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Libro N° 3995. Tras La Caida De La Noche. Clarke, Arthur C. & Benford, Gregory.

Libro N° 3995. Tras La Caida De La Noche. Clarke, Arthur C. & Benford, Gregory.

 


© Libro N° 3995. Tras La Caida De La Noche. Clarke, Arthur C. & Benford, Gregory. Colección E.O. Julio 22 de 2017.

Título original: ©  Tras La Caida De La Noche. Arthur C. Clarke & Gregory Benford

 

Versión Original: © Tras La Caida De La Noche. Arthur C. Clarke & Gregory Benford

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2015/11/tras-la-caida-de-la-noche-arthur-c.html#more

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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TRAS LA CAIDA DE LA NOCHE

Arthur C. Clarke & Gregory Benford

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ARTHUR C. CLARKE GREGORY BENFORD

TRAS LA CAÍDA DE LA NOCHE

PREFACIO

PRIMERA PARTE

PRÓLOGO

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

SEGUNDA PARTE

19

20

21

22

23

24

25

26

27

28

29

30

31

32

33

34

35

36

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ARTHUR C. CLARKE GREGORY BENFORD

TRAS LA CAÍDA DE LA NOCHE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A Mark Martin y David Brin

 

por sus jugosas ideas,

 

su apasionada charla

 

y su cálida amistad.

G.B.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PREFACIO

 

Ha pasado más de medio siglo desde que na ció Tras la caída de la noche, aunque todavía con servo claramente en la memoria el momento de su concepción.

 

Parece que la primera imagen de la novela se me apareció de repente, surgida de ninguna parte. Fue una imagen tan vivida que la anoté de inmediato, aunque en ese momento no tenía ni idea de que fuera a desarrollarla.

 

Eso debió de ser aproximadamente en 1936, y a finales de 1940, cuando ya había escrito varios borradores, fui evacuado con mis compañeros del Ministerio de Hacienda de Su Majestad a la pe queña ciudad de Colwyn Bay, en el norte de Ga les. Allí terminé una versión de quince mil pala bras, pero durante los cinco años siguientes estuve ocupado con otros asuntos (véase Glide Path).

 

Empecé a trabajar de nuevo en la historia en agosto de 1945, aunque no recuerdo si fue an tes o después de que la bomba de Hiroshima cambiara el mundo.

 

El primer borrador completo fue terminado en enero de 1946, y lo envié rápidamente a John Campbell para su revista Astounding Stories.

 

Campbell tardó tres meses en rechazarlo, y reescribí el final en julio de 1946, y volví a enviár selo. Campbell tardó otros tres meses en rechazar la segunda versión.

 

Después de eso, la envié a mi nuevo agente, Scott Meredith, que la vendió a Startling Stories, donde apareció en noviembre de 1948. Fue acep tada por Gnome Press para ser publicada en cartoné en septiembre de 1949, y apareció en una bonita edición con portada de un joven artista muy prometedor, un tal Kelly Freas (debió de ser uno de los primeros trabajos de Kelly, sólo espero que le pagaran por él).

 

Por ser mi primera obra, Tras la caída de la no che siempre ha ocupado un lugar especial en mi co razón, aunque nunca me sentí completamente satisfecho de ella. La oportunidad de hacer una revisión completa se produjo durante un largo viaje por mar de Inglaterra a Australia, cuando uní fuerzas con Mike Wilson y preparé una expedición submarina al Gran Arrecife de Coral (véase The Coast of Coral). La nueva versión, mucho más larga y drásticamente revisada, La ciudad y las estrellas, fue completada en Queensland entre excursiones al arrecife y a los territorios de perlas del estrecho de Torres. Fue publicada por Harcourt, Brace amp; World en 1956, y ha permanecido en catálogo desde entonces.

 

En ese momento, supuse que la nueva versión reemplazaría por completo a la antigua novela, pero Tras la caída de la noche no demostró ninguna tendencia a desaparecer. De hecho, para mi sorpresa, algunos lectores la prefirieron a su sucesora, y ha sido reeditada varias veces en rústica (Pyramid Books, 1960; Jove, 1978) así como en el volumen El león de Comarre y Tras la caída de la noche.

 

Un día me gustaría hacer una encuesta para descubrir cuál es la versión más popular; ya hace tiempo que he renunciado a intentar decidir cuál es la mejor.

 

La búsqueda del título duró casi tanto como la redacción del libro. Lo encontré por fin en un poema de A. E. Housman, que también inspiró la historia corta Transience:

 

¿ Qué haré o escribiré

tras la caída de la noche?

 

 

El nombre de mi protagonista, Alvin, también me dio muchos quebraderos de cabeza, y no pue do recordar cuándo ni por qué me decidí por él. No me di cuenta de que, al menos para los lectores norteamericanos, resultaba levemente humorístico, pues recordaba a un famoso personaje de cómics. Sin embargo, muchos años más tarde, el nombre tuvo para mí dos importantes asociaciones. El sumergible Alvin llevó a Ballard y sus asociados a descubrir los restos del Titanic en 1986. Esa tragedia, ocurrida cinco años antes de que yo naciera (eso me deja en evidencia, ¿eh?), me ha acompañado toda la vida. Fue la base para la primera historia que escribí, una epopeya felizmente perdida llamada (agárrense) Icebergs del espacio. También la incorporé a la novela Imperial Earth (1975), y es el tema de un libro en el que llevo trabajando varios años.

 

Quizá todavía más extraño, el nombre Alvin deriva del de Allyn C. Vine, su principal ingenie ro. Y Vine fue uno de los autores de la famosa carta en Science (151 682-683; 1966), que proponía la construcción del Ascensor Espacial, el tema de mi novela Las fuentes del Paraíso (1979).

 

Así que el nombre de Alvin tenía mucho más poder de lo que yo habría podido imaginar a fina les de los años treinta, y me alegro de reconocerlo.

 

Cuando se sugirió que Gregory Benford es cribiera una continuación de la historia, me sentí inmediatamente cautivado por la idea, pues soy un gran admirador de los libros de Greg, especialmente de su notable Gran río del espacio. Además, acababa de conocerle en la sede de la NASA. Como profesor de astrofísica de la Universidad de California, en Irvine, es uno de los consejeros técnicos de la NASA.

 

He leído su continuación con gran interés, porque para mí (como lo será para ustedes) fue un viaje de descubrimiento. No tenía ni idea de cómo desarrollaría los temas y personajes que yo abandoné hace ya tanto tiempo.

 

Es particularmente interesante ver cómo algu nos de los conceptos de esta historia que ya tiene medio siglo están ahora a la cabeza de la ciencia moderna; me gusta especialmente el «Sol negro», que es una clara descripción de los ahora tan po pulares agujeros negros.

 

No diré más sobre la versión de Greg, ni de la mía. Los dejo para que disfruten de ambas.

 

Otra cosa: por una extraña coincidencia, casi simultáneamente con la propuesta de escribir la continuación de Tras la caída de la noche, el excelente escritor australiano Damien Broderick (The Dreaming Dragons) me escribió preguntando si podía escribir la continuación de La ciudad y las estrellas. A la vista del proyecto de Greg, rechacé reluctante su oferta, pero tal vez dentro de otra década…

 

arthur C. clarke

Colombo, Sri Lanka

29 de mayo de 1989

 

 

 

PRIMERA PARTE

 

PRÓLOGO

 

Ni una sola vez en el transcurso de toda una generación había cambiado la voz de la ciudad como lo estaba haciendo ahora. Día y noche, era tras era, nunca había vacilado. Para miríadas de hombres, fue el primer y último sonido de sus vidas. Era parte de la ciudad: cuando cesara, la ciu dad habría muerto y las arenas del desierto se adueñarían de las grandes calles de Diaspar.

 

Incluso aquí, a un kilómetro de altura sobre el nivel del suelo, el súbito silencio hizo que Convar se asomara al balcón. Muy por debajo, los cami nos móviles seguían extendiéndose entre los grandes edificios, pero ahora estaban repletos de multitudes silenciosas. Algo había sacado de sus casas a los lánguidos habitantes de la ciudad, que deambulaban a millares entre las torres de metal coloreado. Y entonces Convar vio que todos aquellos rostros se volvían hacia el cielo.

 

Por un instante el miedo inundó su alma, mié do a que después de tantos años los Invasores hu bieran regresado a la Tierra. Entonces también él miró el cielo, arrebatado por un prodigio que no esperaba volver a ver. Lo contempló durante varios minutos antes de ir a recoger a su hijo.

 

Al principio, el pequeño Alvin tuvo miedo. Las torres de la ciudad, las manchas móviles a mil metros bajo ellos formaban parte de su mundo, pero lo que había en el cielo estaba más allá de toda su experiencia. Era más grande que ninguno de los edificios de la ciudad, y su blancura eran tan deslumbrante que lastimaba los ojos. Aunque parecía sólido, los inquietos vientos cambiaban sus contornos.

 

Alvin sabía que antiguamente los cielos de la Tierra estuvieron llenos de formas extrañas. Gran des naves venían del espacio, llevando tesoros des conocidos, para descargarlos luego en el Puerto de Diaspar. Pero eso había sucedido quinientos mi llones de años atrás: antes del principio de la historia, el Puerto había sido enterrado por las cambian tes arenas.

 

Cuando habló a su hijo, Convar lo hizo con tristeza.

 

- Mírala bien, Alvin -dijo-. Puede que sea la última que vea el mundo. Sólo he visto otra en toda mi vida, y una vez llenaron los cielos de la Tierra.

 

Observaron en silencio, y con ellos los miles de personas en las calles y las torres de Diaspar, hasta que la última nube desapareció lentamente de la vista, absorbida por el aire estancado y ca liente de los desiertos interminables.

 

1

 

LA PRISIÓN DE DIASPAR

 

 

La lección había terminado. El monótono su surro del hipnono subió bruscamente de tono y cesó de repente con una triple nota de mando. En tonces la máquina se difuminó y desapareció, pero Alvin continuó sentado mirando a la nada mientras su mente regresaba del pasado para reen contrarse con la realidad.

 

Jeserac fue el primero en hablar. Su voz parecía preocupada y un poco insegura.

 

- Ésos son los archivos más antiguos del mundo, Alvin, los únicos que muestran cómo era la Tierra antes de que llegaran los Invasores. Muy pocas personas los han visto.

 

El muchacho se volvió lentamente hacia su tu tor. En sus ojos había algo que preocupaba al an ciano, y una vez más Jeserac lamentó su acción. Empezó a hablar rápidamente, como intentando tranquilizar su propia conciencia.

 

- Sabes que nunca hablamos de los tiempos remotos, y sólo te he mostrado esos archivos por que estabas ansioso por verlos. No dejes que te trastornen: mientras seas feliz, ¿importa qué porción del mundo ocupamos? La gente que has visto disponía de más espacio, pero era menos dichosa que nosotros.

 

Alvin se preguntó si aquello era cierto. Una vez más pensó en el desierto que rodeaba la isla que era Diaspar, y su mente regresó al mundo que había sido la Tierra. Vio de nuevo las interminables extensiones de agua azul, más grandes que la tierra misma, y las olas que lamían las costas doradas. Sus oídos resonaban todavía con el rugido de los rompientes silenciados durante mil millones de años. Y recordó los bosques y las praderas, y las extrañas bestias que antaño compartieron el mundo con la humanidad.

 

Todo aquello había desaparecido.

 

De los océanos no quedaba más que grises de siertos de sal, la cambiante cobertura de la Tierra. Sal y arena, de un polo a otro, y sólo las luces de Diaspar ardían en la desolación que un día acaba ría por vencerlas.

 

Y éstas eran las cosas menos importantes que había perdido el hombre, pues sobre la desolación todavía brillaban, inmóviles, las olvidadas es trellas.

 

- Jeserac -dijo Alvin por fin-, una vez fui a la Torre de Loranne. Nadie vive allí ya, y pude contemplar el desierto. Estaba oscuro, y no pude ver el suelo, pero el cielo estaba lleno de luces de colores. Las contemplé durante largo rato, pero no se movían. Me marché poco después. Eran estrellas, ¿verdad?

 

Jeserac se alarmó. Tendría que investigar más tarde cómo había llegado Alvin a la Torre de Lo ranne. Los intereses del muchacho se volvían peli grosos.

 

- Eran estrellas -contestó sucintamente-. ¿Qué pasa con ellas?

 

- Antes las visitábamos, ¿verdad?

 

Una larga pausa.

 

- Sí.

 

- ¿Por qué dejamos de hacerlo? ¿Qué eran los Invasores?

 

Jeserac se puso en pie. Su respuesta repitió la de todos los maestros que había conocido el mundo.

 

- Ya es suficiente por hoy, Alvin. Más adelante, cuando seas mayor, te contaré más…, pero no ahora. Ya sabes demasiado.

 

Alvin nunca volvió a plantear la pregunta. Más tarde ya no tuvo necesidad, pues la respuesta estuvo clara. Y había tantas cosas en Diaspar para asombrarle que durante meses pudo olvidar la ex traña ansiedad que sólo él parecía sentir.

 

Diaspar era un mundo en sí mismo. Aquí el hombre había reunido todos sus tesoros, cuanto había salvado de la ruina del pasado. Todas las ciudades que habían existido dieron algo a Dias par: incluso antes de la llegada de los Invasores, su nombre era ya conocido en los mundos que el hombre había perdido.

 

Los edificios de Diaspar conservaban todas las habilidades, todo el arte de las Eras Doradas.

 

Cuando los grandes días llegaron a su fin, la capa cidad de los hombres remodeló la ciudad y la en tregó a las máquinas que la hicieron inmortal. No importaba lo que pudiera olvidarse, Diaspar viviría y transportaría a los descendientes del hombre por la corriente del tiempo.

 

Los habitantes de Diaspar se sentían, tal vez, tan satisfechos como cualquier otra raza que hu biera conocido el mundo, y a su modo eran dichosos. Pasaban sus largas vidas en medio de una belleza que jamás había sido superada, pues el trabajo de millones de siglos había sido dedicado a la gloria de Diaspar.

 

Éste era el mundo de Alvin, un mundo que llevaba siglos hundiéndose lentamente en la decadencia. Alvin no era consciente de esto todavía, pues el presente estaba tan lleno de maravillas que era fácil olvidar el pasado. Había mucho que hacer, mucho que aprender antes de que los largos siglos de su juventud acabaran por marchitarse.

 

La música fue la primera de las artes que le atrajo, y durante algún tiempo experimentó con muchos instrumentos. Pero la más antigua de to das las artes era ahora tan compleja que le llevaría mil años dominar todos sus secretos, y finalmente abandonó sus ambiciones. Podía escuchar, pero no era capaz de crear.

 

Durante mucho tiempo el conversor de pensamientos le causó gran placer. En su pantalla, creaba interminables pautas de forma y color, normalmente copias, deliberadas o casuales, de los antiguos maestros. Cada vez con más frecuencia, se encontraba creando paisajes de ensueño del extinto Mundo del Amanecer, y a menudo sus pensamientos divagaban caprichosamente hacia los archivos que le había mostrado Jeserac. Así, las ascuas de su descontento ardían lentamente hasta alcanzar el nivel de la conciencia, aunque apenas le preocupaba la vaga inquietud que sentía.

 

Pero a lo largo de los meses y los años, la in quietud fue en aumento. Antes, Alvin se contentaba con compartir los placeres e intereses de Diaspar, pero ahora sabía que éstos no eran suficientes. Sus horizontes se expandían, y el saber que su vida entera debía quedar confinada en los muros de la ciudad se le hacía intolerable. Sabía perfectamente bien que no había ninguna alterna tiva, pues las arenas del desierto cubrían todo el mundo.

 

Había visto el desierto sólo unas cuantas veces en su vida, y tampoco conocía a nadie que lo hu biera visto en su totalidad. El temor de su pueblo al mundo exterior era algo que no podía entender: para él no albergaba terror, sino simplemente mis terio. Cuando se sentía cansado de Diaspar, el misterio le llamaba como lo hacía ahora.

 

Los caminos móviles rebosaban de vida y color mientras los habitantes de la ciudad se dirigían a resolver sus asuntos. Sonreían a Alvin cuando se abría paso hacia el carril de alta velocidad. A veces lo saludaban por su nombre; antes le resultaba ha lagador pensar que era conocido en todo Diaspar, pero ahora ya no le producía ningún placer.

 

En pocos minutos, el canal expreso lo llevó fuera del abarrotado corazón de la ciudad, y había pocas personas a la vista cuando se detuvo lentamente contra una larga plataforma de mármol de brillantes colores. Los caminos móviles formaban de tal manera parte de su vida que Alvin nunca había imaginado otra forma de transporte. Un ingeniero del viejo mundo se habría vuelto loco poco a poco tratando de comprender cómo un camino sólido podía quedar fijo en ambos extremos mientras su centro viajaba a ciento cincuenta kilómetros por hora. Tal vez un día Alvin se sentiría también perplejo, pero por ahora aceptaba su entorno con tan poco sentido crítico como todos los otros ciudadanos de Diaspar.

 

Esta zona de la ciudad estaba casi desierta. Aunque la población de Diaspar no se había visto alterada durante milenios, las familias tenían por costumbre mudarse a intervalos frecuentes. Algún día la marea de la vida volvería a invadir esta zona, pero las grandes torres llevaban ya desiertas más de cien mil años.

 

La plataforma de mármol terminaba contra una pared taladrada por brillantes túneles iluminados. Sin vacilación, Alvin escogió uno y entró en él. El campo peristáltico lo agarró de inmediato y lo impulsó hacia delante mientras el muchacho se tumbaba cómodamente y contemplaba cuanto le rodeaba.

 

No parecía posible que se encontrara en un túnel bajo tierra. El arte que había utilizado todo Diaspar para sus lienzos estaba presente por todas partes, y sobre Alvin los cielos parecían abiertos a los vientos de la gloria. Por todas partes se alzaban las torres de la ciudad, brillando a la luz del sol. No se trataba de la ciudad tal como Alvin la conocía, sino la Diaspar de una época mucho más remota. Aunque la mayoría de los grandes edificios eran familiares, había sutiles diferencias que aumentaban el interés de la escena. Alvin deseó poder detenerse a contemplar, pero nunca había encontrado un medio de retardar su avance a través del túnel.

 

Poco después fue depositado en una gran cámara elíptica, completamente rodeada de ventanas. A través de ellas pudo contemplar un exube rante paisaje de jardines encendidos con brillantes flores. Todavía había jardines en Diaspar, pero éstos sólo habían existido en la mente del artista que los había concebido. Desde luego, ya no existían flores como éstas en el mundo actual.

 

Alvin atravesó una de las ventanas y la ilusión se hizo añicos. Se encontró en un pasadizo circu lar que se curvaba lentamente hacia arriba. Bajo sus pies, el suelo empezó a avanzar poco a poco, como ansiando conducirlo a su destino. Alvin dio unos cuantos pasos hasta que su velocidad fue tan grande que cualquier otro esfuerzo habría sido una pérdida de tiempo.

 

El corredor seguía inclinado hacia arriba, y unos centenares de metros después se curvó en un completo ángulo recto. Pero eso sólo se lo decía la lógica: para los sentidos era como si corriera por un corredor absolutamente horizontal. El hecho de que en realidad estuviera subiendo por un pozo vertical de varios metros de profundidad no le producía a Alvin ninguna sensación de inseguridad, pues un fallo del campo polarizador era impensable.

 

El corredor empezó a inclinarse «hacia abajo» hasta que una vez más formó un ángulo recto. El movimiento del suelo se redujo de forma imperceptible hasta que se detuvo al final de un largo salón cubierto de espejos. Alvin sabía que en este momento se encontraba casi en la cúspide de la Torre de Loranne.

 

Permaneció unos instantes en la sala de los es pejos, sintiendo una fascinación única. Sabía que no existía nada parecido en el resto de Diaspar. Por algún capricho del artista, sólo unos pocos espejos reflejaban la escena como realmente era, y Alvin estaba convencido de que incluso aquéllos cambiaban constantemente de posición. Los demás reflejaban algo, desde luego, pero resultaba levemente desconcertante contemplarse a uno mismo en medio de paisajes siempre cambiantes y completamente imaginarios. Alvin se preguntó qué haría si veía a alguien más, acercándosele en el mundo-espejo, pero hasta ahora la situación nunca se había producido.

 

Cinco minutos más tarde estaba en una habi tación pequeña y desnuda por la que soplaba con tinuamente un viento cálido. Era parte del sistema de ventilación de la torre, y el aire en movimiento escapaba a través de una serie de amplias aberturas que horadaban la pared del edificio. Por aquellos agujeros podía atisbarse el mundo que existía más allá de Diaspar.

 

Tal vez sería exagerado decir que Diaspar había sido construida deliberadamente para que sus habitantes no pudieran ver nada del mundo exte rior. Sin embargo, era extraño que desde ningún otro lugar de la ciudad pudiera verse el desierto. Las torres exteriores de Diaspar formaban una muralla a través de la ciudad, dando la espalda al mundo hostil que quedaba al otro lado, y Alvin pensó de nuevo en la extraña reluctancia de su pueblo a hablar o pensar siquiera en nada que quedara más allá de su pequeño universo.

 

A miles de metros por debajo de él, la luz del sol se retiraba del desierto. Los rayos casi horizontales dibujaban una pauta de luz contra la muralla oriental de la pequeña habitación, y la sombra de Alvin parecía enorme a sus espaldas. El muchacho se cubrió los ojos contra el resplandor y contempló la tierra que ningún hombre había recorrido durante eras.

 

Había poco que ver: sólo las largas sombras de las dunas de arena y, al oeste, el contorno de las montañas tras las que se ocultaba el sol. Era extra ño pensar que, entre todos los millones de seres humanos que vivían en Diaspar, sólo él había contemplado este panorama.

 

No hubo crepúsculo. Con la marcha del sol, la noche barrió el desierto como un viento invisible, esparciendo las estrellas a su paso. Arriba, hacia el sur, ardía una extraña formación que había llama do la atención de Alvin con anterioridad: un círculo perfecto de seis estrellas de colores con una gran gigante blanca en su centro. Pocas estrellas tenían aquel brillo, pues los grandes cielos que antaño ardieron tan fieramente con la gloria de la juventud se dirigían ahora hacia su extinción.

 

Durante largo rato Alvin permaneció arrodi llado ante la abertura, contemplando el avance de las estrellas hacia el oeste. Aquí, en la titilante os curidad, por encima de la ciudad, su mente pare cía funcionar con claridad superior a lo normal. Todavía había tremendas lagunas en su conocimiento, pero el problema de Diaspar empezaba a revelarse lentamente.

 

La raza humana había cambiado, y él, no. An tes, la curiosidad y el deseo de conocer que le apartaban del resto de su pueblo fueron patrimo nio de todo el mundo. En tiempos remotos, hacía millones de años, debió de suceder algo que cam bió por completo a la humanidad. Aquellas refe rencias inexplicables a los Invasores…, ¿se encon traba ahí la respuesta?

 

Era hora de regresar. Mientras se ponía en pie, Alvin se sintió asaltado por un pensamiento que no se le había ocurrido antes. El agujero de venti lación era casi horizontal, y de unos cuatro metros de longitud. Siempre había imaginado que terminaba en la muralla de la torre, pero eso no era más que una simple suposición. Ahora advirtió que había otras posibilidades. De hecho, era muy probable que hubiera alguna especie de cornisa tras la abertura, aunque sólo fuera por razones de seguridad. Era demasiado tarde para hacer ninguna exploración, pero al día siguiente regresaría…

 

Lamentaba tener que mentir a Jeserac, pero ya que el anciano desaprobaba sus excentricidades, ocultaba la verdad por amabilidad. Alvin no podía decir qué esperaba descubrir exactamente. Sabía bien que si llegaba a salir de Diaspar, tendría que regresar pronto. Pero la excitación escolar ante una posible aventura le servía como justificación.

 

No fue difícil abrirse paso a través del túnel, aunque no podría haberlo hecho un año antes. La idea de caer desde mil quinientos metros no le preocupaba en absoluto, pues la humanidad había perdido por completo el miedo a las alturas. Y, de hecho, el salto fue sólo de un metro hasta una amplia terraza que corría a izquierda y derecha ante la fachada de la torre.

 

Alvin salió de la abertura, con la sangre latiéndole agitadamente en las venas. Ante él, ya no en marcado por el estrecho rectángulo de piedra, se extendía la inmensidad del desierto. Arriba, la fachada de la torre todavía se alzaba varios cientos de metros hacia el cielo. Los edificios cercanos se extendían al norte y al sur, formando una avenida de titanes. Con interés, Alvin advirtió que la Torre de Loranne no era la única que tenía aberturas de ventilación ha cia el desierto. Por un momento, contempló embe lesado el tremendo paisaje; luego empezó a exa minar la cornisa sobre la que se encontraba. Tenía unos seis metros de anchura y terminaba brusca mente en el vacío. Alvin se asomó sin temor al borde del precipicio y calculó que el desierto se hallaba a unos mil quinientos metros por debajo. No había ninguna oportunidad de escapar por ahí.

 

Mucho más interesante resultaba el hecho de que un tramo de escaleras conducía al parecer a otra cornisa situada a unos pocos cientos de me tros por debajo. Los peldaños estaban tallados en la fachada del edificio, y Alvin se preguntó si to dos conducían hasta la superficie. Era una posibilidad excitante. Entusiasmado, Alvin pasó por alto las implicaciones físicas de un descenso de mil quinientos metros.

 

Pero la escalera apenas descendía un centenar de metros. Se detenía súbitamente contra un gran bloque de piedra que parecía soldado a través. No había manera de pasar. El camino había sido cor tado deliberada y concienzudamente.

 

Alvin se acercó desanimado al obstáculo. Ha bía olvidado la imposibilidad de volver a subir por una escalera de mil quinientos metros de altu ra de haber podido completar el descenso, y se sintió molesto al haber llegado tan lejos sólo para encontrarse con el fracaso.

 

Se acercó a la piedra, y por primera vez vio el mensaje grabado en ella. Las letras eran arcaicas, pero pudo descifrarlas con facilidad. Leyó tres ve ces la sencilla inscripción; entonces se sentó en la gran losa de piedra y contempló la tierra inaccesi ble que se extendía debajo.

HAY UN CAMINO MEJOR.

 

SALUDA AL GUARDIAN DE LOS ARCHIVOS.

 

ALAINE DE LYNDAR

 

 

2

 

EL COMIENZO DE LA BÚSQUEDA

 

 

Rorden, el Guardián de los Archivos, ocultó su sorpresa cuando el joven visitante se anunció. Re conoció a Alvin de inmediato, y mientras el muchacho entraba en la sala tecleó su nombre en la máquina de información. Tres segundos después, tenía en la mano la tarjeta personal de Alvin.

 

Según Jeserac, los deberes del Guardián de los Archivos eran algo oscuros, pero Alvin esperaba encontrarle en el corazón de un enorme sistema de archivación. También, por ningún motivo concreto, esperaba encontrar a alguien tan viejo como Jeserac. En cambio, estaba frente a un hombre de mediana edad en una modesta habitación que contenía tal vez una docena de máquinas. El saludo de Rorden fue un tanto ausente, pues estudiaba subrepticiamente la tarjeta personal de Alvin.

 

- ¿Alaine de Lyndar? -dijo-. No, nunca he oído hablar de él. Pero enseguida podremos averi guar quién era.

 

Alvin lo observó con interés mientras pulsa ba unas cuantas teclas en una de las máquinas.

 

Casi de inmediato se produjo el brillo de un campo sintetizador, y se materializó una tira de papel.

 

- Parece que Alaine fue uno de mis predece sores… hace muchísimo tiempo. Creía que conocía a todos los Guardianes de los últimos cien millones de años, pero debió de vivir con anterio ridad a eso. Ha pasado tanto tiempo que sólo está registrado su nombre, sin ningún otro detalle. ¿Dónde estaba esa inscripción?

 

- En la Torre de Loranne -respondió Alvin tras un momento de duda.

 

El Guardián del Archivo volvió a teclear, pero esta vez el campo no reapareció ni se materializó papel alguno.

 

- ¿Qué está haciendo? -preguntó Alvin-. ¿Dónde están sus archivos?

 

El Guardián se echó a reír.

 

- Eso siempre intriga a la gente. Resultaría imposible mantener registros escritos de toda la información que necesitamos. Por eso la graba mos electrónicamente y la borramos de forma au tomática tras cierto tiempo, a menos que haya al gún motivo especial para conservarla. Si Alaine dejó algún mensaje para la posterioridad, lo des cubriremos pronto.

 

- ¿Cómo?

 

- No hay nadie en el mundo que pueda explicártelo. Todo lo que sé es que este aparato es un Asociador. Si le das una serie de datos, escudriñará la totalidad del conocimiento humano hasta que los relacione.

 

- ¿Requiere mucho tiempo?

 

- A veces he tenido que esperar veinte años para obtener una respuesta. ¿Por qué no te sientas? -añadió, y las arrugas en torno a sus ojos traicionaron su voz solemne.

 

Alvin no había visto nunca a alguien como el Guardián de los Archivos, y decidió que le caía bien. Estaba cansado de que le recordaran que era un niño, y era agradable ser tratado como una persona de verdad.

 

Una vez más el campo sintetizador destelló, y Rorden se inclinó para leer la tira de papel. El mensaje debía de ser largo, pues tardó varios mi nutos en hacerlo. Por fin, se sentó en uno de los sillones de la habitación, mirando a su visitante con ojos que, según advirtió Alvin por primera vez, eran desconcertantes y escrutadores.

 

- ¿Qué dice? -estalló el muchacho por fin, incapaz de contener más tiempo su curiosidad.

 

Rorden no contestó. En cambio, fue él quien pidió información.

 

- ¿Por qué quieres salir de Diaspar? -dijo suavemente.

 

Si Jeserac o su padre le hubieran hecho aquella pregunta, Alvin habría contestado con un puñado de verdades a medias o mentiras completas. Pero con este hombre, a quien sólo conocía desde hacía algunos minutos, no parecía haber ninguna de las barreras que lo apartaban de aquellos que conocía de toda la vida.

 

- No estoy seguro -contestó, hablando despacio, pero sin vacilar-. Siempre me he sentido así. Sé que no hay nada fuera de Diaspar, pero quiero salir de aquí de todas formas.

 

Miró tímidamente a Rorden, como esperando su apoyo, pero los ojos del Guardián estaban muy lejos de allí. Cuando por fin se volvió de nuevo hacia Alvin, en su rostro había una expresión que el muchacho no pudo entender por completo, pero contenía un tono de tristeza que resultaba, de algún modo, preocupante.

 

Nadie podría suponer que Rorden se enfrentaba a la crisis más grave de su vida. Durante miles de años había ejecutado sus deberes como intérprete de las máquinas, deberes que no requerían demasiada ini ciativa ni muchas dotes emprendedoras. Apartado del tumulto de la ciudad, aislado de sus semejantes, Rorden había vivido feliz y satisfecho. Y ahora llega ba este muchacho, perturbando los fantasmas de una era que llevaba muerta miles de siglos, y amenazando con destrozar su apreciada paz espiritual.

 

Unas cuantas palabras de desánimo podrían ser suficientes para conjurar la amenaza, pero al mirar aquellos ojos ansiosos e infelices, Rorden supo que nunca podría solucionarlo por la vía fácil. Incluso sin el mensaje de Alaine, su conciencia lo habría prohibido.

 

- Alvin -empezó a decir-, sé que hay mu chas cosas que te intrigan. Supongo que, sobre todo, te habrás preguntado por qué vivimos ahora en Diaspar cuando antes el mundo entero no fue suficiente para nosotros.

 

Alvin asintió, preguntándose cómo el hombre podía leer tan acertadamente su mente.

 

- Bueno, me temo que no puedo responder a esa pregunta por completo. No pongas esa cara de decepción: todavía no he terminado. Todo em pezó cuando el hombre luchaba contra los Invasores…, fueran quienes fuesen. Antes de eso, se esparcía entre las estrellas, pero fue obligado a regresar a la Tierra tras una serie de guerras de las que no tenemos más noticias. Tal vez esa derrota cambió su carácter, y le obligó a contentarse con pasar el resto de su existencia en la Tierra. O tal vez los Invasores prometieron dejar a la humanidad en paz si permanecía en su planeta; no lo sa bemos. Lo que es seguro es que empezamos a de sarrollar una cultura fuertemente centralizada, de la que Diaspar fue el máximo exponente.

 

»Al principio, hubo muchas grandes ciudades, pero al final Diaspar las absorbió a todas, pues pa rece que hay una fuerza que impulsa a los hombres a unirse como antaño los impulsó hacia las estrellas. Pocas personas llegan a reconocerlo, pe ro todos tenemos miedo del mundo exterior y ansiamos lo que se comprende y se conoce. Ese miedo puede ser irracional, o tal vez tenga base histórica, pero es una de las fuerzas mayores de nuestras vidas.

 

- ¿Entonces por qué yo no me siento así?

 

- ¿Quieres decir que la idea de abandonar Diaspar, donde tienes todo lo que necesitas y estás rodeado de todos tus amigos, no te llena de un sentimiento de terror?

 

- No.

 

El Guardián sonrió amargamente.

 

- Me temo que yo no puedo decir lo mismo. Pero al menos aprecio tu punto vista, aunque no lo comparta. Antes podría haber dudado en ayudarte, pero no después de haber visto el mensaje de Alaine.

 

- ¡Todavía no me ha dicho lo que dice!

 

Rorden se echó a reír.

 

- No pretendo hacerlo hasta que seas mucho mayor. Pero te diré de qué trata.

 

»Alaine previo que en el futuro nacerían per sonas como tú; advirtió que podrían intentar dejar Diaspar, y se propuso ayudarlas. Imagino que en todos los caminos posibles para abandonar la ciu dad se encontrará una inscripción que envié al Guardián de los Archivos. Sabiendo que el Guardián interrogaría entonces a sus máquinas, Alaine dejó un mensaje, enterrado a salvo entre los miles y millones de registros ya existentes. Sólo podría encontrarse si el Asociador lo buscaba deliberada mente. Ese mensaje instruye al Guardián para que ayude a quien desee marcharse, aunque desaprue be la búsqueda. Alaine creía que la raza humana había entrado en decadencia, y quería ayudar a quien pudiera regenerarla. ¿Me entiendes?

 

Alvin asintió gravemente y Rorden continuó.

 

- Espero que estuviera equivocado. No creo que la humanidad sea decadente…, simplemente es distinta. Tú, por supuesto, estarás de acuerdo con Alaine…, pero no lo haces sólo porque creas que es bonito ser distinto de todo el mundo. Somos felices; si hemos perdido algo, no somos conscientes de ello.

 

»Alaine escribió un mensaje muy largo, pero lo más importante es esto: hay tres caminos para salir de Diaspar. No dice adonde conducen, no da ninguna pista para encontrarlos, aunque hay algu nas referencias muy oscuras sobre las que tendré que reflexionar. Pero aunque lo que diga sea verdad, eres demasiado joven para abandonar la ciu dad. Mañana hablaré con tus padres. ¡No, no te delataré! Pero déjame ahora. Tengo muchas cosas en qué pensar.

 

Rorden se sintió un poco cohibido ante la gra titud del muchacho. Cuando Alvin se marchó, permaneció sentado durante un rato, preguntándose si, después de todo, había actuado correctamente.

 

No había ninguna duda de que el muchacho era un atavismo, una regresión a las grandes eras remotas. Cada pocas generaciones seguían apareciendo mentes que eran iguales a las que habían conocido los antiguos días. Nacidas fuera de su tiempo, podían tener poca influencia en el mundo pacífico y soñador de Diaspar. El largo y lento declinar de la voluntad humana estaba demasiado avanzado ya para ser detenido por un genio individual, por muy brillante que fuera. Después de unos cuantos siglos de inquietud, las variaciones aceptaban su destino y dejaban de luchar. Cuando Alvin comprendiera su situación, ¿se daría cuenta también de que su única esperanza de felicidad era someterse al mundo? Rorden se preguntó si a la larga, después de todo, no habría sido más amable desanimarlo. Pero ahora era ya demasiado tarde: Alaine se había encargado de ello.

 

El antiguo Guardián de los Archivos debió de ser un hombre notable, tal vez un atavismo tam bién. ¿Cuántas veces a lo largo de las eras habrían leído su mensaje otros Guardianes y actuado según su dictado, para bien o para mal? Seguramente, si había habido otros casos con anterioridad, habrían sido registrados.

 

Rorden reflexionó durante un instante; enton ces, muy despacio al principio, pero con confian za creciente, empezó a formular pregunta tras pregunta a sus máquinas, hasta que todos los Aso ciadores de la sala estuvieron trabajando a pleno rendimiento. Por medios que quedaban más allá del alcance de la comprensión del hombre, billo nes y billones de hechos corrían a través de los es crutadores. Rorden no tenía más que esperar…

 

En los años venideros, Alvin se sorprendería a menudo por su buena fortuna. Si el Guardián de los Archivos no hubiera sido amable con él, su búsqueda no habría comenzado nunca. Pero Rorden, a pesar de los años que los separaban, compartía algo de su propia curiosidad. En el caso del Guardián de los Archivos, se trataba tan sólo del deseo de descubrir conocimientos perdidos: nunca los habría utilizado, pues compartía con el resto de Diaspar ese temor al mundo exterior que Alvin encontraba tan extraño. Por íntima que liegara a ser su amistad, aquella barrera siempre se alzaría entre ellos.

 

La vida de Alvin quedó ahora dividida en dos porciones muy distintas. Continuó sus estudios con Jeserac, adquiriendo el inmenso e intrincado conocimiento de la gente, lugares y costumbres sin los que nadie podría tomar parte en la vida de la ciudad. Jeserac era un tutor concienzudo pero ameno, y con tantos siglos por delante no sentía ninguna urgencia por completar su tarea. De hecho, se sentía bastante satisfecho de que Alvin hubiera entablado amistad con Rorden. El Guardián de los Archivos era considerado con respeto por el resto de Diaspar, pues sólo él tenía acceso a todo el conocimiento del pasado.

 

Alvin aprendió lentamente lo enorme y a la vez lo incompleto que era ese conocimiento. A pesar de los circuitos de autocancelación que destruían toda la información en cuanto ésta quedaba obsoleta, los registradores principales contenían cien billones de hechos según la estimación más modesta. Rorden no sabía si había un límite a la capacidad de las máquinas: ese conocimiento se perdió con el secreto de su funcionamiento.

 

Los Asociadores eran para Alvin una fuente de inagotable sorpresa, y el muchacho se pasaba las horas tecleando preguntas. Era divertido descubrir que la gente cuyo nombre empezaba por «S» tenía tendencia a vivir en la parte oriental de la ciudad, aunque las máquinas se apresuraron a añadir que el hecho no tenía ningún valor estadístico. Alvin acumuló un vasto conjunto de hechos inútiles de índole similar que empleaba para impresionar a sus amigos. Al mismo tiempo, bajo la tutela de Rorden, aprendía todo lo que se sabía sobre las Edades del Amanecer, pues Rorden insistía en que le harían falta años de preparación antes de poder empezar su búsqueda. Alvin comprendió que era verdad, aunque a veces se rebelaba contra aquello. Pero después de un único intento, abandonó toda esperanza de adquirir conocimientos prematuramente.

 

Se encontraba solo un día, pues Rorden hacía una de sus raras visitas al centro administrativo de la ciudad. La tentación fue demasiado fuerte, y or denó a los Asociadores que buscaran el mensaje de Alaine.

 

Cuando Rorden regresó, encontró a Alvin, muy asustado, intentando descubrir por qué todas las máquinas se habían paralizado. Para su inmenso alivio, Rorden solamente se echó a reír y tecleó una serie de combinaciones que despejaron el atasco. Entonces se volvió hacia el culpable y lo amonestó severamente.

 

- ¡Que eso te sirva de lección, Alvin! Espera ba algo parecido, y por eso he bloqueado todos los circuitos que no quiero que explores. El bloqueo permanecerá hasta que yo decida que es seguro levantarlo.

 

Alvin sonrió tímidamente y no dijo nada. A partir de entonces no hizo más incursiones en te rritorio prohibido.

 

3

 

LA TUMBA DE YARLAN ZEY

 

 

Durante tres años, Rorden no hizo más que referencias casuales al propósito de su trabajo conjunto. El tiempo pasó rápidamente, pues había muchas cosas que aprender y el saber que su obje tivo no era imposible daba paciencia a Alvin. En tonces, un día, cuando luchaba por reconciliar dos mapas diferentes del antiguo mundo, el Asociador principal requirió súbitamente su atención.

 

Rorden corrió hacia la máquina y regresó con una larga hoja de papel cubierta de letras. La repa só rápidamente y miró a Alvin con una sonrisa.

 

- Pronto descubriremos si la primera salida está aún abierta -dijo en voz baja.

 

Alvin saltó de su silla, lanzando mapas en to das direcciones.

 

- ¿Donde está? -chilló ansiosamente.

 

Rorden se echó a reír y lo obligó a volver a sentarse.

 

- No te he tenido esperando todo este tiempo por capricho -dijo-. Es cierto que antes eras demasiado joven para marcharte de Diaspar, aun que hubiéramos sabido cómo hacerlo. Pero ése no es el único motivo por el que te hice esperar. El día que viniste a verme, hice que las máquinas examinaran los archivos para ver si después de Alaine hubo alguien que intentara salir de la ciudad. Pensé que tal vez no fueras el primero, y no me equivoqué. Ha habido muchos otros: el últi mo fue hace unos quince millones de años. Todos han tenido mucho cuidado en no dejarnos ningu na pista, y en esto puedo ver la influencia de Alai ne. En su mensaje, recalcó que sólo se permitiera encontrar la salida a aquellos que buscaran por sí mismos, así que he tenido que explorar muchos caminos ciegos. Sabía que el secreto fue escondido cuidadosamente, aunque no tanto como para no ser encontrado.

 

»Hace aproximadamente un año empecé a con centrarme en la idea del transporte. Resulta obvio que Diaspar debió de tener muchos enlaces con el resto del mundo, y aunque el Puerto lleve eras en terrado en el desierto, pensé que tal vez hubiera otros medios de comunicación. Al principio des cubrí que los Asociadores no respondían a preguntas directas: Alaine debió de bloquearlos, igual que yo hice contigo por tu bien. Desgraciadamente, no puedo retirar el bloqueo de Alaine, así que he teni do que utilizar métodos indirectos.

 

»Si había algún sistema de transporte externo, ahora ya no queda rastro. Por tanto, si es que exis tió, ha sido ocultado deliberadamente. Hice que los Asociadores investigaran todas las operaciones de ingeniería importantes ejecutadas en la ciudad desde que comenzaron los registros. Esto es un informe sobre la construcción del parque central, y Alaine ha añadido una nota personal. En cuanto encontró su nombre, naturalmente, la máquina supo que había terminado la búsqueda y me llamó.

 

Rorden miró al papel, como para volver a leerlo. Entonces continuó:

 

- Siempre hemos dado por hecho que todos los caminos móviles deberían converger en el Par que: parece natural que así sea. Pero este informe certifica que el Parque fue construido después de la fundación de la ciudad…, muchos millones de años más tarde, en realidad. Por tanto, los caminos móviles conducían antaño a otro lugar.

 

- ¿A un aeropuerto, tal vez?

 

- No. Nunca se permitió volar sobre ninguna ciudad, excepto en tiempos muy remotos, antes de que se construyeran los caminos móviles. ¡Ni siquiera Diaspar es tan antigua! Pero escucha la nota de Alaine:

 

»" Cuando el desierto enterró el Puerto de Diaspar, el sistema de emergencia que había sido construido en previsión de ese día fue capaz de realizar las tareas de transporte restantes. Finalmente fue clausurado por Yarlan Zey, constructor del Parque, y ha permanecido casi sin usar desde la Migración."

 

Alvin pareció aturdido.

 

- No me dice gran cosa -se quejó.

 

Rorden sonrió.

 

- Has dejado que los Asociadores piensen de masiado en tu lugar -le reprendió amablemen te-. Como todas las declaraciones de Alaine, está oscurecida deliberadamente para que la gente a la que no va dirigida no la entienda. Pero creo que nos dice bastante. ¿No significa nada para ti el nombre Yarlan Zey?

 

- Creo que comprendo -dijo Alvin lentamente-. ¿Estás hablando del monumento?

 

- Sí. Está en el centro exacto del Parque. Si extendieras los caminos móviles, todos convergerían allí. Tal vez, hace mucho tiempo, lo hacían.

 

Alvin se puso inmediatamente en pie.

 

- Vamos a verlo -exclamó.

 

Rorden sacudió la cabeza.

 

- Has visto la tumba de Yarlan Zey docenas de veces y nunca has advertido nada inusitado en ella. Antes de apresurarnos, ¿no crees que sería buena idea volver a interrogar a las máquinas?

 

Alvin se vio obligado a asentir, y, mientras es peraban, empezó a leer el informe que el Asocia dor había producido ya.

 

- Rorden -dijo por fin-, ¿qué quería decir Alaine al hablar de la Migración?

 

- Es un término que se usa a menudo en los archivos más antiguos -respondió Rorden-. Se refiere a la época en que las otras ciudades entra ron en decadencia y toda la raza humana se dirigió a Diaspar.

 

- ¿Entonces, este «sistema de emergencia», sea lo que fuere, conduce a ellas?

 

- Casi con toda seguridad.

 

Alvin meditó durante un rato.

 

- ¿Así que crees que si encontramos el siste ma sólo nos llevará a un montón de ciudades en ruinas?

 

- Dudo que sean eso siquiera -replicó Rorden-. Cuando las ciudades fueron abandonadas, las máquinas fueron desconectadas. El desierto las habrá cubierto ya.

 

Alvin se negó a desanimarse.

 

- ¡Pero Alaine debía de saberlo! -protestó.

 

Rorden se encogió de hombros.

 

- Sólo estamos suponiendo -dijo-, y de momento el Asociador no tiene ninguna informa ción. Puede que tarde varias horas, pero con un tema tan concreto deberíamos tener todos los hechos registrados antes de que termine el día. Seguiremos tu consejo después de todo.

 

Las pantallas de la ciudad habían sido bajadas y el sol brillaba con fuerza, aunque sus rayos pa recerían extrañamente débiles para un hombre de las Eras del Amanecer. Alvin había hecho este via je cientos de veces antes, aunque ahora casi pare cía una aventura nueva. Cuando llegaron al final del camino móvil, se arrodilló y examinó la super ficie que los transportaba a lo largo de la ciudad. Por primera vez en su vida, empezó a advertir parte de su maravilla. Aquí era inmóvil, aunque a un centenar de metros de distancia corría hacia él más rápido de lo que podía hacerlo un hombre.

 

Rorden le observaba, pero malinterpretó la curiosidad del muchacho.

 

- Supongo que tuvieron que quitar la última sección del camino al construir el Parque -dijo-. Dudo que aprendas nada de eso.

 

- Estaba pensando en otra cosa -respondió Alvin-. Me preguntaba cómo funcionan los ca minos móviles.

 

Rorden pareció atónito, pues nunca había pensado en ello. Desde que los hombres vivían en las ciudades, habían aceptado sin pensar los múltiples servicios que yacían bajo sus pies. Y cuando las ciudades se hicieron completamente automáticas, dejaron incluso de advertir que estaban allí.

 

- No te preocupes por eso -dijo-. Puedo mostrarte un centenar de rompecabezas más grandes. Dime, por ejemplo, cómo consiguen su información mis Archivadores.

 

Así, sin un segundo pensamiento, Rorden des cartó el tema de los caminos móviles, uno de los mayores triunfos de la ingeniería humana. Las lar gas épocas de investigación que habían conducido a la creación de la materia anisotrópica no signifi caban nada para él. Si le hubieran dicho que una sustancia podía tener las propiedades de un sólido en una dimensión y las de un líquido en otras dos, ni siquiera habría mostrado sorpresa.

 

El Parque tenía casi cinco kilómetros de diá metro, y como todos los senderos eran nuevos, las distancias eran considerablemente exageradas. Cuando era más pequeño, Alvin pasaba gran par te del tiempo entre los árboles y plantas de este lu gar, el más grande de los espacios abiertos de la ciudad. Lo había explorado en su totalidad en al gún momento u otro, pero con el paso de los años parte de su encanto se había desvanecido. Ahora comprendía por qué: había visto los antiguos archivos y sabía que el Parque era sólo una pálida sombra de una belleza que había desaparecido del mundo.

 

Se encontraron con mucha gente mientras ca minaban a través de las avenidas de árboles sin edad y sobre la hierba perenne que nunca necesi taba ser podada. Poco después se cansaron de recibir saludos, pues todo el mundo conocía a Alvin, y casi todos conocían al Guardián de los Archivos. Por eso, dejaron los senderos y deambularon por caminos secundarios casi cubiertos por la sombra de los árboles. A veces los troncos estaban tan juntos que ocultaban a la vista las grandes torres de la ciudad, y durante algunos instantes Alvin pudo imaginar que estaba en el mundo antiguo con el que tanto soñaba.

 

La tumba de Yarlan Zey era la única construc ción del Parque. Una avenida de árboles eternos conducía a la baja colina donde se hallaba, con sus columnas rosáceas brillando a la luz del sol. El tejado estaba abierto al cielo, y la única cámara que contenía estaba cubierta con grandes planchas de piedra aparentemente natural. Pero durante eras geológicas los pies de los seres humanos habían cruzado y vuelto a cruzar aquel suelo sin dejar ninguna huella sobre el material inconcebiblemente duro. Alvin y Rorden entraron lentamente en la cámara, hasta que se encontraron cara a cara con la estatua de Yarlan Zey.

 

El creador del gran Parque estaba sentado con la mirada levemente gacha, como si examinara los planos que tenía sobre las rodillas. Su cara tenía esa expresión curiosamente elusiva que había sor prendido al mundo durante tantas generaciones. Algunos la consideraban simplemente un capri cho del artista, pero para otros parecía que Yarlan Zey sonreía ante alguna broma secreta. Ahora Al vin supo que tenían razón.

 

Rorden permaneció inmóvil ante la estatua, como si la viera por primera vez en su vida. Retrocedió unos cuantos pasos y empezó a examinar las grandes losas.

 

- ¿Qué haces? -preguntó Alvin.

 

- Empleo un poco de lógica y mucha intui ción -replicó Rorden.

 

Se negó a decir nada más, y Alvin continuó examinando la estatua. Todavía estaba haciéndolo cuando un leve sonido a sus espaldas atrajo su atención. Rorden, con el rostro sonriente, se hun día lentamente en el suelo. Empezó a reírse ante la expresión del muchacho.

 

- Creo que sé cómo invertirlo -dijo mien tras desaparecía-. Si no salgo inmediatamente, tendrás que sacarme con un polarizador de gravedad. Pero no creo que sea necesario.

 

Las últimas palabras sonaron apagadas, y, al correr al borde del pozo rectangular, Alvin vio que su amigo estaba ya a varios metros bajo la su perficie. Mientras seguía observando, el pozo au mentó rápidamente hasta que Rorden quedó re ducido a una motita que ya no era reconocible como un ser humano. Entonces, para alivio de Alvin, el distante rectángulo de luz empezó a expandirse y el pozo redujo su tamaño hasta que Rorden se encontró a su lado una vez más. Durante un instante se produjo un profundo silencio. Entonces Rorden sonrió y empezó a hablar.

 

- La lógica puede hacer maravillas si tiene al go con lo que trabajar-dijo-. Esta construcción es tan simple que no podía ocultar nada, y la única salida secreta tenía que ser a través del suelo. He supuesto que debería de estar marcada de alguna forma, así que he buscado hasta encontrar una lo seta diferente de las demás.

 

Alvin se arrodilló y examinó el suelo.

 

- ¡Pero si es igual que todas las otras! -protestó.

 

Rorden puso las manos sobre los hombros del muchacho y lo hizo volverse hacia la estatua. Por un instante, Alvin la contempló intensamente. Entonces asintió muy despacio.

 

- Ya veo -susurró-. ¡Entonces ése es el se creto de Yarlan Zey!

 

Los ojos de la estatua estaban fijos en el suelo ante sus pies. No había error posible. Alvin se acercó a la losa siguiente, y descubrió que Yarlan Zey ya no miraba hacia él.

 

- Ni una sola persona entre un millar lo ad vertiría a menos que estuviera buscándolo -dijo Rorden-, e incluso entonces no significaría nada. Al principio me he sentido como un tonto, de pie sobre esa losa y ejecutando diferentes combina ciones de pensamientos de control. Afortunadamente los circuitos deben de ser bastante toleran tes, y el código de pensamiento ha resultado ser «Alaine de Lyndar». Al principio lo he intentado con «Yarlan Zey», pero no ha funcionado, como ya esperaba. Demasiadas personas habrían dispa rado el mecanismo por accidente si ese pensa miento hubiera sido empleado como clave.

 

- Parece muy simple -admitió Alvin-, pero creo que no lo habría descubierto ni en un millón de años. ¿Es así como funcionan los Asociadores?

 

Rorden se echó a reír.

 

- Tal vez -dijo-. A veces yo llego a la res puesta antes que ellos, pero ellos no fallan nunca. -Hizo una pausa-. Tendremos que dejar el pozo abierto: no es probable que se caiga nadie.

 

Mientras se hundían suavemente en la tierra, el rectángulo del cielo se fue reduciendo hasta que pareció muy pequeño y lejano. El pozo estaba iluminado por paredes fosforescentes y parecía tener al menos trescientos metros de profundidad. Las paredes eran perfectamente lisas y no presentaban indicios de la maquinaria que los bajaba.

 

La puerta al fondo del pozo se abrió automáti camente. Unos pocos pasos los condujeron a un corto pasillo, y entonces se encontraron, abruma dos por su inmensidad, en una gran caverna circular cuyas paredes se unían en una graciosa curva a diez metros por encima de sus cabezas. La colum na contra la que se encontraban parecía demasia do débil para soportar los cientos de metros de roca que tenía encima. Entonces Alvin advirtió que no parecía una parte integrante de la cámara, sino que resultaba claramente parte de una cons tracción muy posterior. Rorden había llegado a la misma conclusión.

 

- Esta columna fue construida simplemente para albergar el hueco por el que hemos venido -dijo-. Teníamos razón en lo referente a los caminos móviles: todos conducen a este lugar.

 

Alvin había advertido, sin comprender su na turaleza, los grandes túneles que horadaban la cir cunferencia de la cámara. Pudo ver que se curvaban levemente hacia arriba, y ahora reconoció la superficie gris y familiar de los caminos móviles. Aquí, muy por debajo del corazón de la ciudad, convergía el maravilloso sistema de transporte que conducía todo el tráfico de Diaspar. Pero sólo había varios muñones de las grandes pistas: el ex traño material que les daba vida estaba petrificado e inmóvil.

 

Alvin avanzó hacia el túnel más cercano. Sólo había andado unos pocos pasos cuando advirtió que algo le sucedía al suelo bajo sus pies. Se volvía, transparente. Unos cuantos metros más y pareció encontrarse de pie en medio del aire, sin ningún sostén visible. Se detuvo y contempló el vacío que tenía debajo.

 

- ¡Rorden! -llamó-. ¡Ven a ver esto!

 

El Guardián del Archivo se acercó y juntos contemplaron la maravilla que se abría bajo sus pies. Levemente visible, a una profundidad indefinida, había un mapa enorme, un gran entramado de líneas que convergían en un punto bajo el pozo central. Al principio a Alvin le pareció un laberinto confuso, pero después pudo apreciar sus principales contornos. Como de costumbre, apenas había iniciado su propio análisis cuando ya Rorden terminó el suyo.

 

- Todo este suelo debió de ser transparente -dijo el Guardián-. Cuando sellaron esta cámara y construyeron el pozo, los ingenieros debieron de hacer algo para volver opaco el centro. ¿Comprendes lo que es, Alvin?

 

- Creo que sí -respondió el muchacho-. Es un mapa del sistema de transporte, y esos circuli tos deben de ser las otras ciudades de la Tierra. Puedo ver los nombres que tienen al lado, pero son demasiado tenues para leerlos.

 

- Debió de existir algún medio de iluminación interna -dijo Rorden, ausente. Contemplaba las paredes dé la cámara-. ¡Lo que pensaba! -exclamó-. ¿Ves cómo todas esas líneas radiales conducen hacia los túneles pequeños?

 

Alvin había advertido que junto a los grandes arcos de los caminos móviles había innumerables túneles más pequeños que salían de la cámara, tú neles que se dirigían hacia abajo en vez de hacia arriba.

 

Rorden continuó hablando, sin esperar una respuesta.

 

- Era un sistema magnífico. La gente bajaba de los caminos móviles, seleccionaba el lugar que deseaba visitar y luego seguía la línea adecuada en el mapa.

 

- ¿Y ahora qué? -dijo Alvin.

 

Como de costumbre, Rorden se negó a espe cular.

 

- No tengo suficiente información -respondió-. ¡Ojalá pudiéramos leer el nombre de esas ciudades! -se quejó, cambiando bruscamente de tema.

 

Alvin se había apartado y rodeaba el pilar cen tral. Su voz llegó a Rorden levemente ahogada por los ecos de las paredes de la cámara.

 

- ¿Qué pasa? -llamó Rorden, sin querer moverse, porque casi había descifrado uno de los grupos de caracteres apenas visibles. Pero la voz de Alvin insistió, así que fue a reunirse con él.

 

Muy por debajo se hallaba la otra mitad del gran mapa, con su leve telaraña radiando hacia los puntos de la brújula. Pero en este caso no todo es taba en penumbra, pues una de las líneas, una sola, estaba brillantemente iluminada. No parecía tener ninguna conexión con el resto del sistema, y seña laba como una flecha resplandeciente hacia uno de los túneles que se hundían en el suelo. Cerca de su final, la línea cruzaba un círculo de luz dorada, y en el círculo aparecía escrita una sola palabra: «LYS». Eso era todo.

 

Durante largo rato Alvin y Rorden se queda ron contemplando aquel silencioso símbolo. Para Rorden no significaba más que otra pregunta para sus máquinas, pero para Alvin ofrecía una prome sa sin límites. Intentó imaginar esta gran cámara tal como había sido en tiempos remotos, cuando el transporte aéreo había llegado a su fin pero las ciudades de la Tierra todavía comerciaban unas con otras. Imaginó los incontables millones de años que habían pasado con el tráfico reduciendose poco a poco y las luces del gran mapa muriendo una a una, hasta que por fin sólo quedó esta única línea. Se preguntó cuánto tiempo habría brillado entre sus compañeras oscurecidas, esperando guiar unos pasos que nunca se hicieron realidad, hasta que por fin Yarlan Zey selló los caminos móviles y aisló a Diaspar del mundo.

 

Eso había sucedido hacía cientos de millones de años. Incluso entonces, Lys podía haber perdi do el contacto con Diaspar. Parecía imposible que hubiera sobrevivido; tal vez, después de todo, el mapa ya no significaba nada.

 

Rorden rompió por fin su meditación. Parecía un poco nervioso e inquieto.

 

- Es hora de regresar -dijo-. Creo que no deberíamos seguir.

 

Alvin reconoció los tonos subyacentes en la voz de su amigo, y no discutió. Ansiaba conti nuar, pero se dio cuenta de que no sería aconsejable sin prepararse mejor. Reluctante, se volvió de nuevo hacia el pilar central. Mientras se dirigía hacia la abertura del pozo, el suelo bajo él nubló gra dualmente su opacidad, y el brillante enigma de las profundidades se perdió lentamente de vista.

 

4

 

EL CAMINO SUBTERRÁNEO

 

 

Ahora que por fin tenía el camino abierto, Alvin sentía una extraña reluctancia a dejar él mun do familiar de Diaspar. Empezó a descubrir que ni siquiera él era inmune a los temores que tan a menudo había despreciado en los demás.

 

Una o dos veces Rorden intentó disuadirle, pero sin demasiado énfasis. A un hombre de las Eras del Amanecer le habría parecido extraño que ni Alvin ni Rorden vieran ningún peligro en lo que hacían. Durante millones de años el mundo no había albergado nada que pudiera amenazar al hombre, y ni siquiera Alvin podía imaginar tipos de seres humanos muy diferentes a los que conocía en Diaspar. El que pudiera ser detenido contra su voluntad era una idea totalmente inconcebible. En el peor de los casos, sólo fracasaría al descubrir algo.

 

Tres días después, se encontraban una vez más en la cámara desierta de los caminos móviles. Bajo sus pies, la flecha de luz todavía señalaba a Lys, y ahora estaban preparados para seguirla.

 

Mientras se internaban en el túnel, sintieron el tirón familiar del campo peristáltico, y en un momento fueron barridos sin esfuerzo hacia las profundidades. El viaje apenas duró medio minuto: cuando terminó, se encontraban en uno de los extremos de una cámara larga y estrecha en forma de semicilindro. Al otro extremo se extendían dos túneles tenuemente iluminados.

 

Los hombres de casi todas las civilizaciones que habían existido desde el Amanecer habrían encontrado sus inmediaciones completamente familiares: sin embargo, para Alvin y Rorden era un paisaje de otro mundo. El propósito de la máqui na estilizada y aerodinámica que apuntaba como un proyectil al túnel era obvio, pero de todas formas resultaba plenamente novedoso. Su porción superior era transparente, y al mirar a través de las paredes Alvin pudo ver filas de cómodos asientos. No había ninguna señal de entrada, y la máquina entera flotaba a un palmo de una sola vara de me tal que se extendía en la distancia, hasta desapare cer en uno de los túneles. Unos pocos metros más allá, otra vara conducía al segundo túnel, pero no había ninguna máquina flotando sobre ella. Alvin supo con toda seguridad que, en alguna parte bajo la lejana y desconocida Lys, aquella segunda máquina esperaba en otra cámara similar a ésta.

 

- Bien -dijo Rorden suavemente-, ¿estás preparado?

 

Alvin asintió.

 

- Ojalá vinieras conmigo -dijo, y lo lamentó de inmediato al ver la inquietud en el rostro del hombre.

 

Rorden era el amigo más íntimo que tenía, pero nunca podría romper las barreras que conte nían a su raza.

 

- Volveré dentro de seis horas -prometió Alvin, hablando con dificultad, pues había una misteriosa tensión en su garganta-. No te molestes en esperarme. Si vuelvo pronto te llamaré, debe de haber algún comunicador por aquí.

 

Alvin se dijo que todo era muy relajado y po sitivo. Sin embargo, no pudo evitar dar un respin go cuando las paredes de la máquina se difumina ron y el hermoso interior se abrió ante sus ojos. Rorden habló, de forma rápida y entrecortada.

 

- No tendrás ningún problema para controlar la máquina -dijo-. ¿Has visto cómo ha obedecido a mi pensamiento? Yo que tú entraría rápidamente por si tiene un tiempo fijo para cerrarse.

 

Alvin subió a la máquina y colocó sus perte nencias en el asiento más cercano. Se volvió hacia Rorden, que esperaba en el marco apenas visible de la puerta. Durante un momento hubo un silencio forzado, mientras cada uno esperaba a que el otro hablara. No tuvieron que tomar ninguna decisión. Hubo un leve destello y las paredes de la máquina volvieron a cerrarse. Mientras Rorden pronunciaba su despedida, el largo cilindro empezó a avanzar. Antes de que entrara en el túnel, su velocidad había superado a la de un hombre a la carrera.

 

Lentamente, Rorden regresó a la cámara de los caminos móviles con su gran pilar central. La luz del sol iluminaba el pozo abierto mientras su bía a la superficie. Cuando volvió a emerger junto a la tumba de Yarlan Zey, se sintió desconcertado, aunque no sorprendido, al encontrar a un grupo de curiosos congregados a su alrededor.

 

- No hay por qué alarmarse -dijo grave mente-. Alguien tiene que hacer esto cada pocos miles de años, aunque apenas parece necesario. Los cimientos de la ciudad son perfectamente es tables: no han cambiado un micrón desde que se construyó el Parque.

 

Se marchó rápidamente, y mientras abandonaba la tumba, una mirada de reojo le permitió constatar que los espectadores ya se estaban dis persando. Rorden conocía lo suficientemente bien a sus conciudadanos para saber que no volverían a pensar en el incidente.

 

Alvin se acomodó en el asiento y dejó que sus ojos contemplaran el interior de la máquina. Por primera vez, advirtió el tablero indicador que for maba parte de la pared frontal. Contenía un men saje muy simple:

 

LYS 35 MINUTOS

 

 

Mientras miraba, el número cambió a «34». Eso al menos era una información útil, aunque como no tenía idea de la velocidad de la máquina, no le decía nada de la longitud del viaje. Las pare des del túnel eran una continua mancha gris, y la única sensación de movimiento era una levísi ma vibración que nunca habría advertido si no la hubiera estado esperando. Diaspar debía de estar ahora a muchos kilómetros de distancia, y sobre él se encontraría el desierto con sus dunas siempre cambiantes. Tal vez en este momento corría bajo las montañas irregulares que había contemplado de niño desde la Torre de Loranne.

 

Sus pensamientos volvieron a Lys, como ha bían hecho continuamente durante los últimos días. Se preguntó si aún existiría, y de nuevo se dijo que si no fuera así la máquina no le estaría conduciendo allí. ¿Qué tipo de ciudad sería? De algún modo, los mayores esfuerzos de su imaginación sólo lograban construir otra versión más pequeña de Diaspar.

 

De repente, hubo un claro cambio en la vibra ción de la máquina. Estaba reduciendo su veloci dad, de eso no había duda. El tiempo debía de ha ber pasado más rápidamente de lo que creía; un poco sorprendido, Alvin miró el indicador.

 

LYS 23 MINUTOS

 

 

Sintiéndose muy aturdido y un poco preocu pado, apoyó el rostro contra el lado de la máquina. La velocidad aún nublaba las paredes del túnel, convirtiéndolas en una mancha gris, aunque de vez en cuando podía distinguir un destello de marcas

 

que desaparecían casi tan rápidamente como aparecían. Y en cada aparición parecían permanecer un poco más de tiempo en su campo de visión.

 

Entonces, sin ninguna advertencia, las paredes del túnel desaparecieron a ambos lados. La má quina estaba pasando, todavía a gran velocidad, a través de un enorme espacio vacío, mucho más grande aún que la cámara de las paredes móviles.

 

Al mirar asombrado a través de las paredes transparentes, Alvin pudo ver debajo una intrinca da red de varas de guía, varas que se cruzaban y se entrecruzaban para desaparecer en un laberinto de túneles a ambos lados. Encima, un largo conjunto de soles artificiales inundaba la cámara de luz, y re cortadas contra el resplandor pudo distinguir las carcasas de grandes máquinas transportadoras. La luz era tan brillante que lastimaba los ojos, y Alvin supo que este lugar no había sido creado para el hombre. Su propósito quedó claro un instante después, cuando su vehículo pasó velozmente ante filas y filas de cilindros que yacían inmóviles sobre sus varas conductoras. Eran más grandes que la máquina en la que Alvin viajaba, y el muchacho se dio cuenta de que debían de ser cargueros. A su alrededor había agrupadas máquinas incompren sibles, todas silenciosas e inmóviles.

 

Casi con la misma rapidez con que apareció, la gran cámara solitaria se desvaneció tras él. Alvin sintió asombro: por primera vez en su vida com prendía realmente el significado de aquel gran mapa oscuro bajo Diaspar. El mundo estaba lleno de más maravillas de las que había imaginado.

 

Alvin miró de nuevo el indicador. No había cambiado: había tardado menos de un minuto en atravesar la gran caverna. La máquina aceleró de nuevo, aunque seguía sin haber sensación de movimiento. Pero a ambos lados, las paredes del túnel corrían a una velocidad que ni siquiera podía imaginar.

 

Pareció pasar toda una eternidad antes de que volviera a producirse un cambio de vibración. Ahora, la indicación decía:

 

LYS 1 MINUTO

 

 

Fue el minuto más largo de su vida. La máqui na siguió avanzando cada vez con más lentitud. No se trataba solamente de una reducción de ve locidad. Estaba por fin deteniéndose.

 

Suave y silenciosamente, el largo cilindro salió del túnel a una caverna que era gemela de la que había debajo de Diaspar. Por un momento, Alvin se sintió demasiado excitado para ver nada con claridad. Sus pensamientos eran confusos y ni si quiera pudo controlar la puerta, que se abrió y se cerró varias veces antes de que pudiera recuperar se. Al saltar de la máquina, vio por última vez el indicador. Sus palabras habían cambiado y había algo en su mensaje que le resultó tranquilizador:

 

DIASPAR

 

35 MINUTOS

 

 

5

 

LA TIERRA DE LYS

 

 

Resultó así de simple. Nadie podría haber imaginado que acababa de realizar un viaje aciago en la historia del hombre.

 

Mientras empezaba a buscar una salida de la cámara, Alvin encontró la primera señal de que se hallaba en una civilización muy distinta a la que había dejado. El camino a la superficie pasaba cla ramente a través de un túnel bajo y ancho en un extremo de la caverna, y en el túnel había un tra mo de escaleras. Una cosa semejante era casi desconocida en Diaspar. A las máquinas no les gusta ban las escaleras, y los arquitectos de la ciudad habían construido rampas o corredores en pendiente cada vez que había un cambio de nivel. ¿Era posible que no hubiera ninguna máquina en Lys? La idea era tan fantástica que Alvin la descartó de inmediato.

 

El tramo de escaleras era muy corto y termi naba en unas puertas que se abrieron al acercarse a ellas. Mientras se cerraban a su espalda, Alvin se encontró en una gran habitación cúbica que parecía no tener otra salida. Se detuvo un instante, un poco sorprendido, y entonces empezó a examinar la pared opuesta. Al hacerlo, las puertas que había atravesado para entrar volvieron a abrirse. Sin tiéndose un poco molesto, Alvin salió de la habi tación… para encontrarse en un corredor abo vedado que se extendía hasta una galería que formaba un semicírculo en el cielo. Advirtió que debía de haber subido muchos cientos de metros, pero no había experimentado ninguna sensación de movimiento. Entonces avanzó presurosamente hacia la rampa y la luz del sol.

 

Se encontraba en la cima de una pequeña co lina, y por un instante le pareció que se hallaba de nuevo en el parque central de Diaspar. Aunque si aquello era en efecto un parque, era demasiado enorme para que su mente pudiera aceptarlo. No había rastro de la ciudad que había esperado encontrar. Hasta donde alcanzaban sus ojos no había más que bosque y llanuras cubiertas de hierba.

 

Entonces Alvin alzó la mirada hacia el hori zonte, y por encima de los árboles, extendiéndose de derecha a izquierda en un gran arco que circundaba el mundo, había una muralla de piedra que podría haber empequeñecido a los más po derosos gigantes de Diaspar. Estaba tan lejos que sus detalles quedaban difusos, pero había algo en sus contornos que asombró a Alvin. Entonces sus ojos se acostumbraron por fin a la escala del coló sal paisaje, y supo que aquellas distantes murallas no habían sido construidas por el hombre.

 

El tiempo no lo había conquistado todo: la Tierra seguía poseyendo montañas de las que po día sentirse orgullosa.

 

Alvin permaneció durante largo rato en la boca del túnel, acostumbrándose lentamente al extraño mundo en el que se hallaba. Por mucho que buscara, no veía en ninguna parte rastro de vida humana. Sin embargo, la carretera que bajaba de la colina parecía bien conservada; no podría hacer otra cosa sino aceptar su guía.

 

Al pie de la colina la carretera desaparecía en tre grandes árboles que casi ocultaban el Sol. Mientras Alvin se internaba bajo su sombra, una extraña mezcla de olores y sonidos le saludó. El rumor del viento entre las hojas era como el que conocía, pero por debajo había un millar de vagos ruidos que no le resultaban familiares. Olores desconocidos le asaltaron, aromas que habían quedado perdidos incluso para la memoria de su raza. El calor, la profusión de olores y colores, y las invisibles presencias de un millón de seres vivos le asaltó con una violencia casi física.

 

Se topó de pronto con un lago. Los árboles a su derecha terminaron súbitamente, y ante él vio una gran extensión de agua, salpicada de diminu tas islas. Alvin no había visto en toda su vida tanta cantidad del precioso líquido: se acercó a la orilla del lago y dejó que la cálida agua resbalara entre sus dedos.

 

El gran pez plateado que se abrió paso de re pente entre los juncos subacuáticos era la primera criatura no humana que Alvin veía en su vida. Mientras colgaba en la nada, sus aletas convertidas en un leve destello de movimiento, Alvin se preguntó por qué su forma resultaba tan sorprendentemente familiar. Entonces recordó los archivos que Jeserac le había mostrado cuando era niño, y supo dónde había visto aquellas esbeltas líneas con anterioridad. La lógica le dijo que el parecido sólo podría ser accidental, pero la lógica se equivocaba.

 

A través de todas las épocas, los artistas se habían inspirado en la urgente belleza de las grandes naves que viajaban de un mundo a otro. Antiguamente hubo artesanos que trabajaron no con me tal o piedra, sino con el más imperecedero de to dos los materiales: carne, hueso y sangre. Aunque ellos y la totalidad de su raza habían sido olvida dos, uno de sus sueños había sobrevivido entre las ruinas de las ciudades y el colapso de los conti nentes.

 

Por fin Alvin rompió el encantamiento del lago y continuó por el serpenteante camino. El bosque se cerró a su alrededor una vez más, pero sólo durante un breve instante. Poco después el camino llegó a su fin, en un gran claro de casi un kilómetro de ancho y el doble de largo. Ahora Alvin comprendió por qué no había visto ningún rastro del hombre antes.

 

El claro estaba lleno de edificios bajos de una planta, pintados con los suaves tonos que hacían que la vista descansara incluso a pleno sol. Eran de diseño simple y limpio, pero algunos estaban construidos siguiendo un complejo estilo arquitectónico que implicaba el uso de columnas y piedra graciosamente tallada. En aquellos edificios, cuya antigüedad parecía enorme, se usaba la antiquísima punta ojival.

 

Mientras caminaba lentamente hacia el pueblo, Alvin todavía intentaba captar cuanto le ro deaba. No había nada familiar, incluso el aire había cambiado. Y las personas altas y de pelo do rado que iban y venían entre los edificios eran muy diferentes de los lánguidos ciudadanos de Diaspar.

 

Alvin casi había alcanzado ya el pueblo cuando vio a un grupo de hombres que se le acercaba con determinación. Sintió un arrebato de excitación y la sangre le saltó con fuerza en las venas. Por un ins tante cruzó por su mente el recuerdo de todos los encuentros de importancia histórica que el hombre había tenido con otras razas. Entonces se detuvo, a unos pocos metros de distancia de los otros.

 

Parecían sorprendidos de verle, aunque no tanto como Alvin esperaba. Comprendió rápida mente por qué. El jefe del grupo extendió la mano en el antiguo gesto de amistad.

 

- Pensamos que sería mejor recibirte aquí -dijo-. Nuestro hogar es muy distinto de Dias par, y el camino desde la terminal da a los visitan tes una oportunidad de… acostumbrarse.

 

Alvin aceptó la mano extendida, pero por un momento se sintió demasiado aturdido para res ponder.

 

- ¿Sabíais que venía? -dijo por fin, con la boca abierta.

 

- Siempre sabemos cuándo empiezan a mo verse los transportadores. Pero no esperábamos a alguien tan joven. ¿Cómo descubriste el camino?

 

- Creo que será mejor que restrinjamos nues tra curiosidad, Gerane. Seranis espera.

 

El nombre «Seranis» fue precedido de una pa labra desconocida para Alvin. De algún modo, contenía una expresión de afecto mezclada con respeto.

 

Gerane estuvo de acuerdo con el hombre que acababa de hablar y el grupo empezó a dirigirse ha cia el poblado. Mientras caminaban, Alvin estu dió sus rostros. Parecían amables e inteligentes: no mostraban ninguno de los signos de aburrimien to, fatiga mental y ajada inteligencia que podría ha ber hallado en un grupo similar de su ciudad. Para su mente sorprendida, parecía que poseían todo aquello que su pueblo había perdido. Cuando sonreían, cosa que hacían muy a menudo, revelaban filas de dientes de marfil, las perlas que el hombre había perdido y ganado y vuelto a perder en la larga historia de la humanidad.

 

Los habitantes del poblado los observaron con franca curiosidad mientras Alvin seguía a sus guías. Se sorprendió al ver a unos pocos niños, que le miraron gravemente. Ningún otro hecho le hizo advertir tan vivamente su lejanía del mundo que conocía. Diaspar había pagado plenamente el precio de la inmortalidad.

 

El grupo se detuvo ante el edificio más grande que Alvin había visto hasta el momento. Se alzaba en el centro del poblado y, de un asta que pendía de su pequeña torre circular, un estandarte verde se agitaba con la brisa.

 

Todos menos Gerane se quedaron atrás mien tras entraba en el edificio, que era silencioso y frío; la luz del sol que se filtraba por las paredes transparentes lo llenaba todo de un brillo suave y agradable. El suelo era liso y fuerte, cubierto de finos mosaicos. En las paredes, un habilidoso artista había diseñado un conjunto de escenas forestales. Mezcladas con estas pinturas había otros murales que Alvin no supo interpretar, pero que resultaban atractivos y agradables de mirar. En la pared había algo que no esperaba ver: un receptor de visáfono, de hermosa construcción, con la pantalla llena de laberintos de diversos colores.

 

Se acercaron a una pequeña escalera de caracol que conducía al tejado del edificio. Desde allí era visible todo el poblado, y Alvin vio que constaba de un centenar de edificaciones. En la distancia, los árboles acababan en amplios prados; pudo ver animales en los prados, pero sus conocimientos de biología eran demasiado escasos para que pudiera identificar su naturaleza.

 

A la sombra de la torre había dos personas, sentadas juntas ante una mesa y observándolo con atención. Mientras se ponían en pie para saludar le, Alvin vio que una era una mujer esbelta y muy hermosa cuyo cabello dorado parecía mezclado con rizos grises. Supo que era Seranis. Al mirarla a los ojos, pudo sentir aquella sabiduría y profundi dad de experiencia que experimentaba cuando estaba con Rorden y, a veces, con Jeserac.

 

El otro era un muchacho un poco mayor que él en apariencia, y Alvin no necesitó una segunda mirada para darse cuenta de que Seranis debía de ser su madre. Los rasgos eran los mismos, aunque los ojos del muchacho sólo contenían amistad y no aquella sabiduría algo aterradora. También el pelo era distinto, negro en vez de dorado, pero nadie podría haber pasado por alto su parentesco.

 

Sintiéndose un poco abrumado, Alvin se volvió hacia su guía en busca de apoyo, pero Gerane había desaparecido. Entonces Seranis sonrió, y Alvin se tranquilizó.

 

- Bienvenido a Lys -dijo-. Soy Seranis, y éste es mi hijo Theon, que un día ocupará mi lu gar. Eres el más joven que ha llegado de Diaspar; dime cómo encontraste el camino.

 

Entrecortadamente al principio, con mayor confianza después, Alvin comenzó a relatar su his toria. Theon seguía sus palabras ansiosamente, pues Diaspar debía de resultarle tan extraña como Lys lo era para Alvin. Pero éste pudo ver que Seranis sabía lo que le decía, y una o dos veces formuló preguntas que mostraban que al menos en algunas cosas su conocimiento iba más allá del suyo pro pio. Cuando terminó, hubo un instante de silencio. Entonces Seranis le miró y dijo tranquilamente:

 

- ¿Por qué has venido a Lys?

 

- Quería explorar el mundo -replicó Al vin-. Todos decían que no había más que desier to fuera de la ciudad, pero quería asegurarme.

 

Los ojos de Seranis se llenaron de simpatía e incluso de tristeza cuando volvió a hablar.

 

- ¿Y ésa fue la única razón?

 

Alvin vaciló. Cuando respondió, no fue el ex plorador quien habló, sino el muchacho que aca baba de abandonar la infancia.

 

- No -dijo lentamente-, no fue la única ra zón, aunque no lo he sabido hasta ahora. Me sen tía solo.

 

- ¿Solo? ¿En Diaspar?

 

- Sí. Soy el único niño que ha nacido allí en siete mil años.

 

Aquellos maravillosos ojos seguían observán dole, y al mirar en sus profundidades, Alvin expe rimentó la súbita convicción de que Seranis podía leer en su mente. Al pensar aquello, vio una ex presión de divertida sorpresa cruzar el rostro de la mujer, y supo que su suposición había sido correcta. Antaño, hombres y máquinas habían poseído ese poder, y las sorprendentes máquinas todavía podían leer las órdenes de sus amos. Pero en Diaspar el hombre había perdido el don que había concedido a sus esclavos.

 

Seranis interrumpió sus pensamientos.

 

- Si estás buscando vida, tu búsqueda ha terminado. Aparte de Diaspar, sólo hay desierto más allá de nuestras montañas.

 

Era extraño que Alvin, que había cuestionado las creencias comúnmente aceptadas tantas veces antes, no dudara de las palabras de Seranis. Su única reacción fue de tristeza al saber que todo lo que había aprendido se acercaba a la verdad.

 

- Dime algo sobre Lys. ¿Por qué lleváis tanto tiempo sin contactar con Diaspar, si lo sabéis todo sobre nosotros?

 

Seranis sonrió.

 

- No es fácil responder a eso en pocas palabras, pero intentaré hacerlo lo mejor posible.

 

»Como has vivido en Diaspar toda la vida, has llegado a pensar que el hombre es un habitante de ciudades. Eso no es cierto, Alvin. Desde que las máquinas nos dieron la libertad, siempre ha existi do rivalidad entre dos tipos diferentes de civiliza ción. En las Eras del Amanecer hubo miles de ciu dades, pero gran parte de la humanidad vivía en comunidades como este poblado nuestro.

 

»No tenemos ningún registro de la fundación de Lys, pero sabemos que a nuestros antepasados remotos les disgustaba la vida de ciudad y no que rían saber nada del tema. A pesar de la rapidez del transporte universal, se mantuvieron apartados del resto del mundo y desarrollaron una cultura independiente, una de las más altas que ha conocido la raza.

 

»A lo largo de las eras, a medida que avanzá bamos por caminos diferentes, la barrera entre Lys y las ciudades se ensanchó. Sólo nos acerca mos en tiempos de gran crisis: sabemos que cuan do cayó la Luna, su destrucción fue planeada y llevada a cabo por los científicos de Lys. Igual que la defensa de la Tierra contra los Invasores, a los que contuvimos en la batalla de Shalmirane.

 

»Ese gran esfuerzo agotó a la humanidad: una a una, las ciudades murieron y fueron barridas por el desierto. A medida que la población caía, la humanidad comenzó la emigración que iba a ha cer de Diaspar la última y más grande de todas las ciudades.

 

»La mayoría de esos cambios nos ignoraron, pero tuvimos que sostener nuestra propia batalla: la batalla contra el desierto. La barrera natural de las montañas no fue suficiente, y muchos miles de años pasaron antes de que aseguráramos nuestra tierra. Muy por debajo de Lys hay máquinas que nos suministrarán agua mientras el mundo exista, pues los viejos océanos están todavía allí, a kiló metros de profundidad bajo la corteza terrestre.

 

»Ésa es, en resumen, nuestra historia. Verás que incluso en las Eras del Amanecer tuvimos poca relación con las ciudades, aunque sus habitantes venían con frecuencia a nuestra tierra. Nunca los rechazamos, pues muchos de los hombres más grandes venían del Exterior, pero cuando las ciu dades murieron no quisimos implicarnos en su caída. Con el final del transporte aéreo, sólo quedó un camino para llegar a Lys: el sistema transportador desde Diaspar. Fue clausurado por mutuo acuerdo hace cuatrocientos millones de años. Pero hemos recordado a Diaspar, y no sé por qué vosotros ha béis olvidado a Lys.

 

Seranis sonrió, con un poco de amargura.

 

- Diaspar nos ha sorprendido. Esperábamos que siguiera el destino de las otras ciudades, pero ha logrado mantener una cultura estable que pue de durar tanto como la Tierra. No es una cultura que admiremos, aunque nos alegramos de que aquellos que deseen escapar de ella hayan logrado hacerlo. Son muchos más de los que crees los que han hecho el viaje, y casi todos han sido hombres destacados.

 

Alvin se preguntó cómo podía estar Seranis tan segura de lo que decía, y no aprobó su actitud hacia Diaspar. El no había «escapado», aunque después de todo la palabra no fuera incorrecta.

 

En algún lugar sonó una campana con un tañido que menguó y murió en el aire silencioso. Gol peó seis veces, y cuando la última nota se perdía ya en la quietud, Alvin advirtió que el Sol estaba bajo en el horizonte y el cielo del este anunciaba la llegada de la noche.

 

- Debo regresar a Diaspar -dijo-. Rorden me espera.

 

6

 

EL ÚLTIMO NIÁGARA

 

 

Seranis miró pensativamente a Alvin durante un momento. Entonces se puso en pie y se dirigió a la escalera.

 

- Por favor, espera un poco -dijo-. Tengo que resolver algunos asuntos, y sé que Theon tiene muchas preguntas que hacerte.

 

Entonces se marchó, y durante los minutos siguientes la andanada de preguntas de Theon im pidió que Alvin pensara en nada más. Theon ha bía oído hablar de Diaspar, y había visto archivos de las ciudades tal como eran en la cúspide de su gloria, pero no podía imaginar la forma en que pa saban la vida sus habitantes. A Alvin le divirtieron muchas de sus preguntas…, hasta que se dio cuen ta de que su ignorancia sobre Lys era todavía más grande.

 

Seranis había permanecido fuera un buen rato, pero su expresión no reveló nada cuando regresó.

 

- Hemos estado hablando de ti -dijo, sin ex pilcar a quiénes podía referirse-. Si regresas a Diaspar, toda la ciudad conocerá nuestra existen cia. Por muchas promesas que hagas, el secreto no podrá ser ya mantenido.

 

Una leve sensación de pánico empezó a apo derarse de Alvin. Seranis debió de adivinar sus pensamientos, pues sus siguientes palabras fueron consoladoras.

 

- No deseamos que te quedes aquí contra tu voluntad, pero si regresas a Diaspar tendremos que borrar de tu mente todos los recuerdos de Lys. -Vaciló un instante-. Esta situación no se ha producido nunca antes: todos tus predecesores vinieron para quedarse.

 

Alvin reflexionó.

 

- ¿Qué importancia tiene que Diaspar vuelva a saber de vosotros? -preguntó-. ¿No sería po sitivo para nuestros dos pueblos?

 

Seranis parecía triste.

 

- No lo creemos así -dijo-. Si se abrieran las puertas, nuestra tierra se llenaría de buscadores de sensaciones y de curiosos impertinentes. Tal como están ahora las cosas, sólo nos han encontrado los mejores de tu pueblo.

 

Alvin se sentía cada vez más molesto, pero ad virtió que la actitud de Seranis era bastante inconsciente.

 

- Eso no es cierto -dijo llanamente-. Muy pocos de nosotros se marcharían de Diaspar. No habrá ninguna diferencia para Lys si me dejáis marchar.

 

- La decisión no está en mis manos -contes tó Seranis-, pero la llevaré al Consejo cuando se reúna dentro de tres días. Hasta entonces, puedes considerarte mi invitado, y Theon te mostrará nuestro país.

 

- Me gustaría -dijo Alvin-, pero Rorden estará esperándome. Sabe dónde estoy, y si no vuelvo inmediatamente puede pasar cualquier cosa.

 

Seranis sonrió levemente.

 

- Hemos pensado mucho en el tema -admi tió-. Hay hombres trabajando en ese problema ahora mismo…, ya veremos si han tenido éxito.

 

Alvin se sintió molesto por haber pasado por alto algo tan obvio. Sabía que los ingenieros del pasado habían construido para la eternidad, su viaje a Lys era prueba de ello. Sin embargo, se sorprendió cuando la bruma cromática de la pantalla del visáfono se hizo a un lado para mostrar los familiares contornos de la habitación de Rorden.

 

El Guardián de los Archivos, sentado ante su mesa, alzó la cabeza. Sus ojos se iluminaron al ver a Alvin.

 

- No esperaba que fueras puntual -dijo, aunque había alivio tras el tono humorístico de sus palabras-. ¿Voy a recogerte?

 

Mientras Alvin vacilaba, Seranis dio un paso al frente, y Rorden la vio por primera vez. Sus ojos se ensancharon y se inclinó hacia delante para ver mejor. El movimiento fue tan inútil como automático. El hombre no había perdido los actos re flejos aunque llevaba mil millones de años usando el visáfono.

 

Serams colocó las manos sobre los hombros de Alvin y empezó a hablar. Cuando terminó de ha cerlo, Rorden guardó silencio durante un instante.

 

- Haré lo que pueda -dijo por fin-. Tal como lo entiendo, la elección está entre enviar a Alvin de vuelta bajo alguna forma de hipnosis o sin ningún tipo de restricciones. Pero creo que puedo prometeros que, aunque sepa de vuestra existencia, Diaspar continuará ignorándolos.

 

- No descartaremos esa posibilidad -replicó Seranis con cierto tono de brusquedad.

 

Rorden lo detectó de inmediato.

 

- ¿Y qué hay de mí? -preguntó con una son risa-. Ahora sé tanto como Alvin.

 

- Alvin es un niño -replicó Seranis rápida mente-, pero tú ostentas un cargo tan antiguo como Diaspar. Ésta no es la primera vez que Lys habla con el Guardián de los Archivos, y nunca ha traicionado nuestro secreto.

 

Rorden no añadió ningún comentario.

 

- ¿Cuánto tiempo deseáis que Alvin esté ahí? -dijo simplemente.

 

- Cinco días como máximo. El Consejo se reunirá dentro de tres.

 

- Muy bien. Entonces, durante los próximos cinco días, Alvin estará muy ocupado haciendo una investigación histórica. No será la primera vez que suceda, pero tendremos que estar fuera por si llama Jeserac.

 

Alvin se echó a reír.

 

- ¡Pobre Jeserac! Parece que me he pasado media vida ocultándole cosas.

 

- Has tenido mucho menos éxito de lo que crees -replicó Rorden, desconcertante-. Sin embargo, no espero ningún problema. ¡Pero que no sean más de cinco días!

 

Cuando la imagen se desvaneció, Rorden permaneció sentado contemplando la oscurecida pan talla. Siempre había sospechado que la red de co municación mundial podía ser aún operativa, pero las claves para su funcionamiento se habían perdi do y el hombre ya nunca podría seguir la pista en los billones de circuitos. Era extraño considerar que incluso ahora podrían estar llamando en vano a los visáfonos de las ciudades perdidas. Tal vez llegaría el momento en que su propio receptor haría lo mismo, y entonces no habría ningún Guardián de los Archivos para responder al comunicante desconocido…

 

Empezó a sentir temor. Captaba lentamente la inmensidad de lo que había sucedido. Hasta aho ra, Rorden no había pensado en las consecuencias de sus acciones; Su propio interés histórico, y el afecto que sentía por Alvin, habían sido motivo suficiente. Aunque había animado a Alvin, nunca llegó a creer que fuera a suceder nada de importancia.

 

A pesar de los siglos que los separaban, la vo luntad del muchacho había sido siempre más poderosa que la suya propia. Ahora era ya demasia do tarde para hacer nada al respecto: Rorden sentía que los hechos se dirigían hacia un climax que estaba completamente fuera de su control.

 

- ¿Es necesario todo esto si sólo vamos a estar fuera dos o tres días? -dijo Alvin-. Después de todo, llevamos un sintetizador.

 

- Probablemente no -le respondió Theon, lanzando al pequeño coche todo terreno los últimos contenedores de comida-. Puede parecer una costumbre extraña, pero nunca hemos sintetizado algunas de nuestras mejores comidas: nos gusta verlas crecer. Además, es probable que encontremos a otra gente, y lo educado es intercambiar alimentos con ellos. Casi todos los distritos tienen un producto especial, y Airlee es famoso por sus melocotones. Por eso he puesto tantos en el coche, no porque crea que puedes comértelos todos.

 

Alvin lanzó a Theon, que lo esquivó haciéndose rápidamente a un lado, su melocotón a medio comer. Hubo un destello iridiscente y un leve zumbido de alas invisibles mientras Krif descen día sobre la fruta y empezaba a sorber sus jugos.

 

Alvin todavía no se había acostumbrado del todo a Krif. Le resultaba difícil aceptar que el gran insecto carecía por completo de mente, aunque acudía cuando se le llamaba y, a veces, obedecía órdenes simples. La vida, para Alvin, era sinónimo de inteligencia, a veces inteligencia muy superior a la del hombre.

 

Cuando Krif descansaba, sus seis brillantes alas se plegaban a lo largo de su cuerpo, que brillaba como un cetro enjoyado. Era al mismo tiempo la forma de insecto más desarrollada y más hermosa que había conocido el mundo, la más recíente y tal vez la última de todas las criaturas que el hombre había elegido como compañía.

 

Como aprendía Alvin constantemente, Lys estaba lleno de sorpresas. Su eficiente sistema de transporte resultó igualmente insospechado. El vehículo todo terreno seguía al parecer el mismo principio que la máquina que le había traído des de Diaspar, pues flotaba en el aire a unos palmos sobre la hierba. Aunque no había ningún signo de raíles guía, Theon le dijo que los coches sólo podían avanzar por pistas determinadas de antema no. De esta forma, todos los centros de población estaban unidos, pero las partes más remotas del país sólo podían ser alcanzadas a pie. Esta situación resultó completamente extraordinaria para Alvin, pero Theon parecía considerarla una idea excelente.

 

Al parecer, Theon había preparado esta expe dición durante mucho tiempo. La historia natu ral era la gran pasión de su vida (Krif era sólo la más espectacular de sus muchas mascotas), y es peraba encontrar nuevos tipos de insectos en las zonas deshabitadas del sur de Lys.

 

El proyecto llenó a Alvin de entusiasmo. Es peraba con ansiedad ver más de este maravilloso país, y aunque los intereses de Theon se centraban en un campo de conocimiento distinto del suyo, sentía hacia su nuevo compañero una relación de igualdad que ni siquiera Rorden había desper tado.

 

Theon pretendía viajar hacia el sur mientras la máquina pudiera continuar, poco más de una hora de viaje desde Airlee, y hacer luego a pie el resto del camino. Alvin no puso ninguna objeción, pues no advirtió las implicaciones de aquello.

 

Para él, el viaje a través de Lys tenía algo de irreal. Silenciosa como un fantasma, la máquina se deslizaba sobre las llanuras y se abría paso entre los bosques, sin desviarse nunca de su vía invisi ble. Viajaba tal vez a una docena de veces el ritmo de un hombre. Nadie en Lys sentía necesidad de ir más deprisa.

 

Atravesaron muchos poblados, algunos más grandes que Airlee, pero la mayoría construidos siguiendo las mismas directrices. Mientras pasaban de una comunidad a otra, Alvin advirtió diferencias sutiles pero significativas en sus ropas e incluso en su aspecto físico. La civilización de Lys estaba compuesta de centenares de culturas distintas, y cada una contribuía al conjunto con algún talento especial.

 

Una o dos veces Theon se detuvo a hablar con algunos amigos, pero las pausas fueron breves y todavía era de día cuando el pequeño vehículo se paró al pie de una boscosa montaña. No era muy grande, pero a Alvin le pareció la cosa más enor me que había visto en su vida.

 

- A partir de aquí tendremos que caminar -dijo Theon alegremente, sacando el equipo del coche-. Ya no podemos continuar.

 

Mientras se debatía con las correíllas que le convertirían en una bestia de carga, Alvin miró vacilante la gran masa de roca que se alzaba ante ellos.

 

- Vamos a tardar un buen rato en rodearla, ¿no? -preguntó.

 

- No vamos a rodearla -replicó Theon-. Quiero llegar a la cima antes de que anochezca.

 

Alvin no dijo nada. Se estaba temiendo algo por el estilo.

 

- Desde aquí se puede ver todo Lys -dijo Theon, alzando la voz para hacerse oír por encima del estruendo de la catarata.

 

Alvin no tuvo ninguna duda. Al norte se extendían kilómetros y kilómetros de bosque, interrumpido aquí y allá por claros y prados y los ondulantes hilillos de un centenar de ríos. Oculto en algún lugar de aquel vasto panorama se hallaba el poblado de Airlee. A Alvin le pareció por un momento que podía ver el gran lago, pero decidió que sus ojos le habían engañado. Todavía más al norte, árboles y claros por igual se perdían en una alfombra de verde, arrugada aquí y allá por las líneas de las montañas. Y más lejos, en el mismo límite de la visión, se extendían, como un banco de nubes distantes, las montañas que separaban a Lys del desierto.

 

Al este y el oeste el panorama era un poco diferente, pero al sur las montañas parecían tan sólo a unos pocos kilómetros de distancia. Alvin pudo verlas con claridad, y advirtió que eran mucho más altas que el pequeño pico donde se encontraban.

 

Pero aún más maravillosa era la catarata. De la cara de la montaña brotaba un fuerte torrente de agua que caía hasta el valle, curvándose en el espacio hacia las rocas que esperaban a trescientos metros por debajo. Allí se perdía en un torbellino de niebla y espuma, mientras que de las profundidades se alzaba un incesante bramido que reverberaba en las paredes de la montaña. Y tiritando en el aire sobre la base de la cascada se encontraba el último arco iris que quedaba en la Tierra.

 

Los dos muchachos permanecieron durante largos minutos en el borde del acantilado, contemplando este último Niágara y la tierra desco nocida de más allá. Era muy diferente del paisaje que habían dejado atrás, pues de algún modo indefinible parecía desierto y vacío. El hombre no había vivido aquí desde hacía muchos, muchos años.

 

Theon respondió a la silenciosa pregunta de su amigo.

 

- Antiguamente, todo Lys estuvo habitado, pero eso fue hace mucho tiempo. Ahora sólo los animales viven aquí.

 

En efecto, no había ningún signo de vida hu mana, ninguno de los claros ni los ríos bien disci plinados que delataban la presencia del hombre. Sólo en un lugar podía encontrarse un indicio de que el hombre había vivido aquí, pues a muchos kilómetros de distancia unas solitarias ruinas blan cas asomaban sobre el techo del bosque como un colmillo roto. En todas partes la jungla había recu perado lo que era suyo.

 

7

 

EL HABITANTE DEL CRÁTER

 

 

Era de noche cuando Alvin despertó, la noche total de las montañas, aterradora en su intensidad. Algo le había perturbado, un susurro que se había abierto paso hasta su mente por encima del brami do continuo de la catarata. Se sentó, forzando la vista en la oscuridad, mientras con la respiración contenida prestaba atención al rugido de la cascada y al leve pero interminable rumor de la vida en los árboles que le rodeaban.

 

No había nada visible. La luz de las estrellas era demasiado tenue para revelar los kilómetros de te rritorio que se encontraban a cientos de metros por debajo; sólo una línea irregular de noche aún más oscura, eclipsando las estrellas, anunciaba la presencia de las montañas en el horizonte. En la oscuridad, Alvin escuchó a su amigo darse la vuelta y sentarse.

 

- ¿Qué pasa? -susurró.

 

- Me ha parecido oír un ruido.

 

- ¿De qué tipo?

 

- No lo sé. Tal vez sólo estaba soñando.

 

Contemplaron en silencio el misterio de la no che. Entonces, de repente, Theon cogió el brazo de su amigo.

 

- ¡Mira! -susurró.

 

Al sur, muy lejos, brillaba una luz solitaria, de masiado baja en el cielo para ser una estrella. Era de un blanco brillante, teñido de violeta, y mientras los muchachos seguían observando, empezó a re correr el espectro de intensidad, hasta que ya no pudieron verla. Entonces explotó, y pareció como si un rayo hubiera golpeado por debajo del borde del mundo. Durante un instante, las montañas y la gran tierra que protegían se embebieron de fuego contra la oscuridad de la noche. Mucho tiempo después se produjo el eco de una poderosa explosión, y en el bosque un súbito viento sacudió los árboles. El resplandor murió rápidamente, y una a una las estrellas regresaron al cielo.

 

Por primera vez en su vida, Alvin conoció el temor a lo desconocido que había sido la maldi ción del hombre. Era una sensación tan extra ña que durante un rato ni siquiera pudo ponerle nombre. En el momento en que lo advirtió, la sensación desapareció y volvió a ser él mismo.

 

- ¿Qué es eso? -susurró.

 

Hubo una pausa tan larga que volvió a repetir la pregunta.

 

- Estoy intentando recordar -dijo Theon, y guardó silencio durante un rato.

 

Poco después, volvió a hablar.

 

- Debe de ser Shalmirane-dijo simplemente.

 

- ¡Shalmirane! ¿Existe?

 

- Casi lo había olvidado -replicó Theon-. Mi madre me habló una vez de la fortaleza que hay en esas montañas. Naturalmente, hace siglos que es una ruina, pero se supone que aún vive alguien allí.

 

¡Shalmirane! Aunque eran hijos de dos razas de cultura e historia tan distintas, el nombre estaba lleno de magia. En toda la larga historia de la Tierra no había habido una epopeya más grande que la defensa de Shalmirane contra el invasor que había conquistado todo el Universo.

 

La voz de Theon sonó en la oscuridad.

 

- La gente del sur podría contarnos más co sas. Les preguntaremos en el camino de regreso.

 

Alvin apenas le oyó: estaba sumido en sus pro pios pensamientos, recordando historias que Rorden le había contado hacía mucho tiempo. La ba talla de Shalmirane pertenecía a los inicios de la historia registrada: marcaba el fin de las legendarias eras de la conquista humana, y el principio de su largo declive. En Shalmirane, más que en ningún otro lugar de la Tierra, se encontraba la respuesta a los problemas que le habían atormentado durante tantos años. Pero las montañas del sur estaban muy lejos.

 

Theon debía de compartir algunos de los po deres de su madre, pues dijo en voz baja:

 

- Si partimos al amanecer, podríamos alcan zar la fortaleza a la caída de la noche. Nunca he estado allí antes, pero creo que podría encontrar el camino.

 

Alvin lo pensó. Estaba cansado, tenía los pies magullados y sentía doloridos los músculos de sus muslos por el desacostumbrado esfuerzo. Era muy tentador dejar la empresa para otra ocasión. Sin embargo, ésta tal vez no llegara a producirse, y existía la posibilidad de que la explosión actínica fuera una señal de socorro.

 

A la tenue luz de las estrellas, Alvin sopesó sus pensamientos y tomó una decisión. Nada había cambiado: las montañas reemprendieron su vigilancia sobre la tierra dormida. Pero se había producido un punto de inflexión en la historia, y la raza humana se movía hacia un futuro nuevo y extraño.

 

El Sol acababa de alzarse por encima de la mu ralla oriental de Lys cuando los dos muchachos llegaron al límite del bosque. Allí, la naturaleza había recuperado sus dominios. Incluso Theon parecía perdido entre los gigantescos árboles que bloqueaban la luz del sol y producían enormes sombras en el suelo de la jungla. Afortunadamente, el rfo de la cascada fluía hacia el sur en una línea demasiado recta para ser completamente natural, y manteniéndose en su ribera pudieron evitar la vegetación más densa. Theon pasaba gran parte de su tiempo controlando a Krif, que desaparecía ocasionalmente en la jungla o revoloteaba excitado sobre el agua. Incluso Alvin, para quien todo resultaba tan nuevo, podía sentir que el bosque tenía una fascinación que no poseían los otros bosques más pequeños y cultivados del norte de Lys. Pocos árboles eran iguales: la mayoría de ellos se encontraba en varías etapas de involución y algunos habían retrocedido a lo largo de los siglos a sus formas naturales originales. Estaba claro que muchos no eran de la Tierra, quizá ni siquiera del sistema solar. Vigilando como centinelas los árboles menores había secoyas gigantes, de noventa y cien metros de altura. Antaño fueron consideradas los seres vivos más antiguos de la Tierra: todavía seguían siendo un poco más viejas que el hombre. El río se ensanchó, de vez en cuando formaba pequeños lagos salpicados de islas. Había insectos, criaturas de brillantes colores que deambulaban sin rumbo de un lado a otro sobre la superficie del agua. En una ocasión, a pesar de los gritos de Theon, Krif salió disparado para reunirse con sus primos lejanos. Desapareció al momento en una nube de alas resplandecientes, y los dos muchachos pudieron oír el sonido de zumbidos furiosos. Un momento después, la nube se dispersó y Krif regresó a toda velocidad, casi invisible sobre las aguas. A partir de entonces, se mantuvo muy cerca de Theon y no volvió a escaparse.

 

Al caer la tarde divisaron ocasionalmente las montañas hacia las que se dirigían. El río, que has ta entonces había sido un fiel guía, fluía ahora len tamente, como si también se acercara al final de su viaje. Pero estaba claro que no podrían alcanzar las montañas antes del amanecer: mucho antes de la puesta de sol el bosque se volvió tan oscuro que no pudieron seguir avanzando. Los grandes árboles se alzaban entre las sombras, y un frío viento agitaba sus hojas. Alvin y Theon se dispusieron a pasar la noche junto a un gigantesco pino cuyas ramas superiores todavía estaban encendidas por efecto de la luz solar.

 

Cuando por fin el Sol se puso, la luz toda vía permaneció algún tiempo en las aguas. Los dos muchachos contemplaron el río en la penumbra, pensando en lo que habían visto hasta ahora. Mientras se dormía, Alvin se preguntó quién habría sido la última persona en recorrer este camino, y cuánto tiempo había pasado desde entonces.

 

El Sol estaba alto en el cielo cuando dejaron el bosque y se encontraron por fin ante las montañas que formaban una muralla ante Lys. El terreno se alzaba al cielo en oleadas de roca desnuda. El río terminaba de forma tan espectacular como empezaba, pues el suelo se abría en su camino y se hundía rugiendo hasta perderse de vista. Por un momento, Theon miró el remolino y la tierra rota de más allá. Entonces señaló una abertura en las montañas.

 

- Shalmirane se encuentra en esa dirección -dijo confiadamente. Alvin le miró, sorprendido.

 

- ¡Me dijiste que no habías estado aquí antes!

 

- Es verdad.

 

- ¿Entonces cómo sabes el camino?

 

Theon parecía perplejo.

 

- No lo sé…, nunca lo había pensado antes. Debe de ser una especie de instinto, pues dondequiera que vamos, en Lys, siempre conocemos el camino.

 

A Alvin le costó trabajo creerlo, y siguió a Theon con considerable escepticismo. Pronto atravesaron la abertura en las montañas, y ante ellos se abrió una curiosa llanura con lados suavemente inclinados. Tras un momento de vacilación, Theon empezó a escalar. Alvin le siguió, lleno de dudas, y mientras escalaba empezó a componer un pequeño discurso. Si el viaje resultaba en vano, Theon sabría exactamente lo que pensaba de su instinto infalible.

 

Mientras se acercaban a la cima, la naturaleza del terreno cambió bruscamente. Las pendientes inferiores consistían en piedra volcánica y porosa, apilada aquí y allá en grandes montones de ceniza. Ahora la superficie se convertía de repente en afi ladas aristas de cristal, lisas y traicioneras, como si la roca hubiera fluido en ríos fundidos montaña abajo. El borde de la llanura se encontraba casi a sus pies. Theon la alcanzó primero, y unos pocos segundos después Alvin llegó junto a él y permaneció sin hablar a su lado, pues se encontraban en el borde no de la llanura que esperaban, sino de un cuenco gigantesco de casi un kilómetro de profundidad y cinco de diámetro. Ante ellos el terreno se hundía bruscamente, nivelándose lentamente en el fondo del valle y alzándose de nuevo, cada vez más empinado, hasta el borde opuesto. Y aunque el sol le daba de lleno, toda la enorme depresión era negra como el ébano. Los muchachos no podían imaginar siquiera qué material formaba el cráter, pero era tan negro que parecía la roca de un mundo que no hubiera conocido el sol. Y eso no era todo, pues bajo sus pies y rodeando todo el cráter había una lisa franja de metal, de varios metros de ancho, ajada por el paso inconmensurable de los años pero que no mostraba todavía el menor rastro de corrosión.

 

Mientras sus ojos se acostumbraban al extraño paisaje, Alvin y Theo advirtieron que la negrura de la hondonada no era tan absoluta como habían creído. Aquí y allá, tan fugitivas que sólo podían verlas indirectamente, pequeñas explosiones de luz fluctuaban en las paredes de ébano. Se produ cían al azar, desapareciendo en cuanto nacían, como reflejos de estrellas en un mar roto.

 

- ¡Es maravilloso! -exclamó Alvin, boquia bierto-. ¿Pero qué es?

 

- Parece una especie de reflector.

 

- No puedo imaginar que esa superficie negra refleje nada.

 

- Recuerda que sólo es negra para nuestros ojos. No sabemos qué radiaciones utilizaron.

 

- ¡Pero seguro que tiene que haber algo más! ¿Dónde está la fortaleza?

 

Theon señaló al fondo del cráter, donde se encontraba lo que Alvin había tomado por un puña do de piedras demolidas. Cuando volvió a mirar, el muchacho pudo distinguir una planificación casi arrasada tras la agrupación de grandes blo ques. Sí, allí yacían las ruinas de edificios que ha bían sido poderosos, derrotados ahora por el tiempo.

 

Durante los primeros centenares de metros las paredes fueron demasiado lisas y empinadas para que los muchachos pudieran permanecer erguidos, pero poco después alcanzaron las pendientes más suaves y pudieron caminar sin dificultad. Cerca del fondo del cráter, el suave ébano de su superficie terminaba en una fina capa de polvo que los vientos de Lys debían de haber traído a lo largo de las eras.

 

A medio kilómetro de distancia se apilaban ti tánicos bloques de piedra, como juguetes olvida dos por un niño gigante. Una sección de un enor me muro resultaba reconocible aún: dos obeliscos tallados marcaban lo que tal vez había sido una entrada. Por todas partes crecían hongos y enredaderas, y pequeños árboles retorcidos. Incluso el viento había callado.

 

Alvin y Theon habían llegado a las ruinas de Shalmirane. Contra aquellos muros, si la leyenda decía la verdad, ardieron y tronaron fuerzas que podían reducir un mundo a polvo, hasta ser derrotadas por completo. Antiguamente, este pacífico cielo había ardido con fuegos arrancados al corazón del Sol, y las montañas de Lys debieron de temblar como seres vivos bajo la furia de sus amos.

 

Nadie había logrado tomar Shalmirane. Pero ahora la fortaleza, la inexpugnable fortaleza, había caído por fin: capturada y derrotada por los pa cientes tentáculos de la yedra y las generaciones de gusanos ciegos.

 

Abrumados por su majestad, los dos mucha chos se dirigieron en silencio a aquellas colosales ruinas. Pasaron bajo la sombra de un muro roto y entraron en un cañón donde la montaña de piedra se había derrumbado.

 

Ante ellos se hallaba un gran anfiteatro, entre cruzado por grandes montones de escombros que debían de marcar las tumbas de máquinas enterra das. En algún momento remoto, este lugar tuvo una cúpula, pero el techo se había desmoronado hacía muchísimo tiempo. Sin embargo, debía de existir vida en algún lugar de esta desolación, y Alvin advirtió que esta ruina no podía ser más que superficial. La parte más grande de la fortaleza debía de encontrarse bajo tierra, más allá, del alcance del tiempo.

 

- Tendremos que volver a mediodía, así que no podemos quedarnos mucho tiempo -dijo Theon-. Será más rápido si nos separamos. Yo me quedaré con la mitad oriental y tú puedes ex plorar este lado. Grita si encuentras algo interesante…, pero no te alejes demasiado.

 

Así que se separaron, y Alvin empezó a esca lar los escombros, sorteando los montones de pie dra más grandes. Cerca del centro del anfiteatro se encontró con un pequeño claro circular, de tres o cuatro metros de diámetro. Estaba cubierto de matojos, pero el tremendo calor los había ennegrecido y calcinado, de forma que se convirtieron en cenizas a medida que avanzaba. En el centro del claro se alzaba un trípode que sostenía un cuenco de metal pulido, como si fuera una maqueta de Shalmirane. Era capaz de movimiento en altitud y azimut, y una espiral de sustancia transparente se alojaba en su centro. Bajo el reflector había una caja negra de la que surgía un cable negro que se perdía en el suelo.

 

Alvin comprendió que esta máquina debía de ser la fuente de luz, y empezó a seguir el cable. No fue fácil, pues el fino cable se hundía en las grie tas y reaparecía en lugares insospechados. Acabó por perderlo definitivamente y llamó a Theon para que viniera a ayudarle.

 

Se arrastraba por debajo de una roca que colgaba cuando una sombra cubrió de pronto la luz. Pensando que era su amigo, Alvin salió de la cue va y se volvió para hablarle. Pero las palabras mu rieron bruscamente en sus labios.

 

Gravitando en el aire ante él había un gran ojo oscuro rodeado por un sistema satélite de ojos más pequeños. Ésa, al menos, fue la primera im presión de Alvin; entonces advirtió que estaba mi rando una máquina compleja, y que la máquina le miraba a él.

 

Alvin rompió el doloroso silencio. Había dado órdenes a las máquinas toda su vida, y aunque nunca había visto nada parecido a esta criatura, decidió que probablemente era inteligente.

 

- Da la vuelta -ordenó experimentalmente.

 

No sucedió nada.

 

- Vete. Ven. Levántate. Cae. Avanza.

 

Ninguno de los pensamientos convencionales de control produjo ningún efecto. La máquina permaneció desdeñosamente inactiva.

 

Alvin dio un paso hacia delante y los ojos se retiraron apresuradamente. Por desgracia, su ángulo de visión parecía algo limitado, pues la máquina se detuvo bruscamente al toparse con Theon, que la observaba interesado desde hacía un par de minutos. Con una reacción perfectamente humana, el aparato dio un salto de tres metros en el aire, revelando una serie de tentáculos y juntas bajo un rechoncho cuerpo cilindrico.

 

- ¡Baja, no te haremos daño! -gritó Theon, frotándose una magulladura en el pecho.

 

Algo habló: no la voz apasionada y clara como el cristal típica de las máquinas, sino el tembloro so discurso de un hombre muy viejo y cansado.

 

- ¿Quiénes sois? ¿Qué estáis haciendo en Shalmirane?

 

- Me llamo Theon, y éste es mi amigo, Alvin de Loronei. Estamos explorando el sur de Lys.

 

Se produjo una breve pausa. Cuando la máquina volvió a hablar, su voz contenía un inconfundible tono de petulancia y malestar.

 

- ¿Por qué no podéis dejarme en paz? ¿Sabéis cuántas veces he pedido que me dejen solo?

 

Theon, normalmente muy tranquilo, se enfa dó visiblemente.

 

- Venimos de Airlee, y no sabemos nada de Shalmirane.

 

- Además -añadió Alvin, con reproche-, vimos tu luz y pensamos que tal vez estuvieras ha ciendo señales de socorro.

 

Resultó extraño oír a un humano suspirar desde la fría e impersonal máquina.

 

- Debo de haber hecho un millón de señales, y todo lo que he conseguido es llamar la atención de la gente de Lys. Pero veo que no traéis malas intenciones. Seguidme.

 

La máquina flotó lentamente sobre las pie dras, hasta detenerse ante una oscura abertura en la pared demolida del anfiteatro. Algo se movió en las sombras de la cueva, y una figura humana avanzó hacia la luz. Era el primer hombre físicamente viejo que veía Alvin. Tenía la cabeza completamente calva, pero una densa mata de pelo blanco cubría la parte inferior de su cara. Una túnica de cristal tejido cubría descuidadamente sus hombros, y a cada uno de sus lados flotaban otras dos extrañas máquinas con múltiples ojos.

 

8

 

LA HISTORIA DE SHALMIRANE

 

 

Se produjo un breve silencio mientras todos se observaban mutuamente. Entonces el anciano ha bló, y las tres máquinas hicieron eco a su voz du rante un momento, hasta que algo las desconectó.

 

- Así que venís del norte, y vuestra gente ya ha olvidado a Shalmirane.

 

- ¡Oh, no! -respondió Theon rápidamen te-. No hemos olvidado. Pero no estábamos se guros de que aquí viviera todavía alguien, y desde luego no esperábamos que quisieras estar solo.

 

El anciano no replicó. Moviéndose con una lentitud que resultaba doloroso contemplar, atra vesó la puerta y desapareció, mientras las tres má quinas flotaban silenciosamente a su alrededor. Alvin y Theon se miraron sorprendidos: no les gustaba la idea de seguir al anciano, pero su despedida (si de eso se trataba) había sido muy brusca. Empezaban a discutir el asunto cuando una de las máquinas volvió a aparecer de repente.

 

- ¿A qué estáis esperando? ¡Venid! -ordenó. Y desapareció de nuevo.

 

Alvin se encogió de hombros.

 

- Parece que nos invitan. Creo que nuestro anfitrión es un poco excéntrico, pero parece amistoso.

 

Una amplia escalera de caracol conducía hacia abajo. Terminaba en una pequeña habitación cir cular de la que surgían varios pasillos. Sin embar go, no había ninguna posibilidad de confusión, pues todos los pasadizos excepto uno estaban cubiertos de escombros.

 

Alvin y Theon habían recorrido solamente unos cuantos metros cuando se encontraron en una habitación grande e increíblemente desordenada con una asombrosa variedad de objetos. Un extremo de la cámara estaba ocupado por máquinas domésticas (sintetizadores, destructores, equipos de limpieza y cosas similares), aparatos que uno normalmente esperaba ocultos a la vista dentro de paredes y suelos. Alrededor había amontonados transcriptores y cintas de pensamiento, formando pirámides que casi llegaban al techo. Toda la habitación estaba incómodamente caliente debido a la presencia de una docena de fuegos perpetuos esparcidos por el suelo. Atraído por la radiación, Krif voló hacia la más cercana de las esferas metálicas, extendió las alas ante ella y se quedó dormido al instante.

 

Los muchachos tardaron un poco en darse cuenta de que el anciano y sus tres máquinas los esperaban en una pequeña zona despejada que re cordó a Alvin un claro en la jungla. Había varios muebles: una mesa y tres cómodos sillones. Uno de éstos era viejo y ajado, pero los otros eran tan sospechosamente nuevos que Alvin tuvo la certeza de que habían sido creados hacía tan sólo unos minutos. Mientras observaba, el familiar brillo de advertencia del campo sintetizador destelló sobre la mesa y el anciano se acercó en silencio. Los mu chachos le dieron las gracias formalmente y em pezaron a probar la comida y bebida que había aparecido de repente. Alvin advirtió que se había cansado un poco de la invariable dieta del sistema sintetizador portátil de Theon, y agradeció de veras el cambio.

 

Comieron en silencio durante un rato, diri giendo de vez en cuando alguna mirada subrepti cia al anciano. Éste parecía sumido en sus propios pensamientos, como si los hubiera olvidado por completo, pero en cuanto terminaron de comer alzó la cabeza y empezó a interrogarlos. Cuando Alvin explicó que no era nativo de Lys, sino de Diaspar, el anciano no mostró sorpresa. Theon hizo todo lo posible por responder a las preguntas; para tratarse de alguien a quien no le gustaban las visitas, el anciano parecía muy ansioso de noticias del mundo exterior. Alvin decidió rápidamente que su actitud anterior debía de ser una pose. Poco después, el anciano volvió a guardar silencio. Los dos muchachos esperaron haciendo acopio de paciencia; el anciano no les había dicho nada de sí mismo, ni de lo que hacía en Shalmirane. La señal luminosa que los había atraído a este lugar seguía siendo un misterio, aunque no se atrevían a exigir ninguna explicación. Así que permanecieron sentados en medio de aquel incómodo silencio, observando la sorprendente habitación, encontrando a cada momento algo nuevo e inesperado. Por fin, Alvin interrumpió las meditaciones del anciano.

 

- Tendremos que marcharnos pronto -recalcó.

 

No era tanto una declaración como una suge rencia. El rostro arrugado se volvió hacia él, pero los ojos seguían estando muy lejos. Entonces, la voz cansada e infinitamente vieja empezó a sonar. Era tan débil que al principio los dos muchachos apenas pudieron oírla; cuando pasó un rato, el an ciano debió de advertir su dificultad, pues de repente las tres máquinas empezaron a repetir una vez más sus palabras.

 

Alvin y Theon nunca podrían comprender gran parte de lo que les dijo el anciano. A veces usaba palabras que les resultaban desconocidas, en otras ocasiones, hablaba como repitiendo fra ses o parlamentos completos que debían de haber escrito otras personas hacía mucho tiempo. Pero los puntos principales de la historia estaban cla ros, e hicieron que los pensamientos de Alvin volvieran a las épocas con las que soñaba desde la in fancia.

 

El relato comenzaba, como muchos otros, en medio del caos de los Siglos de Transición, cuan do los Invasores ya se habían marchado pero el mundo seguía recuperándose de sus heridas. En esa época apareció en Lys el hombre que más tarde sería conocido como el Maestro. Le acompañaban tres extrañas máquinas (las mismas que los observaban ahora), actuando como sus sirvientes y poseedoras de inteligencia propia. El origen del Maestro fue un secreto que él mismo nunca reveló, y con el tiempo se asumió que había venido del espacio, abriéndose paso de algún modo entre el bloqueo de los Invasores. Entre las lejanas estrellas podía haber aún islas de humanidad que las mareas de la guerra no habían engullido.

 

El Maestro y sus máquinas poseían poderes que el mundo había perdido, y a su alrededor se congregó un puñado de hombres a quienes ense ñó muchas cosas. Su personalidad debía de ser sorprendente, y Alvin pudo comprender un atis bo del magnetismo que había atraído a tanta gen te. Los hombres de las ciudades en decadencia ha bían acudido a millares a Lys, buscando paz y descanso espiritual tras los años de confusión. Entre los bosques y montañas, escuchando las pa labras del Maestro, encontraron por fin la paz.

 

Al final de su larga vida, el Maestro pidió a sus amigos que le llevaran a terreno descubierto para poder contemplar las estrellas. Esperó, mientras sus fuerzas se desvanecían, hasta la culminación de los Siete Soles. Mientras moría, la resolución con la que había mantenido tanto tiempo su secreto pareció debilitarse, y farfulló muchas cosas sobre las que se escribieron incontables libros en los años venideros. Una y otra vez hablaba de los «Grandes», que habían abandonado este mundo pero que seguramente regresarían algún día, e instó a sus seguidores a que se quedaran para recibirlos cuando volvieran. Aquéllas fueron sus últimas palabras racionales. Nunca volvió a ser consciente de lo que le rodeaba, pero justo antes del final murmuró una frase que reveló al menos parte de su secreto y durante eras dejó perplejas las mentes de todos aquellos que las oyeron: «Es hermoso contemplar las sombras de colores en los planetas de luz eterna.» Entonces murió.

 

Así surgió la religión de los Grandes, pues en una religión llegó a convertirse. Tras la muerte del Maestro, muchos de sus seguidores se dispersaron, pero otros muchos permanecieron fieles a sus enseñanzas, que elaboraron lentamente a lo largo de las eras. Al principio creyeron que los Grandes, fueran quienes fuesen, regresarían pronto a la Tierra, pero esa esperanza se desvaneció con el paso de los siglos. Sin embargo, la hermandad continuó, congregando a nuevos miembros de las tierras cercanas, y lentamente su fuerza y su poder aumentaron hasta dominar todo el sur de Lys.

 

A Alvin le resultaba muy difícil seguir la narración del anciano. Las palabras que usaba eran tan extrañas que no podía distinguir la verdad de la leyenda, si es que la historia contenía algo verdadero. Sólo obtuvo una imagen confusa de generaciones de fanáticos que esperaban que un gran suceso que no comprendían aconteciera en alguna fecha futura y desconocida.

 

Los Grandes nunca regresaron. Lentamente, el poder del movimiento se desvaneció, y el pue blo de Lys lo hizo replegarse a las montañas, has ta que se refugió en Shalmirane. Ni siquiera entonces perdieron los observadores su fe, sino que juraron que por larga que fuera la espera estarían preparados cuando vinieran los Grandes. Hacía mucho que los hombres habían aprendido una forma de desafiar al tiempo, y el conocimiento había sobrevivido, aunque muchas otras cosas se habían perdido. Tras dejar a unos pocos miembros de su grupo para vigilar desde Shalmirane, los demás entraron en el sueño sin sueños de la animación suspendida.

 

Su número se redujo lentamente a medida que los durmientes eran despertados para que reem plazaran a aquellos que iban muriendo, pero los observadores mantuvieron su fe en el Maestro. Por sus palabras de moribundo parecía seguro que los Grandes vivían en los planetas de los Siete Soles, y en años posteriores se hicieron intentos de enviar señales al espacio. Hacía tiempo que las señales se habían convertido en un ritual sin significado, y ahora la historia se acercaba a su fin. Dentro de poco sólo quedarían en Shalmirane las tres máquinas, guardando los huesos de los hombres que habían venido a este lugar hacía tanto tiempo siguiendo una causa que sólo ellos podían comprender.

 

La vocecita del anciano se apagó y los pensamientos de Alvin regresaron al mundo que conocía. Más que antes, el alcance de su ignorancia le abrumó. Un diminuto fragmento del pasado había sido iluminado durante un instante, pero ahora la oscuridad volvía a cerrarse a su alrededor.

 

La historia del mundo era una maraña de hilos desconectados, y nadie podía decir cuáles eran importantes y cuáles triviales. Este fantástico rela to del Maestro y los Grandes tal vez no fuera más que otra de las incontables leyendas que de algún modo habían sobrevivido desde las civilizaciones del Amanecer. Sin embargo, aquellas tres máquinas no se parecían a nada que Alvin hubiera visto antes. No podía descartar toda la historia, como había intentado hacer, considerándola una fábula compuesta de delirios sobre una base de locura.

 

- Esas máquinas -dijo bruscamente-. ¿Han sido interrogadas? Si vinieron a la Tierra con el Maestro, deben de conocer todavía sus secretos.

 

El anciano sonrió cansinamente.

 

- Ellas lo saben, pero no hablarán nunca -dijo-. El Maestro se encargó de eso antes de entregar el control. Lo hemos intentado innume rables veces, pero es inútil.

 

Alvin comprendió. Pensó en los Asociadores de Diaspar, y en los sellos que Alaine había puesto en su conocimiento. Creía que incluso aquellos sellos podían romperse con el tiempo, y el Asociador Maestro debía de ser infinitamente más complejo que estos pequeños robots esclavos. Se preguntó si Rorden, tan diestro a la hora de desentrañar los secretos del pasado, sería capaz de arrancar a las má quinas su conocimiento oculto. Pero Rorden esta ba muy lejos y nunca podría abandonar Diaspar.

 

De pronto, un plan se fraguó en su mente. Sólo podría habérsele ocurrido a una persona muy jo ven, y forzó hasta el límite la confianza de Alvin.

 

Sin embargo, tras tomar la decisión, se movió con determinación y astucia hacia su objetivo.

 

Señaló las tres máquinas.

 

- ¿Son idénticas? -preguntó-. Quiero de cir, ¿cada una de ellas puede hacerlo todo, o tie nen funciones específicas?

 

El anciano pareció un poco perplejo.

 

- Nunca lo he pensado -dijo-. Cuando necesito algo, pregunto a la que tengo más cerca. No creo que haya ninguna diferencia entre ellas.

 

- Ahora no puede haber mucho trabajo para los robots -continuó Alvin inocentemente.

 

Theon parecía un poco sorprendido, pero Al vin evitó con cuidado mirar a su amigo a los ojos. El anciano contestó sin sospechar nada.

 

- No -replicó tristemente-. Shalmirane es muy distinta ahora.

 

Alvin hizo una pausa, comprensivo. Enton ces, con rapidez, empezó a hablar. Al principio el anciano no pareció entender su propuesta; más tarde, cuando lo hizo, Alvin no le dio tiempo para interrumpirle. Habló de los grandes almacenes de datos de Diaspar, y de la habilidad con que el Guardián de los Archivos podía utilizar su conocimiento. Aunque las máquinas del Maestro habían resistido las preguntas de todo el mundo, tal vez confiarían sus secretos a Rorden. Sería una tragedia perder aquella oportunidad, pues nunca volvería a producirse.

 

Ruborizado por el calor de su propia oratoria, Alvin terminó su llamamiento:

 

- Préstame una de las máquinas. No las nece sitas todas. Ordénale que obedezca mis órdenes de control y la llevaré a Diaspar. Prometo que la devolveré tanto si el experimento tiene éxito como si fracasa.

 

Incluso Theon pareció aturdido, y una expre sión de horror apareció en el rostro del anciano.

 

- ¡No puedo hacer eso! -exclamó.

 

- ¿Pero por qué no? ¡Piensa en lo que podría mos aprender!

 

El anciano sacudió la cabeza con firmeza.

 

- Iría en contra de los deseos del Maestro.

 

Alvin se sintió decepcionado, y molesto. Pero era joven, y su interlocutor era viejo y estaba can sado. Repitió su argumento, cambiando su estra tegia y anotándose el tanto final. Y por primera vez Theon vio a Alvin como nunca antes había sospechado: tenía una fuerte personalidad, algo que de hecho sorprendía al propio Alvin. Los hombres de las Eras del Amanecer nunca habían dejado que los obstáculos se interpusieran en su camino, y la fuerza de voluntad y la determinación que fueron su herencia todavía no habían desaparecido de la Tierra. Incluso de niño, Alvin se había resistido a las fuerzas que pretendían moldearle según la pauta de Diaspar. Ahora era mayor, y contra él no se alzaba la mayor ciudad del mundo, sino tan sólo un anciano que no quería más que descansar, algo que seguramente conseguiría muy pronto.

 

9

 

AMO DEL ROBOT

 

 

La tarde estaba ya muy avanzada cuando el vehículo de superficie atravesó la última pantalla de árboles y se detuvo en la gran llanura de Airlee. La discusión, que había durado casi todo el viaje, había terminado ya y la calma había sido restau rada. Nunca habían llegado a la violencia, quizá porque las fuerzas eran desiguales. Theon sólo te nía a Krif para apoyarle, mientras que Alvin podía recurrir a la máquina de múltiples tentáculos que tanto apreciaba.

 

Theon no se había mordido la lengua. Había llamado fanfarrón a su amigo y le había dicho que debería sentirse avergonzado de su conducta. Pe ro Alvin se echó a reír y siguió jugando con su nuevo juguete. No sabía cómo se había producido la transferencia, pero sólo él podía controlar aho ra al robot, hablar con su voz y ver a través de sus ojos. No obedecería a nadie más en el mundo.

 

Seranis los esperaba en una habitación sorpren dente que parecía no tener techo, aunque Alvin sa bía que había un piso encima. Parecía preocupada y más insegura que nunca, y recordó la elección que pronto se le plantearía. Hasta ahora, casi la había olvidado. Creía que el Consejo, de algún modo, re solvería el problema. Ahora se daba cuenta de que la decisión tal vez no fuera de su agrado.

 

La voz de Seranis mostró su preocupación cuando empezó a hablar, y por sus pausas ocasionales Alvin comprendió que estaba repitiendo palabras que ya había ensayado.

 

- Alvin -empezó a decir-, hay muchas cosas que no te he dicho antes, pero que debes cono cer ahora para comprender nuestras acciones.

 

»Conoces uno de los motivos del aislamiento de nuestras dos razas. El temor a los Invasores, la oscura sombra en las profundidades de la mente humana, volvió a tu pueblo contra el mundo y los hizo perderse en sus propios sueños. Aquí en Lys ese temor nunca ha sido tan grande, aunque so portamos lo peor del ataque. Teníamos buenos motivos para actuar como lo hicimos, y lo que hicimos, lo hicimos con los ojos abiertos.

 

»Alvin, hace mucho tiempo los hombres bus caron la inmortalidad y por fin la consiguieron. Olvidaron que un mundo que había desterrado la muerte también debía desterrar los nacimientos. El poder para extender la vida indefinidamente produjo felicidad al individuo, pero estancamiento a la raza. Me dijiste que eras el único niño que había nacido en Diaspar en siete mil años, pero ya has visto cuántos niños tenemos aquí en Airlee.

 

Hace mucho que sacrificamos nuestra inmortali dad, pero Diaspar todavía sigue el falso sueño. Por eso nuestros caminos se separaron, y por eso nunca deben volver a unirse.

 

Aunque Alvin casi esperaba aquellas palabras, el golpe no fue menor. Sin embargo, se negó a admi tir el fracaso de todos sus planes, todavía a medio formar, y sólo una parte de su cerebro escuchaba a Seranis ahora. Comprendía y anotaba todas sus pa labras, pero la parte consciente de su mente volvía a la carretera de Diaspar, intentando imaginar todos los obstáculos que podrían poner en su camino.

 

Seranis estaba triste. Su voz era casi suplican te, y Alvin supo que le hablaba no sólo a él, sino también a su hijo. Theon observaba a su madre con una preocupación que también contenía una sombra de acusación.

 

- No tenemos ningún deseo de obligarte a permanecer en Lys contra tu voluntad, pero seguramente comprendes lo que sucedería si nuestros pueblos se mezclaran. Entre tu cultura y la nuestra hay un abismo tan grande como el que separó a la Tierra de sus antiguas colonias. Piensa en una cosa, Alvin. Theon y tú tenéis aproximadamente la misma edad…,pero él y yo llevaremos siglos muertos y tú seguirás siendo todavía un muchacho.

 

La habitación se quedó tan silenciosa que Al vin pudo oír los extraños gritos quejumbrosos de las bestias desconocidas en los campos situados más allá del poblado.

 

- ¿Qué quieres que haga? -dijo, casi en un susurro.

 

- Como prometí, he llevado tu caso al Conse jo, pero la ley no puede ser alterada. Puedes que darte aquí y convertirte en uno de nosotros o regresar a Diaspar. Si lo haces, debemos rehacer primero las pautas de tu mente para que no conserves ningún recuerdo de Lys y nunca vuelvas a intentar contactar con nosotros.

 

- ¿Y Rorden? Aunque yo lo olvidara todo, él seguiría conociendo la verdad.

 

- Hemos hablado muchas veces con Rorden desde que te fuiste. Reconoce la sabiduría de nuestras acciones.

 

En aquel oscuro momento, Alvin sintió como si el mundo entero se hubiera vuelto contra él. Aunque las palabras de Seranis contenían mucho de verdad, no estaba dispuesto a admitirlo: sólo veía la destrucción de sus planes todavía a medio concretar, el final de la búsqueda de conocimiento, algo que ahora se había convertido en el hecho más importante de su vida.

 

Seranis debió de leer sus pensamientos.

 

- Te dejaré a solas un rato -dijo-. Pero re cuerda: sea cual fuere tu elección, no puede haber vuelta atrás.

 

Theon la siguió hasta la puerta, pero Alvin lo llamó. El muchacho miró a su madre, que vaciló un momento antes de asentir. La puerta se cerró silenciosamente tras ella, y Alvin supo que no vol vería a abrirse sin su consentimiento.

 

Alvin esperó hasta que pudo controlar una vez más sus pensamientos.

 

- Theon, me ayudarás, ¿verdad?

 

El otro muchacho asintió, pero sin decir nada.

 

- Entonces dime una cosa, ¿cómo podría detenerme tu gente si intentara escapar?

 

- Eso sería fácil. Si intentaras escapar, mi ma dre controlaría tu mente. Más tarde, cuando te convirtieras en uno de los nuestros, no tendrías ningún deseo de marcharte.

 

- Ya veo. ¿Puedes decirme si está vigilando mi mente ahora mismo?

 

Theon pareció preocupado, pero su protesta respondió a la pregunta.

 

- ¡No puedo decirte eso!

 

- Pero lo harás, ¿verdad?

 

Los dos muchachos se miraron en silencio du rante muchos segundos. Entonces Theon sonrió.

 

- Sabes que no puedes amenazarme. Sea lo que fuere lo que estás planeando (y yo no puedo leer tu mente), en cuanto intentaras llevarlo a la práctica, mi madre se haría cargo. No te perderá de vista hasta que todo quede zanjado.

 

- Lo sé -dijo Alvin-, ¿pero está observan do mi mente en este momento?

 

El otro vaciló.

 

- No -dijo por fin-. Creo que te deja en paz deliberadamente, para que sus pensamientos no te influyan.

 

Eso era todo lo que necesitaba saber. Por primera vez, Alvin se atrevió a pensar en el único plan que ofrecía alguna esperanza. Era demasia do testarudo para aceptar ninguna de las alternati vas que le había propuesto Seranis, y aunque no hubiera nada en juego se habría resistido amargamente a cualquier intento de doblegar su voluntad.

 

Seranis regresaría dentro de poco. No podría volver a hacer nada hasta que estuvieran al descubierto, e incluso entonces Seranis podría controlar sus acciones si intentaba escapar. Aparte de eso, estaba seguro de que muchos de los habitantes del poblado podrían interceptarle mucho antes de que hubiera llegado a su objetivo.

 

Con mucho cuidado, comprobando cada detalle, repasó el único camino que podía conducirle a Diaspar en los términos que deseaba.

 

Theon le advirtió que Seranis se acercaba, y Alvin dirigió rápidamente sus pensamientos a co sas inofensivas. A ella nunca le había resultado fá cil comprender su mente, y ahora le parecía estar en el espacio, contemplando un mundo cubierto por nubes impenetrables. A veces se producía una agitación, y durante un instante podía atisbar algo de lo que había debajo. Se preguntó qué estaría intentando ocultarle Alvin. Por un momento se zambulló en la mente de su hijo, pero Theon no sabía nada de los planes del otro muchacho.

 

Seranis volvió a pensar en las precauciones que había tomado; igual que un hombre debe flexionar los músculos antes de hacer un gran esfuerzo, re pasó las pautas que tendría que usar. Pero no hubo ninguna huella de su preocupación cuando sonrió a Alvin desde la puerta.

 

- Bien, ¿has decidido ya? -preguntó.

 

La respuesta de Alvin pareció bastante sin cera.

 

- Sí. Regresaré a Diaspar.

 

- Lo siento, y sé que Theon te echará de me nos. Pero tal vez sea lo mejor: éste no es tu mundo y debes pensar en tu propio pueblo.

 

Con un gesto de suprema confianza, se hizo a un lado para que Alvin atravesara la puerta.

 

- Los hombres que pueden borrar tus recuer dos de Lys te aguardan. Esperábamos esta decisión.

 

Alvin se alegró al ver que Seranis le conducía en la dirección que deseaba.

 

Ella no volvió la cabeza para ver si le seguía. Sus propios movimientos le decían: «Intenta escapar si quieres. Mi mente es más poderosa que la tuya.» Y Alvin sabía que era completamente cierto.

 

Habían dejado atrás las casas cuando Alvin se detuvo y se volvió hacia su amigo.

 

- Adiós, Theon -dijo, extendiendo las ma nos-. Gracias por todo lo que has hecho. Algún día volveré.

 

Seranis se había detenido, y lo observaba con atención. Alvin le sonrió mientras medía los cinco metros que los separaban.

 

- Sé que haces esto contra tu voluntad -di jo-, y no te echo la culpa. Tampoco a mí me gus ta lo que voy a hacer.

 

Pensó que aquello no era cierto. La verdad era que empezaba a disfrutar. Miró rápidamente a su alrededor: nadie se acercaba y Seranis no se había movido. Todavía le estaba mirando, intentando probablemente sondear su mente. Alvin habló rá pidamente para impedir que los esbozos de su plan tomaran forma entre sus pensamientos.

 

- No creo que tengáis razón -dijo, tan inconsciente de su arrogancia intelectual que Seranis no pudo evitar sonreír-. No está bien que Lys y Diaspar estén separados eternamente: un día puede que se necesiten. Así que voy a volver a casa con todo lo que he aprendido, y no creo que puedas detenerme.

 

No esperó más. Seranis no se movió, pero al instante Alvin sintió que su cuerpo escapaba a su control. El poder que anulaba su voluntad era aún más fuerte de lo que esperaba, y advirtió que mu chas mentes ocultas debían de estar ayudando a Seranis. Sin ninguna esperanza, empezó a volver al centro del poblado, y durante un terrible ins tante pensó que su plan había fracasado.

 

Entonces se produjo un destello de acero y cristal, y los brazos metálicos se cerraron rápida mente a su alrededor. Su cuerpo luchó contra ellos, como sabía que iba a hacer, pero sus esfuer zos fueron inútiles. El suelo desapareció bajo sus pies y pudo ver a Theon, petrificado por la sorpresa y con una sonrisita tonta en la cara.

 

El robot lo llevaba en brazos, a tres o cuatro metros de altura, mucho más rápidamente de lo que un hombre podía correr. Seranis sólo tardó un momento en comprender su treta, y los esfuerzos de Alvin por librarse del robot remitieron mientras ella relajaba su control. Pero no estaba derrotada todavía, y entonces sucedió lo que más temía Alvin, lo que había hecho todo lo posible por contrarrestar.

 

Ahora había dos entidades separadas luchan do dentro de su mente, y una de ellas suplicaba al robot que lo soltara. El Alvin real esperaba, sin aliento, resistiendo sólo un poco contra fuerzas con las que no podía enfrentarse. Había apostado fuerte: no había forma de saber por anticipado si la máquina podía entender órdenes tan complejas como las que le había dado. Le había dicho al robot que bajo ninguna circunstancia debía obedecer ninguna nueva orden hasta que estuviera a salvo en Diaspar. Ésas eran las órdenes. Si eran obedecidas, Alvin había puesto su destino más allá del alcance de la interferencia humana.

 

Sin vacilar, la máquina siguió corriendo por el camino que tan cuidadosamente había trazado Al vin en su mente. Una parte de él suplicaba aún furiosamente que lo soltara, pero ahora supo que estaba a salvo. Y poco después Seranis lo comprendió también, pues las fuerzas en el interior de su ce rebro dejaron de guerrear unas con otras. Una vez más se encontró en paz, como se sintió muchos mi lenios antes un viajero atado al mástil de su barco al oír la canción de las sirenas apagarse en el oscuro mar de color de vino.

 

10

 

DUPLICACIÓN

 

 

- Ya ves, ejecutará todas las órdenes que yo le dé, no importa lo complicadas que sean -concluyó Alvin-. Pero en lo referido a las preguntas so bre su origen, se queda inmóvil, como ahora.

 

La máquina gravitaba inmóvil sobre el Asociador Maestro, y sus lentes de cristal resplandecían a la luz plateada como un puñado de joyas. De todos los robots que Rorden había visto en su vida, éste era el más sorprendente: estaba casi seguro de que no había sido construido por la civilización huma na. Con semejantes servidores eternos, no era ex traño que la personalidad del Maestro hubiera so brevivido a lo largo de las eras.

 

El regreso de Alvin había provocado tantos problemas que Rorden casi tenía miedo de pensar en ellos. A él mismo no le había resultado fácil aceptar la existencia de Lys, con todas las implicaciones que el hecho traía consigo, y se preguntaba cómo reaccionaría Diaspar ante el nuevo conocímiento. Probablemente la inmensa inercia de la ciudad amortiguaría el golpe: podrían pasar años antes de que todos sus habitantes comprendieran por completo el hecho de que ya no estaban solos en la Tierra.

 

Pero si Alvin se salía con la suya, las cosas se desarrollarían mucho más rápidamente. Había mo mentos en que Rorden lamentaba el fracaso de los planes de Seranis, pues entonces todo habría sido mucho más simple. El problema era inmen so, y por segunda vez en su vida Rorden no fue capaz de decidir qué curso de acción era correcto. Se preguntó cuántas veces más le presentaría Alvin dilemas semejantes, y sonrió amargamente ante el pensamiento. Al fin y al cabo, no habría ninguna diferencia: Alvin haría exactamente lo que se le antojara.

 

Todavía no eran más de una docena de perso nas, aparte de la familia de Alvin, los que conocían la verdad. Sus padres, con quienes tenía tan poco en común y a quienes a veces no veía durante se manas seguidas, todavía parecían pensar que había estado tan sólo en alguna parte exterior de la ciudad. Jeserac fue la única persona que reaccionó con fuerza: cuando la sorpresa inicial remitió, se enzarzó en una violenta discusión con Rorden, y los dos habían dejado de hablarse. Alvin, que lle vaba tiempo esperando aquello, podía imaginar los detalles, pero para su decepción ninguno de los dos protagonistas quería hablar sobre el tema.

 

Más tarde habría tiempo de sobra para encar garse de que Diaspar comprendiera la verdad; por el momento, Alvin estaba demasiado preocupado con el robot para preocuparse de nada más. Pensaba, y Rorden compartía ahora su creencia, que el relato que había oído en Shalmirane era sólo un fragmento de una historia mucho mayor. Al prin cipio Rorden se había mostrado escéptico, y seguía creyendo que «los Grandes» no eran más que otro de los incontables mitos religiosos del mundo. Sólo el robot sabía la verdad, y había desafiado un millón de siglos de interrogatorios, como los desafiaba a ellos ahora.

 

- El problema es que ya no quedan ingenieros en el mundo -dijo Rorden.

 

Alvin pareció sorprendido: aunque el contac to con el Guardián de los Archivos había amplia do enormemente su vocabulario, había miles de palabras arcaicas que no comprendía.

 

- Un ingeniero era un hombre que diseñaba y construía máquinas -explicó Rorden-. Nos re sulta imposible imaginar una época sin robots, pero todas las máquinas del mundo tuvieron que ser inventadas en un momento u otro, y hasta que se crearon los Robots Maestros, necesitaron hombres para cuidarlos. Cuando las máquinas pudieron cuidar de sí mismas, ya no hicieron falta ingenieros humanos. Creo que es una versión bastante acertada, aunque naturalmente casi todo son suposiciones. Todas las máquinas que poseemos existían al principio de nuestra historia, y muchas habían desaparecido mucho antes de que comenzara.

 

- Como los aparatos voladores y las naves espaciales -interrumpió Alvin.

 

- Sí-coincidió Rorden-, igual que los gran des comunicadores que podían alcanzar las estre llas. Todas esas cosas desaparecieron cuando deja ron de ser necesarias.

 

Alvin sacudió la cabeza.

 

- Sigo creyendo que la desaparición de las na ves espaciales no puede explicarse tan sencilla mente. Pero volviendo a la máquina… ¿no crees que los Robots Maestros podrían ayudarnos? Nunca he visto uno, naturalmente, y no sé mucho sobre ellos.

 

- ¿Ayudarnos? ¿En qué sentido?

 

- No estoy seguro -dijo Alvin vagamente-. Tal vez podrían obligar al robot a obedecer todas mis órdenes. Arreglan robots, ¿no? Supongo que eso sería una especie de reparación…

 

Su voz se apagó, como si no lograra conven cerse ni siquiera a sí mismo.

 

Rorden sonrió: la idea era demasiado ingenua para tener fe en ella. Sin embargo, esta investigación histórica era el primero de los planes de Al vin por el que podía compartir entusiasmo, y no se le ocurría nada mejor de momento.

 

Se dirigió al Asociador sobre el que todavía flo taba el robot, como con estudiada indiferencia. Mientras empezaba casi automáticamente a teclear sus preguntas en la gran consola, fue asaltado de pronto por un pensamiento tan incongruente que tuvo que echarse a reír.

 

Alvin miró sorprendido a su amigo mientras Rorden se volvía hacia él.

 

- Alvin -dijo entre risas-. Me temo que to davía tenemos mucho que aprender sobre las má quinas. -Colocó la mano sobre el liso cuerpo metálico del robot-. No tienen sentimientos humanos. No era necesario que habláramos de todos nuestros planes en susurros.

 

Alvin sabía que este mundo no había sido creado para el hombre. Bajo el resplandor de las luces tricromáticas, tan deslumbrantes que hacían daño en los ojos, los largos y amplios corredores parecían extenderse hasta el infinito. Todos los robots de Diaspar debían recorrer los grandes pasadizos al final de sus vidas, aunque ni una sola vez en un millón de años había sonado aquí el eco de pasos humanos.

 

No resultó difícil localizar los mapas de la ciu dad subterránea, la ciudad de las máquinas sin las que Diaspar no podría existir. Unos cientos de metros más adelante el pasillo terminaba en una gran cámara circular de más de un kilómetro de diámetro cuyo techo era sostenido por grandes columnas que también debían soportar el peso inimaginable del Centro de Energía. Si los mapas decían la verdad, era aquí donde las máquinas más grandes de todas, los Robots Maestros, montaban su guardia sobre Diaspar.

 

La cámara estaba allí, y era aún más grande de lo que Alvin había imaginado. ¿Pero dónde esta ban las máquinas? Se detuvo asombrado ante el panorama enorme, aunque sin significado, que se extendía bajo él. El corredor terminaba en la pared de la cámara (con toda seguridad la cavidad más grande jamás construida por el hombre) y a ambos lados largas rampas descendían hasta el lejano suelo. Cubriendo toda aquella extensión brillantemente iluminada había centenares de grandes estructuras blancas, tan extrañas que durante un momento Alvin pensó que debía de estar contemplando una ciudad subterránea. La impresión fue sorprendentemente vivida y nunca llegó a perderla del todo. En ninguna parte encontró lo que esperaba: el familiar brillo del metal que desde el principio del tiempo el hombre había aprendido a asociar con sus servidores.

 

Aquí se encontraba el final de una evolución casi tan larga como la del hombre. Su comienzo se perdía en las brumas de las Eras del Amanecer, cuando la humanidad aprendió por vez primera el uso de la energía y lanzó sobre el mundo sus ruidosos motores. Vapor, agua, viento…, todo fue apreciado durante un tiempo y luego abandonado. Durante siglos, la energía de la materia había gobernado el mundo, hasta que por fin fue también superada, y con cada cambio las viejas máquinas fueron olvidadas y las nuevas ocuparon su lugar. Muy despacio, a lo largo de millones de años, el ideal de la máquina perfecta fue aproximándose, un ideal que al principio fue sólo un sueño, luego una perspectiva distante y por fin una realidad: ninguna máquina debe contener ninguna parte móvil.

 

Aquí se hallaba la expresión definitiva de aquel ideal. Su consecución había ocupado al hombre tal vez mil millones de años, y en el momento de su triunfo dio para siempre la espalda a la máquina.

 

El robot que estaban buscando no era tan grande como muchos de sus compañeros, pero Alvin y Rorden se sintieron empequeñecidos cuando se encontraron ante él. Los cinco pisos con sus líneas horizontales daban la impresión de una bestia agazapada, y al mirar su propio robot Alvin pensó que era extraño que ambas criaturas fueran designadas con la misma palabra.

 

Casi a un metro del suelo corría un amplio pa nel transparente, abarcando toda la estructura. Alvin apoyó la frente contra el liso y cálido mate rial y observó el interior de la máquina.

 

Al principio no vio nada: luego, tras proteger se los ojos, pudo distinguir miles de puntitos de luz que gravitaban en la nada. Estaban colocados uno detrás de otro en un entramado tridimensional, tan extraño y carente de significado para él como las estrellas debieron de serlo para el hombre primitivo.

 

Rorden se reunió con él y juntos observaron el silencioso monstruo. Aunque permanecieron mirando durante muchos minutos, las luces de colores nunca se movieron del sitio y su brillo no cambió. Poco después, Alvin se apartó de la máquina y se volvió hacia su amigo.

 

- ¿Qué son? -preguntó, perplejo.

 

- El interior de nuestras mentes, si pudiéramos observarlo, tampoco significaría gran cosa para nosotros -contestó Rorden-. Los robots parecen inmóviles porque no podemos leer sus pensamientos.

 

Por primera vez, Alvin contempló la larga avenida de titanes con una pizca de comprensión. Durante toda su vida, había aceptado sin plantear preguntas el milagro de los sintetizadores, las máquinas que era tras era producían en un interminable flujo todo lo que la ciudad necesitaba. Había contemplado miles de veces aquel acto de creación, sin pensar jamás que en algún lugar debía existir el prototipo de aquellas cosas que había visto aparecer.

 

Igual que una mente humana puede concentrarse durante algún tiempo en un solo pensamiento, aquellos grandes cerebros podían comprender y mantener eternamente las ideas más intrincadas. Las pautas de todas las cosas creadas estaban petrificadas en aquellas mentes eternas, y necesitaban sólo el contacto de una mente humana para hacerlas realidad.

 

El mundo había avanzado mucho, hora tras hora, desde que el primer cavernícola tallara pa cientemente el pedernal de sus cuchillos y puntas de flecha.

 

- Nuestro problema ahora es entrar en contacto con la criatura -dijo Rorden-. No puede tener conocimiento directo del hombre, pues no hay forma en que podamos afectar su conciencia. Si mi información es correcta, en alguna parte debe de haber una máquina interpretadora. Es un tipo de robot que podía convertir las instrucciones humanas en órdenes que los Robots Maestros eran capaces de entender. Eran inteligencia pura con poca memoria… igual que esta maquina es una memoria enorme con relativamente poca inteligencia.

 

Alvin reflexionó durante un instante. Enton ces señaló a su propio robot.

 

- ¿Por qué no lo usamos? -sugirió-. Los robots tienen mentes muy literales. No se negará a cumplir nuestras instrucciones, pues dudo que el Maestro pensara en esta situación.

 

Rorden se echó a reír.

 

- Supongo que no, pero ya que hay una má quina construida especialmente para el trabajo, creo que sería mejor emplearla.

 

El Interpretador era un aparato muy pequeño, un artefacto en forma de herradura construido en torno a una pantalla que se encendió cuando se aproximaron.

 

De todas las máquinas de la gran caverna, fue la única que demostró conocer al hombre, y su sa ludo pareció un poco despectivo, pues en la pan talla aparecieron las palabras:

 

exponga su problema

 

POR FAVOR PIENSE CON CLARIDAD

 

 

Ignorando el insulto implícito, Alvin dio comienzo a su historia.

 

Aunque se había comunicado con otros ro bots por medio de la palabra o el pensamiento en incontables ocasiones, ahora sintió que se dirigía a algo que era más que una máquina. Aunque la criatura carecía de vida, poseía una inteligencia que podía ser superior a la suya. Era una idea extraña, pero no le deprimió demasiado, pues ¿de qué servía la inteligencia sola?

 

Sus palabras se apagaron y el silencio de aquel lugar abrumador se cerró sobre ellos. Durante un momento, la pantalla se llenó de una niebla ser penteante, luego la bruma se despejó y la máquina respondió:

 

reparación imposible

 

ROBOT DE TIPO DESCONOCIDO

 

 

Alvin se volvió hacia su amigo con un gesto de decepción, pero mientras lo hacía las letras cambiaron y apareció un segundo mensaje:

 

duplicación completada

 

POR FAVOR COMPRUEBE Y FIRME

 

 

Al mismo tiempo, una luz roja empezó a des tellar sobre un panel horizontal que Alvin no ha bía advertido, y seguramente lo habría visto de es tar allí antes. Sorprendido, se inclinó, pero un grito de Rorden le hizo darse la vuelta. El hombre señalaba hacia el gran Robot Maestro, donde Al vin había dejado su propia máquina unos minutos antes.

 

El robot no se había movido, pero se había multiplicado. Gravitando en el aire junto a él había un duplicado tan exacto que Alvin no fue capaz de distinguir el original de la copia.

 

- Estaba mirando cuando ha sucedido -dijo Rorden, excitado-. De repente parecía que se ex tendía, como si millones de réplicas hubieran co brado existencia a cada lado. Entonces todas las imágenes han desaparecido, menos estas dos. El robot de la derecha es el original.

 

11

 

EL CONSEJO

 

 

Alvin estaba todavía aturdido, pero empezó a comprender lentamente lo que debía de haber su cedido. Su robot no podía ser obligado a desobedecer las órdenes que le habían dado hacía tanto tiempo, pero podía construirse un duplicado con todo su conocimiento y sin el infranqueable bloqueo de memoria. Por hermosa que fuera la solución, no resultaba aconsejable que la mente permaneciese concentrada demasiado tiempo en los poderes que lo habían hecho posible.

 

Los robots se movieron al unísono cuando Alvin los llamó. Pronunciando sus órdenes en voz alta, como hacía a menudo para beneficio de Rorden, formuló de nuevo la pregunta que tantas veces había hecho de formas distintas.

 

- ¿Puedes decirme cómo llegó a Shalmirane tu primer amo?

 

Rorden deseó que su mente pudiera intercep tar la silenciosa respuesta, pues nunca había llegado a captar ni un solo fragmento. Pero esta vez no hubo prácticamente necesidad, pues la alegre son risa que apareció en el rostro de Alvin fue suficiente respuesta.

 

El muchacho le miró, triunfal.

 

- El Número Uno sigue igual -dijo-. Pero el Dos está dispuesto a hablar.

 

- Creo que deberíamos esperar a volver a casa antes de empezar a plantear preguntas -sugirió Rorden, tan práctico como siempre-. Necesita remos los Asociadores y Registradores cuando empecemos.

 

Aunque estaba impaciente, Alvin tuvo que admitir lo acertado del consejo. Mientras se volvía para marcharse, Rorden sonrió ante su ansiedad y dijo tranquilamente:

 

- ¿No te olvidas de algo?

 

La luz roja del Interpretador destellaba todavía, y su mensaje aún brillaba en la pantalla.

 

POR FAVOR COMPRUEBE Y FIRME

 

 

Alvin se acercó a la máquina y examinó el pa nel sobre el que parpadeaba la luz. Dentro había una especie de ventana hecha de una sustancia casi invisible, con una pluma que la atravesaba verticalmente. La punta de la pluma descansaba en una hoja de material blanco que ya contenía varias firmas y fechas. La última tenía casi cincuenta mil años de antigüedad, y Alvin reconoció el nombre de un presidente del Consejo. Sobre su firma sólo había otros dos nombres visibles, ninguno de los cuales significaba nada para Rorden ni para él. Esto no resultaba sorprendente, pues habían sido escritos veintitrés y cincuenta y siete millones de años antes.

 

Alvin no encontró sentido a este ritual, pero sabía que nunca podría comprender la mente de los que habían construido este lugar. Con una leve sensación de irrealidad cogió la pluma y em pezó a escribir su nombre. El instrumento parecía completamente libre para moverse en el plano horizontal, pues en esa dirección la ventana no ofrecía más resistencia que la pared de una burbuja de jabón. Sin embargo, toda su fuerza era incapaz de moverlo verticalmente: lo sabía, pues lo había in tentado.

 

Con cuidado, Alvin escribió la fecha y soltó la pluma. Ésta se movió lentamente sobre la hoja hasta su posición original, y el panel con su luz parpadeante desapareció.

 

Mientras Alvin se marchaba, se preguntó por qué sus antepasados habían venido aquí y qué habían conseguido de la máquina. Sin duda, den tro de miles o de millones de años en el futuro, otros hombres mirarían el panel y se pregunta rían: «¿Quién fue Alvin de Loronei?» ¿ O no? Tal vez exclamarían en cambio: «¡Mira! ¡Aquí está la firma de Alvin!»

 

La idea no era extraña en él, pero sabía que se ría mejor no compartirla con su amigo.

 

Al llegar a la entrada del corredor, se volvieron a contemplar la caverna, y la ilusión fue más fuerte que nunca. Tras ellos había una ciudad muerta de extraños edificios blancos, una ciudad iluminada por una fiera luz que no estaba concebida para ojos humanos. Podía estar muerta, puesto que nunca había vivido, pero Alvin sabía que cuando Diaspar hubiera desaparecido estas máquinas estarían to davía aquí, sin apartar sus mentes de los pensa mientos que hombres superiores les habían conce dido hacía mucho tiempo.

 

Hablaron poco en el camino de regreso. Las calles de Diaspar estaban bañadas por una luz que parecía pálida y débil tras el fulgor de la ciudad de las máquinas. Cada uno pensaba en el conocimiento que pronto sería suyo, y no prestaron atención a la belleza de las grandes torres que dejaban atrás, ni a las curiosas miradas de sus conciudadanos.

 

A Alvin le pareció extraña la manera en que todo le había conducido a este momento. Sabía bien que los hombres eran los creadores de su propio destino, aunque desde que conoció a Rorden las cosas parecían haberse movido automáticamente hacia un objetivo predeterminado. El mensaje de Alaine, Lys, Shalmirane… a cada paso podía haberse vuelto sin ver nada, pero algo le había hecho continuar. Era agradable fingir que el destino le había favorecido, pero su mente racional sabía que no era así. Cualquier hombre podría haber encontrado el sendero que sus pasos habían seguido, e incontables veces en eras pasadas otras personas debían de haber llegado igual de lejos. Él era, simplemente, el primero en tener suerte.

 

El primero en tener suerte. Las palabras reso naron burlonas en sus oídos mientras atravesaban la puerta de la cámara de Rorden. Esperándolos en silencio, con las manos cruzadas pacientemente sobre el regazo, había un hombre ataviado con una curiosa túnica que Alvin nunca había visto antes. Alvin miró dubitativo a Rorden, y se quedó sorprendido por la expresión de su amigo. Supo que Rorden sabía quién era el hombre.

 

Éste se puso en pie cuando entraron e hizo un saludo estirado y formal. Sin decir palabra, tendió un pequeño cilindro a Rorden, que lo aceptó y rompió su sello. La rareza casi inaudita de un mensaje escrito hizo doblemente impresionante el silencioso encuentro. Cuando hubo terminado, Rorden devolvió el cilindro con otra leve inclinación de cabeza. Alvin, a pesar de su ansiedad, no pudo contener una sonrisa.

 

Rorden parecía haberse recuperado con rapi dez, pues cuando habló su voz sonó perfectamen te normal.

 

- Parece que el Consejo quiere hablar con nosotros, Alvin. Me temo que lo estamos hacien do esperar.

 

Alvin ya lo había supuesto. La crisis se había producido antes, mucho antes, de lo que esperaba. Se dijo que no temía al Consejo, pero su interrupción era enloquecedora. Sus ojos se dirigieron in voluntariamente a los robots.

 

- Tendrás que dejarlos aquí -dijo Rorden con firmeza.

 

Se miraron a los ojos. Entonces Alvin se vol vió hacia el mensajero.

 

- Muy bien -dijo en voz baja.

 

De camino a la cámara del Consejo, el grupo guardó silencio. Alvin reflexionaba sobre los ar gumentos en los que nunca había pensado adecuadamente, pues creía que no tendría que recurrir a ellos durante muchos años. Estaba más molesto que alarmado, y se sentía enfadado consi go mismo por no estar preparado.

 

Sólo esperaron unos minutos en la antesala, pero fue lo suficiente para que Alvin se preguntara por qué le temblaban las piernas si no tenía miedo. Entonces las grandes puertas se replegaron, y Alvin y Rorden avanzaron hacia los veinte hombres reunidos en torno a su famosa mesa.

 

Alvin sabía que ésta era la primera reunión del Consejo desde su nacimiento, y se sintió un poco halagado al advertir que no había ningún asiento vacante. No sabía que Jeserac era uno de los miembros. Ante sus sorprendidos ojos, el anciano se agitó incómodamente en su silla y le dirigió una mirada furtiva, como diciendo: «Esto no tiene nada que ver conmigo.» La mayoría de las otras caras eran familiares para Alvin, y sólo dos eran completos desconocidos.

 

El Presidente empezó a hablarle con voz amistosa, y al mirar a los rostros conocidos que tenía delante, Alvin no pudo ver ningún motivo para la alarma de Rorden. Empezó a recuperar la confianza; decidió que Rorden era un poco cobar de. En eso hacía poca, justicia a su amigo, pues aunque el valor nunca había, sido una de las cuali dades más destacadas de Rorden, su preocupación se refería tanto a su antiguo oficio como a su pro pia persona. Nunca a lo largo de la historia había sido cesado de su puesto un Guardián de los Archivos: Rorden no deseaba crear un precedente.

 

En los pocos minutos transcurridos desde que entró en la cámara del Consejo, los planes de Alvin experimentaron un notable cambio. Olvidó el discurso que tan cuidadosamente había ensayado; descartó reluctante las hermosas frases que había preparado. En su apoyo apareció su más traicionero aliado: la sensación de ridículo que siempre le imposibilitaba tomar en serio ni siquiera las ocasiones más solemnes. El Consejo podía reunirse una vez cada mil años, podía controlar los destinos de Diaspar, pero los que se sentaban ante él eran sólo ancianos cansados. Alvin conocía a Jeserac, y no creía que los demás fueran muy distintos. Sintió una desconcertante piedad por ellos y de repente recordó las palabras que Seranis le había dirigido en Lys: «Hace muchos siglos sacrificamos nuestra inmortalidad, pero Diaspar todavía sigue con el falso sueño» Eso era en efecto lo que habían hecho estos hombres, y Alvin no creía que les hubiera traído la felicidad.

 

Así, cuando, tras la invitación del Presidente, Alvin empezó a describir su viaje a Lys, bajo todas las apariencias no era más que un muchacho que había tropezado por casualidad con un descu brimiento que consideraba poco importante. No hubo ningún atisbo de plan o de propósito más profundo: sólo la curiosidad natural le había, he cho salir de Diaspar. Aquello podría haberle sucedido a cualquiera, aunque se esforzó para dar la impresión de que esperaba elogios por su astucia. No dijo nada de Shalmirane y los robots.

 

Fue una actuación bastante buena, aunque Al vin era la única persona que podía apreciarla del todo. El Consejo en conjunto pareció favorablemente impresionado, pero la expresión de Jeserac mostraba la pugna del alivio con la incredulidad. Alvin no se atrevió a mirar a Rorden.

 

Cuando terminó, se produjo un breve silencio mientras el Consejo consideraba su declaración. Entonces el Presidente volvió a hacer uso de la pa labra.

 

- Consideramos que tuviste los mejores motivos para hacer lo que hiciste -dijo, escogiendo las palabras con obvio cuidado-. Sin embargo, has creado una situación algo difícil para noso tros. ¿Estás seguro de que tu descubrimiento fue accidental, y que nadie, digamos, influyó en ningún modo?

 

Sus ojos se volvieron, con expresión pensati va, hacia Rorden.

 

Por última vez, Alvin recurrió a su astucia.

 

- Yo no diría eso --replicó, tras hacer como que reflexionaba.

 

Los miembros del Consejo mostraron su in quietud y su interés, y Rorden se agitó incómodo junto a Alvin, que dirigió a su público una sonrisa que no carecía de candor, y añadió rápidamente con una vocecita inocente:

 

- Estoy seguro de que debo mucho a mi tutor.

 

Ante este cumplido insospechado, todos los ojos se volvieron hacia Jeserac, que empezó a po nerse rojo, intentó hablar y luego lo pensó mejor. Se produjo un incómodo silencio, hasta que inter vino el Presidente.

 

- Gracias -dijo apresuradamente-. Perma necerás aquí mientras consideramos tu declaración.

 

Rorden emitió un audible suspiro de alivio, el último sonido que Alvin escuchó durante algún tiempo. Una capa de silencio descendió sobre él, y aunque podía ver al Consejo discutiendo acalora damente, ni una sola palabra de sus deliberaciones llegó hasta él. Al principio resultó divertido, pero el espectáculo pronto se volvió tedioso, y se ale gró cuando el silencio cesó.

 

- Hemos llegado a la conclusión de que se ha producido una desgraciada situación de la que na die puede ser considerado responsable, aunque consideramos que el Guardián de los Archivos debió habernos informado antes -dijo el Presidente-. Sin embargo, quizá sea buena cosa que se haya hecho este peligroso descubrimiento, pues ahora podemos dar los pasos adecuados para impedir que vuelva a producirse. Nos ocuparemos del sistema de transporte que has encontrado, y tú -añadió, dirigiéndose a Rorden por primera vez- te asegurarás de que todas las referencias a Lys sean borradas de los Archivos.

 

Hubo un murmullo de aplausos y expresiones de satisfacción en los rostros de los consejeros. Se habían enfrentado rápidamente con una situación difícil, habían evitado la desagradable necesidad de castigar a Rorden, y ahora podían continuar con sus vidas sintiendo que, como ciudadanos prominentes de Diaspar, habían cumplido con su deber. Si las cosas iban bien, pasarían siglos antes de que volviera a surgir la necesidad de reunir al Consejo.

 

Incluso Rorden, algo decepcionado, se sentía aliviado por el resultado. Las cosas podrían haber salido mucho peor…

 

Una voz que nunca había oído antes interrum pió su alegría y dejó petrificados a los consejeros en sus asientos, mientras las sonrisas complacientes desaparecían lentamente de sus rostros.

 

- ¿ Y por qué vais a cerrar el camino a Lys?

 

Pasaron unos instantes antes de que la mente de Rorden, poco dispuesta a reconocer el desastre, admitiera que era Alvin quien había hablado.

 

El éxito de su subterfugio había dado a Alvin sólo un momento de satisfacción. Durante el dis curso del Presidente, su furia se había acumulado rápidamente al advertir que, a pesar de toda su as tucia, sus planes iban a ser aplastados. Los sentimientos que experimentó en Lys cuando Seranis le presentó su ultimátum volvieron con fuerza re novada. Había vencido en aquella prueba, y el sa bor del poder le parecía aún dulce.

 

Esta vez no tenía ningún robot para ayudarle, y no sabía cuál sería el resultado. Pero ya no tenía miedo de estos tontos ancianos que se consideraban los gobernantes de Diaspar. Había visto a los auténticos dueños de la ciudad, y les había habla do en medio del grave silencio de su brillante mundo enterrado. Así, en su furia y su arrogancia, Alvin apartó su disfraz y los consejeros buscaron en vano al niño inocente que les había hablado ha cía tan sólo unos instantes.

 

- ¿Por qué vais a cerrar el camino a Lys?

 

La Sala del Consejo permaneció en silencio, pero los labios de Jeserac se retorcieron en una lenta sonrisa secreta. Este Alvin era nuevo para él, pero resultaba menos extraño que el que había hablado antes.

 

El Presidente decidió al principio ignorar el desafío. Tal vez no era capaz de creer que se trataba de algo más que una pregunta inocente, a pesar de la violencia con la que había sido expresada.

 

- Ese es un asunto de alta política que no po demos discutir aquí, pero Diaspar no puede arries garse a ser contaminada por otras culturas -dijo pomposamente, y dirigió a Alvin una sonrisa be névola pero ligeramente preocupada.

 

- Es extraño que en Lys me dijeran exacta mente lo mismo que en Diaspar -dijo Alvin fría mente. Se alegró al ver que sus palabras provoca ban malestar, pero no dio a los consejeros tiempo de replicar-. Lys es mucho más grande que Dias par y su cultura no es inferior -continuó-. Siempre ha sabido de nosotros, pero ha decidido no revelarse…, como tú mismo dices, para evitar ser contaminada. ¿No es obvio que todos estamos equivocados?

 

Contempló expectante la fila de rostros, pero en ninguno de ellos vio comprensión. Su furia ha cía aquellos hombres de ojos de plomo creció. La sangre le latía con fuerza en las mejillas, y aunque su voz era ahora más firme, contenía una nota de helado desdén que ni siquiera el más pacífico de los consejeros pudo ignorar.

 

- Nuestros antepasados construyeron un im perio que alcanzó las estrellas -empezó a decir Alvin-. Los hombres iban y venían a su antojo entre todos esos mundos, y ahora sus descendien tes tienen miedo de franquear los muros de una ciudad. ¿He de deciros por qué?

 

Hizo una pausa; no hubo ningún movimiento en la desnuda habitación.

 

- Es porque tenemos miedo de algo que su cedió al principio de la historia. En Lys me dijeron la verdad, aunque la sospechaba desde hacía tiempo. ¿Debemos escondernos para siempre co mo cobardes en Diaspar, fingiendo que no existe nada más, porque hace cincuenta mil millones de años los Invasores nos obligaron a regresar a la Tierra?

 

Había puesto el dedo en su miedo secreto, el miedo que nunca había compartido y cuyo poder no podría comprender jamás. Que hicieran lo que se les antojara, él había dicho la verdad.

 

Su furia remitió y volvió a ser él mismo, y se sintió un poco alarmado ante lo que había hecho. Se volvió hacia el Presidente en un último gesto de independencia.

 

- ¿Tengo permiso para marcharme?

 

Nadie dijo nada, pero la leve inclinación de cabeza le dio permiso. Las grandes puertas se abrieron ante él y poco después de cerrarse, la tormenta estalló en la cámara del Consejo.

 

El Presidente esperó a que se produjera la cal ma. Entonces se volvió hacia Jeserac.

 

- Me parece que primero deberíamos oír tu opinión.

 

Jeserac examinó la observación, en busca de posibles trampas.

 

- Creo que Diaspar va a perder su cerebro más destacado -replicó.

 

- ¿Qué quieres decir?

 

- ¿No es obvio? A estas alturas, el joven Alvin estará a medio camino de la tumba de Yarlan Zey. No, no debemos intervenir. Lamentaré perderle, aunque nunca le importé demasiado.-Dejó escapar un suspiro-. De hecho, nunca se ha preocupa do por nadie que no fuera Alvin de Loronei.

 

12

 

LA NAVE

 

 

Rorden no pudo escapar hasta una hora después de la cámara del Consejo. El retraso fue en loquecedor, y cuando llegó a sus habitaciones su po que ya era demasiado tarde. Se detuvo en la entrada, preguntándose si Alvin habría dejado algún mensaje, y advirtiendo por primera vez lo vacíos que serían los años venideros sin la presencia del muchacho.

 

El mensaje estaba allí, pero su contenido re sultó completamente inesperado. Aunque lo leyó varias veces, Rorden quedó aturdido.

 

«Reúnete conmigo en la Torre de Loranne.»

 

Sólo había estado una vez antes en aquella to rre, cuando Alvin lo llevó allí para que contempla ra la puesta de sol. Eso fue años atrás; la experiencia le pareció inolvidable, pero las sombras de la noche extendiéndose sobre el desierto le aterraron tanto que huyó, perseguido por las bromas de Alvin. Había jurado que nunca volvería a aquel lugar.

 

Sin embargo allí estaba, en la helada cámara llena de pozos de ventilación. No había ni rastro de Alvin, pero cuando lo llamó, la voz del muchacho le respondió de inmediato.

 

- Estoy en el parapeto…, atraviesa el pozo central.

 

Rorden vaciló, había muchas otras cosas que preferiría hacer. Pero un momento después se encontró junto a Alvin, de espaldas a la ciudad, con el desierto extendiéndose infinito ante él.

 

Se miraron en silencio durante un instante. Entonces Alvin dijo tristemente:

 

- Espero no haberte causado problemas.

 

Rorden se sintió emocionado, y lo que iba a decir murió bruscamente en sus labios.

 

- El Consejo estaba muy ocupado discutien do como para preocuparse por mí -dijo en cambio, y se echó a reír-. Jeserac hacía una defensa muy acalorada cuando me marché. Me temo que le juzgué mal.

 

- Lo siento por Jeserac.

 

- Tal vez estuvo mal jugar con el viejo, pero creo que se está divirtiendo. Después de todo, ha bía algo de verdad en tu observación. Él fue el pri mero en mostrarte el mundo antiguo, y se siente culpable.

 

Por primera vez, Alvin sonrió.

 

- Es extraño -dijo-, pero hasta que perdí los nervios no llegué a comprender lo que quería hacer. Les guste o no, voy a romper el muro que existe entre Diaspar y Lys. Pero eso puede esperar: ahora ya no es importante.

 

Rorden se alarmó un poco.

 

- ¿Qué quieres decir? -preguntó ansiosamente. Por primera vez, advirtió que sólo uno de los robots le acompañaba-. ¿Dónde está la segunda máquina?

 

Alvin alzó lentamente la mano y señaló al de sierto, hacia las irregulares montañas y la larga hi lera de dunas, que se entrecruzaban como olas pe trificadas. Muy lejos, Rorden pudo ver el brillo inconfundible del metal resplandeciendo al sol.

 

- Te hemos estado esperando -dijo Alvin tranquilamente-. En cuanto dejé el Consejo, me fui a por los robots. Tenía que asegurarme de que, pasara lo que pasase, nadie me los arrebataría an tes de que aprendiera todo lo que pueden ense ñarme. No tardé mucho, pues no son muy inteli gentes y saben menos de lo que esperaba. Pero he descubierto el secreto del Maestro.

 

Hizo una pausa, y volvió a señalar al robot casi invisible.

 

- ¡Mira!

 

La mota resplandeciente remontó el vuelo y se detuvo a unos trescientos metros sobre el suelo. Al principio, sin saber qué esperar, Rorden no pudo ver ningún otro cambio. Entonces, sin dar apenas crédito a sus ojos, vio que una nube de polvo se alzaba lentamente.

 

Nada es más terrible que el movimiento don de no debe existir, pero Rorden había olvidado ya la sorpresa o el miedo cuando las grandes dunas empezaron a separarse. Bajo el desierto, algo empezaba a moverse como un gigante que despierta de su sueño, y poco después Rorden pudo oír el rumor de la tierra al caer y las rocas al ser aplastadas por una fuerza irresistible. Entonces, de repente, un gran geiser de arena se alzó cientos de metros y el terreno quedó oculto a la vista.

 

El polvo empezó a asentarse lentamente alre dedor de la herida abierta en la superficie del de sierto. Pero Rorden y Alvin mantuvieron los ojos fijos en el cielo, donde hacía sólo un instante ape nas se hallaba el robot. Rorden no era capaz de imaginar lo que Alvin estaba pensando. Por fin, supo lo que había querido decir el muchacho cuando dijo que nada más era importante ahora. La gran ciudad tras ellos y el inmenso desierto que los aguardaba, la timidez del Consejo y el orgullo de Lys…, todos esos asuntos parecían triviales ahora.

 

La cobertura de tierra y roca podía nublar, pero no ocultar, las orgullosas líneas de la nave que aún ascendía del suelo del desierto. Mientras Rorden seguía observando, giró lentamente hacia ellos hasta que se convirtió en un círculo. Luego, muy despacio, el círculo empezó a expandirse.

 

Alvin habló rápidamente, como si el tiempo apremiara.

 

- Sigo sin saber quién era el Maestro, o por qué vino a la Tierra. El robot me ha dado a entender que aterrizó en secreto y que ocultó su nave donde podría ser encontrada fácilmente si volvía a necesitarla. En todo el mundo no podría haber habido un escondite mejor que el Puerto de Diaspar, que ahora yace bajo esas arenas y que incluso en la época del Maestro debió de estar completamente abandonado. Puede que viviera algún tiempo en Diaspar antes de ir a Shalmirane: en aquellos días el camino debía de estar aún abierto. Pero nunca volvió a necesitar la nave, y todo este tiempo ha estado esperando bajo la arena.

 

La nave estaba ahora muy cerca, mientras el robot de control la guiaba hacia el parapeto. Rorden pudo ver que tenía unos treinta metros de lar go y era fusiforme en ambos extremos. Parecía que no había ventanas ni ninguna otra abertura, aunque la densa capa de tierra hacía imposible estar seguro.

 

De repente, la arena los cubrió cuando una sección del casco se abrió hacia fuera, y Rorden pudo ver una pequeña sala desnuda con una segunda puerta al fondo. La nave gravitaba ahora a medio metro del parapeto, al que se había acercado lentamente, como si fuera un ser vivo y sensible. Rorden se apartó atemorizado.

 

Para él, la nave simbolizaba todo el terror y el misterio del Universo, y evocaba, como no podía hacer ningún otro objeto, los temores que durante tanto tiempo habían paralizado la voluntad de la raza humana. Al mirar a su amigo, Alvin comprendió los pensamientos que cruzaban por su mente. Casi por primera vez, advirtió que había fuerzas en la mente de los hombres sobre las que no tenía ningún control, y que el Consejo merecía más lástima que desprecio.

 

En completo silencio, la nave se separó de la torre. Rorden pensó que era extraño haberse des pedido de Alvin por segunda vez en su vida. El pequeño mundo cerrado de Diaspar sólo conocía una despedida, y estaba reservada a la eternidad.

 

La nave era ahora una mancha oscura contra el cielo, y de repente Rorden la perdió del todo. Nunca vio su marcha, pero produjo en el cielo el sonido más aterrador que el hombre había creado jamás: el largo trueno de la caída del aire, kilómetro tras kilómetro, en un túnel que se abría súbitamente en el cielo.

 

Después de que los últimos ecos se apagaran en el desierto, Rorden no se movió. Pensaba en el mucha cho que se había marchado, preguntándose, como tantas veces con anterioridad, si comprendería alguna vez aquella mente diferente y aturdidora. Alvin no crecería nunca: para él, todo el Universo era un jugue te, un rompecabezas que desentrañar para su propia diversión. En sus juegos había encontrado un juguete mortal y definitivo que podría destruir lo que que daba de la civilización humana. Pero fuera cual fuese el resultado, para él seguiría siendo un juego.

 

El Sol se ponía ya sobre el horizonte, y un viento helado soplaba desde el desierto. Pero Ror den siguió esperando, conquistando su miedo, y por primera vez en su vida vio las estrellas.

 

Ni siquiera en Diaspar había visto Alvin tanto lujo como el que encontró cuando se abrió la compuerta interior. Al principio no comprendió sus implicaciones; entonces empezó a preguntarse, inquieto, cuánto tiempo tendría que pasar en este mundo diminuto en su viaje entre las estrellas. No había controles de ningún tipo, pero la gran pantalla ovalada que cubría por completo la pared demostraba que no se trataba de una habitación ordinaria. Dispuestos en semicírculo ante él había tres asientos bajos; el resto de la cabina estaba ocupado por dos mesas, vanas sillas acogedoras y muchos aparatos curiosos que por el momento Alvin no pudo identificar.

 

Cuando se puso cómodo ante la pantalla, bus có los robots a su alrededor. Para su sorpresa, ha bían desaparecido. Entonces los localizó, perfec tamente situados en el techo. Su acción había sido tan completamente natural que Alvin supo de in mediato el propósito para el que habían sido crea dos. Recordó a los Robots Maestros: éstos eran los Intérpretes, sin los cuales ninguna mente humana podía controlar una máquina tan completa como una nave espacial. Habían traído a la Tierra al Maestro y luego, como fieles sirvientes suyos, lo habían seguido a Lys. Ahora estaban preparados, como si no hubieran transcurrido eones, para volver a ejecutar sus antiguas funciones.

 

Alvin les dio una orden experimental, y la gran pantalla cobró vida. Ante él se hallaba la To rre de Loranne, curiosamente diminuta y al pare cer tendida de costado. Nuevas pruebas le pro porcionaron imágenes del cielo sobre la ciudad y de grandes extensiones de desierto. La definición era de una claridad brillante, casi antinatural, aun que parecía no haber posibilidad de aumento. Alvin se preguntó si la nave se movía mientras la imagen cambiaba, pero no encontró ningún me dio de comprobarlo. Experimentó un rato hasta que pudo obtener cualquier visión que se le antojara. Entonces se dispuso a comenzar.

 

- Llévame a Lys.

 

La orden era simple, ¿pero cómo podía obedecerla la nave cuando él mismo no tenía ni idea de la dirección? Alvin nunca lo había pensado, y cuando lo hizo, la máquina ya atravesaba el de sierto a enorme velocidad. Se encogió de hombros, aceptando agradecido lo que no podía entender.

 

Era difícil juzgar la escala de las imágenes que aparecían velozmente en la pantalla, pero debían de pasar muchos kilómetros cada minuto. No le jos de la ciudad, el color del suelo había cambiado bruscamente a un gris sombrío, y Alvin supo que volaba sobre el lecho de uno de los océanos per didos. Antiguamente, Diaspar debió de encon trarse muy cerca del mar, aunque no había ningu na pista de ello ni siquiera en los archivos más antiguos. Por vieja que fuera la ciudad, los océanos debían de haber muerto mucho antes de su construcción.

 

Cientos de kilómetros más tarde, el terreno se alzó bruscamente y volvió a aparecer el desierto. En una ocasión, Alvin detuvo su nave sobre una curiosa pauta de líneas entrecruzadas que aparecían tenuemente sobre la arena. Se sintió aturdido durante unos instantes, hasta que comprendió que estaba contemplando las ruinas de alguna ciu dad olvidada. No se quedó mucho rato: era depri mente pensar que miles de millones de hombres no habían dejado ninguna otra huella de su exis tencia que estas marcas en la arena.

 

La suave curva del horizonte se quebró por fin, para convertirse en montañas que quedaron atrás casi tan pronto como aparecieron. La nave reducía ahora su velocidad, cayendo a la tierra en un gran arco de ciento cincuenta kilómetros de longitud. Y entonces, a sus pies, apareció Lys, sus bosques e interminables ríos formando un escenario de tan incomparable belleza que durante un momento Alvin no continuó su viaje. Al este, la tierra se ensombrecía y los grandes lagos flotaban sobre ella como charcos de noche más oscura. Pero hacia el ocaso, las aguas danzaban y resplandecían de luz, produciendo colores que Alvin no había imaginado jamás.

 

No resultó difícil localizar Airlee, lo cual fue una suerte, pues los robots no pudieron seguir guiándole. Alvin lo esperaba, y se alegró al descu brir que sus poderes tenían límites. Después de experimentar un poco, posó la nave en la falda de la montaña desde la que vio por primera vez Lys. Era bastante fácil controlar la máquina: sólo tenía que indicar sus deseos generales y los robots se encargaban de los detalles. Imaginó que probablemente ignorarían cualquier orden peligrosa o imposible, pero no pretendía hacer ese experimento.

 

Alvin estaba seguro de que nadie podía haber visto su llegada. Consideraba esto muy importan te, pues no tenía ningunas ganas de volver a en zarzarse en un combate mental con Seranis. Sus planes seguían siendo un poco vagos, pero no estaba dispuesto a correr ningún riesgo hasta haber vuelto a establecer con ella relaciones amistosas.

 

El descubrimiento de que el robot original ya no le obedecía fue toda una sorpresa. Cuando le dio una nueva orden, se negó a moverse y perma neció inmóvil, observándole desapasionadamente con sus múltiples ojos. Para alivio de Alvin, la ré plica le obedeció al instante, pero no había manera de conseguir que el prototipo ejecutara ni siquiera las acciones más simples. Alvin estuvo preocupa do durante un rato, hasta que se le ocurrió una ex plicación a su actitud. A pesar de todas sus ma ravillosas cualidades, los robots no eran muy inteligentes, y los hechos de las últimas horas de bieron de ser demasiado para la desafortunada máquina. Había visto cómo las órdenes del Maestro eran desafiadas una a una, órdenes que había obedecido fielmente durante millones de años.

 

Ya era demasiado tarde para lamentar nada, pero Alvin se reprochó haber hecho un único du plicado. Pues el robot prestado se había vuelto loco.

 

Alvin no encontró a nadie en el camino de Airlee. Resultaba extraño estar sentado en la nave espacial mientras su campo de visión se movía sin esfuerzo a lo largo del familiar sendero y los susu rros del bosque resonaban en sus oídos. Todavía era incaoaz de identificarse plenamente con el ro bot, y el esfuerzo para controlarlo seguía siendo considerable.

 

Era casi de noche cuando llegó a Airlee, cuyas casitas flotaban en medio de lagunas de luz. Alvin se mantuvo en la sombra, y apenas había alcanza do la casa de Seranis cuando fue descubierto. De repente, se produjo un agudo zumbido y su visión quedó bloqueada por un aleteo. Retrocedió involuntariamente ante el asalto; entonces advirtió lo que había sucedido. Krif no aprobaba nada que volara sin alas, y sólo la presencia de Theon le ha bía impedido atacar al robot en ocasiones anterio res. Como no quería hacer daño a aquella hermo sa y estúpida criatura, Alvin hizo detenerse al robot y soportó como mejor pudo los golpes que parecían caer sobre él. Aunque estaba sentado có modamente a más de un kilómetro de distancia, no podía evitar esquivar los ataques y se alegró cuando Theon salió a investigar.

 

13

 

LA CRISIS

 

 

Krif se marchó con la llegada de su amo, sin dejar de zumbar, molesto. En el silencio que siguió, Theon se quedó mirando al robot. Luego sonrió.

 

- Me alegro de que hayas vuelto. ¿O estás todavía en Diaspar?

 

No era la primera vez que Alvin sentía un re tortijón de envidia al darse cuenta de que la mente de Theon era mucho más rápida que la suya.

 

- No -dijo, preguntándose hasta qué punto reflejaba el robot el tono de su voz-. Estoy en Airlee, no muy lejos. Pero por el momento voy a quedarme aquí.

 

Theon se echó a reír.

 

- Me parece bien. Mi madre te ha perdonado, pero el Consejo Central no. Ahora mismo están reunidos; he tenido que salir.

 

- ¿De qué están hablando?

 

- Se supone que no debo saberlo, pero me hi cieron todo tipo de preguntas sobre ti. Tuve que contarles lo que sucedió en Shalmirane.

 

- No tiene demasiada importancia -replicó Alvin-. Han pasado muchas otras cosas desde entonces. Me gustaría hablar con ese Consejo Central vuestro.

 

- Oh, el Consejo entero no está aquí, natural mente. Pero tres de sus miembros han estado haciendo preguntas desde que te fuiste.

 

Alvin sonrió. No le extrañaba: dondequiera que iba, parecía dejar una huella de consternación a su paso.

 

La comodidad y seguridad de la nave le daban una confianza que no tenía antes, y se sintió por completo dueño de la situación mientras seguía a Theon al interior de la casa. La puerta de la sala de reuniones estaba cerrada y pasó un rato antes de que Theon pudiera llamar la atención. Entonces las paredes se descorrieron lentamente y Alvin hizo que su robot entrara en la cámara.

 

La habitación era la misma donde había man tenido su última entrevista con Seranis. En el cie lo, las estrellas parpadeaban como si no hubiera techo ni piso superior, y una vez más Alvin se preguntó cómo se conseguía la ilusión. Los tres consejeros se quedaron petrificados en sus asientos mientras flotaba hacia ellos, pero sólo un leve atisbo de sorpresa asomó al rostro de Seranis.

 

- Buenas tardes -dijo Alvin amablemente, como si su espectacular entrada fuera la cosa más natural del mundo-. He decidido volver.

 

La sorpresa de los consejeros excedió sus ex pectativas. Uno de ellos, un hombre joven de pelo gris, fue el primero en recuperarse.

 

- ¿Cómo has llegado hasta aquí? -jadeó.

 

Alvin pensó que sería aconsejable evadir la pregunta; la forma en que había sido formulada le hizo sospechar, y se preguntó si el sistema de transporte subterráneo habría sido puesto fuera de servicio.

 

- Bueno, pues igual que la última vez -mintió.

 

Dos de los consejeros miraron fijamente al tercero, que abrió los brazos en un gesto de aturdida resignación. Entonces el joven que le había hablado antes volvió a hacerlo.

 

- ¿No tuviste ninguna… dificultad?

 

- Ninguna en absoluto -dijo Alvin, decidi do a aumentar su confusión. Vio que había tenido éxito.

 

»He vuelto por mi propia voluntad -continuó diciendo-, pero a la vista de nuestro desacuerdo previo voy a permanecer oculto por el momento. Si aparezco personalmente, ¿me prometen que no intentarán restringir mis movimientos de nuevo?

 

Nadie dijo nada durante un rato y Alvin se preguntó en qué estarían pensando. Entonces Seranis habló en nombre de todos ellos.

 

- Imagino que tiene poco sentido hacerlo. Diaspar debe de saberlo ya todo sobre nosotros.

 

Alvin se sonrojó un poco ante el tono de reproche de su voz.

 

- Sí, Diaspar lo sabe -respondió-. Y Dias par no quiere tener ninguna relación con ustedes.

 

Desea evitar contaminarse con una cultura infe rior.

 

Fue muy satisfactorio ver la reacción de los consejeros, pues incluso Seranis se ruborizó un poco ante sus palabras. Alvin advirtió que si podía hacer que Lys y Diaspar se molestaran lo suficiente entre sí, la mitad del problema quedaría resuelto. Aprendía, todavía de forma inconsciente, el arte perdido de la política.

 

- Pero no quiero quedarme aquí fuera toda la noche -continuó-. ¿Tengo su promesa?

 

Seranis suspiró, y una leve sonrisa asomó a sus labios.

 

- Sí-dijo-. No intentaremos volver a con trolarte. Aunque no creo que tuviéramos mucho éxito antes.

 

Alvin esperó hasta que su robot regresó. Con mucho cuidado, dio sus instrucciones a la máquina y le hizo repetirlas. Entonces abandonó la nave, y la compuerta se cerró silenciosamente tras él.

 

Hubo un leve susurro de aire, pero ningún otro sonido. Por un momento, una sombra oscura cubrió las estrellas. Entonces la nave desapareció. Hasta ese momento, Alvin no advirtió su falta de cálculo. Había olvidado que los sentidos del ro bot eran muy diferentes de los suyos propios, y la noche era mucho más oscura de lo que esperaba. Perdió el camino por completo más de una vez, y en varias ocasiones apenas pudo evitar chocar con algunos árboles. El bosque estaba completamente oscuro, y en una ocasión, algo bastante grande se acercó a él desde la espesura. Hubo un leve batir de alas, y dos ojos esmeralda lo observaron firmemente desde la altura de su cintura. Alvin lo llamó en voz baja, y una lengua increíblemente larga le raspó la mano. Un momento más tarde un cuerpo poderoso se frotó afectuosamente contra él y se marchó sin hacer más sonidos. Alvin no tenía ni idea de qué animal podía tratarse.

 

Poco después, las luces de la ciudad asomaron entre los árboles, pero Alvin ya no necesitaba su guía, pues el camino bajo sus pies se había conver tido en un río de tenue fuego azul. El moho sobre el que caminaba era luminoso y sus pisadas deja ban marcas oscuras que desaparecían lentamente tras él. Era una visión hermosa y cautivadora, y cuando Alvin se detuvo a arrancar un poco, el ex traño moho brilló en sus manos durante unos mi nutos antes de perder su fulgor.

 

Theon le esperaba ante la casa, y por segunda vez le presentaron a los tres consejeros. Advirtió con cierta molestia su sorpresa apenas disimulada; sin apreciar las injustas ventajas que eso le daba, nunca le importaba que le recordaran su juventud.

 

Los consejeros dijeron poca cosa mientras Alvin se servía algo de comer, y el muchacho se preguntó qué notas mentales estarían comparando. Mantuvo la mente tan vacía como pudo hasta terminar; luego empezó a hablar como nunca antes lo había hecho.

 

El tema fue Diaspar. Describió la ciudad como la había visto la última vez, soñando sobre el suave pecho del desierto, con sus torres brillando como arco iris cautivos contra el cielo. Recordó las can ciones que los poetas de antaño habían escrito en alabanza de Diaspar, y habló de los incontables hombres que habían quemado sus vidas para aumentar su belleza. Les dijo que nadie podría agotar ahora una centésima parte de los tesoros de la ciudad, por mucho que viviera. Describió durante un rato algunas de las maravillas que los hombres de Diaspar habían forjado; intentó hacerles ver al menos una fracción de la belleza que artistas como Shervane y Perildor habían creado para la eterna admiración de los hombres. Y habló también de Loronei, cuyo nombre llevaba, y se preguntó con cierta tristeza si era cierto que la música fue el último sonido que la Tierra emitió a las estrellas.

 

Lo escucharon hasta el final sin interrumpirle ni preguntarle nada. Cuando terminó, era muy tarde y Alvin se sintió más cansado que nunca. El esfuerzo y la excitación del largo día se cebaron por fin en él, y de pronto se quedó dormido.

 

Alvin se sentía todavía cansado cuando deja ron el poblado poco después del amanecer. Aun que era temprano, no eran las primeras personas que había en el camino. Encontraron junto al lago a los tres consejeros, y ambos grupos intercambiaron distraídos saludos. Alvin sabía perfectamente bien adonde se dirigía el Comité de Investigación, y pensó que sería de agradecer si le ahorraba algunos problemas. Se detuvo cuando llegaron al pie de la colina y se volvió hacia sus acompañantes.

 

- Me temo que os engañé anoche -dijo ale gremente-. No vine a Lys por la vieja ruta, así que vuestro intento de cerrarla no fue realmente necesario.

 

Las caras de los consejeros mostraron su alivio y su perplejidad en aumento.

 

- ¿Entonces cómo llegaste aquí? -preguntó el jefe del Comité, y Alvin se dio cuenta de que al menos él había empezado a sospechar la verdad. Se preguntó si había interceptado la orden mental que acababa de enviar. Pero no dijo nada, y sim plemente señaló al cielo en silencio.

 

Demasiado rápidamente para que el ojo humano pudiera seguirla, una aguja de luz plateada trazó un arco sobre las montañas, dejando un rastro de incandescencia de un kilómetro. Se detuvo a quince mil metros sobre Lys. No hubo deceleración, ningún lento freno a su colosal velocidad. Se paró al instante, de forma que el ojo que lo hubiera estado siguiendo tendría que recorrer un cuarto de cielo antes de que el cerebro pudiera detener su movimiento. Un poderoso trueno hendió los cielos, el sonido del aire comprimido y golpeado por la violencia del paso de la nave. Poco después, la nave, brillando espléndidamente a la luz del sol, se detuvo en la falda de la colina a un centenar de metros de distancia.

 

Era difícil decir quién fue el más sorprendido, pero Alvin fue el primero en recuperarse. Mien tras se acercaban velozmente a la nave, se pregun tó si ésta viajaba normalmente de aquel modo tan brusco. La idea era desconcertante, aunque no ha bía experimentado ninguna sensación de movimiento en su primer viaje. Muchísimo más sorprendente, sin embargo, era el hecho de que el día anterior esta resplandeciente criatura hubiera estado oculta bajo una gruesa capa de roca dura como el hierro. Hasta que alcanzó la nave y se quemó los dedos al colocarlos descuidadamente sobre el casco, no comprendió lo que había sucedido. Cerca de la proa había todavía rastros de tierra, pero convertida en lava fundida. El resto había sido barrido, descubriendo el fuerte metal que ni el tiempo ni ninguna fuerza natural podrían tocar jamás.

 

Con Theon a su lado, Alvin permaneció de pie junto a la puerta abierta y se volvió hacia los tres silenciosos consejeros. Se preguntó qué estarían pensando, pero sus expresiones no daban ninguna pista.

 

- Tengo que pagar una deuda en Shalmirane -dijo-. Por favor, decidle a Seranis que volvere mos a mediodía.

 

Los consejeros se quedaron mirando hasta que la nave, moviéndose ahora lentamente, pues tenía que hacer un recorrido muy corto, desapareció ha cia el sur. Entonces el joven que dirigía el grupo se encogió filosóficamente de hombros.

 

- Siempre os habéis opuesto a nosotros por querer cambiar, y hasta ahora habéis ganado -dijo-. Pero no creo que el futuro esté de parte de ninguno de nuestros bandos. Lys y Diaspar han llegado al final de una era, y debemos sacar las mejores consecuencias de ello.

 

Permanecieron en silencio durante un rato. Entonces uno de sus compañeros habló con tono muy reflexivo.

 

- No sé nada de arqueología, pero está claro que esa máquina es demasiado grande para ser un avión corriente. ¿Creéis que pueda tratarse de…?

 

- ¿De una nave espacial? ¡Si es así, nos encon tramos en una crisis!

 

El tercer hombre también había estado reflexionando.

 

- La desaparición de los aviones y las naves espaciales es uno de los grandes misterios del In terregno. Esa máquina puede ser cualquier cosa: por el momento, será mejor que asumamos lo peor. Si es de verdad una nave espacial, debemos impedir a toda costa que ese muchacho salga de la Tierra. Existe el peligro de que vuelva a atraer a los Invasores. Eso sería el fin.

 

Un sombrío silencio se apoderó del grupo has ta que el jefe volvió a hablar.

 

- La máquina vino de Diaspar -dijo lenta mente-. Alguien de allí debe de conocer la ver dad. Creo que será mejor que nos pongamos en contacto con nuestros primos…, si condescienden a hablar con nosotros.

 

Mucho antes de lo que esperaba, la semilla que Alvin había plantado empezaba a florecer.

 

Las montañas nadaban todavía en sombras cuando llegaron a Shalmirane. Desde las alturas, la gran concavidad de la fortaleza parecía muy pequena. Costaba trabajo creer que el destino de la Tierra había dependido de aquel diminuto disco de ébano.

 

Cuando Alvin hizo que la nave se posara entre las ruinas, la sensación de desolación volvió a asal tarle, helando su alma. No había ningún signo del anciano ni de sus máquinas, y tuvieron problemas para encontrar la entrada del túnel. En lo alto de las escaleras, Alvin gritó para anunciar su llegada; no hubo ninguna respuesta y por eso avanzaron lentamente, por si el anciano estaba dormido.

 

Y así era. Dormía con las manos cruzadas pací ficamente sobre el pecho. Sus ojos estaban abier tos, y contemplaban ciegos el enorme techo, como si pudieran ver a través de él las estrellas. Tenía una sonrisa en los labios: la muerte no había acudido a él como enemiga.

 

14

 

FUERA DEL SISTEMA

 

 

Los dos robots estaban junto al anciano, flotando inmóviles en el aire. Cuando Alvin intentó acercarse al cadáver, sus tentáculos se extendieron para impedírselo, así que no volvió a intentarlo. No había nada que pudiera hacer. Sintió que un viento helado barría su corazón. Era la primera vez que miraba el rostro marmóreo de la muerte, y supo que una parte de su infancia había acabado para siempre.

 

Éste era el fin de aquella extraña hermandad, quizá la última de su especie que conocería el mundo. Por engañados que pudieran haber esta do, las vidas de estos hombres no habían sido completamente en vano. Casi de milagro habían salvado del pasado un conocimiento que de otro modo se habría perdido para siempre. Ahora su orden podía seguir el destino de un millón de otras religiones que también en su día se consideraron eternas.

 

Dejaron al anciano dormido en su tumba entre las montañas, donde ningún hombre le molestaría hasta el final de los tiempos. Vigilando su cuerpo quedaron las máquinas que le habían servido en vida y que nunca le dejarían ahora. Unidas a su mente, esperarían unas órdenes que nunca podrían producirse, hasta que las propias montañas acabaran desmoronándose.

 

El pequeño animal de cuatro patas que antaño sirviera al hombre con la misma devoción llevaba demasiado tiempo extinto para que los dos muchachos hubieran oído hablar de su existencia.

 

Regresaron en silencio a la nave, y poco después la fortaleza no fue más que otro lago oscuro entre las montañas. Alvin no hizo nada para con trolar la máquina; se elevaron hasta que Lys entero se extendió bajo ellos, una gran isla verde en un mar anaranjado. Nunca antes había estado tan alto. Cuando finalmente se detuvieron, la curvatura de la Tierra era visible debajo. Lys era ahora muy pe queño, una sombra oscura contra el desierto gris y anaranjado, pero más allá de la curva del globo algo brillaba como una joya de muchos colores. Y así, por primera vez, Theon vio la ciudad de Diaspar.

 

Contemplaron durante mucho tiempo la Tie rra rotar bajo ellos. De todos los antiguos poderes del hombre, éste era seguramente el que menos po día permitirse perder. Alvin deseaba poder mostrar el mundo tal como lo veía ahora a los gober nantes de Lys y Diaspar.

 

- Theon -dijo por fin-, ¿crees que lo que estoy haciendo está bien?

 

La pregunta sorprendió a Theon, que hasta ahora no sabía nada de las súbitas dudas que a ve ces abrumaban a su amigo. No resultó fácil responderle sin pasión: como Rorden, aunque con menos motivo, Theon sentía que su propia personalidad quedaba sumergida en la de Alvin. Se sentía absorbido sin remisión por el vórtice que Alvin dejaba tras su paso por la vida.

 

- Creo que tienes razón -respondió Theon lentamente-. Nuestros dos pueblos han estado separados demasiado tiempo.

 

Consideraba que aquello era cierto, aunque sa bía que sus propios sentimientos comprometían su respuesta. Pero Álvin estaba todavía preocupado.

 

- Hay un problema en el que no había pensa do hasta ahora -dijo con voz intranquila-, y es la diferente extensión de nuestras vidas.

 

No dijo nada más, pero cada uno supo lo que estaba pensando el otro.

 

- Sí, a mí también me preocupa -admitió Theon-, pero creo que el problema se resolverá cuando nuestros pueblos vuelvan a encontrarse. Los dos no podemos tener razón: nuestras vidas tal vez sean demasiado cortas y las vuestras son, sin ninguna duda, demasiado largas. Con el tiem po, llegaremos a un compromiso.

 

Alvin vaciló. Era cierto que ahí se encontraba la última esperanza, pero las eras de transición serían duras. Recordó de nuevo las amargas palabras de Seranis: «Los dos llevaremos siglos muertos y tu seguirás siendo todavía un muchacho.» Muy bien, aceptaría las condiciones. Incluso en Diaspar, todas sus amistades se encontraban con el mismo problema. Al final, poca diferencia había entre cien años o un millón. El bien de la raza humana exigía la mezcla de las dos culturas, y en ese caso la felicidad individual no era importante. Por un momento Alvin vio a la humanidad como algo más que el trasfondo viviente de su propia vida, y aceptó sin parpadear la infelicidad que su elección debería producir algún día. Nunca volvieron a hablar del tema.

 

A sus pies, el mundo continuó con su eterna rotación. Al advertir el estado de ánimo de su amigo, Theon no dijo nada, y poco después Alvin volvió a romper el silencio.

 

- Cuando abandoné Diaspar por primera vez, no sabía lo que podría hallar -dijo-. Lys me habría satisfecho antes, pero ahora todo lo que hay en la Tierra parece pequeño y sin importancia. Cada descubrimiento que hago provoca preguntas mayores, y nunca me sentiré satisfecho hasta que sepa quién era el Maestro y por qué vino a la Tierra. Si alguna vez llego a descubrirlo, supongo que entonces empezaré a preocuparme por los Grandes y los Invasores… y así continuaré siempre.

 

Theon nunca había visto a Alvin tan pensativo y no deseaba interrumpir su soliloquio. En los úl timos minutos, había aprendido muchas cosas so bre su amigo.

 

- El robot me dijo que esta nave podía alcan zar los Siete Soles en menos de medio día -conti nuó Alvin-. ¿Crees que debería ir?

 

- ¿Crees que yo podría impedírtelo? -repli có Theon en voz baja.

 

Alvin sonrió.

 

- Eso no es una respuesta, aunque sea verdad. No sabemos lo que hay en el espacio. Puede que los Invasores hayan abandonado el Universo, pe ro tal vez existan otras inteligencias enemigas del hombre.

 

- ¿Por qué tendría que haberlas? -preguntó Theon-. Ése es uno de los temas que nuestros fi lósofos han debatido durante siglos. No es proba ble que una raza verdaderamente inteligente sea enemiga.

 

- ¿Y los Invasores…?

 

Theon señaló los interminables desiertos de debajo.

 

- Una vez tuvimos un imperio. ¿Qué poseemos ahora que pudieran desear?

 

Alvin se sorprendió un poco ante este nuevo punto de vista.

 

- ¿Piensa así todo tu pueblo?

 

- Sólo una minoría. El individuo medio no se preocupa por el tema, pero probablemente diría que si los Invasores quisieran realmente destruir la Tierra, ya lo habrían hecho hace muchísimo tiempo. Sólo unas cuantas personas, como mi madre, todavía les tienen miedo.

 

- Las cosas son muy distintas en Diaspar -dijo Alvin-. Mi pueblo es un pueblo de cobar des. Pero es una lástima lo de tu madre…, ¿crees que te impediría venir conmigo?

 

- Seguramente -replicó Theon con énfasis.

 

Apenas advirtió que Alvin esperaba aquella res puesta.

 

Alvin reflexionó durante un instante.

 

- A estas alturas ya se habrá enterado de la existencia de esta nave y sabrá lo que pretendo ha cer. No debemos regresar a Airlee.

 

- No, eso no sería aconsejable. Pero tengo un plan mejor.

 

La pequeña aldea en la que aterrizaron estaba sólo a una veintena de kilómetros de Airlee, pero Alvin se sorprendió al ver lo mucho que difería en su arquitectura y forma. Las casas tenían varios pi sos de altura y habían sido construidas alrededor de un lago, de cara al agua. Había anclados varios barcos de brillantes colores junto a la orilla. Alvin, que nunca había oído hablar de tales cosas y se pre guntaba para qué servirían, se sintió fascinado.

 

Esperó en la nave mientras Theon iba a visitar a sus amigos. Resultaba divertido ver la conster nación y la sorpresa de la gente que la rodeaba, in consciente del hecho de que él la observaba desde el interior de la máquina. Theon permaneció fuera sólo unos pocos minutos, y tuvo algunos proble mas para alcanzar la escotilla a través de la marea de gente. Suspiró aliviado cuando la puerta se ce rró tras él.

 

- Mi madre recibirá el mensaje dentro de dos o tres minutos. No he dicho adonde vamos, pero lo adivinará rápidamente. Y tengo una noticia que te interesará.

 

- ¿Cuáles?

 

- El Consejo Central va a entablar negocia ciones con Diaspar.

 

- ¿Qué?

 

- Es completamente cierto, aunque todavía no se ha hecho el anuncio oficial. Ese tipo de cosas no pueden mantenerse en secreto.

 

Alvin comprendió que nunca podría entender cómo se mantenía algo en secreto en Lys.

 

- ¿De qué van a hablar?

 

- Probablemente de cómo pueden impedir que nos marchemos. Por eso he vuelto tan rápido.

 

Alvin sonrió con tristeza.

 

- ¿Entonces piensas que el miedo puede ha ber tenido éxito donde la lógica y la persuasión han fracasado?

 

- Es probable, aunque anoche impresionaste bastante a los consejeros. Se quedaron hablando largo rato después de que te fueras a dormir.

 

Fuera cual fuese la causa de esta situación, Al vin se sintió muy contento. Diaspar y Lys habían tardado en reaccionar, pero los acontecimien tos se dirigían ahora con mucha rapidez hacia su climax. No le importaba demasiado que ese climax pudiera tener consecuencias desagradables para él.

 

Ya habían alcanzado las alturas cuando Alvin dio al robot sus últimas instrucciones. La nave casi se había detenido, y la Tierra, a unos mil quinientos kilómetros por debajo, casi abarcaba todo el cielo. Parecía muy poco acogedora: Alvin se preguntó cuántas naves en el pasado habían gravitado allí durante algún tiempo antes de continuar su camino.

 

Hubo una pausa notable, como si el robot es tuviera comprobando controles y circuitos que no hubieran sido utilizados durante eras geológi cas. Entonces se produjo un leve sonido, el prime ro que Alvin oía procedente de la máquina. Era un zumbido ligerísimo, que ascendió rápidamente de octava en octava hasta que se perdió más allá de la capacidad humana de audición. No hubo ninguna sensación de cambio ni movimiento, pero de repente Alvin advirtió que las estrellas danzaban en la pantalla. La Tierra volvió a aparecer, y quedó atrás, para aparecer de nuevo, en una posición ligeramente distinta. La nave se estaba orientando, oscilando en el espacio como la aguja de una brújula que busca el norte. Durante varios minutos el cielo giró y se retorció alrededor de los dos muchachos, hasta que por fin la nave se detuvo, un proyectil gigante apuntando a las estrellas.

 

En el centro de la pantalla, el gran anillo de los Siete Soles mostraba su irisada belleza. Una por ción de la Tierra era visible como un oscuro lomo con bordes de oro y escarlata. Alvin supo que ahora sucedía algo que estaba mucho más allá de su propia experiencia. Esperó, aferrado a su asiento, mientras los segundos pasaban lentamente y los Siete Soles resplandecían en la pantalla.

 

No hubo ningún sonido, sólo un súbito temblor que pareció nublar la visión, y la Tierra desapareció como si la hubiera robado una mano invisible. Estaban solos en el espacio, con las estrellas y el Sol extrañamente empequeñecido. La Tierra había desaparecido, como si nunca hubiera existido.

 

Otra vez se produjo el temblor, y con él un le vísimo murmullo, como si por primera vez los generadores forzaran una fracción apreciable de su poder. Sin embargo, por un instante pareció que no había sucedido nada. Entonces Alvin advirtió que el propio Sol había desaparecido y que las estrellas pasaban lentamente junto a la nave. Miró hacia atrás un momento y no vio nada. El cielo tras ellos se había desvanecido por completo, arrasado por un hemisferio de noche. Mientras observaba, pudo ver las estrellas zambulléndose en la oscuridad, desapareciendo como chispas sobre el agua. La nave viajaba más rápido que la luz, y Alvin supo que el espacio familiar de la Tierra y el Sol ya no le alojaba.

 

Cuando aquel súbito y vertiginoso temblor se produjo por tercera vez, el corazón de Alvin casi dejó de latir. La extraña pérdida de visión fue in confundible ahora; por un momento, sus inme diaciones parecieron distorsionadas más allá de la posibilidad de reconocimiento. El significado de aquella distorsión se le ocurrió en un destello de sabiduría que no pudo explicarse. Era real, y no una ilusión óptica. De algún modo-, al atravesar la fina película del presente, captaba un atisbo de los cambios que ocurrían en el espacio a su alrededor.

 

En ese mismo momento, el murmullo de los generadores se convirtió en un rugido que sacu dió la nave, un sonido doblemente impresionante, pues era el primer grito de protesta que Alvm oía de una máquina. Entonces todo acabó, y el repen tino silencio pareció resonar en sus oídos. Los grandes generadores habían hecho su trabajo: no volverían a ser necesarios hasta el final del viaje. Las estrellas lanzaban destellos blanquiazules y se desvanecían luego en el ultravioleta. Sin embargo, por alguna magia de la ciencia de la naturaleza, los Siete Soles seguían siendo visibles, aunque ahora sus posiciones y colores habían cambiado sutilmente. La nave se abalanzaba hacia ellos a través de un túnel de oscuridad, más allá de los límites del espacio y el tiempo, a una velocidad demasiado enorme para que la mente pudiera asimilarla.

 

Resultaba difícil creer que hubieran salido del sistema solar a una velocidad que al menor des cuido los llevaría al corazón de la galaxia y al va cío superior del más allá. Ni Alvin ni Theon po dían concebir la verdadera inmensidad de su viaje: las grandes sagas de exploración habían cambiado por completo la actitud del hombre hacia el Uni verso, e incluso ahora, millones de siglos después, las antiguas tradiciones no habían muerto por completo. Las leyendas susurraban que hubo una gran nave que circunnavegó el cosmos en un solo día. Los miles de millones de kilómetros entre las estrellas no significaban nada ante aquellas velocidades. Para Alvin, este viaje era apenas más importante, y quizá menos peligroso, que su primera incursión en Lys.

 

Fue Theon quien puso voz a sus pensamientos mientras los Siete Soles brillaban lentamente ante ellos.

 

- Alvin, esa formación no puede ser natural.

 

Alvin asintió.

 

- Eso me ha parecido durante años, pero si gue pareciendo una fantasía.

 

- Puede que el sistema no haya sido construi do por el hombre -coincidió Theon-, pero seres inteligentes han debido de crearlo. La natura leza no podría haber formado jamás ese círculo perfecto de estrellas, una por cada uno de los colores primarios, todas igualmente brillantes. Y no hay nada en el Universo visible que se parezca al Sol Central.

 

- ¿Para qué harían entonces una cosa así?

 

- Oh, se me ocurren muchas razones. Tal vez sea una señal, para que cualquier nave extraña que entre en el Universo sepa dónde buscar vida. Tal vez marque el centro de la administración galácti ca. O tal vez…, y de algún modo creo que ésa es la explicación real, es simplemente la más grande de todas las obras de arte. Pero ahora es una tontería especular. Dentro de poco sabremos la verdad.

 

15

 

VANAMONDE

 

 

Esperaron, perdidos en sus propios sueños, mientras los Siete Soles se iban separando hora tras hora hasta llenar aquel extraño túnel de noche en el que se movía la nave. Entonces, una a una, las seis estrellas exteriores desaparecieron en el borde de la oscuridad y por fin sólo quedó el Sol Central. Aunque ya no podía abarcar todo su espacio, todavía brillaba con la luz perlada que lo distinguía de todas las demás estrellas. Minuto a minuto, su fulgor aumentó, hasta que dejó de ser un punto de luz para convertirse en un disco diminuto. Y entonces el disco empezó a expandirse.

 

Se produjo una brevísima advertencia: duran te un instante, una nota profunda vibró a través de la cámara. Alvin se agarró a los brazos de su sillón, aunque era un gesto inútil.

 

Una vez más, los grandes generadores cobra ron vida, y con brusquedad cegadora volvieron a aparecer las estrellas. La nave había vuelto al espa ció, al universo de soles y planetas, el mundo na tural donde nada podía moverse más rápidamente que la luz.

 

Ya estaban dentro del sistema de los Siete So les, pues el gran anillo de esferas de colores do minaba ahora el cielo. ¡Y qué cielo! Todas las estrellas que conocían, todas las constelaciones fa miliares, habían desaparecido. La Vía Láctea ya no era una leve cinta de bruma a un lado del cielo: se encontraban ahora en el centro de la creación, y su gran círculo dividía el Universo en dos.

 

La nave se movía aún a gran velocidad hacia el Sol Central, y las seis estrellas del sistema eran ahora bengalas de colores en el cielo. No muy lejos de la más cercana de ellas aparecieron las chispas diminutas de los planetas circundantes, mundos que debían de ser de enorme tamaño para ser visibles a tanta distancia. Era un espectáculo más grande que ninguna otra cosa que hubiera creado la naturaleza, y Alvin supo que Theon estaba en lo cierto. Esta soberbia simetría era un desafío deliberado a las estrellas que se agrupaban sin orden ni concierto a su alrededor.

 

La causa de la luz nacarada del Sol Central fue ahora claramente visible. La gran estrella, segura mente una de las más brillantes de todo el Univer so, estaba envuelta en una nube de gas que suavi zaba su radiación y le daba su color característico. La nebulosa circundante sólo podía verse de for ma indirecta, y se retorcía en extrañas formas que eludían la visión. Pero allí estaba, y cuanto más se contemplaba, más extensa parecía.

 

Alvin se preguntó adonde los llevaba el robot. ¿Seguía algún antiguo recuerdo, o había señales en el espacio? Había dejado su destino por completo a la máquina, y advirtió la pálida chispa de luz ha cia la que se dirigían. Quedaba casi perdida en el resplandor del Sol Central, y a su alrededor había otros brillos más débiles de otros mundos. El in menso viaje llegaba a su fin.

 

El planeta, una hermosa esfera de luces de mu chos colores, se encontraba ahora a sólo unos pocos millones de kilómetros de distancia. No podía haber oscuridad ninguna en su superficie, pues a medida que giraba bajo el Sol Central, las otras estrellas aparecían una a una en su cielo. Alvin com prendió ahora el significado de las últimas pala bras del Maestro: «Es maravilloso contemplar las sombras de colores en los planetas de luz eterna.»

 

Estaban ya tan cerca que pudieron ver conti nentes y océanos y la leve bruma de la atmósfera. Sin embargo, había algo extraño en su situación, y poco después advirtieron que las divisiones entre tierra y agua eran curiosamente regulares. Los continentes de este planeta no eran ya como los había creado la naturaleza, ¡pero qué pequeña debió de ser la tarea de dar forma a un mundo para aquellos que construyeron sus soles!

 

- ¡No son océanos! -exclamó Theon de pron to-. ¡Mira… se pueden ver marcas!

 

Alvin no pudo ver claramente lo que quería decir su amigo hasta que se encontraron más cerca del planeta. Entonces advirtió las leves bandas y líneas en los bordes continentales, dentro de lo que había considerado los límites del mar. La vi sión le llenó de dudas, pues conocía bien el signi ficado de aquellas líneas. Las había visto antes, en una ocasión, en el desierto más allá de Diaspar, y le comunicaban que su viaje había sido en vano.

 

- Este planeta está tan reseco como la Tierra -dijo sombríamente-. El agua ha desaparecido: esas marcas son los lechos salinos de la evapora ción de los mares.

 

- Los creadores no habrían permitido nunca que eso sucediera -replicó Theon-. Creo que, después de todo, hemos llegado demasiado tarde.

 

Su decepción fue tan amarga que Alvin no se atrevió a hablar de nuevo, y contempló en silencio el gran mundo que tenían delante. Con impresio nante lentitud, el planeta rotó bajo la nave, y su superficie se alzó majestuosamente para encontrarse con ellos. Ahora pudieron ver edificios, diminutas incrustaciones blancas en todas partes, menos en los lechos oceánicos.

 

Antaño, este mundo era el centro del Universo. Ahora estaba silencioso, su aire vacío y en el suelo no se veía ninguno de los puntos en movi miento que anunciaban vida. Sin embargo, la nave recorría con seguridad el congelado mar de piedra, un mar que se había alzado en grandes olas para desafiar al cielo.

 

La nave se detuvo poco después, como si el ro bot hubiera seguido por fin su memoria hasta su fuente. A sus pies se alzaba una columna de piedra blanca como la nieve, brotando del centro de un inmenso anfiteatro de mármol. Alvin esperó un poco. Entonces, ya que la máquina continuaba inmóvil, la hizo aterrizar al pie de la columna.

 

Alvin no había abandonado del todo la espe ranza de hallar vida en este planeta. Pero su es peranza se desvaneció de inmediato al salir de la escotilla. Nunca antes en toda su vida, ni siquiera en la desolación de Shalmirane, se había enfren tado a un silencio tan absoluto. En la Tierra siem pre existía el murmullo de las voces, el movimiento de las criaturas vivientes o el susurro del viento. Aquí no había nada de eso, ni volvería a haberlo jamás.

 

Era imposible saber por qué la nave los había traído a este lugar, pero Alvin comprendió que poco importaba ya. La gran columna de piedra blanca tenía tal vez veinte veces la altura de un hombre, y estaba situada en un círculo de metal que se alzaba levemente sobre el nivel del suelo. Carecía de rasgos y su finalidad era una incógnita. Podían hacer suposiciones, pero nunca sabrían que antaño marcó el punto cero de todas las mediciones astronómicas.

 

Alvin pensó con tristeza que esto era el fin de toda su búsqueda. Sabía que resultaría inútil visi tar los otros mundos de los Siete Soles. Aunque todavía hubiera inteligencia en el Universo, ¿dónde podría encontrarla ahora? Había visto las estrellas esparcirse como polvo por los cielos, y supo que lo que pudiera quedar del Tiempo mismo no era suficiente para explorarlas todas.

 

De repente, lo asaltó una sensación de soledad y opresión como nunca había conocido antes. Pu do comprender ahora el miedo de Diaspar a los grandes espacios del Universo, el terror que había hecho que su pueblo se congregase en el pequeño microcosmos de su ciudad. Era duro admitir que, después de todo, tenían razón.

 

Se volvió hacia Theon en busca de apoyo, pe ro el muchacho estaba de pie, con los puños cerra dos, el ceño fruncido y una expresión vidriosa en los ojos.

 

- ¿Qué ocurre? -preguntó Alvin, alarmado.

 

Theon contestó sin dejar de contemplar la nada.

 

- Se acerca algo. Creo que será mejor que re gresemos a la nave.

 

La galaxia había girado muchas veces sobre su eje desde que la inteligencia llegó por primera vez a Vanamonde. Apenas podía recordar aquellos primeros eones y las criaturas que lo atendieron entonces, pero aún podía acordarse de la desolación que quedó cuando se marcharon y lo dejaron solo entre las estrellas. En las eras que habían transcurrido desde entonces, había deambulado de sol en sol, evolucionando lentamente y aumentando sus poderes. Una vez, soñó con volver a encontrar a aquellos que habían asistido a su nacimiento, y aunque el sueño se había desvanecido ya, nunca murió por completo.

 

Había hallado en incontables mundos el caos que la vida había dejado tras su paso, pero sólo encontró una vez inteligencia, y escapó aterrorizado del Sol Negro. Sin embargo, el Universo era muy grande, y la búsqueda apenas había comenzado.

 

Muy lejos en el espacio y en el tiempo, el gran estallido de poder del corazón de la galaxia llamaba a Vanamonde a través de años luz de distancia. Era completamente distinto a la radiación de las estrellas, y apareció en su campo de conciencia tan repentinamente como un meteoro en un cielo sin nubes. Se dirigió hacía allí, hacia el último mo mento de su existencia, y reconoció en él la pauta muerta e imperturbable del pasado.

 

Conocía este lugar, pues había estado aquí an tes. Carecía de vida entonces,pero ahora albergaba inteligencia. No podía entenderla larga forma de metal que yacía sobre la llanura, pues le resultaba tan extraña como casi todas las cosas del mundo fí sico. A su alrededor todavía flotaba el aura de po der que le había atraído desde el otro extremo del Universo, pero eso no le resultaba interesante ahora. Con cuidado, con el delicado nerviosismo de una bestia salvaje dispuesta a la huida, estudió las dos mentes que había descubierto.

 

Y entonces supo que su larga búsqueda había terminado.

 

16

 

DOS ENCUENTROS

 

 

Rorden consideró lo inimaginable que habría parecido esta reunión hacía tan sólo unos días. Aunque se hallaba todavía técnicamente bajo sospecha, su presencia era tan esencial que nadie había sugerido la posibilidad de excluirle. Los seis visitantes se sentaron frente al Consejo, flanqueados a cada lado por los miembros secundarios como el propio Rorden. Esto significaba que no podía verles la cara, pero las expresiones de los que tenía enfrente eran suficientemente instructivas.

 

No había ninguna duda de que Alvin tenía ra zón, y el Consejo advertía lentamente la amarga verdad. Los delegados de Lys podían pensar casi el doble de rápido que las mejores mentes de Dias par. No era ésa su única ventaja, pues también mostraban un extraordinario grado de coordinación que Rorden achacó a sus poderes telepáticos. Se preguntó si estarían leyendo las mentes de los consejeros, pero decidió que no habrían roto la solemne tregua sin la cual esta reunión habría sido imposible.

 

Rorden no creía que hubieran hecho muchos progresos. Además, tampoco sabía cómo eso po día ser posible. Alvin había salido al espacio, y nada podía alterar aquel hecho. El Consejo, que todavía no había aceptado a Lys por completo, parecía todavía incapaz de comprender lo sucedido. Pero estaba claramente asustado, igual que la mayor parte de sus visitantes. Rorden no estaba tan aterrado como esperaba: sus temores estaban aún presentes, pero se había enfrentado al fin a ellos. Algo de la intrepidez de Alvin (¿o era valor?) había cambiado su forma de ver el mundo y le había dado nuevos horizontes.

 

La pregunta del Presidente lo pilló desprevenido, pero se recuperó rápidamente.

 

- Creo que esta situación no se ha producido nunca antes por pura casualidad -dijo-. No hay nada que pudiéramos haber hecho para impedirla, pues los acontecimientos estuvieron siempre por delante de nosotros.

 

Todo el mundo sabía que con «acontecimien tos» se refería a Alvin, pero no hubo ningún comentario.

 

- Es inútil lamentar el pasado: Diaspar y Lys han cometido errores por igual. Cuando regrese Alvin, tal vez puedan impedirle que vuelva a aban donar la Tierra. No creo que tengan éxito, pues es posible que haya aprendido mucho para entonces. Pero si ha sucedido lo que más temen, no hay nada que podamos hacer ya. La Tierra está indefensa, como lo ha estado durante millones de siglos.

 

Rorden hizo una pausa y contempló a los miembros de la mesa.

 

Sus palabras no habían complacido a ninguno, pero tampoco era ésa su intención.

 

- Con todo, no veo por qué debemos alar marnos tanto. La Tierra no corre más peligro que antes. ¿Por qué deberían dos muchachos en una nave pequeña provocar la ira de los Invasores? Si somos sinceros con nosotros mismos, debemos admitir que los Invasores podrían haber destruido nuestro mundo hace milenios.

 

Se produjo un silencio aturdidor. Las palabras de Rorden eran una herejía, pero el Guardián de los Archivos advirtió que dos de los visitantes parecían aprobarlas.

 

El Presidente le interrumpió, fruncido el ceño.

 

- ¿No dice la leyenda que los Invasores sal varon la Tierra sólo con la condición de que el hombre no volviera a salir al espacio? ¿No hemos transgredido ahora esas condiciones?

 

- También yo creía eso -contestó Rorden-. Aceptamos muchas cosas sin preguntar, y ésta es una de ellas. Pero mis máquinas no entienden de leyendas, sólo de verdad…, y no hay ningún regis tro histórico de ese acuerdo. Estoy convencido de que algo tan importante habría sido grabado para la posteridad, como es el caso de muchos asuntos menores.

 

Pensó que Alvin habría estado orgulloso de él. Era extraño que defendiera las ideas del muchacho, pues si Alvin hubiera estado presente tal vez las habría atacado. Al menos uno de sus sueños se había cumplido: la relación entre Lys y Diaspar era todavía inestable, pero comenzaba. Rorden se preguntó dónde estaría Alvin ahora.

 

Alvin no había visto ni oído nada, pero no se detuvo a discutir. Sólo cuando la compuerta se ce rró tras ellos se volvió hacia su amigo.

 

- ¿Qué pasaba? -preguntó, algo agitado.

 

- No lo sé. Era algo aterrador. Creo que to davía nos está observando.

 

- ¿Nos marchamos?

 

- No. Me asusté al principio, pero no creo que vaya a hacernos daño. Parece simplemente… interesado.

 

Alvin estaba a punto de responder cuando se sintió abrumado por una sensación desconocida. Un fulgor cálido y tintineante pareció extenderse por su cuerpo. Duró sólo unos segundos, pero cuando desapareció dejó de ser Alvin de Loronei. Algo compartía su cerebro, superponiéndose a él como un círculo puede cubrir parcialmente a otro. También era consciente de la cercanía de la mente de Theon, igualmente mezclada con la criatura que había descendido sobre ellos. La sensación era más extraña que desagradable, y dio a Alvin su primera impresión de telepatía auténtica, el poder que en su raza había degenerado hasta el punto de que ahora sólo podía ser utilizado para controlar las máquinas.

 

Alvin se rebeló de inmediato cuando Seranis intentó dominar su mente, pero ahora no se deba tió contra esta intrusión. Habría sido inútil, y sabía que esta inteligencia, fuera lo que fuese, no era su enemigo. Se relajó por completo, aceptando sin re sistencia el hecho de que una inteligencia infinita mente superior a la suya estaba explorando su mente. Pero no estaba completamente en lo cierto.

 

Vanamonde miró de inmediato que una de aquellas dos mentes era más accesible que la otra. Notaba que las dos estaban asombradas por su presencia, y eso le sorprendió enormemente. Era difícil creer que pudieran haber olvidado: el olvi do, como la mortalidad, estaba más allá de la com prensión de Vanamonde.

 

La comunicación era muy difícil: muchas de las imágenes-pensamiento en sus mentes eran tan extrañas que Vanamonde apenas podía reconocerlas. Se sintió aturdido y un poco asustado por la pauta de miedo recurrente hacia los Invasores; le recordaba sus propias emociones cuando el Sol Negro entró por primera vez en su campo de conocimiento.

 

Pero ellos no sabían nada del Sol Negro, y ahora sus propias preguntas empezaban a formarse en su mente.

 

¿Qué eres?

 

Dio la única respuesta posible.

 

Soy Vanamonde.

 

Se produjo una pausa (¡cuánto tardaba en formarse la pauta de sus pensamientos!), y entonces la pregunta se repitió. No habían comprendido; eso era extraño, pues seguramente su especie les había dado su nombre para que se encontrara en tre los recuerdos de su nacimiento. Esos recuer dos eran muy pocos, y empezaban extrañamente en un solo punto del tiempo, pero eran claros como el cristal.

 

Una vez más, sus diminutos pensamientos se debatieron en su conciencia.

 

- ¿Quiénes fueron los Grandes? ¿Eres tú uno de ellos?

 

No lo sabía. Ellos apenas pudieron creerle, y su decepción se abrió paso brusca y claramente a través del abismo que separaba sus mentes de la suya. Pero fueron pacientes y él se alegró de ayudarlos, pues su búsqueda era la misma que la suya y le ofrecieron la primera compañía que conocía.

 

Alvin no creía que mientras viviera pudiera vol ver a experimentar una situación tan extraña como esta conversación silenciosa. Era difícil creer que podía ser poco más que un espectador, pues no le importaba admitir, ni siquiera ante sí mismo, que la mente de Theon era mucho más poderosa que la suya propia. Sólo podía esperar y maravillarse, me dio deslumbrado por el torrente de pensamiento más allá de los límites de su comprensión.

 

Poco después, Theon, pálido y agotado, rom pió el contacto y se volvió hacia su amigo.

 

- Alvin -dijo, la voz muy cansada-, hay algo extraño aquí. No comprendo nada.

 

La noticia restauró un poco la autoestima de Alvin, y su rostro debió de mostrar sus sentimientos, pues Theon se echó a reír.

 

- No puedo descubrir lo que es este Vanamonde -continuó-. Es una criatura de tremendo conocimiento, pero parece tener muy poca inteligencia. Naturalmente, su mente puede ser de un orden tan diferente del nuestro que no podemos comprenderla, aunque de algún modo no creo que ésa sea la explicación adecuada.

 

- Bien, ¿qué has aprendido? -preguntó Al vin con cierta impaciencia-. ¿Sabe algo sobre este lugar?

 

La mente de Theon parecía estar todavía muy lejos.

 

- Esta ciudad fue construida por muchas ra zas, incluyendo la nuestra -dijo, ausente-. Pue de transmitirme hechos como ése, pero no parece comprender su significado. Creo que es consciente del pasado, sin poder interpretarlo. Todo lo que ha sucedido parece amontonado en su mente.

 

Hizo una pausa, pensativo. Entonces su rostro se iluminó.

 

- Sólo podemos hacer una cosa: de un modo u otro, tenemos que llevar a Vanamonde a la Tie rra para que nuestros filósofos puedan estudiarlo.

 

- ¿Sería eso seguro? -preguntó Alvin.

 

- Sí -respondió Theon, pensando lo poco característica que era esta observación de su amigo-. Vanamonde es pacífico. Aun más, de hecho parece afectuoso.

 

Y de repente el pensamiento que durante todo el tiempo había estado gravitando sobre la conciencia de Alvin se enfocó claramente.

 

Recordó a Krif y los animalitos que escapaban constantemente («No volverá a suceder, madre»), para molestar a Seranis.

 

Y recordó (¡qué lejano parecía!) el propósito geológico tras su expedición a Shalmirane.

 

Theon había encontrado una nueva mascota.

 

17

 

EL SOL NEGRO

 

 

Aterrizaron al mediodía en la pradera de Airlee, sin ningún deseo de ocultarse. Alvin se preguntó si en alguna otra ocasión, a lo largo de la historia de la humanidad, habría traído alguna nave un cargamento semejante a la Tierra…, si es que en efecto Vanamonde se encontraba en el es pacio físico de la máquina. No hubo ni rastro de él durante el viaje. Theon creía, y su conocimiento era más directo, que sólo la esfera de atención de Vanamonde tenía localización en el espacio.

 

Tras abandonar la nave, las puertas se cerraron suavemente tras ellos y un viento repentino tiró de sus ropas. Entonces el aparato se convirtió en un punto plateado en el cielo, de regreso al mundo al que pertenecía hasta que Alvin volviera a necesitarlo.

 

Como Theon ya sabía y Alvin medio espera ba, Seranis salió a recibirlos. Miró a los muchachos en silencio durante un instante, y luego dijo en voz baja a Alvin:

 

- Nos estás complicando un poco la vida a to dos, ¿no te parece?

 

No había rencor alguno en sus palabras, sólo una especie de resignación ligeramente irónica e incluso un atisbo de aprobación.

 

Alvin entendió de inmediato el significado de sus palabras.

 

- ¿Entonces Vanamonde ha llegado ya?

 

- Sí, hace horas. Desde el amanecer, hemos aprendido más historia de la que imaginábamos posible.

 

Alvin la miró, sorprendido. Entonces com prendió: no era difícil imaginar el impacto que Vanamonde debía de haber causado entre esta gente, con sus agudas percepciones y sus maravillosas mentes entrelazadas. Habían reaccionado con sorprendente velocidad, y de pronto Alvin se imaginó a Vanamonde, tal vez un poco asustado, rodeado por los ansiosos intelectos de Lys.

 

- ¿Habéis descubierto lo que es? -preguntó Alvin.

 

- Sí. Eso fue simple, aunque seguimos sin co nocer su origen. Es una mentalidad pura y su co nocimiento parece ilimitado. Pero es algo infantil, y lo digo literalmente.

 

- ¡Naturalmente! -exclamó Theon-. ¡Ten dría que haberlo imaginado!

 

Alvin pareció aturdido, y Seranis se apiadó de él.

 

- Quiero decir que, aunque Vanamonde tiene una mente colosal y tal vez infinita, es inmaduro y subdesarrollado. Su inteligencia real es menor que la de un ser humano -sonrió con cierta amargu ra-, aunque sus procesos de pensamiento son mucho más veloces y aprende muy rápidamente. También tiene algunos poderes que no comprendemos. El pasado entero parece abierto a su mente, de una forma que resulta difícil describir. Debe de haber usado esa habilidad para seguir vuestro camino de regreso a la Tierra.

 

Alvin guardó silencio, un poco abrumado. Comprendió lo acertada que había sido la idea de Theon de traer a Vanamonde a Lys. Y sabía lo afortunado que había sido al ser más listo que Se ranis: no se trataba de algo que pudiera hacerse dos veces en una vida.

 

- ¿Quieres decir que Vanamonde acaba de nacer? -preguntó.

 

- Según sus propios niveles, sí. Su edad es muy grande, aunque al parecer es menor que la del hombre. Lo más extraordinario de todo es que insiste en que nosotros le creamos, y no hay duda alguna de que su origen está unido a todos los grandes misterios del pasado.

 

- ¿Dónde está Vanamonde ahora? -pregun tó Theon con voz ligeramente posesiva.

 

- Los historiadores de Grevarn le están inte rrogando. Intentan trazar los principales con tornos del pasado, pero el trabajo requerirá años. Vanamonde puede describir el pasado con todo detalle, pero como no comprende lo que ve, es muy difícil trabajar con él.

 

Alvin se preguntó cómo sabía Seranis todo aquello; entonces se dio cuenta de que probablemente todas las mentes de Lys seguían el progreso de la gran investigación.

 

- Rorden debería estar aquí-dijo, tomando una súbita decisión-. Voy a Diaspar a recogerlo. Y a Jeserac -añadió, tras pensarlo un momento.

 

Rorden nunca había visto un torbellino, pero si uno le hubiera alcanzado, la experiencia habría sido exactamente la misma. Había momentos en que su sentido de la realidad dejaba de funcionar, y la sensación de que todo era un sueño se volvía abrumadora. Éste era uno de esos momentos.

 

Cerró los ojos y trató de recordar la habita ción familiar en Diaspar que había sido a la vez parte de su personalidad y barrera contra el mun do exterior. Se preguntó qué habría podido pensar si hubiera podido echar un vistazo al futuro cuando conoció a Alvin por primera vez de haber visto el resultado de aquel encuentro. Pero de una cosa estaba-seguro, y se sentía un poco orgulloso: no se habría echado atrás.

 

El barco avanzaba despacio sobre las aguas del lago, con un suave movimiento que Rorden encontraba bastante agradable. No podía imaginar por qué habían construido el poblado de Grevarn en una isla, pero parecía una incomodidad. Era cierto que las casas de colores, que parecían flotar ancladas sobre las diminutas olas, componían una escena de irreal belleza. Todo esto estaba muy bien, pensaba Rorden, pero uno no puede pasarse toda la vida mirando un escenario. Entonces recordó que eso era precisamente lo que hacían muchos de aquellos excéntricos habitantes de Lys.

 

Excéntricos o no, tenían mentes que podía respetar. Para él, los pensamientos de Vanamonde eran tan confusos como un millar de voces gritando a la vez en el eco de una enorme caverna. Sin embargo, los hombres de Lys podían desentrañarlos, podían grabarlos para analizarlos a placer. La estructura del pasado, que parecía perdida para siempre, se volvía ya levemente visible. Y era tan extraña e inesperada que no tenía ningún parecido con la historia en la que Rorden había creído durante toda su vida.

 

En unos pocos meses presentaría a Diaspar su primer informe. Aunque su contenido era todavía inseguro, sabía que acabaría para siempre con el estéril aislamiento de su raza. Las barreras entre Lys y Diaspar desaparecerían cuando se comprendiera su origen, y la mezcla de las dos grandes culturas reforzaría a la humanidad futura. Sin embargo, ahora todo esto no parecía más que un residuo menor de la gran investigación que estaba dando comienzo. Si lo que Vanamonde había dado a entender era cierto, los horizontes del hombre abarcarían pronto no sólo la Tierra, sino las estrellas y las galaxias. Pero todavía era demasiado pronto para asegurar nada.

 

Calitrax, el historiador jefe de Lys, se reunió con ellos en un pequeño embarcadero. Era un hombre alto y ligeramente encorvado, y Rorden se preguntó cómo había conseguido, sin la ayuda de los Asociadores Maestros, aprender tanto en su corta vida. No se le ocurrió que la misma ausencia de tales aparatos era la razón de las maravillosas memorias que había conocido en Grevarn.

 

Caminaron junto a uno de los innumerables canales que hacían la vida en la aldea tan peligrosa para los extranjeros. Calitrax parecía un poco preocupado, y Rorden supo que una parte de su mente estaba aún con Vanamnonde.

 

- ¿Han establecido ya su procedimiento para fijar fechas? -preguntó Rorden, sintiéndose un poco infravalorado.

 

Calitrax recordó sus obligaciones como anfi trión y rompió el contacto con clara reluctancia.

 

- Sí -dijo-. Tuvo que ser el método astro nómico. Creemos que es preciso hasta los diez mil años, incluso hasta las Eras del Amanecer. Podría ser todavía mejor, pero resulta lo suficientemente bueno para distinguir las épocas principales.

 

- ¿Qué hay de los Invasores? ¿Los ha locali zado Bensor?

 

- No. Hizo un intento, pero no tiene sentido buscar un período aislado. Lo que estamos hacien do ahora es volver al principio de la historia y luego examinarla a intervalos regulares. Lo uniremos todo haciendo suposiciones hasta que podamos completar los detalles. ¡Si Vanamonde pudiera in terpretar lo que ve! Tal como está la situación, te nemos que trabajar con montones de material irre levante.

 

- Me pregunto qué piensa de todo el asunto. Para él debe de ser bastante confuso.

 

- Sí, eso parece. Pero es muy dócil y amisto so, y creo que es feliz, si puede utilizarse esa pala bra. Eso es lo que cree Theon, y parecen compartir una curiosa afinidad. Ah, ahí viene Bensor con los últimos diez millones de años de historia. Le dejo en sus manos.

 

La cámara del Consejo había cambiado poco desde la última visita de Alvin, pues el equipo de proyección que tan pocas veces se usaba bien podía pasar inadvertido. Había dos sillas vacías junto a la gran mesa. Sabía que una pertenecía a Jeserac. Pero aunque se hallaba en Lys, Jeserac estaría observan do esta reunión, como casi todo el mundo.

 

Si Rorden recordaba su última aparición en esta sala, no se preocupó de mencionarlo. Pero los consejeros sí que recordaban, como notó Alvin por las ambiguas miradas que recibió. Se preguntó qué pensarían cuando oyeran la historia de Rorden. En unos pocos meses, el presente había cambiado y era irreconocible, y ahora iban además a perder el pasado.

 

Rorden empezó a hablar. Los grandes caminos de Diaspar estaban sin duda vacíos de tráfico, y la ciudad permanecería en silencio, un silencio que Alvin sólo había conocido una vez antes. Esperaba a que el velo del pasado se descorriera de nuevo, si Calitrax tenía razón, después de más de mil quinientos millones de años.

 

Rorden resumió brevemente la historia asumida, la historia que tanto Diaspar como Lys habían aceptado siempre sin ninguna duda. Habló de los desconocidos pueblos de las Civilizaciones del Amanecer, que no habían dejado tras de sí más que un puñado de grandes nombres y las leyendas evanescentes del Imperio. Desde el principio, según decía la historia, el hombre había deseado las estrellas y por fin las había conseguido. Durante millones de años se había extendido por la galaxia, conquistando sistema tras sistema bajo su férula. Entonces, surgidos de la oscuridad más allá del límite del Universo, los Invasores le atacaron y le despojaron de lo que había conseguido.

 

La retirada al sistema solar fue amarga y debió de durar muchos miles de años. La propia Tierra apenas se salvó después de las fabulosas batallas que tuvieron lugar cerca de Shalmirane. Cuando todo terminó, el hombre se quedó solamente con sus recuerdos y el mundo en el que había nacido.

 

Rorden hizo una pausa. Paseó la mirada por la gran sala y sonrió cuando sus ojos se encontraron con los de Alvin.

 

- Ésas son las historias en las que hemos creí do desde que comenzaron nuestros registros. Aho ra debo decirles que son falsas, hasta el más mí nimo detalle, tan falsas que ni siquiera ahora las hemos reconciliado con la verdad.

 

Esperó a que el pleno significado de sus pala bras calara hondo. Entonces, hablando despacio y con cuidado, pero sin consultar ya sus notas des pués de los primeros minutos, ofreció a la ciudad el conocimiento que habían obtenido de la mente de Vanamonde.

 

Ni siquiera era cierto que el hombre hubiera alcanzado las estrellas. Todo su pequeño imperio quedaba limitado por la órbita de Perséfone, pues el viaje interestelar resultó una barrera que su po der no consiguió franquear. Toda su civilización se congregó alrededor del Sol, y era aún muy joven cuando… las estrellas lo alcanzaron.

 

El impacto debió de ser aplastante. A pesar de sus fracasos, el hombre nunca había dudado de que un día conquistaría las profundidades del espacio. También creía que aunque era posible que el Universo tenía iguales a él, no habría superiores. Ahora supo que ambas creencias estaban equivocadas, y que entre las estrellas había mentes muy superiores a la suya. Durante muchos siglos, primero en las naves de otras razas y más tarde en máquinas construidas con conocimientos prestados, el hombre exploró la galaxia. Encontró en todas partes culturas que podía comprender, pero a las que no podía igualarse, y aquí y allá encontró mentes que pronto quedaron más allá del alcance de su comprensión.

 

El shock fue tremendo, pero demostró la fibra de la raza. Más triste e infinitamente más sabio, el hombre regresó al sistema solar para reflexionar sobre el conocimiento que había ganado. Acepta ría el desafío, y lentamente maduró un plan que ofrecía esperanza para el futuro.

 

En otros tiempos, las ciencias físicas habían constituido el principal interés del hombre. Aho ra se volvió cada vez con más fiereza a la genética y el estudio de la mente. No importaba el precio. Se zambulló en los límites de su evolución.

 

El gran experimento consumió todas las ener gías de la raza durante millones de años. Todo aquel esfuerzo, todo aquel sacrificio y trabajo, se convirtieron sólo en un puñado de palabras en la narración de Rorden. El hombre consiguió la mayor de sus victorias. Desterró las enfermedades: podía vivir eternamente si así lo deseaba, y al dominar la telepatía había doblegado a su voluntad el más sutil de todos los poderes.

 

Estaba dispuesto a salir de nuevo a los grandes espacios de la galaxia, confiando en sus propios recursos. Se encontraría como un igual con las ra zas de los mundos de los que había sido rechaza do antes. Y desarrollaría su papel en la historia del Universo.

 

Y lo hizo. A partir de esta época, quizá la más amplia de toda la historia, se produjeron las leyendas del Imperio. Fue un imperio de muchas razas, pero esto se olvidó en medio del drama, demasiado tremendo, en que llegó a su fin.

 

El Imperio duró al menos mil millones de años. Debió de conocer muchas crisis, quizás incluso guerras, pero todo se perdió en la pugna de las grandes razas que avanzaban juntas hacia la madurez.

 

- Podemos sentirnos orgullosos del papel que interpretaron nuestros antepasados en esa historia -continuó Rorden-. Ni siquiera cuando alcan zaron su tope cultural perdieron su iniciativa. Ahora nos basamos en conjeturas más que en hechos demostrados, pero parece seguro que los experimentos que supusieron al mismo tiempo la caída del Imperio y su esplendorosa gloria fueron inspirados y dirigidos por el hombre.

 

»La filosofía subyacente a estos experimentos parece haber sido la siguiente: el contacto con otras especies demostró al hombre hasta qué pun to la visión que del mundo tenía una raza dependía de su cuerpo físico y de los órganos sensores con los que estaba dotada. Se planteó que una verdadera visión del Universo sólo podría conseguirse con una mente que estuviera libre de tales limitaciones físicas. Una mentalidad pura, de hecho. Esta idea era común entre las religiones más antiguas, y muchos creían que era el objetivo de la evolución.

 

»Sobre todo como resultado de la experiencia obtenida en su propia regeneración, el hombre su girió el intento de la creación de ese tipo de seres. Fue el mayor desafío jamás planteado a la inteligencia en el Universo, y se aceptó después de siglos de debate. Todas las razas de la galaxia se unieron para conseguir este logro.

 

«Quinientos millones de años separaron el sue ño de la realidad. Cayeron y se alzaron nuevas civi lizaciones, pero el objetivo no fue olvidado nunca. Tal vez un día conozcamos la historia completa del mayor esfuerzo conjunto de la historia. Hoy sólo sabemos que su final fue un desastre que casi des truyó la galaxia.

 

»La mente de Vanamonde se niega a entrar en este período. Hay una estrecha región de tiempo que tiene bloqueada; pero creemos que sólo se debe a sus propios temores. Podemos ver en su comienzo al Imperio en la cúspide de su gloria, tenso ante la perspectiva del éxito inminente. En su final, sólo unos miles de años más tarde, el Imperio es aplastado y las propias estrellas se oscurecen, como absorbidas. Sobre la galaxia cuelga un palio de terror, un terror relacionado con el nombre "Mente Loca".

 

»No es difícil suponer lo que debió de suceder en ese corto período de tiempo. La mentalidad pura había sido creada, pero estaba loca o, como parece más probable por otras fuentes, era implacablemente hostil a la materia. Recorrió durante siglos el Universo hasta ser controlada por fuerzas que ni siquiera podemos imaginar. El arma que el Imperio usó agotó los recursos de las estrellas; de los recuerdos de ese conflicto brotan algunas de las leyendas sobre los Invasores, aunque no todas. Pero no diré más sobre este tema.

 

»La Mente Loca no podía ser destruida, pues era inmortal. Fue conducida al borde de la galaxia, y fue aprisionada de una forma que no podemos comprender. Su prisión fue una extraña estrella artificial conocida como el Sol Negro, y allí permanece todavía. Cuando se extinga el Sol Negro, volverá a quedar libre. Y no hay forma de saber cuándo llegará ese día.

 

18

 

RENACIMIENTO

 

 

Alvin miró en derredor. La gran sala se había quedado en completo silencio. Los consejeros per manecían en su mayoría rígidos en sus asientos, mirando a Rorden con la inmovilidad de un tran ce. Incluso para Alvin, que ya había oído parte de la historia, la narración de Rorden poseía aún la excitación de un drama en curso. Para los conse jeros, el impacto de sus revelaciones debía de ser abrumador.

 

Rorden volvió a hablar, esta vez con voz más queda, para describir los últimos días del Imperio. Alvin decidió que ésa era la época en que le hubie ra gustado vivir. Entonces había aventura, y valor e intrepidez, suficiente para arrancar la victoria de los dientes del desastre.

 

- Aunque la galaxia fue arrasada por la Mente Loca, los recursos del Imperio seguían siendo enormes, y su espíritu permaneció inalterable. Con un valor del que sólo podemos maravillarnos, se reemprendió el gran experimento y se investigó el fallo que había causado la catástrofe. Hubo muchos, naturalmente, que se opusieron al trabajo y predijeron un nuevo desastre, pero estaban en minoría. El proyecto continuó, y esta vez, con el conocimiento tan amargamente conseguido, tuvo éxito.

 

»La nueva raza que nació tenía un intelecto potencial que no podía ser medido. Pero era completamente infantil: no sabemos si es lo que esperaron sus creadores, pero parece probable que supieran que era inevitable. Harían falta millones de años para alcanzar la madurez, y no pudo hacerse nada para acelerar el proceso. Vanamonde fue la primera de estas mentes; debe de haber otras en algún lugar de la galaxia, pero creemos que sólo se crearon unas pocas, pues Vanamonde no ha encontrado jamás a ninguno de sus semejantes.

 

»La creación de las mentalidades puras fue el mayor logro de la civilización galáctica. En ella, el hombre tuvo una participación importante y tal vez dominante. No tengo ninguna referencia sobre la Tierra en sí, pues su historia es demasiado pequeña para seguirla en el gran tapete conjunto. Ya que siempre se vio privado de sus espíritus más aventureros, nuestro planeta se volvió inevitablemente algo conservador, y al final se opuso a los científicos que crearon a Vanamonde. Es seguro que no tomó parte en el acto final.

 

»El trabajo del Imperio había terminado ya; los hombres de esa época contemplaron las estrellas que habían agotado en su desesperada busqueda, y tomaron la decisión que era de esperar. Dejaron el Universo a Vanamonde.

 

»La decisión no fue difícil, pues el Imperio ha bía hecho ya los primeros contactos con una civi lización muy grande y muy extraña situada más allá de la curvatura del Cosmos. Si los atisbos que hemos podido congregar son correctos, esta civilización evolucionó en el plano puramente físico más allá de lo que se creía posible. Al parecer, había más de una solución al problema de la inteligencia definitiva. Pero esto no son más que suposiciones; todo lo que sabemos con segundad es que en un corto período de tiempo nuestros antepasados y sus razas amigas emprendieron un viaje que no podemos seguir. Los pensamientos de Vanamonde parecen limitados por los confines de la galaxia, pero a través de su mente hemos contemplado el principio de esa gran aventura…

 

Convertida en un pálido fantasma de su anti gua gloria, la rueda de la galaxia gira lentamente, gravitando en la nada. En su extensión se aprecian los grandes huecos arrancados por la Mente Loca, herida que llenarán en eras venideras las estrellas errantes. Pero nunca restaurarán el esplendor per dido.

 

El hombre está a punto de abandonar su universo, como hizo una vez con su mundo. Y no sólo el hombre, sino también los miles de razas que han trabajado con él para crear el Imperio. Se han reunido aquí, en el borde de la galaxia, ante la inmensidad que se interpone entre ellos y el objetivo que no alcanzarán durante milenios.

 

La larga línea de fuego surca el Universo, sal tando de estrella en estrella. En un instante han muerto un millar de soles, alimentando con su energía la tenue y monstruosa forma que se ha abierto a lo largo del eje de la galaxia y se precipita ahora en el abismo…

 

- El Imperio ha abandonado el Universo, para encontrar su destino en algún otro lugar. Cuando sus herederos, las mentalidades puras, hayan al canzado su desarrollo total, creemos que volverá. Pero ese día debe de estar aún muy lejano.

 

»Ésta es, en resumen, la historia de la civiliza ción galáctica. Nuestra propia historia, que creía mos tan importante, no es más que un episodio aislado que aún no hemos examinado en detalle. Pero parece que muchas de las razas más antiguas y menos aventureras se negaron a dejar sus hogares. Nuestros antepasados directos estaban entre ellas. La mayoría de esas razas entró en decadencia y ahora están extintas; nuestro propio mundo apenas escapó a ese destino. En los siglos de transición, que duraron en realidad millones de años, el conocimiento del pasado se perdió o fue destruido deliberadamente. Esto último parece lo más probable; creemos que el hombre cayó en una barbarie supersticiosa durante la cual distorsionó la historia para eliminar su sensación de impotencia y fracaso. La leyenda de los Invasores es claramente falsa, y la batalla de Shalmirane es un mito. Cierto, Shalmirane existe, y fue una de las armas más grandes jamás forjadas…, pero no se empleó contra ningún enemigo inteligente. Antiguamente, la Tierra tenía un satélite gigante, la Luna. Cuando ésta empezó a caer, construyeron Shalmirane para destruirla. Alrededor de esa destrucción se han tejido las leyendas que todos conocemos. Y sólo de leyendas se trata.

 

Rorden hizo una pausa, y sonrió tristemente.

 

- Hay otras paradojas que no han sido resuel tas todavía, pero el problema es más de los psicó logos que de los historiadores. Ni siquiera po demos confiar plenamente en mis archivos, pues muestran claras pruebas de haber sido manipula dos en el pasado.

 

»Sólo Diaspar y Lys sobrevivieron al período de decadencia. Diaspar gracias a la perfección de las máquinas, Lys debido a su aislamiento parcial y los inusitados poderes intelectuales de su gente. Pero ambas culturas, a pesar de haber luchado por volver a su antiguo nivel, quedaron distorsionadas por los miedos y mitos que habían heredado.

 

»Esos miedos ya no nos acosan. Hemos descubierto que a lo largo de las eras ha habido hom bres que se rebelaron contra ellos y mantuvieron un tenue enlace entre Diaspar y Lys. Ahora las úl timas barreras pueden derribarse y nuestras dos razas pueden avanzar hacia el futuro y lo que éste pueda depararnos.

 

- Me pregunto qué opinaría Yarlan Zey de todo esto -dijo Rorden pensativamente-. Dudo que lo aprobase.

 

El Parque había cambiado considerablemente, en gran medida para peor. Pero cuando los es combros hubieran sido despejados, el camino a Lys quedaría libre para todos.

 

- No lo sé -replicó Alvin-. Aunque cerró los caminos móviles, no los destruyó como podría haber hecho. Un día descubriremos toda la historia del Parque… y de Alaine de Lyndar.

 

- Me temo que esas cosas tendrán que esperar hasta que queden resueltos problemas más impor tantes. En cualquier caso, puedo imaginar bastan te bien a Alaine. Debemos de tener muchas cosas en común.

 

Caminaron en silencio durante un centenar de metros, siguiendo el contorno de la gran excava ción. La tumba de Yarlan Zey se alzaba ahora al borde de un abismo, en cuyo fondo trabajaban fu riosamente docenas de robots.

 

- Por cierto -dijo Alvin bruscamente-, ¿sa bías que Jeserac va a quedarse en Lys? ¡Jeserac, nada menos! Le gusta el lugar y no desea volver. Naturalmente, eso dejará un puesto vacante en el Consejo.

 

- Así es -respondió Rorden, como si nunca hubiera considerado el tema. Apenas unos meses antes habría imaginado pocas cosas más improba bles que un asiento en el Consejo; ahora era posi blemente cuestión de tiempo. Suponía que habría otras muchas reasignaciones en el futuro cercano.

 

Varios consejos habían demostrado ser incapaces de enfrentarse a los nuevos problemas con los que se encontraban.

 

Subieron por la pendiente que conducía a la tumba, atravesando la larga avenida de árboles eternos. El final de la avenida estaba bloqueado por la nave de Alvin, que parecía extrañamente fuera de lugar en este sitio conocido.

 

- Ahí está el mayor misterio de todos -dijo Rorden de pronto-. ¿ Quién era el Maestro? ¿ Dón de consiguió esta nave y los tres robots?

 

- He estado pensando en eso -le respondió Theon-. Sabemos que vino de los Siete Soles, donde puede que existiera una gran cultura cuan do la civilización en la Tierra se encontraba en su momento más bajo. Obviamente, la nave es obra del Imperio.

 

»Creo que el Maestro escapaba de su propio pueblo. Tal vez tenía ideas con las que no estaban de acuerdo: era un filósofo notable. Descubrió que nuestros antepasados eran amistosos, aunque supersticiosos, y trató de educarlos, pero ellos le malinterpretaron y distorsionaron sus enseñanzas. Los Grandes no eran más que los hombres del Imperio, pero no dejaron la Tierra, sino el propio Universo. Los discípulos del Maestro no comprendieron esto, o no lo creyeron, y toda su mitología y sus rituales se construyeron sobre una premisa falsa. Pretendo investigar un día la historia del Maestro y averiguar por qué intentó ocultar su pasado. Creo que será una historia muy interesante.

 

- Tenemos muchas cosas que agradecerle -dijo Rorden mientras entraba en la nave-. Sin él, nunca habríamos llegado a saber la verdad so bre el pasado.

 

- No estoy seguro -dijo Alvin-. Vanamon de nos habría descubierto tarde o temprano. Y creo que tal vez haya otras naves ocultas en la Tie rra. Pretendo encontrarlas algún día.

 

La ciudad estaba ahora demasiado distante para ser reconocible como obra del hombre, y la curvatura del planeta empezaba a hacerse visible. Dentro de poco podrían ver la línea del crepúsculo, a miles de kilómetros de distancia, en su interminable marcha sobre el desierto. Alrededor se encontraban las estrellas, todavía brillantes pese a la gloria que habían perdido.

 

Durante largo rato, Rorden contempló el pa norama desolado que nunca había visto antes. Sintió un súbito arrebato de desprecio por los hombres del pasado que habían dejado que la belleza de la Tierra muriera por su propia falta de atención. Si uno de los sueños de Alvin se cumplía y aún existían las grandes plantas de transmutación, no pasarían muchos siglos antes de que los océanos volvieran a cubrir el planeta.

 

Había muchas cosas que hacer en los años venideros. Rorden sabía que se encontraba entre dos eras: a su alrededor podía sentir el pulso de la humanidad que empezaba a ponerse en marcha. Había grandes problemas a los que enfrentarse, y Diaspar los afrontaría. La reestructuración del pasado requeriría años, pero cuando terminara el hombre habría recuperado todo cuanto había perdido. Y siempre quedaría al fondo el gran enigma de Vanamonde.

 

Si Calitrax tenía razón, Vanamonde había evo lucionado más rápidamente de lo que sus creado res habían pronosticado, y los filósofos de Lys te nían grandes esperanzas de cooperación futura que no confiaban a nadie. Se habían vuelto muy íntimos de la supermente infantil, y tal vez creían que podrían acortar los eones que requeriría su evolu ción natural. Pero Rorden sabía que el destino final de Vanamonde era algo en lo que el hombre no desempeñaría ningún papel. Había soñado, creyendo que el sueño era cierto, que al final del Universo, Vanamonde y la Mente Loca se enfrentarían sobre los cadáveres de las estrellas.

 

Alvin interrumpió sus meditaciones y Rorden se volvió, apartando la vista de la pantalla.

 

- Quiero que veas esto -dijo Alvin en voz baja-. Puede que pasen muchos siglos antes de que tengas otra oportunidad.

 

- ¿No vas a dejar la Tierra?

 

- No; aunque haya otras civilizaciones en esta galaxia, dudo que merezca la pena tomarse la molestia de buscarlas. Y hay tanto que hacer aquí…

 

Alvin contempló los grandes desiertos, pero sus ojos vieron en cambio las aguas que los cubrirían dentro de mil años. El hombre había redescubierto su mundo, y lo haría hermoso mientras permaneciera en él. Y después de eso…

 

- Voy a enviar esta nave fuera de la galaxia, para que siga al Imperio dondequiera que éste haya ido. Puede que la búsqueda requiera milenios, pero el robot no se cansará jamás. Un día nuestros primos recibirán mi mensaje, y sabrán que en la Tierra los estamos esperando. Volverán, y espero que para entonces seamos dignos de ellos, por grandes que sean.

 

Alvin guardó silencio, contemplando el futu ro que había diseñado pero que tal vez no llegara a ver. Mientras el hombre estuviera reconstruyendo su mundo, esta nave cruzaría la oscuridad entre las galaxias, y regresaría dentro de miles de años. Tal vez estaría allí para recibirla, pero tampoco le apenaba la posibilidad de no estar.

 

Se encontraron sobre el polo, y el planeta a sus pies era una semiesfera casi perfecta. Al contem plar la curvatura del crepúsculo, Alvin advirtió que estaba viendo a la vez el orto y el ocaso en lados opuestos del mundo. El simbolismo era tan perfecto y atractivo que supo que recordaría este momento toda su vida.

 

En este Universo estaba cayendo la noche; las sombras se extendían hacia un este que nunca conocería otro amanecer. Pero en otro lugar las estrellas eran aún jóvenes y la luz de la mañana perduraba. Del mismo modo, un día, el hombre volvería a seguir el camino que antaño había recorrido.

 

SEGUNDA PARTE

 

19

 

EL REGRESO DEL MAL

 

 

La mujer desnuda parecía muerta. Eso consi deró el pájaro de cuatro alas que revoloteaba en el pálido cielo de la tarde. El pájaro trazó perezosos arabescos con la mujer como centro, manteniendo el cadáver bajo su precisa mirada. Aleteó cómodamente, regocijándose en la brisa cálida que procedía del macizo rocoso cercano. Sus alas de lanteras desviaban el viento hacia las amplias y fi nas alas traseras reticulares, despertando en él un placer antiguo. Pero entonces las directrices introducidas en sus genes más profundos lo obligaron a volver a su tarea asignada: encontrar humanos vivos en esta zona y solicitar ayuda.

 

La porción más alerta de su inteligencia extra ñamente formada decidió que esta mujer, que no se había movido durante largos minutos, estaba muerta con toda seguridad. Tomó esta decisión no de modo razonado, sino por un sentido práctico insertado mucho antes de que pudiera entender de razones. Las rocas alrededor de la cabeza de la mujer mostraban manchas oscuras y una gran herida florecía sobre sus costillas, como un amanecer púrpura.

 

El pájaro ya había visto más de veinte huma nos muertos entre los árboles, convertidos en ce nizas. Decidió no informar de este cuerpo como posible candidato. Eso ocuparía un tiempo valio so, y los miembros de esta curiosa y aburrida sub- especie de humanos eran notablemente frágiles.

 

El pájaro cuatrialado tenía mucho territorio abrupto por cubrir y se le estaba haciendo tarde. Gravitó durante un largo instante, indeciso como sólo puede estarlo una inteligencia considerable, alzando las alas delanteras y bajando las traseras. Entonces el cuatrialado se marchó, escrutando cada diminuta mancha del terreno.

 

Las sombras de la tarde habían aumentado considerablemente antes de que la mujer se agitara, su débil respiración perdida bajo la risa del arroyo cercano. Su aliento silbó entre sus dientes rotos.

 

El sonido atrajo a una madre de seis patas que se acercaba con dos cachorros a la fangosa ribera. La muerte de la mujer habría convocado público entonces. Pero las esbeltas criaturas vieron que la mujer se parecía de verdad a los que realmente go bernaban el lugar, aunque olía de forma diferente.

 

La madre instruyó a sus cachorros para que tomaran nota y respetaran siempre aquella forma, ahora rota pero siempre peligrosa. Usó un lenguaje de escueto vocabulario pero compleja estructura gramatical, en el que las inflexiones contenían estratos de significado. Puso énfasis en su argumento con rápidos gestos, usando sus patas medias.

 

La veloz huida de la familia corriente abajo tino con su olor una ráfaga de viento, que a su vez provocó el interés de una criatura más curiosa. Se trataba de un descendiente lejano del mapache, y su pelaje era un rico remolino rojo y castaño car gado de símbolos. El astuto animal evaluó rápidamente la situación desde la cobertura de las zarzas.

 

Era cauteloso, pero no pusilánime. Para él, el tema más importante era relacionar la presencia de la mujer moribunda con el elaborado significado de su propia vida. Desde su nacimiento, había integrado cada experiencia con su sentido innato del equilibrio y la escala apropiada. De hecho, éste era el único propósito de su conciencia. Tal integración era completa y estaba por completo más allá de la habilidad humana, pero emergió sin esfuerzo, esparcidos a lo largo de mil millones de años los resultados de los hechos de su evolución. El revivir de su especie unos cuantos siglos antes había forjado con fidelidad una criatura superior en muchos sentidos a la figura que ahora observaba con atención.

 

Por fin, y comprendiendo adecuadamente la pauta de hechos que podrían desencadenar sus acciones, como las sucesivas ramas de un árbol infinito, la bestia parecida a un mapache avanzó. Olió a la mujer. También notó la brusca mordedura de mierda cercana por donde había pasado horas an tes un pequeño depredador, vaciló un momento, y decidió entonces que la mujer era una perspectiva mejor para esta noche, cuando estuviera ya bien muerta. La información onduló sobre el fondo habitual de los sabores del atardecer: el fuerte aroma del granito enfriándose, el dulce perfume de las flores eternas, el olor mustio de los hongos absorbiendo agua del silencioso arroyo que caía de las colinas.

 

El cráneo hinchado de la mujer era el peor pro blema. El disco óptico asomaba en ambos ojos. Con largas manos que sólo anunciaban levemente su origen de zarpas, la criatura palpó los huesos desconocidos entre la piel y el músculo. El brazo derecho estaba torcido en una postura imposible. Varias costillas estaban rotas.

 

Esta forma específica tomada del espectro humano no existía en la época del origen de la cria tura-mapache, así que resultaba un enigma interesante. El diseño del cuerpo era arcaico, un remiendo de soluciones temporales para problemas transitorios. Sin embargo, la evolución había santificado a estas criaturas y les había permitido tener éxito en el brusco mundo natural.

 

La criatura se dispuso a sanar el cuerpo. No sabía cómo había llegado aquí la mujer, ni que fuera especial de algún modo. Usó torpemente las técnicas que pertenecían a su segunda naturaleza, masajeando puntos del cuerpo que, según sabía, emitían hormonas restauradoras. Usó los codos (un rasgo incómodo pero inevitable que todavía no había sido mejorado por la naturaleza) para generar vibraciones curativas. La blanda hinchazón de la sien derecha respondió a la rítmica presión ejercida sobre la espina dorsal. La criatura pudo sentir que la presión remitía lentamente y se difundía por toda la cabeza de la mujer. Sus imperativos glandulares cerraron las hemorragias internas. Los estímulos en el cuello y el abdomen hicieron que sus órganos internos comenzaran a filtrar la sangre coagulada.

 

El crepúsculo trajo el rumor del movimiento a las grandes orejas de la bestia, pero ninguno de aquellos sonidos implicaba peligro. La criatura se sentó cómodamente junto a la mujer tendida y durmió, aunque con un sentido alerta que la mujer nunca podría conocer. Cuando ella empezó a murmurar, la criatura advirtió que podía comprender sus palabras.

 

- … escapemos… abajo… abajo… no puede vernos… desde el aire…

 

Gran parte de sus palabras no era más que sueños febriles. Durante breves instantes la coherencia de la criatura le hizo comprender que la mujer había sido perseguida sin piedad desde un aparato volador, junto con su tribu.

 

La tribu no había escapado. La suave brisa nocturna que procedía de las llanuras más cálidas situadas al oeste traía consigo la dulce promesa de carne podrida al sol de la mañana. La criatura cerró sus fosas nasales al olor.

 

El ser-mapache se sintió agradablemente sor prendido al ver que podía comprender las palabras de la mujer. Las tierras de esta zona estaban llenas de formas de vida obtenidas después de dos mil mi llones de años de creación incesante, y la mayoría de ellas no podían entender los lenguajes de las de más. Esta mujer debía de haber aprendido (tal vez por sintonización genética) los complejos lengua jes que usaban las criaturas más avanzadas.

 

La gran criatura consideraba que abarcar ese conocimiento era un error, una presunción retorcida y tal vez arrogante. Una forma humana pri mitiva como ésta seguramente se confundiría con una habilidad tan compleja y desorientadora. El lenguaje surgía de una visión del mundo. La rica telaraña de comprensiones que habían formado su lenguaje actual apenas podía encontrarse a gusto en sus revueltos confines mentales.

 

Normalmente, el ser-mapache no cuestionaba las acciones de las formas humanas avanzadas lla madas supras. Pero esta mujer malherida, con la piel lacerada y llena de profundas magulladuras, le provocó dudas. Tal vez sus heridas surgían direc tamente de su conocimiento.

 

Sin embargo, después de reflexionar un poco, su sentido innato de que la vida era un espejo em pañado que sólo reflejaba imágenes verdaderas, le dijo que esta mujer no estaba aquí por ningún motivo ordinario. Así que se sentó, pensó y siguió con atención la lenta pero firme autocuración del cuerpo de la mujer.

 

Ésta permaneció tendida bajo una noche que se aclaraba gradualmente mientras los cúmulos venían corriendo del oeste y se perdían más allá de las distantes montañas, como si tuvieran prisa por llegar a una cita que nunca podrían cumplir. La criatura sintió las ascendentes columnas de vapor de agua exhaladas por la densa jungla. Estas grandes cuñas de humedad actuaban como montañas invisibles, forzando al aire interior a alzarse y deshacerse de su húmeda carga.

 

Una gran banda luminosa se alzó en el horizonte, tan brillante y variada que no parecía compuesta de estrellas, sino de marfil y hielo. Grandes extensiones de polvo se extendían en enjambres de luz hendida. Eran los filamentos del brazo galáctico, el último baluarte que protegía el centro de la galaxia.

 

La bestia-mapache sabía que la Tierra había sido deflectada hacia este eje central hacía mucho tiempo, antes de que su especie fuera desarrollada, cuando la Tierra floreció por primera vez. La magnitud de tal proeza quedaba más allá de su comprensión. El animal apenas entendía que los humanos de aquella época hicieron que el Sol pa sara cerca de otra estrella, una estrella que rehusa ba brillar en la noche.

 

Un brusco giro en torno a aquella masa muerta y oscura envió al sistema solar hacia el gran bulto galáctico. El Sol cruzó enormes caminos de polvo mientras la galaxia rotaba, con sus brazos en espi ral agitándose como los de una estrella de mar per dida en un vórtice. Pasaron miles de años. La vida ejecutó sus interminables contorsiones. Surgieron nuevas inteligencias. Mentes extrañas y alienígenas llegaron de lejanos soles.

 

Los fines de esa época quedaron envueltos en la ambigüedad. El Sol siguió una extensa elipse que giró cerca del centro galáctico. Una brillante esfera de luz, creció gradualmente en los cielos. Para permanecer cerca de este enjambre giratorio de diez mil millones de estrellas fue necesario otro encuentro. Esta vez, decía la leyenda, el Sol rozó una gigantesca nube molecular. En cada ocasión, las fuerzas gravitatorias reestructuraron el firme pulso de los planetas. La precisión de esas suaves colisiones fue de una delicadeza tal que las nuevas órbitas encajaron con las necesidades de nuevas empresas de ingeniería, el desmantelamiento de mundos enteros. Así fueron los humanos, una vez.

 

La criatura-mapache encontró nuevos plane tas (los que habían sobrevivido a aquella era épica de ambición sin límites) entre las grandes extensiones de luz que gravitaban encima. Innumerables colas de cometas señalaban hacia finos bancos de tenue fulgor. En la abigarrada sinfonía del cielo, el lento baile de los mundos parecía un asunto menor.

 

Pero esta noche los cielos se agitaban con un problema luminoso. Al mirar hacia arriba, la cria tura-mapache contempló luces rojas y anaranja das destellar, agitarse y girar. Silenciosas y distan tes, eran las rúbricas de un rápido combate. Los brillantes rastros se desvanecieron lentamente.

 

Eran los primeros actos de hostilidad escritos en este ancho cielo desde hacía casi mil millones de años. Como antes, surgían de los conflictos in herentes a la mente de los humanos, de aquella in cómoda antología de influencias pasadas.

 

Sus cerebelos reptilescos, formados en torno del bulbo raquídeo, conservaban el gusto por los rituales y la violencia. A su alrededor, el cerebro límbico prestaba un tinte emocional a todos los pensamientos, siendo esto una característica de los primeros mamíferos. En conjunto, estos dos antiguos restos daban a los humanos su visión visceral del mundo.

 

La peluda criatura que observaba la noche flo recida sabía, con una sabiduría duramente ganada y alojada en sus genes, que la batalla en el cielo marcaba el comienzo de algo antiguo y terrible. El neocórtex de la humanidad envolvía los dos cerebros animales en una tenaza insegura. En algunas épocas esa tenaza había cedido, liberando poderosos estallidos de creatividad, de locura, de energía dilapidada.

 

El neocórtex mantuvo su sagacidad, dirigiendo su poder razonador hacia el mundo. Pero siempre las mentes más profundas siguieron sus propios ritmos. Algunas formas de la especie humana integraron su, cerebro triple después de heroicos esfuerzos. Otros manipularon el neocórtex hasta que dominó a los otros dos inferiores con vigilancia completa e incesante.

 

La criatura-mapache tenía una mente muy distinta, el proceso de casi mil millones de años de diseño, llevado a cabo tanto por selección darwiniana como por cuidadosos experimentos. El recelo sacudía ahora esa mente. La ancha cara se arrugó con una expresión compleja e ilegible. De su fiero legado se permitió un bajo gruñido teñido de intranquilidad.

 

Muy poco de la historia de la humanidad había sobrevivido al desgaste de milenios. En cual quier caso, aquel registro incompleto, creado por voces discordantes, no habría sido comprensible para la mente de esta criatura.

 

De todas formas, tenía la profunda sensación de que lo que sucedía en el cielo veteado no era un simple incidente fortuito, sino el nacimiento de una nueva era de salvajismo. En los primeros años de la especie humana, mentes más simples habían identificado los elementos oscuros de la vida con las tragedias aleatorias que sufrían los humanos, como las tormentas, las enfermedades y las múlti ples calamidades de la Naturaleza. Esa época se encontraba en el inimaginable pasado. Ahora, el mayor adversario de la humanidad había vuelto a surgir: no el universo inconsciente, sino ella mis ma. Y por eso el auténtico mal había vuelto al mundo.

 

20

 

LOS UR-HUMANOS

 

 

La mujer durmió durante dos días.

 

A veces se agitaba, gritando roncamente, sus palabras confusas más allá de la posibilidad de comprensión. La criatura la había acercado cuida dosamente a la sombra de algunos altos árboles cuyas ramas formaban curiosos rizos parecidos a garfios en su copa. Buscó frutas sencillas y alimentó a la mujer con trocitos pequeños, para que el jugo pudiera correr por su hinchada garganta. Se contentó con comer animales pequeños, que capturaba manteniéndose quieto durante largos períodos de tiempo, permitiendo que se acercaran hasta quedar a su alcance. Esto le resultó suficiente, pues sabía cómo conservar la fuerza sin dejar que su atención se distrajera de los débiles pero persistentes ritmos de recuperación de la mujer.

 

Los usos de la fantasía son muchos, y la curación no es el menos importante de ellos. La mujer dormía no sólo porque ésa fuera la mejor forma de recuperarse. Tras sus párpados abultados una fina capa situada ante el neocórtex repasaba los hechos que habían provocado su situación actual. Este subcerebro integraba los elementos emocionales y fisiológicos, repitiendo sus acciones, buscando un momento significativo en que pudiera haber evitado su desgracia.

 

Hubo algún consuelo al saber, por fin, que nada podría haber cambiado el resultado. Cuando la mujer llegó a esta conclusión, su abotargamien to la abandonó y su cuerpo pareció suavizarse an te los ojos de la criatura-mapache. Algunos recuerdos fueron descartados en este proceso, pues eran demasiado dolorosos para poder soportarlos, mientras que otros fueron ampliados para conseguir una especie de equilibrio narrativo. Esta fase de corrección la salvó de una carga de remordimiento y ansiedad que, en las primeras formas de la humanidad, la habría atormentado durante años.

 

Al segundo día, la mujer empezó a entonar una especie de canción confusa. Despertó al ano checer. Contempló el largo hocico de su cuidador y preguntó, aturdida:

 

- ¿Cuántos… sobrevivieron?

 

- Sólo tú, que yo sepa. -La voz de la criatura era baja y sin embargo poderosa, como una nota grave que se hubiera abierto paso a través de la garganta de una flauta.

 

- ¿Ninguno…?

 

La mujer permaneció en silencio durante un rato, estudiando la luna verde que nadaba tras las montañas.

 

- Los supras… -dijo débilmente.

 

- ¿Ellos hicieron esto?

 

- No, no, Vi a algunos humanos, como noso tros, en aparatos voladores. Los supras estaban ocupados…, muy lejos. Creí que nos ayudarían.

 

- Han estado ocupados. -El animal señaló el sur. A la tenue luz del crepúsculo una gruesa co lumna de denso humo se alzaba como una lápida de obsidiana.

 

- ¿Qué…?

 

- Está allí desde ayer.

 

El sombrío y lejano desastre había reforzado la resolución de la criatura.

 

- Ah.

 

La mujer cerró los ojos y entonces cedió a su curioso sueño y su agitar de párpados. Para ella, fue un descenso a un laberinto donde luchaban ansias gemelas, venganza y supervivencia. Estos dos instintos, antiguos ya antes de que los prime ros homínidos empezaran a caminar, apenas eran parejos a la seguridad. Sin embargo, si no sintiera la fuerza de su competición, no se habría considerado un auténtico ser humano.

 

Se levantó al día siguiente. Tambaleándose, se acercó al arroyo, donde bebió largo rato. Le faltaba un dedo en la mano izquierda, pero insistió en ayudar a la criatura a buscar bayas y hojas comestibles. Habló poco. Las dos se refugiaron cuando unas naves plateadas destellaron en el cielo, pero esta vez no hubo ninguna explosión distante, como ella recordaba de antes. No habló sobre lo que había sucedido, y su compañera no preguntó.

 

Encontraron tres humanos reducidos a ceni zas, y la mujer lloró ante cada pérdida.

 

- Nunca había visto armas antes-aseguró-. Como llamas vivientes.

 

- Vuestro enemigo se encargó de quemarlos a conciencia.

 

Ella examinó los huesos masacrados.

 

- Tenían extraños aparatos voladores. Dispa raban rayos, explosiones…

 

Durante la cena, ella volvió a entonar la hipnótica canción que la había sacado antes de su sueño, y su sombría voz sostuvo las notas altas. Entonces sus ojos se llenaron bruscamente de lágrimas y la mujer tuvo que salir corriendo hacia los matorrales. Volvió más tarde, intentando sonreír, sabiendo que la necesidad de ocultar las emociones era una característica humana y que por tanto no significaría nada para la criatura-mapache.

 

- Me llamo Cley -dijo a la mañana del ter cer día, rompiendo el largo silencio-. ¿Utilizáis nombres?

 

La criatura no empleaba nombres en su relación con los de su propia especie, pero sabía que los humanos sí lo hacían, y también los animales que los imitaban.

 

- Me llaman Buscador de Pautas.

 

- Bien, Buscador, te doy las gracias por…

 

- Nuestras especies son aliadas. No tienes que decir nada.

 

Buscador bajó la cabeza de un modo que pare cía innatural. Cley advirtió con sorpresa que Bus cador había estudiado a los humanos lo suficiente para intentar este gesto, invocando humildad.

 

- Con todo, te debo mucho.

 

- Mi especie surgió después de la tuya. Nos beneficiamos de vuestro esfuerzo.

 

- Dudo que os hiciéramos mucho bien.

 

- La vida se basa en la vida. Tu especie no era más que fósiles y polvo cuando empezamos a andar.

 

Recogieron bayas en silencio. Buscador podía alzarse, como un centauro, o incluso permanecer completamente erguido sobre sus patas traseras, usando sus zarpas a modo de torpes manos. Esto le servía para capturar muchos peces pequeños en el frío arroyo que corría sobre negros guijarros. Comieron los peces amarillo verdosos sin usar fuego y permanecieron ocultos entre los árboles. Cley había procesado ya su profunda sensación de pérdida después de varias noches y el dolor había remitido, permitiendo que el color volviera a sus mejillas y dejando que su agudeza regresara. Buscador y ella se pusieron a explorar el bosque para hallar más cuerpos, y esto le dio fuerzas a pesar de lo que temía encontrar.

 

No estaba casada con nadie, varón o hembra, pero conocía íntimamente a cada miembro de su tribu. Los restos calcinados y anónimos eran, en cierto modo, una bendición. Al parecer, algunos se habían podrido y luego fueron quemados.

 

Buscaron sistemáticamente durante toda la tarde, pero sólo hallaron más cadáveres calci nados. Finalmente, se encontraron ante un am plio valle, cansados, sin saber qué hacer a conti nuación.

 

- Espero que te encuentres bien -dijo una voz tras ellos.

 

Cley se giró. Buscador se perdía ya con líqui da gracia entre los árboles cercanos. Un hombre alto y fornido se alzaba sobre la cubierta exterior de un vehículo de color de bronce que flotaba silenciosamente en el aire. Había aparecido tras ellos sin que siquiera Buscador lo advirtiera, y esta circunstancia, mucho más que su tamaño y el silencioso poder de su nave, dijo a Cley que no te nía ninguna oportunidad de escapar. Parpadeando contra el resplandor del sol, vio que se trataba de un supra.

 

- Yo… sí, estoy bien.

 

- Uno de nuestros exploradores admitió por fin que no estaba seguro de que todos los cuerpos que vio estuvieran muertos. Me alegro de haber decidido comprobarlo.

 

Mientras hablaba, su nave se posó suavemente junto a Cley y el hombre bajó sin mirar al suelo. A pesar de su tamaño, se movía con agilidad.

 

- Mi amigo me salvó.

 

- Ah. ¿Puedes presentármelo?

 

- ¡Buscador! ¡Ven, por favor!

 

Divisó una oscura masa moviéndose entre los matorrales, más cerca de lo que esperaba, y en el lugar contrario a la dirección que había empren dido al marcharse. Buscador debía de ser más rápido de lo que parecía. El follaje apenas se agitó, pero ella supo que estaba allí, todavía cauteloso. El hombre sonrió levemente y se encogió de hombros.

 

- Muy bien.

 

- ¿Has venido a enterrar a los míos? -dijo Cley, mordaz.

 

- Si es necesario, sí. Habría preferido salvarlos.

 

- Demasiado tarde.

 

La tristeza asomó en el rostro del hombre cuando asintió.

 

- Los exploradores informaron de la presen cia de algunos cuerpos, pero todos han sido que mados. Eres la única que he encontrado… delicio samente viva.

 

Sus suaves modales eran enloquecedores.

 

- ¿Dónde estabais los supras? ¡Ellos nos ca zaron, nos persiguieron, nos mataron a todos!

 

El rostro del hombre mostró una rápida suce sión de emociones, todas demasiado rápidas para que ella pudiera leerlas antes de que apareciera la siguiente. No dijo nada, aunque su boca se convirtió en una línea tensa y sus ojos se humedecieron. Señaló la columna de humo que todavía ascendía en el lejano horizonte.

 

Cley siguió su movimiento.

 

- Supongo que teníais que defender a los vues tros,pero no podríais… -dijo severamente.

 

Su voz se apagó al ver el gesto de dolor que contrajo la cara del hombre cuando sus palabras le hicieron mella. Entonces su boca volvió a apretarse, y asintió.

 

- Atacaron obras nuevas y viejas por igual.

 

No pudimos prever qué pretendían, y cuando lo hicimos, fue demasiado tarde.

 

La furia de Cley, acallada un instante por la vulnerabilidad del hombre, regresó como una quemadura acida en el fondo de su garganta.

 

- ¡No teníamos nada para defendernos!

 

- ¿Crees que nosotros teníamos armas?

 

- ¡Los supras lo tienen todo!

 

Él suspiró.

 

- Nos protegemos gracias a nuestras máquinas trabajadoras, gracias al genio de nuestro pasado.

 

- Hubo luchas en el pasado. He oído…

 

- El pasado lejano. Mucho antes de vuestra época. Nosotros…

 

- Pero ellos sí sabían cómo. ¿Por qué vosotros no?

 

La expresión del hombre volvió a cambiar va rias veces con una velocidad que ella encontró des concertante. Entonces una grave amargura torció su boca en una sonrisa sardónica.

 

- Dime quiénes son ellos y tal vez pueda res ponderte.

 

- ¿Ellos? -Cley sintió dudas-. Pensaba que lo sabíais. Ellos… bueno, se parecían más a nosotros…

 

- ¿Que a mí?

 

Ella le estudió durante un largo instante. Tenía el doble de su tamaño, con una cabeza enorme. Sin embargo, sus orejas eran pequeñas y su nariz, gruesa, como si fuera una corrección de última hora.

 

- Sí, tenían nuestro tamaño. Sus cabezas eran humanas, y…

 

- Ur-humanas -corrigió el hombre, ausente, como si estuviera distraído.

 

- ¿Qué?

 

- Oh, lo siento mucho. Os llamamos ur-hu manos, puesto que sois la forma más primitiva que existe.

 

La boca de la mujer se volvió blanca.

 

- ¿Y cómo os llamáis a vosotros mismos?

 

- Ah, humanos -dijo él, incómodo.

 

- Bien -recalcó Cley-, los que quemaron vuestra ciudad y nos mataron, eran también ur- humanos.

 

- ¿Tenían lóbulos en las orejas?

 

- Yo… no puedo recordar. Las cosas se suce dieron con mucha rapidez y…

 

- ¿Tenían los dientes muy espaciados, como los vuestros? Ésa fue una de las primeras modifi caciones de las formas homínidas aún más primi tivas, según he deducido de mis estudios con el Guardián de los Archivos.

 

- Mira, yo…

 

- Las separaciones impedían que la comida se acumulara y se pudriera. Nosotros usamos ese di seño, como puedes ver, pero también desarrolla mos nuevos dientes cada siglo para compensar el desgaste. Si…

 

- ¿Crees que tuve tiempo para fijarme en eso?

 

La expresión estudiosa y distraída a la vez del hombre desapareció cuando parpadeó.

 

- Simplemente esperaba contar con tu ayuda.

 

- Tu pueblo gobierna el mundo, no el mío.

 

- Ya no -dijo él sobriamente.

 

Ella dominó el amargo torrente que la anega ba y dijo, en voz baja:

 

- ¿Quiénes fueron?

 

- No lo sé. Parecían humanos.

 

- No eran como mi pueblo.

 

- Por supuesto que no. Poseéis sólo las habilidades adecuadas para vivir en los bosques. Esa gente domina una tecnología bélica que es infini tamente antigua.

 

El hombre miró al cielo con aprensión, fro tándose el hombro, como si lo sintiera rígido. Ella advirtió que su liviano traje de una sola pieza esta ba manchado y rasgado.

 

- ¿ Luchasteis contra ellos?

 

- Como mejor pudimos. Nos sorprendieron y sólo vimos llamas.

 

Buscador habló tras ellos.

 

- La llama regresó aquí, más tarde, para que mar a los humanos muertos.

 

Los dos humanos dieron un respingo.

 

- Eres muy silencioso -dijo el hombre, par padeando.

 

- Una de nuestras habilidades -contestó Bus cador-. ¿No encontraste ningún humano sin quemar?

 

El hombre frunció el ceño.

 

- Todavía no.

 

- Dudo que lo hagas. Son concienzudos.

 

- ¿Por qué fueron a vuestras ciudades? -pre guntó Cley.

 

- Venid. -El hombre dio la orden sin apartar los ojos del cielo. Su voz mostró un rápido aleteo de emoción cuando tendió la mano a Buscador-. Buen aliado, nos marchamos.

 

Esto pareció suficiente para Buscador. La nave se ladeó momentáneamente cuando la criatura su bió a bordo. Cley atravesó el amplio pasillo de la escotilla y se encontró ante una cabina de control cómoda y simple. El supra se sentó y la nave partió sin apenas un murmullo.

 

- Me llamo Alvin-dijo, como si todo el mun do supiera quién era. Su desenfadada confianza fue más significativa para la mujer que su nombre, y respondió a sus preguntas sobre los últimos días con frases cortas y precisas. Ella se había encontra do con algún supra en raras ocasiones y éste no se estaba ganando su confianza.

 

Pero mientras ascendían rápidamente, Cley se quedó boquiabierta, sin intentar ocultar su sor presa. En unos segundos vio que las tierras donde había vivido y trabajado se reducían a un simple punto en un lienzo enorme. Contempló las mon tañas que admiró siendo niña reducirse a soldadi tos de un ejército que marchaba hacia la curvatura del mundo. Su tribu conocía bien la verde complejidad del bosque, pero ella no había comprendido bien el alcance de las obras de los supras. Muchos finos ríos de color marrón fluían a través de estrechos cañones, dando a la hilera de montañas el aspecto de un espinazo nudoso del que surgían muchos nervios para alcanzar los oscuros desiertos de más allá. Brillantes cimas nevadas coronaban los picos más altos, pero Cley vio que no eran la fuente de los incontables ríos. Cada nervio fangoso comenzaba bruscamente en las alturas de un cañón y se internaba en las profundidades.

 

Cley señaló, pero antes de que pudiera formu lar la pregunta, Alvin le contestó.

 

- Los alimentamos por medio de túneles. Los grandes Lagos Milenarios se encuentran en las profundidades.

 

Esta reestructuración del paisaje tenía sólo unos pocos siglos de antigüedad, pero la capa de humedad había reclamado ya gran parte del reseco continente del planeta. Alvin se acomodó en su asiento, indolente, mientras su nave trazaba un largo giro para mostrarle a ella el territorio. Cley divisó una chispa de metal pulido muy lejana, casi en la misma curvatura del planeta.

 

- Diaspar -dijo Alvin.

 

- La leyenda -susurró ella.

 

- Es bastante real -repuso él, observando las pantallas que estudiaban el espacio que los rodeaba.

 

- ¿Fueron también allí?

 

- ¿Los atacantes? No. Y no tengo ni idea de por qué.

 

- ¿El nombre Diaspar viene de «desespe ración»?

 

- ¿Qué? -Alvin se enderezó-. No, por supuesto que no. ¿Quién te ha dicho eso?

 

- Era un chiste nuestro -dijo ella para tranquilizarle-. Decíamos que los supras permane cisteis tanto tiempo aislados allí dentro que…

 

- ¡Tonterías! Salvamos a la humanidad, aguan tando mientras el desierto avanzaba. Nosotros…

 

- ¿Y esa mancha verde? Allí, junto a Diaspar.

 

- Es Lys.

 

- ¿Mentiras? ¿Alguien dice mentiras?

 

- ¡No! Mira, no sé qué hacéis para divertiros los ur-humanos, pero no encuentro…

 

- Simplemente estaba recordando algunos chistes primarios.

 

Alvin sacudió la cabeza. Sus ojos no abando naron las pantallas y ella advirtió que debía de estar buscando una señal del regreso de los atacantes. No podía imaginar cómo pudieron desaparecer tan rápidamente y eludir a los supras. Pero la Tierra era grande, y en esta zona había muchos lugares donde esconderse.

 

21

 

LA BIBLIOTECA DE LA VIDA

 

 

Descendieron a lo largo de la hilera de monta ñas nevadas. Cley se sorprendió al descubrir que vistos desde allí los picos eran como sacos arruga dos arrojados descuidadamente sobre una masa oscura, y que todos los demás detalles desaparecían. No sabía, y Alvin no se lo dijo, que las montañas eran rasgos transitorios, escoria sacudida por el lento vals de los continentes.

 

Estas torres que asomaban tan orgullosamen te se abrieron paso a través del lecho oceánico a medida que los mares se fueron secando. El naci miento de los primeros picos había sido registra do en sus archivos por los humanos, pero ahora se había perdido en los recovecos llenos de detalles inútiles y recargados que todavía cosechaba Dias par. Estos picos rugientes se alzaron durante la época en que floreció la mayor religión humana. Esa fe había convertido al mundo entero, había sondeado las profundidades filosóficas del alma humana de entonces, y ahora estaba completamente olvidada. Sólo el Guardián de los Archivos conocía el nombre de aquella creencia, pero no se había molestado en desvelar a Alvin esa época polvorienta. Las furiosas causas y grandes ilusiones del pasado eran corno los fantasmas de cordilleras gastadas, hundidas ahora bajo océanos de arena.

 

Cley contempló las llanuras del desierto, que durante tanto tiempo habían sido la mortaja del cadáver de la Tierra y ahora eran obligadas a reti rarse por la presencia de los bosques. Las exten siones de arena todavía lamían la joya de Diaspar. Vio, al sur, que desde la lejana Lys el largo dedo de un río apuntaba al desierto, acercándose serpenteante a Diaspar. La reconquista del planeta avanzaba alrededor de su lecho, y al verlo, una sensación de loca esperanza le abrumó. La pérdida de su tribu desapareció al menos durante un instante y se regocijó en el espectáculo de su mundo, contemplando por primera vez su intrincada integridad.

 

Algo se movió en el lejano horizonte. Cley se ñaló.

 

- ¿Qué es eso?

 

- Nada peligroso -respondió Alvin.

 

En los límites de su visión telescópica, ella pudo distinguir una larga línea recta que apuntaba hacia abajo. Parecía moverse, y entonces la perdió entre las nubes distintas. Alvin la ignoró, ceñudo, mientras repasaba los innumerables datos que le ofrecían las paredes de la nave.

 

- ¿Adonde vamos?

 

Alvin parpadeó, como si regresara de algún lugar distante.

 

- Al infierno y de vuelta.

 

Cuando ella frunció el ceño, aturdida, Alvin sonrió.

 

- Una vieja frase. Ven, te mostraré que el infierno habita en la Tierra… de momento.

 

Se zambulleron en el torbellino de una tormenta que asolaba el ecuador. Gruesas nubes henchidas de humedad salpicaban el aire. En los últimos años, Cley había sentido principalmente los vientos y la lluvia a medida que la humedad se esparcía por la ecosfera recompuesta.

 

La nave se abrió paso entre las capas de fina niebla, y descendió, atravesando el panorama de arenas barridas por el viento.

 

- Espera -murmuró Buscador, colocando su ancha mano sobre la de Cley.

 

Ella le dirigió una rápida mirada interrogativa. La marca en forma de antifaz en torno a los ojos de la criatura parecía prometer revelaciones malé volas. Al parecer, Alvin no prestaba atención más que a las pantallas, como si estas perspectivas de espacio y tiempo fueran comunes.

 

- ¿Ves? -Hizo aparecer una amplia visión del desierto en una pantalla. Una red de finas líneas apareció lentamente, construyendo sus imá genes como pálidas venas bajo una piel lívida-. Los antiguos túneles subterráneos, guiando a ciu dades que una vez tuvieron vida.

 

- ¿Cuándo?

 

- Hace más años de los que podrías contar si no hicieras otra cosa durante toda tu vida.

 

Ella se quedó mirando. La pantalla mostraba finos entramados de calles bajo las arenas siempre cambiantes, las sombras de las ciudades cuyos nombres habían quedado ya perdidos.

 

- Hay tantas…

 

- Entonces hubo muchas alternativas a Dias par. No las aprovechamos.

 

- ¿Y ahora?

 

Alvin se echó a reír.

 

- ¡Incontables! ¡Infinitas!

 

Para sorpresa de Cley, Buscador intervino, con voz suave y melodiosa.

 

- Hay más razas de infinitud que de finitud.

 

Alvin alzó las cejas, sorprendido.

 

- ¿Sabes de transfinitos?

 

- Hablas de simples matemáticas. Yo me refiero a tu especie.

 

Buscador no le había hablado a Alvin desde que subieron a la nave. Cley vio que la bestia no se dejaba impresionar por el estilizado y rápido apa rato. Permanecía sentado en completa tranqui lidad, y nada escapaba a sus ojos brillantes y rá pidos.

 

Alvin hizo una mueca.

 

- Muy bien, sabihondo. ¿Sabías que tu especie evolucionó para mantener a los humanos inte lectualmente honestos?

 

- Eso creen los humanos -dijo Buscador con cierto retintín.

 

Cley no pudo leer su expresión.

 

Alvin pareció desconcertado.

 

- Yo… supongo que también nosotros tene mos ilusiones.

 

- La verdad depende de los órganos sensores -dijo Buscador entrecortadamente, con lo que Cley interpretó como un intento de ser amable. ¿O estaba imponiendo un juicio humano a las leves arrugas en torno a los ojos rasgados de Buscador, a la forma en que se afilaban sus orejas amarillas?

 

- Tenemos registros de las largas conversa ciones mantenidas entre tu especie y la mía -em pezó a decir Alvin-. Las he estudiado.

 

- Una biblioteca humana -contestó Busca dor-. No nuestra.

 

Cley vio un abismo en los ojos de Buscador, la oscuridad que siempre existiría entre las especies. A lo largo de cientos de millones de años, las pala bras fueron simples bengalas lanzadas contra la noche que se acercaba.

 

- Sí-dijo Alvin, sombrío-, y eso es lo que duele. Sabemos lo que pensaban e hicieron los hu manos, pero empiezo a comprender que gran par te de la historia pasó fuera del alcance de la habili dad humana.

 

- Así debió de ser.

 

- Pero lo recuperaremos todo -dijo Alvin severamente.

 

- No podéis recuperar el tiempo.

 

Alvin asintió, fatigado. Cley conocía fragmentos de su historia, y vio que había cambiado en los siglos que habían pasado desde que era un niño atrevido capaz de alterar la fortuna humana. Un miembro de su propio pueblo habría adquirido sabiduría y muerto en el tiempo que había vivido este hombre; era otro signo de la enorme distancia que existía entre las especies. El espíritu de Alvin había menguado visiblemente, como si este vuelo le hubiera apartado momentáneamente de un hecho que no podía asumir.

 

La nave aterrizó junto a una pared negra que al principio Cley consideró sólida. Entonces vio las espirales gris ceniza abriéndose paso a través de las hinchadas nubes y supo que se trataba de la columna de humo que había visto durante días.

 

- La Biblioteca de la Vida -dijo Alvin-. La atacaron con algo parecido al rayo. Descargas que golpeaban, horadaban y perseguían. Encontraron el tesoro que no había descubierto la erosión del viento durante miles de años.

 

- ¿Una biblioteca subterránea? -preguntó Cley. Su tribu se había reído del supra que les contó esta práctica, el intento de retener prisionero el conocimiento en una sustancia fija. La gente que vivía y trabajaba en el constante flujo de los bosques veía que la permanencia de las cosas no era más que una ilusión.

 

- Un legado separado de Diaspar -dijo Alvin amablemente-. Los antiguos sabían que su alma cén no sería necesario en mi ciudad de cristal. Pero sintieron la urgencia de conservar sus conocimien tos, y por eso los enterraron profundamente.

 

- Un rasgo humano recurrente -dijo Buscador.

 

- La única forma de comprender el pasado -replicó Alvin bruscamente.

 

- El significado pasa -repuso Buscador.

 

- ¿Y la geometría transfinita?

 

- La geometría significa. No pasa.

 

Alvin gruñó con exasperación y abrió la escotilla de una patada. La brusca mordedura del humo hizo que Cley tosiera, pero Alvin no se dio cuenta. Emergieron a un clamor de actividad fe bril. Alrededor de la nave había legiones de ro bots. Los supras dirigían los equipos que salían de los túneles abiertos como bocas sorprendidas en el desierto, llevando consigo largos cilindros de brillante cristal.

 

- Estamos intentando salvar los últimos res tos de la biblioteca, pero la mayor parte se ha perdido -dijo Alvin, apartándose rápidamente del murmullo gutural del enorme incendio. El humo salía a través de los canales abiertos en el desierto. Esta multitud de pequeñas cuñas manchadas de hollín componían la enorme pira que se alzaba sobre ellos, cubriendo la mitad del cielo.

 

- ¿Qué había ahí dentro? -preguntó Cley.

 

- Vida congelada -dijo Buscador.

 

- Sí -contestó Alvin; su mirada traicionaba su sorpresa-. El registro del trabajo de toda la vida a lo largo de más de mil millones de años. Lo dejaron aquí, por si la raza necesitaba de nuevos almacenes biológicos.

 

- Entonces eso que arde es el código -dijo Buscador.

 

Alvin asintió amargamente.

 

- Un depósito de ADN del tamaño de una montaña.

 

- ¿Por qué estaba en el desierto? -preguntó Cley.

 

- Porque existía la posibilidad de que llegara una época en que incluso Diaspar cayera, aunque la humanidad continuase. Eso dice el Guardián.

 

Las cuadrillas de robots se movían en filas exactas que ni siquiera podía romper el tumulto de la lucha contra el fuego. Avanzaban sobre ruedas, sobre piernas y vías, aplastando el suelo mientras lanzaban grandes cantidades de tierra y grava a las aberturas que todavía lamía el fuego. Cley pudo ver que las trincheras habían sido laceradas por grandes explosiones. Ahora el incendio saqueaba las profundas vetas de la sabiduría genética acumu lada de todo el planeta, y los robots parecían equi pos de insectos que corrieran automáticamente para proteger a su reina, conservando un legado que no podían compartir. Cley apenas podía apartar los ojos de la enorme pira donde se desvanecía la herencia de innumerables especies extintas.

 

Las máquinas los evitaron automáticamente mientras rebasaban una colina baja y salían a una llanura. Habituado a la perfección que conocía en Diaspar, Alvin no se molestó en hacerse a un lado mientras los batallones de robots pasaban junto a ellos. Buscador se asustó visiblemente ante el rugido y el viento levantado por las grandes máquinas al pasar peligrosamente cerca.

 

Cley vio que aquí ya había parches de hierba y árboles pequeños, vida renacida en las arenas muertas. Los supras corrían por todas partes, diri giendo las columnas de robots con rápidos gestos e instrumentos de mano.

 

- El incendio no remite -dijo Alvin amargamente-. Intentamos sofocarlo enterrando las llamas. Pero los atacantes han usado una especie de fuego electromotor que sobrevive incluso a eso.

 

- Las artes de la guerra -comentó sardónica mente una mujer.

 

Cley se volvió y vio a una mujer alta y de po derosa constitución. Estaba un poco lejos, pero su voz pareció cercana, íntima.

 

- ¡Alvin! -exclamó la mujer, y corrió hacia ellos-. Hemos perdido un filo.

 

La dolorida expresión de Alvin se hizo aún más intensa.

 

- ¿Algo menor?

 

- El miriasoma.

 

- ¿El de muchos cuerpos? ¡No! -La desesperación asomó en su cara.

 

- ¿Qué es eso? -preguntó Cley.

 

Alvin contempló la distancia, la emoción batallando en su rostro.

 

- Una forma que conoció mi propia especie, hace mucho tiempo. Una inteligencia compuesta que usaba zánganos capaces de recibir instruccio nes electromagnéticas. La criatura podía disper sarse a voluntad.

 

Cley miró a la mujer con intranquilidad, sintiendo una extraña tensión jugando al filo de sus percepciones.

 

- Nunca he visto una.

 

- No las habíamos revivido -dijo Alvin-. Ahora se han perdido.

 

- No te apresures -dijo Buscador.

 

Alvin lo ignoró.

 

- ¿Estás segura de que los hemos perdido todos?

 

- Esperaba que quedaran rastros, pero… sí. Todos.

 

Cley oyó a la mujer y al mismo tiempo sintió una voz más profunda resonar en su mente. La mujer se volvió hacia ella.

 

- Tienes el talento, sí-dijo-. Escucha.

 

Esta vez, la voz de la mujer sonó únicamente en la mente de Cley, entrelazada con extrañas y tamborileantes notas bajas.

 

Soy Seranis, una supra que comparte esto.

 

- No comprendo -dijo Cley. Miró a Buscador y Alvin, pero no pudo leer sus expresiones.

 

Os hemos recreado a los ur-humanos a partir de los datos de esta Biblioteca. Os mejoramos para que pudierais comprendernos a través de este talento directo.

 

- Pero Alvin no…

 

Es de Diaspar y por eso carece del talento. Só lo los de Lys tenemos los hilos de magnetita de microondas activa en el cerebro y el cráneo. Se in tercalan en torno a los circuitos neurológicos, los vuestros y los nuestros. Cuando la actividad eléctrica los estimula, aumentan y transmiten nuestros pensamientos.

 

Seranis tomó las manos de Cley y las alzó, las palmas hacia arriba, y luego las acercó lentamente a sus propias sienes. Cley sintió que la voz se hacía más fuerte.

 

Soy antena y receptor, igual que tú.

 

- ¡Nunca pude hacer esto antes! -dijo Cley en voz alta, como si el nuevo talento la hiciera dudar de su antigua voz.

 

El talento debe ser estimulado primero, ya que no es connatural a los ur-humanos. Seranis sonrió sardónicamente. Puede que ayudara a tu especie en su momento. Los de Lys lo tenemos porque hemos vivido durante mucho tiempo para el conjunto, para nuestra comunidad. Esto nos une.

 

- ¿Y Alvin?

 

Diaspar es dueña de los mecanismos urbanos; Lys, de la majestuosidad de los bosques. Su arte es capa a sus fronteras, mientras que el nuestro canta sobre nuestro tiempo y comunidad. Diaspar recha zó la cálida intimidad del talento, aunque es un placer interminable. Y los de Lys pagamos por esto el precio de la mortalidad.

 

- Este talento… ¿os mata?

 

Seranis sonrió cansinamente.

 

Sí. Al ser forzado, es inevitable que el cerebro pierda estructura, sustancia. Compartimos con vo sotros los ur-humanos este defecto definitud.

 

Cley supo que estaba hablando con la persona que había recuperado a su especie para el mundo, aunque no podía decidir si sentirse agradecida o furiosa.

 

- ¿Entonces por qué nos disteis este don, si no lo temamos antes…, antes de que nos sacarais de vuestra Biblioteca?

 

¿Apareció un rápido destello de cautela en la tensión de los labios de Seranis?

 

Por ahora, digamos simplemente que os conocemos lo suficientemente bien para apreciar vues tras dichas cinestéticas, vuestra rápida y celosa vi sión del mundo. Hemos perdido eso en Lys.

 

¿Perdido en mentiras?, pensó Cley.

 

Seranis parpadeó, y Cley supo que la había comprendido. El chistecito se abría paso incluso en este extraño medio.

 

Creímos en la gran mentira sobre los Invaso res, sí, dijo Seranis sombríamente. Algunos dicen que por eso nos llaman así.

 

- ¿Invasores?

 

Antaño, Diaspar y Lys creían que la humani dad huyó de las estrellas, acosada por otra raza. Pero la realidad, descubierta por Alvin cuando se aventuró fuera de Diaspar, camino de Lys y aun más allá, es que la humanidad se retiró ante la existencia de mentes superiores entre las estre llas. Intentamos hacer evolucionar fuerzas aún más grandes, mentes libres de la propia materia. Y tuvimos éxito. Pero el agotamiento y el miedo nos hicieron replegarnos en la apatía mientras las ciudades morían y las esperanzas se desmoronaban.

 

Una inmensa tristeza teñía estos pensamien tos, largas notas que se aferraban a la mente de Cley como un canto fúnebre y lastimero. Tenían por contrapunto la presión del mundo a su alre dedor, una mezcla del lejano crepitar del fuego, el ácido aroma del humo aceitoso, los roncos gritos de las órdenes y las quejas, el sombrío rechinar de las pesadas máquinas.

 

Advirtió que Alvin la estudiaba con interés, y recordó que había pronunciado su nombre. De in mediato experimentó un atisbo del abismo que se había abierto entre ella y cualquiera que no pudiera captar la suave velocidad de este nuevo talento, su fino calor y sus significados enmascarados.

 

Y aún había más: pura sensación desencadena da. Seranis se volvió para dar una orden de viva voz a una de las máquinas, y Cley sintió un eco del movimiento de la mujer, la toma de aire, diminutas presiones y reflejos. En las profundidades más recónditas de Seranis ardía un lento fuego sexual. El pueblo de Lys había conservado las pasiones de la humanidad remota, el disfrute carnal y el goce que inundaba la mente de gemidos animales, convocando el latir de urgencias depositadas en los cerebros de reptiles sobre costas de lodo.

 

Seranis era adulta de una forma que Alvin nunca podría serlo. No era algo bueno ni malo: cada subespecie había elegido caminos profunda mente distintos.

 

- Ah, sí -se obligó a decir Cley, apartando su atención de la cálida y abrumadora satisfacción de este nuevo talento-. Yo, yo…

 

- No tienes que decir nada -sonrió Alvin-. Te envidio. Es más, te necesito.

 

Filas de robots sobre ruedas pasaron rugiendo junto a ellos, imposibilitando la comunicación, esparciendo guijarros por el aire. Buscador se movio nervioso de un lado a otro, contemplando las gigantescas máquinas. Ahora tenía el aspecto de un animal atrapado en un entorno extraño, alerta y nervioso. Cley se preocupó por él, pero sabía que no podía hacer nada por Buscador sin la aprobación de los supras.

 

- ¿Me necesitas? -preguntó-. ¿Para qué?

 

- Ahora eres una rareza -dijo Alvin tranqui lamente-. Por eso inicié la búsqueda.

 

El rayo alcanzó a nuestros ur-humanos, inter vino Seranis. El propio Alvin buscó supervivientes, pero…

 

Cley miró a Alvin y luego a Seranis, plena mente consciente de su fingida tranquilidad. Eran casi el doble de grandes que ella, y sus pieles acho colatadas rebosaban salud. Sin embargo, Seranis tenía líneas en el rostro que le daban una geome tría grave y arrugada. Sus ropas ondulaban para acomodarse a cada movimiento. Un aire de inconsciente bienestar gravitaba alrededor de sus esbeltas figuras. Cley se miró a sí misma: magullada por heridas, arañada por los matojos, la piel agrietada, manchada y sucia.

 

Sintió un arrebato de vergüenza.

 

Lo siento, le dijo Seranis, preocupada. Ha sido un residuo de mis propias emociones. La desnudez tiene connotaciones sexuales y sociales en Lys.

 

- ¿Por mostrar simplemente la piel? -preguntó Cley, asombrada. Su pueblo disfrutaba del roce del mundo contra su carne, pero no significaba nada más. Para ella, la pasión surgía del contexto, no del atuendo.

 

La especie de Alvin no lo siente, ya que los in mortales no necesitan reproducirse.

 

- ¿No practican el sexo?

 

Rara vez. Hace mucho tiempo se alteraron a sí mismos (una corriente sumergida añadió, con un leve tinte de risa ambarina: O tal vez las máquinas hicieron alguna pequeña poda), para evitar el fermento de la sexualidad. Anularon las señales sexuales, todos los signos y gestos inconscientes. Sin embargo, yo aún conservo esa tendencia, y te he transmitido algunos de mis sentimientos. Yo…

 

- No importa -dijo Cley. Normalmente no sentía ninguna vergüenza, y prefería con mucho su actual desnudez. Las ropas la privaban de su li bertad y de su fina sensibilidad.

 

Lo que sí la molestó fue la súbita sensación de inferioridad. Se había ido acumulando, unida al incómodo embarazo y cabalgando sobre su conocimiento de que su especie era muy limitada. Para los supras, ella era un fósil viviente.

 

Recordó con cierta satisfacción que Alvin era sordo a las veloces corrientes de talento y por eso habló en voz alta, aunque los pastosos movimien tos de su lengua y su garganta empezaban ya a pa recerle brutales y torpes.

 

- ¿Por qué te preocupas tanto por nosotros?

 

- Los ur-humanos sois valiosos -dijo Alvin con cautela.

 

- ¿Porque podemos hacer trabajos inferiores? -preguntó Cley sarcásticamente.

 

- Sabes que tenéis habilidades para tratar con sistemas biológicos de las que carecemos las adap taciones posteriores -dijo Seranis lisa y llana mente.

 

- Oh, claro. -Cley alzó un pequeño dedo que transformó rápidamente en cinco herramientas diferentes: aguja, conector, biollave, podador, enlazador-. ¿Esto no fue cosa vuestra?

 

- Bueno -dijo Seranis cuidadosamente-, en efecto modificamos unas cuantas cosas. Pero los ur-humanos tenían todas esas capacidades subya centes.

 

La boca de Cley se retorció, llena de ironía. -Buena cosa que me hayáis dado este talento para hablar. Puedo notar que hay algo que no queréis decirme.

 

- Tienes razón. -Alvin abrió los brazos para abarcar el humo que se alzaba como una barrera sólida y ominosa-. Estamos preocupados porque pudimos perderos a todos. -¿Perdernos a nosotros? Captó pensamientos de Seranis, pero las capas eran cuñas superpuestas, nubladas por significados que podía sentir pero no descifrar. En el instante entre perderos y nosotros sintió un largo intervalo en el que pesados bloques de significado pasaron corriendo junto a ella. Era como si objetos inmensos corrieran en una amplia sala abovedada que sólo pudiera ver a través de sombras. Sintió entonces la verdadera profundidad y velocidad de Seranis, supo que a través de este exuberante talento flotaba en una diminuta esquina de una inmensa catedral de ideas, lejos del gran crucero, e inconsciente de laberintos ocultos para siempre. Había pasadizos abiertos muy lejos, reducidos por la perspectiva a pequeñas bocas bostezantes, aunque Cley supo al instante que eran corredores de pensamiento por los que ella no podría aventurarse en toda su vida. El silencio hueco de estos gélidos espacios, todos parte de Seranis, contenía un misterio ininteligible. A pesar de su tamaño y su extraña gracia líquida, esta gente parecía humana, pero Cley supo de repente que eran tan extraños como cualquier bestia que hubiera visto en los bosques. Sin embargo, se encontraban dentro de la larga tradición genética de su especie, y por eso les debía cierta lealtad. Con todo, el enorme tamaño de sus mentes…

 

- Podríamos haberos perdido -dijo Alvin, con lo que ella comprendió que era paciencia indulgente-. Los registros de tu especie fueron destruidos en el ataque. Todos los otros ur-humanos fueron reducidos a cenizas. Tú, Cley, eres el último ejemplar que queda.

 

22

 

UNA TOPOLOGÍA SUPERIOR

 

 

Cley trabajó durante largos días en las ruinas. Los robots despejaron el lugar del desastre, pero había innumerables sitios donde el cuidado humano y el sentido común podían rescatar un fragmento del pasado destrozado y ella se alegraba de poder ayudar. El dedo amputado en su mano izquierda había vuelto a crecer, pero estaba todavía tieso y débil, y por eso quería ejercitarlo. Y necesitaba tiempo para despejar su cabeza, para salir de un abismo de pena.

 

El ataque había sido concienzudo. Los rayos habían asaltado un ala de la Biblioteca con espe cial atención. Habían descendido una y otra vez en brillantes haces de color, gravitando durante largos instantes como un arco iris malévolo cuyos pies lanzaran flechas eléctricas contra el suelo.

 

Aquella ala había albergado la Biblioteca de la Humanidad. Los ur-humanos eran la forma más antigua almacenada allí, y ahora, junto con todas las diversas variedades de la humanidad que los habían seguido, se habían perdido…, a excepción de Cley.

 

Le resultaba difícil comprender el impacto de la situación. Los robots la trataban con deferencia torpe y excesiva. Todos los supras le mostraban su respeto, y ella sentía su cuidadosa protección mientras trabajaba. A su vez, sin hacerse notar, observaba a los supras comandando a sus legiones de robots, pero no sabía cómo interpretar su estado de ánimo.

 

Entonces, un día, una mujer supra interrum pió de pronto su tarea y empezó a bailar. Se movía sin esfuerzo, girando y cabriolando, revoloteando sobre los escombros de la Biblioteca, las manos alzadas como para agarrar el cielo. Otros supras imitaron su danza y en unos instantes todos estuvieron moviéndose con sorprendente velocidad que no tenía ninguna nota de apresuramiento ni frenesí.

 

Cley supo entonces que estaba contemplando una estilización de los rituales ur-humanos que estaba más allá que ninguna otra cosa que su tri bu hubiera empleado para espantar sus tormentos interiores. No captaba ninguna pauta en sus arabescos, pero sentía elementos sutiles en cada movimiento. Era extraño contemplar a varios centenares de cuerpos girar y danzar y brincar y deslizarse, sin mirarse unos a otros, sin canciones, ni la más leve música. En el silencio total, Cley no pudo encontrar ninguna señal del talento. Los supras permanecían completamente en silencio, girando cada uno de ellos en una curva cerrada. Bailaron sin pausa y sin muestras de cansancio durante el resto del día y a lo largo de toda la noche, hasta bien avanzada la mañana siguiente.

 

Cley contempló sus interminables bailes sin esperanza de poder comprenderlos. Sin pretenderlo, los supras le decían que estaba completamente sola. Buscador tampoco fue una buena compañía: dirigió a los supras sólo una mirada ocasional y pronto se quedó dormido. Cley añoró a su tribu e intentó dejar el recinto supra, pero al acercarse al perímetro su piel empezó a arder y a picarle de manera intolerable. Mientras las figuras altas y perfectas seguían danzando en la noche, ella recordó amores y vidas ahora perdidos en el embudo de la muerte, intentó dormir y no pudo.

 

Y entonces, sin ningún signo o gesto de advertencia, los supras se detuvieron, miraron a su alre dedor y regresaron sin decir palabra al trabajo. Sus robots empezaron a moverse de nuevo y no se mencionó el asunto para nada.

 

Al día siguiente, mientras los trabajos conti nuaban, Seranis tomó muestras de su cabello, piel, sangre y orina.

 

Para la Biblioteca, explicó.

 

- Pero si ya no existe.

 

Ven.

 

Seranis la condujo a un portal destrozado. Buscador las acompañó. Cley había pasado toda su vida en la irregular belleza de los bosques, don de trabajaba su pueblo. No estaba preparada para las inmensas geometrías de debajo, las ondulantes galerías subterráneas que se perdían de vista, las hélices de alabastro que engañaban a los ojos haciéndoles creer que la gravedad había sido inver tida.

 

Ya hemos empezado a reconstruir.

 

Equipos de robots de bronce manejaban grandes máquinas que producían brillantes paredes. La materia azul metálica manaba incesantemente; aunque Cley la tocó, un instante después la viscosa superficie era ya dura como una roca.

 

- ¿Pero para qué? Habéis perdido el material genético -dijo. Prefería hablar en vez de usar el talento, por miedo a revelar sus verdaderos sentimientos.

 

Podemos salvar tu ADN personal, desde lue go, y los pocos fragmentos que hemos recuperado aquí. En el bosque habitan otras especies. Necesitaremos tu ayuda para agruparlas.

 

De Seranis brotaban corrientes que la instaban amablemente a usar sólo su talento, pero Cley re sistió, pues quería mantener la distancia entre ellas.

 

- Bien. Habéis leído mi hélice, ahora dejadme marchar…

 

Todavía no. Tenemos que iniciar una serie de procesos. Para recrear a tu especie necesitamos que nos guíes.

 

- Lo hicisteis sin mí antes.

 

Con dificultad y errores.

 

- Mira, tal vez pueda encontrar a algunos su pervivientes de mi pueblo. Puede que hayáis pasado por alto…

 

Alvin está seguro de que no queda nadie.

 

- No puede estar seguro. Sabemos escon dernos.

 

Alvin posee un grado de certeza que no puedes imaginar.

 

- Alvin se mueve en su propio arco -dijo Buscador, con su voz aguda y melodiosa, como luz bailando sobre el agua.

 

Seranis estudió con atención a la gran criatura.

 

- ¿Lo percibes como un segmento de una to pología superior?

 

Buscador se alzó sobre sus patas traseras, los músculos tensos bajo su piel, e hizo gestos con sus patas delanteras y sus manos, señales complejas que Cley no pudo descifrar.

 

- Primero resolvió la oposición central entre el interior y el exterior de Diaspar -dijo Buscador con su curiosa voz-. Lo hizo venciendo los bloqueos de la estrechez cultural, de la historia desconocida, de la agorafobia de su pueblo, de los ordenadores. Transformó esta oposición dentro-fuera saliendo, sólo para encontrar su reflejo en las oposiciones entre Lys y Diaspar. Para vencer esto, su espíritu lo convirtió en la oposición del provincianismo de la Tierra contra la expansión de la propia galaxia. Y confrontó a los ordenadores de Diaspar con una paradoja en la memoria bloqueada de uno de los robots de servicio de Shalmirane. Este acto le hizo salir de nuevo, en una nave espacial.

 

Seranis jadeó, era la primera vez que Cley veía a un supra impresionado.

 

- ¿Cómo puedes saber…?

 

Buscador ignoró la pregunta.

 

- Y así, bajo los Siete Soles, encontró otra ba rrera, la jaula vacía de algo muy superior a la hu manidad. Ahora se enfrenta a esta barrera espacial con su propia mente, y busca convertirla en una barrera en el tiempo.

 

- Yo… no comprendo -dijo Cley.

 

- Yo, sí. -Seranis estudió a Buscador-. Esta bestia ve nuestros movimientos en otro plano. Ha unido nuestras conversaciones y ésa es su deduc ción. ¿Pero qué quieres decir con eso de una ba rrera en el tiempo?

 

La ancha boca de Buscador se torció hacia abajo, en el gesto opuesto de una sonrisa humana. Cley sospechó que Buscador estaba forjando algo parecido a una sonrisa irónica, pues sus ojos bri llaron con una especie de sonrisa líquida y salta rina.

 

- Ofrezco dos significados. Alvin retrocede en el tiempo, al filo de la evolución, en busca de los ur-humanos. Y a la vez busca algo fuera del tiempo, una nueva jaula.

 

Cley sintió un destello de alarma en Seranis.

 

- Eso es una tontería -dijo la supra, enva rada.

 

- Por supuesto. Pero no me la he inventado yo -respondió Buscador con un sonido seco parecido a un ladrido que Cley habría jurado era una risa con oscuros significados.

 

Cley sintió una oleada de consternación sobre el mar de la mente de Seranis.

 

- ¿Y luego? -preguntó Seranis.

 

- Ninguna jaula aguanta eternamente.

 

- ¿Nos ayudarás?

 

- Tengo una causa superior -dijo Buscador en voz baja.

 

- Eso sospechaba. -Seranis alzó una ceja-. ¿Superior al destino de la vida inteligente?

 

- La vuestra es una inteligencia local.

 

- Una vez nos extendimos entre las estrellas… y podemos volver a hacerlo.

 

- Y sin embargo permanecéis atrapados dentro de vuestras pieles.

 

- Igual que tú -contestó Seranis con cortante precisión.

 

- Sabes que somos diferentes. Debes de poder sentirlo.

 

Buscador golpeó la prominencia craneana que remataba su hocico, como si llamara a una puerta.

 

- Puedo sentir algo, sí -le dijo Seranis, en guardia.

 

Cley no pudo detectar nada en Buscador. Se agitó incómoda, perdida en la velocidad y las di versas impresiones de la conversación.

 

- Los humanos tenéis emociones -dijo Buscador lentamente-, pero las emociones os poseen.

 

- ¿Y tu especie? -aguijoneó Seranis.

 

- Tenemos ciertas urgencias que sirven a otras causas.

 

Seranis asintió, aumentando la sensación que tenía Cley de enormes reflexiones compartidas que parecían tan invisibles a los demás como el aire que respiraban. Todos vivían como hormigas a la sombra de montañas de milenios, y la enor me masa del tiempo ensombrecía cada palabra. Sin embargo, nadie hablaba con claridad. Tenuemente, imaginó que el paso de los milenios había oscurecido de algún modo todas las certezas, lanzando dudas sobre todas las categorías del conocimiento. La historia tenía ejemplos opuestos para cada regla. Todos los relatos eran al final resbaladizos, sospechosos, así que las conversaciones saltaban entre sombríos abismos de ignorancia y cornisas de dolorosos recuerdos antiguos como continentes, suavizando las lenguas con ambigüedad y culpa.

 

Buscador rompió el largo y forzado silencio que se había abierto entre ellos.

 

- Que sepamos, de momento somos aliados.

 

- Me alegro de oír eso. Me preguntaba por qué acompañaste a Cley.

 

- Deseaba salvarla.

 

- ¿Pasaste por allí por casualidad? -preguntó Seranis, recelosa.

 

- He venido a enterarme de los nuevos peli gros que amenazan a mi especie.

 

Seranis se cruzó de brazos, un gesto tan anti guo como la humanidad, que Cley supuso era igual para todas las especies: un juicio reservado, una leve duda.

 

- ¿Desciendes de las copias que hicimos?

 

- ¿De vuestra Biblioteca de la Vida? -Busca dor tosió, como para cubrir una carcajada poco amable, y entonces mostró sus dientes amarillos y su amplia mueca ilegible-. Genéticamente, sí. Pero cuando liberasteis a mi especie, reemprendi mos nuestras antiguas tareas.

 

Seranis frunció el ceño.

 

- Creía que originariamente erais compañe ros de una especie humana ahora desaparecida.

 

- Eso creía esa especie.

 

- Es lo que dice la Biblioteca de Diaspar -re cordó Seranis con cierto asomo de ira.

 

- Exactamente. Incluso así, fueron una espe cie sabia.

 

- ¿Los ur-humanos? -preguntó Cley. Le gustaba pensar que la saga de sus antepasados ha bía incluido amigos como Buscador.

 

Los grandes ojos de la bestia la estudiaron du rante un largo instante.

 

- No. Eran una raza que conocía las estrellas de forma distinta.

 

- ¿Mejor?

 

- Distinta.

 

- ¿Y se han perdido por completo? -pre guntó Cley, plenamente consciente de las masas ensombrecidas de la historia.

 

- Se han marchado.

 

- ¿Se han marchado… o se han extinguido? -preguntó Seranis, recelosa.

 

- Desde vuestra perspectiva, no hay ninguna diferencia -dijo Buscador.

 

- Me parece que la extinción os cierra el cami no -dijo Cley alegremente, esperando dispersar la tensión que de algún modo se había introduci do en la conversación.

 

- Es igual -dijo Seranis-. La estabilidad de esta biosfera depende de mantener vivas muchas especies. Cuanto mayor sea su número, más di versificada será la vida en la Tierra, por si desastres futuros asedian al planeta.

 

- Y lo harán -dijo Buscador, asumiendo sin esfuerzo su postura para caminar, una señal de que no seguiría hablando.

 

¡Maldito animal! Seranis no pudo ocultar este pensamiento a Cley, o tal vez no quiso hacerlo.

 

Abandonaron en silencio la Biblioteca de la Humanidad. Seranis bloqueaba deliberadamente su talento para que Cley no pudiera detectar el más mínimo fragmento de sus pensamientos.

 

23

 

EL BANQUETE DEL FINAL DE LOS TIEMPOS

 

 

Esa noche, Alvin presidió una gran cena de trescientos comensales en la que Cley era la invitada de honor. Los robots habían trabajado durante el día para construir un gran salón de muchas cúpulas que parecía alzarse rugiendo desde el mismo suelo. Sus paredes eran de color arena, pero transparentes. En el interior, un amplio techo de arcos entrecruzados se alzaba sobre mesas que también surgían directamente de un suelo de granito. Las paredes estaban cubiertas de espirales que brillaban azules en el suelo y cambiaban a rojo a medida que se alzaban, circundando la sala, creando un extraño efecto parecido a una puesta de sol sobre un mar de azur. Por efecto de los trucos de perspectiva, la mirada de Cley se internó en algunos corredores falsos, y a veces parecía haber otros miles de invitados comiendo en la distancia. Había momentos en que se abrían agujeros en el suelo y de allí surgían robots para traer la comida, un proceso que Cley encontró tan inquietante que a partir de entonces permaneció sentada en su sitio. A pesar del frío aire de la noche en el desierto, la habitación disfrutaba de una cálida brisa que olía igual que los bosques de pino que ella conocía tan bien. Su túnica apenas parecía tener sustancia, y la acariciaba como si fuera agua, aunque la cubría desde el cuello a los tobillos.

 

Comieron granos y verduras de origen pri mordial, muchos de los cuales se remontaban a los albores de la humanidad. Ya habían sido esparci dos a través de la naciente biosfera, y esta cena era el resultado de una amplia cosecha realizada por todo el globo. Cley saboreó las ricas salsas y los densos aromas, pero en todo momento mantuvo la atención fija en la conversación con sus anfitriones.

 

A menudo su charla se le escapaba por com pleto, pues eran arabescos de talento cargados de significados que se deslizaban entre penetran tes puntualizaciones verbales. Los supras de Lys templaban sus rápidas señales de fuego rápido para hacerlas comprensibles a Cley. Los de Dias par usaban sólo el recurso de su lenguaje, que ella podía seguir. Intentaron mantener en un nivel simple las diversas capas de referencias cruzadas, pero de vez en cuando arrebatos de entusiasmo arrastraban sus ornadas conversaciones a reinos de complejidad aturdidora.

 

Cley sentía su ira y su pesar bajo la inflexible resolución de recuperar lo que pudieran. Sin em bargo, Alvin hacía chistes, incluso citando algún antiguo lema de una sociedad erudita de los pri meros tiempos de la ciencia.

 

- Nullius in verba -dijo secamente-. O «No aceptes la palabra de nadie». Hace que las bi bliotecas parezcan inútiles, ¿verdad?

 

Cley se encogió de hombros.

 

- No soy ninguna estudiante.

 

- ¡Exactamente! Es hora de dejar de estudiar nuestra historia. Deberíamos reinventarla. -Al vin dio un largo sorbo a su cáliz.

 

- Me gustaría tan sólo salvar la vida, gracias -dijo Cley suavemente.

 

- Ah, pero el auténtico truco es atesorar lo que éramos y lo que hemos hecho… sin dejar que nos anule.

 

Alvin sonrió con una exuberancia que ella no había visto entre los otros supras. Saludó feliz a lo que parecía una bandada de gigantescos pájaros escamosos que revoloteaba por el salón, girando llenos de belleza, para atravesar el techo sin dejar marcas.

 

Seranis estaba distraída por un intercambio de charla talentosa, pero mostró su habilidad diciendo simultáneamente a Cley:

 

- Quiere decir que nos encontramos al final de un largo corredor del tiempo, y que debería mos ignorar los ecos.

 

Cley frunció el ceño, deseando que Buscador hubiera acudido al asombroso banquete, pero la silenciosa bestia había decidido descansar. Estaba preocupada. En verdad, no podía comprender por qué Buscador permanecía con ella cuando los supras probablemente lo habrían dejado marchar. Sus lacónicas respuestas habían encolerizado a Seranis y eso podía ser peligroso. Aunque los supras nunca habían dañado a los ur-humanos, no estaba segura de que ninguna convención gobernara sus relaciones con las especies distantes. En cualquier caso, la cautela superaba a la teoría, como cualquier ratón sabe con respecto a los elefantes.

 

Para no parecer una completa idiota, Cley in tentó volver a la conversación. Alvin era el centro de atención, pero se volvió rápidamente hacia ella cuando le preguntó:

 

- ¿Cómo puedes ignorar la historia?

 

Él la observó con atención, como intentando leer algo inescrutable.

 

- Con cuidadoso desdén.

 

Se inclinó hacia delante, los ojos intensos y cargados de ironía. El día de baile parecía haberle liberado de una carga que ella no podía imaginar.

 

- ¡La historia tiene tantos detalles! Los empe radores son como los dinosaurios. Sus nombres y gestas carecen de importancia. Sólo cuentan las fe chas de sus nacimientos y sus muertes.

 

- ¡El Guardián de los Archivos te reprenderá! -exclamó alguien al otro lado de la mesa.

 

- No, no lo hará -respondió Alvin-. Sabe que soportamos el temible peso del tiempo man teniendo una sensación de equilibrio. De lo contrario, nos aplastaría.

 

- ¡Bailamos sobre el tiempo! -exclamó otra voz-. Está debajo de nosotros.

 

Alvin se echó a reír.

 

- Es verdad, en cierto sentido. La lista de los imperios es polvo bajo nuestros pies… y sin embargo nos aferramos a nuestros antiguos hábitos. Ésos sí que perduran.

 

- Necesitamos una continuidad humana -ra zonó Cley-. Mi tribu…

 

- Sí, una invención singular. Cuando os recu peramos, quedó claro que no podíamos dejar que resucitarais los antiguos hábitos imperiales.

 

Cley frunció el ceño.

 

- ¿Hábitos imperiales?

 

- Naturalmente -dijo Seranis-. No lo sa bes. -Inhaló una nube de especias que pasaba y mientras sus pulmones la saboreaban, envió-: Tornamos vuestro genotipo de la Era del Imperio, cuando la humanidad saqueaba el sistema solar, y casi acabó por extinguirse.

 

La voz-talento de Seranis llevaba consigo al mismo tiempo el picor del reproche y el bálsamo del perdón. Esto tan sólo irritó a Cley, que se es forzó por ocultarlo.

 

- Mi tribu no hizo ninguna… guerra.

 

Tuvo que hacer una pausa y esforzarse por pronunciar la palabra, pues nunca la había dicho antes. Comprender su definición y su importancia requirió un largo instante. La almacenó previsoramente para usarla en el futuro.

 

- Es así como lo quisimos. -Sonrió Alvin, como si estuvieran conversando sobre el tiem po-. Razonamos que como mucho podríais ex pandiros en busca de territorio, y no por ganan cías políticas e impuestos, como hizo el modelo imperial.

 

- No sabíamos que fuimos tan… planeados. -Cley apretó los dientes, esperando que su talen to no la delatara. La desnudez de sus pensamientos estaba resultando una molestia.

 

- No interferimos en vuestro diseño básico, créeme -dijo amablemente Seranis. Ofreció a Cley un pastel de frutas, pero no pareció molestarse por ser rechazada-. Vuestra lealtad grupal es la forma más importante de tu especie para encontrar una identidad. Produce calor social. Esa pauta persiste, desde un juego infantil a una alianza entre mundos.

 

- ¿Y cómo trabajáis vosotros juntos?

 

- No luchamos unos contra otros -dijo Al vin-, pues esas tendencias casi han sido borradas. Pero lo más importante es que tenemos la bendición de un objetivo superior.

 

- ¿Cuál? -demandó Cley.

 

- Quizás enemigo es un término mejor. Has ta ahora, habría dicho que la historia era nues tro verdadero enemigo, y que tiraba de nosotros mientras intentábamos escapar de ella. Pero ahora hemos encontrado un enemigo activo surgido de nuestra propia historia, y debo decir que me siento lleno de ansiedad.

 

Estaba claro que Alvin era el más joven de los supras, aunque Cley no podía distinguir bien la edad en aquellos rostros blandos y perfectos.

 

- ¿Enemigos? ¿Otros supras?

 

- No, no. ¿Te refieres a esa gente que supues tamente os disparó, que mató a tus compañeros de tribu y destruyó la Biblioteca de la Vida?

 

- Sí. -La boca de Cley se estrechó con el es fuerzo de ocultar su odio. Las emociones primiti vas no encajaban bien en este lugar.

 

- Eran ilusiones.

 

- ¡Yo los vi!

 

- También aparecieron aquí. Examiné con cuidado nuestros archivos y allí estaban. Tal como tú los viste. Nosotros estábamos demasiado ocupados para darnos cuenta, y por eso te debo un voto de agradecimiento.

 

- ¡Eran reales!

 

- Un intenso estudio de sus imágenes espec trales demuestra que son refracciones de aire ca liente.

 

Cley no entendió nada. La sensación de ser despojada de un enemigo claro era como pisar en la oscuridad y no encontrar el siguiente peldaño.

 

- Entonces… qué…

 

Alvin se echó hacia atrás y cruzó las manos tras el cuello, los codos bien altos. Miró la clara noche, como si sintiera gran placer al contemplar las estrellas. Muchos cometas desenrollaban sus finas colas, tantos que parecía una bandada de fle chas apuntadas hacia el invisible sol, que se había ocultado ya bajo la curvatura de la Tierra.

 

- ¿Qué calienta el aire? -dijo Alvin lenta mente-. Los rayos. ¿Pero hacerlo con tanta per fección?

 

Seranis pareció sorprendida. Cley comprendió que no había dicho nada de esto a los demás, pues todas las mesas del gran salón guardaron si lencio.

 

- Corrientes eléctricas…, eso es lo que son los rayos -dijo Seranis-. Pero crear imágenes rea listas…

 

- ¿Todo eso para engañarnos? -preguntó Cley.

 

Alvin dio una palmada con alegría infantil, so bresaltando a su silencioso público.

 

- ¡Exactamente! ¡Qué habilidad!

 

- ¿Ya? -preguntó Seranis en voz baja.

 

Alvin asintió.

 

- La Mente Loca. Ha regresado.

 

Una tormenta de habla-talento golpeó a Cley como un mazazo. Los supras estaban de pie, zumbando llenos de especulaciones.

 

En el interior de su cabeza, las oleadas pare cían ampliar el torrente.

 

Sintió de nuevo el laberinto de sus mentes, los empujones cinestéticos de las ideas al pasar, sus rasgos nublados más allá de la comprensión.

 

Torbellinos.

 

Un sol negro rugiendo contra estrellas de rubí.

 

Geiseres púrpura en una llanura infinita.

 

La llanura encogiéndose hasta que sólo fue ya un disco, con el Sol Negro como centro.

 

Las estrellas envueltas en tapetes fosforescentes.

 

Durante unos instantes, el Sol Negro nadó en el borde de la galaxia reticular. A continuación, zumbó ominosamente en el mismo foco de los brazos en espiral.

 

Cley se apartó de los oscuros truenos, huyendo de esta tormenta. Se aisló. Esperó.

 

Jadeando por el ejercicio mental, se preguntó cómo serían los habitantes de Lys cuando estaban a solas. O si llegaban a estarlo alguna vez.

 

Los supras, los ur-humanos, Buscador…, todos pertenecientes a eras distintas en las exploraciones de la evolución a lo largo de eones. Esta llanura desierta era como un escaparate cubierto de curiosidades históricas. ¡Qué convulsas corrientes en funcionamiento cuando las eras diferentes se unían para conspirar! Y ella estaba atrapada aquí, firmemente apresada por la blanda, todopoderosa y condescendiente amabilidad de los supras.

 

Cley se cubrió los oídos con las manos. El rumor del habla-talento continuó. En cuanto siguie ran con su lógica laberíntica, volverían a reparar en su existencia.

 

Y le hablarían. La tranquilizarían. La tratarían como a una mascota vagamente recordada.

 

No era extraño que no hubieran recuperado las muchas variedades de perros y gatos, pensó Cley amargamente. Los ur-humanos habían servido para ese propósito muy bien.

 

Su pueblo… Habían trabajado para los supras durante siglos, atendiendo a la renacida biosfera. Los supras supieron de ellos lo suficiente para permitirles formar tribus, para cumplir su peque ña voluntad en el bosque. Pero arrancada de aque lla frágil matriz, Cley jadeaba como un pez en la red.

 

Se apartó, tambaleándose, la furia nublando su visión. Los conflictos que se habían ido acumulando en ella estallaron, y esperó que la tormenta de habla-talento los ocultara. Pero ella misma no podía evitarlos por más tiempo.

 

En este lugar no era más que un insecto arras trándose a los pies de estos superhombres distraídos. Eran bastante amables a su manera fría y re mota, pero su esfuerzo por rebajar a su nivel sus habilidades resultaba bien visible, y era mortifi cante. Cley anhelaba a los suyos.

 

Su única esperanza de volver a verlos se en contraba en estos supras. Pero el miedo se apode ró de ella cuando intentó pensar cómo serían los nuevos ur-humanos.

 

Cuerpos surgidos de un crisol helado. Sus pa rientes, sí, sus clones. Pero extraños. Sin marcar por la vida, sin preparar. Serían su pueblo sólo en un sentido genético.

 

A menos que algunos ur-humanos vivieran en alguna parte. Ellos sí conocerían las intimidades tribales, la cultura compartida que tanto ansiaba.

 

Si existían, Cley tenía que encontrarlos.

 

Sin embargo, cada pequeño detalle del habla de los supras sugería que no la dejarían marchar.

 

No eran todopoderosos. Cley tenía que recor darse ese dato constantemente. Trataban a Busca dor con nervioso respeto, claramente inseguros de lo que representaba la bestia.

 

Sus propios logros revelaban sus vulnerabili dades. Los mortales eran enormemente cautelosos; un accidente podía destruirlos todavía.

 

La cautela podía fallar. Podían haber pasado por alto a algún miembro de su especie en los den sos bosques.

 

Nadie surgido de la elegancia cristalina de Diaspar o de Lys valdría un comino a la hora de se guir pistas en la jungla.

 

Muy bien, entonces. Se escaparía.

 

24

 

HUIDA

 

 

La sorpresa y la distracción son tácticas que se utilizan mejor con rapidez. En el caso de Cley, la sorpresa tenía que llegar en el perímetro que los supras habían erigido en torno a la Biblioteca des trozada. Sin embargo, no tenía ni idea de cómo conseguirlo.

 

Confió sus pensamientos a Buscador. Estaba segura de que no la traicionaría. La bestia no pare ció sorprenderse por la noticia, o al menos no mostró ninguna reacción visible, aunque su piel se agitó con dibujos ambarinos. Cley esperaba algún consejo lacónico pero práctico. Buscador simplemente asintió y desapareció en la noche.

 

- Maldición -murmuró Cley. Ahora que ha bía decidido actuar, lo desesperanzado de su situación parecía cómico. Ella era, después de todo, el humano menos inteligente del lugar, rodeada por tecnología que le resultaba tan extraña como la magia.

 

La fiesta continuaba por todo el campamento. Oleadas de habla-talento se inmiscuían en su men te, dificultándole pensar con claridad. Esperaba que este torrente también proporcionara una cobertura a sus planes.

 

Una fuerte explosión rugió en la oscuridad. Buscador apareció de repente a su lado.

 

- Camina -dijo.

 

Gritos, destellos de luz púrpura, una cadena de explosiones sordas. Los paneles luminosos se apagaron.

 

Escaparon sin problemas. Buscador había em pleado alguna artimaña para desconectar las pantallas situadas cerca de la Biblioteca, y al instante los supras y los robots reaccionaron. A pesar de su maestría técnica, los supras reaccionaron con pánico al ruidoso repliegue de las pantallas. Rebatieron todas las órdenes de los robots y dirigieron todos los esfuerzos para erigir de nuevo las defensas.

 

Buscador permaneció alerta mientras cruzaban sin prisa el campamento hacia el bosque cercano.

 

- Se acercaba el momento -fue todo lo que dijo.

 

- Pero los robots…

 

- No esperarán esto. Nunca ven el momento.

 

Salieron silenciosamente del campamento supra, manteniéndose en las sombras. Por todas par tes, los robots se apresuraban para restaurar los ba luartes de la Biblioteca, pero no advirtieron su presencia.

 

Llegaron al bosque bajo un cielo sin luna ador nado por un collar de densas estrellas. Cley cambió su sentido de la visión para ampliar el infrarrojo y captar el color en el pálido brillo de un millón de soles.

 

Corrieron firmemente durante la primera hora y luego redujeron el ritmo cuando el terreno se hizo más empinado. Lo que Buscador había usa do para conquistar su libertad no duraría mucho tiempo. Cley se había sentido inquieta bajo las des deñosas y distraídas restricciones de los supras, y no podría ocultarles mucho sus sentimientos. Sos pechaba que Buscador había notado su inquietud y había preparado la huida para los dos antes de que Seranis pudiera leer las intenciones de Cley y aumentado su tenaza.

 

Poco después, Cley olvidó todas estas compli caciones y se rindió a la exuberancia del bosque. Sabía, por lo que habían dicho los supras, que su especie no eran los humanos originales que habían surgido de los bosques naturales de la remota antigüedad, pero eso no importaba mucho. Aunque su estructura genética podía ser modificada fácilmente, como demostraba la inclusión del pensamiento-talento, los supras habían mantenido a su especie fiel a sus orígenes. El simple abrazo del bosque podía aún conmoverla profundamente.

 

Buscador no redujo su rítmico paso, y sus cuatro patas parecían deslizarse sobre el suelo mientras sus manos apartaban los obstáculos.

 

- Ya deben de estar buscándonos -dijo Cley después de un largo rato de silencio.

 

- Sí. Mi efecto se dispersará.

 

- ¿Qué hiciste?

 

Buscador la miró, abrió la ancha boca, pero no dijo nada.

 

- ¿Es algo que no debo saber?

 

- Una cosa que no puedes conocer.

 

- Oh.

 

Estaba acostumbrada a que los supras la hicie ran sentirse estúpida. Buscador, cuya especie había surgido más de un millón de años después de los ur-humanos, no revelaba ninguna de sus habi lidades, pero esto, de algún modo, las hizo parecer más temibles.

 

- Pueden encontrarnos -dijo ella-. Los su pras tienen muchos recursos.

 

- Debemos buscar un escondite. Algo más opera en el cielo.

 

Ella alzó la cabeza y sólo vio niebla. Resopló por el esfuerzo de mantener el ritmo de Buscador mientras se abrían paso entre los densos matorrales.

 

- ¿Por qué no pueden vernos ahora mismo?

 

- Nadamos en el baño de la vida.

 

Con cada paso, la declaración se hacía más cierta. Se internaron en el abrazo de una tierra que hervía de transformaciones. Hongos y liqúenes cubrían todas las rocas. Esta densa pintura supurante funcionaba con visible energía, borboteando y humeando mientras devoraba la piedra y eructaba gases digestivos a la niebla. Donde ya habían cumplido su trabajo brotaba una maraña de hierbas.

 

Cley avanzó con cautela por entre una zona desnuda moteada de parches verdosos, temerosa de que uno pudiera atacarle los pies con su acida ansiedad. No todos los vapores que gravitaban sobre el febril paisaje eran meros bioproductos para sazonar la atmósfera de ricos elementos. Un puñado de mosquitos alzó súbitamente el vuelo desde un manojo de hierbas y revoloteó a su alrededor. Durante un momento aterrador, Cley trató de espantarlos, hasta que Buscador dijo tranquilamente:

 

- Quédate quieta. Tienen sed.

 

La nube era iridiscente, y cada uno de sus miembros era un diminuto fragmento de hielo que reflejaba la pálida luz de las estrellas. Sin embargo, parecían listos y zumbaban llenos de fervor y rapidez. Trazaron elaboradas vueltas alrededor de Cley. Ella advirtió que debía de parecerles una montaña de residuos químicos.

 

- ¿Qué hacen?

 

- No hables. Olerán los jugos de tu estómago y se meterán por tu garganta.

 

Cley se calló y cerró también sus fosas nasales. El cartílago de su nariz había sido útil para impe dir la pérdida de agua en el desierto de una antigua Tierra que incluso el Guardián de los Archivos sólo recordaba tenuemente. Ahora mantuvo a raya a los mosquitos mientras ella contenía la respiración durante largos y dolorosos instantes, preguntándose hasta qué punto sería suculento el olor de sus ácidos digestivos. Cerró los ojos con fuerza, apretó los dientes. Si pudiera permitirse el lujo de gritar, sólo una vez…

 

La niebla vaciló, zumbó furiosa, y luego se marchó en busca de banquetes más sabrosos.

 

- Pretenden buscar y alterar -dijo Busca dor-. No sólo comen.

 

- ¿Cómo lo sabes?

 

- En mi época había muchas formas que vivían de sus habilidades químicas. Trabajan sobre las propias moléculas, transformando minerales sin refinar en utilidades elegantes.

 

Cley se estremeció.

 

- Me ponen la piel de gallina.

 

- Está claro que han sido diseñados para ayu dar a los liqúenes a preparar el terreno a la vida.

 

- No los había visto nunca.

 

- Buscan su cocina molecular en el borde del bosque. Tu pueblo habitaba en el interior.

 

- Espero…

 

- No más charla. Deprisa, vamos.

 

Corrieron con fuerza. Buscador se detenía con frecuencia y se agazapaba, con la oreja pegada al suelo para escuchar. Cley necesitaba tiempo para ajustar la química de su sangre. Los ritmos de su caminar ayudaban a disparar hormonas para detener su ciclo menstrual y aumentar su capacidad de aguante. No dejaba de mirar el cielo, donde se alzaba el centro galáctico. Su brillo cristalino era desagradable, pues se sentía descubierta.

 

- Ya vienen -dijo Buscador, mientras rodea ban una colina.

 

- ¿Los supras?

 

- Más que ellos.

 

- ¿Con sólo escuchar sabes que…?

 

Buscador se agachó, estrecho el hocico, las ore jas agitadas. Permaneció absolutamente inmóvil y entonces se puso en movimiento, aún más rápido que antes. Ella corrió para alcanzarle.

 

- ¿Qué…?

 

- Adelante.

 

Cley jadeaba cuando subían por un estrecho promontorio. Una nota baja parecía proceder de todas partes, hasta que se dio cuenta de que la sentía a través de los pies. Un pico sobre ellos se abrió con un gruñido y un geiser brotó bruscamente. Toneladas de agua se alzaron al aire y luego cayeron. Gruesas gotas de agua los cubrieron.

 

- Un río nuevo -dijo Buscador-. La ten sión de la roca se ha acumulado durante días y por eso busqué el punto. Nos dará un refugio mo mentáneo.

 

Las gotas tamborilearon sobre Cley. Buscador hizo un gesto urgente. A través del chorro de agua, ella vio brillantes arco iris cruzando el cielo.

 

- Buscan.

 

- ¿Quién?

 

- Qué, no quién. Lo que destruyó la Biblio teca.

 

Siguieron observando mientras una filigrana incandescente se estiraba y remitía. A través de la bruma del geiser, los cambiantes dibujos en forma de telaraña parecían un diseño lanzado sobre la humanidad. Cley había visto antes ese hermoso tapiz, lo había visto descender y provocar la muerte de todo cuanto amaba. Su elegante frialdad golpeó su corazón con solidez de plomo. Había conseguido mantener a raya el horror, pero ahora había vuelto. Aquellos tentáculos luminosos la habían seguido y quemado, hasta casi matarla, y ansiaba encontrar un medio de contraatacar. Guerra. La antigua pa labra resonó en su pulso acelerado, su nariz hin chada, sus labios tensos y secos.

 

Permaneció de pie bajo la dolorosa lluvia, las ropas pegadas al cuerpo, esperando que esta fuen te momentánea los salvara. ¿Cuánto tiempo los protegerían las brumas?

 

Pero ahora, entre los flexibles rayos danzaban puntos de ámbar: naves de los supras, surgidas de la Biblioteca. Hacía tiempo que Cley esperaba verlos persiguiéndola, pero no escrutaban el sue lo. En cambio, se movían en formación a través de las ondas luminosas.

 

Buscador parecía sucio, todo el pelaje oscuro por la humedad.

 

- Abajo -dijo firmemente.

 

Entraron en una estrecha cueva. El geiser que formaba el río esparcía un dosel de niebla, pero Cley ajustó su visión para convocar las débiles imágenes que podía distinguir. Contempló, junto con Buscador, el intrincado baile de las naves su pras mientras intentaban rodear y reducir los rayos resplandecientes.

 

- El agua nos ocultará durante un rato -dijo Buscador.

 

- ¿Van de nuevo tras la Biblioteca?

 

- No. Parecen ir… allí.

 

Un rayo surgió de una masa ámbar lanzada por las naves supras. Se abalanzó hacia la Tierra y con un deslumbrante estallido se convirtió en de dos de luz moteada que corrieron sobre las mon tañas y los valles como si fueran los arroyos de un río atormentado. Un filamento anaranjado pasó cerca, ondulando y chasqueando velozmente. Se entretuvo un instante en el camino que ellos aca baban de recorrer, como olisqueando una pista, y luego se marchó, dejando sólo un revuelo de fu riosos estallidos.

 

Los supras parecían haber atrapado los rayos restantes, que rompieron en colores y se esparcie ron por el cielo como un fuego rápido oscurecido por los disparos de los supras.

 

Entonces el cielo se oscureció, como si una presencia lo hubiera abandonado. Las naves supra volvieron a la Biblioteca.

 

- Somos afortunados -dijo Buscador.

 

- Ese truco del agua fue astuto.

 

- No creía que fuera a funcionar.

 

- ¿Arriesgaste nuestras vidas con…?

 

- Sí.

 

- Menos mal que no cometes errores.

 

- Oh, los cometo. -Buscador suspiró con algo parecido al cansancio-. Vivir es errar.

 

Cley frunció el ceño.

 

- ¡Vamos, Buscador! Tienes alguna ayuda, al guna conexión.

 

- Soy tan mortal como tú.

 

- ¿A qué estás conectado? -insistió ella.

 

Buscador alzó un hombro ambarino, en un gesto que ella no pudo interpretar.

 

- A todo. Y a nada. Es difícil hablar sobre ello con este lenguaje restringido. Y no tiene sentido.

 

- Bien, de cualquier forma, eso mantendrá ocupados a los supras. Ya han averiguado cómo combatir al rayo.

 

- Nos buscaban, sabiendo que habíamos es capado.

 

- ¿Cómo es posible?

 

- Es una inteligencia libre de materia, y tiene formas que no conocemos.

 

Buscador se puso en marcha, resbaló sobre la grava y lanzó guijarros pendiente abajo. Pero se puso en pie, la fatiga bien clara en sus ojos, y si guió avanzando, obstinado.

 

- Y es mejor que no las conozcamos -añadió al remontar el risco.

 

25

 

BIOLÓGICA

 

 

Buscador dijo que atravesarían esta zona del bosque. Los punzantes vapores hacían toser a Cley, pero comprendió que las cambiantes brumas marrones también ocultaban sus movimientos e impedían que fueran descubiertos desde arriba. El cielo de la noche ya no estaba cubierto de naves supras.

 

Se internaron en las sombras de los bosques, pero Cley se sentía incómoda. Pronto contempla ron la cadena de estrechos valles que habían atra vesado. Pudo ver que la vida en pugna había creci do desde que la había observado desde el aparato volador de Alvin.

 

Grandes zonas verdes se extendían preparadas para servir como estaciones naturales de energía solar. Algunas seguían ya las serpenteantes líneas de arroyos recién nacidos, desarrollos que se ex tendían astutamente entre los cubiles de animales. Ese tipo de plantas usaba animales con frecuen cia, siguiendo antiguos preceptos. Mucho tiempo atrás las flores reclutaron legiones de insectos de seis patas y primates de dos para servirlas. El sa broso néctar y la fruta sedujeron a muchos para que propagaran las semillas. La radiante belleza de las flores encantó primero a los humanos y luego a otros animales que sirvieron cuidadosamente, arrancando todas las malas hierbas menos las más hermosas de los jardines. Un hierbajo, después de todo, era simplemente una planta sin estratagemas.

 

Pero fueron las hierbas las que mantuvieron con más firmeza a la humanidad durante mucho tiempo, y ahora también regresaban. Ya había grandes llanuras de trigo, maíz y arroz extendiéndose en los valles, atendidas por animales creados hacía tiempo para la tarea. La humanidad había delegado las tareas de riego y cuidado del suelo. A medida que fueron reviviendo especies, los supras recrearon las inteligencias de los grandes roedores, capaces de enfocarse hacia un solo trabajo. Los roedores demostraron ser jardineros mucho más eficaces que la vieja y torpe tecnología de tractores y fertilizantes.

 

Mientras se internaban en el denso bosque, Cley se sintió más cómoda. Recurrió a sus hormonas y reservas de alimentos para apartar el sueño y mantener el firme ritmo necesario para seguir a Buscador, que no mostraba signos de fatiga. El bosque no se parecía a ningún terreno que hubiera existido antes. Creado gracias al legado de una biosfera perpetuamente fecunda, alojaba formas de vida separadas por mil millones de años. Los supras habían reactivado hábilmente el vasto índice de genotipos de la Biblioteca. Pocos depredadores encontraban presas fáciles, y rara vez no encontraba una planta un suelo expectante después de que el liquen hubiera creado su capa de estiércol.

 

Sin embargo, todo tenía aún que luchar y ajus tarse. La luminosidad del Sol había aumentado más de un diez por ciento desde los albores de la humanidad. El roce de las olas en las costas había reducido la rotación del planeta, acortando el día en una cuarta parte. La vida se había enfrentado a días más largos y calurosos a medida que la propia corteza se separaba y se rompía. En la Era de los Océanos, las colisiones continentales habían creado nuevas montañas y abierto profundas suturas en los lechos marinos, como un paciente telón de fondo al frenético zumbido de la vida que se ajustaba a estas inmensas restricciones. Las especies nacían y morían debido a ajustes minúsculos en sus textos genéticos. Y toda aquella rápida sucesión y aquel apasionado fermento era un drama representado ante la mirada de la humanidad, que tenía sus propios planes.

 

A lo largo de los últimos mil millones de años, los ciclos de vida en la Tierra habían seguido ritmos creados por las inteligencias gobernantes.

 

La naturaleza había colaborado durante tanto tiempo con la humanidad y la evolución que los efectos eran inseparables. Sin embargo, Cley se sorprendió cuando encontraron un valle lleno de silenciosas figuras al acecho.

 

- Precaución -susurró Buscador.

 

Cruzaban un territorio cubierto de niebla y dominado por la densa fragancia de los liquenes. De la niebla surgían sombras extrañas. Cley y Bus cador adoptaron una actitud defensiva, espalda contra espalda, pues las sutiles formas los rodearon de repente. Cley pasó a visión infrarroja para aislar los movimientos contra el pálido y nuboso fondo, y descubrió que las figuras eran demasiado frías para ser visibles. Espectrales, moviéndose con cautela, parecían brotar de todas partes.

 

- ¿Robots? -susurró ella, anhelando un arma.

 

- No. -Buscador observó con atención las bajas y poderosas formas-. Plantas.

 

- ¿Qué? -Cley oyó entonces el squish squish mientras los miembros empezaban a moverse.

 

- Mira…, son distintas de sus antecesoras.

 

Bajo la extraña luz, Cley y Buscador contem plaron las lentas y meticulosas vainas separarse de los troncos de grandes árboles.

 

- Las plantas abrieron el camino una vez -di jo Buscador-. Del mar a la tierra, para que los ani males pudieran seguirlas. Las flores crearon hoga res para los insectos…, los inventaron, según mi visión.

 

- ¿Pero por qué…?

 

- Cada paso fue una mejora en la reproducción. Aquí hay otro.

 

- Nunca he oído…

 

- Esto sucedió después de mi tiempo, como yo sucedí después del tuyo.

 

Las plantas habían sufrido durante largo tiem po el apetito de aves y roedores, que comían miles de semillas por cada una que esparcían accidentalmente. Sin embargo, las plantas detentaban un gran poder sobre sus parásitos animales; el cam bio de las coniferas por árboles de hoja ancha me jor adaptados acabó rápidamente con el reinado de los dinosaurios. La vieja estrategia de las plantas consistía en mejorar su reproducción, y a lo largo de la Era de los Mamíferos esto significó engañar a los animales para que esparcieran sus semillas. Cuando la poderosa evolución encontró por fin un camino de escape a este despilfarro, las plantas decidieron copiar el cuidado de los primates a la. hora, de atender á sus retoños.

 

Cley se acercó a una de esas cosas redon das y llenas de púas. Era gruesa en la base y se mo vía extendiendo anchos y burdos apéndices pare cidos a raíces. Las plantas parecían gruesas piñas que salían a dar un paseo. Cada árbol producía va rias, que se movían entonces en busca de un suelo más húmedo donde hubiera mejor luz. Cley pen só en comer una, pues su parecido a las piñas era sorprendente, pero Buscador consideró que sus afiladas espinas olían a veneno. Valle arriba en contraron un matorral gigantesco atareado en li berar su prole en forma de bolas rodantes, que buscaban tierra húmeda y calor.

 

Se mantuvieron dentro de las cañadas más pro fundas. La bruma ofrecía cierta protección ante las patrullas supras, que ahora recorrían de nuevo el cielo.

 

- No conocen bien esta zona-recalcó Busca dor, lamiendo con satisfacción sus afilados dien tes-. Y sus robots tampoco.

 

Cley vio que era verdad, aunque siempre ha bía supuesto que las maravillas mecánicas eran de un orden superior. La humanidad gobernaba el planeta desde hacía mucho tiempo, controlando la sopa autorreguladora del aire y la tierra, el océano y los ricos continentes. Por fin, agotados y sin rumbo, pasaron esta tarea a los robots, sólo para descubrir después de muchos millones de años que los robots eran intrínsecamente cautelosos, quizás incluso hasta la torpeza.

 

La evolución daba forma a las inteligencias na cidas del silicio y el metal con la misma seguridad y firmeza que lo hacía con las mentes surgidas del carbono y las enzimas. Los robots habían cambia do, aunque se mantenían fieles al Mandato del Hombre: conservar la especie frente al desgaste del mundo. Fueron los robots, pues, los que decidie ron que no podían gobernar indefinidamente la hu medad de un planeta sin posibilidades orgánicas. Su mezquindad decretó que el reino orgánico debía ser reducido al mínimo. Convencieron a los líderes de las ruinosas ciudades humanas para que se reti raran, dejando que los robots condujeran el agua ya escasa de la Tierra a grandes cavernas basálticas.

 

Así, los sirvientes de los supras atendieron du rante cientos de millones de años una Tierra sim ple y disecada.

 

- Las máquinas temían las cosas pequeñas y persistentes -explicó Buscador esa noche-. Los sutiles cambios de la vida.

 

Habían acampado entre unos matorrales que los protegían de las heladas brumas.

 

- ¿No pudieron ajustarlos? -preguntó Cley. Había visto los milagros rutinarios de los robots. Era difícil creer que aquellas presencias metódicas e impasibles no podían dominar incluso este rico mundo con su firme precisión.

 

- Puedes tragar indefinidamente los venenos más fatales si son una trillonésima parte del total -dijo Buscador lentamente.

 

A medida que Cley empezaba a conocer a Bus cador, la bestia se había vuelto más fácil de abordar, menos extraña. Sin embargo, una fría inteliegencia habitaba tras sus ojos y ella no sabía nunca cómo interpretar lo que decía. Este rápido uso de los números, por ejemplo, suponía un súbito cambio con respecto a su habitual parquedad.

 

- Los robots deben de saberlo.

 

- Cierto, pero piensa en el ozono. Un gas ve nenoso, azul, muy explosivo…, y una fina capa so bre el aire lo decide todo. Cley asintió. Durante el largo atardecer de la Tierra, la capa de ozono se había deteriorado incontables veces. Los excesos de la humanidad habían acabado con el ozono una y otra vez. Las oscilaciones en la luminosidad del Sol habían aplastado todo el equilibrio atmosférico. Una vez, un gran meteoro atravesó los escudos de la humanidad, desatendidos ya, y casi destruyó la civilización. Todos estos datos yacían enterrados en antiguos archivos.

 

Buscador bostezó.

 

- A los robots les preocupaba el manejo de esos delicados asuntos. Así que simplificaron su problema.

 

- Parece que aquí tienen el control.

 

- Temen lo que no pueden dominar.

 

- Pero dominaron mucho… Alvin les hizo revivir la biosfera.

 

- Y traer el caos biológico.

 

Buscador se echó hacia atrás, haciendo una extraña mueca, y se rascó su amplio vientre azul. Hilillos de niebla de jade ondulaban sobre el matorral calorífico. Pequeños animales se habían congregado en círculo alrededor del negro matorral mientras su firme calor se deslizaba por el aire. Pocos anima les temían a Cley o a Buscador: todas las especies habían sido durante mucho tiempo clientes y socios. Incluso parecían comprender la perezosa charla de Buscador. Cley sospechaba que estaban hipnotizados por los melodiosos tonos de la voz de Buscador, cantarines pero elocuentes. El circuló se había relajado como si el matorral fuera un fuego de campamento. Un fuego de verdad, naturalmente, habría sido detectado por los supras.

 

Cley prestó atención mientras Buscador des cribía la visión del mundo que tenía su especie. Mucho después de los ur-humanos algunas bestias llegaron a ser inteligentes y grabaron en sus propios genes elementos de memoria racial. Instalar en las especies inteligentes la preocupación por su frágil mundo fue la costumbre durante muchos millones de años, para así insertar respeto a la evolución y al lugar ocupado en ella. Esto se convirtió en un cemento social tan necesario como lo fue la religión para las primeras formas humanas, e incluso para los ur-humanos.

 

- Muchos organismos gobernaron la Tierra -dijo Buscador-, empezando por los gusanos grises y los gusanos ciegos, y luego los grandes reptiles…, y las tres especies vivieron mucho más que los ur-humanos. -Buscador bufó con tanta fuerza que la alarmó-. No sabemos si los dinosaurios tenían religión.

 

- ¿Y tu especie?

 

- Adoro lo que existe.

 

- Mira, nuestra tribu decidió no intentar apren der toda esa historia muerta… teníamos un trabajo que hacer.

 

- Y muy bueno.

 

- Cierto -dijo ella, con orgullo-. Atender los bosques para que sobrevivieran a pesar de toda la basura que hay en el aire, las plantas luchando unas con otras…, ¡esto no es una biosfera todavía, es un motín!

 

- Pero muy jugoso.

 

Con los ojillos brillantes, Buscador cogió una fruta escondida en alguna bolsa de su carnosa piel. Sonrió, ofreciendo un espectáculo feroz. Cley po día entender más fácilmente ahora los estados de ánimo de la bestia, y compartió su alegría.

 

Y vio el argumento de Buscador. Los robots habían ayudado a que la humanidad acentuara su inteligencia y asegurara la inmortalidad a los habitantes de Diaspar. Pero para que el mundo fun cionara, tuvieron que gobernar una biosfera escuálida y reseca cuyo único pináculo era una humanidad aturdida y estúpida.

 

Un animal grueso y de seis patas, parecido a una rata, se acercó a los matorrales. Al instante, un cordón negro chasqueó en el aire húmedo y se en roscó alrededor de la presa. De un tirón, el gran roedor fue arrastrado a la boca que se abrió de pronto cerca de las raíces del matorral. Después de que se cerrara sobre su presa, Cley pudo oír los gritos ahogados durante varios segundos. La evolución estaba todavía en movimiento, anulando fracasos de la laguna genética con paciencia infinita.

 

26

 

LA NORIA

 

 

A la mañana siguiente la niebla empezó a des pejarse. Buscador no dejaba de estudiar el cielo. Habían hecho buenos progresos al escalar los flan cos de la dentada cordillera, y ahora el terreno y la rica fauna se parecían al territorio donde Cley ha bía crecido. Ella estudiaba las distantes montañas en busca de escondites. La suya no era la única tri bu de ur-humanos, y tal vez hubiera escapado al guien más, a pesar de la certeza de Alvin. Le pidió a Buscador que sintonizara su nariz con los olores humanos, pero ninguna huella agitaba las repara doras brisas.

 

Tuvieron que ponerse a cubierto dos veces, cuando se acercaron zorros voladores. A estas alturas los supras ya habrían enviado a sus pájaros en misión de reconocimiento, pero ni Cley ni la aguda visión de Buscador pudieron distinguir ninguna de las poderosas siluetas de anchas alas.

 

Contemplaban un amplio grupo de diáfanos zorros plateados recorrer las corrientes del valle cuando Buscador se acercó a ella. Hubo un rumor lejano, como si las montañas se frotaran contra un cielo ronco. Los zorros reaccionaron, cerrando su formación como hojas plateadas que formaran un árbol.

 

Unas estrías azules cubrieron el aire. Las po cas nubes restantes se disiparon en un arrebato huracanado.

 

- ¿Qué…? -dijo Cley.

 

Lanzadas de luz amarilla cubrieron el cielo. Una muralla de sonido las siguió, haciendo que Cley se apretujara contra Buscador. Se encontró boca abajo, entre las hojas del suelo, sin ningún recuerdo de cómo había llegado hasta allí.

 

A su alrededor el bosque estaba aplastado, como si algo lo hubiera arrasado velozmente. Las explosiones se desvanecieron poco a poco.

 

Un extraño silencio se apoderó de ellos. Cley se levantó e inspeccionó los árboles masacrados, sor prendida ante el humo que brotaba de un matorral hendido. Dos zorros voladores yacían uno junto al otro, como emparejados en la muerte. Sus ojos vi driosos estaban todavía abiertos y se agitaban erráticamente en sus estrechas cabezas huesudas.

 

- Sus cerebros todavía luchan -dijo Busca dor-. Pero en vano.

 

- ¿Qué ha sido eso?

 

- Como el asalto de antes a tu pueblo.

 

- ¡Sí, pero esta vez lo ha aplastado todo! -Hi zo un gesto con la mano, abarcando hasta el horizonte, para señalar el bosque arrasado.

 

- Estos zorros se han llevado la peor parte.

 

- Sí, pobrecillos… -Su voz se apagó mientras los brillantes ojos de los animales se oscurecían hasta cerrarse.

 

- No sabe exactamente dónde estamos, y por eso envía fuertes sacudidas de energía eléctrica para hacer su trabajo.

 

Buscador alzó amablemente a los dos zorros e hizo un gesto lento y grave, como ofreciéndolos al cielo. Cuando Buscador bajó las zarpas, Cley no pudo ver a los zorros y no estaban ya en el suelo ni en ningún sitio cercano.

 

- ¿Qué…?

 

- Creo que debemos ocultarnos durante un rato -dijo Buscador, cortante.

 

Escalaron rápidamente el abrupto promonto rio y llegaron a un conjunto de árboles, el más grande que Cley había visto en su vida. Largas ramas en forma de dedos se alzaban al aire, doblándose como garfios al final. Cley se sintió incómoda al dirigirse a terreno elevado, más cerca del cielo que escupía muerte. Desde allí, pudo ver distantes bancos de nubes púrpura que rodaban con lanzadas de violenta luz. Filamentos anaranjados trazaban largas curvas en la lejanía.

 

- Siguen el campo magnético de la Tierra -di jo Buscador cuando ella los señaló-. Buscan.

 

Cley vio por qué los supras no habían enviado ningún pájaro explorador. Muy lejos, rápidos dardos azules y anaranjados aparecían sobre la Bi blioteca de la Vida. En su mente, sintió una tenue sensación de pugna y frenesí.

 

- El talento -dijo. Buscador la miró intrigado-. Puedo sentir… emociones.

 

Recordó la observación de Seranis: Tenéis emociones, las emociones os poseen. ¿Cómo debía de ser no sentir esos arrebatos? ¿O sentía Buscador algo completamente distinto?

 

- Los supras están luchando… preocupados… temerosos.

 

- El ser que está sobre ellos los mantiene ocu pados mientras busca.

 

Siguieron avanzando rápidamente. Cley que ría dejar atrás los picos más altos y abrirse paso hacia las montañas en las que había vivido. Tenía su imagen en la cabeza desde el vuelo con Alvin, y sentía la poderosa urgencia de regresar a lo fa miliar.

 

Cuando se lo dijo a Buscador, éste replicó lla namente:

 

- Te buscarán allí con el tiempo.

 

- ¿Y qué? Buscarán en todas partes.

 

- Cierto -dijo Buscador, y ella pensó que había ganado un pequeño tanto.

 

Buscador olisqueó el viento y señaló con la nariz.

 

- Ven por aquí.

 

- ¿Por qué? -preguntó ella. Los territorios que le eran familiares se encontraban en dirección opuesta.

 

- Deseas encontrar ur-humanos.

 

- ¿Mi pueblo?

 

- Todavía no.

 

- Maldición, quiero a mi especie.

 

- Por aquí se encuentra la única esperanza de comunidad.

 

- Buscador, sabes lo que quiero -se quejó ella.

 

- Sé lo que necesitas.

 

Ella dio una patada a una roca, sintiéndose frustrada, confusa, exhausta.

 

- ¿Y qué es?

 

- Tienes que venir por aquí.

 

Se movieron a ritmo firme. Cley había sido siempre una buena corredora, pero Buscador le mantenía la delantera sin mostrar signos de esfuerzo. Cuando lo alcanzó, la bestia se había detenido junto a un árbol muy grande y olisqueaba las raíces. Buscador se tomó su tiempo, moviéndose con cautela, y Cley sabía que tenía que dejarlo a su aire.

 

Unos grandes matorrales cercanos desprendían un aroma a carne cocida, y Cley los observó, inquieta. Una pequeña rata de los pantanos de cabeza alargada se acercó corriendo, lo suficientemente inteligente para saber que Cley y Buscador no eran una amenaza. Captó el olor a carne y se detuvo, atraída. El matorral estalló y esparció semillas que cubrieron a la rata. Ésta aulló y se marchó. Otra victoria para las plantas: la rata transmitiría la semilla, nutriéndola a cambio de su savia narcótica, hasta que muriera. Entonces un nuevo matorral brotaría del cadáver de la rata.

 

Cley pensó en capturar a la rata para comérse la, y no sólo por el narcótico, pero Buscador se lo impidió.

 

- Vamos.

 

De algún modo, Buscador había abierto el costado de un árbol. Esto no fue ninguna sorpresa para Cley, pues su pueblo se refugiaba en los muchos árboles biodiseñados para ese uso. Entró en él y pronto la corteza se cerró tras ellos, dejando sólo un leve brillo fosforescente en las paredes para guiarlos. El árbol estaba hueco. Había compartimientos verticales conectados por rampas y bultos parecidos a tenazas en las paredes. Alguna criatura había llenado los compartimientos con grandes contenedores, paquetes granulosos de burda celulosa.

 

- Almacén -fue todo lo que dijo Buscador en respuesta a su pregunta. Subieron a través de diez compartimientos casi llenos con puñados de contenedores oblongos y crujientes, hasta que llegaron a una gran cripta, completamente vacía, con una ancha pared transparente. Cley le dio un golpecito y la densa materia parecida a cera cedió sin apenas resistencia. Observó los silenciosos árboles de fuera, firmes cilindros que señalaban a un cielo que fluctuaba con rastros de rápida luminiscencia.

 

Este lugar tal vez fuera seguro. Cley se permi tió relajarse un poco. Sacó un cuchillo y pinchó la pared. Con cierto esfuerzo logró desprender un trozo, que sabía sorprendentemente bien. Lo comió y Buscador cogió más. Había zonas en las paredes, techo y suelo que eran pegajosas, sin ningún plan aparente. El compartimiento olía a resina y a madera mojada.

 

Cley se atrevió a asomarse a la gran ventana mientras masticaba y por eso lo vio venir.

 

Algo parecido a una vara se abrió paso entre las altas nubes, hinchándose mientras se acercaba, de modo que lo que ella vió era enormemente largo. Sus abultadas fibras estaban retorcidas como si fueran las vértebras de un gran espinazo. Gruñidos y chasquidos resonaban con tanta fuerza que ella pudo oírlos desde el interior del árbol. Curvándose mientras se acercaba, la gran vara redonda se esparció por el cielo como un dedo acusador. Y, mientras Cley seguía observando, el extremo se curvó hacia arriba, -como un dedo que señalara hacia lo alto.

 

- Hora de tumbarse -dijo Buscador suave mente.

 

Un sonoro estallido resonó a través del bos que. Cley se tendió rápidamente sobre el resisten te suelo verde del compartimiento y siguió mirando a través de la gran ventana.

 

- ¡Nos cae encima! -gimió.

 

- Su destino es caer siempre y recuperarse eternamente.

 

- Destrozará estos…

 

- Tiéndete y quédate quieta.

 

Cley advirtió que eso era el fino y distante mo vimiento que había visto en el horizonte desde la nave de Alvin. Cordones oscuros como el grafito serpentearon entre las profundidades caoba del gran ser en forma de tronco. Manojos enredados se soltaron de su punta mientras se abalanzaba hacia abajo. Los manojos se lanzaron contra las copas de los árboles. Algunos chocaron contra las ramas.

 

Un duro golpe estremeció el árbol.

 

Cley apenas tuvo tiempo de ver las gruesas en redaderas agarrarse a las ramas de los árboles cer canos, apretar y tensarse.

 

La ancha protuberancia pareció gravitar en el aire, como si contemplara la piel verde del planeta que tenía debajo y seleccionara lo que le gustaba. Vagó hacia el este durante un segundo.

 

La poderosa aceleración aplastó a Cley contra el suave suelo. Estaban siendo arrancados. Su compartimiento se llenó de crujidos, chasquidos y gemidos.

 

Cley pudo ver por la ventana un árbol cercano pasar velozmente. Sus raíces se habían enroscado debajo, arrastrando la tierra consigo. En otro árbol, las ramas se desgajaban donde varias gruesas enredaderas se habían unido; el árbol se desplomó contra el resto del bosque.

 

Cley sólo pudo permanecer tendida, muda, esforzándose por respirar, mientras un puñado de árboles se alzaba junto a ellos, atraídos hacia el gran dedo que ahora se retiraba en el cielo cada vez con mayor velocidad. Los barrió hacia el este mientras los árboles danzaban en la turbulencia del aire, como si se liberaran de las restricciones de la Tierra y la gravedad.

 

Las gruesas enredaderas consiguieron reple garse contra la tensión cada vez mayor. Soltaron su carga de árboles en un hueco en la base de la gruesa vara.

 

- ¿Qué… es…?

 

- La Noria -dijo Buscador-. El centro está en el espacio, y gira en su órbita. Los extremos ro tan en el aire y besan la Tierra.

 

La voz tranquila y melódica de Buscador la ayudó a tranquilizarse. Se ladeaban al alzarse. Los bancos de nubes corrían ante ellos, cubriendo los troncos cercanos de un blanco espectral, y se perdieron de vista mientras seguían ascendiendo. Cley vio la parte interior de la rueda, donde puña dos de cables retorcidos mantenían las enredade ras en su sitio.

 

- Giramos contra la atracción de la Tierra, pero nos soltaremos.

 

Las palabras de Buscador la hicieron pensar en una enorme vara que giraba lentamente en el aire del planeta, tocando con un extremo la superficie al mismo tiempo que el otro se hallaba en el espacio. Una cosa tan enorme tendría que estar mucho más lejos que la atmósfera del planeta, una crea ción parecida a un pequeño mundo en sí misma.

 

Unos graves sonidos metálicos resonaron por las paredes y el suelo. El corazón de Cley redobló dolorosamente y el viento silbó en sus oídos.

 

La tensión de soportar la aceleración envolvió las enredaderas. Se estiraron y retorcieron, pero sostuvieron a los largos árboles tubulares contra la parte inferior del engranaje. Cley vio que estaba cubierto de matojos y matorrales. La Noria se extendía, perdiéndose en panorámicas negras y azules, mientras el aire se volvía cada vez más tenue. El viento en su compartimiento silbó, y ella aguantó la respiración, temiendo que hubiera un escape.

 

Pero Buscador le dio una palmadita en la mano y ella miró a la gran bestia. Tenía los ojos cerrados, como si durmiera. Esto la sobresaltó, y pasó un lar go instante antes de que advirtiera que era posible que Buscador hubiera pasado por esta experiencia antes, que no se trataba de un colosal accidente con el que habían tropezado. Como en respuesta, Bus cador se lamió los labios, revelando sus negras en cías y sus puntiagudos dientes amarillos.

 

Cley sintió que le zumbaban los oídos. Miró de nuevo hacia fuera, a través del lento baile de troncos. La noción de «arriba» no coincidía ahora con la oscura concavidad del cielo, pero todavía existía a lo largo de la longitud color castaño de la Noria, mientras rotaban con ella. Negros mato rrales salpicaban la gran expansión que se perdía en la distancia, y las capas grises hacían que la perspectiva resultara aún más extraña. Entrama dos de rojo cedro unían las largas tiras a una cade na entrelazada que se retorcía visiblemente en el aullante huracán que rugía con ella.

 

Una vez chocaron con el árbol más cercano, y una rama casi atravesó la ventana, pero su árbol se hizo a un lado y chocó contra la pared.

 

Los oídos de Cley volvieron a zumbar, y em pezó a respirar entrecortadamente. A lo largo de las grandes tiras de madera más liviana se alzaban bordes de color castaño. Se inclinaron, esculpiendo el viento, y el rugiente huracán remitió, mientras que los giros y la sensación de aplastamiento menguaba. Todavía había explosiones y chasquidos, pero Cley sintió una sutil relajación en la estructura acoplada.

 

Los últimos destellos brumosos de la atmósfe ra se convirtieron en una negra extensión salpica da de estrellas. Cley sintió que un enemigo impla cable e invisible se sentaba sobre su pecho y que permanecería allí eternamente, hablándole en un idioma de aplastantes notas graves. El aire fino y frío picoteaba su nariz, pero había suficiente si se esforzaba en llenar sus pulmones.

 

La amplia curvatura del planeta se alzó serenamente en la base de la ventana mientras ella jadea ba. Sus suaves cubiertas de mármol parecían al al cance de su mano…, pero no podía alzar los brazos.

 

A lo largo de toda la Noria se producían lentas y perezosas ondulaciones. Venían hacia ella, cre ciendo en altura. Cuando llegó la primera, dio un duro golpe a la protuberancia y los árboles se agita ron en sus sujeciones. La turbulencia que sentía toda la Noria se había concentrado en estas ondas, que se disiparon en sus extremos. Los árboles se sacudieron y agitaron, pero su presión se mantuvo.

 

Buscador volvió a lamerse los labios sin abrir los ojos.

 

Se elevaron aún más. Cley pudo ver la exten sión completa de la Noria. Se curvaba levemente, perdiéndose en la distancia como una autopista infinita a la que no preocupara la imposibilidad de vencer la voluntad de planetas. Las enredaderas se multiplicaban, y cerca del centro florecía un bosque verde.

 

El otro extremo era una línea fina como una aguja. Mientras Cley seguía observando, su punta se zambulló en la atmósfera. Las ondas producidas por este shock corrieron hacia ella. Cuando la alcanzaron, la reacción fue leve, pues los árboles estaban ahora fuertemente unidos a la parte inferior de la Noria.

 

Notas profundas y solemnes resonaron por las paredes. Toda la Noria era como un gran ins trumento que tocaran el viento y la gravedad, y las ondas cantaban una extraña canción que repi caba en todos sus huesos.

 

La Noria se recortaba ahora contra toda la Tierra. Cley sintió la fuerte aceleración en el suelo del compartimiento, pero ahora era mejor, pues la gra vedad contrarrestaba la fuerza centrífuga. También el aire se espesó a medida que las paredes del árbol exudaron un vapor dulce y húmedo.

 

El espectáculo de su mundo, desplegado en si lenciosa majestad, la aturdió. Se acercaban al lí mite de su ascenso, y la Noria se había puesto vertical, como para enterrarse en el corazón del planeta.

 

La Noria se sacudió. Cley había sentido sus muchos ajustes y sus fuertes cambios mientras se debatía contra ambos elementos, aire y vacío. Só lo hacía unos instantes había considerado que el voraz manto verde que devoraba los pálidos desiertos mantenía una batalla épica. Ahora era testigo de una interminable pugna de dificultad inconmensurablemente superior.

 

Y al mirar supo que la Tierra y la Noria eran dos sistemas similares, hermanos de escalas enor memente diferentes.

 

La Noria era como un árbol, viva y a la vez muerta al noventa y nueve por ciento. Los árboles eran torres de madera muerta, celulosa usada por los antepasados de las células vivientes que crea ron su corteza.

 

También la Tierra era una fina capa de vida floreciente sobre una gran masa de rocas. Pero en el magma había elementos de las hordas ancestra les que habían existido antes. El deslizamiento y las colisiones de continentes enteros se basaban en resbaladizas capas de piedra caliza construidas con una infinitud de conchas. Todos los sistemas vivientes, a la larga, eran una piel que envolvía algo muerto.

 

- Adiós -dijo Buscador, levantándose con torpeza. Ni siquiera su vigor era rival para la fuer za centrífuga.

 

- ¿Qué? ¿No irás a marcharte?

 

- Nos marchamos los dos.

 

Un fuerte golpe. Cley se sintió caer. Pataleó asustada y sólo consiguió impulsarse hacia el techo. Se golpeó el cuello y rebotó dolorosamente. Su mente seguía diciéndole que caía, a pesar de la evidencia de sus ojos, y entonces algún antiguo subsistema de su mente intervino, y se calmó de forma automática.

 

No caía de verdad, excepto en un sentido usa do por los físicos. Simplemente carecía de peso, y rebotaba por el compartimiento ante el bostezo divertido de Buscador.

 

- ¡Somos libres!

 

- Durante un ratito.

 

- ¿Qué?

 

- Mira adelante.

 

Las enredaderas se habían soltado. Libre, el árbol se apartó de la Noria. Siguieron una tangente a su gran círculo de revolución. La prominencia era ya un punto diminuto sobre el gran árbol curvo que colgaba entre aire y espacio. Cley tuvo la impresión de que la Noria hundía la boca en el rico pantano del aire de la Tierra, bebiendo alternativamente por un lado y luego por el otro.

 

¿Pero qué la mantenía en marcha, contra el ti rón constante de estos fieros vientos? Estaba segura de que tenía alguna enorme habilidad para resolver ese problema, pero no había ninguna pista de cuál podría ser.

 

Contempló la curvatura de la Tierra. Delante había una mancha marrón oscuro sobre la negrura cubierta de estrellas.

 

- Un amigo -dijo Buscador-. Allí.

 

27

 

JONÁS

 

 

Se alzaron con sorprendente rapidez. La No ria siguió girando, y su grandioso giro proyectaba grandes sombras sobre su longitud.

 

A pesar de los vientos que soportaba, los ma torrales se aferraban a sus flancos. El extremo su perior, que acababan de dejar, rotaba ahora hacia el crepúsculo. Su punto medio era más grueso y ovalado, y seguía una órbita circular de un tercio del radio de la Tierra sobre la superficie. En su ex tensión más lejana, rugiendo y chasqueando por el esfuerzo, el gran leño alcanzaba una distancia de dos tercios del radio de la Tierra, extendiéndose hacia el frío del espacio.

 

Habían sido lanzados a más de trece kilómetros por segundo. Esto era suficiente para llevar a los árboles a otros planetas, aunque ése no era su destino.

 

Corrían por delante de la protuberancia, vién dola girar con firme resolución, como plegándose gravemente a la necesidad de regresar al planeta que la mantenía atrapada.

 

Su destino era ser eternamente el mediador entre dos grandes océanos por los que otros navegarían con serenidad, mientras que sólo conocía el incesante tumulto del aire y la fría mordedura del vacío. Cley observó en silencio, agarrándose a uno de los pegajosos parches de las paredes del compartimiento. La Noria tenía una solemne majestuosidad, una despreocupada resignación ante el hundimiento de su brazo principal en los fuertes vientos. Vio que el punto donde habían amarrado mostraba un destello de luz marfileña: plasma creado por el shock de la reentrada. Sin embargo, el gran brazo continuó, cautivo de la aceleración, hacia su siguiente toma de contacto.

 

Cley vio por qué había gravitado momentáneamente sobre el bosque: al final, la rotación casi cancelaba la velocidad orbital. Esa habilidad anunciaba un control enorme.

 

- ¿Es inteligente? -preguntó con un susurro.

 

- Por supuesto -dijo Buscador-. Y muy antigua.

 

- Hacer eso…

 

- Siempre moviéndose, sin ir nunca a ninguna parte.

 

- Qué pensamientos, qué sueños debe de tener…

 

- Es una inteligencia diferente de la vuestra…, ni mayor ni menor.

 

- ¿Quién la creó?

 

- Se creó a sí misma, en parte.

 

- ¿Cómo puede algo tan grande…?

 

Buscador giró juguetonamente en el aire, chas queando los dientes en un ritmo improvisado. No parecía interesado en contestarle.

 

- La crearon Alvin y los demás, ¿verdad?

 

Buscador aulló, divertido.

 

- El tiempo es más digno de confianza que la inteligencia.

 

- Alguien planeó esa cosa.

 

- ¿Alguien? Sí, es el cuerpo el que planea…, no la mente.

 

- ¿No? Quiero decir…

 

- En la remota antigüedad había bestias dise ñadas para buscar asteroides de hielo entre los fríos espacios… ¡Uf…! Sabían lo bastante de gené tica para modificarse a sí mismas. ¡ Ah! Tal vez en contraron otras formas de vida que vinieron de otras estrellas…, no lo sé. ¡Uh! Dudo que eso im porte. La mano del tiempo convirtió a esas criatu ras en esto. ¡Uf!

 

Buscador rara vez hablaba tanto, y en esta ocasión había conseguido recalcar cada frase rebotando en las paredes.

 

- ¿Criaturas que comían hielo?

 

Buscador se posó sobre un parche pegajoso, se sujetó con dos patas y agitó las restantes en el aire.

 

- Los mandaban a buscarlo, y enviarlo luego a los mundos interiores.

 

- ¿Agua para la Tierra?

 

- En esa época los robots habían decretado ya un planeta seco. El halo de los asteroides de hielo fue empleado en otras partes.

 

- ¿Por qué no usar naves espaciales?

 

- ¿De metal? No se reproducen.

 

- ¿Esas cosas dan a luz ahí, en el frío?

 

- Lentamente, sí.

 

- ¿Cómo crearon la Noria? No es un come dor de hielo, eso lo sé.

 

- El tiempo es profundo. Las circunstancias han operado en ella. Más que en tu especie.

 

- ¿Es más lista?

 

- Los humanos siempre volvéis a ese tema. Es diferente, no superior.

 

- Suponía que debe de ser más lista que yo para hacer todo eso -dijo Cley, avergonzada sin saber por qué.

 

- Vuela como un pájaro, sin preocuparse. Y piensa mucho, como es propio de una criatura de los grandes espacios lentos.

 

- ¿Cómo piensa? El viento sólo…

 

Una vez hecha la pregunta, vio la respuesta. Cuando el otro brazo se alzó hasta el tope de su arco circular, pudo ver finas columnas blancas tras ella. Había visto la habilidad supra hacer eso, dejar una hilera de nubes en su estela.

 

- Piensa que es un árbol que vuela -dijo Buscador.

 

- ¿Eh? Los árboles tienen raíces.

 

- Los árboles andan, ¿por qué no volar tam bién? Somos invitados de un árbol volador.

 

- Hummm. ¿Qué come?

 

- Algo de aire, algo… -Buscador señaló ha cia delante, a su trayectoria. Volaban por encima del coloso giratorio. Y Cley vio una fina bruma que gravitaba contra la negrura del espacio, más tenue que las estrellas, pero más plena. Había un halo alrededor de la Tierra, luciérnagas atraídas por el inmenso brillo del planeta. Tras la línea nocturna, el fino halo colgaba como un fantasma sobre la sombra de la Tierra. Una mota creció mientras seguían avanzando. Se convirtió en una compleja estructura de columnas y globos medio hinchados. Tenía nervios como castañas nudosas. Enredaderas carnosas cubrían sus intersecciones. Cley intentó imaginar la Noria dirigiendo esta rareza y decidió que tendría que ver para creer.

 

Pero este asunto menor se desvaneció mientras seguía observando. Otros árboles como el suyo yacían a la deriva, algunos girando levemente, otros chocando entre sí. Pero todos se dirigían hacia una cosa que le recordó a una piña, llena de púas y pelaje. Alrededor de esta cosa giraba lentamente, se arracimaba una bruma de pálidas motas.

 

- ¿Todo esto está… vivo?

 

- En cierto modo. ¿Viven los robots?

 

- No, por supuesto. ¿Es que son robots?

 

- No de metal. Pero incluso los robots pue den hacer copias de sí mismos.

 

- Sabes a qué me refiero cuando digo que algo está vivo -dijo Cley, exasperada.

 

- En eso soy deficiente.

 

- Bien, si no lo sabes, no puedo decírtelo.

 

- Bueno.

 

- ¿Qué?

 

- El habla es un truco para quitar el misterio del mundo.

 

Cley no supo qué decir y decidió dejar que los misterios continuaran. Su árbol se acercaba a la bruma luminosa que rodeaba a la piña.

 

La gravedad impone suelos planos, paredes rectas, rigideces rectangulares. La ingravidez permite las amplias simetrías del cilindro y la esfera. Entre el bullicio de objetos, grandes y pequeños, Cley vio una expresiva libertad de nuevas geometrías sin esfuerzo.

 

La necesidad dicta la forma, y las miríadas de lanzas y miembros que sobresalían de los muchos caparazones y duras pieles se plegaban a las demandas del momento.

 

Contempló una esfera anaranjada extender un fino tallo hasta un cercano conjunto de cilindros. Éste empezó a girar a su alrededor, dándole estabi lidad, de forma que el tallo atravesó las finas pare des de su presa. Cley se preguntó cómo giraba la esfera, y sospechó que fluidos internos tenían que girar en sentido inverso. ¿Pero se trataba de un ataque? La extraña disposición de columnas gomosas no se comportaba como una víctima. En cambio, se congregaba alrededor de la esfera. Lentos tallos abrazaron y latieron a lo largo de su longitud ma rrón. Cley se preguntó si contemplaba un inter cambio donde los cilindros latían enérgicamente para negociar una transacción bioquímica.

 

La flotilla de árboles atravesó la bruma de vida, pasando junto a miles de formas que a veces gira ban para evitarlos. Sin embargo, algunas trataban de agarrarlos. Tenían formas angulares, narices como agujas, y eran sorprendentemente rápidas.

 

Pero los árboles siguieron avanzando, evitando la persecución, directamente hacia la piña.

 

Pero Cley vio ahora que sólo algunas partes de la enorme cosa parecían sólidas. Había grandes puntas que parecían firmes, pero el cuerpo principal revelaba más y más detalles a medida que se aproximaban. La luz del sol destellaba en las motas multifacetadas, hasta que Cley advirtió que eran una multitud de desarrollos giratorios proyectados por un eje central. Pudo ver el eje enterrado en la profusión de tallos y redes, como una raíz marrón y bulbosa. Dejó de considerarlo una piña y sustituyó el término por «pera con púas». Mientras se acercaban a la corona verde lima de un extremo de la «pera», una ola la atravesó. El súbito destello la hizo parpadear, y se tuvo que cubrir los ojos. Sus iris corrigieron rápidamente el problema, para permitirle ver a través del resplandor. La ola se había detenido casi a la mitad de la punta; un lado todavía verde, el otro como brillante. El brillo le recordó lo fuerte que era la luz del sol cuando no contaba con el filtro del aire.

 

- Nada -dijo Buscador.

 

- ¿Dónde?

 

- O mejor, sigue el ritmo de su jaula.

 

- Yo… -empezó a decir Cley; entonces re cordó la observación de Buscador de que las palabras robaban el misterio. Vio que la mitad brillante reflejaba la luz, dando a la pera un pequeño empujón desde ese lado. Mientras rotaba, la ola de color giró alrededor de la cúpula, manteniendo el impulso siempre en la misma dirección.

 

- Agárrate a la pared -dijo Buscador.

 

- ¿Quién, qué…? Oh.

 

El espectáculo la había distraído. Inconscien temente, esperaba que los árboles redujeran el rit mo. Ahora el fibroso conjunto de tallos que bro taba del eje se volvió alarmantemente rápido. Se dirigían a una región repleta de filamentos entre lazados.

 

En la claridad absoluta del espacio, Cley vio rasgos cada vez más pequeños, muchos no unidos a la pera, sino gravitando como insectos ham brientos a su alrededor. Sólo entonces advirtió la verdadera escala de la complejidad hacia la que se abalanzaban. La pera era grande como una montaña. Su árbol era una cerilla que se zambullía de cabeza en ella. El primer árbol chocó contra una amplia tela oscura. Alcanzó la membrana y entonces rebotó, pero sólo una vez. La gran tela convirtió el choque en oleada. Entonces un segundo árbol chocó cerca del borde de la tela, produciendo más ondas circulares. Un tercero, un cuarto… y entonces les tocó el turno.

 

Buscador no dijo nada. Un tirón súbito y ma reante recordó a Cley los problemas de la aceleración, entonces se invirtió, haciendo que su estómago se contrajera. La sensación duró sólo un largo instante, y entonces descansaron. Por la ventana, Cley pudo ver a los otros árboles enredándose en la tela, y sintió sus impactos haciendo oscilar la tela.

 

- Buen… aterrizaje -dijo entrecortadamente cuando los temblores remitieron.

 

- El precio del pasaje. La Noria paga de esta forma su deuda al impulso -dijo Buscador, soltándose del parche pegajoso.

 

- ¿Deuda? ¿De qué?

 

- Del impulso que recibe a su vez, mientras toma pasajeros.

 

Cley parpadeó.

 

- ¿También hay gente que baja en la Noria?

 

- Funciona de las dos formas.

 

- Sí, claro, pero… -No había imaginado que alguien pudiera atreverse a descender a través de la atmósfera para terminar colgando de la cola del gran árbol del espacio mientras vacilaba sobre el suelo. ¿Cómo saltaban? Cley se sintió abrumada por las complejidades. Se concentró en el presente-. Mira, ¿a quién se debe este impulso?

 

- A nuestro anfitrión.

 

- ¿Qué es esto?

 

- Un Jonás.

 

- ¿Qué significa eso?

 

- Un término realmente antiguo. Sin duda tu amigo Alvin podría decirte su origen.

 

- No es amigo mío…, somos primos, distan ciados por mil millones de años.

 

Cley sonrió sardónicamente; entonces frunció el ceño al sentir lentos tirones a través de las paredes de su árbol.

 

- Dime, ¿qué hace un Jonás?

 

- Desea tragarnos.

 

28

 

LEVIATÁN

 

 

Las criaturas ya estaban atareadas en los com partimientos. Con muchas patas, apenas antolo gías de palos de ébano y músculos nudosos unidos por cartílagos grises, recogían y apilaban el cargamento en largas procesiones.

 

Aunque eran rápidas y capaces, Cley sintió que en cierto modo no eran individuos auténticos. No tenían más vida propia que una célula extraída de su propia piel.

 

Buscador y ella siguieron a la procesión por la portilla principal, la entrada que habían usado en el bosque tan sólo dos horas antes. Salieron flotando en una confusa mezcla de trabajadores parecidos a arañas, paquetes oblongos y pasadizos tubulares que desfilaban en verde profusión.

 

Cley se sorprendió al ver lo rápidamente que se había ajustado a la extrañeza de la gravedad cero. Como muchas habilidades que parecían naturales una vez aprendidas, como el complejo truco de caminar, los reflejos ingrávidos habían sido «soldados» en su especie. Si se hubiera detenido un momento a reflexionar, esto habría sido otro recordatorio más de que nunca podría representar a los primeros humanos, encadenados al planeta.

 

Pero no reflexionó. Se lanzó por entre el húmedo aire de los grandes pozos, rebotando con facilidad en las paredes porosas. Las arañas la ignoraron. Varias se le unieron en su prisa mecánica por transportar lo que parecía una especie de árbol invertido. Su exterior era una dura corteza que formaba un contenedor hueco y de gruesas paredes abierto en los extremos. Dentro brotaban finas ramas grises que se reunían en el centro en grandes frutas azules y ondulantes.

 

Hambrienta, Cley extendió la mano para co ger una, pero una araña se lo impidió de una pata da. Buscador, sin embargo, cogió sin problemas dos y las arañas pedalearon en el aire para evitarlo. Cley se preguntó qué olor o qué gestos había usa do Buscador. La bestia apenas parecía despierta, mucho menos preocupada.

 

Comieron. El jugo gravitó en gotitas en el aire húmedo. Cañones de luz se perdían en todas di recciones. Cley se agarró a un tubo transparente cercano, tan grande como ella, donde borboteaba un fluido ámbar. Desde este punto de anclaje, pudo orientarse en el confuso cenagal de lanzas marrones, follaje verde, varas grises y protuberancias nudosas. Su árbol-nave gravitó en el abrazo de las finas hojas. Desde el duro vacío del espacio, el árbol parecía haber sido impulsado a través de un pasadizo transparente que Cley pudo ver replegándose ya hacia el guante que los había detenido. Pequeños animales correteaban por los cables retorcidos y las enredaderas, chirriando, canturreando, lanzando visibles pedos amarillos. Por todas partes había animación, una sensación de que nada duraba demasiado tiempo.

 

- Vamos -dijo Buscador. Se puso en marcha rápidamente y Cley le siguió por un tubo ancho como una boca, color verde oliva. Se sorprendió al descubrir que podía ver a través de las paredes.

 

La luz del sol se filtraba a través de un dosel encantado. Las nubes se formaban a partir de meros manojillos, creaban gotas, y las ansiosas hojas las sorbían. Cley se entretuvo observando el per petuo ritmo a cámara lenta de este lugar, hasta que Buscador salió velozmente del túnel para llegar a una gran sala dominada por huecas semiesferas de moho verde. Cley vio que el otro hemisferio era transparente. Dejaba pasar una lanzada de luz amarilla que se reflejaba y refractaba en las profundidades del laberinto viviente que los rodeaba.

 

Buscador se encaminó hacia la concavidad y se agarró a una planta. Cley rebotó torpemente en el elástico moho, se aferró a un árbol estirado y por fin alcanzó a Buscador, que comía bulbas escarlata que crecían por todas partes. Cley las probó y le gustó el sabor rico y granuloso. Pero su irritación aumentó a medida que su hambre era saciada. Buscador parecía a punto de echarse a dormir cuando le dijo:

 

- Nos has traído aquí a propósito, ¿verdad?

 

- Claro. -Buscador parpadeó perezosamente.

 

- ¡Quería encontrar a mi pueblo! -gritó Cley, enfurecida por esta muestra de despreocu pación.

 

- Han desaparecido.

 

- Tú lo dices, el todopoderoso Alvin lo dice, pero yo quiero comprobarlo por mí misma.

 

- Alvin y los suyos son buenos en unas cuan tas cosas. Entre ellas, adquirir información. Creo que su búsqueda fue concienzuda.

 

- ¡Me pasaron por alto!

 

- Por poco tiempo.

 

- Dijiste que podría encontrar gente como yo si te seguía.

 

- Eso creo.

 

- ¡Sigo queriendo comprobarlo!

 

- El precio de verlo será la muerte -dijo Buscador suavemente.

 

- Hasta ahora nos ha ido bien.

 

- Una serie numérica puede tener muchos términos y seguir siendo finita.

 

- Pero…, pero… -Cley quiso expresar su de sazón por haber sido despojada de todo lo que conocía, pero el orgullo la obligó a decir-: Algo en el cielo quiere matarme, ¿no? ¿Y para escapar nos vamos al cielo? ¡Tonterías!

 

- Veo que estás intranquila. -Buscador cru zó los brazos sobre su vientre, en un gesto que de algún modo implicaba preocupación-. Pero de bemos escapar lo más lejos posible.

 

- ¿Por qué?

 

- Sin mí estarías indefensa.

 

La boca de Cley se retorció, mezclándose irri tación y burla.

 

- Éso supongo. Aquí arriba. En los bosques estaríamos igualados.

 

Buscador no dijo nada, y Cley advirtió que es taba siendo diplomático. En verdad, a pesar de toda su experiencia y sus habilidades, Buscador se había movido a través de terrenos diferentes con una seguridad inconsciente y una habilidad que envidiaba.

 

- ¿Adonde vamos entonces?

 

- Por ahora, a la Luna.

 

- La… -Ella había supuesto que estaban en la órbita de la Tierra, pero que regresarían en al gún punto lejano. Sabía que los supras también iban a otros mundos, pero nunca había oído que su propia especie lo hiciera-. ¿Para qué?

 

- Debemos movernos hacia fuera y tener cui dado.

 

- ¿Para salvar nuestros pellejos?

 

- Tu pellejo.

 

- Supongo que no tienes pellejo, sólo pelo.

 

- No está buscando mi pelo.

 

- ¿Quién?

 

Buscador se echó hacia atrás y se acomodó, cruzando sus seis miembros. Empezó a hablar, suave y melodiosamente, de tiempos tan remotos que incluso los nombres de las eras se habían per dido. La gran bestia peluda le contó cómo la hu manidad encontró inteligencias superiores ante el golpe infligido a su orgullo. Intentaron crear una mentalidad superior, y su fracaso fue tan grande como su intención. Crearon a la Mente Loca, un ser que no necesitaba inscribir pautas en la materia. Y que resultó maligno sin mesura. Sólo tras una heroica lucha consiguieron capturar y reducir a la Mente Loca. Enjaularla firmemente fue el trabajo de millones de vidas.

 

Y sin embargo la raza siguió esforzándose, hasta crear una réplica a la Mente Loca llamada Vanamonde. Ambos habitaban en las profundidades del espacio. Pero con ese último acto grandioso la humanidad perdió la luz. Las especies posteriores de humanos se retiraron, dejando que sus máquinas robaran la variedad y el sabor de su mundo, hasta que sólo las luces de Diaspar ardieron en las arenas que un día lo inundarían todo.

 

- Cobardía -dijo Cley.

 

- Vano orgullo -replicó Buscador.

 

- ¿Por qué? Eso no tiene sentido.

 

- ¿Creer que los humanos eran la cima de la evolución?

 

- Oh. Ya veo.

 

Cley guardó silencio durante la mayor par te del viaje hasta la Luna. Conocía parte de la his toria de Buscador, pues era una fábula de su tribu. Pero la Mente Loca era ahora mayor que las montañas, un mito brumoso narrado por los su pras. También hablaban de Vanamonde, pero se decía que esa otra entidad igualmente tenue vivía entre los racimos de estrellas y nubes radiantes.

 

La Luna asomó, verde y exuberante, mientras se acercaban. La leve rotación del Jonás daba un tono tranquilo a los segmentos externos de la gran nave, y Cley se internó con Buscador a través de frondosos laberintos para contemplar su aproximación. El paisaje lunar era una creación irregular de abruptas montañas y colosales cascadas. El contraste había sido formado por los elementos livianos que los cometas lanzaban contra el Sol. Una película de moléculas cubría el aire lunar, conteniéndolo en una densa mezcla de gases. La película tenía agujeros permanentes que permitían acceso a las naves y formas de vida espaciales, y todo era renovado constantemente gracias a la erupción de los volcanes. Este mecanismo capturaba tan bien la leve fuerza gravitatoria de la Luna, que perdía menos aire que la Tierra.

 

La brillante Luna colgaba casi encima del Sol, y por eso quedó casi cubierta por las sombras cuando el Jonás empezó a maniobrar hacia su cara oculta. Durante un instante, el Sol, la Luna y la Tierra quedaron alineados con perfección geométrica, antes de volver a reemprender sus complicados rumbos. Cley contempló este increíble momento de equilibrio y sintió la paradoja de que mantenían balance y quietud en el corazón de todo el cambio.

 

- Mira -dijo Buscador-. Tormentas.

 

Cley contempló el remolino de aire lunar, pero la perturbación se encontraba más allá. En la negrura sobre ambos polos serpenteaban filamen tos de brillante color anaranjado.

 

- Maldición -susurró Cley, como si los fila mentos helicoidales pudieran oír-. ¿La Mente Loca?

 

- Nos busca. Creí que cogería primero cualquier otra cosa.

 

Buscador señaló con sus orejas lo que parecía espacio vacío alrededor de la Tierra. Describió cómo el campo magnético del planeta es comprimido por los vientos solares y escapa dejando estelas. Cley parpadeó para pasar al ultravioleta y captó el delicado titilar de un gran volumen en torno al planeta. Vio un territorio que jamás había imaginado, un reino dominado por los florecientes campos magnéticos del planeta. Era una pelota brillante, extendida al sol, acariciada por los vientos solares que la trenzaban. Arcadas de adornos momentáneos crecían y morían en la inquieta arquitectura de la magnetosfera, y Cley supo que también eran huellas del paso de la Mente Loca.

 

- Está buscando allí.

 

- Examina las bandas del campo magnético -dijo Buscador sombríamente-. Esperaba que sólo nos buscara en ese reino.

 

- Pero también ha llegado aquí.

 

- Debe hacerlo.

 

Cley sintió un escalofrío. Fuerzas inmensas recorrían estos enormes espacios, y ella era una mujer nacida para surcar los silenciosos senderos de los bosques, para atender y plantar y captar el sabor de los vientos susurrantes. Éste no era su sitio.

 

- ¿Puede atravesar la capa de aire? -pre guntó.

 

Buscador señaló simplemente con una oreja el polo sur lunar. Ella pasó al infrarrojo y vio leves nubes de humo bajo la curvatura de la atmósfera. Había chispas anaranjadas.

 

- Ya ha alcanzado la capa de aire. -Se mordió los labios y casi perdió su asidero en una rama.

 

- Y puede cazar a voluntad, una vez dentro. Sigue las líneas del campo magnético lunar adon de quiere. -Buscador se soltó sin avisar, pateó una enorme orquídea y se internó en un tubo de conexión.

 

- ¡Eh, espera!

 

Lo alcanzó en una cúpula elipsoide donde un ejército de arañas negras montaba hileras de con tenedores ovales. En la deslumbrante actividad, apenas pudo mantener el ritmo de Buscador. Animales más grandes pasaron junto a ella, algunos tan enormes que eran capaces de aplastarla con un simple aleteo, o de partirla en dos con el pico, pero todos la ignoraron. Un silbido febril resonó por encima de todos los demás ruidos. Buscador se había detenido y descansaba justo bajo la cúpula superior.

 

- ¿Qué podemos hacer ahora? ¿Regresar a la Tierra?

 

- Pensaba en coger la nave que se acerca.

 

A través del domo, ella vio una versión menor de su Jonás que se acercaba desde uno de los agu jeros abiertos en la capa de aire. Buscador había dicho que el Jonás era uno de los instrumentos de su especie, capturado en un ciclo interminable en tre la Tierra y la Luna. El Jonás más pequeño se zambulló en el aire lunar, disfrutando de su dimi nuta libertad. Cley sintió piedad por aquellas na ves vivientes, pero entonces vio algo que le hizo olvidar sus preocupaciones menores. Divisó una gran masa que se acercaba a ellos desde una órbita superior.

 

- ¿Qué…?

 

- Nos acercamos a un apareamiento momen táneo.

 

- ¿Apareamiento? ¿En pleno vuelo?

 

- Siempre lo hacen en vuelo.

 

- Pero… esa cosa, es tan grande…

 

- Es un Leviatán. Los Jonás son sus crías. Mientras se acerca al Sol, su deseo aumenta, como ha sucedido durante milenios. Nosotros simple mente nos aprovecharemos de la dicha del en cuentro.

 

Mientras la gran masa se deslizaba sin esfuer zo hacia ellos, Cley observó su piel moteada de un verde agrisado, las enmarañadas junglas que alza ba al eterno fulgor nutritivo del Sol.

 

Cley no pudo dejar de sonreír.

 

- Creo que prefiero la lujuria en pequeñas dosis.

 

29

 

CORRIGIENDO AL SOL

 

 

Los grandes seres se comunican a través de emisarios. Lentas y poderosas oscilaciones empe zaron a recorrer el Jonás. Cley vio una burbuja acuosa surgida de la correosa piel del Jonás salir al espacio. Avanzó temblorosa, buscando una definición, y se convirtió en un elipsoide.

 

- Deprisa-dijo Buscador-. En marcha.

 

Buscador la arrastró a través de los verdes la berintos. Cuando llegaron a la boca hinchada de lo que parecía una gigantesca raíz hueca, la empu jó. Ella tropezó y cayó sobre un parche suave y resistente. Cabellos finos como terciopelo de los que manaba una especie de savia blanca la golpearon. Un brusco sabor carnoso la asaltó. Cley se sintió mareada y advirtió que el aire estaba lleno de vapor que se formaba, se disolvía y se reunía de nuevo en nubes transparentes. Buscador apartó una masa esponjosa del tamaño de un hombre, pero no parecía preocupado. Se produjo un silbido. Gravitaron a través de un estrecho tubo. Las paredes bridaban con una suavidad coralina, y Cley sintió la savia cubrirle los pies y la espalda.

 

Buscador agarró un plato tembloroso y se lo lanzó como si fuera un disco. La pegajosa sustan cia se enroscaba a su alrededor y Buscador golpeó el otro extremo contra un filamento más denso. Ganaron velocidad en un torbellino de luz refractante. Cley aguantó la respiración, asustada por el siseo que los rodeaba.

 

- ¿Qué…? -empezó a decir, pero una fría bola de savia se le metió en la boca. La escupió y sintió a Buscador a su lado mientras el brillo de la pared remitía. El tubo irregular que tenían delante se dobló, se hinchó y salieron disparados al duro resplandor del espacio. El Jonás había exhalado una burbuja elástica. Un envoltorio de savia los cubrió, creando rápidamente una esfera perfecta.

 

- El Jonás está haciendo el amor al Leviatán -dijo Buscador, sujetándola con firmeza.

 

- ¿Somos semillas?

 

- Eso le hemos hecho creer, sí.

 

- ¿Qué sucederá si algo intenta penetrarnos?

 

- Rechazaremos la invitación.

 

Esa amabilidad parecía dudosa. Se acercaban al amplio bajo vientre moteado, y el Jonás se agitaba detrás. Las motas eran placas de espuma rubí oscuro. El Leviatán tenía al menos diez veces el tamaño del Jonás, lo que daba al acto sexual un aire de comedia. Al aproximarse, Cley sintió un nuevo temor ante su enormidad: la criatura tenía el tamaño de una pequeña montaña.

 

Esta vez cedieron aceleración a su nuevo anfi trión a través de una telaraña de burbujas que pare cieron estallar y volver a formarse mientras seguían avanzando, cada impacto, un pequeño bofetón que hacía que Cley rebotara contra las paredes elásticas de su propia esfera-semilla.

 

Cuando se detuvieron, una larga aguja taladró habilidosamente su burbuja. La luz de rubí prestaba a todo un aspecto infernal y amenazante. La aguja entró, pareció olisquear, moviendo su aguda punta poderosamente, capaz de perforarlos a ambos. Buscador alzó una pata y orinó directamente encima. La aguja retrocedió y huyó.

 

- No, gracias -dijo Buscador.

 

La burbuja estalló, liberándolos.

 

Buscador volvió a guiarla a través de un des lumbrante laberinto de plantas, siguiendo pistas que ella no podía entender.

 

- ¿Adonde vamos?

 

- A buscar al capitán.

 

- ¿Alguien guía esto?

 

- ¿No te guía a ti tu cuerpo?

 

- Bien, ¿adonde va este Leviatán?

 

- A los mundos exteriores.

 

- ¿Crees que por ahora estamos a salvo aquí?

 

- No estamos a salvo en ninguna parte. Pero aquí nos esconderemos bien.

 

- ¿Crees que la Mente Loca no sabe dón de estoy? Me ha seguido sin problemas hasta ahora.

 

- Aquí hay formas mucho más complejas que tú. Camuflarán tu rastro.

 

- ¿Y qué hay de mi talento? ¿No podrá la Mente captar mi «olor»?

 

- Es posible.

 

- ¡Maldición! Desearía que Seranis no hubie ra despertado esta actividad en mí.

 

- Tuvo que hacerlo.

 

Cley seguía a Buscador de cerca, esforzándose por mantener su ritmo mientras rebotaban de una pared a otra y se deslizaban por pasadizos curvos, internándose cada vez más en el Leviatán. La ob servación de Buscador la hizo detenerse un instante, jadeando en el aire dulce y asfixiante.

 

- ¿Tuvo que hacerlo?

 

- Lo necesitarás. Y el talento requiere tiempo para crecer.

 

Cley quiso dejar patente su frustración ante la velocidad y la confusión de los hechos, pero sabía que Buscador sólo le dirigiría su salvaje sonrisa. Buscador redujo el paso y contempló un conjunto de grandes y anchas hojas. Parecían unidas a ramas, pero la escala era tan grande que Cley no pudo ver dónde terminaba la gruesa madera oscura. Entre las hojas corrían y saltaban muchas pequeñas criaturas.

 

Descubrió que sin advertir ninguna transición esta zona había ganado algo de gravedad. Cayó de una rama a otra, se deslizó por una tercera y ate rrizó sobre una criatura parecida a un gato. Murió en sus manos, provocando un estertor de culpa. El gato tenía alas y la piel anaranjada. Buscador avanzó por una fina rama, vio al gato-pájaro y con unos cuantos movimientos lo despellejó y arrancó pedazos de carne.

 

El objetivo de encontrar al capitán quedó olvidado, ya que ambos tenían hambre.

 

Cley advirtió que este inmenso territorio in terior no era una cómoda sala de espera verde para pasajeros. Era un mundo, intacto y con su propio sentido.

 

Los pasajeros no eran especiales en modo al guno. Tenían que competir para conseguir ventajas y comida. Este punto quedó claro cuando encontraron una gran bestia que yacía en una rama, parcialmente desmembrada. Buscador se detuvo, estudiando pensativo la carcasa destrozada. Cley vio que las marcas en la piel, el morro y los anchos dientes se parecían a los de Buscador.

 

- ¿Tu… especie?

 

- Tuvimos orígenes comunes.

 

Cley no pudo interpretar en el rostro de Buscador nada que pareciera tristeza.

 

- ¿Cuántos sois?

 

- No los suficientes. Aunque el número no significa nada.

 

- ¿Conocías a éste?

 

- Mezclamos información genética.

 

- ¡Oh! Lo siento, yo…

 

Buscador dio una patada al cadáver, que atraía ya a una nube de mosquitos carroñeros.

 

- Era un enemigo.

 

- ¿Después de que os «mezclarais»? Quiero decir…

 

- Antes y después.

 

- ¿Pero entonces por qué…? Normalmente, nosotros no…

 

Buscador le dirigió una mirada que combinaba una fiera mueca con una sonrisa picara.

 

- Nunca pensamos en una cosa cada vez.

 

- ¿Ni siquiera durante el acto sexual? -Cley se echó a reír-. ¿Tienes hijos?

 

- Dos partos.

 

- ¡Buscador! ¡Eres una hembra! ¡Nunca lo habría imaginado!

 

- No soy hembra como lo eres tú.

 

- Bueno, desde luego no eres macho si eres capaz de parir.

 

- El sexo simple como el tuyo fue una adapta ción momentánea.

 

Cley se echó a reír.

 

- Buscador, me parece que te has perdido un montón de diversión.

 

- Los humanos son famosos por su experiencia sexual y sus grandes órganos.

 

- Hummm. Aceptaré eso como un cumplido.

 

Un leve movimiento distrajo a Cley. Apartó una rama enorme y vio una forma humana en la lejanía.

 

- ¡Eh! -llamó.

 

La silueta se dio la vuelta y se marchó.

 

- ¡Eh, alto! Somos amigos.

 

Pero la sombra se mezcló con las hojas verdes y marrones y desapareció. Cley corrió tras ella. Después de deslizarse por ramas y troncos se detuvo, prestó atención y no oyó más que el suspiro de la brisa y los trinos de pájaros desconocidos.

 

Buscador la había seguido.

 

- ¿Deseas aparearte?

 

- ¿Eh? No siempre estamos pensando en eso. ¿Es lo que crees? Sólo quería hablar con él.

 

- No encontrarás a nadie -dijo Buscador.

 

- ¿Quién era? Mira, no era una ilusión, ¿verdad? No era como esos que mataron a mi tribu y que según Alvin no eran más que imágenes.

 

- No, ése era el capitán.

 

Cley sintió un arrebato de orgullo. Los huma nos dirigían este lugar.

 

- Alvin dijo que mi especie había desapareci do, todos menos yo.

 

- Es verdad.

 

- ¿Entonces ese capitán es de otra especie? ¿Un supra?

 

- No. Y no creo que quieras de verdad explorar ese tema. Son inmateriales.

 

- Mira, estoy sola. Si puedo encontrar a cual quier tipo de humano, lo haré.

 

Buscador echó hacia atrás su enorme cabeza, alzando y bajando las cejas de una forma que Cley encontró vagamente inquietante.

 

- Tenemos otros objetivos.

 

- Si no me ayudas, encontraré al capitán yo sola.

 

- Bien.

 

Cley no comprendió esta respuesta, pero esta ba acostumbrada a las salidas de Buscador. Son rió, sabiendo lo difícil que sería encontrar a alguien en este lugar.

 

Buscador no dijo nada más y pareció distraído. Subieron, esforzándose contra la leve grave dad centrípeta, y finalmente llegaron a una ancha pendiente hecha tan sólo de grandes hojas. La luz del Sol fluía fiera y dorada desde un cielo abierto que enmarcaba la Luna cada vez más pequeña. Cley sabía que cuando la Tierra cobró vida, más de cinco mil millones de años antes, empezó en vuelta en una membrana de aire y agua, cuyo pro pósito era corregir el Sol. Enterrada en los bosques de la Tierra, nunca se había molestado en pensar en otros planetas, pero ahora vio que también la Luna había aprendido de la Tierra esta habilidad. Había algo fresco y vibrante en ella, como si no hubiera compartido la larga sequía impuesta por los robots de los supras. Donde antaño marea significaba las oscuras manchas de los flujos volcánicos, ahora auténticos mares lamían las abruptas montañas de picos nevados. Ahora el voraz verde de la Tierra parecía imitar el exuberante desequilibrio de su compañera menor.

 

Buscador se inclinó y apoyó una oreja contra un tallo púrpura. Mordisqueó las jóvenes raíces que asomaban por la corteza, pero también parecía estar escuchando. Entonces se enderezó.

 

- Nos dirigimos a Venus.

 

- ¿Qué es eso?

 

- El segundo planeta a partir del Sol, el que va después de la Tierra.

 

- ¿Podremos vivir allí?

 

- Espero que la pregunta sea si podremos evi tar la muerte.

 

Con eso, Buscador se quedó dormido, y Cley, temerosa de la jungla, no se aventuró más allá. Vio que la Tierra y la Luna se encogían, planetas ge melos recortados contra el resplandor atemporal de la galaxia.

 

Supo instintivamente que la Luna no era sólo un invernadero cubierto mantenido en el exterior de manera constante. ¿Quién la atendía, después de todo? Durante largos eones, la humanidad había permanecido encerrada en sus desiertos. No, la riqueza venía de organismos que se adaptaban a un entorno material que a su vez estaba hecho de otros organismos. Imaginar lo contrario (como los antiguos humanos) era ver el mundo como una gama de reglas fijas, como los deportes, es trictos y estáticos. Sin embargo, incluso los plane tas tenían que ceder ante la presión de los soles.

 

El Sol había quemado hidrógeno durante casi cinco mil millones de años antes de que la Tierra desarrollara una especie que pudiera comprender ese simple hecho. El hidrógeno fundido creaba helio, una ceniza gaseosa que se posaba en el núcleo del Sol. El helio se mantiene radiactivo mejor que el hidrógeno y por eso aumenta la temperatura del núcleo. A su vez, el hidrógeno arde más fieramente. El Sol se calienta más. Contrariamente a los fuegos de campamento, los hornos solares arden más cuanta más ceniza tienen.

 

La vida terrestre había escapado a esta imposición de la física… durante un tiempo. Mucho antes de que surgieran los humanos, una capa de dióxi do de carbono ayudó a calentar la Tierra. A medi da que el Sol se calentaba, la vida fue reduciendo esa capa para mantener un clima confortable.

 

Pero el dióxido de carbono era también el medio por el cual la rica energía del hidrógeno en fusión del Sol se transmutaba en materia viva. Tam bién era el alimento fundamental para la foto síntesis. Reducir la capa de dióxido de carbono amenazaba la reacción esencial. Así, poco después de la evolución de los humanos (apenas cien millones de años), el aire tuvo tan poco dióxido de carbono que el reino vegetal peligró.

 

En ese punto, la vida de la Tierra pudo haber ajustado radicalmente su ritmo químico. Otros planetas habían atravesado esta situación antes y habían sobrevivido. Pero las inteligencias de aquella época, incluyendo los antepasados de Buscador, intervinieron.

 

Acercar la Tierra al horno solar dispararía la creación de fuegos internos. Esto condujo a las grandes maniobras que reajustaron los planetas, abriéndolos a nuevos usos.

 

Todo esto yacía enterrado en los polvorientos archivos de Diaspar, y los datos cruzaron la men te de Cley sólo como mitos. Las historias embellecidas que su tribu contaba en torno a las hogueras explicaban esas cosas a través de parábolas y grandiosos relatos. Su especie no era estudiosa en el sentido estricto del término, pero sus habilidades forestales necesitaban mitos y sabiduría, la «sensación» de cómo y por qué las biosferas se unían y alimentaban. Algunos conocimientos estaban incluso insertados en Cley en un nivel de comprensión instintiva.

 

Así, la belleza envuelta en nubes de los mun dos gemelos le hizo contener la respiración, mien tras su corazón latía con un amor que era quizá la señal de la verdadera inteligencia. Mientras Bus cador seguía durmiendo, ella contempló las motas del aire lunar ascender para encontrarse con otras manchas en un baile lento y grandioso. Otro Jonás se acercaba desde la Tierra. Las motas convergían en él desde órbitas excéntricas alrededor de la Luna. Cley ajustó sus ojos para captar el brillo infrarrojo que anunciaba calor interno, y vio una nube mayor, un destello de bullicio. Las corrientes gravitaban entre la Tierra y la Luna, interminables transacciones de especies. Un arroyo más pequeño se apartó de las órbitas que enlazaban a los gemelos. Se plegó hacia dentro y Cley, protegiéndose con una mano del brillo del Sol, vio que se dirigía hacia un denso enjambre que se agrupaba sobre el mismo Sol.

 

Sintió a la vez asombro, miedo a la inmensi dad y soledad. Deseó que su clan pudiera ver esto, que hubiera otras mentes como la suya para com partir este espectáculo.

 

Su atención estaba tan centrada en el cielo que no oyó las zarpas acercarse… Pero sí notó el mo vimiento cuando algo saltó en la leve gravedad.

 

La forma la atacó por detrás. Ella sólo pudo verla un instante, una cosa negra y roja. Tenía alas como un murciélago y tres ágiles patas que le permitían encogerse como una pelota para descargar su ataque.

 

Las mandíbulas chasquearon en el aire donde Cley estaba un segundo antes.

 

Se agachó y saltó a un lado, rebotando en una rama. En vez de escapar hacia el bosque descono cido, donde podía estar esperando una carnada de atacantes, se abalanzó contra la cosa silenciosa y escurridiza.

 

Ésta no se lo esperaba. Acababa de ver a Bus cador y estaba intentando decidir si era una ame naza o un banquete inesperado.

 

Cley la golpeó. Una pata restalló; la ingravidez crea constituciones frágiles. Había convertido en agujas dos de sus dedos, que habitualmente utiliza ba para atender a otras criaturas heridas. Las hundió en las orejas rojas de su atacante, atravesando los grandes pabellones que eran su principal órgano sensor. La criatura se marchó, convertida en un destello lastimero de dolor y furia.

 

Cley aterrizó en una ancha rama, las manos preparadas. Temblaba con una mezcla de ansiedad y miedo que mil millones de años de selección todavía mantenían como fundamentales para la constitución humana. El follaje respondió a su intensa vigilancia con silenciosa indiferencia.

 

Buscador se despertó, se desperezó y bostezó.

 

- ¿Más comida?

 

30

 

EL CAPITÁN DE LAS NUBES

 

 

Avistaron la nave supra al tercer día. Llegó desde el lado que apuntaba a la Tierra, corno Cley consideraba ahora a las capas de popa del Leviatán.

 

Buscador y ella pasaban mucho tiempo allí, disfrutando del espectáculo de la verde Luna cada vez más pequeña, descansando entre una maraña de enormes flores. Cerca de la Luna, una estrella amarilla crecía rápidamente. Se convirtió en una estilizada nave de plata que mantenía su equilibrio sobre una fina llama.

 

Cley acababa de divisarla cuando Buscador la hizo esconderse tras un alto estambre.

 

- No te muevas -susurró.

 

La nave revoloteó en torno al Leviatán como si estuviera olisqueando, y su nariz giraba y se hinchaba a pesar de ser de metal brillante. La lla ma redujo su intensidad y los propulsores la hicieron perderse de vista tras la masa del Leviatán.

 

Cley sintió una presencia oscura, como un sonido que no acaba de reconocerse. La nave supra regre só, acercándose tanto que se arriesgó a chocar contra los tallos superiores.

 

Buscador colocó sus grandes manos sobre la cara de Cley. Lo había hecho antes, para tranqui lizarla cuando su ansiedad no la dejaba dormir. Ahora, la presión de aquellas ásperas palmas cubiertas de fino pelo negro la inundó de calma. Sabía lo que implicaba aquel contacto: dejaba su mente en blanco. De esa forma, su talento transmitía lo menos posible. Cualquier supra a bordo de la nave que hubiera venido de Lys podría detectar sus pensamientos, pero sólo si se enfocaban claramente en mensajes perceptibles. O al menos eso esperaba Cley.

 

La nave permaneció completamente inmóvil durante largo rato, como decidiendo si aventurarse en el interior. La nube de vida espacial que ro deaba el Leviatán se había retirado de la nave, qui zá temiendo sus cohetes. Sus exactas simetrías cilindricas y su severo brillo parecían extraños y malévolos entre los enjambres en movimiento, duros y cerrados, sin revelar nada. De repente, la llama amarilla volvió a encenderse, dispersando las formas de vida. La nave desapareció en cues tión de segundos, alejándose del Sol.

 

- Debieron de suponer que huía en esta di rección -dijo Cley.

 

- Comprueban todas las posibilidades.

 

Buscador parecía preocupado, aunque Cley no estaba segura de qué significado exacto tenían su ceño fruncido, las ondulaciones de su pelaje y las muecas con las que enseñaba los dientes.

 

- Siento algo…

 

- Buscaban tu pensamiento-olor.

 

- No sabía que tenía uno.

 

- Es distintivo.

 

- ¿Puedes olerlo tú?

 

- En tu especie, muchos recuerdos están al bergados cerca de los receptores cerebrales para el olor. Los olores entonces evocan recuerdos. Yo no comparto esa habilidad.

 

- ¿Entonces? -A veces los giros de Buscador la irritaban. No estaba segura de si sugería mucho al decir poco o simplemente se estaba divirtiendo a su costa.

 

- Un supra puede recordar el sabor de tu pen samiento. Este acto de recordar convoca tu talen to, lo hace más fuerte.

 

- ¿Sólo recordando me hacen transmitir mejor?

 

- Algo así.

 

Cley no pudo encajar esto con la extraña pre sencia que había sentido.

 

- Bien, ya se han ido.

 

- Pueden regresar.

 

- Tienes el talento, ¿verdad?

 

- Si no lo sabes, entonces supongo que no.

 

- Bueno, sí, no puedo captar nada de ti. Pero…

 

- Marchémonos de aquí. La nave puede vol ver a intentarlo.

 

Dejaron la zona de flores donde habían vivido durante un día, nutriéndose a base de denso néc tar. Cley no advirtió transición alguna, pero de al gún modo llegaron a una región con leve grave dad centrífuga. No se trataba de una geometría interna tan simple como la del Jonás. Porciones internas del Leviatán giraban sobre ejes invisibles, y los arroyos fluían entre las empinadas colinas. La gravedad local nunca era más que un leve toque, pero daba forma y orden a la desbocada vegetación.

 

Llegaron a una enorme cámara con plataformas, pasadizos, túneles, balaustradas y antesalas, todo repleto de pequeños animales que surcaban sus senderos internos. Era una estación central para un sistema de tubos que parecía brotar por todas partes, incluso por las paredes. El aire húmedo quedaba cruzado por grandes lanzadas de luz que brotaban del suelo, hasta la distante bóveda del techo, sorprendentemente decorada (como para demostrar que esta cúpula era la piedra angular de todo), con una proyección del paisaje estelar del exterior. El centro galáctico resplandecía.

 

Sin embargo, toda la grandeza del lugar no in timidó a Cley. Resultaba incluso acogedor. Los animales eran inteligentes, a su modo, y ejecutaban rápidamente sus tareas sin dirigirle apenas una mirada. Los humanos al parecer no eran interesantes, tal vez ni siquiera inusitados…, aunque Cley dudaba de que muchos supras usaran Leviatanes para viajar, pues tenían sus veloces naves.

 

No le preocupaba la persecución supra. La ve locidad de los acontecimientos la había apartado de sus tierras, y había decidido continuar en vez de inquietarse continuamente. Tal vez podría en contrar a otros ur-humanos en alguna parte, co mo había dicho Buscador.

 

Sus habilidades cazadoras revivieron mientras seguía a Buscador en su rápido y tranquilo deam bular en busca de comida. Buscador devoraba mucho y parecía saborear las pequeñas presas, aunque se nutría principalmente de plantas. Le gustaba especialmente reducir a trocitos las gran des hojas, para sacar puñados de semillas rojas ya maduras.

 

El fermento de la vida mezclada a su alrede dor, extendiéndose en las tres dimensiones por todo el Leviatán, cautivaba a Cley. Era muy distinto de los cuidadosos proyectos de los supras. Mientras se sumergía en esta compleja riqueza, comprendió lo que la había irritado y atormentado de los supras. Su aire de superioridad era tolerable, pero en sus graves modales sentía el frío roce de algo que no podía nombrar.

 

Alvin resultaba divertido en ocasiones, pero los otros eran pesados y solemnes. Seranis le había mostrado su arte, repleto de imágenes de deterioro. Cley sabía en el fondo de su alma que era una moda y no una regla de la naturaleza, aunque estuviera formada por el peso de siglos de aburrimiento. La entropía aumentaba, y condenaría incluso a las brillantes estrellas. Pero sin la abundancia del Sol no habría luz para crear vida. Los seres vivos eran como contables habilidosos, viviendo a base del flujo de la energía, pagando todos los impuestos necesarios pero sin pasar nunca por alto un desliz. La grasa ardiente de la sangre de Cley generaba entropía, pero conseguía excretarla aún más rápido en calor y materia de desecho: una forma milagrosa, improbable y perfectamente legal de esquivar la segunda ley de la termodinámica.

 

Ella, como los planetas, creaba excrementos y contaminación. Pero la contaminación de uno era el sustento de otro, y empezaba a ver que esta verdad funcionaba a escala interplanetaria.

 

Seguramente en el Leviatán operaba una magia persistente, y pronto sucedería lo mismo en la Tierra. Los supras la habían preocupado porque aún resonaban con los compases fijos y estrechos de Diaspar. Alvin no conocía la vida, esa chispa que cuelga entre dos eternidades. En un sentido profundo, los supras eran inmortales pero no estaban vivos.

 

Descartó estos pensamientos con un escalofrío. Recorrieron esa cripta interior, comiendo bayas que colgaban de palmeras que atrapaban animales. Las afiladas hojas podían arrancarle un brazo, pero Buscador le mostró cómo confundir los reflejos del árbol lo suficiente para poder coger las bayas. Viajaron durante dos días a lo largo de una playa, y Buscador capturó los peces amarillos que vivían en el lago. A través de las nubes, Cley podía ver el lago curvándose por encima de sus cabezas, a kilómetros de distancia, describiendo la vasta curvatura de un cilindro en rotación.

 

- ¿Por qué nos movemos tanto? -preguntó Cley cuando Buscador continuó marchando resueltamente a pesar de la oscuridad. La luz del Sol menguaba y aumentaba en la gran cripta cilindrica como una marea.

 

- Nos escondemos entre la vida.

 

- ¿Crees que los supras siguen buscándome?

 

- Se han ido.

 

- ¿Te lo dice tu misteriosa sabiduría?

 

Buscador le mostró los dientes, recién limpiados con espinas de peces amarillos.

 

- Los supras continúan hacia fuera.

 

- Magnífico. Volvamos a la piel del Leviatán. Me gustaba el panorama.

 

De hecho, quería buscar al capitán. Había vis to humanos a través de las llagas transparentes, y siempre parecían evaporarse en la húmeda jungla antes de poder perseguirlos.

 

Buscador no hizo ningún comentario a su de seo de encontrar humanos, y no quiso ayudarla a localizarlos, aunque ella sospechaba que podía sentir a los animales más pequeños que nadaban o chapoteaban entre las capas de verde. Durante tres días siguieron el curso de los lagos, detenién dose sólo a nadar y descansar. Esta zona del Le viatán giraba, produciendo en el lago curiosas olas en espiral que subían y bajaban hasta la orilla.

 

Dos días más, según el reloj interno de Cley, los llevaron hasta la piel. Una vez más Cley no pudo sentir cuándo dejaron la región de la grave dad giratoria. Las brumas habían cubierto su camino, introduciéndose en los recovecos del Leviatán, llenando de humedad los senderos de las grandes hojas de luz reflejada que se extendían por los anchos árboles.

 

Buscador le enseñó uno de sus juegos favori tos. Se encaramaron a una de las burbujas transpa rentes en las extensiones exteriores del Leviatán, esperando. En el completo vacío exterior, trabaja ban y se deslizaban formas extrañas. Criaturas con concha parecidas a lapas pegadas a la piel del Leviatán. A veces disparaban por accidente un re flejo que hacía que la resbaladiza piel se plegara hacia dentro. Cuando una caía dentro, Buscador la abría con los pies y chupaba ávidamente el interior de la concha.

 

Largas criaturas negras reptaban sobre el Le viatán, alimentándose de las esterillas fotosintéti cas que crecían por todas partes. Cley pudo ver aquellas algas oscuras moteando la piel negra, des prendiendo esporas de vez en cuando. Como ganado de los cielos, comían el pasto marrón y se guían avanzando.

 

Buscador trató de capturar una criatura que estaba cerca de la capa transparente, girando y ha ciendo muecas para llamar su atención. La vaca del vacío giró los ojos oscuros hacia la fuente de esos gestos. La curiosidad bovina la hizo acercarse más. Buscador alargó la mano, extendiendo la dura pared elástica con sus manos y pies. Consi guió agarrarse a la vaca a través de la fina piel. Gruñendo y rugiendo, Buscador,fue lo bastante fuerte para atraer a la vaca contra la presión atmosférica que empujaba la cobertura hacia fuera.

 

Por un instante, Cley pensó que Buscador iba a conseguir arrastrar a la vaca lo suficiente para dis parar el movimiento de plegado y hacer que atravesara la membrana. Buscador aulló de alegría. Pero entonces la vaca del vacío hizo un nuevo es fuerzo, se agitó y se liberó.

 

Buscador apretó los dientes.

 

- Malditas criaturas.

 

- Sí, parecía apetitosa.

 

- Están muy ricas -dijo Buscador.

 

- Pero es muy resistente.

 

Cuando Cley dejó de reírse de la expresión de Buscador, miró a un lado y se sorprendió al ver una forma humana. Pero sólo se trataba de una forma, pues no era algo que hubiera visto antes en toda su vida.

 

El rostro se esforzaba, frunciendo el ceño, sonriendo, moviendo los ojos espantados, expresiones que se agitaban y se disolvían. La cosa parecía de mente. Entonces Cley vio que se estaba imponien do su propia necesidad de encontrar expresión, de encontrar un orden. De hecho, la tormenta en mo vimiento ondeaba y luchaba por todo el cuerpo. Los colores y las formas no eran más que aproxi maciones pasajeras.

 

La forma dio un paso vacilante hacia Cley. Ella se mordió los labios. El cuerpo se sacudió y se torció como una mala imagen proyectada en una pantalla temblequeante. Pero no se trataba de una ilusión. Su grueso pie apartó un tallo y dio otro paso. La piel movediza parecía un tinte color café que se agitara y cambiara a medida que el cuerpo se movía.

 

Cley advirtió que podía ver a través de la cosa. Las plantas situadas tras ella aparecían corno imá genes fluctuantes. Oyó un leve zumbido cuando la criatura alzó un brazo con un rápido movimiento antinatural que carecía de la tensión de los músculos en las articulaciones de hombros y codos.

 

- Aurrough -dijo, un sonido como piedras raspando contra una vasija.

 

- Te está imitando, como hizo antes -anun ció Buscador.

 

- ¿Qué es?

 

- El capitán.

 

- Pero… es…

 

- No todo el capitán, por supuesto.

 

- ¿Qué quiere?

 

- No lo sé. A menudo se manifiesta en la for ma de un nuevo pasajero, como una especie de amabilidad. Para aprender algo que no puede conocer de otro modo.

 

- Muuuchos tee buuuuscaan -dijo la forma.

 

Cley hizo una mueca.

 

- Sí, sí, son muchos los que quieren encontrarme.

 

- Debesss marchaaarte.

 

- Yo… no puedo. ¿Y por qué debería hacerlo?

 

- Peliiigro. Paaaara mí.

 

La forma extendió los brazos para indicar cuanto los rodeaba. Sus brazos terminaban en muñones, aunque de vez en cuando un dedo o dos asomaban en los extremos, se agitaban y luego volvían a perderse en el flujo constante del cuerpo.

 

- ¿Todo? ¿Lo eres todo? -preguntó Cley.

 

- Muuundo.

 

- Es el Leviatán -dijo Buscador-. Esta in teligencia compuesta dirige sus muchas partes y mentes menores.

 

Cley abrió la boca, sorprendida.

 

- ¿Cada una de sus partes se añade a su inteli gencia?

 

- Alvin creía que el Filo Miriasoma estaba extinguido-dijo Buscador-. Se alegraría de saber que vuelve a equivocarse.

 

Cley sonrió a pesar de su temor.

 

- A los supras no les gusta ese tipo de noticias.

 

Mientras seguía observando, las piernas del capitán se disolvieron en un enjambre multicolor. Cada uno de sus miembros tenía el tamaño de un pulgar y se mantenía en el aire gracias a sus rechonchas alas. El capitán era un conjunto que se movía incesantemente, cada criatura voladora rozando a la otra pero capaz de separarse en cualquier momento. Los miembros individuales parecían una extraña mezcla de pájaro e insecto. Cada uno tenía cuatro ojos, dos en lados opuestos de sus cuerpos cilindricos, uno en la parte superior y otro en la inferior.

 

Cley oyó entonces al capitán en su mente. El zumbante susurro de las alas que había oído se re petía con un suave rumor de pensamientos en su mente.

 

Eres un peligro para mí. -¿Para ti? ¿La nave? Soy el mundo.

 

«Y eso debe de parecerle a esta cosa», advirtió ella. De algún modo gobernaba la inmensa complejidad del Leviatán y hasta cierto nivel debía de ser el Leviatán, su mente en vez de sólo su cere bro. A cada instante un pulgar volador marchaba a cumplir alguna misión y otros más venían a mezclarse con la nube ondulante. Bajo su claro mensaje, Cley sintió el zumbido de veloces pensamientos, la infinitud de transacciones que el Leviatán debía hacer para mantener en marcha una empresa tan grande. Era como si pudiera oír las negociaciones individuales entre sus propios glóbulos rojos y las paredes de sus venas, los ácidos de su estómago, las amargas bilis de su hígado.

 

Cley pensó precisa, lentamente:

 

¿Cómo puedes ser consciente de ti mismo? Cambias constantemente.

 

La forma dejó que su brazo derecho caye ra, esparciéndose en manojos que partieron hacia nuevas tareas.

 

No necesito sentirme intacto como tú.

 

¿Entonces cómo sé quién está hablando?, pre guntó Cley.

 

Yo hablo por el momento, respondió el capi tán. Dentro de un rato, yo hablaré por ese momento.

 

Cley miró a Buscador, pero éste observaba con distante interés.

 

¿Será el mismo tú?, preguntó.

 

¿Cómo puedes saberlo? ¿O yo? Siempre en cuentro que tu clase de inteligencia está obsesionada con saber lo que sois.

 

Cley sonrió.

 

Parece una pregunta razonable.

 

Razonable no. La razón no puede explicarte cosas profundas.

 

Cley observó cómo la forma se descompo nía gradualmente en una nube oblonga de cosas- pulgar.

 

Había hecho su gesto amable y ahora se relaja ba en forma de esfera, quizá para reunir a sus ele mentos individuales mientras reducía su superficie.

 

¿Me tienes miedo?, preguntó Cley.

 

Mis partes conocen el miedo. También el ham bre y el deseo. Son una especie, como tú. Pero yo soy otro tipo de ser, y puedo eludir ser atacado dispersándome. No conozco el miedo por mí mismo, pero soy cauteloso. No pueden matarme, pero pueden herirme.

 

Cley pensó en las abejas que había visto en el bosque, un trabajo duro y agradable que parecía haber acontecido hacía ya mucho tiempo. Sabía que las abejas tenían menos de diez mil neuronas, y sin embargo realizaban tareas complejas. ¿Cuán to más inteligente sería un solo brazo de este capitán-nube, cuando sus cosas-pulgares se unían para mezclar sus mentes?

 

¿Quieres decir que puede herirte alguien co mo yo?

 

El enjambre se agitó.

 

Sí. No soy invulnerable a la destrucción de partes especiales, como tú. Arrancándote la cabe za, por ejemplo, podría sacarte la vida, robarte todo tu conocimiento. Pero cada parte de mí con tiene algo de mi inteligencia, y siente lo que siente una parte del mundo.

 

Cley sintió de repente la extrañeza de esta cosa que gravitaba ante ella, hinchándose y mo viéndose con viscosa paciencia mientras sopesaba los problemas del Leviatán. ¿Otro filo? No, algo más…, otro reino de vida, un desarrollo más allá de los seres eternamente separados y condenados a una soledad inevitable. En cierto modo, lo envidiaba. Cada componente conocía la presión de la competencia, el hambre y el ansia, pero el compuesto se alzaba sobre aquella brusca turbulencia, llegando a reinos que ella ni siquiera podía imaginar. Miró de nuevo a Buscador y vio que su expresión no era de indiferencia, sino de reverencia. Buscador no quiso que buscara al capitán porque era, incluso para él, un ser sagrado.

 

Ahora te hablo porque el mundo no puede tolerarte, dijo el capitán.

 

¿Por qué escapaste antes?, preguntó Cley.

 

Necesitaba tiempo para hablar con mis her manos.

 

¿Otros Leviatanes? Mientras el pensamiento se formaba, llegó la respuesta del capitán:

 

Otros mundos.

 

¿Había algo más allá de los Leviatanes? Cley empezó a preguntarlo, pero el capitán dijo:

 

Ahora comprendo muchos hechos recientes y tu conexión con ellos. Hay una entidad llamada la Mente Loca y te busca.

 

Lo sé.

 

Entonces sabes esto…

 

En un simple instante un torrente de sensaciones, ideas y conclusiones alcanzó a Cley. Durante un segundo percibió cómo era realmente la mente que tenía delante. Las capas de su lógica eran transparentes, de forma que cada hecho resplan decía para iluminar la relación de conceptos hasta otro nivel. Y esa luz a cambio se refractaba a tra vés del entramado de la mente, dejando su brillo en las suposiciones que había debajo.

 

Todo esto fue pensado sin las restricciones del cerebro humano. Era una cualidad que había surgido en los miles de millones de años transcurridos desde la era de los ur-humanos, y ahora mostraba las limitaciones de los métodos ciegos de la evolución. La presión por una selección rápida operó sobre lo que ya existía, añadiendo capacidad a las mentes en vez de arrancar partes que trabajaban de manera imperfecta. El cerebro humano era siempre retrospectivo, y mostraba sus orígenes en sus torpes funcionamientos. El capitán había surgido de un mecanismo diferente.

 

Pero esta comprensión era sólo un filamento que asomaba en la marea que la ahogaba. Cley se tambaleó bajo el peso de lo que el capitán le había dado, aturdida como si hubiera recibido un golpe. Apenas fue consciente de que Buscador avanzaba para recogerla. Entonces el aire se cubrió de es trías de ébano y se sintió encogerse bajo un gran peso oscuro.

 

31

 

TIBURONES DEL CIELO

 

 

- ¿ Puedes hablar? -preguntó Buscador, mos trando su preocupación en los ondulantes dibujos de su pelaje y en su barbilla inclinada.

 

- Creo…, creo que sí. -Cley había dormido durante muchas horas. Cuando revivió, Buscador le sirvió un banquete de bayas, frutas y hojas gruesas y carnosas. Ahora ella intentaba explicar lo que había sentido en la breve colisión de mentes. Como Seranis, el capitán enviaba información con más rapidez y a más profundidad de lo que Cley podía soportar.

 

- ¿No lo sentiste tú también? -preguntó.

 

- No tengo tu talento.

 

- ¿Qué hizo el capitán después de que me desmayara?

 

- Se dispersó como una bandada de pájaros al escuchar un disparo.

 

- Hurnmm. Tal vez no sabía cómo hablarme sin producir una sobrecarga.

 

- Tal vez. He visto capitanes antes. Este era diferente. Ah…

 

Buscador agarró a una criatura parecida a una rata que pasaba y mordió su gruesa cola.

 

La rata chilló y siseó, y Buscador la soltó ama blemente. Mientras la rata escapaba, mordisqueó la cola.

 

- Un manjar-explicó-. Producen colas sa brosas para que se deje escapar el resto.

 

- ¿Vivirá?

 

- En cuestión de días desarrollará otra sabro sa cola.

 

Buscador chascó la lengua y tendió a Cley el resto de la cola.

 

- Nada de culo de rata para mí, gracias. Me decías algo sobre el capitán.

 

- Era extraño.

 

- ¿Cómo?

 

- Nunca había visto a uno preocupado antes.

 

Cley se mordió los labios, llena de recuerdos. Había sentido ramalazos de la ansiedad del capi tán. Las vibrantes imágenes ya se perdían. Sospe chaba que su inteligencia era incapaz de archivar y estructurar por categorías la enorme infusión que había recibido, y por eso lo olvidaba.

 

- Los supras podrían tratar con él -dijo-. Tiene miedo de la Mente Loca.

 

Buscador asintió.

 

- Entonces la Mente ha llegado del todo.

 

- ¿Del todo?

 

- Todos los componentes unidos.

 

- Capté algo de eso en el capitán. -Cley frun ció el ceño, preocupada, los ojos distantes-. Pla cas de fino alambre de cobre envueltas en llamas azules…

 

- ¿Dónde?

 

- En algún lugar ahí fuera. Donde está oscuro y hace frío. Tuve la sensación de que la Mente Loca se extendía a través de estrellas enteras. Soles… como fogatas de campamento.

 

- Se expande. -Buscador unió sus zarpas, un gesto de amenaza que le hizo, de algún modo, pa recer un profesor antiguo.

 

Cley le contó a Buscador lo que había atisba do. Gran parte era un tapiz de historia redescu bierta.

 

La Mente Loca había sido confinada al pliegue de espacio-tiempo cercano a un gran agujero ne gro. Sólo la restringente curvatura de ese lugar po día contener a la Mente durante mucho tiempo, cosa que hicieron eones atrás, una hazaña que la humanidad consiguió en colaboración con elementos y seres que Cley ni siquiera podía empezar a describir. Alrededor del agujero negro orbitaba un disco hecho de materia convulsa, convertida en una delgada placa que giraba incesantemente. El borde interior del disco era mordido ferozmente, hasta volverse incandescente, por las tensas zarpas de las enormes pendientes de mareas del agujero negro. La Mente Loca quedó contenida allí por los pliegues y nudos del espacio-tiempo convulso. La materia entraba permanentemente en el disco por su borde exterior, mientras las nubes de polvo e incluso las estrellas eran atraídas por la fricción y los efectos desmenuzantes de la tenaza del agujero negro.

 

La Mente Loca fue forzada a nadar perpetua mente contra este flujo de materia en el disco. Si éste reducía su velocidad, la Mente habría sido arrastrada por el flujo al borde interior del disco. Allí habría sido absorbida más y más, para caer en espiral hacia el agujero.

 

Ésa fue la prisión y la tortura de la Mente Lo ca. No pudo malgastar nada en su pugna por sobrevivir. Y eso fue lo que salvó al resto de la ga laxia de su extraña ira.

 

- Pero escapó -dijo Buscador.

 

- Se… difuminó. -La extraña palabra brotó en su cabeza, convocada por las imágenes evanes centes del capitán-. Está hecha de campos mag néticos, y éstos se difuminaron a través del disco conductor. Requirió mucho tiempo, pero la Mente lo consiguió.

 

- ¿Dónde estaba el agujero negro? -pregun tó Buscador.

 

- Era el más grande que pudo encontrar la humanidad; el agujero del centro de la galaxia.

 

Los dos miraron a través de la membrana de presión transparente. El vibrante resplandor de un millón de soles cubría el centro de la galaxia con su majestuosa serenidad. Sin embargo, sabían que en el centro de aquel brillo había una oscuri dad total. Diez mil millones de años de progresión galáctica habían alimentado el agujero negro. Las estrellas que se acercaron demasiado fueron destrozadas y absorbidas. Cada sol moribundo se sumaba a la compacta oscuridad, el centro dinámico alrededor del cual giraban cien mil millones de estrellas en danza.

 

- Entonces, ¿ trasladar el sistema solar allí, cer ca del centro galáctico, fue parte del esquema para atrapar a la Mente Loca? -susurró Cley.

 

- Debió de serlo -respondió Buscador.

 

- ¿No habría sido más seguro irse lo más lejos posible?

 

- Sí. Pero no responsable.

 

- ¿Así que la humanidad trajo el Sol y los pla netas aquí como una especie de guardia?

 

- Ésa es una posibilidad. Puede que nuestra estrella haya sido trasladada aquí para que desa fiara a la Mente Loca cuando emergiera.

 

- ¿Cómo podemos hacer eso?

 

- Con dificultad.

 

- Dijiste que ésa es una posibilidad. ¿Cuál es la otra?

 

- Que hemos sido colocados aquí como cen tinelas, para advertir a los demás.

 

- ¿A quiénes?

 

- No lo sé.

 

- Es difícil avisar a alguien cuando no sabes quién puede ser.

 

- Hay otra posibilidad más.

 

- ¿Cuál?

 

- Que estemos aquí como sacrificio.

 

Cley no dijo nada.

 

- Tal vez, si la Mente Loca encuentra y destru ye a sus cautivadores, se sentirá satisfecha -conti nuó Buscador.

 

La indiferencia con que Buscador dijo estas palabras dejó helada a Cley.

 

- ¿Qué está pasando aquí?

 

- Tal vez los supras lo sepan.

 

- Bien, pues entonces que ellos luchen contra la Mente Loca. Quiero salir de esto.

 

- No hay salida.

 

- Bueno, acercarse al Sol no parece muy inteligente. Es ahí donde se acumula la Mente Loca.

 

Buscador estudió las estrellas, brillantes agujeros prendidos en la noche absoluta.

 

- Tu talento te hacía demasiado fácilmente localizable en la Tierra. Aquí te mezclas con mu chas mentes-voces.

 

Cley abrió la boca para mostrar su desacuerdo y se detuvo, sintiendo una leve nota resonar en sus pensamientos. Parpadeó. Era una llamada de caza, un sabor que no había borrado el paso de miles de años, como surgido de algún rápido pájaro que surcara el aire de terciopelo, los ojos fijos en la indefensa presa de debajo.

 

Volvió a mirar el resplandeciente centro de la galaxia. Recortado contra él había formas negras, angulosas y rápidas, que crecían. No eran de metal, como las naves supras, sino verdes, marrones y grises.

 

- ¡Llama al capitán! -dijo.

 

- Lo he hecho.

 

Mientras Cley seguía contemplando las estili zadas criaturas que se acercaban, vio que eran más grandes que la vida espacial que conocía hasta ahora, y que era ya demasiado tarde para evitarlas, aunque el Leviatán pudiera haber girado su enor me masa.

 

Tiburones del cielo, pensó Cley, las palabras manaban de su vocabulario oculto. El término en cajaba, aunque no conocía su origen. Las criaturas estaban elegantemente moldeadas para ser veloces, con propulsores para expulsar gases. El impulso lo añadían velas solares, pero el tiburón líder las había plegado al aproximarse, contrayendo las placas plateadas en bolsas situadas en su costado. Parábolas en forma de cuenco a babor y estribor mostraban que tenía desplegado su sentido del radar; también las parábolas se desmoronaron segundos antes de entrar en contacto, salvándose de la refriega.

 

El primer tiburón del cielo se abalanzó contra el Leviatán sin intentar frenar su trayectoria. Gol peó contra la piel situada delante de la ampolla que contenía a Buscador y Cley, que pudieron ver cómo abría un agujero gigantesco en la piel mo teada.

 

Los tiburones eran grandes, musculosos, po derosos, Cley vio cómo los primeros se zambu llían en la parte trasera del Leviatán y se preguntó si se arriesgarían a causar tanto daño solamente para alimentarse. Pero entonces sus oídos zum baron.

 

- ¡Están rompiendo los sellos!

 

- Sí -dijo Buscador tranquilamente-. Ésa es su estrategia.

 

- Pero matarán a todo lo que hay a bordo.

 

- Penetran unas pocas capas. Esto hace que el aire al salir les lleve a los animales más pequeños.

 

Cley vio a un tiburón retirarse de la herida que había abierto. El viento nubló las estrellas, la única evidencia de que el aire escapaba. Entonces de la herida surgieron puntos y motas, un geiser de presas indefensas y serpenteantes. El tiburón del cielo las capturó con su boca ancha y rápida, como si las inhalara.

 

Cley tuvo que recordarse que estas veloces formas y sus movimientos fríos y silenciosos eran de hecho un ataque salvaje, implacable y eficaz. El vacío daba incluso a la muerte un tono de gracia silenciosa. La belleza de la amenaza resplandecía, una cualidad compartida por el oso pardo, el halcón y la serpiente de cascabel.

 

Los oídos volvieron a zumbarle.

 

- Si perdemos el aire…

 

- No lo haremos -dijo Buscador, aunque es taba claramente preocupado y su pelaje trazaba extrañas espirales-. Las membranas se cierran para limitar la pérdida.

 

- Bien -dijo Cley, insegura. Pero mientras hablaba se levantó el viento, arrastrando consigo un ciclón de hojas secas.

 

- Esto no debería suceder -anunció Buscador, envarado.

 

- Mira.

 

En el exterior, dos tiburones del cielo se cebaban en viejas heridas. El aire había dejado de fluir de ellas, así que las bestias pudieron entrar fácil mente.

 

Otros se apartaron de las grietas que habían abierto después de unos cuantos bocados sañu dos. Recorrieron la ancha piel, buscando otros puntos débiles. En sus colas había cámaras nudosas e hinchadas. Cley vio una llama brillante cuando en ellas se combinaron peróxido de oxígeno y catalasa, produciendo vaharadas y estelas que los hacían avanzar con pericia sobre la arrugada piel marrón.

 

De las aberturas por las que habían entrado los tiburones brotaban vaharadas de aire. Algunas llevaban consigo animales, y los tiburones los captu raron ansiosamente.

 

- Los que entraron… deben de estar destro zando estas membranas -dijo Cley-. Rompen las zonas protegidas.

 

Buscador se debatió contra los vientos cada vez más potentes.

 

- Una táctica modificada. Aunque los de den tro mueran, sus compañeros se beneficiarán. Es bueno para la especie en general, a pesar del sacrificio de unos cuantos.

 

- Sí, ¿pero qué vamos a hacer nosotros?

 

- Ven.

 

Buscador se puso en marcha y Cley le siguió. Rebotando en los troncos, Buscador se convirtió en una pelota para reducir la atracción de la au llante abertura. Cley le imitó, entornando los ojos contra la lluvia de hojas, corteza y ramas que la asaltaban.

 

Buscador la condujo por un camino en zigzag bajo la piel del Leviatán. A pesar de los vientos, ella oía los gritos y gemidos de los animales. Una criatura parecida a un gato no consiguió mantener su asidero en una raíz tubular y salió despedida. Una mata triangular con patas pasó junto a Busca dor y rebotó en Cley antes de perderse en la bru ma de locura.

 

Llegaron a un sistema parecido a un corazón, con venas y arterias que se extendían en todas di recciones. El viento gemía y se arremolinaba aquí, prometiendo que lo peor estaba aún por venir. Las heridas abiertas tras ellos probablemente eran rasgadas todavía más, evacuando más y más habi tantes del Leviatán. Por primera vez, Cley pen só que incluso esta criatura colosal podía morir, cuando sus fluidos y su aire se perdieran sangrando en el espacio.

 

Corrió tras Buscador. Una nube gris pasó jun to a ellos, dirigiéndose a las susurrantes brisas. Cley reconoció el enjambre que componía al ca pitán, que ahora se agrupaba para defender su nave. Tal vez hubiera más de un capitán, o una tripulación entera de seres-antología. O tal vez la distinción de entidades individuales carecía de sentido.

 

Por delante había una zona de brillantes super ficies transparentes iluminada por vetas fosfores centes. Buscador agarró una porción de la pegajosa materia, que parecía ser una gran membrana donde se depositaba polen. Incluso en el caos de los es combros a la deriva, Cley pudo ver que era parte de una enorme planta. Estaban en la punta de un gran pistilo. Buscador arrancaba un trozo de sus pegajosas paredes. Encima había una amplia cúpula transparente que llevaba la luz al correoso capullo de la planta. Su bulbo interno tenía superficies de espejo que reflejaban la intensa luz solar, ilumi nando los huecos internos del Leviatán.

 

Cley vio todo esto de una sola ojeada. Enton ces Buscador la colocó en posición en la pared bulbosa, donde sus pies quedaron atrapados en la pegajosa sustancia. Buscador ladró órdenes y Cley las siguió, convirtiendo la dura plancha en una forma piramidal. Buscador pegó los bordes con el adhesivo de la pared. Dobló el último lado, dejándolo dentro de la pirámide. Flotaron hacia el techo transparente, arrastrados por la corriente de los vientos. Buscador se acurrucó en un extremo de la pirámide. Tocó el techo e hizo rápidamente algo a la pared, y salieron al espacio desnudo.

 

- Esto sólo durará un rato -dijo Buscador.

 

- Hasta que nos quedemos sin aire.

 

- Ni siquiera eso.

 

La ventaja del material de construcción vi viente era que crecía junto, animado por un adhe sivo, y se volvía más fuerte que ningún sello arti ficial. La naturaleza amaba lo liso y sin fisuras. Pronto la pirámide aguantó firme y segura.

 

Se alejaron del Leviatán. Cley esperaba que los tiburones del cielo no se interesaran por ellos, y de hecho los depredadores siguieron mordisqueando ansiosamente las heridas abiertas en la cubierta. Alrededor del Leviatán había un enjambre de es combros. En aquella nube había vida espacial de todos los tipos. Algunos eran depredadores más pequeños que carroñeaban lo que dejaban los tibu rones. Otros extendían grandes placas cristalinas para capturar el aire que brotaba de las heridas del Leviatán. Las criaturas más pequeñas se agrupaban en grandes bolsas gaseosas, rebosantes de rara salud. Las lapas se arrastraban lentamente a lo largo de la correosa piel, hacia las grietas. Cuando llega ron a ellas, capturaron los chorros de fluido que manaban irregularmente al vacío.

 

Para algunos era una buena cosecha. Cley pu do ver la alegría en los excitados movimientos de los escarabajos de finas conchas que mordisquea ban los fragmentos arrancados de antiguos helé chos gloriosos.

 

Las heridas creaban fuentes que disparaban nubes de plantas y animales a una muchedumbre de ansiosos consumidores cuyo apetito aumentaba por el botín que les traían las ráfagas de aire.

 

- Espero que no les apetezca nuestro sabor -dijo Cley.

 

Tenía la boca seca y hacía tiempo que había dejado atrás el miedo. Ahora simplemente obser vaba. Las presiones gigantescas tenían la virtud de volverla pensativa, meditabunda. Esta tendencia fue más efectiva en la supervivencia de los ur-hu manos que la agresión directa o los engaños sibili nos, y no la abandonó ahora. El miedo visible ha bría llamado la atención. Flotaron entre miles de formas de vida espacial, una nave quizá demasia do extraña para alentar un ataque. Incluso los de predadores hambrientos seleccionaban sabiamente la comida que conocían.

 

- ¿Crees que matarán al Leviatán? -pregun tó Cley.

 

- Las montañas no temen a las hormigas.

 

- ¡Pero se están cebando en él!

 

- No pueden pasar mucho tiempo dentro de la montaña. Para las criaturas del espacio, el aire en plenitud es un veneno rápido.

 

- ¿Oxígeno?

 

- Dispara el fuego que nos anima. Demasia do y…

 

Buscador señaló. Ahora manaban columnas de humo de las heridas. Las vaharadas se habían vuel to más pequeñas, pero estaban teñidas de negro.

 

- Los tiburones pueden comer dentro hasta que el aire haga que su interior arda. -Buscador contempló el espectáculo con interés casi erudito.

 

- ¿Mueren para que otros puedan comer al Leviatán?

 

- Al parecer. Aunque sospecho que esta con ducta tiene también otros propósitos.

 

- ¿Todo este pillaje? Es horrible.

 

- Sí. Han muerto muchos. Pero no aquellos para los que fue pensada esta incursión.

 

- ¿De quién hablas?

 

- De nosotros.

 

32

 

EL PUENTE VIVIENTE

 

 

Esperaron a que terminara el ataque. Las co lumnas de humo se fueron haciendo más escasas a medida que el Leviatán sanaba sus roturas internas, conteniendo el torrente de aire. Los tiburones del cielo restantes revolotearon con amenazante tranquilidad sobre la piel del Leviatán, pero no volvieron a abalanzarse contra él. No prestaron atención a los periódicos anillos de vida vegetal del centro del Leviatán. Al parecer, aquellos gruesos desarrollos tenían veneno u otras defensas, y quedaron allí para extender sus correosas hojas al sol, ajenos al asalto al cuerpo del Leviatán.

 

Los tiburones se alimentaron primero de los despojos. Luego sintieron a Cley y Buscador y se cernieron sobre ellos. Abrieron las bocas, mos trando sus afilados dientes azules. Cley sintió omi nosas y silenciosas presencias en su mente, como la súbita presión de un vaso helado contra el rostro.

 

- Ódialos -dijo Buscador.

 

- ¿Cómo?

 

- Que los odies. Eso nos protegerá.

 

- Yo…

 

- Ahora.

 

Ella dejó escapar parte de sus emociones conte nidas, dándoles la forma de una afilada lanza arro jada directamente contra el tiburón más cercano. Esta vez sintió la transmisión como una brillante chispa de violento color anaranjado. El tiburón del cielo se agitó, se dio la vuelta y huyó.

 

- Bien. Hazlo cada vez que se acerque uno.

 

- ¿Por qué no se libra de ellos el Leviatán de esta forma?

 

- En manada, se defienden de las pautas de pensamiento del Leviatán. Pero les cuesta mucho, pues no son muy inteligentes. Cuando se nutren en la vida indefensa expulsada al exterior, ese modo de defensa se desconecta.

 

Los tiburones del cielo se alejaban ya del Le viatán, rebosantes de las criaturas y plantas que ha bían caído al espacio. Sus cuerpos angulosos esta ban hinchados, y sus vientres aún se agitaban con los inútiles esfuerzos del banquete que habían in gerido. A proa y a popa, desplegaron apéndices. Las antenas parabólicas florecieron y empezaron a escrutar con vigilancia paciente y metronómica. Cley sospechó que había especies que se nutrían de estos estilizados cazadores, aunque al contemplar su voraz apetito no pudo imaginar cómo podían ser vulnerables.

 

- ¿Entonces crees que vinieron a por no sotros?

 

- Rara vez asaltan a un Leviatán: las pérdidas son demasiado grandes. Normalmente es una táctica desesperada, cuando las demás presas son escasas.

 

- Bueno, tal vez haya sido un mal año.

 

- No se los veía famélicos. No, los dirigieron para que hicieran esto.

 

- ¿La Mente Loca?

 

- Debe de ser eso.

 

Cley sintió una helada aprensión.

 

- Entonces sabe dónde estoy.

 

- Sospecho que está sondeando, intentando todas las ideas que se le ocurren.

 

- Ha matado a un montón de criaturas al ha cer esto.

 

- No le importa.

 

La irregular burbuja donde se hallaban se estaba empezando, a nublar a causa de la humedad. Cley frotó la superficie para ver mejor, olvidando a los tiburones del cielo y preguntándose cómo podrían sobrevivir allí mucho tiempo, con Mente Loca o sin ella. Buscador no parecía preocupado. Extendió sus cuartos traseros, adoptando la pos tura que quería decir que pretendía excretar.

 

- ¡Buscador! Ahora no -dijo Cley.

 

- Pero si tengo que hacerlo.

 

- Mira, vamos a asfixiarnos aquí a menos que…

 

Buscador pedorreó ruidosamente y dirigió un fino chorro directamente contra la pared más cer cana.

 

- Inspira profundamente -dijo.

 

Cley notó un ligero olor, y entonces sus oídos zumbaron. El excremento de Buscador había abier to un pequeño agujero en la protección. El vacío sorbió el guano marrón.

 

Cley se agarró a la pared más cercana mientras la brisa le tiraba del pelo. El miedo la inundó y tomó aire ansiosamente, al descubrir que le falta ba. En la pared opuesta un pequeño agujero aulla ba en protesta, como una banshee. La pared se disparó hacia ella. Cley la golpeó, rebotó en me dio del repentino frío. La velluda piel de Buscador llenó bruscamente su cara y se agarró a ella como pudo.

 

Habría exigido una explicación, pero eso ha bría requerido aire. Buscador saltó, llevándola con sigo con musculosa agilidad. Cley sintió que le atravesaban los oídos con un par de dagas. Busca dor clavó las garras en las paredes, hasta conseguir que los dos quedaran acurrucados en una esquina. Cley se debatió para ver qué sucedía.

 

El aire al escapar formaba un cohete fino y au llante, que los impulsaba de vuelta al Leviatán. Alcanzaron su sombra.

 

Cley vio una amplia herida en la piel. Una pá lida membrana rosada surgía de sus bordes. El agujero parecía un ojo que se cerrara majestuosamente, herido y pintado de rojo. Se dirigían hacia la estrecha abertura.

 

Buscador se agitó. Esto alteró momentáneamente la dirección del aire expulsado. Entonces golpeó la pared opuesta y el chorro volvió a brotar. La corrección del rumbo los llevó directamente a través del iris de la abertura que ya se cerraba.

 

Golpearon un helécho grande y suave, y rebo taron en una confusa red de ramas. La membrana rosada se cerró tras ellos, suturando la grieta.

 

Cley ya no podía contener la respiración más tiempo. Exhaló, tosió y absorbió el aire escaso, pero cálido. Respiró ansiosamente, parpadeando.

 

A su alrededor dieron comienzo los pequeños movimientos y acciones escurridizas. El Leviatán ya había empezado a revivir.

 

- ¿Cómo…, cómo has podido hacer eso?

 

- Un simple problema de dinámica -boste zó Buscador.

 

Vivieron durante dos días en las cámaras seg mentadas de esta zona. Ejércitos de pequeños obreros parecidos a insectos lo recorrían todo, colocando parches y reparando. La membrana rosa se espesó lo suficiente para mantener el aire, pero permitía pasar rayos de luz que aceleraron el crecimiento de las plantas. Cley encontró comida y descansó, mientras contemplaba la multitud de presurosos obreros. A través de la membrana transparente, pudo ver la vida espacial en el exterior, y por fin comprendió su papel.

 

Las pequeñas formas reptantes curaban la piel herida con sus pegajosas deposiciones. Otras cria turas parecían traer materiales desde partes lejanas del Leviatán. Extrañas criaturas oblongas acudían desde lugares distantes, con bolsas de fluidos y grandes semillas.

 

Cley comprendió lentamente el significado del Leviatán, sus misterios entrelazados. El cadáver de un tiburón del cielo, consumido por sus propios fuegos internos, se convirtió en alimento para el crecimiento de miles de plantas. Los ejércitos que distribuían partes del tiburón no mostraban malicia o furia vegetativa cuando rompieron el cuerpo en pedazos, deteniéndose a veces para tomar un bocado. Mostraban interés por su tarea, nada más.

 

Aunque muchas partes podían ser reparadas, estaba claro que la gran criatura-mundo estaba malherida. Grandes abismos se abrían donde los tiburones del cielo habían roto zonas cerradas de presión, esparciendo su contenido. Regiones enteras mostraban el gris de la muerte. El hedor de los cadáveres hizo que Cley y Buscador se apartaran de las plantaciones antaño tranquilas de gruesas higueras.

 

Pero el verdadero signo del enorme daño llegó cuando Cley sintió la fuerza que la arrastraba ha cia las capas de proa.

 

- Nos movemos -dijo.

 

- Debemos hacerlo. -Buscador estaba esco giendo cuidadosamente las zarzas de un hermoso montón de bayas rojas. Aseguraba que las espinas eran muy sabrosas, mientras que las bayas eran venenosas: la planta era una maestra del engaño.

 

- ¿Adonde vamos?

 

- A Jove. Las cosas se aceleran.

 

- ¿Está muriendo el Leviatán?

 

- No, pero su dolor es grande. Busca socorro.

 

- ¿De ese Jove?

 

- No, aunque gasta sus fluidos para llevarnos allí. Puede recibir la ayuda de sus muchos amigos mientras viajamos.

 

- ¿Nosotros? ¿Tan importantes somos?

 

Como Buscador no dijo nada, Cley se mar chó. Después de perderse tres veces, encontró una burbuja transparente que permitía una visión de la popa.

 

Largas nubes coralinas surgían del Leviatán. Brotaban de una especie de verrugas que Cley estaba segura de no haber visto antes. Habían creci do con sorprendente velocidad, y de algún modo estaban unidas a un sistema químico que se ali mentaba a su vez de la química interna del Le viatán. Sintió cosquillas en la nariz ante el olor del perióxido, y el trueno de firmes detonaciones ha cía que los árboles cercanos temblaran.

 

Mientras la inmensa mole aceleraba, Cley pu do sentir grupos de seres soltarse y marcharse.

 

Parecía que algunas especies abandonaban la nave, sintiendo tal vez que las esperaba algún peli gro. Desplegaron amplias alas plateadas que refle jaban imágenes del Sol cada vez más lejano. Otras tenían velas completamente negras, y Cley supu so que debían de ser la presa natural de los tiburo nes del cielo. Los reflejos llamarían la atención, y por eso estas extrañas criaturas desplegaban alas en forma de paracaídas que absorbían la luz solar, y luego se plegaban para soltar el calor acumulado a través de amplias aspas refrigerantes.

 

Tales adaptaciones conducían a todo tipo ima ginable de superficies. Criaturas parecidas a pinturas abstractas eran aquí posibles, donde la gra vedad no tenía influencia alguna en las presiones de la evolución. Sus puntales, placas, tubos y cubiertas hacían uso de todas las ventajas geométricas. Ejes aparentemente frágiles como el tallo de una flor servían para hacer girar enormes planos y velas. Venas transparentes llevaban fluidos verdes y marfil.

 

Sin embargo, mientras aquellas criaturas abandonaban el gigante herido, llegaban otras. Grandes pliegues se acercaron para reunirse con el Leviatán, cosas que a Cley le parecieron simples conjuntos de palillos de dientes verdes. Sin embargo, estos extraños seres desaceleraron, se unieron al Leviatán y soltaron su carga. Cley comprendió que el Leviatán desempeñaba un papel que no tenía ninguna analogía humana fácil. Deambulaba entre los mundos, aunque no era una simple nave. Flotas de vida espacial intercambiaban alimento y semillas, y sin duda muchas más cosas, interceptando la órbita del Leviatán, entregando bagatelas biológicas, y luego regresando a las negras profundidades donde vivían. El Leviatán era a la vez embajador, casamentera, grandes almacenes y director de funeraria, y también otras muchas cosas inimaginables.

 

Sin embargo, la enorme bestia estaba profun damente dañada, y una febril nota de ansiedad cubría el aire alrededor de Cley. Se apartó del espec táculo que podía contemplar desde las zonas de popa y apenas tuvo tiempo de ver un pequeño disco rojizo. Entonces los pelos de su cuello se erizaron, y se volvió, sabiendo de antemano lo que vería detrás.

 

Tú me has traído esto, dijo el capitán.

 

Se alzaba sobre ella. Sus componentes zumbaban, como llenos de energía reprimida, dando a la estirada forma humana la apariencia de una estatua convulsa iluminada a retazos, como las sombras de los árboles sacudidas por la brisa.

 

- Ni siquiera sabía que existieran los tiburo nes del cielo. Tienes que comprender que yo…

 

Comprendo mucho. Pero carezco de tole rancia.

 

Cley ansiaba escapar. ¿Pero cómo podría elu dir este furioso y veloz enjambre? Era mejor se guir hablando.

 

- Venir aquí no fue idea mía.

 

La alargada forma humana se abultó. Su brazo izquierdo se mezcló con el cuerpo. Cley sintió una enorme amenaza detrás de aquellos movi mientos, subrayada por rayos de furia que atrave saban la pastosa voz-talento del capitán.

 

Ni mía. Me desharé de ti.

 

- Me marcharé en cuanto pueda.

 

La Mente Loca envía sus tentáculos a todas partes. Me hicieron esto.

 

- ¿Crees que puede encontrarme?

 

La forma cambiante alzó sus piernas y las unió al cuerpo, como si sus componentes tuvieran que acercarse para reflexionar sobre este tema.

 

Pronto, sí. Me sondea.

 

- ¿Cuánto tiempo me queda?

 

Ya te habría localizado, si no se le opusiera otra habilidad similar. No puedo predecir el estallido de colisiones tan grandes.

 

Cley intentó obligarse a considerar a esta cosa como una comunidad de partes, no sólo un orga nismo. Pero la nube móvil se esforzaba tanto en parecer humana que producía en ella preocupantes y atávicos temores. Y se preguntó si también ésa era su intención.

 

- ¿Qué otra «habilidad»? ¿Otra mente mag nética?

 

Similar en poder. Vive en los dobleces de los campos. Se llama Vanamonde.

 

- ¿Es peligrosa para ti? -A su pesar, Cley se mantenía apartada de la nube cambiante. Decidió permanecer de pie en la leve pseudogravedad de la aceleración del Leviatán, para no mostrar ningún signo de su miedo interno. ¿Pero cuánto podía detectar el capitán en sus desprotegidos pensa mientos?

 

No lo sé. Desprecio todas las invenciones hu manas.

 

Esto la hizo olvidar su aprensión.

 

- Vanamonde…, ¿nosotros lo creamos?

 

De forma típicamente humana, como correcti vo a vuestro anterior error, la Mente Loca.

 

- Mira, incluso los Leviatanes deben de co meter errores -dijo Cley, mareada.

 

Los nuestros no permanecen, atrapados en el lazo de los campos magnéticos, mientras la galaxia gira una y otra vez. Nuestros errores mueren.

 

La nube-capitán zumbó y se sacudió, agitada. Su cabeza se alzó, su boca se abrió como un aguje ro de bala que ocupara toda la cabeza, de forma que Cley pudo ver la vegetación de detrás. Oleadas de furia recorrían el torso.

 

- Así que construimos las cosas para que du ren -dijo Cley, con desdén. No iba a dejar que esta bruma parlante la intimidara-. No se nos puede reprochar, ¿verdad?

 

¿Por qué no?

 

- Nosotros no duramos. Los ur-humanos, al menos. Nuestras creaciones tienen que vivir por nosotros.

 

Ni deberíais durar. El tiempo honró una vez a tu especie. Ahora os arrastra en su estela.

 

A pesar de su temor, esto irritó a Cley.

 

- ¿Ah, sí? Pareces muy asustado de las cosas que hacemos.

 

El capitán perdió por completo su forma huma na, explotando en el aire como metralla. Sus com ponentes zumbaron enfurecidos alrededor de Cley. Ella permaneció absolutamente inmóvil, recor dando la ocasión en que en la Tierra cerró su nariz contra una nube. Pero eso no serviría de nada aquí. Miró hacia delante y mantuvo la mente lo más firme que pudo. Su cerebro podría ser pequeño y limita do, pero no iba a dar ninguna satisfacción a aquella nube enloquecida. Los componentes del capitán revolotearon a su alrededor como un abrazo húmedo, insistentes, pegajosos, repulsivos. Voces diminutas chillaban y aullaban en su mente y cubrirse los oí dos con las manos no servía para nada.

 

- Continúa amablemente tu tarea -dijo una voz. Era Buscador.

 

Cley dio un respingo, sorprendida por la sua ve calidad del sonido, casi líquido. Buscador col gaba de un árbol, agarrado por una mano, y con templaba el centro de la nube.

 

- Ahora -añadió.

 

Los componentes se asentaron, girando en un ciclón alrededor de Buscador y Cley, pero mante niendo una respetuosa distancia.

 

¡Sufro una agonía por vosotros!

 

- Como debe ser, pues para eso existes -replicó Buscador.

 

¡Marchaos!

 

- A su debido tiempo.

 

Con eso, los componentes se dispersaron, co mo si los esperaran innumerables tareas. Cley sin tió una chispa de compasión por los extraños seres y su aún más extraña suma. Suponía que de algún modo también era una antología de seres, y que sus células sufrían en silencio por ella. Pero el capitán era un tipo distinto de ser, más abierto a la alegría y la agonía de una forma que ella no podía expresar, aunque lo sentía profundamente gracias al talento.

 

- Gracias -susurró con la garganta todavía tensa.

 

Buscador aterrizó sin problemas cerca de la burbuja transparente.

 

- Incluso un ser grande puede causar daño en un momento de autopérdida.

 

- ¿Enfadarse es autoperderse? Curioso término.

 

- Para el Leviatán, el dolor es de una cualidad distinta del que tú puedes sentir. No cree que tú puedas sentir su sacrificio.

 

Cley no supo qué decir. Había visto el terrible daño, las zonas masacradas, las criaturas que ha bían muerto mientras su sangre hervía, y cosas peores.

 

- Mientras tanto, disfruta del panorama -dijo Buscador, con la forma que tenía de cambiar de tema sin darse cuenta.

 

El disco rojizo era ahora mucho más gran de. Era un planeta de mares plateados y continen tes marrones cubiertos de nubes.

 

Mientras se acercaban rápidamente, Cley vio que un círculo colgaba sobre el ecuador, como un cinturón. Parecía alzarse sobre la atmósfera gra cias a grandes torres.

 

Aquellos finos zancos eran como la Noria, pero fijos. Sus centros orbitaban, con los pies planta dos en el suelo, mientras su cabeza se unía al gran anillo que circundaba el planeta. Cada torre podía permanecer erecta por sí misma, y quizá lo habían estado alguna vez. Ahora el anillo se unía a los de más, reafirmando el conjunto.

 

Buscador le dijo que el Leviatán pasaría junto al gran círculo. Desde la distancia, Cley pudo ver compartimientos deslizándose por las torres, conectando la vida espacial a la vida planetaria. Y formas más grandes corrían por el mismo anillo, llevando su carga de la torre más cercana a su eventual destino. Así era como el Leviatán y sus múltiples pasajeros mezclaban sus fortunas con la verde superficie de debajo. Algunas torres se hundían en los mares de plata, mientras que otras lo hacían en la cima de enormes montañas.

 

- ¿Qué es este lugar? -preguntó Cley.

 

- Marte -respondió Buscador.

 

- ¿Qué hay de Venus?

 

Buscador señaló un punto blanquiazul.

 

- No muy lejos. Ahora no lo necesitamos, así que le dije al capitán que nos trajera cerca de Mar te. Ganaremos impulso gracias al planeta, y acele raremos.

 

- O nos movemos muy rápido o esos lugares no están muy distanciados.

 

- Las dos cosas. Todos los mundos antiguos están ahora apiñados en una estrecha zona alrede dor del Sol, cada uno manteniéndose a cómoda distancia del fuego.

 

- Parece mucho mejor que la Tierra.

 

- Cierto, pues ningún humano lo ha tocado durante más de mil millones de años. Una vez, también fue un desierto.

 

Cley se negó a creer aquello, pues Marte era una alfombra de ricas convulsiones. Imaginó que sin los supras y sus robots amantes de los desier tos, la Tierra podría haber sido así.

 

- ¿Podemos vivir aquí?

 

- Debemos pasar de largo. Es demasiado pe ligroso para nosotros.

 

Buscador señaló. A lo largo del anillo se retor cían filamentos anaranjados y azules. Subían y ba jaban de las torres, como buscando una forma de entrar. Cley pudo distinguir ahora la textura de las torres y con sorpresa vio que eran las mismas capas de madera de la Noria; de hecho, todo el sis tema del anillo era como un puente viviente en suspensión, con el contrapeso de Marte en el gran abismo del vacío.

 

- El rayo -susurró Cley.

 

- Nos busca.

 

Ella pudo imaginar las tormentas magnéticas venidas de más allá de Marte, recorriendo el anillo como las olas de un inmenso océano.

 

- ¿Puede dañar el anillo?

 

- Puede destruir a toda esa enorme criatura, si piensa que estás allí.

 

- ¡La Mente Loca está en todas partes!

 

- Se extiende, siempre se extiende. Cuando dejamos la Tierra se dirigió al Sol momentáneamente, y con un gran coste. Ahora caza entre los mundos. Busca y sondea e incluso ha aprendido a domar carnadas como los tiburones del cielo.

 

- Las cosas empeoran muy deprisa.

 

- Es lo que deseamos -dijo Buscador suave mente.

 

- ¿Eh? ¿Porqué?

 

- Si se escondiera entre las estrellas, nunca podríamos estar seguros de su muerte.

 

Cley sacudió la cabeza.

 

- ¿Crees que puedes matarla?

 

- Yo, no.

 

- ¿Quién puede?

 

- Todos, o ninguno.

 

33

 

LOS CONTINENTES VIVOS

 

 

Trazaron un arco hacia las estrellas.

 

El sistema solar original era un reino hostil, donde todos los mundos, menos la Tierra, oscilaban entre lo muerto y lo asesino. Entonces se produjo la fabulosa remodelación, que duró eones. La Tierra pasó a ser el hijo más cercano al Sol, Venus el siguiente, y luego Marte. Todos eran ahora jardines en flor.

 

Más allá de Marte se encontraba el auténtico centro del sistema solar, el complejo Jove. Su gigantesco núcleo fue una vez el planeta Júpiter. El hinchado superplaneta que ahora se hallaba en el centro de Jove brillaba con un débil tono infrarro jo propio. Había engordado engullendo la masa de los antiguos Urano y Neptuno. La colisión de esos mundos fue uno de los hechos más espectaculares de la historia humana, aunque se remontaba tanto en el pasado que apenas quedaban registros, ni siquiera en Diaspar.

 

Después de que su profunda atmósfera se hu biera calmado, el firme brillo del hinchado Júpiter calentó las heladas extensiones de sus lunas. En tonces Saturno, que giraba en torno a Júpiter, fue despojado de gran parte de su masa. Este brillante botín fue repartido entre las antiguas lunas. Un encogido Saturno cubierto de fríos océanos azules orbitaba ahora alrededor de Júpiter. Después de toda esta prodigiosa obra de ingeniería orbital, los anillos saturmanos fueron reemplazados, y ahora eran exactamente iguales que los originales.

 

La roca fundida de Mercurio llegó entonces, arrancada de la órbita inmediata al Sol por innu merables bailes cinemáticos. La luz licuada de Sa turno inundó las duras llanuras de Mercurio du rante un millar de años, y ahora el antiguo mundo estéril también giraba en torno a Júpiter, rebosan te de un extraño aire anaranjado y rosa.

 

Todo esto sucedió a través de diestros encuen tros gravitacionales que consumieron milenios. Cuidadosamente sintonizados, cada mundo albergaba ahora vida, aunque de formas diferentes. El sistema Jove gravitaba ahora en el borde de la zona de vida del Sol, y Júpiter añadía el brillo suficiente para hacer útil toda la masa de los antiguos planetas gigantescos y gaseosos. Más allá de Jove sólo se encontraban las órbitas de peñascos y hielo, y más allá, los cometas en cultivo.

 

Cley contempló expectante la aproximación al sistema Jove. A su alrededor el Leviatán crecía de nuevo, pero el fervor primaveral de su renova ción no alegraba su estado de ánimo. Buscador no ofrecía mucha ayuda; dormía con frecuencia y no parecía preocupado por el inminente conflicto. Para distraerse, Cley miraba a través de las ampo llas transparentes, intentando imaginar los miste rios que se desplegaban ante ella.

 

Tuvo que vencer un hábito de pensamiento común a toda la vida planetaria. El espacio no era simple vacío, sino la suma de energía, materia y espacio. Los planetas, en contraste, eran lugares inconvenientes, importantes sobre todo porque en sus superficies había comenzado la vida. Des pués de todo, las atmósferas que no son adecuadas producen polvo, bloquean la luz solar, oxidan los metales, molestan con sus vientos, el calor y el frío. La gravedad obligaba incluso a los habitantes más modestos a utilizar sus cuerpos con el casi exclusivo fin de permanecer de pie. Incluso los mundos sin aire privaban a sus superficies de luz la mitad del tiempo. Y nada era negociable: los planetas daban un día y una noche fijos, gravedad y atmósfera.

 

En contraste, la luz solar inundaba la calma sin clima del espacio. Láminas endebles podían recolectar energía de alta calidad que no quedaba reducida por el aire. Copas podían sorber de la luz partículas esparcidas por el Sol. Los asteroides ofrecían masa sin la exigente tenaza de la grave dad. De la misma manera que un origen en el mar no significaba que el agua fuera el mejor sitio para la vida posterior, los planetas también se convirtieron inevitablemente en habitáculos secundarios.

 

La diversidad biológica requiere espacio para la variedad, y el espacio tenía una abundancia de volumen en bruto para ofrecer a los primeros orga nismos especiales. Éstos desarrollaron pieles duras pero flexibles, livianas y tensas, rebosantes de gases y líquidos internos. La evolución usó sus nue vas geometrías ingrávidas para diseñar alternativas a las tripas y esqueletos de la vida terrestre.

 

Cley esperaba ver menos formas espaciales a medida que el Leviatán se alejaba del Sol, En cam bio, la abundancia y el ritmo de las vidas se multi plicaron. Aunque la luz remitía con el cuadrado de la distancia al Sol, el volumen disponible aumentaba al cubo. La ciega habilidad de la evolución había llenado este nicho con miles de formas. Estiradas, con amplias velas, barrocamente elegantes, revoloteaban en torno al Leviatán.

 

Sus exploraciones llevaron a Cley a extrañas zonas del Leviatán, a lo largo de lagos poco pro fundos e incluso un desierto oscuro en forma de cuenco. Encontró un trozo de hielo del tamaño de una colina, cubierto de animales. El Leviatán ha bía capturado el núcleo de este cometa y explota ba sus fluidos con el cuidado de un avaro.

 

Cley pagó su precio por sus excursiones. Los humanos no se contaban entre las especies privile giadas desde mucho antes de que Diaspar fuera un sueño. Dos veces evitó por los pelos convertirse en comida de depredadores que parecían matorra les animados. Encontró a Buscador justo donde lo había dejado días antes, y la bestia se ocupó de sus cortes, mordeduras y arañazos.

 

- ¿Por qué me ayudas, Buscador de Pautas? -preguntó mientras la bestia lamía un corte.

 

Buscador tardó un rato en responder, con centrado en presionar su nariz contra un corte hecho por los matorrales de afiladas hojas. Cuan do alzó la cabeza, el corte se había cerrado tan bien que sólo quedaba una señal fina como un ca bello.

 

- Para hacerte más fuerte.

 

- Bueno, está funcionando. La ingravidez me ha dado músculos que no sabía que tenía.

 

- No tu cuerpo. Tu talento.

 

Ella parpadeó bajo la pálida luz amarilla que se filtraba entre las ramas.

 

- Me preguntaba por qué sigo oyendo cosas. Ese último matorral…

 

- Captaste su placer-cazador.

 

- Buena cosa. Fue rápido.

 

- ¿Puedes sentir a algún humano ahora?

 

- No, no hay… -Frunció el ceño-. Espera, algo… Vaya, es como…

 

- Supras.

 

- ¿Cómo lo sabes?

 

- Se acerca el momento.

 

- ¿El momento de qué?

 

- La lucha.

 

- No estabas dando solamente oportunidad para que mi talento creciera, ¿verdad? También me llevas a alguna parte.

 

- A Jove.

 

- Cierto, pero quiero decir…, oh, ya veo. Ahí es donde todo sucederá.

 

- Los humanos tienen dificultad para com prender que la Tierra ya no es importante. El cen tro de la vida es Jove.

 

- Entonces la Mente Loca tiene que ganar allí.

 

- Puede que no haya ningún ganador.

 

- Bueno, yo sé cómo será perder. -Cley tra tó de no recordar los cuerpos calcinados y masacrados de todas las personas que había amado.

 

- Resistimos porque no sabemos cómo será perder.

 

- ¿De verdad? Mira, nos aplastó como si fué ramos insectos.

 

- Para la Mente, lo sois.

 

- ¿Y para ti?

 

- ¿No tienen muchos usos los insectos? Des de mi punto de vista, son más parecidos en las co rrientes de la vida que, digamos, otra especie de los cordados.

 

- ¿Cor qué?

 

- Los que tienen espinas cordadas.

 

- Bueno, ¿no sois sólo otra especie de verte brados?-dijo Cley, irritada.

 

- Cierto. No he dicho que fuera más importante que tú.

 

- ¡Has comparado a los ur-humanos…, a mí, puesto que soy la única que queda, con in sectos!

 

- Sin insectos, pronto no habría humanos.

 

Exasperada, Cley resopló ruidosamente, haciendo que su pelo revoloteara.

 

- Los supras pudieron pasarse sin ellos en Diaspar.

 

- Los supras no son de tu especie.

 

- ¿No son humanos?

 

- No del todo. -Buscador terminó de aten der sus heridas y le dio un afectuoso lametón.

 

Cley se colocó torpemente la blusa sobre los cortes.

 

- Tengo que admitir que yo siento lo mismo.

 

- No pueden ser verdaderos compañeros pa ra ti.

 

- Son lo único que queda.

 

- Quizá no, después de lo que hemos hecho.

 

Cley suspiró.

 

- Sólo estoy concentrándome para evitar a esa Mente Loca.

 

- No se preocupará tanto por ti cuando hayas servido.

 

- ¿Servido? ¿Te refieres a que haya luchado?

 

- Ambas cosas.

 

Ella sintió un ligero escalofrío surcar su men te. Al principio lo confundió con el trino de los pájaros, pero entonces recordó la sensación de ceguera, el rápido pensamiento, las conversaciones mantenidas a ritmo ciclónico.

 

- Supras. De camino.

 

Ahora sintió su presencia como varias notas en el fondo de su mente, pequeñas como ratones y rápidas como abejas.

 

- ¿ Qué haremos?

 

- Nada.

 

- Se acercan.

 

- Ya era hora de que lo hicieran.

 

Buscador señaló el intrincado rizo de luz visi ble a través de una alta cúpula situada sobre la verde vegetación. Tras las grandes lunas originales de Júpiter orbitaban ahora Mercurio y el encogido Saturno. Cada uno tenía un brillo diferente. Pero estos puntos luminosos flotaban entre pinceladas de magenta brillante y oro viejo: formas de vida más grandes que continentes.

 

Buscador había descrito algunas con más de talles de lo que Cley podía entender. Todas pare cían variaciones complejas de la antigua habilidad de convertir luz y productos químicos en estructuras hermosas. Buscador dio a entender que eran inteligencias completamente distintas de las terrestres, y ella luchó con la idea de que lo que parecían ser enormes jardines pudieran albergar mentes superiores a la suya propia.

 

Cley se echó hacia atrás y escuchó la charla supra, cada vez más fuerte. No podía distinguir las palabras, pero captaba claramente un fino tono de preocupación y alarma.

 

Lánguidamente, dormitó, escuchó y pensó. Las manchas de luz que gravitaban en torno al gran disco orbital de Jove le recordaban las algas marinas que se formaban en las costas de la anti gua Tierra. Sabía de ellas a través de leyendas tri bales, que trataban en gran parte de las duras perspectivas de la vida.

 

Emparedadas entre capas de suciedad y tierra, incluso aquellas primeras formas de vida habían encontrado una manera de hacer la guerra. ¿Por qué iban las cosas a ser distintas ahora? Alguna alga microscópica había usado, tres mil millones de años antes, la luz solar para escupir agua, libe rando oxígeno letal. Envenenaron a sus rivales ex pulsando gas. La batalla se extendió por las amplias playas que rodeaban a un mar marrón. Las algas victoriosas disfrutaron de su momentáneo triunfo bajo un cielo sonrosado. Pero ese nuevo recurso gaseoso permitió el comienzo de nueva vida más compleja que con el paso del tiempo condujo a las algas al borde de la extinción.

 

Lo mismo había sucedido en el espacio. La vida planetaria había saltado a aquel reino nuevo y enorme, primero usando simples máquinas, y luego formas de vida creadas deliberadamente. Las máquinas demostraron ser como las primeras algas, que excretaron oxígeno para envenenar a sus vecinos. Una vez que empezó, nada pudo impedir que la diestra mano de Darwin convirtiera a los seres humanos en instrumentos más sutiles. Durante mil millones de años la vida se unió y luchó y aprendió entre el duro vacío y el resplandor de la luz solar.

 

Con el tiempo, las máquinas espaciales fueron conducidas a nuevos enclaves reducidos, como las primeras algas. Allí fuera, al borde del reino del hielo, las máquinas se unieron finalmente con las plantas para crear criaturas antológicas. Este des esperado compromiso las salvó. Cley había visto a varias entrar en el Leviatán: seres que parecían muebles mohosos o edificios de acero animados.

 

Algún tiempo atrás, la vida espacial empezó a competir por materiales con las zonas de vida pla netaria. Después de todo, la mayor parte de los elementos livianos del sistema solar se encontra ban en los planetas exteriores y en el núcleo cometario situado más allá de Plutón. En esta com petición, los planetas no tenían ninguna esperanza de vencer.

 

Desde la perspectiva del espacio, pensó Cley, la vida planetaria incluso se parecía a aquellas al gas: plana, atrapada en una fina cuña de aire, in consciente de los enormes espacios que se extendían más allá. Y ahora las algas sobrevivían sólo en oscuros enclaves de la Tierra, acobardadas ante la carnicería del oxígeno.

 

En el plazo de mil millones de años, la vida pla netaria lo había hecho mejor que las algas. Lenta mente, las biosferas planetarias forjaron conexiones con la vida espacial a través de gigantescas bestias como la Noria, el Jonás, el Leviatán.

 

¿Pero se trataba sólo de una pausa momentá nea, un trato temporal antes de que los planetas se volvieran completamente irrelevantes?

 

¿O (el pensamiento golpeó a Cley con fuerza) acaso ya lo eran?

 

34

 

HOMO TECHNOLOGICUS

 

 

Los supras abordaron el Leviatán después de intensas negociaciones. El capitán apareció ante Buscador y Cley, zumbando como loco, alarma do por algún motivo que Cley no pudo entender. Tuvo que asegurarle tres veces que ella era la for ma humana primitiva que buscaban los supras.

 

Sólo entonces dejó el capitán que los supras subieran a bordo, y poco después apareció Alvin, solo, abriéndose paso entre la lujuriante vegetación. Estaba cansado y demacrado; su traje de una pieza, habitualmente inmaculado, manchado y sucio.

 

Entonces Cley vio que le faltaba el brazo iz quierdo por debajo del codo.

 

- ¿Qué…, cómo…?

 

- Un incidente menor -dijo Alvin, la voz débil y tensa.

 

Cley corrió hacia él. Palpó el muñón de su brazo. La carne del codo estaba llena de magulla duras y cubierta de lívidos puntos amarillos y anaranjados.

 

- Una cosa retorcida -dijo él, sentándose cuidadosamente en una enredadera-. Me atacó cuando entrábamos en esta bestia enorme.

 

- ¿Un animal?

 

- Una creación de la Mente Loca.

 

- ¿Qué…?

 

- La maté.

 

- ¿ Qué puedo hacer? ¿No sangraste? ¿ Qué…?

 

- Déjalo -dijo él, apartándola, acumulando más fuerza en la voz.

 

- Pero estás herido. Yo…

 

- Mi brazo cuidará de sí mismo. -Sonrió por un instante, pero se recuperó con visible esfuerzo.

 

Ella se dispuso a ayudarle, pero Alvin se vol vió, apartando el brazo cercenado. Cley frunció el ceño, preocupada.

 

- Bueno, al menos toma algo para el dolor.

 

- Podría liberar… -un dolor lo sacudió-… mis propias endorfinas si quisiera. Pero eso retra saría la regeneración.

 

El muñón del brazo ya había formado una ma sa protuberante de pálidas células en su punta. Cley vio cómo la piel de Alvin empezaba lentamente a brotar del codo. El brazo parecía construirse solo capa a capa, mientras se hinchaba hacia fuera. Lo primero que aparecieron fueron trozos de hueso blanco. Entonces ligamentos y tendones se acumularon a lo largo de los huesos, alimentados por enjambres de células migratorias que se movían como atareados liqúenes. Una oleada de cartílagos más densos los siguió, cementando las conexiones con fibras que se fueron tejiendo mientras ella observaba. Luego varias capas de piel fueron ampliándose, primero una columna rosa y luego tonos más oscuros. El brazo de Alvin ya era varios centímetros más largo. El sudor empapaba sus ropas, pero él mantuvo los dientes apretados y no dijo nada. Tenía hinchados los músculos del cuello.

 

Cley permaneció sentada junto a él, sirvién dole agua cuando se la pedía. Pasó un largo rato. Alvin comió algunas nueces rojas que ella le ofreció, pero rehusó cualquier otro alimento. Parecía crear los materiales y la energía para la regeneración a partir de sus propios tejidos. Sus fuertes piernas parecieron desinflarse un poco, como si la carne se disolviera y emigrara hacia su brazo herido. Todo su cuerpo se volvió de un rosa oscuro, arrebolado por la sangre. Espasmos musculares y filigranas de color alborotaban su piel. Gemía de vez en cuando, pero consiguió contener su tormento, respirando de forma entrecortada.

 

La mano se formó con rápidas pinceladas de células grises. Fluían directamente de sus venas, moviéndose hacia la superficie y creando capas. Éstas se convirtieron en la fina cadena de múscu los que hacían de la mano humana una maravilla del arte de la evolución.

 

Cley seguía observando, como si esto fuera una clase de anatomía en vivo. Los huesos crecie ron hasta las puntas, seguidos por un brote de cé lulas cobertoras. A continuación, olas azules de células ocuparon su lugar en forma de músculos. La grasa amarilla y pegajosa llenó los espacios. La nueva piel había empezado a envolver los dedos antes de que Alvin parpadeara y pareciera recobrar toda la conciencia. Unas láminas blancas se endurecieron para crear las uñas, cuyas puntas estaban apropiadamente recortadas.

 

- Yo… nunca había visto nada igual -dijo Cley.

 

- Normalmente necesitamos más tiempo.

 

- Debes de estar exhausto. He podido ver cómo tu cuerpo robaba tejidos para construir tu brazo.

 

- Los tomaba prestados.

 

- Mi pueblo tiene una habilidad parecida, pe ro no tan…

 

- Debemos hablar.

 

Buscador apareció de pronto en las inmediaciones. Cley se preguntó dónde habría estado.

 

Alvin pareció desprenderse del sopor que le poseía. Extendió el brazo de forma experimental y en su muñeca y sus dedos aparecieron las articu laciones. Durante un instante a Cley le pareció un adolescente que probaba su fuerza recién descu bierta. Entonces miró a Buscador con frialdad.

 

- ¿Y bien?

 

- ¿Y bien qué? -replicó Cley. Sintió una afilada conversación en los límites de su percepción.

 

Alvin sacudió la cabeza.

 

- Prometiste que ayudarías a mantenerla a salvo -le dijo a Buscador.

 

La bestia bostezó.

 

- Lo he hecho.

 

- Pero no tenías permiso para quitárnosla. Y desde luego no para escapar al espacio.

 

Cley esperaba furia en Alvin, no esta especie de preciso disgusto. Sin embargo, no le sorprendió saber que Buscador había hecho algún tipo de trato con ellos en la Tierra. A Buscador le encantaba nadar entre los intersticios del lenguaje.

 

- No necesitaba permiso -dijo.

 

- Me parece que…

 

- Después de todo, ¿quién podía concederlo? -preguntó Buscador perezosamente.

 

- Ella pertenece a nuestra especie. Eso nos da derecho…

 

- Tú eres Homo Technologicus. Ella es ur-humana, a varias especies de distancia.

 

Alvin hizo una mueca.

 

- Con todo, estamos más relacionados que tú.

 

- ¿Estás seguro? -Buscador sonrió como un buho-. Yo abarco la herencia genética de muchas formas anteriores.

 

- Estoy seguro de que si leyera tu matriz en contraría fácilmente muchas más diferencias…

 

- Escuchad, vosotros dos -les interrumpió Cley-. Yo quise escapar de esa Biblioteca. Y por eso me marché. Buscador simplemente me acompañó.

 

Alvin la miró durante un instante.

 

- Al menos estás a salvo y has venido al lugar donde te necesitamos -dijo tranquilamente.

 

- ¿Pretendías traerme aquí? -le preguntó Cley.

 

- Sí, en una nave.

 

El temperamento de Cley estalló a pesar de todos sus esfuerzos por mantener la calma de un supra.

 

- ¿Qué? ¿Pude haber llegado aquí en una nave?

 

- Bueno, sí. -Alvin pareció sorprenderse ante la pregunta.

 

Ella se volvió para enfrentarse a Buscador.

 

- ¿Me has hecho pasar por todo esto?

 

Buscador movió la boca con torpeza.

 

- Percibí que ése era el rumbo correcto.

 

- Fue terriblemente peligroso. ¡Y ni siquiera me consultaste!

 

- No sabías lo suficiente para juzgar -dijo Buscador, inseguro.

 

- ¡Yo decidiré eso!

 

Buscador retrocedió.

 

- Tal vez me equivoqué.

 

- ¿Tal vez? Tú…

 

- No te precipites -dijo Alvin suavemente-. Este animal es listo, y en este caso mostró su previ sión. Tuviste suerte de que yo no te trajera por la ruta que habíamos planeado. Creíamos que era se gura. Sin embargo, varias naves que llevaban pasa jeros ur-humanos fueron destruidas después de abandonar la Tierra, y tú bien podrías haber estado entre ellos.

 

- ¿Qué? -El estallido de furia de Cley se consumió-. ¿Mi pueblo? -Estaba tan excitada que perdió su asidero en una rama y tuvo que aga rrarse para no caer.

 

- No exactamente. Los desarrollamos a partir de tu matriz.

 

- ¿Quieres decir que son…, que son yo?

 

- Algunos sí. A otros los alteramos levemen te, para conseguir la mezcla de habilidades ade cuada.

 

Cley temía que los supras hicieran eso. ¿Aque llos ur-humanos artificiales serían zombis, caren tes de cultura, parodias de su especie? Esos temo res la habían impulsado a escapar.

 

- Yo… quiero verlos.

 

- Los verás cuando todo esto acabe.

 

- ¡No! Tengo derecho a estar con mi propia especie.

 

- ¿No estás contenta con nuestra compañía? -Alvin hizo un gesto y Cley vio que mientras reflexionaba un grupo de supras se había infiltrado silenciosamente entre las ramas a su alrededor. Seranis se encontraba cerca, con una ceja alzada, estudiando las cascadas de hojas con evidente disgusto.

 

Tenía las ropas rasgadas y ennegrecidas, tal vez por el mismo motivo que Alvin. Sus cortes ya estaban curándose. Los moretones se disolvían, digeridos por las vidriosas fibras.

 

Cley suspiró.

 

- No sé a qué atenerme con vosotros los su pras. No sois humanos.

 

Somos más que humanos, según tu forma de hablar, le envió Seranis.

 

- ¡Si tenéis algún sentido de la justicia, dejadme ver a mi pueblo!

 

La justicia vendrá con el tiempo, dijo Seranis con una pizca de amarga despreocupación.

 

Cley miró a Buscador, pero éste parecía ab sorto arrancando insectos de su pelaje.

 

- ¿Cuándo será eso? -preguntó.

 

- Nuestra lucha ya ha empezado -dijo Al vin-. Lo mejor es que de momento te quedes con nosotros.

 

Cley parpadeó.

 

- ¿La lucha ya está en marcha?

 

- En cierto sentido, empezó mucho antes de que tú nacieras -dijo Alvin, frío y amable.

 

Cley vio entonces las marcas en su armadura, su boca solemne torcida, un brillo triste en los ojos.

 

- ¿Dónde?

 

- El encuentro final ha comenzado en el bor de exterior del sistema solar. Ahora converge ha cia aquí, donde la fuerza de los campos magné ticos de Jove puede cubrirnos un poco más y nuestras reservas son mayores.

 

Cley sintió de pronto el veloz intercambio de habla-talento que revoloteaba entre los supras de Lys. El tiempo había ampliado su habilidad, pues ahora podía seguir leves hilos de escurridizas ideas, corrientes e implicaciones que iban y venían en instantes cristalinos.

 

- ¿Qué puedo hacer en todo esto? Yo…

 

Como si años de preparación se hubieran enfocado en un solo punto del tiempo, una respues ta saltó a su mente. Cley supo que Seranis era el canal, pero tuvo la sensación de que tras la enor me intrusión había un conjunto de voces. Una cuña de pensamiento se abrió paso a través de ella. Le estaban diciendo muchas cosas, pero era como intentar beber de una manguera.

 

- Yo… no comprendo…

 

- Me han dicho que tardará un poco en adap tarse a tu mente -dijo Alvin.

 

- Tanto… ¿Qué es el Sol Negro?

 

- Un término antiguo. «Agujero negro» es mejor. -Alvin escogió cuidadosamente las palabras para que ella pudiera entenderla-. Nuestras leyendas sostienen que la Mente Loca fue aprisionada en el borde de la galaxia, cuando de hecho el agujero negro se encuentra en el centro.

 

- Un error bastante grande.

 

- Un fallo de anotación, al parecer. -Su cui dada precisión hizo que Cley recordara que su primer amor fue la biblioteca de Diaspar-. Sin embargo, la historia tenía razón en cuanto a la de vastación de la Mente Loca. Conoce un modo de comer los velos de plasma que cuelgan de los bra zos galácticos, dejando grandes agujeros donde deberían brillar los soles. La leyenda sostiene que la Mente y Vanamonde se encontrarían entre los cadáveres de las estrellas, pero ahora sabemos que la colisión debe suceder aquí, cerca de la Tierra, donde empezó el asunto y donde debe terminar.

 

Cley sacudió la cabeza, intentando despejarla.

 

- Yo no puedo contar para nada en todo este asunto.

 

- Eso mismo habría dicho yo, hace tiempo. -Alvin se había acomodado en una rama, e incluso en la baja gravedad las arrugas de su cara aumentaron-. Pero sí que cuentas. Los ur-huma-nos teníais una habilidad especial, junto con las formas humanas avanzadas y las razas alienígenas, para crear entidades magnéticas.

 

- ¿Nosotros? Imposible.

 

- Admito que parece altamente improbable. Sin embargo, los archivos más antiguos de Dias par son claros, si se leen con atención.

 

- ¿ Cómo pudimos crear algo como ese rayo inteligente?

 

- Puede que llegues a comprenderlo en la lu cha que se avecina.

 

- Bueno, aunque ayudáramos a crear a Vana monde, ¿qué importa ahora? No sé nada al respecto.

 

Alvin miró a Buscador, pero la gran criatura no parecía preocupada. Cley tuvo la impresión de que todo se desarrollaba más o menos como Bus cador había previsto, y la bestia nunca se preocupaba por corregir lo inevitable.

 

Alvin extendió los brazos.

 

- En Vanamonde existe un conjunto de suposiciones, una visión del mundo. Dependen de los sentidos cinestéticos de los ur-humanos, según vuestro espacio perceptivo.

 

- ¿Qué es eso?

 

- Lo que importa es que no podemos dupli car eso.

 

- Vamos -dijo Cley amargamente-. Sé que soy la más tonta de los presentes, pero eso no significa que no podáis…

 

No te engañamos. Seranis miró a Cley som bríamente. La forma de un ser circunscribe sus percepciones. Eso no puede ser duplicado artificial mente. Lo intentamos, sí… y fracasamos.

 

- ¿Por qué? -preguntó Cley-. Creía que podíais hacer cualquier cosa.

 

No podemos trascender nuestra visión del mun do, como tampoco puedes tú, envió Seranis.

 

- Eso se cumple siempre en una misma espe cie -dijo Buscador, indiferente.

 

La frente de Alvin se arrugó, mostrando su malestar.

 

- ¿Y tú?

 

- Ha habido algunos arreglos desde vuestra época -dijo Buscador.

 

- ¡Ésta es nuestra época! -replicó Alvin brus camente.

 

Buscador se echó hacia atrás y no contestó.

 

- Mirad -dijo Cley-, ¿cómo habláis con Vanamonde?

 

- Mal. Para alcanzarlo debemos atravesar los matorrales de la mente ur-humana.

 

- ¿Matorrales? -preguntó Cley.

 

- Tal vez pantano sea una expresión mejor. Está inscrito en el ser de Vanamonde.

 

- ¿Tiene algo de nosotros en él? -Cley sintió un arrebato de júbilo. Esto significaba que su es pecie había dejado alguna marca en la gran arqui tectura derruida del tiempo.

 

- En la lucha que se avecina, la velocidad es esencial. Enlazar nuestras habilidades con Vana monde requiere conexiones que sólo podéis esta blecer tú y tu especie.

 

Los ojos de Cley se entornaron, recelosos.

 

- ¿ Los ur-humanos que fabricasteis?

 

- Sí, serán utilizados. Seranis y los otros habi tantes de Lys les han enseñado el talento, una la bor de gran dificultad conseguida en muy poco tiempo.

 

- Nos manipuláis, nos utilizáis como, como…

 

- Por supuesto. -Alvin continuaba impertérrito-. Ésa es la naturaleza de la jerarquía de las especies.

 

- ¡No tenéis derecho!

 

- Tampoco hemos hecho nada malo.

 

Buscador hizo un brusco ruido y retorció la boca en una mueca ilegible. Cley advirtió que só lo empleaba expresiones humanas cuando lo de seaba.

 

- Aquí no hay ningún tema moral -conti nuó Alvin, mirando airado a Buscador-. Estos asuntos trascienden el concepto de derechos. Esas ideas se relacionan con las estrategias que usan las sociedades para mantener el orden y la estabilidad. Como conceptos, no tienen ninguna validez en las transacciones en el abismo que nos separa.

 

Alvin sonrió, como si supiera que esto era lo que hacían los ur-humanos para quitar hierro a una discusión.

 

- Es increíble -dijo Cley-. Tenemos una obligación mutua, debemos tratar a todo el mun do según sus derechos naturales.

 

¿Naturales de quién?, envió Seranis.

 

De cualquier cosa y cualquier ser que pueda pensar, respondió Cley.

 

¿Pensar qué? Esta época no es igual que la épo ca en que evolucionó tu especie. Ahora hay muchos seres, grandes y pequeños, que son inteligentes.

 

Entonces tienen que ser tratados según su pro pia dignidad, contraatacó Cley.

 

La dignidad no significa que puedan apartarse del orden inherente ordenado por la mano de la evolución. Seranis dirigió a Cley una mirada de preocupación, pero en las estrías de su rápido pen samiento había una capa subyacente de impacien cia y molestia.

 

- Mirad, tengo que pensar en todo esto -dijo Cley.

 

- No es momento para el tipo de pensamien to que empleas -respondió Alvin-. El tiempo se nos echa encima.

 

Cley se volvió hacia Buscador.

 

- ¿Qué debo hacer?

 

Buscador chascó la lengua, como si tuviera hambre.

 

- No suscribo sus ideas. Ni las tuyas. Ambas son demasiado simples.

 

- Buscador, necesito tu apoyo.

 

- Puedo ayudarte en tus acciones, tal vez. Es cierto, como dicen los supras, que son necesarias tus habilidades innatas.

 

- No, no me refería a ayudarlos en su lucha. Quiero que tú… bueno, les digas que se equivo can, que están tratando a mi gente como, como a animales.

 

- Yo soy un animal. No me tratan como a vo sotros.

 

- ¡Tú no eres un animal!

 

- No soy ni remotamente humano.

 

- Pero eres, eres…

 

- Soy como tú cuando necesito serlo. Pero eso es para conseguir un fin.

 

- ¿Qué fin? -preguntó Cley, cada vez más confundida.

 

- Traerte aquí en este momento. Para reunir te con los ur-humanos, como prometí. -Busca dor miró a Alvin y Seranis-. Sabía que los supras probablemente fracasarían.

 

En el rostro de Alvin se dibujó una expresión que Cley no pudo descifrar, pero el equivalente más cercano era una mezcla de irritación y sor prendido respeto.

 

- Habría sido sencillo traeros aquí si la Mente Loca no hubiera aprendido a entrar en nuestras naves -dijo Alvin cansinamente-. Y no podrías haber sabido que comprendería tan rápidamente, mucho menos que encontraría a esos ur-humanos entre todas las naves que tenemos.

 

- ¿No? -Buscador sonrió.

 

Cley sintió que algo pasaba entre Buscador y los supras, una flecha de pensamientos complejos.

 

- ¡Buscador! Tienes el talento.

 

- No es como el tuyo. Pero no importa. -Bus cador se volvió hacia Cley-. Creo que este tema debe ser resuelto ahora, así que lo haré.

 

- No puedo dejar un asunto tan crucial en manos de… -dijo Alvin con firmeza.

 

- Haz lo que dicen -le dijo Buscador a Cley.

 

- Pero yo…

 

- Si deseas pensarlo en términos de la estruc tura de los derechos, entonces ten en cuenta una cosa. -Buscador se llevó una nuez a la boca, pero se aturulló y la dejó caer-. Los otros miembros de tu pueblo, y no creo que sean tu «pueblo», pues ni siquiera son personas, morirán si no lo haces.

 

Alvin frunció el ceño.

 

- No puedes estar seguro de eso.

 

Buscador no respondió inmediatamente. En cambio, sacó el cadáver de un pequeño roedor de un pliegue de su piel y empezó a mordisquearlo. Los supras lo observaron con asco. Cley recordó lo delicado y etéreo que era su alimento, como si se tratara de nubes comestibles.

 

Buscador lamió el cadáver sensualmente.

 

- ¿ Recuerdas la era de las leyes simples? -pre guntó.

 

Alvin volvió a fruncir el ceño.

 

- ¿Qué? Oh, te refieres a la época en que la ciencia descubrió todas las leyes que gobiernan las relaciones entre partículas y campos. Esa época ya no tiene relevancia.

 

Buscador cerró un ojo y dejó que una parte de su cara se relajara, como si pudiera dormirse sola. Cley se preguntó si aquello sería algún tipo de chiste antiguo.

 

- Los ur-humanos descubrieron todas esas leyes -dijo Buscador-. Pero saber cómo tira la gravedad de un cuerpo no significa ni siquiera en un principio que puedas prever cuántos cuerpos moverá. La predicción de cualquier sistema real está más allá del alcance real y exacto de la ciencia.

 

Alvin asintió, pero Cley se dio cuenta de que no comprendía adonde quería llegar la bestia. Ni ella tampoco. Y el tiempo se acababa, pensó irrita da, mientras los dos discutían sobre grandes prin cipios.

 

- Cierto -dijo Alvin-, pero eso es filosofía antigua. La inseguridad cuántica, el caos…, ocultan siempre el conocimiento preciso del futuro.

 

- ¿Y si no fuera así? -preguntó Buscador, todavía con un ojo cerrado.

 

- Entonces los supras lo habrían descubierto hace mucho tiempo -insistió Alvin-. Ese conocimiento se encontraría en los archivos de Diaspar.

 

Buscador parpadeó con ambos ojos y la ani mación regresó por completo a su rostro. En ese mismo momento, Cley sintió un estallido de ha bla-talento en forma de notas graves e irreconocibles. Algunos supras se agitaron, incómodos. Cley advirtió que Buscador había enviado alguna especie de mensaje mientras mantenía esta tonta discusión.

 

- Se ha aprendido mucho desde que en Dias par se colocaron estratos de conocimiento -dijo Buscador.

 

Una nota de duda tino la voz de Alvin.

 

- Los humanos que vinieron después de nues tra especie, los que se marcharon…, ¿descubrieron esa habilidad?

 

- No -dijo Buscador-. Eso no está abierto a vuestra especie.

 

- Bestia, ¿hay órdenes superiores que cono cen la ciencia? -Alvin miró a sus compañeros su pras, que parecían distantemente divertidos por la conversación.

 

- Ninguna qué puedas ver fácilmente ante ti.

 

- ¿Mentes magnéticas, entonces? Ni siquiera ellas usan la ciencia. No la comprenden de verdad.

 

- Hay otros métodos de comprensión que provienen de la suma de las especies.

 

Alvin sacudió la cabeza, sorprendido.

 

- ¡Pero estamos discutiendo de los límites fun damentales del conocimiento!

 

- Ese «conocimiento» vuestro es también una categoría, igual que los «derechos». No se aplica entre especies.

 

- No puedo comprender cómo puede ser po sible -dijo Alvin.

 

- Exactamente -contestó Buscador.

 

35

 

LA PRISIÓN DEL TIEMPO

 

 

La extraña conversación entre Buscador y los supras continuó mientras Cley trataba de pensar.

 

Al final, vio que no tenía elección. Debía tomar parte en lo que fuera a suceder, no importaba lo poco que tuvieran que ver los colosales acontecimientos con su propio destino. Su pueblo había empezado ya a desvanecerse en su memoria, arrinconado por los rápidos sucesos acaecidos desde que fueron calcinados por la Mente Loca. Ahora sentía la plenitud de lo que significaba aquel acto maligno. Asesinar no sólo a personas, sino a un pueblo, a una especie. ¿ Se volvía más parecida a los supras ahora que una abstracción así podía alcanzarla, provocar lo que Alvin sin duda llamaría su «espíritu animal»?

 

Sin embargo, no podía sentir fácilmente lo que los supras y sus juegos cósmicos importaban para lo que ella seguía considerando «auténtica» gente, su propio pueblo. Sentía que esta misma actitud era tal vez un síntoma de su especie, pero si es así, que así sea, pensó tozudamente.

 

Los supras parecieron satisfechos con su deci sión. Buscador no mostró ninguna reacción. Des pués de tanto sufrimiento, Cley se sorprendió de que no sucediera nada inmediatamente. Se dirigieron hacia el disco de vida y mundos que era el complejo Jove. Trenes de vida espacial iban y venían desde el Leviatán, ejecutando intrincados intercambios.

 

En los momentos en que Alvin y Seranis no estaban ocupados con sus tareas, Cley aprendió más de ellos. Recordó el momento en que Seranis soltó sus barreras, inundando su mente de impresiones y pensamientos sin diluir. Cley durmió entonces largas horas, plácidamente, sudando, dejando que su cerebro hiciera parte de la limpieza. Había aprendido a no resistirse. Cada vez que despertaba la aguardaban nuevas sorpresas, ideas frescas que rebullían en su mente.

 

Pasó algún tiempo contemplando la titilante majestad de Jove, pero ahora comprendía que esto no era el límite exterior del sistema solar vivo. Sus propios ojos la habían engañado.

 

La vida terrestre veía a través de una estrecha franja del espectro. El tiempo había enseñado a la vida planetaria a aprovecharse del flujo que pe netraba más habilidosamente la atmósfera, prefi riendo el amplio flujo de la luz verde. Ninguna vida terrestre usó jamás las perezosas longitudes de onda de la radio.

 

Así que no pudieron ser testigos del paso de las enormes nubes de plasma que llenaban los grandes brazos en espiral. Visto con un gran ojo radial, el abismo entre los soles muestra ahora nudos y protuberancias, remolinos y grietas. El viento que sopla desde los soles sacude estas nieblas externas. Sólo un ojo más grande que el propio Leviatán podría percibir la incandescente riqueza que se oculta en esos confines. Los seres que flotan allí producen grandes llamadas de advertencia y viven entre el flujo de las corrientes eléctricas.

 

Cley se percató de todo esto después de un lar go sueño. El conocimiento le llegó casi de forma casual, como un viejo recuerdo. Nunca vería aque llos nudos de materia iónica atrapada por campos magnéticos, ardiendo y rebosando de suaves energías más allá de la visión de toda criatura nacida de la carne.

 

Sin embargo recordaba, a través de Seranis, el vasto aleteo de las venas de plasma, las arterias y órganos electromagnéticos. La luz tardaba una semana en alcanzar a aquellos seres. Cuerpos tan enormes debían de ser dirigidos por delegaciones, y por eso las inteligencias que habían evolucionado para gobernar tanta masa parecían parlamentos más que dictaduras.

 

Vio un destello de cómo consideraban aque llos seres a su especie: pequeños conjuntos que recibían energía de la torpe acumulación y des trucción de las moléculas. ¡Cuánto más limpio era el claro arrebato de las fuerzas electromo trices!

 

Pero entonces sus percepciones volvieron a su propio nivel, las memorias prestadas se difumina ron, y comprendió.

 

- ¡Buscador! -llamó-. La Mente Loca…, los humanos no la crearon de la nada, ¿verdad?

 

- No del todo, no. -Buscador llevaba mucho rato en silencio, con el rostro misteriosamente calmo.

 

- Seranis me ofreció imágenes, imágenes de co sas magnéticas que parecen vivir de modo natural.

 

Buscador sonrió, como un lobo.

 

- Son nuestros aliados.

 

Alvin habló a su espalda.

 

- Y los necesitamos desesperadamente.

 

- ¿Por qué no me lo dijiste? -preguntó Cley.

 

- Porque no lo sabía, no del todo. El conocimiento… -La voz de Alvin, normalmente fuer te, se apagó. Parecía más cansado y pensativo que antes-. No, no fue el conocimiento. Descarté el testimonio de Vanamonde cuando nos habló de esos seres magnéticos. Nuestro Guardián de los Archivos dijo que no existían. Después de todo, no había ninguna referencia en ninguna parte. -Sonrió débilmente-. Ahora somos más sabios. La leyenda dice que la arrogancia de Diaspar es tan grande como sus verdades.

 

- ¿Los humanos lograron atrapar de algún modo a una de esas criaturas magnéticas? -preguntó Cley lentamente.

 

Alvin se acomodó en una rama inclinada, los hombros hundidos.

 

- Los humanos intentan abarcar más de lo que pueden coger.

 

- ¿La Mente Loca escapó?

 

Él asintió.

 

- Y de algún modo, gracias a sus asociacio nes con los humanos, aprendió a ejecutar hazañas que ningún otro ser magnético conocía. Destrozó enormes territorios, masacrando estructuras mag néticas.

 

- Hasta que alguien volvió a atraparla. ¿Esa civilización galáctica de la que no dejo de oír hablar?

 

La charla era inquietante. Encendió un pequeño fuego para cocinar la cena.

 

- La civilización galáctica fue majestuosa -di jo Alvin-. Creó las mentalidades puras como Vanamonde, basándose en los seres magnéticos. -Alvin parecía dolorido-. Buscador, ¿qué piensas de la civilización galáctica?

 

- Creo que sería una buena idea -respondió Buscador en voz muy baja.

 

- ¡Pero si existe!

 

- ¿De veras? Sigues mirando las partes…, esta o aquella especie o filo, de carne o magnético. Considera el conjunto.

 

- ¿El conjunto de qué? El Imperio abandonó nuestro universo conocido, dejando…

 

- Dejando espacio para que crecieran nuevas formas. Muy amables, diría yo. Desde luego, no fue ninguna tragedia.

 

Alvin frunció el ceño.

 

- Para los humanos lo fue. Nosotros…

 

Cley dejó de escuchar, refugiándose en los ri tuales familiares de la cocina. Suponía que había algo en la mente humana que agradecía la tranqui lidad de la repetición. Alvin seguía hablando, explicando facetas de ciencias que ella ni siquiera podía identificar, pero le dejó continuar. El hom bre estaba preocupado, aferrándose a su propia imagen de lo que significaba la acción humana. Era mejor dejar que su torrente de palabras disipara su frustración, pues ése era el más antiguo de los consuelos humanos. Cley cocinó tres grandes serpientes, cubiertas de una negra costra de especias, y le ofreció una.

 

Alvin ni siquiera mostró vacilación.

 

- Una costumbre curiosa -recalcó, después de morder un gran trozo amarillo cuyo sabor sazonó el aire-. Un procedimiento tan simple proporciona el poder de la carne.

 

- ¿Nunca has cocinado antes?

 

- Nuestras máquinas se encargan de eso.

 

- ¿Cómo pueden saber las máquinas lo que sabe bien?

 

- Tienen algo mejor: buen gusto.

 

- ¡Ja!

 

Alvin pareció ofendido.

 

- Diaspar tiene programas preparados por los más grandes chefs.

 

- Preferiría agitar las brasas y atender la carne yo misma.

 

- ¿No te fías de las máquinas?

 

- Sólo lo necesario.

 

- Pero fue una subespecie ur-humana la que nos puso en el camino de la tecnología.

 

Ella escupió un trozo de cartílago.

 

- Todo tiene sus límites. ¿Crees que la tecno logía ha hecho mucho por ti?

 

Alvin pareció perplejo.

 

- Nos mantenía vivos.

 

- Os mantenía dentro de una botella, como piezas de museo. Sólo que nadie acudió a veros.

 

Alvin frunció el ceño.

 

- Y yo escapé.

 

A Cley le gustaba la forma en que la llama de la hoguera daba sabor a la comida y calentaba el aire, envolviéndolos en un velo perfumado. Algo profundamente humano respondió a la fragancia y el olor a humo. Tocó a Alvin, suavizó su rostro. Buscador olisqueó el humo, lamiendo el aire.

 

- ¿Nunca te has preguntado por qué no fue nadie a visitar el museo?

 

Alvin pareció sorprendido.

 

- Pues no.

 

- Tal vez estaban demasiado ocupados ha ciendo otras cosas.

 

- ¿Ahí fuera?

 

Cley pudo ver que no importaba lo inteligentes que fueran los supras, también tenían valores y asociaciones virtualmente soldadas dentro de ellos.

 

- Claro. Mira eso. -Señaló el cuenco trans parente encima de ellos, donde Jove giraba como un enorme fuego artificial viviente-. Y dime que la vieja y reseca Tierra fue una idea mejor.

 

Alvin no dijo nada durante largo rato.

 

- Ya veo. Yo creía que el destino humano gi raba sobre el eje de Diaspar.

 

- Lo hacía -dijo Buscador. Alvin se retorció corno si algo lo hubiera pinchado. Cley sospechó que había olvidado que Buscador estaba allí-. Pero ésa es sólo una historia parcial.

 

Alvin miró a Buscador de forma penetrante.

 

- Hace tiempo que sospecho que represen tas algo… desconocido. He interrogado intensamente a los archivos de Diaspar en lo referido a tu especie. Evolucionasteis durante una época en que los humanos eran relativamente poco ambiciosos.

 

- Se habían causado un gran daño a sí mismos -dijo Buscador suavemente-. El remordimien to los pudo. Pero sólo durante algún tiempo.

 

Alvin asintió.

 

- Con todo, nuestros archivos no muestran una inteligencia tan elevada como la tuya.

 

- Sigues pensando en tendencias encerradas en individuos, en especies -dijo Buscador.

 

- Bueno, claro. Eso casi define a la especie.

 

- ¿Y si una tendencia es compartida por mu chas especies simultáneamente? -preguntó Buscador.

 

Alvin sacudió la cabeza.

 

- ¿Por telepatía, como en Lys?

 

- O algo más avanzado.

 

- Bueno, eso podría alterar la característica de la inteligencia, seguro. -El rostro de Alvin asu mió su preciso tono de bibliotecario, las mejillas huecas como si se contrajera hacia dentro-. Me pregunto si esos talentos podrían surgir de modo natural.

 

- Así es -dijo Buscador-. Soy miembro de un sistema superior. Igual que vosotros, pero no os comunicáis bien…, una característica típica de las inteligencias primitivas.

 

La boca de Alvin formó una curva airada.

 

- La gente parece considerar que hablo muy claro.

 

- La gente sí.

 

Alvin sonrió, envarado.

 

- Nosotros os recreamos, os hicimos a partir de la Biblioteca de la Vida. A veces creo que nos equivocamos.

 

- ¡Oh, no! -ladró Buscador alegremente-. Fue vuestra mejor idea.

 

- Los archivos dicen que sólo erais apropia dos para la Tierra.

 

- Se equivocan.

 

- Eso explicaría por qué os movéis con tanta facilidad por el espacio.

 

- No del todo. -Los ojos de Buscador bailaban alegremente.

 

- ¿Tienes otras conexiones?

 

- Con todo. ¿Vosotros no?

 

Alvin se encogió de hombros, incómodo.

 

- Yo no lo pienso así.

 

- Entonces no pienses tanto.

 

Cley se echó a reír, pero en el fondo de su mente un creciente grito llamó su atención.

 

- Algo-Buscador asintió.

 

- Sí.

 

Ella sintió a los supras de Lys, y Seranis no era más que una voz entre muchas otras voces en cascada.

 

Formaban tensos enlaces, algunos en sus na ves, otros en este Leviatán, otros dispersos entre Jonases y Leviatanes y las algas vivientes del siste ma Jove.

 

- ¿A qué velocidad se acerca? -preguntó Al vin. El ambiente de relajación quedó roto, sus du das momentáneamente resueltas. Ahora no era más que fría eficiencia.

 

- No lo sé. -Cley frunció el ceño-. Hay refracciones… ¿Es posible que la Mente Loca pueda moverse más rápido que la luz?

 

- Ése no es más que uno de sus logros -dijo Alvin, la preocupación arrugando su frente-. Los humanos lo conseguimos hace mucho tiem po, pero sólo para pequeños volúmenes, naves. La Mente Loca estaba limitada, igual que los seres magnéticos. Su existencia implica que en enlace de los campos naturales magnéticos avance lentamente por la galaxia. Nada tan grande puede moverse más rápido que la luz. O eso creíamos.

 

- Es así como la Mente Loca consiguió esca par del sol negro, ¿verdad? -preguntó Cley. En su mente captó débiles gritos de alarma.

 

- Usó el vacío cuántico -dijo Alvin. Sus me jillas volvieron a hundirse con un tono de alivio. La oportunidad de sentirse seguro en su conoci miento, supuso Cley.

 

Alvin se inclinó hacia delante, los ojos tiernos mientras contemplaba la hoguera moribunda.

 

- De media, el espacio vacío tiene energía cero.

 

Pero al contener un volumen con una esfera de magma conductor, la Mente Loca impidió la creación de olas con longitud de onda más grande que ese volumen. La ausencia de esas olas dio al vacío una red de energía negativa, y permitieron la formación de un agujero de gusano en el espacio-tiempo. Todos esos procesos son gobernados por probabilidades que requieren un gran cálculo. La Mente Loca se escabulló a través de ese agujero.

 

- Y llegó a nuestro sistema solar -concluyó Cley.

 

- Ninguna mente magnética había hecho eso -dijo Alvin-. Escapó de la prisión del tiempo…, ni siquiera el Imperio previo una hazaña de tal magnitud.

 

- ¿Coincidencia, Alvin? -susurró Buscador. Era la primera vez que Cley oía a Buscador em plear su nombre. Había cierto tono de piedad en la voz de la bestia, o así lo interpretó ella.

 

Alvin alzó la cabeza. Miró receloso a Bus cador.

 

- También se nos ocurrió esa idea. ¿Por qué iba a emerger ahora la Mente Loca?

 

- ¿Justo cuando volvéis a liberaros de la Tie rra? -preguntó Cley.

 

- Exactamente -dijo Alvin-. Estudiamos toda la evidencia física. Observamos el rastro de daños que ha dejado la Mente Loca mientras abandonaba el centro galáctico. -Vaciló-. E hicimos una suposición.

 

- Fuiste tú -dijo Buscador.

 

Los ojos de Alvin se apartaron del fuego, como si buscara refugio en la penumbra que los rodeaba.

 

- Tal vez. Yo encontré a Vanamonde. ¡La ale gría de Vanamonde al ser descubierto fue tan grande! Eso envió latigazos magnetosónicos a través de las espirales de un brazo galáctico. Y alcanzaron a la Mente Loca en su jaula. Ver que sus antiguos enemigos volvían a reunirse la llenó de furia, una malicia tan fuerte que hizo un esfuerzo supremo, y forzó su salida.

 

Permanecieron en silencio durante un largo instante. Los oscuros recovecos del Leviatán no quedaban al descubierto por la distante promesa de las estrellas.

 

- No lo sabías -dijo Cley por fin-. Toda la sabiduría de Diaspar no te advirtió.

 

Alvin sonrió sin alegría.

 

- Pero lo hice igualmente.

 

- Ese Imperio debería haberse preocupado en crear una jaula que aguantase.

 

Alvin sacudió la cabeza.

 

- No hay nada mejor en este espacio-tiempo.

 

- Bueno, maldición, al menos no tendrían que haber dejado un problema así para que lo resolvié ramos nosotros.

 

Buscador alzó el hocico, como si escuchara algo distante.

 

- Lo que debieron haber hecho ya no tiene importancia -dijo-. El problema ha llegado.

 

36

 

LA HEREJÍA DEL HUMANISMO

 

 

Al final no fue como ella esperaba o temía.

 

Cley se encontraba en una cómoda enredade ra en el Leviatán, sola, con los ojos cerrados. No sentía nada, ni siquiera su cuerpo.

 

La lucha teñía de rojo los paisajes de su mente.

 

El enlace con los supras suavizaba los ásperos bordes. Sin embargo, el caldero de sensaciones fue sólo un fragmento de las amplias perspectivas que se abrieron para ella en las horas y días del conflicto.

 

Había esperado grandes destellos de energía fosforescente, tormentas climáticas de violencia magnética. Hubo algunas, pero apenas fueron lu ces secundarias que bailaron alrededor del conflicto principal, como calor ardiendo en un horizonte lejano.

 

Para Cley, la lucha requirió sus sentidos cines tésicos, sobrecargados, tensos y rotos, la quebraron en fragmentos de percepción incorpórea. Es to fue todo lo que fue capaz de captar.

 

Sin embargo, cada fragmento era intensamen te vibrante, y la rodeaba.

 

Una vez, se sintió correr. El roce agradable y firme de los músculos al deslizarse, de las perspec tivas reduciéndose por el impulso de la veloci dad…, y entonces se encontró sumida en un frío vacío negro, el sol bloqueado por montañas movedizas. Esas sombras húmedas rebullían de olores acres. El aire duro y abrasador se le metió por la nariz.

 

El terreno (como una llanura de capas gris plomizo) se deslizaba bajo sus pies invisibles, agitándose como un mar granuloso, veteado de tormentas. Dulces olores inundaron sus sentidos, estallaron en húmedo verdor, y Cley se topó con otra sacudida de veloces impresiones. De profundidades insondables. Y luego de fuerzas aceitosas que reptaban por su piel. Continuó y continuó, una riada que no podía controlar ni sondear.

 

Pero en ocasiones sentía pálidas inmensidades trabajando a enormes distancias, como icebergs surgiendo de un océano sacudido por los huracanes.

 

Tenuemente distinguió atisbos de una mente infantil, incomparablemente grande, y reconoció a Vanamonde. Vio que había surcado el sistema solar, bloqueando los ataques de la Mente Loca. Ella le debía la vida, pues de otro modo la Mente la habría encontrado sin duda en su viaje exterior.

 

Bajo las airadas olas que la barrían, Cley sentía corrientes infinitesimales, diminutas voces aflau tadas. Las reconoció como pertenecientes a la nue va hornada de ur-humanos, personalidades uniformes moteadas por puntos de tensión cinestésica. Todos eran como unidades elementales en un enorme circuito, sirviendo como componentes que repartían mensajes y fuerzas que ya no podían reconocer, igual que un hilo de cobre ignora lo que es un electrón.

 

Y Buscador estaba allí. No el Buscador que ella conocía, sino algo extraño y con muchas patas, inmenso, corriendo con gracia atemporal sobre la llanura gris sin fisuras.

 

¿O se trataba de muchos Buscadores? Toda la especie, una raza que había surgido mucho después de los ur-humanos y que ahora era igualmente antigua, una raza que se había esforzado por vivir y se había perdido y había vuelto a vivir, curtida y desaparecida en silencio, que se asomaba al futuro con una risa hueca, casi un ladrido, aún poderosa y siempre preguntándose, como debe hacer toda vida, aún peligrosa y en movimiento.

 

Y algo más.

 

Buscador. Estaba enzarzado de algún modo en niveles que ella sólo podía atisbar. Buscador se debatía en lo que a Cley le pareció una esfera de cristal, luminosa, viva. Sin embargo, la mota que brillaba en el centro de la esfera era una estrella.

 

Entonces sintió a los seres de plasma. Redes de campos y gas ionizado se deslizaban como pe ces a través de la negrura. Convergían hacia el sis tema Jove. Grandes rayos azules que rebullían lentamente se abrían paso hacia las balsas de vida que allí orbitaban. El simple remolino dejado por su paso manchaba amplias zonas de vida espacial. Las lanzas quebraban a seres del tamaño de mundos enteros.

 

El mordiente dolor de todo aquello hizo que Cley se retorciera y gritase. Sus ojos se abrieron una vez y entonces descubrió que tenía las uñas clavadas en las palmas, y que su sangre escarlata manchaba sus brazos. Pero no pudo detenerse.

 

Sus ojos se cerraron contra su voluntad. Una sensación de hinchazón se apoderó de ella. Se sintió ampliada, envolviendo el espacio a su alrededor como si ella misma fuera un sol gigante que curvara rayos de luz.

 

Sabía que esto significaba que de algún modo había sido incorporada a Vanamonde. Pero al ins tante otra presencia lamió su mente. Se sintió atrapada en una grieta, aplastada, y luego sacada de un tirón, para ser lanzada a un pantano negro y caliente.

 

La Mente Loca la tenía. Apretaba, corno si ella fuera fruta húmeda que escupiera semillas.

 

(una naranja, encogida por la edad, marrón y agujereada, cubierta de gusanos blancos que sorbían la riqueza interna)

 

Vio esto de repente. La boca se le hizo agua. Tenía que apartar los repulsivos gusanos antes de poder comer. Envió un fuego y lavó la naranja con su llama dorada. Gritando, los gusanos se abrieron.

 

(y la naranja era un planeta)

 

Limpia y pura y liberada de la misma atmósfe ra que había contenido a los blandos gusanos.

 

(y los gusanos, lanzados al olvido)

 

Eran escamosos, con cuatro patas, rápidos de mente. Pero no lo suficientemente veloces. Ape nas comprendieron lo que los apartaba de las fau ces en el centro de la galaxia.

 

Cley fue la naranja y luego el fuego y luego los gusanos y después, con largos jadeos entrecorta dos, otra vez el fuego.

 

Era bueno ser el fuego. Bueno saltar y quemar y crepitar y volver a saltar.

 

Mucho mejor que arrastrarse y morder y sorber y defecar y morir.

 

Mejor, sí, que flotar y correr y titilar con fue gos blanquiazules. Colgar en cortinas entre las es trellas y ser más grande que ningún sol que jamás hubiera ardido. Rugir a las enjoyadas estrellas.

 

Mejor saber y temblar y apestar. Rozar contra los débiles coágulos de campos magnéticos entre lazados, sumarse a sus lentos valses. Acuchillar y lastimar y seguir haciendo daño cuando las semi llas magnéticas se plantaban a tus pies, rotas, con vertidas en polvo.

 

Mejor ser de nuevo un apetito móvil, una inte ligencia mayor que los sistemas solares. El placer rebullía en su hedor, más brusco y musculoso a cada movimiento.

 

(y ella se soltó de él un instante, en lo que pa recía un espacio abierto y fresco, vacío de la agita da violencia…)

 

¡Ah!, pensó con alivio.

 

Pero era simplemente otra parte de la Mente Loca. Aceitosa y viscosa y parecida a una serpien te, y se deslizó sobre ella. Se introdujo en sus oí dos. Subió por su vagina. Profundamente, buscando sus ovarios. Bajó por su garganta, tanteando con fluida insistencia.

 

El hedor se alzó y la mordió. Su afilado pico cortó y entonces tuvo un atisbo de lo que era la lucha exterior.

 

De repente supo que ahora podía sentir abstracciones. La división entre pensamiento y sensación, tan fundamental para el ser humano, quedó reducida a añicos por el loco huracán de la Mente.

 

Atrapada, comprendió.

 

La Mente Loca sostenía que este universo era una de las muchas burbujas que se expandían a la deriva dentro de un metauniverso. La nuestra no era más que una de las posibilidades en un cosmos imposible de contar.

 

Creía que la gran aventura de las formas de vida avanzadas era trascender la mera burbuja que veíamos como nuestro universo. Tal vez había ci vilizaciones de esencia inimaginable al otro lado de la misma curvatura del cosmos. La Mente Loca deseaba crear un túnel que abriera un agujero en nuestro universo-burbuja y se extendiera a los de más.

 

Una oscuridad viscosa se arrastraba, como si fuera un conjunto de dedos. Ideas tranquilizadoras la acunaron.

 

Vio que el Imperio Galáctico era un puñado podrido de insectos. Cuando se detuvo a verlos mejor, tenían todas las formas, y charlaban, llenos de charla sin sentido.

 

Mucho tiempo atrás, algunas de aquellas ali mañas habían escapado, recordó, atravesando los velos situados más allá de la galaxia. Salieron a tra vés de cadenas de galaxias, siguiendo trazos de luz. Abarcando las grandes criptas y vacíos donde sólo ardían unas cuantas chispas luminosas.

 

Esos gusanos del Imperio habían desapareci do, dejando heces que se convirtieron en ciudades petrificadas: Diaspar, Lys.

 

Y en todas las demás partes de los brazos en espiral, otras razas se habían reducido en sus éxta sis obsesivos.

 

¿Pero debía el sagrado fuego seguir al Imperio a través de la curva de este universo? ¿Debería perseguirlo la Mente?

 

Cley supo al instante que esos objetivos eran mezquinos. La materia de las mentes-gusano.

 

No…, mucho más grande era escapar por com pleto a las ataduras de este universo. No simplemente viajar en él. No simplemente surcar su abrazo.

 

Cley se debatió, pero no pudo encontrar una salida al asfixiante calor negro que se le metía por la garganta, por las entrañas.

 

Sintió débilmente que aquellas turgentes sen saciones eran, de hecho, ideas. No podía comprenderlas como frías abstracciones. Apestaban y la golpeaban, la cortaban y la laceraban, la rozaban y la atravesaban.

 

Y en este escenario las ideas se movían como actores monstruosos, capaces de cualquier cosa.

 

Ahora comprendió, en cuanto pudo formar la pregunta, lo que quería la Locura que la cubría. Deseaba crear profundos pozos en el espacio-tiempo. Comprimir la materia para conseguir esto requería a cambio la cooperación de muchas mentes magnéticas, pues al final sólo la inteligencia fríamente divorciada de la materia podría controlarla de verdad.

 

El riesgo de una aventura de aquellas caracte rísticas era la destrucción de la galaxia entera. Ha bía que crear y comprimir materia nueva. Esto podría curvar lo suficiente el espacio-tiempo para atrapar a la galaxia en una esfera autocontraída, apartada del Universo mientras sangraba hacia dentro en un pozo gravitacional abierto.

 

La galaxia no podía aceptar ese peligro. Las mentes magnéticas habían debatido la sabiduría de esa aventura mientras la Mente Loca estuvo confinada. Su discusión fue desapasionada, pues no estaban amenazadas. Las inteligencias magnéticas podían seguir a la Mente Loca más allá de aquel olvido geométrico, pues no estaban atadas al destino de la simple materia.

 

Pero la galaxia rebosaba de vida menor. Y en los últimos mil millones de años, mientras la hu manidad dormía en Diaspar, la vida se había inte grado.

 

La mayoría de las estrellas cercanas rebosaban de incontables entidades, unidas a planetas u orbi tándolos. Más allá, entre los soles, las estructuras magnéticas contemplaban todo esto con espíritu reflexivo. Su incapacidad para trascender la velo cidad de la luz excepto en puntos diminutos im plicaba que ellas, las más grandes inteligencias, hablaban lentamente a través de los abismos de los brazos galácticos.

 

Y sin embargo, despacio, muy despacio, a tra vés de estos enlaces había surgido una auténtica Mente Galáctica. Había sido llevada a niveles más complejos de percepción por el conocimiento seguro de que, tarde o temprano, la Mente Loca es caparía.

 

Así, las bestias magnéticas no pudieron aban donar la materia a la extinción. Se habían unido antes contra el experimento de la Mente Loca, y ahora se dispusieron a aplastarla de nuevo antes de que pudiera comprimir la masa.

 

Cley vio todo esto en un intento de pugna, mientras nadaba en una blanca bruma satinada, y luego, mucho después, a través de capas de colo res de sangre y bronce. Era como una nave ciega, a la deriva, donde sólo funcionaba el giroscopio de sus sentidos.

 

El dolor empezó entonces.

 

Rugió a través de ella. Si una vez se había consi derado a sí misma y a los otros ur-humanos como elementos de un circuito eléctrico, ahora com prendió lo que eso podía significar.

 

La agonía fue intemporal. Abrió la boca, sacó la lengua, rosada y ardiente. Los ojos rebullían en sus cuencas, aunque todavía una mano gigantesca que le sujetaba la nariz los mantenía cerrados. Sin tió pánico, y luego fue más allá, a un ansia, a una necesidad de extinción simplemente por escapar del terror. Su agonía carecía de rasgos. El paso del tiempo no la consolaba. Su vida anterior, sus re cuerdos, sus placeres… todo quedaba reducido a la nada junto a la gigantesca montaña de su dolor.

 

Deseó gritar. ¡Alvin! Los músculos se negaban a soltarse en su garganta, en su rostro. El tormento atemporal la convirtió en una estatua.

 

Y entonces, sin transición, se encontró de pie, el agua cayendo en cascada a su alrededor, el pelo revuelto, los hombros y pechos cubiertos de man chas jabonosas. Su piel brillaba y se fundía y sus pezones eran gruesas espitas. Producían burbujas y dejaban caer ricas gotas. El aire lamía ansiosamente las lágrimas mientras caían. Cley tenía los ojos cerrados, pero podía sentir el pulso en su gar ganta, la humedad de seda deslizarse sobre sus pe chos bamboleantes.

 

Supo que también esto era parte de la Mente. O un último beso de despedida por su parte. Pues estaba verdaderamente loca, y contenía en su inte rior una madeja que los humanos veían como amor, u odio, o maligna resolución. Pero eran ca tegorías aplicables a una especie. Ya no describían otra clase de ser, igual que los violines y los tam bores no describen una tormenta.

 

Parte de esta locura era humana. Atrapada en hélices magnéticas yacía la mentalidad del hombre. Varias razas habían creado a la Mente y cada una dejó su firma.

 

La ambición de la Mente por escapar de las bandas del espacio-tiempo nacía de la humanidad. Y envueltas en el dolor había vetas de antigua culpa.

 

Cley comprendió que Alvin sabía esto. Era parte del peso que llevaba consigo.

 

La Mente procedía también de un sustrato de seres magnéticos. Los sintió ahora, poderosos y extraños.

 

Deambulaban por el sistema solar. Sus inteli gencias no eran superiores ni inferiores a las de los humanos, pues no habían nacido de las fuerzas evolutivas que habían impulsado a la humanidad a resolver problemas. Habían sobrevivido alterando sus percepciones. Cley no podía imaginar siquiera cómo había sido esto posible.

 

Pero durante un leve instante pudo atisbar a la humanidad desde su punto de vista.

 

Una gran águila gravitaba en el negro espacio, cerca de un planeta sulfuroso, agitando perezosa mente sus largas alas. Sus ojos aguzados como un diamante brillaban. Tenía el pico entreabierto, co mo dispuesto a emitir una canción estridente. Cley contempló el movimiento de las inmensas plumas durante un rato, mientras los músculos se hinchaban bajo las alas. Sólo entonces vio que el ave volaba hacia un sol distante, una estrella roja y salpicada de inmensos destellos cromáticos.

 

Y a lo largo de las inmensas alas se acurruca ban pequeños insectos aterrados. En la punta de un ala se alzaban pirámides. Montañas de blancas cimas cubrían amplias llanuras, que a su vez conducían a altas ciudades de plata. A lo largo de las alas se extendían eras de grandeza y largas noches de desesperación. Pero siempre el fermento, las destacadas torres de ambición sin límites, las ruiñas polvorientas provocadas por el desgaste y el fracaso. En la punta de la otra ala se extendían tierras cubiertas de niebla cuyos detalles no podía distinguir.

 

La humanidad. Todo lo que había llevado ese nombre se encontraba bajo aquellos ojos brillan tes, estaba allí.

 

Reunida en el largo tapiz del tiempo, a lomos del águila. Se debatían y luchaban y sólo veían su limitado momento. No sabían que volaban entre esferas ilegibles, en el aire perfumado de la noche eterna.

 

Mientras el ave pasaba volando junto a ella, se volvió. Los brillantes ojos negros la miraron una vez, y el pico se abrió levemente. Entonces de pronto se giró y siguió volando. Intensa. Decidida.

 

Se produjo un momento como una palabra in mensa a punto de ser dicha.

 

Y entonces se acabó.

 

Cley se sentó. Las enredaderas que la sujeta ban eran como aliento caliente y rasposo.

 

Vomitó con violencia. Tosió. Jadeó.

 

La sangre se había coagulado en sus muñecas. Las uñas se le habían roto. Tenía las puntas ente rradas en las palmas. Aturdida, Cley se las lamió.

 

- Toma una rata -dijo Buscador. Tendió un verde manjar atravesado en un palo.

 

¡Alvin!

 

Ella sacudió la cabeza y volvió a vomitar.

 

- Se acabó -dijo Buscador.

 

- Yo… ¿Quién ha ganado?

 

- Nosotros.

 

- ¿Qué…, qué…?

 

- ¿Pérdidas? -Buscador hizo una pausa co mo si escuchara una canción lejana y agradable-. Miles de millones de vidas. Miles de millones de amores, que es otra forma de contar.

 

Cley cerró los ojos y sintió un extraño eco seco de la voz de Buscador. Este era el talento de Busca dor. Gracias a él vio los grises desiertos arrasados que se extendían por todo el sistema solar. Cuer pos aplastados y calcinados. Leviatanes expulsando sus entrañas al vacío. Lunas fundidas y reduci das a escoria.

 

- ¿La Mente Loca?

 

- Devorada por nosotros -dijo Buscador.

 

- ¿Nosotros?

 

- La vida. La Mente Galáctica.

 

Ella todavía captaba filamentos de la visión de Buscador.

 

- Lo ves todo, ¿verdad?

 

- Sólo dentro del sistema solar. La velocidad de la luz lo limita.

 

- ¿Toda la vida? ¿En todos los mundos?

 

- Y entre ellos.

 

- ¿Cómo puedes hacer eso?

 

Buscador alzó sus enormes orejas. Oleadas de ámbar y amarillo se persiguieron a lo largo de su piel.

 

- Así.

 

- Bien, ¿pero qué es eso?

 

- Esto.

 

En un destello, ella vio la frágil y solitaria Tie rra, ahora el más dolorido de todos los mundos.

 

Pero había sido dañada por los humanos; la Men te Loca no la había arrasado. La Tierra centinela había jugado su papel y ahora podía regresar a la oscuridad. O a la grandeza.

 

- ¿Qué le sucederá? -preguntó Cley en voz baja. Le dolía todo el cuerpo, pero lo ignoró.

 

- ¿La Tierra? Imagino que los supras segui rán soñando allí. -Buscador mordisqueó la rata con claro deleite.

 

- ¿Sólo soñar?

 

Buscador sacudió una zarpa, que acababa de quemarse con el espetón. Gimió. Por la expresión vacía de sus ojos, Cley supo que había sufrido mucho desde la última vez que lo vio, pero el animal no lo dejaba entrever en su forma de hablar.

 

- Los sueños humanos pueden ser poderosos, como acabamos de comprobar -dijo.

 

Durante un largo instante, a través del extraño talento ilimitado de Buscador, Cley vio la Tierra encogerse hasta volverse insignificante. Se convir tió en una mota dentro de una gran esfera, la misma pelota brillante que había visto durante la batalla.

 

- ¿Qué es eso?

 

- Un oasis.

 

- ¿Todo el sistema solar?

 

- Un oasis biome, uno de los miles de millo nes esparcidos por la galaxia. Entre ellos sólo viven los campos magnéticos. Y pequeños viajeros de paso, claro.

 

- Ésta es tu «causa superior», ¿verdad? ¿Lo que dijiste cuando Alvin te preguntó si ayudarías a defender el destino de la humanidad?

 

Buscador pedorreó ruidosamente.

 

- Era culpable de la herejía del humanismo.

 

- ¿Cómo puede eso ser herejía?

 

- ¿La devoción narcisista hacia las cosas humanas? «¿El hombre es la medida de todas las co sas?» Es fácil.

 

- Bueno, tiene que hablar por su especie.

 

- Su género, querrás decir, si te incluyes a ti misma.

 

Cley frunció el ceño.

 

- No sé qué relación tengo con él. O qué uso me darán ellos ahora.

 

- Compartís la igualdad de vuestro orden, que es quizá lo más importante.

 

- ¿Orden?

 

- El orden de los primates. Un útil paso intermedio. Poseéis la propiedad general de ver los he chos con claridad. Tus oídos oyen los sonidos pro porcionalmente al logaritmo de la intensidad. De otro modo no podrías oír una abeja zumbando y tolerar a la vez una palmada junto a tu oreja. O ver a la vez a la luz de la Luna y al mediodía: tu visión es lo mismo.

 

- Son terriblemente útiles -dijo Cley, a la defensiva. No entendía el razonamiento de Bus cador.

 

- Cierto, pero consideras el tiempo de la mis ma forma. Tu percepción logarítmica refuerza el presente, reduciendo el pasado o el futuro. Lo que sucedió en el desayuno reclama tanta atención como el origen del universo.

 

Cley se encogió de hombros.

 

- Infiernos, tenemos que sobrevivir.

 

- Sí, e infierno es lo que conseguiréis de con tinuar con vuestra herejía.

 

Ella dirigió a Buscador una mirada perpleja. Aquellas palabras eran graves, pero Buscador se tumbó perezosamente y se balanceó entre dos lia nas, usándolas para retorcerse en el aire y saltar.

 

- Habríais impedido la integración de nues tro osasis biome con vuestros grandiosos planes -dijo entre jadeos.

 

Cley sintió un arrebato de irritación. ¿Quién era este animal para ignorar la historia de mil millones de años de la humanidad?

 

- Mira, puede que no me gusten mucho Alvin y los demás, pero…

 

- Vuestro problema es que contrariamente al sentido del tiempo logarítmico, la evolución avanza exponencialmente. Y el argumento del exponente es la complejidad de las formas de vida.

 

- ¿Y eso qué significa? -preguntó Cley, deci dida a navegar sobre este tema en una nave práctica.

 

- Los organismos unicelulares tardaron mil millones de años en aprender el truco de unir dos o más. El paso de los dinosaurios a los ur-humanos requirió sólo cien millones. Y luego las máquinas inteligentes (de acuerdo, un experimento que tuvo corta vida) requirieron sólo mil.

 

- Bus cador hizo una pirueta y aterrizó sobre un miem bro, la lengua fuera.

 

- No parecéis mucho más avanzados que no sotros -dijo Cley.

 

- ¿Cómo lo sabes? Si mi especie hubiera evo lucionado en forma de nubes, no me divertiría con esto, ¿no? -Buscador tragó el resto de la rata.

 

- Ni tampoco te divertirías arrastrándome por todo el sistema solar.

 

- También está el deber.

 

- ¿A qué?

 

- Al sistema solar. Al biome.

 

- Yo… -empezó a decir ella, pero un grito taladrante perforó su mente.

 

Era Seranis. Su gemido-talento rompió en una oleada de pesar sin esperanza, la discordancia hir viendo con fragmentos de sonido.

 

Cley echó a correr, trastornada por el poder rechinante y lastimero. Casi chocó con un hom bre en la espesura.

 

El la miró aturdido. Algo en su rostro inex presivo le recordó de pronto a su padre.

 

- ¿Quién eres? -preguntó ella.

 

- No tengo… nombre.

 

- Bueno, qué… -Y entonces lo sintió por completo. Ur-humano, una diminuta mota de ha bla-talento ronroneando en él.

 

Eras uno de esos enlaces que sentí, le envió.

 

Sí. Nos hemos… reunido. Tenemos miedo. Sus sentimientos eran curiosamente planos y exentos de fervor.

 

Eres como un niño.

 

Soy como nosotros. La voz-talento no albergaba rencor, y su rostro era suave y sin arrugas, aun que se trataba de un hombre adulto.

 

Ella miró más allá y vio a una docena de hombres y mujeres con la misma altura y constitución.

 

¡Sois yo!

 

En cierto modo, respondió él mansamente.

 

De los ur-humanos llegó una oleada de blanda certificación. El tiempo y los problemas no los habían tocado jamás.

 

La batalla, ¿cómo fue?, preguntó Cley.

 

¡Muy divertida!, respondió una mujer. Nunca habíamos hecho algo así.

 

- Bien, ni volveréis a hacerlo -dijo Cley en voz alta. Prefería la sensación concreta del habla a la sensación de dejar caer piedras en un profundo pozo-. Pero mirad, ¿qué…?

 

Entonces vio el cuerpo. Los ur-humanos lo llevaban entre ellos en la baja gravedad.

 

- ¡Alvin!

 

Seranis seguía el cadáver, la cara de piedra, el cuerpo envarado, sin emitir ahora ningún rastro de talento.

 

- ¿Qué sucedió? -preguntó Cley al hombre.

 

- El… dio… demasiado. -La garganta infantil del hombre sonaba áspera y temblorosa, como si nunca hubiera hablado antes.

 

Cley miró los ojos abiertos de Alvin. Una mancha azul de venas reventadas les daba el aspecto de pequeños mares atrapados.

 

Seranis venía detrás de los blandos ur-humanos. No dijo ni envió mentalmente nada.

 

Cley miró los ojos rotos y preocupados de Al vin y trató de imaginar a qué se había enfrentado finalmente. Supo de pronto que de algún modo la había liberado de la tenaza de la Mente Loca. Y el precio pagado fue que su propia mente ardiera, que su propio cerebro se fundiera.

 

Tenía dignidad en la muerte, y Cley sintió una punzada de pérdida. Alvin era extraño, pero ma jestuoso. Buscador estaba equivocado: los supras seguían siendo esencialmente humanos, aunque ella nunca sería capaz de definir lo que significaba aquello.

 

En el lapso de un latido sintió algo más allá de los efectos cinestésicos que había cabalgado, más allá de las explicaciones que había atisbado. Las retorcidas complicaciones de la ambición, el loco plan para salir de su propio espacio-tiempo…

 

Eso era parte de aquello, sí.

 

Pero recordó las algas de los primeros océanos de la Tierra, miles de millones de años antes. Vivían en las entrañas de animales, bacterias ocultas en lu gares oscuros donde la química todavía sobrevivía sin oxígeno. Recordó que su propia tribu las usaba como fermento en la fabricación de cerveza. Si esas bacterias podían pensar, ¿qué sucedería con la es puma de la cerveza? Como catalizadores, forma ban parte de procesos que las trascendían, produciendo beneficios que no podían imaginar. Si pudieran saberlo, se sentirían inconmensurablemente exaltadas.

 

Pero para los que producían los placeres casua les de la cerveza, las bacterias estaban inimagina blemente por debajo del reino de la importancia, eran meras heces de la evolución. Y las tenues per cepciones que pudieran conseguir las algas apenas se parecerían a la verdadera naturaleza del habla y la risa y la discusión que rebullían en las mentes que sentían los agradables efectos de esa cerveza.

 

Su propia comprensión sobre la pasada lucha, ¿podría ser similar? Era válida, tal vez, pero que daba empequeñecida por los abismos insondables que separaban a las especies de los propósitos de entidades enormemente distanciadas.

 

¿Podría estar relacionado de algún modo con lo que Buscador había dicho sobre el tiempo loga rítmico y el crecimiento exponencial? ¿Que ella ni siquiera podría imaginar ese abismo?

 

La idea la sorprendió durante un instante atur didor. Entonces desapareció y ella regresó a la có moda progresión lineal de los acontecimientos que conocía.

 

Se apartó del cadáver. Los ur-humanos deam bularon inseguros a su alrededor.

 

- Buscador, yo…, esta gente. Mi gente.

 

- Eso son -dijo Buscador tranquilamente, a su lado.

 

- ¿Puedo quedarme con ellos? Es decir, ¿pue do llevarlos de vuelta? -Hizo un gesto hacia la cúpula transparente donde todavía giraba la Tierra, cansada pero receptiva.

 

- Por supuesto. Los supras no podrían ayu darlos.

 

- Intentaré llevar a unos pocos al principio -dijo Cley con cautela. La enormidad de ser madre de una raza la abrumaba-. Ya veremos cómo sale.

 

- Nadie sondea la profundidad de un río sin ambos pies -dijo Buscador.

 

Seranis había continuado su marcha, solemne y silenciosa, sin mirar atrás. Cley se preguntó si volvería a ver a los supras.

 

Todos los ur-humanos estudiaron a Cley.

 

- ¿Crees que habrá un lugar para ellos?

 

- Si tú lo creas.

 

- ¿Y tú?

 

- Este es mi lugar. -Agitó una grasienta zar pa, señalando la silenciosa inmensidad.

 

- El… ¿cómo lo llamas? ¿Sistema solar?

 

Las orejas de Buscador se doblaron y cambia ron de color cinabrio al amarillo quemado.

 

- Ella dio a luz a la humanidad y su edad es la tercera parte del Universo. Es la fuente de la vida eterna.

 

- Y tú…, tú eres su agente. ¿Verdad?

 

Buscador asintió y se echó a reír. O al menos eso le pareció a Cley. Nunca estaba segura de esas cosas, y tal vez era lo mejor.

 

- Supongo que es tranquilizador ser parte de algo tan grande.

 

- Desde luego. Alvin lo sabía. Pero lo describía como interminables cadenas de mensajes re guladores entre mundos, de intrincada interac ción, y por eso no comprendió el tema.

 

- ¿Qué tema?

 

- Alvin sólo vio metabolismo. Pasó por alto el sentido.

 

Buscador sacó otra rata y empezó a comer.

 

- ¿Fue «ella», tu sistema solar, lo que destruyó realmente a la Mente Loca?

 

- Por supuesto.

 

- ¿Qué hay de los supras?

 

- Hicieron lo que debían. Ayudamos a esculpir sus usos.

 

- ¿Qué quieres decir? ¿«Ella» o «nosotros»?

 

- Ambos.

 

Cley suspiró.

 

- Bien. ¿Entonces los humanos no contaron para nada?

 

- Por supuesto. Aunque no como tú ima ginas.

 

- Me ayudaste a causa de tu biome, ¿verdad?

 

Buscador pareció captar la decepción de su voz.

 

- Ciertamente. Pero llegué a quererte. Eres un elemento que no había abarcado.

 

- Sólo hice mi parte en el sistema solar -dijo Cley para cubrir sus emociones (un manierismo muy humano, pensó amargamente).

 

- Así fue -respondió Buscador, frunciendo gravemente el ceño.

 

- Venga, tenía otros motivos.

 

- Eran incidentales. -Buscador se abalanzó contra un pájaro que pasaba, falló y aterrizó en una maraña de enredaderas. Cley se echó a reír. ¿Era éste el superser que había visto surcando los planetas durante la batalla? ¿La misma criatura que ahora se debatía entre las enredaderas, babeando de irritación? ¿O había realmente una contradicción?

 

- Este biome…, ¿cómo es que le eres tan leal?

 

- Es la forma más elevada que puede evolucionar en este universo…, hasta ahora. -Busca dor se retorció entre las gruesas enredaderas, pero no consiguió liberarse. Mientras tanto, continuó hablando con tono medido-. El biome ha estado presente en las leyes de gobierno desde el principio, y surgió aquí como intrincadas redes de la antigua Tierra.

 

- Entonces Alvin tuvo su parte después de todo.

 

Buscador se debatió, enredándose aún más.

 

- Sólo una visión estrecha.

 

- Dijiste una vez que tenías contacto con todo.

 

Buscador sacudió la cabeza, frustrado.

 

- Con el todo y la nada.

 

- ¿Qué es «la nada»?

 

Buscador mordió una liana y la soltó.

 

- Cuando un ser pensante decide no pensar durante un rato.

 

- ¿El subconsciente?

 

- El transconsciente. La separación en seres aislados es un rasgo de evolución en la era humana y de antes. Yo soy un fragmento de la autoconcien cia que surgió de esa primera red, y ahora crezco.

 

- Parece muy rimbombante, Buscador de Pautas.

 

- Tú también eres una pauta -dijo Buscador suavemente.

 

- No me siento nada cósmica en este momen to -dijo Cley, advirtiendo cuánto le dolía todo el cuerpo. Las palmas le latían. Se preguntó si los su pras tendrían a mano algún milagro médico.

 

- El biome es corriente. No es una gran abstracción.

 

Buscador se liberó de las enredaderas.

 

- ¿Y tú eres el portero del sistema solar? -Cley sonrió tristemente.

 

- En cierto modo. Una vez viajé a otro bio me, y…

 

Cley se sorprendió.

 

- ¿A otra estrella?

 

- Sí. Viajé para hablar con ese lejano biome. Era bastante distinto.

 

- ¿Qué le dice un biome a otro?

 

- Al principio poco. Tuve dificultades.

 

- Creía que Buscador de Pautas podía hacerlo todo.

 

Buscador emitió su risa ladrido.

 

- Sólo lo que mis planetas nos permiten.

 

- ¿Ellos te enviaron?

 

- Sí. Con el tiempo, los biomes que existen en los brazos en espiral se conectarán. Hay mucho trabajo que hacer para comprender a esos extraños seres.

 

- ¿Los biomes son seres?

 

- Por supuesto. La evolución actúa más allá de la magnitud de los individuos, o de las especies y filos. Los biomes son órdenes distintos de seres.

 

Al decir esto, Buscador dejó de parecer una mascota amistosa. Cley sintió extraños y silenciosos poderes en él.

 

- Buscador, hablas como si fueras el sistema solar.

 

- Lo somos.

 

Cley se echó a reír y acarició a Buscador bajo su amplia barbilla.

 

- Bien, basta de palabras. Quienquiera que haya vencido, no importa a qué precio, estamos vivos.

 

- Es mucho más importante que el biome viva.

 

- Sí, gracias a Dios.

- No hay de qué -dijo Buscador.

 

 

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