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© Libro N° 3996. Una Conspiración Diabólica. Molinero, Rafael. Colección E.O. Julio 22 de 2017.

Título original: ©  Una Conspiración Diabólica. Rafael Molinero

 

Versión Original: © Una Conspiración Diabólica. Rafael Molinero

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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UNA CONSPIRACIÓN DIABÓLICA

Rafael Molinero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una conspiración diabólica

Rafael Molinero

Yuma/5

 

CAPÍTULO I

CAPÍTULO II

CAPÍTULO III

CAPÍTULO IV

CAPÍTULO V

CAPÍTULO VI

CAPÍTULO VII

CAPÍTULO VIII

CAPÍTULO IX

CAPÍTULO X

CAPÍTULO XI

CAPÍTULO XII

CAPÍTULO XIII

CAPÍTULO XIV

CAPÍTULO XV

CAPÍTULO XVI

CAPÍTULO XVII

CAPÍTULO XVIII

CAPÍTULO XIX

FIN

 

 

 

 

 

 

Una conspiración diabólica

Rafael Molinero

(G. L. Hipkiss)

Yuma/5

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

UNA MUERTE MISTERIOSA

En las afueras de Barcelona, sobre una colina próxima al monte del Tibidabo, se alza un grandioso edificio rodeado de jardines.

La estructura central del mismo tiene seis pisos. Una biblioteca, que figura entre las mejores del mundo, ocupa por completo la planta baja. El primer piso contiene una serie de juegos de habitaciones, compuestas, de alcoba y despacho. En las demás, se alojan, estudian y trabajan especialistas en todos los ramos del saber humano. Esta estructura es completamente cuadrada y, en el centro de la misma, hay un gran patio estilo árabe, con palmeras, arcadas, flores, bancos de azulejos y un surtidor central cuyas aguas refrescan el ambiente en verano.

Gracias a la conformación de la casa, todas las habitaciones de la misma están muy bien ventiladas y gozan de abundante luz.

De la fachada posterior y de los dos lados parten dos amplias y largas naves -seis en total- que albergan talleres muy bien equipados-laboratorios dotados con todos los adelantos modernos, salas de maquinaria de todas clases.

Completamente apartado del resto, en el fondo de un bosquecillo, anida otro laboratorio-taller destinado a los experimentas de índole peligrosa.

El edificio en cuestión es el Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas, fundación destinada a proteger a inventores en ciernes e investigadores científicos cuyos medios no les permitan llevar a cabo sus trabajos.

El Instituto, único en su género, no sólo pone todo su material a disposición de los inventores e investigadores, sino que sus ingenieros y especialistas les ayudan a resolver sus dificultades y, una vez perfeccionado un invento, se encarga de hallarle mercado, limitándose a cobrar al inventor un tanto por ciento insignificante del importe de la venta para subvenir a los gastos de sostenimiento

Cuando se trata de investigaciones de orden abstracto, el Instituto publica memorias, folletos, monografías u obras voluminosas por su cuenta, deduciendo siempre un tanto de los beneficios para contribuir a los gastos de la fundación.

Al fijar su residencia en la ciudad condal, Ramón Trévelez -español de origen americano- decidió realizar su proyecto dedicando una parte de su cuantiosa fortuna a la fundación del Instituto en colaboración con el Estado. Gracias a él, España pudo beneficiarse de muchas invenciones que, de lo contrario, hubieran ido a parar al extranjero o que el inventor jamás hubiese podido perfeccionar por falta de medios.

En el momento de dar principio a nuestro relato, don Ramón Trévelez se hallaba sentado en su despacho del Instituto examinando, cuidadosamente, unos planos.

Era un hombre alto, de rostro seco y moreno, nariz aguileña y cabello negro y en sus ojos se observaba siempre un brillo intenso que llamaba la atención de cuantos le veían por vez primera.

El rostro era inescrutable. Parecía tallado en piedra como el de ciertas esculturas de la patria de sus abuelos.

Llevaba un buen rato examinando los planos y se disponía a guardarlos y marcharse-porque acostumbraba pasar muy poco tiempo en el Instituto-cuando sonaron unos golpes discretos en la puerta.

-¡Adelante!-dijo con voz de agradable timbre.

Un joven se presentó en la estancia.

-Señor Trévelez-anunció:- hay un caballero abajo que desea verle.

-¿Ha dado su nombre ó expuesto el objeto de su visita?

-No, señor, dice que no le conoce, pero asegura que se trata de algo muy urgente.

El señor Trévelez vaciló unos instantes. Luego dijo:

-¡Que pase!

Unos momentos más tarde entraba en el despacho un hombre de edad madura y expresión sombría.

El señor Trévelez aguardó a que el joven se hubiera retirado.

-Tome asiento, caballero-dijo-. ¿A qué debo el honor de su visita?

El hombre se dejó caer en una butaca, al lado de la mesa.

-Tal vez sea mejor que le dé a conocer mi nombre primero-contestó sacando un carnet del bolsillo y enseñándoselo al director del Instituto-. Soy detective y me llamo Rebolledo. No he creído prudente hacerle pasar mi tarjeta para evitar comentarios y prevenciones antes de tiempo.

El señor Trévelez enarcó las cejas.

-Confieso que no comprendo...

-Lo va usted a comprender enseguida. Tengo que hacer unas investigaciones relacionadas con alguien domiciliado en este Instituto. Si se hubiera corrido la voz de mi llegada aquí, tal vez hubiese dificultado mi trabajo.

-Es usted muy misterioso, señor Rebolledo, pero cuente con mi ayuda si con ello ha de facilitarse la labor de la justicia. Nunca he negado mi cooperación a la Policía.

-Permítame que disipe esa impresión errónea que parezco haber creado. Yo no pertenezco al Cuerpo de Investigación y Vigilancia.

-¡Ah! En efecto No supe comprenderle cuando me dijo que era detective. Deduzco que lo que usted quería decir es que se dedica a investigaciones privadas

-Su deducción es acertada. Yo soy un simple detective particular y puede usted negarse a responder a mis preguntas y echarme de aquí a cajas destempladas.

-Confieso que no se me había ocurrido recurrir a medidas tan extremas. ¿En nombre de quién viene?

-Del Trust Naviero, de cuya existencia, según mis noticias, tiene usted ya conocimiento.

-Es cierto. Se trata de una especie de mutua fundada con el fin de defender los intereses de las compañías de navegación, ¿no es eso? O mucho me equivoco o algún, amigo mío forma parte, de su junta directiva.

-¿Se referirá al señor Riego, sin duda?

-A él me refiero. .

-Lo celebro, porque es ese señor quien me ha entregado esta carta que ha de servirme de presentación.

Al decir esto, el detective, sacó un sobre del bolsillo y se lo entregó al director del Instituto.

Este extrajo el pliego, que contenía y lo leyó, dejándolo luego sobre la mesa.

-Si hubiese usted empezado por entregarme esta carta-dijo-, se hubiese ahorrado muchas explicaciones. Ni qué decir tiene, que, siendo cosa del señor Riego, estoy completamente a sus órdenes.

-Se lo agradezco en su nombre, señor Trévelez. Seguramente estará usted enterado de que el Trust Naviero se encarga, entre otras cosas, de la vigilancia a bordo en los transatlánticos, para la cual dispone de un grupo de detectives especializados. Yo soy, el que los dirige. En realidad, el asunto que me trae ahora se sale del marco de mis actividades normales, puesto que me obliga a llevar a cabo una serie de investigaciones en tierra, pero como se trata de los intereses de la Compañía, no he vacilado en iniciarlos. ¿Me permite que le haga unas preguntas?

-Todas la que usted guste.

-Gracias. ¿Conoce usted a un tal Duesto?

-¿Se refiere a César Duesto, un joven de unos veintitrés años?

-Al mismo.

-Le conozco, en efecto.

-¿Reside en este Instituto?

-Interinamente.

-¿Qué quiere usted decir con eso exactamente?

-Lo que he dicho. El señor Duesto es un joven inventor que carece de medios. Solicitó ayuda a este Instituto para llevar a cabo experimentos y perfeccionar su invento. No tenemos costumbre de negarle nuestra ayuda a nadie en tales circunstancias. Le fue concedida y, para mayor facilidad suya, se le proporcionó alojamiento aquí. Permanecerá en esta casa durante el tiempo que necesite para hacer las pruebas. Transcurrido dicho tiempo, se marchará adonde le convenga. No podrá continuar viviendo aquí, porque necesitaremos su sitio para cualquier otro inventor que lo solicite.

-¡Hum! ¿Hace mucho tiempo que está con ustedes?

-Una semana apenas.

-¿Ha tenido, durante este tiempo, muchas visitas?

-Siento mucho no poder contestarle a eso concretamente. Aunque acostumbro dar una vuelta por el Instituto casi todos los días, rara vez paso aquí más de media hora. Estaba a punto de marcharme cuando me fue anunciada su visita.

-¿No hay medio de saber si Duesto ha tenido visitas?

-Supongo que el conserje podrá decírselo. Le haré llamar si está usted completamente seguro de que todo eso es en interés de la Justicia.

-Estoy completamente seguro de ella, señor Trévelez. Pero, antes de llamar al conserje, ¿querría usted decirme en qué consiste el invento del joven Duesto?

-Lo siento, inspector, pero eso me es imposible. Usted comprenderá que el secreto no me pertenece. El interesado es el único que puede responder a esa pregunta. Si quiere usted interrogarle, daré orden de que se le busque por el edificio.

-No se moleste, señor Trévelez, sería inútil.

-¿Inútil?

-Por completo. César Duesto no se encuentra en el Instituto en este momento...

-¿Ha sido detenido?

El detective movió negativamente la cabeza.

-En éste momento se encuentra en el depósito judicial esperando que se le haga la autopsia. Ha muerto. Y la Policía anda buscando a su asesino.

CAPÍTULO II

UNA PISTA

Si el detective esperaba causar sensación con su noticia bomba y oír exclamaciones de incredulidad, se llevó chasco. El director del Instituto ni se movió siquiera. Sólo el intervalo de silencio qué siguió a esta declaración y el intensificado brillo de los ojos del señor Trévelez hubieran podido interpretarse como muestra de asombro o como señal que la noticia le afectaba.

-Me gustaría saber cómo ha ocurrido-dijo al cabo de unos momentos.

-Pronto está contado. Esta mañana, a primera hora, un señor que bajaba por las Ramblas vio a un joven sentado en una de las sillas de alquiler a la altura de la calle de la Unión. Al principio creyó que estaba dormido, pero, al acercarse más, le llamó la atención, la postura en que se encontraba. Le puso una mano en el hombro y le sacudió, y viendo que no se movía, llamó a un guardia. Este, notando que no le latía el corazón al joven, avisó a la casa de socorro, adonde fue trasladado el desconocido. El médico de guardia aseguró que llevaba cuatro horas muerto por lo menos. El cadáver fue trasladado inmediatamente al depósito, donde está expuesto para ver si alguien lo identifica. Aunque fueron halladas algunas cosas en los bolsillos, no se le encontró papel alguno que permitiera establecer su identidad.

-Y ¿cómo se ha enterado usted de todo eso?

-Por casualidad. Tuve que hacer una visita al Palacio de Justicia y, por pura fórmula, eché una mirada al tablero en que suelen prenderse las fotografías de gente a la que las autoridades quieren identificar.

-¿Y encontró usted las de Duesto?

-Sí, señor. Creí reconocerle en una de ellas y marché inmediatamente al depósito judicial para asegurarme. No cabía la menor duda, era él. Un guardia conocido me contó la historia.

-Y reconociéndole usted, ¿cómo es que no comunicó a las autoridades el descubrimiento?

-Se lo diré con franqueza: creo que es preferible que la Policía lo ignore de momento.

-¿Por qué?

-Porque mientras se ignore el nombre de la víctima, el criminal tendrá menos miedo de ser descubierto y es más fácil que cometa un error que le pierda. A usted tampoco le conviene que se sepa, pues se vería molestado continuamente por la Policía y las periodistas.

-Siendo en beneficio de la Justicia, soportaría gustoso cuantas molestias fuera preciso. Pero, ¿por qué les interesa a ustedes tanto este asunto? ¿Qué relación existe entre Duesto, usted y el Trust Naviero?

-Se lo contaré todo en muy pocas palabras. Hace cosa de cuatro o cinco días, Duesto estuvo en nuestras oficinas y habló con uno de los directores. Aseguró que estaba a punto de perfeccionar un invento que revolucionaría la navegación y salvaría muchas vidas que hoy se pierden. Quería saber si una vez demostrada la eficacia de su aparato, podía contar con el apoyo del Trust para que fuera instalado en todos los barcos, sobre todo en los de altura. Como es natural, el director quiso conocer más detalles, pero Duesto se negó rotundamente a dárselos. Dijo que, cuando lo tuviera preparado, haría cuantas demostraciones le exigieran, pero necesitaba saber si la cosa interesaba en principio. El director le repuso que si, efectivamente, su invento podía evitar que se perdieran vidas humanas, le prometía de antemano el apoyo incondicional del Trust. Duesto se marchó, quedando en volver dentro de una semana a lo sumo. Yo me encontraba en el despacho cuando estuvo. Le vi, y como soy buen fisonomista, le reconocí enseguida en cuanto me encontré ante su cadáver. Como puede usted suponerse, el Trust Naviero tiene muchísimo interés en conseguir su invento si es todo lo que Duesto pretendía. Si el joven tiene familia, quiere ponerse al habla con ella. Y, como cabe la posibilidad de que quien asesinara al muchacho, se apoderase de documentos relacionados con las investigaciones que Duesto estaba llevando a cabo, desea descubrir al asesino y entregarle a la Justicia,

-¿Está usted seguro de que se trata de un asesinato?

-Completamente seguro. Y de un asesinato diabólico por añadidura. A principio se creyó que había muerto de un colapso cardíaco, pero, al examinarle detenidamente, se le encontró un agujerito casi imperceptible, en la base del cráneo, practicado, al parecer, con un punzón. No cabe la menor duda de que el asesino tiene profundos conocimientos de anatomía. Ha sido un asesinato verdaderamente científico.

-¡Es terrible!-murmuró el director, aun cuando su rostro seguía inescrutable-. Esos detalles del punzón, sin embargo, son un indicio importante.

-En efecto. Y, si logramos descubrir con seguridad el motivo, nuestra labor será mucho más fácil. Usted comprenderá, por consiguiente, cuán interesante es saber cuál era la invención en que estaba trabajando.

-Si quiere que le diga la verdad-murmuró el director-, no sé de qué invento se trata, pero puedo averiguarlo enseguida. Tenga la bondad de aguardar un instante.

Se puso en pie y se acercó a un fichero. Mientras rebuscaba en uno de los cajones, siguió hablando:

-Tengo la costumbre de anotar todos los datos relacionados con las circunstancias familiares y los inventos de cuantos pasan por este Instituto... ¡Ah! ¡Aquí está!

Sacó una ficha, cerró el cajón y se acercó de nuevo a la mesa.

-“Duesto, César-leyó en alta voz-, huérfano de padre y madre. Sin familia ni domicilio fijo. Cursado sus estudios en la Universidad de Barcelona y en la de Madrid, habiéndolos de interrumpir a la muerte de su padre. Física. Electroquímica. Investiga las propiedades de los cuerpos y su potencia vibratoria”.

Entregó la ficha al detective.

-Eso es cuanto puedo decirle del asunto.

-¡Hum!-murmuró Rebolledo, examinando la ficha y acariciándose la barbilla perplejo-. No es gran cosa. ¿No puede usted darme ningún otro detalle?

-No, señor. No tenga la costumbre de pedirle a ninguno de los inventores detalles acerca de su invento. En primer lugar, son muchos los que aquí trabajan y no puedo entretenerme en eso. Además, muchos fracasan en sus experimentos y tienen que modificar por completo su plan de trabajo. En tales casos, no haría más que enterarme de detalles inútiles. Sólo cuando uno ha logrado el éxito me somete todos los detalles para que pueda ser solicitada la patente. Entretanto, los únicos que se enteran de algo son los ingenieros, aunque no siempre. Ellos no se meten en nada mientras no se les consulta y, entonces, ayudan al inventor en todo lo que pueden con sus conocimientos y su experiencia. No sé si Duesto habrá hecho alguna consulta, pero podemos saberlo ahora mismo.

Descolgó el aparato de telefonía interior que tenía sobre la mesa y apretó uno de los botones.

-¿El señor Marquil?-preguntó-. Tenga la bondad de subir un momento a mi despacho.

Colgó de nuevo y se volvió hacia el detective.

-¿Quiere que llamemos al conserje, entretanto?-inquirió.

-No, prefiero saber lo que tiene que decir el ingeniero antes que nada. Y, a propósito, ¿cual es el régimen de este Instituto?

-¿A qué se refiere usted exactamente?

-Quisiera saber si hay restricción alguna, si hay reglas que deban observar los inventores aquí domiciliados.

-No existe restricción alguna propiamente dicha. Ha de tener usted en cuenta que algunos inventores e investigadores tienen la manía de trabajar de noche, por ejemplo. Aquí no se les impide que lo hagan. Pueden hacer uso de laboratorios y talleres cuando se les antoje y pueden salir y entrar completamente a su antojo.

-¿Sin restricción de horas?

-Casi, casi. El Instituto se encuentra algo alejado de la ciudad y no son muchos los que salen de noche, por ejemplo. Pero, si alguno quiere hacerlo, nadie se lo impide. Las verjas se cierran a las dos de la madrugada y no vuelven a abrirse hasta las siete. Si alguno desea acudir a alguna sala de espectáculos o a alguna fiesta, tiene tiempo de sobra con eso. Si no puede estar de vuelta aquí a las dos, ya sabe que le toca esperarse hasta las siete.

En este momento llamaron a la puerta del cuarto y, al serle dado permiso, entró un hombre alto, delgado, de ojos azules y ancha frente.

-El señor Marquil -anunció el director-. Señor Marquil, el señor Rebolledo tiene que hacerle unas preguntas á las que le autorizo para que conteste sin reservas. Tome usted asiento.

El ingeniero ocupó el sillón que le señalaban y miró al detective con curiosidad.

-Estoy a su disposición, señor Rebolledo-dijo.

-¿Usted conoce a César Duesto, investigador de las propiedades de los cuerpos?-inquirió el detective, sin andarse con preámbulos.

-Naturalmente-respondió el otro, extrañado.

-¿Se ha dirigido ese señor a usted alguna vez para consultarle?

-Nunca.

-¿No es corriente que le consulten los inventores cuando tropiezan con alguna dificultad?

-Sí, señor, pero en el caso de Duesto es difícil que eso suceda. Es un joven de extraordinaria inteligencia y conoce muy a fondo la teoría atómica y todo cuanto se sabe acerca de las propiedades de los cuerpos y su potencia vibratoria. En sus experimentos, parte de los últimos descubrimientos de la Ciencia, que él ha ampliado. Si hubiese tropezado con alguna dificultad, dudo que hubiera podido yo solucionársela.

-¿Sabe usted, exactamente, hasta dónde han llegado sus trabajos y cuál es el fin que persigue con ellos?

-No tengo la menor idea. Sólo sé lo que le he dicho. Nunca me ha hecho su confidente.

-Sin embargo, usted, con sus conocimientos, tal vez hubiera podido deducirlo.

-Son tantas las posibilidades que ofrece una investigación de esa clase que es, muy difícil adivinar cuáles son los propósitos de Duesto.

-¿Sabe usted si el joven ese sale con frecuencia o tiene visitas?

-No, señor. Apenas salgo del tercer piso como no sea para bajar a los laboratorios, y Duesto ocupa un cuarto en el primer piso, de manera que apenas le veo siquiera.

-¡Hum!-murmuró el detective-. Sin duda le extrañarán mis preguntas, señor Marquil, y supongo que no tendré más remedio que darle a conocer el objeto de las mismas. El señor Duesto ha sido hallado muerto en circunstancias sospechosas y estoy averiguando de él todo lo que puedo.

-¿Muerto?-exclamó el ingeniero.

-Sí, y le agradeceré mucho que, por ahora, no diga usted una palabra a nadie, no sea que ello entorpezca mi trabajo. ¿Puedo contar con su discreción señor Marquil?

-Naturalmente-contestó el hombre, que no parecía haber salido aún de su asombro-. ¿Necesitaban ustedes alguna otra cosa de mí?

-Nada, gracias-dijo el señor Trévelez;- puede usted retirarse cuando guste.

El señor Marquil se despidió y salió del cuarto como si soñara despierto.

-Creo-dijo el detective, cuando se hubo marchado el ingeniero-, que podríamos llamar ahora al conserje.

El señor Trévelez descolgó el teléfono y ordenó al conserje que subiera.

-Será mejor-anunció Rebolledo-, que se encargue usted mismo de interrogarle. Ya sabe lo que deseo. Y no creo necesario que el conserje sepa quién soy.

Trévelez asintió con un movimiento de cabeza.

-Tal vez tenga usted razón-dijo.

En cuanto estuvo el conserje en su presencia, le preguntó:

-¿Sabe usted si está el señor Duesto?

-No le he visto en toda la mañana.

-¿Salió anoche?

-Sí, señor.

-¿A qué hora?

-A eso de las diez.

-¿Está usted seguro?

-Sí, señor, acababa de cenar y estaba cerca de la puerta cuando salió él.

-¿Le dijo a usted algo al salir?

-No, señor.

-¿A qué hora volvió?

-No lo sé. Yo no le vi volver. No me tocaba a mí la guardia, conque me acosté a las once. Tal vez lo sepa Juan. Y, como digo, esta mañana no he visto al señor Duesto aunque no me he movido de la puerta hasta ahora desde las siete.

-¿Salía con frecuencia el señor Duesto?

-Los primeros dos días no se movió de aquí, pero luego ha salido todas las tardes. Anteayer salió de noche y volvió a la una. Ayer salió, por la tarde, volvió a las seis y volvió a marcharse a las diez.

-¿Ha tenido muchas visitas?

-Ninguna.

-¿Está usted seguro?

-Completamente seguro, señor director. Todos los que vienen de visita me dicen a quién vienen a ver y yo les aviso. Ninguno ha preguntado nunca por él.

Trévelez dirigió, una mirada interrogadora al detective, y, al ver que éste movía afirmativamente, la cabeza, dijo:

-Gracias, José, era cuanto deseaba saber. Puede usted retirarse.

El conserje saludó y se fue. Le intrigaban un poco aquellas preguntas pero era demasiado disciplinado para demostrarlo.

-No parece, acompañarme la suerte en este asunto-murmuró Rebolledo, cuando se hubo marchado el empleado-. Nadie parece saber nada ni haber visto cosa alguna. Pero... estaba pensando... ya no entiendo una palabra de esas cosas. Sin embargo, ¿no es corriente que un inventor tenga notas, de sus experimentos?

-Tratándose de un problema como el que, por lo visto, intentaba resolver Duesto, si, señor. Lo más probable es que anotara, día por día, el resultado de sus experimentos y lo estudiara para descubrir si iba por buen camino.

-Pues no se han encontrado notas de esa clase en sus bolsillos.

-No es fácil que las llevara encima. Si esas notas existen, lo natural es que se encuentren en su cuarto.

-¡Ah! ¿No le parece que pudiéramos buscarlas?

-Dadas las circunstancias no creo que pueda oponer yo dificultad alguna. Si quiere usted acompañarme, bajaremos a su cuarto. Poseo una llave maestra que abre todas las habitaciones de la casa, por si alguna vez se perdiera alguna llave.

-Vayamos-asintió el detective;- es la única esperanza que me queda. Además, existe la posibilidad de que encontremos algún otra documento que nos indique con quién ha tenido relaciones.

Bajaron al primer piso y recorrieron el pasillo hasta llegar a una de las puertas del fondo. Trévelez sacó una llave del bolsillo, la introdujo en la cerradura y la hizo girar. La puerta se abrió.

Se encontraron en un despacho bastante amplio que contenía una mesa de escritorio, media docena de sillas, dos butacas, una mesita con un juego de fumar y un estante lleno de libros.

Trévelez cerró la puerta y ambos se dirigieron a la mesa. Sobre ella había una carpeta, tinta, plumas, papel, lápices y gomas de borrar. Rebolledo abrió la carpeta; no había nada dentro.

Los cajones de la mesa estaban abiertos y los fueron examinando uno por uno; todos ellos estaban completamente vacíos.

-Sigue la racha-exclamó Rebolledo, con ira.

-No estará de mas que registremos bien el cuarto-propuso Trévelez.

Sin responder siquiera, el detective lo fue examinando todo hasta llegar a la estantería.

-¿No habrá algo en estos libros?-preguntó.

-Podemos, probarlo, pero lo dudo-contestó el director-. Todos ellos son de la biblioteca de la planta baja. Los subiría aquí para estudiarlos con más tranquilidad. Sin embargo...

Sacó uno de los volúmenes del estante y pasó rápidamente las páginas. El detective sacó otro y le imitó. Había diez tomos en total y no tardaron mucho en examinarlos todos entre los dos. Cuando el detective, furioso por el éxito negativo del registro, abría el último volumen, un papelito cayó al suelo y fue a parar a los pies de Trévelez. Rebolledo ni se dio cuenta siquiera. Mientras pasaba las páginas, el director del Instituto dejó caer el pañuelo y, al inclinarse para recogerlo, alzó el papelito entre sus pliegues, guardándoselo en el bolsillo sin decir una palabra..

-Bueno, está visto que aquí no hay nada-dijo, serenamente-. ¿Quiere que examinemos la alcoba ahora?

-No estaría de más-contestó el detective-. Aunque con franqueza, no tengo la esperanza de hacer el menor descubrimiento.

Entraron en la alcoba y lo revolvieron todo, mirando incluso entre la ropa de la cama y debajo del colchón pero, como había supuesto el detective todas sus pesquisas fueron vanas.

-Señor Trévelez-dijo, dándose al fin por vencido:- le estoy muy agradecido por las facilidades que me ha dado, y por su ayuda. Está visto que aquí no he de encontrar nada. Me vuelvo a la oficina y procuraré investigar por otro lado. Sólo que... ¡ésta es la primera vez que veo el despacho de un investigador en el que no haya ni un solo papel escrito!

Trévelez le acompañó a la planta baja, le dio la mano y se quedó parado en la puerta hasta que el otro se perdió de vista por el jardín en dirección a la verja. Estaba pensando en las últimas palabras de Rebolledo: ¡Esta, es la primera vez que veo el despacho de un investigador en el que no haya ni un solo papel escrito!

Y, sin embargo, se dijo, el detective no había sabido ni comprender lo que aquello significaba siquiera. Se encogió de hombros, dio media vuelta y se dirigió a su despacho. Una vez allí se acordó del papelito que había recogido del suelo, lo sacó y lo colocó sobre la mesa. No contenía más que una palabra y unas cifras: «Provenza 1245».

CAPÍTULO III

PROVENZA 1245

Durante unos momentos se quedó contemplando el papel, pensativo, luego alargó la mano, cogió una guía de Barcelona que tenía en el vecino estante, sacó el plano, lo desplegó y lo escudriñó unos instantes. En el plano, el número 1245 de la calle Provenza no figuraba por parte alguna. Una de dos, se dijo: o el papelito aquel no contenía una dirección, como él había creído, o se trataría de una casa de construcción muy reciente. Tomó un lápiz y trazó una continuación a la calle en cuestión

Después, guiándose por el tamaño de los demás edificios, calculó, aproximadamente, dónde debía estar el número 1245, si existía.

Entretanto, y a pesar suyos las palabras del detective no hacían más que darle vueltas por la cabeza. Más pensativo que nunca guardó el plano, volvió a poner la guía en el estante y salió de su despacho.

Al llegar al primer piso, sacó la llave maestra y se introdujo de nuevo en el cuarto de Duesto. Apartó el sillón de la mesa, se sentó en él y miró a su alrededor. No observó nada que pudiera parecerle anormal.

Examinó de nuevo la mesa. Todo estaba en su sitio, al parecer. Tiró del montoncito de cuartillas que había a un lado. Las de encima estaban algo curvadas. Las examinó con curiosidad. Era evidente que alguien había estado escribiendo en un papel puesto encima de aquellas hojas, y con lápiz por añadidura, porque los trazos habían dejado su huella sobre el papel blanco. Eran cifras. Las miró atentamente, pero, por muchas vueltas que dio al papel, no pudo sacar nada en claro.

Miró el secante de la carpeta; estaba completamente limpio. Lo sacó y le dio la vuelta. Había sido usado por el otro lado, pero no lo bastante para que las señales de cifras y escritura resultaran completamente ilegibles. Se lo llevó a la alcoba y lo acercó al espejo. En la imagen reflejada vio que se trataba de cifras y fórmulas en su mayor parte. Pero, por encima de ellas, encontró dos fechas-la del cinco y la del seis de agosto. Y aquel día era el siete.

Por más que registró despacho y alcoba, no pudo descubrir ningún otra indicio pero, lo descubierta era bastante para confirmar su sospecha de que Duesto había ido anotando, día por día, el resultado de sus experimentos.

¿Qué habría sido de todos aquellos papeles? ¿Los destruiría el muchacho?

En cuanto se vio de nuevo en su despacho Trévelez ordenó al conserje que subiera.

-¿Vació usted la papelera del señor Duesto ayer?-le preguntó en cuanto acudió el hombre.

-Desde que está en esta casa el señor Detesto no la ha usado para nada. La miro todos los días, pero nunca tiene papeles.

-¿Dónde guarda usted la llave maestra que tiene para entrar y arreglar las habitaciones?

-Aquí, señor Trévelez-contestó, el hombre, sacando un llavero del bolsillo-. Nunca me separo de ella.

-¿No se la ha prestado usted a nadie últimamente?

-No, señor.

-Piénselo bien. ¿No se le perdería a alguno la llave de su cuarto y se la pediría para poder entrar?

-Ahora que me dice usted eso, me recuerda que el señor Marquil cerró la puerta de su cuarto de golpe, olvidándose la llave dentro.

-¡Ah! ¿Y le dejó usted la suya?

-Perdone, señor Trévelez, pero tengo la manía de no separarme nunca de ella, conque, cuando me dijo el señor Marquil lo que le había ocurrido, le acompañé yo mismo,

-Y ¿fue usted quien le abrió la puerta?

-No, señor. Cuando llegamos al cuarto, le entregué el llavero. Él abrió la puerta delante de mí y me devolvió la llave inmediatamente.

¿Cuándo fue eso?

-Hace cuatro o cinco días.

-¡Hum! Bueno. Eso es todo cuanto deseaba saber. Hizo usted muy bien en no querer separarse de la llave.

-Si no desea usted nada más...

-Nada. Puede usted retirarse. ¡Un momento! Tenga la amabilidad de avisar al coche, y, en cuanto esté a la puerta, dígamelo por teléfono.

-Sí, señor, lo haré ahora mismo.

El hombre se retiró y Trévelez se puso a reflexionar acerca del extraño suceso. La ausencia de papeles del cuarto de Duesto era muy significativa. Claro que cabía la posibilidad de que los llevara en el bolsillo y que el asesino se los hubiera arrebatado. Pero no lo creía.

Lo más lógico era que los hubiese dejado en su cuarto. Pero, en tal caso, ¿quién se los habría llevado?

No había más llaves maestras que la suya y la que tenía el conserje. Éste no se la había prestado a nadie más que a Marquil y, aun entonces, no la había perdido ni un momento de vista. Sólo quedaba una explicación: alguna persona no autorizada poseía una llave. A menos que...

Descolgó el teléfono y llamó al Trust Naviero, pidiendo comunicación con el detective que le había visitado,

-¿El señor Rebolledo?-preguntó.

-Servidor -contestó una voz.

-Soy el señor Trévelez, del Instituto. ¿Sabe usted si se ha encontrado una llave en el bolsillo de Duesto?

-Sí, señor. Supongo que se tratara de la de su cuarto. ¿Ha sucedido algo?

-No, sólo preguntaba para asegurarme. Pensé que, a lo mejor, pudiera haber desaparecido.

-¿Tenía usted algún motivo especial para sospechar eso?

-Ninguno, pero usted comprenderá que me interesa saber el paradero de todas las llaves del Instituto. ¿Ha descubierto algo nuevo?

-Nada en absoluto.

-Lo siento. Le deseo mejor suerte. Muy buenos días, señor Rebolledo. A ver si puede usted, telefonearme pronto y darme, buenas noticias.

-Eso quisiera-contestó el otro, colgando el teléfono.

No hizo el señor Trévelez más que colgar el aparato, cuando sonó el timbre y el conserje le anunció que el coche le estaba aguardando.

Trévelez bajó lentamente y subió al automóvil.

-A la estación de La Sagrera, Francisco-ordenó, arrellanándose en su asiento.

El conductor, sin decir una palabra, puso el vehículo en marcha y salió por la verja qué el conserje había abierto.

Eran cerca de las once cuando se detuvo en la entrada de la calle de La Sagrera, junto a la estación. Trévelez se apeó.

-No se mueva de aquí hasta que yo vuelva-dijo.

Y metiéndose por una de las bocacalles de la izquierda, se dirigió a la prolongación de la calle Provenza. Por aquel extremo había muy pocos edificios, estaban muy espaciados entre si y todos ellos eran de construcción reciente.

El 1245 resultó ser un hotelito de planta baja y un solo piso. Estaba rodeado de jardines y, desde la calle, parecía desierto. Miró a su alrededor. En aquel momento no transitaba un alma por aquella parte de la calle. Abrió la puerta del jardín, que, por fortuna, no estaba cerrada con llave y, avanzando con cautela por entre los arbustos, procurando que no pudiera vérsele desde las ventanas, se acercó a la casa.

La puerta estaba cerrada. Las ventanas tenían los vidrios manchados de yeso. Probó una de ellas y cedió a su empuje. El cuarto a que correspondía no contenía mueble alguno ni huella de ser humano. Saltó dentro, procurando no hacer ruido y recorrió todas las habitaciones. Hubiera podido ahorrarse su cautela, ni estaba ocupada la casa ni parecía haberlo estado nunca.

A pesar de que escudriñó los suelos y examinó minuciosamente ventanas y puertas, no encontró señal alguna que indicara que hubiese habido visitas. Sólo una cosa le llamaba la atención: que todas las ventanas estuvieran cerradas por dentro menos la que él había empleado para entrar. Era como si alguien hubiese estado allí antes, ¿pero quién y por qué?.

Como quiera que le era imposible hallar de momento respuesta a estas preguntas, salió del hotelito, volvió adonde había dejado el coche y se hizo conducir de nuevo al Instituto.

Una vez allí, dio orden de que no se le molestara para nada y se retiró a su despacho, cerrando cuidadosamente la puerta tras sí, con llave.

Inmediatamente se acercó a la pared, tocó una moldura en dos sitios distintos y toda la estantería giró, silenciosamente, dejando al descubierto una puerta. Se introdujo por ella, sonó un chasquido y el estante volvió a su sitio.

Se encontraba en un pasillo corto y estrecho. Al fondo del mismo había una puerta que abrió. Alzó la mano, dio a un interruptor y quedó iluminada una habitación pequeña, amueblada como despacho. Había dos teléfonos sobre la mesa. Descolgó uno de ellos, y debía de tratarse de un hilo directo, porque enseguida ese oyó decir a una voz:

-Garvez.

-Calle de Provenza 1245. Hotelito recién construido. Averigüe quién es su propietario y todo lo que de él y de la casa se sepa. Quiero, que sea vigilado el hotelito noche y día. Encargue a Manrique hoy de eso. Mañana organice la vigilancia en dos turnos. Nada más.

-Entendido-contestó la voz.

Trévelez colgó el aparato sin más explicaciones.

A continuación, alzó los brazos, asió la lámpara que colgaba sobre la mesa y tiró con fuerza. Se descorrió un entrepaño de la pared, y apareció la entrada a un cuarto ropero bastante grande. Encendió la luz dentro, apagó la del despacho y se metió en el ropero, cerrándolo tras él.

De una de las perchas descolgó una capa negra de un material tan finísimo que, una vez doblada, apenas ocupaba sitio y pudo guardársela en el bolsillo.

En el fondo del cuartito había un armario. Lo abrió y se metió dentro. El supuesto armario era un ascensor pequeño. Apretó un botón. El ascensor inició el descenso.

CAPÍTULO IV

LA DESAPARICIÓN DE MARQUIL

Transcurrieron varios días sin que progresara sensiblemente la solución del misterio de la muerte de Duesto.

Manrique, vigilaba el hotelito de día y otro agente, T, de noche, pero ninguno de los dos había observado nada anormal durante dicho tiempo.

El propietario del inmueble, el radiópata doctor Prensa, estaba sometido también a una estrecha vigilancia sin que, hasta el momento, se le hubiera visto hacer nada sospechoso.

Al cuarto día del crimen, Rebolledo volvió a presentarse en el Instituto. Estaba completamente desorientado y no tenía inconveniente en reconocerlo. Los esfuerzos hechos por la Policía por hallar una pista, también habían sido completamente vanos.

-Señor Trévelez-dijo, aceptando el cigarro puro que éste le ofrecía:-aquí me tiene usted otra vez, tan despistado como cuando le hice la primera visita.

-¿Sigue usted sin indicio alguno que le permita establecer la identidad del asesino?

-Usted lo ha dicho. Pero si no he descubierta nada, en cambio he pensado mucho.

-Y ¿a qué conclusión ha llegado?

-He llegado a la conclusión de qué aquí, en este Instituto, es donde he de hallar la pista que necesito.

-¿Aquí?

-Sí, señor Trévelez. ¿Recuerda que cuando registramos juntos el cuarto de Duesto me llamó la atención el hecho de que no hubiera, ni un solo papel escrito?

-Lo recuerdo perfectamente.

-¿No le dice a usted nada eso?

-¿Qué es lo que ha de decirme?

-Usted sabe, mejor que yo, que Duesto tiene que haber hecho notas de sus experimentos...

-En tal caso, ¿dónde están las notas esas? En su cuarto ya hemos visto que no están. Tampoco las han encontrado ustedes en sus bolsillos.

-Si yo supiera dónde están, el asesinato habría dejada de ser un misterio. ¿Cuántas llaves había del cuarto del señor Deusto?

-La que él tenia, nada más.

-Esa hay que descartarla puesto que fue hallada en el cadáver.

-Eso no excluye la posibilidad de que fuera usada.

-A mi modo de ver, sí. Según el médico forense, Duesto murió a eso de las cuatro de la mañana. Aun suponiendo que le quitaran, entonces la llave con la intención de registrar el cuarto y volvérsela a meter en el bolsillo antes de dejarle abandonado en las Ramblas, no hubieran podido emplearla. Si mal no recuerdo, me ha dicho usted que se cierra la verja a las dos y, que no vuelve, a abrirse hasta las siete. El cadáver fue hallado a las siete y minutos.

-Ese argumento es un poco sofístico. Parte usted de una base que puede muy bien ser falsa. ¿Cómo sabe que el cuarto fue registrado después de la muerte de Duesto y no antes?

El detective se quedó un poco parado; no se le había ocurrido pensar en semejante posibilidad.

-Entonces-inquirió-, ¿cuándo cree usted que se efectuó el registro?

-¿Está usted seguro de que hubo registro alguno?

-Los papeles...

-Voy a suponer que tenía papeles. ¿Quién le asegura a usted que se los quitaron del cuarto? . El día de su muerte salió por la tarde, regresó a las seis y según nos dice el conserje, volvió a marcharse a las diez. ¿No cabe la posibilidad de que su segunda salida obedeciera precisamente a su deseo de llevarse los papeles? Además, hay otra teoría plausible: que quisiera enseñarle sus notas a alguien, que entregara la llave de su cuarto a una tercera persona y que ésta viniera a buscarlos y le devolviera luego la llave.

-¿Eso es lo que usted cree que sucedió?

-No, señor Rebolledo. Hasta ahora no he hecho más que hacerle ver las posibilidades que hay en este asunto, para que no las pierda de vista. Por mi parte, si embargo, confieso que opino como usted, que los papeles fueron robados después de muerto, Duesto.

-Entonces...

-En cuanto se hubo marchado usted el otro día, llamé al conserje y le interrogué acerca del asunto.

-¿Fue por eso por lo que me telefoneó preguntándome si había sido hallada una llave en los bolsillos del muerto?

-Si, señor.

-Y ¿qué le dijo el conserje?

El señor Trévelez le explicó en breves palabras el resultado de su interrogatorio sin omitir detalle alguno.

-¡Hum!-murmuró el detective-.Así, pues, se presentan tres probabilidades. Primera: que el propio conserje robara los papeles... El conserje es el que más ocasiones tendría para hacerlo, con la ventaja de que, si le veían entrar en el cuarto, siempre tenía la excusa de que iba a limpiarlo o a hacer la cama.

-La cama no la hace él, aun cuando se hace en su presencia. Pero puede descartarle. Es un hombre de absoluta confianza. Aparte de que, para él, las notas de Duesto resultarían un jeroglífico.

-Podían haberle pagado para que las robara. Pero, descartémosle de momento, ya que tan seguro está usted de él. La segunda posibilidad es que una persona, cuya identidad desconocemos de momento, lograra hacerse con la llave y la empleara.

-Es la más plausible de las dos explicaciones que usted ha dado. ¿Cuál es la tercera?

-Que el culpable fuera Marquil.

-Marquil no tuvo la llave maestra más que unos segundos y, aun entonces, el conserje estaba a su lado. Sólo tuvo la llave el tiempo necesario para abrir su puerta.

-Es posible; pero ¿se le ha ocurrido a usted que le hubieran bastado esos segundos para sacar un molde de la llave? Si llevaba en la mano alguna substancia plástica, no tenía más que hundir la llave en ella para conseguir una impresión perfecta. El conserje, no se daría cuenta de eso.

-Le felicito, señor Rebolledo. Confieso que es muy posible lo que usted dice.

-Y, para Marquil, las notas de Duesto resultarían clarísimas, ¿no es cierto?

-En efecto.

-Me parece, señor Trévelez, que seria mejor que habláramos con ese ingeniero.

-Voy a mandarle llamar ahora mismo.

Descolgó el director del Instituto el teléfono y llamó al cuarto del ingeniero. No obtuvo contestación. Llamó entonces al conserje.

-¡Oiga!-dijo.-Haga el favor de buscar al señor Marquil y decirle que deseo hablarle con urgencia. No se moleste en llamar a su despacho. Ya lo he hecho yo y no contesta.

Colgó el aparato y se puso a hablar con el detective otra vez. Transcurrieron diez minutos, quince... veinte... De pronto llamaron a la puerta.

-Adelante

-Con su permiso-dijo el conserje, entrando.

-¿Dónde está el señor Marquil?

-No le encuentro, señor director.

-¿Ha mirado usted en el laboratorio?

-Y en los talleres y por toda la casa. Y lo raro no es eso. No se me había ocurrido darle importancia, pero hace tres días que no le veo.

-¿Tres días?

-Sí, señor. Por cierto que hace tres días también, que encontramos la cama sin deshacer cuando vamos a su cuarto, pero eso no me había llamado, la atención, porque como a veces se está toda la noche trabajando y se echa de día, él mismo se la hace.

El señor Trévelez y el detective se miraron. Éste se puso en pie, apresuradamente.

Dijo:

-Más vale que veamos su cuarto.

Trévelez asintió con un movimiento de cabeza. Se levantó a su vez y se dirigió a la puerta, seguido de Rebolledo y del conserje.

Bajaron al segundo piso sin hablar una palabra. Trévelez abrió la puerta del cuarto del ingeniero con la llave maestra.

Su primera preocupación fue ver el cuarto ropero; estaba completamente vacío. Se volvió al conserje.

-Usted estará más enterado de eso que nadie-dijo-. ¿Tenía el señor Marquil mucha ropa?

-Cuatro trajes, un gabán y una gabardina.

-¿Dónde los guardaba?

-En el cuarto ropero.

-¿Tenía maleta?

-Sí, señor. Estaba en el cuarto ropero también.

Sin hacer comentario alguno, Trévelez entró en la alcoba y abrió los cajones de la cómoda no había nada en ninguno de ellos.

El detective, sin despegar los labios, se sentó a la mesa, descolgó el teléfono y pidió línea. Cuando se la dieron, marcó un número,

-¿Trust Naviero?... Habla Rebolledo. Póngame con la Sección de Vigilancia, haga el favor... Gracias... ¿Gerardo? Escuche, por fin hemos descubierto una pista en el asunto ese de Duesto. El ingeniero Iñigo Marquil, del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas, ha desaparecido en circunstancias sospechosas. Avise a todos nuestras agentes. Que se redoble la vigilancia en las estaciones y en el puerto. Hay que hacerle prender donde se encuentre... ¿Cómo? ¿Su descripción? Aguarde un momento.

Se volvió hacia el director:

-¿Tiene usted la bondad de encargarse de eso, señor Trévelez? Yo sólo he visto a Marquil una vez y mi descripción sería defectuosa.

El señor Trévelez asintió con un movimiento de cabeza.

CAPÍTULO V

LA CATÁSTROFE

-Es una lástima-dijo Rebolledo-, que no se me ocurriera investigar el asunto más a fondo el otra día.

-No veo yo-contestó Trévelez-, que hubiera sacado usted nada en limpio.

-Me hubiese enterado de que Marquil había pedido la llave.

-Y no le hubiera usted dado importancia alguna.

-De haberme dado cuenta antes de lo significativo que resultaba que no hubiera papel alguno en el cuarto de Duesto, le hubiera dado toda la importancia del mundo.

-Yo me di cuenta de eso. Me enteré de lo de la llave y no vi motivo para relacionar ambas cosas.

-Usted, señor Trévelez, no es detective. Nosotros somos más desconfiados. Me hubiera empeñado, en aclarar bien la cuestión de la llave y, a estas horas, Marquil tal vez estuviese entre rejas.

-Y ¿de qué le hubiera acusado?

-De complicidad en la muerte del inventor... o quizá de asesinato...

-Y se hubiese expuesto a encontrarse con un pleito por difamación en las manos.

-¡Un pleito por difamación! Pero ¡si la cosa está clarísima! Marquil es ingeniero....

-Que yo sepa eso no es ningún delito.

-...y comprendería el valor de las investigaciones que estaba haciendo Duesto-prosiguió el detective, como si no hubiera oído la interrupción del otro.

-No sabía, concretamente, qué investigaciones eran ésas.

-Eso es lo que él nos dijo, pero yo lo pongo en cuarentena. Tal vez presenciara alguno de los experimentos, quizá le hablara de ellos Duesto; puede, que viera alguna de las notas...

-Y suponiendo que así fuera...

-Decidiría apoderarse de las notas en cuanto las investigaciones tocaran a su fin. Para ello era preciso que tuviese una llave que abriera el cuarto del otro. Vería difícil conseguir la que Duesto tenía, entonces pensó en prepararse para cuando llegara el momento. No ignoraba que el conserje llevaba su llave maestra siempre en el bolsillo. Conque se le ocurrió la idea de fingir haber olvidado la llave de su cuarto. Si el conserje le prestaba la suya, tanto mejor. Pero si, como temía, el hombre se empeñaba en acompañarle, nada más fácil que pedirle la llave en el momento de llegar a la puerta para abrir él mismo y, aprovechando el instante, sacar un molde de ella con un trozo de masilla o cera, que llevara en la mano. Con ese molde, cualquier cerrajero le haría un duplicada.

-Todo eso es posible, naturalmente.

-No sólo es posible, sino que estoy convencido de que eso fue lo sucedido. Un hombre que lleva un tiempo experimentando para perfeccionar un invento no puede ocultar su alegría cuando consigue al fin lo que se propone. Duesto diría algo a Marquil, que no le perdería de vista y se daría cuenta de que había llegado ya el momento de obrar. Aprovechó la ausencia del muchacho para introducirse en su cuarto y recoger los papeles. Como es natural, una vez hecho eso, Duesto constituía un peligro para el éxito de sus planes. Era preciso eliminarle.

-¿Y supone usted que fue él quien le asesinó?

-No digo yo tanto, pero sí creo que fue el instigador, si no el autor del crimen.

-Reconozco, que su teoría es plausible... si no se profundiza demasiado. No puede usted demostrar ni una sola palabra de lo que ha dicho. No se trata, más que de una serie de suposiciones... Con la particularidad de que ni usted mismo se hubiera atrevido a dar rienda suelta a su imaginación de esa manera si Marquil no hubiese desaparecido.

-Ahora, es usted quien hace suposiciones...

-De ninguna manera. Después de todo, el hecho de que tuviera la llave maestra en sus manos unos segundos, no demuestra que sacara un molde de ella. Si Marquil no hubiera desaparecido, lo más que se hubiese atrevido a hacer usted hubiera sido vigilarle... si es que llegaba a encontrar sospechosos sus actos.

-Hubiera sido lo bastante para impedir que desapareciera, por lo menos.

-Y... ¿no le parece a usted todo eso muy extraño?

-¿Cuál?

-El hecho de que haya desaparecido.

-¿Por qué?

-¿Por qué ha huido? ¿Qué necesidad tenía de hacerlo?

-No le comprendo.

-¿No se da usted cuenta de que, si se hubiera quedado aquí, le hubiese sido muy fácil obrar sin despertar sospechas? Marquil no es tonto. Tiene que haber comprendido que huyendo se declaraba a sí mismo culpable.

-Cuando lleve tratando can criminales tanto tiempo como yo, no le extrañarán, tanto las incongruencias. Todos ellos cometen un error u otro. Gracias a esos errores, la policía logra prenderlos. A veces son los más listos los que cometen los errores más estúpidos.

-Veo que, cuando se le mete a usted una teoría en la cabeza, no hay razonamiento que le conmueva. En fin, el tiempo dirá. ¿Qué piensa hacer ahora?

-Esperar. De momento no puedo hacer otra cosa.... a menos que se me presente alguna otra pista. No creo que se nos escape Marquil. Podremos tardar unos días en encontrarle, pero acabará cayendo, no lo dude.

-Le deseo mucha suerte, pero confieso que no comparto su optimismo. ¿Se le ha ocurrido la posibilidad de que el que haya robado las notas de Duesto intente patentar el invento?

-¡Caramba, señor Trévelez! ¡Es usted un genio! No se me había ocurrido.

-Con franqueza, yo no creo que se solicite patente. Sin embargo, no debiera usted perder de vista esa posibilidad. El Ministerio publica, periódicamente, un boletín en el que se describen todas las patentes que se solicitan.

-No me molestaré en esperar a que se publique, señor Trévelez me pondré al habla, inmediatamente, con el Ministerio. Gracias por la idea. A propósito, quisiera tomar unas notas antes de irme. ¿Tendría la bondad de proporcionarme una hoja de papel? Aquí no hay ninguna que yo vea.

-Tendrá usted que subir a mi despacho.

-Vamos, pues.

Los dos hombres salieron de las habitaciones de Marquil y empezaron a subir la escalera.

Por el camino Trévelez consultó su reloj de pulsera. Pero no era la hora lo que le interesaba en aquel momento. Acababa de experimentar una ligera presión sobre la muñeca.

La maquinaria de aquel reloj, que era un poco más grande y bastante más grueso de lo corriente, ocupaba, escasamente, la tercera parte de la caja. Debajo de la esfera, una serie de minúsculos electroimanes y de piezas extrañas convertían el supuesto reloj en maravilloso receptor y transmisor radiotelegráfico. Sólo recibía y transmitía en morse, y una pequeña palanca que sobresalía de la parte de atrás marcaba los puntos y las rayas haciendo una leve presión sobre la piel.

En contestación a la llamada que acababa de sentir, oprimió el botón que sobresalía de la corona del reloj.

Inmediatamente empezó a moverse la palanquita, deletreando palabras en morse:

X...a-l-g-o-d-i-a-b-ó-l-i-c-o-e-s-t-á...

El mensaje se interrumpió bruscamente. Trévelez oprimió repetidas veces el disimulado pulsador, pero no consiguió obtener respuesta. ¡X! X era Manrique, el encargado de vigilar, el hotelito de la calle Provenza. Algo le debía haber sucedido, algo muy grave, cuando no había podido terminar de transmitir el mensaje que con tan siniestras palabras empezaba.

Acababan de llegar al despacho. Trévelez abrió la puerta, decidido a despachar al detective a toda prisa para poder acudir en auxilio de su agente.

En aquel momento sonó el timbre del teléfono con insistencia. El director descolgó el instrumento, luego se lo ofreció a Rebolledo.

-Le llaman a usted.

-Será del Trust. Avisé que venía aquí, por sí ocurría algo nuevo.

Se acercó el auricular al oído.

-¿Diga?... ¡Rebolledo al habla!... ¿Qué dice?... ¿cómo? ¿COMO?... ¿Está usted loco?... ¡No es posible!... ¡Voy ahora mismo!

Soltó el teléfono y se volvió hacia el director. Tenía los ojos desmesuradamente abiertos y una palidez mortal cubría su semblante.

-¿Qué ocurre?-preguntó Trévelez.

-¡El vapor «Corisco»!-exclamó Rebolledo, con voz ronca.

Y echó a correr hacia la puerta.

Trévelez le asió bruscamente del brazo.

-¡Reaccione, hombre de Dios!-exclamó-. ¿Qué ha sucedido?

-¡ Ha quedado destruido completamente! ¡Dios sabe cuánta gente habrá muerto ahogada!

CAPÍTULO VI

SE INICIA EL TERROR

En una calle en que hay varios edificios en construcción no existe mejor medio de pasar inadvertido que el parecer uno de tantos albañiles.

Así lo había comprendido el agente X y de albañil se había disfrazado para cumplir las órdenes recibidas por mediación de Garvez.

A las doce se le relevaba para que fuera a comer y a las dos volvía a ocupar su puesto, siendo sustituido por T, de diez de la noche a diez de la mañana.

Todas las noches, al retirarse, llamaba por teléfono a Garvez y pronunciaba dos palabras siempre las mismas «Sin novedad». Se le antojaba que estaba perdiendo el tiempo miserablemente, la casa seguía desalquilada, nadie se acercaba a ella, pero se le había dicho que continuara vigilando mientras no recibiera órdenes contrarias, y cumplía su cometido.

El domingo, la calle estaba desierta. Los albañiles no trabajaban. Manrique pensó que su mejor plan sería introducirse en el hotelito y vigilar desde dentro, para no llamar la atención en la calle si pasaba alguien.

Encontró abierta la misma ventana que había usado el señor Trévelez, recorrió toda la casa hasta conocer bien el terreno y luego se instaló en el piso, cerca de la escalera. No esperaba que llegase nadie, pero, si alguien se presentaba, podría vigilar desde allá arriba sin peligro a quien entrara y, si veía que iba a subir alguien la escalera, tendría tiempo de retirarse.

A las doce salió a la calle otra vez para encontrarse con su relevo.

A las dos se hallaba, nuevamente, en su puesto.

Serían las cuatro y media aproximadamente, cuando oyó el trepidar de un camión que se acercaba. No le dio la menor importancia hasta darse cuenta de que el ruido había cesado ante la verja. Luego sonaron pasos en la arena del jardín y fue introducida una llave en la puerta.

De buena gana se hubiera acercado Manrique a la ventana para ver el vehículo, pero no le daba tiempo ya. Se tumbó en el descansillo y, atisbó por entre la barandilla. No le era posible ver la puerta desde allí, pero oyó como se abría. De pronto dijo una voz:

-Habrá que registrar la casa antes de nada, no sea que se le haya ocurrido a algún vagabundo instalarse en ella.

-Mucha casualidad sería esa. Bueno, no está de más tomar precauciones. Encárgate tú de la planta baja. Yo asomaré la cabeza a todas las habitaciones.

Al oír estas palabras, Manrique se arrastró hacia atrás, se puso en pie y abrió la puerta del cuarto más cercano. Sabía que no había en todo el piso sitio alguno en que ocultarse. Si el que en aquel momento subía la escalera miraba como era debido, no tenía la menor probabilidad de escapar. No le quedaba más que una esperanza, que el hombre se limitara a hacer lo que había dicho: sacar la cabeza en cada cuarto.

Se colocó detrás la puerta y aguardó.

El desconocido llegó al piso. El cuarto en que se encontraba Manrique era el primero. Asió el pomo de la puerta y la abrió. Manrique se apretó bien contra la pared, procurando abultar lo menos posible.

Por fortuna para él, el desconocido estaba convencido de que no iba a encontrar a nadie, pues asomó la cabeza al interior, echó una mirada y volvió a cerrar la puerta. Manrique exhaló un suspiro de alivio.

Oyó al otro ir abriendo una por una todas las demás habitaciones, y luego sonaron sus pasos en la escalera. El agente de Trévelez abrió cuidadosamente la puerta, se echó al suelo y se arrastró, nuevamente, hacía la barandilla.

Alzó levemente la cabeza. Veía un pequeño trozo de vestíbulo. Se oía mucho movimiento junto a la puerta. De pronto entró en su campo visual un hombre que andaba de espaldas, agarrando una especie de mesa con algo encima. Era algo muy voluminoso, pero estaba tapado con una lona. El hombre vestía mono y no se le veía la cara.

Conteniendo el aliento, el agente aguardó a que apareciera el que estaba sujetando el otro lado de la mesa. Pero lo que había colocado encima no le permitía ver con claridad y no se atrevía a levantarse más, por miedo a ser descubierto. Des hombres se metieron, con su pesada carga, en una de las habitaciones de la planta baja.

Esperó unos momentos. Luego bajó cautelosamente la escalera. La puerta del cuarto en que se habían metido los hombres estaba cerrada, pero se les oía hablar dentro.

-¿Estás seguro de que no había nadie por los alrededores?-dijo la voz que oyera primero.

-La calle estaba completamente desierta. Es domingo y no trabaja nadie. No hay ninguna casa habitada por aquí, y es una casualidad que pase nadie por este trozo en un día de fiesta.

-A ver... Corre esto un poco más.

Manrique oyó arrastrar, la pesada mesa por el suelo.

-Ahora está bien. Aguarda y la bajaremos.

Sonó una especie de zumbido que no supo Manrique a qué achacar. ¿Qué estaría sucediendo allí dentro? De buena gana hubiese abierto la puerta, pero no se atrevía a hacerlo.

Los hombres seguían hablando.

-Nos me parece esta la hora más apropiada.

-¿Por qué?

-Porque habrá allí mucha gente.

-Mejor. Así surtirá más efecto..

-A lo mejor no pueden retirarse a tiempo.

-Peor para ellos.

El zumbido cesó de repente.

-Baja, y no te sientas sentimentalista. Ya sabes lo que esto representa. Vamos, vamos, que tenemos que trabajar muy aprisa.

Aunque Manrique no sabía de qué estaban hablando, las palabras que había escuchado le convencieron de que se trataba de algo horrible. Fue entonces cuando decidió mandar su mensaje. Apretó la corona de su reloj de pulsera. Enseguida sintió una leve presión en la muñeca que le anunció que le escuchaban.

Dio primero la consonante que representaba su nombre. Luego empezó a transmitir: Algo diabólico está...

No pudo terminar la frase. Algo cayó sobre su cabeza con terrible fuerza.

Se tambaleó un momento, soltó un débil gemido y rodó por el suelo sin conocimiento.

*****

Las Ramblas estaban concurridísimas. En la Puerta de la Paz los puestecitos instalados alrededor del monumento a Colón vendían sus mercancías al público dominguero que acudía al puerto. Algunas parejas subían a la cúpula del monumento para contemplar, desde la hueca bola sobre la que Colón asienta los pies, el hormiguero humano que baja por las Ramblas los domingos.

Más abajo, junto al embarcadero de las gasolineras llamadas «Golondrinas», que llevan pasajeros desde la Puerta de la Paz al Rompeolas, bullía la muchedumbre que allí acude los días de fiesta, aun cuando en el día que nos ocupa se notaba un movimiento inusitado.

Botes de todos los tamaños iban y venían sin cesar, trasladando curiosos a un vapor anclado a unos cien metros del embarcadero, donde tendría que permanecer hasta el día siguiente antes de que, se le hiciera sitio para atracar al muelle.

Se trataba del “Corisco”, vaporcito de carga y pasaje, cuyo interés estribaba en que iba equipado con motores Diesel de aceite pesado, cosa poco corriente a la sazón. Con vistas a la propaganda que ello pudiera proporcionarles, los armadores habían anunciado que, durante la tarde del domingo, podría ser visitado por cuantos quisieran hacerlo, y la gente, dispuesta, como siempre, a aprovechar todo espectáculo gratuito, se había abocado al puerto, proporcionando semejante trasiego a los boteros y una ocasión magnífica para hacer su agosto.

Los pasajeros del “Corisco” se hallaban casi todos en tierra. Unos, porque habían llegado al término de su viaje, otros, porque querían aprovechar la escala en la Ciudad Condal para conocerla.

La cubierta del vaporcito parecía un hormiguero y, en la sala de máquinas, apenas podía darse un paso.

El maquinista de guardia se estaba tirando de los pelos, harto ya de contestar a las preguntas muchas de ellas estúpidas-que el público, curioso, se obstinaba en hacerle.

La tripulación se deshacía en improperios contra la compañía armadora, preguntándose por qué no habría escogido un medio de propaganda más racional y menos conducente a hacerles enloquecer a todos.

Serían las cinco menos cuarto aproximadamente cuando el vaporcito se estremeció de proa a popa, como si hubiera chocado con algo.

Nadie le dio importancia al incidente de momento, pero cuando tras la sacudida inicial, se sintió, una especie de vibración prolongada, algunos de los curiosos dieron muestras de extrañeza.

-¡Qué raro!-murmuró una joven que, acompañada de su novio, había subido al puente a ver la aguja de marear-. ¿Te das cuenta de cómo está temblando el barco?

-¡Bah!-sonrió el muchacho con aire de superioridad-. Es que deben haber puesto la máquina en marcha.

En la sala de máquinas, los que se dieron cuenta de la vibración lo achacaron a alguna maniobra efectuada soba cubierta. «Posiblemente», dijo uno, «estarán recogiendo un ancla a echando otra; o quizá están preparando el aparejo para empezar la descarga mañana».

Unos momentos después, sin embargo, la vibración se hacía más intensa y la gente se miró con desasosiego.

Varios expresaron el deseo de volver a tierra y se acercaron a la borda. Una escala, colgada por un lado, permitía subir a cubierta desde el agua y a ella iban a parar, los botes procedentes del muelle con su carga de curiosos, llevándose, en el viaje de vuelta, a los que ya se habían hartado de curiosear.

El primer bote, al presentarse, se llenó rápidamente. Para ocupar el segundo hubo necesidad de luchar a brazo partido, y como la trepidación se hacía cada vez mayor, fue tal la cantidad de gente que se tiró desde cubierta al bote sin hacer uso para nada de la escala, que éste zozobró y fue preciso que acudieran otras lanchas a salvar a los que se debatían en el agua.

La vibración del vaporcito era ya tan grande, que se iba haciendo insoportable. Empezó a cundir el pánico.

Fue preciso apostar dos marineros de recia musculatura junto a la escala para contener al público, que se empeñaba en desembarcar a toda costa, le que no impidió que muchos de los que sabían nadar se tiraran por la borda, prefiriendo mojarse a permanecer un momento más a bordo.

Toda la gente se había agolpado a cubierta. Nadie lograba explicarse el significado de aquella vibración extraña y, precisamente por eso, la alarma aumentaba por instantes.

Al propio tiempo, la trepidación se había ido comunicando al agua, sobre cuya superficie se iban formando grandes círculos concéntricos cada vez mas marcados.

Allá en tierra, la gente había empezada a darse cuenta de que sucedía algo anormal y corrían ya, por todas partes, los rumores más fantásticos.

Entretanto, lose círculos concéntricos se habían convertido en olas de creciente tamaño.

Los botes que intentaban aproximarse al barco tuvieron que volver atrás.

La desesperación se apoderó de los curiosos que, desde el “Corisco”, veían alejarse sus medios de llegar a tierra, y hubo un movimiento general en dirección a los botes salvavidas.

La tripulación, al darse cuenta de las intenciones del publico, intentó impedir que fueran descolgadas las barcas de sus pescantes. ¡Vano empeño! ¡Aquella gran masa humana resultaba incontenible!

El marinero que se opuso a su avance fue derribado y pisoteado.

La primera barca fue botada tan llena de gente, que se hundió como una piedra.

No llegó a botarse la segunda. Un ruido de cristales rotos, seguido de una serie de explosiones, anunció que no quedaba un vidrio sano en el barco y que todas las bombillas habían estallado.

Un hombre que colgaba de las jarcias se quedó ciego al saltarle pulverizados los cristales de los lentes. Exhaló un grito terrible, soltó las jarcias y cayó al agua.

El ritmo vibratorio se aceleró de tal manera, que resultaba imposible tenerse en pie. Los dientes de todos castañeteaban. Los cuerpos trepidaban horriblemente. Todos rodaron por cubierta, incapaces de dominar sus movimientos. Las mujeres hubieran gritado de espanto, pero ni eso les era posible.

En la Puerta, de la Paz, los barceloneses, por primera vez en su vida, veían agitarse las aguas del puerto como se agitan las olas en altar mar durante una tempestad.

Ola tras ola iban a estrellarse contra el muelle, pulverizándose el agua y cayendo en finísima lluvia sobre cuantos se hallaban cerca de la orilla.

Dos embarcaciones se hicieron astillas al ser precipitadas por las olas contra el embarcadero. Una «golondrina», que regresaba al puerto cargada de pasajeros, dio media vuelta y puso rumbo al rompeolas de nuevo al darse cuenta de lo que estaba sucediendo.

Todos los barcos reforzaron, apresuradamente, las amarras, sin lograr explicarse tan insólito fenómeno..

En el «Corisco», dentro de aquella espantosa borrasca, no quedaba ni una sola persona en pie. Por efecto de la vibración emitía ya una especie de zumbido que ponía los pelos de punta.

Olas como montañas, partiendo del costado del barco, se precipitaban contra el muelle continuando su avance tierra adentro.

La muchedumbre, apiñada en los muelles, huyó despavorida.

La primera ola gigantesca rompió a pocos metros del monumento a Colón, pero, detrás de ella se veía avanzar otra mayor aún que amenazaba llegar más lejos.

Los vendedores olvidaron sus puestos. Todo el mundo intentó apartarse lo más aprisa posible. En su precipitación, empujaban y derribaban a cuantos se interponían. Niños y mujeres rodaron por el suelo y fueron pisoteados sin miramiento.

La gente que bajaba por la Rambla, al contemplar la terrible escena, quedó sobrecogida, sin comprender el por qué de aquel pánico ciego.

Luego, llegó a sus oídos una especie de zumbido ronco, intenso, que, hacía daño a los oídos.

Allá en el agua, sobre la cima de una de las monstruosas olas, se vio alzarse el «Corisco», arrancadas sus anclas por la presión enorme de la mar embravecida.

Durante unos instantes apareció suspendido entre mar y tierra. El zumbido alcanzó una nota más aguda. Luego, como por arte de magia, el vaporcito se desintegró, y donde había estado, sólo se vio flotar una nube de finísimo polvo. En aquel preciso instante, otra ola, mayor que las anteriores, se estrelló contra la base de la columna que sostiene a Colón.

Durante unos momentos, el estupor paralizó a cuantos contemplaron el suceso. Algunas mujeres se desmayaron, otras empezaron a dar gritos y emprendieron desenfrenada huida, apartando violentamente a cuantos encontraban á su paso.

El peligro había pasado sin embargo. Como si el «Corisco» hubiera servido de víctima propiciatoria ofrendada a los genios del mar, las aguas fueron retrocediendo muelle abajo y las olas disminuyeron poco a poco de tamaño hasta convertirse en simples rizos que, a su vez, recobraron la forma de círculos concéntricos y acabaron por desvanecerse, dejando la superficie del mar tan lisa y serena como si nada hubiese ocurrido.

Reponiéndose de su asombro, los tripulantes de un buque que había logrado permanecer en su atracadero durante toda aquella borrasca misteriosa, botó un par de lanchas y las mandó en busca de los supervivientes del malhadado «Corisco».

Pero buscó en vano. Los centenares de curiosos habían desaparecido tan misteriosamente como el barco a bordo del cual se habían hallado.

Y jamás volvió a encontrarse de ellos ni los huesos.

CAPÍTULO VII

YUMA

Mientras la noticia de lo sucedido se propagaba por todo Barcelona con la velocidad del relámpago, un automóvil pequeño, cerrado, salía del jardín de una casita que se alzaba al pie de la colina en que estaba edificado el Instituto.

Un anciano de blanca cabellera, encorvadas espaldas, pómulos salientes y hundidas mejillas, envuelto en larga capa, iba sentado al volante.

El vehículo recorrió el Pasea del Valle de Hebron, bajó por la Avenida de la República Argentina y la calle Mayor de Gracia y, al llegar a la Diagonal, torció a la izquierda metiéndose, por la calle de Córcega.

Se detuvo en un lugar casi despoblado. Apeóse el anciano y echó una penetrante mirada a su alrededor. No se veía un alma. Se quitó la capa.

Aquella prenda, cuya extraordinaria finura permitía doblarla hasta formar tan reducido bulto que cabía holgadamente en un bolsillo, poseía otras propiedades maravillosas. Negra por un lado, era por el otro de una sustancia extraña que refractaba la luz sin reflejarla. Es decir, que al tocar los rayos de luz su superficie, quedaban desviadas por completo, resultando la capa, por consiguiente, invisible por aquel lado. Innecesario es decir que todo cuanto se cobijaba bajo dicha prenda, resultaba igualmente invisible cuando la parte negra quedaba hacia dentro.

El anciano volvió del revés la capa y se la puso. El efecto fue sorprendente. Como por arte de magia su cuerpo desapareció por completo, quedando visible tan sólo su cabeza.

Apareció de pronto una mano, se alzó, tiró de la capucha, semejante a la de un nazareno de Semana Santa andaluza o a la del hábito de un miembro, del Ku-Klux-Klan americano.

A medida que la capucha fue descendiendo sobre la cabeza del desconocido, su cara fue desapareciendo. Unos instantes después, el sitio en que se hallaba el anciano parecía tan desierto como el resto de la calle. Sólo la presencia del automóvil convencía de que lo visto no había sido un sueño. La bocacalle que de la calle Córcega conducía a la calle Provenza, un hombre que acertaba, a pasar se detuvo de pronto y miró a su alrededor con sorpresa. Hubiera jurado que algo le rozaba y que sentía una respiración cerca, pero, no viendo a persona alguna por allí, creyó haberlo imaginado y continuó su camino.

Unos minutos más tarde, la puerta del jardín del número 1245 de la calle de Provenza se abría silenciosamente sin que, al parecer, la tocara nadie.

Se oyó rechinar levemente la grava del camino, luego una serie de chasquidos tan quedos, que sólo un oído muy agudo hubiera podido percibirlos. Era el desconocido que oprimía la corona de su reloj de pulsera, sin conseguir respuesta a su llamada.

Una de las ventanas del hotelito se abrió silenciosamente y volvió, a cerrarse. Los pasos del hombre, invisible por el interior no se oían.

El hotelito entero estaba tan desierto como el día en que el señor Trévelez lo visitara.

Pero, había ciertas señales que no habían estado entonces y que la penetrante mirada del viejo descubrió e interpretó con bastante acierto.

Cerca de la puerta se veían en el piso de madera cuatro depresiones muy leves, como si alga muy pesado, con cuatro patas, hubiese descansado allí unos instantes.

Así se explicaba el charco de grasa que había junto a la puerta del jardín. Un camión (un automóvil no hubiera dejada una mancha tan grande) había servido para transportar la pesada mesa o lo que fuera hasta la casa.

En una de los cuartos de la planta baja aparecían de nuevo las depresiones, pero en número de ocho esta vez. Cuatro de ellas eran muy leves. Las otras cuatro estaban fuertemente marcadas y, entre unas y otras, se notaba rozada la madera.

Era evidente que, después de ser depositado el objeto en el suelo, había sido arrastrada unos centímetros.

En el suelo, junto a la puerta del cuarto, se veía una mancha oscura. No cabía la menor duda de que era sangre

El piso del resto de la casa no ofrecía nada nuevo, salvo en el descansillo, cerca de la escalera, donde se observaban dos rozaduras paralelas, casi indistinguibles.

El hombre invisible leyó en aquellas señales que alguien había estado echado en el suelo y que se había arrastrado por él.

Tenía la seguridad de que ese alguien era Manrique.

Vigilaría desde arriba de la escalera. Vería entrar, a los hombres que transportaban la cosa pesada. Aguardaría a que éstos, hubiesen entrado en la habitación de la planta baja. Se pondría a escuchar a la puerta.

Una de los intrusos le sorprendería allí, dándole un golpe que le privaría del conocimiento. La mancha de sangre lo demostraba. La hora del suceso quedaba fijada por la interrupción del mensaje radiado; las cuatro y media.

¿Qué habría sucedido después? ¿Qué habrían hecho de Manrique? ¿Por qué no contestaría éste a las llamadas? El desconocido volvió al cuarto de la planta baja. Calculaba que los intrusos habrían sido tres por lo menos: dos que transportarían aquella cosa de cuatro patas-tal vez más-y uno que había sorprendido a Manrique por la espalda.

Las ocho depresiones le intrigaban. ¿Por qué ocho? Porque el objeto no se hallaba en el punto deseado. Lo habían arrastrado un poco y luego lo habían dejado allí bastante rato. Por eso quedaba mucho más marcada la segunda serie de depresiones.

Pero, ¿qué significaba aquello? ¿Por qué había sido preciso correr unos centímetros más el artefacto? ¿Qué importaban unos centímetros más a menos?

El hombre invisible se agachó y examinó el suelo milímetro a milímetro.

Tenía una leve sospecha y quería confirmarla. Escudriñó, con especial cuidado, el borde de las planchas de madera que se hallaban más próximas a la superficie abarcada por las depresiones profundas, observó que, entre unas huellas y otras, mediaba una tabla. Su examen de la juntura de ésta le bastó para comprobar que parecía un poco más abierta que las vecinas.

Si no se equivocaba, allí había una trampa. Pera, si su suposición era cierta, la trampa tenía que cruzar, la habitación por completo, a menos que sus lados fueran irregulares. Porque, como suele ocurrir con los pisos de madera, las tablas eran de longitudes desiguales, de forma que no coincidían los extremos de ninguna de ellas y, no existía, por consiguiente, línea contigua alguna por los lados.

Contempló las paredes. Eran completamente lisas. No era fácil que se ocultara allí ningún resorte. Su mirada se detuvo en el interruptor de la luz, que ya estaba instalado.

Se acercó a él y lo dio. No pasó nada. Aunque estaba hecha la instalación, no había sido dada aún la corriente, ni había bombillas siquiera.

Asió el interruptor entero y tiró de él sin resultado. Luego probó hacerlo girar hacia la derecha. Nuevo fracaso. Al intentar hacerla hacia la izquierda, sin embargo, comprendió que había dado en el clavo.

Sonó un leve chasquido, seguida del zumbido de un motor eléctrico y, al volverse, vio que la sección del suelo en que se hallaban las depresiones se estaba hundiendo lentamente.

Aguardó a que se detuviera y se asomó. La profundidad no era muy grande. Reinaba la más profunda oscuridad allá abajo. Hizo girar el interruptor en sentido contrario y el suelo volvió a alzarse y ocupar su sitio.

El hombre invisible no se entretuvo en preguntarse de dónde saldría la corriente para hacer funcionar todo aquello. Dio de nuevo al interruptor y se colocó encima de aquella especie de ascensor, descendiendo con él.

Al llegar abajo, encendió una lámpara de bolsillo y miró a su alrededor.

Se encontraba en un sótano pequeño, que no contenía ni un solo mueble. En la pared, sin embargo, se veía un cuadro de interruptores de los empleados para líneas de alta tensión.

Cruzó el sótano. En una de las paredes había una puerta. La probó. Estaba cerrada con llave. Sacó una cajita del bolsillo y de ella extrajo un instrumento que introdujo en la cerradura. Un momento después se descorría el cerrojo.

Empujó la puerta y entró.

Al iluminar la estancia la luz de su lámpara, hizo dos descubrimientos simultáneamente. Primero vio un interruptor. Luego un cuerpo tendido en el suelo.

Dio al interruptor, y al inundarse de luz la habitación, se guardó la linterna de nuevo.

El hombre que yacía en el suelo era Manrique. Estaba atado de pies y manos y amordazado. Pero, seguramente, para que no pudiera intentar desatarse, le habían sujetado una de las manos a la espalda y la otra al pecho. Era esto lo que le había impedido alcanzar el reloj de su pulsera que llevaba y expedir un mensaje.

El hecho de que apareciera una lámpara, de bolsillo en el aire y de que se encendiera la luz sin que se viera a persona alguna, había bastado para que el agente comprendiera que era su jefe el que acudía en su auxilio.

Sintió que unos dedos invisibles asían sus ligaduras. Pero, antes de llevar a cabo su trabajo, se inmovilizaron bruscamente. La luz volvió a apagarse. Un chasquido anunció que había sido cerrada nuevamente la puerta.

Casi al mismo tiempo, se oyó el zumbido del motor que ponía en movimiento el suelo. Cesó un instante, volvió a oírse, y paró de nuevo. El suelo había subido y vuelto a bajar.

Durante un minuto completo reinó un silencio de muerte. Luego sonaron pisadas fuertes en el sótano contiguo y una voz dijo:

-Aquí no hay nadie.

-Estará en el otro cuarto. Alguien tiene que haber entrado. El ascensor no puede haber funcionado solo.

-La puerta esta sigue cerrada con llave.

-No me fío. Abre y no sueltes la pistola.

-Yo creo que se dejarían el suelo así los otros. Como iban cargados, no se acordarían a última hora de cerrarlo.

-No creo en esas distracciones.

-Reconozco, que es raro, pero ¿quién iba a venir aquí? Y de venir, ¿cómo iba a saber que existen estos sótanos y mucho menos la forma de hacer funcionar el ascensor?

Mientras hablaba, el hombre había introducido la llave en la cerradura. Abrió la puerta, se echó a un lado y aguardó. Al ver que nada ocurría, alargó la mano y dio al interruptor.

Pero tardó un rato en decidirse a entrar, y cuando lo hizo, fue asomando muy despacio, con la pistola preparada. Aparentemente, allí no había nadie más que el hombre que yacía en tierra.

-Pasa-le dijo a su compañero-. Ha sido una falsa alarma.

-Será todo lo falsa alarma que tú quieras-respondió el otro, entrando-. Pero yo no estoy tranquilo. ¿Es éste el hombre que nos hemos de llevar?

-Sí, y más vale que nos demos prisa. Pudiera llamar la atención de alguien el que haya un coche abandonado a la puerta de un hotelito vacío.

-Por aquí no pasa nadie hoy, no te preocupes.

Se agacharon para recoger á Manrique. Una voz amenazadora les detuvo en seco.

-Me parece que ha llegado el momento de que rasquéis el techo con las manos.

Los hombres volvieron, lentamente, la cabeza hacia el punto de donde había partido la voz. Una pistola, suspendida en el aire, sin visible punto de apoyo, les amenazaba.

-¡YUMA!-exclamo uno de ellos, roncamente, alzando las manos.

-Sí, «YUMA»-respondió la voz-. Yo soy la Voz que clama en el espacio contra todas las actividades de todos los criminales. Mío es el brazo invisible que castiga los desmanes, mía la Inteligencia contra la que se estrellan los malhechores más hábiles. Para mí no hay nada oculto ni imposible, pero las miradas humanas son incapaces de distinguirme más que cuando es voluntad mía que se me vea... ¡cómo ahora!

Algo pasó, de pronto, por encima de la pistola y apareció una cabeza. Pero no era ya la cabeza del anciano.

Era un rostro horrible, cubierto de una palidez cadavérica, en el que brillaban los ojos como dos ascuas.

Un terror supersticioso se apoderó de los dos hombres.

-¡Perdón!-gimió uno de ellos, cayendo de rodillas.

Una risa seca se escapó de los labios de la terrible aparición.

-¿Perdón? Y, ¿a quién perdonáis vosotros, hez de la Humanidad?

Entre tanto el otro, más valiente que su compañero, aprovechó que éste le escudaba a medias con su cuerpo para alzar la pistola.

-¡No sé si eres hombre o fantasma!-gritó de pronto-. ¡Pero voy a verlo ahora mismo!

Y apretó el gatillo.

Su compañero, sin embargo, asustado al oír la amenaza, se movió estropeándole la puntería. La bala pasó por encima de la cabeza flotante.

Yuma disparó a su vez, alcanzando al criminal en el hombro. Al ver caer a su compañero, el otro se puso de rodillas temblando de terror.

-¡Tienes un minuto justo para salvarte la vida!-anunció el misterioso personaje-. Habla. ¿Qué habéis venido a hacer aquí?

-He... hemos venido a buscar a este hombre.

-¿Y que ibais a hacer con él?

-Llevarle á quien nos mandó a buscarle.

-¿Quién es ése?

-No lo sabemos. No le habíamos visto nunca hasta ahora.

-¿Dónde habíais de llevarle?

-A una barraca abandonada de Casa Antúnez.

-¿Quién, os esperaba allí?

-Nadie.

-Tienes en muy poco aprecio la vida-dijo Yuma.

-¡Juro que es verdad lo que digo! ¡Nosotros no sabemos nada! ¡Un hombre nos ofreció mil pesetas a cada uno por venir aquí, sacar a este hombre sin ser vistos y llevarle a esa barraca!

¿Quién iba a pagaros?

-Nos dijo que encontraríamos el dinero allí, en un rincón, junto a la pared. Que lo cogiéramos, dejáramos al hombre y nos fuéramos. Dijo que, si intentábamos llevarnos el dinero sin traer el hombre, pagaríamos la traición con la vida y que, en cambio, si cumplíamos, nos daría mucho dinero fácil de ganar.

-¿Habíais trabajado ya alguna vez para ese hombre?

-Nunca.

-Descríbemelo.

El hombre lo hizo.

-¿Dónde está esa barraca?

El maleante dio las instrucciones necesarias para encontrarla.

-¿Cómo sabíais hacer funcionar el ascensor?

-Nos dio las señas de esta casa y nos explicó lo del interruptor. También nos dio la llave de este cuarto. ¡Le juro que no sabemos nada más!

El hombre parecía tener demasiado miedo para mentir. Además, ni él ni su compañero hacían cara de ser otra cosa que vulgares maleantes.

-¡Desata a ese hombre!-ordenó Yuma.

Con manos temblorosas, el hombre luchó con los nudos y los fue deshaciendo. Manrique se incorporó, se quitó la mordaza y se frotó las muñecas y las piernas para restablecer la circulación.

En cuanto se le pasó un poco el entumecimiento, recogió la pistola que había dejado caer el herido.

-¡Cuídate de él!-ordenó la pálida cabeza.

El agente de Yuma apuntó al maleante. La pistola flotante desapareció, igual sucedió con la cabeza.

-¡Es imposible que sea un ser humano!-exclamó el hombre, castañeteándole los dientes.

No bien hubo pronunciada estas palabras, soltó un grito de espanto. Había sentido que le pinchaban en la espalda.

-¡Piedad! ¡Piedad!-exclamó, aterrado-. ¡He dicho la verdad! ¡He dicho la verdad!

Notaba que las fuerzas se le escapaban del cuerpo. Las piernas se negaban a sostenerle. La voz se le convirtió en un ronco susurro. Con los ojos desorbitados de horror, el maleante se desplomó como un saco. Hizo un último y vano esfuerzo por soltar un grito y perdió el conocimiento.

CAPÍTULO VIII

UN CHANTAJE EN GRAN ESCALA

Unas manos flotantes aparecieron cerca del herido. Una de ellas, armada de una jeringa, le dio una inyección en el brazo.

Luego las manos le quitaron la chaqueta, le desabrocharon la camisa y dejaron al descubierto el hombro. No había más que un leve rasguño, tan leve, que apenas había brotado la sangre. Yuma no disparaba balas mortíferas, sino proyectiles químicos que hacían perder, temporalmente, el conocimiento.

-Dormirán dos horas por lo menos-dijo la voz del hombre invisible-. Tenemos tiempo. Habla.

Manrique le describió, en pocas palabras, la llegada de los hombres y cómo había sido sorprendido por uno de ellos mientras escuchaba.

-Perdí el conocimiento-dijo-, y, cuando lo recobré, me encontré aquí, tal como usted me ha encontrado. Estaba completamente solo y a oscuras. Pero la puerta estaba abierta y oía moverse a varios hombres en el sótano de fuera.

»-¿Estás preparado?-preguntó una voz.

»-Aguarda que ponga el reóstato a cero.

»-¿Está bien dirigido?

»-Abarcará, aproximadamente, toda la zona del puerto de la Paz.

»-¿Doy la corriente?

»-Sí.

»Oí un chispazo y comprendí que habrían cerrado un interruptor de cuchilla. Durante un momento no se oyó nada.

»-¿Qué pasa?-preguntó la voz que había hablado primero-. ¿No funciona?

»-Estoy aguardando a que se caliente.

»Al cabo de un par de minutos, empecé a oír un zumbido que fue aumentando de volumen poco á poco. Era como cuando arranca un motor eléctrico. Duraría cosa de un cuarto de hora. Luego el zumbido volvió a apagarse paulatinamente.

»-¿Ya se terminó?-preguntó uno.

»-Sí, he ido aumentando hasta llegar al máximo. En estos momentos el pánico debe ser indescriptible.

»Sentí un escalofrío. No me había equivocado al creer que algo diabólico se tramaba. Los dos hombres siguieron hablando. El tercero, el que me había sorprendido, debía haber vuelto al camión, porque no se le oía.

»-Habrá que desmontar eso.

»-No corre prisa. Le dije a Jorge que se llevara el camión para que no estuviera parado tanto tiempo a la puerta. Tardará diez minutos mas en regresar.

»-¿Qué hacemos con nuestra prisionero?

»-De momento le dejaremos aquí. Luego mandaremos dos hombres a buscarle y aparecerá mañana o pasado en una silla de las Ramblas.

»-¿No sería mejor liquidarle aquí?

»-No. No sabemos si se trata de un hombre que nos ha vigilado por pura curiosidad, o si le ha mandado alguien. A lo mejor se sabe dónde estaba y, cuando desaparezca, vendrán a registrar la casa. Entonces podrían dar con la entrada de los sótanos por casualidad. Lo peor no sería que le encontraran muerto o vivo, sino que no podríamos volver a utilizar este sitio. Y eso sería una lástima.

»-Pero, ¿no le buscarán aquí igual si nos lo llevamos?

»-Si se encuentra su cadáver en algún otro lado, no tienen por qué acercarse aquí. No podrán saber dónde ha muerto. Decididamente, será menos peligroso que se encuentre su cadáver mañana. Seguramente no le echarán de menos hasta entonces.

»Oí que se movían de un lado á otro, ruido de metal y de cristal. Luego, al cabo de un rato, sonó un timbre de esos que zumban en lugar de tintinear.

»-Ya está aquí Jorge-dijo uno de ellos.

»Percibí el ruido del ascensor. A continuación, los dos hombres, ayudados por el tercero, trasladaron algo al suelo que había bajado y marcharon sin asomarse aquí siquiera.

-¿No viste la cara a ninguno de esos hombres?

-No, sólo pude ver que llevaban mono. Del tercero no vi ni eso siquiera, porque se acercó a mí sin que yo me diera cuenta.

-Bien, lo primero que hay que hacer es sacar de aquí a estos hombres. Te los llevarás tú en el automóvil que ellos mismos han dejado a la puerta. Condúcelos a tu propia casa. Cuando despierten, habrán perdido por completo la memoria. Antes de una hora tendrás en tu poder los papeles necesarios. Ya sabes lo que tienes que hacer.

Sacaron a los dos hombres y los colocaron sobre el suelo del ascensor. Después de rebuscar unos momentos, el hombre invisible dio con el resorte que lo ponía en marcha desde abajo y subieron todo.

Yuma se asomó a la ventana.

-No veo a nadie por los alrededores-dijo-. Pero aguarda hasta que eche una mirada por la calle.

Se abrió la ventana, transcurrieron unos instantes. Luego volvió a oírse la voz en el cuarto.

-Vamos-dijo-. Saldremos por la puerta. Tiene una cerradura de las que se cierran de golpe.

Asieron a uno de los hombres y le levantaron, sujetándole uno por cada lado. Como, Yuma era invisible, cualquiera que acertara a pasar creería que era un hombre borracho o enfermo que salía ayudado por un amigo.

Así metieron a los dos en el automóvil cerrado que había a la puerta del jardín.

-Lávate la cabeza cuando llegues a casa. Tienes un corte sin importancia en el cuero cabelludo, pero ha sangrado bastante y te ha quedado el pelo hecho un pegote. Cuando esté todo preparado, avisa.

Manrique se sentó al volante y puso en marcha el automóvil.

Unos minutos más tarde, allá en la calle Córcega, apareció junto al automóvil abandonado una cabeza. Era la del anciano y no el espantoso rostro que se había visto en los sótanos del hotelito.

Se quitó la capa y apareció de cuerpo entero. La volvió del revés y se la puso con el lado negro por fuera. Montó en el coche y desapareció calle Córcega arriba.

***

Manrique llegó al hotelito en que vivía, cerca de la Travesera. Se apeó para abrir la puerta del jardín y, al mismo tiempo, recogió el diario de la noche que el repartidor había tirado dentro..

Metió, a continuación, el coche en el garaje contiguo a la casa, cerró las puertas y arrastró a los dos hombres por la puerta interior que comunicaba con el vestíbulo del hotelito. Sentó a cada uno de ellos en una butaca de la sala y los registró minuciosamente. Nada llevaban encima que pudiera delatar su personalidad ni su oficio.

Satisfecho, fue a lavarse y desinfectarse la herida y regresó al lado de los maleantes. De pronto sonó el teléfono.

-¿Diga?-inquirió Manrique, descolgando el auricular y acercándoselo a la oreja.

-Yuma-dijo una voz singularmente vibrante.

-Escucho.

-Abre el cajón de tu mesa. Encontrarás las siguientes cosas dentro: una máquina fotográfica, varios chasis cargados, un trípode y una jeringa.

-¿Qué he de hacer con todo ello?

-La jeringa contiene un líquido que hará recobrar el conocimiento a tus dos prisioneros. Su acción es temporal nada más. Inyecta a cada uno de los hombres la mitad de su contenido. Permanecerán despiertos treinta segundos.

-Comprendo.

-Antes de usarlo, saca la máquina, colócala sobre el trípode y enfoca bien a uno de los prisioneros. Aprovecha los instantes para sacarle una fotografía cuando vuelva en sí. Haz lo propio con el otro.

-Así lo haré.

-A continuación, deja preparados los chasis que hayas impresionado. Ya irá alguien a recogerlos. ¿Comprendes?

-Sí, señor.

-En cuanto a lo que has de hacer cuando los hombres vuelvan en sí y se encuentren sin memoria, no es necesario que te lo recuerde. Lo sabes de sobra. ¿No es cierto?

-Sí, señor.

-Nada más.

Se cortó la comunicación.

Obedeciendo las instrucciones recibidas, Manrique abrió el cajón. Durante su ausencia, el misterioso personaje había introducido en él todas las cosas que mencionara.

Sacó la máquina fotográfica y el trípode, que instaló frente a uno de los hombres. Volvió a la mesa en busca de un chasis cargado y la jeringa. Colocó la placa en el aparato, se acercó al hombre y le inyectó la mitad del contenido de la hipodérmica.

A los pocos instantes, el maleante alzó la cabeza, abrió los ojos, permaneció así cosa de medio minuto y volvió a sumirse en un profundo, sopor. Pero aquellos fugaces segundos habían bastado para que el agente de Yuma sacara una fotografía.

Cambió la placa y enfocó al otro hombre con la máquina, repitiendo la operación. Luego depositó los dos chasis cargados sobre la mesa, guardó máquina y trípode, y sentándose en un sillón se dispuso a leer El Noticiero.

Al desplegar el periódico vio, en la primera plana y con grandes titulares, la noticia de lo sucedido aquella tarde en la Puerta de la Paz. Palideció al leerla, horrorizado por la magnitud del desastre. Yuma no le había dicho nada y aquello era lo primero que sabía del asunto.

Leyó de cabo a rabo el relato de testigos presénciales y las fantásticas teorías de los redactores del diario. En realidad, ninguno acertaba a explicarse el suceso.

Mientras Manrique intentaba hilvanar su aventura con la catástrofe, el señor Trévelez, allá en su despacho secreto, descolgaba el teléfono.

-Garvez-dijo una voz.

-Mande a casa de Manrique-ordenó Trévelez-. Le entregará dos placas fotográficas. Revélelas y prepare dos pasaportes mejicanos. Mándeselos junto con tres billetes de ferrocarril a Vigo para el expreso de mañana.

-Entendido.

-Envíe un agente a Provenza 1245 con orden de seguir a cualquiera que entre en la casa e informarle enseguida. Mande otro agente a Casa Antúnez. (Le dio instrucciones para que pudiera dar con la barraca.) Encontrará dos mil pesetas en un rincón. Que las recoja. Que espere luego a que se presente alguien y le siga, procurando no ser visto. Debe avisar inmediatamente en cuanto averigüe algo concreto.

-¿Nada más?

-Eso es todo.

Trévelez colgó el aparato. Media hora más tarde dormía como un bendito.

CAPÍTULO IX

LOS HERMANOS QUERETARO

Manrique se levantó de la cama, se aseó rápidamente y volvió a la sala de su casa.

Los dos prisioneros seguían sin conocimiento, cada uno de ellos en una butaca.

Consultó su reloj, eran las cuatro de la madrugada. Cogió una novela y se sentó a su vez. No llevaba cinco minutos haciéndolo, sin embargo, cuando sonó el timbre de la puerta.

Salió a abrir. No había nadie, pero, a un lado, vio un sobre abultado que le iba dirigido, Lo recogió y volvió a la sala.

Al abrir el sobre, dos pasaportes, tres billetes de ferrocarril y varias cartas cayeron sobre la mesa. Hojeó los primeros. El uno estaba extendido a nombre de Juan Querétaro, el otro, al de Pedro, del mismo apellido. A juzgar por los detalles complementarios, ambos eran hermanos, naturales de Veracruz, Méjico.

Los billetes de ferrocarril eran de primera para Vigo. Las cartas iban dirigidas indistintamente a Juan y a Pedro, a Lista de Correos y parecían ser de familiares suyos residentes en Méjico. Estaban redactadas en tales términos, que hacían suponer que Juan y Pedro sólo habían venido a España a pasar una temporada. En una de ellas, incluso un pariente suyo anunciaba que saldría a recibirles al barco.

Manrique se guardó uno de los billetes de ferrocarril y repartió los otros, los pasaportes y las cartas por los bolsillos de sus dos prisioneros. Hecho esto, tomó la novela y se puso a leer de nuevo.

Transcurrió cerca de media hora antes de que uno de los dos hombres empezara a dar señales de vida. Se movió, inquieto, en su asiento, acabó por abrir los ojos e incorporarse.

Miró a su alrededor como atontado.

-¿Donde estoy?-preguntó.

-En mi casa-respondió Manrique, dejando la novela encima de la artesa.

-¿En su casa?-repitió el hombre, aturdido.

-Sí, Pedro, os traje aquí después del accidente.

-¿Qué accidente?

-Pero, ¿no te acuerdas de lo que ocurrió en la Puerta de la Paz?

El hombre le miró, como quien mira a un loco.

-No tengo la menor idea de lo que me está hablando. ¿Quién es usted?

-Eso, ¿quién es usted?-coreó el otro, que acababa de recobrar el conocimiento también.

-Yo soy Manrique. ¿Qué os pasa? ¿Qué broma es esta? ¿Por qué fingís no conocerme ahora?

El que había hablado primero se pasó la mano por la frente, aturdido.

-¿Seré yo quién se ha vuelto loco?-murmuró-. No me acuerdo de nada... ¡ni de quien soy siquiera!

-¡Yo tampoco!-casi gimió el otro.

Manrique les miró, fingiendo la más viva sorpresa,

-¿Es posible?-exclamó-. ¿No será esto una broma vuestra?

-¿Broma? ¡Ganas de broma: tengo! ¡No me acuerdo de nada absolutamente! No sé quién soy, no sé quién es usted, no sé dónde me encuentro. Si eso es una broma, entonces debo ser yo la víctima de ella.

Manrique se volvió hacia el otro.

-¿Y tú, Juan?-preguntó:-¿Te pasa lo mismo que a tu hermano?

-¿Mi hermano?-contestó el hombre, boquiabierto-. Pero...¿es mi hermano éste?

El agente de Yuma logró que su semblante reflejara un asombro profundo.

-Es el primer caso de amnesia que conozco.

-No sé quien es usted-dijo aquel a quien Manrique había llamado Pedro-. Pero me tutea como si fuéramos intimos amigos. No entiendo una palabra de lo que está sucediendo. Empiezo a sospechar que se trata de una pesadilla y que pronto despertaré de ella.

Se llevó las manos a la cabeza y se la oprimió con fuerza.

-¡No comprendo!... ¡No comprendo!-exclamó.

-Ni yo tampoco-dijo el otro, con angustia-. Usted, que parece tan sereno, ¿por qué no nos explica la que está sucediendo?

Manrique guardó silencio unos momentos. Luego dijo:

-Es evidente que la conmoción que habéis sufrido os ha privado momentáneamente, de la memoria. Nunca me había encontrado en un caso semejante. Dejadme que reflexione. Confieso que, de momento, no sé cómo solucionar el problema.

Reinó el silencio unos instantes, durante los cuales los dos hombres, cada vez más perplejos, contemplaron al otro con ansiedad, aguardando el resultado de su meditación.

-Se me antoja-dijo Manrique por fin-, que no hay más que una manera de resolver el asunto. Os voy a contar todo lo que de vosotros sé y cómo nos conocimos. Tal vez así se os vaya despertando la memoria.

-¡Esto es horrible!-exclamó Pedro, volviendo a asirse la cabeza con las dos manos y a estrujársela, como si esperase así despertar sus recuerdos-. ¡Por favor! ¡Hable!

-Hace cosa de una semana-empezó a decir Manrique-, conocí a ustedes en una fiesta que daban en el Ritz. Estábamos sentados a la misma mesa y, como ninguno de los tres era aficionado al baile, nos pusimos a contemplar a los qué bailaban y, por la identidad de gustos, entablamos conversación.

Hizo una pequeña pausa, como para poner en orden sus ideas, y prosiguió:

-Me dijisteis que erais mejicanos, de Veracruz, los dos hermanos, por añadidura.

Los dos hombres se miraron, como si intentaran reconocerse. Luego volvieron a fijar la vista en el agente de Yuma, que seguía hablando.

-Al parecer, habíais venido a España para conocerla y llevabais cerca de dos meses aquí. Tú me dijiste que te llamabas Pedro, tu hermano dijo responder al nombre de Juan.

»Pensabais volver pronto a Méjico, donde os esperaba la familia. Antes de separarnos aquella tarde nos hicimos la mar de amigos. Como congeniábamos, empezamos a tutearnos y decidimos que, mientras estuvierais vosotros aquí, saldríamos juntos a todas partes.

-¿Dónde estamos ahora?-preguntó uno de ellos-. ¿En qué población?

-En Barcelona.

-¿Dónde vivíamos?-inquirió el otro. En algún lugar hemos de habernos alojado.

-Eso no lo sé. No me lo dijisteis ni me preocupé yo de preguntároslo. Nos encontrábamos todos los días en el café.

-Sigue.

-Durante la pasada semana estuvimos en muchos sitios. Ayer, por la tarde, decidimos dar una vuelta por el puerto. Estábamos cerca de la orilla del mar, cuando... Pero ¿para qué voy a contaros eso? Aquí tenéis el periódico. Leedlo y me ahorraréis ese trabajo.

Ofreció El Noticiero a Pedro, quien lo tomó mecánicamente y se puso a leer la noticia de la catástrofe, Luego se lo entregó a su supuesto hermano, que la leyó con asombro a su vez,

-Y... ¿estábamos nosotros allí cuando ocurrió eso?-inquirió Pedro, aturdido.

Manrique movió, afirmativamente, la cabeza.

-Cuando empezó a oírse ese zumbido tan raro, os afectasteis muchísimo. Supongo que será porque sois más nerviosos que yo. Sea como fuere, el caso es que, de pronto, caísteis los dos al suelo sin conocimiento. Yo intenté levantaros en el preciso momento en que empezaba a huir la gente, espantada.

»Dios sabe cuántas personas caerían encima de nosotros. Creí que no íbamos a salir de allí con vida. A mí me pegaron tan fuerte golpe contra el suelo que me abrieron la cabeza. Mirad cómo la tengo.

Volvió la cabeza y les enseñó la herida que recibiera en el hotelito de la calle Provenza. Luego continuó:

-Cuando pasó la multitud, yo, que había perdido el conocimiento del golpe también, lo recobré muy pronto y os busqué. Se conoce que los que huían me habían arrastrado consigo un buen trecho, pues ya no me encontraba a vuestro lado. Di con vuestro paradero y os vi completamente inmóviles. Temí que estuvierais muertos, pero, al examinamos, me di cuenta de que a, los dos os latía el corazón.

»En aquel momento llegaban ambulancias y equipos de socorro. Cuando supieron que aun vivíais, fuisteis recogidos de los primeros y yo fui con vosotros a la Casa de Socorro. Me curaron un poco la herida, que resultó ser de poca importancia, pero vosotros sufríais una conmoción tan fuerte, que no había manera de hacemos recobrar el conocimiento.

»El médico, sin embargo, me aseguró que la cosa no era de gravedad. Cuando salierais de vuestra modorra, no experimentaríais más que un leve dolor de cabeza que acabaría pasándose. Por, lo demás, quedaríais igual que si nada os hubiera sucedido. Me aconsejó que os llevara a vuestro domicilio, pues nada podía hacer él por acelerar vuestro restablecimiento y necesitaba el sitio que ocupabais para curar otras víctimas. Como no sabía dónde os alojabais, os traje a mi casa. Y aquí he estado esperando a que recobrarais el conocimiento. Supongo que la conmoción y los golpes que recibiríais al pisotearos la gente os habrán producido una amnesia que no tardará en curarse.

Durante unos momentos después de haber terminado Manrique su relato, ninguno de los dos hombres habló,

-Lo raro-acabó diciendo Pedro, lentamente-, es que yo no siento ningún dolor en la cabeza... ni en el cuerpo, a pesar de haberme pisoteado la gente como tú dices.

-Ni yo tampoco-aseguró Juan, tocándose en un sitio y en otro para ver si experimentaba dolor.

-Es curioso, en efecto-asintió Manrique-. Tanto mejor para vosotros. Mientras hacéis memoria, sin embargo, os aconsejo que os lavéis un poco. Va acercándose la hora del tren y no estamos preparados.

-¿El tren? -exclamaron los dos hombres a coro.

-Sí, ayer era el último día de vuestra estancia en Barcelona. Hoy teníais que tomar el tren para Vigo, donde pensabais embarcar para América. Yo quedé en acompañaros hasta Vigo, puesto que tenía unos negocios que atender allí. Vosotros mismos me sacasteis el billete al mismo tiempo que el vuestro.

-Y... ¿quién tiene nuestros billetes?-preguntó Pedro.

-Debéis llevarlos vosotros en el bolsillo.

Hasta aquel momento no se le había ocurrido a ninguno de los dos hombres buscar en sus bolsillos alguna prueba de su identidad, pero, al escuchar estas palabras de Manrique, se los vaciaron todos, encontrándose los billetes del ferrocarril, los pasaportes y las cartas.

Leyeron estas últimas con detenimiento, y aun cuando seguía costándoles trabajo creer lo que el otro les había dicho, la correspondencia aquella acabó de convencerles que eran las personas que Manrique había asegurado.

-Sigo sin recordar una palabra -anunció Juan. - Pero los pasaportes y las cartas no parecen dejar lugar a dudas. Parece ser que, en efecto, pensábamos marcharnos esta mañana, pero, ahora ya no podrá ser.

-¿Por que?-inquirió Manrique.

-Por dos cosas: primero, que no sabemos en qué hotel tenemos el equipaje y tendremos que poner un anuncio en los periódicos para averiguarlo...

-Por ese lado no os preocupéis. Según me dijisteis ayer, vuestro equipaje había salido ya facturado para Vigo. Os di ya el nombre de un amigo mío de allí a quien mandasteis el talón para que recogiera los bultos y los trasladara a un hotel próximo al mar y hasta los embarcase si se encontraba el barco allí ya, aunque no se le espera oficialmente en Vigo hasta mañana, ¿Cuál es la otra cosa?

-La falta de dinero. Par más que me registro, no me encuentro más que un centenar de pesetas. Como no tenga mi hermano...

-Me pasa lo que a ti-contestó el otro.

-No era fácil que tuvieseis más-sonrió Manrique-. Hace unos días me pedisteis que os guardara ya la mayor parte, porque no queríais abrir cuenta en ningún Banco ni entregarlo en el hotel para que os lo guardasen. Os quedasteis nada más que para los gastos de momento.

Y, levantándose del sillón, abrió un cajón de la mesa y sacó un fajo de billetes.

-Aquí lo tenéis-dijo.

Lo guardó Pedro, que aún no parecía estar del todo seguro de que no soñaba.

-¿Qué hacemos?-preguntó.

-Yo creo que lo mejor será que cumplamos al pie de la letra nuestro programa, Tomaremos el tren para Vigo esta mañana. Si no habéis recobrado la memoria por el camino, vuestro mejor plan es volver a Méjico, donde es seguro que el veros entre vuestra familia os hará restableceros mucho más aprisa.

-Me parece que tienes razón-asintió Pedro-. ¿Qué opinas tú, Juan?

-Que aquí no hacemos nada y que, mientras nos restablecemos o no, mejor será que estemos camino de nuestra casa.

Una vez tomada esta decisión, los dos hombres se dirigieron al cuarto de baño, a prepararse para emprender el viaje.

***

Trévelez se levantó a las seis, tomó un baño, se vistió y se introdujo, inmediatamente, en el despacho secreto.

Descolgó el auricular del teléfono al contestarle Garvez, ordenó:

-Informe.

-Manrique-dijo el jefe de los agentes-. Recogí las placas, preparé los pasaportes y se los mandé junto con los billetes de ferrocarril y cartas dirigida a Juan y Pedro Querétaro, Lista, de Correos, Barcelona. Manrique metió pasaportes, billetes y cartas en los bolsillos de los dos hombres. Despertaron a las cuatro de la madrugada sin saber ni quiénes eran. Manrique les convenció de fue eran Juan y Pedro Querétaro, mejicanos, naturales de Veracruz, que estaban en Barcelona de paso para Vigo, donde iban a embarcarse. Les dio a leer el periódico, asegurándoles luego los tres habían estada cerca de Colón al ocurrir la catástrofe. Les dijo fue ellos habían caído al suelo sin conocimiento y que él se había hecho el corte que llevaba en la cabeza. Se los había llevado a su casa, ya que habían de marchar juntos á Vigo. No comprendían por qué habrían perdido la memoria, pero suponían que volverían a recobrarla enseguida. Total, que los dos hombres, dándose cuenta de que nada adelantarían quedándose en Barcelona, acabaron declarándose dispuestos a continuar su viaje, en la esperanza de recobrar la memoria por el camino o de hacerlo en cuanto vieran a la familia que creen tener en Méjico. Manrique no les dejará ya hasta que estén a bordo del barco. He avisado a Guatemala para que se hagan cargo de ellos cuando desembarquen en Méjico.

-Bien, continúe.

-Doctor Prensa. Apenas ha hecho otra cosa que salir de su casa a la clínica. Acaba de asociarse con otro radiópata famosa: la doctora Dolores Arana, recién llegada de Suiza.

-¿En qué condiciones se ha asociado con ella?

-Creo que ella ha aportado una importante cantidad para ampliar la clínica y comprara aparatos nuevos.

-Prosiga.

-Hotelito. Santos ha vigilado toda la noche sin que se acercara nadie hasta poco, antes de que amaneciese.

-¿Fue alguien entonces?

-Sí, pero ese alguien ya iba seguido.

-Explíquese.

-Liga con lo de la barraca. Rodrigo fue á Casa Antúnez. Encontró las dos mil pesetas. A eso de las cuatro se presentó un hombre, entró y volvió a salir. Rodrigo le siguió. Montó el desconocido en un automóvil y Rodrigo pudo colgarse detrás. Fueran a parar a la calle Provenza. Santos los vio llegar, pero reconoció a Rodrigo y prefirió quedarse montando guardia por si hacía falta. El desconocido entró en el hotelito, bajó a los sótanos y volvió a salir. Santos se quedó vigilando la casa. Rodrigo siguió al hombre hasta la clínica del doctor Prensa, entró en ella y estuvo más de media hora. El agente no entró por que era demasiado arriesgado. Cuando volvió a salir el hombre, continuó siguiéndole hasta una casa de la Ronda de San Pablo. Rodrigo sigue vigilando la puerta.

-Retire a Santos del hotelito. No creo que vuelvan a acercarse a él ya. Releve a Rodrigo en cuanto le sea posible.

-¿Qué hago de las dos mil pesetas?

-Dárselas a algún instituto benéfico.

-Entendido.

Trévelez colgó el aparato y se quedó pensativo. Era evidente que el hombre había sido enviado a Casa Antúnez en busca de Manrique y que, al no encontrar a éste ni dar con el dinero, habría supuesto que los dos maleantes les habrían traicionado. El objeto de su visita a la calle de Provenza sería cerciorarse de que el prisionero había desaparecido. Luego había ido a llevar su informe de lo ocurrido a la clínica. Por consiguiente, los criminales no volverían a la calle de Provenza. El secreto del hotelito era conocido.

¿Qué relación existiría entre la clínica y los criminales? El hotelito era también propiedad del doctor Prensa. ¿Sería éste el dirigente de la cuadrilla de asesinos?

Volvió al despacho exterior. Alguien había echado el periódico de la mañana por debajo de la puerta.

Lo recogió, se sentó en un sillón y leyó la noticia de lo sucedido la noche anterior, que ocupaba, lugar preferente en primera plana. Pero los periódicos de la mañana no aportaban dato nuevo alguno a lo ya publicado en los de la noche.

Ojeó el resto del diario sin hallar nada de interés hasta llegar a las noticias de última hora. Allí, bajo el encabezamiento de «Un chantaje en gran escala», se decía que la sucursal de una Compañía de Vapores americana había recibido una nota, amenazando con destruir una de sus barcos en cuanto entrara en el puerto si no pagaba la cantidad de cien mil pesetas a un personaje misterioso que se firmaba «El Destructor».

En opinión de la Compañía amenazada, se trataba de un malhechor que, aprovechando la sucedida con el «Corisco», intentaba conseguir dinero mediante amenazas que carecía de medios para cumplir.

El señor Trévelez dobló, pensativo, el periódico, descolgó el teléfono y ordenó al conserje que le subiese el desayuno.

Una vez terminado éste, pidió el coche y abandonó el Instituto.

CAPÍTULO X

YUMA, AVISA

-¡Cuánto celebro verle, querido amigo!-exclamó el hombre de avanzada edad, levantándose del sillón que ocupaba.

El recién llegado le estrechó, cordialmente, la mano.

-Veo que sigue usted gozando de una salud envidiable-prosiguió el que había hablado-. No tenernos el gusto de verle por esta casa tan a menudo como sería nuestro gusto.

-Las ocupaciones no me lo permiten, Riego. Pero, esta mañana, al pasar por aquí, se me ocurrió detenerme un rato y entrar a saludarle.

-Ha llegado usted a tiempo para desayunar conmigo-anunció Riego-. Permítame que de las órdenes oportunas.

Y alargó la mano hacia el timbre,

Trévelez, pues él era, le contuvo con un gesto.

-Llame, en buena hora, para que le sirvan á usted el desayuno-dijo-. Pero, no cuente conmigo como compañero de mesa. Hace rato que desayuné, amigo mío.

-Tomará usted algo, por lo menos. Una copa de jerez, por ejemplo...

-Acepto, pero a condición de que no demore más su desayuno por mi culpa.

Los dos hombres se dirigieron al comedor y tomaron asiento. Un criado acudió enseguida y, cuando Riego estuvo desayunando y Trévelez tuvo delante una copa de jerez añejo, inquirió el primero:

-¿Cómo andan las cosas por el Instituto?

-Como siempre. Allí somos muy activos, y el que no se pasa el día trabajando, es porque ha estado toda la noche metido en el taller o el laboratorio. ¿Y a usted? ¿Cómo le van sus negocios navieros?

Riego no contestó durante unos momentos. Luego dijo:

-Apenas sé qué responder a esa pregunta. Van bien... y van mal. Es decir, los negocios en sí van bien, pero dadas las circunstancias...

-¿Se refiere usted a lo sucedido al «Corisco»?

-En parte. Cuanto pueda ocurrirle a una Compañía de navegación cualquiera nos alcanza de cerca. Todas ellas pertenecen al Trust y, por consiguiente, es el Trust quien carga con la responsabilidad siempre.

-¿Saben ustedes ya a qué achacar el desastre?

-En rigor, no puedo decir que sepamos nada, pero, a la luz de los últimos acontecimientos, casi me atrevo a afirmar que empiezan a desvanecerse las tinieblas.

-Confieso que esas palabras suyas me resultan enigmáticas en grado sumo. ¿Pecaré de indiscreto si le suplico que sea más explícito?

-Si eso me lo hubiera preguntado cualquier otra persona, hubiese dicho que sí, pero, tratándose de usted, querido amigo, la palabra indiscreción no existe. Máxime teniendo en cuenta que le considero a usted relacionado con el asunto, aunque no sea más que indirectamente.

-¡Caramba! ¡Ahora sí que comienza usted a intrigarme!

-Mis palabras podrán extrañarle pero son ciertas. ¿Recuerda que el señor Rebolledo fue a verle con una carta de recomendación mía?

-Eso ni se pregunta siquiera. ¿Ha conseguido su detective algún resultado positivo en sus investigaciones?

-Ninguno. Pero tengo el pleno convencimiento de que lo sucedido con el «Corisco» está relacionado con el asesinato de Duesto.

-¿En qué se funda para creer eso?

-En este caso me dejo guiar exclusivamente por mi instinto y estoy seguro de que no me engaño.

-Se me antoja que su instinto le lleva un poco lejos, amigo.

-No tanto como parece. Duesto, según su propia declaración, trabajaba en un invento que había de hacer más segura la navegación e impedir que muriera mucha gente.

-De acuerdo.

-Muere asesinado e, inmediatamente, hay un desastre en el que pierde la vida la mar de gente que se hallaba a bordo en aquel momento...

-No veo la relación...

-Pero existe. No lo dude, Trévelez, ¡existe! Parece como si alguien que tuviese la intención de iniciar una campaña de terror contra las compañías navieras, se hubiese enterado de que Duesto con su invento, pudiera hacer fracasar sus planes. Puesto que, por lo que hemos visto, se trata de gente que no da el menor valor a la vida humana asesinarían a Duesto sin el menor escrúpulo para que no pudiese estorbar.

-La posibilidad existe, pero no creo en ella. Si yo creyera que existe relación entre ambos sucesos, me inclinaría a dar una interpretación muy distinta a los hechos.

-¿Cuál?

-Se me antojaría más probable que fuere el invento de Duesto lo que se estaba empleando para producir catástrofes.

-Pero... ¡ si el aparato ese tenía por fin salvar vidas...!       ,

-No sería la primera vez que un invento capaz de mejorar la suerte de la Humanidad se empleara para destruirla. Pero, prescindiendo de eso, ¿qué motivos tiene usted para suponer que lo del «Corisco» fue obra de un terrorista y no un acto completamente fortuito? ¿Qué adelantaba nadie con destruir un vaporcito?

-¿No ha leído usted el periódico esta mañana?

-Sí.

-¿No se ha fijado en las noticias de última hora?

-¿Se refiere usted al chantaje del que se pretende hacer víctima a una Compañía americana?

-Al mismo.

-Los periódicos parecen creer que se trata de un atrevido que ha querido aprovecharse de las circunstancias y que nada ocurrirá si no se le hace caso.

-Prefiero que los diarios opinen así, aun cuando yo no comparto su criterio. En primer lugar, lamento que la noticia esa haya llegado a publicarse siquiera. De haberlo sabido yo a tiempo, hubiera conseguido que se guardara el secreto.

-¿Con qué fin?

-Se trata de una conspiración encaminada a explotar a todas las compañías de navegación del mundo. El hundimiento... o lo que quiera usted llamarle... del «Corisco» no fue más que el preludio, una especie de aviso para que todos supiéramos que podía destruirse misteriosamente un barco sin que hubiera medio de impedirlo ni, de dar con el autor de la atrocidad. Una vez demostrado el hecho, ése que se firma «El Destructor» dio principio a su campaña de chantaje, presentando el caso del «Corisco» como ejemplo de lo que ocurriría a todo barco que él amenazara. La Compañía americana, como todas las demás, pertenece al Trust y, naturalmente, nos dio cuenta enseguida de la amenaza. ¡Lástima que se le fuera la lengua y hablara también a la Policía! Este es un asunto naviero y nadie mejor que nosotros podrá solucionarlo.

-¿Cuándo fue amenazada la Compañía?

-Anoche. Alguien echó una carta debajo de la puerta de la casa en que reside el director.

-Y ¿qué decía esa carta exactamente?

-Lo que ya ha leído usted en los diarios. Lo único que agregaba era el nombre del vapor que había de ser destruido: el «Marchioness».

-¿Cuándo ha de entrar ese barco en el puerto de Barcelona?

-Se le espera el día veinte, aunque, claro está, pudiera retrasarse algo.

-Aún disponen ustedes de unos días para parar el golpe. ¿Qué piensan hacer?

-No lo sé. He de consultar con Rebolledo. Luego expondré su punto de vista y el mío a la junta directiva.

-¡Hum! La verdad es que es difícil saber qué aconsejar en un caso así. Le deseo que encuentren ustedes una solución satisfactoria, Riego. Entretanto, si en algo puedo serle útil...

-Muchas gracias, pero me temo que en esto hemos de bastarnos nosotros solos.

Unos minutos más tarde, Trévelez se despedía de Riego y subía a su automóvil que le aguardaba a la puerta.

***

En aquellos momentos, Rebolledo leía, en su despacho del Trust Naviero, una copia del mensaje que había sido enviado al director de la Compañía americana. Une sudor frío cubría todo su cuerpo. Después de la desintegración del «Corisco», no dudaba que los criminales cumplirían su amenaza si no se accedía a sus deseos.

Y estaba asustado. Porque Rebolledo era un buen detective, un hombre valiente capaz de jugarse la vida en cualquier momento, pero su impotencia ante la amenaza de algo que desconocía, contra lo que le era impasible luchar cuerpo a cuerpo, le llenaba de desaliento.

Estaba completamente desconcertado. No sabía qué partido tomar. No veía solución alguna por ningún lado.

Sonó el timbre del teléfono y no le hizo caso. Volvió a sonar y descolgó el auricular de mala gana.

-¿Diga?

La voz que le contesto le hizo el efecto de una sacudida eléctrica. Era baja, pero penetrante, y una energía extraordinaria parecía vibrar en ella.

-Habla Yuma-dijo la voz.

-¿Yuma?-exclamó Rebolledo, para quien el nombre no era desconocido.

Los que se dedicaban a investigaciones de todo género tenían que agradecer muchos favores al ser misterioso que tenía declarada la guerra al crimen.

-Sí, ese dinero no debe ser pagado.

-Pero ¿cómo se salvará entonces el buque?

-Hay que correr el riesgo de que sea destruido. Intentaremos salvarlo, sin embargo.

-¿Cómo?

-El “Marchioness” ha de atracar al muelle de Barcelona, ¿no es cierto?

-Sí.

-Dé órdenes, inmediatamente, para que sea acordonado el tinglado correspondiente. Nadie debe entrar desde este momento en adelante. Si hay alguien dentro, hay que registrarle y entesarse de quién es antes de permitirle que se marche. Puesto que la Policía ya se ha enterado del asunto, supongo que no encontrará usted dificultad en conseguir que se le autorice para prohibir el paso por ese trozo del muelle. Claro está que habrá gente que tenga necesidad de pasar para ir a la Estación Marítima o al Club Marítimo. Tales personas, aun cuando se las franquee el paso, tendrán que someterse a ser registrados. No deje usted pasar un paquete sin abrirlo. Y procure que toda, persona que cruce ese trozo de muelle lo haga acompañada de un agente de confianza, que, no debe permitir que se detenga un instante so pretexto alguno. La guardia continuará montada hasta el último momento. Cuando el buque entre en el puerto, debe ser abandonado inmediatamente por toda la tripulación, porque el peligro, seguramente, empezará en el momento en que haya atracado. Tendrá usted que mandar agentes a bordo para que puedan vigilar e impedir que se acerque persona alguna por el lado del mar. Luego, registrará usted el buque de proa a popa y desde la cofa mayor a la sentina. Todos los agentes deben permanecer en su puesto hasta que se note la trepidación inicial que señale la inminencia de la desintegración del buque. Si tal trepidación se nota, será señal de que, a pesar de todas las precauciones, la organización ha logrado introducir a alguien a bordo y ya no habrá tiempo de neutralizar su trabajo. Cuando haya establecido la guardia, haga registrar el tinglado minuciosamente.

-¿Qué es lo que hay que buscar?-preguntó el detective, con asombro.

-Sería demasiada complicado explicárselo. La destrucción se llevará a cabo con el invento de Duesto. Pero las vibraciones abarcan una zona determinada y es preciso concentrarlas en un puesto concreto. El registro deben efectuarlo personas entendidas en radio. No olvide nada de lo que le digo y vaya al Instituto de Inventores: Repita mi explicación. Usted no lo entenderá, pera allí la comprenderán perfectamente y le aclararán todo lo que le he dicho. No vaya ###I#켌띪#######지뒑지뒑al Instituto sin haber acordonado primeramente el tinglado. Si el buque quedara destruido, no se preocupe. Yo trabajo y velo. Tal vez la destrucción esa me diera la clave del enigma.

-Escuche...-empezó Rebolledo.

Pero hablaba al aire. El misterioso personaje había colgado ya el aparato.

CAPÍTULO XI

LA EXPLICACIÓN DEL MISTERIO

El señor Trévelez daba fin a la conversación de media hora que había tenido por teléfono y colgaba el auricular con gesto de satisfacción, cuando le fue anunciada la visita del detective Rebolledo.

Éste entró en el despacho, muy pálido, y se dejó caer en una butaca sin esperar a que le invitaran siquiera.

-¿Ha oído hablar de Yuma, señor Trévelez?-preguntó, sin andarse con preámbulos.

-Es demasiado conocida para que no haya llegado su nombre a mis oídos. ¿Ha hecho alguna de las suyas?

-Ha estado hablando conmigo hace pocos minutos.

-Me gustaría conocerle. ¿Qué aspecto tiene ese hombre de misterio?

-Nadie le ha visto... por lo menos en cuerpo entero. Se cuentan cosas fantásticas de él... pero no he venido a hablarle de eso. He hablado con él... por teléfono. Y me ha dicho que venga a verle.

-¿A mí?-exclamó Trévelez, enarcando las cejas, con sorpresa.

-No a usted precisamente, que viniera al Instituto.

-¿Con qué objeto?

-Para que ustedes me aclaren algunos puntos de este misterio.

-Ese Yuma será un hombre hábil, no lo dudo, pero esta vez me parece que da muy pocas pruebas de ello. ¿Cómo hemos de aclararle aquí nada si estamos tan despistados como usted?

-Le voy a repetir la conversación que con él sostuve. Tal vez, después de oírme, cambie usted de parecer.

Y Rebolledo se puso a contar lo que Yuma le había dicho.

A medida que hablaba, el semblante de Trévelez se iba tornando pensativo. Cuando hubo acabado el detective su relato, el hombre se acarició la barbilla.

-¡Hum!-dijo-. En efecto, en efecto...

-¿Ve usted ahora ya más claro el asunto?

-Clarísimo. Tuvo razón Yuma al mandarle aquí después de todo. Es una cosa que puedo aclararle yo mismo. El que las vibraciones abarquen una zona determinada y haya que concentrarlas es un rayo de luz en las tinieblas. Su petición de que técnicos de radio registren el edificio acaba de despejar las brumas. ¿Qué sabe usted de la teoría de las vibraciones, señor Rebolledo?

-Puede considerarme un profano en la materia.

-¡Hum! ¿Ha oído usted decir alguna vez que se han llegado a romper copas de cristal fino con sólo cantar unas notas determinadas?

-Sí, señor, pero confieso que me ha costado trabajo creerlo.

-Sin embargo, nada hay más cierto. Quien conoce la nota vibratoria de una cosa, conoce el medio de destruirla. Eso es lo que hacen esos señores. Si toma una copa de cristal y le da un golpe, observará que emite una nota musical. Eso los habrá notado usted, ¿no es cierto?

-Sí, señor.

-Esa nota la emite el cristal al vibrar. Si vibrara a esa misma velocidad o frecuencia durante un rato, el cristal no podría resistirlo y estallaría.

-Hasta ahí lo comprendo.

-Pues bien, si una persona acierta a cantar esta misma nota y prolongarla, hará que el cristal, afectado por la vibración de su voz, vibre a su vez y acabe estallando. Ese es el secreto de romper copas con la voz. ¿No le dice a usted nada eso?

-Me parece que empieza a formarse una idea, aunque muy nebulosa aún, en mi cerebro.

-Le ayudaré. Todas las cosas vibran.. Todas las cosas tienen su nota característica. Mientras la vibración de un objeto sea normal, el objeto subsiste. Si lográramos, sin embargo, elevar la frecuencia de sus vibraciones, llegaría un momento en que la capacidad vibratoria del objeto sería rebasada. La vibración sería tan fuerte, que sería impotente contra ella la ley de cohesión, que es la que hace que las moléculas permanezcan unidas. ¿Qué cree usted que ocurriría entonces?

-Que las moléculas no podrían seguir unidas.

-Precisamente. Las moléculas no podrían seguir unidas y se separarían o disgregarían, por lo que el objeto se convertiría en polvo. Eso es lo que ocurrió en el vapor “Corisco” y no hemos sabido comprenderlo hasta que Yuma nos ha señalado el camino.

-No acabo de comprender, señor Trévelez. Dice usted que hay que dar la nota y...

-Hay medios más científicos que ese, amigo mío. Si se logra emitir una serie de ondas de la misma frecuencia vibratoria que el objeto que se quiere destruir, se establece con él una especie de relación simpática. Basta ir aumentando poco a poco la frecuencia de las ondas para que el objeto en simpatía ya con ellas vibre al unísono y así se va consiguiendo que sea el objeto mismo que emita la nota suya y hasta que la rebase destruyéndose.

-Y ¿cómo es posible hacer eso?

-¿Recuerda usted que Duesto estaba investigando las propiedades de los cuerpos y su potencia vibratoria?

-Sí.

-Pues descubriría el medio de emitir ondas de elevadísima frecuencia en una dirección determinada. Los que le robaron el invento están empleando su aparato.

-En tal caso, resulta casi imposible dar con ellos. ¿Por qué me habrá pedido Yuma que acordone, el tinglado y que lo registre? ¿Qué adelantaré registrando el barco?

-Es evidente que Duesto descubrió la manera de emitir las ondas en cuestión y dirigirlas hacia una zona determinada, pero le era imposible aún concentrarlas en un punto concreto. ¿Se ha fijado usted en la diferencia que existe entre los rayos del sol al natural y los mismos rayos pasados por una lupa?

-Sí, al natural, pueden soportarse, a través de una lupa, se concentran y queman.

-Justo. Pues bien, lo que Duesto ha descubierto puede compararse al sol sin ayuda alguna. Es decir, así como los rayos del sol se esparcen y calientan sin producir incendio, las ondas de alta frecuencia de Duesto se esparcen sin producir destrozos. El aparato de Duesto en sí es incompleto. Necesita algo que haga en su caso lo mismo que hace la lupa en el caso del sol. ¿Me comprende?

-Sí.

-Confiese que Yuma ha tenida ingenio al darse cuenta de ello. Lo que él quiere que busque usted en el tinglado y en el buque es el equivalente de la lupa.

-Y ¿qué puede ser eso?

-Algo que concentre y reproduzca las vibraciones emitidas por el aparato de Duesto. Una especie de receptor con una placa vibratoria que comunique su trepidación al lugar en que se halle. Es difícil saber, exactamente, qué clase de receptor habrán ideado los que se han apoderado del invento de Duesto. Por eso le ha dicho Yuma que el registro deben efectuarlo personas entendidas en radio. Sabiendo lo que se busca, ellas reconocerán enseguida cualquier aparato, cualquier dispositivo que pueda servir de concentrador de ondas. Pide que haga el registro por si ha sido colocado dicho aparato. Le aconseja que no entre nadie en el muelle hasta el último momento para que nadie tenga ocasión de dejar dentro un aparato de esa clase. Porque el aparato pudiera ser escondido en el tinglado primero y ser trasladado más tarde a bordo. Si a pesar de todas las precauciones empieza a vibrar el buque el día veinte, será prueba de que no han sabido encontrar el aparato o que alguien ha logrado introducirse después con él.

-Tendré que buscar técnicos entonces para hacer el registro.

-Yo le acompañaré si no tiene inconveniente. Llame a los técnicos que quiera y yo me encargaré de explicarles lo que se busca. También tomaré yo parte en el registro.

-Se lo agradeceré infinitamente, señor Trévelez.

-Vamos, pues. No es cosa de perder más tiempo que el absolutamente necesario.

Una hora más tarde, cinco técnicos y el señor Trévelez registraban el tinglado y el muelle, sin dejar rincón alguno por mirar. Sus pesquisas resultaron vanas, sin embargo. No encontraron nada que se pareciera a un receptor en parte alguna.

-O lo han sabido esconder muy bien-anunció Trévelez-, o no han intentado colocarlo aún, en vista de que disponen de cinco días todavía.

-A lo mejor está metido en alguna de las paredes-dijo Rebolledo.

-No lo creo. Con toda seguridad su intención era dejarlo en cualquier rincón. Un estibador podía encargarse de pasarlo a bordo en el momento oportuno. No creerían necesario esconderlo mucho, ya que no podían sospechar que íbamos a dar tan pronto con la explicación del misterio. Yo opino que no ha sido instalado aún. Que vigilen bien los agentes y tal vez salvemos el buque.

CAPÍTULO XII

UN DESCUBRIMIENTO

-¡Hola, doctor!-exclamó la muchacha, deteniéndose unos instantes en la puerta del despacho-. Creí que esta usted tomando radiografías.

-He dejado que se encargue de ello mi ayudante-contestó el hombre moreno, entrado en carnes, que se hallaba sentado en un sillón junto a la mesa.

-¡Malo! ¡Malo! Esas cosas no deben dejarse en manos de subordinados- murmuró la joven en son de reproche.

Entró en la habitación, se arrellanó cómodamente en una butaca, sacó una pitillera del bolsillo de su blanca bata y, extrayendo un cigarrillo, se lo colocó entre los labios.

El hombre se levantó apresuradamente para ofrecerle lumbre. La muchacha alzó la cabeza y le miró con sus candorosos ojos azules mientras una leve sonrisa se dibujaba en los gordezuelos y rojos labios que adornaban un rostro ovalado y blanco, de exquisita hermosura.

-He sabido-anunció el hombre mientras ella encendía-, que el doctor Prensa ha tenido que ausentarse inesperadamente, y como no estando él, recae sobre usted la dirección de la clínica, he acudido inmediatamente a ponerme a sus órdenes, doctora Arana.

-Y... ¿es a eso exclusivamente a lo que debo el honor de su visita?

-A eso... y al placer que experimento siempre cuando me encuentro en su compañía.

-Es usted muy amable, doctor.

-No tanto como llegaría a serlo si usted me lo permitiera, Dolores-agregó bruscamente:-¿Cuándo piensa casarse conmigo?

-Cuando la tierra dé vueltas alrededor de la luna.

-Si la constancia es una virtud, he de reconocer que es usted la mujer más virtuosa que he conocido. Me ha dado ya esa contestación veinte veces por lo menos.

-Aún espero dársela otras tantas si persiste en sus pretensiones, Jacinto.

-¿Tan antipático le resulto?

-Ni la antipatía ni la simpatía figuran para nada en este asunto. El matrimonio carece para mí de atractivos. Tengo nombradía en mi profesión, no carezco de fortuna. ¿Qué adelantaré casándome? Tan sólo perder mi libertad. ¿Qué puede usted ofrecerme a cambio de ella, doctor Vigo?

-Mi cariño. Un nombre que, si no ha alcanzado la rama del suyo, no por eso deja de ser conocido. Y, en cuanto a medios de fortuna, no soy tan pobre como parezco, aunque me conforme, de momento, con ser un simple colaborador del doctor Prensa y suyo. Dígame, ¿por qué habla usted siempre tan despectivamente del amor? Parece una solterona amargada.

-Es posible que lo sea. ¿Qué edad cree usted que tengo?

-Veinticinco años escasos.

-¡Cómo se deja engañar por las apariencias! Tengo los treinta y cinco cumplidos.

-¡Imposible!

-¿Es preciso que le presente mi certificado de nacimiento?

-Pues nadie lo creería. Le aseguro que no los aparenta.

-¿Usted cree que se alcanza la fama en un día? ¿Usted cree que con veinticinco años hubiera podido llegar al punto en que me encuentro? He tenido que luchar mucho... muchísimo... mucho más de lo que usted se figura. He llegado a ser una figura eminente en mi profesión a costa de Dios sabe cuántos sacrificios. La belleza, esa belleza mía que a usted tanto le atrae, sólo ha servido para sembrar en mi camino obstáculos que una mujer fea no hubiera conocido. Me han sobrado protectores, pero protectores que querían hundirme convertirme en juguete de sus pasiones rastreras. Muchos me han ofrecido su ayuda... con el santo propósito de cobrármela luego con intereses. La vida, a fuerza de darme golpes, me ha convertido en una cínica. Hoy, sólo una cosa ambiciono: el poder. Y, si alguno pudiera poner en mis manos los medios de hacerme respetar y obedecer... ¡ah!... ¡es posible que entonces logrará conmoverme hasta el punto no digo yo de sentir amor, pero sí experimentar un sentimiento que pudiera servirle de sustituto! ¡Si yo poseyera el secreto de esos hombres que han destruido un barco y amenazan con hacer desaparecer a otro, si fuera mío ese poder terrible que aniquila...!

El hombre la había escuchado con sorpresa. Parecía mentira que aquel ser de cara angelical, nimbado por la rubia cabellera, hablara con tanta vehemencia, con tanta amargura, con tanto anhelo y, que centellearan los candorosos ojos de una manera tan terrible.

-¿Qué haría usted, Dolores, si ese poder fuera suyo?-inquirió.

-¡Doblegaría al mundo a mis caprichos! ¡Mandaría y sería obedecida! ¡No habría más ley que mi palabra ni más deber que el de satisfacer mis deseos!

La doctora estaba soberbiamente hermosa. Con las mejillas encendidas, entreabiertos los labios, rutilantes los ojos, ejercía un poder de fascinación tan grande, que el médico se sentía sin fuerzas para resistirle.

Lenta, muy lentamente, como si le fueran arrancadas las palabras de la boca, preguntó:

-¿Qué diría usted, doctora Arana, si pudiera yo ofrecerle ese poder que ambiciona?

Se obró en la muchacha una transformación sorprendente. El color desapareció de sus mejillas, la sonrisa se desvaneció de sus labios, una expresión singular apareció en su semblante y su mirada se tornó sombría.

-¿Usted, doctor?-exclamó con voz opaca-. ¿Usted puede ofrecerme eso?

El médico, observando el cambio, la dirigió una mirada de extrañeza. Dijo:

-Yo, Dolores, pero no ahora. Hace tiempo que investigo, que experimento... ando muy cerca de descubrir el secreto. Es cuestión de semanas, de días, de horas, tal vez de minutos, ¿quién sabe? Á lo mejor resuelvo los últimos detalles cuando menos se lo espera. ¿Qué diría usted entonces?

La doctora se inclinó hacia su compañero y las doradas guedejas le acariciaron el rostro embriagándolo con su aroma.

-Diría, Jacinto, que había llegado la hora de que usted y yo habláramos en serio.

Y, tras tan ambigua respuesta, la doctora Dolores Arana dio media vuelta y salió del despacho, dejando al doctor Vigo presa, de encontrados sentimientos.

***

-Garvez-dijo una voz.

-Informe-ordenó Trévelez, inclinándose sobre el aparato.

-Manrique-principió el jefe de los agentes-. Ha vuelto de Vigo. Pedro y Juan salieron a bordo del trasatlántico.

-Bien.

-Santos. Sigue vigilando al hombre que fue a Casa Antúnez. No ha dado el menor paso sospechoso desde entonces.

-¿Hay algo nuevo?

-Algo que no comprendo. He recibido un informe del agente «R». No conozco a tal agente ni sabía que existiera. Pero conocía mi nombre, número y contraseña.

-Le conozco yo. Es un agente nuevo aquí, pero que goza de toda mi confianza. ¿Qué ha dicho?

-Que el hombre que estuvo en Casa Antúnez la otra noche visitó el hotelito de la calle Provenza y fue luego a la clínica, entró con su informe preparado dentro de un sobre y, lo dejó sobre la mesa del vestíbulo según se le había ordenado. Ese hombre, según «R», no sabe una palabra. Se limitó a cumplir instrucciones. No ha vuelto a emplearle desde aquel momento. Cobró lo convenido y no sabe ni quién le ha pagado. «R» dice que sigue en contacto.

-¿Y a quién dice «R» que iba dirigido el informe?

-A la doctora Dolores Arana.

CAPÍTULO XIII

LA AMENAZA SE CUMPLE

Durante unos momentos reinó un silencio profundo. Luego:

-¿Garvez?

-Escucho.

-El hombre de Casa Antúnez ha dejado de interesarnos. Prepárele pasaporte. Que Santos le dé una inyección en la primera ocasión que se le presente y le acompañe a un puerto del norte. No debe abandonarle hasta haberle embarcado.

-Bien.

-Hay que vigilar estrechamente a la doctora Arana. Quiero saber dónde va, y si es posible, con qué personas se entrevista. Es una asignación difícil y peligrosa. Que se encargue de ella Manrique. Cada vez que dé un paso fuera de la clínica, quiero que se me comunique inmediatamente. Manrique ha de estar en contacto conmigo noche y día desde este momento. Que haga uso del reloj de pulsera.

-Entendido. ¿Algo mas?

-Sí. Hoy se cumple el plazo fijado por la organización criminal que destruyó el «Corisco». Encárguese de que estén los agentes en su puesto y que sigan las instrucciones que les di el otro día.

-De acuerdo. ¿Han de informar inmediatamente?

-Sí, a usted. Yo le llamaré enseguida que me sea posible. Nada más.

Colgó el auricular y descolgó, a continuación, el otro teléfono que había sobre la mesa de su despacho secreto. Marcó un número.

-¿Trust Naviero? Tengan la bondad de ponerme en comunicación con el señor Rebolledo... Gracias... ¿Rebolledo?...Trévelez al habla... ¿Se ha acercado alguien al tinglado?

-Ni un alma. Deben haberse enterado de que está acordonado. Tal vez salvemos el barco.

-No se haga usted ilusiones. En los últimos momentos hay que extremar la vigilancia. ¿Ha vuelto a tener noticias de Yuma?

-Me llamó esta mañana para decirme las mismas palabras que me está usted diciendo. No obstante, cree que estamos perdiendo el tiempo y hasta confiesa que se alegra. Opina que nos conviene que se cumpla la amenaza.

-¿Por qué?

-Eso no ha querido decírmelo.

-¿Qué piensa usted hacer ahora?

-Esperar. ¿Qué rayos quiere usted que haga? Aguardar, con todos los nervios de punta, a que den las seis de la tarde, que es la hora en que dicen que llegará el barco. No sé cómo voy a poder estarme quieto tanto rato.

-¿Por qué no sale usted a dar una vuelta por el puerto y se asegura de que están tomadas todas las precauciones?

-Quizá tenga usted razón. Puede ser que así me tranquilice un poco.

-Si usted no tuviera inconveniente...

-¿Qué?

-Iría a recogerle con mi coche y le haría compañía. Son las cuatro de la tarde. Faltan dos horas para el momento culminante. Confieso que yo tampoco tengo los nervios como debiera.

-Pase usted a recogerme entonces. Siempre se hará más llevadera la espera con compañía.

-Voy ahora mismo.

Colgó Trévelez el aparato, salió al despacho exterior, pidió el coche y a los pocos minutos marchaba a toda velocidad en busca de Rebolledo.

En los alrededores de la Puerta de la Paz y en el extremo del Palacio de la Aduana veíanse pequeños grupos de curiosos que la policía se encargaba de disolver de vez en cuando.

Pese a los esfuerzos hechos para ocultar el nombre del vapor y la fecha y hora de su llegada, era evidente que algún empleado de la Compañía de vapores se había ido de la lengua, propagándose rápidamente la noticia, que atrajo a numerosos buscadores de emociones.

Nadie logró llegar más allá de la Puerta de la Paz, sin embargo. Aquel día habían sido apostados agentes detrás de la Aduana, para cerrar el paso a la totalidad del muelle de Barcelona a todo el que no pudiera demostrar que tenía algo que hacer en él.

Rebolledo y Trévelez se apearon del automóvil a una distancia prudencial y fueron en busca del jefe de los agentes encargados de la custodia del muelle.

-¿Hay novedad, Rodríguez?

-Ninguna. Todos los hombres están en su puesto. Nadie se ha acercado ni hemos visto por los alrededores ningún tipo sospechoso. El tinglado está tan bien acordonado, que no hay peligro de que pueda introducirse persona alguna.

-Bien, que procuren estar más alerta que nunca sus agentes. Faltan noventa minutos para la hora señalada. No podemos correr riesgos ahora.

Rebolledo y Trévelez se retiraron y fueron a dar una vuelta por los alrededores. Hablaban poco, porque el estado de nerviosismo en que se encontraban no era el más a propósito para las conversaciones.

Dieron, las cinco, y sin novedad. Las cinco y media. El nerviosismo iba en aumento. Los grupos de curiosos se formaban continuamente, cada vez con mayor número de personas, que se empujaban unas a otras para hacerse sitio a la orilla del muelle de Atarazanas, desde donde poder ver la entrada del puerto. Pero no era aquel el único punto de cita de los curiosos. Algunos, convencidos de que verían mejor desde el rompeolas, se habían trasladado allí a primeras horas de la tarde, mientras que otros, más astutos, estaban instalados ya en los muelles de España y Baleares, dónde nadie les había prohibido que se congregaran..

Rebolledo se paró junto a un quiosco de bebidas y pidió una copa de coñac. La tensión se hacía insoportable.

-Si no calma usted esa excitación que tiene-le dijo Trévelez-, estoy viendo que va a dar un estallido.

-Y, ¿qué demonios quiere usted que haga para calmarla?-exclamó el detective con vehemencia.

-Emplear en algo útil el tiempo que aún nos queda de espera.

-¿Qué podemos hacer?

-Ir a la casa de los prácticos y pedir prestada una gasolinera.

-¿Para qué?

-Para salir al encuentro del “Marchioness” acompañados de dos o tres agentes suyos.

-¿Y qué diablos vamos a adelantar con eso?

-Efectuar el registro hasta donde sea posible antes de que el vapor entre en el puerto. Sería tiempo ganado. ¿Se le ha ocurrido a usted pensar que es posible que el aparato receptor de vibraciones haya sido instalado ya en algún otro puerto?

-¡Es cierto! ¡Tiene usted muchísima razón! ¡Lástima no se nos haya ocurrido antes!

Y, sin decir más, asió a Trévelez del brazo y le empujó hacia el automóvil. Recogieron a tres agentes por el camino y siguieron hasta la casa de los prácticos, donde no tuvieron inconveniente en prestarles la gasolinera que necesitaban.

Ya se hallaban cerca del rompeolas cuando Rebolledo se puso en pie de un brinco.

-¡Ya está ahí el barco!-exclamó-. ¡Hemos llegado demasiado tarde para hacer el registro!

En efecto, en aquel momento se aproximaba a la entrada del puerto un vaporcito, en cuyo costado se leía claramente el nombre. Era el “Marchioness” y llegaba unos minutos antes de lo que se le había esperado.

El buque acortó la marcha. Era evidente que se disponía a pedir piloto.

En el preciso instante en que sonaba su sirena, se oyó un zumbido lejano, sobre el mar.

Rebolledo, sin saber lo que se hacía, metió la mano en el bolsillo y sacó su pistola. El ruido iba en aumento. De pronto, allá a lo lejos se vio un punto negro que se aproximaba velozmente. Era un aeroplano.

Todas las miradas se concentraron en él, sin acertar a explicarse su presencia en tan trágicos momentos. A las seis menos cinco, el avión volaba sobre la Estación Marítima. Era un monoplano y carecía de marcas distintivas que permitieran identificarlo.

Fue un presentimiento lo que hizo que el detective alzara su pistola y gritara con voz ronca:

-¡Fuego contra ese avión!

En aquel instante, el aparato, volando muy bajo, dio la vuelta, y pasó por encima del “Marchioness”. Algo se desprendió de su fuselaje. Era un minúsculo paracaídas que se desplegó enseguida. De él colgaba un bulto negro, pequeño, que parecía un aparato portátil de radio.

Rebolledo apretó el gatillo. Era tal el estado de sus nervios que la detonación le hizo pegar un brinco.

Como si el estampido hubiera propinado una sacudida eléctrica a los centros nerviosos de los agentes, todos ellos salieron de su inmovilidad y empezaron a disparar contra el monoplano que, elevando el vuelo, empezaba a alejarse por donde había venido.

Ni una sola bala dio en el blanco.

Entretanto, la gasolinera había seguido avanzando en dirección al buque y, se hallaba ya bastante cerca. El detective, de pie, agitando aún la humeante pistola, empezó a dar desaforados gritos, aconsejando a los tripulantes del «Marchioness» que se tiraran al agua inmediatamente. Éstos, que al oír los disparos, se habían asomado a la borda, le tomaron por un loco y no le hicieron el menor caso.

De pronto, la voz se le heló a Rebolledo en la garganta. Dieron las seis en un reloj cercano. El paracaídas tocó una de las chimeneas y se quedó enganchado allí. Un leve temblor empezó a agitar toda la nave.

-¡Al agua todos!-aulló el detective, dando saltos en su excitación.

Ninguno dio muestras de tener la menor intención de obedecerle.

Trévelez posó una mano sobre el brazo del detective.

-Es inútil-dijo-. Se está usted desgañitando en vano. No comprenden. No pueden comprender. Y no creo que se salve ninguno.

La vibración del barco se iba haciendo más intensa. Como en el caso del “Corisco”, ésta se fue transmitiendo al agua, que empezó a encresparse.

A pesar de que no tenía esperanza de que le hicieran caso, Rebolledo seguía gritando. Cuando los marineros, aun sin comprender lo que ocurría, se hubieron tirado al agua dominados por el espanto, era ya demasiado tarde. .

La trepidación había alcanzado el punto en que ninguno podía permanecer en pie sobre cubierta. Las grandes olas provocadas por las vibraciones habían empezado a partir de los costados del buque, lanzando a la gasolinera de un lado para otro como si fuera una cáscara de nuez.

Consumidos por la angustia, Trévelez y los detectives se miraron.

-Estaban preparados para todas las contingencias-murmuró Trévelez-. Al ver que era imposible acercarse al tinglado, aguardaron al último instante y dejaron caer un receptor con paracaídas. El barco no tiene ya salvación posible. Sería suicida intentar subir a bordo para retirar el aparato vibratorio.

El inspector asintió con un movimiento de cabeza. Tenía la lengua pegada al paladar y le era imposible articular palabra.

El vapor emitía ya el zumbido característico que anunciaba su próxima destrucción. Una ola gigantesca hizo zozobrar la gasolinera, tirando a Trévelez y a sus compañeros al agua.

Mientras éstos procuraban ponerse a salvo a nado, los curiosos se habían visto obligados a huir de los muelles de España y Baleares ante el terrible embate de las olas. Sólo los que se hallaban en el faro podían seguir contemplando sin peligro el terrible desenlace del drama.

Nadie se acordaba ya del aeroplano. Nadie pensó en mirar qué dirección tomaba al alejarse. Hubo un momento de angustia, en el que hasta la vida de cuantos allí se hallaban pareció suspenderse.

Luego, bruscamente, cesó el zumbido, apagóse la vibración, dejó de trepidar la quilla y, en el lugar en que había estado la nave, no quedó nada mas que una nube de tenue polvo que fue posándose, lentamente, sobre la superficie de las aguas.

CAPÍTULO XIV

EL PACTO

La nota sensacional de la mañana siguiente no fue dada, como pudiera suponerse, por la noticia de la catástrofe que publicaban los diarios basándose en el relato de testigos oculares, aun cuando fuerza es confesar que uno de ellos logró exacerbar la sensibilidad de sus lectores, hasta el punto de privar del sueño a muchos en una temporada, gracias a la maestría con que supo describir los supuestos sufrimientos que una muerte por desintegración representaba.

El plato fuerte del día fue el suelto que ninguno de ellos dejó de publicar como corolario a la noticia. ¡«El Destructor» había enviado una nota a la Prensa!

Se trataba de una amenaza más. Comprendiendo que la negativa, por parte de la Compañía americana, a pagar las cien mil pesetas exigidas, debía atribuirse a las instrucciones circuladas por el Trust Naviero a todos sus asociados, se proponía destruir las casas de tres de los consejeros del Trust la noche del veinticinco, a las doce en punto, a menos que anunciaran, por medio de la Prensa, estar dispuestos a satisfacer la cantidad de un millón de pesetas, en cuyo caso recibirían las instrucciones oportunas para hacer entrega del dinero.

Si el día veinticinco, la testarudez de los consejeros obligaba a “El Destructor” a cumplir su amenaza, la suma exigida sería de dos millones, so pena de que el resto de los consejeros perdieran sus hogares.

«El Destructor» estaba dispuesto a llegar mucho más lejos si era necesario, pero confiaba que los consejeros tendrían sentido común suficiente para no dar lugar a ello.

Para muchos de los que leyeron el suelto, la noticia resultaba ominosa, no por su contenido en sí, sino por lo que la forma de hacer la amenaza representaba, «El Destructor» no se había conformado aquella vez con dirigir su amenaza particularmente a los interesados, sino que había recurrido a la Prensa.

Ello suponía que los propósitos. Del misterioso personaje eran dar al asunto la mayor publicidad posible. ¿Con qué fin? Sólo podía ser uno: el de conseguir que todo el mundo se diera perfecta cuenta de la amenaza que sobre la sociedad se cernía. ¿Y qué esperaba «El Destructor» conseguir con eso?

Atemorizar a los ciudadanos, prepararlos para un golpe más osado.

Si todos se daban cuenta de que «EL Destructor» amenazaba y cumplía, el día que se le ocurriera llevar sus pretensiones más lejos... nadie dudaría de que estaría dispuesto a llevar a cabo con cuantas atrocidades amenazara.

Y eso hacía prever hasta... ¡hasta la posibilidad de que, no contento con ejercer el chantaje contra compañías particulares, lo hiciera contra poblaciones enteras!

Mientras el público en general se deshacía en cábalas, y comentarios, Rebolledo hacía esfuerzos sobrehumanos por averiguar si alguien había visto la dirección seguida por el monoplano, después de soltar el paracaídas sobre el «Marchioness».

Nadie había visto nada, nadie quería saber nada, nadie recordaba nada, nadie quería preocuparse de otra cosa que de esperar que llegara el día veinticinco para ver qué rumbo tomaban los acontecimientos.

Sólo el patrón de un vaporcito de pesca se presentó a declarar que a eso de las seis y cinco de la tarde del día veinte, había visto pasar un avión a gran altura, que volaba en dirección a alta mar.

Trévelez, sentado en su despacho secreto, con el auricular del teléfono pegado al oído y un enorme plano de Barcelona extendido sobre la mesa delante de él, hablaba.

-Garvez.

-Informe.

-Marcos. Nordeste.

Clavados en puntos lejanos entre sí en el plano, había dos alfileres con unos hilos muy largos atados.

-Nordeste-repitió Trévelez, tomando el hilo de uno de los alfileres y tendiéndolo en la dirección que acababa de darle.

-Reyes-dijo Garvez-. Sudeste.

-Sudeste-repitió Trévelez, moviendo el hilo del otro alfiler.

-¿Algo más?

-Nada. Ya le llamaré más tarde si acaso.

Colgó el director del Instituto el aparato.

Con mucha anticipación lo había preparado todo para averiguar con exactitud el punto de donde partían las misteriosas ondas vibratorias. Dos agentes suyos, instalados en puntos muy apartados de la ciudad, habían aguardado el día veinte con sendos radiogoniómetros para tomar nota de la dirección de la onda.

Los datos que acababa de recibir por teléfono eran las direcciones señaladas por los radiogoniómetros a las seis de la tarde. El punto en que se cruzaran los dos hilos, por consiguiente, debiera ser exactamente el lugar en que se hallaba instalado el mortífero aparato.

Pero... ¡los dos hilos se cruzaban en alta mar!

¿Cómo era posible aquello? ¿Habría cometido alguno de sus agentes un error?

Sólo había una explicación satisfactoria: que el aparato emisor necesitara mucha menos fuerza de la que habían supuesto entonces y que... ¡la emisión se hubiera hecho desde un barco!

Pero, entonces, ¿qué necesidad de haber instalado clandestinamente los cables de alta tensión hallados en el hotelito de la calle de Provenza?

Fuera como fuese, el caso era que los preparativos en que había cifrado la mayor parte de sus esperanzas, resultaban tan inútiles como la declaración hecha ante Rebolledo por el patrón del vaporcillo pesquero.

No obstante, tomó el teléfono general, marcó el número del Trust y pidió comunicación con el detective.

-¿Ha descubierto algo?-le preguntó.

-Algo que no me sirve para nada-contestó Rebolledo.

-¿Qué es?

-Que fue visto el aeroplano volando por alta mar.

-¿Se fijó usted si el aparato aquel llevaba flotadores?

-¿Si era un hidroavión, quiere usted decir?

-Eso mismo.

-No recuerdo haberme dado cuenta de eso.

-Confieso que yo tampoco. Pero, se me ocurre que si lo hubiera sido, tal vez, amarrara junto a alguna embarcación que lo remolcaría luego a alguna parte solitaria de la costa. No estaría de más que intentara averiguar si se ha visto parada alguna embarcación, grande o pequeña, a cierta distancia de la costa esta tarde.

-Lo probaré, pero no espero adelantar nada... La gente parece haberse vuelta tonta. Nadie se acuerda ya de lo que ha visto hace unas horas.

-¿Dónde residen los consejeros cuyas casas han sido amenazadas?

-Es curioso, pero se trata de los únicos tres, cuyos domicilios no distan mucho entre sí. Uno de ellos tiene un hotelito en el paseo de la Bonanova, el otro en la calle de Dalmases y, el tercero, en la calle Esperanza. Como usted ve, no hay ni cinco minutos a pie de una casa a la otra.

-Y ¿a usted le parece eso extraño?-exclamó Trévelez.

-No deja de ser una coincidencia.

-Perdone que le contraiga, eso no es una coincidencia, sino una cosa estudiada. «El Destructor» ha fijado la misma hora para la destrucción de las tres casas. Eso sólo podía hacerlo disponiendo de tres aparatos distintos y haciéndolos funcionar a un tiempo, y no creo que los posea, o con un solo aparato si las tres casas se hallan en la misma zona, cosa que ocurre en este caso. No tiene más que instalar receptores de vibración en cada uno de ellos y la misma onda destruirá a las tres. Para que el golpe resultara más teatral, le convenía destruir tres casas distintas al mismo tiempo y no escalonadamente. Encontró que tres de los consejeros vivían lo bastante cerca el uno del otro para sus propósitos y los escogió a ellos. Si hubieran, habitado más en la misma zona, el número de amenazados hubieran sido cuatro, cinco, o los que fuese. Supongo que han dado ustedes los pasos necesarios para proteger esas viviendas.

-Todos. Hemos registrado las casas, desde el sótano hasta el tejado y apostado agentes en cada una de ellas para impedir que se acerque persona alguna hasta que haya transcurrido la fecha fijada. Pero, con franqueza, temo que suceda algo parecido a lo de ayer, algo que no hayamos previsto. ¿Tenía usted alguna otra cosa que decirme?

-Sólo una cosa, que se acuerde de averiguar si se ha visto alguna embarcación cerca de la costa, como le he dicho, al lado de la cual hubiera podido amarrar un avión.

-Descuide, no lo olvidaré. ¿Nada más?

-Es lo único que se me ocurre de momento-contestó Trévelez.

Y cortó la comunicación. Estaba completamente seguro que el monoplano tenía ruedas y no flotadores, pero era el único sistema que se le había ocurrido para justificar su petición sin delatar el verdadero motivo en que se fundaba para hacerla.

En realidad, le pasaba lo que a Rebolledo: tenía muy poca confianza, en el éxito de semejantes pesquisas sólo que no quería dejar cabo por atar.

El día veinticinco, a media noche las casas de tres consejeros dejarían de existir. Le quedaban cinco días justos para el misterio si es que quería llegar a tiempo para evitar la catástrofe. ¡Cinco días y casi estaba lo mismo que el día que asesinaron a Duesto! Una esperanza le quedaba: la mayor: «R» trabajaba sin descanso y tal vez diera con la clave del misterio, a tiempo.

Sintió una leve presión sobre la muñeca.

Oprimió el pulsador de su reloj.

«X», marcó la palanqueta. “Doctor Vigo entra ahora mismo a visitar Arana. Vigilo.”

Manrique tampoco se dormía. ¿Lograrían, entre «R» y «X». proporcionarle la pista que necesitaba?

Como si sus pensamientos se hubieran transmitido telepáticamente, el misterioso agente volvió a sentir la presión de la palanqueta.

«R», leyó esta vez. «El contacto se acentúa, se avecinan acontecimientos». Trévelez exhaló un suspiro de satisfacción. Aún no estaba todo perdido.

***

El doctor Vigo golpeó la extremidad del cigarrillo contra la uña del dedo pulgar y lo encendió. Parecía más excitado que de costumbre. Se abrió la puerta de la sala y entró la doctora Arana en la habitación, envuelta en un kimono de seda y con babuchas en los minúsculos pies.

-La verdad, doctor-dijo:- escoge usted unas horas muy inoportunas para hacer visitas.

-Tenía vivos deseos de verla y he preferido venir a su casa porque aquí podremos hablar más tranquilamente que en la clínica.

-¿De tanta importancia es lo que tiene usted que decirme?

-De tanta, que mi futura felicidad depende de ello.

-Está muy sentimental esta noche, Jacinto.

-En su presencia, Dolores, lo estoy a todas horas.

-¿Que venía usted a decirme?

-¿Recuerda nuestra conversación del otro día?

-Estoy procurando olvidarla. Creo que me dejé llevar un poco de mi natural vehemencia y dije cosas de las que después me he arrepentido.

-¿Cómo? ¿Es qué se desdice de su palabra?

-Yo siempre cumplo las promesas que hago-contestó la mujer, con orgullo-, por muy imprudentes que resulten.

-Lo celebro, porque voy a ponerla a prueba en breve.

-Le agradecería que fuese claro y no me hablara en enigmas.

-¡Lo tengo todo resuelto!

-¿Todo? ¿A qué se refiere?

-¡Al descubrimiento que ha de permitirme poner en sus manos todo el poder que usted desea!

La doctora le miró con fijeza y un brillo extraño apareció en sus ojos.

-Ese poder...

-¡Resolví el último problema esta tarde después de enterarme de lo ocurrido en el puerto! ¡ El avión me lo aclaró todo!

¿El avión?

-Sí, ¿no se ha enterado usted deque voló un monoplano por encima del buque y saltó un paracaídas sobre la chimenea?

-En efecto.

-¡Es eso! ¡Eso! ¡Lo único que me faltaba!

-¡Ya lo tengo, Dolores! ¡Ya lo tengo!

-Cálmese-le aconsejó la doctora, aun cuando se observaba que tampoco ella estaba muy serena.

El brillo de sus ojos había aumentado. El pecho se alzaba y se bajaba a impulsos de su respiración anhelosa. Tenía los labios entreabiertos y las mejillas encendidas.

-¿Cumplirá usted su promesa?-insistió el médico.

-Le he dicho ya que siempre las cumplo, doctor Vigo. Pero, ¿está usted seguro de haber triunfado?

-Completamente. En teoría, todo está resuelto. En la práctica, podrá ser necesario algún ajuste sin importancia, pero ¡el secreto es mío!

-Tendrá que demostrármelo. Yo no me conformo con palabras.

-Se lo demostraré. Necesito dos o tres días para hacer las pruebas necesarias. Transcurridos éstos, vendré a buscarla para que me acompañe á ver funcionar mi descubrimiento.

-¡Dos o tres días! -exclamó la mujer-. ¿Y tanto he de esperar?

-No hay más remedio. No lo tendría preparado hasta entonces. El día veinticinco, cuando te presente mi obra, volveré a preguntarte: ¿Cuándo vas a casarte conmigo?

-¡El día veinticinco! -exclamó la doctora con voz ahogada.

-¿Por qué no ese día?-preguntó el doctor con extrañeza.

-¡Porque ese es el día en que ha sido amenazado el Trust Naviero con la destrucción de las casas de sus consejeros!

-¿Qué importa eso? ¿Por qué hemos de preocuparnos de cosas que no podemos evitar?

-¿Evitar? -exclamó la mujer-. ¿Y quién ha hablado de evitarlo? ¿Qué importa que desaparezcan esas casas? No, lo que me llama la atención es la coincidencia.

-No puede ser antes. Saldremos por la tarde, después de anochecido para llamar menos la atención, hacia el lugar en que lo tendré todo preparado.

El pecho de la mujer se agitaba tumultuosamente. Se acercó bruscamente al médico, le posó las manos en los hombros, acercó la suya a su cara, embriagándole con su entrecortado aliento.

-¿Serías capaz-preguntó en jadeante susurro-, de emplear esa arma tan despiadadamente como se está empleando en estos momentos?

Estremecióse el hombre de pies a cabeza. La proximidad de aquel cuerpo fragante le enloquecía, y jadeando a su vez, despegó los labios resecos y contestó con voz que temblaba de emoción:

-Sería capaz de hacerlo, Dolores, si tú me ordenaras que lo hiciese.

CAPÍTULO XV

LA ANGUSTIA

A partir del veinte, cada día que transcurría ausentaba la angustia de Rebolledo y de sus subordinados.

Era tal, su estado, que corría de un lado a otro como desesperado, perdiendo tiempo y energías inútilmente.

Apeló a Trévelez y a cuantos hombres de ciencia conocía. Ofreció recompensas a los que aportaran datos susceptibles de dar con la organización secreta. Pero nada de esto le sirvió para acercarse ni un paso más a la solución del misterio.

A las tres de la tarde del día veinticinco, Rebolledo fue llamado al teléfono al regresar de una de sus infructuosas excursiones.

-¿Rebolledo?-preguntó una voz.

-Yo soy.

-Habla Yuma.

Fue tan grande el alivio que experimentó el detective al oír la voz de alguien con cuya ayuda podía contar, que se quedó hasta sin fuerzas y se dejó caer en un sillón.

-Escucho-dijo.

-Siéntese en su despacho a las nueve de la noche, y no se mueva hasta que reciba noticias mías. Tenga preparado un coche a la puerta para partir inmediatamente que yo se lo diga. No lo olvide:

»¡No se mueva de su despacho sin haber recibido noticias mías!

-Pero, es que a las doce, si se derrumban las casas esas...-protestó Rebolledo.

-¡No se mueva usted aunque se hunda Barcelona entera! Hoy espero que quedará definitivamente eliminada la amenaza.

Y tal era la confianza que el detective tenía en su misterioso comunicante, que cuando quedó cortada la comunicación, estaba decidido ya a seguir al pie de la letra las instrucciones que le habían sido dadas.

Intentó ponerse en comunicación con el señor Trévelez, pero le anunciaron en el Instituto que había salido sin decir adónde marchaba ni cuándo esperaba estar de vuelta.

A las seis y media de la tarde, Rebolledo regresó a su despacho después de dar una vuelta por el Paseo de la Bonanova, que empezaba ya a llenarse de curiosos. Llevaba un periódico de la noche debajo del brazo.

Desde el día veinte, los periódicos habían publicado todos los días la nota enviada a la Redacción la noche anterior por la misteriosa organización, anunciando que faltaba un día menos para que se cumpliera su inexorable sentencia e instando al Trust Naviero a que pagara los dos millones mientras aún quedaba tiempo.

Aquella noche, la nota era distinta. Decía:

FALTAN BREVES HORAS PARA QUE DESAPAREZCAN TRES PALACIOS. A LAS DOCE EN PUNTO DE LA NOCHE, AL SONAR LA ÚLTI MA CAMPANADA, NO QUEDARA DE ESAS TRES SUNTUOSAS VIVIENDAS MAS QUE UN MONTONCITO DE POLVO IMPALPABLE. AÚN HAY TIEMPO, SIN EMBARGO, DE CONJURAR EL PELIGRO. SI LAS EMISORAS DE BARCELONA ANUNCIAN QUE LA JUNTA DIRECTIVA ESTA DISPUESTA A PAGAR EL RESCATE, QUEDARA SUSPENDIDA LA EJECUCIÓN DE LA SENTENCIA.

A las nueve, Rebolledo se metió en su despacho dejando estacionado su coche a la puerta con dos agentes que habían de estar dispuestos a acompañarle adonde fuera, sin previo aviso.

Su primer cuidado, al sentarse, fue ponerse en comunicación con Trévelez. El conserje del Instituto le anunció por teléfono que el señor Director seguía ausente y que no tenía la menor noticia de su paradero. Sin embargo, el señor Trévelez no sólo se hallaba en el Instituto, sino que estaba telefoneando en su despacho secreto, aunque eso, naturalmente, no podía saberlo el empleado.

-Avise a Santos y a Marcos-estaba diciendo-. Deben estar preparados con su coche para seguir a Manrique y a la doctora Arana. Pero no deben hacerlo desde el domicilio de ésta. He dado orden a Manrique de que avise en qué dirección marcha, si sale. Santos y Marcos deben procurar alcanzarles por el camino para que no se note tanto.

-Entendido-respondió la voz de Garvez.

Trévelez colgó el auricular y se introdujo en el guardarropa. El zumbido del ascensor anunció, momentos más tarde, que se hallaba camino del laboratorio secreto.

***

Serían las diez y media, aproximadamente, cuando se detuvo un automóvil a la puerta de la casa de la doctora Arana. El doctor Vigo se apeó de él y subió, apresuradamente, la escalera.

Llamó. Abrió la propia doctora, vestida con traje de calle.

-¿Ha llegado la hora?-preguntó al verle.

-La hora ha llegado. Mi automóvil espera a la puerta.

-¿Vienes solo?

-Por completo.

-¿Está lejos?

-Pronto has de verlo.

-Antes de media noche necesito estar de vuelta.

-Eso de ti depende.

-¿Hay condiciones?

-Ninguna. Sólo te recuerdo tu promesa.

-Sabré cumplirla. Vamos. Estamos perdiendo el tiempo.

CAPÍTULO XVI

EL DESAPARECIDO APARECE

Cerca y más allá del cementerio de Casa Antúnez, en una parte desierta de la falda de la montaña, se alza una casa de piedra abandonada largo tiempo ha por su dueño.

No hay un solo cristal en sus ventanas y su puerta parece a punto de desprenderse de los goznes que la sujetan.

Pero las apariencias engañan. La puerta, que diríase a punto de derrumbarse, está dotada de una cerradura moderna y, para abrirla sin llave, sería preciso una carga de dinamita.

Verdad es, como queda dicho, que las ventanas están todas abiertas, pero, quien intentara introducirse por ellas se llevaría el susto más grande de su existencia. No hay una que no tenga su correspondiente dispositivo de alarma que, a la par que hace sonar, un timbre, pone en movimiento una persiana de acero cuyo peso atenaza al incauto, que osa encaramarse a ellas.

De un lado de la casa parte una muralla de adobes, invisible desde el mar, porque una hilera de árboles y zarzas la oculta por completo.

Las once serían cuando un automóvil de motor casi silencioso y faros apagados se detuvo ante la casa.

Saltó a tierra un hombre, abrió la portezuela y dijo:

-Hemos llegado.

Era el doctor Vigo.

Si no hubiese estado tan entretenido en ayudar a apearse a la dama que le acompañaba, se hubiera dado cuenta de un fenómeno extraño. En la parte de atrás del coche había un compartimiento reservado para los equipajes. En aquellos momentos, la tapa del mismo estaba alzándose sin que mano alguna la sujetara. Una vez abierta del todo, permaneció inmóvil unos instantes, luego volvió a cerrarse tan silenciosa y misteriosamente como se había abierto.

-¡Qué lugar más solitario!-murmuró la doctora Arana.

-Es el sitio ideal para llevar a cabo experimentos-asintió el doctor Vigo.

Sacó una llave del bolsillo y abrió la puerta.

-Pasa-dijo, echándose a un lado.

Obedeció la mujer. Vigo, a punto de seguirla, se detuvo un instante, desconcertado. Le había parecido que pasaba algo junto a él y hasta creyó sentir el roce de una capa. Como no viera nada a su alrededor, sin embargo lo achacó al estado de sus nervios y entró en la casa, mascullando algo entre dientes.

No hubiera entrado tan decidido si hubiese sabido que, momentos después de haber abierto la puerta, una mano invisible había hallado y cortado el cable eléctrico conectado con las alarmas.

Cerró tras sí con llave y cruzó la desierta habitación seguido de la doctora Arana. En el cuarto contiguo pasó la mano por una moldura, oprimió un resorte y un trozo de pared se descorrió silenciosamente, apareciendo ante ellos una escalera.

Sin decir palabra, empezó a bajar por ella. Una vez abajo, abrió una puerta y Dolores vio que se encontraba en un cuarto subterráneo brillantemente iluminado.

Cerca de una de las paredes había un aparato extraño, sobre una especie de mesa de cuatro patas. Un hombre lo conectaba, en aquel momento, con un cuadro de interruptores.

-No me habías dicho que tenías un compañero-exclamó la doctora, con visible desagrado.

-Es mi ayudante y socio-respondió Vigo-. ¿Cómo quieres, que pudiera hacer yo tantas investigaciones y preparativos solo? Te presento al arquitecto Fuentes... Fuentes, la doctora Arana.

El hombre, que se había vuelto al oírles entrar, extendió instintivamente, la mano. La doctora hizo como si no la viera, limitándose a decir, con frialdad:

-Tanto gusto, señor Fuentes.

El arquitecto fingió no darse cuenta del desprecio, juntó los talones e hizo una leve reverencia.

-El gusto es mío, doctora.

La mujer miró a su alrededor, con curiosidad. Vio que la mesa de hierro estaba colocada sobre rieles que atravesaban el cuarto, perdiéndose por una puerta que había a cada uno de los dos extremos.

-Muy bien-murmuró, examinando pieza por pieza todo el aparato con brillante mirada-. Carretes de alta frecuencia montados en serie con tubos catódicos, reguladores de vibración y amplificadores... Muy ingenioso, doctor Vigo. ¿Y es con esto con lo que esperas conseguir lo que me has dicho?

-Ese conjunto de carretes, lámparas y conductores constituye el instrumento que tanto anhelabas poseer. Con él, tu palabra es ley, los hombres tus esclavos, el mundo tu dominio. Ordena, y tu deseo será cumplido, condena, y tu sentencia se ejecutará. Jamás poseyó ser humano alguno fuerza mayor que la que yo te ofrezco. ¿Qué dices, doctora Arana? ¿Qué contestación me das?

-Una te di y la sostengo-respondió ella, con mirada singular-. Te aseguré que, si lo que me decías era cierto, tú y yo hablaríamos en serio. Pero, ¿es cierto lo que me dices?

-Ahí tienes la prueba. Juzga por ti misma.

-He visto y he juzgado. La prueba es insuficiente. Veo un aparato que responde a ciertas teorías. Es posible que la práctica las confirme, pero, ¿qué garantía tengo yo de ello?

-La máxima que puede darse. He ahí el aparato. Ponlo a prueba.

La mujer le miró con extraño fulgor en los ojos.

-¿Hablas en serio?

-¿Lo dudas acaso?

-Sea, acepto tu ofrecimiento. Quiero hacer yo misma funcionar el aparato y asegurarme de su eficacia.

-Bien, mañana a primera hora volveremos y llevarás a cabo tú sola cuantos experimentos se te antojen.

-¿Mañana?-exclamó la doctora, con desprecio-. ¡Quiero probarlo esta noche!

Su rostro había adquirido una expresión diabólica. Dio un paso hacia el médico y le miró de hito en hito.

-Esta noche-repitió, lentamente-, a las doce.

Vigo palideció.

-¿Te atreverías...?-preguntó, en un susurro.

-¿Crees tú que hay cosa que me arredre?-respondió ella.

Durante unos momentos se miraron ambos fijamente. Vigo fue el primero en bajar los ojos. Un sudor glacial le inundaba la frente. La mano que sacó, el reloj del bolsillo le temblaba. Hizo un esfuerzo por dominarse y miró a su compañera de reojo.

-Aún falta más de media hora-dijo, procurando hablar fríamente-. Y cuando las doce lleguen y hayas satisfecho tu capricho...

-Entonces-le contestó la mujer-, cumpliré lo prometido.

Y volvió a mirarle de una forma rara, que llenó al médico de desasosiego. Miró a su alrededor en busca de un asiento, y no encontrándolo, cruzó hacía un cajón que había contra la pared, se sentó en él, cruzó las piernas y encendió un cigarrillo.

-Cuando esté segura de que ese aparato funciona como es debido y tú y yo hayamos llegado por fin á un acuerdo -dijo (y el hombre hubiera jurado que una risa burlona bailaba en sus ojos)-, tal vez pueda sugerirte yo algunas perfeccionamientos. A propósito, ¿dónde está tu amigo el arquitecto?

Vigo dirigió una mirada en torno suyo, como si no hubiera reparado en la desaparición de su socio hasta aquel momento.

-Debe haber salido a buscar algo-contestó por fin.

-Tanto mejor. No me inspira mucha confianza.

-¿Quién? ¿Fuentes?-exclamo el médico, con sorpresa-. ¡Si ha sido mi único ayudante desde el primer momento! ¡Si él me ha ayudado a hacer todo lo que he hecho! ¡Respondo de él como de mí mismo!

-Es posible, pero permite que no comparta yo tu optimismo. ¿Qué andábamos diciendo? ¡Ah, sí! Que tenía ciertas modificaciones que proponerte.

-¿Por ejemplo?

-Usas receptores vibradores, ¿no es cierto?

-En efecto.

-¿Y no sería mucho mejor poder encontrar las vibraciones en un sitio determinado sin necesidad de emplear tan burdas ayudas?

-Sería ideal poder hacerlo, pero confieso que aún no se me ha ocurrido medio práctico alguno de eliminarlas.

-Tampoco a mí. No obstante, estoy segura que, si dedicara un poco de tiempo a ello, acabaría por resolver el problema. ¿Cómo conseguiste esta casa?

-Fue una casualidad. Andaba buscando un sitio retirado en que llevar a cabo mis investigaciones sin que nadie me molestara y todos mis esfuerzos resultaban vanos. Cierto día en que navegaba en un balandro cerca de esta costa, descubrí la casa desde el mar y decidí verla de cerca. Estaba abandonada, sin cristales, con la puerta abierta. Entré. La casa no estaba mal, pero tal vez no me hubiera decidido a usarla si no hubiese descubierto estos sótanos. Tienes que verlos otro día, son verdaderamente maravillosos.

-Y la puerta secreta...

-Fuentes se encargó de eso. Para algo es arquitecto. Busqué al propietario y descubrí que no andaba muy bien de dinero. La casa no le interesaba para vivir en ella y no lograba hallar quien se la alquilara. Ofrecí comprársela y por poco me abraza. Le di cuatro cuartos por ella. Pero podemos hablar de todo eso otro rato. Ahora, lo que a mí me interesa es saber cuándo piensas casarte conmigo.

-Eso, doctor, es cosa que tenemos que discutir muy despacio.

-¡Cómo! ¿Acaso no me habías dado promesa?

-¿Yo? De ninguna manera. Me limité a prometerte que, si lo que decías era cierto, tú y yo hablaríamos muy en serio. Que yo sepa, mis palabras no contenían nada susceptible de ser interpretado como una promesa de matrimonio.

-Es decir, que te has estada burlando de mí. ¿No es cierto?-exclamó Vigo, cuyo rostro se había congestionado de ira.

-¡Líbreme Dios de semejante herejía! ¿Burlarme yo? ¿Con qué objeto? Hice una afirmación que tu no discutiste y encontraste buena. ¿Qué culpa tengo de que te hayas empeñado en darle interpretaciones caprichosas?

Vigo se dominó mediante un esfuerzo. Dijo:

-Esta noche, antes de salir de aquí, quiero dejar ese punto resuelto.

-Ya lo resolveremos con el tiempo. ¿A qué esas prisas?

-Es preciso que se resuelva esta noche-insistió Vigo, con dureza.

-No me gusta tu tono. No soy amiga de que se me impongan condiciones.

-Olvidas que estás a merced mía, que puedo impedirte que salgas de aquí sin haberme dado una respuesta satisfactoria,

-¿Yo a merced tuya?-exclamó la mujer. Y esta vez no cabía la menor duda de que era risa lo que le bailaba en los ojos-. ¡Qué ilusiones!

-Siempre ha vivido de ellas el doctor Vigo, señora-dijo una voz.

Al oírla, el médico dio un salto, como si le hubiera picado una víbora.

Se volvió hacia el punto de donde la voz había salido.

Una de las puertas del cuarto subterráneo estaba abierta y, parado en el umbral, hallábase un hombre, con una pistola en la mano.

Era el ingeniero Marquil.

CAPÍTULO XVII

YUMA INTERVIENE

Durante unos instantes, nadie se movió. El efecto era el mismo que cuando se rompe una película cinematográfica en proyección, quedando una sola escena proyectada, sin movimiento, sobre la pantalla. Marquil, sombrío, pistola en mano, en la puerta. Vigo, pálido, boquiabierto, con las manos medio alzadas. Arana, sentada junto a la pared, mirando con curiosidad al médico, mientras el azulado humo ascendía del cigarrillo que tenía entre los dedos y de cuya existencia parecía haberse olvidado.

La doctora fue la primera en hablar.

-Por Dios, Jacinto-dijo, con tono burlón-. No sabes lo ridículo que estás en esa postura... ¿Por qué no alzas los brazos de una vez o los dejas caer del todo? Y te advierto que no te sienta nada bien el tener la boca tan abierta.

Las palabras de Arana parecieron romper el sortilegio. Vigo bajó rápidamente las manos, intentando llevarse una de ellas al bolsillo. Simultáneamente, Marquil dio un paso y le acercó el cañón de la pistola a la boca del estómago.

-¡Quieto!-exclamó, amenazador-. ¡Me está temblando el dedo en el gatillo y me costaría muy poco disparar!

El doctor se inmovilizó de nuevo y dirigió una mirada hacia la puerta. Fuentes. ¡Fuentes! ¿Dónde se habría metido? ¿Qué hacía que no se presentaba? Aquel hombre parecía dispuesto a cumplir su amenaza. Pero el arquitecto acudiría a tiempo. Eran cerca de las doce ya.

Como si hubiera adivinado sus pensamientos y quisiera poner en guardia a Marquil, la doctora Arana volvió intervenir.

-Son cerca de las doce, Jacinto. Si ese señor te lo permite, ¿por qué no llamas a Fuentes? Ya era hora de que estuviera aquí.

Si su intención había sido avisar al ingeniero y prevenirle contra el peligro que le amenazaba, sólo consiguió su propósito a medias.

-¿Quién es Fuentes?-preguntó Marquil, empujándole al médico con la pistola-. ¿Dónde está? ¡Pronto! ¡Le doy dos segundos para contestar!

Se oyó un movimiento cauteloso más allá de la abierta puerta. Alguien se acercaba.

Durante unos momentos, el ingeniero pareció indeciso. Luego:

-¡Aprisa! ¡De espaldas a la puerta doctor Vigo!

Y empujándole violentamente, intentó interponerle entre su cuerpo y el peligro que se aproximaba. Antes de que hubiera conseguido su propósito, sin embargo, una burlona voz sonó detrás de él.

-¡Qué cuadro tan edificante! ¿A qué debemos el honor de tan inesperada visita? ¿Tendría la bondad de alzar los brazos todo lo alto posible, mientras me explica cómo se le ocurre hacer visitas de cumplido con una pistola en la mano?

Las cosas sucedieron entonces con una velocidad vertiginosa. Marquil perdió la serenidad, dio un salto atrás, enfiló la puerta con su pistola y apretó el gatillo.

Vigo, comprendiendo que no se le presentaría mejor ocasión que aquella, intentó sacar un arma, pero, dándose cuenta de que no le daría tiempo a ello, disparó desde el bolsillo.

Casi simultáneamente sonó una detonación en el exterior.

Se vio al ingeniero Marquil, estremecerse bajo el impacto de los dos proyectiles, que le habían alcanzado en el pecho y el costado, respectivamente. Durante un momento, el estupor se reflejó en su semblante, como si lo sucedido le pareciera imposible. Luego alzó la mano hacia el hombre que acababa de aparecer en la puerta con una pistola humeante.

Fuentes volvió a disparar, Marquil soltó un gemido y cayó lentamente al suelo, mientras la pistola se le escapaba de entre los dedos. Un charco de sangre se fue formando a su alrededor.

-¡Empezaba a creer que no llegarías a tiempo!-exclamó Vigo, recobrando la serenidad-. ¿Dónde diablos te habías metido?

En lugar de contestar, Fuentes preguntó a su vez:

-¿Quién es este hombre?

-No tenemos tiempo de hablar ahora de eso-respondió el médico-. Saca ese cadáver, de aquí, que nos estorba. Es hora de poner en marcha el aparato.

Y mientras su compañero arrastraba al moribundo Marquil hacia la puerta por la que había entrado, se volvió hacia la doctora Arana, que, medio levantada, había contemplado toda la escena sin tener tiempo de intervenir en ella.

-Doctora-dijo:- cúmplase tu deseo. Siento haber tenido que hacer cosas desagradables en tu presencia, pero ya habrás visto que no quedaba otro remedio.

La doctora se levantó, con el rostro alterado.

-Aún faltan unos minutos-anunció, con voz que había perdido algo de su seguridad.

-Da lo mismo. Hay que dar tiempo a que el aparato se caliente.

Sin decir una palabra más, la mujer cruzó el cuarto y dio a un interruptor. Inmediatamente se encendieron las lámparas del mortífero invento, despidiendo intenso resplandor azulado.

A los pocos instantes, se oyó un leve zumbido. El aparato empezaba a funcionar.

Vigo sacó el reloj.

-Aún falta tiempo-anunció:- Cuando yo te avise, abre el reóstato gradualmente. Muy gradualmente, ¿comprendes?

La doctora movió, afirmativamente, la cabeza.

Se hizo el silencio. Sólo se oía el zumbido de los carretes de alta frecuencia. Transcurrieron los minutos. El médico seguía con la mirada fija en la esfera de su reloj.

-¡Ahora!-gritó de pronto.

El ritmo de los carretes no cambió.

Alzó la mirada con extrañeza.

-¿Qué sucede?-preguntó-.¿Por qué no das al reóstato?

La doctora lo hizo girar levemente. El zumbido de los carretes se intensificó.

-¡Más!-ordenó Vigo.

Pero, en lugar de aumentar, el zumbido se fue apagando hasta cesar por completo.

El médico soltó una maldición.

-¿Qué ocurre?

-No lo sé-contestó Arana, pareciendo expresar despecho en su voz-. ¿Es, este el instrumento tan perfecto que me habías ofrecido? Se ha parado. ¿De qué sirve?

Vigo se plantó de un salto a su lado. Repasó rápidamente todas las piezas. Uno de los hilos estaba suelto.

-¡Maldita sea tu estampa, Fuentes!-exclamó con rabia-. ¡Creí que habías repasado el aparato! ¡Unos alicates y un destornillador, aprisa! ¡Se está pasando la ahora!

Y mascullando maldiciones sin cesar, tomó las herramientas que el otro le ofrecía y arregló el desperfecto en pocos segundos.

-¡Voy a hacerlo funcionar yo mismo!-dijo.

-¡No!-replicó la mujer-. Lo prometido es deuda. Soy yo quien lo hará funcionar.

Y abriendo el interruptor, aguardó unos instantes. El reóstato giró unos milímetros. Los dedos de la doctora lo fueron moviendo hasta que toda la habitación vibró.

-¡Hay que hacerlo más aprisa!-exclamó Vigo-. ¡Así no acabaremos jamás!

Alargó la mano hacia el reóstato. Apartó los dedos de la doctora...

¡Crac! Una de las lámparas saltó hecha añicos. Apagóse el resplandor. Las vibraciones disminuyeron hasta desaparecer por completo. El rostro del doctor Vigo se fue tornando morado. Era tan intensa su rabia que boqueaba sin poder hablar.

Fuentes se acercó.

-¡Imbécil!-dijo-. ¿Qué has hecho?

El médico recobró el uso de la voz.

-¿Que qué he hecho?-rabió, profiriendo una serie de blasfemias-. ¿Que qué he hecho? ¡Fiarme de ti, maldita sea tu estampa! ¡Creer que habías examinado el aparato y corregido todos sus defectos! ¡Suponer que habías puesto lámparas nuevas esta noche, como quedamos!

-Esas lámparas son nuevas.

-Entonces, ¿por qué han estallado?

-No han estallado porque estuviesen gastadas. El ruido que ha hecho era como si se rompiera tras recibir un golpe. Debes haberla tocado. Tienes que haberla roto tú mismo.

Pareció cómo si Vigo fuera a abalanzarse sobre su ayudante, pero se contuvo a tiempo.

-¡Ya discutiremos todo esto más tarde!-dijo, con reconcentrada ira-. Ahora, ¡más vale que busques aprisa lámparas nuevas!

Fuentes, dio media vuelta, sin decir palabra, y se dirigió al cajón sobre el que había estado sentada la doctora.

Esta, entretanto, estaba consultando su reloj de pulsera.

-¡Qué inútiles!-exclamó, taconeando con impaciencia-. ¡Qué inútiles! ¿No podíais haber previsto todo esto antes?

Iba a contestar el médico algo desagradable, cuando se acercó Fuentes, con una lámpara nueva.

-¡ A ver si rompes ésta también!-dijo-. ¡Ya son cerca de las doce y cuarto!

-Ponla tú mismo-ordenó Vigo-. A mí me están temblando demasiado las manos de rabia.

Fuentes sacó el casquillo de la lámpara rota. Sacudió, cuidadosamente, los trozos de cristal con el pañuelo y se dispuso a colocar la nueva.

Una mano invisible le asió la muñeca. Una pistola apareció suspendida en el aire, a dos dedos de sus narices.

-¡Me parece que el aparato no funcionará esta noche, arquitecto Fuentes!

CAPÍTULO XVIII

LAS CAVERNAS

Mientras en los sótanos de la destartalada casa ocurrían los sucesos que acabamos de relatar, Marcos, Santos y Manrique cumplían las órdenes que recibieron de su jefe. Marcos montó guardia fuera. Santos saltó la tapia de adobes. Manrique bajó hacía el mar.

Este último llegó a la playa y, puesto que sus órdenes habían sido concretas, buscó una roca a que encaramarse para contemplar mejor la vecindad.

En los primeros momentos no vio nada anormal que le permitiera deducir dónde se encontraba aquello que tenía instrucciones de buscar. Era natural después de todo. Si tan a la vista hubiese estado, de nada le hubiera servido a la cuadrilla.

No obstante, al poco rato creyó hacer un descubrimiento.

Las olas se estrellaban contra las peñas, cubriéndose sus crestas de espuma. Es decir, ocurría eso en un buen trecho, pero notó que, a cierta distancia de donde se encontraba, las aguas del mar no parecían encontrar obstáculo alguno, puesto que no se alzaban como en las demás.

Aguzó el oído. Como fondo al bisbiseo del agua al deslizarse hacia el mar de nuevo tras estrellarse contra las peñas, imaginóse oír un sonido más profundo y uniforme, como de olas que continuaban su avance sobre una playa sin escollos que se encontrara en lugar cubierto y abovedado. Era como si retumbaran en un lugar hueco.

Saltando de peña en peña, se dirigió al lugar de donde parecía partir dicho ruido y vio que su oído no le había engañado. Las olas continuaban avanzando por allí hasta introducirse en una caverna cuya entrada era lo bastante ancha y alta para permitir que por ella pasase un navío de regular tamaño.

Ignoraba la profundidad que pudiera tener el agua por aquel lado, pero estaba decidido a explorar el interior de la cueva.

Se despojó, lentamente, de la ropa e hizo un lío con ella. Su intención era tirarse al agua, comprobar su profundidad, y si ésta no era tan grande que le permitiera tocar fondo con los pies, recoger el lío de ropa, alzarlo sobre su cabeza y caminar cueva adentro sin mojarse el traje.

Lo depositó, momentáneamente, sobre la roca y buceó. No tardó en tocar fondo, pero, aún así, comprendió que le era imposible caminar por él y mantener la cabeza fuera.

Vaciló unos instantes dentro del agua, sin saber si volver en busca de la ropa y dejar que se mojara o seguir adelante desnudo.

Optó por está último y se puso a nadar con vigor.

Entró en la caverna. Fuera, había salido la luna y, por un fenómeno de refracción, su luz llegaba, aunque débilmente, al interior.

A pesar de ser tan mortecina la iluminación, le bastó para darse cuenta de que, a poca distancia de la entrada, había anclado un barco. Llegó hasta él, y haciendo uso de la cadena del áncora, subió a bordo. Inútil, es decir que carecía de cerillas o cosa alguna que pudiera alumbrarle. Todo había quedado entre su ropa, en la roca.

Buscó, en la semioscuridad, la puerta, de la cámara sin saber, exactamente, lo que iba a buscar.

Bajó la escala y se encontró en una sala, con una mesa larga en su centro, evidentemente el comedor. A ambos lados del mismo se hallaban las puertas de una serie de camarotes. La embarcación era un yate, singularmente bien equipado al parecer.

Abrió una puerta al azar. El camarote en que se encontró tenía dos literas a un lado. Se acercó a la mesita empotrada en el mamparo. Junto a una pipa y una caja de tabaco descubrió una cosa que le llenó de satisfacción: - una caja de cerillas. La recogió, sacó una cerilla, la encendió y miró a su alrededor. El portillo tenía una cortinilla y la corrió enseguida.

Vio un interruptor junto a la puerta. No sabía si habría corriente, pero tampoco se atrevió a comprobarlo. A pesar de la cortina, la iluminación se vería en la caverna. Era demasiado peligroso intentarlo. Además, había descubierto algo que podía sacarle de apuros. Colgado de un gancho se veía un impermeable de marino.

Lo descolgó, lo dobló cuidadosamente, volvió a cubierta y se tiró al agua. Pocos momentos después llegó a la roca en que había dejado la ropa.

La recogió y la envolvió cuidadosamente en el impermeable, se sujetó el bulto a la espalda, se tiró al agua otra vez y, nadando entró en la caverna de nuevo, buscando punto en que tomar tierra.

Una estrecha repisa de roca le brindó lugar en que poner los pies. Momentos más tarde se secaba lo mejor posible y volvía a vestirse. Entonces sacó una lámpara de bolsillo y, con ella en una mano y la pistola en la otra, avanzó por la repisa hasta llegar al fondo de la cueva, donde había una playa de arena.

No había oído el menor ruido ni visto a nadie. Decidió arriesgarse y encendió la lámpara, haciendo que su luz describiera un arco a su alrededor.

La caverna era enorme, pero no se paró a examinar detalles. Había visto algo que le interesaba mucho más. En la orilla, junto al yate, la luz de la lámpara de bolsillo centelleaba reflejada sobre metal.

Avanzó hacia allí y descubrió que se trataba de unos rieles semejantes a los de las vías, empleadas para la circulación de vagonetas en desmontes y minas.

Dio la espalda al yate y echó a andar, siguiendo los rieles. Estos le condujeron a una especie de corredor abierto en la roca en tiempos prehistóricos por algún torrente, el mismo que, en colaboración con el mar, habría vaciado la roca hasta formar la inmensa caverna.

Se introdujo por él.

Al cabo de un rato de caminar, llegó a una puerta y, al pararse a escuchar, oyó la voz del doctor Vigo, que gritaba, excitada.

*****

Entretanto, Santos se había encontrado, al saltar la tapia de adobes, en una explanada de regulares dimensiones, parte de la cual estaba asfaltada.

La cruzó con cautela en dirección a la montaña.

Vio que una pista, asfaltada también, corría en la misma dirección y la siguió. Ésta iba a parar a una caverna parecida a aquella en qué se había introducido Manrique, aunque, clara está, sin agua.

Pero no por eso resultaba menos interesante que la otra. Así como la de abajo contenía un yate, la de arriba servía de hangar a un monoplano de modelo ultramoderno. Santos se limitó a tomar nota de su presencia sin intentar examinarlo.

En el fondo de la cueva había una puerta muy gruesa, cerrada.

El agente de Yuma posó una mano en ella y empujó. Parecía sólida como la propia roca. La examinó, cuidadosamente, a la luz de la lámpara de bolsillo que llevaba. Luego sacó del bolsillo un estuche, extrajo ciertas herramientas y las introdujo en la cerradura, pero tuvo que echar mano de toda su habilidad para poder vencer su resistencia y transcurrió bastante rato antes de que lograra abrirla.

Por fin, sin embargo, oyó el chasquido del cerrojo al descorrerse y exhaló un suspiro de alivio. Abrió la puerta introduciendo la pistola por ella, al propio tiempo que la lámpara encendida.

Vio ante sí un corredor abierto en la roca y se introdujo por él, cuidándose, previamente, de apagar la lámpara y entornar la puerta para que su cuerpo no se dibujara contra el fondo mas claro de la caverna y le convirtiese en magnífico blanco para cualquiera que apareciese por el otro extremo del corredor.

Avanzó a tientas, guiándose por la pared, hasta tropezar con algo blando. Dio un salto atrás, alzó la pistola y aguardó, conteniendo el aliento.

No se oyó el menor sonido.

Vaciló un buen rato, sin saber qué partido tomar. Estaba seguro de que había alguien en el suelo y no quería seguir adelante sin investigar, pero, encender una luz allá dentro, era expuesto a más no poder.

Después de reflexionar, decidió volverse de cara a la puerta por la que había entrado y encender la lámpara amortiguando la luz con su chaqueta.

Oprimió el botón de la lámpara, dirigiendo la luz hacia el suelo. Los rayos de luz iluminaron un rostro cubierto de mortal palidez. Por debajo, se notaba una enorme mancha de sangre.

Santos se dejó caer a su lado, le tomó el pulso y le examinó rápidamente. Tenía tres heridas y estaba completamente muerto. Aunque Santos no lo sabía, acababa de encontrar el cadáver del ingeniero Marquil.

Comprendiendo que nada podía hacer por aquel hombre y que tenía otras obligaciones urgentes que cumplir, apagó la luz, se guardó la lámpara y, con la pistola en la mano aún, siguió avanzando.

Muy pocos pasos tuvo que dar, sin embargo. Otra puerta le cerró el paso, pero se dio cuenta enseguida de que sólo estaba entornada. En aquel preciso instante sonó, más allá de la puerta, una voz vibrante que Santos conocía muy bien, diciendo:

-¡Me parece que el aparato no funcionará esta noche, arquitecto Fuentes!

CAPÍTULO XIX

EL FIN DEL TERROR

La sorpresa inmovilizó e hizo enmudecer a todos de momento.

Fue la doctora la primera en romper, aquella vez también, el silencio.

-¡Yuma!-exclamó.

Hubo un movimiento por encima de la pistola. Un rostro horrible, pálido, de fulgurantes ojos, flotó por encima del arma.

-Tengan la bondad de retroceder unos pasos-ordenó la cabeza aquella, con tono que no admitía réplica.

Pero Vigo no se resignaba tan fácilmente a su sino. Con un brusco movimiento, se colocó detrás de la doctora y echó mano al bolsillo.

-No le aconsejo que intente usted nada, doctor Vigo-dijo otra voz detrás de él-. Cuando Yuma ordena, se le obedece.

El médico se volvió lentamente. En la misma puerta por la que Marquil entrara momentos antes, había un hombre, con una pistola en la mano. Era Santos.

-¡Atrás, Vigo!-ordenó la cabeza siniestra.

El hombre retrocedió, mascullando maldiciones. La doctora y Fuentes le imitaron. La cabeza y la pistola se movieron, pasando al otro lado del aparato. Inmediatamente se abrió la puerta que había frente a la guardada por Santos y apareció en ella Manrique.

-Informa-ordenó Yuma.

-Siguiendo las instrucciones que usted nos dio hace unos minutos, Marcos se quedó montando guardia fuera. Santos saltó la tapia de adobes y yo bajé hacia el mar. A los pocos momentos de ponerme a buscar, encontré una caverna bastante grande en cuyo interior había anclado un yate, como usted suponía. Vi unos rieles que morían al pie del agua. Los seguí y me condujeron a este sótano.

-Bien, ¿Usted, Santos?

-Salté la tapia de adobes-contestó el interpelado-. Me encontré una explanada de regulares dimensiones. En la montaña se abría una cueva. Descubrí en ella un monoplano. Forcé una puerta que encontré en el fondo de la caverna y hallé el corredor rocoso que me ha traído hasta aquí y en el que he encontrado un cadáver.

-Es el camino que empleó Marquil para entrar-aseguró Yuma-, y es su cadáver el que descubriste. Lástima que no pudiera salvarle. Sin embargo, cuando le arrastró Fuentes fuera de este cuarto, no estaba muerto del todo. Aún llegué a tiempo de escuchar sus últimas palabras y enterarme de los pocos detalles que no conocía. Doctor Vigo, ¡es usted un asesino!

El tono en que fueron pronunciadas estas palabras hizo que el médico se sobrecogiera de espanto.

-Merece usted morir de una forma lenta y dolorosa-prosiguió el hombre invisible-. Pero tal vez le perdone...

-¡Yo haré lo que usted me diga!-exclamó. Vigo, completamente acobardado.

-...si es usted sincero conmigo-prosiguió Yuma, sin hacer caso de la interrupción.

-¿Qué quiere usted de mí?

-Poca cosa. No necesito que me cuente nada, porque creo saberlo todo aproximadamente. Basta que usted me corrija si en algún detalle me equivoco.

Hizo una pausa. Luego empezó a resumir los hechos:

-Marquil y usted eran muy amigos y por él supo que Duesto estaba haciendo unas investigaciones que usted había emprendido también, sin éxito. Por los negocios sucios en que había estado usted metido con el ingeniero en otros tiempos, sabía que no se mostraría demasiado escrupuloso y le propuso que, en cuanto viera que Duesto había llevarlo a feliz término las investigaciones, le robara las notas y se las entregase. Marquil procuró hacerse entonces con una llave de la puerta del muchacho y lo consiguió mediante una estratagema. Es muy fácil hacer el molde de una llave.

»Pero, aunque usted no se lo había dicho a su amigo, no tenía el menor propósito de dejar con vida a Duesto una vez se hubiera apoderado de las notas. Duesto, vivo, era un peligro. Consiguió hacer amistad con él hablándole de sus experimentos. Duesto, tomándole por una persona decente, acabó confiándole que estaba trabajando en un invento que había de resultar de gran utilidad para la Humanidad. Tenía el propósito de emplear su emisora de vibraciones para destruir témpanos de hielo, arrecifes, escollos y bajíos, y ya se había puesto en contacto con el Trust Naviero para que su aparato fuera instalado en todos los barcos. El día en que Marquil le dijo que había llegado el momento de obrar, citó usted a Duesto para dejarle el campo libre. Aprovechó, sin embargo la coyuntura para pincharle con un punzón en la nuca en un momento de descuido.

-Le llevé a mi laboratorio-asintió el hombre, no atreviéndose a negar, al ver que todo se sabía-. Cuando se inclinaba para ver de cerca ciertas reacciones químicas que le estaba enseñando, le maté. Aquella noche, Fuentes me ayudó a trasladarle a las Ramblas.

-Ya me lo suponía. Marquil, cuando se enteró de la muerte de Duesto, se asustó. Era un granuja, pero no un asesino. Temió que se descubriera su anticipación en el robo de los papeles, que se le acusara a él de asesinato. Conque aprovechó las ocasiones que se fueron presentando para ir sacando el equipaje sin ser visto y, cuando lo tuvo todo fuera, huyó. Su plan era marcharse de Barcelona y de España en cuanto hubiese podido sacarle a usted suficiente dinero para ello. Se enteró, sin embargo, de que su fuga había hecho recaer sospechas sobre él y temió que le anduvieran buscando por asesinato. Asustado, no se atrevió a moverse de la casa en que había hallado refugio. Le escribió a usted pidiéndole dinero, pero, usted no se dignó contestarle.

-Perdón-interrumpió el doctor Vigo:- yo no recibí ninguna carta suya. He andado buscándole durante todo este tiempo, porque su existencia era para mí un peligro. Si hubiese sabido dónde encontrarle, hubiera ido a verle inmediatamente. Debió perderse la carta.

-Es posible-asintió Yuma-. Lo cierto es que Marquil creyó que se habían burlado de él y decidió vengarse. Hace algún tiempo que no le pierde de vista. Sabía que había adquirido usted esta casa y esperaba una ocasión propicia para sorprenderle en ella, sacarle el dinero que pudiera y después matarle si hacía falta. Pera volvamos al invento.

»Fuentes era amigo suyo también, además, había tenido la desgracia de matar a un hombre en una riña y usted tenía pruebas de ello. Por consiguiente, podía usarle y hasta obligarle a que le ayudara si se negaba, amenazándole con revelar lo que de él sabía. Le confieso que esto es pura deducción.

-Viene a ser eso, poco más o menos -reconoció el médico.

-Quiso la suerte que Fuentes fuera el arquitecto escogido por el doctor Prensa, en cuya clínica se había introducido usted, para la construcción de un hotelito en la calle Provenza. Aprovechó usted aquella ocasión que se le presentaba como llovida del cielo y consiguió que su amigo introdujera en el nuevo edificio unos sótanos secretos en los que, a fuerza de dinero, consiguió que unos electricistas poco aprensivos le hicieran una instalación.

»Aquel fue el lugar escogido por usted para llevar a cabo su primer experimento y desde él destruyó el «Corisco». Cuando el agente mío, a quien había logrado apresar, desapareció, comprendió que era peligroso seguir usando el hotelito y habilitó usted esta casa a toda prisa. Ya sé que el hombre encargado de ir a buscar a mi agente, con el santo propósito de eliminarle del mundo de los vivos se presentó en la clínica con su informe. Usted no se fiaba de nadie y había tomado sus precauciones. El hombre aquel creía estar trabajando a las órdenes de la doctora Arana y a nombre de ella, extendió el sobre, que, siguiendo instrucciones, dejó sobre la mesa del vestíbulo de la clínica. Como usted lo esperaba, le fue cosa fácil apoderarse de ella antes de que la doctora lo hubiera visto.

»Por lo que veo del aparato, ha logrado usted simplificarlo y hacerlo funcionar sin necesidad de corrientes tan elevadas como al principio. Eso explica que le bastaran las dinamos de su yate para destruir el vapor «Marchioness» desde alta mar. Le advierto que eso me desconcertó de momento, porque el día veinte tenía yo instalados unos radiogoniómetros para descubrir el punto en que se hallaba instalado el aparato.

»Esta tarde, sus agentes intentaron introducirse en las casas de los consejeros del Trust Naviero para instalar vibradores. Tenían orden de desistir si la cosa ofrecía peligro y avisarle a usted para que pudiera encargarse un avión de ese trabajo, como sucedió ayer. Afortunadamente, mis agentes fueron más listos que los suyos y pudieron apresarlos a todos. Usted, al no recibir aviso alguno, supuso que los vibradores estaban instalados y no se preocupó más del asunto, su propósito era destruir los tres hotelitos y hacer publicar una nota mañana en los periódicos exigiendo mayor rescate. En realidad, la cuestión del Trust Naviero le interesaba poca cosa. No buscaba con él más que experiencia, ver cómo reaccionaba la gente ante semejante amenaza. Porque picaba usted mucho más alto. Soñaba con imponerse primero a poblaciones enteras, destruyendo casas y barrios completos si era preciso, y acabar convirtiéndose en dictador de la nación, del continente, tal vez del mundo entero. ¿He olvidado algún detalle?

-Ninguna que tenga importancia. Y ahora ¿qué piensa usted hacer de mí?

-Eso será preciso que lo piense unas instantes-respondió Yuma.

Pareció como si se corriera un telón y desapareció su cabeza. Lo propio ocurrió con la pistola. De pronto, Vigo soltó una exclamación de dolor que coreó Fuentes. Ambos habían sentido un profundo pinchazo en la espalda.

-¡Me muero!-gritó Fuentes.

Vigo, convencido también de que le habían inyectado un veneno mortal, soltó una blasfemia y sacó la pistola del bolsillo. Pero no tuvo fuerzas y rodó por el suelo, junto a su cómplice.

La cabeza de Yuma volvió a aparecer.

-Hay que sacar de aquí a estos hombres-dijo-. Llévate tú a uno a tu casa, Santos. Y tú al otro, Manrique. Haced lo de costumbre. Ya avisaré a Garvez. La Policía se hará cargo de todo esto y del cadáver del ingeniero.

Manrique iba a inclinarse sobre el médico, cuando se acordó de una cosa.

-Pero-dijo, con extrañeza-, ¿qué hacemos con la doctora? ¿No ha de recibir una inyección también ella?

-¡Ah, sí! ¡La doctora!-exclamó Yuma-. La había olvidado por completo. ¡Como ha estado tan callada!

Se volvió a la mujer.

-Un paso al frente, doctora Arana.

Ella obedeció.

-Te presento a dos de mis agentes de confianza-dijo, de pronto, Yuma. ¡Manrique! ¡Santos! Os presento a la doctora Arana, tan inteligente y valerosa como bella la mujer a quien debemos, en gran parte, nuestro triunfo en este caso. ¡Mi agente R.!

Y la doctora Arana estrechó cordialmente la mano de los dos hombres, que la miraban boquiabiertos.

*****

Una hora más tarde, obedeciendo las indicaciones que el misterioso ser invisible le hecho por teléfono, Rebolledo, acompañado de un inspector de policía, varios agentes, el juez de guardia y el médico forense, llegaba a Casa Antúnez y se posesionaba del misterioso edificio y de todo cuanto contenía.

Una hoja de papel, colocada en sitio bien visible, contenía una narración sucinta con todos los pormenores.

El forense examinó el cadáver, y el juez ordenó, su levantamiento.

Gracias a Yuma, el terrible peligro que amenazara a Barcelona, a España, al mundo entero, estaba conjurado.

Pero no se encontró a persona alguna a quien detener. Sólo la explicación de La Voz, que, como siempre que se le presentaba ocasión, privaba de la memoria a los malhechores y se los llevaba para reeducarles, darles una personalidad nueva y convertirlos en ciudadanos de provecho.

Cuando, al ser hecho público alguno de estos rasgos de Yuma, la Prensa publicaba sendos artículos criticando la afición del misterioso personaje a semejantes experimentos, éste contestaba por el mismo medio retando a sus detractores a que señalaran un solo caso en que el hombre a quien él hubiese, tratado hubiera vuelto a la vida del crimen y comprometiéndose, formalmente, a cesar en sus experimentos, el día que tal ocurriese

Ese día no había llegado hasta la fecha. Todo el mundo tenía que reconocerlo. Y Yuma, nuevo Quijote revestido de la armadura de la invisibilidad, seguía errando por el mundo deshaciendo entuertos, ayudando al desvalido, poniendo sus poderosos recursos al servicio de la Ley.

Doquiera sonaba La Voz, temblaba el criminal, sentíase más seguro el justo, y las autoridades podían contar con un aliado y colaborador incondicional.

 

 

 

FIN

 

Publicado por: Editorial Molino, octubre de 1943

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