cambio, usted se queda a vivir aquí.
Frank está despierto del todo. Ha debido de dormir en esa habitación más de veinticuatro horas…
—¿Y la Gestapo? —pregunta.
—Las SS están muy ocupadas, créame. La policía nazi está depurando el estado mayor de la Wehrmacht, una auténtica sangría. Desde hace cinco días, algunos de sus clientes alemanes han desaparecido de la circulación, pero la Gestapo nunca ha preguntado por usted. Crucemos los dedos para que eso siga así.
Frank asiente.
—Honraré su confianza, señor.
—Cuento con usted, Frank. La señora Ritz también. Y quítese ese albornoz de señora, no creo que le siente tan bien como a Barbara Hutton.
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2 de agosto de 1944
Ayer, dos clientes. Cuatro antes de ayer. Oficiales alemanes recién llegados, de aspecto gris y beber mohíno. Pero Frank no tiene motivos para quejarse. Cada vez que alguien cruza por la puerta, teme que sea un SS.
—¿Habla solo, Frank?
—¡Sacha! No me lo esperaba… Me hace muy feliz volver a verlo.
—¿Tiene abierto, amigo mío?
—Oficialmente, no.
—¿Puedo, aun así…?
—Por supuesto. Pero eche el cerrojo cuando entre, por favor.
—A ver, sírvame un Americano. Es lo que toca.
Guitry siempre será un espíritu burlón, hasta en la tumba.
—Hemos de prepararnos para vivir horas sombrías, créame, Frank. He venido andando desde el Odeón. Han puesto alambradas con púas alrededor de la Concordia y no se puede pasar. ¿Podrá creer que he tenido que atravesar las Tullerías? Han guardado las estatuas en unos fosos para ponerlas a salvo de las bombas. Las calles están desiertas, se acerca la hora de los ajustes de cuentas…
—Tenga —dice Frank, poniendo un vaso delante de él—. Me perdonará que vaya sin su rodaja de naranja. Estados Unidos todavía no ha llegado.
Guitry sonríe brevemente, da un sorbo y parece agradarle.
—Ni siquiera puedo sacar a pasear a mi perro —dice—. ¿Sabe por qué? Las autoridades alemanas requisan los chuchos parisienses que midan más de cuarenta y cinco centímetros de lomo.
—¿Por qué razón?
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—Corre el rumor de que quieren adiestrarlos para que se metan bajo los tanques americanos con cargas explosivas atadas a la espalda. Pobres bestias. Es el turno de sacrificar animales en el altar de la furia. Estamos entre Escila y Caribdis.
Frank se acuerda de los aterrados relinchos de los caballos mutilados que se mezclaban con los estertores de los soldados heridos en el campo de batalla. La coral macabra de los condenados de la guerra.
—Las pobres bestias sufrían tanto como nosotros, en Verdún — recuerda—. No habían pedido nada. Nosotros tampoco. He conservado una inmensa ternura por los pencos…
—Comprendo —dice Guitry—. Yo escondo a mi precioso spaniel bien a salvo.
—No se fíe de su portera. París está trufado de delatores.
El dramaturgo se ríe.
—No tengo miedo por ese lado. Mi portera está más ofuscada por las redadas de perritos que por las de judíos…
Frank no puede evitar un rictus de repugnancia; enseguida se lo reprocha. Unos años antes se habría controlado. Sus diques empiezan a ceder.
—La humanidad me entristece —concluye Guitry.
Con un gesto reflejo, el dramaturgo coge el periódico que hay sobre el mostrador. Le Matin no imprime más que una sola página a doble cara. Tras la letanía de los bombardeos, de los arrestos de la Milicia y de los asesinatos cometidos por los «terroristas de la Resistencia», rebosan los breves anuncios sobre los comercios que se vuelve a abrir. Abajo, a la derecha, por primera vez, un encarte publicitario para Libération, «el gran semanario político y literario».
—La censura se relaja —añade, lacónico—. Solo falta que Pétain haya alcanzado el norte de África, ahora que se ha invadido la zona no ocupada por los alemanes. Una vez que las negociaciones del armisticio se han roto, podría abandonar Francia, emprender otro camino, asociarse con De Gaulle. Pero no. Su inmoderado gusto por el poder y su vanidad han guiado su decisión de quedarse en Vichy, con Laval aferrado a él. ¡Qué estupidez!
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Frank siente una punzada de orgullo al conversar tan libremente con Guitry. ¡Al diablo los diques!, se dice. Por esta tarde, opta por abandonar su neutralidad de barman.
—Al principio, yo creí en él, Sacha —admite—. Pensé que Pétain lo haría mejor que esos inútiles del grupo de Reynaud o Daladier…
—Todos lo creímos, Frank. No fue una ilusión. Comprendimos el sentido de la historia. Esperemos que no tengamos que pagarlo demasiado caro.
—¿Cree usted que nos encontramos en una incómoda situación? — pregunta Frank.
Guitry se encoge de hombros brevemente.
—Usted, no sé. En mi caso es diferente. Mi amigo Albert Willemetz me asegura que ya se han puesto en marcha unos comités de depuración, y que mi nombre aparece con frecuencia como colaboracionista, incluso como traidor a la patria. Se pide mi fusilamiento…
En realidad, ¿qué se le puede reprochar a Guitry?, se pregunta Frank. ¿Haber hecho su oficio? ¿Haber creído en el Mariscal?
¿Haberse codeado con los alemanes en el Ritz? Exactamente como he hecho yo…
¿Basta con eso para que nos tachen de hijos de puta?
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9 de agosto de 1944
La viuda Ritz ha convocado a todo el personal a mediodía. Helos ahí a todos reunidos en el salón Gramont. ¿Cuántos somos? Una veintena, no más, cuenta Frank. Es todo cuanto queda de los fastos del Ritz. Cinco doncellas con el rostro ojeroso, una gobernanta agobiada con el moño aplastado, el chef y su segundo ataviados con delantales sucios, el viejo ayudante de cocina, tres camareros históricos, un maître marchito, dos botones pálidos, un conserje nervioso y, ya casi calvo, un operario de mantenimiento que oficia también de barbero y un barman depresivo. La ruina.
Las mujeres se han agrupado entre ellas. Discuten en voz baja cerca de la puerta vidriera que da al jardín inundado de un sol en su zenit. Frank imagina sin esfuerzo de lo que hablan: nunca se atreverán a abandonar el barco por ellas mismas, pero temen la llegada de los Aliados. ¿Cómo se comportarán, una vez que estén en el Ritz? ¿Querrán vengarse de este lugar convertido en símbolo de la ocupación? Todos esperan que el hotel se cierre. Una tregua de algunas semanas.
Dormir, esperar que vuelva la paz.
—Buenos días a todas y a todos. Les agradezco que estén aquí — anuncia Marie-Louise flanqueada por Elmiger y por Claude Auzello, quienes se limitan a hacer una señal con la cabeza.
El director viste su terno habitual. Tieso, con el gesto grave, ligeramente retrasado, brazos a la espalda con las manos cruzadas. Los empleados observan sobre todo a Claude Auzello, que no había aparecido desde hacía varias semanas y está irreconocible. Con las mejillas hundidas, los pómulos salientes, el cuello de la camisa demasiado ancho, al igual que su chaqueta de punto. Ha debido de perder más de diez kilos y da pena
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verlo. Nervioso, lleva los estigmas de la desesperación y escruta el jardín para evitar cruzar su mirada con los demás.
Cómo ama a Blanche…
¿Y ella, en qué estado se hallará?
Hay que cerrar el hotel. Parar todo esto. Dejar de pensar. Marie-Louise Ritz va vestida de negro, con sus invariables guantes
blancos. Dirige una sonrisa hipócrita a las mujeres agrupadas a su derecha, se aclara la garganta.
—Nos disponemos a pasar por un periodo de incertidumbres y de angustias —prosigue la Viuda—, pero no olviden que somos una familia. La familia del Ritz. Tenemos que apoyarnos mutuamente. Hans Elmiger y yo hemos pedido consejo a Claude Auzello y hemos asumido la tarea de fijar un rumbo…
¡La gran familia del Ritz, no te jode!
—Así pues, hemos decidido permanecer abiertos, cueste lo que cueste. Susurros entre los asistentes. El salón es un murmullo de quejas. La señora Bourhis, la gobernanta, está a punto de llorar. El chef, consternado, menea la cabeza suspirando. El viejo maître, sarcástico, aplaude en silencio. Todo esto desagrada a la anciana aristócrata. Marie-Louise Ritz se mordisquea el labio superior. Frank Meier sabe bien que ese tic es el
signo de una cólera sorda.
—¡Esperen! ¡Un momento, por favor! ¡Escúchenme…! Hemos sabido tragarnos la llegada de los alemanes, así que sabremos también digerir la de los Aliados, ¿no?
A nadie se le ocurre qué contestar. La Vieja se apresura a tomar como una confirmación lo que solo es un inmenso abatimiento.
—Bien —dice ella—. Mientras tanto, tres cosas… Vuelven otra vez los ukases, piensa Frank.
—La primera: les informo de que el general Von Choltitz se ha instalado desde ayer en nuestro edificio. Es el nuevo gobernador militar de París. Encarna la autoridad alemana. ¡No quiero cinismos al respecto, se lo ruego! Les pido que sean dignos de nuestra casa.
Silencio.
¿Es que se creía que alguien iría a escupirle a la cara a un general alemán?
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—Por otra parte, les confieso que estoy indignada por la voracidad de algunos de nuestros huéspedes. Después de haberlos acogido tan bien en el hotel, he sabido que algunos de ellos demuestran una zafiedad inusitada. El lunes por la noche, un camión entero cargado de valiosos muebles del Ritz partió de la Place Vendôme para Alemania. ¡Es una vergüenza! Les emplazo a que nos informen rápidamente de cualquier pillaje que, por pequeño que sea, llegue a su conocimiento. Dado el caso, el señor Elmiger iría a protestar enseguida ante el general Von Choltitz. Debemos proteger nuestro patrimonio.
Elmiger no ha parpadeado, impasible. Frank sabe que él no piensa así. ¿Cómo puede pedirle la Viuda que vaya a protestar ante Choltitz cuando ella sabe muy bien que la orden de saquear el hotel viene del mismísimo Goering? Este expolio va destinado a su residencia de Carinhall.
—Y, por último, ante la perspectiva de los cambios que se avecinan, espero que las habitaciones que no estén ocupadas sigan impecables y listas para albergar a los oficiales americanos. Que podamos servirles una cena exquisita. Que seamos capaces de peinarlos y afeitarlos con amabilidad. Comprueben sus existencias de colonia. Que el bar esté bien provisto del alcohol que ellos aprecian. Usted conoce bien su cultura, Meier, tenga cerca de usted sus bebidas preferidas, haga un acopio discreto…
Ella vuelve la cabeza hacia Frank. Él no la baja para asentir.
—La transición con las fuerzas aliadas debe hacerse sin incidentes, con gracia y naturalidad. Inclinemos la balanza a nuestro favor. Preveamos el futuro. ¡Cuento con ustedes!
¡La Vieja cambia de chaqueta!
¿Será Claude Auzello quien la ha acabado de convencer?
Pero Elmiger da un paso adelante.
—Querría añadir que la señora Ritz se ha comprometido a gratificarles con una prima de dos mil francos a cada uno, que se pagará cada fin de semana y hasta nueva orden —anuncia—. Esta prima es en compensación por su valentía y su lealtad.
Unos cuantos miles de francos para todos, pero millones en juego para ella. Frank cree oír una vocecita en cada uno que murmura: ¡Que te
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zurzan! Todos se disponen ya a regresar a su puesto en un silencio sepulcral, cuando Claude Auzello levanta un dedo un poco tembloroso.
—Perdóneme, señor Elmiger, ¿me permite añadir una cosa?
Elmiger se aparta con cierto azoramiento. Aparentemente eso no estaba previsto.
—Buenos días a todas y a todos —comienza Claude—. Veo delante de mí rostros familiares, lo cual me reconforta. Hans Elmiger tiene razón. Si el alma de nuestra noble casa resiste, si conserva aún su nivel, es gracias a la tenacidad de todos ustedes.
Con voz trémula, el antiguo director se ve desbordado por la emoción. Débil pero firme, solemne. El silencio es religioso. Elmiger contiene la respiración, comprende también que algo va a pasar.
—Conozco a cada uno de ustedes. He incluso contratado a la mayoría. A la señora Bourhis y su lealtad que tanto aprecio. Al señor Brun y su talento. A la señorita Fontaine y su sonrisa. Al señor Lefort y su risa. A la señorita Ley y su inestimable discreción. A los señores Drach y Drancourt, cuya picardía envuelve un alegre ingenio. A las señoritas Kuppens y Prestail, de más que probada entrega. Al elegante señor Field y su cabeza de pintor belga. Al señor Musitelli y su encanto lombardo. Y a usted, querido señor Meier, que me acogió en la Place Vendôme hace más de veinte años, le alabo su fidelidad inquebrantable.
Asentimiento de cabezas. Nudo en las gargantas.
—Conozco de ustedes su sentido del deber y el gusto por el trabajo. Su espíritu de sacrificio y su valor. En realidad, ustedes son los auténticos herederos de César Ritz. Él estaría muy orgulloso de ustedes, no les quepa duda. Durante cuatro años, han dado lo máximo. Tengan ahora paciencia. Pronto recuperaremos nuestra libertad. La sentimos ya, ¿no es cierto? ¡La sentimos! Los lobos grises tienen las patas quebradas. Claudican. Se lo repito: tengan paciencia. ¡Viva Francia libre!
Un breve silencio.
Luego la sala explota. La Viuda hace como que aplaude, también ella. —¡Bravo, señor! —exclama André Brun, exaltado—. ¡Bravo y
gracias!
Maldita Marie-Louise, piensa Frank. Vas a tener que tragarte una colonia de sapos y culebras, pero saldrás indemne gracias a él. El barón
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Pfyffer tenía razón desde Suiza: conservar a Auzello era invertir en el futuro.
El futuro. Ahora parece que casi se puede tocar.
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21 de agosto de 1944
Frank lleva una semana sin poner los pies en la calle, pero eso no le impide oír los rumores que corren por París. Ni siquiera ha pasado por su casa para recoger el correo, en caso de que Jean-Jacques le haya enviado alguna carta o alguna noticia. Elmiger le ha contado que en Gennevilliers, unas mujeres acusadas de haberse acostado con alemanes han sido rapadas y exhibidas desnudas, marcadas con una cruz gamada en la frente. Los ajustes de cuentas empiezan. Los hombres humillados durante cuatro años se vengan en las jóvenes, lo cual dice mucho sobre el ambiente que se avecina. Es patético. Por otra parte, treinta y cuatro muchachos que querían unirse al maquis han caído en una emboscada esta noche. Han sido fusilados fríamente por las SS en el Bois de Boulogne. La mayoría no había cumplido aún los veinte años.
Que esto acabe de una vez y rápido.
La primera página de Combat anuncia que las tropas aliadas están a seis kilómetros de la capital y que De Gaulle estaría en Cherburgo. Esto huele a final.
Sentado en la antesala del despacho de la Vieja, Frank no alcanza a comprender cómo ese periódico de la Resistencia ha podido llegar a uno de los veladores del Ritz. Es algo que se le escapa. Lee únicamente los grandes titulares sin atreverse a cogerlo, por miedo a que la Viuda aparezca en ese momento. Son las diez, ha sido ella quien lo ha citado, como de costumbre. ¿Qué querrá ahora…?
Frank espera con paciencia, es una de sus virtudes. Posa la mirada sobre una pequeña chimenea de mármol blanco. El parteluz Luis XVI está provisto de un espejo Imperio y de una pintura del XVIII que representa una escena de género pastoril. Se ve a dos parejas de aristócratas en la
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campiña, unos nobles jóvenes descubriendo la excitación y los placeres de la galantería. Frank nunca había prestado atención a esa tela con anterioridad. Es consciente de que estaba ahí mucho antes de la llegada de los alemanes y de que sin duda seguirá ahí mucho tiempo después de que se vayan. Una permanencia que permite relativizar el presente, idea esta que lo tranquiliza. La marcha de la historia lo sobrepasa y, arrastrado por el vigoroso río de la eternidad, se siente inesperadamente menos frágil.
De pronto, la puerta del despacho de la Vieja se abre con energía. Frank es sacado bruscamente de su ensoñación e, instintivamente, se yergue. La señora Ritz está recta como la justicia, lleva un conjunto de tres piezas azul marino de lana a rayas, un tanto informal, que la rejuvenece. Es el aire de los nuevos vestidos procedentes de la casa Chanel, un estilo veraniego alejado de su línea habitual. Podría decirse que, vestida así, se prepara para recuperar la costumbre de pasar la temporada estival en Cabourg o en Deauville.
¿A qué está jugando, joder?
La Viuda tiene la sonrisa esquinada, pero la mirada inquieta. Frank está confuso.
—Pase, Meier, por favor.
—Buenos días, señora.
Frank entra en la habitación inundada de sol y ve enseguida dos baúles de viaje Vuitton situados uno junto al otro delante de la ventana.
¡¿No?! ¿Se larga?
Camina maquinalmente hacia el gran escritorio de cerezo barnizado, pero la Vieja le indica que mejor se siente en el sofá Luis XV, que suele reservar a sus invitados. ¿Y esto? Sin precipitarse, obedece disimulando su sorpresa. Marie-Louise Ritz cierra tras de sí la puerta acolchada y se sienta frente a él en su poltrona Luis-Felipe, afable e impaciente.
¿Dónde está el truco, Vieja?
Una vez sentado, Frank descubre, desplegado sobre la mesa baja, un mapa de carreteras de la región parisina. En la zona del sur de París hay clavadas unas banderitas de raso azules.
¿Ahora es jefa del estado mayor?
—¿Ha leído la edición de Combat que hay sobre el velador? —Le he echado una ojeada…
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—¡Los Aliados están a las puertas de París, Meier!
Frank no consigue saber si a Marie-Louise Ritz eso la alegra o la preocupa.
¿Es que tiene algún plan para enfrentarse a Patton? Se cree que es Pétain en Souilly…
¿Qué hay detrás de este mapa?
—Según mis informaciones, varias patrullas del Tercer Ejército americano han alcanzado Meudon —dice ella señalando las banderitas.
—¿Cómo es posible…?
—Necesito su ayuda, Meier. Voy a salir de París para ir a su encuentro. —¿Perdón?
Se ha vuelto loca por estar tanto tiempo encerrada aquí.
Segura de sí misma pero excitada, la Vieja le expone su plan. Se niega a quedarse con los brazos cruzados, convencida de que, si no hace algo, corre el riesgo de que le confisquen el hotel cuando lleguen los Aliados. Cita a César Ritz: «Permanecer inmóvil es morir». Quiere adelantarse a la entrada de los americanos en París y darles garantías. Lo tiene todo previsto:
—Vendrá usted conmigo, conducirá la furgoneta. He mandado que carguen en la T23 sus seis cajas de bourbon y veinticinco botellas de champán, las últimas, lo sé, no me lo eche en cara.
—Pero, señora…
—¡Déjeme acabar!
Enojada, la Viuda prosigue. Los dos baúles Louis Vuitton están llenos de perfumes Chanel, de cigarrillos Balto y de chocolates Debauve & Gallais, que piensa regalar a los oficiales americanos a modo de agradecimiento por la liberación. Ellos sabrán apreciar los riesgos corridos para llegar hasta allí. Frank no da crédito a lo que está oyendo.
—Y quiero que salgamos dentro de una hora.
—Señora, yo…
—¡No, Meier, escúcheme! ¡Usted es una celebridad entre los oficiales, conoce muy bien Estados Unidos, sabe cómo actuar con ellos, así que se va a venir conmigo! Estarán encantados de verlo, será como un aperitivo de París. Vaya a coger sus utensilios, les hará unos cócteles sobre el capó
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de sus jeeps y de ese modo salvaremos el pellejo. No lo olvidaré, se lo prometo, será usted generosamente recompensado.
—¡Basta, señora! ¡Deténgase! ¿Se da cuenta de lo que está diciendo? Marie-Louise Ritz se queda paralizada ante la vehemencia de Frank. —Nunca conseguiremos salir de París con un vehículo, seremos
ametrallados en la primera encrucijada por los alemanes o por los sublevados.
—¡Intentémoslo al menos! Usted es un antiguo combatiente, Meier, ¡tenga agallas!
—¡No, señora! Lo siento mucho.
Frank se levanta bruscamente, la Viuda también. Su mirada suplica, está aterrada. Lo mira intensamente con los ojos muy abiertos por el pánico.
—Señora, ¿no comprende que su plan hace aguas por todas partes? Hay barricadas en la esquina de cada calle. ¡Perderíamos la vida!
—Antes morir que perder mi Ritz…
—Sea razonable, señora, es demasiado tarde.
Ella le suelta el brazo y le echa una mirada llena de desprecio.
—Me ha decepcionado hasta el final, Meier. ¡Qué idiota soy! Había olvidado que usted no es más que un cobarde y un vulgar subalterno. ¡Salga de mi despacho!
Frank está estupefacto. Ella vuelve a sentarse en su poltrona y con un gesto iracundo manda a paseo el mapa de carreteras, luego lanza un ligero grito sordo y rencoroso. Toda su vejez se apodera de esa silueta contraída sobre sí misma. Marie-Louise Ritz, dispuesta a atravesar el campo de batalla para recibir a los libertadores con la única intención de salvar su obra, el acto de una heroína… Frank casi está conmovido. En el vestíbulo, se sorprende al pensar que la Viuda nunca ha sido más humana que esta mañana. Ella teme el desenlace que se aproxima, Frank conoce muy bien ese sentimiento. La llegada de los Aliados suena al fin de un mundo, el de una vieja burguesía reaccionaria gangrenada por el afán de lucro desde hace más de un siglo.
¿A qué se parecerá el mundo nuevo?
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22 de agosto de 1944
Ya nada funciona, los periódicos han dejado de salir. Desde hace tres días, se oye el ruido de los disparos alrededor del Ritz. El estrépito entrecortado de las ametralladoras ya ni siquiera sobresalta a Frank. Esta mañana temprano, Elmiger ha tenido que ir a los almacenes de la rue Lecourbe. ¿Qué se le habrá perdido por allí? No lo ha dicho. No obstante, al volver, estaba muy afectado, tuvo miedo de dejarse la piel. Nada más entrar, ha contado la sublevación del pueblo de París contra el ejército alemán y contra la Milicia, una Francia contra otra. En la ciudad proliferan las barricadas. Los francotiradores están al acecho parapetados tras sacos terreros y se dispara en todos los sentidos. Los cadáveres cubren el suelo, chavales aguerridos atacan los pánzer con cócteles molotov, algunos peludos han sacado sus viejos fusiles. Los resistentes se han apoderado de la prefectura de policía y en las paredes, por todas partes, surge una invitación a la venganza: «Cada cual su boche». Todo el mundo teme la réplica alemana, que imaginan terrible. A nadie le sorprende que Elmiger haya ordenado que ningún empleado pueda entrar o salir del hotel. El gran final se avecina y será a puerta cerrada.
En medio de ese caos, Frank está bloqueado detrás de la barra ante las dos últimas clientas del hotel que ahogan sus miedos en el vodka, y el vodka en zumo de tomate. Por primera vez desde hace mucho tiempo, se han ataviado para el aperitivo. Barbara Hutton, con falda larga, medias de rejilla y tacones de aguja, aspira el humo de su boquilla de nácar. Gabrielle Chanel sigue leal a su uniforme de verano: traje sastre crema y blusa blanca, seis hileras de perlas alrededor del cuello, canotier en la cabeza y un cigarrillo en los labios. Se han sentado en el mostrador fingiendo ignorar que en el gramófono suena en sordina la Marcha fúnebre de
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Chopin. El crepúsculo de las frívolas. Llevan casi una hora esforzándose en sonreír y en hacer como si nada, conscientes de que en cualquier momento los insurgentes pueden asaltar el Ritz.
Gabrielle Chanel se ha cubierto las espaldas: tiene listo un cartel que dice «Gratis para los liberadores» para ponerlo en su tienda de la Place Vendôme y piensa regalar su N.º 5 a los americanos.
—Ya verá —concluye—, todos harán cola delante de la tienda y me protegerán.
—¿Y mientras tanto? ¿No tiene verdadero miedo? —tiembla Barbara Hutton.
—¿Miedo de qué?
—¡De que los boys lleguen demasiado tarde! De que caigamos en manos de los resistentes. Si esos salvajes entran aquí, la van a rapar como a una prostituta, y a mí también. Y todavía podría ser peor…
Frank debe darle la razón. Si a los de las FFI[5] se les ocurriera la idea de tomar el Ritz, quién sabe qué suerte les cabría esperar. Se imagina ya fusilado allí mismo y, en el fondo, piensa que quizá se lo habría merecido.
¿Dónde está aquel soldado voluntario de 1914? Ahora sirve vodkas a dos tías meticonas en vez de enfrentarse a los alemanes en los extrarradios. No, él no habrá liberado París, le va a costar justificarse. Se siente preso en el Ritz y ya no sabe cómo salir de allí. Ocioso, abatido, espera tan solo conocer la suerte que le depara el destino. Cómo le gustaría ser más valiente. Que Jean-Jacques pudiera estar orgulloso de él cuando volviera a París. A Frank le gustaría poder combatir, pero es incapaz, y no solo porque se haya jurado no volver a tocar un arma jamás después de la Gran Guerra. No se lo confesará a nadie, pero la verdad es que está cagado de miedo.
—Si nos detienen los resistentes, ¿cree usted que tendremos el valor de la señora Auzello? —suelta Chanel, como una provocación.
—¡Habla usted de bravura, Gabrielle! —escupe la heredera de los Woolworth—. Esa idiota desafió a los alemanes y ahora seguro que está muerta o agonizando en un sótano de la rue des Saussaies…
—No —responde la Chanel con una sonrisa altanera—, está viva.
—¿Cómo lo sabe? —se sorprende Barbara Hutton.
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Chanel, con aplomo, se toma con calma el efecto que quiere causar antes de responder. La Marcha fúnebre llega a su fin.
—Lo sé porque ha vuelto hoy.
—¿Adónde? ¿Al Ritz?
—Sí.
—¡Santo Dios! —exclama Barbara Hutton.
Frank apenas oye el resto de la conversación, no logra a mantener la cabeza fría. Hoy… ¿Y si Elmiger hubiera mentido? Habría ido a la rue Lecourbe, pero para rescatar a Blanche de algún lugar del sur de París.
—La han soltado al amanecer —prosigue Chanel.
—¿Y en qué estado se encuentra?
—No sé nada, Barbara. Eso es algo confidencial…
—Lo cual no quita que se lo haya buscado —se empeña en decir Barbara Hutton.
Ambas mujeres siguen hablando. Frank está a punto de quebrarse. Sus nervios se rinden. Gruesas lágrimas corren por sus mejillas. Al diablo el pudor. ¿Era esto lo que le deparaba el destino, seguir aquí para volver a verla? Poseído por la emoción y la cólera, querría cerrarles el pico a esas dos arpías insoportables. Gabrielle Chanel ha tenido al menos la elegancia de desviar la mirada, en cambio la heredera, desconcertada, lo mira como si fuese un animal de feria.
Sí, estoy llorando, ¿y qué? Que te jodan.
Blanche está viva, lo demás me trae sin cuidado.
Frank pasa con rabia su bayeta por el mostrador cuando de pronto suena el teléfono.
Dios, no aguanto más ese timbre.
Es Auzello.
Auzello, cuya voz es más nerviosa que nunca.
El antiguo director tiene un mensaje que transmitirle: Blanche quiere verlo lo más pronto posible y le pide que esté aquí a partir de las siete, mañana por la mañana.
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23 de agosto de 1944
Muebles estilo Imperio, piano de cola y arañas con adornos de pasamanería: el salón del matrimonio Auzello es el estándar de la burguesía parisiense. En la pared hay colgado un retrato de cuerpo entero de Claude vestido de uniforme de oficial de la Gran Guerra con aspecto bravo. Pero el hombre que recibe a Frank esta mañana no tiene nada del noble combatiente de antaño. Claude Auzello está ansioso, suspira, tiembla. El impacto recibido la víspera no ha hecho más que agravar su fragilidad de los últimos meses.
—No se quede mucho rato —dice—. Blanche está muy débil.
—Claro.
—Ha estado encarcelada en Fresnes. Esos hijos de puta la han soltado ayer por la mañana deprisa y corriendo. Ha tenido que volver a pie.
—¿A pie desde Fresnes?
—Sí… ¡Y descalza!
—¡La madre que los parió…!
—Ha caminado diez kilómetros hecha unos harapos antes de que un guardabarrera del ferrocarril acudiera en su ayuda y me llamara. Un milagro. He ido a buscarla con Elmiger en la T23 a toda velocidad… Ella había llegado hasta la puerta de Vanves. Debo avisarle de…
—¿De qué?
—Está irreconocible.
Frank inspira profundamente.
—¿Por qué quiere verme ella?
—Usted debe de saberlo mejor que yo, Frank… —Le aseguro que no.
Claude alza las manos hacia el cielo en señal de impotencia.
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—Bueno —dice—. Sígame. Lo acompaño a su habitación.
Frank puede sentir cómo le palpita la sangre en las sienes. Ha visto en los ojos de Claude el espanto que le suscita el estado de su mujer. Da la impresión de haber visto a un fantasma.
Al llegar al umbral, Frank titubea. Habría preferido no verla. Huir de la realidad, que es lo que mejor se le da. Cuando piensa que Elmiger ha arriesgado su vida ayer por la mañana, en medio de los combates, para acompañar a Claude al rescate de Blanche, sabe que tendría que haber ido con ellos en la furgoneta.
—Pase, pero no más de cinco minutos, Frank.
—Sí, señor.
—Las cortinas están echadas, no soporta la luz del día. Y no la haga hablar demasiado, por favor. Está agotada y a veces es incoherente.
Frank penetra en la habitación. Está totalmente a oscuras. Apenas adivina que la cama está a la derecha. Una terrible angustia se apodera de su cuerpo, una punzada aguda en su pecho. Un miedo visceral. Cierra los ojos, busca desesperadamente en sus recuerdos la sonrisa burlona de Blanche para alejar el miedo a encontrar ahora la muerte en su rostro. Oye cómo respira, es el estertor de un animal herido.
—¿Frank? ¿Es usted?
—Sí, señora, aquí estoy.
—No quiero que me vea en mi sudario. Pero acérquese.
Reconocer su voz lo apacigua un poco. Sus ojos se habitúan paulatinamente a la oscuridad. Distingue bajo las sábanas la escualidez de Blanche. Adivina la cabeza rapada, entrevé también la cara de profundas arrugas. Ella castañetea los dientes. Un escalofrío lo sacude.
—Hay que marcharse —dice ella febrilmente.
—¿Cómo dice?
—Se lo he contado todo. Todo. Que he nacido en Nueva York en un barrio judío. Que me llamo Rubenstein. También les he dicho que usted lo sabía y que me había ayudado… ¡Frank, debe marcharse! Esta es la razón por la que quería verlo tan rápido.
Apenas con vida, pero aun así se preocupa por él.
—No se inquiete, nadie vendrá a por mí.
—¿Y eso? ¡Si están por todas partes…! ¡Huya, se lo ruego!
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—Los alemanes están en desbandada, no tema ya más. Yo tampoco temo nada. Lo que tiene que pensar ahora es en recuperarse.
—Creí morir… Si usted supiera lo que es esa bañera en la que nos ahogaban…
Frank tiende una mano hacia ella para tranquilizarla, pero detiene su gesto antes del contacto con su piel.
—Me rompieron el antebrazo de un pisotón, me han… Cuando oía los disparos al amanecer en el patio, creía que pronto iba a llegar mi turno.
—¿Sabe por qué la han soltado?
Un sonido ahogado como si riera.
—Me aproveché de su pánico. Ayer, después del enésimo interrogatorio, un guardia entró corriendo en el sótano para informar a mi torturador de que iba a salir el último camión de la cárcel. Huyeron a toda velocidad. La puerta estaba abierta y me puse a andar hacia París.
—Y ahora está a salvo.
—Estoy tan avergonzada.
—No hay de qué…
—También les hablé del pasaporte falso que usted me había procurado, de las luces encendidas de las cocinas, del microfilm, del aviador inglés… Solo quería que pararan. Perdón, Frank. Perdón.
—No diga eso. Ha hecho usted lo que ha podido.
Un estertor agotado por respuesta.
—Deme la mano.
La de Blanche está helada. Tiembla. La fragilidad de sus dedos entre los de él lo deja atónito. Son meros huesos cubiertos de piel. Frank empieza a masajear con extrema suavidad su epidermis para calentársela, temiendo quebrarla a la menor presión. Se atreve por fin a buscar la mirada de Blanche en la negrura, pero ella ha cerrado los párpados.
El beso robado de la primavera de 1939…
Tantos años vividos en la intensidad de una quimera.
Ahora lo sé. Sé que Blanche nunca será mía. Su vida pertenece a Claude, a Lily Kharmayeff. Ten orgullo de ti misma, Blanche. Eres maravillosa. Eres la hija de Sara y de Isaac, judíos alemanes, mujer de gran corazón e insumisa.
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Por su respiración, Frank comprende que se ha dormido. Se inclina sobre ella, besa su frente. Prueba en sus labios la suavidad de su piel. Un segundo beso hace brotar las lágrimas, pero la tristeza ha desaparecido, queda solo la belleza.
Claude llama a la puerta. Ha acabado el tiempo.
Me voy, Blanche, murmura. Te dejo en tu vida. Te amo más que nunca y te juro que guardaré este secreto para mí.
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24 de agosto de 1944
En pleno mes de agosto, el olor a hollín de la chimenea causa cierta sorpresa. La noche ha caído, la puerta del despacho de Elmiger está abierta y Frank, inmóvil en el umbral, encuentra al director de rodillas ante el hogar, rodeado de carpetas por el suelo.
—¡Entre, entre, Frank! —le dice Elmiger sin darse la vuelta.
—Buenas noches, señor.
—¡Apresúrese, venga, écheme una mano!
—¿Para qué?
—Páseme los registros.
—Pero… pero… ¿Qué está haciendo?
—Destruyo los archivos de estos cuatro últimos años. ¡Venga, rápido! Frank bordea el escritorio y se dirige hacia la estantería donde se
alinean unos documentos encuadernados en gruesos tomos de piel.
—Las tropas aliadas van a entrar en París esta noche o mañana — añade arrugando una hoja suelta hasta convertirla en una bola—. Hay que proteger el Ritz.
Frank se le une con tres cartapacios y deja caer uno.
—Haga como yo, arranque las páginas una a una, así arden mejor.
El inefable Elmiger: incluso en lo peor de la tempestad, trata de reflexionar y racionalizar. Frank lo mira sin ser capaz de moverse. El director está al límite de la fatiga, pero sigue teniendo energía. Incluso con las ventanas abiertas, el despacho está lleno de un humo que pica la garganta y las narinas. La chimenea está a tope, repleta de papelotes carmesíes que crepitan como ayer el Grand Palais, destruido por los obuses alemanes. El olor a quemado llegó hasta el Ritz. No hubo necesidad de salir del hotel para comprender que, en París, reinaba una
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atmósfera apocalíptica. La ciudad se abrasa, el fuego anuncia su fin. El miedo se ha apoderado de todo el mundo, pero Frank ya ni siquiera se inquieta, no siente nada, tan solo quiere que todo termine y que suceda lo que tenga que suceder.
—¡Vamos, Meier! ¡Muévase!
El calor es agobiante. En mangas de camisa, con la corbata desanudada y el sudor en la frente, Elmiger hace trizas los registros y los arroja al fuego para purificar el hotel de la infamia. Los nombres y apellidos de toda la clientela comprometedora desaparecen para siempre entre las llamas. ¡Seamos puros, amén!
—¡No, esa no! —lo detiene Elmiger cuando Frank iba a coger una nueva caja.
—¿Qué hay aquí dentro?
—Unos sobres Kraft que tenía Süss.
Frank reconoce la escritura del vizconde y por curiosidad echa un vistazo a todo el lote. Solo ve apellidos judíos.
—Son joyas y dinero dejado en depósito por unos israelitas —explica Elmiger.
—¿En depósito?
Elmiger menea nerviosamente la cabeza.
—La víspera de la llegada de los alemanes, Süss propuso a algunos de nuestros clientes judíos depositar sus bienes en nuestras cajas fuertes para librarse de eventuales confiscaciones. Algunos aceptaron; luego huyeron y no han vuelto a París nunca más…
Frank no sabe qué decir.
—Venga, Meier, concéntrese. Rompa los registros, ¿quiere?
Frank se pone a ello y ve, atónito, cómo se desvanecen en la hoguera los nombres de clientes aún vivos, mientras que en los sobres quedan los de las familias judías desaparecidas. A los primeros se los suprime por culpabilidad, los segundos se conservan en la esperanza de que alguien los reclame.
¿Cuántos, de entre todos estos judíos, estarán aún con vida?
¿A quién irán a parar sus bienes?
Preguntas sin respuesta.
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—¿Sabe que su Guitry fue detenido ayer? —pregunta Elmiger, encorvado ante la chimenea, separando las brasas con el atizador.
—Lo ignoraba.
—Su secretaria me ha prevenido esta mañana temprano. Dos hombres armados han ido a buscarlo a su domicilio.
—¿Adónde lo han llevado?
—No se sabe. Su secretaria me ha llamado pidiendo socorro. No he podido hacer nada.
—¿Las FFI?
—Sí. La señora Choisel me ha contado que Guitry salió de su edificio con el cañón de un revólver pegado a la nuca.
—¡Dios santo…!
Elmiger se ha erguido poniéndose el puño en la cadera. Está empapado de sudor. Hace un calor de muerte y también Frank suda a chorros. Se seca la frente con el dorso de la manga.
¿Dónde podrá estar? En una cárcel, sin duda, o por lo menos es lo que cabe esperar. ¿Lo habrán matado?
—No le ha dado tiempo ni de vestirse. Guitry se ha visto en la calle con su pijama amarillo y sus zapatillas de cocodrilo.
—¿Los parisienses han intentado lincharlo? —se inquieta Frank.
—La señora Choisel dice que no. Ha notado más bien cierta indiferencia.
No hay nada peor para Guitry que eso, piensa Frank. Los habrá maldecido.
El propio dramaturgo lo había predicho: él y todos los habituales del Ritz acabarán juzgados. Nadie puede dormir seguro esta noche en sus camas, ni Frank ni los demás. Barman o clientes, todos acaban de entrar en un periodo en que reinan la delación y la revancha, y en el que no hay inocentes. Ya no queda ningún soldado alemán en el hotel, todos han sido remitidos al Meurice. Los sublevados pueden franquear la puerta del Ritz en cualquier momento, el gran hotel está a merced de la venganza. Elmiger lo ha comprendido muy bien.
¿Quiénes entrarán primero, los resistentes o los Aliados? Toda la suerte del Ritz depende de la respuesta a esta pregunta.
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Elmiger quema aquello que podría agravar su proceso. Acaba de arrojar a la chimenea un nuevo taco de hojas y hace una pausa para contemplar cómo arden, buscando en el fuego respuestas. Fuma su cigarrillo con gesto melancólico.
Frank pregunta sin intención:
—¿Tiene miedo, Hans?
—Hay diferentes tipos de miedo, Frank… Ha acabado el tiempo de los apellidos. —¿Tiene miedo a morir?
—La verdad es que no. Tengo miedo sobre todo a lo que se diga de mí después…
—¿Que estuvo usted del lado de los alemanes?
—Bah… Eso seguro que lo dirán, ¿no cree? Los héroes serán los de la Resistencia. Para ellos toda la gloria, además se la merecen. Nosotros tendremos que contentarnos con pasar desapercibidos y hacernos los hipócritas. Vamos a oscuras a merced de la corriente. Aunque, en el fondo, creo que he dado lo mejor de mí.
Frank enciende también un cigarrillo. Parece el que se le ofrece a un condenado, pero no hay ningún verdugo todavía.
—¿Qué ha aprendido de todo esto, Hans? —pregunta.
—Que hay que preocuparse por las personas y no por las banderas.
Solo cuentan nuestros actos, en realidad.
El director suspira, resignado. Los restos comprometedores del Ritz acaban de consumirse detrás de él. Frank recuerda cuánto había subestimado a Elmiger a su llegada y con qué intensidad lo había despreciado al principio de la guerra. Es un hombre distinto el que está hoy en el despacho, extenuado. O era el mismo hombre, solo que esperaba el devenir de las circunstancias. Quién sabe si no será juzgado mañana por los nuevos amos de París. En todo caso, Frank no olvidará jamás la integridad de la que está dando prueba.
—¿Y usted, Frank? ¿Qué ha aprendido usted?
—Que hay que amar la vida tal como es. Feliz o desgraciada. —¡Gran sabiduría!
—Me he dado cuenta tarde. Ninguna vida está hecha solo de dichas o de sufrimientos. Trato de recordármelo con frecuencia para no hundirme
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del todo…
—Hundirnos, ese es el peligro que nos acecha.
Ambos fuman un rato en silencio, con la mirada vuelta hacia la chimenea.
—¿Cómo se siente esta noche? —pregunta Elmiger.
—No muy resistente…
El director deja escapar una carcajada.
—¡Qué oportuna expresión!
—Oh, la frase no es mía. Se le he robado a Arletty. Le oí una noche darle esa respuesta a Guitry.
—Pobre Arletty —suspira Elmiger—. También ella debe de tener motivos para estar preocupada…
Frank iba a contestar, pero un instinto animal lo alerta de la extraña calma que se ha hecho en la calle desde hace un rato. Y de pronto, un sonido grave llena todo el aire. Elmiger aguza el oído.
—Es… ¡la campana mayor de Notre-Dame!
—Yo diría que sí.
—¡Por Dios santo, los Aliados han debido de entrar en París!
Frank se queda paralizado. Esperaba esas palabras desde hace tanto tiempo.
—¡Páseme los últimos registros, rápido! —grita Elmiger—. ¡Hay que acabar la tarea!
Imposible mover un dedo.
—¡Venga! ¡Ayúdeme, Meier! ¡Muévase!
La campana mayor suena de nuevo en la noche y pronto la sinfonía se propaga de campanario en campanario. Todas las iglesias de la capital se ponen a repicar, Frank siente que se le ponen los pelos de punta. Las campanas de París advierten a los alemanes de que su dominio sobre la ciudad acaba esta noche y están exultantes por ello. Donde sea que estén esta noche en París, de Montmartre a Les Gobelins, de Montparnasse a las Buttes-Chaumont, los parisienses saben lo que ese sonido quiere decir, las campanas prometen una explosión de alegría inminente. A Frank se le estremece todo el cuerpo, él mismo está sorprendido y se da plena cuenta de que su corazón es, ya para siempre, de Francia. Elmiger no presta atención al tumulto de las iglesias, está por entero entregado a su Ritz.
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Rompe todas las páginas que puede, hace bolas con ellas y las echa al fuego, ajeno al presente, obsesionado por el suceder de los acontecimientos.
Frank lo observa sin ayudarlo. De la guerra también ha aprendido que está solo, como le sucede a Elmiger. Escondidos en el Ritz, se han replegado sobre ellos mismos con la esperanza de sobrevivir entre las líneas. Pero esta noche, Frank envidia a todos los que mañana festejarán la liberación de París. Los envidia, pero no será uno de ellos. Aunque los sublevados le permitieran participar del alborozo, él ya ha decidido que su lugar no es ese. En 1918 había despreciado tanto a los que habían estado escondidos y luego habían salido a celebrar el armisticio como los demás, que mañana se mantendrá alejado de abrazos y de vítores.
Cuestión de honor.
Esta noche, París prepara la fiesta de su liberación y la única cosa que lo consuela es seguir todavía con vida.
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25 de agosto de 1944
La suerte de París está echada desde muy temprano. Los Aliados llevan dos días detenidos en Rambouillet, en uno de esos momentos claves en que la historia se enfrenta a la duda de dar un vuelco. Los americanos habrían preferido desviarse. Los ingleses también, para avanzar más rápido hacia Alemania y precipitar el fin de la guerra. El general Leclerc pataleaba de impaciencia a la cabeza de su división blindada. De Gaulle era partidario de esperar un acuerdo político y contener a los comunistas antes de tomar la capital. Combates callejeros y negociaciones entre bambalinas: todo se ha solventado in extremis y los Aliados se han puesto en marcha al amanecer. Varios centenares de periodistas de todos los países los acompañan, ávidos por cubrir la liberación de la Ciudad de la Luz, entre los que destacan dos hombres entregados a una feroz batalla de egos desde el desembarco, un veterano de guerra y un joven ambicioso, la pluma contra la imagen: Ernest Hemingway, escritor de Chicago, y Robert Capa, fotógrafo de Budapest. Han emprendido caminos separados para entrar en París, apartándose de las columnas de soldados. Pero con el mismo objetivo en la cabeza: llegar antes que el otro al Ritz.
Todo esto, claro está, Meier no lo sabe. Como tampoco sabe que Choltitz ha recibido la orden de minar Notre-Dame y los puentes que atraviesan el Sena, pero está punto de desobedecer a Hitler, que exige la destrucción de la ciudad. El general alemán quiere salvar su cabeza ante los Aliados.
París no arderá.
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Diario de Frank Meier
25 de agosto de 1944
Los Aliados han entrado en Paname. Es la liberación y mi sentimiento es el de ser un spaniel perdido en medio del bosque. Agotado, busco mi camino a través de las zarzas, la maleza y los matorrales. Ya no reconozco nada. ¿Habrá un lugar para mí en el mundo de después o quedaré para siempre atrapado en un punto intermedio? Siempre el temor al desenlace. Ya no soy un proletario, pero nunca seré un burgués. Nunca seré uno de los suyos, lo sé. Condenado a errar en esta no man’s land, podría aprovechar esta liberación para vengar a mi clase y humillar, de paso, a la vieja Ritz. Pero mis diques interiores aún resisten y se niegan a dejar fluir mi cólera. No me dejaré arrastrar por la tristeza. En el fondo, siempre he sabido que, si había renegado de mis padres, era porque me avergonzaba de ser hijo suyo. Mi visión de ellos, y solo eso, es lo que me ha llevado a despreciarlos. ¿Cómo había podido él enamorarse de esa mujer sin ambición? ¿Cómo había podido ella acostarse con un tipo tan sucio? Me llevó mucho tiempo comprender que me percibía a mí mismo como la prueba viviente de la mediocridad de mis padres. Odiarse, creerse ilegítimo y llorar. Evitarlos para mantenerlos a distancia, olvidarlos para inventarse otra vida y otras filiaciones. Pero, a decir verdad, después de la prueba de esta ocupación, siento que he cambiado. Gracias a los boches, me he reencontrado con mis padres y veo las cosas de otro modo. En vista de las actitudes mezquinas, desleales y cobardes que he observado del otro lado de la barra durante estos cuatro años, pienso que mis viejos no eran los peores, en realidad, y quizá acepte finalmente ser su hijo, ser el que soy, Frank Meier, barman principal del Ritz, antiguo combatiente en Vimy e hijo de proletarios judíos. ¿Tenía, acaso, que emprender este escarpado sendero en medio de los
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colaboracionistas y los gerifaltes de la Wehrmacht para apaciguar mis luchas interiores? ¿Hacía falta que me sintiera un falso burgués para alcanzar una forma de indulgencia hacia mí mismo y hacia mis viejos? No cabe duda de que el lujo me ha aislado. Aislado y cegado, como la repugnante realidad de esta guerra ha cegado a Jünger y a Guitry. Se equivocaron y yo también. Pero solo yo puedo reprochármelo. ¿Tendrán los vencedores algún tipo de indulgencia por lo ciego que he sido? Me gustaría poder decirles todo lo que he visto en el Ritz entre las dos guerras, cómo se han marchitado los valores burgueses de la honradez y la dignidad. No olvidemos que es el miedo a perder sus posesiones y sus bienes lo que ha hecho que buena parte de la burguesía se haya echado en los brazos del viejo Pétain, yo entre ellos, convencidos de que así nos librábamos de lo peor. Ahora estamos al borde del abismo, hay que procurar contener la voracidad de los hombres. ¿Sabremos aprovechar la ocasión para recuperar la dignidad de la vida humana?
«Hay que saber que es inútil cambiar las cosas y, sin embargo, hemos de estar dispuestos a hacerlo», me había dicho Fitzgerald antes de abandonar París el otoño del 38.
Mi vida entera se resume en esa frase.
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25 de agosto de 1944
Acaban de dar las doce del mediodía. Frank está ahí, en su puesto. Se lo había prometido a sí mismo en junio de 1940: estará ahí cuando regresen la libertad y la vida despreocupada, la civilización, en suma. Pero ¿todavía se acuerda de cómo era? En la pared de su bar, Fitzgerald y los otros testimonian aún el mundo de ayer; en cambio, los recuerdos del principio de la ocupación parecen haberse disuelto. Nadie podría haber imaginado entonces que todo esto iba a durar apenas cuatro años. Nadie podría pensar que perdería a tantos amigos, vecinos, allegados. Nadie podría haber anticipado las redadas, las restricciones, el hambre, la desesperación, tantas calamidades que se presentían, pero que era inconcebible que llegaran tan lejos. Hasta él, que había conocido lo peor en el molino de Laffaux en mayo de 1917, no sospechaba que se pudiera caer tan bajo, alejados de la línea del frente.
Mientras espera a los libertadores, sin saber si vendrán a beber o a detenerlo, Frank repasa por enésima vez la película de esta extraña guerra. Ve desfilar por el mostrador a Speidel, a Bedaux, a Goering, a Guitry y a todos los demás, Fersen, Stülpnagel, Jünger, Lafont, Knochen, Inga Haag… Se lamenta por haber quemado en su fregadero las dos últimas notas de la muñeca maquillada, pero ¿de qué sirve? Todos los que pasaron por su bar para conspirar contra Hitler están muertos o han huido. Nadie podrá testificar en su favor, y eso que cualquiera que hubiera visto las dos hojas dobladas de Inga Haag no habría leído más que dos poemas, uno de Goethe y otro de Schiller, dos poemas que no habrían probado nada. Pero para todo el mundo, en particular para las FFI, Frank Meier ha sido durante cuatro años el barman del ejército alemán y de los colaboracionistas. La ironía del destino es muy cruel.
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Pese a que el sol brilla fuera, su humor es sombrío. Piensa en Blanche, en su habitación a oscuras. Piensa en Luciano, por supuesto. Quizá jamás sepa lo que ha sido de ese muchacho. Como tampoco sabrá jamás si Süss sobrevivió a su fuga. Tampoco sabe que a esta hora Hemingway y Capa han entrado ya en la ciudad.
A las doce y media es cuando un primer destacamento penetra en el bar del Ritz. Son unos ingleses, en fila india. Una brigada de jóvenes alegres con aspecto cansado, tez bronceada, fusil en la mano, botas embarradas y en la cabeza un casco con malla polvoriento. La mayoría apenas tiene veinte años, la mirada atónita, como queriendo decir: ¿Así que esto es el Ritz? El de más edad de los tommies es pelirrojo y lleva galones de sargento en la parte superior de las mangas. Seguro que en la primavera de 1940 todavía estaba en el instituto. Qué diferencia con la entrada de los alemanes, cuatro años atrás. No hay ningún oficial para liberar la Place Vendôme, pero da gusto ver a este grupo de chavales de paseo. Son guapos, vigorosos, desordenados, pero decididos, con buen aspecto. Unos Lucianos en miniatura, piensa Frank, con el corazón en un puño. Saludan al barman y no se quedan, impacientes por el baño de multitudes que les promete París. Claude Auzello y Hans Elmiger ya han izado una bandera francesa en el tejado del hotel, en lugar de la de la cruz gamada. Los soldados ingleses se van, llevándose en sus macutos algunos ceniceros con las siglas del Ritz. Escaso botín de guerra, sonríe Frank, pero es que no queda nada más, los alemanes arrasaron con el resto.
El Ritz está solo, sumido en el silencio, a la espera de su sentencia. Desde el bar, Frank oye a la muchedumbre aclamar a los libertadores en la plaza de la Ópera. ¡Qué alboroto! Griterío, aplausos, cánticos, se imagina una gigantesca marea humana. ¿Y si se les ocurre la idea de bajar por la rue Cambon hacia el Sena? Frank sale un momento a la galería para estirar las piernas. Se cruza con la gobernanta, la señora Bourhis, y con André Brun, el maître del comedor. Ellos tampoco las tienen todas consigo. No hablan, se limitan a un intercambio de miradas inquietas, luego Frank vuelve a su puesto para esperar la llegada del nuevo ejército. Como en 1940, se dice. Todo está listo. Ha sacado brillo a las copas flauta,
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el champán está frío. Incluso esta mañana ha logrado encontrar algunas fresas y unos arándanos.
Dan las dos en el reloj de pared, el barman preside en solitario desde su lado de la barra, le tiemblan las manos y empieza a sentir un ligero mareo. No ha comido nada desde la mañana de ayer y el miedo a la invasión de una multitud hostil sigue ahí, tenaz. Que esto acabe ya, piensa Frank. La fatiga y la angustia de estos cuatro años se abaten de golpe sobre sus hombros. Se ha tranquilizado como ha podido haciendo sus rituales: alisarse el bigote, pulir los zapatos, anudar la corbata de seda negra. «No hay que esperar la muerte, hijo mío, hay que prepararse para ella», decía su madre. Si los de las FFI vinieran a fusilarlo esta tarde, él lucirá impecable en el ataúd. Y entonces, de pronto, alguien se acerca. Pasos apresurados por el pasillo.
¿Quién está ahí?
Es Georges.
—¡Hey, querido amigo! ¡Hemos dado una patada en el culo a los boches! —exclama, jovial, como si acabara de expulsar al ocupante él solo.
—Eso parece, sí…
Ha pasado más de un mes desde la marcha precipitada de Georges al día siguiente del atentado fallido. Parece más joven y más guasón.
—¿Qué haces ahí detrás de la barra? ¡Venga, coño, la fiesta es en la calle!
¿Cuánto tiempo hacía que no le oía esa voz a Georges? Esa felicidad que algunas veces podía hacer inclinar la noche hacia una dimensión desconocida. Pero Frank no está de humor.
—Prefiero quedarme aquí.
—¡Venga! —dice Georges, como si quisiera despertarlo—. ¡Se ha liberado París, Frank!
¿Cómo se lo explico? Si dejo mi bar hoy, precisamente hoy, mi mundo dejaría bruscamente de funcionar.
El epílogo debe tener lugar aquí, no en la calle en medio de los que mañana se volverán contra mí.
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—¡Sal, joder! Hace un día magnífico. Todas las tías están buenas. No hay ni una arisca. ¿Te lo vas a perder? Te lo aseguro, es un espectáculo extraordinario. Hay gente apiñada en todas las farolas. Ríen, cantan, lloran, es increíble cómo se abraza todo el mundo. Caminan de la mano, la muchedumbre está exultante. Las chavalas se suben a los tanques de Leclerc y se espera a De Gaulle, ¡va a ser un delirio!
—¿Y los boches? —pregunta Frank.
—Hay prisioneros, les dan hostias a tutiplén, da gusto. ¡Venga, ven, te digo! Aunque, espera, antes sírveme una copita, please, de Perrier-Jouët, me muero de sed, tengo seco el gaznate…
—Te la pongo.
—Ahora vuelvo, tengo la vejiga a reventar…
Georges viniendo a mear al Ritz antes de volver a la fiesta de la libertad, esta es la vida que renace.
La risa de Georges sigue resonando en el bar y Frank, por un instante, se pone a imaginar el futuro. ¿Y si los Aliados entrasen en tropel en el Ritz para festejar la victoria? En el fondo, nadie querrá saber lo que ha pasado en este bar durante cuatro años. La vocación de todo gran hotel es ser un palacio de cuento de hadas donde nunca debe interrumpirse el sueño. El Ritz seguirá siendo un joyero maravilloso para quien tome el relevo, y nada más. La Viuda puede irse al diablo, Elmiger habrá triunfado y Frank con él.
Esta tarde, recobraré mi papel de señor del castillo para los libertadores, murmura en la sala aún vacía. Y si todo va bien, podría incluso salir de aquí indemne con todo mi botín…
Luciano.
Frank adivina su fantasma en la entrada y, ahora que se anuncia la paz, está convencido de que nunca más volverá a verlo. Tendría que haber dado ya señales de vida. Aguanta las lágrimas, Frank. No ha sabido protegerlo, llevará esa cruz toda la vida. Pero sobrevivirá. Frank ha conocido dos guerras y cada una le ha arrebatado a algún ser querido. Ya sabe cómo es esto: primero se llora, luego se halla la fuerza para seguir viviendo. La desgracia tiene la memoria corta, para lo bueno y para lo malo.
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Piensa en Blanche. Blanche, víctima de sus demonios. Blanche, quebrada por mucho tiempo por lo peor que ha engendrado la humanidad. Blanche, a la que tanto ha amado en secreto. Sonríe a su pesar: en medio del caos que han sido estos cuatro años, al menos habrá sabido, si acaso fugazmente, lo que es amar a alguien más que a uno mismo. En el fondo, poco importa que el sentimiento no haya sido recíproco, ha sido incluso más valioso así.
Nacemos solos, morimos solos, entremedias cada uno intenta como puede aliviar la angustia de la soledad.
Esta tarde, beberá a la salud de su alma gemela.
Que la providencia vele por ti, te has ganado tu reposo.
Y si las lágrimas afloran, no las retendrá.
De nuevo, Frank oye pasos por el corredor.
¿Será Georges, que vuelve?
No. La puerta de la rue Cambon acaba de venirse abajo, son varios y
gritan en la entrada. Frank se tensa; de golpe, suena un tono más alto y
grave que los otros:
—Raus boches!
Esa voz no le es desconocida.
—Come on, boys!
¿Será posible?
Es la voz de Hemingway.
¡Papa está aquí!
Frank lo oye, su pulso se embala.
Nada de llorar, y menos ahora.
Todo va tan rápido. Viernes, 25 de agosto, es día de alumbramiento, empieza el fin de semana. La vida se reinicia donde se había parado. Frank oye ahora la voz de Claude Auzello; el patrón ha bajado a recibir a Hemingway y a los demás. En el pasillo hay agitación, griterío, risas, carcajadas. Es todo un guirigay, pero el barman sabe distinguirlo como nadie: es el ruido de un grupo de personas que quieren beber y pasarlo bien.
La puerta del bar estaba medio abierta, pero Hemingway la abre de par en par con el hombro. Adelanta el torso, la victoria asoma por el marco de la puerta.
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—¡Hey, Frankie! ¿Cómo te va la vida? —pregunta como si no se vieran desde el mes pasado.
Una sonrisa se perfila en el rostro de Frank.
Cuatro años de infierno terminan en ese preciso instante.
—¡Buenos días, Papa! —dice Frank.
—¡Hacía una eternidad, joder!
—¡Ya lo creo! Bienvenido al paraíso…
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ANEXO
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Salvado in extremis en el hospital de Verdún tras un intento de suicidio, Carl-Heinrich von Stülpnagel fue conducido a Berlín, donde el 30 de agosto de 1944 fue juzgado y condenado a muerte por su participación desde París en la tentativa de atentado contra Adolf Hitler. Ese mismo día, el comandante en jefe de las tropas de ocupación en Francia fue colgado de un gancho de carnicero. Fotografía: Carl-Heinrich von Stülpnagel en 1940.
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Después de la guerra, Otto von Stülpnagel fue arrestado en Alemania y trasladado a París en 1946. Dos años más tarde, unos días antes de la apertura del juicio contra él, el primer comandante en jefe de las tropas de ocupación en Francia se suicidó colgándose en su celda de la prisión de Cherche-Midi en París, en el VI.º Distrito.
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Arrestado por la Gestapo el 7 de septiembre de 1944, Hans Speidel resistió los interrogatorios. Fue uno de los pocos instigadores del complot contra Hitler que escapó de la muerte. Fue liberado por las tropas francesas el 29 de abril de 1945. Tras haber proseguido su carrera militar en la Bundeswehr de la República Federal Alemana, murió en Bad Honnef en 1984. Fotografía: Hans Speidel en 1944.
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Después de la capitulación, a Ernst Jünger se le prohibió publicar durante varios años en la República Federal Alemana. Se retiró a una casa en Wilflingen, Suabia, donde vivió apartado del mundo a lo largo de cincuenta años. Figura muy controvertida con toda razón, sigue siendo uno de los escritores que han marcado profundamente el siglo XX. Falleció mientras dormía en 1998, a la edad de 102 años. Fotografía: Ernst Jünger en 1947.
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Al cabo de sesenta días preso, Sacha Guitry se benefició de dos sobreseimientos ante los tribunales de justicia de la liberación. Al acabar la guerra, el dramaturgo prosiguió su gloriosa carrera artística, empañada, no obstante, por las sospechas de colaboración. Murió de cáncer en 1957. Fotografía: Sacha Guitry, c.1920.
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Detenida en septiembre de 1944 por las FFI, Gabrielle Chanel fue interrogada por un comité de depuración. A falta de pruebas en aquel momento, fue puesta en libertad de inmediato y se exilió en Suiza, acompañada del barón Von Dincklage, su amante alemán. En 1954 regresó a París para relanzar su casa de costura, ayudada por los hermanos Wertheimer. Falleció en 1971 a la edad de 87 años en su suite del Ritz. Fotografía: Coco Chanel en 1937.
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Sin ser interpelada durante la liberación, al acabar la guerra Marie-Louise Ritz se preocupó únicamente por asegurar el futuro de su hotel y se apoyó en su hijo Charles, garantizándose así la continuidad familiar. Murió en 1961 a los 94 años. Fotografía: Marie-Louise Ritz en 1952.
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Probablemente despedido del Ritz en 1946 por razones que permanecen oscuras, Georges Scheuer dejó París y llegó a ser el barman del hotel Majestic, en Cannes. Murió en 1969.
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Al término de la ocupación alemana, Hans Elmiger recuperó su puesto de director adjunto de Claude Auzello. El sobrino del barón Pfyffer abandonó el Ritz en 1954 para dirigir el Gran Hotel Nacional, en Lucerna, Suiza, hasta 1970. Murió en 1987.
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Con la liberación, Claude Auzello volvió a ser director del Ritz, mientras que Blanche Auzello luchó contra sus demonios, nunca totalmente recuperada de su encarcelamiento en las mazmorras de la Gestapo. Al morir Marie-Louise Ritz, su hijo Charles discrepó de Claude Auzello acerca de la orientación que debía tomar el gran hotel para asegurar su futuro. Agotado por la vida y por los fantasmas de su esposa, en la madrugada del 29 de mayo de 1969 Claude Auzello asesinó a Blanche Rubenstein con un disparo de revólver, antes de poner fin a sus días en su piso de la avenida Montaigne, de París. La asistenta los encontró muertos en el dormitorio.
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A finales de agosto de 1944, Frank Meier fue arrestado por unos agentes de policía del XVIII.º Distrito e interrogado por un comité de depuración. Acusado junto a su hijo Jean-Jacques y su sobrina Pauline Neumayer de haberse beneficiado de la ocupación alemana, el trío debe su liberación, al parecer, a un desembolso de trescientos mil francos efectuado por Frank Meier para las FFI.
El final de la vida de Frank Meier es un misterio. Es posible que fuese despedido del Ritz por haber continuado con algunas actividades fraudulentas al término de la guerra. Las circunstancias de su muerte en 1947 son confusas. Tal vez estuviera enfermo. Durante mucho tiempo no se supo dónde había sido inhumado. Ahora sabemos que Frank Meier está enterrado en el cementerio de Pantin, al noreste de París, junto a su exesposa, Maria Hutting, y a su hijo único, Jean-Jacques Meier, muerto en 1979.
Que Frank Meier, el barman más ilustre que ha habido, descanse en paz.
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Agradecimientos
El autor desea expresar aquí su agradecimiento más sincero a…
Anna Pavlowitch, directora de Éditions Albin Michel, que me abrió su despacho en un momento en que yo tenía serias dudas. Me ofreció su mirada experta, su benevolencia, su saber hacer y su amistad. Una amistad muy valiosa.
Gilles Haéri, presidente director general de Éditions Albin Michel, por su calurosa acogida.
Francis Esménard, por el espíritu y el compromiso sin par que presiden su hermosa editorial.
Susanna Lea, agente literaria y consejera excepcional, por su energía, su fe y su elegancia en cualquier circunstancia. Gracias a ella, El barman del Ritz será traducido y publicado en varios países.
Louise Danou, editora muy cualificada, dotada del conocimiento de lo que puede gustar a los demás, por su vitalidad y su refinado sentido de la síntesis.
Frédéric Schwamberger, hombre distinguido que ama tanto los libros y a quien me siento profundamente unido. Esta novela le debe un enorme favor.
Claude Roulet, antiguo ayudante del presidente de las sociedades del Ritz Paris Hotel Ltd. entre 1980 y 2004 e historiador aficionado del Ritz, por haber aceptado la cita que lo puso todo en marcha y por haberme suministrado informaciones y fuentes de primera mano.
Tilar J. Mazzeo, escritora canadoestadounidense que ha trabajado en la vida del Ritz bajo la ocupación y cuyas investigaciones me han sido muy útiles.
Un pensamiento especial de agradecimiento para el conjunto de historiadores e historiadoras que han nutrido esta novela, por sus trabajos
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universitarios. Solo cito aquí a algunos, pero son muchos más: Jean-Pierre Azéma, Pascal Ory, Henry Rousso, Olivier Wieviorka, Laurent Douzou, Christian Ingrao, Julian Jackson, Bénédicte Vergez-Chaignon, Éric Alary, Robert Paxton, Laurent Joly, Jean-Paul Cointet, Yves Pourcher, Nicolas Roussellier, Milo Lévy-Bruhl, Annette Wieviorka, Renaud Meltz y Claire Andrieu.
Todo mi reconocimiento a Colin Field, barman principal del Ritz hasta 2023. Me recibió en su cubil, tuvimos largas conversaciones vivaces en las noches de invierno en el bar Hemingway y aprendí mucho de él. Dejo constancia también de mi agradecimiento a Anne-Sophie Prestail, ayudante de Colin Field durante unos años y convertida, a su vez, en la encargada del bar Hemingway.
Gracias a Fernando Castellón y a David Wondrich, dos eminentes expertos en la historia de los bármanes, que me han permitido acceder a multitud de archivos y de notas.
Toda mi gratitud igualmente a Bertrand Guillot y a Virginie Plantard, por sus sabios consejos.
A Nicolas de Cointet, editor talentoso, por su agudo sentido del estilo y a quien hay que agradecer que The Artistry of Mixing Drinks, el libro de Frank Meier publicado en 1934 tenga una segunda vida. Gracias por permitir esta extraordinaria puesta en abismo.
Y desde luego he de citar con emoción a Frank Meier, ese hombre a quien evidentemente no he conocido, pero con quien no obstante he pasado tanto tiempo estos últimos siete años.
Sin olvidar a algunos compañeros de viaje: Aurore Clément, Dean Tavoularis, Laurent Bon, Muriel Meynard, Laurence Bloch, Sébastian Gnaedig, Sébastian Goethals, Pascale Clark, Candice Marchal, Gérard Léfort, Benoist de Changy, Henri-Marc Mutel, Fabien Archambaut, Frédéric Bonnaud, Charles Berling, Yann Chouquet, Emmanuelle Pouliquen, Fabrice Bouthillon, Clément Léotard, Sophie Berlin, Caroline Psyroukis, Florence Godfernaux, Anne-Julie Bémont, Florence Platarets, Jean-David Zeitoun, Violaine Ballet, Juliette Médevielle, Irène Menahem, Raymonde Ley, Régis Collin y mis padres.
Un guiño especial a Andrea y a Aurélien, los hermanos Belghiti.
Y, finalmente, a Sonia Devillers, sin cuyo amor estaría perdido.
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Philippe Collin (Brest, 6 abril de 1975). Productor en France Inter, autor de ensayos y guionista de cómics, es autor de pódcasts dedicados a Léon Blum, Napoleón, Simone de Beauvoir, Philippe Pétain y la Resistencia.
El barman del Ritz es su primera novela.
Notas
[1] Literalmente «tugurio». Bar clandestino típico de los años de la Prohibición en EE. UU. (N. del t.).
[2] Apodo como se conoce a París desde el escándalo del Canal de Panamá de 1876. (N. del t.).
[3] Siglas de service du travail obligatoire (servicio de trabajo obligatorio) por el cual miles de trabajadores franceses fueron enviados de manera forzada a Alemania para contribuir al esfuerzo de guerra. (N. del t.).
[4] Uniformes grises de las fuerzas armadas alemanas, y, por extensión, nombre aplicado a quienes los visten. (N. del t.).
[5] Siglas de Fuerzas Francesas del Interior, conjunto de organizaciones clandestinas que operaban en Francia durante la ocupación. (N. del t.).
Índice de contenido
El barman del Ritz
Prólogo. Vela de armas. 13 de junio de 1940
Primera parte. Guerra de trincheras. Junio-julio de 1940 1
Diario de Frank Meier
2
Diario de Frank Meier
3
Diario de Frank Meier
4
5
6
7
8
Diario de Frank Meier
Segunda parte. Guerra de movimientos. Agosto-noviembre de 1940 1
Diario de Frank Meier
2
3
4
5
6
7
8
9
Diario de Frank Meier
10
11
12
Tercera parte. Extensión del conflicto. Mayo-agosto de 1941
1
2
3
4
Diario de Frank Meier
5
6
7
8
9
10
11
Cuarta parte. Guerra de desgaste. Febrero-julio de 1942
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
Quinta parte. Guerra total. Marzo-julio de 1943
1
2
3
4
Diario de Frank Meier
5
6
7
8
9
10
11
12
Sexta parte. Estado de sitio. Febrero-julio de 1944 Diario de Frank Meier
1
2
3
4
5
Página 347
6
7
8
9
Diario de Frank Meier
10
11
12
13
14
Séptima parte. La extraña debacle. Julio-agosto de 1944
1
2
3
4
5
6
7
8
Diario de Frank Meier
9
Anexo
Agradecimientos
Sobre el autor
Notas
FIN

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