© Libro N° 3995. Tras La Caida De La Noche. Clarke, Arthur C. & Benford, Gregory. Colección
E.O. Julio 22 de 2017.
Título
original: © Tras La Caida De La
Noche. Arthur C. Clarke & Gregory Benford
Versión Original: © Tras La Caida De La Noche.
Arthur C. Clarke & Gregory Benford
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digital de Versión original de textos:
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Guillermo Molina Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
TRAS LA CAIDA DE LA NOCHE
Arthur C. Clarke & Gregory Benford
ARTHUR C. CLARKE GREGORY BENFORD
TRAS LA CAÍDA DE LA NOCHE
PREFACIO
PRIMERA PARTE
PRÓLOGO
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
SEGUNDA PARTE
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
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34
35
36
ARTHUR C. CLARKE GREGORY BENFORD
TRAS LA CAÍDA DE LA NOCHE
A Mark Martin y David
Brin
por sus jugosas ideas,
su apasionada charla
y su cálida amistad.
G.B.
PREFACIO
Ha pasado más de medio siglo desde que na ció Tras la
caída de la noche, aunque todavía con servo claramente en la memoria el momento
de su concepción.
Parece que la primera imagen de la novela se me apareció
de repente, surgida de ninguna parte. Fue una imagen tan vivida que la anoté de
inmediato, aunque en ese momento no tenía ni idea de que fuera a desarrollarla.
Eso debió de ser aproximadamente en 1936, y a finales de
1940, cuando ya había escrito varios borradores, fui evacuado con mis
compañeros del Ministerio de Hacienda de Su Majestad a la pe queña ciudad de
Colwyn Bay, en el norte de Ga les. Allí terminé una versión de quince mil pala
bras, pero durante los cinco años siguientes estuve ocupado con otros asuntos
(véase Glide Path).
Empecé a trabajar de nuevo en la historia en agosto de
1945, aunque no recuerdo si fue an tes o después de que la bomba de Hiroshima
cambiara el mundo.
El primer borrador completo fue terminado en enero de
1946, y lo envié rápidamente a John Campbell para su revista Astounding
Stories.
Campbell tardó tres meses en rechazarlo, y reescribí el
final en julio de 1946, y volví a enviár selo. Campbell tardó otros tres meses
en rechazar la segunda versión.
Después de eso, la envié a mi nuevo agente, Scott
Meredith, que la vendió a Startling Stories, donde apareció en noviembre de
1948. Fue acep tada por Gnome Press para ser publicada en cartoné en septiembre
de 1949, y apareció en una bonita edición con portada de un joven artista muy
prometedor, un tal Kelly Freas (debió de ser uno de los primeros trabajos de
Kelly, sólo espero que le pagaran por él).
Por ser mi primera obra, Tras la caída de la no che
siempre ha ocupado un lugar especial en mi co razón, aunque nunca me sentí
completamente satisfecho de ella. La oportunidad de hacer una revisión completa
se produjo durante un largo viaje por mar de Inglaterra a Australia, cuando uní
fuerzas con Mike Wilson y preparé una expedición submarina al Gran Arrecife de
Coral (véase The Coast of Coral). La nueva versión, mucho más larga y
drásticamente revisada, La ciudad y las estrellas, fue completada en Queensland
entre excursiones al arrecife y a los territorios de perlas del estrecho de
Torres. Fue publicada por Harcourt, Brace amp; World en 1956, y ha permanecido
en catálogo desde entonces.
En ese momento, supuse que la nueva versión reemplazaría
por completo a la antigua novela, pero Tras la caída de la noche no demostró
ninguna tendencia a desaparecer. De hecho, para mi sorpresa, algunos lectores
la prefirieron a su sucesora, y ha sido reeditada varias veces en rústica
(Pyramid Books, 1960; Jove, 1978) así como en el volumen El león de Comarre y
Tras la caída de la noche.
Un día me gustaría hacer una encuesta para descubrir cuál
es la versión más popular; ya hace tiempo que he renunciado a intentar decidir
cuál es la mejor.
La búsqueda del título duró casi tanto como la redacción
del libro. Lo encontré por fin en un poema de A. E. Housman, que también
inspiró la historia corta Transience:
¿ Qué haré o escribiré
tras la caída de la noche?
El nombre de mi protagonista, Alvin, también me dio muchos
quebraderos de cabeza, y no pue do recordar cuándo ni por qué me decidí por él.
No me di cuenta de que, al menos para los lectores norteamericanos, resultaba
levemente humorístico, pues recordaba a un famoso personaje de cómics. Sin
embargo, muchos años más tarde, el nombre tuvo para mí dos importantes
asociaciones. El sumergible Alvin llevó a Ballard y sus asociados a descubrir
los restos del Titanic en 1986. Esa tragedia, ocurrida cinco años antes de que
yo naciera (eso me deja en evidencia, ¿eh?), me ha acompañado toda la vida. Fue
la base para la primera historia que escribí, una epopeya felizmente perdida
llamada (agárrense) Icebergs del espacio. También la incorporé a la novela
Imperial Earth (1975), y es el tema de un libro en el que llevo trabajando
varios años.
Quizá todavía más extraño, el nombre Alvin deriva del de
Allyn C. Vine, su principal ingenie ro. Y Vine fue uno de los autores de la
famosa carta en Science (151 682-683; 1966), que proponía la construcción del
Ascensor Espacial, el tema de mi novela Las fuentes del Paraíso (1979).
Así que el nombre de Alvin tenía mucho más poder de lo que
yo habría podido imaginar a fina les de los años treinta, y me alegro de
reconocerlo.
Cuando se sugirió que Gregory Benford es cribiera una
continuación de la historia, me sentí inmediatamente cautivado por la idea,
pues soy un gran admirador de los libros de Greg, especialmente de su notable
Gran río del espacio. Además, acababa de conocerle en la sede de la NASA. Como
profesor de astrofísica de la Universidad de California, en Irvine, es uno de
los consejeros técnicos de la NASA.
He leído su continuación con gran interés, porque para mí
(como lo será para ustedes) fue un viaje de descubrimiento. No tenía ni idea de
cómo desarrollaría los temas y personajes que yo abandoné hace ya tanto tiempo.
Es particularmente interesante ver cómo algu nos de los
conceptos de esta historia que ya tiene medio siglo están ahora a la cabeza de
la ciencia moderna; me gusta especialmente el «Sol negro», que es una clara
descripción de los ahora tan po pulares agujeros negros.
No diré más sobre la versión de Greg, ni de la mía. Los
dejo para que disfruten de ambas.
Otra cosa: por una extraña coincidencia, casi
simultáneamente con la propuesta de escribir la continuación de Tras la caída
de la noche, el excelente escritor australiano Damien Broderick (The Dreaming
Dragons) me escribió preguntando si podía escribir la continuación de La ciudad
y las estrellas. A la vista del proyecto de Greg, rechacé reluctante su oferta,
pero tal vez dentro de otra década…
arthur C. clarke
Colombo, Sri Lanka
29 de mayo de 1989
PRIMERA PARTE
PRÓLOGO
Ni una sola vez en el transcurso de toda una generación
había cambiado la voz de la ciudad como lo estaba haciendo ahora. Día y noche,
era tras era, nunca había vacilado. Para miríadas de hombres, fue el primer y
último sonido de sus vidas. Era parte de la ciudad: cuando cesara, la ciu dad
habría muerto y las arenas del desierto se adueñarían de las grandes calles de
Diaspar.
Incluso aquí, a un kilómetro de altura sobre el nivel del
suelo, el súbito silencio hizo que Convar se asomara al balcón. Muy por debajo,
los cami nos móviles seguían extendiéndose entre los grandes edificios, pero
ahora estaban repletos de multitudes silenciosas. Algo había sacado de sus
casas a los lánguidos habitantes de la ciudad, que deambulaban a millares entre
las torres de metal coloreado. Y entonces Convar vio que todos aquellos rostros
se volvían hacia el cielo.
Por un instante el miedo inundó su alma, mié do a que
después de tantos años los Invasores hu bieran regresado a la Tierra. Entonces
también él miró el cielo, arrebatado por un prodigio que no esperaba volver a
ver. Lo contempló durante varios minutos antes de ir a recoger a su hijo.
Al principio, el pequeño Alvin tuvo miedo. Las torres de
la ciudad, las manchas móviles a mil metros bajo ellos formaban parte de su
mundo, pero lo que había en el cielo estaba más allá de toda su experiencia.
Era más grande que ninguno de los edificios de la ciudad, y su blancura eran
tan deslumbrante que lastimaba los ojos. Aunque parecía sólido, los inquietos
vientos cambiaban sus contornos.
Alvin sabía que antiguamente los cielos de la Tierra
estuvieron llenos de formas extrañas. Gran des naves venían del espacio,
llevando tesoros des conocidos, para descargarlos luego en el Puerto de
Diaspar. Pero eso había sucedido quinientos mi llones de años atrás: antes del
principio de la historia, el Puerto había sido enterrado por las cambian tes
arenas.
Cuando habló a su hijo, Convar lo hizo con tristeza.
- Mírala bien, Alvin -dijo-. Puede que sea la última que
vea el mundo. Sólo he visto otra en toda mi vida, y una vez llenaron los cielos
de la Tierra.
Observaron en silencio, y con ellos los miles de personas
en las calles y las torres de Diaspar, hasta que la última nube desapareció
lentamente de la vista, absorbida por el aire estancado y ca liente de los
desiertos interminables.
1
LA PRISIÓN DE DIASPAR
La lección había terminado. El monótono su surro del
hipnono subió bruscamente de tono y cesó de repente con una triple nota de
mando. En tonces la máquina se difuminó y desapareció, pero Alvin continuó
sentado mirando a la nada mientras su mente regresaba del pasado para reen
contrarse con la realidad.
Jeserac fue el primero en hablar. Su voz parecía
preocupada y un poco insegura.
- Ésos son los archivos más antiguos del mundo, Alvin, los
únicos que muestran cómo era la Tierra antes de que llegaran los Invasores. Muy
pocas personas los han visto.
El muchacho se volvió lentamente hacia su tu tor. En sus
ojos había algo que preocupaba al an ciano, y una vez más Jeserac lamentó su
acción. Empezó a hablar rápidamente, como intentando tranquilizar su propia
conciencia.
- Sabes que nunca hablamos de los tiempos remotos, y sólo
te he mostrado esos archivos por que estabas ansioso por verlos. No dejes que
te trastornen: mientras seas feliz, ¿importa qué porción del mundo ocupamos? La
gente que has visto disponía de más espacio, pero era menos dichosa que
nosotros.
Alvin se preguntó si aquello era cierto. Una vez más pensó
en el desierto que rodeaba la isla que era Diaspar, y su mente regresó al mundo
que había sido la Tierra. Vio de nuevo las interminables extensiones de agua
azul, más grandes que la tierra misma, y las olas que lamían las costas
doradas. Sus oídos resonaban todavía con el rugido de los rompientes
silenciados durante mil millones de años. Y recordó los bosques y las praderas,
y las extrañas bestias que antaño compartieron el mundo con la humanidad.
Todo aquello había desaparecido.
De los océanos no quedaba más que grises de siertos de
sal, la cambiante cobertura de la Tierra. Sal y arena, de un polo a otro, y
sólo las luces de Diaspar ardían en la desolación que un día acaba ría por
vencerlas.
Y éstas eran las cosas menos importantes que había perdido
el hombre, pues sobre la desolación todavía brillaban, inmóviles, las olvidadas
es trellas.
- Jeserac -dijo Alvin por fin-, una vez fui a la Torre de
Loranne. Nadie vive allí ya, y pude contemplar el desierto. Estaba oscuro, y no
pude ver el suelo, pero el cielo estaba lleno de luces de colores. Las
contemplé durante largo rato, pero no se movían. Me marché poco después. Eran
estrellas, ¿verdad?
Jeserac se alarmó. Tendría que investigar más tarde cómo
había llegado Alvin a la Torre de Lo ranne. Los intereses del muchacho se
volvían peli grosos.
- Eran estrellas -contestó sucintamente-. ¿Qué pasa con
ellas?
- Antes las visitábamos, ¿verdad?
Una larga pausa.
- Sí.
- ¿Por qué dejamos de hacerlo? ¿Qué eran los Invasores?
Jeserac se puso en pie. Su respuesta repitió la de todos
los maestros que había conocido el mundo.
- Ya es suficiente por hoy, Alvin. Más adelante, cuando
seas mayor, te contaré más…, pero no ahora. Ya sabes demasiado.
Alvin nunca volvió a plantear la pregunta. Más tarde ya no
tuvo necesidad, pues la respuesta estuvo clara. Y había tantas cosas en Diaspar
para asombrarle que durante meses pudo olvidar la ex traña ansiedad que sólo él
parecía sentir.
Diaspar era un mundo en sí mismo. Aquí el hombre había
reunido todos sus tesoros, cuanto había salvado de la ruina del pasado. Todas
las ciudades que habían existido dieron algo a Dias par: incluso antes de la
llegada de los Invasores, su nombre era ya conocido en los mundos que el hombre
había perdido.
Los edificios de Diaspar conservaban todas las
habilidades, todo el arte de las Eras Doradas.
Cuando los grandes días llegaron a su fin, la capa cidad
de los hombres remodeló la ciudad y la en tregó a las máquinas que la hicieron
inmortal. No importaba lo que pudiera olvidarse, Diaspar viviría y
transportaría a los descendientes del hombre por la corriente del tiempo.
Los habitantes de Diaspar se sentían, tal vez, tan
satisfechos como cualquier otra raza que hu biera conocido el mundo, y a su
modo eran dichosos. Pasaban sus largas vidas en medio de una belleza que jamás
había sido superada, pues el trabajo de millones de siglos había sido dedicado
a la gloria de Diaspar.
Éste era el mundo de Alvin, un mundo que llevaba siglos
hundiéndose lentamente en la decadencia. Alvin no era consciente de esto
todavía, pues el presente estaba tan lleno de maravillas que era fácil olvidar
el pasado. Había mucho que hacer, mucho que aprender antes de que los largos
siglos de su juventud acabaran por marchitarse.
La música fue la primera de las artes que le atrajo, y
durante algún tiempo experimentó con muchos instrumentos. Pero la más antigua
de to das las artes era ahora tan compleja que le llevaría mil años dominar
todos sus secretos, y finalmente abandonó sus ambiciones. Podía escuchar, pero
no era capaz de crear.
Durante mucho tiempo el conversor de pensamientos le causó
gran placer. En su pantalla, creaba interminables pautas de forma y color,
normalmente copias, deliberadas o casuales, de los antiguos maestros. Cada vez
con más frecuencia, se encontraba creando paisajes de ensueño del extinto Mundo
del Amanecer, y a menudo sus pensamientos divagaban caprichosamente hacia los
archivos que le había mostrado Jeserac. Así, las ascuas de su descontento
ardían lentamente hasta alcanzar el nivel de la conciencia, aunque apenas le
preocupaba la vaga inquietud que sentía.
Pero a lo largo de los meses y los años, la in quietud fue
en aumento. Antes, Alvin se contentaba con compartir los placeres e intereses
de Diaspar, pero ahora sabía que éstos no eran suficientes. Sus horizontes se
expandían, y el saber que su vida entera debía quedar confinada en los muros de
la ciudad se le hacía intolerable. Sabía perfectamente bien que no había
ninguna alterna tiva, pues las arenas del desierto cubrían todo el mundo.
Había visto el desierto sólo unas cuantas veces en su
vida, y tampoco conocía a nadie que lo hu biera visto en su totalidad. El temor
de su pueblo al mundo exterior era algo que no podía entender: para él no
albergaba terror, sino simplemente mis terio. Cuando se sentía cansado de
Diaspar, el misterio le llamaba como lo hacía ahora.
Los caminos móviles rebosaban de vida y color mientras los
habitantes de la ciudad se dirigían a resolver sus asuntos. Sonreían a Alvin
cuando se abría paso hacia el carril de alta velocidad. A veces lo saludaban
por su nombre; antes le resultaba ha lagador pensar que era conocido en todo
Diaspar, pero ahora ya no le producía ningún placer.
En pocos minutos, el canal expreso lo llevó fuera del
abarrotado corazón de la ciudad, y había pocas personas a la vista cuando se
detuvo lentamente contra una larga plataforma de mármol de brillantes colores.
Los caminos móviles formaban de tal manera parte de su vida que Alvin nunca
había imaginado otra forma de transporte. Un ingeniero del viejo mundo se
habría vuelto loco poco a poco tratando de comprender cómo un camino sólido
podía quedar fijo en ambos extremos mientras su centro viajaba a ciento cincuenta
kilómetros por hora. Tal vez un día Alvin se sentiría también perplejo, pero
por ahora aceptaba su entorno con tan poco sentido crítico como todos los otros
ciudadanos de Diaspar.
Esta zona de la ciudad estaba casi desierta. Aunque la
población de Diaspar no se había visto alterada durante milenios, las familias
tenían por costumbre mudarse a intervalos frecuentes. Algún día la marea de la
vida volvería a invadir esta zona, pero las grandes torres llevaban ya
desiertas más de cien mil años.
La plataforma de mármol terminaba contra una pared
taladrada por brillantes túneles iluminados. Sin vacilación, Alvin escogió uno
y entró en él. El campo peristáltico lo agarró de inmediato y lo impulsó hacia
delante mientras el muchacho se tumbaba cómodamente y contemplaba cuanto le
rodeaba.
No parecía posible que se encontrara en un túnel bajo
tierra. El arte que había utilizado todo Diaspar para sus lienzos estaba
presente por todas partes, y sobre Alvin los cielos parecían abiertos a los
vientos de la gloria. Por todas partes se alzaban las torres de la ciudad,
brillando a la luz del sol. No se trataba de la ciudad tal como Alvin la
conocía, sino la Diaspar de una época mucho más remota. Aunque la mayoría de
los grandes edificios eran familiares, había sutiles diferencias que aumentaban
el interés de la escena. Alvin deseó poder detenerse a contemplar, pero nunca
había encontrado un medio de retardar su avance a través del túnel.
Poco después fue depositado en una gran cámara elíptica,
completamente rodeada de ventanas. A través de ellas pudo contemplar un exube
rante paisaje de jardines encendidos con brillantes flores. Todavía había
jardines en Diaspar, pero éstos sólo habían existido en la mente del artista
que los había concebido. Desde luego, ya no existían flores como éstas en el
mundo actual.
Alvin atravesó una de las ventanas y la ilusión se hizo
añicos. Se encontró en un pasadizo circu lar que se curvaba lentamente hacia
arriba. Bajo sus pies, el suelo empezó a avanzar poco a poco, como ansiando
conducirlo a su destino. Alvin dio unos cuantos pasos hasta que su velocidad
fue tan grande que cualquier otro esfuerzo habría sido una pérdida de tiempo.
El corredor seguía inclinado hacia arriba, y unos
centenares de metros después se curvó en un completo ángulo recto. Pero eso
sólo se lo decía la lógica: para los sentidos era como si corriera por un
corredor absolutamente horizontal. El hecho de que en realidad estuviera
subiendo por un pozo vertical de varios metros de profundidad no le producía a
Alvin ninguna sensación de inseguridad, pues un fallo del campo polarizador era
impensable.
El corredor empezó a inclinarse «hacia abajo» hasta que
una vez más formó un ángulo recto. El movimiento del suelo se redujo de forma
imperceptible hasta que se detuvo al final de un largo salón cubierto de
espejos. Alvin sabía que en este momento se encontraba casi en la cúspide de la
Torre de Loranne.
Permaneció unos instantes en la sala de los es pejos,
sintiendo una fascinación única. Sabía que no existía nada parecido en el resto
de Diaspar. Por algún capricho del artista, sólo unos pocos espejos reflejaban
la escena como realmente era, y Alvin estaba convencido de que incluso aquéllos
cambiaban constantemente de posición. Los demás reflejaban algo, desde luego,
pero resultaba levemente desconcertante contemplarse a uno mismo en medio de
paisajes siempre cambiantes y completamente imaginarios. Alvin se preguntó qué
haría si veía a alguien más, acercándosele en el mundo-espejo, pero hasta ahora
la situación nunca se había producido.
Cinco minutos más tarde estaba en una habi tación pequeña
y desnuda por la que soplaba con tinuamente un viento cálido. Era parte del
sistema de ventilación de la torre, y el aire en movimiento escapaba a través
de una serie de amplias aberturas que horadaban la pared del edificio. Por
aquellos agujeros podía atisbarse el mundo que existía más allá de Diaspar.
Tal vez sería exagerado decir que Diaspar había sido
construida deliberadamente para que sus habitantes no pudieran ver nada del
mundo exte rior. Sin embargo, era extraño que desde ningún otro lugar de la
ciudad pudiera verse el desierto. Las torres exteriores de Diaspar formaban una
muralla a través de la ciudad, dando la espalda al mundo hostil que quedaba al
otro lado, y Alvin pensó de nuevo en la extraña reluctancia de su pueblo a
hablar o pensar siquiera en nada que quedara más allá de su pequeño universo.
A miles de metros por debajo de él, la luz del sol se
retiraba del desierto. Los rayos casi horizontales dibujaban una pauta de luz
contra la muralla oriental de la pequeña habitación, y la sombra de Alvin
parecía enorme a sus espaldas. El muchacho se cubrió los ojos contra el
resplandor y contempló la tierra que ningún hombre había recorrido durante
eras.
Había poco que ver: sólo las largas sombras de las dunas
de arena y, al oeste, el contorno de las montañas tras las que se ocultaba el
sol. Era extra ño pensar que, entre todos los millones de seres humanos que
vivían en Diaspar, sólo él había contemplado este panorama.
No hubo crepúsculo. Con la marcha del sol, la noche barrió
el desierto como un viento invisible, esparciendo las estrellas a su paso.
Arriba, hacia el sur, ardía una extraña formación que había llama do la
atención de Alvin con anterioridad: un círculo perfecto de seis estrellas de
colores con una gran gigante blanca en su centro. Pocas estrellas tenían aquel
brillo, pues los grandes cielos que antaño ardieron tan fieramente con la
gloria de la juventud se dirigían ahora hacia su extinción.
Durante largo rato Alvin permaneció arrodi llado ante la
abertura, contemplando el avance de las estrellas hacia el oeste. Aquí, en la
titilante os curidad, por encima de la ciudad, su mente pare cía funcionar con
claridad superior a lo normal. Todavía había tremendas lagunas en su
conocimiento, pero el problema de Diaspar empezaba a revelarse lentamente.
La raza humana había cambiado, y él, no. An tes, la
curiosidad y el deseo de conocer que le apartaban del resto de su pueblo fueron
patrimo nio de todo el mundo. En tiempos remotos, hacía millones de años, debió
de suceder algo que cam bió por completo a la humanidad. Aquellas refe rencias
inexplicables a los Invasores…, ¿se encon traba ahí la respuesta?
Era hora de regresar. Mientras se ponía en pie, Alvin se
sintió asaltado por un pensamiento que no se le había ocurrido antes. El
agujero de venti lación era casi horizontal, y de unos cuatro metros de
longitud. Siempre había imaginado que terminaba en la muralla de la torre, pero
eso no era más que una simple suposición. Ahora advirtió que había otras
posibilidades. De hecho, era muy probable que hubiera alguna especie de cornisa
tras la abertura, aunque sólo fuera por razones de seguridad. Era demasiado tarde
para hacer ninguna exploración, pero al día siguiente regresaría…
Lamentaba tener que mentir a Jeserac, pero ya que el
anciano desaprobaba sus excentricidades, ocultaba la verdad por amabilidad.
Alvin no podía decir qué esperaba descubrir exactamente. Sabía bien que si
llegaba a salir de Diaspar, tendría que regresar pronto. Pero la excitación
escolar ante una posible aventura le servía como justificación.
No fue difícil abrirse paso a través del túnel, aunque no
podría haberlo hecho un año antes. La idea de caer desde mil quinientos metros
no le preocupaba en absoluto, pues la humanidad había perdido por completo el
miedo a las alturas. Y, de hecho, el salto fue sólo de un metro hasta una
amplia terraza que corría a izquierda y derecha ante la fachada de la torre.
Alvin salió de la abertura, con la sangre latiéndole
agitadamente en las venas. Ante él, ya no en marcado por el estrecho rectángulo
de piedra, se extendía la inmensidad del desierto. Arriba, la fachada de la
torre todavía se alzaba varios cientos de metros hacia el cielo. Los edificios
cercanos se extendían al norte y al sur, formando una avenida de titanes. Con
interés, Alvin advirtió que la Torre de Loranne no era la única que tenía
aberturas de ventilación ha cia el desierto. Por un momento, contempló embe
lesado el tremendo paisaje; luego empezó a exa minar la cornisa sobre la que se
encontraba. Tenía unos seis metros de anchura y terminaba brusca mente en el
vacío. Alvin se asomó sin temor al borde del precipicio y calculó que el
desierto se hallaba a unos mil quinientos metros por debajo. No había ninguna
oportunidad de escapar por ahí.
Mucho más interesante resultaba el hecho de que un tramo
de escaleras conducía al parecer a otra cornisa situada a unos pocos cientos de
me tros por debajo. Los peldaños estaban tallados en la fachada del edificio, y
Alvin se preguntó si to dos conducían hasta la superficie. Era una posibilidad
excitante. Entusiasmado, Alvin pasó por alto las implicaciones físicas de un
descenso de mil quinientos metros.
Pero la escalera apenas descendía un centenar de metros.
Se detenía súbitamente contra un gran bloque de piedra que parecía soldado a
través. No había manera de pasar. El camino había sido cor tado deliberada y
concienzudamente.
Alvin se acercó desanimado al obstáculo. Ha bía olvidado
la imposibilidad de volver a subir por una escalera de mil quinientos metros de
altu ra de haber podido completar el descenso, y se sintió molesto al haber
llegado tan lejos sólo para encontrarse con el fracaso.
Se acercó a la piedra, y por primera vez vio el mensaje
grabado en ella. Las letras eran arcaicas, pero pudo descifrarlas con
facilidad. Leyó tres ve ces la sencilla inscripción; entonces se sentó en la
gran losa de piedra y contempló la tierra inaccesi ble que se extendía debajo.
HAY UN CAMINO MEJOR.
SALUDA AL GUARDIAN DE LOS ARCHIVOS.
ALAINE DE LYNDAR
2
EL COMIENZO DE LA BÚSQUEDA
Rorden, el Guardián de los Archivos, ocultó su sorpresa
cuando el joven visitante se anunció. Re conoció a Alvin de inmediato, y
mientras el muchacho entraba en la sala tecleó su nombre en la máquina de
información. Tres segundos después, tenía en la mano la tarjeta personal de
Alvin.
Según Jeserac, los deberes del Guardián de los Archivos
eran algo oscuros, pero Alvin esperaba encontrarle en el corazón de un enorme
sistema de archivación. También, por ningún motivo concreto, esperaba encontrar
a alguien tan viejo como Jeserac. En cambio, estaba frente a un hombre de
mediana edad en una modesta habitación que contenía tal vez una docena de
máquinas. El saludo de Rorden fue un tanto ausente, pues estudiaba
subrepticiamente la tarjeta personal de Alvin.
- ¿Alaine de Lyndar? -dijo-. No, nunca he oído hablar de
él. Pero enseguida podremos averi guar quién era.
Alvin lo observó con interés mientras pulsa ba unas
cuantas teclas en una de las máquinas.
Casi de inmediato se produjo el brillo de un campo
sintetizador, y se materializó una tira de papel.
- Parece que Alaine fue uno de mis predece sores… hace
muchísimo tiempo. Creía que conocía a todos los Guardianes de los últimos cien
millones de años, pero debió de vivir con anterio ridad a eso. Ha pasado tanto
tiempo que sólo está registrado su nombre, sin ningún otro detalle. ¿Dónde
estaba esa inscripción?
- En la Torre de Loranne -respondió Alvin tras un momento
de duda.
El Guardián del Archivo volvió a teclear, pero esta vez el
campo no reapareció ni se materializó papel alguno.
- ¿Qué está haciendo? -preguntó Alvin-. ¿Dónde están sus
archivos?
El Guardián se echó a reír.
- Eso siempre intriga a la gente. Resultaría imposible
mantener registros escritos de toda la información que necesitamos. Por eso la graba
mos electrónicamente y la borramos de forma au tomática tras cierto tiempo, a
menos que haya al gún motivo especial para conservarla. Si Alaine dejó algún
mensaje para la posterioridad, lo des cubriremos pronto.
- ¿Cómo?
- No hay nadie en el mundo que pueda explicártelo. Todo lo
que sé es que este aparato es un Asociador. Si le das una serie de datos,
escudriñará la totalidad del conocimiento humano hasta que los relacione.
- ¿Requiere mucho tiempo?
- A veces he tenido que esperar veinte años para obtener
una respuesta. ¿Por qué no te sientas? -añadió, y las arrugas en torno a sus
ojos traicionaron su voz solemne.
Alvin no había visto nunca a alguien como el Guardián de
los Archivos, y decidió que le caía bien. Estaba cansado de que le recordaran
que era un niño, y era agradable ser tratado como una persona de verdad.
Una vez más el campo sintetizador destelló, y Rorden se
inclinó para leer la tira de papel. El mensaje debía de ser largo, pues tardó
varios mi nutos en hacerlo. Por fin, se sentó en uno de los sillones de la
habitación, mirando a su visitante con ojos que, según advirtió Alvin por
primera vez, eran desconcertantes y escrutadores.
- ¿Qué dice? -estalló el muchacho por fin, incapaz de
contener más tiempo su curiosidad.
Rorden no contestó. En cambio, fue él quien pidió
información.
- ¿Por qué quieres salir de Diaspar? -dijo suavemente.
Si Jeserac o su padre le hubieran hecho aquella pregunta,
Alvin habría contestado con un puñado de verdades a medias o mentiras
completas. Pero con este hombre, a quien sólo conocía desde hacía algunos
minutos, no parecía haber ninguna de las barreras que lo apartaban de aquellos
que conocía de toda la vida.
- No estoy seguro -contestó, hablando despacio, pero sin
vacilar-. Siempre me he sentido así. Sé que no hay nada fuera de Diaspar, pero
quiero salir de aquí de todas formas.
Miró tímidamente a Rorden, como esperando su apoyo, pero
los ojos del Guardián estaban muy lejos de allí. Cuando por fin se volvió de
nuevo hacia Alvin, en su rostro había una expresión que el muchacho no pudo
entender por completo, pero contenía un tono de tristeza que resultaba, de
algún modo, preocupante.
Nadie podría suponer que Rorden se enfrentaba a la crisis
más grave de su vida. Durante miles de años había ejecutado sus deberes como
intérprete de las máquinas, deberes que no requerían demasiada ini ciativa ni
muchas dotes emprendedoras. Apartado del tumulto de la ciudad, aislado de sus
semejantes, Rorden había vivido feliz y satisfecho. Y ahora llega ba este
muchacho, perturbando los fantasmas de una era que llevaba muerta miles de
siglos, y amenazando con destrozar su apreciada paz espiritual.
Unas cuantas palabras de desánimo podrían ser suficientes
para conjurar la amenaza, pero al mirar aquellos ojos ansiosos e infelices,
Rorden supo que nunca podría solucionarlo por la vía fácil. Incluso sin el
mensaje de Alaine, su conciencia lo habría prohibido.
- Alvin -empezó a decir-, sé que hay mu chas cosas que te
intrigan. Supongo que, sobre todo, te habrás preguntado por qué vivimos ahora
en Diaspar cuando antes el mundo entero no fue suficiente para nosotros.
Alvin asintió, preguntándose cómo el hombre podía leer tan
acertadamente su mente.
- Bueno, me temo que no puedo responder a esa pregunta por
completo. No pongas esa cara de decepción: todavía no he terminado. Todo em
pezó cuando el hombre luchaba contra los Invasores…, fueran quienes fuesen.
Antes de eso, se esparcía entre las estrellas, pero fue obligado a regresar a
la Tierra tras una serie de guerras de las que no tenemos más noticias. Tal vez
esa derrota cambió su carácter, y le obligó a contentarse con pasar el resto de
su existencia en la Tierra. O tal vez los Invasores prometieron dejar a la
humanidad en paz si permanecía en su planeta; no lo sa bemos. Lo que es seguro
es que empezamos a de sarrollar una cultura fuertemente centralizada, de la que
Diaspar fue el máximo exponente.
»Al principio, hubo muchas grandes ciudades, pero al final
Diaspar las absorbió a todas, pues pa rece que hay una fuerza que impulsa a los
hombres a unirse como antaño los impulsó hacia las estrellas. Pocas personas
llegan a reconocerlo, pe ro todos tenemos miedo del mundo exterior y ansiamos
lo que se comprende y se conoce. Ese miedo puede ser irracional, o tal vez
tenga base histórica, pero es una de las fuerzas mayores de nuestras vidas.
- ¿Entonces por qué yo no me siento así?
- ¿Quieres decir que la idea de abandonar Diaspar, donde
tienes todo lo que necesitas y estás rodeado de todos tus amigos, no te llena
de un sentimiento de terror?
- No.
El Guardián sonrió amargamente.
- Me temo que yo no puedo decir lo mismo. Pero al menos
aprecio tu punto vista, aunque no lo comparta. Antes podría haber dudado en
ayudarte, pero no después de haber visto el mensaje de Alaine.
- ¡Todavía no me ha dicho lo que dice!
Rorden se echó a reír.
- No pretendo hacerlo hasta que seas mucho mayor. Pero te
diré de qué trata.
»Alaine previo que en el futuro nacerían per sonas como
tú; advirtió que podrían intentar dejar Diaspar, y se propuso ayudarlas.
Imagino que en todos los caminos posibles para abandonar la ciu dad se
encontrará una inscripción que envié al Guardián de los Archivos. Sabiendo que
el Guardián interrogaría entonces a sus máquinas, Alaine dejó un mensaje,
enterrado a salvo entre los miles y millones de registros ya existentes. Sólo
podría encontrarse si el Asociador lo buscaba deliberada mente. Ese mensaje
instruye al Guardián para que ayude a quien desee marcharse, aunque desaprue be
la búsqueda. Alaine creía que la raza humana había entrado en decadencia, y
quería ayudar a quien pudiera regenerarla. ¿Me entiendes?
Alvin asintió gravemente y Rorden continuó.
- Espero que estuviera equivocado. No creo que la
humanidad sea decadente…, simplemente es distinta. Tú, por supuesto, estarás de
acuerdo con Alaine…, pero no lo haces sólo porque creas que es bonito ser
distinto de todo el mundo. Somos felices; si hemos perdido algo, no somos
conscientes de ello.
»Alaine escribió un mensaje muy largo, pero lo más
importante es esto: hay tres caminos para salir de Diaspar. No dice adonde
conducen, no da ninguna pista para encontrarlos, aunque hay algu nas
referencias muy oscuras sobre las que tendré que reflexionar. Pero aunque lo
que diga sea verdad, eres demasiado joven para abandonar la ciu dad. Mañana
hablaré con tus padres. ¡No, no te delataré! Pero déjame ahora. Tengo muchas
cosas en qué pensar.
Rorden se sintió un poco cohibido ante la gra titud del
muchacho. Cuando Alvin se marchó, permaneció sentado durante un rato,
preguntándose si, después de todo, había actuado correctamente.
No había ninguna duda de que el muchacho era un atavismo,
una regresión a las grandes eras remotas. Cada pocas generaciones seguían
apareciendo mentes que eran iguales a las que habían conocido los antiguos
días. Nacidas fuera de su tiempo, podían tener poca influencia en el mundo
pacífico y soñador de Diaspar. El largo y lento declinar de la voluntad humana
estaba demasiado avanzado ya para ser detenido por un genio individual, por muy
brillante que fuera. Después de unos cuantos siglos de inquietud, las variaciones
aceptaban su destino y dejaban de luchar. Cuando Alvin comprendiera su
situación, ¿se daría cuenta también de que su única esperanza de felicidad era
someterse al mundo? Rorden se preguntó si a la larga, después de todo, no
habría sido más amable desanimarlo. Pero ahora era ya demasiado tarde: Alaine
se había encargado de ello.
El antiguo Guardián de los Archivos debió de ser un hombre
notable, tal vez un atavismo tam bién. ¿Cuántas veces a lo largo de las eras
habrían leído su mensaje otros Guardianes y actuado según su dictado, para bien
o para mal? Seguramente, si había habido otros casos con anterioridad, habrían
sido registrados.
Rorden reflexionó durante un instante; enton ces, muy
despacio al principio, pero con confian za creciente, empezó a formular
pregunta tras pregunta a sus máquinas, hasta que todos los Aso ciadores de la
sala estuvieron trabajando a pleno rendimiento. Por medios que quedaban más
allá del alcance de la comprensión del hombre, billo nes y billones de hechos
corrían a través de los es crutadores. Rorden no tenía más que esperar…
En los años venideros, Alvin se sorprendería a menudo por
su buena fortuna. Si el Guardián de los Archivos no hubiera sido amable con él,
su búsqueda no habría comenzado nunca. Pero Rorden, a pesar de los años que los
separaban, compartía algo de su propia curiosidad. En el caso del Guardián de
los Archivos, se trataba tan sólo del deseo de descubrir conocimientos
perdidos: nunca los habría utilizado, pues compartía con el resto de Diaspar
ese temor al mundo exterior que Alvin encontraba tan extraño. Por íntima que
liegara a ser su amistad, aquella barrera siempre se alzaría entre ellos.
La vida de Alvin quedó ahora dividida en dos porciones muy
distintas. Continuó sus estudios con Jeserac, adquiriendo el inmenso e
intrincado conocimiento de la gente, lugares y costumbres sin los que nadie
podría tomar parte en la vida de la ciudad. Jeserac era un tutor concienzudo
pero ameno, y con tantos siglos por delante no sentía ninguna urgencia por
completar su tarea. De hecho, se sentía bastante satisfecho de que Alvin
hubiera entablado amistad con Rorden. El Guardián de los Archivos era considerado
con respeto por el resto de Diaspar, pues sólo él tenía acceso a todo el
conocimiento del pasado.
Alvin aprendió lentamente lo enorme y a la vez lo
incompleto que era ese conocimiento. A pesar de los circuitos de
autocancelación que destruían toda la información en cuanto ésta quedaba
obsoleta, los registradores principales contenían cien billones de hechos según
la estimación más modesta. Rorden no sabía si había un límite a la capacidad de
las máquinas: ese conocimiento se perdió con el secreto de su funcionamiento.
Los Asociadores eran para Alvin una fuente de inagotable
sorpresa, y el muchacho se pasaba las horas tecleando preguntas. Era divertido
descubrir que la gente cuyo nombre empezaba por «S» tenía tendencia a vivir en
la parte oriental de la ciudad, aunque las máquinas se apresuraron a añadir que
el hecho no tenía ningún valor estadístico. Alvin acumuló un vasto conjunto de
hechos inútiles de índole similar que empleaba para impresionar a sus amigos.
Al mismo tiempo, bajo la tutela de Rorden, aprendía todo lo que se sabía sobre
las Edades del Amanecer, pues Rorden insistía en que le harían falta años de
preparación antes de poder empezar su búsqueda. Alvin comprendió que era
verdad, aunque a veces se rebelaba contra aquello. Pero después de un único
intento, abandonó toda esperanza de adquirir conocimientos prematuramente.
Se encontraba solo un día, pues Rorden hacía una de sus
raras visitas al centro administrativo de la ciudad. La tentación fue demasiado
fuerte, y or denó a los Asociadores que buscaran el mensaje de Alaine.
Cuando Rorden regresó, encontró a Alvin, muy asustado,
intentando descubrir por qué todas las máquinas se habían paralizado. Para su
inmenso alivio, Rorden solamente se echó a reír y tecleó una serie de
combinaciones que despejaron el atasco. Entonces se volvió hacia el culpable y
lo amonestó severamente.
- ¡Que eso te sirva de lección, Alvin! Espera ba algo
parecido, y por eso he bloqueado todos los circuitos que no quiero que
explores. El bloqueo permanecerá hasta que yo decida que es seguro levantarlo.
Alvin sonrió tímidamente y no dijo nada. A partir de
entonces no hizo más incursiones en te rritorio prohibido.
3
LA TUMBA DE YARLAN ZEY
Durante tres años, Rorden no hizo más que referencias
casuales al propósito de su trabajo conjunto. El tiempo pasó rápidamente, pues
había muchas cosas que aprender y el saber que su obje tivo no era imposible
daba paciencia a Alvin. En tonces, un día, cuando luchaba por reconciliar dos
mapas diferentes del antiguo mundo, el Asociador principal requirió súbitamente
su atención.
Rorden corrió hacia la máquina y regresó con una larga
hoja de papel cubierta de letras. La repa só rápidamente y miró a Alvin con una
sonrisa.
- Pronto descubriremos si la primera salida está aún
abierta -dijo en voz baja.
Alvin saltó de su silla, lanzando mapas en to das
direcciones.
- ¿Donde está? -chilló ansiosamente.
Rorden se echó a reír y lo obligó a volver a sentarse.
- No te he tenido esperando todo este tiempo por capricho
-dijo-. Es cierto que antes eras demasiado joven para marcharte de Diaspar, aun
que hubiéramos sabido cómo hacerlo. Pero ése no es el único motivo por el que
te hice esperar. El día que viniste a verme, hice que las máquinas examinaran
los archivos para ver si después de Alaine hubo alguien que intentara salir de
la ciudad. Pensé que tal vez no fueras el primero, y no me equivoqué. Ha habido
muchos otros: el últi mo fue hace unos quince millones de años. Todos han
tenido mucho cuidado en no dejarnos ningu na pista, y en esto puedo ver la influencia
de Alai ne. En su mensaje, recalcó que sólo se permitiera encontrar la salida a
aquellos que buscaran por sí mismos, así que he tenido que explorar muchos
caminos ciegos. Sabía que el secreto fue escondido cuidadosamente, aunque no
tanto como para no ser encontrado.
»Hace aproximadamente un año empecé a con centrarme en la
idea del transporte. Resulta obvio que Diaspar debió de tener muchos enlaces
con el resto del mundo, y aunque el Puerto lleve eras en terrado en el
desierto, pensé que tal vez hubiera otros medios de comunicación. Al principio
des cubrí que los Asociadores no respondían a preguntas directas: Alaine debió
de bloquearlos, igual que yo hice contigo por tu bien. Desgraciadamente, no
puedo retirar el bloqueo de Alaine, así que he teni do que utilizar métodos
indirectos.
»Si había algún sistema de transporte externo, ahora ya no
queda rastro. Por tanto, si es que exis tió, ha sido ocultado deliberadamente.
Hice que los Asociadores investigaran todas las operaciones de ingeniería
importantes ejecutadas en la ciudad desde que comenzaron los registros. Esto es
un informe sobre la construcción del parque central, y Alaine ha añadido una
nota personal. En cuanto encontró su nombre, naturalmente, la máquina supo que
había terminado la búsqueda y me llamó.
Rorden miró al papel, como para volver a leerlo. Entonces
continuó:
- Siempre hemos dado por hecho que todos los caminos
móviles deberían converger en el Par que: parece natural que así sea. Pero este
informe certifica que el Parque fue construido después de la fundación de la
ciudad…, muchos millones de años más tarde, en realidad. Por tanto, los caminos
móviles conducían antaño a otro lugar.
- ¿A un aeropuerto, tal vez?
- No. Nunca se permitió volar sobre ninguna ciudad,
excepto en tiempos muy remotos, antes de que se construyeran los caminos
móviles. ¡Ni siquiera Diaspar es tan antigua! Pero escucha la nota de Alaine:
»" Cuando el desierto enterró el Puerto de Diaspar,
el sistema de emergencia que había sido construido en previsión de ese día fue
capaz de realizar las tareas de transporte restantes. Finalmente fue clausurado
por Yarlan Zey, constructor del Parque, y ha permanecido casi sin usar desde la
Migración."
Alvin pareció aturdido.
- No me dice gran cosa -se quejó.
Rorden sonrió.
- Has dejado que los Asociadores piensen de masiado en tu
lugar -le reprendió amablemen te-. Como todas las declaraciones de Alaine, está
oscurecida deliberadamente para que la gente a la que no va dirigida no la
entienda. Pero creo que nos dice bastante. ¿No significa nada para ti el nombre
Yarlan Zey?
- Creo que comprendo -dijo Alvin lentamente-. ¿Estás
hablando del monumento?
- Sí. Está en el centro exacto del Parque. Si extendieras
los caminos móviles, todos convergerían allí. Tal vez, hace mucho tiempo, lo
hacían.
Alvin se puso inmediatamente en pie.
- Vamos a verlo -exclamó.
Rorden sacudió la cabeza.
- Has visto la tumba de Yarlan Zey docenas de veces y
nunca has advertido nada inusitado en ella. Antes de apresurarnos, ¿no crees
que sería buena idea volver a interrogar a las máquinas?
Alvin se vio obligado a asentir, y, mientras es peraban,
empezó a leer el informe que el Asocia dor había producido ya.
- Rorden -dijo por fin-, ¿qué quería decir Alaine al
hablar de la Migración?
- Es un término que se usa a menudo en los archivos más
antiguos -respondió Rorden-. Se refiere a la época en que las otras ciudades
entra ron en decadencia y toda la raza humana se dirigió a Diaspar.
- ¿Entonces, este «sistema de emergencia», sea lo que
fuere, conduce a ellas?
- Casi con toda seguridad.
Alvin meditó durante un rato.
- ¿Así que crees que si encontramos el siste ma sólo nos
llevará a un montón de ciudades en ruinas?
- Dudo que sean eso siquiera -replicó Rorden-. Cuando las
ciudades fueron abandonadas, las máquinas fueron desconectadas. El desierto las
habrá cubierto ya.
Alvin se negó a desanimarse.
- ¡Pero Alaine debía de saberlo! -protestó.
Rorden se encogió de hombros.
- Sólo estamos suponiendo -dijo-, y de momento el
Asociador no tiene ninguna informa ción. Puede que tarde varias horas, pero con
un tema tan concreto deberíamos tener todos los hechos registrados antes de que
termine el día. Seguiremos tu consejo después de todo.
Las pantallas de la ciudad habían sido bajadas y el sol
brillaba con fuerza, aunque sus rayos pa recerían extrañamente débiles para un
hombre de las Eras del Amanecer. Alvin había hecho este via je cientos de veces
antes, aunque ahora casi pare cía una aventura nueva. Cuando llegaron al final
del camino móvil, se arrodilló y examinó la super ficie que los transportaba a
lo largo de la ciudad. Por primera vez en su vida, empezó a advertir parte de
su maravilla. Aquí era inmóvil, aunque a un centenar de metros de distancia
corría hacia él más rápido de lo que podía hacerlo un hombre.
Rorden le observaba, pero malinterpretó la curiosidad del
muchacho.
- Supongo que tuvieron que quitar la última sección del
camino al construir el Parque -dijo-. Dudo que aprendas nada de eso.
- Estaba pensando en otra cosa -respondió Alvin-. Me
preguntaba cómo funcionan los ca minos móviles.
Rorden pareció atónito, pues nunca había pensado en ello.
Desde que los hombres vivían en las ciudades, habían aceptado sin pensar los
múltiples servicios que yacían bajo sus pies. Y cuando las ciudades se hicieron
completamente automáticas, dejaron incluso de advertir que estaban allí.
- No te preocupes por eso -dijo-. Puedo mostrarte un
centenar de rompecabezas más grandes. Dime, por ejemplo, cómo consiguen su
información mis Archivadores.
Así, sin un segundo pensamiento, Rorden des cartó el tema
de los caminos móviles, uno de los mayores triunfos de la ingeniería humana.
Las lar gas épocas de investigación que habían conducido a la creación de la
materia anisotrópica no signifi caban nada para él. Si le hubieran dicho que
una sustancia podía tener las propiedades de un sólido en una dimensión y las
de un líquido en otras dos, ni siquiera habría mostrado sorpresa.
El Parque tenía casi cinco kilómetros de diá metro, y como
todos los senderos eran nuevos, las distancias eran considerablemente
exageradas. Cuando era más pequeño, Alvin pasaba gran par te del tiempo entre
los árboles y plantas de este lu gar, el más grande de los espacios abiertos de
la ciudad. Lo había explorado en su totalidad en al gún momento u otro, pero
con el paso de los años parte de su encanto se había desvanecido. Ahora
comprendía por qué: había visto los antiguos archivos y sabía que el Parque era
sólo una pálida sombra de una belleza que había desaparecido del mundo.
Se encontraron con mucha gente mientras ca minaban a
través de las avenidas de árboles sin edad y sobre la hierba perenne que nunca
necesi taba ser podada. Poco después se cansaron de recibir saludos, pues todo
el mundo conocía a Alvin, y casi todos conocían al Guardián de los Archivos.
Por eso, dejaron los senderos y deambularon por caminos secundarios casi
cubiertos por la sombra de los árboles. A veces los troncos estaban tan juntos
que ocultaban a la vista las grandes torres de la ciudad, y durante algunos
instantes Alvin pudo imaginar que estaba en el mundo antiguo con el que tanto
soñaba.
La tumba de Yarlan Zey era la única construc ción del
Parque. Una avenida de árboles eternos conducía a la baja colina donde se
hallaba, con sus columnas rosáceas brillando a la luz del sol. El tejado estaba
abierto al cielo, y la única cámara que contenía estaba cubierta con grandes
planchas de piedra aparentemente natural. Pero durante eras geológicas los pies
de los seres humanos habían cruzado y vuelto a cruzar aquel suelo sin dejar
ninguna huella sobre el material inconcebiblemente duro. Alvin y Rorden
entraron lentamente en la cámara, hasta que se encontraron cara a cara con la
estatua de Yarlan Zey.
El creador del gran Parque estaba sentado con la mirada
levemente gacha, como si examinara los planos que tenía sobre las rodillas. Su
cara tenía esa expresión curiosamente elusiva que había sor prendido al mundo
durante tantas generaciones. Algunos la consideraban simplemente un capri cho
del artista, pero para otros parecía que Yarlan Zey sonreía ante alguna broma
secreta. Ahora Al vin supo que tenían razón.
Rorden permaneció inmóvil ante la estatua, como si la
viera por primera vez en su vida. Retrocedió unos cuantos pasos y empezó a
examinar las grandes losas.
- ¿Qué haces? -preguntó Alvin.
- Empleo un poco de lógica y mucha intui ción -replicó
Rorden.
Se negó a decir nada más, y Alvin continuó examinando la
estatua. Todavía estaba haciéndolo cuando un leve sonido a sus espaldas atrajo
su atención. Rorden, con el rostro sonriente, se hun día lentamente en el
suelo. Empezó a reírse ante la expresión del muchacho.
- Creo que sé cómo invertirlo -dijo mien tras
desaparecía-. Si no salgo inmediatamente, tendrás que sacarme con un
polarizador de gravedad. Pero no creo que sea necesario.
Las últimas palabras sonaron apagadas, y, al correr al
borde del pozo rectangular, Alvin vio que su amigo estaba ya a varios metros
bajo la su perficie. Mientras seguía observando, el pozo au mentó rápidamente
hasta que Rorden quedó re ducido a una motita que ya no era reconocible como un
ser humano. Entonces, para alivio de Alvin, el distante rectángulo de luz
empezó a expandirse y el pozo redujo su tamaño hasta que Rorden se encontró a
su lado una vez más. Durante un instante se produjo un profundo silencio.
Entonces Rorden sonrió y empezó a hablar.
- La lógica puede hacer maravillas si tiene al go con lo
que trabajar-dijo-. Esta construcción es tan simple que no podía ocultar nada,
y la única salida secreta tenía que ser a través del suelo. He supuesto que
debería de estar marcada de alguna forma, así que he buscado hasta encontrar
una lo seta diferente de las demás.
Alvin se arrodilló y examinó el suelo.
- ¡Pero si es igual que todas las otras! -protestó.
Rorden puso las manos sobre los hombros del muchacho y lo
hizo volverse hacia la estatua. Por un instante, Alvin la contempló
intensamente. Entonces asintió muy despacio.
- Ya veo -susurró-. ¡Entonces ése es el se creto de Yarlan
Zey!
Los ojos de la estatua estaban fijos en el suelo ante sus
pies. No había error posible. Alvin se acercó a la losa siguiente, y descubrió
que Yarlan Zey ya no miraba hacia él.
- Ni una sola persona entre un millar lo ad vertiría a
menos que estuviera buscándolo -dijo Rorden-, e incluso entonces no
significaría nada. Al principio me he sentido como un tonto, de pie sobre esa
losa y ejecutando diferentes combina ciones de pensamientos de control.
Afortunadamente los circuitos deben de ser bastante toleran tes, y el código de
pensamiento ha resultado ser «Alaine de Lyndar». Al principio lo he intentado
con «Yarlan Zey», pero no ha funcionado, como ya esperaba. Demasiadas personas
habrían dispa rado el mecanismo por accidente si ese pensa miento hubiera sido
empleado como clave.
- Parece muy simple -admitió Alvin-, pero creo que no lo
habría descubierto ni en un millón de años. ¿Es así como funcionan los
Asociadores?
Rorden se echó a reír.
- Tal vez -dijo-. A veces yo llego a la res puesta antes
que ellos, pero ellos no fallan nunca. -Hizo una pausa-. Tendremos que dejar el
pozo abierto: no es probable que se caiga nadie.
Mientras se hundían suavemente en la tierra, el rectángulo
del cielo se fue reduciendo hasta que pareció muy pequeño y lejano. El pozo
estaba iluminado por paredes fosforescentes y parecía tener al menos
trescientos metros de profundidad. Las paredes eran perfectamente lisas y no
presentaban indicios de la maquinaria que los bajaba.
La puerta al fondo del pozo se abrió automáti camente.
Unos pocos pasos los condujeron a un corto pasillo, y entonces se encontraron,
abruma dos por su inmensidad, en una gran caverna circular cuyas paredes se
unían en una graciosa curva a diez metros por encima de sus cabezas. La colum
na contra la que se encontraban parecía demasia do débil para soportar los
cientos de metros de roca que tenía encima. Entonces Alvin advirtió que no
parecía una parte integrante de la cámara, sino que resultaba claramente parte
de una cons tracción muy posterior. Rorden había llegado a la misma conclusión.
- Esta columna fue construida simplemente para albergar el
hueco por el que hemos venido -dijo-. Teníamos razón en lo referente a los
caminos móviles: todos conducen a este lugar.
Alvin había advertido, sin comprender su na turaleza, los
grandes túneles que horadaban la cir cunferencia de la cámara. Pudo ver que se
curvaban levemente hacia arriba, y ahora reconoció la superficie gris y
familiar de los caminos móviles. Aquí, muy por debajo del corazón de la ciudad,
convergía el maravilloso sistema de transporte que conducía todo el tráfico de
Diaspar. Pero sólo había varios muñones de las grandes pistas: el ex traño
material que les daba vida estaba petrificado e inmóvil.
Alvin avanzó hacia el túnel más cercano. Sólo había andado
unos pocos pasos cuando advirtió que algo le sucedía al suelo bajo sus pies. Se
volvía, transparente. Unos cuantos metros más y pareció encontrarse de pie en
medio del aire, sin ningún sostén visible. Se detuvo y contempló el vacío que
tenía debajo.
- ¡Rorden! -llamó-. ¡Ven a ver esto!
El Guardián del Archivo se acercó y juntos contemplaron la
maravilla que se abría bajo sus pies. Levemente visible, a una profundidad
indefinida, había un mapa enorme, un gran entramado de líneas que convergían en
un punto bajo el pozo central. Al principio a Alvin le pareció un laberinto
confuso, pero después pudo apreciar sus principales contornos. Como de
costumbre, apenas había iniciado su propio análisis cuando ya Rorden terminó el
suyo.
- Todo este suelo debió de ser transparente -dijo el Guardián-.
Cuando sellaron esta cámara y construyeron el pozo, los ingenieros debieron de
hacer algo para volver opaco el centro. ¿Comprendes lo que es, Alvin?
- Creo que sí -respondió el muchacho-. Es un mapa del
sistema de transporte, y esos circuli tos deben de ser las otras ciudades de la
Tierra. Puedo ver los nombres que tienen al lado, pero son demasiado tenues
para leerlos.
- Debió de existir algún medio de iluminación interna
-dijo Rorden, ausente. Contemplaba las paredes dé la cámara-. ¡Lo que pensaba!
-exclamó-. ¿Ves cómo todas esas líneas radiales conducen hacia los túneles
pequeños?
Alvin había advertido que junto a los grandes arcos de los
caminos móviles había innumerables túneles más pequeños que salían de la
cámara, tú neles que se dirigían hacia abajo en vez de hacia arriba.
Rorden continuó hablando, sin esperar una respuesta.
- Era un sistema magnífico. La gente bajaba de los caminos
móviles, seleccionaba el lugar que deseaba visitar y luego seguía la línea
adecuada en el mapa.
- ¿Y ahora qué? -dijo Alvin.
Como de costumbre, Rorden se negó a espe cular.
- No tengo suficiente información -respondió-. ¡Ojalá
pudiéramos leer el nombre de esas ciudades! -se quejó, cambiando bruscamente de
tema.
Alvin se había apartado y rodeaba el pilar cen tral. Su
voz llegó a Rorden levemente ahogada por los ecos de las paredes de la cámara.
- ¿Qué pasa? -llamó Rorden, sin querer moverse, porque
casi había descifrado uno de los grupos de caracteres apenas visibles. Pero la
voz de Alvin insistió, así que fue a reunirse con él.
Muy por debajo se hallaba la otra mitad del gran mapa, con
su leve telaraña radiando hacia los puntos de la brújula. Pero en este caso no
todo es taba en penumbra, pues una de las líneas, una sola, estaba
brillantemente iluminada. No parecía tener ninguna conexión con el resto del
sistema, y seña laba como una flecha resplandeciente hacia uno de los túneles
que se hundían en el suelo. Cerca de su final, la línea cruzaba un círculo de
luz dorada, y en el círculo aparecía escrita una sola palabra: «LYS». Eso era
todo.
Durante largo rato Alvin y Rorden se queda ron
contemplando aquel silencioso símbolo. Para Rorden no significaba más que otra
pregunta para sus máquinas, pero para Alvin ofrecía una prome sa sin límites.
Intentó imaginar esta gran cámara tal como había sido en tiempos remotos,
cuando el transporte aéreo había llegado a su fin pero las ciudades de la
Tierra todavía comerciaban unas con otras. Imaginó los incontables millones de
años que habían pasado con el tráfico reduciendose poco a poco y las luces del
gran mapa muriendo una a una, hasta que por fin sólo quedó esta única línea. Se
preguntó cuánto tiempo habría brillado entre sus compañeras oscurecidas,
esperando guiar unos pasos que nunca se hicieron realidad, hasta que por fin
Yarlan Zey selló los caminos móviles y aisló a Diaspar del mundo.
Eso había sucedido hacía cientos de millones de años.
Incluso entonces, Lys podía haber perdi do el contacto con Diaspar. Parecía
imposible que hubiera sobrevivido; tal vez, después de todo, el mapa ya no
significaba nada.
Rorden rompió por fin su meditación. Parecía un poco
nervioso e inquieto.
- Es hora de regresar -dijo-. Creo que no deberíamos
seguir.
Alvin reconoció los tonos subyacentes en la voz de su
amigo, y no discutió. Ansiaba conti nuar, pero se dio cuenta de que no sería
aconsejable sin prepararse mejor. Reluctante, se volvió de nuevo hacia el pilar
central. Mientras se dirigía hacia la abertura del pozo, el suelo bajo él nubló
gra dualmente su opacidad, y el brillante enigma de las profundidades se perdió
lentamente de vista.
4
EL CAMINO SUBTERRÁNEO
Ahora que por fin tenía el camino abierto, Alvin sentía
una extraña reluctancia a dejar él mun do familiar de Diaspar. Empezó a
descubrir que ni siquiera él era inmune a los temores que tan a menudo había
despreciado en los demás.
Una o dos veces Rorden intentó disuadirle, pero sin
demasiado énfasis. A un hombre de las Eras del Amanecer le habría parecido
extraño que ni Alvin ni Rorden vieran ningún peligro en lo que hacían. Durante
millones de años el mundo no había albergado nada que pudiera amenazar al
hombre, y ni siquiera Alvin podía imaginar tipos de seres humanos muy
diferentes a los que conocía en Diaspar. El que pudiera ser detenido contra su
voluntad era una idea totalmente inconcebible. En el peor de los casos, sólo fracasaría
al descubrir algo.
Tres días después, se encontraban una vez más en la cámara
desierta de los caminos móviles. Bajo sus pies, la flecha de luz todavía
señalaba a Lys, y ahora estaban preparados para seguirla.
Mientras se internaban en el túnel, sintieron el tirón
familiar del campo peristáltico, y en un momento fueron barridos sin esfuerzo
hacia las profundidades. El viaje apenas duró medio minuto: cuando terminó, se
encontraban en uno de los extremos de una cámara larga y estrecha en forma de
semicilindro. Al otro extremo se extendían dos túneles tenuemente iluminados.
Los hombres de casi todas las civilizaciones que habían
existido desde el Amanecer habrían encontrado sus inmediaciones completamente
familiares: sin embargo, para Alvin y Rorden era un paisaje de otro mundo. El
propósito de la máqui na estilizada y aerodinámica que apuntaba como un
proyectil al túnel era obvio, pero de todas formas resultaba plenamente
novedoso. Su porción superior era transparente, y al mirar a través de las
paredes Alvin pudo ver filas de cómodos asientos. No había ninguna señal de entrada,
y la máquina entera flotaba a un palmo de una sola vara de me tal que se
extendía en la distancia, hasta desapare cer en uno de los túneles. Unos pocos
metros más allá, otra vara conducía al segundo túnel, pero no había ninguna
máquina flotando sobre ella. Alvin supo con toda seguridad que, en alguna parte
bajo la lejana y desconocida Lys, aquella segunda máquina esperaba en otra
cámara similar a ésta.
- Bien -dijo Rorden suavemente-, ¿estás preparado?
Alvin asintió.
- Ojalá vinieras conmigo -dijo, y lo lamentó de inmediato
al ver la inquietud en el rostro del hombre.
Rorden era el amigo más íntimo que tenía, pero nunca
podría romper las barreras que conte nían a su raza.
- Volveré dentro de seis horas -prometió Alvin, hablando
con dificultad, pues había una misteriosa tensión en su garganta-. No te
molestes en esperarme. Si vuelvo pronto te llamaré, debe de haber algún
comunicador por aquí.
Alvin se dijo que todo era muy relajado y po sitivo. Sin
embargo, no pudo evitar dar un respin go cuando las paredes de la máquina se
difumina ron y el hermoso interior se abrió ante sus ojos. Rorden habló, de
forma rápida y entrecortada.
- No tendrás ningún problema para controlar la máquina
-dijo-. ¿Has visto cómo ha obedecido a mi pensamiento? Yo que tú entraría
rápidamente por si tiene un tiempo fijo para cerrarse.
Alvin subió a la máquina y colocó sus perte nencias en el
asiento más cercano. Se volvió hacia Rorden, que esperaba en el marco apenas
visible de la puerta. Durante un momento hubo un silencio forzado, mientras
cada uno esperaba a que el otro hablara. No tuvieron que tomar ninguna
decisión. Hubo un leve destello y las paredes de la máquina volvieron a
cerrarse. Mientras Rorden pronunciaba su despedida, el largo cilindro empezó a
avanzar. Antes de que entrara en el túnel, su velocidad había superado a la de un
hombre a la carrera.
Lentamente, Rorden regresó a la cámara de los caminos
móviles con su gran pilar central. La luz del sol iluminaba el pozo abierto
mientras su bía a la superficie. Cuando volvió a emerger junto a la tumba de
Yarlan Zey, se sintió desconcertado, aunque no sorprendido, al encontrar a un
grupo de curiosos congregados a su alrededor.
- No hay por qué alarmarse -dijo grave mente-. Alguien
tiene que hacer esto cada pocos miles de años, aunque apenas parece necesario.
Los cimientos de la ciudad son perfectamente es tables: no han cambiado un
micrón desde que se construyó el Parque.
Se marchó rápidamente, y mientras abandonaba la tumba, una
mirada de reojo le permitió constatar que los espectadores ya se estaban dis
persando. Rorden conocía lo suficientemente bien a sus conciudadanos para saber
que no volverían a pensar en el incidente.
Alvin se acomodó en el asiento y dejó que sus ojos
contemplaran el interior de la máquina. Por primera vez, advirtió el tablero
indicador que for maba parte de la pared frontal. Contenía un men saje muy
simple:
LYS 35 MINUTOS
Mientras miraba, el número cambió a «34». Eso al menos era
una información útil, aunque como no tenía idea de la velocidad de la máquina,
no le decía nada de la longitud del viaje. Las pare des del túnel eran una
continua mancha gris, y la única sensación de movimiento era una levísi ma
vibración que nunca habría advertido si no la hubiera estado esperando. Diaspar
debía de estar ahora a muchos kilómetros de distancia, y sobre él se
encontraría el desierto con sus dunas siempre cambiantes. Tal vez en este momento
corría bajo las montañas irregulares que había contemplado de niño desde la
Torre de Loranne.
Sus pensamientos volvieron a Lys, como ha bían hecho
continuamente durante los últimos días. Se preguntó si aún existiría, y de
nuevo se dijo que si no fuera así la máquina no le estaría conduciendo allí.
¿Qué tipo de ciudad sería? De algún modo, los mayores esfuerzos de su
imaginación sólo lograban construir otra versión más pequeña de Diaspar.
De repente, hubo un claro cambio en la vibra ción de la
máquina. Estaba reduciendo su veloci dad, de eso no había duda. El tiempo debía
de ha ber pasado más rápidamente de lo que creía; un poco sorprendido, Alvin
miró el indicador.
LYS 23 MINUTOS
Sintiéndose muy aturdido y un poco preocu pado, apoyó el
rostro contra el lado de la máquina. La velocidad aún nublaba las paredes del
túnel, convirtiéndolas en una mancha gris, aunque de vez en cuando podía
distinguir un destello de marcas
que desaparecían casi tan rápidamente como aparecían. Y en
cada aparición parecían permanecer un poco más de tiempo en su campo de visión.
Entonces, sin ninguna advertencia, las paredes del túnel
desaparecieron a ambos lados. La má quina estaba pasando, todavía a gran
velocidad, a través de un enorme espacio vacío, mucho más grande aún que la
cámara de las paredes móviles.
Al mirar asombrado a través de las paredes transparentes,
Alvin pudo ver debajo una intrinca da red de varas de guía, varas que se
cruzaban y se entrecruzaban para desaparecer en un laberinto de túneles a ambos
lados. Encima, un largo conjunto de soles artificiales inundaba la cámara de
luz, y re cortadas contra el resplandor pudo distinguir las carcasas de grandes
máquinas transportadoras. La luz era tan brillante que lastimaba los ojos, y
Alvin supo que este lugar no había sido creado para el hombre. Su propósito
quedó claro un instante después, cuando su vehículo pasó velozmente ante filas
y filas de cilindros que yacían inmóviles sobre sus varas conductoras. Eran más
grandes que la máquina en la que Alvin viajaba, y el muchacho se dio cuenta de
que debían de ser cargueros. A su alrededor había agrupadas máquinas incompren
sibles, todas silenciosas e inmóviles.
Casi con la misma rapidez con que apareció, la gran cámara
solitaria se desvaneció tras él. Alvin sintió asombro: por primera vez en su
vida com prendía realmente el significado de aquel gran mapa oscuro bajo
Diaspar. El mundo estaba lleno de más maravillas de las que había imaginado.
Alvin miró de nuevo el indicador. No había cambiado: había
tardado menos de un minuto en atravesar la gran caverna. La máquina aceleró de
nuevo, aunque seguía sin haber sensación de movimiento. Pero a ambos lados, las
paredes del túnel corrían a una velocidad que ni siquiera podía imaginar.
Pareció pasar toda una eternidad antes de que volviera a
producirse un cambio de vibración. Ahora, la indicación decía:
LYS 1 MINUTO
Fue el minuto más largo de su vida. La máqui na siguió
avanzando cada vez con más lentitud. No se trataba solamente de una reducción
de ve locidad. Estaba por fin deteniéndose.
Suave y silenciosamente, el largo cilindro salió del túnel
a una caverna que era gemela de la que había debajo de Diaspar. Por un momento,
Alvin se sintió demasiado excitado para ver nada con claridad. Sus pensamientos
eran confusos y ni si quiera pudo controlar la puerta, que se abrió y se cerró
varias veces antes de que pudiera recuperar se. Al saltar de la máquina, vio
por última vez el indicador. Sus palabras habían cambiado y había algo en su
mensaje que le resultó tranquilizador:
DIASPAR
35 MINUTOS
5
LA TIERRA DE LYS
Resultó así de simple. Nadie podría haber imaginado que
acababa de realizar un viaje aciago en la historia del hombre.
Mientras empezaba a buscar una salida de la cámara, Alvin
encontró la primera señal de que se hallaba en una civilización muy distinta a
la que había dejado. El camino a la superficie pasaba cla ramente a través de
un túnel bajo y ancho en un extremo de la caverna, y en el túnel había un tra
mo de escaleras. Una cosa semejante era casi desconocida en Diaspar. A las
máquinas no les gusta ban las escaleras, y los arquitectos de la ciudad habían
construido rampas o corredores en pendiente cada vez que había un cambio de
nivel. ¿Era posible que no hubiera ninguna máquina en Lys? La idea era tan
fantástica que Alvin la descartó de inmediato.
El tramo de escaleras era muy corto y termi naba en unas
puertas que se abrieron al acercarse a ellas. Mientras se cerraban a su
espalda, Alvin se encontró en una gran habitación cúbica que parecía no tener
otra salida. Se detuvo un instante, un poco sorprendido, y entonces empezó a
examinar la pared opuesta. Al hacerlo, las puertas que había atravesado para
entrar volvieron a abrirse. Sin tiéndose un poco molesto, Alvin salió de la
habi tación… para encontrarse en un corredor abo vedado que se extendía hasta
una galería que formaba un semicírculo en el cielo. Advirtió que debía de haber
subido muchos cientos de metros, pero no había experimentado ninguna sensación
de movimiento. Entonces avanzó presurosamente hacia la rampa y la luz del sol.
Se encontraba en la cima de una pequeña co lina, y por un
instante le pareció que se hallaba de nuevo en el parque central de Diaspar.
Aunque si aquello era en efecto un parque, era demasiado enorme para que su
mente pudiera aceptarlo. No había rastro de la ciudad que había esperado
encontrar. Hasta donde alcanzaban sus ojos no había más que bosque y llanuras
cubiertas de hierba.
Entonces Alvin alzó la mirada hacia el hori zonte, y por
encima de los árboles, extendiéndose de derecha a izquierda en un gran arco que
circundaba el mundo, había una muralla de piedra que podría haber empequeñecido
a los más po derosos gigantes de Diaspar. Estaba tan lejos que sus detalles
quedaban difusos, pero había algo en sus contornos que asombró a Alvin.
Entonces sus ojos se acostumbraron por fin a la escala del coló sal paisaje, y
supo que aquellas distantes murallas no habían sido construidas por el hombre.
El tiempo no lo había conquistado todo: la Tierra seguía
poseyendo montañas de las que po día sentirse orgullosa.
Alvin permaneció durante largo rato en la boca del túnel,
acostumbrándose lentamente al extraño mundo en el que se hallaba. Por mucho que
buscara, no veía en ninguna parte rastro de vida humana. Sin embargo, la
carretera que bajaba de la colina parecía bien conservada; no podría hacer otra
cosa sino aceptar su guía.
Al pie de la colina la carretera desaparecía en tre
grandes árboles que casi ocultaban el Sol. Mientras Alvin se internaba bajo su
sombra, una extraña mezcla de olores y sonidos le saludó. El rumor del viento
entre las hojas era como el que conocía, pero por debajo había un millar de
vagos ruidos que no le resultaban familiares. Olores desconocidos le asaltaron,
aromas que habían quedado perdidos incluso para la memoria de su raza. El
calor, la profusión de olores y colores, y las invisibles presencias de un
millón de seres vivos le asaltó con una violencia casi física.
Se topó de pronto con un lago. Los árboles a su derecha
terminaron súbitamente, y ante él vio una gran extensión de agua, salpicada de
diminu tas islas. Alvin no había visto en toda su vida tanta cantidad del
precioso líquido: se acercó a la orilla del lago y dejó que la cálida agua
resbalara entre sus dedos.
El gran pez plateado que se abrió paso de re pente entre
los juncos subacuáticos era la primera criatura no humana que Alvin veía en su
vida. Mientras colgaba en la nada, sus aletas convertidas en un leve destello
de movimiento, Alvin se preguntó por qué su forma resultaba tan
sorprendentemente familiar. Entonces recordó los archivos que Jeserac le había
mostrado cuando era niño, y supo dónde había visto aquellas esbeltas líneas con
anterioridad. La lógica le dijo que el parecido sólo podría ser accidental,
pero la lógica se equivocaba.
A través de todas las épocas, los artistas se habían
inspirado en la urgente belleza de las grandes naves que viajaban de un mundo a
otro. Antiguamente hubo artesanos que trabajaron no con me tal o piedra, sino
con el más imperecedero de to dos los materiales: carne, hueso y sangre. Aunque
ellos y la totalidad de su raza habían sido olvida dos, uno de sus sueños había
sobrevivido entre las ruinas de las ciudades y el colapso de los conti nentes.
Por fin Alvin rompió el encantamiento del lago y continuó
por el serpenteante camino. El bosque se cerró a su alrededor una vez más, pero
sólo durante un breve instante. Poco después el camino llegó a su fin, en un
gran claro de casi un kilómetro de ancho y el doble de largo. Ahora Alvin
comprendió por qué no había visto ningún rastro del hombre antes.
El claro estaba lleno de edificios bajos de una planta,
pintados con los suaves tonos que hacían que la vista descansara incluso a
pleno sol. Eran de diseño simple y limpio, pero algunos estaban construidos
siguiendo un complejo estilo arquitectónico que implicaba el uso de columnas y
piedra graciosamente tallada. En aquellos edificios, cuya antigüedad parecía
enorme, se usaba la antiquísima punta ojival.
Mientras caminaba lentamente hacia el pueblo, Alvin
todavía intentaba captar cuanto le ro deaba. No había nada familiar, incluso el
aire había cambiado. Y las personas altas y de pelo do rado que iban y venían
entre los edificios eran muy diferentes de los lánguidos ciudadanos de Diaspar.
Alvin casi había alcanzado ya el pueblo cuando vio a un
grupo de hombres que se le acercaba con determinación. Sintió un arrebato de
excitación y la sangre le saltó con fuerza en las venas. Por un ins tante cruzó
por su mente el recuerdo de todos los encuentros de importancia histórica que
el hombre había tenido con otras razas. Entonces se detuvo, a unos pocos metros
de distancia de los otros.
Parecían sorprendidos de verle, aunque no tanto como Alvin
esperaba. Comprendió rápida mente por qué. El jefe del grupo extendió la mano
en el antiguo gesto de amistad.
- Pensamos que sería mejor recibirte aquí -dijo-. Nuestro
hogar es muy distinto de Dias par, y el camino desde la terminal da a los
visitan tes una oportunidad de… acostumbrarse.
Alvin aceptó la mano extendida, pero por un momento se
sintió demasiado aturdido para res ponder.
- ¿Sabíais que venía? -dijo por fin, con la boca abierta.
- Siempre sabemos cuándo empiezan a mo verse los
transportadores. Pero no esperábamos a alguien tan joven. ¿Cómo descubriste el
camino?
- Creo que será mejor que restrinjamos nues tra
curiosidad, Gerane. Seranis espera.
El nombre «Seranis» fue precedido de una pa labra
desconocida para Alvin. De algún modo, contenía una expresión de afecto
mezclada con respeto.
Gerane estuvo de acuerdo con el hombre que acababa de
hablar y el grupo empezó a dirigirse ha cia el poblado. Mientras caminaban,
Alvin estu dió sus rostros. Parecían amables e inteligentes: no mostraban
ninguno de los signos de aburrimien to, fatiga mental y ajada inteligencia que
podría ha ber hallado en un grupo similar de su ciudad. Para su mente
sorprendida, parecía que poseían todo aquello que su pueblo había perdido.
Cuando sonreían, cosa que hacían muy a menudo, revelaban filas de dientes de
marfil, las perlas que el hombre había perdido y ganado y vuelto a perder en la
larga historia de la humanidad.
Los habitantes del poblado los observaron con franca
curiosidad mientras Alvin seguía a sus guías. Se sorprendió al ver a unos pocos
niños, que le miraron gravemente. Ningún otro hecho le hizo advertir tan
vivamente su lejanía del mundo que conocía. Diaspar había pagado plenamente el
precio de la inmortalidad.
El grupo se detuvo ante el edificio más grande que Alvin
había visto hasta el momento. Se alzaba en el centro del poblado y, de un asta
que pendía de su pequeña torre circular, un estandarte verde se agitaba con la
brisa.
Todos menos Gerane se quedaron atrás mien tras entraba en
el edificio, que era silencioso y frío; la luz del sol que se filtraba por las
paredes transparentes lo llenaba todo de un brillo suave y agradable. El suelo
era liso y fuerte, cubierto de finos mosaicos. En las paredes, un habilidoso
artista había diseñado un conjunto de escenas forestales. Mezcladas con estas
pinturas había otros murales que Alvin no supo interpretar, pero que resultaban
atractivos y agradables de mirar. En la pared había algo que no esperaba ver:
un receptor de visáfono, de hermosa construcción, con la pantalla llena de
laberintos de diversos colores.
Se acercaron a una pequeña escalera de caracol que
conducía al tejado del edificio. Desde allí era visible todo el poblado, y
Alvin vio que constaba de un centenar de edificaciones. En la distancia, los
árboles acababan en amplios prados; pudo ver animales en los prados, pero sus
conocimientos de biología eran demasiado escasos para que pudiera identificar
su naturaleza.
A la sombra de la torre había dos personas, sentadas
juntas ante una mesa y observándolo con atención. Mientras se ponían en pie
para saludar le, Alvin vio que una era una mujer esbelta y muy hermosa cuyo
cabello dorado parecía mezclado con rizos grises. Supo que era Seranis. Al
mirarla a los ojos, pudo sentir aquella sabiduría y profundi dad de experiencia
que experimentaba cuando estaba con Rorden y, a veces, con Jeserac.
El otro era un muchacho un poco mayor que él en
apariencia, y Alvin no necesitó una segunda mirada para darse cuenta de que
Seranis debía de ser su madre. Los rasgos eran los mismos, aunque los ojos del
muchacho sólo contenían amistad y no aquella sabiduría algo aterradora. También
el pelo era distinto, negro en vez de dorado, pero nadie podría haber pasado
por alto su parentesco.
Sintiéndose un poco abrumado, Alvin se volvió hacia su
guía en busca de apoyo, pero Gerane había desaparecido. Entonces Seranis
sonrió, y Alvin se tranquilizó.
- Bienvenido a Lys -dijo-. Soy Seranis, y éste es mi hijo
Theon, que un día ocupará mi lu gar. Eres el más joven que ha llegado de
Diaspar; dime cómo encontraste el camino.
Entrecortadamente al principio, con mayor confianza
después, Alvin comenzó a relatar su his toria. Theon seguía sus palabras
ansiosamente, pues Diaspar debía de resultarle tan extraña como Lys lo era para
Alvin. Pero éste pudo ver que Seranis sabía lo que le decía, y una o dos veces
formuló preguntas que mostraban que al menos en algunas cosas su conocimiento
iba más allá del suyo pro pio. Cuando terminó, hubo un instante de silencio.
Entonces Seranis le miró y dijo tranquilamente:
- ¿Por qué has venido a Lys?
- Quería explorar el mundo -replicó Al vin-. Todos decían
que no había más que desier to fuera de la ciudad, pero quería asegurarme.
Los ojos de Seranis se llenaron de simpatía e incluso de
tristeza cuando volvió a hablar.
- ¿Y ésa fue la única razón?
Alvin vaciló. Cuando respondió, no fue el ex plorador
quien habló, sino el muchacho que aca baba de abandonar la infancia.
- No -dijo lentamente-, no fue la única ra zón, aunque no
lo he sabido hasta ahora. Me sen tía solo.
- ¿Solo? ¿En Diaspar?
- Sí. Soy el único niño que ha nacido allí en siete mil
años.
Aquellos maravillosos ojos seguían observán dole, y al
mirar en sus profundidades, Alvin expe rimentó la súbita convicción de que
Seranis podía leer en su mente. Al pensar aquello, vio una ex presión de
divertida sorpresa cruzar el rostro de la mujer, y supo que su suposición había
sido correcta. Antaño, hombres y máquinas habían poseído ese poder, y las
sorprendentes máquinas todavía podían leer las órdenes de sus amos. Pero en
Diaspar el hombre había perdido el don que había concedido a sus esclavos.
Seranis interrumpió sus pensamientos.
- Si estás buscando vida, tu búsqueda ha terminado. Aparte
de Diaspar, sólo hay desierto más allá de nuestras montañas.
Era extraño que Alvin, que había cuestionado las creencias
comúnmente aceptadas tantas veces antes, no dudara de las palabras de Seranis.
Su única reacción fue de tristeza al saber que todo lo que había aprendido se
acercaba a la verdad.
- Dime algo sobre Lys. ¿Por qué lleváis tanto tiempo sin
contactar con Diaspar, si lo sabéis todo sobre nosotros?
Seranis sonrió.
- No es fácil responder a eso en pocas palabras, pero
intentaré hacerlo lo mejor posible.
»Como has vivido en Diaspar toda la vida, has llegado a
pensar que el hombre es un habitante de ciudades. Eso no es cierto, Alvin.
Desde que las máquinas nos dieron la libertad, siempre ha existi do rivalidad
entre dos tipos diferentes de civiliza ción. En las Eras del Amanecer hubo
miles de ciu dades, pero gran parte de la humanidad vivía en comunidades como
este poblado nuestro.
»No tenemos ningún registro de la fundación de Lys, pero
sabemos que a nuestros antepasados remotos les disgustaba la vida de ciudad y
no que rían saber nada del tema. A pesar de la rapidez del transporte
universal, se mantuvieron apartados del resto del mundo y desarrollaron una
cultura independiente, una de las más altas que ha conocido la raza.
»A lo largo de las eras, a medida que avanzá bamos por
caminos diferentes, la barrera entre Lys y las ciudades se ensanchó. Sólo nos
acerca mos en tiempos de gran crisis: sabemos que cuan do cayó la Luna, su
destrucción fue planeada y llevada a cabo por los científicos de Lys. Igual que
la defensa de la Tierra contra los Invasores, a los que contuvimos en la
batalla de Shalmirane.
»Ese gran esfuerzo agotó a la humanidad: una a una, las
ciudades murieron y fueron barridas por el desierto. A medida que la población
caía, la humanidad comenzó la emigración que iba a ha cer de Diaspar la última
y más grande de todas las ciudades.
»La mayoría de esos cambios nos ignoraron, pero tuvimos
que sostener nuestra propia batalla: la batalla contra el desierto. La barrera
natural de las montañas no fue suficiente, y muchos miles de años pasaron antes
de que aseguráramos nuestra tierra. Muy por debajo de Lys hay máquinas que nos
suministrarán agua mientras el mundo exista, pues los viejos océanos están
todavía allí, a kiló metros de profundidad bajo la corteza terrestre.
»Ésa es, en resumen, nuestra historia. Verás que incluso
en las Eras del Amanecer tuvimos poca relación con las ciudades, aunque sus
habitantes venían con frecuencia a nuestra tierra. Nunca los rechazamos, pues
muchos de los hombres más grandes venían del Exterior, pero cuando las ciu
dades murieron no quisimos implicarnos en su caída. Con el final del transporte
aéreo, sólo quedó un camino para llegar a Lys: el sistema transportador desde
Diaspar. Fue clausurado por mutuo acuerdo hace cuatrocientos millones de años.
Pero hemos recordado a Diaspar, y no sé por qué vosotros ha béis olvidado a
Lys.
Seranis sonrió, con un poco de amargura.
- Diaspar nos ha sorprendido. Esperábamos que siguiera el
destino de las otras ciudades, pero ha logrado mantener una cultura estable que
pue de durar tanto como la Tierra. No es una cultura que admiremos, aunque nos
alegramos de que aquellos que deseen escapar de ella hayan logrado hacerlo. Son
muchos más de los que crees los que han hecho el viaje, y casi todos han sido
hombres destacados.
Alvin se preguntó cómo podía estar Seranis tan segura de
lo que decía, y no aprobó su actitud hacia Diaspar. El no había «escapado»,
aunque después de todo la palabra no fuera incorrecta.
En algún lugar sonó una campana con un tañido que menguó y
murió en el aire silencioso. Gol peó seis veces, y cuando la última nota se
perdía ya en la quietud, Alvin advirtió que el Sol estaba bajo en el horizonte
y el cielo del este anunciaba la llegada de la noche.
- Debo regresar a Diaspar -dijo-. Rorden me espera.
6
EL ÚLTIMO NIÁGARA
Seranis miró pensativamente a Alvin durante un momento.
Entonces se puso en pie y se dirigió a la escalera.
- Por favor, espera un poco -dijo-. Tengo que resolver
algunos asuntos, y sé que Theon tiene muchas preguntas que hacerte.
Entonces se marchó, y durante los minutos siguientes la
andanada de preguntas de Theon im pidió que Alvin pensara en nada más. Theon ha
bía oído hablar de Diaspar, y había visto archivos de las ciudades tal como
eran en la cúspide de su gloria, pero no podía imaginar la forma en que pa
saban la vida sus habitantes. A Alvin le divirtieron muchas de sus preguntas…,
hasta que se dio cuen ta de que su ignorancia sobre Lys era todavía más grande.
Seranis había permanecido fuera un buen rato, pero su
expresión no reveló nada cuando regresó.
- Hemos estado hablando de ti -dijo, sin ex pilcar a
quiénes podía referirse-. Si regresas a Diaspar, toda la ciudad conocerá
nuestra existen cia. Por muchas promesas que hagas, el secreto no podrá ser ya
mantenido.
Una leve sensación de pánico empezó a apo derarse de
Alvin. Seranis debió de adivinar sus pensamientos, pues sus siguientes palabras
fueron consoladoras.
- No deseamos que te quedes aquí contra tu voluntad, pero
si regresas a Diaspar tendremos que borrar de tu mente todos los recuerdos de
Lys. -Vaciló un instante-. Esta situación no se ha producido nunca antes: todos
tus predecesores vinieron para quedarse.
Alvin reflexionó.
- ¿Qué importancia tiene que Diaspar vuelva a saber de
vosotros? -preguntó-. ¿No sería po sitivo para nuestros dos pueblos?
Seranis parecía triste.
- No lo creemos así -dijo-. Si se abrieran las puertas,
nuestra tierra se llenaría de buscadores de sensaciones y de curiosos
impertinentes. Tal como están ahora las cosas, sólo nos han encontrado los
mejores de tu pueblo.
Alvin se sentía cada vez más molesto, pero ad virtió que
la actitud de Seranis era bastante inconsciente.
- Eso no es cierto -dijo llanamente-. Muy pocos de
nosotros se marcharían de Diaspar. No habrá ninguna diferencia para Lys si me
dejáis marchar.
- La decisión no está en mis manos -contes tó Seranis-,
pero la llevaré al Consejo cuando se reúna dentro de tres días. Hasta entonces,
puedes considerarte mi invitado, y Theon te mostrará nuestro país.
- Me gustaría -dijo Alvin-, pero Rorden estará
esperándome. Sabe dónde estoy, y si no vuelvo inmediatamente puede pasar
cualquier cosa.
Seranis sonrió levemente.
- Hemos pensado mucho en el tema -admi tió-. Hay hombres
trabajando en ese problema ahora mismo…, ya veremos si han tenido éxito.
Alvin se sintió molesto por haber pasado por alto algo tan
obvio. Sabía que los ingenieros del pasado habían construido para la eternidad,
su viaje a Lys era prueba de ello. Sin embargo, se sorprendió cuando la bruma
cromática de la pantalla del visáfono se hizo a un lado para mostrar los
familiares contornos de la habitación de Rorden.
El Guardián de los Archivos, sentado ante su mesa, alzó la
cabeza. Sus ojos se iluminaron al ver a Alvin.
- No esperaba que fueras puntual -dijo, aunque había
alivio tras el tono humorístico de sus palabras-. ¿Voy a recogerte?
Mientras Alvin vacilaba, Seranis dio un paso al frente, y
Rorden la vio por primera vez. Sus ojos se ensancharon y se inclinó hacia
delante para ver mejor. El movimiento fue tan inútil como automático. El hombre
no había perdido los actos re flejos aunque llevaba mil millones de años usando
el visáfono.
Serams colocó las manos sobre los hombros de Alvin y
empezó a hablar. Cuando terminó de ha cerlo, Rorden guardó silencio durante un
instante.
- Haré lo que pueda -dijo por fin-. Tal como lo entiendo,
la elección está entre enviar a Alvin de vuelta bajo alguna forma de hipnosis o
sin ningún tipo de restricciones. Pero creo que puedo prometeros que, aunque
sepa de vuestra existencia, Diaspar continuará ignorándolos.
- No descartaremos esa posibilidad -replicó Seranis con
cierto tono de brusquedad.
Rorden lo detectó de inmediato.
- ¿Y qué hay de mí? -preguntó con una son risa-. Ahora sé
tanto como Alvin.
- Alvin es un niño -replicó Seranis rápida mente-, pero tú
ostentas un cargo tan antiguo como Diaspar. Ésta no es la primera vez que Lys
habla con el Guardián de los Archivos, y nunca ha traicionado nuestro secreto.
Rorden no añadió ningún comentario.
- ¿Cuánto tiempo deseáis que Alvin esté ahí? -dijo
simplemente.
- Cinco días como máximo. El Consejo se reunirá dentro de
tres.
- Muy bien. Entonces, durante los próximos cinco días,
Alvin estará muy ocupado haciendo una investigación histórica. No será la
primera vez que suceda, pero tendremos que estar fuera por si llama Jeserac.
Alvin se echó a reír.
- ¡Pobre Jeserac! Parece que me he pasado media vida
ocultándole cosas.
- Has tenido mucho menos éxito de lo que crees -replicó
Rorden, desconcertante-. Sin embargo, no espero ningún problema. ¡Pero que no
sean más de cinco días!
Cuando la imagen se desvaneció, Rorden permaneció sentado
contemplando la oscurecida pan talla. Siempre había sospechado que la red de co
municación mundial podía ser aún operativa, pero las claves para su
funcionamiento se habían perdi do y el hombre ya nunca podría seguir la pista
en los billones de circuitos. Era extraño considerar que incluso ahora podrían
estar llamando en vano a los visáfonos de las ciudades perdidas. Tal vez
llegaría el momento en que su propio receptor haría lo mismo, y entonces no habría
ningún Guardián de los Archivos para responder al comunicante desconocido…
Empezó a sentir temor. Captaba lentamente la inmensidad de
lo que había sucedido. Hasta aho ra, Rorden no había pensado en las
consecuencias de sus acciones; Su propio interés histórico, y el afecto que
sentía por Alvin, habían sido motivo suficiente. Aunque había animado a Alvin,
nunca llegó a creer que fuera a suceder nada de importancia.
A pesar de los siglos que los separaban, la vo luntad del
muchacho había sido siempre más poderosa que la suya propia. Ahora era ya
demasia do tarde para hacer nada al respecto: Rorden sentía que los hechos se
dirigían hacia un climax que estaba completamente fuera de su control.
- ¿Es necesario todo esto si sólo vamos a estar fuera dos
o tres días? -dijo Alvin-. Después de todo, llevamos un sintetizador.
- Probablemente no -le respondió Theon, lanzando al
pequeño coche todo terreno los últimos contenedores de comida-. Puede parecer
una costumbre extraña, pero nunca hemos sintetizado algunas de nuestras mejores
comidas: nos gusta verlas crecer. Además, es probable que encontremos a otra
gente, y lo educado es intercambiar alimentos con ellos. Casi todos los
distritos tienen un producto especial, y Airlee es famoso por sus melocotones.
Por eso he puesto tantos en el coche, no porque crea que puedes comértelos
todos.
Alvin lanzó a Theon, que lo esquivó haciéndose rápidamente
a un lado, su melocotón a medio comer. Hubo un destello iridiscente y un leve
zumbido de alas invisibles mientras Krif descen día sobre la fruta y empezaba a
sorber sus jugos.
Alvin todavía no se había acostumbrado del todo a Krif. Le
resultaba difícil aceptar que el gran insecto carecía por completo de mente,
aunque acudía cuando se le llamaba y, a veces, obedecía órdenes simples. La
vida, para Alvin, era sinónimo de inteligencia, a veces inteligencia muy
superior a la del hombre.
Cuando Krif descansaba, sus seis brillantes alas se
plegaban a lo largo de su cuerpo, que brillaba como un cetro enjoyado. Era al
mismo tiempo la forma de insecto más desarrollada y más hermosa que había
conocido el mundo, la más recíente y tal vez la última de todas las criaturas
que el hombre había elegido como compañía.
Como aprendía Alvin constantemente, Lys estaba lleno de
sorpresas. Su eficiente sistema de transporte resultó igualmente insospechado.
El vehículo todo terreno seguía al parecer el mismo principio que la máquina
que le había traído des de Diaspar, pues flotaba en el aire a unos palmos sobre
la hierba. Aunque no había ningún signo de raíles guía, Theon le dijo que los
coches sólo podían avanzar por pistas determinadas de antema no. De esta forma,
todos los centros de población estaban unidos, pero las partes más remotas del
país sólo podían ser alcanzadas a pie. Esta situación resultó completamente
extraordinaria para Alvin, pero Theon parecía considerarla una idea excelente.
Al parecer, Theon había preparado esta expe dición durante
mucho tiempo. La historia natu ral era la gran pasión de su vida (Krif era sólo
la más espectacular de sus muchas mascotas), y es peraba encontrar nuevos tipos
de insectos en las zonas deshabitadas del sur de Lys.
El proyecto llenó a Alvin de entusiasmo. Es peraba con
ansiedad ver más de este maravilloso país, y aunque los intereses de Theon se
centraban en un campo de conocimiento distinto del suyo, sentía hacia su nuevo
compañero una relación de igualdad que ni siquiera Rorden había desper tado.
Theon pretendía viajar hacia el sur mientras la máquina
pudiera continuar, poco más de una hora de viaje desde Airlee, y hacer luego a
pie el resto del camino. Alvin no puso ninguna objeción, pues no advirtió las
implicaciones de aquello.
Para él, el viaje a través de Lys tenía algo de irreal.
Silenciosa como un fantasma, la máquina se deslizaba sobre las llanuras y se
abría paso entre los bosques, sin desviarse nunca de su vía invisi ble. Viajaba
tal vez a una docena de veces el ritmo de un hombre. Nadie en Lys sentía
necesidad de ir más deprisa.
Atravesaron muchos poblados, algunos más grandes que
Airlee, pero la mayoría construidos siguiendo las mismas directrices. Mientras
pasaban de una comunidad a otra, Alvin advirtió diferencias sutiles pero
significativas en sus ropas e incluso en su aspecto físico. La civilización de
Lys estaba compuesta de centenares de culturas distintas, y cada una contribuía
al conjunto con algún talento especial.
Una o dos veces Theon se detuvo a hablar con algunos
amigos, pero las pausas fueron breves y todavía era de día cuando el pequeño
vehículo se paró al pie de una boscosa montaña. No era muy grande, pero a Alvin
le pareció la cosa más enor me que había visto en su vida.
- A partir de aquí tendremos que caminar -dijo Theon
alegremente, sacando el equipo del coche-. Ya no podemos continuar.
Mientras se debatía con las correíllas que le convertirían
en una bestia de carga, Alvin miró vacilante la gran masa de roca que se alzaba
ante ellos.
- Vamos a tardar un buen rato en rodearla, ¿no? -preguntó.
- No vamos a rodearla -replicó Theon-. Quiero llegar a la
cima antes de que anochezca.
Alvin no dijo nada. Se estaba temiendo algo por el estilo.
- Desde aquí se puede ver todo Lys -dijo Theon, alzando la
voz para hacerse oír por encima del estruendo de la catarata.
Alvin no tuvo ninguna duda. Al norte se extendían
kilómetros y kilómetros de bosque, interrumpido aquí y allá por claros y prados
y los ondulantes hilillos de un centenar de ríos. Oculto en algún lugar de
aquel vasto panorama se hallaba el poblado de Airlee. A Alvin le pareció por un
momento que podía ver el gran lago, pero decidió que sus ojos le habían
engañado. Todavía más al norte, árboles y claros por igual se perdían en una
alfombra de verde, arrugada aquí y allá por las líneas de las montañas. Y más lejos,
en el mismo límite de la visión, se extendían, como un banco de nubes
distantes, las montañas que separaban a Lys del desierto.
Al este y el oeste el panorama era un poco diferente, pero
al sur las montañas parecían tan sólo a unos pocos kilómetros de distancia.
Alvin pudo verlas con claridad, y advirtió que eran mucho más altas que el
pequeño pico donde se encontraban.
Pero aún más maravillosa era la catarata. De la cara de la
montaña brotaba un fuerte torrente de agua que caía hasta el valle, curvándose
en el espacio hacia las rocas que esperaban a trescientos metros por debajo.
Allí se perdía en un torbellino de niebla y espuma, mientras que de las
profundidades se alzaba un incesante bramido que reverberaba en las paredes de
la montaña. Y tiritando en el aire sobre la base de la cascada se encontraba el
último arco iris que quedaba en la Tierra.
Los dos muchachos permanecieron durante largos minutos en
el borde del acantilado, contemplando este último Niágara y la tierra desco
nocida de más allá. Era muy diferente del paisaje que habían dejado atrás, pues
de algún modo indefinible parecía desierto y vacío. El hombre no había vivido
aquí desde hacía muchos, muchos años.
Theon respondió a la silenciosa pregunta de su amigo.
- Antiguamente, todo Lys estuvo habitado, pero eso fue
hace mucho tiempo. Ahora sólo los animales viven aquí.
En efecto, no había ningún signo de vida hu mana, ninguno
de los claros ni los ríos bien disci plinados que delataban la presencia del
hombre. Sólo en un lugar podía encontrarse un indicio de que el hombre había
vivido aquí, pues a muchos kilómetros de distancia unas solitarias ruinas blan
cas asomaban sobre el techo del bosque como un colmillo roto. En todas partes
la jungla había recu perado lo que era suyo.
7
EL HABITANTE DEL CRÁTER
Era de noche cuando Alvin despertó, la noche total de las
montañas, aterradora en su intensidad. Algo le había perturbado, un susurro que
se había abierto paso hasta su mente por encima del brami do continuo de la
catarata. Se sentó, forzando la vista en la oscuridad, mientras con la
respiración contenida prestaba atención al rugido de la cascada y al leve pero
interminable rumor de la vida en los árboles que le rodeaban.
No había nada visible. La luz de las estrellas era
demasiado tenue para revelar los kilómetros de te rritorio que se encontraban a
cientos de metros por debajo; sólo una línea irregular de noche aún más oscura,
eclipsando las estrellas, anunciaba la presencia de las montañas en el
horizonte. En la oscuridad, Alvin escuchó a su amigo darse la vuelta y
sentarse.
- ¿Qué pasa? -susurró.
- Me ha parecido oír un ruido.
- ¿De qué tipo?
- No lo sé. Tal vez sólo estaba soñando.
Contemplaron en silencio el misterio de la no che.
Entonces, de repente, Theon cogió el brazo de su amigo.
- ¡Mira! -susurró.
Al sur, muy lejos, brillaba una luz solitaria, de masiado
baja en el cielo para ser una estrella. Era de un blanco brillante, teñido de
violeta, y mientras los muchachos seguían observando, empezó a re correr el
espectro de intensidad, hasta que ya no pudieron verla. Entonces explotó, y
pareció como si un rayo hubiera golpeado por debajo del borde del mundo.
Durante un instante, las montañas y la gran tierra que protegían se embebieron
de fuego contra la oscuridad de la noche. Mucho tiempo después se produjo el
eco de una poderosa explosión, y en el bosque un súbito viento sacudió los
árboles. El resplandor murió rápidamente, y una a una las estrellas regresaron
al cielo.
Por primera vez en su vida, Alvin conoció el temor a lo
desconocido que había sido la maldi ción del hombre. Era una sensación tan
extra ña que durante un rato ni siquiera pudo ponerle nombre. En el momento en
que lo advirtió, la sensación desapareció y volvió a ser él mismo.
- ¿Qué es eso? -susurró.
Hubo una pausa tan larga que volvió a repetir la pregunta.
- Estoy intentando recordar -dijo Theon, y guardó silencio
durante un rato.
Poco después, volvió a hablar.
- Debe de ser Shalmirane-dijo simplemente.
- ¡Shalmirane! ¿Existe?
- Casi lo había olvidado -replicó Theon-. Mi madre me
habló una vez de la fortaleza que hay en esas montañas. Naturalmente, hace
siglos que es una ruina, pero se supone que aún vive alguien allí.
¡Shalmirane! Aunque eran hijos de dos razas de cultura e
historia tan distintas, el nombre estaba lleno de magia. En toda la larga
historia de la Tierra no había habido una epopeya más grande que la defensa de
Shalmirane contra el invasor que había conquistado todo el Universo.
La voz de Theon sonó en la oscuridad.
- La gente del sur podría contarnos más co sas. Les
preguntaremos en el camino de regreso.
Alvin apenas le oyó: estaba sumido en sus pro pios
pensamientos, recordando historias que Rorden le había contado hacía mucho
tiempo. La ba talla de Shalmirane pertenecía a los inicios de la historia
registrada: marcaba el fin de las legendarias eras de la conquista humana, y el
principio de su largo declive. En Shalmirane, más que en ningún otro lugar de
la Tierra, se encontraba la respuesta a los problemas que le habían atormentado
durante tantos años. Pero las montañas del sur estaban muy lejos.
Theon debía de compartir algunos de los po deres de su
madre, pues dijo en voz baja:
- Si partimos al amanecer, podríamos alcan zar la
fortaleza a la caída de la noche. Nunca he estado allí antes, pero creo que
podría encontrar el camino.
Alvin lo pensó. Estaba cansado, tenía los pies magullados
y sentía doloridos los músculos de sus muslos por el desacostumbrado esfuerzo.
Era muy tentador dejar la empresa para otra ocasión. Sin embargo, ésta tal vez
no llegara a producirse, y existía la posibilidad de que la explosión actínica
fuera una señal de socorro.
A la tenue luz de las estrellas, Alvin sopesó sus
pensamientos y tomó una decisión. Nada había cambiado: las montañas
reemprendieron su vigilancia sobre la tierra dormida. Pero se había producido
un punto de inflexión en la historia, y la raza humana se movía hacia un futuro
nuevo y extraño.
El Sol acababa de alzarse por encima de la mu ralla
oriental de Lys cuando los dos muchachos llegaron al límite del bosque. Allí,
la naturaleza había recuperado sus dominios. Incluso Theon parecía perdido
entre los gigantescos árboles que bloqueaban la luz del sol y producían enormes
sombras en el suelo de la jungla. Afortunadamente, el rfo de la cascada fluía
hacia el sur en una línea demasiado recta para ser completamente natural, y
manteniéndose en su ribera pudieron evitar la vegetación más densa. Theon
pasaba gran parte de su tiempo controlando a Krif, que desaparecía
ocasionalmente en la jungla o revoloteaba excitado sobre el agua. Incluso
Alvin, para quien todo resultaba tan nuevo, podía sentir que el bosque tenía
una fascinación que no poseían los otros bosques más pequeños y cultivados del
norte de Lys. Pocos árboles eran iguales: la mayoría de ellos se encontraba en
varías etapas de involución y algunos habían retrocedido a lo largo de los
siglos a sus formas naturales originales. Estaba claro que muchos no eran de la
Tierra, quizá ni siquiera del sistema solar. Vigilando como centinelas los
árboles menores había secoyas gigantes, de noventa y cien metros de altura.
Antaño fueron consideradas los seres vivos más antiguos de la Tierra: todavía
seguían siendo un poco más viejas que el hombre. El río se ensanchó, de vez en
cuando formaba pequeños lagos salpicados de islas. Había insectos, criaturas de
brillantes colores que deambulaban sin rumbo de un lado a otro sobre la
superficie del agua. En una ocasión, a pesar de los gritos de Theon, Krif salió
disparado para reunirse con sus primos lejanos. Desapareció al momento en una
nube de alas resplandecientes, y los dos muchachos pudieron oír el sonido de
zumbidos furiosos. Un momento después, la nube se dispersó y Krif regresó a
toda velocidad, casi invisible sobre las aguas. A partir de entonces, se
mantuvo muy cerca de Theon y no volvió a escaparse.
Al caer la tarde divisaron ocasionalmente las montañas
hacia las que se dirigían. El río, que has ta entonces había sido un fiel guía,
fluía ahora len tamente, como si también se acercara al final de su viaje. Pero
estaba claro que no podrían alcanzar las montañas antes del amanecer: mucho
antes de la puesta de sol el bosque se volvió tan oscuro que no pudieron seguir
avanzando. Los grandes árboles se alzaban entre las sombras, y un frío viento
agitaba sus hojas. Alvin y Theon se dispusieron a pasar la noche junto a un
gigantesco pino cuyas ramas superiores todavía estaban encendidas por efecto de
la luz solar.
Cuando por fin el Sol se puso, la luz toda vía permaneció
algún tiempo en las aguas. Los dos muchachos contemplaron el río en la
penumbra, pensando en lo que habían visto hasta ahora. Mientras se dormía,
Alvin se preguntó quién habría sido la última persona en recorrer este camino,
y cuánto tiempo había pasado desde entonces.
El Sol estaba alto en el cielo cuando dejaron el bosque y
se encontraron por fin ante las montañas que formaban una muralla ante Lys. El
terreno se alzaba al cielo en oleadas de roca desnuda. El río terminaba de
forma tan espectacular como empezaba, pues el suelo se abría en su camino y se
hundía rugiendo hasta perderse de vista. Por un momento, Theon miró el remolino
y la tierra rota de más allá. Entonces señaló una abertura en las montañas.
- Shalmirane se encuentra en esa dirección -dijo
confiadamente. Alvin le miró, sorprendido.
- ¡Me dijiste que no habías estado aquí antes!
- Es verdad.
- ¿Entonces cómo sabes el camino?
Theon parecía perplejo.
- No lo sé…, nunca lo había pensado antes. Debe de ser una
especie de instinto, pues dondequiera que vamos, en Lys, siempre conocemos el
camino.
A Alvin le costó trabajo creerlo, y siguió a Theon con
considerable escepticismo. Pronto atravesaron la abertura en las montañas, y
ante ellos se abrió una curiosa llanura con lados suavemente inclinados. Tras
un momento de vacilación, Theon empezó a escalar. Alvin le siguió, lleno de
dudas, y mientras escalaba empezó a componer un pequeño discurso. Si el viaje
resultaba en vano, Theon sabría exactamente lo que pensaba de su instinto
infalible.
Mientras se acercaban a la cima, la naturaleza del terreno
cambió bruscamente. Las pendientes inferiores consistían en piedra volcánica y
porosa, apilada aquí y allá en grandes montones de ceniza. Ahora la superficie
se convertía de repente en afi ladas aristas de cristal, lisas y traicioneras,
como si la roca hubiera fluido en ríos fundidos montaña abajo. El borde de la
llanura se encontraba casi a sus pies. Theon la alcanzó primero, y unos pocos
segundos después Alvin llegó junto a él y permaneció sin hablar a su lado, pues
se encontraban en el borde no de la llanura que esperaban, sino de un cuenco
gigantesco de casi un kilómetro de profundidad y cinco de diámetro. Ante ellos
el terreno se hundía bruscamente, nivelándose lentamente en el fondo del valle
y alzándose de nuevo, cada vez más empinado, hasta el borde opuesto. Y aunque
el sol le daba de lleno, toda la enorme depresión era negra como el ébano. Los
muchachos no podían imaginar siquiera qué material formaba el cráter, pero era
tan negro que parecía la roca de un mundo que no hubiera conocido el sol. Y eso
no era todo, pues bajo sus pies y rodeando todo el cráter había una lisa franja
de metal, de varios metros de ancho, ajada por el paso inconmensurable de los
años pero que no mostraba todavía el menor rastro de corrosión.
Mientras sus ojos se acostumbraban al extraño paisaje,
Alvin y Theo advirtieron que la negrura de la hondonada no era tan absoluta
como habían creído. Aquí y allá, tan fugitivas que sólo podían verlas
indirectamente, pequeñas explosiones de luz fluctuaban en las paredes de ébano.
Se produ cían al azar, desapareciendo en cuanto nacían, como reflejos de
estrellas en un mar roto.
- ¡Es maravilloso! -exclamó Alvin, boquia bierto-. ¿Pero
qué es?
- Parece una especie de reflector.
- No puedo imaginar que esa superficie negra refleje nada.
- Recuerda que sólo es negra para nuestros ojos. No
sabemos qué radiaciones utilizaron.
- ¡Pero seguro que tiene que haber algo más! ¿Dónde está
la fortaleza?
Theon señaló al fondo del cráter, donde se encontraba lo
que Alvin había tomado por un puña do de piedras demolidas. Cuando volvió a
mirar, el muchacho pudo distinguir una planificación casi arrasada tras la
agrupación de grandes blo ques. Sí, allí yacían las ruinas de edificios que ha
bían sido poderosos, derrotados ahora por el tiempo.
Durante los primeros centenares de metros las paredes
fueron demasiado lisas y empinadas para que los muchachos pudieran permanecer
erguidos, pero poco después alcanzaron las pendientes más suaves y pudieron
caminar sin dificultad. Cerca del fondo del cráter, el suave ébano de su
superficie terminaba en una fina capa de polvo que los vientos de Lys debían de
haber traído a lo largo de las eras.
A medio kilómetro de distancia se apilaban ti tánicos
bloques de piedra, como juguetes olvida dos por un niño gigante. Una sección de
un enor me muro resultaba reconocible aún: dos obeliscos tallados marcaban lo
que tal vez había sido una entrada. Por todas partes crecían hongos y
enredaderas, y pequeños árboles retorcidos. Incluso el viento había callado.
Alvin y Theon habían llegado a las ruinas de Shalmirane.
Contra aquellos muros, si la leyenda decía la verdad, ardieron y tronaron
fuerzas que podían reducir un mundo a polvo, hasta ser derrotadas por completo.
Antiguamente, este pacífico cielo había ardido con fuegos arrancados al corazón
del Sol, y las montañas de Lys debieron de temblar como seres vivos bajo la
furia de sus amos.
Nadie había logrado tomar Shalmirane. Pero ahora la
fortaleza, la inexpugnable fortaleza, había caído por fin: capturada y
derrotada por los pa cientes tentáculos de la yedra y las generaciones de
gusanos ciegos.
Abrumados por su majestad, los dos mucha chos se
dirigieron en silencio a aquellas colosales ruinas. Pasaron bajo la sombra de
un muro roto y entraron en un cañón donde la montaña de piedra se había
derrumbado.
Ante ellos se hallaba un gran anfiteatro, entre cruzado
por grandes montones de escombros que debían de marcar las tumbas de máquinas
enterra das. En algún momento remoto, este lugar tuvo una cúpula, pero el techo
se había desmoronado hacía muchísimo tiempo. Sin embargo, debía de existir vida
en algún lugar de esta desolación, y Alvin advirtió que esta ruina no podía ser
más que superficial. La parte más grande de la fortaleza debía de encontrarse
bajo tierra, más allá, del alcance del tiempo.
- Tendremos que volver a mediodía, así que no podemos
quedarnos mucho tiempo -dijo Theon-. Será más rápido si nos separamos. Yo me
quedaré con la mitad oriental y tú puedes ex plorar este lado. Grita si
encuentras algo interesante…, pero no te alejes demasiado.
Así que se separaron, y Alvin empezó a esca lar los
escombros, sorteando los montones de pie dra más grandes. Cerca del centro del
anfiteatro se encontró con un pequeño claro circular, de tres o cuatro metros
de diámetro. Estaba cubierto de matojos, pero el tremendo calor los había
ennegrecido y calcinado, de forma que se convirtieron en cenizas a medida que
avanzaba. En el centro del claro se alzaba un trípode que sostenía un cuenco de
metal pulido, como si fuera una maqueta de Shalmirane. Era capaz de movimiento
en altitud y azimut, y una espiral de sustancia transparente se alojaba en su
centro. Bajo el reflector había una caja negra de la que surgía un cable negro
que se perdía en el suelo.
Alvin comprendió que esta máquina debía de ser la fuente
de luz, y empezó a seguir el cable. No fue fácil, pues el fino cable se hundía
en las grie tas y reaparecía en lugares insospechados. Acabó por perderlo
definitivamente y llamó a Theon para que viniera a ayudarle.
Se arrastraba por debajo de una roca que colgaba cuando
una sombra cubrió de pronto la luz. Pensando que era su amigo, Alvin salió de
la cue va y se volvió para hablarle. Pero las palabras mu rieron bruscamente en
sus labios.
Gravitando en el aire ante él había un gran ojo oscuro
rodeado por un sistema satélite de ojos más pequeños. Ésa, al menos, fue la
primera im presión de Alvin; entonces advirtió que estaba mi rando una máquina
compleja, y que la máquina le miraba a él.
Alvin rompió el doloroso silencio. Había dado órdenes a
las máquinas toda su vida, y aunque nunca había visto nada parecido a esta
criatura, decidió que probablemente era inteligente.
- Da la vuelta -ordenó experimentalmente.
No sucedió nada.
- Vete. Ven. Levántate. Cae. Avanza.
Ninguno de los pensamientos convencionales de control
produjo ningún efecto. La máquina permaneció desdeñosamente inactiva.
Alvin dio un paso hacia delante y los ojos se retiraron
apresuradamente. Por desgracia, su ángulo de visión parecía algo limitado, pues
la máquina se detuvo bruscamente al toparse con Theon, que la observaba
interesado desde hacía un par de minutos. Con una reacción perfectamente
humana, el aparato dio un salto de tres metros en el aire, revelando una serie
de tentáculos y juntas bajo un rechoncho cuerpo cilindrico.
- ¡Baja, no te haremos daño! -gritó Theon, frotándose una
magulladura en el pecho.
Algo habló: no la voz apasionada y clara como el cristal
típica de las máquinas, sino el tembloro so discurso de un hombre muy viejo y
cansado.
- ¿Quiénes sois? ¿Qué estáis haciendo en Shalmirane?
- Me llamo Theon, y éste es mi amigo, Alvin de Loronei.
Estamos explorando el sur de Lys.
Se produjo una breve pausa. Cuando la máquina volvió a
hablar, su voz contenía un inconfundible tono de petulancia y malestar.
- ¿Por qué no podéis dejarme en paz? ¿Sabéis cuántas veces
he pedido que me dejen solo?
Theon, normalmente muy tranquilo, se enfa dó visiblemente.
- Venimos de Airlee, y no sabemos nada de Shalmirane.
- Además -añadió Alvin, con reproche-, vimos tu luz y
pensamos que tal vez estuvieras ha ciendo señales de socorro.
Resultó extraño oír a un humano suspirar desde la fría e
impersonal máquina.
- Debo de haber hecho un millón de señales, y todo lo que
he conseguido es llamar la atención de la gente de Lys. Pero veo que no traéis
malas intenciones. Seguidme.
La máquina flotó lentamente sobre las pie dras, hasta
detenerse ante una oscura abertura en la pared demolida del anfiteatro. Algo se
movió en las sombras de la cueva, y una figura humana avanzó hacia la luz. Era
el primer hombre físicamente viejo que veía Alvin. Tenía la cabeza
completamente calva, pero una densa mata de pelo blanco cubría la parte
inferior de su cara. Una túnica de cristal tejido cubría descuidadamente sus
hombros, y a cada uno de sus lados flotaban otras dos extrañas máquinas con múltiples
ojos.
8
LA HISTORIA DE SHALMIRANE
Se produjo un breve silencio mientras todos se observaban
mutuamente. Entonces el anciano ha bló, y las tres máquinas hicieron eco a su
voz du rante un momento, hasta que algo las desconectó.
- Así que venís del norte, y vuestra gente ya ha olvidado
a Shalmirane.
- ¡Oh, no! -respondió Theon rápidamen te-. No hemos
olvidado. Pero no estábamos se guros de que aquí viviera todavía alguien, y
desde luego no esperábamos que quisieras estar solo.
El anciano no replicó. Moviéndose con una lentitud que
resultaba doloroso contemplar, atra vesó la puerta y desapareció, mientras las
tres má quinas flotaban silenciosamente a su alrededor. Alvin y Theon se
miraron sorprendidos: no les gustaba la idea de seguir al anciano, pero su
despedida (si de eso se trataba) había sido muy brusca. Empezaban a discutir el
asunto cuando una de las máquinas volvió a aparecer de repente.
- ¿A qué estáis esperando? ¡Venid! -ordenó. Y desapareció
de nuevo.
Alvin se encogió de hombros.
- Parece que nos invitan. Creo que nuestro anfitrión es un
poco excéntrico, pero parece amistoso.
Una amplia escalera de caracol conducía hacia abajo.
Terminaba en una pequeña habitación cir cular de la que surgían varios
pasillos. Sin embar go, no había ninguna posibilidad de confusión, pues todos
los pasadizos excepto uno estaban cubiertos de escombros.
Alvin y Theon habían recorrido solamente unos cuantos
metros cuando se encontraron en una habitación grande e increíblemente
desordenada con una asombrosa variedad de objetos. Un extremo de la cámara
estaba ocupado por máquinas domésticas (sintetizadores, destructores, equipos
de limpieza y cosas similares), aparatos que uno normalmente esperaba ocultos a
la vista dentro de paredes y suelos. Alrededor había amontonados transcriptores
y cintas de pensamiento, formando pirámides que casi llegaban al techo. Toda la
habitación estaba incómodamente caliente debido a la presencia de una docena de
fuegos perpetuos esparcidos por el suelo. Atraído por la radiación, Krif voló
hacia la más cercana de las esferas metálicas, extendió las alas ante ella y se
quedó dormido al instante.
Los muchachos tardaron un poco en darse cuenta de que el
anciano y sus tres máquinas los esperaban en una pequeña zona despejada que re
cordó a Alvin un claro en la jungla. Había varios muebles: una mesa y tres
cómodos sillones. Uno de éstos era viejo y ajado, pero los otros eran tan
sospechosamente nuevos que Alvin tuvo la certeza de que habían sido creados
hacía tan sólo unos minutos. Mientras observaba, el familiar brillo de
advertencia del campo sintetizador destelló sobre la mesa y el anciano se acercó
en silencio. Los mu chachos le dieron las gracias formalmente y em pezaron a
probar la comida y bebida que había aparecido de repente. Alvin advirtió que se
había cansado un poco de la invariable dieta del sistema sintetizador portátil
de Theon, y agradeció de veras el cambio.
Comieron en silencio durante un rato, diri giendo de vez
en cuando alguna mirada subrepti cia al anciano. Éste parecía sumido en sus
propios pensamientos, como si los hubiera olvidado por completo, pero en cuanto
terminaron de comer alzó la cabeza y empezó a interrogarlos. Cuando Alvin
explicó que no era nativo de Lys, sino de Diaspar, el anciano no mostró
sorpresa. Theon hizo todo lo posible por responder a las preguntas; para
tratarse de alguien a quien no le gustaban las visitas, el anciano parecía muy
ansioso de noticias del mundo exterior. Alvin decidió rápidamente que su
actitud anterior debía de ser una pose. Poco después, el anciano volvió a
guardar silencio. Los dos muchachos esperaron haciendo acopio de paciencia; el
anciano no les había dicho nada de sí mismo, ni de lo que hacía en Shalmirane.
La señal luminosa que los había atraído a este lugar seguía siendo un misterio,
aunque no se atrevían a exigir ninguna explicación. Así que permanecieron
sentados en medio de aquel incómodo silencio, observando la sorprendente
habitación, encontrando a cada momento algo nuevo e inesperado. Por fin, Alvin
interrumpió las meditaciones del anciano.
- Tendremos que marcharnos pronto -recalcó.
No era tanto una declaración como una suge rencia. El
rostro arrugado se volvió hacia él, pero los ojos seguían estando muy lejos.
Entonces, la voz cansada e infinitamente vieja empezó a sonar. Era tan débil
que al principio los dos muchachos apenas pudieron oírla; cuando pasó un rato,
el an ciano debió de advertir su dificultad, pues de repente las tres máquinas
empezaron a repetir una vez más sus palabras.
Alvin y Theon nunca podrían comprender gran parte de lo
que les dijo el anciano. A veces usaba palabras que les resultaban
desconocidas, en otras ocasiones, hablaba como repitiendo fra ses o parlamentos
completos que debían de haber escrito otras personas hacía mucho tiempo. Pero
los puntos principales de la historia estaban cla ros, e hicieron que los
pensamientos de Alvin volvieran a las épocas con las que soñaba desde la in
fancia.
El relato comenzaba, como muchos otros, en medio del caos
de los Siglos de Transición, cuan do los Invasores ya se habían marchado pero
el mundo seguía recuperándose de sus heridas. En esa época apareció en Lys el
hombre que más tarde sería conocido como el Maestro. Le acompañaban tres
extrañas máquinas (las mismas que los observaban ahora), actuando como sus
sirvientes y poseedoras de inteligencia propia. El origen del Maestro fue un
secreto que él mismo nunca reveló, y con el tiempo se asumió que había venido
del espacio, abriéndose paso de algún modo entre el bloqueo de los Invasores.
Entre las lejanas estrellas podía haber aún islas de humanidad que las mareas
de la guerra no habían engullido.
El Maestro y sus máquinas poseían poderes que el mundo
había perdido, y a su alrededor se congregó un puñado de hombres a quienes ense
ñó muchas cosas. Su personalidad debía de ser sorprendente, y Alvin pudo
comprender un atis bo del magnetismo que había atraído a tanta gen te. Los
hombres de las ciudades en decadencia ha bían acudido a millares a Lys,
buscando paz y descanso espiritual tras los años de confusión. Entre los
bosques y montañas, escuchando las pa labras del Maestro, encontraron por fin
la paz.
Al final de su larga vida, el Maestro pidió a sus amigos
que le llevaran a terreno descubierto para poder contemplar las estrellas.
Esperó, mientras sus fuerzas se desvanecían, hasta la culminación de los Siete
Soles. Mientras moría, la resolución con la que había mantenido tanto tiempo su
secreto pareció debilitarse, y farfulló muchas cosas sobre las que se
escribieron incontables libros en los años venideros. Una y otra vez hablaba de
los «Grandes», que habían abandonado este mundo pero que seguramente regresarían
algún día, e instó a sus seguidores a que se quedaran para recibirlos cuando
volvieran. Aquéllas fueron sus últimas palabras racionales. Nunca volvió a ser
consciente de lo que le rodeaba, pero justo antes del final murmuró una frase
que reveló al menos parte de su secreto y durante eras dejó perplejas las
mentes de todos aquellos que las oyeron: «Es hermoso contemplar las sombras de
colores en los planetas de luz eterna.» Entonces murió.
Así surgió la religión de los Grandes, pues en una
religión llegó a convertirse. Tras la muerte del Maestro, muchos de sus
seguidores se dispersaron, pero otros muchos permanecieron fieles a sus
enseñanzas, que elaboraron lentamente a lo largo de las eras. Al principio
creyeron que los Grandes, fueran quienes fuesen, regresarían pronto a la
Tierra, pero esa esperanza se desvaneció con el paso de los siglos. Sin
embargo, la hermandad continuó, congregando a nuevos miembros de las tierras
cercanas, y lentamente su fuerza y su poder aumentaron hasta dominar todo el
sur de Lys.
A Alvin le resultaba muy difícil seguir la narración del
anciano. Las palabras que usaba eran tan extrañas que no podía distinguir la
verdad de la leyenda, si es que la historia contenía algo verdadero. Sólo
obtuvo una imagen confusa de generaciones de fanáticos que esperaban que un
gran suceso que no comprendían aconteciera en alguna fecha futura y
desconocida.
Los Grandes nunca regresaron. Lentamente, el poder del
movimiento se desvaneció, y el pue blo de Lys lo hizo replegarse a las
montañas, has ta que se refugió en Shalmirane. Ni siquiera entonces perdieron
los observadores su fe, sino que juraron que por larga que fuera la espera
estarían preparados cuando vinieran los Grandes. Hacía mucho que los hombres
habían aprendido una forma de desafiar al tiempo, y el conocimiento había
sobrevivido, aunque muchas otras cosas se habían perdido. Tras dejar a unos pocos
miembros de su grupo para vigilar desde Shalmirane, los demás entraron en el
sueño sin sueños de la animación suspendida.
Su número se redujo lentamente a medida que los durmientes
eran despertados para que reem plazaran a aquellos que iban muriendo, pero los
observadores mantuvieron su fe en el Maestro. Por sus palabras de moribundo
parecía seguro que los Grandes vivían en los planetas de los Siete Soles, y en
años posteriores se hicieron intentos de enviar señales al espacio. Hacía
tiempo que las señales se habían convertido en un ritual sin significado, y
ahora la historia se acercaba a su fin. Dentro de poco sólo quedarían en
Shalmirane las tres máquinas, guardando los huesos de los hombres que habían
venido a este lugar hacía tanto tiempo siguiendo una causa que sólo ellos
podían comprender.
La vocecita del anciano se apagó y los pensamientos de
Alvin regresaron al mundo que conocía. Más que antes, el alcance de su
ignorancia le abrumó. Un diminuto fragmento del pasado había sido iluminado
durante un instante, pero ahora la oscuridad volvía a cerrarse a su alrededor.
La historia del mundo era una maraña de hilos
desconectados, y nadie podía decir cuáles eran importantes y cuáles triviales.
Este fantástico rela to del Maestro y los Grandes tal vez no fuera más que otra
de las incontables leyendas que de algún modo habían sobrevivido desde las
civilizaciones del Amanecer. Sin embargo, aquellas tres máquinas no se parecían
a nada que Alvin hubiera visto antes. No podía descartar toda la historia, como
había intentado hacer, considerándola una fábula compuesta de delirios sobre
una base de locura.
- Esas máquinas -dijo bruscamente-. ¿Han sido
interrogadas? Si vinieron a la Tierra con el Maestro, deben de conocer todavía
sus secretos.
El anciano sonrió cansinamente.
- Ellas lo saben, pero no hablarán nunca -dijo-. El
Maestro se encargó de eso antes de entregar el control. Lo hemos intentado
innume rables veces, pero es inútil.
Alvin comprendió. Pensó en los Asociadores de Diaspar, y
en los sellos que Alaine había puesto en su conocimiento. Creía que incluso
aquellos sellos podían romperse con el tiempo, y el Asociador Maestro debía de
ser infinitamente más complejo que estos pequeños robots esclavos. Se preguntó
si Rorden, tan diestro a la hora de desentrañar los secretos del pasado, sería
capaz de arrancar a las má quinas su conocimiento oculto. Pero Rorden esta ba
muy lejos y nunca podría abandonar Diaspar.
De pronto, un plan se fraguó en su mente. Sólo podría
habérsele ocurrido a una persona muy jo ven, y forzó hasta el límite la
confianza de Alvin.
Sin embargo, tras tomar la decisión, se movió con
determinación y astucia hacia su objetivo.
Señaló las tres máquinas.
- ¿Son idénticas? -preguntó-. Quiero de cir, ¿cada una de
ellas puede hacerlo todo, o tie nen funciones específicas?
El anciano pareció un poco perplejo.
- Nunca lo he pensado -dijo-. Cuando necesito algo,
pregunto a la que tengo más cerca. No creo que haya ninguna diferencia entre
ellas.
- Ahora no puede haber mucho trabajo para los robots
-continuó Alvin inocentemente.
Theon parecía un poco sorprendido, pero Al vin evitó con
cuidado mirar a su amigo a los ojos. El anciano contestó sin sospechar nada.
- No -replicó tristemente-. Shalmirane es muy distinta
ahora.
Alvin hizo una pausa, comprensivo. Enton ces, con rapidez,
empezó a hablar. Al principio el anciano no pareció entender su propuesta; más
tarde, cuando lo hizo, Alvin no le dio tiempo para interrumpirle. Habló de los
grandes almacenes de datos de Diaspar, y de la habilidad con que el Guardián de
los Archivos podía utilizar su conocimiento. Aunque las máquinas del Maestro
habían resistido las preguntas de todo el mundo, tal vez confiarían sus
secretos a Rorden. Sería una tragedia perder aquella oportunidad, pues nunca
volvería a producirse.
Ruborizado por el calor de su propia oratoria, Alvin
terminó su llamamiento:
- Préstame una de las máquinas. No las nece sitas todas.
Ordénale que obedezca mis órdenes de control y la llevaré a Diaspar. Prometo
que la devolveré tanto si el experimento tiene éxito como si fracasa.
Incluso Theon pareció aturdido, y una expre sión de horror
apareció en el rostro del anciano.
- ¡No puedo hacer eso! -exclamó.
- ¿Pero por qué no? ¡Piensa en lo que podría mos aprender!
El anciano sacudió la cabeza con firmeza.
- Iría en contra de los deseos del Maestro.
Alvin se sintió decepcionado, y molesto. Pero era joven, y
su interlocutor era viejo y estaba can sado. Repitió su argumento, cambiando su
estra tegia y anotándose el tanto final. Y por primera vez Theon vio a Alvin
como nunca antes había sospechado: tenía una fuerte personalidad, algo que de
hecho sorprendía al propio Alvin. Los hombres de las Eras del Amanecer nunca
habían dejado que los obstáculos se interpusieran en su camino, y la fuerza de
voluntad y la determinación que fueron su herencia todavía no habían
desaparecido de la Tierra. Incluso de niño, Alvin se había resistido a las
fuerzas que pretendían moldearle según la pauta de Diaspar. Ahora era mayor, y
contra él no se alzaba la mayor ciudad del mundo, sino tan sólo un anciano que
no quería más que descansar, algo que seguramente conseguiría muy pronto.
9
AMO DEL ROBOT
La tarde estaba ya muy avanzada cuando el vehículo de
superficie atravesó la última pantalla de árboles y se detuvo en la gran
llanura de Airlee. La discusión, que había durado casi todo el viaje, había
terminado ya y la calma había sido restau rada. Nunca habían llegado a la
violencia, quizá porque las fuerzas eran desiguales. Theon sólo te nía a Krif
para apoyarle, mientras que Alvin podía recurrir a la máquina de múltiples
tentáculos que tanto apreciaba.
Theon no se había mordido la lengua. Había llamado
fanfarrón a su amigo y le había dicho que debería sentirse avergonzado de su
conducta. Pe ro Alvin se echó a reír y siguió jugando con su nuevo juguete. No
sabía cómo se había producido la transferencia, pero sólo él podía controlar
aho ra al robot, hablar con su voz y ver a través de sus ojos. No obedecería a
nadie más en el mundo.
Seranis los esperaba en una habitación sorpren dente que
parecía no tener techo, aunque Alvin sa bía que había un piso encima. Parecía
preocupada y más insegura que nunca, y recordó la elección que pronto se le
plantearía. Hasta ahora, casi la había olvidado. Creía que el Consejo, de algún
modo, re solvería el problema. Ahora se daba cuenta de que la decisión tal vez
no fuera de su agrado.
La voz de Seranis mostró su preocupación cuando empezó a
hablar, y por sus pausas ocasionales Alvin comprendió que estaba repitiendo
palabras que ya había ensayado.
- Alvin -empezó a decir-, hay muchas cosas que no te he
dicho antes, pero que debes cono cer ahora para comprender nuestras acciones.
»Conoces uno de los motivos del aislamiento de nuestras
dos razas. El temor a los Invasores, la oscura sombra en las profundidades de
la mente humana, volvió a tu pueblo contra el mundo y los hizo perderse en sus
propios sueños. Aquí en Lys ese temor nunca ha sido tan grande, aunque so
portamos lo peor del ataque. Teníamos buenos motivos para actuar como lo
hicimos, y lo que hicimos, lo hicimos con los ojos abiertos.
»Alvin, hace mucho tiempo los hombres bus caron la inmortalidad
y por fin la consiguieron. Olvidaron que un mundo que había desterrado la
muerte también debía desterrar los nacimientos. El poder para extender la vida
indefinidamente produjo felicidad al individuo, pero estancamiento a la raza.
Me dijiste que eras el único niño que había nacido en Diaspar en siete mil
años, pero ya has visto cuántos niños tenemos aquí en Airlee.
Hace mucho que sacrificamos nuestra inmortali dad, pero
Diaspar todavía sigue el falso sueño. Por eso nuestros caminos se separaron, y
por eso nunca deben volver a unirse.
Aunque Alvin casi esperaba aquellas palabras, el golpe no
fue menor. Sin embargo, se negó a admi tir el fracaso de todos sus planes,
todavía a medio formar, y sólo una parte de su cerebro escuchaba a Seranis
ahora. Comprendía y anotaba todas sus pa labras, pero la parte consciente de su
mente volvía a la carretera de Diaspar, intentando imaginar todos los
obstáculos que podrían poner en su camino.
Seranis estaba triste. Su voz era casi suplican te, y
Alvin supo que le hablaba no sólo a él, sino también a su hijo. Theon observaba
a su madre con una preocupación que también contenía una sombra de acusación.
- No tenemos ningún deseo de obligarte a permanecer en Lys
contra tu voluntad, pero seguramente comprendes lo que sucedería si nuestros
pueblos se mezclaran. Entre tu cultura y la nuestra hay un abismo tan grande
como el que separó a la Tierra de sus antiguas colonias. Piensa en una cosa,
Alvin. Theon y tú tenéis aproximadamente la misma edad…,pero él y yo llevaremos
siglos muertos y tú seguirás siendo todavía un muchacho.
La habitación se quedó tan silenciosa que Al vin pudo oír
los extraños gritos quejumbrosos de las bestias desconocidas en los campos
situados más allá del poblado.
- ¿Qué quieres que haga? -dijo, casi en un susurro.
- Como prometí, he llevado tu caso al Conse jo, pero la
ley no puede ser alterada. Puedes que darte aquí y convertirte en uno de
nosotros o regresar a Diaspar. Si lo haces, debemos rehacer primero las pautas
de tu mente para que no conserves ningún recuerdo de Lys y nunca vuelvas a
intentar contactar con nosotros.
- ¿Y Rorden? Aunque yo lo olvidara todo, él seguiría
conociendo la verdad.
- Hemos hablado muchas veces con Rorden desde que te
fuiste. Reconoce la sabiduría de nuestras acciones.
En aquel oscuro momento, Alvin sintió como si el mundo
entero se hubiera vuelto contra él. Aunque las palabras de Seranis contenían
mucho de verdad, no estaba dispuesto a admitirlo: sólo veía la destrucción de
sus planes todavía a medio concretar, el final de la búsqueda de conocimiento,
algo que ahora se había convertido en el hecho más importante de su vida.
Seranis debió de leer sus pensamientos.
- Te dejaré a solas un rato -dijo-. Pero re cuerda: sea
cual fuere tu elección, no puede haber vuelta atrás.
Theon la siguió hasta la puerta, pero Alvin lo llamó. El
muchacho miró a su madre, que vaciló un momento antes de asentir. La puerta se
cerró silenciosamente tras ella, y Alvin supo que no vol vería a abrirse sin su
consentimiento.
Alvin esperó hasta que pudo controlar una vez más sus
pensamientos.
- Theon, me ayudarás, ¿verdad?
El otro muchacho asintió, pero sin decir nada.
- Entonces dime una cosa, ¿cómo podría detenerme tu gente
si intentara escapar?
- Eso sería fácil. Si intentaras escapar, mi ma dre
controlaría tu mente. Más tarde, cuando te convirtieras en uno de los nuestros,
no tendrías ningún deseo de marcharte.
- Ya veo. ¿Puedes decirme si está vigilando mi mente ahora
mismo?
Theon pareció preocupado, pero su protesta respondió a la
pregunta.
- ¡No puedo decirte eso!
- Pero lo harás, ¿verdad?
Los dos muchachos se miraron en silencio du rante muchos
segundos. Entonces Theon sonrió.
- Sabes que no puedes amenazarme. Sea lo que fuere lo que
estás planeando (y yo no puedo leer tu mente), en cuanto intentaras llevarlo a
la práctica, mi madre se haría cargo. No te perderá de vista hasta que todo
quede zanjado.
- Lo sé -dijo Alvin-, ¿pero está observan do mi mente en
este momento?
El otro vaciló.
- No -dijo por fin-. Creo que te deja en paz
deliberadamente, para que sus pensamientos no te influyan.
Eso era todo lo que necesitaba saber. Por primera vez,
Alvin se atrevió a pensar en el único plan que ofrecía alguna esperanza. Era
demasia do testarudo para aceptar ninguna de las alternati vas que le había
propuesto Seranis, y aunque no hubiera nada en juego se habría resistido
amargamente a cualquier intento de doblegar su voluntad.
Seranis regresaría dentro de poco. No podría volver a
hacer nada hasta que estuvieran al descubierto, e incluso entonces Seranis
podría controlar sus acciones si intentaba escapar. Aparte de eso, estaba
seguro de que muchos de los habitantes del poblado podrían interceptarle mucho
antes de que hubiera llegado a su objetivo.
Con mucho cuidado, comprobando cada detalle, repasó el
único camino que podía conducirle a Diaspar en los términos que deseaba.
Theon le advirtió que Seranis se acercaba, y Alvin dirigió
rápidamente sus pensamientos a co sas inofensivas. A ella nunca le había
resultado fá cil comprender su mente, y ahora le parecía estar en el espacio,
contemplando un mundo cubierto por nubes impenetrables. A veces se producía una
agitación, y durante un instante podía atisbar algo de lo que había debajo. Se
preguntó qué estaría intentando ocultarle Alvin. Por un momento se zambulló en
la mente de su hijo, pero Theon no sabía nada de los planes del otro muchacho.
Seranis volvió a pensar en las precauciones que había
tomado; igual que un hombre debe flexionar los músculos antes de hacer un gran
esfuerzo, re pasó las pautas que tendría que usar. Pero no hubo ninguna huella
de su preocupación cuando sonrió a Alvin desde la puerta.
- Bien, ¿has decidido ya? -preguntó.
La respuesta de Alvin pareció bastante sin cera.
- Sí. Regresaré a Diaspar.
- Lo siento, y sé que Theon te echará de me nos. Pero tal
vez sea lo mejor: éste no es tu mundo y debes pensar en tu propio pueblo.
Con un gesto de suprema confianza, se hizo a un lado para
que Alvin atravesara la puerta.
- Los hombres que pueden borrar tus recuer dos de Lys te
aguardan. Esperábamos esta decisión.
Alvin se alegró al ver que Seranis le conducía en la
dirección que deseaba.
Ella no volvió la cabeza para ver si le seguía. Sus
propios movimientos le decían: «Intenta escapar si quieres. Mi mente es más
poderosa que la tuya.» Y Alvin sabía que era completamente cierto.
Habían dejado atrás las casas cuando Alvin se detuvo y se
volvió hacia su amigo.
- Adiós, Theon -dijo, extendiendo las ma nos-. Gracias por
todo lo que has hecho. Algún día volveré.
Seranis se había detenido, y lo observaba con atención.
Alvin le sonrió mientras medía los cinco metros que los separaban.
- Sé que haces esto contra tu voluntad -di jo-, y no te
echo la culpa. Tampoco a mí me gus ta lo que voy a hacer.
Pensó que aquello no era cierto. La verdad era que
empezaba a disfrutar. Miró rápidamente a su alrededor: nadie se acercaba y
Seranis no se había movido. Todavía le estaba mirando, intentando probablemente
sondear su mente. Alvin habló rá pidamente para impedir que los esbozos de su
plan tomaran forma entre sus pensamientos.
- No creo que tengáis razón -dijo, tan inconsciente de su
arrogancia intelectual que Seranis no pudo evitar sonreír-. No está bien que
Lys y Diaspar estén separados eternamente: un día puede que se necesiten. Así
que voy a volver a casa con todo lo que he aprendido, y no creo que puedas
detenerme.
No esperó más. Seranis no se movió, pero al instante Alvin
sintió que su cuerpo escapaba a su control. El poder que anulaba su voluntad
era aún más fuerte de lo que esperaba, y advirtió que mu chas mentes ocultas
debían de estar ayudando a Seranis. Sin ninguna esperanza, empezó a volver al
centro del poblado, y durante un terrible ins tante pensó que su plan había
fracasado.
Entonces se produjo un destello de acero y cristal, y los
brazos metálicos se cerraron rápida mente a su alrededor. Su cuerpo luchó
contra ellos, como sabía que iba a hacer, pero sus esfuer zos fueron inútiles.
El suelo desapareció bajo sus pies y pudo ver a Theon, petrificado por la
sorpresa y con una sonrisita tonta en la cara.
El robot lo llevaba en brazos, a tres o cuatro metros de
altura, mucho más rápidamente de lo que un hombre podía correr. Seranis sólo
tardó un momento en comprender su treta, y los esfuerzos de Alvin por librarse
del robot remitieron mientras ella relajaba su control. Pero no estaba
derrotada todavía, y entonces sucedió lo que más temía Alvin, lo que había
hecho todo lo posible por contrarrestar.
Ahora había dos entidades separadas luchan do dentro de su
mente, y una de ellas suplicaba al robot que lo soltara. El Alvin real
esperaba, sin aliento, resistiendo sólo un poco contra fuerzas con las que no
podía enfrentarse. Había apostado fuerte: no había forma de saber por
anticipado si la máquina podía entender órdenes tan complejas como las que le
había dado. Le había dicho al robot que bajo ninguna circunstancia debía
obedecer ninguna nueva orden hasta que estuviera a salvo en Diaspar. Ésas eran las
órdenes. Si eran obedecidas, Alvin había puesto su destino más allá del alcance
de la interferencia humana.
Sin vacilar, la máquina siguió corriendo por el camino que
tan cuidadosamente había trazado Al vin en su mente. Una parte de él suplicaba
aún furiosamente que lo soltara, pero ahora supo que estaba a salvo. Y poco
después Seranis lo comprendió también, pues las fuerzas en el interior de su ce
rebro dejaron de guerrear unas con otras. Una vez más se encontró en paz, como
se sintió muchos mi lenios antes un viajero atado al mástil de su barco al oír
la canción de las sirenas apagarse en el oscuro mar de color de vino.
10
DUPLICACIÓN
- Ya ves, ejecutará todas las órdenes que yo le dé, no
importa lo complicadas que sean -concluyó Alvin-. Pero en lo referido a las preguntas
so bre su origen, se queda inmóvil, como ahora.
La máquina gravitaba inmóvil sobre el Asociador Maestro, y
sus lentes de cristal resplandecían a la luz plateada como un puñado de joyas.
De todos los robots que Rorden había visto en su vida, éste era el más
sorprendente: estaba casi seguro de que no había sido construido por la
civilización huma na. Con semejantes servidores eternos, no era ex traño que la
personalidad del Maestro hubiera so brevivido a lo largo de las eras.
El regreso de Alvin había provocado tantos problemas que
Rorden casi tenía miedo de pensar en ellos. A él mismo no le había resultado
fácil aceptar la existencia de Lys, con todas las implicaciones que el hecho
traía consigo, y se preguntaba cómo reaccionaría Diaspar ante el nuevo
conocímiento. Probablemente la inmensa inercia de la ciudad amortiguaría el
golpe: podrían pasar años antes de que todos sus habitantes comprendieran por
completo el hecho de que ya no estaban solos en la Tierra.
Pero si Alvin se salía con la suya, las cosas se
desarrollarían mucho más rápidamente. Había mo mentos en que Rorden lamentaba
el fracaso de los planes de Seranis, pues entonces todo habría sido mucho más
simple. El problema era inmen so, y por segunda vez en su vida Rorden no fue
capaz de decidir qué curso de acción era correcto. Se preguntó cuántas veces
más le presentaría Alvin dilemas semejantes, y sonrió amargamente ante el
pensamiento. Al fin y al cabo, no habría ninguna diferencia: Alvin haría exactamente
lo que se le antojara.
Todavía no eran más de una docena de perso nas, aparte de
la familia de Alvin, los que conocían la verdad. Sus padres, con quienes tenía
tan poco en común y a quienes a veces no veía durante se manas seguidas,
todavía parecían pensar que había estado tan sólo en alguna parte exterior de
la ciudad. Jeserac fue la única persona que reaccionó con fuerza: cuando la
sorpresa inicial remitió, se enzarzó en una violenta discusión con Rorden, y
los dos habían dejado de hablarse. Alvin, que lle vaba tiempo esperando
aquello, podía imaginar los detalles, pero para su decepción ninguno de los dos
protagonistas quería hablar sobre el tema.
Más tarde habría tiempo de sobra para encar garse de que
Diaspar comprendiera la verdad; por el momento, Alvin estaba demasiado
preocupado con el robot para preocuparse de nada más. Pensaba, y Rorden
compartía ahora su creencia, que el relato que había oído en Shalmirane era
sólo un fragmento de una historia mucho mayor. Al prin cipio Rorden se había
mostrado escéptico, y seguía creyendo que «los Grandes» no eran más que otro de
los incontables mitos religiosos del mundo. Sólo el robot sabía la verdad, y había
desafiado un millón de siglos de interrogatorios, como los desafiaba a ellos
ahora.
- El problema es que ya no quedan ingenieros en el mundo
-dijo Rorden.
Alvin pareció sorprendido: aunque el contac to con el
Guardián de los Archivos había amplia do enormemente su vocabulario, había
miles de palabras arcaicas que no comprendía.
- Un ingeniero era un hombre que diseñaba y construía
máquinas -explicó Rorden-. Nos re sulta imposible imaginar una época sin
robots, pero todas las máquinas del mundo tuvieron que ser inventadas en un
momento u otro, y hasta que se crearon los Robots Maestros, necesitaron hombres
para cuidarlos. Cuando las máquinas pudieron cuidar de sí mismas, ya no
hicieron falta ingenieros humanos. Creo que es una versión bastante acertada,
aunque naturalmente casi todo son suposiciones. Todas las máquinas que poseemos
existían al principio de nuestra historia, y muchas habían desaparecido mucho
antes de que comenzara.
- Como los aparatos voladores y las naves espaciales
-interrumpió Alvin.
- Sí-coincidió Rorden-, igual que los gran des
comunicadores que podían alcanzar las estre llas. Todas esas cosas
desaparecieron cuando deja ron de ser necesarias.
Alvin sacudió la cabeza.
- Sigo creyendo que la desaparición de las na ves
espaciales no puede explicarse tan sencilla mente. Pero volviendo a la máquina…
¿no crees que los Robots Maestros podrían ayudarnos? Nunca he visto uno,
naturalmente, y no sé mucho sobre ellos.
- ¿Ayudarnos? ¿En qué sentido?
- No estoy seguro -dijo Alvin vagamente-. Tal vez podrían
obligar al robot a obedecer todas mis órdenes. Arreglan robots, ¿no? Supongo
que eso sería una especie de reparación…
Su voz se apagó, como si no lograra conven cerse ni
siquiera a sí mismo.
Rorden sonrió: la idea era demasiado ingenua para tener fe
en ella. Sin embargo, esta investigación histórica era el primero de los planes
de Al vin por el que podía compartir entusiasmo, y no se le ocurría nada mejor
de momento.
Se dirigió al Asociador sobre el que todavía flo taba el
robot, como con estudiada indiferencia. Mientras empezaba casi automáticamente
a teclear sus preguntas en la gran consola, fue asaltado de pronto por un
pensamiento tan incongruente que tuvo que echarse a reír.
Alvin miró sorprendido a su amigo mientras Rorden se
volvía hacia él.
- Alvin -dijo entre risas-. Me temo que to davía tenemos
mucho que aprender sobre las má quinas. -Colocó la mano sobre el liso cuerpo
metálico del robot-. No tienen sentimientos humanos. No era necesario que
habláramos de todos nuestros planes en susurros.
Alvin sabía que este mundo no había sido creado para el
hombre. Bajo el resplandor de las luces tricromáticas, tan deslumbrantes que
hacían daño en los ojos, los largos y amplios corredores parecían extenderse
hasta el infinito. Todos los robots de Diaspar debían recorrer los grandes
pasadizos al final de sus vidas, aunque ni una sola vez en un millón de años
había sonado aquí el eco de pasos humanos.
No resultó difícil localizar los mapas de la ciu dad
subterránea, la ciudad de las máquinas sin las que Diaspar no podría existir.
Unos cientos de metros más adelante el pasillo terminaba en una gran cámara
circular de más de un kilómetro de diámetro cuyo techo era sostenido por
grandes columnas que también debían soportar el peso inimaginable del Centro de
Energía. Si los mapas decían la verdad, era aquí donde las máquinas más grandes
de todas, los Robots Maestros, montaban su guardia sobre Diaspar.
La cámara estaba allí, y era aún más grande de lo que
Alvin había imaginado. ¿Pero dónde esta ban las máquinas? Se detuvo asombrado
ante el panorama enorme, aunque sin significado, que se extendía bajo él. El
corredor terminaba en la pared de la cámara (con toda seguridad la cavidad más
grande jamás construida por el hombre) y a ambos lados largas rampas descendían
hasta el lejano suelo. Cubriendo toda aquella extensión brillantemente
iluminada había centenares de grandes estructuras blancas, tan extrañas que
durante un momento Alvin pensó que debía de estar contemplando una ciudad
subterránea. La impresión fue sorprendentemente vivida y nunca llegó a perderla
del todo. En ninguna parte encontró lo que esperaba: el familiar brillo del
metal que desde el principio del tiempo el hombre había aprendido a asociar con
sus servidores.
Aquí se encontraba el final de una evolución casi tan
larga como la del hombre. Su comienzo se perdía en las brumas de las Eras del
Amanecer, cuando la humanidad aprendió por vez primera el uso de la energía y
lanzó sobre el mundo sus ruidosos motores. Vapor, agua, viento…, todo fue
apreciado durante un tiempo y luego abandonado. Durante siglos, la energía de
la materia había gobernado el mundo, hasta que por fin fue también superada, y
con cada cambio las viejas máquinas fueron olvidadas y las nuevas ocuparon su
lugar. Muy despacio, a lo largo de millones de años, el ideal de la máquina
perfecta fue aproximándose, un ideal que al principio fue sólo un sueño, luego
una perspectiva distante y por fin una realidad: ninguna máquina debe contener
ninguna parte móvil.
Aquí se hallaba la expresión definitiva de aquel ideal. Su
consecución había ocupado al hombre tal vez mil millones de años, y en el momento
de su triunfo dio para siempre la espalda a la máquina.
El robot que estaban buscando no era tan grande como
muchos de sus compañeros, pero Alvin y Rorden se sintieron empequeñecidos
cuando se encontraron ante él. Los cinco pisos con sus líneas horizontales
daban la impresión de una bestia agazapada, y al mirar su propio robot Alvin
pensó que era extraño que ambas criaturas fueran designadas con la misma
palabra.
Casi a un metro del suelo corría un amplio pa nel
transparente, abarcando toda la estructura. Alvin apoyó la frente contra el
liso y cálido mate rial y observó el interior de la máquina.
Al principio no vio nada: luego, tras proteger se los
ojos, pudo distinguir miles de puntitos de luz que gravitaban en la nada.
Estaban colocados uno detrás de otro en un entramado tridimensional, tan
extraño y carente de significado para él como las estrellas debieron de serlo
para el hombre primitivo.
Rorden se reunió con él y juntos observaron el silencioso
monstruo. Aunque permanecieron mirando durante muchos minutos, las luces de
colores nunca se movieron del sitio y su brillo no cambió. Poco después, Alvin
se apartó de la máquina y se volvió hacia su amigo.
- ¿Qué son? -preguntó, perplejo.
- El interior de nuestras mentes, si pudiéramos
observarlo, tampoco significaría gran cosa para nosotros -contestó Rorden-. Los
robots parecen inmóviles porque no podemos leer sus pensamientos.
Por primera vez, Alvin contempló la larga avenida de
titanes con una pizca de comprensión. Durante toda su vida, había aceptado sin
plantear preguntas el milagro de los sintetizadores, las máquinas que era tras
era producían en un interminable flujo todo lo que la ciudad necesitaba. Había
contemplado miles de veces aquel acto de creación, sin pensar jamás que en
algún lugar debía existir el prototipo de aquellas cosas que había visto
aparecer.
Igual que una mente humana puede concentrarse durante
algún tiempo en un solo pensamiento, aquellos grandes cerebros podían
comprender y mantener eternamente las ideas más intrincadas. Las pautas de
todas las cosas creadas estaban petrificadas en aquellas mentes eternas, y
necesitaban sólo el contacto de una mente humana para hacerlas realidad.
El mundo había avanzado mucho, hora tras hora, desde que
el primer cavernícola tallara pa cientemente el pedernal de sus cuchillos y
puntas de flecha.
- Nuestro problema ahora es entrar en contacto con la
criatura -dijo Rorden-. No puede tener conocimiento directo del hombre, pues no
hay forma en que podamos afectar su conciencia. Si mi información es correcta,
en alguna parte debe de haber una máquina interpretadora. Es un tipo de robot
que podía convertir las instrucciones humanas en órdenes que los Robots
Maestros eran capaces de entender. Eran inteligencia pura con poca memoria…
igual que esta maquina es una memoria enorme con relativamente poca inteligencia.
Alvin reflexionó durante un instante. Enton ces señaló a
su propio robot.
- ¿Por qué no lo usamos? -sugirió-. Los robots tienen
mentes muy literales. No se negará a cumplir nuestras instrucciones, pues dudo
que el Maestro pensara en esta situación.
Rorden se echó a reír.
- Supongo que no, pero ya que hay una má quina construida
especialmente para el trabajo, creo que sería mejor emplearla.
El Interpretador era un aparato muy pequeño, un artefacto
en forma de herradura construido en torno a una pantalla que se encendió cuando
se aproximaron.
De todas las máquinas de la gran caverna, fue la única que
demostró conocer al hombre, y su sa ludo pareció un poco despectivo, pues en la
pan talla aparecieron las palabras:
exponga su problema
POR FAVOR PIENSE CON CLARIDAD
Ignorando el insulto implícito, Alvin dio comienzo a su
historia.
Aunque se había comunicado con otros ro bots por medio de
la palabra o el pensamiento en incontables ocasiones, ahora sintió que se
dirigía a algo que era más que una máquina. Aunque la criatura carecía de vida,
poseía una inteligencia que podía ser superior a la suya. Era una idea extraña,
pero no le deprimió demasiado, pues ¿de qué servía la inteligencia sola?
Sus palabras se apagaron y el silencio de aquel lugar
abrumador se cerró sobre ellos. Durante un momento, la pantalla se llenó de una
niebla ser penteante, luego la bruma se despejó y la máquina respondió:
reparación imposible
ROBOT DE TIPO DESCONOCIDO
Alvin se volvió hacia su amigo con un gesto de decepción,
pero mientras lo hacía las letras cambiaron y apareció un segundo mensaje:
duplicación completada
POR FAVOR COMPRUEBE Y FIRME
Al mismo tiempo, una luz roja empezó a des tellar sobre un
panel horizontal que Alvin no ha bía advertido, y seguramente lo habría visto
de es tar allí antes. Sorprendido, se inclinó, pero un grito de Rorden le hizo
darse la vuelta. El hombre señalaba hacia el gran Robot Maestro, donde Al vin
había dejado su propia máquina unos minutos antes.
El robot no se había movido, pero se había multiplicado.
Gravitando en el aire junto a él había un duplicado tan exacto que Alvin no fue
capaz de distinguir el original de la copia.
- Estaba mirando cuando ha sucedido -dijo Rorden,
excitado-. De repente parecía que se ex tendía, como si millones de réplicas
hubieran co brado existencia a cada lado. Entonces todas las imágenes han
desaparecido, menos estas dos. El robot de la derecha es el original.
11
EL CONSEJO
Alvin estaba todavía aturdido, pero empezó a comprender
lentamente lo que debía de haber su cedido. Su robot no podía ser obligado a
desobedecer las órdenes que le habían dado hacía tanto tiempo, pero podía
construirse un duplicado con todo su conocimiento y sin el infranqueable
bloqueo de memoria. Por hermosa que fuera la solución, no resultaba aconsejable
que la mente permaneciese concentrada demasiado tiempo en los poderes que lo
habían hecho posible.
Los robots se movieron al unísono cuando Alvin los llamó.
Pronunciando sus órdenes en voz alta, como hacía a menudo para beneficio de
Rorden, formuló de nuevo la pregunta que tantas veces había hecho de formas
distintas.
- ¿Puedes decirme cómo llegó a Shalmirane tu primer amo?
Rorden deseó que su mente pudiera intercep tar la
silenciosa respuesta, pues nunca había llegado a captar ni un solo fragmento.
Pero esta vez no hubo prácticamente necesidad, pues la alegre son risa que
apareció en el rostro de Alvin fue suficiente respuesta.
El muchacho le miró, triunfal.
- El Número Uno sigue igual -dijo-. Pero el Dos está
dispuesto a hablar.
- Creo que deberíamos esperar a volver a casa antes de
empezar a plantear preguntas -sugirió Rorden, tan práctico como siempre-.
Necesita remos los Asociadores y Registradores cuando empecemos.
Aunque estaba impaciente, Alvin tuvo que admitir lo
acertado del consejo. Mientras se volvía para marcharse, Rorden sonrió ante su
ansiedad y dijo tranquilamente:
- ¿No te olvidas de algo?
La luz roja del Interpretador destellaba todavía, y su
mensaje aún brillaba en la pantalla.
POR FAVOR COMPRUEBE Y FIRME
Alvin se acercó a la máquina y examinó el pa nel sobre el
que parpadeaba la luz. Dentro había una especie de ventana hecha de una
sustancia casi invisible, con una pluma que la atravesaba verticalmente. La
punta de la pluma descansaba en una hoja de material blanco que ya contenía
varias firmas y fechas. La última tenía casi cincuenta mil años de antigüedad,
y Alvin reconoció el nombre de un presidente del Consejo. Sobre su firma sólo
había otros dos nombres visibles, ninguno de los cuales significaba nada para
Rorden ni para él. Esto no resultaba sorprendente, pues habían sido escritos
veintitrés y cincuenta y siete millones de años antes.
Alvin no encontró sentido a este ritual, pero sabía que
nunca podría comprender la mente de los que habían construido este lugar. Con
una leve sensación de irrealidad cogió la pluma y em pezó a escribir su nombre.
El instrumento parecía completamente libre para moverse en el plano horizontal,
pues en esa dirección la ventana no ofrecía más resistencia que la pared de una
burbuja de jabón. Sin embargo, toda su fuerza era incapaz de moverlo
verticalmente: lo sabía, pues lo había in tentado.
Con cuidado, Alvin escribió la fecha y soltó la pluma.
Ésta se movió lentamente sobre la hoja hasta su posición original, y el panel
con su luz parpadeante desapareció.
Mientras Alvin se marchaba, se preguntó por qué sus
antepasados habían venido aquí y qué habían conseguido de la máquina. Sin duda,
den tro de miles o de millones de años en el futuro, otros hombres mirarían el
panel y se pregunta rían: «¿Quién fue Alvin de Loronei?» ¿ O no? Tal vez
exclamarían en cambio: «¡Mira! ¡Aquí está la firma de Alvin!»
La idea no era extraña en él, pero sabía que se ría mejor
no compartirla con su amigo.
Al llegar a la entrada del corredor, se volvieron a
contemplar la caverna, y la ilusión fue más fuerte que nunca. Tras ellos había
una ciudad muerta de extraños edificios blancos, una ciudad iluminada por una
fiera luz que no estaba concebida para ojos humanos. Podía estar muerta, puesto
que nunca había vivido, pero Alvin sabía que cuando Diaspar hubiera
desaparecido estas máquinas estarían to davía aquí, sin apartar sus mentes de
los pensa mientos que hombres superiores les habían conce dido hacía mucho tiempo.
Hablaron poco en el camino de regreso. Las calles de
Diaspar estaban bañadas por una luz que parecía pálida y débil tras el fulgor
de la ciudad de las máquinas. Cada uno pensaba en el conocimiento que pronto
sería suyo, y no prestaron atención a la belleza de las grandes torres que
dejaban atrás, ni a las curiosas miradas de sus conciudadanos.
A Alvin le pareció extraña la manera en que todo le había
conducido a este momento. Sabía bien que los hombres eran los creadores de su
propio destino, aunque desde que conoció a Rorden las cosas parecían haberse
movido automáticamente hacia un objetivo predeterminado. El mensaje de Alaine,
Lys, Shalmirane… a cada paso podía haberse vuelto sin ver nada, pero algo le
había hecho continuar. Era agradable fingir que el destino le había favorecido,
pero su mente racional sabía que no era así. Cualquier hombre podría haber
encontrado el sendero que sus pasos habían seguido, e incontables veces en eras
pasadas otras personas debían de haber llegado igual de lejos. Él era,
simplemente, el primero en tener suerte.
El primero en tener suerte. Las palabras reso naron
burlonas en sus oídos mientras atravesaban la puerta de la cámara de Rorden.
Esperándolos en silencio, con las manos cruzadas pacientemente sobre el regazo,
había un hombre ataviado con una curiosa túnica que Alvin nunca había visto
antes. Alvin miró dubitativo a Rorden, y se quedó sorprendido por la expresión
de su amigo. Supo que Rorden sabía quién era el hombre.
Éste se puso en pie cuando entraron e hizo un saludo
estirado y formal. Sin decir palabra, tendió un pequeño cilindro a Rorden, que
lo aceptó y rompió su sello. La rareza casi inaudita de un mensaje escrito hizo
doblemente impresionante el silencioso encuentro. Cuando hubo terminado, Rorden
devolvió el cilindro con otra leve inclinación de cabeza. Alvin, a pesar de su
ansiedad, no pudo contener una sonrisa.
Rorden parecía haberse recuperado con rapi dez, pues
cuando habló su voz sonó perfectamen te normal.
- Parece que el Consejo quiere hablar con nosotros, Alvin.
Me temo que lo estamos hacien do esperar.
Alvin ya lo había supuesto. La crisis se había producido
antes, mucho antes, de lo que esperaba. Se dijo que no temía al Consejo, pero
su interrupción era enloquecedora. Sus ojos se dirigieron in voluntariamente a
los robots.
- Tendrás que dejarlos aquí -dijo Rorden con firmeza.
Se miraron a los ojos. Entonces Alvin se vol vió hacia el
mensajero.
- Muy bien -dijo en voz baja.
De camino a la cámara del Consejo, el grupo guardó
silencio. Alvin reflexionaba sobre los ar gumentos en los que nunca había
pensado adecuadamente, pues creía que no tendría que recurrir a ellos durante
muchos años. Estaba más molesto que alarmado, y se sentía enfadado consi go
mismo por no estar preparado.
Sólo esperaron unos minutos en la antesala, pero fue lo
suficiente para que Alvin se preguntara por qué le temblaban las piernas si no
tenía miedo. Entonces las grandes puertas se replegaron, y Alvin y Rorden
avanzaron hacia los veinte hombres reunidos en torno a su famosa mesa.
Alvin sabía que ésta era la primera reunión del Consejo
desde su nacimiento, y se sintió un poco halagado al advertir que no había
ningún asiento vacante. No sabía que Jeserac era uno de los miembros. Ante sus
sorprendidos ojos, el anciano se agitó incómodamente en su silla y le dirigió
una mirada furtiva, como diciendo: «Esto no tiene nada que ver conmigo.» La
mayoría de las otras caras eran familiares para Alvin, y sólo dos eran
completos desconocidos.
El Presidente empezó a hablarle con voz amistosa, y al
mirar a los rostros conocidos que tenía delante, Alvin no pudo ver ningún
motivo para la alarma de Rorden. Empezó a recuperar la confianza; decidió que
Rorden era un poco cobar de. En eso hacía poca, justicia a su amigo, pues
aunque el valor nunca había, sido una de las cuali dades más destacadas de
Rorden, su preocupación se refería tanto a su antiguo oficio como a su pro pia
persona. Nunca a lo largo de la historia había sido cesado de su puesto un Guardián
de los Archivos: Rorden no deseaba crear un precedente.
En los pocos minutos transcurridos desde que entró en la
cámara del Consejo, los planes de Alvin experimentaron un notable cambio.
Olvidó el discurso que tan cuidadosamente había ensayado; descartó reluctante
las hermosas frases que había preparado. En su apoyo apareció su más
traicionero aliado: la sensación de ridículo que siempre le imposibilitaba
tomar en serio ni siquiera las ocasiones más solemnes. El Consejo podía
reunirse una vez cada mil años, podía controlar los destinos de Diaspar, pero
los que se sentaban ante él eran sólo ancianos cansados. Alvin conocía a
Jeserac, y no creía que los demás fueran muy distintos. Sintió una
desconcertante piedad por ellos y de repente recordó las palabras que Seranis
le había dirigido en Lys: «Hace muchos siglos sacrificamos nuestra
inmortalidad, pero Diaspar todavía sigue con el falso sueño» Eso era en efecto
lo que habían hecho estos hombres, y Alvin no creía que les hubiera traído la
felicidad.
Así, cuando, tras la invitación del Presidente, Alvin
empezó a describir su viaje a Lys, bajo todas las apariencias no era más que un
muchacho que había tropezado por casualidad con un descu brimiento que
consideraba poco importante. No hubo ningún atisbo de plan o de propósito más
profundo: sólo la curiosidad natural le había, he cho salir de Diaspar. Aquello
podría haberle sucedido a cualquiera, aunque se esforzó para dar la impresión
de que esperaba elogios por su astucia. No dijo nada de Shalmirane y los
robots.
Fue una actuación bastante buena, aunque Al vin era la
única persona que podía apreciarla del todo. El Consejo en conjunto pareció
favorablemente impresionado, pero la expresión de Jeserac mostraba la pugna del
alivio con la incredulidad. Alvin no se atrevió a mirar a Rorden.
Cuando terminó, se produjo un breve silencio mientras el
Consejo consideraba su declaración. Entonces el Presidente volvió a hacer uso
de la pa labra.
- Consideramos que tuviste los mejores motivos para hacer
lo que hiciste -dijo, escogiendo las palabras con obvio cuidado-. Sin embargo,
has creado una situación algo difícil para noso tros. ¿Estás seguro de que tu
descubrimiento fue accidental, y que nadie, digamos, influyó en ningún modo?
Sus ojos se volvieron, con expresión pensati va, hacia
Rorden.
Por última vez, Alvin recurrió a su astucia.
- Yo no diría eso --replicó, tras hacer como que
reflexionaba.
Los miembros del Consejo mostraron su in quietud y su
interés, y Rorden se agitó incómodo junto a Alvin, que dirigió a su público una
sonrisa que no carecía de candor, y añadió rápidamente con una vocecita
inocente:
- Estoy seguro de que debo mucho a mi tutor.
Ante este cumplido insospechado, todos los ojos se
volvieron hacia Jeserac, que empezó a po nerse rojo, intentó hablar y luego lo
pensó mejor. Se produjo un incómodo silencio, hasta que inter vino el
Presidente.
- Gracias -dijo apresuradamente-. Perma necerás aquí
mientras consideramos tu declaración.
Rorden emitió un audible suspiro de alivio, el último sonido
que Alvin escuchó durante algún tiempo. Una capa de silencio descendió sobre
él, y aunque podía ver al Consejo discutiendo acalora damente, ni una sola
palabra de sus deliberaciones llegó hasta él. Al principio resultó divertido,
pero el espectáculo pronto se volvió tedioso, y se ale gró cuando el silencio
cesó.
- Hemos llegado a la conclusión de que se ha producido una
desgraciada situación de la que na die puede ser considerado responsable,
aunque consideramos que el Guardián de los Archivos debió habernos informado
antes -dijo el Presidente-. Sin embargo, quizá sea buena cosa que se haya hecho
este peligroso descubrimiento, pues ahora podemos dar los pasos adecuados para
impedir que vuelva a producirse. Nos ocuparemos del sistema de transporte que
has encontrado, y tú -añadió, dirigiéndose a Rorden por primera vez- te
asegurarás de que todas las referencias a Lys sean borradas de los Archivos.
Hubo un murmullo de aplausos y expresiones de satisfacción
en los rostros de los consejeros. Se habían enfrentado rápidamente con una
situación difícil, habían evitado la desagradable necesidad de castigar a
Rorden, y ahora podían continuar con sus vidas sintiendo que, como ciudadanos
prominentes de Diaspar, habían cumplido con su deber. Si las cosas iban bien,
pasarían siglos antes de que volviera a surgir la necesidad de reunir al
Consejo.
Incluso Rorden, algo decepcionado, se sentía aliviado por
el resultado. Las cosas podrían haber salido mucho peor…
Una voz que nunca había oído antes interrum pió su alegría
y dejó petrificados a los consejeros en sus asientos, mientras las sonrisas
complacientes desaparecían lentamente de sus rostros.
- ¿ Y por qué vais a cerrar el camino a Lys?
Pasaron unos instantes antes de que la mente de Rorden,
poco dispuesta a reconocer el desastre, admitiera que era Alvin quien había
hablado.
El éxito de su subterfugio había dado a Alvin sólo un
momento de satisfacción. Durante el dis curso del Presidente, su furia se había
acumulado rápidamente al advertir que, a pesar de toda su as tucia, sus planes
iban a ser aplastados. Los sentimientos que experimentó en Lys cuando Seranis
le presentó su ultimátum volvieron con fuerza re novada. Había vencido en
aquella prueba, y el sa bor del poder le parecía aún dulce.
Esta vez no tenía ningún robot para ayudarle, y no sabía
cuál sería el resultado. Pero ya no tenía miedo de estos tontos ancianos que se
consideraban los gobernantes de Diaspar. Había visto a los auténticos dueños de
la ciudad, y les había habla do en medio del grave silencio de su brillante
mundo enterrado. Así, en su furia y su arrogancia, Alvin apartó su disfraz y
los consejeros buscaron en vano al niño inocente que les había hablado ha cía
tan sólo unos instantes.
- ¿Por qué vais a cerrar el camino a Lys?
La Sala del Consejo permaneció en silencio, pero los
labios de Jeserac se retorcieron en una lenta sonrisa secreta. Este Alvin era
nuevo para él, pero resultaba menos extraño que el que había hablado antes.
El Presidente decidió al principio ignorar el desafío. Tal
vez no era capaz de creer que se trataba de algo más que una pregunta inocente,
a pesar de la violencia con la que había sido expresada.
- Ese es un asunto de alta política que no po demos
discutir aquí, pero Diaspar no puede arries garse a ser contaminada por otras
culturas -dijo pomposamente, y dirigió a Alvin una sonrisa be névola pero
ligeramente preocupada.
- Es extraño que en Lys me dijeran exacta mente lo mismo
que en Diaspar -dijo Alvin fría mente. Se alegró al ver que sus palabras
provoca ban malestar, pero no dio a los consejeros tiempo de replicar-. Lys es
mucho más grande que Dias par y su cultura no es inferior -continuó-. Siempre
ha sabido de nosotros, pero ha decidido no revelarse…, como tú mismo dices,
para evitar ser contaminada. ¿No es obvio que todos estamos equivocados?
Contempló expectante la fila de rostros, pero en ninguno
de ellos vio comprensión. Su furia ha cía aquellos hombres de ojos de plomo
creció. La sangre le latía con fuerza en las mejillas, y aunque su voz era
ahora más firme, contenía una nota de helado desdén que ni siquiera el más
pacífico de los consejeros pudo ignorar.
- Nuestros antepasados construyeron un im perio que
alcanzó las estrellas -empezó a decir Alvin-. Los hombres iban y venían a su
antojo entre todos esos mundos, y ahora sus descendien tes tienen miedo de
franquear los muros de una ciudad. ¿He de deciros por qué?
Hizo una pausa; no hubo ningún movimiento en la desnuda
habitación.
- Es porque tenemos miedo de algo que su cedió al
principio de la historia. En Lys me dijeron la verdad, aunque la sospechaba
desde hacía tiempo. ¿Debemos escondernos para siempre co mo cobardes en
Diaspar, fingiendo que no existe nada más, porque hace cincuenta mil millones
de años los Invasores nos obligaron a regresar a la Tierra?
Había puesto el dedo en su miedo secreto, el miedo que
nunca había compartido y cuyo poder no podría comprender jamás. Que hicieran lo
que se les antojara, él había dicho la verdad.
Su furia remitió y volvió a ser él mismo, y se sintió un
poco alarmado ante lo que había hecho. Se volvió hacia el Presidente en un
último gesto de independencia.
- ¿Tengo permiso para marcharme?
Nadie dijo nada, pero la leve inclinación de cabeza le dio
permiso. Las grandes puertas se abrieron ante él y poco después de cerrarse, la
tormenta estalló en la cámara del Consejo.
El Presidente esperó a que se produjera la cal ma.
Entonces se volvió hacia Jeserac.
- Me parece que primero deberíamos oír tu opinión.
Jeserac examinó la observación, en busca de posibles
trampas.
- Creo que Diaspar va a perder su cerebro más destacado
-replicó.
- ¿Qué quieres decir?
- ¿No es obvio? A estas alturas, el joven Alvin estará a
medio camino de la tumba de Yarlan Zey. No, no debemos intervenir. Lamentaré
perderle, aunque nunca le importé demasiado.-Dejó escapar un suspiro-. De
hecho, nunca se ha preocupa do por nadie que no fuera Alvin de Loronei.
12
LA NAVE
Rorden no pudo escapar hasta una hora después de la cámara
del Consejo. El retraso fue en loquecedor, y cuando llegó a sus habitaciones su
po que ya era demasiado tarde. Se detuvo en la entrada, preguntándose si Alvin
habría dejado algún mensaje, y advirtiendo por primera vez lo vacíos que serían
los años venideros sin la presencia del muchacho.
El mensaje estaba allí, pero su contenido re sultó
completamente inesperado. Aunque lo leyó varias veces, Rorden quedó aturdido.
«Reúnete conmigo en la Torre de Loranne.»
Sólo había estado una vez antes en aquella to rre, cuando
Alvin lo llevó allí para que contempla ra la puesta de sol. Eso fue años atrás;
la experiencia le pareció inolvidable, pero las sombras de la noche
extendiéndose sobre el desierto le aterraron tanto que huyó, perseguido por las
bromas de Alvin. Había jurado que nunca volvería a aquel lugar.
Sin embargo allí estaba, en la helada cámara llena de
pozos de ventilación. No había ni rastro de Alvin, pero cuando lo llamó, la voz
del muchacho le respondió de inmediato.
- Estoy en el parapeto…, atraviesa el pozo central.
Rorden vaciló, había muchas otras cosas que preferiría
hacer. Pero un momento después se encontró junto a Alvin, de espaldas a la
ciudad, con el desierto extendiéndose infinito ante él.
Se miraron en silencio durante un instante. Entonces Alvin
dijo tristemente:
- Espero no haberte causado problemas.
Rorden se sintió emocionado, y lo que iba a decir murió
bruscamente en sus labios.
- El Consejo estaba muy ocupado discutien do como para
preocuparse por mí -dijo en cambio, y se echó a reír-. Jeserac hacía una
defensa muy acalorada cuando me marché. Me temo que le juzgué mal.
- Lo siento por Jeserac.
- Tal vez estuvo mal jugar con el viejo, pero creo que se
está divirtiendo. Después de todo, ha bía algo de verdad en tu observación. Él
fue el pri mero en mostrarte el mundo antiguo, y se siente culpable.
Por primera vez, Alvin sonrió.
- Es extraño -dijo-, pero hasta que perdí los nervios no
llegué a comprender lo que quería hacer. Les guste o no, voy a romper el muro
que existe entre Diaspar y Lys. Pero eso puede esperar: ahora ya no es
importante.
Rorden se alarmó un poco.
- ¿Qué quieres decir? -preguntó ansiosamente. Por primera
vez, advirtió que sólo uno de los robots le acompañaba-. ¿Dónde está la segunda
máquina?
Alvin alzó lentamente la mano y señaló al de sierto, hacia
las irregulares montañas y la larga hi lera de dunas, que se entrecruzaban como
olas pe trificadas. Muy lejos, Rorden pudo ver el brillo inconfundible del
metal resplandeciendo al sol.
- Te hemos estado esperando -dijo Alvin tranquilamente-.
En cuanto dejé el Consejo, me fui a por los robots. Tenía que asegurarme de
que, pasara lo que pasase, nadie me los arrebataría an tes de que aprendiera
todo lo que pueden ense ñarme. No tardé mucho, pues no son muy inteli gentes y
saben menos de lo que esperaba. Pero he descubierto el secreto del Maestro.
Hizo una pausa, y volvió a señalar al robot casi
invisible.
- ¡Mira!
La mota resplandeciente remontó el vuelo y se detuvo a
unos trescientos metros sobre el suelo. Al principio, sin saber qué esperar,
Rorden no pudo ver ningún otro cambio. Entonces, sin dar apenas crédito a sus
ojos, vio que una nube de polvo se alzaba lentamente.
Nada es más terrible que el movimiento don de no debe
existir, pero Rorden había olvidado ya la sorpresa o el miedo cuando las
grandes dunas empezaron a separarse. Bajo el desierto, algo empezaba a moverse
como un gigante que despierta de su sueño, y poco después Rorden pudo oír el
rumor de la tierra al caer y las rocas al ser aplastadas por una fuerza
irresistible. Entonces, de repente, un gran geiser de arena se alzó cientos de
metros y el terreno quedó oculto a la vista.
El polvo empezó a asentarse lentamente alre dedor de la
herida abierta en la superficie del de sierto. Pero Rorden y Alvin mantuvieron
los ojos fijos en el cielo, donde hacía sólo un instante ape nas se hallaba el
robot. Rorden no era capaz de imaginar lo que Alvin estaba pensando. Por fin,
supo lo que había querido decir el muchacho cuando dijo que nada más era
importante ahora. La gran ciudad tras ellos y el inmenso desierto que los
aguardaba, la timidez del Consejo y el orgullo de Lys…, todos esos asuntos
parecían triviales ahora.
La cobertura de tierra y roca podía nublar, pero no
ocultar, las orgullosas líneas de la nave que aún ascendía del suelo del
desierto. Mientras Rorden seguía observando, giró lentamente hacia ellos hasta
que se convirtió en un círculo. Luego, muy despacio, el círculo empezó a
expandirse.
Alvin habló rápidamente, como si el tiempo apremiara.
- Sigo sin saber quién era el Maestro, o por qué vino a la
Tierra. El robot me ha dado a entender que aterrizó en secreto y que ocultó su
nave donde podría ser encontrada fácilmente si volvía a necesitarla. En todo el
mundo no podría haber habido un escondite mejor que el Puerto de Diaspar, que
ahora yace bajo esas arenas y que incluso en la época del Maestro debió de
estar completamente abandonado. Puede que viviera algún tiempo en Diaspar antes
de ir a Shalmirane: en aquellos días el camino debía de estar aún abierto. Pero
nunca volvió a necesitar la nave, y todo este tiempo ha estado esperando bajo
la arena.
La nave estaba ahora muy cerca, mientras el robot de
control la guiaba hacia el parapeto. Rorden pudo ver que tenía unos treinta
metros de lar go y era fusiforme en ambos extremos. Parecía que no había
ventanas ni ninguna otra abertura, aunque la densa capa de tierra hacía
imposible estar seguro.
De repente, la arena los cubrió cuando una sección del
casco se abrió hacia fuera, y Rorden pudo ver una pequeña sala desnuda con una
segunda puerta al fondo. La nave gravitaba ahora a medio metro del parapeto, al
que se había acercado lentamente, como si fuera un ser vivo y sensible. Rorden
se apartó atemorizado.
Para él, la nave simbolizaba todo el terror y el misterio
del Universo, y evocaba, como no podía hacer ningún otro objeto, los temores
que durante tanto tiempo habían paralizado la voluntad de la raza humana. Al
mirar a su amigo, Alvin comprendió los pensamientos que cruzaban por su mente.
Casi por primera vez, advirtió que había fuerzas en la mente de los hombres
sobre las que no tenía ningún control, y que el Consejo merecía más lástima que
desprecio.
En completo silencio, la nave se separó de la torre.
Rorden pensó que era extraño haberse des pedido de Alvin por segunda vez en su
vida. El pequeño mundo cerrado de Diaspar sólo conocía una despedida, y estaba
reservada a la eternidad.
La nave era ahora una mancha oscura contra el cielo, y de
repente Rorden la perdió del todo. Nunca vio su marcha, pero produjo en el
cielo el sonido más aterrador que el hombre había creado jamás: el largo trueno
de la caída del aire, kilómetro tras kilómetro, en un túnel que se abría
súbitamente en el cielo.
Después de que los últimos ecos se apagaran en el
desierto, Rorden no se movió. Pensaba en el mucha cho que se había marchado,
preguntándose, como tantas veces con anterioridad, si comprendería alguna vez
aquella mente diferente y aturdidora. Alvin no crecería nunca: para él, todo el
Universo era un jugue te, un rompecabezas que desentrañar para su propia
diversión. En sus juegos había encontrado un juguete mortal y definitivo que
podría destruir lo que que daba de la civilización humana. Pero fuera cual fuese
el resultado, para él seguiría siendo un juego.
El Sol se ponía ya sobre el horizonte, y un viento helado
soplaba desde el desierto. Pero Ror den siguió esperando, conquistando su
miedo, y por primera vez en su vida vio las estrellas.
Ni siquiera en Diaspar había visto Alvin tanto lujo como
el que encontró cuando se abrió la compuerta interior. Al principio no
comprendió sus implicaciones; entonces empezó a preguntarse, inquieto, cuánto
tiempo tendría que pasar en este mundo diminuto en su viaje entre las
estrellas. No había controles de ningún tipo, pero la gran pantalla ovalada que
cubría por completo la pared demostraba que no se trataba de una habitación
ordinaria. Dispuestos en semicírculo ante él había tres asientos bajos; el resto
de la cabina estaba ocupado por dos mesas, vanas sillas acogedoras y muchos
aparatos curiosos que por el momento Alvin no pudo identificar.
Cuando se puso cómodo ante la pantalla, bus có los robots
a su alrededor. Para su sorpresa, ha bían desaparecido. Entonces los localizó,
perfec tamente situados en el techo. Su acción había sido tan completamente
natural que Alvin supo de in mediato el propósito para el que habían sido crea
dos. Recordó a los Robots Maestros: éstos eran los Intérpretes, sin los cuales
ninguna mente humana podía controlar una máquina tan completa como una nave
espacial. Habían traído a la Tierra al Maestro y luego, como fieles sirvientes
suyos, lo habían seguido a Lys. Ahora estaban preparados, como si no hubieran
transcurrido eones, para volver a ejecutar sus antiguas funciones.
Alvin les dio una orden experimental, y la gran pantalla
cobró vida. Ante él se hallaba la To rre de Loranne, curiosamente diminuta y al
pare cer tendida de costado. Nuevas pruebas le pro porcionaron imágenes del
cielo sobre la ciudad y de grandes extensiones de desierto. La definición era
de una claridad brillante, casi antinatural, aun que parecía no haber
posibilidad de aumento. Alvin se preguntó si la nave se movía mientras la
imagen cambiaba, pero no encontró ningún me dio de comprobarlo. Experimentó un
rato hasta que pudo obtener cualquier visión que se le antojara. Entonces se
dispuso a comenzar.
- Llévame a Lys.
La orden era simple, ¿pero cómo podía obedecerla la nave
cuando él mismo no tenía ni idea de la dirección? Alvin nunca lo había pensado,
y cuando lo hizo, la máquina ya atravesaba el de sierto a enorme velocidad. Se
encogió de hombros, aceptando agradecido lo que no podía entender.
Era difícil juzgar la escala de las imágenes que aparecían
velozmente en la pantalla, pero debían de pasar muchos kilómetros cada minuto.
No le jos de la ciudad, el color del suelo había cambiado bruscamente a un gris
sombrío, y Alvin supo que volaba sobre el lecho de uno de los océanos per
didos. Antiguamente, Diaspar debió de encon trarse muy cerca del mar, aunque no
había ningu na pista de ello ni siquiera en los archivos más antiguos. Por
vieja que fuera la ciudad, los océanos debían de haber muerto mucho antes de su
construcción.
Cientos de kilómetros más tarde, el terreno se alzó
bruscamente y volvió a aparecer el desierto. En una ocasión, Alvin detuvo su
nave sobre una curiosa pauta de líneas entrecruzadas que aparecían tenuemente
sobre la arena. Se sintió aturdido durante unos instantes, hasta que comprendió
que estaba contemplando las ruinas de alguna ciu dad olvidada. No se quedó
mucho rato: era depri mente pensar que miles de millones de hombres no habían
dejado ninguna otra huella de su exis tencia que estas marcas en la arena.
La suave curva del horizonte se quebró por fin, para
convertirse en montañas que quedaron atrás casi tan pronto como aparecieron. La
nave reducía ahora su velocidad, cayendo a la tierra en un gran arco de ciento
cincuenta kilómetros de longitud. Y entonces, a sus pies, apareció Lys, sus
bosques e interminables ríos formando un escenario de tan incomparable belleza
que durante un momento Alvin no continuó su viaje. Al este, la tierra se
ensombrecía y los grandes lagos flotaban sobre ella como charcos de noche más
oscura. Pero hacia el ocaso, las aguas danzaban y resplandecían de luz,
produciendo colores que Alvin no había imaginado jamás.
No resultó difícil localizar Airlee, lo cual fue una
suerte, pues los robots no pudieron seguir guiándole. Alvin lo esperaba, y se
alegró al descu brir que sus poderes tenían límites. Después de experimentar un
poco, posó la nave en la falda de la montaña desde la que vio por primera vez
Lys. Era bastante fácil controlar la máquina: sólo tenía que indicar sus deseos
generales y los robots se encargaban de los detalles. Imaginó que probablemente
ignorarían cualquier orden peligrosa o imposible, pero no pretendía hacer ese
experimento.
Alvin estaba seguro de que nadie podía haber visto su
llegada. Consideraba esto muy importan te, pues no tenía ningunas ganas de
volver a en zarzarse en un combate mental con Seranis. Sus planes seguían
siendo un poco vagos, pero no estaba dispuesto a correr ningún riesgo hasta
haber vuelto a establecer con ella relaciones amistosas.
El descubrimiento de que el robot original ya no le
obedecía fue toda una sorpresa. Cuando le dio una nueva orden, se negó a
moverse y perma neció inmóvil, observándole desapasionadamente con sus
múltiples ojos. Para alivio de Alvin, la ré plica le obedeció al instante, pero
no había manera de conseguir que el prototipo ejecutara ni siquiera las
acciones más simples. Alvin estuvo preocupa do durante un rato, hasta que se le
ocurrió una ex plicación a su actitud. A pesar de todas sus ma ravillosas
cualidades, los robots no eran muy inteligentes, y los hechos de las últimas
horas de bieron de ser demasiado para la desafortunada máquina. Había visto
cómo las órdenes del Maestro eran desafiadas una a una, órdenes que había
obedecido fielmente durante millones de años.
Ya era demasiado tarde para lamentar nada, pero Alvin se
reprochó haber hecho un único du plicado. Pues el robot prestado se había
vuelto loco.
Alvin no encontró a nadie en el camino de Airlee.
Resultaba extraño estar sentado en la nave espacial mientras su campo de visión
se movía sin esfuerzo a lo largo del familiar sendero y los susu rros del
bosque resonaban en sus oídos. Todavía era incaoaz de identificarse plenamente
con el ro bot, y el esfuerzo para controlarlo seguía siendo considerable.
Era casi de noche cuando llegó a Airlee, cuyas casitas
flotaban en medio de lagunas de luz. Alvin se mantuvo en la sombra, y apenas
había alcanza do la casa de Seranis cuando fue descubierto. De repente, se
produjo un agudo zumbido y su visión quedó bloqueada por un aleteo. Retrocedió
involuntariamente ante el asalto; entonces advirtió lo que había sucedido. Krif
no aprobaba nada que volara sin alas, y sólo la presencia de Theon le ha bía
impedido atacar al robot en ocasiones anterio res. Como no quería hacer daño a
aquella hermo sa y estúpida criatura, Alvin hizo detenerse al robot y soportó
como mejor pudo los golpes que parecían caer sobre él. Aunque estaba sentado có
modamente a más de un kilómetro de distancia, no podía evitar esquivar los
ataques y se alegró cuando Theon salió a investigar.
13
LA CRISIS
Krif se marchó con la llegada de su amo, sin dejar de
zumbar, molesto. En el silencio que siguió, Theon se quedó mirando al robot.
Luego sonrió.
- Me alegro de que hayas vuelto. ¿O estás todavía en Diaspar?
No era la primera vez que Alvin sentía un re tortijón de
envidia al darse cuenta de que la mente de Theon era mucho más rápida que la
suya.
- No -dijo, preguntándose hasta qué punto reflejaba el
robot el tono de su voz-. Estoy en Airlee, no muy lejos. Pero por el momento
voy a quedarme aquí.
Theon se echó a reír.
- Me parece bien. Mi madre te ha perdonado, pero el
Consejo Central no. Ahora mismo están reunidos; he tenido que salir.
- ¿De qué están hablando?
- Se supone que no debo saberlo, pero me hi cieron todo
tipo de preguntas sobre ti. Tuve que contarles lo que sucedió en Shalmirane.
- No tiene demasiada importancia -replicó Alvin-. Han
pasado muchas otras cosas desde entonces. Me gustaría hablar con ese Consejo
Central vuestro.
- Oh, el Consejo entero no está aquí, natural mente. Pero
tres de sus miembros han estado haciendo preguntas desde que te fuiste.
Alvin sonrió. No le extrañaba: dondequiera que iba,
parecía dejar una huella de consternación a su paso.
La comodidad y seguridad de la nave le daban una confianza
que no tenía antes, y se sintió por completo dueño de la situación mientras
seguía a Theon al interior de la casa. La puerta de la sala de reuniones estaba
cerrada y pasó un rato antes de que Theon pudiera llamar la atención. Entonces
las paredes se descorrieron lentamente y Alvin hizo que su robot entrara en la
cámara.
La habitación era la misma donde había man tenido su
última entrevista con Seranis. En el cie lo, las estrellas parpadeaban como si
no hubiera techo ni piso superior, y una vez más Alvin se preguntó cómo se
conseguía la ilusión. Los tres consejeros se quedaron petrificados en sus
asientos mientras flotaba hacia ellos, pero sólo un leve atisbo de sorpresa
asomó al rostro de Seranis.
- Buenas tardes -dijo Alvin amablemente, como si su
espectacular entrada fuera la cosa más natural del mundo-. He decidido volver.
La sorpresa de los consejeros excedió sus ex pectativas.
Uno de ellos, un hombre joven de pelo gris, fue el primero en recuperarse.
- ¿Cómo has llegado hasta aquí? -jadeó.
Alvin pensó que sería aconsejable evadir la pregunta; la
forma en que había sido formulada le hizo sospechar, y se preguntó si el
sistema de transporte subterráneo habría sido puesto fuera de servicio.
- Bueno, pues igual que la última vez -mintió.
Dos de los consejeros miraron fijamente al tercero, que
abrió los brazos en un gesto de aturdida resignación. Entonces el joven que le
había hablado antes volvió a hacerlo.
- ¿No tuviste ninguna… dificultad?
- Ninguna en absoluto -dijo Alvin, decidi do a aumentar su
confusión. Vio que había tenido éxito.
»He vuelto por mi propia voluntad -continuó diciendo-,
pero a la vista de nuestro desacuerdo previo voy a permanecer oculto por el
momento. Si aparezco personalmente, ¿me prometen que no intentarán restringir
mis movimientos de nuevo?
Nadie dijo nada durante un rato y Alvin se preguntó en qué
estarían pensando. Entonces Seranis habló en nombre de todos ellos.
- Imagino que tiene poco sentido hacerlo. Diaspar debe de saberlo
ya todo sobre nosotros.
Alvin se sonrojó un poco ante el tono de reproche de su
voz.
- Sí, Diaspar lo sabe -respondió-. Y Dias par no quiere
tener ninguna relación con ustedes.
Desea evitar contaminarse con una cultura infe rior.
Fue muy satisfactorio ver la reacción de los consejeros,
pues incluso Seranis se ruborizó un poco ante sus palabras. Alvin advirtió que
si podía hacer que Lys y Diaspar se molestaran lo suficiente entre sí, la mitad
del problema quedaría resuelto. Aprendía, todavía de forma inconsciente, el
arte perdido de la política.
- Pero no quiero quedarme aquí fuera toda la noche
-continuó-. ¿Tengo su promesa?
Seranis suspiró, y una leve sonrisa asomó a sus labios.
- Sí-dijo-. No intentaremos volver a con trolarte. Aunque
no creo que tuviéramos mucho éxito antes.
Alvin esperó hasta que su robot regresó. Con mucho
cuidado, dio sus instrucciones a la máquina y le hizo repetirlas. Entonces
abandonó la nave, y la compuerta se cerró silenciosamente tras él.
Hubo un leve susurro de aire, pero ningún otro sonido. Por
un momento, una sombra oscura cubrió las estrellas. Entonces la nave
desapareció. Hasta ese momento, Alvin no advirtió su falta de cálculo. Había
olvidado que los sentidos del ro bot eran muy diferentes de los suyos propios,
y la noche era mucho más oscura de lo que esperaba. Perdió el camino por
completo más de una vez, y en varias ocasiones apenas pudo evitar chocar con
algunos árboles. El bosque estaba completamente oscuro, y en una ocasión, algo
bastante grande se acercó a él desde la espesura. Hubo un leve batir de alas, y
dos ojos esmeralda lo observaron firmemente desde la altura de su cintura.
Alvin lo llamó en voz baja, y una lengua increíblemente larga le raspó la mano.
Un momento más tarde un cuerpo poderoso se frotó afectuosamente contra él y se
marchó sin hacer más sonidos. Alvin no tenía ni idea de qué animal podía
tratarse.
Poco después, las luces de la ciudad asomaron entre los
árboles, pero Alvin ya no necesitaba su guía, pues el camino bajo sus pies se
había conver tido en un río de tenue fuego azul. El moho sobre el que caminaba
era luminoso y sus pisadas deja ban marcas oscuras que desaparecían lentamente
tras él. Era una visión hermosa y cautivadora, y cuando Alvin se detuvo a
arrancar un poco, el ex traño moho brilló en sus manos durante unos mi nutos
antes de perder su fulgor.
Theon le esperaba ante la casa, y por segunda vez le
presentaron a los tres consejeros. Advirtió con cierta molestia su sorpresa
apenas disimulada; sin apreciar las injustas ventajas que eso le daba, nunca le
importaba que le recordaran su juventud.
Los consejeros dijeron poca cosa mientras Alvin se servía
algo de comer, y el muchacho se preguntó qué notas mentales estarían
comparando. Mantuvo la mente tan vacía como pudo hasta terminar; luego empezó a
hablar como nunca antes lo había hecho.
El tema fue Diaspar. Describió la ciudad como la había
visto la última vez, soñando sobre el suave pecho del desierto, con sus torres
brillando como arco iris cautivos contra el cielo. Recordó las can ciones que
los poetas de antaño habían escrito en alabanza de Diaspar, y habló de los
incontables hombres que habían quemado sus vidas para aumentar su belleza. Les
dijo que nadie podría agotar ahora una centésima parte de los tesoros de la
ciudad, por mucho que viviera. Describió durante un rato algunas de las
maravillas que los hombres de Diaspar habían forjado; intentó hacerles ver al
menos una fracción de la belleza que artistas como Shervane y Perildor habían
creado para la eterna admiración de los hombres. Y habló también de Loronei,
cuyo nombre llevaba, y se preguntó con cierta tristeza si era cierto que la
música fue el último sonido que la Tierra emitió a las estrellas.
Lo escucharon hasta el final sin interrumpirle ni
preguntarle nada. Cuando terminó, era muy tarde y Alvin se sintió más cansado
que nunca. El esfuerzo y la excitación del largo día se cebaron por fin en él,
y de pronto se quedó dormido.
Alvin se sentía todavía cansado cuando deja ron el poblado
poco después del amanecer. Aun que era temprano, no eran las primeras personas
que había en el camino. Encontraron junto al lago a los tres consejeros, y
ambos grupos intercambiaron distraídos saludos. Alvin sabía perfectamente bien
adonde se dirigía el Comité de Investigación, y pensó que sería de agradecer si
le ahorraba algunos problemas. Se detuvo cuando llegaron al pie de la colina y
se volvió hacia sus acompañantes.
- Me temo que os engañé anoche -dijo ale gremente-. No
vine a Lys por la vieja ruta, así que vuestro intento de cerrarla no fue
realmente necesario.
Las caras de los consejeros mostraron su alivio y su
perplejidad en aumento.
- ¿Entonces cómo llegaste aquí? -preguntó el jefe del
Comité, y Alvin se dio cuenta de que al menos él había empezado a sospechar la
verdad. Se preguntó si había interceptado la orden mental que acababa de
enviar. Pero no dijo nada, y sim plemente señaló al cielo en silencio.
Demasiado rápidamente para que el ojo humano pudiera
seguirla, una aguja de luz plateada trazó un arco sobre las montañas, dejando
un rastro de incandescencia de un kilómetro. Se detuvo a quince mil metros
sobre Lys. No hubo deceleración, ningún lento freno a su colosal velocidad. Se
paró al instante, de forma que el ojo que lo hubiera estado siguiendo tendría
que recorrer un cuarto de cielo antes de que el cerebro pudiera detener su
movimiento. Un poderoso trueno hendió los cielos, el sonido del aire comprimido
y golpeado por la violencia del paso de la nave. Poco después, la nave,
brillando espléndidamente a la luz del sol, se detuvo en la falda de la colina
a un centenar de metros de distancia.
Era difícil decir quién fue el más sorprendido, pero Alvin
fue el primero en recuperarse. Mien tras se acercaban velozmente a la nave, se
pregun tó si ésta viajaba normalmente de aquel modo tan brusco. La idea era
desconcertante, aunque no ha bía experimentado ninguna sensación de movimiento
en su primer viaje. Muchísimo más sorprendente, sin embargo, era el hecho de
que el día anterior esta resplandeciente criatura hubiera estado oculta bajo
una gruesa capa de roca dura como el hierro. Hasta que alcanzó la nave y se
quemó los dedos al colocarlos descuidadamente sobre el casco, no comprendió lo
que había sucedido. Cerca de la proa había todavía rastros de tierra, pero
convertida en lava fundida. El resto había sido barrido, descubriendo el fuerte
metal que ni el tiempo ni ninguna fuerza natural podrían tocar jamás.
Con Theon a su lado, Alvin permaneció de pie junto a la
puerta abierta y se volvió hacia los tres silenciosos consejeros. Se preguntó
qué estarían pensando, pero sus expresiones no daban ninguna pista.
- Tengo que pagar una deuda en Shalmirane -dijo-. Por
favor, decidle a Seranis que volvere mos a mediodía.
Los consejeros se quedaron mirando hasta que la nave,
moviéndose ahora lentamente, pues tenía que hacer un recorrido muy corto,
desapareció ha cia el sur. Entonces el joven que dirigía el grupo se encogió
filosóficamente de hombros.
- Siempre os habéis opuesto a nosotros por querer cambiar,
y hasta ahora habéis ganado -dijo-. Pero no creo que el futuro esté de parte de
ninguno de nuestros bandos. Lys y Diaspar han llegado al final de una era, y
debemos sacar las mejores consecuencias de ello.
Permanecieron en silencio durante un rato. Entonces uno de
sus compañeros habló con tono muy reflexivo.
- No sé nada de arqueología, pero está claro que esa
máquina es demasiado grande para ser un avión corriente. ¿Creéis que pueda
tratarse de…?
- ¿De una nave espacial? ¡Si es así, nos encon tramos en
una crisis!
El tercer hombre también había estado reflexionando.
- La desaparición de los aviones y las naves espaciales es
uno de los grandes misterios del In terregno. Esa máquina puede ser cualquier
cosa: por el momento, será mejor que asumamos lo peor. Si es de verdad una nave
espacial, debemos impedir a toda costa que ese muchacho salga de la Tierra.
Existe el peligro de que vuelva a atraer a los Invasores. Eso sería el fin.
Un sombrío silencio se apoderó del grupo has ta que el
jefe volvió a hablar.
- La máquina vino de Diaspar -dijo lenta mente-. Alguien
de allí debe de conocer la ver dad. Creo que será mejor que nos pongamos en
contacto con nuestros primos…, si condescienden a hablar con nosotros.
Mucho antes de lo que esperaba, la semilla que Alvin había
plantado empezaba a florecer.
Las montañas nadaban todavía en sombras cuando llegaron a
Shalmirane. Desde las alturas, la gran concavidad de la fortaleza parecía muy
pequena. Costaba trabajo creer que el destino de la Tierra había dependido de
aquel diminuto disco de ébano.
Cuando Alvin hizo que la nave se posara entre las ruinas,
la sensación de desolación volvió a asal tarle, helando su alma. No había
ningún signo del anciano ni de sus máquinas, y tuvieron problemas para
encontrar la entrada del túnel. En lo alto de las escaleras, Alvin gritó para
anunciar su llegada; no hubo ninguna respuesta y por eso avanzaron lentamente,
por si el anciano estaba dormido.
Y así era. Dormía con las manos cruzadas pací ficamente
sobre el pecho. Sus ojos estaban abier tos, y contemplaban ciegos el enorme
techo, como si pudieran ver a través de él las estrellas. Tenía una sonrisa en
los labios: la muerte no había acudido a él como enemiga.
14
FUERA DEL SISTEMA
Los dos robots estaban junto al anciano, flotando
inmóviles en el aire. Cuando Alvin intentó acercarse al cadáver, sus tentáculos
se extendieron para impedírselo, así que no volvió a intentarlo. No había nada
que pudiera hacer. Sintió que un viento helado barría su corazón. Era la
primera vez que miraba el rostro marmóreo de la muerte, y supo que una parte de
su infancia había acabado para siempre.
Éste era el fin de aquella extraña hermandad, quizá la
última de su especie que conocería el mundo. Por engañados que pudieran haber
esta do, las vidas de estos hombres no habían sido completamente en vano. Casi
de milagro habían salvado del pasado un conocimiento que de otro modo se habría
perdido para siempre. Ahora su orden podía seguir el destino de un millón de
otras religiones que también en su día se consideraron eternas.
Dejaron al anciano dormido en su tumba entre las montañas,
donde ningún hombre le molestaría hasta el final de los tiempos. Vigilando su
cuerpo quedaron las máquinas que le habían servido en vida y que nunca le
dejarían ahora. Unidas a su mente, esperarían unas órdenes que nunca podrían
producirse, hasta que las propias montañas acabaran desmoronándose.
El pequeño animal de cuatro patas que antaño sirviera al
hombre con la misma devoción llevaba demasiado tiempo extinto para que los dos
muchachos hubieran oído hablar de su existencia.
Regresaron en silencio a la nave, y poco después la
fortaleza no fue más que otro lago oscuro entre las montañas. Alvin no hizo
nada para con trolar la máquina; se elevaron hasta que Lys entero se extendió
bajo ellos, una gran isla verde en un mar anaranjado. Nunca antes había estado
tan alto. Cuando finalmente se detuvieron, la curvatura de la Tierra era
visible debajo. Lys era ahora muy pe queño, una sombra oscura contra el
desierto gris y anaranjado, pero más allá de la curva del globo algo brillaba como
una joya de muchos colores. Y así, por primera vez, Theon vio la ciudad de
Diaspar.
Contemplaron durante mucho tiempo la Tie rra rotar bajo
ellos. De todos los antiguos poderes del hombre, éste era seguramente el que
menos po día permitirse perder. Alvin deseaba poder mostrar el mundo tal como
lo veía ahora a los gober nantes de Lys y Diaspar.
- Theon -dijo por fin-, ¿crees que lo que estoy haciendo
está bien?
La pregunta sorprendió a Theon, que hasta ahora no sabía
nada de las súbitas dudas que a ve ces abrumaban a su amigo. No resultó fácil
responderle sin pasión: como Rorden, aunque con menos motivo, Theon sentía que
su propia personalidad quedaba sumergida en la de Alvin. Se sentía absorbido
sin remisión por el vórtice que Alvin dejaba tras su paso por la vida.
- Creo que tienes razón -respondió Theon lentamente-.
Nuestros dos pueblos han estado separados demasiado tiempo.
Consideraba que aquello era cierto, aunque sa bía que sus
propios sentimientos comprometían su respuesta. Pero Álvin estaba todavía
preocupado.
- Hay un problema en el que no había pensa do hasta ahora
-dijo con voz intranquila-, y es la diferente extensión de nuestras vidas.
No dijo nada más, pero cada uno supo lo que estaba
pensando el otro.
- Sí, a mí también me preocupa -admitió Theon-, pero creo
que el problema se resolverá cuando nuestros pueblos vuelvan a encontrarse. Los
dos no podemos tener razón: nuestras vidas tal vez sean demasiado cortas y las
vuestras son, sin ninguna duda, demasiado largas. Con el tiem po, llegaremos a
un compromiso.
Alvin vaciló. Era cierto que ahí se encontraba la última
esperanza, pero las eras de transición serían duras. Recordó de nuevo las
amargas palabras de Seranis: «Los dos llevaremos siglos muertos y tu seguirás
siendo todavía un muchacho.» Muy bien, aceptaría las condiciones. Incluso en
Diaspar, todas sus amistades se encontraban con el mismo problema. Al final,
poca diferencia había entre cien años o un millón. El bien de la raza humana
exigía la mezcla de las dos culturas, y en ese caso la felicidad individual no
era importante. Por un momento Alvin vio a la humanidad como algo más que el
trasfondo viviente de su propia vida, y aceptó sin parpadear la infelicidad que
su elección debería producir algún día. Nunca volvieron a hablar del tema.
A sus pies, el mundo continuó con su eterna rotación. Al
advertir el estado de ánimo de su amigo, Theon no dijo nada, y poco después
Alvin volvió a romper el silencio.
- Cuando abandoné Diaspar por primera vez, no sabía lo que
podría hallar -dijo-. Lys me habría satisfecho antes, pero ahora todo lo que
hay en la Tierra parece pequeño y sin importancia. Cada descubrimiento que hago
provoca preguntas mayores, y nunca me sentiré satisfecho hasta que sepa quién
era el Maestro y por qué vino a la Tierra. Si alguna vez llego a descubrirlo,
supongo que entonces empezaré a preocuparme por los Grandes y los Invasores… y
así continuaré siempre.
Theon nunca había visto a Alvin tan pensativo y no deseaba
interrumpir su soliloquio. En los úl timos minutos, había aprendido muchas
cosas so bre su amigo.
- El robot me dijo que esta nave podía alcan zar los Siete
Soles en menos de medio día -conti nuó Alvin-. ¿Crees que debería ir?
- ¿Crees que yo podría impedírtelo? -repli có Theon en voz
baja.
Alvin sonrió.
- Eso no es una respuesta, aunque sea verdad. No sabemos
lo que hay en el espacio. Puede que los Invasores hayan abandonado el Universo,
pe ro tal vez existan otras inteligencias enemigas del hombre.
- ¿Por qué tendría que haberlas? -preguntó Theon-. Ése es
uno de los temas que nuestros fi lósofos han debatido durante siglos. No es
proba ble que una raza verdaderamente inteligente sea enemiga.
- ¿Y los Invasores…?
Theon señaló los interminables desiertos de debajo.
- Una vez tuvimos un imperio. ¿Qué poseemos ahora que
pudieran desear?
Alvin se sorprendió un poco ante este nuevo punto de
vista.
- ¿Piensa así todo tu pueblo?
- Sólo una minoría. El individuo medio no se preocupa por
el tema, pero probablemente diría que si los Invasores quisieran realmente
destruir la Tierra, ya lo habrían hecho hace muchísimo tiempo. Sólo unas
cuantas personas, como mi madre, todavía les tienen miedo.
- Las cosas son muy distintas en Diaspar -dijo Alvin-. Mi
pueblo es un pueblo de cobar des. Pero es una lástima lo de tu madre…, ¿crees
que te impediría venir conmigo?
- Seguramente -replicó Theon con énfasis.
Apenas advirtió que Alvin esperaba aquella res puesta.
Alvin reflexionó durante un instante.
- A estas alturas ya se habrá enterado de la existencia de
esta nave y sabrá lo que pretendo ha cer. No debemos regresar a Airlee.
- No, eso no sería aconsejable. Pero tengo un plan mejor.
La pequeña aldea en la que aterrizaron estaba sólo a una
veintena de kilómetros de Airlee, pero Alvin se sorprendió al ver lo mucho que
difería en su arquitectura y forma. Las casas tenían varios pi sos de altura y
habían sido construidas alrededor de un lago, de cara al agua. Había anclados
varios barcos de brillantes colores junto a la orilla. Alvin, que nunca había
oído hablar de tales cosas y se pre guntaba para qué servirían, se sintió
fascinado.
Esperó en la nave mientras Theon iba a visitar a sus
amigos. Resultaba divertido ver la conster nación y la sorpresa de la gente que
la rodeaba, in consciente del hecho de que él la observaba desde el interior de
la máquina. Theon permaneció fuera sólo unos pocos minutos, y tuvo algunos
proble mas para alcanzar la escotilla a través de la marea de gente. Suspiró
aliviado cuando la puerta se ce rró tras él.
- Mi madre recibirá el mensaje dentro de dos o tres
minutos. No he dicho adonde vamos, pero lo adivinará rápidamente. Y tengo una
noticia que te interesará.
- ¿Cuáles?
- El Consejo Central va a entablar negocia ciones con
Diaspar.
- ¿Qué?
- Es completamente cierto, aunque todavía no se ha hecho
el anuncio oficial. Ese tipo de cosas no pueden mantenerse en secreto.
Alvin comprendió que nunca podría entender cómo se
mantenía algo en secreto en Lys.
- ¿De qué van a hablar?
- Probablemente de cómo pueden impedir que nos marchemos.
Por eso he vuelto tan rápido.
Alvin sonrió con tristeza.
- ¿Entonces piensas que el miedo puede ha ber tenido éxito
donde la lógica y la persuasión han fracasado?
- Es probable, aunque anoche impresionaste bastante a los
consejeros. Se quedaron hablando largo rato después de que te fueras a dormir.
Fuera cual fuese la causa de esta situación, Al vin se
sintió muy contento. Diaspar y Lys habían tardado en reaccionar, pero los
acontecimien tos se dirigían ahora con mucha rapidez hacia su climax. No le
importaba demasiado que ese climax pudiera tener consecuencias desagradables
para él.
Ya habían alcanzado las alturas cuando Alvin dio al robot
sus últimas instrucciones. La nave casi se había detenido, y la Tierra, a unos
mil quinientos kilómetros por debajo, casi abarcaba todo el cielo. Parecía muy
poco acogedora: Alvin se preguntó cuántas naves en el pasado habían gravitado
allí durante algún tiempo antes de continuar su camino.
Hubo una pausa notable, como si el robot es tuviera
comprobando controles y circuitos que no hubieran sido utilizados durante eras
geológi cas. Entonces se produjo un leve sonido, el prime ro que Alvin oía
procedente de la máquina. Era un zumbido ligerísimo, que ascendió rápidamente
de octava en octava hasta que se perdió más allá de la capacidad humana de
audición. No hubo ninguna sensación de cambio ni movimiento, pero de repente
Alvin advirtió que las estrellas danzaban en la pantalla. La Tierra volvió a
aparecer, y quedó atrás, para aparecer de nuevo, en una posición ligeramente
distinta. La nave se estaba orientando, oscilando en el espacio como la aguja
de una brújula que busca el norte. Durante varios minutos el cielo giró y se
retorció alrededor de los dos muchachos, hasta que por fin la nave se detuvo,
un proyectil gigante apuntando a las estrellas.
En el centro de la pantalla, el gran anillo de los Siete
Soles mostraba su irisada belleza. Una por ción de la Tierra era visible como
un oscuro lomo con bordes de oro y escarlata. Alvin supo que ahora sucedía algo
que estaba mucho más allá de su propia experiencia. Esperó, aferrado a su
asiento, mientras los segundos pasaban lentamente y los Siete Soles
resplandecían en la pantalla.
No hubo ningún sonido, sólo un súbito temblor que pareció
nublar la visión, y la Tierra desapareció como si la hubiera robado una mano
invisible. Estaban solos en el espacio, con las estrellas y el Sol extrañamente
empequeñecido. La Tierra había desaparecido, como si nunca hubiera existido.
Otra vez se produjo el temblor, y con él un le vísimo
murmullo, como si por primera vez los generadores forzaran una fracción
apreciable de su poder. Sin embargo, por un instante pareció que no había
sucedido nada. Entonces Alvin advirtió que el propio Sol había desaparecido y
que las estrellas pasaban lentamente junto a la nave. Miró hacia atrás un
momento y no vio nada. El cielo tras ellos se había desvanecido por completo,
arrasado por un hemisferio de noche. Mientras observaba, pudo ver las estrellas
zambulléndose en la oscuridad, desapareciendo como chispas sobre el agua. La
nave viajaba más rápido que la luz, y Alvin supo que el espacio familiar de la
Tierra y el Sol ya no le alojaba.
Cuando aquel súbito y vertiginoso temblor se produjo por
tercera vez, el corazón de Alvin casi dejó de latir. La extraña pérdida de
visión fue in confundible ahora; por un momento, sus inme diaciones parecieron
distorsionadas más allá de la posibilidad de reconocimiento. El significado de
aquella distorsión se le ocurrió en un destello de sabiduría que no pudo
explicarse. Era real, y no una ilusión óptica. De algún modo-, al atravesar la
fina película del presente, captaba un atisbo de los cambios que ocurrían en el
espacio a su alrededor.
En ese mismo momento, el murmullo de los generadores se
convirtió en un rugido que sacu dió la nave, un sonido doblemente
impresionante, pues era el primer grito de protesta que Alvm oía de una
máquina. Entonces todo acabó, y el repen tino silencio pareció resonar en sus
oídos. Los grandes generadores habían hecho su trabajo: no volverían a ser
necesarios hasta el final del viaje. Las estrellas lanzaban destellos
blanquiazules y se desvanecían luego en el ultravioleta. Sin embargo, por
alguna magia de la ciencia de la naturaleza, los Siete Soles seguían siendo
visibles, aunque ahora sus posiciones y colores habían cambiado sutilmente. La
nave se abalanzaba hacia ellos a través de un túnel de oscuridad, más allá de
los límites del espacio y el tiempo, a una velocidad demasiado enorme para que
la mente pudiera asimilarla.
Resultaba difícil creer que hubieran salido del sistema
solar a una velocidad que al menor des cuido los llevaría al corazón de la
galaxia y al va cío superior del más allá. Ni Alvin ni Theon po dían concebir
la verdadera inmensidad de su viaje: las grandes sagas de exploración habían
cambiado por completo la actitud del hombre hacia el Uni verso, e incluso
ahora, millones de siglos después, las antiguas tradiciones no habían muerto
por completo. Las leyendas susurraban que hubo una gran nave que circunnavegó
el cosmos en un solo día. Los miles de millones de kilómetros entre las
estrellas no significaban nada ante aquellas velocidades. Para Alvin, este
viaje era apenas más importante, y quizá menos peligroso, que su primera
incursión en Lys.
Fue Theon quien puso voz a sus pensamientos mientras los
Siete Soles brillaban lentamente ante ellos.
- Alvin, esa formación no puede ser natural.
Alvin asintió.
- Eso me ha parecido durante años, pero si gue pareciendo
una fantasía.
- Puede que el sistema no haya sido construi do por el
hombre -coincidió Theon-, pero seres inteligentes han debido de crearlo. La
natura leza no podría haber formado jamás ese círculo perfecto de estrellas,
una por cada uno de los colores primarios, todas igualmente brillantes. Y no
hay nada en el Universo visible que se parezca al Sol Central.
- ¿Para qué harían entonces una cosa así?
- Oh, se me ocurren muchas razones. Tal vez sea una señal,
para que cualquier nave extraña que entre en el Universo sepa dónde buscar
vida. Tal vez marque el centro de la administración galácti ca. O tal vez…, y
de algún modo creo que ésa es la explicación real, es simplemente la más grande
de todas las obras de arte. Pero ahora es una tontería especular. Dentro de
poco sabremos la verdad.
15
VANAMONDE
Esperaron, perdidos en sus propios sueños, mientras los
Siete Soles se iban separando hora tras hora hasta llenar aquel extraño túnel
de noche en el que se movía la nave. Entonces, una a una, las seis estrellas
exteriores desaparecieron en el borde de la oscuridad y por fin sólo quedó el
Sol Central. Aunque ya no podía abarcar todo su espacio, todavía brillaba con
la luz perlada que lo distinguía de todas las demás estrellas. Minuto a minuto,
su fulgor aumentó, hasta que dejó de ser un punto de luz para convertirse en un
disco diminuto. Y entonces el disco empezó a expandirse.
Se produjo una brevísima advertencia: duran te un
instante, una nota profunda vibró a través de la cámara. Alvin se agarró a los
brazos de su sillón, aunque era un gesto inútil.
Una vez más, los grandes generadores cobra ron vida, y con
brusquedad cegadora volvieron a aparecer las estrellas. La nave había vuelto al
espa ció, al universo de soles y planetas, el mundo na tural donde nada podía
moverse más rápidamente que la luz.
Ya estaban dentro del sistema de los Siete So les, pues el
gran anillo de esferas de colores do minaba ahora el cielo. ¡Y qué cielo! Todas
las estrellas que conocían, todas las constelaciones fa miliares, habían
desaparecido. La Vía Láctea ya no era una leve cinta de bruma a un lado del
cielo: se encontraban ahora en el centro de la creación, y su gran círculo
dividía el Universo en dos.
La nave se movía aún a gran velocidad hacia el Sol
Central, y las seis estrellas del sistema eran ahora bengalas de colores en el
cielo. No muy lejos de la más cercana de ellas aparecieron las chispas
diminutas de los planetas circundantes, mundos que debían de ser de enorme
tamaño para ser visibles a tanta distancia. Era un espectáculo más grande que
ninguna otra cosa que hubiera creado la naturaleza, y Alvin supo que Theon
estaba en lo cierto. Esta soberbia simetría era un desafío deliberado a las estrellas
que se agrupaban sin orden ni concierto a su alrededor.
La causa de la luz nacarada del Sol Central fue ahora
claramente visible. La gran estrella, segura mente una de las más brillantes de
todo el Univer so, estaba envuelta en una nube de gas que suavi zaba su
radiación y le daba su color característico. La nebulosa circundante sólo podía
verse de for ma indirecta, y se retorcía en extrañas formas que eludían la
visión. Pero allí estaba, y cuanto más se contemplaba, más extensa parecía.
Alvin se preguntó adonde los llevaba el robot. ¿Seguía
algún antiguo recuerdo, o había señales en el espacio? Había dejado su destino
por completo a la máquina, y advirtió la pálida chispa de luz ha cia la que se
dirigían. Quedaba casi perdida en el resplandor del Sol Central, y a su
alrededor había otros brillos más débiles de otros mundos. El in menso viaje
llegaba a su fin.
El planeta, una hermosa esfera de luces de mu chos
colores, se encontraba ahora a sólo unos pocos millones de kilómetros de
distancia. No podía haber oscuridad ninguna en su superficie, pues a medida que
giraba bajo el Sol Central, las otras estrellas aparecían una a una en su
cielo. Alvin com prendió ahora el significado de las últimas pala bras del
Maestro: «Es maravilloso contemplar las sombras de colores en los planetas de
luz eterna.»
Estaban ya tan cerca que pudieron ver conti nentes y
océanos y la leve bruma de la atmósfera. Sin embargo, había algo extraño en su
situación, y poco después advirtieron que las divisiones entre tierra y agua
eran curiosamente regulares. Los continentes de este planeta no eran ya como
los había creado la naturaleza, ¡pero qué pequeña debió de ser la tarea de dar
forma a un mundo para aquellos que construyeron sus soles!
- ¡No son océanos! -exclamó Theon de pron to-. ¡Mira… se
pueden ver marcas!
Alvin no pudo ver claramente lo que quería decir su amigo
hasta que se encontraron más cerca del planeta. Entonces advirtió las leves
bandas y líneas en los bordes continentales, dentro de lo que había considerado
los límites del mar. La vi sión le llenó de dudas, pues conocía bien el signi
ficado de aquellas líneas. Las había visto antes, en una ocasión, en el
desierto más allá de Diaspar, y le comunicaban que su viaje había sido en vano.
- Este planeta está tan reseco como la Tierra -dijo
sombríamente-. El agua ha desaparecido: esas marcas son los lechos salinos de
la evapora ción de los mares.
- Los creadores no habrían permitido nunca que eso
sucediera -replicó Theon-. Creo que, después de todo, hemos llegado demasiado
tarde.
Su decepción fue tan amarga que Alvin no se atrevió a
hablar de nuevo, y contempló en silencio el gran mundo que tenían delante. Con
impresio nante lentitud, el planeta rotó bajo la nave, y su superficie se alzó
majestuosamente para encontrarse con ellos. Ahora pudieron ver edificios,
diminutas incrustaciones blancas en todas partes, menos en los lechos
oceánicos.
Antaño, este mundo era el centro del Universo. Ahora
estaba silencioso, su aire vacío y en el suelo no se veía ninguno de los puntos
en movi miento que anunciaban vida. Sin embargo, la nave recorría con seguridad
el congelado mar de piedra, un mar que se había alzado en grandes olas para
desafiar al cielo.
La nave se detuvo poco después, como si el ro bot hubiera
seguido por fin su memoria hasta su fuente. A sus pies se alzaba una columna de
piedra blanca como la nieve, brotando del centro de un inmenso anfiteatro de
mármol. Alvin esperó un poco. Entonces, ya que la máquina continuaba inmóvil,
la hizo aterrizar al pie de la columna.
Alvin no había abandonado del todo la espe ranza de hallar
vida en este planeta. Pero su es peranza se desvaneció de inmediato al salir de
la escotilla. Nunca antes en toda su vida, ni siquiera en la desolación de
Shalmirane, se había enfren tado a un silencio tan absoluto. En la Tierra siem
pre existía el murmullo de las voces, el movimiento de las criaturas vivientes
o el susurro del viento. Aquí no había nada de eso, ni volvería a haberlo
jamás.
Era imposible saber por qué la nave los había traído a
este lugar, pero Alvin comprendió que poco importaba ya. La gran columna de
piedra blanca tenía tal vez veinte veces la altura de un hombre, y estaba
situada en un círculo de metal que se alzaba levemente sobre el nivel del
suelo. Carecía de rasgos y su finalidad era una incógnita. Podían hacer
suposiciones, pero nunca sabrían que antaño marcó el punto cero de todas las
mediciones astronómicas.
Alvin pensó con tristeza que esto era el fin de toda su
búsqueda. Sabía que resultaría inútil visi tar los otros mundos de los Siete
Soles. Aunque todavía hubiera inteligencia en el Universo, ¿dónde podría
encontrarla ahora? Había visto las estrellas esparcirse como polvo por los
cielos, y supo que lo que pudiera quedar del Tiempo mismo no era suficiente
para explorarlas todas.
De repente, lo asaltó una sensación de soledad y opresión
como nunca había conocido antes. Pu do comprender ahora el miedo de Diaspar a
los grandes espacios del Universo, el terror que había hecho que su pueblo se
congregase en el pequeño microcosmos de su ciudad. Era duro admitir que,
después de todo, tenían razón.
Se volvió hacia Theon en busca de apoyo, pe ro el muchacho
estaba de pie, con los puños cerra dos, el ceño fruncido y una expresión
vidriosa en los ojos.
- ¿Qué ocurre? -preguntó Alvin, alarmado.
Theon contestó sin dejar de contemplar la nada.
- Se acerca algo. Creo que será mejor que re gresemos a la
nave.
La galaxia había girado muchas veces sobre su eje desde
que la inteligencia llegó por primera vez a Vanamonde. Apenas podía recordar
aquellos primeros eones y las criaturas que lo atendieron entonces, pero aún
podía acordarse de la desolación que quedó cuando se marcharon y lo dejaron
solo entre las estrellas. En las eras que habían transcurrido desde entonces,
había deambulado de sol en sol, evolucionando lentamente y aumentando sus
poderes. Una vez, soñó con volver a encontrar a aquellos que habían asistido a
su nacimiento, y aunque el sueño se había desvanecido ya, nunca murió por
completo.
Había hallado en incontables mundos el caos que la vida
había dejado tras su paso, pero sólo encontró una vez inteligencia, y escapó
aterrorizado del Sol Negro. Sin embargo, el Universo era muy grande, y la
búsqueda apenas había comenzado.
Muy lejos en el espacio y en el tiempo, el gran estallido
de poder del corazón de la galaxia llamaba a Vanamonde a través de años luz de
distancia. Era completamente distinto a la radiación de las estrellas, y
apareció en su campo de conciencia tan repentinamente como un meteoro en un
cielo sin nubes. Se dirigió hacía allí, hacia el último mo mento de su
existencia, y reconoció en él la pauta muerta e imperturbable del pasado.
Conocía este lugar, pues había estado aquí an tes. Carecía
de vida entonces,pero ahora albergaba inteligencia. No podía entenderla larga
forma de metal que yacía sobre la llanura, pues le resultaba tan extraña como
casi todas las cosas del mundo fí sico. A su alrededor todavía flotaba el aura
de po der que le había atraído desde el otro extremo del Universo, pero eso no
le resultaba interesante ahora. Con cuidado, con el delicado nerviosismo de una
bestia salvaje dispuesta a la huida, estudió las dos mentes que había
descubierto.
Y entonces supo que su larga búsqueda había terminado.
16
DOS ENCUENTROS
Rorden consideró lo inimaginable que habría parecido esta
reunión hacía tan sólo unos días. Aunque se hallaba todavía técnicamente bajo
sospecha, su presencia era tan esencial que nadie había sugerido la posibilidad
de excluirle. Los seis visitantes se sentaron frente al Consejo, flanqueados a
cada lado por los miembros secundarios como el propio Rorden. Esto significaba
que no podía verles la cara, pero las expresiones de los que tenía enfrente
eran suficientemente instructivas.
No había ninguna duda de que Alvin tenía ra zón, y el
Consejo advertía lentamente la amarga verdad. Los delegados de Lys podían
pensar casi el doble de rápido que las mejores mentes de Dias par. No era ésa
su única ventaja, pues también mostraban un extraordinario grado de
coordinación que Rorden achacó a sus poderes telepáticos. Se preguntó si
estarían leyendo las mentes de los consejeros, pero decidió que no habrían roto
la solemne tregua sin la cual esta reunión habría sido imposible.
Rorden no creía que hubieran hecho muchos progresos.
Además, tampoco sabía cómo eso po día ser posible. Alvin había salido al
espacio, y nada podía alterar aquel hecho. El Consejo, que todavía no había
aceptado a Lys por completo, parecía todavía incapaz de comprender lo sucedido.
Pero estaba claramente asustado, igual que la mayor parte de sus visitantes.
Rorden no estaba tan aterrado como esperaba: sus temores estaban aún presentes,
pero se había enfrentado al fin a ellos. Algo de la intrepidez de Alvin (¿o era
valor?) había cambiado su forma de ver el mundo y le había dado nuevos
horizontes.
La pregunta del Presidente lo pilló desprevenido, pero se
recuperó rápidamente.
- Creo que esta situación no se ha producido nunca antes
por pura casualidad -dijo-. No hay nada que pudiéramos haber hecho para
impedirla, pues los acontecimientos estuvieron siempre por delante de nosotros.
Todo el mundo sabía que con «acontecimien tos» se refería
a Alvin, pero no hubo ningún comentario.
- Es inútil lamentar el pasado: Diaspar y Lys han cometido
errores por igual. Cuando regrese Alvin, tal vez puedan impedirle que vuelva a
aban donar la Tierra. No creo que tengan éxito, pues es posible que haya
aprendido mucho para entonces. Pero si ha sucedido lo que más temen, no hay
nada que podamos hacer ya. La Tierra está indefensa, como lo ha estado durante
millones de siglos.
Rorden hizo una pausa y contempló a los miembros de la
mesa.
Sus palabras no habían complacido a ninguno, pero tampoco
era ésa su intención.
- Con todo, no veo por qué debemos alar marnos tanto. La
Tierra no corre más peligro que antes. ¿Por qué deberían dos muchachos en una
nave pequeña provocar la ira de los Invasores? Si somos sinceros con nosotros
mismos, debemos admitir que los Invasores podrían haber destruido nuestro mundo
hace milenios.
Se produjo un silencio aturdidor. Las palabras de Rorden
eran una herejía, pero el Guardián de los Archivos advirtió que dos de los
visitantes parecían aprobarlas.
El Presidente le interrumpió, fruncido el ceño.
- ¿No dice la leyenda que los Invasores sal varon la
Tierra sólo con la condición de que el hombre no volviera a salir al espacio?
¿No hemos transgredido ahora esas condiciones?
- También yo creía eso -contestó Rorden-. Aceptamos muchas
cosas sin preguntar, y ésta es una de ellas. Pero mis máquinas no entienden de
leyendas, sólo de verdad…, y no hay ningún regis tro histórico de ese acuerdo.
Estoy convencido de que algo tan importante habría sido grabado para la
posteridad, como es el caso de muchos asuntos menores.
Pensó que Alvin habría estado orgulloso de él. Era extraño
que defendiera las ideas del muchacho, pues si Alvin hubiera estado presente
tal vez las habría atacado. Al menos uno de sus sueños se había cumplido: la
relación entre Lys y Diaspar era todavía inestable, pero comenzaba. Rorden se
preguntó dónde estaría Alvin ahora.
Alvin no había visto ni oído nada, pero no se detuvo a
discutir. Sólo cuando la compuerta se ce rró tras ellos se volvió hacia su
amigo.
- ¿Qué pasaba? -preguntó, algo agitado.
- No lo sé. Era algo aterrador. Creo que to davía nos está
observando.
- ¿Nos marchamos?
- No. Me asusté al principio, pero no creo que vaya a
hacernos daño. Parece simplemente… interesado.
Alvin estaba a punto de responder cuando se sintió
abrumado por una sensación desconocida. Un fulgor cálido y tintineante pareció
extenderse por su cuerpo. Duró sólo unos segundos, pero cuando desapareció dejó
de ser Alvin de Loronei. Algo compartía su cerebro, superponiéndose a él como
un círculo puede cubrir parcialmente a otro. También era consciente de la
cercanía de la mente de Theon, igualmente mezclada con la criatura que había
descendido sobre ellos. La sensación era más extraña que desagradable, y dio a
Alvin su primera impresión de telepatía auténtica, el poder que en su raza
había degenerado hasta el punto de que ahora sólo podía ser utilizado para
controlar las máquinas.
Alvin se rebeló de inmediato cuando Seranis intentó
dominar su mente, pero ahora no se deba tió contra esta intrusión. Habría sido
inútil, y sabía que esta inteligencia, fuera lo que fuese, no era su enemigo.
Se relajó por completo, aceptando sin re sistencia el hecho de que una
inteligencia infinita mente superior a la suya estaba explorando su mente. Pero
no estaba completamente en lo cierto.
Vanamonde miró de inmediato que una de aquellas dos mentes
era más accesible que la otra. Notaba que las dos estaban asombradas por su
presencia, y eso le sorprendió enormemente. Era difícil creer que pudieran
haber olvidado: el olvi do, como la mortalidad, estaba más allá de la com
prensión de Vanamonde.
La comunicación era muy difícil: muchas de las
imágenes-pensamiento en sus mentes eran tan extrañas que Vanamonde apenas podía
reconocerlas. Se sintió aturdido y un poco asustado por la pauta de miedo
recurrente hacia los Invasores; le recordaba sus propias emociones cuando el
Sol Negro entró por primera vez en su campo de conocimiento.
Pero ellos no sabían nada del Sol Negro, y ahora sus
propias preguntas empezaban a formarse en su mente.
¿Qué eres?
Dio la única respuesta posible.
Soy Vanamonde.
Se produjo una pausa (¡cuánto tardaba en formarse la pauta
de sus pensamientos!), y entonces la pregunta se repitió. No habían
comprendido; eso era extraño, pues seguramente su especie les había dado su
nombre para que se encontrara en tre los recuerdos de su nacimiento. Esos
recuer dos eran muy pocos, y empezaban extrañamente en un solo punto del
tiempo, pero eran claros como el cristal.
Una vez más, sus diminutos pensamientos se debatieron en
su conciencia.
- ¿Quiénes fueron los Grandes? ¿Eres tú uno de ellos?
No lo sabía. Ellos apenas pudieron creerle, y su decepción
se abrió paso brusca y claramente a través del abismo que separaba sus mentes
de la suya. Pero fueron pacientes y él se alegró de ayudarlos, pues su búsqueda
era la misma que la suya y le ofrecieron la primera compañía que conocía.
Alvin no creía que mientras viviera pudiera vol ver a
experimentar una situación tan extraña como esta conversación silenciosa. Era
difícil creer que podía ser poco más que un espectador, pues no le importaba
admitir, ni siquiera ante sí mismo, que la mente de Theon era mucho más
poderosa que la suya propia. Sólo podía esperar y maravillarse, me dio
deslumbrado por el torrente de pensamiento más allá de los límites de su
comprensión.
Poco después, Theon, pálido y agotado, rom pió el contacto
y se volvió hacia su amigo.
- Alvin -dijo, la voz muy cansada-, hay algo extraño aquí.
No comprendo nada.
La noticia restauró un poco la autoestima de Alvin, y su
rostro debió de mostrar sus sentimientos, pues Theon se echó a reír.
- No puedo descubrir lo que es este Vanamonde -continuó-.
Es una criatura de tremendo conocimiento, pero parece tener muy poca
inteligencia. Naturalmente, su mente puede ser de un orden tan diferente del
nuestro que no podemos comprenderla, aunque de algún modo no creo que ésa sea
la explicación adecuada.
- Bien, ¿qué has aprendido? -preguntó Al vin con cierta
impaciencia-. ¿Sabe algo sobre este lugar?
La mente de Theon parecía estar todavía muy lejos.
- Esta ciudad fue construida por muchas ra zas, incluyendo
la nuestra -dijo, ausente-. Pue de transmitirme hechos como ése, pero no parece
comprender su significado. Creo que es consciente del pasado, sin poder
interpretarlo. Todo lo que ha sucedido parece amontonado en su mente.
Hizo una pausa, pensativo. Entonces su rostro se iluminó.
- Sólo podemos hacer una cosa: de un modo u otro, tenemos
que llevar a Vanamonde a la Tie rra para que nuestros filósofos puedan
estudiarlo.
- ¿Sería eso seguro? -preguntó Alvin.
- Sí -respondió Theon, pensando lo poco característica que
era esta observación de su amigo-. Vanamonde es pacífico. Aun más, de hecho
parece afectuoso.
Y de repente el pensamiento que durante todo el tiempo
había estado gravitando sobre la conciencia de Alvin se enfocó claramente.
Recordó a Krif y los animalitos que escapaban
constantemente («No volverá a suceder, madre»), para molestar a Seranis.
Y recordó (¡qué lejano parecía!) el propósito geológico
tras su expedición a Shalmirane.
Theon había encontrado una nueva mascota.
17
EL SOL NEGRO
Aterrizaron al mediodía en la pradera de Airlee, sin
ningún deseo de ocultarse. Alvin se preguntó si en alguna otra ocasión, a lo
largo de la historia de la humanidad, habría traído alguna nave un cargamento
semejante a la Tierra…, si es que en efecto Vanamonde se encontraba en el es
pacio físico de la máquina. No hubo ni rastro de él durante el viaje. Theon
creía, y su conocimiento era más directo, que sólo la esfera de atención de
Vanamonde tenía localización en el espacio.
Tras abandonar la nave, las puertas se cerraron suavemente
tras ellos y un viento repentino tiró de sus ropas. Entonces el aparato se
convirtió en un punto plateado en el cielo, de regreso al mundo al que
pertenecía hasta que Alvin volviera a necesitarlo.
Como Theon ya sabía y Alvin medio espera ba, Seranis salió
a recibirlos. Miró a los muchachos en silencio durante un instante, y luego
dijo en voz baja a Alvin:
- Nos estás complicando un poco la vida a to dos, ¿no te
parece?
No había rencor alguno en sus palabras, sólo una especie
de resignación ligeramente irónica e incluso un atisbo de aprobación.
Alvin entendió de inmediato el significado de sus
palabras.
- ¿Entonces Vanamonde ha llegado ya?
- Sí, hace horas. Desde el amanecer, hemos aprendido más
historia de la que imaginábamos posible.
Alvin la miró, sorprendido. Entonces com prendió: no era
difícil imaginar el impacto que Vanamonde debía de haber causado entre esta
gente, con sus agudas percepciones y sus maravillosas mentes entrelazadas.
Habían reaccionado con sorprendente velocidad, y de pronto Alvin se imaginó a
Vanamonde, tal vez un poco asustado, rodeado por los ansiosos intelectos de
Lys.
- ¿Habéis descubierto lo que es? -preguntó Alvin.
- Sí. Eso fue simple, aunque seguimos sin co nocer su
origen. Es una mentalidad pura y su co nocimiento parece ilimitado. Pero es
algo infantil, y lo digo literalmente.
- ¡Naturalmente! -exclamó Theon-. ¡Ten dría que haberlo
imaginado!
Alvin pareció aturdido, y Seranis se apiadó de él.
- Quiero decir que, aunque Vanamonde tiene una mente
colosal y tal vez infinita, es inmaduro y subdesarrollado. Su inteligencia real
es menor que la de un ser humano -sonrió con cierta amargu ra-, aunque sus
procesos de pensamiento son mucho más veloces y aprende muy rápidamente.
También tiene algunos poderes que no comprendemos. El pasado entero parece
abierto a su mente, de una forma que resulta difícil describir. Debe de haber
usado esa habilidad para seguir vuestro camino de regreso a la Tierra.
Alvin guardó silencio, un poco abrumado. Comprendió lo
acertada que había sido la idea de Theon de traer a Vanamonde a Lys. Y sabía lo
afortunado que había sido al ser más listo que Se ranis: no se trataba de algo
que pudiera hacerse dos veces en una vida.
- ¿Quieres decir que Vanamonde acaba de nacer? -preguntó.
- Según sus propios niveles, sí. Su edad es muy grande,
aunque al parecer es menor que la del hombre. Lo más extraordinario de todo es
que insiste en que nosotros le creamos, y no hay duda alguna de que su origen
está unido a todos los grandes misterios del pasado.
- ¿Dónde está Vanamonde ahora? -pregun tó Theon con voz
ligeramente posesiva.
- Los historiadores de Grevarn le están inte rrogando.
Intentan trazar los principales con tornos del pasado, pero el trabajo
requerirá años. Vanamonde puede describir el pasado con todo detalle, pero como
no comprende lo que ve, es muy difícil trabajar con él.
Alvin se preguntó cómo sabía Seranis todo aquello;
entonces se dio cuenta de que probablemente todas las mentes de Lys seguían el
progreso de la gran investigación.
- Rorden debería estar aquí-dijo, tomando una súbita
decisión-. Voy a Diaspar a recogerlo. Y a Jeserac -añadió, tras pensarlo un
momento.
Rorden nunca había visto un torbellino, pero si uno le
hubiera alcanzado, la experiencia habría sido exactamente la misma. Había
momentos en que su sentido de la realidad dejaba de funcionar, y la sensación
de que todo era un sueño se volvía abrumadora. Éste era uno de esos momentos.
Cerró los ojos y trató de recordar la habita ción familiar
en Diaspar que había sido a la vez parte de su personalidad y barrera contra el
mun do exterior. Se preguntó qué habría podido pensar si hubiera podido echar
un vistazo al futuro cuando conoció a Alvin por primera vez de haber visto el
resultado de aquel encuentro. Pero de una cosa estaba-seguro, y se sentía un
poco orgulloso: no se habría echado atrás.
El barco avanzaba despacio sobre las aguas del lago, con
un suave movimiento que Rorden encontraba bastante agradable. No podía imaginar
por qué habían construido el poblado de Grevarn en una isla, pero parecía una
incomodidad. Era cierto que las casas de colores, que parecían flotar ancladas
sobre las diminutas olas, componían una escena de irreal belleza. Todo esto
estaba muy bien, pensaba Rorden, pero uno no puede pasarse toda la vida mirando
un escenario. Entonces recordó que eso era precisamente lo que hacían muchos de
aquellos excéntricos habitantes de Lys.
Excéntricos o no, tenían mentes que podía respetar. Para
él, los pensamientos de Vanamonde eran tan confusos como un millar de voces
gritando a la vez en el eco de una enorme caverna. Sin embargo, los hombres de
Lys podían desentrañarlos, podían grabarlos para analizarlos a placer. La
estructura del pasado, que parecía perdida para siempre, se volvía ya levemente
visible. Y era tan extraña e inesperada que no tenía ningún parecido con la
historia en la que Rorden había creído durante toda su vida.
En unos pocos meses presentaría a Diaspar su primer
informe. Aunque su contenido era todavía inseguro, sabía que acabaría para
siempre con el estéril aislamiento de su raza. Las barreras entre Lys y Diaspar
desaparecerían cuando se comprendiera su origen, y la mezcla de las dos grandes
culturas reforzaría a la humanidad futura. Sin embargo, ahora todo esto no
parecía más que un residuo menor de la gran investigación que estaba dando
comienzo. Si lo que Vanamonde había dado a entender era cierto, los horizontes
del hombre abarcarían pronto no sólo la Tierra, sino las estrellas y las
galaxias. Pero todavía era demasiado pronto para asegurar nada.
Calitrax, el historiador jefe de Lys, se reunió con ellos
en un pequeño embarcadero. Era un hombre alto y ligeramente encorvado, y Rorden
se preguntó cómo había conseguido, sin la ayuda de los Asociadores Maestros,
aprender tanto en su corta vida. No se le ocurrió que la misma ausencia de
tales aparatos era la razón de las maravillosas memorias que había conocido en
Grevarn.
Caminaron junto a uno de los innumerables canales que
hacían la vida en la aldea tan peligrosa para los extranjeros. Calitrax parecía
un poco preocupado, y Rorden supo que una parte de su mente estaba aún con
Vanamnonde.
- ¿Han establecido ya su procedimiento para fijar fechas?
-preguntó Rorden, sintiéndose un poco infravalorado.
Calitrax recordó sus obligaciones como anfi trión y rompió
el contacto con clara reluctancia.
- Sí -dijo-. Tuvo que ser el método astro nómico. Creemos
que es preciso hasta los diez mil años, incluso hasta las Eras del Amanecer.
Podría ser todavía mejor, pero resulta lo suficientemente bueno para distinguir
las épocas principales.
- ¿Qué hay de los Invasores? ¿Los ha locali zado Bensor?
- No. Hizo un intento, pero no tiene sentido buscar un
período aislado. Lo que estamos hacien do ahora es volver al principio de la
historia y luego examinarla a intervalos regulares. Lo uniremos todo haciendo
suposiciones hasta que podamos completar los detalles. ¡Si Vanamonde pudiera in
terpretar lo que ve! Tal como está la situación, te nemos que trabajar con
montones de material irre levante.
- Me pregunto qué piensa de todo el asunto. Para él debe
de ser bastante confuso.
- Sí, eso parece. Pero es muy dócil y amisto so, y creo
que es feliz, si puede utilizarse esa pala bra. Eso es lo que cree Theon, y
parecen compartir una curiosa afinidad. Ah, ahí viene Bensor con los últimos
diez millones de años de historia. Le dejo en sus manos.
La cámara del Consejo había cambiado poco desde la última
visita de Alvin, pues el equipo de proyección que tan pocas veces se usaba bien
podía pasar inadvertido. Había dos sillas vacías junto a la gran mesa. Sabía
que una pertenecía a Jeserac. Pero aunque se hallaba en Lys, Jeserac estaría
observan do esta reunión, como casi todo el mundo.
Si Rorden recordaba su última aparición en esta sala, no
se preocupó de mencionarlo. Pero los consejeros sí que recordaban, como notó
Alvin por las ambiguas miradas que recibió. Se preguntó qué pensarían cuando
oyeran la historia de Rorden. En unos pocos meses, el presente había cambiado y
era irreconocible, y ahora iban además a perder el pasado.
Rorden empezó a hablar. Los grandes caminos de Diaspar
estaban sin duda vacíos de tráfico, y la ciudad permanecería en silencio, un
silencio que Alvin sólo había conocido una vez antes. Esperaba a que el velo
del pasado se descorriera de nuevo, si Calitrax tenía razón, después de más de
mil quinientos millones de años.
Rorden resumió brevemente la historia asumida, la historia
que tanto Diaspar como Lys habían aceptado siempre sin ninguna duda. Habló de
los desconocidos pueblos de las Civilizaciones del Amanecer, que no habían
dejado tras de sí más que un puñado de grandes nombres y las leyendas
evanescentes del Imperio. Desde el principio, según decía la historia, el
hombre había deseado las estrellas y por fin las había conseguido. Durante
millones de años se había extendido por la galaxia, conquistando sistema tras
sistema bajo su férula. Entonces, surgidos de la oscuridad más allá del límite
del Universo, los Invasores le atacaron y le despojaron de lo que había
conseguido.
La retirada al sistema solar fue amarga y debió de durar
muchos miles de años. La propia Tierra apenas se salvó después de las fabulosas
batallas que tuvieron lugar cerca de Shalmirane. Cuando todo terminó, el hombre
se quedó solamente con sus recuerdos y el mundo en el que había nacido.
Rorden hizo una pausa. Paseó la mirada por la gran sala y
sonrió cuando sus ojos se encontraron con los de Alvin.
- Ésas son las historias en las que hemos creí do desde
que comenzaron nuestros registros. Aho ra debo decirles que son falsas, hasta
el más mí nimo detalle, tan falsas que ni siquiera ahora las hemos reconciliado
con la verdad.
Esperó a que el pleno significado de sus pala bras calara
hondo. Entonces, hablando despacio y con cuidado, pero sin consultar ya sus
notas des pués de los primeros minutos, ofreció a la ciudad el conocimiento que
habían obtenido de la mente de Vanamonde.
Ni siquiera era cierto que el hombre hubiera alcanzado las
estrellas. Todo su pequeño imperio quedaba limitado por la órbita de Perséfone,
pues el viaje interestelar resultó una barrera que su po der no consiguió
franquear. Toda su civilización se congregó alrededor del Sol, y era aún muy
joven cuando… las estrellas lo alcanzaron.
El impacto debió de ser aplastante. A pesar de sus
fracasos, el hombre nunca había dudado de que un día conquistaría las
profundidades del espacio. También creía que aunque era posible que el Universo
tenía iguales a él, no habría superiores. Ahora supo que ambas creencias
estaban equivocadas, y que entre las estrellas había mentes muy superiores a la
suya. Durante muchos siglos, primero en las naves de otras razas y más tarde en
máquinas construidas con conocimientos prestados, el hombre exploró la galaxia.
Encontró en todas partes culturas que podía comprender, pero a las que no podía
igualarse, y aquí y allá encontró mentes que pronto quedaron más allá del
alcance de su comprensión.
El shock fue tremendo, pero demostró la fibra de la raza.
Más triste e infinitamente más sabio, el hombre regresó al sistema solar para
reflexionar sobre el conocimiento que había ganado. Acepta ría el desafío, y
lentamente maduró un plan que ofrecía esperanza para el futuro.
En otros tiempos, las ciencias físicas habían constituido
el principal interés del hombre. Aho ra se volvió cada vez con más fiereza a la
genética y el estudio de la mente. No importaba el precio. Se zambulló en los
límites de su evolución.
El gran experimento consumió todas las ener gías de la
raza durante millones de años. Todo aquel esfuerzo, todo aquel sacrificio y
trabajo, se convirtieron sólo en un puñado de palabras en la narración de
Rorden. El hombre consiguió la mayor de sus victorias. Desterró las
enfermedades: podía vivir eternamente si así lo deseaba, y al dominar la
telepatía había doblegado a su voluntad el más sutil de todos los poderes.
Estaba dispuesto a salir de nuevo a los grandes espacios
de la galaxia, confiando en sus propios recursos. Se encontraría como un igual
con las ra zas de los mundos de los que había sido rechaza do antes. Y
desarrollaría su papel en la historia del Universo.
Y lo hizo. A partir de esta época, quizá la más amplia de
toda la historia, se produjeron las leyendas del Imperio. Fue un imperio de
muchas razas, pero esto se olvidó en medio del drama, demasiado tremendo, en
que llegó a su fin.
El Imperio duró al menos mil millones de años. Debió de
conocer muchas crisis, quizás incluso guerras, pero todo se perdió en la pugna
de las grandes razas que avanzaban juntas hacia la madurez.
- Podemos sentirnos orgullosos del papel que interpretaron
nuestros antepasados en esa historia -continuó Rorden-. Ni siquiera cuando
alcan zaron su tope cultural perdieron su iniciativa. Ahora nos basamos en
conjeturas más que en hechos demostrados, pero parece seguro que los
experimentos que supusieron al mismo tiempo la caída del Imperio y su
esplendorosa gloria fueron inspirados y dirigidos por el hombre.
»La filosofía subyacente a estos experimentos parece haber
sido la siguiente: el contacto con otras especies demostró al hombre hasta qué
pun to la visión que del mundo tenía una raza dependía de su cuerpo físico y de
los órganos sensores con los que estaba dotada. Se planteó que una verdadera
visión del Universo sólo podría conseguirse con una mente que estuviera libre
de tales limitaciones físicas. Una mentalidad pura, de hecho. Esta idea era
común entre las religiones más antiguas, y muchos creían que era el objetivo de
la evolución.
»Sobre todo como resultado de la experiencia obtenida en
su propia regeneración, el hombre su girió el intento de la creación de ese
tipo de seres. Fue el mayor desafío jamás planteado a la inteligencia en el
Universo, y se aceptó después de siglos de debate. Todas las razas de la
galaxia se unieron para conseguir este logro.
«Quinientos millones de años separaron el sue ño de la
realidad. Cayeron y se alzaron nuevas civi lizaciones, pero el objetivo no fue
olvidado nunca. Tal vez un día conozcamos la historia completa del mayor
esfuerzo conjunto de la historia. Hoy sólo sabemos que su final fue un desastre
que casi des truyó la galaxia.
»La mente de Vanamonde se niega a entrar en este período.
Hay una estrecha región de tiempo que tiene bloqueada; pero creemos que sólo se
debe a sus propios temores. Podemos ver en su comienzo al Imperio en la cúspide
de su gloria, tenso ante la perspectiva del éxito inminente. En su final, sólo
unos miles de años más tarde, el Imperio es aplastado y las propias estrellas
se oscurecen, como absorbidas. Sobre la galaxia cuelga un palio de terror, un
terror relacionado con el nombre "Mente Loca".
»No es difícil suponer lo que debió de suceder en ese
corto período de tiempo. La mentalidad pura había sido creada, pero estaba loca
o, como parece más probable por otras fuentes, era implacablemente hostil a la
materia. Recorrió durante siglos el Universo hasta ser controlada por fuerzas
que ni siquiera podemos imaginar. El arma que el Imperio usó agotó los recursos
de las estrellas; de los recuerdos de ese conflicto brotan algunas de las
leyendas sobre los Invasores, aunque no todas. Pero no diré más sobre este
tema.
»La Mente Loca no podía ser destruida, pues era inmortal.
Fue conducida al borde de la galaxia, y fue aprisionada de una forma que no
podemos comprender. Su prisión fue una extraña estrella artificial conocida
como el Sol Negro, y allí permanece todavía. Cuando se extinga el Sol Negro,
volverá a quedar libre. Y no hay forma de saber cuándo llegará ese día.
18
RENACIMIENTO
Alvin miró en derredor. La gran sala se había quedado en
completo silencio. Los consejeros per manecían en su mayoría rígidos en sus
asientos, mirando a Rorden con la inmovilidad de un tran ce. Incluso para
Alvin, que ya había oído parte de la historia, la narración de Rorden poseía
aún la excitación de un drama en curso. Para los conse jeros, el impacto de sus
revelaciones debía de ser abrumador.
Rorden volvió a hablar, esta vez con voz más queda, para
describir los últimos días del Imperio. Alvin decidió que ésa era la época en
que le hubie ra gustado vivir. Entonces había aventura, y valor e intrepidez,
suficiente para arrancar la victoria de los dientes del desastre.
- Aunque la galaxia fue arrasada por la Mente Loca, los
recursos del Imperio seguían siendo enormes, y su espíritu permaneció
inalterable. Con un valor del que sólo podemos maravillarnos, se reemprendió el
gran experimento y se investigó el fallo que había causado la catástrofe. Hubo
muchos, naturalmente, que se opusieron al trabajo y predijeron un nuevo
desastre, pero estaban en minoría. El proyecto continuó, y esta vez, con el
conocimiento tan amargamente conseguido, tuvo éxito.
»La nueva raza que nació tenía un intelecto potencial que
no podía ser medido. Pero era completamente infantil: no sabemos si es lo que
esperaron sus creadores, pero parece probable que supieran que era inevitable.
Harían falta millones de años para alcanzar la madurez, y no pudo hacerse nada
para acelerar el proceso. Vanamonde fue la primera de estas mentes; debe de
haber otras en algún lugar de la galaxia, pero creemos que sólo se crearon unas
pocas, pues Vanamonde no ha encontrado jamás a ninguno de sus semejantes.
»La creación de las mentalidades puras fue el mayor logro
de la civilización galáctica. En ella, el hombre tuvo una participación
importante y tal vez dominante. No tengo ninguna referencia sobre la Tierra en
sí, pues su historia es demasiado pequeña para seguirla en el gran tapete
conjunto. Ya que siempre se vio privado de sus espíritus más aventureros,
nuestro planeta se volvió inevitablemente algo conservador, y al final se opuso
a los científicos que crearon a Vanamonde. Es seguro que no tomó parte en el
acto final.
»El trabajo del Imperio había terminado ya; los hombres de
esa época contemplaron las estrellas que habían agotado en su desesperada
busqueda, y tomaron la decisión que era de esperar. Dejaron el Universo a
Vanamonde.
»La decisión no fue difícil, pues el Imperio ha bía hecho
ya los primeros contactos con una civi lización muy grande y muy extraña
situada más allá de la curvatura del Cosmos. Si los atisbos que hemos podido
congregar son correctos, esta civilización evolucionó en el plano puramente
físico más allá de lo que se creía posible. Al parecer, había más de una
solución al problema de la inteligencia definitiva. Pero esto no son más que
suposiciones; todo lo que sabemos con segundad es que en un corto período de tiempo
nuestros antepasados y sus razas amigas emprendieron un viaje que no podemos
seguir. Los pensamientos de Vanamonde parecen limitados por los confines de la
galaxia, pero a través de su mente hemos contemplado el principio de esa gran
aventura…
Convertida en un pálido fantasma de su anti gua gloria, la
rueda de la galaxia gira lentamente, gravitando en la nada. En su extensión se
aprecian los grandes huecos arrancados por la Mente Loca, herida que llenarán
en eras venideras las estrellas errantes. Pero nunca restaurarán el esplendor
per dido.
El hombre está a punto de abandonar su universo, como hizo
una vez con su mundo. Y no sólo el hombre, sino también los miles de razas que
han trabajado con él para crear el Imperio. Se han reunido aquí, en el borde de
la galaxia, ante la inmensidad que se interpone entre ellos y el objetivo que
no alcanzarán durante milenios.
La larga línea de fuego surca el Universo, sal tando de
estrella en estrella. En un instante han muerto un millar de soles, alimentando
con su energía la tenue y monstruosa forma que se ha abierto a lo largo del eje
de la galaxia y se precipita ahora en el abismo…
- El Imperio ha abandonado el Universo, para encontrar su
destino en algún otro lugar. Cuando sus herederos, las mentalidades puras,
hayan al canzado su desarrollo total, creemos que volverá. Pero ese día debe de
estar aún muy lejano.
»Ésta es, en resumen, la historia de la civiliza ción
galáctica. Nuestra propia historia, que creía mos tan importante, no es más que
un episodio aislado que aún no hemos examinado en detalle. Pero parece que
muchas de las razas más antiguas y menos aventureras se negaron a dejar sus
hogares. Nuestros antepasados directos estaban entre ellas. La mayoría de esas
razas entró en decadencia y ahora están extintas; nuestro propio mundo apenas
escapó a ese destino. En los siglos de transición, que duraron en realidad
millones de años, el conocimiento del pasado se perdió o fue destruido
deliberadamente. Esto último parece lo más probable; creemos que el hombre cayó
en una barbarie supersticiosa durante la cual distorsionó la historia para
eliminar su sensación de impotencia y fracaso. La leyenda de los Invasores es
claramente falsa, y la batalla de Shalmirane es un mito. Cierto, Shalmirane
existe, y fue una de las armas más grandes jamás forjadas…, pero no se empleó
contra ningún enemigo inteligente. Antiguamente, la Tierra tenía un satélite
gigante, la Luna. Cuando ésta empezó a caer, construyeron Shalmirane para
destruirla. Alrededor de esa destrucción se han tejido las leyendas que todos
conocemos. Y sólo de leyendas se trata.
Rorden hizo una pausa, y sonrió tristemente.
- Hay otras paradojas que no han sido resuel tas todavía,
pero el problema es más de los psicó logos que de los historiadores. Ni
siquiera po demos confiar plenamente en mis archivos, pues muestran claras
pruebas de haber sido manipula dos en el pasado.
»Sólo Diaspar y Lys sobrevivieron al período de
decadencia. Diaspar gracias a la perfección de las máquinas, Lys debido a su
aislamiento parcial y los inusitados poderes intelectuales de su gente. Pero
ambas culturas, a pesar de haber luchado por volver a su antiguo nivel,
quedaron distorsionadas por los miedos y mitos que habían heredado.
»Esos miedos ya no nos acosan. Hemos descubierto que a lo
largo de las eras ha habido hom bres que se rebelaron contra ellos y
mantuvieron un tenue enlace entre Diaspar y Lys. Ahora las úl timas barreras
pueden derribarse y nuestras dos razas pueden avanzar hacia el futuro y lo que
éste pueda depararnos.
- Me pregunto qué opinaría Yarlan Zey de todo esto -dijo
Rorden pensativamente-. Dudo que lo aprobase.
El Parque había cambiado considerablemente, en gran medida
para peor. Pero cuando los es combros hubieran sido despejados, el camino a Lys
quedaría libre para todos.
- No lo sé -replicó Alvin-. Aunque cerró los caminos
móviles, no los destruyó como podría haber hecho. Un día descubriremos toda la
historia del Parque… y de Alaine de Lyndar.
- Me temo que esas cosas tendrán que esperar hasta que
queden resueltos problemas más impor tantes. En cualquier caso, puedo imaginar
bastan te bien a Alaine. Debemos de tener muchas cosas en común.
Caminaron en silencio durante un centenar de metros,
siguiendo el contorno de la gran excava ción. La tumba de Yarlan Zey se alzaba
ahora al borde de un abismo, en cuyo fondo trabajaban fu riosamente docenas de
robots.
- Por cierto -dijo Alvin bruscamente-, ¿sa bías que
Jeserac va a quedarse en Lys? ¡Jeserac, nada menos! Le gusta el lugar y no
desea volver. Naturalmente, eso dejará un puesto vacante en el Consejo.
- Así es -respondió Rorden, como si nunca hubiera
considerado el tema. Apenas unos meses antes habría imaginado pocas cosas más
improba bles que un asiento en el Consejo; ahora era posi blemente cuestión de
tiempo. Suponía que habría otras muchas reasignaciones en el futuro cercano.
Varios consejos habían demostrado ser incapaces de
enfrentarse a los nuevos problemas con los que se encontraban.
Subieron por la pendiente que conducía a la tumba,
atravesando la larga avenida de árboles eternos. El final de la avenida estaba
bloqueado por la nave de Alvin, que parecía extrañamente fuera de lugar en este
sitio conocido.
- Ahí está el mayor misterio de todos -dijo Rorden de
pronto-. ¿ Quién era el Maestro? ¿ Dón de consiguió esta nave y los tres
robots?
- He estado pensando en eso -le respondió Theon-. Sabemos
que vino de los Siete Soles, donde puede que existiera una gran cultura cuan do
la civilización en la Tierra se encontraba en su momento más bajo. Obviamente,
la nave es obra del Imperio.
»Creo que el Maestro escapaba de su propio pueblo. Tal vez
tenía ideas con las que no estaban de acuerdo: era un filósofo notable.
Descubrió que nuestros antepasados eran amistosos, aunque supersticiosos, y
trató de educarlos, pero ellos le malinterpretaron y distorsionaron sus
enseñanzas. Los Grandes no eran más que los hombres del Imperio, pero no
dejaron la Tierra, sino el propio Universo. Los discípulos del Maestro no
comprendieron esto, o no lo creyeron, y toda su mitología y sus rituales se
construyeron sobre una premisa falsa. Pretendo investigar un día la historia
del Maestro y averiguar por qué intentó ocultar su pasado. Creo que será una
historia muy interesante.
- Tenemos muchas cosas que agradecerle -dijo Rorden
mientras entraba en la nave-. Sin él, nunca habríamos llegado a saber la verdad
so bre el pasado.
- No estoy seguro -dijo Alvin-. Vanamon de nos habría
descubierto tarde o temprano. Y creo que tal vez haya otras naves ocultas en la
Tie rra. Pretendo encontrarlas algún día.
La ciudad estaba ahora demasiado distante para ser
reconocible como obra del hombre, y la curvatura del planeta empezaba a hacerse
visible. Dentro de poco podrían ver la línea del crepúsculo, a miles de
kilómetros de distancia, en su interminable marcha sobre el desierto. Alrededor
se encontraban las estrellas, todavía brillantes pese a la gloria que habían
perdido.
Durante largo rato, Rorden contempló el pa norama desolado
que nunca había visto antes. Sintió un súbito arrebato de desprecio por los
hombres del pasado que habían dejado que la belleza de la Tierra muriera por su
propia falta de atención. Si uno de los sueños de Alvin se cumplía y aún
existían las grandes plantas de transmutación, no pasarían muchos siglos antes
de que los océanos volvieran a cubrir el planeta.
Había muchas cosas que hacer en los años venideros. Rorden
sabía que se encontraba entre dos eras: a su alrededor podía sentir el pulso de
la humanidad que empezaba a ponerse en marcha. Había grandes problemas a los
que enfrentarse, y Diaspar los afrontaría. La reestructuración del pasado
requeriría años, pero cuando terminara el hombre habría recuperado todo cuanto
había perdido. Y siempre quedaría al fondo el gran enigma de Vanamonde.
Si Calitrax tenía razón, Vanamonde había evo lucionado más
rápidamente de lo que sus creado res habían pronosticado, y los filósofos de
Lys te nían grandes esperanzas de cooperación futura que no confiaban a nadie.
Se habían vuelto muy íntimos de la supermente infantil, y tal vez creían que
podrían acortar los eones que requeriría su evolu ción natural. Pero Rorden
sabía que el destino final de Vanamonde era algo en lo que el hombre no
desempeñaría ningún papel. Había soñado, creyendo que el sueño era cierto, que
al final del Universo, Vanamonde y la Mente Loca se enfrentarían sobre los
cadáveres de las estrellas.
Alvin interrumpió sus meditaciones y Rorden se volvió,
apartando la vista de la pantalla.
- Quiero que veas esto -dijo Alvin en voz baja-. Puede que
pasen muchos siglos antes de que tengas otra oportunidad.
- ¿No vas a dejar la Tierra?
- No; aunque haya otras civilizaciones en esta galaxia,
dudo que merezca la pena tomarse la molestia de buscarlas. Y hay tanto que
hacer aquí…
Alvin contempló los grandes desiertos, pero sus ojos
vieron en cambio las aguas que los cubrirían dentro de mil años. El hombre
había redescubierto su mundo, y lo haría hermoso mientras permaneciera en él. Y
después de eso…
- Voy a enviar esta nave fuera de la galaxia, para que
siga al Imperio dondequiera que éste haya ido. Puede que la búsqueda requiera
milenios, pero el robot no se cansará jamás. Un día nuestros primos recibirán
mi mensaje, y sabrán que en la Tierra los estamos esperando. Volverán, y espero
que para entonces seamos dignos de ellos, por grandes que sean.
Alvin guardó silencio, contemplando el futu ro que había
diseñado pero que tal vez no llegara a ver. Mientras el hombre estuviera
reconstruyendo su mundo, esta nave cruzaría la oscuridad entre las galaxias, y
regresaría dentro de miles de años. Tal vez estaría allí para recibirla, pero
tampoco le apenaba la posibilidad de no estar.
Se encontraron sobre el polo, y el planeta a sus pies era
una semiesfera casi perfecta. Al contem plar la curvatura del crepúsculo, Alvin
advirtió que estaba viendo a la vez el orto y el ocaso en lados opuestos del
mundo. El simbolismo era tan perfecto y atractivo que supo que recordaría este
momento toda su vida.
En este Universo estaba cayendo la noche; las sombras se
extendían hacia un este que nunca conocería otro amanecer. Pero en otro lugar
las estrellas eran aún jóvenes y la luz de la mañana perduraba. Del mismo modo,
un día, el hombre volvería a seguir el camino que antaño había recorrido.
SEGUNDA PARTE
19
EL REGRESO DEL MAL
La mujer desnuda parecía muerta. Eso consi deró el pájaro
de cuatro alas que revoloteaba en el pálido cielo de la tarde. El pájaro trazó
perezosos arabescos con la mujer como centro, manteniendo el cadáver bajo su
precisa mirada. Aleteó cómodamente, regocijándose en la brisa cálida que
procedía del macizo rocoso cercano. Sus alas de lanteras desviaban el viento
hacia las amplias y fi nas alas traseras reticulares, despertando en él un
placer antiguo. Pero entonces las directrices introducidas en sus genes más
profundos lo obligaron a volver a su tarea asignada: encontrar humanos vivos en
esta zona y solicitar ayuda.
La porción más alerta de su inteligencia extra ñamente
formada decidió que esta mujer, que no se había movido durante largos minutos,
estaba muerta con toda seguridad. Tomó esta decisión no de modo razonado, sino
por un sentido práctico insertado mucho antes de que pudiera entender de
razones. Las rocas alrededor de la cabeza de la mujer mostraban manchas oscuras
y una gran herida florecía sobre sus costillas, como un amanecer púrpura.
El pájaro ya había visto más de veinte huma nos muertos
entre los árboles, convertidos en ce nizas. Decidió no informar de este cuerpo
como posible candidato. Eso ocuparía un tiempo valio so, y los miembros de esta
curiosa y aburrida sub- especie de humanos eran notablemente frágiles.
El pájaro cuatrialado tenía mucho territorio abrupto por
cubrir y se le estaba haciendo tarde. Gravitó durante un largo instante,
indeciso como sólo puede estarlo una inteligencia considerable, alzando las
alas delanteras y bajando las traseras. Entonces el cuatrialado se marchó,
escrutando cada diminuta mancha del terreno.
Las sombras de la tarde habían aumentado considerablemente
antes de que la mujer se agitara, su débil respiración perdida bajo la risa del
arroyo cercano. Su aliento silbó entre sus dientes rotos.
El sonido atrajo a una madre de seis patas que se acercaba
con dos cachorros a la fangosa ribera. La muerte de la mujer habría convocado
público entonces. Pero las esbeltas criaturas vieron que la mujer se parecía de
verdad a los que realmente go bernaban el lugar, aunque olía de forma
diferente.
La madre instruyó a sus cachorros para que tomaran nota y
respetaran siempre aquella forma, ahora rota pero siempre peligrosa. Usó un
lenguaje de escueto vocabulario pero compleja estructura gramatical, en el que
las inflexiones contenían estratos de significado. Puso énfasis en su argumento
con rápidos gestos, usando sus patas medias.
La veloz huida de la familia corriente abajo tino con su
olor una ráfaga de viento, que a su vez provocó el interés de una criatura más
curiosa. Se trataba de un descendiente lejano del mapache, y su pelaje era un
rico remolino rojo y castaño car gado de símbolos. El astuto animal evaluó
rápidamente la situación desde la cobertura de las zarzas.
Era cauteloso, pero no pusilánime. Para él, el tema más
importante era relacionar la presencia de la mujer moribunda con el elaborado
significado de su propia vida. Desde su nacimiento, había integrado cada
experiencia con su sentido innato del equilibrio y la escala apropiada. De
hecho, éste era el único propósito de su conciencia. Tal integración era
completa y estaba por completo más allá de la habilidad humana, pero emergió
sin esfuerzo, esparcidos a lo largo de mil millones de años los resultados de
los hechos de su evolución. El revivir de su especie unos cuantos siglos antes
había forjado con fidelidad una criatura superior en muchos sentidos a la
figura que ahora observaba con atención.
Por fin, y comprendiendo adecuadamente la pauta de hechos
que podrían desencadenar sus acciones, como las sucesivas ramas de un árbol
infinito, la bestia parecida a un mapache avanzó. Olió a la mujer. También notó
la brusca mordedura de mierda cercana por donde había pasado horas an tes un
pequeño depredador, vaciló un momento, y decidió entonces que la mujer era una
perspectiva mejor para esta noche, cuando estuviera ya bien muerta. La
información onduló sobre el fondo habitual de los sabores del atardecer: el
fuerte aroma del granito enfriándose, el dulce perfume de las flores eternas,
el olor mustio de los hongos absorbiendo agua del silencioso arroyo que caía de
las colinas.
El cráneo hinchado de la mujer era el peor pro blema. El
disco óptico asomaba en ambos ojos. Con largas manos que sólo anunciaban
levemente su origen de zarpas, la criatura palpó los huesos desconocidos entre
la piel y el músculo. El brazo derecho estaba torcido en una postura imposible.
Varias costillas estaban rotas.
Esta forma específica tomada del espectro humano no
existía en la época del origen de la cria tura-mapache, así que resultaba un
enigma interesante. El diseño del cuerpo era arcaico, un remiendo de soluciones
temporales para problemas transitorios. Sin embargo, la evolución había
santificado a estas criaturas y les había permitido tener éxito en el brusco
mundo natural.
La criatura se dispuso a sanar el cuerpo. No sabía cómo
había llegado aquí la mujer, ni que fuera especial de algún modo. Usó
torpemente las técnicas que pertenecían a su segunda naturaleza, masajeando
puntos del cuerpo que, según sabía, emitían hormonas restauradoras. Usó los
codos (un rasgo incómodo pero inevitable que todavía no había sido mejorado por
la naturaleza) para generar vibraciones curativas. La blanda hinchazón de la
sien derecha respondió a la rítmica presión ejercida sobre la espina dorsal. La
criatura pudo sentir que la presión remitía lentamente y se difundía por toda
la cabeza de la mujer. Sus imperativos glandulares cerraron las hemorragias
internas. Los estímulos en el cuello y el abdomen hicieron que sus órganos
internos comenzaran a filtrar la sangre coagulada.
El crepúsculo trajo el rumor del movimiento a las grandes
orejas de la bestia, pero ninguno de aquellos sonidos implicaba peligro. La
criatura se sentó cómodamente junto a la mujer tendida y durmió, aunque con un
sentido alerta que la mujer nunca podría conocer. Cuando ella empezó a
murmurar, la criatura advirtió que podía comprender sus palabras.
- … escapemos… abajo… abajo… no puede vernos… desde el
aire…
Gran parte de sus palabras no era más que sueños febriles.
Durante breves instantes la coherencia de la criatura le hizo comprender que la
mujer había sido perseguida sin piedad desde un aparato volador, junto con su
tribu.
La tribu no había escapado. La suave brisa nocturna que
procedía de las llanuras más cálidas situadas al oeste traía consigo la dulce
promesa de carne podrida al sol de la mañana. La criatura cerró sus fosas
nasales al olor.
El ser-mapache se sintió agradablemente sor prendido al
ver que podía comprender las palabras de la mujer. Las tierras de esta zona
estaban llenas de formas de vida obtenidas después de dos mil mi llones de años
de creación incesante, y la mayoría de ellas no podían entender los lenguajes
de las de más. Esta mujer debía de haber aprendido (tal vez por sintonización
genética) los complejos lengua jes que usaban las criaturas más avanzadas.
La gran criatura consideraba que abarcar ese conocimiento
era un error, una presunción retorcida y tal vez arrogante. Una forma humana
pri mitiva como ésta seguramente se confundiría con una habilidad tan compleja
y desorientadora. El lenguaje surgía de una visión del mundo. La rica telaraña
de comprensiones que habían formado su lenguaje actual apenas podía encontrarse
a gusto en sus revueltos confines mentales.
Normalmente, el ser-mapache no cuestionaba las acciones de
las formas humanas avanzadas lla madas supras. Pero esta mujer malherida, con
la piel lacerada y llena de profundas magulladuras, le provocó dudas. Tal vez
sus heridas surgían direc tamente de su conocimiento.
Sin embargo, después de reflexionar un poco, su sentido
innato de que la vida era un espejo em pañado que sólo reflejaba imágenes
verdaderas, le dijo que esta mujer no estaba aquí por ningún motivo ordinario.
Así que se sentó, pensó y siguió con atención la lenta pero firme autocuración
del cuerpo de la mujer.
Ésta permaneció tendida bajo una noche que se aclaraba
gradualmente mientras los cúmulos venían corriendo del oeste y se perdían más
allá de las distantes montañas, como si tuvieran prisa por llegar a una cita
que nunca podrían cumplir. La criatura sintió las ascendentes columnas de vapor
de agua exhaladas por la densa jungla. Estas grandes cuñas de humedad actuaban
como montañas invisibles, forzando al aire interior a alzarse y deshacerse de
su húmeda carga.
Una gran banda luminosa se alzó en el horizonte, tan
brillante y variada que no parecía compuesta de estrellas, sino de marfil y
hielo. Grandes extensiones de polvo se extendían en enjambres de luz hendida.
Eran los filamentos del brazo galáctico, el último baluarte que protegía el
centro de la galaxia.
La bestia-mapache sabía que la Tierra había sido
deflectada hacia este eje central hacía mucho tiempo, antes de que su especie
fuera desarrollada, cuando la Tierra floreció por primera vez. La magnitud de
tal proeza quedaba más allá de su comprensión. El animal apenas entendía que
los humanos de aquella época hicieron que el Sol pa sara cerca de otra
estrella, una estrella que rehusa ba brillar en la noche.
Un brusco giro en torno a aquella masa muerta y oscura
envió al sistema solar hacia el gran bulto galáctico. El Sol cruzó enormes
caminos de polvo mientras la galaxia rotaba, con sus brazos en espi ral
agitándose como los de una estrella de mar per dida en un vórtice. Pasaron
miles de años. La vida ejecutó sus interminables contorsiones. Surgieron nuevas
inteligencias. Mentes extrañas y alienígenas llegaron de lejanos soles.
Los fines de esa época quedaron envueltos en la
ambigüedad. El Sol siguió una extensa elipse que giró cerca del centro
galáctico. Una brillante esfera de luz, creció gradualmente en los cielos. Para
permanecer cerca de este enjambre giratorio de diez mil millones de estrellas
fue necesario otro encuentro. Esta vez, decía la leyenda, el Sol rozó una
gigantesca nube molecular. En cada ocasión, las fuerzas gravitatorias
reestructuraron el firme pulso de los planetas. La precisión de esas suaves
colisiones fue de una delicadeza tal que las nuevas órbitas encajaron con las
necesidades de nuevas empresas de ingeniería, el desmantelamiento de mundos
enteros. Así fueron los humanos, una vez.
La criatura-mapache encontró nuevos plane tas (los que
habían sobrevivido a aquella era épica de ambición sin límites) entre las
grandes extensiones de luz que gravitaban encima. Innumerables colas de cometas
señalaban hacia finos bancos de tenue fulgor. En la abigarrada sinfonía del
cielo, el lento baile de los mundos parecía un asunto menor.
Pero esta noche los cielos se agitaban con un problema
luminoso. Al mirar hacia arriba, la cria tura-mapache contempló luces rojas y
anaranja das destellar, agitarse y girar. Silenciosas y distan tes, eran las
rúbricas de un rápido combate. Los brillantes rastros se desvanecieron
lentamente.
Eran los primeros actos de hostilidad escritos en este
ancho cielo desde hacía casi mil millones de años. Como antes, surgían de los
conflictos in herentes a la mente de los humanos, de aquella in cómoda
antología de influencias pasadas.
Sus cerebelos reptilescos, formados en torno del bulbo
raquídeo, conservaban el gusto por los rituales y la violencia. A su alrededor,
el cerebro límbico prestaba un tinte emocional a todos los pensamientos, siendo
esto una característica de los primeros mamíferos. En conjunto, estos dos
antiguos restos daban a los humanos su visión visceral del mundo.
La peluda criatura que observaba la noche flo recida
sabía, con una sabiduría duramente ganada y alojada en sus genes, que la
batalla en el cielo marcaba el comienzo de algo antiguo y terrible. El
neocórtex de la humanidad envolvía los dos cerebros animales en una tenaza
insegura. En algunas épocas esa tenaza había cedido, liberando poderosos
estallidos de creatividad, de locura, de energía dilapidada.
El neocórtex mantuvo su sagacidad, dirigiendo su poder
razonador hacia el mundo. Pero siempre las mentes más profundas siguieron sus
propios ritmos. Algunas formas de la especie humana integraron su, cerebro
triple después de heroicos esfuerzos. Otros manipularon el neocórtex hasta que
dominó a los otros dos inferiores con vigilancia completa e incesante.
La criatura-mapache tenía una mente muy distinta, el
proceso de casi mil millones de años de diseño, llevado a cabo tanto por
selección darwiniana como por cuidadosos experimentos. El recelo sacudía ahora
esa mente. La ancha cara se arrugó con una expresión compleja e ilegible. De su
fiero legado se permitió un bajo gruñido teñido de intranquilidad.
Muy poco de la historia de la humanidad había sobrevivido
al desgaste de milenios. En cual quier caso, aquel registro incompleto, creado
por voces discordantes, no habría sido comprensible para la mente de esta
criatura.
De todas formas, tenía la profunda sensación de que lo que
sucedía en el cielo veteado no era un simple incidente fortuito, sino el
nacimiento de una nueva era de salvajismo. En los primeros años de la especie
humana, mentes más simples habían identificado los elementos oscuros de la vida
con las tragedias aleatorias que sufrían los humanos, como las tormentas, las
enfermedades y las múlti ples calamidades de la Naturaleza. Esa época se
encontraba en el inimaginable pasado. Ahora, el mayor adversario de la humanidad
había vuelto a surgir: no el universo inconsciente, sino ella mis ma. Y por eso
el auténtico mal había vuelto al mundo.
20
LOS UR-HUMANOS
La mujer durmió durante dos días.
A veces se agitaba, gritando roncamente, sus palabras
confusas más allá de la posibilidad de comprensión. La criatura la había
acercado cuida dosamente a la sombra de algunos altos árboles cuyas ramas
formaban curiosos rizos parecidos a garfios en su copa. Buscó frutas sencillas
y alimentó a la mujer con trocitos pequeños, para que el jugo pudiera correr
por su hinchada garganta. Se contentó con comer animales pequeños, que
capturaba manteniéndose quieto durante largos períodos de tiempo, permitiendo
que se acercaran hasta quedar a su alcance. Esto le resultó suficiente, pues
sabía cómo conservar la fuerza sin dejar que su atención se distrajera de los
débiles pero persistentes ritmos de recuperación de la mujer.
Los usos de la fantasía son muchos, y la curación no es el
menos importante de ellos. La mujer dormía no sólo porque ésa fuera la mejor
forma de recuperarse. Tras sus párpados abultados una fina capa situada ante el
neocórtex repasaba los hechos que habían provocado su situación actual. Este
subcerebro integraba los elementos emocionales y fisiológicos, repitiendo sus
acciones, buscando un momento significativo en que pudiera haber evitado su
desgracia.
Hubo algún consuelo al saber, por fin, que nada podría
haber cambiado el resultado. Cuando la mujer llegó a esta conclusión, su
abotargamien to la abandonó y su cuerpo pareció suavizarse an te los ojos de la
criatura-mapache. Algunos recuerdos fueron descartados en este proceso, pues
eran demasiado dolorosos para poder soportarlos, mientras que otros fueron
ampliados para conseguir una especie de equilibrio narrativo. Esta fase de
corrección la salvó de una carga de remordimiento y ansiedad que, en las primeras
formas de la humanidad, la habría atormentado durante años.
Al segundo día, la mujer empezó a entonar una especie de
canción confusa. Despertó al ano checer. Contempló el largo hocico de su
cuidador y preguntó, aturdida:
- ¿Cuántos… sobrevivieron?
- Sólo tú, que yo sepa. -La voz de la criatura era baja y
sin embargo poderosa, como una nota grave que se hubiera abierto paso a través
de la garganta de una flauta.
- ¿Ninguno…?
La mujer permaneció en silencio durante un rato,
estudiando la luna verde que nadaba tras las montañas.
- Los supras… -dijo débilmente.
- ¿Ellos hicieron esto?
- No, no, Vi a algunos humanos, como noso tros, en aparatos
voladores. Los supras estaban ocupados…, muy lejos. Creí que nos ayudarían.
- Han estado ocupados. -El animal señaló el sur. A la
tenue luz del crepúsculo una gruesa co lumna de denso humo se alzaba como una
lápida de obsidiana.
- ¿Qué…?
- Está allí desde ayer.
El sombrío y lejano desastre había reforzado la resolución
de la criatura.
- Ah.
La mujer cerró los ojos y entonces cedió a su curioso
sueño y su agitar de párpados. Para ella, fue un descenso a un laberinto donde
luchaban ansias gemelas, venganza y supervivencia. Estos dos instintos,
antiguos ya antes de que los prime ros homínidos empezaran a caminar, apenas
eran parejos a la seguridad. Sin embargo, si no sintiera la fuerza de su
competición, no se habría considerado un auténtico ser humano.
Se levantó al día siguiente. Tambaleándose, se acercó al
arroyo, donde bebió largo rato. Le faltaba un dedo en la mano izquierda, pero
insistió en ayudar a la criatura a buscar bayas y hojas comestibles. Habló
poco. Las dos se refugiaron cuando unas naves plateadas destellaron en el
cielo, pero esta vez no hubo ninguna explosión distante, como ella recordaba de
antes. No habló sobre lo que había sucedido, y su compañera no preguntó.
Encontraron tres humanos reducidos a ceni zas, y la mujer
lloró ante cada pérdida.
- Nunca había visto armas antes-aseguró-. Como llamas
vivientes.
- Vuestro enemigo se encargó de quemarlos a conciencia.
Ella examinó los huesos masacrados.
- Tenían extraños aparatos voladores. Dispa raban rayos, explosiones…
Durante la cena, ella volvió a entonar la hipnótica
canción que la había sacado antes de su sueño, y su sombría voz sostuvo las
notas altas. Entonces sus ojos se llenaron bruscamente de lágrimas y la mujer
tuvo que salir corriendo hacia los matorrales. Volvió más tarde, intentando
sonreír, sabiendo que la necesidad de ocultar las emociones era una
característica humana y que por tanto no significaría nada para la
criatura-mapache.
- Me llamo Cley -dijo a la mañana del ter cer día,
rompiendo el largo silencio-. ¿Utilizáis nombres?
La criatura no empleaba nombres en su relación con los de
su propia especie, pero sabía que los humanos sí lo hacían, y también los
animales que los imitaban.
- Me llaman Buscador de Pautas.
- Bien, Buscador, te doy las gracias por…
- Nuestras especies son aliadas. No tienes que decir nada.
Buscador bajó la cabeza de un modo que pare cía innatural.
Cley advirtió con sorpresa que Bus cador había estudiado a los humanos lo
suficiente para intentar este gesto, invocando humildad.
- Con todo, te debo mucho.
- Mi especie surgió después de la tuya. Nos beneficiamos
de vuestro esfuerzo.
- Dudo que os hiciéramos mucho bien.
- La vida se basa en la vida. Tu especie no era más que
fósiles y polvo cuando empezamos a andar.
Recogieron bayas en silencio. Buscador podía alzarse, como
un centauro, o incluso permanecer completamente erguido sobre sus patas
traseras, usando sus zarpas a modo de torpes manos. Esto le servía para
capturar muchos peces pequeños en el frío arroyo que corría sobre negros
guijarros. Comieron los peces amarillo verdosos sin usar fuego y permanecieron
ocultos entre los árboles. Cley había procesado ya su profunda sensación de
pérdida después de varias noches y el dolor había remitido, permitiendo que el
color volviera a sus mejillas y dejando que su agudeza regresara. Buscador y
ella se pusieron a explorar el bosque para hallar más cuerpos, y esto le dio
fuerzas a pesar de lo que temía encontrar.
No estaba casada con nadie, varón o hembra, pero conocía
íntimamente a cada miembro de su tribu. Los restos calcinados y anónimos eran,
en cierto modo, una bendición. Al parecer, algunos se habían podrido y luego
fueron quemados.
Buscaron sistemáticamente durante toda la tarde, pero sólo
hallaron más cadáveres calci nados. Finalmente, se encontraron ante un am plio
valle, cansados, sin saber qué hacer a conti nuación.
- Espero que te encuentres bien -dijo una voz tras ellos.
Cley se giró. Buscador se perdía ya con líqui da gracia
entre los árboles cercanos. Un hombre alto y fornido se alzaba sobre la
cubierta exterior de un vehículo de color de bronce que flotaba silenciosamente
en el aire. Había aparecido tras ellos sin que siquiera Buscador lo advirtiera,
y esta circunstancia, mucho más que su tamaño y el silencioso poder de su nave,
dijo a Cley que no te nía ninguna oportunidad de escapar. Parpadeando contra el
resplandor del sol, vio que se trataba de un supra.
- Yo… sí, estoy bien.
- Uno de nuestros exploradores admitió por fin que no
estaba seguro de que todos los cuerpos que vio estuvieran muertos. Me alegro de
haber decidido comprobarlo.
Mientras hablaba, su nave se posó suavemente junto a Cley
y el hombre bajó sin mirar al suelo. A pesar de su tamaño, se movía con
agilidad.
- Mi amigo me salvó.
- Ah. ¿Puedes presentármelo?
- ¡Buscador! ¡Ven, por favor!
Divisó una oscura masa moviéndose entre los matorrales,
más cerca de lo que esperaba, y en el lugar contrario a la dirección que había
empren dido al marcharse. Buscador debía de ser más rápido de lo que parecía.
El follaje apenas se agitó, pero ella supo que estaba allí, todavía cauteloso.
El hombre sonrió levemente y se encogió de hombros.
- Muy bien.
- ¿Has venido a enterrar a los míos? -dijo Cley, mordaz.
- Si es necesario, sí. Habría preferido salvarlos.
- Demasiado tarde.
La tristeza asomó en el rostro del hombre cuando asintió.
- Los exploradores informaron de la presen cia de algunos
cuerpos, pero todos han sido que mados. Eres la única que he encontrado…
delicio samente viva.
Sus suaves modales eran enloquecedores.
- ¿Dónde estabais los supras? ¡Ellos nos ca zaron, nos
persiguieron, nos mataron a todos!
El rostro del hombre mostró una rápida suce sión de
emociones, todas demasiado rápidas para que ella pudiera leerlas antes de que
apareciera la siguiente. No dijo nada, aunque su boca se convirtió en una línea
tensa y sus ojos se humedecieron. Señaló la columna de humo que todavía
ascendía en el lejano horizonte.
Cley siguió su movimiento.
- Supongo que teníais que defender a los vues tros,pero no
podríais… -dijo severamente.
Su voz se apagó al ver el gesto de dolor que contrajo la
cara del hombre cuando sus palabras le hicieron mella. Entonces su boca volvió
a apretarse, y asintió.
- Atacaron obras nuevas y viejas por igual.
No pudimos prever qué pretendían, y cuando lo hicimos, fue
demasiado tarde.
La furia de Cley, acallada un instante por la
vulnerabilidad del hombre, regresó como una quemadura acida en el fondo de su
garganta.
- ¡No teníamos nada para defendernos!
- ¿Crees que nosotros teníamos armas?
- ¡Los supras lo tienen todo!
Él suspiró.
- Nos protegemos gracias a nuestras máquinas trabajadoras,
gracias al genio de nuestro pasado.
- Hubo luchas en el pasado. He oído…
- El pasado lejano. Mucho antes de vuestra época.
Nosotros…
- Pero ellos sí sabían cómo. ¿Por qué vosotros no?
La expresión del hombre volvió a cambiar va rias veces con
una velocidad que ella encontró des concertante. Entonces una grave amargura
torció su boca en una sonrisa sardónica.
- Dime quiénes son ellos y tal vez pueda res ponderte.
- ¿Ellos? -Cley sintió dudas-. Pensaba que lo sabíais.
Ellos… bueno, se parecían más a nosotros…
- ¿Que a mí?
Ella le estudió durante un largo instante. Tenía el doble
de su tamaño, con una cabeza enorme. Sin embargo, sus orejas eran pequeñas y su
nariz, gruesa, como si fuera una corrección de última hora.
- Sí, tenían nuestro tamaño. Sus cabezas eran humanas, y…
- Ur-humanas -corrigió el hombre, ausente, como si
estuviera distraído.
- ¿Qué?
- Oh, lo siento mucho. Os llamamos ur-hu manos, puesto que
sois la forma más primitiva que existe.
La boca de la mujer se volvió blanca.
- ¿Y cómo os llamáis a vosotros mismos?
- Ah, humanos -dijo él, incómodo.
- Bien -recalcó Cley-, los que quemaron vuestra ciudad y
nos mataron, eran también ur- humanos.
- ¿Tenían lóbulos en las orejas?
- Yo… no puedo recordar. Las cosas se suce dieron con
mucha rapidez y…
- ¿Tenían los dientes muy espaciados, como los vuestros?
Ésa fue una de las primeras modifi caciones de las formas homínidas aún más
primi tivas, según he deducido de mis estudios con el Guardián de los Archivos.
- Mira, yo…
- Las separaciones impedían que la comida se acumulara y
se pudriera. Nosotros usamos ese di seño, como puedes ver, pero también
desarrolla mos nuevos dientes cada siglo para compensar el desgaste. Si…
- ¿Crees que tuve tiempo para fijarme en eso?
La expresión estudiosa y distraída a la vez del hombre
desapareció cuando parpadeó.
- Simplemente esperaba contar con tu ayuda.
- Tu pueblo gobierna el mundo, no el mío.
- Ya no -dijo él sobriamente.
Ella dominó el amargo torrente que la anega ba y dijo, en
voz baja:
- ¿Quiénes fueron?
- No lo sé. Parecían humanos.
- No eran como mi pueblo.
- Por supuesto que no. Poseéis sólo las habilidades
adecuadas para vivir en los bosques. Esa gente domina una tecnología bélica que
es infini tamente antigua.
El hombre miró al cielo con aprensión, fro tándose el
hombro, como si lo sintiera rígido. Ella advirtió que su liviano traje de una
sola pieza esta ba manchado y rasgado.
- ¿ Luchasteis contra ellos?
- Como mejor pudimos. Nos sorprendieron y sólo vimos
llamas.
Buscador habló tras ellos.
- La llama regresó aquí, más tarde, para que mar a los humanos
muertos.
Los dos humanos dieron un respingo.
- Eres muy silencioso -dijo el hombre, par padeando.
- Una de nuestras habilidades -contestó Bus cador-. ¿No
encontraste ningún humano sin quemar?
El hombre frunció el ceño.
- Todavía no.
- Dudo que lo hagas. Son concienzudos.
- ¿Por qué fueron a vuestras ciudades? -pre guntó Cley.
- Venid. -El hombre dio la orden sin apartar los ojos del
cielo. Su voz mostró un rápido aleteo de emoción cuando tendió la mano a
Buscador-. Buen aliado, nos marchamos.
Esto pareció suficiente para Buscador. La nave se ladeó
momentáneamente cuando la criatura su bió a bordo. Cley atravesó el amplio
pasillo de la escotilla y se encontró ante una cabina de control cómoda y
simple. El supra se sentó y la nave partió sin apenas un murmullo.
- Me llamo Alvin-dijo, como si todo el mun do supiera
quién era. Su desenfadada confianza fue más significativa para la mujer que su
nombre, y respondió a sus preguntas sobre los últimos días con frases cortas y
precisas. Ella se había encontra do con algún supra en raras ocasiones y éste
no se estaba ganando su confianza.
Pero mientras ascendían rápidamente, Cley se quedó
boquiabierta, sin intentar ocultar su sor presa. En unos segundos vio que las
tierras donde había vivido y trabajado se reducían a un simple punto en un
lienzo enorme. Contempló las mon tañas que admiró siendo niña reducirse a
soldadi tos de un ejército que marchaba hacia la curvatura del mundo. Su tribu
conocía bien la verde complejidad del bosque, pero ella no había comprendido
bien el alcance de las obras de los supras. Muchos finos ríos de color marrón fluían
a través de estrechos cañones, dando a la hilera de montañas el aspecto de un
espinazo nudoso del que surgían muchos nervios para alcanzar los oscuros
desiertos de más allá. Brillantes cimas nevadas coronaban los picos más altos,
pero Cley vio que no eran la fuente de los incontables ríos. Cada nervio
fangoso comenzaba bruscamente en las alturas de un cañón y se internaba en las
profundidades.
Cley señaló, pero antes de que pudiera formu lar la
pregunta, Alvin le contestó.
- Los alimentamos por medio de túneles. Los grandes Lagos
Milenarios se encuentran en las profundidades.
Esta reestructuración del paisaje tenía sólo unos pocos
siglos de antigüedad, pero la capa de humedad había reclamado ya gran parte del
reseco continente del planeta. Alvin se acomodó en su asiento, indolente,
mientras su nave trazaba un largo giro para mostrarle a ella el territorio.
Cley divisó una chispa de metal pulido muy lejana, casi en la misma curvatura
del planeta.
- Diaspar -dijo Alvin.
- La leyenda -susurró ella.
- Es bastante real -repuso él, observando las pantallas
que estudiaban el espacio que los rodeaba.
- ¿Fueron también allí?
- ¿Los atacantes? No. Y no tengo ni idea de por qué.
- ¿El nombre Diaspar viene de «desespe ración»?
- ¿Qué? -Alvin se enderezó-. No, por supuesto que no.
¿Quién te ha dicho eso?
- Era un chiste nuestro -dijo ella para tranquilizarle-.
Decíamos que los supras permane cisteis tanto tiempo aislados allí dentro que…
- ¡Tonterías! Salvamos a la humanidad, aguan tando
mientras el desierto avanzaba. Nosotros…
- ¿Y esa mancha verde? Allí, junto a Diaspar.
- Es Lys.
- ¿Mentiras? ¿Alguien dice mentiras?
- ¡No! Mira, no sé qué hacéis para divertiros los
ur-humanos, pero no encuentro…
- Simplemente estaba recordando algunos chistes primarios.
Alvin sacudió la cabeza. Sus ojos no abando naron las
pantallas y ella advirtió que debía de estar buscando una señal del regreso de
los atacantes. No podía imaginar cómo pudieron desaparecer tan rápidamente y
eludir a los supras. Pero la Tierra era grande, y en esta zona había muchos
lugares donde esconderse.
21
LA BIBLIOTECA DE LA VIDA
Descendieron a lo largo de la hilera de monta ñas nevadas.
Cley se sorprendió al descubrir que vistos desde allí los picos eran como sacos
arruga dos arrojados descuidadamente sobre una masa oscura, y que todos los
demás detalles desaparecían. No sabía, y Alvin no se lo dijo, que las montañas
eran rasgos transitorios, escoria sacudida por el lento vals de los
continentes.
Estas torres que asomaban tan orgullosamen te se abrieron
paso a través del lecho oceánico a medida que los mares se fueron secando. El
naci miento de los primeros picos había sido registra do en sus archivos por
los humanos, pero ahora se había perdido en los recovecos llenos de detalles
inútiles y recargados que todavía cosechaba Dias par. Estos picos rugientes se
alzaron durante la época en que floreció la mayor religión humana. Esa fe había
convertido al mundo entero, había sondeado las profundidades filosóficas del
alma humana de entonces, y ahora estaba completamente olvidada. Sólo el
Guardián de los Archivos conocía el nombre de aquella creencia, pero no se
había molestado en desvelar a Alvin esa época polvorienta. Las furiosas causas
y grandes ilusiones del pasado eran corno los fantasmas de cordilleras
gastadas, hundidas ahora bajo océanos de arena.
Cley contempló las llanuras del desierto, que durante
tanto tiempo habían sido la mortaja del cadáver de la Tierra y ahora eran
obligadas a reti rarse por la presencia de los bosques. Las exten siones de
arena todavía lamían la joya de Diaspar. Vio, al sur, que desde la lejana Lys
el largo dedo de un río apuntaba al desierto, acercándose serpenteante a
Diaspar. La reconquista del planeta avanzaba alrededor de su lecho, y al verlo,
una sensación de loca esperanza le abrumó. La pérdida de su tribu desapareció
al menos durante un instante y se regocijó en el espectáculo de su mundo,
contemplando por primera vez su intrincada integridad.
Algo se movió en el lejano horizonte. Cley se ñaló.
- ¿Qué es eso?
- Nada peligroso -respondió Alvin.
En los límites de su visión telescópica, ella pudo
distinguir una larga línea recta que apuntaba hacia abajo. Parecía moverse, y
entonces la perdió entre las nubes distintas. Alvin la ignoró, ceñudo, mientras
repasaba los innumerables datos que le ofrecían las paredes de la nave.
- ¿Adonde vamos?
Alvin parpadeó, como si regresara de algún lugar distante.
- Al infierno y de vuelta.
Cuando ella frunció el ceño, aturdida, Alvin sonrió.
- Una vieja frase. Ven, te mostraré que el infierno habita
en la Tierra… de momento.
Se zambulleron en el torbellino de una tormenta que
asolaba el ecuador. Gruesas nubes henchidas de humedad salpicaban el aire. En
los últimos años, Cley había sentido principalmente los vientos y la lluvia a
medida que la humedad se esparcía por la ecosfera recompuesta.
La nave se abrió paso entre las capas de fina niebla, y
descendió, atravesando el panorama de arenas barridas por el viento.
- Espera -murmuró Buscador, colocando su ancha mano sobre
la de Cley.
Ella le dirigió una rápida mirada interrogativa. La marca
en forma de antifaz en torno a los ojos de la criatura parecía prometer
revelaciones malé volas. Al parecer, Alvin no prestaba atención más que a las
pantallas, como si estas perspectivas de espacio y tiempo fueran comunes.
- ¿Ves? -Hizo aparecer una amplia visión del desierto en
una pantalla. Una red de finas líneas apareció lentamente, construyendo sus imá
genes como pálidas venas bajo una piel lívida-. Los antiguos túneles
subterráneos, guiando a ciu dades que una vez tuvieron vida.
- ¿Cuándo?
- Hace más años de los que podrías contar si no hicieras
otra cosa durante toda tu vida.
Ella se quedó mirando. La pantalla mostraba finos
entramados de calles bajo las arenas siempre cambiantes, las sombras de las
ciudades cuyos nombres habían quedado ya perdidos.
- Hay tantas…
- Entonces hubo muchas alternativas a Dias par. No las
aprovechamos.
- ¿Y ahora?
Alvin se echó a reír.
- ¡Incontables! ¡Infinitas!
Para sorpresa de Cley, Buscador intervino, con voz suave y
melodiosa.
- Hay más razas de infinitud que de finitud.
Alvin alzó las cejas, sorprendido.
- ¿Sabes de transfinitos?
- Hablas de simples matemáticas. Yo me refiero a tu
especie.
Buscador no le había hablado a Alvin desde que subieron a
la nave. Cley vio que la bestia no se dejaba impresionar por el estilizado y
rápido apa rato. Permanecía sentado en completa tranqui lidad, y nada escapaba
a sus ojos brillantes y rá pidos.
Alvin hizo una mueca.
- Muy bien, sabihondo. ¿Sabías que tu especie evolucionó
para mantener a los humanos inte lectualmente honestos?
- Eso creen los humanos -dijo Buscador con cierto
retintín.
Cley no pudo leer su expresión.
Alvin pareció desconcertado.
- Yo… supongo que también nosotros tene mos ilusiones.
- La verdad depende de los órganos sensores -dijo Buscador
entrecortadamente, con lo que Cley interpretó como un intento de ser amable. ¿O
estaba imponiendo un juicio humano a las leves arrugas en torno a los ojos
rasgados de Buscador, a la forma en que se afilaban sus orejas amarillas?
- Tenemos registros de las largas conversa ciones
mantenidas entre tu especie y la mía -em pezó a decir Alvin-. Las he estudiado.
- Una biblioteca humana -contestó Busca dor-. No nuestra.
Cley vio un abismo en los ojos de Buscador, la oscuridad
que siempre existiría entre las especies. A lo largo de cientos de millones de
años, las pala bras fueron simples bengalas lanzadas contra la noche que se
acercaba.
- Sí-dijo Alvin, sombrío-, y eso es lo que duele. Sabemos
lo que pensaban e hicieron los hu manos, pero empiezo a comprender que gran par
te de la historia pasó fuera del alcance de la habili dad humana.
- Así debió de ser.
- Pero lo recuperaremos todo -dijo Alvin severamente.
- No podéis recuperar el tiempo.
Alvin asintió, fatigado. Cley conocía fragmentos de su
historia, y vio que había cambiado en los siglos que habían pasado desde que
era un niño atrevido capaz de alterar la fortuna humana. Un miembro de su
propio pueblo habría adquirido sabiduría y muerto en el tiempo que había vivido
este hombre; era otro signo de la enorme distancia que existía entre las
especies. El espíritu de Alvin había menguado visiblemente, como si este vuelo
le hubiera apartado momentáneamente de un hecho que no podía asumir.
La nave aterrizó junto a una pared negra que al principio
Cley consideró sólida. Entonces vio las espirales gris ceniza abriéndose paso a
través de las hinchadas nubes y supo que se trataba de la columna de humo que
había visto durante días.
- La Biblioteca de la Vida -dijo Alvin-. La atacaron con
algo parecido al rayo. Descargas que golpeaban, horadaban y perseguían.
Encontraron el tesoro que no había descubierto la erosión del viento durante
miles de años.
- ¿Una biblioteca subterránea? -preguntó Cley. Su tribu se
había reído del supra que les contó esta práctica, el intento de retener
prisionero el conocimiento en una sustancia fija. La gente que vivía y
trabajaba en el constante flujo de los bosques veía que la permanencia de las
cosas no era más que una ilusión.
- Un legado separado de Diaspar -dijo Alvin amablemente-.
Los antiguos sabían que su alma cén no sería necesario en mi ciudad de cristal.
Pero sintieron la urgencia de conservar sus conocimien tos, y por eso los
enterraron profundamente.
- Un rasgo humano recurrente -dijo Buscador.
- La única forma de comprender el pasado -replicó Alvin
bruscamente.
- El significado pasa -repuso Buscador.
- ¿Y la geometría transfinita?
- La geometría significa. No pasa.
Alvin gruñó con exasperación y abrió la escotilla de una
patada. La brusca mordedura del humo hizo que Cley tosiera, pero Alvin no se
dio cuenta. Emergieron a un clamor de actividad fe bril. Alrededor de la nave
había legiones de ro bots. Los supras dirigían los equipos que salían de los
túneles abiertos como bocas sorprendidas en el desierto, llevando consigo
largos cilindros de brillante cristal.
- Estamos intentando salvar los últimos res tos de la
biblioteca, pero la mayor parte se ha perdido -dijo Alvin, apartándose
rápidamente del murmullo gutural del enorme incendio. El humo salía a través de
los canales abiertos en el desierto. Esta multitud de pequeñas cuñas manchadas
de hollín componían la enorme pira que se alzaba sobre ellos, cubriendo la
mitad del cielo.
- ¿Qué había ahí dentro? -preguntó Cley.
- Vida congelada -dijo Buscador.
- Sí -contestó Alvin; su mirada traicionaba su sorpresa-.
El registro del trabajo de toda la vida a lo largo de más de mil millones de
años. Lo dejaron aquí, por si la raza necesitaba de nuevos almacenes
biológicos.
- Entonces eso que arde es el código -dijo Buscador.
Alvin asintió amargamente.
- Un depósito de ADN del tamaño de una montaña.
- ¿Por qué estaba en el desierto? -preguntó Cley.
- Porque existía la posibilidad de que llegara una época
en que incluso Diaspar cayera, aunque la humanidad continuase. Eso dice el
Guardián.
Las cuadrillas de robots se movían en filas exactas que ni
siquiera podía romper el tumulto de la lucha contra el fuego. Avanzaban sobre
ruedas, sobre piernas y vías, aplastando el suelo mientras lanzaban grandes
cantidades de tierra y grava a las aberturas que todavía lamía el fuego. Cley
pudo ver que las trincheras habían sido laceradas por grandes explosiones.
Ahora el incendio saqueaba las profundas vetas de la sabiduría genética acumu
lada de todo el planeta, y los robots parecían equi pos de insectos que
corrieran automáticamente para proteger a su reina, conservando un legado que
no podían compartir. Cley apenas podía apartar los ojos de la enorme pira donde
se desvanecía la herencia de innumerables especies extintas.
Las máquinas los evitaron automáticamente mientras
rebasaban una colina baja y salían a una llanura. Habituado a la perfección que
conocía en Diaspar, Alvin no se molestó en hacerse a un lado mientras los
batallones de robots pasaban junto a ellos. Buscador se asustó visiblemente
ante el rugido y el viento levantado por las grandes máquinas al pasar
peligrosamente cerca.
Cley vio que aquí ya había parches de hierba y árboles
pequeños, vida renacida en las arenas muertas. Los supras corrían por todas
partes, diri giendo las columnas de robots con rápidos gestos e instrumentos de
mano.
- El incendio no remite -dijo Alvin amargamente-.
Intentamos sofocarlo enterrando las llamas. Pero los atacantes han usado una
especie de fuego electromotor que sobrevive incluso a eso.
- Las artes de la guerra -comentó sardónica mente una
mujer.
Cley se volvió y vio a una mujer alta y de po derosa
constitución. Estaba un poco lejos, pero su voz pareció cercana, íntima.
- ¡Alvin! -exclamó la mujer, y corrió hacia ellos-. Hemos
perdido un filo.
La dolorida expresión de Alvin se hizo aún más intensa.
- ¿Algo menor?
- El miriasoma.
- ¿El de muchos cuerpos? ¡No! -La desesperación asomó en
su cara.
- ¿Qué es eso? -preguntó Cley.
Alvin contempló la distancia, la emoción batallando en su
rostro.
- Una forma que conoció mi propia especie, hace mucho
tiempo. Una inteligencia compuesta que usaba zánganos capaces de recibir
instruccio nes electromagnéticas. La criatura podía disper sarse a voluntad.
Cley miró a la mujer con intranquilidad, sintiendo una
extraña tensión jugando al filo de sus percepciones.
- Nunca he visto una.
- No las habíamos revivido -dijo Alvin-. Ahora se han
perdido.
- No te apresures -dijo Buscador.
Alvin lo ignoró.
- ¿Estás segura de que los hemos perdido todos?
- Esperaba que quedaran rastros, pero… sí. Todos.
Cley oyó a la mujer y al mismo tiempo sintió una voz más
profunda resonar en su mente. La mujer se volvió hacia ella.
- Tienes el talento, sí-dijo-. Escucha.
Esta vez, la voz de la mujer sonó únicamente en la mente
de Cley, entrelazada con extrañas y tamborileantes notas bajas.
Soy Seranis, una supra que comparte esto.
- No comprendo -dijo Cley. Miró a Buscador y Alvin, pero
no pudo leer sus expresiones.
Os hemos recreado a los ur-humanos a partir de los datos
de esta Biblioteca. Os mejoramos para que pudierais comprendernos a través de
este talento directo.
- Pero Alvin no…
Es de Diaspar y por eso carece del talento. Só lo los de
Lys tenemos los hilos de magnetita de microondas activa en el cerebro y el
cráneo. Se in tercalan en torno a los circuitos neurológicos, los vuestros y
los nuestros. Cuando la actividad eléctrica los estimula, aumentan y transmiten
nuestros pensamientos.
Seranis tomó las manos de Cley y las alzó, las palmas
hacia arriba, y luego las acercó lentamente a sus propias sienes. Cley sintió
que la voz se hacía más fuerte.
Soy antena y receptor, igual que tú.
- ¡Nunca pude hacer esto antes! -dijo Cley en voz alta,
como si el nuevo talento la hiciera dudar de su antigua voz.
El talento debe ser estimulado primero, ya que no es
connatural a los ur-humanos. Seranis sonrió sardónicamente. Puede que ayudara a
tu especie en su momento. Los de Lys lo tenemos porque hemos vivido durante
mucho tiempo para el conjunto, para nuestra comunidad. Esto nos une.
- ¿Y Alvin?
Diaspar es dueña de los mecanismos urbanos; Lys, de la
majestuosidad de los bosques. Su arte es capa a sus fronteras, mientras que el
nuestro canta sobre nuestro tiempo y comunidad. Diaspar recha zó la cálida
intimidad del talento, aunque es un placer interminable. Y los de Lys pagamos
por esto el precio de la mortalidad.
- Este talento… ¿os mata?
Seranis sonrió cansinamente.
Sí. Al ser forzado, es inevitable que el cerebro pierda
estructura, sustancia. Compartimos con vo sotros los ur-humanos este defecto
definitud.
Cley supo que estaba hablando con la persona que había
recuperado a su especie para el mundo, aunque no podía decidir si sentirse
agradecida o furiosa.
- ¿Entonces por qué nos disteis este don, si no lo temamos
antes…, antes de que nos sacarais de vuestra Biblioteca?
¿Apareció un rápido destello de cautela en la tensión de
los labios de Seranis?
Por ahora, digamos simplemente que os conocemos lo
suficientemente bien para apreciar vues tras dichas cinestéticas, vuestra
rápida y celosa vi sión del mundo. Hemos perdido eso en Lys.
¿Perdido en mentiras?, pensó Cley.
Seranis parpadeó, y Cley supo que la había comprendido. El
chistecito se abría paso incluso en este extraño medio.
Creímos en la gran mentira sobre los Invaso res, sí, dijo
Seranis sombríamente. Algunos dicen que por eso nos llaman así.
- ¿Invasores?
Antaño, Diaspar y Lys creían que la humani dad huyó de las
estrellas, acosada por otra raza. Pero la realidad, descubierta por Alvin
cuando se aventuró fuera de Diaspar, camino de Lys y aun más allá, es que la
humanidad se retiró ante la existencia de mentes superiores entre las estre
llas. Intentamos hacer evolucionar fuerzas aún más grandes, mentes libres de la
propia materia. Y tuvimos éxito. Pero el agotamiento y el miedo nos hicieron
replegarnos en la apatía mientras las ciudades morían y las esperanzas se
desmoronaban.
Una inmensa tristeza teñía estos pensamien tos, largas
notas que se aferraban a la mente de Cley como un canto fúnebre y lastimero.
Tenían por contrapunto la presión del mundo a su alre dedor, una mezcla del
lejano crepitar del fuego, el ácido aroma del humo aceitoso, los roncos gritos
de las órdenes y las quejas, el sombrío rechinar de las pesadas máquinas.
Advirtió que Alvin la estudiaba con interés, y recordó que
había pronunciado su nombre. De in mediato experimentó un atisbo del abismo que
se había abierto entre ella y cualquiera que no pudiera captar la suave
velocidad de este nuevo talento, su fino calor y sus significados enmascarados.
Y aún había más: pura sensación desencadena da. Seranis se
volvió para dar una orden de viva voz a una de las máquinas, y Cley sintió un
eco del movimiento de la mujer, la toma de aire, diminutas presiones y
reflejos. En las profundidades más recónditas de Seranis ardía un lento fuego
sexual. El pueblo de Lys había conservado las pasiones de la humanidad remota,
el disfrute carnal y el goce que inundaba la mente de gemidos animales,
convocando el latir de urgencias depositadas en los cerebros de reptiles sobre
costas de lodo.
Seranis era adulta de una forma que Alvin nunca podría
serlo. No era algo bueno ni malo: cada subespecie había elegido caminos
profunda mente distintos.
- Ah, sí -se obligó a decir Cley, apartando su atención de
la cálida y abrumadora satisfacción de este nuevo talento-. Yo, yo…
- No tienes que decir nada -sonrió Alvin-. Te envidio. Es
más, te necesito.
Filas de robots sobre ruedas pasaron rugiendo junto a
ellos, imposibilitando la comunicación, esparciendo guijarros por el aire.
Buscador se movio nervioso de un lado a otro, contemplando las gigantescas
máquinas. Ahora tenía el aspecto de un animal atrapado en un entorno extraño,
alerta y nervioso. Cley se preocupó por él, pero sabía que no podía hacer nada
por Buscador sin la aprobación de los supras.
- ¿Me necesitas? -preguntó-. ¿Para qué?
- Ahora eres una rareza -dijo Alvin tranqui lamente-. Por
eso inicié la búsqueda.
El rayo alcanzó a nuestros ur-humanos, inter vino Seranis.
El propio Alvin buscó supervivientes, pero…
Cley miró a Alvin y luego a Seranis, plena mente
consciente de su fingida tranquilidad. Eran casi el doble de grandes que ella,
y sus pieles acho colatadas rebosaban salud. Sin embargo, Seranis tenía líneas
en el rostro que le daban una geome tría grave y arrugada. Sus ropas ondulaban
para acomodarse a cada movimiento. Un aire de inconsciente bienestar gravitaba
alrededor de sus esbeltas figuras. Cley se miró a sí misma: magullada por
heridas, arañada por los matojos, la piel agrietada, manchada y sucia.
Sintió un arrebato de vergüenza.
Lo siento, le dijo Seranis, preocupada. Ha sido un residuo
de mis propias emociones. La desnudez tiene connotaciones sexuales y sociales
en Lys.
- ¿Por mostrar simplemente la piel? -preguntó Cley,
asombrada. Su pueblo disfrutaba del roce del mundo contra su carne, pero no
significaba nada más. Para ella, la pasión surgía del contexto, no del atuendo.
La especie de Alvin no lo siente, ya que los in mortales
no necesitan reproducirse.
- ¿No practican el sexo?
Rara vez. Hace mucho tiempo se alteraron a sí mismos (una
corriente sumergida añadió, con un leve tinte de risa ambarina: O tal vez las
máquinas hicieron alguna pequeña poda), para evitar el fermento de la
sexualidad. Anularon las señales sexuales, todos los signos y gestos
inconscientes. Sin embargo, yo aún conservo esa tendencia, y te he transmitido
algunos de mis sentimientos. Yo…
- No importa -dijo Cley. Normalmente no sentía ninguna
vergüenza, y prefería con mucho su actual desnudez. Las ropas la privaban de su
li bertad y de su fina sensibilidad.
Lo que sí la molestó fue la súbita sensación de
inferioridad. Se había ido acumulando, unida al incómodo embarazo y cabalgando
sobre su conocimiento de que su especie era muy limitada. Para los supras, ella
era un fósil viviente.
Recordó con cierta satisfacción que Alvin era sordo a las
veloces corrientes de talento y por eso habló en voz alta, aunque los pastosos
movimien tos de su lengua y su garganta empezaban ya a pa recerle brutales y
torpes.
- ¿Por qué te preocupas tanto por nosotros?
- Los ur-humanos sois valiosos -dijo Alvin con cautela.
- ¿Porque podemos hacer trabajos inferiores? -preguntó
Cley sarcásticamente.
- Sabes que tenéis habilidades para tratar con sistemas
biológicos de las que carecemos las adap taciones posteriores -dijo Seranis
lisa y llana mente.
- Oh, claro. -Cley alzó un pequeño dedo que transformó
rápidamente en cinco herramientas diferentes: aguja, conector, biollave,
podador, enlazador-. ¿Esto no fue cosa vuestra?
- Bueno -dijo Seranis cuidadosamente-, en efecto
modificamos unas cuantas cosas. Pero los ur-humanos tenían todas esas
capacidades subya centes.
La boca de Cley se retorció, llena de ironía. -Buena cosa
que me hayáis dado este talento para hablar. Puedo notar que hay algo que no
queréis decirme.
- Tienes razón. -Alvin abrió los brazos para abarcar el
humo que se alzaba como una barrera sólida y ominosa-. Estamos preocupados
porque pudimos perderos a todos. -¿Perdernos a nosotros? Captó pensamientos de
Seranis, pero las capas eran cuñas superpuestas, nubladas por significados que
podía sentir pero no descifrar. En el instante entre perderos y nosotros sintió
un largo intervalo en el que pesados bloques de significado pasaron corriendo
junto a ella. Era como si objetos inmensos corrieran en una amplia sala
abovedada que sólo pudiera ver a través de sombras. Sintió entonces la
verdadera profundidad y velocidad de Seranis, supo que a través de este
exuberante talento flotaba en una diminuta esquina de una inmensa catedral de
ideas, lejos del gran crucero, e inconsciente de laberintos ocultos para
siempre. Había pasadizos abiertos muy lejos, reducidos por la perspectiva a
pequeñas bocas bostezantes, aunque Cley supo al instante que eran corredores de
pensamiento por los que ella no podría aventurarse en toda su vida. El silencio
hueco de estos gélidos espacios, todos parte de Seranis, contenía un misterio
ininteligible. A pesar de su tamaño y su extraña gracia líquida, esta gente
parecía humana, pero Cley supo de repente que eran tan extraños como cualquier
bestia que hubiera visto en los bosques. Sin embargo, se encontraban dentro de
la larga tradición genética de su especie, y por eso les debía cierta lealtad.
Con todo, el enorme tamaño de sus mentes…
- Podríamos haberos perdido -dijo Alvin, con lo que ella
comprendió que era paciencia indulgente-. Los registros de tu especie fueron
destruidos en el ataque. Todos los otros ur-humanos fueron reducidos a cenizas.
Tú, Cley, eres el último ejemplar que queda.
22
UNA TOPOLOGÍA SUPERIOR
Cley trabajó durante largos días en las ruinas. Los robots
despejaron el lugar del desastre, pero había innumerables sitios donde el
cuidado humano y el sentido común podían rescatar un fragmento del pasado
destrozado y ella se alegraba de poder ayudar. El dedo amputado en su mano
izquierda había vuelto a crecer, pero estaba todavía tieso y débil, y por eso
quería ejercitarlo. Y necesitaba tiempo para despejar su cabeza, para salir de
un abismo de pena.
El ataque había sido concienzudo. Los rayos habían
asaltado un ala de la Biblioteca con espe cial atención. Habían descendido una
y otra vez en brillantes haces de color, gravitando durante largos instantes
como un arco iris malévolo cuyos pies lanzaran flechas eléctricas contra el
suelo.
Aquella ala había albergado la Biblioteca de la Humanidad.
Los ur-humanos eran la forma más antigua almacenada allí, y ahora, junto con
todas las diversas variedades de la humanidad que los habían seguido, se habían
perdido…, a excepción de Cley.
Le resultaba difícil comprender el impacto de la
situación. Los robots la trataban con deferencia torpe y excesiva. Todos los
supras le mostraban su respeto, y ella sentía su cuidadosa protección mientras
trabajaba. A su vez, sin hacerse notar, observaba a los supras comandando a sus
legiones de robots, pero no sabía cómo interpretar su estado de ánimo.
Entonces, un día, una mujer supra interrum pió de pronto
su tarea y empezó a bailar. Se movía sin esfuerzo, girando y cabriolando,
revoloteando sobre los escombros de la Biblioteca, las manos alzadas como para
agarrar el cielo. Otros supras imitaron su danza y en unos instantes todos
estuvieron moviéndose con sorprendente velocidad que no tenía ninguna nota de
apresuramiento ni frenesí.
Cley supo entonces que estaba contemplando una
estilización de los rituales ur-humanos que estaba más allá que ninguna otra
cosa que su tri bu hubiera empleado para espantar sus tormentos interiores. No
captaba ninguna pauta en sus arabescos, pero sentía elementos sutiles en cada
movimiento. Era extraño contemplar a varios centenares de cuerpos girar y
danzar y brincar y deslizarse, sin mirarse unos a otros, sin canciones, ni la
más leve música. En el silencio total, Cley no pudo encontrar ninguna señal del
talento. Los supras permanecían completamente en silencio, girando cada uno de
ellos en una curva cerrada. Bailaron sin pausa y sin muestras de cansancio
durante el resto del día y a lo largo de toda la noche, hasta bien avanzada la
mañana siguiente.
Cley contempló sus interminables bailes sin esperanza de
poder comprenderlos. Sin pretenderlo, los supras le decían que estaba
completamente sola. Buscador tampoco fue una buena compañía: dirigió a los
supras sólo una mirada ocasional y pronto se quedó dormido. Cley añoró a su
tribu e intentó dejar el recinto supra, pero al acercarse al perímetro su piel
empezó a arder y a picarle de manera intolerable. Mientras las figuras altas y
perfectas seguían danzando en la noche, ella recordó amores y vidas ahora perdidos
en el embudo de la muerte, intentó dormir y no pudo.
Y entonces, sin ningún signo o gesto de advertencia, los
supras se detuvieron, miraron a su alre dedor y regresaron sin decir palabra al
trabajo. Sus robots empezaron a moverse de nuevo y no se mencionó el asunto
para nada.
Al día siguiente, mientras los trabajos conti nuaban,
Seranis tomó muestras de su cabello, piel, sangre y orina.
Para la Biblioteca, explicó.
- Pero si ya no existe.
Ven.
Seranis la condujo a un portal destrozado. Buscador las
acompañó. Cley había pasado toda su vida en la irregular belleza de los
bosques, don de trabajaba su pueblo. No estaba preparada para las inmensas
geometrías de debajo, las ondulantes galerías subterráneas que se perdían de
vista, las hélices de alabastro que engañaban a los ojos haciéndoles creer que
la gravedad había sido inver tida.
Ya hemos empezado a reconstruir.
Equipos de robots de bronce manejaban grandes máquinas que
producían brillantes paredes. La materia azul metálica manaba incesantemente;
aunque Cley la tocó, un instante después la viscosa superficie era ya dura como
una roca.
- ¿Pero para qué? Habéis perdido el material genético
-dijo. Prefería hablar en vez de usar el talento, por miedo a revelar sus
verdaderos sentimientos.
Podemos salvar tu ADN personal, desde lue go, y los pocos
fragmentos que hemos recuperado aquí. En el bosque habitan otras especies.
Necesitaremos tu ayuda para agruparlas.
De Seranis brotaban corrientes que la instaban amablemente
a usar sólo su talento, pero Cley re sistió, pues quería mantener la distancia
entre ellas.
- Bien. Habéis leído mi hélice, ahora dejadme marchar…
Todavía no. Tenemos que iniciar una serie de procesos.
Para recrear a tu especie necesitamos que nos guíes.
- Lo hicisteis sin mí antes.
Con dificultad y errores.
- Mira, tal vez pueda encontrar a algunos su pervivientes
de mi pueblo. Puede que hayáis pasado por alto…
Alvin está seguro de que no queda nadie.
- No puede estar seguro. Sabemos escon dernos.
Alvin posee un grado de certeza que no puedes imaginar.
- Alvin se mueve en su propio arco -dijo Buscador, con su
voz aguda y melodiosa, como luz bailando sobre el agua.
Seranis estudió con atención a la gran criatura.
- ¿Lo percibes como un segmento de una to pología
superior?
Buscador se alzó sobre sus patas traseras, los músculos
tensos bajo su piel, e hizo gestos con sus patas delanteras y sus manos,
señales complejas que Cley no pudo descifrar.
- Primero resolvió la oposición central entre el interior
y el exterior de Diaspar -dijo Buscador con su curiosa voz-. Lo hizo venciendo
los bloqueos de la estrechez cultural, de la historia desconocida, de la
agorafobia de su pueblo, de los ordenadores. Transformó esta oposición
dentro-fuera saliendo, sólo para encontrar su reflejo en las oposiciones entre
Lys y Diaspar. Para vencer esto, su espíritu lo convirtió en la oposición del
provincianismo de la Tierra contra la expansión de la propia galaxia. Y confrontó
a los ordenadores de Diaspar con una paradoja en la memoria bloqueada de uno de
los robots de servicio de Shalmirane. Este acto le hizo salir de nuevo, en una
nave espacial.
Seranis jadeó, era la primera vez que Cley veía a un supra
impresionado.
- ¿Cómo puedes saber…?
Buscador ignoró la pregunta.
- Y así, bajo los Siete Soles, encontró otra ba rrera, la
jaula vacía de algo muy superior a la hu manidad. Ahora se enfrenta a esta
barrera espacial con su propia mente, y busca convertirla en una barrera en el
tiempo.
- Yo… no comprendo -dijo Cley.
- Yo, sí. -Seranis estudió a Buscador-. Esta bestia ve
nuestros movimientos en otro plano. Ha unido nuestras conversaciones y ésa es
su deduc ción. ¿Pero qué quieres decir con eso de una ba rrera en el tiempo?
La ancha boca de Buscador se torció hacia abajo, en el
gesto opuesto de una sonrisa humana. Cley sospechó que Buscador estaba forjando
algo parecido a una sonrisa irónica, pues sus ojos bri llaron con una especie
de sonrisa líquida y salta rina.
- Ofrezco dos significados. Alvin retrocede en el tiempo,
al filo de la evolución, en busca de los ur-humanos. Y a la vez busca algo
fuera del tiempo, una nueva jaula.
Cley sintió un destello de alarma en Seranis.
- Eso es una tontería -dijo la supra, enva rada.
- Por supuesto. Pero no me la he inventado yo -respondió
Buscador con un sonido seco parecido a un ladrido que Cley habría jurado era
una risa con oscuros significados.
Cley sintió una oleada de consternación sobre el mar de la
mente de Seranis.
- ¿Y luego? -preguntó Seranis.
- Ninguna jaula aguanta eternamente.
- ¿Nos ayudarás?
- Tengo una causa superior -dijo Buscador en voz baja.
- Eso sospechaba. -Seranis alzó una ceja-. ¿Superior al
destino de la vida inteligente?
- La vuestra es una inteligencia local.
- Una vez nos extendimos entre las estrellas… y podemos
volver a hacerlo.
- Y sin embargo permanecéis atrapados dentro de vuestras
pieles.
- Igual que tú -contestó Seranis con cortante precisión.
- Sabes que somos diferentes. Debes de poder sentirlo.
Buscador golpeó la prominencia craneana que remataba su
hocico, como si llamara a una puerta.
- Puedo sentir algo, sí -le dijo Seranis, en guardia.
Cley no pudo detectar nada en Buscador. Se agitó incómoda,
perdida en la velocidad y las di versas impresiones de la conversación.
- Los humanos tenéis emociones -dijo Buscador lentamente-,
pero las emociones os poseen.
- ¿Y tu especie? -aguijoneó Seranis.
- Tenemos ciertas urgencias que sirven a otras causas.
Seranis asintió, aumentando la sensación que tenía Cley de
enormes reflexiones compartidas que parecían tan invisibles a los demás como el
aire que respiraban. Todos vivían como hormigas a la sombra de montañas de
milenios, y la enor me masa del tiempo ensombrecía cada palabra. Sin embargo,
nadie hablaba con claridad. Tenuemente, imaginó que el paso de los milenios
había oscurecido de algún modo todas las certezas, lanzando dudas sobre todas
las categorías del conocimiento. La historia tenía ejemplos opuestos para cada
regla. Todos los relatos eran al final resbaladizos, sospechosos, así que las
conversaciones saltaban entre sombríos abismos de ignorancia y cornisas de
dolorosos recuerdos antiguos como continentes, suavizando las lenguas con
ambigüedad y culpa.
Buscador rompió el largo y forzado silencio que se había
abierto entre ellos.
- Que sepamos, de momento somos aliados.
- Me alegro de oír eso. Me preguntaba por qué acompañaste
a Cley.
- Deseaba salvarla.
- ¿Pasaste por allí por casualidad? -preguntó Seranis,
recelosa.
- He venido a enterarme de los nuevos peli gros que
amenazan a mi especie.
Seranis se cruzó de brazos, un gesto tan anti guo como la
humanidad, que Cley supuso era igual para todas las especies: un juicio
reservado, una leve duda.
- ¿Desciendes de las copias que hicimos?
- ¿De vuestra Biblioteca de la Vida? -Busca dor tosió,
como para cubrir una carcajada poco amable, y entonces mostró sus dientes
amarillos y su amplia mueca ilegible-. Genéticamente, sí. Pero cuando
liberasteis a mi especie, reemprendi mos nuestras antiguas tareas.
Seranis frunció el ceño.
- Creía que originariamente erais compañe ros de una
especie humana ahora desaparecida.
- Eso creía esa especie.
- Es lo que dice la Biblioteca de Diaspar -re cordó
Seranis con cierto asomo de ira.
- Exactamente. Incluso así, fueron una espe cie sabia.
- ¿Los ur-humanos? -preguntó Cley. Le gustaba pensar que
la saga de sus antepasados ha bía incluido amigos como Buscador.
Los grandes ojos de la bestia la estudiaron du rante un
largo instante.
- No. Eran una raza que conocía las estrellas de forma
distinta.
- ¿Mejor?
- Distinta.
- ¿Y se han perdido por completo? -pre guntó Cley,
plenamente consciente de las masas ensombrecidas de la historia.
- Se han marchado.
- ¿Se han marchado… o se han extinguido? -preguntó
Seranis, recelosa.
- Desde vuestra perspectiva, no hay ninguna diferencia
-dijo Buscador.
- Me parece que la extinción os cierra el cami no -dijo
Cley alegremente, esperando dispersar la tensión que de algún modo se había
introduci do en la conversación.
- Es igual -dijo Seranis-. La estabilidad de esta biosfera
depende de mantener vivas muchas especies. Cuanto mayor sea su número, más di
versificada será la vida en la Tierra, por si desastres futuros asedian al
planeta.
- Y lo harán -dijo Buscador, asumiendo sin esfuerzo su
postura para caminar, una señal de que no seguiría hablando.
¡Maldito animal! Seranis no pudo ocultar este pensamiento
a Cley, o tal vez no quiso hacerlo.
Abandonaron en silencio la Biblioteca de la Humanidad.
Seranis bloqueaba deliberadamente su talento para que Cley no pudiera detectar
el más mínimo fragmento de sus pensamientos.
23
EL BANQUETE DEL FINAL DE LOS TIEMPOS
Esa noche, Alvin presidió una gran cena de trescientos
comensales en la que Cley era la invitada de honor. Los robots habían trabajado
durante el día para construir un gran salón de muchas cúpulas que parecía
alzarse rugiendo desde el mismo suelo. Sus paredes eran de color arena, pero
transparentes. En el interior, un amplio techo de arcos entrecruzados se alzaba
sobre mesas que también surgían directamente de un suelo de granito. Las
paredes estaban cubiertas de espirales que brillaban azules en el suelo y
cambiaban a rojo a medida que se alzaban, circundando la sala, creando un
extraño efecto parecido a una puesta de sol sobre un mar de azur. Por efecto de
los trucos de perspectiva, la mirada de Cley se internó en algunos corredores
falsos, y a veces parecía haber otros miles de invitados comiendo en la
distancia. Había momentos en que se abrían agujeros en el suelo y de allí
surgían robots para traer la comida, un proceso que Cley encontró tan
inquietante que a partir de entonces permaneció sentada en su sitio. A pesar
del frío aire de la noche en el desierto, la habitación disfrutaba de una
cálida brisa que olía igual que los bosques de pino que ella conocía tan bien.
Su túnica apenas parecía tener sustancia, y la acariciaba como si fuera agua,
aunque la cubría desde el cuello a los tobillos.
Comieron granos y verduras de origen pri mordial, muchos
de los cuales se remontaban a los albores de la humanidad. Ya habían sido
esparci dos a través de la naciente biosfera, y esta cena era el resultado de
una amplia cosecha realizada por todo el globo. Cley saboreó las ricas salsas y
los densos aromas, pero en todo momento mantuvo la atención fija en la
conversación con sus anfitriones.
A menudo su charla se le escapaba por com pleto, pues eran
arabescos de talento cargados de significados que se deslizaban entre penetran
tes puntualizaciones verbales. Los supras de Lys templaban sus rápidas señales
de fuego rápido para hacerlas comprensibles a Cley. Los de Dias par usaban sólo
el recurso de su lenguaje, que ella podía seguir. Intentaron mantener en un
nivel simple las diversas capas de referencias cruzadas, pero de vez en cuando
arrebatos de entusiasmo arrastraban sus ornadas conversaciones a reinos de
complejidad aturdidora.
Cley sentía su ira y su pesar bajo la inflexible
resolución de recuperar lo que pudieran. Sin em bargo, Alvin hacía chistes,
incluso citando algún antiguo lema de una sociedad erudita de los pri meros
tiempos de la ciencia.
- Nullius in verba -dijo secamente-. O «No aceptes la
palabra de nadie». Hace que las bi bliotecas parezcan inútiles, ¿verdad?
Cley se encogió de hombros.
- No soy ninguna estudiante.
- ¡Exactamente! Es hora de dejar de estudiar nuestra
historia. Deberíamos reinventarla. -Al vin dio un largo sorbo a su cáliz.
- Me gustaría tan sólo salvar la vida, gracias -dijo Cley
suavemente.
- Ah, pero el auténtico truco es atesorar lo que éramos y
lo que hemos hecho… sin dejar que nos anule.
Alvin sonrió con una exuberancia que ella no había visto
entre los otros supras. Saludó feliz a lo que parecía una bandada de
gigantescos pájaros escamosos que revoloteaba por el salón, girando llenos de
belleza, para atravesar el techo sin dejar marcas.
Seranis estaba distraída por un intercambio de charla
talentosa, pero mostró su habilidad diciendo simultáneamente a Cley:
- Quiere decir que nos encontramos al final de un largo
corredor del tiempo, y que debería mos ignorar los ecos.
Cley frunció el ceño, deseando que Buscador hubiera
acudido al asombroso banquete, pero la silenciosa bestia había decidido
descansar. Estaba preocupada. En verdad, no podía comprender por qué Buscador
permanecía con ella cuando los supras probablemente lo habrían dejado marchar.
Sus lacónicas respuestas habían encolerizado a Seranis y eso podía ser
peligroso. Aunque los supras nunca habían dañado a los ur-humanos, no estaba
segura de que ninguna convención gobernara sus relaciones con las especies distantes.
En cualquier caso, la cautela superaba a la teoría, como cualquier ratón sabe
con respecto a los elefantes.
Para no parecer una completa idiota, Cley in tentó volver
a la conversación. Alvin era el centro de atención, pero se volvió rápidamente
hacia ella cuando le preguntó:
- ¿Cómo puedes ignorar la historia?
Él la observó con atención, como intentando leer algo
inescrutable.
- Con cuidadoso desdén.
Se inclinó hacia delante, los ojos intensos y cargados de
ironía. El día de baile parecía haberle liberado de una carga que ella no podía
imaginar.
- ¡La historia tiene tantos detalles! Los empe radores son
como los dinosaurios. Sus nombres y gestas carecen de importancia. Sólo cuentan
las fe chas de sus nacimientos y sus muertes.
- ¡El Guardián de los Archivos te reprenderá! -exclamó
alguien al otro lado de la mesa.
- No, no lo hará -respondió Alvin-. Sabe que soportamos el
temible peso del tiempo man teniendo una sensación de equilibrio. De lo
contrario, nos aplastaría.
- ¡Bailamos sobre el tiempo! -exclamó otra voz-. Está
debajo de nosotros.
Alvin se echó a reír.
- Es verdad, en cierto sentido. La lista de los imperios
es polvo bajo nuestros pies… y sin embargo nos aferramos a nuestros antiguos
hábitos. Ésos sí que perduran.
- Necesitamos una continuidad humana -ra zonó Cley-. Mi
tribu…
- Sí, una invención singular. Cuando os recu peramos,
quedó claro que no podíamos dejar que resucitarais los antiguos hábitos
imperiales.
Cley frunció el ceño.
- ¿Hábitos imperiales?
- Naturalmente -dijo Seranis-. No lo sa bes. -Inhaló una
nube de especias que pasaba y mientras sus pulmones la saboreaban, envió-:
Tornamos vuestro genotipo de la Era del Imperio, cuando la humanidad saqueaba
el sistema solar, y casi acabó por extinguirse.
La voz-talento de Seranis llevaba consigo al mismo tiempo
el picor del reproche y el bálsamo del perdón. Esto tan sólo irritó a Cley, que
se es forzó por ocultarlo.
- Mi tribu no hizo ninguna… guerra.
Tuvo que hacer una pausa y esforzarse por pronunciar la
palabra, pues nunca la había dicho antes. Comprender su definición y su
importancia requirió un largo instante. La almacenó previsoramente para usarla
en el futuro.
- Es así como lo quisimos. -Sonrió Alvin, como si
estuvieran conversando sobre el tiem po-. Razonamos que como mucho podríais ex
pandiros en busca de territorio, y no por ganan cías políticas e impuestos,
como hizo el modelo imperial.
- No sabíamos que fuimos tan… planeados. -Cley apretó los
dientes, esperando que su talen to no la delatara. La desnudez de sus
pensamientos estaba resultando una molestia.
- No interferimos en vuestro diseño básico, créeme -dijo
amablemente Seranis. Ofreció a Cley un pastel de frutas, pero no pareció
molestarse por ser rechazada-. Vuestra lealtad grupal es la forma más
importante de tu especie para encontrar una identidad. Produce calor social.
Esa pauta persiste, desde un juego infantil a una alianza entre mundos.
- ¿Y cómo trabajáis vosotros juntos?
- No luchamos unos contra otros -dijo Al vin-, pues esas
tendencias casi han sido borradas. Pero lo más importante es que tenemos la
bendición de un objetivo superior.
- ¿Cuál? -demandó Cley.
- Quizás enemigo es un término mejor. Has ta ahora, habría
dicho que la historia era nues tro verdadero enemigo, y que tiraba de nosotros
mientras intentábamos escapar de ella. Pero ahora hemos encontrado un enemigo
activo surgido de nuestra propia historia, y debo decir que me siento lleno de
ansiedad.
Estaba claro que Alvin era el más joven de los supras,
aunque Cley no podía distinguir bien la edad en aquellos rostros blandos y
perfectos.
- ¿Enemigos? ¿Otros supras?
- No, no. ¿Te refieres a esa gente que supues tamente os
disparó, que mató a tus compañeros de tribu y destruyó la Biblioteca de la
Vida?
- Sí. -La boca de Cley se estrechó con el es fuerzo de
ocultar su odio. Las emociones primiti vas no encajaban bien en este lugar.
- Eran ilusiones.
- ¡Yo los vi!
- También aparecieron aquí. Examiné con cuidado nuestros
archivos y allí estaban. Tal como tú los viste. Nosotros estábamos demasiado
ocupados para darnos cuenta, y por eso te debo un voto de agradecimiento.
- ¡Eran reales!
- Un intenso estudio de sus imágenes espec trales
demuestra que son refracciones de aire ca liente.
Cley no entendió nada. La sensación de ser despojada de un
enemigo claro era como pisar en la oscuridad y no encontrar el siguiente
peldaño.
- Entonces… qué…
Alvin se echó hacia atrás y cruzó las manos tras el
cuello, los codos bien altos. Miró la clara noche, como si sintiera gran placer
al contemplar las estrellas. Muchos cometas desenrollaban sus finas colas,
tantos que parecía una bandada de fle chas apuntadas hacia el invisible sol,
que se había ocultado ya bajo la curvatura de la Tierra.
- ¿Qué calienta el aire? -dijo Alvin lenta mente-. Los
rayos. ¿Pero hacerlo con tanta per fección?
Seranis pareció sorprendida. Cley comprendió que no había
dicho nada de esto a los demás, pues todas las mesas del gran salón guardaron
si lencio.
- Corrientes eléctricas…, eso es lo que son los rayos
-dijo Seranis-. Pero crear imágenes rea listas…
- ¿Todo eso para engañarnos? -preguntó Cley.
Alvin dio una palmada con alegría infantil, so bresaltando
a su silencioso público.
- ¡Exactamente! ¡Qué habilidad!
- ¿Ya? -preguntó Seranis en voz baja.
Alvin asintió.
- La Mente Loca. Ha regresado.
Una tormenta de habla-talento golpeó a Cley como un
mazazo. Los supras estaban de pie, zumbando llenos de especulaciones.
En el interior de su cabeza, las oleadas pare cían ampliar
el torrente.
Sintió de nuevo el laberinto de sus mentes, los empujones
cinestéticos de las ideas al pasar, sus rasgos nublados más allá de la
comprensión.
Torbellinos.
Un sol negro rugiendo contra estrellas de rubí.
Geiseres púrpura en una llanura infinita.
La llanura encogiéndose hasta que sólo fue ya un disco,
con el Sol Negro como centro.
Las estrellas envueltas en tapetes fosforescentes.
Durante unos instantes, el Sol Negro nadó en el borde de
la galaxia reticular. A continuación, zumbó ominosamente en el mismo foco de
los brazos en espiral.
Cley se apartó de los oscuros truenos, huyendo de esta
tormenta. Se aisló. Esperó.
Jadeando por el ejercicio mental, se preguntó cómo serían
los habitantes de Lys cuando estaban a solas. O si llegaban a estarlo alguna
vez.
Los supras, los ur-humanos, Buscador…, todos
pertenecientes a eras distintas en las exploraciones de la evolución a lo largo
de eones. Esta llanura desierta era como un escaparate cubierto de curiosidades
históricas. ¡Qué convulsas corrientes en funcionamiento cuando las eras
diferentes se unían para conspirar! Y ella estaba atrapada aquí, firmemente
apresada por la blanda, todopoderosa y condescendiente amabilidad de los
supras.
Cley se cubrió los oídos con las manos. El rumor del
habla-talento continuó. En cuanto siguie ran con su lógica laberíntica,
volverían a reparar en su existencia.
Y le hablarían. La tranquilizarían. La tratarían como a
una mascota vagamente recordada.
No era extraño que no hubieran recuperado las muchas
variedades de perros y gatos, pensó Cley amargamente. Los ur-humanos habían
servido para ese propósito muy bien.
Su pueblo… Habían trabajado para los supras durante
siglos, atendiendo a la renacida biosfera. Los supras supieron de ellos lo
suficiente para permitirles formar tribus, para cumplir su peque ña voluntad en
el bosque. Pero arrancada de aque lla frágil matriz, Cley jadeaba como un pez
en la red.
Se apartó, tambaleándose, la furia nublando su visión. Los
conflictos que se habían ido acumulando en ella estallaron, y esperó que la
tormenta de habla-talento los ocultara. Pero ella misma no podía evitarlos por
más tiempo.
En este lugar no era más que un insecto arras trándose a
los pies de estos superhombres distraídos. Eran bastante amables a su manera
fría y re mota, pero su esfuerzo por rebajar a su nivel sus habilidades
resultaba bien visible, y era mortifi cante. Cley anhelaba a los suyos.
Su única esperanza de volver a verlos se en contraba en
estos supras. Pero el miedo se apode ró de ella cuando intentó pensar cómo
serían los nuevos ur-humanos.
Cuerpos surgidos de un crisol helado. Sus pa rientes, sí,
sus clones. Pero extraños. Sin marcar por la vida, sin preparar. Serían su
pueblo sólo en un sentido genético.
A menos que algunos ur-humanos vivieran en alguna parte.
Ellos sí conocerían las intimidades tribales, la cultura compartida que tanto
ansiaba.
Si existían, Cley tenía que encontrarlos.
Sin embargo, cada pequeño detalle del habla de los supras
sugería que no la dejarían marchar.
No eran todopoderosos. Cley tenía que recor darse ese dato
constantemente. Trataban a Busca dor con nervioso respeto, claramente inseguros
de lo que representaba la bestia.
Sus propios logros revelaban sus vulnerabili dades. Los
mortales eran enormemente cautelosos; un accidente podía destruirlos todavía.
La cautela podía fallar. Podían haber pasado por alto a
algún miembro de su especie en los den sos bosques.
Nadie surgido de la elegancia cristalina de Diaspar o de
Lys valdría un comino a la hora de se guir pistas en la jungla.
Muy bien, entonces. Se escaparía.
24
HUIDA
La sorpresa y la distracción son tácticas que se utilizan
mejor con rapidez. En el caso de Cley, la sorpresa tenía que llegar en el
perímetro que los supras habían erigido en torno a la Biblioteca des trozada.
Sin embargo, no tenía ni idea de cómo conseguirlo.
Confió sus pensamientos a Buscador. Estaba segura de que
no la traicionaría. La bestia no pare ció sorprenderse por la noticia, o al
menos no mostró ninguna reacción visible, aunque su piel se agitó con dibujos
ambarinos. Cley esperaba algún consejo lacónico pero práctico. Buscador
simplemente asintió y desapareció en la noche.
- Maldición -murmuró Cley. Ahora que ha bía decidido
actuar, lo desesperanzado de su situación parecía cómico. Ella era, después de
todo, el humano menos inteligente del lugar, rodeada por tecnología que le
resultaba tan extraña como la magia.
La fiesta continuaba por todo el campamento. Oleadas de
habla-talento se inmiscuían en su men te, dificultándole pensar con claridad.
Esperaba que este torrente también proporcionara una cobertura a sus planes.
Una fuerte explosión rugió en la oscuridad. Buscador
apareció de repente a su lado.
- Camina -dijo.
Gritos, destellos de luz púrpura, una cadena de
explosiones sordas. Los paneles luminosos se apagaron.
Escaparon sin problemas. Buscador había em pleado alguna
artimaña para desconectar las pantallas situadas cerca de la Biblioteca, y al
instante los supras y los robots reaccionaron. A pesar de su maestría técnica,
los supras reaccionaron con pánico al ruidoso repliegue de las pantallas.
Rebatieron todas las órdenes de los robots y dirigieron todos los esfuerzos
para erigir de nuevo las defensas.
Buscador permaneció alerta mientras cruzaban sin prisa el
campamento hacia el bosque cercano.
- Se acercaba el momento -fue todo lo que dijo.
- Pero los robots…
- No esperarán esto. Nunca ven el momento.
Salieron silenciosamente del campamento supra,
manteniéndose en las sombras. Por todas par tes, los robots se apresuraban para
restaurar los ba luartes de la Biblioteca, pero no advirtieron su presencia.
Llegaron al bosque bajo un cielo sin luna ador nado por un
collar de densas estrellas. Cley cambió su sentido de la visión para ampliar el
infrarrojo y captar el color en el pálido brillo de un millón de soles.
Corrieron firmemente durante la primera hora y luego
redujeron el ritmo cuando el terreno se hizo más empinado. Lo que Buscador
había usa do para conquistar su libertad no duraría mucho tiempo. Cley se había
sentido inquieta bajo las des deñosas y distraídas restricciones de los supras,
y no podría ocultarles mucho sus sentimientos. Sos pechaba que Buscador había
notado su inquietud y había preparado la huida para los dos antes de que
Seranis pudiera leer las intenciones de Cley y aumentado su tenaza.
Poco después, Cley olvidó todas estas compli caciones y se
rindió a la exuberancia del bosque. Sabía, por lo que habían dicho los supras,
que su especie no eran los humanos originales que habían surgido de los bosques
naturales de la remota antigüedad, pero eso no importaba mucho. Aunque su
estructura genética podía ser modificada fácilmente, como demostraba la
inclusión del pensamiento-talento, los supras habían mantenido a su especie
fiel a sus orígenes. El simple abrazo del bosque podía aún conmoverla profundamente.
Buscador no redujo su rítmico paso, y sus cuatro patas
parecían deslizarse sobre el suelo mientras sus manos apartaban los obstáculos.
- Ya deben de estar buscándonos -dijo Cley después de un
largo rato de silencio.
- Sí. Mi efecto se dispersará.
- ¿Qué hiciste?
Buscador la miró, abrió la ancha boca, pero no dijo nada.
- ¿Es algo que no debo saber?
- Una cosa que no puedes conocer.
- Oh.
Estaba acostumbrada a que los supras la hicie ran sentirse
estúpida. Buscador, cuya especie había surgido más de un millón de años después
de los ur-humanos, no revelaba ninguna de sus habi lidades, pero esto, de algún
modo, las hizo parecer más temibles.
- Pueden encontrarnos -dijo ella-. Los su pras tienen
muchos recursos.
- Debemos buscar un escondite. Algo más opera en el cielo.
Ella alzó la cabeza y sólo vio niebla. Resopló por el
esfuerzo de mantener el ritmo de Buscador mientras se abrían paso entre los
densos matorrales.
- ¿Por qué no pueden vernos ahora mismo?
- Nadamos en el baño de la vida.
Con cada paso, la declaración se hacía más cierta. Se
internaron en el abrazo de una tierra que hervía de transformaciones. Hongos y
liqúenes cubrían todas las rocas. Esta densa pintura supurante funcionaba con
visible energía, borboteando y humeando mientras devoraba la piedra y eructaba
gases digestivos a la niebla. Donde ya habían cumplido su trabajo brotaba una
maraña de hierbas.
Cley avanzó con cautela por entre una zona desnuda moteada
de parches verdosos, temerosa de que uno pudiera atacarle los pies con su acida
ansiedad. No todos los vapores que gravitaban sobre el febril paisaje eran
meros bioproductos para sazonar la atmósfera de ricos elementos. Un puñado de
mosquitos alzó súbitamente el vuelo desde un manojo de hierbas y revoloteó a su
alrededor. Durante un momento aterrador, Cley trató de espantarlos, hasta que
Buscador dijo tranquilamente:
- Quédate quieta. Tienen sed.
La nube era iridiscente, y cada uno de sus miembros era un
diminuto fragmento de hielo que reflejaba la pálida luz de las estrellas. Sin
embargo, parecían listos y zumbaban llenos de fervor y rapidez. Trazaron
elaboradas vueltas alrededor de Cley. Ella advirtió que debía de parecerles una
montaña de residuos químicos.
- ¿Qué hacen?
- No hables. Olerán los jugos de tu estómago y se meterán
por tu garganta.
Cley se calló y cerró también sus fosas nasales. El
cartílago de su nariz había sido útil para impe dir la pérdida de agua en el
desierto de una antigua Tierra que incluso el Guardián de los Archivos sólo
recordaba tenuemente. Ahora mantuvo a raya a los mosquitos mientras ella
contenía la respiración durante largos y dolorosos instantes, preguntándose
hasta qué punto sería suculento el olor de sus ácidos digestivos. Cerró los
ojos con fuerza, apretó los dientes. Si pudiera permitirse el lujo de gritar, sólo
una vez…
La niebla vaciló, zumbó furiosa, y luego se marchó en
busca de banquetes más sabrosos.
- Pretenden buscar y alterar -dijo Busca dor-. No sólo
comen.
- ¿Cómo lo sabes?
- En mi época había muchas formas que vivían de sus
habilidades químicas. Trabajan sobre las propias moléculas, transformando
minerales sin refinar en utilidades elegantes.
Cley se estremeció.
- Me ponen la piel de gallina.
- Está claro que han sido diseñados para ayu dar a los
liqúenes a preparar el terreno a la vida.
- No los había visto nunca.
- Buscan su cocina molecular en el borde del bosque. Tu
pueblo habitaba en el interior.
- Espero…
- No más charla. Deprisa, vamos.
Corrieron con fuerza. Buscador se detenía con frecuencia y
se agazapaba, con la oreja pegada al suelo para escuchar. Cley necesitaba
tiempo para ajustar la química de su sangre. Los ritmos de su caminar ayudaban
a disparar hormonas para detener su ciclo menstrual y aumentar su capacidad de
aguante. No dejaba de mirar el cielo, donde se alzaba el centro galáctico. Su
brillo cristalino era desagradable, pues se sentía descubierta.
- Ya vienen -dijo Buscador, mientras rodea ban una colina.
- ¿Los supras?
- Más que ellos.
- ¿Con sólo escuchar sabes que…?
Buscador se agachó, estrecho el hocico, las ore jas
agitadas. Permaneció absolutamente inmóvil y entonces se puso en movimiento,
aún más rápido que antes. Ella corrió para alcanzarle.
- ¿Qué…?
- Adelante.
Cley jadeaba cuando subían por un estrecho promontorio.
Una nota baja parecía proceder de todas partes, hasta que se dio cuenta de que
la sentía a través de los pies. Un pico sobre ellos se abrió con un gruñido y
un geiser brotó bruscamente. Toneladas de agua se alzaron al aire y luego
cayeron. Gruesas gotas de agua los cubrieron.
- Un río nuevo -dijo Buscador-. La ten sión de la roca se
ha acumulado durante días y por eso busqué el punto. Nos dará un refugio mo
mentáneo.
Las gotas tamborilearon sobre Cley. Buscador hizo un gesto
urgente. A través del chorro de agua, ella vio brillantes arco iris cruzando el
cielo.
- Buscan.
- ¿Quién?
- Qué, no quién. Lo que destruyó la Biblio teca.
Siguieron observando mientras una filigrana incandescente
se estiraba y remitía. A través de la bruma del geiser, los cambiantes dibujos
en forma de telaraña parecían un diseño lanzado sobre la humanidad. Cley había
visto antes ese hermoso tapiz, lo había visto descender y provocar la muerte de
todo cuanto amaba. Su elegante frialdad golpeó su corazón con solidez de plomo.
Había conseguido mantener a raya el horror, pero ahora había vuelto. Aquellos
tentáculos luminosos la habían seguido y quemado, hasta casi matarla, y ansiaba
encontrar un medio de contraatacar. Guerra. La antigua pa labra resonó en su
pulso acelerado, su nariz hin chada, sus labios tensos y secos.
Permaneció de pie bajo la dolorosa lluvia, las ropas
pegadas al cuerpo, esperando que esta fuen te momentánea los salvara. ¿Cuánto
tiempo los protegerían las brumas?
Pero ahora, entre los flexibles rayos danzaban puntos de
ámbar: naves de los supras, surgidas de la Biblioteca. Hacía tiempo que Cley
esperaba verlos persiguiéndola, pero no escrutaban el sue lo. En cambio, se
movían en formación a través de las ondas luminosas.
Buscador parecía sucio, todo el pelaje oscuro por la
humedad.
- Abajo -dijo firmemente.
Entraron en una estrecha cueva. El geiser que formaba el
río esparcía un dosel de niebla, pero Cley ajustó su visión para convocar las
débiles imágenes que podía distinguir. Contempló, junto con Buscador, el
intrincado baile de las naves su pras mientras intentaban rodear y reducir los
rayos resplandecientes.
- El agua nos ocultará durante un rato -dijo Buscador.
- ¿Van de nuevo tras la Biblioteca?
- No. Parecen ir… allí.
Un rayo surgió de una masa ámbar lanzada por las naves
supras. Se abalanzó hacia la Tierra y con un deslumbrante estallido se
convirtió en de dos de luz moteada que corrieron sobre las mon tañas y los
valles como si fueran los arroyos de un río atormentado. Un filamento
anaranjado pasó cerca, ondulando y chasqueando velozmente. Se entretuvo un
instante en el camino que ellos aca baban de recorrer, como olisqueando una
pista, y luego se marchó, dejando sólo un revuelo de fu riosos estallidos.
Los supras parecían haber atrapado los rayos restantes,
que rompieron en colores y se esparcie ron por el cielo como un fuego rápido
oscurecido por los disparos de los supras.
Entonces el cielo se oscureció, como si una presencia lo
hubiera abandonado. Las naves supra volvieron a la Biblioteca.
- Somos afortunados -dijo Buscador.
- Ese truco del agua fue astuto.
- No creía que fuera a funcionar.
- ¿Arriesgaste nuestras vidas con…?
- Sí.
- Menos mal que no cometes errores.
- Oh, los cometo. -Buscador suspiró con algo parecido al
cansancio-. Vivir es errar.
Cley frunció el ceño.
- ¡Vamos, Buscador! Tienes alguna ayuda, al guna conexión.
- Soy tan mortal como tú.
- ¿A qué estás conectado? -insistió ella.
Buscador alzó un hombro ambarino, en un gesto que ella no
pudo interpretar.
- A todo. Y a nada. Es difícil hablar sobre ello con este
lenguaje restringido. Y no tiene sentido.
- Bien, de cualquier forma, eso mantendrá ocupados a los
supras. Ya han averiguado cómo combatir al rayo.
- Nos buscaban, sabiendo que habíamos es capado.
- ¿Cómo es posible?
- Es una inteligencia libre de materia, y tiene formas que
no conocemos.
Buscador se puso en marcha, resbaló sobre la grava y lanzó
guijarros pendiente abajo. Pero se puso en pie, la fatiga bien clara en sus
ojos, y si guió avanzando, obstinado.
- Y es mejor que no las conozcamos -añadió al remontar el
risco.
25
BIOLÓGICA
Buscador dijo que atravesarían esta zona del bosque. Los
punzantes vapores hacían toser a Cley, pero comprendió que las cambiantes
brumas marrones también ocultaban sus movimientos e impedían que fueran
descubiertos desde arriba. El cielo de la noche ya no estaba cubierto de naves
supras.
Se internaron en las sombras de los bosques, pero Cley se
sentía incómoda. Pronto contempla ron la cadena de estrechos valles que habían
atra vesado. Pudo ver que la vida en pugna había creci do desde que la había
observado desde el aparato volador de Alvin.
Grandes zonas verdes se extendían preparadas para servir
como estaciones naturales de energía solar. Algunas seguían ya las
serpenteantes líneas de arroyos recién nacidos, desarrollos que se ex tendían
astutamente entre los cubiles de animales. Ese tipo de plantas usaba animales
con frecuen cia, siguiendo antiguos preceptos. Mucho tiempo atrás las flores
reclutaron legiones de insectos de seis patas y primates de dos para servirlas.
El sa broso néctar y la fruta sedujeron a muchos para que propagaran las semillas.
La radiante belleza de las flores encantó primero a los humanos y luego a otros
animales que sirvieron cuidadosamente, arrancando todas las malas hierbas menos
las más hermosas de los jardines. Un hierbajo, después de todo, era simplemente
una planta sin estratagemas.
Pero fueron las hierbas las que mantuvieron con más
firmeza a la humanidad durante mucho tiempo, y ahora también regresaban. Ya
había grandes llanuras de trigo, maíz y arroz extendiéndose en los valles,
atendidas por animales creados hacía tiempo para la tarea. La humanidad había
delegado las tareas de riego y cuidado del suelo. A medida que fueron
reviviendo especies, los supras recrearon las inteligencias de los grandes
roedores, capaces de enfocarse hacia un solo trabajo. Los roedores demostraron
ser jardineros mucho más eficaces que la vieja y torpe tecnología de tractores
y fertilizantes.
Mientras se internaban en el denso bosque, Cley se sintió
más cómoda. Recurrió a sus hormonas y reservas de alimentos para apartar el
sueño y mantener el firme ritmo necesario para seguir a Buscador, que no
mostraba signos de fatiga. El bosque no se parecía a ningún terreno que hubiera
existido antes. Creado gracias al legado de una biosfera perpetuamente fecunda,
alojaba formas de vida separadas por mil millones de años. Los supras habían
reactivado hábilmente el vasto índice de genotipos de la Biblioteca. Pocos
depredadores encontraban presas fáciles, y rara vez no encontraba una planta un
suelo expectante después de que el liquen hubiera creado su capa de estiércol.
Sin embargo, todo tenía aún que luchar y ajus tarse. La
luminosidad del Sol había aumentado más de un diez por ciento desde los albores
de la humanidad. El roce de las olas en las costas había reducido la rotación
del planeta, acortando el día en una cuarta parte. La vida se había enfrentado
a días más largos y calurosos a medida que la propia corteza se separaba y se
rompía. En la Era de los Océanos, las colisiones continentales habían creado
nuevas montañas y abierto profundas suturas en los lechos marinos, como un
paciente telón de fondo al frenético zumbido de la vida que se ajustaba a estas
inmensas restricciones. Las especies nacían y morían debido a ajustes
minúsculos en sus textos genéticos. Y toda aquella rápida sucesión y aquel
apasionado fermento era un drama representado ante la mirada de la humanidad,
que tenía sus propios planes.
A lo largo de los últimos mil millones de años, los ciclos
de vida en la Tierra habían seguido ritmos creados por las inteligencias
gobernantes.
La naturaleza había colaborado durante tanto tiempo con la
humanidad y la evolución que los efectos eran inseparables. Sin embargo, Cley
se sorprendió cuando encontraron un valle lleno de silenciosas figuras al
acecho.
- Precaución -susurró Buscador.
Cruzaban un territorio cubierto de niebla y dominado por
la densa fragancia de los liquenes. De la niebla surgían sombras extrañas. Cley
y Bus cador adoptaron una actitud defensiva, espalda contra espalda, pues las
sutiles formas los rodearon de repente. Cley pasó a visión infrarroja para
aislar los movimientos contra el pálido y nuboso fondo, y descubrió que las
figuras eran demasiado frías para ser visibles. Espectrales, moviéndose con
cautela, parecían brotar de todas partes.
- ¿Robots? -susurró ella, anhelando un arma.
- No. -Buscador observó con atención las bajas y poderosas
formas-. Plantas.
- ¿Qué? -Cley oyó entonces el squish squish mientras los
miembros empezaban a moverse.
- Mira…, son distintas de sus antecesoras.
Bajo la extraña luz, Cley y Buscador contem plaron las
lentas y meticulosas vainas separarse de los troncos de grandes árboles.
- Las plantas abrieron el camino una vez -di jo Buscador-.
Del mar a la tierra, para que los ani males pudieran seguirlas. Las flores
crearon hoga res para los insectos…, los inventaron, según mi visión.
- ¿Pero por qué…?
- Cada paso fue una mejora en la reproducción. Aquí hay
otro.
- Nunca he oído…
- Esto sucedió después de mi tiempo, como yo sucedí
después del tuyo.
Las plantas habían sufrido durante largo tiem po el
apetito de aves y roedores, que comían miles de semillas por cada una que
esparcían accidentalmente. Sin embargo, las plantas detentaban un gran poder
sobre sus parásitos animales; el cam bio de las coniferas por árboles de hoja
ancha me jor adaptados acabó rápidamente con el reinado de los dinosaurios. La
vieja estrategia de las plantas consistía en mejorar su reproducción, y a lo
largo de la Era de los Mamíferos esto significó engañar a los animales para que
esparcieran sus semillas. Cuando la poderosa evolución encontró por fin un
camino de escape a este despilfarro, las plantas decidieron copiar el cuidado
de los primates a la. hora, de atender á sus retoños.
Cley se acercó a una de esas cosas redon das y llenas de
púas. Era gruesa en la base y se mo vía extendiendo anchos y burdos apéndices
pare cidos a raíces. Las plantas parecían gruesas piñas que salían a dar un
paseo. Cada árbol producía va rias, que se movían entonces en busca de un suelo
más húmedo donde hubiera mejor luz. Cley pen só en comer una, pues su parecido
a las piñas era sorprendente, pero Buscador consideró que sus afiladas espinas
olían a veneno. Valle arriba en contraron un matorral gigantesco atareado en li
berar su prole en forma de bolas rodantes, que buscaban tierra húmeda y calor.
Se mantuvieron dentro de las cañadas más pro fundas. La
bruma ofrecía cierta protección ante las patrullas supras, que ahora recorrían
de nuevo el cielo.
- No conocen bien esta zona-recalcó Busca dor, lamiendo
con satisfacción sus afilados dien tes-. Y sus robots tampoco.
Cley vio que era verdad, aunque siempre ha bía supuesto
que las maravillas mecánicas eran de un orden superior. La humanidad gobernaba
el planeta desde hacía mucho tiempo, controlando la sopa autorreguladora del
aire y la tierra, el océano y los ricos continentes. Por fin, agotados y sin
rumbo, pasaron esta tarea a los robots, sólo para descubrir después de muchos
millones de años que los robots eran intrínsecamente cautelosos, quizás incluso
hasta la torpeza.
La evolución daba forma a las inteligencias na cidas del
silicio y el metal con la misma seguridad y firmeza que lo hacía con las mentes
surgidas del carbono y las enzimas. Los robots habían cambia do, aunque se
mantenían fieles al Mandato del Hombre: conservar la especie frente al desgaste
del mundo. Fueron los robots, pues, los que decidie ron que no podían gobernar
indefinidamente la hu medad de un planeta sin posibilidades orgánicas. Su
mezquindad decretó que el reino orgánico debía ser reducido al mínimo.
Convencieron a los líderes de las ruinosas ciudades humanas para que se reti
raran, dejando que los robots condujeran el agua ya escasa de la Tierra a
grandes cavernas basálticas.
Así, los sirvientes de los supras atendieron du rante
cientos de millones de años una Tierra sim ple y disecada.
- Las máquinas temían las cosas pequeñas y persistentes
-explicó Buscador esa noche-. Los sutiles cambios de la vida.
Habían acampado entre unos matorrales que los protegían de
las heladas brumas.
- ¿No pudieron ajustarlos? -preguntó Cley. Había visto los
milagros rutinarios de los robots. Era difícil creer que aquellas presencias
metódicas e impasibles no podían dominar incluso este rico mundo con su firme
precisión.
- Puedes tragar indefinidamente los venenos más fatales si
son una trillonésima parte del total -dijo Buscador lentamente.
A medida que Cley empezaba a conocer a Bus cador, la
bestia se había vuelto más fácil de abordar, menos extraña. Sin embargo, una
fría inteliegencia habitaba tras sus ojos y ella no sabía nunca cómo
interpretar lo que decía. Este rápido uso de los números, por ejemplo, suponía
un súbito cambio con respecto a su habitual parquedad.
- Los robots deben de saberlo.
- Cierto, pero piensa en el ozono. Un gas ve nenoso, azul,
muy explosivo…, y una fina capa so bre el aire lo decide todo. Cley asintió.
Durante el largo atardecer de la Tierra, la capa de ozono se había deteriorado
incontables veces. Los excesos de la humanidad habían acabado con el ozono una
y otra vez. Las oscilaciones en la luminosidad del Sol habían aplastado todo el
equilibrio atmosférico. Una vez, un gran meteoro atravesó los escudos de la
humanidad, desatendidos ya, y casi destruyó la civilización. Todos estos datos
yacían enterrados en antiguos archivos.
Buscador bostezó.
- A los robots les preocupaba el manejo de esos delicados
asuntos. Así que simplificaron su problema.
- Parece que aquí tienen el control.
- Temen lo que no pueden dominar.
- Pero dominaron mucho… Alvin les hizo revivir la
biosfera.
- Y traer el caos biológico.
Buscador se echó hacia atrás, haciendo una extraña mueca,
y se rascó su amplio vientre azul. Hilillos de niebla de jade ondulaban sobre
el matorral calorífico. Pequeños animales se habían congregado en círculo
alrededor del negro matorral mientras su firme calor se deslizaba por el aire.
Pocos anima les temían a Cley o a Buscador: todas las especies habían sido
durante mucho tiempo clientes y socios. Incluso parecían comprender la perezosa
charla de Buscador. Cley sospechaba que estaban hipnotizados por los melodiosos
tonos de la voz de Buscador, cantarines pero elocuentes. El circuló se había
relajado como si el matorral fuera un fuego de campamento. Un fuego de verdad,
naturalmente, habría sido detectado por los supras.
Cley prestó atención mientras Buscador des cribía la
visión del mundo que tenía su especie. Mucho después de los ur-humanos algunas
bestias llegaron a ser inteligentes y grabaron en sus propios genes elementos
de memoria racial. Instalar en las especies inteligentes la preocupación por su
frágil mundo fue la costumbre durante muchos millones de años, para así
insertar respeto a la evolución y al lugar ocupado en ella. Esto se convirtió
en un cemento social tan necesario como lo fue la religión para las primeras
formas humanas, e incluso para los ur-humanos.
- Muchos organismos gobernaron la Tierra -dijo Buscador-,
empezando por los gusanos grises y los gusanos ciegos, y luego los grandes
reptiles…, y las tres especies vivieron mucho más que los ur-humanos. -Buscador
bufó con tanta fuerza que la alarmó-. No sabemos si los dinosaurios tenían
religión.
- ¿Y tu especie?
- Adoro lo que existe.
- Mira, nuestra tribu decidió no intentar apren der toda
esa historia muerta… teníamos un trabajo que hacer.
- Y muy bueno.
- Cierto -dijo ella, con orgullo-. Atender los bosques
para que sobrevivieran a pesar de toda la basura que hay en el aire, las
plantas luchando unas con otras…, ¡esto no es una biosfera todavía, es un
motín!
- Pero muy jugoso.
Con los ojillos brillantes, Buscador cogió una fruta
escondida en alguna bolsa de su carnosa piel. Sonrió, ofreciendo un espectáculo
feroz. Cley po día entender más fácilmente ahora los estados de ánimo de la
bestia, y compartió su alegría.
Y vio el argumento de Buscador. Los robots habían ayudado
a que la humanidad acentuara su inteligencia y asegurara la inmortalidad a los
habitantes de Diaspar. Pero para que el mundo fun cionara, tuvieron que
gobernar una biosfera escuálida y reseca cuyo único pináculo era una humanidad
aturdida y estúpida.
Un animal grueso y de seis patas, parecido a una rata, se
acercó a los matorrales. Al instante, un cordón negro chasqueó en el aire
húmedo y se en roscó alrededor de la presa. De un tirón, el gran roedor fue
arrastrado a la boca que se abrió de pronto cerca de las raíces del matorral.
Después de que se cerrara sobre su presa, Cley pudo oír los gritos ahogados
durante varios segundos. La evolución estaba todavía en movimiento, anulando
fracasos de la laguna genética con paciencia infinita.
26
LA NORIA
A la mañana siguiente la niebla empezó a des pejarse.
Buscador no dejaba de estudiar el cielo. Habían hecho buenos progresos al
escalar los flan cos de la dentada cordillera, y ahora el terreno y la rica
fauna se parecían al territorio donde Cley ha bía crecido. Ella estudiaba las
distantes montañas en busca de escondites. La suya no era la única tri bu de
ur-humanos, y tal vez hubiera escapado al guien más, a pesar de la certeza de
Alvin. Le pidió a Buscador que sintonizara su nariz con los olores humanos,
pero ninguna huella agitaba las repara doras brisas.
Tuvieron que ponerse a cubierto dos veces, cuando se
acercaron zorros voladores. A estas alturas los supras ya habrían enviado a sus
pájaros en misión de reconocimiento, pero ni Cley ni la aguda visión de
Buscador pudieron distinguir ninguna de las poderosas siluetas de anchas alas.
Contemplaban un amplio grupo de diáfanos zorros plateados
recorrer las corrientes del valle cuando Buscador se acercó a ella. Hubo un
rumor lejano, como si las montañas se frotaran contra un cielo ronco. Los
zorros reaccionaron, cerrando su formación como hojas plateadas que formaran un
árbol.
Unas estrías azules cubrieron el aire. Las po cas nubes
restantes se disiparon en un arrebato huracanado.
- ¿Qué…? -dijo Cley.
Lanzadas de luz amarilla cubrieron el cielo. Una muralla
de sonido las siguió, haciendo que Cley se apretujara contra Buscador. Se
encontró boca abajo, entre las hojas del suelo, sin ningún recuerdo de cómo
había llegado hasta allí.
A su alrededor el bosque estaba aplastado, como si algo lo
hubiera arrasado velozmente. Las explosiones se desvanecieron poco a poco.
Un extraño silencio se apoderó de ellos. Cley se levantó e
inspeccionó los árboles masacrados, sor prendida ante el humo que brotaba de un
matorral hendido. Dos zorros voladores yacían uno junto al otro, como
emparejados en la muerte. Sus ojos vi driosos estaban todavía abiertos y se
agitaban erráticamente en sus estrechas cabezas huesudas.
- Sus cerebros todavía luchan -dijo Busca dor-. Pero en
vano.
- ¿Qué ha sido eso?
- Como el asalto de antes a tu pueblo.
- ¡Sí, pero esta vez lo ha aplastado todo! -Hi zo un gesto
con la mano, abarcando hasta el horizonte, para señalar el bosque arrasado.
- Estos zorros se han llevado la peor parte.
- Sí, pobrecillos… -Su voz se apagó mientras los
brillantes ojos de los animales se oscurecían hasta cerrarse.
- No sabe exactamente dónde estamos, y por eso envía
fuertes sacudidas de energía eléctrica para hacer su trabajo.
Buscador alzó amablemente a los dos zorros e hizo un gesto
lento y grave, como ofreciéndolos al cielo. Cuando Buscador bajó las zarpas,
Cley no pudo ver a los zorros y no estaban ya en el suelo ni en ningún sitio
cercano.
- ¿Qué…?
- Creo que debemos ocultarnos durante un rato -dijo
Buscador, cortante.
Escalaron rápidamente el abrupto promonto rio y llegaron a
un conjunto de árboles, el más grande que Cley había visto en su vida. Largas
ramas en forma de dedos se alzaban al aire, doblándose como garfios al final.
Cley se sintió incómoda al dirigirse a terreno elevado, más cerca del cielo que
escupía muerte. Desde allí, pudo ver distantes bancos de nubes púrpura que
rodaban con lanzadas de violenta luz. Filamentos anaranjados trazaban largas
curvas en la lejanía.
- Siguen el campo magnético de la Tierra -di jo Buscador
cuando ella los señaló-. Buscan.
Cley vio por qué los supras no habían enviado ningún
pájaro explorador. Muy lejos, rápidos dardos azules y anaranjados aparecían
sobre la Bi blioteca de la Vida. En su mente, sintió una tenue sensación de
pugna y frenesí.
- El talento -dijo. Buscador la miró intrigado-. Puedo
sentir… emociones.
Recordó la observación de Seranis: Tenéis emociones, las
emociones os poseen. ¿Cómo debía de ser no sentir esos arrebatos? ¿O sentía
Buscador algo completamente distinto?
- Los supras están luchando… preocupados… temerosos.
- El ser que está sobre ellos los mantiene ocu pados
mientras busca.
Siguieron avanzando rápidamente. Cley que ría dejar atrás
los picos más altos y abrirse paso hacia las montañas en las que había vivido.
Tenía su imagen en la cabeza desde el vuelo con Alvin, y sentía la poderosa
urgencia de regresar a lo fa miliar.
Cuando se lo dijo a Buscador, éste replicó lla namente:
- Te buscarán allí con el tiempo.
- ¿Y qué? Buscarán en todas partes.
- Cierto -dijo Buscador, y ella pensó que había ganado un
pequeño tanto.
Buscador olisqueó el viento y señaló con la nariz.
- Ven por aquí.
- ¿Por qué? -preguntó ella. Los territorios que le eran
familiares se encontraban en dirección opuesta.
- Deseas encontrar ur-humanos.
- ¿Mi pueblo?
- Todavía no.
- Maldición, quiero a mi especie.
- Por aquí se encuentra la única esperanza de comunidad.
- Buscador, sabes lo que quiero -se quejó ella.
- Sé lo que necesitas.
Ella dio una patada a una roca, sintiéndose frustrada,
confusa, exhausta.
- ¿Y qué es?
- Tienes que venir por aquí.
Se movieron a ritmo firme. Cley había sido siempre una
buena corredora, pero Buscador le mantenía la delantera sin mostrar signos de
esfuerzo. Cuando lo alcanzó, la bestia se había detenido junto a un árbol muy
grande y olisqueaba las raíces. Buscador se tomó su tiempo, moviéndose con
cautela, y Cley sabía que tenía que dejarlo a su aire.
Unos grandes matorrales cercanos desprendían un aroma a
carne cocida, y Cley los observó, inquieta. Una pequeña rata de los pantanos de
cabeza alargada se acercó corriendo, lo suficientemente inteligente para saber
que Cley y Buscador no eran una amenaza. Captó el olor a carne y se detuvo,
atraída. El matorral estalló y esparció semillas que cubrieron a la rata. Ésta
aulló y se marchó. Otra victoria para las plantas: la rata transmitiría la
semilla, nutriéndola a cambio de su savia narcótica, hasta que muriera.
Entonces un nuevo matorral brotaría del cadáver de la rata.
Cley pensó en capturar a la rata para comérse la, y no
sólo por el narcótico, pero Buscador se lo impidió.
- Vamos.
De algún modo, Buscador había abierto el costado de un
árbol. Esto no fue ninguna sorpresa para Cley, pues su pueblo se refugiaba en
los muchos árboles biodiseñados para ese uso. Entró en él y pronto la corteza
se cerró tras ellos, dejando sólo un leve brillo fosforescente en las paredes
para guiarlos. El árbol estaba hueco. Había compartimientos verticales
conectados por rampas y bultos parecidos a tenazas en las paredes. Alguna
criatura había llenado los compartimientos con grandes contenedores, paquetes granulosos
de burda celulosa.
- Almacén -fue todo lo que dijo Buscador en respuesta a su
pregunta. Subieron a través de diez compartimientos casi llenos con puñados de
contenedores oblongos y crujientes, hasta que llegaron a una gran cripta,
completamente vacía, con una ancha pared transparente. Cley le dio un golpecito
y la densa materia parecida a cera cedió sin apenas resistencia. Observó los
silenciosos árboles de fuera, firmes cilindros que señalaban a un cielo que
fluctuaba con rastros de rápida luminiscencia.
Este lugar tal vez fuera seguro. Cley se permi tió
relajarse un poco. Sacó un cuchillo y pinchó la pared. Con cierto esfuerzo
logró desprender un trozo, que sabía sorprendentemente bien. Lo comió y
Buscador cogió más. Había zonas en las paredes, techo y suelo que eran
pegajosas, sin ningún plan aparente. El compartimiento olía a resina y a madera
mojada.
Cley se atrevió a asomarse a la gran ventana mientras
masticaba y por eso lo vio venir.
Algo parecido a una vara se abrió paso entre las altas
nubes, hinchándose mientras se acercaba, de modo que lo que ella vió era
enormemente largo. Sus abultadas fibras estaban retorcidas como si fueran las
vértebras de un gran espinazo. Gruñidos y chasquidos resonaban con tanta fuerza
que ella pudo oírlos desde el interior del árbol. Curvándose mientras se
acercaba, la gran vara redonda se esparció por el cielo como un dedo acusador.
Y, mientras Cley seguía observando, el extremo se curvó hacia arriba, -como un
dedo que señalara hacia lo alto.
- Hora de tumbarse -dijo Buscador suave mente.
Un sonoro estallido resonó a través del bos que. Cley se
tendió rápidamente sobre el resisten te suelo verde del compartimiento y siguió
mirando a través de la gran ventana.
- ¡Nos cae encima! -gimió.
- Su destino es caer siempre y recuperarse eternamente.
- Destrozará estos…
- Tiéndete y quédate quieta.
Cley advirtió que eso era el fino y distante mo vimiento
que había visto en el horizonte desde la nave de Alvin. Cordones oscuros como
el grafito serpentearon entre las profundidades caoba del gran ser en forma de
tronco. Manojos enredados se soltaron de su punta mientras se abalanzaba hacia
abajo. Los manojos se lanzaron contra las copas de los árboles. Algunos
chocaron contra las ramas.
Un duro golpe estremeció el árbol.
Cley apenas tuvo tiempo de ver las gruesas en redaderas
agarrarse a las ramas de los árboles cer canos, apretar y tensarse.
La ancha protuberancia pareció gravitar en el aire, como
si contemplara la piel verde del planeta que tenía debajo y seleccionara lo que
le gustaba. Vagó hacia el este durante un segundo.
La poderosa aceleración aplastó a Cley contra el suave suelo.
Estaban siendo arrancados. Su compartimiento se llenó de crujidos, chasquidos y
gemidos.
Cley pudo ver por la ventana un árbol cercano pasar
velozmente. Sus raíces se habían enroscado debajo, arrastrando la tierra
consigo. En otro árbol, las ramas se desgajaban donde varias gruesas
enredaderas se habían unido; el árbol se desplomó contra el resto del bosque.
Cley sólo pudo permanecer tendida, muda, esforzándose por
respirar, mientras un puñado de árboles se alzaba junto a ellos, atraídos hacia
el gran dedo que ahora se retiraba en el cielo cada vez con mayor velocidad.
Los barrió hacia el este mientras los árboles danzaban en la turbulencia del
aire, como si se liberaran de las restricciones de la Tierra y la gravedad.
Las gruesas enredaderas consiguieron reple garse contra la
tensión cada vez mayor. Soltaron su carga de árboles en un hueco en la base de
la gruesa vara.
- ¿Qué… es…?
- La Noria -dijo Buscador-. El centro está en el espacio,
y gira en su órbita. Los extremos ro tan en el aire y besan la Tierra.
La voz tranquila y melódica de Buscador la ayudó a
tranquilizarse. Se ladeaban al alzarse. Los bancos de nubes corrían ante ellos,
cubriendo los troncos cercanos de un blanco espectral, y se perdieron de vista
mientras seguían ascendiendo. Cley vio la parte interior de la rueda, donde
puña dos de cables retorcidos mantenían las enredade ras en su sitio.
- Giramos contra la atracción de la Tierra, pero nos
soltaremos.
Las palabras de Buscador la hicieron pensar en una enorme
vara que giraba lentamente en el aire del planeta, tocando con un extremo la
superficie al mismo tiempo que el otro se hallaba en el espacio. Una cosa tan
enorme tendría que estar mucho más lejos que la atmósfera del planeta, una crea
ción parecida a un pequeño mundo en sí misma.
Unos graves sonidos metálicos resonaron por las paredes y
el suelo. El corazón de Cley redobló dolorosamente y el viento silbó en sus
oídos.
La tensión de soportar la aceleración envolvió las
enredaderas. Se estiraron y retorcieron, pero sostuvieron a los largos árboles
tubulares contra la parte inferior del engranaje. Cley vio que estaba cubierto
de matojos y matorrales. La Noria se extendía, perdiéndose en panorámicas
negras y azules, mientras el aire se volvía cada vez más tenue. El viento en su
compartimiento silbó, y ella aguantó la respiración, temiendo que hubiera un
escape.
Pero Buscador le dio una palmadita en la mano y ella miró
a la gran bestia. Tenía los ojos cerrados, como si durmiera. Esto la
sobresaltó, y pasó un lar go instante antes de que advirtiera que era posible
que Buscador hubiera pasado por esta experiencia antes, que no se trataba de un
colosal accidente con el que habían tropezado. Como en respuesta, Bus cador se
lamió los labios, revelando sus negras en cías y sus puntiagudos dientes
amarillos.
Cley sintió que le zumbaban los oídos. Miró de nuevo hacia
fuera, a través del lento baile de troncos. La noción de «arriba» no coincidía
ahora con la oscura concavidad del cielo, pero todavía existía a lo largo de la
longitud color castaño de la Noria, mientras rotaban con ella. Negros mato
rrales salpicaban la gran expansión que se perdía en la distancia, y las capas
grises hacían que la perspectiva resultara aún más extraña. Entrama dos de rojo
cedro unían las largas tiras a una cade na entrelazada que se retorcía
visiblemente en el aullante huracán que rugía con ella.
Una vez chocaron con el árbol más cercano, y una rama casi
atravesó la ventana, pero su árbol se hizo a un lado y chocó contra la pared.
Los oídos de Cley volvieron a zumbar, y em pezó a respirar
entrecortadamente. A lo largo de las grandes tiras de madera más liviana se
alzaban bordes de color castaño. Se inclinaron, esculpiendo el viento, y el
rugiente huracán remitió, mientras que los giros y la sensación de
aplastamiento menguaba. Todavía había explosiones y chasquidos, pero Cley
sintió una sutil relajación en la estructura acoplada.
Los últimos destellos brumosos de la atmósfe ra se
convirtieron en una negra extensión salpica da de estrellas. Cley sintió que un
enemigo impla cable e invisible se sentaba sobre su pecho y que permanecería
allí eternamente, hablándole en un idioma de aplastantes notas graves. El aire
fino y frío picoteaba su nariz, pero había suficiente si se esforzaba en llenar
sus pulmones.
La amplia curvatura del planeta se alzó serenamente en la
base de la ventana mientras ella jadea ba. Sus suaves cubiertas de mármol
parecían al al cance de su mano…, pero no podía alzar los brazos.
A lo largo de toda la Noria se producían lentas y
perezosas ondulaciones. Venían hacia ella, cre ciendo en altura. Cuando llegó
la primera, dio un duro golpe a la protuberancia y los árboles se agita ron en
sus sujeciones. La turbulencia que sentía toda la Noria se había concentrado en
estas ondas, que se disiparon en sus extremos. Los árboles se sacudieron y
agitaron, pero su presión se mantuvo.
Buscador volvió a lamerse los labios sin abrir los ojos.
Se elevaron aún más. Cley pudo ver la exten sión completa
de la Noria. Se curvaba levemente, perdiéndose en la distancia como una
autopista infinita a la que no preocupara la imposibilidad de vencer la
voluntad de planetas. Las enredaderas se multiplicaban, y cerca del centro
florecía un bosque verde.
El otro extremo era una línea fina como una aguja.
Mientras Cley seguía observando, su punta se zambulló en la atmósfera. Las
ondas producidas por este shock corrieron hacia ella. Cuando la alcanzaron, la
reacción fue leve, pues los árboles estaban ahora fuertemente unidos a la parte
inferior de la Noria.
Notas profundas y solemnes resonaron por las paredes. Toda
la Noria era como un gran ins trumento que tocaran el viento y la gravedad, y
las ondas cantaban una extraña canción que repi caba en todos sus huesos.
La Noria se recortaba ahora contra toda la Tierra. Cley
sintió la fuerte aceleración en el suelo del compartimiento, pero ahora era
mejor, pues la gra vedad contrarrestaba la fuerza centrífuga. También el aire
se espesó a medida que las paredes del árbol exudaron un vapor dulce y húmedo.
El espectáculo de su mundo, desplegado en si lenciosa
majestad, la aturdió. Se acercaban al lí mite de su ascenso, y la Noria se
había puesto vertical, como para enterrarse en el corazón del planeta.
La Noria se sacudió. Cley había sentido sus muchos ajustes
y sus fuertes cambios mientras se debatía contra ambos elementos, aire y vacío.
Só lo hacía unos instantes había considerado que el voraz manto verde que
devoraba los pálidos desiertos mantenía una batalla épica. Ahora era testigo de
una interminable pugna de dificultad inconmensurablemente superior.
Y al mirar supo que la Tierra y la Noria eran dos sistemas
similares, hermanos de escalas enor memente diferentes.
La Noria era como un árbol, viva y a la vez muerta al
noventa y nueve por ciento. Los árboles eran torres de madera muerta, celulosa
usada por los antepasados de las células vivientes que crea ron su corteza.
También la Tierra era una fina capa de vida floreciente
sobre una gran masa de rocas. Pero en el magma había elementos de las hordas
ancestra les que habían existido antes. El deslizamiento y las colisiones de
continentes enteros se basaban en resbaladizas capas de piedra caliza
construidas con una infinitud de conchas. Todos los sistemas vivientes, a la
larga, eran una piel que envolvía algo muerto.
- Adiós -dijo Buscador, levantándose con torpeza. Ni
siquiera su vigor era rival para la fuer za centrífuga.
- ¿Qué? ¿No irás a marcharte?
- Nos marchamos los dos.
Un fuerte golpe. Cley se sintió caer. Pataleó asustada y
sólo consiguió impulsarse hacia el techo. Se golpeó el cuello y rebotó
dolorosamente. Su mente seguía diciéndole que caía, a pesar de la evidencia de
sus ojos, y entonces algún antiguo subsistema de su mente intervino, y se calmó
de forma automática.
No caía de verdad, excepto en un sentido usa do por los
físicos. Simplemente carecía de peso, y rebotaba por el compartimiento ante el
bostezo divertido de Buscador.
- ¡Somos libres!
- Durante un ratito.
- ¿Qué?
- Mira adelante.
Las enredaderas se habían soltado. Libre, el árbol se
apartó de la Noria. Siguieron una tangente a su gran círculo de revolución. La
prominencia era ya un punto diminuto sobre el gran árbol curvo que colgaba
entre aire y espacio. Cley tuvo la impresión de que la Noria hundía la boca en
el rico pantano del aire de la Tierra, bebiendo alternativamente por un lado y
luego por el otro.
¿Pero qué la mantenía en marcha, contra el ti rón
constante de estos fieros vientos? Estaba segura de que tenía alguna enorme
habilidad para resolver ese problema, pero no había ninguna pista de cuál
podría ser.
Contempló la curvatura de la Tierra. Delante había una
mancha marrón oscuro sobre la negrura cubierta de estrellas.
- Un amigo -dijo Buscador-. Allí.
27
JONÁS
Se alzaron con sorprendente rapidez. La No ria siguió
girando, y su grandioso giro proyectaba grandes sombras sobre su longitud.
A pesar de los vientos que soportaba, los ma torrales se
aferraban a sus flancos. El extremo su perior, que acababan de dejar, rotaba
ahora hacia el crepúsculo. Su punto medio era más grueso y ovalado, y seguía
una órbita circular de un tercio del radio de la Tierra sobre la superficie. En
su ex tensión más lejana, rugiendo y chasqueando por el esfuerzo, el gran leño
alcanzaba una distancia de dos tercios del radio de la Tierra, extendiéndose
hacia el frío del espacio.
Habían sido lanzados a más de trece kilómetros por
segundo. Esto era suficiente para llevar a los árboles a otros planetas, aunque
ése no era su destino.
Corrían por delante de la protuberancia, vién dola girar
con firme resolución, como plegándose gravemente a la necesidad de regresar al
planeta que la mantenía atrapada.
Su destino era ser eternamente el mediador entre dos
grandes océanos por los que otros navegarían con serenidad, mientras que sólo
conocía el incesante tumulto del aire y la fría mordedura del vacío. Cley
observó en silencio, agarrándose a uno de los pegajosos parches de las paredes
del compartimiento. La Noria tenía una solemne majestuosidad, una despreocupada
resignación ante el hundimiento de su brazo principal en los fuertes vientos.
Vio que el punto donde habían amarrado mostraba un destello de luz marfileña:
plasma creado por el shock de la reentrada. Sin embargo, el gran brazo
continuó, cautivo de la aceleración, hacia su siguiente toma de contacto.
Cley vio por qué había gravitado momentáneamente sobre el
bosque: al final, la rotación casi cancelaba la velocidad orbital. Esa
habilidad anunciaba un control enorme.
- ¿Es inteligente? -preguntó con un susurro.
- Por supuesto -dijo Buscador-. Y muy antigua.
- Hacer eso…
- Siempre moviéndose, sin ir nunca a ninguna parte.
- Qué pensamientos, qué sueños debe de tener…
- Es una inteligencia diferente de la vuestra…, ni mayor
ni menor.
- ¿Quién la creó?
- Se creó a sí misma, en parte.
- ¿Cómo puede algo tan grande…?
Buscador giró juguetonamente en el aire, chas queando los
dientes en un ritmo improvisado. No parecía interesado en contestarle.
- La crearon Alvin y los demás, ¿verdad?
Buscador aulló, divertido.
- El tiempo es más digno de confianza que la inteligencia.
- Alguien planeó esa cosa.
- ¿Alguien? Sí, es el cuerpo el que planea…, no la mente.
- ¿No? Quiero decir…
- En la remota antigüedad había bestias dise ñadas para
buscar asteroides de hielo entre los fríos espacios… ¡Uf…! Sabían lo bastante
de gené tica para modificarse a sí mismas. ¡ Ah! Tal vez en contraron otras
formas de vida que vinieron de otras estrellas…, no lo sé. ¡Uh! Dudo que eso im
porte. La mano del tiempo convirtió a esas criatu ras en esto. ¡Uf!
Buscador rara vez hablaba tanto, y en esta ocasión había
conseguido recalcar cada frase rebotando en las paredes.
- ¿Criaturas que comían hielo?
Buscador se posó sobre un parche pegajoso, se sujetó con
dos patas y agitó las restantes en el aire.
- Los mandaban a buscarlo, y enviarlo luego a los mundos
interiores.
- ¿Agua para la Tierra?
- En esa época los robots habían decretado ya un planeta
seco. El halo de los asteroides de hielo fue empleado en otras partes.
- ¿Por qué no usar naves espaciales?
- ¿De metal? No se reproducen.
- ¿Esas cosas dan a luz ahí, en el frío?
- Lentamente, sí.
- ¿Cómo crearon la Noria? No es un come dor de hielo, eso lo
sé.
- El tiempo es profundo. Las circunstancias han operado en
ella. Más que en tu especie.
- ¿Es más lista?
- Los humanos siempre volvéis a ese tema. Es diferente, no
superior.
- Suponía que debe de ser más lista que yo para hacer todo
eso -dijo Cley, avergonzada sin saber por qué.
- Vuela como un pájaro, sin preocuparse. Y piensa mucho,
como es propio de una criatura de los grandes espacios lentos.
- ¿Cómo piensa? El viento sólo…
Una vez hecha la pregunta, vio la respuesta. Cuando el
otro brazo se alzó hasta el tope de su arco circular, pudo ver finas columnas
blancas tras ella. Había visto la habilidad supra hacer eso, dejar una hilera
de nubes en su estela.
- Piensa que es un árbol que vuela -dijo Buscador.
- ¿Eh? Los árboles tienen raíces.
- Los árboles andan, ¿por qué no volar tam bién? Somos
invitados de un árbol volador.
- Hummm. ¿Qué come?
- Algo de aire, algo… -Buscador señaló ha cia delante, a
su trayectoria. Volaban por encima del coloso giratorio. Y Cley vio una fina
bruma que gravitaba contra la negrura del espacio, más tenue que las estrellas,
pero más plena. Había un halo alrededor de la Tierra, luciérnagas atraídas por
el inmenso brillo del planeta. Tras la línea nocturna, el fino halo colgaba
como un fantasma sobre la sombra de la Tierra. Una mota creció mientras seguían
avanzando. Se convirtió en una compleja estructura de columnas y globos medio
hinchados. Tenía nervios como castañas nudosas. Enredaderas carnosas cubrían
sus intersecciones. Cley intentó imaginar la Noria dirigiendo esta rareza y
decidió que tendría que ver para creer.
Pero este asunto menor se desvaneció mientras seguía
observando. Otros árboles como el suyo yacían a la deriva, algunos girando
levemente, otros chocando entre sí. Pero todos se dirigían hacia una cosa que
le recordó a una piña, llena de púas y pelaje. Alrededor de esta cosa giraba
lentamente, se arracimaba una bruma de pálidas motas.
- ¿Todo esto está… vivo?
- En cierto modo. ¿Viven los robots?
- No, por supuesto. ¿Es que son robots?
- No de metal. Pero incluso los robots pue den hacer
copias de sí mismos.
- Sabes a qué me refiero cuando digo que algo está vivo
-dijo Cley, exasperada.
- En eso soy deficiente.
- Bien, si no lo sabes, no puedo decírtelo.
- Bueno.
- ¿Qué?
- El habla es un truco para quitar el misterio del mundo.
Cley no supo qué decir y decidió dejar que los misterios
continuaran. Su árbol se acercaba a la bruma luminosa que rodeaba a la piña.
La gravedad impone suelos planos, paredes rectas,
rigideces rectangulares. La ingravidez permite las amplias simetrías del
cilindro y la esfera. Entre el bullicio de objetos, grandes y pequeños, Cley
vio una expresiva libertad de nuevas geometrías sin esfuerzo.
La necesidad dicta la forma, y las miríadas de lanzas y miembros
que sobresalían de los muchos caparazones y duras pieles se plegaban a las
demandas del momento.
Contempló una esfera anaranjada extender un fino tallo
hasta un cercano conjunto de cilindros. Éste empezó a girar a su alrededor,
dándole estabi lidad, de forma que el tallo atravesó las finas pare des de su
presa. Cley se preguntó cómo giraba la esfera, y sospechó que fluidos internos
tenían que girar en sentido inverso. ¿Pero se trataba de un ataque? La extraña
disposición de columnas gomosas no se comportaba como una víctima. En cambio,
se congregaba alrededor de la esfera. Lentos tallos abrazaron y latieron a lo
largo de su longitud ma rrón. Cley se preguntó si contemplaba un inter cambio
donde los cilindros latían enérgicamente para negociar una transacción
bioquímica.
La flotilla de árboles atravesó la bruma de vida, pasando
junto a miles de formas que a veces gira ban para evitarlos. Sin embargo,
algunas trataban de agarrarlos. Tenían formas angulares, narices como agujas, y
eran sorprendentemente rápidas.
Pero los árboles siguieron avanzando, evitando la
persecución, directamente hacia la piña.
Pero Cley vio ahora que sólo algunas partes de la enorme
cosa parecían sólidas. Había grandes puntas que parecían firmes, pero el cuerpo
principal revelaba más y más detalles a medida que se aproximaban. La luz del
sol destellaba en las motas multifacetadas, hasta que Cley advirtió que eran
una multitud de desarrollos giratorios proyectados por un eje central. Pudo ver
el eje enterrado en la profusión de tallos y redes, como una raíz marrón y
bulbosa. Dejó de considerarlo una piña y sustituyó el término por «pera con
púas». Mientras se acercaban a la corona verde lima de un extremo de la «pera»,
una ola la atravesó. El súbito destello la hizo parpadear, y se tuvo que cubrir
los ojos. Sus iris corrigieron rápidamente el problema, para permitirle ver a
través del resplandor. La ola se había detenido casi a la mitad de la punta; un
lado todavía verde, el otro como brillante. El brillo le recordó lo fuerte que
era la luz del sol cuando no contaba con el filtro del aire.
- Nada -dijo Buscador.
- ¿Dónde?
- O mejor, sigue el ritmo de su jaula.
- Yo… -empezó a decir Cley; entonces re cordó la
observación de Buscador de que las palabras robaban el misterio. Vio que la
mitad brillante reflejaba la luz, dando a la pera un pequeño empujón desde ese
lado. Mientras rotaba, la ola de color giró alrededor de la cúpula, manteniendo
el impulso siempre en la misma dirección.
- Agárrate a la pared -dijo Buscador.
- ¿Quién, qué…? Oh.
El espectáculo la había distraído. Inconscien temente,
esperaba que los árboles redujeran el rit mo. Ahora el fibroso conjunto de
tallos que bro taba del eje se volvió alarmantemente rápido. Se dirigían a una
región repleta de filamentos entre lazados.
En la claridad absoluta del espacio, Cley vio rasgos cada
vez más pequeños, muchos no unidos a la pera, sino gravitando como insectos ham
brientos a su alrededor. Sólo entonces advirtió la verdadera escala de la
complejidad hacia la que se abalanzaban. La pera era grande como una montaña.
Su árbol era una cerilla que se zambullía de cabeza en ella. El primer árbol
chocó contra una amplia tela oscura. Alcanzó la membrana y entonces rebotó,
pero sólo una vez. La gran tela convirtió el choque en oleada. Entonces un
segundo árbol chocó cerca del borde de la tela, produciendo más ondas
circulares. Un tercero, un cuarto… y entonces les tocó el turno.
Buscador no dijo nada. Un tirón súbito y ma reante recordó
a Cley los problemas de la aceleración, entonces se invirtió, haciendo que su
estómago se contrajera. La sensación duró sólo un largo instante, y entonces
descansaron. Por la ventana, Cley pudo ver a los otros árboles enredándose en
la tela, y sintió sus impactos haciendo oscilar la tela.
- Buen… aterrizaje -dijo entrecortadamente cuando los
temblores remitieron.
- El precio del pasaje. La Noria paga de esta forma su
deuda al impulso -dijo Buscador, soltándose del parche pegajoso.
- ¿Deuda? ¿De qué?
- Del impulso que recibe a su vez, mientras toma
pasajeros.
Cley parpadeó.
- ¿También hay gente que baja en la Noria?
- Funciona de las dos formas.
- Sí, claro, pero… -No había imaginado que alguien pudiera
atreverse a descender a través de la atmósfera para terminar colgando de la
cola del gran árbol del espacio mientras vacilaba sobre el suelo. ¿Cómo
saltaban? Cley se sintió abrumada por las complejidades. Se concentró en el
presente-. Mira, ¿a quién se debe este impulso?
- A nuestro anfitrión.
- ¿Qué es esto?
- Un Jonás.
- ¿Qué significa eso?
- Un término realmente antiguo. Sin duda tu amigo Alvin
podría decirte su origen.
- No es amigo mío…, somos primos, distan ciados por mil
millones de años.
Cley sonrió sardónicamente; entonces frunció el ceño al
sentir lentos tirones a través de las paredes de su árbol.
- Dime, ¿qué hace un Jonás?
- Desea tragarnos.
28
LEVIATÁN
Las criaturas ya estaban atareadas en los com
partimientos. Con muchas patas, apenas antolo gías de palos de ébano y músculos
nudosos unidos por cartílagos grises, recogían y apilaban el cargamento en
largas procesiones.
Aunque eran rápidas y capaces, Cley sintió que en cierto
modo no eran individuos auténticos. No tenían más vida propia que una célula
extraída de su propia piel.
Buscador y ella siguieron a la procesión por la portilla
principal, la entrada que habían usado en el bosque tan sólo dos horas antes.
Salieron flotando en una confusa mezcla de trabajadores parecidos a arañas,
paquetes oblongos y pasadizos tubulares que desfilaban en verde profusión.
Cley se sorprendió al ver lo rápidamente que se había
ajustado a la extrañeza de la gravedad cero. Como muchas habilidades que
parecían naturales una vez aprendidas, como el complejo truco de caminar, los
reflejos ingrávidos habían sido «soldados» en su especie. Si se hubiera
detenido un momento a reflexionar, esto habría sido otro recordatorio más de
que nunca podría representar a los primeros humanos, encadenados al planeta.
Pero no reflexionó. Se lanzó por entre el húmedo aire de
los grandes pozos, rebotando con facilidad en las paredes porosas. Las arañas
la ignoraron. Varias se le unieron en su prisa mecánica por transportar lo que
parecía una especie de árbol invertido. Su exterior era una dura corteza que
formaba un contenedor hueco y de gruesas paredes abierto en los extremos.
Dentro brotaban finas ramas grises que se reunían en el centro en grandes
frutas azules y ondulantes.
Hambrienta, Cley extendió la mano para co ger una, pero
una araña se lo impidió de una pata da. Buscador, sin embargo, cogió sin
problemas dos y las arañas pedalearon en el aire para evitarlo. Cley se
preguntó qué olor o qué gestos había usa do Buscador. La bestia apenas parecía
despierta, mucho menos preocupada.
Comieron. El jugo gravitó en gotitas en el aire húmedo.
Cañones de luz se perdían en todas di recciones. Cley se agarró a un tubo
transparente cercano, tan grande como ella, donde borboteaba un fluido ámbar.
Desde este punto de anclaje, pudo orientarse en el confuso cenagal de lanzas
marrones, follaje verde, varas grises y protuberancias nudosas. Su árbol-nave
gravitó en el abrazo de las finas hojas. Desde el duro vacío del espacio, el
árbol parecía haber sido impulsado a través de un pasadizo transparente que
Cley pudo ver replegándose ya hacia el guante que los había detenido. Pequeños
animales correteaban por los cables retorcidos y las enredaderas, chirriando,
canturreando, lanzando visibles pedos amarillos. Por todas partes había
animación, una sensación de que nada duraba demasiado tiempo.
- Vamos -dijo Buscador. Se puso en marcha rápidamente y
Cley le siguió por un tubo ancho como una boca, color verde oliva. Se
sorprendió al descubrir que podía ver a través de las paredes.
La luz del sol se filtraba a través de un dosel encantado.
Las nubes se formaban a partir de meros manojillos, creaban gotas, y las
ansiosas hojas las sorbían. Cley se entretuvo observando el per petuo ritmo a
cámara lenta de este lugar, hasta que Buscador salió velozmente del túnel para
llegar a una gran sala dominada por huecas semiesferas de moho verde. Cley vio
que el otro hemisferio era transparente. Dejaba pasar una lanzada de luz
amarilla que se reflejaba y refractaba en las profundidades del laberinto
viviente que los rodeaba.
Buscador se encaminó hacia la concavidad y se agarró a una
planta. Cley rebotó torpemente en el elástico moho, se aferró a un árbol
estirado y por fin alcanzó a Buscador, que comía bulbas escarlata que crecían
por todas partes. Cley las probó y le gustó el sabor rico y granuloso. Pero su
irritación aumentó a medida que su hambre era saciada. Buscador parecía a punto
de echarse a dormir cuando le dijo:
- Nos has traído aquí a propósito, ¿verdad?
- Claro. -Buscador parpadeó perezosamente.
- ¡Quería encontrar a mi pueblo! -gritó Cley, enfurecida
por esta muestra de despreocu pación.
- Han desaparecido.
- Tú lo dices, el todopoderoso Alvin lo dice, pero yo
quiero comprobarlo por mí misma.
- Alvin y los suyos son buenos en unas cuan tas cosas.
Entre ellas, adquirir información. Creo que su búsqueda fue concienzuda.
- ¡Me pasaron por alto!
- Por poco tiempo.
- Dijiste que podría encontrar gente como yo si te seguía.
- Eso creo.
- ¡Sigo queriendo comprobarlo!
- El precio de verlo será la muerte -dijo Buscador
suavemente.
- Hasta ahora nos ha ido bien.
- Una serie numérica puede tener muchos términos y seguir
siendo finita.
- Pero…, pero… -Cley quiso expresar su de sazón por haber
sido despojada de todo lo que conocía, pero el orgullo la obligó a decir-: Algo
en el cielo quiere matarme, ¿no? ¿Y para escapar nos vamos al cielo?
¡Tonterías!
- Veo que estás intranquila. -Buscador cru zó los brazos
sobre su vientre, en un gesto que de algún modo implicaba preocupación-. Pero
de bemos escapar lo más lejos posible.
- ¿Por qué?
- Sin mí estarías indefensa.
La boca de Cley se retorció, mezclándose irri tación y
burla.
- Éso supongo. Aquí arriba. En los bosques estaríamos
igualados.
Buscador no dijo nada, y Cley advirtió que es taba siendo
diplomático. En verdad, a pesar de toda su experiencia y sus habilidades,
Buscador se había movido a través de terrenos diferentes con una seguridad
inconsciente y una habilidad que envidiaba.
- ¿Adonde vamos entonces?
- Por ahora, a la Luna.
- La… -Ella había supuesto que estaban en la órbita de la Tierra,
pero que regresarían en al gún punto lejano. Sabía que los supras también iban
a otros mundos, pero nunca había oído que su propia especie lo hiciera-. ¿Para
qué?
- Debemos movernos hacia fuera y tener cui dado.
- ¿Para salvar nuestros pellejos?
- Tu pellejo.
- Supongo que no tienes pellejo, sólo pelo.
- No está buscando mi pelo.
- ¿Quién?
Buscador se echó hacia atrás y se acomodó, cruzando sus
seis miembros. Empezó a hablar, suave y melodiosamente, de tiempos tan remotos
que incluso los nombres de las eras se habían per dido. La gran bestia peluda
le contó cómo la hu manidad encontró inteligencias superiores ante el golpe
infligido a su orgullo. Intentaron crear una mentalidad superior, y su fracaso
fue tan grande como su intención. Crearon a la Mente Loca, un ser que no
necesitaba inscribir pautas en la materia. Y que resultó maligno sin mesura.
Sólo tras una heroica lucha consiguieron capturar y reducir a la Mente Loca.
Enjaularla firmemente fue el trabajo de millones de vidas.
Y sin embargo la raza siguió esforzándose, hasta crear una
réplica a la Mente Loca llamada Vanamonde. Ambos habitaban en las profundidades
del espacio. Pero con ese último acto grandioso la humanidad perdió la luz. Las
especies posteriores de humanos se retiraron, dejando que sus máquinas robaran
la variedad y el sabor de su mundo, hasta que sólo las luces de Diaspar
ardieron en las arenas que un día lo inundarían todo.
- Cobardía -dijo Cley.
- Vano orgullo -replicó Buscador.
- ¿Por qué? Eso no tiene sentido.
- ¿Creer que los humanos eran la cima de la evolución?
- Oh. Ya veo.
Cley guardó silencio durante la mayor par te del viaje
hasta la Luna. Conocía parte de la his toria de Buscador, pues era una fábula
de su tribu. Pero la Mente Loca era ahora mayor que las montañas, un mito
brumoso narrado por los su pras. También hablaban de Vanamonde, pero se decía
que esa otra entidad igualmente tenue vivía entre los racimos de estrellas y
nubes radiantes.
La Luna asomó, verde y exuberante, mientras se acercaban.
La leve rotación del Jonás daba un tono tranquilo a los segmentos externos de
la gran nave, y Cley se internó con Buscador a través de frondosos laberintos
para contemplar su aproximación. El paisaje lunar era una creación irregular de
abruptas montañas y colosales cascadas. El contraste había sido formado por los
elementos livianos que los cometas lanzaban contra el Sol. Una película de
moléculas cubría el aire lunar, conteniéndolo en una densa mezcla de gases. La
película tenía agujeros permanentes que permitían acceso a las naves y formas
de vida espaciales, y todo era renovado constantemente gracias a la erupción de
los volcanes. Este mecanismo capturaba tan bien la leve fuerza gravitatoria de
la Luna, que perdía menos aire que la Tierra.
La brillante Luna colgaba casi encima del Sol, y por eso
quedó casi cubierta por las sombras cuando el Jonás empezó a maniobrar hacia su
cara oculta. Durante un instante, el Sol, la Luna y la Tierra quedaron
alineados con perfección geométrica, antes de volver a reemprender sus
complicados rumbos. Cley contempló este increíble momento de equilibrio y
sintió la paradoja de que mantenían balance y quietud en el corazón de todo el
cambio.
- Mira -dijo Buscador-. Tormentas.
Cley contempló el remolino de aire lunar, pero la
perturbación se encontraba más allá. En la negrura sobre ambos polos
serpenteaban filamen tos de brillante color anaranjado.
- Maldición -susurró Cley, como si los fila mentos
helicoidales pudieran oír-. ¿La Mente Loca?
- Nos busca. Creí que cogería primero cualquier otra cosa.
Buscador señaló con sus orejas lo que parecía espacio
vacío alrededor de la Tierra. Describió cómo el campo magnético del planeta es
comprimido por los vientos solares y escapa dejando estelas. Cley parpadeó para
pasar al ultravioleta y captó el delicado titilar de un gran volumen en torno
al planeta. Vio un territorio que jamás había imaginado, un reino dominado por
los florecientes campos magnéticos del planeta. Era una pelota brillante,
extendida al sol, acariciada por los vientos solares que la trenzaban. Arcadas
de adornos momentáneos crecían y morían en la inquieta arquitectura de la
magnetosfera, y Cley supo que también eran huellas del paso de la Mente Loca.
- Está buscando allí.
- Examina las bandas del campo magnético -dijo Buscador
sombríamente-. Esperaba que sólo nos buscara en ese reino.
- Pero también ha llegado aquí.
- Debe hacerlo.
Cley sintió un escalofrío. Fuerzas inmensas recorrían
estos enormes espacios, y ella era una mujer nacida para surcar los silenciosos
senderos de los bosques, para atender y plantar y captar el sabor de los
vientos susurrantes. Éste no era su sitio.
- ¿Puede atravesar la capa de aire? -pre guntó.
Buscador señaló simplemente con una oreja el polo sur
lunar. Ella pasó al infrarrojo y vio leves nubes de humo bajo la curvatura de
la atmósfera. Había chispas anaranjadas.
- Ya ha alcanzado la capa de aire. -Se mordió los labios y
casi perdió su asidero en una rama.
- Y puede cazar a voluntad, una vez dentro. Sigue las
líneas del campo magnético lunar adon de quiere. -Buscador se soltó sin avisar,
pateó una enorme orquídea y se internó en un tubo de conexión.
- ¡Eh, espera!
Lo alcanzó en una cúpula elipsoide donde un ejército de
arañas negras montaba hileras de con tenedores ovales. En la deslumbrante
actividad, apenas pudo mantener el ritmo de Buscador. Animales más grandes
pasaron junto a ella, algunos tan enormes que eran capaces de aplastarla con un
simple aleteo, o de partirla en dos con el pico, pero todos la ignoraron. Un
silbido febril resonó por encima de todos los demás ruidos. Buscador se había
detenido y descansaba justo bajo la cúpula superior.
- ¿Qué podemos hacer ahora? ¿Regresar a la Tierra?
- Pensaba en coger la nave que se acerca.
A través del domo, ella vio una versión menor de su Jonás
que se acercaba desde uno de los agu jeros abiertos en la capa de aire.
Buscador había dicho que el Jonás era uno de los instrumentos de su especie,
capturado en un ciclo interminable en tre la Tierra y la Luna. El Jonás más
pequeño se zambulló en el aire lunar, disfrutando de su dimi nuta libertad.
Cley sintió piedad por aquellas na ves vivientes, pero entonces vio algo que le
hizo olvidar sus preocupaciones menores. Divisó una gran masa que se acercaba a
ellos desde una órbita superior.
- ¿Qué…?
- Nos acercamos a un apareamiento momen táneo.
- ¿Apareamiento? ¿En pleno vuelo?
- Siempre lo hacen en vuelo.
- Pero… esa cosa, es tan grande…
- Es un Leviatán. Los Jonás son sus crías. Mientras se
acerca al Sol, su deseo aumenta, como ha sucedido durante milenios. Nosotros
simple mente nos aprovecharemos de la dicha del en cuentro.
Mientras la gran masa se deslizaba sin esfuer zo hacia
ellos, Cley observó su piel moteada de un verde agrisado, las enmarañadas
junglas que alza ba al eterno fulgor nutritivo del Sol.
Cley no pudo dejar de sonreír.
- Creo que prefiero la lujuria en pequeñas dosis.
29
CORRIGIENDO AL SOL
Los grandes seres se comunican a través de emisarios.
Lentas y poderosas oscilaciones empe zaron a recorrer el Jonás. Cley vio una
burbuja acuosa surgida de la correosa piel del Jonás salir al espacio. Avanzó
temblorosa, buscando una definición, y se convirtió en un elipsoide.
- Deprisa-dijo Buscador-. En marcha.
Buscador la arrastró a través de los verdes la berintos.
Cuando llegaron a la boca hinchada de lo que parecía una gigantesca raíz hueca,
la empu jó. Ella tropezó y cayó sobre un parche suave y resistente. Cabellos
finos como terciopelo de los que manaba una especie de savia blanca la
golpearon. Un brusco sabor carnoso la asaltó. Cley se sintió mareada y advirtió
que el aire estaba lleno de vapor que se formaba, se disolvía y se reunía de
nuevo en nubes transparentes. Buscador apartó una masa esponjosa del tamaño de
un hombre, pero no parecía preocupado. Se produjo un silbido. Gravitaron a
través de un estrecho tubo. Las paredes bridaban con una suavidad coralina, y
Cley sintió la savia cubrirle los pies y la espalda.
Buscador agarró un plato tembloroso y se lo lanzó como si
fuera un disco. La pegajosa sustan cia se enroscaba a su alrededor y Buscador
golpeó el otro extremo contra un filamento más denso. Ganaron velocidad en un
torbellino de luz refractante. Cley aguantó la respiración, asustada por el
siseo que los rodeaba.
- ¿Qué…? -empezó a decir, pero una fría bola de savia se
le metió en la boca. La escupió y sintió a Buscador a su lado mientras el
brillo de la pared remitía. El tubo irregular que tenían delante se dobló, se
hinchó y salieron disparados al duro resplandor del espacio. El Jonás había
exhalado una burbuja elástica. Un envoltorio de savia los cubrió, creando
rápidamente una esfera perfecta.
- El Jonás está haciendo el amor al Leviatán -dijo
Buscador, sujetándola con firmeza.
- ¿Somos semillas?
- Eso le hemos hecho creer, sí.
- ¿Qué sucederá si algo intenta penetrarnos?
- Rechazaremos la invitación.
Esa amabilidad parecía dudosa. Se acercaban al amplio bajo
vientre moteado, y el Jonás se agitaba detrás. Las motas eran placas de espuma
rubí oscuro. El Leviatán tenía al menos diez veces el tamaño del Jonás, lo que
daba al acto sexual un aire de comedia. Al aproximarse, Cley sintió un nuevo
temor ante su enormidad: la criatura tenía el tamaño de una pequeña montaña.
Esta vez cedieron aceleración a su nuevo anfi trión a
través de una telaraña de burbujas que pare cieron estallar y volver a formarse
mientras seguían avanzando, cada impacto, un pequeño bofetón que hacía que Cley
rebotara contra las paredes elásticas de su propia esfera-semilla.
Cuando se detuvieron, una larga aguja taladró
habilidosamente su burbuja. La luz de rubí prestaba a todo un aspecto infernal
y amenazante. La aguja entró, pareció olisquear, moviendo su aguda punta
poderosamente, capaz de perforarlos a ambos. Buscador alzó una pata y orinó
directamente encima. La aguja retrocedió y huyó.
- No, gracias -dijo Buscador.
La burbuja estalló, liberándolos.
Buscador volvió a guiarla a través de un des lumbrante
laberinto de plantas, siguiendo pistas que ella no podía entender.
- ¿Adonde vamos?
- A buscar al capitán.
- ¿Alguien guía esto?
- ¿No te guía a ti tu cuerpo?
- Bien, ¿adonde va este Leviatán?
- A los mundos exteriores.
- ¿Crees que por ahora estamos a salvo aquí?
- No estamos a salvo en ninguna parte. Pero aquí nos
esconderemos bien.
- ¿Crees que la Mente Loca no sabe dón de estoy? Me ha
seguido sin problemas hasta ahora.
- Aquí hay formas mucho más complejas que tú. Camuflarán
tu rastro.
- ¿Y qué hay de mi talento? ¿No podrá la Mente captar mi
«olor»?
- Es posible.
- ¡Maldición! Desearía que Seranis no hubie ra despertado
esta actividad en mí.
- Tuvo que hacerlo.
Cley seguía a Buscador de cerca, esforzándose por mantener
su ritmo mientras rebotaban de una pared a otra y se deslizaban por pasadizos
curvos, internándose cada vez más en el Leviatán. La ob servación de Buscador
la hizo detenerse un instante, jadeando en el aire dulce y asfixiante.
- ¿Tuvo que hacerlo?
- Lo necesitarás. Y el talento requiere tiempo para
crecer.
Cley quiso dejar patente su frustración ante la velocidad
y la confusión de los hechos, pero sabía que Buscador sólo le dirigiría su
salvaje sonrisa. Buscador redujo el paso y contempló un conjunto de grandes y
anchas hojas. Parecían unidas a ramas, pero la escala era tan grande que Cley
no pudo ver dónde terminaba la gruesa madera oscura. Entre las hojas corrían y
saltaban muchas pequeñas criaturas.
Descubrió que sin advertir ninguna transición esta zona
había ganado algo de gravedad. Cayó de una rama a otra, se deslizó por una
tercera y ate rrizó sobre una criatura parecida a un gato. Murió en sus manos,
provocando un estertor de culpa. El gato tenía alas y la piel anaranjada.
Buscador avanzó por una fina rama, vio al gato-pájaro y con unos cuantos
movimientos lo despellejó y arrancó pedazos de carne.
El objetivo de encontrar al capitán quedó olvidado, ya que
ambos tenían hambre.
Cley advirtió que este inmenso territorio in terior no era
una cómoda sala de espera verde para pasajeros. Era un mundo, intacto y con su
propio sentido.
Los pasajeros no eran especiales en modo al guno. Tenían
que competir para conseguir ventajas y comida. Este punto quedó claro cuando
encontraron una gran bestia que yacía en una rama, parcialmente desmembrada.
Buscador se detuvo, estudiando pensativo la carcasa destrozada. Cley vio que
las marcas en la piel, el morro y los anchos dientes se parecían a los de
Buscador.
- ¿Tu… especie?
- Tuvimos orígenes comunes.
Cley no pudo interpretar en el rostro de Buscador nada que
pareciera tristeza.
- ¿Cuántos sois?
- No los suficientes. Aunque el número no significa nada.
- ¿Conocías a éste?
- Mezclamos información genética.
- ¡Oh! Lo siento, yo…
Buscador dio una patada al cadáver, que atraía ya a una
nube de mosquitos carroñeros.
- Era un enemigo.
- ¿Después de que os «mezclarais»? Quiero decir…
- Antes y después.
- ¿Pero entonces por qué…? Normalmente, nosotros no…
Buscador le dirigió una mirada que combinaba una fiera
mueca con una sonrisa picara.
- Nunca pensamos en una cosa cada vez.
- ¿Ni siquiera durante el acto sexual? -Cley se echó a
reír-. ¿Tienes hijos?
- Dos partos.
- ¡Buscador! ¡Eres una hembra! ¡Nunca lo habría imaginado!
- No soy hembra como lo eres tú.
- Bueno, desde luego no eres macho si eres capaz de parir.
- El sexo simple como el tuyo fue una adapta ción
momentánea.
Cley se echó a reír.
- Buscador, me parece que te has perdido un montón de
diversión.
- Los humanos son famosos por su experiencia sexual y sus
grandes órganos.
- Hummm. Aceptaré eso como un cumplido.
Un leve movimiento distrajo a Cley. Apartó una rama enorme
y vio una forma humana en la lejanía.
- ¡Eh! -llamó.
La silueta se dio la vuelta y se marchó.
- ¡Eh, alto! Somos amigos.
Pero la sombra se mezcló con las hojas verdes y marrones y
desapareció. Cley corrió tras ella. Después de deslizarse por ramas y troncos
se detuvo, prestó atención y no oyó más que el suspiro de la brisa y los trinos
de pájaros desconocidos.
Buscador la había seguido.
- ¿Deseas aparearte?
- ¿Eh? No siempre estamos pensando en eso. ¿Es lo que
crees? Sólo quería hablar con él.
- No encontrarás a nadie -dijo Buscador.
- ¿Quién era? Mira, no era una ilusión, ¿verdad? No era
como esos que mataron a mi tribu y que según Alvin no eran más que imágenes.
- No, ése era el capitán.
Cley sintió un arrebato de orgullo. Los huma nos dirigían
este lugar.
- Alvin dijo que mi especie había desapareci do, todos
menos yo.
- Es verdad.
- ¿Entonces ese capitán es de otra especie? ¿Un supra?
- No. Y no creo que quieras de verdad explorar ese tema.
Son inmateriales.
- Mira, estoy sola. Si puedo encontrar a cual quier tipo
de humano, lo haré.
Buscador echó hacia atrás su enorme cabeza, alzando y
bajando las cejas de una forma que Cley encontró vagamente inquietante.
- Tenemos otros objetivos.
- Si no me ayudas, encontraré al capitán yo sola.
- Bien.
Cley no comprendió esta respuesta, pero esta ba
acostumbrada a las salidas de Buscador. Son rió, sabiendo lo difícil que sería
encontrar a alguien en este lugar.
Buscador no dijo nada más y pareció distraído. Subieron,
esforzándose contra la leve grave dad centrípeta, y finalmente llegaron a una
ancha pendiente hecha tan sólo de grandes hojas. La luz del Sol fluía fiera y
dorada desde un cielo abierto que enmarcaba la Luna cada vez más pequeña. Cley
sabía que cuando la Tierra cobró vida, más de cinco mil millones de años antes,
empezó en vuelta en una membrana de aire y agua, cuyo pro pósito era corregir
el Sol. Enterrada en los bosques de la Tierra, nunca se había molestado en
pensar en otros planetas, pero ahora vio que también la Luna había aprendido de
la Tierra esta habilidad. Había algo fresco y vibrante en ella, como si no
hubiera compartido la larga sequía impuesta por los robots de los supras. Donde
antaño marea significaba las oscuras manchas de los flujos volcánicos, ahora
auténticos mares lamían las abruptas montañas de picos nevados. Ahora el voraz
verde de la Tierra parecía imitar el exuberante desequilibrio de su compañera
menor.
Buscador se inclinó y apoyó una oreja contra un tallo
púrpura. Mordisqueó las jóvenes raíces que asomaban por la corteza, pero
también parecía estar escuchando. Entonces se enderezó.
- Nos dirigimos a Venus.
- ¿Qué es eso?
- El segundo planeta a partir del Sol, el que va después
de la Tierra.
- ¿Podremos vivir allí?
- Espero que la pregunta sea si podremos evi tar la
muerte.
Con eso, Buscador se quedó dormido, y Cley, temerosa de la
jungla, no se aventuró más allá. Vio que la Tierra y la Luna se encogían,
planetas ge melos recortados contra el resplandor atemporal de la galaxia.
Supo instintivamente que la Luna no era sólo un
invernadero cubierto mantenido en el exterior de manera constante. ¿Quién la
atendía, después de todo? Durante largos eones, la humanidad había permanecido
encerrada en sus desiertos. No, la riqueza venía de organismos que se adaptaban
a un entorno material que a su vez estaba hecho de otros organismos. Imaginar
lo contrario (como los antiguos humanos) era ver el mundo como una gama de
reglas fijas, como los deportes, es trictos y estáticos. Sin embargo, incluso
los plane tas tenían que ceder ante la presión de los soles.
El Sol había quemado hidrógeno durante casi cinco mil
millones de años antes de que la Tierra desarrollara una especie que pudiera
comprender ese simple hecho. El hidrógeno fundido creaba helio, una ceniza
gaseosa que se posaba en el núcleo del Sol. El helio se mantiene radiactivo
mejor que el hidrógeno y por eso aumenta la temperatura del núcleo. A su vez,
el hidrógeno arde más fieramente. El Sol se calienta más. Contrariamente a los
fuegos de campamento, los hornos solares arden más cuanta más ceniza tienen.
La vida terrestre había escapado a esta imposición de la
física… durante un tiempo. Mucho antes de que surgieran los humanos, una capa
de dióxi do de carbono ayudó a calentar la Tierra. A medi da que el Sol se
calentaba, la vida fue reduciendo esa capa para mantener un clima confortable.
Pero el dióxido de carbono era también el medio por el
cual la rica energía del hidrógeno en fusión del Sol se transmutaba en materia
viva. Tam bién era el alimento fundamental para la foto síntesis. Reducir la
capa de dióxido de carbono amenazaba la reacción esencial. Así, poco después de
la evolución de los humanos (apenas cien millones de años), el aire tuvo tan
poco dióxido de carbono que el reino vegetal peligró.
En ese punto, la vida de la Tierra pudo haber ajustado
radicalmente su ritmo químico. Otros planetas habían atravesado esta situación
antes y habían sobrevivido. Pero las inteligencias de aquella época, incluyendo
los antepasados de Buscador, intervinieron.
Acercar la Tierra al horno solar dispararía la creación de
fuegos internos. Esto condujo a las grandes maniobras que reajustaron los
planetas, abriéndolos a nuevos usos.
Todo esto yacía enterrado en los polvorientos archivos de
Diaspar, y los datos cruzaron la men te de Cley sólo como mitos. Las historias
embellecidas que su tribu contaba en torno a las hogueras explicaban esas cosas
a través de parábolas y grandiosos relatos. Su especie no era estudiosa en el
sentido estricto del término, pero sus habilidades forestales necesitaban mitos
y sabiduría, la «sensación» de cómo y por qué las biosferas se unían y
alimentaban. Algunos conocimientos estaban incluso insertados en Cley en un
nivel de comprensión instintiva.
Así, la belleza envuelta en nubes de los mun dos gemelos
le hizo contener la respiración, mien tras su corazón latía con un amor que era
quizá la señal de la verdadera inteligencia. Mientras Bus cador seguía
durmiendo, ella contempló las motas del aire lunar ascender para encontrarse
con otras manchas en un baile lento y grandioso. Otro Jonás se acercaba desde
la Tierra. Las motas convergían en él desde órbitas excéntricas alrededor de la
Luna. Cley ajustó sus ojos para captar el brillo infrarrojo que anunciaba calor
interno, y vio una nube mayor, un destello de bullicio. Las corrientes
gravitaban entre la Tierra y la Luna, interminables transacciones de especies.
Un arroyo más pequeño se apartó de las órbitas que enlazaban a los gemelos. Se
plegó hacia dentro y Cley, protegiéndose con una mano del brillo del Sol, vio
que se dirigía hacia un denso enjambre que se agrupaba sobre el mismo Sol.
Sintió a la vez asombro, miedo a la inmensi dad y soledad.
Deseó que su clan pudiera ver esto, que hubiera otras mentes como la suya para
com partir este espectáculo.
Su atención estaba tan centrada en el cielo que no oyó las
zarpas acercarse… Pero sí notó el mo vimiento cuando algo saltó en la leve
gravedad.
La forma la atacó por detrás. Ella sólo pudo verla un
instante, una cosa negra y roja. Tenía alas como un murciélago y tres ágiles
patas que le permitían encogerse como una pelota para descargar su ataque.
Las mandíbulas chasquearon en el aire donde Cley estaba un
segundo antes.
Se agachó y saltó a un lado, rebotando en una rama. En vez
de escapar hacia el bosque descono cido, donde podía estar esperando una
carnada de atacantes, se abalanzó contra la cosa silenciosa y escurridiza.
Ésta no se lo esperaba. Acababa de ver a Bus cador y
estaba intentando decidir si era una ame naza o un banquete inesperado.
Cley la golpeó. Una pata restalló; la ingravidez crea
constituciones frágiles. Había convertido en agujas dos de sus dedos, que
habitualmente utiliza ba para atender a otras criaturas heridas. Las hundió en
las orejas rojas de su atacante, atravesando los grandes pabellones que eran su
principal órgano sensor. La criatura se marchó, convertida en un destello
lastimero de dolor y furia.
Cley aterrizó en una ancha rama, las manos preparadas.
Temblaba con una mezcla de ansiedad y miedo que mil millones de años de
selección todavía mantenían como fundamentales para la constitución humana. El
follaje respondió a su intensa vigilancia con silenciosa indiferencia.
Buscador se despertó, se desperezó y bostezó.
- ¿Más comida?
30
EL CAPITÁN DE LAS NUBES
Avistaron la nave supra al tercer día. Llegó desde el lado
que apuntaba a la Tierra, corno Cley consideraba ahora a las capas de popa del
Leviatán.
Buscador y ella pasaban mucho tiempo allí, disfrutando del
espectáculo de la verde Luna cada vez más pequeña, descansando entre una maraña
de enormes flores. Cerca de la Luna, una estrella amarilla crecía rápidamente.
Se convirtió en una estilizada nave de plata que mantenía su equilibrio sobre
una fina llama.
Cley acababa de divisarla cuando Buscador la hizo
esconderse tras un alto estambre.
- No te muevas -susurró.
La nave revoloteó en torno al Leviatán como si estuviera
olisqueando, y su nariz giraba y se hinchaba a pesar de ser de metal brillante.
La lla ma redujo su intensidad y los propulsores la hicieron perderse de vista
tras la masa del Leviatán.
Cley sintió una presencia oscura, como un sonido que no
acaba de reconocerse. La nave supra regre só, acercándose tanto que se arriesgó
a chocar contra los tallos superiores.
Buscador colocó sus grandes manos sobre la cara de Cley.
Lo había hecho antes, para tranqui lizarla cuando su ansiedad no la dejaba
dormir. Ahora, la presión de aquellas ásperas palmas cubiertas de fino pelo
negro la inundó de calma. Sabía lo que implicaba aquel contacto: dejaba su
mente en blanco. De esa forma, su talento transmitía lo menos posible.
Cualquier supra a bordo de la nave que hubiera venido de Lys podría detectar
sus pensamientos, pero sólo si se enfocaban claramente en mensajes perceptibles.
O al menos eso esperaba Cley.
La nave permaneció completamente inmóvil durante largo
rato, como decidiendo si aventurarse en el interior. La nube de vida espacial
que ro deaba el Leviatán se había retirado de la nave, qui zá temiendo sus
cohetes. Sus exactas simetrías cilindricas y su severo brillo parecían extraños
y malévolos entre los enjambres en movimiento, duros y cerrados, sin revelar
nada. De repente, la llama amarilla volvió a encenderse, dispersando las formas
de vida. La nave desapareció en cues tión de segundos, alejándose del Sol.
- Debieron de suponer que huía en esta di rección -dijo
Cley.
- Comprueban todas las posibilidades.
Buscador parecía preocupado, aunque Cley no estaba segura
de qué significado exacto tenían su ceño fruncido, las ondulaciones de su
pelaje y las muecas con las que enseñaba los dientes.
- Siento algo…
- Buscaban tu pensamiento-olor.
- No sabía que tenía uno.
- Es distintivo.
- ¿Puedes olerlo tú?
- En tu especie, muchos recuerdos están al bergados cerca
de los receptores cerebrales para el olor. Los olores entonces evocan
recuerdos. Yo no comparto esa habilidad.
- ¿Entonces? -A veces los giros de Buscador la irritaban.
No estaba segura de si sugería mucho al decir poco o simplemente se estaba
divirtiendo a su costa.
- Un supra puede recordar el sabor de tu pen samiento.
Este acto de recordar convoca tu talen to, lo hace más fuerte.
- ¿Sólo recordando me hacen transmitir mejor?
- Algo así.
Cley no pudo encajar esto con la extraña pre sencia que
había sentido.
- Bien, ya se han ido.
- Pueden regresar.
- Tienes el talento, ¿verdad?
- Si no lo sabes, entonces supongo que no.
- Bueno, sí, no puedo captar nada de ti. Pero…
- Marchémonos de aquí. La nave puede vol ver a intentarlo.
Dejaron la zona de flores donde habían vivido durante un
día, nutriéndose a base de denso néc tar. Cley no advirtió transición alguna,
pero de al gún modo llegaron a una región con leve grave dad centrífuga. No se
trataba de una geometría interna tan simple como la del Jonás. Porciones
internas del Leviatán giraban sobre ejes invisibles, y los arroyos fluían entre
las empinadas colinas. La gravedad local nunca era más que un leve toque, pero
daba forma y orden a la desbocada vegetación.
Llegaron a una enorme cámara con plataformas, pasadizos,
túneles, balaustradas y antesalas, todo repleto de pequeños animales que
surcaban sus senderos internos. Era una estación central para un sistema de
tubos que parecía brotar por todas partes, incluso por las paredes. El aire
húmedo quedaba cruzado por grandes lanzadas de luz que brotaban del suelo,
hasta la distante bóveda del techo, sorprendentemente decorada (como para
demostrar que esta cúpula era la piedra angular de todo), con una proyección del
paisaje estelar del exterior. El centro galáctico resplandecía.
Sin embargo, toda la grandeza del lugar no in timidó a
Cley. Resultaba incluso acogedor. Los animales eran inteligentes, a su modo, y
ejecutaban rápidamente sus tareas sin dirigirle apenas una mirada. Los humanos
al parecer no eran interesantes, tal vez ni siquiera inusitados…, aunque Cley
dudaba de que muchos supras usaran Leviatanes para viajar, pues tenían sus
veloces naves.
No le preocupaba la persecución supra. La ve locidad de
los acontecimientos la había apartado de sus tierras, y había decidido
continuar en vez de inquietarse continuamente. Tal vez podría en contrar a
otros ur-humanos en alguna parte, co mo había dicho Buscador.
Sus habilidades cazadoras revivieron mientras seguía a
Buscador en su rápido y tranquilo deam bular en busca de comida. Buscador
devoraba mucho y parecía saborear las pequeñas presas, aunque se nutría
principalmente de plantas. Le gustaba especialmente reducir a trocitos las gran
des hojas, para sacar puñados de semillas rojas ya maduras.
El fermento de la vida mezclada a su alrede dor, extendiéndose
en las tres dimensiones por todo el Leviatán, cautivaba a Cley. Era muy
distinto de los cuidadosos proyectos de los supras. Mientras se sumergía en
esta compleja riqueza, comprendió lo que la había irritado y atormentado de los
supras. Su aire de superioridad era tolerable, pero en sus graves modales
sentía el frío roce de algo que no podía nombrar.
Alvin resultaba divertido en ocasiones, pero los otros
eran pesados y solemnes. Seranis le había mostrado su arte, repleto de imágenes
de deterioro. Cley sabía en el fondo de su alma que era una moda y no una regla
de la naturaleza, aunque estuviera formada por el peso de siglos de
aburrimiento. La entropía aumentaba, y condenaría incluso a las brillantes
estrellas. Pero sin la abundancia del Sol no habría luz para crear vida. Los
seres vivos eran como contables habilidosos, viviendo a base del flujo de la energía,
pagando todos los impuestos necesarios pero sin pasar nunca por alto un desliz.
La grasa ardiente de la sangre de Cley generaba entropía, pero conseguía
excretarla aún más rápido en calor y materia de desecho: una forma milagrosa,
improbable y perfectamente legal de esquivar la segunda ley de la
termodinámica.
Ella, como los planetas, creaba excrementos y
contaminación. Pero la contaminación de uno era el sustento de otro, y empezaba
a ver que esta verdad funcionaba a escala interplanetaria.
Seguramente en el Leviatán operaba una magia persistente,
y pronto sucedería lo mismo en la Tierra. Los supras la habían preocupado
porque aún resonaban con los compases fijos y estrechos de Diaspar. Alvin no
conocía la vida, esa chispa que cuelga entre dos eternidades. En un sentido
profundo, los supras eran inmortales pero no estaban vivos.
Descartó estos pensamientos con un escalofrío. Recorrieron
esa cripta interior, comiendo bayas que colgaban de palmeras que atrapaban
animales. Las afiladas hojas podían arrancarle un brazo, pero Buscador le
mostró cómo confundir los reflejos del árbol lo suficiente para poder coger las
bayas. Viajaron durante dos días a lo largo de una playa, y Buscador capturó
los peces amarillos que vivían en el lago. A través de las nubes, Cley podía
ver el lago curvándose por encima de sus cabezas, a kilómetros de distancia,
describiendo la vasta curvatura de un cilindro en rotación.
- ¿Por qué nos movemos tanto? -preguntó Cley cuando
Buscador continuó marchando resueltamente a pesar de la oscuridad. La luz del
Sol menguaba y aumentaba en la gran cripta cilindrica como una marea.
- Nos escondemos entre la vida.
- ¿Crees que los supras siguen buscándome?
- Se han ido.
- ¿Te lo dice tu misteriosa sabiduría?
Buscador le mostró los dientes, recién limpiados con
espinas de peces amarillos.
- Los supras continúan hacia fuera.
- Magnífico. Volvamos a la piel del Leviatán. Me gustaba
el panorama.
De hecho, quería buscar al capitán. Había vis to humanos a
través de las llagas transparentes, y siempre parecían evaporarse en la húmeda
jungla antes de poder perseguirlos.
Buscador no hizo ningún comentario a su de seo de encontrar
humanos, y no quiso ayudarla a localizarlos, aunque ella sospechaba que podía
sentir a los animales más pequeños que nadaban o chapoteaban entre las capas de
verde. Durante tres días siguieron el curso de los lagos, detenién dose sólo a
nadar y descansar. Esta zona del Le viatán giraba, produciendo en el lago
curiosas olas en espiral que subían y bajaban hasta la orilla.
Dos días más, según el reloj interno de Cley, los llevaron
hasta la piel. Una vez más Cley no pudo sentir cuándo dejaron la región de la
grave dad giratoria. Las brumas habían cubierto su camino, introduciéndose en
los recovecos del Leviatán, llenando de humedad los senderos de las grandes
hojas de luz reflejada que se extendían por los anchos árboles.
Buscador le enseñó uno de sus juegos favori tos. Se
encaramaron a una de las burbujas transpa rentes en las extensiones exteriores
del Leviatán, esperando. En el completo vacío exterior, trabaja ban y se
deslizaban formas extrañas. Criaturas con concha parecidas a lapas pegadas a la
piel del Leviatán. A veces disparaban por accidente un re flejo que hacía que
la resbaladiza piel se plegara hacia dentro. Cuando una caía dentro, Buscador
la abría con los pies y chupaba ávidamente el interior de la concha.
Largas criaturas negras reptaban sobre el Le viatán,
alimentándose de las esterillas fotosintéti cas que crecían por todas partes.
Cley pudo ver aquellas algas oscuras moteando la piel negra, des prendiendo
esporas de vez en cuando. Como ganado de los cielos, comían el pasto marrón y
se guían avanzando.
Buscador trató de capturar una criatura que estaba cerca
de la capa transparente, girando y ha ciendo muecas para llamar su atención. La
vaca del vacío giró los ojos oscuros hacia la fuente de esos gestos. La
curiosidad bovina la hizo acercarse más. Buscador alargó la mano, extendiendo
la dura pared elástica con sus manos y pies. Consi guió agarrarse a la vaca a
través de la fina piel. Gruñendo y rugiendo, Buscador,fue lo bastante fuerte
para atraer a la vaca contra la presión atmosférica que empujaba la cobertura
hacia fuera.
Por un instante, Cley pensó que Buscador iba a conseguir
arrastrar a la vaca lo suficiente para dis parar el movimiento de plegado y
hacer que atravesara la membrana. Buscador aulló de alegría. Pero entonces la
vaca del vacío hizo un nuevo es fuerzo, se agitó y se liberó.
Buscador apretó los dientes.
- Malditas criaturas.
- Sí, parecía apetitosa.
- Están muy ricas -dijo Buscador.
- Pero es muy resistente.
Cuando Cley dejó de reírse de la expresión de Buscador,
miró a un lado y se sorprendió al ver una forma humana. Pero sólo se trataba de
una forma, pues no era algo que hubiera visto antes en toda su vida.
El rostro se esforzaba, frunciendo el ceño, sonriendo,
moviendo los ojos espantados, expresiones que se agitaban y se disolvían. La
cosa parecía de mente. Entonces Cley vio que se estaba imponien do su propia
necesidad de encontrar expresión, de encontrar un orden. De hecho, la tormenta
en mo vimiento ondeaba y luchaba por todo el cuerpo. Los colores y las formas
no eran más que aproxi maciones pasajeras.
La forma dio un paso vacilante hacia Cley. Ella se mordió
los labios. El cuerpo se sacudió y se torció como una mala imagen proyectada en
una pantalla temblequeante. Pero no se trataba de una ilusión. Su grueso pie
apartó un tallo y dio otro paso. La piel movediza parecía un tinte color café
que se agitara y cambiara a medida que el cuerpo se movía.
Cley advirtió que podía ver a través de la cosa. Las
plantas situadas tras ella aparecían corno imá genes fluctuantes. Oyó un leve
zumbido cuando la criatura alzó un brazo con un rápido movimiento antinatural
que carecía de la tensión de los músculos en las articulaciones de hombros y
codos.
- Aurrough -dijo, un sonido como piedras raspando contra
una vasija.
- Te está imitando, como hizo antes -anun ció Buscador.
- ¿Qué es?
- El capitán.
- Pero… es…
- No todo el capitán, por supuesto.
- ¿Qué quiere?
- No lo sé. A menudo se manifiesta en la for ma de un
nuevo pasajero, como una especie de amabilidad. Para aprender algo que no puede
conocer de otro modo.
- Muuuchos tee buuuuscaan -dijo la forma.
Cley hizo una mueca.
- Sí, sí, son muchos los que quieren encontrarme.
- Debesss marchaaarte.
- Yo… no puedo. ¿Y por qué debería hacerlo?
- Peliiigro. Paaaara mí.
La forma extendió los brazos para indicar cuanto los
rodeaba. Sus brazos terminaban en muñones, aunque de vez en cuando un dedo o
dos asomaban en los extremos, se agitaban y luego volvían a perderse en el
flujo constante del cuerpo.
- ¿Todo? ¿Lo eres todo? -preguntó Cley.
- Muuundo.
- Es el Leviatán -dijo Buscador-. Esta in teligencia
compuesta dirige sus muchas partes y mentes menores.
Cley abrió la boca, sorprendida.
- ¿Cada una de sus partes se añade a su inteli gencia?
- Alvin creía que el Filo Miriasoma estaba extinguido-dijo
Buscador-. Se alegraría de saber que vuelve a equivocarse.
Cley sonrió a pesar de su temor.
- A los supras no les gusta ese tipo de noticias.
Mientras seguía observando, las piernas del capitán se
disolvieron en un enjambre multicolor. Cada uno de sus miembros tenía el tamaño
de un pulgar y se mantenía en el aire gracias a sus rechonchas alas. El capitán
era un conjunto que se movía incesantemente, cada criatura voladora rozando a
la otra pero capaz de separarse en cualquier momento. Los miembros individuales
parecían una extraña mezcla de pájaro e insecto. Cada uno tenía cuatro ojos,
dos en lados opuestos de sus cuerpos cilindricos, uno en la parte superior y
otro en la inferior.
Cley oyó entonces al capitán en su mente. El zumbante
susurro de las alas que había oído se re petía con un suave rumor de
pensamientos en su mente.
Eres un peligro para mí. -¿Para ti? ¿La nave? Soy el
mundo.
«Y eso debe de parecerle a esta cosa», advirtió ella. De
algún modo gobernaba la inmensa complejidad del Leviatán y hasta cierto nivel
debía de ser el Leviatán, su mente en vez de sólo su cere bro. A cada instante
un pulgar volador marchaba a cumplir alguna misión y otros más venían a
mezclarse con la nube ondulante. Bajo su claro mensaje, Cley sintió el zumbido
de veloces pensamientos, la infinitud de transacciones que el Leviatán debía
hacer para mantener en marcha una empresa tan grande. Era como si pudiera oír
las negociaciones individuales entre sus propios glóbulos rojos y las paredes
de sus venas, los ácidos de su estómago, las amargas bilis de su hígado.
Cley pensó precisa, lentamente:
¿Cómo puedes ser consciente de ti mismo? Cambias
constantemente.
La forma dejó que su brazo derecho caye ra, esparciéndose
en manojos que partieron hacia nuevas tareas.
No necesito sentirme intacto como tú.
¿Entonces cómo sé quién está hablando?, pre guntó Cley.
Yo hablo por el momento, respondió el capi tán. Dentro de
un rato, yo hablaré por ese momento.
Cley miró a Buscador, pero éste observaba con distante
interés.
¿Será el mismo tú?, preguntó.
¿Cómo puedes saberlo? ¿O yo? Siempre en cuentro que tu
clase de inteligencia está obsesionada con saber lo que sois.
Cley sonrió.
Parece una pregunta razonable.
Razonable no. La razón no puede explicarte cosas
profundas.
Cley observó cómo la forma se descompo nía gradualmente en
una nube oblonga de cosas- pulgar.
Había hecho su gesto amable y ahora se relaja ba en forma
de esfera, quizá para reunir a sus ele mentos individuales mientras reducía su
superficie.
¿Me tienes miedo?, preguntó Cley.
Mis partes conocen el miedo. También el ham bre y el
deseo. Son una especie, como tú. Pero yo soy otro tipo de ser, y puedo eludir
ser atacado dispersándome. No conozco el miedo por mí mismo, pero soy
cauteloso. No pueden matarme, pero pueden herirme.
Cley pensó en las abejas que había visto en el bosque, un
trabajo duro y agradable que parecía haber acontecido hacía ya mucho tiempo.
Sabía que las abejas tenían menos de diez mil neuronas, y sin embargo
realizaban tareas complejas. ¿Cuán to más inteligente sería un solo brazo de
este capitán-nube, cuando sus cosas-pulgares se unían para mezclar sus mentes?
¿Quieres decir que puede herirte alguien co mo yo?
El enjambre se agitó.
Sí. No soy invulnerable a la destrucción de partes
especiales, como tú. Arrancándote la cabe za, por ejemplo, podría sacarte la
vida, robarte todo tu conocimiento. Pero cada parte de mí con tiene algo de mi
inteligencia, y siente lo que siente una parte del mundo.
Cley sintió de repente la extrañeza de esta cosa que
gravitaba ante ella, hinchándose y mo viéndose con viscosa paciencia mientras
sopesaba los problemas del Leviatán. ¿Otro filo? No, algo más…, otro reino de
vida, un desarrollo más allá de los seres eternamente separados y condenados a
una soledad inevitable. En cierto modo, lo envidiaba. Cada componente conocía
la presión de la competencia, el hambre y el ansia, pero el compuesto se alzaba
sobre aquella brusca turbulencia, llegando a reinos que ella ni siquiera podía
imaginar. Miró de nuevo a Buscador y vio que su expresión no era de
indiferencia, sino de reverencia. Buscador no quiso que buscara al capitán
porque era, incluso para él, un ser sagrado.
Ahora te hablo porque el mundo no puede tolerarte, dijo el
capitán.
¿Por qué escapaste antes?, preguntó Cley.
Necesitaba tiempo para hablar con mis her manos.
¿Otros Leviatanes? Mientras el pensamiento se formaba,
llegó la respuesta del capitán:
Otros mundos.
¿Había algo más allá de los Leviatanes? Cley empezó a
preguntarlo, pero el capitán dijo:
Ahora comprendo muchos hechos recientes y tu conexión con
ellos. Hay una entidad llamada la Mente Loca y te busca.
Lo sé.
Entonces sabes esto…
En un simple instante un torrente de sensaciones, ideas y
conclusiones alcanzó a Cley. Durante un segundo percibió cómo era realmente la
mente que tenía delante. Las capas de su lógica eran transparentes, de forma
que cada hecho resplan decía para iluminar la relación de conceptos hasta otro
nivel. Y esa luz a cambio se refractaba a tra vés del entramado de la mente,
dejando su brillo en las suposiciones que había debajo.
Todo esto fue pensado sin las restricciones del cerebro
humano. Era una cualidad que había surgido en los miles de millones de años
transcurridos desde la era de los ur-humanos, y ahora mostraba las limitaciones
de los métodos ciegos de la evolución. La presión por una selección rápida
operó sobre lo que ya existía, añadiendo capacidad a las mentes en vez de
arrancar partes que trabajaban de manera imperfecta. El cerebro humano era
siempre retrospectivo, y mostraba sus orígenes en sus torpes funcionamientos.
El capitán había surgido de un mecanismo diferente.
Pero esta comprensión era sólo un filamento que asomaba en
la marea que la ahogaba. Cley se tambaleó bajo el peso de lo que el capitán le
había dado, aturdida como si hubiera recibido un golpe. Apenas fue consciente
de que Buscador avanzaba para recogerla. Entonces el aire se cubrió de es trías
de ébano y se sintió encogerse bajo un gran peso oscuro.
31
TIBURONES DEL CIELO
- ¿ Puedes hablar? -preguntó Buscador, mos trando su
preocupación en los ondulantes dibujos de su pelaje y en su barbilla inclinada.
- Creo…, creo que sí. -Cley había dormido durante muchas
horas. Cuando revivió, Buscador le sirvió un banquete de bayas, frutas y hojas
gruesas y carnosas. Ahora ella intentaba explicar lo que había sentido en la
breve colisión de mentes. Como Seranis, el capitán enviaba información con más
rapidez y a más profundidad de lo que Cley podía soportar.
- ¿No lo sentiste tú también? -preguntó.
- No tengo tu talento.
- ¿Qué hizo el capitán después de que me desmayara?
- Se dispersó como una bandada de pájaros al escuchar un
disparo.
- Hurnmm. Tal vez no sabía cómo hablarme sin producir una
sobrecarga.
- Tal vez. He visto capitanes antes. Este era diferente.
Ah…
Buscador agarró a una criatura parecida a una rata que
pasaba y mordió su gruesa cola.
La rata chilló y siseó, y Buscador la soltó ama blemente.
Mientras la rata escapaba, mordisqueó la cola.
- Un manjar-explicó-. Producen colas sa brosas para que se
deje escapar el resto.
- ¿Vivirá?
- En cuestión de días desarrollará otra sabro sa cola.
Buscador chascó la lengua y tendió a Cley el resto de la
cola.
- Nada de culo de rata para mí, gracias. Me decías algo
sobre el capitán.
- Era extraño.
- ¿Cómo?
- Nunca había visto a uno preocupado antes.
Cley se mordió los labios, llena de recuerdos. Había
sentido ramalazos de la ansiedad del capi tán. Las vibrantes imágenes ya se
perdían. Sospe chaba que su inteligencia era incapaz de archivar y estructurar
por categorías la enorme infusión que había recibido, y por eso lo olvidaba.
- Los supras podrían tratar con él -dijo-. Tiene miedo de
la Mente Loca.
Buscador asintió.
- Entonces la Mente ha llegado del todo.
- ¿Del todo?
- Todos los componentes unidos.
- Capté algo de eso en el capitán. -Cley frun ció el ceño,
preocupada, los ojos distantes-. Pla cas de fino alambre de cobre envueltas en
llamas azules…
- ¿Dónde?
- En algún lugar ahí fuera. Donde está oscuro y hace frío.
Tuve la sensación de que la Mente Loca se extendía a través de estrellas
enteras. Soles… como fogatas de campamento.
- Se expande. -Buscador unió sus zarpas, un gesto de
amenaza que le hizo, de algún modo, pa recer un profesor antiguo.
Cley le contó a Buscador lo que había atisba do. Gran
parte era un tapiz de historia redescu bierta.
La Mente Loca había sido confinada al pliegue de
espacio-tiempo cercano a un gran agujero ne gro. Sólo la restringente curvatura
de ese lugar po día contener a la Mente durante mucho tiempo, cosa que hicieron
eones atrás, una hazaña que la humanidad consiguió en colaboración con
elementos y seres que Cley ni siquiera podía empezar a describir. Alrededor del
agujero negro orbitaba un disco hecho de materia convulsa, convertida en una
delgada placa que giraba incesantemente. El borde interior del disco era mordido
ferozmente, hasta volverse incandescente, por las tensas zarpas de las enormes
pendientes de mareas del agujero negro. La Mente Loca quedó contenida allí por
los pliegues y nudos del espacio-tiempo convulso. La materia entraba
permanentemente en el disco por su borde exterior, mientras las nubes de polvo
e incluso las estrellas eran atraídas por la fricción y los efectos
desmenuzantes de la tenaza del agujero negro.
La Mente Loca fue forzada a nadar perpetua mente contra
este flujo de materia en el disco. Si éste reducía su velocidad, la Mente
habría sido arrastrada por el flujo al borde interior del disco. Allí habría
sido absorbida más y más, para caer en espiral hacia el agujero.
Ésa fue la prisión y la tortura de la Mente Lo ca. No pudo
malgastar nada en su pugna por sobrevivir. Y eso fue lo que salvó al resto de
la ga laxia de su extraña ira.
- Pero escapó -dijo Buscador.
- Se… difuminó. -La extraña palabra brotó en su cabeza,
convocada por las imágenes evanes centes del capitán-. Está hecha de campos mag
néticos, y éstos se difuminaron a través del disco conductor. Requirió mucho
tiempo, pero la Mente lo consiguió.
- ¿Dónde estaba el agujero negro? -pregun tó Buscador.
- Era el más grande que pudo encontrar la humanidad; el
agujero del centro de la galaxia.
Los dos miraron a través de la membrana de presión
transparente. El vibrante resplandor de un millón de soles cubría el centro de
la galaxia con su majestuosa serenidad. Sin embargo, sabían que en el centro de
aquel brillo había una oscuri dad total. Diez mil millones de años de
progresión galáctica habían alimentado el agujero negro. Las estrellas que se
acercaron demasiado fueron destrozadas y absorbidas. Cada sol moribundo se
sumaba a la compacta oscuridad, el centro dinámico alrededor del cual giraban cien
mil millones de estrellas en danza.
- Entonces, ¿ trasladar el sistema solar allí, cer ca del
centro galáctico, fue parte del esquema para atrapar a la Mente Loca? -susurró
Cley.
- Debió de serlo -respondió Buscador.
- ¿No habría sido más seguro irse lo más lejos posible?
- Sí. Pero no responsable.
- ¿Así que la humanidad trajo el Sol y los pla netas aquí
como una especie de guardia?
- Ésa es una posibilidad. Puede que nuestra estrella haya
sido trasladada aquí para que desa fiara a la Mente Loca cuando emergiera.
- ¿Cómo podemos hacer eso?
- Con dificultad.
- Dijiste que ésa es una posibilidad. ¿Cuál es la otra?
- Que hemos sido colocados aquí como cen tinelas, para
advertir a los demás.
- ¿A quiénes?
- No lo sé.
- Es difícil avisar a alguien cuando no sabes quién puede
ser.
- Hay otra posibilidad más.
- ¿Cuál?
- Que estemos aquí como sacrificio.
Cley no dijo nada.
- Tal vez, si la Mente Loca encuentra y destru ye a sus
cautivadores, se sentirá satisfecha -conti nuó Buscador.
La indiferencia con que Buscador dijo estas palabras dejó
helada a Cley.
- ¿Qué está pasando aquí?
- Tal vez los supras lo sepan.
- Bien, pues entonces que ellos luchen contra la Mente
Loca. Quiero salir de esto.
- No hay salida.
- Bueno, acercarse al Sol no parece muy inteligente. Es
ahí donde se acumula la Mente Loca.
Buscador estudió las estrellas, brillantes agujeros
prendidos en la noche absoluta.
- Tu talento te hacía demasiado fácilmente localizable en
la Tierra. Aquí te mezclas con mu chas mentes-voces.
Cley abrió la boca para mostrar su desacuerdo y se detuvo,
sintiendo una leve nota resonar en sus pensamientos. Parpadeó. Era una llamada
de caza, un sabor que no había borrado el paso de miles de años, como surgido
de algún rápido pájaro que surcara el aire de terciopelo, los ojos fijos en la
indefensa presa de debajo.
Volvió a mirar el resplandeciente centro de la galaxia.
Recortado contra él había formas negras, angulosas y rápidas, que crecían. No
eran de metal, como las naves supras, sino verdes, marrones y grises.
- ¡Llama al capitán! -dijo.
- Lo he hecho.
Mientras Cley seguía contemplando las estili zadas
criaturas que se acercaban, vio que eran más grandes que la vida espacial que
conocía hasta ahora, y que era ya demasiado tarde para evitarlas, aunque el
Leviatán pudiera haber girado su enor me masa.
Tiburones del cielo, pensó Cley, las palabras manaban de
su vocabulario oculto. El término en cajaba, aunque no conocía su origen. Las
criaturas estaban elegantemente moldeadas para ser veloces, con propulsores
para expulsar gases. El impulso lo añadían velas solares, pero el tiburón líder
las había plegado al aproximarse, contrayendo las placas plateadas en bolsas
situadas en su costado. Parábolas en forma de cuenco a babor y estribor
mostraban que tenía desplegado su sentido del radar; también las parábolas se
desmoronaron segundos antes de entrar en contacto, salvándose de la refriega.
El primer tiburón del cielo se abalanzó contra el Leviatán
sin intentar frenar su trayectoria. Gol peó contra la piel situada delante de
la ampolla que contenía a Buscador y Cley, que pudieron ver cómo abría un
agujero gigantesco en la piel mo teada.
Los tiburones eran grandes, musculosos, po derosos, Cley
vio cómo los primeros se zambu llían en la parte trasera del Leviatán y se
preguntó si se arriesgarían a causar tanto daño solamente para alimentarse.
Pero entonces sus oídos zum baron.
- ¡Están rompiendo los sellos!
- Sí -dijo Buscador tranquilamente-. Ésa es su estrategia.
- Pero matarán a todo lo que hay a bordo.
- Penetran unas pocas capas. Esto hace que el aire al
salir les lleve a los animales más pequeños.
Cley vio a un tiburón retirarse de la herida que había
abierto. El viento nubló las estrellas, la única evidencia de que el aire
escapaba. Entonces de la herida surgieron puntos y motas, un geiser de presas
indefensas y serpenteantes. El tiburón del cielo las capturó con su boca ancha
y rápida, como si las inhalara.
Cley tuvo que recordarse que estas veloces formas y sus
movimientos fríos y silenciosos eran de hecho un ataque salvaje, implacable y
eficaz. El vacío daba incluso a la muerte un tono de gracia silenciosa. La
belleza de la amenaza resplandecía, una cualidad compartida por el oso pardo,
el halcón y la serpiente de cascabel.
Los oídos volvieron a zumbarle.
- Si perdemos el aire…
- No lo haremos -dijo Buscador, aunque es taba claramente preocupado
y su pelaje trazaba extrañas espirales-. Las membranas se cierran para limitar
la pérdida.
- Bien -dijo Cley, insegura. Pero mientras hablaba se
levantó el viento, arrastrando consigo un ciclón de hojas secas.
- Esto no debería suceder -anunció Buscador, envarado.
- Mira.
En el exterior, dos tiburones del cielo se cebaban en
viejas heridas. El aire había dejado de fluir de ellas, así que las bestias
pudieron entrar fácil mente.
Otros se apartaron de las grietas que habían abierto
después de unos cuantos bocados sañu dos. Recorrieron la ancha piel, buscando
otros puntos débiles. En sus colas había cámaras nudosas e hinchadas. Cley vio
una llama brillante cuando en ellas se combinaron peróxido de oxígeno y
catalasa, produciendo vaharadas y estelas que los hacían avanzar con pericia
sobre la arrugada piel marrón.
De las aberturas por las que habían entrado los tiburones
brotaban vaharadas de aire. Algunas llevaban consigo animales, y los tiburones
los captu raron ansiosamente.
- Los que entraron… deben de estar destro zando estas
membranas -dijo Cley-. Rompen las zonas protegidas.
Buscador se debatió contra los vientos cada vez más
potentes.
- Una táctica modificada. Aunque los de den tro mueran,
sus compañeros se beneficiarán. Es bueno para la especie en general, a pesar
del sacrificio de unos cuantos.
- Sí, ¿pero qué vamos a hacer nosotros?
- Ven.
Buscador se puso en marcha y Cley le siguió. Rebotando en
los troncos, Buscador se convirtió en una pelota para reducir la atracción de
la au llante abertura. Cley le imitó, entornando los ojos contra la lluvia de
hojas, corteza y ramas que la asaltaban.
Buscador la condujo por un camino en zigzag bajo la piel
del Leviatán. A pesar de los vientos, ella oía los gritos y gemidos de los
animales. Una criatura parecida a un gato no consiguió mantener su asidero en
una raíz tubular y salió despedida. Una mata triangular con patas pasó junto a
Busca dor y rebotó en Cley antes de perderse en la bru ma de locura.
Llegaron a un sistema parecido a un corazón, con venas y
arterias que se extendían en todas di recciones. El viento gemía y se
arremolinaba aquí, prometiendo que lo peor estaba aún por venir. Las heridas
abiertas tras ellos probablemente eran rasgadas todavía más, evacuando más y
más habi tantes del Leviatán. Por primera vez, Cley pen só que incluso esta
criatura colosal podía morir, cuando sus fluidos y su aire se perdieran
sangrando en el espacio.
Corrió tras Buscador. Una nube gris pasó jun to a ellos,
dirigiéndose a las susurrantes brisas. Cley reconoció el enjambre que componía
al ca pitán, que ahora se agrupaba para defender su nave. Tal vez hubiera más
de un capitán, o una tripulación entera de seres-antología. O tal vez la
distinción de entidades individuales carecía de sentido.
Por delante había una zona de brillantes super ficies
transparentes iluminada por vetas fosfores centes. Buscador agarró una porción
de la pegajosa materia, que parecía ser una gran membrana donde se depositaba
polen. Incluso en el caos de los es combros a la deriva, Cley pudo ver que era
parte de una enorme planta. Estaban en la punta de un gran pistilo. Buscador
arrancaba un trozo de sus pegajosas paredes. Encima había una amplia cúpula
transparente que llevaba la luz al correoso capullo de la planta. Su bulbo
interno tenía superficies de espejo que reflejaban la intensa luz solar, ilumi
nando los huecos internos del Leviatán.
Cley vio todo esto de una sola ojeada. Enton ces Buscador
la colocó en posición en la pared bulbosa, donde sus pies quedaron atrapados en
la pegajosa sustancia. Buscador ladró órdenes y Cley las siguió, convirtiendo
la dura plancha en una forma piramidal. Buscador pegó los bordes con el
adhesivo de la pared. Dobló el último lado, dejándolo dentro de la pirámide.
Flotaron hacia el techo transparente, arrastrados por la corriente de los
vientos. Buscador se acurrucó en un extremo de la pirámide. Tocó el techo e
hizo rápidamente algo a la pared, y salieron al espacio desnudo.
- Esto sólo durará un rato -dijo Buscador.
- Hasta que nos quedemos sin aire.
- Ni siquiera eso.
La ventaja del material de construcción vi viente era que
crecía junto, animado por un adhe sivo, y se volvía más fuerte que ningún sello
arti ficial. La naturaleza amaba lo liso y sin fisuras. Pronto la pirámide
aguantó firme y segura.
Se alejaron del Leviatán. Cley esperaba que los tiburones
del cielo no se interesaran por ellos, y de hecho los depredadores siguieron
mordisqueando ansiosamente las heridas abiertas en la cubierta. Alrededor del
Leviatán había un enjambre de es combros. En aquella nube había vida espacial
de todos los tipos. Algunos eran depredadores más pequeños que carroñeaban lo
que dejaban los tibu rones. Otros extendían grandes placas cristalinas para
capturar el aire que brotaba de las heridas del Leviatán. Las criaturas más
pequeñas se agrupaban en grandes bolsas gaseosas, rebosantes de rara salud. Las
lapas se arrastraban lentamente a lo largo de la correosa piel, hacia las
grietas. Cuando llega ron a ellas, capturaron los chorros de fluido que manaban
irregularmente al vacío.
Para algunos era una buena cosecha. Cley pu do ver la
alegría en los excitados movimientos de los escarabajos de finas conchas que
mordisquea ban los fragmentos arrancados de antiguos helé chos gloriosos.
Las heridas creaban fuentes que disparaban nubes de
plantas y animales a una muchedumbre de ansiosos consumidores cuyo apetito
aumentaba por el botín que les traían las ráfagas de aire.
- Espero que no les apetezca nuestro sabor -dijo Cley.
Tenía la boca seca y hacía tiempo que había dejado atrás
el miedo. Ahora simplemente obser vaba. Las presiones gigantescas tenían la
virtud de volverla pensativa, meditabunda. Esta tendencia fue más efectiva en
la supervivencia de los ur-hu manos que la agresión directa o los engaños
sibili nos, y no la abandonó ahora. El miedo visible ha bría llamado la
atención. Flotaron entre miles de formas de vida espacial, una nave quizá
demasia do extraña para alentar un ataque. Incluso los de predadores hambrientos
seleccionaban sabiamente la comida que conocían.
- ¿Crees que matarán al Leviatán? -pregun tó Cley.
- Las montañas no temen a las hormigas.
- ¡Pero se están cebando en él!
- No pueden pasar mucho tiempo dentro de la montaña. Para
las criaturas del espacio, el aire en plenitud es un veneno rápido.
- ¿Oxígeno?
- Dispara el fuego que nos anima. Demasia do y…
Buscador señaló. Ahora manaban columnas de humo de las
heridas. Las vaharadas se habían vuel to más pequeñas, pero estaban teñidas de
negro.
- Los tiburones pueden comer dentro hasta que el aire haga
que su interior arda. -Buscador contempló el espectáculo con interés casi
erudito.
- ¿Mueren para que otros puedan comer al Leviatán?
- Al parecer. Aunque sospecho que esta con ducta tiene
también otros propósitos.
- ¿Todo este pillaje? Es horrible.
- Sí. Han muerto muchos. Pero no aquellos para los que fue
pensada esta incursión.
- ¿De quién hablas?
- De nosotros.
32
EL PUENTE VIVIENTE
Esperaron a que terminara el ataque. Las co lumnas de humo
se fueron haciendo más escasas a medida que el Leviatán sanaba sus roturas
internas, conteniendo el torrente de aire. Los tiburones del cielo restantes
revolotearon con amenazante tranquilidad sobre la piel del Leviatán, pero no
volvieron a abalanzarse contra él. No prestaron atención a los periódicos
anillos de vida vegetal del centro del Leviatán. Al parecer, aquellos gruesos
desarrollos tenían veneno u otras defensas, y quedaron allí para extender sus
correosas hojas al sol, ajenos al asalto al cuerpo del Leviatán.
Los tiburones se alimentaron primero de los despojos.
Luego sintieron a Cley y Buscador y se cernieron sobre ellos. Abrieron las
bocas, mos trando sus afilados dientes azules. Cley sintió omi nosas y
silenciosas presencias en su mente, como la súbita presión de un vaso helado
contra el rostro.
- Ódialos -dijo Buscador.
- ¿Cómo?
- Que los odies. Eso nos protegerá.
- Yo…
- Ahora.
Ella dejó escapar parte de sus emociones conte nidas,
dándoles la forma de una afilada lanza arro jada directamente contra el tiburón
más cercano. Esta vez sintió la transmisión como una brillante chispa de
violento color anaranjado. El tiburón del cielo se agitó, se dio la vuelta y
huyó.
- Bien. Hazlo cada vez que se acerque uno.
- ¿Por qué no se libra de ellos el Leviatán de esta forma?
- En manada, se defienden de las pautas de pensamiento del
Leviatán. Pero les cuesta mucho, pues no son muy inteligentes. Cuando se nutren
en la vida indefensa expulsada al exterior, ese modo de defensa se desconecta.
Los tiburones del cielo se alejaban ya del Le viatán,
rebosantes de las criaturas y plantas que ha bían caído al espacio. Sus cuerpos
angulosos esta ban hinchados, y sus vientres aún se agitaban con los inútiles
esfuerzos del banquete que habían in gerido. A proa y a popa, desplegaron
apéndices. Las antenas parabólicas florecieron y empezaron a escrutar con
vigilancia paciente y metronómica. Cley sospechó que había especies que se
nutrían de estos estilizados cazadores, aunque al contemplar su voraz apetito
no pudo imaginar cómo podían ser vulnerables.
- ¿Entonces crees que vinieron a por no sotros?
- Rara vez asaltan a un Leviatán: las pérdidas son
demasiado grandes. Normalmente es una táctica desesperada, cuando las demás
presas son escasas.
- Bueno, tal vez haya sido un mal año.
- No se los veía famélicos. No, los dirigieron para que
hicieran esto.
- ¿La Mente Loca?
- Debe de ser eso.
Cley sintió una helada aprensión.
- Entonces sabe dónde estoy.
- Sospecho que está sondeando, intentando todas las ideas
que se le ocurren.
- Ha matado a un montón de criaturas al ha cer esto.
- No le importa.
La irregular burbuja donde se hallaban se estaba
empezando, a nublar a causa de la humedad. Cley frotó la superficie para ver
mejor, olvidando a los tiburones del cielo y preguntándose cómo podrían
sobrevivir allí mucho tiempo, con Mente Loca o sin ella. Buscador no parecía
preocupado. Extendió sus cuartos traseros, adoptando la pos tura que quería
decir que pretendía excretar.
- ¡Buscador! Ahora no -dijo Cley.
- Pero si tengo que hacerlo.
- Mira, vamos a asfixiarnos aquí a menos que…
Buscador pedorreó ruidosamente y dirigió un fino chorro
directamente contra la pared más cer cana.
- Inspira profundamente -dijo.
Cley notó un ligero olor, y entonces sus oídos zumbaron.
El excremento de Buscador había abier to un pequeño agujero en la protección.
El vacío sorbió el guano marrón.
Cley se agarró a la pared más cercana mientras la brisa le
tiraba del pelo. El miedo la inundó y tomó aire ansiosamente, al descubrir que
le falta ba. En la pared opuesta un pequeño agujero aulla ba en protesta, como
una banshee. La pared se disparó hacia ella. Cley la golpeó, rebotó en me dio
del repentino frío. La velluda piel de Buscador llenó bruscamente su cara y se
agarró a ella como pudo.
Habría exigido una explicación, pero eso ha bría requerido
aire. Buscador saltó, llevándola con sigo con musculosa agilidad. Cley sintió
que le atravesaban los oídos con un par de dagas. Busca dor clavó las garras en
las paredes, hasta conseguir que los dos quedaran acurrucados en una esquina.
Cley se debatió para ver qué sucedía.
El aire al escapar formaba un cohete fino y au llante, que
los impulsaba de vuelta al Leviatán. Alcanzaron su sombra.
Cley vio una amplia herida en la piel. Una pá lida membrana
rosada surgía de sus bordes. El agujero parecía un ojo que se cerrara
majestuosamente, herido y pintado de rojo. Se dirigían hacia la estrecha
abertura.
Buscador se agitó. Esto alteró momentáneamente la
dirección del aire expulsado. Entonces golpeó la pared opuesta y el chorro
volvió a brotar. La corrección del rumbo los llevó directamente a través del
iris de la abertura que ya se cerraba.
Golpearon un helécho grande y suave, y rebo taron en una
confusa red de ramas. La membrana rosada se cerró tras ellos, suturando la
grieta.
Cley ya no podía contener la respiración más tiempo.
Exhaló, tosió y absorbió el aire escaso, pero cálido. Respiró ansiosamente,
parpadeando.
A su alrededor dieron comienzo los pequeños movimientos y
acciones escurridizas. El Leviatán ya había empezado a revivir.
- ¿Cómo…, cómo has podido hacer eso?
- Un simple problema de dinámica -boste zó Buscador.
Vivieron durante dos días en las cámaras seg mentadas de
esta zona. Ejércitos de pequeños obreros parecidos a insectos lo recorrían
todo, colocando parches y reparando. La membrana rosa se espesó lo suficiente
para mantener el aire, pero permitía pasar rayos de luz que aceleraron el
crecimiento de las plantas. Cley encontró comida y descansó, mientras
contemplaba la multitud de presurosos obreros. A través de la membrana
transparente, pudo ver la vida espacial en el exterior, y por fin comprendió su
papel.
Las pequeñas formas reptantes curaban la piel herida con
sus pegajosas deposiciones. Otras cria turas parecían traer materiales desde
partes lejanas del Leviatán. Extrañas criaturas oblongas acudían desde lugares
distantes, con bolsas de fluidos y grandes semillas.
Cley comprendió lentamente el significado del Leviatán,
sus misterios entrelazados. El cadáver de un tiburón del cielo, consumido por
sus propios fuegos internos, se convirtió en alimento para el crecimiento de
miles de plantas. Los ejércitos que distribuían partes del tiburón no mostraban
malicia o furia vegetativa cuando rompieron el cuerpo en pedazos, deteniéndose
a veces para tomar un bocado. Mostraban interés por su tarea, nada más.
Aunque muchas partes podían ser reparadas, estaba claro
que la gran criatura-mundo estaba malherida. Grandes abismos se abrían donde
los tiburones del cielo habían roto zonas cerradas de presión, esparciendo su
contenido. Regiones enteras mostraban el gris de la muerte. El hedor de los
cadáveres hizo que Cley y Buscador se apartaran de las plantaciones antaño
tranquilas de gruesas higueras.
Pero el verdadero signo del enorme daño llegó cuando Cley
sintió la fuerza que la arrastraba ha cia las capas de proa.
- Nos movemos -dijo.
- Debemos hacerlo. -Buscador estaba esco giendo
cuidadosamente las zarzas de un hermoso montón de bayas rojas. Aseguraba que
las espinas eran muy sabrosas, mientras que las bayas eran venenosas: la planta
era una maestra del engaño.
- ¿Adonde vamos?
- A Jove. Las cosas se aceleran.
- ¿Está muriendo el Leviatán?
- No, pero su dolor es grande. Busca socorro.
- ¿De ese Jove?
- No, aunque gasta sus fluidos para llevarnos allí. Puede
recibir la ayuda de sus muchos amigos mientras viajamos.
- ¿Nosotros? ¿Tan importantes somos?
Como Buscador no dijo nada, Cley se mar chó. Después de
perderse tres veces, encontró una burbuja transparente que permitía una visión
de la popa.
Largas nubes coralinas surgían del Leviatán. Brotaban de
una especie de verrugas que Cley estaba segura de no haber visto antes. Habían
creci do con sorprendente velocidad, y de algún modo estaban unidas a un
sistema químico que se ali mentaba a su vez de la química interna del Le
viatán. Sintió cosquillas en la nariz ante el olor del perióxido, y el trueno
de firmes detonaciones ha cía que los árboles cercanos temblaran.
Mientras la inmensa mole aceleraba, Cley pu do sentir
grupos de seres soltarse y marcharse.
Parecía que algunas especies abandonaban la nave,
sintiendo tal vez que las esperaba algún peli gro. Desplegaron amplias alas
plateadas que refle jaban imágenes del Sol cada vez más lejano. Otras tenían
velas completamente negras, y Cley supu so que debían de ser la presa natural
de los tiburo nes del cielo. Los reflejos llamarían la atención, y por eso
estas extrañas criaturas desplegaban alas en forma de paracaídas que absorbían
la luz solar, y luego se plegaban para soltar el calor acumulado a través de amplias
aspas refrigerantes.
Tales adaptaciones conducían a todo tipo ima ginable de
superficies. Criaturas parecidas a pinturas abstractas eran aquí posibles,
donde la gra vedad no tenía influencia alguna en las presiones de la evolución.
Sus puntales, placas, tubos y cubiertas hacían uso de todas las ventajas
geométricas. Ejes aparentemente frágiles como el tallo de una flor servían para
hacer girar enormes planos y velas. Venas transparentes llevaban fluidos verdes
y marfil.
Sin embargo, mientras aquellas criaturas abandonaban el
gigante herido, llegaban otras. Grandes pliegues se acercaron para reunirse con
el Leviatán, cosas que a Cley le parecieron simples conjuntos de palillos de
dientes verdes. Sin embargo, estos extraños seres desaceleraron, se unieron al
Leviatán y soltaron su carga. Cley comprendió que el Leviatán desempeñaba un
papel que no tenía ninguna analogía humana fácil. Deambulaba entre los mundos,
aunque no era una simple nave. Flotas de vida espacial intercambiaban alimento
y semillas, y sin duda muchas más cosas, interceptando la órbita del Leviatán,
entregando bagatelas biológicas, y luego regresando a las negras profundidades
donde vivían. El Leviatán era a la vez embajador, casamentera, grandes
almacenes y director de funeraria, y también otras muchas cosas inimaginables.
Sin embargo, la enorme bestia estaba profun damente
dañada, y una febril nota de ansiedad cubría el aire alrededor de Cley. Se
apartó del espec táculo que podía contemplar desde las zonas de popa y apenas
tuvo tiempo de ver un pequeño disco rojizo. Entonces los pelos de su cuello se
erizaron, y se volvió, sabiendo de antemano lo que vería detrás.
Tú me has traído esto, dijo el capitán.
Se alzaba sobre ella. Sus componentes zumbaban, como
llenos de energía reprimida, dando a la estirada forma humana la apariencia de
una estatua convulsa iluminada a retazos, como las sombras de los árboles
sacudidas por la brisa.
- Ni siquiera sabía que existieran los tiburo nes del
cielo. Tienes que comprender que yo…
Comprendo mucho. Pero carezco de tole rancia.
Cley ansiaba escapar. ¿Pero cómo podría elu dir este
furioso y veloz enjambre? Era mejor se guir hablando.
- Venir aquí no fue idea mía.
La alargada forma humana se abultó. Su brazo izquierdo se
mezcló con el cuerpo. Cley sintió una enorme amenaza detrás de aquellos movi
mientos, subrayada por rayos de furia que atrave saban la pastosa voz-talento
del capitán.
Ni mía. Me desharé de ti.
- Me marcharé en cuanto pueda.
La Mente Loca envía sus tentáculos a todas partes. Me
hicieron esto.
- ¿Crees que puede encontrarme?
La forma cambiante alzó sus piernas y las unió al cuerpo,
como si sus componentes tuvieran que acercarse para reflexionar sobre este
tema.
Pronto, sí. Me sondea.
- ¿Cuánto tiempo me queda?
Ya te habría localizado, si no se le opusiera otra
habilidad similar. No puedo predecir el estallido de colisiones tan grandes.
Cley intentó obligarse a considerar a esta cosa como una
comunidad de partes, no sólo un orga nismo. Pero la nube móvil se esforzaba
tanto en parecer humana que producía en ella preocupantes y atávicos temores. Y
se preguntó si también ésa era su intención.
- ¿Qué otra «habilidad»? ¿Otra mente mag nética?
Similar en poder. Vive en los dobleces de los campos. Se
llama Vanamonde.
- ¿Es peligrosa para ti? -A su pesar, Cley se mantenía
apartada de la nube cambiante. Decidió permanecer de pie en la leve
pseudogravedad de la aceleración del Leviatán, para no mostrar ningún signo de
su miedo interno. ¿Pero cuánto podía detectar el capitán en sus desprotegidos
pensa mientos?
No lo sé. Desprecio todas las invenciones hu manas.
Esto la hizo olvidar su aprensión.
- Vanamonde…, ¿nosotros lo creamos?
De forma típicamente humana, como correcti vo a vuestro
anterior error, la Mente Loca.
- Mira, incluso los Leviatanes deben de co meter errores
-dijo Cley, mareada.
Los nuestros no permanecen, atrapados en el lazo de los
campos magnéticos, mientras la galaxia gira una y otra vez. Nuestros errores
mueren.
La nube-capitán zumbó y se sacudió, agitada. Su cabeza se
alzó, su boca se abrió como un aguje ro de bala que ocupara toda la cabeza, de
forma que Cley pudo ver la vegetación de detrás. Oleadas de furia recorrían el
torso.
- Así que construimos las cosas para que du ren -dijo
Cley, con desdén. No iba a dejar que esta bruma parlante la intimidara-. No se
nos puede reprochar, ¿verdad?
¿Por qué no?
- Nosotros no duramos. Los ur-humanos, al menos. Nuestras
creaciones tienen que vivir por nosotros.
Ni deberíais durar. El tiempo honró una vez a tu especie.
Ahora os arrastra en su estela.
A pesar de su temor, esto irritó a Cley.
- ¿Ah, sí? Pareces muy asustado de las cosas que hacemos.
El capitán perdió por completo su forma huma na,
explotando en el aire como metralla. Sus com ponentes zumbaron enfurecidos
alrededor de Cley. Ella permaneció absolutamente inmóvil, recor dando la
ocasión en que en la Tierra cerró su nariz contra una nube. Pero eso no
serviría de nada aquí. Miró hacia delante y mantuvo la mente lo más firme que
pudo. Su cerebro podría ser pequeño y limita do, pero no iba a dar ninguna
satisfacción a aquella nube enloquecida. Los componentes del capitán
revolotearon a su alrededor como un abrazo húmedo, insistentes, pegajosos,
repulsivos. Voces diminutas chillaban y aullaban en su mente y cubrirse los oí
dos con las manos no servía para nada.
- Continúa amablemente tu tarea -dijo una voz. Era
Buscador.
Cley dio un respingo, sorprendida por la sua ve calidad
del sonido, casi líquido. Buscador col gaba de un árbol, agarrado por una mano,
y con templaba el centro de la nube.
- Ahora -añadió.
Los componentes se asentaron, girando en un ciclón
alrededor de Buscador y Cley, pero mante niendo una respetuosa distancia.
¡Sufro una agonía por vosotros!
- Como debe ser, pues para eso existes -replicó Buscador.
¡Marchaos!
- A su debido tiempo.
Con eso, los componentes se dispersaron, co mo si los
esperaran innumerables tareas. Cley sin tió una chispa de compasión por los
extraños seres y su aún más extraña suma. Suponía que de algún modo también era
una antología de seres, y que sus células sufrían en silencio por ella. Pero el
capitán era un tipo distinto de ser, más abierto a la alegría y la agonía de
una forma que ella no podía expresar, aunque lo sentía profundamente gracias al
talento.
- Gracias -susurró con la garganta todavía tensa.
Buscador aterrizó sin problemas cerca de la burbuja
transparente.
- Incluso un ser grande puede causar daño en un momento de
autopérdida.
- ¿Enfadarse es autoperderse? Curioso término.
- Para el Leviatán, el dolor es de una cualidad distinta
del que tú puedes sentir. No cree que tú puedas sentir su sacrificio.
Cley no supo qué decir. Había visto el terrible daño, las
zonas masacradas, las criaturas que ha bían muerto mientras su sangre hervía, y
cosas peores.
- Mientras tanto, disfruta del panorama -dijo Buscador,
con la forma que tenía de cambiar de tema sin darse cuenta.
El disco rojizo era ahora mucho más gran de. Era un
planeta de mares plateados y continen tes marrones cubiertos de nubes.
Mientras se acercaban rápidamente, Cley vio que un círculo
colgaba sobre el ecuador, como un cinturón. Parecía alzarse sobre la atmósfera
gra cias a grandes torres.
Aquellos finos zancos eran como la Noria, pero fijos. Sus
centros orbitaban, con los pies planta dos en el suelo, mientras su cabeza se
unía al gran anillo que circundaba el planeta. Cada torre podía permanecer
erecta por sí misma, y quizá lo habían estado alguna vez. Ahora el anillo se
unía a los de más, reafirmando el conjunto.
Buscador le dijo que el Leviatán pasaría junto al gran
círculo. Desde la distancia, Cley pudo ver compartimientos deslizándose por las
torres, conectando la vida espacial a la vida planetaria. Y formas más grandes
corrían por el mismo anillo, llevando su carga de la torre más cercana a su
eventual destino. Así era como el Leviatán y sus múltiples pasajeros mezclaban
sus fortunas con la verde superficie de debajo. Algunas torres se hundían en
los mares de plata, mientras que otras lo hacían en la cima de enormes
montañas.
- ¿Qué es este lugar? -preguntó Cley.
- Marte -respondió Buscador.
- ¿Qué hay de Venus?
Buscador señaló un punto blanquiazul.
- No muy lejos. Ahora no lo necesitamos, así que le dije
al capitán que nos trajera cerca de Mar te. Ganaremos impulso gracias al
planeta, y acele raremos.
- O nos movemos muy rápido o esos lugares no están muy
distanciados.
- Las dos cosas. Todos los mundos antiguos están ahora
apiñados en una estrecha zona alrede dor del Sol, cada uno manteniéndose a
cómoda distancia del fuego.
- Parece mucho mejor que la Tierra.
- Cierto, pues ningún humano lo ha tocado durante más de
mil millones de años. Una vez, también fue un desierto.
Cley se negó a creer aquello, pues Marte era una alfombra
de ricas convulsiones. Imaginó que sin los supras y sus robots amantes de los
desier tos, la Tierra podría haber sido así.
- ¿Podemos vivir aquí?
- Debemos pasar de largo. Es demasiado pe ligroso para
nosotros.
Buscador señaló. A lo largo del anillo se retor cían
filamentos anaranjados y azules. Subían y ba jaban de las torres, como buscando
una forma de entrar. Cley pudo distinguir ahora la textura de las torres y con
sorpresa vio que eran las mismas capas de madera de la Noria; de hecho, todo el
sis tema del anillo era como un puente viviente en suspensión, con el
contrapeso de Marte en el gran abismo del vacío.
- El rayo -susurró Cley.
- Nos busca.
Ella pudo imaginar las tormentas magnéticas venidas de más
allá de Marte, recorriendo el anillo como las olas de un inmenso océano.
- ¿Puede dañar el anillo?
- Puede destruir a toda esa enorme criatura, si piensa que
estás allí.
- ¡La Mente Loca está en todas partes!
- Se extiende, siempre se extiende. Cuando dejamos la
Tierra se dirigió al Sol momentáneamente, y con un gran coste. Ahora caza entre
los mundos. Busca y sondea e incluso ha aprendido a domar carnadas como los
tiburones del cielo.
- Las cosas empeoran muy deprisa.
- Es lo que deseamos -dijo Buscador suave mente.
- ¿Eh? ¿Porqué?
- Si se escondiera entre las estrellas, nunca podríamos
estar seguros de su muerte.
Cley sacudió la cabeza.
- ¿Crees que puedes matarla?
- Yo, no.
- ¿Quién puede?
- Todos, o ninguno.
33
LOS CONTINENTES VIVOS
Trazaron un arco hacia las estrellas.
El sistema solar original era un reino hostil, donde todos
los mundos, menos la Tierra, oscilaban entre lo muerto y lo asesino. Entonces
se produjo la fabulosa remodelación, que duró eones. La Tierra pasó a ser el
hijo más cercano al Sol, Venus el siguiente, y luego Marte. Todos eran ahora
jardines en flor.
Más allá de Marte se encontraba el auténtico centro del
sistema solar, el complejo Jove. Su gigantesco núcleo fue una vez el planeta
Júpiter. El hinchado superplaneta que ahora se hallaba en el centro de Jove
brillaba con un débil tono infrarro jo propio. Había engordado engullendo la
masa de los antiguos Urano y Neptuno. La colisión de esos mundos fue uno de los
hechos más espectaculares de la historia humana, aunque se remontaba tanto en
el pasado que apenas quedaban registros, ni siquiera en Diaspar.
Después de que su profunda atmósfera se hu biera calmado,
el firme brillo del hinchado Júpiter calentó las heladas extensiones de sus
lunas. En tonces Saturno, que giraba en torno a Júpiter, fue despojado de gran
parte de su masa. Este brillante botín fue repartido entre las antiguas lunas.
Un encogido Saturno cubierto de fríos océanos azules orbitaba ahora alrededor
de Júpiter. Después de toda esta prodigiosa obra de ingeniería orbital, los
anillos saturmanos fueron reemplazados, y ahora eran exactamente iguales que
los originales.
La roca fundida de Mercurio llegó entonces, arrancada de
la órbita inmediata al Sol por innu merables bailes cinemáticos. La luz licuada
de Sa turno inundó las duras llanuras de Mercurio du rante un millar de años, y
ahora el antiguo mundo estéril también giraba en torno a Júpiter, rebosan te de
un extraño aire anaranjado y rosa.
Todo esto sucedió a través de diestros encuen tros
gravitacionales que consumieron milenios. Cuidadosamente sintonizados, cada
mundo albergaba ahora vida, aunque de formas diferentes. El sistema Jove
gravitaba ahora en el borde de la zona de vida del Sol, y Júpiter añadía el
brillo suficiente para hacer útil toda la masa de los antiguos planetas
gigantescos y gaseosos. Más allá de Jove sólo se encontraban las órbitas de
peñascos y hielo, y más allá, los cometas en cultivo.
Cley contempló expectante la aproximación al sistema Jove.
A su alrededor el Leviatán crecía de nuevo, pero el fervor primaveral de su
renova ción no alegraba su estado de ánimo. Buscador no ofrecía mucha ayuda;
dormía con frecuencia y no parecía preocupado por el inminente conflicto. Para
distraerse, Cley miraba a través de las ampo llas transparentes, intentando
imaginar los miste rios que se desplegaban ante ella.
Tuvo que vencer un hábito de pensamiento común a toda la
vida planetaria. El espacio no era simple vacío, sino la suma de energía,
materia y espacio. Los planetas, en contraste, eran lugares inconvenientes,
importantes sobre todo porque en sus superficies había comenzado la vida. Des
pués de todo, las atmósferas que no son adecuadas producen polvo, bloquean la
luz solar, oxidan los metales, molestan con sus vientos, el calor y el frío. La
gravedad obligaba incluso a los habitantes más modestos a utilizar sus cuerpos
con el casi exclusivo fin de permanecer de pie. Incluso los mundos sin aire
privaban a sus superficies de luz la mitad del tiempo. Y nada era negociable:
los planetas daban un día y una noche fijos, gravedad y atmósfera.
En contraste, la luz solar inundaba la calma sin clima del
espacio. Láminas endebles podían recolectar energía de alta calidad que no
quedaba reducida por el aire. Copas podían sorber de la luz partículas
esparcidas por el Sol. Los asteroides ofrecían masa sin la exigente tenaza de
la grave dad. De la misma manera que un origen en el mar no significaba que el
agua fuera el mejor sitio para la vida posterior, los planetas también se
convirtieron inevitablemente en habitáculos secundarios.
La diversidad biológica requiere espacio para la variedad,
y el espacio tenía una abundancia de volumen en bruto para ofrecer a los
primeros orga nismos especiales. Éstos desarrollaron pieles duras pero
flexibles, livianas y tensas, rebosantes de gases y líquidos internos. La
evolución usó sus nue vas geometrías ingrávidas para diseñar alternativas a las
tripas y esqueletos de la vida terrestre.
Cley esperaba ver menos formas espaciales a medida que el
Leviatán se alejaba del Sol, En cam bio, la abundancia y el ritmo de las vidas
se multi plicaron. Aunque la luz remitía con el cuadrado de la distancia al
Sol, el volumen disponible aumentaba al cubo. La ciega habilidad de la
evolución había llenado este nicho con miles de formas. Estiradas, con amplias
velas, barrocamente elegantes, revoloteaban en torno al Leviatán.
Sus exploraciones llevaron a Cley a extrañas zonas del
Leviatán, a lo largo de lagos poco pro fundos e incluso un desierto oscuro en
forma de cuenco. Encontró un trozo de hielo del tamaño de una colina, cubierto
de animales. El Leviatán ha bía capturado el núcleo de este cometa y explota ba
sus fluidos con el cuidado de un avaro.
Cley pagó su precio por sus excursiones. Los humanos no se
contaban entre las especies privile giadas desde mucho antes de que Diaspar
fuera un sueño. Dos veces evitó por los pelos convertirse en comida de
depredadores que parecían matorra les animados. Encontró a Buscador justo donde
lo había dejado días antes, y la bestia se ocupó de sus cortes, mordeduras y
arañazos.
- ¿Por qué me ayudas, Buscador de Pautas? -preguntó
mientras la bestia lamía un corte.
Buscador tardó un rato en responder, con centrado en
presionar su nariz contra un corte hecho por los matorrales de afiladas hojas.
Cuan do alzó la cabeza, el corte se había cerrado tan bien que sólo quedaba una
señal fina como un ca bello.
- Para hacerte más fuerte.
- Bueno, está funcionando. La ingravidez me ha dado
músculos que no sabía que tenía.
- No tu cuerpo. Tu talento.
Ella parpadeó bajo la pálida luz amarilla que se filtraba
entre las ramas.
- Me preguntaba por qué sigo oyendo cosas. Ese último
matorral…
- Captaste su placer-cazador.
- Buena cosa. Fue rápido.
- ¿Puedes sentir a algún humano ahora?
- No, no hay… -Frunció el ceño-. Espera, algo… Vaya, es
como…
- Supras.
- ¿Cómo lo sabes?
- Se acerca el momento.
- ¿El momento de qué?
- La lucha.
- No estabas dando solamente oportunidad para que mi
talento creciera, ¿verdad? También me llevas a alguna parte.
- A Jove.
- Cierto, pero quiero decir…, oh, ya veo. Ahí es donde
todo sucederá.
- Los humanos tienen dificultad para com prender que la
Tierra ya no es importante. El cen tro de la vida es Jove.
- Entonces la Mente Loca tiene que ganar allí.
- Puede que no haya ningún ganador.
- Bueno, yo sé cómo será perder. -Cley tra tó de no
recordar los cuerpos calcinados y masacrados de todas las personas que había
amado.
- Resistimos porque no sabemos cómo será perder.
- ¿De verdad? Mira, nos aplastó como si fué ramos
insectos.
- Para la Mente, lo sois.
- ¿Y para ti?
- ¿No tienen muchos usos los insectos? Des de mi punto de
vista, son más parecidos en las co rrientes de la vida que, digamos, otra
especie de los cordados.
- ¿Cor qué?
- Los que tienen espinas cordadas.
- Bueno, ¿no sois sólo otra especie de verte brados?-dijo
Cley, irritada.
- Cierto. No he dicho que fuera más importante que tú.
- ¡Has comparado a los ur-humanos…, a mí, puesto que soy
la única que queda, con in sectos!
- Sin insectos, pronto no habría humanos.
Exasperada, Cley resopló ruidosamente, haciendo que su
pelo revoloteara.
- Los supras pudieron pasarse sin ellos en Diaspar.
- Los supras no son de tu especie.
- ¿No son humanos?
- No del todo. -Buscador terminó de aten der sus heridas y
le dio un afectuoso lametón.
Cley se colocó torpemente la blusa sobre los cortes.
- Tengo que admitir que yo siento lo mismo.
- No pueden ser verdaderos compañeros pa ra ti.
- Son lo único que queda.
- Quizá no, después de lo que hemos hecho.
Cley suspiró.
- Sólo estoy concentrándome para evitar a esa Mente Loca.
- No se preocupará tanto por ti cuando hayas servido.
- ¿Servido? ¿Te refieres a que haya luchado?
- Ambas cosas.
Ella sintió un ligero escalofrío surcar su men te. Al
principio lo confundió con el trino de los pájaros, pero entonces recordó la
sensación de ceguera, el rápido pensamiento, las conversaciones mantenidas a
ritmo ciclónico.
- Supras. De camino.
Ahora sintió su presencia como varias notas en el fondo de
su mente, pequeñas como ratones y rápidas como abejas.
- ¿ Qué haremos?
- Nada.
- Se acercan.
- Ya era hora de que lo hicieran.
Buscador señaló el intrincado rizo de luz visi ble a
través de una alta cúpula situada sobre la verde vegetación. Tras las grandes
lunas originales de Júpiter orbitaban ahora Mercurio y el encogido Saturno.
Cada uno tenía un brillo diferente. Pero estos puntos luminosos flotaban entre
pinceladas de magenta brillante y oro viejo: formas de vida más grandes que
continentes.
Buscador había descrito algunas con más de talles de lo
que Cley podía entender. Todas pare cían variaciones complejas de la antigua
habilidad de convertir luz y productos químicos en estructuras hermosas.
Buscador dio a entender que eran inteligencias completamente distintas de las
terrestres, y ella luchó con la idea de que lo que parecían ser enormes
jardines pudieran albergar mentes superiores a la suya propia.
Cley se echó hacia atrás y escuchó la charla supra, cada
vez más fuerte. No podía distinguir las palabras, pero captaba claramente un
fino tono de preocupación y alarma.
Lánguidamente, dormitó, escuchó y pensó. Las manchas de
luz que gravitaban en torno al gran disco orbital de Jove le recordaban las
algas marinas que se formaban en las costas de la anti gua Tierra. Sabía de
ellas a través de leyendas tri bales, que trataban en gran parte de las duras
perspectivas de la vida.
Emparedadas entre capas de suciedad y tierra, incluso
aquellas primeras formas de vida habían encontrado una manera de hacer la
guerra. ¿Por qué iban las cosas a ser distintas ahora? Alguna alga microscópica
había usado, tres mil millones de años antes, la luz solar para escupir agua,
libe rando oxígeno letal. Envenenaron a sus rivales ex pulsando gas. La batalla
se extendió por las amplias playas que rodeaban a un mar marrón. Las algas
victoriosas disfrutaron de su momentáneo triunfo bajo un cielo sonrosado. Pero
ese nuevo recurso gaseoso permitió el comienzo de nueva vida más compleja que
con el paso del tiempo condujo a las algas al borde de la extinción.
Lo mismo había sucedido en el espacio. La vida planetaria
había saltado a aquel reino nuevo y enorme, primero usando simples máquinas, y
luego formas de vida creadas deliberadamente. Las máquinas demostraron ser como
las primeras algas, que excretaron oxígeno para envenenar a sus vecinos. Una
vez que empezó, nada pudo impedir que la diestra mano de Darwin convirtiera a
los seres humanos en instrumentos más sutiles. Durante mil millones de años la
vida se unió y luchó y aprendió entre el duro vacío y el resplandor de la luz
solar.
Con el tiempo, las máquinas espaciales fueron conducidas a
nuevos enclaves reducidos, como las primeras algas. Allí fuera, al borde del
reino del hielo, las máquinas se unieron finalmente con las plantas para crear
criaturas antológicas. Este des esperado compromiso las salvó. Cley había visto
a varias entrar en el Leviatán: seres que parecían muebles mohosos o edificios
de acero animados.
Algún tiempo atrás, la vida espacial empezó a competir por
materiales con las zonas de vida pla netaria. Después de todo, la mayor parte
de los elementos livianos del sistema solar se encontra ban en los planetas
exteriores y en el núcleo cometario situado más allá de Plutón. En esta com
petición, los planetas no tenían ninguna esperanza de vencer.
Desde la perspectiva del espacio, pensó Cley, la vida
planetaria incluso se parecía a aquellas al gas: plana, atrapada en una fina
cuña de aire, in consciente de los enormes espacios que se extendían más allá.
Y ahora las algas sobrevivían sólo en oscuros enclaves de la Tierra,
acobardadas ante la carnicería del oxígeno.
En el plazo de mil millones de años, la vida pla netaria
lo había hecho mejor que las algas. Lenta mente, las biosferas planetarias
forjaron conexiones con la vida espacial a través de gigantescas bestias como
la Noria, el Jonás, el Leviatán.
¿Pero se trataba sólo de una pausa momentá nea, un trato
temporal antes de que los planetas se volvieran completamente irrelevantes?
¿O (el pensamiento golpeó a Cley con fuerza) acaso ya lo
eran?
34
HOMO TECHNOLOGICUS
Los supras abordaron el Leviatán después de intensas
negociaciones. El capitán apareció ante Buscador y Cley, zumbando como loco,
alarma do por algún motivo que Cley no pudo entender. Tuvo que asegurarle tres
veces que ella era la for ma humana primitiva que buscaban los supras.
Sólo entonces dejó el capitán que los supras subieran a
bordo, y poco después apareció Alvin, solo, abriéndose paso entre la lujuriante
vegetación. Estaba cansado y demacrado; su traje de una pieza, habitualmente
inmaculado, manchado y sucio.
Entonces Cley vio que le faltaba el brazo iz quierdo por
debajo del codo.
- ¿Qué…, cómo…?
- Un incidente menor -dijo Alvin, la voz débil y tensa.
Cley corrió hacia él. Palpó el muñón de su brazo. La carne
del codo estaba llena de magulla duras y cubierta de lívidos puntos amarillos y
anaranjados.
- Una cosa retorcida -dijo él, sentándose cuidadosamente
en una enredadera-. Me atacó cuando entrábamos en esta bestia enorme.
- ¿Un animal?
- Una creación de la Mente Loca.
- ¿Qué…?
- La maté.
- ¿ Qué puedo hacer? ¿No sangraste? ¿ Qué…?
- Déjalo -dijo él, apartándola, acumulando más fuerza en
la voz.
- Pero estás herido. Yo…
- Mi brazo cuidará de sí mismo. -Sonrió por un instante,
pero se recuperó con visible esfuerzo.
Ella se dispuso a ayudarle, pero Alvin se vol vió,
apartando el brazo cercenado. Cley frunció el ceño, preocupada.
- Bueno, al menos toma algo para el dolor.
- Podría liberar… -un dolor lo sacudió-… mis propias
endorfinas si quisiera. Pero eso retra saría la regeneración.
El muñón del brazo ya había formado una ma sa protuberante
de pálidas células en su punta. Cley vio cómo la piel de Alvin empezaba
lentamente a brotar del codo. El brazo parecía construirse solo capa a capa,
mientras se hinchaba hacia fuera. Lo primero que aparecieron fueron trozos de
hueso blanco. Entonces ligamentos y tendones se acumularon a lo largo de los
huesos, alimentados por enjambres de células migratorias que se movían como
atareados liqúenes. Una oleada de cartílagos más densos los siguió, cementando
las conexiones con fibras que se fueron tejiendo mientras ella observaba. Luego
varias capas de piel fueron ampliándose, primero una columna rosa y luego tonos
más oscuros. El brazo de Alvin ya era varios centímetros más largo. El sudor
empapaba sus ropas, pero él mantuvo los dientes apretados y no dijo nada. Tenía
hinchados los músculos del cuello.
Cley permaneció sentada junto a él, sirvién dole agua
cuando se la pedía. Pasó un largo rato. Alvin comió algunas nueces rojas que
ella le ofreció, pero rehusó cualquier otro alimento. Parecía crear los
materiales y la energía para la regeneración a partir de sus propios tejidos.
Sus fuertes piernas parecieron desinflarse un poco, como si la carne se
disolviera y emigrara hacia su brazo herido. Todo su cuerpo se volvió de un
rosa oscuro, arrebolado por la sangre. Espasmos musculares y filigranas de color
alborotaban su piel. Gemía de vez en cuando, pero consiguió contener su
tormento, respirando de forma entrecortada.
La mano se formó con rápidas pinceladas de células grises.
Fluían directamente de sus venas, moviéndose hacia la superficie y creando
capas. Éstas se convirtieron en la fina cadena de múscu los que hacían de la
mano humana una maravilla del arte de la evolución.
Cley seguía observando, como si esto fuera una clase de
anatomía en vivo. Los huesos crecie ron hasta las puntas, seguidos por un brote
de cé lulas cobertoras. A continuación, olas azules de células ocuparon su
lugar en forma de músculos. La grasa amarilla y pegajosa llenó los espacios. La
nueva piel había empezado a envolver los dedos antes de que Alvin parpadeara y
pareciera recobrar toda la conciencia. Unas láminas blancas se endurecieron
para crear las uñas, cuyas puntas estaban apropiadamente recortadas.
- Yo… nunca había visto nada igual -dijo Cley.
- Normalmente necesitamos más tiempo.
- Debes de estar exhausto. He podido ver cómo tu cuerpo
robaba tejidos para construir tu brazo.
- Los tomaba prestados.
- Mi pueblo tiene una habilidad parecida, pe ro no tan…
- Debemos hablar.
Buscador apareció de pronto en las inmediaciones. Cley se
preguntó dónde habría estado.
Alvin pareció desprenderse del sopor que le poseía.
Extendió el brazo de forma experimental y en su muñeca y sus dedos aparecieron
las articu laciones. Durante un instante a Cley le pareció un adolescente que
probaba su fuerza recién descu bierta. Entonces miró a Buscador con frialdad.
- ¿Y bien?
- ¿Y bien qué? -replicó Cley. Sintió una afilada
conversación en los límites de su percepción.
Alvin sacudió la cabeza.
- Prometiste que ayudarías a mantenerla a salvo -le dijo a
Buscador.
La bestia bostezó.
- Lo he hecho.
- Pero no tenías permiso para quitárnosla. Y desde luego
no para escapar al espacio.
Cley esperaba furia en Alvin, no esta especie de preciso
disgusto. Sin embargo, no le sorprendió saber que Buscador había hecho algún
tipo de trato con ellos en la Tierra. A Buscador le encantaba nadar entre los
intersticios del lenguaje.
- No necesitaba permiso -dijo.
- Me parece que…
- Después de todo, ¿quién podía concederlo? -preguntó
Buscador perezosamente.
- Ella pertenece a nuestra especie. Eso nos da derecho…
- Tú eres Homo Technologicus. Ella es ur-humana, a varias especies
de distancia.
Alvin hizo una mueca.
- Con todo, estamos más relacionados que tú.
- ¿Estás seguro? -Buscador sonrió como un buho-. Yo abarco
la herencia genética de muchas formas anteriores.
- Estoy seguro de que si leyera tu matriz en contraría
fácilmente muchas más diferencias…
- Escuchad, vosotros dos -les interrumpió Cley-. Yo quise
escapar de esa Biblioteca. Y por eso me marché. Buscador simplemente me
acompañó.
Alvin la miró durante un instante.
- Al menos estás a salvo y has venido al lugar donde te
necesitamos -dijo tranquilamente.
- ¿Pretendías traerme aquí? -le preguntó Cley.
- Sí, en una nave.
El temperamento de Cley estalló a pesar de todos sus
esfuerzos por mantener la calma de un supra.
- ¿Qué? ¿Pude haber llegado aquí en una nave?
- Bueno, sí. -Alvin pareció sorprenderse ante la pregunta.
Ella se volvió para enfrentarse a Buscador.
- ¿Me has hecho pasar por todo esto?
Buscador movió la boca con torpeza.
- Percibí que ése era el rumbo correcto.
- Fue terriblemente peligroso. ¡Y ni siquiera me
consultaste!
- No sabías lo suficiente para juzgar -dijo Buscador,
inseguro.
- ¡Yo decidiré eso!
Buscador retrocedió.
- Tal vez me equivoqué.
- ¿Tal vez? Tú…
- No te precipites -dijo Alvin suavemente-. Este animal es
listo, y en este caso mostró su previ sión. Tuviste suerte de que yo no te
trajera por la ruta que habíamos planeado. Creíamos que era se gura. Sin
embargo, varias naves que llevaban pasa jeros ur-humanos fueron destruidas
después de abandonar la Tierra, y tú bien podrías haber estado entre ellos.
- ¿Qué? -El estallido de furia de Cley se consumió-. ¿Mi
pueblo? -Estaba tan excitada que perdió su asidero en una rama y tuvo que aga
rrarse para no caer.
- No exactamente. Los desarrollamos a partir de tu matriz.
- ¿Quieres decir que son…, que son yo?
- Algunos sí. A otros los alteramos levemen te, para
conseguir la mezcla de habilidades ade cuada.
Cley temía que los supras hicieran eso. ¿Aque llos
ur-humanos artificiales serían zombis, caren tes de cultura, parodias de su
especie? Esos temo res la habían impulsado a escapar.
- Yo… quiero verlos.
- Los verás cuando todo esto acabe.
- ¡No! Tengo derecho a estar con mi propia especie.
- ¿No estás contenta con nuestra compañía? -Alvin hizo un
gesto y Cley vio que mientras reflexionaba un grupo de supras se había
infiltrado silenciosamente entre las ramas a su alrededor. Seranis se
encontraba cerca, con una ceja alzada, estudiando las cascadas de hojas con
evidente disgusto.
Tenía las ropas rasgadas y ennegrecidas, tal vez por el
mismo motivo que Alvin. Sus cortes ya estaban curándose. Los moretones se
disolvían, digeridos por las vidriosas fibras.
Cley suspiró.
- No sé a qué atenerme con vosotros los su pras. No sois
humanos.
Somos más que humanos, según tu forma de hablar, le envió
Seranis.
- ¡Si tenéis algún sentido de la justicia, dejadme ver a
mi pueblo!
La justicia vendrá con el tiempo, dijo Seranis con una
pizca de amarga despreocupación.
Cley miró a Buscador, pero éste parecía ab sorto
arrancando insectos de su pelaje.
- ¿Cuándo será eso? -preguntó.
- Nuestra lucha ya ha empezado -dijo Al vin-. Lo mejor es
que de momento te quedes con nosotros.
Cley parpadeó.
- ¿La lucha ya está en marcha?
- En cierto sentido, empezó mucho antes de que tú nacieras
-dijo Alvin, frío y amable.
Cley vio entonces las marcas en su armadura, su boca
solemne torcida, un brillo triste en los ojos.
- ¿Dónde?
- El encuentro final ha comenzado en el bor de exterior
del sistema solar. Ahora converge ha cia aquí, donde la fuerza de los campos
magné ticos de Jove puede cubrirnos un poco más y nuestras reservas son
mayores.
Cley sintió de pronto el veloz intercambio de
habla-talento que revoloteaba entre los supras de Lys. El tiempo había ampliado
su habilidad, pues ahora podía seguir leves hilos de escurridizas ideas,
corrientes e implicaciones que iban y venían en instantes cristalinos.
- ¿Qué puedo hacer en todo esto? Yo…
Como si años de preparación se hubieran enfocado en un
solo punto del tiempo, una respues ta saltó a su mente. Cley supo que Seranis
era el canal, pero tuvo la sensación de que tras la enor me intrusión había un
conjunto de voces. Una cuña de pensamiento se abrió paso a través de ella. Le
estaban diciendo muchas cosas, pero era como intentar beber de una manguera.
- Yo… no comprendo…
- Me han dicho que tardará un poco en adap tarse a tu
mente -dijo Alvin.
- Tanto… ¿Qué es el Sol Negro?
- Un término antiguo. «Agujero negro» es mejor. -Alvin
escogió cuidadosamente las palabras para que ella pudiera entenderla-. Nuestras
leyendas sostienen que la Mente Loca fue aprisionada en el borde de la galaxia,
cuando de hecho el agujero negro se encuentra en el centro.
- Un error bastante grande.
- Un fallo de anotación, al parecer. -Su cui dada
precisión hizo que Cley recordara que su primer amor fue la biblioteca de
Diaspar-. Sin embargo, la historia tenía razón en cuanto a la de vastación de
la Mente Loca. Conoce un modo de comer los velos de plasma que cuelgan de los
bra zos galácticos, dejando grandes agujeros donde deberían brillar los soles.
La leyenda sostiene que la Mente y Vanamonde se encontrarían entre los
cadáveres de las estrellas, pero ahora sabemos que la colisión debe suceder aquí,
cerca de la Tierra, donde empezó el asunto y donde debe terminar.
Cley sacudió la cabeza, intentando despejarla.
- Yo no puedo contar para nada en todo este asunto.
- Eso mismo habría dicho yo, hace tiempo. -Alvin se había
acomodado en una rama, e incluso en la baja gravedad las arrugas de su cara
aumentaron-. Pero sí que cuentas. Los ur-huma-nos teníais una habilidad
especial, junto con las formas humanas avanzadas y las razas alienígenas, para
crear entidades magnéticas.
- ¿Nosotros? Imposible.
- Admito que parece altamente improbable. Sin embargo, los
archivos más antiguos de Dias par son claros, si se leen con atención.
- ¿ Cómo pudimos crear algo como ese rayo inteligente?
- Puede que llegues a comprenderlo en la lu cha que se
avecina.
- Bueno, aunque ayudáramos a crear a Vana monde, ¿qué
importa ahora? No sé nada al respecto.
Alvin miró a Buscador, pero la gran criatura no parecía
preocupada. Cley tuvo la impresión de que todo se desarrollaba más o menos como
Bus cador había previsto, y la bestia nunca se preocupaba por corregir lo
inevitable.
Alvin extendió los brazos.
- En Vanamonde existe un conjunto de suposiciones, una
visión del mundo. Dependen de los sentidos cinestéticos de los ur-humanos,
según vuestro espacio perceptivo.
- ¿Qué es eso?
- Lo que importa es que no podemos dupli car eso.
- Vamos -dijo Cley amargamente-. Sé que soy la más tonta
de los presentes, pero eso no significa que no podáis…
No te engañamos. Seranis miró a Cley som bríamente. La
forma de un ser circunscribe sus percepciones. Eso no puede ser duplicado
artificial mente. Lo intentamos, sí… y fracasamos.
- ¿Por qué? -preguntó Cley-. Creía que podíais hacer
cualquier cosa.
No podemos trascender nuestra visión del mun do, como
tampoco puedes tú, envió Seranis.
- Eso se cumple siempre en una misma espe cie -dijo
Buscador, indiferente.
La frente de Alvin se arrugó, mostrando su malestar.
- ¿Y tú?
- Ha habido algunos arreglos desde vuestra época -dijo
Buscador.
- ¡Ésta es nuestra época! -replicó Alvin brus camente.
Buscador se echó hacia atrás y no contestó.
- Mirad -dijo Cley-, ¿cómo habláis con Vanamonde?
- Mal. Para alcanzarlo debemos atravesar los matorrales de
la mente ur-humana.
- ¿Matorrales? -preguntó Cley.
- Tal vez pantano sea una expresión mejor. Está inscrito
en el ser de Vanamonde.
- ¿Tiene algo de nosotros en él? -Cley sintió un arrebato
de júbilo. Esto significaba que su es pecie había dejado alguna marca en la
gran arqui tectura derruida del tiempo.
- En la lucha que se avecina, la velocidad es esencial.
Enlazar nuestras habilidades con Vana monde requiere conexiones que sólo podéis
esta blecer tú y tu especie.
Los ojos de Cley se entornaron, recelosos.
- ¿ Los ur-humanos que fabricasteis?
- Sí, serán utilizados. Seranis y los otros habi tantes de
Lys les han enseñado el talento, una la bor de gran dificultad conseguida en
muy poco tiempo.
- Nos manipuláis, nos utilizáis como, como…
- Por supuesto. -Alvin continuaba impertérrito-. Ésa es la
naturaleza de la jerarquía de las especies.
- ¡No tenéis derecho!
- Tampoco hemos hecho nada malo.
Buscador hizo un brusco ruido y retorció la boca en una
mueca ilegible. Cley advirtió que só lo empleaba expresiones humanas cuando lo
de seaba.
- Aquí no hay ningún tema moral -conti nuó Alvin, mirando
airado a Buscador-. Estos asuntos trascienden el concepto de derechos. Esas
ideas se relacionan con las estrategias que usan las sociedades para mantener
el orden y la estabilidad. Como conceptos, no tienen ninguna validez en las
transacciones en el abismo que nos separa.
Alvin sonrió, como si supiera que esto era lo que hacían
los ur-humanos para quitar hierro a una discusión.
- Es increíble -dijo Cley-. Tenemos una obligación mutua,
debemos tratar a todo el mun do según sus derechos naturales.
¿Naturales de quién?, envió Seranis.
De cualquier cosa y cualquier ser que pueda pensar,
respondió Cley.
¿Pensar qué? Esta época no es igual que la épo ca en que
evolucionó tu especie. Ahora hay muchos seres, grandes y pequeños, que son
inteligentes.
Entonces tienen que ser tratados según su pro pia
dignidad, contraatacó Cley.
La dignidad no significa que puedan apartarse del orden
inherente ordenado por la mano de la evolución. Seranis dirigió a Cley una
mirada de preocupación, pero en las estrías de su rápido pen samiento había una
capa subyacente de impacien cia y molestia.
- Mirad, tengo que pensar en todo esto -dijo Cley.
- No es momento para el tipo de pensamien to que empleas
-respondió Alvin-. El tiempo se nos echa encima.
Cley se volvió hacia Buscador.
- ¿Qué debo hacer?
Buscador chascó la lengua, como si tuviera hambre.
- No suscribo sus ideas. Ni las tuyas. Ambas son demasiado
simples.
- Buscador, necesito tu apoyo.
- Puedo ayudarte en tus acciones, tal vez. Es cierto, como
dicen los supras, que son necesarias tus habilidades innatas.
- No, no me refería a ayudarlos en su lucha. Quiero que
tú… bueno, les digas que se equivo can, que están tratando a mi gente como,
como a animales.
- Yo soy un animal. No me tratan como a vo sotros.
- ¡Tú no eres un animal!
- No soy ni remotamente humano.
- Pero eres, eres…
- Soy como tú cuando necesito serlo. Pero eso es para
conseguir un fin.
- ¿Qué fin? -preguntó Cley, cada vez más confundida.
- Traerte aquí en este momento. Para reunir te con los
ur-humanos, como prometí. -Busca dor miró a Alvin y Seranis-. Sabía que los
supras probablemente fracasarían.
En el rostro de Alvin se dibujó una expresión que Cley no
pudo descifrar, pero el equivalente más cercano era una mezcla de irritación y
sor prendido respeto.
- Habría sido sencillo traeros aquí si la Mente Loca no
hubiera aprendido a entrar en nuestras naves -dijo Alvin cansinamente-. Y no
podrías haber sabido que comprendería tan rápidamente, mucho menos que
encontraría a esos ur-humanos entre todas las naves que tenemos.
- ¿No? -Buscador sonrió.
Cley sintió que algo pasaba entre Buscador y los supras,
una flecha de pensamientos complejos.
- ¡Buscador! Tienes el talento.
- No es como el tuyo. Pero no importa. -Bus cador se
volvió hacia Cley-. Creo que este tema debe ser resuelto ahora, así que lo
haré.
- No puedo dejar un asunto tan crucial en manos de… -dijo
Alvin con firmeza.
- Haz lo que dicen -le dijo Buscador a Cley.
- Pero yo…
- Si deseas pensarlo en términos de la estruc tura de los
derechos, entonces ten en cuenta una cosa. -Buscador se llevó una nuez a la
boca, pero se aturulló y la dejó caer-. Los otros miembros de tu pueblo, y no
creo que sean tu «pueblo», pues ni siquiera son personas, morirán si no lo
haces.
Alvin frunció el ceño.
- No puedes estar seguro de eso.
Buscador no respondió inmediatamente. En cambio, sacó el
cadáver de un pequeño roedor de un pliegue de su piel y empezó a mordisquearlo.
Los supras lo observaron con asco. Cley recordó lo delicado y etéreo que era su
alimento, como si se tratara de nubes comestibles.
Buscador lamió el cadáver sensualmente.
- ¿ Recuerdas la era de las leyes simples? -pre guntó.
Alvin volvió a fruncir el ceño.
- ¿Qué? Oh, te refieres a la época en que la ciencia
descubrió todas las leyes que gobiernan las relaciones entre partículas y
campos. Esa época ya no tiene relevancia.
Buscador cerró un ojo y dejó que una parte de su cara se
relajara, como si pudiera dormirse sola. Cley se preguntó si aquello sería
algún tipo de chiste antiguo.
- Los ur-humanos descubrieron todas esas leyes -dijo
Buscador-. Pero saber cómo tira la gravedad de un cuerpo no significa ni
siquiera en un principio que puedas prever cuántos cuerpos moverá. La
predicción de cualquier sistema real está más allá del alcance real y exacto de
la ciencia.
Alvin asintió, pero Cley se dio cuenta de que no
comprendía adonde quería llegar la bestia. Ni ella tampoco. Y el tiempo se
acababa, pensó irrita da, mientras los dos discutían sobre grandes prin cipios.
- Cierto -dijo Alvin-, pero eso es filosofía antigua. La
inseguridad cuántica, el caos…, ocultan siempre el conocimiento preciso del
futuro.
- ¿Y si no fuera así? -preguntó Buscador, todavía con un
ojo cerrado.
- Entonces los supras lo habrían descubierto hace mucho
tiempo -insistió Alvin-. Ese conocimiento se encontraría en los archivos de
Diaspar.
Buscador parpadeó con ambos ojos y la ani mación regresó
por completo a su rostro. En ese mismo momento, Cley sintió un estallido de ha
bla-talento en forma de notas graves e irreconocibles. Algunos supras se
agitaron, incómodos. Cley advirtió que Buscador había enviado alguna especie de
mensaje mientras mantenía esta tonta discusión.
- Se ha aprendido mucho desde que en Dias par se colocaron
estratos de conocimiento -dijo Buscador.
Una nota de duda tino la voz de Alvin.
- Los humanos que vinieron después de nues tra especie,
los que se marcharon…, ¿descubrieron esa habilidad?
- No -dijo Buscador-. Eso no está abierto a vuestra
especie.
- Bestia, ¿hay órdenes superiores que cono cen la ciencia?
-Alvin miró a sus compañeros su pras, que parecían distantemente divertidos por
la conversación.
- Ninguna qué puedas ver fácilmente ante ti.
- ¿Mentes magnéticas, entonces? Ni siquiera ellas usan la
ciencia. No la comprenden de verdad.
- Hay otros métodos de comprensión que provienen de la
suma de las especies.
Alvin sacudió la cabeza, sorprendido.
- ¡Pero estamos discutiendo de los límites fun damentales
del conocimiento!
- Ese «conocimiento» vuestro es también una categoría,
igual que los «derechos». No se aplica entre especies.
- No puedo comprender cómo puede ser po sible -dijo Alvin.
- Exactamente -contestó Buscador.
35
LA PRISIÓN DEL TIEMPO
La extraña conversación entre Buscador y los supras
continuó mientras Cley trataba de pensar.
Al final, vio que no tenía elección. Debía tomar parte en
lo que fuera a suceder, no importaba lo poco que tuvieran que ver los colosales
acontecimientos con su propio destino. Su pueblo había empezado ya a
desvanecerse en su memoria, arrinconado por los rápidos sucesos acaecidos desde
que fueron calcinados por la Mente Loca. Ahora sentía la plenitud de lo que
significaba aquel acto maligno. Asesinar no sólo a personas, sino a un pueblo,
a una especie. ¿ Se volvía más parecida a los supras ahora que una abstracción
así podía alcanzarla, provocar lo que Alvin sin duda llamaría su «espíritu
animal»?
Sin embargo, no podía sentir fácilmente lo que los supras
y sus juegos cósmicos importaban para lo que ella seguía considerando
«auténtica» gente, su propio pueblo. Sentía que esta misma actitud era tal vez
un síntoma de su especie, pero si es así, que así sea, pensó tozudamente.
Los supras parecieron satisfechos con su deci sión.
Buscador no mostró ninguna reacción. Des pués de tanto sufrimiento, Cley se
sorprendió de que no sucediera nada inmediatamente. Se dirigieron hacia el
disco de vida y mundos que era el complejo Jove. Trenes de vida espacial iban y
venían desde el Leviatán, ejecutando intrincados intercambios.
En los momentos en que Alvin y Seranis no estaban ocupados
con sus tareas, Cley aprendió más de ellos. Recordó el momento en que Seranis
soltó sus barreras, inundando su mente de impresiones y pensamientos sin
diluir. Cley durmió entonces largas horas, plácidamente, sudando, dejando que
su cerebro hiciera parte de la limpieza. Había aprendido a no resistirse. Cada
vez que despertaba la aguardaban nuevas sorpresas, ideas frescas que rebullían
en su mente.
Pasó algún tiempo contemplando la titilante majestad de
Jove, pero ahora comprendía que esto no era el límite exterior del sistema
solar vivo. Sus propios ojos la habían engañado.
La vida terrestre veía a través de una estrecha franja del
espectro. El tiempo había enseñado a la vida planetaria a aprovecharse del
flujo que pe netraba más habilidosamente la atmósfera, prefi riendo el amplio
flujo de la luz verde. Ninguna vida terrestre usó jamás las perezosas
longitudes de onda de la radio.
Así que no pudieron ser testigos del paso de las enormes
nubes de plasma que llenaban los grandes brazos en espiral. Visto con un gran
ojo radial, el abismo entre los soles muestra ahora nudos y protuberancias,
remolinos y grietas. El viento que sopla desde los soles sacude estas nieblas
externas. Sólo un ojo más grande que el propio Leviatán podría percibir la
incandescente riqueza que se oculta en esos confines. Los seres que flotan allí
producen grandes llamadas de advertencia y viven entre el flujo de las
corrientes eléctricas.
Cley se percató de todo esto después de un lar go sueño.
El conocimiento le llegó casi de forma casual, como un viejo recuerdo. Nunca
vería aque llos nudos de materia iónica atrapada por campos magnéticos,
ardiendo y rebosando de suaves energías más allá de la visión de toda criatura
nacida de la carne.
Sin embargo recordaba, a través de Seranis, el vasto
aleteo de las venas de plasma, las arterias y órganos electromagnéticos. La luz
tardaba una semana en alcanzar a aquellos seres. Cuerpos tan enormes debían de
ser dirigidos por delegaciones, y por eso las inteligencias que habían
evolucionado para gobernar tanta masa parecían parlamentos más que dictaduras.
Vio un destello de cómo consideraban aque llos seres a su
especie: pequeños conjuntos que recibían energía de la torpe acumulación y des
trucción de las moléculas. ¡Cuánto más limpio era el claro arrebato de las
fuerzas electromo trices!
Pero entonces sus percepciones volvieron a su propio
nivel, las memorias prestadas se difumina ron, y comprendió.
- ¡Buscador! -llamó-. La Mente Loca…, los humanos no la
crearon de la nada, ¿verdad?
- No del todo, no. -Buscador llevaba mucho rato en
silencio, con el rostro misteriosamente calmo.
- Seranis me ofreció imágenes, imágenes de co sas
magnéticas que parecen vivir de modo natural.
Buscador sonrió, como un lobo.
- Son nuestros aliados.
Alvin habló a su espalda.
- Y los necesitamos desesperadamente.
- ¿Por qué no me lo dijiste? -preguntó Cley.
- Porque no lo sabía, no del todo. El conocimiento… -La
voz de Alvin, normalmente fuer te, se apagó. Parecía más cansado y pensativo
que antes-. No, no fue el conocimiento. Descarté el testimonio de Vanamonde
cuando nos habló de esos seres magnéticos. Nuestro Guardián de los Archivos
dijo que no existían. Después de todo, no había ninguna referencia en ninguna
parte. -Sonrió débilmente-. Ahora somos más sabios. La leyenda dice que la
arrogancia de Diaspar es tan grande como sus verdades.
- ¿Los humanos lograron atrapar de algún modo a una de
esas criaturas magnéticas? -preguntó Cley lentamente.
Alvin se acomodó en una rama inclinada, los hombros
hundidos.
- Los humanos intentan abarcar más de lo que pueden coger.
- ¿La Mente Loca escapó?
Él asintió.
- Y de algún modo, gracias a sus asociacio nes con los
humanos, aprendió a ejecutar hazañas que ningún otro ser magnético conocía.
Destrozó enormes territorios, masacrando estructuras mag néticas.
- Hasta que alguien volvió a atraparla. ¿Esa civilización
galáctica de la que no dejo de oír hablar?
La charla era inquietante. Encendió un pequeño fuego para
cocinar la cena.
- La civilización galáctica fue majestuosa -di jo Alvin-.
Creó las mentalidades puras como Vanamonde, basándose en los seres magnéticos.
-Alvin parecía dolorido-. Buscador, ¿qué piensas de la civilización galáctica?
- Creo que sería una buena idea -respondió Buscador en voz
muy baja.
- ¡Pero si existe!
- ¿De veras? Sigues mirando las partes…, esta o aquella
especie o filo, de carne o magnético. Considera el conjunto.
- ¿El conjunto de qué? El Imperio abandonó nuestro
universo conocido, dejando…
- Dejando espacio para que crecieran nuevas formas. Muy
amables, diría yo. Desde luego, no fue ninguna tragedia.
Alvin frunció el ceño.
- Para los humanos lo fue. Nosotros…
Cley dejó de escuchar, refugiándose en los ri tuales
familiares de la cocina. Suponía que había algo en la mente humana que
agradecía la tranqui lidad de la repetición. Alvin seguía hablando, explicando
facetas de ciencias que ella ni siquiera podía identificar, pero le dejó
continuar. El hom bre estaba preocupado, aferrándose a su propia imagen de lo
que significaba la acción humana. Era mejor dejar que su torrente de palabras
disipara su frustración, pues ése era el más antiguo de los consuelos humanos.
Cley cocinó tres grandes serpientes, cubiertas de una negra costra de especias,
y le ofreció una.
Alvin ni siquiera mostró vacilación.
- Una costumbre curiosa -recalcó, después de morder un
gran trozo amarillo cuyo sabor sazonó el aire-. Un procedimiento tan simple
proporciona el poder de la carne.
- ¿Nunca has cocinado antes?
- Nuestras máquinas se encargan de eso.
- ¿Cómo pueden saber las máquinas lo que sabe bien?
- Tienen algo mejor: buen gusto.
- ¡Ja!
Alvin pareció ofendido.
- Diaspar tiene programas preparados por los más grandes
chefs.
- Preferiría agitar las brasas y atender la carne yo
misma.
- ¿No te fías de las máquinas?
- Sólo lo necesario.
- Pero fue una subespecie ur-humana la que nos puso en el
camino de la tecnología.
Ella escupió un trozo de cartílago.
- Todo tiene sus límites. ¿Crees que la tecno logía ha
hecho mucho por ti?
Alvin pareció perplejo.
- Nos mantenía vivos.
- Os mantenía dentro de una botella, como piezas de museo.
Sólo que nadie acudió a veros.
Alvin frunció el ceño.
- Y yo escapé.
A Cley le gustaba la forma en que la llama de la hoguera
daba sabor a la comida y calentaba el aire, envolviéndolos en un velo
perfumado. Algo profundamente humano respondió a la fragancia y el olor a humo.
Tocó a Alvin, suavizó su rostro. Buscador olisqueó el humo, lamiendo el aire.
- ¿Nunca te has preguntado por qué no fue nadie a visitar
el museo?
Alvin pareció sorprendido.
- Pues no.
- Tal vez estaban demasiado ocupados ha ciendo otras
cosas.
- ¿Ahí fuera?
Cley pudo ver que no importaba lo inteligentes que fueran
los supras, también tenían valores y asociaciones virtualmente soldadas dentro
de ellos.
- Claro. Mira eso. -Señaló el cuenco trans parente encima
de ellos, donde Jove giraba como un enorme fuego artificial viviente-. Y dime
que la vieja y reseca Tierra fue una idea mejor.
Alvin no dijo nada durante largo rato.
- Ya veo. Yo creía que el destino humano gi raba sobre el
eje de Diaspar.
- Lo hacía -dijo Buscador. Alvin se retorció corno si algo
lo hubiera pinchado. Cley sospechó que había olvidado que Buscador estaba
allí-. Pero ésa es sólo una historia parcial.
Alvin miró a Buscador de forma penetrante.
- Hace tiempo que sospecho que represen tas algo…
desconocido. He interrogado intensamente a los archivos de Diaspar en lo
referido a tu especie. Evolucionasteis durante una época en que los humanos
eran relativamente poco ambiciosos.
- Se habían causado un gran daño a sí mismos -dijo
Buscador suavemente-. El remordimien to los pudo. Pero sólo durante algún
tiempo.
Alvin asintió.
- Con todo, nuestros archivos no muestran una inteligencia
tan elevada como la tuya.
- Sigues pensando en tendencias encerradas en individuos,
en especies -dijo Buscador.
- Bueno, claro. Eso casi define a la especie.
- ¿Y si una tendencia es compartida por mu chas especies
simultáneamente? -preguntó Buscador.
Alvin sacudió la cabeza.
- ¿Por telepatía, como en Lys?
- O algo más avanzado.
- Bueno, eso podría alterar la característica de la
inteligencia, seguro. -El rostro de Alvin asu mió su preciso tono de
bibliotecario, las mejillas huecas como si se contrajera hacia dentro-. Me
pregunto si esos talentos podrían surgir de modo natural.
- Así es -dijo Buscador-. Soy miembro de un sistema
superior. Igual que vosotros, pero no os comunicáis bien…, una característica
típica de las inteligencias primitivas.
La boca de Alvin formó una curva airada.
- La gente parece considerar que hablo muy claro.
- La gente sí.
Alvin sonrió, envarado.
- Nosotros os recreamos, os hicimos a partir de la
Biblioteca de la Vida. A veces creo que nos equivocamos.
- ¡Oh, no! -ladró Buscador alegremente-. Fue vuestra mejor
idea.
- Los archivos dicen que sólo erais apropia dos para la
Tierra.
- Se equivocan.
- Eso explicaría por qué os movéis con tanta facilidad por
el espacio.
- No del todo. -Los ojos de Buscador bailaban alegremente.
- ¿Tienes otras conexiones?
- Con todo. ¿Vosotros no?
Alvin se encogió de hombros, incómodo.
- Yo no lo pienso así.
- Entonces no pienses tanto.
Cley se echó a reír, pero en el fondo de su mente un
creciente grito llamó su atención.
- Algo-Buscador asintió.
- Sí.
Ella sintió a los supras de Lys, y Seranis no era más que
una voz entre muchas otras voces en cascada.
Formaban tensos enlaces, algunos en sus na ves, otros en
este Leviatán, otros dispersos entre Jonases y Leviatanes y las algas vivientes
del siste ma Jove.
- ¿A qué velocidad se acerca? -preguntó Al vin. El
ambiente de relajación quedó roto, sus du das momentáneamente resueltas. Ahora
no era más que fría eficiencia.
- No lo sé. -Cley frunció el ceño-. Hay refracciones… ¿Es
posible que la Mente Loca pueda moverse más rápido que la luz?
- Ése no es más que uno de sus logros -dijo Alvin, la
preocupación arrugando su frente-. Los humanos lo conseguimos hace mucho tiem
po, pero sólo para pequeños volúmenes, naves. La Mente Loca estaba limitada,
igual que los seres magnéticos. Su existencia implica que en enlace de los
campos naturales magnéticos avance lentamente por la galaxia. Nada tan grande
puede moverse más rápido que la luz. O eso creíamos.
- Es así como la Mente Loca consiguió esca par del sol
negro, ¿verdad? -preguntó Cley. En su mente captó débiles gritos de alarma.
- Usó el vacío cuántico -dijo Alvin. Sus me jillas
volvieron a hundirse con un tono de alivio. La oportunidad de sentirse seguro
en su conoci miento, supuso Cley.
Alvin se inclinó hacia delante, los ojos tiernos mientras
contemplaba la hoguera moribunda.
- De media, el espacio vacío tiene energía cero.
Pero al contener un volumen con una esfera de magma
conductor, la Mente Loca impidió la creación de olas con longitud de onda más
grande que ese volumen. La ausencia de esas olas dio al vacío una red de
energía negativa, y permitieron la formación de un agujero de gusano en el
espacio-tiempo. Todos esos procesos son gobernados por probabilidades que
requieren un gran cálculo. La Mente Loca se escabulló a través de ese agujero.
- Y llegó a nuestro sistema solar -concluyó Cley.
- Ninguna mente magnética había hecho eso -dijo Alvin-.
Escapó de la prisión del tiempo…, ni siquiera el Imperio previo una hazaña de
tal magnitud.
- ¿Coincidencia, Alvin? -susurró Buscador. Era la primera
vez que Cley oía a Buscador em plear su nombre. Había cierto tono de piedad en
la voz de la bestia, o así lo interpretó ella.
Alvin alzó la cabeza. Miró receloso a Bus cador.
- También se nos ocurrió esa idea. ¿Por qué iba a emerger
ahora la Mente Loca?
- ¿Justo cuando volvéis a liberaros de la Tie rra?
-preguntó Cley.
- Exactamente -dijo Alvin-. Estudiamos toda la evidencia
física. Observamos el rastro de daños que ha dejado la Mente Loca mientras
abandonaba el centro galáctico. -Vaciló-. E hicimos una suposición.
- Fuiste tú -dijo Buscador.
Los ojos de Alvin se apartaron del fuego, como si buscara
refugio en la penumbra que los rodeaba.
- Tal vez. Yo encontré a Vanamonde. ¡La ale gría de
Vanamonde al ser descubierto fue tan grande! Eso envió latigazos magnetosónicos
a través de las espirales de un brazo galáctico. Y alcanzaron a la Mente Loca
en su jaula. Ver que sus antiguos enemigos volvían a reunirse la llenó de
furia, una malicia tan fuerte que hizo un esfuerzo supremo, y forzó su salida.
Permanecieron en silencio durante un largo instante. Los
oscuros recovecos del Leviatán no quedaban al descubierto por la distante
promesa de las estrellas.
- No lo sabías -dijo Cley por fin-. Toda la sabiduría de
Diaspar no te advirtió.
Alvin sonrió sin alegría.
- Pero lo hice igualmente.
- Ese Imperio debería haberse preocupado en crear una
jaula que aguantase.
Alvin sacudió la cabeza.
- No hay nada mejor en este espacio-tiempo.
- Bueno, maldición, al menos no tendrían que haber dejado
un problema así para que lo resolvié ramos nosotros.
Buscador alzó el hocico, como si escuchara algo distante.
- Lo que debieron haber hecho ya no tiene importancia
-dijo-. El problema ha llegado.
36
LA HEREJÍA DEL HUMANISMO
Al final no fue como ella esperaba o temía.
Cley se encontraba en una cómoda enredade ra en el
Leviatán, sola, con los ojos cerrados. No sentía nada, ni siquiera su cuerpo.
La lucha teñía de rojo los paisajes de su mente.
El enlace con los supras suavizaba los ásperos bordes. Sin
embargo, el caldero de sensaciones fue sólo un fragmento de las amplias
perspectivas que se abrieron para ella en las horas y días del conflicto.
Había esperado grandes destellos de energía fosforescente,
tormentas climáticas de violencia magnética. Hubo algunas, pero apenas fueron
lu ces secundarias que bailaron alrededor del conflicto principal, como calor
ardiendo en un horizonte lejano.
Para Cley, la lucha requirió sus sentidos cines tésicos,
sobrecargados, tensos y rotos, la quebraron en fragmentos de percepción
incorpórea. Es to fue todo lo que fue capaz de captar.
Sin embargo, cada fragmento era intensamen te vibrante, y
la rodeaba.
Una vez, se sintió correr. El roce agradable y firme de
los músculos al deslizarse, de las perspec tivas reduciéndose por el impulso de
la veloci dad…, y entonces se encontró sumida en un frío vacío negro, el sol
bloqueado por montañas movedizas. Esas sombras húmedas rebullían de olores
acres. El aire duro y abrasador se le metió por la nariz.
El terreno (como una llanura de capas gris plomizo) se
deslizaba bajo sus pies invisibles, agitándose como un mar granuloso, veteado
de tormentas. Dulces olores inundaron sus sentidos, estallaron en húmedo
verdor, y Cley se topó con otra sacudida de veloces impresiones. De
profundidades insondables. Y luego de fuerzas aceitosas que reptaban por su
piel. Continuó y continuó, una riada que no podía controlar ni sondear.
Pero en ocasiones sentía pálidas inmensidades trabajando a
enormes distancias, como icebergs surgiendo de un océano sacudido por los
huracanes.
Tenuemente distinguió atisbos de una mente infantil,
incomparablemente grande, y reconoció a Vanamonde. Vio que había surcado el
sistema solar, bloqueando los ataques de la Mente Loca. Ella le debía la vida,
pues de otro modo la Mente la habría encontrado sin duda en su viaje exterior.
Bajo las airadas olas que la barrían, Cley sentía
corrientes infinitesimales, diminutas voces aflau tadas. Las reconoció como
pertenecientes a la nue va hornada de ur-humanos, personalidades uniformes
moteadas por puntos de tensión cinestésica. Todos eran como unidades
elementales en un enorme circuito, sirviendo como componentes que repartían
mensajes y fuerzas que ya no podían reconocer, igual que un hilo de cobre
ignora lo que es un electrón.
Y Buscador estaba allí. No el Buscador que ella conocía,
sino algo extraño y con muchas patas, inmenso, corriendo con gracia atemporal
sobre la llanura gris sin fisuras.
¿O se trataba de muchos Buscadores? Toda la especie, una
raza que había surgido mucho después de los ur-humanos y que ahora era
igualmente antigua, una raza que se había esforzado por vivir y se había
perdido y había vuelto a vivir, curtida y desaparecida en silencio, que se
asomaba al futuro con una risa hueca, casi un ladrido, aún poderosa y siempre
preguntándose, como debe hacer toda vida, aún peligrosa y en movimiento.
Y algo más.
Buscador. Estaba enzarzado de algún modo en niveles que
ella sólo podía atisbar. Buscador se debatía en lo que a Cley le pareció una
esfera de cristal, luminosa, viva. Sin embargo, la mota que brillaba en el
centro de la esfera era una estrella.
Entonces sintió a los seres de plasma. Redes de campos y
gas ionizado se deslizaban como pe ces a través de la negrura. Convergían hacia
el sis tema Jove. Grandes rayos azules que rebullían lentamente se abrían paso
hacia las balsas de vida que allí orbitaban. El simple remolino dejado por su
paso manchaba amplias zonas de vida espacial. Las lanzas quebraban a seres del
tamaño de mundos enteros.
El mordiente dolor de todo aquello hizo que Cley se
retorciera y gritase. Sus ojos se abrieron una vez y entonces descubrió que
tenía las uñas clavadas en las palmas, y que su sangre escarlata manchaba sus
brazos. Pero no pudo detenerse.
Sus ojos se cerraron contra su voluntad. Una sensación de
hinchazón se apoderó de ella. Se sintió ampliada, envolviendo el espacio a su
alrededor como si ella misma fuera un sol gigante que curvara rayos de luz.
Sabía que esto significaba que de algún modo había sido
incorporada a Vanamonde. Pero al ins tante otra presencia lamió su mente. Se
sintió atrapada en una grieta, aplastada, y luego sacada de un tirón, para ser
lanzada a un pantano negro y caliente.
La Mente Loca la tenía. Apretaba, corno si ella fuera
fruta húmeda que escupiera semillas.
(una naranja, encogida por la edad, marrón y agujereada,
cubierta de gusanos blancos que sorbían la riqueza interna)
Vio esto de repente. La boca se le hizo agua. Tenía que
apartar los repulsivos gusanos antes de poder comer. Envió un fuego y lavó la
naranja con su llama dorada. Gritando, los gusanos se abrieron.
(y la naranja era un planeta)
Limpia y pura y liberada de la misma atmósfe ra que había
contenido a los blandos gusanos.
(y los gusanos, lanzados al olvido)
Eran escamosos, con cuatro patas, rápidos de mente. Pero
no lo suficientemente veloces. Ape nas comprendieron lo que los apartaba de las
fau ces en el centro de la galaxia.
Cley fue la naranja y luego el fuego y luego los gusanos y
después, con largos jadeos entrecorta dos, otra vez el fuego.
Era bueno ser el fuego. Bueno saltar y quemar y crepitar y
volver a saltar.
Mucho mejor que arrastrarse y morder y sorber y defecar y
morir.
Mejor, sí, que flotar y correr y titilar con fue gos
blanquiazules. Colgar en cortinas entre las es trellas y ser más grande que
ningún sol que jamás hubiera ardido. Rugir a las enjoyadas estrellas.
Mejor saber y temblar y apestar. Rozar contra los débiles
coágulos de campos magnéticos entre lazados, sumarse a sus lentos valses. Acuchillar
y lastimar y seguir haciendo daño cuando las semi llas magnéticas se plantaban
a tus pies, rotas, con vertidas en polvo.
Mejor ser de nuevo un apetito móvil, una inte ligencia
mayor que los sistemas solares. El placer rebullía en su hedor, más brusco y
musculoso a cada movimiento.
(y ella se soltó de él un instante, en lo que pa recía un
espacio abierto y fresco, vacío de la agita da violencia…)
¡Ah!, pensó con alivio.
Pero era simplemente otra parte de la Mente Loca. Aceitosa
y viscosa y parecida a una serpien te, y se deslizó sobre ella. Se introdujo en
sus oí dos. Subió por su vagina. Profundamente, buscando sus ovarios. Bajó por
su garganta, tanteando con fluida insistencia.
El hedor se alzó y la mordió. Su afilado pico cortó y
entonces tuvo un atisbo de lo que era la lucha exterior.
De repente supo que ahora podía sentir abstracciones. La
división entre pensamiento y sensación, tan fundamental para el ser humano,
quedó reducida a añicos por el loco huracán de la Mente.
Atrapada, comprendió.
La Mente Loca sostenía que este universo era una de las
muchas burbujas que se expandían a la deriva dentro de un metauniverso. La
nuestra no era más que una de las posibilidades en un cosmos imposible de
contar.
Creía que la gran aventura de las formas de vida avanzadas
era trascender la mera burbuja que veíamos como nuestro universo. Tal vez había
ci vilizaciones de esencia inimaginable al otro lado de la misma curvatura del
cosmos. La Mente Loca deseaba crear un túnel que abriera un agujero en nuestro
universo-burbuja y se extendiera a los de más.
Una oscuridad viscosa se arrastraba, como si fuera un
conjunto de dedos. Ideas tranquilizadoras la acunaron.
Vio que el Imperio Galáctico era un puñado podrido de
insectos. Cuando se detuvo a verlos mejor, tenían todas las formas, y
charlaban, llenos de charla sin sentido.
Mucho tiempo atrás, algunas de aquellas ali mañas habían
escapado, recordó, atravesando los velos situados más allá de la galaxia.
Salieron a tra vés de cadenas de galaxias, siguiendo trazos de luz. Abarcando
las grandes criptas y vacíos donde sólo ardían unas cuantas chispas luminosas.
Esos gusanos del Imperio habían desapareci do, dejando
heces que se convirtieron en ciudades petrificadas: Diaspar, Lys.
Y en todas las demás partes de los brazos en espiral,
otras razas se habían reducido en sus éxta sis obsesivos.
¿Pero debía el sagrado fuego seguir al Imperio a través de
la curva de este universo? ¿Debería perseguirlo la Mente?
Cley supo al instante que esos objetivos eran mezquinos.
La materia de las mentes-gusano.
No…, mucho más grande era escapar por com pleto a las
ataduras de este universo. No simplemente viajar en él. No simplemente surcar
su abrazo.
Cley se debatió, pero no pudo encontrar una salida al
asfixiante calor negro que se le metía por la garganta, por las entrañas.
Sintió débilmente que aquellas turgentes sen saciones
eran, de hecho, ideas. No podía comprenderlas como frías abstracciones.
Apestaban y la golpeaban, la cortaban y la laceraban, la rozaban y la
atravesaban.
Y en este escenario las ideas se movían como actores
monstruosos, capaces de cualquier cosa.
Ahora comprendió, en cuanto pudo formar la pregunta, lo
que quería la Locura que la cubría. Deseaba crear profundos pozos en el
espacio-tiempo. Comprimir la materia para conseguir esto requería a cambio la
cooperación de muchas mentes magnéticas, pues al final sólo la inteligencia
fríamente divorciada de la materia podría controlarla de verdad.
El riesgo de una aventura de aquellas caracte rísticas era
la destrucción de la galaxia entera. Ha bía que crear y comprimir materia
nueva. Esto podría curvar lo suficiente el espacio-tiempo para atrapar a la
galaxia en una esfera autocontraída, apartada del Universo mientras sangraba
hacia dentro en un pozo gravitacional abierto.
La galaxia no podía aceptar ese peligro. Las mentes
magnéticas habían debatido la sabiduría de esa aventura mientras la Mente Loca
estuvo confinada. Su discusión fue desapasionada, pues no estaban amenazadas.
Las inteligencias magnéticas podían seguir a la Mente Loca más allá de aquel
olvido geométrico, pues no estaban atadas al destino de la simple materia.
Pero la galaxia rebosaba de vida menor. Y en los últimos
mil millones de años, mientras la hu manidad dormía en Diaspar, la vida se
había inte grado.
La mayoría de las estrellas cercanas rebosaban de
incontables entidades, unidas a planetas u orbi tándolos. Más allá, entre los
soles, las estructuras magnéticas contemplaban todo esto con espíritu
reflexivo. Su incapacidad para trascender la velo cidad de la luz excepto en
puntos diminutos im plicaba que ellas, las más grandes inteligencias, hablaban
lentamente a través de los abismos de los brazos galácticos.
Y sin embargo, despacio, muy despacio, a tra vés de estos
enlaces había surgido una auténtica Mente Galáctica. Había sido llevada a
niveles más complejos de percepción por el conocimiento seguro de que, tarde o
temprano, la Mente Loca es caparía.
Así, las bestias magnéticas no pudieron aban donar la
materia a la extinción. Se habían unido antes contra el experimento de la Mente
Loca, y ahora se dispusieron a aplastarla de nuevo antes de que pudiera
comprimir la masa.
Cley vio todo esto en un intento de pugna, mientras nadaba
en una blanca bruma satinada, y luego, mucho después, a través de capas de colo
res de sangre y bronce. Era como una nave ciega, a la deriva, donde sólo
funcionaba el giroscopio de sus sentidos.
El dolor empezó entonces.
Rugió a través de ella. Si una vez se había consi derado a
sí misma y a los otros ur-humanos como elementos de un circuito eléctrico,
ahora com prendió lo que eso podía significar.
La agonía fue intemporal. Abrió la boca, sacó la lengua,
rosada y ardiente. Los ojos rebullían en sus cuencas, aunque todavía una mano
gigantesca que le sujetaba la nariz los mantenía cerrados. Sin tió pánico, y
luego fue más allá, a un ansia, a una necesidad de extinción simplemente por
escapar del terror. Su agonía carecía de rasgos. El paso del tiempo no la
consolaba. Su vida anterior, sus re cuerdos, sus placeres… todo quedaba
reducido a la nada junto a la gigantesca montaña de su dolor.
Deseó gritar. ¡Alvin! Los músculos se negaban a soltarse
en su garganta, en su rostro. El tormento atemporal la convirtió en una
estatua.
Y entonces, sin transición, se encontró de pie, el agua
cayendo en cascada a su alrededor, el pelo revuelto, los hombros y pechos
cubiertos de man chas jabonosas. Su piel brillaba y se fundía y sus pezones
eran gruesas espitas. Producían burbujas y dejaban caer ricas gotas. El aire
lamía ansiosamente las lágrimas mientras caían. Cley tenía los ojos cerrados,
pero podía sentir el pulso en su gar ganta, la humedad de seda deslizarse sobre
sus pe chos bamboleantes.
Supo que también esto era parte de la Mente. O un último
beso de despedida por su parte. Pues estaba verdaderamente loca, y contenía en
su inte rior una madeja que los humanos veían como amor, u odio, o maligna
resolución. Pero eran ca tegorías aplicables a una especie. Ya no describían
otra clase de ser, igual que los violines y los tam bores no describen una
tormenta.
Parte de esta locura era humana. Atrapada en hélices
magnéticas yacía la mentalidad del hombre. Varias razas habían creado a la
Mente y cada una dejó su firma.
La ambición de la Mente por escapar de las bandas del
espacio-tiempo nacía de la humanidad. Y envueltas en el dolor había vetas de
antigua culpa.
Cley comprendió que Alvin sabía esto. Era parte del peso
que llevaba consigo.
La Mente procedía también de un sustrato de seres
magnéticos. Los sintió ahora, poderosos y extraños.
Deambulaban por el sistema solar. Sus inteli gencias no
eran superiores ni inferiores a las de los humanos, pues no habían nacido de
las fuerzas evolutivas que habían impulsado a la humanidad a resolver
problemas. Habían sobrevivido alterando sus percepciones. Cley no podía
imaginar siquiera cómo había sido esto posible.
Pero durante un leve instante pudo atisbar a la humanidad
desde su punto de vista.
Una gran águila gravitaba en el negro espacio, cerca de un
planeta sulfuroso, agitando perezosa mente sus largas alas. Sus ojos aguzados
como un diamante brillaban. Tenía el pico entreabierto, co mo dispuesto a
emitir una canción estridente. Cley contempló el movimiento de las inmensas
plumas durante un rato, mientras los músculos se hinchaban bajo las alas. Sólo
entonces vio que el ave volaba hacia un sol distante, una estrella roja y
salpicada de inmensos destellos cromáticos.
Y a lo largo de las inmensas alas se acurruca ban pequeños
insectos aterrados. En la punta de un ala se alzaban pirámides. Montañas de
blancas cimas cubrían amplias llanuras, que a su vez conducían a altas ciudades
de plata. A lo largo de las alas se extendían eras de grandeza y largas noches
de desesperación. Pero siempre el fermento, las destacadas torres de ambición
sin límites, las ruiñas polvorientas provocadas por el desgaste y el fracaso.
En la punta de la otra ala se extendían tierras cubiertas de niebla cuyos
detalles no podía distinguir.
La humanidad. Todo lo que había llevado ese nombre se
encontraba bajo aquellos ojos brillan tes, estaba allí.
Reunida en el largo tapiz del tiempo, a lomos del águila.
Se debatían y luchaban y sólo veían su limitado momento. No sabían que volaban
entre esferas ilegibles, en el aire perfumado de la noche eterna.
Mientras el ave pasaba volando junto a ella, se volvió.
Los brillantes ojos negros la miraron una vez, y el pico se abrió levemente.
Entonces de pronto se giró y siguió volando. Intensa. Decidida.
Se produjo un momento como una palabra in mensa a punto de
ser dicha.
Y entonces se acabó.
Cley se sentó. Las enredaderas que la sujeta ban eran como
aliento caliente y rasposo.
Vomitó con violencia. Tosió. Jadeó.
La sangre se había coagulado en sus muñecas. Las uñas se
le habían roto. Tenía las puntas ente rradas en las palmas. Aturdida, Cley se
las lamió.
- Toma una rata -dijo Buscador. Tendió un verde manjar
atravesado en un palo.
¡Alvin!
Ella sacudió la cabeza y volvió a vomitar.
- Se acabó -dijo Buscador.
- Yo… ¿Quién ha ganado?
- Nosotros.
- ¿Qué…, qué…?
- ¿Pérdidas? -Buscador hizo una pausa co mo si escuchara
una canción lejana y agradable-. Miles de millones de vidas. Miles de millones
de amores, que es otra forma de contar.
Cley cerró los ojos y sintió un extraño eco seco de la voz
de Buscador. Este era el talento de Busca dor. Gracias a él vio los grises
desiertos arrasados que se extendían por todo el sistema solar. Cuer pos
aplastados y calcinados. Leviatanes expulsando sus entrañas al vacío. Lunas
fundidas y reduci das a escoria.
- ¿La Mente Loca?
- Devorada por nosotros -dijo Buscador.
- ¿Nosotros?
- La vida. La Mente Galáctica.
Ella todavía captaba filamentos de la visión de Buscador.
- Lo ves todo, ¿verdad?
- Sólo dentro del sistema solar. La velocidad de la luz lo
limita.
- ¿Toda la vida? ¿En todos los mundos?
- Y entre ellos.
- ¿Cómo puedes hacer eso?
Buscador alzó sus enormes orejas. Oleadas de ámbar y
amarillo se persiguieron a lo largo de su piel.
- Así.
- Bien, ¿pero qué es eso?
- Esto.
En un destello, ella vio la frágil y solitaria Tie rra,
ahora el más dolorido de todos los mundos.
Pero había sido dañada por los humanos; la Men te Loca no
la había arrasado. La Tierra centinela había jugado su papel y ahora podía
regresar a la oscuridad. O a la grandeza.
- ¿Qué le sucederá? -preguntó Cley en voz baja. Le dolía
todo el cuerpo, pero lo ignoró.
- ¿La Tierra? Imagino que los supras segui rán soñando
allí. -Buscador mordisqueó la rata con claro deleite.
- ¿Sólo soñar?
Buscador sacudió una zarpa, que acababa de quemarse con el
espetón. Gimió. Por la expresión vacía de sus ojos, Cley supo que había sufrido
mucho desde la última vez que lo vio, pero el animal no lo dejaba entrever en
su forma de hablar.
- Los sueños humanos pueden ser poderosos, como acabamos
de comprobar -dijo.
Durante un largo instante, a través del extraño talento
ilimitado de Buscador, Cley vio la Tierra encogerse hasta volverse
insignificante. Se convir tió en una mota dentro de una gran esfera, la misma
pelota brillante que había visto durante la batalla.
- ¿Qué es eso?
- Un oasis.
- ¿Todo el sistema solar?
- Un oasis biome, uno de los miles de millo nes esparcidos
por la galaxia. Entre ellos sólo viven los campos magnéticos. Y pequeños
viajeros de paso, claro.
- Ésta es tu «causa superior», ¿verdad? ¿Lo que dijiste
cuando Alvin te preguntó si ayudarías a defender el destino de la humanidad?
Buscador pedorreó ruidosamente.
- Era culpable de la herejía del humanismo.
- ¿Cómo puede eso ser herejía?
- ¿La devoción narcisista hacia las cosas humanas? «¿El
hombre es la medida de todas las co sas?» Es fácil.
- Bueno, tiene que hablar por su especie.
- Su género, querrás decir, si te incluyes a ti misma.
Cley frunció el ceño.
- No sé qué relación tengo con él. O qué uso me darán
ellos ahora.
- Compartís la igualdad de vuestro orden, que es quizá lo
más importante.
- ¿Orden?
- El orden de los primates. Un útil paso intermedio.
Poseéis la propiedad general de ver los he chos con claridad. Tus oídos oyen
los sonidos pro porcionalmente al logaritmo de la intensidad. De otro modo no
podrías oír una abeja zumbando y tolerar a la vez una palmada junto a tu oreja.
O ver a la vez a la luz de la Luna y al mediodía: tu visión es lo mismo.
- Son terriblemente útiles -dijo Cley, a la defensiva. No
entendía el razonamiento de Bus cador.
- Cierto, pero consideras el tiempo de la mis ma forma. Tu
percepción logarítmica refuerza el presente, reduciendo el pasado o el futuro.
Lo que sucedió en el desayuno reclama tanta atención como el origen del
universo.
Cley se encogió de hombros.
- Infiernos, tenemos que sobrevivir.
- Sí, e infierno es lo que conseguiréis de con tinuar con
vuestra herejía.
Ella dirigió a Buscador una mirada perpleja. Aquellas
palabras eran graves, pero Buscador se tumbó perezosamente y se balanceó entre
dos lia nas, usándolas para retorcerse en el aire y saltar.
- Habríais impedido la integración de nues tro osasis
biome con vuestros grandiosos planes -dijo entre jadeos.
Cley sintió un arrebato de irritación. ¿Quién era este
animal para ignorar la historia de mil millones de años de la humanidad?
- Mira, puede que no me gusten mucho Alvin y los demás,
pero…
- Vuestro problema es que contrariamente al sentido del
tiempo logarítmico, la evolución avanza exponencialmente. Y el argumento del
exponente es la complejidad de las formas de vida.
- ¿Y eso qué significa? -preguntó Cley, deci dida a
navegar sobre este tema en una nave práctica.
- Los organismos unicelulares tardaron mil millones de
años en aprender el truco de unir dos o más. El paso de los dinosaurios a los
ur-humanos requirió sólo cien millones. Y luego las máquinas inteligentes (de
acuerdo, un experimento que tuvo corta vida) requirieron sólo mil.
- Bus cador hizo una pirueta y aterrizó sobre un miem bro,
la lengua fuera.
- No parecéis mucho más avanzados que no sotros -dijo
Cley.
- ¿Cómo lo sabes? Si mi especie hubiera evo lucionado en
forma de nubes, no me divertiría con esto, ¿no? -Buscador tragó el resto de la
rata.
- Ni tampoco te divertirías arrastrándome por todo el
sistema solar.
- También está el deber.
- ¿A qué?
- Al sistema solar. Al biome.
- Yo… -empezó a decir ella, pero un grito taladrante
perforó su mente.
Era Seranis. Su gemido-talento rompió en una oleada de
pesar sin esperanza, la discordancia hir viendo con fragmentos de sonido.
Cley echó a correr, trastornada por el poder rechinante y
lastimero. Casi chocó con un hom bre en la espesura.
El la miró aturdido. Algo en su rostro inex presivo le
recordó de pronto a su padre.
- ¿Quién eres? -preguntó ella.
- No tengo… nombre.
- Bueno, qué… -Y entonces lo sintió por completo.
Ur-humano, una diminuta mota de ha bla-talento ronroneando en él.
Eras uno de esos enlaces que sentí, le envió.
Sí. Nos hemos… reunido. Tenemos miedo. Sus sentimientos
eran curiosamente planos y exentos de fervor.
Eres como un niño.
Soy como nosotros. La voz-talento no albergaba rencor, y
su rostro era suave y sin arrugas, aun que se trataba de un hombre adulto.
Ella miró más allá y vio a una docena de hombres y mujeres
con la misma altura y constitución.
¡Sois yo!
En cierto modo, respondió él mansamente.
De los ur-humanos llegó una oleada de blanda certificación.
El tiempo y los problemas no los habían tocado jamás.
La batalla, ¿cómo fue?, preguntó Cley.
¡Muy divertida!, respondió una mujer. Nunca habíamos hecho
algo así.
- Bien, ni volveréis a hacerlo -dijo Cley en voz alta.
Prefería la sensación concreta del habla a la sensación de dejar caer piedras
en un profundo pozo-. Pero mirad, ¿qué…?
Entonces vio el cuerpo. Los ur-humanos lo llevaban entre
ellos en la baja gravedad.
- ¡Alvin!
Seranis seguía el cadáver, la cara de piedra, el cuerpo
envarado, sin emitir ahora ningún rastro de talento.
- ¿Qué sucedió? -preguntó Cley al hombre.
- El… dio… demasiado. -La garganta infantil del hombre
sonaba áspera y temblorosa, como si nunca hubiera hablado antes.
Cley miró los ojos abiertos de Alvin. Una mancha azul de
venas reventadas les daba el aspecto de pequeños mares atrapados.
Seranis venía detrás de los blandos ur-humanos. No dijo ni
envió mentalmente nada.
Cley miró los ojos rotos y preocupados de Al vin y trató
de imaginar a qué se había enfrentado finalmente. Supo de pronto que de algún
modo la había liberado de la tenaza de la Mente Loca. Y el precio pagado fue
que su propia mente ardiera, que su propio cerebro se fundiera.
Tenía dignidad en la muerte, y Cley sintió una punzada de pérdida.
Alvin era extraño, pero ma jestuoso. Buscador estaba equivocado: los supras
seguían siendo esencialmente humanos, aunque ella nunca sería capaz de definir
lo que significaba aquello.
En el lapso de un latido sintió algo más allá de los
efectos cinestésicos que había cabalgado, más allá de las explicaciones que
había atisbado. Las retorcidas complicaciones de la ambición, el loco plan para
salir de su propio espacio-tiempo…
Eso era parte de aquello, sí.
Pero recordó las algas de los primeros océanos de la
Tierra, miles de millones de años antes. Vivían en las entrañas de animales,
bacterias ocultas en lu gares oscuros donde la química todavía sobrevivía sin
oxígeno. Recordó que su propia tribu las usaba como fermento en la fabricación
de cerveza. Si esas bacterias podían pensar, ¿qué sucedería con la es puma de
la cerveza? Como catalizadores, forma ban parte de procesos que las
trascendían, produciendo beneficios que no podían imaginar. Si pudieran saberlo,
se sentirían inconmensurablemente exaltadas.
Pero para los que producían los placeres casua les de la
cerveza, las bacterias estaban inimagina blemente por debajo del reino de la
importancia, eran meras heces de la evolución. Y las tenues per cepciones que
pudieran conseguir las algas apenas se parecerían a la verdadera naturaleza del
habla y la risa y la discusión que rebullían en las mentes que sentían los
agradables efectos de esa cerveza.
Su propia comprensión sobre la pasada lucha, ¿podría ser
similar? Era válida, tal vez, pero que daba empequeñecida por los abismos
insondables que separaban a las especies de los propósitos de entidades
enormemente distanciadas.
¿Podría estar relacionado de algún modo con lo que
Buscador había dicho sobre el tiempo loga rítmico y el crecimiento exponencial?
¿Que ella ni siquiera podría imaginar ese abismo?
La idea la sorprendió durante un instante atur didor.
Entonces desapareció y ella regresó a la có moda progresión lineal de los
acontecimientos que conocía.
Se apartó del cadáver. Los ur-humanos deam bularon
inseguros a su alrededor.
- Buscador, yo…, esta gente. Mi gente.
- Eso son -dijo Buscador tranquilamente, a su lado.
- ¿Puedo quedarme con ellos? Es decir, ¿pue do llevarlos
de vuelta? -Hizo un gesto hacia la cúpula transparente donde todavía giraba la
Tierra, cansada pero receptiva.
- Por supuesto. Los supras no podrían ayu darlos.
- Intentaré llevar a unos pocos al principio -dijo Cley
con cautela. La enormidad de ser madre de una raza la abrumaba-. Ya veremos
cómo sale.
- Nadie sondea la profundidad de un río sin ambos pies
-dijo Buscador.
Seranis había continuado su marcha, solemne y silenciosa,
sin mirar atrás. Cley se preguntó si volvería a ver a los supras.
Todos los ur-humanos estudiaron a Cley.
- ¿Crees que habrá un lugar para ellos?
- Si tú lo creas.
- ¿Y tú?
- Este es mi lugar. -Agitó una grasienta zar pa, señalando
la silenciosa inmensidad.
- El… ¿cómo lo llamas? ¿Sistema solar?
Las orejas de Buscador se doblaron y cambia ron de color
cinabrio al amarillo quemado.
- Ella dio a luz a la humanidad y su edad es la tercera
parte del Universo. Es la fuente de la vida eterna.
- Y tú…, tú eres su agente. ¿Verdad?
Buscador asintió y se echó a reír. O al menos eso le
pareció a Cley. Nunca estaba segura de esas cosas, y tal vez era lo mejor.
- Supongo que es tranquilizador ser parte de algo tan
grande.
- Desde luego. Alvin lo sabía. Pero lo describía como
interminables cadenas de mensajes re guladores entre mundos, de intrincada
interac ción, y por eso no comprendió el tema.
- ¿Qué tema?
- Alvin sólo vio metabolismo. Pasó por alto el sentido.
Buscador sacó otra rata y empezó a comer.
- ¿Fue «ella», tu sistema solar, lo que destruyó realmente
a la Mente Loca?
- Por supuesto.
- ¿Qué hay de los supras?
- Hicieron lo que debían. Ayudamos a esculpir sus usos.
- ¿Qué quieres decir? ¿«Ella» o «nosotros»?
- Ambos.
Cley suspiró.
- Bien. ¿Entonces los humanos no contaron para nada?
- Por supuesto. Aunque no como tú ima ginas.
- Me ayudaste a causa de tu biome, ¿verdad?
Buscador pareció captar la decepción de su voz.
- Ciertamente. Pero llegué a quererte. Eres un elemento
que no había abarcado.
- Sólo hice mi parte en el sistema solar -dijo Cley para
cubrir sus emociones (un manierismo muy humano, pensó amargamente).
- Así fue -respondió Buscador, frunciendo gravemente el
ceño.
- Venga, tenía otros motivos.
- Eran incidentales. -Buscador se abalanzó contra un
pájaro que pasaba, falló y aterrizó en una maraña de enredaderas. Cley se echó
a reír. ¿Era éste el superser que había visto surcando los planetas durante la
batalla? ¿La misma criatura que ahora se debatía entre las enredaderas,
babeando de irritación? ¿O había realmente una contradicción?
- Este biome…, ¿cómo es que le eres tan leal?
- Es la forma más elevada que puede evolucionar en este
universo…, hasta ahora. -Busca dor se retorció entre las gruesas enredaderas,
pero no consiguió liberarse. Mientras tanto, continuó hablando con tono
medido-. El biome ha estado presente en las leyes de gobierno desde el
principio, y surgió aquí como intrincadas redes de la antigua Tierra.
- Entonces Alvin tuvo su parte después de todo.
Buscador se debatió, enredándose aún más.
- Sólo una visión estrecha.
- Dijiste una vez que tenías contacto con todo.
Buscador sacudió la cabeza, frustrado.
- Con el todo y la nada.
- ¿Qué es «la nada»?
Buscador mordió una liana y la soltó.
- Cuando un ser pensante decide no pensar durante un rato.
- ¿El subconsciente?
- El transconsciente. La separación en seres aislados es
un rasgo de evolución en la era humana y de antes. Yo soy un fragmento de la
autoconcien cia que surgió de esa primera red, y ahora crezco.
- Parece muy rimbombante, Buscador de Pautas.
- Tú también eres una pauta -dijo Buscador suavemente.
- No me siento nada cósmica en este momen to -dijo Cley,
advirtiendo cuánto le dolía todo el cuerpo. Las palmas le latían. Se preguntó
si los su pras tendrían a mano algún milagro médico.
- El biome es corriente. No es una gran abstracción.
Buscador se liberó de las enredaderas.
- ¿Y tú eres el portero del sistema solar? -Cley sonrió
tristemente.
- En cierto modo. Una vez viajé a otro bio me, y…
Cley se sorprendió.
- ¿A otra estrella?
- Sí. Viajé para hablar con ese lejano biome. Era bastante
distinto.
- ¿Qué le dice un biome a otro?
- Al principio poco. Tuve dificultades.
- Creía que Buscador de Pautas podía hacerlo todo.
Buscador emitió su risa ladrido.
- Sólo lo que mis planetas nos permiten.
- ¿Ellos te enviaron?
- Sí. Con el tiempo, los biomes que existen en los brazos
en espiral se conectarán. Hay mucho trabajo que hacer para comprender a esos
extraños seres.
- ¿Los biomes son seres?
- Por supuesto. La evolución actúa más allá de la magnitud
de los individuos, o de las especies y filos. Los biomes son órdenes distintos
de seres.
Al decir esto, Buscador dejó de parecer una mascota
amistosa. Cley sintió extraños y silenciosos poderes en él.
- Buscador, hablas como si fueras el sistema solar.
- Lo somos.
Cley se echó a reír y acarició a Buscador bajo su amplia
barbilla.
- Bien, basta de palabras. Quienquiera que haya vencido,
no importa a qué precio, estamos vivos.
- Es mucho más importante que el biome viva.
- Sí, gracias a Dios.
- No hay de qué -dijo Buscador.


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