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Libro N° 14810. La Dolce Vita. Lo Duca, Giuseppe María.


© Libro N° 14810. La Dolce Vita. Lo Duca, Giuseppe María. Emancipación. Febrero 14 de 2026

 

Título Original: © Giuseppe María Lo Duca. La Dolce Vita

 

Versión Original: © Giuseppe María Lo Duca. La Dolce Vita

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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GIUSEPPE MARÍA LO DUCA

La Dolce Vita


Giuseppe María Lo Duca

La Dolce Vita

La dolce vita nos indica inmediatamente al empezar a leerla, que nos hallamos ante una de las obras cimeras de la novelística filosófica contemporánea. Fellinl, en colaboración con el propio escritor, o más bien, poeta (Lo Duca), la llevó magistralmente a la pantalla. Y logró una película en la que lo de menos son las imágenes, pues lo que interesa es el mensaje de la obra. La exposición literaria de lo que fue concebido en función de imágenes es realmente genial. Tenemos, pues, el caso en que una creación literaria vale tanto como la película, aunque por lo general, se da lo contrario.

Giuseppe Maria Lo Duca

La Dolce Vita

Colección Reno - 523

ePub r1.0

Titivillus 07.02.2026

Título original: Título

Giuseppe Maria Lo Duca, 1960

Traducción: Mariano Orta Manzano

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

INTRODUCCIÓN

E N un aire dulce y luminoso de la costa tirrena, al sur de Roma, por una carretera abandonada ya a los ritmos lánguidos del otoño, Federico Fellini me contó la película que había estado madurando en él durante años, arrastrándose a lo largo de todos los caminos de nuestra vida. Pasaban las horas, absorbidas por las imágenes que iban tomando forma bajo sus palabras. Nunca jamás he asistido a una transmutación tan directa del verbo en visión. La película estaba ya en la pantalla; el rodaje no era más que una formalidad técnica y subalterna.

Poseído por el «aura» de su verbo, escribí un resumen de la futura película, que iba a tener una duración de casi tres horas. Lo hacía en vista de una formalidad jurídica: depositar el título en Francia. Aquel resumen no tenía más que una página. Pues bien, sobre aquella página, muy aclarada, el productor francés decidió inmediatamente su participación en el film.

Me sucede a veces escribir líneas de las que no reniego nunca; pero una página tan cargada, conservando el poder del verbo original, no podía ser más que una página felliniana. Doy este punto de referencia para anticipar la potencia del impacto de La dolce vita.

En el firmamento del cinema, La dolce vita pasa por ser el meteorito más gigantesco de su historia. En Italia es el éxito más grande desde hace medio siglo. La crítica, desde Moravia hasta Marotta y… Tennesseei Williams, es unánime (con dos excepciones cojitrancas) en reconocer los valores de la obra.

En el pantano de la vida social, hecha de conformismos y de tartuferías, La dolce vita es una bomba. Sapos, gusanos, ratas de agua y flamencos rosas surgen del cieno a borbotones.

Cuando se demuestra que los ciudadanos son envenenados regularmente por grasas minerales vendidas bajo etiqueta de «aceite de oliva», por conchas de sepia que remplazan la pasta de los spaghettis, o por colorantes cancerígenos que reavivan la sangre desfalleciente de las carnes, siempre se encontrará un ministro acomodaticio y flexible que sostendrá, sin un parpadeo, que estamos cerca de la «alimentación espacial» obligándonos a vivir en ciclo cerrado entre nuestros excrementos y nuestras viandas. Cuando uno se esfuerza en probar que el arte italiano no se ha detenido en las Venus de Ticiano o en el preimpresionismo de Magnasco y se osa mostrar un desnudo clásico de Modigliani, no solamente reacciona la hipocresía oficial, sino que se encuentra todavía otro ministro no menos complaciente, apenas más ignorante, que cree que se trata de una… escultura y justifica así el embargo (sic). Que la evasión fiscal se haya convertido en institución nacional, que el extranjero más insignificante que llega a Roma sea invitado por sus pares a practicar la pirámide humana, que las bendiciones se utilicen para arramblar el ahorro, que la Mafia reine de nuevo y haga su política, que un cine erotizado pueda engendrar la frigidez incluso en la lujuria; todo eso encontrará tesoros de indulgencia.

Pero que aparezca un poeta y denuncie a ese mundo, y será declarado enemigo de la patria, marxista depravado y, en una palabra, traidor, al que hay que desterrar. Los ladrones están tranquilos, pero quien grita «al ladrón» es metido en la cárcel por haber turbado el orden público.

La indignación de la burguesía cortesana de Roma, o de la burguesía enriquecida de Milán, es de una prodigiosa inconsciencia. En Milán se profetiza gravemente que, gracias a la película de Fellini, los cosacos, y quizá los chinos, están prácticamente a las puertas. En Roma se trata de declarar a la ciudad «sagrada», como se hizo de ella una «ciudad abierta» durante la guerra. Y sin embargo, en su periódico habitual, al lado de esta indignación de altos tonos, el lector encontrará columnas que ilustran las hazañas del último vástago del Sacro Imperio Romano, abofeteado por un maniquí surgido directamente de la «Historia de O»; de un prestamista devoto que garantiza el 200 por ciento de intereses a los proveedores del cielo; de Palermo escapando a la autoridad gubernamental; de hombres de negocios que organizan redes de call-girls de alto vuelo; de parlamentarios que lloran la anual inundación del Po, o de un alto eclesiástico que insulta con desenvoltura al presidente de una república soberana. Sobre el conjunto se sentirá planear la indiferencia cómplice del pueblo italiano: «hay que vivir…». La clave de este país, que se aleja cada día más de Europa, para bañarse en la tibieza de una época clerical, borbónica y conservadora, reside justamente en esta complicidad. Las razones por las que los italianos se indignan ante La dolce vita corresponden a las razones por las cuales a estos mismos italianos les ha gustado tanto el Generale della Rovere, de Rossellini. A mí también me gusta esa película, pero su auditorio italiano es sospechoso; una cierta parte de Italia ha disfrutado con esta coartada bien agenciada que Rossellini le ha ofrecido con una astucia tan maravillosa como ciertamente involuntaria: se puede rozar la ignominia e instalarse en la cobardía hasta el extremo; una pirueta heroica os salvará, y salvará en definitiva a vuestra alma, si no a vuestro honor.

Quince años después de la pureza de Paisa, una cinematografía italiana viva no podía dar más que los episodios de La dolce vita. Nadie ha tenido el valor de tratarlos —en clave neorrealista o en clave onírica— antes que Fellini; en eso también irrita a sus colegas, puesto que demuestra que si había una censura, ésta se hallaba sobre todo en el espíritu prudente de los realizadores. El gusto de la verdad, cualquiera que ella sea, es un gusto de hombre civilizado, especie rara. Se le perdonará todo a Fellini, incluso lo que es imperdonable: el talento. Pero no se le perdonará esta revelación.

La dolce vita enciende en nosotros el fuego de reverberaciones lejanas, de los Annales al Satiricón y a Det Sjunde Inseglet (El séptimo sello). Tácito debió de chocar de la misma manera con el moralismo verbal de la sociedad romana cuyos vicios describía. Si Petronio denuncia abiertamente a un mundo que se va pudriendo a la sombra de las águilas imperiales y que renace en cada agonía de la Historia, Ingmar Bergman, por su parte, prefiere la alegoría de las crisis que no cesan jamás de anunciar al Apocalipsis. Fellini no comparte ni la solemnidad de Tácito, ni el sarcasmo picaresco de Petronio, ni los «recursos históricos» de Bergman; sonríe, se ríe y se sotorríe, pero deja que el espectador calibre al mundo que le va mostrando y en el cogollo del cual está viviendo. Luego es cosa suya, del espectador, captar el peso de las imágenes y forjar símbolos con ellas si la realidad le ofende.

En la época de Magie Verte, y del éxito de los documentales líricos, se le preguntó a Fellini si le gustaría rodar un documental.

—¡Desde luego! —respondió—. Pero en Roma.

No era una salida de pie de banco. La séptima película[1] de Fellini es el «documental» que él soñaba sobre Roma. Pero jamás hubo imágenes que fueran rodadas con más amor, en el sentido de caridad y de gracia, jamás se entonó un canto semejante sobre la desesperación de un mundo que no cree ya en nada, que aguarda no se sabe qué: la bomba H, los marcianos, los platillos o el genocidio universal; un mundo extraño, confuso y confundido, un «tiempo de espera» al borde del abismo que acaba de ahondar. De este «tiempo de espera», La dolce vita describe el absurdo y el cansancio, la vanidad y la vacuidad. En este mundo descaminado, la verdad se ve remplazada por el ojo de vidrio del reportero fotógrafo; el pensamiento, por el goce de la piel; el arte, por su adulteración intelectual. El autor de intrigas admirables ha excluido que se pueda sacar un relato de este «tiempo de espera»: sola, esta sinceridad de los condenados halla sitio en su obra, que podría durar indefinidamente e incluso enroscarse, como la serpiente metafísica, metiéndose la cola en las fauces.

Los lobos y los perros aúllan, disfrazados de corderos. Se lanzan anatemas a diestro y siniestro. Sin embargo, en los buenos momentos, el mundo ha estirado en vano la oreja: jamás el nombre de Hitler-o-los-campos-de-exterminación o de Hiroshima-o-la-hecatombe se han visto mezclados en los anatemas fulminados desde la altura. Jamás los estraperlistas negociantes del hambre, proxenetas del cine y de la Prensa, los explotadores del trabajo, los gozadores del cinismo han corrido el menor riesgo de que se les mentara en las supremas maldiciones.

«No soy ni profeta, ni jefe de partido, ni reformador, ni obispo in partibus», debe pensar Fellini. Podría repetir la frase de Miguel Ángel respondiendo a los reproches vaticanistas de su tiempo: «Que el Papa se digne cambiar el mundo; luego, lo pintaré como quede».

La dolce vita se convierte de esta forma en la inmensa balada de una civilización enmohecida, de un mundo condenado —por Dios o por los hombres, poco importa—, de una danza de espectros, quizás hasta de una danza macabra digna de Holbein o de La peste de Camus.

Que nadie se engañe en esto: Italia, es decir, Roma, no es sino uno de tantos lugares. Es el Occidente el que está alcanzado, el Occidente alejandrino que mezcla sexos, mística veleidosa y superstición (¿cuántos periódicos han quebrado por negarse a ofrecer a sus lectores el horóscopo cotidiano?), fatiga que llega hasta la angustia y crueldad anegada en el estetismo, esterilidad del placer y curiosidad por los placeres inhumanos, hipocresía y esnobismo, opresión del corazón y envidia…

Claro que Italia le ha prestado a Fellini un material particularmente, denso, la suma de las taras de una Europa que perece de aburrimiento y de mala fe; ha encontrado allí el torpor de una sensualidad sabiamente cultivada por determinados tabúes impuestos por quienes abandonan a Dios para ocuparse de las sacristías y el torpor de una superstición imbécil, de una avidez delirante, casi sin ejemplo contemporáneo salvo en algún país papanatas o en ciertas colonias en su crepúsculo.

Ese Cristo que vuela sobre Roma desde las primeras imágenes de La dolce vita parece la clave más evidente de la obra. El cable que mantiene la estatua suspendida bajo el helicóptero parece recordar que, antiguamente, la fe de los hombres habría sabido arreglárselas sin esa maroma. La muerte de la fe, que Nietzsche había definido como la muerte de Dios, grita su desgracia a lo largo de los siete episodios del film, incluso en los pasajes más tiernos, allí donde Fellini parece querer ilustrar el hastío de un mundo que se aburre. Aquel monstruo del final, surgido del mar y nacido de las diablerías teológicas de Jerónimo van Alken, el Bosco, es, a su manera, una anunciación o una última advertencia.

Nada mejor que la Tocata y Fuga en re menor de Bach, que desciende en medio de La dolce vita, invocada por las manos de Steiner[2], podría aclarar este fresco que Fellini sueña haber proyectado de una sola vez sobre una sola pantalla, en la simultaneidad de su corazón; esas notas son desgarradoras como el eco de una edad de oro, de una edad en la que el espíritu había dominado a la materia y contemplaba la faz de Dios.

Sería inútil hablar de la película, tan inútil como hablar de la pantalla sobre la que desfila, o del funcionamiento del proyector que deja pasar las imágenes de la obra. Me daría vergüenza hablar de cine delante de La dolce vita. Que quién se atreva a medir los versos de un poema, o la magia de un espejo, me arroje la primera piedra.

1

L A CAMPIÑA romana se baña en la cálida luz mañanera, lejos ya del alba. La hierba al pie del acueducto se estremece por un aleteo ahogado. Luego pasa una sombra que viene del cielo. Si se levantan apenas los ojos, un Cristo inmenso, con los brazos abiertos, se desliza arriba. Pero no está solo; si se levantan los ojos un poco más, se advierte que lo transporta un helicóptero zumbador. Ahora, desde los caserones que pululan alrededor de los ladrillos milenarios, salen mujeres y niños. Roma está cercana. Aunque no se trata de un milagro, es un espectáculo extraño.

Bajo el Cristo desfilan ahora los solares de los barrios nuevos; la sombra de la imagen se va acortando cada vez más y cruza ya las primeras iglesias. El entusiasmo de los niños dura poco tiempo; el helicóptero vuela tan bajo, que basta una casa para ocultarlo, una vez que pasa por encima. Incluso resulta indiscreto sobre las azoteas de los barrios elegantes donde bellas muchachas toman sus baños de sol. Este Cristo inesperado, al extremo de un cable, produce escalofríos. Pero un segundo helicóptero se acerca y casi se posa. En su huevo transparente, hay alegres fotógrafos que enfocan sus aparatos sin cesar. El único que no dispone de cámara grita a las muchachas, por encima de los tejados, palabras que el ruido de las hélices cubre completamente.

—¿Qué es? —gritan las rubias auténticas o teñidas, estirando cuidadosamente sus dos piezas.

No se oye, pero se adivina. Marcelo, el hombre del helicóptero, pregunta el número de teléfono de una de las chicas, pero, si los gestos le han hecho adivinar la curiosidad de aquéllas, las voces en cambio no logran atravesar aquel ruido. Se pone a explicar sin esperanzas.

—¡Es el Cristo de los Trabajadores! ¡Se lo llevan al Papa!

Para las muehachas, la cabina del helicóptero es como un acuario. Sin embargo, captan los gestos elocuentes de Paparazzo, el más encarnizado de los fotógrafos, que les invita a dar una vuelta. Pero el aparato abandona de pronto su inmovilidad y se lanza detrás del otro, acompañado por los gritos de las muchachas, excitadas por el acontecimiento.

Página 11

Marcelo, Paparazzo y los demás olvidan con pena las azoteas de jovencitas, y se disponen a recoger las impresiones de la llegada. Ya la talla del Cristo se mezcla por un instante con las estatuas de piedra de San Juan de Letrán y, al contacto con éstas, adquiere un aire barroco que no tenía sobre la campiña. Las campanas llenan el aire de sonidos alegres y majestuosos y, como ayuda el sol, se diría que es un día de fiesta.

He aquí, desde muy alto, la plaza de San Pedro, abierta a una multitud de insectos, a veces con caparazón, que afluye hacia el centro del redondel. Allí es donde se posará dulcemente el Cristo, para comenzar su carrera de estatua sagrada.

Marcelo ha aprobado algunas tomas efectuadas con el teleobjetivo y ha adivinado el menor detalle de la manifestación: el hombre que se pondrá de rodillas, la vieja que besará las losas, las hermanitas del Niño Jesús que sonreirán, resignadas. Marcelo es el mejor «cronista» de Roma, porque sabe con anticipación lo que el azar le ordenará captar. La campana mayor de San Pedro cierra esta mañana memorable.

Marcelo debería quedarse para siempre en el interior del huevo volante. Es el capullo ideal para su naturaleza de mariposa. Sueña, «querría», se lanza. Lo más frecuente es que tenga náuseas. Unas náuseas agradables por lo demás, muy próximas a la embriaguez. De todas formas, ¡no hay tiempo! Hay que estar siempre en el centro mismo del acontecimiento: fiesta sagrada, escándalo, asesinato o violación.

El lujo, todavía perfumado de Guerlain y de tabaco, de la sala de fiestas, envuelve a Marcelo como el humo de su cigarrillo. «Henos aquí en los primeros palcos de la información», se dice con ironía a sí mismo. El príncipe del Sacro Imperio Romano Germánico —es decir, la oportunidad de un titular «del uno» en cincuenta periódicos de la noche de la Prensa occidental— está justamente allí. «Detalles». La voz de Marcelo sale

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dulcemente de sus labios como de un «trágico» americano. El maitre d’hotel pregunta a su subordinado:

—Dime, pequeño, ¿qué han comido en la mesa número 16?

El muchacho responde con aire de entendido:

—El príncipe ha comido caracoles.

Marcelo se salta la jerarquía:

—¿Qué han bebido?

—«Soave».

Pierone, que, durante toda la noche, ha servido de cariátide a una columna, con la vana esperanza de convertirse en mujer, interviene con su voz dulzarrona:

—«Soave»… ¡Si lo he visto yo con mis propios ojos! Si hablan ustedes de los príncipes, sepan que lo que han bebido ha sido Valpolicella.

—Gracias, Pierone —dice Marcelo—. Digamos pues: caracoles y Valpolicella.

Se dirigió ahora, con la mano tendida, pero no vacía, al maitre d’hótel:

—Giulio, tengo que sacar una foto…

Con un movimiento de mantis religiosa, Giulio vacía la mano de

Marcelo antes de responder:

—Imposible.

—Es tirar el dinero —dijo Pierone, cada vez más disgustado—. Perdona, pero, si quieres informes, yo estoy aquí para algo…

Un número de danza extremo-oriental, revisada y edulcorada por Hong Kong, atenúa el ruido sordo de las conversaciones. Incluso el exotismo barato conmueve a los espectadores. Las máscaras de los bailarines, amalgama de arte indochino y balinés, son por lo demás muy bellas y se despegan del rostro sin dignidad del hombre blanco. La máscara. No se debería vivir juntos más que enmascarados.

A un signo de Marcelo, Paparazzo ha dado un rodeo y se ha colocado al otro lado de la pista. El relámpago del «flash» hace reír a la joven suntuosa, a la que el príncipe se come con los ojos, y pone en movimiento a los guardaespaldas del aristócrata. Se corre con un semblante de indiferencia entre las mesas, los músicos y los camareros. Uno de los guardias pierde la cabeza y le grita al gerente:

—¡Deténgame a ese fotógrafo! ¡Que me dé su rollo! ¡In-me-dia-ta-men-te!

Paparazzo se ha acurrucado bajo los ojos inocentes de Marcelo.

Página 13

—¡No hay nada dentro! —dice Paparazzo, pero obedece.

Le han destrozado ya dos aparatos.

El guardaespaldas quiere marcar las distancias.

—¿No sabe usted que existe un «derecho a la imagen»? Como siga insistiendo, voy a enseñárselo de otra manera…

Paparazzo está ya lejos y ha vuelto a cargar su cámara. Marcelo continúa su ronda. Las miradas que le siguen temerosas y llenas de esperanza a la vez, le producen una agradable sensación de poder. «Puedo hacer y deshacer una reputación», parecen decir sus ojos, que han abandonado su vaguedad habitual para expresar un poco de malicia. Una mirada sin embargo, es más dura que las demás; proviene de la mesa de un señor importante e irritado, sentado junto a una mujer de diadema, crispada en una cólera de gran tono.

Cuando Marcelo pasa a su alcance, el hombre le llama con desprecio:

—¡Oye, guapo…! Ven aquí…

—¿Yo?

—Sí, tú. Tengo que hablarte.

—Está bien. ¿Qué hay?

—Siéntate —dice el hombre con una cortesía tanto más afectada cuanto que no hay silla ninguna—. O mejor, acurrúcate —agrega el hombre, por momentos más jovial—. ¡Qué sinvergüenza estás hecho! — añade con muecas que encantarían a Pierone que vigilaba de lejos.

Marcelo teme un estallido y maniobra como un nadador en medio de una hostilidad que se va espesando.

—Eres un sinvergüenza… ¿Sabes lo que voy a hacerte? Voy a partirte la boca.

—¡Vamos! —dice Marcelo, muy desapasionadamente—. Tengo que informar a la opinión pública. Es mi oficio. Por lo demás, un poco de publicidad…

—¿Llamas a eso publicidad? Pero, ¿sabes los disgustos que ha tenido ella con su marido por tu culpa? ¿Es que yo me mezclo en tus porquerías de cornudo?

—Tú no eres periodista.

La hermosa señora abandona por un instante su aire helado y murmura:

—Si se puede llamar a eso «periodismo»…

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—Tú te callas —interrumpe el hombre—. Y tú, ya sabes a qué atenerte.

Su cólera llega al paroxismo. Ha llegado el momento de disipársela con una risita apropiada.

—Me matarás…

Marcelo ha dicho esto dulcemente, casi aspirando el humo. Se pregunta hasta qué punto bromea y si, en definitiva, una salida así no sería la mejor coronación de su vida. Un momentito que sufrir antes de lograr la paz. Pero el pensamiento abandona a Marcelo con el humo que acaba de exhalar.

Mientras Pierone sigue en su papel de cariátide uraniana, Magdalena tantea el bar y explora la sala donde se cobija el mundo entero y que le parece vacía. Un mucho más que acaba de largarse. «Otro cretino», dice ella a media voz, mirándose en un espejo amarillento que le devuelve una imagen dulce y pura, apenas traicionada por los ojos inquietos y sin matices.

—Dame un whisky. Y cerrad pronto esta barraca. ¡Está convirtiéndose en una mescolanza tal…!

Un whisky más. No tiene gana ninguna, pero la frase vuelve a sus labios con el encanto del hielo golpeando el vidrio, vuelve de lejos una y otra vez, como la palabra clave de una juventud que repite el santo y seña a los guardianes de un paraíso fácil. Siempre le ha encontrado al whisky un gusto de entarimado nuevo y de chinches disueltas. Pero es el rito.

—Whisky…

—Buenas noches, Magdalena. ¿Está usted sola?

Marcelo se ha acercado al bar. Aquel «sola» apenas resultaba insolente, puesto que —después de todo— Marcelo adivinaba en Magdalena a una hermana. Aparte de la fortuna del padre de la muchacha, ¿qué diferencia hay entre Magdalena y él? Ninguna. Tan sólo hábitos seculares hacen que los parpadeos insatisfechos de Magdalena sean más sorprendentes que los de él. En realidad, es el mismo aspecto de dos sexos diferentes.

—¿Quiere usted bailar?

—No.

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—¿Se le apetece un vodca?

—No. Todo me sale mal esta noche. Me voy.

—La acompaño.

—Si usted quiere —dice la joven con el mismo tono con que ha pronunciado hace un momento «un whisky».

De la atmósfera, sabiamente ahogada, del club nocturno al aire sobrecalentado de la noche de Via Veneto, el paso es brutal. Se avanza a pulgadas; para llegar hasta el coche hay que ir apartando a los paseantes y a los curiosos. Cada cual aguarda, se esfuerza por estar en las primeras filas de un sucedido, de un incidente, de una media que se cae, de un accidente, de una estrella ebria o un Lord abofeteando a su tierno amigo. Pero cada cual sabe que, para él personalmente, nada pasa y que sólo en el periódico del día siguiente vivirá este minuto en el que su escándalo iba a estallar bajo sus ojos.

Los coches rivalizan en carrocerías extravagantes o en ronquidos de puestas en marcha relampagueantes. Los curiosos están en el mejor de los mundos.

Una banda de gusanos resplandecientes, bajo la apariencia de fotógrafos de flashes, se precipita sobre Magdalena. Ésta le dice indiferente a Marcelo:

—Sus amigos pasan al ataque…

Uno de estos «amigos» interpela a Marcelo con aire cómplice:

—¿Adonde vas, en tu treinta y uno?

Magdalena implora con aire cansado:

—Déjenme tranquila esta noche…

—¡Aquí la tenemos! —aúlla otro grupo de fotógrafos, buscando sin pérdida de tiempo un ángulo nuevo.

—¡Ha vuelto…! ¡Es bastante más fotogénica que las coristas!

No se sabe si son las lámparas las que lanzan los relámpagos o si son los saltos de los fotógrafos, que invaden la calle.

—Todas las noches la misma historia. ¿Es que no se cansan nunca? Marcelo interviene, lo poco convencido que se puede estar respecto a

un compañero de juego.

—¡Paparazzo, ya está bien! Pero usted —agrega dirigiéndose a Magdalena— debería haberse acostumbrado ya. Es usted un personaje de actualidad.

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El coche, asediado por los reporteros, consigue sin embargo arrancar.

Los periodistas se inclinan una última vez, mendigan un dato.

—¿Adonde vais?, ¿adonde la llevas?

La pareja ya está lejos. Las calles desiertas de Roma dormida se la han tragado.

Magdalena inicia una conversación que jamás había comenzado.

—Me gustaría vivir en otra ciudad y no encontrarme con nadie.

—Eso sí que es raro —dijo Marcelo—. A mí me gusta Roma enormemente. Es una jungla… tibia, apacible, en la que uno se puede ocultar perfectamente.

—Bien que me gustaría ocultarme. Pero no lo consigo. Y ahora, ¿qué hacemos?

—Una vueltecita, Magdalena.

—¡Roma también, qué aburrimiento! Me haría falta una isla.

—¡Cómprese una! —dice Marcelo, irritado.

—Ya he pensado en eso. Pero, ¿es que sería yo capaz de vivir allí?

Marcelo mira a Magdalena con una sonrisa ya ausente:

—¿Sabe usted cuál es su desgracia? Tiene demasiado dinero…

—Tu desgracia en cambio es que no tienes suficiente. Y así estamos los dos.

Han llegado a la escena, barroca como un sueño de Piranesi, de la Piazza del Popolo. La luz se marchita en la noche como si presintiera la aurora.

Marcelo piensa en las últimas palabras de Magdalena.

—Estar aquí no es ninguna desgracia. ¡Somos tan pocos los que estamos descontentos de nosotros mismos!

¿Es que te vas a poner a mentir, Marcelo? Tú no estás en absoluto «descontento» de ti. Lo tienes todo: un coche, muchachas, sensaciones, la oportunidad de estar siempre en el cogollo de lo que interesa hacer conocer a las chismosas de dos hemisferios. No te falta hacer más que… Pero Marcelo es Marcelo, porque, precisamente, su pregunta no va nunca más allá.

Marcelo vuelve a Magdalena. Ésta se ha quitado las gafas y él la mira.

Tiene un ojo… a la funerala.

Página 17

—¿Qué tiene ahí?

—Nada.

Magdalena se coloca de nuevo las gafas, su único pudor.

—Usted no debería preocuparse. Con todo su dinero, aunque se caiga alguna vez, se cae de pie…

—¿Tú crees?

Magdalena no sonríe, pero desciende del coche que reluce con todos sus cromados.

—La verdad es que ya no tengo fuerzas ni para tenerme en pie. Me haría falta una carga de vida que no poseo… Una «carga» con la que poder mirar al mundo con la cabeza alta…

Magdalena reflexiona y aprueba sus pensamientos.

—Sí —dice ella— ya sé la «carga» que es… Cuando hago el amor… sí, en el amor encuentro esa tensión. Sólo el amor puede darme esa fuerza que me falta.

Marcelo no quiere comprender y se esfuerza en cambiar de tono.

—Pues entonces —dice con su sonrisa más impersonal—, entonces:

¡Viva el amor!

«Viva el amor» se pierde sobre las terrazas verdes que se elevan por encima de la Piazza. Dos muchachas sin edad contemplan el inmenso coche americano que está a sus pies.

—¡Mira, Ana María! No es un coche… Es una casa.

Marcelo ha escuchado la voz, pero no distingue nada a través de los árboles. Conoce bien el sitio y pregunta con aire agostado:

—¿Es Liliana?

—No —responde la voz—. Es Adriana. ¿Y tú, quién eres tú? Magdalena está encantada. Por fin algo que consigue turbarla, y quiere

intervenir.

—Buenas noches —dice, muy familiar.

El diálogo de dos voces, luego tres, con las voces secretas de los soplones que no son probablemente más que chulos, se establece entre la plaza y la primera terraza de los jardines.

Adriana ha visto otros casos y está dispuesta a aceptar no importa qué proposición. Lo extraño no lo ha repetido nunca, puesto que por lo demás está siempre dentro de eso. Sigue respondiendo a Marcelo:

—Liliana no viene por aquí desde hace mucho tiempo. Ahora está en Milán.

Página 18

—¿Quiere usted dar una vuelta con nosotros? —interrumpe Magdalena.

Esta noche las cosas no están saliendo tan mal como ella creía.

Adriana consulta discretamente a su oráculo en voz baja.

—Una señora me pregunta si quiero dar una vuelta en automóvil con ella. ¿Voy?

Para guardar la forma, Magdalena consulta también con Marcelo.

—Pero, ¿qué piensa usted hacer? —dice Marcelo.

—Nada más que dar una vuelta. Después la podremos llevar a su casa. ¿La conoces tú?

Magdalena parece poner en la pregunta un retintín de malicia.

—No —dice Marcelo.

Y agrega, siempre sincero:

—Por lo menos, me parece que no…

El oráculo de Adriana ha pronunciado su «sí» y se ha marchado a «jamar», como él dice.

Adriana aparece contra el muro. Magdalena enciende los faros y avanza sobre ella, entre dos guardacantones que protegen los bordes de la plaza.

—¡Apaga, loco! —dice Adriana, dándose cuenta de pronto del frescor de la noche.

Magdalena apaga por fin. La muchacha está ya junto a la portezuela. Tiene cara de buena persona, con facciones ya pesadas, y no parece estar nada extrañada.

—¡Entonces, vienes con nosotros! —afirma Magdalena, saboreando ese tuteo de mujer a mujer.

—Desde luego ustedes dirán que tengo una caradura imponente… pero si me llevan a casa me harán un gran favor.

Marcelo hace subir a la muchacha y le busca un sitio en el asiento de atrás; ella se inclina entre los dos.

—Pero vivo muy lejos —dice Adriana, intimidada.

—¿Está usted cómoda? —dice Magdalena.

—¿Dónde vives? —pregunta Marcelo.

Adriana se siente animada y da el nombre de su barrio, muy lejos, en las afueras.

—¡Huy, la mar de lejos! Vivo en los Cessati Spiriti[3]… No dirán que no se lo he avisado.

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Adriana está deslumbrada por el coche que se hunde en las calles desiertas. Se dirige a Magdalena:

—¿De quién es este auto? ¿Es de usted?

Magdalena asiente con la cabeza. Una sospecha atraviesa el espíritu de la chica, quien lanza a Marcelo, a tontas y a locas, una pregunta, segura ya de la respuesta:

—No serás tú quien se lo ha comprado, ¿verdad?

—No —replica Marcelo—. Su padre.

—¡Vaya un padre! —dice Adriana—. El mío no servía más que para molerme a bofetadas…

Magdalena le pregunta a Marcelo, ligeramente sorprendida:

—¿Conoce usted a mi padre?

—Desde luego; me presentó usted en cierta ocasión…

—Y tus padres… ¿dónde están? No me acuerdo ya de ellos.

—En Cesena —dice Marcelo, totalmente absorto.

—¿Es que hay mar en Cesena? —pregunta Magdalena, atolondradamente.

No hay mar en Cesena. Marcelo no responde y, con tono amistoso, dirigiéndose a la muchacha, que les observa, dice:

—Bueno, ¿cómo va la cosa?

—¿Que cómo va? ¿Cómo quiere usted que vaya? —dice Adriana. —¿No ha habido mucho negocio esta noche? —pregunta Magdalena,

con una voz sorda que a Marcelo le cuesta trabajo reconocer.

Adriana experimenta también una ligera sorpresa, apagada pronto por su escrúpulo profesional.

—¡Negocio…! Tropecé con un tío raro…

Me ha dado veinte pavos y un paquete de «mataquintos»…

Magdalena continúa:

—¿Cómo era? ¿Joven? ¿Viejo?

—No me he fijado —contesta Adriana con naturalidad. Magdalena le pregunta a Marcelo malignamente: —¿Se iría usted con una mujer como ésta? —No.

—¿Por qué? No es peor que las demás. Quizá no ha ido usted nunca con mujeres de esta clase…

—No, algunas veces, pues, claro…

Adriana se siente vagamente irritada.

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—Escucha, mi «gregorypeck»… ¿me dejarán que yo también meta el pico? ¿Qué va a ser?

Marcelo se esfuerza por mostrarse cordial.

—¿No nos habías dicho que querías que te lleváramos a casa? Vamos a llevarte.

—¿Por qué? —intervino Magdalena, siempre distanciada—. ¿Por qué?

¿Qué te creías…?

—¿Yo? Nada. No tengo nada que creer…

Adriana fuma y escucha la radio. La música choca primeramente con los lugares nobles y desiertos, con los palacios dulcemente dibujados en la noche ya en decadencia, luego se armoniza con los barrios feos y nuevos, de fachadas lívidas. Algunos solares vagos, casas todavía encorsetadas por sus andamios, el’ asfalto hundido, indican que se está llegando. Se está ahora en medio de bloques siniestros, que lámparas desnudas alumbran cruelmente. Adriana está preocupada.

—Sin formar ruido —dice—. Aquí está durmiendo todo el mundo. Bajad la radio…

—De todos modos, nos vamos a ir en seguida —dice Marcelo.

Magdalena no escucha y pregunta a la muchacha:

—¿Con quién vives? ¿Hay alguien en tu casa?

—¿Con quién quiere usted que viva? Tengo un primo, pero, de momento, está en Velleti…

—Entonces… ¿Nos ofreces una taza de café? —dice Magdalena.

La sorpresa de Adriana se ve pronto desbordada por sus cuidados de ama de casa.

—Con mucho gusto… ¡Lo hago estupendo!

Precede a Magdalena y a Marcelo por una especie de pasillo en cuesta, al pie de un edificio anónimo.

—Pero sobre todo —agrega—, no crean que van a encontrarse con un palacio. Les enseñaré el camino…

Dicho camino conduce a una escalera que parece que debe de terminar en el sótano.

—Tengan cuidado —dice Adriana—. Precisamente la otra noche, un señor muy educado…

Pero sus preocupaciones de mundanidad se le escapan bien pronto ante el espectáculo de un sótano inundado. A medida que van avanzando, Adriana coloca planchas de madera para facilitar el acceso. Sus

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imprecaciones quedan sin eco. Marcelo se siente irritado e intrigado por Magdalena; ésta fuma con una indiferencia afectada.

—¡Bien me están haciendo pagar mis culpas! —dice Adriana—. A cada momento nos están haciendo promesas… Sí, sí… si no es para Pascuas, para Trinidad. No hacen más que prometer, el casero y el mariquita del delegado. Y nosotros a esperar; bien pronto tendremos que entrar en casa nadando… Les llevaré a ustedes a mi dormitorio… y mientras tanto yo iré preparando el café.

Adriana coloca una última plancha que da acceso a una puerta-ventana adornada con cortinas de encaje. Se distingue al fondo una gran cama, al lado de un armario «modern-style». Aquello huele a colillas, a polvo, a permanganato y a rosas ajadas. Magdalena lo ha mirado todo con aire distraído y se ha sentado en la cama.

Adriana trata de disculparse. La voz llega a la habitación, mezclada con el ruido del molinillo del café.

—Esto también está inundado. Habría que conocer a alguien con influencia, algún tío gordo… Hace ya dos años que presenté una demanda y todavía estoy aquí. Tendrán que excusarme.

La cama está sin hacer. Magdalena deja caer la cabeza en la almohada y mira a Marcelo.

Una voz prudente les llega desde detrás de los vidrios. Es Adriana, que ha visto su lecho bajo la luz, y que ha apartado la mirada, diciendo, molesta:

—Aquí os pongo el café.

El alba ha devuelto a la cal pulverulenta de las casas su blancura lívida. Magdalena está agotada. Piensa vagamente en mujeres que ha conocido y para las cuales el llevar un cilicio era un pretexto para el goce. Esta cama manchada le ha proporcionado un calor inefable. Su carne se ha estremecido. Ya la tibieza de las sábanas no es más que un recuerdo.

Marcelo está callado, atontado de sueño.

La dueña del cobijo no está ya dentro. Adriana, tan cansada como los huéspedes improvisados, está afuera, aguantando los sofiones de su hombre. Éste no quiere avenirse a razones.

—¡Encima eso! ¡Ni siquiera te has puesto de acuerdo antes! ¡Eso es lo que te pasa por hacerle favores a la gente! ¡Eres idiota!

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Adriana se defiende con timidez:

—Pero, ¿qué iba a hacer? Fueron ellos los que decidieron. Yo no podía ponerlos de patitas en la calle… Además, es de esperar que me den por lo menos dos «sábanas»…

Su Julio ve en esas palabras un atentado contra sus prerrogativas. —¿Dos «sábanas»? ¡Seré yo quien ponga los precios! ¿Es que son

marido y mujer?

—¡Qué tonterías! —dice Adriana con cierto desprecio.

Magdalena y Marcelo aparecen en ese momento. El chulo pone en marcha su scooter.

Adriana dibuja una sonrisa en cuanto que Magdalena le tiende un billete de los grandes. Se muestra incluso cordial.

—¿Debo dar marcha atrás o hay aquí sitio para maniobrar? —dice Magdalena, ya cerca de su coche, seguida por Marcelo, que piensa en la nueva jornada que le aguarda.

—Ve hasta el fondo —dice Adriana—, luego vuelves a la derecha. Déjame besarte…

Estas últimas palabras y el «besito» son para Marcelo. Luego se siente confusa por su gesto. El coche tiene ya el motor en marcha y Adriana se muestra cada vez más maternal:

—¡Vuelvan ustedes cuando quieran! ¡Y no corran, por Dios, con ese cacharro…!

Otro día de mi vida. No habrá nada. Salvo mi buena acción cotidiana: la mentira obligatoria a Emma. Emma y sus raviolis. Emma y su carne dulce, tierna, que cede, envolvente como la jalea. ¿Por qué Emma? ¿Por qué no Emma? Ella es mi mesa, mi cama, mi sueño. Mi sueño.

Marcelo está ahora solo en su cochecito. Por las calles no circulan aún más que los lecheros y los barrenderos. ¿Qué va a contar? «He tenido que

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perseguir al príncipe Bélisance, por lo demás para nada». O bien Emma estará dormida, y al despertarse lo habrá olvidado todo.

Marcelo no tiene necesidad de inventar nada. Ha abierto la puerta sin producir el ruido más mínimo, como un marido de vaudeville, en un trabajo inútil. Emma está ante sus ojos, echada por tierra, en el pasillo, retorciéndose de dolor. Marcelo siente mareos; coge a Emma en sus brazos y la mira. Una espuma ligera sale de los labios de la mujer. La arrastra hacia la cama, hacia el teléfono. Descuelga con una mano, luego se detiene: sqbre la mesilla de noche, dos tubos vacíos indican lo que Emma ha querido hacer. Marcelo pierde la cabeza. El teléfono zumba estúpidamente. Tiene algo mejor que hacer. Se echa a Emma al hombro, como un cuarto de carne, y desciende temblando hacia su coche.

Emma no reacciona. Los grandes frenazos apenas arrugan su frente. El Servicio de Urgencia no está lejos. Marcelo conoce allí a todo el personal. El suicidio entra también dentro de sus atribuciones. Pero esta vez es él el alcanzado.

«¿Él?». Yo, no. Es Emma la que está alcanzada. Y si Emma ha hecho esto, es por causa tuya, cerdo. ¿Cerdo? Pero yo no he prometido nunca nada. Claro que ha habido lo de esta noche. Pero ella no sabe nada. Nunca sabe nada; la muy loca quiere tenerme pegado; debería dejarla reventar, mi pobre amor, mi tesoro.

El médico de servicio le hace una señal a Marcelo para que entre. Emma está atendida en la mesa de operaciones. Por la solería corre todavía el agua y un olor agrio sube hasta la nariz de Marcelo.

—Ya está fuera de peligro, pero no la fatigues, ¿comprendes? Marcelo tiene ganas de echarse a llorar.

El médico, antes de dejarle solo con Emma, dice con tono más oficial: —Cuando salga, vaya a prestar declaración en la Comisaría de servicio. Tiene usted que firmar el proceso verbal. Es obligatorio en estos

casos.

Emma apenas respira. Su postración turba a Marcelo. Estrecha en sus brazos ese cuerpo que él conoce tan bien, hasta la indiferencia. Ha pasado. Se acabó.

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Marcelo deja a Emma en su sueño de mujer totalmente agotada. Fuera, se siente en su elemento; hay allí colegas, bajo la mirada inquieta de una religiosa y de dos enfermeros. Ahora es él quien está en el centro de los «sucesos», pero ya se las bandeará.

—Daños algún dato… ¿Eres tú quien ha traído aquí a la mujer envenenada? ¿Quién es? Cuéntame.

—Escucha… hazme un favor. No escribas nada. Bastantes molestias voy a tener ya con la Policía.

—¿Qué ha pasado? Dímelo a mí.

—Nada, nada, te lo repito. Te lo ruego: déjame tranquilo.

Los colegas se van entonces a buscar el pequeño estremecimiento del día para el lector aburrido. Marcelo respira. «¿Por qué ha hecho ella esto?», se mezcla a un pesar punzante: «No debería haber abandonado tan pronto aquella cama inesperada». Se apodera de él una vaga ternura.

—Hermana… ¿Podría telefonear?

Marcelo compone un número. El timbre repiquetea largo rato a la cabecera de Magdalena. Ésta está en su cama, derrengada, vestida, harta, y muerta a su manera. Magdalena no quiere estropear el gustó de su aniquilamiento, y deja que el timbre suene.

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E L SUPERCONSTELLATION cebrado de «Alitalia» frena sobre la pista de Ciampino, y un viento de tormenta barre el terreno. Un grupo de periodistas, erizados de flashes, se apretuja y avanza hacia delante, como para plantarle cara al torbellino. Son un centenar, poco más o menos, cada uno de ellos dispuesto a aplastar a su vecino con tal de conseguir una foto despampanante. Marcelo es el único que no comparte la agitación simiesca de sus colegas. También es verdad que no tiene cámara y que sus impresiones van raramente más allá del gran titular sugeridor. Hoy el reportaje es banal, mezcla de actualidad de espectáculo y publicidad de Prensa. Una vedette, una estrella, un «sexo» gigantesco, cada vez más perfeccionado, para hipnotizar a las muchedumbres que no pidenmás que eso. Los fotógrafos aúllan y suben apretujados al asalto del avión. Uno se asombra de que una foto pueda salir diferente de otra. De pronto no se oye ya más que los rugidos impacientes: los motores se han parado, el nombre de Silvia cubre la voz irritante del altavoz. La estrella de las estrellas va a aparecer en lo alto de la escalerilla. Cien aparatos diversos de toma de vistas y de sonidos —cinema, televisión, rollex, leicas, micros— están enfocados sobre la portezuela abierta, desde donde una azafata sonríe, intimidada.

—¡Silvia!

Es un coro cada vez más enervado, seguido por uno de esos inexplicables silencios que sorprenden al espectador. El silencio es tal, que se oye claramente cómo una voz dice desde el interior del avión.

—That’s good, smile, smile!

La diosa rubia aparece al fin, los dientes deslumbrantes y el busto en ofrenda, abierto el abrigo como una capa o alas de murciélago. Se queda inmóvil, en una especie de convenio con los fotógrafos. Los disparos hacen pensar en una granizada. Pocos aplausos, puesto que pocas manos están libres.

Un nuevo silencio ahogado por el ruido de los motores de un avión que se lanza. Los reporteros están ya disgustados:

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—Please, las gafas, Silvia! ¡Las gafas! —grita un fotógrafo.

Silvia no se mueve.

—Decidle que se quite las gafas —insiste otro. —¿Cómo se dice «gafas» en inglés? ¡Silvia, las gafas!

Del borde de la pista, una escuadra llega al trote, con movimientos de ballet; los hombres parecen aglomerados alrededor de una fuente que mantienen lo más horizontal que pueden. Es una pizza gigantesca, todavía humeante. Un elegante personaje, de bigote seductor, sonrisa de superioridad y temo príncipe de Gales, les precede a paso ligero, seguido por un niño cargado de flores.

Mientras tanto, bajo el fuego salvaje de los objetivos, Silvia ha vuelto a entrar en el aparato y ha salido nuevamente de él, para una edición revisada y corregida de su desembarque.

El hombre que precede a la pizza, a las flores y a algunos portadores de micros llega al pie de la escalera, rebasa a los fotógrafos, pisando a dos o tres operadores tendidos en tierra y se presenta:

—Buenos días, señora. Soy Scalise.

Su sonrisa seductora se cambia en un rictus feroz, al dirigirse a sus hombres:

—¡Acercad la maldita pizza, partida de imbéciles!

El micro de un locutor recibe un diluvio de palabras ronroneantes:

—El célebre productor Toto Scalise llega en estos momentos. Como saben nuestros queridos oyentes, ha contratado a nuestra gran estrella para una colosal coproducción histórica, en color, estereofonía y Technirama… Ofrece a la distinguida artista un trozo de ese manjar exquisito que resume a maravilla los colores y los perfumes de nuestra patria. Silvia, descubriendo sus dientes admirables, muerde la pizza sabrosa…

Los fotógrafos se apretujan y repiten diez veces el mismo cliché, mientras que Silvia recomienza pacientemente el mismo gesto de morder. El productor no afloja su sonrisa.

Marcelo se ha acercado. La belleza de la vedette le parece inverosímil y, un poco turbado, la mira a los ojos.

Los mecánicos han llegado bajo el ala y no pierden una imagen de la escena cada vez más descosida.

—¿Es la sueca? —pregunta el capataz a los peones—. Cielo santo, que no me la dejan ver…

El locutor cubre el micro con la mano y dice, dirigiéndose a Marcelo:

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—Eso sí que es…

Luego recoge el micro y continúa:

—Nuestro afortunado productor acompaña ahora a nuestra estrella hacia la aduana. La muchedumbre de sus admiradores es tal, que no se avanza apenas…

Las órdenes chisporrotean. El grupo se traslada en un movimiento único.

Marcelo interroga a la azafata con aire distraído:

—¿Buen viaje?

—Muy bueno, gracias.

Marcelo, ¿qué haces tú aquí? Deberías estar delante de ese cuaderno que está en blanco desde hace diez años, o cerca de Emma, o incluso cerca del cuerpo más hermoso que hayas visto en tu vida, Silvia. Y estás aquí, en medio de la peste de la gasolina. Vives para nada.

El «Cadillac» de la producción, donde Silvia ha tomado asiento con su secretaria, su séquito y el Gran Productor, avanza lentamente. El cochecito de Marcelo, refugio de los fotógrafos amigos, Paparazzo y su ayudante, se ha colocado a su altura. Silvia hace una modificación al programa y pronuncia palabras que los productores escriben en su carnet:

—Look at all the chickens!

Pasan a lo largo de un inmenso gallinero que parece traerles suerte; los coches se arrancan por fin como para una cabalgata final.

Viendo a Silvia Rank, Villiers de l’Isle-Adam habría renunciado a inventar su Venus edisonniana. Silvia es una criatura de tres o cuatro dimensiones, un harén completo, un producto perfeccionado para todos los goces, la enseña viviente del deseo de la carne, el candor de la lubricidad para hombres vencidos. Ella no tiene necesidad alguna de surcar la pantalla: su leyenda hace nacer sus imágenes antes de que las fije el objetivo indiscreto. Basta con que su leyenda sea difundida —y la Prensa,

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el cine y la televisión están ahí para eso— para que ella reine en lo absoluto de los placeres inabordables. La primera «conferencia de Prensa» romana es pues, para Silvia, el agua lustral, las fuentes bautismales y el rito mágico de su nacimiento o de su elección al rango de cortesana para nadie.

La brigada de los fotógrafos está en la primera fila del salón, más armada que nunca de relámpagos y de instrumentos cromados. Pero, a la imagen, se agrega el coro de las preguntas a las cuales importa poco la respuesta, ya que, oficiando el intérprete, las fórmulas propiciatorias son puestas a punto por un concilio de publicitarios de genio.

El humo es espeso, el whisky fluye. El champaña decora las bateas que los esclavos de traje blanco hacen circular. De momento Silvia lleva gafas negras para proteger a los concurrentes contra su mirada. Está sentada sola, sobre un diván inmenso, ataviada con un vestido de encaje negro que no deja ninguna clase de dudas sobre la plenitud de sus formas.

Las preguntas de los reporteros afluyen, en todos los idiomas, pero no se traducen más que las más ridiculas, o las más manidas.

—Do you like the eternal city, Miss Rank?

Cada cual bordará su propia respuesta y Silvia no lanza más que una sonrisa de refilón.

—Señora, ¿es cierto que se baña usted todas las mañanas desnuda en agua helada?

—¿Le gustan a usted los niños?

—Have you practiced the yoga?

—Pregúntele a la señora qué personaje histórico le gustaría encarnar… —¿Le gustan a usted los hombres barbudos?

El intérprete traduce, mezcla preguntas y respuestas, recoge los «of course» de Silvia, se pavonea de su importancia.

A cada pregunta hecha en una lengua extranjera, Toto Scalise, el productor, se llena de gozo y alarga su bella mandíbula. La flor de su ojal tiembla cada vez que sueña con un nuevo contrato. Se preocupa de que los vasos estén siempre llenos.

—¿Desde cuándo hace usted cine?

—¿Qué piensa usted de la nueva ola?

—¿Encuentra usted fatigoso trabajar para el cine?

—¿Qué piensa usted de las artistas romanas?

La Radio italiana avanza sus micros. Va a cumplir su misión:

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—¿Qué piensa usted de la cocina italiana?

El intérprete perfecciona:

—Now a question for the radio: what do you think about italian food?

—Oh! I adore it, specially spaghetti and cannelloni. Silvia agrega una mueca glotona dedicada a las cámaras. —¿Qué es lo que le gusta más en la vida? El intérprete:

—What do you think you like most in Ufe?

Silvia está preparada:

—I like a lot of things but there are three.

I like most: love, love and love.

El intérprete refina:

—Me gustan varias cosas, pero especialmente me gustan tres: el amor, el amor y el amor.

—¡Corten, está en directo!

La Radio retrocede ydos periodistas reanudan sus preguntas agitando el hielo en sus vasos.

—Please, Miss. ¿Duerme usted en pijama o en camisón?

Por fin, se dice el jefe de publicidad, que ha aguardado este momento desde hace tres años. Ésta va a ser la edición definitiva, para la posteridad, de su rftás hermoso hallazgo.

El intérprete traduce para que nadie se pierda aquel momento:

—How do you sleep: with pijama or night gown?

Silvia se recoge y se abre:

—Neither. I sleep only in two drops of French parfume.

El intérprete abrevia:

—Solamente con dos gotas de perfume francés.

Scalise revienta de gozo. Se ensombrece al escuchar la pregunta de un crítico con gafas:

—¿Cree usted que el neorrealismo italiano está vivo o muerto? —Diga usted: vivo.

Dócil, Silvia responde pues, con todo el esmalte de sus dientes:

—Alive.

¿Es posible? ¿Existe UN solo lector capaz de tragarse estas estupideces que se repiten desde hace veinte años? ¿Será verdad que

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este diálogo laborioso hará vender la edición de la noche? Pero si hay seguramente hombres de esta especie, capaces de semejantes curiosidades’ de niño retrasado, toda objeción contra la bomba H cae por su base. Marcelo se pregunta si Silvia llevará un sostén armado.

Al fondo de la habitación, Marcelo observa, escucha con una oreja, la otra pegada al teléfono. En su nuevo papel de resucitada, Emma coloca su escena de celos, muy segura de sí misma.

Mientras que Silvia se va haciendo más y más deseable a los ojos de los reporteros, Marcelo explica:

—No podía telefonear antes… ¡Trabajo! ¿Solo con ella? ¡Pero si hay aquí cincuenta personas…! Si quieres, te lo juro. Desde luego, por la salud de mi madre…

Marcelo oye la nueva pregunta de un colega:

—Miss Rank, ¿actuará también su novio en esta película?

La pregunta, todavía no traducida, resbala sobre Silvia. Marcelo se aprovecha de eso para decir a Emma lo contrario de lo que ve:

—¿Guapa? Bueno, para el que le guste el tipo de belleza americana… Una muñeca, tú me comprendes, una muñeca grande…

Un periodista inglés hace su pregunta habitual:

—Which do you like of Shakespeare’s parís?

Silvia está preparada:

—O’, it’s so exciting. I want to try this one. May I try it?

Hay que seguir el hilo de la conferencia.

—¿Cuál fue el día más feliz de su vida?

El intérprete traduce antes de que la frase haya acabado:

—Miss Rank which was the happinest day or your Ufe?

Silvia interroga a su secretaria con aire de complicidad:

—What’s the answer for this question, Edna?

—It was a night, dear.

El intérprete da la versión completa.

—El día más hermoso de mi vida fue una noche…

Los aplausos y los flashes caldean el salón. Silvia se levanta, más opulenta que nunca.

—¿Cómo fue usted empujada al cine? —pregunta un periodista acreditado.

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Bajo las cámaras que tiemblan dulcemente, Silvia tiene un movimiento admirable que hace ondular su garganta bajo el encaje:

—Because they discovered I have a big talent!

Y el intérprete, reforzando:

—Porque descubrieron que yo tenía un gran talento…

Al otro extremo del hilo, Emma despliega su canto. Marcelo oye brutalmente:

—Ven pronto, tengo ganas de quererte.

Marcelo se impacienta. Emma cambia de tema:

—Te espero. Me quedaré en casa todo el día. ¿Quieres que te prepare un platito? ¿Quieres raviolis? Tengo a mano todo lo que hace falta. Después iremos al cine. O nos quedaremos en casa. Lo que tú quieras. ¿Me quieres?

Scalise se acerca. Marcelo está exasperado. Lo más difícil, en el teléfono, es colgar. Por primera vez, Marcelo bendice su oficio.

El productor halaga al «gran cronista del día». Todo lo que se gasta en su publicidad no vale lo que una línea de redacción o una foto en primera página, justamente al lado del último juego de palabras de Kruschow o de Eisenhower.

—¿Qué, pensando siempre en tu doble página, verdad? Dime, Marcelo, ¿adonde la van a llevar?

—No te preocupes; déjame hacer a mí. La llevaremos a San Pedro, luego al Quirinal, con la Guardia de gran gala… ¡Vas a ver!

Scalise está encantado:

—¡La Guardia! Excelente idea… Gigantes de dos metros son los que convienen a su tipo de belleza.

Marcelo no está muy convencido. Un gigante americano, un poco bebido ya, acaba de entrar. Scalise se precipita a su encuentro y presenta:

—Señores, he aquí por fin a nuestro Roberto, el novio de nuestra gran artista.

La llegada del novio pone frialdad en el ambiente, sobre todo cuando Silvia le reprocha haberse quedado durmiendo en lugar de ir a esperarla al aeropuerto.

El intérprete se esfuerza por restablecer el contacto:

—They want to know what do you think about italian men…

Pero ya está todo más que acabado y nadie y sabrá nunca lo que Silvia piensa del hombre italiano. Cada cual ha hecho su carga de réplicas, de

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fotos, de sonido y de alcohol selecto. La conferencia de Prensa termina antes de que el intruso decepcione a los incondicionales de la estrella. Marcelo entra en liza.

La corista de Estocolmo, criada en Hollywood, vestida en París por un ruso de Shanghai y contratada para una coproducción franco-italo-alemana, está en Roma.

Esta vez las operaciones están conducidas por Marcelo. Únicamente los fotógrafos de su clan han sido admitidos para trepar por la interminable escalera que conduce a la cúpula de Miguel Angel. Pero si Marcelo coordina las operaciones, es Silvia quien conduce el juego y arrastra a todo el mundo. Su vestido, cuya severidad ejemplar no podría menos de ser aprobada por la beata más rancia, es escandaloso adrede. Es a la vez sacrilego, equívoco, insolente y excitante. Su vestido de encajes era bueno sencillamente para la imaginación de colegialas en crisis de crecimiento. Su disfraz actual es para adultos auténticos, desde Tiberio a Juan Jacobo Rousseau. Y si, por lo menos, Silvia hubiera renunciado a sus «dos gotas de perfume francés»… En la escalera estrecha que comienza por una espiral muy abierta, ese perfume domina tercamente, mezclado con el olor de su piel y un vago olorcillo a incienso.

Marcelo es el único que hace frente a Silvia. Unos tras otros, los fotógrafos jadean y espacian su trabajo. Edna, la secretaria, se tiene en pie sólo a fuerza de voluntad. Silvia sigue subiendo, fascinada por los nombres grabados sobre las paredes.

—Look at all these ñames! Edna, give me a pendí!

La idea de Silvia «autografiando» a San Pedro, excita un poco a la cámara de Paparazzo. Unos relámpagos van puntuando las firmas de la vedette.

Edna se inquieta. No se llegará nunca arriba. Marcelo insiste:

—Very, very high!

Edna trata de desanimar a Silvia con los setecientos escalones que hay que subir:

—Silvia, did you knowithere are seven hundred steps here?

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Marcelo suelta una ririta. El eco acentúa todas las voces. Muy metida en su personaje, es Silvia la que recuerda a los demás que se está «en una iglesia»:

—Sssh, we are in a church!

Paparazzo tiene ganas de soltar unos cuantos tacos. Hace todavía dos fotos poco antes de que Silvia desaparezca en la curva de la escalera, más empinada por momentos.

—¡Pero si no se para nunca! —dice el ayudante de Paparazzo. —¡Es un ascensor!

Marcelo se esfuerza por alcanzar a Silvia. Edna se sienta en el suelo mientras que, desesperado, Paparazzo advierte que tendrá que bajar en busca de nuevos carretes. Juraría muy a gusto, si no estuviese en el edificio mismo de la basílica. Para evitar tentaciones, Paparazzo cuenta cuidadosamente los escalones que lo separan de la plaza.

Silvia ha reconocido las tarjetas postales de Roma al desembocar en la terraza de la cúpula. Roma bajo el sol es de un ocre cálido y turbador. Silvia querría reconocer su tarjeta postal.

—I can’t believe it. Show me where Giotto’s campanile is.

Marcelo se enternece. Para no desengañarla estaría dispuesto incluso a atribuirle al Giotto no importa qué campanario romano. Pero replica, como si estuviera dando el itinerario de un viaje de bodas:

—It is not in Rome. It is in Florence.

Su voz queda cubierta por el viento. Pero Silvia ha olvidado ya su pregunta. Ha identificado su tarjeta postal (había sido Ingrid, una amiga de Góteborg, quien le había enviado una, cuando su viaje de boda) y por tanto Roma ya no le interesa. Marcelo, por el contrario, despierta su curiosidad. Ella ha estudiado largo rato, con desasimiento y simpatía a la vez, su sonrisa, sus labios, sus ojos, su nariz, sus cabellos. Le hablaban ayer del «hombre italiano».

He aquí una muestra. Es desde luego un italiano, inquieto, visiblemente inestable, insolente a veces, dispuesto a lanzarse a sus pies, incapaz ciertamente de hacerle ningún mal. Marcelo podría muy bien ser una tentación. Silvia lo mira todavía y acaricia su rostro con sus gafas de sol.

Roma está vacía como un decorado. Se diría una Pompeya bien conservada, y la Plaza de San Pedro está, a ojos vistas, llena de turistas que no tienen nada de peregrinos. Una ráfaga especialmente brusca

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arrebata el sombrero de Silvia, y lo hace planear dulcemente hacia el lejano obelisco. Ningún fotógrafo ha llegado todavía. Esta escena se perderá. Los largos cabellos rubios de Silvia se desploman en un desorden deslumbrador. Silvia disfruta de un momento de paz y abandona su sonrisa.

Roma está muerta para ti, Marcelo. La primera vez que llegaste aquí desde tu provincia perdida, creiste que el mundo era tuyo y que sabrías expresar el universo de esta explanada. Hoy no pides otra cosa sino reflejarte en los ojos de este bello animal, o en no importa qué ojos dispuestos a recibir tu imagen.

Esta larga ascensión no será más que un titular a dos columnas del tipo uno:

SILVIA LE PONE UN GORRO AL OBELISCO.

Por lo demás, para la segunda edición, el ministro del Interior habrá protestado con acritud, y el titular irreverente será suprimido.

Ni siquiera en sus sueños más extravagantes, habría imaginado nunca Caracalla ver sus termas convertidas en Caracalla’s Night Club, con sirvientes disfrazados de personajes púnico-romanos. Pero hoy la moda exige que se utilicen las ruinas, y el más mediocre nuevo rico puede ofrecerse, como aparador para su comedor, un bonito sarcófago de las catacumbas apias. Caracalla tiene más prestigio —a los ojos de los «turistas» cosmopolitas— que una humilde catacumba. «Nerón» resultaría mejor, pero todavía no se ha osado tanto. En ese caso habría que no olvidar el Coliseo.

Una orquesta se esfuerza en crear ambiente bajo las bóvedas gigantescas; hay bastante sombra, pero todavía se está lejos de la animación necesaria. Se han colocado tiendas medievalescas que permiten

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algunos apartes. Grupos entran y salen. Pero empieza ya a correr un rumor: la artista que ha surtido a los periódicos del día va a llegar de un momento a otro. Se coge sitio, como en los palcos de un teatro. Un periódico de la noche ha husmeado un escándalo memorable: Silvia y su «novio» estarían en malas relaciones.

Efectivamente, Silvia llega muy pronto con un séquito abigarrado; Marcelo la lleva cogida del brazo y los dos parecen disfrutar de una dulce euforia. Roberto, el novio, llega algunos minutos después con dos señoras y con Scalise; éste parece preocupado por la ligera embriaguez que pone a Roberto sombrío y agresivo.

Tras ellos llegan dos príncipes napolitanos, un grupo de industriales alemanes y dos o tres pintores abstractos lanzados recientemente por una fábrica de crema para el calzado o de máquinas de escribir.

Marcelo baila con Silvia en medio de la pista. La estrella lleva un vestido de gran noche, rasgado hasta el muslo. Sus hombros están protegidos por una estola de visón blanco. Todos los ojos están fijos en ella, y la vanidad de tener en sus brazos a la mujer del día le presta a Marcelo una seguridad de actor consumado.

Es Marcelo quién se abandona. Encuentra en Silvia la encarnación de una especie de mito; y tocarla con sus manos, no lo convence más que a medias. De todas maneras, puede hablar como si Silvia no estuviese allí; bastará que hable en italiano, lengua en que la artista no sabe ni siquiera decir «sí». Marcelo no se priva de ese gusto.

Sobre un fondo musical del que no captan más que el compás, Marcelo habla por los codos, con el entusiasmo de quien sabe que no será comprendido:

—Tú eres todo, Silvia. ¿Sabes tú lo que es todo? Everything! Tú eres la primera mujer del día de la Creación. Tú eres la madre, la hermana, la amante, la amiga, el ángel, el diablo, la tierra, el hogar. ¡Ya lo he encontrado; eres el hogar…! ¿Por qué has venido aquí? Sé buena: vuélvete a América. ¿Comprendes? ¿Qué voy a hacer yo ahora?

Silvia escucha, encantada por las vocales italianas, cuya música rotunda ignoraba totalmente. Se aprieta contra él cuando las sílabas se hacen más fuertes, casi provocativas.

—Hace falta que te siga hablando. Es absolutamente necesario —dice todavía Marcelo.

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Desde su mesa, Roberto los observa por encima de las gafas, con un mechón de pelos caído en la frente. Distraído, esboza un retrato en el respaldo del programa. Scalise manifiesta su aprobación en voz alta, con la esperanza de distraerlo.

La invitada de más edad, Mrs. Neuman, se extasía:

—Magnificent… and that was only the bath of the Emperor? —Naturalmente la piscina es siempre la misma —dice Roberto,

olvidando que Mrs. Neuman es americana.

Por fin en el Caracalla reina una animación que durante semanas se había estado aguardando en vano. Silvia polariza la atención de los hombres y la curiosidad, o la envidia, de las mujeres. La orquesta vuelve a encontrar su unidad y su ritmo. El vocalista quiere conmover.

Las parejas se miran con una simpatía inesperada, lo que debía de hacer meses que no les pasaba.

Marcelo contempla a Silvia como si asistiera a la invención del amor, muy entretenido por sus propios sentimientos.

De pronto, un rugido de piel roja cubre a la orquesta, al cantor y a cien conversaciones particulares. Un gigante, vestido grotescamente de guerrero fenicio, con admirable barba rizada, hace signos frenéticos a Silvia.

Silvia arquea el pecho, responde con el mismo rugido y se lanza hacia el gigante.

—¡Frankie!

Sólo la orquesta no se ha detenido, pero sus cobres son cubiertos de nuevo por los aullidos del gigante y de la vedette. Frankie la levanta del suelo por la cintura. Un nuevo vaso permite a Roberto superar la prueba con la indiferencia requerida.

Scalise está muy preocupado.

—¿Quién es ese loco suelto? —le pregunta a Roberto, que finge no haberle oído.

—Pero si es Frankie Stout —murmura un joven del grupo, que agrega, con aire soñador—: Un actor divino…

—What are you doiug in Rome? —pregunta Silvia a Stout.

«¿Que qué hace en Roma?». ¡Cine, como todo el mundo! Frankie está incluso sorprendido de que Silvia no lo haya adivinado.

—Do you like my sexy beard? —pregunta inquieto Frankie, que querría asegurarse, con una experta notoria, que su barba de emperador es

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verdaderamente «sexy».

Según Silvia, sí, la barba es «sexy», lo que impone evidentemente un cha-cha-cha de pies desnudos. El nuevo ritmo sacude al Caracalla, agota definitivamente a los sirvientes disfrazados y sumerge a Roberto en su retrato de mujer, a la que agrega ahora unos bigotes.

El baile de Silvia y Frankie es turbador. Un negro, con las manos tendidas sobre los palillos, imita a un ralo sincopado.

Marcelo no sufre lo más mínimo por su eclipse. Frankie no le inquieta, y sus músculos le parecen simplemente buenos para juegos de feria. Sabe que las probabilidades de tener a Silvia están a su favor, a condición de aprovechar la oportunidad, esto es, de provocarla. Observa a Roberto con aire de complicidad. El «novio» desempeña cada vez más su papel de distanciamiento altivo, y continúa dibujando y bebiendo, bajo la mirada desaprobadora de Edna.

—Robby, don’t forget yon have to work tomorrow…

Pero Roberto se burla completamente del trabajo de mañana por la mañana. Con ojos sombríos acoge a uno de los sirvientes disfrazados, que coloca sobre la mesa, con muchos remilgos, «el calzado de la señora».

—Los he encontrado en el suelo…

Aguarda. Nadie piensa en felicitarle. Roberto lo observa y pronuncia su juicio:

—Scusi… yo creo que ese traje… pas correct. No, I think it’s a silly mixture of román et phoenician… You see… observad la orla…

Y, doctamente, Roberto demuestra que el traje no es más que una mezcla púnico-romana bastante impudente. Con una intuición exaltada por el alcohol, Roberto sueña en lo que habría sido el mundo si esa «asociación» romano-púnica hubiera pertenecido al dominio de la realidad política. Ya ha olvidado, y un nuevo griterío lo sobresalta. En el estado de bienaventurada excitación a que ha llegado la concurrencia, el cha-cha-cha parece un bailecito funerario. Hace falta más.

—¡Queremos el «rock’n roll»! ¡«Rock’n roll»!

Rugidas a coro, las dos palabras adquieren un sabor frenético. El vocalista cambia de género, hace una señal a la orquesta y entona su «rock». La música, los ruidos, el cambio brutal de ritmo rodean a los dos bailarines como una ola alta.

Marcelo continúa observando la embriaguez afectada de Roberto. Aprueba el prodigioso desencadenamiento de Silvia. Sin embargo, en el

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paroxismo del «rock’n roll», Frankie ha levantado con una sola mano el cuerpo tembloroso de Silvia, dejando al descubierto la inmensa falda negra los muslos agitados por el movimiento de cizalla, sin perder un compás.

Los aplausos y los últimos acordes de la orquesta hacen temblar las bóvedas. Todo el mundo está agotado. Scalise lanza un «bravo» profesional. El jovencito que encontraba a Frankie un «actor divino», comenta, con lágrimas en los ojos:

—Peligroso, sí, desde luego. ¡Pero una belleza así no se puede negar! Eres un dios, Frankie…

Roberto propone con acritud:

—Es la hora de pasar el sombrero para la colecta…

Scalise pide champaña bien frío para los bailarines, que se acercan, dichosos y bañados en sudor.

Silvia querría hacer un paripé de presentación:

—Robby, you remember Frankie, don’t you?

Frankie afirma que Roberto es el único americano con el que no se ha encontrado todavía en Roma. Se esfuerza por poner en sus palabras un pesar amistoso. Pero Roberto dice en voz alta, sin levantar los ojos:

—When did you stop working with the wealthy widows, Frankie?

La pregunta de si ha dejado de trabajar a las viudas ricas no parece ofender sobremanera al gigante. Ríe, incluso, a mandíbula batiente, aplaudiendo la ocurrencia con un desenvuelto:

—That’s a good one.

Habiendo fracasado en su intento de herir a Frankie, Roberto se dedica a atacar a Silvia.

—El romano de servicio ha traído tus zapatos. Esperamos ahora con impaciencia algunos objetos más íntimos.

Silvia no está de humor para tolerar este tono. Con un gesto teatral, se recoge la falda y dice, alejándose hacia el fondo de las termas:

—No eres más que un borracho estúpido. ¡Ya estoy harta de ti!

El «stupid drunk» suelta una risita. Marcelo calibra la situación. Scalise no comprende. Frankie saluda y desea buenas noches. Edna procura extraer de Roberto el «sorry» de ritual. Marcelo presiente qúe la ocasión está allí.

—¡Voy a arreglarlo todo! Voy a buscarla. No perdamos la cabeza. Denme los zapatos… Vuelvo al instante. Sobre todo no sé muevan ustedes; tengo que ingeniármelas.

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Y Marcelo se lanza, con los zapatos en la mano, hacia el sitio por donde Silvia ha desaparecido, rodeada de un grupo de «fans».

Silvia está contenta por haber recuperado sus zapatos y arrastra a

Marcelo hacia la salida. Edna se acerca:

—Silvia, please, come back!

—¡No, no volveré!

Y Silvia desemboca con Marcelo en medio de los coches que se agolpan a la entrada del Caracalla. Los fotógrafos, empuñando sendas cámaras, están al acecho desde hace una hora. Acogen a su presa con saltos frenéticos. La presencia de Marcelo les hace creer que se hallan ante el reportaje del siglo.

—¡Una idea formidable, Marcelo!

Paparazzo sugiere:

—¡Llevémosla a Ostia!

El mar, la playa desierta, la mujer del día después de la tormenta sentimental: va a haber una disputa por su fotografía. Pero Marcelo no piensa más que en coger su coche. Silvia se ha instalado ya en él y comprende mal los gritos y protestas que la rodean, mientras que dos reporteros se suben a la parte trasera.

—¡No ha pasado nada! —dice Marcelo—. No bromeo. Bajad del coche, o me enfado.

Paparazzo está desconcertado.

—Pero éste es un reportaje de envergadura. El mundo entero lo arrancará de las manos. ¡El cincuenta por ciento para ti!

—Me importa un pito tu cincuenta por ciento. ¡Vete! ¡Quítate de ahí! Consigue poner en marcha el coche bajo algunos relampagazos. Uno,

luego dos scooters los siguen un instante. La voz de Paparazzo implora:

—Marcelo, dime adonde vas. ¡Ya lo sé! Ahora mismo voy…

Ya ha desaparecido.

Silvia se queja. Está indignada con Roberto. Lo encuentra malvado, cruel, mezquino. Marcelo asiente, sin dejar de mirar al retrovisor. Ahora la carretera está desierta. Marcelo interrumpe a Silvia:

—¡Por fin les hemos dado el esquinazo!

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—¿Adonde vamos? ¡No a mi hotel!

Luego Silvia agrega, casi tiernamente:

—Everything is so difficult… «Todo es tan difícil, Marcelo».

Aquel «tan» llena de júbilo a Marcelo, sin que él sepa bien por qué.

La noche se abre bajo los faros y se va cerrando detrás de ellos. La campiña romana resulta más secreta que nunca y el pino más insignificante parece tan solemne como la tumba de Cecilia Metella. Silvia se relaja en la velocidad algodonada de esta noche sin estrellas.

—Let us get out —le dice Marcelo a Silvia.

Están ahora en un camino vecinal bordeado por hayas misteriosas. El silencio pesa. Un olor de tierra se mezcla al perfume terco del heno segado.

—Silvia.

—Yes.

Marcelo querría poblar la noche de palabras. Tiene el corazón lleno de palabras, pero cualquier otra lengua, y no la suya, revelaría mejor sus intenciones. Silvia está dispuesta a escucharlo, pero de momento escucha a la noche.

A lo lejos, un perro ladra quejumbrosamente. Silvia presta oído encantada y de pronto se pone a imitar al perro. Su grito de garganta es admirable, modulado, salvaje apenas, largo hasta hacer perder el aliento.

El perro responde al principio, luego otro, luego todos los perros de las fincas de los alrededores ladran más y más furiosamente. Silvia interviene otra vez, y su aullido reaviva la querella vocal. Se estira gozosa.

Al borde de la carretera aparece una luz que viene de un campo hundido en las sombras. Es un campesino en bicicleta, que afloja la marcha, sorprendido, y se desvanece con un ruido de chatarra.

El tacón de Silvia se hunde en la tierra blanda.

—Silvia, let us go out, es mejor que nos vayamos —dice Marcelo. Los perros vuelven a empezar. El ladrido ha cambiado el rumbo de los

deseos de Marcelo. Siente ahora que nunca ha sido cuestión de palabras y que un gran lecho coronaría un largo día.

Roma los acoge, vacía y solemne. A esta hora, únicamente las farmacias del centro estarán quizás abiertas. «Mi amigo Sergio tiene un pisito encantador. Su llave me salvará».

Marcelo aguarda largo rato al teléfono. Luego una voz simplona de mujer dormida, responde:

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—Sergio no volverá hasta la semana que viene. Yo soy su madre.

Sin esperanza, Marcelo insiste:

—Pero, ¿es usted quien tiene la llave?

—¡Ay!, no. La lleva siempre consigo. ¿Era para algún trabajo? —Desde luego, un trabajo urgente. Lo llamaré cuando vuelva. Usted

perdone y buenas noches.

La cajera se queda deslumbrada por la silueta que ve en el coche a través de la vitrina.

—¿Es la gran estrella? —pregunta a Marcelo.

—Naturalmente.

—¡Es guapísima!

Marcelo se queja en voz alta:

—No puedo llevarte a mi casa. Está la loca esa, que no comprendería…

Silvia le sonríe al escuchar la palabra «comprendería» que debe recordarle cualquier otra. Hay algo misterioso e irritante en esa sonrisa. Quizá queda todavía una esperanza. Forma un número familiar y oye casi inmediatamente la voz sorprendida de Magdalena.

—¡Marcelo! ¿Estás seguro de no haberte equivocado de número?

—Escucha, Magdalena. ¿Podría ir a tu casa con una persona?

—¿Una persona? ¿Qué persona?

Marcelo oye una voz de hombre que pregunta: «¿A quién se le ocurre llamarte a esta hora?».

—Sí, una persona. ¿Por qué, es que no estás sola?

Magdalena suelta una risita, porque sabe que va a asombrar a Marcelo:

—Pues no. Imagínate. Estoy jugando a cartas… con mi padre.

—Tu padre está contigo…

—Pero, ¿qué querías exactamente?

—Nada, nada. Te llamaré uno de estos días. Discúlpame.

Cerca de la acera el coche está vacío. Silvia ha desaparecido. Marcelo corre a la esquina de la calle: nada más que el pavimento, húmedo de noche. Corre al otro lado. Silvia está inmóvil bajo un farol, con un gatito blanco en las manos.

—Miau, Italian cat —dice ella con voz ligeramente enronquecida. —¿Qué haces, Silvia?

—Yes, yes, we will find some milk for you. Marcelo… we musí find some milk.

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—Pero, cariño, ¿dónde 4uieres tú que encuentre yo aquí leche a esta hora?

—I saw a bar…

¿Un bar abierto tan tarde?; es posible. Pero, ¿dónde?

—Espérame en el coche; yo iré.

Lo repite:

—Wait in my car. I am going.

Marcelo desaparece a su vez entre las callejuelas que hacen pensar en un laberinto. «Leche… también es ocurrencia». Pero está visto que la suerte sonríe a los enamorados o a los audaces —ya él no lo sabe; es tan tarde— y Marcelo encuentra leche. Con aire triunfador vuelve al coche. Silvia ha desaparecido otra vez. Marcelo reanuda su carrera por el dédalo de callejones, apenas menos sombrío que hace un momento. Todo trasciende a piedra mojada, como si fuese una noche de los trópicos. De pronto, al revolver una calleja, Marcelo se encuentra delante de una inmensa fontana de la que no había adivinado el ruido melancólico, insistente como un remordimiento. Es la Fuente de Trévi, y un Neptuno, que hace pensar en Moisés, parece mirarlo con ojos blancos.

El gatito, que armonizaba irónicamente con la estola de Silvia, maúlla con dulzura. Marcelo echa leche en un cucurucho, mientras mira deslumbrado una náyade viviente que Nicoló Salvi no había previsto: dentro del agua, Silvia marcha hacia la cascada que parece brotar de la cascada inmóvil de piedra.

¿Dónde estoy? ¿Tiene la eternidad el rostro de las criaturas de un universo barroco y petrificado? ¿No sería el tiempo más que agua que fluye? ¿No sería el deseo más que la insatisfacción? ¿A qué está ella aguardando para quedarse desnuda? ¿Cómo desear la belleza? Yo sé cómo.

Marcelo no sueña con los ojos abiertos de par en par. Silvia sigue dentro del agua en medio de las náyades y de los tritones. El gatito lame la leche, y los reflejos del agua hacen temblar las altas paredes de la fontana.

Silvia parece estar viendo un bautismo que le abriera los caminos de la felicidad. Tararea una antigua canción de cuna que nadie ha oído jamás

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por debajo del golfo de Finlandia. Con una voz ligera, filtrada por el agua que cae, llama:

—My goodness! Wait only five minutes! Marcelo, come here. Hurry

up!

Marcelo no vacila más que un instante y luego pasa la pierna por encima del pretil de la fuente. El agua frena su impulso, pero en seguida él se acomoda a su movimiento, a su peso, a su transparencia. Por fin está cerca de Silvia, en medio de un polvillo de agua que nimba sus pestañas.

—Sí, Silvia —le dice al oído, como si quisiera transmitirle un gran secreto—. Eres tú quien tiene razón, tú. Nosotros estamos hechos papilla. Todos nosotros nos engañamos. Vamos a reventarlo todo. ¡Tienes razón, Silvia! ¿Quién eres tú, pues?

Ella le pide que escuche con voz todavía más baja:

—Listen… listen…

Para escuchar, hace falta cerrar los ojos. El olor del verdín se mezcla al olor de la piedra, todavía tibia después de una jornada de sol, y el olor ligero de mujer que emana de Silvia y se desprende de su vestido mojado. Marcelo la aprieta contra él con violencia y la besa dulcemente, en el rostro, en la garganta, aplacada la mano por la granulación temblorosa de una piel que se abandona.

El rayo. Ser la mujer de Lot, una estatua de sal. Quedarse suspendido en el tiempo. Que el sol no se levante ya.

Pero no hay más remedio que abrir los ojos. La luz duele, lo mismo que el silencio. Puesto que el día está en el cielo y las aguas se han detenido. Lentamente, Marcelo se desprende de los brazos de Silvia. El frescor de la mañana les baja hasta las rodillas. También Silvia abre los ojos. La luz no la ofende, pero tiene el aspecto de haber caído de muy alto. Nada de fracturas exteriores, pero, ¿quién podría localizar una conmoción interna?

Marcelo tirita. Un repartidor de panadería, en bicicleta, se ha detenido al borde de la fuente, con la batea en la cabeza, la boca abierta. Es hora de volver.

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Via Veneto. Un camión de riego ha pasado ya y ha rociado el «Bentley» en el que Roberto duerme, desplomado sobre el volante. A su modo, acecha la entrada del hotel. Silvia ha pasado la noche fuera, pero más tarde o más temprano, regresará.

Por su parte, una brigadilla de reporteros lo espía, dispuesto incluso a soltar unos papirotazos con tal de dar un relieve conveniente a los acontecimientos. Paparazzo no está descontento de sí mismo. Le falló Ingrid Bergman después de veintidós días de acecho. Le falló Faruk después de haber apostado a tres ayudantes en las tres salidas del «Royal», olvidando las ventanas. Le falló el marqués de Capottoca, que debería haber tomado un pediluvio de medianoche en Ostia, y que se fue a Fregena. Pero no se le escapará la Gran Escena del Siglo. El desaliento lo va invadiendo a medida que el sol rosea las copas de los árboles.

Un patinar de frenos; es el coche de Marcelo. Silvia desciende de él, arrastrando su vestido increíblemente pesado de agua. Es el momento justo para tirar de los hilos del destino. Después de haberla fotografiado en el retrovisor, un ayudante zarandea a Roberto y nombra a Silvia. ¡Ya está! El primer engranaje pone en marcha al segundo: el movimiento se ha desencadenado.

Roberto se ha despertado completamente. Está ahora delante de los escalones del hotel y le cierra el camino a Silvia, insensible a los relámpagos de los fotógrafos.

Marcelo hace señas desesperadas y grita: —Muchacho, no empieces otra vez. Marchaos todos. —Nos lo vas a contar todo, ¿verdad?

—¿Quieres largarte de una vez? —¡Pero, Marcelo, tengo que trabajar! Silvia interviene en persona: —Basta, please!

Paparazzo observa el vestido que deja un reguero de agua sobre la acera. Relincha. No es agua del mar. ¿El Tíber? ¿Una piscina? ¿Qué ha pasado?

Silvia ha tratado de evitar a Roberto, y su «Good morning» no suena muy convencido. Roberto lo ignora.

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—Robert… why did yon not come with us? I have seen a beautiful fountain and…

La frase se acaba con un aullido de rabia de Silvia: Roberto acaba de abofetearla en pleno rostro con brillantez y precisión. Marcelo ha adivinado sin ver, deslumbrado por los flashes que han brillado frenética y simultáneamente.

—No deberías tratarme así delante de la gente, Roberto —dice Silvia con amargura.

—Go to bed.

—No he hecho nada, Roberto. I did’at doary thing.

Marcelo y Roberto se enfrentan. Los fotógrafos danzan en torno. Paparazzo se ha tendido en tierra, su cámara entre las piernas de Marcelo. El ayudante blande un aparato, los brazos levantados por encima de la cabeza de Roberto. Los otros fotógrafos ejecutan su danza de escalpadores. Un puñetazo bajo la barbilla y otro en pleno plexo rompen en dos a Marcelo, que se desliza lentamente a tierra.

Silvia ha desaparecido.

El sol está ya alto y los fuegos rojos y verdes funcionan de nuevo. Marcelo lamenta, entre dos movimientos de péndulo, no haber caído también en su fuente de una noche, y se olvida de todo.

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A LGUNOS afirman que Roma no es una ciudad, sino un conjunto de decoraciones dispuestas por un escenógrafo genial, a sueldo de un orgullo secular. Emperadores, Papas, Reyes, Dictadores han querido deslumbrar a través de los tiempos. Habrían podido lograrlo si no hubiese existido una gran distancia entre la concepción y la gestación. Entre el orden sublime del primer día y la piedra ordenada del acabamiento, han transcurrido años, a veces incluso siglos. Siendo el Diablo el señor del orgullo, una confusión prodigiosa ha resultado de todo ello, y de esa manera se ha visto a los cristianos disfrutar de los mármoles de los paganos, a las víctimas ocupar los mausoleos de sus asesinos y las repúblicas solazarse con las obras de la realeza.

L’E 42 fue concebida por el Dictador; en vista de su victoria, gracias a la «guerra relámpago», la Exposición Universal de Roma 1942 debía deslumbrar al mundo. Las piedras y los ladrillos han quedado caracterizados por iniciales que ya no significan nada: E.U.R. Los nuevos príncipes que gobiernan al país vierten allí la superabundancia de sus congresos, ferias y exposiciones. De todas formas es una decoración muy barata, de la que cada uno se aprovecha según sus medios.

Marcelo bebe a sorbitos jugo de melocotón bajo una de las arcadas y observa con el rabillo del ojo a su equipo de fotógrafos metidos en faena. A la decoración de la E.U.R. se han agregado algunos accesorios: un caballo, una maniquí y varios vestidos. «Reportaje de alta costura», esto entra dentro de sus atribuciones. Por lo demás la moda es la que proporciona el uniforme indispensable a los personajes del mundo en que él vive. Nada más monótono que la excentricidad si no sé la cambia con frecuencia.

Es un trabajo fácil, incluso para Paparazzo, cuyas intuiciones mueren al contacto de su pulgar con el disparador de su aparato. La muchacha que sirve de maniquí no es, hablando con propiedad, una mujer, sino un símbolo, una ecuación de muslos muy largos, senos separados y labios

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entreabiertos. Equivocadamente sin duda, se tiene el temor de romperla al acercársele.

Ha adoptado una gama infinita de poses, desde la contemplación del caballo hasta el instante de seducción del centauro. Ha cambiado catorce veces de vestido y treinta y dos veces de sombrero. Paparazzo ya no sabe qué hacer, estando agotadas todas las extravagancias posibles. La última foto muestra a la modelo acodada sobre el caballo, encima de un taburete.

—¡Bueno! —dice el fotógrafo—. Y ahora, ¿qué debo hacer? —Coloca el caballo sobre el taburete y pon a la muchacha en tierra —

ordena Marcelo con aire un tanto ausente.

Paparazzo se encoge de hombros y propone a la maniquí ir a recogerla por la tarde.

—¿Sí o no?

La hermosa muchacha se peina, indiferente.

—¡Pues sí que tomas unas posturitas! Vaya aires que te das… —¿«Posturitas»? ¿Y eres tú quien me lo reprocha? No es que haga

posturitas, querido. Tra-ba-jo.

Al otro lado de la avenida, Marcelo ha reconocido a una silueta amiga, justamente a la entrada de la capilla que, hace dos años, le sirvió para obtener un hermoso reportaje sobre su consagración.

Con una seña desenvuelta, Marcelo abandona a fotógrafos, a maniquí, a peluquero y a caballo, y corre hacia el sitio por donde la silueta ha desaparecido. Al penetrar en la penumbra de la iglesia, después del sol de fuera, durante un instante no se ve nada. Luego la nav reagrupa sus líneas y la iglesia, absolutamente vacía, lo sorprende. Una voz lo llama por su nombre. Ve por fin a Steiner.

—¿Conque eras tú en realidad…? Había creído verte, pero a contraluz uno se puede equivocar.

Observa a Steiner, alto, delgado, trabajado el rostro por una vida llena, parecido siempre a sí mismo, y sereno con una certidumbre que derrota a Marcelo, cada vez que se da cuenta de ella. Ve raras veces a Steiner, pero lo conoce desde hace mucho tiempo e, incluso sin verlo, siente su calor, su simpatía, la amistad tal vez. Steiner está diciéndole:

—Me alegro de verte. ¿Sabes?, aquí me siento un poco como en mi casa… El padre Franz acaba por fin de encontrarme un libro que yo llevaba buscando años. Una gramática de sánscrito, muy rara y magnífida.

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Hace mucho tiempo que no nos vemos —comenta Steiner con un tonillo de pesar.

Marcelo también lo lamenta. Lamenta todavía más la curiosidad paternal de Steiner que le pregunta:

—¿Y tu libro?

Marcelo vacila, pero no hay más remedio que vestirse cuando se está desnudo.

—Sí, avanzo. Estoy reuniendo documentos, notas… En realidad, lo tengo acabado. En cuanto que tengas un minuto libre, te lo daré a leer, eso es.

Steiner lo escucha como jamás persona alguna haya escuchado a Marcelo. Querría verdaderamente tener acabado ese libro que le golpea en las sienes desde hace diez años, querría verdaderamente ser el hombre que la amistad de Steiner ve en él.

—Mira —dijo Steiner—, hace unos días leí una crónica tuya. ¡Me gustó!

—¡No! —replica sordamente Marcelo,’irritado.

—¿Por qué? —insiste Steiner—. Era una cosa lúcida, apasionada. He encontrado allí lo mejor de ti mismo, esas cualidades que te obstinas en ocultar y que son tuyas a pesar de todo.

—No… en el fondo creo que no sé escribir.

La sonrisa de Steiner le da confianza y ya no se acuerda de sus cuadernos blancos con vergüenza, con aquella convicción siniestra de no poder expresarse jamás en ellos.

—Vivo por aquí cerca —dice Steiner—. ¿Por qué no vienes a mi casa una de estas tardes?

Marcelo promete hacerlo. Steiner le pregunta si puede quedarse aún algunos minutos.

—Desde luego…

—¡Padre! —dice Steiner levantando la cabeza hacia el coro desde donde los está mirando un sacerdote—. ¿Puedo subir al órgano con un viejo amigo?

—¡No faltaba más, vengan ustedes…!

—Como ves —dice Steiner—, estos abates no tienen miedo al diablo. ¡Al contrario! Incluso se me da permiso para tocar el órgano de vez en cuando…

El padre Franz interviene:

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—No haga mucho ruido, Steiner, se lo ruego.

—¡No tema usted nada…! Todo lo más, oirá algunos compases de jazz. ¿No se podría cerrar la iglesia?

—Si es jazz, lo escucharé con gusto —replica el padre riéndose—. A mí también me encanta.

Steiner ha descubierto el teclado y le toma la palabra al sacerdote. «New Orleans», en el instrumento de los Bachs, sorprende un poco, a la primera impresión.

El padre Franz se inquieta.

—Perdón, padre. No lo haré más.

Steiner se ha sentado ante el teclado que ama.

—Prueba —le dice a Marcelo.

Marcelo libera una nota, una sola nota que separa de pronto las bóvedas del mundo.

Steiner ha advertido la sorpresa de Marcelo.

—Sí —dice—. Son notas que ya hemos perdido la costumbre de oír.

¡Qué voz! Se diría que sale del corazón de la Tierra.

Steiner ha tirado de algunos botones y pregunta:

—¿Qué te gustaría oír?

—Lo que quieras. Me fío de ti…

Sí, haría falta que la iglesia estuviese cerrada, o bien abierta únicamente para los iniciados, para los que tienen un alma, para los que no vienen delante de su Dios por miedo al Señor, al vecino, al comisario de Policía. Claro que las iglesias se quedarían entonces poco más o menos desiertas y se perdería el óbolo del culto. Pero, ¿adonde ir si no?

Poco importa que Steiner toque la Tocata y fuga en re menor de Juan Sebastián Bach o un Albinoni en la menor. Sus dedos han entreabierto otro universo, muy alto, solemne, y sin embargo religado a las fibras más íntimas de su corazón.

Los acordes de Bach se elevan como una llama en una inmensa chimenea suspendida en el espacio, donde ya no puede pasar nada, donde nada pasa ya, donde incluso el desgarramiento interior es un goce.

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Seis príncipes, de los cuales cuatro auténticos, una emperatriz, un tetrarca descendiente de Salomón por línea femenina, una vedette del cine americano, un Lord que ama en sus compañeras lo que tienen de masculino, un poeta informalista, un magnate del tungsteno y una heredera no blasonada de Safo han pagado el gasto de la crónica escandalosa de la Via Véneto. En rigor se podría sostener la atención de los lectores de paladar agostado mediante titulares cada vez más equívocos e imágenes audaces, con una severa progresión en la obscenidad según la receta experimentada por los carteles romanos, en los que la más insignificante hoja de afeitar es presentada por siluetas ricas en pezones y donde las películas cómicas muestran (siempre en las carteleras) quintos concupiscentes poniendo sal en las grupas redondeadas de doncellas de gran virtud.

Pero la censura vigila. Se admite la obscenidad, a condición inexcusable de que sea imposible relacionarla con la vida romana, modesta, casta y asexuada, como todo el mundo sabe; pero desde el momento en que la obscenidad revela las costumbres o denuncia ciertas clases unidas fraternalmente en el poder, se ve proscrita y prohibida.

Bajo sus únicos aspectos permitidos, los escándalos han fatigado al público. Nada de epidemia en el horizonte, nada de diques reventados, nada de terremotos pintorescos en el Japón o tornados en las Filipinas. Marcelo tiene que contentarse con un disco usado, el «milagro».

Su fiel Paparazzo, cargado de aparatos y bolsas, Emma a su lado (para hacerla olvidar el «suicidio»). Marcelo rueda con su cochecito por los caminos que unen a Roma con la llanura del milagro. Emma acompaña a su Marcelo por primera vez; pretende desempeñar su papel de casi-esposa a fuerza de un gran despliegue de cuidados diligentes y de alimentación.

Paparazzo, con su más bello acento veneciano, va contando los cipos:

en el kilómetro 45 habrá que bifurcar a campo traviesa.

—Deberíamos haber venido ayer, ¡maldita sea! —dice Paparazzo—. A esta hora, los periodistas del mundo entero estarán ya en el sitio…

—No exageres… Y además estoy yo aquí… —afirma Marcelo, interrumpido por Emma que quiere hacerle comer un huevo duro a toda costa.

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Marcelo protesta:

—¡Basta ya, Emma! ¡No tengo ganas de huevos duros a estas horas!

—¡Come!

—No quiero.

Pero Emma ha colocado el huevo entre los dientes de Marcelo y decide:

—Come y mastica bien…

Paparazzo reclama café.

—Está casi acabado, mi pobre amigo. Lo que queda es para Marcelo. Va a hacerle falta, ¿no es así?

Después del huevo, Emma quiere hacerle tragar una banana. Marcelo tiene las manos ocupadas con el volante y se defiende débilmente.

—¡Una banana/jamás!

—Come, y mastica poco a poco.

Paparazzo sufre por Marcelo y se calla, con el tacto que le sugiere una larga experiencia de la vida emparejada.

Después del último hito, la carretera desaparece bajo el fango. Ha llovido abundantemente. La circulación es más intensa y se cruzan con carros, vendedores motorizados de buñuelos e incluso con algún cacharro antediluviano.

Y se desemboca, entre dos campos en barbecho, sobre el «prado del milagro». Es difícil no verlo, con sus parques de lámparas para la televisión, sus «grupos», sus cámaras de jirafa, sus cables, sus autocares y sus pullmans, un centenar de coches de lujo en medio de cochecitos modestos y, por fin, millares de personas transidas, rodeando a algunos enfermos desperdigados, tendidos en sus camillas. Todo aquello apesta a vino, a gasolina, a velas apagadas y a frituras. El prado debió de estar cubierto de hierba; ahora no es más que una extensión blancuzca que recibe la huella de los neumáticos y de las suelas de los peregrinos improvisados. Planea sobre el conjunto un olor de miseria sórdida, de superstición innoble, de feria fracasada, sin circo y sin esperanza.

Marcelo se siente decepcionado. La indigencia del lugar es descorazonadora. Haría falta verdaderamente un milagro para… Marcelo se detiene a tiempo. «Que cada uno cumpla con su deber…».

¡Bueno! ¿Dónde están los niños? Porque son en efecto un muchachito y una niña los que han visto a la Madona y alertado a las campiñas de los alrededores. Desde que el mundo es mundo, ningún aficionado a

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horóscopos ha descubierto jamás otra cosa que miserables coincidencias. La idea de un «milagro» encuentra pues una insaciable credulidad de raíces extraordinarias. Ayudando la inocencia reconocida de los niños, nadie duda de lo bien fundado del milagro. Su resonancia es tal, que los dos «testigos» están bajo la protección de los carabinieri. Marcelo franqueará sin duda todas las barreras, pero eso será menos fácil para Paparazzo, cuyos aparatos resultan demasiado visibles.

La muchedumbre está irritada, viéndose sin los dos testigos del «milagro», a los cuales no vacilaría en hacer cachitos, sin la menor maldad, para asegurarse reliquias auténticas y no adulteradas por los intermediarios.

—¡Partida de canallas! —rugen los fanáticos, a los cuales los otros hacen eco rápidamente, desde los chóferes hasta los vendedores de semillas de girasol.

Es el momento de probar los altavoces.

—Cuatro, tres, dos, uno… Ensayo número uno… ¡Aló…!

Ya no se oyen los «partida de sinvergüenzas» ni los «soltadlos», «es una vergüenza», cubiertos por los altavoces a los que se ha dado toda la potencia.

Marcelo busca el «árbol del milagro», al pie del cual la Madona se apareció a los dos niños. Se lo distingue en seguida: la hierba que tenía alrededor ha sido remplazada por millares de luminarias, de velas, incluso de cirios. Se diría un pesebre fuera de estación. Los gendarmes mantienen a raya a la multitud, cada vez más impaciente. Hay que llegar a los niños antes de que la confusión se cambie en desencanto y se derrame sobre la llanura.

Un ayudante llega con una noticia: parece que los padres de los niños se encuentran en una casucha cerca del camino.

Paparazzo y sus hombres se lanzan en misión de reconocimiento. En una minúscula terraza, encuentran a una mujer sin edad, hostil sin razón aparente.

—¿Dónde están los dos niños?

—Yo no sé nada.

—¿Dónde están los carabinieri?

—¿Y yo qué sé?

Por fin una puerta se abre y sale por ella una voz odiosa de mujer:

—¡Te digo que no me ha dado nada!

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Una voz vinosa de hombre replica con acritud:

—Y Iqs otras quinientas liras que te dio el tío del periódico, ¿dónde las has escondido?

Paparazzo hace las presentaciones:

—Son el padre y la madre.

—¡Acabaré por estrangularla! —murmura el padre de los «milagreados»—. ¿Y las doscientas liras de la extranjera, y las de la otra, la del coche…?

El hombre se calla. Ha visto a los fotógrafos y espera colocarse en los primeros palcos para la distribución de las primas. La madre se aprovecha de eso para quejarse:

—Estoy deshecha… He pasado un resfriado terrible.

Paparazzo se esfuerza en establecer el contacto:

—Tiene usted razón; se diría que estamos ya en invierno. ¿Está usted contenta?

La mujer se torna práctica:

—Muchacho, si me da usted dinero, no se lo diga a mi marido: se lo gastaría todo en vino…

—No se preocupe; no voy a darle nada.

Prepara su aparato y pide a la mujer:

—Mire hacia allá abajo, como si estuviese viendo lo que hay por allí.

Los fotógrafos operan rápidamente desde todos los ángulos.

—Ahora, mire a lo alto… Así. No se mueva.

La mujer es dócil y posa también contra las montañas que se recortan a lo lejos, delante de las macetas, en todas las posturas estimadas místicas por el pueblo sencillo, después de cien años de cromos. El ayudante ha engatusado al abuelo, que sufre el mismo destino con aire inspirado.

Paparazzo hace preguntas para guardar las formas:

—¿Está usted contenta de ser la mamá de dos «santitos»? —Después; ahora quiero volver a casa —responde ella. —¿Cómo se llaman los niños? —Darío y María.

Y se echa a llorar.

—¡Perfecto!, unos nombres muy bonitos. Bravo, llore, llore… Paparazzo se aprovecha de aquellas lágrimas imprevistas e

inesperadas. Nuevas fotos animan la escena. El padre quiere desempeñar

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también su papel y habla en una lengua extraña que se imagina haber leído en un semanario edificante:

—Es un verdadero milagro rarísimo. La Madona se acuerda de todos, en Su ilustre bondad.

—Desde luego…

—¿Está bien así? —dice el hombre adoptando una nueva pose «espontánea» en la que simula la sorpresa, la alegría y sus ganas de subir al cielo.

El abuelo hace la puja, recita el Avemaria, y se muestra dispuesto a cantar, contra entrega de un cigarrillo.

Paparazzo frena los gastos. Hechas las cuentas, podrá venderse el reportaje, si no sale algo mejor, pues es bien malito.

Fuera, con las primeras sombras de la noche, el «campo del milagro» —todas las luces encendidas, turba que se nutre, aparatos de televisión en batería y nuevos coches que descargan a sus pasajeros— ha tomado su aspecto demencial de feria. La gente se impacienta. Se ha acercado a los enfermos al árbol de la aparición, y las velitas y los cirios desaparecen bajo la luz cegadora de los proyectores.

Marcelo observa y pierde la esperanza de poder transformar aquella materia indigente en reportaje brillante. De todos modos, la televisión se le anticipará fácilmente. Acoge con serenidad las protestas de dos sacerdotes, de cabellos blancos, de rasgos cansados, animados por una especie de desesperación. Comprenden que han perdido el control de esta muchedumbre sin fe.

—Es una cosa bufonesca e indecente —dice uno de ellos—. La Madona no necesita esta publicidad. ¿Es que la tomáis por Sofía Loren?

—Según usted, señor párroco, ¿esos niños no pueden haber visto a la Madona?

—¡Vamos, hombre! Yo los conozco…

El segundo sacerdote reza en voz alta, como para exorcizar a aquella turba histérica que parece haberse hundido en una superstición que se remonta a la noche de los tiempos.

—Si no me equivoco —concluye Marcelo—, no se trataría de un verdadero milagro, ¿verdad?

El sacerdote lo mira con sus ojos febriles y buenos:

—No creo en tal milagro. Los milagros, el Señor puede realizarlos no importa dónde.

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E incluso alcanza a los más humildes. ¡Pero una vez, una vez entre mil!

—Ésta podría ser la buena.

—No. Estoy convencido de que los dos niños obran de mala fe. Porque quien ha visto a la Madona tiene otro rostro, otra mirada, y no especula con eso. Los milagros pueden nacer en el recogimiento, en el silencio, y no en medio de esta feria.

En su arranque fogoso, el hombre santo iba a decir una palabrota muy diferente de «feria». El respeto de Marcelo aumenta.

Un reportero de la Radio hace pasar su toma. Se desprende de aquellas palabras un tono insoportable:

—Entonces, ¿ibais para clase cuando, cerca de aquel árbol, allá abajo, visteis…?

—…a la Madona.

—¿Quién la vio primero?

—Yo —responden los idos niños al mismo tiempo.

Luego la niña rectifica:

—Fue él quien la vio primero.

—¿Y qué hicisteis después?

—Nos pusimos de rodillas y la Madona sonreía, nos miraba y no tocaba la tierra con Sus pies.

—¿Por qué comprendisteis que se trataba de la Madona? ¿Es que os lo dijo ella?

—Sí.

—¿Qué dijo?

—Nada. Sonreía.

El niño, Darío, daba otra versión:

—Yo la oí decir que volvería esta noche.

Un anciano sonreía a la redonda, con aire triunfal:

—Yo soy tío de ellos. ¡Son dos angelitos!

Emma escucha con curiosidad. Una desconocida de acento extranjero le dirige la palabra, como si quisiera confiarse:

—¡Ellos no quieren creer en esto!

—¿Cómo vamos a creer? —replica un operador de Televisión, que está cerca de Emma—. ¿Quién nos prueba que se trataba de la Ma’ dona?

—¿Qué importancia tiene —dice la extranjera— que se trate de la Madona o no?

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Emma replica sofocada:

—¿Cómo que «qué importancia»?

—¡Pues claro! Vuestra Italia es una vieja tierra, de cultos antiguos… Lo natural y lo sobrenatural se entremezclan, y todo el mundo experimenta esa influencia. De todos modos —continúa la extranjera—, quien busca a Dios lo encuentra donde quiere.

Se dirige a Emma en particular:

—¿Ha venido usted a pedir una gracia?

—¡De ninguna manera! —replica Emma—. He venido con mi novio. Es periodista. Está haciendo un reportaje. Pero toda esta gente y estos gritos me turban.

El operador repite «su escena».

Comienza y recomienza diez veces su movimiento de grúa, cuyo resultado hará estremecer a cinco millones de espectadores en zapatillas. Los «testigos» de segunda mano se convierten en una figuración obediente.

—¡Las mujeres! —dice el operador—. ¡A paso ligero! ¡Aprisa! ¿Dónde ha aparecido la Madona? ¿A la izquierda o a la derecha?

Las mujeres corren en una dirección, luego en otra, desbandándose, concentrándose en un punto que los ayudantes indican por el altavoz. La técnica se mezcla con la escenografía:

—¿No habrá que cambiar el objetivo para encuadrar el árbol y la aparición en el mismo plano?

Marcelo busca algunas impresiones en la multitud. Le pregunta a un hombre muy viejo:

—Abuelo, ¿usted cree que La vieron?

—Lo que puedo decir es que yo no La he visto.

—No escuche usted a este viejo loco —dice una arpía que hay al lado. —¿Es que tú La has visto? ¿Estabas tú aquí cuando Ella se apareció? —Ya veréis todos a medianoche, todos los que ahora…

El director de escena de la Televisión vuelve a la carga. Quiere cosas difíciles, subjetivas. Hace un llamamiento a las mujeres (los hombres son menos numerosos) que han venido a solicitar una gracia.

—¿Estáis preparadas?

Primero una voz de mujer, menuda, luego diez voces más, repiten:

—¡«Madonnina», concededme esta gracia! El director de escena

monta en cólera.

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—¡Más fuerte! Tú, la de allá al fondo, ¿por qué no pides tu gracia? ¡Es preciso que gritéis todas! ¡Mostraos más implorantes, más im-plo-ran-tes!

No falta más que un juramento. Los dos sacerdotes piensan que es como si se hubiese proferido.

El coro de las suplicantes marcha bien ahora. Gran maestro, el director de escena detiene con una mano los «concedednos esta gracia» lloriqueantes y da sus instrucciones:

—Son las siete; os reuniréis aquí dentro de dos horas. De momento podéis ir a tomar un bocado. ¡Gracias una vez más! Hasta que nos veamos esta noche. Buen apetito a todo el mundo.

Los altavoces difunden una musiquilla indefinible.

Hay una mujer que no ensaya. Está llorando cerca de su hijo, blanco como la cera, tendido en el suelo encima de una manta.

Solamente el pequeño escucha su voz:

—Santísima Virgen, concededme esta gracia, curad a mi pequeño, que sufre. Libradme de esta cruz, Vos que habréis sufrido tanto a causa de Vuestro Hijo…

Luego se calla y llora en silencio, oculto el rostro contra el hombro del pequeño que no oye ya.

Marcelo ha trepado a un andamio de tubos metálicos que la Radiodifusión Nacional ha erigido para agrupar mejor los proyectores y sus cables. Emma quería seguirlo, pero él ha preferido dejarla cerca de la extranjera panteísta. Emma se esfuerza en no llorar y lo mira con aire de perro apaleado.

Vista desde lo alto, la llanura no tiene ya nada de humano. Allí podría tener lugar cualquier cosa, menos un milagro. Y, para deshumanizarla completamente, la voz del locutor oficial inunda la campiña: es esa voz sintética de la radio, engolada, ronroneante, dulzarrona y segura de sí que cada cual reconoce inmediatamente como voz que no es de nadie. En ninguna parte de Italia, en efecto, se habla esta lengua inventada en todas sus piezas en los laboratorios de la vanidad imperial. Boletín meteorológico, congreso episcopal, reunión de los veteranos del Xº Ejército o reportaje en el mercado de pulgas amaestradas, el tono pomposo es siempre el mismo. La voz dice:

—Una multitud enorme se ha congregado en estos lugares antaño desiertos y casi desconocidos. Numerosos son los creyentes y numerosos también los que asisten empujados por la curiosidad. Naturalmente, entre

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estos últimos, se nota la presencia de los periodistas, los fotógrafos, los corresponsales de las agencias de casi todos los grandes periódicos del mundo. Unos al costado de otros, numerosísimos coches semejan las olas del océano. La noche está húmeda, pero estrellada. El tiempo se ha restablecido, en efecto, después de una lluvia ininterrumpida. Los dos niños prodigio siguen estando bajo la vigilancia de los carabinieri. Ninguna decisión de las autoridades se ha dictado hasta ahora en cuanto a ellos.

»Nosotros ahora procuraremos interrogar al tío de los dos niños. Queremos preguntarle cuándo, por primera vez, si me atrevo a decirlo, vieron el… el milagro.

El tío repite la lección que un entrenamiento insuficiente torna vacilante.

—Mis… mis sobrinos tuvieron la aparición de la Santa Imagen de la Madona el 15 de marzo del año… del año próximo.

—…del año en curso —corrige el locutor con buen humor.

—…del año en curso. Mi sobrina iba a casa de una amiguita, su hermano corría detrás de ella para llevarle el abriguito que se había dejado olvidado en casa. Y entonces fue cuando vieron la Imagen de la Madona.

—¡Bien por el tío! —proclama el locutor, que lamentó no haber previsto el ruido de una palmada en la espalda del buen hombre.

Aquello hubiera sido muy del pueblo y se habría apreciado mucho en los altos lugares.

Marcelo se inclina hacia Emma, que permanece al pie del estrado.

—Los niños van a llegar. Se acaba de recibir un telefonazo de Roma.

Las autoridades consienten que se les deje ir a la «cita con la Madona».

El rumor se propaga en la muchedumbre como un huracán. Por fin, después de todos aquellos simulacros de movimientos espontáneos, algo que el director de escena de la Televisión no ha hecho repetir todavía está a punto de producirse. La gente suspira aliviada. La espera va a terminar. Los grupos electrógenos roncan en la lejanía. La gran grúa de la cámara de televisión está montada muy alta, dispuesta a desplomarse para extraer de la tierra las imágenes del acontecimiento. Con un relámpago enloquecedor, apagado a toda prisa, un operador ha ensayado transmitir por su red una imagen en dos dimensiones de la Madona. Enormes proyectores de 5.000 watios abren sus ojos y quedan enfilados sobre la multitud.

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Desde su observatorio, Marcelo divisa a la masa de peregrinos que se mueven en desorden, en direcciones sin cesar diferentes. Cuando un proyector descubre a lo lejos a la niñita de vestido largo de organdí y al muchachito endomingado, la turba se estremece. Ha llegado la hora. Hace falta estrujar al destino, a la misericordia divina, a la suerte, a los espíritus, a los santos o al diablo, como a limones. La agonía de aquel minuto se hace contagiosa. Sólo los enfermos están lejos de todo lo que los rodea, indiferentes, con los ojos cerrados, incluso bajo las luces cegadoras, abandonados a su última esperanza.

—¡Santa Madre del Niño Jesús, curadme! ¡Ayudadme, oh Inmaculada Concepción!

—¡Venid en mi ayuda, Virgo Clemens!

—¡Haced que gane la lotería! —grita el abuelo en un arranque de lucidez.

Mil y mil peticiones de gracia, exigencias de gracia a veces, se levantan del prado. La misma Emma está conmovida, y ella también, con voz anhelante, pronuncia la plegaria que se impone:

—¿Por qué has cambiado tanto? ¿Por qué no me quieres ya, Marcelo? ¡Santísima Virgen, si se casara conmigo vendría todos los días a darte las gracias de rodillas! Pero no. Os pido tanto… Quisiera únicamente que me siguiera queriendo, que se portase conmigo como antes.

Una especie de claro se abre, se forma alrededor de los niños que avanzan envarados en sus vestidos ridículos. Y he aquí que gordas gotas de lluvia empiezan a caer de un cielo sombrío. Después, es el diluvio.

Los técnicos se asustan. El agua del cielo puede hacer estallar las lámparas de los proyectores. Se da la orden de apagar. Bajo la lluvia furiosa, el «campo del milagro», sumido en la oscuridad, toma por fin un aire solemne e inquietante. La muchedumbre sigue en sus puestos a pesar de la lluvia. Se transporta a los enfermos bajo refugios improvisados, pero un paralítico queda olvidado cerca del árbol donde chisporrotean las últimas velas.

Los dos niños avanzan, empapados. El organdí de la niña se le pega al cuerpo. Paparazzo lanza algunos fogonazos y se aproxima para tomar una última fotografía.

—Levanta la cara al cielo —ordena.

Al abrigo de su cabina, el locutor reanuda su discurso con voz excitada:

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—La lluvia vuelve a caer furiosa (oída en el prado, aquella información resulta grotesca), pero los niños avanzan de nuevo hacia el árbol. Ahora corren en dirección opuesta. Gritan. Afirman que ven a la Madona. La multitud corre tras ellos bajo la lluvia. Se diría que son locos presas del pánico. Muchas caídas en el fango. Una vez más los niños cambian de dirección y se lanzan hacia otro punto.

»¿Oyen ustedes?

Un micro ha podido acercarse a la niña. Se la oye primeramente reír con un sonido agudo y débil, luego dice:

—¡Allí está!

La multitud se apretuja amenazadora alrededor de los dos niños. Los micrófonos transportan lejos los gruñidos, las quejas, los aullidos y las imprecaciones.

La niñita repite maquinalmente:

—La Madona ha dicho que si no se le construye una iglesia aquí, no vendrá más aquí.

Estas palabras le parecen al tío la consigna del fin. Las repite, sacudiéndose las gotas de agua que le caen de su bigote a la borgoñona.

—¡Silencio! La Madona ha dicho que si no se hace aquí una iglesia, no vendrá más. ¡Ya estáis oyendo! ¡Una iglesia! Y ahora marchaos todos a la cama. ¡Buenas noches!

Ni siquiera la oscuridad ha podido salvar a la empresa del milagro. El entusiasmo, que no había sido nunca más que una embriaguez momentánea que recordaba a la Humanidad en uno de sus estadios de locura, ha caído brutalmente. La gente no vacila ya en empujarse. Cada cual hace responsable del fracaso a la poca fe de su vecino.

Paparazzo y su equipo husmean un hermoso drama y ametrallan a los peregrinos con sus flashes. Cada relámpago, en medio de la oscuridad, sorprende e irrita. Paparazzo toma primeros planos de varias camillas, sobre todo de una donde un niño está inmóvil bajo la lluvia. Otro enfermo tiene un aleteo de párpados bajo el brillo de las lámparas. Un hombre se yergue a su lado:

—¡Canalla! ¿No ves que está paralítico? ¿Quieres que te parta la boca? —¡No hago más que cumplir mi trabajo, imbécil! —aúlla Paparazzo

reculando y enfocando ya otra escena cerca de los cirios apagados.

Una mujer arranca una ramita del árbol «testigo». Al resplandor vago que baña el campo bajo la lluvia, la multitud se precipita y hace

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desaparecer el árbol, hoja a hoja, brizna a brizna. En algunos minutos llegan a desaparecer incluso las raíces. Luego, frenesí y cólera caen por completo.

Sólo Paparazzo quiere todavía tirar algunos clichés; pero esta vez su víctima es Emma, perdida en la multitud, calada hasta los huesos, deshecha, trágica hasta no poder más.

—¡Ésta sí que es una foto! —murmura Paparazzo operando rápidamente.

Emma se pone el brazo delante de los ojos y Paparazzo le grita a su ayudante que la sujete un momento.

—«Xe una bella foto» —grita en veneciano, jadeante como un cazador.

Emma se precipita sobre el aparato, con los puños cerrados.

—Sois hienas. ¡Peor todavía! ¡No respetáis nada! ¡Sois unos cobardes! Luego, Emma se desmaya en brazos de Marcelo. Pasa una pareja. La mujer solloza. El hombre dice:

—Y ahora lloras, ¿verdad? ¡Ahora! ¿Dónde la has dejado?

—¡Lo he olvidado, lo he olvidado! —repite la mujer entre dos sollozos.

Algunos faros se alumbran en la carretera.

Carros llenos de cuerpos humeantes, se ponen en movimiento uno tras otro. Causa asombro que la lluvia pueda poner la boca tan amarga.

Un niño ha muerto en su camilla. Reina el silencio. El fango absorbe las pisadas de los últimos peregrinos. La voz del sacerdote suena dolorosa:

—De profundis clamavi a te, Domine, Domine exaudí vocem meam… En la primavera la hierba volverá a brotar sobre este prado

abandonado.

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C ON TERNURA, Marcelo hace cruzar a Emma el umbral de la casa de Steiner. A veces la ligazón animal, celosa por tanto, de Emma, lo conmueve.

Eso le pasa cuando está desanimado; la idea de que existe un ser que se aferra a él le incita a recuperarse. Pero esos momentos son cada vez más raros.

La mujer de Steiner los acoge como una hermana. Está impaciente por reanudar una conversación interrumpida. Penetran en el salón decorado con gusto donde los diálogos se encadenan. De pie junto a una hermosa biblioteca, Steiner los mira sonriente y luego avanza a su encuentro.

—¡Qué casa tan bella! —le dice Marcelo estrechándole la mano.

Steiner dice, mirando a los ojos claros de Emma:

—¡He aquí a Emma!

Marcelo asiente, como si las palabras de Steiner presentasen a su compañera un reflejo nuevo.

Una mujer joven, pintora muy conocida, le llama. Es Anna. —¡Marcelo, con el tiempo que hacía que yo quería conocer a tu

Emma! ¿Qué es de tu vida? Y ese libro, ¿lo has acabado o no? No has venido a mi exposición, grandísimo esnob. ¿Conoces a Repací?

Anna le muestra al poeta, sentado en el brazo de una butaca, sus cabellos blancos arremolinados, una joven india a sus pies, sobre la alfombra.

—Aquella señora te admira muchísimo —continúa Anna, señalándole con el dedo a una mujer de cabellos sueltos, pintora abstracta de su estado.

—¡Ah!, ¿sí? —dice Marcelo, interesado.

—¡Eso te halaga! Pero no es verdad, porque ella no sabe una palabra de italiano. Ha dicho solamente que eres bastante decorativo. ¿Te basta con eso?

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Steiner le habla a Emma:

—Podrá parecerle extraño, pero la verdad es que ya la conozco muy bien. El día en que comprenda usted que quiere más a Marcelo que a sí misma, será dichosa.

Emma escucha religiosamente. Adivina más de lo que comprende y mira a Steiner con gratitud.

El poeta se lanza a afirmaciones que, por lo visto, le encantan:

—Lo he dicho siempre: la única mujer, la auténtica, es la oriental. Por lo demás, ¿dónde estaba Eva? En el Paraíso terrestre… ¿Y dónde se hallaba el Paraíso terrestre? En Oriente. Allá lejos, el amor es una cosa muy distinta…

Su mujer interviene, risueña, pero picada:

—¿Puedo entonces saber por qué te casaste conmigo, siendo yo romana?

—Ya sé, querida, que cometí un error…

—Éste habla del Oriente desde hace quince años —dice Anna—. ¿Qué espera para marcharse a vivir allí?

Repací continúa su parrafada:

—…Misteriosa, maternal, amante e hija a la vez, la mujer oriental os ofrece el gozo de permanecer a vuestros pies, como una pequeña tigresa amorosa… la alegría de permanecer sumisa, de dejarse dominar, en su espíritu y en su carne… Enteramente. Y no digáis…

Steiner lo interrumpe para presentarle a Marcelo y a Emma. —Comparto sus ideas sobre la mujer —dice Marcelo con aire sincero. —Sí, creo que tenemos mucho que aprender de esas mujeres

admirables —continúa Repací—, puesto que ellas han seguido cerca de la naturaleza, una naturaleza conquistada contra siglos y siglos de civilización. ¿Para qué sirve la civilización?

—Sí, ¿para qué? —dice Anna.

—La civilización sirve para no saber ya amar. Lo repito: para no saber ya hacer el amor.

—¡Escucha, Leónidas! ¡Cada uno habla de lo que conoce!

—Lo envidio a usted —le dice Marcelo a Repací—. He leído los relatos de sus viajes por el mundo. ¡También a mí me gustaría viajar! Es la puerta abierta para encuentros excepcionales, para mujeres de todas las razas.

Arrastrado por su entusiasmo, Marcelo agrega:

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—Me gustaría tener hijos de todos los colores: cobrizos, negros, amarillos… Figúrense qué gracia… un verdadero ramillete… Debe usted de tener una galería de recuerdos, completamente extraordinaria.

—¿Recuerdos? ¿Cree usted que un hombre de mi edad puede contentarse con recuerdos? ¡Tengo sobre todo proyectos, querido amigo!

Repací mira a Emma y le dice:

—¡Qué criatura tan maravillosa! ¿Es usted la novia de nuestro amigo?

Emma se ruboriza. Repací continúa:

—Desde luego es usted meridional…

—…Calabresa.

—¡Por lo tanto, oriental!

Steiner observa, divertido:

—¡Es verdaderamente admirable! Ha escrito docenas de obras que tú conoces, y ha conservado su candor. Uno se pregunta verdaderamente de dónde le viene tanto optimismo, tanta salud, tanta fe. Me gusta mucho que venga por aquí, bueno… de cuando en cuando. Me pregunto a veces si no le tengo envidia.

Tazas de café blancas y frágiles y vasos mates circulan entre los invitados. Marcelo lanza una mirada circular y admira la biblioteca, unas tallas de madera, una naturaleza muerta de Morandi que le encanta.

Steiner ha seguido su mirada.

—Sí, mi pintor preferido. Los objetos están bañados en una luz inmaterial y, sin embargo, están pintados con una materia y un sufrimiento auténtico que los hace casi tangibles. Es un arte en el que nada se ha dejado al azar…

Una poetisa americana de mucha edad se dirige a Marcelo:

—Steiner me ha dicho que tienes dos amores y que no sabes elegir entre los dos: el periodismo y la literatura. ¡Desconfía de la prisión! ¡Permanece libre! Dis-po-ni-ble. Como yo. No te cases con nada, no elijas jamás. También en amor, vale más ser elegido. The greatest is to burn and not to free!

—Leí, hace algunos años, sus poemas. Era en la época en que yo también soñaba con escribir. Me gustaron mucho: fuertes, rotundos… ¡Nadie diría que estaban escritos por una mujer!

—¿Qué sabes tú de las mujeres? —pregunta Emma, a la que no le ha hecho gracia que Marcelo apruebe las doctrinas «orientales» de Repací.

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—Es el arte que yo prefiero —continúa Marcelo sin prestar atención a la interrupción de Emma—. Creo que será el arte de mañana. Un arte claro, poderoso, limpio. Sin retórica. Que no miente. Que no halaga. En la actualidad… estoy ejerciendo un oficio que no me gusta, pero pienso con frecuencia en lo que habrá que hacer mañana…

—Todos nosotros debemos pensar en el mañana, aunque sin olvidarnos de vivir el hoy. Creo que si se vive intensamente, en la plenitud del espíritu, cada instante cuenta por un año y cada año se nos cuenta por cinco años de juventud…

Steiner murmura:

—Esta noche está usted hablando como un oráculo.

—Sí, un oráculo… alcohólico. Ustedes piensan demasiado en el porvenir.

La americana continúa, dirigiéndose a Emma:

—Tú, que pareces tan diferente de las demás, ¿qué haces con tus días?

Quiero decir: ¿qué te gusta hacer más?

—No sé… —dice Emma, muy intimidada por la vieja señora—. ¿Y usted?

—¿Yo? Yo lo sé perfectamente: fumar, beber, acostarme… —¡Ésa es toda tu sabiduría! —ironiza Steiner.

—Tú lees mis versos, pero no me has comprendido nunca. Tú, Steiner, eres un verdadero primitivo. Tan primitivo como una… flecha gótica… sí. Eres tan grande, que desde allá arriba no puedes oír ninguna voz.

—Eso es lo que tú te imaginas —dice Steiner—. Si me vieras tal como soy, te darías cuenta de que no soy más grande que esto.

Steiner muestra el espacio comprendido entre su pulgar y su índice extendido.

¿Por qué tiene pena Steiner? Lo tiene todo: inteligencia, cultura, riqueza, una familia, amigos seguros. Mira su trabajo y piensa en tus cuadernos, siempre en blanco. Mira su casa y piensa en la tuya siempre inacabada. ¿Es que la tristeza de Steiner no sería más que tu tristeza, Marcelo? Cree pues, como cree él.

En un rincón de la biblioteca un joven arquitecto toca los botones de un magnetófono. Un «clic», y la cinta deja salir, con voz tan natural como

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el original: «…una flecha gótica… sí. Eres tan grande, que desde allá arriba no puedes oír ninguna voz».

La cinta se desenrolla ahora con la voz de Steiner: «Eso es lo que tú te imaginas. Si me vieras tal como soy, te darías cuenta de que no soy más grande que esto». De pronto estalla un espantoso bramido de tormenta. Steiner se levanta, un poco pálido.

—Es una cinta antigua —dijo—; voy a cambiarla.

—¿Por qué? —dice Emma—. ¿Está prohibido escucharla?

—Desde luego, no, pero no querría aburrirles. Son ruidos sin importancia.

La mujer de Steiner interviene.

—Son ruidos de la naturaleza, tomados al azar; los registró hace ya mucho tiempo.

—¡Pídale que nos los deje oír! —dice Emma.

Marcelo está intrigado.

—Si esos ruidos no son interesantes, ¿para qué los has recogido? —Me parecieron hermosos. Pero, ¿de verdad tenéis interés en

escucharlos?

Anna insiste:

—Por mi parte, ya los conozco. No podéis imaginaros hasta qué punto son estimulantes; ya veréis.

—Como queráis —dice Steiner volviendo a poner el aparato en marcha.

A la tormentá de hace un momento sucede una alborada de pájaros, luego los ruidos de un bosque en verano. Anna tenía razón: uno no se cansa nunca de oír.

Absortos por la audición, los invitados no han visto cómo una puerta se entreabre y dos cabecitas de niños recorren el salón con sus miradas.

Sobre el fondo del ruido del bosque, la voz de Steiner se eleva con dulzura:

—¿Qué hacéis ahí vosotros dos?

Los niños avanzan con sus camisones de dormir, apenas intimidados. —¿Por qué os habéis levantado?

Su madre se inquieta; están descalzos; ¿no se resfriarán?

—Sin duda han oído la tormenta y se han despertado.

—Dime la verdad —dice Steiner—. Queríais darme un último beso…

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Emma está convencida. Estos niños encarnan para ella una realidad que completaría su vida. Evocan una existencia apacible, una sociedad sin injusticias, un mundo de paz. No sabe más que decir:

—¡Qué niños más lindos! ¡Qué ojos tan bonitos, tan inteligentes!

Seteiner refiere:

—Cuando se le dice al pequeño una cosa, que le choca, se pone a reflexionar, con la frente arrugada y el aire sombrío. Luego ríe instintivamente, feliz. Cuando se le da una flor, la mira por todos los lados y luego sonríe: debe de sentir que la flor es bella. Exactamente con la sonrisa que’ nace cuando se oye una música hermosa.

Steiner ha dirigido estas últimas palabras a su mujer, con una dulzura particular.

—Ahora id a acostaros. Dad las buenas noches a todo el mundo. Iré en seguida a daros un besito a la cama.

Steiner se dirige todavía a Emma, como si hubiese adivinado su amor por los niños:

—La niña es completamente diferente. No le gusta más que la reunión de palabras. Una frase nueva la maravilla. Por lo demás ella misma las compone de vez en cuando. Yo me he dado cuenta. Por ejemplo ésta: «¿Quién es la mamá del Sol?». Ésa es ya una idea de poeta.

—¿Es que se los mete usted en su cama?

—Bien que querrían ellos, pero no se les permite. Algunas veces consiguen colarse en la alcoba. El pequeño se desliza en la cama, entre su madre y yo. Me coge el dedo y lo aprieta muy fuerte. No podéis imaginaros la dulzura que se experimenta durmiendo así, al lado de un niñito…

Emma sueña con esa felicidad lejana que podría también ser la suya.

Dice en voz baja:

—Marcelo, ¿no podríamos también nosotros tener una casa como ésta? Se está tan bien así, los dos juntos, ¿verdad? Creo que estamos hechos el uno para el otro…

¿Por qué no soñar? Jamás me he imaginado a mí misma sin él. La vida podría ser otra cosa que una espera entre dos. Él podría renacer en mis brazos, simplemente con que se lo propusiera. Pero, ¿quiere él? Es un hombre, el inasible.

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Marcelo mira largo rato a Steiner, a su mujer, a sus libros, a sus instrumentos, a ese osito de felpa que se arrastra al pie del piano negro, a ese magnetófono que atrapa las palabras, los cantos de la naturaleza, las músicas más remotas. Le gusta esta paz, sin renuncia.

Emma. ¿Por qué Emma? Porque ella es mujer. Roma está llena de mujeres amantes, amables, dignas. Continuar. Acabar. No estar empezando siempre una y otra vez. Cierto, ¿pero mañana dónde habré perdido estos pensamientos?

—Steiner —dice Marcelo tomándole por el brazo—, invítame con más frecuencia a tu casa.

—Ya te lo he dicho. Ven siempre que quieras… ¿Qué te pasa, Marcelo?

—Debería cambiar de ambiente. Debería cambiar un montón de cosas. ¿Sabes tú que tu casa es un refugio? Tus hijos, tu mujer, tus libros, tus amigos incomparables… —Marcelo confiesa—: Pierdo el tiempo y no hago nada. Antes tenía ambiciones… creo que estoy a punto de perderlo todo, de olvidarlo todo…

Steiner le responde, una sonrisa distante en los labios, pero Marcelo adivina en él un sentimiento de profunda fraternidad:

—No creas, Marcelo, que la salvación consista en refugiarse uno en su casa. No hagas como yo… Soy demasiado serio para ser un aficionado, pero no lo bastante como para ser un profesional. Ésa es la cuestión. Profesional para los aficionados y aficionado para los profesionales. Créeme, más vale una vida dura que una vida protegida por una sociedad… organizada, en la que todo está previsto, encajado de una manera práctica, en su lugar, perfecto.

Steiner sigue reflexionando y responde a la pregunta que Marcelo le ha planteado al confiársele:

—No puedo ser más que tu amigo y por tanto me resulta casi imposible aconsejarte. Pero si quieres que te ayude a cambiar lo que te rodea, puedo presentarte a gente, a un editor por ejemplo, que te asegure un trabajo interesante en el que tengas ocios suficientes para hacer lo que te atraiga. De todas formas será mejor que perder tu tiempo escribiendo en

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periodicuchos medio fascistas. ¿Quieres pensar en esto? Más tarde volveremos a hablar.

Steiner guía a Marcelo por la habitación de los niños. El tul de sus camitas flota dulcemente en la brisa. Se adivinan en la sombra sus cabezas dormidas.

—Algunas veces, de noche, esta oscuridad, esta tranquilidad pesan sobre mí. Es la paz lo que me da miedo. Quizá la temo más que a ninguna otra cosa. Me da la impresión de que ella no es más que una apariencia, de que oculta un peligro. Se me ocurre a veces pensar en lo que verán mis hijos mañana. Se afirma que el mundo será maravilloso. ¿Qué quiere decir eso? Basta con que funcione el timbre de un teléfono rojo para anunciar el fin de todo… o si no haría falta vivir fuera de las pasiones, fuera de los sentimientos, en el orden que es ya una obra de arte. Un orden encantado. Haría falta llegar al punto de amarse fuera del tiempo, desasidos…

Steiner ríe débilmente y repite:

—Desasidos…

Marcelo se le queda mirando largo rato Este, equilibrio le deslumbra.

Es tarde. Nadie es el oráculo de nadie. «Hay que intentar vivir.

Los pinos surgen de la arena, que se extiende hasta perderse de vista. El perfume violento del mar en el equinoccio de primavera es traído por un viento ya cálido.

Las grandes mesas, que se dirían destinadas a banquetes sin fin, están vacías y desnudas. En un rincón de sombra, una máquina de escribir y hojas mantenidas por una gran piedra tienen el aspecto de una broma. Una muchachita pasa de vez en cuando, distraída por la música que el juke-box vierte como en los hermosos días de verano.

Marcelo está allí, con el teléfono pegado al muro como una liana. Su voz apenas está irritada.

—¡Escucha, Emma! ¡No puedo pasarme la vida telefoneándote! Deseo trabajar en paz. Es muy sencillo: no te diré dónde estoy, y no sé a qué hora volveré… ¿Está claro? ¡Estás loca… vete al diablo!

Marcelo cuelga y vuelve a su máquina de escribir. Teclea algunas líneas, pero el encanto —si es que había algún encanto; ahora lo duda— se

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ha roto. Querría ver aquel carro temblar bajo sus dedos, escuchar con frecuencia el timbre que anuncia el final de la línea. Desde que toca el teclado, Marcelo ya no tiene nada que decir.

Si el juke-box se ha callado, Paola, la muchacha, canta. Debe de ser a causa de eso: ¡ese canto! Marcelo suspira.

—Paola, ¿no podrías parar tu bonita canción?

Paola lo miró con sus ojos claros. Su rostro se acomoda muy bien con esta luz del mediodía, con la arena, el mar, los pinos inmensos. «Este paisaje que Ulises ha contemplado…», piensa Marcelo, distraído.

—¿Se queda usted a almorzar? —pregunta Paola.

Marcelo no sabe todavía. Va a pensarlo.

—Se come bien, sépalo —dice la jovencita con seriedad.

La máquina de escribir la intriga:

—¿Cuesta mucho trabajo aprender a escribir a máquina?

—¿Quieres ser mecanógrafa?

—Me gustaría…

Marcelo observa la sonrisa que alarga su rostro de adolescente, y entorna los ojos.

—¡Eres muy pequeña!

—¿Pequeña? No exagera usted.

—Vamos, tú sabes muy bien que eres pequeña. —Bueno —dice Paola riéndose—, soy pequeña. —Tú no eres romana, ¿verdad? ¿De dónde eres? —Soy de un pueblo cerca de Perusa. —¿Y cómo es que estás por aquí?

—Mi padre trabaja en Anzio. Pero yo iré pronto a Roma o a Ostia. —¿Quién es entonces ese muchachito que no hace más que traerte

tenedores para arreglar? ¿Tu hermano?

—No —dice Paola con seriedad—, es mi ayudante.

—Has caído bien aquí.

—Sí. Pero no me gustaría quedarme; no hago más que pensar en casa. El domingo vi un coche que tenía la matrícula de Perusa, y soñé tanto con estar en casa, que sentí ganas de llorar.

Marcelo la sigue observando:

—Vuélvete de perfil.

—¿Para qué?

—Vuélvete.

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—Pero, ¿por qué? —sigue preguntando Paola, pero volviéndose. —¡Eso es! Me recuerdas uno de esos angelotes que se ven en las

pinturas de las iglesias de Umbría. Te lo han dichó ya, ¿verdad? —No, nunca.

—¿Por qué te ríes?

—Pues no sé.

—¿Tienes novio?

—¿Yo novio? —Molesta, Paola le pregunta—: ¿No escribe usted ya? Entonces puedo poner música.

Paola gira el botón y la música vuelve con toda la fuerza. Ella escucha un instante, extrañamente pensativa, luego pone el cubierto.

Marcelo fuma un cigarrillo, los ojos perdídos en el horizonte. La mar está verde y bastante agitada. Las algas abandonadas por la resaca festonean la playa. Una gaviota pasa muy alta por encima de las olas.

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L A VIA VENETO, los Campos Elíseos, Broadway, no tienen nada en común, salvo el gusto por la luz y el ruido. Incluso la fauna es diferente en cada una de ellas, aunque sus vedettes puedan encontrarse indiferentemente en las tres vías reales de la vida nocturna. La Via Veneto tiene la ventaja de estar más recogida. Todo ocurre prácticamente en doscientos metros de acera que van desde la Embajada americana al viejo terraplén de ladrillos rojos. Los comandos de los fotógrafos, las chismosas y los curiosos no tienen necesidad de trasladarse, su mercadería está al alcance de la mano en escaparate permanente. Hay que elegir las horas, eso es todo. El experto sabe que antes de las diez de la noche no habrá escándalos y el suceso más importante se limitará a una consumición impagada. Hacia medianoche, habrá que apostarse bajo el pórtico del «Excelsior» si se desea ver a las estrellas con todo su aparato.

Pero sólo entre las dos de la madrugada y la aparición de los primeros barrenderos es cuando la caza puede resultar fructífera: vedette borracha, pareja principesca abofeteándose al buen tun-tun, reacción espéctacular de personajes de incógnito, o celosos pendencieros pertenecientes a las grandes familias.

El grupo Paparazzo está al acecho desde las diez, bastante despistado por la ausencia de Marcelo, a quien nadie ha visto desde hace tres días. Es la primera vez que sucede algo así. Sin duda, su buen olfato proverbial, ya que, en efecto, nada ha sucedido a excepción de la expulsión de un gigolo pelirrojo por la venerable duquesa de Tampico.

Marcelo llega cuando están dando las campanadas de las once, y el primer ayudante de Paparazzo, Doria, le grita:

—Marcelo, tu padre te está buscando. Marcelo le mira sorprendido; el otro insiste: —Mira, él te está buscando y pretende ser tu padre. —Es una broma.

—Nada de bromas. Se ha ido a cenar. Hace dos horas que te busca.

Debe estar por allí; lo encontrarás en la terraza del «Rosati».

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Marcelo no ve nada. Doria empieza a moverse y examina a los consumidores sentados en mesitas, que taponan completamente el paseo.

—¡Míralo allí, muy cerca de aquel hombre negro!

Por fin Marcelo ha divisado a su padre. Está sentado, con aire de asombro, un vaso en la mano, y siempre su misma expresión serena de hombre que tiene toda una vida tras él.

—¡Papá! ¡Papá! —grita Marcelo.

—¡Por fin! Estoy en Roma desde esta mañana. He preguntado por ti en tu casa, en el periódico… Iba a marcharme. Uno de tus amigos me ha dicho que había alguna esperanza de que vinieras por aquí.

—¡Ah, sí, es Paparazzo! —dice Marcelo abrazando a su padre—. Ya sabes, mi trabajo me obliga a estar zascandileando todo el día. No voy a casa más que para dormir. ¿Cómo es eso de que estés por Roma?

—Un trámite en el Ministerio. Ya sabes, el asunto aquel de los daños de guerra, lo que tenían que indemnizarme antes de las elecciones de 1950… Aquí todo se queda empantanado.

El padre mira a su hijo y descubre con sorpresa algunos cabellos blancos en sus sienes. Marcelo dice:

—¿Y tú, cómo te encuentras? Tienes buen aspecto.

—Tampoco tú lo tienes malo.

—¿Y mamá?

—Me ha dado una carta para ti. Se encuentra bien… siempre un poco ahogada; no ha cambiado. Naturalmente, con la edad se le nota más.

Marcelo coge la carta de la madre, cuyo contenido adivina exactamente.

—Tú, muchacho, podrías escribir con más frecuencia e incluso alargarte hasta casa de vez en cuando. Hace ya una enormidad de tiempo que no vienes a vernos.

—Ya lo sé, papá. Pero aquí está todo siempre tan liado… no hay manera de detenerse.

Observa a su padre con el rabillo del ojo. Lo ve por primera vez fuera de su marco y, si los recuerdos no le ayudasen, se creería frente a un desconocido. Una hermosa muchacha de formas provocativas, realzadas por un vestido muy estudiado, saluda a Marcelo.

—¿La conoces? —pregunta el padre—. ¿Es una actriz?

Desde la mesa vecina, Pierone no puede soportar aquella provocación:

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—¿Qué dice? Eso es lo que quisiera ella, pero no es más que una figuranta de cuarta categoría. ¡Actriz, ella!

—Papá, ¿quieres beber algo? ¿Un gin fizz? —interrumpe Marcelo.

—¿Cómo? ¿Qué es eso de un «gin Fritz»? Mi cerveza es estupenda.

Se apoya en el respaldo de su sillón de mimbre y admira la avenida. Las mujeres captan su atención, pero no se atreve a quedarse mirándolas mucho tiempo.

—¡Qué vida la de aquí, por las noches! ¿Todas las noches es lo mismo?

—Desgraciadamente —suspira.

—Entre nosotros, a esta hora, todo está ya oscuro como boca de lobo.

¡Qué tristeza! Para ti las cosas van bien, ¿no es así? Te has aclimatado.

—Después de tanto tiempo…

—¿Tu trabajo te rinde?

—Papá, el oficio de periodista, si uno sabe bandearse, rinde bastante. Desde luego he tenido suerte: me están abiertas todas las puertas, desde los ministerios hasta el Vaticano. ¿Ves? Incluso he podido comprarme un coche, ese que está ahí. Tengo también un apartamento.

—A propósito, cada vez que he llamado a tu casa, ha contestado una voz de mujer. ¿Quién es?

—¿Cómo?

—No es que yo tenga nada que decir, tú eres un hombre. Solamente, acuérdate de que no debes hacer tonterías. Divertirse está bien; al fin y al cabo no somos santos. Pero el matrimonio, eso es ya una cosa seria…

Marcelo siempre se ha sentido desazonado por la sabiduría de sus mayores. Querría interrumpir a su padre.

—Si una mujer vive contigo, ésos son lazos que…

—¡Ya comprendo! ¡Has debido hablar con la mujer de la limpieza!

¡Eso es!

No se inmuta bajo la mirada escéptica y desaprobadora de su padre, distraído ya por otras paseantes emperejiladas con un arte exquisito. Paparazzo se acerca con la cámara a la bandolera.

—Por fin lo ha encontrado usted —dice al padre.

—Sí, este señor ha sido quien me sugirió que te aguardase aquí. ¿Es usted fotógrafo? ¡Reportero gráfico! Trabajo apasionante… Trabajo de arte en cierto aspecto… ¿Usted trabaja… con mi hijo?

—¡Ay, sí… no podía caer en peores manos!

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—dice Paparazzo riéndose.

—Marcelo, ¿no tienes la menor idea del sitio donde pueda estar nuestro rey? Iba a atraparlo y… pum, se me escapó entre los dedos. Voy a echar un vistazo por ahí.

El padre aprovecha la ocasión.

—Quizá tengan ustedes algo que hacer. No sé: una cita, o un compromiso… por mí no lo hagan.

—El trabajo lo hacemos aquí. ¿Sabe?, aquí atrapa uno a los personajes que nos interesan… Una noticia, una foto… Todo está en el bolsillo. Hasta mi periódico está allá arriba.

Marcelo indica una docena de ventanas alumbradas, en el edificio de enfrente.

—Si os comprendo bien, vosotros os pasáis el tiempo aquí sentados. —¿Quieres ir al cine?

—¡De ninguna manera! Allí voy todo el tiempo. No hay otra cosa que hacer. Pero ya me las arreglaré. Os dejo en libertad… ¡Sois jóvenes!

—Te aseguro, papá… estamos completamente libres.

—¿Para qué? ¿Qué crees tú que se podría hacer? Quiero decir para hablar, cuestión de pasar dos horitas antes de acostarse.

Los ojos se le han puesto brillantes y Marcelo mira a su padre divertido, extrañado y enternecido. Se presta a adivinar.

—A esta hora no hay más que los clubs nocturnos.

—¡Justamente! Un amigo me ha indicado un sitio que creo que no está mal del todo. Una especie de cabaret… el «Kitcat»… algo por el estilo.

—Querrás decir el «Cha-Cha»… Es una vieja boite. —Eso es: el «Cha-Cha»… Ahora me acuerdo muy bien. —¿Quieres ir allí?

—Nada más que echar un vistazo. ¿Qué quieres?, esto me pasa tan de tarde en tarde…

Marcelo no sabe qué actitud tomar y llama a Paparazzo en su ayuda; éste llenará los baches de la conversación. La presencia del fotógrafo alivia también al padre:

—¡Bravo! Invita también a tu amigo. Soy yo el que convida…

El padre está muy excitado y quisiera ya encontrarse en lo que se imagina ser un paraíso nocturno. Llama al camarero con voz enérgica y desborda de entusiasmo. Marcelo querría pagar la cuenta, pero su padre se lo impide, imbuido de su autoridad.

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—¿Y nuestro rey? —preguntan los dos ayudantes de Paparazzo. —Arreglároslas como podáis. Si tenéis suerte, no dejéis escapar a su

amiguita… la austríaca, sí… Uno de vosotros dos puede coger mi «Vespa». Hasta pronto.

—¡Sí, en la Morgue! —dice el otro con ironía.

Paparazzo pregunta:

—¿Adonde vamos?

—Al «Cha-Cha»… Sube a mi coche.

—¡Pero eso es terrible! ¿Qué quieres que hagamos allí?

—Vamos, es para contentar a mi padre. ¡También él tiene derecho a divertirse!

—Bueno… pues vamos a divertirnos…

¿Quién es mi padre? Apenas me acuerdo de mi infancia. Lo veía poco. Aparecía entre dos puertas, alto, fuerte, colérico. Sin embargo soy su hijo. Es un desconocido por el que siento ternura cada vez que descubro en él un signo que encuentro en mí. Pero no lo conozco. ¿Qué es su vida? ¿Qué piensa él de la juventud, del amor, de la muerte?

El «Cha-Cha» es una institución romana tan venerable como el Forum. Si ese cabaret existe desde hace tanto tiempo, lo debe a la astucia de sus propietarios, que le cambian el nombre a cada nueva moda. Ese nombre llega con la aureola ya formada y no corre nunca el riesgo de alejar a los clientes por su novedad. La boite renuncia así a los clientes á la page, pero se asegura un público fiel de provincianos, es decir, poco más o menos todos los italianos, incluidos los romanos de segunda zona.

El señor Rubini —el padre de Marcelo tiene un nombre— ve el «Cha-Cha» (antiguamente «Blue Danube», luego «Jimmy», etc.) con ojos de otro tiempo.

—Nada ha cambiado —dice satisfecho—, es punto por punto como yo lo recordaba.

Se dirige al respetable maitre d’hótel:

—¡Usted, usted estaba aquí en 1922!

—Lo siento, señor. En aquella época yo estaba en Turín. Hace sólo dos años que estoy en Roma.

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Esta decepción no estropea su buen humor. El cual se ve incluso reforzado por la aparición, en la pista, de una tropa de bailarinas «francesas» con arreos de plumas, cintas y diademas, muy «Moulin Rouge» 1914. Marcelo mira con simpatía los ojos brillantes de su padre. ¡Qué fácil es su felicidad, qué maravillosamente simple! Ve en esas muchachas, cubiertas de maquillajes desde los pies a la cabeza, a sacerdotitas de Terpsícore, huríes que reparten a manos llenas el placer y la belleza, símbolos de una vida consagrada a nobles gozos.

—¿Quieres beber? —dice Marcelo con respeto.

—¡Pues claro que quiero beber!

—¿Qué? ¿Whisky?

—Pues sí, tomemos whisky.

Marcelo pide tres vasos. Paparazzo opta por el «Black and White». —¿Y si hiciéramos un reportaje aquí? Se diría una tumba hindú… —

se burla el fotógrafo.

Marcelo le hace amistosamente una señal para que se calle.

—¡Qué mujer! ¡Larga de muslos! —se entusiasma el padre.

Se dirige a Paparazzo.

—¿Usted ha estado ya en París?

El «no» de Paparazzo es quizás una gentileza secreta de su parte. Él también se hace cargo de su papel de «amigo fiel escuchando al papá que ha llevado una buena vida».

—Yo he ido dos veces… ¡Aquélla sí que era una época! Una vez que entré en un cabaret de este tipo. Una hermosa muchacha bailaba con gracia. También ella era de muslos largos… Empezó a quitarse ropa; cuando estuvo completamente desnuda, se vio que se trataba de un hombre ¡el muy sinvergüenza!

Aquel recuerdo le hace sentirse a sus anchas. Le pregunta a Paparazzo:

—¿Le vive a usted su padre? Desde luego… Debe ser muy joven…

¡Es usted un niño! ¿Qué hace él?

Paparazzo se ve pillado de improviso. Con tiempo para reflexionar, le habría ofrecido al señor Rubini un padre que le conviniera. Entrega la verdad sin floreos.

—¿Que qué hace mi padre? ¡El muy bribón! No hace nunca nada. Se lleva todo el santo día en casa, molestando a mi madre y a mi hermana. Canta, silba, se pelea y exige cuartos para ir al cine.

Marcelo interviene:

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—¡No… no es verdad, papá!

Pero con la euforia del whisky —que no le gustaba en absoluto— y con las hermosas muchachas a las que se comería con mucho gusto— su padre se ha hecho hombre de ideas amplias.

—Después de todo, ¿por qué «no»? ¡Es posible! Una de las bailarinas le hace una mueca a Marcelo. —Paparazzo, ¿no es la Fanny?

Es Fanny. Se aproxima a la mesa de los tres sin dejar de bailar. —¡Podía seguir esperando mi foto en el periódico! Me la pegaste. Marcelo le dirige un gentil cumplido, pensando en su padre. —¡Estás guapísima!

El padre se muestra muy interesado.

—¿Cómo se llama?

—Fanny.

—¿Tú la conoces mucho?

Tímidamente, Marcelo trata de negarlo, pero Paparazzo interviene:

—La conoce, la conoce… no se preocupe usted.

—Es francesa.

—¡Qué agradable! ¡Francesa!

Fanny vuelve a pasar junto a la mesa y repite a toda prisa:

—¡Mentiroso! ¡Farsante! Fregnacciaro!

Esta última palabra demuestra que Fanny está en Roma desde hace muchísimo tiempo. Dirigiéndose al señor Rubini, le dice, risueña:

—¿Cómo puede estar cerca de un tipo de esta calaña?

Marcelo se echa a reír.

—¡Ten cuidado, es mi padre!

—¡A otro perro con ese hueso!

—¡Papá, no me cree!

Halagado, Rubini entabla contacto y hace ostentación de su francés:

—Elle est tres gentille. Bon soir, mademoiselle. Et tous mes compliments, Bravissimo!

Al aire de conocedor de su padre, Marcelo se esfuerza en oponer argumentos de una plausible honestidad:

—Mira… yo. le había prometido una foto…, pero en realidad es una buena muchacha.

—Naturalmente. No lo dudo, créeme. —¿Quieres que la invite a nuestra mesa?

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—¿Por qué no? —responde el padre, totalmente feliz—. Invitémosla, hijos míos. Y encarguemos una botella de champaña.

Paparazzo no sale de su asombro:

—¡Champaña! ¡Pero si para ella una naranjada es demasiado!

Marcelo quiere entrar en el juego de su padre con gentileza, con cuidados de hermano mayor.

—Champaña, perfectamente. Tienes razón, champaña será lo mejor. —Pediré «Veuve Cliquot». Dejadme hacer a mí. ¡Es mi turno! ¡He

vendido champaña a la mitad del país!

—Beba usted whisky mientras tanto —dice Paparazzo.

Marcelo le hace una señal a Fanny para que se reúna con ellos después de su número. Ella comprende y acelera el final de la «danza» que se resume en movimientos frenéticos de la grupa.

Algunos soldados americanos silban satisfechos mientras el resto del público se despelleja las manos a fuerza de aplausos. El camarero ha traído la botella tradicional hundida en el cubo de hielo y encorbatada con una servilleta. El señor Rubini, antiguo representante de champaña, la levanta para comprobar la cosecha. Después bebe, con aire de conocedor.

—¡A tu salud, muchacho!

—¡A tu salud, papá! —dice Marcelo y, por primera vez en su vida, siente en su corazón una profunda amistad hacia su padre, un desconocido para él hasta aquel momento.

—¡Bueno! —constata el padre con la condescendencia que conviene a un hombre maduro y acostumbrado a los placeres de la vida.

Fanny y su amiga Gloria se han cambiado de vestido y llegan sonrientes. Fanny se siente agradablemente sorprendida por el champaña; se sienta al lado del señor Rubini, que la mira con una admiración que ya no tiene curso.

—No os molestéis —dice Fanny tanteando el terreno—. A ti (se dirige a Marcelo) no te saludo. ¿Sabe usted cuál es la clase de trabajo de su hijo?

—Lo sé, lo he visto yo mismo —responde el señor Rubini, satisfecho por el giro que van tomando los acontecimientos.

—¡Bonito trabajo! Lo que se merecía este muchacho es que lo mandaran a paseo… Dígame —agrega—, no será verdad que sea usted su padre…

—¿Que no es verdad?

—¡Es imposible! ¡Es usted demasiado joven!

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Extremadamente halagado, el padre se lanza a una sabia esgrima de cortesías en la que el Dante es tomado como recurso, al lado del Eclesiastés.

—No insistamos, señorita, no subraye usted «de los años el irreparable ultraje»…

Se ríe; luego, él confiesa:

—¿Sabe usted lo que nos envejece? El aburrimiento. Cuando yo era joven, tenía que viajar mucho, por motivo de mis negocios. Cuando estaba fuera, tenía el alma de un león. Incluso ahora, en cuanto me muevo, me siento a la altura de estos jovencitos, ¡yo el padre! Pero en cuanto vuelvo a entrar en mi casa… Es como si ochenta años me cayesen sobre los hombros…

Paparazzo querría descorchar la botella. Rubini lo detiene, muy seguro de sí:

—No es cosa suya… Le dejo a su competencia el «Coca-Cola», pero el champaña es asunto mío.

Las copas están llenas. Rubini le alarga una a Fanny y quiere brindar:

—¡A vuestras espléndidas piernas, que he tenido el privilegio de

admirar!

Beben, y Marcelo se siente profundamente conmovido por la felicidad infantil de su padre. Eso le recuerda su infancia, cuando un caramelo relleno o un juguete de madera constituían su dicha. Animado por su éxito, Rubini quiere continuar:

—Muy bien… Vaciemos otra copita, toma, ¿eh? He empezado brindando por sus hermosas piernas, ahora hace falta que yo beba por sus…

—Ts… ts… ts… —dice Fanny con pudor, muy mujer de mundo.

—No quería decir nada chocante —se disculpa Rubini.

Fanny le hace una mueca a Marcelo.

—¿Sabes que tu padre es mucho más simpático que tú? ¡Con muchísima diferencia!

—Vamos, señorita —dice Rubini—. ¡No diga usted eso! No sirvo más que para pequeños juegos de sociedad. ¿Quiere usted que le enseñe uno?

—¡Desde luego! —dice Fanny.

—Veamos si consigue usted hacer esto. ¡Atención! Se coloca usted una moneda en la frente. Se’ trata de dejarla caer sin que le roce la nariz.

—¡Pero eso es muy fácil!

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—¿Fácil?

—¡Es un juego para niños!

—Usted pruebe.

Marcelo observa que, naturalmente, Fanny no acierta, con gran alegría de su padre. Jamás habría supuesto en ella tales tesoros de bondad, verdadera, profunda, desinteresada.

Fanny se lanza a su vez a una historia ligera que podría convenirla niños de coro y en la que todo es cuestión de pañuelos y sostenes. Paparazzo está aterrado, pero Marcelo sigue el juego con una curiosa emoción. Ver a su padre como un hombre lo conmueve profundamente, aunque le choque.

Lo del sostén le da al señor Rubini la clave de cumplidos muy 1920 y le permite afirmar que Fanny no lo necesita en absoluto.

Marcelo finge sentirse escandalizado. Su padre se muestra dichoso. —Eres un burrito triste —le dice Fanny a Marcelo, en una jerga

romano-parisiense imprevista.

Por tanto, una nueva ronda de champaña se impone. Marcelo se ve desbordado por los acontecimientos. Su padre se levanta y baila un vals con Fanny.

—Me defiendo bien —le dice—. Mirad.

En efecto, es una buena pareja, y Fanny sabe escuchar lo que él le dice. Marcelo se encuentra cogido por sorpresa. Ahora le parece que

empieza a conocer a su padre.

—Mira —le dice a Paparazzo—, cuando yo era pequeño, papá no estaba nunca en casa. Se marchaba, por una semana, por veinte días… Incluso por más tiempo. Cuando no volvía, ¡había que ver los llantos de mi madre! Yo no lo veía casi nunca. Verdaderamente, no lo conozco. Pero me ha hecho bien volverle a ver esta noche. Es simpático, ¿verdad?

—Se conserva muy bien. Es preciso que se divierta esta noche — responde Paparazzo, que observa al padre de su amigo luchando con un slow.

—Tengo miedo de que no sea así precisamente como se baila esta pieza —le dice Rubini a Fanny.

—No tiene importancia. A mí me gusta mucho más así —replica Fanny.

—¡Tiene usted unos ojos maravillosos! —¿En qué sentido debo tomar ese cumplido?

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—En el sentido de mi homenaje y de mi admiración. —Me temo mucho que se parezca usted a su hijo. —¡Ni que decir tiene; somos de la misma raza!

Hace falta abandonar la pista para el nuevo número. Satisfecho de sí mismo, el padre de Marcelo vierte de nuevo champaña.

Un viejo clown trae a escena sus tics ridículos. Uno se pregunta hasta qué punto está maquillado, tan señalado está su rostro por viejas bufonadas. Se llama Polidor, y su número se inicia en las tinieblas, al son de un acordeón de notas estridentes. Los proyectores «manchan» la pista de redondeles de luz; con una escobilla en la mano, Polidor los va reuniendo en el centro, como para hacer un montón, abre un recogedor, «encierra» allí la luz, y la oscuridad vuelve… en cuanto que cae la tapadera. Una última gama del acordeón, y Polidor arroja sobre la pista lo que acaba de barrer: la luz inunda la sala. Los aplausos coronan la escena. Marcelo ha visto varias veces esta pantomima y hasta cree acordarse de que la primera vez fue en una función de gala de los Fratellini; siempre extrae de ella el mismo placer.

Polidor está ahora rodeado de globos infantiles que se esfuerza en hacer bailar, inútilmente, claro es, al ritmo de su flauta. Entre la rebeldía de los globos, el clown procura adaptar su flauta al desorden de aquéllos, lo que origina «gallos» espantosos. Renuncia a domar a los globos y ataca, al abandonar la pista, una marcha persa: entonces los globos lo siguen con movimiento unánime.

Para contentar al señor Rubini, cada vez más galante con Fanny, Paparazzo toma dos fotos de la salida del clown. Marcelo lo aprueba. Se pregunta por qué siente por los clowns tanta simpatía, sentimiento raro en él. Quizá porque gravitan en el absurdo, a sabiendas, a veces con genio. Lo que Marcelo reprocharía a la vida, si tuviese tiempo de abandonarse al hilo de sus pensamientos, no es su absurdidad, sino el hecho de ser absurda mientras proclama su cordura. El clown, por su parte, lo confiesa. Juega, pero es de verdad. La voz de su padre interrumpe sus sueños:

—Una hermosa noche, muchacho…

Ha pagado ya la cuenta, con gesto de gran duque. Fanny ha propuesto ir a su casa a comerse un plato de spaghetti «a la boloñesa». La alusión a Bolonia ha tenido como efecto entusiasmar al padre de Marcelo, que se siente cada vez más conmovido ante la alegría de su progenitor, pero también bastante inquieto. Fanny propone llevarse al señor Rubini en su

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cochecito, mientras que Marcelo seguirá en el suyo con Gloria y Paparazzo.

—Sígueme, pero pon cuidado en no perderme de vista. Voy aprisa, aunque no tenga el coche inglés del «caballero»… —dice Fanny.

Marcelo le pregunta a su padre:

—¿De verdad… tienes ganas de ir a casa de ella a comer spaghetti? —Naturalmente —dice el otro acomodándose en el pequeño asiento al

lado de Fanny.

—Papá, escucha…

—¿Qué pasa ahora?

—¿Va bien la cosa?

—Muy bien, muchacho. Estoy en excelente compañía. ¡Déjame en paz!

Marcelo se inclina sobre Fanny.

—¿Sabes conducir?

—¡Si supieras hacer el amor como yo sé conducir, no te quejarías!

El pequeño «600» arranca de pronto sobre la avenida ya clara del alba inminente.

Gloria y Paparazzo están muy alegres, pero Marcelo responde mal a sus bromas, bajo pretexto de fatiga y de sueño.

—Nos han paseado por toda Roma —dice Gloria—. ¿Para qué hacernos dar un rodeo tan grande?

Se suelta y sale del coche, seguida de Paparazzo, atontado. Es el alba.

—¿Tú no bajas? —pregunta Gloria.

—No, no voy con vosotros —dice Marcelo, embarazado.

Se siente más que nunca hijo de Noé. Gloria insiste.

—No. Estoy cansado. Voy a dar una vuelta. Te dejaré el coche, Paparazzo; acompaña tú a mi padre. Ya me encontrarás una disculpa: la imprenta, el periódico… lo que se te ocurra. Dile que me llame antes de marcharse…

—Pero ven con nosotros —dice Paparazzo, ayudado por Gloria.

—No tengo ganas. Voy a dar una vuelta por este barrio; eso me despejará.

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Se detiene bruscamente. Marcelo acaba de distinguir a Fanny que corre hacia ellos.

—¿Dónde habéis estado? He llegado hace media hora. Marcelo, tu padre no se encuentra bien. Ha tenido un mareo… No sé. Quizás ha bebido demasiado. Yo iba corriendo a la farmacia. Tenía miedo…

—¿Lo has dejado solo?

—¡Pedía estas gotas, mira!

Fanny le muestra un pedazo de papel sobre el cual está garrapateado el nombre de un específico.

—Paparazzo, sé bueno. ¡Busca una farmacia… date prisa!

Fanny le recuerda a Marcelo, que corre ya hacia la casa, que su apartamento está en el tercero.

—No hagas ruido —le grita ella en francés—; es una casa burguesa.

Marcelo sube rápidamente y entra en el pequeño dos-piezas de Fanny.

Su padre está sentado en el recibidor, inmóvil. Marcelo lo ve de espalda.

—Papá —dice.

—Apaga la luz, muchacho.

—Mi amigo ha ido a buscar una farmacia.

Vendrá con tus gotas.

—No es nada, ya verás. Sin duda es que he bebido demasiado. —Seguramente; no será nada. —Marcelo quiere tranquilizarse con el

mismo pretexto—. ¿Quieres un vaso de agua?

—No, esto ya va pasando.

Su voz es débil, pero va tomando un tono normal.

—¿Dónde estamos? ¿En qué barrio? No lo conozco. ¿Está lejos? Parece evocar recuerdos lejanos.

—Cuando yo venía a Roma, me alojaba siempre en un hotel de la Piaza di Spagna…

Se inquieta por la hora. Marcelo le contesta:

—Son casi las cuatro.

—A las cinco y media hay un tren. Es necesario que lo tome. Creo que tendré tiempo.

—¡Escucha, papá! Deberías venir a mi casa, a acostarte, a descansar unas cuantas horas.

—No, prefiero irme ahora mismo, así, a las diez estaré en casa.

Lentamente, pero con aplomo, se levanta, y va hacia la cama.

—Me olvidaba del reloj.

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Lo recoge de la larga almohada y luego alisa los pliegues de la colcha, con cuidados de mujer.

—¡Nada te impide tomar un tren más tarde! —Estoy bien, estoy muy bien ahora, créeme.

—¡Podrías quedarte todavía mañana, papá! Te lo ruego, quédate. Si no quieres venir a mi casa, si prefieres el hotel, dilo… Mañana tendré el día libre. Estaremos juntos todo el tiempo… charlaremos… ¡No nos vemos nunca!

—Hace falta que me vaya. Hace falta.

Fanny anuncia que el taxi ha llegado.

—¿Un taxi? —pregunta Marcelo.

—Soy yo quien lo he llamado. ¿Dónde está mi sombrero? —Pero se puede despedir al taxi. ¡Papá, no te vayas! —Quiero irme, quiero volver…

Dirige una sonrisa muy humilde a Fanny y le dice, casi con gracia:

—Buenas noches, señorita.

En la calle es ya de día. Marcelo no dice nada.

—Estoy contento de haberte visto, muchacho. Escribe con más frecuencia. Y no me acompañes. Prefiero ir solo… Te lo ruego.

Marcelo se queda en la acera y se siente de pronto como un niño abandonado. Se pasa la mano por las mejillas y el rumorcillo imperceptible de su barba, lo despeja del todo.

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—¡V OY a estriparte, asqueroso! ¿Creías que todo el mundo se parece a esos maridos que se retuercen los cuernos y se callan? ¡Voy a partirte la boca!

—Arremete porque hay mujeres —observa un espectador escéptico.

—¡Ven aquí, so puerco! —continúa el hombre, encolerizado—:

¡Hideputa! ¡Voy a sacarte las tripas!

Aquello basta para crear una pequeña aglomeración. Los habituales de la Via Veneto aprecian diversamente el espectáculo. Pero hay descontento. Como la sangre no llega al río, la escena carece de interés. La grosería no resulta pintoresca más que en boca de los barones sicilianos o de los príncipes romanos.

Marcelo hace preguntas arrastrado por la inercia. Únicamente Pierone se muestra dispuesto a solicitar otros informes:

—No sé qué es lo que ha pasado, pero seguramente ha sido muy hermoso —dice.

Una voz de mujer le grita a Marcelo, que se ha quedado en medio de las mesas:

—¡Marcelino, canalla, malo, sinvergonzón!

Es Nico, una maniquí célebre, una rubia despampanante de ojos negros.

—¿Adonde vas? —le pregunta Marcelo.

—A Bassano di Sutri, el castillo de mi novio.

—¡Llévame!

Marcelo añade:

—Paparazzo te andaba buscando… Quería hacer contigo algunas páginas para el «Jardín des Modes».

—Muy amable, pero ya hace un año que no hago fotos de modas. ¡Se acabó!

Los coches tocan los claxons.

—Estamos aquí —dice una voz que Nico reconoce.

Ella se inclina y grita:

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—¿Tenéis un sitio para mi amigo?

—No, pero mira en el coche de atrás. Es un «Lancia» grande… o, si no, el «1400».

—¡Nos veremos en el castillo!

Nico sigue buscando.

—Desde luego —dice el conductor del «Lancia»—. Otro de esos chulitos de los que te enamoras…

Marcelo ha encontrado un sitio, acurruca

do entre dos señoras perfumadas, en traje de noche. Una de ellas tiene una diadema impresionante. En lo alto de la Via Veneto, se carga a una persona joven que se sienta sobre las rodillas de Marcelo, afectando ignorarle. Pero Marcelo no puede ignorar el sutil calor que termina por sofocarle. Casi ha desaparecido bajo las faldas, chaquetillas y pieles. Nico fuma rabiosamente.

El hombre del volante se informa.

—Habrá que ir hasta Capranica. Después continúa por el atajo de los olivos… ¿Has comprendido, Oliviero?

—¡Sí, Massimilla!

—¿Habrá gente en casa de tu padre? —pregunta en francés.

—Espero que no. Por tanto, se podrá ir a la cama pronto. De todas maneras, a esta hora, no estarán más que los fósiles. Todo el mundo sabe que, en nuestra casa, las fiestas son entierros de primera clase muy lucidos…

Nico pronuncia algunas palabras:

—…ganz bestimmt ich wachte auf und mein Bett fing an sich zu rütteln…

Oliviero protesta:

—¡Ponle un bozal a este perro!

Nico continúa:

—Vielleicht war es auch nur Nervositat. Auf feden Fall… ich bin…

Marcelo pregunta:

—¿Dónde estamos? ¿Cómo se llama esta región?

Nico responde:

—¡Bassano di Sutri! …und da… es kommen bestimmt mehrere…

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Después, Nico se echa a llorar. Marcelo no comprende nada de aquello y sus preguntas quedan sin respuestas.

Los coches son aparcados a la entrada de un inmenso castillo que se recorta solemnemente en la noche. Es siniestro y macizo.

Los grupos penetran en el castillo por una escalera estrecha, débilmente alumbrada, y desembocan en un salón grande como una iglesia. De una iglesia tiene por lo menos los bustos en mármol rojo de Papas, Cardenales y Caudillos. Hay ya algunos invitados que charlan alrededor de algunos vasos.

Un hombre de talla media, muy emperejilado, de aire severo y bigotito, acoge a los recién llegados con una cortesía exquisita y helada.

Marcelo reconoce en él al príncipe Mascalchi, el decano de la familia. —¿Qué buen viento os? trae por aquí? ¿A qué se debe este paseo? Reconoce a Massimilla y lo saluda bastante calurosamente:

—¡Henos aquí! —dice Massimilla—. ¡Setenta y cinco kilómetros en cuarenta minutos!

El príncipe-padre hace una señal con la cabeza a Nico, la novia de momento de don Giulio, su hijo y encarga a don Giovanni, su nieto, que haga algunas presentaciones vagas. Hay de todo: miembros de la aristocracia «negra», algunos barones de los Pouilles, políticos, un príncipe napolitano, un duque ruso, algunas artistas en boga, mujeres maduras, dos o tres seres sin sexo bien definido.

Una voz dice:

—¡Giulio, mira a quién te traigo!

—¡Ven aquí, mi linda putita! —dice Giulio—. ¿Quién te ha pedido que vinieras?

—Y eso no es todo —continúa otro—, tenemos también a la bella de los encantos. Helena, espero que no habrás traído a tu marido —le dice a la joven señora de la que Roma celebra los pechos opulentos.

Un ex ministro describe una ceremonia patriótica y dos ancianos le escuchan con aire cortés:

—¡Qué concentración! Verdaderamente era el pueblo, el pueblo auténtico que celebraba a su caudillo bienamado con flores y con llantos… Don Giovanni, el único que luce un inmenso pullover de ante sobre su

busto magro y largo, se aproxima a Marcelo y se presenta:

—Soy la tercera generación —dice—. ¡Con mucho, la menos importante! ¿Quiere usted conocer a otros miembros de mi familia o tiene

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ya bastante?

Sin esperar las protestas de Marcelo, interpela a su abuela:

—Te presento al señor…

—…Rubini —completa Marcelo.

—¡Muy bien! Bravo —dice la anciana señora, y cierra los ojos.

Don Giovanni comenta:

—Finge que está durmiendo, porque no quiere hablar con nadie. Y ahora, continuemos trepando por el árbol genealógico. ¡Papá!

El príncipe Mascalchi habla con un agregado de la Embajada de Inglaterra.

—I dont think you are right…

—Papá, te presento al señor Rubini, alguien que tiene el aspecto de trabajar muy en serio.

El príncipe-padre le estrecha la mano con un «verdaderamente» interesado. Le presenta a su vez a una hermosa muchacha, Nina, probablemente francesa, o danesa. El príncipe habla con ella en francés:

—Es un amigo de mi hijo. Encantador, ¿verdad?

—Un lindo muchacho —dice Nina.

—Usted es periodista —interviene un desconocido visiblemente borracho—, eso me interesa. Necesitaría una enferiñera que me acostase y me arrullase esta noche. ¿Quién quiere sacrificarse? ¿Quién me va a servir de enfermera esta noche?

Llega otra voz de hombre:

—Lady Brod, no hace usted nunca lavar a sus perros. Apestan… —Their smell is absolutey wonderful.

Y la Lady ventea, encantada, el «olor maravilloso».

Don Giovanni continúa:

—…y por fin he aquí a nuestra fiel Irene, la más gloriosa de las «debutantes» del año, con la que yo querría casarme…, pero ella no quiere.

Irene corta:

—¡Gracias, ya le conozco!

Aunque avezado a estos encuentros, Marcelo todavía no ha encajado en el «tono». No está nada impresionado por los diamantes excesivos de la demasiado joven Irene, pero, en compensación, su sonrisa provocativa lo turba. Afortunadamente, Oliviero cae sobre la jovencita y se la lleva:

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—¡Hazme bailar! —dice él, y agrega con aire cómplice—: No me he dado cuenta de si eras tú la que «atacabas» o él.

—¡Yo, naturalmente!

—Tienes unas ganas locas de leer tu nombre en los periódicos, ¿verdad? Por lo demás no eres la única.

Irene baila con aire ausente, apenas envarado. Oliviero la estrecha sin convicción:

—Escucha, ¿por qué no nos escurrimos juntos, a la inglesa? —¿Qué entiendes tú por «escurrirse juntos»? ¿Y escurrirse de qué? Una dama angloamericana, con la piel relucientemente estirada,

arponea a Marcelo:

—Are you really a newspaperman?

—Yes, madam.

—Mi primer marido era pediodista, ¡paz a sus cenizas!, pero sus informaciones eran siempre verdaderamente exageradas. No lo comprendí hasta que terminó nuestra luna de miel.

Lady Brod interviene, con la desenvoltura que le permite su gran belleza.

—Well! You know what Shakespeare says: «Vale más tener noticias exageradas que no tener ninguna en absoluto». Mi marido piensa lo mismo.

Marcelo pontifica un poco con Lady Brod:

—Lo más corriente es que sea el público el que exija esas amplificaciones, esas «exageraciones». Sin embargo, si usted me lo concede, me sería posible darle noticias de ningún modo exageradas.

Sus últimas palabras son dichas a través de un echarpe de tul que una mano larga y fina pasa debajo de su nariz. Marcelo dice con tono tajante:

—¡Chanel número cinco! Reconozco ese perfume, Magdalena.

Era Magdalena, en efecto.

—¿De dónde sales? —le pregunta ella—, yo me siento perfectamente bien. Sólo un poquito al… ¿Conoces a la pequeña Jane?

Marcelo mira a una mujer muy joven, lívida a fuerza de maquillaje sabihondo. Magdalena continúa:

—Es americana, pintora y vive en Roma como si se encontrase en las colonias. La sociedad más empingorotada la recibe para oír, con delicia, las basuras que salen de su bonita boca…

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Magdalena ha tomado posesión de Marcelo y lo arrastra del brazo con el aspecto de ir haciendo presentaciones sin fin, pero en realidad dando la vuelta al salón de cien ventanas, que se transforman a sus ojos en otros tantos nichos ideales.

—Mira —dice Magdalena—, ésas son las Montalbans… sus divorcios han causado sensación.

—…es Federica, la Loba. Le encanta hacer con los jovencitos el papel de la nodriza de Rómulo y Remo.

—…aquéllos son los Gonfalonieri; la mitad de Calabria y el mejor equipado nido de amor de toda Roma.

—Aquélla es la dulce Eleonora, ochenta mil hectáreas. Dos tentativas de suicidio. Sin motivo.

—Los Sanseverinos, castillo fantástico en Toscana.

—A aquél ya lo conoces: es don Giulio Mascaichi y Nico, a Nicolina,

su amante sueca. Ya verás: este año será princesa.

No. Marcelo no experimenta nada. Estos seres no le causan más efecto que momias extraídas de las Pirámides. «No te indignarás». En indignidad, hay la palabra «digno». No lo olvides nunca, Marcelo.

Magdalena lo apostrofa:

—Oye, ten cuidado con la cara que pones. ¿Qué te crees? ¿Piensas que valemos más que ellos? Ellos, por lo menos, saben hacer ciertas cosas con elegancia, tienen clase.

Magdalena y Marcelo salen a una terraza. La oscuridad reina aún sobre los campos y bajo los olivos, pero una vaga claridad baña a la tierra.

Marcelo señala a una villa espectral que se recorta sobre el fondo del parque.

—¿Quién vive allí?

—Nadie. Está deshabitada; desde el punto de vista del estilo, es sin embargo la más bella. Yo también estoy deshabitada, ¿lo sabías?

Entran, atravesando un pasillo oscuro donde retratos de mujeres parecen mirarles desde lo alto de sus marcos.

—¿Qué significa este… gineceo? —pregunta Marcelo.

—Son las abuelas, las bisabuelas, las tatarabuelas…

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—Eran mujeres muy bellas. ¿Has notado que todas tienen los mismos ojos?

Marcelo mira los ojos de Magdalena, y una espontaneidad gratuita le impulsa a decirle:

—He pensado mucho en ti, en estos últimos tiempos. No te comprendo.

—¿No? ¡Yo tampoco! Pero eso no importa. Si quieres hablarme seriamente, no tengo ganas de escucharte. Corramos un tupido velo. ¿Cómo sigue tu amiga?

—¿Te da miedo entonces hablar seriamente?

—En absoluto. Pero tú, tú no eres capaz de hablar en serio.

Magdalena se muestra dura, pero afable.

—¿Adonde me llevas? —pregunta Marcelo viéndose empujado hacia una gran pieza vacía, cubierta de frescos que recuerdan los de Carrache.

—Conforme deseabas, he aquí el salón de las conversaciones serias.

Siéntate.

Hay en efecto, en el centro de la sala, una única silla del siglo xvn.

—Marcelo, ¿me oyes? Nunca me has oído tan cerca.

Marcelo se sobresalta en su asiento. La voz acaricia exactamente su oreja, como si dos labios le confiaran un secreto.

—¿Desde dónde hablas?

—Desde lejos, desde muy lejos. Cuando me callo, es como si ya no existiera.

Y Magdalena se calla, como para medir su poder. La voz de Marcelo le llega, conmovida e impaciente.

—Sigo estando en el mismo sitio —responde Magdalena—. Quédate quieto, y ahora dime: ¿quieres casarte conmigo?

Marcelo responde:

—¿Y tú?

—Sí —dice Magdalena—. Estoy enamorada de ti, Marcelo.

—¿Desde cuándo?

La voz expresaba asombro y temor.

—Escucha. ¿Sabes lo que es este ruido?

—No. ¿Qué es?

—¡Adivina!

—¿Un beso?

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—Sí, para ti. Contéstame. ¿Quieres casarte conmigo? ¿O tienes miedo de responderme?

—¿Por qué me haces esa pregunta? Estás un poco bebida, ¿verdad? —Un poco, sí. Pero te quiero. Me gustaría ser tu mujer y una buena

esposa. Pero querría tenerlo todo al mismo tiempo. Querría ser a la vez tu mujer y una ramera que se divierte…

Marcelo reacciona mal y sigue el hilo de su pensamiento:

—No sé por qué, pero esta noche me parece que podría quererte mucho…, tener necesidad de ti.

—¿De verdad?

—De verdad. No sé si estás hablando en serio o si quieres tomarme él pelo. ¡Poco me importa! Te quiero. Me gustaría estar siempre cerca de ti.

—Al cabo de un mes, me odiarías.

—¿Por qué había de odiarte?

—Porque no se puede tenerlo todo a la vez. O una cosa u otra. Yo ya no puedo elegir. Es demasiado tarde. Quizá nunca he podido elegir. No soy más que una prostituta. No me gusta más que eso. No tiene remedio. No pienso más que en eso.

Marcelo se pregunta si Magdalena, salvo en un momento de excitación, habría tenido nunca el valor necesario como para decirle tales palabras, los ojos en los ojos. Le da lástima.

—Eso no es verdad —le dice—. Tú eres una muchacha extraordinaria, yo lo sé. Tu valor, tu lealtad, tu sinceridad… Es verdad que tengo necesidad de ti. Reflexiona un poco: tu desesperación me da fuerzas maravillosas. Tú serías una compañera admirable…

Le parece soñar en voz alta que ese eco fuera la oreja misma de su alma. No sabe que Magdalena le escucha, sí, pero oprimida en los brazos de su amante de una noche, los ojos plegados, temblando con una extraña crispación. Y las palabras de Marcelo le llegan como una voz de ultratumba.

—…una compañera admirable, puesto que a ti se te puede decir todo… Todo. Magdalena, ¿me oyes? ¡Contesta! Magdalena, este juego ha durado ya bastante. Basta ya. Vuelve aquí, quiero hablarte todavía.

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Como la fiesta en el castillo de los príncipes Mascalchi se iba tornando cada vez más lúgubre, Jane propone una visita a los fantasmas. Hasta inicia una discusión sobre el sexo de los fantasmas y sobre su consistencia, ayudada por las observaciones de Sonia y los alientos que le presta don Giulio. Todo pretexto para alejar el aburrimiento es acogido con alacridad. Cada grupo se lanza a través del parque, mudo y solemne, hacia la villa abandonada. Se charla, se bromea[4].

El príncipe le pide a su hijo que advierta a todo el mundo. Para llegar hasta la villa es necesario franquear un puentecillo.

—Tú sabes que el puente está podrido, ¿no es así? Hay que tener mucho cuidado.

Don Giulio pasa delante de los invitados y les hace cruzar uno a uno con sonrisas cómplices.

¿Estás seguro, Marcelo, de que siempre habrá un don Giulio complaciente para anunciarte que el puente está podrido? Quizá lo has franqueado ya, y tú misrpo lo ignoras.

—¿No ha visto nadie a Magdalena? —pregunta Marcelo, al buen tuntún entre los grupos.

La mayor parte de los invitados ni siquiera la conocen.

El ex ministro se ha disfrazado (las armaduras no escasean) y se atrae esta observación de Doris:

—¡Se diría que es Torquemada!

La Excelencia se inclina:

—¡He aquí una frase que no puedo aceptar más que de usted únicamente, oh, maga!

—¿De veras que puedo decirle cualquier cosa? —dice Doris con coquetería.

—Sí, y además la comparación me halaga: aprecio muchísimo a Torquemada.

Se aprovecha de aquello para agarrar a Doris por la cintura.

—En 1922 —cuenta él imprudentemente—, pasé una noche en un castillo como éste, cerca de Genzano… Estaba yo al mando de una compañía de Camisas Negras… ¡Qué momentos!

Doris evoca también sus recuerdos:

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—En el castillo de mi cuñada, una vez tuvimos la aparición de una jovencita, llevando una vela en la mano.

Don Giulio interviene a sus espaldas:

—¡Rectificación! Se supo en seguida que no se trataba de una jovencita…

—¿Cómo? —dice Doris.

—¡…y muchísimo menos de una vela!

El grupo ríe, menos Doris.

Don Alessandro se esfuerza en asombrar a Irene:

—Estoy dispuesto a hacer una apuesta —dice—. Cuando esté muerto…

Nadie acepta la apuesta, y su muerte no levanta protesta alguna, tanto más cuanto que apenas debe de tener veinte años.

Se acercan a la villa. Don Alessandro blande una vela para alumbrar el primer pórtico.

—Se diría que hay una luz…

—¡Vamos! Es el reflejo de la vela en los vidrios —responde Irene. —¡Careces de imaginación! —protesta don Alessandro—. ¿Habéis

olvidado la historia del jorobado que cuentan nuestros campesinos? Jane le pregunta a don Giulio por qué no hay electricidad. —Eso molestaría a los murciélagos.

Todo el mundo ha llegado delante de la entrada. Un pequeño detalle: la puerta está cerrada. En vano, Jane, don Giulio y Oliviero buscan la llave que debería estar por tierra.

—Tendremos que deshacer el camino…

—A menos que un empujón enérgico —propone el ex ministro.

—¡He aquí la llave! —dice Nico.

—Éstos son siempre los golpes de Nicolina —dice Oliviero—; encuentra todas las llaves escondidas…

—¿Cuánto tiempo hace que no viene usted por aquí? —pregunta Jane. Poco menos de dos años. Me habría gustado hacerme aquí un pisito de

soltero, pero mi padre no se puso de acuerdo conmigo.

Marcelo sigue a los grupos con aire fatigado, que tiene la costumbre de disfrazar de aire pensativo.

Irene lo importuna:

—¿Qué está meditando el gran periodista? ¿Un bello artículo en negritas sobre la aristocracia estúpida y corrompida?

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Marcelo rectifica:

—Por lo pronto, son otros temas lo que me atrae. Y, además, no se crean ustedes interesantes hasta tal punto.

Una bocanada de sitio cerrado y de moho se les agarra a la garganta. Los que entran primero tienen que romper hilos misteriosos que las arañas han tejido a través de las piezas. La vida está ausente de estos lugares.

Don Giulio declara dramáticamente:

—¡Tengan cuidado! ¡Esto está atestado de ratas, escorpiones, víboras, tarántulas y vampiros; además de eso, hay que añadir ahora que está atestado de pollitas!

—Muchas gracias —dice Irene, casi halagada.

—Giulio —pregunta Jane al primogénito del príncipe—, ¿cuándo se construyó esta villa?

—Hace siglos, en 1500…

—¿Quién la construyó?

—Cinco siglos de amor —insinúa Nico.

—El Papa Julio II.

—¿Es que tienen ustedes un Papa en su familia? —pregunta Jane.

Don Giulio replica, abrumado:

—¡Tenemos hasta dos!

Nico se aprieta contra él, muy excitada por la idea de estrechar la «sangre» de dos Papas. Están ya en la décima pieza, que van atravesando. Los largos vestidos se arrastran por el polvo.

—¡Estamos barriendo! —observa una dama de cuentos de hadas en su abrigo blanco y cuya diadema lanza todos sus fuegos—. Espero, don Giulio, que seremos pagadas como corresponde.

Irene aprueba. Don Alessandro la rodea de mil atenciones.

—¡Estoy seguro de que aquí, yo podría amarte!

—¡Eres un payaso!

El gran salón está próximo. El pasillo que conduce hasta él tiene un aspecto amenazador.

El príncipe mira, levantando una antorcha:

—¡Qué desastre! Aquí haría falta una viga de un muro al otro. ¡Giulio, te juro que mi corazón se acongoja al ver cómo todo está desmoronándose así! Tú, tú no vivirás nunca aquí… tú no sales nunca de Roma. ¡No te ocupas de nada!

—¿Qué quieres que yo haga, papá?

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—Serás el dueño, algún día…

Aparece Nico con sus cabellos rubios apretados en una cimera que ha recogido de una armadura.

—¡Mi Giulio, I am an ancestor! I am your ancestor, yo soy tu antepasado!

—¡Cállate ya, idiota!

Don Alessandro no abandona a Irene:

—Te lo advierto, si ves a un fantasma, lánzate inmediatamente a mis brazos, y usa de mí como mejor te plazca.

—De acuerdo.

—¡Cuántas ratas!

—¿Tu tía es médium? —le pregunta Irene a Lady Brod.

Don Alessandro interviene:

—¿No lo sabías? Su marido se divorció porque siempre se encontraba en la cama a algunos fantasmas (según ella).

Marcelo escucha, ríe sin convicción y hace una corte de compromiso a cada mujer al alcance de sus ojos. Le dice a Doris, la mujer que tiene los labios más sensuales de la concurrencia:

—Estoy seguro de que la he visto a usted en alguna parte. Un rostro como el suyo no se olvida.

—Es posible. Trabajo. Sin duda me habrá visto usted en alguna oficina.

—¿De verdad? ¿Usted trabaja?

La sorpresa de Marcelo no es fingida. Sufre todavía bajo el peso de su educación provinciana y para él el trabajo va de bracete con la virtud; y la ociosidad, con el vicio. Agradecido, Marcelo mira a Doris y le hace preguntas sobre sus gustos.

—Mire usted —dice Doris, estirando imperceptiblemente de su sostén —, los gustos de una mujer, son los gustos de los demás.

Una antorcha colocada en el centro del salón deja en las cuatro esquinas zonas de sombra espesa. En el ángulo más sombrío, donde una mesa redonda parece salir de la solería, un grupo de seis personas, cuatro hombres y dos mujeres, ensaya una «cadena» espiritista. Lady Brod ha tomado la iniciativa de las «comunicaciones con el otro mundo».

Marcelo y Doris se separan y miran por la ventana. Marcelo muestra a la joven una luz lejana, en plena campiña, que se enciende y se apaga siempre en el mismo sitio.

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—¡No tenga usted miedo! —murmura Doris aludiendo a la sesión de espiritismo que se desarrolla tras ellos—, no es más que un tractor agrícola. Como usted sabe, en esta época del año se trabaja incluso de noche… No hay más remedio.

Les llega la voz de la inglesa:

—¿Quién eres tú? Picase, tell me who you are. ¿Con quién quieres comunicar? ¿Es que hay algún mensaje para algunos de nosotros? ¡Responde!

La voz descocada del ex ministro desentona un poco:

—¡Estoy sintiendo el fluido! ¡Tengo «el» contacto, condesa, lo tengo!

¡Y no se ría usted!

—Llame usted entonces a la hermana Edwige —aconseja don Alessandro.

—¿Quién es?

—Es una religiosa que, todos los veranos, atraviesa por estas habitaciones, llevando su cabeza en una fuente…

Se procede a apagar la antorcha. No queda más que una vela pegada a una columna. Las voces de las mujeres alrededor de la mesa son cubiertas por la voz angustiada de Federica:

—¿Todavía estás ahí? ¿Por qué no me dejas en paz? ¡Vete, te lo suplico!

Federica se retuerce como si quisiera escapar de mil manos. Incluso en la sombra se le ve brillar el blanco de los ojos.

Aullando con una voz gutural, continúa:

—¡Te siento, ay, cómo te siento! El perfume de tu aliento en mi pecho, tu sangre en mis venas… ¡Sí!

Se revuelve. Hay que mantenerla por los brazos y por las piernas contra la mesa. Pero su fuerza está centuplicada por el trance, que sobrepasa a la borrachera. Su voz se va convirtiendo en un ronquido cada vez más rápido:

—¡Amor mío! La muerte… ¡Lo que yo quiero es la vida! Quiero el amor. Quiero la vida. ¡Quiero todo lo que existe!

Sus movimientos desordenados hacen que su vestido blanco se le baje hasta la cintura. Su cabellera esparcida se derrama sobre la mesa. Está tendida, abandonada, como para un sacrificio.

Lady Brod sigue preguntando:

—¿Quién eres? ¡Dime!, ¿quién eres?

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Federica se retuerce de nuevo y el pecho se le levanta en un movimiento intolerable.

—¡Quiero la verdad! —dice la médium en un último sobresalto. —¿Con quién quieres comunicar? —Con Giulio.

—Don Giulio —transmite Lady Brod—, hay un mensaje para ti.

Nico no tiene un pelo de tonta:

—Esta puerca está enamorada de ti…

Federica repite, en efecto, bajo la capa de su excitación, que la oscuridad y las manos de los espíritus han exaltado hasta el paroxismo:

—Giulio, no puedes seguir escapando a mi amor.

No se oyen más que jadeos sordos, largos, anhelantes, y los llantos de Federica. La oscuridad es ahora total, y por primera vez se ven las ventanas lívidas.

Marcelo ha divisado un brazo largo y blanco que se ha aproximado al suyo y ha sentido una mano dulce y fresca que toma su mano. Es Sonia. Lo ha arrastrado hacia una puertecita y, al pasar entre dos ventanas, él ha reconocido los ojos brillantes y el mechón claro de los cabellos de la joven.

Han llegado a una pieza donde el ruido de los pasos queda atenuado por la capa de polvo que cubre el suelo. Lo que queda de un lecho de columnas se ofrece ante ellos. Sonia lo arrastra, mientras dice con voz ronca:

—No, no, aquí no. ¿Qué estás haciendo, amor mío? ¡Estás loco! ¡Loco, tesoro mío!

Con sus jadeos ha cubierto el aullido que llega hasta ellos, filtrado por la indiferencia de las salas vacías. Marcelo se ha hundido y ha deseado que uno pudiera deslizarse así en el seno de la muerte.

La luz ha expulsado a los testigos de esta noche. Un cortejo extraño atraviesa el parque hacia el castillo.

—¿Saben ustedes que es la primera vez en mi vida que veo el alba? — dice Irene.

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Sonia está todavía al lado de Marcelo. Un joven alto se detiene cerca de ella.

—Marcelo, ¿conoces a mi hijo? —dice Sonia y se lo presenta. Marcelo identifica al muchacho que mantenía a Federica, sujetándole

las piernas. No se parece lo más mínimo a su madre, pero tiene el mismo aire altanero.

El cortejo, aplastado de fatiga y cubierto de polvo, ha llegado a la primera terraza. Una voz aguda perfora el frescor de la mañana.

—En ese caso, se cambia de proveedor, querida. Es un robo. ¿Los huevos a cuarenta y cinco liras? ¡Ni hablar! ¡Despídelo y… hasta la vista y gracias…! Cuando se puede comprar…

Se deja oír la voz del príncipe Mascalchi. Dice en francés:

—Buenos días, mamá.

—¿Cómo —dice la misma voz estridente de un momento antes—, todavía os estáis paseando?

Don Alessandro, Oliviero y Giulio se inclinan. —Henos aquí contigo. ¿Has dormido bien? —¡Tú te crees muy joven! ¿Qué habéis hecho? —Una visita a la vieja villa…

Ahora se divisa la escena. Una señora muy anciana, seguida a cinco pasos por un intendente, marcha detrás de un sacerdote que, precedido por su monaguillo, va a decir músa en la capilla del castillo. Las «tres generaciones» han abandonado a los noctámbulos y se dirigen hacia la capilla de sus antepasados.

—¿Quién es? —pregunta Marcelo a Nico.

—La princesa madre.

Marcelo se queda inmóvil y contempla los muros ocres de este castillo secular que el sol baña de nuevo, estos animales de piedra, estos blasones ornados, estas estatuas de Papas y de grandes capitanes, estos mármoles asombrados por el calor de los veranos. Siente un largo estremecimiento. Cuando mira alrededor, Marcelo advierte que está solo. Cada cual ha sentido miedo de ver despierto a su vecino.

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Los días pasan. Marcelo ha dado unos cuantos golpes de maestro: un reportaje sobre el rey de los merinos, que ha hecho saltar en una noche a los tres garitos romanos, clandestinos, desde luego; una interviú con el rey cubano del azúcar que, rodeado por dos gitanas maravillosas del «Spanish ballet», declara la guerra a Fidel Castro y contrata a antiguos «Camisas Negras» para la División de la Muerte; pero, sobre todo, Marcelo ha podido anunciar el divorcio de los soberanos del Irak y la paternidad inminente del rajá de Kchatriya. Y ha sido precisa toda su autoridad para imponerle al público la noticia, tan increíble como inverosímil, del casamiento de Bud Jones, el estrello del cine mundial, al que se había creído absolutamente refractario al encanto del bello sexo.

Sin embargo, nada ha cambiado, y, esta noche, Marcelo tiene su centésima escena con Emma, esperando en vano que, de una manera u otra, sea la última.

El coche se desliza por la ancha carretera que conduce a la E.U.R., bañada en la luz intensa de las farolas de neón.

La sombra de los nuevos bloques todavía deshabitados que surgen de la campiña abandonada, se recorta a lo largo de la carretera. Algunos cipreses recuerdan el antiguo paisaje romántico del Latium, remplazados con más frecuencia por la silueta de pobres fábricas, que destruyen para siempre la magia de los nobles árboles.

El cuidado del volante hace que las réplicas de Marcelo sean muy breves. Es Emma quien desempeña el papel principal.

—¿Qué te he hecho para que me trates así? ¡Esto no se le hace ni siquiera a un perro! ¿Quién te crees que eres? Si me quisieras la mitad de lo que yo te quiero, comprenderías…

—Sí —dice Marcelo.

—Tú no puedes comprender, porque tú no quieres a nadie.

—Pero no grites.

—Tú no puedes ni siquiera imaginarte lo que quiere decir «querer a alguien».

—Pero tú sí lo sabes —murmura Marcelo para equilibrar los gritos de Emma—, ya estoy enterado.

—Tú eres un egoísta, eso es lo que eres. Tienes el corazón cerrado, vacío. No experimentas interés más que por las mujeres. ¡Y crees que eso es el amor!

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—Ya he comprendido. Me lo llevas repitiendo desde hace cuatro horas. Ya no puedo más. Quiero volver.

—Todos los hombres no son como tú. Los hay que se sienten dichosos al encontrar a una persona que los quiera. Y no buscan a su alrededor otras aventuras. ¡Sólo tú estás hecho de esta manera! ¡Qué desgracia…!

Marcelo estalla y para el coche:

—¡Sí, tengo la desgracia de estar hecho así! ¡Y tengo sobre todo la desgracia de haberme encontrado contigo! ¿Has comprendido? ¡Ya no puedo aguantarte más tiempo cerca de mí! ¡Vete! ¡Vete de una vez para siempre!

Emma abre la portezuela y se pone a andar por el asfalto. Marcelo llega a su altura:

—Vamos, sube.

—¡Déjame! ¡Déjame en paz!

—¡Idiota, sube de una vez y tente tranquila! Emma sube al coche, más crispada que antes.

—¿Qué buscas pues? ¿Qué quieres de mí? Eres un canalla, un desgraciado. Acabarás solo como un perro. ¡Ya verás! ¿Quién consentirá en quedarse contigo, si yo te dejo? ¿Qué harás de tu vida? ¿Quién te querrá como yo te quiero?

Marcelo piensa que un solo giro del volante bastaría para interrumpir sin remedio esta discusión que lo desgarra y que lo exaspera.

—No puedo llevarme toda la vida queriéndote.

—¡Tú dices que estoy loca, que vivo en las nubes, que estoy fuera de la realidad! ¡Pero eres tú, tú el que vas por mal camino! No has comprendido todavía que la cosa más importante de la vida, la tienes ya: una mujer que te quiera, verdaderamente, que daría su vida por ti, como si tú fueras la única persona del mundo. Lo estropeas todo. Estás siempre inquieto, descontento. Marcelo, cuando dos personas se quieren, lo demás ya no cuenta. ¿De qué tienes miedo?

—De ti, de tu egoísmo, de la pobreza de tu ideal. ¿Tú no ves que lo que me propones es una vida de gusano? No sabes hablar de otra cosa más que de cocina y de alcoba. ¡Un hombre que acepte vivir así es un hombre perdido! ¿Quieres comprenderlo? Es un gusano, una larva. No creo en ese amor que tú pregonas, agresivo, pegajoso, maternal. ¿De qué me sirve? No es amor eso, es el embrutecimiento. ¿Cómo podré decirte que no puedo

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vivir así, que no quiero seguir ya contigo? ¡Quiero estar solo, sí, solol ¡Baja del coche, vete!

Marcelo la zarandea y tiembla con el deseo de apretarle la garganta entre las manos.

—¡Baja!

—¡No! Eres una basura, un cobarde. En el fondo me das lástima. —Bueno, yo te doy lástima y tú me das asco. Razón de más para que

bajes.

—¡No! No me iré. Me quedo contigo.

—¡Ni que lo pienses! ¡No te quedarás conmigo! ¡Baja!

Emma aúlla. Marcelo lá arranca del asiento y la arroja brutalmente a la carretera. Emma mantiene el equilibrio a duras penas.

Marcelo ha puesto en marcha el coche y grita aún:

—¡Se acabó! ¡Se acabó!

—¡Asesino! ¡Canalla! ¡Cerdo! ¡Te maldigo!

—¡No quiero verte más! ¡Que te recoja algún camión!

Emma grita todavía:

—¡Vete con tus suripantas! —pero el coche está ya lejos y el silencio toma posesión de la carretera y de la campiña desierta.

Una luz tenue surge en el horizonte y hace palidecer a las grandes farolas. Emma siente frío. A lo lejos, un coche con los faros todavía encendidos, aunque ya es de día, avanza hacia ella. Es Marcelo, con los rasgos contraídos, apretados los labios. Ella sube sin decir una palabra.

Eres, desde luego, la Italiana. Eres de esas mujeres que odian secretamente al hombre que las ha elegido, desde el día en que las poseyó. ¡Mujeres, ay! Vuestro mundo ha hecho de este acto un universo mágico e irreversible, una cuenta corriente en la que siempre os consideráis acreedoras. ¿Por qué no sois seres vivos? ¿Por qué continuáis siendo objetos o sacramentos? Marcelo, ¿tú comprendes? Vas ahora hacia la reconciliación en la almohada, y hacia la pelea de mañana o de pasado mañana. Vencido.

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T ODAVÍA aniquilado por las dulzuras de un breve éxtasis sobre la almohada, Marcelo agarra el auricular. El sol camina ya hacia su vertical y Emma, incapaz de abrir los ojos, acaricia los cabellos de su amante.

—No es posible —dice Marcelo, y la voz se le rompe antes de terminar esas palabras.

Luego añade:

—Voy ahora mismo.

Emma ha adivinado la rutina habitual de algún suceso y se ha quedado dormida volviéndole la espalda.

Marcelo se siente aplastado por la noticia que acaba de recibir. Su corazón late como si un juez cruel acabase de condenarlo a muerte. No hace más que repetirse: «No es posible», sin creer en lo que dice, tan sólo para no tener la impresión de irse hundiendo.

Marcelo se ha vestido rápidamente, en un estado de alucinación que le hace estremecerse al menor ruido. El ascensor le causa la impresión de un fantasma que se eleva sobre su piso. La puesta en marcha del coche lo trastorna como un golpe entre los hombros. La primera luz roja le sienta como un choque.

De esta manera llega ante la casa de Steiner, donde antaño viniera dichoso con el corazón cargado de esperanzas.

Le detiene un gendarme.

—¿Dónde va usted? Está prohibido entrar.

Marcelo muestra maquinalmente su carnet profesional.

—Puede usted pasar.

Un colega lo acoge en el piso donde vive Steiner: —¡Es monstruoso, Marcelo, monstruoso! —¿Qué es lo que ha pasado exactamente?

—Ha matado a sus dos hijos; luego se ha matado él.

Steiner muerto. A Marcelo le cuesta un trabajo infinito traducir esas dos palabras en imágenes. No es posible. El sol no puede iluminar al mundo si reina la absurdidad más atroz. Marcelo ni siquiera le responde a Paparazzo, que querría penetrar en los lugares de la tragedia:

—Oye, a ti te dejarán entrar. Di que soy tu fotógrafo. Le cederé las fotos a tu periódico, aunque las paguéis mal. Hazme pasar contigo.

—Soy un amigo —dice Marcelo a un gendarme—. Es preciso que entre.

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Los agentes y los inspectores se consultan, y se autoriza a Marcelo para que entre, pero solo.

Helo aquí en aquel salón donde vivió una noche maravillosa, donde tuvo conciencia de la simpatía de su amigo, de la sutileza del escritor, de la sabiduría del viajero, de la lealtad de la mujer, de la inocencia del niño. Allí, cerca del cuadro de Morandi del que tanto disfrutaron, hay un gran aparato fotográfico de trípode. En el sitio donde la bella hindú estaba sentada sobre la alfombra, adosada al sillón del poeta, un hombre toma medidas. Otros desconocidos, agentes, están en los cuatro rincones de la habitación, afanados en extrañas tareas, tomando notas, interpelándose. La policía científica se entrega al trabajo.

Aturdido, Marcelo contempla el cuerpo de Steiner, inmóvil en su sillón habitual, con una herida minúscula en la sien. Steiner muerto, y, lo que es más, muerto por su propia mano después de haber matado a sus hijos. Una multitud de pensamientos asedia a su espíritu. Desde muy lejos, le llega la voz de un periodista que está dictando por teléfono:

—No, su mujer no sabe nada. Todavía no ha llegado. No vuelve hasta la una. Parece que él mismo, antes de la matanza, telefoneó a una vecina, rogándole que le saliera al encuentro…

Un policía manipulaba el magnetófono. Una voz de mujer —Marcelo se acuerda de la más mínima expresión del rostro— dice: «Tú, Steiner, eres un verdadero primitivo. Tan primitivo como una… flecha gótica… Sí. Eres tan grande que desde allá arriba no puedes oír ninguna voz».

Y la voz de Steiner llega terrible ahora, porque surge cerca de este muerto: «Eso es lo que tú te imaginas. Si me vieses tal como soy, te darías cuenta de que no soy más grande que esto». De nuevo, como aquella noche, viva en el recuerdo de Marcelo, imprevisto y turbador para los demás, estalla el ruido de la tormenta que Steiner había registrado en otros tiempos. El policía detiene el aparato.

La voz del inspector llega hasta Marcelo, estupefacto:

—¿Era usted amigo de la familia Steiner?

—Era amigo de Steiner —respondió Marcelo, asombrado de oírse hablar.

—¿Desde cuándo? ¿Era usted amigo íntimo? ¿Lo vio usted estos últimos días? ¿Quiere contarnos lo que sepa?

—Era amigo de Steiner, pero no nos veíamos con frecuencia. No sé nada. Verdaderamente no sé nada.

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—En su opinión, ¿no habría por casualidad algo extraño en su vida?

No sé… ¿problemas financieros… u otra cosa cualquiera?

—No creo —dice Marcelo.

La voz del reportero que telefonea, le llega de nuevo:

—¿Lo has escrito ya? Sigue: «Una instantánea reciente nos muestra a toda la familia en la playa, y se ve a los dos niños, sentados sobre las rodillas del padre, el asesino que se ha hecho justicia. Se habla de él como de una persona alegre, llena de atenciones hacia su familia, a la que adoraba. Era un amor casi morboso. Punto seguido. El arma del crimen, una pistola nueva, tipo «Browning» 7,65, se ha encontrado cerca del cadáver, que está en un sillón al lado de la chimenea, en una postura extraña».

—¿Podemos taparlo? —pregunta un policía al inspector.

Una sábana blanca separa por fin a Marcelo de aquella visión insostenible.

—Manténgase usted a nuestra disposición; podrá usted sernos útil más tarde —le dice el inspector.

Tiene en la mano, envuelta, el arma de donde ha salido la muerte. —Aquí, podemos darlo ya todo por acabado. Operad ahora en la

habitación de los niños. Es por allí.

La voz del inspector le ha recordado a Marcelo aquella visión exaltante de los dos niños, sorprendidos en su sueño, en aquella noche ya lejana. Su padre sentía miedo por ellos. Están en sus camitas, como si su sueño continuara. Las cortinas de tul siguen flotando como entonces.

¿Por qué? ¿Quién nos condena así? ¿Por qué? Tú comprendes el fracaso, la miseria, el hundimiento debidos a la holgazanería, a la ignorancia, al vicio. Pero ¿Steiner? ¿Es que ya no queda nadie digno de ser salvado? ¿Ningún Lot puede reclamar la vida de un solo justo? ¿Por qué ni siquiera Steiner ha sabido resistir esta espera infinita? ¿Es que era débil, tan débil como para desplomarse así, arrastrando a sus hijos, aterrorizado por nuestro tiempo? ¿O bien era que no estaba a la altura de nuestra época? Todos nosotros caminamos sobre el borde de un abismo. Algunos sueñan con abreviar su agonía. Nunca volverás a encontrar la paz.

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Los policías se consultan.

—Ya es más de mediodía. Tendré que ir a la parada del autobús. Debo salirle al encuentro a la señora Steiner. Me llevaré a alguien del inmueble para que la reconozca.

Marcelo se oyó decir:

—Iré cón usted.

Un ruido siniestro de voces los golpea desde que están en la escalera. Todos los vecinos se hallan en los descansillos y comadrean en torno al drama, con ese gusto carnicero y sádico que caracteriza a las turbas.

Abajo, periodistas y fotógrafos se apelotonan. Desde que divisan al inspector y a Marcelo, empiezan a rodearlos, reclamando noticias.

—Háganse cargo de la situación, por lo menos una vez. No hace falta exagerar —se queja el inspector.

Marchan ahora a pleno sol. El grupo de reporteros les sigue a algunos pasos, empujándose y bromeando. El inspector consulta su reloj.

Marcelo vuelve a hallar el uso de la palabra:

—Quizá solamente tenía miedo.

Sorprendido al principio, el inspector da una interpretación profesional a esa frase.

—¿Habla usted de Steiner? ¿Le habían dirigido amenazas?

—No —dice Marcelo, traído a la realidad—. No en el sentido que usted cree. Tenía miedo de sí mismo, de todos nosotros, quizá.

El autobús llega a la parada. Los pasajeros descienden apresuradamente. Marcelo distingue a la señora Steiner.

—Aquélla es —dice.

—Acompáñeme usted —dice el inspector, mientras los fotógrafos se lanzan sobre la joven.

—¿Qué pasa? ¿Por quién me toman ustedes? ¿Por una artista de cine?

¿Qué quieren?

De pronto distingue a Marcelo:

—¿Qué sucede?

El inspector se presenta.

—Necesitaríamos ante todo hablar con usted.

—¿Ha pasado algo?

—Tenga la bondad de acompañarme a mi coche, señora.

—Pero, ¿por qué?

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—Ha sucedido una desgracia.

—¡Los niños! —grita la señora Steiner—. Marcelo, debe usted decírmelo… ¿Qué ha…?

El inspector procura alejar a los fotógrafos. Vuelve junto a la señora

Steiner:

—Verá usted a los niños… más tarde. Están heridos. Solamente heridos… Yo le prometo…

No tiene valor para continuar, y desahoga su indignación sobre los fotógrafos, cuyo celo se ha hecho verdaderamente indecente.

—¿Heridos? ¿Cómo, heridos? Dígame… —implora la mujer, trastornada.

Marcelo y el inspector consiguen hacerla acercarse al coche.

—Tenga usted calma, señora. Haga el favor de subir.

—Tengo calma. Pero hay que decirme lo que ha pasado. Dígamelo todo. De lo contrario, no lo sigo.

—Le prometo decírselo todo.

Ni siquiera el aullido de la mujer de Steiner borra, en el espíritu de Marcelo, la ironía involuntaria de ese «decírselo todo». Nadie podrá decir jamás por qué Steiner se ha matado, después de haberles quitado la vida a sus hijos. Nadie… Jamás.

—Bebo a la salud de Nadia que acaba de conquistar de nuevo su libertad, bebo por la anulación de su matrimonio, por la anulación de su marido, por la anulación de todo.

La voz de Marcelo ha superado el estrépito que reina en aquella inmensa sala de reunión. Ésta debe de ser la última etapa de una larga serie de juergas. Toda la banda ha llegado después de medianoche, en pleno claro de luna, delante de la villa de Ricardo. Un pequeño detalle no los ha detenido: nadie tiene la llave y Ricardo no está todavía allí. La verja no es lo bastante fuerte para resistir el empujón de un coche de buena voluntad. Por tanto, se abre rápidamente. En cuanto a la villa, que se recorta blanca y apacible contra los pinos que bordean la mar de Fregena, tiene una galería acristalada, y ningún cristal ha resistido nunca el golpe de una piedra bien lanzada, lo que permite alcanzar una falleba y entrar en los lugares.

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El pesimismo de aquellos que creían haber emprendido un viaje inútil ha desaparecido por consiguiente. También se ha descubierto la reserva de botellas del dueño de la casa, y nada se opone a la fiesta metódicamente prevista. La noche es hermosa. La joven tunecina ha sentido algún pesar por el barniz de la parte delantera de su coche, ya que el «Cadillac» no estaba concebido para ser utilizado como ariete. Carlos la ha consolado pronto de ese problema, indigno de una hermosa muchacha, y estrictamente reservado a los carroceros pagados para eso.

Marcelo es quien ha roto el cristal y quien ha tomado la dirección general de las operaciones de disfrute. Cierto que la fiesta no ha llegado todavía a su punto álgido. No se ha bebido bastante y los «rock’n roll» han resultado un poco flojos. Cada cual espera mucho de los demás. Solamente una pareja incierta ha creído conveniente desaparecer en una pieza contigua. El resto de la banda da una vuelta a la redonda y luego se desparrama sobre los divanes, en el suelo, en grandes sillones de mimbre, made in Holanda.

La anulación del matrimonio de Nadia es un buen pretexto para relajarse. Nadia parece dichosa por eso:

—¡Gracias a todos! La experiencia matrimonial me devuelve a mis viejos amigos, cargada con todos mis deseos.

Marcelo comenta:

—Debes de tener la sensación de volver a ser virgen.

—Es una sensación maravillosa —responde Nadia, representando a fondo su papel de desvergonzada—. Es una sensación maravillosa esta de que la «anulen» a una. Hace falta primero casarse para experimentarla. ¿Estás de acuerdo, querido?

Nadia ha dirigido estas últimas palabras a un hombre sentado en una de aquellas garitas de playa. Una muchacha de cabellos rojos está inclinada sobre él.

—Cállate —responde el hombre—. Estoy confesando a Lucía. —También yo quiero oír —dijo Nadia—. Cuando hayáis acabado me

lo decís. Hoy quienquiera que haga el amor a título particular me insulta personalmente.

Pierone es de la partida. Ha traído a dos jóvenes que lucen un disfraz de ballet negro. Está satisfecho con su hallazgo, aunque los dos muchachos, disfrazados de chicas, no despierten más que un entusiasmo mitigado. Ruggero tiene incluso el aire de no apreciar aquello en absoluto.

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Con su voz más encantadora, Pierone dice:

—No les pongáis pero, os lo ruego. Uno de ellos no es un cualquiera. —Son extraordinarios —dice un invitado—. ¡Qué ritmo!

Los dos transformistas danzan frenéticamente a las notas de «Jingle

Bells». Su maquillaje se les ha derretido un poco, pero resultan divertidos.

Sin embargo, un espíritu cáustico insinúa:

—Éstos no llegarán a Navidad; tendrán antes un tropiezo…

Una aspirante a estrella, de senos provocativos, interpela a Marcelo:

—¿Usted no era antes escritor o periodista? ¿Estoy equivocada?

—Le advierto —dice Marcelo— que he abandonado la literatura y el periodismo. Estoy encargado de «public-relations» con gran contento de los interesados.

—Sé muy bien que, para vivir, uno se presta a todo, pero esto va demasiado lejos —replica Laura—. Escuchen —dice ella leyendo—: «Tiene un perfil que en su expresión actual recuerda al más moderno de los comediantes de nuestro tiempo: Paul Newman». Marcelo, eres un gusano.

—Escucha, guapa —dice Marcelo—. Deberías decirnos lo que estarías dispuesta a hacer para que se publicase un interviú contigo… Te gustaría que estas cosas las escribiera para ti.

—¡Qué horror! ¡Destrozarías mi carrera!

Un actor rubio, muy conocido, interroga por su parte a Marcelo:

—Si, en lugar de doscientas cincuenta, te diese yo trescientas mil por mes, ¿qué escribirías de mí?

—Que eres Marión Brando.

—¿Y si llegase a las cuatrocientas mil?

—John Barrymore.

—¿Y al millón?

—Dame el millón, te contestaré en seguida —concluyó Marcelo entre risas aprobadoras.

Un gritito desvía la atención de los que están sentados en el estrado. Uno de los jóvenes transformistas acaba de caerse sobre las losas de mármol demasiado pulimentado. Un cruce de piernas ha sido la causa de su insolente pérdida de equilibrio. Se ha hecho verdadero daño, quizás una fractura de la rótula. Lo tienden en un diván, donde se queja. Pero lo olvidan pronto, aunque ese suceso haya enfriado de nuevo el ambiente.

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Otros tragos de whisky y dos discos de «cha-cha-cha» restablecen un poco la situación.

Nadia había esperado algo más de una noche así. Marcelo proclama:

—No he visto nunca a gente más cargante que vosotros. La heroína de

la fiesta se aburre. Estamos aquí para divertirla, ¿no?

Laura vuelve a la carga:

—Una vez no crea costumbre, pero tienes razón. ¿Por qué no harías tú un poco de striptease? Se me olvidaba: tú no puedes, con tu torso de intelectual… no resultaría gran cosa.

Una mujer bastante gruesa, de un rubio sedoso, se ofrece:

—Si ponéis En un mercado persa os hago el número. ¡Soy una effeuilleuse perfecta!

—¡Oh, no fastidies! ¡Todos te hemos visto ya desnuda! ¡Basta! —dice Laura.

—Dejadme hacerlo —insiste la rubia.

—Catherine podría hacer strip-tease esta noche —dice alguien, con la boca llena.

—¡Vamos! Demasiado técnica. ¡Es una profesional! —dice Laura, que agrega—: Pero ¿porqué no habría de hacer strip la bonita mujer a la que festejamos? ¿Qué piensas tú, Nadia?

—¡Con mucho gusto!

—Por fin —dice Enrico—, esto se anima. Nadia, si hablas en serio, dejo de fumar.

—Bueno. Poned Patricia; voy a apagar.

Marcelo anuncia:

—Número de effeuillage, inaugural y solemne de nuestra querida Nadia, bautismo ejemplar de su nueva vida.

El amigo de Nadia está menos encantado:

—No hagas idioteces —dice—. Exageras. ¡Has bebido demasiado! —No tengo necesidad de beber para sentir ganas de divertirme,

Ruggero. En la vida siempre hay que dar buen ejemplo.

—¡Un gesto idiota! —dice Ruggero.

—¡Razón de más para hacerlo!

Sin esperar a más, Nadia empieza a contonearse y a quitarse primeramente las medias, desabrochándose luego con pequeñas sacudidas.

La curiosidad otorga por fin cierta tensión al espectáculo. Marcelo continúa bebiendo con aire de entendido.

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Vuelan por el aire las medias de Nadia, luego el vestido. Aparece en combinación negra que realza sus formas llenas, ondulando según el ritmo de la música.

Ruggero se enfurece:

—¿No tienes ya bastante? ¿No ves que no estás divirtiendo a nadie? —Estás empezando a cargarme. Yo me divierto.

—De todas maneras —la desafía él—, no tendrás valor para llegar hasta el fin. Tiemblas de miedo. Será mejor que te detengas.

—Ya verás —dice Nadia, y se pasa la mano detrás de la espalda, con el gesto final de toda effeuilleuse.

—Temo —dice Enrico— que te hayas equivocado al quitarte primero el sostén. El sostén debe ser la penúltima pieza que se quite.

El actor rubio aplaude bajo la mirada de enfado de Pierone.

—No te quites la combinación —le dice con tono de experto—.

Cúbrete con la estola y luego te la dejas caer bajo el visón.

—You never been with a woman? —dice Leontina a Pierone, que no comprende.

El actor traduce: «¿Jamás has estado con una mujer?».

—¡Eso es! ¡Ahora es el momento! ¡Quítate el visón!

Marcelo es quien arrastra dulcemente de la estola que cubre a Nadia totalmente desnuda y visiblemente muy morena.

—Notable —dice Enrico—. He ahí un cuerpo que explica muchas debilidades…

Nadia se queda largo rato tendida en tierra, inmóvil, con los párpados cerrados. Siente sobre ella los ojos de los hombres e incluso de las mujeres. Solamente los muchachos disfrazados han desviado sus miradas.

La americana interroga al actor rubio:

—Y ouve been in bed with that woman? ¿Ha sido ella tu amante? —No. Por lo menos yo no me acuerdo.

—Do you libe him? —le dice la americana a Pierone.

—¿Qué dice la señora? Yo no comprendo «el idioma extranjero».

Un poco molesto, el actor traduce:

—Te ha preguntado si… te gusto.

Nadia finge despertarse y se marcha para vestirse. Se aprovecha su ausencia para bailar un nuevo «cha-cha».

Un gritito de Laura:

—¡Ricardo! ¡He aquí el dueño de la casa!

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—¡Hijos de puta! —vocifera el recién llegado.

—¡No empieces ya! —dice Laura—. Cuando una muchacha como Nadia se desprende de un marido multimillonario, este burdel es lo más normal del mundo.

—A mí me tiene sin cuidado la anulación del matrimonio de esta loca. Tengo otras pulgas que cazar. ¡Y no quiero escándalos, ni fotos, ni publicidad!

—¡Pero nosotros te hemos telefoneado! Fuiste tú quien nos dijiste que podíamos venir…

—¿Y quién ha sido el diota que ha roto el cristal de la galería? De todas formas, mañana por la mañana me voy a las seis a Niza…

—Te presento a Sondra Lee, la bailarina estrella de Spoleto —dice una voz femenina al oído de Ricardo, que continúa, furioso:

—…por tanto, si dentro de media hora no os habéis largado, seré yo quien os ponga de patitas en la calle a puntapiés.

Se reprime y añade, dirigiéndose a Sondra:

—Very glad! La he visto en Spoleto. —E insiste—: Hijos míos…

hablo en serio: dentro de media hora, todo el mundo fuera.

Marcelo dice con voz pausada, mientras le ofrece a Ricardo un plato donde se arrastran spaghetti casi crudos:

—¿Qué nos importa que te vayas? No nos moveremos de aquí. Estamos entre amigos. Puedes marcharte si lo prefieres…

El actor rubio interpela a Marcelo:

—Tú, el intelectual. Busca algo. Diviértenos. Te voy a aumentar el sueldo. Nadia ha dado ya una prueba de buena voluntad con su strip, admirable, pero insuficiente para caldear a la concurrencia. Vamos, piensa algo…

—Tengo mil ideas —pretende Marcelo—. Podría encerraros aquí durante una semana sin que os aburrieseis, pero a condición de hacer todo lo que yo diga.

—Todo lo que quieras, Marcelo —dice Pierone.

—Ante todo, echad las cortinas. Quedémonos entre nosotros. En la intimidad. Y ahora, primer juego: propongo que se haga el amor con nuestra bailarina americana.

—Buena idea —dice Pierone.

—Me apuesto sin embargo cualquier cosa a que no has hecho nunca el amor —le dice Marcelo a Sondra—. ¿Has tenido jamás un hombre entero

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para ti?

Sondra dice riéndose:

—What does he say?

Marcelo se pone lírico:

—Un hombre que te tenga en sus brazos, que bese tus ojos… Dormir cerca de su cuerpo cálido… Despertada por nuevos besos y nuevas caricias… agotados hasta el desfallecimiento.

Sondra hace signos:

—¿Qué dice? ¿Qué quiere decir?

—Nada. Está borracho.

—Por lo demás —continúa Marcelo—, esto forma parte también de los deberes de hospitalidad con respecto a una extranjera. Elegiré por ti, ¿de acuerdo? Será Tito, el bruto, quien te hará conocer las delicias del primer abrazo.

»¡Música! ¡No hemos hecho nada! Nos falta el valor.

»Tito, quítate el maillot…

—Déjame en paz —dice Tito, aterrado.

—¿Tú crees que es un macho? —pregunta Carlos.

—En cuanto se apaguen las luces —continúa Marcelo—, te acercarás a ella y harás lo necesario para que sea mujer. Al mismo tiempo, la bella tunecina irá al abogado, que vive de recuerdos desde hace años, y se ocupará de sus reflejos.

—¡Tú sí que vives de recuerdos!

—…todos los medios conocidos se declaran egítimos. No lo soltarás hasta que estés agotada.

Cristina se pone de pie:

—Nos vamos, muchas gracias por la hermosa noche.

—¡Perdón! No sale nadie. ¡Falta todavía mucho tiempo para que nazca la aurora!

Marcelo se dirige a su actor rubio:

—Tú/a medias impotente como hombre y como artista, ten valor; salta la barrera.

—Bueno —dice el actor.

—Esta noche… te emparejarás con Mario. Luego, la querida Elisa, que no es artista pintora más que para poder acostarse con sus encantadoras modelos… ¿Sabes en quién he pensado para ti?

Ricardo se levanta:

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—Ya nos has fastidiado bastante. ¿A quién quieres hacer reír? ¿A quién? ¿Quieres que te eche a puntapiés en la boca?

Y dirigiéndose a los otros:

—¿Quién lo ha invitado a éste? ¿De dónde sale?

—No, no —continúa Marcelo—. Hago todo lo que hace falta para divertirse. Esta fiesta no debe acabar. Todos estamos aquí, y aquí nos quedamos. Y luego, si alguien viene…

—¡Qué hermosas palabras! ¡Y originales, además!

—Escucha, Laura. Estás reventando de ganas de que yo te haga el amor, porque no encuentras a nadie que venga bajo tus sábanas y te consuelas raspándote la garganta con cuatro pobres disquitos…

—¡Si no es desgraciado el pobre infeliz! —dice Laura—. Mismo en las peores tabernas napolitanas…

El actor rubio toma la palabra:

—Eres un puerco, no puedo tolerar eso delante de mis ojos. Preséntale tus excusas a la señora, a todo el mundo.

Ha agarrado a Marcelo en una presa de catch y le aprieta la cabeza bajo el brazo.

—Querría pronunciar un discurso de acción de gracias —dice Marcelo

— por la hermosa carrera que he hecho gracias a todos vosotros. La rubia grandota se queja. Marcelo se acerca a ella diciendo:

¡Tú sí que eres fuerte! ¡Enseñémosles a estos impotentes lo que se

puede hacer!

Marcelo reclama agua, mientras que Ricardo apaga las luces. El alba se filtra ya a través de las cortinas.

El actor le recuerda brutalmente a Ricardo que todavía hace falta dinero.

—Trabajo —dice—. Hago una película… —¡Y te lo has comido todo! No firmaré nada.

La rubia grandota no puede más. Incluso la música la pone todavía más enferma.

La americana le da una pomada contra la embriaguez. —Basta con frotarse ligeramente en la cara —dice. Marcelo interviene:

—¡Así no sirve de nada! ¡Déjame hacer a mí!

Aprieta el tubo y se pone a frotar enteramente a la mujer con esa pomada que huele vagamente a ajo y que se escurre viscosa entre los

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dedos.

—¡Basta, basta! —dice la muchacha, que siente cosquillas, riéndose entre hipo e hipo—. Ya me siento mejor.

—¿Y si te convirtiésemos en una hermosa gallina? —dice Marcelo desventrando un cojín.

Revolotean plumas. Eso basta para excitarlo, y empieza a echar sobre la mujer grandes puñados de plumas blancas. Con frenesí inesperado se encarniza en la tarea de cubrirla de plumas, de pegárselas con la pomada de la americana.

—He’s making a chicken out of this lady! —grita Sondra—. That’s what he is doing!

La rubia grandota ríe y se sofoca todo a la vez:

—¡Me da igual ser una gallina! —grita.

—No he terminado todavía —dice Marcelo, animado por la buena voluntad de su víctima.

La mujer se pone a cuatro patas y se arrastra.

—¡Levanta bien la cabeza! —grita Marcelo y monta a caballo sobre su espalda.

—Es un demonio de hombre —dice Pierone con cierta envidia.

—Las cinco y cuarto —dice una voz.

—¡Mierda! —exclama el abogado—. A las nueve tengo que estar en la Audiencia.

—¡Buena suerte! —dice Marcelo.

El cortejo se dispersa bajo los pinos; la arena ha conservado el frescor de la noche. El sol alumbra un cielo puro que el viento barre con violencia.

Marcelo abre la marcha. Uno de los transformistas. Domino, lo sigue y suspira:

—¡La Naturaleza! El alba siempre ha tenido el don de conmoverme…

Se mira en un espejito:

—Ayer noche, estaba yo tan bien maquillado… ¡y ahora!

»En auroras como ésta es cuando me digo: Se acabó. ¡Todo esto no me interesa ya! Tengo ganas de retirarme. Comprendo que debo coger mi retiro…

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Marcelo aprueba con aire docto. Se da cuenta de que apesta a alcohol. —Sin embargo —continúa Domino, al que ahora torna sincero—, por

uno que desaparece, salen diez más. Es increíble.

En 1965 ¡va a ser una podredumbre completa! ¡Qué asco!

La arena está húmeda. Unos pescadores san sacado sus redes de pesca y se han agolpado en la playa.

Uno de ellos grita a favor del viento:

—¡Vaya potra que has tenido! ¡Un pescado como ése vale millones! Laura ha visto el pescado. Es un monstruo repulsivo, descolorido,

plano como una raya, de hocico informe. Les grita a los demás:

—¡Venid a ver! Vale la pena. ¡Un monstruo marino!

El monstruo está delante de ellos, su ojo reírme aún vivo bajo los rayos del sol.

—¡Mirad! —dice Domino—. ¡Tiene la boca llena de medusas!

—Está vivo —dice Pierone, deslumbrado por aquel ojo ciclópeo y por los pequeños cangrejos que corren…

—Está muerto desde hace tres días —aclare un pescador.

Uno de los pescadores, el más joven, lleva al cuello una cadenita de plata que termina en ana vieja medalla.

Pierone se muestra muy interesado y guiña los ojos para ver mejor.

—¿Quién te la ha dado? —pregunta.

Sorprendido, el pescador responde:

—Mi madre.

—¡Esa porquería me ha roto la red! ¡Y yo que no quería salir a la mar esta mañana! —dice otro pescador.

—¿Es macho o hembra? —pregunta Lucía—. ¿Nos lo quieren ustedes vender?

También Marcelo examina al monstruo. Aquel ojo le turba. Parece mirar, desde dondequiera que se lo mire.

Carlos le dice a Pierone:

—Se te parece mucho ese pescado. Un gran vientre blanco como el tuyo.

—¿Está boca abajo o boca arriba?

Marcelo dice alejándose, a propósito de la «mirada» del monstruo:

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—¡Y todavía insiste!

De lo alto de una duna una muchacha le hace señas y le grita palabras que el viento ahoga y se lleva. Marcelo reconoce vagamente a Paola, el «angelote umbrío», como él había dicho, de la mañana siguiente a la reunión en casa de Steiner.

Con una sonrisa melancólica y una serie de gestos que él cree elocuentes, Marcelo hace señales de que no oye nada. Paola se encoge de hombros y se aleja para reunirse con sus amigas.

El monstruo sigue estando en la orilla, mancha clara e incongruente.

Marcelo se aleja por aquella playa del fin del mundo.

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En aquellos días, los hombres buscar hallarán; desearán morir, y la muerte Había sobre sus cabezas como corona rostros eran como rostros de hombre cabellos de mujer, y sus dientes eran y tenían corazas como corazas de hier como un ruido de carros (…) tenían c escorpiones (…) y era en sus colas don mal a los hombres. Su rey era el ánge

APOCALIPSIS, IX, 6-11.

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LA FIESTA EN EL AGUA

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Este fragmento inédito de la película Steiner tocando el órgano (pág. 89) y (pág. 90). Una de las razones por las c conveniente suprimir la secuencia, ya dramático. Es decir, en el mecanismo choque producido por la tragedia de interferencias, solo y terrible, como o definitiva de la película; la fiesta en e atroz, habría, sin duda alguna, amort episodio más espantoso de La dolce v

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Exterior, Mar. Día.

Una amplia bahía, no lejos de la costa, ah gunas canoas automóviles, ondulando ligeramente sobre la mar azul y muy en calma, se han agrupado alrededor de un yate que ha echado el ancla. A bordo de las embarcaciones, o nadando entre las canoas, numerosos muchachos y muchachas.

Más lejos, se desliza a toda velocidad, con la ligereza espumeante de una libélula y describiendo anchas curvas blancas, una canoa de carreras, a bordo de la cual se ve a dos muchachos y a una jovencita casi desnuda, cuya abundante cabellera está enmarañada por el viento.

La canoa se aproxima al grupo a toda marcha, traza alrededor de él un amplio círculo de espuma blanca, y se aleja de nuevo.

Al pasar, agitando el brazo, la muchacha dice buenos días a sus amigos, que nadan o se tuestan al sol sobre el puente.

En la proa de una de las canoas se encuentra Marcelo, en traje de baño. Se seca al sol, y al pasar la muchacha en la canoa, agita la mano hacia ella y luego la sigue con la mirada.

Del agua parten también gritos y gestos. La mayor parte de los que nadan llevan puesta la máscara y algunos tienen en la mano un fusil para la pesca submarina.

Nadan encorvados, con el rostro bajo el agua, haciendo brotar por momentos del tubo un chorro blanco, parecida a peces extraños; luego, de pronto, se sumergen en silencio, después de un breve relámpago de sus aletas a ras del agua; desaparecen para emerger más lejos, llamándose los unos a los otros con voces que las caretas tornan guturales.

Una cabeza de mujer, oculta bajo el caucho y el vidrio, emerge del fondo: es Magdalena. Llama a un muchacho que nada no lejos de ella, con el fusil en la mano; pero como, ahogadas por su máscara, no se oyen sus palabras, se la quita rápidamente y repite en voz alta lo que acaba de decir:

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MAGDALENA: —¡Roberto… ven aquí! ¡He visto un pulpo aquí abajo!

Se vuelve a poner la careta, y se sumerge de nuevo. Roberto se sumerge a su vez.

Desde la canoa, Marcelo trata de ver lo que sucede bajo el agua, pero, casi simultáneamente Magdalena reaparece jadeando, y se quita la máscara.

MARCELO: —¿Qué pasa, Magdalena?

MAGDALENA: —He visto un pulpo, pero ahora no lo encuentro.

Roberto emerge no lejos de allí, y vuelve a sumergirse. Otra muchacha se acerca nadando a Magdalena.

LA MUCHACHA: —¿En dónde?

Y busca mientras que Magdalena se aproxima a una canoa neumática que flota muy cerca, se agarra a ella y tira su careta dentro.

Un muchacho que había buceado sale a la superficie; dice jadeando:

EL MUCHACHO: —Lo he visto…, pero creo que está demasiado hondo.

MAGDALENA: —Debe de estar por lo menos a tres metros.

EL MUCHACHO: —Muchísimo más.

Y se sumerge, mientras que Roberto sube a la superficie, falto de aire.

Magdalena le grita:

MAGDALENA: —Roberto, Carlos lo ha visto también. Está a tres metros por debajo de nosotros.

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Roberto dice que sí con la cabeza y desaparece de nuevo bajo el agua. Casi en el mismo momento, acompañada por el ruido de una canoa, se oye una voz de mujer que grita alegremente:

MAGDALENA: —Roberto, Carlos lo ha visto también. Está a tres metros por debajo de nosotros.

GIUSI: —¡Magdalena… aló!

Una gran canoa, procedente de la costa, se acerca al grupo; a la popa se encuentra una mujer madura, todavía muy atrayente, vestida con una elegancia un poco juvenil y desenvuelta. Les da los buenos días con franco júbilo, mientras que la canoa se detiene cerca de las otras.

Magdalena le da los buenos días a su vez, cordialmente, hablando fuerte:

MAGDALENA: —¡Buenos días, Giusi!

GIUSI: —¡Salud, hijos míos! Buenos días a todos y buena pesca.

Roberto reaparece en la superficie, jadeante, y se quita la máscara.

ROBERTO: —Está demasiado profundo.

A más de cuatro metros.

A nado, se acerca adopde está Magdalena, y, como ella, arroja su careta y su fusil dentro de la canoa neumática, mientras que Magdalena le grita a Giusi con malicia:

MAGDALENA: —Perdóname por no haberte mandado antes la canoa… Por lo. demás, creía que no estabas lista…

Giusi suelta una risa nasal.

GIUSI: —Esta mañana, en honor a ti, he hecho un milagro, mi tontina. He estado trabajando toda la noche. Buenos días, Roberto. Estás muy guapo.

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Roberto le devuelve el saludo y se pone a nadar hacia el yate con Magdalena.

ROBERTO: —Buenos días, señora.

MAGDALENA: —Voy a secarme. Ven a bordo. Mi padre está allí.

Giusi ha lanzado una mirada hacia Marcelo que está medio tendido en la proa de la canoa contigua a aquella donde Giusi se ha parado. Le grita a Magdalena:

GIUSI: —Ya voy, querida.

Luego, su atención es atraída por la canoa de carreras que pasa como un bólido.

Al pasar, la muchacha saluda de nuevo.

GIUSI: —¡Pero es una monada esa chica! ¿Quién es?

MARCELO: —Se llama Sandra.

Otro joven añade:

EL JOVEN: —Es Sandra Liveragni.

La canoa se aleja rápidamente entre dos alas de espuma blanca.

Giusi se vuelve hacia los que están con ella en la canoa, y les dice:

GIUSI: —¿Subimos a bordo?

Marcelo salta de la proa de su canoa a la de Giusi, que está a punto de ponerse en movimiento.

MARCELO: —¿Puedo ir yo también?

GIUSI: —Venga, venga…

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Apenas ha puesto Marcelo el pie en la canoa cuando ve, sentada sobre los cojines de la cabina, a Dolores. Es una mujer de mediana edad, todavía guapa, de rostro inquieto y pensativo. Ella se conmueve también al ver a Marcelo, y durante unos segundos se miran sin decirse nada. Luego esbozan ambos un saludo embarazado.

MARCELO: —Buenos días.

DOLORES: —Buenos días.

Dolores se recobra de pronto. Mientras que la canoa se dirige hacia el yate, Marcelo se sienta sobre un escalón, un poco molesto por estar casi desnudo. Esforzándose en adoptar un aire desenvuelto, sonríe.

Sorprendida, Giusi dice:

GIUSI: —¡Ah!, ¿se conocían ustedes?

No espera respuesta. Marcelo sigue sonriendo. Luego pregunta:

MARCELO: —¿Pero no te fuiste a Suiza?

DOLORES: —Volví hace un mes.

MARCELO: —¿Estás en Roma?

Dolores hace un gesto vago.

DOLORES: —No.

MARCELO: —¿Trabajas?

DOLORES: —¿Y tú?

Hay una ligera ironía en la sonrisa que acompaña a esta pregunta.

Marcelo quiere evitar las explicaciones. Sonríe y responde:

MARCELO: —Yo también.

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La canoa atraca a la borda del yate. Giusi primero, después los demás, suben. Marcelo tiende la mano a Dolores y, mientras la ayuda, le dice a media voz:

MARCELO: —¿Puedo ir a verte?

Con fastidio, Dolores responde vivamente:

DOLORES: —No.

En el puente del yate algunas personas juegan a cartas, siendo una de ellas el padre de Magdalena, con traje gris de viaje y gorra de marino. Saluda primeramente a las señoras que suben.

EL PADRE DE MAGDALENA: —Buenos días. A Giusi). Es

usted una mujer inteligente: llega en el momento justo de la hora de comer… (A Dolores). Buenos días, señora.

Giusi, aunque picada, cree espiritual tomar la cosa a broma:

GIUSI: —Ajo… Siento olor a ajo. Magnífico. Buenos días, Constanza. Buenos días, queridas.

El padre de Magdalena llama a un marinero:

EL PADRE DE MAGDALENA: —Vittorio, trae algunas tumbonas para las señoras.

Mientras tanto, Giusi, Dolores y los demás han subido y se aproximan a la mesa de juego, saludando a todo el mundo. Marcelo se queda cerca de Dolores. Le vuelve a preguntar.

MARCELO: —¿De verdad que no quieres? Somos amigos, ¿no?

DOLORES: —Deja la amistad en paz.

El padre de Magdalena interrumpe ese breve diálogo, preguntándole a

Marcelo:

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EL PADRE DE MAGDALENA: —Buenos días. ¿Usted es…?

MARCELO: —Marcelo Rubini.

EL PADRE DE MAGDALENA: —¡Ah… Rubini! Usted es

periodista, ya me acuerdo.

Giusi, que se instala en la tumbona traída por el marinero, se dirige.

con volubilidad a Marcelo:

GIUSI: —¡Periodista! Cuesta trabajo imaginarse que un hombre desnudo pueda ser periodista.

Se ríe y, siempre voluble, se dirige al marinero, que está a punto de volver a entrar en la cabina.

GIUSI: —Vittorio, es completamente necesario que me des la receta de tu sopa de pescado. Ven aquí, que la escriba.

Muy despacio, Marcelo se dirige hacia proa, donde ha visto a Magdalena tendida al sol. Llega cerca de ella sin hacer ruido. Magdalena está encorvada, con los ojos cerrados; su rostro está bañado en lágrimas.

Sorprendido y casi incrédulo, Marcelo mira a la joven que llora totalmente sola en silencio; pero Magdalena percibe inmediatamente su presencia, abre los ojos un instante y vuelve rápidamente su rostro al otro lado, sin moverse. Marcelo se sienta a su lado.

Conmovido, le pregunta a media voz, pero con tono siempre un poco burlón:

MARCELO: —¿Estás llorando?

Magdalena no responde.

MARCELO: —¿Qué significan esos lloriqueos?

Sin volverse, con un tono casi de indiferencia, Magdalena responde:

MAGDALENA: —Lloriqueos.

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Marcelo se tiende junto a ella sobre el puente.

Magdalena le lanza una breve mirada de reojo, y se queda inmóvil, con el rostro oculto. Calmosamente, con una levísima ironía en la voz, dice:

MAGDALENA: —Si quieres quedarte aquí, hace falta que llores tú también. Pero si me dejas sola, prefiero…

Ese tono y esas lágrimas agradan a Marcelo; y el cuerpo medio desnudo de la joven le agrada también infinitamente. Con una simplicidad divertida, pero comprensiva, dice acariciándole dulcemente los hombros y los brazos:

MARCELO: —En este momento no me hace gracia ninguna echarme a llorar.

MAGDALENA: —Sin embargo es el mejor momento, aunque no lo creas.

Marcelo se calla un instante, luego continúa.

MARCELO: —¿No quieres decirme por qué estás llorando?

MAGDALENA: —Porque me gusta. Buenos días.

Marcelo se dispone a proseguir la conversación cuando Magdalena le hace una señal a…

…Dolores, que responde. Dolores está apoyada en la barandilla de popa, y parece absorta en la contemplación del mar.

Magdalena vuelve a adoptar su posición y dice a media voz, aludiendo a Dolores:

MAGDALENA: —Pobre Marcelo… Hoy te ves en el aprieto de tener que elegir.

Marcelo tiene una sonrisa forzada.

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MARCELO: —¿Qué estás diciendo? Ya hace más de un año de eso.

Magdalena marca una pausa y luego concluye:

MAGDALENA: —Me da lástima la pobre.

Marcelo mira a Dolores y luego añade, para mostrar que eso no le importa nada:

MARCELO: —A mí también… Bueno, te dejo con tus lágrimas. Lo que quiere decir que me voy a bañar…

Se levanta y se zambulle, poniéndose a nadar hacia la canoa.

Cuando se acerca, la muchacha (Sandra) le pregunta en voz alta, mientras que uno de los dos muchachos se agarra al borde de una pequeña escala y otro se zambulle:

SANDRA: —¿Cómo está el agua?

Marcelo se agarra también a la escalera y sube:

MARCELO: —Está fría, fría… Quédate ahí arriba, yo subo también.

Desde el agua, el muchacho que se ha zambullido grita nadando hacia el yate:

EL MUCHACHO: —¡Vamos ya!, ¿fría? Se está muy bien. ¡Anda, Sandra, ánimo!

Marcelo ha subido a bordo. Hace ver que tiene mucho frío, coge una toalla y se la alarga a Sandra para que lo seque.

MARCELO: —¡Uf, qué frío! Sandra, haz el favor, un poquito de masaje.

Sandra se echa a reír, le da dos puñetazos en la espalda, un poco tontamente:

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SANDRA: —Sí, fresco.

MARCELO: —Luego, cuando tú salgas, seré yo quien te dé el masaje.

Sandra se quita sus gafas de sol y, disponiéndose a zambullirse, se las tiende.

SANDRA: —Toma, toma. Y no las rompas, ya sabes.

Se mantiene de pie en la proa del barco, muy bella, midiendo con la mirada la distancia hasta el agua que tiene por debajo.

Por la popa de la canoa se extiende una gran mancha de gasolina, sin que nadie se dé cuenta.

Sandra se zambulle con elegancia y, vuelta a la superficie, en lugar de nadar, se queda alrededor de la canoa.

SANDRA: —¡Venid, venid! ¡Marcelo, Guido! ¡Una buena zambullida! Yo vuelvo a bordo.

Se pone a nadar en dirección al yate, pasando cerca de la proa de la canoa.

Guido, el joven zambullirse, y arroja estaba fumando.

que estaba todavía en la canoa, se levanta para rápidamente al agua la colilla del cigarrillo que

Una gran llamarada se enciende de improviso a ras de agua, detrás de la canoa.

Sandra lanza un grito terrible. La llamarada la ha alcanzado de lleno.

Sandra: (aúlla).

Marcelo y el otro muchacho se han quedado petrificados.

Sobre el puente del yate, todo el mundo se ha puesto en pie de un salto. A alguna distancia, se ve a Sandra rodeada por las llamas cambiantes en medio de la gasolina que arde sobre la superficie del agua.

Aullidos de Sandra.

Todo el mundo grita.

Giusi lanza un grito agudo; tiene un ataque de histerismo.

Desde la canoa, el muchacho se zambulle, en una tentativa desesperada. Pálido, tembloroso, Marcelo se queda solo mientras que los

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gritos de Sandra cesan bruscamente. Tiene todavía en la mano las gafas de sol de la joven.

Exterior de la torre sobre el mar. Día.

Un mediodía de otoño y de viento. El coche de Marcelo rueda sobre un pequeño camino arenoso; por todos los alrededores, matorrales de ginesta y de tamarindos y pequeñas dunas anuncian la proximidad del mar.

En un recodo del camino, la mar aparece al fondo, erizada de crestas blancas, entre casas bajas y pobres al pie de una alta torre antigua.

Sobre la explanada desierta de la torre ladra un pequeño chucho. Marcelo detiene su coche, se apea y mira hacia las ventanas más altas. No lejos, sobre una casa, está escrito en grandes caracteres negros mal trazados: «Restaurante de la Torre».

Cerca de la entrada del restaurante, una pila de cajas desordenada y un montón de botellas vacías.

Después de un breve momento de vacilación, Marcelo franquea la puerta de la torre.

Interior de la torre sobre el mar. Habitación de Dolores.

Marcelo sube por la escalera pina y tortuosa de la torre. Los muros están blanqueados con cal y, en el primer piso, la puerta está cerrada. Marcelo continúa subiendo, como alguien que conoce ya la casa.

La puerta está abierta. Se oye en el interior el tecleteo de una máquina de escribir.

Marcelo se detiene en el umbral, apartando la cortina de la pequeña entrada.

Interior de la torre sobre el mar. Habitación de Dolores.

En la vasta pieza, que ocupa todo el piso de la torre, y recibe luz por dos ventanales que dan al mar, una mujer de unos cuarenta y cinco años, todavía hermosa, está escribiendo a máquina, con la espalda vuelta hacia

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la puerta. Lleva una bata, bajo la cual debe de estar desnuda, y teclea con gran cuidado. El mobiliario rebela la pulcritud y el gusto de la propietaria. Cada mueble y cada objeto han sido elegidos para hacer de aquella vieja sala un sitio confortable y elegante, no sin rebuscamientos. Muebles rústicos antiguos, un gran diván, un sillón acogedor.

El suelo encerado está cubierto por hermosas alfombras. En un ángulo, una gran alcoba con un enorme diván. Una biblioteca antigua está llena de libros y de objetos. Dolores no se da cuenta de la presencia de Marcelo; continúa tecleando en la máquina.

Marcelo la llama a media voz, vacilando un poco:

MARCELO: —Dolores…

La mujer se vuelve con brusquedad; por unos momentos lo mira como si no lo viese; luego, una expresión de sorpresa y turbación altera su rostro. Se quita rápidamente las gafas, mientras que Marcelo se acerca a ella con pasos lentos, diciendo, con una sonrisa que revela su malestar y una cierta confusión:

MARCELO: —Buenos días, Dolores… Soy yo…

Marcelo se queda algunos instantes inmóvil, en pie; luego se sienta suavemente en el diván. Parece turbado y cansado de manera insólita. Apoya su cabeza en el respaldo, en un movimiento de deseo infinito de reposo, y gira lentamente la mirada a su alrededor, en el vacío.

Dolores enciende un cigarrillo con gestos nerviosos; su rostro se ha endurecido todavía más, y su turbación, en lugar de aplacarse, parece haberla invadido completamente. Durante algunos instantes se queda mirando con fijeza a Marcelo; luego dice con tono firme:

DOLORES: —Escucha, Marcelo… yo no puedo perder el tiempo… No quiero… Tengo que trabajar, necesito estar tranquila… ¿Qué quieres?

Y al ver que Marcelo no responde inmediatamente, Dolores prosigue:

DOLORES: —¿Qué has venido a hacer aquí?

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Marcelo parece sinceramente desorientado y embarazado; confiesa con una inconsciencia casi patética:

MARCELO: —Pues salí… de cualquier manera… me he decidido de repente… Esta noche no he podido dormir… Después de lo de ayer… ¡Qué cosa tan horrible, tan atroz…!

Se interrumpe un instante, bajo la mirada inmóvil, suspicaz y al mismo tiempo investigadora de Dolores.

MARCELO: —Tú eres la única persona con quien puedo hablar. Emma… Emma es insoportable en estos casos…

Tiene un movimiento de verdadera impaciencia. Casi angustiado y lleno de odio, insiste:

MARCELO: —No comprende más que una cosa: la cama. Todo lo demás, para ella, es el enemigo. Es un animal, es…

Dolores tiene como un sobresalto de irritación, aplasta su cigarrillo con cólera y dice con voz sorda, lúcida y severa:

DOLORES: —¡No…! Quieres enternecerme hablándome mal de otra mujer. Es un medio malvado, vulgar y cobarde. Te lo he dicho varias veces.

Marcelo parece tocado de lleno, como puesto al desnudo; sin embhrgo, esta vez, es sincero.

MARCELO: —Pero te lo he dicho muy en serio…

Y Marcelo se levanta, da algunos pasos por la habitación, turbado; dice a media voz, pero con una punta de «oficio»:

MARCELO: —¿No quieres concederme un poco de confianza?

Luego, muy bajito, siempre sincero y sin embargo siempre con un matiz de seducción involuntaria, agrega:

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MARCELO: —No siempre miento… Tú lo sabes.

Dolores no responde; enciende nerviosamente otro cigarrillo. Marcelo continúa, lentamente, con gran confusión:

MARCELO: —Estoy lleno de temor, de verdadero temor, a veces… No sé lo que hago… en qué mundo vivo… Cierto que la vida que llevo me distrae… una y otra vez vuelvo a divertirme… Pero quizá no debería dejarme atrapar… Antes yo tenía ambiciones… posibilidades quizá… ¡Quién sabe si no estoy en plan de perderlo jodo, de olvidarme de todo! Querría escribir, pero cosas serias, tú lo sabes… He escrito algo, estos últimos tiempos… En el fondo, es mi cobardía… pero no sé hasta qué punto sirve… si es que vale la pena continuar… tomar esto en serio…

Vuelve a sentarse con cansancio y deposita un manuscrito sobre la mesa.

MARCELO: —Ni siquiera sé lo que quiero…

Se produce una larga pausa. Dolores lo mira con una mezcla de desprecio, de ternura y de pasión inconfesada. Dice duramente, pero turbada:

DOLORES: —Es muy cómodo: vienes… te vuelves a ir… hablas… Eso es lo que tú haces… Los demás no cuentan.

Dolores vuelve la espalda a Marcelo, se dirige hacia la ventana, y mira afuera fijamente, sin hablar.

En el silencio se eleva, inesperada, una voz fresca de muchacha que llama desde la escalera:

VOZ DE PAOLA: —Señora… ¿Puedo subírselo?

Con un matiz de dulzura, pero siempre preocupada, Dolores responde con una voz fuerte:

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DOLORES: —Más tarde, Paola. Gracias. Yo te llamaré.

VOZ DE PAOLA: —Está bien, señora.

Luego, casi inmediatamente, mirando el manuscrito, ella comienza a hojearlo, muy formal.

Y agrega, insistiendo:

DOLORES: —¿Es preciso que lo lea? Entonces, voy a leerlo. De esa forma podrás regresar a Roma antes de que se haga de noche.

Exterior de la torre sobre el mar y el pinar.

Marcelo está sentado ahora en los escalones de piedra de la entrada y mira a su alrededor distraídamente. Está dominado por un nerviosismo producido por la espera, la incertidumbre y la soledad del lugar. Hace mucho viento; el ruido del mar es fuerte. Alrededor no se ve sino a algunos perros errantes en medio de las dunas. Marcelo acaba por levantarse sin haber encendido un cigarrillo; lo consigue difícilmente, después de varias tentativas frustradas por el viento, y se aleja despacio en dirección a la torre. Se detiene un instante para mirar hacia la ventana de Dolores; arranca una rama, al azar, y se aleja hacia el bosquecillo de pinos silvestres que precede a la duna.

(Aquí se colocaba una escena entre Marcelo y Paola que Fellini ha empleado de otra manera).

Marcelo sonríe y se detiene para mirar a Paola. Poco a poco su expresión se ensombrece; quizás está comparando la belleza fresca e ingenua de Paola con la gracia ajada de Dolores. O quizá se trata de un deseo rápido, que él comprende irrealizable, puesto que Paola es algo lejano como un sueño, una idea de belleza y de inocencia a la que ha renunciado desde hace mucho tiempo.

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Paola interpreta el silencio pesado de Marcelo como el fin de su encuentro.

PAOLA: —Entonces, me voy; de lo contrario, la patrona… allí abajo… (y señala al restaurante).

Marcelo tiene un sobresalto. Se levanta y tiende la mano a Paola. Ésta le tiende la suya vacilando. Marcelo retiene aquella mano, la guarda entre las suyas, siente las callosidades y mira a Paola a los ojos. Paola sonríe, un poco avergonzada, y dice, haciendo alusión a su mano, que retira:

PAOLA: —¡Huy, sí, a fuerza de lavar se estropean…!

Marcelo, serio, casi conmovido:

MARCELO: —Hasta la vista, Paola, ya nos volveremos a ver.

PAOLA: —Hasta la vista, señor.

Y se aleja, con una última sonrisa. Marcelo se queda contemplando a la pequeña silueta que se dirige rápidamente hacia el restaurante. Se siente conmovido y trata de corregir, con una mueca, la tonta sonrisa que se forma en sus labios.

Una vez que Paola ha entrado en el restaurante, Marcelo se sacude. Empieza a subir lentamente los pocos escalones de la entrada y, antes de cruzar la puerta, se vuelve para lanzar una última mirada, deseando volver a ver a la muchachita.

Exterior, playa, torre. Día.

El sol está ya cerca del ocaso. Dolores y Marcelo caminan lentamente a lo largo de la playa desierta y batida por el viento, que ahora, con la caída de la tarde, presenta un mar todavía más lívido y ceñudo. Avanzan, separados unos cuantos pasos, absorbidos totalmente en una discusión apretada, en el curso de la cual Marcelo ha adoptado un tono agresivo y vivo.

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MARCELO: —¿Y eres tú quien me aconseja eso…? ¡La novela que tiene éxito! ¡La obra fácil…!

Dolores replica inmediatamente y con ímpetu:

DOLORES: —¿Qué tengo que ver yo con eso…? Yo estoy fuera del juego… Yo trabajo… hago una novela por año, me la pagan, la leen y en paz… Pero tú, ¿tú quieres ponerte a hablar de literatura…? ¡Y cómo! ¿También aquí quieres utilizar trucos?

Marcelo insiste:

MARCELO: —¿Lo ves? Estás llena de prejuicios contra mí… y ya no sabes distinguir entre lo que soy y lo que escribo…

Dolores responde con una vivacidad polémica, pero más afectuosamente. Se muestra clara y precisa, y sin embargo casi risueña.

DOLORES: —Pero, querido, lo que has escrito es verdaderamente tal como eres tú, por lo menos la mayor parte. Fácil, desperdigado… Puesto que la vida que llevas te gusta, ésa es la verdad; te gusta y te encuentras a tus anchas dentro de ella… y claro, naturalmente, cuando escribes, escribes en ese tono… Sí, tienes momentos de confusión, de rebeldía… de cólera… pero temo que todo eso no sea más que superficial… Las experiencias, las verdaderas experiencias, son todas interiores, tú lo sabes muy bien, cariño. Las aventuras exteriores, las curiosidades… todo eso que te divierte tanto… no son para ti más que disipación… Ésa es la verdad. Pretextos cómodos para hacer lo que se te antoja.

Lo mira, medio burlona, medio enternecida. Vacila un instante, luego añade:

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DOLORES: —Tengo miedo de que te conviertas en un payaso, cariño. Ten cuidado.

Marcelo tiene un sobresalto de cólera amarga y de impaciencia.

MARCELO: —¡Está bien! Lo romperé todo. Se acabó. Liquidado…

Dolores se aleja y se dirige hacia algunas barcas que están varadas en la playa, cerca de las cuales se encuentra un pescador joven absorto en su trabajo. Ella se ríe con fuerza volviéndose aún hacia Marcelo; luego, ya lejos, dice:

DOLORES: —Perdona un momento.

Solo, sin darse cuenta bien todavía de lo que Dolores está haciendo, Marcelo se agacha y recoge al azar un guijarro, que lanza con fuerza y rabiosamente al mar. Ve a Dolores que habla con el joven, y durante unos instantes los observa atentamente; pero en seguida queda apresado de nuevo por sus pensamientos y permanece inmóvil, recogido, con los ojos bajos. Los levanta cuando Dolores vuelve a su lado y empieza a caminar nuevamente por la playa. Durante algún rato ninguno de los dos habla.

Luego, con un gesto ligero y tierno, Dolores lo coge del brazo.

Con la cabeza gacha, Marcelo pregunta casi ansiosamente, en voz baja:

MARCELO: —Entonces, ¿de verdad… no hay nada?

¿Piensas realmente que no puedo lograr nada?

Con el mismo tono, bajo y confidencial, pero impregnado de su habitual clarividencia un poco burlona, Dolores responde:

DOLORES: —No he dicho eso. De cuando en cuando, hay algo, algo que no parece estar escrito por ti… ¿De dónde sale eso? Busca… Debe de haber una raíz de esas cosas que representan lo que hay en ti de más auténtico… forzosamente… búscala. Vuelve a empezar todo desde el principio… Inténtalo.

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Dolores se calla un instante, luego añade en voz más baja, a la vez tierna y turbada:

DOLORES: —Eres tan joven…

Dislacerado y vacilante, Marcelo pregunta:

MARCELO: —¿Quién era ese tipo?

Dolores se torna inmediatamente más dura: responde seca:

DOLORES: —Tiene que venir mañana a arreglar una ventana.

Después de un breve silencio, Marcelo comenta con intención:

MARCELO: —Un muchacho guapo…

Con el tono seco y decisivo de quien no admite intrusión en sus asuntos personales, Dolores replica:

DOLORES: —Ésas son cosas que no te incumben.

Luego, inmediatamente, cambiando de tono, añade:

DOLORES: —¡Oh, es ya casi de noche! Hace frío.

Agarra a Marcelo de la mano, dirigiéndose con él hacia la torre.

Interior de la torre sobre el mar. Habitación de Dolores. Noche.

Es de noche.

La torre está rodeada y combatida por el viento, cuyas ráfagas silban en el silencio nocturno, cubriendo incluso, {en algunos momentos, el bramido sordo de la mar. Marcelo y Dolores están acostados en su alcoba, el uno cerca del otro; la habitación está sumida en la oscuridad. Se han despertado; se acarician y se besan con una ternura sensual y satisfecha. Dolores, con sus dedos y con sus labios, le roza los cabellos y el rostro,

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con un ardor que tiene algo de protector. Ligeramente turbado, Marcelo escucha el viento que sopla, y murmura:

MARCELO: —¡Cómo silba el viento!

Casi asustado, pregunta:

MARCELO: —¿Te quedarás aquí todo el invierno?

Dolores sonríe levemente ante su espanto y responde en voz baja:

DOLORES: —Casi… Pasaré un mes en París…

Escuchan los aullidos de la mar y el viento.

DOLORES: —¿Resulta hermoso, verdad, estar así? ¿Te da miedo?

MARCELO: —Un poco. ¿A ti no?

Dolores parece casi perdida, casi angustiada, a pesar del tono amargo y sarcástico de su confesión.

DOLORES: —Algunas veces… Sobre todo cuando me despierto por la noche… Me siento muy sola… Ahora sé muy bien que debo seguir así… pero a veces, sí… a veces me angustia un poco…

Marcelo responde, a media voz:

MARCELO: —Eres una mujer fuerte. Contigo, me siento seguro, protegido… Te admiro.

Con una ligera sonrisa desencantada, Dolores responde con voz muy baja:

DOLORES: —No hay gran cosa que admirar. Ha bastado una necesidad de consuelo… de intimidad…, pero yo sé muy bien que te irás como las otras veces.

Página 148

Sin convicción, Marcelo replica inmediatamente:

MARCELO: —¿Por qué?

Dolores le cierra los labios con los dedos, luego con un beso. Y de nuevo, dejando errar su mirada en la oscuridad, perdido, impresionado, Marcelo murmura:

MARCELO: —¡Qué terrible es el ruido del viento aquí, por la noche! ¡Qué soledad…!

Dolores lanza una rápida mirada hacia él; luego se quedan así enlazados, con los ojos abiertos:

Ahora ya el día se ha levantado.

El viento casi ha cesado.

Marcelo duerme en la alcoba. El sitio de Dolores está vacío.

Dolores está en pijama ante la ventana abierta; ejecuta movimientos gimnásticos.

Marcelo se despierta. Mira a su alrededor, como si no reconociera la habitación. Luego, atraído por aquel ruido tenue, vuelve los ojos hacia Dolores, quien, sin darse cuenta de que se ha despertado, continúa practicando su gimnasia.

En el rostro de él aparece una expresión extraña. Mira en silencio y áigue inmóvil.

De pronto Dolores detiene sus ejercicios y, volviéndose, se da cuenta de que Marcelo se ha despertado. Ella se echa a reír, con una risa franca, casi infantil; se ordena los cabellos; luego dice sin mirarle, con tono decisivo:

DOLORES: —¡Vamos, levántate! El café está listo.

Vacila un instante, pero añade en seguida con una desenvoltura forzada, como obedeciendo, por un esfuerzo de voluntad, a una decisión previa:

DOLORES: —De esa manera podrás marcharte.

Página 149

Marcelo la mira en silencio; desde luego Dolores no ha hecho más que adivinar y expresar lo que él tenía en la mente; sin embargo se diría que él vacila, y no únicamente por hipocresía.

MARCELO: —¿Me echas?

Dolores evita siempre mirarlo; continúa moviéndose y hablando con gran desenvoltura.

DOLORES: —Sí, querido… Te echo.

Marcelo se calla y se queda inmóvil en la cama. Por un momento se muestra casi ansioso, y siente un impulso de pesar; poco después pregunta:

MARCELO: —¿No podría quedarme aquí? Trabajar… intentarlo…

La respuesta de Dolores tarda; quizás está ella a punto de ceder, y tiene que hacer un esfuerzo para recuperar su tono tajante y burlón, que deja entrever una profunda amargura:

DOLORES: —No, querido mío. Este sitio no está hecho para ti… Lo sabes muy bien…

Se calla. Es evidente que espera con toda su alma que Marcelo proteste contra su decisión; pero Marcelo no habla; está turbado.

Dolores vuelve a hablar por fin, más amarga, con un flaqueo imprevisto.

DOLORES: —Lo que querías, lo has tenido… Vete… déjame en paz.

Se detiene un instante delante de él y lo mira temblando. Hay un silencio. Marcelo baja los ojos. Dolores se recupera y trata de sonreír.

DOLORES: —Es posible que consigas encontrar tu camino continuando de esta manera…

Página 150

Le vuelve la espalda y pasa al cuarto de baño quitándose la chaqueta del pijama y diciendo:

DOLORES: —¿Quién sabe?

Exterior de la torre sobre el mar. Alba.

Ahora la luz del alba se ha hecho más viva. La explanada delante de la torre parece más sucia y más pobre; el restaurante está cerrado, se oye apenas el soplo del mar.

Marcelo sale de la torre. Tiene frío. Mira alrededor; no hay nadie. Va derecho hacia su coche, estacionado junto al sitio donde se detuvo el día de su llegada, y, sacándose un pañuelo del bolsillo, se pone a limpiar el polvo del parabrisas. No obstante, lanza una mirada hacia la ventana de la torre. Inmediatamente después, abre la portezuela y entra en el coche.

En una ventana de la torre, aparece la silueta de Dolores detrás de los cristales. Marcelo mete la llave del contacto, trata de poner el motor en marcha, pero no lo consigue. Segunda, tercera tentativa. Sin resultado. Marcelo lanza otra mirada temerosa hacia las ventanas de la torre.

Dolores está allí. Marcelo baja los ojos, finge no haberla visto, y Dolores, por su parte, finge también no mirar a Marcelo. Se qüeda inmóvil detrás de los cristales. Desesperado, Marcelo tira del botón del motor de arranque. El motor se pone en marcha con un petardeo desordenado y, por fin, con un, ronquido que desgarra el silencio, Marcelo parte rápidamente. Su coche se aleja por el camino bordeado de pinos jóvenes.

FIN

Página 151

GIUSEPPE MARIA LO DUCA (1910-2004) un escritor y crítico de cine franco-italiano[1], donde vivió los últimos años de su vida.

Publicó, a los 16 años, en 1927, su primera obra de ciencia ficción, La Sphère de platine). Se trasladó a París en 1933. Desde 1958, dirigió la colección Bibliothèque internationale d’érotologie, publicada por Jean-Jacques Pauvert. En 1961, ayudó a Georges Bataille, debilitado por la enfermedad, a terminar su última obra, Les Larmes d’Éros, y a publicarla en esta colección.

En 1998, dejó su residencia en Nanterre, donde vivía con su familia, su hijo y sus nietos, para establecerse en Samois-sur-Seine, donde tiene muchos amigos. En memoria de su vinculación a la ciudad, el municipio dio nombre a la biblioteca municipal, frente al ayuntamiento, que pasó a llamarse Biblioteca Lo Duca.

Página 152

Notas

Página 153

[1] 1.a LUCÍ del Varietá (Feux du Music-Hall, con Lattuada). 2.a Lo Sceicco Bianco (Courrier du Coeur). 3.a I Vitelloni. 4.a La Strada. 5.a II Bidone. 6.a Las noches de Cabiria. Salvo la 3.a y la 6.a, todas estas películas han sido lanzadas por Lo Duca. (Nota del Editor). <<

Página 154

[2] Alain Cuny. <<

Página 155

[3] Almas apagadas, literalmente. <<

Página 156

[4] En la ya célébre «fiesta de la nobleza», además de los actores, tomaron parte en la película (por orden de aparición en la pantalla): el príncipe Vadim Wolkowsky, el príncipe don Eugenio Ruspoli di Poggio Suasa, el conde Ivenda Dobrzensky, Donna Doris Pignatelli, la princesa de Montezoduni, la condesa Cristina Paolozzi, la condesa Elisabetta Cini, el conde Cario Kechler, el conde Brunozo, Lady Rosemary Rennel-Rodd. <<



FIN

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