© Libro N° 3994. El Conde-Duque De Olivares. Marañón, Gregorio. Colección E.O. Julio 22 de
2017.
Título
original: © El Conde-Duque De
Olivares. Gregorio Marañón
Versión Original: © El Conde-Duque De Olivares.
Gregorio Marañón
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL CONDE-DUQUE DE OLIVARES
Gregorio Marañón
Sinopsis
El interés despertado
en el gran público por una obra así, de investigación y no de mero
entretenimiento, se explica por el prestigio de esta gran figura. Ha llegado el
momento de dar a este protagonista de uno de los más trascendentes reinados su
justa categoría: la del último genuino español de la época imperial; la de un
político excelente, pero de virtudes anacrónicas.
Prólogo
Introducción: la pasión de mandar
PRIMERA PARTE: LOS ANTECEDENTES
1. La herencia
2. Nacimiento y juventud
3. Años críticos. La conquista del Príncipe
SEGUNDA PARTE: EL CICLO DEL PODER PERSONAL
4. El ciclo del poder personal
TERCERA PARTE: EL HOMBRE
5. La figura
6. El humor
7. La lucha contra los Grandes
8. Los impulsos
9. Los defectos
10. Las calumnias
11. Quevedo y el Conde-Duque
12. El intelectual
13. Las virtudes
14. Los jesuitas y el Conde-Duque
15. Las hechicerías de Olivares
CUARTA PARTE: EL AMBIENTE
16. El pueblo
17. La familia real
18. El hogar
19. Las mujeres
20. El hijo bastardo
QUINTA PARTE: LA OBRA
21. La política exterior y regional
22. La política interior
SEXTA PARTE: LA CAÍDA
23. El proceso de la caída
24. La conspiración de las mujeres
25. La salida de Palacio
26. El destierro de Loeches
27. La batalla de El Nicandro
28. El crepúsculo de Toro
29. Enfermedad y muerte
APÉNDICES
APÉNDICE I: Notas sobre los historiadores modernos
del Conde-Duque
APÉNDICE II: Fuentes para la caída del Conde-Duque
APÉNDICE III: Fuentes para la enfermedad y muerte del
Conde-Duque
APÉNDICE IV: Notas sobre los versos contra el
Conde-Duque
APÉNDICE V: Explicación del escudo del Conde-Duque
APÉNDICE VI: Sobre la casa del Conde-Duque en Madrid
APÉNDICE VII: Escritura de venta de la casa de Don
Pedro de Herrera del Águila a Don Gaspar de Guzmán, Conde de Olivares (11 marzo
1620) (430)
APÉNDICE VIII: Criados de la Casa de Don Gaspar de
Guzmán (449)
APÉNDICE IX: Nota sobre Don Gaspar de Tebes, supuesto
hijo bastardo del Conde-Duque
APÉNDICE X: Sobre otro hijo bastardo del Conde-Duque
APÉNDICE XI: Nota sobre la biblioteca del Conde-Duque
APÉNDICE XII: Partida de defunción del Conde-Duque de
Olivares
APÉNDICE XIII: Partida de defunción de Don Enrique
Felípez de Guzmán
APÉNDICE XIV: Enterramientos en la Colegiata de
Olivares de los familiares del Conde-Duque
APÉNDICE XV: Enterramientos en Loeches
APÉNDICE XVI: Versos del Conde-Duque (215)
APÉNDICE XVII: Documento de gobierno del Conde-Duque
de Olivares al Rey, en 1621 (311)
APÉNDICE XVIII: Instrucción que dio en 1625 el
Conde-Duque a Felipe IV sobre el gobierno de España (Fragmentos) (331)
APÉNDICE XIX: Discurso del Conde-Duque en las Cortes
del Buen Retiro el 17 de enero de 1639
APÉNDICE XX: Informe del Conde-Duque al Rey sobre los
Infantes, sus hermanos (325)
APÉNDICE XXI: Advertimientos del Conde-Duque al Señor
Infante Don Carlos (329)
APÉNDICE XXII: Votos del Cardenal Borja y del
Conde-Duque de Olivares en el Consejo de Estado sobre la falta de cabezas
militares (343)
APÉNDICE XXIII: Cartas del Conde-Duque al Duque de
Fernandina (317-318)
APÉNDICE XXIV: Cartas del Duque de Alba y del
Conde-Duque de Olivares (351 y 360)
APÉNDICE XXV: Correspondencia entre Felipe IV y la
Condesa de Olivares, en Toro (39)
APÉNDICE XXVI: Carta del P. Oreña al Conde-Duque
sobre la muerte de Doña Marina de Escobar (llamada también «La Costurera de
Fuensaldaña») (380)
APÉNDICE XXVII: Resumen de las cartas de Quevedo,
después de su excarcelación
APÉNDICE XXVIII: Decreto de cesantía del Conde Duque
de Olivares
APÉNDICE XXIX: Carta del Marqués de Leganés al
Conde-Duque, a la caída de éste (356)
APÉNDICE XXX: Resumen de «El Nicandro» (406)
APÉNDICE XXXI: Resumen del Memorial del padre
Martínez Ripalda a Felipe IV (402)
APÉNDICE XXXII: Resumen de los pleitos de sucesión
del Conde-Duque (462 a 476)
APÉNDICE XXXIII: Nota sobre los cuadros de Rubens, de
la iglesia de Loeches
APÉNDICE XXXIV: Correspondencia entre Don José
González y Felipe IV sobre la salida de Palacio de la Condesa de Olivares
(374)826
APÉNDICE XXXV: Carta del Conde-Duque de Olivares al
Arzobispo-Obispo de Sigüenza827 (347)
RETRATOS
BIBLIOGRAFÍA
I Bibliografía General
II Bibliografía Especial
notes
El conde-duque de
Olivares
GREGORIO MARAÑÓN
POSADILLO
Espasa Libros, S.L.
©1936, Espasa Libros,
S.L.
Colección: Espasa forum
ISBN: 9788467022858
Generado con:
QualityEbook v0.74
El conde duque de
Olivares
La pasión de mandar
Gregorio Marañón, 1936
A Azorín, gran
historiador del alma de España.
Prólogo
Prólogo de la segunda
edición.
ESTA versión definitiva
de mi Conde-Duque de Olivares aparece tras otra, reducida al texto, sin citas
ni apéndices, publicada en las Ediciones Austral, de Espasa-Calpe (Buenos
Aires, 1940), y difundida con la amplitud usual en esa Colección, tan noble,
porque ha acertado a hacer compatible la suma dignidad editorial con el fácil
acceso a todas las manos. En este intervalo ha aparecido también una magnífica
versión alemana (München, 1940), traducida por Ludwig Pfandl y precedida de un
estudio, dilatado y profundo, del mismo inolvidable hispanista, al que dedico
aquí el recuerdo de gratitud que las circunstancias del mundo impidieron que,
en vida, llegara hasta él. Estas mismas circunstancias han retrasado la
aparición de las ediciones francesa e inglesa, ya en marcha. Mi deseo de
reivindicación de la figura del grande y desgraciado ministro de Felipe IV
está, pues, más que satisfecho.
Pero esto de
reivindicar exige alguna aclaración. En todos los tiempos ha habido escritores
adeptos al artificio de estudiar —estudiar en el mejor de los casos, porque
otras veces el estudio no aparece por ninguna parte— cualquier personaje
universalmente odiado y presentarle como un serafín. No ha habido límites en el
intento. Hasta los facinerosos declarados cuentan hoy con plumas apologéticas.
El resultado es infalible para el autor. Lo que este cambio inesperado de
posición, en la actitud crítica, tiene de escandaloso, asegura un núcleo
importante de lectores; si la defensa se hace con buena maña, acredita, aunque
no convenza, de hombre agudo al escritor; después de todo es así, defendiendo
malas causas a sabiendas de que lo eran, como han adquirido fama respetable los
grandes abogados; y, finalmente, en alguna ocasión, puede hasta haber una parte
de justicia en la apología.
La verdad es que, mucha
o poca, siempre hay ese punto de justicia en el elogio del hombre más
condenable. Las criaturas de Dios no son jamás enteramente perversas. No hay
hombre malo que no tenga algo bueno, podríamos decir de nuestros colegas de
especie, con las palabras que Don Quijote aplicó a los libros. Y, sobre todo,
en los personajes históricos, sujetos a la inevitable pasión de la crítica, es
mucho más fácil que en los del montón el que la veta de bondad, o por lo menos
de buen deseo frustrado, que nunca falta, haya quedado enterrada en el aluvión
de los denuestos. Desenterrarla es hacer Historia, y noble Historia.
Mi pretensión no ha
sido el convertir al político que vio deshacerse el Imperio español en un
héroe. Sino demostrar que, al lado de sus grandes defectos, Don Gaspar de
Guzmán tuvo virtudes notables y algunas excelsas; y que, por estas virtudes,
fue muy superior a la casi totalidad de los españoles de su tiempo. Fue él el
que recogió, por designio inescrutable de Dios, en sus fuertes manos, un mundo
que estaba ya deshecho. Su ambición de mandar no le impidió darse cuenta de que
todo se venía abajo, porque él lo vio, y más que lo dijo, lo gritó; y lo sufrió
en su alma de gran español. Lo que no supo fue sacrificar a tiempo su disfrute
del poder, y convertir el sacrificio en transacciones convenientes al bien
público. Acaso le disculpe lo que a muchos otros contumaces en el mando: la
leal incertidumbre de si lo que había de sucederle sería aún peor. Si esta duda
pasó por su mente, el tiempo le ha dado la razón.
En suma, hay una forma
de reivindicar que no es cambiar, por arbitraria prestidigitación, el insulto
en aplauso, sino tratar de reducir inteligentemente la figura que nos quieren
hacer pasar como demoníaca a sus proporciones de hombre. Nada más que esto me
propuse al estudiar al Conde-Duque de Olivares.
G. MARAÑÓN.
Toledo, diciembre 1944.
Prólogo de la tercera
edición.
En esta tercera edición
de la versión completa de mi libro, he añadido nuevos datos importantes y
algunos grabados, y he revisado otra vez el texto, purgándole de los pequeños
errores que aún tenía.
G. MARAÑÓN.
Toledo, julio 1952.
Introducción: la pasión
de mandar
POCOS temas pueden
interesar al hombre de hoy, por su importancia y por su estructuración
imperfecta, como el del instinto y la pasión de mandar. Cuando se habla de la
desigualdad humana y de sus posibles remedios, se comete por el común de las
gentes el error de localizar el problema en el simple aspecto del bienestar
material; y unos dicen: «Algún día no habrá pobres ni ricos.» Y otros: «Siempre
los habrá.» Pero el ser pobre o rico es una consecuencia lejana de otras cosas
que subsistirán, pese a todos los sueños de volver algún día a aquella
quimérica «y santa edad en que eran todas las cosas comunes»; de otras cosas
eternas, porque en ellas reside la razón del progreso humano. Y estas cosas
inmodificables, inagotables creadoras de una desigualdad mil veces más profunda
que la que divide a los hombres en pobres y ricos, se resumen y tienen su raíz
en un instinto tan fuerte como el de vivir y procrear, que es el instinto de la
superación: que no es lo mismo que el del mando, y hay que aclarar su distinción.
Los libros de
psicología hablan, en efecto, de un instinto de mando o de dominio, y frente a
él, de otro de sometimiento. Pero ambos son formas parciales del instinto,
mucho más general y fuerte, de la superación. Todo ser humano, aun el más
humilde y el más desesperanzado, tiene, despierto o latente, el instinto de la
superación, el ansia de diferenciarse ventajosamente, según los grados de su
tensión, del resto de todos los demás hombres de la tierra, de los de su país,
de los de su clase y oficio, del grupo de sus amigos, de sus familiares, en
fin. En cuanto se pierde este instinto, el espíritu del hombre se quiebra y
queda fuera de la corriente de la vida eficaz. Los médicos sabemos el papel
fundamental que el sentimiento de inferioridad juega en la creación de una
parte importantísima de las neurosis y psicosis, que inutilizan para el
progreso a centenares de hombres bien dotados.
El instinto de la
superación, fuente, pues, perenne y fecunda de desigualdad, tiene infinitos
aspectos y variedades. En unos hombres es una fuerza principalmente
cuantitativa, y les conduce a hacerlos más fuertes, más ricos, más fecundos en
obra social que los demás. En otros, su tono es mucho más cualitativo: se
aspira entonces a hacer algo que nos diferencie de los otros hombres por su
rareza, por su finura, por su originalidad en todos sus grados, desde el
inventor que revoluciona el progreso, hasta el pobre diablo que, incapaz de
diferenciarse por nada mejor, colecciona cosas inútiles y raras.
El instinto de
superación encuentra su cauce y su instrumento en todas las actividades
humanas, incluso en las antisociales y en las patológicas. Conduce a la
riqueza, al mando, a la gloria, al heroísmo, a la santidad, al crimen y a la
perversión sexual. Puede coincidir con los instintos fundamentales, el de la
conservación individual y el procreador, pues el superar a los otros hombres
facilita, por lo común, el auge personal y hace el amor propicio y la prole
fuerte. Pero también puede actuar en contra de ellos, y en esto reside una de
sus características más importantes: ninguno como él conduce voluntariamente a
la muerte, a la negación del individuo; o a la sexualidad infecunda, a la
negación de la especie; puesto que la gloria, uno de sus objetivos supremos, se
basa, a menudo, en la renunciación de todo lo mortal: de la sensualidad y de la
vida.
De este instinto de la
superación, decíamos, es el de la dominación, el de poder y mandar, sólo una
variedad. Lo demostraría, si no fuera por sí mismo evidente, el que en muchos
hombres el ansia de superar a los otros no supone, en modo alguno, el designio
de mandarles. Incluso hay formas —quizá las más altas— del ímpetu de
superación, que se basan en el sometimiento, como ocurre en la perfección
religiosa o en la renunciación al goce material del sabio o el filósofo,
insensibles a toda suerte de honores y prebendas. Otros hombres ansían el
poder, pero no como fin, sino como medio, como mero instrumento para el logro
de grados superiores de superación. Y, por último, en otro grupo de seres
humanos el mando es, por sí mismo, el fin de su instintivo afán: mandar por la
fruición pura de mandar, como el avaro ama el oro por el oro: por el gusto de
oírlo sonar en su bolsa. Ésta es la forma genuina de la pasión de mandar.
La cantidad de hombres
dominados de la pasión de mandar es inmensa. Lo que ocurre es que para
mostrarse en toda su plenitud necesita de circunstancias sociales muy
eventuales, no siempre coincidentes, que dan por ello de raro en raro ocasión a
su próspero desarrollo. La mayoría de los hombres dominados de la pasión de
mandar tienen que disimular su afán incumplido en profesiones en las que el
mando no tiene un cauce libre, sino que es un oficio reglamentado, como ocurre
en la milicia, o en actividades civiles que requieren la dirección de otros
hombres, desde el jefecillo político al capataz de una peonía. Conocí una vez,
en mi clínica, a un marino viejo, capitán de un barquito pequeño, al que hube
de aconsejar, por sus achaques, que se retirase a tierra. A los pocos meses me
escribió que no podía soportar la vida sin el mando de sus hombres en el
bergantín, que era, durante las largas travesías, un mundo donde sólo reinaba
él; y que se daba cuenta de que sólo por esto había sido capitán de barco.
Después de esta carta, que conservo, en la que, bajo su tosquedad
inortográfica, latía como un pulso inmenso, de satánico poderío, no volví a
saber más de este hombre, que, sin duda, pudo haber sido, con astros propicios,
un pirata, dueño de los mares, o un emperador.
Otras veces la vida
sofoca de tal modo el ímpetu del mando, que los hombres dotados de él buscan el
modo de ejercerlo y desahogarlo en toda clase de parodias. Por ejemplo: muchas
Asociaciones filantrópicas, culturales, deportivas o de otro orden, organizadas
con fines, en apariencia y en sus consecuencias, generosos y altruistas,
ocultan, en realidad un oscuro y atenazado designio de dominación, de poseer
una masa, por pequeña que sea, de gentes a quienes mandar y dirigir. Recuerdo
siempre un caso que me impresionó mucho. En una ciudad importante que visitaba
me invitaron a que viese un asilo de huérfanos, modelo de organización, que
existía en sus alrededores. Acepté, y me aconsejaron que hiciera la visita
acompañado de un hombre —me dijeron— extraordinario, humilde empleado del
centro oficial del que el asilo dependía, que voluntariamente había tomado
sobre sí la carga de la inspección del orfelinato; y dos veces al día, en
cuanto su trabajo burocrático le dejaba en libertad, acudía al Asilo y se
ocupaba, con inagotable amor y desinterés, de la vida de los niños, en sus
menores detalles. Hice, en efecto, con él la visita. Era un hombre oscuro,
inteligente y triste. Me enseñó toda la organización con la humildad y con la
minucia de un conserje bien informado; y dejó para el final la visita de los
comedores, para que pudiese ver en ellos reunidos a todos los niños. Y entonces
ocurrió el gran suceso. Entramos en la nave donde se celebraba la refacción,
doscientos muchachos, al verle, se pusieron en pie y gritaron: «¡Viva Don
Juan!» don Juan se transformó. Una ráfaga imperativa y orgullosa sacudió su
alma de caudillo, represada en una humanidad de oficinista, y, extendiendo la
mano, exclamó con una voz nueva: «Basta, basta; gracias y sentaos.» Comprendí
que la escena esta entre nuestro hombre —que jugaba con los niños, como los
niños con sus soldados de plomo— y sus legiones infantiles, se repetía casi a
diario y que con ella se alimentaba, a costa de su devoción y de sus
sacrificios, en apariencia gratuitos, el hambre de mandar, que era su más
fuerte potencia instintiva.
Hay, finalmente, seres
humanos en los que la necesidad del poderío directo no encuentra nunca ni el
cauce genuino ni sus posibles sustitutos y sublimaciones. Y esta insatisfacción
radical puede desviarlos por las rutas anormales con tanta violencia como a
otros hombres el sentimiento aniquilador de la inferioridad.
Pero cuando el hombre
rebosante de la pasión de mandar encuentra el ambiente social favorable, esa
pasión florece a sus anchas, corre por su cauce libre y entonces aparece el
caudillo, el dictador, el conductor de muchedumbres. Es éste, pues, en todos los
casos no el fruto puro de su jerarquía humana, sino el producto de una
conjunción afortunada de ésta con el factor misterioso de la «circunstancia»
propicia. De aquí la profunda verdad de la frase hecha de que en cada rebotica
de pueblo, o en cada taller de trabajadores oscuros, puede estar escondido el
héroe inédito, pero cuya trayectoria de ambición tiene que tocar, por azar
sobrenatural, para hacerse fecunda, con la órbita de una gran conmoción humana:
revolución, guerra, relajación de la estructura social o cualquiera otro de los
grandes acontecimientos que turban hasta su raíz el curso de la Historia. De
aquí también el que con frecuencia el gran caudillo no sea un ejemplar humano
excelso; porque la parte que pone en su triunfo lo extraño a su personalidad,
el ambiente, puede ser tan propicio que casi baste para subirle a la cumbre.
Este factor externo, lo que se llama «suerte», en ninguna otra actividad humana
tiene, sin duda, la importancia —o por lo menos la resonancia— que aquí.
El estudio de las
condiciones en que se puede producir esa conjunción de la pasión intrínseca de
mandar con el ambiente propicio, para producir al gran dominador de hombres, ha
ocupado muchas de las horas libres de otras preocupaciones mías; horas que, como
no sé jugar a las cartas, quisiera que no dejaran de ser fecundas en la medida
de mi limitación. De ellas ha nacido este estudio. Y como mi condición
naturalista me lleva, por hábito y por convicción, a huir de las teorías, he
preferido escribir sencillamente la vida de uno de los hombres que alcanzaron
con mayor plenitud la satisfacción de su ímpetu de dominar a los demás. Ya sé
que la vida de un hombre no es más que un ejemplo y que puede ser una
excepción. Pero su limitación se compensa con lo que todo lo que es objetivo
tiene de permanente e inmodificable y de manantial que no se agota de
sugestiones nuevas.
He aquí la razón de
esta biografía y el sentido psicológico y no meramente histórico y narrativo
con que ha sido compuesta. Y he aquí por qué me excuso de antemano ante los
historiadores, pues no tengo ni su técnica ni su erudición; así como me entrego
sin reservas al juicio del biólogo y del lector en general.
En la elección del
arquetipo de estas reflexiones sobre la pasión de mandar —el Conde-Duque de
Olivares— ha influido, además, el deseo de completar y rectificar la vida, muy
mal conocida, de este personaje, tan amigo de los españoles, que desde niños
hemos visto atravesar por la Historia, galopando en su caballo castaño, con
aire imperativo y fanfarrón.
PRIMERA PARTE: LOS
ANTECEDENTES
1. La herencia
El abuelo: Don Pedro,
el guerrero
DON Gaspar de Guzmán y
Pimentel, Rivera y Velasco y de Tovar, Conde-Duque de Olivares, del que en este
libro voy a ocuparme, pertenecía a una familia famosa, cuya historia, bien
conocida de los heraldistas y popularizada en el vulgo por la hazaña del que en
Tarifa sacrificó por la patria a su hijo, no es de este lugar. En el Epitome
que de ella escribió Juan Alonso Martínez Calderón1 bien que con las naturales
exageraciones de los apologistas de la Nobleza, se leen las vidas de estos
inquietos y hazañosos señores, de uno y otro sexo, desde su remoto origen; y
esta lectura nos explica que la herencia fuera pródiga, todavía en el siglo de
la declinación de los Austrias, en Guzmanes soberbios y ávidos de poder. Por
aquellos años hubo un brote explosivo, pero el postrero del linaje, en Doña Luisa
de Guzmán, la verdadera autora de la sublevación portuguesa y de la
independencia de esta nación; en Medina-Sidonia y Ayamonte, ambos Guzmanes, por
cuya mente pasó la tentación de hacer un reino independiente de Andalucía; y,
por fin, en Don Gaspar que, con iguales ambiciones, pero con mayor rectitud,
llegó a ser el Valido de un Monarca sin voluntad. Rey de otro Rey, y, a través
de él, dueño absoluto del Imperio español, durante más de veinte años, hasta
que sobrevino la desmembración peninsular y, con ella, su desgracia.
Tan larga e insigne
herencia influyó decisivamente en el espíritu y en las acciones del
Conde-Duque; pero para trazar sus antecedentes eficaces nos basta con tomar su
sangre de más cerca: en su abuelo Don Pedro, primer Conde de Olivares,
sevillano, criado en Béjar2, hermano del Duque de Medina-Sidonia, con el que
tuvo pleitos que Novoa califica de «ni decentes ni religiosos». Era, según
puede verse en el retrato de F. Pourbus3, hombre robusto, de faz enérgica y
bondadosa, parecido en su conjunto a su nieto Don Gaspar. Fue gran guerreador,
sobre todo durante las Comunidades, en las que, en bando oficial, redujo a
Sevilla y allanó a Andujar y Linares y al Corral de Almaguer de gente, entonces
como ahora, muy alborotada por la libertad. Sitió a Toledo, y los partidarios
de la famosa Doña María de Padilla le hirieron muchas veces junto al castillo
de San Servando4 y le prendieron. Por todo ello ganó el hábito de Calatrava, el
Condado de Olivares y la amistad de Carlos V, al que siguió en las jornadas de
Italia, Túnez, Flandes y Alemania. Felipe II le dio nuevas mercedes. Murió
viejo. Fue también poeta y no del montón5. De él heredó, pues, su nieto, a más
de los rasgos físicos, el afán de ganar batallas, aunque éste no en el campo,
sino desde su bufete; y la afición literaria.
La abuela: la sangre
papelista
Casó este Don Pedro con
una señora toledana, Doña Francisca de Ribera Niño. Como fundadores del Condado
de Olivares el genealogista de cámara del Conde-Duque pondera, y con motivos,
el lustre de la sangre de los Niños. Doña Francisca era Niño por su madre,
aunque, como entonces ocurría con frecuencia, llevaba este apellido y no el
paterno. Su padre era Don Lope de Conchillos, y por más que el heraldista
encarece también la nobleza de este insigne apellido6, se advierte el esfuerzo
con que trata de sacarle un brillo que no desmerezca del de los Niños y
Guzmanes. Pero a nosotros nos interesa la herencia en cuanto fuerza biológica,
en cuyo aspecto su eficacia no siempre coincide con el rango heráldico; antes
bien, muchas veces, el genio de las grandes estirpes no procede de las claras
raíces del árbol genealógico, sino de ciertos injertos de savia menos insigne,
pero más poderosa, ya legítima, ya del orden de aquellos «insultos de alguna
fecunda alevosía» que, según el padre Feijoo, sufren inevitablemente alguno o
algunos de «los tálamos que se cuentan en una serie genealógica». Y en este
sentido hemos de destacar la importancia de Don Lope de Conchillos para
explicarnos a nuestro Conde-Duque. Era Don Lope, según el apologista, «de
familia de las más estimadas y calificadas en el reino de Aragón»; gente
letrada y trabajadora; y, en esta actividad, Don Lope alcanzó el puesto de
secretario de Carlos V, con el cual vino a Toledo. El maligno Novoa disminuye
su categoría y le llama «hombre criado de la pluma»7, sin duda para mortificar,
ante la posteridad, el orgullo del Conde-Duque. Mas no tiene duda que este
hombre de bufete, medio escondido entre el follaje magnífico de reyes,
capitanes y santos del árbol de los Guzmanes, es el que tuerce la vena heroica
de la familia y la inyecta el gusto y la pasión por los papeles. Es Don Lope el
primer «papelista» de la estirpe, abuelo del «gran papelista», como se llamó a
Don Enrique, el embajador en Roma, padre del Conde-Duque, y bisabuelo de éste,
de Don Gaspar, que en el amor a los oficios de pluma eclipsó a su mismo
progenitor.
De los varios hijos de
Conchillos había una Doña Francisca, que poseía la nobleza suprema que da la
hermosura; y por ser bellísima casó nada menos que con Don Pedro López de
Ayala, tercer Conde de Fuensalida, es decir, una de las más altas figuras de la
Nobleza toledana. Murió pronto Don Pedro, en aquel palacio vecino de la iglesia
de Santo Tomé, que guarda el milagro del Conde de Orgaz en el lienzo del Greco;
quizá, en el mismo aposento donde, más adelante, había de morir también la
Emperatriz Doña Isabel. El otro Don Pedro, el de Olivares, vencedor de los
comuneros, y en edad y condiciones de casarse, se fijó en esta «viuda, de poca
edad, rica y muy hermosa», de jerarquía insigne, por su sangre y por su primer
matrimonio; y sobre todo esto, virtuosísima. Hubo boda; y la vida confirmó el
acierto de la elección del guerrero, pues el noble hogar fue modelo de seriedad
y bienandanza; tradición que heredaron los de su hijo y nieto, en medio de la
corrupción de costumbres que invadía ya la sociedad española y aseguraba el
ocaso del Imperio. Son las tres Condesas de Olivares, a saber: esta Doña
Francisca de Rivera y Niño, esposa de Don Pedro; Doña María Pimentel, consorte
de Don Enrique, y Doña Inés de Zúñiga, la del Conde-Duque, tres ejemplares
admirables de esas mujeres españolas, de todos los tiempos y de todas las
clases sociales, colaboradoras calladas de la obra del esposo, sostén y lustre
del hogar; de fina inteligencia; rectas hasta el heroísmo y quizá un tanto
demasiado puritanas. Sin duda, han sido y son ellas las depositarías de las
virtudes esenciales de la raza y las transmisoras de su vitalidad moral a
través de los accidentes infinitos de nuestra historia.
Fueron nueve los hijos
del matrimonio toledano: el mayor, Don Enrique, padre del futuro Conde-Duque.
Los demás, según el sexo, se repartieron en el servicio de Palacio, en el
convento o en la milicia. Uno, Don Juan, alcanzó la gloria de acompañar a Don Juan
de Austria en Lepanto. Citemos, tan sólo, el tercero. Don Pedro, gentilhombre
del Príncipe, futuro Felipe III, que, según Novoa, obraba «con aspereza de
condición»: después de ofender, se enojaba «y más parecía el agredido que el
agresor, y él se tiraba a sí la piedra». Tenía gran ambición cortesana y sentía
celos violentos del Marqués de Denia, favorito del Príncipe8.
Queda, pues, como poso
de esta primera generación de Olivares, el espíritu guerreador y dominante de
Don Pedro; sus aficiones poéticas y su hombría intachable; la afición
burocrática, transmitida del abuelo materno; las grandes virtudes de castellana
austeridad y rectitud de la hermosa madre, Doña Francisca; y una vena de
iracundia y arbitrariedad y emulación de validez cortesana, que aparece de un
modo esporádico, pero muy significativo, en uno de los hijos. Y ahora pasemos
al progenitor del Conde-Duque.
El padre: Don Enrique,
el irascible
Don Enrique, segundo
Conde de Olivares, padre de Don Gaspar, fue, sin duda, hombre de excepción y
merece un estudio más detenido, porque la vida del Conde-Duque no se comprende
bien sin el antecedente de su padre. En Don Enrique culminó la bola de nieve de
la voluntad de poder que venía preparando la herencia en los Guzmanes; y si no
pasó de embajador fue porque tuvo el tope de un Rey lleno de inmensa autoridad,
Felipe II. Al reinar su nieto, Felipe IV, de voluntad tan blanda como la cera,
el tope real fue desbordado por Don Gaspar, que era tan ambicioso, aunque
estaba tal vez peor dotado que su progenitor9. Es indudable que Don Enrique, al
lado de un Felipe IV, hubiera sido ministro omnipotente, con mayor plenitud y
acaso con mejor acierto que su hijo.
No he podido ver más
retrato de Don Enrique que el que publica Parrino, que no merece ningún
comentario por su probable arbitrariedad10. Pero, en cambio, los datos que las
historias y los libros transmiten de él permiten una acabada pintura de su
temperamento.
Nació Don Enrique el 1
de marzo de 1540, en Madrid, «aunque tiene su naturaleza en Sevilla, y en ella
y en la corte pasó todos los años de su niñez y mocedad». Su iniciación en el
servicio de Palacio fue muy precoz; y ya de catorce años le vemos seguir con su
padre Don Pedro a Felipe II, en los viajes que hizo por Europa, siendo
Príncipe; y, como paje, le acompañó en la jornada de Inglaterra en 1554, cuando
Don Felipe fue a casarse «con Miladi María, Reina propietaria de aquel
reino»11. Estuvo luego en la guerra de Nápoles y en la batalla de San Quintín,
donde fue herido en una pierna, quedando cojo, circunstancia que aprovechaba
después como pretexto para no ir más que adonde quería12. El Rey debió
profesarle afecto singular; y en la elección de sus hombres de servicio era,
aunque con algunas fallas, muy agudo Felipe II. Constan en el Epítome varias
cartas reales que lo demuestran, así como en la correspondencia que se cruzó
entre ambos durante la larga embajada de Roma, de que ahora hablaremos13.
Mas el joven Conde, a
pesar de sus primeras venturas, no tenía aficiones guerreras. Pesaba en él más
la herencia del abuelo materno, el secretario toledano y el ambiente de su Rey,
Don Felipe, el gran burócrata; y, en efecto, muy joven aún, se encarriló por
las vías civiles y fue embajador extraordinario de Francia para el nuevo
matrimonio del Rey con la Reina Isabel. «Su capacidad —dice Martínez Calderón—
era mayor que sus años.» Heredó su casa, al morir su padre, en 1569, a los
veintinueve años, y continuó sirviendo en misiones de confianza del Monarca,
hasta que en junio de 1582, y a los cuarenta y dos años, fue enviado como
embajador a Roma, durando la Embajada hasta 1591, «que fueron diez años, poco
más o menos, que es el mayor crédito que acertó a servir, pues raras veces
pasaron de tres años». Trató en este tiempo con los Papas Gregorio XIII, Sixto
V y Gregorio XIV.
El mismo Novoa reconoce
que en esta Embajada y en los Virreinatos de Sicilia y Nápoles, que le
sucedieron, «dijeron de su cabeza los que la experimentaron en aquellos tiempos
que era considerable y que trató las materias que sucedieron con discreción y agudeza».
Fuera de estas palabras, de gran valor, por venir de tan fiero enemigo de la
familia, se recoge idéntica impresión de todos los testimonios de la época14.
Luchas con el Papa
Sin embargo, el
temperamento del Conde era de suma violencia y orgullo y llegó a comprometer
las relaciones de España con la Santa Sede durante el papado de Sixto V. Fue
éste elegido Pontífice, precisamente, por su carácter enérgico. De genio
indomable y batallador, tenía horror a las intrigas e iba siempre resueltamente
a la raíz de los problemas. Tuvo gran amistad con San Ignacio, aun cuando luego
atacó y amenazó gravemente a la Compañía. Su choque con otro hombre de igual
temple moral, con el embajador Don Enrique, tenía que ser inevitable. La
discordia principal surgió porque el Papa, cuya antipatía hacia Felipe II era
manifiesta, no quiso censurar a los católicos franceses que apoyaban a Enrique
de Navarra contra la Liga patrocinada por el Monarca español. El embajador le
pidió esta censura y luego se la exigió con amenazas; pero Sixto V se opuso; y
aquél intentó llevar su protesta nada menos que a un Consistorio. El Papa quiso
expulsar al iracundo Olivares y pidió varias veces su cese y reemplazo. Felipe
II, cauteloso, no desaprobó a su embajador, pero no se atrevió a sostenerle más
contra la oposición del Pontífice; resolviendo al fin la muerte, que tantas
cosas allana en la vida, la embarazosa situación, pues el Papa fallecía poco
después15.
Sobre estas relaciones
tan agrias hubo tal ruido, que ocurrió por entonces la leyenda de que la muerte
de Sixto V se debió a los disgustos que le propinara nuestro diplomático; y es
posible que, si no se la causaron, contribuyeran a ella. También, como era
corriente en la época, se habló que Don Enrique despachó a su enemigo
envenenándole. En uno de los papeles que salieron por Madrid a la caída del
Conde-Duque, se dice: «Don Enrique de Guzmán, su padre, alegó por servicios
haber muerto a un Papa, siendo embajador»16. Aquí, como siempre, la leyenda es
una caricatura de la verdad, y hay que buscar a ésta debajo de las
deformaciones y aun de las monstruosidades de aquélla. Y la leyenda, bien
podada, nos atestigua frecuentes accesos de humor violento y extravagante en
este Guzmán, parecidos a los que sufría su hermano Don Pedro, ya mencionados y
precursores inmediatos de algunos de los rasgos fundamentales del carácter de
Don Gaspar. En el manuscrito de Martínez Calderón, cuya veracidad debe ser muy
considerada por ser contemporáneo del Conde-Duque y por estar escrito bajo la
dirección de éste, se refieren varias anécdotas de las relaciones entre Sixto V
y el embajador Olivares, del mayor interés para nuestra demostración; y muy
instructivas, por otra parte, sea cualquiera su veracidad, para juzgar de la
típica fanfarronería de los españoles de aquel tiempo, nunca justificada, ni
aun teniendo en cuenta la magnitud de nuestra inigualada grandeza. Don Enrique
—dice este manuscrito— llamaba a sus criados con una campana; y como esto sólo
lo podían hacer, por lo visto, los cardenales, Sixto V envió a su nepote, el
cardenal Pereto, a rogar al embajador que no la tocase. El embajador de Francia
se unió a la petición pontificia y hasta se despacharon «letras apostólicas con
censuras contra el Conde»: nada menos que por esto de la campana. Olivares,
enfurecido, tuvo tres audiencias con el Papa, exigiéndole que le dejase la
preeminencia campanil, en atención a que su Rey era «el mayor Príncipe del
orbe» y a que la Santa Sede extraía sólo de España dos veces más dinero que de
todo el resto de la cristiandad, rematando el discurso con la equivocación de
llamarle, en lugar de «vuestra beatitud», «vuestra ingratitud». No cedió Sixto
V, y obligado el español a renunciar a la campana, ideó llamar a sus criados
disparando cañonazos; con lo que el Pontífice «le envió a mandar tuviese
campana para quitar el escándalo y temblor que en Roma se causaba cuando se
disparaban las piezas; y desde entonces usaron los embajadores de España de la
campana con permisión pontificia». Otra vez, mientras hablaba con el Papa,
jugaba éste distraídamente con un perrillo faldero, lo cual encolerizó a Don
Enrique y se lo quitó, poniéndole en el suelo. Y otras violencias más, por este
orden. Hübner, aunque no cuenta estos incidentes, más o menos legendarios,
refiere la constante irritación que causaban al Papa las impetuosidades y
altanerías de Olivares, y concluye que no tuvo, antes de su muerte, «la
satisfacción de verse libre de la presencia de este hombre que envenenaba sus
días».
Conviene citar otro de
los motivos de disentimiento de Don Enrique de Olivares con la Santa Sede,
porque luego tendremos que aludir a él: el que se originó con motivo de la
tirantez entre los jesuitas y la Inquisición. Es sabido que hacia el final del
siglo XVI las relaciones entre la Compañía y el Santo Oficio pasaron por años
de violenta turbulencia, cuyas causas e incidencias no son de este lugar. La
Inquisición se quejaba de que los jesuitas recibían y otorgaban cargos
preeminentes en la Orden a cristianos nuevos; de que rehusaban orgullosamente
los cargos de calificadores y consultores del Santo Tribunal; de que los
delitos denunciados en algunos padres se enviaban para ser juzgados a Roma, sin
pasar por la Inquisición; y de que los superiores ignacianos prohibían a sus
súbditos tomar la bula de la Santa Cruzada, que les permitía ser absueltos por
sacerdotes que no pertenecieran a la Orden. En suma, cargos que evidenciaban el
espíritu de la Compañía, propensa a regirse por sus propios medios y en relación
inmediata con la Santa Sede, eludiendo los Tribunales nacionales. Pusieron en
evidencia esta actitud antinacionalista de la Orden, de un lado, los dominicos,
que fueron siempre celosos adictos al Santo Oficio; y, de otro lado, un grupo
de jesuitas díscolos que, según el Padre Astrain, «pretendían sacudir el yugo
de la obediencia, alterando nuestro Instituto, y para ocultar sus manejos se
acogían al amparo de la Inquisición».
En este conflicto, el
Rey Felipe II, al que algunos pretenden hacer pasar como un vulgar devoto de
sacristía, pero que en realidad sentía, con dignidad genial, la responsabilidad
de los fueros nacionales, sin otro tope que el de los principios intangibles de
su fe, se puso del lado del Tribunal español, del Santo Oficio; y, como otras
veces, por celo de España, se enfrentó con el mismo Pontífice romano. No
juzgaremos aquí cuál de los dos pleiteantes, la Inquisición o la Compañía,
tuviera la razón, y omitimos los detalles de la pugna. Poco después, ante una
lluvia de memoriales acusatorios de la Compañía de Jesús, algunos firmados por
jesuitas inconformes, Don Felipe el Prudente se decidió a ordenar una visita a
la institución ignaciana, para lo que fue propuesto el obispo de Cartagena, Don
Jerónimo Manrique, que, por cierto, fue recusado por los jesuitas ante el Papa,
porque era hijo ilegítimo y había tenido en su juventud tres hijos bastardos, a
lo que Felipe II contestó que esto no obstaba, pues eran «flaquezas de treinta
y cinco años había» y ya estaban muy enmendadas. Como siempre, el populacho
tomó el partido antijesuitico, rasgo característico de la psicología nacional;
y el citado Padre Astrain refiere que, cuando esto se tramitaba, decían las
gentes al ver pasar a los padres: «Vayan, vayan, que ahora los quemará a todos
el obispo de Cartagena.»
Toda esta gestión
adversa a la Compañía la llevó en Roma, de orden del Rey, y contra el Papa, el
Conde de Olivares, y, al parecer, con parcial encono, pues el historiador
nombrado dice que «este diplomático parecía haberse constituido en abogado de
nuestros quejosos y acudía, oportuna e inoportunamente, al Sumo Pontífice con
los memoriales que recibía de España»; más adelante calificada su conducta de
«iniquidad». El hecho es que Sixto V acabó por pasarse al bando de Olivares en
este asunto; y su carácter violento preparaba un golpe rudo contra la Orden
ignaciana, cuando su muerte, en este caso también, solucionó el conflicto17.
Luego veremos que al
final de su vida, y probablemente por influencia de su mujer, Don Enrique se
hizo adicto a la Compañía; y su hijo heredó, acrecentada, esta adhesión.
Estas actitudes frente
al Papa del embajador español, huelga decir que eran puramente políticas, sin
menoscabo de su profunda fe y muy de acuerdo con la táctica de su señor, Don
Felipe II, que también supo armonizar su catolicismo con su energía ante el Vaticano.
Olivares fue, pese a estos desplantes, muy religioso. Con el sucesor de Sixto
V, el Papa Gregorio XIV, tuvo amistad estrecha, sin duda para compensar las
riñas del anterior papado, y quién sabe también si porque el Papa nuevo, de
espíritu conciliador, evitó, con melifluidades, el tener encuentros con hombre
de tan mal carácter. Tanto le obsequió, que el Epítome cuenta que el embajador
«trajo a España la mayor cantidad de santas reliquias que hay juntas en ninguna
parte»; entre ellas el cuerpo entero de San Luterio o Eutiquio mártir, que le
había regalado su enemigo Sixto V y que fue trasladado en 1590, con pompa que
se conserva descrita, desde Roma al bellísimo Monasterio de San Isidoro,
fundación de los Guzmanes, en Santiponce, cerca de Itálica y de Sevilla18.
Muchas otras reliquias llevó a la iglesia de Olivares, que fundó bajo la
advocación de Santa María de las Nieves, como filial de la de este nombre en
Roma; lo cual demuestra el hondo recuerdo que dejó en su vida la estancia en la
Ciudad Eterna19.
Los virreinatos
Para compensarle de la
pérdida de la Embajada de Roma, Felipe II nombró a Don Enrique Virrey de
Sicilia (1591 a 1595), desde donde pasó al mismo cargo en Nápoles, hasta 1599
(y no 1600, como dice el Epítome). Su actividad política en ambos gobiernos es
del mayor interés, pues descubre en él las dotes de energía, prudencia, amor al
pueblo, honestidad y capacidad organizadora, típicas de un gran político; y
antecedente clarísimo de las aficiones de su hijo y de todo lo bueno que éste
demostró en su privanza. Parrino empieza su biografía así: «Si España
gloriosamente se envanece de haber dado al mundo un Séneca, maestro de la
filosofía moral, puede con mayor razón envanecerse de haber dado a sus Monarcas
un ministro, oráculo de la política, como Don Enrique de Guzmán, conde de
Olivares.» «Todas sus obras fueron gloriosas y magníficas.» Y Gianonne: «El
Conde de Olivares fue uno de los políticos más hábiles y más prudentes que tuvo
España en estos tiempos.» La fecha en que aparecieron estos libros y la dureza con
que tratan al Conde-Duque, excluyen la parte que en los juicios copiados
pudiera tener la adulación, escollo grave de la verdad, con su par el escollo
del encono, en la mayor parte de los documentos de esta época de tan subida
pasión20.
Por entonces Olivares
fue llamado «el gran papelista», por «su gran experiencia, la facilidad que
tenía para el despacho de los asuntos políticos» y por «estar siempre ocupado
de pleitos públicos y rodeado de papeles y escrituras» (Gianonne). No se cansaba
de dar audiencias. Era extremadamente minucioso y amigo de resolver, él mismo,
los menores pleitos de su mando. Fue extremadamente austero frente a la
tendencia a las dádivas y contubernios, tan fáciles y frecuentes en aquel
ambiente social. Emprendió grandes obras de reforma y ornato público. Intentó
—porque esto desde el poder sólo se intenta y nunca se consigue— disminuir la
licencia de las costumbres, el lujo y descoco en los trajes y tocados. Publicó
cerca de treinta y dos pragmáticas, «todas por igual útiles y prudentes»
(Gianonne). He aquí el feliz balance de sus virreinatos.
No hay que insistir en
la huella que todas estas virtudes dejaron en su hijo Don Gaspar, no sólo por
ley de herencia, sino porque, aunque niño, le acompañó en estos años de
gobierno y presenció su obra de buena administración y justicia. No aprendió,
en cambio, el futuro Valido otras dos cualidades que labraron gran parte de la
fama que dejó su padre en Italia, a saber: «su carácter austero y enemigo de
las diversiones», pues «suprimió los bailes, comedias y fiestas que sus
antecesores prodigaban»; y «los grandes cuidados con que atendió a las
economías del Estado, punto que los españoles habían olvidado siempre»21. Dos
de los grandes pecados del Conde-Duque fueron, en efecto —sobre todo en la
primera parte de su mando—, la afición al fausto y a la organización continua y
brillante de solemnidades aparatosas y frívolas; y su infortunada
administración del Erario. Si bien, como luego diremos, ambos errores parecen,
más que hijos de su propio gusto y convicción, imposiciones obligadas y
conocidas de la dictadura al dictador.
La oposición a la
Grandeza
Pero en la vida y
gobierno de Don Enrique hay otro rasgo importante para la psicología de su
hijo: su animadversión a la Nobleza. Fijémonos bien en esta faceta de su
temperamento. En el gobierno de Sicilia y Nápoles se nos presenta, en efecto,
como un hombre benigno, bien diferente del iracundo embajador de Roma. Mas
reserva esta iracundia para los personajes de la aristocracia. Atendía al
último de los indigentes, pero —dicen sus biógrafos— «no se cuidada para nada
de la Nobleza que llenaba sus antecámaras»; y atacaba «particularmente la
vanidad de los títulos». Esta actitud no era nueva en Nápoles. B. Croce observa
que en la lucha entre la plebe y los nobles, los Virreyes españoles tomaron más
de una vez el partido popular: tal el gran Don Pedro de Toledo, bajo Carlos V.
Las severidades de Olivares, en este sentido, fueron tales que, habiendo hecho
encarcelar al Marqués de Padua, el diputado Tuttavilla fue a España y acusó al
Virrey de «las violencias contra la Nobleza» ante Don Felipe III, que acordó, por
estas y otras razones, sustituir al Virrey por el Conde de Lemos. La despedida
popular fue entusiasta, y Olivares, por las calles, gritaba al pueblo: «Me voy
por defender vuestros derechos.» Se discutió, entonces y después, si en estas
medidas obraba Don Enrique inspirado por efectivos amor al pueblo y espíritu de
justicia, o simplemente por satisfacer pasiones personales. Nos es difícil
resolverlo. Un gobernador que está del lado de los pobres tiene siempre, con
los ojos cerrados, una parte importante de razón; pero es innegable que en la
actitud populachera del Virrey debió influir no sólo aquel impulso cristiano,
sino el citado sentimiento de adversión a los Grandes; esta adversión no puede
explicarse, como es lógico, por convicciones democráticas, que en su jerarquía
y en aquel tiempo hubieran sido absurdas, sino por mero despecho ante su
fracaso para ser, él también, Grande.
La Grandeza de España
era su obsesión, y la creía en absoluto justa, después de sus servicios y los
de su padre a la Monarquía y a España. «La ambición de cubrirse —dice
pintorescamente Novoa— traíale con crudezas de intención y vahídos de cabeza.»
Y como la rebelión contra el Rey, dispensador del premio, era inconcebible en
aquellos espíritus forjados en la lealtad monárquica, se resolvía el
resentimiento contra los otros Grandes, por el hecho de serlo —fenómeno
psicológico muy frecuente— y por la sospecha de que pudieran influir en la
negativa del Soberano a cubrirle a él. Su desdén hacia ellos era atroz. Al
mismo Valido, al Duque de Lerma, le trataba mal22. Pero ni sus súplicas ni sus
desplantes sirvieron para nada. Le hicieron, porque lo merecía, del Consejo de
Estado y contador mayor de Cuentas, oficios muy pingües y elevados; pero no le
dieron la Grandeza. Y aunque atenuadas por su espíritu cristiano, con esta pena
y rabia murió; y las transmitió íntegras a su hijo Don Gaspar, en el cual, como
luego veremos, fue el ansia de cumplir este anhelo, para sí y para honrar la
memoria de su padre, con el adjunto desdén a los otros Grandes, uno de los
grandes motores de su actividad y uno de los motivos de su encumbramiento y, al
fin, de su desgracia.
Murió Don Enrique a los
sesenta y siete años, en Madrid, siendo depositado su cuerpo en el Noviciado de
los jesuitas de esta corte, que había fundado su hermana Doña Ana Félix de
Guzmán, Marquesa de Camarasa. Recibió el cuerpo el Padre Francisco Aguado, que
figurará mucho en la vida del Conde-Duque. La influencia femenina —la de esta
hermana y la de la Condesa, su mujer— transformaron en afecto la oposición a la
Compañía de Don Enrique y le inculcaron en Don Gaspar, de cuyas relaciones con
los jesuitas nos ocuparemos después. Dejó fama de hombre rectísimo; a estas sus
«heroicas virtudes» se atribuyó «la incorrupción en que se conserva su cuerpo»,
según reza la lápida de su sepultura23.
La madre: la santa
Condesa
La mujer de Don
Enrique, segunda Condesa de Olivares, fue, ya lo hemos dicho, hembra
extraordinaria e influyente, según la tradición española, desde el rincón de su
voluntario apartamiento de la vida oficial. Casóse en Madrid, en 1579, cuando
el Conde tenía treinta años y ella la misma edad. Doña María Pimentel de
Fonseca era castellana por los cuatro costados: su padre, Don Jerónimo de
Fonseca y Zúñiga, Conde Monterrey, salamanquino; su madre, Doña Inés de Velasco
y de Tovar, de Berlanga de Burgos; y ella misma, de Valladolid (según el
expediente de Calatrava de su marido) o de Salamanca (según el expediente de
Alcántara). De ella heredó su hijo el gran amor a Castilla, que tuvo siempre
clavado en el corazón. Noble, pues, por la familia y por la patria regional,
Doña María lo fue más aún por su vida; a pesar de que, según el protocolo
nobiliario, «no podía gozar de hidalguía», pues el abuelo de Doña María «era
hijo del patriarca Don Diego de Azevedo y Fonseca, arzobispo de Santiago, el
cual le hubo siendo clérigo de misa», por lo que tuvo que solicitarse permiso
especial de Roma para hacer calatravo a su hijo Don Gaspar24. Podemos presumir
su figura por la de su hija Leonor María, llena de inteligencia, de nobleza y
de voluntad.
Fue tan ejemplar su
vida que, según Martínez Calderón, su confesor, el jesuita Padre Juan de
Cetina, escribió, después de su muerte, su historia. Durante el Virreinato de
Sicilia colaboró con su marido, planeando y realizando grandes obras sociales,
entre ellas la fundación de un Refugio, en Palermo, para acoger a las mujeres
de mala vida, por las que se preocupaba mucho. Y, además, ayudaba directamente
a su marido «tomando las cuentas de los gastos con maravillosa presteza y
prudencia, ayudándole asimismo con tener correspondencia de muchas cosas que le
podían embarazar»25. El Papa Sixto V, el enemigo de su marido, la llamaba «la
Santa Condesa», como le recordó a su hijo Don Gaspar el arzobispo de Granada,
en una célebre reprimenda, en los comienzos de su privanza26. Murió a los
cuarenta y cinco años, de hemorragia, al nacer su hija Ninfa, en Palermo.
Austeridad castellana,
religiosidad severa, afición de «papelista» a los cuidados del bufete: he aquí
las tres características de esta señora, que encontraremos también en su hijo
el Conde-Duque, tan pródigo en favorables herencias.
Los hermanos
En los quince años de
matrimonio de los segundos Condes de Olivares nacieron los siguientes hijos:
Don Pedro Martín, que se educaba en la casa de Monterrey, en Salamanca, y se
cayó de un corredor, matándose. Don Jerónimo, que fue educado para primogénito,
al faltar el anterior. Le llevaba como tal su padre a Sevilla para instruirle
en el gobierno de la futura hacienda, y, a la vuelta de uno de sus viajes, en
Oropesa, murió a los veintiún años, en 1604. Entonces ascendió a primogénito el
tercer varón, Don Gaspar, el futuro Privado. La cuarta hija fue Doña Francisca,
que casó con el Marqués del Carpió, naciéndoles dos vástagos, Don Luis de Haro,
el que fue rival de su tío Don Gaspar y sucesor de éste en la privanza de
Felipe IV; y Don Enrique, futuro cardenal, malogrado cuando ascendía quién sabe
a qué altos destinos. La hija quinta fue Doña Inés, que casó con el Marqués de
Alcañices, en cuyo palacio de Toro había de morir el Conde-Duque. Nació luego
Doña Leonor-María, interesante mujer, intrigante y despierta, esposa de su
primo el Conde de Monterrey. De todos nos ocuparemos más adelante. Vinieron
después al mundo, en Roma, Doña Mayor y Don Gabriel, que murieron de niños; y,
finalmente, Doña Ninfa, ya nombrada, en Palermo, cuando su madre, de bíblica
fecundidad, se acercaba a los cincuenta años, y la costó, como se ha dicho, la
vida.
Es curioso que esta
aptitud prolífica de las dos primeras parejas de Condes de Olivares se quiebre
en la tercera generación. Tuvieron sólo hijos logrados Don Gaspar, el
Conde-Duque, y Doña Francisca, la Marquesa de Carpió: de los tres de aquél y
los dos de ésta, sólo uno de los de Carpió, Don Luis de Haro, alcanzó vida
dilatada. Acaso la consanguinidad; acaso infecciones entonces frecuentes, mal
conocidas y, por ello, mal tratadas, debilitaron la vitalidad de la orgullosa
estirpe, condenándola a la extinción. Tanto hijo muerto hace pensar, en efecto,
en sífilis hereditaria, que acaso tuviera relación con las anormalidades de
carácter de varios miembros de la familia y, desde luego, del Conde-Duque.
Así fue la generación
que precedió a Don Gaspar y que ha sido preciso estudiar con algún detalle.
Claramente vemos que en Don Enrique culminan las cualidades que habían de ser
el nervio del alma de su hijo, el Conde-Duque. Dice Novoa que éste sucedió a aquél
«en la casa, en el estado, en la presunción, en la vanidad y en la agonía de
cubrirse». Y el juicio, como de quien viene, no es justo. Le sucedió también en
el noble afán de gobierno y en la aptitud indudable para cumplirle; en la
lealtad al Rey; en el escrúpulo ético; en la minuciosidad para los negocios
públicos y privados; en el gusto y el manejo para el trabajo de bufete. Con
estos ingredientes pudo surgir un grande y eficaz estadista. Pero el que la
espiga sea granada no depende sólo de la bondad del grano arrojado, sino de que
caiga a su tiempo y en la tierra propicia y no en el pedregal; es decir, de
circunstancias que sólo sabe y dispone Dios.
2. Nacimiento y
juventud
La niñez en Italia
A las doce del día de
los Reyes Magos del año 1587 nació, en Roma, Don Gaspar de Guzmán, futuro
Conde-Duque, tercero de los hijos de los Condes de Olivares y segundo de los
vivos, pues ya hemos referido la desgraciada muerte del mayor, Don Pedro, en
Salamanca y en este mismo año de 1587. En gran número de los sañudos papeles
que contra él circularon, durante su valimiento y después de su caída, se lee,
como presagio de sus maldades futuras, que «nació en la casa de Nerón»27. Vino
al mundo, claro es, en la Embajada de España, en el palacio del Duque de
Urbino, en el Coso, luego demolido para construir los tres palacios Panfli28.
Según estos papeles adversos, «dijeron los astrólogos que la constelación en
que había nacido indicaba que había de gobernar la Monarquía». El mismo Conde
de la Roca, tan erudito y sesudo, lo admite29, porque la creencia en el destino
está, en todos los tiempos, profundamente arraigada en el alma de los hombres;
y en aquellos siglos había alcanzado una cierta categoría científica que la
hacía viable entre gentes cultas y compatible con las creencias religiosas, más
que profundas y puras, fanáticas. Hoy creemos también en el destino, pero
nuestras estrellas no son las del cielo astronómico, sino esos signos
enigmáticos que trazan los cromosomas de las dos células generadoras, en los
que está encerrado el secreto de la herencia. Y, como hemos visto, esa herencia
nos dice, en el Conde-Duque, tres cosas claras: voluntad terrible de mandar por
la vía de los Guzmanes; afición burocrática, más que guerrera, por la vía de la
abuela paterna; y austeridad y religiosidad, por la vía de las dos Condesas,
madre y abuela paterna. Sobre esto, ingenio y voluntad muy grandes y un
temperamento propenso al arrebato y a la manía. Y un ambiente, en fin, que
lejos de servir de freno a sus impulsos de grandeza, los hacía fáciles,
multiplicando su eficacia: sociedad de gentes ociosas y corrompidas y un Rey
casi niño y de voluntad, más que débil, inexistente. Todos estos elementos, que
se irán estudiando en las páginas siguientes, marcan la dirección de su
destino. El horóscopo retrospectivo permite ver con diáfana claridad el sentido
de cuanto pasó en España bajo su mando.
El historiador de
cámara Martínez Calderón nos cuenta que se sortearon los nombres de los tres
Reyes Magos, y el que salió, Gaspar, fue el que le pusieron en el bautismo30,
que se celebró en la Iglesia de Santa María, en la Vía Lata, oficiando el
cardenal Hipólito Aldobrandini, más adelante Papa con el nombre de Clemente
VIII. La ceremonia se celebró con gran modestia, siendo padrinos «un pobre y
una santa beata, continuando la costumbre que el Conde y la Condesa su mujer
tuvieron en los bautismos de sus hijos, huyendo de las vanas ostentaciones y
prevenciones y aparatos que para semejantes ocasiones se suelen prevenir»31; en
contraste, por cierto, con el fausto y ostentosa magnificencia que, por lo
común, desplegó el embajador durante su estancia en Italia.
Pasó Don Gaspar su
niñez en Roma, Sicilia y Nápoles hasta el año 1600, en que volvió su padre a
España. Le educaron para el estado eclesiástico, pues era segundón y, además,
mostraba «desde niño buena inclinación a las cosas de virtud y letras».
Clemente VIII, el que le bautizó, favorecía esta decisión, y, más adelante, en
1604, le hizo merced de una canonjía de Sevilla y otras mercedes eclesiásticas,
honoríficas o remuneradas32. Raneo describe a Don Gaspar, ya en hábito
clerical, acompañando a su padre en Nápoles; iban con él el Conde de Uceda y
Don Francisco de los Cobos33; y, a pesar de su mocedad, «favorecía y amparaba a
todos los que se le encomendaban» y «honró a la nación española» «con mucho
valor y grandeza». Algo debe haber de exagerado en estos elogios, pues el
clérigo frustrado no tenía más de diez años, edad en que el alma, como el
cuerpo, son aún pura vaguedad. Pero parecen indudables la seriedad y la afición
a los problemas sociales y de gobierno del niño, que debió de guardar grandes
recuerdos —y de esos infantiles, tan profundos— de la época de los mandos de su
padre en Italia. Italia fue en aquellos siglos, para los españoles, escuela y
campo de experimentación de gobierno y diplomacia, y también de guerrear; y su
influencia en el curso interno y externo de nuestra historia nunca se
encarecerá con justicia.
La juventud en
Salamanca
Al repatriarse la
familia, Don Gaspar fue enviado a Salamanca, en 1601. Tenía, pues, catorce
años. Su vida en la gran Universidad, de la que llegó a ser rector en el curso
de 1603 a 1604, nos es conocida por el interesante documento que el Conde, su
padre, envió a su pariente Don Laureano de Guzmán, a quien nombró «ayo, maestro
y padre» del escolar. Con razón dice García Mercadal que este precioso escrito
nos ilustra plenamente y hora por hora de lo que hacía en Salamanca un
estudiante: claro que de los de clase elevada. Pero, además, nos da cuenta,
mejor que ninguna otra información, de cómo era el Conde Don Enrique, cuyo
carácter he bosquejado en el capítulo anterior. Es necesario leer todas estas
instrucciones para sentir la admiración que merecía un padre tan cuidadoso, tan
severo y tan entrañable a la vez, tan inteligente y tan bien informado de lo
que es la vida escolar y el alma de la juventud. Se comprende la fama de gran
gobernante que dejó en sus Vicerreinos, si a ellos aplicaba, como es seguro, la
misma atención y sabiduría que al gobierno de su hijo en la trascendente época
universitaria. Obsérvese, no obstante, un exceso de prolijidad en los detalles,
que heredó su hijo y que un psiquiatra estimaría como anormal: le recomienda,
por ejemplo, que visite todos los conventos y monasterios de la ciudad, que no
eran pocos (pero sólo los de frailes, no los de monjas), y da el orden en que
ha de hacerlo y el traje que ha de llevar; fija exactamente los zapatos y
vestidos que se han de dar a cada criado y en qué época del año, y hasta se
ocupa de que si la lavandera «no lo hace bien, se la despida». Mucho debió
sufrir su mujer con un marido tan avizor y meticuloso en las cosas del hogar34.
El boato de Don Gaspar
en Salamanca era principesco. Tenía a su servicio un ayo, un pasante, ocho
pajes, tres mozos de cámara, cuatro lacayos, un repostero, un mozo, otro de
caballeriza, un ama y la moza para ayudarla. Para ir a las clases y a las
visitas, una mula a la que se dedica un párrafo entero: «A la mula de Don
Gaspar, además de la guarnición que lleva para de camino, se la han de hacer un
par de ruedos y dos gualdrapas de terciopelo, para que cuando estuviere mojada
la una, sirva la otra, y hase de tener mucho cuidado de que las mulas estén
bien tratadas y que coman todo lo que se les da.» La Universidad salmantina
era, por entonces, un verdadero centro aristocrático. El año anterior habíala
hecho una larga visita Felipe III con la Reina Doña Margarita, conviviendo con
maestros y discípulos35; y en la lista de alumnos están los nombres más sonados
de la Nobleza: Villena, Santa Cruz, Uceda, Benavente, Altamira, Oñate, Sessa,
Terranova, Villahermosa, Béjar, etc. El abandono de esta costumbre, al convertirse
la Universidad en una institución popular y burguesa, es uno de los fenómenos
preparatorios del avance revolucionario de los siglos XVIII y XIX, y una de las
razones indudables y no bien encomiadas de la decadencia social de las
aristocracias de sangre.
El Conde Don Enrique no
se ocupa tan sólo en su Instrucción de esta parte suntuosa de la vida de su
hijo, al que, sin duda, soñaba con ver cardenal, quién sabe si Papa, que todo
cabía en la oficina de las ilusiones de un Guzmán de aquellos tiempos. Le puntualiza,
además, los estudios con tanto tino, que da a entender que él debió también
concurrir a las aulas. Le aconseja, por ejemplo, que «será muy necesario que
tome de memoria las reglas de Derecho civil y canónico y entenderlas lo más
brevemente que pudiera, porque le serán de muy grande provecho. Pasárale su
pasante muchas veces la Instituta»; y otras muchas observaciones por este mismo
orden. Le recomienda también, con ahínco, que se ejercite mucho en la
conversación y oratoria con sus pasantes y criados «para cuando salga en
público». Lecciones todas que aprovechó con singular fortuna.
A la vez le instruye y
le detalla las horas y modos de diversión, permitiéndole que juegue «a los
bolos y a la argolla» y «en ninguna manera a los naipes»; y le da, en fin,
lecciones de cautela tan sagaces y significativas como la siguiente: «Irá en
todas estas visitas y en las demás ocasiones con mucho cuidado en hablar poco y
menos de cosas propias, ni de su padre, ni de Italia.» Vemos, pues, claramente
quién fue el maestro de la habilidad, un tanto demasiado astuta, que luego
desplegó el Conde-Duque en sus andanzas políticas, y que todos los embajadores
le reconocieron, sobre todo los de Inglaterra y Venecia.
Hay varias opiniones de
cómo aprovechó su tiempo universitario el futuro Conde-Duque. Su panegirista
Martínez Calderón dice «que se graduó en las sagradas carreras con particular
ingenio y aplicación, teniendo frecuentemente conclusiones públicas». Otras
aseguran que no miró los libros, siendo la opinión más cruda, en este sentido,
la del Cabildo de Sevilla, que, al pedir al Papa que revocase el nombramiento
de canónigo que le había otorgado, afirma que Don Gaspar, muerto su hermano,
hace vida cortesana y «no está en ella para estudiar; ni ha estudiado en
Salamanca, cuanto más en Valladolid»36. Pero la mayoría se inclinan a un juicio
medio: a que cursó «con más ingenio que aplicación», frase respetable, por ser
del Conde de la Roca, que repiten casi todos los demás biógrafos. Lo
importante, pensamos nosotros, es el ingenio y no la aplicación. Y lo menos
importante, que fuese rector, que era entonces, como es sabido, cargo más
honorífico que técnico, a pesar de lo cual este nombramiento ha sido explotado,
ligeramente, como una prueba de favoritismo y motivo de su ulterior
engreimiento. El hecho es que la vida salmantina dejó huella profunda en el
espíritu de Don Gaspar, dándole «una grande inclinación a todas las artes y
buenas letras», dice Roca, y una evidente erudición en materia de leyes. Allí
acabó de perfeccionar el latín, que ya sabía desde Italia37.
No se sabe si ya por
entonces alimentaba Don Gaspar ideas de gobierno. Sí, sin duda. Sueños de
grandeza, porque el soñar así era para él función tan natural como la
respiración. En algunos papeles de la época, no muy dignos de crédito, se lee
que, hablando un día en los claustros con su primo fray Pedro de Guzmán,
mercenario calzado, que había sido también rector de la Universidad, le dijo:
«Primo, yo tengo de gobernar el mundo»38. Es muy verosímil, dada su herencia y
el propósito evidente de la educación que le daba su padre, tal vez pensando no
en una corona, sino en una tiara; porque lo esencial era mandar. Pero los
acontecimientos iban a cambiar pronto el rumbo de su vida eclesiástica. En
1604, a los tres años de vivir, de estudiar y de soñar en su Universidad,
cuando contaba diecisiete de edad, murió, como sabemos, en Oropesa, su hermano
mayor, Don Jerónimo. Se encontró, pues, heredero de su casa; y dócil al viento
nuevo, dejó la sotana, ciñó la espada y abandonó la aulas cara a las ambiciones
del poder civil, para las que estaba, sin duda, singularmente dotado.
Los años universitarios
se borraron pronto, como un sueño, en su alma inquieta y ambiciosa. Pero las
ambiciones de grandeza, por muy cumplidas que se vean, pasan siempre; porque
son, sobre todo cuando se ven de cerca, artificios de vanidad, y dentro, el dolor
y el desengaño alerta; mientras que el amor a la ciencia, el culto a la verdad,
con el tiempo invariablemente fructifican en quien los gustó, siquiera de un
modo pasajero. Y así, el apuesto Don Gaspar, al dejar tras sí, alocado de
soberbia, las aulas, no pensaría que algún día, tras la rápida ascensión que
soñaba y que se cumplió, había de caer; y que entonces, en la tristeza del
destierro, la Universidad surgiría otra vez para darle un consuelo que nadie
más que ella podía dar. Entonces, casi al morir, cuando, con la voz ahogada de
emociones antiguas, habría de decir: «Siempre he tenido por madre a la
Universidad y siempre la he dado este nombre.» Y unos meses más adelante,
cuando le faltaban pocas horas para hundirse en la eternidad, las últimas palabras
de su delirio no fueron voces de mando político, ni razones cortesanas, ni
recuerdos del Rey a quien tanto sirvió, sino el poso de la Salamanca lejana,
que se alzaba sobre la existencia entera de poderío material; y sentado en la
cama mortuoria —sus médicos nos lo cuentan— repetía: «¡Cuando yo era rector,
cuando yo era rector!»39.
3. Años críticos. La
conquista del Príncipe
La boda de conveniencia
PODEMOS imaginarnos
bien la tensión del alma del joven estudiante recién ahorcados los hábitos y
hecho por el Rey comendador de Víboras, de la Orden de Calatrava, cuando,
después de despedirse de su primo el fraile Pedro de Guzmán, de las parientas,
monjas en Santa Úrsula, y de sus catedráticos y amigos de Salamanca, montó en
la famosa mula de las gualdrapas de terciopelo y, seguido de sus mozos y
lacayos, tomó el camino de la Corte, por aquella llanura castellana que Unamuno
ha cantado, donde, según su vocación, puede el espíritu elevarse, como en fray
Luis de León, hacia el cielo, o bien tenderse, como en el Cid —y seguramente
como en nuestro viajero— hasta el horizonte infinito, en un ansia irreprimible
de conquista.
Tenía Don Gaspar en
esta ocasión, en 1604, diecisiete años. Y el período de los otros diecisiete,
que alcanzan hasta 1621, cuando cumple los treinta y cuatro y se hace dueño del
Rey y el Imperio español, es, sin duda, la fase crítica de su evolución, la decisiva
para su porvenir. Pero, como ocurre casi siempre en la vida de los hombres
ilustres, esta época transcurre silenciosa, oculta, salvo algunos episodios, a
la mirada del historiador.
Las biografías del
Conde-Duque, tan detalladas en el resto de su vida, apenas dedican unas líneas
a estos años juveniles; y en ellos, no obstante, ocurre su definitiva
transformación. Al comienzo es un escolar imberbe, con sus fuerzas hereditarias
sofocadas por la sotana y el destino de segundón. Al terminarlas es un varón en
plena madurez, que oprime en su mano la voluntad del Rey, como un dócil
instrumento, en un grado de plenitud pocas veces conocido en la historia de
privados y dictadores. Es, pues, justo que el que sienta la curiosidad de los
hombres, y no sólo de las cosas, se pregunte lo que pasó durante estos años
dentro de aquella anatomía fachendosa, con mucho más interés que en cualquier
otro trozo de su existencia de hombre público.
Los primeros años de su
nueva vida los pasó al lado de su padre, en la Corte, que por entonces residía
en Valladolid40. Viudo Don Enrique, entregado a sus devociones y al cuidado de
sus oficios de consejero y contador, instruiría al nuevo primogénito en los
deberes de su hacienda y jefatura de la casa; y seguramente haría con él, como
hizo con el difunto Don Jerónimo, viajes a Sevilla «para irle introduciendo en
las cosas de su casa y estado como quien le había de suceder en él»41. Don
Gaspar recogería del Conde anciano la ambición del poder y la amargura de la no
lograda Grandeza que torturara sus últimos días. Y, esto es seguro, recibiría
de él instrucciones y avisos para que el hijo lograse lo que a él se le negó;
porque en el Guzmán la casta lo era todo; y lo que el individuo, mortal, no
fuera capaz de lograr, lo lograría la estirpe, permanente y cada vez más
poderosa. No se comprende, si no es por esta inspiración paterna, que un
mancebo de sus años procediera con la habilidad de que le veremos hacer uso en
los tiempos siguientes.
En marzo de 1607, en
efecto, murió Don Enrique, y su heredero, con sólo veinte años, inició toda una
ofensiva de actos evidentemente concertados para impresionar a una Corte tan
superficial y pagada del boato. Fue el primero el aparatoso entierro del Conde;
el depósito del cadáver en la iglesia entonces de moda, la de los jesuitas de
Madrid; y su traslado a Sevilla, con gran acompañamiento, pasando por Oropesa,
donde se recogieron los restos de Don Jerónimo. Todo este ceremonial está
descrito por Martínez Calderón, que lo califica «de célebre y fúnebre pompa».
Y terminado el sepelio,
pensó en casarse, con tanta celeridad y energía como el capitán que planea y
ejecuta el asalto de una ciudad. Dentro del mismo año, en efecto, se celebraba
el matrimonio con Doña Inés de Zúñiga y Velasco. No ofrece duda para el espectador
de ahora que esta elección la dictó la pura conveniencia42. Probablemente, la
dejó planeada el Conde Don Enrique antes de morir; pues Doña Inés, prima
hermana suya, era dama de la Reina Margarita y, como dice el Conde de la Roca,
contemporáneo y amigo, el «tomar estado con tal persona aseguró en el Conde con
más crédito la grandeza para su casa, siendo loable costumbre de los Reyes
hacer mercedes a las damas, y debidos, en particular, a la Condesa, por ser
hija de un tan grande caballero, ministro y santo». Las cualidades admirables
de Doña Inés hicieron de ella, al fin, una esposa amada y colaboradora eficaz
de su marido; pero es seguro, repetimos, que su elección por los Guzmanes,
padre e hijo, estaba influida, en primer término, por suponerla el más fácil
camino para cumplir su aspiración, obsesionante, de la Grandeza. La conquista
de la dama de la Reina fue fulminante, pero no barata, pues Don Gaspar gastó en
servir y obsequiar a su novia, «con ánimo más levantado que modesto, 300.000
escudos que de bienes libres y ganados halló a la mano»43; y esto en tres o
cuatro meses. Pero el efecto en la Corte se logró. El fausto y la liberalidad
del futuro Conde-Duque empezó entonces a convertirse en tema popular y en
leyenda.
Vida alegre en Sevilla
No llegaba, sin
embargo, la Grandeza apetecida, y transcurrieron ocho años más, desde 1607 a
1615, en el empeño de conseguirla; sin duda, los más afanosos y agitados de los
que precedieron a su privanza. Pasó estos años entre Sevilla, atento allí a
cuidar de su hacienda, muy maltratada por estos gastos de representación y
conquista, y Madrid, donde le llamaba el cuidado de sus pretensiones en
Palacio. Y en una y otra ciudad llevó vida de fausto y de mecenas, rodeándose
de los hombres de más ingenio de España44. También había industria en esta
actitud, a la que le inclinaba, sin duda, su buen gusto e ingenio; pues por
instinto o por cálculo saben los ambiciosos del poder el gran papel captador y
prestigiante del arte. El ser mecenas es siempre para el hombre público un
negocio remunerador. Más adelante nos ocuparemos con mayor detalle de este
aspecto del Conde-Duque. De tal época son también, sin duda, sus aficiones
deportistas, sobre todo las habilidades ecuestres, que eran notables, pues Don
Gaspar pasó por el mejor caballista de su tiempo, y cabalgó casi hasta el día
de su muerte; así como sus aficiones taurinas. Amó, en efecto, con pasión la
nacional fiesta, considerándola como uno de los orgullos de España. Aun en los
años de mayor afán político conservaba el recuerdo de los tiempos de juventud
andaluza, en los que, como gran jinete que era, asistiría a las faenas camperas
del toro bravo, pues le veremos ir en persona, durante su privanza, a apartar
las reses en las dehesas próximas a Madrid, cuando la corrida era de mucha
responsabilidad.
En estos años de
Sevilla conoció al gran poeta Don Francisco de Rioja, que había de ser su
consejero y amigo durante los largos años de encumbramiento y de desgracia; y
con él a todos los demás literatos que poblaban la gran ciudad andaluza. Como
uno más actuó él, componiendo versos, con vena no excelsa, por lo que podemos
juzgar; heredada, como ya indicamos, de la de su abuelo Don Pedro, pero de
inferior calidad. Le llamaban los demás poetas, agradecidos a su bolsa, «con el
nombre arcádico de Manlio, con alusión al famoso Manlio Capitolino, romano
insigne que no debió menos aura popular a su mano dadivosa que a su libertadora
espada». Uno de estos aduladores es el autor del Panegírico por la poesía, que
escribe: «He visto y tengo [del Conde-Duque] milagrosos versos latinos y
castellanos milagrosísimos»45.
Dice Roca que Don
Gaspar quemó los originales de sus versos en 1626, es decir, a poco de ser amo
de la política española, con lo cual demuestra su discreción, pues las
mediocres poesías podían suscitar la burla de los ingenios agresivos; lo cual
no entienden todos los que se encumbran, que con frecuencia exhiben torpemente
los excesos poéticos de su pasada juventud o de sus ocios actuales, como si su
prestigio social amparase, por obligación, a estas travesuras, que deben
cometerse en la soledad y olvidarse en cuanto se pueda. Significa, además, el
auto de fe de sus poesías un símbolo del cambio de rumbo en la vida, que
debemos consignar. En la existencia de muchos hombres, una dirección
radicalmente nueva se marca por la columna de humo de los recuerdos y
documentos que se tiran al fuego. Y sin este «borrón y cuenta nueva», que no
todos los hombres son capaces de hacer, la existencia se encoge y pierde muchas
de sus posibles perspectivas de renovación. Los únicos versos que se conservan
de Olivares van copiados en el Apéndice XV. Son francamente malos. Se queja en
ellos, con los tópicos de la época, llevados y traídos, entre ripios y
violencias, de una Cloris que le ha engañado, y cuyo rigor no puede sufrir.
No eran, sin embargo,
éstos y otros amoríos meras invenciones poéticas, pues el joven Conde de
Olivares, aunque recién casado, se entretenía en amores ilícitos, tan fáciles
en aquella sociedad y con tales amigos. Don Cayetano de la Barrera copia dos
sonetos de Rioja, del año 1614, en los que cuenta que Manlio, es decir, Don
Gaspar, vaga, abrasado «por un Vesubio ciego»; pero el poeta no puede
compadecerle, antes le considera dichoso, ya que «la causa es tan divina». Más
adelante hablaremos de esta divina Cloris, que, a juzgar por la fecha, debió
ser la madre del famoso Julianillo Valcárcel, luego Don Enrique Felípez de
Guzmán, Marqués de Mairena, que tanto había de influir en su destino. En
efecto, el fruto de los poéticos amores nació y fue bautizado en Madrid en
1613. La madre, suponemos que la Cloris, estaba, pues, en la Corte; pero en sus
viajes a Andalucía o en sus cartas participaría el enamorado Don Gaspar sus
cuitas a Rioja; y éste le consolaba con sus sonetos. A no ser que fueran más de
una las enamoradas, a lo cual, teóricamente, no se le puede hacer ninguna
objeción, pues la monogamia no era virtud recomendada en aquellos días.
Se habló en su tiempo
—era conversación que a todo personaje se aplicaba— de varios otros hijos de
estos juveniles amores del Conde. El más llevado y traído fue un Don Gaspar de
Tebes, que está catalogado ya como hijo de legítimos padres y sobre cuya calumniosa
leyenda de bastardía no se debe volver46. No hablan, en cambio, las crónicas de
otro hijo bastardo que tuvo Olivares o que pretendieron gentes interesadas que
tuviese, del cual damos noticia en otro lugar47.
Fueron, en suma, estos
tiempos de la vida de Olivares de pasión desordenada y cínica, muy al uso de la
época. Luego se enmendó de ellos, conforme vinieron los años, la
responsabilidad del Poder, a la que era tan sensible, y las desgracias de la
vida. Roca da a entender, sin embargo, que en los primeros tiempos de su
gobierno pudo tener aún devaneos, de los que suele traer tan fácilmente consigo
el encumbramiento de los hombres; pero todo cesó al morir su hija48. Y, en
efecto, veremos que el resto de su vida, a partir de su gran duelo de padre,
fue, en este sentido, ejemplar.
Gentilhombre del
Príncipe
No es exacto, como
dicen respetables historiadores, que fuera Olivares «un segundón sin fortuna».
Don Enrique, el padre, cuidó mucho su hacienda, y los testamentos de él y de su
mujer, puntualmente conocidos, demuestran que esa fortuna existió y era considerable:
«Una de las grandes dotaciones del reino —la llama Martínez Calderón— y mucha
mayor la disposición para el aumento.» Hübner evalúa las rentas del Conde,
cuando estaba en Roma, en 40.000 escudos, más el sueldo del embajador, que
Felipe II dotó con largueza. Y el Nicandro, el papel famoso que escribió o
inspiró el propio Don Gaspar, después, dice textualmente que sus ascendientes
le dejaron 60.000 ducados de mayorazgo49.
Es igualmente cierto
que el ambicioso joven hubo de descuidar, como hemos visto, esa «disposición
para el aumento» jugando a la carta de la liberalidad la baza mayor del gran
poder futuro. El hecho es que en 1611 tuvo que solicitar un empleo, como cualquier
necesitado de todos los tiempos: que el Estado es siempre la ubre universal de
los que están faltos de pecunia para su vida o para su boato. Tanto Roca como
Martínez Calderón nos dicen que los agentes que tenía en Palacio y que, sin
duda, eran los propios Validos de Felipe III, el Duque de Lerma y su hijo,
Uceda, le propusieron en 1611 la Embajada de Roma, para cuyo desempeño suplía
la falta de edad —veinticuatro años— con «la gran capacidad y talento que
siempre demostró en todo género de letras y negocios». Es seguro que Lerma y
los suyos, recelosos del auge que iba adquiriendo el joven Guzmán, pretendían,
con el brillante empleo, alejarle de sus ambiciones claramente puestas en
Palacio; y es seguro también que Don Gaspar, que fue siempre cauteloso en extremo,
advirtió la intención a tiempo y prefirió quedarse en España, a pesar de la
tentación que para él debía significar la Embajada de Roma, caliente aún del
recuerdo de su padre.
Transcurrieron así
cuatro años más, hasta que, en 1615, se celebraron las bodas de Ana de Austria,
hija del Rey de España, con el Monarca francés Luis XIII; y las de Isabel de
Borbón, hermana de éste, con el Príncipe Don Felipe, futuro Felipe IV. Con tal
motivo hubo que «poner Casa» al Príncipe, y fue nombrado uno de sus seis
gentilhombres el Conde de Olivares50.
Sobre esta fecha
gravita, como sobre un eje, el destino del Conde-Duque, y es imprescindible
señalarla con claridad en su biografía. El ansia de poder del Guzmán,
alimentada por tantas fuerzas contenidas, planeaba en lo alto; y con mirada de
cóndor vio claramente su presa: el Príncipe, débil, degenerado, que sería en
sus manos robustas como un trozo de barro blando y maleable. Cualquier
ambicioso vulgar de los que pululaban en el hervidero de la Corte se hubiera
contentado con la Embajada y lo que viniera detrás; con servir al Rey,
todopoderoso, y extraer de su liberalidad el máximo botín. Pero lo genial de
Don Gaspar fue no el talento ni las virtudes públicas o privadas, sino la
ambición. Y supo despreciar el favor del Rey —carrera de obstáculos con otros
concurrentes más antiguos y poderosos, en la que la victoria, aunque inmediata,
hubiera sido, necesariamente, parcial— apuntando al blanco del Príncipe, más
incierto y remoto, pero que, si la fortuna se lo deparaba, le daría el Poder,
en una pieza y sin colaboradores para su disfrute. Por eso no se fue a Roma. Su
puesto estaba en el Alcázar, fuese como fuese.
Era visible su
intención, y el Duque de Lerma, no tan obtuso como se cree, se dio
inmediatamente cuenta del peligro que representaba el tener junto al futuro
Soberano a un hombre del ingenio profundo y disimulado y de la osadía de
Olivares; y quiso enmendar la imprudencia reiterándole el ofrecimiento de Roma;
y esta vez con más aire de apremio que de dádiva. Pero el cóndor no soltaba ya
su presa. Se alió con el Duque de Uceda, hijo de Lerma, utilizando la rivalidad
que había entre los dos Validos, padre e hijo; y como la Embajada no era
incompatible con el oficio de gentilhombre, se avino a aceptar aquélla siempre
que jurase el segundo. Y juró y se quedó en Madrid, en el Palacio, al lado del
Príncipe débil, que no había de abandonar hasta veintiocho años después.
El agudo italiano Siri
es el que con mayor perspicacia se da cuenta, entre sus contemporáneos, de la
inmensa habilidad del futuro Conde-Duque, prefiriendo las simples esperanzas
que podía ofrecer el partido del Príncipe a los dones reales y presentes que
derramaba el Rey o, más bien, su primer ministro; persuadido genialmente de
que, así, «su fortuna sería más remota, pero mucho más segura»51.
Se instaló, pues, el
ambicioso Guzmán al lado del Príncipe; pero la tarea estaba sólo comenzada. El
Duque de Lerma —y, por lo tanto, el Rey Don Felipe III— le zahería de un lado;
y de otro lado, el mismo Príncipe, niño de diez años, que se resistió tenazmente
a aceptar el yugo de su futuro Privado; acaso influido por los enemigos del
Conde; acaso obedeciendo a esos oscuros pero infalibles presentimientos que
tienen, a veces, los niños frente a los hombres y mujeres que les rodean. Lo
cierto es que el Príncipe se mostraba francamente hostil a aquel nuevo
gentilhombre, tan grande y tan hosco de aspecto; y que, quizá, en su afán de
captarse la voluntad de su pupilo, pecaba de entrometido; lo cual fastidia
tanto a los niños; y me figuro que más a los de los palacios reales.
Su situación era, pues,
muy difícil; «la más aventurada —dice Roca— que tuvo un hombre de su puesto».
Pero con aquellas pasiones terribles que bullían en torno al Monarca supo jugar
Olivares con la serenidad y la destreza con que mueve sus piezas un jugador de
ajedrez. Tenía, sin duda, mucho más talento que los demás. En lo externo,
seguía su vida de fausto; y así, le vemos acompañando a la Corte, en 1615, en
las jornadas reales; llevando a Behovia a Doña Ana, la Infanta destinada al
trono de Francia, y trayendo a Madrid a Doña Isabel, prometida del niño Felipe
y futura Reina de España. Iban en la real comitiva los Grandes, con su
acompañamiento más lucido de servidores y poetas; entre ellos el Duque de
Sessa, con Lope de Vega; y a todos procuraba eclipsar el Conde-Duque de
Olivares. Una relación manuscrita de la época nos cuenta que entró en Burgos
«vestido de blanco, librea de paño leonado, adornada de cordoncillo negro y
plata y ferreruelos negro y plata»52. Estaría muy lejos de pensar nuestro
gentilhombre que aquella Princesa, tan bella y tan niña, a la que se esforzaba,
con sus mejores artes, en parecer bien, habría de ser con el tiempo uno de los
instrumentos de su caída y de su muerte.
Intrigas palatinas
Dentro del Palacio, en
aquel ambiente que llamaba Roca «sutilísimo», pero que repugna el espectador
actual, porque nada aparece en él que no sea pequeñez y egoísmo, nuestro futuro
dictador aprovechaba con maravillosa astucia los enconos y las simpatías de los
otros para mover, en la dirección que le convenía, la rueda de su ambición. La
Corte estaba, sorda pero hondamente, dividida en dos bandos, capitaneados por
los dos Validos, padre e hijo, el Duque de Lerma y el de Uceda. Con Lerma
formaban el estado mayor de su facción el Conde de Lemos y Don Fernando de
Borja. El aliado de Uceda era el inquisidor, confesor del Rey y medianísimo
sujeto, fray Luis de Aliaga; entre todos ellos sería difícil la competencia si
se cotizase la escasez de seso y la miseria moral. Don Gaspar se alió
resueltamente con el hijo, con Uceda, porque presentía la próxima caída del
viejo Lerma; y, probablemente, porque sabía que eliminado aquél le sería más
fácil deshacerse —como así sucedió— de Uceda, inferior, sin duda, en todo, y ya
es decir, a su progenitor. Lerma, según cuentan las historias, temía a Olivares
porque había tenido el presagio, años atrás, de que un Guzmán le quitaría la
privanza. Al principio creyó que este enemigo providencial fuera un
gentilhombre de Don Felipe III, Don Enrique de Guzmán, Marqués de Pobar. Pero,
luego, viendo la pacífica mediocridad de éste y el ímpetu del joven Olivares,
cambió de opinión y localizó, con razón sobradísima, sus recelos en el futuro
Conde-Duque. Y así como antes le había querido alejar del Príncipe con la
Embajada de Roma, pretendió ahora hacerlo ofreciéndole nada menos que el cargo
de mayordomo mayor del Rey; pero a Don Gaspar no le interesaba el Rey Felipe,
medio bobo y acabado, sino Felipe, el Príncipe, débil, pero lleno de esperanzas;
y contestó a Lerma que ni por ese puesto ni por todos los del mundo abandonaría
el cuarto de Su Alteza. Ya nadie pudo dudar de cuál era su intención —la
privanza— y cuál la técnica con que quería cumplirla —la captación ab initio
del futuro Rey53.
El mayor obstáculo
debió ser, sin embargo, más que la intriga de los demás, la antipatía que, como
se ha dicho, le mostraba el joven Príncipe. Cuentan los cronistas de la época
varias anécdotas que demuestran las salidas de tono punzantes y, a veces, las
verdaderas groserías con que Don Felipe obsequiaba, no raramente, a su flamante
gentilhombre. Es preciso que el curioso de hoy haga un esfuerzo para comprender
lo que era entonces la realeza y leer así, sin sentirse humillado en su
condición humana, que, por ejemplo, un día en que el señor había pedido a Don
Gaspar «cierto instrumento del servicio», y cuando éste se lo traía ya, dijo
aquél: «muy cansado estoy de vos, Conde»; y el Conde, con sus más de treinta
años, «haciendo cierta reverencia», besó el instrumento aquel, que el Conde de
la Roca no se atreve a nombrar, y se retiró sin otra respuesta.
Pero ambiciones de
poder como las de Olivares no se detienen porque estas piedrecillas de la
dignidad se atraviesen en su camino. En lugar de enojarse, investigaba en torno
suyo; y, cautamente, le fue fácil comprobar que este ex abrupto y otros todavía
más graves que hubo de soportar, ocurrían precisamente desde que frecuentaba la
cámara principesca una mujer que había sido nodriza del regio infante y que
éste amaba mucho. Varias de las penosas escenas ocurrieron incluso en su
presencia misma. Comprendió, pues, que la iracundia del egregio mozo la
inspiraba esta Doña Ana de Guevara, que era, en efecto, instrumento de Lerma y
sus partidarios. Don Gaspar, entre dolido y avieso, zanjó de plano la cuestión,
con la técnica que, luego, empleó siempre en sus trances difíciles: buscando un
día a solas, sin la nodriza, a Don Felipe y rogándoles que, puesto que le
molestaban sus servicios y casi su presencia, le diera permiso para retirarse a
su casa de Sevilla. El Príncipe le respondió: «Conde, no quiero que os retiréis;
vuestra persona me es muy agradable, y estoy muy contento de vuestros
servicios.» No había duda: el Conde conoció, más que en las palabras, en el
semblante de su señor «que no le desfavorecía por material aversión, sino por
diligencia ajena»54. Y, claro es, se quedó; y con la voluntad imperativa,
reforzada.
A dos reflexiones
induce este episodio. La primera es la amenaza de retirarse, que Olivares
emplea aquí, por vez primera, con el Príncipe. Luego, como se irá viendo,
repitió la escena muchas veces, durante su privanza. Hábil conocedor de los
hombres, sabía bien que la tiranía, para los espíritus débiles, acaba por ser
un veneno dulce, del que no se puede prescindir. El dominado odia a su yugo, y
a la vez no puede vivir sin él. Pero me urge decir que, a mi juicio, no era
todo comedia, ni mucho menos, por parte de Don Gaspar en estas amenazas de
retiro. Es evidente, y a este punto dedicaremos luego el merecido espacio, que
nuestro héroe padecía alternativas profundas de su genio, pasando de los
períodos de exaltación, que llaman los psiquiatras hipomaníacos, a bruscas e
intermitentes fases depresivas; y a favor de éstas, casi siempre, pretendió su
retiro; no deja lugar a dudarlo el estudio detallado que haré en seguida de su
oscilante humor.
La otra reflexión que
quería hacer es que ahora, en estos incidentes de la casi niñez del futuro
Rey-poeta, se marca ya la más típica, y la más trágica, de sus características:
la absoluta falta de criterio propio sobre las personas y las cosas, la ausencia
total de voluntad, la ambivalencia con que su espíritu respondía a las
sugestiones del ambiente: rechazaba, duramente, al Conde porque se lo decía su
nodriza; y, poco después, alejada ésta de su lado, se entregaba de lleno al
imperio mal disimulado de Don Gaspar. Tuvo agradables condiciones personales el
penúltimo Soberano de los Austrias, cuyo estudio haremos más adelante. Pero
pocas veces se puede encontrar, fuera de los imbéciles —y no lo era,
ciertamente, Don Felipe— una forma tan rotunda de privación de gobierno
interior como en este hombre infortunado, cuyo «ser y no ser» trágico, a través
de su largo reinado, está implícito en estas escenas de su primera juventud.
Las supuestas tercerías
Asegurado ya Olivares
de dos cosas: de que no había en el Príncipe odio específico contra él, y de
que la cera era un pedernal comparado con el espíritu y la voluntad de su
señor, su táctica era clara: sin reparo, sin respetos, prescindiendo de hombres
y de principios, con la anestesia ética del que cree que el fin justifica los
medios, había que apoderarse de aquel mozo pálido, que pronto sería el mayor
Rey de la tierra. No es que, al pensar así, Olivares fuera de peor condición
que los demás; es que el apetito del poder le torturaba, y para satisfacerlo
entonces, ni por él ni por nadie se conocía otra traza que ganar la voluntad
del Rey. Y puso manos a la obra por todos los medios que le sugería su
indiscutida sagacidad y su don imperativo. Si fueron buenos o no todos estos
medios no lo podemos juzgar ahora. Desde luego hemos de computar como frutos de
la pasión terrible que rodeó a la persona y a la obra política del Conde-Duque,
buena parte de las bajezas y alcahueterías que le achacaron, entonces y ahora,
respecto a Don Felipe, al que, según estos informes, corrompió cínicamente,
impulsándole a todos los placeres y frivolidades para que, debilitado y
distraído, no se acordase de que era Príncipe y de que sería Rey. Hume, que con
exacta información ha estudiado a Felipe IV y a su Valido, exculpa también a
éste de la acusación de alcahuete real, observando con total razón que no era
el Rey persona a quien en este terreno necesitase nadie animar, pues para hacer
una vida de desenfrenado sensualismo tenía los estímulos más eficaces en su
propio temperamento. Y lo prueba, sin que deje lugar a duda, que cuando
Olivares cayó, no por eso se modificó la conducta libertina del Monarca, a
pesar de que era más viejo y de que mil desgracias y responsabilidades traían a
su corazón el dolor; pero no la formalidad.
Es, desde luego,
certísimo que en estos primeros años el afán del Conde por conquistar la
voluntad del futuro Monarca le hizo extremar sus complacencias en todo aquello
que un joven apetece, y más si es Príncipe: que, naturalmente, no son
disciplinas ni austeridades. Roca nos dice que, en efecto, le facilitaba
caballos y ocasión de lucirlos, monterías, fiestas de comedia y mascaradas;
pero nada más; pues otra cosa sería monstruosa, dada la edad del Príncipe.
Añade Siri que Olivares ganó a su amo dándole aquellas dos cosas que un
Príncipe necesita más: libertad y dinero. No está comprobado esto último, que
ya se había atribuido al Duque de Lerma con respecto a Felipe III y que repiten
casi todos los comentaristas; pero no sería extraño, puesto que la familia real
estaba tan necesitada de pecunia y puesto que Don Gaspar sabía gastar la suya
con oportunidad y largueza.
El mismo Siri añade
que, «a medida que Don Felipe avanzaba en edad, el Conde le variaba las
diversiones», tales como «paseos nocturnos, amoríos fáciles y, en fin, todo
aquello que la blanda y perezosa vida madrileña puede ofrecer a los españoles y
a lo que ellos se entregan con tanta facilidad». A esto se refiere la carta que
en 1621, es decir, muy al comienzo de la privanza de Olivares, se atribuye al
arzobispo de Granada, en la que reprocha al Conde de acompañar el Rey en sus
callejeos y aventuras nocturnas y en «complacer al Rey en cosas ilícitas». La
respuesta de Olivares no niega ni los paseos de noche ni su acompañamiento,
pero asegura que eran «paseos decentes», y los disculpa por la necesidad que un
Rey tiene «de informarse con los ojos de muchas cosas que si no las viera tal
vez llegaran siempre torcidas a sus oídos; y su abuelo, de haber empezado
temprano a conocer el mundo fue tan gran Rey, y su padre, aunque tan virtuoso y
esclarecido, de criarse tan a solas le procedió el no saber vivir sin otro; y
como yo no quiero a Su Majestad para mí, sino para todos, no querría que dejase
de conocer tanto mundo como tiene a su cargo»55. Este criterio, tolerante, muy
renacentista, de Olivares, de la medida exacta de su famosa actividad
corruptora del Rey. No pasó de aquí. Es cierto que pudo templar la precoz
sensualidad del Infante; pero la severidad moral llevada a estos términos no
suele ser ni corriente ni tolerada en los palacios; compárese la conducta del
Conde-Duque, tal como resulta de estos papeles, con la de cualquiera de los
amigos de Reyes o Príncipes actuales. En todo caso, incluso esta fase de
complacencia fue pasajera. Pocos años después, desde que en 1626 muere su hija
María, vemos, en efecto, al Conde-Duque inclinado a graves normas de austeridad
moral; y consta que entonces no sólo protegía, sino que intentaba de continuo
cercenar los apetitos del Rey, si bien con escasa fortuna. En resumen, sobre
una base de complacencias frívolas en el comienzo de la privanza, se ha formado
la leyenda de la inicua e interesada tercería de Don Gaspar, que es hora ya de
ir olvidando. Es una escena más de la gran comedia de enredo que se nos viene
haciendo pasar como historia de este reinado; comedia forjada por la mala
intención de los resentidos de la época y por el afán de lo pintoresco de los
viajeros y comentaristas extranjeros. La leyenda de la alcahuetería de Don
Gaspar se debe, principalmente, a Brunel, a Bertaut y a Madame d’Aulnoy,
viajeros todos posteriores en bastantes años a la muerte del Conde-Duque, que
recogieron sin el menor escrúpulo las hablillas cortesanas56. Es pecado sin
perdón darles la menor autoridad. Brunel, por ejemplo, refiere la historia de
que el Conde-Duque pertenecía a la secta de los alumbrados e indujo a
convertirse a ella a Don Felipe para pecar a sus anchas; más adelante veremos
la absoluta falsedad de tal imputación. Bertaut complica al Valido en los
amores del Rey con una de sus queridas, la Duquesa de Veragua; y está
demostrado que el real enredo tuvo lugar hacia el año 1656, cuando los huesos
de Olivares se deshacían ya en su tumba de Loeches57. Y así los demás.
Según todas las
probabilidades, el acompañante y tercero en las pecaminosas aventuras del
rijoso Monarca era Don Luis de Haro, el sobrino del Conde-Duque y sucesor de
éste en la privanza, al que Olivares quiso, por aquellas razones, separar
varias veces de Palacio58. Pero Don Luis de Haro era «el hombre simpático», a
quien nadie pide cuentas; siendo así que fueron, en este aspecto y en muchos de
los políticos, más graves que las del odiado Conde-Duque. También se
atribuyeron tercerías reales al yerno del Conde-Duque, el Duque de Medina de
las Torres, sobre todo en los amores con la Calderona, la madre de Don Juan de
Austria, antes —se dice— amante de dicho Duque, que, por servil cortesanía, se
la cedió luego a su señor. La principal propagadora de este episodio es la
pintoresca embustera Madame d’Aulnoy, que añade que Don Juan de Austria se
parecía tanto a Medina de las Torres que evidenciaba que era éste y no el Rey
el verdadero padre del héroe bastardo. También se ha mezclado en estos amores,
como complaciente servidor de Don Felipe, al Conde-Duque. Todo es, sin duda,
invención. Baste considerar que la aventura de la Calderona ocurrió en 1627,
pocos meses después de morir la hija de Don Gaspar, la dulce María, dejando a
su viudo, el Duque, sumido en un desconsuelo no muy largo, pero no tan corto
que haga verosímil la sospecha de su enredo con la cómica; y a su padre, el
Conde-Duque, apartado para siempre de toda liviandad.
La captación del
Príncipe se completaba, y esto sí que es cierto, con el espionaje, método muy
corriente entonces en los alcázares y por el que, en consecuencia, tampoco
podemos hacer al Conde-Duque reproches excepcionales. Consta este punto por la
declaración conocida, de Matías Novoa, al comienzo de sus Memorias de Felipe
IV, en la cual dice que el motivo de su enemistad contra el Conde-Duque es que
éste, al alcanzar el Poder, le despreció después de haberle utilizado como
espía del Príncipe. La página, de turbia prosa, en que lo refiere es del mayor
interés; pero sale peor librado el espía que su instigador59. Con más o menos
fundamentos se habló, más adelante, de otros espías del Valido, entre ellos
Doña Juana de Velasco, la que fue su nuera; el Duque de Medina de las Torres,
su yerno; y su criado, Don Cristóbal Tenorio, el raptor de la hija de Lope de
Vega60.
En estas intrigas
llegamos al año 1618, en que «hubo en el cuarto del Príncipe revolución y
mudanza de llaves y criados»; y, con este motivo, Lerma hizo el último esfuerzo
para alejar al Conde de Olivares. Pero éste estaba ya tan seguro de su fuerza,
y de la poca que le quedaba al Valido, que le respondió con altivez y cara a
cara que no dejaría por nada ni por nadie su puesto: puesto de Valido del
Príncipe, sin eufemismos; con lo que el Duque, ya Duque-cardenal, vio perdida
la partida y se alejó de la Corte.
Fuga a Sevilla
El año siguiente se
verificó el viaje de los Reyes a Portugal para asistir a las Cortes de Lisboa,
que debían jurar fidelidad al heredero. En la lista de la comitiva figura ya
como jefe el Duque de Uceda; escondido entre los nobles del séquito va fray Luis
de Aliaga. Como ayo del Príncipe, Don Baltasar de Zúñiga; y, a su sombra, Don
Gaspar de Guzmán, Conde de Olivares61. Aparece éste, en el documento oficial,
mezclado con el Conde de Saldaña, con el Marqués de Castel-Rodrigo, con el
Conde de San Esteban y otros más; pero era él, en la realidad, el dueño,
descansando en la lealtad de su tío Don Baltasar, el ayo «que —según Roca—
aunque parecía dormido, no dormía en lo interior». Don Baltasar era, en efecto,
el hombre de confianza que, en los años que precedieron a su privanza, tuvo
Olivares en Palacio; y a su consejo y valimiento se debió, sin duda, buena
parte del logro de sus ambiciones.
En el curso de la real
jornada Don Gaspar tuvo una de sus súbitas huidas y se marchó desde Lisboa a
Sevilla. El pretexto oficial fue que el estado de sus haciendas andaluzas hacía
muy conveniente su presencia y cuidado directo. Pero sorprende la elección del
momento en que le acometieron estos pujos de buen administrador. En Sevilla se
halló muy bien. Encontró a sus antiguos amigos, quién sabe si también a mujeres
a las que antes había amado y le era grato recordar; y, desde luego, a los
poetas conocidos y el ambiente dionisiaco de la ciudad andaluza, al que tan
sensible era. Volvió a sus gustos de mecenas, costeando la impresión de las
poesías de Herrera, prologadas por Rioja y dedicadas a él62.
Para mí es evidente que
la razón verdadera de este alejamiento cortesano fue una de las depresiones
melancólicas que en el curso de la vida le acometieron y cuyo estudio haré más
adelante. Al hundirse su humor en uno de estos baches, se le apagaban súbitamente
los fuegos de la ambición y tendía a la vida interior y al noble retiro de las
intrigas cortesanas. Hay un párrafo muy significativo del Conde de la Roca, al
referir esta estancia sevillana, y lo quiero copiar: «La ausencia de la Corte y
de Palacio; las comodidades de su autoridad y gusto, que renunció en Sevilla;
la naturaleza que, tal vez, si la dejamos obrar, se contenta con lo que basta;
el mal estado en que halló su hacienda; la consideración propia y ajena, que le
hizo demostraciones, según la presente justicia, de que ninguna le podía ser
ganancia más cierta que la de retirarse del real servicio, porque los sabios,
de sí mismos procuran alcanzar sus riquezas y no de la fortuna, y esto lo
conseguirán estándose en casa, desempeñándola con economía, y otras iguales
razones, tuvieron al Conde casi resuelto a seguirlas y quedarse por morador de
Sevilla.» Recuerda el tono de las palabras transcritas a las de la inmortal
Epístola moral a Fabio, atribuida a Rioja, el íntimo confidente del melancólico
Olivares; y, como cada cual tiene derecho a fantasear sobre lo que no se sabe,
yo me imagino que Fabio pudo ser el Conde-Duque y que la aversión a la Corte
encenagada y el canto admirable a la paz de la vida oscura, en un ángulo de los
lares, con un libro y un amigo, son el sentir de los mecenas, expresado por el
poeta en versos magníficos; como Roca los tradujo en prosa llana63.
Pero el canto de la
vida sevillana se iba a acabar pronto, y para siempre64. Felipe III, de vuelta
de Lisboa, enfermó gravemente en Casarrubios del Monte, y Don Baltasar se
apresuró a llamar a su sobrino, por si ocurría, como temieron todos, la muerte
del Rey, que estaba desahuciado por los médicos. No quiso Olivares, al
principio, obedecer, ya fuera porque realmente le costaba arrancarse de su paz
andaluza, ya —quizá en combinación con el propio Don Baltasar— para hacer valer
más su ausencia, pues en las audacias de su ambición era genial. Se lee en
varias de las biografías del Conde-Duque que contestó a su tío que sólo iría
«si la voluntad del Príncipe se manifestase ofreciéndole un oficio mayor si
heredase: con lo cual vendría»65. Hay en esta respuesta un aire cínico que
probablemente no tuvo en la realidad. Parece más conforme con ésta, dado el
carácter de Don Gaspar y las condiciones del momento, la versión que da
Malvezzi: y es que «prefirió probar si la ausencia anulaba el favor que le
mostraba el Príncipe; porque si así fuese, poco podía esperarse de la solidez
de su afecto; y sin ella, no quería aventurarse en una empresa en que otro, con
mejor fortuna, podría fácilmente sustituirle»66. Desconfiaba, en suma, de esa
veleta tornadiza que era la «gracia real»; y, jugador de gran juego, prefería
no aventurarse y perderlo todo antes que ganar bazas que no fueran definitivas.
Milagrosamente —dicen
las crónicas— mejoró el Rey y pudo llegar a Madrid. Pero su muerte se cernía en
el ánimo de todos. Como dijo Quevedo en sus Anales de quince días, «trajo
siempre, desde los accidentes de Casarrubios, mal segura salud y color sospechoso».
Con estos augurios aumentó hasta el frenesí la tensión de las intrigas
palatinas en el año y medio que medió hasta la muerte del Monarca. El Conde,
requerido de nuevo por su tío, o porque así conviniese a sus planes, se
presentó en la Corte.
Muerte de Felipe III y
victoria de Olivares
Sin duda, había
transcurrido el ciclo de depresión; y lleno de ánimos nuevos, como siempre le
pasaba, cogió otra vez el hilo de la intriga y dispuso sus últimas jugadas con
insuperable habilidad. No tiene interés reproducir aquí todas las mezquindades
de aquellas horas en que, en torno del pobre moribundo, agravado de su habitual
simplicidad conforme su tránsito mortal se acercaba, «tan impíamente se
gobernaban los que deseaban ascender a nuevos lugares, valiéndose de
asechanzas, malas ausencias, pláticas injustas y términos fuera de toda buena
cortesía y correspondencia». Así pinta el ambiente Novoa, que era uno de los
que lo respiraban67.
Hubo varias
alternativas de flujo y reflujo en el favor del Rey agonizante y en el del
Príncipe para el Conde recién llegado. Pero se veía claramente que, a través de
ellas, Olivares se afirmaba más y más. No puede juzgarse hoy si actuaba con más
o menos escrúpulos que sus adversarios; lo indudable es que tenía más talento,
y que su alianza con Don Baltasar de Zúñiga era más fuerte que la de su rival
Uceda con los suyos. Perdían éstos terreno cada día, hasta que, viéndose
derrotados, llamaron al viejo y experto Duque-cardenal, desterrado en su
palacio de Lerma; confiaban que el Monarca, al verle, le devolviera su antiguo
poder. Era lo único que se les ocurría ya ante el avance metódico e implacable
de Don Gaspar de Guzmán. Pero éste, advertido por su tío del aviso y de que el
antiguo Privado estaba ya camino de la Corte, tuvo un golpe de audacia más:
prescindió del Rey, que vivía aún, y anticipando el mandato regio del que era
todavía Príncipe, le arrancó una orden para detener a Lerma en el camino, por intermedio
del arzobispo de Burgos, obligándole a volver a su destierro68. Según los
informes de los médicos, dirigidos por el doctor Valle, que el Conde recogía
con ansiedad, calculó éste que cuando el mensajero topase con el Duque-cardenal
el Rey habría muerto ya y, por lo tanto, el mandato del Príncipe sería de Rey.
Ocurrió en Villacastín, «antes de pasar los puertos», el encuentro del correo
con Lerma; y éste, ducho en estas intrigas y cansado, probablemente, de luchar,
así que leyó la orden del Príncipe, volvió grupas sin discutir la validez y
retornó a su retiro castellano.
Olivares, poco antes se
había encerrado con el Príncipe y, asustado, como siempre, por la gravedad del
momento, le había pedido permiso para irse otra vez a Sevilla aquella misma
noche. No quería tomar responsabilidad alguna en el trance que se acercaba,
pues «el cuerpo de esta Monarquía —el estilo suyo es inconfundible aquí— está
en tal estado que sólo de mudarle de unas manos a otras debemos temer que se
nos quedase muerto». Además, se sentía sin salud y sin ambición. Pero el
Príncipe no podía, y menos en aquella hora suprema, prescindir del que ya era
báculo de su voluntad. Le suplicó que se quedase. «Si Dios —le dijo— se lleva
al Rey, Conde, sólo de vos he de fiar el mucho embarazo del gobierno; porque
estoy persuadido de que podéis desempeñarle.»
La suerte estaba
echada. Cuando Uceda, el «hombre sin virtudes ni vicios», como le llama Siri,
vagaba consternado por los alrededores de la cámara regia, encontró, poco antes
de la muerte del Rey, a Olivares. «¿Cómo van las cosas del Príncipe?», le preguntó;
y Don Gaspar, sin poder reprimir la ambición satisfecha, respondió: «Todo es
mío.» «¿Todo?», replicó el Duque. «Todo, sin faltar nada», dijo el Conde. Y
suyo era, en efecto, el Príncipe, cifra de todo lo demás; y no dejó de serlo
casi hasta su muerte. A poco —el 31 de marzo de 1621— moría Felipe III, a los
cuarenta y tres años; y Uceda, al saber la vuelta de su padre al destierro,
comprendió la profunda razón de las que parecían bravatas del ya nuevo Valido.
El mismo Rey adolescente, recién vestido el luto de su padre y entre los
primeros sollozos de su dolor, le notificó, por si aún lo dudaba, que nada
tenía que hacer en Palacio; y en forma tan agria y tan a la vista de los
cortesanos, malignamente alborozados de la escena, que, seguramente, debió sentir
entonces el mayor dolor de sus horas de mala fortuna; mucho mayor que cuando
desterrado y preso aguardaba a la muerte libertadora.
A partir de entonces,
durante más de veinte años, el nuevo Rey aparecerá siempre, como lo describe
Hume, puesto a la sombra de su Vicerrey, del personaje serio, robusto, de la
cabeza cuadrada, de los negros ojos brillantes y del gesto autoritario y brusco.
Tal como vemos a los dos pintados en el cuadro simbólico de Mayno de nuestro
Museo: como un gigante que, mientras corona al débil mancebo rubio, mira
irónicamente al espectador, seguro de que éste está ya en el secreto de quién
es, de los dos, el amo.
Y aquí termina el ciclo
ascendente de las ambiciones del hijo del embajador en Roma. Su sino se
cumplía. La aptitud de mando y eficacia burocrática habían encontrado un cauce
real. Joven aún, por más que «con la salud quebrada y achacosa»; experto en letras,
en intrigas, en conocimiento de los hombres; con pingue herencia de talentos
políticos y de virtudes sociales; bien casado; sin adversarios temibles en
aquella Corte y sociedad tan flojas; dueño del ánimo de un Rey sin voluntad:
ningún resorte le faltaba, pues.
Hoy, sin embargo, vemos
en esta hora de triunfo, algo que él, en su apoteosis, no podía distinguir: a
aquella mujer del estado llano, Ana de Guevara, que estuvo a punto de desviar
su carrera triunfal. La nodriza, que él apartó de un manotazo y que, con paso
de vulpeja, se perdió por los laberintos del Alcázar; pero que espiaba en la
sombra, con paciencia oriental, la hora de volver. Esta mujer era como el
símbolo del odio que habían de tenerle las mujeres y el pueblo, las dos fuerzas
que, al fin, contribuyeron a perderle.
Si los horóscopos
fueran ciertos, en el del Conde-Duque esta mujer oscura hubiera aparecido como
una furia adversa e implacable.
SEGUNDA PARTE: EL CICLO
DEL PODER PERSONAL
4. El ciclo del poder
personal
Las tres etapas
LA vida pública del
Conde-Duque de Olivares, a partir de la fecha de la muerte de Felipe III, hasta
veintidós años después, cuando en 1643 termina su privanza, es bien conocida y
no corresponde el repetirla al propósito de este libro, de historia humana y no
de historia política propiamente dicha. Además, entre historias y leyendas se
ha contado ya, hasta la saciedad, lo que se sabe y lo que se presume del
Rey-poeta y de su Corte de ingenios, comediantes y aventureros, y de los
despotismos, aciertos, errores y desdichas de su imponente consejero, el más
popular, sin duda, de todos los Validos españoles, gracias al mito legendario
de su época, y gracias también al genio de Velázquez: que a muchos hombres les
ha salvado del olvido o les ha ayudado a flotar en la memoria de la posteridad
una pintura genial; y esto, seguramente, lo sabía muy bien el propio
Conde-Duque.
A estas historias
remitimos, pues, al lector69. Aquí mismo se hará, en capítulos próximos, un
esbozo de la obra exterior e interior del Conde-Duque. Pero no creo que sea
inútil ahora un recuerdo del ciclo de la vida pública de Don Gaspar. Porque,
inevitablemente, hemos de referirnos a ella. Y porque, desde ahora, debemos
orientarla en relación con las modalidades de su personalidad humana.
Todo gobernante
absoluto, llámese dictador, tirano o valido, pasa, casi sin excepción, por tres
fases en su mandato. Una primera en la que el nuevo jefe carece aún de fuerza
propia y organizada, pero se la da el pueblo, que acoge siempre toda novedad
política con alegría y esperanza; y, sobre todo, en el caso del dictador, cuya
característica es la capacidad de sugestión, el magnetismo de su gesto; sin lo
cual no hay dictadura posible70. El jefe absoluto ha de justificar la
expectación y el acatamiento populares con actos de gobierno llamativos,
numerosos y fuera de lo común, de los que forma parte inevitable la persecución
de los que le precedieron y el revocamiento, a grandes manotazos, de buena
parte del antiguo orden; no se olvide que toda dictadura trata de evitar una
revolución popular, y si lo logra, es adoptando ella también los métodos
revolucionarios, por lo menos en apariencia.
En la segunda fase, la
opinión empieza a ser hostil al jefe, porque éste ha de mandar con violencia; y
la violencia fatiga pronto a la multitud. Las reformas se va advirtiendo que
han sido más de relumbrón que de eficacia. Los nuevos rectores de la vida no
son arcángeles, sino hombres del mismo barro y con pasiones idénticas que los
de antes y los de después. La vida, bajo el mando absoluto, suele encarecer:
casi siempre la revolución o la dictadura se hacen —acaso sin que lo sepan sus
propios caudillos— para justificar un brusco aumento en el nivel económico de
la vida. Las libertades públicas, antes despreciadas, se echan ahora de menos
con angustia, y el ansia de recuperarlas se fomenta en la tensión que produce
la clandestinidad. Ésta favorece también la propensión a la calumnia: una de
las inevitables es la inmoralidad del dictador. Pero, frente a esta marea
adversa, el dictador ha adquirido fuerza propia que le permite contrarrestar el
descontento y permanecer firme en su altura. La sugestión teatral, la capacidad
de mando y el empuje físico para el trabajo del gobierno, que todo dictador
tiene desde que nace, alcanza su máxima tensión. Un ejército de devotos a su
persona e interesados en su éxito le rodea y le apoya. Desde luego, el poder
absoluto y la continuidad en su ejercicio le permite, con más o menos fortuna,
realizar actos de gobierno eficaces y, muchas veces, terminar con acierto
problemas que en el régimen normal no encontraban solución. No falta el típico
fenómeno de las grandes obras públicas, que hermosean el rostro al país y
sirven, mientras se hacen, de sostén a grandes núcleos de artesanos y peones;
y, finalmente, las fuerzas coercitivas del Estado obedecen con precisión al
mando único y permiten una era de tranquilidad, que contrasta con los largos
disturbios que justificaron la dictadura; se alcanza, en suma, el «orden»,
grato a casi todos y lleno de ventajas para la vida material. El tirano vive,
en pleno optimismo, tocando con las manos sus indudables éxitos y convencido de
que los rumores de disgusto que, de tiempo en tiempo, llegan a su despacho, son
ecos de la envidia de los vecinos y de los profesionales del resentimiento.
Según los casos, dura
más o menos tiempo el equilibrio entre las dos fuerzas contrarias. Depende de
factores generales y personales tan numerosos e imprevistos, que es difícil
intentar su sistematización. Pero, al fin, inevitablemente, llega el día en que
las tendencias adversas dominan a las que asisten al dictador. El descontento
va ganando, desde el pueblo, a planos cada vez más altos de la sociedad y se
infiltra en los círculos mismos que rodean al jefe. A veces éste no comete
errores considerables; pero es igual; nada contiene la marea que sube. Si
sobreviene un fracaso, no hay que decir que el lento flujo ascendente se
convierte en tempestad. Y acaso, en lo íntimo del espíritu de aquél, empieza a
dibujarse la desesperanza. Lo probable es que, habituado al imperio, nadie se
lo note; desde fuera parece más fuerte quizá que nunca; y él mismo, embriagado
del veneno del mando, puede no darse cuenta de que están rompiéndose, allá
dentro, los resortes de su magia personal. Pero lo común es que le rinda el cansancio
físico y la convicción de que su esfuerzo no se agradece ni se interpreta con
justicia. El dictador es siempre un hombre de buena fe; si no la tuviese, su
mando no duraría apenas. Gran parte de su fuerza es la sugestión; pero
sugestión que empieza por él mismo, que se cree predestinado a las grandes
empresas salvadoras. Por eso cuando se quiebra la fe en la propia eficacia, la
magia sobre los demás se ha roto también y, con ella, la razón de su poder.
Al llegar a este punto
de su ciclo, el dictador se siente, por lo común, hambriento de paz. Es el
momento delicado en que, después de la lucha contra todos, se desea
ardientemente el asentimiento de todos; en que el vencedor de las multitudes
ambiciona cambiar la autoridad del caudillo por la blanda sugestión del
patriarca. Pero el sueño de la paz se hace más difícil a medida que con más
afán se desea. Por el contrario, se perfila cada día con mayor precisión el
sentimiento terrible, inexorable, de que, mientras más avanza, se ve menos
clara la continuidad con la historia futura; porque toda dictadura, como toda
revolución, termina en un tajo, detrás del cual, claro es, la historia sigue,
pero en el que los héroes de la revolución o de la tiranía se suelen despeñar.
Y cuando esas fuerzas
adversas, de fuera y de dentro, adquieren una tensión superior a las fuerzas de
resistencia, un día, al parecer como los otros, el período final del ciclo se
cumple y el gran tinglado del poder, que parecía eterno, cae estrepitosamente.
La etapa entusiasta en
el Conde-Duque
La sucesión de estas
tres etapas es clarísima en la vida del Conde-Duque de Olivares. El primer
período, calentado por la euforia popular, fue, como suele serlo siempre,
breve: desde su advenimiento al mando, en 1621, hasta dos años después. Don
Gaspar tuvo el acierto de no aparecer desde el primer momento como dueño
absoluto del Gobierno, asociándose con su tío Don Baltasar de Zúñiga y aun
colocándose —por lo menos en apariencia71— en rango secundario. Era Don
Baltasar, como se ha dicho, hombre discreto, mesurado y docto, sobre todo en
los asuntos de Flandes; y en los años de la conquista del Poder había sido el
agente de Olivares en Palacio, con ya señalada lealtad y devoción. El nuevo
Valido procedió finamente dejándole en su puesto de honor, y obró, además, como
hombre agradecido, con la rectitud que era en él habitual. Es muy improbable
que fueran ciertas las murmuraciones, que ya empezaron entonces, sobre si Don
Baltasar, celoso del predominio de su sobrino, tuvo piques y desavenencias con
él72; incluso cuando enfermó Don Baltasar, con rápida muerte a los siete días,
se dijo que el Conde le había envenenado, lo cual demuestra la precocidad y
fiereza de la maledicencia contra el Valido, pues esto ocurría en 1622, casi en
el primer año de su privanza. Don Baltasar de Zúñiga no creó en torno suyo más
que afectos, y hay una suerte de tragedia sentimental en su vida, tan plácida,
pero tan necesaria y quizá tan intensa en la intimidad, que al morir arrastró a
toda su familia73. Se dijo que el Rey había insistido para que el Conde-Duque
se alzase como único responsable del gobierno; lo cierto es que no sólo no lo
hizo, sino que formó una Junta de tres ministros (Don Agustín Mexía, el Marqués
de Montesclaros y Don Fernando Girón), que habían de estudiar y resolver las
consultas, reservándose la solución, en última instancia, el Rey, que, según el
Conde de la Roca, sólo una vez, en la provisión de un cargo, se apartó del
parecer de la Junta en los tres años que duró.
Más o menos escudado
por su tío al principio, y después por su sola cuenta, Olivares desarrolló la
actividad típica del nacimiento de los gobiernos absolutos. Primero, la
persecución de los antiguos gobernantes, bajo el signo de una inflexible
moralización. La acogida de estas medidas fue entusiasta, porque la acusación
unánime contra Lerma y los suyos era la de insaciable rapiña. Las víctimas
principales de la campaña moralizadora fueron el propio Lerma, que, aunque
defendido por su calidad de cardenal, sufrió el destierro y la multa de un
millón de ducados, muriendo poco después; Uceda, su hijo, que tampoco volvió
del destierro, muriendo, preso, en Alcalá de Henares en 1624, y el padre
Aliaga, que fue asimismo exiliado de la Corte. La persecución y prisión del
famoso Duque de Osuna, que el pueblo señalaba como inmoral por el fausto
increíble de su casa, fue también muy impresionante para la plebe, por la
inmensa autoridad de que gozaba el prócer, por sus apellidos y por su vida
principesca74. Pero, sobre todo, aparece como víctima de este período Don
Rodrigo Calderón, que con su noble muerte borró sus fechorías, no mayores, por
cierto, que las de cualquier otro de sus contemporáneos de la Corte española.
Fenómeno muy propio de la psicología popular española fue el viraje sentimental
de aquel pueblo, que pidió a gritos la cabeza del ministro durante tanto tiempo
y que, de repente, al ver su gesto magnífico ante el cadalso de la Plaza Mayor
de Madrid, lo trocó en su ídolo, conservando como reliquias trozos de tela
empapados en su sangre y acusando de verdugo cruel al nuevo Valido. Así es la
multitud. Si el Conde-Duque le hubiera perdonado, hubiera pasado por gobernante
blando ante estos castizos españoles que quieren resolverlo todo con las
ejecuciones, sin reparar que no es lo mismo pedir justicia a voces, por las
calles, que tomar sobre sí, desde el poder, sin más retaguardia para la
conciencia que Dios, la responsabilidad de ejecutarla. Pero si el hombre de
gobierno obedece al mandato popular y, a veces, como tal vez le ocurrió al
Conde de Olivares, por obedecerle, contraría su conciencia, entonces se vuelve
contra él la indignación y la ira de los mismos que la azuzaban. ¡Cuántas
historias como ésta en la historia antigua y en la contemporánea! Lo cierto es que
la impopularidad del Conde-Duque se inició en el instante en que la cabeza del
Marqués de Siete Iglesias —¡nada menos que siete, para acabar así!— aún
contraída del supremo terror mortal, era alzada por la mano del verdugo ante la
imbécil multitud.
Otro rasgo típico de
esta fase fue la creación de Juntas, reformadoras de todo, encargadas de
renovar, de arriba abajo, al país; incluso había una llamada de Reforma de las
costumbres (1622), con la que, inocentemente, se proponía atajar la terrible
inmoralidad de la vida española, de cuya podredumbre hablaremos después. Todo
su programa está contenido en el manifiesto que dirigió al Rey, en noviembre de
162175, y en realidad al pueblo, pues se difundió por toda la nación; equivale
a lo que hoy llamaríamos una Declaración de Gobierno y está escrito con nobleza
y con lealtad; también con graves errores en su concepción de España, que se
comentarán luego.
La tercera
manifestación del período entusiasta fue romper la paz que Felipe III venía,
felizmente, sosteniendo, y comenzar de nuevo las guerras europeas, abriendo las
hostilidades contra Holanda. El dictador es esclavo de estos gestos heroicos,
con los que infunde entusiasmo a la multitud en nombre de ideales y de mitos
gloriosos, muy tónicos para el pueblo, siempre que no cuesten luego demasiado
caros. Son tales gestos para la masa como el alcohol para el individuo, que
alegra, reconforta e ilumina el porvenir; pero que, a la larga, acaba con el
equilibrio del espíritu y con la salud material. De esto iba a adolecer, y en
tremenda medida, la aventura guerrera que emprendía el Valido, y que duraría,
casi sin interrupción y con complicaciones cada vez más sangrientas, hasta el
derrumbamiento de la dinastía de Austria. El carácter quijotesco de esta guerra
es conocido. No obedecía a ninguna necesidad del país, de las que pueden
justificar la pérdida del bien supremo de la paz, sino a aquel arrebatado idealismo
que fue, sin duda, origen de muchas de nuestras grandezas, pero que ya no tenía
oportunidad ni justificaciones; y en este error de cronología elemental está el
principal pecado de la política del Conde-Duque.
La crítica, germinando
en la sombra, no aparecía aún detrás del resplandor de las esperanzas. El
pueblo estaba todavía contento. La borrachera de la novedad obra, en la
multitud, largo espacio. Como dice Roca, «los primeros días del gobierno
salieron admirables órdenes que, como miraban a revocar y poner en orden los
abusos padecidos, todos las aclamaban; y se levantaban por las mañanas las
gentes con hambre de orden nuevo». Todo parecía que iba a cambiar. De la guerra
llegaban algunas nuevas, como la de la batalla de Fleurus, que resucitaban el
entusiasmo, tanto tiempo dormido, hacia los tercios y los capitanes españoles.
Y la fachada visible de la España interior, ante el mundo, era una Corte
fastuosa y llena de ingenio, adornada de las cabezas insignes de Lope,
Calderón, Velázquez y Quevedo, tocadas, aún en vida, de la inmortalidad; Corte
de Reyes envueltos en el mito romántico, en la que se representaba la Niquea,
en Aranjuez, con incendios intencionados del teatro rústico y el salvamento —se
decía— de la Reina por su galán Villamediana; y en la que pocos días después
caía éste, muerto de un ballestazo, en circunstancias misteriosas, con llanto
de mujeres, epigramas de los poetas y sospechas de amores egregios.
Y el cuadro, rosado y
brillante, se completa al año siguiente con el lance más bonito que ha sucedido
desde que hubo Reyes, Príncipes enamorados, palacios y jardines y todos los
elementos de la escenografía legendaria, que aquí, sin embargo, fue realidad:
Carlos, el Príncipe de Gales, enamorado de la Infanta española, por puro afán
de enamorarse, porque no la conocía, como se enamoran los que luego, como él,
han de morir jóvenes y en plena tragedia, deja su patria, contra todos los
protocolos, y disfrazado de aventurero, con un solo criado, recorre la
Península, entonces áspera y peligrosa, y llega una noche a Madrid para ver a
la novia, a la Princesa española, idealizada en los sueños brumosos de su país.
¡Qué maravillosa aventura! Los españoles, habituados a ver como hechos
naturales las cosas más extraordinarias, consideraron también como dentro del
orden justo ese fuego y esta locura del Príncipe inglés; y les fortaleció el
convencimiento de que Madrid era, para propios y extraños, la Meca de la humana
felicidad. Ya entonces Inglaterra era el país del orgullo. «Su natural es
soberbio —escribía el mismo Conde-Duque— despreciador de todas las otras
naciones»76. ¡Y, sin embargo, el hijo de este Rey vino, como un colegial, a la
Corte remota de España, solicitando el amor de una de sus Princesas!
Las fiestas que hubo en
Madrid para obsequiar al inglés fueron fantásticas y han sido relatadas muchas
veces. Pero más que las fiestas nos seducen las escenas de amor de los dos
mozos reales, los encuentros furtivos al pasar las carrozas por el Prado y aquel
acecho del Príncipe a la Infanta, desde un muro de la Casa de Campo, mientras
ella cogía las rosas húmedas de rocío, que recuerda al primer encuentro de
Calixto y Melibea77. Nada parecido nos cuenta la historia. Pero el idilio
maravilloso fue tan leve como una flor. La Infanta no era, ciertamente, un
hada; y, además aterrada por la heterodoxia de su amante, le hacía, al verle,
la señal de la cruz. El Conde de Olivares intervino, además, con un espíritu de
intransigencia religiosa que acabó por descorazonar a Carlos de Inglaterra,
que, al fin, se fue con la desilusión y el despecho anegados en un torrente de
regalos magníficos78. La responsabilidad directa de Olivares en este fracaso de
la boda principesca es hoy indiscutible, y quizá otra de sus culpas mayores. Se
complace uno en pensar que el mismo Felipe II, tan sagaz dentro de su
intransigencia, hubiera buscado un arbitrio hábil para que el matrimonio se
pudiera efectuar; y el lector de hoy piensa en lo distinta que, tal vez,
hubiera sido la suerte de España, unida, por esta alianza de amor, con
Inglaterra.
La etapa del poder
conquistado
Al extinguirse el ruido
de los festejos con que se aturdió, más que se obsequió, al Príncipe Carlos, es
cuando empieza el clamor general contra el Conde dictador. Hume lo observa
sagazmente. Es fácil comprobar, por el brote de papeles agresivos, el descontento
de los nobles y la resistencia de los órganos de gobierno. Se tiene hoy la
sensación de que los españoles se dieron pronto cuenta de que el Valido había
cometido dos errores trascendentes: la ruptura de la tregua de Holanda y la del
proyecto de matrimonio con el Príncipe de Gales; y no dejó de influir en la
hostilidad inicial el mal efecto que hizo la dispendiosa ostentación de
riquezas en las célebres fiestas, cuando cada cual, en su hogar, y sobre todo
en los campos españoles, tocaba la dureza de la vida, cada día más aguda por
las nuevas necesidades nacionales y los nuevos impuestos. El español de todo
tiempo ama, además, la modestia en sus gobernantes; y cuando éstos, aunque sea
con razón, hacen demostraciones fastuosas, el pueblo se divierte con ellas,
pero lo anota y pide, en cuanto puede, la cuenta del derroche.
Toda la ola de
acusaciones, de calumnias, muchas de ellas de violencia pocas veces igualada en
la historia de los odios políticos, va formándose a lo largo de este período,
desde 1623 hasta 1639-1640, en que se inicia claramente el final del ciclo de
nuestro Privado. Pero el Conde de Olivares, Conde-Duque desde 1625, ya no
necesitaba para mandar del ambiente favorable callejero. El Rey era un ciego
instrumento suyo; los Grandes, temerosos o sometidos, tampoco entorpecían su
camino; y el pobre pueblo a todo se avenía con mansedumbre ejemplar. En el
centro de este período, Don Gaspar, en plena madurez de su aptitud de mando,
asediado de peligros internos y externos, en número y gravedad de pesadilla, y
haciendo frente a todos con energía indomable, se nos representa como un
cíclope que sostiene sobre sus anchas espaldas todo el edificio inmenso del
Imperio español, que se desploma. «Atlante» le llamó, en una de sus famosas
piezas, Calderón, y como «Atlante», sosteniendo el mundo, le hizo representar
en la portada de su Fernando o Sevilla restaurada, el Conde de la Roca79.
Los diecisiete años de
este período fueron de continua guerra en casi la totalidad de las tierras de
España: Flandes, Alemania, Italia, Francia, América; e incluso de ataques al
territorio peninsular, como el de los ingleses a Cádiz en 1625, fruto sangriento
del rencor en que se fue transformando la pasión humillada de Carlos de
Inglaterra. En luchas tan vastas y encarnizadas, los ejércitos de España, mal
pagados, mal dirigidos, resentidos del desorden del Estado, que les picaba —y
es el peor enemigo— por la retaguardia, sufrieron derrotas, casi nunca
deshonrosas, pero costosísimas; pero tuvieron también horas de triunfo
comparables a las de nuestros mejores tiempos militares, que igualan, de vez en
cuando, la España de Felipe IV a la de sus abuelos. Culminan estos momentos de
grandeza en la rendición de Breda, por Spínola (1625); en la victoria de
Nordlingen ganada por el hermano del Rey, el Cardenal-Infante (1634); y en el
socorro de Fuenterrabia (1638), en el que, aunque desde Madrid, intervino muy
directamente el mismo Conde-Duque, adjudicándose a sí mismo, entre honores y
mercedes extraordinarios, el de hacerse retratar por Velázquez tal como le
vemos en el Prado, de jefe efectivo de sus tropas, y en actitud tan
injustificadamente heroica que atestigua la vena delirante que ya por entonces
empezaba a acometer al dictador.
Cada ejército y cada
batalla de cada ejército eran para el Valido motivo de increíbles esfuerzos
para exprimir de las bolsas agotadas de los vasallos y de las egoístas de
muchos de los nobles, el dinero suficiente, que en ocasiones no bastaba ni para
vestir y calzar a la tropa, y que milagrosamente completaban los galeones de
América, como los que llegaron, repletos de oro en 1635 y 1637, en momentos de
angustioso apuro. El propio Conde-Duque daba ejemplo acudiendo con cuantiosas
sumas a los gastos militares80. Los hombres útiles escaseaban también, y había
que arrancarlos, en levas crueles, por la fuerza, de sus casas y de los campos
exhaustos, formando contingentes bisoños, mal instruidos y peor armados.
Faltaban también generales y administradores capaces, justificando el lamento
que anota Don Gaspar en casi todas sus cartas al Cardenal-Infante: «¡No hay
cabezas, Señor, no hay cabezas!» Y aun así, el milagro de la victoria se
repetía una y otra vez, con persistencia que da idea fabulosa de la capacidad
vital de nuestra raza. Todo lo hacía denodadamente, entre angustias y raptos de
entusiasmo de su humor alternativo, el Conde-Duque. Y a ello había que añadir
la obra interior de España.
En efecto, toda esta
política guerrera se había de apoyar, según su concepción política, en una
reorganización del Estado español, expuesta, sobre todo, en uno de sus
manifiestos escritos al Monarca (1625), cuya lectura detenida es indispensable
para el cabal juicio del Valido81. Esta concepción, que más adelante se
comentará con mayor espacio, se basaba en la unificación de los diversos reinos
de España, cuya desigualdad ante el Estado, por los fueros y privilegios de
algunos, quitaba solidez, en lo económico y en lo legal, al reino español.
Podrá achacarse al Valido error o mala suerte en la ejecución de este proyecto;
pero no se le puede discutir el haber tenido un pensamiento político firme y
definido, muy de dictador, respecto de la nacionalidad española. Su error fue
de táctica; precisando más: de soberbia; de «la nativa, inconsiderada,
peligrosísima soberbia española», como dijo Cánovas82; exaltada en el
conde-Duque en esta fase de dominación.
Para la reforma de la
política administrativa ideó el sistema de las Juntas, que con tanto aplauso
fueron recibidas y que después se desacreditaron, tal vez por su número y
complicación excesivos. Pero cualquiera que fuere el resultado de su primer
ensayo, aquellas Juntas representan, como muchos han dicho, un ensayo precoz y
digno de aplauso de la organización administrativa moderna, creando grupos de
hombres expertos y especializados para cada serie de asuntos, autónomos o
semiautónomos, anticipo de los actuales Ministerios y del régimen de
Patronatos, tan difundido en la actualidad.
La necesidad de
arbitrar recursos le impuso también una tarea titánica, inventando impuestos y
cargas, la mayoría muy desacertados, como lo es toda economía que va a la zaga
de los hechos publicos y que no supedita éstos a ella. Pocas veces hubo más
total y fundamental anarquía en la Hacienda española que en estos años del
vigor de la dictadura del Conde-Duque; y pocas veces se demuestra con mayor
claridad que de todas las consecuencias malas de un poder personal, las peores
son siempre las económicas. Sagazmente decía, ya entonces, el Conde de la Roca,
que «el punto de los tributos e impuestos es el capítulo más peligroso de un
Privado».
La etapa de la
declinación
Tantos cuidados
convergiendo sobre una sola responsabilidad suponen una tensión ciclópea de sus
aptitudes y de su voluntad de mandar; y sólo lo que esta pasión tiene de
insaciable explica el que pudiera resistir los diecisiete años de privanza sin
una sola tregua. Pero, al fin, llegó la hora de su declinación. La victoria de
Fuenterrabia, en 1638, marca el apogeo de su poder, al que sigue, casi en
seguida, el tajo profundo de la desgracia. En la historia de casi todas las
dictaduras, la caída del Privado está cronológicamente unida muy de cerca a uno
de sus más importantes éxitos. El de Fuenterrabia produjo enorme entusiasmo en
el pueblo: por última vez conoció Don Gaspar el grato y pérfido ruido del
aplauso de la multitud83. Atrajo, además, el suceso, como he dicho, sobre
Olivares un sinnúmero de honores y prebendas; pero, como Cánovas tan finamente
percibió, no los recibía ya un ánimo entusiasta, sino un corazón desengañado.
Profundamente conmovedor es este contraste entre la gloria oficial y la amargura
con que, en secreto, la recibió el Conde-Duque. Aquí está el punto crítico que
marca el comienzo de la debilidad íntima de los dictadores, que ni sus enemigos
perciben; el gesto entonces ya no tiene eficacia; y ésta es la señal para el
ataque definitivo.
En 1640 ocurre la
degollina general de castellanos en Barcelona; y las mismas hoces de «els
segadors» cortaron también las raíces profundas de que se nutría el poderío del
Conde-Duque: el favor incondicional del Rey y su propia fe. Pocos meses después
se sublevaba Lisboa. Comenzaban así, casi a la vez, las dos dolorosas guerras
peninsulares: la de Cataluña, que duró hasta 1658, y la de Portugal, hasta
1668, terminando con la pérdida de la Cataluña francesa y con la independencia
de todo el reino lusitano. Al año siguiente (1641) hubo la intentona, más o
menos confirmada, de Medina-Sidonia para independizar a Andalucía, grave, más
que por su violencia, por ser indicio de hasta qué punto se había deshecho el
sentimiento de la conciencia nacional, cuando los propios Grandes, como más
tarde ocurrió también en Aragón, se levantaban contra la unidad de la patria.
Era esto el Inri para la política de Olivares; el fracaso implacable, la
realización dolorosa de cuanto quiso evitar, y en forma tan cruel como, probablemente,
no la imaginara nunca. Su estrella se eclipsó también en los campos de Europa,
y no fue la menor desdicha la muerte del gran Cardenal-Infante (1641). Vencido
en su alma, en el hundimiento de su obra por el cimiento mismo, antes que por
sus enemigos, les fue fácil a éstos, y a favor del viento popular, que era ya
huracanado, poner fin a la resistencia del Monarca, que no podía vivir sin su
«Atlante», y ver salir por la escalera del Alcázar al decrépito Valido.
Dos años después, en
julio de 1645, moría Don Gaspar en Toro, aplastado por su propia caída. Ya en
el destierro supo la gran desgracia, definitiva, de nuestras armas en Rocroy.
La pérdida de Portugal tuvo la suerte de no presenciarla en este mundo.
He aquí, en muy sucinto
esquema, el ciclo de la historia del poder personal del Conde-Duque de
Olivares, remedo en sus líneas generales de tantas otras historias de
dictadores y Validos de los siglos de antes y de los que en los futuros habrán
de venir.
Ahora reanudemos su
biografía humana.
TERCERA PARTE: EL
HOMBRE
5. La figura
Los dos arquetipos de
dictadores
DESDE el punto de vista
morfológico, los hombres poseídos de la pasión de mandar se dividen en dos
grandes grupos: el fuerte, ancho, rechoncho, con tendencia a la obesidad, que
en la terminología moderna se denomina pícnico; y el enjuto, aguileño, delgado
o, según esa terminología, asténico. Como es sabido, cada uno de estos dos
grupos de hombres poseen un espíritu y un temperamento distintos. El pícnico
propende al humor con alternativas ya de exaltación hipomaníaca y de optimista
sensualidad, ya de depresión y melancolía. En suma, lo que llaman los
psiquiatras el temperamento cicloide o ciclotímico. El asténico, en cambio,
suele poseer un espíritu y un temperamento frío e irritable, rígido,
reconcentrado, de gran vida interior. En suma, lo que los psiquiatras denominan
temperamento esquizoide o esquizotímico.
Como dice Kretschmer,
el pícnico y cicloide es el hombre todo superficie, al que arrastra y moldea
cada día, en su vaivén, la vida exterior; mientras que el asténico y esquizoide
es el hombre de superficie más profunda, cuyo fuerte mundo interior le rige y
le mantiene a salvo de la oscilación exterior (autismo)84.
El mecanismo de la
captación ansiosa del poder es, naturalmente, distinto en una y otra clase de
conductores. El gran jefe pícnico y cicloide se eleva gracias al dinamismo
comunicativo de sus fases hipomaníacas, en las que rebosa de optimismo, de
proyectos grandiosos y a veces temerarios, de energía y de sentido práctico, de
confianza en sí mismo, fácilmente comunicativa, y de energía incansable y
absorbente para el trabajo. Su fuerza depende de su gesto espectacular; y esto
le permite salvar las fases de depresión, durante las cuales sólo conoce él su
hundimiento espiritual; el gesto, vivo, aun cuando no responde a la tensión
interior, da a los que le obedecen la misma sensación de estímulo irradiante
que en los episodios hipomaníacos. Es esto, la continuidad en el gesto, lo
primero que aprenden a hacer los dictadores de esta categoría; porque si desde
fuera se viese la oscilación de su alma, estaban, al punto, perdidos: el pueblo
ve en ellos el titán, y el titán no tiene derecho a fatigarse ni a perder su actitud
erecta85. Sólo cuando la edad y el cansancio acentúan la profundidad y la
longitud de las curvas de represión, empiezan éstas a traslucirse en la
conducta; en detalles insignificantes al principio, luego con nitidez; y es
ésta, como se ha dicho, la señal infalible de que su caída se aproxima.
El gran jefe asténico y
esquizoide se eleva a favor de su austeridad, de su severidad —a veces de su
crueldad—, de su inflexible espíritu de justicia, de su pasión idealista.
Si el dictador pícnico
arrastra por el gesto, el asténico convence por su conducta. Aquél atrae con su
acción llamativa. Éste se impone por su rigor y por su reserva.
Claro es que muchas
veces hay en el hombre que se afana por mandar una mezcla de los dos grupos de
elementos. Es, tal vez, el caso más frecuente. Pero el predominio de unos u
otros es, por lo común, lo suficientemente claro para permitir, sin dificultades,
la clasificación.
La mayoría de los jefes
imperativos han pertenecido al grupo primeramente descrito, el de los pícnicos
y cicloides; por lo menos en el mundo meridional. A él pertenecía, sin duda, el
Conde-Duque de Olivares, aunque con peculiaridades que le hacen no coincidir
por completo con el esquema general que acabamos de exponer. Un ejemplo de jefe
asténico es Calvino, el verdugo de Miguel Servet; y entre nosotros, el cardenal
Cisneros. En la Revolución francesa, los dos biotipos de jefes se dan en
Mirabeau, tripudo, agitado y gestero, y en Robespierre, flaco, picudo, calmoso
y reservado, y, a fuerza de ser puritano, cruel. El tirano asténico que se
opone a Olivares es, precisamente, su rival en la Historia, Richelieu, cuya
morfología escueta y aguda y cuyo carácter taimado, frío y durísimo, son
arquetípicos.
En los capítulos
siguientes estudiaremos las características temperamentales del Conde-Duque.
Ahora vamos a comentar su morfología. De ella tenemos descripciones literarias
bastante exactas; pero, ciertamente, inútiles ante la maravillosa fidelidad de
su iconografía pictórica, tal vez no igualada por ningún otro personaje
pretérito: Olivares fue, después de Felipe IV, el modelo más frecuente de
Velázquez, y con esto está todo dicho.
Los retratos de la
madurez
La más joven de las
efigies que poseemos de Don Gaspar es la del retrato del Metropolitan Museum de
Nueva York, pintado hacia 1624. Tenía el modelo, por lo tanto, treinta y siete
años. Las diferencias entre esta figura y todos los demás retratos de Olivares
por Velázquez han hecho suponer que el pintor, aún sin fama en la Corte, le
ejecutaría de memoria o con el modelo delante sólo durante algunos momentos,
concedidos de prisa y por compromiso; y a un principiante no dueño todavía de
sus nervios y de su pincel, en el medio azorante de Reyes y personajes de alto
copete. Mas esta hipótesis es sólo válida para las proporciones de la figura,
que son, en efecto, en este retrato (cabeza pequeña y cuerpo inmenso) las
inversas que en todos los demás y que en la armadura conservada en el palacio
de Liria, que permite reconstruir su morfología verdadera, que era la
contraria: cabeza grande para el cuerpo, más bien rechoncho86.
Pero la cabeza misma
tiene el sello de implacable fidelidad del gran pintor. Lo probable, pues, es
que la cabeza la tomase del natural, en una o pocas sesiones breves, y que
pintase el cuerpo de memoria con otro modelo. Lo que ocurre es que entre este
retrato y los siguientes, como el de Hispanic Society de Nueva York, pintado
apenas dos años después, Olivares cambió su tocado; y, además, envejecía con
rapidez.
Que la cabeza estaba
bien, lo demuestra el que fue elegida por Rubens para grabar su famosa estampa
de Don Gaspar. El boceto al claroscuro para el grabado tiene, como dice Boix87,
muy escaso parecido con el original, pero es absolutamente seguro que Rubens
había visto el retrato que comentamos o alguna reproducción o miniatura hecha
sobre el mismo. En la estampa definitiva, se lee que está «copiada de un
original de Velázquez, como lo atestigua la inscripción Ex Archetypo Velázquez
grabada al pie de la lámina». Que este «archetypo» es el retrato citado, no
tiene duda, a pesar de algunas diferencias, explicables al pasar la efigie de
un gran cuadro a una estampa alegórica y a pesar de la armadura que en ésta
sustituye al traje civil de aquél. Es, sobre todo, significativa la falta de
peluca, que sólo aparece en este primer retrato del Conde-Duque y le diferencia
de los demás88.
El segundo retrato,
cronológicamente, es el ya citado, de la Hispanic Society, pintado hacia
1626-1627. Representa, por lo tanto, a Don Gaspar hacia los cuarenta años, el
período de su máximo poderío. Pintado ya, sin duda, del natural a gusto del
retratista, aparecen las proporciones exactas del personaje: su cuerpo robusto,
con tendencia a la adiposidad, pero aún proporcionado, aunque tal vez Velázquez
exageró su buena planta; su cabeza grande y cuadrada, con la peluca; su nariz
gruesa; su mirada más maliciosa que imperativa; su robusta mandíbula inferior;
y la típica disposición del bigote y la barba baja en abanico, que conservó
hasta los cincuenta años. Ostenta ya en el lado izquierdo el lazo de sumiller,
que falta en el retrato anterior, y con la mano derecha empuña el látigo,
símbolo de su preciado cargo de caballerizo mayor. El conjunto ofrece el acento
aparatoso de toda la iconografía del Valido, más que temible, teatral. Sobre
todo resalta el aire bondadoso de su mirada, que tan sólo la sugestión de la
leyenda de su maldad nos ha podido inducir a los comentaristas a considerar
como fiera y cruel. Es ni más ni menos que la mirada de un buen hombre que, en
todo caso, trata de endurecerla con el gesto ceñudo y los empinados bigotes.
El retrato de la
colección Huth (Londres) es una réplica con variantes del expuesto89. De la
misma época, es decir, hacia los cuarenta años, son los atribuidos a Velázquez,
del Marqués de Cabra y del Marqués de Casa-Torres: la cabeza es casi idéntica a
la del anterior; muy parecida la indumentaria y distintivos, salvo el látigo;
la postura distinta y menos teatral que en aquél90.
Los retratos de la
decadencia
El famoso retrato
ecuestre del Prado y sus distintas réplicas y copias nos representan a Olivares
en fecha atribuida recientemente a antes de 1634; por lo tanto, con menos de
cuarenta y siete años de edad. Respetando las razones históricas de los que
hacen esta atribución91, debo decir que el cambio de aspecto de la figura del
ministro, con relación a los anteriores retratos, induce a colocarlo después,
hacia el año 1639 ó 1640, es decir, cuando tuviese ya más de cincuenta años, y
por lo tanto, coincidiendo con la primitiva versión de que Velázquez le pintó
mandando un ejército para conmemorar la victoria del sitio de Fuenterrabia, que
fue su mayor éxito en la política militar. Aun teniendo en cuenta que la vida
de los dictadores se consume con ritmo acelerado, no pueden presuponerse menos
de diez años entre el hombre en plena madurez de los retratos anteriores,
fechados en 1626-1627, en los que aparece ancho, pero erguido, con el rostro
fresco y los ojos juveniles y sin arrugas en torno, y el Olivares del retrato
ecuestre, y del que existe en Leningrado, con la incurvación de las anchas
espaldas, propia de la senectud vecina, y el rostro desfigurado por las
arrugas, sobre todo en los párpados, y con la mandíbula que empieza a
desencajarse; en el espacio que media entre los retratos del primer grupo y
éste, el del Prado, el Conde-Duque había perdido casi toda la dentadura.
Aún se disimulan un
tanto estas diferencias en el ecuestre, pintado con la intención, o
subintención teatral, de hacerle aparecer como caudillo arrogante e invencible;
pero en el psicológicamente maravilloso de Leningrado no hay propósito
literario alguno por parte del pintor; éste pinta lo que ve, captando el alma
fugitiva que se asoma al rostro, como pudiera hacerlo un objetivo fotográfico.
En ambos, ha desaparecido ya la barba en abanico de la juventud y está
sustituida por la perilla.
La injustificada
petulancia y aparato heroico del retrato del Prado es un documento inapreciable
para testimoniar no la necia vanidad de un hombre, como se viene diciendo,
incluso por Justi, sino su delirio de grandeza, que es cosa distinta. La
vanidad es ridícula y el delirio es trágico, aunque lo trágico pueda tener, a
veces, ribetes de grotesco. Luego, al estudiar el temperamento de Olivares,
veremos que, en efecto, corresponde este retrato a una de sus fases
hipomaníacas, en las que se creía dueño de los resortes de la victoria y émulo
de la grandeza real. Este verdadero monumento ecuestre, pictórico, es gemelo
del que el mismo Velázquez labró con su pincel a Felipe IV; y en varias casas
grandes habría, en efecto, réplicas de los dos lienzos, de las que aún se
conservan ejemplares92. Veremos también que hoy nos consta que, bajo su delirio
exterior, el alma del Valido empezaba a paladear la amargura del desengaño; y
es fácil descubrir su huella en la mirada del jinete; obsérvese que la
expresión de energía del rostro está conseguida casi exclusivamente por el
movimiento de avance de la mandíbula inferior, típico de la voluntad de poderío
en el repertorio de la expresión de las humanas emociones. El retrato es, pues,
todo «gesto», que es el arma de los dictadores, sobre todo de los meridionales.
Ahora, con tres siglos por medio, con su poder desvanecido y su humanidad hecha
cenizas, nos parece ese gesto un tanto ridículo; pero no lo fue, seguramente,
para sus contemporáneos. Recuérdense los «gestos» de los dictadores actuales,
que la fotografía y el cinematógrafo captan y difunden con tanta prolijidad;
también parecerán ridículos a los hombres del porvenir y empiezan a parecérselo
a los contemporáneos que los miran desde países lejanos (la distancia geográfica
no es sino una anticipación de la distancia histórica); mas para los que están
cerca de ellos, el gesto es la esencia misma de su poder.
De maravilloso
psicológicamente he calificado el retrato o, mejor dicho, los retratos93 del
Museo Ermitage, de Leningrado, y así es. De cuantos le pintó Velázquez, es éste
el que tiene menos artificio espectacular, menos «cuadro de historia» y más de
documento directo y realista. Está ejecutado hacia 1638, puesto que la cabeza
ha servido para el grabado de Hermán Pannels, fechado en ese año. La edad
parece la misma, poco más o menos, que la del ecuestre del Prado de Madrid. La
figura general tiene el aplomo que dan los años, y la cara, signos evidentes de
la inicial decrepitud. Dice Justi que su colorido, terroso lívido, da la
impresión de un enfermo febril. Pero lo que interesa al observador es la
expresión de esta faz en la que ha desaparecido todo rastro de ambición y de
dureza. Una anchísima sonrisa corre por toda ella, dando a los ojos y a la boca
expresión tan bonachona que casi recuerda a la del bufón Pablillos de
Valladolid. Ya no es, a estas alturas de la vida, Don Gaspar el hombre
reconcentrado, astuto, henchido de incontinentes ambiciones, sino el varón
trabajado por la vida, que ha perdido la fe en la violencia y quisiera
disfrutar, como un buen patriarca de su pueblo, la posición conquistada; y este
optimismo está expresado tan a raudales, que hace pensar en las euforias
desatentadas que ponen fin a algunas enfermedades nerviosas94. También Justi
entiende ver en esta cabeza «al hombre evidentemente psicopático», «con
alteración de los rasgos y en la tez e indicios de trastorno mental».
La estructura física
En conjunto, esta
iconografía del Conde-Duque, llena de veracidad documental, nos enseña que se
trataba del tipo morfológico ancho, achaparrado o pícnico, cuyas
características generales han sido ya indicadas. La talla no era muy alta, a
pesar de que, como ocurre en estos hombres muy recios, la imagen, vista sin
término de comparación, da la impresión de una estatura muy superior a la real.
Una de las monjas de Loeches presenció el traslado del cadáver de Olivares,
desde la cripta al panteón actual; y, a través de las rejas y celosías, su voz,
como si viniese del otro mundo, me refirió que, al abrir la caja, apareció el
cuerpo intacto «con su banda de general y el bastón», pero al tocarlo se
deshizo en polvo; era —me decía— «muy robusto y más bajo que el doctor» (mi
talla es 1,78 m.). El examen de la armadura confirma la estatura más bien alta,
pero no excesivamente; la gran anchura de los diámetros transversales, con gran
predominio del torácico (50 c. c.) sobre el pélvico (40 c. c), y la cargazón de
espaldas propia de estos biotipos, pero sin la joroba que algunos le han
atribuido95. La robustez general, sobre todo la de la cabeza, con su enérgica
mandíbula inferior; la del tórax y la de los pies y manos (aquéllos casi
disformes en el retrato del Museo Metropolitano), expresan que el componente
hipofisario, que es siempre importante en los organismos pícnicos, era en el
Conde-Duque especialmente marcado. Podría calificarse su morfología de
«hiperhipofisaria» o «hiperpituitaria», según la terminología médica.
Los que poseen tal
morfología presentan netamente acusados los rasgos de la virilidad, hasta las
formas de virilidad casi monstruosa de los acromegálicos. Una de las
características de esta hipervirilidad, típica de los hombres pícnicos, y mucho
más si son, como nuestro personaje, hiperhipofisarios, es la calvicie precoz,
punto que he estudiado ya con detalle en otra ocasión. Esta calvicie coincide
casi con absoluta constancia con intensa pilosidad del tronco y de los
miembros96. Podemos asegurar, con mínima probabilidad de error, que Don Gaspar
era, pues, extremadamente velludo; y era, desde luego, casi calvo, pero no
prematura y totalmente, puesto que, como hemos visto, hacia los treinta y siete
años aún conservaba bastante cabello. La leyenda de la calvicie total se debe
al hecho de verle siempre con peluca; pero en su tiempo ésta era de uso general
entre los caballeros; servía de adorno y no de disimulo de la calva, como hoy
el bisoñe97. La idea de la calva se apoya también en la frase de Novoa que, al
hablar de uno de los discursos del Conde-Duque, empieza la descripción del
orador así: «Llegó ya aquí la ocasión de votar el Conde, y afirmándose sobre
los pies y metiendo la muletilla por entre la cabellera y la calva», etc.98
Novoa exageraba en su deseo de mortificar al enemigo. Tenía poco pelo, pero
alguno; y lo prueba, aparte del grabado que ya se comentó, el que una de las
acusaciones del famoso Memorial de Mena contra el primer ministro es la falta
de respeto que supone «el dejarse visitar de S. M. en su aposento, hallándose
[Olivares] con una toalla puesta en los hombros para peinarle sus
gentilhombres»99. Es posible que acabase siendo calvo completo; pero que no lo
era cuando lo dijeron es evidente, puesto que le peinaban.
Lo que físicamente
llamaba más en él la atención era la corpulencia, que debía darle, a pesar de
su no exagerada estatura, aspecto imponente. Así les ocurre a los hombres muy
hiperpituitarios. Ya a los veinte años, nos dice Novoa que era «grueso y corpulento»,
«de aspecto riguroso y confiado»100. Y todos los demás que le conocieron, en
otras edades, es a su masa a lo que se refieren de preferencia. Siri hace de su
físico esta descripción: «Era de talla por encima de las medianas; tenía la
bastante adiposidad para pasar por gordo en un país donde la regla es la
delgadez; los hombros lo bastante elevados para que se le haya tomado por
jorobado sin haberlo sido; la cara ancha; los cabellos negros; la boca algo
hundida; el mentón muy saliente; los ojos y la nariz ni feos ni bonitos; la
cabeza grande, un poco caída; la frente dilatada; la tez amarillenta; la mirada
amenazadora y ruda; en fin, no era, ciertamente, de agradable físico»101.
El autor, seguramente
italiano, de la Relación política del gobierno de Olivares describe a éste así:
«Es hombre de buena estatura»; «no tan lleno que se pueda llamar gordo; cargado
y encorvado de espaldas; de amplio rostro; pelo negro; levantado de mentón; un
poco hundido de boca y ojos; nariz ordinaria; cabeza inclinada hacia adelante y
alta por la parte de atrás; frente espaciosa, si bien la cabellera postiza que
trae la achica; trigueño de color; el mirar entre obscuro y airado, donde los
fisonomistas, haciendo juicio, dicen que está enriquecido de gran machina, mas
de profundos sentidos y no sinceros»102.
Los embajadores
venecianos señalan también, sobre todo, que es «bastante corpulento»
(Córner103); «de complexión robusta» (Contarini104), etc. Este último añade una
observación que demuestra el envejecimiento del ministro, pues le calcula unos
cincuenta y seis años, y por entonces, en 1639, sólo tenía cincuenta y dos.
Así era, en lo físico,
el Valido de Felipe IV. Hombre de proporciones y facciones imponentes, más que
por la masa real, por lo acusado de los rasgos; ancho, fuerte, con tendencia a
la gordura: lo que en la ciencia morfológica se llama un prototipo pícnico con
enérgicos rasgos hiperhipofisarios. Por todo ello, de aspecto intensamente
viril, casi de virilidad excesiva. De este manantial anatómico brotaban su
pasión de mando, su ambición social, su seriedad, su inmensa capacidad de
trabajo: cualidades específicamente masculinas. También consideramos como
rasgos viriles su rigurosa monogamia, una vez que pasaron los años de la
juvenil turbulencia; y aunque parezca extraño, la poca simpatía que suscitó en
el sexo contrario, en «la mujer». Estos hiperhombres pueden ser amados, como lo
fue el Conde-Duque, por una mujer, por más de una quizá; pero el sexo, la masa
indefinida de lo femenino, se revuelve contra el varón hirsuto, dominador, tal
vez indelicado, jamás necesitado de esa protección maternal que atrae tanto el
interés de la mujer media.
Finalmente, por poseer
esta estructura física, poseyó también el humor alternativo, erizado de raptos
de grandeza y de baches de depresión que le hubieran hundido, a no ser por su
voluntad, que le levantaba, y por el gesto heroico con el que no sólo sugestionaba
a los demás, sino que tonificaba sus propios desfallecimientos. De todo ello
nos ocuparemos en seguida. Lo que, desde ahora, importa concluir es que el alma
de este hombre era mucho más complicada y mucho más noble que el simple saco de
vanidades y astucias que se ha venido suponiendo, gracias a la malicia de sus
enemigos; gracias también al pueril genio de Velázquez que le personalizó en un
gesto fanfarrón que entonces sería imponente, pero que hoy nos parece ridículo;
porque son excepcionales los gestos de los hombres que no están vacíos ante la
posteridad.
6. El humor
La oscilación del humor
HEMOS visto cómo era la
figura corporal del Conde-Duque. A esta figura achaparrada, robusta, de cuello
corto, con tendencia a la obesidad, corresponde, comúnmente, un tipo especial
de temperamento. Uno de los progresos indudables de la Psiquiatría moderna
—entre la ola de retórica fugaz que constituye lo más copioso de su contenido—
es el haber precisado esta correspondencia entre la forma corporal y el alma,
hecho ya conocido por la sabiduría popular y muy tratado, de modo empírico, por
los antiguos fisonomistas. Gracias, principalmente, a los estudios de
Kretschmer105, estas nociones vagas han adquirido precisión y estado
científico. Pues bien; el temperamento que suele corresponder a este tipo
físico es «el ciclotímico, el que pasa insensiblemente de la excitación
hipomaníaca a la depresión». Este temperamento puede producir desde una
ondulación suave del humor hasta las formas declaradas de la locura llamada
«maniaco depresiva», con nombre, por esta vez, justo y expresivo.
El Conde-Duque estaba,
como corresponde a su morfología, incluido en el grupo del temperamento
ciclotímico, pero tan acentuado, sobre todo a medida que avanzaba en edad, que
muchas veces bordeaba esa zona arbitraria y confusa en que lo normal termina y
lo patológico empieza. Y sobre esta ondulación de su humor se encaramaba su sed
de poderío o se deprimía en términos que llegaban a la inhibición melancólica,
empapada de fuerte sentimiento de responsabilidad y autoacusación. No fue el
Valido de Felipe IV un loco, hasta los últimos años de su vida, en que lo
pareció; hasta sus días postreros, en que la locura fue ruidosa; pero, en todo
su ciclo y como todos los hombres públicos de excepción, su temperamento era
tan extremado que nos da con frecuencia la impresión de anormalidad. Y, desde
luego, esta intensidad de su temperamento, esta profundidad de sus
oscilaciones, es un elemento esencial para la comprensión de su obra y de su
vida, explicándonos hechos y episodios que, ligeramente, han sido interpretados
como torpezas o maldades.
La versión habitual
sobre el Conde-Duque nos le presenta como un hombre altivo y astuto, en
permanente actitud de acecho o de inaccesible soberbia, que sólo cayó cuando,
violentamente, le arrojaron del usurpado Poder. Y la realidad de su espíritu
era muy otra. No nos puede extrañar esta deformación de la verdad, porque
estamos habituados al espectáculo de la leyenda que se forja sobre el carácter
de las grandes figuras de cada época, y muy singularmente de las políticas;
leyenda que, aunque tiene siempre su raíz de realidad, puede desfigurar a ésta
por completo. Lo que sorprende en Don Gaspar de Guzmán es que esta deformación
haya persistido hasta nuestros días, cuando los motivos pasionales que la
forjaron hace tiempo que están extinguidos. Aquí he de recordar otra vez que el
mérito de no haberse adherido incondicionalmente a la opinión común pertenece a
Cánovas, cuya penetración histórica no está, para mí, en la defensa política
que hace del Valido de Felipe IV, defensa un tanto habilidosa, de político en activo,
como las que se hacen en los discursos parlamentarios. Su mérito está en algo
más profundo que esto: en haber adivinado, detrás del monstruo sombrío que nos
legó la tradición, un hombre lleno de torturas interiores, de profundidades
afectivas, de contriciones patéticas que, ciertamente, disimulaba cuando subía
al escenario de la vida pública a representar su papel de ministro
todopoderoso; pero que han quedado vivas en sus cartas y documentos íntimos y
aun en muchos de sus gestos históricos. En unas instrucciones, hasta ahora
inéditas, que dio al Infante Don Carlos y que están copiadas en el Apéndice
XXI, escribía esta confesión, que sorprenderá a los que se imaginan al hombre,
tal como le pinta la leyenda, de audacia casi cínica: «Le está hablando un
hombre tan corto que tenía más de veinticuatro años y se atajaba tanto que
trasudaba de sólo pensar que le habían de hacer visita o hacerla él a otros.»
Algunas de estas
inquietudes las percibieron sus contemporáneos; pero fueron, maliciosamente,
interpretadas como tretas de su astucia. Y son, en realidad, lo más sincero de
su vida y lo que, subterráneamente, anima y da acento a su actuación oficial.
Cánovas no hizo más que indicar este aspecto esencial de la personalidad del
Conde-Duque. Ahora vamos a intentar desarrollarlo y sistematizarlo.
En los momentos de
depresión, sobre todo cuando coincidían con sucesos adversos, el mundo se le
venía encima; pero encontraba siempre, cuando ya iba a hundirse, por muy bajo
que hubiese caído, pie para la reacción. Con precisión de psiquiatra lo declara
así uno de sus contemporáneos, el embajador Contarini, cuando escribe: «aunque
los acontecimientos contrarios le deprimen y desganan, con todo, en seguida
encuentra coraje nuevo y se revigoriza pensando en otros proyectos y
maquinaciones»106. En las fases de exaltación, su voluntad de mandar alcanzaba
grados de intensidad increíble, que sus contemporáneos sentían como irritantes
y que hoy nos parecen decididamente anormales.
Las primeras
depresiones y exaltaciones
Es fácil seguir las
principales oscilaciones de su temperamento, hasta que la razón se le nubló. La
primera fase de depresión, ya apuntada, se traduce, como casi todas las que le
acometerán en el curso de su vida, por la disminución de su personalidad, la
autodepreciación de sus actividades y de su eficacia y por el impulso de fuga:
el deseo de dejarlo todo y apartarse de la Corte. Ocurrió, como se recordará,
en 1615, en la época de la conquista del ánimo de Felipe, Príncipe entonces,
cuando advirtió la animadversión que sus enemigos habían imbuido en el ánimo de
su señor. El entonces flamante gentilhombre intentó retirarse a Sevilla 107,
sin consentirlo Don Felipe. Hemos visto también que entonces se consideró este
gesto como una argucia y, lo mismo, desde entonces, cuantas veces se repitió el
intento de fuga; pues, invariablemente, el resultado era que no se iba y que se
fortalecía su posición cerca de su amo. Hemos comentado la posibilidad de que
tuviera, en efecto, un cierto sentido intencionado de maniobra; pero esto no
invalida el origen temperamental de ella, y lo demuestra que, en el curso de su
vida, hubo otras muchas fases de hundimiento del espíritu que transcurrieron
calladamente, expresándose sólo en cartas íntimas, sin ninguna actitud
espectacular y sospechosa de interés. Lo que pasa es que los hombres
inteligentes hacen, a veces, uso de sus defectos como de sus virtudes. La
Historia está llena de ejemplos de personajes —o de ciudadanos vulgares— que
utilizaron su debilidad física, su cojera (como su padre Don Enrique), su falta
de elocuencia, su timidez, o cualquier otra imperfección física o espiritual,
con tan buena gracia y tan completa eficacia como la más alta de las cualidades
positivas.
El segundo gran bache
de su humor lo advertimos cuando en plena jornada regia a Portugal, en 1619,
abandona de improviso la Corte viajera y huye a Sevilla, donde se encontró tan
a su gusto que costó mucho esfuerzo a Don Baltasar de Zúñiga que regresara a
Madrid.
Otra depresión
fundamental de Olivares sobreviene en el momento en que va a morir Felipe III y
en que, por lo tanto, se está jugando su suerte definitiva. Las palabras que
dice al futuro Rey, y que transcribe Roca, son tan expresivas que parece
inexcusable copiarlas: «Señor, el Rey vuestro padre dice que está de mucho
peligro; y el cuerpo de esta Monarquía en estado que sólo de mudarle de unas
manos a otras, aunque, caso negado, diésemos que pasase de malas a buenas,
debemos temer que en ellas se nos quedase muerto. Los ministros precedentes
saben los males del Estado, tienen hecho camino fácil y usado al despacho y
pensadas las medicinas. Mudarlo todo sería, por ventura, perderlo. Yo, aun
cuando V. A. lo quisiere y mereciese tener parte en el consejo de sus
resoluciones, ignoro mucho y lo he de preguntar necesariamente; y no sé si
habrá quien me advierta lo peor. Esto, y la falta de salud para sufrir tan
grande peso y de ambición para que mi conveniencia atrase un punto su servicio
y el bien público, me obliga a que rendidamente suplique a V. A., de rodillas,
que me dé licencia para que esta noche me parta para Sevilla y deje la corte
por algún espacio; y entre V. A. a un mismo tiempo con la herencia y con los
ministros.»
No puede sorprendernos,
conociendo el encono y suspicacia con que se ha juzgado la menor de sus
acciones, que estas palabras de Olivares hayan pasado a la posteridad como
ejemplo máximo de habilidosa doblez108. Pero si se examinan sin pasión, lo que
resalta claramente en ellas son los típicos rasgos de la depresión patológica.
Don Gaspar ha luchado durante varios años, en el silencioso encarnizamiento de
las camarillas, por apoderarse del ánimo del Príncipe y, al ascender éste a
Rey, concentrar, sujetas en su puño, todas las riendas del gobierno de las
Españas. Y cuando va a conseguirlo se le representa súbitamente la inmensa
responsabilidad que gravita sobre su ambición; se siente enfermo; su deseo de
mandar se desvanece; los ministros anteriores, los odiados, comprende que son,
en realidad, los que saben conducir el timón de la inmensa y carcomida nave. Y
quiere huir lejos; aquella misma noche, dejando abandonado, como un lastre
insoportable, su antiguo afán. El documento es admirable. Pero, como siempre, con
cualquier pretexto —y en esta ocasión fue considerable— su ánimo salta, como un
resorte, desde el abismo a la altura. El Príncipe, en efecto, le responde: «El
mal de mi padre se ha apretado y parece que ya no tiene duda su tránsito y
nuestra desdicha. Si Dios le lleva, Conde, sólo de vos he de fiar el mucho
embarazo del Gobierno; porque estoy persuadido de que podéis desempeñarlo»; y
apenas oído esto, cambia su humor no en el ritmo normal, en el recobro de la
confianza perdida, sino en la exaltación, paralela al anonadamiento de antes.
El mundo es ya suyo; y es entonces cuando, al encontrarse en un pasillo con su
rival, el Duque de Uceda, le dice, casi delirando: «Todo, sin faltar nada; todo
es mío.»
Frenesí
En los primeros años de
su privanza, años eufóricos, asistimos a una fase de continua exaltación
hipomaníaca. A los pocos días de muerto Felipe III obtuvo la Grandeza de
España, con lo que se colmaba una ambición, casi trágica por lo profunda y por
venir heredada en la sangre misma de su padre, que, como sabemos, murió con el
dolor de no haberla logrado. La Grandeza representaba para él no sólo una
reparación a la memoria del progenitor, sino la vindicta contra los otros
Grandes; sentimiento que tanto había de influir en su vida y que comentaremos
después. El éxito, el Poder y este suceso venturoso le exaltaron e influyeron,
sin duda, en la falta de medida con que se lanzó a la publicación de sus
decretos de reforma interior y a sus empresas guerreras, que dirigía desde su
despacho, cabalgando sobre el Pegaso del ideal de la unificación de los reinos
de España para luchar contra los enemigos de la fe; ideal quimérico en sus
manos; profesado no ya como Felipe II, sino —dice Cánovas— «muchísimo más que
Felipe II». «En él encarnó, como escribe Justi, el instinto del dominio
universal inoculado a España por Carlos V; pero ¡con cuánto retraso!» Toda la
actividad del nuevo Valido da, por entonces, sensación de frenesí. Las fiestas
que conoció Madrid por estos años, por ejemplo, organizadas personalmente,
muchas de ellas, por el favorito, demuestran, en su lujo y grandiosidad,
inmensamente desproporcionadas a la miseria y a las necesidades primarias del
país, un verdadero delirio en sus directores. No en vano han sido estas
descripciones reproducidas, con maravilla, por los historiadores extranjeros;
y, por todos, consideradas como uno de los grandes pecados del Conde-Duque.
Pero no eran pecados, sino síntomas. Tal ocurre con la grandiosa de febrero de
1623, que califica Hume de «ruinosa cabalgata»; y, sobre todo, con las que
ofrecieron al Príncipe de Gales, fantásticas por el lujo y el dispendio, «en
las que la prodigalidad tomó caracteres de terrible despilfarro». Tanto como su
esplendor nos admira hoy la falta de sentido de tales festejos, que no
respondían a nada; o que eran, como en las del Príncipe de Gales, notoriamente
incongruentes con la premeditada tenacidad con que el propio Olivares preparaba
a la vez el fracaso del viaje de Don Carlos, es decir, la no celebración de su
casamiento con la Infanta española109. El mismo tono anormal tienen los
fabulosos regalos con que fue obsequiado a su partida; fabulosos aun teniendo
en cuenta el intento de dorar con ellos las dobles calabazas, amorosas y
políticas, que recogió Don Carlos en su romántico viaje a España. En estas
fiestas corrían, a veces, a la cabeza de sus cuadrillas de Grandes, el Rey, el
Conde-Duque, y éste iba ataviado con los mismos colores del Rey y con arreos en
los que, sin duda, se advierte su instintivo impulso de igualarle. Por ejemplo,
en la citada fiesta de 1623, dice Soto y Aguilar que ambos iban vestidos igual,
de gris con plumas blancas; y en la gran fiesta de sortija y estafermo que se
corrió en 1638 en la plaza del Palacio del Buen Retiro, para despedir a la
Duquesa de Chevreuse, el Rey apareció radiante de lujo y el Conde-Duque «en el
vestido y galas al rey semejantísimo»110.
La gestión del
Conde-Duque en el frustrado matrimonio del Príncipe de Gales con la Infanta de
España demuestra esta misma oscilación profunda de su humor, que explica
aquellos cambios que no comprendían ni el egregio novio ni sus diplomáticos. Se
sabe que Olivares no pensó jamás en que tal matrimonio se realizara, y, sin
embargo, de repente tenía momentos de euforia insana, como aquel que el propio
Príncipe describe a su padre, en carta de 20 de marzo de 1623, en el que dice:
«Hemos encontrado al Conde Olivares tan encantado de nuestro viaje y con tanta
cortesía que rogamos a V. M. que le escriba la más afectuosa carta de
gracias111. Nos ha dicho esta mañana que si el Papa no quería conceder la
dispensa para que la Infanta llegue a ser la mujer de tu hijo, se la daría como
querida.» La anormalidad de esta salida es patente.
A pesar de flaquearle
ya el ambiente entusiasta, en los años siguientes se observan varios raptos de
la misma tendencia expansiva, alentados por algunos sucesos favorables, como la
rendición de Breda, en 1625, que hizo perpetuar en el conocido cuadro de Velázquez,
de mucha más gloria para España que la de la propia rendición112. Muy
significativo de este período es el discurso del Valido en el Consejo de
Estado, para animar al Rey a reunir las Cortes de Aragón, Cataluña y Valencia y
asistir a ellas, con objeto de llevar adelante su política de fusión de las
regiones y Estados en un Reino único. Olivares, por de pronto, había hecho
abrir, como es sabido, un ventanillo con celosía para que, desde él, pudiera el
Rey oír los debates de los Consejos; suceso pequeño en apariencia, pero de
extraordinario sentido político, porque significaba una suerte de intervención
directa del Soberano en las deliberaciones de los Consejos, inusitada en la
constitución de la Monarquía; y, además, porque revela una vez más la tendencia
del primer ministro, imponiendo al propio Rey la audición de sus discursos, en
los que debía poner infinita vanidad. Novoa, testigo presencial, describe el
que estamos comentando y confirma plenamente su desmesurado aparato. Ya el
gesto excesivo se trasluce en estas palabras: el Conde, «afirmándose sobre los
pies y metiendo la muletilla por entre la cabellera y la calva, después de más
suspensión de la que pedía el negocio, dijo...» Y lo que dijo era tan
hiperbólico como su gesto y sus pausas: «No hay para qué espantarse ni poner en
ponderación el poder de muchos Príncipes, porque el de S. M. es mayor que el de
todos ellos juntos»; y así lo demás, hasta dos horas que duró la oración113.
Por entonces Don Gaspar
adjudicó al Rey el título de Grande, que es más que probable que fuera aceptado
por Felipe, lleno de defectos, pero no indiscreto, con más resignación que
vanidad. No venía a cuento, y los comentadores de la época lo hacen notar. Justi
recuerda las sensatas reflexiones de Gracián: el sobrenombre de Grande, que
llevaron César y Alejandro, vacío de hechos sería sólo «un poco de aire»114. Es
este nombramiento uno de los más típicos signos de delirio del Privado.
Muerte de María. La
tendencia melancólica se acentúa
Culminan los años de
exaltación en la boda de su hija María, que se celebró con pompa real. Por los
mismos días le había concedido el Rey, colmando otras de sus fervientes
ambiciones, el título de Duque de Sanlúcar la Mayor (1626), origen del nombre
de Conde-Duque115 con que en adelante le designaron todos y le ha consagrado la
Historia. Y, de repente, la nube de incienso que le rodeaba y que alimentaba su
apetito de mando y de grandeza es atravesada por el rayo del infortunio,
hiriendo a lo que era, acaso, lo más caro a su vida: a su hija, la dulce María,
que muere, en julio de 1626; y, para mayor desdicha, sin sucesión. Su dolor no
tuvo límites, porque fue Don Gaspar modelo de padres. Pero es fácil distinguir
en su conducta posterior lo que hay de normal tragedia familiar y lo que hay de
depresión patológica: una vez más y esta vez —con harta justificación— de las
más profundas de cuantas se recogen en su biografía. El dolor terrible, pero
sereno, del padre está escrito, por modo insuperable, en la carta magnífica que
transcribimos después. Su gran espíritu reaccionó a la pérdida cruel con noble
entereza y adivinó, como gran varón que era, que sólo en el afán de cada día
encontraría el posible consuelo a su desesperación; y a él se entregó
animosamente, «mostrándose superior a sus adversidades, no retirándose ni una
hora, sin lágrimas en los ojos, de dar satisfacción a todos en sus
pretensiones» (Roca). Pero, a la vez, una melancolía infinita, y a veces
extravagante, se apoderó de él. Nadie volvió a verle en público durante dos
años, salvo en los actos de obligación oficial; se exacerbó su religiosidad,
aumentando sus rezos y haciendo diaria confesión y comunión. Abandonó su
política de intriga y sus devaneos amorosos; y toda su vida adquiere un matiz
desmesuradamente ascético, producto del legítimo dolor y del anormal
hundimiento de su espíritu. «El hombre triste», le llamaron desde entonces los
cortesanos.
En realidad, la fase de
depresión se había iniciado desde unos meses antes de la muerte de María; sin
duda, a consecuencia del cansancio de la lucha sostenida con las Cortes de
Valencia, Aragón y Cataluña, que dieron al sagaz Privado la medida de la latente
pero enérgica rebeldía de las regiones españolas de Levante. A esta depresión
hay que atribuir el repentino cambio de Olivares, que, después de haber
empleado toda su elocuencia y todas sus influencias personales para lograr que
el Rey asistiera a dichas Cortes, súbitamente le retiró de Barcelona y le hizo
volver a Madrid. «Le acometió —dice Hume— un terror pánico», que ahora no es
fácil de interpretar. A estas contrariedades políticas se unió, en junio del
mismo año, la muerte, a los veintidós años de edad, de su sobrino el cardenal
Guzmán, hijo de la Marquesa del Carpió, al que amaba profundamente el Valido,
hasta el punto de que en la carta citada compara el dolor de su pérdida al que
le produjo la muerte de su propia hija. Y, como he dicho, acabó de derrumbar su
ánimo la pérdida de María, que fue mujer admirable y que, además, al morir,
comprometía gravemente la sucesión de los Guzmanes de su rama, problema que en
la psicología del Conde-Duque alcanzaba importancia capital.
La expresión notoria de
este ciclo de melancolía es la carta que ya hemos citado116, escrita al Rey en
septiembre de este mismo año de 1626. En esta fecha nadie podrá decir que se
trataba de una argucia del Privado para reforzar su valimiento, porque nadie lo
discutía. Está escrito el papel, a juzgar por el inconfundible estilo, de mano
del Conde-Duque, y Roca lo confirma. Expresa en él su profunda desesperanza al
advertir a su señor «cuan a fondo se va todo, aunque yo me desvele y trabaje
para atajarlo», y cuan necesario es que sea él, el Monarca mismo, el que ponga
«luego el hombro a todo, so pena de pecado mortal irremisible». La conclusión
es la de siempre: irse; le recuerda «las diferentes veces» que le ha pedido
licencia y ahora renueva sus instancias «con apretura». Respira todo este
escrito tan noble sinceridad, que sólo la rutina de la triste mala intención
humana puede explicar el que no se haya dado al documento que comentamos su
justo valor psicológico.
En otra carta privada
de noviembre de este año vemos con claridad su negra desesperación, con toques
funerarios, de recia vena española; y, a la vez, su adusta, pero noble
condición de caballero. Está dirigida a Don Francisco de Moneada, Marqués de
Aytona, y dice así: «Porque V. S. conozca cuánto pierde en el amigo que tiene a
los pies del Rey, envía a V. S. esa consulta y la merced que le ha negociado
del Rey. V. S. lo calle hasta la ocasión y conozca que ni muertos ni ausentes
pierden conmigo cuando están sirviendo al Rey con la aceptación que V. S. Y
digo cuánto pierde porque me juzgo por enterrado en vida y muy cerca de estarlo
en muerte. Hágase en todo la voluntad de Dios y él guarde a V. S. como deseo.
Aranjuez y noviembre 24 (1626). Don Gaspar de Guzmán»117.
Enfermedad del Rey y
pánico en Olivares
En el siguiente año de
1627 presenciamos otra típica depresión de Olivares, cuando enferma el Rey,
acaso fatigado por sus excesos con la Calderona. Hubo gran alboroto porque los
médicos, asustados por la egregia categoría del paciente, dieron a su dolencia
una impresión excesivamente pesimista. El Valido se aterró, y no era para
menos, ante la idea de que faltase el Soberano; y se puso, literalmente, malo.
Dice un gacetillero de la época que la indisposición se debió al cansancio de
asistir a Felipe IV varios días sin acostarse118. Novoa lo atribuye, con más
exactitud, pero con peor intención, a miedo; «le entró al Conde —dice— notable
miedo, y creyó que se le venía el mundo tras sí», pues era evidente que la
desaparición del Rey supondría la suya en el mando; hasta el punto de que se
aseguraba que la gente deseaba que el Rey muriese para así verse libre de
Olivares119. Lo cierto es que se deprimió hasta enfermar y se metió en la cama;
como otras veces pedía licencia para irse a Sevilla. Nos cuenta el Conde de la
Roca un detalle curioso que nos indica hasta dónde llegó su azoramiento (que su
amigo y panegirista interpreta como prueba de su previsión); y es que, dando ya
por cierta la muerte del Rey, tenía dispuesto acompañar el cadáver hasta El
Escorial, y desde allí enviar a la Reina e Infantes un papel, que ya había
escrito, poniéndoles en el secreto de muchas cosas del gobierno; y desde el
Real Sitio, sin volver a Madrid, «irse a uno de sus lugares a enterrarse
voluntariamente en vida». Mas tan severos propósitos se desvanecieron en cuanto
los médicos, apretados por él, dictaminaron que la regia dolencia no era tan
grave como habían supuesto. Se curó, en efecto, repentinamente. «Con este
antídoto —dice Novoa— surgió de la cama y partió allá.»
Cartas lúgubres
En el año 1631 se lanza
España a otra guerra quimérica en ayuda del Emperador de Alemania, atacado por
las tropas de Gustavo Adolfo de Suecia, aliado con Francia; ello en uno de los
momentos de más terrible apuro para la exhausta hacienda española120. La
depresión sobreviene de nuevo, aunque disimulada para el mundo oficial; y de
ella es expresión este otro documento también muy típico de la melancolía de
Olivares. Es una carta, inédita, dirigida a una Infanta (seguramente Isabel
Clara Eugenia), y cuyo texto exacto es algo oscuro, por dificultades de la
interpretación de la letra del Valido; pero no tiene precio como expresión de
su mortal desaliento. Dice así: «Señora: No lo juzgo que a V. A. le parecerá
que de balde estoy rendido y en estado de no tratar de nada por puro
desfallecimiento de ánimo, pues quien lee esta carta de V. A., y otras que de
ahí vienen, verá el poco acierto con que sirvo, pues V. A. parece que
derechamente me condena a mí, y como me da en cara de que todos los aprietos
presentes son por no haberse aprobado aquí el traslado de... y se muestra que
desto tengo yo la culpa; y si V. A. viera y oyera a todo el Consejo junto creo
que no fuera yo el culpado; y en efecto, Señora, no hay pena señalada a quien
se yerra en su parecer si no lo hace por algún fin particular. De mí confieso a
V. A. que de ninguna manera estoy para servir y que deseo más la muerte que
servir un día más; lo mismo insinúa V. A de la jornada del Sr. Infante D.
Fernando en que y en todo, hago más de lo que puedo y del todo me faltan las
fuerzas de pasar adelante, por lo cual con toda humildad suplico a V. A. se
sirva hacerme merced y favor de alcanzarme una buena licencia de S. M. y que
todas las mercedes que tengo se den a quien entrare y a mí su orden, porque,
Señora, yo he servido con mucho amor y poco interés y he perdido la vida y
salud asido al remo, y conozco que no acierto ni he de acertar jamás aunque
hiciese milagros, y estoy ya con esta desconfianza tal, que no puedo más, ni a
decir a V. A. de qué manera lo fundo y cómo se tratan ahí las cosas que me
cuestan sudor de sangre y plegué a Dios que no pasen de mí; V. A. no las sabrá
ni yo las diré porque no quiero hacer mal a nadie, pero el tiempo mostrará,
aunque yo me vaya a los antípodas, cómo han procedido. Dios les haga bien y
guarde Dios a V. A. como los criados habremos menester. —Madrid, 16 de junio de
1631.—Señora.—B. los pies de V. A. Su menor criado D. Gaspar de Guzmán.»
«Deseo más la muerte
que servir un día más»: no creo que pueda dudarse de la sinceridad de este
escrito, que rezuma, no ya tristeza, sino desesperación: «... he perdido la
vida y salud asido al remo y confieso que no acierto ni he de acertar jamás».
Y, como siempre, quiere irse; esta vez, aunque sea «a los antípodas». Pero la
carta está fechada el 16 de junio; y, súbitamente, el día 24, fiesta de San
Juan, se cambian las tornas y vemos al desesperado ministro trabajar
personalmente, con actividad hipomaníaca, en los preparativos de la famosa
representación que ofreció a los Reyes en el jardín de Monterrey, con estreno
de piezas de Quevedo y Lope de Vega, mascarada de disfraces estrambóticos en la
que los mismos Reyes tomaron parte, suntuoso banquete, etc. Es fácil a la
malicia suponer un mismo fin astuto bajo estas dos actitudes tan opuestas; pero
el médico sabe a qué atenerse sobre su verdadera significación.
Conforme avanza la
edad, los motivos de depresión se hacen más frecuentes y los testimonios de
esta depresión aparecen más cargados de sinceridad. El año 1632 los apuros de
dinero de la Monarquía llegan a su último extremo. Los impuestos se
multiplican, y hasta Castilla, la sufrida, la milagrosamente inagotable, acaba
por protestar. La carta siguiente, dirigida al Conde de la Puebla, que
guerreaba en Alemania y Flandes, nos hace ver al Conde-Duque, sombrío,
escribiendo a la luz de una bujía, en su aposento mísero de Maranchón, durante
la jornada del Rey para mendigar el dinero de Aragón y Cataluña.
«Al Conde de la Puebla.
Señor mío: Aquí en Maranchón, recogido ya S. M., Dios le guarde, recibí la
carta de V. E. con la que venía para S. M. y confieso con toda verdad que lo
que V. E. me dice de la invernada me ha dejado en tal sentimiento de ánimo que
no hay palabras con que poderlo significar a V. E., porque veo que S. M. pierde
de un golpe, sobre el fracaso de la flota, 600.000 ducados de esta Armada, sin
que de ninguna manera tenga de donde suplirlo de otra parte para satisfacer lo
que sobre esto está consignado. A esto añado que no tendrá S. M. plata para
hacer asientos el año que viene, con lo cual y haber faltado también lo que a
V. E. fié, me parece que se puede tener por cierto (en el estado en que hoy se
halla la hacienda real y los empeños de la guerra) que esta Monarquía cae de
golpe y que S. M. tiene aventurada su corona. Si estas consideraciones deben
tenerme en suma pena y congoja V. E. lo juzgue» (28 mayo 1632)121.
Más expresiva aún, por
la fuerza que tomó en ella el concepto de la autoacusación, es otra misiva,
fechada en Madrid el 1 de julio del mismo año de 1632 y dirigida también al
Conde de la Puebla, en la que echa en cara a la gente que pelea a sus órdenes su
flojedad en el servicio del Rey. Y de su puño y letra escribe como posdata:
«Suplico a V. E. me
diga las barras (?) de S. M. y el dinero que V. E. buscó para pagar los 216.000
ducados que S. M. había librado a los hombres de negocios; qué razón hay para
que no se hayan pagado y que por esto nos suspendan en Alemania y Flandes las
pagas y dé todo en tierra. Respóndame V. E. que mis pecados lo hacen y yo diré
que es la verdad y lo juraré y pondré mi cabeza en prendas de esta verdad.
Ojalá, señor Conde, con mi propia vida pudiera remediar yo los disgustos de ese
comercio y sus pérdidas, que bien conozco que en su bien y aliento consiste el
bien o mal de esta Monarquía; pero ¿qué haré, si Dios para castigarme a mi sólo
castiga a todo este reino y le pone la soga a la garganta, obligándole a
apretar a esta gente que es sola la que pudiera resucitar el estado miserable
de España y la Monarquía?»122.
El odio de la gente
contra él —y él dolorosamente lo percibía—, que tomaba la forma de las más
atroces inculpaciones, aumentaba su depresión. En el mismo julio de 1632 murió
el Infante Don Carlos en Madrid, y todo el mundo atribuyó su muerte al
Conde-Duque, con notoria injusticia, porque no sólo no le odiaba —ni a él ni a
su hermano el Cardenal-Infante, como luego se dirá— sino que les incluyó en el
mismo núcleo de amor y respeto, casi mítico, que tuvo para toda la familia
real. Hopton, el embajador inglés en Madrid, que veía los sucesos sin pasión,
escribía en estos días: «El pobre Conde de Olivares es la bestia negra a que se
atribuyen todas las faltas de todos los hombres. Está muy afligido porque, a
pesar de lo que dice la gente, quería mucho a este Príncipe [Don Carlos]»123.
Fue, en efecto, grande la desesperación del Valido. Pero, como siempre también,
la reacción fue rápida y desmedida: en octubre se inauguraba, antes de su total
terminación, el Palacio del Buen Retiro, obra suntuaria, concebida por el
Conde-Duque en una de las fases de exaltación de su voluntad de mando y de
grandeza; y con tal motivo se celebraron las primeras fiestas de las muchas que
habían de tener por teatro la nueva residencia de placer. Las cantó Lope de
Vega. Y en ellas, como tenía por costumbre, corrió las cañas el Valido, al lado
del Rey, enrulándole en lujo e imitándole en la vestimenta. Sólo habían pasado
unas semanas de la muerte del Infante, y en el mismo Hopton escribía: «Nunca he
visto al Conde más alegre que estos meses, ni, en apariencia, más confiado.»
La relación del
embajador italiano Corner, que se refiere a estos años de 1631 a 1634, recoge
una impresión particularmente sombría del primer ministro. En una nota de su
informe, fechado el 27 de octubre de 1633, dice estas palabras significativas:
«Muchos de estos días me han contado, personas que trataban con el señor
Conde-Duque, que le han encontrado presa de gran agitación, fuera de lo
corriente, y parece que vaya creciendo en el orden de su temperamento.» «Está
el Conde —dice— bastante melancólico»; y añade esta fantasía tan española, que
da idea de la densidad de la leyenda que rodeaba al Valido: «Ha ideado
acostarse en su cuarto en un féretro, como un difunto, haciéndose recitar el De
profundis, rodeado de cirios; habla del mundo como un fraile, y de las
vanidades de la vida como si las despreciara profundamente»124. Y era bien
cierto que las despreciaba; excepto el poder, que desearle no es vanidad, sino
instinto.
La paz que no llega.
Desaliento
En los años 1634 a 1638
conoce todavía horas pasajeras, y a veces magníficas, de triunfo: en 1634 el
Cardenal-Infante venció en Nordlingen125; el 35 y el 37 llegan los galeones de
América repletos como nunca de tesoros con que enjugar la penuria nacional; el
36 hay victorias lucidas en Milán, debidas a Leganés, pariente amadísimo y
protegido del Valido; y en Flandes. Por todo ello, Olivares organizó las
célebres fiestas en el Buen Retiro y en las calles casi todo el mes de febrero
de 1637, añadiendo el pretexto, tan extraño al bien material de España, de la
elección del Rey de Hungría como Rey de Romanos, en Ratisbona126. Fueron los
últimos destellos de su popularidad. En una de estas bullas, el pueblo,
agradecido a Olivares porque le dejó entrar gratis a ver «las alcancías, que es
una fiesta a modo de cañas, en que, en lugar de éstas, los caballeros que
siguen a los que huyen tiran huevos», se entusiasmó y «resultó grande una
aclamación de ¡Viva el Conde!»127. Al año siguiente ocurrió la jornada de Fuenterrabia,
en la que hubo también delirio popular y vítores a Don Gaspar. Pero Don Gaspar
estaba ya curado de estas fantasías y conocía la amargura que trae
inexorablemente envuelta para el hombre público la miel de los éxitos
populares.
Las cartas al
Cardenal-Infante, de 1635 a 1641, abundan en testimonios de estos que llama
Cánovas «instantes progresivos de cansancio y desaliento». Fuera de Cánovas —y
aun él lo hizo a la ligera— nadie ha estudiado con profundidad estas misivas,
que corresponden a los años en que se prepara la caída y cuya importancia es
capital para nuestra historia. Y nadie que las haya leído podrá seguir después
viendo al Conde-Duque de la leyenda, orgulloso y duro, resistiendo los embates
de los enemigos con ciega obstinación hasta su derrumbamiento. Con patética
sinceridad se nos ofrece, por el contrario, vencido, cansado, enfermo: sujeto a
su ministerio como a un deber penoso y a veces insufrible; recorriendo las
últimas etapas de su vida pública como un calvario lleno de agonías y de
contriciones. Las fases de depresión, a través de estos sincerísimos
documentos, vemos que se van aproximando y llegan a convertirse en permanente
estado de melancolía, de remordimientos, de autoacusaciones y de ansias de
morir, en ocasiones en forma de accesos de epiléptica violencia; surcados
únicamente, aquí y allá, por un relámpago de su antigua exaltación. He aquí
algunos párrafos demostrativos:
13 octubre 1635. —«No
hay hacienda, ni hombres de negocios, ni ministros, sino que me dejen morir
tranquilo, como presto sucederá con los nuevos achaques; sin que por esto se
remedien los inconvenientes; que confieso a V. A. diera la vida liberalmente si
con darla se consiguiese el servicio de S. M.»
7 diciembre 1636.
—«Señor, ¡ojalá hubiera yo muerto antes que escribir a V. A. nuestra pérdida!
V. A. esté cierto que me hallo como debo: Dios, por su bondad, me lleve donde
nadie en la tierra se acuerde de mí y trataré de morir, que, Señor, todo no lo
puede llevar mi corazón; la muerte de estos señores y del Señor Infante (que
Dios tiene) no sólo no me cabe en el corazón, sino que llego a desesperación.
En efecto, Señor, yo amo mi muerte y no me atrevo a vivir. Con esto verá V. A.
que no podré decir más que locuras, y Dios me valga.»
13 diciembre 1636. —«Yo
quedo malísimo, cierto, y tan abatido de este golpe que puedo esperar
piadosamente mi muerte.»
15 septiembre 1637.
—«Señor, todos están acá buenos, a Dios gracias, y yo reventado por el año que
viene; y, además, caídas totalmente las alas, porque, si he de decir a V. A. la
verdad, de la pérdida de Breda nada en el mundo me consolará.»
27 mayo 1638. —«Sírvase
Dios darnos una paz para que podamos vivir en paz y yo irme a morir, que,
cierto, Señor, sin encarecimiento aseguro a V. A. que no puedo ya con el
trabajo, según me hallo, acabado de salud y de aliento, pues lo que se ha
trabajado es de manera que verdaderamente no hay fuerzas que lo puedan
resistir; y todo se hace con tanto trabajo y continua solicitud, que aunque se
consiga, queda un hombre rendido.»
Las noticias favorables
de Flandes rompen esta visión tenebrosa y le arrebatan a uno de sus antiguos
entusiasmos.
21 julio 1638. —«Señor,
mil veces repetiré besar a V. A. sus pies; mil veces, por el acierto con que
gobernó la mayor acción que jamás ha habido en el mundo, ni la habrá. Quiera
Dios que algún día lo pueda yo hacer de presencia, pues, mientras tanto, nada
me satisface en esta ocasión tan gloriosa para nuestra nación toda y para toda
la Monarquía. Doy también a V. A. el parabién de Berzeli, que ha sido suceso
también que merece repetidas enhorabuenas; y si los que han empezado en el
Brasil continúan, cierto, Señor, que se puede comparar el año con el más feliz
que la Monarquía ha tenido jamás.»
26 agosto 1638. —«Doy
la enhorabuena a V. A duplicadas y triplicadas por tales sucesos como Dios ha
obrado por mano de V. A. y debajo de ella y por los sucesos de Italia, que
todos juntos, por lo menos, no se han visto jamás en el mundo otros iguales, no
sólo en un año, sino en muchos.»
Mas el corazón no iba
ya al ritmo de los faustos de fuera. Y así veremos que la victoria de
Fuenterrabia, acaecida en septiembre de 1638, produce en el Conde-Duque un
efecto singular. Externamente todo es homenaje glorioso. La multitud le aclama.
El Rey inventa nuevos cargos, prebendas y honores con que enriquecerle y
halagarle. El cuadro de Velázquez, el retrato fanfarrón, en el que, con
estupenda adulación, se da forma real a su deseo subconsciente de mandar tropas
en campo abierto y de derrotar personalmente al enemigo, es la expresión,
arbitrariamente sublime, de esta apoteosis. Y sin embargo, todo esto es mentira
para el corazón acongojado del ministro. La preparación de la victoria le ha
agotado definitivamente. Y el mortal cansancio le ha hecho ver con claridad la
liviana fugacidad de las glorias humanas. Ninguno de los millares de seres
humanos que han contemplado el retrato ecuestre, lleno de hinchada vanidad,
habrá sospechado que debajo de la armadura latía una infinita pena y que el
gesto imperativo del general era una de esas muecas de actor viejo, que sabe
poner la cara de circunstancias sin contar con el corazón. El 6 de enero de
1639 dice: «Deseo sólo ir a morir en paz, asegurando a V. A., como cristiano y
como hijodalgo, que he dispuesto esto, a costa de gotas de mi sangre, y cuando
me hallo, desde tres meses ha, en tan grande aprieto de mi cabeza y de mis
años, que después que me conozco no me he visto así, habiendo por experiencia
conocido que los insoportables cuidados, fatigas y penas de lo de Fuenterrabia,
y desvelos de tanto tiempo, me han quemado la sangre como una tinta y es
imposible que pueda repararla ya en mis años; y justo es, Señor, que a quien ha
servido hasta haber perdido la vida, se le conceda morir en paz, siquiera sea
un año.»
Agudamente percibió
Cánovas esta tragedia bajo las glorias oficiales128, en el discurso que
Olivares pronunció el 17 de junio de este año de 1639, en las Cortes del Buen
Retiro, como «procurador con voto fijo y perpetuo en cuantas más adelante se
celebrasen», nombramiento excepcional que apuntaba a una dictadura sobre las
Cortes mismas; seguramente el premio de mayor trascendencia política129. Es
evidente en este discurso el contraste entre el meridional optimismo de los
procuradores de Castilla y el dejo escéptico que se desprende de las palabras
del primer ministro, sobre todo si se comparan con la exaltación maníaca con
que en las épocas anteriores reaccionaba ante lo que era, o pareciera,
favorable al país. Los días heroicos de su alma habían pasado ya. Tenía
cincuenta y dos años, edad entonces equivalente a los setenta de ahora; y los
golpes incesantes habían madurado su tendencia melancólica y su religiosidad
ascética. Así le oímos exclamar: «Señor, no conoce la guerra quien fía en sus
prosperidades.» Y luego: «La paz, único y solo bien de la tierra.» ¡Él, que
desató las batallas por pura quimera de su delirio de grandezas y de poder! «En
medio de tantas mercedes recibidas... me hallo con extremo desconsuelo de verme
este día tan obligado al Rey y tan obligado a V. S. S. [los procuradores]»;
«deseo muy poco recibir, desacomodar ni agraviar a nadie; antes bien y sobre
todas cuantas cosas hay en la tierra, aliviar, descansar, servir.» «Sírvase
nuestro Señor, aunque sea a costa de mi vida, que vuelva a ver este día de la
paz, sin el cual ninguno puede ser bueno»130.
Pedía, en esta hora
crítica de su vida, la paz el poderoso ministro: el anhelo de todos los
dictadores, cuando su estrella declina. Y todos mueren sin llegar a la tierra
de promisión. La paz para el Conde-Duque era ya un imposible. Los malos sucesos
venían ensartados. Y en octubre de este mismo año su desesperación alcanza
clamores espeluznantes de tragedia.
«Aseguro a V. A., como
cristiano, que casi no duermo sueño ninguno en toda la noche: Dios nos asista,
y a V. A. también, con esto de los alemanes; que en todas partes es materia
para pedir la ayuda omnipotente de nuestro Señor: porque otra cosa no basta;
porque el Emperador está sin gobierno ninguno y perdido sin remedio y nos ha de
llevar a todos tras de sí si no nos asiste Dios, como he dicho; sea Nuestro
Señor bendito y nos dé gracia y sufrimientos y fuerzas para resistir tantos
golpes, tantos infortunios y tantas calamidades. ¡Asístanos Dios, asístanos
Dios, asístanos Dios tercera vez y cien mil veces, repito!»
Pero el año siguiente
sería aún peor; en él ocurriría la rebelión de Portugal y la de Cataluña, que
se le clavó en el corazón y que le arrancaría estas frases de tremenda pena:
29 septiembre
1640.—«Aseguro a V. A. que a mí no me queda aliento más que para morir en medio
de tantas y tan extensas apreturas y desdichas; y, sobre todo, las cosas de
Cataluña, ¡en que mi corazón no admite consuelo!»
La locura inicial
Aún le quedaba un trago
que apurar: el de la rebelión, real o supuesta, de su pariente Medina-Sidonia,
el año de 1641, que, por venir de su casta misma, en trance tan apurado y sobre
la mancha que otra Guzmán, la mujer de Braganza, acababa de arrojar sobre la
lealtad del linaje, le aniquiló y puso, sobre su espíritu cansado, rasgos ya
evidentes de locura; hasta el punto de que Guidi, en un despacho cifrado del 24
de septiembre, escribe: «Esta conspiración ha deprimido de tal suerte el ánimo
del Conde-Duque, que, además de la transformación de su vista y de su color, se
observa en él que la mente no deja de presentar signos de lesión»131.
Aquí, en efecto,
empieza ya a definirse la alteración mental iniciada desde años atrás. Olivares
se daba cuenta de que todo estaba perdido. Aquel mismo año, 1641, hace su
testamento, pieza esencial para juzgarle, en el que, enfrentado con Dios y con
la Historia, cerrados de momento los oídos a las desdichas que le rodeaban,
resurge todavía, ya tocado de neto delirio, su espíritu de grandeza132. No es
de los rasgos menos llamativos de este delirio su absurda esperanza de tener
hijos todavía con su mujer, Doña Inés. Pero, por si acaso, reconoce al hijo del
amor clandestino, a Julián, a la vez que el Monarca reconoce al Don Juan, hijo
de la Calderona.
Después ya es todo
triste declinación, salvo el arranque magnífico de la publicación del Nicandro,
el papel con que se defiende de los que cobardemente le atacaban después de
caído y en el que, por vez primera, su cuerpo decrépito se alza altaneramente ante
el Rey —el ídolo— y le amenaza. Un destello más, el postrero: allá en Toro,
próximo a morir, cuando pide al Rey que le permita alzar gente de a caballo
para socorrer la frontera de Portugal. Son los últimos fulgores de su ambición
genial. Después, se fue poco a poco hundiendo en la demencia, que será
estudiada en el último capítulo.
Así fue la vida
interior del Conde-Duque, torturada por el vaivén descomunal entre la
desesperación y la gloria. Pocos, repitámoslo, sospecharán tan hondas, tan
entrañables miserias humanas en aquel gigante, que los retratos y los cuentos
nos han hecho ver como un monstruo de vanidad y de astucia.
7. La lucha contra los
Grandes
La Grandeza de Castilla
EN el capítulo anterior
he pintado claramente, aun a riesgo de hacerme prolijo, la fluctuación cíclica,
intensa, a veces netamente anormal, que fue uno de los rasgos fundamentales del
carácter del Conde-Duque y que, sin duda, fue como el molde que dio forma y
perfil a sus más llamativas acciones. Pero aún tengo que destacar varias
particularidades de su espíritu y de su carácter, que completarán el bosquejo
que me he propuesto hacer de «el hombre», indispensable para interpretar con
justicia al ministro y Valido.
Es, ante todo,
necesario insistir en lo que sirve de eje a todo su carácter: en su voluntad de
mandar, en el ansia de grandeza, que recibe con la herencia y que el ambiente
contribuyó a dar pábulo casi fabuloso. Los capítulos anteriores están llenos de
esta idea; pero ahora conviene resumirla. En su padre, Don Enrique, esta
ambición se cifraba, como en un símbolo, en lo que constituía la meta y la
felicidad del sentimiento de casta en un aristócrata español: el cubrirse de
Grande. Hemos visto que la pesadumbre de no lograrlo acompañó al sepulcro al
embajador; y acaso le acercó a él. Esta misma ansia, aumentada al ser
transmitida, fue el objetivo inmediato de los afanes de su hijo, Don Gaspar, en
cuanto ahorcó los hábitos y se vio mayorazgo de su casa. A ello responde, en
gran parte, su vida de dispendiosa magnificencia; pues el arruinarse por servir
a la Corte, en cualquiera de sus formas, era uno de los caminos menos inciertos
que muchos otros nobles habían ya practicado, para llegar a la ambicionada Grandeza;
y éste era también —ya lo sabemos— uno de los fines de su matrimonio de
conveniencia con la dama de la Reina, Doña Inés de Zúñiga. Tardaba, no
obstante, en llegar el premio, sin duda por la oposición que los otros Grandes
le hacían en el ánimo de Felipe III, y diez años más tarde, cuando llegó al
Monarca su última hora, aún no lo había conseguido. El impaciente Conde
intentó, con audacia irrespetuosa para la solemnidad del momento, que Don
Felipe no se fuese al otro mundo sin dejarle satisfecha esta ambición, que no
le dejaba descansar; pero el Duque de Uceda, aún Valido del moribundo, le quitó
toda esperanza133.
Mas duró pocos días el
desconsuelo, porque así que subió al trono Felipe IV, Olivares era más que
Grande: era el que podía hacer, a su capricho, las Grandezas; y para
demostrarlo, en pleno novenario, en el retiro de San Jerónimo, se hizo cubrir
por el nuevo Rey, recién enlutado134. Luego tuvo ocasión, en veintidós años, de
prodigar la misma merced a los que le fueron gratos, incluso a sus próximos
parientes, Medina de las Torres, Monterrey y Leganés, y de reunir, él mismo,
innumerable cantidad de títulos capaces a satisfacer la vanidad menos
contentadiza135. Pero en él no era todo vanidad de este género pasivo, vanidad
como fin, sino ambición más complicada, y sin meta cercana; afán de alcanzar
cada escalón para subir al próximo; en suma, para mandar. Está en lo cierto su
amigo el Conde de la Roca cuando dice que pretendió la Grandeza «para
desagravio de su Casa y no para que le supliesen a él méritos». Pero con la
conquista de la Grandeza satisfacía, además, uno de los sentimientos
importantes de su psicología, el rencor a los Grandes, que tuvo no poca parte
en sus acciones y que por ello merece algunas palabras aparte.
Olivares contra los
Grandes
Toda su vida pública
es, en efecto, una lucha contra los Grandes, movida en parte del rencor de
agravios directos a su Casa, pues, como he dicho, a la obstrucción de los
nobles ya cubiertos atribuyeron su padre y él el que la Grandeza no les fuese
concedida. Pero, además, Don Gaspar de Guzmán tuvo un concepto evidentemente
menguado de la capacidad de la aristocracia española. Ya contemporáneos suyos,
como Siri, anotaron que «prefirió siempre para los grandes empleos a las gentes
de condición mediocre y no las que pertenecían a las primeras Casas de
España»136. El mismo Siri encarece la afabilidad y familiaridad extremas que
Olivares empleaba con el pueblo, en contraste con la altivez que guardó siempre
para los nobles. Y los libelos de la época lo expresan también137. Tenía,
dentro de su rango, la evidente tendencia democrática que vemos ya en los
primeros Austrias, sobre todo en Felipe II, interrumpida por el compadreo
aristocrático del Duque de Lerma, Valido de Felipe III. En el testamento del
Conde-Duque todos sus recuerdos son para hombres del estado llano, salvo los
aristócratas de su propia familia.
Ya desde los comienzos
de su mando se vio lo que había de pasión contra la clase en sus persecuciones
a Lerma, a Uceda, a Osuna, a Don Fadrique de Toledo138. Pero donde se enumeran
al detalle las persecuciones contra la Grandeza es en el relato de Guidi, sobre
todo en la «versión-Quevedo», en la que se lee: «En la estimación del
Conde-Duque ninguno era digno de la Grandeza.» «A todos los tenía por
inútiles.» Una vez, como en Zaragoza, ni siquiera quiso recibirles como a
señores y caballeros ordinarios; apenas los escuchó en sus negocios
particulares. Y relata luego los agravios y persecuciones contra Don Fadrique
de Toledo y su hermano el Duque de Fernandina, contra el Duque de Alba, el
Duque de Arcos, el Almirante de Castilla, etc.139
La enemiga de Olivares
contra ellos se echa de ver en el rigor —casi siempre justo— con que el Rey
procedió siempre que algún noble cometía no ya delitos, sino simples actos de
soberbia, entonces habituales, contra el pueblo; la blandura de Felipe IV hubiera
sido incapaz de tal energía, y se adivina detrás de él la mano de hierro y
enconada de su Valido. Una vez, por ejemplo, durante una comedia, en Palacio,
hubo una riña entre Don Juan de Herrera, Caballero de Santiago y caballerizo
del Rey, y el Marqués del Águila. La pendencia enredó a varios nobles y Grandes
más, en forma realmente lamentable por la desproporción entre la aparatosa
actitud y la nimiedad de las causas. Todos fueron severamente castigados por
imposición del Conde-Duque, que dijo al Rey; «¿Cómo han de tener respeto los de
afuera si los de dentro, y en la Cámara de V. M., le pierden?»140.
Los Grandes, salvo
alguna excepción, se doblegaron al Privado durante la época de su poderío.
Probablemente los atemorizaba el herir al Rey si disparaban contra el ministro.
Entre los que se atrevieron a rebelarse figura el Duque de Fernandina, que,
desterrado en Orán, «hacía tal desprecio de la violencia [del Conde-Duque], que
cada día, en su espléndida mesa, brindaba muchas veces con vino exquisito a la
esperada caída del tirano de España, que así llamaba siempre al
Conde-Duque»141. También su hermano, Don Fadrique de Toledo, se insolentó con
el ministro: cuando éste le envió al Brasil, respondió que no podía porque
tenía mucho que hacer en la Corte y porque ya había servido bastante, «gastando
su hacienda y derramando su sangre, y no hecho un poltrón como el Conde-Duque».
Éste —dice el cronista que nos lo cuenta— «tuvo una gran pesadumbre»142. Pero
esta altivez de los irascibles hermanos fue una excepción. Los demás cedieron
sin reservas. Y la sumisión llegó a extremos adulatorios, como en la ocasión de
la boda del hijo de Olivares, el flamante Don Enrique Felípez de Guzmán, pues a
pesar de lo que en ella y en el reconocimiento del bastardo hubo de ofensivo
para la Nobleza, acudieron todos a la ceremonia; bien que los propios Reyes no
escatimaron su adhesión, y del modo más cordial y afectuoso143.
Huelga de Grandes
Tal vez, como he dicho,
temerosos, más que de irritar al Valido, de poner en grave compromiso al Rey,
optaron por hacer el vacío a la Corte y se fueron retirando a sus casas, y
muchos a sus lugares. Ha sido esta táctica del aislamiento un arma poderosa de
la Nobleza europea hasta la Revolución francesa, en que acabó de perder su
categoría de sostén fundamental del Estado. En tiempo del Conde-Duque la
emplearon también, hasta el punto de que «ninguno asistía, como solían, a verle
comer [al Rey], ni le servían en la caza, y pocos le acompañaban en la capilla
ni en otros actos públicos, y se tuvo por rarísima novedad ver en el día de
Pascua, en el banco de los Grandes, sólo al Conde de Santa Coloma»144. Entre
los mismos aristócratas que por ser del servicio de Palacio estaban obligados a
asistir a él y a convivir con el Conde-Duque y su mujer, la animadversión
contra éstos era subterránea, pero terrible, y aprovechaban todos los momentos
para declararla. Las damas llamaban, entre sí, al Valido, Holofernes, y un predicador,
el Padre Castro, en un sermón en presencia de la Corte, en la Cuaresma de 1637,
Cuaresma que se hizo famosa por la verdadera insolencia de los frailes
encargados de los sermones, habló de Holofernes y le llamó «Su Excelencia
Holofernes», con lo que todos comprendieron que se refería al Conde-Duque145.
Fueron éstas las únicas leves parodias españolas de las «Frondas»
aristocráticas que en Francia hicieron tan ruda oposición a los validos.
El ímpetu y la soberbia
del Conde-Duque se crecían ante esta hostilidad, que hoy llamaríamos «de brazos
caídos». No le importaba mucho la ausencia de los Grandes, que entonces tenían
ya jerarquía social muy superior a su real eficacia. Un dictador tiene siempre
a su lado personal suficiente para sustituir a quien sea. Su Casa le
proporcionaba, además, un núcleo grande de aristocracia adicta, sin contar con
algunos de los extraños que utilizó y le sirvieron bien, como el Marqués de
Santa Cruz, Villahermosa, Grajal y otros146. La prueba es que leyendo la
historia de aquellos días no nos daríamos cuenta de la falta de los nobles
ofendidos si no fuera por estos papeles que nos lo cuentan y que tienen el
valor que hoy tendrían las comidillas de un casino o la sección de los «Ecos de
Sociedad» en los periódicos diarios. Ya próxima su caída, aún tenía el Valido
arrestos suficientes para dar la Grandeza a su yerno, el Duque de Medina de las
Torres, hidalgo de provincias, cuya elección para marido de su hija había sido
ya interpretada como un reto a la Grandeza. Para remate, reconoció como hijo a
su bastardo Julián Valcárcel y le casó con Doña Juana de Velasco, hija del
Condestable de Castilla, de cuyo suceso se hablará en otro lugar de este libro.
Claro es que la susceptibilidad de los Grandes estaba, a su vez, tan exaltada,
sobre su puntillosidad habitual, que interpretaban como ofensas incluso actos
de protocolaria y afectuosa cortesía; tal ocurrió con la carta que Don Gaspar
dirigió a los Grandes anunciándoles el matrimonio de su hijo. Fue considerada
como un desafío y un agravio; con evidente sinrazón; y lo prueba el que la
misma carta fue enviada al Cabildo de Sevilla y a los embajadores, a los que
seguramente el Conde-Duque no tenía la menor intención de ofender.
La pasión contra los
Grandes influyó, sin duda, mucho en los problemas, capitales para un ministro,
de nombramientos en los puestos decisivos de ejércitos y armadas o de
gobernadores de los inmensos territorios de España.
Lucha abierta
Y, a su vez, el
resentimiento de los Grandes contribuyó, si bien con más aparato que potencia,
a la caída del Conde-Duque. En la frustrada jornada de Cataluña, en 1642, la
vasta conjura que se tramaba en Palacio contra el primer ministro tuvo sus
primeras manifestaciones en Zaragoza. De aquella entrevista en que Olivares les
recibió mal, «sin usar con ninguno de ellos la acostumbrada cortesía española,
pues ni les dio la bienvenida», salieron decididos a unir sus fuerzas a las que
ya desde tiempo atrás empujaban al Valido.
No está, empero, muy
claro que existiera esta descortesía de Don Gaspar, por más que sus raptos de
mal humor la hacen verosímil. Mas el hecho cierto es que sobre la actitud de
los Grandes en este momento de la vida del Privado se inventaron no sólo historias,
sino documentos, que luego han corrido como seguros hasta nosotros. Tal ocurre,
por ejemplo, con las cartas del Almirante de Castilla al Rey y a las cruzadas
entre el Duque de Alba y el Conde-Duque. La primera es una misiva en la que Don
Juan Gaspar Henríquez, Duque de Medina de Rioseco y Almirante de Castilla,
ofrece su hacienda al Rey y lanza indirectas punzantes al ministro. Era Don
Juan, es cierto, un espíritu recio y generoso, entre aquella fofa aristocracia;
pero son grandes las dudas respecto a la autenticidad de esta misiva147.
Más oscura aún es la
autenticidad de las cartas cruzadas entre Alba y el Conde-Duque. La de Alba,
tal como aparece en la versión española del relato de Guidi, es un desafío
injurioso; en otras versiones es menos insultante, pero siempre muy dura. Los
jesuitas la publicaron como cierta, en la versión que pudiéramos llamar
atenuada148; pero no he podido encontrar su original ni en el Archivo de Alba
ni en parte alguna. No sólo por esto, que no sería bastante, me inclino a dudar
seriamente de que sea verídica; sino, sobre todo, porque las relaciones entre
Alba y el Conde-Duque, aparte de los roces a que les llevaba su mutuo mal
genio, fueron siempre cordiales. Con el padre, el quinto Duque de Alba, Don
Antonio Álvarez de Toledo, sí tuvo el Conde-Duque diferencias; y aun así la
correspondencia que de ambos personajes se conserva demuestra, entre quejas y
malhumores de Alba, entonces Virrey de Nápoles, mutua estimación. Pero con Don
Fernando, el hijo, sexto Duque de Alba, no hay pruebas de que existiese el encono
que se dijo. Al estallar la guerra de Portugal, Don Fernando fue enviado allí,
y las cartas que se conocen de él son iracundas, porque pedía asistencias y
sueldos en relación con su rango; y absoluta responsabilidad en el mando; y
cuando le faltaba algo de esto, protestaba y pedía su retiro con razones
destempladas, en las que, por igual, se quejaba del Rey y de su ministro. Pero
éste le respondía con calma paternal («V. E. es mozo y yo soy viejo y por esto
le predico.»), un tanto severa pero en modo alguno hostil. En el Apéndice XXIV
van copiadas algunas de estas cartas, muy significativas y más seguras e
interesantes que las escandalosas que publicaron los libelos. Finalmente,
cuando el irritado Conde-Duque publicó El Nicandro, los Grandes lo tomaron como
pretexto para pedir al Rey un ejemplar castigo; y el único que, como luego
veremos, se negó a hacer causa común con ellos fue Alba, arrostrando la
indignación y las amenazas de sus compañeros. Este punto de la enemistad de los
dos personajes es, pues, uno de los muchos que hay que rectificar en nuestra
historia.
El Conde de Castrillo,
muy afecto a la Reina, intervino también directamente en la caída, y de él
hablaremos cuando relatemos ésta. Y todos ellos hicieron una manifestación
colectiva, el 22 de enero de 1643, en Aravaca, al volver el Rey de El Escorial,
adonde había ido para no presenciar la ya convenida salida del Conde-Duque del
Alcázar. Con esta manifestación dieron a entender al Rey que su apartamiento de
la Corte era debido a la presencia del Valido, pero que expulsado éste, volvían
a servirle como antes149. El Rey tuvo inmensa satisfacción al sentirse otra vez
asistido de los suyos, y el domingo 25 de enero, cuando el ministro caído
estaba ya en Loeches, los reunió en Palacio, «y después de haberles honrado
llamándoles vasallos, amigos y primos», les dio consejos sobre la conducta que
en adelante debieran seguir con los ministros, en las recomendaciones de
empleos, etc.; consejos que, en realidad, eran una censura a la venalidad
anterior de los Grandes, pero que ellos acogieron con entusiasmo150.
El último ataque a
Olivares
La lucha no terminó
aquí. Porque el Conde-Duque reaccionó, con su acostumbrada energía, al ataque y
dedicó los primeros días de la ociosidad de su cesantía a escribir o inspirar
el famoso alegato titulado El Nicandro, dirigido al Rey, del que me ocuparé después.
En este escrito, tan imprudentemente juzgado por la mayoría de los
historiadores, explica y desbarata de un modo digno las acusaciones que se le
hacían de perseguir a los Grandes; y aprovechaba la ocasión para enviarles
todavía, desde Loeches, y vencido, sus dos últimos zarpazos. Uno de ellos es la
acusación de tiranía de los nobles para el pueblo; y la defensa de las ventajas
que tiene para el Estado el que los altos cargos los ocupen gentes del estado
llano. «La razón de Estado de los Grandes —dice— es mejor dejarla en silencio,
pues V. M. sabe por los ministros cuan trabajados han tenido a estos reinos
continuamente, cuando estaban poderosos y ricos; lo cual no pueden obrar los
ministros, aunque tuviesen más riquezas que todos los Grandes juntos, por ser
los más o de la gente media o levantados del polvo; y los españoles, para tomar
cabeza atienden más a la alteza de la sangre»151.
Otro zarpazo es un
comentario envenenado a los tardíos actos de reconocimiento al Rey de los
Grandes, que acabo de referir: «Yo entiendo —dice— que como hallan a V. M. solo
y sin primer ministro, puede ser les lleve más el deseo de privanza que
aborrecimiento al Conde.» Y pronto se vio que estaba en lo cierto.
Que el ataque dio en el
corazón del blanco previsto, lo demuestra la terrible indignación que produjo
en la Nobleza El Nicandro. «Juntáronse todos y fueron a hablar al Rey,
suplicándole volviese por su lealtad y castigase al autor de aquel papel.» Uno
de ellos llegó a decir a Felipe IV «que castigase a este hombre, porque de no
hacerlo, le castigaría él»152. Don Felipe le contestó «que se aquietasen y que
lo haría»; pero luego veremos la blandura con que penó al desterrado; en parte
por bondad y por indudable y leal afecto al Conde-Duque, para el que tenía, en
medio de tanto desastre, motivos de amor y estima mucho más profundos que los
que los demás aristócratas le inspiraban. En parte, también, porque El
Nicandro, como después se verá, amenazaba al Rey con contar lo que el autor
sabía y guardaba como secreto de Estado, si no se le juzgaba con benevolencia.
Capitaneaban el movimiento contra el ministro caído, el Duque del Infantado, el
de Osuna, el de Medinaceli153, el Conde de Lemos, y, «como atizador y capitán»,
el Duque de Híjar, el que pronto había de hacerse sospechoso de crimen de lesa
patria, pecado que jamás cupo, ni como sospecha, en el corazón de Don Gaspar de
Guzmán154. La mayoría de estos alborotados antiolivaristas lo que pretendían
era mandar ellos; y por eso, como luego se verá, al ver que el puesto de
Olivares era ocupado por otro —Don Luis de Haro— que no era uno de ellos, se
unieron en conspiración para derribar a Haro y volver a su lugar al
Conde-Duque. Había, por fortuna, excepciones; y como tal debe encomiarse el
noble gesto del Duque de Alba, el enemigo más leal del Conde-Duque, el más
respetable y por esto también el más temido de éste155, el cual, retirado en
Ciudad Rodrigo, recibió invitación por escrito para unirse a la protesta; mas
él «rechazóla —escribe Novoa— diciendo no tocaba nada de aquello a la lealtad
de su Casa; y antes ayudaría a volver a poner al Conde en su lugar antes que
derribarle». Tanto indignó este admirable ejemplo a los demás, «que quisieron
ir a quemarle la vivienda, y lo estorbó el Conde de Lemos».
Era inútil quimera, muy
propia del temperamento de Olivares, el querer luchar contra la Nobleza, una
vez engranada ésta de nuevo en la voluntad real. El Rey estaba ya del otro
lado; y, en efecto, llamó a los Duques del Infantado y Medinaceli y les rogó que
se tranquilizasen y que transmitiesen a los demás la certeza de que les daría
gusto. Y como nada se lo daba tanto como ver al caído lejos de Madrid, y
Loeches estaba demasiado cerca, se le trasladó a Toro, con aplauso general.
Pero no cejó la venganza de los nobles, y a su influencia se debió, en parte,
la expulsión de la Condesa de Olivares de Palacio y la destitución del hijo
bastardo Don Enrique. Y quién sabe adonde hubiera llegado el rencor y hasta
dónde el Monarca hubiera cedido ante él, si la muerte, piadosamente, no hubiera
puesto a Olivares, poco después, fuera del alcance de las humanas asechanzas.
La aristocracia como
clase directora
No podríamos juzgar
bien este pleito si no insistiéramos, antes de dejarlo para sentencia, en su
gran importancia; no sólo por lo que influyó en el curso de la vida del
Conde-Duque, sino como síntoma expresivo de uno de los fenómenos más
interesantes de la época: la decadencia de la Nobleza como clase directora. En
realidad, esta decadencia empieza con la Edad Moderna, en el reinado de los
Monarcas católicos, precursores, en cierto sentido, de las futuras democracias;
pero en el de Felipe IV, Don Gaspar de Guzmán aparece como instrumento del
destino histórico para precipitar la caída. Como siempre ocurre, el derrumbe de
las instituciones va, sin excepción, precedido de su muerte, por espontánea
involución de su ciclo vital. Y que esta involución letal ocurría en la Nobleza
de España es indudable. Aun cuando antes de este reinado y en él y en los
subsiguientes hubo personalidades insignes en la gobernación civil o militar,
salidas de la aristocracia y, sin duda, por la fuerza adquirida, en mayor
número y con mayor facilidad que las procedentes de los demás estratos de la
nación, su eficacia colectiva estaba ya deshecha. No es necesario acumular aquí
las infinitas anécdotas que figuran en los escritos de la época acerca de la
inmoralidad de las costumbres de quienes tenían por deber el dar a los más
bajos ejemplo de pulcritud. «La capital de España —escribe con razón un
historiador tan sereno como M. Hume— ofrecía el espectáculo de una serie
inacabada de luchas entre bandidos auténticamente blasonados»156. Y entre las
honrosas excepciones acaso ninguna superó a la de propio Conde-Duque, cuya vida
fue modelo de trabajo y de austeridad.
Los nobles dieron al
Rey como pretexto para su ausencia de las obligaciones del Estado, la
hostilidad al Conde-Duque; pero cuando éste cayó, no se enmendaron. Estaban en
la gozosa luna de miel de la caída del Valido, frescas aún aquellas solemnes
promesas de servir al Rey una vez que hubiera desaparecido el enemigo común; y,
sin embargo, en la organización del Ejército que acompañó al Monarca a
Cataluña, en otoño de 1643, los nobles anduvieron tan reacios, que Sor María de
Agreda, en octubre de este año, escribía a Don Felipe, que estaba en Zaragoza,
al mando de las tropas: «Las rogativas y procesiones de la Comunidad son
continuas por el buen acierto de las armas de V. M. Quedo cuidada guardando las
nuevas de lo que el Ejército ha hecho. Parece que ha ido con pasos lentos, y me
lastimo de los pocos que ayudan a V. M., pues pudieran los Grandes ocuparse en
reconocer el Ejército, animar los soldados, hacerles salir a tiempo y saber si
los oficiales les pagan»157. Las pobres monjitas del pueblecillo soriano, tendidas
boca abajo en el suelo y en cruz, hacían con sus oraciones y penitencias lo que
podían; pero no así los que vivían en las grandezas del mundo. No les bastó ni
el ejemplo del propio Monarca, que al fin se decidía a salir a campaña; y tuvo
que amenazar con una multa de 2.000 ducados a los caballeros de las cuatro
Órdenes Militares que rehuían el presentarse ante él en la frontera de
Aragón158.
No ya el sentimiento
quijotesco, sino el del deber elemental, había muerto en ellos; y era preciso
perseguirles para que ayudaran, por lo menos con su caudal, a las necesidades
públicas, ya que personalmente no estaban dispuestos a cambiar por el azar de
la guerra la frivolidad de la vida cortesana. Necesidad insigne sería achacar a
pecados del Conde-Duque lo que era espontánea descomposición de la clase. Hasta
los buenos, como el Marqués de Leganés, discreto militar, devotísimo de
Olivares, sólo se movían por el interés, y así leemos, a cada instante,
noticias como ésta: «Al Marqués de Leganés, para animarle a la jornada que ha
de hacer, le han dado 6.000 ducados de renta perpetua en su casa, 12.000 de
ayuda de costa y 2.000 de sueldo al mes; y con todo va de muy mala gana»159. La
jornada a que se refiere la noticia y tan caro costaba al país que aceptara,
era nada menos que el nombramiento de gobernador de Milán. A actitudes de este
orden se refería la acusación del severo Duque de Alba en su carta más comentada:
«para obligar al señor Condestable a que salga de Madrid le han pagado cuanto
le debían de sueldos y señalándole 1.000 escudos al mes». Casi ninguno de los
que todo lo debían al favor real, se movía más que por el interés metálico,
regateando como una mercancía su asistencia a la patria. Y, en suma, con las
excepciones gloriosas de todos conocidas, merecieron, como clase, esta justa
sentencia que había de lanzar sobre su actuación durante el reinado de los
Austrias su mejor y más perspicaz historiador, Cánovas del Castillo: «Fue la
nobleza inquieta, codiciosa, atenta al bien individual más que al público, en
los días de Felipe el Hermoso; imprevisora, aunque esforzada, en los de las
Comunidades; vanidosa, más bien que enérgica, con Carlos V; egoísta o servil
con su hijo; cortesana o ambiciosa con los dos últimos Felipes; atrevida e
interesada con la regencia; torpemente oligárquica, sin escrúpulos de
ordinario, y hasta poco política en tiempo del postrer vástago de la dinastía
austriaca»160.
Por todo esto, murió
como clase directora. Lo grave, como ha dicho hace poco Azaña, también profundo
conocedor de la historia de España, es que, desde entonces, «no se ha vuelto a
constituir una aristocracia directora de la democracia española»; confesión que
encontrarán inesperada los que no sepan lo que hubo de trágicamente
incongruente en la actitud, con todos los visos de revolucionaria, de este
grande frustrado político. Pero todo vendrá, gracias a que subsiste íntegra la
raza, el pueblo, fuente perenne de formas y eficacias nuevas a través de los
altos y bajos de la historia.161
8. Los impulsos
El poder por el poder
HE dicho antes que el
ansia de poderío del Conde-Duque de Olivares no se satisfacía con la Grandeza
de España ni con el torrente de honores que, tras ella, le proporcionaron su
ambición y la bondad del Rey. Todo esto colmó una vanidad heredada, accesoria,
de su espíritu. Él mismo confesaba «que había sido vano, hasta que con mandar
cubrirle le curó el Rey de esta enfermedad»162; pero le quedaba por curar otra
más grave. La Grandeza, como fin, estaba bien para los que pedigüeñaban los
honores y el caudal adjunto y rehuían el trabajo y la responsabilidad del
gobierno. Pero Olivares sentía, desde lo más hondo de su organismo, como uno de
sus impulsos más eficaces, el afán de mando por el mando mismo, y a esto
sacrificaba todo lo demás, incluso su fortuna y su vida.
No puede decirse, sin
embargo, que en el Conde-Duque no hubiera, al lado de la pura ambición de
dominar, un sentido y una capacidad de hombre de Estado. Tenía, como es sabido,
un programa político concreto: la unificación de las regiones y reinos de España,
para crear el sostén homogéneo de un Imperio potentísimo que hiciera frente, en
nombre de Dios, al resto del mundo no sometido a su fe. Pero, como se observa
tantas veces en la Historia, en Don Gaspar de Guzmán el mucho deseo de mandar
no coincidía con las máximas condiciones de gobernante. No es raro que las
grandes obras políticas las hayan realizado gentes sin ambición directora, a
las que las circunstancias, mucho más que su voluntad, empujaron al timón de
los negocios públicos. Como la mucha gula no es el mejor terreno para una buena
nutrición y una excelente salud; como la lujuria extrema no favorece el bien de
la especie, y como la codicia directa del dinero no siempre acompaña al genio
económico, así también el apetito desordenado de mandar enturbia el juicio para
la rectoría de los pueblos que, en los trances excepcionales, requieren, es
cierto, ante todo, autoridad y firme mano; pero en los tiempos normales exigen
tacto y discreción; y disfrazar, con la apariencia de mando, lo que es en
realidad el gobernar, es decir, obediencia y adaptación al curso de las cosas.
Uno de los grandes
defectos del Valido de Felipe IV fue, pues, el ser mucho más mandarín que
gobernante; cuando lo que hubiera podido salvar a España —si aceptamos el hacer
hipótesis sobre el pasado intangible— hubiera sido un hombre lleno de genial
prudencia y de milagrosa habilidad para adaptar a las circunstancias nuevas la
nueva Monarquía; que ya no podía ser la de Carlos V, en la que soñaba Guzmán,
sino otra más humilde, menos imperial, fuerte por su fuero moral más que por el
material poderío. Pero al Conde-Duque, a favor de los flujos de su humor
alternativo, se le iba toda la energía en las apariencias del mando y
descuidaba la realidad práctica de los problemas. Es la impresión que produce a
todos sus contemporáneos. El embajador italiano Corner le define así: «Nutre su
alma en la autoridad y en el poder que ejerce, como el alimento natural para el
temperamento altivo y ardentísimo de dominar que tiene»163. Y lo mismo en los
historiadores modernos: «Estaba hecho —dice Hume— para dominar o morir.» «Amaba
el poder por el poder»164. «Ávido, no de dinero como Lerma —escribe Hauser—
sino de dominación»165. Sería enojoso multiplicar las citas.
El ansia de mandar y de
grandeza adquirió en él formas delirantes, a veces de extravagante aparato, a
veces trágicas. Entre las primeras citaremos la solemnidad de que rodeaba a su
persona, cuando aparecía en público, en contraste con la austeridad de su vida
privada. Durante su estancia en Zaragoza, en 1642, salía, por ejemplo, «dos
veces al día a pasear por la ciudad y por el campo, acompañado de doce coches y
de cuatrocientos hombres armados, unos a pie y otros a caballo»166. No será
difícil aceptar esta noticia a quien haya contemplado el famoso retrato
ecuestre de Velázquez, para el que parece escrito aquello de que «la vanidad le
reventaba por la cinta del caballo».
Verdad o leyenda (y
ésta tiene siempre su valor calificativo), se dijo que había hecho, por pura
fruición de su poder, caballero de Calatrava al hijo del pregonero de Medina
del Campo, que acababa de entrar a su servicio, sólo por haber soportado con
maliciosa mansedumbre uno de los raptos de iracundia de Don Gaspar167. Subir a
los hombres de la nada, es lo que más acerca al gobernante a la condición de
Rey, meta subconsciente del Conde-Duque.
En su vida pública se
movía siempre obsesionado por los grandes modelos de la historia antigua o por
los personajes célebres de su propia época. Gran parte de la política de
Olivares estaba inspirada en la emulación de Richelieu; su idea centralizadora
de la Monarquía era la misma que ensayaba en Francia el gran cardenal. Muchos
de sus proyectos de reconstitución interior, que las guerras apenas le dejaron
esbozar, se trazaron también sobre el patrón francés, como su idea de hacer
navegables el Tajo, el Jarama y el Manzanares, hasta la Casa de Campo de
Madrid, a poco de realizarse el Canal de Languedoc. Y la tenaz guerra
hispano-francesa, desde 1635 a 1642, fue, en realidad, en multitud de sus
accidentes y episodios, un duelo entre los dos Validos, en el que se
complicaba, infaustamente, a las dos naciones. No era el francés, en muchos
aspectos, superior al Valido español, y así lo reconocen historiadores
franceses contemporáneos. En el gran combate fue vencido, no obstante, Don
Gaspar, sin duda porque procedió con mucha más arrogancia que cautela, mientras
que el cardenal francés sabía sacrificar a la eficacia la arrogancia y todo lo
demás.
El general frustrado
Parte importante de su
ambición de mando fue, sin duda, su afán, contenido pero violento, de mandar
tropas y ganar batallas. Enterrado, desde su padre, este antiguo genio de los
Guzmanes bajo las actividades de «papelista», perduraba en el Conde-Duque un
atávico deseo de gran capitán. Acaso en los momentos de triunfo de las armas
españolas le acometía la nostalgia de no haber sido él su conductor. Compensaba
este deseo con la dirección, desde Madrid, de los generales y cabos, a los que
creía invariablemente torpes, para hacer resaltar así, ante su propia
conciencia, la eficacia de sus previsiones. Sólo al Cardenal-Infante acató como
gran guerrero, y lo atestigua sin la menor sombra su correspondencia. En
cambio, la que cambió con Torreescusa, con el Marqués de los Vélez, con
Leganés, con el Duque de Alba y con otros capitanes del reinado está llena de
consejos y órdenes, más de jefe directo de las tropas que de burócrata y
ministro. Y en una de sus epístolas, llenas de intimidad, al Cardenal-Infante
le declara su profunda ansia en estas palabras: «No puedo negar a V. A. que
quisiera antes de morirme ver si sabría estar firme a los mosquetazos y dar en
medio de ellos mi parecer y si son los de la soldadesca puntos de la Santísima
Trinidad»168. En el final de la frase deja escapar su desdén por la ciencia de
los militares.
Estos capitanes
acogerían con callado resentimiento las indicaciones de quien, por mucho que lo
desease, lo cierto es que no había oído nunca el estruendo de los mosquetazos.
Pero cuando le llegó la ocasión de hablar, años después, a uno de ellos, y de los
más famosos, Don Francisco Manuel de Meló, no se mordió la lengua para decir el
juicio sincero que formara del Valido: «Erradamente —escribía refiriéndose a
Don Gaspar— suele mandarlo todo el que primero no mandó a pocos y obedeció a
algunos; mas ¡qué erradamente dispone los ejércitos el que no ha manejado los
ejércitos! Palabras estudiadas y bien compuestas, no son más que sonido
deleitable, sueño al Príncipe que los escucha, y poco después, precipicio del
principado: ninguno vence desde su retrete, bien que desde allí mande... Son
testigos los ojos de Europa de que en aquel célebre bufete, tan venerado de la
adulación española, se han escrito muchas más sentencias de perdición que
instrucciones de victoria»169.
Tuvo Don Gaspar varios
cargos, honoríficos, militares, entre ellos el de general de la caballería de
España y el de coronel de la Coronelía Guardia del Rey170.
Su intervención más
personal y eficaz en hechos de armas fue cuando el sitio de Fuenterrabía, por
cuyo triunfo fue aclamado y festejado como si realmente hubiera sido el héroe.
Crecido con estos laureles, se impacientaba al ver la marcha premiosa y poco afortunada
de nuestras armas en Francia y escribía al Cardenal-Infante esta confesión,
casi delirante, y en la que nos revela, además, que si él influyó alguna vez en
que el Rey no fuese a la guerra, el Rey, a su vez, fue la causa de que él no
asistiese en persona a algunas batallas; porque no podía vivir sin su ministro
ni unos cuantos días. Dice así la carta:
«Nosotros tenemos más
gente y mejor que el enemigo; mas no hay cabeza ninguna, ni grande ni chica,
con que todo se perderá. Yo supliqué al Rey N. S. porque solos quince días me
diera licencia de llegar allí o por tres semanas. No se me ha dado: Dios nos asista
por quien es, amén. Lo cierto es, Señor, que si Dios me diera unas tercianas,
habría de faltar más tiempo, y creo, Señor, que hiciera mucho al caso porque lo
pusiera todo en orden y estoy muy práctico en aquella tierra; no en la
soldadesca, claro está, mas sí en lo mecánico y económico; y reconozco y creo
que lo acertaba. Y sepa V. A. que en esta vida no deseo otra cosa sino merecer
morir de una bala de artillería en servicio de mi Rey: y el mayor aliento que
cabe en mi corazón: asegúrese V. A. de esto. En efecto, Señor, aquí estoy
viendo perder aquello y hecho una honradísima dueña; o, por mejor decir,
infamísima.»
Luego veremos que, ya
casi moribundo, en Toro, uno de sus últimos momentos de delirio fue pedir al
Rey que le dejase organizar y capitanear un ejército para acudir a la guerra de
Portugal.
Después de la victoria
de Fuenterrabia, su secreta ambición de gran capitán tuvo la manifestación
típica de perpetuarla en una forma perdurable: en el retrato ecuestre de
Velázquez, nada ridículo, sino trágico, porque es la pintura de una
subconsciencia imperativa y frustrada. En otras estampas de la época se le
representa también con atuendo de guerrero.
Emulación real
A veces los borbotones
de su ambición le llevaron a otra manifestación interesante, que fue la
emulación al Monarca. Signos de este delirio son el mismo retrato ecuestre,
pareja del que el mismo Velázquez pintó a Don Felipe, y otros grabados de su
tiempo, como el de Herrera en que las efigies de los Condes de Olivares
aparecen haciendo pareja con las del matrimonio real. El mismo sentido tiene la
paridad en los trajes, que ya hemos comentado, cuando se presentaba, junto al
Rey, en la máscara o en las cañas, caracoleando ambos al frente de sus
cuadrillas de nobles; galas no menos lujosas, y a veces más, las del ministro
que las de su señor. La naturalización de su bastardo Julián en los mismos días
que Don Juan de Austria tiene el mismo sentido. Y otros rasgos no menos
significativos, como la erección del convento de Loeches, para sus devociones
particulares, como el Rey tenía la Encarnación, y con imitación tan exacta de
la fachada que no deja duda de su motivo secreto171.
Rodaba la aspiración
regia por la sangre de los Guzmanes; y así como en otros tomó forma de
explícita rebeldía, en el Conde-Duque se explayó por estas equivalencias
imitativas, perfectamente honestas, pero no menos significativas de la
emulación real. Olivares no atentó contra la realeza; pero al Rey, que hacía a
los Grandes a su antojo, le dio él el título de Grande. Pareció a sus
contemporáneos un acto adulatorio; pero había en él más soberbia que en una
insurrección.
9. Los defectos
Extravagancia
NOS hablan los
contemporáneos del Conde-Duque de un rasgo esencial de su carácter, que
nosotros, espectadores lejanos de su vida, no podemos apreciar con nitidez; y
es una cierta vena de extravagancia o acusada rareza, que debía de dar, en
ocasiones, la impresión neta de la anormalidad. Y así Roca reconoce, a pesar de
su amistad, que «su naturaleza era conforme a mucho de lo que se apartaba del
común entender»; de aquí su afición a los arbitristas, que después
comentaremos. «Podía mucho en él lo extravagante», dice otra vez. Y casi con
las mismas palabras le define quien le conoció tan bien como Meló, el cual
describe que «era el Conde-Duque de natural vanaglorioso y procuraba obrar por
modos extravagantes»172. Siri llama «quimérico» a su humor. Contarini dice que
«ama toda novedad y está siempre dispuesto a abrazarlas»173.
También sobre esto, que
es innegable, tenía que mentir la malignidad de sus enemigos, y uno de ellos,
para dar idea de estas rarezas, cuenta que en el famoso «gallinero» que tuvo
cerca de San Jerónimo, y que fue origen del Palacio del Buen Retiro, «él mismo
daba de comer a las gallinas y cacareaba con ellas, y, cogiendo los huevos,
hacía presente de un par de ellos ahora a un embajador y otras veces a otro por
particularísimo favor; si bien después de muerta Doña Ana (que así llamaba él a
una gallina blanca y negra, la cual tenía la pluma al revés de todas, a quien
acariciaba mucho más que a las otras, y pérdida para él de más peso que la
noticia de la rota del Casal ocurrida en su tiempo), comenzó a enfriarse el
amor del gallinero»174. Otra señal de extravagancia, y esta certísima, era dar
a los caballos los nombres de sus familiares y amigos, como luego se dirá.
Al mismo orden de
rarezas pertenecen otros rasgos del carácter de Don Gaspar, principalmente su
actitud astuta y recelosa, que le hacía desconfiar de todo y, al fin, creer en
todo también.
Astucia
Que fue Olivares un
hombre astuto es innegable, desgraciadamente para su memoria, pues es la
astucia no cualidad, sino defecto, y de mala clase; hecho de desconfianza
sistemática en los demás y de moral de pocos quilates. Era, es cierto, recurso
necesario en aquel tiempo, y sin él se hacía muy difícil el navegar por las
Cortes. Por eso, el italiano Contarini, al llamarlo «muy capaz y astuto», lo
dice como quien inciensa175. Su propio padre se lo enseñó al educarle para
cortesano; y Don Gaspar aprendió bien la lección; y es el recelo, más que el
rigor, lo que aparece retratado en sus ojos, tan llenos de expresión en los
lienzos de Velázquez. Habla Novoa de «sus manías y dobleces» en la vida de la
Corte. Igual actitud cautelosa tenía en sus relaciones diplomáticas; en la
Relación política, atribuida a un embajador veneciano, se dice, y el testimonio
es de valor por venir de quienes eran maestros en el disimulo: «En el negocio
es facilísimo en la apariencia, mas tan disimulado en la substancia que
cualquiera queda burlado en las esperanzas y engañado en las promesas»176. Más
expresivamente aún le describe Meló al referir la conversación que con él tuvo
para darle noticia de los sucesos de Portugal. «Armaba —dice el portugués—
lazos a mis palabras... Cuando el Conde-Duque veía en mí mayor cautela, que
atribuía a insuficiencia, era cuando con mayor eficacia me inquiría, como
acontece al confesor sabio con un penitente ignorante»177. En la junta
celebrada por los consejeros de Estado en el aposento del Conde, en 1627, para
tratar de la misión que del Rey de Francia traía monsieur Botru, el Marqués de
Montesclaros dijo que el Conde-Duque estuvo muy bien en la entrevista, dando a
los franceses la impresión «de que el Conde les veía las intenciones»178: ésta
era siempre su aspiración. Hume comenta también la facilidad con que el Duque
de Buckingham era engañado por la palabrería de Olivares; y Cottington, enviado
a Madrid por Carlos I de Inglaterra para negocios importantes, escribía a
Londres: «A pesar de todos mis conocimientos en esgrima, me ha sido imposible
abordar [con el Conde-Duque] el punto principal.» A esto es a lo que en el
mundo civilizado se ha llamado siempre diplomacia. Claro que cuando los hombres
se entiendan con la verdad, desaparecerán los diplomáticos.
La política en carroza
Es curioso notar que el
Valido usaba con gran frecuencia el coche como oficina y salón de embajadores,
sin duda por buscar, en su recelo, un aislamiento mayor que no encontraba en
los palacios. El coche era, por esto, parte esencial en la vida de este ministro.
Luego veremos que en un coche estuvieron a punto de matarle. En el coche
despachaba, con sus secretarios, gran parte de sus asuntos. Y para las
negociaciones complicadas con los ministros extranjeros solía invitarles a
pasear en sus coches, lujosos y solemnes, ya por el Prado, por la ribera del
río o por los alrededores de Madrid, ya en largas jornadas con el pretexto de
partidas de caza. La principal conversación de las negociaciones, cuando el
viaje del Príncipe de Gales, ocurrió en un coche, en el que el Príncipe y sus
consejeros Buckingham, Bristol y Astor, y Olivares con el Conde de Gondomar,
aguardaban, a orillas del Manzanares, el paso de la familia real española. Aun
ahora los ingleses recuerdan con molestia el arte con que en aquella errante conferencia
supo el Valido engañar a sus interlocutores. Cuando las negociaciones con
Cottington, siete años más tarde, en 1630, era ya Rey de Inglaterra aquel
Príncipe, engañado en la carroza del Conde-Duque, y el mismo Conde-Duque, en su
misma carroza, seguía turbando la buena fe del diplomático inglés. Cuenta éste
que para la conversación decisiva le invitó Olivares a pasar un día de caza;
pero, más político que cazador, «se olvidó de los halcones», y le tuvo todo el
tiempo en el coche, sin dejar un punto el diálogo179. Una carta del Padre
Sebastián González, en 1640, nos habla también de que «el miércoles pasado
estuvo el señor Conde-Duque con el embajador de Venecia en el Buen Retiro:
hablaron mucho tiempo a solas, porque los dos iban en carroza, a la que seguían
otras dos o tres de secretarios y otras personas»180. Y, finalmente, en el
relato de Sánchez Márquez de la conjuración de Medina-Sidonia, cuenta que,
después de algunas evasivas, Olivares le llamó, «le metió en su coche y, solos,
le dijo lo mejor que había de este negocio, de lo que hizo muchos espantos»181.
Podrían multiplicarse
las citas, que demuestran el papel que jugó el coche en la vida política del
Conde-Duque. Como todo lo de su casa, era el carruaje de corte fastuoso:
dorado, con guarniciones de cuero repujado, tirado por seis mulas magníficas y
servido por cocheros y lacayos con lujosas libreas. Sus coches de campo eran
igualmente buenos, lo que permitía hacer en dos horas el camino de Loeches, que
eran cuatro leguas y media; como iban tres coches y se renovaba el ganado en el
camino, se necesitaban 80 mulas para esta excursión, que repetía con
frecuencia182.
Cuando describamos la
caída del Valido, veremos toda la importancia del coche en los incidentes
dramáticos de su salida de Palacio; en las conversaciones que en Loeches tuvo
sobre su porvenir; y, por fin, en su entrada en Toro, puerto final de su
accidentada vida.
Se cuenta, y es fácil
de creer, que su espíritu receloso le hacía rodearse de las mayores
precauciones para no ser traicionado, aun en el coche, en sus delicados
trabajos ambulantes. Y a esta preocupación del Conde-Duque se atribuye el que,
por aquella época, dejara de ir el cochero en el pescante y se trasladase a una
mula del tronco, desde donde, sin poder oír lo de dentro, dirigía el tiro 183.
Confidentes y espías
Consecuencia de su
actitud recelosa era la necesidad de un «ministro confidente», en el que
descargaba sus secretos y del que recibía los de la calle, cargo de extrema
confianza, que desempeñaron, en distintos tiempos, el consejero Don José
González, el protonotario Don Jerónimo Villanueva, el Marqués de Grana, el
Marqués de Santa Cruz, Villahermosa y, por extraño que parezca, el sospechoso
Don Francisco Manuel de Meló184.
Ya dentro del Alcázar,
en las regias habitaciones y de escaleras abajo, tenía a su disposición el
Valido una nube de soplones y espías. Es pecado que el dictador no puede,
aunque quisiera, eludir. Ya se ha dicho que fueron sus espías el mismo Novoa,
después su enemigo implacable; Don Cristóbal Tenorio, y otros; se dijo también
de Doña Juana de Velasco, la futura esposa de su hijo bastardo; del Duque de
Medina de las Torres, su yerno185, y no hay que decir que de su propia mujer.
Los papeles acusatorios hablan de este punto con frecuencia. Novoa, que conocía
el paño, escribía en 1626: «No sosegaba aquel ánimo inquieto [el de Olivares];
ponía espías en el cuarto del Rey y asechanzas a todos.» Y no lo niega su
discreto cronista, el Conde de la Roca, si bien atenúa la falta asegurando que,
por estos medios secretos, se informaba de las cosas mal hechas, pero nunca de
los autores: parece tanta virtud, de la cosecha del apologista.
Debe tenerse en cuenta,
no obstante, que entonces no había policía organizada y eran estos espías los
que cumplían su misión. Cuando la impopularidad del Conde-Duque empezó a ser
grande, llovían al Rey los papeles acusatorios, y el Valido tuvo que redoblar
la vigilancia. «Entonces —dice Novoa— se abrían las cartas de los ordinarios y
se esperaban los correos en los caminos de Portugal y Valladolid»186. La
cautela con que se expresan los numerosos gacetilleros y autores de Noticias y
Avisos hasta que Olivares cayó, demuestra que se escribía, aun privadamente,
con verdadero miedo187.
Esta indudable actitud
recelosa en sus actividades públicas era, no obstante, compatible con la falta
de disimulo de sus sentimientos, como les ocurre a los hombres de un
temperamento apasionado. Los jesuitas le conocían muy bien, y uno de ellos, el
Padre Cristóbal Pérez, escribía al Padre Pereyra: «No hay que suponer que sea
disimulo del Conde [Olivares], porque el Conde nunca ha sabido disimular
disgusto ni sentimiento»188.
Credulidad de los
arbitristas
Y es que los hombres
que tienen fama y procedimientos de astutos suelen ser, por lo común, crédulos;
y muchas veces la astucia es una defensa instintiva contra esa credulidad.
Luego veremos hasta qué punto llegó esta credulidad de Olivares en el terreno religioso.
En la vida política fue claro síntoma de ella su actitud arbitrista.
Daba, en efecto, el
Conde-Duque beligerancia inmediata a todo arbitrista que se le presentase con
planes, los más fantásticos que pudieran forjarse, para arreglo de los
desastres públicos y singularmente de los monetarios. Esta clase de fe es muy
común en los gobernantes que ejercen el poder personal. En todos los tiempos,
las dictaduras coinciden con el florecimiento del hombre que con una
simplicísima fórmula da la solución de lo que parecía insoluble. La explicación
de esta coincidencia es sencilla: el dictador mismo tiene mucho de arbitrista.
Como éste, suele el dictador ser un hombre al margen de la autocrítica,
engendrador de pensamientos atrevidos, en cuya eficacia cree con plena fe, y
los lleva a la práctica, sin cuidarse de la opinión de los demás, que tanto
inhibe la acción del hombre medio. El actuar siguiendo este impulso interior y
prescindiendo de la crítica ajena conduce, en la mayoría de los hombres, a una
mortal caída. Pero cuando, por el contrario, este hombre audaz triunfa, se
llena de la seguridad que da la sanción social. Ésta, mientras dura, significa
que es el dictador y no todos los demás quien tenía la razón. Las fórmulas con
las que el dictador triunfa suelen ser, por lo común sencillísimas: el dictador
tiene siempre algo de representante del sentido común contra los artificios
sociales, y de aquí el ambiente popular que casi sin excepción le rodea al
principio. De aquí también su real eficacia en muchos casos, porque representa
—igual en esto las revoluciones— una necesaria simplificación de la vida del
Estado, pues el progreso crea, inevitablemente, una herrumbre de complicaciones
inútiles, que llegarían a ahogarle y que sólo con la violencia, dictatorial o
revolucionaria, se despeja. El dictador está, pues especialmente propenso a creer
en el arbitrista, esto es, en el hombre que propugna fórmulas para la solución
de los pleitos parciales de la vida estatal, de análoga simplicidad a los que
él usa para resolver los problemas nacionales. Podría, en suma, decirse que el
dictador es un arbitrista de los grandes problemas políticos, y el arbitrista,
un dictador de los problemas pequeños y parciales.
Aun cuando era
costumbre extendida en su tiempo, observamos, no obstante, una predilección
especial en el Conde-Duque a utilizar como embajadores secretos para asuntos
graves, incluso los internacionales, gentes anónimas, como frailes oscuros o
galopines audaces. Y así, en 1637, vemos al Valido tratando en el Buen Retiro
con un fraile Mínimo, el Padre Bachelier, que venía de Francia y decía traer
poderes del cardenal Richelieu para ajustar paces con España. El autor de las
Nuevas de Madrid dice que «todos los discretos le califican [al fraile] por
insigne embustero y vendedor de humos y sin embargo, vemos que habla diferentes
veces al señor Conde-Duque»189. La ligereza de la actitud de éste, frente a
tales audaces, era, pues, notada de sus mismos contemporáneos.
De más categoría
intelectual fue el gran pintor Rubens, que, como se dice en otra parte de este
libro, tuvo el encargo del Conde-Duque de gestionar la paz con Inglaterra, con
reprobación del Rey, menos amigo que su ministro de estas embajadas extraoficiales.
Miguel de Molina
A veces las maniobras
de tales gentes eran de más oscuro jaez. No aparece, por ejemplo, enteramente
limpia la responsabilidad de Olivares en un asunto tenebroso de la última parte
de su privanza: el del célebre e infortunado falsificador Miguel de Molina. Era
Molina uno de esos picaros, poseedor de habilidades y captador de simpatías,
que no rara vez, y sobre todo a la sombra de los dictadores, prestan a los
gobiernos sus buenos servicios. Había nacido en Cuenca (como otro famoso
truchimán de su tiempo, Jerónimo de Liébana). Estudió con los jesuitas y luego
en Alcalá; estafó, fue a galeras, y los moros le tuvieron cautivo; sirvió más
tarde de contador en casa de un aristócrata, el Conde de Saldaña. Es decir, que
practicó en las más diversas escuelas, donde se aprende la ciencia o la
picardía. El 7 de febrero de 1640 fue detenido por el alcalde Quiñones, junto
con el secretario del Nuncio, Don Lorenzo Coqui190. Reducido a prisión, fue
juzgado por un Tribunal especial, presidido por el Duque de Villahermosa. De la
acusación del fiscal resulta que incurrió en «crímenes de falsedad y lesa
majestad, in primo capite, maquinando, suponiendo, juzgando, y falsamente
fabricando las cartas, cédulas, decretos y órdenes que tiene reconocidos y
confesado ser suyos, escritos de su letra y mano, en los cuales, además de
maquinar contra la persona del señor emperador y de Vuestra Majestad y del
Conde-Duque de Sanlúcar, su mejor ministro, y contra los ministros de mejor
reputación y crédito y satisfacción de esta Monarquía; haciéndoles autores y
perpetradores de intentos execrables y de tan perniciosas consecuencias a toda
la cristiandad, como eran el disponer la muerte del Papa por modos violentos, y
asimismo la del cardenal Richelieu». Entregaba Molina estas cartas falsas a los
embajadores para que las cursaran como del Rey o de Don Gaspar, a sus gobiernos
lejanos, sobre todo a Francia. Nada menos que 344 cartas, cédulas, decretos,
etc., falsificados figuraban en el proceso.
Fue condenado, en 31 de
julio de 1641, a que le despedazasen cuatro potros; pero Felipe IV, horrorizado
de esta muerte, la conmutó por la de la horca, y a que el cuerpo del
falsificador fuese luego hecho cuartos. El 3 de agosto se ejecutó la sentencia
en la Plaza Mayor de Madrid, en la que entró el reo, con la barba crecida en la
prisión y casi desmayado. Al pie de la horca, el jesuita Padre Andrés Manuel
leyó la alocución redactada por Molina, en la capilla, el mismo día del
suplicio, en la que, después de dar al Rey las gracias por la suavidad de la
muerte que le deparaba, enumeraba sus engaños y estafas y se hacía único
responsable de ellos191.
Causó extrañeza que un
pobre hombre, de vil condición, pudiera engañar, sin más que su astucia, a
todas las Cortes del mundo; que se le nombrara, siendo tan bajo y vulgar, un
Tribunal de Grandes, y que el jesuita leyese la intempestiva autoacusación. Nadie
creyó que ésta fuese verdadera, y se pensó por todos que, en efecto, el
desgraciado Molina había sido utilizado por Olivares y otros altos personajes
para secretas y torvas maquinaciones, incluso la del intento de muerte de
Richelieu, que admiten casi todos los historiadores. Y que el desdichado
personaje fue muerto para que no pudiese hablar. El alcalde de Quiñones intentó
justificar, en un libro, la prisión y castigo del truhán; pero el espectador
actual, conociendo la afición de Olivares a esta clase de enredos, no queda del
todo seguro de que la cuerda de la horca no ahogase, con la vida de Molina,
algún secreto que era conveniente enterrar.
Papel sellado y
alquimias
Las medidas financieras
de Olivares para sacar dinero de la nada obedecieron, a veces, a este mismo
criterio arbitrista; y en alguna ocasión fueron afortunadas, como la invención
del papel sellado, que tuvo al principio la oposición de todos y, por fin, se
universalizó. Es éste un típico caso de positivo acierto de una medida de
arbitrista, que fuera de la dictadura hubiera sido imposible; porque nadie hace
caso, en los tiempos normales, de las iniciativas de un cualquiera; y aunque se
le oiga, la derriba la oposición popular y el consejo adverso de las gentes
sensatas; y, sin embargo, en la vida, la utilidad de lo absurdo es, de vez en
cuando, innegable.
Toda dictadura tiene en
su haber algún éxito financiero, debido a esta colaboración de los arbitristas
sin responsabilidad. El peligro está en el casi imposible discernimiento previo
entre el arbitrista de buena fe, quizá genial, y el simple embaucador o el
loco. Y así, vemos que el Conde-Duque acogía igualmente al inventor del papel
sellado y a los dementes y rufianes que le ofrecían el dinero por un medio aún
más simple, que era el de fabricarlo con tierra o con cualquier otra sustancia
menos noble. Un pobre estudiante holandés estuvo tratando, bajo los auspicios
oficiales, de convertir en plata pura una mezcla de plata y cobre; fracasó como
es natural, y acabó con sus huesos en la cárcel. Más listo fue otro extranjero
al que se concedió también laboratorio para sus experiencias en el mismo Buen
Retiro, que aseguraba obtener la plata «de cosas muy viles». Como la
transformación no iba por buen camino, huyó una noche con los 2.000 ducados que
había pedido como material de ensayos192. No sabemos si será este mismo un tal
Don Vicencio Lupati, que dos años después aparece preso en el alcázar de
Segovia por haber ofrecido «hacer plata», y solicita de nuevo hacer
experimento; pero, al faltarle, se hace llagas, maliciosamente, con «las aguas
fuertes» que había pedido para su alquimia; por lo que se procedió de nuevo
contra él193.
Un año después se dio
oídos, todavía, a un fraile carmelita que ofrecía hacer plata de cualquier otro
metal; se nombró la correspondiente Junta, que formaba Don Lorenzo Ramírez del
Prado, Don Francisco de Calatuy y el Marqués de Malvezzi; a ellos se unieron
los dos plateros más antiguos de la corte. Hizo el Pater sus experimentos y los
plateros declararon, bajo juramento, ante el Conde-Duque «que la masa del
fraile no era plata ni nada»194.
Por muchos que fuesen
los apuros de la Hacienda, es incomprensible esta credulidad del Conde-Duque, y
debe hacernos pensar otra vez en las evidentes anormalidades de su carácter. El
mismo Rioja, su amigo y consejero, harto de estas pruebas disparatadas, se negó
a formar parte de la Comisión, alegando «que cuantos presumían de hacer plata
eran locos y que también lo eran los que creían que se podía hacer»; juicio en
el que alude al Valido y que confirma que, como dijo de él uno de sus
biógrafos, a Don Gaspar de Guzmán «le supo tratar con más verdades que
lisonjas». Y otra autoridad en la materia, «el Doctor Moneada, el capón, tan
conocido por sus arbitrios impresos sobre la restauración de España», publicó,
por entonces, un papel ingenioso, demostrando que si se hallase el medio de
hacer artificialmente la plata, imitarían el invento otros países, sobre todo
los holandeses, y, entonces, «nuestras Indias no nos serían ya de provecho».
Podría multiplicarse
este anecdotario pintoresco. Pero es más expresivo que él la sátira de Quevedo,
refiriéndose a estas debilidades del Conde-Duque en La hora de todos y la
fortuna con seso. Describe el todopoderoso ministro haciendo a un carbonero el panegírico
de sus habilidades para convertir «en oro de más quilates y virtud que el
natural el azufre, el hierro, el plomo, el estaño y la plata». «Hago —exclama—
oro de yerbas, de las cáscaras de huevo, de cabellos, de sangre humana, de la
orina y de la basura.» Pero el carbonero hace la crítica de los crédulos con
esta respuesta al Valido arbitrista: «Yo vendo el carbón y tú lo quemas; por lo
cual soy yo el que lo hago plata y oro, y tú hollín. Y la piedra filosofal
verdadera es comprar barato y vender caro.» Filosofía muy de Quevedo: porque la
piedra filosofal no es ésta de la compraventa ladina, sino otra más sencilla:
trabajar.
La alusión del párrafo
copiado más arriba a «las minas» se refiere a otro aspecto del arbitrismo de
Olivares. Puso éste gran empeño en favorecer la explotación de las minas
españolas, en las que su fantasía le hacía ver tesoros legendarios que
remediarían fácilmente los apuros de las arcas públicas. En esto vio también
claro el camino y turbia su meta; porque las minas son fuente real de riqueza;
pero no abren su seno al arbitrista, sino al dolor y al sudor del trabajo
humano; y aquellos antepasados nuestros, contemporáneos del Conde-Duque, no
estaban dispuestos a sufrir y trabajar.
10. Las calumnias
La supuesta codicia
HAY que separar los
defectos estudiados en el capítulo anterior, innegables, de otros —defectos y
malas pasiones— que se atribuyeron, sin razón, al Conde-Duque y que vamos ahora
a considerar. Una de estas acusaciones arbitrarias ha sido la de la codicia e
inmoralidad en el atesoramiento de riquezas. Cuando alcanzó Don Gaspar la
privanza, la bandera política que le hizo popular fue la lucha contra los
despilfarros en provecho propio de los ministros del reinado anterior,
personificados en el Duque de Lerma, cuyo apetito de dinero no tenía límites; y
entre los ministros de segunda clase, en Don Rodrigo Calderón. A propósito de
este desdichado, están muy bien expuestas y comentadas en el libro de
Ossorio195 las increíbles concupiscencias de los cortesanos de Felipe III, la
debilidad de éste para tolerarlas y la ausencia de sentido moral de la sociedad
entera. Los primeros decretos de Olivares, acogidos con aplauso general, fueron
para castigar, en lo posible, a los principales saqueadores y para garantizar que
en lo futuro la rapacidad no se repitiese. En este ímpetu moralizador cayó la
cabeza de Don Rodrigo Calderón. Pero no fue todo persecución personal; se
revisaron las gracias hechas por el Rey muerto, aquel a quien Olivares se
atrevió a calificar de manirroto, disponiendo que las que no hubieran sido
justas volvieran a la Corona; se redujeron los emolumentos y gajes de la
mayoría de los cargos; se disminuyó a lo justo el personal de la servidumbre
palatina y de los secretarios; y, en suma, se propuso e inició una profunda
obra de saneamiento o de «reducciones» como las que hoy mismo vemos emprender
en todos los países.
Que fracasó esta obra
es evidente, como fracasan siempre los intentos de moralización por decreto. Y
al cabo de unos años —como pasa siempre también— las mismas culpas de derroche
y latrocinio que se achacaban al gobierno de Lerma, caían ahora, con fuerza
renovada, sobre la reputación de Olivares y de sus ministros. Y, al fin, cuando
terminó la privanza del Conde-Duque, una de las principales acusaciones que
recayeron sobre él —y desde luego la que más eco tuvo en el ambiente popular—
fue la de la acumulación indebida de riquezas y prebendas pingües, en su
persona y en la de sus parientes y amigos.
Los libelos aparecidos
a su caída son, a este respecto, implacables. La versión «Quevedo», de Guidi,
computa en 452.000 ducados anuales el importe de las mercedes recibidas por el
Valido; la versión «Carreto» reduce la cifra a 448.000 ducados; y en la diversa
asignación que hacen a una misma partida se ve que las cuentas se hicieron como
se quiso196. Otra acusación de la época calcula su renta en 100.000 ducados al
año. Me parece menos expuesto a error tomar los datos del más serio de los
papeles de acusación, el que firmó Don Andrés de Mena, muy duro, pero
razonable197. Este criterio acusa al Conde-Duque de las enormes sumas
invertidas en los salarios y gajes de la burocracia creada por él con el nombre
de Juntas, pecado cierto y cuya ligazón con todo régimen dictatorial se ha
explicado antes. Acusa a los ministros de lo bien pagados que estaban: 20 a
30.000 ducados al año, mientras en Palacio reinaba la escasez, hasta el punto
de que «ha habido noche que a la Reina no se le ha podido servir de cena más que
jigote de carnero, ternera y cabrito». Mena estaba, sin duda, inspirado por los
Grandes, y en su alegato se transparenta bien la mortificación de éstos por ver
su lujo superado por el de los ministros, gente no noble; y, así, leemos: «En
tiempo del abuelo de Su Majestad ningún presidente tenía más de un ciento de
maravedíes de salario, ni el consejero más de medio, y venían al Consejo en
unas mulas con su lacayo, teniendo en sus casas unos guadamaciles y lienzos de
Flandes que costaban a seis reales; y ahora tienen las caballerizas más
cumplidas que los Grandes y tantas salas de tapicerías ricas, que no son tales
las de V. M., de suerte que ellos son los Grandes.» Al historiador actual le
parece, desde luego, absolutamente justo que al lado del derroche de ayudas,
encomiendas y emolumentos de todas clases que se asignaban a los nobles, muchas
veces sólo por serlo, se pagase bien a ministros y consejeros que trabajaban
por el país y cuya buena remuneración era la mejor garantía de su
independencia. Pero ya entonces existía entre los españoles la funesta manía,
que aún perdura, de que las funciones públicas y de gobierno deben ser poco
menos que gratuitas y que el político mejor es, con exclusión de todos los
demás, el más pobre.
El propio Olivares,
desde El Nicandro, contestó gallardamente a este cargo, diciendo que los
ministros deben tener la mayor dignidad, y que es doctrina no de él, sino de
Felipe II.
Mas cuando Mena llega a
los robos del Conde-Duque, se escurre entre retóricas y citas clásicas;
reconoce —con frase que se ha repetido mucho— que «se dice que ha sido limpio
en recibir de particulares», y reduce su acusación al siguiente vago apostrofe:
«¿Pero de qué se ha hecho la gran fábrica del convento de Dominicas Recoletas
de Loeches y los riquísimos homenajes, si cuando entró al valimento no tenía un
real198 y su mayorazgo lleno de acreedores? ¿De qué compró Sanlúcar de Alpuchín
y Castillejos de la Cuesta y todo lo demás que ha acrecentado? Esto no se hace
por ensalmo.»
La defensa del
licenciado y fiscal Bolafios contesta a estos cargos diciendo que «la limpieza
de manos del Conde la han admirado sus enemigos mismos», y que «veintidós años
de puesto que han tenido el Conde y la Condesa, sin ensalmo ninguno y obrando
como han obrado, son muchos más bastantes que para la fábrica de un convento y
compra de la villa de Loeches y demás lugares acrecentados, que todos ellos se
pudieran haber adquirido con solas las migajas que se desperdician en las
Grandezas de Vuestra Majestad, sin haber gastado en esto los gajes y demás
emolumentos tan justamente adquiridos»199.
Resulta indudable que
el Conde-Duque procedió con limpieza200, aunque la limpieza de entonces no lo
fuera para la moral de ahora.
Quiero decir que
entonces no parecían inmoralidades actos que hoy nos lo parecen; o, por lo
menos, indelicadezas, como el colocar en públicos empleos a todos sus parientes
y el percibir los pingües beneficios económicos que le valiera no sólo su
oficio de ministro único, sino todos los demás que ejercía, de los cuales, aun
siendo copiosísimos, él mismo no se avergonzaba. En la hermosa carta escrita
con motivo de la muerte de su hija201 habla, como a su conciencia, de sus
riquezas, con noble orgullo, como «de todo lo que han merecido y están
mereciendo mis trabajos y desvelos». Y en El Nicandro, al ocuparse de estas
mercedes logradas como premio a su abrumadora labor, escribe fieramente:
«Grandes mercedes le ha hecho [a él] Vuestra Majestad; pero sin duda su
generoso pecho entiende que le parecen pocas y que responderá lo que otros
magníficos Reyes progenitores de V. M.: Pensé que le hubiera dado más.» Compara
luego las mercedes y sueldos que ha obtenido con los que logró Richelieu —¡su
eterna preocupación!— que fueron, en efecto, mayores «a pesar de que la fortuna
del Rey de Francia no puede compararse con la del de España». Y al cargo del
lujo de Loeches, responde: «¿Pero qué pinturas exquisitas adornan los cuartos
del Conde, qué tapicerías riquísimas, qué joyas tiene de inestimable valor? A
unos tapices viejos se llama rico homenaje y lo atribuye a cohecho. ¡Que no
pueda un Conde de Olivares, primer ministro del mayor señor del mundos-tener
unos tapices, comprar un par de lugares, aderezar una casa en Loeches, que
labró un particular caballero, cuando le dejaron sus clarísimos ascendentes
60.000 ducados de mayorazgo!»
El lujo de Loeches fue,
en efecto, una de las pesadillas de sus contemporáneos. Y la exactitud de la
defensa del Conde-Duque se comprueba sin más que ir al histórico lugar y
recorrer las estancias del famoso «Palacio», que, aunque desmantelado, conserva
intacta su fábrica de un solo piso; y es, en verdad, de tan suma modestia que
cualquier hombre oscuro de la clase media posee hoy una casa de campo mucho más
amplia y lujosa que esta pobre construcción, sin un solo adorno, sin más lujos
sobre las paredes encaladas que un friso vulgar de azulejos de Talavera.
Entonces Loeches estaba lejos y no podían ir con facilidad los libelistas, que
quizá creyeron de buena fe la historia de la espléndida mansión; mas los que
hoy la mantienen, debieron hacer antes rápido viaje a la pequeña e histórica
villa. Pero, desde luego, lo que más nos ilustra en este asunto es el
testamento del Conde, en el que se advierte lo embrollado de su hacienda, que
su fantasía hiperbolizaba quizá más que la de sus propios enemigos: lo más claro
de su caudal son sus deudas. En este solemne documento hay una cláusula, que
desmiente otra de las calumnias sobre Olivares: la de que a su sombra se
enriquecieron sus criados, aprovechando la influencia omnímoda de su señor.
Dice así:
«Al Rey nuestro señor
le suplico se sirva de honrar así y favorezca a los criados que dejo, porque
voy con algún desconsuelo de lo poco que les he ayudado y valido y con pena de
su descomodidad; y déboles cuanto he podido en entender el amor y cuidado con
que me han servido y el gusto que me han dado de no haberse valido en el puesto
que he tenido y ocasiones que se suelen ofrecer»202.
No cabe duda que el
Conde-Duque recibió innumerables nombramientos, unos honoríficos y otros
adornados de sueldo y emolumentos copiosísimos; mas para juzgar de estos
premios a los servicios políticos hay que tener en cuenta la moral de la época,
que en nada se parece a la nuestra. Así lo reconocen no sólo sus comentadores
favorables, sino los adversos, como Silvela203. La ética de su tiempo está
claramente expuesta en el siguiente párrafo que escribe un hombre de toda
respetabilidad, como el Conde de la Roca y en elogio del Valido:
«Entre los negocios
públicos no se descuidaba el Conde de los particulares de su casa. Deseaba
engrandecerla sin que el Patrimonio ni la real Hacienda se defraudasen..., y
así resolvió recibir todos sus medros de mano del Rey, pero no del Patrimonio
real, porque así estaba en las suyas justificarlas mereciéndolas con servicios
notorios de oficios.» El mismo sentido de época hemos de dar a los regalos de
objetos de arte que recibía para adornar su casa204, que han sido también muy
aventados, no por los enemigos de su tiempo, que ni los más vehementes lo
hubieran juzgado mal, sino por los historiadores actuales que no se sintonizan
antes con la edad que relatan.
Los datos copiados en
el texto y en las notas son, creo, suficientes para dejar demostrado que el
Conde-Duque, errado y desgraciado en su vida pública, poseyó virtudes
personales muy superiores a las de casi todos los demás personajes que llenan
con él la escena política de su tiempo. Y acaso de estas virtudes sea justo
encarecer ahora, sobre todas las demás, su honradez, porque era la que más
tentaciones hallaba para no ejercerla en el ambiente de su tiempo y en su
situación de todopoderoso. Por ejemplo, después de la victoria de Fuenterrabia,
el Rey le abrumó de mercedes valiosísimas, que él, hundido en uno de sus baches
melancólicos, rehusó; «sólo sin condición alguna» aceptó la copa de oro anual
que a perpetuidad instituyó el Monarca para él y su familia. Este rasgo fue muy
encomiado por sus turiferarios; Malvezzi lo comentaba en esta frase, de puro
sabor de aquel siglo: «¡Felicísima Monarquía en que el Rey no se violenta sino
para que se reciban grandes mercedes y no halla desobediencia sino para no recibirlas!»205.
Fue, repito, honrado;
aunque no fuera delicado ni austero para la sensibilidad nuestra, porque
entonces era lícito buscar en el poder el bienestar y la riqueza. Olivares los
buscó como premio público y legítimo a sus servicios y nunca por medios turbios
y secretos. Fue, además, generosísimo en no cobrar sus propios emolumentos206 y
en devolver a la patria el dinero, en tropas y empresas, que él mantenía,
cuando los demás lo ocultaban.
Yo he puesto especial
empeño en deshacer esta leyenda en el caso del Valido de Felipe IV; tal vez
como penitencia a haber creído con demasiada buena fe en los palacios y en las
fincas adquiridas con el caudal del Estado por hombres públicos de mi tiempo,
que luego supe con certeza que estaban tan pobres como antes de su poderío.
Pero aún he querido dejar para el final el testimonio más importante. Cuando el
Conde-Duque estaba ya desterrado en Toro y la lisonja era inútil, unos hombres
cuya posición les pone fuera del alcance de toda sospecha adulatoria, los
maestros Merino y Aguilar y los doctores Ramos y Hontiberos, en representación
del Claustro de Salamanca, fueron a visitar al ministro caído, su antiguo
colegial y rector; y le dijeron el acuerdo de la Universidad de poner al pie de
su antiguo retrato una leyenda en la que constase su probidad. Estos maestros
sabían que no sólo había llegado, como ellos mismos dijeron, «la hora de poder
hablar sin lisonjas», sino también la de decir, ante la Historia, la verdad.
La leyenda de la
crueldad
Mucho más interés tiene
para nosotros la leyenda de su crueldad, porque aquí hay errores importantes
que desvanecer a la luz de la crítica de ahora. La fama de cruel del
Conde-Duque se inaugura con las medidas violentas que tomó al comenzar su
privanza y, sobre todo, con la dramática sentencia de Don Rodrigo Calderón,
Marqués de Sieteiglesias y Conde de la Oliva. Ya he explicado que aquellas
persecuciones y esta muerte fueron la inexorable contribución de crueldad que
todo dictador, cualquiera que sea su variedad y categoría, ha de pagar para
ejercer su oficio; y más en este caso en que el anterior Gobierno era acusado
públicamente de lenidad y de falta de energía en el castigo —y precisamente
señalando el caso de Calderón—; y había que demostrar, al inaugurar el nuevo
período, lo contrario. En la bondad con que, desde muy poco después, atendió el
Conde de Olivares a los herederos del reo de la Plaza Mayor está implícito su
verdadero sentimiento, que la razón de gobierno había, desdichadamente,
ahogado.
Su historia ulterior
demostró que si perseguía, y a veces con violencia, a sus enemigos, no fue un
tirano sanguinario, ni mucho menos. Cánovas concluye que «si fue violento, no
fue nunca cruel»207. Y este juicio, aunque de un partidario del Valido, coincide
con el de sus enemigos más enconados; el libelo más implacable e injusto de
cuantos salieron a su caída sólo puede decir de él esta frase (que horrorizaría
a nuestro Don Miguel Unamuno): «sus obras fueron siempre crueles, aunque sin
sangre»208. Si consideramos la dureza de las costumbres de entonces, ante las
cuales las de ahora son, en el caso peor, juegos de niños, la conducta de este
hombre, que tuvo, de un modo absoluto, el Poder en sus manos, y un Poder cuyos
métodos habituales eran, en lo civil como en lo religioso, el tormento como
preparación y las penas más refinadas como castigo, no puede ser calificada con
dureza. Y desde la muerte de su hija extremó su tendencia a la crítica severa
de su propia conducta y a evitar, por todos los medios, herir a nadie sin una
estricta razón. Con su expresividad característica dice, por esta época,
Giustiniani, embajador de Venecia: «aborrece los ejemplos de justicia demasiado
severos»209.
La reputación de dureza
con que ha pasado a la Historia se debe, pues, principalmente a su humor, que
era colérico con prontos fáciles de irritación, a los que seguía, casi siempre,
una reflexiva bondad. Es éste el carácter habitual en los hombres de su temperamento,
muy ligado al ansia de mandar, como ya demostró Huarte de San Juan, hablando de
«el que quiere mandar en los demás y no manda en sí mismo». Novoa refiérese al
genio duro con que trataba a los ayudas de cámara de Palacio, que acabaron por
estar «más rendidos a la servidumbre y al imperio y saña del Privado que en las
mazmorras de Argel»210. Pero esta violencia no la ostentaba sólo con los
inferiores, sino con los más altos. El embajador Contarini lo juzga «a veces
colérico e impetuoso fuera de toda medida», y añade que, incluso con los
embajadores, como él, «se expresa, en ocasiones, con demasiada libertad y
calor»211. Con los Grandes y nobles, a favor de la ya explicada prevención que
les tenía, los momentos de cólera eran frecuentes. Uno muy característico es el
que hubo con Don Antonio Sarmiento, hijo de nuestro embajador en Londres, Conde
de Gondomar, al cual, habiéndole pedido una merced, le despachó de mala manera
diciéndole que se la fuese a pedir al Rey de Inglaterra, de quien era tan amigo
su padre; respondió con cortesía el pretendiente, y el Conde, a su vez, «con
mayor coraje y demasías, hijos de su natural»; por lo que Don Antonio se fue
iracundo a su posada y se creyó que todo acabaría en desafío212. Y con la misma
familia real mostrábase a veces colérico, como puede verse en algunas de sus
cartas al Cardenal-Infante, e incluso al Rey213.
Quevedo describe así,
en La hora de todos, estos raptos de iracundia del Conde-Duque: «Pues cógele la
hora y revestido de furias infernales, aullando, dijo (a los que le adulaban
haciéndole creer que un regüeldo era un estornudo): Infames, pues me queréis
hacer en creyentes que es estornudo el regüeldo, estando mi boca en los
umbrales de mis narices, ¿qué haréis de lo que no veo ni güelo? Y dándose de
manotadas en las orejas y mosqueándose de mentira, arremetió con ellos y los
derramó a coces de su palacio.» Se ve la realidad, tras la caricatura, y en
ella salen tan mal librados los aduladores como el intemperante ministro.
Antipatía. Posible
carácter epiléptico
Para juzgar el valor
que se dio a estos arranques de mal genio hay que recordar lo que en aquellos
tiempos de poder absoluto suponía para cualquier ciudadano una actitud violenta
de los señores y ministros. Ahora el Poder está tan repartido entre jefes de
Estado, gobiernos, representantes del pueblo, Prensa, etc., que la pérdida de
«la gracia» de cualquiera de ellos encuentra refugio y compensación en los
demás y permite al individuo una actitud de dignidad permanente, que los que
añoran los tiempos pasados serían los primeros en echar de menos. Pero entonces
el que perdía la gracia del Rey o del Valido, que le sustituía, estaba
socialmente anulado. Un rapto de iracundia de un personaje, que hoy no nos
afecta más que de momento, equivalía entonces a una sentencia grave y larga; y
por eso leemos, a docenas, los casos de hombres de pro que morían de
abatimiento al perder «la gracia» del señor214.
La altanería y soberbia
de Olivares le hacía poco reductible si los obstáculos no se allanaban ante él.
Contarini le pinta como «tenaz en sus opiniones y consejos, no admitiendo
fácilmente los de los demás y, muchas veces, no queriendo ni siquiera oírlos»215.
Por eso, siendo aún muy joven, el experto Duque de Lerma le dijo una vez: «En
V. E., señor Conde, no es domesticable la dureza.» Pero su buen natural y la
tendencia fluctuante de su genio le desarmaban pronto, espontáneamente, y
pasaba con igual facilidad de las cimas del furor a los extremos de bondad. La
leyenda del criado antes referida, al que después de maltratar convierte en
caballero de Calatrava, es muy significativa en este sentido. Pero, además de
lo instintivo, había en él una reflexiva tendencia a dominarse que no se puede
negar. No me refiero a aquellas bondades que exhibió en casos muy públicos,
como cuando forcejeó con el Rey para que perdonase a unos que le habían querido
matar216, porque en estos casos la bondad, en los hombres políticos, puede ser
aparente y venderse, quizá contra la propia inclinación, a cambio de la
popularidad. Pero esto no reza con sus documentos íntimos, algunos ya copiados,
que están llenos de la preocupación de perdonar, sobre todo, como he dicho, a
partir de la crisis que produjo en él la muerte de su hija. Sus mismos
contemporáneos lo advierten y encomian217. A veces, esta tendencia bondadosa
alcanzaba límites de imprudencia cuando se refería a asuntos de gobierno.
Cánovas anota muy justamente este defecto en sus tratos con hombre tan ilustre,
pero tan poco de fiar, como Don Francisco Manuel de Meló: «La falta de rencor
del Conde-Duque —dice Cánovas a este propósito— y su fácil confianza en los
hombres corrían parejas con su súbita cólera, positivamente» 218.
Con ser estas cóleras y
estas durezas en el retrato más aparatosas que eficaces, es evidente que
tuvieron una parte importante en la repulsa que se creó en su torno y que tanto
contribuyó a su caída y a su largo descrédito. Era, en suma, Olivares «antipático»,
y esta cualidad negativa anula, en el juicio de los españoles, las más altas y
copiosas cualidades positivas. Con toda exactitud lo dice Francesco Córner, uno
de los embajadores que de cerca le estudiaron: «La integridad del Conde, todos
la declaran; su aplicación y su celo por ayudar y acrecer la grandeza de la
Corona, ni sus mismos enemigos pueden negarla; lo que le hace molesto y odioso
es la severidad de su trato y la singularidad con que gobierna»219.
Cabe preguntarnos,
antes de terminar este capítulo, lo que pudiera haber de patológico en estos
rasgos, explosivos, de su furor. Recuerdan a los de su padre y a los de su tío,
el que reñía sin razón con los que él consideraba sus émulos. Todo ello, unido
a sus paroxismos de sobreactividad o de acabamiento, a su tendencia a las fugas
y a la minuciosidad anormal de su carácter, dibujan los rasgos de la mentalidad
epiléptica.
Por carácter de
anormalidad fue, pues, violento, pero nada más. Y a esto debe quedar reducida,
en verdad, la historia de sus crueldades. Y aquí terminaríamos el tema si no
nos quedase por comentar el hecho que, entre todos los de su vida, ha servido
de más firme base a la leyenda: su persecución a Quevedo. Pero como es asunto
largo, merece capítulo aparte.
11. Quevedo y el
Conde-Duque
El mito del intelectual
EL magnífico espíritu
liberal del siglo XIX, a cuyo generoso impulso debe tanto la evolución moral de
los hombres, a pesar de sus pecados que ahora purga duramente, tuvo, entre
otras, dos banderas: el odio al tirano y el culto al intelectual. Cuando el
liberal revisaba la historia del mundo, estos dos sentimientos dieron carácter
inconfundible a su crítica, y muchas veces falsearon la verdad. Esto ocurrió al
topar con la época de los Austrias. Y, precisamente, el momento representativo,
el que dio aureola popular a la condenación de la época, fue aquel en que el
tirano, el Conde-Duque, encarcela y atormenta a quien, incluso entre la plebe
española, representa de modo más genuino a la intelectualidad: a Don Francisco
de Quevedo220. La realidad es, sin embargo, distinta, y sobre esto me propongo
discurrir en el presente capítulo, aprovechando los datos conocidos, y sobre
todo los epistolares221.
Hoy sabemos que el
Conde-Duque de Olivares, lejos de ser un tirano cerril, fue hombre de vasta
ilustración, amante de las letras, pagado de proteger a los que las cultivaban,
y entre ellos a quien, como Quevedo, pasaba justamente por uno de los ingenios más
altos de su tiempo. Sabemos también que Quevedo no fue el espíritu
independiente, incorruptible y heroico defensor de las buenas causas que, como
contraste con Olivares, nos han querido pintar. La primera inexactitud de la
leyenda que pasa por historia es que el Conde-Duque perseguía a Quevedo para
atraérselo, y que la negativa altanera de éste fue la causa del rencor del
Privado. Se debe esta inexactitud, principalmente, a un erudito de tanta
autoridad como Fernández Guerra222. La verdad del comienzo de sus relaciones,
estudiada en las cartas, enseña que, como era lógico, fue Quevedo el que buscó
la protección de Olivares.
Amistad de Quevedo y
Olivares
La primera carta que
conocemos del poeta (LIV-A), dirigida al Valido, está fechada en Torre Abad,
donde aquél estaba preso —y no, claro es, por Olivares ni por primera vez— el 5
de abril de 1621, es decir, en cuanto supo que había muerto Felipe III y subido
al trono su hijo, bajo la privanza del Conde. Le enviaba con la misiva la
Política de Dios y Gobierno de Cristo. Es una carta elogiosa, en la que pide su
libertad y con la que trató de ganarse la voluntad del flamante ministro; pero
noble, llena de sincera esperanza en las condiciones de aquél; al que advierte
que el libro que le envía no «ha de recatarle severas verdades, desapacibles a
otro espíritu menos generoso». En otra misiva, en julio del mismo año, insiste
en la petición de libertad223.
El Conde-Duque,
sensible a todo hombre de letras que le buscara, atendió a Quevedo, y éste gozó
de la libertad y de la amistad del ministro.
En julio de 1624 le
dirige a éste otra carta (LXVIII-A), dándole amistosos consejos sobre el tema
desagradable de si los herejes deben ser quemados en público o en privado; en
ella también «tira sólo a halagar al Privado» [Astrana]224. De este mismo año es
la Epístola al Conde de Olivares, en verso, hermosísima, en la que espera de
él, con entusiasmo, la salvación de España y le compara con Don Pelayo. Y del
año 1627, la comedia Cómo ha de ser el Privado, pieza increíblemente
adulatoria, que más valiera a su fama no haberla escrito jamás225.
La carta siguiente
(CIX-A), de 1629, será mencionada luego. Acompaña al envío de unos versos de
fray Luis de León y hace en ella los elogios, que se comentarán, al estilo
literario del Valido.
Del año 1630 hay otra
carta (CXXII-A) adulatoria, interesante porque se refiere a un libro que
Olivares le mandó escribir, que envió a éste y que por su silencio interpreta
que no le ha gustado. «Y pues V. E., Dios le guarde, por su grandeza a tomado
este medio tan suave con mi ignorancia, le suplico sea servido de mandar que lo
que yo escribí se me entregue, para que delante de la persona que me lo diera
lo rompa y me asegure de que nadie lea mis disparates.» En su contestación
(CXXIII-A) el ministro le dice: «No puedo yo decir que vuesa merced no escribe
bien ni que hay otro que escriba ni tan bien»; flores, seguramente, más
sinceras que las del poeta; y explica y excusa su silencio por algo que el
manuscrito decía de Inglaterra; como ya se había hecho la paz con esta nación,
«es menester, añade, mudarlo».
Tal vez el libro
aludido en estas cartas sea el libelo El Chitan de las Taravillas, que al fin
publicó Quevedo y en el que hace una defensa ardorosa de Olivares y del Rey y
ataca a sus enemigos226. Lo calificó Lope de Vega de «lo más satírico y
venenoso que se ha visto desde el principio del mundo»; y, en verdad, que,
cuando en vez de defender, atacó al Conde-Duque, jamás llegaron a tanto su
sátira ni su veneno.
Alude a estos sucesos
Novoa cuando nos habla de que el Conde-Duque hizo «grande amistad con Don
Francisco de Quevedo»; tal vez —insinúa el pérfido ayuda de cámara— por
averiguar si era él el autor de algunos de los papeles que ya corrían en contra
suya. Quevedo, en efecto, se puso al servicio del ministro, y pensando «que
sacaría de aquí otro pellizco de dinero, como le sacó al Duque de Osuna, armó
un librillo insolente en que satisfacía al Conde o respondía a las calumnias
que le cargaban: indigno de juicio heroico ni aun de plebeyo». Que fuera este
«librillo insolente» El Chitan o no, poco importa, pues debió de hacer varios
el poeta, a sueldo del Conde-Duque, ya que —añade Novoa— «de todo tomaba el
Quevedo la mano para responder y publicar por aquí sus escritos en librillos
que, al parecer de juiciosos, eran tenidos por desatinados y llenos de
disparates, más para el fuego que para la prensa; sin embargo, estaba de tal
arte la cabeza [el Rey y el Valido] que le vi a pique de subir a secretario,
él, que por su vida, estilo y blasfemias que sin cesar le destilaban por la
boca, era más para ministro de los que introduce en sus obras [es decir, de la
gentuza que crea en sus libros] que para cosa que debía tener el sujeto que
conviene y de todas maneras es necesario al decoro y a la prudencia»227. La
pasión de este hombre avinagrado contra Quevedo es injusta; pero a través de
ella queda por cosa cierta que el gran poeta ponía su pluma, sin reservas, al
servicio mercenario del ministro; por lo que éste no daría, en adelante,
demasiado valor moral a su mordacidad cuando se volvió contra él.
Le hicieron, al fin,
secretario del Rey en marzo de 1632, y el Valido le ofreció que entrase en el
despacho de los negocios y luego la Embajada en Génova, que no aceptó «por el
desasosiego que traen consigo semejantes materias»228; pero Fernández Guerra no
podía aceptar esta explicación, inofensiva para Olivares, e insinúa, con total
arbitrariedad, la de que Quevedo, «¿desdeñó unir su suerte con la del favorito,
cuyas infames artes por engaitar al Rey eran escándalo del mundo?»229. Así se
escribe la historia.
En las grandes fiestas,
ya comentadas en este libro, que en honor de los Reyes organizaron en 1631 los
Condes de Olivares, fiestas de alto copete literario, los personajes
principales fueron Quevedo, con su colaborador Antonio de Mendoza, y Lope de
Vega. Quevedo y Mendoza improvisaron la comedia Quien más miente medra más,
perdida hoy, que fue muy alabada.
Las relaciones entre el
poeta y el Privado continuaban en 1633, siendo cordialísimas, como lo demuestra
la carta (CXXIX-A) que Quevedo escribe a la mujer de Olivares, en la que
humorísticamente, y denotando gran confianza con la Condesa, pinta el modelo ideal
de la mujer que quisiera para sí. Responde en esta epístola a las instancias de
la dama, que era muy casamentera, para que dejase su soltería, como, en efecto,
lo hizo el año siguiente; y, aparte de las bromas, la dice: «Lo que debo desear
en una mujer para mi quietud, honra y salvación, es que haya crecido sirviendo
a V. E. en su casa; que si ha sabido obedecer a V. E., no ha dote temporal ni
espiritual que no traiga para mí, en sólo el nombre de criada de V. E.» Y no
mentía, porque fue Doña Inés de Zúñiga, como diremos luego, ejemplar señora de
casa. Por cierto que Fernández Guerra amputa estos párrafos de la carta, porque
no conviene, claro es, a su tesis de altivo alejamiento de Quevedo de los
Olivares. Todo lo contrario. Éste pensaba de la Condesa y del Conde lo que
sigue: «Yo, señora, no soy otra cosa sino lo que el Conde, mi señor, ha
deshecho en mí, puesto que lo que yo me era me tenía sin crédito y acabado: y
si hoy soy algo es por lo que he dejado de ser, gracias a Dios Nuestro Señor y
a su excelencia.»
Todavía el año 1636 las
relaciones de Quevedo con el Poder público —es decir, con Olivares— eran tan
excelentes que podía mandar a la cárcel a los que le atacaban, como se deduce
de esta noticia: «Madrid, 25 de octubre de 1636. Don Luis Pacheco de Narváez
está preso muy estrecha y apretadamente por haber compuesto y dado a la estampa
una comedia en prosa que es una sátira atroz y continuo sarcasmo contra Don
Francisco de Quevedo. Créese que es Don Francisco quien debajo de cuerda le
hizo prender, si bien él lo niega fuertemente y animoso jura que en saliendo
Don Luis de la cárcel, salga cuando saliere, le ha de desafiar luego y ha de
matarle en desafío, por muy gran maestro de esgrima que sea Don Luis»230. Lo
importante no es que fuese Quevedo o no el autor de la prisión, sino que su
influencia oficial era tal que los comentaristas de la calle creían posibles
tales venganza y castigo a una sola indicación suya.
Prisión de Quevedo
Es difícil enlazar
ahora la situación de Quevedo por estos años con su súbita prisión al finalizar
el año 1639. Justamente, observa Astrana que son estos años los más oscuros de
su vida. Pero, como luego diré, lo poco que se sabe no induce a pensar en una
actitud levantisca contra el Gobierno. Las cartas recién publicadas por Astrana
nos demuestran que estuvo en su casa de Torre Abad desde el año 1635 hasta
comienzos del 1639, con espíritu nada hostil y sólo con breves escapadas a la
corte231. Por entonces sus enemigos, que eran muchos, le atacaban con
violencia, hasta en público, desde el mismo púlpito232. Y hay que reconocer que
en justa correspondencia a las constantes agresiones del poeta. La Santa
Inquisición intervino en sus obras. Pero todo fue batalla de improperios
cortesanos.
Hasta que un día viene,
por razones ocultas, a Madrid, y la noche del 7 de diciembre de 1639 le vemos
prender y conducir, en secreto, a una cárcel lejana. Ahora volveré sobre los
posibles motivos del suceso; pero antes reanudaremos el examen de su correspondencia.
Desde su cárcel del
convento de San Marcos de León escribe, en efecto, nuevamente (CLXXI-A) Quevedo
al ministro, en octubre de 1641. Llevaba un año y diez meses preso. Es un
memorial, patético y muy conocido: en él describe su «rigurosísima prisión,
enfermo con tres heridas que, con los fríos y la humedad de un río que tengo a
la cabecera, se me han cancerado y por falta de cirujano, no sin piedad, me las
han visto cauterizar con mis manos»233. Este sufrimiento justifica las lisonjas
que envía a la vez al Valido para ablandarle. Al año siguiente repite otra
súplica (CLXXIII-A), que firma por él el canónigo Barquero, en la que describe
de nuevo su miseria corporal, acusa a un falso amigo de su perdición y desea al
Valido, lo que él sabía que deseaba más, la sucesión directa en los hijos y
nietos de su vástago Don Enrique Felípez de Guzmán; encareciéndole atienda a su
súplica, que ya no es la libertad, sino sólo el que se le mude «de tierra de
prisión», mudanza que Cristo «concedió a gran número de demonios que se lo
pidieron».
Tristísima queja, que
indigna al leerla hoy y hace difícil la excusa de los que no la atendieron.
Pero es indudable que para dar a cada cual, incluso a Quevedo, la culpa que le
corresponda, será necesario rehacer con nuevas noticias y con nueva serena crítica
el proceso de su prisión. Se dice y repite que esta prisión se debió a que en
el año 1639, cuando el descontento contra el Gobierno de Olivares crecía como
una marea amenazadora, Quevedo se decidió a enviar al Rey uno de los muchos
papeles acusatorios en verso que escribió y circularon por entonces. Se dice
también que logró poner el papel en la mesa del Rey, entre dos platos o
envuelto en una servilleta, con la complicidad de los criados enemigos del
Privado que en Palacio había. No se sabe exactamente cuál fue el verso
acusatorio234, lo cual demuestra la arbitrariedad de la noticia, que sólo se
apoya en hablillas de la época. Y de aquí ha salido la leyenda: Quevedo se
atreve valientemente a decir la verdad al Rey, y éste y su Valido, enfurecidos,
le mandan desterrar.
El misterio de la
prisión
Yo no soy, ni quiero
ser, abogado defensor del Conde-Duque, ni los argumentos de mi somera erudición
tienen valor alguno; pero me resisto a creer, sin más ni más, toda esta
historia. En primer lugar, es poco verosímil que un hombre de la edad y de la
autoridad de Quevedo tramase como hecho trascendente, exponiéndose él y
exponiendo a sus cómplices, la travesura de enviar al Rey estos versillos,
iguales a otros versos suyos, mucho más violentos, que corrían de boca en
boca235; versos que el servicio de espionaje del Conde-Duque haría llegar
prontamente a sus oídos y, los indiscretos mal intencionados, a los del Rey236.
Pero, suponiendo que se decidiese el viejo escritor a hacer esta chiquillada,
no corresponde al delito el aparato del arresto de su autor y la fiereza del
castigo. Otros autores, modernos, como Juderías237, creen que la causa de la
persecución fue la Isla de los Monopantos, sátira en prosa contra el
Conde-Duque y su camarilla, en la que los personajes se designan con anagramas
transparentes (por ejemplo, el protagonista, Pragas Chincollos, anagrama de
Gaspar Conchillos, es el Conde-Duque, etc.). Este escrito había sido redactado
algunos años antes, pero aún no publicado, y circulaba manuscrito. Se dice que
al registrar la vivienda de Quevedo, cuando le desterraron, apareció el
original de la Isla, que le fue devuelto en 1645, al recobrar te libertad238.
Leyendo esta Isla se comprende que es también pueril atribuir a ella las
terribles represalias de la autoridad; es una sátira de las suyas, llena de
burlas, entre metáforas, sin acusaciones concretas; y es seguro que ni el Rey
ni su Privado le dieran, si la llegaron a conocer antes de su publicación, más
importancia que la escasa que tiene.
El mismo Quevedo
refiere su prisión, en una carta a Felipe IV (CXC-A), que coincide con las
referencias de la época: estaba en casa del Duque de Medinaceli el 7 de
diciembre de 1639 cuando, a las once de la noche, y sin previo aviso, entraron
en ella dos alcaldes de Corte, y sin darle tiempo ni a recoger la ropa, le
detuvieron, le registraron, «mirándole las faldriqueras y tomándole las llaves
de su hacienda y papeles», y en una litera se lo llevaron, en el mayor secreto,
a León, en cuyo convento de San Marcos quedó rigurosamente encerrado. Se dijo
en Madrid que le habían degollado, desvaneciendo la especie el alcaide que le
acompañó, Don Francisco de Robles, cuando regresó a la Corte y refirió que Don
Francisco quedaba vivo, pero bajo «tres llaves» y para largo tiempo239.
No; los cinco años de
severa prisión no se debieron a estas travesuras. Ya por entonces se dijo en
Madrid que la prisión obedecía a causas más graves. El testimonio de Pellicer,
eco del sentir popular, es como sigue: «El vulgo habla con variedad [de la prisión
del escritor]; unos dicen era porque escribía sátiras contra la Monarquía;
otros que porque hablaba mal del Gobierno, y otros aseguran que adolecía del
propio mal que el señor Nuncio y que entraba cierto francés, criado del señor
cardenal Richelieu, con gran frecuencia en su casa»240. Luego se hablará del
indudable complot que tramaban ciertos enviados secretos de Francia en Madrid,
en el cual estuvo el Nuncio sospechado; y a eso se refiere la alusión de
Pellicer. Hay indicios de que los hilos del enredo llegaron hasta lo más alto
de la Monarquía. Y todo ello justifica la susceptibilidad del Gobierno, que
hizo, por entonces, frecuentes prisiones de sospechosos; como también al
siguiente año, cuando ocurrió la sublevación de Portugal.
¿Fue esta sospecha el
motivo de la prisión? Bien puede ser; y, si no, otra de igual gravedad que la
de conspirador. Cualquier cosa menos la inocentada del Memorial en la
servilleta. Compruébalo el que fue también detenido y desterrado el Duque de
Medinaceli, en cuya casa se encontraba Quevedo241. Éste, por entonces, tenía
casa propia en Madrid, y el hecho de que no viviera en ella indica que se
ocultaba. Pero sobre todo confirman la hipótesis de una culpa mayor que la de
los versos, estos dos argumentos esenciales: primero, que Don Francisco, en
todas las cartas que escribe desde la prisión de San Marcos o posteriormente al
Conde-Duque, al Rey y a los amigos242, y en muchas de las cuales alude a las
posibles y por él ignoradas causas de su persecución, no se refiere jamás a la
jugarreta del Memorial. Cuando invoca la piedad de sus perseguidores o habla
con sus amigos de la injusticia que sufre, hubiera hecho la relación de su
travesura, que sería su disculpa mejor243.
La segunda razón es que
el prisionero habla en algunas de estas epístolas de que fue delatado:
«Persuádome de que alguno me delató y que fue mi más familiar amigo»
(CLXVII-A). «Y de todo... ha sido causa un hombre exquisitamente malo, a quien
defiende de padecer justicia el silencio de su nombre; quien disimulándose con
el de amigo mío, dijo de mí falsamente lo que no es creíble» (CLXXIII-A). Ahora
bien; si su delito fue poner cualquiera de aquellos dos papeles en la mesa del
Monarca, ¿para qué era precisa la delación? ¿De qué le iban a delatar? ¿De que
era el autor? Sin necesidad de soplo alguno lo hubiera adivinado el Rey al
pasar los ojos por el escrito, pues entonces se adjudicaban al gran escritor no
sólo lo que escribía y era hijo legítimo de su pluma, sino todo papel que
aparecía no ya con vena satírica, sino con groseros insultos contra cualquiera.
«Atribuíanse —dice Fernández Guerra— al señor de Juan Abad cuantos libelos
circulaban.» Bien lo sabemos los que hoy encontramos dificultades, a veces difíciles
de superar, al leer el montón de prosas y versos que vienen atribuidos, al buen
tuntún, a Don Francisco desde aquellos días pasionales244. Es absurdo hacer
intervenir a un amigo infiel para esta simpleza245.
No tiene, pues, duda
que, con razón o sin ella, se pensó que Quevedo estaba incurso en un grave
delito, que ignoramos si se llegó a probar. Lo confirma el que la consulta de
Don Juan Chumacero, presidente de Castilla, proponiendo en mayo de 1643, caído
ya Olivares, la libertad de Quevedo, la rechazó el propio Rey, diciendo: «La
prisión de Don Francisco fue por causa grave. Decid a Don José González que se
acabe de ajustar lo que resulta de sus papeles y con eso se podrá tomar
resolución»246. Habrá que averiguar cuál fue ese «gran delito». Pero,
entretanto, deberá desecharse el cuento infantil del papel en la servilleta de
Su Majestad.
Responsabilidad del
Conde-Duque
Queda aún un punto por
discutir, y es la responsabilidad que tuvo el Conde-Duque en la persecución de
Quevedo. Si hacemos caso de la leyenda, la prisión de éste, por causa tan
baladí, y su largo y penosísimo encierro, fue obra personal del Valido y muestra,
la más llamativa, de su crueldad. Se lee todavía en algún autor respetable247
que, al saber Olivares que el Rey había leído los versos de Quevedo, exclamó:
«Estoy perdido»; y en relación con este miedo tomó su venganza. Asombra que
algo tan simple haya podido circular como historia verdadera. Otros aseguran
que el ministro, iracundo, juró que había de ver al poeta muerto entre
grilletes; y esto tiene el fundamento de que el mismo Quevedo, después de
libertado, lo recordaba, al comentar la noticia de la muerte del Conde-Duque.
«Yo que estuve muerto en San Marcos viví para ver el fin de un hombre que decía
que había de ver el mío en cadenas» (CCXXXVII-A).
No hay razón documental
para negar que el Valido dijera estas palabras. Claro que lo sabemos por
Quevedo, y a él, naturalmente, se lo contaron gentes que posiblemente no lo
oyeron y que alimentaban la pasión, entonces, furiosa, contra el desafortunado
ministro. Pero, dándolas por dichas, no pueden interpretarse más que como uno
de los raptos de cólera de Don Gaspar, que ya sabemos que no iban seguidos de
rencorosa venganza. Tenemos a qué atenernos respecto a la rectitud moral y a la
falta de ansia persecutoria de Olivares, para no aceptar el comentario de uno
de sus más conspicuos biógrafos al referir esta escena: «De esta suerte
acostumbraba el Conde-Duque a tomar satisfacción de las ofensas que le hacían
sus enemigos»248.
Es necesario precisar
cuáles eran esas ofensas. En los años que preceden a su prisión, la vida de
Quevedo es, como se ha dicho, oscura y tranquila. Y, precisamente, las
interesantes cartas recién dadas a conocer por Astrana, escritas a partir de
1635, nos demuestran, como he indicado también, que vivía ajeno a todo
propósito agresivo contra el Valido. Todavía en mayo del mismo año de su
prisión (1639) escribe: «Su Majestad atiende a todo con valor..., asistido del
desvelo del señor Conde-Duque, que nos quita el miedo a todos» (carta
XXXIII-N). En enero de este año le llaman con tanta urgencia a la corte el Rey
y el Duque de Medinaceli (carta XXIX-N) que, contrariando sus precauciones
invernales, obedece; y ya en Madrid no sabemos lo que hace, pero no hay noticia
de que ofenda directamente a Don Gaspar. Que éste considerase como tales
ofensas, dignas de cárcel y muerte y de propósitos de decapitación, los versos
comentados, es ridículo: harto hecho estaba ya el Valido a insultos y ataques
mucho mayores que los de estos papeles, no, por cierto, extraordinariamente
virulentos.
Pero, además, Quevedo
no tiene inconveniente, desde su cárcel, en escribir dos cartas al Conde-Duque
pidiéndole misericordia. Desde luego no podía pensar que quien era ministro
universal de la Monarquía iba a ser ajeno a su prisión; pero que no le creía causante
personal de ella, se deduce del tono más que respetuoso, lleno de
consideración, con que están redactadas. Yo prefiero creer esto a admitir en
Quevedo la bajeza, impropia de su temple, de lisonjear así a un mortal enemigo.
Tampoco alude el prisionero al Valido, en las misivas a sus amigos, lo cual
pudiera explicarse por temor a que cayeran en manos de los confidentes de
Olivares y agravasen su situación. Pero en las fechadas después de la muerte
del tirano, en las que ya podía juzgarle con libertad, se hace eco del regocijo
de todos por verle desaparecido (y esto da mayor valor a mi argumento), pero no
le achaca claramente, como sería natural, sus torturas de San Marcos; y eso que
las conservó en el recuerdo y en la carne, tan vivas, que en muchas ocasiones
vuelve, con palabras casi idénticas a las de los primeros días, a referir las
incomodidades del calabozo, el encono de sus heridas y su angustiosa
soledad249. Podrá achacarse a mansedumbre y elevación de espíritu del ilustre
prisionero; pero no eran éstas las virtudes a que nos tiene acostumbrados.
Me parece, pues,
indudable que el Conde-Duque intervino desde luego, porque era su obligación,
en la prisión de Quevedo; pero no por venganza personal, sino por alguna razón
de Estado que desconocemos todavía pero que quizá no sea imposible llegar a
averiguar. La rabiosa tenacidad de Olivares contra Quevedo, es puramente
legendaria. El biógrafo Tarsia dice que «hartas pruebas existen de que el
Valido más quiso honrar que juzgar a Don Francisco de Quevedo»; y añade que al
recibir el memorial de súplica del prisionero, ya mencionado, dispuso «que se
fueran disponiendo las cosas con más blandura»250.
Responsabilidad del Rey
En cambio, parece muy
clara la participación personal del Rey en estos lances contra el poeta. Lo
demuestra que Don Felipe encargara parte de su ejecución al arzobispo de
Granada, y éste se entendió con el Rey, sin intermedio del Conde-Duque251.
Pero, sobre todo, es importante anotar que el Valido cayó en enero de 1643 y
todos sus enemigos fueron inmediatamente libertados y reconfortados con el
perdón o con gracias nuevas; menos Quevedo, que sigue en San Marcos hasta el
mes de junio; y cuando Chumacero pide su libertad, el Rey —ya sin Olivares— la
niega, como se ha dicho. Tuvo el presidente de Castilla que vencer con sus
informes «la resistencia del Príncipe», escribe el mismo Fernández Guerra. Y ya
libertado, en Madrid, pidió audiencia al Rey, y éste no le recibió, con gran
amargura del ex cautivo252. Fuera un hipotético delito de mayor cuantía, fuera
simple irritación por los versos, lo indudable, pues, es que el Rey era el
autor principal de la persecución; y que esta vez, y una vez más, el
Conde-Duque sirvió, ante el pueblo y ante la posteridad, de pararrayos de los
errores regios.
La gloria intelectual
de Quevedo es inatacable. El rigor de los que le persiguieron, cualquiera que
fuese su delito, es para nosotros indefendible: pero excusable en aquella época
en que el talento era apreciado y protegido por los grandes ministros, poco más
que las gracias de los bufones. La vida del poeta fue, como dice su biógrafo
Tarsia, «una continua milicia»; y él sabía las consecuencias de este militar
continuo en la Corte. Cuatro veces estuvo en prisión y él mismo se lo recordaba
al Rey, desde la cárcel, considerándolo como suceso casi fatal253, quejándose
de sus achaques físicos mucho más que del motivo del encierro. Él mismo, como
sabemos, había influido para mandar a la cárcel a los que, a su vez, le
atacaron. Y el pueblo, que nos transmite, a través de los Noticieros y Avisos
de la época, su profunda impresión si se detenía o desterraba a un general o a
un título de Castilla, apenas se conmovió durante los cuatro años del
cautiverio del escritor, viejo, glorioso y ulcerado. Se indignan las conciencias
de hoy, no las de entonces, porque es el mundo cada vez mejor.
Lo malo —no nos
cansaremos de repetirlo— lo malo no fueron, pues, tales o cuales gobernantes;
lo malo era la época. Y no bueno, hay que decirlo, no muy bueno fue Don
Francisco de Quevedo. Sus pasiones eran terribles. Él mismo se confesaba
envidioso. Pasaba con ligereza lamentable desde la adulación a los personajes
poderosos a una mortal enemistad, según cuál fuese la cuantía de lo que le
daban254. Y aunque todo se borra ante su genio, el historiador tiene que
recordarlo cuando se trata de juzgar en su relación con él a los demás hombres
de su época.
La ferocidad del
Conde-Duque es, pues, una leyenda que tampoco puede sustentarse en la
persecución a Don Francisco de Quevedo255.
12. El intelectual
La oratoria del
Conde-Duque
QUISIERA estudiar ahora
en Don Gaspar de Guzmán las dotes intelectuales. Corre todavía la idea de que
fue un tirano de mente inhibida y de mediocre categoría cultural. Y no sólo no
es esto cierto, sino que fue, como veremos en seguida, uno de los más finos y
trabajados ingenios de la Corte, lleno del ansia noble de saber; y de un saber
matizado de cordial emoción humana, muy renacentista, con contagios vigorosos
del naciente gongorismo español.
Si grande es la pasión
para juzgar las faltas del Conde de Olivares, entre sus contemporáneos hay
unanimidad absoluta en la ponderación de su elocuencia. Los hombres asténicos
suelen poseer una oratoria fría y lógica. El pícnico es más común que sea grandilocuente,
de verbo quizá incorrecto, pero caudaloso y cálido, propio para arrastrar a los
que le escuchan, por la emoción, más que por el puro razonamiento. A este grupo
pertenecía, desde luego, nuestro Conde-Duque.
El ímpetu oratorio de
Don Gaspar de Guzmán tiene alto interés para el historiador; porque es la
primera vez que en los anales de nuestra Patria un hombre interviene, cual los
políticos de ahora, por virtud de su elocuencia en la gobernación del Estado. Gobernar
por la palabra que convence supone hacer entrar en escena a un personaje hasta
entonces desconocido en la política española, que es la masa; y cuando el
Conde-Duque se determina a hacerlo y para incluir al propio Rey en la masa de
sus oyentes abre aquel trascendental ventanillo con celosías en la Sala de los
Consejos, comete, sin darse cuenta —porque todos los actos que marcan la ruta
del destino histórico se han realizado sin plena conciencia de su valor—,
comete, digo, el primer atentado contra la Monarquía absoluta y traza el
preludio del régimen parlamentario actual. Acentuó más tarde esta tendencia al
conseguir, probablemente por su propia instigación, como insinúa Cánovas (aun
cuando la petición vino del Cardenal-Infante), el cargo de «procurador de
Cortes con voto fijo perpetuo», con lo que, sin duda, «buscaba subyugar del
todo a las Cortes con su asistencia personal y su persuasiva palabra»256. A
ello le impulsaba su acendrada pasión de mando; y hay que reconocer que con un
legítimo pretexto; pues la corrupción de aquellos procuradores, vendidos o
doblados al halago, era tal, que las Cortes, sin autoridad ética, eran una de
las muestras más patentes de la descomposición nacional.
Esta actuación y el
sentido radicalísimo, aunque fracasado, de las reformas interiores de la
administración del reino, justifican la opinión del gran historiador citado de
que el ministro de Felipe IV sintió pasar por su espíritu aires tempranos de
revolución; y su discípulo, Pérez de Guzmán, añade rotundamente que Olivares
«se adelantó así en dos siglos al sentido fundamentalmente reformista de los
modernos revolucionarios»257.
Como hombre «de alto
genio y elocuencia» definió Meló258 a Olivares. El autor de la Relación
política, italiano, dice que «goza del privilegio de una facundia natural en
voz y una elocuencia acompañada de doctísima agudeza». Siri, aunque enemigo,
reconoce que era «naturalmente elocuente». Ericeyra259, también adverso,
encomia, no obstante, su «gran elocuencia». Mocénigo alaba su copiosa memoria y
fácil expresión260. Y sería inútil acumular más citas contemporáneas porque es
completo el acuerdo. Sólo Quevedo se burló de su elocuencia, pues es a
Olivares, sin duda, a quien se refiere al describir en su Hora de todos a un
«potentado» que después de comer habla con sus aduladores y «a cada disparate y
necedad que decía, se desatinaban en los encarecimientos y alabanzas los
circunstantes. Unos decían: ¡qué admirable discurso! Otros: ¡no hay más que
decir! ¡Grandes y preciosísimas palabras! Y un lisonjero que procuraba pujar a
los otros en la adulación mintiendo de puntillas, dijo: oyéndote ha fallecido,
pasmada, la admiración y la doctrina». La sátira trasluce bien el entusiasmo
adulatorio con que debían oír sus adláteres las oraciones del todopoderoso
Valido. Mocénigo, exacto observador, anota lo mucho «que ama que le aplaudan
sus discursos». Terrible pecado éste, inherente e inevitable en el poder
personal.
Sucintamente
recordaremos los principales discursos de su vida pública, que, por lo común,
pronunciaba en los momentos de la exaltación, eufórica y a veces descarriada,
de su humor.
Uno de los más
importantes fue el ya referido del Consejo de Estado, en 1624, para convencer
al dicho consejo de la conveniencia de las Cortes261; en él debió poner su
máxima vanidad de orador, por la importancia del asunto y porque en esta
ocasión se inauguró el ventanillo desde donde le escuchaba el Rey. Conocemos su
extracto por el apasionado Novoa. Lo cierto es que convenció al Consejo y se
acordó lo que él deseaba: la reunión de las Cortes valencianas, catalanas y
aragonesas para imponer en ellas su política de desaparición de los privilegios
regionales. Nos dice también Novoa que habló durante dos horas, lo cual
demuestra su fruición de la propia oratoria, porque sólo son breves, en
público, los que, por desconfianza de su elocuencia, están mirando, desde que
empiezan al final, y no tienen, respecto a sus palabras, mayor preocupación que
ahorrarlas todo lo posible. Novoa, como ya se comentó, encomia la exageración
en las pausas y gestos del Valido, dejándonos entrever, a través de la
caricatura, el tono ampuloso y teatral de su oratoria. Sin embargo, bajo esta
apariencia aparatosa, su temor era grande, como confiesa él mismo en su
instrucción al Infante Don Carlos (Apéndice XXI), en la que cuenta que, por
miedo a cortarse (o «atajarse», como él decía), llevaba, por si acaso, escrito
el discurso.
Otra de sus grandes
oraciones fue la que pronunció en las Cortes del Buen Retiro, el 17 de junio de
1639, con ocasión de la victoria de Fuenterrabía, copiada en el Apéndice XIX.
Fueron aquéllos, días de gran agitación y crisis para Don Gaspar. El Rey, como
ya hemos dicho, hizo al ministro mercedes sin cuento, a propuesta del
Cardenal-Infante, desde Bruselas; a las que se resistía Don Gaspar, cuya
melancolía interior ya no se dejaba engañar por estas alharacas, como lo
demuestran no sólo el anterior discurso, sino sus cartas al mismo
Cardenal-Infante. Para obligarle a aceptarlos, todos los consejeros nombraron
comisarios que fueron a hacer este homenaje al Conde-Duque. A todos respondió
éste, en el Consejo de la Cámara, con otro discurso, que reproduce Malvezzi262,
cuyo estilo redicho deforma el tono rudo de la oratoria de Olivares; no se
copia aquí por ser muy semejante al del Buen Retiro.
Al conocerse los
detalles de la sublevación de Portugal pronunció también el Conde-Duque una
memorable oración. Estaba ya muy cuajado el ambiente de hostilidad en contra
suya y eran precisos los medios de convicción más enérgicos para mantener en
pie la confianza y la moral. Ninguno de esos medios era en él preferible a la
oratoria, que le ponía, siquiera momentáneamente, en un plano de superioridad
indudable sobre la pobre gente que le rodeaba. El 1 de diciembre de 1640 había
ocurrido la trágica sublevación de Lisboa, y la nueva había caído como una
bomba en la Corte de Castilla, harto desmoralizada ya por los últimos años de
desastres, y, sobre todo, por el reciente de la insurrección catalana. Vivía,
además, en Madrid, una gran parte de los nobles portugueses, algunos con cargos
públicos de responsabilidad; y en torno de ellos se había formado, como es
natural, una atmósfera de recelo y de duda. Había que reconfortar a unos y
aclarar la posición de todos. Y, en efecto, mediado diciembre, reunió en Palacio
a los títulos y señores de Portugal y de Castilla y les hizo, según el
gacetillero Pellicer, «una elocuentísima oración». El Padre Sebastián González,
en carta del 27 de diciembre, nos da amplios detalles del discurso263, en el
que, con agresiva palabra, calificó al Duque de Braganza «de bruto irracional»,
y dolido de la injuria que la Duquesa, su prima Doña Luisa María Francisca de
Guzmán (verdadera animadora de la sublevación) había hecho a la esclarecida
sangre de los Guzmanes, anuncia que había escrito al Duque de Medina-Sidonia,
hermano de la insurrecta, «que quemase luego el libro donde estaba escrito su
nombre y nacimiento para que no quedase rastro ni memoria suya».
Acaso estas palabras,
pronunciadas, según su estilo oratorio, «entre grandes cambios de voz y fuertes
gestos», produjeron pavor entre los oyentes; pero es inevitable condición del
orador que la eficacia de la arenga disminuye con el cuadrado de las distancias;
y cuando llegaron al Duque de Medina-Sidonia debieron impresionarle tan poco,
que unos meses después seguía el ejemplo de la arriscada Guzmán y echaba nueva
mancha a «la sangre esclarecida» con el supuesto intento de separación de
Andalucía.
En marzo del año 1642,
cuando las nuevas malas de Cataluña habían llevado a su máximo la depresión
pública y la del mismo ejército, desconcertado por el continuo cambio de los
mandos, acudió otra vez Olivares a su gran recurso y reunió «a cuantos soldados
y cabos de importancia hay en Madrid en el Salón de Palacio; y dándoles sillas
a todos, hizo una gran oración»264.
Nos refieren también
los cronistas otro discurso que pronunció el Valido ante una comisión de
jesuitas que acudió a su despacho para pedirle el castigo de los impugnadores
de la Compañía, Rosales y Espino. Oportunamente será comentada esta alocución,
que fue considerada como maravillosa.
Las referencias de
todos estos discursos son, naturalmente, incompletas en cuanto al estilo y
cualidades literarias, pues sólo nos han llegado de ellos resúmenes, influidos,
como pasa siempre, por la personalidad del que los ha confeccionado. Pero puede
juzgarse bien de cómo serían, por sus cartas, cuya espontaneidad y emoción, y
hasta su mismo desaliño, denuncian a uno de esos hombres que escriben como
hablan, con literatura oratoria, con estilo conversacional. Las epístolas de
Don Gaspar, persuasivas, apasionadas, están llenas de frases que denuncian al
orador, como las de «estoy asido al remo del trabajo»; «estoy colgado de los
cabellos»; «todos se mueven a peso de oro, como si fueran vasallos del Turco»;
«Señor, quiera Dios ver al lado de V. A. gentes capaces de la máquina de la
guerra, que si he de decir a V. A. la verdad, no veo cosa que hinche el ojo»;
«confieso a V. A. se me han caído los brazos y el corazón cuando veo lo que
veo»; «un borgoñón que ha venido aquí dice extrañas barbaridades del de Lorena»;
«Don Luis de Olivero no vale un caracol para nada sino para pasar buena vida»;
«porque, en efecto, todo es nada si no es templar gaitas»; «estamos con el
corazón en dos tablas esperando los sucesos de V. A.»265.
Y muchas más
expresiones y metáforas, vivas y rudas, que escribía porque las decía cuando
hablaba; y debían, sin duda, formar el nervio impetuoso de su oratoria.
Aún quiero volver a
comentar otro discurso, el último de su vida. Fue con ocasión de la visita que
el rector de la Universidad de Salamanca, acompañado de otros maestros, hizo el
9 de julio de 1643 al Conde-Duque, en Toro, recién llegado al destierro. Profundamente
conmueve al lector actual aquel acto de nobleza de la Universidad gloriosa
hacia su antiguo discípulo y rector, ahora sumido en la desgracia; y conviene
leer la relación entera que del acto nos ha dejado el poeta Don Luis de
Ulloa266. El maestro Merino habló, como más antiguo, «más grave que elocuente»,
y, entre otras cosas, dijo esto, tan noble y significativo: «que se trataría de
poner en el retrato que tiene [la Universidad] suyo, algún elogio que
significase su integridad y prudencia, pues había llegado tiempo en que se
pudiesen escribir estas alabanzas en vida, sin sospecha ni lisonja». El
Conde-Duque, herido ya de mortal melancolía, respondió, «con prontitud y
elegancia», que «tenía por madre a la Universidad y siempre le daba este nombre;
en su presencia le turbaba el respeto, pero tenía corazón y en él muy tierna,
vivamente depositada, la memoria de los días que se alimentó con su doctrina».
Y era verdad, porque sus últimas palabras, en la agonía, fueron para recordar a
la Universidad.
Pocas fueron, según el
poeta relata, sus palabras en la entrevista memorable. Habían pasado ya los
tiempos de los vastos discursos retóricos y ahora hablaba sólo el corazón, que
es siempre sucinto. Pero se adivina todo lo que hubo de noble en la vida del
grande y desgraciado Valido en este acto ejemplar, que demuestra, además, que
entonces, como siempre, la verdadera grandeza no andaba suelta por la Corte,
sino que se alojaba en la misma mansión que la sabiduría.
El Conde-Duque,
escritor
Fue, en suma, Olivares
un gran orador, caudaloso, tal vez incorrecto, pero muy persuasivo. Y, desde
luego, en la cronología, nuestro primer orador político. Ahora le examinaremos
como literato.
Si la opinión de los
grandes escritores de entonces no estuviera adulterada por la lisonja cuando se
dirigían a los altos personajes, tendríamos a Don Gaspar por tan excelente
prosista como hemos visto que fue orador, pues nada menos que Quevedo, en la carta
que le dirigió, acompañando a las poesías de fray Luis de León, le decía:
«Hablar con V. E. en verificar este descamino de la pluma, es la autoridad
mayor, ya se ve; más docta, ya se sabe; pues siempre ha escrito tan fácil
nuestra lengua y tan sin reprehensión como es leído en la instrucción que V. E.
dio al Duque de Medina de las Torres, su hijo; tratado que juntamente le mostró
buen padre y buen maestro; discurso que atesorarán las edades por venir...
Escribió V. E. advertimientos para la tolerancia de lo molesto en las
audiencias, enseñó al autor lo que debió escribir y lo que pudo excusar sin
afectación ni dificultades, enseñando juntamente a escribir y a obrar»267. Si
quitamos autoridad al gran Don Francisco cuando atacaba sin perdón al Valido, no
estaría bien que se la diésemos ahora en que lo elogia un tanto por encima de
la medida de lo justo. No he podido leer esas instrucciones al Duque de Medina
de las Torres, su yerno. Pero si son por el estilo de la carta en que se ocupa
de él a la muerte de su hija; si fueron escritas bajo el mismo signo de noble
dolor, es seguro que nos conmovería su lectura tanto como la de la epístola,
que tiene párrafos dignos de los grandes místicos españoles.
El Conde de Olivares
fue en su juventud poeta, como ya se dijo en aquellos años de la vida alegre
sevillana. Sólo conocemos una de sus poesías, por lo menos atribuida a él por
Pérez de Guzmán, ya citada, y harto mediocre268. Parece difícil que estos ripios
sean los que alababa Don Fernando de Vera, como «milagrosísimos», aun teniendo
en cuenta la monstruosa capacidad de adulación de los intelectuales de aquellos
tiempos, que algunos añoran todavía. Sabemos que el buen gusto de Olivares le
hizo quemar su producción, y desde que entró a gobernar, su literatura fue
exclusivamente epistolar y política.
De la lectura de estos
documentos íntimos u oficiales no se desprende, a pesar de Quevedo, que fuera
un gran escritor. Escribía, a la ligera, con más emoción que corrección de
estilo, como debía hablar, ya lo hemos dicho. Sus cartas importantes, las redactadas
en los momentos de exaltación o de hundimiento de su ánimo, llenas de frases
vivas y de metáforas violentas, nos ganan como si las oyéramos recitar.
Son menos importantes
elementos para este juicio los documentos oficiales en los que intervenían sus
correctores, y principalmente Don Francisco de Rioja, de pluma clásica, sin
duda su redactor de cámara; y, quizá, también Don Baltasar de Álamos y Barrientos,
del que, en otro libro, me he ocupado con latitud269. Sin embargo, en muchos de
estos papeles oficiales se adivina la huella directa de Don Gaspar y la pasión
de su estilo: al punto de que a cualquiera que conozca sus escritos le es
facilísimo diferenciar los que realmente escribió o inspiró, de los apócrifos.
Uno de sus
contemporáneos, Siri, dice que «escribía bien, pero afectaba siempre en sus
cartas un aire misterioso». No encuentra el lector actual de su correspondencia
justificación a este juicio. Por el contrario, a pesar de su erudición, de la
que se hablará luego, la cualidad más característica de su estilo epistolar es
ese descuido, como de conversación, a que antes he aludido, impuesto, sin duda,
por la tremenda prisa de sus quehaceres. Con el tiempo este descuido se fue
acrecentando, así como la incongruencia del pensamiento, que siempre tuvo.
Muchas de sus últimas cartas dan una clara impresión de insensatez, como luego
se dirá. Pero aun en ellas se conserva el sello de su fuerte personalidad, e
incluso en los documentos postreros, que su cabeza ya no le permitía escribir,
y sí sólo inspirar; pero en los que, aquí y allá, surge su garra; como El
Nicandro y el Memorial que firmó desde Toro el Padre Martínez Ripalda.
Cualquiera que sea el
juicio que como político merezca, no cabe, pues, duda que el Conde-Duque fue un
hombre dotado de ingenio singular. No dejaron de reconocerlo ninguno de sus
contemporáneos ni aun sus mayores enemigos. Su educación y su cultura explican
su refinamiento intelectual, sin contar con lo que le venía de herencia. La
vida política le desvió de las actividades literarias propiamente dichas; pero
entonces y siempre satisfizo su inclinación intelectual, en armonía con su alta
categoría, por medio del mecenazgo.
Mecenas
Era tradición especial
de su Casa esta afición a proteger a los artistas, dentro del ambiente general
de la Nobleza española de aquel tiempo, que en gran parte ha sobrevivido al
olvido y a la crítica por su liberalidad, en el aliento moral tanto como en la
pecunia, hacia los que vivían —entonces aún más que ahora, malamente— de la
pluma o del pincel. Si bien estas protecciones, unas veces realmente generosas
—como en el Conde-Duque, por cierto— tenían en otras tristes visos de
servidumbre, en la que lo que el plumífero ganaba en oro lo perdía, con creces,
en dignidad. Buena parte de la gran literatura de nuestros siglos magníficos
está roída por el resentimiento de la dignidad oprimida del escritor, que, para
poder vivir, tenía que escamotear hora por hora la censura de los Tribunales y
adular de continuo a los poderosos. En Cervantes, en Lope, en Quevedo, en éste
sobre todo, ¡qué fácil es seguir la huella de esta pasión! Claro que no era mal
de España, sino de la época.
Dentro de la Nobleza
española se distinguía en la afición al mecenazgo, la andaluza270. En el Conde
de Olivares se unió la tradición al propio interés, pues el mecenazgo, un tanto
aparatoso, fue una de las armas de que se sirvió, como se ha dicho, para impresionar
a la Corte en sus pretensiones de poder. Le empujaba a esta liberalidad su
delirio de grandeza, llevándole, a veces, a exageraciones; Mocénigo271 dice que
«cuando se decidía favorecer a alguno, hacía más de lo que pretendían de él».
El mecenazgo le sirvió, después de escalar su puesto de Privado, para dar nuevo
lustre y firmeza a su posición, acaso equivocándose, pues en España es lo
cierto que, entonces como ahora, el pueblo no reconoce en sus gobernantes mayor
autoridad que la que da la vida simple y austera. La multitud se pasmaba del
boato que infundió a la Corte el Conde-Duque; pero de este boato hicieron una
de sus armas principales contra él, achacándole como delitos incluso sus nobles
actividades de mecenas272.
Buena muestra de su
tendencia protectora al arte, fueron las famosas fiestas literarias que
Olivares organizó en el curso de su privanza, como aquella Academia celebrada
en el Buen Retiro, en 1637, y los banquetes y representaciones adjuntos, que
han sido tantas veces descritos y aquí ya mencionados; en los que la Corte dio
un espectáculo de interés por lo literario, que entonces pareció frivolidad,
pero que, a través de los siglos, es de lo poco que se salva en la liquidación
de aquellos años infaustos. El entusiasmo del Rey y de la Reina Isabel por
estas actividades literarias coincidió con el del ministro y dio por resultado
la época más gloriosa para las letras españolas, cumpliéndose, una vez más, el
hecho, de interpretación difícil, de que el genio literario crece con desusado
esplendor en los ambientes corrompidos. Es de advertir que la protección del
Conde-Duque no se limitaba a la ayuda material a los escritores, sino que
mantuvo en España un ambiente de libertad literaria que rozó el humor de los inquisidores
y que añade un dato más al tono progresivo que, en ciertos aspectos, tuvo su
política. Durante su gobierno se expidió el Auto acordado, por cuya virtud no
regían en España las prohibiciones de libros del índice expurgatorio de Roma. A
su caída, en cambio, comenzaron a regir las Provisiones del Consejo y Cámara de
Castilla (1644), que prohibían representar las comedias de inventiva profana,
incluyendo las de Lope de Vega, «que tanto daño habían hecho a las costumbres».
Por las cartas de Sor María de Agreda sabemos la parte que esta santa pero
inexperta mujer tuvo en la pueril creencia de que no representando comedias se
salvaría España.
Rioja
No es este libro lugar
adecuado para estudiar con detalle las relaciones de Don Gaspar de Guzmán con
los más ilustres literatos y artistas de su tiempo. Pero quedaría incompleto su
retrato si no hiciera aquí una sucinta relación de algunas. Fue, entre estas relaciones,
la principal, por la intimidad e importancia en su vida, la que le unió con el
gran poeta sevillano Don Francisco de Rioja, bien estudiada por Barrera273.
Eran Rioja y el Conde-Duque casi coetáneos. Parece que se conocieron por medio
de Don Pedro de Guzmán, tío de Don Gaspar, íntimo del escritor sevillano; y la
amistad duró toda la vida. Ya dijimos que debieron de jugar juntos al amor y a
los versos, y que Rioja, en varias de sus poesías, alude, con el nombre de
Manlio, a ciertas aventuras de Don Gaspar; tal vez las que dieron el fruto de
Don Julián, el hijo bastardo que tanto había de influir en su vida. Rioja, a
pesar de sus hábitos sacerdotales, no sólo acompañaba al Conde en sus amores,
sino que él mismo los tuvo, y por causa de ellos fue llevado a prisión, y al
parecer rigurosa, pues en el soneto en que refiere su percance dice:
En mi prisión y en mi
profunda pena sólo el llanto me hace compañía y el horrendo metal que noche y
día en torno al pie molestamente suena274.
Pero sentó pronto la
cabeza y fue no sólo amigo, sino sesudo abogado y confidente del primer
ministro, a cuyo lado le vemos durante todo el tiempo de su mando. Era hombre
ambicioso y logró los cargos de canónigo, inquisidor del Tribunal Santo de
Sevilla y de la Suprema, cronista de Castilla y bibliotecario del Rey, a más de
serlo del Conde-Duque. Todo lo debió al Valido, que puso en juego cordialmente
su influencia para elevar a su amigo275. Éste tuvo, pues, hartos motivos para
perdonar a Olivares la prisión, que en nada entibió sus relaciones posteriores.
Rioja aparece prestando
su colaboración al Valido como «redactor de documentos», y su huella se
advierte en la mayoría de los que éste elevó al Rey en el transcurso de su
ministerio. Otras veces su colaboración era explícita, como en el escrito
titulado Aristarco o Censura de proclamación católica de los catalanes,
aparecido en 1641, en el que se contesta a dicha Proclamación de los catalanes
de un modo oficial, pues consta que fue encargo expreso del Conde-Duque. De su
participación en la redacción de El Nicandro se habló mucho entonces, y a su
tiempo diremos lo pertinente.
Influido por los
prejuicios legendarios contra Olivares, Barrera busca explicaciones a la
convivencia entre el virtuoso inquisidor y el depravado ministro. Los lectores
de este libro saben a qué atenerse: el Conde-Duque, errado en lo político, fue
hombre de tan erecta intención y de vida tan austera que Rioja no tuvo que
violentar nada su conciencia para ser su hombre de confianza y su mejor amigo.
Lo que empezó en mecenazgo y simpatía literaria, terminó en afecto profundo y
mutua colaboración en la obra y en la responsabilidad. El poeta acompañó al
ministro hasta el fin, hasta el trance de la salida de Palacio, el 23 de enero
de 1643, afrontando el desprecio de los cortesanos y el odio de la plebe.
Estuvo con Don Gaspar en Loeches; y, al ser trasladado a Toro, Rioja se retiró
a Sevilla, de donde volvió, años más tarde, llamado por el Rey, que sintió
siempre la nostalgia de los días magníficos de su reinado, que fueron los del
Conde-Duque. Y en la corte murió, en agosto de 1659. Su protector le dejaba en el
testamento una renta decorosa276, que luego desaparece en las disposiciones de
la Condesa viuda.
El Marqués de Malvezzi
Mecenazgo interesado
fue el que Olivares ejerció con el Marqués Virgilio de Malvezzi, italiano de
Bolonia, dispéptico, alquilable o vendible, escritor melifluo y habilísimo
trepador. Fue protegido del Conde-Duque, primero como militar y luego como
escritor. Adulador asalariado de Felipe IV y de Olivares, sus obras, rezumando
lisonja pagada, se leen hoy con notorio enfado, salvo algún punto documental.
Publicó, bajo los auspicios del Valido, una alabanza suya, haciendo que
disimulaba a quien iba dirigido el incienso, bajo la forma corriente en aquella
época, de Retrato del Privado277.
Años después, en 1636,
vino a la Corte, «llamado por S. E. el Conde-Duque con quien pasaba algunos
ratos; y dícese que le encargaron de escribir la historia, y es cierto que en
este particular puede competir con el Conde de la Roca»278. Debió de haber pugna
por este encargo, escribiendo, al fin, la apología de Olivares, los dos. La de
Malvezzi apareció antes de junio de 1639, y en ella hacía el balance de las
ganancias y pérdidas de la Monarquía española en el reinado de Felipe IV, pero
con descarada exageración de aquéllas279. El año siguiente apareció otra
narración de encargo sobre los acontecimientos del 1638, de idéntico tono que
las anteriores280. Obtuvo pingües empleos en pago a sus lisonjas281,
retirándose a su patria a la caída del Conde-Duque; y allí murió, probablemente
de la enfermedad gástrica que tan graciosamente nos cuenta Quevedo que
padecía282.
El Conde de la Roca
El otro historiador de
cámara fue, como se ha dicho, Don Juan Antonio de Vera y Zúñiga, Conde la Roca,
cultivador discreto de cuantos géneros tiene la literatura, embajador y hombre
de calidad mental y moral muy superior a la de Malvezzi. Era codicioso hasta la
ratería, pero gran caballero por lo demás. Don Fernando de Vera, obispo de
Cuzco, sobrino de Roca, define así a éste: «Es, sin duda, de los caballeros más
entendidos que sirven al Rey»... «pero los regalos que hubiéredes de hacer a
cualquier persona procuraréis que no corran por su mano, porque se quedará con
el dinero, que ésta es la costumbre de este león, y si mi Conde no tuviera
esto, hombre tan perfecto por lo valiente, lo discreto y por lo cortesano, no
lo tiene Europa»283. La historia del Valido que Vera escribió es uno de los
documentos de mayor interés para el estudio de este reinado y para el del
propio Conde-Duque, pues se percibe bien la verdad, a través de la inevitable,
y en general no excesiva, humareda del incienso. La envidia que estos encargos
de apologías suscitaron debió ser grande, a juzgar por el comentario antes
transcrito y sobre todo a juzgar por el papel que el falso y torcido Don
Antonio de Mendoza, entonces en plena adulación del Privado, escribió a éste
«persuadiéndole que no permitiese que escribiese su vida Don Juan de Vera». Da
a entender que este encargo obedecía no a reconocimiento de su mérito, sino a
miedo a la «malignidad y osadía» del escritor284. A pesar de estos avisos,
Olivares protegió mucho a Roca, y éste le fue agradecido hasta la hora amarga
de la caída.
Lope de Vega
Las relaciones de
Olivares con Lope de Vega fueron muy afectuosas. El escaso temple moral del
gran dramaturgo y las necesidades y azares de su vida le hacían buscar el favor
de los poderosos, con el arma de la lisonja, para lo que no era, ciertamente,
manco el Fénix de los Ingenios. En 1621 le dedicó El premio a la hermosura,
tragicomedia escrita por encargo de la Reina. En la dedicatoria pone a Olivares
aparte de los mecenas del montón, diciéndole: «Como otros buscan un Príncipe
para que ampare, yo para que entienda.» En 1625 dedícale también El Brasil
restituido. Este mismo año publicó sus Triunfos divinos con otras rimas sacras,
dedicados a la Condesa de Olivares, con tres sonetos escritos por él y firmados
por sus hijos, Lope, Feliciana y Antonia Clara, alabando a ambos ilustres
cónyuges y mecenas. En 1629 dio a luz su Isagoge a los reales estudios de la
Compañía de Jesús, en cuya dedicatoria lanza elogios encendidos al Conde-Duque.
Estos halagos indican que Lope «ponía —como dice Vossler— toda su inteligencia
en alcanzar el favor del favorito»285; pero la prueba de rendimiento más
importante está en la dedicatoria de La Circe, a Don Gaspar y a su hija María,
en la que dice: «Están las musas tan obligadas al favor que el Excmo. Sr. Conde
de Olivares las hace premiando los ingenios que las profesan, que como a
restaurador suyo le deben todas, justas alabanzas y dignos ofrecimientos»286.
Se ignora hasta qué
punto los halagos al Valido le abrieron las puertas de la ayuda de éste; los
datos que se recogen dan la impresión de que no muy generosamente. Desde luego,
dada la magnitud de su genio y de su fama, Lope tenía que figurar preeminentemente,
sin favor de nadie, en aquella Corte tan dada a las artes escénicas; y así, le
vemos en las memorables fiestas que los Condes de Olivares ofrecieron a los
Reyes, en junio de 1631, formar con Quevedo y Mendoza el triunvirato de
ingenios que estrenaron sus comedias; fue la de Lope La noche de San Juan, que
compuso en tres días. Mas es lo cierto que no entró por completo en la
intimidad del valimiento del Rey ni de su primer ministro. Así leemos en
Vossler; «No le valió de nada todo esto. Se le concedió [en premio a tanta
dedicatoria] una pequeña dádiva de 250 ducados. Probablemente, no se
consideraba del todo apto para la Corte al popular facedor de comedias, al cura
enamoradizo, al viejo que no quería envejecer. Se sabía de las costumbres
escandalosas de su hogar»287.
Muy verosímil es esta
hipótesis. Y a ella hay que añadir el que Lope era criado de la Casa de Sessa,
secuaz que fue de Uceda, el ministro que barrió, con todos los suyos, Olivares,
al conquistar el Poder. Lope, cautamente, intentó que Sessa dejase a Uceda y se
adscribiese al partido de Olivares, desde que la estrella de éste empezaba a
brillar; y, más aún luego, cuando le hizo el Rey su primer ministro288. Del
elogio con que Lope hablaba a Sessa de Olivares da cuenta una carta del poeta
al Duque, en la que refiere que una tarde, paseando en coche junto al
Manzanares con Don Francisco de Aguilar, éste le leyó El Chitan de las
Taravillas, el opúsculo de Quevedo en defensa del Conde-Duque: Lope alaba mucho
el escrito, y dice: «La materia del libro es disculpar las acciones de Su
Majestad y del Sr. Conde [de Olivares], como si el santo celo con que ha obrado
tuviese necesidad de satisfacción»289. Pero Sessa no se convenció y, por ello,
estuvo siempre en la penumbra del favor cortesano; y en esta penumbra le acompañó,
contra su voluntad, su insigne secretario.
Creo que éstos son los
términos justos de la relación entre Lope y Olivares. Carecen de todo
fundamento las suposiciones de que entre ellos existieran otras diferencias de
sentido más íntimo y doloroso. Amezua, por ejemplo, en el admirable estudio en
que descubre quién fue el autor del rapto de la hija de Lope de Vega,
identificándole con Don Cristóbal Tenorio, deja entrever que fuera Olivares el
encubridor y poco menos que el instigador de la indigna conducta de este
Tenorio auténtico. No contentos los historiadores con achacar la triste hazaña
que costó la vida al gran poeta al hijo bastardo de Don Gaspar y luego a su
yerno, el Duque de Medina de las Torres, ahora, al aparecer el seductor,
todavía se atribuye al Conde-Duque el impulso, ya que no la vil acción. Amezua
lo da tan por hecho que escribe: «En los umbrales de la muerte acudió de nuevo
[Lope] al favorito, perdonándole en su fuero interno que hubiera amparado la
villanía contra él cometida por su criado y hechura Don Cristóbal Tenorio»290.
Es evidente la pasión de esta frase: pedía Lope, en efecto, en su testamento al
Conde-Duque un favor para su yerno; pero ¿dónde está el testimonio de ese
agravio de Don Gaspar y de que Lope tuviese, por lo tanto, que perdonarle? Y el
mismo ilustre comentarista del gran poeta, al referir en otra ocasión los
amores del Duque de Sessa con Doña Jusepa, amores que interrumpió «un rico
mayoral» que terció en el lance y se llevó a la dama, se pregunta quién era
este «mayoral»; y con la misma obsesión antiolivarista deja suponer que bien
pudiera ser Don Gaspar291. Cito esos casos como ejemplo de hasta dónde llega la
animadversión para la memoria del Conde-Duque, por lo mismo que Amezua es
modelo de investigadores doctos y sensatos. Frente a ellos, resueltamente
opinamos que nada tuvo que ver en estos enredos el Conde-Duque. Baste
considerar que ocurrían en 1627, a los pocos meses de la muerte de María, su
hija, que le sumió en desesperado dolor, y a partir de la cual su vida fue
modelo de austeridad.
Calderón de la Barca
Calderón fue prototipo
del intelectual adaptable, de nobles maneras, afecto únicamente a lo oficial y
en paz siempre con unos y con otros. Le vemos actuar en las fiestas cortesanas,
y en una de ellas, que citaremos, recibir unas cuchilladas en una riña entre
bastidores. Escribió, por orden del Rey y del Valido, el Certamen de amor y
celos, que se presentó en el estanque grande del Buen Retiro. En otro certamen
poético que el Valido organizó en las famosas fiestas de febrero de 1637 en el
mismo Buen Retiro, en el que se trataba de dilucidar estos dos ingeniosos
problemas: ¿por qué a Judas le pintan con barba rubia?, y ¿por qué a las
criadas de Palacio les llaman mondongas no vendiendo mondongo?, se esperaba que
uno de los vates «incitados de furor poético» que más se señalaría sería
Calderón292. Su biógrafo Vera Tarsis dice que fue «dignamente solicitado del
Excmo. Sr. Conde de Olivares, de los Marqueses del Carpió y Eliche, del Duque
de Medina de las Torres y Príncipe de Stillano, magnánimos protectores suyos»;
es decir, toda la familia del Conde-Duque293. Cuando fue a la guerra de
Cataluña, en 1640, lo hizo en la compañía que levantó y sostuvo Olivares, y su
confianza con éste era tal, que el Marqués de Hinojosa, desde Tarragona, le
envió para informar verbalmente al ministro del estado de aquel ejército. «Fue
a El Escorial, donde está el Rey —dice Pellicer— y desde allí vino a Madrid, en
coche con el Sr. Conde-Duque, haciéndole relación de todo con mucha
puntualidad»294.
Sin embargo, Calderón,
mejor administrador de su incienso que Lope, apenas lo lanza sobre el Valido.
Sólo en su comedia Casa con dos puertas aparece un personaje, Lisardo, que
cuenta que ha venido tras una pretensión a Aranjuez, en pos de la Corte que descansa
en el Real sitio; pero, en realidad, el viaje era inútil, porque los ministros
hacen justicia siempre y sin recomendación:
Seguí a la corte traído
más de mi afecto constante que de mi necesidad, porque de ministros tales hoy
el Rey se sirve, que no es al mérito importante la asistencia, porque todos
acudir a todos saben, gracias al celo de aquel con quien el peso reparte de tanta
máquina, bien como Alcides con Atlante295.
No hay que decir que
este Atlante era el Conde-Duque.
Don Luis de Góngora
Olivares tuvo amistad
especial con Góngora y protegió al poeta, gestionándole las mercedes de los
hábitos y los emolumentos que pudo entre los muchos que el gran poeta —gran
pedigüeño también— solicitaba. Sirvió de intermediario entre el mecenas y el
gran vate cordobés el paisano de éste Don Luis Venegas, que era, desde el
comienzo de la privanza del Valido, aposentador mayor de Palacio. El ministro
trataba al escritor con mucho afecto, abrazándole, como cuando el poeta fue, en
1625, a felicitarle por el parto de la Reina. Otras veces le animaba con cariño
a que imprimiese sus escritos. Así lo refiere Góngora en una carta a Don Luis
de Heredia, en octubre de 1625: «Ayer mañana —escribe—, con el pie en el
estribo, me dijo [el Conde-Duque]: Vuestra merced no quiere estampar. Y yo le
respondí: La pensión puede abreviar el efecto. Replicome: Ya he dicho que corre
[la pensión] por vuestra merced desde 19 de febrero. En volviendo, se tratará
de todo; no tenga pena. Con esto ha quedado suspenso, porque creo que quiere,
sin duda, que el hábito sea satisfacción de mis borrones; y hallóme impedido
para la estampa porque dos que quieren parte en ella es más de lo que a mí me
está bien; y aquí estoy, como la picaza, que ni ando ni vuelo»296.
Murió Don Luis de
Góngora en 1627, sin lograr ver convertidas en realidad las promesas de
Olivares; murió pobre y triste, ajeno a la huella que dejaban sus versos, que
el azar había elegido como fórmula hablada de lo que se creyó un desvarío del
gusto, y era toda una modalidad entrañable del alma nacional. De espuma
gongorina está llena, desde entonces, no sólo nuestra literatura, sino nuestra
vida entera. Y la política del Conde-Duque llena está también de la misma
pasión, a la vez trémula y alambicada. En sus dichos y en sus hechos, Don
Gaspar fue uno de los más conspicuos personajes del gongorismo; y acaso lo
presentía cuando abrazaba al poeta con aquella efusión y solemnidad —de
cofrade— que fue el pasmo de la Corte y tema de las hablillas en los mentideros.
Otros escritores
La relación de Olivares
con otro de los grandes intelectuales de la época —«su intelectual» por
antonomasia—, con Quevedo, desborda de los límites de un simple mecenazgo y ha
sido tratada en un capítulo especial. Pero basta con lo expuesto para demostrar
que el ansia de grandezas del Conde-Duque halló en el cauce de mecenas una de
sus más ampulosas justificaciones. Y, desde luego, aun se acentuó entre
literatos y eruditos de segunda fila, de los que apenas hubo alguno durante su
valimiento que no recibiese algún reflejo, a veces magnífico, del astro que
todo lo podía. Protegió, entre otros, a Don Francisco Pacheco, el compilador de
las poesías de Herrera, cuya edición costeó, publicándose con prólogo de Rioja;
a Guillen de Castro, que obtuvo, por su mediación, la codiciada merced de un
hábito297; al filólogo Jacobo Cansino298; al erudito Rodrigo Caro, que le
dedicó sus Antigüedades de Sevilla299, comparando, en las líneas de ofrenda, el
honor que la gran ciudad recibiera por haber sido cuna de Olivares con el de
haber sido también patria de Trajano, Adriano y Teodosio; a Pedro Soto de
Reyes, granadino, poeta enrevesado, para el que Don Gaspar alcanzó una canonjía
en la Colegiata de San Salvador300; a Don Ñuño de Colindres Puerta, vate tan
petulante como su nombre y apellidos301; a Don Francisco de la Cueva,
jurisconsulto, autor de obras líricas y dramáticas, íntimo de Quevedo, que al
fin riñó con el Valido, al cual, como era costumbre, atribuyeron su muerte302;
a Juan de Jáuregui, que dedicó al Conde-Duque su Discurso poético (1623) contra
el culteranismo; a Enríquez de Zúñiga, escritor y erudito que alcanzó el cargo
de alcalde mayor de Cuenca, para pagar el cual a su excelencia le mezcló
oficiosamente en el proceso del truhán y hechicero Don Jerónimo de Liébana, que
será más adelante relatado303; y a muchos más.
Una mención especial
merece la ayuda que prestó a un escritor y pícaro de los muchos que entonces
pululaban, el sevillano Don Francisco Morovelli de Puebla, cuyas andanzas cerca
del Valido ha descrito Rodríguez Marín304. La casa de Don Gaspar estaba abierta,
en los años de esplendor de su privanza, a todos los sevillanos que ostentaran
el título de artistas y hombres de letras o que, simplemente, presumieran de
él; y si había alguna dificultad en la entrada, Don Francisco de Rioja se
encargaba de que se suavizase. A este Morovelli le debió servir de
recomendación el hecho de haber estudiado en Salamanca, pues el Conde de
Olivares guardó siempre recuerdos imborrables de su vida universitaria; y acaso
tuvieran este designio los frecuentes y desmesurados encarecimientos que hacía
Morovelli, en sus escritos, del antecedente salmantino. Lo cierto es que en
1622 era el sevillano uno de los personajes importantes de la Casa de Olivares,
abusando de su posición con la venta de empleos, por lo que fue desterrado por
cuatro años de la Corte y perdió la gracia del Conde para siempre. Villamediana
advirtió a los incautos pretendientes el falso valimiento de este sujeto, al
que llama Mordelin, en los siguientes versos:
Engañado pretendiente:
si el desengaño buscares, sabrás que para Olivares éstos son non sancta gente.
No te engañe lo aparente de salir y entrar aquí: créeme, pretendiente, a mí;
que esta gente de pesebre te vende gato por liebre y son gatos para ti.
He copiado estos datos
porque demuestran el arte de estos truhanes de la burocracia del siglo XVII,
precursores de muchos de ahora, y porque son una prueba más de la rectitud de
conciencia del Conde-Duque.
El postrer mecenazgo
Después de caído y
desterrado en Toro, Olivares, que no podía vivir sin sus gustos de grandeza,
organizó lo que Artigas ha llamado, justamente, «su pequeña Corte»; y en ella,
el gran séquito de escritores de los días magníficos de Sevilla y del Buen Retiro
estaba representado por un poeta de segundo orden, Don Luis de Ulloa. Le era ya
conocido —y le había protegido ya— no sólo por ser poeta, sino porque era muy
amigo y paisano de su yerno, el Duque de Medina de las Torres, al que Don
Gaspar tuvo y guardó siempre tan ejemplar afección. Tendría, pues, una gran
alegría cuando al entrar melancólicamente, en la ciudad del Duero, el 20 de
junio de 1643, de nuevo desterrado, entre la muchedumbre afectuosa que le
recibía, distinguió al poeta, difícil de pasar inadvertido, pues, en contra de
lo que es casi obligación en los de su oficio, estaba muy gordo y lucidísimo.
Llamóle a su coche, le sentó a su lado, y como el vate, humildemente, rehuyera
el honor, le dijo: «En fin, es necesario buscar los hombres para hallar hombres;
que los que se van a ofrecer o no o lo son o son los más ruines»305. Así se
reanudó su amistad, que, salvo algún pequeño bache, continuó hasta la muerte
del infortunado Valido, dos años después; y fue tan estrecha, que el poeta la
califica de «valimiento»306. Ulloa, bueno, como casi todos los poetas, pagó al
Conde-Duque su amistad con un soneto laudatorio nobilísimo y con una cuarteta
que, por ser tan exacta, debió servir de infinito consuelo al desterrado. El
soneto dice así:
AL CONDE-DUQUE RETIRADO
EN TORO Este varón que de gloriosa rama al Duero se aparece coronado después
que de su mérito fiado examinó del sol toda la llama. Asido de las plumas de la
fama vive, sobre la envidia contrastado, y dentro de las almas retirado logra
el amor que universal le aclama. Siempre con luces de mayor que humano si
forzado del vuelo se suspende o no quiere valerse de las alas; y en entrambas
fortunas soberano, sube, cuando parece que desciende y son de corazones las
escalas.
Y la mordaz cuarteta:
La Monarquía enfermó y
cada día empeora. O el Conde gobierna ahora o el Rey siempre gobernó307.
Éste fue su postrer
mecenazgo.
Velázquez y el
Conde-Duque
La protección del
Conde-Duque se extendió también a los pintores y escultores. Toda la obra —obra
personal suya— del Buen Retiro fue una suntuosa manifestación de buen gusto y
de liberalidad hacia los artistas de su época. Es cierto que, empezando por el
Rey, fino conocedor del arte y generosísimo para sus artífices, el ambiente de
la Corte era de dichosa atención y de sensibilidad para las bellas artes.
Carducho308 refiere las casas madrileñas en que habían colecciones notables; y
eran casi tan numerosas como las familias de renombre. Varios parientes
próximos del Conde-Duque figuran en la enumeración, como el Marqués de Leganés;
el Conde de Monterrey, que poseía «los grandiosos dibujos de los nadadores, al
lápiz colorado, de mano de Miguel Ángel»; y el Duque de Medina de las Torres,
cuya mansión se adornaba con una gran colección de pinturas de Jáuregui. Además
de la aristocracia, había también coleccionistas notables entre ministros,
caballeros e intelectuales, como Don Francisco de Quevedo. Uno de los más
conocidos era Don Juan de Espina, pontífice de los hombres raros de todos los
tiempos —gran amigo, pues, de Quevedo— que guardaba «dos libros dibujados y
manuscritos de mano del gran Leonardo de Vinci», y «otras cosas singularísimas
además de las pinturas», entre ellas «el cuchillo y la venda con que degollaron
a Don Rodrigo Calderón»; por cierto que dejó este cuchillo, en su testamento,
al Rey, advirtiendo que cuando lo cogiese «fuese por tal parte, porque siendo
por otra amenazaba fatal ruina a una grande cabeza de España»: alusión evidente
a Olivares, que, por esta época, 1643, estaba ya a punto de caer y, en el deseo
de muchos, a punto de ser degollado309.
Era, pues, una moda de
la época, moda feliz; pero no cabe duda que el Valido, arbitro de la sociedad,
la protegía con entusiasmo y buen gusto310.
Se han hecho, sobre
todo, famosas las relaciones de Don Gaspar con los dos pintores más insignes de
su época: Velázquez y Rubens. A aquél lo protegió, cuando empezaba a darse a
conocer, con agudo instinto de lo que sería más adelante. A Rubens, gran señor
de categoría pareja a la de artista, lo trató como a tal gran señor, como
mecenas.
Está descrita la
amistad de Olivares con Velázquez en el libro clásico de Cruzada Villamil. Por
él sabemos que el gran pintor sevillano, yerno de Pacheco, vino a Madrid por
vez primera en 1622 para estudiar las pinturas de El Escorial y otros lugares
de la Corte y sus alrededores. Protegido por Don Juan de Fonseca, sumiller de
cortina de Felipe IV, y por Rioja, el íntimo del Conde-Duque, intentó, sin
conseguirlo, retratar al Rey, volviéndose a Sevilla. Pero el año siguiente el
Valido le llamó a la Corte para hacer el ansiado retrato regio. Retrató primero
a Fonseca, y la obra produjo en Palacio tal admiración que Don Felipe IV se
prestó, inmediatamente, a servirle de modelo. Esta efigie del Rey alcanzó,
asimismo, gran éxito, sobre todo por parte de Olivares, que afirmó que «hasta
entonces no había sabido pintor ninguno retratar a S. M.», ordenando que sólo
él, en adelante, pintase al Monarca; y, en efecto, sólo para Rubens se levantó,
más tarde, la prohibición. La influencia del ministro en la suerte del pintor
fue, pues, decisiva; no en vano le consideraban los extranjeros —Averardo de
Médicis— como «pintor favorito del Conde de Olivares»311. Quedó empleado en la
servidumbre del Rey, y a partir de entonces comenzó la serie de sus prodigiosos
cuadros de la familia real y demás habitantes del Alcázar, que hoy nos hacen
vivir el ambiente de aquella Corte con milagrosa fidelidad. El primer gran
éxito popular lo alcanzó con el retrato ecuestre del Rey, ejecutado en 1625,
que se expuso en la calle Mayor, ante el pasmo de la muchedumbre. Después de
este retrato, que se quemó en el incendio del Alcázar, en 1734, los triunfos de
Don Diego de Velázquez no se interrumpieron hasta su muerte. Fue el artista de
Sevilla el pintor de cámara por antonomasia. Apenas hizo otros retratos que los
de la familia real y los de la fauna palatina, así la egregia como la
miserable, que pululaba en torno de los Monarcas.
Las mercedes del
ministro al pintor duraron hasta el fin mismo de su privanza312. Pero su
gratitud y su lealtad al Conde-Duque fueron, a su vez inalterables; porque
Velázquez era, en realidad, tan bueno como se sospechaba viendo su obra, toda
luz, honradez y amor a la verdad. Velázquez llamó a su primer hijo Gaspar, para
honrar a su protector; e hizo por servirle, en los días malos como en los de
fortuna, todo aquello de que es capaz un hombre de bien. En sus retratos de Don
Gaspar puso todo el fervor compatible con aquella necesidad suya de ser exacto
que estaba por encima de su misma voluntad; y gracias a él conocemos al odiado
Valido, tal como fue, mejor que a través de todas las noticias, porque el alma
de sus personajes está viva en el rostro y en la traza de sus retratados. En
los lienzos de Velázquez aprendemos, en efecto, que Don Gaspar fue un hombre
generoso; de bondad disimulada por gestos tan artificiosos como sus vestidos de
generalísimo fanfarrón, soberbio de su casta, y, al final, tocado de indudable
delirio.
Rubens y el Conde-Duque
La amistad del
Conde-Duque con Rubens fue de otro género. Es Rubens un caso extraordinario en
la historia de la pintura. Ha habido pintores enriquecidos e influyentes, a
favor de su éxito económico y de la amistad y protección de Reyes y grandes
señores; éstos han sido, en todos los tiempos, por lo común, sensibles al
mecenazgo, que, ciertamente, debe ser una de las escasas satisfacciones puras
que en las alturas se encuentren. Pero no creo que se haya dado otro caso como
el de este Pedro Pablo, gran señor, él, magnífico señor; artista absoluto, de
genio manifiesto más aún que en la excelencia de su obra, con ser tan alta, en
la ciclópea facilidad con que la producía; maestro de todos los placeres; par
de los más grandes magnates de la tierra; y de vida tan sobrada de plenitud que
le quedaba tiempo para intrigar, para ser político y para emprender
peregrinaciones lejanas, con fines diplomáticos; de aquella diplomacia tan
romántica, todo arte, nada oficio, en la que un hombre errante, sin ataderos
telegráficos con su país, llevaba en su palabra y en su gesto, con la confianza
de su Príncipe, la suerte de una nación entera uncida a su personal
responsabilidad.
Este flamenco,
prototipo del orgasmo vital renacentista —tanto como el italiano o el español
que más lo hubiera sido— tenía que encontrarse, en el ir y venir de los astros
de entonces, con el Conde-Duque de Olivares, gran planeta también, aunque
desgraciado, de aquella humanidad. Se cruzaron, en el plano del tiempo, sus
aficiones comunes, a la política y al arte; y su misma sed de vivir y de
triunfar.
Rubens vino, como es
sabido, a España en 1603 por vez primera, reinando Felipe III313, enviado por
el Duque de Mantua, para entregar al Rey de España, en prueba de amistad y
sumisión, una colección de cuadros y para pintar a las mujeres guapas de la
Corte y enriquecer así la colección que de estos retratos femeninos tenía el
Duque, famoso donjuán de ópera de gran espectáculo, como Don Felipe IV lo era
de comedia de capa y espada.
Veinticuatro años
después, en 1627, cuando gozaba de la plenitud de su gloria, intervino como
diplomático oficioso en los asuntos internacionales, embrolladísimos, de
España. Representando a la Archiduquesa Isabel Clara Eugenia, gobernadora de
los Países Bajos, y a su sobrino Felipe IV, sostuvo relaciones con el famoso
aventurero y mucho menos famoso pintor Gerbier, que representaba al Duque de
Buckingham, para hacer la paz entre Inglaterra y el Imperio español; entre éste
y las provincias sublevadas de Flandes; y entre Inglaterra y Francia, aliada
entonces, aunque con débiles lazos, de España. De «sobrehumana tarea» califica
Colin, con razón, la que estos dos pintores e improvisados negociadores se
habían echado encima de los hombros. En la correspondencia de Rubens se siguen
muy bien los incidentes de tales trabajos, que no condujeron a nada y
disgustaron a Felipe IV; el cual, por cierto, vio siempre con escasa simpatía
que el destino de su país estuviera en manos de quien era un gran pintor, pero
un simple aficionado a la diplomacia. No así el Conde-Duque, que era, como en
otro lugar se ha dicho, muy aficionado a estos embajadores oficiosos; y no ya
de las cualidades personales de Rubens, sino de la más baja condición.
Pero poco después de
este fracaso, Rubens recibió de Gerbier noticia de las buenas disposiciones de
Carlos de Inglaterra y de su favorito el Duque de Buckingham respecto a España;
lo supo Olivares, y, a instigación suya, la Junta de Estado le hizo venir a
Madrid, donde estuvo desde septiembre de 1628 hasta mayo de 1629, entretenido
en conversaciones con el Conde-Duque, pero, sobre todo, pintando muchos cuadros
y procurando encargos para otros pintores. Más de cuarenta lienzos hizo, según
la cuenta de Cruzada Villamil, en los nueve meses de su vida madrileña. Pasó
después a Londres, con poderes del Gobierno español, para negociar la paz con
el inglés. Los incidentes de esta Embajada están, de primera impresión,
expuestos en las veintitrés cartas de la correspondencia que el gran pintor
mantuvo desde Londres con el Conde-Duque. Fracasó también el intento, y Rubens
regresó a su país en marzo de 1630; ante el gran público, con reputación de
diplomático tan alta como la de pintor, pero en el fondo, vencido en esta
empresa, que fue uno de los cauces secundarios por donde se canalizó su
vitalidad desbordada; y, como pasa siempre, él lo debió sentir más que una
derrota artística.
De la lectura de las
cartas cambiadas con Olivares se deduce la alta consideración política y
personal en que éste le tuvo. De su entusiasmo por el artista certifican todos
los cuadros que dejó en el Alcázar de Madrid, en cuya adquisición intervino,
sin duda, su voto en igual medida que el del Rey. Además, éste encargó a Rubens
la gran serie de lienzos para la Colegiata de Loeches, que regaló a su Privado,
y cuya descripción y aventuras serán más adelante indicadas.
La estimación de Rubens
por el Conde-Duque fue también muy profunda. Sus cartas la transparentan
netamente. Él y Velázquez, dos genios de su época, uno español y otro
extranjero, infinitamente superiores a la turba de satíricos famélicos y
resentidos, y de nobles humillados en su ociosidad por la potencia de trabajo
del primer ministro, dejaron muestras inequívocas de lo que estimaban a aquel
español, grande, desequilibrado y sin fortuna. Los dos pintores se unieron para
dejar a la posteridad testimonio perdurable de esta admiración en el retrato de
Olivares compuesto por ambos y grabado por Pontius, del que con justicia se ha
dicho que ningún Soberano de la tierra ha poseído otro tan suntuoso y tan
bello314. Neutraliza esta grabada página impecable, cientos y cientos de otras
emborronadas con la tinta de las malas pasiones.
La erudición del
Conde-Duque
El Conde-Duque de
Olivares no fue orador y escritor, como la mayoría de los políticos, a costa,
sólo, de su despejo natural; poseyó, además, vasta erudición. Uno de sus
contemporáneos dijo que estaba tocado de todas las ciencias de generalidad, con
las cuales profesa tener contacto315. Muestra de ello fue su admirable
biblioteca.
Tenía, en efecto, el
Conde-Duque pasión por los libros. Heredada, sin duda, de su padre, «el
papelista»; iniciada en sus estancias infantiles en Roma y Nápoles; después, en
sus años universitarios de Salamanca; y, finalmente, en la época de vida
literaria, sobre todo en Sevilla, donde intimó con tantos escritores y poetas.
Olivares llegó a ser uno de los bibliófilos ilustres de la España de su tiempo.
Absorto, después, en los negocios del Estado, no sólo no olvidó sus juveniles
aficiones, sino que consideró siempre como el ornato principal de su casa la
magnífica biblioteca, a la que dedicó palabras de especial amor hasta la hora
solemne de su testamento.
La afición a los libros
alcanzó, en España, gran desarrollo en todo este siglo, singularmente bajo los
auspicios de un Rey tan literato como Felipe IV, para el que, sin duda, fue
motivo de admiración y entretenimiento la gran colección de su Privado, que
tenía allí cerca, junto a sus propias habitaciones, y que debía visitar con
frecuencia. Una Noticia de Madrid del año 1633 dice que «se cayó de un paredón
en el Palacio viejo [el Alcázar; el nuevo era el Buen Retiro]; y el edificio
que está pegado al cuarto del Conde-Duque y se habilitó ahora hará seis años,
amenaza ruina, y así, se van desembarazando la secretaría, los palomares y
aquella parte de la librería de su Excelencia que la ocupaba, pasándolo todo al
entresuelo, donde solía estar el Consejo Real»316.
El siglo XVII fue el
del insigne Nicolás Antonio, patriarca de nuestros bibliógrafos y una de las
raíces vitales del movimiento erudito del siglo XVIII.
Entre los nobles, la
afición a los libros era casi una moda inexcusable; a veces, expresión de una
afición verdadera, como en el Marqués de Caracena, el Duque de Medina de las
Torres y otros muchos317. La biblioteca del famoso Conde de Gondomar era principesca318.
Y aun entre la burguesía había bibliófilos famosos, como el Doctor Casanate,
«que vivía frente a San Sebastián», y cuya librería se vendió en 4.000 ducados
«comprándola un librero, y afirman haber sido precio harto moderado»319.
Conocemos la del
Conde-Duque por su catálogo, un tanto ampuloso en el título, como corresponde a
la condición de su dueño y al gusto de la época320. La he examinado con la
misma profunda atención con que me detengo a veces ante el retrato de Don
Gaspar, por Velázquez; porque la librería de un hombre es también su retrato, y
tan fino que no pueden igualarle ni los pinceles más exactos ni la pluma más
penetrante y fiel del mejor biógrafo. Los libros que cada cual escoge para su
recreo, para su instrucción, incluso para su vanidad, son verdaderas huellas
dactilares del espíritu, que permiten su exacta identificación. El hombre de
una cierta importancia social debe recibir siempre en su librería, modesta o
magnífica, porque nada da, al que va a visitarle, idea más cierta de lo que es
y de sus posibles reacciones. Por eso, cuando entramos en una casa por vez
primera, de un modo instintivo nos dirigimos a los libros, mientras llega su
dueño. Para un espíritu avisado, el examen rápido de los títulos, del número de
los volúmenes, de su apariencia de su uso o virginidad, del orden o tumulto de
su disposición, el gusto y primor de las encuadernaciones y mil pormenores más,
todo ello, suministra, a veces, en una simple ojeada, más datos sobre el hombre
que vamos a conocer que cuantos antecedentes sobre su personalidad nos hayan
proporcionado los informadores. Los maestros sabemos también que nada nos
enseña sobre las íntimas cualidades del estudiante como el examen de sus
libros: cuáles son y cómo están. Recuerdo siempre a uno de los que lo fueron
míos, que solía sacarnos del bolsillo el libro que llevábamos, no siempre de
estudio; y mientras los examinaba, con la mejor gracia nos decía: «No es mala
educación, sino obligación de maestros.» A veces nos molestaba su libertad;
pero luego he comprendido su certera razón.
Y, en efecto, nada
pinta a Don Gaspar de Guzmán como estos libros escogidos por él, cuidados por
él, y, sin duda alguna, solaz de sus preocupaciones públicas y familiares,
consejeros de sus decisiones y acaso responsables alguna vez de sus errores
políticos. Eran, según el catálogo de Alaejos y Ángulo, unas 2.700 obras
impresas y 1.400 manuscritos: bastantes para aquellos tiempos en los que las
bibliotecas de los ricos no podían alcanzar, ni remotamente, la copiosidad de
cualquier modesto aficionado a libros actual. Predominan los idiomas latín y
toscano. Notase el sentido de mando del dueño en las minuciosas instrucciones
para la colocación de los volúmenes y modo de hallarlos. La suntuosidad y
orgullo de casta, en la encuadernación lujosa, con las armas de la Casa en las
tapas321. Su carácter estudioso y poco amigo de la vana literatura, pese a sus
aficiones juveniles y a sus amistades con artistas, se advierte en la elección
de las obras impresas; casi todas son de Historia, Viajes y Política, más los libros
de Teología y Religión. Lo mismo se desprende de los manuscritos, entre los que
destaca la colección de «Cartas»: de mujeres, de Papas y cardenales, de
frailes, de «la Compañía», de Emperadores y Reyes, de hombres doctos y,
finalmente, «de locos», con los que, como todo hombre público —pero él muy
especialmente— tuvo trato frecuente, y más en aquellos tiempos, bajo la forma
de los arbitristas, hechizados y hechiceros.
Era, en suma, la suya
una biblioteca de estudio, casi exenta de novelas, caballerías y versos. Los
libros, sin duda, preferidos eran los de historia clásica, porque en la actitud
megalómana del Conde-Duque frente a los sucesos de su tiempo, frente al concepto
de la España futura y frente a su propia personalidad hay una clara influencia
de las sentencias y de los hechos de los personajes antiguos. Por ejemplo, nos
refiere el Conde de la Roca que una vez que recomendaron al primer ministro a
un determinado individuo para ocupar el cargo que otro, por inmoralidades,
había dejado vacante, respondió, imitando a Galba, que «en vano habría salido
la República de Nerón, si entraba en Otón»; y podría recogerse otras muchas
frases dignas del mismo comentario. Esto lo advirtió ya en su tiempo el hombre
quizá de más aguda penetración psicológica entre los que trataron con intimidad
al Valido; me refiero a Don Francisco Manuel de Meló, al que no en vano la
perspicacia de Menéndez y Pelayo designó como maestro insuperado en el retrato
de las almas, y al que, no en vano también, trajo como testigo de excepción de
sus juicios sobre los hombres de la época, Cánovas del Castillo. Dice en sus
Epanaphoras322 el admirable y complicado Meló, cuya historia aún no se ha hecho
con la minuciosidad que merece, estas palabras sagacísimas: «Los libros
políticos e históricos que leía Olivares le habían dejado algunas máximas
desproporcionadas al humor de nuestros tiempos; de donde procedía intentar a
veces cosas ásperas sin otra conveniencia que la imitación de los antiguos;
como si los mismos Tácitos, Sénecas, Patérculos, Plinios, Livios, Polibios y
Procopios de que se aconsejaba no mudaran de opinión, viviendo ahora, en vista
de las diferencias que cada época impone a las costumbres y a los intereses de
los hombres.» No se olvide que el historiador hispanoportugués era, aunque
culto, hombre de acción, más atento a aprender las lecciones de la realidad que
las de los comentaristas: su Guerra de Cataluña comienza así: «Aquí no hallarás
citados sentencias o aforismos de filósofos y políticos: todo es del que lo
escribe.»
Es, pues, por de pronto
seguro que, como Cánovas apunta323, «el Conde-Duque, bibliómano insaciable, que
acertó a poseer una de las más célebres librerías de España, no se contentaba,
cual muchos, con verla por el forro»; era lector y no mero coleccionista de sus
libros. Puso en este afán la misma idea de avasallar, de que lo suyo fuera lo
mejor y lo más lujoso, tan propia de su psicología. Y propio de ésta es también
la tendencia a imitar a los grandes personajes de la antigüedad. No es justo
Meló al considerar esta actitud de imitación clásica como anacrónica, pues es
modalidad muy común en los dictadores, aun en los muy posteriores a Olivares:
recuérdese sólo a Napoleón y, ahora, a Mussolini, preocupados también en sus
gestos, palabras y hechos de imitar a los clásicos.
También era muy copiosa
la librería olivarense en geografías y mapas. Dice el Conde de la Roca que se
«hacía traer de todas partes» las más preciosas cartas y planos; y los
estudiaba con tanto cuidado que «a soldados envejecidos en Flandes ha dado a
conocer riberas, antiguos puertos y los escollos en uno y otro mar»324. Los
libros de estudios y los mapas ocupaban por entero una pieza especial que él
llamaba «la cuadra del obrador u oficio».
Cómo se formó y cómo
acabó la biblioteca
De alto interés es el
estudio del origen de la biblioteca del Conde-Duque. Sin duda, gran parte de
sus libros eran heredados de su padre, el embajador papelista. Otros, los
adquiría de librerías deshechas, como la del Doctor Casanate, antes citada.
Consta con certeza que compró gran parte de la magnífica colección de
manuscritos griegos y latinos que perteneció al humanista toledano Alvar Gómez
de Castro. Otros los adquirió de la biblioteca de Jerónimo Zurita, que éste
había legado a la Cartuja Aula Dei325. Los cambios rápidos de fortuna y los
embargos y expolios, frecuentísimos en una época de tanta agitación, debían de
favorecer la formación de grandes núcleos de libros a quien poseyese dinero y
poderío. El autor de las Nuevas de Madrid nos dice una vez, cuando el embargo
de los franceses, que «por más barato despacharon los alguaciles las
[librerías] de la calle Mayor, que eran de franceses, vendiendo por un pedazo
de pan libros de mucha estimación»326. No dejaría el Valido de aprovechar estas
ocasiones.
Otros muchos papeles
los adquirió por medios, si no indignos, denotadores, por lo menos, de un
evidente abuso del Poder. Hay, en efecto, una cédula real de 1625, en la que
manda el Soberano «que el Conde de Olivares, Duque de Sanlúcar la Mayor, tenga
en su poder los libros y papeles de diferentes materias que S. M. le ha mandado
y mandare entregar y él ha recogido y recogiese y los deja vinculados en su
casa para que se guarden en los archivos de ella o donde lo dejase
dispuesto»327. Refrenda a esta cédula, otra de 1632, en la que amplía,
especifica y perpetúa este derecho, realmente abusivo, del Valido para hacerse
dueño de cuantos papeles le interesasen328. Amador de los Ríos nos cuenta que
era ésta costumbre ya establecida por los ministros bibliómanos de épocas
anteriores, y, así, en casa de Don Rodrigo Calderón se encontraron, después de
su muerte, multitud de documentos sacados de varios Archivos que formaban
colección copiosísima, a costa del Estado329; pero la intensidad de la
captación de Olivares pudo, en justicia, ser calificada de «usurpación
escandalosa», sin otra atenuante que la de que, en aquellos tiempos, los
documentos públicos se perdían con facilidad y el adscribirlos al mayorazgo de
una Casa que se creía eterna facilitaba, en cierto modo, su conservación.
En estos libros buscó y
halló distracción en sus preocupaciones y motivos con que justificar sus
hechos. En ellos encontró también inspiración para defenderse de las
desgracias, pues el título del famoso Nicandro con que trató de reivindicarse a
poco de caer de su valimiento está tomado en algunos de los volúmenes que
manejaba330.
Había en sus
estanterías bastantes libros de Medicina, denunciadores de que su curiosidad se
extendió, como es tan frecuente en los espíritus ávidos, a esta rama de la
ciencia, en la que todo ser humano está por fuerza interesado y en la que
apenas hay quien no se precie de saber algo. Las enfermedades suyas y las de
los que le rodeaban debieron excitar su interés de informarse directamente; y,
sin duda, la hipervaloración de su persona le debió llevar a hacer de estos
textos un uso tan poco mesurado como el que, en lo referente a la política
militar, nos denuncia Meló. Tal se desprende de estas palabras de Novoa: con
ocasión de la enfermedad del Rey, en 1626, Don Gaspar, que estaba también
indispuesto, llamó a su cuarto al médico de cámara, Doctor Polanco, para que le
informase de la regia salud; y dice el cronista: «Estaba herido el doctor, como
los demás, de que en algunos lances de la Junta sobre la enfermedad había [el
Conde-Duque] escaramuzado con él, porque no quedase esto sin subsidio, que
hasta de lo que no sabía, se quería hacer dueño»331. Por todas partes
encontramos, pues, la misma huella de valoración excesiva de la personalidad.
Fue su bibliotecario
Francisco de Rioja; y a poco consiguió el ministro, émulo del Rey, que el gran
poeta lo fuera también de la biblioteca del regio Alcázar332. Ejerció también
este cargo en la Casa de Olivares Don Juan Fonseca333. Pero el autor del índice
fue el Padre fray Lucas de Alaejos, que hacia 1624 recibió este encargo e
«hízolo a satisfacción».
La importancia que a su
biblioteca daba el Conde-Duque está consignada en su testamento de 1642, cuyas
cláusulas 27 a 30 copiamos en el Apéndice XI.
Aun teniendo en cuenta
el tono desmesurado, anormal, de todo este testamento, síntoma el más
significativo de la indudable tendencia delirante del Conde-Duque, sorprenden
especialmente los párrafos copiados por la desentonada valoración que hace de
sus libros. Por excelente que fuera —y lo era— la librería, y por grande y
honrosa la estimación en que la tenía su dueño, no se justifica el dedicarle
tan desmesurada atención en el testamento. En él dispone de su Casa y de
España, como si el futuro dependiera de su albedrío; y a ese futuro ligaba,
igualmente, sus impresos y manuscritos. El destino dio bien pronto una dura
lección a la soberbia de estas disposiciones, tanto en lo político como en el
nimio asunto de la biblioteca. Todas las previsiones y ordenanzas para que sus
libros se conservasen intactos se desvanecieron. Ya en el mismo testamento hay,
al final, una cláusula, la 160, que anuncia que ciertos trastornos ocurridos en
el Patronazgo de San Jerónimo de Sevilla, le obligan a que quede la librería en
Loeches. Y a Loeches fueron los libros, desde Palacio, «recogidos en cien
grandes cajas»334.
El testamento de la
Condesa viuda daba otro destino a la lucida colección, repartiéndola en
diferentes conventos y mandas. Y con esa facilidad para volar que tienen los
libros, como no se les sujete y encierre, al poco tiempo se habían dispersado
por toda España y por el mundo, como se explica en el Apéndice X.
Esto es lo que puede
decirse de la biblioteca del Conde-Duque de Olivares, índice de su cultura y
huella exacta del perfil humanista de su espíritu; pero síntoma también de que,
hasta en el terreno austero de la erudición, su vanidad no tenía tope ni continencia.
Quiso dejar a la posteridad una biblioteca que eclipsase a la regia y
perpetuase la fama de su erudición. Mas el destino hizo que se evaporase cuanto
había, en la espléndida colección, de vanagloria; y que sus volúmenes, aislados
o en grupos pequeños, como un ejército derrotado, vestidos aún con los blasones
de su antiguo linaje, fuesen a llevar su mucha o poca enseñanza por España y
por el mundo, para bien de los que sienten el santo anhelo del saber, que
iguala, en verdad, a todos los hombres335.
13. Las virtudes
La actividad
LA personalidad íntima
del Conde-Duque estaba formada, al lado de los impulsos y defectos elementales
y de las cualidades del espíritu que han sido estudiados ya, por un fondo de
virtudes insignes, que vamos a considerar ahora. En la primera, el ingente volumen,
la increíble capacidad, ciclópea, para el trabajo.
Un ingenuo, pero exacto
historiador de la época de que hablo, decía: «El ocio torpe en que vivimos,
siempre fatal a las naciones, había llenado de esta plaga de maldicientes la
sinceridad de nuestros pueblos»336. Luego veremos hasta qué grado llegó, en efecto,
la pereza nacional por estas décadas. Ahora lo recuerdo para explicar uno de
los motivos del éxito social y político del Conde-Duque de Olivares; y, a la
vez, uno de los motivos de la animadversión que suscitó en su ambiente. Fue, en
efecto, hombre de portentosa actividad, casi inaccesible a la fatiga física;
cualidad, por cierto, común a casi todos los dictadores. Por ello sobresalió y
se afirmó fácilmente, rodeado como estaba de gentes perezosas hasta los límites
de lo anormal. Mas por ello también excitó con tanto ímpetu la iracundia de
gran parte de sus coetáneos: que nada irrita al vago como el espectáculo del
hombre que, no por mandato de otros, sino por propia imposición de su carácter,
no tiene tiempo de vagar.
Esta energía para el
trabajo, continua, ciclópea, y no por accesos que luego van seguidos de
laxitud, es propia de los temperamentos robustos y periódicos, como el del
Conde-Duque. Parece paradójico que las profundas alternativas en el humor de
tales caracteres no vayan acompañadas de las mismas altas y bajas en la
actividad, por lo menos en la actividad rutinaria, en la de las obligaciones de
cada día. Pero así es, y muchas veces lo he podido observar. El hombre pícnico,
según mi experiencia, en cuanto se disciplina deja a salvo de las oscilaciones
de su espíritu sus deberes, y los cumple siempre hasta cuando está deprimido;
tal vez entonces, con menos brillantez, tal vez con un fondo recatado de
profunda desesperanza; pero en la apariencia con la misma tensión que cuando
atraviesa las fases de exaltación. No tiene este pícnico disciplinado que
buscar, como el asténico, temporadas de descanso después de un período de
enérgica labor. Está siempre a punto para cumplir sus deberes; los suyos y los
que él inventa. Así era el ministro de Felipe IV; y así, hasta en las horas de
su mayor hundimiento moral. Hasta cuando murió su hija —la gran tragedia de su
vida— «no dejó un solo día sin despachar su obligación». Céspedes nos habla de
su «asistencia infatigable en los Consejos, en las juntas, despachos,
consultas, provisiones: que todo pasaba por su mano sin confiarlo a la ajena»;
y Mocénigo añadió: «No conoce los límites de la fatiga; por trabajar ha
renunciado a todos los placeres, y sólo por acompañar al Rey sale de casa
alguna vez»337. Con frase casi idéntica se expresan varios de los otros
testigos de su tiempo.
En sus contemporáneos,
amigos o enemigos, se advierte idéntico pasmo ante la laboriosidad del
Conde-Duque. A las cinco de la mañana se levantaba y recibía a su confesor338
y, a la luz de la bujía en invierno, o a la del alba en verano, comenzaba sus
audiencias. Puede uno imaginarse cuando hoy, tres siglos después, vemos aún que
la vida oficial de España no empieza hasta cerca del mediodía, el asombro que
causaría entonces este gran madrugador, que sólo por serlo en tal grado
aventajaba a los demás españoles. Años después, el Duque de Híjar, en los
versos escritos en su cárcel de León, describía así el espectáculo:
Veíanse por las calles
trémulas luces a trechos y parecía que andaba por la tierra el firmamento.
Todas las lucientes líneas corrían a un mismo puesto porque en la
circunferencia de Palacio estaba el centro.
Y en nota al margen
añade: «Daba audiencia a las tres o cuatro de la mañana.» Preparaba luego, con
cuatro secretarios, las consultas que había de enviar o le habían devuelto el
Rey y los Consejos. Luego veía a las personas que ya había recibido el Monarca,
que a veces pasaban de ciento339. Comía rápidamente, y a las tres volvía a los
negocios, recibiendo y despachando a los ministros; tenía nuevas audiencias,
asistía a las Juntas —«presidiendo en todos los Consejos y en inmensas Juntas»,
dice Novoa— y al final del día despachaba otra vez con los secretarios. Así le
daban las once y a veces más. No hay que decir que en todas estas reuniones era
el Conde-Duque el que daba la solución de los problemas, y los demás consejeros
se limitaban a «estar conformes»340.
Algunos días salía al
campo y entonces llevaba en su carroza una mesilla y las carpetas para escribir
o dictar a los secretarios, que le seguían en un coche de respeto, y a los que
llamaba conforme meditaba y resolvía los asuntos. De esta forma, en la carroza,
tenía también Consejos con sus ministros y daba audiencia a los embajadores.
Apunta Roca que fue este continuado trabajo «tan terrible y penetrante», que
causó la muerte de cuatro de sus secretarios «por seguir su paso»; y otros dos,
gravemente enfermos, se tuvieron que ir a descansar.
A esta tarea absorbente
del Gobierno se unía la asistencia personal del Monarca, que no dejaba de
llevarle tiempo, pues a diario lo veía tres veces al comienzo de su privanza:
una antes de que se levantase (él mismo le abría las ventanas), para darle cuenta
de lo que debía hacer durante la jornada; la segunda, después de comer,
charlando entonces de los cuentos y banalidades de la Corte; y, finalmente,
cuando iba a acostarse, haciéndole un resumen del día y pidiéndole órdenes para
el siguiente. Luego disminuyó esta asiduidad, y de ordinario sólo hablaba con
Don Felipe una vez al día y por poco tiempo341.
Ésta era la faena
habitual. Para poder cumplirla, cuando las circunstancias eran extraordinarias,
y esto ocurría casi a diario, tenía que buscar el tiempo donde lo hubiese,
verdadero «trapero del tiempo», como tiene que serlo todo gran trabajador; y
así nos cuenta Roca «que desde la cámara al aposento del despacho, y desde éste
al coche, en pie, en el paseo, en rincones y escaleras secretas, con palabras
breves y como de barato, oía y despachaba a infinita gente»; un segundo le
bastaba, porque «su atención era tan grande como su memoria». Otras veces le
vemos en El Pardo «dando audiencia en aquel pradillo enrejado que hace frente a
la casa», en pleno aire libre, mientras el Rey cazaba342. Fue, pues, ante todo,
un gran «papelista»343.
Su voracidad de actuar
le llevaba a emplearse en otras ocupaciones de menor trascendencia; y ponía en
ellas el mismo ímpetu y fervor que en las más importantes. Cuando se trataba de
fiestas, y las había en aquel Madrid un día sí y otro no, el Conde-Duque era el
primero en aparecer al lado del Monarca, a caballo, en las pistas. Nos admira
leer cómo caracoleaba y galopaba en público, cuando estaba ya, seguramente,
reumático, gordo y acabadísimo de salud. En efecto, hacia 1635 su exhibición
pública empezaba a ser un tanto grotesca. El Padre Quesada refiere que en las
fiestas que se organizaron cuando nació la Infanta María Antonia (muerta a
poco) «hubo tres noches iluminaciones y carreras delante de Palacio. El
Conde-Duque y el Almirante corrieron parejas, y como son pesados, la gente les
daba voces que picasen»344. Es decir, que se rieron de ellos.
La misma actividad
mostraba en las cacerías, a las que asistía de jinete, como le vemos en los
lienzos de Velázquez y de Mazo, aunque otras veces iba en carroza y aprovechaba
el tiempo, como acabamos de ver, para redactar sus despachos o para intrigar, mientras
se divertían los demás. Tenía ya cincuenta y un años en 1638 y le vemos asistir
a una montería en El Pardo, famosa por la fiereza de la caza —uno de los
jabalíes estuvo a punto de malherir al Marqués del Carpió— y en ella se lució
Don Gaspar, quebrando cuatro o cinco horquillas como en sus buenos tiempos345.
Su prestigio de cazador le valió la dedicatoria del famoso libro de Juan
Mateos346.
Si las fiestas eran
cortesanas, el Valido desplegaba la misma portentosa actividad. Los detalles
más nimios de la preparación y ensayos pasaban por su mano. En una carta del
embajador inglés Aston leemos que en los festejos del Buen Retiro, en 1636, se
inauguraron «curiosos jardines y nuevos juegos de agua, debidos a la
imaginación de Olivares». Fue el festejo —dice el inglés— él más original y
brillante que jamás he presenciado», con tres escenarios, cada cual iluminado
del modo más ingenioso y nuevo; todo debido a la inventiva del Conde-Duque347.
Dio también prueba muy
típica de su actividad y genio organizador cuando la imprevista y sensacional
llegada a Madrid del Príncipe de Gales, en 1623. El primer ministro estuvo todo
el día yendo y viniendo, en las visitas oficiales al viajero, al Rey y a los
embajadores. Se retiró muy tarde. Y a la mañana siguiente, a las ocho, cuando
acudieron los ministros, convocados a una gran Junta para tratar de la estancia
de Don Carlos en España, Olivares tenía ya escrito por su mano todo lo relativo
al hospedaje del Príncipe, a sus criados y a las largas y complicadas fiestas
que se habían de celebrar en su honor348.
En 1640 ocurrió el
famoso incendio en el palacio del Buen Retiro. Hubo, con motivo del siniestro,
un espanto un tanto vergonzoso en los señores que formaban la servidumbre real.
Nadie se ocupaba más que de su propia seguridad, sin reparar en las damas y en
la Reina, que, sorprendidas por las llamas en pleno sueño, huían en camisa por
los corredores; y olvidándose también de poner a salvo los infinitos objetos de
valor que llenaban las salas de la flamante mansión real. Las pérdidas fueron
grandes y las desgracias personales, un hombre muerto, otro con un brazo roto y
un fraile capuchino y un alcalde, descalabrados. El que salvó la situación fue
el Conde-Duque, que estaba levantado antes que todos y «asistió todo el día,
sin comer, al fuego, dando órdenes de lo que se debía de hacer, asistiéndole
todos los señores y recogiendo toda la ropa con sus manos y al hombro... Jamás
se vio entereza y sosiego como los que mostró»349.
Pero éstos eran juegos
de paz. Cuando sobrevenían los momentos graves para el país, que se fueron
sucediendo cada vez más próximos, a medida que avanzaba el reinado, la
actividad del Conde-Duque se multiplicaba de modo prodigioso. Asistía a las
Juntas «mañana y tarde y hablaba en todas»; y con esfuerzos inverosímiles
creaba ejércitos de la nada, buscando el dinero donde estuviera más escondido,
removiendo la pasividad malintencionada de los Grandes y exprimiendo con
rigurosas levas la población rural, casi exhausta de hombres utilizables para
las armas. Las cartas de su última época, sobre todo las que escribía al
Cardenal-Infante, dan esta impresión, casi angustiosa, de lucha titánica contra
el mundo que se le venía encima, y le aplastaba. Con su expresión clarísima, a
veces popular, casi grosera, exclamaba: «Quedo reventado de ocupación»;
«cierto, Señor, sin encarecimiento, aseguro a V. A. que no me es ya posible con
el trabajo, según me hallo ya acabado de salud y de aliento, pues lo que se ha
trabajado es de manera que verdaderamente no hay fuerzas que lo puedan
resistir»; «no puede V. A. creer lo que esos dos meses se ha trabajado. Hoy
estoy rendido de mi cabeza»350. Y así muchas frases más, en las que el cíclope
herido se queja, mientras sigue, con sus últimas fuerzas, sosteniendo el mundo
sobre las espaldas. Ni sus más encarnizados enemigos pudieron negar el ímpetu
organizador del ministro en los momentos de angustia nacional; y ya se ha dicho
que no sólo ponía en ello su esfuerzo incansable, sino su propio dinero. Así se
crearon, como por puro milagro, cuando ya España no podía más, los ejércitos
que lucharon con los franceses el año 1638 y todos los que hubo que levantar
para hacer frente, como Dios quiso, a las guerras de Cataluña y Portugal.
Gran burócrata, gran
«papelista», la mayor parte de sus veintidós años de privanza los consumió en
su bufete, «aquel bufete de Madrid», famoso en todo el mundo, de que hablaba
Meló. Apenas viajaba como no fuera en las jornadas reales, muy distanciadas, o
en las breves excursiones para cazar o para ir a visitar su dominio de Loeches;
y aun esas horas de tumbos por los caminos polvorientos de Castilla las
empleaba en trabajar. En un documento al Duque de Medina-Sidonia le dice: «Le
enviaré una copia de la carta que escribí a V. E. ayer por el camino de
Loeches»351. La faena terrible no era ya para él ni siquiera fruición, sino
vicio. Su vida estaba entre sus carpetas, llenas de papeles, entre los
secretarios fatigados de seguirle y entre la nube de problemas que le
angustiaban, pero que, a la vez, servían de pasto a su hambre insaciable de
disponer y de mandar.
Este enorme e
inalterable dinamismo eficaz, animador de todos, típicamente dictatorial, era
la base para haber sido un gran político si el genio le hubiera acompañado.
Pero le faltó la mirada de águila, necesaria para ver desde arriba la
inmensidad de los problemas españoles y su porvenir. Sin embargo, si se pesan
sus cualidades positivas, sobre todo su ímpetu ciclópeo para trabajar; y si
estas cualidades se comparan con las de los políticos de su tiempo, vacuos y
laxos, como Lerma, el que le antecedió, o como el que le siguió en el mando,
Don Luis de Haro, entonces se comprende bien por qué fue tan largo y tan
absoluto su poder, sin necesidad de recurrir a explicaciones pasionales. Ya lo
sabía él; ya sabía que el ansia generosa de trabajo fue su virtud indiscutible;
y por eso le decía al Cardenal-Infante en una de aquellas cartas que parecen
confesiones: «Cierto, Señor, que mi voluntad ha sido tal, que yo aceptaría que
por ella juzgara Dios mis culpas y mi vida»352.
Generosidad
Ahora quiero comentar
otras virtudes más íntimas de Olivares: su caridad, su entereza en los momentos
adversos, su austeridad sexual; su profunda, aunque a veces errada,
religiosidad, en fin.
Acabamos de hablar de
la largueza del Conde-Duque en acudir a las necesidades nacionales, contrastado
con la tacañería, que fue una de las notas oscuras de la aristocracia de su
tiempo. Igual generosidad tuvo en su vida privada, en la que también derramó
sus caudales con la liberalidad delirante que demuestra su testamento. Revela
éste tal prodigalidad, que, sin temor a errar, puede considerarse como
vesánica. No se conoce a Don Gaspar, sin duda, hasta después de haber leído y
meditado dicho testamento; y me parece, por ello, inexcusable hacer aquí un
resumen de los donativos y fundaciones que ordenaba en él, mediante
arbitrísticas combinaciones de su capital; ¡y esto en el mismo documento que
tenía que comenzar rogando al Rey que le pagase las deudas! Sus donativos
testamentarios son nada menos que los siguientes:
«1.500 ducados de renta
perpetua para casar cinco huérfanas de los criados del sumiller de corps y 10
huérfanas de los criados del caballerizo mayor.
»12.000 ducados de
renta para las monjas de Loeches.
»150.000 ducados de
renta para la fundación y sostenimiento del convento de Castilleja.
«Aguinaldo perpetuo, en
Navidad, de 40 ducados al presidente del Consejo de Castilla y 20 a cada uno de
los consejeros.
»500 ducados anuales a
un consejero de Castilla, 300 ducados a un consejero de Hacienda y 200 a cada
uno de los dos eclesiásticos que administraran su hacienda.
»Una renta perpetua de
50.000 ducados, con la que, multiplicada a través de los años se propone
fundar:
»Un Monte de Piedad en
Sanlúcar "para socorros y necesidades de tan corta ciudad".
»Un Monte de Piedad en
Salamanca para estudiantes pobres.
»Un Colegio Mayor en
Salamanca.
»Un Monte de Piedad en
Tomares para casamiento de huérfanas pobres.
»Un Monte de Piedad en
Loeches para los vecinos pobres.
»Un Monte de Piedad en
Sevilla para poblar lugares despoblados.
»Un Monte de Piedad en
Córdoba y otro en Granada para la fundación y dotación de 62 encomiendas: tres
de 1.000 ducados de renta; nueve, de 500 ducados; nueve, de 400; veintiuna, de
300, y veintiuna de 200. Todas de renta perpetúa.
»100.000 ducados de
renta para reedificar y poblar las Algeciras; y hecho esto, para sostener una
escuadra de galeones que guarden el Estrecho de Gibraltar. Las presas que haga
esta escuadra se emplearán en redimir cautivos.
«Fundación en Madrid de
un alojamiento para 50 soldados viejos, dándoles para vivir un mes, mientras
despachan sus pretensiones.
«Fundación y dotación
de tres albergues de peregrinos, uno en Jerusalén, otro en Loreto y otro en
Santiago, cada uno con 33 camas, utilizables durante tres noches y dos días,
salvo el de Jerusalén, donde los peregrinos podrán parar treinta días. Se les dará
a todos limosna.
«Fundación de dos
hospitales, uno en Madrid y otro en Sevilla, cada uno para 24 soldados viejos.»
Y sobre todo esto, las
mandas y regalos a sus amigos, empezando por la familia real y acabando por sus
ayudas de cámara y criados.
Serias dudas producen
en nuestro ánimo éstos y otros términos del importante documento, respecto de
la normalidad de los resortes del espíritu del Conde-Duque en el año 1642, en
lo que lo redactó. Pero encarecen, a la vez, sin atenuación, el caudal de sus
generosos sentimientos353.
Entereza
La entereza de su
carácter ha sido ya señalada. La típica disociación de la personalidad privada
y de la pública le permitía aparecer como el animador de todos, incluso cuando
su espíritu, por dentro, se derrumbaba. Quevedo, en una de sus cartas, ya
recordada, decía: «el desvelo del Conde-Duque nos quita a todos el miedo».
Pero, sobre todo, se echó de ver su temple magnánimo en el trance de su caída,
que luego será descrito, y en los días finales, en Toro, en los que, según
describía Ulloa, el Conde-Duque «excedió los límites de la humanidad
disimulando no sólo las quejas de la fatiga, sino también el ruido del dolor»;
«ausente del resplandor que le daba la emoción de su puesto —añade— a la sombra
que le hacen sus émulos, parece mejor». Es evidente en esta conducta de los
últimos días del ministro exiliado el designio de imitar a los grandes modelos
clásicos; como vemos también, en análogo trance, en Napoleón. Entereza, pues,
un tanto teatral, pero no por ello menos meritoria.
Austeridad sexual
Fue Olivares, en
contraste con la relajación de las costumbres del ambiente en que vivió, hombre
de recta vida sexual, así que pasaron los años juveniles, ya referidos, en los
que hizo lo que los demás. Pero pronto abandonó el camino donjuanesco; y sabemos
que fue la muerte de su hija la ocasión de su crisis de austeridad, que duró, a
partir de esta fecha, tanto como su vida. Son, pues, completamente gratuitas,
cuantas suposiciones de liviandad se le siguen haciendo desde este año de
dolor. Tenía el Conde treinta y nueve años, es decir, una edad en que su virtud
no puede achacarse, como en tantos otros pecadores arrepentidos, a la feliz
coincidencia de la contrición con la imposibilidad física para seguir pecando.
Pero aparte el trágico motivo de su arrepentimiento, estaba él, por herencia,
poco dispuesto a la vida licenciosa. Su padre y abuelo fueron modelos de virtud
conyugal; y esto se transmite a los descendientes lo mismo que la longevidad o
el color de los ojos. Además, en Don Gaspar, la sangre de los Guzmanes se
reforzó, en este sentido, con la de las dos mujeres, la abuela y la madre,
dechados de rigurosa virtud. Y, finalmente, hubo de influir en la vida del
Valido el ejemplo de su mujer, quizá no amada al principio, pero que pronto se
hizo dueña del hogar y del respeto de su cónyuge a fuerza de talento y de
rectitud.
Lo cierto es que, a
partir del triste año de 1626, su vida sexual es impecable y sólo la iracundia
de algunos de los que cobardemente le atacaron después de su caída pudieron
extender a este aspecto de la actividad del Valido sus calumnias. En el testamento
burlesco del Conde-Duque, que corrió atribuido a Quevedo, deja, por ejemplo, un
legado «a las infinitas doncellas que desdoncellé», y otro, «a las casadas,
porque no tuve gusto más grande que hacer Cornelios-Tácitos aun a aquellos de
más cascabeles y perendengues al pecho»354. Todo ello es pura falsedad.
Luego describiremos sus
extremos de amor a Doña Inés, su esposa, y la ejemplaridad de sus afectos
paternales. Del amor con que miraba a los niños da cuenta la carta llena de
emoción en la que habla de la muerte de una de las hijas pequeñas de los Reyes,
con palabras de tan honda ternura que no se podrían fingir355.
Sabemos también que la
leyenda de que sirvió de tercero en los amoríos de Felipe IV está rectificada.
El dolorido ministro, desde que su hija murió, era, en su vida privada, casi un
monje. Las locuras juveniles se tornaron en remordimientos para él. Roca nos
cuenta que una amiga a la que cortejó el Conde, antes de su privanza, le pidió
audiencia por un confidente; y era en esta época madura de la vida, próximo ya
el fin de las posibles energías, en que el hombre más virtuoso está como nunca
sensibilizado para las antiguas tentaciones. Don Gaspar no quiso recibir a la
belleza otoñal. Otra de estas mujeres, antigua amante quizá del ministro, creyó
que aún duraría la confianza que les unió en otros tiempos y le esperó
audazmente en la puerta del parque que utilizaba Olivares para tomar su coche,
entregándole un memorial «con desahogo y tratamiento que en otro tiempo
debieron tener mérito». El severo Conde hizo que no la conocía, la suplicó que
enviase su petición directamente al Consejo; y le anunció que no volvería a
salir más por aquella puerta356.
Los libelos de la época
dicen que una de las máximas del Conde-Duque era ésta, muy napoleónica: «Las
monjas se han de estimar sólo para rezar, y las mujeres son propias únicamente
para parir.» No es nada extraña esta sentencia, salvo la rudeza de la forma, a
la moral española, aun la de nuestro siglo; y, desde luego, es muy propia del
sentido repoblador del mundo, típico de los dictadores, antiguos y modernos,
ligado con su inevitable espíritu imperialista. Por eso, a pesar de su dudoso
origen, no estimo inverosímil que la pronunciase Olivares, que, además, tenía
la obsesión de los hijos y de la descendencia. En todo caso, si habló con tanta
dureza de las mujeres, éstas le pagaron con creces la enemistad, pues fueron
sus peores enemigos y contribuyeron no poco a su caída y destierro. Y entre
ellas una monja, Sor María de Agreda, que no debía estar descontenta del
aforismo de Don Gaspar.
Devoción y fanatismo
Se enlaza con todo esto
la religiosidad y devoción del Valido, que fue profundísima, y heredada
también, pues no en vano en la genealogía oficial de los Guzmanes, de Martínez
Calderón, hay un artículo eufórico que se titula: «Treinta y seis santos progenitores
de Don Gaspar de Guzmán, Conde-Duque de Olivares».
Aunque con ribetes de
tolerancia liberal en lo que se refería al pensamiento, sobre todo en sus
aspectos literarios, resabio sin duda de la influencia italiana en su juventud,
era el Valido de Felipe IV, en las cuestiones de dogma relacionadas con la vida
política, de una intransigencia muy española. Ya se ha recordado su primer
manifiesto político, en el que alza la bandera de la guerra a la herejía, con
un ímpetu digno de Felipe II. Y con exageración, que el propio Rey Prudente no
hubiera compartido, deshizo, por puras consideraciones teológicas, yendo más
allá que el mismo Papa, el proyecto de boda de la hermana de Felipe IV con el
Príncipe de Gales, el romántico viajero que hemos visto festejado y burlado en
Madrid en 1623. Es sumamente significativa de esta actitud del Conde-Duque una
conversación entre él y el embajador Hopton, que pinta, además, deliciosamente,
cuanto hay de típico y de irreconciliable entre un protestante inglés y un
católico español. Refiere Hopton que, en medio de una grave entrevista
diplomática entre él y Olivares, sonó el Angelus, que el ministro español rezó
con fervor, y, tomando pie de la oración, se puso a examinar de Teología al
inglés. Éste intentaba en vano demostrar que las diferencias entre ambas
religiones no eran esenciales. Por ejemplo, decía, el bautismo es, en una y
otra, casi idéntico. Pero Olivares le replicó que él no admitiría jamás como
bautizados a los que reciben este sacramento de un ministro civil. «Yo no podía
comprender —añade Hopton— que la posibilidad de salvación fuera distinta si era
un cura o un ministro el bautizante.» Hablaron también de la Sagrada Cena y de
la Confesión, acerca de la cual reconoció el Valido que tal como la practicaban
los católicos no tenía seriedad alguna. Y, por fin, era inevitable que el
inglés y el ibero discutieran y no se pusieran de acuerdo acerca del divorcio.
Hopton declara que encontró a Olivares «nada ignorante» sobre los «puntos
esenciales» del protestantismo357.
La religiosidad del
Conde-Duque se acentuó considerablemente al morir su hija. Parte esencial de la
crisis que sufrió, y que tantas veces he citado, fue un verdadero acceso de
misticismo. «Se abrazó —dice Roca— en Dios, con gran presencia de sacramentos y
ejercicios espirituales, siempre que le daban tregua los negocios públicos»358.
Añade este autor las diferentes versiones que corrieron ante esta actitud del
desventurado padre, todas ellas reveladoras de la malicia, de la sandez y de la
falta de caridad de los murmuradores, por lo que no vale la pena de recogerlas
aquí359. Que la causa era un dolor sincero y hondísimo, que se unió al miedo de
ver a su Casa sin sucesión, y que se multiplicó, en aparato y extremos, por su
especial temperamento, tan propenso a los delirios de grandeza como a los de
desesperación, no podemos dudarlo; sobre ello se ha hablado ya y volveremos más
adelante. Lo cierto es que cayó en extremos de devoción: confesaba y comulgaba,
en efecto, a diario, y se retiraba a orar y meditar en cuanto podía, y de ahí
surgió la leyenda que recoge Córner, y ya hemos mencionado, de que se acostaba
en un féretro, entre cirios, invención de gran escenografía que surge a cada
paso en la fantasía española de aquellos siglos, tan propicia al culto de la
muerte. En estos actos de piedad asoman también de continua su tendencia
delirante y sus pujos de emulación real: tal se infiere de sus fundaciones,
verdaderamente regias, y ante todo de la de Loeches, de transparente imitación
palatina. Para sus retiros utilizaba el Cuarto Real de los Jerónimos, y eran de
imponente solemnidad —más aún que cuando era el Rey el recogido— con sermón
diario a cargo de los más famosos oradores y muchedumbre de curiosos. Alguno de
estos ejercicios espirituales, como el de la Semana Santa de 1637, fue turbado
por la audacia de los predicadores, que aprovecharon la impunidad del púlpito
para hablar mal del Gobierno y de los impuestos nuevos, con gran algazara de
los oyentes populares360.
Era el Valido muy
devoto, como buen español, de las imágenes y advocaciones de santos y de la
Virgen, sobre todo de la de Guadalupe, a la que envió por su capellán, quizá la
que más apreció en toda su vida, entre el diluvio de mercedes que le otorgaron,
la famosa copa de oro que anualmente le concedió el Rey con motivo de la
victoria de Fuenterrabía, la primera vez que le fue solemnemente entregada361.
Las noticias agradables de los ejércitos provocaban en el ministro grandes
actos de devoción a los cultos de su preferencia; y así leemos que cuando el
socorro de Tarragona por el Marqués de Villafranca, Olivares, aunque la nueva
llegó tarde, fue «a visitar las milagrosas imágenes de N. S. de Montserrat,
Atocha, Almudena, Buen Suceso y parroquia de Santiago, de suerte que vino a
acostarse a las tres». Un mes después, con ocasión de otras victorias, en
Cataluña, «salió el señor Conde-Duque, y luego la señora Condesa de Olivares, a
dar gracias a todos los santuarios e imágenes de devoción, dentro y fuera de Madrid»362.
Teniendo en cuenta el número enorme de estos santuarios, puede calcularse que
esta vez los piadosos Condes se retirarían también de madrugada.
Era inevitable, dada la
psicología de la época y dada la tendencia extravagante de nuestro personaje,
que su religiosidad tropezase en la superstición. Le vemos, por ejemplo,
recogerse en absoluto durante veinticuatro horas un día en que el crucifijo de San
Jerónimo «sudó sangre y llevaron al Rey un lienzo empapado en ella»363. Era la
época de las milagrerías que años después dieron lugar a la magnífica y
ortodoxa reacción del Padre Feijoo. Pocos espíritus escaparon entonces a la
sugestión de lo estupendo; y de los menos propicios para librarse de ella era
el de Olivares. Y sus resbalones fueron, a veces, más allá aún de la
superstición, hasta el vicio terrible de su siglo, que fue la hechicería. De
ello me ocuparé en seguida. Pero debe quedar, como verdad indiscutida, su
profunda religiosidad, a pesar de que sus enemigos se la negaron también y le
acusaron de hereje y judaizante. Estas últimas imputaciones merecen algún
comentario más.
El Conde-Duque, acusado
de lector del Corán y de Lutero
En varias de las
sátiras que corrieron contra el Conde-Duque se alude a sus aficiones a leer el
Corán y otros libros heréticos. Probablemente se originó esta estúpida
acusación en el testimonio de servidores del ministro, que vieron esos libros
en su biblioteca y que, quizá, le sorprendieron a él, leyéndolos u oyéndolos
leer. El dar una interpretación grave, de herejía, a esta curiosidad de
bibliófilo, a esta necesidad de hombre de Estado, indica el rencor de la
muchedumbre y su mala condición moral, mantenida por el estímulo a las
denuncias y por la impunidad y el premio a ésta que fomentaba la Inquisición.
Por lo mismo que he defendido todo lo que tuvo de noble y de eficaz el Santo
Oficio en sus comienzos y de inteligente en buena parte de sus actuaciones; por
lo mismo que he contribuido a demostrar la habitual misericordia de sus
procedimientos de coacción y represión, en relación con los que usaban otros
tribunales de España y de fuera de ella, puedo ahora hacer resaltar lo que, en
verdad, tuvo también de influencia nefasta, que aún perdura en la psicología de
nuestros pueblos, la inducción a la delación, el perfeccionamiento de la
técnica de ésta y el incluirla, no entre las más despreciables faltas humanas,
sino entre los servicios gratos a Dios.
Poco antes de morir el
Conde-Duque, cuando apuraba sus últimos días en el destierro de Toro, se trató
de mover contra él la máquina inquisitorial, complicándole en las acusaciones
que se hicieron contra su amigo íntimo el protonotario Don Jerónimo de Villanueva.
Arce, el Inquisidor General, inteligente y generoso, alargó los trámites para
no añadir esta suprema amargura a las que ya entristecían el declinar del ex
Valido. Pero, a poco de morir, volvieron a apretar las denuncias, y el Tribunal
de la Fe hubo de abrir información sobre la supuesta herejía de este discutible
gobernante pero irreprochable católico.
El proceso retrata a la
época364. Un tal Juan Vides, miserable soplón por interés o, lo que aún sería
peor, por creer que así servía a Dios, denunció a la Inquisición, en abril de
1646, es decir, casi un año después de la muerte de Don Gaspar, que sabía por
Francisco López, botiller que fue del ministro, que muchas noches, para
dormirse éste, un paje o una dueña le leían «el Alcorán de Mahoma» o el libro
«de la secta de Martín Lutero». Interrogado López por el Tribunal, acusó como
lectores de los prohibidos textos a un paje, ya muerto, Melchor de Vera, y a
una doncella llamada Agustina de la Hoz, que, a la sazón, era monja en el
Convento de Santa Isabel de Madrid. López aseguró haber oído la lectura de los
libros réprobos cuando él entraba a dar agua a Olivares, que estaba en cama,
para dormirse; pero no se fijó, y esto es extraño, en qué lengua le leían las
herejías. Sor Agustina, en una valerosa declaración, prestada a través de la
reja del locutorio, dijo que, en efecto, aunque niña en aquel tiempo, la utilizaba
Don Gaspar para ese ejercicio que le hacía conciliar el sueño, alternando con
Melchor de Vera; los libros elegidos eran el Flos Sanctorum, las obras de Santa
Teresa de Jesús y una Historia del Cisma de Inglaterra, de cuyo autor no se
acordaba. Alguna vez, en efecto, le pidió el Conde la lectura de un párrafo de
Lutero. El Corán no lo leyó jamás.
Recuérdese ahora la
excelente información que de la religión protestante exhibía el Conde-Duque,
según el embajador inglés Hopton, con el que tenía controversia; y no hay que
decir que esta erudición, en parte adquirida, sin duda, en las horas presómnicas,
la utilizaba para defender al catolicismo frente al protestantismo. Esto, que
no cabía en la cabeza de los fanáticos acusadores, debió ser bien comprendido
por los jueces, pues dieron por concluso el proceso. Pero la mala intención, a
la vista estaba.
El Conde-Duque y los
judíos
La acusación de
protector de los israelitas corrió en muchos de los papeles y conversaciones
que caracterizaron a los años de impopularidad del Valido365. El mismo Quevedo
aludió a ella. Se decía que, a cambio de unos millones, que tanto necesitaba la
Hacienda pública, los judíos obtendrían el permiso para volver a establecerse
en España, con una sinagoga. Añadiase que los jesuitas no eran ajenos a la
cuestión. No se olvide que sobre la Compañía pesaba la acusación —no exenta de
fundamento y honrosa para ella— de benevolencia hacia la raza perseguida.
Macanaz, A. de los Ríos, Castro y Menéndez y Pelayo acogen la especie para
argumentar contra el Conde-Duque.
No me parece imposible
que este proyecto hubiera, en efecto, existido. Estaba dentro de la generosidad
con que Don Gaspar proyectaba sus medidas políticas. Además, la aristocracia
española no se distinguió nunca por su odio antisemita. Algunos de sus miembros
más representativos, como el gran Duque de Alba, el de Felipe II, se
distinguieron por su decidida protección a conversos dudosos y a declarados
judíos. En las cartas de Jesuitas, generalmente tan puntuales, encontramos esta
noticia dirigida al Padre Pereyra, en agosto de 1634:
«Valido anda que entran
los judíos en España. Lo cierto es que entran y salen a hablar al Rey y darle
memoriales; y hoy vi uno con toca blanca, a la puerta del cuarto del Rey; pena
me dio»366.
La atmósfera hostil de
una parte del país y, desde luego, de la Inquisición, debieron acallar el
conato de repatriación, pues no se vuelve a hablar de él. Muchos años después
lo intentarían de nuevo Carlos III y los gobiernos de la restauración borbónica,
en el siglo XIX. El dictador Primo de Rivera puede contar en el haber de su
Gobierno (1923-1929) su generosa actitud hacia los sefarditas. Y cuando
sobrevino la tempestad antijudía, promovida por los gobiernos racistas, España
supo mantenerse al margen de la persecución. Tal vez el porvenir confirme que
en esto, como en otras cosas, Don Gaspar de Olivares fue un precursor.
Exaltación final
El fervor religioso del
Conde-Duque se le acentuó con la edad y las adversidades, adquiriendo
tonalidades ascéticas del más puro españolismo. Sus últimos días en el
destierro fueron de gran edificación. El testamento, redactado pocos años
antes, es una expresión de fe, sincerísima, aunque aparatosa y gongorina, como
todas las manifestaciones de su espíritu, sobre todo en la declinación de la
vida. Pero no podemos dejar este tema sin tratar de otro punto que le
caracteriza: el de las relaciones del Conde-Duque con los jesuitas, que
aparecen entonces como fuerza política de España.
14. Los jesuitas y el
Conde-Duque
Los confesores Salazar
y Aguado
DICE el Padre Mir que
«es notorio que en el reinado de Felipe IV tuvieron los Padres de la Compañía
influencia suprema en la Corte de España y en los negocios de Estado»367. Era
el Rey mismo devoto de la Orden; pero es evidente que gran parte de esta influencia
se debió al Conde-Duque de Olivares, que al proteger a la Orden de Jesús nos
presenta una analogía más con el Cardenal Richelieu.
Los jesuitas, en los
años aquellos, años todavía de juventud de su Orden, conocían ya el que había
de ser sino perpetuo de su situación social en España: de un lado, enemistades
apasionadas, nutridas en la idea de su hiperbólico poder maligno y misterioso368;
de otro, adhesiones fervorosas e incondicionales. Don Gaspar de Guzmán fue de
sus más apasionados amigos entre los personajes de la época. Ya he señalado los
antecedentes familiares de este amor, engendrado, como tantos otros, en un
primitivo encono: el que sintió por la Orden Don Enrique de Guzmán durante su
embajada en Roma. Cuando murió, era ya Don Enrique devoto de la Compañía. Su
mujer, la madre del Conde-Duque, que tanta huella dejó en la vida de éste, tuvo
por confesor y consejero a un jesuita, el Padre Juan de Cetina, el que escribió
la vida de su penitente. Y la Marquesa de Camarasa, hermana de dicho Don
Enrique, fue devotísima de los Padres y fundó el Noviciado de Madrid.
Tuvo el Conde-Duque de
Olivares constantemente a jesuitas por confesores, lo que equivale a decir que
estuvieron en manos de la Orden gran parte de los resortes del gobierno de
España. Parece que fue el primero el famoso Padre Hernando de Salazar, el que
el veneciano Giustiniani llamaba «hombre de mediano saber», pero que otros
autores, que Silvela recuerda, consideraban, probablemente con razón, como
sujeto capacísimo369. Su celebridad se debió a habérsele atribuido la invención
del papel sellado, en 1637, que le acarreó enorme impopularidad, de la que hay
innumerables testimonios entre el material de libelos de la época. Citaré sólo
las Noticias de Madrid del año de la invención, en las que se describen con
detalle las chocarrerías de las Carnestolendas madrileñas y refieren que
salieron por las calles muchos mamarrachos y máscaras que aprovechaban la
libertad del Carnaval para romper la censura oficial. Uno de ellos iba vestido
con una piel de carnero «con el pelo adentro» y llevaba un cartel que decía:
Sisas, alcabalas y
papel sellado me tienen desollado.
Otro iba disfrazado de
jesuita, «con su bonete», y le perseguía un demonio con este letrero:
Voy corriendo por la
posta tras el Padre Salazar, y juro a Dios y a esta Cruz que no le puedo
alcanzar.
Es decir, que le
consideraban más pícaro que el mismo demonio370.
La misma Compañía le
amonestó por su intromisión en los negocios públicos, y acabó por salir de
ella371. Era uno de los «inquietos» que por entonces turbaron con tanta
frecuencia la vida interior de la Orden. Sin embargo, no está demostrada su
paternidad en el famoso invento del papel sellado. El Padre Sebastián González,
de la misma Compañía, y bien enterado, por lo tanto, de lo que hacían sus
miembros, escribió en enero de 1637 al Padre Pereyra, después de anotar varios
tumultos producidos por este arbitrio: «El vulgo echa la culpa de todo al Padre
Salazar, pretendiendo haber sido autor del arbitrio de los sellos; pero V. R.
sabe bien cuan injusto es este cargo, pues el arbitrio fue ideado por Don
Antonio de Mendoza»372. Sea quien fuere su autor, el papel sellado está hoy
aceptado en todas partes y «constituye un título de gloria financiera para el
Ministerio del Conde-Duque»373; el único, podríamos añadir, pues, en general,
su gestión más desastrosa fue la económica.
El Padre Salazar
influía también, de un modo indirecto, pero muy poderoso, sobre el Rey, porque
el confesor que habían puesto a éste era un humilde fraile dominico, el Padre
Antonio, hechura del jesuita.
En los años 1635, 1637
y 1640 sabemos que ejercía el cargo de confesor del Valido, importantísimo para
la política nacional, el Padre Aguado, también de la Compañía374. En el
testamento de Olivares, fechado el 16 de mayo de 1642, se nombra, repetidamente,
al Padre Salazar. «Predicador de Su Majestad, mi confesor.» Y en el momento de
la caída, en enero de 1643, parece que era otra vez el Padre Aguado, como luego
veremos, sustituyéndole, a partir de entonces, el Padre Martínez Ripalda,
jesuita también. Lo probable, pues, es alternasen en el cargo o que
simultáneamente lo ejerciesen. Mas esta cronología tiene poca importancia.
Todos los testimonios
coinciden en que en épocas muy importantes de la vida política del Conde-Duque
aparece Aguado como su confesor. De él se ha dicho que fue el más poderoso
instrumento de la Orden para manejar al Conde-Duque y, a través de él, al Gobierno
de España; pero estas noticias de los jesuitas en su relación con la política
hay que acogerlas, entonces y siempre, con la máxima cautela. Don Melchor de
Macanaz, por ejemplo, nos dice que a la influencia del Padre Aguado se debió la
pérdida del Ducado de Mantua para España «para que se apoderasen de él, como lo
hicieron, los enemigos, a quienes los jesuitas lo habían prometido». Por las
gestiones de la Orden ocurrió también, según la misma fuente, el intento de
volver los judíos a la Península375, y otros sucesos más.
Tiene todo ello el aire
de las eternas variaciones en torno del mito de poder tenebroso del jesuita. No
cabe, en cambio, duda de que ellos, por medio de estos confesores, manejaban a
su gusto todos los asuntos eclesiásticos, pues el Conde de la Roca nos afirma,
con el «esto es cierto», con que solía apostillar las cosas vistas por sus
ojos, que el Valido «apenas tomaba parte en las consultas de lo eclesiástico»,
remitiéndolas al jesuita confesor, de suerte «que de cien consultas no habrá
dos que no sean de éste».
El Padre Aguado fue
también muy combatido, como todo encumbrado de entonces, y, sobre todo, si
ascendía a la sombra del impopular ministro. Los propios jesuitas no le debían
mirar bien, pues en la carta de uno de ellos refiere así uno de los retiros
espirituales que hacía el Conde-Duque en Semana Santa: «10 abril 1635. El pasto
de esta Semana Santa han sido ocho predicadores nuevos del Rey, y con ellos ha
crecido el número de ellos a treinta y cuatro... El Padre Aguado, de la
Compañía de Jesús, confesor de Su Excelencia el Conde-Duque, es muy parecido a
su apellido: agua y más agua y para nada bueno.» El pueblo de los mentideros no
le quería tampoco. En 1641 circuló un libelo en verso, malísimo y sin gracia,
que finge una confesión de Olivares con el Padre Aguado. El penitente dice
supuestas infamias, y el confesor, adulándole, le contesta blandamente376.
Los enredos del Padre
González Galindo
Mucho más maligno es
otro papel, en el que, en forma elevada, con numerosas citas de Santos Padres,
acomete un personaje famoso de la época, el Padre Pedro González Galindo,
titulado lector de Teología del Colegio de la Compañía, en Madrid, al mismo
Padre Aguado, «confesor del Conde de Olivares, absoluto Valido de Felipe
IV»377. Compuesto con habilidad suma, debió hacer este escrito profunda
impresión entre la gente. El Padre González Galindo aprieta en él valientemente
a su colega el Padre Aguado para que no autorice con sus absoluciones la vida
pública del ministro, de cuyos excesos echa en parte la culpa a su confesor.
Llega a decirle que «ningún confesor puede administrar el sacramento de la
penitencia como ni otro ningún sacramento al público pecador... y las acciones
del Conde-Duque son públicas y notorias». Asegura a su superior «que Aguado ha
cometido tantos sacrilegios como absoluciones le ha echado», y le aconseja que
le persuada «de que se vaya a hacer vida de penitente». Reconoce que en lo privado
es bueno el Conde-Duque; pero sus pecados públicos hacen imposible la
absolución, hasta de lo particular. Y acaba apostrofando de cobarde a Aguado
por no sacudirse la sacrílega misión de confesar y absolver al tirano y no
retirarse «a obligaciones más divinas».
El padre González
Galindo, jesuita también, de los «inquietos», fue, pues, gran enemigo del
Conde-Duque, pero enemigo de los que enaltecen, pues, aunque «hombre docto y de
loables costumbres», según Pellicer378, las andanzas que de él conocemos le
retratan como uno de aquellos sujetos, tan frecuentes en su época, en los que
se hace difícil la diferenciación entre el loco y el cínico, quedando el ánimo
inclinado, las más de las veces, a admitir una prudente mezcla de entrambos
componentes. Fue su principal enredo el de autorizar con su firma y su
erudición teológica las profecías de un tal Don Francisco Chiriboga, o
Chiriboya, que pretendían haber recibido revelaciones de Cristo, en las que
auguraba diferentes sucesos políticos y encarecía al Rey la necesidad de que
depusiese al Conde-Duque. El Padre Galindo sentenciaba «ser estas cosas
posibles y haber Dios, por medios semejantes, muchas veces abierto los ojos a
los Reyes». Chiriboga, así confortado por Galindo, fue con su papel a Cuenca,
donde estaba Don Felipe, y se lo dio. Era evidente la burda maniobra de los
que, detrás de Chiriboga, se servían de la credulidad regia para aniquilar al
Valido. Y así lo denunció, con viril protesta, otro jesuita, el Padre Martínez
Ripalda, en el documento que elevó al Rey desde Toro, pidiendo justicia para el
Conde-Duque desterrado.
La Compañía, por haber
hecho el Padre Galindo tales escritos sin permiso de sus superiores, le envió
«recluso al Noviciado de Madrid con aprieto y penitencias»; y el visionario o
mentecato Chiriboga acabó en la cárcel de la Inquisición, de la que, sin embargo,
salió, después de muerto el Conde-Duque; y con todos los pronunciamientos
favorables, pues el Padre Sebastián González, autoridad de la Compañía de
Jesús, le llama «hombre ejemplar y de vida inculpable»379. Claro es que no
estamos de acuerdo con este juicio: ni Chiriboga ni Galindo merecen otra cosa
que compasivo interés.
Acaso hastiado de estos
ataques del audaz Galindo, el Padre Aguado se retiró, y en 1642 vemos, por el
testamento del Conde-Duque, que el confesor oficial de éste era, otra vez,
Salazar. A poco sobrevino la caída y entra en escena un tercer jesuita, el Padre
Martínez Ripalda, al que todos los autores alaban por su aplicación y virtudes.
El Padre Mir dice de él que «poseyó inmenso saber teológico».
El Padre Martínez
Ripalda
Aparece el nuevo
personaje a las puertas del regio Alcázar en el momento en que sale de él, por
la vez última, el Conde-Duque. El relato de Guidi, versión «Quevedo», dice que
subió al coche que le esperaba en una puerta de servicio «en medio de los
Padres de la Compañía, como si fuese al patíbulo»; pero se sabe con certeza que
no eran dos, sino uno, Ripalda, y el otro, con traje talar también (y de aquí
la confusión), era Don Francisco de Rioja. En una nota al margen de casi todos
los ejemplares de las versiones españolas de estos manuscritos se dice, y es
posible que fuera cierto, que Martínez Ripalda había sido «solicitado por el
Conde para que fuese su confesor en tiempo de su privanza y nunca quiso serlo;
y el día que cayó se fue a él y le dijo: "Señor, ya ha llegado la hora de
ser yo confesor de V. E."» Cumplió cabalmente su palabra; y le vemos
asistiendo, con su compañía y su ministerio, al Privado depuesto hasta que
murió; y luego a los suyos, a su hijo Enrique y a la Condesa, de los que fue
también confesor en el trance mortal. Acompañó a Olivares primero en Loeches, y
luego en Toro, y lo hizo con el celo que luego se verá. Ya he citado el
enérgico memorial que dirigió al Monarca pidiéndole justicia y caridad para el
ministro caído. Se sospechó también que su pluma hubiera intervenido en la
redacción del famoso Nicandro. Fue, sin duda, el más leal amigo del Conde en
las horas de la tribulación. Por ello, en el testamento que dio la Condesa
viuda, a nombre de su marido, en 3 de noviembre de 1646, decía, al dejarle una
reliquia («la sábana o mortaja en que fue envuelto el cuerpo de San Francisco
Javier, colocada en un cerco y pedestal de ébano»), que lo hacía «por el amor y
gusto con que le había asistido en su retiro».
Estuvo presente en las
consultas de los médicos, en el trance final de Olivares, y él le confesó y
certificó que conservaba bien su cabeza el enfermo, por lo que pudo dar el
poder de testar a su mujer, de donde se originó el largo y famoso pleito que
luego será mencionado380.
Muerto Olivares, siguió
Ripalda muy afecto a la devota viuda, de la que fue también confesor, y como
tal le menciona en su testamento. Visitaban a la Condesa, en su retiro de
Loeches, otros jesuitas, como el Padre Pimentel381; pero fue el Padre Juan Ripalda
el director espiritual, tal vez, al principio no muy bien visto de los Poderes
públicos, como cuantos rodeaban al que fue poderoso ministro, por lo que
intentaron alejarle de Madrid382. Pero, al fin, quedó; e iba y venía desde la
Corte al lugar vecino a asistir a la Condesa, o llamado con apuro, cuando tuvo
el hijo bastardo, Don Enrique Felípez de Guzmán, Marqués de Mairena, allí
también retirado, los flujos de sangre que le llevaron prematuramente al
sepulcro383. La Condesa, en sus últimos días, se trasladó a Madrid, y allí tuvo
a su lado, hasta que murió, al jesuita, que aparece como su testamentario y
hombre de confianza en las últimas disposiciones de la noble señora384. Le
dejaba ésta 500 volúmenes de la biblioteca de su marido en usufructo; más algunos
consejos para el reparto de la librería. Y no se podrá decir que fue interesada
la larga asistencia del confesor de las horas tristes, pues aparte de los
libros y de la reliquia antes mencionada, encarga en este testamento que «se le
den seis reales cada día, por todos los de su vida, donde quiera que
estuviese».
La polémica del Padre
Poza
Los jesuitas
aprovecharon, naturalmente, la influencia de estos confesores con el
Conde-Duque y, a través suyo, con el Rey; pero más que para hacer política
general, para defender los intereses de la Compañía. Buen ejemplo de ello es el
asunto del Padre Juan Bautista Poza, autor del Elucidarium Dei parae, en el que
explicaba a su modo el misterio de la Concepción. El libro fue condenado por la
Inquisición romana; pero la española no pudo hacerlo «por la influencia del
Conde-Duque, cuyo confesor era jesuita» (probablemente el Padre Salazar en este
año de 1632). «Quiso el Papa Urbano VIII declarar hereje al Padre Poza; pero
hubo de abstenerse por respeto a la Corte de Madrid, cuyo primer ministro era
decidido protector de la Compañía; y se contentó con mandar fuera destituido de
la cátedra, privado de enseñar, escribir y predicar y relegado a un colegio
sito en algunas de las poblaciones menores de Castilla.» Según Don Nicolás
Antonio385, murió en Cuenca, donde fue el destierro.
Esta amistad y
protección de Olivares con el Padre Poza le valió, entre la lluvia de
acusaciones con que le atosigaron a su caída, la de hereje, pues el vulgo decía
que Poza era nada menos que mahometano; que, como entonces se decía, profesaba
la doctrina «del Alcorán». En el libelo Delitos y hechicerías, que circuló
mucho por entonces y después, se lee esta sarta de disparates: «Confirmase
también la licencia [que daba a Don Gaspar] para leer el Alcorán, con la
proposición que predicó en la capilla real el año 1632, por Pascua del Espíritu
Santo, el Padre Juan Bautista Poza, su gran Valido, en que dijo: que el mentir
alguna vez, antiguamente era afrenta; pero, gracias a Dios, desde que vino el
Espíritu Santo, el mentir mucho se tolera; y ya, gracias a Dios, se toleran los
adulterios; y ya, gracias a Dios, se lee el Alcorán. De la cual proposición
denunció en el Santo Oficio el Doctor Juan Espino e hizo averiguación el Doctor
Bellón, comisario de esta corte; y se disculpó [Poza] con decir que hablaba
irónicamente»386. Añade el documento, para dar más color herético a la escena,
que el Conde-Duque envió a que oyese el sermón «un bufón vestido de turco».
Nada como estas líneas
puede dar idea de la pasión que encendió en sus enemigos la política del
Valido, y también de la sandez del pueblo; a la verdad, no muy corregido desde
entonces, pues ahora le vemos digerir sin esfuerzo absurdos casi comparables a los
del bufón vestido de turco.
En este pleito
terciaron dos escritores, Don Francisco Roales (y no Rosales, como dice
Barrera), capellán del Rey y maestro del Infante-Cardenal Don Fernando, y Don
Antonio Espino, expulso de los carmelitas. Los dos atacaron a Poza y a la
Compañía de Jesús en un folleto en latín, aparecido en Milán en 1633, que se
achacaba a Roales, y en unos pliegos de delación que suscribió Espino, en
romance, bajo el título de Singulares admoniciones. Fue grande la alarma en la
Compañía, como se deduce en las cartas del Padre Sebastián González, y de
otros, que continuamente daban noticias del pleito a sus superiores387. Por
consejo del Padre Salazar, confesor del Conde-Duque, acordaron hablar a éste y
al propio Soberano. Fueron, pues, en comisión a ver al Rey, que les prometió
intervenir hasta que «la Compañía quedase satisfecha»; y desde la cámara real
pasaron a hablar al Valido, que, eruditamente, cotejó el libro de Espino con el
de un famoso hereje, del cual había tomado sus doctrinas. Calificó el agravio a
los jesuitas de «bellaquería desmedida», pronunciando uno de sus famosos
discursos que «dicen los que le oyeron fue maravilloso», tratando dos puntos:
uno, el relieve que daban a la Compañía las persecuciones, y otro, la estima
que sentía hacia ella por no haberse relajado como otras Órdenes religiosas.
Don Diego Mejía, el Marqués de Leganés, que estaba presente, declaró que era el
mejor discurso que el Conde pronunciara en su vida.
Los jesuitas se
mostraban muy contentos del Rey y de su Valido: «Realmente —dice uno de ellos—
han andado finísimos en esta ocasión para la Compañía»388; pero la Inquisición
estaba, más o menos embozadamente, en contra de ésta, y procuró eludir el
castigo de los antijesuitas, llegando a esconder a un fraile dominico, el padre
Cañamero, que había difundido los documentos contra los Padres. Triunfaron, sin
embargo, éstos. He aquí la alegría con que uno de ellos, el padre Hurtado de la
Puente, daba cuenta al Padre visitador de la prisión de Espino, que se efectuó
en febrero del 1634: «El Doctor Espino, apóstata tres veces del Carmelo
descalzo y descalabrador de un prior y expulso por estas y otras niñerías,
enemigo mortal de la Compañía, autor a lo que se dice de dichas Constituciones
en romance, está preso en Toledo, muy contra su pensamiento y voluntad; exparit
et ibat perplexus et meditabundus en un carro, a casa de un familiar, con orden
de que nadie le comunique y vaya con guarda a la Inquisición, via recta.
Esperase que luego que llegue le zamparán dentro.» Le zamparon, en efecto, en
Toledo, «pero en la cárcel de los familiares, que no es tan terrible como la
secreta»; la Inquisición hacía lo que podía por él. Una noticia del Padre
Sebastián González, de 1639, nos dice que Espino pasó por Madrid, desde Toledo
a Zaragoza, destinado a cárcel perpetua, sin recado de escribir y sin más
libros que el Breviario y la Biblia. «Así —dice— aprenderá a moderarse en su
modo de hablar.» Una nota al margen que figura en la mayoría de los ejemplares
del papel titulado La cueva de Meliso, dice que murió en Granada,
«probablemente —era la hipótesis universal en aquel tiempo— de veneno»389.
A Roales no pudieron
cogerle, pues estaba en Roma, adonde había ido huyendo de la Inquisición y para
atacar más libremente al Padre Poza. Pero el día de San Pedro de 1634 se hizo
una solemne quema de su libro, en Madrid, en una gran hoguera, en la plaza de
la Villa. En las cartas citadas hay dos descripciones detalladas y jubilosas
del auto de fe. Una de ellas dice que los papeles del maestro Roales iban,
sobre una acémila, en un arca (arca que construyó el hermano Andrés, pintándola
«sus llamas y todo el aparato» oportuno), por lo que la multitud que acudió al
espectáculo creyó que contendría los huesos de algún judío, y gritaba: «¡Mueran
los perros! ¡Al fuego los judíos! ¡Crujan los huesos de los pérfidos! ¡Viva la
fe de Jesucristo!» y otros dichos semejantes. La Compañía quedó satisfecha con
este castigo, y el Conde-Duque, que, en honor de aquélla había organizado la
fiesta, dijo a los Padres que fueron a darle las gracias: «Ahora estarán
contentos los Padres»390.
La nota de La cueva de
Meliso, antes citada, dice que Roales murió loco en Madrid, y por de contado
«no sin sospecha de veneno». No tiene la fuente crédito alguno, pero puede
admitirse lo de loco, porque pobres locos eran, en efecto, la mayoría de los que
entonces pasaron y murieron por heterodoxos o herejes.
La lectura detallada de
este proceso, como de otros análogos, produce impresión desfavorable para todos
los que intervinieron en él. Pero no permite dudar sobre cuál era la actitud
del Conde-Duque respecto a la Compañía de Jesús: actitud de tan incondicional
adhesión que suscitó la ira, sorda al principio y después ruidosa, de gran
parte del clero regular, de otras Órdenes religiosas y de la misma Inquisición,
que estaba frente a los jesuitas. Algunos de los libelos que le acometieron en
su desgracia le echaban en cara, duramente, esta amistad incondicional de la
Orden ignaciana391. Y para mí es evidente que el jesuitismo de Olivares ha
influido mucho en la mala reputación que de él se hizo en el siglo XVIII, siglo
antijesuitico, que pobló los archivos particulares y públicos de copias
históricas, muchas veces modificadas o anotadas con intención política
manifiesta. Basta leer a Macanaz para darse cuenta de la exactitud de lo que
digo.
Olivares, los jesuitas
y los toros
Sin embargo, la
sumisión de Olivares a los jesuitas no le impedía mostrarse, a veces, airado
con algunos de ellos, e incluso con sus mismos superiores, como ocurrió en un
curioso incidente que vale la pena referir. En las célebres fiestas de Madrid
en 1635 hubo grandes corridas de toros; y habiendo llegado a la corte cuatro
jesuitas extranjeros, Don Gaspar, que gustaba y se enorgullecía de mostrar
estas fiesta a los extraños, pidió permiso al Nuncio e hizo que los Padres
asistieran a los toros desde un aposento cerrado y a través de una ventana con
celosía. Allí mismo comieron, para que nadie los viera entrar; y parece que lo
pasaron muy bien. Pero el rector del colegio de Madrid se enojó mucho, y se lo
hizo saber al Conde-Duque, el cual le contestó con una carta dura. «Si supiera
—le decía en ella— que los demás de la Compañía obraban de la misma manera [que
el rector], perdería toda la afición y estimación que tengo de su santa
religión.» Le advierte luego que ha pedido al Padre general que le reprenda,
por antipatriota, pues su actitud parece indicar que no quiere «que vea nadie
las acciones hermosas de los españoles». Así llama a las corridas de toros este
que fue uno de sus primeros más eminentes entusiastas392.
Dice el Padre Mir que
cuando cayó el Conde-Duque, los jesuitas que le habían apoyado en el Poder le
denigraron, «y no hubo mal que no dijesen de él» y que de ello «hay pruebas
copiosísimas en las Cartas de jesuitas publicadas en el Memorial histórico». La
verdad es que la lectura atenta de estas Cartas no produce esa impresión. Salvo
alguna burla de mal gusto en el relato del ocaso del Valido, la información de
los Padres a sus superiores está, tal vez por recomendación de éstos, casi
desprovista de comentarios. Denotan serenidad y buenas fuentes, lo que les da
un valor a veces decisivo en medio del atolondramiento con que entonces se
escribía y se creía todo. También denotan, hay que decirlo, en general,
mediocre mentalidad. Las Cartas mejores son las del Padre Sebastián González,
agudo, exacto en la información, poco apasionado, aunque en ocasiones demasiado
agrio; sin duda alguna según fluctuaban las molestias digestivas que le hacían
sufrir. Pero todas —las del Padre González y las demás— son documentos inapreciables
para el conocimiento íntimo de la época.
15. Las hechicerías de
Olivares
Calumnias de
hechicerías
GRAVÍSIMO problema era
entonces —y aun hoy no ha dejado de serlo— la facilidad con que al lado de la
verdadera fe religiosa crecían todas la supersticiones, milagrerías y
alucinaciones, desde las de apariencia más razonable hasta las más absurdas. Y
a su lado crecía también, porque es planta que vive en idéntico clima
espiritual, la más disparatada creencia en toda clase de hechicerías. Apenas
hubo en aquellos años tristes de la decadencia espíritu que acertase a
liberarse de esta plaga, entonces universal. Un hombre tan ecuánime y
civilizado como el Conde de la Roca, escribía con toda naturalidad,
precisamente hablando del Conde-Duque: «El albedrío del hombre es libre; pero
las disposiciones de las estrellas razonan las circunstancias de tal modo, que
de nuestra voluntad obramos contra nuestra voluntad.» ¿Qué de particular tiene
que aquellos hombres interrogaran, pues, a las estrellas? Tal actitud hemos de
juzgarla con la misma ecuanimidad que otras desdichas de su tiempo; porque eran
los que la sufrían tan poco responsables como los que enfermaban de la peste,
del tifus o de cualquiera de aquellas otras grandes infecciones que entonces
destruían una población en pocas semanas y hoy han desaparecido casi por
completo.
El Conde-Duque de
Olivares no fue, hay que reconocerlo, dentro de la sensibilidad general, de los
menos insensibles a tales morbos. Creía en los mayores disparates con la misma
buena fe que sus contemporáneos; y creía, además, en algunos que su situación y
cultura le debían impedir aceptar. El estudio de este aspecto de su mentalidad
es, no obstante, dificilísimo. Porque tal orden de creencias de bajos quilates
andan siempre disimuladas o cuidadosamente ocultas y sólo pueden juzgarse por
indicios. Además, este punto de los errores en la fe es proyectil preferido de
los españoles de todos los tiempos para lanzarlos a la cabeza de sus enemigos.
No ha habido entre nosotros hombre público importante al que, al pasar por una
de las obligadas fases de impopularidad que tiene toda fama, y, sobre todo, la
política, no le hayan achacado, con sañudo cinismo, las consabidas
inculpaciones de hereje, acomodadas a las heterodoxias propias del tiempo; y
esto ocurrió, en medida increíble, con el Conde-Duque, sin duda el más odiado
de los hombres públicos desde que hay noticias de la historia de España. A él,
como años antes a Don Rodrigo Calderón, se le tuvo por indudable hechicero, y
como tal fue denunciado, cuando ya estaba caído, a la Inquisición.
Es curioso que los que
creían en sus artes mágicas supusieron que residía su poder sobrenatural —su
varita de virtudes— en la muletilla que llevaba siempre para apoyarse, porque
la gota le hacía cojear. Los libelos adversos aluden constantemente a su muletilla
maravillosa. En febrero de 1643 se difundió, por ejemplo, un exabrupto poético
titulado Décimas contra el Conde-Duque y el diablo que dicen trae en la muleta,
cuyo estribillo era: «dígalo el diablo de la muleta». He aquí una muestra:
Ahora que el mundo gime
y que la carne padece porque el mundo se entristece y su espada Dios esgrime,
cómo Quevedo no imprime ya más verdades, un sueño, si lo permite su dueño y los
demás de la seta: dígalo el diablo de la muleta393.
Corrió también un
epitafio que decía:
El que a todo el mundo
inquieta, aquí yace, muerto en vida, a causa de una caída, sin valerle su
muleta .
Otro papel interesante
y menos conocido es el titulado La muleta del Conde-Duque de Olivares394,
escrito por un partidario del Valido, ya caído en esta fecha, en el que la
muleta de aquél, que anda sola y hablaba, sostiene un diálogo con un embajador,
revelándole los secretos de Olivares durante la privanza y sus propósitos para
el porvenir.
Los hechiceros
encerraban el espíritu de sus amigos —para salvarlo— o el de sus enemigos —para
tenerlo en cautiverio— dentro de redomas u otros objetos. Entre éstos figuraban
muletillas, como la que se suponía que utilizaba el Conde-Duque para sus magias;
y así vemos que «un proceso de la Inquisición de Toledo acusó a Valeriano de
Figueroa por haberse alabado de llevar a un familiar en una muletilla del
Conde-Duque, con la cual allanaba todas las dificultades»395.
Es fácil entresacar de
todas las hechicerías que, con muletilla y sin ella, se atribuyeron a Don
Gaspar, las que merecen discutirse; y desechar las demás por evidentes
imposturas. No obstante, citaremos algunas de éstas porque contribuyen a
dibujar lo que fue el proceso de la impopularidad del Conde-Duque. Están casi
todas enumeradas en el papel Delitos y hechicerías. Sin contar los delitos de
heterodoxia decidida y trato con judíos, ya citados396, que se le atribuyeron,
las imputaciones de hechicería propiamente dichas son las siguientes:
Puso de médico de
cámara de la Reina Isabel a un hechicero llamado Andrés de León, clérigo menor
y antes fraile mercenario, dos veces preso por la Inquisición. Este León
perfumó y bendijo diez camisas de la Reina, «de lo cual echó unas purgaciones
que impedían concebir, lo cual fue público en Palacio».
Admitió en la
servidumbre real a otro hechicero, salido de la Inquisición de Cuenca:
seguramente Jerónimo de Liébana, del que más adelante me ocuparé.
Tuvo comunicación con
una hechicera de San Martín de Valdeiglesias, «a la que hacía venir a Palacio y
la regalaba».
Intentó trabar amistad
con un hombre que era público tenía pacto con el demonio, Don Miguel Cerbellón,
que se negó a tales tratos, por lo que fue a la cárcel.
No es preciso insistir
sobre la insensatez de estas acusaciones. Pero no puede decirse esto mismo, sin
más, de otras que examinaremos con brevedad: son las de sus tratos con las
hechiceras Leonorilla y María Álvarez; los que tuvo con Doña Teresa de la Cerda,
priora del convento de San Plácido; y su relación con Don Jerónimo de Liébana,
el embaucador más famoso de su tiempo.
Los filtros de
Leonorilla
El asunto de Leonorilla
y María Álvarez lo conocemos por un Informe que hizo el alcalde de Casa y
Corte, Don Miguel de Cárdenas, seguramente auténtico397. El resumen de esta
relación es como sigue:
El alcalde Cárdenas
refiere que hacia septiembre de 1622 el escribano Juan de Acevedo vino muy
apresurado, por la noche, mientras él cenaba, a denunciarle ciertos hechos en
relación con «unos hechizos que el Conde de Olivares daba a S. M. para estar en
su privanza». Le refirió que Antonio Díaz Coletero, vecino de su casa, en el
Barquillo, le había ido a decir que una vecina de ellos, llamada Leonor, había
persuadido a la mujer de este Díaz Coletero para que le diese a él, su marido,
hechizos con los que la querría más. Rehusó la esposa, temiendo que los
remedios de amor pudieran dañar al esposo; pero Leonor la arguyó que se
tranquilizase, pues ya estaban probados en su eficacia y en su inocencia, ya
que eran los mismos que el Conde de Olivares daba al Rey para conservar su
privanza. Cárdenas mandó a Acevedo, oído esto, que le trajese al Díaz Coletero,
el cual, después de jurar repitió todo lo que el escribano había dicho,
añadiendo que la preparadora de los hechizos no era Leonor misma (o
Leonorilla), sino una tal María Álvarez.
Cárdenas acudió en
seguida al presidente, Don Francisco Contreras; la gravedad del asunto lo
exigía. Y aquella misma noche se fue de ronda y habló con la mujer del
escribano Acevedo, que, como la mujer de Coletero, había recibido también
invitaciones de Leonor; y esta escribana añadió un dato de interés; a saber,
que el enlace entre dicha Leonor y la componedora de los hechizos, María
Álvarez, lo hacía un clérigo que vivía con nombre de hermano en su casa y que
era capellán del Conde de Monterrey, cuñado del Valido. Habló luego con la
mujer de Díaz Coletero, que repitió lo mismo. Hizo traer entonces a casa del
mismo Acevedo a Leonor; la cual se mostró muy enojada: «Yo no he hecho hechizos
—decía—; María Álvarez los hizo; ¿qué culpa tengo yo?» «María Álvarez, que hizo
parir a la mujer del Almirante y sabe hacer estas cosas, los habrá hecho, yo no
sé nada.» Volvió Cárdenas al día siguiente a casa del presidente y le contó
todas estas noticias. Contreras quedó muy confuso y no se atrevió a resolver
nada, aconsejando que llamasen, para pedirle parecer, a Gaspar Ruiz, su
notario, hombre de buen entendimiento; pero el tal Gaspar estaba «de holgura»
en la Casa de Campo o en la Florida. Entonces Contreras, cautamente, escribió
todo en un papel y se lo guardó.
Pasaron varios meses y
el presidente, a pesar de los ruegos de Cárdenas nada resolvía. Sin duda, como
Olivares andaba por medio, tenía miedo. No quiso dar ni una sola orden por
escrito y se negó a recibir a Acevedo y a Díaz Coletero. Entretanto, Leonor seguía
detenida en casa de un alguacil llamado Jimena. Un día, el alcalde Cárdenas
recibió la visita del maestro fray Pablo Gamir, del Carmen Calzado, pidiéndole
la libertad de la presa, o, por lo menos, que una persona pudiese hablar con
ella. Pero, poco después, el mismo fray Pablo, al que encontró al entrar en la
Sala, le dijo: «Me han dicho que la mujer que yo pedía, está mezclada en
hechicerías respecto a S. M.; guarda, guarda, ni entro ni salgo.» Y asustado,
se fue.
Unos días más tarde
otro fraile, fray Francisco de Jesús, llamó a la mujer de Jimena, la carcelera
de Leonor, a su celda. Este pater, que era amigo de Olivares y le despachaba
papeles, pidió a la carcelera que un criado suyo pudiese entrar a ver a Leonor.
La Jimena se lo vino a contar a Cárdenas y éste la dijo que no volviera al
convento ni contestase.
Finalmente, antes de la
jornada de Aragón (1626), Cárdenas fue visitado por el licenciado Don Rodrigo
Jurado, abogado de los Consejos, el cual le rogó una y otra vez que fuese a ver
a dicho fray Francisco de Jesús. Claramente le dijo que era para hablar de
Leonor, cuya vida conocía punto por punto. «El presidente Contreras —añadió—
desea arreglar el asunto y no hay más obstáculo que el de vuesa merced.» Y
encomió mucho la gran amistad que unía al fraile con el Conde y lo útil que,
por lo tanto, podría ser para el alcalde el tenerle contento. Negose el íntegro
Cárdenas, y entonces el propio fray Francisco fue a su casa dos o tres veces y
le habló abiertamente, sin ocultarle que era el propio Conde de Olivares el que
estaba interesado por Leonor, aunque no para nada referente al asunto que la
tenía detenida, porque era parienta o amiga de un criado suyo. Alabó al alcalde
por el secreto con que había llevado el asunto, a lo que Cárdenas respondió que
no había ya secreto posible, pues a los testigos, los Acevedo y los Díaz
Coletero, les habían querido asesinar a las puertas de sus casas y a él mismo
le sucedían cosas que atribuía a un poder oculto que le perseguía. Insistió
todavía el fraile para que Cárdenas fuese a ver al presidente; y éste, días
después se lo rogó también: pues el Conde y S. M. necesitaban la libertad de
Leonor antes de la jornada. Pero el alcalde pudo excusarse para no ir, ya que
estuvo muy grave de un flujo de sangre. Al fin, fray Francisco se fue de
Madrid, acompañando al Rey a Aragón.
Todo quedó en este
estado hasta que habiéndose enterado Cárdenas de que el presidente se retiraba,
le fue a ver y le rogó que no se fuese sin dejar resuelto este caso, a lo que
Contreras se negó por ser «tan grave y confuso». Su secretario, al salir, le confesó
que era, precisamente, por no resolverse este asunto por lo que Contreras
dimitía. Por todo lo cual se decidió a dar cuenta en este informe al cardenal
Trejo, nuevo presidente de Castilla, sucesor de Contreras.
El papel Delitos y
hechicerías, menos digno de fe que esta relación, añade detalles, a saber: que
Don Miguel de Cárdenas obtuvo la confesión de Leonor por el tormento y no por
la simple «amenaza de alguna vuelta de garrote». Que el influjo sobre el rey, ordenado
por Don Gaspar, se hizo hechizando unos listones de los regios zapatos y un
lienzo para las narices. Y que, al fin, el Conde de Olivares, después de la
retirada de Contreras, sacó de la cárcel a la hechicera, la regaló «una rica
colgadura de cama» y la envió a Segovia, muy recomendada al corregidor,
deponiendo de su Alcaldía a Cárdenas, que murió en 1640, sin recobrar su
puesto; esto último es cierto, como ahora se verá.
Hemos referido con
detalle esta historia, porque da la medida de cómo se forjaban entonces —y,
¡ay!, ahora también— las leyendas calumniosas contra los hombres públicos. No
es imposible que el Conde-Duque creyese en la eficacia de los hechizos para
conservar su poder, porque entonces todo el mundo creía en ellos. La literatura
sobre filtros y sortilegios para influir en el amor de los demás es
interminable. De otros grandes señores de la época, como el Duque de Híjar y el
Marqués de Valenzuela, del que en seguida hablaremos, se sabe que utilizaron
estos medios con el intento de captar la regia privanza; la misma acusación se
hizo a Don Rodrigo Calderón. Aun en el alma de los hombres superiores existen,
junto a la clara estancia de las grandes creencias, rincones oscuros, restos
del alma ancestral, en que anidan impensadas credulidades en el rito mágico y
el azar; y es muy frecuente que ése hombre superior, que sabe bien que su
destino depende de Dios y de su propia eficacia y de nada más, guarde un respeto
subconsciente, como «por si acaso», a cualquiera de las más necias
supersticiones.
Pero admitido esto como
teóricamente posible, no puede darse al informe de Cárdenas más que su justo
valor: el testimonio de un hombre apasionado que quería echar leña al fuego del
odio popular con una historia sin trascendencia. ¡Cuántas veces en la vida
pública una pretendida defensa de la justicia, de la verdad o de la moralidad,
es, en realidad, tan sólo arma para ofender a otros hombres y no satisfacción
de la propia conciencia ofendida por la injusticia, la mentira o la
inmoralidad! Parece indudable que el Conde-Duque, o alguien que tomaba su
nombre, tuvo interés en libertar a Leonorilla; pero extraña mucho que el
puritano Cárdenas limitase sus anhelos de esclarecer el misterio a la detención
de Leonor, sin ocuparse de las dos figuras principales del aquelarre, que eran
María Álvarez y el clérigo que con ella vivía. En suma, la mala intención
política del alcalde es evidente. Debía ser hombre raro. Con crudo trazo nos
dice la carta de un jesuita, en 1640, que «murió miserable y pobre, en una cama
de cordeles», y que «dejó ordenado un codicilo secreto, en que protesta haber
padecido sin culpa»398.
La secta de los
alumbrados en San Plácido
El segundo asunto, el
de San Plácido, ha sido estudiado por mí, con todo detalle, en otra parte399.
Aquí haré un breve resumen de los puntos esenciales. El tema ha sido
fundamentado de fantasías de renombre universal. En el mundo de la leyenda el
reinado de Felipe IV está simbolizado por tres grandes sucesos románticos: los
amores de la Reina Isabel con el Conde de Villamediana; los del Rey Felipe IV
con una actriz, la Calderona, de los que surge un héroe, Don Juan de Austria; y
las aventuras, entre lascivas y sacrílegas, del Monarca pecador con las monjas
del convento de San Plácido, que tienen auténtico sello nacional del
donjuanismo, y en las que le sirve de tercero nada menos que el Conde-Duque, su
Privado y primer ministro. Seguramente falsos son los devaneos de la Reina y el
poeta Villamediana. Certísima la historia de la comediante y el Rey. Y en el
proceso de San Plácido la realidad está tan mezclada con el delirio de una
fantasía popular, sensual y pervertida por la represión, capaz de pasar, sin
darse cuenta, de la pura verdad a lo monstruoso, que es dificilísimo el proceso
de separación de ambos.
La iglesia y convento
de San Plácido se fundaron en 1623 en Madrid, en la manzana 458 del barrio que
luego se llamó de San Plácido, por Doña Teresa Valle de la Cerda y Alvarado,
hermana de Don Pedro, del hábito de Calatrava, cuñado del famoso Don Jerónimo
de Villanueva, protonotario del reino, y de Don José, monje en el Real Convento
de San Martín, de Madrid; y luego Obispo de Almería. Pinelo400 enumera las
monjas que vinieron a la fundación, que, por cierto, no entraron hasta el año
siguiente, «a 12 de mayo, día de San Ramón, estando ya en forma decente el
Monasterio». En Mesonero Romanos y, sobre todo, en Tormo401 se encontrarán
datos copiosos sobre este edificio, tan unido a la historia romántica de
Madrid. El convento fue derribado en 1903; pero el templo subsiste bellísimo y
menos conocido de lo que merece por indígenas y forasteros. Tiene su entrada en
el número 11 de la calle de San Roque. Al derribarse el convento se trasladaron
las monjas, herederas de aquella primera comunidad tan agitada, a las Salesas
Reales de la calle de Santa Engracia. Hoy, reconstruido, está, desde 1913,
habitado, de nuevo, por religiosas de la misma Orden.
Al hablar los libros de
los sucesos de San Plácido suelen aparecer confundidos dos grandes
acontecimientos, que estudiaremos separadamente: las hechicerías y
embrujamientos del año 1628 y los supuestos amores de Felipe IV con una
religiosa en 1638. Los datos publicados sobre ambos son muy sucintos y poco
dignos de fe. Aun cuando con brevedad, procuraremos en este capítulo referirnos
a documentos fundamentales y extraer de ellos la recta conclusión.
El primer
acontecimiento escandaloso ocurrió el año 1628, y fue un típico episodio de la
secta de los alumbrados o iluminados, cuyos orígenes precristianos estudia bien
Menéndez y Pelayo. En España, el primer proceso de este género aparece en
tiempo del cardenal Cisneros, y el reo fue un fraile franciscano de Ocaña que
«había comenzado a predicar una supuesta revelación que decía haber tenido,
conforme a la cual el susodicho fraile debía juntarse con diversas mujeres
santas para engendrar en ellas profetas». Ésta era la esencia de la doctrina:
el alumbrado, «abismándose en la infinita esencia, aniquilándose, por decirlo
así, llega a tal estado de perfección e irresponsabilidad, que el pecado
cometido entonces no es pecado». A favor de la corrupción de costumbres del
siglo XVII la secta tuvo peligroso auge. Las sospechas de alumbrados, movidas
por la maledicencia y la venganza, alcanzaron, además, a gentes intachables,
algunas de las cuales sufrieron, hasta su justificación, duras persecuciones.
El mismo «San Ignacio y muchas de las primeras y más esclarecidas personas de
la Compañía» fueron sospechados de esta herejía402; y los más insignes místicos
españoles: Santa Teresa, el beato Juan de Ávila, fray Luis de Granada. Pero más
que verdadera heterodoxia, el alumbramiento acabó siendo desvergonzada treta
con la que seglares o frailes libidinosos embaucaban a mujeres simples, con
frecuencia monjas, haciéndoles creer, en provecho de su lascivia, que los
pecados, sobre todos los sexuales, eran gratos a Dios. La Inquisición persiguió
duramente a estos herejes o cínicos, y en casi todos los autos de fe de la
época figuran reos de tal pecado403.
De este último orden de
personajes, más cínicos que heterodoxos, era, sin duda, Don Francisco García
Calderón, prior y confesor de las monjas benitas de San Plácido. Tenía
cincuenta y seis años, lo cual hace menos excusable su desenfreno. Abusando de
la enorme autoridad que tenía sobre las monjas, empezando por la priora, Doña
Teresa de la Cerda, provocó o contribuyó a provocar en ellas una verdadera
epidemia de histerismo que alcanzó a veinticinco de las treinta pobres mujeres
que componían la comunidad, algunas casi niñas. No hay que decir que este
desequilibrio colectivo fue diagnosticado por el propio médico del convento
como caso indudable de posesión del demonio. Creyeron, las infelices, de la
mejor buena fe, que estaban poseídas, principalmente, por un diablo feroz
llamado el Peregrino raro, y ellas mismas describieron los fenómenos nerviosos
y visiones que experimentaban, en sus declaraciones a la Inquisición. Son
documentos clínicos de insuperable interés que tengo dispuestos para su
publicación, pero que aquí no serían oportunos. Creyéndose endemoniadas, se
prestaban a los conjuros y maniobras exorcistas del fraile, que evidentemente
satisfacía en ellas ese instinto de dominación, reprimido en muchos hombres
fracasados, que, al fin, se sacia en condiciones anormales. Enterada la
Inquisición, fueron encarcelados y conducidos a las prisiones secretas de
Toledo el confesor y todas las monjas endemoniadas, más una beata, criada de
Don Jerónimo de Villanueva, llamada Doña Isabel de Caparroso, acusada también
de iluminación y contactos carnales con Don Francisco, su director espiritual.
Las sentencias recayeron en 1630, y fueron misericordiosas, teniendo en cuenta
los delitos que en ellas parecen confirmados, pues condenan a Don Francisco a
encierro perpetuo en un convento, con abjuración de vehementi y otras
humillaciones, y a Doña Teresa, tan sólo a permanecer cuatro años en el
convento de Santo Domingo el Real, de Toledo, más las humillaciones y
abjuraciones de levi correspondientes. Las demás monjas fueron repartidas por
diferentes monasterios.
Es evidente que la
Inquisición, llevada de su celo contra estas graves anomalías, se equivocó en
esta ocasión. Las monjas eran inocentes de herejía. Ya en 1637 suscribieron un
documento de profunda protesta de ortodoxia; y Doña Teresa de la Cerda otro de
exculpación, que dio por resultado una sentencia absolutoria al año siguiente
de 1638. Se dijo por entonces que este perdón se debía a la influencia del
protonotario, cuñado de Doña Teresa, y antiguo novio de ella, cuando estaba en
el mundo; y es posible, seguro, que interviniera cerca de su íntimo amigo el
Conde-Duque; tenía, además, la obligación de hacerlo porque era patrono del
convento. Mas no cabe duda que, aparte de estos valimientos, la revocación de
la condena fue justa. La conducta de Doña Teresa después de la equivocada
sentencia fue ejemplar; con humildad extrema aceptó el castigo, y sólo por
mandato de sus superiores escribió su exculpación. Es este papel de alto y
patético interés; y demuestra plenamente, creo yo, la virtud e inocencia de Doña
Teresa; así piensan también autores tan dispares en la actitud política como
Llorente y Menéndez y Pelayo. Resulta de la exculpación de Doña Teresa, y
también de un escrito de defensa de ella que publicó por entonces fray Antonio
Pérez404, monje benedictino y obispo de Urgel, que Don Francisco, el confesor,
era un perturbado y un cínico; pero que las monjas, incultas, no muy
inteligentes, de inexperta juventud e influidas por la preocupación religiosa
de la época, que se balanceaba siempre entre la fe auténtica y la más
disparatada superstición, se creyeron, con infinita sinceridad, poseídas por el
Peregrino raro; y el bellaco de Don Francisco abusó de sus crisis histéricas.
El estudio del proceso produce escalofrío porque demuestra la absoluta
falibilidad del testimonio de los reos cuando están presionados por el terror y
por la mala fe de los acusadores. La pobre Doña Teresa, débil, enfermiza y
aislada del mundo, se dejó envolver en sus primeras declaraciones por un juez
malintencionado, Diego Serrano, movido a su vez por la perversidad de fray
Alonso de León, que era enemigo de Don Francisco García Calderón. Y así se
llegó a un error judicial, que no fue más grave porque la Inquisición era
inteligente y sus jueces debieron leer en el aire de niña histérica de la pobre
Doña Teresa la verdad que mentían sus propias declaraciones firmadas405. Murió
en 1647, olvidada de este mundo y llena de méritos para el otro.
El ansia de sucesión
del Conde-Duque y la monja iluminada
La relación de esta
historia con el Conde-Duque es la siguiente: Las monjas de San Plácido, durante
su fase de endemoniadas, se dijo que habían adquirido virtud adivinatoria; y
pronto empezó a acudir al convento una romería de gentes deseosas de conocer su
porvenir. Está fuera de duda que el Conde-Duque, propenso a todo lo que fuera
maravilloso, fue visitante asiduo de las religiosas, enterado, sin duda, de sus
prodigios por el patrón Villanueva, su íntimo colaborador. Nada tiene de
extraño, pues entonces era muy común que desde el Rey al último vasallo se
sirviesen de estas revelaciones, unas veces de hechiceros declarados; otras, de
religiosos en olor de santidad, y otras, de explotadores sin tapujos. Doña
Teresa de la Cerda tenía fama de virtuosa; y, en principio, las consultas del
Valido no pueden juzgarse con otro criterio que el que llevó al Rey a
inspirarse en la monja de Carrión y años después en Sor María de Agreda.
Se dijo entonces que
por los consejos de la priora de San Plácido se perdió la plaza de Maestrich,
pues anunció al ministro que «sabía por revelación que no la había de rendir el
enemigo, por cuya causa dejó de enviar socorro a tiempo». Esta imputación es
poco favorable, pero la cito por su analogía —una más— con Richelieu, pues éste
pedía a la Madre Margarita del Santo Sacramento, del Carmelo de París,
revelaciones sobre el porvenir, y ella le prometió la derrota de los ingleses,
al parecer con mejor fortuna que la monja española a Olivares406.
Es, en cambio, cierta
la de que Don Gaspar trató con Doña Teresa sobre la posibilidad de cumplir el
anhelo que le obsesionaba de tener sucesión. Más adelante explicaremos hasta
qué punto se adueñó esta obsesión de su espíritu. Era para él punto esencial,
ligado a las raíces de su espíritu de casta, la sucesión directa, cuya
esperanza se malogró al morir prematuramente María, su hija, recién casada.
Sentía esta necesidad no como los hombres, sino como los Reyes; y como ellos,
en análogo trance de infecundidad, recurría a todos los medios, los divinos y
los humanos. Nada tiene, pues, de particular que los buscase en las oraciones y
en los horóscopos de una monja que tenía fama de virtuosa y de visionaria. Pero
la malignidad de sus contemporáneos, intoxicados de sexualidad reprimida,
convirtieron esa ignorancia, necia pero inocente, en una de aquellas escenas
depravadas, tan comunes en la época, en que se mezclan, con profunda
perversidad, la religión y la lujuria. Dice el papel citado (Delitos y
hechicerías), en efecto, que «llevó el Conde Don Gaspar de Guzmán a su mujer a
San Plácido, y en un oratorio [otros dijeron que en el coro], tuvo acceso con
ella, viéndolo las monjas que estaban en él, de que resultó hincharse la
barriga de la Condesa, y al cabo de once meses se resolvió, echando gran
cantidad de agua y sangre, lo cual fue muy público en Palacio; y las monjas
decían: o Dios no es Dios o esta señora está preñada». Era, añade el libelo,
once el número de estas monjas, que rodeaban la impúdica escena, para recordar,
porque así lo manda el rito hechiceril, a los apóstoles sin Judas.
Esto dice el
escandaloso libelo, y otros lo repiten con palabras muy parecidas. Mas no se
trata de un cuento de la calle por esta vez, pues las graves sentencias de la
Inquisición de Toledo contra Don Francisco García Calderón y contra la propia
Doña Teresa de la Cerda repiten la acusación con las palabras siguientes:
«También con esta misma traza aseguraron [el confesor y las monjas, sus
cómplices] a un gran señor que carecía de sucesión, que la tendría cierta y con
brevedad, afirmando el reo y sus cómplices, por escrito y de palabra, diversas
veces y prometiendo en nombre de Dios, no sólo la certeza del hijo que
ofrecían, sino también grandezas temporales y mucho mayores espirituales,
afirmando habría de ser prodigio de santidad, risa y alegría de la Iglesia,
bien universal y contento del mundo, con otros encarecimientos locos y
temerarios, que no tuvieron otro fundamento sino una imaginaria revelación de
cierta cómplice de este reo [la superiora], que intervenía, con mucha
estimación suya, en todo lo referido. Y asimismo la contestación y afirmación
de los que tenía por demonios y endemoniadas, que tantas veces repetían esta
sucesión y promesa de hijo; y una de ellas, tal vez dijo: Que Dios no era Dios
o aquella señora estaba preñada.»
Años después, en el
memorial citado que Doña Teresa elevó al Consejo de la Inquisición,
pretendiendo se levantase la sentencia que se le había impuesto, explica así
sus relaciones con el Conde-Duque: «Después de ser monja, el Conde-Duque empezó
a venir a verme. Viéndole afligido por no tener sucesión, hice muchas oraciones
por que Nuestro Señor se la diese. Todo el convento lo tomó con tantas veras,
que eran grandes las rogativas que se hacían. Un día, estando en oración,
entendí que le daría Dios un hijo por intercesión de nuestro Padre San Benito.
Díjeselo a mi confesor y divulgose en Casa con el ansia que todas tenían.
Pasaronse algunos meses, que, aunque el Conde-Duque me venía a ver, nunca le
dije palabra, si no es que fuese muy devoto de nuestro Padre San Benito, que
mayores milagros había hecho y yo esperaba en que el Santo había de consolarle.
Un día, entendí que era la voluntad de Dios que le dijese cómo había entendido
que Su Divina Majestad le daría un hijo. Fuime a fray Francisco y a él le pareció
que no se lo dijese; déjelo estar; pero apretome el sentimiento interior a que
se lo dijese; volví a fray Francisco y me dijo que lo escribiese. Bien se vio
que era ilusión del Demonio y engaño suyo, y por tal lo tengo, como todas las
demás cosas que me han pasado. Pero sabe Dios cuánta vergüenza me costó el
decírselo. Vinome a ver [el Conde-Duque] y le dije: en lo que escribí a V. E.
no hay que hacer caso porque como yo lo deseo tanto, es dificultoso conocer si
obra el deseo o obra Dios, porque la misma ansia de una cosa hace
representársela ya cumplida en la imaginación. Él me dijo diversas veces que no
era yo sola la que se lo decía, que muchas personas hacían lo mismo. Nunca
traté de adular a este caballero ni a nadie, que en mi vida lo he sabido hacer,
y he sido tan compasiva, que en viendo una persona afligida me hace grandísima
lástima. Este caballero lo estaba mucho, y sólo en el cumplimiento del deseo de
tener sucesión libraba su desahogo.»
A esto quedaba limitada
la intervención de Olivares en los sucesos de San Plácido. El contagio
histérico, bajo la forma de posesión diabólica o de revelaciones divinas, era
entonces frecuentísimo en los conventos y fuera de ellos407. El Padre Feijoo
hubo de reaccionar, con su generosa acometividad, contra esta plaga, reveladora
de una mezcla dolorosa de incultura, debilidad mental y fanatismo408. La
lectura de la declaración de Doña Teresa de la Cerda produce emoción por la
ingenuidad con que se creía poseída del Peregrino raro. Famoso fue por entonces
el caso de la hermana Luisa (o Lorenza), de Simancas, que pretendía, por
revelaciones divinas o diabólicas, conocer el porvenir; y «de Valladolid —dice
el Padre Chacón, jesuita— no había señor ni señora, oidor ni oidora, grave y no
grave, que no fuese a verla409. El Padre Andrade refiere que en el propio
colegio de los jesuitas se sintió poseído el hermano Zarate, al que visitaban
por la noche un fantasma femenino y un diablo con hocico de puerco410. Pero a
todos excedió en reputación milagrera la famosa monja de Carrión, de la que
hemos hablado ya411. Podrían citarse muchos ejemplos más y no debe, entre
ellos, olvidarse el de Doña Marina Escobar, también de Valladolid, endemoniada
y pretendida santa, porque hay acerca de ella una relación del Padre Miguel
Ocaña, rector del Colegio de San Ambrosio de Valladolid, con tan directa y viva
impresión del ambiente espiritual de la época, que nos induce a reproducirla:
está, además, dirigida al Conde-Duque, dando a entender que era pública su
curiosidad por estos casos, en medio de su trabajo agobiador412.
Es preciso reconocer de
nuevo la enorme superioridad del Tribunal de la Inquisición, en estos asuntos,
frente al sentir popular, e incluso frente a la credulidad de las Órdenes
religiosas. Con verdadera severidad perseguía tales ridiculeces y fanatismos, e
hizo, en este sentido, un innegable bien al alma nacional. Desgraciadamente,
sus jueces eran incapaces de comprender —y no debe extrañarnos en aquella
época— que se trataba, casi sin excepción, no de delitos contra la fe, sino de
meros fenómenos morbosos; lo cual, certeramente, entrevió y demostró el Padre
Feijoo un siglo después. Sin temor a equivocaciones inducidas por la piedad o
por los prejuicios científicos, puede asegurarse, leyendo los procesos de la
Inquisición, que el ochenta por ciento de los que allí figuran eran,
sencillamente, locos.
Estaba, no obstante,
predestinado el convento de San Plácido a ser teatro de sucesos legendarios. El
pueblo, como se ha dicho, no aceptó la inculpabilidad de las monjas,
atribuyendo su rehabilitación a las altas influencias que las protegían. Son,
por ejemplo, muy curiosas las notas que una mano contemporánea pone al pie de
cada sentencia, en la copia del proceso de la Colección Folch y Cardona.
Después de la sentencia el confesor García Calderón, escribe: «El rey estuvo
[durante la lectura de la sentencia] con gran descaro y se marchó, después de
haber abjurado con la misma desvergüenza con que había salido. Dios N. Señor
nos tenga de su mano.» Análogo comentario, al pie de la sentencia de Doña
Teresa: «La rea estuvo con la misma frescura que Don Francisco [el confesor].
Dios nos tenga de su bendita mano.» Y como colofón de la sincera protesta de
inocencia de Doña Teresa escribe: «Este memorial dado por esta religiosa, o en
su nombre escrito por algún fraile, aunque está discreto y tuerce el hecho de
la verdad, con todo eso, en algunas partes, por su misma confesión, está
humeando y descubriendo el pestilencial fuego que hubo.» Por la voz de este
anónimo apostillador habla la incredulidad popular en la inocencia de las
monjas. Se dijo, como acabamos de ver, que el Rey y el Conde-Duque premiaron
fastuosamente a los que defendieron a las religiosas benitas. Es decir, que la
gente vio en todo el proceso una serie de corrupciones y venalidades. Porque
cuando la imaginación popular hace una de estas presas, es casi imposible
arrancársela; en la cabeza de la multitud, la verdad, por evidente que sea, no
acaba nunca de barrer al error arraigado.
En este caso de San
Plácido había una circunstancia que, en cierto modo, lo explica, y era la
sombra que arrojaba sobre el convento el protonotario Villanueva, personaje, a
la verdad, extraño. Valdría la pena de dedicarle alguna vez la biografía que
ahora no sería oportuna; pero sí se debe anotar la común creencia de sus
contemporáneos de que era hombre ateo y dado a las hechicerías413. Esta
circunstancia, sobre la de ser uno de los ministros más allegados al
Conde-Duque, suscitó el rencor popular contra él y facilitó el que la fantasía
crease leyendas maliciosas en todo cuanto tocaba y, desde luego, en el convento
cuya protección ejerció.
Los supuestos «pecados
del Rey»
Como tal leyenda, por
lo menos en gran parte, debe, a mi juicio, considerarse el segundo asunto de
San Plácido, de argumento típicamente español, como que es una mera y egregia
variante del folklore donjuanesco. El documento en que se basa esta fantasía es
de época posterior, y de él hay varias copias. Lo publicó Mesonero Romanos,
aunque a título de incierta curiosidad, mas fue acogido como indudable por
otros autores, algunos de la respetabilidad de Hume, que ligeramente considera
la versión como the most trustworthy414. Al pasar a otros libros más vulgares,
sin responsabilidad científica, ni remotamente se pone ya en duda la veracidad
del papel; y el primitivo relato, en cada versión, aparece adornado de nuevos
detalles pintorescos415.
Esta historia, que no
todos los autores reproducen íntegra, porque Mesonero, delicadamente, la amputó
los trozos escabrosos, es psicológicamente muy interesante, porque en ella, y
sobre todo en esos trozos suprimidos, aparece la cruda fusión místico-sensual,
que alienta en buena parte a los mitos españoles de esta época, y muy
típicamente en el de Don Juan, amasado con muerte y lujuria. En resumen, dice
así:
Hablando un día el Rey,
el Conde-Duque y el protonotario, éste, que, como patrón del convento, conocía
a sus religiosas, encomió la hermosura de una de ellas, llamada en algunos
relatos Sor María Beatriz, pero cuyo nombre era Margarita de la Cruz416. Algunas
de las versiones añaden que no fue casual la conversación, sino
intencionadamente dirigida a captar por la sensualidad la atención de Felipe
IV, desviándole de las preocupaciones de Cataluña, de Portugal, de Flandes y de
la miseria interior, pues todo ello ocurría en los años malos que precedieron a
la caída del Valido. El Monarca, lleno de curiosidad, acudió disfrazado al
locutorio y se prendó locamente de la monja, que era joven y, en efecto,
bellísima. Desde aquel momento no vivió más que para lograrla. «Las dádivas y
ofrecimientos del Conde», la maña del protonotario y la vecindad de la casa de
éste facilitaron su deseo. Vivía, en efecto, el protonotario en unas casas que
se había hecho construir en la calle de la Madera, pegadas al convento, y le
fue fácil abrir una comunicación, que daba a la bóveda donde guardaban el
carbón las religiosas, dentro ya de la clausura. Por esta vía sacrílega se
proyectó el asalto a la monjita. Pero la superiora, advertida, defendió de la
real lujuria a su monja, con un recurso teatral, de pura cepa española: la hizo
acostar en su celda, sobre un estrado, con luces y crucifijo entre las manos,
como si estuviera muerta. Don Jerónimo, que precedía al Rey y al Conde-Duque en
su escalo nocturno por la carbonera, se espeluznó al contemplar el espectáculo;
y, espantado, retrocedió e hizo que el Rey se volviese sin pasar más adelante.
Mas «volvió el Conde
sus baterías hacia la prelada y al fin consiguió su intento, pasando la
adulación, desde el sacrilegio a la irreligión»; «y puesta ésta [la monja] en
rica gala azul y blanco, en traje de Concepción, se daban al lecho el Rey y la
dama; y el Conde y Don Jerónimo, con dos incensarios, les daban oloroso
perfume, alrededor de la cama, por un rato».
Esta escena no figura,
como he dicho, en el relato de Mesonero ni en el de Hume, ni, por lo tanto
(bien a pesar suyo si la hubiera conocido después), en los autores de leyendas.
Sin embargo, es, y por eso la hemos copiado, absolutamente típica de la profunda
y degradante corrupción del alma popular en aquellos siglos. Lo prueba el que
invenciones tan disparatadas y repugnantes como la copiada, aparecen, no rara
vez, en la literatura clandestina de la época: líneas más arriba nos hemos
referido a otra casi idéntica al describir las conjuras y ceremonias para
obtener sucesión los Condes de Olivares. En algunos procesos de la Inquisición
aparecen abominaciones parecidas. Y en la gran literatura de los siglos XVI y
XVII el tema del amor sacrílego fluye sin cesar y alcanza la categoría de tema
nacional en el mito de Don Juan. Luego volveremos sobre la trascendencia de
este componente en la psicología del español de nuestros llamados Siglos de
Oro: oro de fuera, que tapaba una corrupción interior que no debe hacérnoslos
deseables, a pesar de su gloria artística y de su bambolla guerrera. La
grandeza de la humanidad está en su ética; y ésta es hoy, con todos nuestros
males, infinitamente superior a la de entonces.
Es difícil saber si,
aparte esta escenografía religioso-sexual, desde luego fantástica, hubo algo de
verdad en la aventura del Rey y alguna monja, con tercería del Conde-Duque. Yo
me inclino a creer que no. Desde luego, no se ha hallado ningún documento fidedigno
en los procesos inquisitoriales, si bien la leyenda lo explica por la
intencionada desaparición de los papeles en la forma dramática que ahora se
dirá. Pero la razón esencial es que el relato no aparece en los libelos
contemporáneos, que, aun contando con el respeto que imponía la participación
del Rey, no hubieran dejado de señalar, entre las abominables acciones que se
atribuían al Valido, ésta, tal vez la peor de todas. El papel origen del cuento
es, sin duda, de época posterior a la muerte de Olivares y está lleno de tantos
disparates cronológicos, que atestiguan ser invención de un cualquier417a . Y
más fuerza que los documentos tienen otras razones de orden general que nos
inducen, sin vacilar, a rechazar tales monstruosidades en el Rey, que no era,
ciertamente, un asceta, pero que entre las damas de su Corte y las comediantes
y cantoras que sus cortesanos le ponían a tiro, como los ciervos en las
cacerías, tenía material copioso en que saciar su ímpetu conquistador sin
necesidad de violar conventos.
Es cierto que los
raptos de religiosas eran por entonces frecuente y considerados casi como
sucesos sin importancia, «aun como hechos corrientes —escribe G. Amezua— sin
darles gran valor ni la significación antirreligiosa con que hoy los
corromperíamos»418. En efecto, el escalo del claustro y la fuga de la monja con
el galán llegó a ser uno de los componentes del gran tema nacional del amor
donjuanesco. «Mal consentidas de los ministros espirituales y temporales», las
monjas podían tener correspondencia con hombres del mundo, a pretexto de
consultas de devoción y petición de consejos; pero en las cartas se enredaba el
amor, y el final solía ser, no raramente, el rapto. Así vemos el recurso de la
carta, que culmina en el Tenorio de Zorrilla, como elemento esencial en las
aventuras amorosas conventuales. Con carta o sin ella, los documentos de la
época nos dan noticia frecuente de tales desafueros, que pasaron, con tanta
naturalidad, de la vida real al teatro. Pellicer refiere el rapto de una monja
por el maestre de campo y caballero de Santiago, Cordero; y poco después el de
Doña Manuela de Montaldo, que llevaba dieciséis años de hábito en Santa Clara y
era hija del boticario de la Inquisición; el galán, llamado Don Antonio de
Fonseca, la sacó por la ventana de la celda con una maroma419. Los jesuitas
cuentan otro rapto con apertura de un tabique en pared, como el pretendido de
San Plácido; ocurrió en el convento de Santa Ana, de Salamanca, y fueron dos
los galanes —Don José Pantoja y el coadjutor del arcediano de Alba— y dos,
naturalmente, las beatas420. Enríquez de Zúñiga intervino en otro
quebrantamiento de clausura por dos frailes, y nada menos que en el Monasterio
de la Encarnación, de Ávila, lleno aún de la estela ultra humana de Santa
Teresa421.
Pero si cualquier
caballero se enorgullecía de exhibir el rapto de una monja entre la lista de
sus aventuras galantes, no es verosímil que incurriese en este desliz el
Monarca, sensual y débil, mas profundamente religioso, y, sobre todo,
inteligente y consciente de su responsabilidad. En cuanto a Olivares, el que
conozca su vida real y no la aureola falsa con que le desfiguró el odio de sus
contemporáneos, tendrá por certísimo que ni su edad, ni sus convicciones
religiosas, ni su recto sentido de la moral sexual, ni el agobio y pesadumbre
que por entonces le tenía casi deshecho, permiten aceptar su rufianesca
intervención en esta tramoya.
La leyenda añade que la
aventura llegó a oídos de la Inquisición. El Inquisidor general, fray Antonio
de Sotomayor, amonestó al Rey, hizo alguna advertencia al Conde-Duque y fulminó
su rigor sobre el protonotario, que fue encarcelado. Olivares acudió en su
ayuda: fue a visitar a Sotomayor y le invitó a optar entre renunciar a su
puesto de inquisidor y retirarse a Córdoba, su patria, a gozar de una renta de
12.000 ducados, o ser desterrado. Optó por lo primero el poco austero prelado.
A la vez, el Papa, a instigación del propio Valido, reclamó el original de la
causa, que fue prestamente enviado en una arquilla cerrada y sellada que
conducía uno de los notarios del Consejo llamado Alfonso de Paredes. Embarcó el
infeliz correo en Alicante; mas, previamente, el Conde-Duque le había hecho
retratar por un pintor del Rey422 y había enviado la efigie a las autoridades
españolas de los puertos de Italia con orden de que lo detuvieran, como así
fue, en Génova, quitándole el arca y llevándole a Nápoles, en cuyo Castel de
Ovo fue encerrado, hasta que, quince años después, murió. La arquilla fue
traída a España «por un capitán confidente del Conde-Duque», y sin abrirla, fue
quemada en la chimenea del cuarto de Rey por éste y su ministro. «A un hijo que
dejó en España Alfonso de Paredes le dio el Rey empleo decoroso, con que se
mantuvo con toda decencia».
Imposible parece que
tal sarta de disparates haya podido circular por libros autorizados. Bastaría
recordar, con Beroqui, que Villanueva fue preso en agosto o septiembre de 1644,
es decir, cuando Olivares, ya caído y desterrado, no podía ofrecer mercedes, ni
fulminar amenazas, ni interceptar legajos, ni quemarlos en unión del Rey, al
que, desde enero de 1643, no volvió a ver más; más otras muchas
inverosimilitudes. Lo cierto es que se prendió a Villanueva, después de caído
Olivares, porque entre las pasiones que suscitaron éste y sus allegados, una de
las más insistentes fue la resurrección de las acusaciones de hechicerías: las
del asunto de las alumbradas de San Plácido y otras que inventó la malicia
popular. Ya hemos dicho que la plebe no estuvo nunca conforme con el
sobreseimiento del proceso y la rehabilitación de la comunidad; y aprovechando
la explosión revisionista que siguió a la caída del Privado, se logró que el
Rey acordara, en 14 de julio de 1643, dicha revisión, por «exigirlo la gravedad
del asunto y de las murmuraciones».
Es igualmente falsa,
desde luego, la leyenda, añadida posteriormente y creída también por muchos
como artículo de fe, de que Don Felipe, como expiación, regaló a las monjas de
San Plácido el famoso Cristo en la Cruz, de Velázquez, que, en efecto, estuvo en
la iglesia hasta el final del siglo XVIII, así como un famoso reloj con música,
que tocaba, cada cuarto de hora, a muerto423. Lo probable, como Beroqui aduce,
es que el Cristo fuese regalado por el Rey o por el protonotario (o por el
mismo Conde-Duque) sin ningún propósito expiatorio, sino como una de tantas
numerosísimas donaciones de objetos de arte que se hacían por el Monarca o por
los poderosos de su Corte a las iglesias y conventos de su protección o
devoción. Ya he dicho que sor Margarita de la Cruz, si no mienten los archivos
del convento, en los años de esta historia donjuanesca, debía ser una niña
inaccesible a toda pasión. En suma, de todo este cuento disparatado, aunque
elaborado con temas muy nacionales, nada debe quedar en adelante.
No conviene a este
lugar el relato del proceso del protonotario, su estancia en las cárceles
secretas de Toledo, su sentencia y la enérgica rebeldía con que el caballero
aragonés se resolvió, en pleno Tribunal, contra ella: y con razón, porque no
fue justiciero. Era, sin duda, Don Jerónimo hombre de genio violento; y esto,
unido a sus riquezas y al poder omnímodo que le daba la amistad con el
Conde-Duque, debieron ser los motivos del odio con que fue perseguido por la
opinión y, a impulsos de ésta, por el Santo Oficio; mas sus hechos públicos,
considerados desde el observatorio sereno de hoy, son dignos y normales; y
aunque fuera, como casi todos sus contemporáneos, más o menos curioso por las
hechicerías, fue un católico perfecto —que entonces esta perfección parecía
compatible con aquellas supersticiones, y aun ahora—. La misma fundación de San
Plácido lo demuestra. Su hombría de bien se declara en la fidelidad con que
siguió al Conde-Duque en su desgracia, trance de prueba para la rectitud de las
conciencias. Todo, en suma, induce a hacer pensar que el protonotario fue una
más de las víctimas del monstruo popular exacerbado por el veneno de la pasión
política. De la injusticia de la sentencia inquisitorial no cabe duda, pues lo
reconoció el propio Papa Inocencio X contra viento y marea de las presiones del
Rey de España424.
Es evidente que al
revisarse el proceso de los alumbrados tenía que salir salpicado el
Conde-Duque; y, acaso, apuntando a él más que a Villanueva, se decretó la
revisión. Luego veremos que la amenaza, quizá contenida por el propio Rey al
principio, se fue cerniendo sobre la cabeza de Don Gaspar, cada vez con aspecto
más ceñudo; y que, según todas las probabilidades, el dolor y la humillación
que tal amenaza produjo en el espíritu ya trastornado y abatido del desterrado
ministro, debió de influir muy directamente en sus últimos arrebatos nerviosos
y en su muerte.
A esto quedan reducidas
las leyendas de San Plácido: un contagio histérico en un convento; un capellán
anormal y cínico; la Inquisición, excesivamente suspicaz, condenando, sin
comprensión humana, a las monjas inocentes junto a su culpable confesor; una variante,
infantil por el artificio, perversa por el argumento, del castizo tema
donjuanesco; una beligerancia incomprensible concedida a un papelucho sin
responsabilidad, lleno de confusiones y de errores; y en todo ello, una
participación levísima del Conde-Duque. Con este mismo material deleznable y
con la misma falta de rectitud se han creado la mayor parte de las leyendas que
aún figuran, con categoría de historia verdadera, en crónicas y en libros de la
mayor respetabilidad.
El Conde-Duque y
Jerónimo de Liébana
Y vamos con el tercer
tema, el de Olivares y Liébana. Algunas sospechas suscitó, en efecto, en la
mala voluntad de los comentaristas contrarios al Conde-Duque, la relación que
éste tuvo con un famoso hechicero —entre pícaro y loco— de su época, Don Jerónimo
de Liébana. Pero la lectura detenida del proceso que le siguió la Inquisición
demuestra que la intervención de Olivares fue de refilón y sin
trascendencia425. Estando Liébana preso en Cuenca, en diciembre de 1631, y
condenado a galeras por supercherías y enredos anteriores, solicitó hablar al
alcalde mayor de la ciudad, que lo era Don Juan Enríquez de Zúñiga, ya
mencionado en otro lugar de este libro. La denuncia sobresaltó tanto a Don
Juan, que resolvió llevar la declaración a Madrid y comunicársela al
Conde-Duque. Quedó éste con los papeles, y al cabo de unos días mandó traer al
preso a la Corte, le recibió en persona, oyó sus embelecos, se los refirió al
Rey y dejó al pícaro Liébana libre por Madrid, aunque vigilado, entregado a
todo género de honestas ocupaciones, como los sermones, el teatro y los paseos
por las calles animadas de la Corte.
Se referían las
declaraciones de Don Jerónimo a unos hechizos que había realizado en 1627, en
Málaga, el Marqués de Valenzuela, en unión de otros sujetos, entre ellos el
clérigo francés Doctor Guñibay, especialista en estas tretas. Tenían estos
hechizos por objeto desposeer a Olivares de la regia privanza y poner a
Valenzuela en su lugar. Celebrados los ritos, realmente disparatados y cómicos,
fueron enterradas las piezas mágicas, dentro de un cofrecillo, en la Caleta. El
efecto del hechizo aniquilador del Conde-Duque debía empezar muy poco después,
el 6 de agosto del año de 1643. Costaron al Marqués los preparativos de tramoya
2.500 ducados, que es de suponer pasarían íntegros a la bolsa de Liébana y sus
compinches. No conocía mal el supuesto hechicero a los personajes de su época;
pues tanto el Rey como su Valido, temerosos de que el prodigio sucediese,
decidieron, con gran contento de Liébana, la conveniencia de recoger la arqueta
enterrada en la playa malagueña para destruir su encanto maléfico antes de la
fecha señalada. Nombrose al efecto una Comisión que acompañase a Don Jerónimo,
que era el único que conocía el sitio donde estaba oculta. De esta Comisión
formaba parte como juez Don Juan Enríquez de Zúñiga. Llegaron a Málaga,
empezaron las pesquisas y, naturalmente, la arquilla no apareció. El truhán de
Liébana procuró entretener cuanto pudo a sus jueces y vigilantes; porque la
dilación equivalía a tardanza en volver a la cárcel; les hizo volver a Málaga
cuando ya, cansados, le devolvían a Madrid; y así logró que pasaran varios
meses. Pero al fin se convencieron todos de su superchería y fue llevado otra
vez a las cárceles de Cuenca. Le condenó la Inquisición, saliendo en el auto de
fe celebrado en Madrid el 4 de julio de 1632, con una vela en la mano, soga a
la garganta, coroza en la cabeza e insignias de hechicero y brujo, abjuró de
vehementi y recibió 400 azotes, siendo después expedido a Córdoba, donde fue
encerrado en cárcel secreta e incomunicada a perpetuidad.
Las numerosas
declaraciones de este proceso nos enseñan la malicia con que algunos bergantes,
como Liébana, explotaban la credulidad de los más altos señores de la Corte; y,
a su lado, el estúpido candor de algunos hechiceros de buena fe, evidentemente
trastornados, que exponían su libertad y su vida por ritos que hoy nos hacen
reír, pero que la Inquisición tomaba muy en serio. La figura de Liébana
pertenece, por derecho propio, a lo más famoso de nuestra grey picaresca. Con
garbo sin igual engañó al sesudo corregidor Enríquez de Zúñiga, al Conde-Duque,
terror de los españoles, y al propio Rey. Son famosas por su desvergüenza las
cartas, que figuran en el proceso, que escribía desde Madrid a su hermano. En
ellas contaba que era la figura de actualidad en la Corte y que el Conde-Duque
estaba pendiente de su palabra, deseando honrarle y tratándole como a un gran
caballero.
Y algo de esto hubo en
la realidad. Sólo cuando Olivares se convenció de que Liébana era un embustero
y fabulador, perdió el miedo al hechizo del cofre y le hizo volver a la cárcel.
Pecó, pues, el ministro, tan sólo por exceso de credulidad; mas ninguno de sus
contemporáneos podría, a este respecto, tirar la primera piedra. Y tal vez, a
pesar del desengaño, cuando en enero de 1643 bajaba, para siempre, las
escaleras del Alcázar, es posible que recordase los presagios del bribón de Don
Jerónimo, que fijaba su caída para junio de este mismo año. La verdad es que
sólo se equivocó en unos meses.
Leves fueron, por lo
tanto, las culpas del Conde-Duque en materia hechiceril; no mayores
—repitámoslo— que las de cualquiera de sus contemporáneos. Pero, en la
desgracia, cuando se desató sobre su persona indefensa el odio, tantos años
contenido, bastaron estos indicios para que el Santo Tribunal alzara su mano
terrible contra él. No fueron más graves los cargos hechiceriles que se
atribuyeron a Don Rodrigo Calderón; y bastaron para empujarle hacia el
patíbulo. En la biblioteca de Don Gaspar había libros que, juzgados
sañudamente, podían ser, como en otros casos lo fueron, indicios para la
persecución. Pero, sobre todo, el viento de la ira popular, el que tuerce como
ninguna otra influencia la rectitud de la justicia, soplaba en contra suya; y a
su favor se admitían como culpas no sólo estos vestigios de culpabilidad, sino
las calumnias descabelladas de los libelos del arroyo. En 1645 el Santo Oficio
abrió proceso contra el ministro caído. Por dicha suya era Inquisidor general
Don Diego de Arce, quien debía su encumbramiento al reo de ahora; y con piadosa
malicia retrasó las pruebas, enviando incluso a Italia a buscar testigos para
algunas de las acusaciones que pesaban sobre él426. Acaso sabía el buen
inquisidor que la existencia del viejo ministro tocaba a su fin y esperaba que
su parsimonia diera lugar a que la muerte desenlazase misericordiosamente la
tragedia que tramaba el odio de los resentidos.
Porque la bondad de
Arce y el sentido justo del famoso Tribunal no le hubieran quemado ni
encarcelado, sólo por rastros de culpa y por calumnias monstruosas; pero
hubiera sido inevitable el proceso, el juicio ante la mesa del Tribunal, en
suma, la humillación; y esto era aún más terrible que la muerte para aquel
hombre orgulloso, cuya sangre estaba hecha de herencias de reyes y de santos.
Por eso su mente desquiciada se hundió definitivamente en el delirio cuando
desde los altos de Toro, por donde todas las tardes salía a otear el camino de
la Corte, columbró a lo lejos, o creyó que columbraba, la sombra negra de los
familiares del Santo Oficio, que se acercaban en su busca.
CUARTA PARTE: EL
AMBIENTE
16. El pueblo
Síntesis del ambiente
social en el siglo XVII
NADA más aventurado que
pretender resumir en unas cuantas páginas cómo era el ambiente social en los
tiempos del Rey Don Felipe IV. Sobre el de nuestra propia actualidad nos sería
difícil hacer este estudio. Con esta sola palabra, «ambiente», pretendemos
sintetizar en vano un infinito mundo formado por estratos de humanidad
distintos, y a veces, antropológica y éticamente opuestos; y, además, en
perpetua evolución; porque el ambiente no es un cuadro pintado en un lienzo o
descrito en un papel, sino un flujo incesante de cosas que pasan. Si el recoger
todo esto, cuando es actualidad y lo vemos con nuestros propios ojos, es
empresa casi inaccesible, la dificultad se agiganta al trasladarla a una época
remota, de la cual no nos puede llegar, pese a todas las crónicas y documentos,
ese aroma impreciso de lo vivo, que se desvanece apenas se exhala y que tiene
una capacidad evocadora que la erudición más estricta y copiosa no puede
sustituir.
Con estas reservas no
podemos prescindir de hablar del ambiente en que vivió el Conde-Duque de
Olivares, porque nuestro héroe no alentó en el vacío, sino en una atmósfera de
humanas pasiones, densa y ferviente, que modeló la cera de su herencia y que
compartió, por lo tanto, con ésta la responsabilidad de su actuación política y
humana. ¿Qué hubiera sido, en efecto, Don Gaspar de Guzmán en el ambiente de
Carlos V o de Felipe II? Seguramente su ímpetu de dominio hubiera sido sofocado
por la tensión de la autoridad oficial, que en estos reinados alcanzó
extraordinaria plenitud. Hubiera empleado sus ímpetus nativos de dominación en
una Embajada o Virreinato; o quién sabe si en una de esas actividades privadas,
de organización y dirección de algo, quizá inútil, inventada sólo para poder
dirigirla, en que suele derivar la pasión imperativa de los hombres ambiciosos
de mando, cuando el ambiente público no les es favorable. Si Olivares llegó a
lo que llegó a ser, durante un cuarto de siglo, señor absoluto del Imperio
español, es porque —como todos los dictadores— encontró infinitamente
enrarecida la tensión social de su tiempo. El poder real asentaba en un hombre
de voluntad atrófica; y las fuerzas vivas que rodean a la realeza, lo que se
llamaba «la Corte», eran una triste calamidad nacional, y sin valores éticos ni
intelectuales, ante la que las cualidades positivas del Conde-Duque —su
desaforada ambición, su rectitud, su desinterés por lo material, su sentimiento
del deber, su lealtad al Monarca, su fabulosa capacidad de trabajo— tenían una
eficacia aplastante.
Es muy difícil reducir
a unos cuantos rasgos la pintura del ambiente español en el siglo de su máximo
declive. Comentaré sólo los que a mí me parecen más característicos. Tal vez a
otros no se lo parecerán. Mas son, sin duda, los que más interés tienen para
destacar la personalidad del protagonista que estudiamos en este libro. Como el
tiempo deshace, en lo que fue un cuerpo vivo, lo accesorio de su morfología, lo
blando, conservando los rasgos básicos, los del esqueleto, así de una época
lejana destacan sus componentes esenciales, quizá inadvertidos por sus
contemporáneos, y se esfuma mucho de lo que éstos creyeran definitivo. Y estos
componentes de primera línea de la sociedad española durante la decadencia de
los Austrias son: la hipertrofia del espíritu nacional; la general pereza; el
agotamiento del espíritu idealista; la religiosidad y el fanatismo; la
profundidad de la fe monárquica; la inmoralidad de las costumbres; la licencia
y perversión sexuales; la crueldad; la frivolidad y la altivez, y la despreocupación
de lo universal.
Nacionalismo
hipertrófico
No admite duda que un
rasgo central de la España de los Austrias era la idea desmesurada que el
español tenía de sí propio, y la nación de sí misma. Vanidad nacionalista que
no se debe confundir —antes se oponen ambos— con el verdadero patriotismo.
Mentes geniales lo reconocieron ya entonces: todo el pensamiento de Cervantes,
por ejemplo, está ligado, allá en su subconsciencia reprimida por las terribles
censuras de la época, con la confesión de este pecado nacional. Pero no tuvo
esta idea influencia en nuestra mentalidad hasta mucho después, hasta el siglo
XIX, que está lleno de la contrición de esta soberbia; y este sentimiento, de
provechosa humildad y no de inferioridad infecunda y depresiva, debe ser
juzgado como punto esencial en la renovación de España. Fue tal sentimiento el
motivo central de la llamada generación del 98, que gustaba de comentar la
frase de Nietzsche: «España es un pueblo que ha querido ser demasiado.» Pero,
en realidad, esta actitud la compartieron todas las grandes figuras del siglo,
aun los que por su cronología y por su significación política y confesional
nada tenían que ver con la famosa generación. Tal Cánovas, que escribe: «Con un
poco de serena atención basta y sobra para comprender que nunca fue más que
artificial, aparente producto de singulares hazañas aisladas y ricas herencias,
nuestra grandeza; no del propio y colectivo desarrollo nacional ni de
permanentes y naturales condiciones.» «Por obra de la Providencia no era
nativamente [España] tan grande cuanto sus ambiciones políticas o su gloría
misma»427. Y podrían recogerse muchos testimonios más, parecidos, a lo largo de
su obra histórica, animada siempre por esta reflexión central.
Pero no pueden
olvidarse las justificaciones psicológicas de esta desmesurada visión que el
español de los siglos XVI a XVIII tuvo de su propia grandeza. El contemporáneo
no puede juzgar la importancia de su patria más que por las consecuencias y no
por sus motivos; y aquellas consecuencias, es decir, los hechos de cada día,
eran de maravillosa e incuestionable realidad de poderío. El Rey de España era
el arbitro del mundo. Un vasallo español se podía pasear, casi por todo el
universo, sin pisar tierra extranjera. Lo que el contemporáneo no podía ver,
aunque algunas voces aisladas de visión histórica y genial ya lo advirtieran,
es que aquel poder ilimitado era, como dice Cánovas, regalo fabuloso de azares
y de herencias mucho más que legítimo fruto del esfuerzo, con ser éste, en
ocasiones, descomunal. Había, por ello, una desproporción inmensa entre el
poderío español y la riqueza española. Los pueblos de la Península que
sostenían, con ejércitos y armadas, con guerras y diplomacias, tan vasto
Imperio, eran mucho más pobres que ahora. El considerar que del páramo de
Castilla, cien veces menos poblada y menos cultivada que hoy, salían aquellos
raudales de energía y de autoridad que se derramaban por los dos hemisferios,
nos produce la impresión de un milagro. Y había en ello mucho de milagro,
porque el español acostumbrado a las hazañas mitológicas, vivía en pleno mito y
tenía la eficacia sobrehumana que el mito da. El pueblo español había visto a
un aventurero, echado de los países sensatos por medio loco, que se lanzaba al
mar en una carabela y volvía con un mundo entero sometido a Castilla; había
visto a un Emperador que con unos cuantos hombres casi desharrapados, batía a
los más orgullosos enemigos; a un Rey que vencía al turco fabuloso en los mares
latinos y que levantaba maravillas de piedra, asombro del universo, para
solemnizar sus victorias; a unos galeones repletos de tesoros, que venían,
conducidos por el Dios protector especial de España, a resolver con largueza
las necesidades del Estado español, cada vez que parecían insolubles. Esta
colaboración de lo sobrenatural multiplicó, al principio, la real energía del
país. Es un fenómeno que se comprueba en todos los aspectos de la vida: el
individuo que se siente miembro de una profesión ilustre, o de una asociación
poderosa, o de una insigne familia; el que, sobre todo, se sabe ciudadano de
una nación temida por las demás, es indudable que necesita un esfuerzo mínimo
para realizar la misma obra que aquel otro hombre que se siente a solas con sus
propias fuerzas, desamparado de estos sostenes ambientales. En este sentido, la
confianza en sí mismo del español de entonces no ha sido superada por nadie,
como no fueran los ciudadanos de la gran Roma de los Césares.
Pereza
Pero esta confianza
ilimitada de un pueblo en su propia fuerza, por legítimas que sean sus
justificaciones, acaba por anular su eficacia. En pueblos meridionales y de
componentes religiosos muy fuertes, como el nuestro, conduce inevitablemente a
la ociosidad. El creerse protegido de Dios corroe y destruye la tensión para el
esfuerzo. Y, en efecto, uno de los rasgos fundamentales de nuestro pueblo,
desde que a mediados del reinado de Felipe II inicia su decadencia, es la
pereza. «¡El ocio torpe en que vivimos!», clamaba el cronista Céspedes428. El
español, aún apto para la aventura, para la conquista, para el descubrimiento
geográfico, para cuanto suponía empuje paroxístico, con riesgos de sufrir y de
morir, pero con posibilidad de alcanzar súbitamente la riqueza o la gloria, se
hace incapaz para ese otro esfuerzo lento y oscuro en que se asienta el
bienestar de las naciones. Hoy podemos decir, con absoluta certeza, que
aquellas rogativas que se hacían para que llegasen con bien los galeones con el
oro de América, y aquellas alegrías con que se festejaba su arribo a los
muelles del Guadalquivir, eran como golpes de azada que abrían la fosa en que
nuestras mejores energías se iban enterrando. El galeón funesto mató a Don
Quijote. De sus vientres de madera salía, con el río de oro corruptor y
enervante, la semilla del fatuo, del perezoso y del pícaro. De esta calaña de
gentes se sembró el país. Entre soldados, frailes, nobles, servidores de los
nobles, pordioseros y ociosos de profesión se ocupaba más de la mitad del censo
de España429. Los campos no tenían brazos y los oficios estaban, en buena
parte, entregados a la actividad de extranjeros.
En este medio de
perezosos y soñadores en el mapa, la voluntad de trabajo y la fe en su propio
esfuerzo del Conde de Olivares, le convertía en un gigante entre pigmeos.
Muerte de Don Quijote
Otra consecuencia de
esa actitud del español, clave de la psicología de su decadencia, es la pérdida
del espíritu de sacrificio, de la fe en el ideal generoso; la muerte, en suma,
del quijotismo. Hume percibe finamente este estado de espíritu al comentar el
escepticismo y la burla con que los perezosos y rapaces cortesanos oyeron a un
quijote rezagado, Don Antonio de Mascareñas, hablar al Príncipe Baltasar Carlos
de reconquistar el Santo Sepulcro430. Y en un papel festivo, que firma
simbólicamente «María de Castilla la Vieja», dirigido a Don Juan de Austria, el
hijo putativo de Felipe IV, que estaba en Consuegra, dice a éste el autor: «El
diablo os llevó a la Mancha: que os habéis vuelto un Don Quijote. Dicenme que
queréis tomar por empresa enderezar el mundo. No hagáis mucha fuerza, que
podríais quebraros»431. La voz del alma popular, aquí, como siempre, asoma en
los sitios más imprevistos; y era verdad, en efecto, que Castilla, la que vio
nacer a Don Alonso de Quijano, era, unos decenios después, la que cortaba las
alas a sus quijotes.
El Conde-Duque, víctima
de su error capital, el cronológico, era un quijote que llegó con un siglo de
retraso a la gobernación de España. Cuando dice Cánovas que Olivares sentía los
problemas de España como Carlos V, tiene razón. Pero querer gobernar como
Carlos V, con la España de Felipe IV, era imperdonable locura. En verdad, la
mente disparatada de este Don Gaspar creía que eran ejércitos magníficos los
rebaños de gente borreguil. Y a esto se debe, en gran parte, el rencor de sus
contemporáneos, sobre todo de los Grandes, que tuvieron por él, aunque no se
atrevieron a decírselo, el mismo desprecio conmiserativo que por Don Antonio de
Mascareñas cuando quería resucitar las Cruzadas. Que es el mismo de los duques
escépticos, enriquecidos por los galeones, hacia su huésped Don Quijote, que
tanto nos duele cada vez que lo leemos en aquellos dolorosos capítulos del
libro inmortal. ¡Ay de los pueblos que no creen en las Cruzadas o en alguna
locura semejante! De este escepticismo, mezclado de vanidad sin razón, murió
aquella sociedad.
Religiosidad.
Monarquismo
Rasgo característico de
la época fue también la fe religiosa; profunda y pura en muchos, pero en otros
deformada por la represión oficial; y por ello derivada fácilmente hacia el
fanatismo o extraviada hacia los errores y las sectas más absurdas. La devoción
externa era, en general, mucho mayor que la profundidad del sentimiento
religioso. Era dolencia universal, es cierto, y no sólo en España; pero acaso
en nosotros más intensa; y de influjo especialmente morboso en la evolución del
alma nacional. La influencia del fanatismo en el retraso de la ciencia y del
progreso material de España, tópico de tantas disputas sobre nuestra patria, no
debe, es cierto, exagerarse; porque a este retraso contribuyeron otras causas
que nada tienen que ver con aquél; pero no puede negarse tampoco. Autor tan
poco sospechoso como Silvela cita un caso típico: «Mientras Francia —escribe—
lleva a cabo la grande obra de su canal de Languedoc y crea sus arsenales y sus
industrias de encajes y tejidos y sus Compañías de las Indias, en España una
Junta nombrada para el estudio de la canalización del Tajo y del Manzanares
desaprobaba el proyecto, fundándose en que si Dios hubiera deseado que ambos
ríos fueran navegables, con un sólo fiat lo hubiera realizado y sería
atentatorio a los derechos de la Providencia mejorar lo que ella, por motivos
inescrutables, había querido que quedase imperfecto»432. De esta obra, por
cierto, era decidido partidario el Conde-Duque. En su tendencia delirante a la
grandeza pretendió que los barcos llegasen desde Lisboa nada menos que a la
Casa de Campo de Madrid, a través del Jarama y el Manzanares; pero, con todo,
demuestra, como siempre, una visión lejana de los problemas muy superior a la
de sus contemporáneos.
Hemos hablado ya de
cómo la fe de Olivares, profunda, casi de fraile en sus últimos años, no supo
sustraerse a la infección fanática y hechiceril de su tiempo, aun cuando no en
el grado que le imputaron sus enemigos. Fue, sin duda, supersticioso y oyó demasiado
las fantasías de los hechiceros. Su fanatismo le llevó, en lo político, a
errores como el de reanudar las guerras de religión y deshacer el proyecto de
matrimonio del Príncipe Don Carlos de Inglaterra con la hermana de Felipe IV.
Pero en el gobierno interior fue menos intransigente que la mayoría de sus
contemporáneos; y de ello se sirvieron para acusarle de hereje sus implacables
enemigos cuando cayó.
Esta forma de fe, muy
idolátrica de los españoles del siglo XVII, encontraba su cauce auténtico en el
monarquismo. El creer, sin dudas, en la institución de origen divino y
localizar la fe en un ser humano que representa, en lo civil, a Dios, es el
ideal de la Monarquía. Y, desde luego, cuando los pueblos tienen el espíritu
favorable a creer en todo ello, ninguna forma de gobierno puede superar a la
monárquica. Por lo mismo, no es la mejor cuando el pueblo ha perdido su fe. El
español del siglo XVII aún no la había perdido. Es curiosa la ausencia, casi
absoluta, de la más leve actitud de crítica al Monarca en aquellos reinados
desastrosos. A todo inculpaba el pueblo de sus desdichas, incluso a los santos
que se suponían enojados por los pecados del pueblo; a todo antes que a faltas
del Rey. Desde luego, los ministros cumplían en enorme medida la función de
pararrayos del Monarca: por visible que fuera la incapacidad real, la culpa era
siempre de sus consejeros; y si el consejero era único, un Valido, sobre su
cabeza caían implacablemente todas las acusaciones. Así ocurrió con el Conde de
Olivares.
Éste, español
arquetípico en sus defectos y en sus virtudes, participó con absoluta plenitud
del monárquizo fervor. Su delirio de grandezas lo llevó en muchas ocasiones, ya
comentadas, a emular a su señor; pero éste fue para él, siempre, un ídolo
intangible. Sólo tuvo un momento de irritación y de crítica contra Felipe IV:
aquel en que escribió o inspiró El Nicandro, que será, a su tiempo, referido;
pero ya no estaba entonces en la posesión completa de su juicio y se debe
computar con tocia reserva.
Inmoralidad de las
costumbres
Hablaremos ahora de la
tremenda disolución de las costumbres, que ha dado lugar a centenares de
crónicas escandalosas. Aun cuando los textos de cualquier época de la historia
de los pueblos abundan en testimonios de que, los contemporáneos, invariablemente,
la creían la más pecaminosa de cuantas existieron, es evidente que estos
testimonios se redoblan en número y expresividad durante los reinados que
pusieron fin a la Casa de Austria. Basta comparar estos relatos con los de un
moralista de un siglo después. Feijoo, por ejemplo. Las liviandades que éste
anatematiza, en las fiestas de la Corte y en las romerías campestres, son
ejercicios espirituales comparados con los que eran cosa corriente, casi
admitida y aplaudida, en la vistosa Corte del Madrid de los últimos Felipes y
de Carlos II. Los Avisos y Noticieros contemporáneos, como los tan citados de
Pellicer, el publicado por Rodríguez Villa, el de Barrionuevo, del reinado
ulterior, y tantos más, abundan en anécdotas, pintorescas o trágicas, que han
sido copiadas y encomiadas muchas veces y no es éste el sitio de repetir. En la
Corte los nobles se acuchillaban por motivos fútiles; y aun sus mujeres, las
más altas, se conducían con igual violencia: el Padre Sebastián González nos
cuenta, por ejemplo, que yendo la Marquesa de Leganés en su coche por la Casa
de Campo la seguía el del almirante de Castilla, el cual iba, en disposición
poco decente, con dos damas, y llevaba, por eso, bajadas las cortinas. Pidió la
de Leganés al cochero del almirante que fuese por otro camino; el cochero, por
mandato de su amo, no obedeció a la Marquesa, y entonces ésta descerrajó un
tiro al desdichado auriga433. En las señoras de la época era corriente llevar
armas de fuego, incluso como adorno, como puede verse en el admirable retrato
de la Condesa de Monterrey, de la familia del Conde-Duque434.
Bandas de malhechores,
precursores de los actuales pistoleros, robaban a los transeúntes, y, si se
resistían, los mataban. «Las cosas están de forma —escribió Pellicer— que de
noche no se puede salir sino muy armado o con mucha compañía.» Y eran, con frecuencia,
estos «capeadores» y asesinos los soldados de las levas, como los que fueron a
Cataluña en 1642, que tuvieron, a su paso por Madrid, aterrado al vecindario:
«No hay —decía el mismo Pellicer— ni qué comer, porque de miedo no vienen
provisiones a la corte»435. Los estudiantes, en Salamanca o en Alcalá436, en
perpetua gresca, imitaban en sus desafueros a los cortesanos. Y a la violencia
se unía la venalidad y corrupción de los administradores públicos, contra los
que, no del todo vanamente, luchó Don Gaspar de Guzmán.
Una especial gravedad
adquirió el quebranto de la moral sexual. Más que por su intensidad —que, a
pesar de las obligatorias lamentaciones de predicadores y moralistas, no puede
asegurarse que fuera más profunda que en otros momentos anteriores y en alguno
posterior— por sus peculiaridades cualitativas. La vida sexual de este siglo
tiene dos características muy típicas de las épocas de represión: el
contubernio con la religión y el sadismo. Sobre el primer aspecto se ha hablado
ya en diferentes pasajes de este libro. Los extranjeros lo percibían muy bien.
El púdico autor, anónimo, de un viaje a final de aquel siglo, escribe: los
españoles «tienen un exterior devoto que engañaría fácilmente si no se
acompañase de tantas acciones indecentes, no avergonzándose de servirse de las
iglesias para teatro de vergüenzas y lugar de citas para muchas cosas que el
pudor impide nombrar»437. Las cartas de monseñor Muret son especialmente
significativas; este buen presbítero «agregado a la Embajada del arzobispo de
Embrun», refiere con terror las cosas que vio y oyó en las iglesias de
España438. La expresión más atroz de esta degeneración del amor nos la dan los
lances, ya referidos, en que se achacan, con morbosa complacencia, sacrilegios
sexuales al Conde-Duque y a Felipe IV. Hay en estas calumnias una suerte de
intención oculta de manchar a la religión con las salpicaduras de la obscenidad
como venganza subconsciente a la enérgica represión que la religión ejercía
sobre las libertades sexuales. Esta monstruosa tendencia halló un cauce grave
en la difusión de la secta de los alumbrados, que pretendían alcanzar la gracia
divina pecando. Ya se ha hablado de la importancia que tuvo esta secta y de
hasta qué ilustres o piadosos personajes llegaron las sospechas de su contagio.
El aspecto sádico de la
sexualidad de esta Corte corrompida apenas necesita comentario, porque aún le
conocemos y le vivimos en el crimen pasional. Tuvo este crimen, típicamente
meridional y muy español, su apogeo y glorificación literaria en aquellos reinados
que estudiamos ahora. El matar a la mujer amada por infidelidades efectivas o
supuestas, rara vez es genuina venganza; es casi siempre monstruosa
manifestación de deseo. Muchas veces el pretexto para matar —los celos— se
inventa, notoriamente, y el crimen tiene algo de bárbaro éxtasis supremo. Las
muertes de mujeres por sus galanes ocurrían, en efecto, cada día; y cada tarde,
en la comedia de Lope o de Calderón, encontraba el público inducciones poéticas
para seguir el ejemplo. La hostilidad de la Iglesia a las comedias, incluso las
de Lope, como estímulos al pecado, es análoga a la que hoy sienten los
moralistas contra el cinematógrafo.
Sangre, amor y religión
son los componentes del mito de Don Juan, que conquista a sus novias y las besa
entre cuchilladas y difuntos. Es éste el profundo sentido nacional de la
creación donjuanesca; y alcanzó su época de gloria en el reinado de un Don Juan
típico, como Felipe IV. Y en torno suyo pulularon los aprendices de Tenorio,
entre ellos el empecatado Don Cristóbal, de este apellido, raptor de la hija de
Lope de Vega.
Fuera de las grandes
aventuras amorosas y sangrantes, el acento sádico del amor se percibe en muchos
detalles de la vida de aquel tiempo. Muy precios son los que, alteradísimo, nos
cuenta el citado Muret acerca de los regalos que los amantes hacían a sus
novias, de lienzos empapados en su sangre, después de las sangrías que, por
cualquier indisposición, se practicaban entonces, e incluso se inventaban para
poder hacer el amoroso obsequio439. Es curioso anotar que la mayoría de los
viajeros franceses se escandalizaban de las disolutas costumbres sexuales de
España, mientras ya entonces, para el español, era Francia el teatro de todas
las licencias440. Se explica bien esta contradicción por las distintas técnicas
del libertinaje en los dos países. Un ejemplo lo demuestra muy bien: en Francia
el pecado era más público; las queridas del Rey tenían categoría oficial de
Soberanas. En España los amores de Don Felipe IV, más numerosos y más
complicados que los de su real cuñado, transcurrían en hipócrita misterio: todo
el mundo sabía quiénes eran las queridas de turno, pero sin darse nadie por
enterado. El escándalo era mayor en Francia; y para el español no hay nada más
grave que escandalizar. Pero tal vez la calidad del pecado era peor, tras la
máscara correcta, en España; y en este sentido tenían razón los aspavientos de
los franceses.
En este sadismo de la
vida sexual influía, sin duda, la crueldad de las costumbres de la época, no
privativa de España, ciertamente, aunque quizá, entre nosotros, más acentuada
que en otros países de Europa. Hoy no podemos juzgar la bárbara delectación de
aquellos españoles ante el dolor ajeno sin pensar que dependía de una modalidad
universal de la sensibilidad; como, seguramente, dentro de tres siglos,
pareceremos bárbaros a nuestros descendientes —mucho mejores que nosotros, sin
duda— por actos nuestros, de cuya crueldad apenas nos damos cuenta. Sólo así
podemos explicarnos que Lope de Vega, fuente de tanta emoción delicada,
derramada en los más dulces versos del mundo, asistiera complacido, como
familiar de la Inquisición, a la ejecución espantosa de pobres hombres y
mujeres, la mayoría de ellos más dementes que herejes verdaderos. El monstruo
no era él, sino el alma de la época. En el terrible cuadro del auto de fe, de
Berruguete, lo que espanta no son los reos consumidos vivos por las llamas,
sino la absoluta indiferencia con que Santo Domingo de Guzmán y los demás
personajes asisten a la bárbara chamusquina, y, sobre todo, aquel juez obeso
que, con las manos sobre el vientre, duerme como un bendito, mientras los reos,
vivos, se tuestan lentamente. Pellicer, cronista cortesano, remilgado, nos
cuenta, sin emoción alguna, como pudiera hacer el relato de una fiesta, que a
una niña, acusada de ser cómplice de unos ladrones, los jueces (esta vez
civiles) no la ejecutaron como a sus compañeros «por no tener edad», pero la
dieron doscientos azotes, la cortaron las orejas debajo de la horca de donde
pendían los cadáveres de los reos «y la tuvieron todo el día colgada de los
cabellos, a la vista del pueblo; y del castigo quedó tal, que murió dentro de
dos días»441. Novoa, mayordomo del Rey, describe el auto de fe, en Madrid, de
1632, con morosidad que espanta, a pesar de que varias mujeres fueron quemadas
vivas, y, como ocurría en estas ceremonias, hasta los huesos de los reos que ya
habían muerto fueron implacablemente desenterrados y quemados. El juicio que
tanto horrores le merecen es: que fue «este auto ejemplar benignísimo porque
siendo los reos acusados de atrocísimas culpas, no eran equivalentes las penas,
para lo mucho que debían padecer; resplandeciendo aquí la misericordia y la
majestad del Rey con este hecho y con asistir a acto tan legítimo a su dignidad
y oficio»442. El Rey y sus cortesanos podían tener a las cómicas por amantes;
pero si un cómico galanteaba a una señora, lo degollaba la justicia; como ocurrió
en Valencia a Íñigo de Velasco, «comediante de opinión, porque, olvidado de la
humildad de su oficio, galanteaba con el despejo que pudiera cualquier
caballero»443. El espectáculo habitual de tanta crueldad influía, sin duda, en
la disposición sádica de los instintos.
Esta licencia sexual
era sobremanera escandalosa en las clases altas de la Corte, a partir del Rey,
donjuan típico hasta su extrema vejez. Al español, ciego por su Rey, le parecía
muy natural este libertinaje de Don Felipe; pero los viajeros se daban cuenta
del maleficio de tan alto y torpe ejemplo. Bertaut, por ejemplo, atribuye a la
conducta del Monarca la degeneración de las costumbres, la pérdida de la
antigua galantería hispánica y el continuo desenfreno de la Corte444. No es
fácil imaginarnos cómo un Rey tan entretenido tenía luego autoridad para
desterrar de Palacio e imponer penas más graves a sus nobles y servidores que
galanteaban a las damas445. La furia galante invadió hasta las sabandijas del
Alcázar; y es conocida la historia del aposentador regio, Marcos de Encinillas,
que quiso matar a su mujer porque la galanteaba uno de los enanos del Rey446;
es muy probable que fuera Don Sebastián de Morra, acondroplástico, porque esta
clase de enanos suelen ser muy rijosos, y los demás, en cambio, no tienen
aptitud para tales aventuras.
Había, es cierto, damas
virtuosas que no se rendían al desenfreno cortesano. Y, a veces, esclavas del
ambiente, oponían a la tentación el recurso macabro de recibir el deseo con la
muerte; recurso españolísimo, como en la leyenda ya referida de la monja de San
Plácido, galanteada por el Rey, o como en la historia que cuenta el jesuita
Padre González, ocurrida en un cigarral toledano, llena de sabor ibérico: una
señora toledana era estrechamente perseguida por el Marqués de Palacios.
Después de mucho resistir, accedió a recibir al galanteador en su cigarral. A
la hora fijada salió de la ciudad el coche donde se había convenido que iría la
dama, con las cortinas echadas para evitar el escándalo. El feliz Marqués
jineteaba a alguna distancia del estribo. Cuando llegó a la casa campestre,
Palacios se abalanzó, anhelante, a abrir la puerta de la carroza; más en lugar
de la dama descendió un grave jesuita, que le dijo que había sido enviado allí
para confesar «a un caballero muy enfermo y sin juicio», «porque no corra
riesgo su salvación muriendo sin confesión». Quedó el galán corrido; pero no
tenía temple de Manara y no se enmendó. El Rey, nos dice el cronista que cuando
se enteró del lance «rió mucho»447.
Cuando las cosas
pasaban del mero galanteo a las últimas consecuencias, ocurrían, claro es,
todas las complicaciones orgánicas que tales lances acarrean; y había un
servicio clandestino, tan extenso como en las ciudades más libertinas de hoy,
de mujeres expertas de ayudar a las damas comprometidas a resolver bruscamente
su situación embarazada. Otro jesuita, el Padre Vilches, nos cuenta, por
ejemplo, que el 28 de agosto de 1634 «azotaron a una mujer que también habían
azotado y sacado en el auto de Toledo; llamábase la madre Juana, y ahora, por
sentencia, la mala Juana, brava embustera de esta Corte, que daba intención de
que parirían las mujeres encubiertas, sin dolor ni ser sentidas, y mil arengas
falsas; y tenía grande entrada entre las señoras de esta Corte; y por eso la
pasearon por Madrid segunda vez»448. Claro que las que debieron ser paseadas
fueron las señoras, por lo menos con tanta razón como la Juana abortadora y
alcahueta.
Como ocurre siempre en
estas etapas de desmoralización abundaron también las anormalidades sexuales
más graves. Por el año 1636 se descubrió en Madrid «un numeroso enxambre de
putos o arisméticos»; algunos de los cuales fueron, como era costumbre,
ahorcados. Pero eran tantas y tan altas las complicaciones del enjambre, que
hubo de echarse tierra al asunto449. No en vano Quevedo, entre las Cosas más
corrientes de Madrid y que más se usan anotaba las «mujeres-hombres y
hombres-mujeres en acciones y pelillos»; y también «P..., ambigui generis».
El Conde-Duque, cuya
vida ejemplar, después de los desvaríos moceriles, le autorizaba a combatir
estos desarreglos sociales, lo intentó con Juntas de reforma y con pragmáticas,
que Quevedo alabó en su Epístola satírica y censoria. Pero, como pasa siempre,
nada consiguió: porque la moral jamás se ha modificado por medio de leyes. Al
final de su privanza, la vida disoluta de la Corte había alcanzado grados
inauditos. Tal vez sea exagerado decir, como Hume, que sólo las corruptas
ciudades que nos relata la Biblia pudieron compararse con la Corte española de
Don Felipe y Doña Isabel450. Pero, realmente, algunos de sus episodios, como la
general licencia de los cortesanos durante las jornadas reales, en Zaragoza,
produce la impresión de una grave enfermedad de la ética colectiva. Aún empeoró
el mal cuando murió el Conde-Duque; porque, sin duda, él y su mujer, la
virtuosa Doña Inés, eran un ejemplo y un freno, que no continuó el escéptico y
ligero Don Luis de Haro. Las cartas de Sor María de Agreda al Rey claman, en
estos años, sin cesar, para que se ponga remedio a tantos pecados, a los que la
monja atribuía el desvío de Dios hacia España; desvío que se traducía en
derrota tras derrota en nuestros campos de batalla. El Rey lo creía a pie
juntillas y llamaba a alcaldes y corregidores y les encargaba la más severa
vigilancia y la mano más dura en la corrección de las costumbres. Lo que no
hacía era arrepentirse él, sin pensar, y sin que tampoco se lo advirtiesen sus
consejeros —salvo, aunque blandamente, la misma Sor María— que un buen ejemplo
suyo hubiera sido mil veces más eficaz que todos sus decretos.
No fueron más
afortunadas que las leyes las predicaciones de los frailes y los libros y
papeles que profusamente circularon proponiendo la enmienda de aquella España
pecadora y profetizando penas, temporales y eternas, para los incorregibles
súbditos del Rey donjuan. Ya he citado el famoso libro de Alonso Carranza,
antecedente de lo que ahora también hablan o escriben los modernos
predicadores, con menos justificación, porque la humanidad es hoy infinitamente
más digna y limpia que en aquel siglo. Probablemente los hombres y mujeres que
oían o leían estos consejos decidían arrepentirse, y algunos lo lograrían sin
duda. Mas la mayoría de los caballeros, después de oír devotamente las
filípicas, seguían usando las pelucas, consideradas como pecaminosas, empezando
por el propio Olivares; y las señoras siguieron pintándose la cara
escandalosamente, sin excluir a la familia real, como puede comprobarse en los
retratos implacables de Velázquez. Las damas palatinas, no hay que decirlo: su
belleza era puro artificio, y así, cuando en 1640 ocurrió el incendio del Buen
Retiro, a media noche, tuvieron que salir sin arreglarse, porque si no se
quemaban, y Pellicer, testigo presencial, escribe: «Fue mal día éste para las
señoras damas, porque algunas, con la falta de adornos, mostraban más años, y
otras, sin los aliños, menos deidad»451. La misma virtuosísima Doña Inés, la
Condesa de Olivares, se pintaba también; nos lo revela Novoa al contar que,
cuando recibió, en Loeches, la noticia de la caída de su marido, perdió «no sólo
los colores de la cara, sino los que se ponía, que eran muy grandes, como se
usa en Palacio»452.
En páginas anteriores
he hecho constar, pero debo repetirlo aquí, la superioridad de la conducta del
Conde-Duque, en su vida sexual, sobre esta Corte corrompida. No fue como los
otros; y a esto se debió también parte de la hostilidad de los que veían en la
severa conducta del ministro un reproche para la suya. Pero esto hace
sobremanera injusto el que aún hoy se le siga considerando como uno de los
libertinos de la Corte e inductor, desde su alto ejemplo, al desenfreno de los
demás.
Frivolidad y altivez
Otro aspecto de esta
sociedad, en la que los grandes ideales, como el religioso y el de la patria,
habían degenerado, eran la frivolidad y la altivez. Ésta es también frivolidad
que se disfraza de orgullo. Al leer los Avisos de los gacetilleros contemporáneos
produce pasmo el ver la categoría que dan a los chismes más ridículos de la
Corte, a los que dedican el mismo espacio, o más aún, que a los grandes sucesos
militares o civiles de que podía depender el porvenir de toda la nación. Los
Grandes y nobles no hacían más que banalidades; y al pueblo lo que más le
interesaba del mundo era esa sempiterna banalidad aristocrática.
La supervaloración del
españolismo, que, en su fase inicial, fue motor de gloriosas gestas, acabó por
convertirse en finchada altivez sin eficacia, de la que los extranjeros, con
burlesca intención, cuentan docenas de episodios. Pero los mismos cronistas
españoles recogían abundantes ejemplos de tan necia y peligrosa vacuidad. Para
no citar más que un caso, recordaremos el que Pellicer refiere, como suceso
casi natural, hasta el punto de no merecer de él ni un solo comentario: el
Conde de Lodosa estaba parado en su coche, en una calle de Madrid; pasó el del
gobernador del Arzobispo y rozó al del Conde, lo cual bastó para que, sin más
explicaciones, el irascible prócer saltase al arroyo, y desenvainando la
espada, «desbarrigase» con ella a todas las mulas de la carroza arzobispal453.
Otras veces las espadas próceres relucían por motivos aún más fútiles: por
pasar antes que otro una puerta, por rozarse dos caballeros en el vaivén de un
salón, y hasta por mirarse con sospechas de impertinencia. Desgraciadamente,
casi nunca para servir al país en los campos de batalla.
Despreocupación de lo
universal
Finalmente, del
nacionalismo sin crítica y de la frivolidad resultaba un fenómeno también
característico de estos reinados: la despreocupación del español por cuanto no
ocurría dentro del territorio peninsular. La manifestación más interesante de
esta actitud es la levedad con que pasa por los documentos contemporáneos
—índice de lo que ocurría en los espíritus— la preocupación de América.
Interesaba el nuevo continente a los que allí iban y a los que de allí
esperaban la solución de sus problemas personales o políticos. Pero no al gran
público, cuya conciencia histórica terminaba en las mismas fronteras materiales
de España. Fue preciso, para que el alma española, paradójica siempre, se
lanzase a las curiosidades universales, que perdiéramos tres siglos después el
último resto de nuestros dominios.
Sobre este triste fondo
del cuadro nacional destacan, con vigor casi monstruoso, las cualidades de
energía, de rectitud y de voluntad imperiosa «de ser» del Conde-Duque. Y el
contraste nos explica tres cosas fundamentales para su definitivo juicio: que el
Valido de Felipe IV se impuso gracias a la blandura ética del medio; que sus
positivas cualidades estaban, históricamente, trasnochadas, y por este error
cronológico perdieron su eficacia; y que gran parte del odio, único en la
Historia, que suscitó, fue reacción subconsciente de un pueblo pecador al que,
con su recia conducta, acusaba de sus peores pecados. Le faltó a Olivares
delicadeza y habilidad en su trato con los hombres y con las masas; sobre todo
delicadeza para imponer su autoridad, por lo mismo que era omnímoda; y esta
cualidad, necesaria en todo gobernante —hacerse perdonar el mando— lo es aún
más en un gobernante español, pues es nuestro pueblo celoso hasta el paroxismo
ante las grandes capacidades individuales.
El pueblo sano bajo la
costra
No caigamos en el error
de suponer, sin embargo, que toda España era así, como se desprende de esta
pintura. Así eran la mayoría de los que formaban el equipo de protagonistas de
la historia oficial: magnates, generales, ministros. La corrupción fue de las
clases altas, las directoras y, por lo tanto, las ejemplares. La grandeza
regalada por el hado y conquistada por el esfuerzo de cada día transformó «a
los caballeros cristianos en señores, y en señoritos después»454.
Por desgracia, esta
disolución de la jerarquía directora no se vio reemplazada por una clase
directora nueva, que tal vez hubiera necesitado para su creación un movimiento
revolucionario que entonces era imposible.
Pero, como antes
comentábamos, quedó, bajo la costra de podredumbre, el pueblo intacto, la raza,
mantenida, como un perfume inviolable, en el vaso hermético y fecundo de la
mujer española, cuya eficacia de purificación y de conservación de los valores
eternos alcanza, en la biología de la hispánica humanidad, una categoría casi
milagrosa.
17. La familia real
Felipe IV o la voluntad
paralítica
DE los cinco Austrias,
Carlos V inspira entusiasmo; Felipe II, respeto; Felipe III, indiferencia;
Felipe IV, simpatía, y Carlos II, lástima. De estos juicios, el único que
encubre un equívoco histórico es el de Felipe IV. A todo español es simpática
la figura de este hombre impasible, pero bueno, enemigo de toda crueldad; de
elegante abandono en el gesto de donjuán fatigado; más inteligente y quién sabe
si más bueno que su padre; amador de todas las artes y enamorado de todas las
mujeres. Le vemos, ya como le pintó Velázquez de cazador o de caballero; ya
como las crónicas le insinúan, persiguiendo a cómicas, a damas y meretrices,
incluso a monjas; ya, en fin, como le retrató Lope de Vega en unos versos
admirables, en su despacho adornado de dos bufetes, uno cubierto de terciopelo
rojo, en el que Don Felipe redactaba su traducción de la Historia de Italia, de
Guicciardni; y otra con un pomo de agua de ámbar, en lo que el regio traductor
buscaba excitación a costa de sus riñones y de su hígado455. Mas, por debajo de
estas imágenes amables, unos historiadores le achacan responsabilidad gravísima
en el derrumbamiento de la Monarquía española, gracias a su frivolidad y a su
pereza; otros, por el contrario, le defienden, atribuyéndole talento excelente,
buena voluntad y hombría de bien, con los que no pudo, sin embargo, vencer el
destino adverso y las torpezas de sus ministros, principalmente las de su
Valido, Don Gaspar de Guzmán.
Cuál de las dos
opiniones es la exacta no lo podemos decidir nosotros. Parece, sin embargo, que
sobre pocos personajes del pasado nos es dable formar un juicio más a salvo de
interpretaciones históricas o afectivas, pues nos dejó en su correspondencia larguísima
con Sor María de Jesús, la monja de Agreda, una serie de huellas tan finas y
precisas de su alma como casi no haya otro ejemplo en la psicología
retrospectiva. Las acciones públicas de un político nos revelan muy lejanamente
su alma; sus escritos oficiales y sus mismas cartas privadas (escritas casi
siempre pensando en el público) menos aún, porque ni siquiera tiene la
espontaneidad del gesto y de la acción; las memorias, los diarios íntimos
tienen esa misma preocupación espectacular, más o menos disimulada y proyectada
sobre la posteridad; pero estas epístolas que Don Felipe creía escritas a Dios
mismo, por intermedio de la madre venerable, tocada de revelación, son
absolutamente sinceras y no dejan lugar a dudas respecto a su más recóndita
personalidad.
De esta
correspondencia, quizá más manoseada que leída, se desprende el diagnóstico de
la enfermedad terrible del Monarca: la parálisis de la voluntad. Acaso fuera
más exacto decir la ausencia de voluntad, porque muchas veces da la impresión
de que no la tuvo nunca. Como el pobre paralítico de las piernas, ha menester
el brazo fuerte del amigo que le sirva de báculo; así la voluntad de cera del
Rey necesitaba de otra para poder dar los pasos más sencillos en su existencia
oficial y en la privada. Fue este defecto común a todos los Austrias, desde el
gran Carlos V, severo en la ejecución de lo que decidía, pero que para
decidirse necesitaba ayudas ajenas, a veces potentísimas. En Felipe II, la
astucia, la prudencia, la reserva, la severidad eran cualidades hipertrofiadas
para defenderse de la debilidad interior. La bancarrota de la voluntad es ya
patente en Felipe III, falto de recursos con que disimularla, y por ello,
refugiado en una excesiva devoción religiosa y en el albedrío de un Valido
absoluto, el Duque de Lerma. Aún más claramente aparece la atrofia de la
voluntad en los hijos del Rey devoto, si bien en los dos que alcanzaron vida
histórica, Felipe IV y el Cardenal-Infante, la parálisis de la decisión y de la
iniciativa estaba compensada por otras cualidades excelentes; parte de la
bondad, que fue común a toda la dinastía, y que Felipe IV recibió por herencia
en grado sumo, fue, en efecto, este Rey, inteligente, espiritual y lleno de una
simpatía cortesana cuyo antecedente ancestral es difícil de colegir; y su
hermano, el Cardenal-Infante, estuvo dotado de un evidente prestigio personal,
de capitán de la gran época, que puso de claro manifiesto en las difíciles
circunstancias de Flandes y que se enlazan, directamente, a través de dos
generaciones de Reyes excesivamente civiles —su padre y su abuelo— con la vena
conquistadora de su glorioso bisabuelo Carlos V. Si fuera lícito al historiador
el juego, prohibido por fundamentalmente inmoral, de discurrir sobre «lo que
hubiera pasado si las cosas no hubieran sido así, sino de otro modo», una de
las perspectivas más agradables de este juego sería soñar en la suerte de
España si el trono de Felipe III lo hubiera heredado Don Fernando, el caudillo,
y no Don Felipe, el donjuán.
Tenía Felipe IV, en
efecto, como rasgo fundamental de su carácter, una sensualidad pasiva, y por
pasiva inagotable, como la mujer, que es en el hombre la más expresiva
manifestación de la falta de voluntad, bien distinta de la activa y episódica
del recto varón. Su vida pública, continuada efemérides de devaneos amorosos
con mujeres y más mujeres, altas y bajas, de todas las categorías morales,
sociales y estéticas, lo indica así. Pero, sobre todo, nos lo demuestra el
inapreciable documento de las epístolas, más que entre el Rey y la superiora de
Agreda, entre la regia conciencia y Dios. Con insistencia que acaba por aburrir
al lector —como llegó a aburrir y a enojar a la propia Sor María— nos va
exponiendo Don Felipe en las cartas sus inacabables tentaciones, a las que, con
perfecta regularidad, sucumbe. Cada vez, sin excepción, pide auxilio al cielo
para no caer; pero, inexorablemente, cae. La caída se acompaña de profunda
contrición, de un sentimiento terrible de responsabilidad, porque sabe que él
no es un hombre como los otros, sino el Rey de la nación elegida por Dios; y
que, al ofenderle, no sólo compromete la salvación de su alma, sino la
seguridad de la Monarquía y de España, cuyas continuadas desdichas atribuye a
la ira divina que sus culpas han suscitado. Y así se suceden, y nunca se
interrumpen, los períodos de la tentación, de la resistencia y del desplome de
la voluntad; y, a veces, la sucesión es tan rápida, que esos períodos se
superponen y dan la impresión de una doble personalidad en el Monarca, de una
dolorosa ambivalencia de su alma, que a un tiempo peca y llora su pecado, que a
un tiempo se golpea el pecho contrito con una mano, mientras la otra escribe la
nueva cita de amor.
Constantemente surge en
las cartas la confesión angustiosa de la impotencia de una voluntad infeliz...
«me temo a mí mismo más que a ninguna otra cosa»; «procuro cumplir con lo que
debo y con la voluntad de Nuestro Señor, pero soy frágil y temo que sin cuidado
de los buenos que suplan mi malicia no lo he de conseguir»; «temo a mi frágil
naturaleza»; «lo malo es que, aunque conocemos lo mejor, suele el apetito
inclinarlos a lo contrario; y yo temo, Sor María, que me suceda a mí esto, pues
mi flaqueza es mucha». «Deseo ejecutar vuestros consejos y doctrinas..., pero
me temo a mí mismo y necesito de vuestra ayuda para conseguirlo.» «¡Ah, Sor
María! ¡Cómo temo que mi flaqueza me estorbe a conseguir los bienes que
deseáis!»456. Y así podrían multiplicarse estos clamores de reconocimiento de
su abulia, algunos de los cuales son ya de pocos meses antes de morir.
Ironía y autoacusación
A veces el testimonio
de su debilidad ante los apremios de su consejera tomaban un dejo de ironía
mundana, picada de gracioso cinismo madrileño, como cuando responde a las
exhortaciones de Sor María para que imite la constancia en rogar a Dios que
tenía la mujer Cananea: «Con la última que me escribisteis me he alegrado mucho
y alentado en medio de mis ahogos..., reconociendo lo que obra la fe como lo
hizo en la Cananea; lo malo es, Sor María, que no es fácil imitar a esta santa
mujer como debiéramos; pero es cierto que si siguiéramos su ejemplo, se doliera
Dios de nosotros»457.
Otra vez contesta así a
la invitación de que imite a San Pablo: «Gran confianza nos puede dar a los
pecadores lo que decís de San Pablo; pero como él debía de tener más méritos,
le acudió Nuestro Señor con el auxilio tan eficaz...; mas como a mí me faltan...,
no puedo esperar tan gran favor»458.
A otra carta de la
madre, en la que pone como ejemplo a Ezequías, responde: «Reconozco, Sor María,
que nuestros pecados, y particularmente los míos, son motivo de los aprietos y
castigos que padecemos; pero como en mí faltan las virtudes que poseía el santo
Rey Ezequías, temo que no he de acertar a desenojarle»459.
Pero esta leve espuma
de humorismo bíblico que rizaba el mar tempestuoso de sus preocupaciones era
rara. Su tono casi constante es de autoacusación. «Cortos son los medios
humanos..., y lo que más me atemoriza es ver mis culpas, que ellas solas bastan
a provocar la ira de Nuestro Señor.» «Bien reconozco, Sor María, que nosotros,
sin la ayuda de Dios, daremos siempre de un abismo en otro; y esto es lo que
más me aflige a mí, por temor que mis pecados pasados y presentes impidan este
auxilio.» «En medio de este alivio me aflige mucho el parecerme que yo echo a
perder todo esto con lo que ofendo a Nuestro Señor, pero mis culpas son tantas,
que no dejan obrar a su misericordia»460. Y docenas y docenas más de los mismos
gritos de su responsabilidad, que parecerían ejemplares a quien no conociera la
historia de este Rey e ignorara que, cuando escribía cada una de tan humildes
contriciones, tenía ya dispuesto el nuevo devaneo nocturno, que jamás el temor
de Dios le impedía celebrar. Era, pues, una autoacusación de deprimido, sin el
necesario rebote eficaz de la enmienda. La heredó muy directamente de su padre,
que murió, como es sabido, aterrado por la idea de que el mal estado en que
dejaba a su Monarquía era el castigo de Dios a sus muchas culpas. El maligno
Padre Aliaga se encargó de fomentar la racial propensión del pobre Felipe III,
al que, tal vez, se presentaba, en su última hora, la visión de los miles y
miles de buenos y honrados moriscos, despojados de sus bienes legítimos y
muertos en la miseria y el destierro por su culpa. Pero en Felipe IV las
razones para creer en la ira de Dios eran, en cambio, incuestionables y
numerosas; y por ello, la sempiterna asociación del dolor de pecar con la
reiteración inexorable de sus pecados cotidianos irritan al lector de hoy y le
hacen formar una triste idea moral de este Príncipe que la leyenda y los
retratos de Velázquez nos presentan con tan simpática dignidad. Es conocida la
carta de Sor María al cardenal Borja, en la que, desesperada del juego del Rey,
exclama con noble indignación: «Dejaré la materia de confesar para otra ocasión
y ahora sólo digo que la correspondencia con el Rey se continúa muy a mi pesar
por dos cosas: la primera, porque me han dicho que está con sus mocedades
antiguas y que le habían herido; dígame V. S. si es verdad y ¡quién ha de tener
ánimo, si así lo fuera, para escribirle! La segunda, porque ven que esta Corona
está en gran peligro y que los herejes se conjuran contra ella y todos están
ciegos; y yo no puedo hacer nada sino llorar y afligirme y escribir claro; pero
todo es hablar con un roble y diamante»461.
En algunas ocasiones
coincidían los devaneos del Rey con buenos éxitos de las armas, y esto le
animaba en el camino del pecado. Por ejemplo, cuando Don Juan de Austria redujo
a Nápoles en abril de 1648, estaba Felipe IV en trances tan pecaminosos, que esperaba,
en justo castigo a su liviandad, la derrota de su hijo. No fue así, y escribía
a su consejera: «Sor María, muy confuso me deja el ver que cuando yo ofendo
tanto a nuestro Señor, Él me favorece. Sírvase de ayudarme para que,
reconociendo yo esto, sea agradecido y observe lo que tanto me importa,
aprovechándome de los santos documentos que me dais en vuestras cartas»462. En
estas líneas, en apariencia humildes, late la satánica confianza de que Dios,
lleno de benevolencia para su hijo predilecto, se hace amablemente el distraído
ante los egregios pecados, por graves que hayan sido.
La penitencia en la
espalda ajena
Los testimonios
copiados y el epistolario íntegro muestran claramente otro rasgo peculiar de la
impura religiosidad de la época, que inducía a los magnates, y sobre todo al
Rey, a pecar alegremente, encargando a los hombres y mujeres piadosas del
cuidado de rogar a Dios y de sufrir en sus espaldas, con disciplinas y ayunos,
el castigo de los pecados ajenos. Don Felipe, en cada tentación de su vivir
donjuanesco o en cada trance de peligro para sus armas, rogaba a Sor María que
rezase, y con ella la Comunidad; y que se mortificasen, como lo hacían
abnegadamente las santas mujeres; pero no ponía el mismo empeño en huir
virilmente de la aventura y en organizar con prontitud sus ejércitos. A veces
la paciente abadesa perdía la calma y le contestaba con admirables perífrasis
del refrán «a Dios rogando y con el mazo dando», que jamás supo ni practicó el
Rey. Una vez, por ejemplo, le escribe: «Acá [en España]... cuando ha habido
felicidad y ventura, ha sido milagro, porque sólo Dios los ha obrado; pero no
siempre los merecemos, porque quiere Su Majestad que nosotros nos animemos y
hagamos lo que nos toca, concurriendo con las causas naturales»463. Con ser tan
afecta al Rey, no podía menos de reaccionar en éstas y otras ocasiones contra
la cómoda actitud de atraer la divina gracia no con el trabajo y el esfuerzo y
el propio dolor y la austeridad, sino con los rezos de los infinitos conventos
que con este fin sustentaban el país mientras sus directores habían perdido por
completo su tono moral.
Necesidad del Valido
Esta sucinta pintura
del alma del Rey, flotando, inerte, como un trozo de madera en las olas, nos
explica su conducta en la vida pública y exculpa a su Valido, el Conde-Duque,
de la acusación más fuerte que sus contemporáneos le hicieron y transmitieron a
los comentadores futuros: la de captar la voluntad del Monarca. No la captó,
porque no existía. Porque no existía, la sustituyó. Fue su privanza y
dictadura, como todas las que ha conocido la Historia, un fenómeno de biología
pura. En la naturaleza todo tiende a remediarse, sustituyéndose los órganos y
las actividades que flaquean, lo mismo en un ser vivo que en una organización
social, por otros más fuertes. Aquel disparate retórico, encubridor de una
indudable verdad de que «la naturaleza tiene horror al vacío», se observa
también en la vida política de los pueblos. Todo caso de dictadura encubre el
vacío de la autoridad legítima del Estado. En la época de las Monarquías
absolutas el fenómeno tenía una realidad directamente humana, más que social,
como ocurre en estos tiempos de democracia. Ahora, a un Estado claudicante le
sustituye una organización imperativa, organización social, de muchedumbres,
aun cuando la dirija y personifique un solo hombre. Entonces el proceso
sustitutivo se reducía a lo personal: el Rey inútil era suplantado por un
hombre fuerte que gobernaba en nombre de aquél y con los mismos instrumentos. Y
éste es el caso típico del Conde-Duque. El hueco absoluto de la voluntad real
se llenó por el torrente del empuje voluntarioso de Don Gaspar. Fue el báculo
necesario de su alma paralítica. Y por eso, cuando el Privado, vencido por las
enfermedades físicas, por la demencia inicial, por el odio del pueblo y por el
empuje de los leñadores de árboles caídos, que tanto abundan en los Alcázares, abandonó
la Corte, el pobre Rey, tambaleándose, buscó el apoyo en Don Luis de Haro;
apoyo discreto, que le hacía añorar a cada hora el fuerte y abnegado que
acababa de perder. Y como no le bastaba, buscó otro, oculto y formidable, el de
Dios; pero no el Dios invisible de la fe, sino encarnado en un ser humano, como
él lo necesitaba, para que respondiese a sus preguntas con palabras y no con
gestos inescrutables, y para poder mandar, aunque fuera un poco, sobre él.
Esto fue Sor María: su
Valido y no sólo su espiritual consejera; y es importante insistir sobre ello,
porque este hecho incuestionable alumbra todo el proceso psicológico de la
privanza del Conde-Duque. Sor María, en efecto, no sólo le ayudaba en sus escrúpulos
morales y en sus cuidados de familia, sino que le aconsejaba en el orden
político interior, en la corrección de las costumbres, en la preparación de los
ejércitos, en el nombramiento de capitanes y en la misma táctica guerrera. Se
ha ponderado mucho la suma discreción y, a veces, el milagroso buen sentido con
que la monjita, desde aquel rincón apartado, aconsejaba al Rey en sus trances
más difíciles. Pero reconociéndolo, y sin menoscabo de la gran figura
literaria, humana y religiosa de Sor María, la lectura actual de esta
correspondencia da miedo, al considerar que la suerte de un Imperio como aquél
no dependía de la voluntad y del criterio del jefe del Estado, ni siquiera del
consejo de los ministros, sino de los pliegos que llevaban y traían los peatones
desde la Corte al remoto convento en que habitaba una mujer llena de santidad y
de buen deseo, pero necesariamente inexperta. Sí, da miedo leer, por ejemplo,
que el Rey escribe, hablando de la guerra de Cataluña: «Si por donde ha
empezado [el francés], carga con todo el grueso, creo nos ha de ir mal, y
Balaguer no podrá resistir, que es flaco; con todo eso, luego que recibí
vuestra última carta, hice la diligencia que me decís y di órdenes apretadas
para que se fuese poniendo allí bastimento y lo demás necesario»464. Una
indicación de Sor María era bastante para torcer sus planes guerreros. Claro
es, la campaña fue de mal en peor.
El Rey creía, con toda
el alma, que estos consejos venían directamente de Dios. «Os vuelvo a encargar
—dice una vez, y otras muchas escribe cosas parecidas— que siempre que se os
permitiere, me digáis cuál es la voluntad de nuestro Señor, para que yo la ejecute.»
Sor María le daba la certeza de estas revelaciones, una vez transmitiéndole
tres cosas que la Virgen le había pedido para que el Rey las ejecutase;
anunciándole otra, que, por el mismo divino conducto, sabía que había sido
frustrado un atentado que se preparaba contra él, etc.465. Su libro de la
Virgen lo creía ella dictado por la Virgen misma, y sólo se extrañaba de que
hubiera elegido tan humilde amanuense. Es sabido que la prudente Inquisición
intervino en éste como en todos los casos de supuesto trato con Dios466; y
aunque no la persiguió, porque su gran talento y la protección del Rey la ponía
a salvo, es evidente el desagrado con que veía esta intervención de un
pretendido influjo sobrenatural en la gobernación del país. También lo había combatido,
con noble valentía, el jesuita Martínez Ripalda en el escrito que envió al Rey
desde Toro, donde acompañaba en sus últimos días al Conde-Duque; luego nos
referiremos a este importante documento. Por grande que sea, en suma, la
simpatía que inspire esta gran mujer, admirable en muchos aspectos de su
personalidad y de su vida, nadie podrá dejar de considerar su privanza como un
triste episodio de nuestra decadencia. Que, desgraciadamente, no hablaba por su
boca Dios lo demuestra el que dio la victoria no al cuitado Don Felipe, sino a
los otros Reyes, los que actuaban con energía propia o se aconsejaban no de
monjas, sino de políticos y guerreros de verdad, sin perjuicio de rogar a Dios
todo lo que fuera preciso.
La captación del Rey
por Olivares
Ahora bien: es cierto
que el Conde-Duque, una vez llevado por el fatal destino de lo biológico a la
posesión del espíritu del Rey, hizo cuanto supo y pudo, que era mucho, para que
la captación fuese completa. Le empujaba a ello, de una parte, su imperativo
afán de mando, y de otra, el conocimiento de cómo era el Rey, de su inmensa
debilidad, que le arrastraría a entregarse a otras voluntades, que él en su
orgullo creía, fuesen las que fuesen, menos nobles y útiles que la suya. Hay
que reconocer, no obstante, que en esta ansia le faltó tacto y medida y dio al
pueblo y a la Historia, con excesiva violencia, la sensación de que entre su
asistencia personal, la de su mujer y la de sus familiares, y la turba de
espías que celaban al Monarca, era éste un prisionero suyo; y con tal rigor,
que tenía que herir la sensibilidad del sentimiento monárquico de sus
contemporáneos y los celos de los ambiciosos; y lo eran, como siempre, casi
todos los cortesanos.
Sobre esta indudable
realidad se crearon luego las leyendas que hasta nosotros han llegado, sobre
todo la de que el Privado incitaba pecaminosamente al Rey a los placeres
sensuales, para que, absorto y enervado por ellos, no se ocupase de los asuntos
de gobierno, leyenda que ya hemos examinado y rebatido. Y la de que no le
dejaba trabajar, absorbiendo él toda la labor de gobierno, lo cual es
innecesario también, pues Don Felipe fue siempre, a pesar de sus aventuras y
sus deportes, Rey aplicado, papelista, como su abuelo Felipe II; y él mismo lo
declara y detalla en su prólogo a la traducción española de la Historia de
Italia, de Guicciardini467; y, muy expresivamente, en estas palabras de una de
sus cartas a la monja, llenas de simpática sinceridad de colegial: «Yo, Sor
María, no rehuso trabajo alguno, pues como todos pueden decir, estoy
continuamente sentado en esta silla con los papeles y la pluma en la mano
viendo y pasando por ellas todas cuantas consultas se me hacen en esta Corte y
los despachos que vienen de fuera, resolviendo las más materias, aquí,
inmediatamente»468. Y hay testimonios certísimos en varios de los escritos que
dirigió al Rey durante su privanza, de que fue el propio Conde-Duque el más
interesado en esta actitud de Don Felipe, llegando a veces, en su insistencia,
a la falta de respeto. Recordaré tan sólo el documento que envió al Monarca en
septiembre de 1626, en el que dice: «En el Consejo, aunque sea con la mayor
fatiga mía, sin la asistencia, sombra y aciertos de V. M. y su trabajo, no es
posible obrar lo que es necesario, como la experiencia me lo ha demostrado. Y
porque puede ser que el no reducirse V. M. a trabajar y a hacer lo que tanto le
he suplicado», etc. Bastarían estas palabras, de un documento público, para no
hablar más de que el Rey no trabajaba por culpa de su Privado.
También nos hemos
referido ya a otros de los cargos que se hicieron a Olivares para demostrar lo
ilegítimo de su influencia sobre el Monarca: de su empeño en que no fuese a la
guerra con el pueril pretexto de que no conociera la verdad. ¡Como si la verdad
de aquellos desastres se pudiera ocultar cerrando los ojos y tapándose los
oídos! Es posible que el Conde-Duque tuviera el criterio, ya inaugurado en
tiempos de Felipe II —que jamás asistió, tampoco, a las batallas—, de que el
Rey de España no debía guerrear. No consta en ningún documento oficial, pero sí
en los escritos de una de las mentes representativas de la época, Baltasar
Gracián, que dice así: «No tienen algunos por gran Príncipe sino al que fue
gran caudillo, gran batallador, estrechando así el empleo universal de un
monarca al especial de un capitán; confundiendo el de un superior con el de un
inferior. La eminencia real no está en pelear, sino en gobernar. Gran prenda
del gran Felipe IV, que, aunque universal en eminencias, de juicio máximo, de
ingenio relevante, de valor heroico, se ha extremado en el gobierno,
violentándose y como hurtándose en la natural belicosa inclinación»469. Era
ésta, sin duda, la manera de pensar de los españoles de entonces, hija de su
terrible vanidad: el Rey se desdoraría yendo a la guerra; su papel está en su
trono, recibiendo las inspiraciones de Dios. Lo malo es que tampoco iban los
nobles, como certeramente comenta Cánovas470. Pero es leyenda pura la
pretendida obstrucción sistemática del ministro a unos supuestos ardores
bélicos del Rey. Se dijo y se dice, sobre todo, que en la jornada de Cataluña,
en 1642, Olivares, una vez que el Rey se decidió a realizarla, le distrajo
llevándole con placeres y rodeos por caminos que le alejaban de sus fines
guerreros; después se verá que en aquella extraña circunvolución por Aranjuez y
Cuenca para llegar a Zaragoza no tuvo el Privado culpa alguna. Era el Rey,
perezoso y abúlico, el que prefería quedarse en Madrid; y cuando salía,
dedicarse a cazar y a visitar iglesias y santuarios; y a gozar de sus citas
amorosas, incluso con su propia mujer; y por eso, después de caído el
Conde-Duque, los viajes reales fueron aún menos frecuentes que durante la
privanza. La real inercia era infinita. La propia Sor María, que comenzó su
influencia sobre el Rey con la bandera de la actividad, acabó rindiéndose; y
cuando, en 1647, ante una nueva jornada, Don Felipe le expone las causas que le
inducen a quedarse en Madrid y no ir a la campaña catalana —las mismas razones,
sin duda alguna, que le daría tantas veces el Conde-Duque— la buena monja, la
que antes le aseguraba que de su presencia dependía la victoria, envenenada ya
por la suave y bondadosa pereza del Monarca, le contesta: «en cuanto al ir V.
M. a Aragón, veo muchas conveniencias en que asistiera la persona real de V. M.
en la defensa de Lérida para que el ejército se juntase; pero las hallo mayores
en que se eviten las penas, disgustos y riesgos de V. M. y de su salud»471. Si
el Conde-Duque, ya muerto, hubiera podido leer este consejo de la venerable
madre, hubiera sentido la satisfacción infinita de ver reproducidas sus
presuntas culpas en sus mayores enemigos, y, por lo tanto, justificadas ante la
Historia.
El amor al tirano
Por fin, es igualmente
incierta la versión del odio del Rey al Valido, iniciado a última hora, que
culminó, tras titánico forcejeo, con su expulsión del Poder. Los documentos
actuales destruyen todo esto y nos enseñan que Don Gaspar, fracasado, agotado, enfermo
del cuerpo y con evidentes señales de demencia, se fue voluntariamente, quizá
con la intención de volver a la privanza cuando su salud se rehiciese, como se
desprende de la carta que dirigió al Marqués de Leganés, que en su sitio será
copiada; pero sin duda, a sus propias instancias y no echado a empellones, como
nos cuentan los cronistas. Es seguro que fue el Rey, por el contrario, el que
le retuvo; porque aunque a veces sintiese con dureza la tutela excesivamente
vigilante y oficiosa del dictador, se había acostumbrado a ella y su abulia
gozaba de la plena absorción que Don Gaspar hacía no ya de su trabajo, sino de
su responsabilidad. Como todos los sometidos a la voluntad de otro más fuerte,
las mismas incomodidades del yugo habían creado una necesidad. En los
matrimonios en que un cónyuge domina al otro, es con frecuencia éste, el
sometido, el que más entrañablemente necesita a su compañero; lo mismo pasa en
la amistad y en toda clase de relaciones humanas.
De profundo interés
psicológico es el viaje de Felipe IV a El Escorial el día en que su dictador
había de abandonar el Alcázar. La debilidad del Rey era incapaz de afrontar la
despedida, y huyó. Su angustia no tuvo límites cuando, avisado por la Reina de
que Olivares seguía en Palacio, hubo de volver y afrontar cara a cara la
despedida. Fue, sin duda, afectuosa y tierna. La ligereza de los críticos no ha
reparado en el sincero amor al Conde-Duque que se transparenta en el noble
documento en que el Rey dio cuenta al pueblo de la salida; aquel que empieza:
«Las repetidas instancias del Conde...», etcétera. Por ello, el pueblo quedó
defraudado. En la conversación que tuvo, poco después, en la cámara real, con
la Nobleza que vino a ofrecérsele, entusiasmada por la desgracia de Don Gaspar,
no tuvo Don Felipe para éste más que palabras de respeto, a pesar de que el
ambiente le empujaba a zaherirle. El castigo, que todos esperaban ejemplar, fue
un blando destierro; y quedó en Palacio la Condesa, que era como la promesa del
retorno. Luego veremos las cartas afectuosas que, aun en Toro, después del
escándalo de El Nicandro, escribía el Rey a su antiguo Valido. Y en la solemne
sinceridad de sus cartas a Sor María de Agreda, a pesar de que ésta, en nombre
de Dios, le empuja contra la familia de Olivares, él la defiende (y acaso sea
el único punto en que se permitió contradecir a su consejera), si bien tan
débilmente, que al segundo ataque sucumbió. Muy a la fuerza se fue debilitando
su generosa resistencia, y, al fin, accedió despedir también a la Condesa y a
permitir el que la Inquisición se alzase contra el desterrado, aunque,
probablemente, con más intención espectacular que propósitos eficaces. Ambos
hechos fueron, sin embargo, para el Conde-Duque como los símbolos de la pérdida
de la gracia real y acabaron con su razón y con su vida. Mas, en resumen,
podemos afirmar que el mejor amigo que Olivares tuvo fue el Rey.
Ante estos datos
ciertos, fehacientes, es inútil seguir exhibiendo la leyenda de un Rey
admirable, pero corrompido, captado e inutilizado por un monstruo, tal como la
crearon las pasiones de su tiempo y ha transmitido hasta nosotros la crítica
inerte. Los excesos del Conde-Duque eran, antes de serlo defectos
complementarios, de la misma profundidad, en el Rey. Si dentro del ritmo fatal,
providencial, que tienen los acontecimientos históricos, puede de algo hacerse
responsable a los Monarcas, es de sus ministros; y, más aún, de sus privados y
dictadores. Las grandes equivocaciones de Olivares serán luego examinadas. Pero
Olivares no anuló al Rey, sino que le sustituyó, porque éste estaba, de
nacimiento, anulado. Echar a los dictadores la culpa de la anulación de los
Reyes es tan pueril como lo fuera el echar a las muletas la culpa de la cojera
de los cojos.
Así fue, frente a la
ambición desbordada de Olivares, este Rey, débil y desgraciado a fuerza de ser
débil; de quien dijo, agudamente, un embajador de Venecia: «Nació Felipe IV un
Viernes Santo: auspicio de pasión»472.
La Reina Isabel
Una profunda simpatía
envuelve la figura de la Reina Isabel de Borbón, primera mujer de Felipe IV,
que tanta influencia tuvo en la vida del Conde-Duque de Olivares. Era hija de
dos padres interesantes: de Enrique IV, el bearnés, frívolo, inteligente y gran
político, y de María de Médicis, aguda, muy femenina, y en los momentos
difíciles capaz como la que más para la intriga y para la lucha enconada. Vino
a España de doce años, en 1615, en medio de fiestas desaforadas, que ya han
sido aludidas, en las que Olivares, aún simple aspirante ambicioso, lució sus
galas con ímpetu y derroche que asombró a la Corte. Acaso, ya entonces, la
Princesa se fijaría en aquel hombre robusto y de aire dominador: porque los
niños tienen siempre despierta la sensibilidad para adivinar, cuando pasan a su
lado, los seres que han de jugar un papel importante en su destino. El futuro
Felipe IV, algo menor en edad que su prometida, la vio cerca de Burgos, y dicen
los cronistas que quedó tan deslumbrado de su belleza, que apenas pudo
balbucear en su presencia algunas palabras: buen principio para quien había de
ser, con el tiempo, incorregible donjuán.
A los dieciséis años
aparece, en el retrato de Bartolomé González473, con rostro bellísimo, en el
momento en que sobre el candor infantil se insinúa la primera curiosidad de
mujer y esa inofensiva petulancia que da la inocencia recién perdida. Los ojos,
enterados, tienen varios años más que el resto de la cara, aniñada todavía. En
la boca se insinúa apenas la enérgica dureza que veremos en sus retratos
maduros. Y el conjunto de la forma y de la expresión de esta cabeza muestra,
con feliz armonía, la depurada complicación de razas y sangre de los Príncipes
de la Europa posrenacentista. El contraste es notorio con las Infantas
españolas, de raza más estricta y de aspecto un tanto bobalicón.
Alegría y tristeza de
la Reina
Esta mujer, alegre y
atractiva en la vida exterior, que unía al garbo español, que según todos los
testimonios se apropió rápidamente, el ribete picante de la gracia francesa,
era natural que ejerciese una influencia considerable en la Corte española. Amaba
las fiestas, el boato y la algazara y tenía pasión por el teatro; por lo que,
probablemente, una gran parte del tono fastuoso y literario que tuvo la España
oficial de su tiempo fue huella del entusiasmo de la Reina. Muchas acusaciones
que han caído sobre Felipe IV, de ligero y frívolo, debe compartirlas ella;
aunque en ella, por ser mujer, el pecado se aminore y acabe, de puro
justificable, por anularse. En cambio, no es inverosímil que a su influencia se
deban, en parte, algunas de las cualidades que realzaron la figura del Rey: su
amor a los poetas, el mecenazgo fastuoso, el rango que dio en su Corte a
dramaturgos y poetas. La tradición española de estas modalidades de las
actividades regias es tan escasa, que hacen presumir la importancia que en ella
tuvieron los gustos de la nueva Reina.
Los historiadores
amigos de la anécdota han comentado varias veces las escenas que cuenta
Pellicer, demostrativas de cómo la frivolidad de la Reina derivaba a veces
hacia la grosería, que es el escollo de la frivolidad. «Los Reyes —escribe— se
entretienen en el Buen Retiro oyendo las comedias en el Coliseo, donde la
Reina, nuestra señora, muestra gusto de verlas silbar, por lo que se ha ido
haciendo con todas, malas y buenas, esta diligencia. Asimismo, para que viese
todo lo que pasa en los corrales, en la cazuela de las mujeres se ha
representado bien al vivo, mesándose y arañándose unas, dándose vaya otras, y
mofándose los mosqueteros. Han echado entre ellas ratones en cajas que,
abiertas, saltaban; y ayudando este alboroto de silbatos, chiflos y castradores,
se hace espectáculo más de gusto que de decencia.» Las damas se entretenían
tirando huevos plateados llenos de aguas de olor, en cuyos proyectiles gastó el
Conde-Duque, en una ocasión, 20.000 reales. Y en los ensayos los alborotos eran
frecuentes, acabando a veces en cuchilladas, de una de las cuales salió una
noche herido Don Pedro Calderón474; aunque, tal vez, menos dolorido que cuando,
por complacer a Doña Isabel, le silbaban, sin merecerlo, una comedia. ¡Duro pan
el que daban, en ocasiones, los mecenas!
Esta desenvoltura de la
Reina dio lugar a las conocidas dudas sobre su virtud, sobre todo a la historia
de sus supuestos amores con el Conde de Villamediana, que ya es hora de
enterrar para siempre475. Ningún dato medio serio hay que permita poner en duda
la virtud de Doña Isabel, aunque su alegría juvenil y sus posibles coqueteos
fueran pretextos bastantes para que las lenguas malignas de los mentideros la
clasificaran entre las pecadoras; a favor también de su condición de francesa,
nacionalidad que el español de entonces consideraba naturalmente vinculada a la
lascivia; y a favor también del odio general de los españoles contra el país
enemigo.
Lo cierto es que entre
estas calumnias y animadversiones y la incorregible y cínica vida amorosa de su
marido, la juventud de Doña Isabel debió ser, en aquel Palacio viejo, mucho más
triste por dentro de lo que desde fuera nos cuentan los cronistas. Estaba,
además, delicada, enferma, con achaques prematuros que limitaban su vida. Los
que la veían reír en las fiestas no se daban cuenta, sin duda, de lo fácilmente
que disimulan las mujeres con el aparato de la frivolidad las angustias de su
corazón. Pero nos la revelan las notas perspicaces de los embajadores
venecianos. Mocénigo —1632— nos dice: «La Reina, poco contenta de ver al Rey
tan dado a los placeres y de tenerla a ella casi abandonada, vive mísera
vida..., y es poco amada de los grandes señores de la Corte.» Córner —1631 a
1634— escribía: «En el tiempo que yo estuve en la Corte vivía [la Reina] muy
melancólica, más entre remedios de médico que en las fiestas, mostrando mucha
pena de no tener más que un hijo y deseando ansiosamente tener nueva prole.» Giustiniani
—1634 a 1638— afirma que «no tiene en la Corte autoridad alguna». Y Contarini
—1638 a 1641—: «La Reina es una Princesa de costumbres amabilísimas, de ingenio
y de capacidad; pero por ser la hermana del Rey de Francia no tiene autoridad
alguna, y si bien, en la apariencia, el Rey la honra y la demuestra estimación,
íntimamente no la ama»476. Hay, pues, que atenuar la leyenda de la alegría
desenfrenada y en su lugar poner esta otra visión de sufrimiento dorado, entre
lujos ficticios, alegres chabacanerías y adulaciones de los cortesanos,
encubridores, tantas veces, de despego o de odio.
La revelación de la
madurez
Así fue la juventud.
Pero la historia de Doña Isabel de Borbón no se sumerge, como la de otras
mujeres, sobre todo en España, en una temprana reclusión y aniquilamiento
sexual y social. Por el contrario, como ocurría ya entonces a la mujer francesa
y hoy es fenómeno universal, con la proximidad del ocaso se encendieron en ella
actividades y energías hasta entonces dormidas, y con ellas, motivos nuevos de
atracción, a los que por dicha suya fue especialmente sensible su casquivano
esposo. En otra parte he explicado477 cómo el desarrollo de la feminidad
propiamente dicha es muy temprano en la mujer. Por ello es frecuente que
alcance muy joven la plenitud de su éxito sexual, sobre todo en los países
meridionales; mas este éxito suele ser fugaz, como fugaz es la belleza femenina
pura. Por ello, en nuestros países es —y, sobre todo, era— muy común que
mujeres que desde antes de los veinte años se habían hecho famosas por su
belleza y se habían casado o logrado un éxito sexual extralegal, llegadas a los
treinta desaparecían de escena y se recluían en su hogar, esperando, a fuerza
de virtud o de resignación, la vejez y la muerte. En cambio, en otros sitios,
en el centro de Europa, por los siglos aquellos era ya frecuente el que no
llegase para la mujer la hora del triunfo hasta bien entrada la juventud; y
que, inteligentemente, sustituyese los fugaces encantos corpóreos por los más
sabrosos y profundos que en la plenitud de la personalidad proporciona la
madurez. Es muy común que este esplendor tardío de la seducción femenina se
acompañe de un imprevisto brote de actividades y energías sociales que
contribuyen mucho a realzar la personalidad de la mujer. Tal ocurrió con Doña
Isabel, que, cuando rondaba ya los cuarenta, en 1642, la vemos abandonar su
actitud pasiva y ponerse al frente del movimiento, que preconizaba un cambio de
política, sobre la base de la retirada del Conde-Duque y de que el propio Don
Felipe asumiese la responsabilidad directa de los mandos.
Nada pasa en la escena
del mundo que no tenga su raíz en lo subterráneo de la Naturaleza. Y es
evidente que esta tardía actividad política de la discreta y frívola Reina se
explica por la coincidencia de un movimiento general de la Corte con el brote
retrasado de su aptitud para la intriga y para la lucha, como también le
ocurrió, en su tiempo, a su madre María de Médicis. Entonces es cuando su boca
adquiere, en el rostro de matrona inicial, aquella dureza imperativa que nos
revela el retrato de Velázquez. El hundimiento de la Monarquía de España,
visible a los ojos más ciegos, impelía al pueblo, representado casi
exclusivamente por la Corte, a buscar a la catástrofe una explicación y un
remedio; y, como pasa siempre, la explicación se creyó encontrar en un hecho
simplicísimo: en el apartamiento del Rey del gobierno y de la guerra por las
presiones imperativas del Valido. La curación del mal se reducía, pues, a
eliminar al Valido y hacer que el Rey cogiese las riendas del gobierno interior
y el mando de sus tropas. No se atrevió el país a afrontar el problema en su
real interpretación y magnitud: en el reconocimiento de la podredumbre de todos
los resortes del Estado, que hacían menester una renovación tan honda, que
hubiera tenido que empezar por la de cada uno de los ciudadanos. Esto nunca lo
ven ni lo aceptan los pueblos descontentos y prefieren derribar a un jefe, a un
Gobierno o a un régimen, hiperbolizando, para compensar su flojedad y cobardía,
las dificultades y la trascendencia de la empresa. Así ocurrió, en efecto, en
la época que describimos, en la que, juzgando por los papeles contemporáneos,
parece que el derribar al Valido fue hazaña mitológica, cuando, en realidad,
era ya un pobre enfermo, medio demente, y deseoso, tanto como los que le
odiaban, de abandonar una carga que le aplastaba ya.
Había, pues, que hacer,
para dar justificación al suceso, una gran leyenda de la caída del Conde-Duque.
Y fue, como luego se verá, parte esencial de ella, el que la Reina, como una
guapa y enérgica amazona, capitanease el movimiento. En un instante cambió el
signo de la pasión popular; y de la francesa recelada de conspiradora, se
transformó, como cantaban las turbas por la calle, en una de las «tres
Isabelas, salvadoras de España».
Sin duda, la Reina
creía de buena fe, más aún que sus súbditos, que de esto dependía la salvación
de la Corona en ruinas; porque ella, francesa, sabía la eficacia con que los
Reyes de su país acudían a los campos de batalla, arrastrando tras sí a la Nobleza,
como también ocurrió en España cuando reinaba Carlos V. La reclusión de Felipe
II, el primer Austria burócrata, en su despacho, significó la desmoralización
de la aristocracia, que se hizo egoísta, libertina e interesada. Ahora, por lo
tanto, bastaría que su marido, Don Felipe IV, se pusiese al frente de las
tropas para que los Grandes e hidalgos, retraídos, le siguieran en tropel y la
victoria se posase de nuevo en los campos de batalla españoles. He aquí por qué
la vemos aprovechar la ausencia del Rey y el Conde-Duque durante la jornada de
Aragón, en 1642, para lanzarse a la calle, visitar los cuarteles, armar
regimientos bajo la advocación y mando de su hijo y encender el entusiasmo
patriótico en los oficiales poltrones y galantes de la guarnición de Madrid. El
pueblo la seguía, aclamándola y animándola a proseguir su obra, que no cesó
hasta ver derribado al Conde-Duque, en medio de una delirante apoteosis. Y el
propio Rey la dio público espaldarazo de rectora de la política, cuando dijo a
las monjas de las Descalzas que encomendasen a Dios «a mi Privado para que le
comunique luz para el gobierno»; y como sor Margarita, hermana del padre
Emperador, le preguntase que quién era el Privado, respondió el Rey: «Mi
Privado es la Reina»478. Este momento la debió resarcir de toda una vida de
humillación.
Muerte de Doña Isabel
Murió Doña Isabel,
deshecha por tantos partos frustrados, el 6 de octubre de 1644, antes de que el
tardío fervor de la muchedumbre se desvaneciese; consolada, sin duda, en el
trance fatal, por la idea de que había salvado la Corona para su hijo, el Príncipe
Baltasar Carlos, al que idolatraba; antes de poder darse cuenta de que, sin
Olivares, como con él, el Rey no saldría de su fatal inercia hereditaria, y de
que el deslizamiento de España hacia el abismo se aceleraba después del
pasajero optimismo popular.
Murió también con el
consuelo de que el voluble Don Felipe había quedado prendido en esta llamarada
de simpatía y seducción que brotó en el otoño de su vida. Con grata emoción
sabemos que el retraso de la jornada guerrera de 1642 estaba, en buena parte, producido
por las tardías, pero vehementes ansias de amor del Rey, que, por las noches,
escapaba de los protocolos de su Corte andariega para reunirse con Doña Isabel,
que salía de Madrid a su encuentro; y se veían en lugares de los alrededores,
en Getafe, en Vaciamadrid; con esa profundidad en la ternura que da no el amor
nuevo, sino el que resucita de vuelta de todas las locuras y de todos los
desengaños. Aparte de su fe, que era grande, fue, sin duda, esta idea del amor
reconquistado, tan grato, en la edad de la declinación, la que dio a sus
últimas horas la patética serenidad que leemos en los cronistas. «Murió —dice
Hume— valerosamente, como había vivido»479. Y no fue para resistir a los
cuidados de los galenos para lo que hubo de tener menos coraje: ocho veces,
ocho, en unas cuantas horas, la sangraron, en efecto, aquellos médicos impíos,
acelerando su muerte y dando a su belleza el prestigio de mármol que tenía
cuando, vestida con el hábito franciscano, la llevaron a las Descalzas Reales.
El Rey estaba en
Maranchón cuando llegó la noticia funesta. Alguna vez he paseado por las calles
del torvo pueblo de la estepa de Castilla, tan humilde entonces como ahora,
imaginando la sombra de duelo que debió inundar sus callejuelas cuando de boca
en boca empezó a circular la nueva funeraria. No quisieron decírsela a Don
Felipe, pero es seguro que la adivinó en el aire sombrío de todos. Era tan
débil, que prefirió no preguntarlo. Cuando, unas leguas más adelante, le
dijeron la verdad, ya la sabía. Su invencible flaqueza le impidió ver a la
muerta, y rodeando a Madrid, se fue a El Pardo a llorar, es seguro que las
únicas lágrimas de amor que brotaron de aquellos ojos de adolescente frío, que
conservó hasta morir y que tan bien ha retratado, una y otra vez, su pintor de
cámara.
También, en su
destierro de Toro, la lloró, entre las nieblas de su locura, Don Gaspar de
Guzmán, y para asistir a los funerales vistió, quizá por última vez, las galas
de sus trajes de Corte.
Es importante fijar así
la actitud de la Reina frente al Conde-Duque, que será luego detallada y
documentada. Quizá su espíritu frívolo y el sentimiento de su dignidad egregia
sufrieron con la tutela impertinente de su camarera mayor, la Condesa de Olivares;
y su celo de esposa, con la total absorción que de la voluntad de su marido
hacia el primer ministro. Pero es seguro que nunca existió entre ellos el odio
que inventó la leyenda contemporánea y han transmitido, sin excepción, los
historiadores. Todos los documentos que poseemos, maliciosamente olvidados o
soslayados por los cronistas, demuestran que en la boda del hijo bastardo de
Don Gaspar, pocos meses antes de la caída; en la correspondencia con el
Conde-Duque durante la jornada de Zaragoza, mientras ella actuaba en Madrid, y
en los mismos días de la salida del Valido de Palacio, y durante su destierro,
les prodigó, a él y a su mujer, atenciones y muestras de afecto que, de no ser
sinceras, supondrían en su alma una doblez que es absolutamente cierto que no
tuvo. Su actitud de oposición fue meramente política y no personal y pasional.
No hay un solo acto, una sola frase ni línea suya que desmientan esta
afirmación; ni una sola alusión del Conde-Duque que la quite valor: ni aun en
aquellas horas de rebeldía en que dictó El Nicandro o el Memorial de su
confesor el Padre Martínez Ripalda, en los que dijo, a todos, hasta al más
alto, la verdad, sin que rozase, ni levemente, el respeto que guardó siempre
para Doña Isabel.
Los Infantes conspiran
También hay que
rectificar otra leyenda que corre como verdad por crónicas y libros: la del
odio implacable entre el Conde-Duque y los hermanos del Rey, Don Carlos y Don
Fernando, el Cardenal-Infante. El examen imparcial de los testimonios directos
nos informa de que, en efecto, Don Gaspar, autoritario, imperativo, y en los
modales duro, trató con rigurosa severidad, a veces con notoria impertinencia,
a los Infantes; y éstos se sacudieron la férula con acritud muy propia de
muchachos, y sobre todo de aquellos, que, por razón de su alto nacimiento,
habían de ser más susceptibles a los ajenos yugos. Novoa nos refiere que hacia
el año 1627, cuando estuvo tan enfermo Felipe IV, las relaciones del Valido con
los Infantes eran poco cordiales. Don Gaspar, los vigilaba, sobre todo a Don
Fernando, al que puso como espía al Marqués de Camarasa480. Pero antes de
condenar al Conde con la violencia casi unánime con que los historiadores lo
hacen, conviene inquirir lo que podía haber de justificación en la actitud suspicaz
y enérgica de aquél. Parece, en efecto, indudable que ambos hermanos eran
utilizados como banderín para las intrigas de los Grandes descontentos; y era
natural que el primer ministro, celoso hasta el frenesí de su hegemonía en el
Alcázar, se opusiera a tales maniobras.
Don Carlos, de más
edad, era tan poco inteligente y tan tímido como lo demuestran los consejos que
hubo de darle Olivares para que se condujese bien en la Corte. Recuerdan a las
máximas del Barón de Andilla, de nuestros tiempos casi, y a su través queda retratado
el Infante como un pobre mentecato, desprovisto de la más rudimentaria
educación481. Pero, a pesar de su carácter pacífico, intrigaba con el Almirante
de Castilla. Lo reconoce el propio Novoa, testigo de excepción en estos asuntos
de escaleras abajo del Alcázar: «comunicaba con él —dice— en secreto y por
cartas». El Conde-Duque apartó al Almirante del lado de Don Carlos, y a don
Melchor de Moscoso del lado de Don Fernando, por idéntica razón. Los enemigos
del Conde-Duque reprochan a éste su rigor, pero pasan por alto las intrigas de
los Infantes, que llegaron al punto de que, cuando Don Felipe se agravó, casi
se deseaba su muerte entre los cortesanos; y abiertamente se preparaba la
sucesión de Don Carlos. Hasta los consabidos beatos con dotes proféticas lo
daban ya por hecho, como sucedió con el Hermano Juan de Jesús, que hacía ya el
horóscopo del nuevo Carlos, Rey; de haber acertado, hubiera sido su hombre de
confianza; pero al fracasar el proyecto, porque Don Felipe se curó, cayó en
manos de la Inquisición, condenándole por hipócrita, y por pertenecer a la
secta de los alumbrados, a reclusión perpetua y a que «ayunase lo más que
pudiese»482.
Esta obligada defensa
contra las intrigas de los Infantes está lealmente expuesta en el famoso
documento que en 1632 dirigió Olivares al Rey aconsejándole la conducta que le
convenía con respecto a sus hermanos483. Es incomprensible cómo tal escrito,
noble explicación pública de su conducta, en el que respetuosamente y
discretamente, pero con toda energía, se razonan las causas que le inducen a
hablar así a su Rey, haya podido pasar por cínico y cobarde, como le llama
Hume484, y detrás de él, todos los demás. Porque, de haber obrado vilmente
contra los Infantes no tenía para qué anunciar en un escrito público sus
proyectos; le hubiera bastado con deslizados al oído del Rey. En el documento
aconseja que se separe de Don Fernando a Don Antonio de Moscoso, su nuevo
Valido, porque inducía al Infante a una vida libertina; que ambos hermanos
vivan sin Privados y que cumplan, trabajando, sus egregios deberes. La prueba
de que tenía razón es que el Rey, que adoraba a los Infantes, acogió estos
consejos y los hizo cumplir. Novoa dice que, «leído por el Rey este papel, no
dejó de abrazarlo, porque de muchas cosas de éstos era sobresaltado y lo tenían
ofendido»485; pero los historiadores adversos omiten este comentario,
fundamental para la defensa del Conde-Duque. La leyenda estaba ya en marcha.
Cuando en el verano de este mismo año de 1632 murió Don Carlos, enfermo de
males venéreos, se atribuyó su fin, como ya se ha dicho, a un veneno del
Privado; y hemos copiado también el testimonio imparcial de un inglés, Hopton,
que protesta de tamaña enormidad y atestigua el amor que Don Gaspar sentía por
el Infante.
El Infante, caudillo
La relación de Olivares
con el Cardenal-Infante fue larga y estrecha. Era este Don Fernando hombre
bravo e inteligente, «dispuesto —dice Novoa— por los estudios y los libros y
los hombres doctos con que trataba». «Sabedor de muchas lenguas», añade
Mocénigo. La superioridad de su espíritu sobre el de su hermano, el Rey, es
patente. No si se busca en los totales retratos de ambos, tan parecidos, sino
contemplando sus miradas, aisladas; llena de voluntad y de optimismo en Don
Fernando, vaga y muelle en Felipe IV.
Dedicado desde los diez
años a la Iglesia, con el rango cardenalicio, la equivocación de este camino
era patente, pues su verdadero genio era el militar. La gente eclesiástica se
enorgullecía de este Prelado de sangre real, que, quizá algún día, pudiera llegar
a ser Papa. El general de los Carmelitas, al dedicarle las obras de Juan de la
Cruz, alababa su conocimiento de la ciencia escolástica y le decía que así
«como en la nobleza eclesiástica excede a todos los seculares, así en lo
secular no tiene igual entre los eclesiásticos»486. Mas su ambición apuntaba al
blanco de lo seglar. El citado Mocénigo nos cuenta que «cuando en las fiestas
el Rey y el otro hermano aparecían a caballo, Don Fernando se entristecía de
ser espectador y querría también verse en la liza». Seguramente soñaba en verse
un día libre de la prisión de sus hábitos, vestido de general, sobre un caballo
encabritado, rodeado de enemigos muertos y coronado de laurel por el Ángel de
la Victoria, tal como, años después, cuando su sueño se hizo realidad, le
pintaran Rubens y Van den Hoecke y Marinus487. Completa la sensación de desdén
por los hábitos la fogosa competencia que hacía a sus dos hermanos en las
amorosas aventuras, hasta el punto de que ya en 1632, según el mismo cronista,
«sus juveniles desórdenes con mujeres le habían hecho caer en cama más de una
vez»488. Es conocida una de sus hijas bastardas, Doña Mariana de Austria, que
murió, monja, en las Descalzas Reales.
No hay que decir que
prosiguió por el florido sendero del amor hasta el término de su breve vida, y
con mayor ahínco a medida que su actuación guerrera y principesca en Flandes le
hacía olvidar más la condición de Prelado. En 14 de mayo de 1636 escribía el
Conde-Duque a Don Fernando, a propósito de una querida —o «metresa»— que por lo
visto le acompañaba en sus aventuras guerreras: «Mal caso ha sido el que ha
sucedido a V. A. con su metresa, y a mi juicio la última de las desventuras que
en esta materia sucede; pues es la verdad que en ellas es cierto sólo esto y
todo lo demás, viento que dura un instante o lo que el antojo les dura; y esa
madama creo que ha acreditado su inestabilidad, según acá nos han referido
tiempos atrás; ello es maldición del cielo, que viéndose lo que se ve y
sabiéndolo todos, nos arrastre tan miserablemente [la mujer] que no nos deje
discurso, sino que estándolo conociendo, nos arrojemos por la ventana; si ella
pagó el tributo, mayor dicha es, aunque se sienta; que casándose vaya del
mundo; porque verlas casadas es cosa para echarse un lazo a la garganta.» Se
adivina a través del oscurísimo estilo que ya por esta época tenía Don Gaspar,
que esta madama debió jugarle al cardenal guerrero una mala pasada, casándose
después.
Más adelante, en carta
del 18 de septiembre de 1636, le habla de nuevo de ella —o de otra— comentando
un retrato que ha visto; y dice que, si es así, «es menester meterla en la
letanía del libera nos Domine, porque no he visto cosa más bella». Y después de
esta galantería, vuelve a su actitud religiosa y aconseja al Infante la
austeridad: «Yo no sé —le dice— cómo se atreve nadie a ser valiente teniendo
cuidados de la conciencia.»
Era natural que este
Infante, lleno de ímpetu, alegre y vanaglorioso, tuviera sus piques con el
rígido ministro. Pero acabó siendo su mejor amigo. Nada menos que Novoa dice
que, después de las disputas de 1627, se entendieron, alcanzando «en breve
estrecha amistad con el Conde»489. Cuando partió para Flandes, las relaciones
eran tan cordiales, que al Conde-Duque está dedicado el libro de la jornada que
escribió Aedo, el cual declara que «débese al celo y cuidado de V. E.
[Olivares] el feliz y memorable viaje de Su Alteza». Y toda la correspondencia
entre ministro e Infante demuestra afecto sincero, profundo y no disimulable.
Es cierto —y Cánovas lo apunta— que a veces le censuraba, pero con tal lealtad,
que sólo la pasión y la malicia han podido interpretar estos comentarios
adversos como muestras de un maligno y atravesado humor y no como lo que son,
como ejemplo pocas veces igualado de rectitud y dignidad ante un Príncipe. En
25 de mayo de 1636 le escribe, por ejemplo, refiriéndose a la pérdida de unos puestos
en la campaña de Flandes: «Se me ha caído el corazón a los pies más que con
cuantas pérdidas hemos tenido jamás, porque veo el sentimiento del Rey muy de
cerca, y no hay, Señor, quien no llegue a S. M. con lisonja o con verdad a
decirle que se perdió esto y lo otro: y es atravesarle una saeta por el
corazón. Yo le suplico a V. E. que sufra las impertinencias que le dijere, por
el amor con que se las diré.» «Lo primero, Señor, aquí y ahí es opinión común
que V. A. no se puso a ver este fuerte, estando tantos días en Gac; no digo
dentro, no digo cerca, sino desde donde se descubriese; y esto con suma nota de
todos y con desconsuelo de los que se habrán aventurado a tal peligro.» Sigue
en este tono su crítica, de la que resultan malparados el valor y la diligencia
del Infante.
En la carta siguiente
—17 de junio de 1636— se refiere a la respuesta del Cardenal-Infante, que fue,
sin duda, aceptando la admonición del Valido, pues éste le replica
agradeciéndole «la clemencia con que me oye y sufre V. A. las impertinencias y
sobras de celo con que mi amor imprudente se atreve a cansar a V. A. cada día».
Pero al lado de éstas y
otras severidades, las cartas están llenas de frases de afecto, a veces tan
extravagantes como éstas: «Yo, Señor, soy el más obligado y sentido esclavo que
V. A. tiene en el mundo, cierto de todo corazón, aunque sea falta de respeto
decirlo así; Dios bendiga mil veces a V. A., amén, amén» (carta del 12 de enero
de 1636). Y a cada éxito guerrero de Don Fernando sus elogios son de este
calibre: «De las armas, no diré yo a Vuestra Alteza jamás el agradecimiento y
gusto con que está S. M.; créame V. A. que es cosa de locos el oírle; y, en
efecto, se habló de V. A. como de restaurador de España» (24 de febrero de
1639). Y así podrían copiarse muchas más490.
Contarini491 refiere
que era fama que el Valido hacía esfuerzos desesperados por enviar al
Cardenal-Infante dinero; y así es verdad, porque en las cartas del pobre Don
Gaspar se adivina el ciclópeo afán con que arañaba, de allá y de aquí, monedas
y efectos para que nada le faltase en Flandes. Pero el veneciano añade que,
maliciosamente, intentaba desacreditar a Don Fernando en la estimación de su
hermano, lo cual se contradice con los documentos que hoy poseemos —documentos
y no hablillas— que prueban lo contrario. Y no debían ser menos calurosas las
epístolas del Cardenal al Valido. Éste, en su discurso después de la batalla de
Fuenterrabía, reconoce que fue Don Fernando uno de los que más apremiaron al
Rey para que le ofreciera las copiosas mercedes que le valió aquel hecho de
armas. Y cuando el Infante murió, en noviembre de 1640 (después de ochenta y
ocho tercianas y un número incontable de bárbaras sangrías), dejó por sus
testamentarios a su confesor, el gobernador del Arzobispado de Toledo, al presidente
de Castilla y al Conde-Duque de Olivares492.
Ante estos hechos, los
maliciosos rumores se desvanecen; y debe quedar como conclusión firme que entre
el ministro y el Infante hubo los roces y aun las violencias que pueden existir
entre varones de genio no manso, aumentados por la tensión increíble que
alcanzaba la intriga y la suspicacia en aquella Corte. Pero se tuvieron la
mutua estimación debida; y, en lo hondo de su espíritu, les unió una amistad
nobilísima, por lo mismo que no se alimentaba de adulación, que es el veneno de
los Palacios. El Cardenal-Infante debía participar de la misma idea que su
hermano, el Rey: que, con todos sus defectos, era el Conde-Duque el mejor de
sus servidores y amigos. Por estar tan cerca de la raíz de los sucesos mismos,
sabían lo que había de fatal en el continuado desastre de España, y lo que
representaba, en el doloroso vía crucis, este Cirineo abnegado, devoto de la
Monarquía hasta el crimen e incansable para el esfuerzo y el sacrificio. En
cuanto al Conde-Duque, después de los años de lucha, estaba ya, en éstos de la
actividad guerrera del Infante, en el período de la bondad acogedora y
patriarcal propia del final de los poderes personales; y, en el caso suyo,
aumentada por la extremosidad patológica de las reacciones de su humor. Sólo
los que no hayan leído los documentos aquí citados y extractados pueden seguir
creyendo en el odio entre los dos personajes. Olivares, ya enturbiado por la
locura, soñaba únicamente con extender a todos, y muy especialmente a este
galán heroico y regio, su protectora sombra de gigante.
El Príncipe malogrado
Más adelante aludiremos
al rencor que tuvo al Valido la otra hermana de Felipe IV, Doña María, la que
fue Reina de Hungría; sin duda, por ser mujer y, sobre todo, por la parte que
Olivares tuvo en el rompimiento de su noviazgo novelesco con el Príncipe Carlos
de Inglaterra. Ahora, para terminar esta relación del ambiente de la real
familia, en su relación con Don Gaspar, hemos de añadir algunas palabras sobre
el Príncipe don Baltasar Carlos.
Tenemos de éste la
visión de los retratos de Velázquez, de tan profundo realismo, que nada de lo
que las plumas de los cronistas nos digan de su persona puede reemplazar a lo
que, definitivamente, nos dijo de su alma y de su cuerpo el pincel del sevillano.
Es indudable que en este Príncipe uniose a la simpatía y elegancia del padre,
la energía y la inteligencia maternas, visibles desde los retratos de muy niño
y muy claras en los últimos, de mozo. Acaso sea España uno de los países en los
que la muerte prematura de algunos de sus hombres públicos haya torcido más
claramente su destino; y una de esas desapariciones, probablemente
desdichadísimas, es la de este Príncipe, en el que la energía de Doña Isabel
había renovado la vitalidad agonizante de la sangre de los Austrias, que
estancó otra vez la flema enfermiza de Doña Mariana de Austria, segunda mujer
de Felipe IV. ¡Qué abismo entre Don Baltasar Carlos, si hubiera llegado a
reinar, y la humana piltrafa de Carlos II!
Todas las referencias
contemporáneas encomian su simpatía y su buen talento. Nació «al salir el sol»,
y un poeta de los innúmeros que cantaron con cargante adulación el
acontecimiento afirmaba que el astro fue eclipsado por el recién nacido:
Tierno sol, en cuyo
oriente nace el sol cuasi celoso de ver que un sol más hermoso presta rayos a
tu frente493.
Contarini le describe,
a los trece años, como «muy capaz en el estudio entendiendo muchas lenguas y
hablándolas»494. Sólo simpatías despertó hasta su muerte, acaecida en 1646,
cuando apenas contaba diecisiete años.
Le educó muy
estrechamente, como aya, la Condesa de Olivares. El Conde-Duque le seguía
también de cerca, y así le vemos en el cuadro de Velázquez (?), presidiendo sus
lecciones de equitación. Dio esto lugar a muchos comentarios de la Corte,
imputándose a ambos esposos la captación total de Don Baltasar Carlos, como ya
lo habían hecho con el Rey. El citado Contarini recoge estas hablillas
cortesanas y escribe: «El Príncipe está siempre entre las damas de Palacio, sin
hablar con caballeros de su edad y tan sometido a la obediencia de la Condesa
de Olivares, que sin su permiso no da un solo paso. A su edad todos los
Príncipes que le han precedido en España tenían ya casa aparte; pero el
Conde-Duque, celoso de la privanza y del afecto tiernísimo que su padre le
dedica, lo retrasa, para que nadie diga al Príncipe cosas suyas que pudieran
desacreditarlo; y para afirmarse en su gracia, le visita todas las tardes en su
estancia, usando de toda su diligencia para cautivarlo y hacerse amar de él.»
En los libelos españoles este supuesto se daba como indudable realidad495. Y se
dijo que la caída del Conde-Duque, años después, se debió a la irritación del
Rey por esta tardanza en poner casa a su hijo, tanto más, suponiéndose que
pretendía poner al frente de ella a su hijo bastardo, Don Julián.
También esta leyenda
debe ser modificada. Ningún informe serio autoriza a suponer encono del
ministro contra el Príncipe. Es, por el contrario, certísimo que Don Gaspar, en
estos últimos años de benignidad eufórica, se transía de amor por el retoño
real. Toda su correspondencia de esta época está llena de alusiones tiernísimas
al Príncipe, pero sobre todo la del Cardenal-Infante, pues éste amaba a su
sobrino y era de él muy particularmente amado, por lo que le era grato saber
noticias de él. «¡Es cosa nunca vista este Príncipe!» —exclama Olivares una vez
con su expresión de inconfundible vehemencia—. En mayo de 1640, cuando todo
eran preocupaciones nacionales, tenía lugar en sus cartas para escribir esto
(acaso con subterránea ironía): «Ahora, Señor, aquí no hay otro negocio tan
grande como el que V. A. envíe al Príncipe N. S. unas botas en el correo; que
la bulla que sobre esto pone S. A. no es cosa creíble.» «Esto de las botas nos
aprieta y se hace abrir esta carta: cartas y botas vengan con los correos; se
lo suplico a V. A. para que podamos vivir.» Y dos meses más adelante: «Su
Alteza está loco de contento y agradecido con las botas y es cosa que le ha
quitado el sueño»496.
Pero el documento más
importante para demostrar la falsedad de este rencor está en la carta con que
el Conde-Duque se despidió del Príncipe, y la respuesta de éste al salir de
Palacio en enero de 1643. No he visto en parte alguna reproducidas estas cartas,
que copio de un manuscrito de la época497. Dicen así:
«Billete del
Conde-Duque para el Príncipe nuestro Señor. Mi ternura no me deja despedir a
los pies de V. A. Yo parto, Señor, solamente a tratar de encomendar a Dios la
salud, vida y prosperidad del Rey, nuestro Señor, Dios le guarde; y con ella de
la de V. A. que sea cual deben desear estos reinos. Suplico a V. A. favorezca y
honre a mi pobre mujer, que queda con el dolor que V. A. puede imaginar, aunque
con el consuelo de que no se interrumpan mis servicios por su medio con los
Reyes, mis Señores, y con V. A. Del aposento real.»
Y la «respuesta de Su
Alteza: Conde, creo bien de vos que por vuestra ternura no os despedisteis de
mis padres y de mí; y tened por cierto que a mí me excusaréis de ella, por lo
que os quiero y que me hacéis mucha soledad. No tenéis que encomendarme a mi
aya, a quien debo antes y después lo que debo; y deseo todo su consuelo con
razón y la favoreceré en cuanto pudiere toda mi vida; y estimoos mucho lo que
me decís que me encomendaréis a Dios: que Él os asista en la elección de vida
que habéis hecho».
Son estas cartas,
perdidas hasta ahora, sin duda por la malicia de los enemigos de Olivares y de
autenticidad indiscutible, no sólo prueba del amor que éste profesó a Baltasar
Carlos y del que éste le devolvió, sino muestra concluyente de la mentira de muchas
cosas que han pasado hasta ahora sin rectificación. Luego serán otra vez
comentadas. Pero anotemos desde ahora la noble amargura de Don Gaspar al irse
del Alcázar, echado no por el Rey, sino por su tremenda desilusión y por su
enfermedad; la conmovedora recomendación a su «pobre mujer»; la afirmación de
que el ministro se fue sin despedirse de los Reyes, porque ni ellos ni él
soportarían la amargura del adiós; y, finalmente, la generosa actitud de
respeto y de cariño hacia el Valido del Príncipe, y de sus padres, los Reyes:
porque eran ellos, sin duda, los que conducían la mano de Don Baltasar al
redactar estas líneas.
Así se desvanece una
impostura más de las que han enturbiado la historia del desgraciado político
cuya vida comentamos.
18. El hogar
Las hermanas y sus
maridos
HEMOS de tratar ahora
del elemento ambiental que más suele influir en la vida de los hombres, incluso
en la vida pública de los políticos: de su hogar. Hay hombres virtualmente sin
hogar, y en ellos la influencia del medio se reduce al ambiente social, que no
es nunca, ni aun en las épocas más favorables de la Historia, austero; y por
ello, estos hombres propenden a la frivolidad y a la falta de espíritu de
sacrificio y de rectitud moral. Hay otros seres humanos que viven en un hogar
hostil; en ellos esta influencia adquiere carácter reaccional y propenden a la
misantropía, al escepticismo y a todas las formas sociales del resentimiento;
para ellos, todas las mujeres son como la propia mujer, necia o casquivana; o
todos los hombres, como el marido, egoísta y brutal; la sociedad entera, pura
ficción, como lo es la familia en que viven, hervidero de pasiones y no remanso
de paz. Finalmente, hay otros hombres que llegan a su madurez en un hogar favorable,
en el que se aprende a juzgar a los demás hombres a través de los únicos
sentimientos veraces y también a través de los únicos sinsabores profundos: los
que por no afectar a la vanidad, sino directamente al alma, noblemente la
modelan. De esta última categoría fue el hogar del Conde-Duque, severo, recto y
pródigo en las dos eficaces influencias —los hondos afectos y las desgracias
entrañables— que tanto influyeron en su vida y que importa dar a conocer.
Pero antes de hablar de
la familia íntima conviene recordar la situación del segundo círculo, el de las
hermanas y sus maridos. Como pasa siempre que en una familia surge un
personaje, las tres hermanas del Conde-Duque le exigían protecciones exageradas
para los suyos; y después de obtener la merced, se enfadaban porque todo les
parecía poco. Eran, por lo menos dos de ellas, como ahora veremos, hembras de
voluntad fogosa, y dieron la impresión al pueblo de una ilimitada influencia.
El viajero Bertaut498 recoge, imperfectamente, una copia que oyó cantar en
Madrid, que dice:
Monterrey es Grande ya;
Carpió en la Cámara está; Don Gaspar es presidente; las mujeres de esta gente
nos gobiernan. ¡Bueno va!
La hermana mayor, Doña
Francisca, casada con un noble andaluz, Don Diego Méndez de Haro, Marqués del
Carpió, da la impresión clara de una auténtica Guzmán, llena de irrefrenables
ambiciones. No pudo hacer instrumento de ella a su marido, hombre insignificante;
pero logró la púrpura cardenalicia para su hijo Don Enrique, al que su tío el
Conde-Duque quería entrañablemente, tal vez porque soñaba, a la vez que su
madre, ver algún día a un Guzmán en las cimas más altas de la Iglesia. A su
otro hijo, Don Luis, el que sucedió a su tío en la privanza, le ayudó también
poderosamente a subir. En este Don Luis, hombre equilibrado, se oculta la vena
de anormalidad de la familia para reaparecer después en su hijo Don Gaspar de
Haro y Guzmán, Marqués de Eliche, medio loco, que atentó en el Buen Retiro
contra la vida de los Reyes, y después de muchas aventuras murió heroicamente
en el campo de batalla499. Era Don Luis de Haro astuto y discreto, cualidades
secundarias con las que suplía muy bien su falta de genio. El secreto de su
triunfo consistió en hacer lo contrario, en cuanto al carácter y a las maneras
sociales, de su tío el soberbio Don Gaspar. Por esto le llamaron «el discreto
en Palacio» (apodo que, por cierto, se dio también al literato palatino Hurtado
de Mendoza). Le llamó Roca «mancebo de dulces, apacibles y aplicadas
costumbres»; y Novoa «buen mozo, virtuoso, ornado de prudencia y avieso
cazador». Como político fue tan infausto como el Conde-Duque, sin ninguna de
sus grandezas; a pesar de lo cual ha pasado casi inadvertido ante el juicio de
la Historia: porque ésta se atiene muchas veces a razones puramente accesorias
para dictar sus fallos. En su tiempo tuvo, no obstante, que luchar con la
oposición de los Grandes, enredadores sempiternos, los mismos que habían
amargado la vida de su tío; y también con la hostilidad inexorable de Sor María
de Agreda; pero a diferencia de Don Gaspar, sorteó con habilidad y sin
enfadarse a todos los enemigos.
Todo el mundo le tuvo
por adversario implacable de su tío, no sin razón, puesto que había sido
desahuciado como novio de su hija y luego como heredero de sus títulos y
caudales (cuando por la muerte de aquélla los tenía casi asegurados), al ser
reconocido el bastardo Don Julián. El Memorial del Padre Ripalda, confesor del
Valido, nos dice que éste tuvo a Don Luis por uno de los causantes de su
desgracia. Pero es lo cierto que su comportamiento durante la caída de Olivares
y durante el destierro fue noble y afectuoso500. Hace pensar su conducta que al
obrar contra su tío lo hacía por motivos puramente políticos, compatibles con
su respeto y cariño; ésta fue también la actitud de la Reina Isabel y la de
otros cortesanos, frente al Conde-Duque. Fuera de la declaración de Ripalda no
se encuentra en los documentos de Olivares ninguna otra queja contra su
sobrino. En su testamento le nombra afectuosamente y le deja un gran regalo:
«un diamante de hasta 1.000 escudos». Sabemos, además, que, durante el
destierro en Loeches, Haro siguió teniendo relación constante con él, y que a
Toro escribía con frecuencia dándole noticias políticas y guerreras y
tratándole con verdadera efusión501. Después de muerto Olivares, empezaron los
pleitos entre Haro y la Condesa viuda, y ni aun entonces se rompió la amistad
entre los dos502.
Doña Inés, la segunda
hermana, Marquesa de Alcañices, era mujer menos alborotada y muy buena. Debía
recordar mucho, en el modo de ser, a su madre. Tuvo cinco hijos, que murieron
al nacer, y están enterrados en Loeches. Vivió retirada de las ambiciones y fue
la que, al terminar la privanza de su hermano, le recogió en su casa de Toro y
con ternura maternal le sirvió hasta su muerte.
La hermana tercera,
Doña Leonor, era la más interesante. Su cara fina, con grandes ojos
inteligentes e inquietos, como puede verse en el retrato de Ribera, debía de
ser trasunto de la de su madre; flaca como ella, bien distinta del tipo macizo
de Don Gaspar que le venía por herencia directa del abuelo materno: aquel Don
Pedro, guerrero y poeta503. Casó, sin sucesión, con su cuñado, el Conde de
Monterrey, Don Alonso de Acevedo y Zúñiga, hermano de Doña Inés, la Condesa de
Olivares. Era Monterrey un hombrecillo vanidoso, astuto y no demasiado
inteligente. La estatura era muy pequeña504 y la vanidad muy grande. Se
presentaba siempre en público con gran aparato. Una sátira que circuló con el
título de Prodigios del año 1641, daba como uno de estos posibles prodigios «el
que se vería un día pasear a pie al Conde de Monterrey».
Su mujer atrajo sobre
él la copiosa protección del Conde-Duque. Le hicieron Grande de España y le
otorgaron multitud de prebendas, entre ellas la de Virrey de Nápoles. La fama
que dejó allí desde el punto de vista administrativo fue pésima, bien distinta
de la de su padre, santo varón del que ya se habló. Se dijo que al regresar a
España trajo un equipaje de 8.000 bultos y que el pasaporte le costó 60.000
ducados505, exageración que probablemente no hace más que hipertrofiar una
verdad. Todo esto se lo debía a su cuñado; pero no le perdonó el que le
destituyera de la sinecura de Nápoles para nombrar en su lugar a su yerno, el
Duque de Medina de las Torres. La indignación de Monterrey fue tan grande, que
pensó incluso en sublevar a los napolitanos antes de ceder su puesto; y si no
lo hizo fue porque intervino el Padre Pimentel, el jesuita que gobernaba a esta
rama de los Guzmanes506. Doña Leonor tenía el delirio de grandezas, típico de
su casta. Aparte de estos manejos a favor de su marido nos dejó un documento
interesante de su psicología en el cuadro de Zurbarán, que la representa
conduciendo hacia Dios, como mística capitana, a una Comunidad de monjas
dominicas. Su actitud en este lienzo admirable representa puntualmente la
pasión de mando típica de los Guzmanes. Era, además, dura en el rencor. Cuando
su hermano cayó, no quiso verle, mancha que afea su vida. Mas al fin se
reconcilió con la bondadosísima viuda Doña Inés507.
El Marqués de Leganés
Aparte de las hermanas,
el pariente que más cerca estuvo de los afectos de Olivares fue su primo, el
Marqués de Leganés, Don Diego Mesia Felípez de Guzmán, al que su favor
omnipotente hizo llegar a los más altos puestos de la milicia española. Era
Leganés hombre de clara inteligencia, que se advierte bien en el retrato que le
pintó Van Dyck; muy hábil para los negocios; y hubiera sido un buen general, de
no ser tan tardo en sus resoluciones, lo cual costó a nuestras armas desastres
gravísimos. El Conde-Duque, a pesar de quererle tanto, escribía al
Cardenal-Infante en 1639 comentando los errores de su primo en la campaña de
Italia: «Sumamente culpable es el de Leganés; tiene cuanta bondad cabe en la
tierra, mas se ataca mucho a estar siempre grueso»508. Esta calma de gordo
apacible, que tan agudamente calificó Olivares, era interpretada por el vulgo
como cobardía. Un verso de entonces decía:
De ladrón y de gallina
motejan a Leganés.
Con todos sus defectos,
fue quizá una de las figuras más respetables de aquella época. El Conde-Duque
le quiso con cariño filial, que fue noblemente correspondido, como se desprende
de las importantes cartas que serán copiadas en el capítulo 26. En su testamento
Don Gaspar le trata de hijo, al par que Medina de las Torres y que Don Enrique,
su hijo bastardo509. En el amor es probable que estuviese Leganés por encima de
éstos; y, desde luego, por encima de sus hermanas.
La casa de la Cruzada
Fue, como siempre,
rectora del hogar una mujer, admirable —«muy cuerda y entendida», decía León
Pinedo— prototipo de la hembra hispánica: Doña Inés de Zúñiga. Pero antes de
hablar de ella hay que decir algunas palabras de la mansión donde se alojó,
porque las referencias de los autores están, en este punto, equivocadas.
Olivares, al establecerse en Madrid con ánimo de conquistar el Poder, se
instaló con el lujo correspondiente al fausto que, como ya sabemos, empleó en
la conquista de la frívola sociedad cortesana, como primer paso para conquistar
después al Príncipe. Todos los autores, a partir de Mesonero Romanos, señalan
que esta mansión de los años que precedieron a la privanza fue un palacio en la
calle que hoy se llama del Conde-Duque. Es una leyenda más de las muchas que
rodean la vida de este personaje singular.
En el Apéndice VI
refiero que Don Gaspar vivió en la casa de la Cruzada, hace poco derruida. La
casa de enfrente, que hoy persiste, la que tiene entrada por la calle de la
Cruzada, número 4, o «Casa de los Guzmanes», con hermoso portal, se llamó así
porque fue también de la familia Guzmán, de Don Pedro Ossorio, el epiléptico,
hijo del primer Conde de Olivares, y tío, por lo tanto, de Don Gaspar; y es
posible que, en los tiempos de esplendor, sirviese de alojamiento a parte del
vasto y linajudo acompañamiento del futuro Conde-Duque. Eran, pues, las dos
casas alojamiento de los Guzmanes.
Los criados y los
caballos
Vivía en ellas, sin
duda, en unión de algunos de sus parientes, como se desprende de una hoja
incluida en la Colección de jesuitas510, en la que se enumera toda la
servidumbre del Conde-Duque y aparece mezclada con las de Don Alonso de
Acevedo, Don Francisco de los Cobos y el Conde de Uceda511, aquél, cuñado, y
los dos últimos, primos del futuro Valido. Esta relación de criados antes
citada nos da cuenta del esplendor con que vivían los Condes de Olivares antes
de alcanzar su eminente posición palatina. Debe ser muy del comienzo de la
estancia de Olivares en Madrid, pues no aparece en ella ninguno de los nombres
de los criados que adquirieron popularidad durante la privanza, como el famoso
ayuda de cámara, Simón, ni los que luego citara en su testamento. El mayordomo
era un italiano, Ludovico Acerbo, y no era el único de esta nación entre su
servidumbre: probablemente supervivientes de los viejos criados que trajo su
padre de la Embajada y Virreinatos. Entre los pajes, que eran 31, había varios
de apellido ilustre, como un Garcilaso de la Vega. Entre las mujeres había dos
negras512. La gente empleada en la cocina era numerosa, entre cocineros,
reposteros, pasteleros y sus ayudantes, más los que cuidaban de los vinos y el
botiller y sus criados, encargados de las bebidas y refrescos, cargos éstos
importantísimos, pues sabemos que Don Gaspar tenía un verdadero vicio por tales
bebidas, que tal vez influyeron en su enfermedad y muerte. Sustentaba, con
cargo fijo, un barbero y una enfermera. La cantidad de criados de Olivares era
mayor aún que la de los parientes, que vivían en la misma casa, como parásitos
del jefe de la familia. En total eran 166 servidores. La relación del personal
se completa con la de los caballos del Conde. Entre los animales de parada y
paseo, los de coche, las mulas de coche y las acémilas, había 32. El caballo de
paseo era castaño, su color favorito, pues sobre uno de este pelo aparece
retratado por Velázquez. Uno de los brutos se llamaba Guzmanillo, y sería
curioso saber qué cualidad apreciaba en él para designarle con el diminutivo
del apellido insigne: acaso la fiereza513.
Las habitaciones en el
Alcázar y en el Buen Retiro
Al nombrar al Conde ministro
se fue a vivir al Alcázar, tomando, para mejor cuidar al Rey —o, según sus
enemigos, para mejor vigilarle— la habitación contigua a la regia, que había
ocupado el Infante Don Carlos. Pero sus dominios por el Palacio se extendieron
al ser nombrada su mujer camarera de la Reina, llegando a ocupar casi un ala
interior del primer piso, con luz a uno de los grandes patios514.
Posteriormente, en 1627, hubo de labrarse, como ya dijimos, un edificio más de
los varios que en el transcurso de los años se añadieron, según las
necesidades, a aquella inmensa colmena, para ampliar la vivienda de los Condes
e instalar la biblioteca y secretarías. Durante el verano ocupaban otras
habitaciones con aires y vistas al Norte.
Al construirse en el
Buen Retiro, los Condes tuvieron en el nuevo y magnífico edificio sus
habitaciones, como toda la Corte. Allí vivían cuando los Reyes, por temporadas,
lo habitaban; y allí están firmados muchos de sus documentos, entre ellos su
testamento de 1642. Es sabido que el famoso «gallinero», situado en los
jardines de los Jerónimos, que dio origen al gran Palacio del Buen Retiro, era
una pajarera de la Condesa de Olivares, por lo que la gente debió de creer que
la monumental fábrica que a su lado se iba alzando era, más que Palacio Real,
vivienda para el Conde-Duque; y no influyó poco esta creencia en la inmensa
impopularidad de que gozó el nuevo Real Sitio515.
En todos los años de
privanza, a pesar de vivir en el Alcázar, y casi con el mismo rango que los
Soberanos, el lujo del Conde-Duque no debió ser superior al que tuvo en la
época prepalatina. Su espíritu había cambiado y vivía austeramente,
participando, sí, del fausto exterior, pero también de la interior mezquindad
—a veces verdadera pobreza— del Regio Alcázar, a la que su melancolía le
inclinaba. Hemos visto ya que en su casa de la villa —la de la calle de la
Cruzada— seguía manteniendo el rango y la cocina para servicio de sus
familiares y huéspedes.
Seguramente sus criados
eran entonces menos numerosos, pues utilizaba la servidumbre palatina. En su
testamento de 1642 nombra y deja mandas a Simón Rodríguez, Juan Vicente y Artus
de Rois. El testamento de la Condesa, en nombre de su marido, ya muerto, en
1645, conserva estas mandas. Y en el de 1647 de la misma Condesa nombra y lega
mandas, aparte de a Doña Jerónima de Mendoza, su camarera y mujer de confianza,
a Catalina Olivares, Isabel Delgado, María y Ana de la Cuesta, Ana Gómez y
Catalina Pérez; y a Simón Rodríguez, Juan Vicente, Armes y Miera. Ninguno de
estos nombres —ya lo hemos dicho— figura en la nómina de criados de veinte años
atrás.
Por gusto, o por imitar
al Rey, andaba el Conde-Duque muchas veces rodeado de enanos y bufones, por lo
que estas «Sabandijas de la Corte» fueron también llamados «Sabandijas del
Conde». Lo probable es que tales pequeños monstruos sirvieran indistintamente
al Rey o a su Valido. Se supone que estuvieron especialmente afectos al
servicio de Olivares el bufón Barbarroja y el Primo, el que le acompañaba en su
coche cuando en Molina de Aragón atentaron contra su vida, hiriendo, aunque
levemente, al enano. Es probable que también fuera de sus preferidos el bufón
llamado el Geógrafo, pues ya se ha dicho que Olivares tenía grandes aficiones
geográficas y poseía esferas, como la que señala con su mano, en el retrato de
Velázquez, este pobre imbécil516. De sus criados fue el más famoso Simón
Rodríguez de Ubierna. Era su más íntimo servidor; lo mismo le curaba las
almorranas que daba las audiencias «desde el más firme embajador al más humilde
pretendiente», dice Roca; y añade que, a pesar de haber pasado por su mano más de
tres millones de audiencias, su amo no le favorecía nada: ni siquiera le dio el
don. No todas las noticias coinciden, sin embargo, con ésta, acerca de la
austeridad de Simón; en las Nuevas de Madrid, de 20 de agosto de 1637, leemos,
en efecto, que estuvo este criado del Conde-Duque, «tan conocido de todos los
ministros y pretendientes de esta Corte», muy enfermo, curándole médicos del
Rey; con este motivo testó «más de 100.000 ducados, que ha parecido gran suma,
si bien es verdad que tiene cierto comercio en las flotas de Indias»517. Y en
cuanto a los honores, los recibió también, y abundantes, pues le vemos en la
tropa que organizó Olivares para la Jornada de Cataluña de 1642, vestido con
lujo, «con título de Gentilhombre y ayuda de guardarropa de S. M.», montando
muy bien a caballo518. Acompañó a Don Gaspar hasta su muerte y figura mucho en
los relatos y declaraciones de los pleitos de sucesión: véase Apéndice XXXII.
Hay muchas alusiones en la literatura de la época a este emperador de escaleras
abajo, suerte de Gil Blas de auténtica realidad, y quién sabe si el verdadero
modelo de héroe novelesco; yo estoy convencido de que es así, de que este
Simón, tan popular en su tiempo, fue conocido del autor de la gran novela
picaresca519.
Era el de Olivares un
hogar riguroso. Pero el desenfreno y el crimen que corrompieron a la Corte
inficionaron, a la postre, hasta esta austera mansión. El maestresala de la
Condesa azotó una vez a dos pajes que habían hecho alguna falta; y ellos, por
venganza, lo apuñalaron, matándolo, sin confesión, en su cama520. Podemos
imaginar la impresión que haría al severo Valido este crimen entre sus propios
familiares.
Al final de la privanza
debieron los Conde-Duques deshacerse de la casa de Madrid, pues al casarse su
hijo reconocido, Don Enrique Felípez de Guzmán, se fue a pasar la noche de
bodas a otra casa, en la calle del Barquillo. Y la Condesa, cuando, de viuda,
volvió a Madrid a vivir, y a morir poco después, habitó, como bien pronto
veremos, no la mansión de la calle de la Cruzada, sino otra muy modesta, en la
calle de Alcalá.
Así fue el hogar del
Conde de Olivares. Veamos ahora cómo fueron sus habitantes.
19. Las mujeres
Las virtudes de Doña
Inés
PARECE increíble que en
aquel nido de pasiones, menudas o terribles, que era, al decir de todos los
cronistas, el Alcázar Real, pudiera existir durante tantos años este hogar
perfecto. Pero nada hay que no sea hacedero para una de estas mujeres españolas,
de rectitud de acero, inaccesibles a toda tentación, que, por esto mismo,
pueden, en las horas dionisíacas de la vida, dejar escapar la pasión del hombre
hacia otros cauces más fáciles y alegres; pero que acaban por imponerse como
algo sobrehumano a fuerza del sacrificio tranquilo de todas las horas y de la
serenidad imperturbable para juzgar, sin titubeos, del bien y del mal.
Era Doña Inés de Zúñiga
y Velasco, bisnieta, por el lado materno, de Don Juan Alonso de Guzmán, Duque
de Medina-Sidonia y hermano de Don Pedro de Guzmán, el primer Conde de
Olivares, que ya conocemos, abuelo de Don Gaspar de Guzmán, el Conde-Duque.
Parientes, pues, de su marido y por ello su genealogista Martínez Calderón
podía decir, lleno de satisfacción, que «participa, de la misma manera que el
Conde, de 2.664 líneas de estirpes reales y 169 de santos que se han ajustado
en cabeza del Conde»521. Pero Don Gaspar era también primo de su mujer por la
línea paterna y, sin duda, habrá que achacar a estos complicados cruces alguna
responsabilidad en las escasas fuerzas vitales que demostraron los hijos del
matrimonio de los Conde-Duques, dos de ellos muertos a poco de nacer, y la
única lograda, María, muerta también en plena juventud.
Venía, ciertamente, la
tendencia virtuosa a Doña María Inés por la inmediata herencia paterna, pues su
progenitor, el Conde de Monterrey, fue «grande caballero, ministro y santo,
pues habiendo sido Virrey de Nueva España y del Perú, cuando murió en Lima fue
necesario que la Audiencia le enterrase de limosna, porque las que él había
dado le pusieron en aquel estado». Esto dice Roca522; y añade como comentario:
«¡Suceso raro!», que nos enseña lacónica y expresivamente la codicia y no
buenas artes de muchos de los españoles que iban con cargos públicos a América.
Había nacido en 1584 y
tenía, por lo tanto, tres años menos que su marido. No parece que fuera guapa,
a pesar de que la leyenda extranjera la haya querido pintar como bellísima, y
por lo tanto, galanteada por Felipe IV, inevitable Tenorio de todas las mujeres
que tuvo a su alcance523. Acaso tampoco sea exacto el calificarla, como Justi,
de «vieja, fea y jorobada»524. No poseemos retrato cierto de ella. Se le
atribuye, sin prueba fidedigna, uno de Velázquez, en el que aparece muy
emperejilada y con facciones y expresiones de aplastante vulgaridad. No es
segura, repito, la atribución; y el hecho de que no fuera repetidamente pintada
por Velázquez, que tanto lo hubiera querido, demuestra que se lo estorbaba o su
rígida virtud o la coquetería —compatible en toda mujer con la devoción— de no
transmitir a la posteridad sus gracias deficientes. Pasa también por suya, con
idéntica incertidumbre, la efigie de una miniatura, en la que aparece con un
rostro soso, bobalicón y un tanto monjil, no lejano al de las efigies de Doña
Isabel la Católica, y realmente, no muy discordante con su severa
psicología525.
La caritativa
prodigalidad de su padre la dejó sin dinero. Y, en suma, no tenía más
patrimonio que sus virtudes y su estirpe y la afección de la Reina, Doña
Margarita, mujer de Felipe III, de la que era dama, cuando el impetuoso
Olivares la cortejó y la hizo su esposa. Debió sufrir mucho en los primeros
tiempos del matrimonio, en aquellos años, ya reseñados, de los viajes a Sevilla
y de la vida esplendorosa en Madrid, en el bullicioso ambiente de cortesanos y
poetas; años llenos de enredo de su marido, de los que resultó el hijo bastardo
que tanto dio luego que hablar. Pero su discreción y su actitud digna fueron
poco a poco creando, con lazos mucho más firmes que los sensuales, la atmósfera
propicia al amor conyugal526. La muerte de María, la hija recién casada, unió
más a los esposos; y a partir de esta tragedia fue tan perfecta la unión, que
Doña Inés tuvo tanta parte como el mismo Don Gaspar en el reconocimiento y
protección al hijo de los amores ilícitos, Julián Valcárcel, convertido de
repente en Don Enrique Felípez de Guzmán. El documento en el que el Conde-Duque
daba noticia pública de este reconocimiento empezaba diciendo que lo hacía, así
como la boda con la hija del Condestable de Castilla, por «las repetidas
instancias de la Condesa mi mujer, que con el amor, ansia y afecto ejemplar y
grande de mi memoria», etc.; y la conducta de ella hacia el hijo nuevo, incluso
después de la muerte de Don Gaspar, hasta que Don Julián murió también, no
desmintió esta generosa actitud. Fue siempre para él una madre sin tacha.
Era Doña Inés
religiosísima y sus continuas devociones influyeron en las que el Conde su
marido practicó después con tanto celo. El convento de Dominicas Recoletas de
Loeches fue fundación de los dos, pero gusto principal de ella, pues según
Martínez Calderón, «su mayor desahogo, holgura y fiesta era visitar a las
santas religiosas que, habiendo sido elegidas por su mano, bien se deja
considerar cómo serán». Vivía, en suma, a pesar de sus altos puestos en el
Alcázar, «como si fuera ella verdaderamente religiosa, apartada de las cosas
del siglo»527. Quevedo, en una carta ya citada, ensalza sus virtudes; y Lope de
Vega, al dedicarle sus Triunfos divinos, le decía: «Triunfos divinos consagro a
V. E., debido a sus virtudes, escritos a su devoción y dignos de su
entendimiento.»
Fue nombrada camarera
mayor de la Reina Isabel528 y luego aya del Príncipe heredero Don Baltasar
Carlos. Sin duda, estos nombramientos demostraban de un modo demasiado visible
el plan del Conde-Duque para tener sitiada por todos lados la voluntad de los Reyes;
y, probablemente, fue una torpeza de su delirio de poder, pues de ello nació
gran parte del odio de los cortesanos y del pueblo, que se imaginaban, con
muchas apariencias de razón, a la familia real cercada por Olivares. Los
apologistas de éstos, como el citado Martínez Calderón, aseguran que la Condesa
hacía servir y servía ella misma a la Reina «con veneración y autoridad jamás
vistas»; los enemigos, como Guidi, por el contrario, que «la Condesa a la Reina
tenía en tanta sujeción que sólo en la apariencia era Reina y experimentaba
todas las desdichas de una miserable esclava». La verdad estará, como siempre,
en el justo medio. Puede uno imaginarse que la excesiva rigidez y devoción de
la Olivares529 debía ser un tanto molesta a la regia familia, que, aunque muy
católica, era fundamentalmente frívola, sobre todo la Reina. A este hastío
contra un sistema de vida demasiado severo, casi monjil, debió unirse la
reacción de independencia ante el poder de los Condes, que se colmó cuando se
dijo que Olivares pretendía que al poner casa al Príncipe fuera su ayo el hijo
recién reconocido Don Enrique Felípez de Guzmán. La debilidad enfermiza de
Felipe IV le permitía aceptar estos yugos y todos los que se quisiera; pero
ella, la Reina, cuyo carácter adquiría entereza conforme adelantaba en edad,
sentía la sublevación de su deprimida realeza. Si hubo, además de estos
motivos, directamente humanos, otros de orden político e internacional en la
campaña que la Reina Doña Isabel de Borbón capitaneó contra los Conde-Duques,
de ello se ha hablado ya y será, más adelante, de nuevo, examinado.
Don Gaspar, en cambio,
vivió cada vez más a gusto al lado de esta dulce y tiránica abadesa. Siri dice
que tuvo siempre para ella «deferencias infinitas»530. En su testamento de 1642
la pide «particular y afectuosamente perdón de las pesadumbres y disgustos que
la he dado, tan poco merecidos por su buena compañía y por la ayuda que en ella
he tenido». Pero, en esa fecha, Doña Inés aún no había dado a su marido la
prueba mayor de esa ayuda; y fue con ocasión de su caída y destierro. Estaba
ella en Loeches cuando el Conde-Duque, ya decidido a abandonar el Poder, salió
de Palacio; y en este trance, de dolor infinito para él, fue su primer cuidado
llamarla; «no le pareció a propósito —dice Guidi— en tanta congoja, desahogarse
con otra persona que con su mujer».
Heroísmo en la caída
Describe así Novoa el
momento en que recibió Doña Inés la nueva: «Persona que se halló en Loeches y
que lo vio por vista de sus ojos dice que, saliendo la Condesa de visitar las
monjas y sentándose a la mesa para comer, a la misma hora llegó un papel del
Conde en que la daba cuenta de todo y le decía la determinación del Rey; y
afirma (el que lo vio) que no sólo los colores de la cara, sino los que se
ponía, que eran muy grandes, como se usa en Palacio, todos se le perdieron, sin
quedarle ninguno, y que pareció difunta; que dejó la mesa y, sin comer bocado,
pidió el coche para ir a Madrid y que en el camino topó a Don Enrique [el hijo
del Conde], que apenas le había durado un año la fortuna y... volvieron a
Palacio, adonde llegaron a media noche»531.
Cuando describa
aquellos días hablaré de las gestiones y trabajos de la buena esposa, apenas
llegó a Madrid, no para tratar, como entonces se dijo, de revocar la dimisión
del Valido, que era cosa concertada, sino, sin duda, para lograr la
continuación de ella en Palacio, si no como camarera de la Reina, como aya del
Príncipe y las Infantas. Sabía que, mientras estuviese allí, no se rompería el
hilo que ataba a su marido con el favor real; y sabía también que ella sería la
guardadora del honor del Conde-Duque, arrojado a las fauces del monstruo
popular y cortesano. Así lo convino con el Rey: hoy lo sabemos con certeza. Y
allí quedó, desde los días de enero de 1643 en que empezó el destierro del
ministro, hasta noviembre del mismo año de 1643 en que roto, por influencias de
otros, el compromiso regio, tuvo ella también que salir. Su permanencia al lado
de los Reyes fue, día a día, un verdadero y heroico sacrificio. Hoy sabemos
también que durante todos estos meses contó, en silencio, con la buena voluntad
del Rey, que no se hallaba sin su Valido; y creía en su fuero interno, que el
destierro no duraría mucho. Pero la pobre mujer, sin autoridad, tuvo que
resignarse, por servir a su esposo, a que el populacho y los nobles, con
bárbara grosería, arrojasen impunemente sobre ella todo el odio con que
hubieran querido humillar a la persona del ministro caído e indefenso. En la
procesión de Palacio, el día de la Visitación, llevaba la Condesa la cola de la
Reina y, al pasar, la insultaron unas mujeres que presenciaban la ceremonia532.
Y otro tanto ocurrió cuando, el día de San Blas, fueron los Reyes a la ermita
de este santo en el campo de Atocha: «los muchachos la silbaron y dieron gritos
diciéndola: "¡Métete!", que es como si hoy dijeran: ¡Que se vaya!533.
Otra vez fueron unas tapadas que, en el propio Palacio, se acercaron a las
damas que rodeaban a la Reina, que iba con la Condesa, y las dijeron:
«Bellacas, ¿cómo sois para tan poco que no echáis a esta mona de casa?»; y
ellas respondieron: «¡Harto hacemos, y no podemos más; pero ella se irá.» La
Condesa se echó a los pies del Rey, quejándose de cómo la trataban, y el Rey la
dijo: «Condesa, ya os he dicho que embarazáis y que no he de castigar a un
pueblo que tiene razón.» Y la dejó534. Y en la fiesta del Santísimo Sacramento,
en la que hubo también procesión por los corredores de Palacio, un clérigo
hincose de rodillas delante del Santísimo y a grandes voces le dio gracias por
haberse ido el Conde-Duque, y luego, con frases «no tan devotas», insultó a la
infeliz Doña Inés535. Los criados de Palacio se negaban a servirla. Y,
finalmente, un día de solemne procesión callejera, con motivo de la
proclamación de la Virgen como Patrona del Reino, al salir la Reina de Palacio
y subir a su carroza, la Duquesa de Mantua obligó a Doña Isabel a que la
Olivares dejase su asiento habitual y fuera al estribo, aunque por dentro.
«Obedeció Doña Inés y fue bien mortificada»536.
Por mucha animadversión
que se conserva a la memoria del Conde-Duque, ninguna de sus reales o supuestas
fechorías puede herirnos hoy como la necia y cobarde crueldad de esta chusma.
Todo lo sufría con
paciencia la Condesa infeliz, con la esperanza puesta en la rehabilitación de
su marido. Pero sus rivales trabajaban sin cesar, temerosos de que su estancia
en Palacio fuera —y no pensemos mal— indicio de que no se había extinguido la inclinación
del Rey hacia Olivares. Mas no contaban Don Gaspar ni Doña Inés con un enemigo
nuevo, mucho más temible que el odio grosero pero fugaz de las muchedumbres y
que el rencor de los cortesanos, volubles, pero, al fin, de la misma casta que
los caídos. El nuevo adversario tenía nada menos que a Dios —según se decía—
detrás de sí; era la monja de Agreda, con la que comunicaba Felipe IV desde
Zaragoza, donde estaba, en jornada hacia Cataluña, al frente de su ejército.
Destierro de Doña Inés
El partido contrario al
Conde-Duque, viendo que la bondad y el sentido recto del Rey defendía al
ministro y a su mujer y familia, acudieron, en efecto, a una estratagema a la
que siempre era sensible Felipe IV: le dijeron, utilizando a clérigos y frailes
simples o sin escrúpulos, que sabían «por revelación» que era preciso arrojar
definitivamente a la familia malvada. El Monarca, acongojado, escribe, como a
un tribunal supremo, a la monja de Agreda el 3 de octubre de 1643, contándola
la noticia de estas revelaciones «contra algunos —dice, noblemente,
refiriéndose a Don Gaspar y Doña Inés— que verdaderamente no son malos ni les
he reconocido nunca cosa que pudiera dañar a mi servicio». Pero el ambiente
popular había llegado hasta el pueblecito que se abriga del Moncayo y había
penetrado en el convento humilde de la Concepción Descalza que rectoraba la
venerable Madre: y ésta, sin perder tiempo, el 13 del mismo mes, contesta a su
regio consultor, eludiendo hábilmente lo de las revelaciones, pero afirmando que
«esas pasiones que hablaron a V. M. pudieron tener otro motivo, fundando en el
común sentir del mundo, que abomina del gobierno pasado; y como tan aprisa no
se ven buenos sucesos y aciertos, paréceles que gobierna quien gobernó antes:
pues han de favorecer los que están a la vista de V. M. al que los puso en
ella; y también la carne y sangre de su oficio; y no fuera desacertado dar una
prudente satisfacción al mundo que la pide, porque V. M. necesita de él». La
alusión a Doña Inés y los suyos era bien clara. Y la opinión de Sor María
equivalía a una sentencia. Tres días tardó sólo el Rey en contestarla así: «En
lo que toca a apartarme del camino y modo del gobierno pasado, estoy resuelto.
Y aunque no faltan personas que quieran ostentar algún valimiento (pues esto es
cosa muy natural en los hombres), viven engañados... y espero que luego
llegarán a vuestra noticia y de todos, nuevas que acrediten mi verdad y
aseguren al mundo que lo pasado se acabó; porque, aunque en realidad de verdad
esto es cierto, hay quien lo duda, y así he resuelto que los efectos les
muestren mi verdad»537.
Los actos de energía
del abúlico y bondadoso Austria eran siempre así, dictados por otra voluntad,
de un ministro, de su mujer o de una monja. Obedeció, pues, al nuevo mandato y
salió al punto de Zaragoza la orden de que abandonara Palacio la Condesa, que
había quedado en Madrid; y pocos días después, el 3 de noviembre, se ordenó
también la salida al hijo del ex ministro, Don Enrique Felípez, que acompañaba
al Rey en la jornada.
Se dijo por entonces
que la ansiada expulsión de los Olivares se debió a un Memorial que el Reino de
Aragón entregó al Monarca, y también a que se descubrieron unas cartas del
Conde-Duque, delatadoras de una conspiración que dirigía para volver al Poder.
Pura invención. Hoy sabemos que no hubo otra causa que la orden de Sor María. Y
así, los sucesos grandes y los pequeños de la Historia obedecen, con
frecuencia, a razones que ni los más maliciosos presumen y que o no llegan a
saberse nunca o los descubre, al cabo de los tiempos, el azar.
Hay varias
descripciones dramáticas de la salida de Palacio de Doña Inés, notoriamente
influidas por el espejismo de la del Conde-Duque, su esposo, diez meses
antes538. La verdad la conocemos por las cartas del ejecutor de la orden
regía539, que fue, para mayor dolor, el propio Don José González, secretario y
hechura del Conde-Duque. Son, en verdad, dramáticas estas epístolas, en las que
nos parece oír aún el llanto de la Condesa infeliz ante las órdenes secas de
aquel Rey de la cara impasible. Con Doña Juana, su nuera, fue, entre congojas
incesantes, a Loeches, de donde hubo de salir por orden superior y por su
propia inclinación para unirse con su marido, pocos días después540.
El viaje de Loeches a
Toro, a últimos de noviembre, fue penosísimo. El paso de Guadarrama estaba
cerrado por aquellas nevadas, mayores, sin duda, que las de hoy, que nos
describe Torres Villarroel, en las que los caminos se perdían. Murió helado un
paje y se baldó el capellán; y, al fin, sin lograr trasponer el puerto,
tuvieron los tristes viajeros, medio ateridos, que volverse a El Escorial. A
los pocos días, mejorando el tiempo, volvieron a salir y llegaron, al fin, a
Toro541, donde encontraron a Don Gaspar, que ya sabía la nueva, muy acabado y
herido de profunda melancolía.
La gente, novelera y
simplista, creyó que a partir del destierro de Doña Inés había cesado por
completo su relación con el Monarca. Pero no es así. Es probable que,
políticamente, el Rey estuviera, desde la salida del Conde-Duque, libre de la
influencia del matrimonio. Así lo indican las líneas de la carta de Don Felipe
a Sor María de Agreda, copiadas más arriba: «Aunque en realidad de verdad esto
es cierto [la exclusión de Olivares], hay quien lo duda.» Pero, en el fondo, y
esto honra a la memoria de Don Felipe, a pesar de la opinión de todos y de las
inspiraciones de la monja, seguía queriéndoles y mantuvo con ellos
correspondencia mientras estuvo en Toro, dándoles cuenta, como a buenos amigos,
de sus sucesos prósperos y adversos. He aquí, resumida, una de estas cartas del
Rey, esenciales para nuestra historia, y olvidada por los comentaristas,
enviada desde Sariñena a Toro, en 17 de marzo de 1644:
«Condesa: No he querido
dejar de escribiros estos renglones para daros cuenta de la victoria que Dios
N. S. ha dado a mis armas junto a Lérida, estando cierto de que os holgaréis
con esta nueva, que, sin duda, es la mejor que hoy podíamos recibir... A vuestro
marido le hago relación sucinta del caso y allí podréis ver cómo fue»542.
Es decir, que no sólo
la escribía a ella, sino a Don Gaspar, y no por mera cortesía, sino relatándole
los sucesos de la guerra. Las respuestas de la Condesa al Rey confirman la
relación excelente que les unió, a pesar del destierro, y por su importancia van
copiadas en el Apéndice XXV. Léase también la correspondencia de González,
Apéndice XXXIV. Seguramente estas muestras de afecto mantendrían vivo algún
destello de esperanza en los desterrados durante un tiempo más. Pero la salud
de Don Gaspar iba empeorando y murió un año después de esta correspondencia,
del modo que más adelante se detallará.
La perfecta viuda
Ahora nos toca resumir
la etapa de viuda de Doña Inés. Y fue, sin duda alguna, ejemplar. Tiene este
tipo de damas españolas especial aptitud para llevar con dignidad y con
eficacia las tocas de la viudez. De muchas diríase que es entonces cuando su
personalidad alcanza la plenitud y que es este estado melancólico el objetivo
verdadero de su vida. Así, en Doña Inés. Terminados los funerales de su esposo,
se adelantó a Loeches, adonde llegó el 5 de agosto de 1645 para preparar el
derramamiento del Conde-Duque, que se hizo, por las razones que luego se dirán,
varios días después. Y allí se quedó, acompañada de su hijo Don Enrique Felípez
y de la mujer de éste. Su posición económica era modesta543. Su vida, tan
apartada, que se dijo que ingresaría como monja, en un convento544. Empleaba
sus días en rezar en el templo donde yacían, allá abajo en la húmeda cripta,
los restos de Don Gaspar; en recibir las visitas de sus familiares y amigos,
«que eran más de los que se pensaba», y de los jesuitas, sobre todo las de su
confesor el Padre Martínez Ripalda545; y en pleitear con sus familiares, como
luego se dirá. Sabemos por Novoa que Felipe IV fue un día también con pretexto
«de ver un juego de armas», pero, seguramente, para demostrarla, con disimulo,
su noble afecto546.
A principios de 1646
Doña Inés se presentó en Madrid, sin orden del Rey, «a la solicitud de sus
pleitos». Da la noticia el mismo Novoa, por esta vez con una metáfora
afortunada, aunque siempre maligna: «Las reliquias de los Validos de nuestro
tiempo —escribe— se dejaron ver en los contornos o márgenes de la Corte, como
las tablas de los navíos deshechos o derrotados de las tormentas que arroja el
mar a las orillas.» Quiso ver al Monarca, y éste, siempre bueno y siempre
débil, para que no la viesen entrar en Palacio, «fue al Retiro con el Príncipe
y, apartado de él, la oyó una hora larga»547. Agrega el chismoso ayuda de
cámara que había una conjura del Conde de Monterrey para que Doña Inés volviera
a Palacio a ser camarera «de la Reina nueva que venía de Alemania». Pero lo
seguro es que la Condesa, vieja y llena de preocupaciones, no deseara volver
más a aquel laberinto de pasión. Además, ya conocía el testamento que el
Conde-Duque escribió en 1642 y que estuvo hasta poco antes cerrado; en él, Don
Gaspar la aconseja, a su muerte, «dejar la Corte por los inconvenientes grandes
que de la asistencia en ella pueden seguirse»; y que «su parecer es que se
retire» del servicio real. Doña Inés, tan devota de su marido, no iba a
contrariar, a la vez, la voluntad del muerto amado y la de su propio destino.
La fantasía de la gente
suponía ya que era inminente su vuelta al Alcázar, porque el Rey y la Infanta
lo querían. Pero la verdad es que ella, sin ambiciones, cuidaba sólo de su alma
y de los intereses de su sucesión. En los últimos meses de su vida vino a
establecerse a Madrid, «en una casa muy moderada, en la calle de Alcalá, cerca
del Prado, frontera de los Caños de Agua»548. Su hijo Don Enrique Felípez había
muerto, y ella, muy achacosa, necesitaba cuidados continuos. La asistieron los
doctores Gaseo y Cupi, a los que dejaba, además de sus salarios, 500 reales en
su testamento, y el Doctor Montoya, sin duda el de cabecera, al que legaba
1.000549. Hasta última hora estuvo preocupada con sus pleitos, añadiendo
otorgamientos y codicilos a sus disposiciones testamentarias; el último,
veinticuatro horas antes de morir, no lo pudo firmar y lo hizo por ella su
confesor. Dejó concertada la boda de su nieto Don Gaspar Felípez de Guzmán y
Velasco, Marquesito de Mairena, de algo más de cinco meses, con Doña Francisca
de Zúñiga y Fonseca, de siete meses, hija del Marqués de Tarazona y nieta del
Marqués de Leganés. Con esto quedó tranquila la moribunda, pensando que el afán
de perpetuar la Casa insigne estaba cumplido y asegurado. Murió a las siete de
la tarde del día siguiente, 10 de septiembre de 1647, a la edad de sesenta y
tres años550. Desde la otra vida se enteraría, libre ya de vanidades
genealógicas, que los ternísimos novios murieron, pocos meses después, y los
dos, por azar notable, en el mismo día, el 27 de febrero de 1648. La Condesa
fue enterrada en Loeches, al lado de Don Gaspar.
Así fue la vida y
muerte de Doña Inés, ejemplar admirable de estas señoras hispánicas, de virtud
llena de pinchos, como el cilicio; estas mujeres de las que Galdós creó el
prototipo en su inmortal Doña Perfecta. Su compañía dio al Conde-Duque
austeridad. Pero también intransigencia. Al juzgarla ahora nos atrae, sobre
todo, su gran carácter español y su bondad, imperativa, tan española también,
sin extremos aparatosos, pero llena de maternales exclusivismos y delicadezas.
Fue así para todos. Una vez, cuando el Duque de Nochera estaba preso y enfermo,
le envió su secretario con estampas de santos, barros y vidrios de Valencia,
ollitas de almíbar y dos cajones de dulce de frutas secas551. Murió el viejo y
derrotado Duque en la prisión, confortado con esta caridad. Y hay otros muchos
episodios como éste en su vida. Pero nos conmueve, sobre todo, el recuerdo que
tiene, entre las cláusulas solemnes y complicadas de su testamento, para «una
niña que he criado por amor de Dios, que tengo en mi casa y que se llama Aguedilla».
¡Qué ciegos sus
enemigos! La supusieron tocada de la pasión del poder. Mas lo cierto es que
Doña Inés no se encontró nunca a sí misma en medio del esplendor de los
alcázares, sino en aquella castellana soledad, casta y patética, de Loeches;
sobre todo, cuando, viuda y sola, dialogaba con el dolor inmenso de su pasado;
y donde, al fin, cuando menos lo esperaba y ya próxima a morir, encontró, quizá
por vez primera, un alma de verdad noble en Aguedilla.
La rosa blanca
¡De esta suerte nació
la blanca rosa! ¡Oh clara e ilustrísima María! Cándida, pura, casta, honesta,
hermosa...
Así cantaba Lope de
Vega a María de Guzmán, que en esta historia violenta en que los personajes son
más que seres humanos henchidos de pasión, pasiones capitales con figura de
hombre o de mujer, pasa, en efecto, ingrávida, blanca, inmaculada, como una flor
que se deshoja al siguiente día de abrirse. Hay un retrato, atribuido a
Velázquez, que pasa, con harto fundamento, por ser el suyo. Si no lo es, muy
bien pudiera haberlo sido, porque la cándida belleza de este rostro adolescente
concuerda con lo que de ella nos imaginamos; y aun pudiera asegurarse que la
arquitectura de sus facciones y la expresión de los grandes ojos negros tienen
mucho de lo que conocemos tan bien en el rostro de Don Gaspar.
Murió al ser madre, sin
haber dejado de ser niña. Y, sin embargo, su cuerpo y su espíritu tienen una
realidad, vaga y tremenda, a través del amor anhelante de su padre y de su
inmenso dolor cuando la perdió. Todo era en el Valido tempestuoso: el vaso bronco
y el alma apasionada que latía dentro. Pero a lo largo de su aspereza corre
mansamente su ternura paterna y su pena infinita, como un río cristalino que
nos deja al pasar el reflejo fugitivo y exacto de María. Después, el poeta pone
entre sus versos alguna pincelada breve:
Será milagro de tus
bellos ojos Para que sepan esas manos bellas que quien te ofrece rosas, diera
estrellas De rojo y blanco el rostro delicado las hojas de la rosa repartiendo
dejolo en nieve y púrpura bañado.
Y, en verdad, no
necesitamos más para conocerla.
Dicen los anales que
los Condes de Olivares sólo tuvieron a María. Pero fueron tres sus hijos: «Don
Alonso de Guzmán, primogénito, y Doña Inés de Guzmán, que murieron de poca edad
y están sepultados en su iglesia colegial de la villa de Olivares, y Doña María
de Guzmán, que vino a ser hija única y sucesora de su casa y dama de la
Serenísima Reina Doña Isabel de Borbón.» Así nos lo dice su puntual
genealogista y lo confirma el testamento del Conde-Duque, del cual se deduce
que María ocupó el segundo lugar, siendo la tercera y última la malograda Doña
Inés552.
Nació en 1609 y el dejo
respetuoso y admirativo que vaga por todos los cronistas al hablar de ella, nos
asegura que fue criada y educada, por su madre Doña Inés, bajo normas de
rectitud harto distintas de las que eran usuales en aquella Corte. El Conde de
la Roca la describía como «muchacha en años y madura de virtudes,
entendimiento, blandura y cortesía, partes que pocas señoras las cultivaron
como ésta, porque las poseía para emplearlas en beneficio de todos, no para
hacer ostentación de ellas»553. En 1622, cuando tenía trece años, la vemos
recitando la Loa que precedió a la representación de La gloria de Niquea, en
Aranjuez, famosa función, porque terminó con el incendio del teatro y porque
pasó a la leyenda como comienzo de los celos del Rey de la muerte del Conde de
Villamediana, que aprovechó el pánico del siniestro, producido por su propio
designio, para coger a la Reina, y con pretexto de salvarla, tenerla unos
minutos en sus brazos.
Se comprende que fuera
esta criatura dulce y frágil, contraste maravilloso y reposo de inquietudes
para el fogoso Don Gaspar, en aquellos años, los más agotadores de su vida de
ambición. Era, además, algo que es importante para todo hombre, pero que en el
Conde de Olivares, obsesionado por la pasión del linaje, tenía la categoría de
sagrado: la continuidad de aquel vasto árbol genealógico, lleno de Reyes y de
Santos, que él suponía multiplicado, en la frondosidad y en la magnificencia,
por sus propias acciones. La cuidaba, pues, con amor de padre, que en él fue
profundísimo, y con celo de Príncipe. Y como María llegaba a los dieciséis
años, edad, entonces, habitual para el matrimonio de la mujer, decidió
casarla554. No había perdido entonces, ni mucho después, la esperanza de tener
nuevos hijos. Pero, sin duda, en el casamiento de María influyó la prisa de ver
asegurada dentro de su vida y poderío, su sucesión.
La boda
Además, la posición del
Conde-Duque, no sólo la más alta de España, sino una de las más eminentes de
todo el mundo, empujaba a los pretendientes a la mano de esta mujer que,
ciertamente, conduciría a quien se la diese a los más altos cargos de la gran
Monarquía.
«Se la habían, en
efecto, propuesto, de fuera del Reino, muchos pretendientes por cuyas venas
circulaba la sangre real; y de dentro, cuanto en él había que pudiese aspirar a
la empresa.» En todas las relaciones de la época, y singularmente en la del
Conde de la Roca, se describen con detalle cuáles fueron, al fin, los
candidatos con visos de triunfar y las razones por que fueron desechados.
Brevemente diré que estos presuntos yernos del Valido fueron cuatro: el Conde
de Niebla, Don Juan Carlos de Guzmán, Don Fernando de Guzmán y Don Luis de
Haro. Era el primero, Conde de Niebla, hijo y heredero del Duque de
Medina-Sidonia, representante de la Casa más rica de España. Don Juan Carlos de
Guzmán era hermano del Duque de Medina-Sidonia, y tío, por lo tanto, del novio
anterior. Don Fernando de Guzmán, primo del Conde-Duque, buen caballero y muy
unido, por lazos de afecto, con Don Gaspar. Y, por fin, Don Luis de Haro, que
ya galleaba en la Corte, era primo carnal de la presunta novia, por ser hijo de
la hermana de Don Gaspar, Doña Francisca, la Marquesa del Carpió.
Un rasgo de la época,
curioso para nosotros, es la expectación que los más pequeños sucesos de la
vida aristocrática producían no sólo entre los de su clase, sino en todo el
país. Una boda, un nacimiento, un honor concedido, un devaneo en cualquier
noble, y más, claro es, si era un Grande de España, entraba en la categoría de
los acontecimientos solemnes. Lo demuestran los numerosos Avisos y Noticias,
que corrían de mano en mano por toda la Península, y en los que, junto a la
toma o pérdida de una ciudad, la firma de un Tratado de paz o el nacimiento o
la muerte de los Reyes, aparecen, en el mismo plano de interés, el pleito de
tal Conde, el alojamiento que se preparaba a un Duque, el pecado y penitencia
de una Marquesa o los progresos de un Grande en el estudio de las lenguas
muertas. Claro que esto tiene una explicación: y es que la Nobleza
representaba, casi en absoluto, la totalidad de la sociedad dirigente. Apenas
iniciada todavía la importancia social de la clase media e inexistente el
pueblo como fuente de individualidades útiles (sólo conocemos, de aquellos
tiempos, nombres de hijos del pueblo cuando se hacían criminales famosos), los
aristócratas monopolizan no sólo el aspecto público de la vida social (fiestas,
viajes, etc.), sino, casi por completo, los altos puestos civiles, diplomáticos
y militares. Y si esta expectación despertaba cualquier título, puede
calcularse la que suscitaría la boda de la hija única del Valido más poderoso
de la tierra. Pero «en medio de la suspensión en que estaban los atentos»,
esperando una de las cuatro soluciones previstas, el espíritu inquieto y
desconcertante del Conde-Duque sorprendió a todos haciendo venir a Madrid,
desde León, donde vivían, a unos oscuros parientes, la Marquesa de Toral y su
hijo el Marqués, de nombre Don Ramiro Núñez de Guzmán, al que pronto señaló
como nuevo y muy verosímil pretendiente. A los pocos días (16 de octubre de
1622), la hermana del Marqués, Doña Isabel de Guzmán, que estaba ya en la
Corte, de menina de la Reina, se casaba con el Condestable de Castilla, con lo
que ya nadie dudó que la fortuna se había detenido en esta familia y que, a no
tardar, sería Don Ramiro yerno de Olivares; como así ocurrió, previo un permiso
que por escrito pidió el Valido al Monarca y una respuesta muy galana de éste,
en la que le decía: «El que me parecerá más a propósito para vuestro yerno será
el que vos elijáis»555.
Se habló mucho de esta
inesperada elección, que la mayoría juzgaron fruto del humor extravagante del
Conde-Duque, tan amigo de salir, hasta en las cosas más serias, por registros
que nadie presumía. La explicación oficial fue que eran los Toral señores de la
Casa de Abiados, en la que los Guzmanes habían tenido su cuna, por lo que, con
este enlace, la Casa de Olivares quedaría como cabeza de la estirpe, con
facilidades especiales los descendientes, para alcanzar la Grandeza. Pero
seguramente influyó también el sentimiento de mando de Don Gaspar y su actitud
hostil a los Grandes; sentimiento que se satisfacía más, sacando poco menos que
de la nada los personajes nuevos que eligiendo los que lo eran ya en el retablo
cortesano. Y aún había que añadir, como observa Artigas556, que Olivares, tan
celoso de su descendencia, atendiese no sólo a las conveniencias heráldicas,
sino —con un prudente sentido eugenésico— a las humanas, pues el Marqués de
Toral era no demasiado pariente y hombre, según Roca, al que «su edad,
discurso, salud y apacibilidad le hacían digno del amor universal».
El novio
Los sucesos posteriores
demostraron, en efecto, que Toral, después Marqués de Eliche y Duque de Medina
de las Torres, era lo que hoy llamamos un hombre simpático, pues supo cautivar
no sólo a su mujer, en su breve vida de casado, sino, lo que era más difícil, a
sus dos suegros; y a toda la Corte, en la que lució sus buenas prendas, siendo
uno de los nobles llevado y traído por las mujeres galantes —las del oficio y
las del vicio—; y acertando a conservar el favor real y los puestos alcanzados,
cuando desapareció la privanza de su suegro y con ella el esplendor que
derramaba sobre sus deudos y protegidos557. Parece seguro que fue gran amigo de
comediantas, proveyendo de muchachas garbosas y de buena voz a los teatros de
Madrid558. Leyendas de poco fundamento que hemos citado le atribuyen también
tratos con la Calderona, ya haciéndole figurar como amigo de ella y rival, por
lo tanto, del propio Rey559, ya como tercero de éste, lo cual, en todo caso, es
más verosímil en él que en su suegro Don Gaspar, cuya memoria se ha motejado
tanto y tan injustamente de alcahuetería.
Fue, pues, sin duda, un
personaje galante y afortunado donjuán, pero después de la muerte de María y
sin que haya certeza de nada deshonroso en su conducta. Ponía la moda en los
vestidos masculinos y en el atalaje de su ostentosa servidumbre; sus carrozas
eran de las más lujosas de la Corte, y él introdujo en España el uso de los
vidrios en las ventanas de los coches, que causó entonces la misma maravilla
que hoy produciría un modelo novísimo de motor560. Mas no era todo frivolidad:
fue también amante de los libros buenos y de cuidarlos como joyas, y su
biblioteca llegó a emular a la de su suegro en número de volúmenes y riqueza de
la encuadernación; que, como ya dijimos, muchos confunden hoy con los de la
librería del Conde-Duque. Fue también mecenas generoso de artistas y poetas,
entre éstos de su paisano Don Luis de Ulloa. Sin duda todas estas cualidades
disimularon sus luces no excesivas. Así le llama Córner, que le trató bastante:
«Sujeto de maneras gentiles, pero de no mucha inteligencia»561. Era, si son
suyos los retratos, hombre arrogante y fachendoso.
Sus méritos,
genealógicos o personales, no convencieron a los pretendientes desahuciados y a
sus valedores; y Roca nos cuenta que la familia se dividió, pues de las tres
hermanas, los Marqueses del Carpió ayudaban, como es lógico, la candidatura de
su hijo Don Luis de Haro; los de Monterrey, a la de Don Francisco de Guzmán, y
los de Alcañices, a Toral. Pero todos acabaron por someterse a las decisiones
imperiosas de Don Gaspar y al voto del Monarca, dejándole en libertad de
elegir. Y las capitulaciones se firmaron el 11 de octubre de 1623, con cuyo
motivo «hubo máscaras y muchos regocijos en Palacio». Estuvo el novio enfermo
de tercianas, y apenas repuesto se celebró la boda, el 9 de enero de 1625, en
la capilla Real, actuando de sacerdote el Patriarca de las Indias, con cambio
ostentoso de regalos y mercedes, no siendo la menor el privilegio que el Rey
concedió a Olivares, otorgándole el Ducado de Sanlúcar, firmado cinco días
antes de la boda562.
Con ocasión de ésta,
pues, el Conde de Olivares empezó a ostentar el título de Conde-Duque, con el
que ha pasado a la posteridad.
Parto y muerte de María
A poco quedó embarazada
María, con júbilo inmenso de sus padres, que se trocó pronto en el dolor más
hondo de su vida; pues, a su tiempo, en julio de 1626, la dulce esposa dio a
luz una niña que en seguida murió563, en parto tan difícil que se temió que quedase
en él la madre. Mejoró, no obstante, y cuando se la creía salvada, a los pocos
días sufrió un accidente súbito y mortal «con grande afrenta del arte de
Esculapio» —dice Roca— es decir, por torpeza manifiesta de sus médicos (que
serían seguramente los de Palacio), o bien porque, como tantas veces ocurre, se
atribuyese lo irremediable —probablemente una embolia— a la falta de habilidad
de los galenos. Tenía la pobre niña diecisiete años y estaba tan enamorada de
su marido que en la tregua que hubo entre su primera gravedad y su muerte decía
a sus padres que sólo la afligía abandonarle.
Amigos y enemigos se
rindieron al dolor de esta muerte, con tantas apariencias de injusta. Hay una
carta de pésame de fray Antonio Pérez al desventurado padre564 que, entre
adulaciones y latines inoportunos, expresa bien el general sentimiento que
produjo la desgracia de María y la compasión hacia la pena del Valido. ¡Gran
espectáculo el ver llorar a un gigante! Y al duelo se unía la admiración de
verle trabajar, «asido a su remo», ahogando la infinita amargura de «sus
trabajos», como él los llamaba y ascéticamente definía así: «Los males de culpa
son los que merecen llamarse males; que los que nacen de penas, su verdadero
nombre es de trabajos y ejercicios»565.
La lástima —dicen las
Noticias de Madrid— fue general. Llevaron a la pobre muerta «al convento de
Santo Tomás, y puesto el cuerpo en capítulo, se dijeron misas. Fueron todas las
religiones. A las siete de la tarde la pusieron en un gran túmulo, en donde la
hicieron todos los Grandes el duelo; y luego, hechos los oficios de difuntos,
la enterraron».
Don Ramiro, que —como
escribía el propio Conde-Duque— «amó a mi hija y respetola muy de corazón»,
quedó anonadado. Pero la juventud y las mercedes que la generosidad de su
suegro le otorgó le hicieron, claro es, olvidar pronto su pena. La Condesa
misma recibió, acaso, el atroz sufrimiento como una merced de Dios para
probarla. El dolor puro, terrible, inacabable fue el de Don Gaspar, que había
puesto en María aquella forma de amor orgulloso y sin mancha que un padre joven
siente por la hija buena y crecida, y la ve, de pronto, morir en ese trance,
que tiene siempre algo de heroico, en que la que aún es una niña se somete con
alegre inconsciencia a la voz del instinto sagrado de la especie.
Ya se ha dicho la
profunda transformación que la tragedia produjo en el alma del Conde-Duque y
cómo su vida cambió, desde entonces, de rumbo y —como dice Roca— «de estilo»,
aunque su fortaleza para el trabajo encontró en el dolor estímulos nuevos. Se
ha hablado también de las malicias que la gente inventó para interpretar este
cambio, sin dar en el blanco más sencillo, que era el del dolor. El comentario
y escarmiento de tanta pequeñez nos lo ahorra la carta que el propio Olivares
escribió apenas pasado el mes de la muerte de María y que, por explicar también
su actitud nobilísima con el yerno viudo, debe ser aquí copiada y leída. Nos
enseña, además, este escrito, como más arriba se dijo, cómo fue de
fundamentalmente bueno este hombre que ha sido juzgado por sus contemporáneos y
por la posteridad, a través de su vida pública —y ésta a través del odio y el
resentimiento—, como un monstruo de dureza y de crueldad. Dice así:
«Bien he tenido estos
días que ofrecer a Dios, habiéndome sobrevenido juntas casi todas las causas de
dolor que puedo tener como padre y como dueño de mi casa. Murió el señor
cardenal de Guzmán, mi sobrino, mozo de veintidós años, hombre ya en el caudal y
en las esperanzas que daba de sí y el que yo había escogido para que sirviese
al Rey y a la Iglesia en aquella dignidad. En el sentimiento de este golpe, que
fue en mí igual a la causa y a las obligaciones, me dispuso Dios, no sin
particular providencia, para otra incomparablemente mayor con que quería
probarme. A los pocos días tuvo mal parto María, mi hija, en que perdí una
nieta que, para la conservación de mi posteridad, me fuera de consuelo y
esperanza. Enjugáronse las lágrimas del suceso con la mejoría de su madre, que
habiéndola visto peligrosa, el gusto de verla buena bastó a consolarme. Pero
como la virtud de María y su buena inclinación la llevaban a lo que está
gozando y desde que tuvo uso de razón trató de merecerlo, y en el estado de
casada se aventajó en el amor de su marido y en el cumplimiento de sus
obligaciones, quiso Dios darla premio anticipado y nos la arrebató cuando la
imaginábamos con salud más asegurada. Rindiose el ánimo al dolor y la fuerza de
él pudo suspender el sentimiento y dar nueva luz a la razón para considerar que
sucesos tales, si vienen por castigo, se merecen, y si por providencia
superior, deben venerarse. Y así, aunque se me representa mi soledad, el
desconsuelo de la Condesa, la pérdida y desamparo del Marqués y el dolor de
todos, que aun en los extraños ha sido grande, traté de ofrecer a Dios lo que
venía de su mano y dar su lugar a mis obligaciones. Juzgué que la primera era
mirar por el Marqués que, habiendo sido marido de mi hija y viendo tan trocada
su fortuna, obligaba a compasión a los más despiadados. Consideré que yo había
escogido a este caballero, sólo por su sangre y por lo personal, que
naturalmente es amable, para hacerle dueño de mi casa y de todo lo que han
merecido y están mereciendo mis trabajos y desvelos. Hele hallado atento al
servicio del Rey, finísimo e inteligente en cuanto le he probado y de capacidad
para mayores esperanzas.
»Amó a mi hija y
respetóla muy de corazón, y supo obligarla tanto que habiéndola mandado dar el
viático en el primer aprieto, de que convaleció, decía después que sólo le
acongojaba saber cuál quedaría este pobre caballero. La Condesa y yo le hemos
debido amor y respeto, con humildad y subordinación de hijo, que ha preferido
nuestra reputación a las licencias y ocasiones que suele admitir la
prosperidad. Es para mí evidente que si como Dios llevó a María con olvido de
todo lo de acá (premio quizá a su virtud y de lo poco que le había desmerecido)
se acordara de algo o tuviera tiempo de disponerlo, fuera a su marido a quien
dejara cuanto pudiera mandar, en quien deseara cuanto yo tengo y que
seguramente en aquel trance me lo pidiera. Vi al Marqués reducido a tal estado
que ni la imaginación puede prevenirle, y tan deshecha en un punto su fortuna
que nada bastaba a su reposo, y eran forzosas demostraciones grandes y no
igualaban a aquello para que lo escogí, y que después creció por el amor y
obligaciones con que supo merecernos.
»Lastimábame la
imposibilidad de lograrlo, sentía lo mismo la Condesa, mi propio ánimo me
persuadía; y aprobaban hombres de valor y de consejo, y la clemencia de S. M.
(Dios le guarde) se juntaba a ello, que habiéndome hecho la merced, cuando
traté de casar a María, del Ducado de Medina de las Torres, con la encomienda
de Caravaca, para que, con los frutos de algunos años de sobrevivencia, fundase
Casa en que sucediesen sus hijos, previniendo con esto que Dios me diese hijo
varón, que hoy es muy posible, no quedasen los suyos sin Casa a que suceder;
que a una hija tal, que desde que nació era nuestro regalo y compañía, no se
debía menos.» En el resto de la carta, que está firmada en 4 de septiembre de
1626566, razona por qué, en lugar de revertir a él, pasa a su yerno el Ducado
de Medina, «perfeccionándolo» con el cargo de sumiller de Corps.
Medina de las Torres
Los maliciosos y los
que no conocían al Conde-Duque debieron creer que muerta sin sucesión María, su
viudo volvería a la oscuridad de donde le sacó la varita mágica de Don Gaspar.
La carta copiada demuestra los nobles motivos que desmintieron estas hablillas.
Fue Don Ramiro, en efecto, por la bondad de su suegro, Duque de Medina de las
Torres y Grande de España (con gran enojo de los demás), sumiller de Corps; y
más aún de lo que la carta prometía: consejero de Estado y canciller de las
Indias, conservando siempre, con buena gracia, la consideración y la amistad de
todos. La de su suegro llegó a extremos desusados; porque doce años después
pensó el viudo dejar de serlo, aspirando a nueva boda con la mujer más rica de
Italia, Doña Ana Caraffa y Aldobrandino, Princesa de Stgliano; y el afectuoso
suegro —que siguió, hasta su muerte, llamándole hijo— le ayudó de tal modo que,
para conseguirlo, le dio el Virreinato de Nápoles, aliviando de su disfrute a
su cuñado el Conde de Monterrey.
El Virreinato del
Príncipe Stigliano fue fastuoso. Venía este cargo como anillo al dedo, a la
discreción, al amor a las artes, a la arrogancia y a la simpatía de Don Ramiro.
Se dijo —desde luego, porque se decía, ya entonces, de todos los gobernantes—
que se «había enriquecido a costa del pueblo»; pero otros testimonios nos
aseguran que se portaba «con mucha prudencia», «aliviando al pueblo de muchos
tributos e imposiciones»567. Sin duda su temperamento sensual le hacía tomar
con calma los asuntos del gobierno, desesperando a la febril actividad de su
suegro, que escribía una vez: «Temo los accidentes y la nema del Duque de
Medina de las Torres...; no he tenido dos renglones suyos»568.
Esta vida de actividad
y esplendor en la alegre Italia no se interrumpió hasta la muerte de la
Princesa que, como contraste providencial a tanto lujo, padeció, a consecuencia
de un aborto, una enfermedad hedionda, en la que las úlceras supurantes se cubrieron
de gusanos y el cuerpo de piojos, haciendo recordar a los que la vieron el
lamentable fin de Felipe II569.
No nos ocuparemos más
de él. Fue uno de los hombres más interesantes de su tiempo, como ocurre, con
frecuencia, en aquellos que el azar y no el protocolo consagrado saca de la
oscuridad a la luz. En aquella época en que el placer y el dolor se bebían en copas
inmensas, él probó con abundancia de todas. Amó mucho, gastó sin tino, se
embriagó de vanidad, de mando, de cosas bellas, de vino y de manjares
suculentos. Todavía en 1646 un viajero francés que le conoció en Madrid le
describe como «harto magnífico, comedor de cuanto le ponen delante y poseedor
de los muebles más bellos que hay en España». Estaba por tercera vez casado y
vivía con su hijo, el Príncipe de Stigliano, que jugando se había saltado un
ojo y lo llevaba de cristal570.
Pasaba, en suma, por
arquetipo de la sensualidad feliz; pero, seguramente, la morada recóndita de su
alma estuvo siempre cerrada a todo lo que fuera ajeno a la breve y dulce Rosa
blanca de su juventud. Aquella para la que fue tan mal profeta Lope, cuando le
decía:
Crece, planta feliz,
crece dichosa, pues tu Casa ilustrísima propagas con larga sucesión, tan
venturosa que su temor, prolífica, deshagas.
20. El hijo bastardo
El ansia de perpetuidad
LA pasión de Grandeza
del Conde-Duque de Olivares estaba muy ligada al sentimiento de la perpetuación
de su linaje, como ocurre a los Reyes, de tantos de los cuales, no en vano,
afluía sangre en las venas del Guzmán. Al dictador de nuestros tiempos, salido
por lo común del estado llano, le domina la pasión inmediata de mandar, y con
el mando personal considera su misión terminada. Pero la ambición del Valido
aristocrático anterior a la Revolución francesa tenía mucho de aspiración real
y su sumisión al Monarca era, con frecuencia, una efectiva sustitución del
mismo, bajo el símbolo egregio; como, a su vez, el Rey gobernaba en nombre de
Dios y sometido a su inspiración. El sentimiento de linaje es parte esencial en
la ambición de poderío del Valido. Y lo fue, desde luego, y con terrible
violencia en el Conde-Duque. Este capítulo debiera, por lo tanto, estar entre
los que he dedicado a analizar el alma de Don Gaspar; si figura aquí, es porque
necesitaba los antecedentes del ambiente familiar que se han descrito en los
capítulos anteriores.
La esperanza en la
sucesión directa y legítima se mantuvo viva en Don Gaspar hasta la muerte de
María, en la que la tragedia de perder a hija tan excepcional se sumó a la de
la rotura de aquellas ilusiones. El sagaz Córner, hacia el año 1633, observaba
que buena parte de la melancolía que visiblemente le atormentaba se debía a no
tener hijos. Pero es evidente que, en su propensión hipomaníaca, no desesperó
enteramente de tenerlos, porque, aunque los esposos llevaban ya muchos años sin
ellos y parecía cortada la fecundidad de Doña Inés, ambos eran jóvenes todavía:
él tenía treinta y nueve años y treinta y siete la esposa; y en la admirable
carta copiada en el capítulo anterior hay una alusión clara a la posibilidad de
un vástago nuevo. Se dijo entonces por Guidi que recurrieron «a los medios más
indecentes y sacrílegos» para lograr la ansiada sucesión, refiriéndose, quizá,
a los pretendidos recursos para curar la esterilidad de las mujeres, que
estaban entonces en mucha boga, sobre todo en Italia, y que, dada la credulidad
con que Olivares recibía todo lo tocado de extraordinario, nada tendría de
particular que hubiera ensayado. Y está fuera de duda que empleó otros recursos
mucho más reprobables: no el sacrílego ayuntamiento con su mujer en la Iglesia,
pero sí los tratos con hechiceros y con las monjas iluminadas de San Plácido,
de todo lo cual se habló oportunamente.
Un detalle interesante
es que cuando el año 1636 estuvo la Condesa muy enferma y se creyó probable que
muriera, todo fueron cábalas en la Corte de quién sería la nueva esposa de Don
Gaspar. Novoa, con crudeza que refleja bien hasta qué punto era pública la
preocupación del Valido, dice: «Mirábase en esto el fin de la importantísima
sucesión y que fuesen todas la mujeres parideras para que con poco trabajo se
surtiere a tan gran beneficio y cosa tan deseada.» Lo del «poco trabajo» era
alusión maligna a que el Conde estaba tan ocupado en los negocios públicos que
«no podía acudir bien al fin y a la sucesión del matrimonio»571. Todo se
arregló con la curación de la excelente Doña Inés.
El año 1642, al hacer
Don Gaspar su testamento, aún no había perdido la esperanza de la sucesión
directa, lo cual demuestra que ponía los medios para lograrlo. En muchos sitios
de ese testamento habla «de los hijos que tengo o tuviere»; otra vez dice «que
Don Enrique Felípez de Guzmán, mi hijo, por no tener de presente yo otro,
sucederá en la Casa de Sanlúcar y andarán juntas la de Mairena y Sanlúcar; y
podría darme Dios hijos legítimos»; y más adelante manda que le suceda en su
mayorazgo «el hijo mayor que yo dejare, y los demás luego»; y sólo «si estos
descendientes legítimos, varones y hembras faltaren», pasaría al hijo
reconocido, Don Enrique Felípez de Guzmán. Llega a ordenar con quién han de
casarse «estos hijos o hijas legítimos que sucedan mi Casa de Sanlúcar». No
dejan tales frases lugar a duda de cuáles eran sus ilusiones, a pesar de lo mal
que llevaba sus cincuenta y cinco años, llenos de achaques; y a pesar de que su
mujer, de más de cincuenta, hubiera tenido que ver renovado en ella el milagro
de Rebeca; con el cual es posible que contase el Conde, ya casi delirante
cuando testó.
Sin embargo, al lado
del delirio eufórico aparece siempre en él la previsión; y por ello, sin
renunciar por medios naturales o milagrosos, a la posibilidad de una legítima
descendencia, decidió reconocer a su hijo bastardo, el famoso Julián Valcárcel,
suceso culminante de su vida y causa de tanto escándalo, que puede asegurarse
que hizo cuajar, en aquel ambiente tan sensible a las comidillas familiares, el
odio al Valido, precipitando su caída ya señalada por el destino.
Muy disparatadas fueron
las hipótesis que corrieron entonces sobre las causas de este reconocimiento
del bastardo. Se ha dicho, sobre todo, que lo hizo por emular al Rey, que aquel
mismo año de 1642 reconoció también a Don Juan de Austria, el hijo de la Calderona;
y, quizá, ya lo hemos dicho, no dejase de pesar esta similitud en los resortes
inconscientes de la voluntad de Don Gaspar. Otros, por el contrario, afirman
que obligó al Rey a reconocer a Don Juan, para mejor justificar la misma acción
de él con Valcárcel. Tampoco sería inverosímil. Llama por de pronto la atención
la coincidencia de los dos reconocimientos, casi por los mismos días y cuando
tenían Don Juan doce años y veintinueve Don Julián. Pero la razón fundamental
en un caso y en otro era la misma: la conveniencia de un heredero, fuerte, que
estuviese a la reserva de la posible falta de hijos legítimos, los cuales eran,
además, mucho más propensos que los naturales a morir antes de lograr la
adultez572.
En su lugar comentamos
las hablillas sobre varios hijos bastardos adjudicados al Conde-Duque. Y que
hubo, además de Julián, otro, que desapareció del escenario. Aquí nos
ocuparemos sólo de Julián. Pero al narrar el suceso, con deseo de ser
verídicos, tropezamos, acaso como en ningún otro punto de esta historia, con
obstáculos casi insuperables; porque el tema del bastardo que, de súbito, salta
desde el arroyo a la cumbre de la fortuna, siempre sugestivo y en este caso
adornado por la inagotable inventiva de la pasión política, ha sido de tal modo
traído y llevado por libelistas, autores de novelas y de dramas y de eruditos
improvisados, que se ha perdido todo contraste entre lo que es la leyenda y la
verdad573. No obstante, trataremos de reconstruir su historia.
La leyenda del bastardo
La versión legendaria
es así: el año 1610 el Conde-Duque se enamoró de una dama, famosa de Madrid por
sus galanteos. Unos la llaman Doña Margarita Espinola, genovesa574; otros, Doña
Isabel de Anversa, napolitana575. Se corrió que había sido persona de gran
calidad —lo cual convendría más a la hipótesis de Doña Isabel— y aun Grande de
España; Novoa, en cambio, incapaz de atribuir nada noble ni a las queridas de
sus enemigos, asegura que fue una «mujer de mediana estofa»576. Entre sus
amantes, pasó por ser el oficial —el que mantenía la casa y el lujo— un alcalde
de Casa y Corte, muy rico, que se llamó Don Francisco Valcárcel. Pero ella
mantenía otros amoríos más o menos «de corazón», y uno de ellos fue el del
Conde de Olivares, a la sazón en su época de gastos y de vanidad. Por entonces
le nació un hijo que se tuvo por de Don Francisco. Le dieron el nombre de
Julián y se crió y educó en los malos ejemplos de la casa materna, «con las
ilícitas ganancias» que su liviandad aportaba. Tenía dieciocho años cuando la
madre murió, y entonces pidió a su padre que le declarase por hijo, a lo que se
negó Don Francisco, consintiendo sólo en hacerlo a la hora de su muerte y
apretado por Olivares. Llamado ya Julián Valcárcel, se fue a las Indias, en
1629, y allí sus aventuras fueron de tal calaña, que le condenaron a la horca,
salvándole el Virrey, Conde de Salvatierra, que había sido amigo de su padre el
alcalde. Volvió a España en 1636 y pasó, de soldado, a Italia y Flandes,
regresando a los veintinueve años, en 1639, con ingenio tan vivo como malas
costumbres. Entonces fue cuando el Conde-Duque, que había perdido toda
esperanza de sucesión, «a pesar —dice Guidi— de los misteriosos artificios de
San Plácido», se le ocurrió hacerle pasar por hijo, acordándose de que cuando nació
le había tenido el rumor público por tal, aunque él, el Conde, nunca lo creyó.
Don Julián o Julianillo, como le llaman los libelos de la época —o Julianillo
el Jacarero— amante del vivir andariego, no estaba por la existencia magnífica
que se le brindaba y se casó en secreto con una mujer pública de la que estaba
enamorado, Doña Leonor de Unzueta, hija del secretario de este nombre, ya
muerto, y de su mujer legítima, Doña María Gamboa, en cuya casa se hizo el
matrimonio. Pero el poderoso Valido, por dinero e influencia, logró la
disolución de este enlace, enviando a Doña Leonor a un convento y casándola
luego con Don Gaspar de Castro, que, con un buen empleo, partió con su esposa
para América. Y entonces reconoció a Julián como su hijo, le dio el nombre de
Don Enrique Felípez de Guzmán y le casó con Doña Juana de Velasco, hija del
Condestable de Castilla, derramando sobre él toda suerte de honores y
prebendas577.
La verdad de la leyenda
Ésta es la leyenda
aceptada por todos, en la que hay mucho elemento falso y una parte de verdad.
Ya Novoa rectifica algo muy importante, y es que Julián se criara y creciera en
el ambiente vergonzante y lleno de ejemplos nefastos de una cortesana. Mejor enterado
que los libelistas y los historiadores ligeros, nos cuenta que apenas nacido de
esa mujer «que no nombra por harto conocida», le llevaron a casa de un hombre
que tenía otro hijo de la misma edad; y añade que este hijo murió, y entonces
hicieron creer a Olivares que el muerto era el suyo, apropiándose del ajeno,
hasta que años después, estando este sujeto en trance de morir, confesó la
verdad al Conde y éste recuperó al hijo que creía muerto. Es verdad la primera
parte, no la segunda, la del cambio de niños, leyenda muy frecuente en aquella
época, que Novoa tomó de la historia del otro hijo legítimo de Don Gaspar, como
se dijo en otro lugar de este libro. No hubo, pues, educación indecente, y lo
comprueban los datos siguientes, recogidos del Pleito de sucesión de Sanlúcar
que años después tuvo Don Luis de Haro y Guzmán, que lo pretendía, contra la
viuda de Olivares, Doña Inés, ésta en nombre del hijo de Don Enrique, ya
muerto, Don Gaspar Felípez de Guzmán, el Marquesito de Mairena. En este pleito
declaran personas que conocieron la juventud de Julianillo y nos precisan
puntos interesantes de su vida, por lo que los vamos a resumir578.
Declara Don Antonio
Vargas Manchuca, y a la pregunta: «Si sabe que Don Enrique Felípez de Guzmán,
que antes se llamaba Don Julián de Guzmán, nació por el mes de abril del año
1613 y es el mismo que se bautizó en la parroquia de San Sebastián en último de
dicho mes de abril y año», contesta: «que sabe que Don Enrique Felípez de
Guzmán, difunto, a quien conoció, antes se llamaba Don Julián de Guzmán. Le
conoció de edad de cuatro años, en casa de Don Gonzalo de Guzmán Salazar,
suegro del testigo, y ha oído decir a Doña Juana de Guzmán, mujer del testigo,
que se bautizó en San Sebastián el dicho Don Julián de Guzmán, y que en la
partida del libro está puesto por hijo del dicho Don Gonzalo de Guzmán y Doña
Juana de Ocampo, su mujer. Y la partida del libro de bautismos de la parroquia
de San Sebastián, donde se bautizó, dice Julián Bentura, el cual es el mismo
que crió el dicho Don Gonzalo de Guzmán Salazar, suegro de este testigo, siendo
Don Julián de Guzmán y después Don Enrique Felípez de Guzmán, hasta que murió,
él por él, y aunque este testigo no ha visto la partida del libro original, ha
visto traslado de ella simple» (fol. 150).
Otro testigo, Don
Julián de Pareja, dice que conoció a Julián de Guzmán desde siete años de edad.
Se le reputó como hijo de Don Gonzalo de Guzmán y Doña Juana de Ocampo. «Se
crió en casa de Doña Francisca de Ocampo, hermana de la dicha Doña Juana de
Ocampo, que posaba en la calle de Preciados, junto a la Inclusa, y sabe que
después fue a Alemania el dicho Don Julián en compañía del señor cardenal Don
Diego de Guzmán, en la jornada que hizo en servicio de la Emperatriz, mujer que
fue del señor Emperador que hoy es de dicho Imperio; y después de haber vuelto
a esta Corte de la dicha jornada, Don Julián navegó en la carrera de Indias
algún tiempo.»
Tomás de Peces Cornejo
dice que conoció a Julián «a los diez años, poco más o menos, en hábito de
estudiante».
Y, finalmente, Don Juan
de Aguilar Acuña afirma que durante dieciséis años, hasta que fue reconocido,
lo conoció como Don Julián de Guzmán.
Y el mismo Don Luis de
Haro, que promovió este pleito contra la paternidad de Don Gaspar, tiene que
reconocer que «sabe que el señor Conde-Duque trató al dicho Don Enrique como
hijo en algún tiempo» (fol. 164).
Respecto de la madre,
declara (fol. 1620) Don Pedro Arze, secretario que fue de la Marquesa de Eliche
(la hija de Don Gaspar), y dice que el Conde-Duque trataba a Don Enrique de
hijo, y éste al Conde-Duque de padre, «así de palabra como por escrito, en el
tiempo que asistió este testigo en casa de los susodichos, por lo cual este
testigo le tiene por su hijo, habido en mujer soltera, y esto último lo sabe
por haberlo oído decir a muchas personas, de cuyos nombres no se acuerda, y en
particular al Inquisidor Don Francisco de Rioja, presidente en la ciudad de
Sevilla, inquisidor de la Suprema; pero a este testigo no le dijo quién fuese
tal mujer más que era muy noble».
Don Pablo Martínez
Ángulo, capellán de dicha Marquesa de Eliche, dice «que oyó decir el nombre de
la madre de dicho Don Enrique, que era mujer soltera, y que por temor de los
inconvenientes que pueden resultar de nombrarla, no lo hace».
Don Antonio Carnero
dice que «la madre era mujer soltera, y por su calidad e inconvenientes que
pudieran resultar, este testigo no la nombra».
Figura en este legajo
(fol. 104) el título de merced del hábito de Calatrava que se hizo a Don Julián
o Don Enrique, y en él se dice que es éste un «hijo del Conde-Duque de Olivares
y de mujer soltera», sin nombrarla.
Queda por copiar la
partida de bautismo que publica el pleito (fol. 147 v.) y que hemos cotejado en
los libros parroquiales de San Sebastián. Dice así:
«En la Iglesia
Parroquial de San Sebastián de la Villa de Madrid, en último de abril de 1613
años, yo, el licenciado Ruiz Gaona, cura-teniente, bauticé a Julián, que nació
en catorce de dicho mes y año, hijo de Gonzalo de Salazar y de Doña Juana de
Ocampo, su legítima mujer, que vive en la † (sic), y fueron sus padrinos
Francisco Lucio y Doña María de Velasco.—Licenciado Ruiz. Rubricado»579.
Estos datos, cuya
veracidad atestiguan sus mismos pequeños errores —indicios ciertos de la
espontánea naturalidad con que fueron depuestos, sin previo amaño aprendido—
permiten rehacer la parte más humilde de la historia de Don Julián, que es tan
falsa como la de los amores de Villamediana y la Reina, u otra cualquiera de
las leyendas que, acompañadas de unánimes pruebas, en la apariencia
irrefutables, han llegado hasta nosotros. De ellos resulta, en efecto, que
Julián nació en 1613 (y no 1610), en Madrid; que su madre no fue una cortesana
cualquiera, sino persona que, tantos años después, merecía por su posición el
respeto de callar su nombre pecador; que el Conde de Olivares le tuvo desde que
nació como hijo suyo, puesto que le entregó a los cuidados de algunos de sus
familiares, Don Gonzalo de Guzmán y Salazar580, y su esposa, que le criaron
como hijo, pasando después a casa de la cuñada de Don Gonzalo, Doña Francisca
de Ocampo; que, lejos de andar perdido por el arroyo, estaba «en hábito de
estudiante» a la edad oportuna, lo cual sólo lograban pocos muchachos; y que ya
en vida de María, la Marquesa de Eliche, es decir, cuando Julián tenía menos de
trece años, le trataba su padre como a hijo, y él, al Conde, como a padre. La
misma «Doña María de Velasco», que apadrinó al recién nacido, junto con el
Francisco Lucio, sin «Don», es posible que fuese dama de la Casa de los
Vélascos, tan unida a los Guzmanes; y quizá de este nombre pueda deducirse
algún día el verdadero de la madre. Se llamó siempre Don Julián de Guzmán y no
Valcárcel581. Y el mismo hecho de ir como paje en el séquito del cardenal Don
Diego de Guzmán, en la jornada de la Infanta María para ser Reina de Hungría,
hecho que era ya conocido porque lo cuenta Novoa, debió haber hecho pensar a
los historiadores que el Conde de Olivares le cuidaba y preparaba, como
entonces hacían con los bastardos de calidad los grandes señores, con la vista
puesta, desde el principio, en un posible reconocimiento582.
Todo esto, que da un
aspecto completamente distinto a los orígenes de Don Julián y a la conducta del
Conde-Duque, no es incompatible con que el bastardo fuera mozo de poca
formalidad, arriscado, rebelde y dado a los vicios, sobre todo al juego, plaga
de aquella sociedad aún más que de la de ahora. La leyenda que pasionalmente se
formó entonces, considerándole como un canalla peligroso, podría, pues, tener
algún fundamento real, aunque exagerado. Nada sabemos de la vida de Enrique
desde su viaje a Hungría hasta que Olivares le reconoce, salvo que estuvo en
las Indias, lo cual demuestra o que el padre, por su mala conducta, le quiso
alejar, o que él se fue, llevado de espíritu aventurero. Allí se dijo lo ya
copiado: que le quisieron ahorcar por sus delitos; o bien que hizo una vida tan
humilde que guardó puercos durante siete años; ambas versiones, sin duda, con
la misma falta de verdad. Menos sabemos aún de su improbada estancia militar en
Italia y Flandes. Podemos suponer que su vida no sería monacal, dado su
carácter y el ambiente de aquellos tercios tan gloriosos como poco edificantes.
Que no se le calumnia con esta suposición lo demuestra el que, vuelto ya a
Madrid y en vísperas de ser un gran personaje, y aun después de serlo, las
crónicas hacen figurar su nombre unido a riñas y desafíos por causas fútiles.
Pellicer nos cuenta que poco antes de casarse se dio de cuchilladas con el
Duque de Lorenzana, a la salida de los toros, por si bajaban deprisa o despacio
una escalera. Otra vez, de recién casado, tuvo un encuentra con Don Luis de
Ponce, «no lejos del terreno del palacio de Madrid», por «una nimiedad»;
sacaron las espadas y todo terminó gracias a la intervención del fiel Marqués
de Grajal, que le servía583. Y, ya después de la caída de su padre, estaba una
noche jugando en Zaragoza y tuvo otra riña con Don Antonio de Mendoza, que
indica hasta qué punto era vivo su genio584. Ahora bien; todas estas hazañas
eran el pan nuestro de cada día entre la Nobleza de entonces, educada en un
absurdo concepto puntilloso del honor. Cualquiera de las relaciones
contemporáneas nos cuenta los mismos desafíos y las mismas aventuras de juego
en muchísimos títulos y Grandes. Y antes tenían sentido de buen tono que de lo
que realmente eran, de estúpidas frivolidades. En la irritabilidad de Don
Julián hay, además, que poner la muy probable disculpa de que aquellos nobles,
humillados por su padre, debían de vengarse en el hijo con pullas y alusiones a
su condición de bastardía.
Pero lo que nos da idea
más clara del espíritu libre del mozo es su matrimonio con Doña Leonor de
Unzueta cuando ya estaba considerado como hijo del Valido y previsto por todos
como gran personaje. No se ha juzgado con justicia este hecho de Don Julián. Entre
los rasgos de su agitado temperamento estaría, como no podía ser menos
entonces, el de hombre galante. Pero lo cierto es que las aventuras que se le
han atribuido, como la de raptor de Antonia Clara, la hija amadísima de Lope de
Vega, son totalmente falsas, y, en cambio, sabemos que cuando se enamoró de una
mujer, de Doña Leonor, fue tan puntual caballero que, contra viento y marea, la
desposó con romántico desinterés, pues este enlace contrariaba a su padre y
deshacía la fortuna increíble que a la vuelta de unos cuantos meses le
esperaba. Se atribuyó esta boda a presión de la Marquesa del Carpió, madre de
Don Luis de Haro, para eliminar así a Julián de la sucesión del Conde-Duque,
que revertiría en Don Luis. Y a otras causas menos dignas. La propensión al mal
pensar del género humano ha olvidado la razón más lógica: la de que Don Julián
estaba enamorado y prefería, con noble independencia, servir a sus sentimientos
que a las conveniencias sociales. El mismo Novoa —y si él lo dice no hay más
que decir— declara que se casó «por amores»; y esto es siempre indicio de
nobleza.
Doña Leonor de Unzueta
era hija, como se ha apuntado, del secretario del Rey, ya muerto, Don Leonardo
de Unzueta, y de Doña María de Gamboa, su mujer. La calumnia de entonces dijo
que era una mujer pública. Uno de los documentos contemporáneos más extendidos
y después, por desgracia, más acreditados, dice bárbaramente de ella que «sus
puertas jamás estuvieron cerradas ni aun a los taberneros»585. Para dar esto
por falso, bastará considerar que Novoa, a pesar de su resentimiento contra
todo, y muy especialmente contra lo que se relacionase con Olivares, tiene que
declarar que era «mujer hidalga y de buena sangre»; y lo decía con conocimiento
de causa, pues Unzueta, el padre, fue compañero suyo en los servicios del
Alcázar. Además, por encima de Novoa está el sentido común, y éste nos dice que
si Leonor y Julián hubieran sido tan livianos, para nada necesitaban casarse, y
tanto más cuando el matrimonio no iba a proporcionarlos, socialmente, más que
disgustos.
El enlace se hizo con
precipitación y secreto, en casa de la madre de ella, la Gamboa, por el cura de
una parroquia que no era la legal, lo cual sirvió de pretexto para la
anulación. Causó el matrimonio grandísimo dolor y sentimiento a Olivares, que
preparaba a la vista de todos el reconocimiento de su bastardo y le tenía en
casa de una persona de su confianza, Don Jerónimo de Legarda, el cual se
ocupaba de disponer a Julián para la nueva vida cortesana, a la que, por lo
visto, tenía tan poca afición. Pero la impetuosidad con que el Conde-Duque
servía a sus instintos —y éste de la perpetuación de la estirpe era uno de los
más fuertes— no se detenía aunque topase con la Iglesia, como en esta ocasión;
y, pasada la ira de los primeros instantes, decidió deshacer el matrimonio,
fuese como fuese. Esto era en noviembre de 1640. Empezó por aislar en casa de
Legarda al recién casado, y a la novia en el convento de la Piedad, de
Guadalajara; y mientras duraba el encierro de los dos se tramitó la nulidad del
enlace, fundándose en defecto de ritual, que Roma negoció favorablemente, dando
plenipotencia para resolverlo al gobernador del Arzobispado de Toledo, Don
Diego de Castejón, que sentenció conforme a los deseos del ministro586.
Quedaron, pues, descasados, con gran sentimiento y protesta de los dos, pero
más de ella, dice Novoa; y añade, esta vez con gracia: «porque le pareció a
Leonor que perdía brava alhaja: pero hanos de dar licencia que la digamos que
no tenía razón». Pleiteó la pobre mujer contra la sentencia y lloró «por los
Tribunales, por los conventos, por los confesonarios, por los jurisprudentes y
teólogos»; pero, naturalmente, nada consiguió. Y, al fin, los dos cedieron. Hoy
no podemos calcular hasta qué punto pesaba la fuerza del poder sobre las
voluntades y sobre las conciencias y, por lo tanto, no sería justo juzgar con
la mentalidad de nuestro tiempo esta claudicación que echa una sombra sobre la
juvenil y romántica rebeldía de su furtivo enlace587.
Quedan por decir, antes
de pasar adelante, algunas palabras sobre Don Francisco Valcárcel, personaje
principal en la historia que corría hasta hoy; pero en la nuestra, como se ha
visto, muy secundario. De los datos expuestos se puede deducir que no tuvo tales
amores con la madre de Julián, ni participación, ni duda de haberla tenido, en
la paternidad de éste. Lo más probable es que, a la vuelta del joven Guzmán de
la jornada de la Reina de Hungría, necesitando tutor, fuera confiado a este
Francisco Valcárcel hasta que pasó a la tutela de Legarda y Grajal, hacia el
año 1637, pues ya entonces Valcárcel estaba en Portugal, donde servía como
presidente y formando parte del séquito de la Duquesa de Mantua588.
Esto es lo que se sabe.
Y todo lo que no sea esto fue invención de las lenguas envenenadas.
Reconocimiento y boda
del bastardo
El Conde-Duque no reñía
todas estas batallas por el gusto de pelear, sino porque necesitaba un hijo que
le diera descendencia ilustre. Y apenas deshecho el vínculo de Doña Leonor,
partida ésta y tranquilizado Don Julián, preparó su reconocimiento público y su
boda con la hija del Condestable de Castilla. Se le vio ya por Madrid, con tren
de personaje, acompañado de un ayo de categoría: el Conde de Grajal, muy afecto
al Conde-Duque y persona de excelentes prendas intelectuales y morales. «No hay
otra cosa que ver en Madrid —escribía un jesuita589— más que a este señor [el
bastardo] con la ostentación que pasea y vive en su coche de cuatro mulas de
respeto». Y al fin, en enero de 1642, se circuló entre los embajadores y la
Nobleza, por conducto de los secretarios de Estado, Don Antonio Carnero y Don
Andrés de Rozas, el conocido documento en que se anunciaban el reconocimiento y
la boda, que dice así:
«Las repetidas
instancias de la Condesa mi mujer, con el amor, ansia y afecto ejemplar y
grande, de mi memoria y de otros estrechos parientes, y amigos, y sobre todo la
obediencia de los Reyes, nuestros Señores, Dios les guarde, que repetidamente
me lo han mandado, me han obligado a declarar y poner en estado de casamiento
con la Señora Doña Juana de Velasco, hija mayor del señor Condestable de
Castilla, mi primo, a Don Enrique Felípez de Guzmán, prenda de yerros pasados,
que deseo represente dignamente la memoria de mi gran padre y disculpe mis
yerros y poco digna memoria, y por cumplir con la obligación de servidor de V.
E. doy cuenta a V. E., de esta resolución y que yo y todos los míos estarán
siempre al servicio de V. E., a quien guarde Dios, como deseo.—Madrid, enero 24
de 1642. Don Gaspar de Guzmán»590.
Julián Guzmán —el
Julianillo de los maldicientes— quedaba, pues, convertido en Don Enrique
Felípez de Guzmán, hijo del ministro todopoderoso, yerno de un Grande de España
y con las sendas de la fortuna abiertas, como caminos reales, delante de sus
veintinueve años.
Es muy curioso
considerar ahora el tumulto de pasiones que produjo esta noticia y aun el
juicio que a muchos sigue mereciendo. Es, entre los modernos autores, Sánchez
de Toca el que lo ha juzgado con mayor imparcialidad591. Desde luego era
natural el disgusto en las hermanas del Conde-Duque y sus allegados, sobre todo
en los Marqueses del Carpió y su hijo Don Luis de Haro, que veían perdidas sus
esperanzas de sucesión; pero todos ellos comprendieron que lo mejor era
someterse592. Tampoco puede extrañarnos que los poetas satíricos y los
murmuradores, enemigos del Valido, aprovechasen esta ocasión para lucir su
ingenio contra los novios y sus padres593. Mas que se escandalizase una Corte
que consideraba como un mérito el tener hijos bastardos, porque los propios
reyes daban el ejemplo más copioso, es incomprensible; y más aún que el
escándalo se haya transmitido a tan altos historiadores como Silvela. Dice
éste594 que el reconocimiento de Don Enrique «no podía menos que lastimar los
respetos de la Corte»; pero ¿qué respetos, cuando a los pocos días acataba el
reconocimiento de Don Juan de Austria, hijo de la Calderona? Dios no ha dado al
pecado categorías distintas, según el linaje de quien lo comete; antes son los
más altos los que han de soportar mayor responsabilidad; y lo que en un hombre
del arroyo podría encontrar atenuación no la tendrá en los que, por su posición
muy visible, tiene que extremar la obligación trascendente del ejemplo. No
podemos, pues, admitir los aspavientos de la alta sociedad como pudor ofendido,
sino como expresión de su odio político595. Además, lo malo es el pecado, y
éste nadie lo sancionaba; y no era delito sino virtud, su reparación, el
reconocimiento de la culpa y la rehabilitación de quien fue, sin su voluntad,
fruto de aquélla.
En este punto sólo la
pasión puede pasar por alto la pulcritud con que el Conde-Duque la cumplió.
Reconoce noblemente «sus yerros»; pone a su mujer por la primera interesada en
la corrección del pecado; y, además, declara que al obrar así obedece a repetidas
instancias de los Reyes. El que todo esto, que está fundamentalmente bien,
provocase la befa de sus contemporáneos, sólo indica la pequeñez moral de éstos
y nos confirma otra vez la superioridad moral de Olivares.
Las capitulaciones de
la boda se hicieron el 21 de enero de 1642, día de Santa Inés, en cuyo detalle
se advierte la sincera ternura de la Condesa596. Y al fin —llegada la dispensa
de parentesco, de Roma— se celebró la boda el 28 de mayo en la capilla del
Alcázar, bendiciéndola el Patriarca de las Indias y siendo padrinos la Reina y
el Príncipe Don Baltasar597. Interesa destacar de estas ceremonias, que se
celebraron sin las pompas habituales en la Corte española en casos tales, sino
dentro de la mayor discreción, dos notas: a saber, el afecto demostrado al
novio por la familia real y la actitud maternal de la Condesa de Olivares.
Dicen los cronistas que la Reina dijo a Don Enrique: «No sólo sois ya hijo de
la Condesa, mas también lo habéis de ser mío.» Y el día de la boda le regaló la
cama en que había dado luz al Príncipe. No era insincera Doña Isabel en estas
mercedes y cariños, aunque ya, para entonces, urdía el modo de poner fin a la
privanza del Conde-Duque: ya hemos visto que hizo compatible el personal
afecto, que nunca se entibió, con su actitud política contraria a la
prolongación del Ministerio de Olivares. También estuvo el Príncipe Don
Baltasar Carlos muy cariñoso con el desposado, «instigado por la Condesa»
—dicen algunos— pero en realidad por sincero amor a ella y a su nuevo hijo;
pues consta que el Príncipe, heredero de la bondad de su padre, fue, entre
todos los miembros de la regia familia, el que más cerca estuvo en el amor de
los Olivares y, sobre todo, de Doña Inés.
En relación con el
rango social a que estaba destinado, Don Enrique recibió multitud de honores:
fue Marqués de Mairena, Conde de Loeches, alcaide del Retiro, gentilhombre del
Rey, comendador mayor de Alcañiz en la Orden de Calatrava, de la Orden de Alcántara
y varías cosas más, aparte de otros cargos remunerados y rentas. Se dijo que se
le destinaba a ayo del Príncipe Baltasar; y este supuesto fue uno de los que
más odio encendieron contra su padre y contra él. Se le dio, finalmente, el
mando de una de las compañías de la coronelía del Príncipe, creada para la
guerra con Cataluña, compañía que el nuevo Marqués de Mairena reclutó y pagó
con lujo inusitado y al frente de la cual salió de Madrid, pocos días antes de
casarse, siguiendo la jornada del Rey, el 26 de abril de 1642. Estando en Santa
Cruz de la Zarza598, llegó la dispensa de parentesco de Roma y volvió a la
Corte, celebrándose el matrimonio el 28 de mayo, como se ha dicho. La breve
luna de miel, de cuatro o seis días, la pasaron en la casa del Conde de
Chinchón, en la calle del Barquillo, «aderezada de mil maravillas»599, y
apresuradamente se incorporó otra vez el recién casado a sus hombres,
alcanzándoles en Molina de Aragón.
La adulación al
Conde-Duque, a pesar de lo cerca que estaba ya la tempestad que había de
aniquilarle, se reveló en los regalos fastuosos600 y el acatamiento que
prestaron a Don Enrique los Grandes, cuya conducta fue, como ya se ha dicho,
calificada de vil; así como todas las representaciones oficiales, Comisiones de
las ciudades, etc. El contraste entre esta reverencia y el odio que en la
realidad profesaban todos al Valido y a su hijo, no es nada valorable a los que
hacían el doble juego; y, por su lealtad, merecen citarse dos caballeros de
Sevilla: Don Lope de Mendoza y su hermano, que llamados a la jornada de
Cataluña, se volvieron a su casa «por no querer ir sirviendo al señor Don
Enrique»601. Claro es que hubieran quedado mejor yendo en otra compañía que en
la de aquél, pero no faltando a la patriótica jornada.
Caída y muerte del
bastardo
La caída del
Conde-Duque, en enero de 1643, puso al Marqués de Mairena en situación tan
difícil como la de su suegra. Quedó, como ésta, con sus cargos palatinos, pero
hubo de sufrir idénticas humillaciones: quizá no tan duras, porque los capaces
de ensañarse con los caídos son siempre cobardes, y no era igual una mujer
vieja que un joven que tenía fama de ser tan vivo de genio como de manos. En 1
de julio de 1643 emprendió el Rey nueva jornada para Navarra y Aragón. Fue el
viaje fatal para los Olivares, porque al pasar por Agreda visitó Don Felipe a Sor
María, la mujer que había de desarraigarlos de la Corte. Al llegar a Zaragoza,
el 19 de julio por la noche, los del séquito real no encontraban alojamiento,
porque decían los zaragozanos «que no se les había pagado el año pasado». Al
fin se arregló el albergue para todos menos para uno, que fue, según Novoa, que
lo presenciaba, «Don Enrique de Guzmán, cognominado el Julián», al que «no
querían por ningún caso recibir y aposentar y lo traían peregrinando por muchas
casas, sin hallar ninguna donde acogerse, y con palabras muy rigurosas que le
traían, muy desabrido y le hacían desatinar»602. Más arriba se ha referido la
riña que tuvo con Mendoza, el poeta y amigo de Quevedo.
El fin se acercaba. Los
consejos de la monja al Rey eran imperativos. Y el 3 de noviembre, como se dijo
ya, recibió el flamante Marqués de Mairena la orden de retirarse de la Corte y
de ir, con su mujer y su suegra, a acogerse a Loeches o a Toro.
Al morir en 1645 el
Conde-Duque, se quedó Don Enrique en Loeches, con su mujer y con Doña Inés, en
perfecta armonía, que demuestra virtud de ella y también la bondad del yerno. A
primeros del 1646 le nació un hijo, Don Gaspar de Guzmán y Velasco, hijo débil,
porque el padre estaba ya muy enfermo, probablemente de tuberculosis, y abatido
por el destierro que de un soplo deshacía su pasajera gloria. ¡Cuánto debió de
pensar allí en sus horas de libertad aventurera y en los amores románticos y
sabrosos, cuando aún no era personaje, con Doña Leonor!
En la entrevista que
tuvo la Olivares con Felipe IV en el Buen Retiro, a los comienzos de 1646,
logró que el Rey le dejase a Don Enrique volver a la Corte y se le iba a
proveer por general de la costa del Reino de Granada603. Pero no tuvo tiempo de
gozar este comienzo de rehabilitación. La enfermedad avanzaba. En 6 de febrero,
«estando muy enfermo», dio poder para testar, nombrando heredero «a su hijo
legítimo y único» y declarando tutoras a su mujer y a su madre adoptiva604. El
9 de junio se le presentaron «flujos de sangre» (probablemente hemoptisis), que
se repitieron, agravándose hasta el extremo de recibir los sacramentos. Sabemos
que fue llamado a toda prisa el padre Martínez Ripalda, con los médicos de
cámara, a pesar de los cuales murió, a los treinta y tres años, el 13 de junio
de 1646, según consta en su partida de defunción605.
No es difícil rehacer
la personalidad de este Marqués de Mairena. Hay un retrato que se dice ser
suyo, aunque ninguna razón lo abona, y menos que todo la indumentaria, muy
posterior a la fecha de su esplendor social. De su genio aventurero y espíritu
de independencia he hablado ya. Novoa dice que no sólo gustaba de vivir
novelas, sino de que alguna vez las escribió606. Se dijo que era muy presumido,
y uno de los papeles de la época, dirigido al Rey, dice: «Pregúntese a los
bordadores cuánto ha gastado Don Enrique Felípez de Guzmán en
superfluidades»607. Todos encomian su lujo cuando hacía la corte a su novia y,
sobre todo, cuando, al frente de su compañía de Infantería, desfiló delante del
Rey, al revisar éste a las tropas que irían a Cataluña; fue el 2 de abril de
1642 y lo certifica un jesuita que escribe: «Vile e iba muy bizarro de galas y
buena gente»608. Su vida agitada debió de quebrantarle la salud. Ya al salir su
padre de Palacio (enero de 1643) cayó Don Enrique en cama, primero con un
desmayo y luego con un ataque de gota609. A poco comenzó la fase final de su
tuberculosis. Es un galán joven que pasa por el escenario de la historia
vestido con trajes pintorescos, de trotamundos, de enamorado, de capitán
flamante, de tísico que paseaba la melancolía infinita al morir a la edad de
Cristo, por aquellas lomas de Loeches, coronadas de un cementerio. Pero debajo
del disfraz, el hombre se nos escapa, como una sombra, de entre las manos. Y,
en definitiva, lo que queda de limpio en su recuerdo es aquello que más le
censuraron en vida: su gesto rebelde de enamorado, casándose con Doña Leonor,
por amor puro, en el que se jugaba, sabiendo que la perdía, una posición por la
que los fariseos de la Corte hubieran vendido su alma al diablo.
La nuera del
Conde-Duque
¿Y su mujer? Era Doña
Juana de Velasco, hija de Don Bernardino Fernández de Velasco, Duque de Frías y
Condestable de Castilla, al que conocemos por su matrimonio con Doña Isabel de
Guzmán, la hermana del Marqués de Toral, luego yerno del Conde-Duque y Duque de
Medina de las Torres. Tenía cuando la eligieron por esposa del bastardo,
diecisiete años. Era menina de la Reina y, según los libelos, una de las espías
que Olivares y su mujer tenían en la cámara de Doña Isabel. Su figura, bajo un
tono gris, está llena de ferviente humanidad. Se dijo que se casó sin amor,
obligada por el contrato de los padres, y que el suyo aceptó la boda porque
estaba en desgracia con el Rey, y el ser consuegro del Valido le rehabilitaba
en la real gracia y le abría perspectivas nuevas de fortuna; pero esto no puede
asegurarse. Se dijo también, y esto sí que es inverosímil, que, al caer el
Conde-Duque, el Condestable quiso liberar a su hija de este matrimonio,
defendiendo la validez del enlace primero de Don Enrique con Doña Leonor; y que
como un Grande le objetase que esto equivaldría a declarar a su hija querida de
Don Enrique, respondió Don Bernardino: «Prefiero que Doña Juana sea conocida
por mi hija, aunque con esa desdicha, que por mujer honesta de Don Enrique»610.
No hubo tal separación. Vivió, por el contrario, en paz con su marido. En Toro
se juntó a sus suegros, desterrados; y se condujo con ellos con caritativa
dignidad. Un testigo del pleito de sucesión, Juan de Arbuza, cuenta cómo
durante la gravedad de Don Gaspar, cuando éste se negaba a comer, Doña Juana le
pedía dulcemente que lo hiciera: «Por vida del Rey, que V. E. coma otro
bocadito», y al rehusar el enfermo, insistía ella: «Señor, entonces, por amor
de mí, ¿no comerá V. E, otro bocadito?» A lo cual respondió el moribundo: «Por
amor de ti, comería; pero no puedo comer»611. Doña Inés, la Condesa,
contemplaba la escena, ahogada en llanto, «sentada en una silla a la cabecera».
Y por eso, en el testamento que dictó en nombre de su marido deja una joya a
Doña Juana, «la mujer de Enrique, su hijo, en prenda del amor que la tenía y
estimación de la buena y apacible compañía que le hizo en su retiro». En
Loeches, muerto Don Gaspar, acompañó y asistió a su marido enfermo y luego a su
suegra, con la que era fácil hacer buenas migas, hasta su muerte.
Esto, en cualquier
mujer, hubiera consumido la mayor parte de su vitalidad. Pero no en Doña Juana.
Su gran existencia empieza después del drama. Se casó, en efecto, en segundas
nupcias en 1648, con un hijo del Conde de la Puebla de Montalbán; y cuando, viuda
de nuevo, dos años después, reincidió por tercera vez en el sacramento, unióse
al Marqués de Alcañices, séptimo de este título, que era entonces Don Juan
Enríquez de Almansa. Murió también este marido, veinticuatro años después,
dejándola tres hijos: el Duque de Uceda, el Marqués de Alcañices y la Condesa
de Oropesa. A pesar de vida tan agitada, alcanzó Doña Juana la edad de sesenta
y dos años, avanzada para las mujeres aristócratas de aquella época.
Madame d’Aulnoy nos
cuenta que la vio en 1679, cuando tenía ya cincuenta y tres años. Dice que era
«una de las más limpias y ricas señoras de España». Describe su tocador, muy
refinado y complejo, a pesar de su edad. Tenía, sobre todo, una mezcla de clara
de huevo y azúcar cande excelente para la cara. La entonces Marquesa de
Alcañices se friccionaba con ella y «tenía el rostro tan lustrado que
sorprendía».
¿En qué estrato del
alma de esta vieja pinturera y sociable estarían, ya arrinconados, los años
aquellos en que Don Enrique caracoleaba, lleno de encajes y de plumas, al
estribo de su carroza; y aquellos otros de la soledad de Loeches, embarazada de
su único hijo, con el marido que tosía y tosía a su lado, bajo la férula
monacal de Doña Inés? Así acabó el sueño de la perpetuidad de la casta del
Conde-Duque de Olivares.
QUINTA PARTE: LA OBRA
21. La política
exterior y regional
La idea de la unidad
nacional
LA vida pública del
Conde-Duque de Olivares ha sido sucintamente referida en el capítulo 4. El
comentar esa vida, no ya como allí lo hicimos en relación con su personalidad,
sino desde un punto de vista estrictamente político, excede los límites de este
estudio, cuyo autor es un mero naturalista. Sin embargo, no pueden excusarse
algunos comentarios acerca de su obra interior y exterior, porque sin ellos
quedaría incompleta la pintura de este ministro, en igual medida grande e
infeliz.
En la obra de todo
hombre público hay que considerar el propósito y el resultado. Para el vulgo,
la sanción ante la posteridad la dan los hechos; y de ellos resulta bueno el
que vence y malo el que fracasa. Pero el hombre de ciencia debe estudiar
también la intención en los grandes gestadores de la Historia, reservando un
juicio distinto para el hombre recto que fue vencido por el ambiente adverso y
por la mala fortuna, y para aquel que mereció su derrota por su falta de
preparación, de inteligencia y de ética.
Los planes políticos de
Olivares cuando se alzó con el gobierno de España eran dignos de sincera
alabanza, aunque no fuera más que por el hecho insólito de existir. Lo
corriente entonces, y ahora, en el político español, es, en efecto, que arribe
a la responsabilidad del mando, sin otro programa que procurar, en el caso
mejor, ajustar las conveniencias del país al fluir imprevisto del azar de cada
día. Desde que murió Felipe II hasta el final de su dinastía, la política de la
Casa de Austria estaba particularmente ayuna de todo programa y previsión. Sin
hablar de los últimos Reyes, de manifiesta incapacidad, nos bastará el simple
examen de la actuación de los ministros que precedieron a Olivares —los Duques
de Lerma y de Uceda— y de los que le sustituyeron —Don Luis de Haro y los del
reinado de Carlos II— para que no se dude que su gestión carecía de ese mínimo
de arquitectura en los proyectos y de meditación en las ejecuciones que
permitan hablar de programas, aun en su sentido más modesto.
Merece, en cambio,
todos los elogios que le dedicó Cánovas, y ninguno de los olvidos de la mayoría
de los otros historiadores, el manifiesto o «programa de Gobierno» que dirigió
a Felipe IV el Conde de Olivares en 1625, que se copia, casi íntegro, en el Apéndice
XVIII, cuyas ideas políticas se podrán discutir, pero no su noble intención.
Nos basta para respetarle su declaración de haber sido meditado: «Si yerro
—dice— es bien cierto que es error de entendimiento.» Y otra vez: «He dicho a
V. M. cuanto se ofrece en el gobierno de estos reinos con las noticias que he
tenido de ellos y con lo que he leído.» Aun cuando corrigieron la redacción sus
literatos de cámara, el estilo de muchas frases denuncia, directamente, a la
pluma de Olivares. Y realza su mérito la ausencia de las vanaglorias y delirios
de grandeza, que ya aparecen en otros de los papeles anteriores y posteriores.
Concibió y redactó éste, sin duda, en uno de los momentos de ecuanimidad de su
humor, oscilante entre la depresión y la manía.
Es bien conocida su
tesis, aquí desarrollada: la magnitud de las empresas de España fuera de sus
fronteras exigía, ante todo, unificar la nación, dando un régimen común ante
los deberes y sacrificios a cada uno de los antiguos reinos y regiones —retazos
mal cosidos— que formaban el cuerpo de la Monarquía. Se daba cuenta de que, sin
un Estado vigoroso y uniforme, como un bloque, no podía sostenerse por más
tiempo la misión que España pretendía seguir ejerciendo en el mundo. Acaso un
espíritu genial hubiera enfocado el problema modificando los términos en que
estaba planteado, esto es, empezando por darse cuenta de que esa misión de
hegemonía de los Austrias y de paladín del catolicismo a costa de todo, era
imposible ya; y de que convenía a la continuidad de nuestra historia reducir
las ambiciones y atenerse a una política «de modestia internacional», como
acertadamente dice Soldevilla612. Pero los sueños de imperialismo y de
monopolio de la catolicidad estaban tan ligados a lo que era la esencia y la
razón de existir de la Casa de Austria, que jamás los hubiera podido renunciar
quien, como Olivares, era, ante todo, fiel hasta el fanatismo a la Corona; más
aún, representante y ejecutor, en mayor medida que el mismo Monarca, del
espíritu de los Austrias; y, además, sobre esta profesión política, dotado de
un carácter imperativo y horro de matices, cuyas consecuencias no se hicieron
esperar.
Aceptado este hecho, es
decir, considerando al Conde-Duque como héroe de la visión española de Felipe
II, no puede juzgarse con extrañeza su programa político, resumido en este
párrafo de su manifiesto: «Tenga V. M. por el negocio más importante de su Monarquía,
el hacerse Rey de España; quiero decir, Señor, que no se contente V. M. con ser
Rey de Portugal, de Aragón, de Valencia y Conde de Barcelona, sino que trabaje
y piense, con consejo mudado y secreto, por reducir estos nervios de que se
compone España al estilo y leyes de Castilla, sin ninguna diferencia; que si V.
M. lo alcanza será el Príncipe más poderoso de la tierra.»
El acierto de soñar con
la unidad enérgica se bastardea aquí con el error de pretender imponer a las
demás regiones el modelo obligado de Castilla, error fundamental en un problema
como el de los regionalismos, hecho, más que de razones, de susceptibilidades.
Hubiera sido más cuerdo crear una forma de unidad en la que no se advirtiese
sombra de sometimiento de unas regiones a otras. Y aun esto sería difícil,
porque de estas regiones, las que tenían privilegios que les permitían
permanecer un tanto al margen de los sacrificios nacionales fuera ilusorio
suponer que se avendrían a perderlos. No puede negarse, no obstante, que eran
inteligentes, y (por lo menos, inicialmente) benignos los métodos que proponía
el flamante ministro para realizar su programa. Pedía al Rey —y repitió más
adelante el ruego en muchas ocasiones— que no se estuviese quieto en Madrid,
sino que residiese en las capitales de los distintos territorios; a pesar de lo
cual ha pasado a la Historia con el sambenito de tener a Don Felipe, en la Corte,
cautivo de frivolidades y placeres menudos y degradantes. Le pedía también que
los altos puestos de gobierno se proveyesen en hombres eminentes de las
regiones: porque nada, en efecto, aguza la lealtad como la responsabilidad. Y
en otros medios más para sustituir la artificial pegazón de los fragmentos de
España, hecha a base de pactos políticos, por una fusión viva, de entrañable
compenetración biológica. Es cierto —y no debemos, por justicia, dejar de
consignarlo aquí— que después de este plan nobilísimo, y para el caso en que
fracasase, apunta otros métodos recusables, basados en la astucia y en la
fuerza; uno, sobre todo, maligno, aprendido en los libros de Maquiavelo, que
con cínica claridad expone así: «El tercer camino, aunque no como medio tan
justificado, pero más eficaz, sería: hallándose V. M. con esta fuerza que dije,
ir en persona, como a visitar aquel reino donde se hubiere de hacer el efecto,
y hacer que se ocasione algún tumulto popular grande y con este pretexto meter
la gente, y en ocasión de sosiego general, como por nueva conquista, asentar y
disponer las leyes en la conformidad de las de Castilla; y de esta misma manera
irlo ejecutando con los otros reinos.» Esta técnica del «agente provocador» nos
repugna y nos deja con la amarga sospecha de que tal vez la empleara en alguna
de las sublevaciones que más adelante se produjeron en el territorio nacional.
Pero era fórmula de gobierno muy usada entonces y no específica, ciertamente,
de este ministro.
La realidad echó por
tierra el programa inteligente, el de la hora buena. Las guerras europeas se
desencadenaron y ya no tuvieron fin en todo el reinado de Felipe IV. La
política interior fue abandonada. Obligada la Monarquía a enviar soldados y
dinero a todas partes, la única acción visible del gobierno en el territorio
peninsular era la del capitán que pasaba por los pueblos haciendo leva de la
gente moza, con métodos brutales; y la del recaudador que exprimía a los
villanos «hasta desollarlos», como con trágica contrición escribió el propio
Conde-Duque613. Castilla, heroica y sumisa, acabó por secarse de hombres y de
pecunia; y entonces se exigió, sin tacto, a las demás regiones el mismo
sacrificio, suscitando su indignación y, al fin, los levantamientos, que
pusieron tan lúgubre remate a la privanza de Don Gaspar. Quince años después de
escrito el prudente manifiesto que hemos comentado nada quedaba de sus buenos
propósitos. Agobiado desde los múltiples campos de batalla con peticiones de
soldados y de oro, el Valido, enfermo, medio loco, se pasaba las noches en
blanco arbitrando lo que le exigía la necesidad imperiosa de cada día. Se
exacerbó su nativa propensión a la violencia. Y, para servir al Rey y a una
política de quimeras, no dudó en sacrificar los principios más elementales de
tacto y de prudencia, necesarios en toda obra de gobierno, pero indispensables
cuando hay por medio pleitos regionales.
Grande fue su culpa, y
ya se ve que no tratamos de disimularla; pero para juzgarla con justicia hay
que contar, sin embargo, con los factores inmodificables que concurrieron a
producirla: con su mentalidad intemperante y con la realidad universal de entonces,
que estaba concitada contra España y hubiera hecho menester, para hacerla
frente, un genio político que, sin duda, Olivares no poseyó. La autoridad de
Cánovas, máxima en esta ocasión, porque en él habla no sólo el historiador,
sino quien, por ser jefe de Gobierno con toda plenitud, conoció las
responsabilidades del Poder, dice esto, que es de absoluta exactitud. «No
habría sido mejor [que el Conde-Duque] ninguno de sus contemporáneos, porque,
cuando menos, a los que de ellos han dejado noticias les llevó ventajas
notorias. Para medirlo bien, aun juzgando por lo que a primera vista aparece,
hay que trasladarse con mente serena a su bufete, examinar los problemas con
que tropezó cada día y emprender, a modo de intelectual ejercicio, la tarea de
resolverlos con razonable probabilidad de acertar»614. Para detener nuestro
derrumbamiento, hubiera tenido Olivares que ser lo que jamás podía ser un
Guzmán: un Cronwell de España —Cronwell sin decapitaciones— como dijo, y ya lo
hemos comentado, otro político activo, más conservador aún que Cánovas, Don
Francisco Silvela.
La guerra con Holanda
Así entendida,
explicada y, en lo humano, disculpada su gestión política, podemos comentar,
con algún detalle más, algunos de sus yerros. Fue el primero la ruptura de la
tregua con los holandeses, que había mantenido Felipe III, y que se consideró
como el orgullo de su reinado. Ya en su tiempo fue éste uno de los motivos del
ataque de sus adversarios. Siri consideró como los cuatro grandes pecados del
Valido de Don Felipe éstos: la ruptura de la tregua con los holandeses o, más
exactamente, como él dice: «el haber impedido que se prolongase la tregua»; la
ruptura del matrimonio de la Infanta María con el Príncipe de Gales; la guerra
de Mantua, y las guerras de Cataluña y Portugal. Cánovas y Sánchez de Toca615 y
otros han pretendido justificar la ruptura de esta paz con argumentos
políticos, documentales, cuyo valor no vamos a discutir. Nos interesan los de
orden psicológico, que están ligados a la personalidad de Don Gaspar y a las
circunstancias en que acaeció el suceso. Al finalizar el reinado de Felipe III
la impresión que tenían los españoles era que el país se hundía en un marasmo
que aprovechaban los validos y sus secuaces para gozar en paz de sus rapiñas.
Los gloriosos ejércitos estaban desmoralizados por la inactividad. El prestigio
de España, la nación que con sus tercios y sus capitanes conquistara el mundo,
disminuía visiblemente ante otras potencias, Inglaterra y Francia, cuya pujanza
se sentía, por instantes, crecer. El infiel nos temía menos cada vez. Y el
vasto y remoto Imperio colonial se resquebrajaba ante la blandura y el descuido
de los que, desde la metrópoli, manejaban las riendas del Gobierno. En esta
situación, el nuevo reinado no advino como un cambio de Reyes más, ordenado por
la fatalidad de la muerte. Bajo el signo del Conde de Olivares se aspiraba a
una completa renovación del país. El ímpetu nacionalista, tan característico de
los poderes personales, estremeció de entusiasmo a la nación entera
sugestionada, una vez más, y no sería la última, por el gesto optimista del
nuevo animador. Mas este nacionalismo eruptivo, que a veces es medicina heroica
para los pueblos decadentes, iba a ser, en aquella ocasión, una droga venenosa.
Estaba España demasiado cerca de sus horas de grandeza, y de una grandeza tan
inverosímil por su magnitud y por los modos casi milagrosos con que se logró,
que, como a los delirantes recién tranquilizados, le bastaba una leve
excitación para que retornase el delirio. A los que hemos visto, más de dos
siglos después, al pueblo español, agotado por las luchas civiles y descendido
en categoría internacional, alzarse de nuevo, en 1898, a impulsos de una
inverosímil locura guerrera, apenas se le hirió la fibra de su antiguo orgullo,
que parecía anestesiada, no nos puede sorprender que aquellos otros remotos
abuelos nuestros, hijos directos de los conquistadores, se lanzasen a las
funestas guerras europeas, cuando aún el español podía llamarse señor de medio
mundo. Es cierto que hubo voces prudentes que desaconsejaron la aventura: ya
Don Quijote había paseado sus huesos escarmentados por el alma nacional. Pero
el que decidía era este hombre enfermo de la pasión de poderío, que lo arrastró
todo detrás. No se busquen otros argumentos fuera del que él mismo expuso en
otro de sus documentos pragmáticos: «Casi todos los Reyes y Príncipes de Europa
—le decía al Monarca— son émulos de la grandeza de V. M. Es V. M. el principal
apoyo y defensa de la religión católica; y por esto ha roto la guerra con los
holandeses y con los demás enemigos de la Iglesia que los asisten; y la principal
obligación de V. M. es defenderse y ofenderlos»616. No me importa recopiar
estas gravísimas palabras, demasiado significativas. De ellas se desprende que
la guerra de Holanda, y el racimo de las que se le fueran enzarzando, se debió
a un brote de imperialismo territorial y religioso, animado por un conductor
delirante, lleno, eso sí, de buena intención; y secundado por el ambiente
propicio del pueblo entero.
La boda del Príncipe de
Gales
El mismo espíritu de
imperialismo anacrónico le llevó a los demás conflictos que aniquilaron a
España. Está, por de pronto, bien demostrada su responsabilidad directa en el
fracaso del matrimonio de Doña María de Austria con Don Carlos, el Príncipe de
Gales. No es seguro que tal matrimonio nos hubiera proporcionado una alianza
con Inglaterra; y lo prueba el que era española la Reina de Francia y francesa
la de España, sin que por ello se evitaran las largas y desastrosas guerras
entre los dos países. Pero el que el enlace angloespañol hubiera significado un
cambio de rumbo de nuestra política, en el sentido de desposeerla de su rigidez
y sectarismo, eso no cabe duda; y el progreso que hubiera supuesto tal cambio,
en aquel momento crítico, en que el mundo entero acechaba nuestras flaquezas
para herirnos sañudamente, tampoco se puede discutir.
La rivalidad con
Richelieu
El rastro del ansia de
grandezas de Olivares es patente en las guerras con Francia; hubieran sido, de
todos modos, difíciles de evitar, porque era Francia la que principalmente las
quería; pero en su génesis intervino, tanto como la natural emulación de los
dos pueblos que se disputaban la hegemonía de Europa, la emulación de sus dos
hombres representativos. Para Olivares, Richelieu fue una pesadilla de cuya
obsesión no acertó a desembarazarse.
Se ha hablado mucho de
la rivalidad entre Richelieu y Olivares; pero aún no se han escrito sus vidas
paralelas. Ambos se movían, en muchos de sus actos públicos, empujados por el
odio o la emulación del rival. Pero la semejanza de su obra, en su conjunto, no
se debe a estas reacciones personales, sino al hecho de que uno y otro nacieron
con aptitudes parecidas, con ambiciones idénticas y empujados por un común
ambiente favorable: como frutos de un mismo «clima histórico», que en todas las
latitudes geográficas producía entonces el ministro absoluto y todopoderoso. Se
diferenciaron en dos cosas esenciales: en la personalidad biológica y en el
ambiente nacional. Olivares era un gordo, de pasiones superficiales y
aparatosas, y, en lo hondo, un infeliz. Richelieu era un asténico, agudo y
afilado como un cuchillo frío, solapado y de dureza y crueldad refinadas. El
ministro español trataba de sostener con sus espaldas de cíclope una Monarquía
que, por ley natural, se derrumbaba. El francés puso su genio político al
servicio de una potencia que corría la parte ascendente de su órbita. Estos dos
órdenes de diferencias explican el fallo opuesto con que ambos personajes
aparecen ante la Historia. El Cardenal triunfó, y al que vence se le perdonan
los más graves defectos. El Conde-Duque fue vencido, y al que fracasa se le
niegan hasta las virtudes más notorias. La posteridad sólo mide a los hombres
públicos por su eficacia; y acaso hace bien. Las analogías entre ambos validos
se han ido señalando en el curso de este libro. Uno y otro tuvieron el mismo
pensamiento político central: la unificación de la Monarquía. El descuido de
los problemas interiores, por la exagerada atención a las guerras y conflictos
internacionales, fue también rasgo común de la política de los dos validos; e
idéntica la opresión financiera con que esquilmaron a sus respectivos pueblos.
Richelieu mantuvo con la Nobleza francesa la misma pugna que Olivares con la
española; como éste, procuró el francés separarla del ejercicio de los altos
cargos civiles y empujarla a servir en la guerra. Las mismas supersticiones, la
misma fe en las monjas milagreras, que tanto se censuró en el Conde-Duque,
imperaron en el espíritu del Cardenal. Los dos gustaban del manejo de los
espías y eran maestros en tramar subterráneas conspiraciones. Y el parecido
puede seguirse hasta en muchas de sus disposiciones de gobierno interior, como
la canalización de los ríos, las prohibiciones del duelo, etc.
Richelieu era más cauto
y más eficaz. Olivares gastaba, por el contrario, su eficacia en el aparatoso
gesto. Pero era, en cambio, el ministro español mucho mejor que el francés,
despótico, duro y cruel. Si el destino hubiera sido desfavorable al gran Cardenal,
el relato de sus flaquezas y defectos llenaría libros enteros. Ahora se cuentan
de soslayo, como acentos un tanto sombríos, pero necesarios para completar su
silueta. Si Olivares hubiese vencido, ¿quién se acordaría, al lado de sus
positivas virtudes, de sus extravagancias sobre las que se edificó la leyenda
de su maldad? El mundo es así. Con razón decía aquel gran español, sabio de la
vida y no de los libros, contemporáneo de los dos magnates, el cazador y
filósofo campestre Juan de Mateos: «Viva quien vence, que todos son contra el
caído y contra el que menos fuerza tiene.»
Deseos de paz
Sin embargo, la
compleja personalidad del Conde-Duque no permite juzgar su gestión por sólo los
documentos oficiales que se han comentado. Su deseo de paz fue muy precoz.
Existe, en efecto, una importantísima consulta del ministro al Rey, en 1627, en
la que expone con notable información y minucia el estado de la política
internacional, que juzga tan complicada «que no se ha visto otra igual, muchas
eras ha». La idea suya de mantener el Imperio de los Austrias y de sostener la
religión católica persiste, naturalmente, en esta privada información; pero no
con la crudeza que en los documentos destinados al público. Estudia la ventaja
y los inconvenientes de las posibles alianzas con Francia e Inglaterra. La idea
desproporcionada que por entonces tenía de las fuerzas del Imperio español le
mueve a concluir que es mejor no contar con aquéllas y «atizar la rotura entre
Francia e Inglaterra», realizando, en cambio, la alianza con el Emperador de
los alemanes. Sin embargo, conviene —añade— la paz con Inglaterra,
«apretándoles a que hagan venir a los holandeses a una buena paz, pidiéndoles
algún privilegio para la religión católica». Es decir, que con esta salvedad
ansiaba terminar la ruinosa guerra de Holanda. Pero, fiel a su táctica astuta,
no consideraba que debía presentarse la paz francamente a los ingleses, sino
que se deben hacer «las prevenciones de guerra como si hubiéramos de conquistar
a Inglaterra y Holanda»: en suma, la paz por el miedo a la guerra, como aún hoy
preconizan las grandes potencias: probablemente con tan mal resultado como el
que logró el Conde-Duque617.
Aquella cabeza
hirviente de ambiciones ilimitadas sufría con el agobio de tantas guerras y
tantos conflictos; pero, a la vez, se nutría de la realidad magnífica de que
era él, desde su despacho, el árbitro de Europa, y de que Richelieu, el amo de
Francia, y de su Rey, soñaba, seguramente, muchas noches con él. Pero había
algo más que sueños. Se olvida demasiado que no sólo hubo desastres en los
veintitantos años de ministerio de Olivares, sino que, a veces, nos sonrió
plenamente el triunfo. Las últimas glorias militares de la epopeya española son
del tiempo del Conde-Duque y se deben en gran parte a él, que, aunque no olió
nunca el humo de la pólvora, ganó, literalmente, muchas batallas; y son
injustos los historiadores que se lo disputan. «Se diría —escribe Hume al
relatar los gloriosos triunfos de Feria y de Spínola— que, en verdad, revivían
los tiempos de Felipe II.» Cierto que, como las de Pirro, y la de tantos otros
Pirros de la Historia, fueron victorias que, al fin, nos costaron muy caras.
Pero esto no lo ven nunca los contemporáneos, y menos aquellos españoles tan
propicios a la embriaguez de la gloria. Para el ánima delirante del Conde-Duque
eran espolazos que le impelían a la desenfrenada carrera emprendida. Y acabó
olvidando por completo que la grandeza que generosamente soñaba para España no
podía ya venir de fuera, sino de aquella reconstrucción interior que
preconizaba en su manifiesto de 1625, si bien —y éste fue su error— no como fin
del destino estrictamente español, sino como medio para perseguir el destino
imperialista.
Ya hemos visto que, al
fin, con la evolución de sus ambiciones le fue penetrando la idea de la paz,
que ya se percibe en la citada información secreta al Rey, fechada en 1627, y
de la cual son pruebas irrefutables las gestiones diplomáticas de Rubens y los
tratos secretos y semisecretos que tuvo para reconciliarse con Richelieu618.
Este deseo de paz resurge ya como una obsesión en los documentos de su última
época, singularmente en sus cartas al Cardenal-Infante. «En lo de la tregua
—escribe en 1636— debo decir a V. A. que no hay en la tierra quien más la desee
que yo»; y más adelante, en 1640: «Ojalá fuera hecha la paz, que esto es toda
mi ansia»619; y así, con insistencia dolorosa, a cada instante. El mismo deseo
expone, ardientemente, en su comentado discurso en el Buen Retiro, precisamente
cuando acaba de alcanzar la victoria famosa de Fuenterrabía. Pero la paz es una
diosa esquiva y llena de rencor, que no acude a quien la llama porque sí,
después de haberla despreciado; y así, a pesar de sus tardíos afanes, Olivares
murió políticamente sin conocer la paz.
El amor a Castilla
En esta situación, le
sobrecogió la catástrofe de la unidad de España que, por herir en lo más vivo
sus convicciones políticas, fue el más tremendo castigo a los errores que pudo
haber cometido y el último golpe que recibió su salud física y su entendimiento
claudicantes. Olivares, andaluz por herencia y muy obsequioso con los
andaluces, tenía mucha sangre castellana; y fue seguramente ésta la que más
influyó en su personalidad. Amaba a Castilla, como entonces y luego la amaron
todos los gobernantes españoles, porque ha sido siempre la región que ha sabido
dar el paso mesurado en los tiempos de agitación; la que se ha orientado hacia
el progreso estricto sin preocuparse de la moda; la que ha hecho, en cada
instante, el sacrificio más costoso por la patria común, sin pasar jamás el
recibo; la que ha visto nacer al hombre sobrio e inteligente y a la mujer
enjuta, paridora y recta que conservan y transmiten como nadie la esencia
inmortal de lo español. En aquel siglo la virtud castellana era aún más
notoria, y puede decirse que era ella la que, con prodigioso aliento, mantenía
en pie un Imperio, casi infinito, que se desplomaba. Ya lo decía Quevedo:
En Navarra y Aragón no
hay quien tribute un real; Cataluña y Portugal son de la misma opinión; ¡sólo
Castilla y León y el noble reino andaluz llevan a cuestas la cruz!
Y aun en lo del «reino
andaluz» hay, quizá, mucho de ripio. Sólo, sólo, «Castilla y León».
En el manifiesto de
1625 escribía el Conde-Duque este encendido elogio de Castilla: «... la
infantería de España, donde se ve, junto con la fidelidad a sus Reyes... el
brío y libertad del más triste villano de Castilla con cualquier señor noble».
Y en el discurso del Buen Retiro, ya en las postrimerías de su vida pública,
nombra con ternura paternal a «nuestra buena Castilla». El Rey, contagiado de
su ministro, no sólo en el amor, sino en el estilo, decía también al Consejo, a
su vuelta del viaje a las costas de Levante, en 1626: «Nuestros buenos, fieles
y leales vasallos de Castilla y León, que con su sangre y valor me han hecho
señor de tan grande Monarquía; a quienes amo en tal grado y a quienes deseo
tanto descanso, que si lo pudiera conseguir pidiendo limosna de puerta en
puerta, lo hiciera»620.
El problema de Cataluña
Está justificada la
gratitud y el amor a Castilla; lo incomprensible en el Rey y en su Valido, como
en tantos políticos posteriores, fue el olvidar que las demás regiones que
formaban el reino tenían otras obligaciones con el Estado, estipuladas y aceptadas
en sus leyes regionales; y había que aceptar el hecho fatal de contar con esas
regiones a través de esas leyes, o, en todo caso, de modificar esas leyes con
generosidad, con tacto inagotable, poniendo un exceso de comprensión frente a
cada una de las inevitables susceptibilidades regionalistas. Francia había
desarrollado una política de unificación, que, como tantas veces se ha dicho,
influyó poderosamente en la actitud del Conde-Duque; porque al enemigo que nos
preocupa quisiéramos destruirle; pero, a la vez, la preocupación nos impulsa a
copiarle. Mas era allí el problema sólo político, y bastó a Richelieu para
resolverlo meter en cintura, con la crueldad necesaria, a unos cuantos nobles
de sangre feudal. En España el problema tenía profundidades biológicas que
escapaban y han escapado siempre a las concepciones simplistas de la mayoría de
los gobernantes. Los majaderos se ríen cuando se dice que el problema de las
regiones es de pura biología; pero es, a pesar de sus risas, tan biológico como
su estupidez. Las razones políticas de que Portugal, por ejemplo, fuera un
reino de España eran tan artificiales que sobre ellas sólo se hubiera podido
fundar una alianza federada y nunca una sumisión: y ello, a fuerza de siglos de
una convivencia infinitamente inteligente, incompatible con las realidades
artificiosas, rígidas y nacionalmente antibiológicas, de la política de enlaces
o de conquistas. Y fuera ya de Portugal, nación genuina, dentro de España misma
la personalidad de las regiones es un hecho tan vivo, que sólo la pasión, la
malicia o la necedad lo puede desconocer. Hasta el patriotismo del español es,
ante todo, regional. Cuando los españoles se encuentran en el extranjero, no
hacen, así que su número es algo crecido, un centro español, sino centros regionales621;
y en la vida pública, lo único que une a un español medio con los demás, por
encima de las diferencias políticas, religiosas, etc., es la regionalidad.
El Conde-Duque, aunque
partiendo del error de querer suprimir las leyes regionales de los pueblos que
las tenían, entrevió, en cuanto a la táctica, la verdadera solución del
problema en el sentido de la mezcla paulatina y cordial de las regiones. Pero
le hizo olvidar esta táctica y todo lo demás su desatinada política exterior,
que le obligaba a exigir a los reinos sacrificios vedados por los fueros, de un
modo perentorio, sin tacto ni inteligencia ni cordialidad. Era difícil, en
efecto, que ante guerras no defensivas ni inspiradas en un interés nacional,
sino de sentido imperialista o religioso, y, por lo tanto, arbitrario, los
portugueses o los habitantes del Reino de Aragón —aragoneses, valencianos,
catalanes— se aviniesen a dar los hombres y los dineros que, mientras sus leyes
no se modificasen, no tenían obligación de proporcionar.
En el asunto de
Cataluña la táctica del Conde-Duque no tiene disculpa. No creo que tuviera,
como dice Soldevilla622 «una instintiva hostilidad» hacia el Principado, sino,
tan sólo, una idea histórica y política equivocada del problema. Olvidó que era
imposible hacer, ni por las buenas ni por las malas, una suma uniforme de dos
sustancias —los dos pueblos, Cataluña y Castilla— históricamente reacios a
fundirse, aunque sí a mezclarse en un mínimo cordial de afectos y de
conveniencias comunes. Y sentía la natural irritación contra los catalanes al
verlos rebeldes a sus designios y al sentir humillada su vanidad. En este
sentido se han de interpretar las palabras de Contarini, que reproduce
Soldevilla con una cierta malicia, pues copia sólo el final de la frase: el
Conde-Duque, transcribe el excelente historiador catalán, tenía «una pésima
disposición hacia este pueblo, hablando de él muy malamente»; pero no copia lo
que antecede, que es así, y cambia el sentido de la frase: «He de añadir que el
Rey y el Conde-Duque, cuando fueron el año pasado a Barcelona, recibieron
grandísimos disgustos de aquel pueblo, en el modo con que fueron tratados y las
palabras que tuvieron con aquellos diputados, por lo cual el Conde desde
entonces ha conservado una pésima disposición», etc623. El verdadero
sentimiento hacia Cataluña, cordial y respetuoso, está escrito en el Memorial
de 1625624. Explica en él, y disculpa por falta de atención del Poder central,
las inquietudes de estas provincias y aconseja, dentro de su idea de hacer efectiva
la unidad nacional, que se haga gozar a sus gentes «de los mismos honores,
oficios y confianzas que los nacidos en medio de Castilla y Andalucía». Aún más
explícita está su opinión en la carta que Don Gaspar envió a los consellers y
Consejo de Ciento, en 1632, en la que mezcla una inhábil negativa a sus
pretensiones con palabras de sincero amor; en posdata manuscrita les dice:
«Todos sabrán mejor hablarles a VV. EE. de estas cosas; pero con más desinterés
y buena voluntad, nadie»625. Su pecado principal fue, pues, el eterno pecado de
la incomprensión por el Gobierno central de la psicología del pueblo catalán y,
en consecuencia, la técnica inconveniente con que fue tratado. A ello se unió
la barbarie de los tercios extranjeros, que maltrataron con crueldad estúpida
el país. El pueblo catalán se alzó, entonces, no sólo convencido de su derecho,
sino enardecido por el clero y los frailes, creyendo que el luchar contra el
Conde-Duque, impío ministro, era servir a Dios, como puede verse en las proclamas
y opúsculos escritos por sacerdotes que circularon por toda Cataluña y
contribuyeron poderosamente a la rebelión626. Aún ahora enumeran los catalanes
con no dormido dolor los agravios que moral-mente recibieron de las órdenes
reales, y, materialmente, de la soldadesca que ocupaba los pueblos como país
conquistado. Pero esto mismo lo reconoció, afligido, el Conde-Duque en la carta
en que da al Cardenal-Infante la noticia de la sublevación de Barcelona. «De
España hay harto con la muerte del Conde de Santa Coloma a manos de los
villanos de Cataluña, en Barcelona. Caso raro, y ahora el estarse acañoneando
los de la villa de Perpiñan y el Castillo. En efecto, es una rebelión general,
sin cabeza ni sin intento forastero, sino sólo irritación contra los soldados que
estando sin cabos han dado no poca ocasión. Aseguro a V. A. que me tiene esto
fuera de mí y tal que escogiera la muerte.» Se ve, en estas líneas, su dolor,
que aún exalta en las cartas siguientes. En una, de septiembre, exclama: «¡Y,
sobre todo, las cosas de Cataluña, en que mi corazón no admite consuelo!»627.
De modo desdichado tuvo
fin para España y para el Conde-Duque este conflicto, que se inició olvidando
los factores elementales de su génesis y se llevó adelante con insensata
torpeza, dejándose, además, arrastrar por el ambiente popular de Castilla, adverso
a Cataluña; cierto que como en Cataluña era también adverso a Castilla. Pero el
gran político ha de estar, fundamentalmente, por encima de estas olas
pasionales de la multitud; y no lo estuvo Don Gaspar. Hirió hasta la fibra
delicadísima del idioma, que para los gobernantes prudentes debiera ser
sagrada, llegando a no querer recibir a los catalanes que hablasen su lengua
regional. La plebe aplaudía estas torpezas, salvo algún espíritu atrevido, como
el de un tal Goicoechea, que fue condenado en Madrid por decir, a voces, que
eran los catalanes y no los castellanos los que tenían, en este conflicto, la
razón628. En la misma Corte, hombres de la talla social de Oñate, eran opuestos
a la violencia, y, aun después del asesinato de Santa Coloma, preconizaban una
política clemente. Pero prevaleció, por desgracia, la de sangre y fuego, que ni
los mismos que la empujaban y aplaudían agradecieron después al Conde-Duque.
Una de las grandes amarguras de éste debió de ser el leer en uno de los
memoriales de acusación, que se publicaron a su caída, como cargo grave, «el
negarse a perdonar a los catalanes»629. Así han sido siempre los fariseos que
quieren que los gobernantes sean muy severos: para poder llamarlos luego
crueles.
La separación de
Portugal
Mucho menos grave es la
responsabilidad del Conde-Duque en la guerra y pérdida de Portugal. Era tan
artificiosa la incorporación de este Reino a la Corona de España, que su
separación, impuesta por la realidad de lo étnico, por todo lo que hay de vivo
y eficaz en el juego de la historia humana, no se hubiera hecho esperar, con
Olivares o sin él. No parece dudoso que la conducta inhábil del Valido,
exigiendo sin cesar hombres y tributos a un pueblo, descontento por verse
privado de libertad, unido por vínculos artificiales al vecino al que siempre
mirara con reservas, ajeno a su política ambiciosa y dolido de verse arrastrado
en sus errores políticos, acelerase lo que fatalmente tenía que ocurrir. Es
decir, que si no fue Don Gaspar el organizador de la pérdida, fue, sí, su
eficaz adelantador. «Apenas —dice Cánovas— tienen fuerza para más, los hombres
de gobierno, que para adelantar o retardar los acontecimientos»; y lo dice
refiriéndose a la pérdida de Portugal. Olivares, distraído y sin el juicio
cabal, no vio venir este cataclismo, que amenazaba, cada vez con más notoria
claridad, la integridad del Imperio heredado por Felipe IV. Posiblemente le
ocurrió lo que a todos los que presumen de cautelosos: que pecan, cuando menos
deben, de confiados; y él confiaba en el Duque de Braganza, al que consideró
incapaz de alzarse, por su honor de casta y por estar casado con su parienta
Doña Luisa de Guzmán. No contaba con que los Guzmanes eran fieles hasta que la
ambición se hacía tan grande que anulaba la fidelidad. De aquí la reacción de
ira, pero sobre todo de estupor, que hubo de experimentar contra su prima
cuando supo la infausta nueva de la sublevación, capitaneada por ella630.
Cánovas en su libro tan
citado aquí, estudia los antecedentes de esta guerra con serenidad que no
suelen tener otros historiadores, sobre todo si son, además, políticos. Hay
mucha literatura escrita sobre esta cuestión; pero ninguna más apropiada al
lector español que este libro, más aún que erudito, perspicaz. Lo que aquí nos
importa aclarar es la certeza de que la independencia de Portugal era, como se
ha dicho, inevitable; y que entre los desaciertos del ministro español
—imprevisión, sobre todo— no puede contarse, como entonces se dijo y aún se
repite, la crueldad. El manifiesto de 1625, tan repetidamente citado, explica
bien su pensamiento sobre el problema portugués; más o menos discutible en el
terreno de la política, pero en la táctica, comprensivo y sagaz, nunca
violento. Las circunstancias, ya comentadas, le obligaron a olvidar aquí, como
en Cataluña, sus buenos propósitos. Mas todavía en plena guerra escribía al
Duque de Alba «Y, sobre todo, negociación e inteligencia, perdones y mercedes;
y no furias derramadas»631. Queda bien claro que, si hubo más furia que
inteligencia en este negocio, no fue culpa de Olivares. Él, como ministro
supremo, hubo de aceptar entonces la responsabilidad de cuanto sucedió y sufrir
las consecuencias; pero el historiador no puede limitarse a sancionar los
hechos tal cual ocurren, como hacían los libelos de entonces o como los
periódicos de ahora, sino que ha de examinar su génesis y su intención para no
olvidarlo en el momento de fallar.
22. La política
interior
Fracaso de la política
interior
LA política exterior
del Conde-Duque puede tener, como hemos visto, sus puntos disculpables y aun
sus pretextos para la alabanza. Su actitud imperialista fue, sin duda, funesta,
pero se la pueden encontrar justificaciones de orden social y biológico, que han
sido ya expuestas en el capítulo anterior. Hay que volver, además, a reconocer
que las últimas glorias de gran potencia que iluminaron a España, a Olivares se
debieron. Es perfectamente exacto, en este sentido militar, el juicio de
Hauser, al decir que se habla demasiado a la ligera de la decadencia española a
partir de la muerte de Felipe III, pues la nación tuvo aún un largo período de
preponderancia durante el reinado de Felipe IV; y no debido al Rey, «verdadero
símbolo del agotamiento de una raza», sino a su Valido. «Era éste —añade
Hauser— a pesar de sus defectos, un hombre que supo encontrar en la herencia de
los Felipes la concepción del papel imperial de España. El gran nombre de
Richelieu ha hecho olvidar demasiado los méritos de su rival; rival que pudo
ser su vencedor»632. Esto dice un historiador francés. Y Spengler habla de
cuando «el Conde-Duque de Olivares, en Madrid, y Oñate, el embajador de España
en Viena, fueron las personalidades más poderosas de Europa»633.
Pero la política
interior fue, en sus manos, un puro desastre. Aquí no hay atenuación
psicológica ni brillo espectacular que amengüe la catástrofe. Desastrosa tenía
que ser por el error inicial de la concepción centrífuga de nuestro poder; por
querer hacer de España el centro de una política imperialista, concepto siempre
discutible, y en su tiempo ilusorio; en lugar de la nación peninsular,
agrícola, comercial, industrial en lo posible y, sobre todo, civilizadora, como
depositaría de una gran cultura y como madre y rectora de una lengua universal.
Pero el error lo fue, aún en mayor grado de lo presumible, porque las aventuras
guerreras vertieron fuera de España todo lo que debía haber quedado dentro:
hombres, oro y atención; nada sobró para el solar exhausto.
Al comienzo de su
privanza, la atención de Olivares se dirigió, atentamente, a la reforma de la
inmensa podredumbre que corroía la vida española; y con proyectos de gran
altura que encendieron de fervor el entusiasmo popular. Cuatro fueron los
aspectos que intentó reformar el Conde-Duque, con tan noble intento como pésimo
resultado: la burocracia, las costumbres, las obras públicas y la hacienda. Son
los puntos típicos, los tocados siempre por los dictadores. No se ha hecho un
estudio documentado e imparcial de estos intentos de reforma olivarense, de
mucho mayor interés para nuestra historia que los relatos y juicios de las
guerras. Si este estudio, no podrá nunca darse una sentencia imparcial sobre
este reinado y sus hombres. Tal vez, si otros quehaceres me dejan, lo intentaré
algún día. Aquí sólo cabe una rápida enumeración.
Consejos y Juntas
Para la administración
y gobierno interior creó las famosas Juntas, bien ideadas, precursoras, en
parte, del tipo actual de ministerios y patronatos, pero multiplicadas
excesivamente. Había, en efecto, las siguientes: de Ejecución, de Armadas, de
Media Anata, del Papel Sellado, de Donativos, de Millones, de Almirantazgo, de
la Sal, de Minas, de Presidios, de Poblaciones, de Competencias, de Obras,
Bosques, de la Limpieza, de Aposentos y de Expedientes. Y sobre ellas los
Consejos, que eran: el Real, el de Castilla, el de Estado, el de Inquisición,
el de Aragón, el de Portugal, el de Indias, el de Órdenes, el de Hacienda, el
de Cruzada y el de Guerra. Nombres que indican una atención inteligente hacia
los problemas esenciales de la vida nacional; pero, a la vez, una frondosidad
burocrática excesiva. Por ello su eficacia fue, en general, limitada, y
desaparecieron sin dejar otro rastro que el aumento del funcionarismo
parásito634.
La reforma de las
costumbres
La reforma de las
costumbres fracasó también. Ya se ha visto cuan necesaria era. Pero en cada
período de la Historia las costumbres de la calle son síntomas de la salud del
Estado mismo; y querer corregirlas con leyes y castigos es tan pueril como el
pretender curar la tuberculosis, disimulando con drogas la calentura. Los
religiosos y eclesiásticos apretaban mucho en este sentido, pero se fijaban de
un modo casi exclusivo en las licencias de lo sexual, que eran, ciertamente,
escandalosas, pero que pesaban en la descomposición nacional mucho menos que la
inmoralidad económica, la pereza, la vanidad y la violencia, que no merecieron
parecidos anatemas. Para el teólogo hispánico el pecado sexual es, al parecer,
el que más ha de irritar a Dios; y frailes y monjas clamaban de continuo contra
tales desafueros; pero clamaban en desierto, entre otras razones, porque tenían
por principal protagonista al propio Rey. Las comedias fueron particularmente
atacadas, ya por su intrínseca maldad, ya por el círculo de pasiones
pecaminosas que en torno de ellas hervía. Fueren los jesuitas los mayores
enemigos del arte dramático635. Pero nada se consiguió, y en los últimos años
del gobierno del Conde-Duque alcanzaron el libertinaje sexual, el impudor de
los burócratas y la violencia en las costumbres grados nunca conocidos. Y era
lógico que así fuese, por el sentido pueril y ñoño de las reformas. Se hizo
casi una revolución, en 1623, por si debían usarse las valonas o las golillas.
En 1627 hay cabildeos de ministros y clérigos, y doctas conferencias de
Olivares con el Padre Aguado para ver de reformar los guardainfantes de las
mujeres, considerando que su indecencia era casi una de las causas
fundamentales de los males de España636. Y otras nimiedades por el estilo. «Lo
que había que reformar era el pueblo», dice Hume, con razón, pero los mismos
que decretaban las pragmáticas eran ejemplo vivo de corrupción, empezando por
el Rey. Si favoreció las comedias fue porque, más inteligente y menos pacato,
no podía atribuirlas el maleficio que aquellos otros pobres de espíritu. Él,
personalmente, no iba a las comedias. En una importante carta a Chumacero, ya
próxima su caída, se disculpa de los ataques que le hacían desde Roma por haber
protegido el arte escénico, y escribía: «Puedo decir con verdad que en veinte
años no he visto diez comedias. Sus Majestades sí gustan mucho de ellas»637.
Sabía bien lo que representaba el arte en la dignidad histórica de los pueblos
y, acaso, presentía que cuando él y el Rey y todos los demás figurones de la
Corte yacieran en el desdén de la posteridad, Calderón y Quevedo y Lope de Vega
serían los que continuaran iluminando de gloria, para siempre, a la España de
su siglo.
La ruina de la
industria y el comercio
La obra de
reconstrucción interior que proyectó, con clara intuición de lo que años más
tarde habían de realizar los ministros de Fernando VI y Carlos III, quedó
abandonada ante las necesidades de la guerra. Cuando Olivares llegó al
gobierno, España, y sobre todo las sufridas provincias centrales, eran, salvo
algunas ciudades, montones de ruinas en la estepa. Deshechas las industrias,
sin cultivo los campos, paralizado el comercio, a pesar de la paz que impuso
Felipe III y que fue tan mal aprovechada para el bienestar de la nación, era
preciso rehacerlo todo, de arriba abajo. Pero nada se logró, como no fuera
empeorar los males crónicos, por los continuos impuestos, levas y latrocinios.
La Corte fastuosa era un oasis de lujo en un desierto de miseria. Los propósitos
de Olivares eran excelentes. De su mano es el admirable decreto, que firmó
Felipe IV el 18 de noviembre de 1625, tratando de remediar la despoblación de
España y fomentando «la fábrica y labor de lanas y sedas y otras artes para que
cese la necesidad de entrar de fuera las cosas de estos géneros que se pueden
labrar y fabricar en ellos», para «mejorar el comercio y contratación», para
«establecer la navegación de los ríos», etc.638. Pero pronto fueron leyes en
desuso, y empezaron a desaparecer las industrias nacionales, por falta de
brazos y por la huida del oro al extranjero, acaparado por las garras inmensas
de los prestamistas. Nada da idea de la lucha del noble agricultor y del
industrial español contra la mano oficial que les agarrotaba, como los
interesantísimos documentos al Rey y al Conde-Duque, suscritos por el toledano
Damián de Olivares, en los que expone la desventura de los artesanos, y
propone, con datos y buenos juicios de incomparable valor, los remedios, que
nunca llegaron. «Segovia —dice— deja de labrar cada año, por la entrada de
mercaderías extranjeras de lana y seda, 25.500 piezas de paño.» Suplicaba que
se protegiese el cultivo del gusano de seda. «Hay alrededor de Toledo muchos
cigarrales y tierras de secano, y en la ribera del Tajo muchos sotos por ambas
orillas, donde se pueden plantar las moreras y criarse muy grandes cantidades
de seda... No hay que poner duda en el temple de las tierras para la cría, pues
se ha criado ya en Toledo, y a la redonda de él en muchas partes; la tierra de
Talavera lo acostumbra a criar, y ahora, ha tres años, lo cría en Toledo un
vecino que se llama Gaspar Martín, que viene a las tenerías, y tuvo buen suceso
y sacó muy buena seda»639. ¡Gran toledano este Olivares, gran escritor sin
pretenderlo! Le vemos en las tenerías de la ciudad, doliéndose, con el bueno de
Gaspar Martín, del mal gobierno, viendo con su clara mirada castellana la
locura de los hombres de la Corte, emborrachados por la Historia, olvidados del
suelo sagrado de la Patria. Sus memoriales son un cuadro viviente de la
Castilla inmortal, la humilde, la que soportó sobre su escuálido espinazo el
peso de tantos errores; y la que continuó, una vez y otra, cuando parecía
terminada, la historia de España.
Las obras públicas. El
Buen Retiro
Las obras públicas
fueron atendidas cuando las circunstancias azarosas lo permitieron. Pero casi
siempre obedecían o al propósito de encontrar el dinero ansiado por medios
maravillosos, o a complacer al Monarca. Las más notables fueron: los intentos
de explotación de las minas «para que los tesoros perdidos en los senos ocultos
de la tierra... saliesen a suplir los tributos»640. Y también sus obras de
canalización, unas realizadas o empezadas, como la del Guadalquivir641, y otras
que quedaron en proyecto, como la magna empresa de hacer navegable el Tajo,
desde Lisboa hasta Toledo, y luego el Jarama y Manzanares, hasta la Casa de
Campo de Madrid, que ya comentamos; quimera para aquellos tiempos, que Don
Gaspar brindó al Rey en uno de sus períodos de hipomanía, soñando verle
embarcar, junto a su Alcázar de la Corte, en una falúa, que le dejaría en los
muelles de Lisboa642.
Pero la obra más famosa
de Olivares fue la construcción del Palacio del Buen Retiro, en Madrid. En el
erial que se extendía por detrás del convento de los Jerónimos había Don Gaspar
edificado «cuatro aposentos donde pasar, apartado del bullicio, la Semana Santa
y los pocos días en que S. M. sale al campo»643. Allí tenía su mujer una
pajarera, con aves, corrientes y exóticas: el famoso «gallinero» que tanto dio
que hablar en toda la Cristiandad. Sin duda, los Reyes frecuentaron el lugar y
nació de ellos y del Conde-Duque la idea de construir un Palacio que sirviese
de retiro apacible a los Monarcas, permitiéndoles dejar, sin necesidad de
alejarse de Madrid, la estancia sombría y desagradable del Alcázar; y que
fuese, a la vez, asombro del universo. Claramente se ve la vena de grandezas
del Conde-Duque, queriendo que bajo su gobierno se fabricara un Palacio Real,
al igual que habían hecho los otros grandes Monarcas de la dinastía; y que ese
Palacio naciese de su propia casa, ligado a ella, como lo estaba a su persona
la persona del Rey.
Son muy conocidas las
descripciones del Buen Retiro, obra extraordinaria, por su lujo y elegancia,
por los gastos enormes que ocasionó no sólo su construcción y aderezo, sino la
creación, en aquel desierto, de bosques, alamedas, canales y estanques en los
que se celebraron nunca vistas fiestas acuáticas y terrestres. La fama de la
residencia real recorrió todo el mundo, emulando la de los grandes jardines y
estancias de placer de los otros Soberanos de Europa, a cuyo renombre, sin
duda, no fue ajena, en el ánimo celoso de grandezas de Olivares, el propósito
de esta construcción. Nada da idea del delirante énfasis con que el Palacio fue
concebido y ejecutado, como el ramillete de elogios de la fábrica, que
escribieron los más peripuestos ingenios de la Corte y publicó Don Diego
Covarrubias644, Guarda Mayor de la Real Posesión. Hoy leemos con bochorno esta
increíble adulación, ejemplar para entender todo lo que el poder personal tiene
de corruptor de las conciencias.
Pero de aquí nació, y
así para siempre, uno de los más tenaces y violentos motivos de impopularidad
para el creador del Buen Retiro. Como ya se ha dicho, debieron creer los
españoles que aquellas deslumbrantes obras eran de la propiedad del Valido,
casa suya, de insultante esplendor. Mas, aun siendo Palacio para el Rey, el
contraste entre su magnificencia y la pobreza del país era tan grande, que fue
este asunto del Buen Retiro el cargo principal que hizo la plebe al Conde-Duque
en los días de su caída. De la misma Roma vinieron severos juicios, de los que
se defiende Don Gaspar en la citada carta a Chumacero, demostrando que no se
gastó cuanto se dijo y que dio jornal, durante muchos años, a gran número de
peones desocupados. De dicha carta son estas líneas significativas: «Si Nuestro
Señor se sirviese de darnos una paz, entonces, si V. S. [Chumacero] me viese en
el Buen Retiro, ni siquiera en Madrid, ni a sesenta leguas de él, desde luego
me confesaré por ruin y mentiroso; y esto no sólo sirviéndose el Rey N. S.
darme licencia, sino yéndome yo, huido, sin ella, si así fuere necesario.» Es
decir, que lo que deseaba era perder de vista a este dichoso Buen Retiro que
tantas amarguras le costó. Es otro de los sinos del poder personal: sólo a su
favor se pueden realizar estas grandes empresas, que invariablemente se tachan
de vesánico derroche por sus contemporáneos, y, al fin, son lo que queda,
mientras pasa todo lo demás; y acaban por ser, ante la posteridad, la más
legítima defensa de la dictadura645.
Por herencia, sin duda,
de su padre, que fue gran protector de la Beneficencia, Don Gaspar le prestó
mucha atención también. Cuando la famosa peste de Andalucía en 1637, él
presidió personalmente las Juntas, entrometiéndose más de lo discreto en la
faena de los doctores. Al Conde-Duque se debe la concesión del impuesto sobre
las comedias, al Hospital General de Madrid. Reñía con los médicos, pero los
respetaba; y cuando estaba en Toro, próximo a morir y, en su delirio, decía las
verdades más íntimas de su espíritu —su amor a Doña Inés, sus recuerdos a la
Salamanca juvenil, etc.—, hablaba también de los galenos, y decía: «Los médicos
son grandes hazañeros.»
El desastre financiero
Salvo estas obras
aisladas, la ruina interior de España acabó de consumarse. Y de ella fue causa
principal, y a la vez expresión característica, el desastre financiero, en el
que la responsabilidad del Conde-Duque alcanza su máximo valor. La bancarrota es,
con gran frecuencia, una de las secuelas del poder personal, por razones
fáciles de colegir. El dictador posee al máximo el instinto del fausto y de la
grandeza material, y carece, al máximo también, del sentimiento de la
responsabilidad; porque este sentimiento, para que no se embote, necesita
restaurarse cada día con la crítica del ambiente; y el dictador, para poder
serlo, lo primero que hace es suprimirla. De la misma raíz psicológica nace la
facilidad con que los jefes únicos degeneran en arbitristas, defecto que, como
a su tiempo se vio, padecía, y de modo grave, el Conde-Duque.
Los recursos del Estado
venían ya agotándose desde el reinado de Felipe II. Los infinitos recaudadores
que recorrían el país, como una plaga, estrujaban al pobre pueblo español, o,
más exactamente, al castellano, hasta dejarle exhausto. Los galeones de América
vertían, periódicamente, sus tesoros en la Península, en proporciones
enormes646. Pero nada bastaba para mantener las guerras en ambos continentes y
para sostener la ociosidad, indigente o lujosa, de los cientos de miles de
españoles que no querían, a ninguna costa, trabajar.
Los Reyes de la Casa de
Austria se vieron obligados a realizar inflaciones de la moneda de vellón que,
prácticamente, llegó a ser la única que circulaba en la Península. Pero las
grandes maniobras de este género se hicieron bajo el reinado de Felipe IV y,
por tanto, bajo la máxima responsabilidad de Olivares. En los primeros cinco
años de su reinado lanzaronse emisiones enormes de vellón, cuyo valor estuvo,
en adelante, sometido a las oscilaciones más bruscas y descabelladas. En 1628,
el valor del vellón fue reducido al 50 por 100. En 1638 se ordenó la
reestampación del vellón al triple de su tarifa en las Casas de la Moneda. En
1641, a consecuencia de las revoluciones de Portugal y Cataluña, se hizo una
nueva reestampación al doble de su valor. Pero al año siguiente, 1642, el
Gobierno tuvo que hacer una deflación, rebajando el valor de las piezas de 12 y
8 maravedíes a 2 maravedíes; las de 6 y 4 maravedíes, a 1 maravedí, y las de 1,
a medio maravedí (o «blanca»). En marzo de 1643 (ya retirado el Conde-Duque)
pareció excesiva esta deflación y se cuadruplicó el valor de la calderilla de 1
y 2 maravedíes. En 1650 se hizo otra reestampación de los maravedíes de 2,
elevándolos al cuádruple de su valor. Y así podrían citarse otras varias
operaciones más que mantenían la moneda diaria, el vellón, en constante y
brusca inestabilidad, produciendo, como dice Hamilton647, «si no daños tan
graves como los de las guerras de Flandes, sí un poderoso obstáculo al progreso
económico de España».
El oro y la plata que
llegaban de América desaparecían de la circulación y eran sustituidos por la
moneda inestable de vellón. Ya las Cortes de 1590 se quejaban de esta ausencia
de las monedas preciosas, que ocasionaba graves daños al comercio y grandes dificultades
en la recaudación de rentas reales. Pero los males aumentaron en el reinado de
Felipe IV. Las deudas públicas eran tan grandes que el tesoro de Indias era
absorbido en su casi totalidad por las deudas apremiantes del Rey, despojando a
los particulares; tal ocurrió con la escuadra de galeones llegada a Sevilla en
1632, cuyo espléndido importe fue absorbido, enteramente, por los usureros de
la Casa Real. Pero hasta esta fuente se empezó a secar, pues la importación
americana, que en el quinquenio de 1631 a 1635 alcanzó la cifra de 35.184.892
pesos (cifra máxima de todas las exportaciones de América), descendió hasta
13.763.802 en el quinquenio de 1641-1645, último del Gobierno de Olivares, para
seguir su declive hasta 3.361.115 en el quinquenio de 1656 a 1660 (cifra
mínima) y extinguirse después.
Se ha tratado de
defender al Conde-Duque de esta mala política financiera, considerándola como
consecuencia inevitable de los errores en el exterior y en los problemas
vitales del interior de España. Es esto cierto; pero no es una disculpa, sino
un traslado a otro término del problema de la misma culpa indefendible, pues él
fue el responsable de esos innumerables agobios que venían de fuera. Que Don
Gaspar era un economista funesto lo demuestra no sólo su fe en los arbitristas,
síntoma fatal, porque sólo han sido útiles a sus pueblos los hacendistas
modestos, los que, con más o menos aparato, se han atenido en el fondo «a la
cuenta de la cocinera»648, sin su testamento, escrito en 1642, en el que hace
con su propia hacienda los mismos juegos malabares que hacía con la del país,
mereciendo este severo y justo juicio del jesuita Padre Rodolfo Martínez, al
comentarlo, en carta al Padre Pereyra: «El caballero que hizo este testamento
gobernó veintinueve años esta Monarquía en la misma forma que dispuso este legado.
Tal quedó ella»649.
La falta de cabezas
Acaso su más importante
disculpa está en la incapacidad de los hombres que le rodearon. A su lado, para
la ayuda directa de los negocios, tuvo a tres secretarios, modestos, pero de
gran eficacia: José González, Antonio Carnero y el protonotario Villanueva. Mas
le falló la ayuda en los generales y diplomáticos. Al principio del reinado,
todavía pasan con brillo por el escenario del Imperio Spínola, Córdoba, Feria,
Don Fadrique de Toledo. Luego, muertos, cansados o enconados contra el Valido,
dejan de actuar. Las victorias que de vez en cuando obtenía Leganés o algún
otro, parecen, entre la serie de sus desaciertos, fruto del azar. Obligado a
recolectar sus ayudas en el huerto limitado, hosco y muelle de la Nobleza, se
sentía cada vez más solo. Sus confidencias al Cardenal-Infante —el único
capitán brillante de esta época— abundan en la misma queja dolorida: «Lo de
Italia me da cuidado, porque hay pocas cabezas, y esto de las cabezas, Señor,
es gran cosa y rara.» «La falta en que V. A. se halla de ministros españoles me
tiene a mí atravesado el corazón.» «¡Cabezas, Señor, cabezas, que esto es lo
que no hay!» «¡Donde no hay cabezas no hay nada!» Y así, sin cesar19. Pero es,
sobre todo, expresivo el voto de Olivares en el Consejo de Estado, en marzo de
1640, referente «a que cada día se reconoce más la falta que hay de cabezas
militares y lo que conviene irlas criando; y que le han hablado algunos
caballeros mozos ofreciéndose para ir a servir a la guerra y particularmente
los Duques de Alburquerque, Villahermosa e Infantado». Allí dice que «en las
ocasiones que han sucedido en España estos años ha visto tanto desaliento en la
Nobleza que le ha hecho reparar mucho en ello, pues para ir a la ocasión y
tomar una pica no es necesario ni mucho gasto ni larga ausencia»; otros de
estos nobles —dice— no sirven por su engreimiento, «porque no admitiendo
consejo, no se les puede encaminar». Hace, en cambio, el elogio de otros, como
el Duque de Alburquerque, «que es de los que pueden salir soldados», pues
«cuando el sitio de Fuenterrabía salió de Madrid sin decir nada y se halló en
aquella ocasión, y así le parece que se le podría enviar a Flandes, a que sirva
con dos compañías de caballos y después mandarle a infantería». El sentido de
justicia del Conde-Duque es aquí, y siempre, admirable650.
Tal fue el proceso de
la disolución española bajo la Casa de Austria. El país hubiera, sin duda,
perecido, a no haber surgido en la historia de España los prudentes primeros
Reyes de la Casa de Borbón —Fernando VI y Carlos III— y, sobre todo, sus
ministros, unos geniales, otros tan sólo bienintencionados, pero todos llenos
de una de las virtudes esenciales del gobernante, que es oír la voz de su
tiempo.
En no saber oírla
consistió, precisamente, el error y el defecto del Conde-Duque. En una
biografía suya, escrita el comienzo del siglo XIX por un inglés, James, se lee
este exacto juicio: «La integridad, los talentos y la fidelidad al Rey [de
Olivares] merecían mejor fortuna; es probable que, en otro período de la
Historia, este ministro hubiese sido uno de los estadistas más afortunados que
España haya visto jamás»651. Pero no se escoge, por desgracia, ni el modo de
ser ni el momento de nacer.
El Conde-Duque hubiera
salvado a España y se hubiera salvado ante la Historia, si en lugar de oír y
obedecer las resonancias falaces del pasado se hubiera detenido a escuchar las
realidades claras, humildes y escuetas de Damián Olivares, el toledano de las
tenerías.
SEXTA PARTE: LA CAÍDA
23. El proceso de la
caída
Ruina de la voluntad
EL proceso de la caída
de los hombres que ejercen un poder personal —validos o dictadores— es,
naturalmente, el inverso que originó su elevación. Se alzan con el mando porque
la tensión de su voluntad de poderío es superior a la tensión social media, desmoralizada
y floja; la multitud se siente sin rumbo; y, acobardada, se entrega pasivamente
al imperio del más fuerte, sin exigir de él otra cualidad que esta de la mayor
fortaleza que sustituye a la suya, la cura del pánico, y la alivia de pensar en
el mañana. Pero el tiempo va desgastando la pasión de poderío del caudillo; y,
a la vez, va subiendo el nivel de la tensión de la voluntad pública, antes
desperdigada. Primero en forma de simple oposición al dictador, por cansancio
en la adhesión de los mismos que contribuyeron a elevarle. Este sentimiento
negativo sirve de unión a las tendencias desmayadas y divergentes. Y, a su
favor, se forman después otros anhelos comunes, de deseo concreto de otra cosa,
de otro ideal, encarnado en un régimen o una persona distintos. En cuanto la
carga de energía de la fuerza popular supera a la del caudillo y su
organización, éste cae.
El proceso de
debilitación de los resortes de la personalidad del gran jefe existe casi
siempre, aun cuando no se advierta desde fuera. Muchas veces contribuye a él el
cansancio físico, porque la tarea del mando único es siempre abrumadora;
también la edad, que corre muy deprisa para el que tiene sobre sus hombros el
peso entero del Estado; pero sobre todo el que, a medida que avanza la
dictadura, está el dictador preso en mayores compromisos que le obligan a
desvirtuar su propia obra y quebrantan su voluntad. En su última fase, un
dictador está irremediablemente condenado a seguir la trayectoria que inició su
primer gesto; quisiera cambiarlo por otro y ya no puede; y en esto está la
clave de su hundimiento moral. Esto ocurrió también en el Conde-Duque. Su
espíritu, trabajado por las alternativas de la desgracia y la fortuna, ya no
era, a partir de unos años antes, aquella peña en el mar sobre la que rompían,
sin conmoverla, las tempestades. Su humor mostraba, día a día, el predominio de
los períodos de depresión. Quería en el exterior la paz; y la guerra que él
encendió, lejos de apagarse, por todas partes se reanimaba con llamas nuevas.
Quería también que cesaran los odios interiores que su gestión de dictador tuvo
que levantar; y los odios eran cada vez más numerosos, entrañables e injustos.
Soñaba, como todo dictador, con ser, al fin de su vida, no el caudillo
sustentado en la autoridad y en la fuerza, sino el buen patriarca sostenido por
la gratitud y el amor del pueblo al que se había sacrificado; y el sueño, sin
duda, se alejaba para siempre. Acaso era más violento que nunca el aparato
exterior de su poderío, el imperio del gesto y la taimada dureza de unos negros
ojos. Pero al alma del pueblo no la engañan nunca las apariencias. Antes de que
nadie se lo diga, sabe cuándo aparece la primera grieta en la voluntad del
dominador.
Acaso uno de los puntos
que con más precisión conviene aclarar en nuestro estudio es este del
decaimiento interior del poderoso Olivares, porque es absolutamente cierto, y
sin él, el fin de la privanza se nos seguiría presentando como hasta ahora, es
decir, como un acto de violencia, como el asalto de una fortaleza que al fin
cae, sin rendirse, ante el empuje de cientos de enemigos. Nada más lejos de lo
que en la realidad ocurrió. Los documentos íntimos que hoy poseemos sobre el
Conde-Duque nos permiten asegurar que estaba tan enfermo, y tan dolorido, tan
desesperado de fatiga, que a toda costa se quería marchar. Su tendencia
temperamental a la fuga se había ido acentuando con los años, si bien la
contrarrestaba el sentimiento, en él vivísimo, de la responsabilidad. Sus
cartas al Cardenal-Infante están llenas de frases que declaran su propósito de
marcharse: «Ando tan malo, que me parece que presto desocuparemos la carga»
—escribe en 1638—. «V. A. me crea que lo que me durase la vida, que ya puede
ser poco, o el puesto, que será menos, no dejaré de estar a los pies de V. A.»
«Justo es, Señor, que a quien ha servido hasta haber perdido la vida, se le
conceda morir en paz, siquiera un año.» Y así sin cesar. Es evidente que era el
Rey el que no quería dejarle ir: «Yo, totalmente estoy acabado —dice otra vez a
Don Fernando— y sin ningún servicio; no me creen, pero bien presto lo
demostrará el tiempo.» «Confieso a V. A. que un par de años, o uno, de rincón
deseo antes [de morir]; y lo había bien menester; y esté cierto V. A. que estoy
tan acabado que no lo oso confesar; mas ello saldrá a prisa a la cara»652. De
la correspondencia con Chumacero hemos copiado expresiones parecidas, todas
henchidas de una necesidad infinita de reposar. Y para no citar más
testimonios, ya inútiles, recordaremos el Memorial que desde Toro envió al Rey
el Padre Martínez Ripalda, en el que expresamente declara que «V. M. conservole
veintitrés años en el ministerio contra instancias continuas suyas, que
insistentemente, cada año muchas veces, hizo para alejarse».
No puede, pues, dudarse
de que Don Gaspar, desengañado y enfermo, no apetecía más que retirarse; y si
no lo hacía era porque el Rey, pobre paralítico, no podía andar sin su apoyo. Y
porque él mismo esperaba ansiosamente un claro de paz que le permitiera irse,
como su orgullo quería, con dignidad y con aplauso, y no en plena tragedia
nacional, cuando su ausencia sería el testimonio más fuerte de su derrota. Pero
el momento de irse ya empieza a no depender de él, ni siquiera del Rey. La
tempestad de fuera empezaba a mandar en los acontecimientos653.
Hostilidad del ambiente
La hostilidad comenzó,
como ya se ha dicho, apenas apagado el ruido de las fiestas del Príncipe de
Gales en 1623. Pero eran resacas contra la roca ingente, que se rompían en
espuma. Sólo a partir de 1640, después del triunfo crítico de Fuenterrabía, la
oposición comienza a parecer tempestad. Conocemos ya los motivos, harto graves
y numerosos, para justificarla. Las guerras, en un área inmensa de Europa y
América, iban mal. Las regiones de España, heridas en sus leyes tradicionales,
amenazaban con la insurrección. La pobreza era general y, a pesar de ella, los
impuestos aumentaban cada día; y, en contraste ofensivo, las fiestas de la
Corte proseguían con el mismo fausto insensato. Y sobre esta llama de angustia
soplaban las mil bocas ocultas de la maledicencia, atizándola sin cesar y
dándola hiperbólicas proporciones. El Rey, para aquellos españoles, era
intangible. Por lo tanto, el responsable de todo era su ministro. Un
sentimiento unánime fundía, pues, a los españoles: derribar, como fuera, al
Conde-Duque.
Cómo se fue formando
esta ola arrolladora nos es hoy fácil percibirlo. El Rey no sólo no era todavía
contrario a Olivares, sino que de este año (1640) es el documento concediéndole
tal vez la más significativa de sus mercedes, el oficio perpetuo de regidor de
todas las ciudades de España, en cuyo interminable preámbulo vierte sobre su
cabeza un torrente de alabanzas y gratitudes, como jamás Rey alguno haya
dispensado al más insigne de sus ministros y capitanes654.
Tampoco el pueblo bajo,
el villano, que era el que más sufría de las desdichas de España, intervino
directamente en el derrumbamiento de la privanza de Olivares. El pueblo, hay
que repetirlo, era entonces masa pasiva, a la que impunemente se estrujaba y desollaba;
y se dejaban matar sin protesta. Su intervención en la vida pública se limitaba
a expresar bulliciosamente su contento cuando los acontecimientos le parecían
favorables, a divertirse en las fiestas y a mostrar, con mucha más prudencia y
recato, su disconformidad si la marcha de aquéllos no le placía. Alguna vez
algún menestral de espíritu rebelde se atrevía a protestar, pero ¡con cuánto
riesgo! Las Noticias de Madrid nos cuentan que ya en 1627 «dieron 200 azotes a
un zapatero y le echaron a galeras porque el día antes dijo que no se le daba
nada de los carteles de las pragmáticas, ni del Rey, ni de quien los firmó, y
que se ensuciaba en ellas y en ellos, y que votaba a Cristo, y que se había de
ir a Argel o a la Inglaterra, donde guardaban la justicia, y vendería en paz
sus zapatos»655. Otra vez, yendo el Rey a cazar, oyó a alguien que le gritaba
desde el arroyo: «¡Señor, a los franceses es a los que hay que cazar!»656.
También nos cuentan las historias de la época el incidente del labrador —un labrador
que conocía a los Reyes godos— que se echó a los pies del Rey en la procesión
del Corpus, en 1636, y le dijo que desde Wamba hasta ahora no había habido peor
Gobierno, ni estado tan mal el reino. Era, probablemente, un loco657.
Cuentan los documentos
contemporáneos otro suceso que no puede admitirse sin reservas, pero que tiene
de todos modos interés como síntoma del estado del espíritu de las ciudades de
España. En enero de 1643, seis enmascarados entraron en casa del corregidor de
Segovia. Creyó que eran ladrones —suceso frecuente entonces— y les ofreció
dinero. Pero los intrusos le dijeron que no iban a robar; y que, si quería
salvar su vida, que montase a caballo y saliese al punto para Madrid y, sin que
el Conde-Duque lo supiera, entregase al Rey un pliego cerrado, que le dieron.
Accedió, aterrado por la actitud decidida de los enmascarados, el corregidor; y
al día siguiente llegaba a Madrid y obtenía una audiencia de Don Felipe, al que
entregó el documento. Nadie supo qué contenía. Pero el Monarca lo leyó, con el
rostro muy serio, y le ordenó que, sin ver al Valido, se volviese a Segovia. En
las cercanías le esperaban los seis hombres misteriosos que, después de
asegurarse de que el encargo estaba cumplido, le dejaron libre658.
La burocracia, aunque
puesta en sus destinos exclusivamente por Olivares, empezaba a dificultarle el
trabajo con esta típica distracción intencionada que entorpece las ruedas
administrativas cuando quiere estorbar al que manda. Era, claro es, oposición no
franca. La burocracia es siempre gubernamental hasta el día siguiente de caer
el gobierno. Sin embargo, a veces se inicia ya la víspera al cambio de actitud.
En febrero de 1639 escribía el ministro a Don Fernando, el Cardenal-Infante,
que toda su obra de preparación de ejércitos y dinero se la habían echado por
tierra en las Juntas: «Lo mal que todo se ha ejecutado parece errado adrede; no
es poco así, Señor, que se reviente y se desluzca todo.» Y ya, claramente, en
agosto del mismo año: «En efecto, Señor, el Consejo de Hacienda me atraviesa
los pagos, y no sólo no me ayuda, sino que se me opone a todo, y por esto lo
más encaminado se me desluce. Dios me ayude, que bien lo necesito.» Y poco
después confiesa ya la rebelión de los consejeros: «He de obrar con tales
desayudas en el Consejo de Hacienda, que aseguro con verdad a V. A. que hay
quien no me quiere hablar entre ellos [los consejeros] cuando se les
antoja»659. La obstrucción era, pues, descarada. Y la idea que nos formamos del
poder y de la soberbia de Olivares, leyendo esto, es harto diferente de la que
los libros nos habían acostumbrado a creer.
Eran, sin embargo,
todos éstos, episodios aislados. Oposición más eficaz hicieron los Grandes de
España. Ha sido reseñada ya, pero luego tendremos que volver a ella, por sus
relaciones con el episodio de la conspiración de las mujeres, que merece
capítulo aparte. También está conexionada con esta fuerza de oposición la que
realizaron los curas y frailes, aliados de la Grandeza, agentes activísimos en
todos los movimientos políticos de entonces. Ya hemos hablado de los sermones
alusivos al mal gobierno del Valido que se pronunciaban incluso en su
presencia. Muchos de los libros que mayor circulación lograron, contra el
gobierno, eran de pluma cortada en celdas o sacristías, apelando, a veces, a
hábiles supercherías, como la de la supuesta carta que escribiera al Rey «su
antiguo maestro el anciano arzobispo de Granada, Don Garcerán Álvarez»,
magnífica falsificación en la que cayeron la mayoría de los historiadores
españoles de este período, como sañudamente —con la saña terrible del erudito—
demostró Morel-Fatio660. No existió tal arzobispo ni, por lo tanto, tal carta;
pero la que corrió y se publicó con este nombre está, sin duda, escrita por un
eclesiástico y demuestra la animadversión clerical hacia el Valido y los
métodos de que hacían uso.
La principal arma que
emplearon los religiosos contra el gobierno no fue, sin embargo, el libelo y la
polémica, sino otras de más eficacia: la propaganda directa, como se vio en las
sublevaciones de Cataluña y Portugal, cuyos animadores fueron principalmente
frailes de diversas órdenes, y muy especialmente los jesuitas. Y, además, el
arma sutil del engaño, mediante las revelaciones, recurso, entonces, de
decisivo efecto cuando se acertaba con un vidente acreditado y de mentalidad
propicia a la sugestión. Había, sin duda, religiosos que creían de buena fe en
sus revelaciones, como Sor María de Agreda y otros, de entrambos sexos, que no
alcanzaron su celebridad; pero, a su lado, otros explotaban cínicamente este
artificio, como el famoso Chiriboya y su profeta el Padre González Galindo,
cuyas farsas han sido comentadas ya. Ambos, Sor María y Galindo, fueron
utilizados contra el Conde-Duque por sus enemigos. En un capítulo próximo
veremos la parte que en la caída del Valido tomó, desde Agreda, la célebre monja.
La intervención del Padre González Galindo y Chiriboya nos la revela el
documento de su compañero de Orden, el Padre Martínez Ripalda, denunciando las
intrigas de fray Juan de Santo Tomás, que fue el que llevó a Felipe los
documentos con las revelaciones de Chiriboya y el que le convenció de que Dios
había dicho que nada se arreglaría en España mientras siguiese gobernando
Olivares y fray Antonio Sotomayor de confesor del Rey. Sotomayor había obtenido
el cargo de regio confesor por influencia del Conde-Duque, y los enemigos de
éste temían que su influencia le favoreciese. Para acabar con él y con Don
Gaspar, tal vez el único medio era convencer al Rey, gran supersticioso, de que
era el mismo Dios el que aconsejaba el exterminio. Todo fue concienzudamente creído
por Felipe IV.
Juan Pasquín
Mas el arma de
oposición verdaderamente temible era el ambiente que se formaba en la plaza
pública y en los mentideros cortesanos con rumores y hablillas, epigramas,
versos, libelos y documentos apócrifos que se difundían por todas partes con
increíble ligereza, llegando, conducidos por manos invisibles, hasta los mismos
aposentos reales. Ésta era, en el siglo XVII, «la opinión» eficaz. Un romance
callejero decía:
Esto cantaba una noche
en Palacio Juan Pasquín, el que sólo es conocido por su hablar y su decir661.
Este simbólico «Juan
Pasquín», al que malhirieron, pero no mataron, años después, los periódicos,
era en aquella época de los ingenios agudos e inmorales, ente de misterioso
poderío. Él fue el que más contribuyó a roer la peana del ídolo que parecía
inconmovible.
No sería oportuna, en
esta historia, la enumeración de la obra de «Juan Pasquín», esto es, la
exposición detallada del movimiento subterráneo de anónimos y libelos que
suscitó la oposición del Valido. Es tan vasta la documentación, que ocuparía,
además, un espacio desproporcionado al plan de este libro. El poder personal es
inseparable de la censura del pensamiento; y la censura, en la vida pública
como en la individual, produce una fermentación en las opiniones reprimidas
que, al fin, las hacen estallar y se difunden por el ambiente, convertidas en
el veneno impalpable de la invención de los pecados más perversos en el
dictador. Por inverosímiles que sean, son rigurosamente creídos. Para todos hay
pruebas incontestables, hombres de pro que los vieron, ellos mismos, cometer;
mas no son precisas para que cualquiera los acepte como artículos de fe, sin
más que oírlos al pasar. Es curiosa la deformación que el poder personal crea
en la veracidad y en la credulidad, incluso entre las gentes más ajenas al mito.
En la historia de España, por lo mismo que es un pueblo que no ha disfrutado de
épocas largas de libertad —porque no se la han dado y porque cuando se la
dieron no supo merecerla— el libelo y el rumor agresivo —«Juan Pasquín»— han
jugado un papel de gran categoría desde las Coplas del Provincial en el reinado
de Enrique IV, hasta nuestros días. Esto ocurrió también en tiempos del
Conde-Duque. Uno de los más imparciales relatores de la caída de Olivares
explica a la persona a quien se dirige, la dificultad que ha tenido para
extraer la verdad de «entre la variedad de los humores revueltos» que la
enturbiaban. El embajador inglés Hopton escribía a un amigo: «Si leyeses todos
los libelos y oyeses todas las necias mentiras que el público inventa contra el
Conde, jamás tendrías la tentación de envidiar a un favorito»662. Y hasta uno
de los autores modernos más hostiles a Olivares tiene que reconocer que los
ataques que sufrió eran «injustificadas y arbitrarias atribuciones», «amarga
muestra de la veleidosa y cobarde condición de todas las muchedumbres»663. A
algunos de ellos, solamente, nos referimos después (Apéndice IV). Ahora, para
dar idea exacta de la magnitud de esta campaña antiolivarista, me detendré en
dos puntos de significativo valor, que son las atribuciones a muertes que se le
hicieron y los atentados que sufrió.
Los supuestos
asesinatos de Olivares
Nada, en efecto,
demuestra hasta qué punto se quiso que el Valido fuera malvado como la lista de
los envenenamientos y muertes violentas que le fueron achacados. La que daba el
popular papel, Delitos y Hechicerías, es así: el Infante Don Carlos, hermano del
Rey, valiéndose del cirujano Martínez Ruiz, que al curarle unos tumores
(probablemente sifilíticos), le introdujo el veneno por las heridas; el
Archiduque Don Carlos, tío del Monarca, con veneno «según proposición que
predicó su confesor el Padre Salazar en el sermón de los cinco panes, en la
Capilla Real, el año 1629, en que hizo al Rey señor de muerte y vida, que es lo
que practica el Gran Turco»; el Conde de Villamediana; Don Baltasar de Zúñiga,
su tío, a quien dio veneno en un papel; Don Fadrique de Toledo; el Duque de
Feria; el Conde de Lemos; Don Antonio Moscoso; un barbero que dijo a gritos que
no había pan; un caballero de Alcántara, cuyo cadáver enterró en secreto, en
Atocha, por encargo suyo, el presidente de Castilla; un fraile «de cierta Orden»;
el cura de Calpe, en Valencia, porque denunció al Rey que los moros saqueaban
la costa664; Don Diego de Lujan, que en la capilla Real denunció al Rey que
Olivares quería matar al Rey y al Duque de Híjar665. Y alguno más; la lista es
aterradora.
Es inútil decir que
todos estos crímenes son puras invenciones de la pasión. El memorial de
acusación de Don Andrés de Mena, tan implacable para el Conde, tiene que
reconocer que «no deben de ser ciertos»; aunque añade que «si los muertos no lo
fueron con veneno, lo fueron de pesadumbre».
La bala perdida
Reacción natural a
estas violentas campañas contra los hombres públicos son siempre los atentados.
Unas veces por mano de hombres convencidos de que librando a la patria del
tirano la hacen un bien. Otras, por insensatos o por locos declarados, que
reaccionan con el crimen ante las sugestiones de la pasión. Esto no debieran
olvidarlo nunca los que predican a las muchedumbres; porque en éstas está,
siempre, el loco escondido.
Varios fueron, desde
luego, los atentados que se prepararon contra la vida del Conde-Duque. El Conde
de la Roca hace mención de tres: una vez le esperaron a la llegada a su casa
(en la calle de la Cruzada, antes del valimiento) los asesinos. Olivares se retiraba
a media noche y solo. Casualmente llamó a un mozo de caballerizas para que
bajase luz al zaguán, «con cuya advertencia los que le esperaban se retiraron a
un sitio oculto de la misma casa, y el Conde pasó a su cuarto sin hacer reparo
de nada». El segundo intento ocurrió así: salió Olivares de Palacio de mal
humor, porque las cosas no le fueron bien allá dentro. Para distraerse, dijo al
cochero que le llevase donde quisiera, y el auriga tomó la dirección de la
Puerta de Alcalá. En el Prado despidió a sus criados y quedó solo en el coche,
con las cortinas bajadas, lo cual visto por los asesinos que le seguían
creyeron que era propicia la ocasión. Mas sintiéndose mareado el Conde, bajó de
la popa de la carroza y se puso al estribo y alzó la cortina; «los hombres, que
antes divididos y entonces arrimados con recato al coche, reconociendo un
hombre en el estribo, creyeron que el Conde, a quien vieron entrar solo en la
popa, había metido algún criado; y como le buscaban solo y no acompañado, e
iban a matar y no a reñir», se fueron. Eran tres. Prendieron a uno y lo
confesó. Más adelante, «un hombre de buena calidad», y que ocupaba puesto de
confianza al lado del ministro, confesó «no apremiado por la tortura, que por
causa que declaraba ni suya ni justa, tuvo dos pistoletes prevenidos para matar
una noche al Conde, de vuelta de Palacio»666.
Muy al principio de la
privanza, en 1623, «se publicó sentencia contra Don Antonio Monfort, paje que
había sido del Rey y teniente de arqueros de Santiago, porque intentó dar
hechizos al Rey y veneno a Olivares. Sus cómplices eran una mujer y un fraile Descalzo
que fue confesor del Duque de Lerma. Por su mocedad no le ahorcaron, y fue, a
perpetuidad, al Peñón»667.
Ya en 1640 prendieron a
un fraile que quería matar al Rey; y había otros capuchinos que iban a atentar
contra el Conde-Duque: él mismo se lo dijo a su confesor el Padre Aguado668.
Queda, ante la crítica
actual, un tanto dudosa la autenticidad de estos intentos de muerte al
Conde-Duque. Entonces, como ahora, los hombres de gobierno, y sobre todos los
que lo ejercen por la fuerza, han menester de estos simulacros para reforzar,
con el prestigio que da el arriesgar la vida por el bien común, la firmeza de
su situación. Tampoco puede, desde luego, negarse que alguno o algunos de ellos
hayan realmente existido. Mas el único que hemos de creer, sin dudas, es el de
Molina de Aragón669.
Ocurrió el 17 de julio
de 1642, en la jornada real a Cataluña. Nos lo cuenta Novoa, con maligna
delectación. Revistaba el Conde-Duque las tropas en el Humilladero, fuera de la
ciudad, y la tropa hacía salvas al paso de su carroza. Mas uno de los arcabuces,
de la compañía del Marqués de Salinas, estaba cargado con bala y dio en el
coche del Valido, en la varilla, que saltó hecha pedazos, hiriendo al
secretario Carnero y al enano el Primo, el que pintó Velázquez para la
eternidad, que al lado del Valido le daba aire con un abanico. Fueron al
alojamiento del Rey «con el cuento, los pedazos de bala y las heridillas». Se
dio «cruelísimo tormento» al soldado que disparó, y dijo que le habían dado
cargado el arcabuz, sin que declarase nada más.
Quedó, pues, en
misterio si fue accidente o atentado; pero atentado fue, y no del infeliz que
disparó, sino de la opinión, que ni tiene voluntad ni manos, pero que, sin
saberse cómo, carga las armas y dispara estas balas perdidas. «Juan Pasquín»,
fantasma realísimo, fue el inductor y el verdadero autor. El Conde-Duque «no
hizo demostraciones ni se mudó»670; mas, detrás de su serenidad, se sintió, sin
duda, vencido; y aquella noche quiso volverse con el Rey a Madrid.
La tormenta, cuajada ya
sobre la cabeza del Valido, había lanzado el primer rayo. Acaso no midió Don
Gaspar la fecha en que iba a desencadenarse; pero es seguro que la vio venir.
Antes de la jornada real que empezó con el atentado de Molina, Don Gaspar había
hecho ya su testamento. Ni el arcabuz asesino ni nada de lo que vino después le
cogió de sorpresa. Y, acaso, en las horas de melancolía de su destierro de
Toro, mientras paseaba, ya sin esperanzas, por las orillas del Duero, pensaría
más de una vez que Dios no debió desviar la bala del arcabuz, que hirió al
pobre enano, en lugar de dar en el blanco que apetecían los españoles. Le
hubiera evitado horas infinitas de dolor y, al ennoblecer su muerte, mucha
ignominia injusta sobre su memoria.
24. La conspiración de
las mujeres
La leyenda de la
conspiración
LA Historia suele
gustar de que ante la posteridad aparezcan, en el momento de producirse sus
grandes acontecimientos, hombres o mujeres con el aire heroico de ser ellos los
causantes directos de las efemérides. Mas, en la realidad, son estos personajes
hijos y no gestadores del suceso, si bien le padecen y le imprimen, a lo sumo,
un cierto ritmo y dirección. Así ocurrió con el episodio de la caída de
Olivares. Todos creyeron entonces que el memorable suceso se produjo gracias a
la intrepidez personal de la Reina Isabel y al esfuerzo de otras mujeres que la
rodeaban. Se habló y se habla todavía de una «conspiración de las mujeres» que
hizo derrumbarse al inexpugnable tirano. Ahora es el momento de analizar la
actividad y la exacta eficacia de las cuatro mujeres antiolivaristas.
Hay que reconocer, para
explicarnos la leyenda, el profundo significado mítico de estos personajes
femeninos. Uno, la Reina Isabel, representaba, encarnado en una mujer llena de
belleza y de gracia, el amor conyugal y el sentimiento de la realeza, celosos y
ofendidos. La Duquesa de Mantua era la intriga cortesana y el instrumento de la
pasión de los nobles agraviados. Por Doña Ana de Guevara, la nodriza vieja,
hablaba la familiar tradición, la antigua Corte de Felipe III y el Duque de
Lerma y, además, la sibila popular que conducía hasta los oídos del Rey la
queja de las muchedumbres. Y, finalmente, Sor María de Agreda, la que oía a
Dios en sus raptos, era el voto santo, el decisivo para el Monarca más creyente
de la cristiandad.
Aún podría agregarse a
esta lista Doña María de Austria, la hermana del Rey, novia fugaz del Príncipe
Carlos de Inglaterra y Reina de Hungría después. Se dice, en efecto, que era,
desde los comienzos del valimiento de Olivares, una de las aliadas de la Reina
Isabel; y que la Condesa Doña Inés, respiró con satisfacción al marchar la
Infanta a su jornada matrimonial, porque era un elemento levantisco en el
cuarto de la Soberana. Hay que hacer pasar todo esto por el cedazo de la
crítica. Igualmente se habla, por ejemplo, del odio al Valido de los Infantes
Don Carlos y Don Fernando, y está comprobado, como se ha visto más arriba, que
tal odio no existió jamás. Más verosímil era, sin embargo, en ella que en sus
hermanos; por el hecho de ser mujer y de participar de la aversión colectiva
del sexo al Conde-Duque; en este caso, aumentado por la notoria y personal
intervención que tuvo el Valido en la ruptura de su noviazgo romántico con
Carlos de Inglaterra. Es muy perspicaz la indicación de Mercedes Gaibrois de que
cuando, como luego veremos, el Marqués de Grana, embajador de Alemania en
Madrid, aconsejó a Felipe IV, en nombre de su Soberano, la expulsión de su
primer ministro, es probable que fuera la Reina Doña María la que hubiera
puesto más aversión en el consejo671.
El sentido simbólico de
esta conspiración es, pues, muy grande y por eso su leyenda ha durado tanto.
Pero no conviene exagerar la importancia de la conspiración de mujeres. Sus
manos blancas empujaron al coloso y le hicieron caer con admiración y aplauso
de sus contemporáneos y de las historias futuras; mas nosotros sabemos ya que
el coloso, cuando aquéllas se decidieron a intervenir, estaba casi muerto.
Leyenda de la jornada
real a Cataluña en 1642
Ocurrió la
«conspiración de las mujeres» durante la jornada del Rey a Cataluña, sublevada
e invadida por los franceses, desde la primavera hasta el otoño de 1642.
Veamos, como en otros capítulos de este libro se ha hecho ya, primero la
versión legendaria y clásica; luego, la real. La leyenda se forjó,
principalmente, sobre el relato de Guidi y dice, en resumen, así: que el
Conde-Duque se opuso a que el Rey fuese a la guerra para evitar que se enterase
por sus propios ojos de la triste realidad; pero que el Monarca, animado por su
mujer, se decidió a partir; y que entonces el Valido retardó maliciosamente la
jornada, haciendo dar al Monarca un rodeo por Aranjuez y Cuenca, en cuyos
lugares, y en otros de la ruta, le hacía entretenerse con cacerías y todo género
de placeres. Que al fin se decidió ir a Zaragoza, por la intervención del
embajador de Alemania, el Marqués de Grana, que estaba de acuerdo con la Reina,
por lo que el Conde-Duque quiso matarle con veneno. Pero en dicha ciudad Don
Felipe estuvo casi encarcelado con Olivares, aislado de sus Grandes y de los
cabos de guerra y encerrado en una habitación, sin más alivio que ver jugar a
la pelota por una ventana. Entretanto, la Reina, que había quedado de regente
en Madrid, empezó a actuar por su cuenta, visitando los cuarteles y poniéndose
en contacto con el pueblo, del que recibió, con sus aplausos, infinito apoyo
moral. Empeñó, como Isabel la Católica, sus joyas y le envió a Aragón el
importe al Rey, el cual quedó admirado con las virtudes cívicas de su mujer,
durante tantos años inadvertidas. A la vez, el Conde de Castrillo, que había
quedado con ella, se carteaba con Don Luis de Haro, otro conjurado, que iba en
el séquito real; y de este modo el Monarca seguía los trabajos de Doña Isabel
para librarle del Conde-Duque. Al llegar el invierno volvió el Rey a Madrid, y
la Reina, crecida, le habló con claridad sobre la necesidad inexcusable de
alejar al ministro. Los Grandes, decididos también, se declararon contra éste.
Castrillo tuvo un serio altercado, en presencia de Felipe IV, con Don Gaspar.
Grana presentó a los Reyes un documento en que el Emperador, su Soberano, le
transmitía su consejo, adverso a la continuación de la privanza. Doña Ana de
Guevara, la nodriza vieja, abordó un día en Palacio al Rey recordándole sus
deberes de Soberano y pintándole la desesperación del pueblo. Y, finalmente,
apareció en Madrid, huida de su destierro de Ocaña, donde Olivares la tenía
muerta de hambre, la Duquesa de Mantua, ex Regente de Portugal, que llegó a
Palacio y, encerrada con el Rey y la Reina, les contó que la sublevación de
Portugal se debía a las torpezas del Conde-Duque y que ella lo había avisado
con tiempo, impidiendo aquél, que interceptó sus cartas y aun se atrevió a
contestar con otras, fingidas como si fueran del Soberano. Con todo esto se
colmó en el Alcázar la medida de la indignación contra el Privado y fue
acordada su destitución.
La verdad de la leyenda
Ésta es la leyenda. He
aquí ahora la realidad. Ésta nos dice que la jornada de 1642 contra Cataluña se
preparó con ímprobos afanes del Gobierno, y sobre todo, claro es, del
Conde-Duque, que no sólo organizó, de su bolsillo, la tropa en que iba su hijo,
recién reconocido, Don Enrique, sino que desplegó, con nuevos y ya postreros
esfuerzos, sus recursos infinitos para extraer el dinero al pueblo y a los
Grandes y para obligar a éstos a una personal colaboración672. Con el pretexto
de su enemistad con el Valido, anduvo la Nobleza bastante reacia673, y aun los
que fueron, se dedicaban a la frivolidad y al pecado, sin cuidarse de las
armas, hasta el punto de merecer del hermano Diego de Echave, de la Compañía de
Jesús, una de las más duras invectivas que mano seglar o eclesiástica haya
podido escribir jamás: eunucos les llamó, con decoroso eufemismo, pero sin
atenuación674. No hay prueba alguna cierta de que Olivares se opusiese al viaje
del Rey, aunque sí indicios675. De lo que no cabe duda es que, de existir esa
oposición, no obedecería al infantil pretexto de que no conociera la verdad,
sino a las ya comentadas razones de gobierno, más o menos equivocadas, pero que
seguían una tradición iniciada en cuanto murió Carlos V de que no se expusieran
los Reyes de España a los peligros de la guerra.
Al fin salió Don Felipe
de Madrid, el 26 de abril de 1642. Iba en tren guerrero, «a caballo y con las
pistolas en el arzón», lo cual produjo inmenso entusiasmo en la plebe, que de
buena fe creía que entrar el Rey en batalla y ganarlas todas sería todo uno. El
itinerario del viaje está muy detallado en Novoa, que iba en el séquito y todo
lo apuntaba con minucia676. Lo más importante que nos permite rectificar su
lectura es la pueril imputación de que se hizo dar al Rey un rodeo y detenerse
en cada etapa para estorbar su llegada a Zaragoza. Lo cierto es que el viaje se
hizo así porque el Rey quería ir antes a Valencia, «a ver la Armada y a dar,
desde allí, calor a lo que se hubiere de obrar». «Deséanle de aquel Reino de
Valencia y el de Aragón, como que esperaban la salud de su persona»677. Esta
misma explicación dio el Rey a los de Cuenca, cuando llegó a esta ciudad678. Y
era tan grande el empeño de los valencianos, que se amotinaron cuando en Cuenca
se decidió tomar el camino de Aragón prescindiendo del itinerario primitivo679.
En cuanto a la lentitud de las jornadas está bien claro que se debía a causas
bien ajenas a la voluntad del Conde-Duque, a saber, a la natural pereza de
Felipe IV, que, además, encontraba en cualquier sitio pretexto para visitar
todos los santuarios, conventos y reliquias; o bien para cazar. Pero, sobre
todo, la pausa obedecía a la necesidad de dar lugar a que se fueran terminando
las levas y reuniéndose la gente, mucha de la cual venía de Levante y del
Sur680. En Cuenca y en Molina de Aragón se celebraron, además, Consejos largos
e importantes. Y, finalmente, en el retraso tuvieron no poca parte las visitas
de la Reina, encendida de amor otoñal hacia su marido, que en lugares apartados
de la comitiva —en Loeches, en Getafe, en Vaciamadrid— se reunían casi
furtivamente681. En una ocasión fue tal el dolor de la ausencia en Doña Isabel,
que Don Felipe hubo de volver grupas y entrar en Madrid, donde estuvo
consolándola «desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde»682. No
hubo, pues, culpa del Valido en el desarrollo de las jornadas. Lo prueba
irrefutablemente que todavía llegó la Corte con notable adelanto a Zaragoza,
pues el ejército estaba aún sin hacer y se tardó mucho en que saliese a
campaña.
El Conde-Duque no
partió con el Rey, sin duda porque le reclamaban en Madrid los trabajos de
organización del ejército y quizá la boda de su hijo, aún no celebrada, como se
recordará, porque no habían llegado las dispensas de Roma683. Se dijo que el
Rey quería prescindir de él en la jornada; pero tampoco es cierto, pues se sabe
que apresuró su partida por reiterada instigación del Monarca, con el que se
reunió, al fin, en Aranjuez, haciendo ya juntos el resto del viaje684.
En resumen: hoy tenemos
la impresión de que la jornada se hizo prematuramente, antes de que estuviese
el ejército organizado, a impulsos de la voluntad popular; porque la guerra iba
muy mal en Cataluña y era preciso satisfacer el anhelo de los españoles y hacer
que el ejemplo del Monarca animase a los remolones e indecisos.
Otra rectificación
interesante se refiere a la entrevista de la Duquesa de Mantua con el Rey, que
no fue en diciembre, a la vuelta de éste a Madrid, sino a la salida, en las
primeras jornadas. Estaba la ex Regente de Portugal en Ocaña y fue a reunirse
con Felipe IV en Aranjuez; e hicieron juntos y solos el camino desde el Real
Sitio a Ocaña, donde ella volvió a quedarse. El Conde-Duque sabía ya que esta
entrevista, que estaba, sin duda, en el programa del viaje, se iba a celebrar;
pues Novoa cuenta que llegó a Aranjuez «desabrido por una visita que había de
tener el Rey a solas y a boca con la Princesa de Mantua». Fue en esta
entrevista, según él mismo ayuda de cámara refiere, cuando la Duquesa contó a
Felipe IV su gestión en Portugal, los errores del Conde-Duque y las supuestas
tretas de éste para interceptarla las cartas. Es, pues, falsa la leyenda, sin
excepción repetida685, de que estuvo casi prisionera e incomunicada en Ocaña,
hasta que se presentó en Madrid, poco antes de la caída del Conde-Duque.
En Cuenca se unió a la
regia comitiva otro personaje importante de la conspiración, el sospechosísimo
Carreto, Marqués de Grana, embajador del Emperador de Alemania en la Corte
española. «Fue llamado... para asistir en los Consejos por la experiencia que
tenía en la guerra»; sin duda por los que conspiraban contra el Valido. Su
primera determinación fue aconsejar que se desistiera de ir a Valencia, contra
el parecer de los amigos del Valido, principalmente de Don José González, con
el que tuvo violenta discusión; prevaleció su criterio, y, en efecto, al día
siguiente la comitiva tomaba la dirección de Molina de Aragón, por un monte
cerrado y sin caminos, que Novoa describe como selva peligrosa, bien distinta
de los supuestos «entretenimientos de Cuenca» en que los libelos suponían
prendida a la Corte686. Se dice que Carreto recibió una carta del Emperador, su
señor, aconsejando a Felipe IV la salida de Olivares; pero no consta que sea
verdadera. Habla de ella algún noticiario de la época687, sin que lo confirme
ningún documento fidedigno. De haber sido cierta, demostraría, a más de
intolerable impertinencia, escasa gratitud del Emperador, al que tanto sirvió
Olivares en sus guerras, que para nada afectaban a España, y con un entusiasmo
que ciertamente constituyó uno de sus pecados políticos menos defendibles688.
Otra de las grandes
mentiras que se han transmitido sin escrúpulo es que el Rey en Zaragoza, estuvo
encerrado «más en jaula que en campaña» —dice un anónimo— para impedir su
relación con los jefes del ejército y con los Grandes. La información de Novoa,
definitiva por las razones tantas veces dichas —por ser testigo presencial y
porque su odio terrible a Olivares no le permitía ocultar ni disminuir ninguna
de sus malas acciones— nos cuenta, por el contrario, que Don Felipe IV asistía
libremente a la organización de la tropa689 y recibía una a una las tristes
noticias, desde la rendición de Perpiñán, el 10 de septiembre, hasta la gran
derrota del Marqués de Leganés, a primeros de octubre. Pinta, más adelante, «al
Rey que melancólico y macilento; y sin poder sustentar la constancia del ánimo
y del corazón, prorrumpía con suspiros secretos; y sin poder contenerse
reclinaba sobre la mano la cabeza»: es decir, en plena posesión de la verdad
amarga, y no secuestrado.
Entretanto, la Corte,
menos sensible que su Señor, continuaba la habitual vida de inconsciente
disipación. Con frase dura escribe Novoa que «Zaragoza era la plaza de armas de
los vicios y las delicias, donde se divertían los hombres que debieran ser la prez
de los hechos y de las hazañas». El Conde-Duque, no sólo no se paseaba
orgulloso de su poder, sino que los sucesos «le traían tímido y asombrado»,
presintiendo su fin, que ya le anunciaban los del cuarto del Rey «con el mal
semblante y el disfavor». Todo iba, pues, desarrollándose hacia el final. Y
cuando, ya entrado el invierno, regresó el Monarca a Madrid, el pleito del
Conde-Duque estaba fallado, a la espera tan sólo de encontrar la fórmula digna
que el viejo ministro merecía y que el Rey no le quería regatear.
Verdadera actitud de
Doña Isabel
Poco quedaba, pues, que
hacer a las mujeres. Su conjura queda muy reducida de categoría. La
referiremos, después de lo dicho, con brevedad. La actitud de la Reina se nos
aparece un tanto confusa. Que intervino en la batalla final contra Olivares es
indudable; y la leyenda la convirtió en su heroína; heroína de cuento de hadas,
que acometía al monstruo inexpugnable y lo derribaba, como David niño al
gigante. Material, en suma, muy fácil de prender en la mente colectiva y
apasionada. Por ello, al salir, despedido, Don Gaspar de Palacio, los vítores
más entusiastas de la multitud fueron para ella. Se adivina un sincero fervor
isabelino en los documentos contemporáneos. La gente gritaba por las calles que
tres Isabelas, Reinas, habían salvado a España, refiriéndose a Doña Isabel de
Portugal, esposa de Don Juan II, que hizo caer al Valido Don Álvaro de Luna
(tan semejante en muchas de sus circunstancias personales y, sobre todo
históricas, a Don Gaspar de Guzmán); a Doña Isabel la Católica; y a esta Doña
Isabel de Borbón. Sin embargo, era su papel, en la realidad, de bastante menos
importancia. Ya se ha explicado que la Reina estaba frente al Conde-Duque por
razones políticas y quizá también por el enojo que causaba a su frivolidad la
tutela puritana de su camarera mayor, la Condesa de Olivares690. Pero no se
encuentra un solo acto de Doña Isabel hostil, personalmente, al Valido, ni en
éste un solo gesto de queja y resentimiento contra ella, hasta que murió. Ya se
han referido las muestras de cariño de la Soberana cuando la boda del bastardo
de Olivares, ocurrida unas semanas antes de lo que estamos refiriendo: llamó
hijo a Don Enrique, besó tiernamente a la Condesa y regaló su propia cama a los
novios para que les sirviese de tálamo nupcial. Estando ya el Rey en Zaragoza,
y la conjura, por lo tanto, en marcha, tuvo ella el gesto de vender sus joyas
para remediar la penuria de los ejércitos, y en este acto hizo, delicadamente,
intervenir al Valido, en una carta a la que Don Gaspar contestó con otra, que
parece un madrigal: ambas serán luego copiadas. Y, por parte de Olivares, la
misma corrección; ni en El Nicandro ni en los otros documentos que en defensa
suya redactaron sus amigos hay alusión alguna a Dona Isabel. El testamento de
1642 está lleno de reverencia por la Soberana. Y cuando ella murió, estando Don
Gaspar desesperanzado de toda posible rehabilitación en el destierro de Toro,
mandó celebrar, como se ha dicho, exequias solemnes por su alma. Todo ello
demuestra que no existió ese odio que inventó el pueblo y que los cronistas
pintaron después.
Queda por dilucidar
otro punto grave: y es el de la posible complicación de la Reina en los manejos
subterráneos que Francia movía contra el Conde-Duque de Olivares. El asunto
merece ser tratado con mayor extensión de la que puede tener aquí. Diré, sin embargo,
que esa complicación no es nada improbable. Doña Isabel había intervenido con
Richelieu en la primera guerra con Francia, y «su diplomacia fue mucho más
eficaz que la habilidad de los generales para poner fin a la guerra»691.
Aquella fue una gestión clara «de acuerdo con Olivares» y terminó con la paz de
enero de 1626. Pero las circunstancias habían cambiado en los años que
precedieron al de 1642. Es evidente que Francia tenía agentes secretos en
Madrid; y no obedecían sólo a susceptibilidades del carácter del Conde-Duque,
sino a la legítima defensa, los frecuentes arrestos y castigos de espías
franceses, incluso diplomáticos, que leemos en los papeles de la época692.
Con una de estas
alarmas pudo estar relacionada, como ya se ha dicho, la prisión de Don
Francisco de Quevedo.
El Conde-Duque era tan
odiado en la Corte francesa como Richelieu en la de España; y aunque en los
campos de batalla llevaban los franceses la mejor parte, la eliminación de
Olivares era, probablemente, uno de los objetivos de la acción subterránea de
nuestros enemigos de entonces. Así lo pensaba Cánovas, y su prologuista Pérez
de Guzmán no duda en afirmar que se tejió «la opinión hostil para derribarle [a
Olivares] por los manejos franceses en el tálamo mismo de la esposa de Felipe
IV»693. Hauser apunta también que Richelieu venció al Conde-Duque, «víctima de
una conspiración afortunada, en la que intervinieron los hermanos del Rey, el
Infante Baltasar Carlos y la Reina Isabel»694. No sería justo suponer que Doña
Isabel, que tan lealmente se acomodó a los usos de España y que amaba, a pesar
de sus infidelidades ininterrumpidas, a su marido, se prestase a una conjura
contra su patria adoptiva; pero esto es compatible con el supuesto de aquella
intervención, pues la caída del Conde-Duque se podía considerar por ella como
útil a la paz de sus dos países, el nativo y el de adopción.
La venta de las joyas
Cualesquiera que fuesen
las razones de la actitud de la Reina, se fortalecieron, sin duda, con la
popularidad que ocasionalmente disfrutó durante la ausencia de su marido. Para
los Reyes no hay tónico comparable al del aura favorable de su pueblo; ni señal
más cierta de que van a morir que su falta o su brusco descenso. Es sabido que,
al partir Don Felipe, dejó a su mujer por gobernadora, con la asistencia del
cardenal Borja, el presidente de Castilla, el Marqués de Santa Cruz y Don
Cristóbal de Benavente. Hizo grata impresión el verla presidiendo las Juntas
solemnes en Palacio; y, además, empezó a hacer visitas a los cuarteles,
«favoreciendo a los capitanes con hablarles», «con mucha familiaridad»695. Nos
imaginamos fácilmente el desvanecimiento y la exaltación de los fanfarrones y
galantes soldados al ver entrar en sus cuerpos de guardia a la bellísima
Soberana, que sobre la gracia francesa había sabido poner un discreto garbo
español. La multitud la aclamaba en sus frecuentes exhibiciones callejeras. Y
el entusiasmo subió de punto cuando se supo que pensaba vender sus joyas para
ayudar a la jornada guerrera que se estimaba, con razón, como decisiva. Con
este rasgo se acentuaba su parecido, en la imaginación popular, con la gran
Isabel.
Los relatos solventes
son muy parcos en la relación de este incidente696. En cambio, los libelos
contra Olivares refieren con detalle que fue Doña Isabel, en persona, con sus
joyas en una arquilla de plata, acompañada del Conde de Castrillo, a casa del prestamista
portugués Don Manuel Corticos de Villasante, pidiéndole por ellas 800.000
escudos. Confuso el rico Don Manuel por el honor que se hacía a su casa, rehusó
las joyas y entregó el dinero697. Joyas y dineros fueron enviados al Rey, por
intermedio de Olivares, con la carta, antes aludida, que decía así:
«Conde: todo lo que
fuere tan de mi gusto, como que el Rey admita mi voluntad en esta ocasión,
quiero que vaya por vuestra mano; y así os mando le supliquéis, de mi parte, se
sirva de esas joyas, que siempre me han parecido muchas. Hasta ahora tengo por cierto
que creerá S. M. que en tiempo, en que todos ofrecen sus haciendas, he hecho yo
mucho menos, que no sea mi vida, con la que remedie cualquiera de los trabajos
en que se halla.—Dios os guarde.—De Madrid.—Hoy viernes, 13 de septiembre de
1642.—La Reina.»
La respuesta del
Conde-Duque fue:
«Señora: Yo haré la
embajada de V. M. con el alma, que no puedo hacer otra cosa que pueda merecer
esa honra que V. M. me hace, encomendándome tal acción. Y sé, Señora, que serán
millones los que importará este ejemplo digno de tan gran Reina, y de lo que
más me huelgo es de saber, bien sabido, que cuanto lo merece le paga a V. M.
con su amor el Rey.—Guarde Dios a V. M., como la cristiandad y sus vasallos
deseamos y hemos menester.—De Zaragoza y el aposento, hoy 22 de septiembre de
1642.—Criado de V. M.—El Conde-Duque»698.
Se ha discutido la
autenticidad de estas cartas. Morel-Fatio las consideró sospechosas. No lo creo
yo así, y me fundo en el estilo inconfundible de la de Olivares y en lo
verosímil que era este truco de las joyas, para animar a los avaros con tan
egregio ejemplo a contribuir al sostenimiento de las tropas. Si son, pues, como
parece, ciertas, expresan estas cartas un cariño difícil de inventar entre la
Reina y el Conde-Duque. Pero las razones de conveniencia política debían de
pesar cada vez más en el ánimo de Doña Isabel; y en los Reyes es un deber
sacrificarlo todo a esa conveniencia.
La impopularidad del
Valido, por otra parte, aumentaba. Sobre la que le acarrearon los desastres
guerreros, influyó, en estos días, la medida de la baja de la moneda de vellón,
que se ejecutó a mediados de septiembre y produjo un descontento general699. Por
todo ello, cuando llegó el Rey, cariacontecido, a Madrid, Doña Isabel salió a
recibirlo al Retiro y, a favor del amor reverdecido de Don Felipe700, debieron
de quedar fácilmente de acuerdo en acceder a la retirada del hastiado Don
Gaspar, con la ayuda oficiosa y enconada del Conde de Castilla, de Don Luis de
Haro y de otros cortesanos701.
La Duquesa de Mantua
La intervención de la
Infanta Doña Margarita de Saboya, Duquesa de Mantua, tiene todas las señales de
una intriga, interesada y muy poco limpia. Sólo en aquellas horas de pasión
pudo adquirir popularidad y prestigio, con artes tan poco nobles, esta mujer a
la que llama, con razón, Sánchez de Toca «inepta e inaguantable». Su falta de
tacto con la Nobleza de Portugal fue decisivamente funesta en las horas
críticas que precedieron a la Revolución702. No puede decirse que ella y su
inhábil secretario, Miguel de Vasconcellos, fueran los causantes de esta
guerra, que era, por la ley de biología de las razas, inevitable, pero sí que
contribuyeron a enconarla. Después del motín de Lisboa, que costó la vida a
Vasconcellos, pudo la Duquesa escapar de Portugal y vino a España, residiendo
primero en Badajoz y Mérida, donde dio nuevas muestras de impertinencia703. De
Mérida pasó a Ocaña y desde allí, sin duda, se puso en combinación con la Reina
y su camarilla para actuar contra el Conde-Duque. La campaña debía empezar con
la acusación a la gestión del Valido en Portugal, que se hizo en la entrevista,
ya relatada, entre ella y el Rey, yendo juntos en coche desde Aranjuez a Ocaña.
En enero de 1643, pocos
días antes de la caída del Conde-Duque, se presentó una noche en la Corte, como
llovida del cielo. Tenía entonces esta mujer la edad en que el resentimiento
alcanza su más alta fermentación, cincuenta y tres años. Hizo en Madrid una
entrada de ópera, vestida con hábito de franciscano, según Siri, y declamando
su eterna queja de que no la daban suficiente dinero; pero todo obedecía a un
plan; y ya por entonces se dijo que la Reina fue la que la hizo venir704. Se ha
escrito que Olivares la trató con dureza; pero los Reyes la acogieron con tan
aparatoso cariño que, después de lo ocurrido, era el más ciego presagio de que
la caída se aproximaba. Cuando ésta ocurrió, la Mantua tuvo su premio, ocupando
un puesto de confianza al lado de la Reina, del que se aprovechó
indelicadamente para perseguir y vejar a la Condesa de Olivares. La dieron casa
en la del Tesoro, junto a Palacio, criados y 24.000 ducados de renta705.
La nodriza Doña Ana
De Doña Ana de Guevara
nada nos dicen en esta ocasión los documentos fidedignos. Pero hablan de su
intervención los libelos con tanto detalle que no se puede excluir un posible
fondo de verdad a sus referencias706. Conocimos ya a Doña Ana, porque veinticinco
años antes sirvió de instrumento a Lerma y su partido en el intento de arrojar
a Olivares del cuarto y de los afectos de Don Felipe, cuando éste era Príncipe
todavía. Bastó entonces a Don Gaspar, en la plenitud de su orgullo, uno de sus
golpes de audacia para deshacer la conjura. El Duque y sus partidarios fueron
barridos, y con ellos se fue, arrastrada como una hoja por el vendaval, la
intrigante nodriza. Pero es el enemigo pequeño el que nunca perdona. Los
Grandes ofendidos, en los años siguientes, fueron gastando su odio en otros
odios y en otras empresas. En cambio, la mujer del estado llano lo conservó
intacto, y esperó, agazapada en la sombra, la hora de vengarse. Una tarde, en
efecto, a primeros de enero de 1643, apareció en Palacio, y a las cuatro,
cuando el Rey salía de su habitación para ir a la de la Reina, se echó a los
pies de aquél y le habló, como hablan las sibilas viejas, en nombre del pueblo,
pintándole los sufrimientos de éste y comparando la situación de España,
deshecha por tanta guerra, con la era de paz que disfrutó bajo el Gobierno del
Duque de Lerma. Le dijo todo esto a gritos tales, que pudieran llegar a la
cámara de la Reina, que oyó sus razones, rodeada de las damas, una de ellas
Doña Juana de Velasco, la nuera del Conde-Duque; todo estaba, sin duda,
preparado por el partido antiolivarista.
Dicen que el Monarca
contestó a la imprecación de la nodriza así: «Ana, decís la verdad, y yo pondré
remedio a todo.» Y añaden los relatos que «el general aplauso que mereció la
nodriza por esta acción fue extraordinario». Mas eran, en realidad, éstos y los
demás ataques a Don Gaspar, hachazos a un árbol caído; innecesarios ya;
inducidos sólo por el miedo que produce a los cobardes el coloso, todavía
después de muerto.
Sor María de Jesús, de
Agreda
Sin aparente relación
con esta conjura, actuó contra el Valido otra mujer, la monja de Agreda. Digo
sin «aparente» relación, porque el Rey no se encontró con Sor María por
casualidad, sino, seguramente, instigado por gentes de la Corte que esperaban
encontrar en ella un apoyo en la lucha contra el enemigo común. Sabemos hoy que
la jornada de Cataluña de 1642, que tanto nos ha ocupado, estaba dispuesta por
Agreda707; por lo tanto, si no se hubiese cambiado, por las razones indicadas,
el itinerario, es seguro que Don Felipe hubiera tenido un año antes la
conversación trascendental con Sor María: la que mantuvieron el 10 de julio de
1643; y es posible que se hubiera anticipado entonces la caída y destierro de
Don Gaspar. Sor María tenía fama en toda España de mujer extraordinaria, tanto
por sus escritos como por los arrobos y revelaciones que de ella se contaban,
hasta el punto de que intervino, aunque sin fruto, la Inquisición, que
analizaba con gran celo estos casos de pretendida comunicación divina. Nada tiene,
pues, de particular que los cortesanos indujeran al Rey a que la hablase, sobre
todo si, como es probable, por las relaciones entre confesores, se sabía cuál
era su pensamiento en el asunto de la privanza de Olivares. Pero sobre todas
las hipótesis están unas palabras de El Nicandro, el documento de defensa
inspirado por el Conde-Duque, escrito en mayo de 1643, por lo tanto, antes de
la primera entrevista del Rey con Sor María. Estas palabras, que los
historiadores han pasado por alto, nos aseguran que en la retirada del
Conde-Duque tuvo ya una parte importante la opinión de la venerable,
transmitida al Rey, quizá, por fray Juan de Santo Tomás, al que el Padre
Martínez Ripalda acusa como terrible intrigante y manejador de estos embelecos
pseudorreligiosos, en contra del ministro708. Para mí no hay duda que son
alusión clara a Sor María dichas palabras, que dicen así: «Yo me río, y ya me
indigno, ya me compadezco, de algunos hombres que, con pocas letras y
apariencias de virtud, han querido desacreditar las acciones del Conde,
introduciendo revelaciones de mujeres devotas»; y más adelante: «Pero que se
traten con mujeres encerradas los puntos de la Monarquía que a V. M. tocan, no
es justo pensarlo en Dios, que no ha usado de estos modos con su iglesia.» La
intervención de Sor María es, pues, muy anterior a lo que se cree; y cuando el
10 de julio de 1643 la visitó Don Felipe, por primera vez, ya sabía a qué
atenerse respecto a la actitud de la beata hacia el Conde-Duque709.
De lo que no cabe duda
es que de su celda partió, como se ha dicho, la sentencia suprema que cerró el
paso a la posible rehabilitación del ministro caído. Sabemos hoy que Don
Felipe, incapaz de moverse sin el báculo de otra voluntad, presionado por la fuerza
del ambiente, apartó de sí a Don Gaspar, pensando, sin duda, en volver a
descansar en él en cuanto la tempestad se fuese alejando. No podía vivir sin
Valido y debía de tener muy clara la idea de que ninguno de los hombres de su
Corte podía suceder a aquel titán de actividad y de celo. Por eso conservó a su
lado a la Condesa, que era el alma misma del desterrado. Pero Sor María, desde
el umbrío rincón de Agreda, alzó su mano, que era la mano de Dios y también la
voz del pueblo, e hizo el gesto imperativo que acabó para siempre con el
Conde-Duque en el ánimo de su Rey; y que acabó, también, a los pocos meses, con
la existencia de Don Gaspar.
La «conjura de las
mujeres» contra el Conde-Duque fue, en resumen, más que la acción concertada de
algunas de ellas, la expresión histórica de un sentimiento subterráneo de
oposición de la mujer, como sexo, al famoso ministro. En la vida de los
hombres, como en la de los pueblos, actúan muchas veces, al lado de las
pasiones personales, estas otras de acento cósmico, de masas humanas, de
colectividades, de sexos, movidas por instintos oscuros y sin estructura, pero
de potencia formidable. Ya Siri nos dice que «muchas damas de las más
importantes de la Monarquía y de la más estrecha intimidad con la Reina
entraron en esta vasta conspiración contra el Conde-Duque de Olivares y le
atacaron con eficacia tanto mayor cuanto que era imprevista y ejecutada por
invisibles manos». Es así. Las mujeres, «la mujer», no quisieron nunca al
Conde-Duque. Es difícil, sin divagar demasiado, decir por qué. Lo atribuyen
autores de entonces a aquella frase suya de que «las monjas son para rezar y
las mujeres para parir», que, realmente, expresa el sentido imperativo de su
concepto de lo femenino, tan parecido al de otros dictadores, principalmente al
de Napoleón, que fue también, por las mismas razones, odiado de las mujeres. Un
hombre así puede alcanzar el amor monogámico con perfección tan grande como
Olivares lo alcanzó. Pero no la simpatía difusa de la feminidad. La mujer no
encuentra interesante más que al hombre que la halaga o al que la pide
protección. El sentirse adorada, como una diosa, del más fuerte; o el poder
proteger al débil como una madre, son las brechas por donde se rinde la mujer
al varón. De nada de esto era capaz Don Gaspar, para el que la mujer fue un
peón como los otros en la gran partida de ajedrez que jugó sobre los destinos
de España. La mujer no se lo perdonó. Y entre las pasiones que dejaba atrás
levantó esta ola de desdén y de odio femenino, que desde el mismo trono llegó
hasta la oscuridad del convento en que rezaba y escribía Sor María de Jesús.
25. La salida de
Palacio
Se fue y no le echaron
QUEDA demostrado en los
capítulos anteriores que la caída del Conde-Duque no fue, como creyó el pueblo
entonces y se refleja en los alborozados libelos, resultado de un postrer
ataque a fondo de todas las fuerzas enemigas —a cuyo frente iba, como capitana,
la Reina Doña Isabel— contra el Valido, recalcitrante, aferrado al Poder, como
un molusco a su roca. Sino que el proceso íntimo de la declinación de su
privanza se había cumplido ya; y el hecho de la salida de Palacio, con ser tan
teatral, era, cual todos los llamados «acontecimientos históricos», mera espuma
de una violenta y oculta tempestad anterior.
La magnitud del
desastre nacional era inmensa, y Don Gaspar, deprimido y cansado, no se sentía
capaz de seguir sustentando su responsabilidad. Estaba, además, físicamente
enfermo, pues las lesiones que antes de que transcurriesen dos años habían de
producirle la muerte, estaban, con absoluta certeza, ya muy avanzadas en este
enero de 1643 en que el derrumbamiento ocurrió. Su cabeza, como demuestran sus
cartas, sobre todo a partir del esfuerzo de Fuenterrabía, empezaba a flaquear.
Pero en una Monarquía absoluta era necesario el gesto del Rey para realizar lo
ya decidido; y Don Felipe tardaba en decidirse, sin muletas, a dar este paso;
el primero después de veintidós años; y precisamente contra el que había sido,
hora por hora, el báculo de su voluntad impotente. El gesto, al fin, llegó.
El Conde-Duque, que
tantas veces solicitó del Rey licencia para irse, la pidió ahora también.
Consta, en efecto, y de origen tan autorizado como el confesor de Felipe IV,
«que el Conde pidió licencia para irse a su estado de Sanlúcar, y respondió el
Rey: "Tan lejos, no, Conde; más cerca, sí"»710. En el próximo
capítulo se copiará una carta de Don Gaspar al Marqués de Leganés, también muy
demostrativa del verdadero sentido de su marcha del Gobierno711. Y, finalmente,
el Memorial de Martínez Ripalda, desde Toro, lo confirma de nuevo. Pero, aun
sin estos documentos, hasta ahora poco o nada conocidos, bastaría a demostrarlo
el propio decreto de cesantía que firmó y publicó Felipe IV. De este papel
existen bastantes versiones712; pero, de las fidedignas se deducen algunos
puntos esenciales que nos conviene destacar, a saber: primero, que está
redactado en un tono de tan generosa consideración para Don Gaspar, que los
libelistas, interesados en dar la sensación de que el Rey arrojaba por las
escaleras abajo a su ministro, no se atrevieron a copiarle o le deformaron
cínicamente; segundo, que hace constar que el Conde había pedido muchas veces
irse; tercero, que éste se hallaba «con gran falta de salud», «apretado por sus
achaques»; cuarto, que el Rey esperaba que con el descanso se repondría «para
volverle a emplear en lo que conviniere» al real servicio; y quinto, que no
pensaba sustituir al Valido por otro, sino encargarse él personalmente del
Gobierno con la normal colaboración de sus Consejos.
Esto, es decir, el
sentido de la caída es lo que fundamentalmente nos interesa. Los pormenores de
su desarrollo, que tanto preocuparon a los chismosos cronistas de entonces, no
tienen para nosotros el valor que alcanzaron en aquella sociedad, maligna y atenta
tan sólo a los detalles escenográficos de la gran tragicomedia de la Corte. De
esta salida se ha hecho también una leyenda dramática, creada principalmente
sobre el relato de Guidi y difundida por el Gil Blas de Santillana. El cotejo
de los datos, a veces contradictorios, que se hallan en las diferentes
relaciones contemporáneas nos permite la siguiente sucinta versión del suceso
que apasionó a toda Europa713.
Grandes anales de ocho
días
El sábado 17 de enero,
día de San Antón, el Rey envió al Conde-Duque, desde la torre de la Parada, por
medio del famoso Cristóbal Tenorio, el raptor y espía, un billete concediéndole
la licencia que había pedido, en términos muy semejantes a los del documento de
cesantía, ya comentado714. Don Gaspar envió a llamar a su mujer que, como
sabemos, estaba en Loeches y llegó por la noche «como cierva herida, a las
aguas —dice uno de los cronistas— pero vio la fuente cerrada». Hasta muy tarde
se ocupó el ministro, con el protonotario Villanueva y Don José González, de
arreglar sus papeles y de quemar algunos.
Domingo 18. —La noticia
de la despedida del Conde se supo por todo Madrid, «inventando —dice Pinelo—
sobre una verdad mil falsedades». Los patios y alrededores del Alcázar se
llenaron de una inmensa muchedumbre que comentaba el rumor; «pero como el
respeto del Conde era tan grande y la nueva tan peligrosa, unos no se atrevían
a decirla y otros ni a preguntarla». Nada anormal se vio, durante todo el día,
en Palacio. Dentro, el Conde hizo su vida habitual. La hostilidad de grandes y
pequeños era ya manifiesta, hacia él y hacia su mujer. Pero no le abandonaron
sus amigos, entre ellos el Marqués de Santa Cruz, que entró a saludarle «con
ofrecimientos de reconocido deudor», y al que Don Gaspar encargó que no
olvidase a su mujer y a sus hijos.
Lunes 19. —Con
admiración de los que creían al Conde-Duque poco menos que encarcelado, «dio
audiencia en su aposento como solía y presidió una Junta de Estado» en la que
mostró tan gran mal humor, que los secretarios se decían: «¿Qué diablos tiene
el Conde? Nos ha tratado como trapos viejos»715. Por la tarde fueron los Reyes
a visitar a la Duquesa de Mantua, a la Encarnación. Dicen que, al volver, se
juntó alguna gente que gritaba: «¡Viva nuestro Rey muchos años si lleva
adelante tanta resolución!», de lo que se holgó la Reina, sacando la cabeza del
coche; el Rey no quedó tan contento, porque «reparó en lo condicional» de la
aclamación popular. Por la noche hubo Consejo en el aposento real, sin asistir
el Conde.
Martes 20. —La
desorientación del pueblo aumentó este día, y el miedo a verse defraudado en lo
que tanto deseaba, pues el Conde-Duque continuó despachando como si nada
ocurriese. Besó la mano al Rey el célebre Don Juan Chumacero, que había estado
unos años de embajador en Roma, y la gente pensó que sería el Valido que
sustituiría a Don Gaspar; con lo que se advierte la poca confianza que se
tenía, y con razón, en las decisiones del Rey de gobernar por sí mismo. Por la
tarde se supo que, a la mañana siguiente, Felipe IV se iría a cazar a El
Escorial para que, durante su ausencia, se fuese el Conde-Duque.
Miércoles 21. —Fuese,
en efecto, el Rey a San Lorenzo, «a desahogarse un poco la cabeza —dice Novoa—
que desde que salió de Aranjuez no había muerto una res». Pero la res era la
que quedaba en Palacio. Es evidente que el Monarca, débil siempre, y en este
caso ligado por vínculos de indudable afecto por Olivares, no se atrevía a
presenciar el momento, doloroso para los dos. El Príncipe Baltasar Carlos se
fue a la Zarzuela con su aya la Condesa, Doña Inés716. El Conde continuó
despachando, sin inmutarse, todo el día.
Jueves 22. —La Reina,
impaciente, envió un despacho al Rey para que volviese. Lo hizo éste así, y al
pasar por Aravaca tuvo el encuentro con los Grandes capitaneados por el Duque
de Híjar, que se ha referido ya. Confortase mucho Don Felipe con esta asistencia
de la Nobleza, que le venía faltando desde hacía tiempo. Dicen que al llegar a
Madrid, y ver que Don Gaspar estaba en el Alcázar todavía, «mostró más que
moderado desabrimiento». La relación de Guidi precisa, en castellano, este
desabrimiento que fue decir a Don Luis de Haro, cuando éste le informó de que
aún no había salido el ministro: «¿Qué aguarda ese hombre?, ¿la horca?»; frase
tan dura para los labios de este débil y noble Rey, que puede afirmarse que es
una de las muchas falsedades que amenizan el relato del embajador de Módena717.
Viernes 23.
—Publicaronse temprano algunas mercedes que el Conde-Duque había solicitado
para sus criados, antes de abandonar el Poder, y que le fueron concedidas.
Novoa las enumera: Tenorio, Carnero, Valero Díaz, Pedro López de Calo y Simón
Rodríguez, entre otros, obtuvieron buenas prebendas. Esto demuestra la nobleza
del Valido, que no abandonaba a los que le sirvieron con lealtad, al dejar de
ser omnipotente; y también la generosa disposición de Felipe IV. Con estas
nuevas se dio por cierto que la salida del Conde era inminente y se llenó, de
nuevo, de gran muchedumbre el Alcázar, aumentándose la expectación al ver que
en la Priora718 esperaba desde primera hora un coche «conforme a oficio de
caballerizo mayor», esto es, «con seis mulas, un carro largo, dos hacas y una
mula regalo»: el ceremonial denunciaba sin remedio el viaje del Conde-Duque, y
sólo de él.
El Conde estuvo media
hora con el Rey. No hay noticias ciertas de cómo fue esta conversación postrera
de aquellos dos hombres, que la fatalidad había unido y que la Historia no
podrá separar jamás. Nadie estuvo presente. No hay referencias, por ninguno de
los dos, de lo que hablaron. Unos suponen que Felipe IV trató a su ministro con
dureza. Es, seguramente, inexacto. La templanza del Monarca en sus alusiones
escritas y habladas a Olivares y la conducta que siguió después hacen presumir
que el diálogo fue cordial, en medio del dolor que a ambos debía de
traspasarles; y nos dan la certeza de ello las cartas de Don Gaspar a Leganés,
la ya copiada que escribió al Príncipe Baltasar, y, sobre todo, el Memorial de
Ripalda, en el que rotundamente se afirma que el Rey prometió «dos veces», «no
hacer novedad en el estado del Conde» y conservar en Palacio a la Condesa.
Acaso, acaso, si la conversación se encrespó entre los dos, pudo Olivares
insinuar a su señor lo que pocas semanas después dijo El Nicandro: que las culpas
de los ministros en las Monarquías absolutas son también culpas de los Reyes; y
que éstos, por lo tanto, han de mirarse mucho al exigir a aquéllos cuentas de
su gestión, por desafortunada que parezca. Incluso puede pensarse, y tal vez
sea ésta la hipótesis menos descaminada, que tal postrera entrevista no
existió, pues así lo afirma el Conde-Duque en la carta al Príncipe Baltasar,
repetidamente aludida aquí: «Mi ternura no me deja despedirme.»
Había luego una Junta,
y Olivares asistió a ella con aparente serenidad. Pero su angustia se delataba
en la insistencia con que a cada instante inquiría qué hora era. Terminó a las
once. A esa hora «comió con dos personas solas que le asistían —Rioja y el
contralor de la Reina, que había sido criado suyo— con profunda melancolía y
sin hablar palabra»; «apenas probó un bocado de los platos que le pusieron».
Quizá más que el dolor de dejar el Poder, que era dejar su vida, le entristecía
el rumor del alborozo y la befa con que el pueblo —el pueblo de Castilla que
tanto amó— esperaba verle salir. Y quién sabe si miedo también. Porque tras
estas alegrías de la muchedumbre insurreccionada hay siempre escondida una
tragedia que estallará en cuanto un exaltado dé un grito. Por esto, sin duda,
fueron todos del parecer de que la salida así, por la Priora y entre la
multitud, era una imprudencia. Él —hizo mal— se resignó y cambió la salida
dolorosa, pero gallarda, por una fuga poco noble que había de pesar sobre su porvenir
como una piedra amarrada al cuello de su reputación. Esperaron, pues, a una
«hora más ocupada, en que los hombres estaban comiendo y reposando en sus casas
de trabajo común y cotidiano de los oficios y de los negocios»; y mientras los
curiosos recalcitrantes esperaban en torno de la carroza oficial, bajaron los
criados en una silla al Valido, porque no podía andar, por otra escalera
secreta, acompañado de Don Luis de Haro, su sobrino, del Conde de Grajal y de
Don Francisco Rioja. Se despidió de Haro, que en estos últimos lances de la
vida oficial de su tío se comportó, como era en él costumbre, con escrupulosa
caballerosidad; y con los otros dos —Grajal y Rioja— más el Padre Martínez
Ripalda, desde aquel instante confesor suyo, que abajo le esperaba, salieron
por una puerta del servicio y montaron en un coche ordinario, que se le había,
con todo secreto, dispuesto. Detrás iba otro coche con algunos criados. «Los
coches de la Priora salieron algo más tarde, y los que estaban con deseo de
verle partir se quedaron burlados, porque el coche donde S. E. había de ir iba
vacío, abiertas las cortinas. Dentro de dos horas se supo en todo Madrid, así
como la estratagema de la salida.» No obstante, grupos de galopines apedrearon
el coche oficial.
Dice Novoa que «el
miedo con que salió fue notable» y que en lugar de seguir la ruta directa y
habitual para ir de Palacio hacia Loeches, que era la calle Mayor, Puertas de
Guadalajara y del Sol, calle de Alcalá y Puerta de este nombre, tomó un camino
excusado por la red de San Luis y calle del Caballero de Gracia; mas, en este
lance de la salida, el ayuda de cámara no estaba presente y habla por
referencias y equivocándose719. En cambio, Pinelo cuenta que el coche del
ministro siguió el rumbo corriente, por la Puerta del Sol, hasta la Puerta de
Alcalá; allí —dice— aguardó a otros criados que habían salido por Leganitos.
Tomó una litera y con dos coches detrás y hasta 40 personas a caballo, se
dirigió a Loeches.
Al día siguiente,
sábado 24, salió el decreto dirigido al Consejo, dando cuenta oficial de la
salida del Conde-Duque, que será copiado y comentado en el Apéndice XXVIII.
La noche oscura
En esta noticia hemos
ahorrado varias descripciones que se dan, ligeramente, por verídicas, de
escenas de humillación y de violencia de la Condesa, con el Rey y con la Reina,
suplicándoles que volviesen sobre el acuerdo del cambio de Gobierno. Nadie las vio
y sólo constan en documentos de mínima veracidad. Lo seguro es que, estando
convenidas, la salida de Olivares y la permanencia de su mujer, ocurriera todo
en la forma triste pero cordial que se ha indicado; y que no hubiera, por lo
tanto, más tragedia que la que llevaba en su alma tempestuosa Don Gaspar,
cuando, ya casi inválido, le bajaban en una silla por las escaleras excusadas
de aquel Alcázar, que fue casi más suyo que de los Reyes.
Poco conocen el alma
humana los que dijeron y dicen que el Conde-Duque llevaba clavada, como un
puñal, la pérdida de la gracia del Rey. Él sabía bien que esa gracia no la
había perdido y que Felipe IV, confortado por una popularidad que a él le
faltaba, se sentía, sin embargo, tan vencido por el destino como él mismo. Un
Rey, en último extremo, no era obstáculo decisivo para un Guzmán. Lo terrible
para Olivares, en aquellos instantes, era sentirse humillado por el fracaso de
la propia obra infeliz, a la que sacrificó el torrente fabuloso de su energía
durante un cuarto de siglo; y a la que sacrificó también su salud, sobre la que
se tendía ya esa sombra levísima que proyecta la muerte antes de que los mismos
médicos la perciban.
Luego, en Loeches y en
Toro, aleteó aún la esperanza en su ánimo indomable. El 23 de enero, no. Sin
duda, la noche más triste de su vida fue aquélla, helada, en que, hundido en su
silla, le parecía que unas sombras negras le llevaban, por las lomas desiertas
de la cuenca del Henares, hacia la eternidad.
26. El destierro de
Loeches
Loeches y el
Conde-Duque
LOS madrileños, que
veían ya alzarse en la Plaza Mayor otro cadalso como el que un cuarto de siglo
antes sirvió de escenario a la muerte de Don Rodrigo Calderón, se sintieron,
sin duda, defraudados al saber que todo el castigo impuesto a Don Gaspar de Guzmán
se reducía al destierro de Loeches. Porque Loeches no era ni siquiera una
fortaleza, sino lugar de la propiedad del Conde-Duque, donde había labrado el
convento de sus devociones, parejo al del mismo Rey, y donde, según la fantasía
popular, poseía un palacio lleno de lujos y magnificencias. Sin embargo, ahora
veremos que, aunque ya herido de muerte, el genio turbulento de Olivares no
podía encontrar la paz, mientras le fuera impuesta, ni allí donde él había
soñado descansar. Pero antes de seguir con su historia conviene dedicar unas
líneas a este pueblecillo humilde de la provincia de Madrid, que la tragedia
del Valido de Felipe IV ha hecho inmortal.
En 1576, Loeches, villa
desde noventa años antes, era una población pequeña, de 300 vecinos, con casas
«de tierra y algún yeso», campos pobres de cebada, viñas y olivos y escasa leña
en los montes próximos720. Cuando los Condes de Olivares lo eligieron como
lugar para su recreo y descanso, era, poco más o menos, igual. Existía en él un
convento de Carmelitas Descalzas, fundación de Don Iñigo de Cárdenas y Zapata,
señor de la villa, de cuyos testamentarios la adquirió el Conde-Duque721. La
visita a este convento, muy humilde, debió de sugerir a Don Gaspar, y sobre
todo a Doña Inés, a cuyo nombre se hizo la fundación, la idea de erigir otro
monasterio, más lujoso722; y así lo hicieron, frente a aquél, quedando los dos
unidos por el edificio de vivienda de los dueños, y entre los tres una gran
plaza. Loeches está en una región tan desamparada y con tan pocos motivos de
amenidad, que no puede pensarse más que en una inclinación ascética al
retirarse en él. El espíritu extremadamente religioso de ambos esposos les
inclinaba a un lugar de meditación y de silencio, cuando descansaban de la vida
cortesana, sobre todo después de la muerte de su hija María. Acaso, en los
alrededores de Madrid, ninguno pueda superar en este rigor del paisaje a
Loeches. Cerca está la vega del Henares, frondosa, pero entonces poco habitable
por la plaga del paludismo. Loeches, sobre una colina pelada y sin más
horizonte que las estribaciones, pobrísimas, de las sierras de Guadalajara, no
tenía otras amenidades que aquellas que el espíritu castellano encuentra para
el alma cuando el cuerpo carece en absoluto de sus fruiciones todas. Tenía, es
cierto, reputación de pueblo sano, por su sequedad y por sus aires, y por un
manantial de aguas medicinales, entonces, muy poco conocido. Algo menor que
ahora era su aislamiento, pues por la villa pasaba ya el camino que viene de
Aranjuez y Toledo y se une, a la altura de la venta de Meco, a siete y media
leguas de la corte, con el que va de Madrid a Barcelona y, como entonces se
decía, a Italia. La importancia de Toledo, y después de Aranjuez, como sitio
real frecuentadísimo, hacía que se utilizase mucho este camino, practicable a
los coches, para tomar, sin pasar por Madrid, la gran ruta que entonces era
nuestra principal comunicación con el resto de Europa723.
El convento
En 1637 nos dicen las
Nuevas de Madrid que «el Conde-Duque da mucha prisa en la fábrica del convento
en Loeches, habiéndose ya abierto los fundamentos del templo, que será de la
misma proporción y grandeza que el de la Encarnación de esta corte. Ha traído
también a este convento una porción de agua de una diafanidad cristalina y
mucho mejor que la de Corpa»724.
El convento estaba
habitable en 1640725; y en esta fecha entraron las monjas que venían de
Castillejos de la Cuesta726. Pero la fábrica de la iglesia tardó tanto en
terminarse, que no la vieron concluida ni el Conde-Duque ni su mujer, pues
ésta, en su testamento, muy poco antes de morir, después de encargar a sus
herederos que «cumplan enteramente la escritura de fundación», añade que «se
acabe con toda brevedad la iglesia» y para ello adjudica «un rubí de mucho
precio». El amor de Doña Inés a su obra era tal, que el día de las
capitulaciones de Don Enrique, su hijo adoptivo, con la hija del Condestable,
le pidió «que quisiese siempre bien a su cuñado el Duque de Medina de las
Torres y a Loeches».
La iglesia es bella, de
fachada muy semejante a la Encarnación de Madrid, como tantas veces se ha
dicho, fruto evidente de una de las fases delirantes del Conde-Duque, en las
que, instintivamente, emulaba, en todas sus manifestaciones de grandeza, al Soberano.
Y eso que hoy no podemos darnos cuenta de su esplendor antiguo, pues falta la
decoración de los cuadros de Rubens, regalo del Rey a Olivares, desaparecidos
cuando la invasión francesa, que fue muy dura en esta región727. Las monjas
actuales cuentan todavía, por tradición oral, que hubieron de desalojar el
convento, refugiándose durante tres meses en el cercano pueblecillo de Brea.
Las tropas enemigas entraron en el convento y lo saquearon, llevándose o
destruyendo el archivo, que se supone era interesantísimo.
El mito del palacio
En cambio, el
hiperbolizado palacio de los Condes dijimos ya que es un edificio modesto, de
un solo piso, con cuadra subterránea, a la que se baja por una rampa, como
entonces era costumbre, a la izquierda del zaguán. De él parte una breve y
ancha escalera que da acceso a la vivienda. Consiste ésta en dos crujías, la de
la fachada principal, a la plaza, con tres habitaciones (una alcoba y dos
despachos, uno de éstos con chimenea de piedra sencilla); y la posterior que da
a una huerta y consta de una sola y amplia pieza que debía servir de sala de
recepción. El exterior del «palacio» es humilde sin el menor adorno, y el
interior, como acaba de verse, tan simple, que no se puede uno imaginar que
viviesen allí, aun en modestia campestre, tan grandes señores. Probablemente la
servidumbre se alojaría en casas, hoy desaparecidas, al otro lado de la plaza.
No hay tampoco, dentro, el menor lujo arquitectónico. Un zócalo de Talavera,
ordinario, corría por todas las habitaciones728, que, sin duda, estarían
adornadas y confortadas con tapices, pero «tapices viejos», como su mismo dueño
declaró729. La cuadra se componía de dos piezas, una para ocho animales y otra
para tres.
Así era el convento,
grande y bello, pero nada lujoso desde que desaparecieron sus pinturas; y así
era el pretendido Alcázar, donde, bien entrada la noche de enero, descendía el
Conde-Duque y, apoyado en sus criados, subía los breves escalones de aquella
cárcel demasiado estrecha para sus ímpetus, aun estando tan abatidos.
El careo con la
eternidad
El Conde-Duque se
entregó en Loeches, con mayor ahínco que hasta entonces, a la vida de devoción.
Se levantaba muy temprano y oía varias misas y oraba hasta las once, desde la
tribuna con celosías, que aún existe, frente al altar mayor y a su izquierda730.
Tal vez hasta en aquellas horas de recogimiento no hizo su alma ese careo
solemne entre el mundo y la eternidad que a todos nos llega y del cual nuestro
mundo, por grande que haya sido, resulta invariablemente reducido a cenizas.
Careo más solemne en el caído ministro, porque el poder humano tuvo para este
Guzmán, arrebatado de ambición, realidades de grandeza tan inauditas que su
derrumbamiento y desengaño debió de sonar en la soledad de aquel páramo con
ecos de tragedia cósmica. Yo no he sentido, en ninguna de mis lecturas y
meditaciones sobre el ministro de Felipe IV, la magnitud de su dolor como en
los momentos en que apoyaba mi frente en el mismo lugar donde buscó alivio la
suya y contemplé a través de la misma celosía el altar, hoy desmantelado, en que
sus ojos, llenos de angustia, se clavaran.
Se paseaba luego por el
campo, a pie, con sus perros, o en su carroza. En los días de lluvia o de frío,
el paseo sería por la galería cubierta que hay en la fachada sur de la iglesia,
desde la cual, limitado por el último arco, se ve sólo un trozo de tierra árida
y amarilla y, al fondo, el camposanto.
Después de comer, salía
de nuevo, veía jugar a las gentes del pueblo y a sus criados; rezaba las horas
mayores y cenaba después. Antes de acostarse volvía a rezar el rosario731. Un
manuscrito de la época, que se conserva en el convento, añade nuevos detalles a
estas devociones. Nos dice que oraba ante la calavera «de un hombre muy insigne
en letras que en la Universidad de Salamanca había sido su maestro», y que se
ponía al brazo cilicios, «de que daban muestras las señales que de los hierros
tenía en las mangas de las camisas»732.
En todas estas
devociones le acompañaban su confesor el P. Martínez Ripalda, y su «compañero»,
dicen siempre las cartas de los jesuitas sin duda, otro de la Orden; pero no
sabemos quién era. Rioja estaba allí también y probablemente no inactivo, como
veremos ahora. Salvo éstos y la servidumbre, su soledad era absoluta. Doña Inés
y los hijos seguían en Palacio. Y las visitas que venían de Madrid, unas
traídas por el cariño y otras por la curiosidad, eran escrupulosamente
rechazadas. «Dio por razón al Padre Martínez Ripalda, para no verlos, que los
que venían eran amigos o no lo eran; si eran amigos, no quería enternecerse con
ellos ni darles ocasión de sentimiento; y si no lo eran, temería turbarse»733.
Tampoco recibía ninguna carta, salvo las de su mujer. A Pellicer le contó el
mismo cardenal Borja que le había devuelto una misiva suya, sin abrir734. El
rigor de su aislamiento era tal que, según Novoa, ponía «espías en los caminos
para avisar y despedir»735.
Empleaba algunos ratos
en la agricultura; «arrojado de la Corte —dice Siri, enfáticamente— no
desperdiciaba el vil oficio de jardinero». Serían, probablemente, consejos a
los peones los que diera y no golpes de azadón, pues su obesidad, su gota y la
fatiga creciente le vedaban ya todo trabajo físico. Aún alentaba en él, no
obstante, el espíritu reformador, y trató de convertir aquellas lomas, ya
entonces peladas, en cotos de caza. Pero la oposición popular continuaba hasta
en sus propios dominios; y los labradores, alegando que los conejos que se
proponía traer serían perjudiciales para los sembrados y viñedos, se opusieron
a la reforma; no cedió el ex dictador, y acudieron los villanos al Rey, que dio
la razón al pueblo y ordenó «que los conejos y conejas que había pedido en
varias partes para Loeches no se enviasen»736.
El secreto de la salida
Pero esta paz duró muy
pocos días. Olivares había salido de Palacio, hay que recordarlo aún, no
arrojado por el Rey, sino accediendo éste a las propias instancias del
ministro, que se sentía aplastado por el destino adverso. Los relatores
contemporáneos ocultan esto y se atienen con malicia a la versión de la
despedida violenta. Algunos que declaran la verdad de la retirada voluntaria
suponen que fue una estratagema piadosa del Rey para dorar el cese del
orgulloso Conde-Duque. La verdad la sabemos ya: el Valido se iba porque los
resortes de su privanza, los suyos y los del ambiente, se habían quebrado. Si
no, ninguna conspiración hubiera podido con él. Se iba y no le echaban; acaso
poniendo él las condiciones. Inmensamente dolorido de su propia derrota; pero
no humillado por nadie. Que esto no es hipótesis lo demuestra una carta,
importantísima para la historia psicológica de este proceso humano, escrita por
Don Gaspar durante los días de su caída, dos días antes de salir de Madrid, y
dirigida a la persona que, fuera de su mujer, le merecía más confianza de
cuantas le rodearon, el Marqués de Leganés, en el amor su verdadero hijo. Esta
carta, no comentada hasta ahora, dice así:
«Primo: Aunque creo que
el Rey, nuestro señor (Dios le guarde), os ha escrito que en razón de mis
achaques y la falta de fuerzas en que me hallo estoy obligado a tratar de cura
larga en lugar de asir el remo con más vigor que nunca, como lo pedía la sazón,
podía yo excusar el haceros otra relación; pero no de deciros, primo, que ésta
es la ocasión de que el Rey nuestro señor (Dios le guarde) conozca que los
ministros y parientes que han corrido por mi mano son tales en la fineza, celo
y aliento que mis imposibilidades no sólo las han de reparar con sus acciones,
sino adelantar más que nunca y hacer que Su Majestad experimente y toque con la
mano que aquellos que yo he propuesto son tan finos como yo y más. Si nuestro
Señor se sirviese de que la cura aproveche, aquí me tendréis, y donde no, os
ofrezco mis oraciones delante de Dios, porque realmente los achaques aprietan y
son de mala calidad y toman la cabeza, con que veréis la gravedad a que llegan.
En materia de negocios me remito a los despachos de S. M. (Dios le guarde).
Algún dinero nos ha remitido; trataré vivamente de que hará luego más; y espero
que no se dilatara. Dios os guarde como deseo y he menester. Madrid, 21 enero
de 1643.»
De mano propia: «Creo
de mí, señor mío y mi hijo, que mi salud no ha podido pasar más adelante y que
me podéis consolar en esta parte última de mi vida, sólo con servir al Rey,
nuestro señor; también que mis canas y achaques resuciten con nuevas ocasiones
de que servir muy aventajadamente a Su Majestad. Yo os echo mi bendición porque
deseo infinito curarme por ver si puedo ayudaros; pero lo cierto es morir
vuestro padre y vuestro amigo. Hasta que Dios resuelva. —Don Gaspar de
Guzmán»737.
Esta carta revela, ante
todo, que era verdad, y no pretexto, la enfermedad de Olivares, que Felipe IV
alegaba en su decreto de 24 de enero. El Conde-Duque estaba, realmente, tan
malo que no podía seguir actuando de ministro universal. Pero, además, nos damos
cuenta, irrefutable, de que la enfermedad había comenzado a producir una
confusión grave en el cerebro del Valido. Ya dice él que los achaques «le toman
la cabeza»; pero, aunque no lo dijera, se advierte el diagnóstico en la
incoherencia de los conceptos y en la oscuridad de la redacción. Flotan en
ella, como restos de una nave hundida, algunos rasgos de su pasada y enérgica
retórica. Aún aparece, como una muletilla, su metáfora predilecta, la de «asir
el remo», símbolo de lo que fue para él el gobernar: remar tenazmente, más que
inventar derroteros geniales para España. Pero la comparación de esta carta con
cualquiera de los papeles de su juventud, la convierte en un documento clínico.
Alienta en ella, en fragmentos alternativos y desgarrados, la desesperanza de
curarse y el deseo de volver a su mando. El pensamiento asoma velado por nubes
oscuras de sinrazón. Y la posdata, añadida de su mano, tiene ya la vaguedad
trágica de los que empiezan a trasponer los lindes de la conciencia.
La contestación de
Leganés va copiada en el Apéndice XXIX. Este Leganés, discutido como general,
fue, como hombre, intachable. Bastaría para demostrarlo esta carta, tan
reverente y dolorida. Se lo debía todo al Conde-Duque, pero en la hora de la
desgracia no le negó, como otros, y se honró llamándose su «hijo obediente y
criado de buena ley». Se adivina que su dolor es, ante todo, de hijo, que
siente, más que la desgracia social consumada, la de la vida de un deudo en
peligro y la extinción visible de aquel manantial de voluntad.
Sublevación del
desterrado
Ésta era la situación
espiritual del Conde-Duque en los primeros días de su retiro. Mas pronto
empezaron a llegar a Loeches noticias de la agitación de la Corte. Los Grandes
y el pueblo se inquietaban de ver al caído tan cerca de Madrid. Como no se
cumplió el esperado milagro de que la salida de Olivares de Palacio fuese
seguida de la paz y de la prosperidad, la lógica simple de la muchedumbre lo
achacaba a que seguía mandando desde Loeches, ya mediante «el arcaduz de la
Condesa», ya directamente, en visitas misteriosas que se aseguraba hacía Don
Gaspar al Rey, en el Buen Retiro. Y arreciaban los ataques al Conde y las
indirectas al Rey, en libelos y en gritos que la gente profería al paso de los
Monarcas por la calle. Todo lo sufría el desterrado con paciencia y esperanza.
La monja de Loeches que escribió su semblanza dice que «en muchas ocasiones —y
debieron de ser éstas— se reconocieron en él los buenos efectos de la oración,
porque fue mucha su paciencia en los trabajos y grande su tolerancia en sufrirlos».
Pero he aquí que un
día, el 18 de febrero, sin cumplirse, pues, el mes de su salida de Madrid,
circuló por la Corte y llegó a sus manos el Memorial de Don Andrés de Mena, en
que, con su firma responsable de Oidor, y sin bajezas de sátira de arrabal, se
sistematizaban los principales cargos en contra suya, que corrían de boca en
boca y algunos más. Se adivinaba, claramente, que a la pluma de Mena la movía
el odio implacable de los Grandes, decididos a rematar al caído. Y la paciencia
de éste se acabó. Una vez más reaccionó desde el fondo de su depresión. Llamó a
Rioja y pusieron manos a la obra en un opúsculo de defensa, que se llamó El
Nicandro, al que dedicaremos el próximo capítulo. Allí veremos que, si los
Grandes salieron de la polémica que se entabló más malparados que el
Conde-Duque, consiguieron, por lo menos, alejar al enemigo de Madrid,
trasladando su destierro a Toro.
En las cartas de los
jesuitas hay una relación muy puntual de las últimas horas de Olivares en
Loeches738. Acordado por la Junta que se formó para dictaminar sobre El
Nicandro que el autor de éste era el Conde-Duque, se juzgó «para satisfacción
de los lastimados en el papel», que se le castigase llevándole más lejos. El
Rey se conformó, pero «añadiendo de su letra que se dispusiese que el Conde
pidiese licencia para hacer menos áspero el destierro»; notable bondad, porque
el libelo, más que a los Grandes, que tanto se enojaron, era al Monarca a quien
zahería. Acaso Don Felipe consideraba como atenuante la enfermedad, ya muy
visible, de Don Gaspar. Acaso, también, temía que, si se mostraba riguroso,
Olivares realizara las amenazas que contra el Rey asoman, con clara audacia, en
el papel. Lo indudable es que Felipe IV no quiso, ahora tampoco, ofender
excesivamente a su Valido.
Cortesía en la estepa
Fueron a Loeches con la
orden del nuevo destierro, a primeros de junio de 1643, Don Luis de Haro y Don
Francisco Antonio de Alarcón. El sobrino, Haro, iba, según el jesuita narrador,
«porque fuese templada la purga con el azúcar, si bien yo pienso que en
semejantes bebidas es lo dulce lo que más empalaga». Se quería que la
entrevista se celebrase en el mayor secreto, para lo cual se citó a Don Gaspar,
que había de estar solo, en los alrededores de Loeches; y cada uno de los dos
emisarios salieron de Madrid con pretexto de caza y por diferentes caminos.
Estaba el Conde esperando cuando llegó Alarcón, que entró en el coche de aquél;
y como no debía hablar hasta estar los tres, pasaron la hora que duró la espera
hasta la llegada de Haro sentados uno frente a otro, sin decirse más que vagas
fórmulas de cortesía. «Perdía el Conde mil colores»; Alarcón estaba más sereno.
Apareció, al fin, Haro, retiró su coche y «entró en el de su tío, haciéndole la
misma cortesía y veneración que en los tiempos de su prosperidad; y queriéndole
besar la mano, se bajó el Conde al estribo porfiando que tomase su lugar, sobre
que hubo muchas repugnancias. En fin, Don Luis quedó al estribo, el Conde en la
testera y Don Francisco a los caballos; y luego comenzó la conversación».
Admirable, por cierto, esta pugna de alambicadas cortesías en aquel trance,
solos los tres en la soledad de la estepa y dictada ya la sentencia para
castigar al ministro, poco antes dueño del Imperio.
El resto de la
conversación se desarrolló en el mismo tono de engolada etiqueta. El Conde se
negó a pedir licencia al Rey para retirarse, porque pidiéndolo se privaba del
gusto de obedecerle. Así creería mejor que seguía sujeto a su servicio. Pero al
fin se convino en que la fórmula fuese que Haro, como sobrino de Olivares,
pidiese a Don Felipe el traslado de su tío a otro lugar que no fuese Loeches,
porque el calor excesivo de estas tierras, en verano, perjudicaba a su salud.
Se pensó en Andalucía, por ser la tierra familiar de Olivares. Pero al día
siguiente, el Padre Martínez Ripalda llevó una carta de Don Gaspar para
Haro739, en la que le pedía que no se le enviase a Sevilla o Sanlúcar, sino a
Toro o León, «por su mejor templanza»740. Así fue acordado.
Al volver de la
entrevista, el coche de Haro se rompió y tuvieron que volver juntos, él y
Alarcón, en el de éste, hacia Madrid. Don Gaspar regresó a Loeches en el suyo,
solo, como había venido, «con lágrimas en los ojos». Toda la arrogancia de El
Nicandro, humo de arrogancia ya, se había evaporado.
A los pocos días salió
para su nuevo destierro. No llegó, pues, a cinco meses su estancia en Loeches.
Tal vez ya no se daba cuenta exacta de su situación. Pero desde fuera la gente
contemplaba, con maligno alborozo, su caída gradual por la pendiente. ¿Hasta
dónde bajaría? En muchas mentes volvió a dibujarse el recuerdo de Don Rodrigo
Calderón, cuya sangre salpicó el comienzo de la privanza del Conde-Duque. El
jesuita González, al comentar la marcha hacia Toro, escribe estas palabras, por
las que pasa como el relámpago el hacha del verdugo: «De los cuernos de la luna
se para en los de Toro, que estas variedades tienen las cosas de la vida; y si
para ahí, no es tan malo.»
27. La batalla de El
Nicandro
Alegría y desilusión
PARA explicarnos la
génesis y la importancia de El Nicandro, la rebelde defensa con que el
Conde-Duque respondió a sus enemigos, es necesario recordar el estado pasional
del ambiente en los días que siguieron a la caída del poderoso Valido. Los
buenos españoles estaban convencidos de que bastaría la destitución del odiado
prócer para que, como ensalmo, curasen de raíz todos los males de la Patria.
Así que la alegría popular no tuvo límites en aquel mes de enero de 1643. Pero
todas estas esperanzas eran —una vez más— muestra flagrante de la vana ilusión
con que los pueblos esperan el milagro de que un hombre caiga o se levante;
para no tomarse el trabajo de crear el milagro ellos mismos con su enmienda y
con su sacrificio. Ya Novoa, el implacable antiolivarista, escribe estas
líneas, que valen por muchas páginas de filosofía de la Historia: «El Conde de
Olivares deja el gobierno de España... y el manejo de los negocios y se
retira... y el Rey los toma sobre sí...; pero no por eso cesan los tributos,
cuando el pueblo pensó que se acabarían.» Pellicer describe la misma
desilusión, eternamente repetida: «Aquí se ven cosas raras... Están en casa de
Don Luis de Haro cuantos antes iban con sus memoriales al salón del señor
Conde-Duque. Hacen los consejos y consultas como en su principio, ya destruidas
las Juntas; pero se ve muy poco dinero y nadie paga ni cobra.» Pero la
impresión más directa del desencanto popular nos la da el mismo Novoa al
contarnos que a un tal «Álvaro de Turrienzo, un hidalgo que vivía de sus blanquillas»,
le fueron a cobrar un impuesto fuerte, replicando al ministro que le apremiaba
«que si se proseguía aquello, para qué habían echado al Conde-Duque». El pueblo
español, y quizá todos los pueblos, han creído siempre que la consecuencia
inmediata de un cambio de política debe ser el no tener que pagar741.
Pronto se halló, sin
embargo, una explicación al inexplicable suceso. Si el estado de la Monarquía
no mejoraba —se dijeron los españoles— era precisamente porque la caída del
Conde-Duque había sido una farsa y desde Loeches seguía comunicando y privando con
el Rey; y aún se afirmaba que por las noches venía a Madrid y ambos tenían
secretas conferencias en el Retiro742. Creyóse esta especie por el pueblo como
artículo de fe; y no tardó en manifestar su disgusto ante los Reyes,
principalmente en forma de injurias a la infeliz Condesa de Olivares, cuya
permanencia en Palacio era, en el sentir general, indicio cierto de la
continuación solapada de la privanza de su marido. Los libelos clandestinos se
hicieron pronto eco del malestar popular. El más significativo fue el conocido
epigrama:
Que de Loeches lo eches
suplica el pueblo,
Señor:
Aparta de ti al
traidor,
que está muy cerca
Loeches.
Hubo un presbítero que,
en la primera audiencia que dio el Rey después de la caída de Olivares,
presentó un memorial y lo recitó de viva voz, culpando con descaro al Monarca
de no haberse deshecho definitivamente del Privado. Probablemente era un loco,
pero, como en tantas ocasiones, un loco por el que hablaba directamente la voz
popular743. Lo que más irritaba a la muchedumbre era que se dijese que el Conde
se había ido —como era verdad— por su gusto y no echado por el empujón de la
calle. En unas décimas que corrían entonces por Madrid se lee:
.............., ha
caído?
No, no, que le han
derribado.
La muchedumbre no se
resignaba a no ser ella la que había hecho de escoba744. Pero otros pedían, sin
eufemismos, su muerte. En varios de los versos por los que hablaba el clamor
popular aparece el grito terrible:
España... empieza
a pediros, gran señor,
que del Conde acusador
le deis presto la
cabeza.
O bien:
El español arrogante,
en cosa tan importante
como es matar a un
traidor,
llega y no tenga temor
que Dios estará contigo
y digan que yo lo digo.
O aquel otro, atribuido
a un Grande de España, que termina con este trágico suspiro:
¡Oh verdugo, oh
cuchillo,
oh cadalso!
El «Memorial» de Mena
Entre este hervidero de
rencores, calumnias y amenazas, un día apareció un impreso titulado Memorial
dado al Rey Don Felipe IV por un ministro antiguo. Era el 18 de febrero de
1643, apenas, por lo tanto, pasado un mes de la caída. El papel no tenía nombre
de autor, pero pronto se supo que éste era el Oidor Don Andrés de Mena,
personaje del que hablan los jesuitas como amigo suyo745. La respetabilidad del
autor, la relativa mesura del lenguaje, lo copioso y aparentemente eficaz de
las razones, dieron a este papel gran trascendencia. Para mí, su ruido se debió
en gran parte a que detrás de Mena se adivina el ataque de los Grandes de
España. A Mena, personalmente, nada le iba ni le venía en el pleito, y en toda
su acusación asoma, antes que ninguna otra cosa, el rencor de la Nobleza
agraviada. Esta convicción debió de influir también, sin duda, en la violenta
reacción que el Memorial produjo en el Conde-Duque.
Enumera este impreso
los agravios que hizo el Valido a los Grandes. Encomia su responsabilidad en
las guerras exteriores, en la rebelión de Cataluña (¡por su falta de respeto a
los Fueros!) y en la de Portugal. Critica los gastos de los ministros y su opulencia,
en contraste con la penuria de la real familia. Critica también las famosas
Juntas. Acusa a Don Gaspar de haber traído a los altos puestos a los obispos,
dejando huérfanas las diócesis. Afirma que se enriqueció durante la privanza,
aunque reconoce que era «limpio en recibir de particulares». Le recuerda los
inútiles millones gastados en el Buen Retiro. Hace la historia de los Grandes a
quienes desterró y encarceló sin justicia, contribuyendo, si no materialmente,
por el pesar que les produjo, a la muerte de varios de ellos. Asegura que
trataba al Rey con inmoderada familiaridad, permitiendo, por ejemplo, que el
Soberano entrase en su cuarto a verle peinar. Y termina comparando el resultado
infeliz de su política con el próspero que Francia debe a la de su rival, el
Cardenal Richelieu.
Aparece "El
Nicandro"
La indiferencia y
resignación con que había acogido hasta entonces el Conde-Duque los ataques del
pueblo desaparecieron ante el Memorial de Mena, probablemente, repito, porque
adivinó la mano oculta que le movía. Se decidió a contestar, y en unas cuantas
semanas se elaboró y publicó El Nicandro, que recorría Madrid, entre un
escándalo estrepitoso, en mayo del mismo año de 1643.
Este documento, no
fácil de encontrar para el lector corriente, por lo que publico un extenso
resumen del mismo en el Apéndice XXIX, es una cumplida respuesta a todos los
cargos que le dirige el Memorial de Mena. Admirable de energía y elocuencia,
puede haber en él artificiosidades dialécticas, pero en general es uno de los
documentos políticos más interesantes de nuestra Historia; y sólo los que no lo
hayan leído despacio pueden juzgarlo con antipatía y dureza. Lo que más
interesa al historiador es su afirmación enérgica de que todos sus actos de
gobierno se hicieron con el conocimiento y la aprobación —y muchas veces bajo
el mandato— del Rey; por lo cual, lo que pudiera haber en ellos de culpa no
puede en justicia echarse sobre la cabeza del ministro, sino que los dos tienen
que compartir por igual la responsabilidad. Por primera y única vez, la
sumisión de Don Gaspar de Olivares al Monarca, que en él era casi un
sentimiento religioso, se quebraba, a fuerza de injusticias, y se convertía en
una amenaza expresa e irreverente.
Sin embargo, el Rey, en
realidad el más gravemente ofendido por El Nicandro, no se dio por enterado.
Los Grandes de Castilla, en cambio, «se sintieron picados muy en lo vivo» y
armaron gran alboroto, reuniendo juntas y conminando al Rey para que los vengase.
Ya se ha dicho que una Comisión compuesta por el Conde de Lemos y los Duques de
Híjar y de Medinaceli fue la encargada de esta gestión, negándose a formar
parte de ella el Duque de Alba, de temple moral muy superior al de sus
compañeros. En realidad, era éste un episodio más de la vieja lucha entre los
Grandes y el Conde-Duque; y éste, como el Cid, después de muerto políticamente,
les daba la postrera y más terrible lanzada. El pueblo, pendiente de la vida
aristocrática, presenció con estupor la escandalosa pugna. De la importancia
que alcanzó en la Corte da idea la epístola que dirigió a su Gobierno el
embajador veneciano Nicolás Sagredo746, en la que confiesa que no puede
precisar cuáles eran los grandes motivos originadores de tamaña tempestad y acaba
por decir que el principal pecado de El Nicandro es «un oculto sentido, una
quintaesencia que se desprende de la lectura de todo el discurso». Fue, en
suma, todo ello, fuego de rescoldo pasional, y mucho más el ruido que las
nueces. Y hoy, al leer El Nicandro, se tiene la sensación exacta de que la
aristocrática cólera era desproporcionada al agravio del Conde, no flojo, pero
tampoco excesivo teniendo sobre todo en cuenta su eximente situación de
perseguido.
Los críticos de
entonces, como los de ahora, han juzgado, por lo común, mal a este papel, y ya
es hora, como pedía Morel-Fatio, de ponerle en su rango verdadero. El jesuita
Padre González, que nunca fue muy afecto al Conde-Duque (probablemente por
rivalidad con sus compañeros los Padres Salazar y Ripalda), estimaba a El
Nicandro como «de poca substancia en las razones, porque ninguna valía nada ni
hacía fuerza»747. Análogo juicio se encuentra en otros comentaristas de la
época. Menos explicable, una vez extinguida la pasión contemporánea, sería el
juicio de los críticos lejanos al suceso, como el de Silvela, que califica a
esta defensa de «desdichado papel», «inspiración fiel y perfecta de un espíritu
ligero, sin juicio y sin estudio»748. Cánovas, en cambio, lo alaba mucho, con
toda razón749, y más aún el canovista Pérez de Guzmán que, ya con evidente
exceso, lo califica de «producción sublime de alta dialéctica, conmovedora
elocuencia y convincente razón»750.
El autor de «El
Nicandro»
Queda ahora por
discutir quién fuera el autor directo y el inspirador del discutido documento.
Fue éste entregado al Rey, en persona, por Don Juan de Ahumada, que era maestro
de Don Juan de Austria. Le prendieron y se declaró autor del escrito. Este Ahumada
había sido jesuita y «se salió por socorrer a su madre, que padecía necesidad».
El Conde-Duque le protegió, sin duda porque era hombre despierto, y le dio el
puesto de preceptor cerca del hijo bastardo del Rey. Nobilísima fue la gratitud
con que el ex jesuita correspondió a los favores del Valido. Pues es evidente
que no era él el autor del opúsculo, aunque sí tal vez uno de los que tomaron
parte en su confección751.
La mayoría de las
opiniones señalaron entonces a Don Francisco de Rioja, el amigo y escritor de
cámara de Olivares, como redactor de El Nicandro. El estilo trasciende bastante
al suyo. Y ya hemos dicho que hasta el nombre de El Nicandro o Antídoto, denuncia
al bibliotecario del Conde-Duque, que manejaba libros de medicina con este
mismo rótulo. A Rioja lo atribuyeron desde el primer momento los jesuitas, y
también Novoa, que dice así: «Finalmente, se encerró [el Conde-Duque] con
Francisco de Rioja y el Padre Ripalda, de la Compañía de Jesús, que estos dos
hombres había llevado para alivio de su vida y de su conciencia, y fraguaron un
papelón temerario; lo imprimieron y lo dejaron correr, si bien con riesgo de
algunos que anduvieron en la manufactura»752.
La participación de
Ripalda, que con tanta certeza asegura el ayuda de cámara, se supuso por otra
mucha gente, y la confirma el hermano Diego Ruiz, de la misma Compañía de
Jesús, con aquellas palabras ya citadas otra vez de que «como todo lo malo que
se hace se atribuye a la Compañía, lo primero que se les ofreció fue esto» (que
fuera Ripalda el autor)753. Quien haya leído el brioso alegato defensivo que
este Padre Ripalda hizo del Conde-Duque, en Toro, no pondría en el fuego la
mano sobre si el jesuita no puso la suya en el escrito que tratamos. Muchos de
los argumentos de El Nicandro reaparecen, en forma y estilo muy análogos, en el
Memorial de Toro. Lo más probable es que, como en torno del Conde-Duque había
muchos hombres de letras, y éstos suelen ser agradecidos y nobles, varias
plumas intervinieran en la redacción y retoque de estas ardientes páginas.
Entre ellas, tal vez también la de Ahumada, que era muy amigo de Rioja754.
Pero los libros no son
de quien los manuscribe sino de quien los piensa. Y el pensamiento de El
Nicandro es todo puro Conde-Duque. Nadie puede negarlo: aquella es su robusta,
elocuente y orgullosa dialéctica con sus cordialidades y sus desdenes que hieren
como zarpazos. La redacción, no. Por entonces Don Gaspar, con la mente
conturbada, ya no escribía con el estilo claro, punzante y maduro con que están
redactados los argumentos e insinuados los ataques en este papel. Pero él fue
el directo inspirador. Tal vez luego se arrepintiera. Una sátira que circuló
por entonces, escrita sin duda por un amigo de Olivares, dice que éste sintió
haber escrito «este descomulgado papel». Y hay, finalmente, una declaración
importantísima: la del confesor del Conde-Duque, el Padre Ripalda, en el citado
Memorial, en la que se niega terminantemente su intervención en la confección
de El Nicandro diciendo que «por hacer al Conde más odioso, publicaron [los
enemigos] que era suyo, sin haberlo jamás visto ni antes ni después de haberse
impreso». No obstante esta declaración, un tanto especiosa (porque, en efecto,
pudo muy bien Don Gaspar inspirar la defensa sin haberla visto ni antes ni
después de impresa), resulta evidente la responsabilidad del Valido en la
inspiración del importantísimo documento. La situación angustiosa en que se
encontraba en Toro cuando su confesor se decidió a escribir el Memorial,
justifica la frase hábilmente negativa de Ripalda755.
Proceso y sentencia
Es interesante también
dejar consignados, en resumen, los procesos y sentencias que se siguieron por
estos papeles, a Mena y a Don Gaspar. Del primero se consideró como padre
indudable al dicho Don Andrés de Mena, aunque éste, según Novoa, lo negó, echando
la culpa a un hijo suyo, fraile. En cuanto a El Nicandro, el presidente de
Castilla llamó a Ahumada, que reiteró su declaración de único responsable de la
redacción e impresión, dando como causa «el no poder ver padecer la reputación
del Conde-Duque, su Señor, a quien debía todo lo que era». El quijotesco
preceptor dio con sus huesos en la cárcel, pero la justicia no se dio por
satisfecha, y nombraron juez de la causa al alcalde de Corte Don Antonio de
Robles. La actuación de éste demuestra descaradamente el deseo de buscar el
punto delgado de la cuerda para eludir la responsabilidad del Conde-Duque y de
Rioja, que fue siempre muy amado de Felipe IV. Buscoóse, en efecto, a quien
probablemente tenía menos culpa, al impresor, un tal Mateo Fernández, y se le prendió
por haber tirado el papel sin licencia, aunque en su declaración alega que
pidió permiso al alcalde Lezama y que éste se lo dio756. Fue preso también el
alcalde; pero no hay que decir, dada la justicia de aquellos tiempos, que
inmediatamente le devolvieron la libertad. Prendieron asimismo a Domingo
Herrera, botiller del Conde y criado del Rey, que había andado en la impresión
y en el reparto de los papeles; pero a todos «con buena esperanza de salud»,
dice Novoa.
La culpabilidad de
Olivares fue examinada por una Junta compuesta de dos Nobles —el Conde de Oñate
y el Marqués de Castañeda— y de tres ministros —el presidente de Castilla, Don
Francisco Antonio Alarcón y Don Pedro Pacheco— con lo que estaba asegurada la
minoría de los aristócratas vengativos; y, en efecto, la sanción se redujo al
traslado a Toro, pena no demasiada en tiempo de verano y, además, con la
promesa solemne de Felipe IV de no molestar para nada ni al Conde-Duque ni a su
mujer e hijo, que seguirían en sus cargos. Se hizo intervenir a la Inquisición,
con pretexto de que las citas de los libros sagrados que abundan en El Nicandro
eran impropias, y esto, ante el populacho, dio cierto acento terrible a la
persecución. Pero, en realidad, el cielo inquisitorial se empleó sólo en la
captura y recogida de los impresos, que fue, en efecto, rigurosísima, pues hoy
es excepcional el encontrarlos, y los ejemplares que conocemos son casi
únicamente los manuscritos, que sin duda, y pese a la Inquisición, debieron de
circular mucho. Novoa observa, para expresar la benignidad con que actuó el
Santo Oficio, que «aún estaba allí todavía el agradecimiento del Padre Salazar,
inquisidor de aquel Supremo Consejo»757.
Los inculpados de menor
categoría fueron juzgados por los Tribunales ordinarios y en julio del mismo
año de 1643 hizo la acusación el fiscal del Consejo, licenciado Don Juan de
Morales y Barrionuevo, caballero de Alcántara. Esta acusación, muy desvaída y
vulgar, se limita a rebatir las acusaciones de El Nicandro y a hacer resaltar
—los recursos de siempre de la justicia oficial— el antipatriotismo de sus
autores. Deja al Conde-Duque, a Rioja y a Ripalda como al margen de toda
culpabilidad y pide que se condene al impresor Fernández y al botiller Herrera.
Justicia tan injusta que marca, como la columna de un termómetro, los grados de
amoralidad de aquel pueblo758.
En el Memorial de
Ripalda se queja éste, en nombre del Conde-Duque, de que «se ejecutaron graves
sentencias en el autor y los cómplices» de El Nicandro; y, en cambio, se trató
con lenidad a los autores e inductores de «los escritos que ofendieron al Conde,
que eran tantos y tan enormes que tiembla la pluma de referir sus injurias, tan
declaradas y desmedidas»; pero en esto la queja del ex Valido no tenía el menor
fundamento. Basta para comprobarlo leer la sentencia que salió poco después, y
en ella se ve que a Herrera, el propagador de El Nicandro, sólo se le desterró
durante dos años; a Fernández, el impresor, se le condenó no más que a pérdida
de sus instrumentos, y a Ahumada, a la destitución de su puesto de preceptor de
Don Juan de Austria. Nada más. En cambio, el pobre Mena, el Oidor, el que había
defendido a los Grandes y al Rey y al Papa contra el Conde-Duque, tuvo que
pagar 500 ducados, se le envió a servir a Oran durante seis años y se le
desterró del Reino para otros cuatro más. Y a Diego de Gradille, que había
impreso y propagado este Memorial de Mena, se le hizo pagar 400 ducados y se le
desterró del Reino durante diez años759. La sentencia es, sin duda, la mejor
prueba de que los altos poderes del Estado seguían estando, decididamente, de
parte del Conde-Duque.
Otras defensas del
Conde-Duque
Mucho menos resonancia
que El Nicandro tuvo otro escrito, excelente y apenas citado, que apareció
también a favor del Conde-Duque, firmado por el licenciado Don Gabriel de
Bolaños, fiscal de Comisiones del Cuerpo de Hacienda. Esta defensa tiene varios
puntos de contacto con El Nicandro, pero es mucho más serena. Su argumento
capital es también la complicidad del Rey en las faltas que se atribuyen al
ministro760. Una nueva imitación de la defensa de Bolaños surgió poco después,
repitiendo sus argumentos y muchas de sus palabras761. Nada sabemos de que
estos dos olivaristas fueran perseguidos. Probablemente no lo fueron, y ello
demuestra que el defender al Conde-Duque era una empresa, todavía después de su
caída, poco arriesgada. El Rey, por bondad, por lealtad a su antiguo y fiel
consejero y porque tenía empeñada la palabra, no quería llevar más adelante el
leve castigo. Pero, a la vez, necesitaba contentar al coro inquieto de sus
Grandes. Sacó para ello de sus cárceles o destierros a los perseguidos por el
antiguo Privado; al Marqués de Villafranca, y más adelante a Quevedo, al
inquisidor Adam de la Parra762 y a otros de menor categoría. Pero el juego
estaba demasiado claro y la murmuración seguía, dando por hecho que, ahora
desde Toro, como antes desde Loeches, era Don Gaspar el verdadero consejero del
Rey. De no ser así, no se explicaba nadie que los desastres guerreros y las
calamidades en la vida interna siguiesen lloviendo sobre la infeliz España. Y
la confirmación evidente estaba en la persistencia en su puesto de Palacio de
la Condesa de Olivares, «arcaduz que unía a Don Felipe IV con su ministro».
Era preciso expulsarla.
Pero la mantenía en su puesto nada menos que una promesa real contra la cual
eran impotentes las fuerzas humanas. Para anularla hubo que hacer intervenir a
Dios, y ya sabemos que fue su instrumento la monja que desde el convento soriano
se preparaba para nueva privanza en el ánimo paralítico del Rey. Así terminó la
batalla de El Nicandro.
28. El crepúsculo de
Toro
De Loeches a Toro
EL jueves 12 de junio
de 1643 salió el Conde-Duque de Loeches, camino de Toro, a cumplir el nuevo
destierro. La elección de esta ciudad se debió a su clima fresco y a que allí
tenía un palacio su hermana Doña Inés, la Marquesa de Alcañices, ya viuda, que
demostró su amor fraternal al ministro caído, hasta su muerte. Era, en
realidad, su única hermana, pues Doña Francisca, la Marquesa del Carpió, había
muerto el año antes; y Doña Leonor, la Monterrey, reñida con él, no quiso
verle763. Pocos días antes, el Marqués de Oropesa, sobrino del difunto
Alcañices y heredero de este título, había salido ya para preparar el hospedaje
del Valido y de la viuda de Carpió, que quería «cuidar del regalo de Don Gaspar
y ser su ama»764. No se permitió a Olivares entrar en la Corte, aunque lo
solicitó, y fue, dando un rodeo, a comer a Pozuelo de Alarcón, el pueblecito
próximo a Madrid, hoy casi barrio suyo, donde un mozo de Don Luis de Haro le
había preparado seis almohadas blancas para dormir la siesta. Don Luis en
persona acudió, con la Condesa de Olivares, que se despidió de su marido
tiernamente. Haro habló con su tío «en secreto algunas horas»765. Allí y en la
Torre (hoy Torrelodones), donde también se detuvo, fue visitado por su hijo y
muchos amigos, entre ellos el Patriarca y el Conde de Grajal. A todos los
recibió, rompiendo la costumbre de aislarse, tan rigurosamente observada en
Loeches. Por sus jornadas llegó a Toro, y su entrada en la hermosa ciudad está
tan bien descrita en un papel contemporáneo, que le copiamos íntegro766:
Los primeros días de
Toro
«Jueves 10 de junio.
—Llegó a Toro el sargento mayor de Don Mateo de Alvear, con aviso de que el
Conde-Duque había elegido aquella ciudad para pasar en ella este verano, por la
templanza y amenidad del sitio; y como cosa tan lejos de imaginarse, causó la
admiración que se deja considerar. Tratóse luego de inquirir la causa, y como
faltaban noticias que pudiesen servir de fundamento, eran vanos los discursos.
En el modo del viaje, acompañamiento y casa que traía, se hablaba con
incertidumbre y variedad hasta que aseguró el aposentador que venían con él
pocos criados, y de los conocidos sólo Don Francisco de Montes de Oca y Don
José de Insausti y Simón Rodríguez.»
Viernes 19. —Se supo
que entraría al día siguiente por la mañana. Salióle a recibir la ciudad por su
corregidor y cuatro comisarios, y a todos dio los mejores lugares en su coche,
quedándose en el estribo izquierdo. Así entró por la plaza y calles más principales,
y en una de ellas encontró a Don Luis de Ulloa, caballero natural de allí, que,
después de haber servido bien a S. M., está desacomodado; y como si le hiciera
sangre el parentesco de la adversidad, paró el coche y le mandó entrase con él
en aquel estribo; y aunque lo excusó, hizo que le obedeciese, diciéndole que,
si bien estaba muy gordo, no sería mal vecino; y después de haberle tratado con
particulares demostraciones de humanidad, hablando [con él] en su retiro, le
dijo: "En fin, es necesario buscar los hombres para hallar hombres, que
los que se van a ofrecer o no lo son o son los más ruines." Palabras en
que mostró que comenzaba a entrarle la luz común y que se iban desatando las
vendas que impidan la vista en la prosperidad.
»Llegó a las casas del
Marqués de Alcañices dispuestas para su habitación, y después de haber estado
recibiendo visitas, muy apacible, se retiró. A la tarde fue a visitar a la
Marquesa de Alcañices, y al salir dijo: "Vamos a darle la obediencia a nuestro
corregidor." Y por no hallarse en casa dejó advertido que le dijesen que
había ido a besarle las manos, y después de haber andado por el campo, paró en
las vistas que llaman el Espolón. Allí llegó el corregidor y le hizo entrar en
el coche, tomando el tercer lugar sin querer otro. En una calle, después de
haber pasado, se oyó la voz de un niño que decía: "Vítor al Conde de
Olivares". Y repitiendo el Padre Juan Martínez Ripalda aquellas palabras
del salmo VIII: Ex ore infantium, etc., respondió: "No, sino que esto es
más estimado cuanto menos merecido." Poco más adelante salió una vieja de
la puerta de su casa y le dijo: "Sea V. E. muy bien venido a esta
tierra." Y lo recibió gustoso, dando a entender que hacía caso de estas cortas
señas de piedad, en que introduce la fortuna consuelo a los que vuelve las
espaldas, trocando en amor el odio inseparable de los grandes puestos.
»El domingo por la
mañana salió a la plaza y volvió temprano a recibir a los que fueron a verle,
con extremado agrado y cortesía, usando de los términos de particular como si
no hubiera pasado por veintidós años en que pudiera haberlos olvidado. Por la tarde
estuvo en la pelota concertando los partidos y procediendo como caballero de
ciudad, en la misma forma que si se hubiera criado y vivido siempre en ella.
Llevó en su coche a los que cupieron, agasajándolos y ajustando el tratamiento
de todos, como si conociera la condición y calidad de cada uno.
»El lunes se halló en
un Ayuntamiento ordinario y tuvo en él el lugar que le toca, sin admitir el del
Marqués de Malagón, aunque se le ofreció, en nombre del dueño su teniente, con
muchas instancias. Respondió a la bienvenida y luego trató de los negocios como
si fuera vecino. Es tal su tranquilidad y constancia en las acciones, en las
palabras, en el semblante y en el modo imposible de fingirse, que ni los que
saben distinguir esto lo tienen por artificioso, aunque les admira como
milagro; y de todo se va fabricando un concepto con que se truecan los
corazones, de manera que no puede creerse ni decirse.
»Este día llegó un
criado de su caballeriza a comprar unas guindas en la plaza, y sacando un real
de moneda nueva, de los que no tienen cara, para pagarlas, dijo la mujer de la
fruta que no conocía aquel dinero, y sobre esto levantaron la voz y llegó mucha
gente diciendo que aquella era muy buena moneda, y aun cuando no lo fuera ni
pasara, bastaba que la trajese un criado del Conde-Duque para que se le diese
cuanto quisiese, teniéndolo por muy buena dicha. Todas las fruteras se
levantaron a porfía, tirando de la capa al mozo para que fuese a sus tiendas
sin dinero y arrojándole las guindas a cestas. Y como los sucesos menudos
explican a las veces las cosas grandes, representando a la imaginación lo que
no pueden ni bastan las palabras, ha parecido [oportuno] referir esta
circunstancia que envuelve más de lo que descubrieran muchos encarecimientos.
»Jueves, 25. —Se
corrieron toros por la festividad de San Juan y [el Conde-Duque] se halló en
ellos, en las casas del Ayuntamiento, como Corregidor. Y aunque tenía prevenido
para poder salir si se cansase, los vio todos y dio vuelta a la plaza, a la
entrada y a la salida, sin perder ocasión en que mostrarse cortés y agradecido
a los que se esmeraban constantes.
»Viernes 26. —A la
mañana acabó de despachar la estafeta en la calle de la Pelota, y estando
sobrescribiendo un pliego llegó un mercader, vecino de Zamora, y le tomó la
muletilla, que estaba arrinconada al estribo del coche, por la parte de
adentro, y la estuvo mirando por todas partes, con ignorante curiosidad, y se
detuvo hasta que levantó la cabeza el Conde y, reparando en su atención, le
dijo, con risa, si le agradaba la hechura. A la tarde bajó al río y entró en un
barco a ver echar dos lances a unos pescadores; y luego que salió de él se
levantó un torbellino con aire recio y tempestad de truenos y relámpagos, que
en el río pudieran dar cuidado y memoria al nombre de aquel sitio.
»Sábado 27. —Visitó a
la Vizcondesa de Santa Clara y, al salir, llegó a besarle la mano Don Sebastián
de Contreras que, con ánimo de retirarse, ha dejado la Corte por el sosiego de
su casa o por la falta de salud. Recibióle con ternura y demostración del amor
que le ha tenido siempre y del que tuvo a su padre; aunque no estuvo
privadamente ni se detuvo Don Sebastián más de cuanto llegó acompañándole hasta
su casa, y de allí se volvió a Tordesillas, sin descansar en la posada.
»Domingo 28. —Gastó el
Conde gran parte de la tarde en casa de Don Luis de Ulloa.»
A este relato se puede
agregar el fragmento que se conserva de las memorias que sobre la estancia del
Conde-Duque en Toro escribió el poeta Ulloa767. De este fragmento se ha copiado
ya lo referente a la memorable visita que hicieron al ministro caído los
profesores de su antigua Universidad de Salamanca. Lo que sigue, interesante
porque completa la información de cómo pasaba sus días el desterrado, dice así:
«Domingo 12 de julio.
—Oyó misa el Conde en San Ildefonso, convento ilustre de dominicos y estuvo en
un cancel que se le ha hecho para asistir a los divinos oficios con más
decencia y devoción. A la tarde vio jugar las armas en el patio de su casa,
mostrando la inclinación que ha tenido a los ejercicios de habilidad y
destreza; y salió al campo, caído el sol.
»Lunes 13. —Por la
mañana fue a Nuestra Señora del Canto, imagen devotísima, en cuyo templo ofrece
la piedad de esta provincia frecuentes votos y plegarias. La tarde y los demás
días, hasta el jueves 16 de julio, pasaron sin novedad, bien que a todas horas
hay mucho que advertir en la serenidad de ese sujeto, que verdaderamente se ha
desconocido por mirarle a mucha luz; pues ausente del resplandor que le daba la
eminencia de su puesto, a la sombra que le hacen sus émulos, parece mejor.»
Popularidad
En estos relatos se
advierte claramente el tono de majestuosa indiferencia con que su pasión de
poder halló en seguida el modo de situarse en la pequeña y gloriosa ciudad. Era
su sencillez y familiaridad, no la de un igual, sino la de los Reyes buenos con
sus vasallos. La animadversión que en toda España le perseguía —aunque menor a
medida que se alejaba de su centro, la envenenada Corte— se disipó en Toro y
cambió de signo, transformándose en orgullo y entusiasmo, ante el honor de
tenerle por huésped. No le dieron allí, como se lee en muchas partes, el cargo
de Corregidor de la ciudad; pues lo era, por Real privilegio: Corregidor de
todas las ciudades de España768. Mas no le hacía falta, porque su prestigio y
su costumbre de vivir en las cimas sociales le daba esa forma bondadosa y
fraternizadora que toma la autoridad en los que le han usado mucho: así como
los que mandan por primera vez, la exteriorizan con sistemático rigor e
impertinente severidad. Gozó con fruición el desterrado, en estos días, de un
placer que apenas conoció fuera de sus primeros tiempos de privanza: del amor
del pueblo. El niño que le vitoreó y la vieja que le dio, desde su portal, la
bienvenida, eran como aromas sencillos de la naturaleza que refrescaron su
corazón embotado por los perfumes artificiosos de Madrid. Y acostumbrado a la
mirada hosca de las multitudes que le veían pasar como a su tirano y
esquilmador, le serviría de infinito alivio aquella graciosa pugna de las
fruteras para regalarle sus guindas. Para que no se lo contasen, salía en
persona «a ver la fruta y a elegir para sí la que más le contentaba en la
plaza»769.
Hizo en Toro su pequeña
corte con criados, amigos, confidentes y hasta poetas protegidos, como Ulloa.
Y, desde luego, con las intrigas propias de toda corte, grande o mínima770.
Logró también, en su desgracia, lo que no pudo lograr en los días de grandeza:
el afecto femenino. Nos dice, en efecto, Pellicer que con frecuencia visitaba
«a las señoras de porte»; y «en tiempo de feria enviaba a todas las demás de la
ciudad papeles de alfileres y guantes»771.
Por las mañanas,
después de sus rezos larguísimos, iba a varias iglesias de la ciudad. Paseaba,
en su coche o en caballos mansos, por el campo, generalmente por los altos de
Valdevi, y por la tarde, visitaba nuevamente los monasterios torensanos772; y
no saciado con esto su fervor religioso, proyectaba extender a los de las
villas vecinas sus piadosas peregrinaciones, sobre todo si eran de sus amigos
los jesuitas773. Además del Padre Martínez Ripalda, otros de la Compañía le
visitaban, como el Padre Pimentel. Al crepúsculo acudían a su palacio varios
caballeros de la ciudad y jugaban en su presencia, generalmente «al hombre»,
comentando Don Gaspar sus jugadas y dirigiendo la conversación. Y, en suma,
para cada una de sus actividades de la época magnífica encontró el
correspondiente simulacro en el destierro.
La leyenda de las
últimas intrigas de Olivares
Su gran espíritu,
templado en las inclinaciones religiosas y ascéticas de los últimos años, se
contentaba con estas parodias de la pasada grandeza, logrando, como dice el
Memorial de Ripalda, ganarse el amor de los nobles y los villanos de Toro. Ni
su salud ni su resignación le permitían nada más; y es absolutamente inexacto
que, como entonces se dijo, el Conde-Duque intrigase desde Toro para seguir
influyendo sobre el Rey. El miedo del pueblo y, sobre todo, de sus enemigos en
la Corte, a que volviese a la privanza, les hacía ver visiones en todas partes
y repetían la misma leyenda que ya inventaron en Loeches. Sobre todo en Novoa,
cronista implacable del partido antiolivarista, se hallan frecuentes
insinuaciones a estos supuestos manejos, que conviene citar, porque ilustran
sobre el carácter de la época y de sus hombres.
En 1644 ocurrió una
conspiración de nobles contra Don Luis de Haro, que, a pesar del poco tiempo
que llevaba de Valido, y a pesar de serlo a medias, y con máxima diplomacia y
discreción, tenía ya por enemigos a aquellos mismos insoportables y enredadores
cortesanos que meses antes pusieron tanta saña en derribar al Conde-Duque. Los
conjurados eran Infantado, Osuna, Lemos, Montalvo y Oñate, y los capitaneaba el
Duque de Híjar, que, de tiempo atrás, venía pensando en ser él el Valido de
Felipe IV774. No debe dejarse pasar este hecho sin meditar la inconsciencia de
los nobles que así procedían, inconsciencia que da toda la razón al
Conde-Duque, que tan severamente los persiguió; porque demuestra que la campaña
de ellos para derribarle no obedecía a los impulsos patrióticos que
pretextaron, sino a vanidad y personal interés; y porque coloca una vez más a
Olivares a indiscutible altura intelectual y moral sobre todos ellos. A estos
conspiradores se les ocurrió, en una comida que tuvieron en la Zarzuela, proponer
al Rey que destituyese a Haro, y que «volviese el Conde-Duque, puesto que
estaba dueño de las materias de gobierno, diestro y ejercitado». La designación
del desterrado era, sin duda, una treta; pues ya sabían que era imposible su
vuelta; su verdadera intención era, bajo este pabellón, encumbrar en la
privanza a Híjar. Así lo comprendió el Rey, aconsejado por el prudente Haro y
castigó a todos, si bien benignamente, y con mayor rigor a Híjar, que fue
desterrado a Villarrubia de los Ojos775. Cito todo esto porque ya entonces se
dijo que el Conde-Duque, desde Toro, estaba en correspondencia con Híjar,
«dándole muchos documentos para arribar enteramente a toda la posesión del
manejo de los negocios y valimiento»776. Novoa cuenta también que el Conde de
Grajal deseaba ser primer caballerizo «mientras no volvía el Conde de
Olivares», es decir, dándolo por seguro. Y, finalmente, nos informa de que el
Conde-Duque salía, todas las mañanas y las tardes, a dos leguas de Toro a
recibir «la correspondencia de sus confidentes y cubrir sus designios»,
«recibir mensajeros y despacharlos», en una supuesta choza que a este fin había
preparado.
Por parte alguna se
encuentra la menor confirmación de tales intrigas. Pero no nos deja lugar a
dudas sobre su inexactitud la declaración terminante y expresa del Padre
Martínez Ripalda en su Memorial; dice así: «Pero, sobre todo, cae, Señor, la
verdad que a V. M. le consta de que el Conde no ha tenido ni en Loeches ni en
Toro parte alguna en las acciones de V. M.»777. Siempre negaron los jesuitas,
en sus cartas, la especie del mando secreto del desterrado; y ahora vemos que
tenían una fuente tan segura como la de su propio confesor, que pertenecía a la
Orden. Y completa la certeza de esta rectificación a una de las calumnias que
en su tiempo se levantaron contra Olivares y que la posteridad no se ha cuidado
de deshacer, la propia declaración del Rey, que ya se copió778 cuando en
documento, casi de confesión, en una de sus cartas a Sor María de Agreda,
afirma que ninguna relación de gobierno había tenido con Don Gaspar después de
que partió para Loeches.
El último sueño militar
Vivió, pues, en Toro
ajeno a los cuidados políticos. Pero aún tuvo su pasión de mando el último y
magnífico destello en la carta que escribió «a una de las personas que hoy
tienen más mano con S. M.» (probablemente Haro), en la que se duele de su
ociosidad en el servicio de la patria, a pesar —dice— «del retiro en que me
hallo y el desaparejo para todo cuanto no sea tratar de mi muerte». Lo que
desea es —y le vemos, al leer esto, erguirse con su aire fanfarrón, por la vez
postrera de su vida— «el mandar toda esa frontera [de Portugal], de una y otra
parte; y que todos observasen mis órdenes; y que se diesen medios, por el
desamparo y mala forma en que todo esto se halla. No es fácilmente creíble
—arguye— ni yo me persuadiera jamás de ello, si yo no lo hubiera visto por mis
ojos, siendo cierto que si el enemigo no fuera por su naturaleza tan flaco, con
2.000 infantes solos, de buena calidad, y 300 caballos pudiera poner a juego
cuanto hay de su frontera hasta Valladolid». Desgraciadamente, «hasta Extremadura
no se hallaron 300 hombres que hayan visto guerra ni 1.000 que sepan disparar
un arcabuz.»
Es tan suyo el estilo,
que nadie que le conozca podrá dudar de la autenticidad de esta carta,
desesperada, inflamada de pasión de mandar; y la más clara que escribió, él,
que tan confusa tenía su cabeza desde tiempo atrás; porque les pasa a muchos
enfermos de la mente que recobran la lucidez cada vez que se tocan los temas
que llevan clavados en el corazón.
¡Aún quisiera el viejo
Conde, que apenas podía moverse, ser general y defender la frontera portuguesa!
Pero era un sueño imposible. Ya no servía para nada. Sin embargo, no se podía
resignar a ver la caída de España, con los brazos cruzados; dice: «Pudiera
también en mi desvalimiento que se me encargara alguna leva de caballos con que
se asegurarían peligros mayores.» Eso lo haría bien él, que de la nada había
creado ejércitos, con sudores de titán. «De aquí a Valladolid, Burgos y
Valdeburón, no fuera poco el levantar 300 caballos, no creo que fuera necesario
mayor número que éste, agregado a lo que hay.» En otros tiempos había resuelto
dificultades mucho mayores. Pero no había dinero, aun cuando él pusiese el
suyo, como acostumbraba; aunque «gastase —dice— cuanto tengo». Se adivina la
infinita desesperanza de su invalidez. Sólo le quedaba su propia persona y la
ofrecía también: «Cuando sin deshonor se me mandare aventurar la persona, lo
haré con menos caudal y fuerzas que el más esforzado cabo de S. M., en mi
rincón y con un par de pistolas»779.
El último dolor
Mas restábale aún otro
trance amargo que apurar: la expulsión de la Condesa, de Palacio. Creía la
gente que Doña Inés era su agente en la Corte. La lectura del documento del
Padre Martínez Ripalda nos asegura que no es así. El Conde-Duque se había
retirado para siempre; mas para que constase que se había ido y que no le
echaban, porque el echarle no era justo, y el Rey, que lo sabía mejor que
nadie, no podía hacerlo, es por lo que «resolvió —dice el documento— Vuestra
Majestad mandar que la Condesa quedase ejerciendo sus oficios en Palacio; y
empeñando V. M. su real palabra de hacerla merced y conservarla en ellos y de
no hacer novedad en el Conde por hallarse obligado [el Rey] a sus servicios».
Doña Inés en el Alcázar era, pues, «su penacho», y nada más.
Por eso fue un golpe
tremendo para Olivares la noticia de que, faltando a la real palabra, la
Condesa y sus hijos salían del Alcázar y eran enviados a hacerle compañía en
Toro. Ocurrió esto en octubre de 1643, y entonces fue cuando el Padre Martínez
Ripalda escribió el alegato a Felipe IV, documento esencial para la
reconstrucción de la historia del Conde-Duque. Ignoramos si este papel, sobre
cuya autenticidad no hay duda posible, se llegó a entregar al Monarca. Es
probable que sí. Tal vez, cuando otro jesuita, el Padre Pimentel, fue desde
Toro a El Pardo, en noviembre de 1644, a ver a Don Felipe «de parte del
Conde-Duque», y habló con él «durante más de una hora», fuera el portador del
pliego; por lo menos es seguro que hablaron de los puestos que tuvo la Condesa
en Palacio780. Pero la sentencia estaba dada por Sor María de Agreda y no había
posible apelación.
Al principio de esta
última etapa, es decir, después de la expulsión de Doña Inés, aún hubo entre el
Rey y los Condes la correspondencia que en su lugar se copió. Don Felipe se ve
claramente que no se hallaba sin ellos. Aún le duraba aquel sentimiento de
vacío que, a raíz de la caída, expresaba a Meló cuando le escribía: «Faltándome
el Conde-Duque no me atreveré a fiar de nadie lo que de él»781. Pero, poco a
poco, libre el débil Monarca de la presencia de los desterrados, la influencia
de los Grandes, de su confesor y de la monja consejera fueron torciendo su
ánimo benigno hacia el rigor. La suavidad con que al principio fueron tratados
los suyos se cambió en dureza. «Sus criados todos —dice un comentarista— en
julio de 1645, padecen fortuna; unos presos y otros ahuyentados y todos mal
vestidos; sus confidentes y hechuras están o deshechos del todo o en la mayor
parte deslucidos y sin séquito, teniendo por horas su última desolación»782.
Entre todos ellos era especialmente estrechado el protonotario, su hombre de
confianza, al que cercaba la Inquisición. Y de resultas de este proceso, el
Santo Tribunal alzaba ya también su mano terrible sobre el inválido Don Gaspar.
Ya se copió la carta de Quevedo, en diciembre de 1644, en la que anuncia la
salida de un inquisidor de Toledo para Toro; y por la misma fecha nos informa
el Padre González que el Conde-Duque se vio en el convento de la Espina con
tres inquisidores «y que estuvieron a solas grande rato»783. Hasta dónde
hubiera llegado esta persecución, no hay indicios para saberlo. Sabemos que el
Inquisidor era amigo suyo y que hacía lo posible por retrasar el proceso; pero,
no obstante, todo hace presumir que la muerte del Valido, que acaeció seis
meses después, debió de ahorrarle tormentos del alma, y quién sabe si de la
carne mortal, que jamás cruzaron como posibles por su conciencia, llena del
orgullo de haber servido como ningún otro español a su Rey y a su país.
Dramatización del final
El fin se echaba
encima. Estaba Olivares cada día peor; se fatigaba de andar sólo unos pasos. Su
cabeza decaía por momentos. Ripalda, el confesor, sólo pedía para él caridad,
pues se hallaba «en estado miserable de congoja, de deshonra y de pesadumbre». Lentamente,
sus preocupaciones terrenas se iban esfumando, como un humo de vanidad, en su
conciencia; mientras en la Corte aquellas pobres gentes, llenas de triste
codicia, seguían creyendo que, desde Toro, Don Gaspar acechaba, como una hiena
hambrienta, el momento propicio para saltar de nuevo a la presa de la privanza.
Hacia mediados de julio
de 1645 su enfermedad entró en el trance final; y murió el 22 en la forma que
se dirá en el capítulo que sigue. Murió, sin duda, como allí veremos, de muerte
natural. Pero la leyenda que rodeaba su vida de pasión no podía desaparecer y
dejar paso a la verdad vulgar, en el desenlace de la tragedia. Corrieron, pues,
varias hipótesis para dar emoción a la escena final. En el libelo atribuido a
Quevedo leemos dos versiones: una que el día 10 recibió Olivares una carta del
Rey que le decía: «En fin, Conde, yo he de reinar y mi hijo se ha de coronar en
Aragón, y no es esto muy fácil si no entrego vuestra cabeza a mis vasallos, que
a una voz la piden todos y es preciso no disgustarlos más.» Así, nada tiene de
extraño que después de esta lectura se quedase «suspenso por espacio de dos
horas y se entrase después en su retrete sin dejar de llorar», echándose
después en la cama y clamando que ya era cierta su muerte. Del mismo calibre es
la segunda versión: según «publicaron los criados [del Conde-Duque] esta carta
trajo veneno y ésta fue la causa de su muerte». La carta envenenada no podía
faltar784.
Novoa, por su parte,
asegura que recibió una carta, en la que le daba cuenta de la prisión y
tormento de su amigo el protonotario Villanueva. La recibió y leyó en la choza
de los alrededores de Toro que utilizaba para su correspondencia clandestina.
La noticia le produjo tal impresión, que volvió a su casa, y arrebatado de
melancolía se arrojó en la cama, diciendo: «Esto es hecho»: como Villamediana
al recibir el ballestazo mortal785.
Los jesuitas, por boca
del Padre Sebastián González, recogieron tres versiones más. Según una, el
Conde escribió al Rey pidiéndole permiso para ir a convalecer a Loeches, y le
respondió: «Tratad ahora de tener salud, que para convalecer, buen lugar es Toro.»
El segundo rumor es que el Rey, hablando con el Duque de Fernandina, le dijo
que estaba tan mal todo, que sólo veía remedio en llamar otra vez al
Conde-Duque o en reunir a los Grandes para escuchar su consejo; Fernandina
—viejo enemigo de Olivares— le disuadió de la llamada del ex ministro, y al
saberlo éste, por un confidente, entró en la gravedad. Tercera hipótesis: que
supo que Don Luis de Haro había ido a Madrid, desde Zaragoza, donde estaba la
Corte, y que este viaje se interpretó como el fin del gobierno de Haro y el
comienzo del de Fernandina. No pudo soportar la noticia del posible
encumbramiento de su enemigo, y la impresión le agravó786.
Todo esto es fantasía
de muy pobre condición, y si lo he copiado es para demostrar el afán de
dramatizar del pueblo, sempiternamente infantil; así como la pueril simplicidad
de sus invenciones. Cuando surgió la gravedad, el desterrado no estaba en
disposición de escribir, ni de leer, ni de ir a la choza, que no existió nunca,
a conspirar. Doña Inés no se atrevía a leerle, por no impresionarle, las cartas
del Rey787; menos dejaría en sus manos éstas, henchidas de mala pasión.
Pero sobre las
inducciones de la lógica está el testimonio, repetido cien veces, de los
familiares, médicos y criados del Conde-Duque, que declararon en el pleito de
sucesión y que jamás hacen alusión a estas cartas envenenadas. Copiaremos tan
sólo, para dejar aclarada para siempre la cuestión, el de Diego de Llamazares,
ayuda de cámara de Don Gaspar, que describe así el comienzo del trance final de
su amo:
«El sábado 15 de julio
se levantó el señor Conde-Duque a cosa de las seis de la mañana y confesó con
el Padre Ripalda, después de haberle mandado al testigo que hiciese poner un
caballo que llamaban Meló y una jaca que llamaban Monterrey, para ponerse a caballo
en el campo; y dejó el testigo al Padre Ripalda en su aposento para confesarle
cuando fue a mandar componer los caballos; y cuando volvió a subir, le halló
oyendo misa en el oratorio de su mujer y allí recibió a Nuestro Señor; y luego,
habiendo tomado un poco de miel rosada, se fue en una silla a San Ildefonso, y
el testigo acompañándole, donde oyó tres misas en el altar de Nuestra Señora; y
de allí, se metió en el coche y con él el Padre Ripalda, Don Luis del Alcázar,
el testigo; Don José de Isunza y Don Nicolás Ontañón, pajes; y fue a pasearse
al campo, por la vuelta de Morales, por donde solía; y estando en el campo, le
dijo el testigo que se sirviese de ponerse un poco a caballo, que lo solía
hacer, y le respondió algo colérico que volviese el coche a casa, que no estaba
para montar a caballo; y con esto, se volvió una hora antes que solía; y
siempre que volvía a casa, le salía a recibir al aposento donde dormía, la
señora Condesa su mujer; y como aquel día vino antes de lo acostumbrado, se
adelantó el testigo y entró en el aposento de la señora Condesa y le dijo que
el señor Conde no venía bueno.» Fue su última salida en la vida mortal.
Y fue, pues, la
enfermedad, vulgar y triste, no la emoción ni el veneno de la carta, la que le
abatió a tierra para siempre. Los héroes mueren como mueren los demás hombres,
muchas más veces de lo que quisieran el buen público y el novelista, y el
historiador, que se parece tanto al novelista.
29. Enfermedad y muerte
La gota del Conde-Duque
OLIVARES, a pesar de su
aspecto ciclópeo, no tuvo nunca una salud cabal. Así les ocurre a muchos, como
él, de exterior sanísimo. El Conde de la Roca nos cuenta que cuando murió
Felipe III y Don Gaspar alcanzó la privanza, a los treinta y cuatro años de
edad, tenía ya «la salud quebrada y achacosa»788. Córner dice también que era
«bastante corpulento, pero no gozaba de buena salud»789. Es fácil colegir
cuáles eran estos achaques porque su constitución, ya estudiada en el capítulo
5, induce a padecer enfermedades determinadas del cuerpo y del espíritu que
coinciden perfectamente con las que ciertos detalles de las crónicas de su
tiempo nos indican. Estudiaremos por separado sus achaques físicos y su
indudable trastorno mental. El más conocido de aquéllos fue, sin duda, la gota.
Diversas referencias nos le pintan, desde joven, apoyado, para poder andar, en
un bastón de puño en travesaño o muletilla, que es el que suelen llevar, en
efecto, los gotosos porque les alivia de la presión dolorosa que sufre el pie
al pisar. No abandonaba nunca esta muletilla, ni aun cuando hablaba en público.
La Reina misma regalaba al Valido «muletillas de madera y hechura
extraordinarias»790.
A veces se le imputó
que los accesos de gota eran falsos; recurso, como los empleados por muchos
políticos de todos los tiempos, para sustraerse a obligaciones o conflictos
ingratos, de lo cual tenemos harta experiencia los médicos que hemos vivido al
lado de personajes. La vida de Don Gaspar de Guzmán está tan envuelta en
fantasías que no podemos juzgar si fueron reales o maquinadas algunas de las
enfermedades que padeció, como el ataque de gota sufrido en Barcelona en 1626,
cuando tuvo que resolver uno de los enojosos conflictos de etiqueta de aquellos
tiempos entre el Almirante de Castilla y el Duque de Cardona791. De otra
enfermedad fingida se habla cuando en 1627 estuvo a riesgo de morir Felipe IV;
ya hemos referido este trance y hemos dicho que probablemente eran enfermedades
de la mente, pero no simuladas, producidas por los derrumbamientos del espíritu
ciclotímico del Privado; y el hecho de que repentinamente se curasen, como
sucedió en esta ocasión cuando el Rey mejoró, no es argumento a favor de la simulación;
pues no sólo las enfermedades psíquicas, sino las orgánicas, incluso la gota,
están sujetas, sobre todo en estos individuos de temperamento muy acusado, a
los vaivenes del humor792.
La ciencia moderna ha
precisado que la gota es afección comunísima en estos individuos, como
Olivares, pícnicos, gordos, corpulentos, de tendencia a la calvicie e
hiperviriles. Es enfermedad hereditaria y la sufrió también su hijo Don
Enrique; lo cual sería una razón más para no poner en duda (que ya no debe
ponerse) que era, en efecto, vástago de Olivares y no producto de un fraude
sexual.
La buena mesa
Eran, además,
extraordinariamente frecuentes los reumatismos y accidentes gotosos en aquella
época de la Historia, y tal vez entre nosotros de un modo singular. Un viajero
de España, algo posterior, escribía: «El gran número de gotosos que se ven aquí
hace pensar que sea España la patria de esta enfermedad»793. La razón de tal
abundancia aparece clara en cuanto se repasan las minutas de los banquetes de
la época. En las capitulaciones del Conde de Oropesa con la Marquesa de
Alcaudete, en mayo de 1636, «dio el novio una gran cena a las damas: treinta
manjares antes [lo que hoy llamaríamos entremeses], treinta postres y noventa
platos»794. El anecdotario sobre este punto no acabaría nunca; puede verse una
relación pintoresca de estas bárbaras costumbres dietéticas en Deleito, que
acertadamente comenta los proyectos de minuta del gran cocinero de Felipe IV,
Martínez Montiño, cuya sola lectura da una idea de las diferencias
gastronómicas entre la humanidad de entonces y la de ahora, mucho más profundas
que las que se deducen de cualquier otro aspecto de la vida. Es, en efecto, más
comprensible el pensar que los seres humanos de hoy, acostumbrados a volar de
un punto a otro de la tierra, volviésemos a andar en carretera, que imaginar
que pudiésemos ingerir en una sola comida todo esto: perniles, capones, olla de
carnero, pasteles, pollos con habas, truchas, gigote de carnero, torreznos
asados, criadillas de carnero, cazuela de natas, tarteletes de ternera y
lechuga, empanadillas con masa dulce, aves en alfilete frío, alcachofas con
jamón, frutas, pastas, queso, conservas, confites, suplicaciones y requesones;
pues todo ello forma una de las comidas que daba el cocinero a Su Majestad. Así
nos explicamos que la gota fuese frecuentísima y que los hombres, envenenados con
tantos perniles y pasteles, envejeciesen prematuramente y muriesen anticipando
sobremanera su ciclo natural.
Con estas causas,
dependientes del abuso de la alimentación en total y de su absurdo predominio
en carnes, colaboraban las infecciones, que hoy sabemos tienen importancia
capital en la génesis de la gota. Eran numerosísimos los sifilíticos, por
infección directa o por herencia, y siempre, claro es, mal tratados; así como
las lesiones purulentas crónicas de diferentes regiones y singularmente de los
dientes y muelas. Aun cuando entonces era, desde luego, muy frecuente el
paludismo, tenemos hoy la impresión de que muchos de los casos de la fiebre
accesional que se diagnosticaban como tal paludismo eran en realidad fiebres
supuratorias debidas a aquellos focos. El mismo sentido tiene la frecuencia de
las erisipelas, que aparecen como una plaga en las lecturas de la época.
El Conde-Duque, en los
años de fausto y licencia que precedieron a la privanza, tuvo una mesa famosa;
de ella dice Roca que «el saber servirla era ciencia»; y esta «ciencia» fue lo
que le hizo gotoso. Luego, conforme se sentía agobiado de achaques y responsabilidades,
y sobre todo conforme su espíritu se vencía hacia el ascetismo que dominó el
último tercio de su vida, se fue haciendo sobrio; y durante la época de su
gobierno nos dice el mismo y fidedigno autor que «come poco, de lo común, sin
aparato y aun con asomos de indecencia», es decir, de pobreza. En Siri leemos
también que era «sobrio» en la comida, no bebiendo, de ordinario, más que agua
en las comidas y a veces un poco de vino para fortificar su estómago. Pero los
datos más significativos sobre sus hábitos dietéticos nos los da el doctor
Cipriano de Maroja, que asistió en consulta al Conde-Duque en su última
enfermedad y que los recogió directamente de su colega el doctor Lázaro de la
Fuente, médico de Toro, que le conocía bien. Por su puntual relación sabemos
que, en efecto, «su comida era moderada, pero muy picante; la bebida, muy
corta, y en lugar de ella tomaba quintaesencias de cosas aromáticas con que se
abrasaba, encendía y consumía el calor natural»; otra vez habla de
«quintaesencias de cosas muy calientes y secas»795.
Es, pues, evidente que
la sobriedad en las cantidades era compensada —y esto hasta el final de la
vida— por los picantes en la comida y por las bebidas abrasadoras. Como casi
todos los hombres de su temperamento oscilante y obligados a mantenerse en un tipo
de producción intenso y continuo, buscaba, porque las necesitaba, estas
artificiales excitaciones. Apenas hay gentes en estas condiciones de
temperamento y lucha social que no usen y abusen de alguna ayuda de este orden,
y es la más frecuente el alcohol, en forma de vino o de las mezclas excitantes
que, como se ve, no son, precisamente, de ahora. Todo ello sentaba tan mal a la
gota del Valido anciano, como los juveniles banquetes de quince platos.
La vida sedentaria
A los factores
alimenticios se unía, para fomentar la enfermedad, la obligada vida de reposo a
que le condenaba su inmenso trabajo. Poco a poco fue olvidando su gusto por la
equitación. Raramente salía a caballo, en alguna cabalgata, a partir de 1630; a
las cacerías iba en carroza y apenas se bajaba de ella. Cuando salía de Palacio
iba siempre en silla o en coche. En 1637, cuando el Príncipe Baltasar jugaba en
su jaca a las lanzas con sus meninos, intentaba correr a pie, a su lado, para
que no se cayese; y se sentía morir de cansancio796. Sin embargo, como se ha
dicho, hasta el final de su vida montaba a veces, un rato, en el campo, en
aquellos sus caballos mansos a los que daba nombres de personas conocidas. Con
rigor de médico, describe así Maroja las costumbres del ministro: «Su ejercicio
era poco, con que por falta de él se llenó de flemas y crudezas; y por estar
tan grueso, cuando andaba se le aceleraba la respiración y se fatigaba; daño
éste común a los grandes señores que no hacen ejercicio y si lo hacen es fuera
de tiempo y el que no conviene para la salud. El sueño era fuera de tiempo,
pues dormía antes y después de comer y antes de cenar, con que después de la
cena no podía dormir; y entonces sus criados procurando inclinarle a sueño, le
cantaban de noche.» El mismo Olivares escribía en 1636: «No duermo de noche, ni
de día muchas veces, que es señal mortal en mí»797.
Descomposición
Gordo, medio inútil,
andando lentamente apoyado en su muletilla, fatigándose en cuanto daba unos
pasos, agotado e insomne, sostenido a fuerza de excitantes, al llegar a lo que
entonces se llamaba «la primera senectud» según la división hipócrita de las edades,
es decir, de los cincuenta a los sesenta años, nos da la impresión, en efecto,
de uno de esos gotosos antiguos, obesos y con complicaciones viscerales
importantes, que arrastran unos años de vida trabajosísima y casi nunca
alcanzan a doblar el cabo de los sesenta798. Los retratos de Velázquez, que
oportunamente se comentaron, demuestran el rápido envejecimiento que le fue
ganando en aquel bufete suyo, donde en las horas de la madrugada, a solas con
su conciencia torturada, gravitaba sobre su responsabilidad la pesadumbre de
dos continentes en guerra y una Patria que se deshacía. Uno de los italianos
que por entonces le conocieron describe su tez como de color «entre la tierra y
la ceniza». Pero ni siquiera estas lúgubres palabras dan idea de su descomposición
física como la comparación de los dos retratos que le pintó el mismo pincel de
Velázquez con apenas catorce años de diferencia. El rostro maduro, lleno de
enérgica plenitud, se ha deshecho rasgo a rasgo, y le ha sustituido la facies
espectral en la que vaga la locura y se presiente la muerte.
Al salir de Palacio por
última vez, le hemos visto vencido ya, encanecida la escasa cabellera, obligado
a bajar las escaleras en silla de manos. En Loeches envejeció aún más. En Toro
empeoró todavía. En noviembre de 1643 tuvo una erisipela grave, por la que
hubieron de sangrarlo tres veces; y en abril siguiente repitió el mismo mal y
se le hicieron otras tres sangrías más799. Hemos de interpretar tan frecuentes
erisipelas suponiendo que era portador de alguna infección crónica, latente,
suceso muy frecuente en los gotosos obesos al final de la enfermedad. Sabemos
que, desde luego, tenía esa infección en los dientes y muelas, que le
supuraban800; y, probablemente también, en las piernas, hinchadas e inflamadas
por los accesos de gota repetidos, en los que se forman linfangitis que eran,
sin duda, las erisipelas de repetición de que hablan sus cronistas de este
período final.
En los primeros meses
de 1645 era cada vez más evidente su declinación. La salida de la Condesa y de
sus hijos de Palacio fue para él, como ya hemos visto, un golpe moral mucho más
recio que su propia caída. Ésta, en realidad, fue una dimisión. El verdadero
despido vino con la eliminación de Doña Inés; y con ella la certeza de que
había perdido la gracia real, que era, para su orgullo y su lealtad,
indispensable. Acaso entrevió, además, que, perdida esta gracia, podía perder
rápidamente todo lo demás, incluso la vida, que las voces sanguinarias que
surgen del cuerpo monstruoso de los pueblos no se cansaban de pedir. Supo que
se agravaba la situación de su íntimo amigo el protonotario Villanueva, preso
en la Inquisición de Toledo; y, al fin, él mismo sintió en su puerta el
aldabonazo del Santo Tribunal. El drama acongojante de su alma precipitó, sin
duda, el derrumbamiento de la carne enferma, que se acercaba al trance comatoso
final.
El trastorno mental
Dejamos aquí, ya al
borde de la agonía, su salud material para ocuparnos de la de su espíritu. En
el capítulo 6 se estudió su humor ciclotímico y se detalló el paso, insensible
al principio, después ya claro, desde las depresiones temperamentales a las grandes
excitaciones patológicas. Se dijo también el posible elemento epiléptico de su
carácter, lleno de impulsos, a veces frenéticos, heredados del de su padre —el
de los raptos con el Papa— y transmitidos también a su sobrino-nieto, el hijo
de Don Luis de Haro, epiléptico típico, el que quiso incendiar el teatro del
Buen Retiro, con los Reyes dentro.
El humor de Olivares,
que fue siempre extravagante, acentuaba sus rarezas; y en 1641 algunas
referencias de extranjeros le daban por decididamente loco801. Se quejaba de
debilidad cerebral: «Me hallo tres meses ha en grande aprieto de mi cabeza»,
decía, en el año 1639802. Sus ideas se iban haciendo obsesivas. En las cartas
repite, por ejemplo, el «Dios nos asista», como un tic mental. La confusión de
los razonamientos y de su expresión aumentan, sobre un fondo de tremendo
pesimismo, del que brotan, de tarde en tarde, las últimas llamaradas de su
antigua euforia. La memoria se debilita de tal suerte, que olvida que ha hecho
testamento. Y el delirio, finalmente, asoma como en el papel manuscrito
emborronado, probablemente muy poco antes de morir, porque en su letra y en su
incongruencia, en torno de la idea de la Inquisición, se adivina la razón que
se extingue. Dice así: «Véase si tales inconvenientes ponderados en la
conversación son mayores que la de admitir obispo y agente; y si cosas de tal
cualidad, y que pueden producir tantos daños, convendrá dejarlas llegar cerca.
Sería como relajación del juramento o daría gran disgusto y clara sospecha de
ello.»
El día 15 de julio de
este año de 1645 la enfermedad entró en su fase postrera y el trastorno mental
se hizo escandaloso. Ya se ha referido que se sintió indispuesto en el campo y
se volvió, antes de la hora habitual, a su casa. Por la tarde acudieron los
caballeros de costumbre a jugar «al hombre», y estando viéndoles comenzó a
decir despropósitos y hubo que acostarle, corriéndose, al punto, por todo Toro,
la noticia de su desvarío. Y en los días que siguieron, hasta su muerte, no
cesó de delirar. En los momentos más graves, «se reía, daba la mano, se
divertía con Burrigay [un paje] y consumía el tiempo en vanas conversaciones».
Dos días antes de morir, su criado Llamazares, que le velaba, cuenta esta
escena tragicómica: «a las cuatro de la mañana sacó el brazo derecho el señor
Conde y abrió el ojo izquierdo y, riéndose y teniendo el otro cerrado, comenzó
a hacerle cosquillas, como acostumbraba». No atendía a razones. Y, como una
muletilla, repetía palabras, que eran como símbolos de los más profundamente arraigados
en su corazón, astillas de su espíritu, que flotaban en la hora del desastre; a
todas las preguntas que se le hacían, contestaba: «Mi mujer, mi mujer»; y al
final, aquello ya comentado de: «¡Cuando yo era rector en Salamanca!»
No queda, en suma, ni
resquicio de duda de que el Conde-Duque murió en estado de demencia; y que este
estado fue la culminación de un largo proceso, que arrancaba en su temperamento
y que las agresiones de la vida fueron desarrollando hasta el trance mortal803.
Agonía y muerte del
Conde-Duque
Después trataremos de
clasificar estos trastornos. Antes hemos de describir cómo llegó el fin del
ministro desventurado. Hay de ese fin varias versiones empíricas, anónimas o de
meros cronistas, que se encontrarán resumidas en el Apéndice III. Hablan de hidropesías,
de erisipelas, de tabardillos. No sería lícito seguirlas ni comentarlas,
después de conocidos los informes de los médicos que le asistieron,
corroborados, en cuanto a la recopilación de síntomas, por las declaraciones de
los numerosos testigos que hubieron de intervenir en los pleitos de sucesión de
la Condesa de Olivares. A éstos, pues, nos atendremos únicamente.
Asistieron al ministro
en desgracia tres lejanos colegas: Don Francisco Medina, como doctor de
cabecera; Don Lázaro de la Fuente, que le veía en consulta, y Don Cipriano de
Maroja, catedrático de Prima en Valladolid. Los dos primeros eran prácticos
modestos de Toro, y si han pasado a la Historia ha sido tan sólo por su casual
relación con el gran personaje. No así Maroja, famoso en su cátedra, autor de
tres obras de Medicina, que se publicaron, precisamente, en aquellos años, a
partir de 1641, y que más tarde se reimprimieron en Francia; y elevado no hacía
mucho a los cargos de médico del Santo Oficio y de la cámara del Rey804.
Persona, pues, encumbrada y, quizá, de moralidad no muy limpia, pues los
abogados contrarios en el pleito de la sucesión del Conde-Duque le acusan con
encono de que informó a favor del Marqués de Leganés interesadamente, «estando
ya inficionado —dice el informe de aquéllos— de las promesas del señor Marqués
de Leganés, que le había dado cartas para que a su hijo hiciesen capitán, como queda
probado por los testigos del señor Duque de Medina»; y luego: «con la infección
de las promesas del señor Marqués de Leganés de muchas cosas y de la gineta
para su hijo: Bucis sacra fame, quid non mortalia pectora cogis».
Le llamó en consulta a
Toro la Condesa, sin duda por ser médico de cámara, porque Felipe IV tenía aún
estas deferencias con los caídos. Llegó de Valladolid el lunes 19 de julio,
«entre una y dos de la noche»; y era tal la prisa con que le habían requerido,
que en uno de los relatos citados se lee que la mula en que venía «reventó
luego al punto». La lectura del informe de este famoso doctor le acredita de
buen observador; pero sus interpretaciones son tan alambicadas y
pseudoteológicas, que nos hacen temblar por sus enfermos, vistos con buenos
ojos pero a través de tanto disparate.
El informe que redactó,
con soborno o sin él, como prueba pericial a favor de los derechos del Marqués
de Leganés, es interesante y, desde luego, el más fidedigno entre todos los que
hemos ido resumiendo. Maroja empieza por relacionar, certeramente, la muerte
con las circunstancias personales del Conde-Duque: su robustez y obesidad; así
como con sus malos hábitos: el abuso de las bebidas especiosas, a que ya me he
referido; el excesivo trabajo físico, la tensión perpetua de la imaginación, la
vida desordenada y el sueño irregular. En estas condiciones sobrevino la fiebre
el día 15, que se manifestó por intenso delirio, por lo que fue sangrado el
domingo 16. Llegó el doctor en la madrugada del lunes y encontró al enfermo,
sentado en la cama, delirando y diciendo a grandes voces: «Ea, ¿no venís? Dad
acá presto, acabad», y otras palabras confusas en las que mostraba su deseo de
vestirse, sin que bastase nada a calmarle. Volviósele a sangrar el mismo lunes
por la noche, con gran trabajo, pues, dice, «como era robusto y deliraba,
aunque éramos muchos para tenerle y todos, según sus fuerzas, parecíamos pocos;
con que se derramó la sangre por la cama y se hizo la sangría de mala
manera»805. Luego se le dio una ayuda, «que inclinó el humor al vientre»,
haciendo «hasta el miércoles por la mañana veintidós o veintitrés cursos de
humores crecidos y coléricos». Recobró ligeramente la conciencia, conoció al
Marqués de Mairena, su hijo, y a otros que entraron en la sala. Fue entonces
cuando se confesó y dio el poder para testar a la Condesa. La fiebre remitió.
Desapareció el delirio, pero «quedó como suspenso y estaba olvidado y no
hablaba si no le preguntaban, indicio claro de que le faltaban las especies de
la memoria». Le trajeron la comida y «comiendo se le olvidaba el bocado en la
boca, sin atender a lo que hacía». Acabada la comida, la calentura volvió a
crecer, pero ya sin delirio, sino «con un sueño profundo y una privación de
sentido y movimiento y, sobre esto, mucha dificultad de respiración». Comenzó
el estertor, «haciéndose el caso desesperado», y el sábado 22, a las nueve o
diez de la mañana, murió806. Uno de los criados que declaran en el pleito de
sucesión dice que «tenía el cuerpo llagado por la espalda, tanto que parecía
estar comido».
El diagnóstico de
entonces y el de ahora
Ésta es la descripción
de Maroja, a la que no añaden nada nuevo las de los otros médicos. Las
diferencias entre éstas y aquélla se refieren al punto crítico para el pleito,
es decir, a si durante la remisión del miércoles, cuando conoció a algunos de
los presentes, se confesó y habló con Doña Inés, estaba o no en su cabal
conciencia y, por lo tanto, con responsabilidad para testar. El doctor Maroja
hace el diagnóstico de frenitis, esto es, inflamación crónica que produce el
delirio independientemente de la fiebre, por lo que, aunque ésta remitiese, no
pudo recobrar la razón ni testar. Los médicos de la parte contraria (Medina y
La Fuente) opinaban que era parafrenitis o frenitis espúrea y no verdadera, es
decir, producida accidentalmente por la calentura, de suerte que extinguida
ésta, la razón se recobraba y el testamento era legítimo. Dejémosles en su
disputa, en la que hacen intervenir, más que al buen juicio clínico, a los
dogmas de los Santos Padres de la Iglesia y de la Medicina, y tratemos de explicarnos
los datos expuestos con arreglo a la ciencia actual.
No cabe duda que Don
Gaspar, gotoso antiguo, tuvo una complicación, frecuentísima en estos enfermos:
la lesión del aparato circulatorio que determina la insuficiencia del corazón y
del riñón, que, en Medicina, se llama estado «cardiorrenal». A esta lesión se
debía la fatiga que le impedía andar y la hinchazón de que nos hablan los
papeles comentados. Algunos de los síntomas psíquicos, que se han ido indicando
y que se intensificaban conforme llegaba el fin —depresión, indiferencia,
confusión mental, sueño irregular— son señales de la uremia que lentamente va
envenenando el sistema nervioso de estos organismos. Y este estado, que podía
haberse prolongado durante mucho tiempo más, se aceleró bruscamente por una
infección que, tras producir unos días de fiebre alta y acentuar su delirio,
ocasionó el coma final, seguramente urémico, con su típica modorra y con «mucha
dificultad de respiración», que debió de ser la respiración irregular,
penosísima, que acompaña muchas veces al final de las uremias y que en el tecnicismo
médico se llama respiración de Cheyne-Stokes. La comida intempestiva que le
dieron aprovechando la mejoría, seguramente influyó también en el coma final.
Durante todo el período de delirio le alimentaban, sin duda, con carne y otros
platos fuertes, como era costumbre entonces; y como en su desvarío se negaba a
tragar, le daban los alimentos a la fuerza, «abriéndole la boca con un
instrumento que se hizo al intento; y muchas veces no bastaba». Es decir, que,
con la mejor intención, hicieron concienzudamente lo posible por abreviar sus
días.
Quedan por determinar
dos puntos: cuál fue la infección que decidió el final, y cuál fue la
naturaleza del delirio que anunció este fin. Respecto de la infección, en los
papeles de la época, se habla de tabardillo, nombre que entonces no tenía
significación precisa, aplicándose principalmente a los estados tíficos
intensos; pero se llamaban también así, indistintamente, todas las fiebres
graves, con embargo del cerebro, modorra o delirio, cualquiera que fuera su
causa; causa que era por aquellos años imposible de diferenciar. Probablemente
fue una septicemia, originada en aquel mismo foco que producía las erisipelas.
Pero queda abierta la posibilidad de otros procesos febriles, principalmente
una pulmonía, hipótesis que podría apoyarse en el «dolor de costillas» que
citan algunas de las relaciones y en la misma duración breve, de siete días,
del episodio, terminado con estertor bronquial muy marcado. Téngase en cuenta
que ambas complicaciones, la septicemia y la pulmonía, son frecuentes en el
período final de los enfermos cardiorrenales.
En cuanto a la causa
del desvarío, la impresión es muy clara en el sentido de que no fue un simple
delirio febril. La fiebre pudo acentuarlo; pero todos sus caracteres y la
consideración de los antecedentes de Don Gaspar, a lo largo de su vida,
inclinan vehementemente el ánimo a pensar que corresponden a la fase demencial
de su temperamento, fuertemente tarado. Algunos de los testimonios de última
hora insisten en que cuando empezó el agitado trastorno mental del día 15 de
julio, la fiebre no había empezado aún. Pero, sobre todo, insisto yo en que los
caracteres del delirio no corresponden a los de la fiebre y, en cambio,
concuerdan bien con los que venía mostrando desde varios años atrás. Si era
sólo una demencia constitucional, acentuada por la arteriosclerosis y el veneno
urémico o si había una parálisis progresiva, de origen sifilítico, no puede
precisarse. Es posible esta última hipótesis y sería fácil darla una brillante
demostración. Yo la anuncio con la mayor cautela porque, sin duda, se ha abusado
de las interpretaciones sifilíticas en estos juicios retrospectivos de la
patología de las grandes figuras humanas. Tal vez, digo; porque quién sabe si,
en efecto, no será esta enfermedad la colaboración más eficaz de las musas de
la gran Historia. Yo no me cansaré de repetir que, de la Historia que ha pasado
cerca de mí, lo más famoso ha sido realizado por sifilíticos con reacciones
cerebrales; muchas veces, por verdaderos paralíticos generales. En el caso de
Don Gaspar de Guzmán hay a favor de esta sospecha los hechos siguientes: los
dos hijos muertos al nacer o muy poco después, de tres que hubo el matrimonio;
la probable lesión aórtica, a juzgar por el tamaño enorme del corazón; y las
fases de delirio de grandeza, ya señaladas reiteradamente, que acentuaron hasta
los límites de la demencia la natural propensión hipomaníaca de su
temperamento. No insistamos más.
La autopsia
Fue embalsamado el
cadáver de Olivares, y a esta circunstancia se debe el que conozcamos algo de
sus lesiones. Maroja habla de ellas sólo de pasada. Los datos más interesantes
nos los dan los noticiarios anónimos; lo cual no es de extrañar, pues los médicos
no tenían entonces sino muy escaso interés en examinar los desperfectos
orgánicos para compararlos con los síntomas; y, en cambio, el vulgo recogía
estas noticias de boca de los embalsamadores, con la expectación y curiosidad
que siempre le producen las cosas macabras. En una relación de la época se lee:
«Sacáronle más de un cántaro de agua que tenía en el buche; el redaño dijo el
médico que era el más singular que se ha visto y pesó 12 libras; tenía la
asadura dañada; y el corazón mayor que jamás se ha visto en hombre y con
algunos puntos negros de sangre, que calificaban la sospecha del veneno»807.
No cabe dudar de la
autenticidad de estos datos anatómicos, porque corresponden exactamente a los
síntomas y porque uno de aquéllos, «la asadura dañada», lo cita Maroja. Dice
éste, en efecto, que «en la disección que se le hizo se vio el hígado [asadura]
todo amarillo y con unos tumorcillos duros, como piedrezuelas, de que estaba
sembrado».
Éstas son, en efecto,
las lesiones que corresponden a la enfermedad que hemos diagnosticado. Enorme
corazón, «el mayor que se ha visto en hombre», que hace pensar en el «corazón
de buey o cor bovinum», que presentan en la autopsia los cardiorrenales, sobre
todo si, como es frecuente, se complican con lesiones de la aorta; y no serían
éstas inverosímiles en el Conde-Duque. El vientre (o buche) lleno de agua
corresponde al derrame del peritoneo o ascitis producida por la insuficiencia
del corazón y la lesión renal. Y el hígado amarillo y con nudosidades duras, es
decir, en degeneración grasosa y fibrosa, es también el hallazgo ordinario en
esta enfermedad.
No hubo, pues, veneno.
Los «puntos negros» del corazón del pobre Conde-Duque eran las sufusiones de
sangre tan frecuentes en los enfermos cardíacos que mueren, como él, tras
penosa agonía. La muerte fue natural: gota y arteriosclerosis, como cualquier
mortal que no fuera gran ministro. Pero a un hombre que vive entre leyendas, el
pueblo no se resigna a verle morir como los demás hombres; y por eso inventaron
lo de la carta emponzoñada, digno final del melodrama de su existencia. Y aun
después de muerto había motivos para el dislate y la fantasía: quedaba el
entierro, lleno de símbolos; y, después, todavía, el alma errante del difunto,
en perpetua inquietud.
La capilla ardiente
Fue el funeral un
suceso extraordinario, en el que la pompa se mezcló con la podredumbre con
aquella naturalidad española que vemos en los cuadros de Valdés Leal. Sería
imperdonable describirlo con palabras de ahora, pensadas y eruditas, y no dar
su dignidad en este libro a la narración anónima, llena de exactitud y de
castiza belleza, que corrió por entonces y que dice así: «Tuviéronle a la vista
del pueblo el día siguiente, lunes 24, en una sala muy grande; y en ella había
tres altares y la cama, donde estaba el cuerpo, arrimada a la pared, debajo de
su dosel. La colgadura de la sala y la almohada que tenía debajo de la cabeza
eran de una materia muy rica; enviósela, hará tres meses, el Duque de Medina de
las Torres, su yerno y hechura, desde Nápoles, donde era Virrey. Estaba el
cuerpo sobre un paño de brocado, con calzón y ropilla de tela nacarada y oro;
bota blanca y espuela dorada; de armas muy relucientes; bordado sombrero blanco
con cuatro plumas leonadas; manto capitular de Alcántara, y el bastón de general.
Así le tuvieron hasta las doce de la noche y le llevaron a la iglesia de San
Ildefonso808, donde le pusieron en una caja de terciopelo negro con galones de
oro y clavazón dorada. Estuvo metido en la misma tribuna donde siempre oyó
misa. Cubriéronla y colgáronla toda de bayetas, asistiendo de noche y de día,
sin faltar un punto, 12 criados con capuces y hachas amarillas en las manos y
cuatro religiosos por la parte de afuera; y en todos los altares incesantemente
diciéndose misas y responsos de todas las religiones que hay en aquella ciudad,
por su alma; y también asistido del Cabildo de la Santa Iglesia Colegiata.
Estuvo así hasta el sábado 29 de julio, que se esperó la orden de S. M. para
poderlo llevar a su enterramiento de la Villa de Loeches. La Condesa, su mujer,
aguarda la misma orden para irse con su marido. Éste es el estado que hoy
tienen las cosas del Conde de Olivares. Y, sobre todo, que huele tan mal que no
se puede entrar en la tribuna donde está, sin que baste el bálsamo a corregir la
corrupción. Dios le tenga en su santa gloria. Amén»809.
No creo que haya muchos
trozos de prosa castellana de tan seco y emocionante realismo como éste,
escrito, probablemente, por uno de los frailes que estuvieron en la capilla
ardiente, en el que aún se respira la mezcla acre de los olores de la cera y
del bálsamo, dominados por la pestilencia mortal.
El entierro tempestuoso
Todo había de ser
extraordinario y aparatoso, hasta después de muerto, en el Valido. Se retrasó
el entierro tantos días porque el Corregidor de Toro no solamente cumplía con
su deber —hecho insólito en nuestra historia— sino que lo cumplía con tal rigor
que, como el Rey le había prohibido que saliera de su ciudad el Conde-Duque,
extendió la prohibición al cadáver y se obstinó en retenerle, provocando su
putrefacción espantosa, porque fue aquél un verano de mucho calor. Hubo por
ello que enviarle de Madrid un ataúd de plomo que pesaba 20 arrobas, y para
transportarlo se hizo un gran carretón. La condesa, como ya se dijo, había
llegado el día 5 de agosto a Loeches para esperar el entierro. Éste se puso, al
fin, en marcha y llegó a Madrid el 10 de agosto, con tal acompañamiento de
truenos y rayos, que la superstición de las gentes lo interpretó como presagios
celestes, ya de condenación a la memoria del tirano, ya de amenaza a los que,
con su hostilidad, había acelerado su muerte; según los gustos y las pasiones.
También aquí sería imperdonable omitir o resumir la descripción que hizo del
suceso, en una de sus mejores cartas, el jesuita Padre Sebastián González. Hela
aquí:
«El día que murió [el
Conde] hubo una grande tempestad; en Valladolid cayeron tres rayos; algunos
afirman que fue de la misma suerte en Toro. Llegó cerca de Madrid la víspera de
San Lorenzo y estuvo el cuerpo en N. S. de Monserrate, aguardando a que el Marqués
de la Puebla llevase el de su hija, que estaba depositada en Santo Tomás, para
enterrarlos en Loeches a padre e hija. Este día hubo en Madrid una de las
mayores tempestades que se han visto, con truenos estupendos. Cayó un rayo en
una torre de la casa del embajador de Alemania y quemó un pedazo de ella; otro
junto a San Pedro, que es parroquial de esta villa. Éste no hizo daño, como
tampoco dos centellas que cayeron, una en casa de un clérigo, cerca de nuestro
Colegio, y otra cerca de la Casa de Campo. Acudió la mayor parte de la
Comunidad a decir las letanías delante del Santísimo Sacramento, y quiso Dios
cesase dentro de una hora. Lleváronse a Loeches los dos cuerpos para
enterrarlos810. Al día siguiente acudió mucha gente de la Corte, de los que eran
más afectos y otros por razón de Estado. Estuvo tan poco prevenida la iglesia,
y los que de ésta cuidaban tan poco advertidos, que no tuvieron música y ofició
la misa el cura con dos clerizontes por diácono y subdiácono; y las monjas
fueron las que cantaron. Volviéronse los que habían ido, acabado el entierro, y
fue tan grande la tempestad y agua que les cogió en el camino, que, con ser
tierra llana, parecía el suelo un mar. Volcóse el coche en que iba el Conde de
Mora; él salió descalabrado y los demás señores mal aporreados. Éste fue el
suceso del entierro del Conde-Duque; que, si bien todas estas cosas pueden ser
casuales, como estaba tan mal recibido, cada uno habla conforme a su afecto.
Los que se lo tenían bueno dicen que quiso nuestro Señor castigar a sus émulos;
al embajador de Alemania, porque siempre se le había mostrado opuesto a sus
dictámenes; y al clérigo donde cayó el otro rayo, porque dicen hablaba mal del
Conde. Tan poco caso hay que hacer de estos dichos como de los misterios que
otros han hecho contra el Conde, con ocasión de las tempestades»811.
La sombra del muerto
Tanta conmoción
atmosférica y el funeral infortunado, sin música, con el capellán y «los dos
clerizontes», dio rápidamente aire de mito a la leyenda del Conde-Duque.
Espíritus adversos o amigos rodeaban la memoria del Valido y, apenas muerto, le
hacía cobrar nueva vida fantástica y convertíanle en duende también. Y así
leemos una apostilla del Padre Pereyra, que, en Madrid, «los muchachos dicen
que se pasea por el campo de Santa Bárbara en un coche de fuego el Conde-Duque,
llevando a Carnero en el estribo. Es tal el miedo —añade— que si no se aseguran
de que acabó también el cuerpo, aún no están seguros de que resucite»812.
Estaba, sin embargo,
bien muerto. Pero al sino de pasión que acompañó a su vida tormentosa ni aun la
muerte podía anularlo. Los males que años después de su fin continuaron
desquiciando a la Monarquía, aún se achacaban por las gentes a «castigo por
haberse reducido el Príncipe a la expulsión del Valido»813, es decir, por no
haberle degollado. La sucesión de su fortuna y títulos ocasionó uno de los más
largos y encendidos pleitos que presenciaron los Tribunales españoles814. Y, lo
que aún es más sorprendente, el odio implacable de sus enemigos, sin respeto al
Jordán augusto de la muerte, siguió moviendo las lenguas y las plumas contra su
fama de político y su honra de hombre, hasta nuestros días. Durante el siglo
XVIII, multitud de copistas llenaban las bibliotecas españolas de ese aluvión
de escritos, goteando ira, que nos da hoy tanta angustia leer. Y hasta los más
pulcros historiadores de nuestro tiempo se turban de pasión cuando han de
juzgar a este hombre que compró con cada hora de grandeza siglos de animadversión.
De él puede decirse, como Menéndez Pidal del Cid, que hubo de correr el riesgo,
«mayor que todos los peligros de la vida», de dejarse historiar por el pueblo
que le odiaba «y por los eruditos modernos, más incomprensivos a veces que los
enemigos a quienes humilló».
Cuando se piensa en la
causa de este trágico destino póstumo de Olivares y se le compara con el de
otros grandes ministros absolutos como Don Álvaro de Luna o Don Rodrigo
Calderón, se comprende que a la vida de Don Gaspar de Guzmán le faltó la
trágica muerte. Murió nuestro héroe en su cama, rodeado de menudas intrigas
caseras, de gentes codiciosas y herido de morbos vulgarísimos. La posteridad,
como sus contemporáneos, no le han perdonado el no haber visto su cabeza
colgada en el garfio del suplicio, que hubiera lavado sus culpas y convertido
sus supuestas fechorías en lo que fueron realmente: en grandes hazañas sin
fortuna.
Pero es hora ya, por el
honor de nuestra Historia, de dar a este gran protagonista de uno de sus más
trascendentes reinados su justa categoría: la del último genuino español de la
época imperial; la de un político excelente, pero de virtudes anacrónicas, que
por serlo se convertían, al tocar la realidad nacional, en atroces defectos;
finalmente, la de un ejemplar de humanidad desbordada, arquetipo de la pasión
de mandar, de ímpetu imperativo, unas veces eficaz y otras baldío, pero siempre
magnífico; y presidido por el signo de la anormalidad, que ha colaborado, tanto
como el azar y como el genio, en la historia política de los pueblos.
APÉNDICES
EN los Apéndices
publico aquellos documentos que me han parecido interesantes para la
demostración o ilustración de los capítulos de este libro. Unos son
rigurosamente inéditos, otros no; pero siempre difíciles de encontrar al lector
no acostumbrado al manejo de papeles y libros raros o fuera del alcance de
ellos.
Todos los documentos
copiados o extractados están transcritos en la ortografía actual.
APÉNDICE I: Notas sobre
los historiadores modernos del Conde-Duque
a) ENTRE las obras
modernas sobre Olivares, la que creo más importante es la de Cánovas. Los
trabajos de Cánovas del Castillo sobre la Casa de Austria y muy particularmente
sobre el reinado de Felipe IV y, de modo singular, sobre su ministro, son, sin
duda, fundamentales; por su documentación —aun con los errores que la señala
Morel-Fatio (194)—; pero, sobre todo, por lo que tiene más valor que los datos:
por la perspicacia del juicio y la penetración crítica. Aun con yerros de
erudición, es notoria la posición de inteligencia (y no de mero relator) de
Cánovas frente a este problema histórico. La estimación que se cobra hacia el
político de la Restauración, después de la lectura detenida de sus libros
históricos, es considerable; y la generación actual debiera frecuentar estos
textos, mucho menos difundidos de lo que corresponde a su indiscutible
categoría. Es conocida la evolución de las ideas de Cánovas sobre el
Conde-Duque. En 1854 publicó su Historia de la decadencia de España (53), en la
que, siguiendo la corriente general, se mostraba implacable con el Privado de
Felipe IV. En el Bosquejo histórico de la Casa de Austria (56), aparecido
cuando el estudiante iconoclasta se había transformado en un hombre público,
maduro y responsable, rectifica casi todas las opiniones aquéllas, y es sabido
entre los bibliófilos, que pocas cosas son más difíciles de hallar que un
ejemplar de la primera edición de la Historia, cuidadosamente recogida por su
autor, utilizando, se dice, los poderosos medios que como arbitro de la
política tenía a mano. Veinte años después publicó Cánovas sus Estudios del
reinado de Felipe IV (55), en los que la opinión favorable al Conde-Duque y a
su Rey se acentúan todavía más. En el prólogo de este último libro y en el que
su sobrino, el académico Don Juan Pérez de Guzmán, puso a la edición, de 1911,
del Bosquejo histórico, están explicadas, por lo menos desde su punto de vista,
estas interesantes evoluciones del pensamiento de Cánovas. Se ha dicho —y se ha
negado— que en el cambio favorable hacia la dinastía austriaca, intervinieron
razones políticas: sobre todo el casamiento de Don Alfonso XII, al que Cánovas
servía, con una Princesa de dicha Casa, Doña Cristina de Habsburgo. En este
punto, el lector actual percibe, con toda claridad, la disociación entre lo que
dicta el cerebro y lo que la conciencia deja trascender. Cánovas, en su
Bosquejo, obra —repetimos— de madurez, de su época de auge y responsabilidad,
defiende el período de los Austrias, como el representativo de la grandeza de
España; pero su sensibilidad respira en contra, en cada página, y el lector
cierra el libro con el convencimiento de que, bajo la gloria militar, fue en
aquellos años donde se incubó nuestra decadencia. Sobre todo en las páginas
finales, un tanto oratorias, escritas, sin duda, traspuesto por la inspiración,
brota, a cada instante, entre su apologética un tanto forzada, el juicio libre
y espontáneo: «Superstición y miseria —exclama— fue, en suma, lo que tras de sí
nos dejó la Casa de Austria» (pág. 421, edic. 1911); y éste es el resumen, que
coincide con el del lector. Es curioso que a este lector de ahora le parece
Cánovas, a través de estos libros —y en ellos está lo más suyo de su
personalidad—, un gran espíritu liberal; y lo era, porque lo fue su siglo; y el
sello de la centuria lo llevan impreso en el alma hasta los que parecen más
contrarios a ese «espíritu del siglo»: como fueron, en cierto modo,
enciclopedistas, en el siglo XVIII, hasta los que combatían la Enciclopedia.
Por eso no nos extraña que coincidan con esta opinión algunos de los llamados
herederos políticos del gran estadista conservador, que también le achacan,
pero como pecado, su liberalismo. Cánovas hubiera sido un gran ministro de
Fernando VI o Carlos III, y su Rey, tan influenciado por él, pertenece también
a la línea de los Borbones liberales. Esto por lo que hace a la dinastía. Por
lo que se refiere al Conde-Duque, sí, su evolución es auténtica y sincera y se
funda en una legítima causa: en el conocimiento mejor. En su primer libro
hablaba de él jugando, como el historiador suele hacerlo, con opiniones ya
hechas y transmitidas y no con la propia, nacida de la directa erudición y
meditación. Pero, después, tuvo el acierto de buscar esa fuente propia en los
documentos de la época, no conocidos o no explotados, como los informes de los
embajadores venecianos, las cartas del Privado, los testimonios de sus
colaboradores como Meló; y descubrió, en seguida, la doble personalidad de
Olivares: el hombre admirablemente humano que había bajo su fachenda de
dictador. Sobre Cánovas historiador, véase también el agudo estudio del Marqués
de Lerma (141).
b) La obra de Hume es
también muy importante. Está resumida en su libro sobre las Reinas de España
(128), y sobre todo en el que dedicó a la Corte de Felipe IV (129). Debemos,
ante todo, llamar la atención sobre la edición francesa, muy difundida en España.
Está hecha por dos cordiales hispanistas, M. I. Condamin y P. Bonnet; en ella
hay numerosas notas de éstos, algunas con grandes errores. Uno de ellos es
confundir, al hablar del viaje de Felipe III a Portugal, el pueblo de
Casarrubios con Covarrubias (pág. 35). Este último está en la provincia de
Burgos, lo cual les sugiere la observación: «Se ve, pues, que para venir de
Lisboa a Madrid, Felipe III, enfermo, describió una ligera curva.» La curva
hubiera sido más que ligera. Pero no era Covarrubias, pueblo relativamente
importante y lleno de recuerdos históricos, donde enfermó el Rey, sino
Casarrubios del Monte, aldea de la provincia de Toledo, partido de Illescas,
que entonces tenía una cierta importancia porque «por ella pasa el camino que
va de Extremadura y Portugal a Madrid», como consta en la descripción de este
lugar en las Relaciones topográficas de los pueblos de España [(234), 196]. Al
construirse la carretera actual, influencias políticas que detalla Madoz
[(153), VI-28], lograron desviar su trazado en beneficio de Navalcarnero; y
Casarrubios decayó. De los 650 vecinos que tenía en tiempo de Felipe II,
bajaron a 360, en 1850. No es ésta la única equivocación geográfica de los
citados traductores. Otra vez (pág. 444), cuando Hume refiere que el Duque de
Frías fue desterrado por una futesa a Berlanga, pueblo importante de la
provincia de Burgos, anotan ellos: «Las islas rocosas y escarpadas de Berlanga
se encuentran en el Atlántico, casi a la misma latitud que el puertecillo de
Peniche.» En los retratos, confunden a las dos mujeres de Felipe IV, Doña
Isabel de Borbón, que aparece como Doña Mariana de Austria, y viceversa.
Aparte estos detalles
de la edición francesa, la obra de Hume es inapreciable por la suma de datos
que aporta, sobre todo los referentes a las relaciones de Olivares con la Corte
inglesa. No llegó Hume a ver la verdadera personalidad del Conde-Duque, al que
sigue considerando como un hombre de dura condición, sin cordialidad y de una
pieza. Pero juzga su obra política con una consideración no común en los
historiadores de entonces, sobre todo los españoles. Su visión crítica de la
política española de aquel tiempo es, en general, exacta, salvo las
deformidades que inevitablemente le da el observatorio inglés. En las
descripciones de España propende —achaque de todo extranjero— a fundar juicios
generales sobre lo pintoresco.
c) El bosquejo de
Silvela, que precede a su edición de las Cartas de Sor María de Agreda (256),
es documento admirable, por su información (aunque con errores también, como
toda obra humana), por su clara visión histórica y por su limpio estilo. Su
rencor hacia el Conde-Duque es violento y resta equilibrio a sus conclusiones.
d) El libro, clásico,
de Castro (62) contiene datos interesantes; pero otros están ligeramente
atribuidos; carece de plan y, en general, merece las críticas, duras, de
Morel-Fatio. Su posición frente al Conde-Duque es la liberal del siglo XIX:
para él, era un monstruo.
e) Lafuente (138) hace
del reinado de Felipe IV y, por lo tanto, del Conde-Duque, uno de sus mejores
estudios de la Historia de la Edad Moderna. Las fuentes son, en general,
buenas. En lo referente a Olivares, sigue, no obstante, casi exclusivamente la
versión de Guidi-Quevedo, y no hay que decir que participa de la animadversión
contra el ministro, común a todos los historiadores de la época.
f) Entre los
historiadores modernos destacan Ballesteros (25 y 26), templado en su juicio
del Conde-Duque y perfecto de visión general e información; e Ibarra (130), que
se duele del concepto apasionado que aún perdura sobre Olivares, y desea su
revisión.
Deleito (78 y 79) ha
publicado siete monografías importantes de la época, antiolivaristas, pero de
excelente información y criterio general.
APÉNDICE II: Fuentes
para la caída del Conde-Duque
LAS fuentes principales
de la caída son la Relación, de Guidi; la Relación política, la Relación de lo
sucedido, etc., y los relatos de Novoa y de los jesuitas.
a) La primera, la de
Guidi (437), ha figurado con distintas atribuciones o como anónima hasta que
Morel-Fatio identificó a su verdadero autor. El gran hispanista francés
demuestra con certeza que el famoso relato de la caída, que tanto ha influido,
por desdicha para la verdad, en la leyenda que el Conde-Duque se forjó en el
siglo XVIII, se difundió por novelistas e historiadores en el XIX y ha llegado
hasta nosotros, es del P. Guidi, de la Orden de Predicadores, que estuvo en
España como enviado diplomático de Módena y escribió esta noticia, publicada en
Ivrea en 1644.
No admiten discusión
los argumentos a favor de esta paternidad del famoso documento. Ahora bien; ha
de consignarse el hecho extraño de que en las numerosísimas versiones que, a
raíz de la caída de Olivares y en los decenios posteriores circularon de él, no
se mencione ni una sola vez el nombre del autor verdadero. Figuran siempre o
como anónimas o como debidas a la pluma de «un embajador italiano», o bien con
falsas atribuciones a autores diferentes, por ejemplo, a Pallavicino (207).
Entre las anónimas, citaremos la versión italiana del Archivo Gonzaga, con el
título: Relatione della caduta del Conte-Duca d’Olivares dalla gratia del Re
Cattolico, casi análoga a la edición princeps, según las notas que de ella me
envía mi ilustre amigo el Prof. Farinelli; e idéntica al ejemplar que con el
mismo título se conserva en la B. N. (Madrid). Mss. 980. Hay una traducción
francesa con el título: Relation de ce qui s’est possé en Espagne a la disgrace
du Comt-Duc d’Olivares. París, 1658. Biblioteca Nacional (Madrid). Raros, 8693.
Las traducciones
españolas son numerosísimas, debidas, sin duda, como dice Morel-Fatio, a manos
de distintos traductores y muy alteradas por refundidores diferentes. Estas
versiones españolas, de las que hemos leído y cotejado muchos ejemplares, se
pueden dividir en dos grupos. El primero, el más alterado, es el atribuido a
Quevedo. La «versión Quevedo» (438) (la llamaremos así para entendernos
rápidamente) la publicó Valladares. La de este autor, con razones largas, como
seguramente debida a la pluma del gran satírico español. Morel-Fatio, que era
muy mal pensado, sospecha que fuera tal vez el mismo Valladares el autor de la
atribución. No es exacto, pues varias de las copias manuscritas, entre ellas
una de las mías, son, seguramente, de fecha muy anterior a la publicación del
Semanario Erudito (1787), y en ella figura ya la nota que precede a la versión
de éste: «Supónese que Don Francisco de Quevedo, en esta caída del Conde-Duque,
etc.» En la «versión Guidi-Quevedo» hay varias omisiones del original italiano
y, en cambio, se incluyen muchas adiciones, como las cartas de la Reina Isabel
al Conde-Duque cuando vendió aquélla sus joyas, las cartas del Almirante de
Castilla y el Duque de Alba contra el Conde-Duque y otras; sin contar con las
frases, hábilmente embutidas en el texto, que tienden a cerciorar al lector de
que fue su autor Don Francisco. Domina en esta «versión Guidi-Quevedo» una
terrible animadversión contra Olivares, que centuplica la que ya de por sí puso
Guidi en el relato; y esto hace más verosímil que la reconstrucción del papel
sea de fecha muy próxima a la caída, cuando el odio al Valido estaba aún
enconadísimo. Por esto y por los documentos que contiene, más o menos
verídicos, merece ser citada aparte de la versión original.
El segundo grupo de
versiones es también distinto de la versión príncipe, pero menos agresivo y con
menos adiciones que en la «versión Quevedo». En este grupo la atribución
unánime es a Don Eugenio Carreto, Marqués de Grana, embajador del Emperador de
Alemania en Madrid, que, como es sabido, tomó parte muy activa en los sucesos
políticos que precedieron a la caída del ministro. Adquirió, con este motivo,
gran popularidad y la tendencia que entonces había a atribuir los relatos
históricos a embajadores extranjeros hizo, sin duda y sin otra razón, bautizar
este papel con el nombre de Grana. El interés de esta versión, que llamaremos
«versión Carreto» (439), está en las notas marginales que ostentan la mayoría
de los ejemplares; notas, como dice Morel-Fatio, «escritas por alguien bastante
versado en la Historia de España» y, seguramente, no muy lejano de la época de
la caída. El crítico francés reproduce estas notas en su estudio sobre Guidi
(194), y nosotros hemos hecho también varias alusiones a ellas. Esta «versión
Guidi-Carreto» es la más copiosa. He examinado tres ejemplares míos: uno en el
volumen (310), con las notas; otro, muy incorrecto, letra del XVIII inicial; y
el tercero, tampoco correcto, en un volumen de Papeles varios, de fecha de
copia posterior. Conozco otros dos de la B. N. de Madrid. Mss. 10774 y 11052
(este último atribuido, con dudas, por Sánchez Alonso [(250), 515], a un
Eugenio de Carreño (sic): es típicamente del grupo «Guidi-Carreto»); otro,
bueno, del Instituto Jovellanos de Gijón (cuya esmerada copia debo al Sr.
Moreno Villa); otro del volumen (292) de la B. del Duque de San Pedro. Y hay,
seguramente, muchísimos más. Morel-Fatio cita y comenta el de la B. N. de París
(Mss. 302). Al mismo grupo «Carreto» pertenecen la versión publicada por Arco
(18) como inédita, que se conserva en el Archivo de la iglesia de Sieso
(Huesca) y que, equivocadamente, atribuye a Don Juan F. Andrés de Ustarroz; y
las comentadas por Werner (288), de los Archivos de München, Dresden y
Stuttgart y la de Upsala, que estudió Hógberg (123). No hay que decir que la
atribución a Carreto carece de todo fundamento. Hubiera bastado para darla por
sospechosa el hecho de que en el texto se habla del propio Carreto
despectivamente, diciendo que le llamaban «Sócrates borracho», aludiendo a las
aficiones vinícolas que, al parecer, tenía el embajador tudesco. No obstante,
aceptaron como indudable la paternidad de Carreto historiadores y eruditos tan
eminentes como Silvela (256) y, modernamente, Astrana Marín (266).
Aparte ya del problema
del autor y de las diferentes versiones, que queda definitivamente examinado,
el relato de Guidi es interesante porque da idea de la pasión que alucinaba
entonces a las gentes, incluso a los investidos, como este Guidi, de la autoridad
de un hábito y de un cargo de embajador. Ahora, como documento verídico, es
recusable, y el valor que le dio Morel-Fatio es incomprensible. Es curioso que
Morel-Fatio, tan puritano para juzgar las fuentes de los demás investigadores,
da como argumento de la veracidad de Guidi el que Justi lo cita mucho: como si
Justi —admirable crítico— fuera infalible. En Guidi hay no solamente muchas
mentiras, sino que su pasión malintencionada ha sido una de las fuentes
importantes de la falsificación de este pasaje de la Historia de España.
b) La Relación política
(450) parece, en efecto, como su título reza, escrita por un italiano, fuere o
no embajador. Contiene detalles interesantes, en muchos pasajes análogos a los
de Guidi o Roca (455). Es, desde luego, antiolivarista, aunque no tan apasionada
como el relato de Guidi.
c) La Relación de lo
sucedido, etc. (452), está escrita por un autor anónimo, antiolivarista, pero
no muy destemplado. Da la impresión de que era, realmente, un vecino de Madrid,
y aporta datos curiosos y, sobre todo, la impresión de haber vivido la verdad y
la pasión, deformadora de la verdad; pero verdad ella también. La utiliza bien
Lafuente (138).
d) El relato de Novoa
(201) es lo menos verídico de sus Memorias, siempre propensas a las
deformaciones pasionales, cuando hablaba de sus enemigos (y lo era casi todo el
género humano). Además, en esta ocasión no estaba en Palacio y habla por
referencias.
e) Las Cartas de los
jesuitas (491) contienen detalles muy interesantes de la caída; son, sin duda,
el documento más aprovechable. La información procedía, probablemente, de los
jesuitas confesores del propio Ministro.
APÉNDICE III: Fuentes
para la enfermedad y muerte del Conde-Duque
LAS podemos dividir en
tres grupos: los papeles anónimos; los relatos de cronistas de la época que no
presenciaron el final del ministro; y los informes de los médicos que le
asistieron y de otros testigos, no médicos.
I. De los papeles
anónimos hay uno titulado Muerte del Conde-Duque de Olivares (422), que es más
conocido. En él, después de asegurar que la enfermedad comenzó el día 13 por la
lectura de la carta que recibió del Rey, diciendo que sus vasallos pedían que
le degollase, cuenta que se echó en la cama diciendo que era cierta su muerte,
que se le fue el juicio, que no quiso comer, que estuvo así, sin conciencia,
cuatro días, hasta el 17, en que, merced a una imagen de la Virgen de la
Soledad y a una casulla de San Ildefonso, se logró cierta mejoría; pidió de
comer y comió más de lo necesario y recibió los Sacramentos. Perdió otra vez la
cabeza, y el día 22, fiesta de la Magdalena, murió. Esta versión añade que «los
criados del Conde publicaron que la carta tenía algo del veneno con que le
mató».
Otra relación anónima,
fechada en 1 de agosto de 1645 (454), dice que Don Gaspar se sintió malo, que
se iba hinchando, que le acometió gran melancolía y dolor de costillas. Confesó
y comulgó entonces y «luego le dio el mal como de repente; dicen que fue erisipela
y tabardillo y apoplejía». Volvió en sí con los remedios de un médico que vino
de Valladolid, estando «en su cabal sentido diez horas; confesó, comulgó, le
olearon y estuvo encerrada su mujer con él».
En las adiciones de
Gayangos a las Cartas de jesuitas hay una en que copia un relato impuro de la
muerte de Olivares, impreso en Lima, en 1646, por José Contreras [(491),
XIX-435]. Según él, deliró desde el 15 al 19 de julio; en esta fecha recobró el
sentido, que aprovecharon para sacramentarle y para testar, no lográndolo por
la gravedad del mal, por lo que dio poderes a la Condesa; cayendo de nuevo en
la inconsciencia hasta su muerte.
II. Los relatos de
cronistas más importantes son los de Novoa y los del Padre González. Novoa, tan
prolijo en los sucesos de la vida de Olivares, dedica muy pocas líneas a su
muerte. Ya se copió su versión de que se originó el accidente final en el «arrebato
de melancolía» que le causaron las noticias de la persecución inquisitorial
contra Don Jerónimo Villanueva. Tuvo «un rapto de tabardillo que le tiró a la
cabeza y un dolor en un lado en siete días; con tres intervalos que tuvo,
dispuso sus cosas y su testamento». «Otros dicen procedió de hidropesía,
natural enfermedad de poderoso y caído» [(201), IV-182].
Las relaciones del
Padre Sebastián González son dos, una del 25 de julio, en la que diagnostica un
tabardillo. Se levantó sin permiso, confesó, comulgó; y empeoró, perdiendo el
juicio por la calentura. Tuvo después gran modorra, mas con «beneficios que le
hicieron, volvió en sí y dio poder para testar a su mujer». Pero advierte el
Padre Pereyra, a quien la carta va dirigida, que volverá a escribir cuando sepa
noticias ciertas por el Padre Martínez Ripalda [(491), XVIII-125]. En 8 de
agosto vuelve a escribir y admite la sospecha de que la causa del mal fue una
carta que recibió de Zaragoza, del Rey; leyéndola perdió el juicio y empezó a
disparatar. Le llevaron a la cama, donde duró cinco o siete días, según las
versiones. El día antes de morir, «aplicándole una reliquia de la Santa Madre
Teresa de Jesús y con beneficios que se le hicieron, volvió en sí, confesóse,
recibió los Sacramentos, dio poder a la Condesa para que testase por él y
murió; según unos —dice— tuvo hinchazón y tabardillo; según otros, delirio por
una mala noticia» [(491), XVIII-127].
III. Los relatos de los
médicos y testigos del trance final son los más importantes y anulan a los
anteriores. Las declaraciones de unos y otros están profusamente repetidas en
los folios del pleito (459 a 476). Pero, sobre todo, es esencial la lectura del
informe que el Doctor Maroja publicó separadamente, pieza rarísima (474). Con
las salvedades de un cierto alejamiento entre la fecha de la muerte y la de las
declaraciones, y de posible desviación interesada de la verdad en algunos
detalles, salvedades accesorias para la historia clínica, el relato del
profesor de Valladolid permite rehacer los últimos días del proceso físico y
psíquico de Don Gaspar y contribuye poderosamente a su diagnóstico
retrospectivo.
APÉNDICE IV: Notas
sobre los versos contra el Conde-Duque
CON razón escribe
Morel-Fatio (194) que los versos que en tan gran cantidad aparecieron durante
los últimos años de la privanza del Conde-Duque y a su caída y muerte son, por
lo común, de poetas de último orden, dignos de hundirse para siempre en el olvido.
El odio es una mala musa. Hasta Quevedo escribía versos ramplones cuando
componía libelos antiolivaristas. Sin embargo, creo útil hacer aquí una
indicación de los más importantes; sobre todo los que se refieren a los puntos
comentados en este libro. Véase también Cotarelo (69), Apéndice IX-307, y el
importante estudio de Rosales, en Rev. de Estudios Políticos. Madrid,
1944-IV-15-4.
I. Gran cantidad de
estos libelos poéticos aparecieron con ocasión del reconocimiento y matrimonio
del hijo bastardo del Conde-Duque. He aquí los principales:
1. Décima contra el
hijo del Conde-Duque (B. N., Madrid, Mss. 4147): «Vuestra Majestad despache —a
mi hijo Don Julián, — que es hoy el mejor Guzmán — si ayer lo fue de Alfarache.
— Y porque ninguno tache — este monstruo, este critonio, — ya elegirá un matrimonio
— con señora tan perfecta — que no se queje la Unzueta — de lo que la hizo el
demonio.»
2. Cotarelo la publica
en esta variante [(70), 346]: «... Y porque el mundo no tache — este hijo
aparecido, — de San Plácido ha salido, — que sólo pudo el demonio — deshacer un
matrimonio — y hacer un hijo fingido.»
3. Otras que copia un
jesuita [(491), XVI-290]: «Señora Castilla, adiós, — y os consuele como puede,
— que, según lo que hoy sucede,
—no hay consuelo para
vos. — Ya se han rebelado dos; — ya pasó la edad dorada; — la plata está
desterrada; — tenga buen siglo el Infante, — que para lo de adelante — hoy con
Don Julián no es nada.»
«En esta corte se
esconde — un Conde Don Julián — que en la burra de Balan — se vino no sé por
dónde; — dicen que es hijo del Conde, — que a todos le hace amable; — pegósela
al Condestable,
—vivo el primer
matrimonio. — Proposición que el demonio — la introdujo por probable.»
Otros versos de la
misma procedencia [(491), XVI-290, nota]: «Hijo de puta nací, — y como tal me
criaron; — no sé si me bautizaron; — que me confirmaron, sí; — toda la Biblia
aprendí, —de buen salto me escapé, — cáseme y me descasé — y ya me vuelvo a
casar;
—estoy en alto lugar, —
no sé en lo que pararé.»
«Don Juan de la Calle
es quien — gobierna esta Monarquía. — Él la sustenta y la guía — en todo trance
y vaivén; — y dijo un discreto bien, — viéndole con tal trabajo, — con razón o
sin razón, — que España es un cagajón — y él es el escarabajo.»
4. Otros, de la misma
procedencia: «Gran Filipo, Rey de España: — un Julián ha prohijado — por hijo
de su pecado — el Conde que te acompaña. — Mira, señor, que te engañan; — y si
no le das castigo — a tan cruel enemigo, — presto tus reinos verán — los ejemplos
de Julián — y tú los de Don Rodrigo.»
5. Variante del
anterior: Versos sobre Don Julián [(475), XVI-304]: «Infeliz Monarquía, ¿qué
letargo — tiene tu buen juicio divertido, — pues como si estuvieras sin sentido
— no consideras tu final amargo? — Mira, Señor, que tienes a tu cargo — este
reino cristiano y afligido. — No te fíes del impío Conde-Duque, — que intenta
solamente se trabuque. — Gran Felipe, Rey de España: — un Julián ha prohijado —
por hijo de su pecado — el Conde que te acompaña. — Mira, Señor, que te engaña;
— y si no le das castigo
—a tan cruel enemigo, —
presto tus reinos tendrán — los ejemplos de Julián — y tú los de Don Rodrigo.»
6. De Cotarelo copiamos
[(70), 347]: «Francia os daba el parabién; — el Papa, la bendición; — Portugal,
la colación; — Holanda, holanda también. — Casad a Enrique muy bien; — que
mientras vos, por la villa — la danza y la taravilla — a la boda prevenís, —
podrá ser que un Rey Don Luis — se despose con Castilla.»
7. Y un romance en que
dice: «... Julianillo el jacarero — esfuerza que la socorra, — el casado por
ventura, — descasado por Tramoya...»
8. Astrana Marín [(226,
prosa), 1585] se inclina a atribuir a Que-vedo otro romancillo de la B. N.
(Madrid), Mss. 4147, fol. 505, que dice así: «Habrá muy poquitos días — que
dentro la Armada Real,
—cantando jácaras
nuevas, — se andaba Don Julián. — Y cargado de servicios, — con bien poquito
caudal, — se casó con la Unzueta,
—mujer que supo ganar.
— Está contento con ella — y ella con él mucho más, — porque nunca le hizo
estorbo — sino a comer y cenar.
—Sucedió en esta
ocasión — que el Conde, gran Carbolán, — andando a caza de hijos, — con él se
vino a topar. — Trasplantóle en el Retiro — y escribió a toda ciudad — que de
los yerros pasados
—le quedó aquesta
señal. — Descasaron la Unzueta — y volviéronla a casar — con un oidor que la
saque — extramuros de la mar. — Y para que sucesión — tenga aqueste ganapán, —
con hija del Condestable — le hicieron amancebar. — Comedia con sus tramoyas —
es la que pasando está, — pues hay divorcio y hay bodas — Infante perdido hay.
— Hay condestable ofendido, — hay vasallo desleal,
—hay Rey que lo mira y
calla — y que nada se le da. — En la pérdida de España — la comedia acabará —
haciendo el Conde a la Cava
—y su hijo a Don
Julián.»
9. Fue muy popular el
dístico que, como pasquín, pusieron en casa del Condestable: «Soy la casa de
Velasco — que de nada hago asco.»
10. En la colección de
los jesuitas se encuentra esta otra copla [(491), XVI-231]: «Esta comedia de
España, — de la manera que todas, — se acaba con estas bodas.»
11. Coloquio del
sentimiento que hacen dos licenciados de la destrucción de toda España por
causa del Conde-Duque y luto de toda Castilla. Barcelona, 1643. Cit. por Sivela
[(256), 1-55]: «¿Qué se dice en la Corte de su hijo? — Capitán le hizo el Conde
de la guerra — y ha tomado lecciones — en tabernas, despensas, bodegones, — con
tanta gallardía, — que si no se lo daban, no comía», etc.
12. Otros versos sobre
Don Julián [(491), XVI-305]: «Ved los hechos de Rodrigo, — un hombre con padres
dos — y con dos madres también, — dos mujeres sin desdén, — año de cuarenta y
dos.
—Esto no lo ordenó
Dios, — sino el loco movimiento — de aquella esfera de viento — que las órdenes
trastrueca, — dejando la Europa hueca — de honor, justicia y sustento.»
II. Entre los versos
libelescos que aparecieron en los últimos meses de la privanza y durante la
caída y destierro de Olivares y después de su muerte, los más conocidos son los
siguientes:
13. Soneto a la Reina
Nuestra Señora, B. N. (Madrid). Mss. 4147: «Soberbio Aman usurpa la Corona, —
tiranizando al reino de su sueño», etc. Lleno de ripios.
14. Coloquio entre un
correo y un francés sobre la caída del Conde-Duque. Salió por mayo de 1643. B.
N. (Madrid). Mss. 4147. Es una alusión al embarazo de la Condesa por los
sortilegios de Doña Teresa de la Cerda, la monja de San Plácido: «¿La madama
Condesa? — Ésa, allá se las ha con la Teresa. — ¿Pues no está escarmentada del
preñado? — No escarmienta un deseo porfiado»,"etc.
15. Diálogo entre un
cortesano y un pasajero. Hecho por un turco. Año 1643. B. N. (Madrid). Mss.
4147. Expresa la preocupación de que vuelva el Conde de Loeches a la privanza:
«¿Viste al Conde de Loeches, di, — pasajero, por tu fe? — Cortesano, sí le vi,
— tan trocado, que dudé — si él osa mirarse así. — No juzgo posible yo
—que se vuelva a ver en
pie. — Quieran los cielos que no; — mas aunque Ulises se fue, — Circe en
Palacio quedó.»
16. Soneto al Conde de
Olivares, B. N. (Madrid). Mss. 4147. Muy enfático; culpa al Conde de ladrón:
«La plata de ambas Indias he agotado.» Y de hechicero: «Y la magia infernal he
consultado.» Alude a su hijo: «Pásele del burdel al señorío, — siendo con Dios
y con el mundo falso.» Y acaba con una petición de que sea ejecutado: «¡Oh
verdugo, oh cuchillo, oh cadalso!» Algunos lo atribuyen al Almirante de
Castilla.
17. A la salida del Presidente
de Castilla Don Diego Castejón. Romance. En el Mss. 308: «A ser ventero del
Conde — partió a Vicálvaro ayer — el obispo que será — y el Presidente que
fue», etc. Sin interés.
18. ¿Quién pasa, quién
pasa?: el Rey, que va de caza. B. N. (Madrid). Mss. 4147. Alude al destierro de
Olivares, mientras la Condesa intriga en Palacio. Cada amigo del Conde es un
lobo, loba o lobillo: «Yace en la trampa el más fiero — mientras la loba en
Palacio,
—entretenida, da
espacio — para que ajuste su traza — el Rey, que va de caza.»
19. Quejas de Castilla
a su Rey sobre tributos y contra el Conde-Duque. Año 1643. B. N. (Madrid). Mss.
4147. Está bien. Expone la miseria de Castilla: «Castilla, afligida y pobre, —
pide con lealtad y amor — a su Rey, padre y señor, — viva, reine, mande y obre.
—Sin moneda ni aun de
cobre — nos tienen los del Senado, — y tras el papel sellado — y otra nueva
media annata, — nos quieren quitar la plata, — que es sólo lo que ha quedado»,
etc.
20. Canciones reales. A
un cuerpo humano. Por el libre albedrío, se entiende el Rey. Por el
entendimiento y voluntad, la Reina. Por el apetito, el Conde-Duque. B. N.
(Madrid). Mss. 4147. Poema enfático y estúpido.
21. A visos importantes
para el gobierno de una Monarquía. Año 1644. B. N. (Madrid). Mss. 4147. Verso
libre, enfadoso.
22. Décimas al Rey. En
el Mss. 244: «A vos, gran señor, escribo — y os quisiera hablar despierto»,
etc. Sin interés.
23. Décimas al Conde de
Olivares. En el Mss. 244. Sin interés: «De vos, Conde de Olivares, — grandes
querellas me dan», etc.
24. Versos
desconsonantes del P. M. Fr. Juan de Vitoria sobre el Gobierno de España en
tiempo del Conde-Duque. B. N. (Madrid). Mss. 4147. Poema largo, pesado.
25. Prodigios del año.
B. N. (Madrid). Mss. 4147. En prosa, con alusiones graciosas a personajes de la
época: «Empreñó el Conde de Concentaina», «Al Conde de Monterrey se le vio un
día a pie», «El Conde de Castrillo se rió una vez», etc.
26. Romance satírico a
la venida de S. M. de la Jornada que hizo a Zaragoza. Año 1642. B. N. (Madrid).
Mss. 4147. Muy severo para el Rey: «Hablemos claro, Rey mío. — Toda España va
de rota.» «Advertid al Conde-Duque — que por Alcaide le toca — socorrer Fuenterrabía.
— Si no, que vuelva la copa», etc.
27. Otro romance
satírico a la misma venida de Zaragoza. 1642. B. N. (Madrid). Mss. 4147. Muy
duro también; probablemente de la misma mano que el anterior.
28. Testamento en
coloquio de la muerte de la Monarquía española, su entierro y sepultura y
epitafio. Año de 1642. B. N. (Madrid). Mss. 4147. Salió un mes antes de la
caída de la privanza del Conde-Duque. Sin interés.
29. Otro testamento en
coloquio de la Monarquía Española. Ibíd. Iguales temas que el anterior.
30. Décimas al Príncipe
Don Baltasar Carlos, N. S., que se entretiene en capar gatos, por octubre de
1644. B. N. (Madrid). Mss. 4177: «Príncipe: mil mentecatos — murmuran sin Dios
ni ley
—de que, habiendo de
ser Rey, — os andéis capando gatos; — y es que con sus malos tratos — se temen
que os enseñéis — y cuando a reinar lleguéis — en este reino gatuno, — no quede
gato ninguno que luego no le capéis.» Ya dijimos que estos versos se atribuyen
al Almirante de Castilla.
31. Contra el
Conde-Duque antes de su caída. Año 1642. B. N. (Madrid). Mss. 4147: «O los
Grandes son ya chicos — o son muy grandes borricos. — Algún misterio se esconde
— con que sufran tanto al Conde, — o, como alguno interpreta, — temerán a su
muleta, — o si temen su heredero, — que es un pobre jacarero», etc.
32. Décimas contra el
Conde-Duque y el diablo que dicen trae en la muleta. B. N. (Madrid). Mss. 4147.
Salieron en febrero de 1643. Son muy malas. Tienen como estribillo: «Dígalo el
diablo de la muleta.»
33. La Estatua de
Nabucodonosor a la caída del Conde-Duque por enero de 1643. B. N. (Madrid).
Mss. 4147: «A la estatua de Nabuco — símbolo de la soberbia», etc. Sin interés.
34. Décimas a la caída
del Conde-Duque. Enero 1643. B. N. (Madrid). Mss. 4147: «¿En efecto, que ha
caído? No, no, que le han derribado», etc. «Mi señora la Condesa — ¿qué hace
que no se va?
—Piensa que presto
saldrá — entre pies, a la francesa», etc.
35. A la caída del
Conde-Duque y contra otros ministros. Mss. 302: Romance muy grosero: «Arroyuelo
de Madrid», etc.
36. A la caída del
Conde-Duque y contra otros ministros. Ecos. Mss. 302: «El nombre dice Loeches —
lo eches», etc. Muy malo.
37. A la caída del
Conde-Duque. Mss. 295. Ovillejos sin interés: «¿Quién el bien de España
esconde? — El Conde. — ¿Qué ha hecho en esta jornada? — Nada», etc.
38. Epitafio al
Conde-Duque. B. N. (Madrid). Mss. 4147: «El que todo el mundo inquieta», etc.
39. Décimas contra el
Conde-Duque y otros ministros. Salieron por marzo de 1643. B. N. (Madrid). Mss.
4147. Son una inducción al atentado: «Que matase al Rey de Francia — un
determinado hombre, — ganando fama y renombre — con su fuerza y arrogancia. —
El español arrogante — en cosa tan importante — como es matar a un traidor —
llegue y no tenga temor — que Dios estará contigo,
—y digan que yo lo
digo.»
40. Romance contra el
Conde-Duque y otros ministros. Salió por marzo de 1643. B. N. (Madrid). Mss.
4147. Su estribillo es: «Llorad, llorad — del Privado y la Privada — el
destierro y soledad.» Es muy malo.
41. Testamento que
otorgó el Conde-Duque estando en Loeches a 24 días del mes de enero de 1643. B.
N. (Madrid). Mss. 4147. Son 68 octavas reales muy medianas. Alude a su
nacimiento «en casa de Nerón, gentil tirano».
42. Testamento del
Conde-Duque de Olivares. Año 1643. B. N. (Madrid). Mss. 4147. Sin interés. Es
un romance malo, precedido de una décima: «ya que tanto coronista — contra mí
obra con razón
—de mi muerte y
confusión — y penitente bien vista, — haciéndome evangelista — de mi pena y mi
tormento — porque sirva de escarmiento — yo mismo quiero escribillo, — y aunque
sea mi cuchillo, — diré lo propio que siento.»
43. Diálogo entre la
voz del Ángel Elias Quevedo y Enoch Adán de Parra, con ocasión de la caída del
Conde-Duque de Olivares y retirada a Loeches. Mss. 302. Sin interés.
44. Saliendo SS. MM. a
la fiesta de San Blas, a 3 de febrero de 1643. Iba sola en su coche la Condesa
de Olivares, inmediato al de los Reyes. Y una tapada les dio esta glosa. B. N.
(Madrid). Mss. 4147: «Ya que habéis hecho lo más, — haced, gran señor, lo
menos, — que es echar de entre los buenos — la vieja que va detrás.» «Ofreced a
Satanás, — para plato de su mesa, — con su cara de Caifas, — pues es ya bruja y
profesa — la vieja que va detrás.»
45. Epigrama al Rey. B.
N. (Madrid). Mss. 4147: «Que de Loe-ches, lo eches», etc.
46. Soneto al Rey
Nuestro Señor. B. N. (Madrid). Mss. 4147. Suplica al Rey para que complete el
exterminio de los Olivares: «Señor, ¿cuándo se va el Protonotario? ¿Y qué hace
en Palacio la Condesa?», etc.
47. La Cueva de Meliso.
Diálogo entre Don Gaspar de Guzmán, Conde-Duque de Olivares, y Meliso, mágico
famoso. Hay copias en manuscritos, en diferentes bibliotecas, muchos de ellos
con notas al margen, de interés. Nos servimos de la versión del Mss. 308, f.
287. Tiene ésta y otras de las versiones esta nota al comienzo: «Fue autor de
este papel, o de lo más grave de él, Don Francisco de Rioja, bibliotecario de
cámara del Rey N. S. Don Felipe IV, aunque se atribuyó a otros de su tiempo y
entre ellos a Don Francisco de Quevedo.» Demuestra esto la insensatez de tales
atribuciones: Rioja fue uno de los mejores amigos del Conde-Duque; incapaz,
además, de redactar este libelo injurioso y procaz. También es absurda la
atribución a Quevedo. Entrambasaguas (84), 56, cree que pueda ser de Adam de
Parra, el inquisidor amigo de Quevedo y perseguido a la vez que éste.
48. Romance a S. M. en
que se le advierte cómo ha de gobernar sus reinos después de la caída del
Conde-Duque. B. N. (Madrid). Mss. 4147. Sin interés.
49. Suspiros del
Conde-Duque en su retiro. Mss. 302: «En aqueste retiro, — donde con triste
corazón suspiro — al son de amargo llanto», etc. Sin interés.
50. Versos contra el
Conde-Duque y otros ministros. Año 1643. Mss 4147 Amenaza al Rey si vuelve del
destierro.
51. Versos contra el
Conde-Duque. B. N. (Madrid). Mss. 4147. Piden la muerte de Olivares: «España,
tieso que tieso, — después de dar la corteza — en las migajas empieza — a
pediros, gran señor, — que del Conde acusador — le deis presto la cabeza.»
52. Relación muy
verdadera de las crueldades e imposiciones del Conde-Duque en toda la Monarquía
de España y particularmente la depravada voluntad con que ha deseado destruir y
aniquilar el Principado de Cataluña y ciudad de Barcelona. Compuesta por M. L.
H. C. R. A. Barcelona (impreso), 1644. B. N. (Madrid). Raros, 6852: «El
inventor de la culpa — cuya hermosura fue tanta — que a Dios igualar se quiso —
con presunción loca y vana», etc. Es un romance muy afrancesado, sin gracia.
53. Romance al saberse
la muerte del Conde-Duque. B. N. (Madrid). Mss. 4147: «Hoy corre en toda la
Corte — generalmente una nueva, — por ser tan nueva, dudosa, — que a ser mala,
fuera cierta... — Y ahora, España felice, — ya puedes estar contenta, — pues
tuvo su fin Herodes, — cuchillo de tu inocencia.»
54. A la muerte del
Conde-Duque. B. N. (Madrid). Mss. 4147. Ni aun después de muerto le perdonaban:
«Ya murió a manos de un Toro — aquella indómita fiera, — que dejó al mayor León
— no sin valer, más sin fuerzas.»
55. Respuesta de un
piadoso, a un papel desvergonzado, que un poeta desbocado, escribió mal
primoroso. B. N. (Madrid). Mss. 4147. Es, por excepción, a favor del
Conde-Duque; le defiende de un poeta que le atacó después de muerto: «Ya el
Conde-Duque murió; — Dios le haya en su gloria, Amén; — que si supo morir bien,
— envidia le tengo yo. — Ya a su Creador cuenta dio, — y si mala cuenta ha dado
— y en ella queda alcanzado, — calla, bárbaro soez, — que es delito ser juez—
de lo que Dios ha juzgado.»
56. Probablemente era
una recopilación de estos papeles el volumen que figura en el Catálogo de los
manuscritos que pertenecieron a Don Melchor de Macanaz, con el título de Varias
poesías serias y cantares manuscritos con algunas notas del Sr. Macanaz, y
tratan del Conde-Duque de Olivares (151).
APÉNDICE V: Explicación
del escudo del Conde-Duque
VIGNAU (V.) (279)
describe el escudo de Guzmán: en la corona, las letras:
D. G. T. C. O.
o sea: Dominus Gaspar,
Tertius Comes Olivares.
Debajo de la corona:
F. E. I.
Fortuna Etiam
Invidente.
Alrededor del escudo,
una cadena, y en el centro de sus eslabones
A. C. G. D.D. M.M. A.
H. P. P. M. Y. C. P. G. L.
o sea: Addidit Comitatum,
Grandatum, Ducatus, Marchionatus, Arcis Hispalensis Perpetuam Prefecturam,
Magnum Indiarum Cancellariatum, Primam Guzmanorum Lineam.
El escudo está
cuartelado de sotuer, primero y cuarto en asur, una caldera ajedrezada de oro y
gules con asas de sierpes de sinople; segundo y tercero, en plata, cinco
arminios de sable y bordura de castillos y leones.
Detrás del escudo
aparecen los cuatro brazos de la cruz de Santo Domingo o de los Guzmanes.
APÉNDICE VI: Sobre la
casa del Conde-Duque en Madrid
HASTA 1936, en que se
publicó la primera edición de este libro, se venía diciendo que Don Gaspar de
Guzmán, Conde-Duque de Olivares, habitó, durante los años de su largo
valimiento, un palacio espléndido situado en la calle que todavía se llama del
Conde-Duque. Esta creencia se fundaba en la afirmación de Don Ramón Mesonero
Romanos, que escribió815: «La calle de Conde-Duque y el Portillo en que
termina, nos trae a la memoria al poderoso Valido de Felipe IV, Don Gaspar de
Guzmán, Conde de Olivares, cuyo suntuoso palacio y jardines se alzaban en aquel
sitio y están representados en el plano antiguo hacia donde ahora el cuartel de
Guardias.» Esta versión la repiten los demás autores y Guías de Madrid.
Capmani, en plena enajenación de la fantasía, nos dice que el Conde-Duque
«labró su palacio próximo al sitio que hoy ocupa el del Duque de Berwik y de
Alba», y añade que «este gran Privado lo embelleció con jardines y mandó abrir
un portillo por donde salía en su arrogante caballo a pasear con el traje
elegante que usaba y su chambergo de plumas. Su palacio tenía cuatro torres con
los escudos de su esclarecido linaje, doradas las veletas y caladas las cruces,
magnífico el balconaje, con la misma magnificencia de un Alcázar; y la muralla
ocupaba la parte de esta calle por detrás del Colegio de los Irlandeses, que
fue Convento de Afligidos; y dentro de la muralla estaban los jardines y por
ellos se salía al portillo, dando la vuelta la cerca por la Puebla de los
Mártires, a unirse con el palacio. Allí acudía la gente más principal de la
Corte a visitar al ministro Conde-Duque para no perder su gracia; aquella era
la oficina de los negocios públicos y allí donde para todo se acudía. La
circunstancia de estar aquí el portillo del Conde-Duque dio el mismo nombre a
la calle»816; Peñasco se limita a decir, cuando describe la calle del
Conde-Duque, que «en esta calle tuvo su palacio el Conde-Duque de Olivares»817.
No creo equivocarme al
achacar toda esta novela a Mesonero Romanos. Por lo menos yo no he encontrado
antecedentes anteriores. La equivocación originóse, sin duda, en el título de
«calle del Conde-Duque» que esta vía tenía ya cuando el gran cronista madrileño
vivió y escribió, en los comienzos del XIX; y a este título se añadía la
existencia, en la misma calle, del cuartel con su hermosa fachada de Ribera.
Pero lo cierto es que la calle del Conde-Duque se llamó «de San Juan Bautista»
durante casi todo el siglo XVII, y como tal figura en el plano de Texeira que
sirvió de guía a Mesonero Romanos para sus paseos eruditos. No se sabe
exactamente cuándo empezó a llamarse «del Conde-Duque», pero debió ser entre
1761 y 1769, pues en el plano de Chalmandrier (1761) figura con el nombre de
«calle real del Cuartel» y en el de Espinosa (1769) aparece ya como del
Conde-Duque. Pero ¿de qué Conde-Duque? Era poco probable que en esta época de
máxima depresión de la fama del ministro de Felipe IV se diese su odiado nombre
a una calle de Madrid. ¿De dónde vino entonces tal denominación? La versión de
la Casa de Alba es que «el título de Conde-Duque con que se conocen la calle,
ronda y cuartel, no deben de proceder, como se cree, del Conde-Duque de
Olivares, sino del Conde de Miranda, Duque de Peñaranda, pues a su Casa, por el
mayorazgo de Chaves, pertenecieron siempre los terrenos de la antigua población
de San Joaquín, que comprendía una dilatada extensión en las afueras de Madrid,
dentro de la cual se encontraba el actual palacio de Liria y lo que es hoy
cuartel de Caballería, entonces de Guardias de Corps.» (Comunicación personal
de Don Julián Paz, Bibliotecario de la Casa de Alba, 21 diciembre 1934).
No fue, pues, esta
calle «del Conde-Duque» hasta muy tarde, y lo fue por otro Conde-Duque que no
era Olivares. El cuartel de Guardias de Corps, edificado bajo Felipe V, por el
arquitecto Pedro Ribera, sólo posteriormente fue también «del Conde-Duque de Miranda
y Peñaranda». Y en cuanto al portillo o puerta del Conde-Duque, se llamó
durante el siglo XVII «del Conde de Niebla», según consta en el plano de Madrid
de 1620-1630. Es, pues, inexacta la afirmación de Capmani de que este portillo
diera nombre a la calle; por el contrario, lo tomó de ella, transformándose de
puerta del Conde de Niebla en puerta del Conde-Duque cuando ya la calle se
llamaba así.
Queda por rebatir la
afirmación de Mesonero Romanos de que en el plano «antiguo de Madrid» aparece
representado el palacio suntuoso del Conde-Duque. El error se deshace con sólo
mirar al plano. Ni en él —el de Texeira— ni en el más antiguo de 1620-1630, se
ve palacio alguno, ni le señalan los índices de dichos planos. Las casas que
figuran «hacia donde está hoy el cuartel», son casas humildes. Un poco más
atrás, hacia donde está hoy el palacio de Liria, se ve un gran edificio con
jardín, que es el convento de San Joaquín (núm. XXIV del plano de Texeira), que
dio nombre a los terrenos vecinos. El ilustre escritor madrileño padeció, por
lo tanto, una sugestión que le hizo trastocar la realidad; y no fue la única
vez en su vida. No hay para qué comentar las fantasías de los que, como
Capmani, describen, como si lo hubieran visto, un palacio que nunca existió y
ven salir al propio Conde-Duque, a caballo, lleno de plumas, como una máscara,
por una puerta que daba al despoblado.
Habría otra razón
previa para desechar definitivamente este error de la historia madrileña; y es
que aquellos hogares, hacia el reinado de Felipe IV, eran suburbios de la
villa; y los grandes señores buscaban los barrios próximos al Alcázar, los casi
imbricados de Santa María y de San Juan para construir sus mansiones.
Finalmente, en toda la literatura libelesca de la época, que investigó tan al
por menor la hacienda del Conde-Duque, inventándole lo que no tenía, porque
todo les parecía poco para justificar su leyenda de malversador, para nada se
nombra el palacio fastuoso de las doradas veletas y los jardines lujosísimos.
Si dijeron que era una mansión principal el casi pobre apeadero de Loeches,
¡qué no hubieran escrito e hiperbolizado de este hipotético alcázar de las mil
y una noches! Tampoco se alude a él en su testamento ni en ninguno de los
inventarios de sus bienes.
Desechada la leyenda
del gran palacio, era de interés buscar la casa en que habitó el Conde-Duque
antes de su entrada en el Alcázar como primer ministro. Durante el cuarto de
siglo que lo fue, hasta su caída, tuvo, en efecto, sus habitaciones en el Palacio
Real; pero conservando siempre la casa suya, que estaba incorporada a su
mayorazgo, donde tenía parte de su servidumbre y de sus cocheras y caballerizas
y donde se reunía con sus familiares o con las gentes a quienes prefería tratar
fuera del ambiente del Alcázar, sin contar con que la casa tenía el censo «de
aposento de Corte», es decir, la obligación con la Corona de alojar huéspedes
cuando conviniera al servicio del Rey, censo del que pronto se sacudió en
cuanto tuvo influencia para ello. La casa estaba, pues, abierta y en ella
dispuesta siempre la cocina, la cual, según nos dice el Conde de la Roca, «la
conservaba en su casa, en la Villa, para ciertos huéspedes y deudos de vida
asentada»818. El mismo Conde de la Roca sería, sin duda, uno de los frecuentes
comensales.
En la primera edición
de mi libro pude localizar la situación de esta casa; y el punto de partida de
la rectificación le hallé precisamente en el mismo libro de Mesonero Romanos, y
en las Memorias de Novoa. Mesonero, en efecto, al describir el barrio de San
Juan alude a la manzana 428, que estaba formada, entonces, por dos grandes
edificios contiguos, uno el que fue casa de los Lodeñas y rehizo, a principios
del siglo XVII, el Marqués de la Laguna, pero siguió llamándose siempre «Casa
de Lodeñas», con entrada por la plaza de Santiago y fachadas a las calles de la
Cruzada y de Santiago, en cuya casa estuvo muchos años la Diputación
Provincial, ya en nuestros tiempos, habiendo sido recientemente derribada y
sustituida por una casa de vecinos; y otro inmueble con entrada por la calle de
la Cruzada y fachadas a la plaza de San Juan (hoy plaza de Ramales) y a la
calle de Santiago, que perteneció, según Mesonero, y no se equivocaba, «a la
familia de los Guzmanes». Mesonero no se fijó en este dato porque estaba obsesionado
por su creación del gran palacio en la calle del Conde-Duque; si hubiera
valorado el apellido de los Guzmanes, se hubiera acercado a la solución. Porque
estos Guzmanes que vivían en dicha casa, que aún hoy existe más o menos
retocada, eran los parientes inmediatos de Don Gaspar, el Valido; y
seguramente, en sus años juveniles, la habitó él también, durante sus estancias
en la villa y corte, hasta que adquirió la suya.
Sobre la pista de ésta
me puso una frase de Novoa, el cual escribe, al relatar las intrigas de los
últimos días de Felipe III: El Conde de Olivares (es decir, Don Gaspar),
«alentado con esta musa, caminó para su casa, que era junto a San Juan,
fabricada hoy de mejores ladrillos que arrojó a la Cruzada, y juntó a consejo a
la parentela, entre los cuales eran el mayor injerto Don Baltasar de Zúñiga y
el Conde de Monterrey»819. A pesar de la oscuridad de este párrafo —la
acostumbrada en Novoa— era indudable que al hablar de los ladrillos de la
Cruzada aludía a la Casa de la Cruzada, que estaba detrás de la de los
Guzmanes, con una calle por medio que se llama de la Cruzada desde hace mucho
tiempo, pero no todavía en los días del Conde-Duque, pues en los documentos de
la época no se le da nunca nombre, designándola como «una vía que corre de San
Salvador a Palacio».
Lo más sorprendente es
que Mesonero había leído esta asignación en algún documento que no cita y lo
había escrito en su Manual de Madrid820, donde se lee, al describir la manzana
427 del barrio de San Juan, que su principal edificio era la Casa de la Santa
Cruzada, que pasó después a la propiedad de la familia Herrera y luego a la del
«Conde de Olivares, que reedificó la [casa] del Consejo de la Santa Cruzada
para establecerse en ella». No se dio cuenta el cronista de Madrid que este
Conde de Olivares era el Conde-Duque; y yo mismo, en la primera edición de mi
libro, supuse que este Conde de Olivares era el padre de Don Gaspar.
Los documentos del
Archivo de Protocolos821 confirman esta asignación, que ya daba yo por segura,
dando exactamente sus límites, que coinciden con los de la Casa de la
Cruzada822, y nos enteramos de los pormenores de la adquisición del edificio.
Éste, como asiento del Tribunal de la Santa Cruzada, había pertenecido al
Cabildo toledano, del cual pasó a la familia Herrera; y cuando Don Pedro de
Herrera Ossorio y del Águila la vendió al futuro Conde-Duque se anotó, como una
adición al larguísimo capítulo de enajenación, que dicho Cabildo ya nada tenía
que ver con la propiedad. Los Herreras no debían andar sobrados de pecunia,
pues cuando pidieron a Felipe III, en 1617, licencia para vender la casa,
alegaban que cuando fue incorporada al mayorazgo de los Herreras, por Don Pedro
de Herrera, abuelo del dueño actual, era «muy vieja y se está cayendo, por lo
cual está por alquilar lo más del año y en sus reparos se consume la mayor
parte de los alquileres». Concedió el Monarca la autorización y la casa salió,
como ordenaba la ley, a pública subasta el día 27 de enero de 1620,
pregonándola «Juan Martín, pregonero público, en alta voz, en la Platería y
plaza de San Salvador de esta villa», «diciéndose habíanse de rematar en quien
más diese por ella y que acudiese ante el escribano público a hacer la postura
y pujas».
Sólo se presentó a la
subasta Don Gaspar de Guzmán. Queda al espectador de hoy la duda de que el
intrigante joven influyera con sobornos o con amenazas a la falta de otros
postores; pero esto es mera suposición, y, además, es muy probable que a nadie
conviniera más que a él la compra, pues la casa, ruinosa, requería mucho dinero
para ser rehabilitada, tenía la molesta carga de huéspedes de Corte; y, además,
por el precio de 9.000 ducados en que fue concedida, no era, en aquellos
tiempos, una ganga. El hecho es que el 9 de marzo de 1620, «Don Gaspar de
Guzmán, Conde de Olivares, gentilhombre de la Cámara del Serenísimo Príncipe
nuestro señor, residente en su Corte, dijo que cumpliendo con lo que tiene
tratado con Pedro de Herrera Ossorio, vecino de esta Corte, de muchos días
atrás, hace postura en las casas principales de su mayorazgo [de Herrera], para
las comprar en precio de 9.000 ducados, con la carga de huésped de aposento de
Corte que tienen». La situación del edificio, cerca del Alcázar, al lado de sus
familiares, los Guzmanes, justificaba su elección. Pronto se rehizo la
vivienda. En el plano de Texeira aparece el edificio, ya recompuesto, con sus
dos grandes torres, tal como, con arreglos ajustados a sus necesidades, la
hemos conocido todavía, como Cuartel de Inválidos, hasta que fue derribada en
1933 para erigir en su solar una nueva casa de vecinos.
En diciembre de 1625,
Don Gaspar, ya Conde-Duque de Olivares, recabó ante el notario Santiago
Fernández, nueva copia de la escritura de venta de la Casa de la Cruzada.
Corresponde a la fecha en que se confirmó el embarazo de su hija María. Es,
pues, probable que preparara sus papeles para disponer la herencia de su
presunto nieto, que no llegó a vivir.
Al caer el Conde-Duque
en enero de 1643, la casa se deshizo. Cuando su viuda regresó de Loeches, se
instaló en otras casas más modestas. Su hacienda estaba quebrantada y tal vez
la vendió. Sobre el destino ulterior del inmueble hasta los tiempos modernos,
he aquí algunos datos más: en el manuscrito823 que se conserva en el archivo de
los Condes de Revilla de la Cañada, que gracias a su amabilidad he consultado,
constan los sucesivos poseedores de la finca: en 1554 lo fue Don Francisco
Dueñas de Aragón, cobrador de las bulas de la Cruzada, que quedó a deber y fue
embargado por Don Jerónimo Candiano, que la vendió a la familia de Herrera,
regidor de Madrid, que fue también dueño de la casa de enfrente, la «de la
Cruzada». El jefe de la familia Herrera, Don íñigo de Herrera y Velasco,
Marqués de Auñón, la vendió, en 1603, a Don Pedro Ossorio de Guzmán, señor de
la villa de Valdunquillo, hermano del futuro Conde-Duque, en 5.500 ducados.
Pasó más adelante a la Casa de Alba, a la que pertenecía el mayorazgo que fundó
Don Pedro, hasta que, por pleito que ganó, en 1729, la Condesa de Froman, pasó
a la posesión de ésta. La adquirió después el Conde de Tres Palacios, que la
permutó a Don José Collado por varias dehesas en Trujillo. Este Don José
Collado era padre de la primera Condesa de Revilla de la Cañada, título que hoy
posee la finca. Vivió y murió en ella el poeta Núñez de Arce. Tenía un arco que
comunicaba con la iglesia de San Juan, en la que tenían tribuna los dueños: se
ve en el plano de Texeira. Todos estos datos aparecen confirmados en la
Planimetría de Madrid [(513), fol. 32 v. y 33 v.]. Véase también Martínez de la
Torre (506) y Juan Francisco González [(109), f. 11]. Boix (43 y 44) y
Castellanos (492).
APÉNDICE VII: Escritura
de venta de la casa de Don Pedro de Herrera del Águila a Don Gaspar de Guzmán,
Conde de Olivares (11 marzo 1620) (430)
EN esta escritura de
venta el Conde de Olivares, futuro Conde-Duque, al comienzo de su carrera
política, con treinta y un años de edad, siendo todavía gentilhombre del
Príncipe Don Felipe, poco después Felipe IV, detalla la cuantía de su fortuna.
Los bienes de Doña
Inés, su mujer, ascendían a 30.000 ducados de dote y arras, «asegurados por
escrituras y recaudos contra el dicho Conde Don Gaspar de Guzmán, mi señor y mi
marido».
Los de Don Gaspar, eran
los siguientes: 1. La villa de Olivares, con sus vasallos y casas, rentas,
pechos, derechos, casas, censos y tributos, con las alcabalas, almojarifazgos,
novenos, escribanías y todas las otras rentas de la villa; y con la dehesa de
los Crespines y dehesa Vieja y tierras de Soberbina y todo lo demás de dicha
comarca, y los olivares con sus casas, molinos y silos, tierras, viñas y otras
haciendas. —2. La villa de Castilleja de la Cuesta, con todos sus bienes, con
la dehesa de Ajofrín y las demás de dicha villa y los olivares, molinos, silos,
tierras y viñas, etc. —3. La villa de Castilleja de Guzmán, que se solía llamar
Castilleja de Alcántara, con sus vasallos, casas, olivares, viñas, tierras,
etc. —4. La villa de Eliche, con sus vasallos, casas, rentas, olivares,
molinos, etc. —5. El heredamiento de Miraflores, cerca de la ciudad de Sevilla.
—6. La Fuente del Arzobispo, con su casa, huertas, viñas, olivares, tierras y
tributos. —7. Doscientas fanegas de tierra de pan sembrar en el donadío de
Soberbina, que alinda con dicho donadío «que es todo mi casa». —8. Los
olivares, tierras, etc., de tres capellanías fundadas por Doña Elvira de Ayala,
mujer de Álvaro Pérez de Guzmán, que se compró para el mayorazgo. —9. Unas
casas en Corral de Morada, con cuatro pajas de agua y todo lo a ellas
perteneciente en la ciudad de Sevilla, en la colación de Santiago el Viejo.
—10. Las casas de Sevilla, en la colación de San Miguel. —11. Otras treinta y
tantas casas en diferentes sitios de Sevilla. —12. Dos huertas en dicha ciudad
de Sevilla, llamadas de Sanguilán y Alcántara, cerca de la puerta de la
Macarena. —13. Un censo perpetuo de 30.500 maravedíes y seis gallinas sobre
unas casas en la ciudad de Sevilla, en la colación de Santa María, en la calle
de Placentines.—14. 5.500 maravedíes de tributo y censo perpetuo sobre otras
casas en Sevilla, en la calle de las Cruces. —15. Otro censo de 4.300
maravedíes y 10 gallinas sobre otras casas en Sevilla, en la colación de San
Isidro. —16. Otro censo de 9.300 maravedíes sobre dos pedazos de viña. —17.
Otro censo de 700 maravedíes sobre unas casas de Santiago el Viejo. —18. Otros
censos en dicha ciudad de Sevilla, «de los que hay razón en la administración
de mi hacienda». —19. 2.000 arrobas de aceite de renta en el diezmo del aceite
de Sevilla. —20. Un juro de 750.000 maravedíes de renta perpetua sobre el
almojarifazgo mayor de Sevilla. —21. 750.000 maravedíes de juro sobre alcabalas
de Sevilla. —22. Otro juro de 750.000 maravedíes sobre las alcabalas de Granada.
—23. Otro juro de 750.000 maravedíes sobre las alcabalas de Granada y
Málaga.—24. Otro juro de 347.312 maravedíes sobre alcabalas de Carmona. —25.
Otro juro de 32.000 maravedíes sobre el almojarifazgo mayor de Sevilla. —26.
Otro juro de 100.000 maravedíes sobre el mismo almojarifazgo de Sevilla. —27.
Otros dos juros, uno de 14.400 maravedíes y otro de 25.000 maravedíes sobre
dicho almojarifazgo. —28. Otro juro de 50.000 maravedíes sobre dicho
almojarifazgo. —29. Otro juro de 107.500 maravedíes sobre la hacienda del Duque
de Arcos. —30. Otro censo de 5.000 maravedíes sobre las rentas de la villa de
Lara. —31. Otro censo de 131.250 maravedíes sobre las rentas de las villas de
Morón y de Lara. —32. Otro censo de 83.334 maravedíes contra los herederos de
Hernando de Jerez y Alonso Vázquez. —33. Otro censo de 62.500 maravedíes contra
los herederos de Cristóbal Dávila. —34. Y uno más de 59.250 maravedíes contra
Alonso Hernández de Castro. —35. Otro censo de 20.300 maravedíes contra los
herederos de Luisa Ortiz. —36. Otros dos, uno de 13.880 maravedíes y otro de
12.000 maravedíes, el primero contra los herederos de Alonso Mejía y el segundo
contra los herederos de Gonzalo de Balta.
APÉNDICE VIII: Criados
de la Casa de Don Gaspar de Guzmán (449)
NÓMINA de la Casa del
Conde, mi señor:
Gentilhombres.
—Ludovico Acerbo, mayordomo. El secretario Vallejo. El licenciado Álvarez. Fray
Gómez, prior de Lora. Pedro de Oribe, camarero. Antonio Cornejo, caballerizo.
Octaviano Pastorelo. Antonio del Condado, contador. Baltasar Barutel,
maestresala. Don Diego Bela Ñuño, maestresala, ausente. Juan Bautista Bonisen.
Lucas Pérez de Berro. Don Alonso Rebolledo. Pedro Pastor. Martín de Barrientos.
Don Francisco de Lugo. Francisco López de Marreta. Don Francisco de Castilla,
Pedro de Cerdeña. Hernando Ortiz Calderón. Pero Loperde Salazar. Juan Bautista
deli Ferrari. Veinticuatro mozos de estos gentiles hombres del mayordomo. Tres
gentil-hombres del señor Conde de Uceda. Tres criados de éstos.
Mozos de cámara. —Juan
Tornel. Pedro Castañeda. Diego Sandoval, del Sr. D. Gaspar. Dos del Sr. Conde
de Uceda. Uno del Sr. D. Francisco de los Cobos.
Pajes. —Pompeo de
Tasis. Miguel Bruno, ausente. Onofre César. Álvaro de Andrada. Francisco de
Arana. Alonso de Zúñiga. Agustín Gordejuela. Garcilaso de la Vega. Don Diego
Carrillo. Luis Cornejo. Don Andrés Barahona. Don Luis Vela. Hernando de Segura.
Juan de Velasco. Martín de Marieta. Martín Pérez Mancicidro. Juan Bautista
Rojas. Manuel Ramírez. Tomás de Gamir. Antonio de Oteiza. Juan de Arcega. Seis
pajes del Sr. Conde de Uceda. Dos pajes del Sr. D. Francisco de los Cobos. Dos
pajes del Sr. D. Alonso de Acebedo.
Mujeres. —Doña
Francisca de Meneses. Doña María Desdis. Magdalena Drogo. Catalina de Salinas.
Doña Isabel de Reinoso Ortiz. Ana Rodríguez. María. Dos negras.
Oficiales menores y
familia. —Lope de Vera, vedor y mozo. Luis de Benavides, vedor y mozo. El
escribano de raciones. Suárez y Jusepe, del escritorio. Guardarropa y su mozo.
Botiller y su mozo. Portero de mujeres. Repostero de plata. Repostero de ropa
blanca. Ayudante de repostería. Mozo de la plata. Ayudante de botillería.
Comprador y su mozo. Mozo de tinelo. Cocinero de gentilhombres. Mulatero.
Sinelero de gentilhombres. Enfermera y moza. Criado de mujeres. Criado de
pajes. Cocinero. Pastelero. Ayudante de cocina. Mozo de cocina. Doce lacayos.
Barberos. Dos porteros de cámara. Dos mozos de caballos. Cuatro lacayos del Sr.
Conde de Uceda. Dos lacayos del Sr. Alonso de Acebedo.
Caballos. —El español.
Palermo. Frisón. Trayeto. Osodio. Landolina. Noble. Afrito. El bayo. Portante
neto. Castaño de paseo. Guzmanillo. Dos rucios de coche. Dos castaños de coche.
Dos rocillos de coche. El palomino del manejo. Dos acémilas. Tres mulos. Cuatro
del Sr. Conde de Uceda. Uno del Sr. D. Francisco de los Cobos. Tres de criados.
Resumen. —La mesa de Su
Excelencia, 6. Gentilhombres, 25. Criados de éstos, 27. Mujeres, 10. Pajes, 31.
Mozos de cámara, 6. Oficiales menores y familia, 61. Total, 166. Caballos y
muías, 32. Total, 198.
APÉNDICE IX: Nota sobre
Don Gaspar de Tebes, supuesto hijo bastardo del Conde-Duque
LA noticia procede del
teólogo jesuita Padre Juan Chacón, el cual, en carta fechada en Valladolid, en
marzo de 1636, dice así: «ítem, escriben que el Señor Conde-Duque ha declarado
por hijo suyo espúreo a un Don Gaspar de Tebes, hasta ahora tenido por hijo de
Don Melchor de Tebes, que fue del Consejo Real y fue a Portugal en los años
pasados. Yo le conocí aquí en tiempo de corte y fue alcalde de ella. El dicho
Don Gaspar de Tebes, que se debe llamar ya de Guzmán, habido en la mujer de
dicho consejero, ya muerto (y a su mujer también, a lo que se presume), tiene
ya veintisiete años; tenía ya título; siempre fue favorecido del Conde, pero
ahora más, con la dicha declaración y publicación, tanto que le han dado todos
los oficios de sumiller de Corps, presidente de Italia o vicepresidente que
tenía el Duque de Medina de las Torres.» [(491), XIII-380]. En nota de Gayangos
se lee: «El original decía Don Melchor, pero se ha corregido en Don Gaspar,
conforme está. Así le llaman más adelante el Padre González y otros jesuitas.
En octubre de 1621 aparece entre los gentilhombres de boca de Felipe IV un Don
Gaspar de Tebes, Marqués de la Fuente, que después fue nombrado acemilero
mayor. Es, sin embargo, notable que el hecho a que alude el Padre Chacón no se
halle consignado en Novoa, ni en el Conde de la Roca, ni tampoco en Yáñez, que
trató por extenso de la descendencia del Conde-Duque.» A este Don Gaspar de
Tebes atribuyó Icaza (131) la fechoría del rapto de la hija de Lope de Vega,
inducido por los sugestivos razonamientos de Menéndez Ormaza (181 y 182). La
misma hazaña donjuanesca había sido atribuida a Julián Valcárcel por Cotarelo
(67 y 68) y antes por Barbieri al yerno del Conde-Duque (27). Demuestra todo
esto el curioso empeño de achacar todas las maldades de la época no ya sólo al
Conde-Duque, sino a sus familiares, incluso a los supuestos. Con certeza
sabemos que Don Gaspar de Tebes y Tello de Guzmán fue hijo legítimo de Don
Melchor de Tebes Brito, del Consejo y Cámara de Castilla, y de Doña Mariana
Tello de Guzmán, sevillana. Nació Don Gaspar en 1608, y fue Caballero de
Santiago, gentilhombre de cámara, Marqués de la Fuente del Torno (título
milanés) y primer Conde de Benazuza, desde 1663. Fue también embajador de
España en la República de Venecia. Casó con Doña Úrsula Fernández de Córdoba,
hija de los Marqueses de Valenzuela, en 1630, y murió en 21 de mayo de 1673.
APÉNDICE X: Sobre otro
hijo bastardo del Conde-Duque
LA primera noticia de
este hijo la encontramos en una hoja suelta, manuscrita, de la época, existente
en el Archivo del Duque de Alba, que dice así: «De Madrid, enero, 1642. Tiénese
por cierto que el Sr. Conde-Duque tuvo un hijo muchos años ha y le dio a criar
a un fulano Ledesma, criado suyo, el cual tenía otro hijo de la misma edad, y
para mejorarlo de fortuna le puso en lugar de el del Sr. Conde-Duque; el cual
lo tuvo por suyo hasta que el niño murió, con lo que el Conde creyó que estaba
fuera de aquel cuidado; hasta ahora que, habiéndose descubierto el engaño, ha
reconocido por hijo al que se tenía por hijo de aquel Ledesma; y,
verdaderamente, parece invención de comedia y pudiera ser que lo fuese» (445).
Como se ve, el mismo autor de la noticia la da con toda precaución, y por
ficción la tuve al copiar el papel; si bien anoté la circunstancia de que éste
había sido, sin duda, arrancado de uno de los Noticiarios o Avisos que corrían
por entonces. Y anotaba también el hecho de que en la Biblioteca Nacional hay
un tomo de manuscritos de la época (D. K. CC, 33), en cuyo índice se anuncia un
Papel reservado al Conde-Duque de Olivares, estando en Loeches, sobre la
educación de cierto hijo bastardo, en el folio 77, cuyo folio ha sido
arrancando desde que hay memoria de tal manuscrito. Cuando Olivares estaba en
Loeches, el hijo bastardo a que se refiere este documento perdido no podía ser
Julián Valcárcel, el que fue después Don Enrique de Guzmán, pues estaba, desde
hacía tiempo, reconocido. Todo ello dejaba una sombra de duda de que pudiera
haber existido este nuevo bastardo y que su rastro se hubiera hecho
desaparecer. Mas he aquí que en la Correspondencia de Chumacero, embajador de
Roma, aparece una carta del Conde-Duque relatando al embajador la misma historia
del papel copiado, con idéntica intriga y algunos detalles más. En las copiosas
epístolas que el ministro dirigió a Chumacero no le habla nunca de asuntos
familiares, por lo que esta carta tiene un significado difícil de colegir. Tal
vez pretendiera poner el hecho en conocimiento de la Curia romana. Está fechada
la carta en enero de 1651, y dice así:
«Habiendo tenido
conocimiento con una mujer soltera en la Corte, más ha de treinta años [es
decir, antes de 1611], aunque hija de padres nobles y limpios, y que después
casó principalmente y murió, quiso Nuestro Señor que hubiese un hijo, el cual
se entregó en casa de Don Andrés de Ledesma, criado de mi Casa antiguo y de
quien yo fiara entonces enteramente cuanto tenía. Sucedió el casarse este
criado mío, no sabiéndolo yo de ninguna manera, con una mujer de la obligación
de las Casas de los Marqueses de Malagón, Duques de Nájera, Condestable y Duque
de Sesa, hidalgos bien nacidos; y sin saber cómo, quedó este criado mío
brevemente en estado que parecía a todos otro del que era; y a poco me
respondió que el niño era muerto, cosa que enteramente me persuadió como
creíble y natural, y tanto más cuanto que no era visible, aun entonces, el
defecto con que se hallaba este criado mío. Al cabo de veintiséis años volvió a
decir que era vivo, que estaba en la Corte y que en diversas veces me había
hablado. Dúdelo cuanto pude, hasta que me satisfice enteramente, y entonces me
dijeron y supe que tenían aquellas personas parientes de la mujer con quien
casó Ledesma un hijo, el cual murió aquellos días con que fue opinión de
muchos, y no parece que con mal discurso, que quisieron, mientras le vivió,
introducirle en lugar de mi hijo, o matando al verdadero o desterrándole a las
Filipinas, donde se trataba de llevarle, porque sucedieron entonces, como se
dijo, la muerte de aquel mozo, se trató luego y con aprieto, de resucitar a mi
hijo, declarando en esta parte la verdad con suma publicidad y haciendo grandes
diligencias para que llegase a mí [la noticia], con que se calificó la
presunción, pues ya no les quedaba lugar para poder hacer la suposición. Hame
parecido obligación mía por todas consideraciones, algunas muy relevantes,
hacer esta declaración verdadera de lo substancial y en lo presuntivo de la
consecuencia de que ella muestre, porque en la variedad de opiniones que han
corrido se sepa para todos los tiempos lo cierto de este suceso tan
extraordinario que, por ventura, con sus circunstancias, tendrá pocos
semejantes en éstos ni en otros siglos. Tal ha sido la estolidez y la malicia
de los que han concurrido en el manejo de esta prenda con tantos años
continuados, con daño irreparable de su crianza y de mi conveniencia.— Madrid,
30 de enero de 1641» (371).
No cabe, pues, duda que
este hijo existió. Pero surge al instante el problema de si no será el propio
Don Enrique. Induciría a pensarlo así el que ambos hijos surgen a la luz
pública por la misma época, pues es sabido que el reconocimiento de Don Enrique
se hizo en enero de 1642, y desde algún tiempo antes vivía ya, en la Corte,
pasando oficialmente por hijo del Valido. Otro dato a favor de que sean uno
solo es que Novoa, al dar cuenta de los antecedentes de Don Enrique, refiere
esta misma historia del trueque de los dos niños a la muerte de uno de ellos.
Por todo ello, sin duda, una mano distinta de la del copista de la
Correspondencia de Chumacero ha escrito al margen de esta carta: «Declara [el
Conde-Duque] a su hijo Don Julián.»
Sin embargo, hoy no
podemos admitirlo así, y hemos, por el contrario, de suponer que el bastardo
educado por Ledesma y Don Enrique son personajes distintos. Como se verá en el
capítulo 20, se ha podido averiguar bastante acerca del nacimiento y mocedad de
Don Enrique, deduciéndose de estas averiguaciones: que Don Enrique nació en
1613, en tanto que este otro hijo, el pupilo de Ledesma, nació «más de treinta
años» antes de 1641, es decir, antes de 1611; que Don Enrique vivió de pequeño
con Don Gonzalo de Guzmán y su mujer y no con Ledesma; que Don Enrique pasó su
niñez y mocedad con esta familia, haciendo vida de estudiante y frecuentando la
casa de Don Gaspar, al que trataba como padre y por el que como hijo era
tratado también. Las dos historias difieren, pues, por completo, y no es
posible confundirlas. La impresión que da el asunto es que la familia de
Ledesma, al susurrarse la noticia de que Don Gaspar trataba de legitimar a un
bastardo, tuvo la idea muy propia de aquellos tiempos en que toda la vida nacional
era una inmensa comedia de capa, espada y truhanería, de presentar al hijo del
propio Ledesma como hijo del ministro, inventando la explicación del cambio y
todo lo demás. Explicación absurda, porque a nada conducía el decir al poderoso
señor que su hijo había muerto, apropiándose como hijo al pequeño Guzmán, para
devolverlo a su verdadera filiación tardíamente, cuando el interés material era
harto visible y cuando no había pruebas aceptables para la rehabilitación. Lo
natural hubiera sido todo lo contrario: que los tutores hubieran hecho creer a
Olivares que el hijo de ellos era el de él, caso de haber muerto éste. Tan
burda es la fábula y tan clara la tentativa de estafa, que de no recogerla el
propio Olivares, no se la daría tanta beligerancia que a otro cualquiera de los
cuentos inverosímiles en que fue pródiga esta época. Y aun en boca de Olivares
se acoge con prevención y se piensa en la credulidad disparatada a que le
impelían a veces sus anormalidades de carácter, que por estos años rondaban ya
los límites de la insensatez.
Es evidente que sobre
este asunto se echó tierra, y por ello, entre el caudal de noticias
—verdaderas, falsas o monstruosas— que corrieron en aquellos años de la caída
del primer ministro, no aparece alusión alguna a este hijo. En cambio, en la
leyenda de Don Julián aparecen claros elementos incorporados de la historia de
este otro hijo, como el trueque de los dos pequeños, que, como se ha dicho, se
acepta en la versión de Novoa; y como el viaje a Ultramar: a México, en Don
Enrique, y a Filipinas, en el otro. Y basta ya de este nuevo fruto ilegítimo de
los años dionisíacos de Don Gaspar.
APÉNDICE XI: Nota sobre
la biblioteca del Conde-Duque
EL catálogo de la
biblioteca lleva este título: «Biblioteca selecta del Conde-Duque de San Lúcar,
Gran Chanciller. De materias hebreas, griegas, arábigas, latinas, castellanas,
francesas, tudescas, italianas, lemosinas, portuguesas, etc.» El ejemplar que
hemos consultado es el de la Academia de la Historia (386), copia «fiel y
puntualmente hecha del original que se conserva en la biblioteca del Excmo. Sr.
Duque de Huescar», por Don Manuel Ángulo.
Está dividido en dos
partes. La primera parte dice: «En este primer tomo están lo primero todos los
autores, por alfabeto, así latinos como de lenguas vulgares, impresos y
manuscritos, por este orden: En primer lugar los latinos impresos. En segundo,
los españoles. En tercero, los toscanos. En cuarto, los franceses. En los
latinos, se comprenden los griegos y hebreo. En los españoles, los castellanos,
portugueses, valencianos, catalanes. En los franceses, los alemanes, flamencos;
y por el mismo orden, los toscanos. En esto se emplea el primer alfabeto de los
impresos, verbigracia; A latina, A española, A toscana, A francesa. Por el
mismo orden van los libros manuscritos que están en el segundo alfabeto. Hanse
de buscar los autores en sus nombres propios. Después se sigue el catálogo de
las materias que hay en todos los autores impresos y manuscritos, por alfabeto.
El orden de hallarlos
es que los caxones de los impresos tiene, cada uno, una letra del alfabeto
latino. Y los caxones de los manuscritos, otra del mismo alfabeto, con un
puntillo en medio o al lado. Los caxones del entresuelo tienen duplicado el
alfabeto. Los dos estantes grandes del camarín estas señas: Z, etc. Y los
caxones nuevos de las redecillas, tienen por señales los números guarismos. En
estos caxones se hallarán los libros por sus números, y si alguno estuviera con
el número castellano, es por ser de a cuarto o octavo, por no confundirlos con
los de a folio.»
El autor del catálogo
fue el Padre Alaejos. De éste dice su erudito compañero de Convento, de tres
siglos después, el Padre Zarco, que «después de este trabajo del catálogo fue
nombrado prior del Monasterio y siéndolo murió el 7 de septiembre de 1631. Fue
superior de otras Casas primero y bibliotecario de El Escorial; y acaso haya
sido el monje más erudito que haya habido en San Lorenzo el Real» (comunicación
oral). De mano del Padre Alaejos existe en la biblioteca escurialense un
«Catálogo» importante de los papeles de Olivares (385).
Según el mismo Padre
Zarco Cuevas, en la biblioteca del Monasterio hay manuscritos y libros que no
menciona este catálogo, por lo que presume que Ángulo, al hacer la copia de la
Academia de la Historia y titularla Biblioteca Selecta, incluyó sólo parte de
los volúmenes y papeles, los que a él le parecieron más interesantes. En contra
de esta hipótesis está el que dice, como puede verse más arriba: «en este
primer tomo están todos los autores», etc. Parece más probable que la
biblioteca se enriqueciera después de hecho el catálogo.
La importancia,
hiperbólica, que tuvo la biblioteca para el Conde-Duque y queda consignada en
el texto (cap. 12), se revela por las cláusulas 27 a 30 de su testamento, que
dicen así:
«Y es mi voluntad que
la librería que yo he juntado quede vinculada, y yo desde luego la vinculo, en
virtud de las facultades que para ello tengo, y la uno, incorporo y agrego al
mayorazgo de mi casa de San Lúcar y a los demás que yo dejo fundados, para que
no se pueda vender, donar ni enajenar toda ni parte de ella y se ponga en el
lugar que yo dejo señalado para mi entierro. Y para que conste la estima que
tengo de ella y lo que deseo que ese vínculo y unión en ningún tiempo se
disuelva, mando que el señor que fuere heredero de la dicha Casa, a el tiempo
de tomar posesión de la dicha librería, que se la dará jurídicamente el
asistente de Sevilla o el Corregidor de la parte donde quedare o un Caballero
del Hábito a quien Su Majestad lo cometiere, en presencia de las personas a
quien yo cometiere el nombramiento de bibliotecarios, haga pleito homenaje de
no enajenar, como se ha dicho, toda ni parte de ella, antes añadirla y
enriquecerla. Y todo el tiempo que faltare sucesor de la Casa de San Lúcar, por
no haber llegado ni sucedido los casos que yo dispongo en su fundación, esta
entrega se hará a el prior que fuese del convento de San Gerónimo que yo mando
fundar en mi villa de San Juan de Al-farache, para que él la tenga; y habiendo
sucesor, se la entregue en la forma y con las solemnidades dichas; y en el
entretanto que se funda el convento, se pondrá toda la dicha librería en los
Alcázares de la ciudad de Sevilla, donde yo soy alcaide, y la tendrán a su
cargo los protectores de ella que dejo señalados por las constituciones en la
ciudad de Sevilla. Pero declaro que ni el patrón, ni el prior, ni los
protectores han de ser más que unos nudos administradores para guardarla y
conservarla, sin facultad de disponer de ella, ni parte de ella, por mínima que
sea, sin aprobación de los administradores generales, que han de residir en
esta Corte. Para el gobierno, uso y conservación de esta librería dejo hechas
ordenanzas y constituciones en escrituras aparte; mando que aquéllas se guarden
con las ampliaciones o limitaciones o cosas que yo añadiere.» La cláusula 159
dice: «La renta que fuere necesaria para la conservación de mi librería,
salario de bibliotecario, amanuense, portero y demás personas que han de
tenerla a su cargo, conforme a las constituciones que ya hago, se ha de comprar
y situar del cuerpo de mi hacienda antes que se separe.»
Este testamento no
llegó a tener validez. En el que otorgó con fecha de noviembre de 1645 la
Condesa-Duquesa viuda, por poder que le dio su marido al morir en Toro, no se
nombra a la famosa biblioteca. Pero sí en el testamento de la Condesa-Duquesa
misma, otorgado unos meses antes, en septiembre del mismo año, en el que dice:
«ítem mando que tasen los libros de la librería que está en Loeches y se
repartan entre los religiosos de Santo Domingo de esta Provincia de Castilla, y
en particular al colegio de nuestra fundación de Santo Tomás de Atocha y la del
Carmen Descalzo de esta misma Provincia y en particular a la Casa de nuestra
fundación de Santa Teresa de Ávila; y que las dichas Provincias y Casas se
obliguen, con sus superiores, a decirnos las misas que correspondan a la tasa
de los libros que les entregaren, a razón de dos reales por cada misa, por el
alma del Conde mi señor y la mía.» Es decir, que después de ir los libros a
Loeches —donde, por cierto, no debieron tener sitio holgado y conveniente— se los
dispersó y fraccionó, contrariando una de las más caras voluntades de Don
Gaspar. La Condesa es segurísimo que oiría mil veces hablar al Conde-Duque con
entusiasmo de sus libros y exponer sus deseos acerca de su futuro destino. Sin
embargo —achaque muy frecuente en mujeres de aquella época y también de las
posteriores— los libros no tenían para ella —y eso que fue señora de
grandísimos méritos— el valor profundo y simbólico que les daba su marido al
vincularlos, con la solemnidad que hemos visto, al Mayorazgo. Pero es más: en
su último codicilo, otorgado el 9 de septiembre de 1647, en Madrid, poco antes
de morir, después de declarar que ha encontrado el testamento del Conde-Duque,
de 1642, y que quiere «que se cumpla y ejecute la voluntad del Conde, mi señor,
en todo», no sólo no revoca la orden de dispersión de los libros, sino que
añade que al Padre Ripalda se le den 500 volúmenes, escogidos por él, para que
los usufructúe mientras viva, y después se entreguen al prior del convento de
Santo Tomás de Atocha, «a condición de que el dicho convento se obligue a decir
las misas que cupieren en la tasación de los dichos libros»; estas misas se
tasarían a tres reales y no a dos como las del otorgamiento antes copiado. Para
Doña Inés de Zúñiga los libros eran sólo dinero para misas.
Gallardo dice que los
libros de Olivares fueron a parar al convento del Ángel de Carmelitas
descalzos, de Sevilla (99-IV-1479). El Padre Zarco arguye, con razón, que sólo
debieron ir una parte; sin duda, añado yo, los que según el testamento de Doña
Inés fueron al convento del Carmen descalzo de Madrid, de donde pasarían a su
compañero sevillano824. Los demás se distribuyeron por bibliotecas diferentes,
de conventos o de bibliófilos.
Así dispersada la
famosa librería del Conde-Duque, una buena parte de los volúmenes, incluso,
probablemente, los destinados a los conventos, que éstos, en momentos de apuro
económicos, enajenarían, pasaron por diversas manos y hoy aparecen aquí y allá,
en bibliotecas oficiales y particulares. Astrana Marín (222-1494) dice que
muchos de los manuscritos «fueron llevados a Dinamarca por Cornelius Pederson
Lerche, que parece había residido en España en 1642-1645 y que posteriormente
fue embajador en la Corte de Madrid en 1650-1653 y en 1653-1662». Otro grupo de
manuscritos fue adquirido por el diplomático sueco Sparwenfeld, que estuvo en
España en 1689 a estudiar las influencias góticas en la cultura hispánica:
véase Hochberg (389). Eran parte de los que tomó Don Gaspar de la Cartuja
Aula-Celi. Según Vindel (283), otro gran sector de los libros se conservaron,
con los de la biblioteca de Caracena y Moya, ya citadas, vinculados a la Casa
de Frías, hasta 1898, en que los compró Don Pedro Vindel. Éste, a su vez, vendió
1.000 de los mejores a la biblioteca de Zabalburu, cuyo poseedor actual, el
Conde de Heredia-Spínola, no me ha permitido examinarlos. Otros, fácilmente
identificables por la encuadernación y las indicaciones para su colocación en
las librerías, se encuentran en la Biblioteca Nacional de Madrid y en algunas
casas como las de Alba, Medinaceli, Lázaro Galdiano, etc. Pero la parte más
importante está en El Escorial, en cantidad, como se ha dicho, que excede a los
indicados en el Catálogo de Ángulo825.
Finalmente, me parece
interesante copiar en este Apéndice la Primera Cédula de Felipe IV permitiendo
al Conde-Duque vincular a su biblioteca los papeles de los archivos oficiales
(387):
«El Rey.—Por cuanto vos
Don Gaspar de Guzmán, Duque de San Lúcar la Mayor, del mi Consejo de Estado y
mi sumiller de Corps y caballerizo mayor, Gran Canciller de las Indias, habéis
recogido y vais recogiendo por mi orden muchos libros y papeles que andaban
esparcidos en diferentes partes, de que se seguían y podrían seguir adelante
algunos inconvenientes, porque los más dellos son tocantes a materias graves y
de importancia que se trataron en tiempo del Emperador Carlos quinto, mi
bisabuelo, y de los reyes mis señores, abuelo y padre que santa gloria hayan,
que algunos de ellos son originales y también por mi mandado se os han
entregado algunos libros tocantes a la Casa de Austria y otras materias, que
trajo el Archiduque Carlos, mi tío. Y porque os ha costado mucho cuidado y
trabajo el descubrirlos, recogerlos y componerlos por tiempos y materias,
movido con el celo de mi servicio, y porque papeles de tal calidad no anden en
diferentes manos y en todos tiempos se puedan hallar juntos y en tales como las
vuestras y las de vuestros sucesores; teniendo consideración a esto y a los
muchos buenos y agradables servicios que me habéis hecho y continuamente hacéis
con entera satisfacción mía, y a los que vuestros antecesores han hecho siempre
a esta Corona en la fidelidad y buenos efectos que es notorio; y porque los
dichos libros y papeles en ninguna parte pueden estar con más seguridad ni más
bien dispuestos que en vuestro poder y en los Archivos de vuestra casa, tengo
por bien, que así los que ahora tenéis recogidos, como los que adelante
fuéredes recogiendo de ministros míos y de otras cualesquier personas y los que
por mi orden se os entregaren los tengáis en vuestro poder y los dejéis
vinculados en vuestra casa, estado y mayorazgo para que anden en ella y estén
guardados en sus archivos, o donde vos lo dejaredes dispuesto, con las
condiciones que en la forma y manera que lo ordenáredes en vuestro testamento o
en papel aparte sin que os puedan pedir o mandar por causa o razón alguna que
sea o ser pueda. Y mando a los de mi Consejo, Presidentes y Oidores de mis
Audiencias y Cnancillerías y a otros cualesquier jefes y justicias de estos
nuestros reinos y señoríos que guarden y cumplan y hagan guardar y cumplir (a
vos y a los dichos vuestros sucesores) esta mi cédula y lo que en ella
contenido y contra su tenor y forma no vayan y pasen, ni consientan ir ni pasar
en manera alguna. Fecha en Madrid a treinta de Octubre de mil y seiscientos y
veinte y cinco años.—Yo el Rey.—Por mandato del Rey nuestro Señor, D. Sebastián
de Contreras.—V. Md. lo mandó.»
De la importancia que
sus contemporáneos daban a la librería del Conde-Duque da idea la frase con que
la nombra Chacón (500). «El monumento estudioso y eterno de su biblioteca»,
dice.
APÉNDICE XII: Partida
de defunción del Conde-Duque de Olivares
LA partida de
defunción, publicada por Cuadrado (A.) (Revista Española, 1901-219) y por Calvo
Alaguero (52), y de la que tenemos copia fotográfica, dice así: «En veintidós
de Julio de mil seiscientos y cuarenta y cinco años murió en esta parroquia el
Exmo. Sr. Conde-Duque, Don Gaspar de Guzmán, habiendo recibido los santos
sacramentos; dio poder a la Exma. Sra. Doña Inés de Zúñiga, su mujer, para
hacer testamento y en él se mandó enterrar en el su convento de Loeches; y dejó
por testamentarios al Cardenal Borja, Condestable de Castilla, Duque de Medina
de las Torres, Marqués de Leganés y a su mujer y al Padre Juan Martínez de
Ripalda y a José González.—Tomás Mansilla» (rubricado).
APÉNDICE XIII: Partida
de defunción de Don Enrique Felípez de Guzmán
DICE así, según copia
que me remite Don Ángel Sánchez, cura párroco de Loeches: «Marqués de Mairena,
13 de junio de 646.—En esta Villa de Loeches, a 13 días del mes de junio de
1646, enterrase al señor Don Enrique Felípez de Guzmán, Marqués de Mairena. Recibió
los Santos Sacramentos. No hizo testamento; dio poder para hacerle a la Exma.
Señora Duquesa de Sanlúcar la Mayor y a la Marquesa de Mairena, su mujer.
Enterróse en el convento de monjas dominicas de la Concepción, de esta dicha
Villa. Y para que conste, lo firmo, día, mes y
año.—Enmendado.—Enterróse.—Vale.— Dr. Juan Nieto.»
APÉNDICE XIV:
Enterramientos en la Colegiata de Olivares de los familiares del Conde-Duque
EN la cripta de la
Iglesia Colegial de Olivares están, a la derecha del altar, las tumbas de Don
Pedro de Guzmán, de Don Enrique y de Don Pedro Martín. A la izquierda, la de la
primera Condesa, Doña Francisca; la de la segunda Condesa, Doña María, y la de
Don Jerónimo de Guzmán. Las lápidas sepulcrales, cuya copia nos envía el Sr.
Rodríguez Duarte, dicen así:
Aquí yace el muy
ilustre Sr. D. Pedro de Guzmán, primer Conde de Olivares, hijo del
excelentísimo señor Duque de Medina-Sidonia. Fue Alcaide de los Reales
Alcázares de Sevilla por el señor Emperador Carlos V, Mayordomo y Contador
mayor de cuentas de Castilla, etc.
Aquí yace el
excelentísimo Sr. D. Enrique de Guzmán, segundo Conde de Olivares, de los
Consejos de Estado y Guerra de Su Majestad y su Embajador de Roma, Virrey y
Capitán General del Reino de Nápoles, fundador de esta insigne iglesia colegial
y del Monte Fideicomiso de la Casa de Olivares, a cuyas heroicas virtudes se
atribuye la incorrupción en que se ha conservado su cuerpo, etc.
Aquí yace el
excelentísimo Sr. D. Pedro Martín de Guzmán, hermano segundo del excelentísimo
Sr. D. Gaspar de Guzmán, Conde-Duque de Olivares, Sumiller de Corps de Su
Majestad, su Caballerizo mayor y primer ministro en la Secretaría del Despacho
de Estado de España e Indias, etc.
Aquí yace la muy
ilustre señora doña Francisca de Rivera, Condesa que fue de Olivares, mujer del
muy ilustre Sr. D. Pedro de Guzmán, primer Conde de Olivares, de la ilustre
Casa de Alcala, etc.
Aquí yace la
excelentísima señora doña María de Pimentel y Fonseca, Condesa que fue de
Olivares, mujer del excelentísimo señor Conde D. Enrique de Guzmán, de la
ilustrísima Casa de Monterrey, etc.
Aquí yace el Sr. D.
Jerónimo de Guzmán, hermano tercero del excelentísimo Sr. D. Gaspar de Guzmán,
Conde-Duque de Olivares y de Sanlúcar, en cuyo tiempo se despachó la bula de
erección de la insigne iglesia colegial, etc.
APÉNDICE XV:
Enterramientos en Loeches
RESTOS que yacen en
Loeches: 1. Cinco hijos pequeños de los Marqueses de Alcañices. Depositados en
1639.—2. Don Gaspar de Guzmán, Conde de Olivares y Duque de Sanlucar la Mayor.
10 de agosto de 1645.—3. Doña María de Guzmán, Marquesa de Eliche. 10 agosto
1645.—4. Doña Isabel María, hija de la anterior. 10 agosto 1645.—5. Don Enrique
Felípez de Guzmán, Marqués de Mairena, hijo del Conde-Duque. 14 julio 1646.—6.
La Condesa-Duquesa de Olivares. 12 septiembre 1647.—7. Don Gaspar de Guzmán,
Duque de San Lúcar, hijo de los Marqueses de Mairena, Don Enrique Felípez y
Doña Juana de Velasco. 1 mayo 1648.—8. Doña Victoria de Haro y Guzmán, hija
natural de Don Gaspar de Haro, Marqués de Eliche. 15 noviembre 1651.—9. Doña
Inés de Guzmán, Marquesa de Alcañices. 2 agosto 1652.—10. Don Francisco de Haro
y Guzmán, hijo bastardo de Don Gaspar de Haro y Guzmán, Marqués de Eliche. 24
julio 1659.—11. Don Luis Méndez de Haro, Conde-Duque de Olivares, Marqués del
Carpió. 31 diciembre 1662.—12. Doña Antonia de la Cerda, Marquesa del Carpió,
Duquesa de Olivares. 13 diciembre 1679.—13. Don Luis de Haro y Guzmán, hijo de
Don Gaspar de Haro, Marqués del Carpió. 19 abril 1673.—14. Don Francisco
Nicolás de Haro, hijo de los Marqueses del Carpió. 4 diciembre 1675.—15. Doña
María Teresa de Haro y Guzmán, hija de los Marqueses del Carpió. 6 agosto
1679.—16. Doña Manuela de Haro y Guzmán, hija de Don Luis Méndez de Haro, viuda
del Conde de Luna. 20 junio 1682.—17. Don José Gabriel de Toledo Haro y Guzmán,
Marqués de Eliche, hijo primogénito de los Marqueses del Carpió. 18 mayo
1689.—18. Doña Francisca Tomasa de Toledo y Haro, hija de los Marqueses del
Carpió. 21 junio 1706.—19. Don Manuel de Silva, Conde de Galve, casado que fue
con Doña María Teresa de Toledo y Haro. 10 octubre 1728.—20. Doña Francisca de
Sales y Portocarrero, Condesa del Montijo. 1860.—21. Don Jacobo Stuart y
Ventimiglia, Duque de Berwik y de Alba. 1881.—22. Don Carlos Stuart y
Portocarrero, Duque de Berwik y de Alba. 1901.—23. Doña Rosario Falcó y Osorio,
Duquesa de Alba, Condesa de Siruela. 1904.—24. Doña Rosario de Silva y
Gurtubay, Duquesa de Alba, Marquesa de San Vicente. 1934.
Los restos del
Conde-Duque fueron trasladados, el año 1909, desde el antiguo panteón que
estaba debajo del presbiterio, al actual, construido en una capilla, a la
derecha de la iglesia, con destino a los últimos Duques de Alba.
APÉNDICE XVI: Versos
del Conde-Duque (215)
REDONDILLAS
Califican las acciones
El número mayor de
ellas,
Y no son más las
estrellas
Que son ya tus
sinrazones.
Si muero con sólo
verte,
¿Qué pretendes con
mirarme,
Oh, Cloris, sino
matarme,
No contenta con mi
muerte?
No pida bienes quien
tiene
Fortuna tan limitada,
Que desdicha moderada
Es gloria que no
conviene.
Cuando muestras tus
enojos,
No puedes, Cloris,
negar
Que, aunque me han de
matar,
Hallo mi gloria en tus
ojos.
Y tanto el desprecio
siento
Con que alguna vez me
miras,
Que llego a sentir tus
iras
Por moderado tormento.
¿En qué ofende el
pensamiento?
¿En qué mis obras te
ofenden,
Si adorarte sólo
atienden,
Ajeno del vano intento?
Nunca esperé ser amado:
No pretendo mayor
gloria
Que ser sólo en tu
memoria
Con piedras
representado.
¡Ojalá, querido engaño,
Pudiera yo sustentarte,
Y en el alma
alimentarte
Para hacer menor mi
daño!
Mis fuerzas son ya
inferiores
Al desengaño menor;
Amo un conocido error
Por excusar los
mayores.
¡Oh, nunca he visto
furor,
Que contra el
conocimiento
Prevalece tan violento,
Que a tu sombra tengo
horror!
Favores, Cloris, no
pido;
Antes suspensión del
daño,
Que a un tan adorado
engaño
Todo horror pone en
olvido.
Sólo quiero no
ofenderte,
Con lo que a todos
obliga,
Y esto, señora,
consiga,
Quien sólo muere por
verte.
APÉNDICE XVII:
Documento de gobierno del Conde-Duque de Olivares al Rey, en 1621 (311)
«SEÑOR: AUNQUE la
liberalidad y magnificencia, son propias virtudes de un ánimo real, y las que
parecen si no más necesarias, más naturales a la grandeza de los Reyes, para
que con beneficios hagan en amor y obediencia los corazones de los vasallos,
deben, no obstante, ejercitarse con cierto arreglo, a fin de que no puedan
llegar a ser viciosas y culpables, no sólo por exceder el medio que la
prudencia señala a las virtudes morales, sino también por atender a las
obligaciones y circunstancias del tiempo en que se ejercitan; de que viene a
resultar que, en un siglo, edad o gobierno, puedan los Reyes igualar la mano a
la generosidad de su corazón y llegar a los últimos límites de generosidad con
justificación y alabanza, y en otros deban contenerse, y aun estrecharse, por
no faltar a fines superiores: y no es esto menos loable que la mayor largueza;
antes a los que lo miran cuerdamente y midieron con la consideración la calidad
de las acciones y las fuerzas del ánimo que las obra, parecerá que hace más el
Rey que sabe estrechar su reino y vencerle cuando las ocasiones y mercedes se
desvían de la razón y conveniencia política, que en dejarle correr derramando
beneficios, porque en esto obra el mismo Rey con propia inclinación al celo de
gloria y de aplauso humano; y en aquello resplandece el valor del
entendimiento, y su excelencia, y el ejercicio de la prudencia real más
loablemente cuanto más se mortifica en los efectos naturales.
V. M., señor, es el
mayor Rey del mundo en reinos y señoríos; comienza a gozarlos en edad
floreciente; hereda a un padre de natural tan suave y generoso, y tan fácil en
derramar beneficios que sin ofensa de la veneración debida a su inmortal
memoria, podemos decir que tuvo rotas las manos. Bien me atreveré yo a afirmar
que, de parte de su ánimo, nada fue culpable; pero el estado que dio al reino
con el grande empeño de las rentas reales, obliga necesariamente a V. M. a que
limite su ánimo. Conózcole grande y generoso, y las esperanzas que da de sí no
son inferiores a las de su glorioso progenitor. Véome a mí más obligado al
servicio de V. M. que otro ningún vasallo, y me juzgo deudor de proponer a V.
M. lo que pudiere acreditar su gobierno. Y si bien deseo a V. M. amado de sus
vasallos, y a todos ellos desearé beneficiados de su liberalidad y grandeza,
sería grave culpa en mí, si no suplicase a V. M. que la detenga en las mercedes
que hubieren de salir de su real erario, que con la noticia que tengo del estado
de él, no sólo parece justa esta limitación, pero digna de todo gobierno
prudente. Mortificación podrá ser para V. M. lo que proponga, si bien no ajeno
de la materia del Estado propia, que deben seguir los que ocupan mi lugar; pero
deseo, señor, que V. M. tenga por bien de ceñirse voluntariamente a no hacer
merced de lo que puede, por no faltar a lo que debe. Casi todos los Reyes y
Príncipes de Europa son émulos de la grandeza de V. M. Es el principal apoyo y
defensa de la Religión Católica; y por esto ha roto la guerra con los
holandeses y con los demás enemigos de la Iglesia que los asisten; y la
principal obligación de V. M. es defenderse y ofenderlos. El fundamento para
todo, es la hacienda; la del patrimonio de V. M. está vendida o empeñada. Vive
hoy V. M. de lo que contribuyen sus vasallos, desangrándose para esto con
verdadero amor y fidelidad. Mire V. M. si puede disiparse o si lo que suplico a
V. M. tiene dureza para que no se rinda a tanta obligación. Considérese V. M.
señor de tantos y tan extendidos reinos como abraza su Corona; repare en que
todos o los más, cada uno de por sí sustentaron Rey propio con majestad y
grandeza; y ofendían en la ocasión a sus enemigos; y V. M., siendo señor de
todos juntos, los halla tan empeñados desde el mayor al menor, que se puede
decir que sólo ha heredado las obligaciones de cada uno sin sustancia y fuerza
que los conserven. La causa principal de este daño ha sido la poca preservación
de la hacienda, pues en algunos de los reinados antecedentes llegan a 96 millones
las mercedes voluntarias que se hicieron de ella. El reparar este daño dudo que
sea posible en edades enteras; pero que se solicite con eficacia su remedio es
lo que aconsejo a V. M. Bien quisiera ver a V. M. en estado que pudiera imitar
a los Reyes que más han venerado los siglos por acciones grandes y acertado
gobierno; pero como las obras heroicas en los Reyes, aunque tienen principio
del ánimo y virtud propia, no pueden ejecutarse sin hacienda, porque consiste
la majestad en el poder, mal podemos los que amamos a V. M. aconsejarle
imitaciones grandes si primero no se ajusta V. M. a las disposiciones
necesarias para conseguirlas dichosamente. Ninguna es más precisa que excusar
gastos y mercedes voluntarias e inoficiosas; que la grandeza se acredita en el
orden y se deshace la generosidad en el desperdicio, como todas las virtudes en
los extremos. Y porque el real ánimo de V. M., que naturalmente ha de obrar
como suyo, no se acongoje con representaciones de tristeza ni llegue a sentir
que el estado de las cosas ata las manos a V. M. para premiar a los que le
sirven, es bien que V. M. considere que, como le ha hecho Dios el mayor Rey del
mundo, le ha dado también más de que poder hacer mayores mercedes que a otro
ninguno. Dos géneros de personas ha de premiar V. M. y hacerlas honras y
mercedes. El uno es de los que sirven bien en la guerra y en la paz; y el otro
de hombres doctos y virtuosos que, con su doctrina y ejemplo, sirven a la
Iglesia y autorizan los reinos de V. M. En todos ellos Prelacias, Dignidades,
Prebendas, Cátedras, Beneficios, Pensiones y Oficios Eclesiásticos; y
atendiendo a los más beneméritos, todos quedarán contentos y se aplicarán a
merecer, y V. M. gozoso de tener este brazo eclesiástico en su debida
estimación y autoridad.
Para los seglares tiene
V. M. virreinatos, embajadas, cargos, gobiernos, oficios de paz y guerra,
hábitos, encomiendas, hidalguías, pensiones, plazas, audiencias, consejos,
asientos de su real casa, títulos, grandezas y otras honras innumerables, en
que el ánimo y grandeza real pueda usar de su generosa magnificencia con gran
consuelo de V. M., y particular reconocimiento a Dios, que tanto ha puesto en
sus manos; procurando serle agradecido en la justa y cabal distribución de
tantos bienes, y dando su lugar y proporción a los aumentos y servicios de cada
uno; que la igualdad de esta balanza conserva Reyes y reinos y los hace
pacíficos y bienaventurados.
Sirvo a V. M. con amor;
y Dios sabe que mi amor e interés miran a lo cierto y que cuando en esto
llegase a haber logrado la merced que V. M. me hace, tendré temporalmente el
premio que más deseo de cuanto trabajare. En esta verdad puedo fundar que
desearé a todos favorecidos y acrecentados de la real mano de V. M., pero
quisiera persuadir a muchos de los que pretenden con ansia y forman quejas de
servicios no premiados, que cuando V. M. los saca de su rincón a un oficio o
cargo que le sustenta y autoriza y acaso se les adelanta mucho en hacienda,
comodidad y reputación con que hacen su casa, y aun su fortuna, y dan su
memoria a la posteridad con sus intereses por servicios grandes; así como V. M.
por su clemencia y ánimo generoso siempre se ha de juzgar deudor a los que le
sirven bien y desea premiarlos más y más, porque el ejemplo fiel y provechoso
del talento y partes naturales, siempre obran merecimientos en el corazón real;
así también los que sirven a V. M. con la inclinación y reconocimiento debido,
es justo que piensen que el servirle y emplear cuanto son en la mayor honra,
agrado y satisfacción de V. M., es el premio a que más debemos anhelar todos.
He tocado esto, no sólo para insinuar a V. M. que honra y premia en lo mismo de
que se obliga y da por servido, sino para que piense que los que más saben
ostentar servicios no remunerados y quejas de ello, no deben congojar mucho a
V. M., ni desobligarle tampoco; porque el pedir a los Reyes es veneración y
confianza de su grandeza; y la importunación no muy justificada, puede ser
ejercicio de la constancia y magnanimidad real. Muchos Reyes sabemos que han
hecho desperdicio de sus riquezas pródigamente, y con tenerlas sobradas no fue
sin arrepentimiento suyo y nota de su gobierno; pero generalmente los que han
querido acreditarse de prudentes y advertidos a su conservación y a la
reputación de su grandeza con sus vasallos, y con Reyes y naciones extranjeras,
han sido liberales de lo gracioso y detenidos en dar sus propias haciendas,
porque el patrimonio real y los tributos con que sirven los vasallos, se deben
a la causa pública y a las obligaciones generales de los reinos, que en V. M.
son más estrechas, no sólo por lo mucho a que debe atender, sino por haberle
dado Dios tanto gracioso con que pueda ejecutar su liberalidad y dar justa
remuneración a sus vasallos. Suplico humildemente a V. M. oiga esta proposición
como de criado que le ama y reverencia y desea la conservación de sus reinos,
grandeza y nombre, con toda fidelidad; y que sirva V. M. de mandar inviolablemente
a todos sus Consejos, Tribunales y Ministros que, de aquí en adelante, por
ninguna causa, ni con pretexto alguno, aunque sea de remuneraciones de
servicios, no consulten a V. M. mercedes perpetuas, ni temporales, que hayan de
salir de la real Hacienda; y que en las mercedes, cargos, honras y oficios que
V. M. puede dar graciosamente, tengan su debido lugar y proporción los
servicios de los consultados, por que así corra todo con el orden, igualdad y
justificación que V. M. desea. Y porque esta proposición, aunque dictada de mi
celo, no la fío de la cortedad de mi caudal y experiencia y podría, mirada a
otra luz, no ser la que a mí me parece: Suplico a V. M. la mande remitir a los
Ministros que V. M. fuere servido y a algunos Teólogos, para que confiriéndola
como punto de conciencia y autoridad de la persona y grandeza de V. M. digan a
V. M. lo que se les ofrece, y pueda V. M. tomar la que más convenga al servicio
de Dios y el suyo. Madrid, 28 noviembre 1621.»
APÉNDICE XVIII:
Instrucción que dio en 1625 el Conde-Duque a Felipe IV sobre el gobierno de
España (Fragmentos) (331)
«SEÑOR: EN
obedecimiento de lo que V. M. se dignó mandarme, pongo con todo respeto y
voluntad A L. R. P. de V. M. esos borrones; asegurando a Vuestra Majestad que
son producidos de mi lealtad y dispuestos según lo poco que alcanza la
experiencia de mis años. Repito, Señor, que son borrones; pero que pueden
instruir mucho el gran entendimiento de V. M. Reconózcalos bien V. M., léalos
muchas veces, sin permitir que otro alguno los examine y tome conocimientos de
ellos, para que no se publiquen, que entonces más servirán de daño que de
provecho; pero será al contrario, si V. M. los guarda para sí y usa de ellos en
los tiempos, casos y con la prudencia con que adornó el Cielo a V. M. Entonces
se verá claro su fruto y V. M. logrará los aplausos y gloria que le desea,
Señor, su más leal vasallo y rendido criado.
Reino de Portugal y sus
calidades
Los reinos, Señor, de
Portugal son, sin duda, de lo mejor que hay en España, así por la fertilidad de
la tierra en algunas partes como por la disposición de las otras para la
mercancía con los puertos excelentes que hay en aquellos reinos; son abundantes
de gente y, por la disposición dicha, de personas de gran caudal, y su gobierno
dificultoso; compónese de tres brazos, como todos los otros reinos del mundo:
eclesiástico, noble y plebeyo. El eclesiástico no es grande por la cortedad de
sus límites; los prelados son generalmente atentos y circunspectos y tratan del
culto divino con gran decencia y ornato (parte que se extiende a las iglesias
menos principales de las ciudades y a las de las aldeas menores); la virtud de
los prelados, si no se observa (cosa que no he oído), es parte que se profesa,
y la modestia religiosa, con mayor demostración que en otras partes; no hallo
en este punto qué advertir, por parecerme que está bien. Así en los Tribunales
ordinarios, como el de la Inquisición, podría ser que yo recibiese error
porque, aunque con alguna noticia, no me hallo en esta parte con la necesaria
para poderlo asegurar más. Los nobles, que ellos llaman fidalgos, se dividen en
las mismas clases: fidalgos, debajo de cuyo nombre entran Grandes y señores y
todos los que vienen de aquellas casas, o de otras; caballeros estirados y
fidalgos de la casa del Rey, que son los que corresponden a caballeros
particulares y hidalgos solariegos de acá; fidalgarones o escuderos son los
hidalgos notorios.
De estas líneas todas
(aunque no se diferencian en nombre) salen los Duques de Berganza, Abeyro y
Camina, por el parentesco cercano que tienen en las Casas Reales de Castilla y
Portugal. El de Berganza tiene la primera línea, sin que ninguno se la compita;
quiéresela emular el de Abeyro, y no menos en lo substancial el de Camina; pero
entrambos sin buen logro, aunque en algunos singulares pueden con razón.
Es la nobleza de aquel
reino sin duda la de mayor presunción y satisfacción propia, que en ningún otro
se habrá visto. Generalmente son entendidos; pero así en esto como en todas las
acciones, tienen afectación; casi daño común y connatural.
Los ánimos de aquella
gente, sin duda, son grandes; pero también es cierto que fueron mayores. La
razón de haber decaecido atribuyen ellos a la falta de los ojos de sus Reyes
naturales, y a esta misma causa todos los daños que padece su gobierno. No hay duda
de que en lo primero deben de tener razón, siendo imposible que no desaliente
infinito la falta de asistencia real, y así tuviera por convenientísimo para
muchas cosas el asistir V. M. en aquellos reinos por algún tiempo, no sólo para
el remedio de los daños, sino para la conveniencia mayor que pueden tener los
negocios públicos, que miran a la conservación y aumento de lo general de la
Monarquía. El segundo daño del gobierno, que ellos consideran también por este
mismo accidente, es cierto que no se lo negaré yo, pues sabe V. M. que he
reconocido y representándole inconvenientes para el gobierno de la Corte misma
donde V. M. asiste, de la falta de su atención personal, con lo cual no me
parece posible dejar de ser la ocasión mayor del mal gobierno de que hoy se
muestran lastimados, y así me parece muy del servicio de V. M. que estos
vasallos vivan con esperanza que V. M. les dé de que asistirá con su Corte en
Lisboa por algún tiempo continuado y de asiento, y también juzgo por de
obligación de V. M. ocupar a los de aquel reino en algunos ministerios de éste
y muy particularmente en Embajadas y Virreinatos, Presidencias de la Corte y en
alguna parte de los oficios de su Real Casa, y esto mismo tengo por conveniente
hacer con los aragoneses, flamencos e italianos, anteponiendo y representado a
V. M. con viva instancia, que es esto la cosa que más conviene ejecutar para la
seguridad, establecimiento, perpetuidad y aumento de lo general de esta
Monarquía; y el medio sólo de unirla es la mezcla de estos vasallos, que se
reputan por extranjeros, admitiéndoles a todas las dignidades dichas, y me
atreviera a hacer demostración a cualquiera de cuan vanas son las instancias
que se pueden hacer contra esto, porque sabe Dios que habiendo pensado mucho en
los inconvenientes que padece y pueden destruir esta Monarquía, no hallo mayor
reparo que esta unión por estos medios, y si yerro en ello, es bien cierto que
es error de entendimiento.
El pueblo de aquellos
reinos es más parecido, en la sujeción y rendimiento a la nobleza, a todos los
otros reinos forasteros de S. M., que no a los de Castilla: razón, sin duda, en
que se funda la ventaja que hace a todos los otros reinos y naciones, la infantería
de España, donde se ve con la fidelidad a sus Reyes (mayor que la de otros
ningunos vasallos) el brío y libertad del más triste villano de Castilla, con
cualquiera señor o noble, aunque de tan desigual poder, mostrando en la
sabiduría del intento cuanto exceden los corazones a las fuerzas humanas.
Concluyo este papel,
con que en los reinos de Portugal conviene lo que he representado a V. M.; e
igualmente el poner remedio en los cristianos nuevos de aquel reino (como V. M.
lo va tratando), con lo demás que se ofrece que remediar en el gobierno y en la
hacienda muy particularmente, porque en lo uno y lo otro es grande el desorden,
la libertad, codicia y ambición de los ministros y la poca obediencia a las
Reales órdenes de V. M., daño que si no se repara los causará irreparables.
El corazón de los
portugueses es fiel esencialmente, y el descontento que muestran es de puro
amor a sus Reyes; son personas de espíritu y de presunción tal, que los hace
notados de menos cuerdos; son vasallos dignos de grande estimación, pero de
alguna atención en el modo de gobernarlos, fuera de lo general, en la justicia
y gobierno público.
Conveniencias de la
unión de Castilla y Aragón
Los tres reinos de la
corona de Aragón llego a considerar por casi iguales entre sí en costumbres y
fueros, así en el modo de gobernarse, en la grandeza de sus términos, en la
condición de sus vasallos y también en la nobleza.
No estoy advertido del
número de los títulos que hay en cada uno de los tres reinos, ni es necesario:
sé solamente que son cuatro los Grandes: de Cataluña, el Duque de Segorve y de
Cardona; en Valencia, el Duque de Gandía; en Aragón, los Duques de Híjar y el
de Villahermosa. Los valencianos, hasta ahora, son tenidos por los más molestos
en sus fueros, por no habérseles ofrecido lanzas, como a los de Cataluña y
Aragón. No quiero por esto condenar a aquéllos, ni calificarlos por menos
obedientes, porque tendría por especie de traición grande hecha a V. M.
recatarle de tales vasallos, siendo, Señor, verdad asentada, que en mi opinión
son tan fieles como los mismos de Castilla, pues no hay provincia en el mundo
que se haya escapado de alborotos o tumultos; y si no, vuelva V. M. los ojos a
los que en estos reinos hubo ocasionados de leves accidentes, y así han
sucedido en todas partes, y por esto no sólo no deben perder la opinión de
fieles, sino antes tenerlos por firmísimos y obedientísimos, pues en ausencia
de tan largos años de la Real presencia de V. M. se conservan con la misma
obediencia que los de Castilla.
Y esté cierto V. M.
que, como representé en el papel de Portugal, lo haré en éste y en todos los
otros reinos y provincias donde V. M. no asiste; que es el mayor yerro y de que
más graves daños se han seguido, amenazan y se pueden temer en esta Monarquía,
el recato y desconfianza que por tantos años se ha mostrado y tenido con los
vasallos forasteros de V. M.
Y aunque sea con
prolijidad, me parece tan esencial este punto y tan del servicio de V. M. el
persuadir su Real ánimo a ello, que no puedo dejar de dilatarme algo en este
papel, reduciendo los demás puntos de gobierno y estado de aquellos reinos, a
lo mismo que antepongo en los de Portugal.
Vuestra Majestad y
todos los otros Reyes y Príncipes soberanos del mundo poseen sus Estados por
tres títulos: sucesión, conquista o elección. En cuanto a la postrera forma,
que es casi singular y, sin duda, de peor gobierno de todas, como no necesaria
(por no tener parte alguna de ésta los reinos de que se compone la Monarquía de
V. M.) omito las razones particulares de desconveniencia de señorío electivo.
La mejor orden y los
vasallos tenidos por más seguros son aquellos que se poseen por derecho de
sucesión. Todos cuantos V. M. posee hoy (menos algunas pequeñas partes de que
no parece necesario hacer mención) los posee V. M. por derecho sucesivo: sólo
son conquistas el reino de Navarra y el Imperio de las Indias.
¿Pues qué razón hay
para que sean excluidos de ningún honor o privilegio de estos reinos, sino que
gocen igualmente de los honores, oficios y confianzas que los nacidos en medio
de Castilla y Andalucía, estos vasallos, no siendo de conquista, título de menos
confianza y seguridad, y que hayan de estar desposeídos de los privilegios
aquellos naturales de reinos y provincias en que V. M. ha entrado a reinar con
un derecho asentado y llano y donde reinaron tantos descendientes de V. M.
continuadamente?
¿Y qué maravilla es que
siendo estos menos vasallos de Castilla admitidos en todos los honores donde V.
M. asiste, y que gozan de su Real presencia, causen celos, descontentos y
desconfianzas? Las hay grandísimas y justificadísimas en todos esotros reinos y
provincias, que no sólo se ha contentado el gobierno de tantos años con
tenerlos sin la presencia de su Rey, sino también inhabilitados para las honras
y notados por desconfidentes y desiguales en todo a otros vasallos, pues
ningunos han tenido más ascendientes de V. M. por señores continuados, y más
llegando a ver que se les anteponen a los que ayer se conquistaron.
Los vasallos más
seguros de una Monarquía es fuerza que sean aquellos que más tiempos han sido
gobernados por ella; en amando este gobierno, es fuerza que deseen la
dilatación y aumento de su Monarquía, y así estos reinos de España, Italia y
los Estados de Flandes (tantos siglos gobernados por la Monarquía) es fuerza
que deseen la grandeza y autoridad de V. M. igualmente que los que gozan de su
presencia, por la costumbre y amor heredado y por su propia conveniencia.
¿Fuera justo que se
tuviera por fiel vasallo al que aconsejase a su Rey, que le estimase a él solo
y le favoreciese con honores y riquezas, y fiase de él y desconfiase de los
otros? ¿Sería leal el reino que propusiese esto mismo? Pues esto, Señor, es lo que
aconsejan los que (...)
No digo, Señor, que
entre V. M. de golpe derogándolo todo, porque la fuerza de la costumbre es tan
grande en el gobierno, que dificulta y desluce muchas veces los mayores
aciertos y conveniencia; más convendrá que obrando poco a poco y con personas
señalada y conocidas, se vea romper este hilo, dejándose entender que V. M
tiene dictamen de que conviene introducir en las honras, oficios dignidades de
estos reinos a los forasteros; esto sin declararlo, ni pasa adelante: oiránse
los inconvenientes sin empeño grande ni considerable, y ellos irán enseñando lo
que más conviniere y la razón de introduciendo en los oficios de aquellos
reinos los naturales de ésto; y entrando esta confianza lentamente, y sin pedir
capitulaciones, parece que se asegura el suceso sin empeñarse en él, quedando
siempre a tiempo el mudar cuando pareciere.
Recopilación del
dictamen de la materia del Estado de todos los reinos
Este papel, Señor, será
la recopilación del dictamen que tengo dad en la materia del Estado, de todos
los reinos de V. M., de cada uno de ellos por mayor y, después, de toda la
Monarquía junta.
Ni cuando las noticias
y las demás partes mías fueran las mayores de la tierra, se pudiera asegurar
cosa tan grande, por la cortedad de la capacidad humana, y más en juicio de
negocio que por naturaleza tiene inestabilidad y obliga a tener el día siguiente
contraria opinión y opuesta a la presente; y lo que alcanza a conocer la
prudencia mayor y el más maduro discurso, es de esta calidad que he dicho para
no fijarse en estas materias en opinión cierta, sino antes este dispuesto a
mudarlas conforme a los accidentes. He dicho a V. M cuanto se ofrece en el
gobierno de estos reinos por mayor, con la noticia que he tenido de ellos y con
lo que he leído.
Tenga V. M. por el
negocio más importante de su Monarquía el hacerse Rey de España; quiero decir,
Señor, que no se contente V. M. con ser Rey de Portugal, de Aragón, de
Valencia, Conde de Barcelona, sino que trabaje y piense con consejo mudado y
secreto por reducir estos reinos de que se compone España, al estilo y leyes de
Castilla sin ninguna diferencia, que si V. M. lo alcanza, será Príncipe más
poderoso del mundo.
Con todo, éste no es
negocio que se puede conseguir en limitad tiempo, ni intento que se ha de
descubrir a nadie, por confidente que sea, porque su conveniencia no puede
estar sujeta a opiniones y cuanto es posible obrar en prevención y disposición,
todo lo puede obrar son de opinión que se viva con recato y desconfianza de los
vasallos extranjeros.
Cuando faltara todo y
lo que conforme a todas leyes de justicia, conveniencia y razón, están
demostrando, ¿hoy no está tratando V. M., y con razón de paz con los
holandeses, o tregua conveniente, concediéndoles por ventura muchas cosas de
falta de reputación y fiando el cumplimiento de lo que se asentare, de sus
capitulaciones, por poder hacer la guerra en otra parte, donde a V. M. le
amenazan con ella, siendo los enemigos de la Monarquía tantos, como se
experimentan, y como es fuerza, siguiendo la emulación del mayor poder? Pues si
los enemigos obligan a fiar de los rebeldes, ¿cómo es posible gobernar y
conseguir buen suceso en esta conservación y aumento, mostrando y ejecutando
desconfianzas en los vasallos más fieles? ¿Y qué ejemplo puede hacer a los rebeldes
de esta Monarquía ver los obedientes en tal estado? Y concluyo, Señor, en que
los que han ejecutado este gobierno, siendo Monarquía, lo vienen a reducir a
aristocracia, y estando la conveniencia de V. M. en la unión y en los medios,
lo reducen todo a división.
Que se llame
extranjeros y recaten de ellos como tales, los que fueren naturales de los
reinos y Estados de V. M. es conforme a toda razón de estado y gobierno; pero
que se tengan por de este número los vasallos hereditarios de V. M. es tan
lejos de ser conveniencia, que lo considero por uno de los mayores fundamentos
del apretado estado a que se ve reducida esta Monarquía.
Obsérvese en toda parte
por conveniente circunstancia de gobierno, que el Virrey, gobernador y superior
o cualquier ministro de Justicia, no sea natural del lugar que gobierna, por
ser la general parte para el buen gobierno, la independencia del superior;
calidad que ayuda al acierto de los vasallos forasteros en lo que se les
encomendare en estos reinos, pues el deseo de acertar está acreditado con su
fidelidad, con el amor de V. M., con ser vasallos de esta Monarquía, como he
dicho; y cuando V. M. pusiere en estos reinos ministros naturales de aquéllos
podrá seguramente introducir en las provincias forasteras gobernadores y
ministros españoles, y entonces, Señor, se podrá llamar dichosa esta Monarquía
y V. M., verdadero Monarca, pues tendrá unido el mayor Imperio que se ha visto
hasta ahora junto, y en la forma que ahora se gobierna, habrá muchos que
juzguen, y no con pequeños fundamentos, que fuera mayor el poder de V. M. con
menos señoríos, y todo esto ocasionado solamente de este recato y desconfianza
(indigna de hablarse en él), por introducidos sin fundamentos ningunos de
razón.
V. M. por sí mismo
solo, llevando esta mira con las advertencias breves, que aquí señalaré a V. M.
para que, con su prudencia y la experiencia que los años y negocios le darán y
con el valor que Dios le ha dado, en viendo la ocasión no la pierda en negocio
tan importante, que ningún otro le es igual.
Presuponiendo la
justificación a que me someto en primer lugar y no dudando de que la haya para
que V. M. procure poner la mira en reducir sus reinos del estado más seguro,
deseando este poder para el mayor bien y dilatación de la Religión Cristiana,
conociendo que la división presente de leyes y fueros, enflaquece su poder y le
estorba conseguir fin tan justo y glorioso, y tan al servicio de nuestro Señor,
y conociendo que los fueros y prerrogativas particulares que no tocan en el
punto de la justicia (que ésa en todas partes es una y se ha de guardar),
reciben alteración por la diversidad de los tiempos y por mayores conveniencias
se alteran cada día y los mismos naturales lo pueden hacer en sus Cortes, como
pueden ser incompatibles con la conciencia, leyes que se oponen tanto y
estorban un fin tan glorioso y no llegar a ser un punto de justicia (aunque se
haya jurado), reconociendo el inconveniente, se procure el remedio por los
caminos que se pueda, honestando los pretextos por excusar el escándalo, aunque
en negocio tan grande se pudiera atropellar por este inconveniente, asegurando
el principal; pero, como dije al principio, en todo acontecimiento debe
preceder la justificación de la conciencia.
Tres son, Señor, los
caminos que a V. M. le puede ofrecer la ocasión y la atención en esta parte, y
aunque diferentes mucho, podría la disposición de V. M. juntarlos y que, sin
parecerlo, se ayudasen el uno al otro.
El primero, Señor, y el
más dificultoso de conseguir (pero el mejor, pudiendo ser), sería que V. M.
favoreciese los de aquel reino, introduciéndolos en Castilla, casándolos en
ella, y los de acá allá, y con beneficios y blandura los viniese a facilitar de
tal modo que, viéndose casi naturalizados acá con esta mezcla, por la admisión
a los oficios y dignidades de Castilla, se olvidasen los corazones de manera de
aquellos privilegios que, por entrar a gozar de los de este reino igualmente,
se pudiese disponer con negociación esta unión tan conveniente y necesaria.
El segundo sería, si
hallándose V. M. con alguna gruesa armada y gente desocupada, introdujese el
tratar de estas materias por vía de negociación, dándose la mano aquel poder
con la inteligencia y procurando que, obrando mucho la fuerza, se desconozca lo
más tocando a las armas
El tercer camino,
aunque no con medio tan justificado, pero el más eficaz, sería hallándose V. M.
con esta fuerza que dije, ir en persona como a visitar aquel reino donde se
hubiere de hacer el efecto, y hacer que se ocasione algún tumulto popular
grande y con este pretexto meter la gente, y en ocasión de sosiego general y
prevención de adelante, como por nueva conquista asentar y disponer las leyes
en la conformidad de las de Castilla y de esta misma manera irlo ejecutando con
los otros reinos.
El caso tiene tales
circunstancias, que no será fácil ajustar la razón de él; mas será bien que el
Real ánimo de V. M. está advertido de esta conveniencia, para irlo obrando por
los medios blandos que propuse en el primer punto, por no poder ser de daño ninguno,
sino antes de mucha utilidad y buen gobierno y en la sazón se hallará con esta
ventaja, para que si no pudiere valer por sí solo, ayude mucho a la ejecución
de los otros medios, sin mostrarse tanto el ruido y violencia.
El mayor negocio de
esta Monarquía, a mi ver, es el que he representado a V. M. y en que V. M. [ha
de] estar con suma atención, sin dar a entender el fin, procurando encaminar el
suceso por los medios apuntados.
Los demás negocios de
estos reinos se reducen al cuidado con la justicia, estimación y buena
administración de ella, con mantener los vasallos con igualdad y siempre
dependientes de V. M., y con esperanzas de favor, y con hacer ejecutar sin
réplica las órdenes de V. M. en sus reinos, y en que en esta parte no haya
dispensación en el severo castigo de quien no las ejecutare, para que el
escarmiento asegure la obediencia en los ministros.
Los presidios,
fronteras y armadas ordinarias, situarlas (si es posible); porque irá a decir
en la reputación lo que no se puede encarecer en la utilidad, cobro y seguridad
de estos reinos, más que si se proveyese doblada suma, sin situación; buenas
cabezas en estas plazas y, de cuando en cuando, visitas secretas en ellas, por
el descuido que suele causar la paz; gobernar por Compañías y Consulados la
mercancía de España, poniendo el hombro en reducir los españoles a mercaderes.
Éste es el camino,
Señor, que puede resucitar la Monarquía de V. M., y con gobernar bien éste, se
han hecho poderosos nuestros enemigos; conquistan con él el mundo, y no
corriendo por su cuenta el despacho de los galeones de V. M., gozan en ellos
incomparables sumas de las que vienen para V. M. y sus fieles vasallos.
Menester es. Señor,
velar sobre este punto y algo tiene ya empezado, falta acreditarlo, que más
disposición hay en estos reinos que en otros ningunos, siendo tan abundantes de
los frutos inexcusables y que no produce esta provincia.
La despoblación grande
que ha habido obliga a particular atención en la restauración de este daño; en
las colonias sería gran cosa, pudiéndose encaminar de italianos, alemanes y
flamencos, católicos obedientes y con esto favorecer los matrimonios, privilegiar
los casados, poner límite, el mayor que se pueda, con entera seguridad de
conciencia, en el número de religiosos y eclesiásticos; y así se podría ver,
sin mucha dilación, la convalecencia de este daño.
De lo primero, V. M.
está tratando; de lo segundo, ha hecho leyes; de lo tercero, conviene tratar,
juntando para ello personas de toda experiencia, cristiandad y celo; y en éste
y los demás negocios tan importantes a la seguridad, conservación y aumento de
esta Monarquía (que por ser tan grandes no es posible disponerse, ni ejecutarse
con brevedad), conviene que V. M. vaya caminando en ellos y mostrando a los
ministros a quien los encargare, el cuidado con que está de su ejecución,
porque no se pierda punto en caminar en ellos; que en esto, Señor, acreditará
V. M. su amor y desvelo en el remedio de estos reinos y verá lo gozoso de este
cuidado, a que es fuerza que sigan muy buenos sucesos, encaminándose negocio de
tan gran consideración para el todo de esta Monarquía, teniendo por la
principal mira para desear este aumento, y para trabajar en él, el deseo de la
dilatación de la religión católica y de conseguir estas fuerzas para emplearlas
en la extirpación de los enemigos de la Iglesia.
He dicho a V. M. por
mayor lo que conviene al estado de estos reinos de España y por parecerme casi
uno en Castilla el gobierno de las Indias Occidentales, omitiré aquí lo que se
me ofrece y dirélo en otra ocasión brevemente.»—Madrid, 1625.
APÉNDICE XIX: Discurso
del Conde-Duque en las Cortes del Buen Retiro el 17 de enero de 1639
«LA estimación que debo
—dijo— a la honra y merced grande que el Rey nuestro Señor me ha hecho, no
necesita de más encarecimiento que saber cuál es, siendo cierto que, cuando no
hubiera tantas razones de estimarla y reconocerla, bastara la calidad y circunstancias
de relieve que trae consigo el ver lo que ningún otro vasallo. A esto se llega
el favor, gracia y particularidades con que V. S. [tal era el tratamiento de
las Cortes] lo ha adornado y crecido, de manera que no es posible explicarlo
debidamente; pero bien aseguro a V. S. me he ofrecido, y estoy deseosísimo de
desempeñarme, o, por mejor decir, de hacer menor mi empeño, en cuanto yo pueda
y alcance del servicio de V. S. en general y particular. Tengo a gran felicidad
mía y a buen agüero, el haber llegado las nuevas que hoy ha tenido el Rey
nuestro Señor de los sucesos de Flandes e Italia, no por ellas, Señor, que no
conoce la guerra quien fía en sus prosperidades y sucesos, sino porque peleamos
con enemigos a quien no es posible reducir a la paz por otro camino que el de
la fuerza, como gente que pone su corazón y esperanzas en conquistas. Cosa
horrible para oída, querer en el estado de las cosas del mundo, y
particularmente de Europa, más de lo que Dios le dio, con ambición de sufrir
(si los sucesos lo consienten) una guerra larga, con ruina de sus vasallos y de
toda Europa, por extender sus límites ambiciosa y reprobablemente, no
contentándose con lo que nuestro Señor les ha dado, siendo tanto y tan bueno.
Por la parte de la paz, Señor, único y solo bien de la tierra, me alegran, como
señales de ella, estas nuevas; por cuyo fin dichoso ofrezco a Dios de todo
corazón y con bonísima voluntad mi propia vida, no pudiendo negar a V. S., en
medio de tantas mercedes recibidas, desigual la menor a todos mis servicios,
sin ningún encarecimiento, que me hallo con extremo desconsuelo de verme este
día tan obligado al Rey nuestro Señor (Dios le guarde), tan obligado a V. S., y
que a S. M. no le puedo hacer otro servicio tan acepto en el puesto que me
hallo y en este lugar como aliviarle, y descansarle sus vasallos; ni a V. S.
tampoco, que lo representa principalmente. Considerando que nos hallamos
acometidos en todas partes de los enemigos, y que nuestra buena Castilla, como
cabeza de España, y España de la Monarquía, es fuerza que padezca los
accidentes mayores de este año, y que estos vasallos, que tanto merecen los
mayores bienes y felicidades, se vean cargados, trabajados y oprimidos, no es
posible ejecutar lo que más deseo en esta vida. Pero ofrezco a V. S., no en el
mismo año, no en el mismo mes, sino en el primer día, probar cuan contra
naturaleza del Rey nuestro Señor (Dios le guarde), cuan contra su dictamen y
real inclinación es cuanto V. S. ha padecido y padece. Y aunque yo como sombra
y eco de S. M., y como polvo de sus Reales pies, no tengo dictamen, sino seguir
el suyo, ofrezco a V. S. que en mi natural inclinación, y por mi principal
dictamen, deseo muy poco recibir, desacomodar ni gravar a nadie; antes bien, y
sobre todas cuantas cosas hay en la tierra, alimentar la extrema prosperidad de
estos reinos. Sírvase nuestro Señor, como he dicho, aunque sea a costa de mi
vida, que vuelva a ver este día de la paz, sin el cual ninguno puede ser
bueno.»
APÉNDICE XX: Informe
del Conde-Duque al Rey sobre los Infantes, sus hermanos (325)
«SEÑOR: HABIÉNDOSE V.
M. servido, desde que entró a reinar, de poner en mis manos, no sólo la
distribución de la Monarquía y las mercedes, sino también los consejos, y
habiendo yo atendido a lo primero con singular rectitud y limpieza, en lo
segundo he puesto siempre la vigilancia que pide Rey tan grande, materias tan
grandes, provincias y corona tan dilatadas y extendidas; y no sólo me he
procurado explayar por las de afuera, sino también en las domésticas y de
dentro de casa, hasta las más mínimas de este palacio, que no son de menor
cuidado que aquéllas, ante las que se deben examinar con suma asistencia y aun
tener, sin duda. Entre mucha y muy varias, de que he confiado, avisado y
prevenido y hecho muy largos papeles (que algunos se hallarán en los archivos),
servicio, según yo pienso, entre los grandes el mayor es el de los Serenísimos
Infantes, que V. M. tiene tan cerca de sí. En los años pasados y en algunas
ocurrencias, ya que he procurado observar sus inclinaciones y que me avisen de
ellas los más asistentes, he conferido algunas con V. M., empero con más
templada advertencia entonces, por no haber sido los años de tanto cuidado, si
bien se diferían los remedios para lo de adelante y cuando ellos estuviesen en
sazón, que si no se pudiesen temer, por la virtud esclarecidísima de los
sujetos, se pudiesen prevenir, como lo enseña la prudencia, maestra y guía de
todo afecto altamente fortunado.
Encuentros, sin
embargo, ha habido en este caso y algunos en que reparar; empero la
insuficiencia de los años no ha dado lugar. El uno es ya casi de veinticinco
años y el otro de veintitrés, edad sazonada para todo; ambos robustos y bien
proporcionados, y en los rostros lo viril del sexo, con veneración y respetos,
de claros juicios, ingenio, sagacidad y prudencia; pasando de hermanos a
amigos, más de lo que en personas tales es lícito; y si bien el primero no
tiene noticia de las letras, no ignora la parte que le conviene y no se
descuida la naturaleza de dotarle de circunstancias altamente aventajadas; el
segundo tiene muy grandes principios, así en letras humanas como en las
militares y de resaltar los intentos y estirarlos a más de lo que le concede su
esfera. No pretendo yo, Señor, ponderar aquí ni asombrar a V. M. con los
ejemplos, repetidos continuamente, de las historias antiguas y modernas, así
naturales como extranjeras; que en Príncipes tales y en hermanos tan ejemplares
a otros en la obediencia y respeto, en el amor y en la fidelidad, no se puede
inferir cosa que no sea digna de la candidez de sus pensamientos, ni se puede
regular por aquellos a quien no concedió el cielo ni prohijó la naturaleza, con
tan heroicas y esclarecidas costumbres, como a los dos Serenísimos Infantes. En
lo que yo he reparado siempre, y he puesto el cuidado del aviso, es en aquellos
que les pretenden alterar y hacerse lugar en su gracia, así grandes como
medianos; unos por necesidad que de ellos tienen; otros por usar de la gloria
del valimiento, y todos éstos no con las costumbres que se requieren, no con el
lado de personas tales ni con las virtudes que aun a ellos mismos les conviene;
cosa sobre que se debe velar mucho. Don Antonio de Moscoso, después de la
expulsión del obispo de Segovia, su hermano, es dueño absoluto de la gracia del
Infante Don Fernando, y a ésta se llega el Infante Don Carlos, y ambos son
conducidos por el Don Antonio, no con el estilo y decencia que pide el decoro y
reverencia de personas tan altas; y, como ya otras veces he avisado a V. M., no
conviene que ninguno tenga Privado, ni que corran por cuenta de su Palacio sus
excesos. Puestos allá afuera, y en lugar o provincia apartada, no toca a V. M.,
tan lejos, examinar por menudo las acciones y los pasos. Los hombres de
prudencia impugnan esto, los de conciencia agravan la de V. M. en que no lo
remedie, y la mía en que no lo avise, y más cuando V. M. descansa en estos
cuidados sobre mis hombros y ha renunciado en mí este derecho. Para obviar
esto, he propuesto a V. M., con particular desvelo y atención, que conviene
enviar a Flandes al Infante Don Fernando; lo uno, porque de esta manera podrá
apartarle o dejar aquí a los criados que no conviene asistan a su lado; lo
otro, será de notable alivio para la Hacienda, porque no puede llevar sobre sí
la opulencia tan exorbitante de criados, como se le pusieron en la casa: bien
que fue yerro mío, pues quise hacer una honrada oposición a los pasados, de la
que a V. M. se le puso, vanagloria que en varias ocurrencias vendí yo a S. A.,
diciendo no se había puesto a Príncipe casa tan magnífica, si bien excedía a
las fuerzas del caudal. En esta manera, Señor, se ha tocado el arma a S. A., y
se ha avisado a muchos que en esta novedad han de peligrar, para que suspendiesen
la viciosidad de sus raíces y las destroncasen, y aun señalaron muchos, y esos
los menos y más útiles. El Don Antonio, excediendo del modo con que se debía y
templanza que se debe, ni las cosas del arzobispo con la limpieza que es justo
y la que V. M. manda profese cualquiera de las jerarquías de su Gobierno: las
más de las prebendas y dignidades consultan los ministros eclesiásticos a su
devolución, y se dan por su orden, y S. A. lo quiere así; a su puerta acuden
todos los clérigos de su arzobispado y los seglares que tienen oficios en él, y
sale de su casa con populoso acompañamiento, en que me dicen está muy
aprovechado, y le ha valido grueso número de escudos. Las mejores prebendas
pretende dar mañosamente a su sobrino, haciendo les pida la Reina, nuestra
Señora, al Infante, para con estas cautelas dárselas, sin que V. M. las pueda
repugnar, como los días pasados lo hizo con el arcediano de Madrid, en que
fuera justo representar persona en Roma, que diera alguna pensión a la Marquesa
de Baldonquillo o a sus hijas, por haberle tenido Don Rodrigo Enríquez, su
marido. Sin embargo de esto, y como ya V. M. sabe, pidió S. A. para el Don
Antonio uno de los oficios mayores de su casa, que habiéndosele denegado, no
querer creer S. A. es mandato de S. M. éste, sino que yo lo quiero, y repugno
el defecto y la pretensión.
De aquí, Señor, nacen
discordias e inquietudes en su Palacio, y en el amor resfriarse, para con V. M.
y aun zozobrar en el respeto y en la obediencia; y enseñándole la carta, el
otro día, de la señora Infanta de Flandes, y la consulta del Consejo de Estado,
en que amorosamente se le avisaba no convenía llevase Privado a Flandes, que
aquella nación no lo consiente ni afecta el nombre de español, cuando y más de
Privado, ni que diese nombre de tal a ningún criado suyo, la ira fue notable, y
volviéndose contra mí, me dijo era traza mía y que yo era el actor de este
hecho. De suerte que, para con S. A. y para con ambos, voy ya corriendo
fortuna; se irritan contra mí, y no dudo harán observar a V. M. que pretendo
alzarme con el mundo, con V. M. y señorearlo todo. Señor, mi celo siempre es de
aconsejar a V. M. lo que importa a la felicidad de su quietud, descanso y
conservación. El señor Infante Don Fernando es muy conjunto y con muy estrechos
vínculos de amistad al Infante Don Carlos; después de haber vuelto a Palacio el
Almirante de Castilla, por suprimirle, es muy conjunto al Almirante; éste y el
Moscoso son deudos y más que todo amigos; a éstos se arriman otros sujetos
menores, necesitados y codiciosos, con que se corrompe lo más esencial de todo
que son las virtudes. A estos muchos mal afectos, deudos y parientes, unos
ambiciosos y otros castigados, la misma materia de esto castiga. Esta dudosa
liga, tan en el corazón y centro de su Palacio y casa, conviene de todas
maneras dividirla si, como yo lo he pensado, se ajusta con el parecer de V. M.
(que no lo dudo); lo que se habla, me dicen, veces he sido del parecer que el
señor Infante Don Fernando pasase a Flandes, hoy los accidentes que han recaído
sobre aquellos estados lo dificultan, por estar tan llenos de personas reales,
como la Reina Madre de Francia y el Duque de Orleáns su hijo, donde las
dependencias de los lugares y cortesías pueden ocasionar disgustos y
desavenencias, despertar accidentes y desbaratar intentos; sin embargo de
haberse observado antes que no era compatible, gobernando la señora Infanta,
estuviese al arbitrio y parecer suyo un Príncipe que parece puede gobernar
mayores cosas, con tanto mayor inconveniente ahora, cuanto no querer la señora
Infanta soltar las riendas de aquel Gobierno, como legítima y dote suya. Que al
presente no era de parecer se fiasen tan pronto de un hombre, sin experiencia y
sin más razonado consejo, las armas de aquellos Estados y que, entre tanto que
las cosas se ponían en el ser que convenía, era de parecer, si era digna su
opinión de este consejo, que S. M., entre los que había sido servido de admitir
y de favorecerle, apoyase éste; asegurando que era de los mayores servicios que
le hacía, y la noticia que le habían dado ser primer ministro casi doce años,
le hacían capaz de esta confianza. Que S. M. tenía Cortes pendientes en
Barcelona, y que debajo de este pretexto, a que tan bien se paliarían y
arrimarían muchos que irían ofreciendo el suceso y él haría meditando, podía S.
M. sacar de la Corte y de sus servidores al Infante Don Fernando, con voz de
que le habilitasen los brazos eclesiástico, noble y universidades, que se
contienen en uno, y dejarle allí para que las acabase; y que el Moscoso, como
hombre asido a las cosas de las Corte, a su casa y a su mujer y a ser dado poco
a jornadas, y más ésta que era de cien leguas y con ruido de otras mayores,
como de pasar a Flandes, la rehusaría; y más, viéndose defraudado de la
golosina del arzobispado y con incertidumbre de los intereses y medios
forasteros, lo rehusaría; que no hay tal materia de Estado como disponer de tal
manera las cosas y supeditarlas de suerte que los mismos interesados las
aborrezcan: sin embargo de que novedad tal la entenderá por las controversias
pasadas, todo fiel y celoso vasallo del servicio de su Rey debe darse por
entendido, suspenderse y ceder en aquello que le desagrada; pues ante todas
cosas es primero su Rey que su amo, porque aquél es su verdadero dueño y el
otro es supuesto. Y que caso de que quiera ir y abandonar la decencia y el respeto,
habrá orden expresa que arrostre los impulsos de inadvertido y le hundan; que
para apartar al Almirante del Infante Don Carlos, Príncipe apartado de esta
liga, y cerrado y ausente, aquel cuarto será muy diferente, como se espera de
su apacible y clarísimo natural.
Supuesto que en los
Estados de S. M., así en los confines de Italia como en los de Flandes y dentro
de Alemania, hay gruesísimos ejércitos en los unos que amenazan tempestades y
en el otro estragos y desolaciones, se procuren para este efecto inventar coronistas
que se pongan en cabeza de los Grandes; ordenándoles que vayan a sus Estados a
ver la gente que podrán levantar para conducirla a la frontera de Perpiñán,
haciendo plaza de armas en Barcelona, asimilando que el Infante Don Fernando ha
de ser el caudillo y disponer de esta gente, cercándole de hombres graves y de
canas, para tenerle más murado y aun preso; porque no deja de ser delito
mostrar ceño a las órdenes de V. M. y luchar con aquel que es su misma voz, su
mismo corazón y semblante y persona y responderle con saña y aun con amenaza;
suceso que en su manera se debe reprimir y componer, no sin dolor y sentimiento
del brioso, suponiendo que es en alguna manera repugnar a los designios de V.
M. y objetar sus mandatos; ejemplo que aun los mayores le toman y aun le temen
los notables.
En esta forma, Señor,
saliendo de aquí el Almirante, también habrá modo como no vuelva; el señor
Infante, con diferente modo, estilo y mejor ocupación quedará en Barcelona; el
señor Infante Don Carlos, más quieto y mejor opinado, en el cuarto de V. M.; Don
Antonio en su casa, sin ser instrumento de disgustos; el Almirante, sin
patrocinar la cuadrilla y todos los demás, o encogidos en sus trazas o
amedrentados en el suceso; que ver deponer a los otros no es cosa para no
abrazar la enmienda y dejar los caminos siniestros. Parte de estas cosas sabe
V. M., las ve y las toca dentro de su Palacio y se las he visto yo afear y aun
fulminar el castigo contra los asesores; parte se las he dicho, avisado y
prevenido; parte ha recibido en los consejos de su confesor. Este recuerdo no
es dado de repente, sin consideración y sin tiempo; despacio se ha pensado, a
costa de muchas vigilias se ha madurado y dirigido a lo que conviene; a V. M.
le ama quien le aquieta y compone, atiende a su seguridad, avía a su sosiego,
advierte al decoro de su autoridad; por tanto, conviene usar presto de la regla
principal del Estado, lo cual enseña que, pues este punto se ha pensado
despacio, se ejecute apriesa.»
APÉNDICE XXI:
Advertimientos del Conde-Duque al Señor Infante Don Carlos (329)
«SERENÍSIMO SEÑOR: Con
toda verdad puedo asegurar a V. M, digo Vuestra Alteza, que si le pareciese
atrevimiento lo que aquí quiero decir, puede disculparlo V. A. con que ha
nacido de amor y deseo de su mejor servicio y estimación, porque confieso a V.
A. que es grande el ansia con que le deseo servir reconociendo cuanta
obligación se tiene a V. A... Le recomiendo la templanza y moderación en las
burlas con todos, el no familiarizarse con el juego y otras acciones que no
sean decentes. Debe andar a caballo y aplicarse a ejercicios y cosas virtuosas,
algunas tan convenientes como la disposición a que V. A. se ha expuesto ya de
tratar de saber y estudiar, lo cual le ha de hacer en el mundo el lugar que V.
A. será. Y se acordará de las veces que este su criado se lo ha dicho...
Y para que V. A. vea
cuánto se deben amar los advertimientos, le enviaré, para cuando se sirviere
verlo, un papel original de su abuelo, siendo de más de sesenta años, en el que
envía a decir a Don Juan de Idiaquez que le anotase lo que había de decir a un
Archiduque cuando se despidiese de él y lo que sería bien les dijese a la
señora Infanta y al Rey nuestro señor, padre de V. A., siendo Príncipe. Y
aunque con este ejemplo nuestro a V. A. que aprenda, suplico a V. A. que esté
siempre cuidadoso a cómo ha de preguntar lo que no supiere a persona de secreto
y de confianza y que tenga esta reputación en el mundo... porque el preguntar
es virtud hasta informarse y después [de informados] vileza de ánimo indigna de
Príncipes grandes. Las cosas de mucha importancia siempre han menester parecer
de los sabios experimentados y el no tomar parecer es error de presunción o,
por decirlo más propiamente, de obstinada ignorancia.
Señor: Si V. A. no
responde ahora a los embajadores de los Príncipes ni a los vasallos que no le
son familiares, no se acongoje de esto, que aquel embarazo nace de modestia y
de falta de experiencia y no de otra cosa. Y no se ha de rendir V. A. si no procura
salir de esta cortedad. Digo a V. A. que no se acongoje porque le está hablando
un hombre tan corto que tenía más de veinticuatro años y se atajaba tanto que
trasudaba de sólo pensar que le habían de hacer visita o hacerla él a otros. Y
aun hoy día, habiendo de hablar al Rey nuestro señor y en un Consejo de Estado
al que asistió S. M., se atajó de manera o estuvo tan medroso de atajarse que
llevó lo que había de decir por escrito, pensando que no acertaría de turbado.
Y esto, estando cada día hablando en el Consejo y teniendo tantas experiencias
de la merced que Su Majestad le hace. Y si le mandase hoy S. M. que atravesase
un aposento en día principal haciendo reverencias se cayera al suelo de atajado
y burlado. Y esto mismo que escribo a V. A. si se lo hubiera de decir con orden
me fuera imposible... de manera, Señor, que trata de curar a V. A. la persona
más lisiada de su mismo achaque y experimentada tantos años en él.
Lo primero, Señor,
aprenda V. A. que cuando habla con cualquiera que no sea el Rey mi Señor o la
Reina nuestra Señora, o su primer hijo, cuando Dios con mucho bien se sirva de
dárselos, todos los otros le caen a V. A. inferiores y que les es superior y no
les debe tener respeto ni recato. Con esto es fuerza que excuse la turbación
que causa el respeto y el temor de los superiores y el cuidado de los iguales,
pues habla con los que no lo son, y este conocimiento es lo que más ha de
facilitar y obrar en V. A., porque quien no despreciare el peligro no puede ser
valiente ni perder el embarazo quien temiere censura superior.
Al Nuncio de S. S. y a
los embajadores de Príncipes es fuerza que se reduzca lo que han de tratar con
V. A., por ahora, a puntos limitados: enhorabuenas de parte de S. S. o de los
señores Príncipes o suyas, buenas Pascuas, ofrecimientos de recién venidos o
pésames, que Dios no quiera.
Si le dan enhorabuenas
o buenas Pascuas de parte de sus Príncipes, lo primero preguntará al Nuncio por
la salud de S. S. y le hablará con mucho cariño, diciéndole que se alegra mucho
V. A. de que S. S. se halle con la buena salud que la cristiandad ha menester y
que V. A., como obediente y buen hijo suyo, se la desea cumplidísima. Y a lo
que dijeren, responderles: Estimo mucho lo que me habéis respondido de parte de
S. S., y en todas ocasiones mostraré mi afición y buena voluntad al aumento de
la Sede Apostólica y religión católica. Y si V. A. estuviere un poco bizarro o
soldado, podrá decirle que espera vencer y reducir los enemigos de la fe
gobernando los ejércitos del Rey su señor. Pero el decirle esto no ha de ser
siempre, sino tal vez.
Al embajador del
Emperador ha de preguntarle por la salud de Sus Majestades cesáreas y por la de
Príncipe y sus hermanos. Después de preguntado y respondido a cada cosa el
embajador, le podrá decir V. A.: Diréis al Emperador mi tío que me he holgado
mucho de saber por vos cómo está y cómo están mis primos; y si acaso alguno
estuviere mal o lo hubiere estado, le dirá V. A. lo que siente esto, conforme
al estado en que se hallare, añadiendo: A vos os agradezco lo que me habéis
dicho en su nombre y estoy muy cierto de lo que me ofrecéis.
Al embajador de Francia
preguntadle, como al del Emperador, por la salud de los Reyes cristianísimos y
la del Delfín cuando lo haya (que hoy no le hay) y luego por los Infantes. Cada
pregunta de éstas, de por sí. Y respondido a cada cosa el embajador, le podrá
decir V. A.: Diréis al Rey que me he holgado mucho de saber por vos cómo está y
están las reinas cristianísimas y los infantes. Si estuviesen en el campo,
podrá V. A. decirle que hacen muy bien de gozar del campo y de ser cazadores,
por ser muy buen ejercicio, y que V. A. es también muy aficionado a él,
mientras no pueda usar el de las armas.
A los embajadores de
las Repúblicas, que son las de Venecia, Génova y Luca, es fuerza despacharlos
más brevemente, por no poderles preguntar lo que a los otros Príncipes. Así
podrá V. A. decirles: Estimo mucho el oficio que habéis hecho conmigo por vuestra
República y la podéis asegurar de que en todas ocasiones me mostraré con buena
voluntad a sus cosas.
A los embajadores de
potentados de Italia (y hay aquí también residentes del Duque de Lorena) les ha
de preguntar V. A. por la salud del Duque y luego por la de su mujer, si la
tiene, informándose antes. Luego por el Príncipe o Princesa primera, si la tienen.
Y respondido a cada cosa el embajador, le podrá V. A. decir: Diréis al Duque
que me he holgado mucho de entender por vos cómo está y cómo están el Príncipe
o Princesa. Y si alguno de ellos estuviere o hubiere estado malo, V. A. dirá lo
que lo ha sentido [añadiendo]: Y a vos os agradezco lo que me habéis dicho en
su nombre y estoy muy cierto de lo que me ofrecéis.
También suelen los
embajadores dar cuenta de los sucesos (buenos o malos) que les han sucedido a
sus amos. En este caso se ha de gobernar V. A. haciendo las mismas preguntas
que he dicho, concluyendo, al cabo, con que le pesa o se alegra, conforme fuere
el suceso, de lo que le han dicho de parte de su Príncipe.
Los vasallos del Rey
nuestro señor, grandes o chicos, hablarán a V. A. casi sobre estas mismas
cosas: enhorabuenas o pésames o mercedes que le ha hecho el Rey nuestro señor o
sucesos propios o alguna pretensión para que V. A. hable a S. M. A las enhorabuenas
contestará: Yo os agradezco lo que me decís y lo creo muy bien de vos. A las
personas muy grandes y de calidad, en que incluyo Grandes y no Grandes, por
haber algunos señores a quien se debe igual estimación, es decir, que digo que
ni a todos los Grandes ni a los títulos, sino aquellos sólo a quienes no se
pueden negar particulares prerrogativas, y en esta misma graduación entrarán
los que tuvieren antigüedad de servicios estimados o los de canas con buena
opinión o puestos grandes: a todos ellos les debe preguntar V. A. por su salud
y la de su mujer e hijos, más o menos conforme V. A. quisiere favorecerlos o
juzgare que lo merecen. En los pésames dirá: Creo bien lo que me decís y lo fío
de vos. En estas ocasiones no hay que preguntarles nada por el duelo. A las
mercedes recibidas de S. M. diréis, alégrame mucho la merced que el Rey mi
señor os ha hecho.
En los sucesos, si
fueron buenos, alegróme; y si malos, pésame. En estos dos casos pueden entrar
las preguntas, porque del dolor que hubieren tenido se consolará con el favor.
Aquí se me ofrece
advertir a V. A. que en estas preguntas de los vasallos del Rey nuestro señor
es menester que V. A. esté con atención porque suelen concurrir juntos S. M. y
V. A., en haberse en las preguntas, de manera que no detenga al Rey, aunque para
ello tenga que excusarse.
En las pretensiones
responderá V. A.: Yo hablaré al Rey nuestro señor de muy buena gana y estoy
cierto que hará con vos todo lo que fuere justo.
En las Pascuas ni ellos
hablan ni se les responde; y también en todas las otras ocasiones que no
hablaren. Conviene estar advertido V. A.
Y concluyo, señor, que
siendo inferior puede V. A. hablar con ellos como con los gentilhombres de su
cámara en todas las demás ocasiones que se ofreciere.
Pierda V. A. el sobrado
recato de errar y sepa que no ha nacido ningún hombre en el mundo, por grande
que haya sido, que no haya errado en muchas ocasiones y atajándose en ocasiones
grandes. Y con esto, perdido el horror para otra [ocasión], yerre V. A. algunas
veces, que esto no importa nada, ni callar es mayor error. Buen ánimo, Señor, y
verá V. A. cuánto se ríe del recato que ha tenido.
Suplico a V. A. se
sirva que este papel sea sólo para V. A., sin que otra persona del mundo lo vea
porque así conviene y no hay quién sepa de él más que el Rey nuestro señor y la
persona que le escribió, que es quien me escribe lo que hago para S. M. Y si me
diere licencia V. A., le diré siempre por este mismo medio aquello que
entendiere que es más de su servicio con el celo, amor y ley que sabe Dios debo
a lo que he dicho.»—Año de 1624.
APÉNDICE XXII: Votos
del Cardenal Borja y del Conde-Duque de Olivares en el Consejo de Estado sobre
la falta de cabezas militares (343)
«SEÑOR: EL Conde-Duque
ha conferido en el Consejo que cada día se reconoce más la falta que hay de
cabezas militares y lo que conviene irlas criando; y que le han hablado algunos
caballeros mozos ofreciéndose para ir a servir en la guerra y particularmente
lo han hecho.
Que el Duque de
Alburquerque pide sueldo y la encomienda que se capituló cuando se trataba de
su casamiento con la hija de Doña María de Benavides; que lo que toca a la
encomienda se habrá de ver en una junta y así no trata de ello y que lo que hay
que considerar es la forma de encaminarle al servicio, si ha de ser por la
Caballería o por la Infantería. Que el Duque de Villahermosa pide sueldo y
ayuda de costa y representa su deseo y la necesidad en que se halla.
Que el del Infantado
dice que escribirá, aunque se ve la necesidad que su Casa tiene de sucesión por
no hallarse con más de un hijo y no muestra inclinación a servir en Tercios y
que si le diese cargo y asiento llevará a su mujer, con lo cual no faltaría a
lo de la sucesión de su Casa de que tanto necesita.
Habiéndose conferido en
el Consejo pareció representar a V. M. que la falta de cabezas militares es la
que el Conde-Duque ha referido ésta y otras veces; y la propuesta que hace es
muy propia de su mucha atención y celo al servicio de V. M.
Y el Cardenal Borja
dijo: Que mientras no oyere al Conde-Duque irá con duda en su acierto; pero
que, cumpliendo con la obligación que tiene al servicio de V. M., no puede
dejar de representar que es mucha razón y conveniente al real servicio alentar
a los caballeros que se inclinan a la profesión militar y disponerlos para que
la sigan. Pero que si en sus talentos no cabe haber esperanzas para que puedan
ocupar cargos, suelen ser de embarazo y emulación a los que gobiernan, pues con
la autoridad de sus personas siempre hay quien se les arrime y vienen a ser
antes de daño que de provecho, gastando V. M. su Real Hacienda dándoles sueldos
tan grandes como se les habrán de dar. Que el Duque de Alburquerque ha dado
muestras de valor personal y es mozo y parece de buen aliento; que en cuanto al
entendimiento no podrá decir nada porque no lo sabe. Que en el Duque de
Villahermosa ha reconocido buen discurso, pero ha tomado caminos no de mucha
satisfacción. Que en el del Infantado no ve la disposición que quisiera para
que se pueda esperar de su persona mucho fruto, pues tiene necesidad de asistir
en su Casa para darle la sucesión de que necesita.
El Conde-Duque dijo que
tiene por santas y ajustadas las proposiciones que ha hecho el Cardenal Borja:
Que en las ocasiones que han sucedido en España estos años, ha visto tanto
desaliento en la Nobleza que le ha hecho reparar mucho en ello, pues para ir a
la ocasión y tomar una pica no era necesario ni mucho gasto ni larga ausencia y
cumplían con su obligación y daban muestras de sus personas. Que siempre ha
considerado que hay distinción en las personas, porque algunas están con gran
satisfacción de sí mismos y éstos será imposible que acierten a ser soldados
por que no admitiendo consejo no se les puede encaminar: y a otras que no
tienen esta presunción, se les puede disponer a que aprendan. Que el Duque de
Alburquerque es de los que pueden salir soldados y tiene cuatro o cinco
hermanos y se vio que cuando el sitio de Fuenterrabía salió de Madrid sin decir
nada y se halló en aquella ocasión, y así le parece se podría enviar a Flandes
y que sirva con dos compañías de caballos y después mudarle a la Infantería.
Que el Duque de
Villahermosa no se debe esperar mucho ni desesperar mucho. Que se le podría dar
un tercio de Infantería de la que ha de pasar ahora a Italia. Que el modo en
que propone servir el Duque del Infantado parece que mira a acomodar sus cosas
y lo de querer llevar a su mujer lo da a entender; que es muy justo mande V. M.
se mire por la sucesión de esta Casa, y con gran justificación se le podría
decir que es bien atienda a ella particularmente cuanto a esto se juntan otras
cosas menores.
Que a los que salieren
de España se les pueden dar sueldos de Grandes.
El Conde de Monterrey,
arzobispo inquisidor general y Marqués de Mirabel se conformaron con el Conde-Duque.
V. M. mandará lo que más fuese servido a Madrid a 9 de marzo de 1640.» Dos
rúbricas.
Al margen: «Ajuste el
Conde-Duque con los que se dice que salgan por el medio que le pareciere luego
como no digan gollerías, incluyendo y ajustando con el suelo de Grandes de que
tuvieren por el tercio o dos compañías de caballos; no dándoles el sueldo de
Grande y aquel más; y en cuanto a compañías de caballos o tercio se podrá
ajustar con la inclinación de cada uno; y el Duque del Infantado es dueño de
casa grande en estos reinos y la falta de sucesión en aquella Casa es digna de
grande atención y el natural de este sujeto será contingente el no hacer salida
cual se desea y es menester y he entendido que aunque deja la elección a lo que
yo quisiere, sin exceptuar nada, dejar caer la caballería de Milán y se ve que
excluye, aunque con modestia, el puesto que llevó su primo hermano el Duque de
Lerma. Esto, junto todo, obliga a suspender en esta parte por la ocasión de la
sucesión y cuando instase mucho se le podrá facilitar el empezar en España por
que no se apartase de su mujer, pero siempre que pudiese conseguir el apartarle
de esta inclinación, sería lo mejor. No hay punto más de estado que la sucesión
de las casas grandes y antiguas de estos reinos, y así se le podría remitir el
ir enderezando a este fin este caballero al Cardenal Borja; y para si se ofreciere
incidentes podrán ir executando lo que le pareciere y hacer junta para esto,
asidos siempre a la necesidad de la Casa.» Al dorso: «De oficio, en Madrid, a 9
de marzo 1640. El Consejo de Estado en que concurrieron el Cardenal Borja,
Conde-Duque, Conde de Monterrey, Arzobispo Inquisidor General y Marqués de
Mirabel.
Sobre la proposición
que el Conde-Duque ha hecho de que salgan a servir los Duques de Alburquerque,
Villahermosa y Infantado. Avisóse al Sr. Conde-Duque y al secretario Juan
Bautista Sáez Navarrete.»—Archivo General de Simancas, Estado.—Leg.° 4126 (sin
foliar).
APÉNDICE XXIII: Cartas
del Conde-Duque al Duque de Fernandina (317-318)
a) «Otra carta mía
recibiría V. S. con este correo, y ahora me ha parecido decir a V. S. que con
la certeza de la nueva de la entrada en esa bahía de la armada enemiga, no
queda, señor, un hombre principal que no vaya para hallarse en esta ocasión. Y
habiéndose considerado que la entrada de esta gente en Cádiz o en las galeras
podría ser de gran confusión y que se malograsen personas que tan voluntaria y
prontamente se ha resuelto a ir a servir a S. M., se ha mandado al señor Duque
de Medina Sidonia que los recoja a todos cerca de su persona para que se vayan
ejercitando con la demás infantería y se vaya disponiendo de ellos con el orden
y buen gobierno que he querido avisar a V. S., asegurándole que será acudido
con todo lo que fuese necesario con la puntualidad que es justo. Dios guarde a
V. S. como deseo y es menester. Madrid, a 6 de noviembre de 1625.» De propia
mano: «Presto le llegarán a V. S. diez galeras. Mire y juzgue que de tenerle en
pie se espera la seguridad de Cádiz. Señor mío, si fuese posible el fuego, nada
habría mejor, en una noche oscura, con lanchas, por muchas partes a un tiempo
mismo. Mejor lo sabrá V. S. que yo; mas el deseo de lo que en tanto nos va me
hace decirlo todo. El Conde-Duque de San Lúcar. (Rubricado.)» Aunque se espera
que no se prestan del todo al paso de las galeras, se ordena a Don Luis Osorio
«que si hallase a V. S. filiado (?) que torne a Sanlúcar, porque de ahí no se
puede impedir el socorro a Cádiz». Al margen: «De esto cuidaba el de Cropani,
porque le cayó a la mano.»
b) Del mismo al mismo:
«Señor mío: V. S., Dios le guarde, nos saca siempre de cuidado, v no ha sido
pequeño el del sitio de la Marmora, según los clamores sólo con llegar, pues
los temporales y accidentes de la mar no los pueden prevenir los hombres. Pero,
como dice V. S., conviene de una vez poner aquella plaza en tal estado que nos
saque de estos desasosiegos cotidianos y de todo lo que apunta V. E. en sus
despachos, a los cuales se responderá por la vía del Consejo, a que me remito,
deseando y procurando que en todo tenga V. S. la satisfacción que es justo que
se ofrezcan muchas ocasiones de su servicio, a que acudiré siempre con la
voluntad y veras que debo. Dios guarde a V. S. como he menester. Madrid, 8 de
junio 1627. Don Gaspar de Guzmán. (Rubricado.)» A la vuelta: «En agradecimiento
del socorro de Marmora.»
APÉNDICE XXIV: Cartas
del Duque de Alba y del Conde-Duque de Olivares (351 y 360)
a) DEL Duque de Alba al
Conde-Duque: «Señor mío: Yo me doy por vencido, pues no basta estar bien
hallado en la soledad de mi casa y con que me olviden en ella ni representar
las razones que solían, para que V. E. me las satisfaga; y así como con V. E.
no se convalece, todas estas causas me obligan a suplicarle como sumo
encarecimiento se sirva de darme licencia para dejar la asistencia de aquí,
pues conozco que ni S. M. ni V. E. se hallan bien servidos de mi persona, pues
intentan que, contra la autoridad de mi casa, ocupe puesto tan indecente, y
así, señor, digo que en no poniendo esto con las asistencias, autoridad patente
y sueldo que lo de Badajoz, no estaré una hora más en este lugar, como más
largamente dirá a V. E. Don Antonio de la Encina, a quien envío a que informe a
V. E. de las cosas que pasan, tan forzosas. Guarde Dios a V. E. como deseo. —
El Duque de Alba.» 1641 (probablemente firmada en Ciudad Rodrigo).
b) Del Conde-Duque de
Olivares al Duque de Alba. Esta extensa carta está publicada en Berwick (39,
481). Le da consejos sobre la guerra en lenguaje lleno de prudencia, bien
distinto del tono irritado de las cartas del Duque. El párrafo final dice así:
«Advierto a V. E. que no me haga rufianadas ni arrojamientos en fe de su nombre
y Casa, porque esta guerra hoy es menester hacerla a lo seguro, con pies de
plomo y con seguridad de no errar el lance, por lo que los enemigos
adelantarían sus cosas y designios con cualquier mal suceso que tuviéramos: y
aunque su gente no sea mejor que la nuestra de Portugal, hoy la nuestra no es
más gorda; y así conviene caminar con este cuidado y asegurar con el número de
la caballería, de que se dice que ellos están muy faltos, cualquiera cosa que
se intentare. Y, sobre todo, negociación y inteligencia, perdones y mercedes,
no furias derramadas, que decía el que V. E. sabe. Acuérdese V. E. que ha días
que nos conocemos, aunque V. E. es Señor mío: puedo errar en el servicio de V.
E., mas cierto que lo deseo acertar de todo corazón.—Don Gaspar de Guzmán.»
c) Del Duque de Alba al
Conde-Duque: «Señor mío: Ya llegó el tiempo de no poder sufrir más las
desautoridades que me ha ocasionado esta ocupación y el riesgo de perder mi
reputación con las malas asistencias de todos. Fueran éstas intolerables en el
desahogo de mi ánimo. Pero no el que V. E. me envíe ministros que me hablen en
tono y en lenguaje tan indecente como lo ha hecho hoy Don Bartolomé Morquecho,
que ha habido menester que la memoria de su profesión templase los motivos de
mi cólera, pues, entre otras cosas que me dijo, fue una que traía órdenes
secretas de S. M. para obrar absolutamente lo que quisiera, sin noticia ni
dependencia mía. Y esto, señor, es decirme que S. M. se halla mal servido de
mí, y recuerdo a V. E. a este propósito que ha pocos días que me escribió, por
mano del Conde de Peñaranda, que la voluntad de S. M. y la de S. E. era que
todos los que sirviesen debajo de mi mano y me asistiesen estuviesen sujetos y
obedientes, como es razón, a mis órdenes, pues no soy tan despropositado y ambicioso
que quiera lo que me toca ni desee ninguna cosa tanto como el mayor acierto en
el servicio de S. M. Y suplico a V. E. que remedie esto con pública
demostración y escarmiento y ante todas las cosas se sirva de negociarme la
licencia que le he pedido para irme a mi casa, que será en mi estimación el
mayor favor que pueda hacerse. Guarde Dios a V. E. como deseo y he menester.
Ciudad Rodrigo, 26 de agosto 1642. —El Duque de Alba.»
APÉNDICE XXV:
Correspondencia entre Felipe IV y la Condesa de Olivares, en Toro (39)
a) CARTA de la
Condesa-Duquesa de Olivares a Felipe IV: «La buena salud de V. M. y el suceso
de Lérida bien pueden ocasionar atrevimiento y a V. M. materia de merecer en
perdonarlos. Estoy medio loca, si no enteramente, de ver a V. M. tan glorioso
como siempre he deseado, porque amo a V. M., sin que sea posible escarmentar de
este delito. Guarde Dios a V. M. los años que la cristiandad ha menester y sus
esclavos que hasta en el tratamiento lo parecemos, y deseando que en todo se
cumpla la voluntad y gusto de V. M. —Toro, 5 agosto 1644.—Condesa-Duquesa.»
b) Respuesta del Rey, a
media margen del mismo pliego: «Condesa: Fácil será de alcanzar el perdón que
me pedís de vuestros atrevimientos, pues antes os los agradezco mucho, y estoy
muy cierto de lo que os habréis holgado en esta ocasión. Dios ha obrado visiblemente
en este suceso, encaminándole para que se acierte y como ha tenido tal guía, ha
sido tan feliz. Yo le doy infinitas gracias por tan singular merced y espero en
su misericordia que nos ha de ayudar en lo que falta, como ha hecho hasta aquí.
Dios os guarde. —De Lérida, a 11 de agosto de 1644.—Yo el Rey (rubricado).»
Autógrafa.
c) Carta de la
Condesa-Duquesa de Olivares a Felipe IV: «La carta de V. M. ha sido de mucha
estimación para mí, de todas maneras, y lo primero quiero que sea suplicar a V.
M. bese la mano y los pies por mí a S. M. por la honra que me ha hecho con su
carta. Hacemos bien el oficio, pero no ha salido con hacerme creer en que S. M.
se acuerda de esta su esclava, pero yo juzgo es que no se le ha olvidado que le
quiero bien y que así no se le da nada de darme de pago que no sabe que soy
esclava, para bien y mal tratar. Al Conde le callaré todo lo que V. M. me
escribe, no tanto por la infidelidad como por la ternura, que en llegando al
amor de nuestro amo siempre se le reconoce flaqueza y a mí mucha estimación de
su buena ley a V. M. Le beso las manos, y el Conde lo mismo. Guarde Dios a V.
M. muchos años. —Toro, 23 de agosto de 1644.—Condesa de Olivares y Duquesa de
Sanlúcar.»
APÉNDICE XXVI: Carta
del P. Oreña al Conde-Duque sobre la muerte de Doña Marina de Escobar (llamada
también «La Costurera de Fuensaldaña») (380)
«CARTA que el Padre
Miguel de Oreña, rector del Colegio de la Compañía de Jesús de San Ambrosio, de
Valladolid, escribió al Excmo. Sr. Conde-Duque sobre la muerte de la Señora
Doña Marina de Escobar»
Perdone V. E. la mano
ajena, que no puedo aprovechar de la propia, para escribir lo que pasó en la
muerte de la Señora Doña Marina de Escobar, y porque V. E. no tiene tiempo para
leer largas historias, ceñiré ésta en breves palabras. El jueves, día de la
solemnidad del Corpus, fui a confesarla y a decir la misa a las cuatro y media
de la mañana, como lo hacía otros días, y dándose cuenta me dijo que dos horas
antes, poco más o menos, había visto en su aposento al demonio, haciendo
representación de la persona de Jesucristo, Señor Nuestro, pero que ella le
había conocido luego y que en el mismo instante, uno de aquellos santos ángeles
que siempre la asistían había acudido y, dándole muchos golpes con un látigo,
le había echado de allí. Y añadió: Temo que me ha hecho algún daño, arrojándome
algún veneno, porque luego se llegó a mí el santo ángel de mi guarda y me pasó
la mano por la frente y por la cabeza, como halagándome y aplicándome alguna
medicina. Poco después vio bajar del Cielo a Jesucristo, rodeado de muchos
ángeles, y estuvo con ella consolándola y alentándola y la comulgó
espiritualmente. Esto y otras cosas que pasaron me lo refirió muy despacio, y
yo dije misa y la comulgué y me volvía a mi casa, adonde fueron poco después
sus compañeras a confesarse y comulgar y me dijeron que apenas había yo salido
de la suya cuando de repente había dado a su señora un dolor de hijada, muy
fuerte, con lo que quedaban muy afligidas. Oílo, y aunque sospeché era efecto
del demonio, no reparé mucho, por ser en ella tan frecuentes los dolores y
variedad de tormentos que continuamente padecía, continuándose este dolor aquel
día y comenzando otros de pecho y estómago que la tenían en gran aflicción.
Pero la mayor resultaba de unas ansias de corazón y unas congojas tales que
ella y los médicos y yo, que la asistía con las de casa, echaríamos de ver que
no podían proceder aquellos efectos de causa humana. Pero como ella fue siempre
muy inclinada a proceder en todo por los caminos y medios ordinarios, se dejó
curar de los médicos que la aplicaron los remedios de que era capaz su
flaqueza; pero todos tan sin provecho que, como ellos mismos reconocían, antes
aumentaban los dolores, los cuales se extendieron por todas las partes del
cuerpo, de suerte que ninguna dejaron libre, sino sólo la cabeza, en donde el
santo ángel había tocado con su mano, previniendo aquella parte para que
pudiese proseguir el ejercicio, en que continuamente está, de la presencia de
Dios y comunicación con Su Majestad y con los ángeles y bienaventurados del Cielo.
Con estos tormentos tan rigurosos se fue atenuando la naturaleza, de suerte que
juzgaron los médicos que era conveniente darle el Santísimo Sacramento. Pero
como aquel día había veces en un día, hice que se dilatase para el siguiente,
en que le dimos el Señor a las seis de la mañana, trayéndole de su parroquia
para ejemplo de todos, aunque en casa comulgaba cada día. Recibióle con gran
sosiego, aunque le duró poco más de una hora, porque luego volvieron los
dolores con gran fuerza y tan grandes que los médicos, espantados del
espectáculo, no hacían más que encoger los hombros y volverse, sin aplicar
remedio ni aun decir palabra. Las compañeras y yo, que asistíamos de día y de
noche, tampoco podíamos hacer más que llorar y compadecernos, con gran sentimiento,
de ver padecer tanto a una santa criatura. Preguntábale algunas veces cómo le
iba en el interior del alma, y respondióme: "Padre, con grandes
oscuridades y desamparos me tiene Nuestro Señor; pero hágase en mí su santísima
voluntad y vengan sobre mí muy enhorabuena todos esos tormentos que su bondad
permitiere, si bien el que mucho siento es un modo de rabia que despierta en mí
el enemigo y que me da bien a entender que no cesa." Aunque era de natural
muy reposada y por su santidad muy sufrida, pasaba ahora de día y de noche en
un grito, de modo tan sentido, que se descubría bien la fuerza del tormento. Y
para que se haga algún concepto, diré a V. E. lo que le pasó hace diez años.
Pocos días antes que muriese el Padre Luis de la Puente vio en aquella ocasión
al demonio, que en figura horrenda venía hacia donde ella estaba, vueltas las
espaldas y andando hacia atrás, y a poca distancia se volvió a ella y con una
presteza increíble, juntando el polvo del aposento, la abrió la boca y se lo
hizo tragar y, luego, con la misma velocidad, la puso debajo de las espaldas un
gran brasero encendido, que le pareció a ella que le había abrasado y que el
tormento no había sido menor que si la hubieran arrojado en una gran hoguera.
Con aquel polvo y calor se le cuajaron cinco piedras en el cuerpo que la
tuvieron poco menos de cinco meses con grandes tormentos, y con ser así que una
como un piñón o menor los suele causar tan grandes como la experiencia enseña
en muchos, y con ser cada una de estas piedras, cuando las echó, tan grandes
como la yema de un huevo, con todo sufrió aquellos tormentos con tan gran
sufrimiento y paz que raras veces se la oyó levantar la voz quejándose. Pero en
esta ocasión, como era la última que Dios daba al demonio, como ella deseaba y
ella se lo oyó decir muchas veces y me lo refirió a mí, aprovechándose de la
ocasión el demonio, con toda su potencia, permitiéndolo Dios para mayor corona
de la sierva y para que no la faltase la del martirio, que ella tanto tiempo
había deseado. Pasó así hasta el lunes, día de su muerte, que a la una de la
noche me dijo que le parecía Que sería bueno que la diesen la Extremaunción. Y
volviendo luego los dolores con la misma furia y con el mismo sentimiento y
quejas suyas, que oyeron muchas personas, hasta las nueve y media de la noche,
en que cesaron todas y pude hablarla algunas palabras, pero pocas; luego
comenzó a suspenderse en un rapto su espíritu, que duró desde aquella hora
hasta el jueves, poco antes de las diez del día. En estos raptos y suspensiones
la había hecho Dios tan singular merced, que estaba en estrechas relaciones con
Dios y en altas revelaciones y visiones, y a pesar de ello podía responder
cuando la llamaban y comunicar con alguna persona que entraba a hablarla,
aunque, como ella decía, le costaba a la naturaleza algún trabajo por estar
entonces el alma tan llevada del amor de Dios y atenta a los misterios que la
enseñaba y secretos que la descubría. Y como yo sabía esto, pregúntela, estando
presentes su compañeras, si se acordaba de Dios. Respondióme con gran paz y
gracia, como sonriéndose, y dijo: "Bueno está eso." Porque sabía que
no ignoraba yo que hacía muchos años que en ninguna ocasión, comunicando con
criaturas o padeciendo dolores y tormentos, apartaba jamás de Dios la vista de
su alma. No quise decir más, porque me acordé que la había revelado Nuestro
Señor muchos años antes, y después de la primera vez otras muchas veces, que no
la quería decir la hora de su muerte, por que no la convenía, pero que la daría
una señal y era que antes de su muerte tendría un rapto y suspensión de
sentidos, que duraría muchas horas, y solía decirme que estuviese atento a
aquella revelación para que no la enterrasen viva. Viendo yo que duraba tanto,
juzgué que aquella era la última señal y que aunque estaba tan sosegada y no
con malos pulsos, estaba cercana la muerte y el dichoso tránsito de aquella
alma que tanto y tan de veras había amado y servido a Dios en la vida mortal, y
así tomé un Santo Cristo que muchos años había tenido en su cabecera, y poniéndolo
delante de su rostro me estuve con él en la mano hasta la hora dicha de las
diez del día, que fue el 9 de junio, en que haciendo un pequeño movimiento dio
su espíritu a Dios, que para tanta gloria la había criado, dejándome con firmes
esperanzas de que se cumpliría una revelación que el Padre Luis de la Puente
tuvo y se la escribió en un papelico, estando él en la cama muy apretado de
dolores. Y le dice en él estas palabras de su mano y con su firma:
"Quiérola decir, para su consuelo, lo que hasta ahora la he callado. Esté
cierta que desde la cama volará al Cielo." Es conforme (esta relación) a
otras que ella también tuvo de nuestro Padre San Ignacio y de otros santos
patriarcas que la dijeron que en su tránsito se hallarían presentes, con muchos
ángeles y almas bienaventuradas, y la llevarían consigo a la celestial
Jerusalén que en sus oraciones el Señor tantas veces le había enseñado ya
alguna participación.
Súpose luego en el
lugar la muerte de esta santa señora, y movida la gente con afecto de verla y
besarla los pies, acudió en tanta frecuencia y multitud que para que no se
ahogasen unos a otros y la casa, que es pequeña y vieja, no se hundiese, fue
necesario que Don Pedro Carrillo, colegial de Santa Cruz, provisor del señor
obispo, enviase seis sacerdotes para que, con penas y censuras, apartasen la
gente y no la dejasen entrar. Pero no siendo esto bastante, mandó el acuerdo
que asistiesen allí los alcaides para este efecto, los cuales vinieron luego, y
con asistir de día y de noche Don Juan Arias de la Rúa, alcalde del crimen, y
el alguacil mayor de Chancillería y el teniente de la ciudad, estando uno a la
puerta con muchos alguaciles, y otro a la escalera, y otro donde estaba su
santo cuerpo, todos con alguaciles, no podían apartar la gente que de todos
estados acudió, la que había en Valladolid, con gran piedad y devoción, así
religiosos como seglares. Y todos puestos de rodilla, la besaban los pies y pedían
que les tocasen los rosarios en sus manos, y en esto se pasó aquel día y parte
de la noche, hasta el viernes, a las cinco de la tarde, que, por ser muy
copiosa la lluvia, se estaban mojando en la calle, sin querer apartarse,
volviendo una y muchas veces mucha de la gente más granada para besarla los
pies. En este tiempo la Iglesia mayor y algunos capitulares, con deseo de tener
sus reliquias, trataron de mirar si había alguna causa para que pudiesen llevar
a aquel santo cuerpo, y viniendo a mi noticia esta diligencia, hícela, con el
acuerdo para que en caso necesario me diesen su favor para que se cumpliese la
voluntad de la difunta y la de Dios, que muchos años antes había declarado que
su cuerpo se enterrase en la Compañía, donde su alma había sido enseñada en los
misterios divinos desde los principos de su niñez; pero ningún medio ni auxilio
de la justicia fue necesario, porque habiendo el Padre fray Andrés de la
Puente, de la Orden de Santo Domingo, manifestado esta voluntad de Dios y los
del Cabildo y ciudad, que en secreto habían consultado el intento, conformaron
la suya con la divina, y de una y otra parte me enviaron comisarios, dos
prebendados y dos regidores, ofreciéndose y tomando por su cuenta desde
entonces todo lo que se había de hacer, así en el entierro como en el novenario
que pensaron hacer a la memoria de esta santa vecina, que fue tan grande la
devoción con que esta piadosa ciudad abrazó el acuerdo, que éste fue uniforme y
general, deseando cada uno para sí la suerte de esta comisión, y no queriendo
ninguna cederla en otro. Por lo que se tomó por conveniencia el sortearla, y
enterrarla en un ataúd cubierto de carmesí con franjas de oro, forrado por
dentro con raso blanco, con seis cerraduras doradas, para que se diesen dos
llaves al Cabildo, dos a la ciudad y otras dos que quedasen en nuestro poder,
en lo cual convine con mucho gusto.
Puesta en el ataúd,
cesó, con particular providencia divina, la lluvia, que hasta entonces había
sido muy copiosa. Se juntaron todas las religiosas. La clerecía de la ciudad y
Cabildo de esta iglesia y todas las Cofradías con sus pendones, dando la cera,
a su costa, el Vizconde de Biloria, que fue toda blanca, y de ese color se ha
gastado todo el novenario. Sacaron el cuerpo los regidores de la ciudad sobre
sus hombros, y por consuelo del pueblo, que estaba todo por las calles y
ventanas, le llevaron por las calles más públicas, mudándose unos después de
otros, queriendo todos tener parte en aquel oficio de piedad y llegando a la
primera posa, donde se había de parar con el santo cuerpo, al tiempo que le
iban a poner sobre un bufete que para esto estaba aderezado, fue tanta la gente
que de tropel acudió a tocar los rosarios y otras cosas que para esto traían,
que a palos no podían apartarlos la justicia, y porque no sucediese algún
desmán se resolvieron, el Cabildo y la ciudad, a no hacer otra parada, y así prosiguieron
por las demás calles y plaza Mayor, tocándose a este tiempo todas las campanas
de la ciudad hasta llegar a la casa profesa de la Compañía, donde estaban ya
los alcaldes Don Pedro de Alarcón y Ocón y Don Francisco Arias de la Rúa, para
hacer lugar a los eclesiásticos, y donde todos los que hay de la Compañía en
estas tres casas y los caballeros del Hospital del Esgueva, estaban esperando
el santo cuerpo. Allí los recibieron y colocaron en un túmulo bien aderezado
con gran cantidad de velas y hachas, haciendo el oficio la Iglesia mayor,
asistiendo el Cabildo y ciudad, con grande multitud de todos los estados, y
acabado el oficio se despidieron, dejando el cuerpo sobre el túmulo por haberse
ofrecido al pueblo que lo gozaría allí dos o tres días, para que pudiesen verle
y lograr su devoción, que así honra Dios a los que por su amor se quieren
esconder y sepultar en vida, como esta santa señora, que por espacio de tres
años había estado padeciendo tan graves tormentos en un calabozo, que tal era
su aposento, donde no se veía luz, sino es la de un candil que de noche y
algunas horas del día estaba encendido, continuándose allí en perpetuo milagro,
pues en todas las necesidades a que la miseria humana está sujeta y en cuerpo
tan afligido de varias enfermedades, jamás se sintió en aquel aposento mal
olor, como si estuviera en medio de un campo ventilado por todas partes.
Pasada aquella noche,
cuando amaneció el día siguiente volvió que se pasaría mucho trabajo en el
entierro si se supiese la hora, mandó que la diesen sepultura en una bóveda que
para este efecto se había hecho en el presbiterio del altar mayor, llegando al
cuerpo y hallándole con algún mal olor, contra lo que se esperaba, y dándome
aviso de esto a mi casa de San Ambrosio, hice que llamasen a sus compañeras que
habían compuesto el cuerpo difunto, y llegando ellas y mirándole hallaron que
había echado por la boca gran cantidad de sangre y materia, que era lo que
causaba el mal olor, porque habiéndole quitado aquella materia quedó el cuerpo
sin género de mal olor y tan tratable como si estuviera vivo. Entonces se
conoció la verdad de lo que ella me había dicho: que sin duda el demonio la
había arrojado algún veneno y éste fue el que causó aquella postema, como en la
otra ocasión el fuego y polvo causó las piedras, y de allí se habían derivado
los tormentos a las demás partes del cuerpo, de las cuales, ninguna, desde la
cabeza abajo, quedó libre, porque los tuvo vehementísimos en la garganta,
pecho, estómago, costado, brazos y piernas, con tan grande extremo que ninguno
puede formar concepto de lo que allí pasó, si no es los que estábamos a la
vista. Y aun el Dr. Canseco, que la curaba, llegándose a mirar si tenía alguna
inflamación en la garganta notó que, como en otras ocasiones de corrimientos y
dolores de muelas, era el olor de su boca de un cuerpo sano y bien
complexionado, y en esta ocasión sintió aquel olor que procedía de la postema y
aunque por entonces no reparó en la causa, después, haciendo reflexión y
advertencia, lo reconoció.
El martes siguiente se
comenzó el novenario, que se repartió entre las religiones de Santo Domingo,
San Francisco, San Agustín, Carmelitas Descalzos, Trinitarios, Mercenarios,
clérigos menores, la Compañía, iglesia mayor y ciudad. Y si bien los días antecedentes
era mucho el concurso de gente que acudía a visitar el santo cuerpo, desde
aquel día hasta el último, que fue antes de ayer, han sido tan copiosos que,
con ser la iglesia tan grande, no cabían más, subiéndose los que podían sobre
los confesionarios, sobre las cornisas de la iglesia y sobre los bancos del
coro, asistiendo allí, desde la mañana hasta la una del día, que es la hora en
que comúnmente acababan los sermones, en los cuales se han dicho muchas cosas
de sus virtudes y algo de sus revelaciones, profecías y milagros. Pero todo lo
que se ha dicho y se dirá en otros años y todas las honras que personas
particulares, caballeros y comunidades quieran hacerla y proseguirán desde el
lunes, todo es nada, respecto de lo mucho que se puede decir. Pero dos cosas,
fuera de otras muchas milagrosas que han sucedido, se han notado en estos
concursos: una es que desde que sacaron aquel cuerpo descubriese la cabeza, ni
en todo el novenario se ha visto en la iglesia que pasadas las cuatro o cinco
personas, las demás se hayan puesto el sombrero. La segunda, que viéndose
muchas veces en semejantes concursos llegarse los caballeros mozos y otros
hombres a hablar con mujeres, aun estando descubierto el Santísimo Sacramento,
en esta ocasión, entre tanta gente y tan numerosos concursos, no se ha visto
hombre alguno hablar con mujer ni hacer ruido en la iglesia, donde hubo un
silencio tan grande como si la gente fuera mucho menos.
Concluyo por decir que
viendo el señor obispo la aclamación universal del pueblo, las ansias con que
todos piden y buscan cualquiera cosa que haya sido de esa santa, que estiman y
veneran por grandes reliquias, me ha llamado dos veces y me da mucha prisa para
que hagamos las informaciones. Y para obedecerle, me retiraré dos o tres días
para hacer el interrogatorio. Sírvase el Señor mi deseo y guarde a V. E. con
los aumentos de sus vidas y dones que siempre le suplico. —Valladolid y junio,
24 de 1633.»
Pocos documentos podrán
dar idea de la psicología de la época y de aquel pueril fanatismo, que se
quiere hacer pasar como religiosidad verdadera, como esta interesante carta,
dirigida al primer ministro. Prueba también que sucesos de esta clase eran verdaderos
acontecimientos nacionales. Años más tarde el Padre Puente publicó la vida de
esta pobre mujer (223). Del P. Oreña, que llegó a Provincial, hay algunas
noticias en (491), XIII, 51, 341, 343, y XVI, 481.
APÉNDICE XXVII: Resumen
de las cartas de Quevedo, después de su excarcelación
ANOTAMOS de estas
cartas las referencias de Quevedo a su presunto verdugo, el Conde-Duque.
Recuérdese que están escritas cuando ya no le podía temer:
1 agosto 1645 (carta
CCXXXVII-A). —«Bien memorable día debe ser el de la Magdalena, en que se
acabaron con la vida del Conde de Olivares tantas amenazas, venganzas y odios,
que se prometían eternidad... Yo, que estuve muerto en San Marcos, viví para
ver el fin de un hombre que decía había de ver el mío en cadenas. Grandes cosas
se han de ver entre el Señor Don Luis [Haro], la Condesa y el Duque de las
Torres, que todo está lleno de donaciones irrevocables entre vivos que hizo el
Conde.»
15 agosto 1645 (carta
CCXXXIX-A) —«El haber S. M., Dios le guarde, hecho merced al Señor Don Luis
[Haro] del título de Conde-Duque (que el de Duque es de lo acrecentado) y de
aquella grandeza de primera clase con tantas prerrogativas, es señal de que S. M.
va apartando de Don Enrique [Felípez de Guzmán], a mi ver con suma justicia,
todo cuanto el Conde de Olivares quiso hacer en él.»
21 agosto 1645 (carta
CCXL-A). —«Bien justo fue que un rayo enseñase crianza a la casa de Tejada,
quitándole la montera de la torre al ataúd del Conde-Duque; pero no es tiempo
que yo adjetive estas cosas ni discurra en ellas.» (Alude a la tempestad que ocurrió
durante el traslado del cadáver de Olivares, de Toro a Loeches.)
29 agosto 1645 (carta
CCXLI-A). —«Por lo que vuesa merced me escribe..., me persuado que es verdad
una relación por horas que vino de persona de mucha importancia, verdad y
religión, en que dice las causas de la muerte del Conde de Olivares; y la
principal y única dice que fue venirle una carta de Zaragoza en que le
certificaba que al Señor Don Luis de Haro le apartaban del lado del Rey y que
en su lugar sucedía el Marqués de Villafranca. En leyendo este nombre, es
ciertísimo que le dio el paroxismo con que acabó: porque se dio por tan acabado
y perseguido sin orilla, como lo había sido suyo el Marqués de Villafranca y
toda la Casa de Toledo.»
25 septiembre 1643
(carta XXXIV-N). —«Se habrá alegrado con la nueva de mi restitución, con tan
grande recomendación de mi inocencia, que no sólo puede ser consuelo, sino
olvido de tan despiadada persecución.»
14 noviembre 1644
(carta XXXVI-N). —«Yo voy olvidándome de lo padecido y cobrando algún vigor.
Pregúntame vuesa merced cuál es mi enfermedad; más fácil sería cuál no lo es,
después de cuatro años de prisión, estudiada por el odio y venganza del poder
sumo... Crea vuestra merced que ningún señor tuvo la culpa en nada, y que lo
que han hecho por mí y conmigo y hacen es cosa digna de grande estimación y
alabanza.»
21 noviembre 1644
(carta XXXVII-N). —«Mas sospechan que el 2onde no ha acabado; téngalo por
necedad medrosa.»
24 diciembre 1644
(carta XXXIX-N). —«Escríbeme persona de mucha autoridad y puesto, que le
aseguran de Toledo que de aquella ciudad salió un ministro de la Inquisición
para Toro, que no saben si a descargos del que está preso» (el Conde-Duque).
Si incluimos en esta
relación las cartas, también inéditas, aún es más chocante la falta de
animadversión al Conde-Duque, pues en una, de 24 septiembre 1642, desde la
cárcel aún dice (carta CLXXX-A): «Todo restaurará S. M., Dios le guarde, con su
asistencia y con el cuidado sumamente próvido del señor Conde-Duque», etc.
Y aún sorprende más ver
cómo comenta la noticia de la caída del Valido (carta CLXXXVIII-A): «Aseguro a
V. Reverendísima en Dios y en mi conciencia que si pudiera apartar de esta
novedad [la caída de Olivares] las glorias que de ellas resultan a S. M., Dios
le guarde, y las mejoras del bien público, que sintiera el tropezón, sea
desliz, de tan gran ministro.»
En el Panegírico a la
Majestad del Rey Nuestro Señor Don Felipe IV (en la caída del Conde-Duque),
tampoco hace al Valido más que alusiones políticas nada enconadas. (Véase 226,
prosa, 578.)
También son
significativas las modificaciones que hizo, después de desterrado Olivares, de
los Grandes anales de quince días. Atenúa en ellos las alabanzas que, en la
primera edición, escribió del Conde-Duque, en los comienzos de su poderío; pero
no las sustituye por los ataques que serían de esperar en hombre de lengua tan
suelta, si hubiera sido su enemigo implacable.
APÉNDICE XXVIII:
Decreto de cesantía del Conde Duque de Olivares
COMUNICACIÓN del Rey al
Consejo de la Cámara dando cuenta de la salida del Conde-Duque:
«Días ha que me hace
instancias continuas el Conde-Duque para que le dé licencia para retirarse, por
hallarse con gran falta de salud y juzgar que no podría satisfacer, conforme
sus deseos, a la obligación de los negocios que le he encomendado. Yo lo he ido
dilatando cuanto he podido por la satisfacción grande que tengo de su persona y
la confianza que tan justamente hacía de él, nacida de las experiencias
continuas que tengo del celo, amor y limpieza e incesante trabajo con que me ha
servido tantos años; pero viendo el aprieto con que estos últimos días me ha
hecho nuevas y vivas instancias por esa licencia, he venido en dársela, dejando
a su albedrío cuando quisiera usar de ella. Él ha partido ya, apretado de sus
achaques, y yo quedo con esperanzas de que con la quietud y reposos recobrara
su salud.
Con esta ocasión me ha
parecido advertir al Consejo que la falta le tan buen ministro no la ha de
suplir otro sino yo mismo; pues los aprietos en que nos hallamos piden toda mi
persona para su remedio, y con este fin he suplicado a Nuestro Señor que me alumbre
y me ayude con sus auxilios para satisfacer a tan grande obligación y cumplir
enteramente con su santa voluntad y servicio, pues sabe que es éste mi deseo
único.
Juntamente ordeno y
mando expresamente a ese Consejo que en o que está de su parte me ayude a
llevar esta carga como lo espero de su celo y atención, y le encargo en primer
lugar el cuidado y vigilancia en excusar ofensas de Dios y en que se guarde
firmemente su santa ley sin que por ningún caso de la tierra se dispense esto
en la más mínima parte; pues más quiero perder todos mis reinos juntos
guardándola que cobrar cuanto está perdido, si ha de ser con riesgo de pasar la
raya de los divinos preceptos.
En segundo lugar os
ordeno que pongáis gran atención en la administración de la justicia, sin mirar
a respeto humano ninguno ni dejar de ejecutarlo por fines particulares; pues si
en esto hubiese algún descuido, además de la cuenta estrecha que habéis de dar
a Dios, os la tomaré yo también, y castigaré con gran rigor a cualquiera que
entendiere que no cumple con lo que debe a Dios y a su ley.
En tercer lugar, os
mando con toda precisión que siempre me tratéis verdad lisamente, aunque os
parezca sea en cosas contra mi gusto; y aunque estoy cierto que, si Dios no me
deja de su mano, yo no tendré en nada que sea contra lo que os digo, como hombre
aun puede ser que falte en algo, y para en este caso es cuando más he menester
que mis ministros me hablen claro y no me dejen errar. Y mirad que os pediré
estrecha cuenta a todos si habiendo yo declarado de esta forma mi voluntad
vosotros no cumplís con ella.
También mando que se
tenga buen cuidado en el secreto, porque sin él nada se puede gobernar como se
debe, y creo que ha habido poco cuidado en esto, y que se habla fuera de los
Tribunales en los negocios más de lo que es razón.
Fío de ese Consejo que
atenderá con todo cuidado a ejecutar inviolablemente lo que le ordeno, que con
el amor que me tenéis y celo de mi servicio obrará de modo en mi ayuda, que yo
y vosotros descarguemos nuestras conciencias, y se abra puerta al bien y quietud
de esta Monarquía.
Espero en Nuestro Señor
que ha de usar de misericordia con nosotros y que a mí me ha de dar luz para
acertar y ejecutar mis deseos con vuestras obligaciones. Madrid, a 24 de enero
de 1643. —Al Consejo de mi Real Cámara.»
Basta leer este
decreto, conocidísimo, para saber exactamente cuál era la verdadera causa de la
retirada del Conde-Duque y la verdadera actitud de éste y del Rey. Por ello
aparece deformado su texto en los libelos y publicaciones antiolivaristas. Es
muy importante hace notar esto. Por ejemplo, Novoa se limita a este breve
extracto «Muchas veces me habéis pedido licencia para retiraros y no he venido
en dárosla, y ahora os la doy para que lo hagáis luego adonde os pareciere,
para que miréis por vuestra salud y por vuestro sosiego» [(201), IV-80]. En la
Relación de lo sucedido, etc., el decreto queda reducido a esto: «Conde, muchas
veces me habéis pedido licencia para iros a descansar y yo os la he negado por
causas que a ello me movían. Hoy, no sólo os la doy, pero os mando que os
vayáis luego y desembaracéis a Palacio» (452). Las versiones «Quevedo» y
«Carreto», de la Relación de Guidi, aún más apasionadas, dicen que el billete
enviado por el Rey al Consejo se limitaba a mandar que el Conde-Duque «no se entrometiese
más en el Gobierno y que se retirase por ahora a Loeches hasta que otra cosa se
discutiese». El relato original de Guidi hace sólo una ligera referencia al
decreto, diciendo que el Rey despedía al Conde «no por ninguna culpa suya, sino
por satisfacerse a sí mismo satisfaciendo a sus vasallos» (437, 438, 439).
Historiadores modernos siguen las versiones deformadas maliciosamente y ninguno
da a las palabras originales de Felipe IV el valor que realmente tienen.
APÉNDICE XXIX: Carta
del Marqués de Leganés al Conde-Duque, a la caída de éste (356)
«SEÑOR: BIEN creerá V.
E. que el dolor que me ha causado la carta de S. M. (Dios le guarde) y la de V.
E., que le acompaña, excede a cualesquiera palabras con lo que quiera
significar, siendo el principal motivo del dolor que tengo lo que considero que
V. E. sentirá que su poca salud le obligase a faltar a S. M. en tal tiempo; y
la poca salud de la que reconozco en no hallarme presente y asistir y servir a
V. E. como lo debo a mi amor y obligaciones, contúrbame gravemente. Siendo
cierto que antepongo a todas mis conveniencias las que deseaba tuviera V. E.
así en la salud como en la quietud del ánimo; que la gracia de S. M. en su
benignidad y clemencia con [el fervor]. S. M. (Dios le guarde) se sirve decirme
dependeré sólo de su leal mano y me favorecerá por ella misma; y es mi mayor
consuelo, pues cualquiera otra que interviniera, faltando V. E., me embaraza
tanto que no me dejará ánimo para seguir estos empleos; y, de cualquier manera,
mi edad y poca salud, con estos accidentes, me tienen le manera rendido, que
creo fuera mejor servicio de S. M. desempeñarme de ellos, como se lo suplicara
si me hiciese merced de tenerlo por bien, sin eximirme de servir donde me
mandase hasta verter la última gota de mi sangre, como V. E. me lo ordena y yo
lo he aprendido del singular y no visto celo y amor de V. E., el cual no me
deja dudar que si V. E. se hallase con salud para continuar su real servicio,
con fruto la empleara siempre en él, porque es lo que más V. E. ha procurado en
esta vida. Espero en la divina misericordia que ha le dar uno y otro a V. E.
para volver a ofrecerse a Su Majestad. Y este fin, que es tan digno de la
fineza de V. E., le debe servir de procurar tenerla [la salud] y ofrecer a
Dios, Nuestro Señor, cualquier desconsuelo con que se halle; que no hay duda le
tendrá V. E. de no estar a los pies de S. M. para servirle sin otro fin ni
humano interés. Y si, con ocasión de que suplico a S. M. me dé licencia para
llegar yo a ellos [a los pies del Rey], aunque sea por breves días, pudiese
tener la dicha de besar a V. E. la mano, sería la mayor consolación; i así
podríamos esperar la [consolación] verdadera, que es lo que principalmente
quería que acertásemos a alcanzar V. E. y yo, juntamente, en el servicio de S.
M. De cualquier manera, suplico a V. E. no me olvide; y si puedo valer algo
para su servicio, se sirva mandarme como a hijo obediente, criado de buena ley,
fiel y esclavo que más debe y más quisiera poder pagar a V. E. Aunque con
ninguna cosa de esta vida lo podría jamás conseguir bastantemente. Guarde Dios
a V. E. como ha menester. Maella, 30 de enero de 1643. Criado de V. E. que su
pie besa. —El Marqués de Leganés.»
APÉNDICE XXX: Resumen
de «El Nicandro» (406)
LA importancia que
tiene para la historia del Conde-Duque y de su época El Nicandro, hace
necesario un resumen extenso de este documento, cuya lectura no es fácil al
lector general.
Comienza diciendo:
«Cuando caen los varones grandes que tuvieron mano en el Gobierno se fingen
mayores y más horribles mentiras del hecho de la verdad por compasión del caído
e irritado del desagradecimiento de los hombres, de su envidia, odio y mutabilidad,
he hecho este discurso sin otro fin que servir a V. M. y desengañar a los
ignorantes de las fabulosas calumnias que se han imputado al Conde-Duque, por
escrito, después de su retiro.»
El documento que se
propone contradecir es «un papel impreso que llegó a manos del Rey». Dicho
papel exhorta al Rey «a que visite al Conde y si no hallare defectos que le
restituya a su gracia». Pero estos defectos, la mayoría falsos, son enumerados
a continuación, y el autor los comenta en general diciendo «que más parece
procurar una sátira a V. M. que ofensa a la persona del Conde».
A todo hombre, dice, se
le pueden atribuir vicios, por excelso que sea. Hasta a Cristo se los
achacaron. Pero advierte al Rey severamente que no habrá proceso al
Conde-Duque, aun cuando «V. M. no estuviere satisfecho. Vuestra Majestad sabe
el medio del castigo, que en personas tales debe ser muy diverso de lo común.
Bueno fuera que los secretos de una Monarquía se fiasen a procesos donde se han
de descubrir faltas de Príncipes que viven en traiciones de sus vasallos,
suprimidas inteligencias, negociaciones y otras materias que servirán de
grandísimo daño a V. M. publicadas; y de esto se podrían traer clarísimos
testimonios».
Se defiende del primer
cargo que hace su enemigo: de supuesta herejía. Si fue hereje, dice, «¿cómo
rompió la guerra con los herejes y sólo ha procurado su ruina?, ¿cómo no quiso
que se casase la Infanta María con el Rey de Inglaterra?, ¿cómo no ayudó a los
rocheletes y hugonotes contra todas las razones de Estado?; sólo por
conformarse con la religión profesa, ¿cómo no ha querido la desunión de Francia
que se la ha ofrecido tantas veces?; sólo por no ayudar a los herejes». «¿Quién
le ha oído decir proposiciones heréticas? Si el pueblo lo dice, no nos señalará
la secta que sigue. ¿Dónde están los ídolos que el Conde adora?»
Se defiende después del
cargo de haber apartado del Rey a algunos Grandes como el Conde de Lemos, el
Marqués de Castel Rodrigo y Don Fernando de Borja. No los apartó, sino que los
envió adonde fueran útiles a la Monarquía, alejándolos «de la ociosidad de la
Corte». A Don Fernando de Borja lo restituyó a Palacio cuando fue oportuno. Si
hubiera querido tener el Conde-Duque gentes suyas cerca del Rey hubiera
empleado en su cuarto al Duque de Medina de las Torres, al Marqués de Leganés y
a otros de los suyos; pero todos estos estaban lejos, empleados en el servicio
de la Monarquía.
Respecto a la prisión
del duque de Uceda y del de Osuna, dirá algo Monsieur de Castelius». Además,
cuando se hicieron estas prisiones el que mandaba era Don Baltasar de Zúñiga.
Se le achaca que por
entonces depuso a varios consejeros; pero los pecados de éstos eran notorios y
lo demuestran las sátiras con que los zahirió Villamediana. Pero aunque fueran
santos, el responsable fue el Rey, que es el que puede hacerlo. «El abuelo de
V. M. —añade— depuso a un consejero por sólo haber venido en el coche de otro a
Palacio.»
Otro cargo es el haber
roto las treguas con Holanda. Responde a él: «No ha habido escritor que no
reprobase estas treguas que hizo el padre de V. M. y que no haya aprobado la
resolución de romperlas.» «Yo daré a V. M. más de cuarenta escritores.» Pero, además,
el que las rompió fue Don Baltasar de Zúñiga. Y, en último término, es absurdo
suponer que se sirvió de esta determinación para alcanzar el valimiento, como
se le achaca, «porque traer guerra ninguna proporción tiene con el valimiento,
antes con la total ruina, como lo han demostrado privados que indujeron a sus
Reyes a la guerra, aunque éstas saliesen bien».
Le culpan de los
desastres de la guerra de Cataluña. Y dice: «No sé qué culpa haya tenido el
Conde en que el Marqués de los Vélez se retirase con afrenta. Si no llevó
bastimentos, ¿por qué fue a Barcelona? Y si no fue y se retiró con descrédito,
¿quién tuvo la culpa? ¿Era el Conde el que se retiraba?» De que en la batalla
de Lérida no estuviesen las tropas ordenadas y que no se pelease con disciplina
ni valor, «¿tenía parte el Conde? ¿Era por ventura el capitán general o maestre
de campo u oficial del ejército?» «Si el general tuvo orden de pelear y peleó
mal, ¿en qué pecó el Conde? Si no dio orden y sin ella peleó mal [el general],
¿qué culpa tuvo [el Conde]?»
«En cuanto al
fundamento y raíz de esta guerra, bien sabe V. M. lo que han costado a los
Reyes sus progenitores estos Fueros, con cuya ocasión los magistrados de
Cataluña tomaron pretexto para tan grandes motivos.». El Rey debía saber que
las provincias rebeldes, inobedientes, han de ser tratadas con rigor. En
Flandes estuvieron engañando a Felipe II diciéndole que si se iban los soldados
españoles, se someterían y luego se armaban. «Así el Conde, por no probar los
daños y prolijidad de las guerras de Flandes, procuró con aquel poderoso
ejército que llevó el Marqués de los Vélez cortar de raíz los daños de la
rebelión. Si el Conde no tratara de hacer la guerra, los catalanes en poco
tuvieran la autoridad de V. M., saliéranse con la suya y quedáranse quizá en
república libre, con grande daño de los Estados de V. M»
«Entender que Cataluña
se ha de restituir una vez retirado el Conde es grave hierro, porque esta
provincia no lo hará sino por sus conveniencias. Si se vieren oprimidos del
francés, harán con él lo mismo que con V. M.»
«Señor, querer entender
que se ha de conservar esta Monarquía en los trances peligrosos sin unión ni
conformidad entre sí, es ignorancia, aunque las gobernasen ángeles, entretanto
que no se reduzca a unión e igualdad en leyes, costumbres y formas de gobierno.
Dicen los enemigos del Conde que procuró derribar los Fueros de Cataluña. No ha
sido sólo pensamiento suyo, que la abuela de V. M., Doña Isabel, tuvo por mejor
conquistarlos.»
A los ataques sobre la
rebelión de Portugal, contesta enérgicamente que de ellos «tuvo la culpa el
abuelo de S. M., pues debió, hallándose con ejército poderoso ya en Portugal,
traerse consigo al Duque de Braganza; que nunca varones de tan alto linaje y con
pretensiones de Rey se han de dejar en provincias que fueron cabezas de Imperio
y que por genio propio y por aborrecimiento a los castellanos desean
restituirse a él».
Debió darse, añade, a
los nobles portugueses gobiernos, obispados, etc. Él, el Conde, lo intentó
hacer, y fue por ello muy combatido por los nacionalistas, que protestaban de
que los extranjeros ocupasen puestos en la Monarquía, con torpe ignorancia,
pues esta táctica la siguieron los romanos y todas las grandes Monarquías.
Se le echa la culpa de
la pérdida de doscientos millones, pero el cargo no tiene fundamento, pues los
ejércitos que necesitó el Rey, en un imperio tan vasto, con transportes,
sueldos de oficiales y ayudas de costa, requieren mucho dinero. No fueron, pues,
gastos que el Conde inventó.
También se le echa la
culpa de las flotas que se hundieron. Con altanería y dignidad responde: «Las
pérdidas de flotas enteras por los vientos se imputan al Conde y no sé que a
ninguna se la haya tragado enteramente la mar. Si el Conde tuviera a su arbitrio
la libertad de los vientos y las aguas y nos predominara, entonces pecara
contra el servicio de V. M.; mas lo que obran los elementos, ¿cómo puede
estorbarlo sino Dios? Creer que en veinte y dos años no haya habido tempestades
en el Océano es un desatino digno del que escribió tantos en este papel.»
Que ha dado sueldos
excesivos a sus amigos. No es verdad. «Ningún valido ha hecho menos por sus
criados (aun por las personas de talento) sólo por impedir estas hablillas. Si
lo ha hecho con algunos,
Respecto de las Juntas
que creó y que tanto le combatieron, dice: «Las Juntas, quizá, Señor,
convinieron porque habiéndose multiplicado tantos negocios en donativos sal,
medias annatas, papel sellado y otros más, en la milicia, pareció que los
Consejos, por la multitud de sus materias, no podían darlos breve y pronto
despacho, como V. M. necesitaba.» Además, «no las inventó el Conde, que desde
el tiempo del Duque de Lerma estaban introducidas; si las multiplicó, fue por
dar salida breve a la inmensa muchedumbre de negocios que se acrecentaron».
Sobre si los ministros
eran ricos y su comparación con los del tiempo de Don Enrique IV, que eran muy
pobres, contesta que Don Enrique era Rey de Castilla, reino pequeño, y Felipe
IV lo es de una inmensa Monarquía. La autoridad grande de que hoy gozan los
ministros no la inventó el Conde-Duque, sino Felipe II. Se le imputa también
que al lado de estos ministros opulentos la Reina no tenía que comer, y
contesta: «Supongo que la mala cena que se dice de la Reina mi Señora será
cierta. El Erario público, cuando han precedido tantas guerras, no puede estar
sobrado.» También, agrega, los Emperadores romanos no tenían a veces dinero,
mientras que los senadores estaban riquísimos.
De las quejas de los
Grandes de España, dice: «La razón de Estado de los Grandes es mejor dejarla en
silencio, pues V. M. sabe por las historias cuan trabajados han tenido a estos
reinos continuamente, mientras ellos estaban poderosos y ricos. Y esto no lo
hicieron nunca los ministros, aunque tuviesen más riquezas que todos los
grandes juntos, pues la mayoría de estos ministros o son de la gente media, o
levantados del polvo, y los españoles para tomar cabeza [es decir, para
insurreccionarse], atienden más a la alteza de la sangre.»
Se defiende luego del
cargo de haber vendido los hábitos. Él daba el hábito a hombres que habían
servido al Rey y a los que no se podía pagar. El agraciado vendía el hábito y
se resarcía con su importe de lo que le adeudaban. De este modo «creaba más caballeros
que estuviesen obligados a servir a V. M.» y además pagaba los buenos soldados,
explotando la vanidad de los ricos que podían comprar los honores y no se
molestaban por la patria.
Se le dice que ha dado
cargos importantes a los obispos, dejando a las iglesias viudas. Con ello,
contesta, sirvo al Rey, «por parecer que los obispos servirán a V. M. con mayor
fineza en los altos cargos, por ser más desnudos de carne y sangre que aquellos
que están sitiados de mujer e hijos».
Se le reprocha que no
ha dicho la verdad al Rey. Si esto fuera cierto; si por no decirle la verdad el
Rey la ignorase, sería el Rey tonto.
Otra imputación: que
encargó el Marqués de Malvezzi que escribiese un libro relatando sus grandes
servicios cuando la guerra de Fuenterrabía. Pueril imputación: el Rey sabía lo
que hizo el Conde mejor que nadie y sin necesidad de leerlo en ningún libro.
Respecto de la gran
cantidad de mercedes que ha recibido el Conde-Duque, contesta: «grandes
mercedes le ha hecho, en efecto, V. M.; pero sin duda un generoso pecho
entiende que son pocas y responderá lo que otros magníficos Reyes progenitores
de V. M.: Pensé que le hubiera dado más.» Compara las mercedes y sueldos hechos
al Conde-Duque con los que obtuvo Richelieu, que fueron muchísimo mayores, y
eso que la fortuna del Rey de Francia no puede comparase con la del de España.
A la conocida acusación del lujo de Loeches arguye: pero «¿qué pinturas
exquisitas adornan los cuartos del Conde, qué tapicerías riquísimas, qué joyas
contiene de inestimable valor? Unos tapices viejos se consideran como rico
homenaje y se atribuyen a cohechos. Ceguedad de los mortales. Que no pueda un
Conde de Olivares, primer ministro del mayor señor del mundo, tener unos
tapices, comprar un par de lugares, aderezar en Loeches la casa que labró un
particular caballero, cuando le dejaron sus clarísimos ascendientes 60.000
ducados de mayorazgo.»
Además, el Conde-Duque
dio al Estado mucho dinero. En 1634 gastó «en ayudas de costa, vestido y otros
gastos, cerca de 40.000 ducados». En 1638 formó un tercio de 10.000 infantes,
gastando 50.000 ducados. En 1641 gastó en soldados de Cataluña 640.000 ducados.
Todos los meses daba 60.000 reales de plata para socorrer a las gentes de la
frontera de Aragón. Y mucho más todavía para otras necesidades. Sin contar con
las caridades secretas. «Mas esta evidencia mejor la entiende V. M. que el que
pretendió desacreditar [al Conde] en un papel con tan viles calumnias, ajenas a
la verdad y razón.»
Otra de las
impugnaciones que constantemente se le hicieron fue la enorme cantidad que se
gastó en el Buen Retiro. A ello responde que el Buen Retiro no es del
Conde-Duque, sino del Rey. El Rey de España debe tener más de un palacio en
Madrid. Además, con lo que se gastó en la construcción se dieron durante muchos
años jornales a gentes que no tenían que comer.
El Memorial de Mena
hace notar que durante la privanza de Olivares los Grandes se habían retirado
de Palacio y desde que aquél ha caído han vuelto a la asistencia del Rey.
Contesta El Nicandro con esta acerada insinuación: «Yo entiendo que como
hallaron a V. M. solo y sin primer ministro, puede ser que les lleve más el
deseo.
Sobre el no haber
socorrido a la plaza de Maestricht, que era otro de los cargos públicos que se
le hacían, atribuyendo la desidia a la sugestión de las hechicerías de San
Plácido, responde que no es verdad, pues el Conde-Duque envió tres ejércitos.
Si no actuaron con eficacia, tal vez fue «porque los oficiales estaban
divertidos en el juego».
Sobre las muertes que
se le imputaron, del Duque de Feria, de Don Gonzalo de Córdoba, de Don Fadrique
de Toledo y de otros grandes sujetos y personas reales, así como de diversas
prisiones injustas, dice que sólo castigó a los que fueron culpables. «Morirse
por ellas, puede suceder en naturalezas de fuerte imaginación, porque ésta
altera los humores.» «Si los que recibían estas pesadumbres merecidas se morían
de aprensión, ¿qué culpa tiene el Conde de que ellos estuviesen formados con
aquel defecto de naturaleza? Y si las pesadumbres fueron justas, por no haber
atendido al servicio de S. M., su pena fue morirse.» El Cardenal Espinosa murió
cuando Felipe II le dijo: Cardenal, yo soy el Presidente. Y no por eso se culpa
de asesino a Felipe II. Sobre las muertes de personas reales, es necio
defenderse: «Si murieron los Infantes, bien notorias son al mundo las
enfermedades de que murieron.»
Que el Rey le visitó en
su cuarto, con exceso de familiaridad, topándole «con una toalla en la cabeza»:
he aquí otro de los cargos del Memorial. Nada hay que decir. El Conde no pidió
al Rey que fuera. Si fue, lo hizo por su gusto y le encontró como estaba.
Sobre la acusación de
que Olivares quitó a los Consejeros su libertad de votos, la acusación es
fútil. Para que así no fuese, «inventó las ventanas del cuarto de V. M. para
que el Rey oyese los pareceres y votos de los ministros y éstos pudiesen hablar
libremente», sin más coacción que la natural que da la presencia del Soberano.
Lo que ocurría es «que el ingenio superior del Conde, con sus razones y
experiencia, reducía a todos a su parecer. Los ministros, convencidos,
convenían muchas veces con lo que afirmaba; pero cuando hallaba razones fuertes
en la parte contraria mudaba de opinión, como varón prudente, de lo que se
podrían traer muchos ejemplos».
Al defenderse de la
comparación, depresiva para él, que sus enemigos hicieron entre su política,
desastrosa para España, y la política triunfante de Richelieu en Francia, el
autor de El Nicandro expone —con terrible claridad, ante la Historia— la clave
de toda la política española de los Austrias y, desde luego, la del
Conde-Duque. Richelieu, en efecto, triunfó, pero fue aliándose con los herejes.
Si España hubiera prescindido de proteger a la religión por encima de todo, «se
habría tenido otro resultado, aunque no le pese de no seguir las máximas
detestables de Richelieu, aunque [el no seguirlas] le haya costado tanto; que
más le importa a V. M. agradar a Dios que la pérdida ni conquista de los
reinos».
El Conde-Duque, en
efecto, no conquistó, como sus enemigos le arguyen, nuevos reinos. Pero él
nunca trató de conquistar nada, sino de unificar la Monarquía. Algunos de los
reinos de esta Monarquía, como Cataluña, no sirven en igual medida que los
otros, y esta injusticia es la que el ministro trató de corregir.
El Memorial que ataca
al Conde-Duque aconseja al Rey que en adelante escoja ministros que sean
queridos del pueblo. «Sin duda ignora lo que es el pueblo. Cuando vivía el
Duque de Lerma, el común sentir decía que no había peor ministro ni mejor que
el Conde cuando empezó su privanza. Todo lo nuevo place a los hombres plebeyos
que desprecian lo presente y aman lo porvenir que no conocen. El pueblo, Señor,
con que tenga pan en abundancia y que valgan baratos los mantenimientos, se
tiene por muy contento, gobiérnelo quien quisiere. Sólo desean la novedad los
que juzgan que han de medrar con la mudanza.»
Hace alusión luego a
consejos que el Rey recibió de religiosos que, sin duda, invocaban revelaciones
sobrenaturales para exigir la salida del Conde-Duque. Quizá procedentes de Sor
María de Agreda, que se mostró siempre tan adversa a Olivares. Dice, en efecto,
El Nicandro: «Pero de lo que yo me río y me indigno y me compadezco es de
algunos hombres que con pocas letras y apariencias de virtud han querido
desacreditar las acciones del Conde introduciendo revelaciones de mujeres
devotas para apoyar que ha sido divino influjo el apartamiento [del
Conde-Duque], como si Dios necesitara de estos medios cuando podía inspirar a
V. M. y revelarle sus decretos soberanos, que fuera más conforme a razón y al
modo de su sabia procedencia. Pero que trate con mujeres encerradas los puntos
de la Monarquía que a V. M. tocan, no es justo pensarlo de Dios, que no ha
usado de estos modos con su Iglesia.» «Además, si V. M. tuviera revelaciones
semejantes, debía examinarlas mucho por no errar, pues muchos ejemplos en su
tiempo de hombres y mujeres que con aparente virtud engañaron y fingieron
revelaciones de su cerebro o las soñaron o fueron ilusos del demonio o
padecieron error en la fantasía. Y en España ha cundido más este mal porque ven
que con semejantes embelecos adquieren aplauso, regalos, dinero y séquito.»
«Y no es de menor
sentimiento el que los predicadores usen de las palabras divinas para apoyar
sus pasiones y que con la espada del Evangelio quieran vengarlas», «haciendo el
púlpito teatro de la vida y de pecados». Estos predicadores «saben acomodar los
pasquines al Evangelio». Pero el Rey se dará cuenta de que el Espíritu Santo no
interviene en esto, como tales predicadores dicen. Los mismos textos que ahora
manejan contra el Conde-Duque manejaban antes para defenderle, cuando estaba en
el valimiento, argumentando entonces como ahora con el Espíritu Santo y con los
Libros Sagrados. «¿Cómo el Espíritu Santo puede decir dos cosas contrarias?»
Como se ve, los amigos
del Conde-Duque que redactaron El Nicandro defendieron bien a éste de estos
predicadores metidos a políticos por su conveniencia, que, por desgracia, no
han desaparecido todavía.
Termina la defensa del
Conde-Duque reconociendo que es cierto que éste «ha sido desgraciado en algunos
sucesos, en estos últimos años». Pero es cosa universal. «Este tiempo es
semejante a aquellos en que todas las naciones se trastornaron y dieron que sospechar
a grandes espíritus que llegaba el último período de los hombres.»
En suma, los defensores
de Olivares recurrían una vez más en el curso de la Historia a suponer que,
puesto que a ellos les iba mal, es que el mundo se deshacía. Por centésima vez
aparecía en el horizonte la sospecha del fin del mundo, el cual, todavía había
de durar unos cuantos siglos más.
APÉNDICE XXXI: Resumen
del Memorial del padre Martínez Ripalda a Felipe IV (402)
«SEÑOR: ENTRE los
muchos papeles que han llegado a mano de V. M. (Dios le guarde) contra el
Conde-Duque de Sanlúcar, permita V. M. que llegue uno en su favor, de quien,
por asistirle en su retiro, debe más que nadie defenderlo, y por ser testigo y
aun juez de su conciencia tiene más que todos noticia de la inocencia con que
padece y de la verdad por que debe V. M. favorecerle; y por haber tenido los
puestos de letras mejores de su religión, la Compañía de Jesús, está obligado a
saber lo que en este papel propone a la real conciencia de V. M., en cuyo fuero
solamente se trata hoy la causa del Conde. Para lo cual asertaré primero el
hecho y luego discurriré sobre las obligaciones de conciencia que al mismo
hecho convienen, ciñéndome a toda brevedad.»
«Eligió V. M. al Conde
ministro privado contra repetidas resistencias suyas, propuestas de palabra y
por escrito a V. M. Conservóle veintitrés años en el ministerio contra
instancias continuas [el cargo] después de todo esto el Conde como si lo
hubiera pretendido, por ser gusto de V. M., con tanto amor a su real persona,
con tanto celo del servicio y reputación de V. M., con tanta asistencia a su
trabajo, con tanto desinterés de la aura popular, de haber aplausos y
lucimientos públicos, de hacer amigos y dependientes, con tanta limpieza de
manos, con tanto estudio de gloriosos fines, con tanta conferencia y consulta
de Consejos y ministros y con tanta información y notas de V. M., que no se
conoce ni se lee ministro de su puesto que en el conjunto de estas cualidades
ni aun en cada una de ellas se le haya igualado jamás.»
«Fue su desgracia y la
de V. M. que ha servido en el concurso de las mayores necesidades, con la
obligación inevitable de sustentar más ejércitos que jamás ha tenido esta
Monarquía, para cuyo socorro, con parecer de los Consejos, de las Juntas
particulares de ministros y de las Cortes y siempre con órdenes de V. M. ha
sido fuerza valerse de tributos, donativos, empréstitos, arbitrios y embargo de
juros, que por comprender a todo el reino sin excepción de señores ni
ministros, ni del estado eclesiástico y sentir cada uno más el daño particular
y privado que el común y público, se han ejecutado con ofensas y quejas de
todos; y aunque V. M. sólo era quien lo mandaba y tantos ministros los que lo
aconsejaban y aprobaban, sólo el Conde, por supuesto, era en quien descargaba
sólo el furor y resentimiento del pueblo, diciendo que sólo por su arbitrio y
sin noticias de V. M. se obraba todo. Quiso Dios, o por castigarnos o por
humillarnos, que a la providencia de V. M., que fue toda la que cabe en las
prevenciones y fuerzas humanas, no correspondiesen los sucesos, aunque nunca se
dejaron de esperar y aun asegurar, prudentemente de los medios; y así, ni se
dejaron de admirar en la ejecución contraria a ello. Con esto, el vulgo
ignorante, que mide por los sucesos las providencias, quejoso ya del gobierno
del Conde, gravoso por fuerza a sus haciendas, deseó y clamó que V. M. sólo,
sin su asistencia [la de Olivares], con sola la consulta de los Consejos,
dispusiese todas las materias, comprometiendo que así las haciendas y la sangre
y personas de los vasallos estarían prontas a su real servicio y aun
ofreciendo, con vanas revelaciones, seguros los sucesos. Valióse de estas voces
la emulación de unos y la ambición de otros, más allegados a los oídos de V.
M., para que se lo aconsejasen. Cedió V. M. prudentemente a estos deseos y fue
servido de dar al Conde la licencia que tantas veces había pedido para
retirarse.»
«Retiróse a Loeches,
lugar suyo por no tener otro en Castilla y haber experimentado poco favorable
siempre a su salud la Andalucía, sirviéndose V. M. de mandar que la Condesa
quedase ejerciendo merced y conservarla en ellos y de no hacer novedad contra el
Conde por hallarse obligado de sus servicios. Correspondió a este favor el
pregón que V. M. mismo dio así en las pláticas que hizo a los de la Cámara y a
los del Consejo de Estado como en los papeles que escribió a los Consejos, a
las ciudades del Reino, a las religiones, a los ejércitos y Virreyes de que el
retiro del Conde había sido voluntario y no violento; de que le constaba a V.
M. que había sido siempre buen ministro y tan grande que para sufrir su falta
todo V. M. era necesario para el gobierno; y así se sacrificaba todo a él, sin
querer [otro] ministro privado que le ayudase. Acción que hasta los enemigos
del Conde loaron en V. M. por ser de atención y correspondencia merecida el
amor y servicios del Conde. Pero la gracia en que parece quedaba con V. M. el
Conde y el temor que con ella podía volver a su puesto y embarazar sus
pretensiones, les movió a disponer que se diesen a V. M. y se esparciesen por
el Reino memoriales y papeles tan injuriosos al Conde que no había homicidio,
traiciones, herejías, idolatrías y todo género de iniquidad que no cargasen al
Conde, y con tanta impunidad de sus autores que, constando a todos los
ministros de V. M., no se hizo diligencia para castigar a ninguno, clamando las
leyes con penas capitales para su castigo, hasta que se inquirió ligeramente de
uno con pretensión de justificar graves castigos con otro bien indiscreto que
se escribió en su defensa y por hacer al conde más odioso publicaron que era
suyo sin haberle jamás visto ni antes ni después de haberse impreso.»
«A todo este ruido
estaba sordo el Conde en su retiro, negado todo género de visitas y
correspondencia, si no es la forzosa para gobierno de su casa y la obligación
de su conciencia con la Condesa. En ésta [en la Condesa] fraguaron los émulos
otra persecución, viendo que se persuadía todo el reino, que por este arcaduz
se engañaban a V. M. los pareceres del Conde y que todo cuanto V. M. obraba era
inspirado por él y no había alcanzado V. M. la gloria gobernar solo, que el
reino deseó con el retiro del Conde; siendo que a V. M. le constaba con
evidencia la falsedad de este rumor, las acciones mismas la publicaban opuestas
todas a los empeños del Conde, como la deposición del Presidente y la del
Protonotario, sustitución de puestos a los que en su tiempo se les quitaron y
prendieron; la visita de su primo el Marqués de Leganés y otras semejantes. Se
intentó y propuso la salida de la Condesa de Palacio a Loeches, por
conveniencia pública y de V. M. Y porque fray Juan de Tomás dijo que no se
podía dejar de hacer en conciencia, hado otro medio con que ocurrir a esta
común persuasión del reino, para alejar más al Conde, se tomó por temperamento
su destierro de Loeches a Toro, ofreciendo V. M. y asegurando Don Luis de Haro
y fray Juan, interlocutores de esta materia, que con esto no habría mudanza en
las cosas del Conde, así como de su mujer y de sus hijos, como no fuera para
mejor estado. Vino el Conde a Toro, donde ha vivido cinco meses, atendiendo a
sólo su descanso y a pedir a Dios y hacer que todas las comunidades de
religiosos y religiosas le pidan frecuentemente la salud y buenos sucesos de V.
M. y socorrer las necesidades de los pobres, siendo querido y adorado de todos,
así grandes como pequeños; sin que de tanta distancia pueda nadie haber creído
prudentemente que sus inspiraciones hayan influido en las acciones de V. M.,
cuando a 7 de noviembre llega a Toro orden de V. M., ya ejecutada en Madrid,
con pretexto de conveniencia pública, de que la Condesa y los hijos del Conde
salgan de Palacio y del ejercicio de sus oficios y se vengan a Toro, ocasión
bastante para que la malicia tan declarada contra el Conde juzgue y publique
qué delitos averiguaron suyos o qué sospechas de infidelidad obligan a V. M. a
estos disfavores y desvíos. Éste es el estado presente del Conde y el hecho
todo de la materia sobre que he de discurrir, de cuya verdad no doy prueba a V.
M. porque la mayor se la dará a V. M. el testimonio de su misma conciencia.»
Después de esta
exposición de los hechos que, en realidad constituyen lo más interesante de
este escrito desde el punto de vista documental, el Padre Martínez Ripalda
discurre largamente sobre la injusticia de haber sido tratado Olivares de tal
modo por el poder real. Conviene en que, no obstante, no ha sido tratado como
delincuente, pero sí como infamado por la pérdida de la gracia real. Esto es lo
más significativo del Memorial, ya que nos demuestra, por el mismo caído, que
era la honra en entredicho lo que le aquejaba y no la pérdida del poder. He
aquí un párrafo muy típico:
«Pero, Señor, aun
cuando no sea esto tratar al Conde como delincuente, no puede negarse... que es
hallarse el Conde en el estado más desdichado a que pudo llegar un Privado de
su calidad, casa y servicios. Porque le ha importado poco toda la merced que V.
M. le ha hecho y todo lo que tantos años ha trabajado en servicio de V. M., si
después de todo esto viene a quedar sin honra y infamado por todo el mundo,
como es fuerza que el Conde quede con estos escritos tolerados en España y con
los desvíos de V. M. ejecutados en él, en su mujer y en sus hijos, si V. M. no
lo restaura como puede. No hay desdicha mayor que haber sido dichoso cuando no
sirve la dicha más que para hacer más famosa en todo el mundo y en todas las
edades la infamia de haberla perdido.»
A continuación encarece
al Rey que su obligación principal se hace jurídicas y teológicas. Se refiere
luego a los pretextos que dieron en Palacio para la expulsión de la Condesa,
uno de los cuales fue el poner fin a la separación de los esposos, muy propio
de aquella sociedad tan gazmoña como inmoral; a lo que contesta con las
siguientes palabras:
«Ni es razón aparente
la que alguno, de parte de V. M., propuso al Conde de que era materia de
escrúpulo tener a la Condesa en Palacio apartada de su marido. Por dos causas:
la una porque esta división se hacía con gusto y conveniencia de las dos partes
que tenían el derecho de unión...; con las cuales condiciones no habría teólogo
desapasionado y medianamente docto que haga escrupulosa esta división. La
segunda porque el Conde y su mujer están en edad y estado de no poder esperar
sucesión, y por esta causa ha algunos años que no hacen cohabitación maridable;
y que no la pueden hacer sin culpa venial es sentimiento de San Agustín y de
otros teólogos.»
Se refiere de nuevo al
asunto de El Nicandro en las siguientes palabras:
«¡Cómo creerá V. M. que
hay justicia para el Conde! Porque en un papel [El Nicandro] se dijo
rebozadamente una cosa que aun los mismos que se quejaron no la entendieron ni
supieron declarada, de un señor que públicamente fue preso por V. M. y murió en
la prisión, sin haberse hasta ahora satisfecho los gravísimos cargos que se
hicieron, se permitieron juntas públicas de Grandes, convocatorias de otras y
amenazas exorbitantes; y, finalmente, se ejecutaron graves sentencias en el
autor y sus cómplices, sólo porque el papel había salido en defensa del Conde;
y habiendo sido los escritos que ofendieron al Conde tantos y tan enormes que
tiembla la pluma de referir sus injurias, tan declaradas y desmedidas, se han
pasado todas con disimulación y silencio, no estando el Conde preso por V. M.,
ni habiéndosele hecho cargos ningunos, sino antes bien honrándole V. M. de buen
Ministro y publicándole por inocente. ¿Qué puede argüir esta diferencia y
oposición de acciones en la justicia, sino que son otras las leyes con que se
juzga al Conde y a los otros?»
Nuevamente insiste en
que el Rey prometió «una y dos veces» «no hacer novedad en el estado» del
Conde, aunque se retirase a Loeches y después a Toro. Por lo tanto, el expulsar
de Palacio a la Condesa y a sus hijos supone faltar a esta promesa, lo cual es
inadmisible, porque «sobre todas las promesas humanas es más grave y más
estrecha la obligación de una palabra real». Añade nuevas razones, muy
copiosas, para demostrar la necesidad que tiene el Rey de deshacer su yerro. Y
luego habla de los enemigos de Olivares así:
«Yo no podré traer los
principios secretos y singulares que podría el Conde, porque me son ocultos.
Pero, Señor, la voz pública del reino no sólo de los populares, sino de los
ministros y señores cuenta por enemigos declarados del Conde a Don Luis de Haro,
al Conde de Castrillo, al Duque de Híjar, al Conde de Monterrey y a fray Juan
de Santo Tomás y otros que asisten a V. M. Y a sus persuasiones y astucias
atribuyen todos los rigores que se han usado con el Conde. Fundamentos debe de
haber para que tan constantemente lo juzguen todos. Basta el no obrar con
fineza de amigos los que tenían tantas obligaciones para serlo...; el uno por
sobrino y heredero de su Casa; los otros por afinidad de hermanos, y todos como
beneficiados del Conde... Y aunque fray Juan de Santo Tomás no entre en este
orden, sábese ciertamente que ha concurrido a desviar de la gracia de V. M. al
Conde por medios inicuos que un teólogo medianamente docto, si no era
apasionado, no podía aprobar. Él fundó, con razones aparentes, habiéndole enviado
a Alcalá el confesor de Su Alteza, que debían ser creídas sus revelaciones de
que no habría buen suceso en la Monarquía de V. M. mientras el Conde y sus
ministros gobernasen y mientras fuese confesor de V. M. fray Antonio Sotomayor;
y que en retirándolos V. M. a todos, todos serían dichosos; de cuya verdad, el
tiempo presente es buen testigo, y de cuya credulidad está hoy juzgando el
Consejo Supremo de la Santa Inquisición y juzgamos muchos años ha de ser
[credulidad] vana muchos teólogos que fuimos consultados en la materia, y no lo
fundo aquí, porque creo que V. M. no ha dado crédito a ella. Él [Fray Juan] se
hizo amigo con el mayor enemigo que tenía nuestra religión, Pedro González
Galindo, con quien tuvo en Alcalá públicos encuentros indecentes, en que le
llevó [Galindo] estas revelaciones y un largo libelo contra el Conde y le
aconsejó que lo pusiese en manos de V. M.; estando este religioso desterrado en
Madrid por sus superiores, que conocían sus locuras, temeridad y pocas letras,
hizo que el Duque de Híjar, contra orden expresa de sus superiores, le llevase
a Zaragoza para escribir otros papeles horribles contra el Conde y fundar estas
revelaciones; y habiéndole, con preceptos y censuras [sus superiores], ordenado
por la desobediencia que saliese de Aragón y viniese a su colegio de Almagro,
le hizo [Híjar] detener y le detuvo en Aragón, hasta que acabase de escribir
las sátiras contra el Conde, obligando a los superiores que suplicasen a V. M.
le obligasen a venir a la obediencia.»
Se duele Martínez
Ripalda de que una historia tan mezquina como la de estas revelaciones de
González Galindo, manejadas por el Duque de Híjar y por fray Juan de Santo
Domingo, hayan podido conducir a la deshonra de un ministro como el
Conde-Duque. Después se refiere a la banalidad de los otros argumentos que se
dieron contra el Ministro; a saber: que los vasallos y los Grandes tributaban
de mala gana por enojo a Olivares, por lo que bastaría la salida de éste para
que creciese la generosidad de todos, y que la caída del Ministro iría seguida
de la sumisión de Cataluña y Portugal. Como estos efectos no se lograron, se
atribuyó a que Olivares estaba demasiado cerca de Madrid, y desde Loeches
seguía influyendo malévolamente sobre el Rey. Por eso se le alejó a Toro. Y
como todo continuaba mal, se expulsó de Palacio a la Condesa. El remedio de la
Monarquía no puede venir por pueriles e injustos procedimientos, pues las
desdichas del reino no se debían a culpas del Conde, sino a «imposiciones
decretadas por V. M. y aconsejadas de sus consejeros y ministros, y tan
inexcusables que después del retiro del Conde se conservan sin poderse
excusar». Además el Rey sabe bien que desde que salió de Palacio Olivares «no
ha tenido ni en Loeches ni en Toro parte alguna en las acciones de V. M., y
esta verdad debiera prevalecer contra la mentira para que V. M. no le
maltratase en su quietud, comodidad y honra».
Finalmente, alega
Ripalda que aun cuando no mereciese Olivares la atención del Rey por justicia,
la merecería por caridad, pues «no se puede negar que el Conde, con la ausencia
de V. M., está gravemente necesitado del favor y defensa de V. M., para su quietud,
para su honra y aun para su vida; pues se halla en el estado miserable de
congoja, de deshonra y pesadumbre que ponderamos. También que ha sido el amigo
más fino y más estrecho que V. M. ha tenido y el criado que más tiempo y con
más amor y trabajo le ha servido. Puede V. M., fácilmente, sin faltarse a sí y
a su dignidad real, excusarle tanta infelicidad como está padeciendo,
sirviéndose de favorecerle».
Y termina el Memorial
así:
«Concluyo, Señor, con
proponer a V. M. que aun cuando V. M. no se halle obligado a defender al Conde
es fuerza que él se sienta obligado en conciencia a defenderse, sin que pueda
haber sacrificio a Dios y a la obediencia de V. M. cuando él lo quiera de su
inocencia y reputación, sino que deba hacer todas las instancias posibles,
judiciales y extrajudiciales, por su reparo. Porque él se siente inocente en el
ejercicio de su ministerio y persuadido que, tolerando los castigos de culpado,
con los que sus émulos han querido persuadir al mundo, cede su tolerancia y
silencio en daño de terceros, de su mujer, de sus hijos, de su familia y de su
Casa, quedando no sólo en su vida, sino después de ella, perpetua, en la
posteridad y memoria de los hombres, la infamia de haber acabado en un
destierro y de haber sido tratado de un señor Rey piadoso y justo, que tanta
merced le hizo y a quien tanto sirvió, como delincuente y reo.»
«Así debe V. M. excusar
al Conde de las instancias que hiciera por su crédito y en defensa de su
inocencia. Pues, Señor, si es verdad que el Conde ha merecido a V. M. más
gracia que otro Privado alguno a su Rey..., habiendo mostrado... que concurren
tantas obligaciones graves de conciencia, así de justicia como de fidelidad, de
caridad y de agradecimiento para que V. M. le ampare en esta ocasión, no se
puede dejar de suplicar a V. M. ni de esperar de su gran piedad y equidad real
que la inocencia del Conde sea defendida de V. M., su honra reparada y sus
servicios, amor y celo premiados como merecen.»
APÉNDICE XXXII: Resumen
de los pleitos de sucesión del Conde-Duque (462 a 476)
HE dudado mucho si
incluir, como final de este estudio sobre el Conde-Duque, una relación
detallada de los pleitos que originó su sucesión, tan desaforados como la misma
vida del Valido. Decido no hacerlo, porque esa relación, aunque sucinta,
alargaría desmesuradamente mi libro, ya harto extenso. Y, además, porque el
detalle de lo sucedido en Consejos y Tribunales no afecta directamente a la
personalidad humana ni política del protagonista. Hay en la abrumadora
colección de legajos e impresos que he leído muchos datos que importan a la
vida de Don Gaspar y, sobre todo, a su enfermedad y muerte. Pocas veces en la
Historia los tristes detalles de una vida que se acaba, entre miserias de la
carne y del espíritu, habrán sido tan aquilatados, discutidos y desmenuzados,
con menoscabo incluso de la dignidad que dan la agonía y la muerte. Todos estos
detalles han sido aprovechados en el texto, en notas y acotaciones. Para los
genealogistas, estos documentos son venero inagotable de noticias; y por sus
viejas páginas, en efecto, se advierten las huellas del paso engolado de la
heráldica. Pero, salvo esto, la figura del Conde-Duque queda perfilada sin
necesidad de esta página leguleyesca, en la que asoma la codicia torva de unos
hombres y mujeres que se disputan la túnica del gran muerto, sin una palabra de
respeto para su memoria.
No obstante, deben
constar aquí las fuentes principales para los que quieran completar por sí
mismos estos conocimientos. El Conde-Duque otorgó su testamento en Madrid, en
16 de mayo de 1642, seguramente cuando, entre las primeras nieblas de su
demencia, creía ya aproximarse su fin político y mortal. Dejó el testamento
depositado; pero de él tenían, naturalmente, noticia Grajal, González, Lezama,
Carnero y otros hombres de su confianza, que figuran como testigos. Es, sin
embargo, extraño que con la absoluta compenetración que había entre él y su
mujer, nada supiese ésta de tal documento. Pero es evidente que no lo sabía. Y
una de sus doncellas, la que la asistía en su tocador en Toro, durante el
destierro, declara que con frecuencia expresaba su preocupación de que el
Conde, su marido, cuya vida declinaba a pasos vistos, pudiera morir sin testar,
con los inconvenientes que ello acarrearía a los legítimos herederos y con el
descrédito que para un hombre de su categoría y responsabilidad supondría esta
falta. Como tales preocupaciones las tendría Doña Inés, no sólo con sus
camareras, sino con su propio marido, el silencio de éste no puede
interpretarse más que como una grave falta de su memoria, de las muchas que
tenía ya.
Al agravarse Don
Gaspar, Doña Inés lo avisó a Palacio, y al enterarse Don Luis de Haro «mandó
hacer junta para examinar los derechos que tenía para suceder en los bienes y
estados del señor Conde». La Condesa conocía ya esta pretensión de Haro y la
temía, porque era el ministro omnipotente, y por experiencia sabía hasta dónde
llegaba el poder de un Privado de Felipe IV. Esto le hizo precipitarse para
obtener un poder del enfermo, cuyo estado de gravedad le impedía testar.
Llamaron, en efecto, al escribano Benavides, y éste redactó un poder a favor de
la Condesa, mediante el cual, ésta testó a nombre del difunto, en noviembre del
mismo año de la muerte (1645).
Los pleitos fueron dos:
uno de Don Luis de Haro contra la Condesa viuda reclamando la herencia de Don
Gaspar. Y otro, años después (1648 a 1700), entre los herederos de las Casas de
Leganés y de Medina de las Torres.
El primer pleito lo
fundaba Don Luis en su derecho a heredar a Don Gaspar, por ser el único
sobrino, ya que los Condes-Duques no tenían hijos legítimos (María había
muerto), y el heredero, según el testamento, Don Enrique Felípez de Guzmán, era
hijo bastardo. Según Novoa, Haro «probó en estrados que no era hijo del
Conde-Duque». Pero no es así, y en el capítulo 20 se han copiado las
declaraciones, por el contrario, favorables a la tesis contraria. El pleito se
deslizó suavemente. La bondadosa Doña Inés estaba siempre dispuesta a
transigir. En los folios del pleito consta una carta de ella hablándole del
pleito, ya en marcha, que es la mejor ejecutoria de su alma. «Yo llevo —dice a
su sobrino— el corazón en la mano, como lo verás y el tiempo te lo dirá; y así
te suplico con todo encarecimiento que lo creas, para mandarme muchas cosas de
tu servicio, que en cuanto yo alcanzare y pueda saber que es gusto tuyo,
siempre cumpliré con mi obligación. Dios te me guarde, como deseo y he
menester» (24 agosto 1645). En el testamento que la Condesa otorgó a nombre de
su marido hay también un párrafo afectuoso para Don Luis, en el que, conocedora
de que éste «tiene algunas pretensiones al estado de Sanlúcar, de lo que me han
dado un papel, aunque yo estoy informada por los mejores letrados de la Corte,
Valladolid y Sevilla, de que mi sobrino no tiene derecho ni justicia, por el
amor que le tengo y por ser sucesor de la Casa de Olivares y porque deseo se
continúe el amor y buena correspondencia que siempre hemos tenido, he dado
permiso para tratar medios y conciertos, y tengo resolución de concertarme,
aunque sea cediendo mucho de mi derecho». El Rey no quería tampoco que siguiera
el pleito, y envió a Loeches a sus secretario, Rozas, para concertar el
arreglo. Doña Inés vino a Madrid y habló con el Rey, en secreto, sobre el mismo
asunto, con gran escándalo de la Corte, que creyó que estaba intrigando para
volver a Palacio. Y Haro mismo fue a Loeches a «ajustar las diferencias, que
estaban acordadas del todo»; y si no se terminaron allí fue por culpa de Don
Luis, no de ella. En este pleito ayudó mucho, como siempre, a la Condesa, el
Padre Martínez Ripalda, que fue a Pamplona, donde estaba el Rey, para
informarle personalmente de la razón de Doña Inés. Tal vez esta actitud, frente
a la del favorito de entonces, Don Luis, le valdría las persecuciones que,
según vimos, tuvo por esta época.
La razón estaba, sin
duda, de parte de la Condesa en este pleito, que terminó por transacción.
El segundo pleito se
originó entre Don Diego Felípez de Guzmán, Marqués de Leganés, nieto del que
fue amigo del Conde-Duque, y Don Nicolás de Carrafa y Guzmán, Príncipe de
Astillano o Stigliano, hijo del Duque de Medina de las Torres; y a su muerte
sin sucesión lo continuó su media hermana Doña María Núñez Felípez de Guzmán, y
su marido Don Juan Claros Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, Duque de
Medina-Sidonia. El motivo del pleito fue que Leganés, al extinguirse la
sucesión directa de la Casa de Medina de las Torres, reclamaba para su Casa la
propiedad de los Estados de Sanlúcar la Mayor, Mairena, etc., que, en efecto,
le correspondía según el primer testamento del Conde-Duque, el de mayo de 1642.
No, según el testamento que otorgó la Condesa viuda. De aquí que el nudo del
pleito fuera la validez del primer testamento y nulidad del segundo.
Para hacer esta prueba
fue necesario reconstruir los últimos días y los momentos de la muerte del
Conde-Duque, haciendo declarar a infinitos testigos: a las familias, médicos,
criados, vecinos de Toro, monjas y frailes, etc. Aun contando con que habían pasado
unos años y muchos recuerdos estaban esfumados; aun contando con que las
declaraciones estaban artificiosamente orientadas por unos y otros litigantes;
aun contando, finalmente, con la inundación de prosa escribanil, que anega los
hechos, los cuales hay que extraer como objetos hundidos en el cieno,
limpiarlos e identificarlos; con todo ello, este pleito, venturoso para el
historiador, nos da una idea incomparable de la intimidad del gran ministro, de
su ambiente, de sus miserias y, en suma, de la verdad de su vida, que no
estaba, de ninguna manera, en los documentos oficiales ni en las biliosas
versiones de sus enemigos; y sí en estos testimonios depositados sin pensar en
la Historia. Gran parte de los datos nuevos que he aportado en este libro para
la reconstrucción de la figura de Olivares proceden de la lectura de los
pleitos.
Es evidente que el
testamento válido era el primero. Si pudiera objetársele validez hubiera sido
fundándose en una consideración que, en aquellos tiempos en que no existía la
psiquiatría sino en embrión, en que sólo se consideraba locos a los frenéticos,
no podía ocurrirse-le a nadie: en el hecho indudable a que este testamento de
1642 revela ya la anormalidad mental de su autor. A sus contemporáneos les
pareció disparatado. Ya hemos citado la sensata opinión del Padre R. Martínez,
en aquella frase perfecta: «El caballero que hizo este testamento gobernó
veintinueve años de Monarquía, en la misma forma que dispuso este legado. Tal
queda ella.» Y Novoa lo califica de «tan confuso y con tantas máquinas que no
se puede entender nada más que mudanzas de mercedes adquiridas con prosperidad
y dicha». ¡Ya era bastante que lo calificase de confuso el hombre de más
confusa pluma que escribió jamás! En nuestros tiempos, los expertos en
psiquiatría hubieran encontrado en las páginas de este documento, no motivos de
improperio, sino razones fundadas de la inicial, pero clara, demencia de su
autor.
Sólo la parte económica
es ya prueba de su falta de buen juicio. He comentado ya las mandas
disparatadas. El citado Padre R. Martínez calcula que «se necesitarían 10
millones para cumplir las mandas». Y a esto, ya grave, hay que añadir el
sentimiento de inmortalidad de su Casa, que se desprende de sus previsiones de
sucesión; la naturalidad con que manda al Rey que le pague las deudas; la
prolijidad epiléptica con que previene los más ínfimos detalles de las cosas y
con que agota las posibilidades de la descendencia, sin contar con la voluntad
de Dios, que debe limitar, en el hombre sensato, las previsiones para lo
futuro. Y en este caso la lección fue dura, porque el destino fue deshaciendo,
una a una y en plazo de años brevísimos, cuanto había maquinado la imaginación
exorbitada de Don Gaspar. Es también curiosa la frecuencia con que repite, a
veces, para las disposiciones más pequeñas, el «ordeno y mando», tan fuera de
lugar en un testamento, en el que debe dominar la idea de la muerte, maestra de
humildad. Hemos comentado, asimismo, la naturalidad con que habla de sus
posibles nuevos hijos legítimos: cuando él y Doña Inés estaban ya fuera de toda
previsión fecundante que no perteneciese a la esfera del milagro.
Pero descontado este
defecto del testamento, no había sino darlo por bueno, pues ninguna declaración
posterior lo anulaba. Sólo la ignorancia, extraña y ya comentada, que de él
tuvo la Condesa, justifica el que se arrancara el poder al Conde-Duque moribundo.
No es posible dudar la buena fe de Doña Inés, pues era fundamentalmente recta;
y, además, porque de haber conocido el primer testamento, lo hubiera destruido,
si lo quería modificar después. Pero, además, consta en varias declaraciones,
que estando ya en Loeches la viuda, el secretario Carnero habló del primer
testamento, y el Padre M. Ripalda exclamó: «¿Qué testamento?», y al explicarle
que había uno de tres años atrás, arguyó el jesuita: «¡Pues de saberlo, nos
hubiéramos evitado todo lo demás!» Se dijo por los impugnadores del segundo
testamento que Doña Inés, al saber esto, se sintió llena de escrúpulos y quiso
destruir el poder otorgado en Toro, para lo cual hizo venir a Loeches al
secretario Benavides, que lo había redactado; y como éste se negase a destruirlo,
hizo ir a Toro a su capellán, Don Diego de Araque, que fracasó también. Alguno
de los testigos, un tal Francisco de Hoyos Montoya, describe a la Condesa
tratando de sobornar a Benavides, enseñándole, en la pieza del palacio que da a
la plazuela, «dos espejos grandes y una alfombra turquesa», que luego metían en
su caja y los criados cargaban en la caballería de Benavides. Pero es todo
fantasía. De haberse arrepentido del segundo testamento, la Condesa lo hubiera
dicho. Era incapaz de lo contrario. Y en su testamento se refiere,
sencillamente, a que ha tenido tardíamente noticia de que su difunto marido
había testado con anterioridad; sin más comentarios.
Pero aun no habiendo
existido el primer testamento, la nulidad del segundo no puede ponerse en duda.
Es seguro, segurísimo, que el Conde-Duque estaba en plena demencia y en estado
de gravedad premortal cuando se hizo el poder a su esposa. Las declaraciones
sinceras de los criados no dejan lugar a duda; y lo confirman, aun a través de
la ficción intencionada, los que depusieron a favor de la integridad mental de
Don Gaspar cuando testó. Se les siente a resbalar ante el juez. Era, además, no
difícil hacer creer a sus espíritus simples que en aquellas horas de calma que
sucedieron al delirio y precedieron al sopor final, Don Gaspar había recobrado
la conciencia; tanto más cuanto que hablaban de oídas, pues el poder se otorgó
a puerta cerrada. Pero los detalles descriptivos y no los de interpretación son
inequívocos. El Conde-Duque ya no podía tragar; se reía cuando le daban la
pluma para firmar; escribía con ella sin mojarla en la tinta; y a cuantas
preguntas se le hacían repetía la misma frase estereotipada: «Mi mujer, mi
mujer.»
Los médicos se
dividieron en dos bandos: Don Lázaro de Lafuente y Don Francisco de Medina,
éste de cabecera, atestiguan la capacidad del enfermo. El consultor de fama,
Don Cripiano de Maroja, asegura que no, que estaba sin capacidad. Las razones
de unos y otros se fundan más en textos teóricos que en una observación y
exposición objetiva de los síntomas y situación del paciente. Pero el
convencimiento de que Maroja tenía razón es firme para el lector médico actual.
Se atacó mucho a Maroja
por este informe, como ya dijimos. Se dijo que su alegato contra el poder dado
en Toro, que favoreció a Leganés, le valió que éste, que era capitán general
del Estado de Milán favoreciera al hijo del doctor, Don Claudio Maroja, haciéndole
capitán de caballos. Esto no se pudo probar. No obstante, Maroja da la
impresión de un hombre poco formal. Como prueba de la eternidad de las
mezquindades profesionales citaré que hay una declaración de Don Antonio
Requena, catedrático de Anatomía de la Real Universidad de Valladolid, y, por
lo tanto, compañero de claustro de Maroja, en la cual refiere que cuando éste
regresó a Valladolid, de Toro, Requena le acompañó desde la plaza Mayor hasta
la puerta asegurándole que el Conde-Duque estaba, cuando otorgó el poder, en
perfecto estado mental. Es decir, lo contrario de lo que luego dijo en sus
declaraciones. Pero nuevas declaraciones de otros testigos afirman que este
Requena era «émulo, competidor y enemigo declarado del Doctor Maroja, y que en
diversas ocasiones hablaba y sentía mal de su crédito»; de suerte que dijo todo
esto para perjudicarle.
Los partidarios de
Leganés alegaron, en cambio, que el escribano Benavides, que hizo el poder,
como en conciencia no se decidía a dar por buena aquella farsa con un
moribundo, había sido seducido con grandes regalos, entre ellos una tapicería
con la vida de Gedeón, una gran alfombra, una chocolatera de plata con seis
jícaras y un reloj. Entre estas dádivas y las que luego le dieron en Loeches,
ya referidas, debió poner su casa a la última moda. Pero, desde luego, nada de
esto se probó.
Es inútil seguir las
incidencias del pleito, que se decidió a favor de Leganés y fue Duque de
Sanlúcar. Al morir si sucesión, el título pasó a su sobrino, Don Antonio Gaspar
Osorio de Moscoso, y luego a sus sucesores.
El título de Conde de
Olivares correspondía a Don Luis de Haro y pasó a sus sucesores hasta su nieta
Doña Catalina Méndez de Haro, que casó con Don Francisco Álvarez de Toledo, X
Duque de Alba, uniéndose, a partir de este matrimonio, los títulos de Alba y
Olivares, hasta el Duque actual, XVIII de Alba y XIV de Olivares.
Algún autor reciente
llama, con justicia, la atención sobre la impropiedad de llamar a Don Gaspar de
Guzmán «Conde-Duque de Olivares», pues era Conde de Olivares y Duque de
Sanlúcar. Pero sus mismos contemporáneos lo hicieron así, y no vale la pena de
cambiar, por un detalle heráldico, la magnífica realidad popular de este
nombre. Al separarse los dos títulos —Olivares, en Haro, y Sanlúcar, en
Leganés— desapareció la razón del nombre «Conde-Duque», hasta que por Real
orden del 13 de enero de 1882 se confirmó oficialmente la denominación de
«Conde-Duque de Olivares» al XVI Duque de Alba, padre del actual. En estos dos,
por lo tanto, está oficialmente justificado el título de Conde-Duque, aunque
con un contenido diferente que en Don Gaspar, que lo ostentó por voluntad del
habla de las gentes: que tiene también su autoridad.
APÉNDICE XXXIII: Nota
sobre los cuadros de Rubens, de la iglesia de Loeches
HAY una descripción de
la iglesia y sus cuadros, admirable, como todas las suyas, en Ponz [(219),
1-264]. La considera como «una de las iglesias más ricas en pinturas de cuantas
he visto en España». Supone que la arquitectura sea obra del Marqués Crescenci.
Enumera y describe los cuadros que eran: cuatro, pequeños, apaisados, en el
banco del altar mayor. Sobre este banco, dos cuadros muy grandes, que
representan, uno El triunfo de la Religión y otro a Abraham y Melquisedec. En
el lado de la Epístola, otro cuadro, muy grande, representando a los Cuatro
doctores de la iglesia con Santo Tomás, San Buenaventura y Santa Clara. Al lado
del Evangelio, otro de igual tamaño, con los Cuatro Evangelistas. Los bocetos
de estos cuadros dice que estaban en el Palacio del Buen Retiro y en el
Alcázar. En el crucero de la iglesia había dos lienzos más: Elias y el ángel y
El pueblo de Israel recibiendo el maná. Alguno de los lienzos estaba en mal
estado. A todos los reputa como «de lo más bello que puede verse de aquel célebre
artífice». Supone que los pintaría Rubens, antes o después de su embajada en
España por encargo del Valido. Ya dijimos que fueron encargo y regalo del Rey.
En otro de los altares había una Adoración de los Reyes Magos, atribuida al
mismo Rubens; pero supone Ponz que era de otra mano, aunque retocada por el
maestro. En otros dos altares colaterales había dos copias, una de la Sacra
Familia, de Andrea del Sarto, de la sacristía del Escorial, y otra de la
Piedad, de Rubens, de la Sala capitular del mismo Monasterio, hechas por
«alguno de los grandes artífices que tuvo Felipe IV a su servicio». En la
sacristía había: dos hermosas copias de los Veronés del Escorial; dos Básanos;
un gran Ticiano; otros de dos que no califica; cuatro de la escuela de Voss, y
un probable Tintoretto. Califica este conjunto como «bastante para hacer
sobresaliente la galería de cualquier Príncipe». Le dijeron a Ponz que en la
clausura había más.
En Ford [(95), 11-882]
leemos noticias sobre la suerte ulterior de estas pinturas: «En 1807 Mr.
Buchanan encargó a Mr. Wallis que le comprase cuadros en España; y éste
adquirió de las monjas de Loeches seis de estos cuadros por 600 libras. Mas
habiendo entrado por estos días las tropas de Bonaparte en Madrid, los paisanos
de Loeches tomaron al comprador por francés, y antes de serle entregados los
cuadros tuvo que huir del pueblo, donde le querían ahorcar. Suplicó entonces al
general Sebastiani que le ayudase y éste, según el mismo Mr. Buchanan me ha
referido, puso a su disposición sus bayonetas, a condición de quedarse él con
dos pinturas. Fueron, pues, sacados a la fuerza de Loeches, y Sebastiani,
haciendo de león ante la presa, se llevó los dos más hermosos, uno de ellos el
Triunfo de la Religión (que no era, ciertamente, el del octavo mandamiento),
que vendió luego al Gobierno francés en 30.000 francos, y está hoy en el Museo
del Louvre. Las otras cuatro pinturas no tardaron en atentar a otro mandamiento,
el décimo o, empleando la elegante paráfrasis de Mr. Buchanan, atraían mucho la
atención del Gobierno de Bonaparte, por lo que Mr. Wallis creyó prudente
colocarlos bajo la protección del ministro de Dinamarca, Mr. Bourke, el cual,
por desgracia, no estaba tampoco muy fuerte de virtudes, y los vendió, por su
cuenta, a Lord Grosvenor, en 10.000 libras; pero, al fin, se quedó sin los
cuadros y sin dinero. [Véase Buchanan (49), 11-222, que da curiosos detalles de
cómo se hacían las colecciones con oro inglés, latón corso y hierro francés.]
Sebastiani, en 1814, cuando los acontecimientos empezaban a ir mal, ofreció a
un señor inglés lo que él llamaba su colección de 75 cuadros, por 11.000
libras. Se le ofrecieron también a Jorge IV, que no podía pagarlos porque se
había gastado el dinero agasajando a los Reyes aliados suyos. Algunos de estos
lienzos fueron comprados por los Señores Watson y Taylor y Alex Baring.»
Hoy, la iglesia muestra
un aspecto digno y modesto, con copias de poco valor en lugar de las antiguas
obras de arte. Pero su tesoro, el que nadie le podrá quitar, está en su
Historia.
APÉNDICE XXXIV:
Correspondencia entre Don José González y Felipe IV sobre la salida de Palacio
de la Condesa de Olivares (374)826
PRIMERA carta: «Señor:
Anoche di cuenta a V. M. de lo que me pasó en la diligencia con la Condesa de
Olivares. Esta noche me envió a llamar; hállela levantada y encerrada en su
aposento, tan traspasada, que se veía no haber hecho otra cosa en toda la noche
más que llorar. Dióme la carta inclusa para V. M. y dióme a entender que desde
Loeches escribiría a V. M., porque su desamparo era tan grande, que si ella
faltase de donde pudiese socorrer al Conde moriría de necesidad; pero
resignándose en todo a la voluntad de Dios y de V. M. Díjela hoy la merced que
V. M. le hacía en que conservase los gajes y emolumentos de sus oficios,
respondiéndome con suma estimación, y que esperaba de la piedad de V. M. y
grandeza se los conservaría, pues no había merecido pena tan grande y tan
grande deshonor y tan nuevo en la casa real. En éstas y otras pláticas y
llantos se pasó hasta las ocho, que yo me bajé al cuarto, y la Condesa quedó
para ponerse en el coche. Salió estando yo en el cuarto, en la forma que otras
veces solía ir a Loeches, llevando consigo a Doña Juana de Velasco, y esta
noche he tenido el papel incluso, escrito en Loeches. La Condesa, con grande
entendimiento, se ha habido en esta acción; y, de mi parte, he obrado cuanto he
podido entender para que esta acción tan grande y tan sensible se ejecutase tan
aprisa y tan sin ruido y con tanto secreto como V. M. puede servirse de
considerar. Tengo por cierto que la Condesa queda sentida de mí; del modo no
podría jamás quejarse, y la substancia de la resolución no la podía yo variar.
Esta noche respondía a su papel haciéndola instancia para que escriba a la
Reina, nuestra señora, mañana. Lo que esto hiciese de la Reina, nuestra señora,
lo entenderá V. M., y tengo por cierto que la Condesa está tan resignada que
entiendo cumplirá las órdenes de V. M. Esta mañana me dijo que mañana había de
escribir al Conde dándole cuenta de todo y dando a entender que sólo la gran
veneración que tiene a V. M. le había podido obligar a hacer una acción tan
grande, que por ventura sería la primera que se había hecho en Castilla sin dar
cuenta al Conde ni a sus parientes. Y confieso a V. M. que la Condesa no
discurre sin fundamento, porque ella me decía ayer que estaba llana en hacer lo
que V. M. mandara, pero que primero debía dar cuenta a su marido y a sus
deudos. Yo la reconvenía con el secreto y con el mandato de V. M.; y nunca se
le podrá negar el mérito que ha ganado con esta resignación en lo más sensible
que hay en este mundo. Yo he despachado esta noche la de V. M. para el Conde y
yo le he escrito cuanto he sabido para que temple el sentimiento y disponga la
ejecución de lo que V. M. manda. He cumplido esta parte como mi primera y mayor
obligación, que es el servicio de V. M., y aunque yo me mortifico harto en que
nuevas de tanta pena le vayan por mi mano, y sé que lo ha de sentir vivamente,
la ejecución de las órdenes de V. M. siempre tendrá en mí el infalible
cumplimiento que se debe. Vuelvo a poner en las reales manos de V. M. la
segunda carta que V. M. se sirvió de enviarme para la Condesa, para en caso de
que no cumpliese la primera. Y de lo que hoy el Conde respondiese daré cuenta a
V. M., y en todo ejecutaré lo demás que V. M. se sirviese mandarme. En Madrid,
3 de noviembre de 1643. —Licenciado, José González.»
Respuesta del Rey: «He
recibido el papel del 3 y éste en que me dais cuenta de lo que os pasó con la
Condesa y os agradezco el modo con que habéis ejecutado mi orden. Siempre
entendí que la respuesta de la Condesa sería la obediencia, pues no se había de
persuadir que me movía yo a esta resolución sin tales fundamentos Que no fuese
posible volver atrás. La Reina me escribe que la Condesa le ha pedido licencia
por unos días diciendo que no está buena, y esto no es conforme a mi orden, y
antes parece que esto es tomar tiempo para consultar la materia. Sentiría mucho
que las súplicas me obligasen a tomar otro camino. Y así os encargo que
procuréis que se ejecute mi primer orden para que se evite el ruido que pudiese
cualquier resistencia, supuesto que se ha de ejecutar mi resolución.»
(Rubricado.)
Segunda carta: «Señor:
Tengo dada cuenta a V. M. de todo lo que ha pasado con la Condesa de Olivares y
de la resolución que tomó de obedecer en todo a V. M. y escribir a la Reina,
nuestra señora, como lo hizo, y partir a Toro. Y en cumplimiento de esto estoy
previniendo su partida, y, según lo que me escribe, se partirá el sábado, si no
la detiene el carruaje. Yo hago cuanto me es posible para ayudar a su avío, y
en esto no se perderá un punto, por lo que mira a lo que yo puedo obrar. El
correo que fue a Toro llegó aquí anoche después de medianoche y el Conde de
Olivares me remite la carta inclusa para V. M. A mí me escribe una carta de dos
pliegos. Si V. M. fuere servido de verla la pondré en manos de V. M.: que lo
dejo de hacer [ahora] por no fatigar ni cansar a V. M. Para que V. M. vea la
prisa que da la Condesa pongo en manos de V. M. la que me escribe. Yo he
buscado dos mil ducados, que es lo más, y estoy dando garrote a los criados
para que le lleven carruaje. Estando las cosas en este estado no parece necesario
que vea la que V. M. se sirve decir en respuesta del papel del 8; pero si fuere
necesario lo ejecutaré y en todo lo que entendiese que más conviene al servicio
de V. M., cuya católica y real persona guarde Dios, como sus reinos y toda la
cristiandad ha menester. Madrid, 12 de noviembre de 1643. —Licenciado, José
González.
Respuesta del Rey:
«Agradézcoos el cuidado con que habéis dispuesto esto, que es muy conforme al
cuidado con que me servís. Hoy respondí a la Condesa y también al Conde.
Remitireisles las cartas y me enviaréis la que el Conde os escribe, y no hay
para qué mostrar a la Condesa lo que os ordené la dijeseis, pues ya no es
necesario.» (Rubricado.)
Tercera carta: «Señor:
Acabo de llegar a Loeches y sin el cuidado con que fui. La Condesa tuvo
resolución de salir el sábado e irse a aguardar a la gente a la Torre de
Lodones. Reparó en que esta detención podía ocasionar muchos recursos, y esto y
prevenir una cama en que dormir en el camino y ajustar sus criados la han
detenido y di cerne que con gran sentimiento suyo, porque quisiera no retardar
un punto el cumplimiento de la orden de V. M. Ha quedado ajustado que el
miércoles saldrá de aquí, digo de Loeches; y que lo ejecutará sin falta, y en
esta conformidad se dispone todo, con que en esta parte no habrá que obrar. Yo
iba resuelto de intimidar a la Condesa la última orden de V. M., y como la he
visto con esta resolución lo he dejado de hacer, y porque ella está tal que
será harto si no se queda en el camino. Dícenme sus criados que no duerme ni es
posible hacerla comer; todo es llorar y todo congojas. Díjome que a ninguno de
los papeles que había remitido por mi mano a V. M. había tenido respuestas. Respondila
que esto no era señal de la merced que V. M. la hacía, pues no pudiendo V. M.
ceder a la resolución, excusaba V. M. contristarla más. Con el papel que V. M.
la remite ahora juzgo que se ha de alentar y consolar y yo la adelantaré el
gusto que tendrá con esta noticia, porque la tendrá mañana muy temprano. La
Condesa me dio el papel incluso para V. M. Preguntóme si pediría licencia a la
Reina, nuestra señora, para que Don Enrique y Doña Juana se despidiesen y
besasen la mano a V. M. Yo le dije que absolutamente lo excusase, porque
supuesto que la primera orden de V. M. había sido que la Condesa y Doña Juana
saliesen juntas y sin despedirse, no cabía en esta orden volver a despedirse, y
quedó en esto. A la Condesa asisten el provincial de los Capuchinos y el
guardián del convento de la Paciencia, y estarán con ella hasta que parta el
miércoles. Esto es todo lo que se ofrece y doy cuenta a V. M. tan menudamente
para que a V. M. no le falte ninguna noticia. Guarde Dios la real y católica
persona de V. M., como sus reinos y toda la cristiandad ha menester. Madrid, 15
de noviembre de 1643. —Licenciado, José González.»
Respuesta de Su
Majestad: «Quedo advertido de lo que me representáis y os agradezco y apruebo
todo lo que habéis hecho en cumplimiento de mis órdenes. Con cuidado me deja lo
que me decís de lo afligida que quedaba la Condesa, aunque fío en Dios la dará
salud, pues va a hacer compañía a su marido.» (Rubricado.)
Cuarta carta: «Señor:
Acabo de recibir el papel de V. M. con otros más para el Conde y la Condesa de
Olivares y ambos se los remitiré, viaje de la Condesa de Olivares camina con
todas prisas. Yo hago santos oficios puedo para adelantar y ganar las horas y
ella lo solicita y desea sumamente; pero el movimiento de estas dos casas han
sido necesidad de tiempo y afirmo a V. M. que una y otra están desabrigadas de
criados que no hay hombre que dé un paso; tal en el mundo. Marcos de
Inestrillas tenía a su cargo toda la ropa Conde y la estaba componiendo para
cargarla y esta mañana sobrevino el accidente de haber muerto a puñaladas a su
mujer, con 1o que hemos perdido el día, porque ha sido necesario descerrajar
puertas y cofres, y no hay razón de nada que aun hasta en esto ha hecho suerte
la fortuna. V. M. esté cierto que cada hora es para un año y que hasta haber
despachado a la Condesa no reposaré y no volveré a escribir a V. M. hasta que
lo haya conseguido y ejecutado. Hoy remití a la Condesa la que tuve anoche para
ella de V. M., con que se habrá adelantado, y lo había menester; y con la que
le remitiré mañana, vivirá. Dios guarde a V. M. infinitos siglos por la
grandísima piedad que V. M. usa con ella. Por obedecer a V. M. pongo en sus
reales manos la que el Conde me escribió. Suplico a V. M. no admire lo que
dice, sino lo que deja de decir. El Conde está persuadido que en este último
lance ha perdido no sólo la honra, sino la de su casa; y lo que es sobre todo:
que su mujer y su hijo faltan de los reales pies de V. M., con que lo han
perdido todo. Juzga que ha servido a V. M. con amor y fidelidad y con estos
presupuestos le hace discurrir el dolor y es harto que no haya perdido el
juicio. Y débese mucho ponderar que en un aprieto tan grande muestra una
confianza en la piedad y justicia de V. M., que yo creo que sólo esto le
mantiene, y con la merced que V. M. le hace respondiéndole a su carta tomará
diferente aliento y ésta es acción muy digna de la grandeza de V. M. Yo beso a
V. M. infinitas veces los pies por las honras y mercedes que V. M. me hace
queriéndose V. M. servir de esta hormiga. Espero en Nuestro Señor me ayudará
para que acierte, siendo cierto que por lo más mínimo del servicio de V. M.
aventuraré mi vida y muchas que tuviera. Dios guarde la católica y real persona
de V. M., como sus reinos y toda la cristiandad ha menester. Madrid, 16 de
noviembre de 1643.— Licenciado, José González.»
Respuesta del Rey:
«Estoy muy cierto de lo que me representáis y no dudo que se ejecutará presto
la ida de la Condesa, que bien veo que hay estorbos que no se pueden vencer
fácilmente. He visto el papel del Conde, que os devuelvo, y verdaderamente que
si se pusiera el negocio en disputa creo tuviera muchas razones para rebatir
las que el Conde da y no sé si sus mayores amigos se conformarán en que se
recibiese esto a justicia; pero como vos conocéis las aprensiones vehementes de
la condición del Conde no os espantaréis de lo que ha dicho. En todo lo que
pudiere no dejaré de asistirle, por los muchos años que me ha servido.»
(Rubricado.)
Quinta parte: «Señor:
Anteayer y hoy he recibido tres pliegos de V. M. en que han venido dos papeles
para la Condesa de Olivares. El primero lo remití anteayer y el que ha venido
hoy irá mañana con propio, por el consuelo grande que recibe con esta tan singular
merced. Hoy creo que ha pasado el puerto y en esta materia no me resta otra
cosa que ejecutar. Guarde Dios la real y católica persona de V. M. como la
cristiandad ha menester. Madrid, 21 de noviembre de 1643. — Licenciado, José
González.»
Respuesta de su
Majestad: «Quedo advertido.» (Rubricado.)
APÉNDICE XXXV: Carta
del Conde-Duque de Olivares al Arzobispo-Obispo de Sigüenza827 (347)
NUESTRO SEÑOR por su
infinita bondad se ha servido de usar conmigo, con tan larga mano, de sus
misericordias que me ha puesto en estado de no poder atender a otra cosa que a
su mayor servicio, al del Rey nuestro Señor y al del bien público, no
habiéndome dejado en esta vida en qué poner el corazón. Y como quiera que
viendo muerto cuanto Nuestro Señor me había dado en esta vida, es fuerza que
llegue a pensar que cerca me hallo de hacer esta misma jornada; y querría
verdaderamente este poco tiempo que me queda, asistir por mi parte, con
particular desvelo, a cuanto mira a las obligaciones dichas y más
particularmente a las causas de mayor piedad. Y si bien no dudo en ninguna
manera que V. S. I. enteramente acude a cuanto debe al servicio de Nuestro
Señor, de Su Majestad y a todos los otros ministerios que le tocan, fío tanto
de la merced y favor particular que V. S. I. me hace, que por esta particular
consideración espero aún que V. S. I. se servirá por darme este mérito delante
de Nuestro Señor, en descuento de tantas y tan graves culpas como he cometido,
para que pueda representar particulares finezas en esta parte a que aún no
llega a obligar el ministerio; y así suplico a V. S. I. se sirva de hacerme
favor y merced y piedad de procurar con suma instancia que se cuide infinito de
la enmienda de los vicios y castigos de los pecados, particularmente a los
eclesiásticos; y que la decencia y ornato del culto divino sea en la
jurisdicción de V. S. I. el que debe desear; para lo cual suplico a V. S. I. se
sirva de avisarme lo que será menester en materia de hacienda para que yo acuda
a ello por los caminos que pudiere; y ante todas cosas suplico a V. S. I. se
sirva guardar secreto de esta carta porque mi deseo es de descargar mi
conciencia y ver si puedo hacer algún servicio a Nuestro Señor antes de mi
muerte y no querría descaminarle con vanidades inútiles. Dios sea conmigo y
guarde a V. S. I. como deseo. Madrid, a 30 de Septiembre 1628. Suplico a V. S.
I. se sirva de hacerme en esto no sólo la última sino la mayor merced que en
esta vida puedo recibir ni he recibido jamás de nadie y el secreto sobre esto.
El Duque Gaspar de Guzmán. [La firma y las líneas de posdata, autógrafas del
Conde-Duque.] Sobre escrito: Señor Arzobispo-Obispo de Sigüenza. De Señor
Duque-Conde de Olivares. Madrid, 30 de Septiembre de 1628.
RETRATOS
1.— Felipe IV. Grabado
de Villafranca, fechado en 1664. Biblioteca Nacional de Madrid.
Don Gaspar de Guzmán y
Pimentel, Conde Duque de Olivares. Grabado de la obra Españoles Ilustres.
Archivo Espasa Calpe.
El Conde Duque de
Olivares. Grabado de Velázquez. Biblioteca Nacional.
Conde Duque de
Olivares. Grabado de Paul Pontrus según un retrato de Velázquez y orlas de
Rubens. Archivo Espasa Calpe..
Retrato ecuestre del
Conde Duque. Óleo de Velázquez. Museo del Prado.
Retrato del Conde Duque
de Olivares en la obra de José Lainez titulada El privado cristiano. Grabado de
Juan de Noort en 1641. Archivo Espasa Calpe.
Don Gaspar de Guzmán.
Biblioteca Nacional.
Enrique Felipe de
Guzmán, hijo bastardo del Conde Duque de Olivares. Archivo Espasa Calpe.
Doña Inés de Zúñiga y
Velasco Condesa de Monterrey. Esposa del conde-duque de Olivares. Museo Lázaro
Galdiano.
BIBLIOGRAFÍA
EN esta nota no
pretendo, naturalmente, agotar la bibliografía olivarense. Me refiero sólo a
los libros y documentos directamente consultados por mí, que han servido para
la preparación de este libro.
La divido en una Parte
general, en la que se incluyen los libros y documentos publicados y de acceso
corriente al lector, y una Parte especial, que comprende los documentos
manuscritos, inéditos o no, y los publicados en sitios no fácilmente
accesibles.
Aprovecho la ocasión
para testimoniar mi agradecimiento a las personas que me han facilitado la
consulta de documentos difíciles de obtener, y de un modo muy especial a los
señores Alba (Duque de), de cuyo inapreciable archivo hay tantas citas en este
libro; Allende Solazar (Juan) (t), al que debo interesantes documentos e
indicaciones iconográficas; Almazán (Duque de) (t), cuya Casa posee, y puso a
mi disposición, el importante archivo de la Casa de Híjar; A. G. de Amezua, que
me ha prestado liberalmente sus copiosos ficheros de la época de los Austrias;
Ballesteros (Antonio) (t), bibliotecario de la Academia de la Historia y
poseedor de una admirable librería histórica; G. del Campillo, docto director
del Archivo Histórico Nacional; Casa-Torres (Marqués de). Le debo también datos
y noticias muy interesantes; Castañeda (V.), secretario de la Academia de la
Historia; Caturla (María Luisa), que generosamente me ha comunicado nuevos
datos que se citan en el texto; García Armesto, eruditísimo capellán de las Descalzas
Reales, de Madrid; Infantado (Duque del) (t); Jiménez Placer, director del
Archivo Municipal de Sevilla; P. La Pinta, cuyos copiosísimos conocimientos
sobre la Inquisición me ha comunicado generosamente; Laplana (Ilmo. Señor),
Obispo de Cuenca (t), que me permitió estudiar el Archivo de la Inquisición de
su diócesis; Lázaro Galdeano (t), que puso a mi disposición sus famosas
colecciones de libros y cuadros; Massa, director del Archivo de Simancas;
Montoto (Santiago), ilustre bibliófilo sevillano; Moreno Mornson (R.) (t), de
cuyo fichero heráldico he aprovechado gran número de notas; los señores Paz,
Latorre (t) y Longas, el primero archivero de la Casa de Alba, y los tres
doctísimos jefes de la Sección de Manuscritos de la Biblioteca Nacional, de bondades
ilimitadas hacia mí; Rodezno (Conde de), que me ha proporcionado la
correspondencia entre Felipe IV y González; Sampedro (Duque de) (t), que me
permitió investigar el archivo de la Casa de Torrecilla; Saltillo (Marqués
del), al que debo documentos y noticias importantes; J. Tamayo, director del
Archivo de Indias, de Sevilla; Sir. H. Thomas, del British Museum de Londres, y
P. Zarco Cuevas (t), inolvidable bibliotecario del Monasterio de El Escorial.
En esta edición la
bibliografía queda ampliada con las obras aparecidas desde 1936 y con las
nuevas lecturas de publicaciones anteriores, sobre todo las consultadas durante
mi estancia en París (1936-1942)828.
I Bibliografía General
(1) AARSENS de
Sommerdyk, F.: Véase Brunel.
(2) Aedo, D. de: Viaje
del Infante Cardenal D. Fernando de Austria., Bruselas, 1635. Edic. francesa de
Anvers, 1635, y otra de Madrid, 1637. La dedicatoria al Conde-Duque, sólo en la
primera edición.
(3) Alcedo, Marqués de:
Olivares et l’alliance anglaise, Bayonne, 1905.
(4) Almazan, Duque de:
Historia de la Montería en España, Madrid, 1934.
(5) Alonso, D.: Poesía
Española, Madrid, 1950.
(6) Alonso Carranza, I.
P.: Discurso contra malos trajes y adornos lascivos, Madrid, 1636.
(7) Alonso Cortés, N.:
La muerte de Villamediana., Valladolid, 1928.
(8) Allende Salazar,
J.: Notas al volumen Velázquez, de la Coleción «Klassiker der Kunst», IV Auf.
Berlin und Leipzig, 1925.
(9) Allende Salazar,
J., y Sánchez Cantón, F.: Retratos del Museo del Prado, Madrid, 1919.
(10) Amador de los
Ríos, J.: Historia de la Villa y Corte de Madrid, Madrid, 1861.
(11) Amezua, A. G. de:
Edición crítica de El casamiento engañoso y El coloquio de los perros, Madrid,
1912.
(12) Amezua, A. G. de:
Un escritor olvidado: El Dr. D. Juan Enríquez de Zúñiga, «Boletín de la
Biblioteca de Menéndez y Pelayo», 1932 (tirada aparte).
(13) Amezua, A. G. de:
Un enigma descifrado. El raptor de la hija de Lope de Vega, Madrid, 1934.
(14) Amezua, A. G. DE:
Lope de Vega en sus cartas. Introducción al Epistolario de Lope de Vega Carpió,
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(15) Amezua, A. G. de:
Prólogo a la edición de El Nicandro o defensa del Conde-Duque de Olivares
(1643), La Arcadia, Madrid, 1950.
(16) Antolín, P. G.:
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(17) Arbeloa, A.: La
doctrina de la predestinación y de la gracia eficaz en Juan Martínez Ripalda,
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(23) Azaña, M.:
Grandezas y miserias de la Política, Madrid, 1934.
(24) Balboa y Paz, F.
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Conde-Duque, Nápoles, 1635. (Está dedicado a la Condesa de Monterrey.)
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Síntesis de la Historia de España, 2.a edición, Madrid, 1924.
(26) Ballesteros, A.:
Historia de España y su influencia en la Historia Universal, IV, 1.a parte,
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(27) Barbieri, F.:
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(28) Barcia, A. M. de:
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(29) Barrera, C. A. de
la: Introducían a las Poesías de D. Francisco Rioja, Madrid, 1867.
(30) Barrera, C. de la:
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t. I, Madrid, 1890.
(31) Barrionuevo, J.
de: Avisos. «Col. Esc. Esp.», 3 tomos, Madrid, 1892.
(32) Bartolomé de Santa
María: Devoción al Patriarca San Joaquín, promovida y atendida con asombrosos
sucesos en la vida, virtudes y milagros del Venerable Hermano Carmelita Juan
Jesús San Joaquín, Pamplona, 1929.
(33) Bassompierre, M.
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(34) Bataillon, M.:
Erasme en Espagne, París, 1937. Hay edic. española, Buenos Aires, 1951.
(35) Benicio Navarro,
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(41) Bofarull, A.:
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(42) Boix, F.: La
estampa dedicada por Rubens al Conde-Duque de Olivares y el perdido retrato
ecuestre de Felipe IV, pintado por el mismo artista durante su segundo viaje a
España, «Arte Español», 1924-XIII-93.
(43) Boix, F.:
Introducción al Catálogo de la Exposición del Antiguo Madrid, Sociedad de
Amigos del Arte, Madrid, 1926.
(44) Boix, F.: Los
recintos y puertas de Madrid, «Arte Español», 1926-1927-VIII-272.
(45) Bouvier, R.:
L’Espagne de Quevedo, París, 1936. fl*?s"
(46) Bouvier, R.:
Philipe IV et Marie d’Agreda, París, 1939.
(47) Brunel, A. de
(atribuido por algunos a Aarsens de Sommerdyck): Voy age d’Espagne, Cologne,
1666.
(48) Brusola, R. J.: En
la Corte de Felipe IV, «Ilustración Esp. y Americana», 1879-270 y 294.
(49) Buchanan: Memoires
of Painting. Cit. de Ford (95).
(50) Bueno, M.: Tesoros
ignorados, «ABC», 30 noviembre 1934. (Alusiones al Conde-Duque: «¿Podría el
monárquico más entusiasta defender la política de un Lerma o de un Olivares?»).
(51) Caja de Leruela,
M.: Discurso sobre la principal causa y reparo de la necesidad común, carestía
general y despoblación de estos reinos, Madrid, 1627. Resumen por el P. Zarco
(294).
(52) Calvo Alaguero,
G.: Historia de la muy noble, muy leal y antigua ciudad de Toro. Con noticias
biográficas de sus más ilustres hijos, Valladolid, 1909.
(53) Cánovas del
Castillo, A.: Historia de la decadencia española, Madrid, 1854.
(54) Cánovas del
Castillo, A.: Lista alfabética y por material de las papeletas que para la
redacción de un catálogo se encontraron en la biblioteca del excelentísimo
señor Don Antonio Cánovas del Castillo, 3 volúmenes, Madrid, 1903.
(55) Cánovas del
Castillo, A.: Estudio del reinado de Felipe IV, Madrid, 1888, segunda edic,
«Col. Esc. Cast.», 2 volúmenes, Madrid, 1927.
(56) Cánovas del
Castillo, A.: Bosquejo histórico de la Casa de Austria. Edición de Pérez de
Guzmán, Madrid, 1911.
(57) Capmani, A.:
Origen histórico y etimológico de las calles de Madrid, Madrid, 1863.
(58) Carderera, V.:
Catálogo y descripción sumaria de retratos antiguos coleccionados por Don
Valentín Carderera y Solano, Madrid, 1877.
(59) Caro, R.:
Antigüedades y Principado de la Ilustrísima Ciudad de Sevilla y Chorographia de
su Convento Jurídico o antigua Chancillería, Sevilla, 1634.
(60) Cas A val: Carta
sobre los hechizos que el Conde-Duque de Olivares dio al Rey Felipe IV, «Rev.
de España», 1868-1-92.
(61) Castañeda, V.: La
biblioteca del Marqués de Moya. Notas sobre el arte de la encuadernación en
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(62) Castro, A. de: El
Conde-Duque de Olivares y el Rey Felipe IV, Cádiz, 1846.
(63) Céspedes, G. DE:
Historia de Don Felipe IV, Rey de las Españas, Barcelona, 1634.
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procesos de hechicería de Castilla la Nueva (Tribunales de Toledo y Cuenca),
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procede du style du Francisco Meló, «Bull. Hisp.», 1902-IV-163.
(66) Clary, Fr. de:
Philippiques contre les bulles et autrespractiques de la faction d’Espagne,
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(67) Colmeiro, M.:
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(68) Coloma: Cancionero
de obras nuevas, 1604.
(69) Cotarelo, E.: El
Conde de Villamediana, Madrid, 1886.
(70) Cotarelo, E.: El
hijo del Conde-Duque, Madrid, 1912.
(71) Cotarelo, E.: La
descendencia de Lope de Vega, «Bol. R. Academia Historia», 1915-11-21 y 137.
(72) Cotarelo, E.:
Sobre quién fuese el raptor de la hija de Lope de Vega, «Rev. de la B. M. y
Arch. del Ayuntamientos de Madrid», 1926-III-1.
(73) Cousin, V.: Madame
de Chevreuse et madame de Hauteport, París, 1856.
(74) Croce, B.: Storia
del Regno di Napoli, Bari, 1925.
(75) Cruzada Villamil,
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(77) Chacón, P.:
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(78) Deleito, J.: El
Rey se divierte, Madrid, 1928.
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Madrid es Corte, Madrid, 1942. Véase toda la serie, hasta ahora de siete
volúmenes, titulada La España de Felipe IV.
(80) Desdevises du
Dezert, G.: Mélanges littéraires publiés á l’occasion de la création de la
Faculté de Clermont-Ferrand, Clermont-Ferrand, 1910.
(81) Díaz Ballesteros,
M.: Historia de la villa de Ocaña, Ocaña, 1868.
(82) Dunlop: Memoires
of Spain during de reings of Philip IV and Charles II, Edinbourg, 1834.
(83) El espíritu de
Francia y máximas de Luis XIV. Trad. del francés al español por Don Luis
Quirante de Toboso, Colonia, 1869.
(84) Entrambasaguas, J.
de: Varios datos referentes al Inquisidor Juan Adam de la Parra, Madrid, 1930.
(85) Ericeyra: Historia
de Portugal restaurado. Cit. de CÁNOVAS (53).
(86) Essen, A. van DER:
Le Cardinal-Infant et la politique européenne de l’Espagne (1609-1634), Edit.
Universitaires (Belgique), 1944. (Un solo volumen publicado.)
(87) Ezquerra, R.: La
conspiración del Duque de Híjar, Madrid, 1934.
(88) Fernández y
González, M.: El Conde-Duque de Olivares (Memorias del tiempo de Felipe IV),
Madrid, s. a.
(89) Fernández Y
González, M.: Achaques y flaquezas económicas del reinado de Felipe IV,
«Ilustración Española y Americana», 1873-231 y 255.
(90) Fernández Guerra,
A.: Discurso preliminar y Vida de D. Francisco de Quevedo Villegas; en Obras de
D. Francisco de Quevedo Villegas, «Bib. Aut. Esp.», XXVIII, Madrid, 1852.
Reproducido en las Obras Completas de D. Francisco de Quevedo Villegas, S. de
Bibli. Andaluces, I. Sevilla, 1807. Cito por esta última versión.
(91) Fernández
Navarrete, P.: Conservación de Monarquías y discurso político sobre la gran
consulta que el Consejo hizo al Señor Rey Felipe Tercero, «Bib. Aut. Esp.»,
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(92) Fernández de los
Ríos, A.: Guía de Madrid, Madrid, 1876.
(93) Fernández del
Pulgar, P.: Historia secular y eclesiástica de la ciudad de Valencia, 4
volúmenes, Madrid, 1679-1680.
(94) Ferrer del Río,
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España», 1887-XVIII-161.
(95) Ford, R.: A
Hand-book for travellers in Spain, London, 1645.
(96) Gachard, U.: Une
visite aux archives et á la bibliothéque royales de Munich, Bruxelles, 1864.
(97) Gaibrois de
Ballesteros, M.: Una monja y un rey. Sor María de Agreda, «Voluntad»,
1920-11-12.
(98) Gaibrois de
Ballesteros, M.: Las jornadas de María de Hungría (1606-1646), Madrid, 1926.
(99) Gallardo, B. J.:
Ensayo de una biblioteca española de libros raros y curiosos, Madrid, 1866.
(100) Gante, N.: Cuadro
atribuido a Velázquez: «La Zarzuela» (Madrid), 1856-1-76 y 84.
(101) García de
Armesto, J.: Guía históricodescriptiva de la R. Capilla y Monasterio de la
Encarnación, de esta corte, Madrid, 1916.
(102) García de la
Fuente, P. A.: Catálogo de los manuscritos franceses y provenzales de la
biblioteca de El Escorial, Madrid, 1933.
(103) García Mercadal,
J.: Estudiantes, sopistas y picaros, Madrid, 1934.
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(105) Garmay Salcedo,
F. J.: Theatro Universal de España. (Descripción eclesiástica y secular de
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(106) Gayangos, P.:
Catalogue ofthe manuscripts in the spanish langua-ge in the British Museum,
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(107) Germond de la
Vigne: La Soeur Marie d’Agreda et Phillipe IV, París, 1855.
(108) Gianonne: Dell’
Storia civile del Regno di Napoli, Napoli, 1723. Hay una hermosa edición
francesa: Histoire civile du royaume di Ñapóles. Avec nouvelles notes,
réflexions et médailles fournies par l’auter qui se trouventpoint dans
l’édition italienne, La Haye, 1762.
(109) González, J. F.:
Madrid, dividido en ocho cuarteles, Madrid, 1775.
(110) González Amezua,
Véase Amezua.
(111) González de León,
F.: Noticia histórica del origen de los nombres de las calles de esta M. N., M.
L. y M. H. Ciudad de Sevilla, Sevilla, 1839.
(112) González
Simancas, M.: Regimiento inmemorial del Rey. Número 1, de Infantería, Madrid,
1928.
(113) Goyanes, J.:
Tipología de El Quijote, Madrid, 1932.
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American Treasure and the Price Revolution in Spain 1501-1650, Cambridge-Mass.,
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year after the Armada, London, 1896.
(128) Hume, M.: Queen
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por P. A. Martín Robles, Madrid, 1917. Cito por la edición española.
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Comentarios a los sucesos de Aragón en los años 1591 y 1592. Publicados por el
Duque de Villahermosa, Madrid, 1888.
(147) Llanos y
Torriglia, F.: Desde la Cruz al Cielo, Madrid, 1933.
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Auxilios para bien gobernar una Monarquía católica, etc. Lo da a luz D. Antonio
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(151) Macanaz, M. de:
Regalías de los Reyes de Aragón, Madrid, 1879.
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Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcár-cel. Tragicomedia en cuatro actos,
Madrid, 1928.
(153) Madoz, P.:
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(156) Malvezzi, V.: La
libra de Grivilio Vezzani. Traducida del italiano en lengua castellana. Pésanse
las ganancias y las pérdidas de la Monarquía de España en el felicísimo reinado
de Felipe IV «el Grande», Pamplona (s.a.).
(157) Malvezzi, V.:
Sucesos principales de la Monarquía de España en el año 1639, Madrid, 1640.
(158) Malvezzi, V.:
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(159) Mantuano, P.:
Casamientos de España y Francia y Viaje del Duque de Lerma, llevando la Reina
Cristianísima Doña Añade Austria al paso de Behovia y trayendo la Princesa de
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Ensayo biológico sobre Enrique IVy su tiempo, 2.a edición, Madrid, 1934.
(161) Marañón, G.: Once
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(162) Marañón, G.: La
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(163) Marañón, G.: Amiel,
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sobre el siglo XVIII, «Revista de Occidente», 1935-XIII-278.
(166) Marañón, G.:
Psicología del Gesto, en Ensayos liberales.
(167) Marañón, G.: Los
misterios de San Plácido, en libro-homenaje del Prof. Martineche, París, 1939,
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(168) Marañón, G.:
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(169) Martín Arrúe, F.,
y Olavarría, E.: Historia del Alcázar de Toledo, Madrid, 1899.
(170) Mata, J. de la:
Arte de Repostería, Madrid, 1928.
(171) Mateos, J.:
Origen y dignidad de la caza, Madrid, 1934. Consultada la edición de
«Bibliófilos Españoles», Madrid, 1928.
(172) Maura Gamazo, G.:
Carlos II y su Corte, 2 volúmenes, Madrid, 1911.
(173) Mayer, A. L.:
Kleine Velazquez-Studiem, München, 1913.
(174) Mayer, A. L.:
Jusepe de Ribera, Leipzig, 1923.
(175) Mélida, E.: Un
recibo de Velázquez, «Rev. de Arch., Bibl. y Mus.», 1906 (tirada aparte).
(176) Meló, F. M. de:
Guerra de Cataluña, Edic. Acad. Esp., Madrid, 1912.
(177) Meló, F. M. de:
Epanaphoras de varia historia portuguesa, Lisboa, 1676.
(178) Memorial del
Monasterio del Glorioso Doctor de la Iglesia de San Isidro del Campo,
extramuros de Sevilla, B. del Palacio Real de Madrid, Mss. 459. (Su autor es
Fray Francisco Torres.)
(179) Méndez Nieto, J.:
Discursos medicinales, publicados por S. Domínguez Bordona, «Bol. R. Acad.
Hist.», 1935-CVII-171.
(180) Mendoza, B. de:
Relación del lucimiento y grandeza con que el excelentísimo Sr. Duque de Medina
Sidonia festejó a Su Majestad, Madrid, 1624.
(181) Menéndez Ormaza,
J.: La averiguación de quién fue el seductor de la hija de Lope de Vega, «El
Imparcial», 6 junio 1925.
(182) Menéndez Ormaza,
J.: Don Julián Valcárcel y D. Melchor (léase Gaspar) de Teves, «El Imparcial»,
20 enero 1926.
(183) Menéndez Ormaza,
J.: Don Enrique Guzmán, Marqués de Mairena y heredero del Conde-Duque de
Olivares, Madrid, 1918.
(184) Menéndez y
Pelayo, M.: Historia de los heterodoxos españoles, 3 volúmenes, Madrid, 1880.
(185) Mérimée, F.:
Essai sur la vie et les ouvrages de Francisco de Quevedo (1580-1645), París,
1886.
(186) Mesonero Romanos,
R.: Manual histórico-topográfico de Madrid, Madrid, 1844.
(187) Mesonero Romanos,
R.: El antiguo Madrid, Madrid, 1861.
(188) Mir, P. M. de:
Historia interna documentada de la Compañía de Jesús, 2 volúmenes, Madrid,
1913.
(189) Molíns, E.:
Garcerán Albanell, Arzobispo de Granada y maesto de Felipe IV, «Rev. de Arch.,
Bibl. y Mus.», 2.a época, 1802-VI-21.
(190) Moncada, S. De:
Restauración política de España, ocho discursos, Madrid, 1619.
(191) Montoto, S.:
Linaje de Morovelli y otros nombres ilustres de Sevilla, por don Francisco
Morovelli de la Puebla, Sevilla, 1918.
(192) Montoto, S.: El
Conde-Duque de Olivares, canónigo de Sevilla, «Bol. de la Real Acad. de Bellas
Letras de Sevilla», 1919-111-49.
(192-a) Montoto, S.:
Las capellanías del poeta Francisco de Rioja, «Bol. de la R. Academia
Española», 1951-31-455.
(193) Morel-Fatio, A.:
L’Espagne au XVIe et au XVIIe siécles, París-Madrid, 1878.
(194) Morel-Fatio, A.:
Caduta del conde d’Olivares l’anno MDCXXXXIII, par le P. Ippolito Camille
Guidi, «Bull. Ital.», Bordeaux, 1912-XII-27-136 y 224 y 1913-XIII-48.
(195) Moreno de Guerra,
J.: Guía de la Grandeza. Títulos y Caballeros de España, 2.a edición, Madrid,
1917.
(196) Muñoz de
Sampedro, M.: Un extremeño en la Corte de los Austrias, Badajoz, 1947.
(197) Murel, Mns.:
Lettres écrites de Madrid en 1666 et 1667. Publiées par M. A. Morel-Fatio,
París, 1889.
(198) Nicandri Theriaca
et Alexi, Pharmaca, Joanne Lomcero, intérprete, Coloniae, 1531. Nicandri Josij,
Tractus de voluptate et dolore, de risu et fletu, etc., Francfort, 1606.
(199) Nicolás Antonio:
Biblioteca Hispana Nova, Matrite, 1783.
(200) Novoa, M. DE:
Primera parte hasta ahora conocida bajo el título de Historia de Felipe III,
por Bernabé de Vivanco. Con un prólogo de A. Cánovas del Castillo, Madrid,
1875.
(201) Novoa, M. de:
Memorias de Matías de Novoa, ayuda de cámara de Felipe IV. Segunda parte, hasta
ahora conocida bajo el título de Historia de Felipe IV, por Bernabé de Vivanco.
Publicadas por vez primera por los señores Marqués de la Fuensanta del Valle y
D. José Sancho Rayón. Con un prólogo del excelentísimo Sr. D. Antonio Cánovas
del Castillo. 4 volúmenes, Madrid, 1878.
(202) Núñez de Castro,
A.: Sólo Madrid es Corte y El cortesano en Madrid, Madrid, 1653.
(203) Ochoa, E.:
Epistolario Español, Bibl. Aut. Esp., vol. LXII.
(204) Ogg, D.: L’Europe
du XVIIe siécle, Edic. francesa, París, 1932.
(205) Ortiz de Zúñiga,
D.: Anales eclesiásticos y seculares de la ciudad de Sevilla, Madrid, 1677.
(206) Ossorio Gallardo,
A.: Los hombres de toga en el proceso de D. Rodrigo Calderón, Madrid (s. a.).
(207) Pallavicino, F.:
Opere Scelte. Dos ediciones, una de 1660, en cinco tomos (B. N, Madrid, Raros,
17745), y otra de Villafranca, 1666, en un tomo, con la vida del autor (B. N.,
Madrid, Raros, 17745). En ambas está incluida, entre las obras de Pallavicino,
La disgratia del Conté d’Olivares, reproducción casi pura de Guidi. Pero
atribuida tímidamente, pues no figura en el índice que aparece al frente de la
edición de 1666.
(208) Pardo Bazán, E.:
Don Francisco de Quevedo, «Nuevo Teatro Crítico», año II, núms. 18 y sigs.
(209) PARRINO: Teatro
eroico e político de Governi di Vicere del Regno di Napoli, Napoli, 1692.
(210) Paz, J.: Archivo
General de Simancas —IV— Secretaría de Estado. Capitulaciones con Francia y
negociaciones diplomáticas de los embajadores de España en aquella Corte
(1265-1714), Madrid, 1914.
(211) Pellicer, J.:
Avisos históricos. Publicados por Valladares: «Semanario Erudito», XXXI, XXXII
y XXXIII.
(212) Peñasco, H., y
Cambronero, Carlos: Las calles de Madrid, Madrid, 1889.
(213) Pérez, Antonio:
Authentica Fides Mataei Controversiis Catholicis agitat, Pariterque Discussa,
Barcelona, 1632. Está dedicada al Conde-Duque. En la primera portada hay un
retrato del autor, Fr. Antonio Pérez, obispo de Urgel; en la segunda, otro del
Conde-Duque, ambos, medianos, grabados por Olivet.
(214) Pérez DE Guzmán,
J.: La labor político-literaria del Conde-Duque de Olivares, «Rev. de Arch.,
Bibl. y Museos», 1904-VIII-81.
(215) Pérez de Guzmán,
J.: Cancionero de Príncipes y Señores, Madrid, 1892.
(216) Pérez de Guzmán,
J.: La caída de un valido. Bosquejo histórico, «Ilustración Española y
Americana», 1874, págs. 502 y 519.
(217) Picatoste, F.:
Estudios sobre la grandeza y la decadencia de España. Los españoles en Italia,
2 volúmenes, Madrid, 1887.
(218) Picón, J. O.:
Vida y obras de D. Diego Velázquez, Madrid, 1899.
(218-a) Pidal, R.: El
Cristo del Sacramento pintado por Velázquez, Madrid, 1951.
(219) Ponz, A.: Viaje
de España, 12 volúmenes, Madrid, 1787 y sig. 120) Porras, A.: Quevedo, Madrid,
1930.
(221) Porreño,
Baltasar: Véase Yáñez (289).
(222) Pou Y Martí, Fr.
J. M.: Los últimos Condes de Ribagorza, «Analecta Sacra Tarraconensia»,
1935-XI-553.
(223) Puente, P. L. de
la: Vida maravillosa de la Venerable Virgen Doña Marina de Escobar, natural de
Valladolid, sacada de la que ella misma escribió, y segunda parte de la misma
vida, escrita por el P. Andrés Pinto Ramírez, Madrid, 1665.
(224) Puyol, S.: Vida y
aventuras de Don Tiburcio de Redín, Madrid, 1913.
(225) Quazza, R.:
Margherita di Savoia, duchesa di Montova e viceregina di Portogallo, Torino,
1930.
(226) Quevedo, F.:
Obras completas, Ed. de Astrana Marín, Madrid, 1932.
(227) Quevedo, F.:
Teatro inédito. Introducción de M. Artigas, Madrid, 1927.
(228) Rafal, Marqués
de: El Conde de Lemus, Madrid, 1912.
(229) Ramón, F. Tomás:
Nueva Prematica de reformación contra los abusos de los afeites, calzado,
guedejas, guardainfantes, lenguaje crítico, moños, trajes y excesos en el uso
del tabaco, Zaragoza, 1635.
(230) Ramos Mejía, J.
M.: Rosas y el doctor Francia, Madrid (s.a.).
(231) Raneo, J.: Libro
donde se trata de los vicerreyes, lugartenientes del reyno de Nápoles, y de las
cosas tocantes a su grandeza, compilado por José Raneo, años 1634, e ilustrado
con notas por D. Eustaquio Fernández Navarrete. Doc. Inéd., XXIII, Madrid,
1858.
(232) Rank, J. von: Die
rómischen Papste, Wien (s.a.).
(233) Raposo, H.: Doña
Luisa de Guzmán, Lisboa, 1947.
(234) Relaciones
topográficas de los pueblos de España. Edic. de Ortega y Rubio, Madrid, 1918.
(235) Relazioni degli
Stati europei. Lettere al Senato degli Ambasciatori Veneti, nel secólo
decimisettimo, raccolte et annotate da Nicolo Ba-rizzi e Guglielmo Berchet.
Serie I. Spagna, 2 volúmenes, Ve-nezia, 1856.
(236) Roca, Conde de
la: El Embajador, Sevilla, 1620. Traducida al francés (1625) y al italiano
(1649).
(237) Rodríguez
Campomanes, P.: Itinerario de las carreras de Posta, Madrid, 1761.
(238) Rodríguez Duarte,
J.: Apuntes para la historia de la ex-Colegiata de Olivares, «Correo de
Andalucía» (Sevilla), 15 noviembre 1934, núm. 11.999; 2 febrero 1935, núm.
12.067; 2 marzo 1935, núm. 12.091; 21 marzo 1935, núm. 12.114; 15 mayo, núm.
12.144. Un cuarto artículo, inédito, completa la historia de la iglesia
Colegial hasta su extinción.
(239) Rodríguez Marín,
F.: Pedro Espinosa. Estudio biográfico, bibliográfico y crítico, Madrid, 1907.
(240) Rodríguez Villa,
A.: La Corte y la Monarquía de España en los años de 1636 al 37, Madrid, 1886.
(241) Rovira Y Virgili,
A.: El Corpus de Sang. Estudi hictoric, Barcelona, 1932.
(242) Rubens, P.P.:
Correspondence. Traduite et anoté par Paul Colín, París, 1926.
(243) Sacristán, M.:
Figura y carácter, Madrid, 1926.
(244) Saint-Beuve:
Causeries du lundi. Edic. Garnier, París.
(245) Saint-Evremont:
Oeuvres, Edit. Giraud, París, 1865.
(246) Saltillo, Marqués
del: Encuademaciones heráldicas españolas, «Rev. Española de Arte», 1934-III-2.
(247) Saltillo, Marqués
del: Los Herrera de la Concha de la Canal, Santander, 1933.
(248) San José, D.: La
Corte del Rey-Galán, Madrid, 1929.
(249) San Román, F. de
B.: El testamento del humanista Alvar Gómez de Castro, Madrid, 1928.
(250) Sánchez Alonso,
B.: Fuentes de la Historia española e hispanoamericana, 2.a edición, 2
volúmenes, Madrid, 1927.
(251) Sánchez Cantón,
F.: Catálogo del Museo del Prado de Madrid, 1933.
(252) Sánchez Cantón,
F.: Don Diego de Sarmiento de Acuña, Conde de Gondomar. Discurso de recepción
en la R. Academia de la Historia, Madrid, 1935.
(253) Sánchez de Toca,
J.: Juicio crítico de Sor María de Agreda y Felipe IV, «Rev. de Esp.»,
1886-CX-194 y 527-CXI-37 y 191.
(254) Sánchez de Toca,
J.: Felipe IV y Sor María de Agreda, 2.a edición, Madrid (s.a.).
(255) Serano, P.:
Archivo de la Embajada de España cerca de la Santa Sede. I. índice de
documentos del siglo XVI, Roma, 1915.
(256) Silvela, F.:
Cartas de la venerable madre Sor María de Agreda y del señor Rey Don Felipe IV,
2 volúmenes, Madrid, 1885.
(257) Siri, V.:
Anecdotes du Ministére du Comte Duc d’Olivares, tirées et traduites de
l’Italien du Mercurio Siry par monsieur de Valdory, París, 1722. ViCTORio SlRl
publicó, en 1644, su obra II Mercurio overo Historia de corrienti tempi di D.
Vitorio Siri, consebliere, elemosinario et historiógrafo dellaMaesta
Cristinisima, etc., Cásale, 3 volúmenes, 1644 a 1652. De esta obra, que se
ocupa de los sucesos de su tiempo, es un breve extracto, en lo concerniente al
Conde-Duque, la traducción de Valdory. Equivocadamente llama éste Mercurio y no
Vittorio a Siri, y en muchos otros autores se repite el error. Según
Morel-Fatio, Lesage utilizó mucho estas Anecdotes para su Gil Blas.
(259) Soldevilla, F.:
Historia de Catalunya, 3 volúmenes, Barcelona, 1935.
(260) Soulié, M.: Los
procés célebres de l’Espagne, París, 1931. Spengler, O.: La decadencia de
Occidente. Edic. Esp., Madrid, 1927.
(261) Sumario y
compendio de lo sucedido en España, Italia, Flandes, Francia y otros países
desde febrero de 637 hasta el de 638. Con notas de Gayangos. En Cartas de
Jesuitas, 491-XIV-323.
(262) Talleman de
Reaux: Historiettes. Edic. Garnier, París (s.a.).
(263) Tapia y Robles,
J. A. de: Ilustración del nombre de Grande, Madrid, 1638.
(264) Tarsia, P. A. de:
Vida deD. Francisco de Quevedo y Villegas, Madrid, 1663.
(265) Toral y Valdés,
D.: Relación de la vida del Capitán Domingo de Toral y Valdés. Col. Doc. Inéd.
de la Historia de España, volumen LXXI, y Nueva Biblioteca de Autores Españoles
(Autobiografías y memorias), Madrid, 1905.
(266) Tormo, E.:
«Cultura Española», 1906-IV-1169.
(267) Tormo, E.:
Velázquez. El salón del Reino, «Bol. de la S. E. de Excurs.», 1911-XIX-24.
(268) Tormo, E.: En las
Descalzas Reales, Madrid, 1915-1917.
(269) Tormo, E.: Las
iglesias del antiguo Madrid, Madrid, 1927.
(270) Torres, Fray F.:
Véase Memorial (178).
(271) Torres
Villarroel, D.: Vida. Edic. Clás. Cast., Madrid, 1921.
(272) Ulloa, L.:
Memorias familiares y literarias del poeta D. Luis de Ulloa. Introducción de M.
Artigas, Soc. Bibl. Españoles, Madrid, 1925.
(273) Vassal-Reig, Ch.:
La guerre en Roussillon sous Louis XIII (1635-1639), París, 1934.
(274) Vassal-Reig, CH.:
Richelieu et la Catalogne, París, 1935.
(275) Vega Carpió, Lope
de: La Circe con otras rimas y prosas, Madrid, 1634.
(276) Vera y Figueroa,
J. A.: Véase Roca (Conde de la) (236) y (455).
(277) Vera y Mendoza,
F. de: Panegírico por la poesía. Impreso en Montilla, 627. Este curioso
opúsculo fue atribuido al Conde de la Roca. Nicolás Antonio, Menéndez y Pelayo
y otros lo atribuyen a Don Fernando de Vera. Reprodujo la rara edición Pérez de
Guzmán, Sevilla, 1886.
(278) Vera Tarsis, J.
de: Fama, vida y escritos de Calderón, Bibl. de Autores Españoles, IX.
(279) Vignau, V.: La
colgadura del convento de las Carmelitas Descalzas de Santa Teresa, de Madrid,
«Rev. Arch., Bibl. y Museos», 1900-IV-32.
(280) Villalba, J.:
Epidemiología española, Madrid, 1802.
(281) Villars, Marqués
de: Mémoires de la Cour d’Espagne sous le regne de Charles II (1678-1682),
Londres, 1861.
(282) Vindel, F.: Los
bibliógrafos y sus bibliotecas, Madrid, 1934.
(283) Vindel, P.: El
Marqués de Taraceña, Madrid, 1923.
(284) Voiture: Oeuvres,
París, 1691. En el volumen II hay una Lettre á Mgs le Comte Duc d’Olivares,
fechada en Seilla 16 de agosto 1633 (pág. 155), y el Elogue du Comte Duc
d’Olivares (pág. 249).
(285) Vossler, C: Lope
de Vega y su tiempo. Edic. esp., Madrid, 1935.
(286) Voy age
d’Espagne, curieux, historique et politique, 1635.
(287) Voy age faites en
divers temps en Espagne, en Portugal, en Alle-magne, en France et aijeurs, por
Monsieur XXX, Amsterdam, 1600.
(288) Werner, E.: Caída
del Conde-Duque de Olivares (Nach verschie-denen Handsscriften in München,
Dresden und Stuttgart), «Rev. His.», 1927-LXXI-l.
(288-a) Ximénez de
Sandoval, F.: Un mundo en una celda (Sor María de Agreda), Madrid-Buenos Aires,
1952.
(289) Yáñez, J.:
Memorias para la Historia de D. Felipe III, recogidas por D. Juan Yáñez,
Madrid, 1733. (Contiene el Prólogo, de
(290) Yáñez, J; La
historia de Felipe III, de V. DE Malvezzi, y Los dichos y hechos del señor Rey
D. Felipe III, el Bueno, de V. de Malvezzi. Los datos del prólogo, que han sido
citados como autoridad por Gayangos y otros, están tomados de Roca y SlRl, principalmente.)
(291) Zapata, L.: Cario
famoso, Valencia, 1566.
(292) Zapata, L.:
Miscelánea, «Mem. Hist. Español», volumen XI.
(293) Zarco Cuevas, P.
J.: Catálogo de manuscritos castellano de la Real Biblioteca de El Escorial, 3
volúmenes, Madrid, 1924-129.
(294) Zarco Cuevas, P.
J.: Catálogo de los manuscritos catalanes, valencianos, gallegos y portugueses
de la Biblioteca de El Escorial, Madrid, 1932.
(295) Zarco Cuevas, P.
J.: El licenciado Miguel Caja de Leruela y las causas de la decadencia
española, Madrid, 1935.
(296) Zayas, A. de: El Conde-Duque
de Olivares y la decadencia española, Madrid, 1895.
(297) Zayas, A. de:
Ensayos de crítica histórica y literaria, Madrid, 1907.
(298) Zúñiga, L. B.:
Anales Eclesiásticos y Seglares de la Ciudad de Sevilla, Sevilla, 1747.
II Bibliografía
Especial
A) COLECCIONES DE
DOCUMENTOS MANUSCRITOS DE LA ÉPOCA DEL CONDE-DUQUE
Caída del Conde de
Olivares. Volumen XXIII de manuscritos de la biblioteca del Duque de San Pedro.
Copias del siglo xvm (firmadas en 1763). Contiene los siguientes papeles
relacionados con el Conde-Duque: Caída del Conde Olivares (f. 1); es una
versión corriente del relato de Guidi. Papel contra los jesuítas, en forma de
memorial, que da Madrid a Su Majestad (f. 35). Copia del papel que dio a Felipe
IV el Duque de Medina-Sidonia en 21 de septiembre de 1641 implorando el perdón
de su delito y lo que el Rey le respondió (f. 94).
Documentos del Archivo
Municipal de Sevilla referentes al Conde-Duque de Olivares.—Aparte de algunos
que se han citado, hay datos de orden administrativo y referentes a la sucesión
del linaje, sobre todo en las sig. siguientes:
Sección 1ª Carp. 9,
núm. 155. Carp. 10, núm. 171; Carp. 19, núm. 57. Carp. 41, núm. 100. íd., núm.
59. Carp. 168, núm. 29. Sec. 4ª Tomo 3, núm. 49. Tomo 10, núm. 12. Id. id.,
núm. 59, Id. id. núm. 63. Tomo 11, núm. 21. Tomo 12, núm. 56. Tomo 20, núm. 6. Tomo
25, núm. 12. íd. id., núm. 101. Tomo 29, núm. 5. Id. id., núm. 28.
P. P. Importantes. S.
XVIII, f. 510 a 631 (dos cartas originales del Conde-Duque). íd. id., f. 461 a
469. íd., tomo 19, f. 483.
P. P. Conde del Águila.
Tomo 35, núm. 1. íd. íd., núm. 2. íd. id., núm. 3. Tomo 37, núm. 15.
(300) Documentos de
Felipe IV—B. N. (Madrid), Ms. 18.718. Contiene varios papeles interesantes
referentes al Conde-Duque, como el (453), Órdenes del Rey a Medina de las
Torres y Monterrey sobre la reforma de costumbres, etc.
(301) Fragmentos
históricos de la Monarchia de España. Sucesos en la privanza del Conde-Duque de
Olivares D. Gaspar de Guzmán.—Un volumen en 4.°, encuadernado en pergamino.
Contiene 35 manuscritos. Relación política de las más particulares acciones,
etc. La Carta del arzobispo de Granada al Conde-Duque. Memorial satírico sobre
la jornada del Rey N. S. a Cataluña. Carta del Rey Jacobo de Inglaterra al
Conde-Duque. Venida y recibimiento del Rey N. S. Felipe IV a la ciudad de
Sevilla, 1624. Libelo infamatorio que esparció un malvado del Conde de
Olivares. D. Juan Antonio de Vera, Conde de la Roca, responde al memorial. La
muleta del Conde-Duque. La caída del Conde-Duque de la privanza (versión
abreviada de Guidi). Memorial que después de la caída del Conde-Duque dio a S.
M. Don Antonio Galarza. El mismo, impreso [Es el memorial de Mena (403)].
Decreto apartando al Conde-Duque de la privanza. El Nicandro o antídoto, por D.
Joseph González. Memorial del Consejo contra El Nicandro. Discurso que prueba
ser válido el testamento del Conde-Duque. Otro papel sobre el mismo intento.
Carta de un religioso de la Compañía a otro religioso acerca de las inquietudes
del P. González Galindo y la revelación de Chiriboya. La cueva de Meliso.
Suspiros del Conde-Duque en su retiro. Diálogo entre el Conde-Duque y su
confesor. Letrilla de la muleta. Testamento en verso del Conde-Duque. Poesías
varias, satíricas, del tiempo del Conde-Duque. Manifiesto del Duque de
Medina-Sidonia. Prisión y sentencia de D. Rodrigo Calderón. Justicia ejecutado
en el dicho. Fiestas que se hicieron en Burgos a la Marquesa de Siete Iglesias.
(Revelación del tormento del Duque de Híjar. Carta del Duque de Híjar a S. M.
Relación de la causa y castigos de Padilla, Silva, Cabra y Duque de Híjar.
Papel que de su mano dejó D. M. Pantoja a D. F. de Silva. Memorial que dio el
Duque de Medina-Sidonia a S. M. y lo que S. M. le respondió. Poesías varias de
aquellos tiempos. En la última página está firmado: «Villalba. Noviembre 12
1743.» El título está escrito en el centro de una orla grabada, de Murillo,
pint., y Arteaga, esculp. En las páginas siguientes ha.y pegadas dos estampas
con los retratos de Felipe IV y el Conde-Duque de Olivares, ambas con la firma
de «Juan de Noord, fecit.» Pertenece este volumen a la biblioteca de Don S.
Montoto, Sevilla.
Documentos y Avisos.
—Manuscrito, en 8.°, de letra de la época, con varios documentos y noticias,
éstas, en gran parte, reproducidas de las Cartas de Jesuítas (491). Los
principales documentos que contiene son: Petición del fiscal del Consejo Real
de Castilla contra Miguel de Molina. Declaración de Miguel de Molina antes de
ser ejecutado. Questiones quod libetice tempore presentí accomodade ad
Illustrissima S. R. E. Cardinalem de Rochelieu, seu du Rupella. No-botiurum
status, etc., 1626. Nombramiento de teniente general al Conde-Duque. Carta de
la Duquesa de Medina-Sidonia al Marqués de Priego. Los lances que han pasado en
la caía del Conde-Duque de su privanza. Antipelárguesis, etc. Biblioteca de
Garzía Armesto. Mercedes y documentos del Conde-Duque.—Coleción de 59 copias de
documentos sobre el Conde-Duque. Letra del siglo XIX. (Probablemente mandadas
sacar por Cánovas.) Biblioteca del Senado, de Madrid.
Muerte del Marqués de
Ayamonte y otros manuscritos.—Volumen 38 de manuscritos de la biblioteca del
Duque de San Pedro. Contiene varios papeles referentes al Conde-Duque: Carta
que el Conde-Duque escribió a los consellers y Consejo de Ciento de Barcelona en
9 de septiembre de 1632 (f. 65). Instrucción que se dio al obispo de Córdoba y
D. Juan Chumacero para el viaje de Roma (f. 89). Carta del Marqués de
Castel-Rodrigo, embajador de Roma, al Rey, año 1635 (f. 111). Declaración de lo
que dijo el Conde-Duque, como procurador de la ciudad de Burgos, cuando entró
en Cortes (f. 127). Advertencias del Conde-Duque al Rey Felipe IV (f. 138).
Carta que dicen haberse dado a Felipe IV en julio de 1638 (f. 161). Relación de
lo sucedido en el levantamiento de Portugal por el mes de diciembre de 1640 (f.
169).
Papeles sobre el
Conde-Duque.—Encuadernados en pergamino. De letra de la época. Archivo del
convento de Loeches. Contiene: Algunas notas biográficas. Unas notas
biográficas y partida de defunción. Un resumen del testamento de Don Gaspar de
Guzmán, otorgado en Madrid a 16 de mayo de 1642. Breve descripción del traslado
del cadáver. Conservo copia de estos papeles gracias a la amabilidad del
capellán del convento, D. José Sánchez San Clemente. Papeles del siglo XVII.—B.
N. (Madrid), Mss. 7.377. Contiene muchos documentos curiosos del final del
reinado de Felipe III y comienzo del de Felipe IV.
Papeles varios, núm.
97. Archivo del Duque de Híjar (Madrid). Varios papeles curiosos, manuscritos,
en 4.°, encuadernados en pergamino. Contiene varios papeles, entre ellos la
Caída del Conde-Duque, de Guidi, con atribución a Quevedo. El diálogo entre la
voz del Ángel, Elias Quevedo, y Enoch, Adán de Parra.
(309) Vida del
Conde-Duque.—Vol. en 4.° de la B. N. (Madrid). Ms. 2.081. Letra de la época.
Contiene: Los fragmentos del Conde de la Roca. La cueva de Meliso. Una Vida del
Conde-Duque de Olivares después de su caída del valimiento (que es una versión
del «Guidi-Quevedo», con adiciones de otros papeles de la época, conocidos) y
El Nicandro.
(310) Vida y ministerio
del Conde-Duque de Olivares, Valido del señor Rey Felipe Cuarto.—Colección de
28 manuscritos sobre esta materia. Un volumen en folio. Letra del siglo xvm.
Biblioteca de G. Ma-rañón. Es casi idéntido al titulado Papeles varios y curiosos
de la vida y ministerio del Conde-Duque de Olivares, copia de la misma época.
B. N. (Madrid), Mss. 7.968; al que describe Werner (288); al titulado El
Conde-Duque de Olivares, de la biblioteca de A. G. Amezua y varios más.
B) CARTAS Y DOCUMENTOS
DEL CONDE-DUQUE
(311) Guzmán, Gaspar
de: Carta a Felipe IV, 28 noviembre 1621. Publicada por ROCA (455), pag. 175.
(312) Guzmán, Gaspar
de: Treinta y dos cartas originales del Conde-Duque de Olivares y del
secretario D. Jerónimo de Villanueva y Felipe IV, dirigidas todas al Duque de
Alcalá, gobernador general de Sicilia (30 de Olivares, una de Villanueva y una
del Rey). Desde 15 de mayo de 1621 a 14 de enero de 1634; sobre asuntos de su
cargo en aquella isla. Acad. de la Historia. Mss. 11-13-3.
(313) Guzmán, Gaspar
de: Carta en respuesta a la del arzobispo de Granada (364).
(314) Guzmán, Gaspar
de: Discurso del Conde-Duque para desterrar la ley del duelo. B. N. (Madrid).
Mss. 18.761-25.
(315) Guzmán, Gaspar
de: Carta dando las gracia a la ciudad de Sevilla por la felicitación que le
dirije por la parte que ha tenido en el nuevo decreto en favor de la Inmaculada
Concepción, 16 agosto 1622. Arch. M. Sevilla, sec. 4.a, tomo 20, núm. 11.
(316) Guzmán, Gaspar
de: Cartas a D. Antonio de Sarmiento. Acad. Historia. Salazar. A-87 (7 cartas).
(317) Guzmán, Gaspar
de: Cartas al Duque de Fernandina. 1625 a 1627, 18) originales, con notas
autógrafas de Olivares. Biblioteca de García Armesto. Publicadas en el Apéndice
XXIII.
(319) Guzmán, Gaspar
de: Parecer del Conde-Duque de Sanlúcar sobre el estado de las cosas en todas
partes. Simancas. K. 1.435 (A-45), núm. 141 (original).
(320) Guzmán, Gaspar
de: Carta respondiendo a la enhorabuena de la ciudad de Sevilla por su
nombramiento de caballerizo mayor de S. M. 16 enero 1623. Arch. Munic. de
Sevilla, sec. 4.a, tomo 25, núm. 7.
(321) Guzmán, Gaspar
de: Carta al Conde de la Cueva, 3 marzo 1623. Arch. Alba. C-67-77.
(322) Guzmán, Gaspar
de: Carta autógrafa a la Infanta [Isabel Clara Eugenia]. Biblioteca de G.
Marañón. Véase págs. 107-108.
(323) Guzmán, Gaspar
de: Informe en el Consejo de Estado en 20 enero 1624 sobre el matrimonio del
Príncipe de Gales con la Infanta María. Biblioteca del Palacio Real. Madrid.
Correspondencia del Conde de Gondomar. 2178.
(324) Guzmán, Gaspar
de: Carta respondiendo a la enhorabuena de la ciudad de Sevilla, dada de su
parte por los señores D. Martín de Zúñiga, D. Francisco Pérez de Meñaca y D.
Alonso García Laredo, con motivo del matrimonio de sus hijos. 22 diciembre
1624. Arch. Munic. Sevilla, sec. 4.a, tomo 25, núm. 9.
(325) Guzmán, Gaspar
de: Papel del Conde-Duque de Olivares para el señor don Felipe IV, en que se
discurre sobre la colocación de los señores Infantes D. Carlos y D. Fernando.
Brit. Museum. P. 18.591. Eg. 2.081.
(326) Guzmán, Gaspar
de: Papel del mismo al Rey sobre el estado de los señores Infantes. Brit.
Museum. P. 18.591. Eg. 2.081.
(327) Guzmán, Gaspar
de: Disposición sobre el señor Infante Cardenal. Brit. Museum. P. 18.591. Eg.
2.081.
(328) Guzmán, Gaspar
de: Papel en continuación de los anteriores dado por el Conde-Duque al señor D.
Felipe IVsobre la educación y estado de los Infantes D. CarlosyD. Fernando.
Brit. Museum. P. 18.591. Eg. 2.081.
(329) Guzmán, Gaspar
de: Advertimientos del Conde-Duque al señor Infante D. Carlos. Año de 1624.
Brit. Museum. P. 18.591. Eg. 2.081.
(330) Guzmán, Gaspar
de: Carta agradeciendo a la ciudad de Sevilla la enhorabuena dada en su nombre
por D. Baltasar Porras con motivo del acrecentamiento de su título. 20 febrero
1625. Arch. Munic. Sevilla, sec. 4.a, tomo 25, núm. 12.
(331) Guzmán, Gaspar
de: Papeles que ha dado a Su Majestad el Conde-Duque, Gran Canciller, sobre
diferentes materias del gobierno de España y sus agregados, 1625. Hay varias
copias en la B. N., Mss. 1.164; 9.983; 13.326. Transcriben gran parte de este
documento Cánovas (55), 1-36, y Hume (129), cap. IV, tomándolo de un manuscrito
del Brit. Museum. Eg., mss. 338. Pero había sido publicado por Valladares,
«Sem. Erud.», XI, pág. 162, de cuyo texto está tomado nuestro resumen. Apéndice
XVIII. Valladares lo atribuye a D. Garcerán Albanell, arzobispo de Granada, sin
ninguna razón. Su principal argumento es que el documento revela a un consejero
maduro, y Olivares era en 1625 un hombre joven y sin experiencia de gobierno.
Pero el mismo texto deshace esta hipótesis, pues en ... años». Se ha atribuido
también al Príncipe de Stigliano, Duque de Medina de las Torres, yerno del
Conde-Duque, con menos razón aún. Creo muy probable que el inspirador y
corrector de estilo de este documento fuera D. Baltasar de Álamos y Barrientos,
el que fue amigo de Antonio Pérez. Al director del Archivo de Indias, de
Sevilla, D. Juan Tamayo, debo otra copia manuscrita, en letra del siglo XVIII,
titulada: Máximas políticas que introdujo en el gobierno de España el
Conde-Duque de Olivares D. Gaspar de Guzmán, Nerón de su siglo cruel.
(332) Guzmán, Gaspar
de: Carta del Conde-Duque a D. Francisco de Moneada, Marqués de Aytona (1626).
Publicada por A. Paz y Meliá. Archivos del Duque de Medinaceli, 1." serie,
años 869-1814. Madrid, 1915.
(333) Guzmán, Gaspar
de: Carta sobre asuntos de gobierno con motivo de la muerte de su hija. 4
septiembre 1626. B. N., mss. 41-11.263, y archivo del Duque de Alba, G-96-14.
(334) Guzmán, Gaspar
de: Carta al cardenal de la Cueva. 25 julio 1627. Archivo Alba (autógrafo).
Publicado en (39), 473.
(335) Guzmán, Gaspar
de: Carta dada del señor Conde de Olivares a monseñor de Botro a 30 enero 1629.
Manuscrito contemporáneo. Biblioteca de G. Marañón.
(336) Guzmán, Gaspar
de: Carta al Conde la Puebla. 28 mayo 1632. Archivo Alba. Véase (39), 475.
(337) Guzmán, Gaspar
de: Carta al Conde de la Puebla. 1 julio 1632. Archivo Alba. C-25-95.
(338) Guzmán, Gaspar
de: Discurso del Conde-Duque sobre la crianza de la juventud e informes acerca
de ello. En (303).
(339) Guzmán, Gaspar
de: Carta a los consellers y Consejo de Ciento de Barcelona, a 9 de septiembre
de 1632. En el volumen (304).
(340) Guzmán, Gaspar
de: Billete que el Conde-Duque escribió al gobernador de Monzón para que
moderase el proceder de algunos caballeros. B. N. (Madrid). Mss. E-72-954.
(341) Guzmán, Gaspar
de: Papel del Conde-Duque sobre formar un ejército de 20.000 hombres para la
guarnición de Flandes. R. Acad. Hist., 11-4-4-6.
(342) Guzmán, Gaspar
de: Voto en el Consejo de Estado sobre diferentes asuntos de política exterior.
8 octubre 1635. Arch. General de Simancas. Estado. Leg. 2.050, f. 88.
(343) Guzmán, Gaspar
de: Voto en el Consejo de Estado sobre la falta de cabezas militares. Arch.
General de Simancas. Estado. Leg. 4.126. Sin fol.
(344) Guzmán, Gaspar
de: Cartas del Conde-Duque al Cardenal Infante D. Fernando de Austria, desde
1635 a 1641. No se conoce el original de estas cartas. La copia inicial existe,
con letra de la época, en la Biblioteca Real de Munich. De estas cartas publicó
una lista y extractos Gachard (96). Se refirió a ellas Cánovas (55), que leyó
las copias, según él muy incorrectas, que se conservan en la Biblioteca
Arzobispal de Toledo. Hay otra copia, bastante buena, que es la consultada por
mí, en la biblioteca de la Academia de la Historia (Madrid), hecha por el
doctor Konrad Hebler (11-10-5, leg. 6). Estas cartas, con las de Chumacero,
Torrescusa y algunas más, debieran ser publicadas. Su valor para el
conocimiento de la historia de aquel reinado y para fijar la verdadera
personalidad el Conde-Duque es inapreciable.
(345) Guzmán, Gaspar
de: Carta al Marqués de Castañeda. 17 septiembre 1637. Publicada en Relazioni
(235), 11-76.
(346) Guzmán, Gaspar
de: Representación del Conde-Duque de Olivares hecha al Rey D. Felipe IV sobre
la educación de los caballeros pajes de S. M. 1639. B. N. (Madrid). Mss. Osuna.
10.994.
(347) Guzmán, Gaspar
de: Carta del Conde-Duque de Olivares al Arzobispo-Obispo de Sigüenza. 30
septiembre 1628. Biblioteca García Armesto. Véase Apéndice XXXV.
(348) Guzmán, Gaspar
de: Copia de carta del Conde-Duque sobre el Duque de Módena. R. Acad. Historia.
Mss. 11-4-4-5.
(349) Guzmán, Gaspar
de: Billete del Conde-Duque a D. Basilio Casteluy. B. N. (Madrid). Mss.
E-72-954.
(350) Guzmán, Gaspar
de: Carta del Conde-Duque al Marqués de Priego sobre el negocio del Duque de
Medina-Sidonia. B. N. (Madrid). Mss. E-72-954.
(351) Guzmán, Gaspar
de: Carta al Duque de Alba, 5 abril 1641. Archivo Alba. Véase (39), 481.
(352) Guzmán, Gaspar
de: Carta de D. Francisco Pérez de Meñaca, remitiendo otra del Conde-Duque de
Olivares, en la que participa a la ciudad de Sevilla haber puesto en estado de
casarse a D. Enrique Felipe de Guzmán, su hijo natural. 12 enero 1642. Arch.
Munic. Sevilla, sec. 4.a, tomo 19, núm. 7. Acuerdo del Cabildo con vista de
esta carta. 5 febrero. Arch. Munic. Sevilla. Actas Capitulares, 1.a Escribanía.
(353) Guzmán, Gaspar
de: Carta que escribió el Conde-Duque a el reino, Grandes y títulos dando
cuenta del casamiento de su hijo (1642). B. Nacional. Mss. 4.147 y varios más.
Publicada por CASTRO (62) y otros muchos.
(354) Guzmán, Gaspar
de: Carta del Conde-Duque a la Reina Doña Isabel respondiendo a su envío de las
joyas para el Ejército. Zaragoza, 1642. Carta a la Infanta sobre el mismo tema.
Publicadas por Valladares, en su versión del relato de GuiDl (438). Otro ejemplar
en Brit. Museum. Eg., 315 y add. 25.668. Otro ejemplar, en letra de la época,
de mi biblioteca.
(355) Guzmán, Gaspar
de: Correspondencia con Chumacero; véase (371).
(356) Guzmán, Gaspar
de: Carta al Marqués de Leganés. Contestación de éste. Enero 1643. B. Nac. Mss.
43-20-66.
(357) Guzmán, Gaspar
de: Carta desde Toro a un personaje de la Corte (probablemente D. Luis de Haro
o D. José González) sobre la defensa de la raya de Portugal. Publicada por el
P. Sebastián González, 19 octubre 1643. Jesuítas (491), XVII-319.
(358) Guzmán, Gaspar
de: Véase Testamento (459).
(359) Guzmán, Gaspar
de: Un papel escrito en Toro (1644). Archivo Alba. C-96-14.
C) CARTAS DE PERSONAJES
CONTEMPORÁNEOS DEL CONDE-DUQUE
(360) Alba, Duque de:
Correspondencia con diferentes personajes, en Napoles; entre ellos el
Conde-Duque de Olivares. Son 24 cartas entre los años 1623 y 1629. B. Nac.
Madrid. Mss. 10.228.
(361) Alba, Duque de:
Carta al Conde-Duque de Olivares pidiendo licencia para dejar su destino
(1641). Archivo Alba. C-67-881.
(362) Alba, Duque de:
Carta de queja del Duque de Alba al Conde-Duque (1641). Hay muchas copias y
versiones de la misma. B. Nac. (Madrid). Mss. E-72-954. Generalmente va seguida
de otra del Duque de Huéscar, su hijo, al mismo Conde-Duque.
(363) Alba, Duque de:
Carta al Conde-Duque de Olivares reiterándole le concedan la licencia. 26
agosto 1641. Archivo Alba. Véase Ber-WICK (39), 483.
(364) Albanell, Don
Garcerán. Arzobispo de Granada: Carta que el ilustrísimo señor... y maestro que
fue del Rey, N. S., D. Felipe IV, escribió al Conde-Duque de Olivares a los
principios de su privanza sobre murmurarse en la Corte que el Rey salía con él
de noche. Granada, 28 agosto de 1621. Hay muchas copias manuscritas. La
publican Valladares, en el «Semanario Erudito»; Zúñiga (297), página 290; Ochoa
(203); Castro (62); Hume (129), y otros más. Se ha discutido la autenticidad de
esta carta y la de respuesta del Conde-Duque. El P. Zarco Cuevas cree que los
ejemplares que existen en la Biblioteca de El Escorial son auténticos
(comunicación oral).
(365) Alcázar, Luis:
Carta a la ciudad de Sevilla participándola que S. M. había mandado cubrir al
Conde-Duque de Olivares. 12 abril 1621. Arch. Munic. Sevilla. Siglo xvill, tomo
3, núm. 27.
(366) Almirante de
Castilla: Carta ofreciendo 25.000 ducados de donativo, lo cual le fue de gran
sentimiento al Conde-Duque. Publicada en las versiones «Quevedo» del Guidi
(438).
(367) Clemente VIII:
Lettera di Clemente VIII scrita al Vicere Conté de Olivares in torno aW
Exequator del Regno di Napoli. 5 octubre 1596. Arch. Emb. Esp. Santa Sede. Mss.
216-79.
(368) Condestable DE
Castilla: Carta al Conde-Duque de Olivares felicitándole por el nacimiento de
su nieta. 22 agosto 1626. B. N. (Madrid). Mss. 10.249.
(369) Charela, Marquesa
de: Carta al Conde-Duque de Olivares sobre su hija, la que fue amiga de Felipe
IV. B. N. (Madrid). Mss. 954, f. 1.430.
(370) Chumacero, A.:
Copia de una carta de D. Antonio Chumacero a D. Juan Chumacero, su hermano,
encomendándole a su mujer y a sus seis hijos por encontrarse en trance de
muerte. Madrid, 14 abril 1636. Respuesta de D. Juan Chumacero. B. N. (Madrid).
Mss. 20.056-14.
(371) Chumacero, A.:
Correspondencia. Colección de sus numerosísimas cartas con el Rey, el
Conde-Duque y otros personajes, en letra del siglo XVIII, con la nota: «Sacóse
de los originales que obran en poder de D. Mateo Garnica, Marqués de
Valdeorras, nieto de D. Juan Chumacero.» Debieron ser varios volúmenes. Poseo
sólo los tomos III y IV, que fueron de la biblioteca de don F. de Laiglesia. En
el IV está la interesantísima correspondencia con Olivares, que merecería ser
publicada, tanto como la del Conde-Duque y el Cardenal-Infante. Otro ejemplar:
B. N. (Madrid). Osuna, 10.984.
(372) Felipe III: Carta
de Felipe III a D. Iñigo de Cárdenas sobre un libro, en que se habla del Conde
de Olivares. 3 noviembre 1609. Simancas, K. 1.452, A-59-85.
(373) Felipe IV: Carta
que escribe S. M. de su mano al duque de Medina de las Torres en la caída del
Conde-Duque. B. Nacional de Madrid. Mss. T-195.
(374) González, José:
Cinco cartas originales de puño propio escritas por el señor José González al
Rey, nuestro señor, desde 3 de noviembre de 1643 hasta 26 del mismo, con las
respuestas de letra del mismo Rey. Archivo del Conde Rodezno. Publicadas en el
Apéndice XXXIII.
(375) Isabel de Borbón:
Carta al Rey enviándole sus joyas. Véase (354).
(376) Jacobo I de
Inglatera: Carta al Conde-Duque de Olivares. Véase Fracmentos (301).
(377) Méndez de Haro,
Luis: Carta al Conde-Duque de Olivares, su tío (1644). Archivo Alba. C-182-157.
(378) Mendoza, Antonio
de: Papel que escribió el señor Conde-Duque persuadiéndole que no permitiese
que escribiese su vida D. Juan de Vera. Aranjuez, 4 de mayo de 1637.
(379) B. N. Mss. 3.991.
Olivares, Condesa de: Carta agradeciendo a la ciudad de Sevilla las
demostraciones contenidas en la que ésta le escribió con motivo de la
capitulación de la Marquesa su hija. Arch. Munic. Sevilla. PP. Importantes,
siglo XVII, tomo V, núm. 42.
(380) Oreña, P. Miguel
de: Copia de una carta que el P. M. de Oreña, señora Marina de Escobar, cuyo
confesor era. B. N. (Madrid). Mss. 6.139-103. Publicada en Apéndice XXVI.
(381) Pérez, Fray
Antonio: Fran Antonio Pérez da el pésame al Conde-Duque por la muerte de su
hija. B. N. Mss. 10.857-44. f. 105 bis.
(382) Sagredo, Nicola:
Carta del embajador veneciano Nicola Sagredo sobre «El Nicandro». Arch. Gen. de
Venez. Senato III. Secreta núm. 77. La copia Giustitiani. Relaz. (235), 11-129.
(383) Torrescusa,
Marqués de: Papeles varios del tiempo de Felipe IV. Contiene cartas del
Conde-Duque. Un retrato del Marqués en la portada. B. N. (Madrid). Mss 1.630
(faltan bastantes folios).
D) BIBLIOTECA DEL
CONDE-DUQUE
(384) Aguado Bleye, P.:
La librería de Jerónimo Zurita, «Idearium»., Bilbao, 1927.
(385) Alaejos, P.:
Catálogo de las materias que se hallan en los papeles del Conde-Duque de San
Lucar desde el año 1622 hasta 1625. Precedido de otro catálogo de los papeles
de D. Rodrigo Calderón, Franqueza, etc. Escorial. Mss. K. I. 17, f. 129 v. a
188 v.
(386) Biblioteca
Selecta del Conde-Duque de San Lucar, gran Chanciller. Copia (por D. Manuel
Ángulo) del original que existía en la biblioteca del Duque de Huesear. R.
Acad. Historia. Mss. 41-45. Hay otra copia en la Biblioteca de Palacio, mss.
1.781. El original no está en la biblioteca del Duque de Alba, heredero de
Huesear.
(387) Cédula de Felipe
IV para que el Conde-Duque de Olivares tenga en su poder los libros y papeles
de diferentes materias que S. M. le ha mandado recoger y los deje vinculados a
su mayorazgo como fuere su voluntad. 9 de enero de 1632. Archivo Alba. C-67-71.
(388) Cédula en favor
del Conde-Duque para que tenga en su poder los libros y papeles de diferentes
materias que S. M. le ha mandado y mandare entregar. 30 de octubre de 1625. B.
Nacional de Madrid. Mss. 510, núm. 120, y Archivo Alba. C-l 11-44.
(389) Hochberg:
Manuscrits espagnols dans les bibliotthéques suédois, «Revue Hispanique»,
1916-XC-397.
(390) Muñoz, J. B.:
Colección de Bibliotecas de la Historia. Tomo 92, f. 56. Véase también (16).
(390-a) GARÍN Ortiz de
Taranco, F. M.: Un libro de horas del Conde-Duque de Olivares, Diput. de
Valencia, 1951.
E) DEFENSAS E
IMPUGNACIONES AL CONDE-DUQUE
(391) Acevedo, Manuel
de: Aplauso gratulatorio de la insigne escuela de Salamanca al excelentísimo
señor. D. Gaspar de Guzmán, votos de los estudiantes, que alcanzó de Su
Majestad. B. N. (Madrid). Raros, 2.235.
(392) Bolaños, Gabriel
de: Respuesta en favor del Conde-Duque por el licenciado D. Gabriel de Bolaños,
fiscal de Comisiones del Cuerpo de Hacienda, al Rey Nuestro Señor. B. N.
(Madrid). Mss. 4.147, y (310), 220, etc.
(393) Canto villa, M.:
Guzmanica Oliva. Gloriossiam Gaspariss Guz-manii Olivariensum
Principisprosapiam, etc. Año 1635. B. N. (Madrid). Mss. 3.390.
(394) Carrosa, Joseph:
Política del Comte de Olivares. Contrapolitica de Cathaluña y Barcelona.
Contraveri al veri que perdía lo Principal Cátala. Veritates brevement
assengaladas. Proteccio manifestada desl Sants Auxiliares, etc., Barcelona,
1641.
(395) Carta de un
aficionado servidor del Excmo. Sr. Conde de Olivares, en que se le da algunos
avisos importantes a la conservación de su valimiento. En (310), f. 60.
(396) Decisión de Apolo
en la pretensión de mayor alabanza entre los dos Validos de las mayores
potencias de Europa: Olivares y Richelieu. B. N. (Madrid). Osuna, 10.838.
(397) Galarza, Antonio
de: Memorial que dio D. Antonio de Galar-za3 presbítero, aS. M. el domingo, en
la primera audiencia, que fue el tercero después que fue a Loeches el
Conde-Duque y dando con la ocasión de decirse que todavía gobernaba como antes.
B. N. (Madrid). Mss. 4.147, f. 353 (301).
(398) González Galindo,
P. Pedro: Memorial dado a S. M. por el P. Pedro González Galindo sobre las
revelaciones de D. Francisco de Chiriboya (1644). B. N. (Madrid). Mss. 4.147,
f. 461.
(399) González Galindo,
P. Pedro: Discurso sobre las confesiones del Conde de Olivares, absoluto Valido
de Felipe IV, al padre Francisco Aguado, de la Compañía de Jesús, provincial de
la provincia de Toledo y predicador de S. M. Su confesor, el P. Pedro González
Galindo, su humilde hijo, lector de Teología en los estudios reales del Colegio
de la Compañía de Jesús, en Madrid, y calificador del Santo Oficio, amonéstale
se aparte y retire del gobierno del alma y disposición de conciencia del Conde
de Olivares. Año 1652. [Manuscritos (310), f. 63]. Hay varias copias en
diversas bibliotecas.
(400) González Galindo,
P. Pedro: Copia de la carta que un religioso de la Compañía de Jesús escribió
en Madrid a 20 del mes de diciembre de 1643 respondiéndole a otro religioso de
la misma Compañía. B. N. (Madrid). Mss. 2.375, f. 290. En el Mss. (301) hay
otra copia con el título Carta de un religioso de la Compañía de Jesús en
respuesta de la de otro religioso acerca de los escritos, proceder e
inquietudes del P. González Galindo por acreditar las revelaciones del que se
llamó profeta, D. Francisco Chiriboya.
(401) Híjar, Duque de:
Lo que se obró con los reyes después que se fue el Conde. Núm. 13 de un legajo
sin título. Arch. H. N. Osuna, 3.529.
(402) Martínez Ripalda,
P.: Memorial en favor del Conde-Duque. Manuscrito de letra de la época. Archivo
Alba C-l 11-51. Resumido en el Apéndice XXXI.
(403) Mena, Andrés de:
Memorial que dio a Su Majestad a 18 de febrero de 1643. Apareció impreso en
Madrid. Imprenta Real, 1643. Conozco un ejemplar en Fracmentos (301), y otro en
la B. N. (Madrid), mss. 12.586. Pero, sin duda, recogida la edición, su circulación
se hizo en manuscritos, de los que hay bastantes copias; en la B. N. (Madrid)
hay dos: Mss. 2.081 y 4.147. Utilizo la del volumen (310). Lo publicó
Valladares, «Semanario Erudito», XV-213, atribuyéndolo a Quevedo. Lo reproduce
el mismo Valladares en el tomo XIX del «Semanario». En algunas copias figura
bajo el título Nicandro, confundiendo en uno solo al escrito así llamado, que
era una respuesta al Memorial de Mena y el Memorial mismo.
(404) Morales y
Barrionuevo, Juan de: Acusación fiscal contra «El Nicandro». Julio 1643. B. U.
(Madrid). Mss. 11.262. 12.856 y 4.147. Otro, en el volumen Fracmentos (301), y
varios más.
(405) Muleta (La) del
Conde-Duque de Olivares. Autor: El conocimiento de la verdad. Año 164... En el
volumen Fracmentos (301).
(406) Nicandro o
antídoto contra las calumnias que la ignorancia y envidia ha espaciado para
deslucir y manchar las heroicas e inmortales acciones del Conde-Duque de
Olivares después de su retiro. Hay bastantes copias manuscritas en diferentes
archivos. B. N. (Madrid). Osuna, 10.993. He utilizado la de la Acad. Historia.
Mss. 11-4-4-6. El único ejemplar impreso que he visto está en la B. N.
(Madrid). Osuna, 11.004. Véase la reciente edición de La Arcadia (15); en el
Prólogo, de A. G. DE Amezua, hay nuevos e interesantes datos sobre este papel.
(407) Otra respuesta en
favor del Excmo. Sr. D. Gaspar de Guzmán, Conde de Olivares, privado del Rey,
nuestro señor, D. Felipe IV, el Grande. Lo publica Valladares, «Semanario
Erudito», XXII-211. Otro ejemplar, Mss. (310), f. 241. Este papel fue también atribuido
a Quevedo. Como tal figura en el ejemplar de la Academia de la Historia con el
título Respuesta de D. Francisco de Quevedo a cada uno de los párrafos del
memorial que dio al Rey D. Felipe IV su gran privado el Conde-Duque de Olivares
(E-167). Es una réplica a El Nicandro y al Memorial de Bol AÑOS (392). No tiene
interés. La atribución a Quevedo es absurda.
(408) Pedrosa,
Gregorio: Papel fundado en razón de Estado que escribió Don Gregorio Pedrosa al
Conde de Olivares para conservarse en la privanza del Rey y gobernar
acertadamente esta Monarquía. B. N. (Madrid). Osuna, 10.431.
(409) Segundo memorial
que se dio a Su Majestad contra el Conde-Duque a 2 de marzo de 1643. Mss.
(310), f. 211 v.
(410) El Moysen
Anctilifia o defensa a la infamia hecha al Valido y valimiento. B. N. (Madrid).
Mss. 3.499.
F) FAMILIA DE OLIVARES
(411) Guzmán, Pedro de:
Información de los servicios prestados por el señor D. Pedro de Guzmán en el
levantamiento de las Comunidades de Andalucía y de Castilla (1565). Archivo
Alba C-82-29.
(412) Guzmán, Enrique
de, Conde de Olivares: Instrucciones que dio D. Enrique de Guzmán, Conde
Olivares, embajador de Roma, a D. Laureano de Guzmán, ayo de D. Gaspar de
Guzmán, su hijo, cuando le envió a estudiar a Salamanca, de donde fue rector, a
7 de enero de 1601. En el volumen (310), f. 3.
(413) Guzmán, Enrique
de: La orden que el Conde, mi señor, manda que se guarde con la ropa del señor
D. Gaspar, su hijo; su mesa y la de sus criados y todo el gasto de su casa por
el señor D. Laureano de Guzmán, ayo de su merced en la ciudad de Salamanca, a
cuya Universidad le envía su señoría a estudiar. En el volumen (310), f. 25.
(414) Guzmán, Enrique
de: Papeles varios que dio a S. M. cuando volvió de la Embajada de Roma el
Conde de Olivares. Un volumen, en folio, con 17 documentos. Copia del XVII.
Biblioteca de G. Marañón.
(415) Guzmán, Enrique
de: Relación del Conde de Olivares, Virrey de Sicilia, en la fin de su gobierno
por los años 1595. B. N. (Madrid). Mss. 2.460-1-76.
(416) Guzmán, Enrique
de: Bando de D. Enrique de Guzmán, Virrey de Nápoles, sobre extinción de
forajidos. 16 mayo 1598. Archivo Alba. C-240-9.
(417) Martínez
Calderón, Juan Alonso: Epítome de la historia de los Guzmanes. Tres volúmenes,
en folio. Con retratos a la pluma (faltan los dos últimos Guzmanes). En el
volumen III, el lib. XVI se refiere al primer Conde de Olivares. Don Pedro; el
XVII, al segundo, D. Enrique; el XVIII, a D. Gaspar de Guzmán. B. N. (Madrid).
Mss. 2.258. Está este epítome redactado, como varias veces declara el autor,
con papeles y documentos del archivo del Conde-Duque y, probablemente, bajo la
dirección de éste. Algunas de las notas marginales del tomo III me parecen de
mano de Olivares. Morel-Fatio (194) dice que la obra de Martínez Calderón está
tomada de la del Conde de la Roca; sin duda no vio el erudito francés el
manuscrito del Epítome, que por su extensión, plan, etc., nada tiene que ver
con el opúsculo de Roca, aun cuando hay muchos datos comunes referentes a la
vida de D. Gaspar, ya porque Roca los copiase de Martínez Calderón, ya porque
ambos los tomasen de la misma fuente.
G) INQUISICIÓN Y
HECHICERÍAS
(418) Cárdenas, Miguel
de: Informe sobre los hechizos que se decía daba el Conde-Duque de Olivares al
Rey D. Felipe IV (1627). B. N. (Madrid). Osuna, 11.052-2. Otra copia en (310),
f. 36.
(419) Notas de la toma
de hábito, profesión y fallecimiento, tal como está en los libros de la
Comunidad, de Sor Margarita de la Cruz; más notas sobre el reloj y el Cristo de
Velázquez, regalados por Felipe IV a San Plácido. Bibl. de G. Marañón.
(420) Proceso de la
Inquisición contra Jerónimo de Liébana. Tres legajos: de Cuenca, 1632; de
Málaga, 1632 y Madrid, 1632. En el primero están las figuras y prácticas
magníficas empleadas por el procesado. Archivo del Obispado de Cuenca. Parte de
estos papeles, publicados en (64).
(421) Delitos y
hechicerías que se imputan al Conde de Olivares, Valido del Rey, nuestro señor,
D. Felipe IV, y otras cosas. Salió este papel al 8 de febrero de 1643,
dieciséis días después de la caída del Conde y salida de la Corte. Hay muchas
copias manuscritas. He utilizado la del volumen (310). La copia de la B. N.
(Madrid), Mss. 4.147, tiene un título diferente: Vida licenciosa y hechos
escandalosos y sacrílegos de D. Gaspar de Guzmán, Conde-Duque de Olivares,
favorito del Rey Felipe IV. Lo publicó íntegro D. Basilio Castellanos en «El
Bibliotecario», Madrid, 1841, y últimamente, aunque incompleto A. G. DE Amezua
(12). También se refiere a él con alguna extensión Barrera (29), 57.
(422) Proceso de San
Plácido. Arch. Hist. Nac. Inquisición de Toledo. Legajo 103, núm. 3, y en Acad.
de la Hist. Colección Folch y Cardona. Vol. XI-173. Hay una copia de la
acusación y sentencia de Doña Teresa Valle de la Cerda en B. N. (Madrid). Mss.
11.059, f. 90.
(423) Relación de todo
lo sucedido en el caso de la Encarnación Benita, que llaman de San Plácido, de
esta Corte, en tiempo del Conde-Duque de Olivares. B. N. (Madrid). Mss. 10.901.
(424) Proceso de la
Inquisición sobre la supuesta herejía del Conde-Duque. Arch. Hist. Nac.
(Madrid). Inquisición. Leg. 1.866.
H) LOECHES, OLIVARES,
LA CASA DE LA CRUZADA
(425) Desmembración y
venta de la villa de Loeches. Compra de la misma por el Conde-Duque. Bibl. de
la R. Acad. de la Hist. Salazar. M. 63. Escrituras CLXXX-9-869.
(426) Sobre la
construcción del Convento de Loeches hay muchos documentos en Arch. de
Protocolos (Madrid); véase especialmente 6.102, 6.150, 6.152, 6.153, 6.158,
6.365, 6.752.
(427) Escritura de
fundación del monte de la casa de Olivares. Impreso en 4.°, 75 folios, Arch. de
la Colegiata de Oüvares. Legajo 1. cuaderno 1
(428) Estatutos de la
santa e insigne iglesia colegia de Santa María la Mayor de las Nieves de
Olivares (Nullius Diócesis). Patronato de los Exms. Sres. Condes de Olivares,
Duques de Sanlúcar la Mayor, Marqueses de Eliche. Que de orden y acuerdo del
Rmo. señor abad mayor y Cabildo da a luz su diputado D. Ramón Hernández y
Araujo. Sevilla, 1799.
(429) Sobre la
extensión de la iglesia de Olivares. Bibl. R. Acad. Hist. Sa-lazar. M. 154.
(430) Escritura de
venta de la casa de la Cruzada al Conde-Duque. Archivo de Protocolos (Madrid).
2.027, f. 474, y 2.037, f. 805.
(431) Títulos de las
casas que al limo. Sr. D. Domingo de Trespalacios y Escandan, del Consejo y
Cámara de S. M. en el Real y Supremo de Indias, pertenecen en la calle de la
Cruzada, manzana 428, núm. 2. Archivo de los Condes de Revilla de la Cañada
(Madrid).
(432) Saltillo, Marqués
de: Casas madrileñas del siglo pasado. «Rev. de la Bib., Arch. y Mus.» del
Ayuntamiento de Madrid, 1945-14-25 y 381.
(433) Marañón, G.: La
Casa del Conde-Duque de Olivares. «Rev. de la Bib., Arch. y Mus.» del
Ayuntamiento de Madrid.
I) DOCUMENTOS ACERCA DE
LA VIDA DEL CONDE-DUQUE
(434) Acción notable
del Conde-Duque, año de 1623, sobre poner hábito a Don Antonio de Alora, su
paje. Publicada por Castro (62), 158. Hay varios ejemplares manuscritos: (310),
f. 33 y otros.
(435) Breve notizia
della magnifica funzione con cuifu celébralo il battesimo del figlio del Conté
d’Olivares ambasciatore del Re Sattolico in Roma il die 12 maggio 1589. Archivo
de la Embajada de España en la Santa Sede. Mss. 361, folio 188.
(436) Fórmulas y
cortesías con que el Conde-Duque de Olivares escribía a algunos Príncipes. R.
Acad. Hist. Salazar, A-54.
(437) Guidi, P.
Ippolito Camillo: Cadutá del Conté d’Olivares l’anno 1643. Ivrea, 1644.
Publicada por Morel-Fatio (194).
(438) Guidi: Versión
«Quevedo». Vida, caída y muerte del Conde-Duque de Olivares, gran Privado del
señor Rey D. Felipe IV, el Grande, con los motivos y no imaginada disposición
de la caída, sucedida a 17 de enero de 1643. Para ejemplo de muchos y advertencia
de todos. Publicada por Valladares, «Semanario Erudito», III, Madrid, 1787. Hay
muchas copias; por ejemplo, (308), f. 1, etc.
(439) Guidi: Versión
«Carreto». Caída del Conde de Olivares, Privado de Felipe IV, el Grande, Rey de
España, con los motivos y no imaginada disposición de ella, sucedida a 17 de
enero de 1643, para ejemplo de muchos y advertencia de todos. Escribióla un curioso
italiano, que de Madrid la remitió a Italia a un señor amigo, de donde volvió
impresa a España. Traducida de la lengua toscana a la española... Tiénese por
cierto que la escribió el embajador de Alemania D. Eugenio Carreto, Marqués de
Grana, gran ministro y muy de la Reina doña Isabel de Borbón y de los de su
confianza. Publicada por Hochberg (123). Hay muchas copias manuscritas, por
ejemplo, en (310), f. 1.270. B. N. (Madrid). Mss. 13.545, etc. Véase Apéndice
II.
(440) Informe del
Consejo de Estado sobre lo que se le ofrece en el asunto del Príncipe de
Equemberg, que se ha puesto de mediador para que haya amigable correspondencia
entre el Conde-Duque y el cardenal Richelieu. 19 febrero 1632. Simancas. K.
1422 (A-33), número 3.
(441) Junta que se hace
en el aposento del Conde-Duque de San Lucar en Madrid a 6 de diciembre de 1627.
Simancas. K. 1435 (A-45), núm. 144 (minuta oficial).
(442) Muerte del Conde
de Olivares en la ciudad de Toro, viernes 22 de julio 1645. Véase (310), f.
277. Esta relación figura al final de muchas de las versiones españolas de
Guidi (438), entre ellas la publicada por Valladares, como de Quevedo. Hay
otras versiones separadas: B. N. (Madrid). Mss. Osuna, 10.700 y Mss. 10.774.
(443) Nombramiento de
Don Baltasar Gilimón de la Mota para administrador de la Casa del Conde-Duque.
B. Nacional de Madrid. Mss. T-195. Copiada en (303).
(444) Noticia del
nacimiento, vida y muerte de D. Gaspar de Guzmán, Conde-Duque de Olivares. B.
N. (Madrid). Mss. 10.659 y 8.875. Otra copia algo distinta en el título y texto
en Mss. 4.539. Publicado por Amezua (12).
(445) Noticia sobre un
hijo bastardo del Conde-Duque de Olivares. Archivo Alba. C-98-7. Manuscrito de
letra de la época. Parece una hoja arrancada de un diario de avisos. Véase
Apéndice X.
(446) Papel que el rey
Don Felipe IV escribió al Conde-Duque concediéndole licencia para que se
retirase del manejo de los negocios. 17 enero 1643. B. Nacional de Madrid. Mss.
475, f. 81. Copiado en (303).
(447) Partida de
defunción del Conde-Duque de Olivares. Publicada en «Revista Española»,
1901-2-219, y en Calvo Alaguero (52), etc.
(448) Petición de
conejos de Esteban Nieto Villegas, mayordomo del Conde-Duque, 1 junio 1626.
Arch. Gen. Central de la Cámara de Castilla. Libros de Gobierno, años 1625-26.
f. 413. Copiado en (303).
(449) Relación de la
servidumbre del Conde de Olivares. R. Acad. Hist. colee. Jesuitas, tomo CLXII
de Varios, núm. 26. Véase Apéndice VIII.
(450) Relación política
de las más particulares acciones del Conde-Duque de Olivares y sucesos de la
Monarquía de España con la forma de su gobierno. Escrita por un embajador de
Venecia a su República, habiendo estado en Madrid. Traducida del italiano al
español en Nápoles a 1 de julio de 1661 años. Hay varias copias manuscritas: B.
N. (Madrid). Mss. 10.838, y Mss. 10.409, etc., con ligeras variantes en la
redacción, como traducidas por distinta mano. En mi biblioteca hay otro
ejemplar manuscrito titulado Discurso de un embajador de la República de
Venecia sobre el estado y diferentes sucesos de la Monarquía de España en el
valimiento del Conde-Duque de Olivares, ejercitado en tiempo del Rey Felipe IV.
Hay una edición impresa, en portugués, titulada Relagam política das mais
particulares acgoes do Conde-Duque de Olivares é sucessos da Monarquía de
Hespanha no tempo de seu governo, que fes un embaxador de Veneza á sua
República, estando en Madrid. Traduzida no idioma portuguez por Joao Ribeyro
Cabral, Lisboa, 1711. Conozco varios ejemplares: R. Acad. Historia; Biblioteca
de A. G. Amezua, etc. Gran parte del texto de esta relación coincide con el de
Siri (257), y, sobre todo, con el de Roca (455). Es seguro que su autor no fue
ningún embajador y que se compuso su texto con fragmentos de noticiarios, muy
especialmente con el de Roca.
(451) Informe del
Consejo de Estado sobre lo que se le ofrece acerca de los puntos inclusos en
los despachos del señor Cardenal Infante de 11 y 12 de julio y de otros
ministros de Flandes, de diferentes fechas, para V. M., para el Conde-Duque y
para el secretario Andrés de Pozas. 8 octubre 1635. Arch. Gen. Simancas.
Estado. Leg. 2.050, f. 88.
(452) Relación de lo
sucedido desde el 17 de enero de 1643 que S. M. ordenó al Conde-Duque que
saliese de Palacio hasta 23 del mismo mes, que, con efecto, salió de la Corte.
B. N. (Madrid). Mss. 4.147. Otra copia en el volumen (310), f. 106.
(453) Relación del
recibimiento del Conde-Duque en Toro. B. N. (Madrid). Mss. 18.718-80.
Reproducido por E. Cotarelo en «Revista Española», 1901-1-131. Hasta el relato
del lunes está publicado en Jesuítas (491), XVII-140. Otro trozo, por Artigas,
en el prólogo a Ulloa (272).
(454) Relato de la
enfermedad y muerte del Conde-Duque. Archivo Alba. C-96-14.
(455) Roca, Conde de la
(D. Juan Antonio de Vera y Figueroa): Fragmentos históricos de la vida de D.
Gaspar de Guzmán, Conde de Olivares, etc. Madrid, 1 de julio de 1628. La
publicó Valladares, «Semanario Erudito», II, Madrid, 1787, pág. 145, en versión
muy incorrecta, pero la más fácil de hallar por el lector. Poseo dos copias
manuscritas; una excelente, del año 1668, y otra peor, del siglo xvni. Hay
muchas más en varias bibliotecas de España, París, Londres, Copenhague, etc. En
1673 se publicó en Colonia una traducción francesa, rara, arreglada, con el
título L’Histoire du ministére du Comte-Duc. Avec des réflexions politiques
curieuses. Bologne, 1673.
(456) Roca, Conde de
la: Manifiesto del Conde de la Roca correspondiendo a lo que dicen de él a la
caída del Conde-Duque. B. N. (Madrid). Mss. 4.147, f. 189; (310), f. 180, etc.
La publicó Morel-Fatio (194), nota 5.
(457) Torner,
Cristóbal: Noticia del Conde-Duque de Olivares y su hijo, sacada de las notas
políticas a Tácito. B. N. (Madrid). Mss. 10.738.
(458) Ulloa, Luis de:
Visita en Toro al Conde-Duque de la Universidad de Salamanca. B. N. (Madrid).
Mss. 4.147, f. 407. La reproduce Artigas en (272).
J) TESTAMENTO Y PLEITOS
DE SUCESIÓN
(459) Testamento de D.
Gaspar de Guzmán y Pimentel, Conde-Duque de Olivares, otorgado en el Palacio
Real del Buen Retiro el 16 de mayo de 1642. Pasó ante el escribano de S. M. y
de número de esta villa de Madrid, D. Francisco Suárez de Ribera. Arch. Hist.
Nac, leg. 37.682, núm. 2.823 (Ejecutorias.) Marzo 23. Año 1740. Está impreso
con el título: Testamento del Excelentísimo señor D. Gaspar de Guzmán,
Conde-Duque de Olivares y de San Lucar la Mayor, que otorgó en 16 de mayo del
año 1642, que fue cerrado y se entregó en el Consejo de Castilla, y por su
mandado, habiendo procedido las solemnidades del derecho, le abrió el
licenciado D. Gaspar de Teza, teniente de Corregidor de esta villa de Madrid,
por ante Francisco Suárez de Ribera, escribano de número de ella, ante quien se
había otorgado. R. Acad. de la Historia. Salazar, 9-995. Las dos versiones no
son enteramente iguales; más completa la original, del Archivo Nacional.
(460) Testamento
otorgado por la Duquesa de Sanlúcar, viuda del Conde-Duque de Olivares, en
virtud de poder otorgado por éste. 21 de noviembre de 1645. R. Acad. Hist.
Salazar, 9-995.
(461) Testamento de la
Condesa-Duquesa de Olivares. Madrid 10 septiembre 1647. Real Acad. Hist.
Salazar, 9-995.
(462) Pleito sobre la sucesión
de Sanlúcar. Arch. Histórico Nacional. Osuna. Leg. 310, núm. 3, y leg. 25.589,
núm. 1. Impreso titulado: Memorial del pleito del señor don Luis (de Haro y)
Guzmán, Conde de Olivares, Duque de Sanlúcar la Mayor, que pretende ser; con la
señora doña Inés de Zúñiga y Velasco, Duquesa de San Lucar, Condesa de
Azarcollar, y el Marqués de Mairena, D. Gaspar Felipe de Guzmán, que pretende
ser Duque de San Lucar. Sobre la tenuta de los bienes que quedaron por fin y
muerte del señor Conde-Duque D. Gaspar de Guzmán. Que el señor D. Luis de
Guzmán y el Marqués de Mairena pretenden son de mayorazgo y la señora Duquesa
que son libres.
(463) Memorial ajustado
del pleito que está visto en el Colegio y se litiga entre el excelentísimo
señor Marqués de Leganés con el Príncipe de Astillano y por su muerte con doña
María Álvarez de Toledo, su mujer, y con el Duque de Medina Sidonia y su mujer
la Duquesa de Sanlúcar la Mayor, que a este pleito se opuso por muerte de D.
Domingo de Guzmán, su hermano, sobre la sucesión de Sanlúcar, etc. R. Acad.
Hist. Salazar, 9.1.219, 570 folios.
(464) Por el
excelentísimo señor D. Diego Felipe de Guzmán, Marqués de Leganés, con el señor
fiscal del Sacro y Supremo Consejo de Aragón y con el excelentísimo señor D.
Juan Claros Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, Duque de Medina-Sidonia. R. Acad.
Historia. Salazar, 9-1.220.
(465) Por el Marqués de
Leganés y de Morata D. Diego Felipe de Guzmán en el pleito con la Duquesa de
Medina-Sidonia sobre la propiedad de los Estados de Sanlúcar, etc. Real Acad.
Hist. Salazar, 9-1.220.
(466) Por el señor
Duque de Medina de las Torres con el señor Marqués de Leganés. Real Acad. Hist.
Salazar, 9-1.220. Pleito entre el Marqués de Leganés y el Duque de Medina de
las Torres. Año 1696. R. Acad. Hist. Salazar, 9-1.221, 328 folios.
(467) Pleito sobre la
sucesión de los Estados de Sanlúcar la Mayor, Marquesado de Mayrena y Condado
de Arzarcollar, entre D. Diego Felipe de Guzmán, Duque de Sanlúcar, Marqués de
Leganés, y D. Gaspar Felípez de Guzmán, Príncipe de Astillano, Duque de Medina
de la Torres. 7 de julio 1696. Arch. Hist. Nacional. Mayorazgos, leg, 37.611,
núm. 440.
(468) Por el Marqués de
Leganés con el Príncipe de Astillano sobre el Estado de Sanlúcar, en respuesta
del papel que se ha dado para que se vea en el Consejo en conocimiento de esta
causa, inhibiendo a la Chancillería. S. 1. n. a. (siglo XVIII), 20 folios.
Biblioteca de G. Marañón.
(469) Pleito sobre la
paga de 5.000 ducados de los 12.000 con que dotó al convento de Loeches el
Conde-Duque D. Gaspar de Guzmán. 28 septiembre 1739. Arch. Hist. Nacional.
Mayorazgos, leg. 37.681, núm. 2.796.
(470) Discurso que
prueba ser válido el testamento del Conde-Duque del 16 de mayo de 1642.
Fracmentos (301).
(471) Otro discurso
sobre el mismo tema. Fracmentos (301).
(472) Discurso médico
por el Sr. D. Nicolás María Felípez de Guzmán y Carrafa con el Marqués de
Leganés sobre la propiedad del Estado de San Lúcar. S. a. Biblioteca del
Marqués de Saltillo.
(473) Maroja, Cipriano:
Al excelentísimo señor Duque de Sanlúcar, Marqués de Leganés, Poza y Mairena,
general de las armas de España en los distritos de Badajoz, etc.
(474) El doctor
Cipriano de Maroja, médico de Su Majestad y del Santo Oficio de la Inquisición
y catedrático de Prima de Medicina en esta Real Universidad de Vallado-lid,
humilde dedica y consagra este breve escrito. 15 folios. Impreso (1649).
Biblioteca de G. Marañón. Hay un ejemplar manuscrito en la B. N. (Madrid).
(475) Petición al rey
para que se derogase la merced hecha al Conde-Duque del oficio de Regidor de
cada uno de los condados y villas con voto en Cortes. 29 mayo 1646. Arch. Gen.
Central de la Cámara de Castilla. Cortes. Leg. 1. Copiada en (303).
(476) Pleito entre las
ciudades y los herederos del Conde-Duque sobre la merced de regimiento
perpetuo. Arch. de la antigua Diputación de los reinos. Libros de acuerdos.
Leg. 6. Cuad. 23. 1646 a 1648. Libro 24. 1649 a 1654. Copiada en (303).
K) TÍTULOS Y MERCEDES
(477) Expediente de la
Orden de Calatrava de D. Enrique de Guzmán y Ribera, Conde de Olivares.
Tarazona, 1561. Arch. Hist. Nac. Exp. núm. 1.178.
(478) Dispensa de
nobleza para tomar el hábito de Calatrava a D. Gaspar de Guzmán, hijo del Conde
de Olivares, y doña María de Pimentel, la cual era nieta del Patriarca D. Diego
de Acevedo y Fonseca, arzobispo de Santiago, quien tuvo de padre a su susodicha
siendo ya clérigo. Arch. Emb. Esp. cerca de la Santa Sede. Leg. 11 A. 1582.
(479) Expediente de la
Orden de Calatrava de D. Gaspar de Guzmán, Conde de Olivares. Arch. Hist. Nac.
Roma, 1592. Exp. núm. 1.176.
(480) Expediente de la
Orden de Alcántara de D. Gaspar de Guzmán, Conde de Olivares. Sevilla, 1624.
Arch. Hist. Nac. Exp. 697.
(481) Expediente de la
Orden de Alcántara de D. Félix de Guzmán y Ribera. Sevilla, 1652. Arch. Hist.
Nac. Exp. núm. 698.
(482) Pleito sobre el
canonicato de D. Gaspar de Guzmán. Archivo de la catedral de Sevilla. De este
pleito dio noticia Montoto (192).
(483) Provisión real
concediendo a D. Gaspar de Guzmán, Conde de Olivares y Duque de Sanlúcar la
Mayor, privilegio perpetuo por juro de heredad, del oficio de Regidor en todas
las ciudades y villas de voto en Cortes, donde viviere o estuviere de paso. Madrid,
15 de enero de 1640. Arch. Munic. de Sevilla. Sec. 4.a T. XXXIX, núm. 28.
(484) Título de Capitán
de Sevilla al Conde-Duque. R. Acad. Hist. Salazar, M. 63, f. 69.
(485) Título de general
de la Caballería de las Órdenes al Conde-Duque. R. Acad. Historia. Salazar, M.
61, f. 351.
(486) Relación de los
expedientes tocantes a las mercedes que S. M. hizo al señor Conde-Duque. B.
Nacional de Madrid. Mss. 1 l-T-195. Copiada en (303).
L) OTROS DOCUMENTOS DE
LA ÉPOCA
(487) Avisos que se
envían de esta Corte de algunas cosas notables que sucedieron en la enfermedad
y muerte del excelentísimo señor Duque de Osuna a cierta persona grave.
Barcelona, 1624. Impreso de dos hojas. Biblioteca de G. Marañón.
(488) Cabanes, F. X.:
Memoria que tiene por objeto manifestar la posibilidad y facultad de hacer
navegable el río Tajo. Madrid, 1820.
(489) Carduchi, L.:
Corografía del río Tajo hecha por Luis Carduchi, matemático de S. M., junto con
el reconocimiento que por su mandato han hecho el licenciado D. Eugenio
Salcedo, abogado, y Julio Martelli, ingeniero, y el dicho Luis Carduchi. Al
gran Monarca de las Españas y Nuevo Mundo D. Felipe IV, el Grande. Manuscrito
con planos, copia del siglo XIX. Biblioteca de G. Marañón.
(490) Carta de Maese
Nicolás, cirujano de Antón Martín, para D. Juan [de Austria]. Colee. Jesuítas.
R. Acad. Hist. T. 145, f. 18. la reproduce Maura Gamazo (172), 1-676.
(491) Cartas de algunos
PP. de la Compañía de Jesús sobre los sucesos de la Monarquía entre los años
1642 y 1648. Memorial histórico español, tomos XIII a XIX, Madrid, 1861 y
siguientes.
(492) Castellano,
Basilio Sebastián: Retrato antiguo y actual de la villa y corte de Madrid. Bib.
Nac. (Madrid). Mss. 20.160.
(493) Contrato
matrimonial de la Infanta doña María con el Príncipe de Gales. Nombres de los
cardenales que entraron en cónclave. ídem los españoles que ha habido. Una
relación de las joyas que nuestro Soberano, en 1628, dio al Príncipe de Gales y
a otros caballeros y los que éste regaló. Manuscrito de la época; biblioteca
del Monasterio de Cogullada, hoy de la biblioteca de G. Marañón.
(494) Covarrubias y
Leiva, Diego: Elogios al Palacio Real del Buen Rehiro, escrito por algunos
ingenios de España, recogidos por Madrid, 1635. Edición de Antonio Pérez y
Gómez, Madrid, 1949.
(495) Decreto de 18 de
noviembre de 1625 sobre repoblación, comercio, etc. Impreso. Dos folios.
Biblioteca de G. Marañón.
(496) Decreto sobre la
administración del Estado de los Condes de Olivares (nombrando administrador a
Don José González). 5 octubre de 1649. Arch. General Central. Cámara de
Castilla. Reales Decretos. Leg. 89. Doc. 98. Copiada en (303).
(497) Exposición a S.
M. pidiendo una demostración de castigo para el inquisidor general, fray Luis
de Aliaga. B. N. (Madrid). Mss. 2.394.
(498) Fracheta,
Girolamo: Discorso in torno al modo che deve tenere un gran Principe por
conservare il suo stato. Al Pot. et glr. D. Filippo, Principe di Spagne et dell
Indie. Mss. de la biblioteca de G. Marañón.
(499) Gaceta de Madrid
desde el mes de febrero hasta 14 de este mes (1621) por mandado de limo, señor
embajador de Genova, mi señoría. Mss. de la biblioteca de G. Marañón.
(500) Góngora, Luis de:
Obras, reconocidas y comunicadas por D. Antonio Chacón Ponce de León, señor de
Polvoranca. Están dedicadas al Conde-Duque. He consultado el precioso ejemplar
original, en 3 volúmenes, que se conserva en la Sección de Mss. de la B. N.
(Madrid), fechado el año de 1628. Fue reproducido por Foulché-Delbosc y
publicado en la «Biblioteca Hispánica».
(501) Guicciardini, L.:
La historia de Italia de Guicciardini, gentil florentino. Traducida del
italiano en lengua castellana con la vida del autor. B. N. (Madrid). Mss.
2.641. El manuscrito es original de Felipe IV.
(502) índice de los
manuscritos que juntó el Conde de Pernia en 27 volúmenes en folio. Este índice
se halló, después de su muerte, el año 1770. Y sólo algunos papeles de los que
se expresan. No se sabe dónde paran los demás. Manuscrito de la biblioteca de
G. Marañón.
(503) Kerley, Antonio:
Papel político en todo el mundo dedicado al Conde de Olivares. Bib. Nac,
(Madrid). Osuna. 2 volúmenes. 10.580-10.581.
(504) Libro de las
Cortes de los reynos de Castilla que comienzan desde 30 de agosto de 1364 hasta
1650. Biblioteca del Congreso de Diputados.
(505) León, A.:
Noticias del siglo XVII. Bib. Nac. (Madrid). Mss. 2.391.
(506) Martínez de la
Torre, Fausto: Plano de la villa y corte de Madrid, con 64 láminas, que
demuestran otros tantos barrios en que está dividida. Madrid, 1800. Bib. Nac.
Mss. 4.305-1.
(507) Noticias de
Madrid de 1621 a 1627. Bib. Nac. (Madrid). Mss. 2.513. Hay una edición de A.
González Palencia, Madrid, 1942.
(508) Noticias de
Madrid, 1633. Archivo Alba, publicado por Berwick (39), 477.
(508-a) Nieremberg, P.
J. E.: Manual de Señores y Príncipes. (Dedicado al Conde-Duque.) Madrid, 1629.
(509) Olivares, Damián:
Memorial de Damián de Olivares para aclarar más la cuenta del que hizo a 27 de
julio de 1620 para la Junta que su Majestad, que está en el cielo, nombró.
Madrid, 26 de noviembre de 1621. Impreso. Biblioteca de G. Marañón.
(510) Olivares, Damián:
Respuestas de Damián de Olivares a un papel que ha salido sin autor, que se
intitula «Advertencias para la prohibición a las mercaderías extranjeras, que
se dice da causas, por qué no se deben prohibir por ley absoluta y pregón escandaloso».
Madrid y febrero 20 de 1622. Impreso. Biblioteca de G. Marañón.
(511) Olivares, Damián:
Otro memorial al Conde-Duque. Toledo y febrero 17 de 1626. Impreso. Biblioteca
de G. Marañón.
(512) Pinelo, León:
Anales de la historia de Madrid desde el nacimiento de Cristo hasta el año
1658. Bib. Nac. (Madrid). Mss. G-55. Publicados, en parte, por Martorell,
Madrid, 1931.
(513) Planimetría
general de Madrid hecha de orden de S. M., dirigida por Manuel de Miranda y
Miguel Fernández, arquitectos del Rey. Madrid, 1764. 12 volúmenes. Bib. Nac.
(Madrid). Mss. 1.665-76.
(514) Proceso criminal
seguido contra el doctor Gaspar González de Sosa, canónigo de la catedral de
Charcos, acusado del delito de «pecado nefando». Arch. Gen. de Indias. Sig.
Charcos, 140.
(515) Rancy, M.: El
Perfecto Privado dirigido al Conde-Duque de Olivares. 29 enero 1622.
(516) Relación del
acompañamiento y fiestas que hubo en Burgos al desposorio de la serenísima
señora Rema de Francia. Manuscrito contemporáneo. Sustraído de la Biblioteca de
G. Marañón Y, en la actualidad, en la del Cabildo de Burgos.
(517) Relación de los
sucesos de esta Corte desde la enfermedad y muerte del Rey don Felipe III
nuestro Señor... hasta el 14 de este mes de junio 1621. Mss. de letra del s.
XVIII. Biblioteca de G. Marañón.
(518) Relación de la
prisión del Marqués de Siete Iglesias Mss. letra del XVII. Biblioteca de G.
Marañón.
(519) Relación de lo
que S. M. ha dado a S. A. el Príncipe de Gales y otros caballeros ingleses
hasta el viernes 8 de septiembre de 1623..., Mss. letra del XVII. Biblioteca de
G. Marañón. Impreso en Barcelona, 1623; reproducido en facsímil, con traducción
inglesa por A. M. Huntington (Nueva-York, 1902).
(520) Sánchez Márquez,
F.. Memorial que dio a S. M. Francisco Sánchez Márquez, del Consejo de la
Contaduría Mayor de Cuentas. Dióle en su real mano. A los fines del año 1643.
Declara el negocio por que está preso el Duque de Medina-Sidonia en el castillo
de Coca. Biblioteca de G. Marañón.
(521) Soto y Aguilar,
D.: Reyes de España. Real Acad. Hist. Salazar, G-33.
GREGORIO MARAÑÓN Y
POSADILLO (Madrid, 19 de mayo de 1887 — Madrid, 27 de marzo de 1960). Fue un
médico endocrino, científico, historiador, escritor y pensador español, cuyas
obras en los ámbitos científico e histórico tuvieron una gran relevancia
internacional. Durante un largo período dirigió la cátedra de endocrinología en
el Hospital Central de Madrid. Fue académico de número de cinco de las ocho
Reales Academias de España (de la lengua, de la Historia, de las Bellas Artes,
Nacional de Medicina y de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales).
Hombre austero,
humanista y liberal, está considerado como uno de los más brillantes
intelectuales españoles del siglo XX. Además de su erudición, destacó por su
elegante estilo literario. Como otros intelectuales de la época, se implicó
política y socialmente: combatió la dictadura de Primo de Rivera y se manifestó
crítico con el comunismo, apoyó en un primer momento la Segunda República
aunque no tardó en criticarla por su incapacidad de aunar a todos los
españoles.
Además de su dedicación
intensa a la medicina, escribió sobre casi todo: historia, arte, la cocina, el
vestido, el peinado, etc. En sus obras analizó, con un género literario
singular e inédito: «ensayo biológico», las grandes pasiones humanas a través de
personajes históricos, y sus características psíquicas y fisiopatológicas... la
timidez en su libro Amiel, el resentimiento en Tiberio, el poder en El Conde
Duque de Olivares, la intriga y la traición política en Antonio Pérez, uno de
los hacedores de la leyenda negra española, el «donjuanismo» en Don Juan, etc.
notes
Notas a pie de página
1 J.A. Martínez
Calderón (417). Hay también muchos datos sobre los Guzmanes en el Memorial del
Monasterio de San Isidoro (178). <<
2 Véase Expediente de
Calatrava de Don Gaspar de Guzmán (479). Hay datos interesantes para la
genealogía olivarense en este expediente, en el de Calatrava de Don Enrique de
Guzmán (477) y en los de Alcántara de Don Gaspar (480) y de su hermano Don
Félix (481), así como en el pleito del Canonicato de Sevilla (482). <<
3 Este retrato,
atribuido a Pourbus, el Viejo, existente en el Kunsthistorisches Museum, de
Viena, con el núm. 809, figura como «retrato de un santiaguista»; pero la
leyenda latina que lleva la tabla dice: «D. Petrus Gosmandus Comes Olivarus
primus». Waagen y otros críticos no aceptan la atribución a Pourbus. <<
4 Véase Mantuano (159)
y Martín Arrue y Olavarría (169). <<
5 Publicó sus Coplas,
Coloma (68); las reproduce Morel-Fatio [(197), 501]. He aquí un ejemplo:
«El cuerpo quedara frío
tendido en la dura
tierra
por señal del daño mío
y así acabará la guerra
que os pareció
desvarío.
Y en verme caído y
muerto,
alma de la vida mía,
que vos sois por quien
vivía
conoceréis que fue
cierto
todo cuanto yo os
decía.»
Luis Zapata [(290),
canto XXXVIII, f. 204 v.] decía de él: «Don Pedro de Guzmán a cualquiera Era
adornara, aunque fuera la dorada.» <<
6 Epítome, cit. 417. El
capítulo 21 del libro XVI se titula: «Familia de los Conchillos desde el año
1300 hasta el de 1637 en la línea que toca al Duque.» Era Don Lope de familia
aragonesa, de Tarazona, y por eso el expediente de Calatrava de Don Enrique
(477), su nieto, es de esta ciudad. <<
7 Novoa [(201), 1-6].
<<
8 Novoa [201), 1-7].
Dejó este Don Pedro, al morir, «preñada a la señora Doña Francisca Osorio, su
mujer», según reza la Escritura de Fundación de Olivares [(427), f. 22].
<<
9 Este mismo juicio
hace el prudente Hubner: «El brillo de la carrera política del favorito de
Felipe IV ha hecho olvidar los méritos, más sólidos, de su padre» [(125),
1-362]. <<
10 Aparece a la cabeza
del capítulo dedicado a Don Enrique de Guzmán, en Parrino [(209), 1-375].
<<
11 Expediente de
Calatrava de Don Gaspar de Guzmán (479) y Martínez Calderón (417). <<
12 Hubner [(125),
1-359]. <<
13 «Ocurrieron muchos y
graves negocios en el tiempo de esta Embajada, y el Rey Don Felipe II le
escribió gran número de cartas de su letra sobre ellos y a otras muchas le
respondía de su mano a la margen y en todas ellas le trató con gran fervor y
estimación debida a sus grandes servicios y méritos, y aunque muchas de ellas
se debían copiar a la letra... lo excuso para no dilatar este asunto...; para
este efecto he visto siete que están en el archivo del Excmo. Sr. Conde-Duque
de Olivares.» (Martínez Calderón (417), libro 17, cap. 3). Se conservan hoy
estas cartas en el Archivo de Simancas. Publican algunas Fr. José Pou y Marti
(222), el P. A. Astrain [(21), III] y Hubner [(125), III]. <<
14 Novoa [(201), 1-6].
Dedicó en Roma especial atención a los asuntos benéficos. Redactó los Estatutos
del Hospital de Santiago y San Ildefonso, para españoles residentes en Roma
(Hernández Morejón, 120, IV-44). <<
15 Véase un resumen de
su historia en Hayward [(119), 386] y sobre su obra política, en L. von Rank
[(232), 265]. <<
16 Delitos y
hechicerías (421). <<
17 Véase Astrain
[(21),]III, caps. IX y X]. Es curioso cómo da este autor la noticia de la
muerte del Pontífice: «Allí quedó la minuta y en las manos de Dios el negocio.
Agotados todos los recursos humanos, quedaba solamente la oración. Orabase sin
cesar en la Compañía y Dios escuchó aquellas oraciones. A los pocos días
enfermó y murió rápidamente Sixto V, el 27 de agosto de 1590. Dejaba intacta
sobre la mesa la minuta del Padre Aquaviva. La muerte de Sixto V libró a la
Compañía de un desastre. Urbano VII, que sucedió en el solio pontificio, vivió
solamente doce días. Tras él ocupó la cátedra de San Pedro Gregorio XIV y,
desde luego, mostró afecto paternal a la Compañía.» Sobre esta lucha entre
Sixto V y los jesuitas y las instrucciones de Olivares véase también Hubner
[(125), 11-19 y sigs]. <<
18 Martínez Calderón
[(417), cap. 5]. <<
19 La iglesia fue
erigida en colegial, por bula del Papa Urbano VIII, a instancias de Don Gaspar,
ya Valido, que así dio cumplimiento a una aspiración de su padre. Es bellísima,
y aun hoy conserva recuerdos históricos y cuadros de Roelas y quizá alguno de
Zurbarán. Frente a ella se alza el palacio de Olivares, de traza señorial y de
andaluza alegría. Los estatutos de la colegial, publicados en 1799, son muy
interesantes (428). Sobre la historia de esta iglesia véase Rodríguez Duarte
(218). Fundó en Olivares un monte, cuya escritura ya ha sido citada (427).
<<
20 Véanse datos sobre
los virreinatos de Don Enrique en Di Blazi (40) y Raneo [(231), 267], Parrino
(209), Gianonne [(108), IV]. Gran parte de los datos de este son repetición de
los de Parrino Véase también Croce (74). Son interesantes los documentos políticos
de Don Enrique en esta época —como los (412) y (413)— porque recuerdan mucho a
los que, más tarde, había de escribir su hijo. <<
21 Gianonne [(108),
libro XXXIV, cap VI]. <<
22 Novoa [(201), 1-7].
<<
23 En Martínez Calderón
hay una puntual relación de su testamento, entierro, etcétera [(417), libro
XVII, cap. 12]. De la Capilla del Noviciado de la Compañía llevaron el cadáver
a la Capilla de Olivares, en Sevilla, pasando por Oropesa, donde recogieron el
cuerpo, allí inhumado, de su hijo primogénito Don Jerónimo. Sobre las lápidas
del enterramiento de la Colegiata de Olivares véase Apéndice XIV. <<
24 Véase el curioso
documento (478). <<
25 Martínez Calderón
[(417), libro XVII, cap. 6]: se titula «Elogio a Doña María Pimentel, segunda
Condesa de Olivares, y razón de su buena vida y muerte». Dice el autor que la
mayor parte de los datos están tomados de la Vida, escrita por el P. Cetina, que
no he podido hallar. <<
26 Carta del arzobispo
de Granada (364). Dice el arzobispo al Conde-Duque: «Recuérdese V. E. de la
santa madre que tuvo, a la cual la santidad de Sixto V jamás la llamaba si no
es la Santa Condesa.» No debió hacer mucha gracia el recuerdo al Valido, que contestó:
«Agradezco a S. Ilma, sus advertencias infinito, que son muy santas, aunque no
vienen a tiempo.» <<
27 La idea de que la
maldad del Conde-Duque venía de haber nacido en el palacio de Nerón fue uno de
los necios tópicos que con mayor fortuna corrieron en aquella época. Véanse,
por ejemplo, los libelos Delitos y hechicerías (421), Diálogo entre la voz del
ángel (Apéndice IV) y muchos más. En la «versión Quevedo», del relato de Guidi
(438), se lee: «Túvose siempre por mal agüero que naciese en el palacio en que
nació Nerón, mereciendo por sus acciones que el más sobresaliente ingenio
español le llamase «el Nerón hipócrita de España», que todas las obras del
Conde-Duque fueron siempre crueles, aunque sin sangre.» Novoa, a pesar de sus
pujos de historiador formal, acepta también la leyenda [(201), 1-120]. <<
28 Hubner [(125),
1-359]. <<
29 Roca [(455), 152 y
159]. <<
30 Martínez Calderón
[(417), libro XVIII, cap. 1]. Este mismo sorteo entre los tres magos se hizo al
nacer el Príncipe Baltasar Carlos, y por eso llevó tal nombre [F. Benicio
Navarro (35)]. <<
31 He copiado este
párrafo de la pobreza del bautismo, porque parece puesto en este Epítome,
documento oficial de los Guzmanes, para desautorizar el papel que apareció años
antes sobre este bautizo y se conserva en el archivo de la Empajada de España
cerca de la Santa Sede, titulado Breve notizia, etc. (435). Este manuscrito
está lleno de inexactitudes; dice, por ejemplo, que el segundo hijo de los
Condes, Don Jerónimo, nació el año 1583, y fue en 1580. Afirma, además, que le
pusieron los nombres de Gaspar-Félix y Enrique, que no corresponden con los que
llevó ese segundo hijo, Jerónimo, etc. Cuenta que la Condesa, como tantas veces
sucede, se equivocó en la cuenta de su embarazo y hubo que dejar en el aire las
fiestas, ya preparadas para el bautizo, pues el parto se retrasó mucho. El
bautizo, según el autor, fue de principesco boato, con gran lujo de carrozas,
libreas, prelados y Grandes, etc. Fueron padrinos los Reyes, representados por
el Cardenal de Médicis y la Condestable Colonna. Todo ello parece desmentido
por las frases copiadas en el texto. <<
32 Don Gaspar fue, en
efecto, nombrado por el Papa arcediano de Écija en la catedral de Sevilla,
tomando posesión en 4 de junio de 1604, sustituyendo a Don Felipe de Ulloa,
fallecido el 12 de septiembre del año anterior. El 13 de agosto del mismo año
de 1604 se le nombró canónigo de Sevilla, en sustitución de Don Pedro Rodríguez
de León; era canonjía buena, gravada con una pensión de 500 ducados. En aquel
mismo año falleció el hermano de Don Gaspar y, al presumir que éste abandonaría
la carrera eclesiástica, el Cabildo sevillano se negó a darle posesión del
canonicato y a cumplimentar un Breve, por el que se concedían al joven
eclesiástico cinco años de frutos. Hubo largo pleito entre el Conde y el
Cabildo, que terminó en 14 de marzo de 1605 por un mandamiento del Nuncio
ordenando al Cabildo que diese posesión al Conde del canonicato y las prebendas
bajo pena de excomunión. La lectura de este pleito, llena de datos genealógicos
y de detalles de la vida de la época, es interesantísima (482). Lo cita y resume
Montoto [(192), 49]. <<
33 J. Raneo [(231),
267]. Estos dos parientes suyos vivieron también con él, en Madrid. Véase cap.
18. <<
34 Véanse los
documentos 412 y 413. Los cita García Mercadal (103). Es patente la analogía
entre la minuciosidad epileptoide de estos documentos de Don Enrique con otros
de su hijo, como los Advertimientos al Infante Don Carlos (Apéndice XXI) o el
Testamento (459). <<
35 Véase P. Chacón
[(77), 3]. Dice que los Reyes «gustaron mucho de oír gallear a los maestros» y
asistieron a «las grandes colaciones» que les ofrecieron de cada colegio y a
una «gran máscara picaresca» que organizaron los estudiantes. Véase también el capítulo
sobre la Nobleza en la Universidad, en Rafal (228). <<
36 Véase el Pleito
citado (482). <<
37 Dice la Instrucción
de su padre (412) que tenga en casa «lección de latinidad para mejorarse en
ella, por lo que todos encarecen cuanto conviene». Novoa [(201), 1-62] habla de
una persona (tal vez Rioja) que enseñó al Conde «parte del latín que sabe». El
hecho es que lo sabía bien, hasta el punto de que, según Vera (277), componía
versos en latín. Consúltese también el curioso documento autobiográfico del
licenciado Méndez Nieto (179), que estudió en Salamanca por estas fechas, y da,
por cierto, pésima impresión de las enseñanzas, sobre todo en lo referente al
latín. «En aquel tiempo —escribe— que era el año de 1548, hasta 1552, todo era
barbarie en aquella Universidad y no había quien se atreviese a hablar diez
palabras en latín, y ése tan áspero y férreo que bien mostraba ser traído por
los cabellos; y todos los catedráticos de todas las ciencias leían sus
lecciones en buen romance, y si alguna vez se atrevían al latín era tan bárbaro
y malo que se tenía por mejor el romance.» Este autor, sin embargo, no era, en
sus referencias, un prodigio de exactitud. <<
38 Delitos y
hechicerías (421) y otros. <<
39 Una prueba de su
amor a la Universidad salmantina está en sus gestiones, felices, para alcanzar
del Rey que restaurase los votos de los estudiantes. El haberlo logrado le
valió el curioso Aplauso gratulatorio de Azevedo (291). Le instó a estas
gestiones Don Francisco de Borja y Aragón, hijo del Duque de Villahermosa, que
fue también rector en Salamanca, al que dedica este opúsculo su autor, Azevedo.
Contiene numerosos versos en alabanzas del Conde-Duque, compuestos casi todos
por frailes y presbíteros y algunos por monjas. Hay uno, de los mejores, de Don
Nicolás Antonio. Sobre uno de los amigos y condiscípulos de Don Gaspar, en
Salamanca, el extremeño Don Luis de Tapia y Paredes, más tarde afamado jurista,
véase Muñoz de San Pedro (196). <<
40 «Luego que su
hermano murió, su padre se lo llevó y lo tiene consigo en Valladolid y asiste
como él en la Corte.» Pleito de Sevilla (482). <<
41 Martínez Calderón
[(417), libro XVII, cap. 14]. <<
42 Siri [(257), 9] se
inclina a esta interpretación, pues dice: «Si el primer objetivo del Conde de
Olivares, en los dispendios que hizo por su prometida, fue hacerse notar en la
Corte, no dejó, no obstante, de considerar su matrimonio como un medio que le
facilitaría el ascenso a los rangos a que su ambición le hacía aspirar.»
<<
43 Roca [(455), 151].
Los 300.000 escudos serían unos 150.000 duros españoles. <<
44 Dice Roca: «Gastó
algunos años [entre Sevilla y Madrid], no tan dejado que faltase, con gran
lustre, a ninguna de aquellas diligencias políticas que en la Corte son gratas
a los que pueden y útiles a los que pretenden; ni tan ocupado que no fuese su casa
y coche el paradero de sus amigos y público certamen de los hombres de ingenio
de la Corte» [(455), 152]. En Justi leemos: «Aquí [en Sevilla] vivió largos
años dedicados por completo a las inclinaciones que su formación y naturaleza
le inducían. El alcázar de Don Pedro el Cruel llegó a ser lugar de reunión de
sabios y de poetas, y en él residió la fastuosidad, la suntuosidad y la
caballerosidad» [Justi (135), 217]. Véase también Barrera [(29), 13]. <<
45 Véase Vera y Mendoza
(277). <<
46 Véase Apéndice IX.
<<
47 Véase Apéndice X.
<<
48 «Las demás cosas que
también le notaban eran algunos impulsos de juventud animados del poder, que
por mucho que los recate el arte los descubre el puesto.» «Esta murmuración,
que algunos dan por totalmente injusta, duró hasta que, con la muerte de la Marquesa
de Eliche, su hija, sólo en el Conde de Olivares quedó, de lo que fue, la
apariencia exterior» [C. déla Roca (455), 182]. <<
49 Martínez Calderón
[(417), libro XVII, cap. 10]. Hübner [(125), 1-359]. El detalle de sus bienes
véase en el Apéndice VII. La Escritura de Fundación de Olivares cita la dote
que Don Enrique dejó a sus hijas: A Doña Francisca, Marquesa del Carpio, 56.000
ducados; a Doña Inés, Marquesa de Alcañices, 45.000 ducados, y a Doña Leonor,
futura Condesa de Monterrey, «se la han comprado mil ducados de renta en juros
de a veinte mil el millar» [(427), 69]. <<
50 La «Casa» se
componía de un sumiller de Corps, un caballerizo mayor y seis gentilhombres.
<<
51 Siri [(257), 5].
Véase también Roca [(455), 155] y Martínez Calderón [(417), libro XVIII, cap.
2]. De los modernos, Silvela [(256), 1-11]. <<
52 Manuscrito (516).
Martínez Calderón dice también que Olivares concurrió «a la jornada de los
casamientos con mucho lucimiento y costosas libreas, con la ostentación y
grandeza que tal ocasión pedía» [(417), libro XVIII, cap. 2]. Pero los
principales datos sobre el intencionado esplendor de que se rodeó el Conde en
estas fiestas se encuentran en Mantuano; al describir la salida del Rey, de
Burgos, dice que «la que más bien pareció aquella tarde fue la [compañía] del
Conde de Olivares, que junta una tropa de 24 pajes, 12 lacayos, dos cocheros en
su coche, vestidos de paño leonado obscuro, bosqueado de pasamanos de plata,
con plumas blancas en sombreros, con toquillas bordadas de plata, y aparecía, a
caballo, entre los otros más vistosos» [(159), 157]. Quevedo se refiere al
Conde-Duque, en estas fiestas, en una carta a Osuna, desde luego agresiva, pero
oscura. Dice así: «El Duque de Sessa, que vino con gran casa, caballería y
recámara, y hizo entrada de Zabuco en el pueblo, trujo consigo a Lope de Vega.
Cosa que el Conde de Olivares imitó, de suerte que viniendo en el propio
acompañamiento trujo un par de poetas sobre apuesta, amenazando con su
relación. Yo estuve por escribir con romance en esta guisa, más tropecé en la
Embajada:
«A la orilla de un
Marqués sentado estaba un poeta que andan con Reyes y Condes los que andaban
con ovejas» [(226), verso 1370]. <<
53 Véase el detalle de
todas estas repelentes intrigas en los textos citados: Martínez Calderón, Roca
y Siri, principalmente. Un resumen excelente en Hume [(129), cap. I]. <<
54 Roca [(455), 156].
En Siri se cuenta con algunos detalles mas esta misma escena [(257), 22].
<<
55 Carta del Arzobispo
y su respuesta. Véase (364) y (313). No consta la autenticidad de estas cartas.
Yo me inclino a dársela, juzgando por el estilo de la respuesta de Olivares,
que es muy típico de su pluma. <<
56 Brunel, o Aersen, al
que primitivamente se atribuyó, publicó su viaje en 1655 (47), es decir, diez
años después de la muerte de Olivares. Bertaut publicó su libro (37) aún más
tarde, en 1664. El viaje, tan discutido, pero tan interesante, de Madame d’Aulnoy,
apareció en 1691 (22). <<
57 El cuento, como es
sabido, dice que el Duque de Veragua sospechó de la virtud de su mujer y volvió
a su casa de súbito, después de haber dicho que se ausentaba por largo tiempo,
como es uso en toda buena comedia de amor. Creía que era el Conde-Duque el que
se holgaba con la Duquesa y le tiró un golpe de daga, que hirió al verdadero
amante, que era el Rey. Salvo la absurda participación de Olivares, ya difunto,
algo debió haber de verdad, pues es conocida la carta de Sor María de Agreda a
Don Francisco de Borja, de 14 de enero de 1656, en la que le cuenta el rumor
que hasta su convento de Agreda había llegado: «que el Rey está con sus
mocedades antiguas y que le habían herido» [Silvela, (256), 11-741]. <<
58 Cánovas [(55), 269]
dice terminantemente: «Este Don Luis [de Haro] fue y no Olivares el partícipe
de los secretos placeres de la juventud del Rey y aun su tercero, bien contra
el gusto de aquél.» <<
59 Novoa [(201), 1-4].
Dice así este pasaje: «¿Qué hombre sirvió en aquel cuarto [el del Príncipe] más
retirado, menos ambicioso, más callado, menos entrometido [que yo]? Cuando
estando yo, y habiéndome dicho el Valido: mirad que os pongo allí para que me
digáis lo que pasa, no sólo no llevaba yo las palabras dichas de algunos...
Empero me las tragaba y hacia el desentendido... Este cargo le hice yo [a
Olivares] en la celda de San Jerónimo cuando vimos allí trastornarse el mundo y
le vimos pasar de compañero a superior y a jefe. Bien sabe V. E. de la manera
que ha procedido aquí. Respondió: Sí, a fe de caballero y que no he visto
hombre que con tanto seso se haya portado. Pasé adelante y proponiéndole un
oficio y mi necesidad, cuando vio que quería ascender, muy furioso y desdeñado
me dijo: que ahora no me mataba el hambre.» Cánovas, en el prólogo a estas
Memorias, comenta muy bien el espionaje de Novoa. Era éste un hombre bilioso y
de mala índole, prototipo del resentido, como puede verse en las palabras copiadas.
Escribía con pedantería y estilo confusísimo, pero a veces acertaba a describir
a las personas con rasgos de exactitud un tanto bárbara, de aguafuerte. Se
ignora todo de este Novoa, salvo que era ayuda de cámara del Rey, y algún dato
más que aportó Cánovas al asignarle la paternidad de estas famosas Memorias,
antes atribuidas a otro ayuda de cámara, Don Bernabé de Vivanco. Séame
permitido decir aquí que las razones que Cánovas da para sustituir a Vivanco
por Novoa no me parecen convincentes por completo y no las creo dignas de la
universal aceptación con que han sido acogidas. De Vivanco se sabe poco
también, salvo el que vivía amancebado con una mujer, por lo que no era bien
visto de Felipe II [Noticias de Madrid (507)]. Fuera Novoa o Vivanco, lo indudable
es que fue espía del Conde-Duque, y luego lo continuaría siendo contra él.
<<
60 Véase Amezua [(13),
77]. <<
61 Una interesante
descripción de este viaje famoso publicó el cronista mayor del Rey, Juan
Bautista Laraña (140). Se leen en él y se ven preciosamente representados los
magníficos arcos triunfales, llenos de lápidas y leyendas, con inscripciones y
poemas, en los que cada ciudad lusitana emula a la anterior en demostraciones
de amor y fidelidad a España. Es evidente que aquellos artífices y aquellas
autoridades y nobles y aquella muchedumbre estaban ya henchidos del espíritu de
la independencia, que muy poco después se lograría. El Conde-Duque, cuando
sufrió las amarguras de ver roto el reino peninsular entre sus propias manos,
se acordaría de este viaje y meditaría sobre la vacuidad de los recibimientos
populares. <<
62 C. A. de la Barrera
[(29), 31]. Estaba preparada la edición desde 1617 por Francisco Pacheco y no
aparecía por falta de numerario, que suplió Don Gaspar. Rioja llama a aquél en
el prólogo «favor y aliento de los estudiosos». <<
63 Es sabido el
titubeo, que dura aún, respecto a cuál sea el verdadero autor de la Epístola
moral. Cañete, en su discurso de ingreso en la Academia Española (1858),
suponía que estaba inspirada en la caída del Conde-Duque, en 1643. Don C. A. de
la Barrera [(29), 31] atribuye también a Rioja los versos; pero cree, con
razones a la verdad arbitrarias —la razón artificiosa del erudito—, que están
dedicados a Don Juan Fonseca. Todo puede admitirse con buena voluntad. Pero
muchos de estos versos, cuesta trabajo pensar que no se hicieran —cualquiera
que fuese el autor— pensando en la figura, entonces de dramática actualidad,
del Conde-Duque. «Triste de aquel que vive destinado —A la antigua colonia de
los vicios —Augur de los semblantes del Privado.» Y tantos más. La alusión:
«Ven y reposa en el materno seno —De la antigua Rumulea, cuyo clima —Te será
más humano y más sereno», puede aplicarse bien a Don Gaspar, que era sevillano,
por la sangre y los afectos. <<
64 En efecto, el
Conde-Duque volvió solo a Sevilla en algún viaje fugaz, como el que hizo en
1629, acompañando al Rey, de paso para la cacería y fiestas, fabulosamente
ricas, que organizó el Duque de Medina-Sidonia en el soto de Doña Ana. De este
viaje, que escribió Bernardo de Mendoza (179), hay un resumen excelente en
Deleito Piñuela (78). Las fiestas de Sevilla al paso del Rey fueron también muy
famosas: Olivares se cuidó de que su ciudad natal quedase a buena altura. Pero,
a pesar de sus ausencias, el Valido conservó toda su vida un especial amor a la
ciudad andaluza. En su Archivo Municipal se conservan documentos que acreditan
las constantes finezas entre Sevilla y su ilustre hijo; varias serán citadas
más adelante (289). No es fácil averiguar dónde vivía el Conde, en Sevilla.
Desde luego, pasaría temporadas campestres en la clara y tranquila casa de
Olivares. En la ciudad lo probable es que habitase en la casa del mayorazgo,
que estaba —según datos que debo al Marqués de Saltillo— en la calle de Juan de
Burgos, después de Fernán Caballero, en el área que hoy ocupan las casas 2, 4 y
6. Estas casas las compró, el 29 de abril de 1547, Don Pedro de Guzmán, Conde
de Olivares, a Alonso Ramírez, apoderado de Rodrigo de Baeza, dueño de ellas.
Don Pedro incluyó las casas en su mayorazgo, a favor de su hijo Enrique, en
Madrid, el 26 de septiembre de 1563. De Don Enrique las heredó Don Gaspar.
Pasaron luego a la Casa de Alba, poseedora del mayorazgo; pero fueron, más
adelante, desvinculadas y vendidas, en enero de 1829, a Don Felipe José
Sánchez. Poseía varias fincas urbanas, entre ellas el Corral del Conde, aún
existente, «notable por su tamaño, propiedad del señor Conde de Olivares, tan
grande y espacioso que viven en él cuatro mil personas, que es el mejor que hay
en Sevilla» (véase González de León [(111), 422]). Cuando, después de caído, se
le obligó a cambiar la residencia de Loeches por otra más lejana, no quiso, sin
embargo, ir a Sevilla, donde estaba lo mejor de su casa y hacienda. Puso el
legítimo pretexto del clima, pues recibió la orden en verano y su obesidad y
arteriosclerosis le hacían padecer mucho con el calor, por lo que eligió Toro,
que, aparte de otras razones, era de clima fresco. Probablemente le dolería,
además, volver vencido y viejo a la ciudad de sus triunfos juveniles. <<
65 Martínez Calderón
[(417), libro XVIII, cap. 2]. <<
66 Malvezzi [(155), f.
37]. <<
67 Novoa [(201),
11-326]. En este capítulo están descritas las intrigas en torno del Rey
moribundo con todo detalle y con toda su miserable verdad, aunque con un
lenguaje casi imposible, a ratos, de interpretar. En el manuscrito [Noticias de
Madrid (507)] hay una relación muy exacta y detallada de la muerte de Felipe
III y de todo lo que ocurrió después de la caída de Uceda; por cierto que para
nada nombra a Olivares: el que parece llevar el juego es Don Baltasar de
Zúñiga. La figura de Don Gaspar, sin duda, no había cobrado relieve para estos
espectadores no al tanto de las intimidades. <<
68 Novoa [(201),
11-341] describe patéticamente cómo dio Don Felipe esta orden al arzobispo de
Burgos. Vino el arzobispo «con no poca admiración y deseo de saber para lo que
era llamado de aquel Príncipe, pues mientras estuvo en la presidencia [del
Consejo de Castilla] jamás se acordó de mandarle nada. Entró por su cuarto a la
hora de anochecer, hallóle en su cámara solo, arrimado a un bufete, afectando
severidad, según que se lo tenían avisado; hizole su reverencia y llegose donde
estaba, y dijole: "Os he mandado llamar para que con toda precisión
enviéis uno del Consejo a mandar al Duque de Lerma que no pase los puertos de
Castilla y que desde el paraje donde se hallase vuelva a Valladolid."
Volvióse a arrodillar el presidente y dijo: "Voy a hacer lo que V. A. me
manda." Nuevo le pareció esto al presidente; empero, viendo el estado en
que estaban las cosas, arrimó el hombro al tiempo y obedeció.» Hume reproduce,
un tanto fantaseada esta escena (129). <<
69 Véase Apéndice I.
<<
70 Véase mi ensayo
Psicología del gesto (166). <<
71 En efecto, según
Roca [(455), 165], el Conde-Duque dio a Don Baltasar «el peso de las consultas
y gobierno, quedándose él con todo lo que de adentro de Palacio pertenecía».
Ahora bien, lo importante era «lo de adentro de Palacio», donde se tramaba todo;
las consultas eran mero protocolo. Además, las consultas las hacía también el
sobrino, pues el mismo Roca dice poco más adelante, hablando de las facilidades
que se dieron para ellas: «Pocos hombres las solicitaron que en un día o dos no
hablasen al Conde y a Don Baltasar de Zúñiga.» Cánovas [(55), 1-183] no cree en
la supeditación de Don Baltasar a su sobrino, fundándose en los elogios que de
la capacidad de éste hizo el embajador de Francia, Bassompierre, en sus
curiosas Memorias (33). <<
72 Véase Roca [(455),
182]: «Don Baltasar llevaba a mal —según me decía— que el sobrino le fuese
cercenando el poder, pues, o por arrepentimiento de habérselo dado tan grande,
o por verse ya capaz de regir los negocios [el Conde], llevaba peor que el tío
quisiese la propiedad de lo que se le dio sólo en posesión.» La Carta de un
aficionado servidor del Exmo. Sr. Conde de Olivares (395) dice: «Porque ya
llena los corrillos y conversaciones la disconformidad que hay entre V. E. y el
señor Don Baltasar de Zúñiga, dignísimo tío y apoyo de su sangre; la verdad que
esta desunión tenga no la sé», etc. <<
73 A pesar de su edad,
este mismo año de 1621 tuvo un hijo, al que el Rey hizo grandes mercedes,
siendo fastuoso su bautizo en la Encarnación, con la Condesa de Olivares como
madrina, y padrino el Monarca; le llevaba a la pila el Valido en una suntuosa bandeja.
«Se derramaron muchas fuentes de confitura.» El Rey escribió una carta
ofreciéndole «honores y mercedes que el Conde solicitó del Rey». La misma Reina
le llevó en sus manos la halagadora misiva. En octubre de 1622 murió Don
Baltasar, en Palacio. El mes siguiente murió la viuda, Doña Francisca Olarut,
de tristeza, «quedando sus hijas como meninas de la Reina». El hijo no murió
hasta el 1625. Da amplios detalles sobre las desdichas de esta familia, a la
que debió ser afecto, el autor anónimo de las Noticias de Madrid (507).
«Aquella casa —dice Roca— que con tanta estabilidad se había levantado
desapareció como sombra» (455). <<
74 Lerma, hábilmente se
hizo hacer cardenal para salvar la cabeza. Es conocido el célebre epigrama: «se
vistió de colorado para no morir ahorcado». Al año siguiente cantó su primera
misa en Valladolid. La sentencia imponiéndole la confiscación del millón
apareció en agosto de 1626. Indicio del odio que despertaba Aliaga es el papel
que se dirigió al Rey pidiendo su severo castigo (497). La orden de destierro
decía así: «Por vuestra conveniencia y mi servicio, conviene que dentro de dos
días estéis en la ciudad de Huete, en el convento de Santo Domingo, donde
vuestro superior os dirá lo que debéis hacer. Madrid y Abril 22-1626. Yo el
Rey» (306), f 308 v. Por entonces salieron unas décimas ingeniosas contra el
infeliz ex confesor regio, que empezaban así
«Sancho Panza, el
confesor
del ya difunto monarca
que de la vena del
de Osuna fue sangrador,
el cuchillo del dolor
lleva
a Huete atravesado
y en tan abatido estado
que será, según he
oído,
de Inquisidor,
inquirido
de Confesor, confesado»
(306), f 323. <<
75 Apéndice XVII.
<<
76 Véase Parecer del
Conde-Duque, etc. (319). <<
77 Lo cuenta Howel a
Tom Porter en sus Familiar Letters, que transcribe M. Hume [(124), cap. III]:
«Hace poco, el Príncipe supo que la Infanta tenía la costumbre de pasar la
mañana en la Casa de Campo para recoger las flores tempranas de mayo. Se
levantó temprano y se fue con vuestro hermano, entrando en el jardín. La
Infanta estaba entre las flores, separada del Príncipe por un muro alto y una
puerta con doble cerrojo. El Príncipe se hizo izar al muro, saltó al jardín, a
pesar de su altura, y se dirigió hacia Su Alteza. Ésta lanzó un grito y huyó.
El viejo Marqués que la servía de guardián se arrodilló ante el Príncipe y le
suplicó que se retirase. Le abrieron la puerta y repasó así el muro que había
escalado.» <<
78 Describen estos
regalos Soto y Aguilar (521) y un interesante manuscrito que fue de la
biblioteca del Monasterio de Cogullada, hoy mío (493). El Príncipe regaló a
Olivares «un diamante con una perla pendiente que vale 16.000 ducados»; a su
mujer, Doña Inés, «una cruz de diamante que vale 6.000 ducados», y a Doña María
de Guzmán, la hija, «dos sortijas de diamantes que valen 32.000 ducados». Sobre
los cuadros que se llevó el Príncipe véase Justi [(135), 223]. Entre ellos
estaba el retrato que Velázquez hizo de Don Carlos. Véase también sobre este
asunto Niceto Gante (100) y el capítulo 6 de este libro, sobre todo su nota 5.
Sobre la actitud del Conde-Duque y el de la Infanta en la presunta boda, véase
la comedia de Quevedo Cómo ha de ser el Privado (227), en la que se declara la
oposición del ministro español, fundándose en razones religiosas; y en la que
se describe, del natural, la gazmoñería y mala educación de la Infanta Doña
María con el pobre Príncipe enamorado. <<
79 El dibujante de la
portada representó claramente a Olivares, sosteniendo el mundo: «desnudo de
interés», a la izquierda, y «vestido de valor», a la derecha. Me señaló este
curioso dato el docto académico de la Historia, señor Guillén. <<
80 Hay una considerable
documentación sobre esta generosidad patriótica del Conde-Duque, que ni sus
adversarios más enconados le pudieron negar. Ericeyra, el historiador
portugués, tan hostil a Olivares, dice: «De su actividad, destreza y largueza
en gastar los propios dineros para buscar los medios y los recursos con que
juntar tropas y abastecerlas suficientemente no hay que decir, en cambio, sino
alabanzas» (85). <<
81 Véase Apéndice
XVIII. <<
82 Cánovas [(56),
1-159]. Es curioso que Cánovas, que escribió con tanta responsabilidad de lo
que decía, estos admirables juicios sobre el pecado de la soberbia en política,
fue tachado también de soberbio, como su pecado capital, por el juicio común. <<
83 Una carta de Don
Diego Garay, inquisidor de la Suprema, al P. Diego del Mármol, jesuita, en 14
de septiembre de 1638, explica al pormenor el entusiasmo de la gente madrileña,
que llegó a excesos de locura. Saquearon las casas y tiendas de los franceses,
y los hubieran maltratado «si la Nobleza que iba entre los picaros no los
defendiera». Un mercader de la Puerta de Guadalajara, llamado Pichón, que «tuvo
una hija tan celebrada de hermosura que picó muy alto» (sin duda quiso ser
querida del Rey), hubo de repartir cantidad de regalos entre la plebe para que
le dejasen. Un mamarracho salió vestido de cardenal (por Richelieu), montado en
una mula, entre la befa de los transeúntes, y Felipe IV, siempre discreto, «no
gustó de ello y envió a que le recogiesen y prendiesen». A la vuelta de Atocha
pasó el Rey a caballo entre las masas enardecidas, con gran acompañamiento: a
su derecha iba el Conde-Duque. Desde un balcón de Platerías vio Garay el
frenesí con que aclamaban a Don Felipe. Para el Valido no había vivas, pero
recogía parte del clamor «apegado con la gente, quitando el sombrero,
derribando el cuerpo y extendiendo el brazo, haciendo demostración por toda la
calle, hasta que le perdimos de vista, de querer abrazar a todos los que
vitoreaban» [(491), XV-26]. Se veía el afán con que Olivares recogía las
migajas de su popularidad; pero en su corazón sabía ya a qué atenerse. <<
84 De intento
prescindimos en esta explicación de los detalles, definiciones y
conceptuosidades de los psiquiatras, ateniéndonos al fondo empírico de su
doctrina, que es lo exacto y duradero de ella. En el libro de Kretschmer hay un
capitulo titulado Die Fuhrer und Herden (Conductores y héroes) [(137), 179], en
el que explica con detalle estos dos tipos de jefes; pero, a mi juicio, con no
absoluto acierto. Sobre la correspondencia entre figura y temperamento y su
interés histórico véanse mi ensayo (160). <<
85 Recientemente he
tenido ocasión de leer copia de una carta dirigida a un amigo íntimo por un
conductor de masas actual, de esta categoría psicológica. Está escrita en uno
de los días de más brillante gesticulación optimista, y en ella, sin embargo,
expresa el derrumbamiento de su fe y su deseo de dejarlo todo y retirarse a la
vida privada. Seguramente, unos días después, el bache estaría superado. Nadie
de la calle se enteró, claro es, de esta depresión, ahogada por el gesto.
<<
86 Es conocida la
historia de este primer retrato que comentamos. Existía en casa de la Duquesa
de Villahermosa. No nos interesan las dudas que hubo sobre si era, en efecto,
un Velázquez de primera mano o la copia del auténtico, que desapareció. Las
opiniones recientes parecen estar de acuerdo en que es de la mano del gran
maestro. Lo que nos importa es la vacilación acerca del personaje retratado.
Justi, fundándose en el parecido con el Conde-Duque, pero también en las ya
mencionadas diferencias con respecto a los otros retratos de éste, y en que
ostenta la cruz de Calatrava, supuso que era un hermano de Don Gaspar,
hipótesis absurda, porque Don Gaspar no tuvo hermanos que pasasen de la primera
juventud. El recibo firmado por Velázquez permitió a J. R. Mélida afirmar que
era el Conde-Duque mismo, explicando las diferencias por la hipótesis de que no
hizo su pintura del natural. Ya he dicho que esta hipótesis es sólo, en parte,
cierta, pues la cabeza, sin duda, está hecha ante el modelo aunque en sesión breve.
Lo de la cruz de Calatrava se explicó asimismo, porque Olivares obtuvo también
el hábito de esta Orden. Véase toda esta historia en Mélida (175). Tormo opina,
como Mélida, que el retrato se pintó de memoria (266). Tal vez la fecha en que
se hizo esta cabeza fuera anterior a 1624; por ejemplo, 1622, cuando Velázquez
vino por primera vez a Madrid y se volvió a Sevilla —se dice— sin poder
retratar al Rey. Pero sí pudo tomar algún apunte rápido de Olivares, que luego
completaría en su estudio. Véase también el capítulo 12 de este libro.<<
87 Boix (42). Variantes
de este grabado de Rubens son el de Pedro Perete y el admirable de Merian.
<<
88 Mélida, en su
artículo citado (175), dice que en este primer retrato lleva también peluca Don
Gaspar; pero no es así. Es su pelo natural, y por ello es de color más oscuro
que el de los otros retratos, singularmente el ecuestre del Prado. No es, como supone
Mélida, que se pusiera peluca de distintos tonos, sino que su cabello natural
era de tono diferente al de la peluca. En la estampa de Rubens está aún más
netamente señalado el cabello normal, pero sin que pueda hablarse de calva.
<<
89 Según Justi [(135),
220], el retrato de la Hispanic Society procede de la Colección Altamira, y lo
hizo como pareja del de Felipe IV, para el Conde-Duque, ejecutando luego una
réplica, la de Huth, para el Rey. La réplica de Huth, hoy en el Brasil, procede
de la galería española de Luis Felipe y lo compró Henry Farrar en 1865, por 725
libras. Véase también Allende Salazar (8). <<
90 El retrato que posee
el Marqués de Cabra lo heredó de Don Diego Andrés Ballesteros y Marañón,
hacendado de la Mancha. Los informes de Don José Villegas, Don Luis Menéndez
Pidal y Don Elias Salaverría suponen que se trata de una obra del taller de
Velázquez, en la que —por lo menos en la cabeza— puso su pincel el maestro. Del
taller, probablemente, del maestro es también el de Casa-Torres. <<
91 Se ha venido
diciendo, como es sabido, que este retrato se hizo para conmemorar la victoria
de Fuenterrabía, que, aunque desde Madrid, dirigió muy personalmente el
Conde-Duque. En este caso, la fecha de la pintura sería posterior a 1638, en
que ocurrió aquel hecho de armas. La atribución actual a 1634 se debe a la
consideración de que el retrato ecuestre del Duque de Feria en la toma de
Acqui, por Jusepe Leonardo, es de esa fecha y está imitado del de Conde-Duque,
que, por lo tanto, había de ser anterior; quizá bastante anterior; de ser así,
ya no sería fácil explicarse el gran envejecimiento de Don Gaspar en el retrato
de la Hispanic Society (1626-1627) y el del Prado (antes de 1634), aun contando
con un rápido desgaste del abrumado ministro. Realmente, la vanidad militar del
Conde-Duque, que era general de la caballería española desde mucho tiempo antes
que lo de Fuenterrabía, desde 1625, no necesitaba esta última ocasión para
hacerse retratar en la actitud de mandar un ejército, que nunca vio. Pero es también
indudable que entonces culminó su reputación de director de ejércitos y su
gloria. Esto y el dato de la vejez y la casi identidad, en cuanto al aspecto
cronológico, entre esta efigie y la del Museo de San Petersburgo, que es
seguramente de 1658, nos hace dudar, respetuosamente, del adelantamiento de la
fecha que hace Tormo (266), tanto más cuanto que no se ve con seguridad que sea
el retrato de Feria, por Leonardo, imitación del de Velázquez. Anterior al del
Prado es el precioso boceto ecuestre de la Colección Casa-Torres, del que se
grabó el que figura en el libro de Mateos. <<
92 El de lord Elgin, en
Broohall, Fifesshire, admirable, con el caballo blanco, y el de la Galería de
Mannheim, en el palacio de Schleissheim (Alemania), atribuido a Gaspar Grayer,
y luego reconocido por Otto Mundler como de Velázquez; estuvo en una época en
la Pinacoteca de Munich [Justi (135), 453]. <<
93 Hay, en efecto, uno
en busto y otro de cuerpo entero, adquirido de la colección del Rey Guillermo
de Holanda con la pareja del de Felipe IV. El de cuerpo entero es considerado
por Justi como obra de taller [Justi (135), 478]. <<
94 De este retrato hay
una réplica en el Museo de Dresde y otra en el Metropolitan, de Nueva York, con
el carácter espectral que el pintor ha impreso al primitivo rostro. Ignoro si
este cambio obedece a un capricho del artista o si la cara pintada corresponde
a la realidad. Así lo creo, pues es difícil inventar a capricho el profundo
sentido patológico del rostro, y de lo que el rostro expresa; así, sin duda,
debía de estar Don Gaspar consumido y con cara equívoca de loco en el tiempo de
la caída; así en Loeches y en Toro.
De esta cabeza, en su
primera variante, la eufórica y no la espectral, se hicieron varios grabados.
Uno de ellos, el citado de H. Pannels, ejecutado para la obra de Tapia y Robles
(263). Hay en él una variante mediana, con armadura y bastón de mando y distintas
leyendas, firmada por Juan de Nopart, que he visto al frente del volumen
Fragmentos (301). Otra variante grabada es la del Museo de Berlín, que antes
fue de Cea Bermúdez, y su muy parecida de la Biblioteca Nacional (Madrid),
atribuida a la mano del mismo Velázquez. La expresión bonachona y eufórica es
muy clara en esta prueba. La miniatura del Palacio Real de Madrid no tiene
interés iconográfico. No citamos aquí otros grabados posteriores por ser
arbitrarios. <<
95 La leyenda dice, en
efecto, que era jorobado y que por ello le retrataba siempre de frente
Velázquez. Es fantasía. Había, repito, la gran anchura de hombros y exageración
de la cifosis dorsal propia de estos tipos; pero no, propiamente, aquella
deformidad. El examen de la armadura es definitivo, y luego copiaremos la
opinión de un contemporáneo, Siri, que asegura explícitamente que no era
jorobado, aunque le achacaban este defecto. Las medidas en altura, tomadas en
esta armadura, no tienen valor, pues aun estando armadas correctamente y en
maniquíes muy bien hechos dan siempre estas proporciones inexactas. <<
96 Véase Marañón (162).
<<
97 Entre las
preocupaciones moralistas con que reaccionaba parte de la sociedad de aquel
siglo a la disolución de las costumbres, se habló y escribió mucho contra el
uso de las cabelleras y pelucas en los hombres. Hay un capítulo entero dedicado
a la materia en el para el lector de hoy delicioso Discurso de Alonso Carranza
(6). Considera el autor como gran pecado el que el hombre se deje el pelo
largo, o disimule la calva con pelucas, apoyando su tesis con citas de muchos
santos padres. Muchas de las cosas que dice parecen alusión maligna al
Conde-Duque. También Sor María de Agreda abominaba de estos adornos del varón.
El largo pelo representa a los pecados que nos atan a la perdición eterna, como
en el símbolo de Absalón. <<
98 Novoa (201), 1-12.
<<
99 Mena (403). <<
100 Novoa (201), 1-8.
<<
101 Siri (257), 24.
<<
102 Relación política,
etc. (450). <<
103 Córner (235),
11-13. <<
104 Contarini (235),
11-110. <<
105 Kretschmer (137).
En español hay buenos resúmenes de sus ideas en Sacristán (243) y Goyanes
(113). <<
106 Contarini (235),
11-110. <<
107 «Suplico a V. A.
—dijo al Príncipe— me haga merced de decirme si recibiría algún pequeño
disgusto de que me retire a Sevilla, que sin decir a nadie la causa lo haré,
fundándola sólo en otras que creerán todos» [Roca (455), 156]. <<
108 «Sus mismos
desengaños —dice el Conde de la Roca— se lo atribuían a hipocresía; su mucha
atención con los pretendientes las más veces la reputaban por malicia, para
descubrir con ella algunas cosas y vengarse de los que no le querían bien, y,
últimamente, sus buenas obras decían que era con fin dañado; y a su agrado con
todos, llamaban vanidad» [(455), 287]. ¡Qué admirable definición de la mísera
susceptibilidad de algunos espíritus ante la generosidad! <<
109 Es muy interesante,
y no citada, la opinión de Olivares en el Consejo de Estado, a 20 de enero de
1624 (323). Entre otras cosas, dice: «No será obrar para este buen fin el
entregar a la señora Infanta y casarla con un Príncipe de otra religión, sin ninguna
esperanza prudencial de que se haya de conseguir fruto, como sería estando las
cosas en el estado presente, pues Dios no quiere ni manda que obremos en orden
a los milagros que él haya de hacer sin que se los pidamos.» Y añade «que
conoce muy bien los inconvenientes grandes que se seguirán de la guerra con
Inglaterra; pero estos daños, si han de venir, no los excusa la indigna
negociación, ni el rendimiento, ni el darles la señora Infanta», etc. La
intención del ministro no deja, pues, lugar a duda. Véase también sobre este
famoso proyecto de casamiento Hume (129) y Guizot (115). <<
110 Véase la
descripción de estas fiestas en (521). <<
111 Se conoce el texto
de la carta que, a solicitud de esta de su hijo, escribió el Rey de Inglaterra
(301). <<
112 Dice el autor de
las Noticias de Madrid (507) que el Conde-Duque, al recibir la noticia, dio al
mensajero 500 doblones y el Rey una vara de alguacil. La alegría de esta
jornada era bien superficial, pues, a la larga, el resultado fue tan poco
favorable a España que está justificada la frase de Silvela de que el
«inimitable lienzo de Velázquez es el único beneficio líquido que puede
contarse de esta funesta guerra» [Silvela (256), 1-28]. <<
113 Novoa (201), 1-12.
<<
114 Gracián, sin
embargo, en El Político, se harta de llamar Grande a Felipe IV. En uno de los
papeles que por entonces circularon mucho acerca del Conde-Duque, el titulado
Relación política (450), se critica mucho este título, adjudicado al Rey, y
recuerda que Felipe II, tan gran Rey, sólo después de su muerte fue llamado el
Prudente. Son muy conocidos los epigramas que circularon sobre esta gratuita
grandeza de Felipe IV, sobre todo el que dice que era grande como los hoyos,
que lo son más a medida que se les saca más tierra. <<
115 El Privilegio de
este ducado es una apología de la vida y obra de Don Gaspar y de sus méritos
propios y heredados, que le debió henchir de orgullo. Apareció a 5 de enero de
1625. Está publicado en varias partes, por ejemplo, en Roca [(455), 233]. <<
116 Véase Roca (455).
<<
117 Publicada en (332).
<<
118 Noticias de Madrid
(507). <<
119 Novoa (201), 1-55.
<<
120 Con razón dice
Hume, refiriéndose a esta absurda guerra: «Cuando a la luz de los datos que hoy
poseemos nos transportamos al Estado de España (en este año de 1631) no es
imposible comprender qué viento de locura pudo empujar a Felipe IV y a su
ministro a echar sobre sus hombros el peso de la responsabilidad de una guerra
de este género. No podían esperar de ella ninguna ganancia material. Los
problemas religiosos y territoriales que dividían a los Príncipes alemanes nada
fundamental representaban para España. Y, de todos modos, la espantosa ruina financiera
e industrial de la Península no autorizaba, por motivos sentimentales, a
precipitar al país en la ruina» (129). <<
121 Véase más adelante.
<<
122 Véase más adelante.
<<
123 Cit por Hume (129),
cap V. <<
124 Córner (235),
11-16. Repárese la emulación real en este hecho, verídico o legendario, pues
recuerda a lo que se contó de las devociones macabras de Carlos V y Felipe II.
<<
125 De esta victoria
daba cuenta al embajador en Roma, Chumacero, en esta carta, en la que se
mezclan los destellos eufóricos con sus recelos de siempre: «Bendito sea Dios
que nos ha enviado tan colmada la victoria de Nordlingen, que aunque no sea con
sano corazón le habrán de contar [a Chumacero]. Doile a V. S. la enhorabuena de
ésta, y no con pocas esperanzas de otras semejantes, que abran puerta a muchas
felicidades, pues aunque las maquinaciones de los enemigos son muchas, la
misericordia de Dios en repararlas es mucho mayor. Sea Él bendito por siempre»
[(370), 5 octubre 1634]. <<
126 Este asunto de la
elección del Rey de Romanos apasionó mucho a la Corte de España y explica, dada
la psicología extravagante de Reyes y cortesanos, el derroche de las célebres
fiestas por razones que al pueblo eran ajenas. Intervino mucho, con pomposo
fausto y al parecer con habilidad, en esta elección, en Ratisbona, el Conde de
Oñate. Novoa describe con prolijidad de detalles que el Conde encargó a su hijo
Don Enrique que viniera como una exhalación a Madrid a dar la buena nueva al
Rey; pero, yendo por la posta a El Pardo, dejó traslucir la noticia el famoso
Simón, ayuda de cámara del Conde-Duque, y habiéndolo oído un barbero de cámara
llamado Pedro Arias, «hombre de cascos y de cervelo —dice Novoa— como los demás
de la Facultad», picó espuelas a un caballo ligero que montaba y a campo
traviesa llegó al sitio real antes que Don Enrique, dando la gran noticia al
Valido y al Rey, con lo que el aristocrático emisario estuvo a punto de morir
del disgusto. Se habló mucho de todo esto, y si lo referimos ahora es porque da
cuenta, con ser un detalle, de la irrealidad mezquina en que vivía aquella
sociedad. <<
127 Rodríguez Villa
[(240), 107]. De la euforia anormal del Conde-Duque por estos años hay varios
testimonios del mayor interés. Por ejemplo, al dar cuenta al presidente del
Consejo de Castilla de la victoria de Picolomini (1630), termina así: «Hoy de
Dios es todo y él solo lo obra, y de las tejas abajo en Castilla: como cabeza,
es el todo de la suprema autoridad y asistencia de ese gran Consejo al servicio
del Rey, nuestro señor» [(491), XV-282]. Y cuando nuestra victoria en Salces,
en el Rosellón, refirió a su confesor que 2.000 soldados españoles, al avanzar
en la noche, vieron aparecer en las puntas de sus espadas y picas «una estrella
o cosa que se lo parecía, tan resplandeciente, al parecer, como las del cielo»,
lo cual dio al ejército la seguridad de que Dios les ayudaba, y ello les animó
a vencer. Lo refiere el P. Sebastián González, al que, sin duda, se lo contó el
confesor de Olivares, jesuita también [(491), XV-351]. Luego se hablará de la
infinita credulidad de Don Gaspar. <<
128 Dice Cánovas [(56),
1-168], refiriéndose a esta melancolía ante las fiestas palatinas y populares y
ante los honores con que le abrumaron después del sitio de Fuenterrabía, las
palabras siguientes, admirables, porque están escritas por quien gozó también
de la embriaguez del mando. Escritas con el mismo espíritu del Conde-Duque y
hasta con su oscuridad de lenguaje: «A los hombres que ven por dentro las cosas
y en medio de algún pasajero favor de la fortuna claramente perciben los
peligros del porvenir, suélenles doler en lo íntimo la superficial alegría y
las esperanzas exageradas, o tal vez quiméricas, del vulgo, que no se hace
cargo sino de lo que ante sus ojos pasa. Sienten ellos entonces a modo de
necesidad de interrumpir su júbilo que, aunque halague a los sentidos, molesta,
por dentro, el alma.» <<
129 De tal monta era la
merced, que a poco de morir Olivares, la Cámara de Castilla elevó instancia al
Rey pidiéndole su derogación, «por los inconvenientes que resultan de que tenga
efecto la merced que V. M. hizo al Conde-Duque de Sanlúcar de un oficio de
regimiento en cada una de las ciudades y villas de voto en Cortes, con facultad
de nombrar tenientes y sucesor, de su casa, en ellos» (29 mayo 1649). Hubo
pleito entre las ciudades y los herederos del Conde-Duque y el asunto pasó a
las Cortes. En la sesión del 10 de septiembre de 1789, es decir, más de un
siglo después, el asunto todavía no se había resuelto (303). <<
130 Véase el Discurso
en el Apéndice XIX. Cánovas lo copia de las actas de las Cortes de 1638 a 1643;
pero yo no las he hallado en el volumen manuscrito que corresponde a este
período (504). (¿Olvidó Cánovas devolverlas?). Sin embargo, de este discurso circularon
copias sueltas. He leído una, con muy pocas variantes sobre la versión de
Cánovas, en la biblioteca del Duque de San Pedro (298). Es muy parecida la
versión que publica Malvezzi [(157), 163] del discurso en el Consejo de Estado
a los pocos días del anterior. <<
131 Cit. por Justi
[(135), 479]. El golpe fue tanto más doloroso para Olivares cuanto que se
comportó con gran hidalguía, intentando una conferencia con Medina-Sidonia
entre Getafe e Illescas para tratar de arreglar el asunto. En la carga decía a
su pariente: «no es posible que la reputación de V. E. padezca, sin quiebra de
la mía». Pero Medina-Sidonia, receloso de que la cita fuera una emboscada para
prenderle, se volvió a su Andalucía. En (491), XVI-161 y 163, están publicadas
las dos cartas de Olivares a sus parientes; una citándole (29 de agosto 1641) y
otra reconviniéndole por su fuga (1 septiembre 1641). En esta última se expresa
con su habitual lenguaje. «Es gran cosa —dice— que V. E. crea más a la
estampida que a un hombre que no puede quedar sin honra si V. E. pierde un pelo
de reputación; que me ha dolido tan en lo vivo del alma que dije a Don Lorenzo
y al Patriarca que me holgara más haber nacido hijo de un sastre que no en casa
donde se hace tan poca cuenta de mí.» Llama «estampida» al recelo de Medina-Sidonia
de caer en una celada. <<
132 Véase Apéndice
XXXII. <<
133 El día antes de
morir, Felipe III llamó al Príncipe, que entró en la cámara acompañado de su
ayo, Don Baltasar de Zúñiga, y de su gentilhombre, el Conde de Olivares. El Rey
dijo a su hijo: «Heos llamado para que veáis en lo que fenece todo.» A la salida,
Olivares, convencido de la próxima muerte de Don Felipe, hizo al de Uceda esta
petición: «Señor, yo he llegado a desear que en medio de este dolor forzoso S.
M. honre mi casa, no por ambición mía, sino por alivio de su conciencia, pues
con esto se desempeñará de lo que debe a mis padres y abuelos, a quienes en
Italia fue deudor de la reputación y en España de la paz. A propósito viene la
restitución de la honra diferida. En tiempo que S. M. lo deja todo por fuerza,
deje la Grandeza a mi casa por obligación y dispóngalo V. E. de modo que yo no
entre embarazado a S. M. con mis desagravios y pueda con mayor desahogo mostrar
mi agradecimiento.» Uceda le contestó «que no estaba S. M. para tratarle de
nada que le acongojase» [Quevedo, Anales de quince días (226), Prosa]. <<
134 Describe muy bien
la escena, según las referencias de la época, Hume, de este modo: «Uno de los
primeros días del luto que el Rey pasó en el Monasterio de San Jerónimo, el
sermón versó —quién sabe si premeditadamente— sobre el deber de pagar con convenientes
recompensas los servicios prestados. Después del sermón Felipe se sentó a la
mesa. La sala estaba llena de nobles y entre ellos se encontraba Uceda, aún no
expulsado definitivamente de la Corte. Cuando acabó la comida, Olivares, que
estaba probablemente en el secreto de lo que iba a pasar, se deslizó
discretamente detrás de los otros nobles. El Rey le vio y le dijo: Obedezcamos
los consejos del predicador. ¡Conde de Olivares, cubríos! Olivares se cubrió y
arrodillose a los pies del Rey, y lo mismo hizo su tío y los demás de su casa
que estaban presentes, confundidos del honor que recibía la familia» [(129),
cap. II]. <<
135 Parece que su
enumeración más exacta sea la que él mismo puso a la cabeza de su testamento
(459). Dice así: «Conde de Olivares, Duque de Sanlúcar la Mayor, Duque de
Medina de las Torres, Marqués de Eliche, Adelantado Mayor de la muy noble y muy
legal provincia de Guipúzcoa, Gran Canciller de las Indias, Comendador Mayor de
Alcántara, Comendador de Víboras y Segura de la Sierra y de Herrera, Sumiller
de Corps, Camarero y Caballerizo Mayor de S. M. el Rey, de su Consejo de Estado
y Guerra, Alcaide perpetuo de los Alcázares Reales de la ciudad de Sevilla, de
la Casa Real del Buen Retiro y de la de Vaciamadrid y la Zarzuela, Capitán
general de la Caballería de España y Sevilla y su reino.» <<
136 Siri (257), 225.
<<
137 Véase, sobre todo,
el Diálogo en forma de confesión [(310), f. 53], en que se dedica gran espacio
de sus medianos versos a describir su odio y persecución a los Grandes. Dice,
en este papel, el Conde-Duque, hablando de los nobles: «Nunca el semblante
airado de ellos me puso en el menor cuidado. El vulgo es a quien temo.»
<<
138 En el papel citado,
Carta de un aficionado (395), dice ya que esta persecución a los Grandes «tiene
visos de conocida pasión». <<
139 Véase Guidi (437)
y, sobre todo, el Memorial de Mena (403), en el que se hace al Rey una
minuciosa y apasionada enumeración de los agravios del Conde, ya caído, a los
Grandes. <<
140 Novoa (201),
11-105. <<
141 «Guidi-Quevedo»
(438). <<
142 Véase (491),
XXX-79. <<
143 Por ello los
maltrató el autor del libelo (438): «Viose en este caso la vileza de los ánimos
aduladores, porque todos los Grandes de la Corte y todos los títulos y señores
fueron a dar el parabién a Don Enrique, tratándole de excelencia y dándole toda
aquella reverencia más propia para los Reyes que para los vasallos.» <<
144 Véase (437). El
mismo autor añade que «en el tiempo de la privanza del Conde-Duque advirtió el
Rey el poco respeto que mostraban los Grandes a su real persona, no
acompañándole en parte alguna; pero jamás se dio por enterado, hasta que en la
ocasión presente, en que iba cayendo por instancias de su real gracia el
Conde-Duque, preguntó un día al Marqués del Carpió si sabía la causa de haberse
retirado tantos los Grandes de su real persona. El Marqués, que estaba, como
todos, con vivos y fortísimos sentimientos del Conde-Duque, respondió a S. M.
que la causa de aquella ausencia era el ser tan mal vistos como poco
favorecidos del Conde-Duque, y que por esto llegaron a juzgar era mejor
privarse del gusto de asistir a S. M., que hacerse sospechosos con él».
<<
145 Véase (491),
XIV-103. <<
146 El Marqués de Santa
Cruz fue uno de los que quedaron encargados del Gobierno, durante la ausencia
del Conde-Duque en la jornada de Zaragoza, en 1642; puesto de gran confianza en
aquellos momentos. Santa Cruz fue leal con su amigo y es uno de los pocos que
veremos asistirle con su compañía en los momentos de la caída, cuando la
hostilidad del ambiente era tal que ni los más obligados se atrevían a mostrar
su adhesión al vencido. Grajal figuró mucho en los tiempos de la caída y fue
también fidelísimo al ministro, aun en sus horas de mayor desgracia. <<
147 Morel-Fatio (194)
da por apócrifa esta carta. La publican todas las versiones españoles del
relato de Guidi, del grupo «Quevedo», incluso la de Valladares (438). Varios de
los ejemplares, entre ellos el mío (308), traen al margen esta apostilla: «La nota
y máximas de esta carta fue del P. Hortensio.» Es decir, la inspiración. De ser
auténtica la misiva no necesitaría de inspiradores el Almirante, pues era
hombre de letras. A él se atribuyen las Décimas al Príncipe Baltasar Carlos
reprochándole que capase gastos y la Semblanza al Conde-Duque en su caída, que
termina con una amenaza y un deseo de que sea degollado, poco acorde con la
jerarquía del autor. «¡Oh verdugo, oh cuchillo, oh cadalso!» Estas atribuciones
son de Pérez de Guzmán [(215), 122] e ignoro su fundamento. <<
148 La carta, según la
«versión-Quevedo» (438), empieza así: «Señor mío: Yo estoy muy maravillado del
modo de correspondencia que V. E. ha tomado conmigo, respondiendo jamás a mis
sentimientos... y sin duda pienso que la causa de esto es haberse olvidado V.
E. de quién soy, pues a tenerlo bien presente temblara sólo de pensar en darme,
aun levemente, que sentir: y, por lo mismo, le recuerdo piense bien en que soy
el Duque de Alba; que así creo obrará con más comedimiento, cuando no por
respeto a mi persona, por miedo a mi valor, bien que no faltaría lo uno ni lo
otro.» De este estilo de libro de caballería era incapaz el discreto y noble
Alba. La «versión-Carreto» (439) no incluye la carta. Hay muchas versiones más
en las que el texto es más suave; así apareció también en las Cartas de los
Jesuitas [(491), XVI-447]. Morel-Fatio (194) la de como dudosa, inclinándose a
creer que fue falseada sobre un texto real sin extremismos. Las cartas de su
padre desde Nápoles, véanse en (360). <<
149 El relato más
detallado de este significativo incidente es el del papel Relación de lo
sucedido (452). <<
150 En el relato de
«Guidi-Carreto» (439) se cuenta este discurso, con pujos moralistas, del
Monarca. «Después de haberles honrado llamándoles vasallos, amigos y primos [a
los Grandes], y encomendándoles la diligencia en el real servicio, mandó que
ninguno de ellos interpusiese oficios ni ruego con los consejeros procurando
mercedes o dignidades para cualquiera que fuese, porque no era conveniente que
al calor de la familiaridad que gozaban de Su Majestad induciesen a los
ministros a aquellas gracias que no eran proporcionadas al servicio de Dios y a
la Justicia distributiva. Que aquello que hubiesen de pedir a los consejeros lo
pidiesen a S. M. Y que, finalmente, mirasen con su propia conciencia y por la
reputación real, no intercediendo en lo secular ni eclesiástico a favor de
personas que no fuesen capaces de lo que pretendían.» Este enérgico varapalo
del Rey fue acogido con alborozo al ser conocido por la gente, que decía:
«Ahora sí que nuestro Rey Felipe IV merece el nombre de Grande que le dio la adulación
del Conde.» Pero era, por desgracia, tan sólo uno de los furtivos destellos de
buena intención que tenía su naturaleza, irremediablemente perezosa y sensual.
<<
151 Véase El Nicandro
(406). Es preciso fijarse en la importancia de estas frases, en las que, por de
pronto, confiesa que su designio fue privar de su poder y riquezas a los
Grandes para inutilizarlos, sustituyéndolos por hombres de la clase media («gente
media»), cuya importancia adivina, o, más aún, por simples gentes de la plebe
(«levantados del polvo»), porque éstos, por ricos que sean, no tiene el
prestigio popular de los Grandes y son, por lo tanto, menos peligrosos para el
Estado. El profundo sentido político de esta actitud es notorio sin más que
pensar que la desmembración de España la realizaron o la intentaron realizar
estos nobles, a los que fácilmente tomaba la plebe «por cabeza»; los Guzmanes y
Braganzas, en Portugal; Medina-Sidonia y Ayamonte, en Andalucía; Híjar, en
Aragón, etc. <<
152 Véase (491),
XVII-103. <<
153 Medinaceli fue un
personaje curioso de su tiempo; se interesaba, además de la política, por las
lenguas muertas. Eran estos afanes filológicos tan grandes que los menciona una
de las gacetas de la época: «El Duque de Medinacelli estudia valientemente la
lengua hebrea, teniendo en su casa un rabí para este efecto y ha hecho tan
grandes progresos que ya sabe leer sin puntos, 30 agosto 1636» [(240), 38]. Fue
amigo de Quevedo, y en su casa estaba el gran escritor cuando lo prendieron en
diciembre de 1639. No está clara la relación de Don Francisco con el Duque, que
fue también desterrado; probablemente estaban comprometidos las dos en el mismo
pleito. <<
154 El Duque de Híjar
era poeta, y durante su reclusión perpetua en León, después de su pleito y
condena, escribió un largo romance, interesantísimo, que figura manuscrito en
un tomo de papeles (307), cuya copia debo a la bondad de mi amigo el Duque de Almazán.
Aunque lo escribió cuando el Conde-Duque hacía años que había muerto y él
llevaba bastante en prisión, que templa los rencores, éstos persisten vivos
cuando se refiere al famoso Valido. Pinta la sumisión de Felipe IV a Don
Gaspar, que «sólo reconocía la majestad por el cetro». Y de la privanza de
Olivares dice: «¡Qué infamia, un dueño vasallo! ¡Qué error, un vasallo dueño!»
Del Valido dice que «en el seno era ambicioso; en la vista, rayo; en las
acciones, trueno». La queja contra su tendencia democrática la expresa así:
«Mirábase entre el
desorden
insignemente al plebeyo
colocado, y tristemente
excluido al caballero.»
Los juicios que hace
sobre los sucesos de su tiempo aconsejan la publicación íntegra del romance.
Sobre la conspiración de Híjar véase Ezquerra (87). <<
155 «El Conde-Duque
temía más a la verdad de este gran señor solo, que a todos los demás juntos»
(«Guidi-Quevedo») (438). <<
156 Hume (129), cap.
VIII. <<
157 Véase (256), 1-9.
<<
158 Pellicer (211),
marzo 1644. <<
159 Rodríguez Villa
(240), 17. <<
160 La autoridad de
Cánovas añade a este respecto: «Si iban a los ejércitos los nobles no era por
deber o gloria, sino por los sueldos y comodidades. Por poseerlos y
disfrutarlos se disputaban los destinos públicos, sin consultar si su capacidad
bastaba o no para desempeñarlos; ninguno entendía servir a la patria, sino a sí
propio» [(56), 425]. En otros varios pasajes de sus estudios históricos se
expresa, con parecida severidad, Cánovas al hablar de la Nobleza como clase
directora. Recuérdese que, aunque era un político conservador y prototipo, en
un momento de su actuación pública, de la reacción, hasta el punto de ser vil y
estúpidamente asesinado por un anarquista, representaba, en realidad, un avance
de la democracia, que en el siglo siguiente, el nuestro, había de tener tan
enorme trascendencia histórica. El mismo Cánovas, que vivió tan a gusto en la
atmósfera cortesana, no quiso, por soberbia popularista, ser título nunca. La
significación política y la autoridad histórica de Cánovas nos excusa de nuevas
citas en el mismo sentido. Por excepción anotaré el juicio que figura en un
papel francés de la época, titulado El espíritu de Francia [(83), 29]: «Los
Grandes de España son de grande ayuda al Rey de Francia y procuran, sin pensar,
adelantar su designio, porque se enriquecen con la hacienda de su señor y
quitan [en su país] la fuerza de poder mantener tropas.» Véase también el
importante documento (343), que después será comentado. <<
161 Cánovas: «Todo
decae en nuestro país con frecuencia, menos la raza». Y Azaña, parecido en
muchas cosas a Cánovas: «Para mí, lo vital de España, en el orden moral, es el
pueblo» (23). <<
162 Roca (455), 168.
<<
163 Córner (235),
11-15. <<
164 Hume (129), cap II.
<<
165 Hauser (118), 281.
<<
166 «Guidi-Quevedo»
(438). <<
167 Véase Acción
notable (434). <<
168 Cartas (344), 17
mayo 1638. <<
169 Meló [(176), 287].
Es sabido que Meló publicó este libro bajo el seudónimo de Clemente Libertino,
estando preso en Lisboa, en 1645. <<
170 Esta Coronelía
Guardia del Rey se organizó en Almansa el año 1632; tuvo al principio como
destino dar guardia al Rey en Palacio. Pasó después a las campañas de Languedoc
y Cataluña y otras, ostentando diversos nombres, hasta el de Regimiento
Inmemorial del Rey, con el que se le sigue designando en nuestros días. Fue su
primer coronel el Conde-Duque de Olivares. Véase (112). <<
171 Una noticia de su
tiempo da cuenta de la edificación de Loeches con estas palabras expresivas «El
Excmo Sr Conde-Duque da mucha prisa en la edificación del convento de Loeches,
habiéndose ya abierto los fundamentos del templo, que será de la misma proporción
y grandeza que el de la Encarnación, de esta corte» [Rodríguez Villa (240),
133]. <<
172 Meló (176), 118.
<<
173 Contarini (235), II
110. <<
174 «Guidi-Quevedo»
(438). <<
175 Contarini (235),
II, 109. <<
176 Relación Política
(450). <<
177 A pesar de estas
precauciones, Meló fue uno de sus hombres de confianza, como luego se dirá.
<<
178 Junta que se hace,
etc (441). <<
179 Cit por Hume (129),
cap VI. <<
180 Véase (491),
XV-435. El embajador era, seguramente, Contarini, que estuvo en Madrid del 1638
al 1641, y en estas largas horas de carrera haría el retrato que luego envió en
su Relación, ya citada (235). <<
181 Véase Memorial, de
Sánchez Márquez (529). En el capítulo último se referirá que, aun retirado en
Toro, despachaba su correspondencia en el coche. <<
182 Rodríguez Villa
(240), junio 1637. Voiture (284) refiere también que cuando el Rey estaba en El
Escorial, Olivares iba y venía diariamente al Real Sitio, acompañado de tres
secretarios, con los que trabajaba en el coche. <<
183 Cuenta esto Don A.
Fernández de los Ríos [(92), 666]. Dice que una vez fue traicionada una
importante conversación que tuvo con un amigo dentro de su coche. Al saberlo
persiguió al amigo, sospechoso de la imprudencia; pero habiendo demostrado su
inculpabilidad se averiguó que fue el cochero el que oyó y difundió la noticia.
<<
184 En la relación del
embajador Giustiniani, en los años 1634 a 1638, se lee: «Todas las consultas
del Estado... son consignadas al señor Conde-Duque, el cual las examina con sus
ministros confidentes, que son Villahermosa, Santa Cruz, el confesor (hombre de
mediocre saber) y ahora Meló, que priva mucho con su excelencia» [(235),
11-69]. <<
185 F. Córner [(235),
11-13]. (Llama, por cierto, al yerno del Conde-Duque «Duque de Medina Las
Folers» en lugar de «Medina de las Torres».) <<
186 Novoa (201), 1-73.
<<
187 Un dato interesante
a este respecto es el siguiente: los Avisos, de Pellicer (211), aparecen con
regularidad, cada ocho días, desde 1639, y cesan en septiembre de 1642 hasta
julio de 1643, es decir, alrededor de la caída, cuando se extremó la persecución
a los escritores. <<
188 Véase (491),
XIV-103. <<
189 Rodríguez Villa
[(240), 146]. El fraile volvió a París llevando de regalo para la Reina de
Francia un dedo de la momia de San Isidro [(240), 156]. Es muy posible que el
fraile tal fuera un espía, pues estos inundaban España, bajo el habito
religioso o el tabardo de los peregrinos. De ello se ocupo mucho Don Cristóbal
Pérez Herrera, insigne medico de Felipe II, fundador del Hospital General, de
Madrid. Sobre este P. Bachelier véase el libro de Leman (142). <<
190 Una carta del P.
Sebastián González (7 febrero 1640) describe los pormenores de este arresto
[(491), XV-407]. <<
191 Es muy interesante
la acusación contra Molina y la supuesta alocución del infeliz reo (302).
<<
192 Véase (491),
XIIM17. <<
193 Véase Rodríguez
Villa (240), 68, y (394), XIV-27. <<
194 Rodríguez Villa
(240), 214. <<
195 Ossorio (206). Lo único
que no comparto de esta excelente monografía es la identidad que establece
entre aquellos tiempos y los actuales. Ahora los hombres siguen no siendo
arcángeles, pero son infinitamente mejores que hace tres siglos. <<
196 Véase (438) y
(439). El primer manuscrito, por ejemplo, asigna 28.000 ducados de sueldo como
caballerizo mayor; el segundo, sólo 14.000. Uno incluye partidas que el otro
olvida, etc. <<
197 Véase Mena (403).
<<
198 Ya sabemos (cap. 3)
que esto no es exacto y que heredó gran caudal. <<
199 Véase Bolaños
(392). <<
200 Los contemporáneos
extranjeros así lo juzgan, unánimemente. Córner, el embajador veneciano, dice,
por ejemplo: «La integridad del Conde, todos la confiesan» [(235), 1-14].
«Desinteresado» le llama Contarini [(235), 1-109], etc. <<
201 Luego será copiada
(cap. 19). <<
202 El Conde de la Roca
confirma esto: «Toda la familia del Conde, desde el criado de la primera puerta
hasta el de mejor oficio, viven tan sin manos, informados de que no pueden
hacer nada con su dueño, que aun para fingirlo les faltaba ánimo o artificio.»
A su ayuda de cámara Simón Rodríguez, que «en los años de privanza de su amo
debió haber dado tres millones de audiencias», no le prosperó en nada la
fortuna. A otro que fingió, por obtener propina, que recomendaría su petición
al ministro, éste, «después de fatigada prisión, le echó de su casa y de la
Corte» y revocó la gracia que casualmente se había concedido al pedigüeño
corruptor. [Roca (455), 172]. Se refiere, sin duda, el comentarista al pícaro
sevillano Morovelli, cuya relación con el Conde-Duque será, más adelante,
referida. <<
203 Silvela (256),
1-17. <<
204 El embajador Córner
[(235), 11-15] dice, en efecto, y de aquí ha salido la cita, tan extendida
después, que «cualquiera que quiere hacerse grato al Conde le manda alguna
curiosidad para su casa». <<
205 Malvezzi (158),
188. <<
206 Cruzada Villamil
[(76), 129] publica un documento de Palacio ordenando se pague al Conde-Duque,
«pues la templanza —dice— con que procede no queriendo llevar todo lo que
justamente se le debe, obliga a que con toda puntualidad se le dé satisfacción,
etc.» En este documento se detallan las especies que como «plato» recibía Don
Gaspar, por ser camarero mayor, y eran las siguientes:
Ocho panes de boca, a
15 maravedises, montan cada día 120 mrs. al año... 43.800 Doce panecillos, a 5
mrs. al día: al año........................................................,
21.900 Trece azumbres de vino, a 11 mrs., 954 mrs.: al año ......................................,
24.995 Cien suplicaciones y dos tabletas al día, 100 mrs.: al
año................................, 25.580 La cera, conforme la cuenta del
grefier..........................................................., 45.220 La
fruta de verano, 14 libras un día con otro, a razón de 24 mrs., hacen 224 y en
invierno, 8 libras a 40 mrs., uno con otro, 272 mrs.: al
año..................................., 99.280 El tercio de nieve se regula a
razón de 6 arrobas, un día con otro, a 48 maravedíes; montan la nieve y
fruta...............................................................................................,
283.240
TOTAL................................................................................,
544.015
Además se le pagaban,
por los Consejos, 3.205 mrs. de gajes y pensión y libreas, por ayo <<
207 Cánovas (55), IV-I
105. <<
208 «Guidi-Quevedo»
(438). En el elogio de Voiture (284) se dice también, como una de las glorias
de Olivares, que no mancho de sangre su poder. Era este Voiture un literato
francés, voluble, adulador, apreciadísimo en los salones, precursor de los
actuales cronistas de sociedad. Del Conde-Duque escribió: «Al contrario [de los
ministros precedentes, con mejor suerte], ha caminado siempre con el viento
contrario, entre las tinieblas; y cuando el cielo aparecía cubierto por todas
partes, ha mantenido su ruta entre bancos y escollos: y durante la tempestad ha
tenido que conducir esta gran nave cuya proa está en el Atlántico y la popa en
el mar de las Indias» [cit. por Saint-Beuve (244), tomo XII, pág. 200]. No hay
por qué dar excesivo valor a sus elogios. Estuvo en España el año 1633, al
servicio de Gastón, Duque de Orleáns, hermano de Luis XIV, enemigo de
Richelieu, deteniéndose sobre todo en Sevilla, adonde fue con recomendaciones
del Conde-Duque. El Alcázar le produjo gran impresión y lo consideró como el
más interesante monumento de España. <<
209 Giustiniani (235),
11-69. <<
210 Novoa [(201),
IV-I-40]. Añade, después de las palabras copiadas en el texto: «¡Cuan diferente
fue en esto aquel Príncipe, dechado de toda la bondad y cortesía, el Duque de
Lerma!» <<
211 Contarini [(235),
11-110]. Otras veces era, en cambio, obsequiosísimo con los enviados
extranjeros, quizá también en exceso, como los mismos venecianos hacen constar,
y también los embajadores ingleses, cuya correspondencia ha estudiado muy bien
M. Hume, del que he copiado trozos significativos. También se ha escrito mucho
de las fiestas y obsequios que organizó en honor de la Duquesa de Mantua, de
Mme. de Carignan, de Mme. de Chevreuse y de otros extranjeros, no siempre
dignos de tales recibimientos. Pellicer refiere el modo que tuvo de recibir al
barón de Molinnghen y a Mos de Santone, a los que dio un banquete en el Buen
Retiro, tal, que «casi todos los convidados quedaron borrachos, porque las
tazas en que se brindó eran muy capaces». Luego les dio toros, y, en su afán
organizador, fue él mismo«a la Algarrada a escogerlos» [Pellicer (211), 1 y 8
mayo 1640]. Siri dice que entre los extranjeros, aquellos a quienes trataba
«con especial estimación, amistad y cortesía» era a los italianos [(257), 257].
<<
212 Novoa [(201),
1-54]. Dice este autor que hubo necesidad de muchas influencias para evitar el
desafío; pero no parece que sea verdad. El Conde-Duque odiaba el duelo, como
Richelieu, y dirigió contra él un curioso escrito a Felipe IV (314). <<
213 Entre las cartas al
Cardenal-Infante véase la de 25 de mayo de 1636, en la que censura duramente su
actuación militar. Sobre sus violencias con el Rey véase El Nicandro, el
Memorial de Ripalda y la correspondencia entre el Rey y González (374), en la
que éste habla de las «aprensiones vehementes de la condición del Conde-Duque».
<<
214 Sin embargo, muchas
veces se atribuían a estos disgustos, muertes perfectamente naturales. Por
ejemplo, en 1636 murió Don Antonio Chumacero, y se dijo que fue de la
pesadumbre de «algunas palabras pesadas» que el Conde-Duque le dirigió con
motivo de la ineficacia de una leva de gente para Italia que se le había
encomendado. Así se lee en las Nuevas de Madrid de esa fecha [Rodríguez Villa
(240),]. Pero hay una carta, muy patética, que Don Antonio escribió a su
hermano Don Juan, embajador en Roma (371), pocos momentos antes de morir,
encomendándole a su mujer y seis hijos, y en ella declara que se muere «de
tercianas». Así eran las muertes que se achacaban a los poderosos y muy
especialmente a Olivares. Don Juan Chumacero se afectó mucho con esta muerte y
escribió otra carta al Conde-Duque pidiéndole permiso para venir a España «por
el desconsuelo en que han quedado ambas casas» (371). <<
215 Contarini (235),
11-110. <<
216 El Conde de la Roca
[(455), 279] y otros autores cuentan que un hombre confesó haber querido
atentar con unos pistoletes contra el Conde, de vuelta de Palacio, «lo que
pudiera conseguir fácilmente por su natural descuido». El delincuente salió,
levemente penado, a un presidio, y en el camino se fugó a otro reino; pero allí
fue preso y se avisó al embajador en Madrid anunciándole que lo entregarían en
la frontera. «El Conde hizo correo con la misma diligencia para que lo
soltaran», y así fue. Otra vez, al principio de su privanza, unos hombres
intentaron también matar a Don Gaspar, mientras paseaba su coche: más adelante
se referirá este suceso. Escaparon, y a los seis años uno de ellos fue prendido
por otros delitos y condenado a muerte. El Conde se echó a los pies del Rey y
le pidió que fuera perdonado, pues podría creerse que su ejecución no era
impuesta por los crímenes ordinarios, sino por haber atentado contra su vida.
El Monarca consultó con el Consejo y no quiso acceder al perdón. En estas acciones,
meritorias pero teatrales, se observa el deseo del Conde-Duque de imitar los
ejemplos antiguos, a los que era tan afecto. Roca, al referirlos, recuerda, en
efecto, que «lo mismo se lee de Julio César». <<
217 Las Nuevas de
Madrid de julio de 1637, por ejemplo, refieren la saña con que el Duque de
Villahermosa quiso hacer matar, por dos veces, a un sacerdote porque en público
había hablado mal de su casa, y el gacetillero comenta: «No lo hace así el
Conde-Duque, que no solamente no se venga de sus enemigos, pero los perdona de
buena gana» [Rodríguez Villa (240), 198]. El Conde de la Roca habla también,
como de cosa sabida, de «la resolución que había hecho el Conde-Duque de
perdonar a sus enemigos» y cita algunos casos en que, notoriamente, puso en
práctica su piedad [(435), 283]. <<
218 Cánovas (56),
1-149. <<
219 Córner (235),
11-14. <<
220 La novela de
Fernández y González sobre el Conde-Duque es un documento típico de esta
actitud del liberal español frente a la época que estudiamos (88). También el
drama Quevedo, de E F Sanz. La biografía novelada, reciente, de Quevedo, por A
Porras, esta inspirada en el mismo odio al Conde-Duque (220). <<
221 Son, sobre todo,
importantes los documentos publicados por Astrana Marín en (226). Para no
repetir las notas me referiré en el texto a los datos que mas he utilizado, que
son las Cartas, señalándolos con la numeración de Astrana y añadiendo una A al referirme
a las Antiguas, las del Epistolario, en el tomo de Prosa (pags 1357 y sigs) y
una N cuando cite las nuevas, las inéditas, que se publican en el tomo de
Versos (pags 1497 y sigs). <<
222 A. Fernández Guerra
(90). <<
223 En esta carta
explica los motivos de su prisión, que fue su Memorial por el Patronato de
Santiago. Astrana la incluye fuera de la colección del Epistolario, Apéndice
[(227, verso), 1263]. <<
224 Se refiere Quevedo
al calvinista Ferrer, que fue quemado vivo en la Plaza Mayor, de Madrid, por
sacrilegio; y a los pocos días un vagabundo francés, Peralta, sufrió la misma
pena por haber cometido en la iglesia de San Felipe, de Madrid, el mismo delito
de destrozar la Hostia. Quevedo opina que el castigo público antes puede servir
de incitación a otros criminales que de ejemplaridad, en lo cual tenía razón,
sobre todo tratándose de delitos políticos o religiosos, en los que interviene
siempre el fanatismo y el ansia de notoriedad; lo cual no han aprendido todavía
los españoles, que llaman «impunismo» a la hábil indulgencia de tales delitos.
Lo terrible de Don Francisco es que pide que esos castigos, severísimos, se
hagan, pero «en silencio». <<
225 La Epístola es la
célebre poesía que empieza:
«No he de callar por
más que con el dedo, ya tocando la boca, ya la frente, me representes o
silencio o miedo.»
Cómo ha de ser el
Privado (227) es una defensa tan cínica de Olivares que produce una reacción de
antipatía en el lector. Uno por uno le defiende de los mismos cargos que, poco
después, él, Quevedo, había de esgrimir contra el ministro. Es imposible explicar,
sin menoscabo grave de la dignidad de Quevedo, cómo el autor de esta comedia
fue luego enemigo de su ídolo. Por eso, sin duda, la hizo desaparecer y ha
estado oculta durante trescientos años. Su lectura es interesantísima, como
documento, no como pieza literaria, que no puede ser más mediocre. Artigas
apunta certeramente la identidad entre sus argumentos y los del panegírico de
Roca. <<
226 Apareció El Chitan,
en 1630, firmado por «El licenciado Todo-se-sabe». Dice, por ejemplo: «¿Cómo le
agradecerás al Rey esta elección [la de Olivares] y al Conde el ser privado
escueto, solo y mocho de todo privado?» Y después de esto, «¿cómo no le reconoces
el retiro y el no andar por las calles atento a la cosecha de reverencias,
sumisiones y descaperuzos?», etc. No puede dudarse de la actitud olivarista de
Quevedo, desgraciadamente más mercenaria que sincera. Una carta del P. Hernando
de Salazar (XCV) demuestra que fue éste el que proporcionó materiales
encomiásticos a Don Francisco para su opúsculo (léase la nota de Astrana a esta
carta). Se infiere de las fechas (no seguras) de estas cartas y de la aparición
de El Chitan, que quizá no fuera este opúsculo el que sirvió de tema a la
correspondencia entre Quevedo y Olivares. Es igual. Lo importante es que el
ministro encargó un trabajo apologético al escritor y que éste lo hizo. Véase
también la delación contra este Chitan y su proceso por la Inquisición, en
Astrana [(226, prosa), 1252]. <<
227 Novoa (201), 1-73.
<<
228 P. A. de Tarsia
(264), 94. <<
229 Fernández Guerra
(90), 119. <<
230 Rodríguez Villa
[(240), 58]. Astrana reproduce éste y algún otro fragmento (como el de las
aficiones al hebreo del Duque de Medinaceli, ya comentado aquí) de estas Nuevas
de Madrid, como trozos de cartas, en su Epistolario de Quevedo. El mismo docto comentarista
de Quevedo publica el Memorial de Don Luis Pacheco de Narváez, maestro de armas
de Felipe IV, ya publicado por Menéndez y Pelayo [(184), III-876], denunciando
al Tribunal de la Inquisición cuatro libros de Don Francisco de Quevedo [(226,
verso), 1043]. Supone Astrana que este memorial fue escrito en 1629 ó 1630, en
cuyo caso resultaría que la persecución al poeta del maestro de armas era
antigua. Véase también Fernández Guerra (90). <<
231 La carta XVII-A,
fechada el 5 de noviembre de 1636, habla de que acaba de llegar a Madrid, donde
estuvo, por lo tanto, coincidiendo con el pleito de Don Luis Pacheco de
Narváez; y quizá por este asunto es por lo que dejó la paz del campo. Vuelve a
Madrid en marzo de 1637 (carta XX-A), hasta octubre (XXII-A), entretenido, al
parecer, en pleitos particulares. Sale de La Torre, de nuevo, en la primavera
de 1638, en que escribe desde Madrid (carta XXVII-A), no regresando a su retiro
hasta últimos de año, en que recibe recado urgente de ir a la corte, lo cual
hace en enero de 1639, a pesar del frío y de sus achaques. <<
232 Es sabida la gran
campaña que hicieron contra él los poetas gongoristas por la publicación de su
Aguja de marear con la receta para hacer soldados en un día, La culta
latiniparla, etc.; y que fray Diego Niseno, en el elogio funeral del doctor Don
Juan Pérez de Montalbán, atacó duramente a nuestro poeta. Véase Fernández
Guerra (90), 129. <<
233 Esta descripción
permite localizar la prisión en alguna de las habitaciones bajas del convento,
a la parte derecha, que cae sobre el río; y no el aposento del piso principal
que los guías suelen enseñar como «cárcel de Quevedo». <<
234 Unos dicen que este
verso fue el Memorial a S. M. el Rey Don Felipe IV, que empieza:
«Católica, sacra y real
majestad, que Dios en la tierra os hizo deidad, un anciano pobre, sencillo y
honrado, humilde os invoca y os habla postrado», etc.
La Vida de Don
Francisco de Quevedo, de Don Pablo Antonio de Tarsia (264), que es la fuente
más antigua sobre la biografía de Quevedo, da por hecho que este papel fue el
que se tomó como delito, pero que no era de Don Francisco. Astrana, al
reproducir la biografía de Tarsia [(226, verso), 767], da, sin embargo, por
segura la atribución a Quevedo y refuta éste y otros errores de Tarsia. A la
verdad, este Memorial, en dodecasílabos pareados, es mediocre, de lo peor que
hizo Quevedo, si es de él, y no demasiado violento para lo que entonces se
estilaba. Quizá su mayor invectiva es ésta, a los sueldos de los ministros:
«Un ministro, en paz,
se come de gajes más que en guerra pueden gastar diez linajes.»
Léase completo en la
edición de Astrana [(226, verso), 142]. Otros suponen que el papel introducido
en Palacio fue el famoso Padre Nuestro que en la edición de Astrana se
reproduce en (226, verso), 144. Estos versos, que glosan el Padre Nuestro,
mucho mejores que los del Memorial, describen también los males de la
Monarquía, con más reproches al Rey que al Privado, contra el que no hay, como
tampoco en el otro, ataques concretos y violentos, sino sólo la acusación vaga
de mal gobierno y de que debe dejar que el Rey rija los destinos de España.
Según una nota al margen de varios de los ejemplares manuscritos de Guidi,
versión «Carreto» (226, verso), entre ellos el que yo poseo, lo que causó
indignación en las alturas fue el verso en que se hace alusión a que el
Conde-Duque hizo matar con una sangría al Infante Don Carlos, hermano del Rey.
Dice así este verso:
«Carlos, tu hermano,
murió, y con él nuestra esperanza, que una lanceta fue lanza de Longinos que le
hirió.»
Astrana [(226, verso),
1575] no se decide por ninguno de los dos, aunque se inclina al que llama
«impresionante» Memorial. Hume [(129), cap. VIII], para no equivocarse, dice
que la servilleta regia ocultaba los dos: el Memorial, que llama también
«terrible», y la parodia del Padre Nuestro. <<
235 Por ejemplo, el
soneto Al mal gobierno de Felipe IV [Astrana (226, verso), 138], y, sobre todo,
las décimas Sobre el estado de la Monarquía, de 1641, que empieza:
«Toda España está en un
tris y a pique de dar con tras; ya monta el caballo más que monta el
maravedís», etc. <<
236 Que estos libelos
los leía el Rey, a pesar de la vigilancia del ministro, es indudable. Negarlo
sería desconocer el ambiente de las camarillas regias, cuyas paredes son de
poros, que todo lo penetran. Pero, además, hombre de tan indiscutible autoridad
en estas interioridades palatinas como Novoa, nos habla una vez, expresamente,
de «los papeles que de secreto se daban al Rey» [(201), 1-73]. <<
237 Juderías (134),
163. <<
238 Entonces, en 1650,
se publicó por primera vez esta famosa Isla, incluida en La hora de todos y la
fortuna con seso. Según Astrana, salió muy modificada con respecto al primitivo
original [véase (226, prosa), XXXVI]; pero este primitivo original no se conoce.
<<
239 Véase la biografía
de Tarsia (264) y la Carta del P. Sebastián González, del 13 de diciembre de
1639 [(491), XII, 211], y los Avisos de Pellicer, que ahora comentaremos. En la
carta del jesuita se dice al dar cuenta de la prisión de Quevedo: «... no se
sabe de cierto la causa, aunque se sospecha debe ser algo que ha dicho o
escrito contra el Gobierno». <<
240 Avisos de Pellicer
de 13 de diciembre de 1639. Astrana [(226, prosa), 1575] encomia mucho la
malicia de Pellicer al dar esta noticia, pues era enemigo de Quevedo; la verdad
es que su papel, aun siendo apasionado, es de mero informador. <<
241 Un fragmento de
carta (CLXVI-A) del P. Andrés Mendo al P. Pereyra, jesuita, que publica también
Astrana, de estos mismos días, dice: «Don Francisco de Quevedo se está preso en
León y su amigo el Duque de Medinaceli sale desterrado de Madrid.» <<
242 Cartas CLXVII-A en
adelante y las XXXIV-N en adelante. <<
243 En la carta
CLXVII-A a persona desconocida, justamente alabada, con las dos siguientes, por
Astrana, como joyas literarias y morales, dice: «¿Pregúntanme por qué estoy
preso? Respondo que por lo que no sé.» <<
244 Es fenómeno de
todos los tiempos. Don Jacinto Benavente se quejaba, sin demasiado dolor, en
una de sus comedias, de que todo chiste o sucedido satírico que corría por
España se le atribuía a él; durante la Dictadura española de 1923 a 1929 casi
todos los versos clandestinos que aparecían se atribuían a Luis de Tapia, etc.
<<
245 Astrana supone que
este traidor pudiera ser Don Lorenzo Ramírez de Prado, amigo de Pellicer, el
autor de los Avisos [(226, prosa), 1580] y autor, a su vez, de unos versos
glosando, en sentido contrario, el Memorial de Quevedo. Fernández Guerra [(90),
139] dice que se enteraron del autor del Memorial por una mujer. El mismo
Astrana dice, sin citar la procedencia del dato, que al registrar la casa de
Medinaceli no se encontró ni el Padre Nuestro ni el Memorial [(226, prosa),
1574]. Ahora bien; si los versos los había leído ya el Rey y se sabía por el
delator y por el diagnóstico público que su autor era Quevedo, ¿qué interés
había en encontrarlos en su domicilio? Se podrá argüir que se buscaban como
prueba para la prisión los originales; mas, entonces, si no se encontró esa
prueba, ¿cómo se condenó a Quevedo, y con aquella severidad? Lo que buscaron en
el palacio de Medinaceli fueron, sin duda, cosas de mayor trascendencia que
estos poemillas satíricos a los que la corte esta harto acostumbrada. <<
246 Véase Fernández
Guerra [(90), 352]. Al fin, previa otra consulta del mismo Chumacero, fue dada
la libertad a Quevedo, pero a regañadientes. <<
247 Fernández Guerra
(90), 139. <<
248 Castro [(62), 123]
Más aún, Astrana, que juzga con indudable apasionamiento al Conde-Duque, llega
a decir que «quizá con la intervención del prelado, evitóse que le degollaran
[a Quevedo], como quería el Conde-Duque» [(226, prosa), 1574]. Es evidente que
no hay prueba alguna de tan siniestro propósito. <<
249 Véase en el
Apéndice XXVI un resumen de estas cartas, importantísimas para juzgar esta
cuestión. <<
250 Astrana dice, por
el contrario: «Este Memorial no surtió efecto alguno ni el Conde-Duque debió de
entregarlo al Rey. La prisión continuó rigurosísima, suavizándose, al fin, por
la intervención de algunos amigos, pero a espaldas del Poder» [(226, prosa),
1582]. No están documentadas estas suposiciones. <<
251 Una carta (CLXIH-A)
del arzobispo al Rey, lleva una nota de mano real que dice: «Así lo he mandado,
sin darle el nombre del preso hasta ahora.» Astrana supone, sin pruebas, que el
arzobispo, que era concuñado del propio Quevedo, debió advertir a éste, en
secreto, la tempestad que se cernía sobre él, y que a eso debió el que
resultara infructuoso el registro de sus papeles. <<
252 Fernández Guerra
(90), 151. <<
253 «Desde que V. M.
reina he estado preso tres veces antes de ésta —dos por la prisión del Duque de
Osuna y la tercera porque defendí el Patronato de Santiago, Apóstol de España—,
siendo caballero religioso profeso de su Orden, y en ninguna de estas prisiones
se me hizo cargo ni se me tomó confesión.» Carta CXCI al Rey Felipe IV desde
San Marcos, de León. <<
254 De erudito tan
mesurado como Artigas son estas palabras: «El gran Don Francisco de Quevedo,
más adulador de lo que se supone y de lo que pudiera esperarse de sus alardes
de independencia.» Son también muy interesantes los severos juicios de la Pardo
Bazan (208), en su estudio, admirable, sobre Quevedo. Hasta sus apologistas,
como Merimee (185) y, entre los más recientes, Bouvier (45), se extrae una
impresión penosa de muchos de los aspectos de la vida del gran escritor.
<<
255 Dámaso Alonso, con
corteses razones, da esta interpretación de la prisión de Quevedo como fruto de
mi «parcial simpatía» por Olivares (5), pág. 553. Con la gran admiración que
siento hacia él, quiero objetarle que ninguno de mis argumentos ha sido desmantelado
y que esta idea mía sobre la prisión del gran poeta no sólo es anterior a mi
interés por el Conde-Duque, sino que fue uno de los motivos que me impulsaron a
estudiar a fondo la figura del ministro de Felipe IV. <<
256 Cánovas [(55),
1-132]. El Conde de la Roca describe así el origen y objeto de la histórica
ventanilla: «Deseó [el Conde-Duque] que el Rey fuese ejercitándose para gran
Rey y, sin fastidio, aficionarle a lo que le constituyese tal y le pudiese ser
útil en todo tiempo, y también que los ministros se persuadiesen a que su
Príncipe no se había descuidado de sus acciones. Y para engarzar estas dos
cosas hizo abrir ventanas a todas las salas de los Consejos, con unas celosías
de tal disposición que desde ellas pudiese el Rey ver y oír sin ser oído ni
visto... Ésta fue invención del gran Bayazeto, que abrió en el Diván, que es su
Consejo mayor, una ventana de éstas, desde la cual, dice un historiador grande,
tenía a la vista gran parte de la África y Europa» [(455), 202]. Esta historia
de Bayazeto la repitieron luego los libelos de la época de su caída,
achacándosela a Olivares como nefanda imitación de los gentiles. Sin embargo,
Felipe IV recaba para sí la iniciativa de la apertura de la ventanilla. En la Introducción
que escribió a su traducción de la Historia de Italia, de Guicciardini [(501),
1-31], dice: «Pensé también en lo que oí de que los Reyes de Castilla solían
bajar al Consejo, y siendo mi edad corta para esto y el desuso ya grande en
esta acción, interpuso otro medio más eficaz para mis noticias y de más fruto
para mi gobierno, que fue abrir en los Tribunales y Consejos una ventanillas
dispuestas de manera que no me pudiesen sentir entrar y con unas celosías tan
espesas que, después de entrado, tampoco pudiesen tomar noticia de mi
asistencia allí.» Claro es que hemos de creer más a Olivares: los Reyes suponen
siempre que es obra suya la de sus ministros. Después de caído y muerto el
Conde-Duque siguió don Felipe haciendo uso de la ventanilla; uso y abuso, como
puede verse por esta noticia: «Su Majestad, dicen, fue un día por la ventana
secreta a oír lo que se trataba en Cortes y no debió salir muy gustoso de lo
que oyó, y así, dentro de dos días hizo las quejas en su nombre el presidente
de Castilla, y con eso quedaron disueltas» [(491), XVIII-468]. <<
257 Pérez de Guzmán
(214). <<
258 Meló (176), 127.
<<
259 Ericeyra (85),
VII-428. <<
260 Véase (235), 1-650.
<<
261 Véase pág. 103.
<<
262 Véase Malvezzi
(157), 163. <<
263 Pellicer (211), 18
de diciembre 1640, y P S González (491), XVI-100. <<
264 Pellicer (211), 25
de marzo 1642. <<
265 Todas estas frases
son de sus libros y sinceras cartas al Cardenal-Infante (344). <<
266 Véase Ulloa (272).
<<
267 Quevedo (226,
prosa), 1482. <<
268 Véase Apéndice XVI.
<<
269 Véase (168).
<<
270 «En Andalucía —dice
Pérez de Guzmán— disputábanse el honor de la preponderancia literaria los
titulados egregios de las tres grandes casas de Guzmán, en Sanlúcar; de Afán de
Ribera, en Sevilla, y de Girón, en Osuna» (214). <<
271 Mocenigo (235),
1-653. <<
272 El Conde de la Roca
[(439), 288] dice, en efecto, que el Conde-Duque fue muy censurado «por haber
favorecido a personas que le habían dirigido libros, hecho discursos y
aprendido a trabajar papeles». Sin duda se refiere a Malvezzi y Rioja; pero el
mismo Roca quedaría incluido en estos que lograron prebendas por el halago
escrito. La venalidad de la época hacía insignificantes estos pecados de venta
al contado de los elogios. Las Nuevas de Madrid, de mayo de 1637, cuentan, por
ejemplo, que en la relación de las fiestas del Buen Retiro, que se imprimió por
entonces, «a Carlos Strada le costaron 300 ducados los elogios que el autor le
da; y el señor Conde-Duque no ha pagado cosa, aunque le alaba mucho» [(240),
141]. <<
273 C. A. de la Barrera
(29). <<
274 Barrera dice que su
condena se debió a su amigo y protector el Conde-Duque de Olivares, lo cual
demostraría la imparcialidad de éste al no evitar el castigo a un amigo tan
íntimo. En El Parnaso Español se dice que la prisión fue dilatadísima, posterior
a noviembre de 1636 y en relación con los papeles satíricos y libelescos que
por entonces circulaban, y algunos de los cuales se atribuyeron a Rioja, como
el titulado La cueva de Meliso, lo cual es inadmisible, pues jamás Rioja estuvo
contra Olivares ni fue capaz de escribir tonterías como las de este libelo,
que, además, apareció después de la caída del Privado. Es extraño que los
abundantes noticieros de la época no den cuenta de la prisión de Rioja, que
debió ser suceso comentadísimo. <<
275 Así se infiere de
una carta de Don Diego Saavedra Fajardo a la Marquesa del Carpió, fechada en
Roma en abril de 1624, en la cual, contestando a una recomendación de esta
señora, le escribe: «Quedo ahora ocupado en que al doctor Rioja se le den unos
beneficios que ha pedido por él su Ilma., en conformidad de lo que el Conde, mi
señor, le ha escrito.» Y como posdata: «Después de escrita esta carta he estado
con el cardenal Barberino, y Su Santidad se contenta con hacer gracia a
Francisco Rioja de dos beneficios de Sevilla» [Berwick (39), 417]. La Marquesa
del Carpió era, como es sabido, hermana del Conde de Olivares, y esta carta
demuestra que toda la familia se interesaba por Rioja. <<
276 «Quinientos ducados
por una vez y cuatrocientos ducados cada año por vida» <<
277 V. Malvezzi (158).
<<
278 Rodríguez Villa
(240), 39. <<
279 Malvezzi (157).
Alcanzan sus comentarios hasta abril de 1639. <<
280 Malvezzi (158).
<<
281 Una de las cartas
de jesuitas habla de la publicación de este libro, y comenta: «No le valdrá
poco a su autor» [(491), XV-263]. <<
282 «El Marqués
Virgilio Malvezzi está encargado de escribir la historia de Su Majestad, Dios
le guarde, y otra vez la de Su Excelencia, por ahora. Su ocupación es pedir de
comer y curarse, que yo río con él mucho, porque no bebe agua, que dice que le
mata; ni vino, porque le destruye; ni carne, porque no la puede digerir; ni
pan, porque no lo puede morder, y está tan flaco que parece esqueleto de cohete
y admirándose de que yo como y bebo y tomo tabaco y chocolate.» 14 marzo 1637
[Quevedo (226, verso), 1510]. A pesar de estas bromas, el venal Quevedo empleó
su tiempo y su pluma en traducir al español uno de los insulsos libros de
Malvezzi, el titulado Rómulo, editado en Bolonia en 1629. Léase un justo juicio
de este escritor en Merimée (185), 224. <<
283 Carta del obispo
Don Fernando al coronel Jacinto Vera (13 abril 1636). [Véase (491), XVIII-11].
<<
284 Véase Antonio de
Mendoza (378). Esta carta está fechada en Aranjuez a 4 de mayo de 1637. Es
digna de ser leída por lo que enseña sobre Roca, sobre Mendoza y sobre la
época. <<
285 C. Vossler (285).
<<
286 Lope de Vega (275).
Consta el volumen, del poema de La Circe, dedicado a Olivares, con dos sonetos
a él y a su hija María. Sigue el poema La mañana de San Juan de Madrid,
dedicado al Conde de Monterrey, cuñado del Conde-Duque. Después, otro poema, La
rosa blanca, dedicado de nuevo a María de Guzmán. A continuación tres novelas
cortas (La desdicha por la honra, La prudente venganza y Guzmán el Bravo),
dedicadas, asimismo, al Valido, con una magnífica y adulatoria espinela, que
dice así:
«Los dioses para su
guarda
se han puesto apellidos
nuevos:
Borja y Góngora dos
Febos.
Silvio Amor, Venus
Leonarda,
Juno Pimentel gallarda,
Mario el semicarpo Pan,
y como las letras dan
honra de la guerra al
arte,
riñeron Palas y Marte
para llamarse Guzmán.»
Terminaba el volumen
con varios versos y epístolas. <<
287 Vossler (285), 88.
<<
288 Véase A. G. Amezua
(14), 104 y 111. <<
289 Publica esta carta
Astrana (226, prosa), 1496. <<
290 Amenzua (13), 92.
<<
291 Amenzua [(14), 139
y 143]. Los poetas de entonces llamaban el «mayoral» o el «gran mayoral» a
Felipe IV, no al Conde-Duque. El mismo Amezua lo recuerda. <<
292 Rodríguez Villa
(240), 102. <<
293 Juan de Vera Tarsis
(278). <<
294 Pellicer (211), 5
noviembre 1641. <<
295 La Gran Comedia,
Casa con dos puertas mala es de guardar, Jornada I. <<
296 Sobre Góngora y el
Conde-Duque véase M. Artigas (20), principalmente págs. 184, 173 y 206. La
recopilación de Chacón (500) demuestra, en su dedicatoria y prólogo, la afición
especial que tuvo Olivares por el poeta andaluz. <<
297 Véase Barrera (29),
324. <<
298 Jacobo Cansino
tradujo del hebreo la obra de Moisés Almonsinos, Extremos y Grandezas de
Constantinopla (Madrid, 1638), obra muy del gusto del Conde-Duque, que dio al
traductor el cargo de intérprete de lenguas orientales en Madrid. La obra está
dedicada al Valido y tiene un retrato de él. Probablemente fue este Cansino uno
de los judíos que motivaron la acusación de contubernio con esta raza que
Olivares hubo de soportar, entre otras muchas, a su caída. <<
299 La obra de Caro
(59), dedicada a Olivares, contiene un juicio preliminar de Don Francisco
Morovelli en el que agradece a Caro haberle asistido en su prisión. <<
300 Véase Barrera (29),
183. <<
301 Véase Barrera (29),
314. <<
302 Véase Barrera (29),
356. <<
303 Véase la biografía
de Enríquez de Zúñiga en A. G. de Amezua (12). <<
304 Véase Rodríguez
Marín (239). Sobre Morovelli véase también la biografía de Montoto (191).
<<
305 Véase la
descripción de esta entrada, por un jesuita, en (491), XVII 140 Mas adelante
será copiada esta relación. <<
306 Refiere Artigas
«una epístola que Ulloa dirigió a su amigo el P Hernando de Ávila, de la
Compañía de Jesús, en la Provincia de Andalucía, cuando la envidia procuro
estorbar el valimiento que tuvo con el Conde de Olivares en Toro» [Véase (277),
LXI]. <<
307 La cuarteta llego
en seguida a la Corte, entonces en Zaragoza, pues un jesuita de esta ciudad, en
carta de 4 de agosto de 1643, dice «Estos versos andan entre los cortesanos de
aquí dicen los hizo Ulloa» Y copia el soneto y el valiente epigrama [(491),
XVII 174] <<
308 Carducho. Cit. por
Cruzada Villamil [(76), 13]. Véase también para las relaciones de Velázquez con
Olivares, J. O. Picón (218). <<
309 Refiere todos estos
detalles el P. Sebastián González en carta de 6 de enero de 1643 [(491),
XVI-492]. Dice que Espina era conocido por sus colecciones en toda España.
Empleaba 5.000 ducados de renta en comprar sus cuadros, escritorios,
instrumentos músicos y de matemáticas, etc., «con que tenía su casa con las
mayores y más exquisitas curiosidades que se conocían, no sólo en la corte,
sino en Europa». Era, sin duda, un hombre extraordinario. Vivía, en su casa
encantada, solo; le servían la comida por un torno; rara vez, y por gran favor,
dejaba entrar en la mansión a alguna que otra persona. Conocía las ciencias de
modo prodigioso. Los que lograban entrar tenían que oír sus explicaciones sin
responder palabra o, a lo sumo, admirándose de lo que veían, pero sin otros
comentarios. Un buen día se presentó en la parroquia de San Martín, pidió que
le diesen el viático y avisó al cura que dentro de dos horas fuese a su
domicilio a darle la extremaunción; lleváronsela, avisó dónde estaba su
testamento y poco después murió. Dejaba en aquél dispuesto lo que habían de dar
como sueldo a sus enterradores, calculando los reales según fuera el tamaño de
la fosa. Gran parte de los bienes se los dejaba al Rey, además del cuchillo de
Calderón; entre ellos, una «Villa Angélica», en el campo, llena de cosas
riquísimas. Nombrada al Conde-Duque testamentario. Otros varios detalles le
acreditan como famoso trastornado, de éstos, tan simpáticos, que hacen todas
las cosas agradables y extraordinarias que no pueden hacer los cuerdos. El
Principie Carlos de Inglaterra, cuando estuvo en Madrid, intentó comprar a
Espina sus dibujos de Vinci; pero se negó terminantemente el extravagante
coleccionista. Al fin pasaron a la propiedad del inglés Conde de Arundel [Hume
(129), cap. V]. <<
310 Como todas las
modas, llevaba esta de las colecciones, a muchos, al despilfarro y a la ruina,
no difícil de comprender en aquellos tiempos en que, salvo unas cuantas
familias privilegiadas, nadie tenía fortuna para estas esplendideces. De aquí
las frecuentes almonedas de coleccionistas en bancarrota. El Conde de Harrach,
embajador de Alemania, menciona, pocos años después, veinte grandes ventas
públicas de colecciones de nobles en el espacio de cinco años [cit. por Hume
(129), cap. V]. Sobre el coleccionismo en este siglo véase Amezua (11), 471.
<<
311 Cit. por Justi
(135), 216. <<
312 Pocos días antes de
caer el Conde-Duque, el 6 de enero de 1643, juró Velázquez, en manos de su
protector, el cargo de ayuda de cámara del Rey, sin ejercicio y con los gajes,
favor grande, al que siguieron otros después de caído y, después de muerto el
Valido, porque el Rey heredó de su antiguo ministro el amor al gran artista.
<<
313 Véase toda la
historia de Rubens en España en Cruzada Villamil (76). La correspondencia de
Rubens durante este primer viaje a España véase en P. P. Rubens [(242), 1-7].
<<
314 Véase Barcia (28).
<<
315 Relación política
(450). Tiene, pues, razón, y en este capítulo y el siguiente se demostrará,
Pérez de Guzmán al escribir que todos los datos «desmienten las ideas sobre
Olivares, tan vulgarizadas, acerca de su falta de preparación científica y
práctica para el alto puesto que ocupó» (214). <<
316 Véase Berwick (39),
447. <<
317 Véase P. Vindel
(282) y (283). <<
318 F. S. Sánchez
Cantón (252). <<
319 Rodríguez Villa
(240), 6. <<
320 Véase Apéndice XI.
<<
321 Casi todos los
magnates bibliófilos de la época se preocuparon mucho de la encuadernación de
sus libros. Véase V. Castañeda (61). F. Hueso y Rolland (126). Marques del
Saltillo (246). En este artículo diferencia Saltillo la típica encuadernación
del Conde-Duque de la de los libros de su yerno, el Duque de Medina de las
Torres, ya citado como otro de los grandes bibliófilos de su época; es
corriente que estos últimos libros pasen, falsamente, por ser de la biblioteca
del Conde-Duque. <<
322 F. M. de Meló
(177), Epanaphora I. Cirot (65) pone reparos al estilo de Meló, reparos
académicos, que no invalidan el brío y la gracia de este gran portugués.
<<
323 Cánovas del
Castillo (55), 1-95. <<
324 C. de la Roca
[(455), 267]. En efecto, en una de las cartas al Cardenal-Infante, ya citada,
se lee: «Estoy muy práctico en aquella tierra», a la que no había ido nunca y
conocía sólo por sus libros. <<
325 Véase este punto en
F. de B. San Román (249). Graux, nos cuenta este autor, ya había encontrado
entre los libros del Conde-Duque, existentes hoy en El Escorial, varios que
fueron de Alvar Gómez. Al morir éste los compró Don Luis de Castilla y éste se
los vendió al Conde-Duque. <<
326 Rodríguez Villa
(240), 6. <<
327 Cédula (287).
<<
328 Cédula (288). De
métodos no muy diferentes se sirvió Cánovas, tan parecido en tantas cosas a
Olivares. Morel-Fatio (194) comenta, con su habitual mal humor, estas
facilidades que encontró Cánovas para investigar y enriquecer su librería.
<<
329 Amador de los Ríos
(10), III-316. <<
330 Sin duda los
Nicandri señalados en (198). <<
331 Novoa [(201),
1-63]. También el Conde de la Roca (455) refiere al pormenor esta Junta de
médicos que presidió el Conde-Duque, y en la que se ve claramente que los
doctores, atemorizados por la responsabilidad de ser el Rey el enfermo, daban
una impresión mucho más grave de lo que correspondía a la realidad. El Valido
les obligó a que no dieran el paso grave de hacer confesar al regio enfermo, si
realmente no lo necesitaba. Asistieron a la Junta, con el doctor Miguel
Polanco, los doctores Núñez, Sarabia y Santa Cruz. El que llevaba la voz
cantante era el joven médico madrileño Polanco, «de quien —dice Roca— los
pitagóricos creyeron que había heredado las almas de Aristóteles y Galeno»,
nada menos. El acerbo Novoa le llama también médico «de los mejores que el Rey
tenía». A pesar de esto, su nombre no va unido a nada importante; demostración,
una vez más, de lo fácilmente que mueren reputaciones profesionales que parecen
firmísimas. No está citado por Hernández Morejón ni por Chinchilla. Sé, por mi
erudito amigo el doctor Mariscal, que «fue nombrado médico de cámara en 11 de
diciembre de 1623. Su sueldo era de 60.000 maravedises de vellón y 20.000 de
aumento o gratificación». En las Nuevas publicadas por Rodríguez Villa [(240),
189] se lee esta misma intromisión del Conde-Duque en los menesteres de los
médicos: «4 al 12 de julio de 1637: El Excmo. Sr. Conde-Duque, que en
semejantes ocasiones sirve con el cuidado y puntualidad que se sabe, ha vuelto
a su cuarto [el del Rey, enfermo], habiéndose hallado siempre en las Juntas de
los médicos de cámara, que eran nueve.» <<
332 Se dudó algún
tiempo de que la afirmación de El Parnaso Español, de haber ejercido Rioja el
cargo de bibliotecario real, fuera cierta; pero ya Barrera (29) dejó aclarado
el asunto, en un sentido afirmativo, con muchas pruebas, sobre todo la de los
versos, ripiosos, de Lope describiendo la egregia librería:
«El índice que a su
mano traiga el libro sin congoja fue cuidado de Rioja, nuestro docto
sevillano.»
Pero además, en el
Testamento del Conde-Duque (459) se llama repetidamente a Rioja «Inquisidor de
Sevilla y Bibliotecario de S. M.» El Conde-Duque, al proporcionarle este cargo,
buscaba, a más de favorecerle, establecer una nueva analogía entre él y el
Monarca. <<
333 De su mano —según
el P. Zarco Cuevas— se conservan en la biblioteca de El Escorial un «índice de
algunos libros y manuscritos españoles de historia y literatura», etc. (Mss.
L-I, 15 fols., 43 v. a 50 v.). Lo cita el P. Zarco en (292), 11-234. <<
334 Justi (135), 218.
<<
335 Véase también F. M.
Garin Ortiz de Taranco (390-a). <<
336 Céspedes (63), 272.
<<
337 Mocénigo (235),
1-650. <<
338 Al describir el
incendio del Buen Retiro, en 1640, dice el P. Sebastián González en una carta
al P. Pereyra: «De ahí, el fuego, sin echarse de ver, fue creciendo por los
desvanes, tan a la sorda, que con haber estado a las cinco el P. Aguado en
Palacio a confesar al señor Conde-Duque, no se había entonces descubierto»
[(491), XV-413]. <<
339 Véase Roca (455),
245, y Siri (257), 50. Parece que tenía, pues, dos clases de audiencias: unas
privadas e íntimas por la mañana muy temprano y otras oficiales, cerca del
mediodía, con las personas ya recibidas por el Rey. Es decir, que había, según se
desprende de esto, una cierta farsa en aquello que él y sus panegiristas
encomiaban tanto, de que no recibía a los consultantes y pedigüeños sino
después de haberlos recibido el Monarca. Es curiosa la descripción de una de
estas audiencias, en Toral (265). <<
340 Véase, por ejemplo,
el curioso relato del Consejo (242). <<
341 Lo cuenta el mismo
Novoa, que lo presenciaba: «No veía al Rey sino a una hora privada en todo el
día, y era un poco más de un cuarto.» Es importante la cita para los que
afirman que no dejaba al Rey ni a sol ni a sombra. Bien que Novoa añade que sus
espías le informaban de los actos y dichos regios que no veía él personalmente
[(201), 11-104]. <<
342 Novoa (201),
11-238. <<
343 Ya sabemos (cap. 1)
que su padre fue llamado el Papelista o el Gran Papelista, y que la afición,
que transmitió a su hijo, le venía del abuelo materno, Don Lope de Conchillos.
Este mote de el Papelista se empleaba en sentido peyorativo, por lo menos aplicado
a los Reyes, y así leemos en el Conde de Luna, hablando de Felipe II: «Los
ministros... se valen de estos medios, los cuales prevalecen en era que los
Reyes son papelistas y amigos de oírlo todo y enemigos de hallarse en la
ejecución de sus ejércitos» [(146), 74]. Siri dice que también llamaban al
Conde-Duque «Archiduque de los escribientes» o «Príncipe de los escribientes»
[(257), 107]. <<
344 Véase (491),
XIII-124. <<
345 Véase (491),
XIV-308. <<
346 Juan Mateos (171).
<<
347 Cit. por Hume
(129), cap. VII. Según nos cuenta Barrionuevo, había inventado Don Gaspar unas
hachas, que el aire no apagaba, para estas fiestas nocturnas (31), 1-202.
<<
348 Roca (455), 198.
<<
349 Pellicer (211), 25
febrero 1640. <<
350 <<
351 Véase (491),
XVI-164. <<
352 Véase (344), 21
junio 1638. <<
353 En 1626 hubo de
nombrarse por decreto administrador de los bienes del Conde-Duque a Don
Baltasar Gilimón de la Mota para cobrar y ordenar sus rentas, pues él,
absorbido por la política, no lo hacía (443). La Mota era un gran burócrata,
Consejero de Estado: véase (507), 45, 47, 94, 128. <<
354 Véase Apéndice IV.
<<
355 Al Cardenal De la
Cueva: «Ilmo, y Rmo. señor: Confieso a V. S. Ilma, que el desconsuelo de la
falta de su Alteza me tiene ahogado el corazón, porque no había otro alivio
para mis trabajos que verla tan linda como se criaba y el regalo y compañía que
hacía a sus padres», etc. (334). <<
356 Roca [(455), 295].
En la Biblioteca Nacional hay copia de una carta, muy probablemente auténtica,
de la Marquesa de Charela, dirigida al Conde-Duque, que da a entender el rigor
con que el ministro trató a esta señora. Es interesante, por tratarse de la
madre de una amante famosa de Felipe IV, madre, a su vez, de uno de los hijos
bastardos de éste, Don Fernando Francisco de Austria, al que llamaban «el
Charelo», que a poco murió; la que, según se dice, dio lugar a la fundación del
convento de las Calatravas, cuya iglesia aun existe, con este nombre, en
Madrid. Está referida esta historia en muchos sitios; véase Cotarelo (70), 200;
y Deleito (79) (éste dice, sin duda por errata, que era hija del Conde de
Chirel). La Marquesa madre negocia en esta carta, con poca dignidad, mercedes
para su marido, en premio de que su hija «haya asegurado la sucesión del Rey
con un hijo». Se queja al Conde de no ser atendida: «Acuérdese V. E. —le dice—
de que pedí las Galeras y me propuso la Caballería [para su marido], que jamás
me contenté con ella ni el Marqués la quiere.» Asegura que no son ciertas las
voces que han corrido de que ella trataba de engañar a Olivares, y las llama
«chismes insubstanciales», atribuyéndolos al P. Salazar [véase (369)]. Estos
Charetas eran gente alborotada. Un hermano de la Marquesa, Don Alonso Enríquez,
murió en Flandes, en 1634, en un desafío con un Conde francés, cuyo criado, que
era por cierto español, atravesó por la espalda, con un estoque, a Don Alonso.
La infeliz amante del Rey, «que tenía título de Princesa», fue enclaustrada en
las Huelgas, de Burgos: véase (507), 161. <<
357 Cartas de Hopton,
1622, citadas por Hume [(129), cap VI]. <<
358 Roca [(455), 242].
Véase también el Epitome de Martínez Calderón [(417), cap 12]. Dice este autor
que hacia decir «12 misas cada mañana en tres oratorios distintos». <<
359 Si referiremos, en
cambio, un incidente relacionado con esto, y de mucho interés. En la Relación
de Guidi (437) se dice que «desterro (Olivares), entre otros, de la corte, al
Conde de la Roca, Don Juan Antonio de Vera y Zuñiga, porque una vez pregunto a
su capellán [al del Valido], que todas las mañanas le comulgaba, si aquella
Hostia era consagrada o no, pareciéndole que no podía ser que a un hombre que
cotidianamente cometía injusticias el confesor le absolviese y le permitiese
cotidiana comunión». Como tantas otra paparruchas más, hubiera pasado ésta a
las historias posteriores si el Conde de la Roca no se hubiera apresurado a
publicar el noble Manifiesto que hemos citado ya (456), en el que se duele de
que se asocie su nombre a tantas calumnias. «Yo vi —dice— comulgar muchas veces
a Su Excelencia, con los antecedentes debidos a tan sagrada acción y a tan gran
caballero cristiano y pío.» Cuenta después que su salida de la corte y viaje a
Italia no fue por venganza ni castigo de Olivares, sino misión diplomática que
el Rey y su ministro le encargaron, honrándole, y que él agradeció. Todo esto,
en Milán a 16 de abril de 1644, cuando ya nada podía esperar del ministro
caído. <<
360 Está referido este
curioso incidente en la carta del padre jesuita Cristóbal Pérez [(491), XV-103]
y en las Nuevas de Madrid de 18 de abril de 1637 (Rodríguez Villa [(240), 123].
De resultas de lo sucedido en la iglesia de San Jerónimo desterraron al P.
Ocaña, capuchino, prohibieron predicar nunca más a un agustino descalzo y
desterraron también al jesuita P. Agustín de Castro (y no Casoro, como dice el
texto), porque hizo alusiones molestas a su colega el P. Salazar, el presunto
inventor del papel sellado. Otro predicador, capuchino trinitario, atacó al
Nuncio, por sospechoso de conspiración contra España; pero no censuró al
Conde-Duque, antes bien le llamó «Príncipe Sabio», y debió salir mejor librado,
ya que, aparte las lisonjas al ministro, la atmósfera oficial era poco
favorable al Nuncio. Véase también sobre el P. Castro y su pugna con el P.
Salazar (491), XIV-88-91 y 103, así como Rodríguez Villa [(240), 130], de los
que se deduce que los jesuitas se pusieron de parte del P. Castro y contra Salazar,
resistiéndose a cumplir la orden de destierro que el Valido había dado contra
aquél. De otro de estos retiros espirituales, el de 1635, da cuenta un jesuita
anónimo, en carta al P. Pereyra, en esta forma: «El señor Conde-Duque ha estado
la Semana Santa en el Buen Retiro y allí le han predicado todos los
predicadores de opinión, y día ha habido de tres sermones: bravo estómago de
engullir sermones» [(491), XV-466]. <<
361 Pellicer [(207),
septiembre 1639] refiere la ceremonia de entrega de la copa al ministro, que
fue solemnísima. Pesaba la copa 2 500 reales. El Conde-Duque hace mención muy
especial de ella en su testamento. Al año siguiente se la ofreció a la Virgen de
Atocha (carta del P Sebastián González, 11 agosto 1640) [(491), XV-466].
<<
362 Pellicer [(211), 16
julio 1664 y 27 agosto 1641]. <<
363 Véase (491),
XIII-32. <<
364 Véase (424). Debo
la indicación y copia de estos interesantes papeles a la erudición y bondad del
P. La Pinta, agustino. <<
365 Véase pag 245, nota
4. <<
366 Carta de Francisco
Vilches al P. R. Pereyra, 8 agosto 1634 (491), XIII-85. <<
367 P. M. Mir (188),
11-105. <<
368 Uno de la Compañía
escribía por entonces, y refiriéndose precisamente al Conde-Duque: «Como todo
lo malo que se hace se atribuye a la Compañía» [(491), XVII-104]. El famoso y
atrabiliario Novoa muestra, cuando puede, su animadversión a los jesuitas. Al
referir los sucesos de Fuenterrabía (1628) dice, por ejemplo: «Es mucho de
notar que al paso que los Padres [de España] pedía esto [el triunfo de las
armas españolas] con oraciones y lágrimas; con esas mismas y con el mismo
fervor lo pedían para sí los de París y de toda la Francia y que diese Dios la
victoria a su Rey... Piden a su patrón y patriarca, aunque es español, por ser
ellos de diferente nación, una misma cosa... Fuerza es que confesemos que
alguno falta aquí» [(201), 11-492]. También les era adverso el autor anónimo de
las Nuevas de Madrid, que comenta alguno de sus hechos con estas palabras:
«Creeré en nuestra Santa Madre la Iglesia y no en ellos» [Rodríguez Villa
(240), 136]. <<
369 Silvela (256),
1-21. <<
370 Véase Rodríguez
Villa (240), 105. Novoa también describe la polvareda que levantó el invento, y
la forma, precio, etc., del nuevo papel. Llevaba un escudo y en su orla el
letrero de Felipe IV el Grande, al que muchos añadieron El Grande Tributador (Felipe
IV) [(201), 11-232). Más adelante, en vista de estas bromas, quitaron este
título de Grande del papel [(491), XIV-305]. Se dijo que habían dado a Salazar
2.000 ducados por el invento, y que iba a hacer otro sobre la venta del agua,
que quedaría reservada a «ciertos aguadores que tendrán patentes por ello y
pagarán cierto tributo» [24 enero 1637. Rodríguez Villa (240), 79]. Todo esto
aumentó su impopularidad; pero demuestra que Salazar tenía una visión muy clara
del porvenir económico de los pueblos. <<
371 En las Noticias de
Madrid de 25 abril 1637 [Rodríguez Villa (240), 130] se cuenta que el P.
Herrera predicó en la casa de la Compañía en la Cuaresma de este año y aludió
también contra el P. Salazar y por eso los superiores «le echaron de la corte».
Sin embargo, otro jesuita, el P. Castro, el que habló este mismo año en un
sermón a presencia del Conde-Duque contra el P. Salazar, fue defendido por la
Compañía contra éste. En las mismas Nuevas del 1 febrero 1637 [(240), 83] se
dice que «al P. Salazar le han intimado de parte de la Compañía ciertas
amenazas y premisas de que le han de despedir por lo de las Juntas y por
meterse demasiado en cosas de seglares». <<
372 Véase (491),
XIV-27. Este Don A. Mendoza figura en muchos episodios de la historia del
Conde-Duque. Fue uno de sus más íntimos colaboradores. Escribió un alegato, en
extremo adulatorio para el Valido, para que éste no encargase al Conde de la
Roca escribir su vida (véase pág. 189). Después de caído el Valido se hizo
antiolivarista y tuvo, ya en esta actitud, un altercado en Zaragoza con el hijo
bastardo del Conde-Duque, que será más adelante relatado. <<
373 Silvela (256),
1-21. <<
374 Una carta de
jesuita sin firma, del 10 abril 1635, habla, en efecto, del «P. Aguado, de la
Compañía de Jesús, confesor de su Excelencia el Conde-Duque» [(491), XIII-167];
otra, de abril 1637, refiere que no es cierto que el Conde-Duque esté enfadado con
el P. Aguado y que éste sigue visitándole todos los días [(491), XIV-103], y
otra, ya citada, del P. González, del 14 febrero 1640, nos cuenta que el P.
Aguado, confesor del Valido, fue a verle al Buen Retiro a las cinco de la
mañana, etc. <<
375 M. de Macanaz
(150). Otros autores reproducen con fruición estas opiniones de Macanaz: véase
pág. 226. <<
376 Véase Apéndice IV.
<<
377 Véase el famoso
Discurso en (399). <<
378 Pellicer (211), 3
marzo 1644. <<
379 Véase (491), XVIII
373. Sobre los enredos del P Galindo en el asunto de Chiriboga hay un
manuscrito titulado Copia de la carta, etc (400). Véase también el documento
importantísimo del P Martínez Ripalda, copiado luego (Apéndice XXXI). Y,
finalmente, R Ezquerrá [(87), 121 y sigs]. <<
380 Véase el Discurso
médico (487): «Hallándome en la Junta [de médicos] el P. Juan Martínez de
Ripalda, de la Compañía de Jesús... entró a la cama del señor Conde y le
confesó y salió diciendo daba muchas gracias a Dios, porque después de tanta
turbulencia de enfermedad había hallado al señor Conde con muy bueno y claro
juicio, como si no hubiera tenido tal enfermedad, etc.» No estaba ni estuvo,
sin embargo, muy claro lo de la lucidez del agonizante, y se dice que el mismo
Ripalda lo reconocía así posteriormente. Véase Apéndice XXXI. <<
381 Véase (491),
XVI11-147. <<
382 En una carta del P.
Miguel González Villacastín leemos que le enviaban a Pamplona o, en todo caso,
a una cátedra o prefectura de Salamanca o Valladolid y él no quería moverse de
Madrid. La Condesa viuda no quiso «introducirse o interceder» para retenerle,
temerosa, sin duda, de una negativa. Otra carta del mismo Padre en 3 de octubre
de 1645 nos cuenta que «el P. Juan Martínez [le llamaban así, sin Ripalda]
estuvo aquí tres días y se volvió a Loeches y va presto a Pamplona, porque no
gusta de Salamanca» [(491), XVIII-173]. Pero una nueva, del mismo, de 31
octubre 1645, advierte como casi resuelta la dificultad: «El P. Juan Martínez
va y viene de Loeches; hará sus diligencias para volverse él presto, o a Madrid
por lo menos [(491), XVIII-188]. <<
383 «Ayer vinieron dos
propios de Loeches al P. Juan Martínez para que fuese a toda diligencia a
confesar al Marqués de Mairena y que se llevase consigo dos médicos de cámara,
etc. Partió el Padre luego» (carta del P. Sebastián González, 12 enero 1646) [(491),
XVIII-325]. <<
384 Dice, por ejemplo,
una de las cláusulas, y la copio por ser curiosa y demostrar —luego
insistiremos sobre ello— el estado poco saneado de la fortuna del Conde-Duque:
«Mando que de todas mis deudas, en primer lugar y con toda brevedad, se pague
una deuda secreta de mucha obligación de mi conciencia y de la del señor Conde,
mi señor; la cantidad, la que declare el P. Juan Martínez de Ripalda, nuestro
confesor, y que se le entregue a él para la persona a quien se debe, por
haberlo así mandado en diferentes papeles el Conde, mi señor y mi marido. Y
aunque yo he pagado la mayor parte de ella no he podido acabarla de pagar; así,
quiero que este papel se tenga por parte de mi codicilo» (461). Sobre el P.
Martínez de Ripalda, véase el estudio de Arbeloa (17). Arguye éste que Ripalda
era ya confesor del Conde-Duque desde 1637, en que vino a Madrid, trasladado de
Salamanca. Es posible que en estos años alternase con el P. Aguado y con otros.
No tiene importancia. Lo indudable es el noble y eficaz papel de Ripalda a
partir de la caída del ministro. <<
385 Nicolás Antonio
(199). <<
386 Poza quedó al fin libre
de este enredo y la gente cortesana del bando de los jesuitas le hicieron un
gran homenaje, cuando, después de absuelto, «leyó su primera lección de
escritura», sin duda en el Colegio Imperial. Carta de un jesuita, de 1637
[(491), XIV-73]. Es curioso recordar que en las Cortes de Cádiz, en 1813, en la
discusión para la abolición de la Inquisición, el diputado liberal americano
Mexía Lequerica invocó el recuerdo del P. Poza, como ejemplo de que los
jesuitas eran también enemigos del Santo Oficio. Que en esta ocasión lo fueron
es evidente: véase Menéndez y Pelayo (184), 111-469. <<
387 Véase (491),
XIII-12, 15, 68, 73, 75, y XV-101, 190. <<
388 En (491), XIII-19,
20, está publicado el Decreto del Rey al Inquisidor recomendándole la
persecución de los delitos contra la Compañía y el Edicto del Inquisidor
general, Don Antonio de Sotomayor. A la verdad, ninguno de los dos parece
demasiado severo, aunque las cartas de los Padres los califican de
«apretadísimos». <<
389 En la Academia de
la Historia, en la Colección Manuscrita, de los jesuitas, hay un folleto, que
Gayangos atribuye a uno de los Padres, titulado Mahoma en Granada, en el que
cuenta la vida de Espino con tanta gracia como iracundia. <<
390 Hubo en esta
entrevista de gracias un incidente que pinta bien la exactitud del Conde-Duque.
El P. Guevara, que fue el encargado de esta comisión, le preguntó si le
parecería bien que fueran dos Padres a dar al Rey las gracias. El Conde le
respondió que cuántos habían ido a pedirle el favor. Y como respondiese Guevara
que seis, dijo el ministro: «Pues si seis vinieron entonces a pedir el favor,
¿cómo van a venir dos a agradecérselo? Que vengan los mismos seis.» <<
391 En La cueva de
Meliso (Apéndice IV), entre otras, se lee, por ejemplo, en boca de Don Gaspar
«Mucho ha que yo tema
por mejor Religión la Compañía, viendo en ella imitados a Cristo y sus
Apostóles sagrados por un nuevo camino de suma caridad y amor divino. Religión
de Palacio siga o no siga al fundador Ignacio, que eso al caso no hace, mas no
hay escrúpulo en que ella se embarace. Para todo haya medios, para todo caminos
y remedios, y yo, por esto, en todo, desde ahora a su dictamen me acomodo»
<<
392 Al final de la
carta, como tenía por costumbre, pone el Conde-Duque unas líneas de su mano, en
las que dice: «Ofende mucho a la Compañía si funda su estimación en que no vean
toros los de ella» [(491), XIII-222]. <<
393 Véase Apéndice IV.
<<
394 Véase Fragmentos
(301). <<
395 Véase Cirac (64).
<<
396 Véase más adelante.
Es curiosa la uniformidad con que todos los políticos odiados han sido
imputados, en España, de trato con los judíos. Del Conde-Duque se creyó a pie
juntillas y, como ya he dicho, quizá con razón. Los Avisos, de Pellicer, de 12
de marzo de 1641, decían, por ejemplo: «He sabido como cosa cierta que se trata
de restituir y traer los judíos que están en las sinagogas de Holanda y otras
partes; para lo cual se han propuesto en un papel veintiocho medios. Opónese la
Santa Inquisición.» Aunque no le nombre, es evidente la acusación al Valido.
Claro es que éste no lo hacía por heterodoxia, sino como uno de los recursos
que se le ocurrieron para contener la despoblación de España. En Castro [(62),
133] hay datos sobre este punto, pero no todos de respetable autenticidad. Este
parcial autor es uno de los que sostienen que esta protección a los israelitas
era inspirada por la Compañía de Jesús. <<
397 Véase (418). Lo
publico también Castro [(62), 25]. A este Informe se refiere el articulo de
Casaval (60). <<
398 Véase (491),
XV-450. Quizá este «Codicilo secreto» es el mismo papel que hemos resumido y
comentado, publicado, sin duda, después de la caída del Conde-Duque. <<
399 Véase (167).
<<
400 Pinelo (512), año
1623. <<
401 Mesonero Romanos
(187), 292. Tormo (269), fase. 11-250. Véase también el artículo de A. R. F.
(19). <<
402 Menéndez y Pelayo
(184), 11-521 y 532. <<
403 La literatura sobre
los alumbrados está muy bien razonada, con datos y juicios nuevos, en el libro
del P. Llorca (148), Véase también Bataillon (34). <<
404 Los papeles
acusatorios de la época dicen que en premio de esta defensa que fray Antonio
Pérez hizo de las monjas fue ascendido desde el obispado de Urgell al de
Tarragona y luego al de Ávila [Delitos y hechicerías (412)]. Era fray Antonio
muy amigo del Conde-Duque; quizá hombre trepador y pródigo en adulaciones. Ya
hemos hablado de él con motivo de su carta de pésame al Conde-Duque, cuando
murió María, la hija del Valido. Le dedicó su libro (213). Habla también el
libelo de las Hechicerías, del capellán Don Luis García Rodríguez, que hizo una
lección de oposición en Toledo defendiendo a las monjas de San Plácido, siendo,
en premio, nombrado obispo de Orense. <<
405 Sobre el proceso de
San Plácido, véase Menéndez y Pelayo, loc. cit. Dice que lo estudió en el Mss.
l-F-52, de la Biblioteca Real de Nápoles; pero estaba también en Simancas, y
ahora en el Arch. Hist. Nac, y en la Acad. de la Historia (422). El escrito
exculpatorio de Doña Teresa está, en su mayor parte, publicado en Llorente
[(149), VI1-124]. Los juicios de Llorente se transparentan en Menéndez y
Pelayo, aunque éste no le cita. Véanse, sobre todo, las declaraciones de García
Calderón, porque pintan con precisión al hombre repugnante, a la secta de los
alumbrados y a la época entera. En la Acad. de la Historia [(422), XI-13] hay
una carta de este García Calderón, dirigida desde su prisión, al doctor Gaspar
Gil, calificador del Santo Oficio, que da claramente la impresión de un
demente. Dice, por ejemplo: «Jamás en el mundo se habrá visto una maravilla
semejante, en que de 30 monjas, en 26 se hayan manifestado los demonios no como
en obsesas, sino de este maravilloso modo.» <<
406 Véase Delitos y
hechicerías (421); y sobre las revelaciones a Richelieu. Bremond, citado por
Ogg [(204), 204]. <<
407 La literatura sobre
los endemoniados y su contagio es copiosísima y dura hasta nuestros días en
España. Como contagios nerviosos recordaremos dos, muy interesantes: el primero
lo cita Villalba (280), acaecido en el colegio de Monterrey, de Madrid, en
1737: una colegiala fue acometida de «un hipo clamoroso, semejante al de una
gallina cuando se ahoga con la comida», y se afectaron después hasta veinte
más. El segundo sucedió en el Concejo de Piñola, y lo describió el insigne
Casal, en 1727: durante el verano, once o doce personas de ambos sexos fueron
atacadas de locura furiosa. Hay multitud de casos más. <<
408 Véase mi libro
(164). <<
409 Carta del P.
Chacón, 20 abril 1634 [(491), XIII-43]. La beata Luisa o Lorenza acabó en las
redes de la Inquisición y salió en el auto de fe de Valladolid de 22 de julio
de 1636. Resultó ser también alumbrada, es decir, «lujuriosa en sumo grado, con
el error de no pecar en seguir los impulsos de la carne» [Llorente (149),
VII-105]. <<
410 Carta del P. A. de
Andrade, 17 abril 1635 [(491), XIII-169]. <<
411 Esta sor Luisa,
monja clarisa de Carrión de los Condes, fue, a lo que ahora parece, una mujer
buena, generosa y un tanto débil de espíritu, a la que su fervor, y quizá su
histerismo y la ignorancia y fanatismo de sus contemporáneos, empezando por la familia
real, llevaron a extremos de visionaria y taumaturga. Repartía cruces
milagrosas con la inscripción «Indigna Sóror Luisa de la Ascensión, esclava de
mi dulcísimo Jesús». La Inquisición intervino y tuvo grandes dificultades para
arrancarla de la idolatría de las gentes y para recoger las cruces y otros
objetos de su uso, que como reliquias insignes se cotizaban. Pero el proceso
demuestra, tras su desvarío, su buena fe [Llorente (149), VII-107]. Puede
comparársela con la pobre Doña Teresa, la de San Plácido, de Madrid; pero no
con la beata de Simancas y las demás de su calaña. <<
412 Véase Apéndice
XXVI. <<
413 Una carta de 20 de
abril de 1642, publicada con las de los jesuitas, llama al protonotario
«estadista ateísta, domado en la caballeriza del Conde». En las Nuevas de
Madrid [Rodríguez Villa (240), 6 enero 1637] se le considera como astrólogo
judiciano conocido. Otra carta de los jesuitas cuenta que Villanueva hizo venir
de Aragón a un hechicero, por lo que le quiso prender la Inquisición [(491),
XVII-9]. En uno de los versos que circularon después de la caída de Olivares,
en forma de epitafio de España, se decía:
«Aquí yace un reino
entero herido de un Cardenal, de un Monterrey, de un Toral y un confesor
cancerbero. Salazar le hirió primero, Villanueva le hechizó, Olivares lo mató,
Catalanes lo acabaron, las monjas lo amortajaron y Portugal lo enterró.
<<
414 Puede verse la
versión original en (423). La copia de Mesonero Romanos está en el Apéndice III
de (187), 376. Hume se ocupa del asunto en (129), cap. VIII. <<
415 Véase, por ejemplo,
la relación publicada por Maurice Soulie [(259), 177], no exenta de información
fundamental en el relato de los alumbrados, pero desfigurada y fantástica en la
aventura de Felipe IV y la monja, que toma, sin duda, de la edición francesa
del libro de Hume, con sus mismos errores. Las fechas son completamente
arbitrarias. <<
416 La abadesa de San
Plácido (1936), sor Asunción Zabala, tuvo la bondad de enviarme copia de los
datos sobre sor Margarita de la Cruz, según los libros de la Comunidad. De
estos papeles (si no hay en ellos error) resulta que sor Margarita nada tuvo
que ver en los pecados del Rey, pues tomó el hábito a los once años, el 4 de
abril de 1649, es decir, mucho después de las supuestas aventuras y en plena
infancia; profesó el 12 de octubre 1653, siendo abadesa Doña Isabel Benedicta,
la hermana de Doña Teresa de la Cerda. Fue muy buena religiosa. Estaba siempre
enferma. Murió sesentona, el 18 de diciembre de 1699. Queda, no obstante, por
explicar por qué se tomó el nombre de esta monjita para urdir la leyenda. Es
posible que fuera muy hermosa y que la imaginación popular, posteriormente, sin
reparar en fechas, cual hacen también algunos eruditos, asociara su hermosura a
los apetitos lascivos del Rey. <<
417 Hay una irrefutable
y donosa crítica del papel en el libro de P. Beroqui [(36), 11-29]. <<
418 A. G. de Amezua
(12), 13. <<
419 Véase Pelucer
(211), 1 noviembre 1639, 31 mayo 1639 y 17 diciembre 1641. <<
420 Véase (491),
XIII-15. <<
421 Cit. por Amezua
(12), 13. Este rapto es referido en una carta del P. Chacón. Los clérigos
profanadores del convento teresiano eran nada menos que un carmelita de sesenta
años que había sido protegido del Duque de Lerma y propuesto para la mitra de
Zamora; y el prior de un convento de Segovia. No se les podía, pues, disculpar
por la mocedad (491), XII-364. <<
422 Hume, entregado con
lamentable buena fe a esta historia, añade al llegar a esto del pintor, para
darle carácter documental: «Tal vez fue Velázquez.» <<
423 Todos los
comentaristas de este lienzo inmortal lo relacionan, con más o menos
credulidad, con la aventura de Felipe IV en San Plácido; tal, Cruzada Villamil
(76), Beruete (34), Picón (218) y Sánchez Cantón (251). Hora es ya de aventar
para siempre la leyenda del Cristo como expiación de «los pecados del Rey».
Véase también Pidal (218-a). En cuanto al reloj, subsistió hasta hace pocos
años, en que fue imposible reparar la maquinaria. Según la leyenda, que aún
perdura oralmente en las monjas, la campana que doblaba a muerto no volvió a
sonar desde que murió sor María Beatriz o sor Margarita de la Cruz, la
perseguida por los caprichos lascivos del Rey. Las monjas la retiraron y la
tocaban cada vez que una de ellas moría. Ahora ha entrado en empleo menos melancólico
y es la que llama, todos los días, a coro a la comunidad. <<
424 Hay dos
descripciones muy detalladas del proceso del protonotario en una carta del P.
Sebastián González de 2 de abril de 1647 [(491), XVII-473] y en las Memorias de
Novoa [(201), IV-294]. Pero los pormenores del proceso y sus incidencias, que
duraron hasta 1650, pueden verse, sobre todo, en Llórente [(149), VII-137]. La
sentencia es cierto que no fue dura, lo cual demuestra la poca gravedad de las
culpas que se le imputaban; entonces ya había muerto Olivares, y no puede
atribuirse a influencia de éste aquella benignidad. La razón política de la
condena era evidente. Pero, con todo, el testarudo Don Jerónimo no se resignó
hasta que la Santa Sede reconoció que el proceso era defectuoso. <<
425 Hay notas sobre
este proceso en el trabajo, ya citado, de A G Amezua (12) Don Sebastian Cirac
ha hecho un amplio resumen de él en su tesis (64) La lectura de los procesos
originales (420) es de admirable amenidad y de gran valor para el estudio de la
psicología de aquellos españoles. <<
426 Llorente (149),
VII-l 15. <<
427 Cánovas [(56), 1-67
y 69]. No queremos, naturalmente, citar a los autores extranjeros; sólo
copiaremos las palabras de Hume, que califican el Imperio español de
«prodigious national imposture»; ficción «que permitió a España dominar al
mundo por su simple fuerza moral, sin la ayuda de poder material alguno» [Hume
(129), V]. <<
428 Las imprecaciones
contra la ociosidad son muy frecuentes en los tratadistas y cronistas de la
época. Así Moncada: «La ociosidad y holgazanería es vicio de españoles, bien
conocido de los extranjeros» (190). «En Castilla hay muchos holgazanes», exclamaba
Fernández Navarrete (91). Y Caja de Leruela: «La ociosidad, engendro lujuriante
de la paz y prosperidad, que también el sol engendra monstruos, ha introducido
males perniciosísimos al bien de estos reinos, y muchos quieren sea el
fundamento de las necesidades referidas y el fomento de cuantos trabajos
aflojan a esta República» (51). Hay otros muchos. <<
429 Según las Nuevas de
Madrid, en abril de 1637 había en la corte 1.300 pobres «legítimos e impedidos»
y 3.300 que piden limosna. En mi ensayo [(165), 278] cito varios datos a este
respecto. El doctor Pérez Herrera declara, al final del reinado de Felipe II,
80.000 mendigos sólo en Castilla; unos decenios después, Laborde publicó una
estadística que arroja 125.000 religiosos, 478.000 nobles ociosos y 276.000
servidores de éstos. Según Sancho de Moncada (190), en los comienzos del
reinado de Felipe IV era «la tercera parte de España de eclesiásticos, entrando
en ella religiosos y religiosas, clérigos, beatas, terceros y terceras,
ermitaños y gente de voto de castidad». Este dato da idea de la tendencia a las
ocupaciones, aun siendo elevadas, no patrióticamente útiles. El mismo
Conde-Duque, en su manifiesto de 1625 (331), se ocupa de la necesidad de
repoblar la Monarquía con gentes aptas para el trabajo, «favoreciendo los
matrimonios, privilegiando los casados y poniendo límite, el mayor que se
pueda, con entera segundad de conciencia, al número de religiosos y
eclesiásticos». Claro que, como todos los dictadores, deshacía con otra mano la
obra de repoblación, enviando a las guerras, no siempre justificadas, a los
españoles útiles. <<
430 Hume (129), 337.
<<
431 Publicada por Maura
Gamazo [(172), I 582]. <<
432 Silvela [(256),
1-81]. Este interesante informe se refiere, según creo, al proyecto que
presentaron a Felipe IV, en 1641, los ingenieros Carduchi y Martelh. Este
proyecto y los otros de transformación del Tajo en no navegable están
recopilados en la Memoria (489), de lectura gratísima. En su dedicatoria se
hace constar «la buena y gran disposición del Conde-Duque, que dispone que la
navegación llegue hasta la Casa de Campo, de esta Corte, cosa digna de su gran
ánimo». <<
433 Véase (491),
XIX-118. <<
434 Este retrato de la
Condesa de Monterrey perteneció a la colección de Carderera, el cual, por
cierto, da de la gentil pistolera una equivocada identificación, pues dice que
es «esposa del Conde de Monterrey y nuera del Conde-Duque de Olivares» (58). La
Condesa de Monterrey a que alude Carderera era hermana y no nuera de Olivares,
como sabemos, y nada tiene que ver con esta señora, de indumentaria muy
postenor a la que usaría la verdadera Doña Leonor de Guzmán cuando tenía los
veinte años que representa la de este retrato. Ésta, la de la pintura, era la
VII Condesa de Monterrey, sobrina de Olivares, llamada Doña Inés Francisca, y
casada en 1657 con Don Juan Domingo de Haro. <<
435 Pellicer [(211), 30
julio 1641 y 1 julio 1642]. ¡Estas bandas de asesinos eran las que iban a
arreglar la cuestión, delicada, irritable, de Cataluña, en la que, entonces y
siempre, la diplomacia ha debido hacerlo todo! <<
436 Véase (491),
XIII-319 y XIV-45. <<
437 Véase Voyages
(287). <<
438 Muret (197).
<<
439 Agrega Muret otras
consideraciones, en el mismo sentido, sobre la importancia que en España se
daba a la menstruación de las mujeres —«el achaque», como él dice, en
castellano— y la escandalosa libertad con que, incluso las monjas, hablaban de
ella. Refiere que la dueña que anunció a Felipe IV la primera menstruación de
la Infanta María Teresa, futura Reina de Francia, recibió por la nueva la
recompensa de 10.000 escudos [(197), 75]. <<
440 Fue, por ejemplo,
objeto de gran escándalo el viaje a Madrid de la famosa espía, enemiga de
Richelieu, madame de Chevreuse, que se consideró como el prototipo de la
francesa descocada; tenía, según los cronistas, costumbres libres y andaba
«despechugada y desenfadada»; pero no pasó de ahí; ni siquiera logró ser, a
pesar de sus esfuerzos, amante del Rey, que cada noche tenía una querida nueva,
pero siempre muy recatada [véase Nuevas de Madrid, 12 diciembre 1637 (240),
233]. <<
441 Pellicer (211), 16
de febrero de 1644. <<
442 Novoa (201).
<<
443 Pellicer (211) 25
de agosto de 1643. <<
444 Bertaut (37).
<<
445 Una vez fueron
desterrados el Duque del Infantado, el hijo del Marqués de Mirabel y el Marqués
de Pobar porque saltaron las tapias del Buen Retiro y galantearon a las damas
de Palacio: una noche, sin duda, de luna maravillosa, el 19 de junio de 1637 [Rodríguez
Villa (240), 185]. Hay muchos más testimonios, análogos a éste, de que la
justicia del Rey era la de la paja en el ojo ajeno. <<
446 Refieren el lance
Pellicer [(211), 1 diciembre 1643] y el P. Sebastián González. Carta de 24
noviembre 1643 [(491), XVII-375]. En la carta de Don José González
(ApéndiceXXXIV) se le llama Marcos de Inestrillas. <<
447 Véase (491),
XVIII-268. Debió ser ésta una «de las cuatro únicas veces que el Rey se rió en
toda su vida», según la Condesa de Aulnoy (22). <<
448 Véase (491),
XVIII-89. <<
449 Sobre este
escándalo homosexual se encuentran noticias en las Nuevas de Madrid [Rodríguez
Villa (240), 50, 58, 68 y 71]; en Pellicer [(211), 16 diciembre 1640], y en
Jesuitas [(491), XIII-541]. Alonso Cortes (6) ha descubierto documentos que
prueban, por desdicha, la más que probable participación en este asunto del
Conde de Villamediana. <<
450 Los ingleses, no
obstante, tienden a exagerar, por puritanismo que favorece su posición frente a
la España de aquellos tiempos, la inmoralidad innegable de la Corte de Felipe
IV. Otro autor inglés, Ogo, dice también: «Madrid fue, de todas las capitales
europeas, la más entregada a los placeres, la más corrompida, y las más
sórdida» [(204), 395]. <<
451 Novoa (201), IV-81.
<<
452 Pellicer (211), 28
febrero 1640. <<
453 Pellicer (211), 17
enero 1640. Este mismo o parecido expediente empleó un tipo representativo de
la época: Don Tiburcio de Redín, el mariscal que acabó siendo capuchino y en
olor de santidad. Como no le recibiera el Conde-Duque, le esperó en las Cuatro
Calles y a mandobles cortó los tiros de los caballos de su carroza, para
obligarle a detenerse y a oírle. En su biografía, de Puyol (224), se refieren
otros lances del irascible caballero con el Valido. Aquí, y siempre, se ve que
lo que perturbó a una gran raza fue la invasión de la picaresca, que llegó
hasta las altas esferas, con aplauso de los escritores, risa de las gentes,
entusiasmo de los extranjeros que aman lo pintoresco; y, por fin,
desmoralización del espíritu de jerarquía, sin el cual no hay nación. <<
454 R. de Maeztu (154),
13. <<
455 Véanse estos versos
en Barrera [(30), 484]. Estas bebidas ardientes estaban muy de moda en aquella
época y eran, sin duda, dañinas. El embajador Giustiniani dice que Felipe IV
«renuncia por costumbre al uso del vino, bebiendo agua de canela» [(235), 11-128].
Luego veremos que el Conde-Duque tenia la misma perniciosa costumbre. <<
456 Silvela (256),
1-113, 1-115, 1-192, 11-468, 11-559, 11-589. <<
457 Silvela (256),
11-21. <<
458 Silvela (256),
11-169. <<
459 Silvela (256),
11-380. <<
460 Silvela (256),
1-25, 1-152, 1-202. <<
461 Silvela [(256),
11-741]. Se refiere en esta carta a los devaneos del Rey con la Duquesa de
Veragua, de que ya se hizo mención en otro capítulo. Lo malo es que Sor María
nunca escribió al Rey tan claro como se proponía y como habla en estas líneas,
más altas y hermosas que las que enviaba al Monarca, empañada, entonces, la voz
de su alma por el respeto y la retórica que le imponía la realeza. <<
462 Silvela (256),
1-297. <<
463 Silvela (256),
1-319. <<
464 Silvela (256),
1-39. <<
465 Silvela (256),
1-202, 1-81, 1-89. <<
466 Por cierto que Sor
María elogia la conducta de los jueces que vinieron a interrogarla. «He quedado
—dice— aficionadísima al Santo Tribunal y a su pureza de proceder» [(256),
11-15]. <<
467 Este prólogo,
manuscrito del Rey, como toda la traducción, existe en la Biblioteca Nacional
(501). Su extraordinario interés para la biografía de Felipe IV fue puesto de
relieve por Cánovas [(55), 1-224]. <<
468 Silvela (256),
1-186. <<
469 Gracián (114), 19.
<<
470 Véase Cánovas (55),
1-115, 118 y 123. <<
471 Silvela (256),
1-222. <<
472 Giustiniani (235),
11-128. <<
473 Según Beruete
[(38), 76], este retrato de Bartolomé González está retocado por Velázquez.
Debo su publicación a su actual dueño, Don E. Traumann. <<
474 Pellicer (211), 14
febrero 1640 y 25 febrero 1640. <<
475 Véase mi libro
(167) y Talleman de Reaux (262). En el capítulo dedicado a Villamediana hace
alusión a las principales leyendas que se forjaron en torno suyo; y no cita la
de la Reina Isabel. Da la versión verosímil: la de que el Conde era el amante de
una amante del Rey. Habiendo sido sangrada la dama (la portuguesa Francisca de
Tabora), Felipe IV la envió, para consuelo, una echarpe adornada de diamantes,
con la cual se presentó Villamediana ante el soberano, que le quiso apuñalar.
Al día siguiente se presentó en Palacio con esta divisa en el sombrero: «Más
penado, menos arrepentido». No hay que decir que todo esto es pura invención
transpirenaica, sobre un hecho verdadero, los amores del Conde y de la
portuguesa. Véase también Saint-Evremont (245), III, 306. <<
476 Véase (235), 1-659,
11-11, 11-72, 11-107. <<
477 Marañón (163).
<<
478 Carta del P. F.
Negrete, 17 febrero 1643 [(491), XVII-18]. Hernando del Pulgar refiere esta
misma anécdota en los Reyes Católicos: «La Reina era el Privado del Rey y el
Rey de la Reina.» La recuerda Quevedo en carta al P. Pimentel [(226), prosa,
1592]. <<
479 Hume (129), 325.
<<
480 Novoa (201), 1-56.
<<
481 Véase este
documento en el Apéndice XXI. <<
482 Véase (491),
XIII-162. No creo que debe confundirse este Hermano Juan de Jesús, procesado
por la Inquisición de Córdoba, al que sañudamente maltrata, por impostor, el
jesuíta P. Pereyra, en el texto citado, con otro Hermano, Juan de Jesús de San
Joaquín, carmelita, navarro, que por los mismos años alcanzó gran fama de
santidad en España, declarado Venerable por la Iglesia y que cuenta aún con
encendida devoción en Navarra (32). El Hermano carmelita fue también, como el
cordobés, dado a las profecías y sufrió las reticencias y sospechas de sus
compañeros de Orden y de su Prelado, lo cual sucedía entonces frente a todos
los religiosos de fama o frente a todos los embaucadores que se hacían pasar
por religiosos. El navarro fue recibido y escuchado por Felipe IV. Da la
impresión de un alma sencilla y elevada, que nada tiene que ver con el
condenado por el Santo Oficio de Córdoba. <<
483 Véase Apéndice XX y
los documentos [(325), (326), (327) y (328)]. <<
484 Hume (201), cap.
VI. <<
485 Novoa (201), 1-139.
<<
486 Juan de la Cruz.
Véase (133). <<
487 Se publicó este
grabado en la edición francesa del libro de Aedo (2). <<
488 Véase (235), 1-658.
<<
489 Novoa (201), 1-50.
Hay un cierto paralelismo entre este aspecto de la relación del
Cardenal-Infante y Olivares con la que unió a Antonio Pérez y a Don Juan de
Austria. El Cardenal-Infante tenía más preparación y talento que Don Juan, pero
se parecía a éste en el uso donjuanesco que hizo de su egregia categoría ante
el amor y los demás goces de la vida; y también en su ímpetu guerrero y en su
buena estrella, mientras no se eclipsó, en los campos de batalla. Sobre el
Cardenal-Infante, véase Van der Essen (86). <<
490 Véase (344).
<<
491 Contarini (235),
11-108. <<
492 Véase (491),
XVI-86. Murió, probablemente, de pericarditis, pues dice esta relación que al
abrirle para embalsamarlo le encontraron el corazón convertido «en una vejiga
llena de humor acuoso». <<
493 Véase Guzmán Suárez
(116). <<
494 Contarini (236),
11-109. <<
495 A esta domesticidad
del Príncipe aluden unos versos, muy citados, que se publicaron por entonces y
que le atribuyen el malgastar el tiempo capando gatos. Son unas décimas que
comienzan así:
«Príncipe: mil
mentecatos murmuran, sin Dios ni ley de que habiendo de ser el Rey os andéis
capando gatos.»
Hay en ellos alusión al
Conde-Duque:
«Y así, yo de vos
espero que tan diestro quedaréis que, en siendo grande, capéis al gato más
marrullero.»
Pérez de Guzmán [(215),
123] atribuye estas décimas al Almirante de Castilla, que era uno de los
grandes enemigos del ministro. <<
496 Véase (344), 21
mayo 1640 y 18 julio 1640. <<
497 Manuscrito (302).
<<
498 Bertaut (37), 76.
<<
499 Véanse noticias
sobre este insensato, probablemente epiléptico, en Maura Gamazo [(172), 1-629].
Bertaut [(37), 77] dice que era el noble español que vivía más a la francesa;
que era uno de los hombres más feos del mundo, aunque de buena figura, y que su
mujer era bellísima. <<
500 Véase Novoa (201),
IV-82 y sigs. <<
501 Hay, en efecto, una
carta de Haro, desde Zaragoza, en 27 de julio 1643, al Conde-Duque, en su
destierro de Toro, dándole cuenta de la salud del Rey y de las operaciones
militares Le da la enhorabuena por los éxitos alcanzados. Siempre —dice— iremos
«dando cuenta a V. E. de lo que se fuere ejerciendo». Termina con estas
palabras afectuosas. «Señor, justamente crea V E. que lo poco que yo valiere no
querré aplicarlo a nada con mas gusto en esta vida que a cuanto fuere a la
mayor autoridad y alivio de V. E» (377). <<
502 Véase Apéndice
XXXII. <<
503 Este retrato,
admirable, atribuido reiteradamente a Velázquez, ha sido asignado a Ribera por
Mayer [(174), 129]. Procede de la Colección Altamira.<<
504 Un soneto que le
dedicaron las malas lenguas decía: «Entró el de Monterrey en Aragón — Como en
Constantinopla Solimán. — Pensó la gente que era algún jayán —Y el parto de
este monte fue un ratón», etc.; alusión a su pequeñez [(491), XVI-468]. <<
505 Véase (491),
XIV-346. Véase también nota (2) del cap. 19. <<
506 Véase (491),
XIV-276. <<
507 En la partida de
defunción de Don Gaspar, en Toro (Apéndice XI), no figuran los Monterrey como
testamentarios, pero si en el testamento que, a nombre de su difunto marido,
hizo Doña Inés, cuatro meses después, en noviembre de 1645, y en los posteriores
(460) y (461). <<
508 Cartas [(344), 19
marzo 1639]. Y poco mas tarde «Temo al de Leganés y a sus acciones» (Ibid, 9
abril 1639). <<
509 Habla en este
testamento (459) de que ha fundado tres casas, para que dependan de la de
Sanlúcar. Una, la de Medina de las Torres, en su yerno. Otra, la de Mairena, en
Don Enrique, su hijo reconocido. Y otra, la de Vaciamadrid y Velilla, en el
Marques de Leganés. Los poseedores de cada una de estas tres casas quedaban
obligados, al tomar posesión de ellas, y lo mismo sus sucesores, a regalar al
jefe de la casa principal (Sanlúcar) un caballo de valor superior a 150
ducados. <<
510 Véase (449) y Rev.
de Arch., Bibliotecas y Museos, 1.a época, 1874-IV-20. Por su interés va
copiada íntegra en el Apéndice VIII. <<
511 Don Alonso de
Acevedo Zúñiga y Ulloa (antes Manuel) era el futuro Conde de Monterrey, cuñado
dos veces del Conde-Duque (por estar casado con Doña Leonor de Guzmán, hermana
de Don Gaspar, y porque era hermano de Doña Inés, la mujer del Conde-Duque). Don
Francisco de los Cobos Luna Centurión Fernández de Córdoba, Conde de Riela, era
primo hermano de Olivares. Y el Conde de Uceda, Don Juan Velázquez Dávila
Guillamón Messía y Guzmán, era también su primo. Debo la comprobación de estos
y otros datos genealógicos, ajenos a mi competencia, al culto heraldista señor
Moreno Morrison. El Conde de Uceda y Don Francisco de los Cobos eran sus
compañeros de niñez: les hemos visto acompañándole en Italia: véase capitulo 2.
<<
512 Algunos atribuyen a
estas negras de Olivares el nombre de calle de las Negras, que aún hoy existe,
junto al palacio de Liria, a espaldas del cuartel del Conde-Duque, lo que daría
verosimilitud a la hipótesis, ya desechada, de que por allí estuvo el palacio
del Valido. Pero no es exacto: «las negras» que dieron nombre a la calle eran
otras, anteriores, servidoras de los herederos de Colón. <<
513 Era, por lo visto,
costumbre del Conde dar a sus caballos nombres de personajes amigos, pues en la
declaración de su criado Llamazares en el pleito de sucesión [(459), 9-1219]
dice que en Toro el caballo y la jaca que montaba Don Gaspar se llamaban «Meló»
y «Monterrey»; es decir, uno de sus ministros y su cuñado. <<
514 Cotarelo [(70),
301]. Véase la descripción del antiguo Alcázar en Maura Gamazo [(172), 1-453].
<<
515 Así lo creía
también Corner, el embajador veneciano, que vio en construcción el palacio,
considerándolo como futura mansión de Olivares (235). <<
516 Está este retrato
en el Museo de Rouen. Se ha dicho que es el mismo Pablillos de Valladolid
Allende Salazar se inclina a pensar que no lo es [(8), 275]. <<
517 Rodríguez Villa
(240), 194. <<
518 Pellicer (211), 2
abril 1641. <<
519 En la comedia de
Quevedo Como ha de ser el privado, Simón Rodríguez aparece con todo su
desparpajo de truhán, bajo el nombre de «Violín». Da la impresión de que este
retrato quevedesco es el mas exacto de cuantos de el poseemos. Y acentúa el
parecido con Gil Blas. <<
520 Véase (491), XIII
407, 409 y 410. Los pajes asesinos huyeron y se los pregono, con pena de vida a
quien los ocultare. La gente deseaba que no los cogiesen, pues eran muy
jóvenes, de catorce y dieciocho años. Pero estaban acogidos en San Francisco y
de allí los sacaron. Quizás huele un tanto este crimen a complicaciones
homosexuales, de las que tan frecuentes era por entonces. <<
521 Martínez Calderón.
Cap. 14. <<
522 Roca [(455), 151].
Con palabras análogas se cuenta en la Relación política (450), escrita, se
dice, y parece que pueda ser cierto, por un italiano, que añade estos
comentarios al relato de la probidad del Conde de Monterrey: «Acción tan rara
que la hubieran deseado los napolitanos con el Conde de Monterrey, su hijo,
heredándosela con la sangre, para que se hubiese mostrado su verdadero imitador
cuando en el gobierno de aquel reino juntó tantos tesoros que podía suplir con
ellos no sólo los gastos de la sepultura de su padre, más a las de mucho más.»
Se refiere este comentario al Conde de Monterrey, hijo del anterior y casado
con una hermana del Conde-Duque, del que se habló en el capítulo 18, cuya fama
de inmoral en Nápoles ha sido ya anotada. <<
523 Véase Soulíe (259),
189. <<
524 Justi [(135), 217].
Sin embargo, en el dibujo de Herrera y en el atribuido a Velázquez, si es
auténtico, se observa, en efecto, una cierta cargazón de espaldas. <<
525 Ya se dice, en el
pie de la reproducción, que es más probable que sea la madre de Don Gaspar.
Desde luego, la disparidad entre el rostro de este retrato y el del atribuido a
Velázquez es tal, que uno u otro no puede ser cierto. <<
526 En mi libro (163)
explico este proceso de re-creación del amor por la convivencia, muy frecuente,
en los matrimonios, y, sobre todo, en los que se hicieron por razones de
conveniencia. <<
527 Martínez Calderón
(417), cap XIV. <<
528 Este nombramiento
fue muy censurado en aquella Corte, tan susceptible para las pequeñeces como
anestesiada para los grandes pecados. Parece, en efecto, que la tradición del
cargo de Camarera Mayor, etiqueta de la Casa de Borgoña que adoptaron nuestros
Austrias, era que fuese concedido tan sólo a las viudas. Era cargo análogo al
de Sumiller de Corps en la Casa del Rey. <<
529 Martínez Calderón
[(417), cap. XIV] dice, por ejemplo, que la Condesa, al educar el Príncipe, «no
sólo le asiste y dispone en lo político, sino que en lo espiritual le adoctrina
y emplea en santos ejercicios, rezando a coros con su Alteza cada día el
Rosario, sin faltar a la misa ni a otras muchas devociones, con distribución
del tiempo con mucho ajustamiento». <<
530 Siri [(257), 422].
Los mismos libelos, incluso la terrible versión de «Guidi-Quevedo» (438),
encomian este amor de Olivares a su mujer. Interpretan, por ejemplo, la actitud
adversa que tuvo para los Príncipes de Saboya, y principalmente contra el Príncipe
Tomás, como venganza a la desatención que la Princesa de Carinan tuvo para Doña
Inés, su mujer. De esta discrepancia entre la Condesa y la Princesa de Carinan
da idea el siguiente incidente, que refiere el P. Sebastián González en carta
de 6 de enero de 1637: La Princesa, durante su estancia en Madrid, envió como
obsequio a la Olivares «alguna cantidad de varas de tela de Milán, con un
recado muy cortés y cumplido». No lo admitió la austera Condesa y mandó recado
a la Princesa que «después que estaba en Palacio, ocupada en servicio de Su
Majestad, habían venido a España muchas grandes señoras y jamás de ninguna
había recibido nada, y así, por esto como por no tener licencia de su marido el
Conde de Olivares, no lo podía admitir». Montó la Princesa en cólera con la
respuesta y regaló la tela al criado que había hecho los recados, el cual,
alegrísimo, dedicó un trozo del valioso tejido a cortar un manto a la Virgen de
la Almudena y el resto a regalo de los suyos. Después la Princesa dio cuenta
del incidente al Rey y le anunció que se iba de Palacio. El Rey llamó al
Conde-Duque, éste habló a su mujer, y Doña Inés, obediente a la razón del
Estado, aceptó la tela, ya despedazada por el devoto recadista [(491), XIV-23].
<<
531 Novoa (201), IV-81.
<<
532 Carta del P.
Sebastián González, 1 febrero 1643 [(491), XVII-4]. <<
533 Carta de Don
Gabriel de Arriaga, 10 febrero 1643 [(491), XVII-10]. <<
534 Carta anónima de 8
abril 1643 [(491), XVII-68]. Me parece el cuento muy dudoso; no hay testimonios
exactos que abonen esta actitud dura del Rey. <<
535 Carta del P.
Sebastián González, 16 junio 1643 [(491), XVII-17]. <<
536 Refieren esta
escena el P. Sebastián González en carta de 2 de abril de 1643 [(491), XVII-67]
y Pellicer (211), julio 1643. <<
537 Silvela (256), 1-3,
76 y 7. <<
538 Véanse Pellicer
(211), 10 noviembre 1643; Novoa (201), IV-148, y P. Sebastián González, 10
noviembre 1643 [(491), XVII-356]. <<
539 Estas cartas, hasta
ahora inéditas, van copiadas en el Apéndice XXXIV. González, hombre ducho,
conservó, sin embargo, la amistad con la viuda de Don Gaspar y con sus
sucesores. En 1649 fue nombrado administrador de los bienes de la familia
(303). Coincide con sus datos fundamentales el bien informado P. González:
(491), XVII-375. <<
540 Novoa cuenta que,
además, se encontró con que las monjas de su fundación de Loeches estaban
sublevadas porque el dinero faltaba desde la caída de Don Gaspar y lo pasaban
tan mal que no tenían qué comer, y se querían volver a Sevilla, a Castilleja de
la Cuesta [(201), IV-157]. Parece malicia del alevoso ayuda de cámara. <<
541 Carta del P.
Sebastián González, 24 noviembre 1643 [(491), XVII-375]. Dice el jesuita que
estaban tan ateridas las señoras que hubo que «cubrirlas con sábanas empapadas
en vino caliente». Pero Novoa, cruel hasta la infamia, prefiere decir,
equívocamente, que la cama de la Condesa se la calentó un criado, y de los más
inferiores [(201), IV-157], Añade Novoa que la Condesa pasó el puerto la
primera noche y que sólo volvieron a El Escorial Don Enrique Felípez y su mujer.
Lo probable es que no se separaran e hicieran la retirada todos juntos.
<<
542 Berwick (39), 546.
<<
543 Novoa dice en una
nota: «Se dijo después que la Condesa pasaba necesidad; pero ya sabemos las
artes que hay en esto y las trazas» [(201), IV-183]. Su testamento demuestra el
derrumbamiento de su fortuna (461). <<
544 Así se lee en la
Relación de la enfermedad, etc. (454). <<
545 Los jesuitas que
acompañaban a la Condesa en Loeches en esta época eran, según una nota del P.
Miguel González, los PP. Guevara, Hugo y Salazar, a más de Martínez Ripalda
[(491), XVIII-133]. <<
546 Novoa [(201),
IV-222]. <<
547 Novoa [(201),
IV-121]. Los jesuitas refieren también esta gestión de la Condesa. Peor
enterados que Novoa, dicen que fue Doña Inés a la Encarnación para hablar con
el Rey, y éste no fue por no verla; que entonces acudió ella a una de las
ermitas del Buen Retiro y desde allí pidió audiencia a Don Felipe,
respondiéndole éste que se marchase a Loeches. Todo ello es, seguramente, falso
y nos atenemos a la versión de Novoa. Agrega el P. Sebastián González, autor de
esta carta, que el Rey envió al secretario Rozas a Loeches, encargando a la
Condesa que procurase concertarse con Don Luis de Haro, evitando estos pleitos,
que escandalizaban a la Corte [(491), XVIII-233]. <<
548 León Pinelo (512).
El testamento que hizo Doña Inés, en nombre del Conde-Duque (460), está firmado
en Loeches a 6 de noviembre de 1646. Debió, pues, instalarse en Madrid a
primeros del año 1647. <<
549 Doña Inés fue
siempre muy bondadosa y espléndida con los médicos, a diferencia de su marido,
que alardeaba con ellos de suficiencia e intervenía importunamente en sus
consultas (pág. 208, nota 76). En 1636 estuvo grave y la salvaron, con una
sangría, seis médicos; regaló a cada uno «una fuente de plata de 600 reales de
valor y en ella un pernil mechado de reales de a ocho y cincuenta y dos capones
de leche» [(491), XII-387]. <<
550 Novoa dice, en su
estilo extravagante pero certero, que recuerda muchas veces al de Cabrera, que
murió «dichosa y prosperada en bienes de fortuna y valimiento, en edad de
sesenta y tres años, acabando [con la muerte] sus fortunas e infortunios, si hubo
alguno al filo y guadaña del climaterio» [(201), 358]. <<
551 Carta de 16 julio
1642 [(491), XIX, 293] En uno de los pleitos que hubo sobre la sucesión de la
Casa de Sanlucar se lee este elogio de Doña Inés «Era y fue siempre una señora
de gran virtud, ejemplo y conciencia, muy temerosa de Dios y de buenas y loables
costumbres y de tan buena y recta conciencia que en perjuicio de nadie diría ni
haría cosa que repugnase y se opusiese a su conciencia y cristiandad» (463).
<<
552 Martínez Calderón
[(417), cap XI]. El Testamento (459) dice, al hablar de su sepultura en
Loeches, que «también ha de servir de entierro para el cuerpo de la Condesa, mi
mujer, para el de Alonso Pérez de Guzmán, mi hijo único, y para doña Maria de
Guzmán, mi hija, y para mi nieta y para doña Inés de Guzmán, mi segunda hija».
<<
553 Roca (455), 240.
<<
554 Era esta precocidad
en la maternidad una de las causas de la enorme mortalidad infantil en aquellos
tiempos; y, desde luego, de la fugacidad de la juventud de las pobres mujeres,
que antes de los treinta años, abrumadas por el número y el dolor de los
partos, muchos de ellos trágicos, eran ya viejas. Como ocurre en algunas
regiones de España. <<
555 Pueden verse estas
cartas, sin interés para nuestra historia, en Roca [(455), 238]. <<
556 Véase Artigas en
(458), XLI. <<
557 Tan grande fue esta
intimidad con el Rey, que éste le confió el cuidado de Don Juan de Austria, el
hijo bastardo que hubo de la Calderona, que fue educado en León, patria de Don
Ramiro, donde era a la sazón corregidor el poeta Ulloa, protegido suyo. Sin
embargo, dice Novoa que el yerno de Olivares no cumplía bien con sus cargos
palatinos: «no asistía [a ellos] por su poca atención, antes divertido siempre
en materias deliciosas y entretenimientos, sin cuidar del oficio de sumiller»
[(201), 11-104], Su afabilidad y habilidad hacían olvidar estas faltas.
<<
558 Pellicer (211) dice
que fue él el que trajo a Madrid a «las tres gracias»: Ana, Feliciana y Manuela
Andrade, famosas comediantas de su tiempo. <<
559 Durante el reinado
siguiente se seguía dudando de la paternidad de Don Juan de Austria. Villars,
como madame d’Aulnoy, dice que Don Juan se parecía, por esta época, mucho al
Duque de Medina de las Torres [Villars (281), 34]. <<
560 Comentan, en
efecto, las Noticias de Madrid (507) que el 4 de julio de 1625, a los pocos
meses de casado, «sacó el Marqués de Toral cuatro vidrios en el coche, que fue
la primera vez que se habían visto vidrieras en los coches, y la gente iba a
ver cuándo se quebraban con el movimiento del coche». <<
561 Córner [(235),
11-13]. La misma impresión da, varios años después, Giustiniani: «No posee el
Duque de Medina de las Torres inteligencia profunda, pero sí exquisita
elocuencia» [(231), 11-158]. <<
562 Están publicadas
las capitulaciones en el Pleito [(462), 310, 3, f. 46]. Véase una descripción
de la boda, en León [(505), f. 128]. Dice en ella: «No fue poca ventura la del
novio, pues se llevó el ídolo del Privado.» <<
563 Se llamó a la niña
Isabel María, en homenaje a la Reina. Está enterrada en Loeches en la misma
fecha que su madre y su abuelo Don Gaspar, el 10 de agosto de 1645. Hasta
entonces los cadáveres estuvieron depositados en Madrid. La noticia del
nacimiento corrió por todas partes y fueron muchas las felicitaciones que
recibió el Conde-Duque de parientes y aduladores, pues todos sabían la
trascendencia que la sucesión tenía para él. Se dio el caso de recibir
enhorabuenas de ausentes cuando ya habían muerto la recién nacida y la madre.
Tal la del Condestable de Castilla, cuñado de María, cuya carta gratulatoria,
desde Berlanga, se conserva. Y dice así: «Al Conde de Olivares. Juntamente se
le debe a V. E. la enhorabuena de la nieta que ha nacido de nuevo en su casa,
pues trae la ventaja de nacer ya con reconocimiento de lo que gana, y
justamente se me debe a mí el parabién que me resulta de tal abuelo, gusto que
celebro y celebraré siempre como felicidad, y tanto mayor cuanto que espero que
de sus frutos se multipliquen glorias comunes a entrambas Casas, cuyo efecto,
por fuerza, me ha de ser propio por dos títulos, pues por ninguno me puede ser
ajena la parte que tocare a V. E., aunque ofrezco el ánimo aun más de servidor
que de pariente. Guarde Dios a V. E. muchos años para que los sucesos
correspondan en todo a los deseos. Berlanga, 20 de 1626.— Yo el Condestable»
(368). <<
564 Esta carta existe,
copiada con letra del XVIII, en la Biblioteca Nacional (381). Está llena de
citas latinas de Santos Padres y de filósofos, y en ella domina la adulación
sobre la cordialidad. Se ve que está escrita para el público. Pero, en efecto,
como en el texto se dice, adivínase la impresión que causó en España la muerte
de María. He aquí sus principales párrafos: «Sea para bien, Exmo. Señor, el
trabajo y la infinidad de trabajos que tan sin consuelo humano han llovido
sobre V. E. con esta muerte, el cielo, aunque no sin muy grande abundancia de
consuelos divinos, pues es cierto que los trabajos son camino y escalera del
cielo, y por esto, cuanto más agrio más derecho.» «Y lo mismo espero en Dios, y
presumo dará a V. E. por cuanto haber enterrado hasta las últimas esperanzas
temporales no puede dejar de ser en Príncipe tan cristiano menos que para
derecho y fruto de posesiones eternas.» Cita a varios filósofos que recomiendan
la entereza ante la adversidad, y termina: «Pero si ellos lo enseñaron con la
pluma, V. E. lo ha mostrado más ventajosamente con la obra, pues cuando falta
vista a los extraños para ver el lastimoso espectáculo de cortar y aun arrancar
la raíz de tan insigne árbol, cuyas ramas llevaron para Castilla tantos y tales
frutos de Príncipes y de Reyes, entonces, pues, no faltó para quien la quiso
audiencia pública con V. E., siendo el principal lastimado y entre todos el más
afligido, ¡oh valor y ser más que humanos!» Está firmada en San Martín a 30 de
julio de 1626. <<
565 Carta a Chumacero
(371), 2 febrero 1641. Voiture (286), en su elogio al Conde-Duque, cita también
el afán con que siguió trabajando el mismo día de la muerte de su hija.
<<
566 La parte central de
esta carta es oscura en su redacción y en la letra en las dos copias que he
consultado (333). No he podido averiguar a quién iba dirigida, quizá al
presidente del Consejo de Castilla. <<
567 Véase (491),
XIV-294. <<
568 Cartas al
Cardenal-Infante (344), 19 febrero 1639. <<
569 Giannone [(108),
edición francesa, IV-496]. La muerte ocurrió en noviembre de 1644. Véanse otras
noticias sobre su fallecimiento y entierro en Cartas de Jesuitas, 22 noviembre
1644 [(491), XVII-504]. <<
570 F. Bertaut (37),
41. <<
571 Novoa [(201),
11-146]. Se habló, según el resentido ayuda de cámara, como presuntas sucesoras
de Doña Inés en el tálamo del Valido, de las siguientes damas de la Corte: la
viuda del Duque de Feria, la viuda de Don Fadrique de Toledo, la viuda del Duque
de Lerma. Todas «hicieron muchos ascos» cuando corrieron sus nombres, y no sin
razón, pues las tres eran, por lo menos en parte, viudas a consecuencia de los
disgustos que el Conde-Duque dio a sus difuntos esposos. También se habló de la
hermana del Marqués de Aytona, «no mal parecida» (juicio que en boca de Novoa
equivale a declarar la hermosura de Venus). <<
572 En otra ocasión he
explicado que de este hecho, indudable, de que los hijos de las familias reales
o muy linajadas, producto de cruces multiplicados, morían con facilidad,
mientras que los bastardos, con media sangre extraña, y muchas veces popular, sobrevivían
y eran, por lo general, más fuertes e inteligentes, nació el prejuicio, que aún
dura, de que los hijos del amor son mejores en todos los sentidos que los del
legítimo matrimonio. Además, los bastardos eran, casi siempre, criados en
pueblos, al cuidado de gente campesina, y, por lo tanto, en mejores condiciones
que los que crecían en Palacio en una atmósfera insana y ¡atendidos por los
médicos de la real cámara! <<
573 Entre las
producciones recientes sobre el bastardo de Olivares citaremos la novela
histórica de Cotarelo (70), la de Menendez Ormaza (183) y el drama de los
hermanos Machado (152). <<
574 Así se lee en Guidi
(425): «El Conde, doce años antes de su privanza, encontrándose en Madrid se
enamoró de Doña Margarita Espinola, nacida de padre genovés y de madre
española. Era la más bella entre tres hermanas, todas bellísimas, por lo que
tenían un cortejo grande de enamorados. Aunque noble, esta señora no se vio
libre de las persecuciones que tienen, en esta Corte, que sufrir las mujeres de
belleza llamativa. En Madrid, para conseguir la posesión de una mujer, ya se
sabe que no hay más ley que el oro.» La misma versión de la Espinola se
encuentra en Córner (457) y en el Gil Blas de Santularia. <<
575 Ésta es la versión
que aceptan, entre otros, Fernández Guerra (90) y Silvela [(256), 54]. Guidi
(437) dice que esta Isabel de Anversa —es decir, la supuesta madre de Julián—
se casó con él, confundiéndola con Doña Leonor de Unzueta. Todo ello demuestra
el nulo valor histórico de estos relatos, incluso el de Guidi, tan injustamente
autorizado por Morel-Fatio. <<
576 «Este mancebo dicen
que le hubo el Conde en una mujer de mediana estofa; ya todos lo saben; no hay
para qué declararme más; y no de esa gran señora, como mintió el mundo» [(201),
IV-5]. <<
577 Así, poco más o
menos, refiere la historia de Julián Fernández Guerra (90), tomándola de los
datos más conocidos de la época, pero no de los más dignos de fe. Su fuente
principal fue, sin duda, el Prólogo del libro de Yáñez (289). Este libro pasa
por autoridad, pero sus noticias están tomadas a la ligera; las de Julián
Valcárcel, nada menos que del libelo atribuido a Quevedo (438), del que copia
casi punto por punto la relación; por lo tanto, sin el menor valor histórico.
También Gayangos, en uno de sus prólogos a las Cartas de los jesuitas, cita
como autoridad en este punto de Valcárcel a Yáñez. <<
578 Véase (462) No se
vio el pleito hasta el 13 y 14 de junio de 1647. <<
579 El «que vive en la
† debe interpretarse «en la calle de la Cruz». Y así está escrito «Cruz» en la
copia de la partida que figura en el pleito. En esta copia se lee por error
«Jerónimo de Salazar» y no «Gonzalo», que es como dice el original. <<
580 En la partida de
bautismo no figura como Gonzalo Guzmán y Salazar, sino sólo como Gonzalo
Salazar: es sabida la falta de puntualidad con que entonces se llevaba el orden
de los apellidos. El yerno de este Don Gonzalo, Don Antonio Vargas Machuca, al
declarar que no se acordaba de este detalle, dice también de memoria, y
equivocándose, que al recién nacido le llamaron «Julián Bentura». Repito que
estos mismos errores son la prueba psicológica de la sinceridad del testimonio.
<<
581 Pellicer,
confirmando los datos, incuestionables, de estas declaraciones, dice
terminantemente al hablar del reconocimiento: «Aquí [en Madrid] le conocimos
todos con el nombre de Don Julián de Guzmán, tendrá veintiocho años, hoy se
llama Don Enrique» [(207), 6 noviembre 1640]. Sólo se equivocaba en un año al
referir su edad, pues tenía veintisiete. <<
582 Novoa equivoca el
nombre del cardenal y le llama Don Pedro. Esta jornada fue en 1631, teniendo,
por lo tanto, Don Julián dieciocho años. Murió durante ella el cardenal, en
Ancona. Dice Cotarelo [(70), 46] que «no se sabe quién le colocó de paje con el
Patriarca Don Diego de Guzmán»; sin duda, Don Gaspar de Guzmán. Sobre este
viaje de María de Hungría véase la interesante conferencia de Mercedes Gaibrois
de Ballesteros (98). <<
583 Pellicer (211), 8
octubre 1641 y 24 junio 1642. <<
584 Se cuenta así el
suceso en la carta de un jesuita: «De Zaragoza escriben que estando jugando Don
Enrique de Guzmán, hijo del Conde-Duque, entró Don Antonio de Mendoza a mirar
junto a la silla, y perdiendo una suerte [Don Enrique] se volvió a Mendoza y le
dijo: "¡Quitaos de ahí!" Desvióse el Mendoza y comenzó a pasear y
luego volvió al mismo lugar; perdió otra suerte Don Enrique y volvió a decir [a
Mendoza]: "Ya os he dicho que os quitéis de ahí". A lo que respondió
Don Antonio: "Ni soy yo vos ni quiero ser vos." Con lo que salió de
la sala y se lo fue a contar al Rey» (carta del 15 de septiembre de 1643)
[(491), XV1I-237]. Pellicer repite, poco más o menos, este suceso estúpido
[(411), 15 septiembre 1643], que demuestra, si realmente ocurrió así, la
impertinencia de Don Julián y la soplonería de Don Antonio. <<
585 Guidi (437). Hay
entre los conocidos un único dato desfavorable a Doña Leonor, y es que no vivía
con su madre. Pero esto puede explicarse por muchas causas distintas de la
liviandad. En último término podría suponerse que la Unzueta era no, desde luego,
una cortesana pública ni escandalosa, sino una de aquellas señoras que tan bien
describe Amezua, de clase «mucho más alta y escogida que vivían en sus casas
propias o alquiladas con todo regalo y aderezo, aparentando honestidad y
recogimiento, no saliendo, tal vez, sino los días de fiesta, con la luz de la
aurora, a la primera misa, echado el mando sobre los ojos..., que no recibían
visitas sino de gentes ricas y principales señores de título, genoveses y
mercaderes, personajes graves, etc.» [(13), 96]. <<
586 La anulación de
este matrimonio dio lugar a muchas protestas, no sólo de la opinión, que veía
en ello una manifestación irritante del poder absoluto del Conde-Duque, sino
entre jueces y teólogos. Se argüía que aunque el cura que los casó era párroco de
la madre y no de la hija, ésta no estaba emancipada y, por tanto, su domicilio
legítimo era el de la madre. En el Discurso (399) del P. González Galindo uno
de los cargos importantes que se hacen a Olivares es «anular un matrimonio
tenido constantemente por válido y disponer dos ilegítimos, a pesar de la
verdad: pecado mortal contra religión, justicia y caridad». (Se refiere a la
anulación del matrimonio de Julián y Leonor y a la realización de los dos
matrimonios subsiguientes: el de Julián con Doña Juana de Castilla y el de
Leonor con Don Gaspar de Castro.) <<
587 Doña Leonor,
resignada, se casó con el abogado Don Gaspar de Castro y Velasco, de bastante
más edad que ella, al que dieron, a cambio de sus tragaderas, un cargo
importante en América para alejar a su esposa de Madrid. Todavía en Sevilla,
antes de embarcarse, «persistía ella y decía que aquél no era su marido, sino
el otro, y arrimábalo a la conciencia; pasaba adelante que no podía cohabitar
con él; finalmente la hicieron pasar la mar y de este encuentro navegó a ser
Emperatriz de las plazas de Occidente» [Novoa (201), IV-7]. Una carta del
jesuita P. Martín Montero nos informa que uno de los que más contribuyeron a
sosegar a Doña Leonor fue su medio pariente el P. Santander, mercenario, y que
en premio le hicieron predicador del Rey (29 mayo 1642) [(491), XVI-386].
<<
588 Carta de un jesuita
del 20 septiembre 1637 [(475), XIV-189]. En otras cartas de los jesuítas se
habla también de Valcárcel, como en la del P. Sebastián González del 15 de
marzo de 1639 [(491), XV-199]. <<
589 Carta de 20 enero
1642 [(491), XVI-233]. <<
590 De este documento
hay multitud de ejemplares manuscritos, aparte del de la Biblioteca Nacional
(353). Está, además, publicado en varias partes: Jesuitas [(491), XVI-230];
Castro [(58), 144]; Cotarelo [(70), 337]; Sánchez de Toca [(254), 129], etc. Chumacero
[(371), 29 enero 1642] cuenta que recibió en Roma, donde era embajador, la
carta y se la comunicó a varios cardenales de la Curia. El otro suegro, el
Condestable, dio también cuenta del casamiento de su hija en este billete, un
tanto seco: «Señor mío: Juana, mi hija mayor, se casa con Don Enrique Felípez
de Guzmán. V. E. se huelgue conmigo como es razón. Guárdeme Dios a V. E. muchos
años.— El Condestable.» [Yañez (289). Prólogo.] <<
591 Sánchez de Toca
(254), 128. <<
592 Novoa [(201), 7]
describe con garbo caricaturesco la escena del reconocimiento del nuevo
pariente en el Buen Retiro, donde el flamante bastardo había recibido
alojamiento. «Entró la Marquesa del Carpió, que era la mayor y la perdidosa,
diciendo, ¡ay!, y repitiéndole más por la vejez que le rodeaba y la muerte que
tenía delante de los ojos que por el tiro que se le hacía al hijo, dijo:
Sobrino mío, seas bien venido; ¿cómo está V. E.? Y la Condesa de Monterrey, con
más sosiego y más tranquilidad de espíritu, sin ¡ay! ni quejido, siguiendo los
mismos pasos de la hermana poco afectos marido y mujer a semejantes cosas,
también dijo: Sobrino mío, ¿cómo está V. E.? La Marquesa de Alcañices, hazañera
en todo y queriendo adelantarse en adulación, muy aprisa y barbullándolo todo,
siguiendo el ejemplo de las demás, dijo: Sobrino mío, y repitió: Sobrino mío,
seas bien venido; ¿cómo está V. E.? Con esta visita dejaron confinada la
obediencia y sumisión que le habían de prestar y reconocimiento de cabeza y
volvieron al poderoso [Don Gaspar] a recibir las gracias de tan grande ofrenda
y la adoración. Entretanto, Don Luis de Haro callaba y se encogía de hombros,
y, según se decía, aconsejado por el gran proconsulto Don José González,
preparaba los pleitos para el futuro»; y termina Novoa con estas palabras, que
fueron proféticas: «Todo al fin arderá en litigio y se beberán las haciendas
los ministros.» Haro, cauteloso, extremó sus atenciones con Don Enrique. El
jesuita que refiere la ceremonia de las capitulaciones anota que Don Luis «hizo
grandes cortesías y demostraciones de cariño con el señor Don Enrique» (carta
del 24 enero 1642). Sabía muy bien Haro que el que no se enfada cuando a todos
parece que se debe enfadar lleva mucho ganado para no perder la batalla. <<
593 Véase Apéndice IV.
<<
594 Silvela (256),
1-54. <<
595 Esta mala pasión
alcanzó hasta aquellos que más sagrada obligación tenían de no compartirla. Nos
lastima hoy, por ejemplo, leer cómo un sacerdote daba cuenta del embarazo de la
mujer del bastardo: «La hija del Condestable está preñada; buena alhaja dejará
a la casa de su padre con lo que pariere» (carta del P. Sebastián González, 26
de abril de 1644) [(491), XVII-470]. <<
596 Están estas
Capitulaciones publicadas en (462), 310, f. 83. <<
597 No interesa a este
libro la descripción de las ceremonias de la capitulación y la boda, que pueden
leerse en Pellicer [(211), 28 enero 1642] y en las Cartas de los jesuitas
[(491), XVI-241 y 389]. <<
598 Los autores dicen
que Don Enrique se volvió desde Uclés, pero fue desde Santa Cruz de la Zarza,
según refiere Novoa, que acompañaba a la comitiva. Y añade que, aunque era de
noche y era ésta oscura y lluviosa y con los ríos crecidos, volvió a Madrid con
toda diligencia [(201), IV-25]. <<
599 Carta del P.
Sebastián González, 17 mayo 1642 [(491), XIX-252]. En una nota al margen del
Guidi, versión Carreto (439), se lee que esta casa «fue la del secretario
Antonio de Alosa Rodarte, frontera de la del Almirante, que por su gran
vivienda lo ordinario era estar vacía, porque ningún gran señor tenía
tapicerías ni alhajas para vestir aquellas paredes, y para el homenaje que le
puso el Conde a su nuevo hijo no pareció sobrarle nada». Novoa dice que «para
los arreos y ornamentos de esta casa sacaron del Tesoro 30.000 ducados» [(201),
IV-25]. Pero lo da como rumor. Parece que esta rica instalación (probablemente
exagerada por los comentaristas chismosos) era, sin embargo, provisional, pues
el jesuita citado añade: «Estará allí cuatro o seis días y luego ha de volver a
Palacio a vivir en el cuarto del señor Conde-Duque.» <<
600 El que superó a
todos en magnificencia fue el del cuñado de Don Enrique, el Duque de Medina de
las Torres, Virrey de Nápoles, que le envío «una colgadura de brocado
riquísima, con su dosel; una alfombra extremada, turca, con 24 almohadas de
brocado de la misma tela de la colgadura; una cama de brocado con las cenefas
de bordado de oro revelado; una banda de vara y media de largo y de cuatro
dedos de ancho, toda de diamantes, que está apreciada en 17.000 ducados; una
carroza con cuatro muías y una litera con dos machos (las telas de la carroza y
litera son de oro); seis caballos napolitanos hermosísimos, dos hacaneas, dos
muías de regalo. Presente es éste que se pudiera hacer a S. M. con mucho
decoro» (carta de un jesuita, 17 febrero 1643) [(491), XVII-28]. Demuestra esta
relación el rumbo del antiguo modestísimo Marqués de Toral, al que la fortuna
dio aquello para lo que su temperamento y gustos estaban hechos. El jesuita
calcula en 30.000 ducados el valor del obsequio. Los libelos decían que valía
250.000 escudos. Otros, que 550.000 ducados. Quedemos en los 30.000 del
jesuita. El regalo llegó después de la caída del Valido. <<
601 Pellicer (211), 20
mayo 1642. <<
602 Novoa (201),
IV-135. <<
603 Novoa (201),
IV-228. <<
604 Véase Pleito (462),
310, 3, f 1470. <<
605 Véase Apéndice
XXIII. <<
606 «Parece que
escribió alguna novela, y todo su proceder es novelas» [Novoa (201), IV-6].
<<
607 Segundo Memorial
(409). <<
608 Jesuitas (491),
XVI-322 En la novela de Cotarelo (70) hay muchos detalles sobre estos gustos
frívolos de Don Enrique. <<
609 Así lo refiere el
puntual autor de la Relación de lo sucedido (452) Pudo heredar la gota de su
padre, pero tal vez no fuera gota, sino un reumatismo tuberculoso, hipótesis
mas aceptable, dada su edad y su casi segura tuberculosis En aquel tiempo se diagnosticaban
como gotosos todos los reumatismos. <<
610 Guidi-Carreto
(439). Varios historiadores modernos acogen esta anécdota, que tiene todo el
aire de una patraña, entre ellos Hume, que, a pesar de su cultura y probidad,
se deja llevar del gusto por lo pintoresco, pecado tan común en los
comentadores de España. Algunos viajeros de la Península, llevado de esta misma
propensión, como Dunlop y Mme. Carey, cuentan que Doña Juana fue encerrada en
un convento; deshace el error Foulche-Delboscq en nota de la página 343 de su
edición del Viaje de Mme. d’Aulnoy (22). <<
611 Pleito [(462), 1.
440]. <<
612 F. Soldevilla
(258), 11-208. <<
613 Cartas al
Cardenal-Infante (344). <<
614 Cánovas (55),
1-158. <<
615 J. Sánchez de Toca
(254), 74. <<
616 Véase Apéndice
XVII. <<
617 Parecer del
Conde-Duque (319). Véase también la Junta que se hace en el aposento del
Conde-Duque (441), en la que se trataron asuntos análogos al día siguiente del
precedente escrito del ministro. Se discutió en esta Junta la misión de Mr.
Botru para arreglar paces con Francia. Hay también una interesante carta del
Conde-Duque a Mr. Botru, en la que se observa la fanfarronería típica de los
gobernantes españoles de entonces, bien distinta de lo que luego decían en las
Juntas y papeles secretos (335). <<
618 Véase el Informe
del Consejo de Estado de 19 febrero de 1632 (440). En él se refieren los tratos
entre ambos Validos, Olivares y Richelieu, de los que fue intermediario el
Príncipe de Eqemberg. En estas conversaciones Olivares declara que «de persona
a persona jamás ha tenido ocasión de disgusto con el Cardenal Richelieu ni
dádoselo para que él pueda tener el menor sentimiento del mundo, porque siempre
ha hablado de su persona y partes con toda estimación. Que en cuanto a lo que
obra el Cardenal como ministro de su Rey no puede el Conde dejar de sentir que
tan sin causa y faltando a las obligaciones de buena correspondencia que hay
entre dos Coronas quiera mover las inquietudes presentes. Que siempre que el
Conde-Duque viere que el Cardenal procede en servir a su Rey, sin ofensa de
esta Corona y de la Casa de Austria y tratar de encaminar las cosas a la
quietud pública de la cristiandad, el Conde-Duque será su amigo y le mostrará
que lo es cuanto pudiere y le tendrá satisfecho a su buena correspondencia».
Son muy interesantes estas palabras, bien demostrativas de la excelente
disposición de nuestro ministro. Pero, sobre todo, véase el libro de Leman
(142), en el que quedan explicados los incesantes trabajos de ambos ministros
para lograr la paz; trabajos que sólo cesaron al morir Richelieu. <<
619 Cartas (344), 14
marzo 1636 y 18 julio 1640. <<
620 Roca (455), 260.
<<
621 Un norteamericano
que había vivido muchos años en La Habana, donde conoció el Centro Asturiano,
el Gallego, el Catalán, el Andaluz, etc., me decía «No comprendo como en España
se combate el regionalismo y el régimen federal, porque los españoles practican
ese régimen en cuanto pueden obrar por si mismos, y es entonces cuando están
mas tranquilos y son mas eficaces.» <<
622 Soldevilla (258),
11-269. <<
623 A Contarini (2325),
11-92. <<
624 Véase (331),
publicado en el Apéndice XVIII <<
625 Carta a los
consellers (339). <<
626 Véase, por ejemplo,
el muy curioso titulado Política del Comte de Olivares (386). La literatura
reciente sobre la sublevación de Cataluña es muy copiosa Véase un resumen en
Rovira y Virgil (241). <<
627 Cartas (344), 24
junio 1640 y 29 septiembre 1640. Este mismo sentido tiene la carta del
Conde-Duque al Marques de Torrescusa de 24 de noviembre 1639, que comenta
Cánovas [(55), 1-75], riñéndole porque los soldados napolitanos del tercio de
Moles maltrataron a un catalán. <<
628 Pellicer (211).
«Azorín» ha hecho recientemente (Ahora, 1935) un agudo comentario de este buen
patriota Goicoechea. <<
629 Segundo Memorial
(409). <<
630 Véanse págs.
179-180 Discurso de Olivares a los portugueses. Sobre Doña Luisa de Guzmán,
véase el excelente libro de H Raposo (233). Aun aumento la amargura del
Conde-Duque cuando la complicación de Medina-Sidonia en el supuesto alzamiento
de Andalucía. Sobre este punto hay un relato muy interesante de la intervención
personal del Conde-Duque en el Memorial de Francisco Sánchez (520). Véase
también la carta de Medina-Sidonia al Rey y la respuesta de este y el
Conde-Duque, de las que hay varias versiones [(298), 3] <<
631 Carta al Duque de
Alba (351). <<
632 Hauser (118), 280.
<<
633 Spengler (260),
IV-189. <<
634 Véase una buena
descripción de las Juntas y Consejos en Relación Política (450). <<
635 El propio
Conde-Duque escribía a Chumacero: «Los PP. de la Compañía reprenden mucho las
comedias» (371), 2 octubre 1641. <<
636 El celo de la Junta
reformadora llegó al extremo de quemar públicamente los cuellos y encañonados
que un jubetero (así se llamaban a los artesanos) había hecho para el Rey y
para el Infante Don Carlos, así como los moldes e instrumentos de trabajo del
infeliz artífice, que, además, fue encarcelado. El Conde-Duque y el Duque del
Infantado tuvieron que protestar ante el Presidente de la Junta, que cedió a
regañadientes. Todo esto da la impresión de un puritanismo hipócrita,
lamentable. Con exactitud dice Ogg que había en la España de Felipe IV «leyes
ejemplares y costumbres sin ejemplaridad» (203). <<
637 Véase (371): Carta
del Conde-Duque del 22 octubre 1641. <<
638 Decreto de 18
noviembre 1625 (478). <<
639 Véase Damián
Olivares (509), (510) y (511). <<
640 Roca (455), 289.
<<
641 Roca dice
«Tanteadas las dificultades, y vencidas con el arte muchas, han dado principio
a navegar o a hacer navegables al Guadalquivir desde Sevilla a Córdoba» [(455),
289] <<
642 Véase (488) y
(489). La navegación del Tajo fue planteada por primera vez por el ingeniero
Antonelli bajo Felipe II, que le ayudó y le dio la colaboración de Juan de
Herrera. Antonelli realizó en barco el viaje desde Lisboa hasta el Puente de
Segovia de Madrid. Sus documentos de viaje están reproducidos en (488),
Apéndices. Posteriormente hubo los mismos proyectos por Carduchi y Martelli,
bajo Felipe IV; por Briz y Simó, bajo Fernando VI, y por Cabanes y Marco Artu,
bajo Fernando VIL Los croquis de los tres proyectos están en (489). El viaje de
ida y vuelta desde Aranjuez a Lisboa por Marco Artu está reproducido en (488),
Apéndice. <<
643 Véase
correspondencia con Chumacero (371), 22 octubre 1641. <<
644 Covarrubias (494).
Por otra parte, sorprende la elegancia de estas composiciones. El tono
literario de la Corte de Felipe IV era tan excelso que hasta el más bajo
servilismo salía de las bocas engarzado, casi siempre, en admirable poesía.
<<
645 Un político español
de los primeros tiempos de la República, con oculto ímpetu de poder personal,
decía, hablando de unas obras de reforma de Madrid que proyectaba: «Estoy
convencido de que de los Gobiernos lo único que queda es la arquitectura.» <<
646 Según los datos que
publica Hamilton (117), la cantidad total de los tesoros que vinieron de
América desde 1503 a 1660 puede evaluarse en unos 447820932 pesos. <<
647 Véase Hamilton
(117), 103. Véase también Colmeiro (67) y Herrera (121). García Platón publica
un útil cuadro de todas las monedas de oro labradas en las Casas de la Moneda
de España desde 1476 a 1903 [(104), 80]. <<
648 El Conde-Duque
pensaba esto mismo; Roca lo dice: «Tenía por máxima asentada el Conde-Duque...
que los ministros bien elegidos no han de ser superiores a las materias que les
encargan sino iguales» [(455), 251]. Pero, como tantas veces ocurre en los políticos,
sus teorías cambiaban de signo en la práctica y se entregaba, no a los hombres
modestos y eficaces, sino a los más disparatados arbitristas. <<
649 Véase (491),
XIX-129. <<
650 Es tan importante
este voto para el juicio del remado, que va copiado en el Apéndice XXII.
<<
651 Véase James (132),
268. <<
652 Cartas (344), 15
febrero 1638, 17 mayo 1638, 6 enero 1639, otra de 6 enero 1639, 1 febrero 1639.
<<
653 No creo enteramente
justo el reproche que hace Maura a Olivares de que, «al igual de muchos
ministros de Monarcas absolutos y no pocos de Reyes constitucionales, ignoró el
arte de dejar el Poder, tan difícil como el de alcanzarle, y mucho más que el de
retenerle» [(172), 1-64]. Quería, en realidad, irse y no podía, porque la
voluntad del Rey y la realidad de los acontecimientos le tenían prisionero. El
mal está en convertirse a si mismos, los gobernantes, en ejes de la política
sin sucesión normal. Una vez creada la necesidad, la propia iniciativa ya no
cuenta. <<
654 He consultado el
ejemplar del Archivo Municipal de Sevilla (483), a cuyo director, señor Jiménez
Placer, debo exacta copia de muchos documentos de interés. La petición de esta
merced, hereditaria a perpetuidad, la hizo el Cardenal-Infante. No sólo se le
concedía el oficio de regidor, sino el ejercicio de procurador de todas las
Cortes que se celebrasen. Este decreto produjo gran irritación en la Corte.
<<
655 Noticias de Madrid
(507), 19 septiembre 1627. <<
656 Probablemente fue
cuando la cacería de lobos organizada en la Alcarria en noviembre de 1637
[Rodríguez Villa (240), 225]. <<
657 Carta del P.
Cristóbal Pérez de 22 junio 1637 [(491), XIV-138]. El Rey se asustó de la
acción de este labrador que hablaba de Wamba. Iba a su lado el Duque de
Pastrana (que es el que se lo refirió al jesuita), el cual pegó con la vela en
la cabeza al demente. El Rey mandó que le dejasen marchar, dándose cuenta de
que era un frenético y no un malvado. Pero se dijo que murió de «mil tormentos»
que le dieron. <<
658 Así nos lo cuenta
Guidi (437). Los jesuitas hacen también alusión al hecho, añadiendo, si bien
como rumor «que corre por la corte», que el Memorial de los segovianos contenía
«una súplica de las dos ciudades de Castilla que tienen voto en Cortes para que
Su Majestad mandase mudar Gobierno» [(491), XVI-498]. Todo es creíble en
aquellos tiempos en que la vida era perpetua comedia de capa y espada. <<
659 Cartas (344), 19
febrero 1639, 23 agosto 1639. <<
660 Véase Morel-Fatio
(194) Este «Garcerán Álvarez» es una equivocación de Don Garcerán Albanell,
arzobispo, en efecto, de Granda y maestro de Felipe IV, que al principio del
reinado de este escribió la conocida carta sobre sus paseos nocturnos acompañado
de Olivares. Murió en 1 de mayo de 1626 y no pudo, por lo tanto, escribir esta
otra carta, que aparece fechada en Granada el 24 de mayo de 1648. Y, aunque
hubiera vivido, era difícil achacarle esta sarta de tonterías, el no haber
reparado los biógrafos en esto, es pecado más grave que la equivocación de las
fechas. Sobre este personaje, véase Elias de Molins (189). <<
661 Romance de los
gatos, publicado en Jesuitas (491), XVI-224. <<
662 Cit. por Hume
(129), cap. VII. <<
663 A. G. Amezua (12),
14. <<
664 Las Nuevas de
Madrid de julio-agosto 1637 dan cuenta así de lo de Calpe: «Los moros saquearon
a Calpe, en el reino de Valencia, y ha venido de Mallorca un diputado a
representar a S. M. el gran peligro en que está aquella isla de ser saqueada y
tomada de los mismos moros por la gente que sacó de ella el año pasado»
[Rodríguez Villa (240), 207]. <<
665 Era Lujan un pobre
loco a quien daban arrebatos como éste, que tuvo apariencias de intento de
regicidio. Sus médicos, después de este suceso, le trataron «con adormideras y
la bebida grande», sin lograr que «volviera de su frenesí», en el que murió, atribuyéndolo
la gente a veneno del ministro. El P. Cristóbal Pérez, que cuenta el suceso,
supone, probablemente con razón, que el exceso del calmante fue lo que lo mató.
(Carta de 22 de junio de 1637) [(491), XIV-138]. Cuentan también el suceso las
Nuevas de Madrid del 20 de junio de 1637 [(240), 172]. <<
666 Roca (455), 279. Ya
se habló de la generosidad del Conde-Duque con este asesino. <<
667 Noticias de Madrid
(507), 27 julio 1623. <<
668 Cartas de jesuitas,
10 noviembre 1640 [(491), XVI-51]. <<
669 Algunos relatos
colocan el suceso, equivocadamente, en Daroca. <<
670 Refieren, entre
otros, este atentado Novoa (201), IV-47; Pellicer (211), 22 julio 1642, y
Cartas de jesuitas de 4 julio 1642 [(491), XVI-432]. Este último texto copia
una poesía, poco conocida, atribuida a Don Antonio de Mendoza, felicitando al
ministro por haber salido ileso, que demuestra que este venal poeta adulaba
entonces a Olivares con el mismo desparpajo con que le atacó a su caída.
<<
671 Mercedes Gaibrois
de Ballesteros (98), 22. <<
672 El 16 de marzo
apareció un mandato imperativo del Rey a los Grandes para que acudiesen a la
guerra [(491), XVI-289]. <<
673 En las Cartas de
jesuitas del 2 de abril de 1642 se lee: «Grande aprieto para que toda la
Nobleza salga con S. M., sin exceptuar ocupación ni enfermedad. El domingo 29
hubo bando para que dentro de ocho días se registrase a todos» [(491),
XVI-315]. Y en 23 de abril: «Han desterrado estos días algunas personas porque
habiendo prometido de salir con S. M. se excusan de la jornada» [(491),
XVI-334]. <<
674 «No faltarán
cantores para la Capilla Real [es decir, castiados], pues los señores de título
que fueron con S. M. a Zaragoza están con el beneficio del Señor Florián. Sus
mercedes tienen renta y así querrá S. M. ahorrar lo que de gastar había con los
cantores de la capilla... Escriben algunos cirujanos que les va muy bien en
aquella tierra, pues todos [los nobles] están perdidos de mujercillas. ¡Miren
qué modo de aplacar a Dios, y luego nos escriben que nos azotemos!» Madrid, 7
octubre 1642 [(491), XVI-469]. La última frase del malhumorado hermano alude a
la costumbre de los personajes de entonces de pedir a Dios ayuda mediante las
penitencias y disciplinas que encargaban a los frailes y monjas mientras ellos
seguían pecando alegremente. En la correspondencia de Felipe IV con Sor María
de Agreda hay abundantes testimonios, ya aludidos, de este singular modo de la
piedad, entonces de uso corriente. <<
675 Aparte de los
libelos sin responsabilidad, que categóricamente lo afirman, se habla de esta
actitud de Olivares, en algunos noticiarios de la época. Por ejemplo, en 8 de
abril de 1642 leemos: «Estos días se han hecho en el Retiro muchas juntas, así
del Consejo de Estado como de médicos y otras personas, para apoyar que no
conviene que salga el Rey. Ayer topó S. M. al protonotario, que traía una
consulta en la mano, y le preguntó: ¿Qué es eso? Dijo: Una consulta. Tomóla el
Rey y sin verla la hizo pedazos, y dijo: No me hagan consultas para no ir a
Cataluña, sino váyanse disponiendo para la ida» [(491), XVI-321]. Y en 23 de
abril — «Hase dicho que el confesor y la Condesa de Olivares han procurado
disuadir al Rey [de la jornada] y que el Rey ha respondido que si el Conde no
quiere salir que se quede» [(491), XVI-334]. <<
676 Novoa (201), VI-20
y siguientes. No es fácil seguir el itinerario a través de los discursos
interminables que intercalaba el ayuda de cámara entre los datos de verdadero
interés. La jornada fue así: Salió Felipe IV de Madrid el 26 de abril, por la
tarde, durmiendo en Barajas. El 27 fue a Alcalá, donde estuvo dos días
«encomendándose a Dios y visitando los conventos». Pasó a Loeches, donde estuvo
tres días, y de allí a Aranjuez, «donde se entretuvo en la caza y en sus
pensiles casi el mes de mayo». Partió el 20 de mayo, pasando por Ocaña, y fue a
dormir a Villarrubia. El 23 de mayo salió para Cuenca, adonde llegó en seis
jornadas por la aspereza del camino. La estancia en Cuenca se prolongó hasta el
25 de junio, en que salió para Molina de Aragón, por camino difícil, adonde
llegó el 29. Allí hubo revistas, reunión de tropas, Consejos, etc. Llegó a
Zaragoza el 27 de julio. La estancia en la región aragonesa duró hasta el 1 de
diciembre, en que retornó a Madrid. El relato de Novoa tiene rasgos y detalles
curiosos, sobre todo durante la estancia en Cuenca. Dice, por ejemplo, que
aconsejaron a Felipe IV que no subiese en carroza al palacio del obispo situado
en lo alto de la ciudad, pues «avisaron los corregidores que las casas eran tan
delgadas y tan flexibles que los coches las pondrían en el suelo». La
descripción que hace el autor de Cuenca, está muy bien. «Lugar —dice— notable y
de elevada subida, puesto en el lomo de un monte, apuntaladas las casas en
forma de navío, que parece estaban en el cielo, con dos bajíos muy hondos, por
donde pasan los dos ríos.» <<
677 Jesuitas (491),
XVI-300 y 342. <<
678 «Respondióles [a
los de Cuenca] que S. M. venía allí a hacer tiempo para las levas de gente que
se hacía en todo el remo y a ver si había de hacer la guerra a los catalanes
por Aragón o por Valencia» [Novoa (201), IV-33]. <<
679 Jesuitas (491),
XVI-373. <<
680 «Se encaminará a
jornadas lentas para Valencia, aguardando a los que le han de seguir.» Carta de
20 de abril de 1642 [(475), XVI-342]. «A 29 del pasado llegó S. M. a Cuenca, y,
según los que le siguen, se detendrá en aquella ciudad algunos días, aguardando
a que se haga cuerpo de la gente que va encaminándose por todas partes.» (Carta
de 3 de junio de 1642) [(491), XVI-387]. <<
681 La primera
entrevista la tuvieron en Loeches, a los tres días de salir de Madrid el Rey
[(491), XVI-342]. El 14 de mayo se volvieron a ver en Getafe [(491), XVI-369 y
370]. Poco después se vieron en Vaciamadrid. «Fue la última despedida, y se
dice que la Reina exhortó al Rey a que se partiese luego» [(491), XVI-384].
<<
682 Pellicer (24), 6 de
mayo de 1642. Carta del P. Lucas Ranges del 6 de mayo de 1642 [(475), XVI-346].
El padre dice que «la Reina, nuestra señora, tuvo un achaque que obligó al Rey
a volver a Madrid». Pellicer aclara que fue melancolía. <<
683 «Quedóse en Madrid
el ministro; quien decía a disponer las cosas de la jornada; otros, que a la
potestad de la Corte y a la majestad de Palacio y a las delicias entre Madrid y
el Retiro [Novoa (201), IV-21]. La primera razón era, sin duda, la exacta. El
P. Sebastián González dice: «S. M. está en Aranjuez aguardando al señor
Conde-Duque, que debe detenerse para que la gente se vaya juntando.» 6 mayo
1642 [(491), XVI-361]. «Hoy ha salido el Conde-Duque a encontrar a S. M.,
habiéndose detenido por razón de unos asuntos de plata.» 21 mayo 1642 [(491),
XVI-370]. <<
684 «El señor
Conde-Duque partió hoy de aquí [Madrid] para Aranjuez, donde está S. M. No se
debe haber podido desembarazar antes y aun se cree que se apresuró su viaje con
ocasión de un billete que tuvo de SS. MM. ¡Quiera Dios que con esto se prosiga
la jornada!» Carta del P. Sebastián González. 20 mayo 1642 [(491), XVI-364].
«El Conde-Duque, se dice, recibió aquella noche un papel del Rey en que le
decía se partiese luego, y que si el martes no estaba en Aranjuez no le
aguardaría. Salió de Madrid el martes por la mañana; acompáñale nuestro padre
provincial» (el P. Aguado) [(491), XVI-385]. <<
685 Incluso por su
reciente biógrafo Quazza (225). <<
686 Esta reunión se
celebró en Cuenca y no en Molina de Aragón, como dice Guidi. Era natural que
fuese así, pues en Molina ya no había que discutir si ir o no a Aragón, porque
está en el camino de Zaragoza. Es muy dudosa esta disputa entre Grana y González
después de lo dicho en el texto. Este Carreto, Marqués de Grana, al que Guidi
dedica grandes elogios como militar y diplomático insigne, políglota (cinco
lenguas), etc., da la impresión de una moralidad y una formalidad dudosas. El
opúsculo Espíritu de Francia [(83), 28] dice de él: «Nadie desengañará jamás de
la sospecha que tienen muchos de que el Marqués de Grana ha ayudado por cierto
camino a la toma de Luxemburgo. Esto está tan claro como el sol del mediodía.
Cuatro o cinco millones que ha dejado son grandes indicios.» La versión de
Guidi describe la polémica violenta entre Grana y González. Éste se ofendió
mucho porque Grana le llamó «señor licenciado». El embajador era aficionado al
buen vino, y le llamaron los amigos del Conde-Duque «Sócrates borracho». A
Grana, que adquirió en estos días gran popularidad, le atribuyeron falsamente,
como es sabido, la paternidad del relato de Guidi. (Véase Apéndice II.)
<<
687 En una carta de los
jesuitas del 21 de enero de 1642 se lee: «El embajador de Alemania, que se vino
de Zaragoza encontrado con el Conde-Duque, escribió al Emperador su parecer y
éste le escribió a S. M. que convenía apartar de sí al Conde, lo cual dicen ha
movido al Rey» [(491), XVI-498. <<
688 En los últimos
tiempos, sin embargo, el Conde-Duque no estaba tan conforme como en los
comienzos del reinado con la política del Emperador. En 1639 escribía al
Cardenal-Infante: «Dios nos asista, y a V. A. también con esto de los alemanes,
que en todas partes es materia para pedir ayuda omnipotente de Nuestro Señor,
porque otra cosa no basta, porque el Emperador está sin Gobierno ninguno y
perdido sin remedio y nos ha de llevar a todos tras sí si no nos asiste Dios»
[Cartas (344), 23 octubre 1639.] Y poco después: «Lo de Alemania, señor, está
totalmente perdido y el Emperador o vendido o mal servido por lo menos;
confieso a V. A. que después que trato negocios no he visto casa más abandonada
m más sin pies m cabeza» [Cartas (344), 2 noviembre 1639]. Y este otro juicio,
que es una dolorosa rectificación de su antigua política alemanista: «Señor, lo
que conviene es hacer cuenta que Picolomini no ha de volver, y hacer gente y
alemanes nuestros con lo que él nos había de costar, y tener fuerzas propias, pues
todo lo demás tal como corre el Gobierno del Emperador, es fabricar sobre
arena, y esto a costa de vasallos buenos» [Cartas (344), 2 noviembre 1639]. Es
muy posible que estos juicios llegasen a oídos del Emperador y la actitud
hostil de Grana tomase, en parte, pretexto de ellos. <<
689 Dice, por ejemplo,
Novoa: «El Rey daba prisa a que se pusiese en orden el ejército, que no la daba
otro.» Decía el Rey al Marqués de Leganés: «¿Por qué no os vais? ¿A cuándo
aguardáis a partir?» y otros muchos trozos más del natural, que nos le hacen
ver en situación muy distinta a la del «pájaro en la jaula» [(201), IV].
<<
690 Siri llega a decir
que los Olivares impidieron el trato íntimo entre los dos Reyes (257), 382].
<<
691 Hume (129), cap.
IV. <<
692 Las Nuevas de
Madrid de 18 de octubre de 1636 dan esta noticia: «El señor Almirante de
Castilla dicen que ha de entrar en Francia acaudillando la gente de guerra que
trae consigo y los vizcaínos y guipuzcoanos. Mandó ahorcar al relojero de la
Reina, de la calle de Santiago, que llevaba consigo y le servía de espía,
habiéndose averiguado que lo era doble, y que los 200 hombres que pedía para
volar la casa de la pólvora de Bayona era para llevarlos al degolladero»
[Rodríguez Villa (240), 53]. Otra, de 28 de noviembre de 1637: «A los 19
prendieron en una posada..., a un caballero francés..., cuentan unos que por
espía y otros porque venía a entregar ciertas plazas usando de embeleco y
embuste» [Rodríguez Villa (240), 224]. La vigilancia contra los espías era tal,
que se tomaba por venganza contra los enemigos hacerles esta denuncia, como
puede verse en la noticia siguiente: «Estos días pasados prendieron en
Valladolid a un Don Andrés de las Cuevas, que vivía junto al gallinero de San
Ambrosio. Trajéronle aquí, a la corte, preso con dos pares de grillos y cuatro
guardas. Dicen es por un testimonio que le ha levantado a Don Antonio del
Águila escribiendo al Conde-Duque, que traía inteligencia con los franceses,
por lo cual estuvo preso el dicho Don Antonio» (24 noviembre 1636) [(491),
XIII-535]. Se pensaba —tal era el recelo— que pudieran ser espías de Richelieu
hasta los enemigos declarados de éste, como una mujer interesante que vino a
España por aquellos años, y de la que sólo podremos ocuparnos aquí muy sucintamente.
Me refiero a María de Rohan-Montbazon, Duquesa de Chevreuse. El libro de Víctor
Cousin (73) aclara que esta famosa aventurera estaba realmente perseguida por
Richelieu y se acogió al asilo de España porque Felipe IV era el hermano de su
amiga Ana de Austria. Su entrada en España fue dramática: a caballo y vestida
de hombre, por el Pirineo. A Madrid llegó el 6 de diciembre de 1637, entrando
con gran alboroto público, pues era muy guapa y desenvuelta. El autor de las
Nuevas de Madrid [véase Rodríguez Villa (240), 233] la describe como «muy
bizarra, despechugada y desenfadada, mirando a los que caminaban delante y a
los lados». La Corte se deshizo en fiestas en su honor. Su belleza y su aire
decidido cautivaron a los galanes madrileños y se llegó a decir que incluso al
Rey. Uno de los jesuitas que se ocupó de ella dice, con notoria alarma, que era
gran jugadora de pelota. Gayangos, en el Prólogo al tomo XIV del Mem. Hist.
Esp. (pág. 8), copia una carta del capitán Don Jerónimo de Luna, que transcribe
bien la impresión que hizo la francesa en España. Dice que la vestía y
desnudaba «un camarero que trae de allí, mozo de treinta años, y esto último
—añade— es fuerza que les parezca bien a las señoras de Madrid, y espero que ha
de quedar entre ellas introducido el uso por muy acomodado». Era público que
era una enemiga de Richelieu, y las Nuevas de Madrid de 12 de diciembre de 1636
refieren «que un ministro muy grave ha dicho que la venida de la Chevreuse a
España ha importado más que si hubiésemos ganado y tomado al francés tres
plazas fuertes e importantes» [Rodríguez Villa (240), 236]. Pero poco después
se empezó a murmurar que «su venida era maliciosa y trazada por el cardenal
[Richelieu]» y que «Richelieu nos engaña por medio de una mujer» (Cartas de jesuitas,
16 de mayo de 1638) [(491), XIV-114 y 115]. Se aseguró también que hizo sondeos
en el puerto de La Coruña para la escuadra francesa, que, en efecto, intentó
entrar allí en 1639. Salió de España y fue a Inglaterra, quizá con una misión
que no llegó a cumplir y que no nos extrañaría dada la afición del Conde-Duque
a servirse de gentes raras para sus intrigas internacionales. El espíritu
aventurero e intrigante de la Duquesa pelotari debió prestarse bien a tales
manejos. Hay, sin duda, algo oscuro en sus idas y venidas; pero lo cierto es
que mientras vivió el Cardenal no pudo entrar en Francia. De otra gran señora,
alojada en España, la Princesa de Carignan, se sospechó también que pudiera ser
espía de Francia. <<
693 Pérez de Guzmán,
Prólogo a (56), pág. 174. <<
694 Hauser (118), 327.
Vassal-Reig dice que, a partir de la sublevación de Cataluña, Doña Isabel «fue
más española que Felipe IV»; pero hasta entonces «tal vez favorecería los
manejos» de la Corte de Francia [(273), 15]. <<
695 Véase Cartas de
jesuitas (491), XVI-382, 385 y 428. <<
696 En la carta del P.
Martín Montero de 5 julio 1642 se lee, por ejemplo: «La Reina sale muy a menudo
a ver las compañías de soldados y habla mucho con los capitanes, exhortándolos
al servicio del Rey. Dijo los días pasados que por qué no se despachaban
algunas compañías, y diciéndola que no había dinero replicó que se gastase lo
que en tal parte estaba, y luego, si fuese necesario, se vendiesen sus joyas»
[(491), XVI-428]. <<
697 Siri, en su
Mercurio (257), dice que el empréstito lo hizo la Reina no con Corticos, sino
con Mazzei, florentino, por valor de 300.000 escudos de plata. <<
698 Véase (354). Estas
cartas se acompañan de otras de la Infanta al Conde-Duque y la contestación de
éste, muy semejante a las de la Reina; por eso no las publico. <<
699 Novoa (201) la
llama «la determinación impía del vellón», gracias a la cual «se veían las
médulas de los huesos de los vasallos». Se contaron grandes desdichas de esta
medida, probablemente exageradas. El mismo Novoa dice que «la viuda de Lelio
Imbrea se hallaba a esta sazón con cerca de un millón de cuartos y aquel día se
halló sin nada». Y que «un caballero de Carmona, al que cogió la baja con
100.000 reales, tomó una guitarra y se puso a danzar con sus criados» (Cartas
de jesuitas, 20 septiembre 1642) [(491), XVI-465]. No en todas partes produjo
este efecto la baja, pues la misma carta dice que en Soria, desde donde está
escrita, «ha sido muy bien recibida la rebaja de la moneda, porque era tanta la
carestía de los precios que no se podía vivir; han abaratado mucho las cosas y
algunas de ellas una mitad». <<
700 El libelo atribuido
a Quevedo (438) hace alusión a esto: «Vuelto el Rey a Madrid... tuvo lugar,
ocasión y manera la Reina, por las caricias con que el Rey la trataba, de
introducirse diestramente a discurrir a S. M., etc.» También Siri, que habla de
que los consejos de la Reina a su marido fueron dados «con arte, en esos
momentos que las mujeres saben aprovechar bien en ventaja suya» [(257), 383].
<<
701 Los papeles
contemporáneos dicen, como antes se advirtió, que ayudó mucho a la Reina Don
García de Haro y Avellaneda, Conde de Castrillo, que el propio Conde-Duque
dejó, en su ausencia, encargado de la superintendencia de Hacienda. Era, a
pesar de esta confianza del Valido, enemigo suyo por parentesco con el Marqués
del Carpió, padre del desheredado Don Luis de Haro, y porque le habían quitado
la presidencia de Indias para dársela al bastardo de Olivares. El papel
Relación de lo sucedido (452) refiere que el Conde-Duque le pidió dijera al Rey
que en breve podría disponer de varios millones, a lo que Castrillo, incapaz de
mentir, se negó, riñendo los dos violentamente. El Rey los careó y se
convenció, una vez más, de la falsía de su Valido. No hacen los jesuitas ni
Novoa mención de este incidente, seguramente fantástico. En los jesuitas se
encuentra el relato de un incidente análogo al atribuido a Castrillo —es decir,
un noble que se atreve a decir al Rey la verdad que el Conde-Duque ocultaba—;
pero el protagonista es, no Castrillo, sino el Marqués de Aytona, muy querido
del Rey, como se demuestra en el elogio que hizo de él Don Felipe a Sor María
de Agreda cuando, años después, se le confió el mando de los ejércitos de
Cataluña, en febrero de 1647 [Cartas (344), 1-193], aunque por poco tiempo,
pues sus faltas hicieron que en el otoño del mismo año se le destituyese y
encerrase en La Alameda (que después se llamó «de Osuna»). Dice el jesuita que
el Rey topó en Palacio con Aytona, que acababa de llegar de Zaragoza, «y le
preguntó lo que había de Aragón y Portugal, a lo que el Marqués respondió claro
lo que sentía. Fuese el Rey al cuarto del Conde-Duque y le dijo: "¿No me
dijiste esto y lo otro?" Respondió asintiendo el Conde, y luego añadió el
Rey: "¿Pues cómo el de Aytona me ha dicho lo contrario?" Quiso
llamarle el Conde, a lo cual no dio lugar el Rey, y le dijo que se retirase a
su quietud y le diese la llave de dos vueltas, y le dejó» (Carta de 21 de enero
de 1643) [(491), XVI-497]. <<
702 Ya en 1635, es
decir, cinco años antes de la sublevación de Portugal, decía el P. Sebastián
González: «De Lisboa escribe un padre de la Compañía que los caballeros y
títulos de Portugal están muy sentidos de que la señora Duquesa de Mantua no
les trate con las cortesías que ellos quisieran» (1 abril 1635) [(491),
XIII-155]. Hay, claro es, otras muchas pruebas, aparte de esta impresión, tan
expresiva, del jesuita. Los mismos biógrafos apologistas, como Quazza, no
pueden decir apenas nada bueno de ella; reconocen, sobre todo, su altanería
insufrible [(255), 233]. <<
703 En Badajoz estuvo
muy enferma: el Rey la envió los médicos de Palacio y, cosa rara, sanó
[Pellicer (211), 3 septiembre 1641]. Este mismo Pellicer cuenta el incidente,
varias veces reproducido, de un caballero de Santiago, Don Gregorio de Tapia,
que se enamoró de la menina de la Duquesa, la Condesa de la Bastida. La
Duquesa, siempre dispuesta a molestar, se oponía a estos amores y Don Gregorio,
para vengarse, «tomó las chirimías con que acostumbraba a salir a asistir a los
enfermos el Santísimo Sacramento» y se dirigió hacia la casa de Doña Margarita,
que esperaba de rodillas, y entró rodeado de los músicos y de las hachas
encendidas un mulato desnudo. Todo ello demuestra hasta qué punto podía ser
botarate un caballero de Santiago. <<
704 Siri dice: «La
verdadera causa de la salida de la Duquesa de Mantua de Ocaña, sin haber
recibido permiso, fue una orden secreta que recibió de la Reina para venir a
Madrid...; el pretexto, aparente, de su viaje fue el estado miserable en que se
hallaba» [(257), 388]. Lo del estado miserable es, sin duda, un elemento
legendario; ya hemos visto que se comunicaba y hablaba largamente, con el Rey,
y éste no consentiría su indigencia, aunque a la incómoda Princesa todo le
parecía poco y en todas partes se quejaba. Dicen también los libelos que fue
alojada miserablemente en un cuarto desnudo, en el pasadizo que unía el Alcázar
con el convento de la Encarnación; pero no es exacto. Desde su llegada estaba
«aposentada en un cuarto de la Encarnación, con guardia a la puerta como
persona real». Carta del P. Sebastián González [(491), XVI-490]. <<
705 De la Mantua en
Madrid hablan el P. Sebastián González [(491), XVII-481] y Pellicer [(211), 25
octubre 1644], etc. El tratamiento que la dieron los Reyes era idéntico al de
su cuñada la Princesa de Carignan, que vivía desde hacía tiempo en Madrid. Esta
Cangnan era también una mujer llena de piques y altanerías, muy parecida a la
Mantua. No dejan, por cierto, de ofrecer dudas algunos de sus pasos en España.
Probablemente, por de pronto, estuvo en combinación con la Mantua en el pleito
del Conde-Duque. Que éste la conoció y la tenía reconocida mala voluntad lo
demuestran estas palabras de Don Gaspar en carta al Cardenal-Infante: «Señor,
esta Princesa de Carignan nació para martirio de todos, y a fe, señor, que por
el camino que sea posible es menester ponerle remedio» [(344), 20 marzo 1637].
También se sospechó que pudiera estar en relación con los franceses. Una carta
del P. Sebastián González, en mayo de 1643, nos cuenta que Don F. Antonio de
Alarcón y Don José González fueron a su casa de Carabanchel, con buen golpe de
alcaldes, alguaciles y guardias, porque «se correspondía con Monsieur de La
Mota y le tenía avisado que estuviese con 1.000 caballos en cierto punto»;
«cogieron en Alcalá a un catalán que era el internuncio por donde iban y venían
las cartas» [(491), XVII-97]. <<
706 Véanse, sobre todo,
Guidi (437) y Siri [(257), 393], tomado en gran parte de Guidi. <<
707 Dice el P.
Sebastián González, el mejor informado de los jesuitas, cuya correspondencia he
aprovechado tanto, en carta de 25 de marzo de 1642: «Lo que ahora está más
válido es la jornada de S. M. a Cataluña. Estaba echada por Agreda, que es raya
de Castilla y de Aragón» [(491), XVI-299]. <<
708 Véase el Memorial
de Ripalda (402). Este P. Santo Tomás intervino también haciendo creer al Rey
en las profecías de Chirimoya, asunto tocado en otras partes de este libro. Fue
autor de un tratado político, estudiado por Desdevises du Dezert [(80), 37].
<<
709 Ya Silvela dice que
el Rey «se detuvo expresamente en Agreda para visitar a la venerable madre el
10 de julio de 1643» [(256), 1-90]. Era la monja hija de dos hidalgos de
aquella ciudad e ingresó desde niña en el convento, alcanzando por sus virtudes
el cargo de abadesa cuando tenía veinticinco años. La absurda deformación que
produce el prurito de lo pintoresco en los extranjeros no podía conformarse con
esta versión, y menos tratándose de Felipe IV y de una monja; y así leemos en
Soulie [(259), 184] ¡que Sor María había sido en el mundo amante del Rey!
<<
710 Jesuitas, 21 de
enero 1643 [(491), XVI-497]. <<
711 El mismo valor
tiene una carta del Rey al Duque de Medina de las Torres, el 25 de enero de
1643, dándole cuenta de la salida de su suegro, en tono afectuosísimo (373).
<<
712 Véase Apéndice
XXVIII. <<
713 Sobre las fuentes
de este suceso véase Apéndice II. <<
714 Es este billete, en
efecto, muy parecido al decreto del día 24 de enero. Insiste mucho en él, en el
aborrecimiento del pueblo a la persona de Olivares, por lo que le concedía la
licencia, reiteradamente pedida, para salvar su vida, evitándole así a él —al
Rey— el dolor de ver padecer a un servidor tan bien amado. <<
715 Guidi (437). Es
ésta otra de las frases desaparecidas en la versión española. Está en español
en la edición original italiana. <<
716 A este paseo, en
evitación de escenas patéticas, debe referirse la carta del Conde-Duque al
Príncipe Baltasar, copiada más adelante. <<
717 La falsedad de esta
frase se evidencia, además, porque en cada versión del relato de Guidi aparece
de distinta manera. Lo de «la horca» falta en muchas. En las versiones
españolas, tanto en las de la variedad «Quevedo» (433) como en las de la
variedad «Carreto» (439), falta por completo, y es tanto más de extrañar por el
gusto que hubiera dado a los libelistas y a sus lectores. <<
718 Como es sabido, la
puerta y jardín de la Priora estaban al este del Alcázar, en el terreno que hoy
ocupan parte de la plaza de Oriente y las demolidas caballerizas. <<
719 Dice Novoa (201),
por ejemplo, que acompañaban al Conde-Duque en el coche de la fuga el P. Pecha
y el P. Aguado. Ninguno de los dos iba con él. El relato de Guidi (437) dice
que salió como un malhechor, acompañado de dos jesuitas: eran, sí, dos hombres
con traje talar: Martínez Ripalda y Rioja, que no era jesuita. Pellicer (211)
dice que le acompañaban «Tenorio, su confesor, y el Inquisidor Rioja». Sin duda
confundió a Tenorio con Grajal, que era, y no aquél, el acompañante. Barrera
[(29), 70] estudia las diferentes versiones y concluye que sus cirineos eran
Ripalda, Grajal, Tenorio y Rioja. No tienen importancia estos detalles; pero lo
casi cierto es que fueron estos que dice Barrera. <<
720 Relaciones
topográficas [(234), 360]. Dice Guidi (437) que Loeches tenía 80 casas en
tiempo del Conde-Duque A mediados del siglo XIX solo tenía 158 [Madoz (153)].
<<
721 En la Colección
Solazar (425) existe el documento de Desmembración y venta de la villa de
Loeches, que da curiosos detalles de su historia. Resulta de ella que en 1579
fue vendida la villa al genovés Baltasar Cataño o Castaño «para atender a los
grandes gastos de la guerra». Este Castaño traficaba con estas compraventas
desde los tiempos de Felipe II: véase mi libro (168). Tenía, por entonces, la
villa 403 vecinos. El coste de la venta fue de 608.160.772 maravedíes y medio.
En 1581, Castaño cedió y traspasó la dicha villa de Loeches y todo su contenido
a Don Iñigo de Cárdenas Zapata, del Consejo Real, Comendador del Corral de
Almaguer, de la Orden de Santiago. Este Don Iñigo y su mujer, Doña Isabel de
Avellaneda, fundaron el Loeches el humilde convento de Carmelitas y en Madrid
el de monjas de la Orden de Santiago con título de Santiago el Mayor. En 1633
habían muerto los esposos Cárdenas, y los patronos del convento de Madrid
sacaron la propiedad de Loeches a venta y «hubo varias posturas y pujas, y la última
fue por parte del Excelentísimo Sr. Don Gaspar de Guzmán en 170.200 ducados,
pagados al contado, y se remató a S. E. y se depositó el dicho dinero». Firmó
la escritura, en nombre de Olivares, Don José González, y actuó como secretario
de S. M. y oficial mayor de la escribanía de cámara del Consejo de la Orden,
por parte de la de Santiago, Don Francisco de Quevedo. Supongo que sería el
gran poeta, que aparece firmando con el mismo título otros documentos en 1643,
recién salido de su prisión. Véase Díaz Ballesteros (81), 179. <<
722 Como todo lo
referente al Conde-Duque tiene su leyenda, perdura aún en Loeches, entre la
comunidad y también en la Casa de Alba, la tradición oral (no he encontrado
ninguna referencia escrita) de que un día el Valido y su mujer, paseando por el
pueblo, quisieron visitar el convento de Carmelitas. Éstas no les recibieron, y
entonces el orgulloso ministro juró levantar enfrente otro que le hiciese
sombra. No hay para qué insistir en la inverosimilitud de este cuento. No había
iglesia ni convento que no se abriese, alborozadamente, al poderoso magnate,
señor de España. <<
723 Don Pedro Rodríguez
Campomanes (237) marca en once leguas y media la distancia entre Aranjuez y la
Venta de Meco, pasando por Bayna, Arganda y Loeches. Para ir de Madrid a
Loeches se iba, probablemente, hasta Torrejón de Ardoz y de allí a Loeches; unas
cinco leguas: algo más de lo que dicen los papeles de la época. <<
724 Rodríguez Villa
[(240), 133]. Estas aguas que trajo el Conde a su casa y al convento nacían en
el valle de Roenes (sic), hoy Val de Ruines. La conducción costó 8.000 ducados.
El pueblo, pobre en aguas potables hasta entonces, poseía el manantial de las
medicinales, que más adelante se difundieron mucho. La inauguración de las
aguas se hizo el 12 de junio de 1637, con grandes fiestas y alborozo en el
pueblo. Este viaje ha sido ya citado por la rapidez con que lo hizo el Valido.
No los cita el doctor Alfonso Limón Montero en su famoso Espejo cristiano
(143). Habla mucho, en cambio, de las aguas de Corpa, lugar no lejano de
Loeches. En toda esta región hay manantiales medicinales, pero a todos los ha
eclipsado el de Loeches y el de Carabaña. Según el doctor Limón, tomaban el
agua de Corpa, con gran éxito, Felipe II, que era muy estreñido, Felipe III y
Felipe IV; pero Limón asegura que a este último le hicieron daño, contribuyendo
a la formación del gran cálculo renal que el cirujano Oliver le encontró en la autopsia.
También tomaba este agua el Cardenal-Infante Don Fernando, y con tanta afición
que, según el doctor, se la hacía enviar a Flandes, confirmándolo las Nuevas de
Madrid, según las cuales enviaba a su criado Ortis a buscarlas desde tan lejos.
Es seguro que el Conde-Duque, tan entusiasta de todo lo de Loeches, se las
haría beber al Rey. Ford [(95), 11-882] habla de estas aguas de Corpa, «que
abren tanto el apetito, que, según Morales, un labrador que las bebió se comió
de una vez el pan que llevaba para toda la semana, de donde el nombre de Fuente
de las siete hogazas»; observa el viajero inglés la incongruencia de que aguas
de tal virtud aperitiva existan en una región donde el apetito es normalmente
más importante que los modos de satisfacerlo. <<
725 Dan la noticia los
jesuitas (Carta del P. Lucas Rangel, 20 noviembre 1640) [(491), XVI-80], y,
sobre todo, Pellicer [(211), 27 noviembre 1640]. Dice éste que a la ceremonia
de la mudanza y exposición del Santo Sacramento en la iglesia asistió el Rey,
pero «con poco ruido y ostentación». Dijo la misa de pontificias el señor
presidente de Castilla y predicó fray José de la Cerda, obispo de Almería. A
los pocos días visitó también el convento la Reina. Sobre la obra del convento
de Loeches hay numerosas noticias en el Archivo de Protocolos (426); debo estos
datos a la ilustre escritora Doña Nicasia Luis Castrovila y al Marqués del
Saltillo, que prepara la publicación de estos documentos. La traza y ejecución
del convento fue obra de Cristóbal de Aymbra, que, con su hermano Juan y a las
ordenes de Alonso Carbonel, fueron también arquitectos del Buen Retiro.
<<
726 Novoa (201),
IV-157. <<
727 Véase la historia
de estos cuadros en el Apéndice XXXIII. <<
728 Fue este zócalo
trasladado a la portería de las oficinas de la casa del Duque de Alba, en
Madrid, que ahora ha sido demolida. <<
729 Ya hablaré de la
respuesta del Conde-Duque y de Bolaños a estos ataques por el lujo de Loeches,
que concretó la acusación de Mena. Novoa tenía la obsesión de Loeches. «Cuando
—dice una vez— un edificio sin moderación y sin medida se mostraba, sin empacho
de lo gastado, a cinco leguas de Madrid, cuando pudiera ser alivio de
necesidades públicas, de armadas, de ejércitos, etc.» [(201), III-301]. Otra
vez describe la grandeza de Loeches, que pasaba ya de los 300.000 ducados de
gasto, produciendo maravilla que el Conde, que unos años antes tenía que
empeñarse «para comprar una librea en una fiesta y apenas la podía pagar»,
derrochase así el dinero en un edificio inútil [(201), III-354]. <<
730 Entonces esta
tribuna, como era costumbre, comunicaba con las habitaciones de Olivares. Ahora
está aislada de las ruinas del palacio. <<
731 Véase Siri [(257),
427] y carta del P. Sebastián González de 1 de febrero de 1643 [(491), XVII-2].
Este padre, informado, sin duda, por el propio Ripalda, que dirigía el rosario,
cuenta que el Valido le ofrecía por la salud de SS. MM., con lo que probaba su
falta de rencor hacia ellos. <<
732 Se conservan en el
convento de Loeches, en efecto, algunos manuscritos, redactados, al parecer,
por alguna monja que trataba al Conde-Duque. Es lo único que se salvó de la
rapiña cuando la francesada. En el manuscrito a que ahora nos referimos, titulado
Algunas notas biográficas, da detalles sobre otras devociones de Olivares y
sobre la complicación con que rezaba el rosario (305). <<
733 Así lo refiere el
P. González en la carta citada, nota 12. Añade que el Condestable pidió permiso
al Rey para ir a Loeches y éste le contesto «Id en buen hora, pero ni le veréis
ni le hablaréis». <<
734 Pellicer (211), 14
julio 1643. <<
735 Novoa [(201),
IV-93]. Persistía, pues, la manía de Olivares en rodearse de espías, o la manía
de Novoa de verlos en todas partes. <<
736 Carta del P.
Sebastián González, 3 marzo 1643 [(491), XVII-31]. Algunos autores refieren,
falseándolo, este incidente entre el Conde y los labradores durante la estancia
de aquel en Toro. <<
737 Véase (356). Es un
papel de letra de la época, con toda certeza auténtico, del Conde-Duque.
<<
738 Véase Jesuitas
(491), XVII-105 y 109. <<
739 El sobre de la
carta que indudablemente copió Ripalda y se lo mostró a los compañeros de
Orden, decía así: «Al señor Don Luis de Haro, mi señor y mi sobrino, mi amigo y
mi valedor, que Dios guarde más que a mí, como deseo y he menester»: literatura
de náufrago. <<
740 Seguramente la
obesidad y la arteriosclerosis de Don Gaspar le hacía temer el clima caluroso
de Andalucía. También hablan los jesuitas de que tal vez elegiría «el Jardín» a
ser nuestro vecino» [(491), XVII-103 y 106]. No sé dónde estaba este «Jardín próximo
a los Jesuitas. <<
741 Novoa [(201),
IV-19]. Más adelante escribe: «Los tributos que con su caída pareció que se
moderaban subieron a mayor crecimiento y la necesidad su aumentó» (Ibidem, pág.
84). Véase también IV-95. Y Pellicer (211), 12 octubre 1643. <<
742 Véase Cartas de
jesuitas, 2 mayo 1643 [(491), XVII-85]. Se decía que se le estaba preparando la
casa de Uceda para vivienda. Lo mismo afirma Novoa: «Decían en la corte que
andaba un duende en Palacio [Olivares] y que el Rey le escribía y se aconsejaba
en él» [(201), VI-118]. El Memorial de Ripalda (402) alude también, negándolas,
a estas supuestas entrevistas en el Buen Retiro. <<
743 Memorial de Don
Antonio de Galarza (397). Da, en efecto, la impresión de un exaltado, no
normal. Él mismo se titula «sacerdote desvalido, desdichado y perseguido, pobre
y hambriento». Fue preso a consecuencia de este atrevimiento, y desde su cárcel
escribió otro Memorial, insistiendo en sus puntos de vista y pidiendo que le
libertasen, el cual fue entregado al Rey, al salir de Palacio, el domingo
siguiente. <<
744 Hay otros
testimonios de esta ingenua actitud popular, que hemos visto repetida en el
mismo Madrid cuando la caída de la Monarquía en abril de 1931 «No se fue, que
le hemos echao», vociferaba la plebe. <<
745 Llevaba recados del
P. Pereyra al P. González (491), XIV-204. <<
746 Véase Sagredo
(382). <<
747 Veáse Jesuitas
(491), XVII-98. <<
748 Véase Silvela
(256), 1-72. <<
749 Sin embargo,
Cánovas leyó deprisa el documento. Llama a Ahumada, su supuesto autor, Humena,
tomando la equivocación, sin duda, de la carta de Nicolás Sagredo (382). Al
referirse a las cartas del P. Sebastián González, que hablan de estos asuntos,
le llama repetidamente «el P. Rafael», y no era Rafael, sino Sebastián. Rafael
era el P. Rafael Pereyra, a quien las cartas iban dirigidas. Es, pues, esta
información del gran historiador un tanto atropellada. <<
750 Pérez de Guzmán
(214). Sus elogios al Nicandro son desmesurados. Llega a decir que «las
Memorias atribuidas en nuestro tiempo al Príncipe de Bismarck, en Alemania, no
admiten comparación con el Antídoto del Conde-Duque». <<
751 El P. Sebastián
González dice: «Coligen no es el autor Ahumada, sino persona de más
importancia.» No hay duda que esa persona importante, a la que no nombran por
el miedo que aún perduraba, era el Conde-Duque. Cánovas opina así también y
resueltamente [(55), 1-171] y lo mismo Morel-Fatio (194). <<
752 Carta del P.
Sebastián González de 9 de junio 1643 [(491), XVII-110]. El biógrafo de Rioja,
D. C. A. de la Barrera, le atribuye también la paternidad del escrito (29).
Novoa (201), IV-120. <<
753 Véase Jesuitas
(491), XVII-104. Añade el hermano Ruíz que algunos decían que lo político era
del Conde, lo moral de otro y lo teológico del P. Martínez Ripalda. <<
754 En la versión del
Nicandro que se conserva en el Manuscrito (301) se atribuye su paternidad a
«Don Joseph González, del Consejo Real, aunque salió sin nombre de autor».
Desde luego, puede darse por falsa esta atribución, que demuestra que cada cual
suponía como autor a cualquiera de los amigos de Olivares. <<
755 A la misma
conclusión respecto a la paternidad de El Nicandro, llega autor de tan
indiscutible autoridad como A. G. de Amezua en el excelente estudio que ha
dedicado a este punto (15), en el cual cita un testimonio interesante, no
conocido por mí, del Duque de Híjar, que asegura «cómo habría hecho El Nicandro
el Conde». Como dice el mismo Amezua, es difícil colegir de su declaración si
acusaba a Don Gaspar como redactor directo del papel o sólo como inspirador. En
todo caso, era una acusación apasionada, puesto que Híjar capitaneaba a los
Grandes que estaban decididos a hundir al ministro. <<
756 El P. González dice
que el impresor, asustado, fue a advertir al alcalde del peligro de imprimir un
papel «tan acedo», y el alcalde le respondió: «Enmiende allá lo que le
pareciere e imprímalo». <<
757 Novoa (201),
IV-123. <<
758 El texto completo
de esta acusación puede verse en (404). <<
759 Véase (491),
XVII-156 y Pellicer (211). En éste, como en otros muchos puntos, Pellicer sigue
de cerca y a veces copia literalmente a los Jesuitas. <<
760 Este importante
papel de Bolaños dice, por ejemplo: «No sé cómo puede haber quién se atreva a
recibir a V. M. culpas del Conde tan fuera de fundamentos, porque aunque le
tuvieran [el fundamento] muy grande, se habían de referir con más decencia por
no dejar de tocar parte a su real grandeza, así por la elección del puesto en
que le puso como por la asistencia continuada con que le mantuvo en él» (292).
<<
761 Véase (407).
<<
762 Noticias
interesantes sobre Adam de la Parra y los acontecimientos de este período en
Entrambasaguas (84). Pero, en verdad, y a pesar de los copiosos documentos
originales que acompañan a este estudio, queda un tanto oscuro —no tanto como
en el caso de Quevedo— el motivo de la prisión del Inquisidor que tanto tuvo
que ver con nuestro gran poeta. <<
763 «Partió de aquí
[Salamanca] para Madrid la Condesa de Monterrey, no quiso ir a Toro a ver a su
hermano, el de Olivares, ni el salir tres leguas a verla, y si se fue sin
verlo»: Carta del P. Martín de España, 29 agosto 1643 [(491), XVII-215].
<<
764 Cartas de jesuitas,
16 jumo 1643 [(491), XVII-115]. Agrega el relator, refiriéndose a Oropesa «El
tal Marques nuevo es de los más malos niños que he visto en mi vida». <<
765 Carta del P.
Sebastián González, 16 junio 1643 [(491), XV11-117]. Otra carta de esta
colección, ya citada (nota 2), dice que se permitió a Olivares oír misa en
Atocha y que allí vio a Doña Inés y a Haro. Como Atocha estaba en las afueras,
tal vez desde allí siguió, rodeando el sur de la villa, hasta Pozuelo. <<
766 Véase (453).
<<
767 Véase Ulloa (458).
<<
768 Véase el Decreto
(483). <<
769 Véase Jesuitas
(491), XVII-156. La fruta de Toro era renombrada, entonces, como la mejor de la
Península: véase Zapata (291), 56. <<
770 Dice Artigas
[(272), LXI]: «En esta pequeña corte de Toro, como en la grande de Madrid,
hervían, por lo visto, las pasiones, los celos y las envidias de los
cortesanos. Ulloa, infortunado siempre en estas lides, cayó pronto de su
valimiento. Lo sabemos por la epístola que dirigió a su amigo el P. Hernando de
Ávila, de la Compañía de Jesús, en la Provincia de Andalucía, cuando la envidia
procuró estorbar el valimiento que tuvo con el Conde de Olivares en Toro».
<<
771 Jesuitas (491),
XVII-346. <<
772 «Jueves, 9 de
julio. Visitó el Conde-Duque los Monasterios de la Concepción y Santa Catalina
de Sena (que le faltaba) y a éste, por ser muy pobre, trató de situar una
limosna considerable» (448). <<
773 En carta de
Francisco Álvarez de 1 de octubre de 1643, desde Villagarcía (de Campos),
leemos: «El Conde-Duque se está en Toro, muy de asiento, muy apacible y cortés.
Vendrá a honrar este Noviciado para San Francisco Xavier. Previénesele un
coloquio que dará luego el P. Valentín, que sólo a este fin vino a este
colegio» (Jesuitas (491), XVII-280). Otra vez «a la Espina, convento de frailes
bernardos» [(491), XVII-506]. <<
774 Es sabido que la
misma Sor María de Agreda insinuó a Felipe IV las altas dotes de Híjar, lo cual
la puso en crítica situación con el Rey y la opinión (pues el Duque exhibió
estas cartas en su proceso) cuando años después Híjar tramó (o sirvió de pretexto
para ella) la conspiración contra el Rey, que tuvo por fin la muerte en el
cadalso de sus cómplices y su destierro perpetuo a San Marcos, de León. El Rey,
que conocía bien a Sor María y sabía que obró, al alabar al Duque, de buena fe,
se portó con generosa delicadeza con ella; y de la gratitud con que fue
correspondido dan buena muestra de cartas en que ella trata de este incidente.
Véase (87). <<
775 Novoa [(201),
IV-164]. Este autor hace una insinuación maligna a posibles prácticas
homosexuales en Híjar. Dice que fue desterrado «hasta que aprendiese la cordura
y la buena prudencia, y —añade— parece que lo tomó de la política de los
griegos que tenían casas particulares, donde ponían a los mancebos para que en
sus principios aprendiesen esta virtud». Ya hemos hablado de la enorme
extensión que en esta época adquirieron las perversiones sexuales, sobre todo
en las clases sociales altas; pero Novoa era tan resentido que, con su solo
testimonio, nada de esto se puede creer. <<
776 Novoa (201),
IV-182. <<
777 Por su importancia
publicamos un extenso resumen en el Apéndice XXXI. <<
778 Véase pág. 335.
<<
779 Está esta carta
postrera del Conde-Duque incluida en una de las del P. Sebastián González, 19
octubre 1643 [(491), XVII-316]. <<
780 «El P. Pedro
Pimentel vino a hablar a El Pardo a S. M. de parte del Conde-Duque. Lo que se
dice es que le habló en razón de que el oficio que tenía la Condesa de Olivares
de aya de la Infanta no se proveyese en propiedad en ninguna persona, sino sólo
en ínterin. Estuvo en audiencia pública más de una hora; hay quien diga no fue
esto sólo lo que trató. Veremos si resulta algo de esta plática, que creo no ha
de ser de efecto». No me cabe duda que el P. Sebastián González, autor de esta
carta (22 noviembre 1644) [(491), XV1I-506], conocía por el propio P. Pimentel
el objeto de la entrevista, cuya conclusión —que no se proveyese el puesto de
la Condesa— era el fin del Memorial de Ripalda, que entregaría al Monarca; y
debía saber también la respuesta de éste, negativa, que expone en su cauteloso
«creo que no ha de ser de efecto». <<
781 Cit. por Cruzada
Villamil [(76), 143]. <<
782 Jesuitas (491),
XVII-143. <<
783 Jesuitas (491),
XVII-506. Dice que eran un fiscal y un secretario de la Inquisición (tal vez
los de Toledo, que refiere Quevedo) y el Inquisidor Nestares, de Valladolid.
<<
784 Guidi. Versión
«Quevedo» (438). <<
785 Novoa (201),
IV-182. <<
786 Estas hipótesis las
recoge, con prudencia, el P. Sebastián González (8 agosto 1645) [(491),
XVII-128]. Al terminar dice: «En breve sabremos lo que tiene más fundamento de
probabilidad». Esperaba, sin duda, los informes del P. Martínez Ripalda, de la
Casa, que asistió a los últimos días del Valido. Pero esta explicación no
apareció en parte alguna. <<
787 Véase la Carta
publicada en el Apéndice XXV, c. Véase también en el Apéndice XXVII la carta de
Quevedo de 29 de agosto de 1645, en la que atribuye la muerte de Olivares a que
se enteró de que Don Luis de Haro iba a ser sustituido por el Marqués de Villafranca.
<<
788 Roca (455), 160.
<<
789 Córner (255),
11-13. <<
790 Jesuitas [(491),
XIV 321]. Dice así el texto «A la Condesa de Olivares envío la Reina cincuenta
pares de medias de seda y oro de Inglaterra, y al Conde-Duque le envío dos
muletillas de madera y hechura extraordinarias». Ocurría este obsequio en 1638,
muy cerca ya de la caída de Don Gaspar, y desmiente, una vez más, el odio que,
según los autores, profesaba Doña Isabel al matrimonio Olivares. <<
791 Novoa (201), 1-38.
<<
792 Marañón (161), 234.
<<
793 Langle (139).
<<
794 Jesuitas (491),
XIII-417. <<
795 Maroja (474). Estas
bebidas a que se refiere el doctor eran, seguramente, las infusiones
habituales, ya muy usadas en la época, y, sobre todo, el chocolate. Éste no se
consideraba entonces, cual ahora ocurre, como un regalo del paladar y un
alimento, sino como un tónico. Juan de la Mata dice que «es utilísimo para
confortar el estómago y el pecho; mantiene y restablece el calor natural;
alimenta, disipa y destruye los humores malignos; fortifica y sustenta la voz»
[(170), 145]. De todas estas virtudes necesitaba el incansable trabajador. Pero
luego había una porción de hedidas, hoy en desuso, a base de agua, alcohol y
especias y hierbas aromáticas, como canela, nuez de especia, clavos, anís,
jazmín, romero, azahar, etc. La mezcla se destilaba, transformándose, en
efecto, en verdaderas «quintaesencias». En el Tratado de repostería de Mata se
encuentran descritas las recetas de tales bebidas con los nombres de «Aurora»,
«Bebida imperial», «Hipocrás», «Rosoli», «Agua de la Reina de Hungría», etc.
Eran como los «coktails» actuales y se comprende que su abuso podía producir
los mismos estragos que éstos. De la preparación y suministro de tales brebajes
estaba encargado su botiller Domingo Herrera de la Concha. Tenía la botillería
cerca del cuarto del Conde-Duque en Palacio. Las tardes de verano juntábase Don
Gaspar con sus secretarios en la galería del Cierzo, y Herrera les servía «agua
de limón y de las otras bebidas». Este Herrera, montañés, con las virtudes de
ahorro y la tendencia a la especulación prestamista típicos del pasiego, acabó
siendo un poderoso señor y, finalmente, Conde de Noblejas. Fue muy fiel al
Conde-Duque y esto le hace perdonar sus préstamos. Intervino en la impresión de
El Nicandro, como se ha dicho en el texto. Ya retirado y opulento, tenía, en
lugar preferente de su casa, un retrato de su antiguo protector. Véase sobre
este personaje, Saltillo (247). <<
796 Cartas al
Cardenal-Infante (344), 20 marzo 1637. <<
797 Cartas al
Cardenal-Infante (344), 14 julio 1636. <<
798 Un síntoma muy
común en este estado son las almorranas, y podemos suponer que las padecía Don
Gaspar por un papel jocoso, titulado «Carta de Maese Nicolás» (490). En él se
lee: «Como me guardes secreto, te fiaré uno que me comunicó Simoncillo, el que
curaba las almorranas al Conde-Duque». El Simoncillo a que se refiere el papel
no es otro que el famoso criado de Olivares, Simón Rodríguez Uberna. <<
799 Jesuitas (491),
XVII-346 y XVI-470. <<
800 «Estoy con
fortísimo corrimiento a toda la cara, dientes, muelas y encías», escribía al
Cardenal-Infante. Cartas (344), 1 mayo 1636. <<
801 Véase Guidi, ya
citado. El Gil Blas de Santularia, que, sin duda, recoge un eco de lo que pensó
del Conde-Duque el pueblo, alude también a su locura en forma de alucinación.
Cuando Gil Blas visita por última vez al Conde-Duque, desterrado en Loeches,
éste le dice: «Me domina una negra melancolía que poco a poco me va acortando
los días de la vida. Casi a cada instante estoy viendo un espectro que se pone
delante de mí bajo una forma espantosa». Por cierto que en la novela se dice
que Olivares testó y murió en Loeches, error sin importancia en un libro de
fantasía, pero que algunos historiadores y genealogistas han copiado. Incluso
en el retrato de Maella y Noseret, de la colección Retratos de españoles
ilustres, tal vez la más difundida en España de sus efigies grabadas, figura
como muerto en Loeches. <<
802 Carta al
Cardenal-Infante (344), 6 enero 1639. <<
803 Todos estos datos
están tomados de los pleitos de sucesión, sobre todo del (464). <<
804 Don Cipriano Maroja
era de la Huerta del Rey (Burgos). Estudió en Alcalá. Fue discípulo de Jerónimo
Morales del Prado en Valladolid y, como se ha dicho, catedrático en dicha
Universidad, de método, de vísperas, de prima y de Avicena. Sus obras se titulan:
Defebritus et lue venérea, Valladolid, 1641; Praxim universalem de morbis
internis, Valladolid, 1642; Consultationes, annotationes et observationes ad
Phitosophiam et Medicinam attinentes et adpraxim máxime conducentes una cum
plurimis disputationibus phisicis et medicis, Valladolid, s. a. En uno de estos
libros se refiere el caso de una mujer que quiso envenenar a su marido y le
dio, poco a poco, sublimado corrosivo; no le mató y, en cambio, se curó de un
morbo gálico que padecía. Hernández Morejón advierte que es la primera
observación de la virtud antisifilítica del sublimado [(120), V-302]. La fecha
en que fue nombrado médico de Felipe IV, que Morejón no fija, es, seguramente,
anterior a 1649, en que está escrita su Memoria sobre la muerte del Conde-Duque
(474) (que, por cierto, no cita Morejón) y en la cual figura ya como médico
regio. <<
805 Debe quedar
consignado el nombre del cirujano sangrador, se llamaba Jerónimo de
Montealegre, véase (463), f 396. <<
806 Véase la partida de
defunción en el Apéndice XII. <<
807 Véase (442).
<<
808 Calvo (52) refiere
una pequeña pugna local sobre si fue esta iglesia de San Ildefonso la que
acogió el cadáver de Olivares o, como otros afirman, la de Carmelitas
Descalzos. <<
809 Véase (442).
<<
810 Véase en el
Apéndice XV la relación de los enterramientos de Loeches. <<
811 Jesuitas [(491),
XVIII-138]. Esta relación de las tempestades del entierro ha sido copiada
diferentes veces más o menos completa. Fue publicada antes que en los tomos de
Jesuitas del Mem. Hist. Esp. en la Colec. de Doc. Hist. Los enemigos del
Conde-Duque acentúan el simbolismo de la tormenta. En la Relación de lo
sucedido (436) se lee: «Desde que llegó [el entierro] a la puente segoviana
hasta que pasó fuera de la puerta de Alcalá se levantó una muy terrible
tempestad de agua y granizo y cayeron dos rayos. Fue a 10 de agosto, a las tres
de la tarde, y luego se serenó. Pudo ser natural accidente del tiempo, más dio
mucho que discurrir haber sido en solo el tiempo que tardó en pasar el cuerpo
del Conde». Novoa dice: «Como estábamos en Zaragoza, los de Madrid nos
ponderaron mucho lo recio de una tempestad cuando llegó [el entierro] a la
puente de Segovia; fue, acaso, condición del tiempo y no de la ocasión, ni
sería otra cosa, y no siendo yo amigo de escribir prodigios, ni dar causas
vanas a cosas semejantes, dicen que el agua era un diluvio y que lo mostró
Manzanares; los truenos, espantosos; y que llovía el cielo rayos, y que al
principio no se reconoció más que de una pequeña nube que los vino siguiendo
desde Toro y aun maltratando, y que allí se explayó en tempestad horrenda, y
que si con tiempo no pasaran la barca de Jarama corrieran todos fortuna de la
corriente» [(201), IV-183]. <<
812 Jesuitas (491),
XVIII-134. <<
813 Novoa (201),
IV-184. <<
814 Véase Apéndice
XXXII. <<
815 Mesonero Romanos
(167), 304. <<
816 Capmani (57), 123.
<<
817 Peñasco (212), 162.
<<
818 Roca (456).
<<
819 Novoa (201), II,
335. <<
820 Mesonero Romanos
(186). <<
821 Debo su
conocimiento y copia a mi ilustre amiga María Luisa Caturla (439). <<
822 Véanse estos
detalles en Marañón (433). <<
823 Véase (431).
<<
824 La relación de los
libros del Conde-Duque que pasaron al convento del Ángel está en la Colección
de Muñoz (390). <<
825 Véase P. Zarco (292
y 293), P. García de la Fuente (102), P. Antolín (16). Poseo nota detallada de
los manuscritos escurialenses que fueron del Conde-Duque gracias a la bondad
del P. Zarco. <<
826 El original de
estas cartas existió en el archivo de Don Miguel Ximénez Navarro, Conde de
Rodezno, en 1783, en cuya época los copió Don Anselmo de Ribas. Esta copia es
la que se conserva hoy en el archivo del actual Conde de Rodezno. <<
827 Probablemente fue
una carta circular dirigida a todos los obispos de España. <<
828 NOTA DEL EDITOR:
Dentro de la bibliografía sobre el Conde-Duque de Olivares más notable, muy
posterior incluso al fallecimiento del doctor Marañón, habría que aducir tres
obras básicas para ulterior información del lector, que en nada empañan la vigencia
del libro que tiene en sus manos. La primera es el correspondiente tomo XXV de
la gran Historia de España Menéndez Pidal, La España de Felipe IV
(Espasa-Calpe, Madrid, 1982), donde cabe destacar la colaboración del profesor
John H. Elliott, El programa de Olivares y los movimientos de 1640. Otra es el
libro fundamental de carácter biográfico del mismo J. H. Elliott El Conde-Duque
de Olivares (Editorial Crítica, Barcelona, 1990). Y, por fin, la obra conjunta
La España del Conde-Duque de Olivares (Universidad de Valladolid, 1990).


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