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Libro N° 3993. Ensayo Biológico Sobre Enrique IV De Castilla Y Su Tiempo. Marañón, Gregorio.

Libro N° 3993. Ensayo Biológico Sobre Enrique IV De Castilla Y Su Tiempo. Marañón, Gregorio.

 


© Libro N° 3993. Ensayo Biológico Sobre Enrique IV De Castilla Y Su Tiempo. Marañón, Gregorio. Colección E.O. Julio 22 de 2017.

Título original: ©  Ensayo Biológico Sobre Enrique IV De Castilla Y Su Tiempo. Gregorio Marañón

 

Versión Original: © Ensayo Biológico Sobre Enrique IV De Castilla Y Su Tiempo. Gregorio Marañón

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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ENSAYO BIOLÓGICO SOBRE ENRIQUE IV DE CASTILLA Y SU TIEMPO

Gregorio Marañón

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo ofrece una síntesis perfecta de la manera marañoniana: investigación de biólogo, trabajo de historiador, tarea de magistral pluma. El tiempo del discutidísimo rey de Castilla, el aire tormentoso de su época, de cara al Renacimiento, los hombres, las pasiones, el paisaje y la doctrina aparecen sobradamente aclarados por una mente lúcida movida por un corazón excepcional al que nada le fue ajeno.

Gregorio Marañón

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ÍNDICE

PRÓLOGO

ENSAYO BIOLÓGICO SOBRE ENRIQUE IV DE CASTILLA Y SU TIEMPO

INTROMISIÓN Y COLABORACIÓN

PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN

PRÓLOGO A LA DECIMOTERCERA EDICIÓN

ACTA DE LA EXHUMACIÓN DEL CADÁVER DE ENRIQUE IV

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

ÍNDICE DE NOMBRES CITADOS

NOTAS

notes

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gregorio Marañón

Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo

Prólogo Julio Valdeón

CIENCIAS/HUMANIDADES

COLECCIÓN AUSTRAL

Primera edición: 26-IV-1941

Decimocuarta edición: 1-IX-1997

Copyright: Herederos de Gregorio Marañón Posadillo, 1941

Copyright: de esta edición: Espasa Calpe, S.A.

Diseño de cubierta: Tasmanias, S.A.

Depósito Legal: M.26.959-1997

ISBN 84-239-7410-3

Impreso en España/Printed in Spain

Impresión: UNIGRAFT, s.l.

Editorial Espasa Calpe, S.A.

Carretera de Irún, km. 12, 200 28049 Madrid

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ÍNDICE

 

 

PRÓLOGO de Julio Valdeón

ENSAYO BIOLÓGICO SOBRE ENRIQUE IV DE CASTILLA Y SU TIEMPO

Intromisión y colaboración

Prólogo a la segunda edición

Prólogo a la decimotercera edición

Acta de exhumación del cadáver de Enrique IV

I.—Razón y riesgos de la clínica arqueológica

II.— Verdad histórica y verdad biológica

III.— Los padres y la infancia de D. Enrique

IV.— La primera boda y divorcio

V.— La segunda boda

VI.— El diagnostico popular

VII.— El misterio de la Beltraneja

VIII.— Pesadumbre y muerte del Rey

IX.— Retrato morfológico de Don Enrique

X.— Forma y espíritu

XI.— La mano fría. La tendencia humilde

XII.— Exhibicionismo

XIII.— Homosexualidad

XIV.— La inducción al adulterio

XV.— La triste reina

XVI.— Doña Juana y Don Beltrán

XVII.— Prisión del cuerpo, rebelión del alma

XVIII.— Una gran Reina y una mujer como las demás

ÍNDICE DE NOMBRES CITADOS.

NOTAS.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRÓLOGO

 

 

En el año 1930 el insigne médico e historiador español Gregorio Marañón y Posadillo publicó en el Boletín de la Real Academia de la Historia, tomo XCVI, un trabajo que llevaba por título «Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla». Poco tiempo antes, en el mes de enero de ese mismo año, Marañón había pronunciado una conferencia sobre idéntico tema en la docta corporación. El ciclo se completó con la publicación, también en el citado año de 1930, del libro ENSAYO BIOLÓGICO SOBRE ENRIQUE IV DE CASTILLA Y SU TIEMPO, del mismo autor, cuya base era el artículo arriba indicado, si bien con diversos añadidos. En 1934 salió a la luz la segunda edición de esta obra, que incorporaba algunas novedades. El éxito logrado por el mencionado libro explica que, con posterioridad a la guerra civil española, haya habido nada menos que trece ediciones del mismo, todas ellas en la prestigiosa Colección Austral de la editorial Espasa Calpe. La primera de dichas ediciones data del año 1941, la decimotercera de 198 l. A partir de la edición de 1947 se incluyó también en el libro el informe que Marañón y el erudito arqueólogo Manuel Gómez Moreno, ambos designados por la Real Academia de la Historia, elaboraron acerca de los restos del monarca Enrique IV, así como el acta de exhumación del cadáver del rey castellano, que se encontraba en el monasterio extremeño de Guadalupe.

Gregario Marañón decidió llevar a cabo el estudio de uno de los más controvertidos monarcas castellanos de todos los tiempos, Enrique IV, que reinó en la segunda mitad del siglo XV, concretamente entre los años l454-1474. Pero su pretensión no era hacer un análisis del reinado del aludido monarca como habitualmente solían realizarlo los historiadores. Marañón no quería hacer historia de historiador, sino, digámoslo —sus propias palabras de la edición del libro de 1930, «proyectar la luz de los recientes progresos en la fisiopatología del carácter y de los instintos humanos sobre el espíritu y el cuerpo de un rey remoto y de algunos de los que le acompañaron en su paso por la vida». Su propósito era, en definitiva, llevar a cabo un estudio biológico de Enrique IV de Castilla. Una cosa era la verdad «histórica» y otra la verdad «biológica». Mientras la primera era muy difícil esclarecer, como lo prueba el hecho de que haya habido eminentes historiadores tanto entre los defensores como entre los críticos de Enrique IV, la verdad biológica, opinaba Marañón, es mucho más difícil de ser deformada que la verdad histórica y nos es relativamente sencillo el lograr su auténtico hallazgo en el fondo de los espejismos desconcertantes de las leyendas más apasionadas».

Para acometer su empresa, Marañón se basó en las fuentes coetáneas del monarca, ante todo en los testimonios cronísticos. ¿Resultaban exiguas esas informaciones? «En realidad —nos dice el maestro—, no nos cuentan mucho más cualquiera de los innumerables hombres actuales que acuden a los médicos para consultar las miserias de su instinto.» Enrique IV, tal era la conclusión a la que llegó Gregorio Marañón, fue un personaje ciertamente singular. Recordemos cuáles eran sus rasgos más significativos: retraído, débil de carácter, abúlico, displásico eunucoide con reacción acromegálica, esquizoide, con tendencias homosexuales, exhibicionista y con impotencia relativa, esta última basada en condiciones orgánicas pero probablemente exacerbada por influencias psicológicas.

El trabajo de Marañón, en el que también aparecían otros personajes de la época, en particular su segunda esposa, doña Juana, y uno de sus más estrechos colaboradores, y hombre de su plena confianza, Beltrán de la Cueva, constituye sin lugar a dudas un clásico en el ámbito de la arqueología médica. Pero al mismo tiempo es también una obra imprescindible para el conocimiento del reinado de Enrique IV. Así las cosas, el discutido monarca castellano de la segunda mitad del siglo XV y el eminente investigador español contemporáneo, cuya vida transcurrió entre los años 1887 y 1960, se encuentran indefectiblemente asociados. En cualquier caso, es un hecho cierto que el ENSAYO BIOLÓGICO SOBRE ENRIQUE IV DE CASTILLA Y SU TIEMPO, aunque elaborado hace ya cerca de setenta años, no sólo mantiene la frescura que le caracterizó en el momento de su publicación, sino que sigue teniendo plena actualidad, al menos como punto de partida imprescindible para quien se interese por el personaje en cuestión y su época. Por eso se justifica sobradamente su reedición por la editorial Espasa Calpe. Ahora bien, el tiempo transcurrido desde que Marañón sacara a la luz por vez primera su trabajo da pie para hacer algunas consideraciones a propósito de las investigaciones más recientes relativas a Enrique IV y su tiempo.

 

***

 

 

En principio cabe distinguir dos planos, claramente diferenciados, uno el de la persona del monarca, otro el de su obra. De todas formas, entre ambos aspectos hay una estrecha conexión. Según Marañón, la enfermedad que padeció Enrique IV pertenece al rango de las que «adopta el tipo degenerativo y actúa en forma de disolución perturbadora sobre los pueblos que tienen la desdicha de soportarla». La imagen que se nos ha transmitido de Enrique IV y que ha llegado a constituir poco menos que una verdad establecida es, en líneas generales, claramente negativa. Ni que decir tiene que la investigación de Marañón ha contribuido, en no pequeña medida, a reforzar ese punto de vista, toda vez que para él el rey castellano de la segunda mitad del siglo XV, si no fue pura y simplemente un enfermo, se sitúa, como mínimo, a mitad de camino entre la normalidad y la patología. Por lo que se refiere a la obra legada por Enrique IV, la opinión dominante es asimismo negativa. El término que mejor describe la situación de Castilla en tiempos del monarca citado, de admitir los puntos de vista tradicionalmente repetidos por la mayor parte de los historiadores, es el de caos. La debilidad endémica de Enrique IV tuvo mucho que ver en ello. El momento culminante de ese panorama regresivo fue, sin duda alguna, la denominada «farsa de Ávila», del año 1465. En aquella ocasión, como es bien sabido, un importante sector de la nobleza de Castilla depuso a Enrique IV, representado en el increíble acontecimiento por un muñeco, al que despojaron de sus atributos regios y, finalmente, derribaron del hipotético trono en el que le habían colocado, nombrando en su lugar como rey de Castilla a su hermano el joven príncipe Alfonso [1].

Cuál es la «Verdad biológica» de Enrique IV de Castilla, tan ansiosamente buscada por Marañón? En verdad la polémica siempre ha acompañado al monarca castellano. Recordemos cómo en la década de los cuarenta de este siglo mientras en la traducción del libro de Lucas-Dubreton se presentaba a Enrique IV como un individuo salvaje, obsceno y huraño [2], Torres Fontes decía de él que era «excesivamente bondadoso y amante de su pueblo» [3]. El insigne maestro Gregorio Marañón trabajó a partir de las informaciones suministradas por los cronistas, aplicando los métodos propios de las disciplinas médicas, que él conocía como nadie, en particular la Endocrinología, de la que fue el primer especialista español de su época. Por lo que se refiere a las fuentes en que se apoyó, su cronista preferido, como él mismo reconocía, fue Alonso de Palencia. Sin entrar a discutir las opiniones, con frecuencia contrapuestas, que se han expresado acerca del mencionado cronista Marañón destaca «sus grandes dotes de observador y su valor documental». señalando que buena parte del material utilizado para su ensayo procedía de las «Décadas» de Palencia. Por supuesto Marañón conocía también a las mil maravillas a los otros cronistas de aquel tiempo, como Enríquez del Castillo, Hernando del Pulgar o Diego de Valera, pero entendía que la información más sustanciosa para desarrollar el trabajo que él se había propuesto era la que proporcionaba Alonso de Palencia. Ahora bien, de todos es sobradamente conocida la animosidad del citado cronista hacia el rey castellano. Luis Suarez, en un reciente trabajo [4], afirma de Alonso de Palencia que fue un «testigo presencial, aunque venenoso enemigo de Enrique IV».

En cuanto a los métodos usados por Marañón para desarrollar su trabajo de arqueología clínica, también ha habido en los últimos años algunas novedades dignas de ser registradas. En el año 1976, D. Eisenberg publicó un breve pero enjundioso artículo en el que discrepaba abiertamente del juicio de Marañón sobre Enrique IV de Castilla [5]. El citado autor se apoyaba en los recientes avances de la Endocrinología. que había abandonado la vieja idea de que las glándulas determinan la morfología, la vida sexual y la psicología de los seres humanos. En concreto rechazaba el supuesto nucoidismo del rey castellano, toda vez que los propios cronistas ponen de manifiesto la existencia en Enrique IV de rasgos claramente masculinos, como la barba. Eisenberg, no obstante, aceptaba como probable la acromegalia. Unos años después se publicó otro trabajo de arqueología médica sobre Enrique IV de Castilla, en esta ocasión obra de los profesores escoceses W. J. Irvine y A. Mac Kay, especialista en Endocrinología el primero, medievalista el segundo [6]. En opinión de estos autores, ni siquiera hay pruebas contundentes a favor de la acromegalia de Enrique IV. Por lo demás. el examen de los restos del monarca castellano tampoco añadió nada sustantivo a lo que ya se conocía. Sólo la utilización de los rayos X, indican en la conclusión de su trabajo, podría resolver los enigmas que aún subsisten sobre Enrique IV.

 

***

 

 

La imagen de Enrique IV como un personaje anómalo y deficiente es paralela a la de una Castilla poco más o menos que en descomposición. Habitualmente se h establecido un agudo contraste entre la anarquía reinante en la corona de Castilla en tiempos de Enrique IV y el orden que se estableció a raíz del acceso al trono de los Reyes Católicos. Ya hubo tiempo atrás, ciertamente, historiadores que, después de rechazar esa dicotomía, trataron de poner de manifiesto los presuntos aciertos del gobierno de Enrique IV Quizá Sitges fue uno de los más celebrados en este sentido [7]. No obstante ha sido en las últimas décadas cuando se ha producido una notable revisión del reinado de Enrique IV. Los trabajos del profesor Suárez han contribuido a entender mejor la compleja trama de la historia castellana entre los años 1454 y 1474 [8]. Pero el principal valedor de la obra del discutido monarca ha sido el historiador norteamericano W, D. Phillips [9].

Para comprender el significado del reinado de Enrique IV hay que partir de las condiciones existentes en la corona de Castilla en aquellos años. La pugna entre nobleza y monarquía. que se arrastraba desde finales del siglo XIII. había alcanzado una gran intensidad en el reinado de Juan II. Aquel conflicto, que suponía una pugna entre dos formas diferentes de concebir la organización del poder, estaba en el primer plano de la vida política. Frente al imparable fortalecimiento de la autoridad monárquica, la nobleza, como ha señalado L. Suárez, aspiraba a «dar a la Res publica una estructura más decididamente contractual, encerrando al monarca en un círculo bastante estrecho de deberes y de derechos en relación con aquellos linajes, muy pocos, que juntaban riqueza y poder» [10]. Un importante sector de la oligarquía nobiliaria pretendía reservar al monarca simplemente las funciones representativas, dejando el gobierno real al Consejo, dominado por los poderosos. Tras la debilidad mostrada por Enrique IV al renunciar a la oferta que le habían hecho los insurrectos catalanes, los nobles levantiscos izaron la bandera del joven príncipe Alfonso, como hicieran más tarde con la princesa Isabel y finalmente con la propia Juana, la polémica hija del monarca castellano. En cualquier caso, las interminables disputas políticas que vivió la corona de Castilla en aquellos años, de las que dan cuenta minuciosa los cronistas de la época, no pueden ocultar el hecho cierto de que el poder regio siguió en tiempos de Enrique IV su camino de fortalecimiento. Así se explica que en diversos documentos de la época se hable —y no se trata, ni mucho menos, de propaganda política— del «poderío real absoluto» que ostentaba Enrique IV. Ese «poderío real» se basaba ante todo en el desarrollo de las instituciones centrales de gobierno y se correspondía con la doctrina que defendía la plenitud del poder regio. cuyo principal portavoz en la Castilla del siglo XV fue el clérigo Rodrigo Sánchez de Arévalo.

En otro orden de cosas, sin pretender rebajar en lo más mínimo los indudables éxitos de los Reyes Católicos, conviene no olvidar que Isabel fue coronada reina de Castilla frente a los presuntos derechos de Juana, la discutida hija de su hermano Enrique, conocida vulgarmente como la Beltraneja por cuanto se suponía que su auténtico padre era don Beltrán de la Cueva. Es necesario recordar, a este respecto, que Marañón admitió la posibilidad de la paternidad del monarca castellano. Asimismo, L. Suárez ha aportado un interesante documento de los primeros años del reinado de Enrique IV en el que un médico que atendía a su esposa doña Juana, cuando ésta se encontraba en la localidad de Aranda de Duero, escribió «que ponía su cabeça sy vuestra alteza oy viniese, con la merçed de nuestro Señor, que la señora reyna seria luego preñada» [11]. Por otra parte, hay que tener en cuenta que los relatos cronísticos que han llegado hasta nosotros provienen en su mayor parte de personas alineadas con la causa de Isabel y Fernando. Ensalzar el presente, o sea, el reinado de los Reyes Católicos, contrastándolo con un pasado oprobioso, es decir, la época de Enrique IV, resultaba casi obligado para esos cronistas.

De todos modos, un análisis objetivo de las principales líneas de acción desarrolladas por Enrique IV en el transcurso de su reinado nos muestra, más allá de las condiciones personales del monarca, hasta qué punto de los aciertos que se atribuyen a los Reyes Católicos, no eran, en el mejor de los casos, sino expresión de una clara continuidad con las decisiones de su antecesor en el trono. La pragmática de las Cortes de de 1471 anticipa la reforma monetaria que coronaron, años después, con tantos loores, los Reyes Católicos. ¿Cómo no ver, por otra parte, en las Ordenanzas aprobadas en Segovia en 1473 a propósito de Hermandades, un inequívoco precedente de la Santa Hermandad, otro de los grandes éxitos que se incluyen en el haber de Fernando e Isabel? También hay que incluir en el lado positivo de Enrique IV la utilización creciente de los letrados en las tareas de gobierno, tradicionalmente considerada como una de las novedades aportadas por los Reyes Católicos. Los ofrecidos por Phillips sobre este último resultan a todas luces incuestionables [12].

Pero quizá los principales aciertos de Enrique IV hay que verlos en otros terrenos, precisamente en aquellos que se encontró con una oposición más cerrada. Tal sucedió, por ejemplo, con la política seguida con respecto al reino nazarí de Granada. El monarca castellano puso en marcha una nueva forma de guerrear. Se trataba de llevar a cabo una guerra de desgaste en la que, si llegaba el caso, podían ocuparse posiciones estratégicas del enemigo situadas en la línea fronteriza. Así las cosas, Enrique IV rehuía las grandes batallas campales. Esa actividad bélica la combinaba el monarca castellano con la diplomacia, tendente a atraerse a su campo a los disidentes granadinos. Los magnates, deseosos de obtener brillantes éxitos militares, que serían lógicamente acompañados de sustanciosas mercedes en las tierras ganadas al enemigo, manifestaron su más rotunda hostilidad a esa política de Enrique IV. También el alto clero estuvo en contra de la política diseñada por el rey de Castilla en relación con el reino de Granada. Siguiendo por ese camino, ¿no se ha llegado a tachar al rey de Castilla de simpatizante del mundo musulmán? Sánchez Albornoz, no lo olvidemos, habló, a este propósito, de la «maurofilia del anormal Enrique IV», lo que aparte de discutible constituye un inadmisible insulto para el monarca castellano [13].

En otro orden de cosas, Enrique IV decidió, en las Cortes de Toledo de 1462, reservar un tercio de la lana producida en Castilla para los telares de sus propios reinos. Era una respuesta parcial a la petición efectuada por los procuradores de las ciudades y villas en las Cortes de Madrigal de 1438, en la que solicitaban, como normas generales a aplicar para la corona de Castilla, la prohibición de importar tejidos y de exportar lanas. Lo que se había pedido en dichas Cortes era, ni más ni menos, proceder a una inversión radical de la política de la corona de Castilla, pero Juan II hizo caso omiso de aquella demanda. Por eso mismo la medida adoptada por el rey de Castilla en las Cortes de 1462 tenía un cierto sesgo revolucionario. Ahora bien, como era de prever, dicha medida tuvo desde el primer o la oposición de la alta nobleza, así como de la poderosa institución de la Mesta, deseosas ambas de mantener incólume el fabuloso negocio de la exportación de lanas a Flandes.

Asimismo, en política internacional Enrique IV inició el camino que, posteriormente, iban a seguir los Reyes Católicos. El monarca castellano dio los primeros pasos para poner fin a la secular alianza que Castilla mantenía con Francia, desde el acceso al trono de Enrique II de Trastámara, al tiempo que se acercaba a Inglaterra, hasta entonces potencia rival. ¿Y las medidas adoptadas para fortalecer el ejército permanente al servicio de la corona? ¿Y la política seguida con respecto a las Órdenes Militares de Santiago y de Alcántara, indiscutible precedente de la que, años después, los Reyes Católicos? ¿No cabe también incluir en el lado positivo de Enrique IV su inteligente actuación para evitar que Castilla participara en la cruzada propuesta para tratar de recuperar Constantinopla, que había sido ocupada por los turcos otomanos en 1453? No tiene por ello nada de extraño la afirmación del profesor Torres Fontes de que «económica, política y socialmente el reinado de Enrique IV es uno de los más interesantes reinados de nuestra Edad Media por las innumerables facetas que ofrece, siempre brillantes pese a la oscuridad de sus actos, no siempre fáciles de apreciar y aun de comprender» [14].

***

No es nuestra pretensión, ni mucho menos, invertir los términos por los que ha discurrido tradicionalmente la historiografía, ofreciendo, en contraste con lo que tantas veces se ha dicho y repetido, una imagen poco menos que angelical del reinado de Enrique IV de Castilla. Simplemente hemos recogido los principales argumentos que la historiografía posterior a la publicación del trabajo de Gregorio Marañón ha sacado a la luz para intentar comprender, con más elementos de juicio y a ser posible sin prejuicios, la controvertida historia de la corona de Castilla en la época de Enrique IV. En todo caso siempre podrá alegarse que, como mínimo, el monarca castellano de que venimos hablando mostró en el transcurso de su reinado una gran debilidad, lo que le impidió sacar más partido de situaciones que eran, objetivamente, favorables. ¿Qué pensar, por ejemplo, de la llamada que le hicieron los catalanes rebeldes contra su rey Juan II? ¿No revelaba esa actitud que el rey de Castilla gozaba, al menos en las fechas en que tal llamada se produjo, de un indiscutible prestigio? ¿Qué beneficios obtuvo Enrique IV, por otra parte, de la victoria que alcanzó en 1467 contra la nobleza rebelde, en la denominada «segunda batalla de Olmedo»?

Y es que en el fondo siempre subyacen las dudas sobre el sorprendente monarca. Es evidente que Gregorio Marañón no despejó definitivamente los innumerables enigmas que plantea la persona de Enrique IV. Pero contribuyó notablemente a desvelar el misterio que se ha cernido desde tiempo inmemorial sobre el monarca en cuestión. En cualquier caso, la lectura de su ensayo, como él mismo denominó a su trabajo, constituye, qué duda cabe, el mejor acercamiento a la ante historia de Enrique IV de Castilla y de su época.

 

JULIO VALDEÓN BARUQUE

Universidad de Valladolid

 

 

 

 

 

 

 

 

ENSAYO BIOLÓGICO SOBRE ENRIQUE IV DE CASTILLA Y SU TIEMPO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dedicatoria:

 

A Benigno Vega, Marqués de Vega-Inclán,

amigo incomparable

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INTROMISIÓN Y COLABORACIÓN

 

 

Hace ya años que tenía planeado y anunciado este que, tal vez, hubiera aguardado mucho tiempo más, antes de ver la luz, a no ser por el amable requerimiento del Duque de Alba, Director de la Real Academia de la Historia. A él, y a los demás académicos que escucharon un resumen del texto actual, con singular benevolencia, les reitero mi gratitud.

La razón de esta demora no ha sido otra que mi temor a pisar por caminos que no son los que ando habitualmente. O, mejor dicho, a herir el mito que todos —aún los más rebeldes a admitirlo— profesamos de que los caminos de la ciencia tienen sus peregrinos peculiares, cada cual el suyo, sin que esté bien visto el salirse de él, para hollar, siquiera sea transitoriamente, el acotado por los demás.

Y sin embargo, este mito encierra un equívoco —intromisión y colaboración— que es necesario desvanecer. Es importante que el hombre de ciencia no vague, como las abejas, de un orden a otro de conocimientos, recogiendo de cada cual la última idea, sin penetrar nunca en la estructura de sus problemas y sin aguzar y especializar el espíritu en las dificultades de su técnica. Nunca será suficientemente fecundo el horror al enciclopedismo superficial, sobre todo en países como el nuestro en el que es tan poco denso el ambiente científico, que los espíritus mejor dotados para la investigación acaban, insensiblemente, por desparramarse y consumirse en las formas diversas del arte y el oficio divagatorios: en la llamada conferencia divulgadora, que se prepara, sustentada en frases hechas, en el tiempo que media desde casa a la cátedra; en el artículo de vulgarización escrito y, lo que es peor, pensado al correr de la pluma; en el libro «de gran público», en fin, hecho a la medida de la masa ignorante, más que para enseñarla nada, para que ni ella tenga que esforzar su ineptitud ni el autor —y esto es lo grave— su pereza de prepararse para lectores más severos. Y todo ello con detrimento de esa otra labor —humilde y callada, pero fecunda y estable— del experimento planteado una y otra vez antes de ser resuelto; de la meditación dilatada; de la bibliografía minuciosa, que suponen semanas y meses de labor tenaz y que se destilan, quizá, en una nota de brevedad heroica, destinada a ser leída, no por el espectador numeroso que aplaude —y olvida—; sino tan sólo en el círculo breve y recatado de los especialistas.

Pero ese vicio de la superficialidad brillante y entrometida, cuyos peligros nos tienen siempre alerta, es cosa diferente de la colaboración entre las diversas ramas de las disciplinas científicas; colaboración inexcusable para el progreso humano que se realiza de dos maneras: o por la aportación de materiales desde diversos campos a un mismo tema en formación, o por la aplicación de los métodos de una ciencia determinada a la investigación de temas de otra ciencia distinta. Con notoria injusticia se confunde por muchos esta legítima, actividad con la oficiosa e indiscreta invasión de los cercados ajenos. ¿Qué tienes tú que ver, fisiólogo, con la Historia?, se dice, por ejemplo, en un caso como el presente. Claro está, podríamos responder: un fisiólogo puede ser a la vez historiador sin ofender a Dios y menos a esos varones susceptibles, tan característicos de nuestra fauna literaria y científica. Pero ahora no se trata de eso, sino, sencillamente, de aplicar al conocimiento de ciertos puntos históricos los métodos de la fisiología y de la patología; cosa tan racional como la aplicación de los métodos históricos al esclarecimiento de determinados problemas de la Medicina que lo requieran así.

No he pretendido, pues, en este modesto ensayo hacer historia en su sentido estricto, porque nada digo que no sea conocido, no ya de los eruditos, sino de cualquier mediano aficionado a la cultura histórica. He querido1 sólo proyectar la luz de los recientes progresos en la fisiopatología del carácter y de los instintos humanos sobre el espíritu y el cuerpo, todavía identificables en el fondo de sus tumbas, de un rey remoto y de algunos de los que le acompañaron en su paso por la vida. Sus gestos históricos han sido ya analizados suficientemente. Pero no sus actos humanos, los ligados directamente a su vida vegetativa e instintiva, los cuales han sido juzgados tan incompleta y erróneamente como demuestran las dos etiquetas con que Clío —musa, en ocasiones, muy ligera— ha clasificado a principales actores de aquella complicada España del final del siglo XV. Ni Don Enrique fue tan impotente que merezca seguir ostentando ante la posteridad este sambenito, ni es justo —menos todavía— el unánime oprobio que pesa sobre la memoria de Doña Juana, su mujer; admirable ejemplar de esa flor de la feminidad, que los hombres, durante tantos siglos, se han dado el gusto de corromper, creyendo a la vez —quién sabe si hasta de buena fe— que, lejos de cometer una felonía, eran ellos los que sucumbían pasivamente a su diabólica tentación.

Esto, que no es Historia de historiador, pero que también es historia, ha sido mi propósito en el presente estudio sobre Don Enrique IV, al que, si el tiempo me sobrase, seguirían otros semejantes acerca de varios personajes antiguos que merecen la misma revisión. Al fin se irá haciendo todo, porque nada es más grato que proyectar la atención fatigada por el trajín de la vida presente sobre las perspectivas lejanas de la Historia. No en vano llamó a ésta aquel exacto Baltasar Gracián, no con los adjetivos solemnes que gustan de repetir los manuales, sino, sencillamente, así: «gustosa historia».

 

G.MARAÑÓN

Toledo, julio 1934.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN

 

 

Esta edición del estudio biológico de Don Enrique IV aparece muy retocada, porque mi miedo a ser difuso dejó un tanto incompletos en la versión primera algunos puntos esenciales.

Además, por indicación de muchos de sus lectores y de algunos de sus críticos, he incluido en el texto buena parte de las notas, dando así unidad mayor a la demostración de mi tesis.

Cada día me parece más claro que Don Enrique IV fue menos impotente de lo que dicen; que su mujer Doña Juana fue mucho más buena de lo que nos cuentan los libros; que la Beltraneja no fue hija del necio Don Beltrán, sino, quizá, del Rey, que, como todos los cojos, no dejaba de andar, cuando podía, aunque tropezando; y que, en suma, estos tres personajes fueron las víctimas que la opinión y luego la Historia eligen para localizar en unos pocos seres humanos las culpas de todos; crimen que los anales del mundo repiten, con idéntica impunidad desde que hay memoria de ellos

Si este libro convence de ello a alguien más que a mí mismo, yo me daré por contento; y creo que también la Justicia

 

G. MARAÑÓN

Toledo, julio 1934

 

 

 

 

 

PRÓLOGO A LA DECIMOTERCERA EDICIÓN

 

 

Dieciséis años después de aparecida la primera edición de este libro, halláronse, por azar, los restos de IV de Castilla, inútilmente buscados hasta entonces. Aparecieron en un «escondrijo más que cripta», detrás de un gran retablo del monasterio de Guadalupe. Una noche del otoño de 1946, fuimos el ilustre arqueólogo, Don Manuel Gómez Moreno y yo, designados por Academia de la Historia, para reconocer el sepulcro y su egregio y fúnebre contenido e informar sobre lo que viéramos. Nos acompañaba un grupo de amigos, cuyos nombres figuran al pie del acta que se publica a continuación.

Nunca olvidaremos, los que la presenciamos, la exhumación de la momia del Monarca y de su madre, la Reina Doña María, a la luz de los cirios, mientras los frailes terminaban sus oraciones en el coro. Uníase, en mi, a la emoción religiosa y patética de la extraña pesquisa, la ansiedad de ver confirmadas por la Naturaleza, exacta aun más allá de la muerte, las conjeturas que en aquel tiempo, ya lejano, hice sobre la morfología de Dion Enrique; conjeturas que sirvieron de base a mi argumentación sobre aspectos vivos y trascendentes de su reinado.

Lo que resultó del solemne cotejo entre la Historia y la muerte, entre lo imaginado y la verdad, está consignado en el informe que don Manuel Gómez Moreno y yo presentamos a la Academia y cuya trascripción es ahora Prólogo de la nueva edición de aquel librito, por tantas razones dilecto entre los numerosos hijos de mi pluma.

Dice el informe así:

Noticiosa esta Real Academia, por conducto de la Comisión de Monumentos de Cáceres, de que la sepultura del rey Enrique IV de Castilla, en el monasterio de Guadalupe, no se conservaba con el honor debido, acordó que una comisión de su seno, constituida por los abajo firmantes, procediese a su reconocimiento, dando cuenta a la misma de la información obtenida.

En consecuencia, previa autorización de las autoridades eclesiásticas, Arzobispo de Toledo y Provincial de la Orden franciscana, y con la intervención eficacísima y por todos conceptos acogedora, del susodicho P. Provincial y de la comunidad usufructuaria del monasterio, se procedió al reconocimiento de dicho sepulcro, en la noche del 19 de octubre último, cuyo resultado, con las ilustraciones oportunas, exponemos a la consideración de la Academia.

Era notorio que Enrique IV, en las disposiciones verbales con que, al parecer, cerró sus cuentas en este mundo, dispuso que fuera sepultado su cuerpo debajo del de su madre la reina doña María, primera esposa de Juan II, en el monasterio de Guadalupe, del que ella fue devota y también favorecido por el rey su hijo.

Dentro de las divergencias con que se refieren los últimos días de este desdichado monarca, parece inferirse que, ya herido de muerte, le acometió el ansia de volver a su amada soledad campesina, yéndose a El Pardo a caballo; pero hubo de regresar a Madrid antes lograrlo. Echóse en el lecho, vestido como estaba, y murió en la madrugada del día 12 de diciembre de1474. Por de pronto, sin ceremonia alguna, a hombros gentes alquiladas, puesto su cuerpo sobre unas tablas viejas, y sin embalsamar, ya que la extremada consunción a que había llegado no lo exigía, se le llevó monasterio de San Jerónimo del Paso. Después, en fecha no conocida, fue trasladado a Guadalupe, donde se le hizo monumento funerario a expensas del Gran Cardenal Mendoza. Lo demás, hasta un traslado en1618, solamente por indicios alcanzamos a saberlo.

La iglesia de Guadalupe es edificio del siglo XIV, con cabecera poligonal y ocupado solamente su paño en medio por el retablo. Pero éste se renovó en dicho año, tal como aún subsiste, abarcando los dos paños laterales de la capilla, y entonces quedaron ocultos sendos arcos, como nichos, dispuestos en ellos. So lo pudimos reconocer uno en bajo, en el lado del Evangelio, de poco fondo y con molduraje gótico; mas es presumible que encima haya otro, invisible ahora a causa del retablo, donde pudo estar el sepulcro del susodicho rey, así como el de su madre consta que estuvo en el lado contrario.

Ello explica que también en 1618 se organizasen nuevos arcos en los muros contiguos, hechos de mármoles a gusto clásico y con elegantes epitafios latinos, que atestiguan, para el rey, una alusión al anterior sepulcro «monumento de antigua y menos conveniente estructura»; y en el de la reina, que, «casi deshecho con el tiempo su antiguo sepulcro, había sido trasladado a lugar más apto». Añádase a ello lo dicho por Flórez, de que este antiguo sepulcro era una caja de madera forrada con planchas de bronce y letras que decían: «Aquí está la reina de Castilla doña María». Pero estos nuevos nichos, con toda su ponderada magnificencia, no tenían capacidad para albergar los cuerpos momificados de ambos reyes; quizá se intentó remediarlo separando las piernas al de la reina, tal como ha aparecido ahora; mas, en resolución, se colocaron allí simplemente sus imágenes arrodilladas, de madera, fingiendo ser bronce dorado.

No se tenía noticia clara, al parecer, hasta estos últimos tiempos del sitio donde yacían los reyes; pero una circunstancia fortuita obligó a que alguien se descolgase con una maroma por detrás del retablo hasta abajo, donde pudieron reconocerse los ataúdes. Ahora ello se logra fácilmente levantando un tablero del banco del retablo, y así pudimos llegar al escondrijo, más que cripta, excavado rudamente en el grueso muro, con aspecto de cueva. Su amplitud, poco más de dos metros por uno, enlucido y blanqueado, con señales al costado derecho de haberse abierto allí una brecha posteriormente y luego tapiada de nuevo: dicen que aquello fue paso antiguo para el camarín de Nuestra Señora. Su acceso natural es por el arco susodicho, que levanta del suelo apenas medio metro. Allí dentro se mantienen los dos ataúdes, cajas de pino sin hechura apropiada ni forro ni pintura, y cuyas tapas están hasta desclavadas ahora.

Sobre el suelo quedó la caja del rey; encima, la de la reina. El largo de ella excede poco de 1, 20 m; y dentro está la momia, no mal conservada, pero falta de las piernas desde la rótula, desnuda y envuelta en sábana con bordados de tipo popular a ambos extremos, como los paños de ofrenda castellanos, y datará de la fecha del traslado, que consta allí mismo relatado en un pequeño pergamino.

Otro semejante contiene la caja del rey, principal objetivo de nuestra investigación. La momia no presenta más avería que haberse desprendido su cabeza, más alguna de las vértebras cervicales. Yace sobre un paño de brocado, que luego analizaremos, y debajo hubo de añadirse, cuando la traslación, una sábana lisa; ambas telas cubrían la momia, y a donde no alzaban, sobre las piernas, se extendieron dos pedazos rectangulares del brocado mismo.

De ropas quedan solamente las mangas de la túnica, que era de terciopelo morado liso, y fragmentos casi deshechos de lienzo basto, residuos de la camisa u o:ras prendas interiores. Bien conservadas, unas poas de cuero recio, que llegan por delante hasta encima de las rodillas y por detrás hasta las corvas, y de color oscuro y completamente lisas, al parecer. Nótese que las crónicas hacen constar cómo el pobre se echó en la cama a medio vestir, con miserable túnica y calzados unos borceguíes moriscos, que le dejaban los muslos al aire. Aun consta que así los llevaba de continuo sobre los zapatos. Éstos faltan, y todo inclina a creer que se dejó el cadáver sin ceremonia de de lavado ni mortaja ni accesorio alguno: caso tan miserable de incuria quizá nunca se haya visto.

El paño de brocado a que antes se aludió, no va puesto como capa, sino extendido, y es a un lado donde se le aprecia una escotadura muy abierta, como para el cuello; mas de la forma y tamaño no pudimos hacernos cargo; sólo que carece de forro y de guarnición. Es pieza de gran estilo; terciopelo verde aceitunado, destacando sobre fondo raso un ramaje ondulado con florones, ya provistos de núcleo central tejido con oro, ya enteramente de esta misma labor en oropel u oro de Chipre, dispuesto con espolines y circunscrito, por consiguiente, a sus campos exclusivos. En conjunto resulta una composición perfectamente equilibrada y bellísima, a golpes de florones en posición alternada y brotando de troncos nudosos con algo de hojas, y cuyo vellutado opulento resalta sobre el campo raso y más débil de entonación, aunque también verde: un sentido semioriental semigótico presidió en esta magnífica obra. El ancho de la tela alcanza a 62 centímetros, sin las orillas, que llevan dos fajas de colores blanco y rubio en labor de sarga. Es probable que esta prenda fuese ya vieja cuando se la empleó aquí, pues aparecen otras de arte análogo en pinturas italianas de la primera mitad del siglo XV, así como es notorio que hacia el 1470 eran ya lo corriente otros brocados a base de flores de cardo y con grandes desarrollos. Telas de este mismo estilo, aunque sin oro, se adjudican a los talleres venecianos, y de ellos saldría el ejemplar nuestro.

Si fue capa, como parece verosímil, pudo servirle de atadero una cinta, que apareció suelta por encima de la cabeza. Su largo, cerca de un metro; ancho, 13 milímetros; su labor, exactamente como las cintas de los sellos en diplomas castellanos del siglo XIV. Va tejida a mano, formando cadenetas falsas, con hilos torcidos de lino, pardos, rojos, blancos, amarillos y azules, rematando por un extremo en borla hecha con los mismos hilos, a partir de un nudo en que se entrelazan cordoncillos verdes y rojos. Al parecer, esta cinta iba prendida por su mitad en dos cabos de a 80 centímetros, incluyendo la borla.

Y ahora, unas palabras sobre el cuerpo de los reyes. El de doña María es la momia de una mujer de talla media, sin nada que anotar. Aquella pobre señora, muerta joven, agobiada de sinsabores y con sospechas de haber sido envenenada, es hoy una carroña como las demás, amputadas las piernas para acomodarla a féretro reducido.

La momia de su hijo está, como antes se ha dicho, bastante bien conservada. La desecación de los tejidos blandos ha borrado los caracteres propiamente vitales del rostro y del cuerpo, dependientes de la frescura de los tegumentos; pero las proporciones y el aspecto general del organismo se pueden observar tales como en vida fueron. Una momia es un es un esqueleto que se mantiene armado por el forro de la piel apergaminada y permite estudiarle en su conjunto.

Lo primero que destaca en la momia de Enrique IV es su corpulencia. El féretro es mucho más largo que la reina madre y no se pudo extraer de su tumba por el estrecho ventanal abierto en el retablo. Fue preciso examinarlo entrando nosotros, como pudimos, en interior de la cripta. A esto se debe la imperfección del retrato de conjunto, que, a pesar de la habilidad del señor Calparsoro, no se pudo lograr más que en una proyección forzada y con mala luz.

La cabeza, espontáneamente desprendida del tronco, como es frecuente en los cuerpos momificados, se sacó a la iglesia y, colocada en el altar mayor, sobre uno de los trozos de paño que envolvían el cadáver, pudo ser fotografiada con más holgura y perfección.

La talla actual de la momia es de 1, 70 metros. Se calcula que la momificación completa disminuye la talla del vivo en 12 a 15 centímetros, al desecarse los discos intervertebrales y el resto de los tejidos. Si a ello se une en nuestro rey el desprendimiento de alguna de las vértebras cervicales que ligaban la calavera a los hombros, puede, sin temor a errar, calcularse en más de 1, 80 metros la talla que don Enrique tuviera en vida.

La cabeza y el tronco son muy recios: la anchura del diámetro superior del vasto pecho alcanza a 50 centímetros, igual que la de cualquier varón robusto vivo, y la anchura de las caderas era aproximadamente igual a la del tórax. En la fotografía de la momia se aprecia bien este detalle, que se acentúa y corrobora por la exagerada convergencia de los muslos, más parecida a la disposición de la mujer que a la del varón, en el que, por ser la pelvis menos ancha, las líneas de los muslos descienden casi paralelamente.

Las piernas son notoriamente largas, en proporción a la altura del tronco, según puede comprobarse en la fotografía, aun con el descuento a que obliga la forzada proyección con que fue tomada. Ningún detalle puede anotarse respecto de los brazos, cruzados para el descanso eterno sobre la parte baja del pecho, ni respecto de las manos, con dedos que parecen recios y largos, en cuanto deja ver la destrucción del tiempo, así como en los pies. Lo que queda de éstos muestra una inclinación exagerada hacia afuera, en la posición llamada pie valgo.

El cráneo es de notable robustez por su masa total, redondeada, y por todos los detalles de su arquitectura ósea. La frente es alta y dilatada, robusto el inicio del occipital y cada uno de los relieves del cráneo, que aparecen muy bien definidos en las diversas fotografías, sobre todo en la de la base craneal.

Robusta es también la mandíbula inferior, muy bien conservada, con todos sus dientes, así como los la superior, intactos y de fuerte contextura, aunque mala implantación. En la fotografía lateral se observa la recia masa que forman el macizo de esta mandíbula inferior y el resto de la osamenta facial, comparándola con la masa del cráneo. De muelas faltan mas, comprobando que padeció de ellas, como atestiguan sus biógrafos.

Los huesos de la nariz aparecen intactos. Los ojos, cerrados y muy separados, como corresponde a la amplitud de desarrollo de los senos frontales, y la boca es grande, mostrando todavía el prognatismo inferior le imponía la enérgica mandíbula: y esto es todo.

Anotemos ahora, con satisfacción de historiadores, el perfecto acuerdo entre estos datos directos y los que comunicaron los cronistas y viajeros sobre la figura viva del último Trastámara. Prescindimos de los retratos plásticos, balbucientes y quizá inspirados, más que en la realidad, en el recuerdo, y trazados bajo la sugestión de la mitología egregia: tal, el más conocido, el del códice de Stuttgart, publicado en la relación del viaje de Jorge Ehingen, inserto en el libro de Fabié y después reproducido innumerables veces.

Mucho más valor tienen las descripciones literarias, y sobre todo la de la Crónica de Enríquez del Castillo y su variante de la biblioteca de El Escorial que publicó Rodríguez Villa. Enríquez del Castillo, contemporáneo del rey y su capellán y cronista, nos dejó una admirable silueta de su señor, de la que un ilustre compañero nuestro escribió, con razón, que partiendo de ella «podría hacerse un acabado estudio fisiológico, psicológico y hasta clínico de aquel monarca». Los datos que proporciona el otro gran cronista del reinado, Alonso de Palencia, no difieren en lo fundamental de los de Enríquez del Castillo, ni tampoco los detalles sueltos que, al pasar, apuntan los viajeros que visitaron la corte del Trastámara.

Todas estas relaciones destacan la «larga estatura», los «fuertes miembros», los ojos «algo espaciados», esto es, separados; «la cabeza grande y redonda», la «frente ancha», «las quijadas luengas y tendidas a la parte de ayuso», «los dientes espesos y traspellados», «los calcaños volteados afuera». Es decir, exactamente los mismos detalles que hemos podido recoger en el momificado cuerpo de don Enrique.

Así era, pues, el infeliz monarca. Como le habían pintado sus cronistas: alto, recio, desgarbado de cuerpo, de anchas caderas, de cabeza redonda, grande y prognática. Así le sorprendió la muerte, de cuya causa no queda rastro en el cadáver. El tiempo hizo desaparecer la súbita y atroz hinchazón que, según Enríquez del Castillo, precedió a su final; y nos ha transmitido el cuerpo, ya enjuto, vestido con las mismas ropas groseras y con las mismas polainas de cuero con que se tendió a morir en la cama miserable que usaba.

Y no debemos añadir más. Sobre este rey, clave de muchos hechos trascendentes de la historia de España, se han discutido aspectos íntimos de su existencia, cuando aún vivía y en los tiempos siguientes; y ahora todavía perdura la eterna polémica, movida por el afán de los historiadores de llegar hasta la fuente viva de sucesos cuyo secreto no se sabrá jamás.

Lo que queda del que fue rey de Castilla permite suponer cómo sería su figura. Lo que pasó en el corazón y en el cerebro que alentaron en ella, podemos, con acierto o con error, imaginarlo, pero nada más. La discusión queda para siempre abierta. La verdad de este gran drama quizá no la supo el mismo propio protagonista, a cuya cabeza, colocada, al cabo de los siglos, el altar mayor de Guadalupe, queríamos interrogar; parecía contestarnos con una mueca que era también una irónica interrogación.

 

M. GÓMEZ MORENO-G. MARAÑÓN

Madrid, 28 de marzo de 1947

 

 

 

 

ACTA DE LA EXHUMACIÓN DEL CADÁVER DE ENRIQUE IV

 

 

REAL MONASTERIO DE GUADALUPE

 

 

(CÁCERES)

 

 

En el Real Monasterio de la villa de Guadalupe, en l anoche del diecinueve de octubre de mil novecientos cuarenta y seis, y previa autorización del Emmo. Sr. Arzobispo de Toledo y del M.R.P Provincial de la seráfica Provincia de Andalucía, los Académicos de la Historia, excelentísimos Sres. D. Manuel Gómez Moreno. D. Gregario Marañón Posadillo y el Correspondiente en Cáceres D. Miguel Ortí Belmonte, y en presencia del M.R.P. Provincial, Fr. Francisco S. Zuloaga, Claudio López, Arcángel Barrado y Enrique Escribano, se personaron todos en la Iglesia de Nuestra Señora para abrir los sepulcros donde se encuentran los restos de la Reina doña María y de Enrique IV de Castilla.

Quitada la tabla medio-relieve que se encuentra del cuadro de la Anunciación, en el lado del Evangelio del altar mayor. quedó al descubierto una galería con bóveda de medio cañón y arco apuntado, donde había dos cajas de madera, lisas, del siglo XVII.

En una de ellas se encontraban los restos momificados, pero muy destruidos, de la Reina doña María. envueltos en un sudario de lino, cuya momia no ofrecía materia de estudio. En la otra caja, los restos de Enrique IV, envueltos en un damasco brocado del siglo XV, sudario de lino, restos de ropa de terciopelo, calzas o borceguíes. Se procedió a la medición antropológica de la momia y examen de las telas, retirando un trozo pequeño de damasco para su estudio, el cual pasará al Museo de telas y bordados del Real Monasterio.

Terminados de tomar los datos necesarios para la redacción del informe a la Real Academia de la Historia, se procedió otra vez al cierre de la galería, colocando la tabla medio-relieve del retablo y firmando este Acta los PP. Franciscanos y los Miembros de la Comisión y testigos, cuyas firmas aparecen a continuación.

De todo lo cual, yo, como Secretario, certifico en Guadalupe, fecha ut supra.—

Fr. Francisco S. Zuloaga Fumín, Prior.—Fr. Julio Elorza.—Fray Claudio López, Párroco.—Arcángel Barrado.—G. Marañón.—M. Gómez Moreno.—Reynaldo dos Santos.—A. F. Araoz.—R. Calparsoro.—Philip Bonsal.—Sebastián Miranda.—Gerardo Hernández.—Miguel Muñoz de San Pedro.—Miguel Ortí Belmonte, Secretario.

 

I

 

RAZÓN Y RIESGOS DE LA CLÍNICA ARQUEOLÓGICA

 

 

Siempre me han parecido un tanto indelicados los estudios clínicos, tan en boga en la actualidad, acerca de personajes que gozan desde hace años —o siglos— de la paz de los justos. Porque, de una parte, el médico no tiene derecho a elegir por sí mismo sus pacientes, y supone un abuso de la superioridad que nos da nuestra condición de seres vivos el someter a nuestras exploraciones a quienes no están en aptitud de discernirnos su confianza.

Pero, además, los médicos nos equivocamos tantas veces cuando los enfermos están al alcance de nuestras investigaciones directas, que tiene mucho de atrevido y pedantesco el pretender acertar cuando nos separa de ellos el abismo sin orillas de la eternidad. Pongo, pues, por voluntario designio, en tela de juicio cuanto voy a decir en este ensayo, en lo que se refiere a interpretaciones médicas. Jamás he pretendido hablar ex cathedra, y menos que nunca ahora, cuando recojo ya de la experiencia la lección inestimable de que en nuestra ciencia sólo pueden tomarse en consideración aquellas opiniones que nacen tocadas de sencillez y humilde reserva.

Sin embargo, la Medicina ha progresado tanto en los últimos decenios, que meros indicios indirectos pueden bastarnos para formar un criterio aproximado a la verdad, respecto a hechos que tal vez en los tiempos en que se desarrollaron no pudieron ser interpretados con exactitud. En ocasiones, en efecto, el diagnóstico lo da, sencillamente, la morfología, y puede bastar, por lo tanto, para realizarle un buen retrato o una descripción literaria detallada. En cierto modo, no sería, pues, aventurado hablar de una arqueología médica. Por ejemplo: un clínico inglés, Adisson, descubrió en 1855 una interesante enfermedad que desde entonces lleva su nombre; pues bien: yo he publicado la descripción, perfecta, precisa y detallada, de esta misma enfermedad, realizada tres siglos antes por el padre Sigüenza en su famosa Historia del Monasterio de El Escorial [15]. Recordemos, entre los españoles que han contribuido a estos estudios, a Comenge [16], y las recientes e interesantes investigaciones del doctor Sanchís Banús sobre el príncipe Don Carlos [17].

Este tipo de diagnósticos retrospectivos, que a veces son sólo ocupación de médicos desocupados, puede tener, en otras ocasiones, un verdadero interés histórico. Porque nadie ignora con cuánta frecuencia la gran tramoya de los hechos públicos ha sido conducida por individuos o francamente enfermos, o de esos otros que, como los funámbulos en su cuerda, atraviesan la vida balanceándose entre la normalidad y la patología. Y acaso no sería desmedido decir que a esta categoría, casi sin excepción, pertenecen, casi sin excepción, los grandes hombres que han hecho cambiar el rumbo de la Historia. Sin un punto de anormalidad en sus directores, la vida de los pueblos se hubiera deslizado por cauces infinitamente más tranquilos, aunque, a costa de esta tranquilidad, estaríamos todavía en los linderos de la civilización cavernaria. Para citar un ejemplo contemporáneo, pensemos en la revolución rusa, la más trascendente de sufrido la Humanidad. Pues bien: el hombre de sobrehumana energía que fue su conductor, Lenin, era, según el testimonio que yo mismo he recogido de algunos de sus médicos, un espíritu que planeaba en las alturas vertiginosas de la parálisis. Y esto no envuelve nada despectivo para los grandes artífices de la Historia, quiere decir, simplemente, que hay una fisiología y una normalidad históricas distintas de las que nos sirven, como suele decirse, «para andar por casa». Y de su casa no sale nadie para conducir a las muchedumbres si no tiene un superávit de impulsión que desborda de los límites de la normalidad doméstica y burguesa. Otras veces, sin embargo, la enfermedad adopta el tipo degenerativo y actúa en forma de disolución perturbadora sobre los pueblos que tienen la desdicha de soportarla. A este género pertenece la que aquejó a Don Enrique IV de Castilla, de que nos vamos a ocupar en este ensayo.

 

II

 

VERDAD HISTÓRICA Y VERDAD BIOLÓGICA

 

 

¿Fue Don Enrique un ser inepto, un impotente, como reza la etiqueta con que ha sido archivado en la Historia, o un pobre hombre calumniado por adversarios victoriosos a favor del éxito, que todo lo autoriza y lo sanciona, han hecho perdurable la fábula de su incapacidad?

Es sabido que los historiadores se dividen, frente a este problema, en dos bandos, a la verdad arbitrarios, Fundan su actitud en razones principalmente sentimentales, de simpatía o antipatía hacia unos u otros de los protagonistas del drama. Algunos cronistas de la época, como Palencia, Mosén Diego de Valera y Hernando del Pulgar, fueron los más resueltos propagadores de la escabrosa especie. Y, en realidad, tampoco los partidarios del Monarca, como Enríquez del Castillo, la contradicen abiertamente. De los historiadores posteriores, mientras unos, como Lafuente, admiten la impotencia [18], otros la atribuyen a calumnias

Forjadas por los partidarios de los Reyes Católicos; tal, Mariana [19], al que han seguido después otros muchos [20], singularmente los portugueses, en los que el anhelo de esclarecer la verdad coincide con la satisfacción de sus sentimientos patrióticos. Entre los comentaristas contemporáneos persiste idéntica disparidad: Paz y Melia [21]da fe absoluta a la opinión de Palencia. Sitges [22], en cambio, la considera como una calumnia vil. Puyol se adhiere también, con entusiasmo, a la tesis de Mariana [23].

Y el mismo Llanos y Torriglia [24], a pesar de su partidismo por la Reina Católica, no se atreve a dictaminar sobre la cuestión.

Veamos lo que pueden aportar a este pleito los hechos clinicos examinados por quien, como yo, no tiene —por ser ajeno al oficio— prejuicios de escuela, sino tan solo curiosidad ante la vida presente o remota.

Comenzaremos por reconstruir la vida patológica de Enrique IV, y de ella deduciremos después las conclusiones que puedan tener un interés histórico. Para ello nos serviremos lo menos posible de los juicios de historiadores, y todo lo que podamos de las referencias de algunos viajeros; pero, sobre todo, de los proporcionados por los cronistas de la época, sobre los que, antes de seguir, es necesaria alguna aclaración.

Dice con gran exactitud, Puyol [25] que «el que quiera conocer los sucesos de aquel reinado por las narraciones contemporáneas, hallará a mano abundantísimo material; pero le será preciso usar de él con singular cautela, para no sufrir a cada instante la desorientación que producen los relatos contradictorios». Prudente advertencia, porque, como es sabido, la pasión que movía las plumas en aquellos años caóticos es sólo comparable a la que empujaba las espadas y destilaba en los alimentos la letal ponzoña. Sin embargo, al circunscribirnos, no a sucesos históricos, sino a episodios puramente humanos (cualquiera que sea su trascendencia histórica), la verdad resalta, casi sin dudas, a través de enconos y de servilismos. La verdad biológica es, en efecto, mucho más difícil de ser deformada que la verdad histórica, y nos es relativamente sencillo el lograr su auténtico hallazgo en el fondo de los espejismos desconcertantes de las leyendas más apasionadas. Las leyendas que se edifican sobre la vida humana de los hombres, y no sobre su vida histórica, tienen siempre una raíz real, que esa leyenda deforma, pero a la vez fija y esquematiza; de suerte que casi siempre es más ayuda que estorbo para la reconstrucción de la exacta silueta de los personajes pretéritos.

Desde este punto de vista nuestro, es evidente que el cronista preferido tiene que ser el famoso Alonso Palencia. Es sabido que mientras algunos historiadores, como Zurita, le consideran como «el historiador más veraz de España» [26], o alaban, como Menéndez Pelayo, «la gravedad de su carácter moral», considerándole como «uno de los varones más honrados y de los espíritus más sanos y rectos de su tiempo» [27]; otros, como Sitges, le tienen por un clérigo apasionado, procaz y deslenguado, indigno de todo crédito [28]. Paz y Melia [29] compila muchas opiniones sobre él y añade fervorosos argumentos en su defensa. Puyol [30] le juzga con ecuánime serenidad, criticando severamente su intención histórica, pero reconociendo sus grandes dotes de observador y su valor documental. Esto es lo que a nosotros nos interesa. No podemos entrar, naturalmente, en los pleitos históricos. Pero insistimos en que los datos que nos proporciona, aparte de ser los más y detallados, revelan tal perspicacia y veracidad, desc.ubren tan claramente, aun en los momentos de mayor pasión histórica, su raíz de realidad, que desde sus Décadas, de tan gustosa lectura, hemos recogido gran parte del material del presente ensayo.

 

III

 

LOS PADRES Y LA INFANCIA DE DON ENRIQUE

 

 

Enrique IV fue hijo único de Don Juan II y de su mujer, la Reina Doña María, hija de Don Fernando de Aragón. El hipotético Centón de Fernán-Gómez de Cibdarreal [31] nos cuenta que la augusta madre padeció de una grave hemorragia, en el momento de nacer; y hace después horóscopos felicísimos sobre el nuevo príncipe, demostrando así el grave peligro que corren los augures, reales o imaginados, al pronosticar sobre las cosas públicas. Palencia [32] insinúa que tal vez fue hijo adulterino; pero la herencia de Don Juan aparece tan directamente en Don Enrique, que excluye la posibilidad de esta especie, creada, sin duda, en el ambiente corrompido de la Corte. Don Juan II fue, en efecto, como su hijo, de talla alta «Y de grandes miembros» pero no de buen talle; «de buen gesto, blanco y hombros altos y el rostro grande» [33]. Luego comentaremos la reproducción de estos mismos detalles en la morfología de su hijo. Y, desde el punto de vista psicológico, encontramos en el padre las mismas cualidades, poco deseables, que luego alcanzaron en que todo su siniestro esplendor. Fue Don Juan, a pessar de la buena fama con que, a través de ciertos historiadores, ha pasado a la posteridad, débil de carácter y sugestionable hasta el punto de su vergonzosa sumisión a la larga tutela de Don Álvaro de Luna, del que después se desprendió con la crueldad fría que caracteriza a las reacciones de los hombres cobardes, cuando, ya debilitado el tirano, pueden tomar estas revanchas, que les justifican de su propia impotencia [34]. La muerte de Don Álvaro, que al fin era un hombre dotado de cualidades políticas superiores, y que supo mantener al Monarca en una digna limitación, dejó en libertad los instintos de éste, entregándose desde entonces a todo género de voluptuosidades y excesos, que no tardaron en matarlo. Toda su historia es un tejido de abdicaciones, de sensualidades desaforadas y de injusticias, sin que baste a mejorar este grave juicio su reconocida afición a la lectura de poetas y filósofos y al arte musical, que también transmitió a Don Enrique [35]. Fue, sin duda, lo que hoy llamaríamos un intelectual; pero ni entonces ni ahora debe servir este título, como a veces ocurre, de patente de corso para ningún género de fechorías.

Doña María, la Reina, «la que, según Palencia, no halló en el matrimonio el menor goce», murió joven, y, a la verdad, de un modo tan extraño, que no hace nada inverosímil la sospecha de que fuese envenenada, como su hermana la Reina de Portugal, desterrada en Toledo y madre de la princesa Doña Juana, segunda esposa de Don Enrique IV, de la que tanto tendremos que ocuparnos. Nada aportan los datos que de ella pueden recogerse al interés de nuestra historia clínica. Debió de ser una mujer buena, insignificante y melancólica. Todo lo malo de don Enrique le afluye, sin duda, por la vía paterna, haciéndonos pensar cuánto hubiera ganado probablemente la historia de España de haber sido cierto el adulterio de la Reina a que antes nos referido. Los rasgos degenerativos de Don Juan II pasaron también, con su segundo matrimonio, a la otra su descendencia, agravados por la tara indudable de su nueva esposa. Doña Isabel, la futura Reina Católica, fue un producto genial de esta triste herencia, un eslabón excelso —como es siempre el genio— en una cadena de miserias. Pero rebrotó la pesadumbre degenerativa en su nieta, la loca Doña Juana, y en varios más de sus sucesores [36].

De la infancia y juventud de Don Enrique se conservan noticias confusas, pero no exentas de interés. Todas ellas coinciden en anotar la debilidad de su carácter y su fácil sugestionabilidad, que le convirtieron desde el primer momento en un instrumento pasivo de Don Juan Pacheco, intencionadamente puesto a su lado para dominarle, por Don Álvaro de Luna. «Ninguna cosa se hacía más de cuanto él mandaba», dice ya la Crónica de Don Juan II [37], y así lo repiten los demás historiadores.

También están todos de acuerdo en que en estos años de la mocedad se entregó el príncipe a «abusos y deleites de los que hizo hábito», «y de donde le vino la flaqueza de su ánimo y disminución de su persona» [38]. Estos «deleites que la mocedad suele demandar y la honestidad debe negar», según la conocida frase de Pulgar [39], resultan muy equívocos, pues este autor aplica los mismos adjetivos a amores más o menos libres, pero sexualmente correctos, como los de la Reina Doña Juana [40]; en tanto que Palencia insinúa que pudieran ser relaciones de tipo homosexual; luego relataremos con mayor detalle este punto, capital para nuestra historia; he aquí, ahora, las propias palabras del cronista: Al saberse el fracaso nupcial de Doña Blanca (Don Enrique tenía dieciséis años), dice Palencia, «empezaron a circular atrevidos cantares y coplas de palaciegos ridiculizando la frustrada consumación del matrimonio y aludiendo a la mayor facilidad que Don Enrique encontraba en sus impúdicas relaciones con sus cómplices. Era el principal de ellos Don Juan Pacheco» [41].

Fueran normales o anormales, estos abusos debieron ser muy precoces y de corta duración, pues, como veremos después, ya a los doce años, según el informe de su médico Fernández de Soria, se empezó a manifestar su impotencia. Conviene insistir en esto, porque es una idea generalizada, incluso entre los eruditos, que Don Enrique fue en su juventud un varón activísimo, no declarándose su impotencia hasta su madurez. Yo mismo lo pensé así, antes de haber recogido y meditado los datos que ahora me han servido para componer este ensayo. Es sabido que, a veces, los individuos afectos de reacciones acromegaloides, como la que aún después veremos, padecía Don Enrique, tienen una fase juvenil de hipersexualidad. Pero no es éste, sin duda, el caso de nuestro Trastámara, que fue débil sexual desde sus comienzos. Su pretendida juventud licenciosa es tan hipotética como las rey turbulencias políticas que se le achacan en estos mismos años, con idéntica falta de razón.

Lo seguro es que la juventud de Don Enrique inició ya las dos grandes líneas de su psicología: la abulia y la sensibilidad anormal. Aquella abulia le convirtió en instrumento de sus audaces consejeros, o, por mejor decir, dictadores, y esta circunstancia da una apariencia de inquietud y rebeldía a la primera su actuación pública. Eran turbulentos los que le manejaban; pero no él, tan blando y débil como su padre. Hernando del Pulgar insiste en hacerlo constar así [42]contra de los que pintan como animosa y varonil su juventud.

 

IV

 

PRIMERA BODA Y DIVORCIO

 

 

A los dieciséis años empieza la vida detalladamente conocida del Monarca, con el trance de su matrimonio con Doña Blanca de Navarra. Adelantemos, para pisar desde ahora sobre seguro, que los hechos que podemos recoger de su biología nos permiten juzgarle, con seguridad, como un esquizoide con timidez sexual; diagnóstico que, como después veremos, encaja por completo en el que puede deducirse de su examen objetivo.

La Crónica de Juan II [43]describe al por menor la ceremonia nupcial, rematándola con la repetida frase de que la princesa quedó «tal cual nació, de que todos tuvieron gran enojo», que copian con variantes los demás cronistas. Uno de ellos, Mosén Diego de Valera, puntualiza que «El Rey y la Reina durmieron en una cama y la Reina quedó tan entera como venía, de que no pequeño enojo se recibió de todos» [44].

Conviene tener en cuenta, para explicarse las intimidades de estas regias lunas de miel, el aparato indiscreto e inhibidor de que las rodeaba el protocolo palatino. Mosén Diego de Valera describe así la noche de Don Femando y Doña Isabel, los futuros Reyes Católicos: «El Príncipe y la Princesa consumaron su matrimonio. Y estaban a la puerta de la cámara ciertos testigos puestos delante, los cuales sacaron la sábana que en tales casos suelen mostrar, además de haber visto la cámara do se encerraron» [45]. Con tales precauciones era, en efecto, difícil que escapase a la investigación de la posteridad lo ocurrido entre los cónyuges; pero, por otra parte, debía hacerse particularmente enojosa la primera reunión nupcial, ya de suyo delicada. Luego veremos que Enrique IV omitió estos requisitos en su segundo matrimonio, escarmentado, sin duda, de su público fracaso en el primero. Suponiendo que fuera el primero, pues, según Palencia [46], ya «desde su niñez había manifestado señales de su impotencia.

Sea esto cierto o no, el hecho es que el matrimonio con Doña Blanca no llegó nunca a consumarse, y precisamente en las condiciones típicas de la timidez sexual, que condiciona imperfectamente, y ya para siempre en la mayoría de los casos, estos primeros reflejos eróticos. Así se desprende de la magistral descripción de Palencia cuando nos dice [47] que «durante algún tiempo no despreció abiertamente a su esposa»; pero luego la huía, demostrándolo con sus «repentinas ausencias, la conversación a cada paso interrumpida, su adusto ceño y su afán por las excursiones a sitios retirados», frases que dibujan con exactitud la silueta del hombre obsesionado por la preocupación de su inferioridad sexual.

Es hoy incuestionable la no realización de esta primera coyunda después de conocer la sentencia de su nulidad de matrimonio, publicada por la Academia de la Historia [48], en la cual consta que, de los trece años que duró el enlace, los Reyes cohabitaron durante tres, sin lograr llevar a cabo la conjunción sexual, a pesar de que el príncipe «había dado obra con verdadero amor y voluntad, y con toda operación, a la cópula carnal», y a pesar de que en este tiempo se le procuraron todos los auxilios posibles, «así por devotas oraciones a nuestro Señor Dios hechas, como por otros remedios». Pero todo —lo divino y lo humano— falló. Entre estos remedios se contarían los que, según Zurita [49] le enviaban desde Italia, metrópoli de la ciencia erótica, los embajadores que el Rey tenía allí.

En esta sentencia se alude concretamente a un punto de importancia, para Juzgar de si la impotencia del Rey fue completa o localizada sólo en determinadas relaciones sexuales, como es frecuente que les ocurra a los tímidos. Se habla, en efecto, en ella de que el príncipe tenía relaciones frecuentes con mujeres de Segovia, las cuales fueron visitadas por «una buena, honesta y honrada persona eclesiástica», que bajo juramento se informó sobre esta delicada cuestión, resultando que el regio amante «había habido en cada una de ellas conocimiento de hombre a mujer, así como cualquier otro hombre potente, y que tenía una verga viril firme y daba su débito y simiente viril como otro que creían y que creían que si el dicho señor príncipe no conocía a la dicha señora princesa, es que estaba hechizado o hecho otro mal, y que cada una le había visto y hallado varón potente, como otros potentes».

La última parte de esta declaración trasluce demasiado el fin político del documento, y quita casi todo su valor a la otra importante afirmación de que Don Enrique no logró su matrimonio con Doña Blanca, por lo que entonces se llamaba un «legamento» o hechizo, y hoy una impotencia psíquica, limitada a una determinada mujer; pero no por una falta total de aptitud.

No puede, pues, darse a este testimonio de las mujeres a través de un clérigo interesado, el valor decisivo a favor de la virilidad del Rey que pretende Sitges [50], para el cual queda con esto destruida la leyenda de la impotencia. Pero tampoco estamos autorizados a desechar en absoluto, después de oído esto y teniendo en cuenta las condiciones del Monarca, la posibilidad de otras relaciones extraconyugales.

Con todas sus márgenes de error, es, sin embargo, más interesante esta declaración de las amantes públicas del Rey que los informes médicos que echa de menos Comenge [51], pues los doctores, en estos casos, no suelen servir tan fielmente a la verdad científica como a la conveniencia de su real clientela; aparte de que, en último término, el médico más experto puede en tales ocasiones certificar la normalidad o anormalidad anatómicas; pero no la capacidad funcional, que es independiente de aquélla, y que es lo que en estos casos interesa. Por tanto, no nos merece mayor confianza que las alusiones copiadas de la sentencia el famoso y sospechosísimo informe del doctor Juan Fernández de Soria, al que dan tanta importancia los historiadores partidarios de la rehabilitación de Enrique IV. Según Colmenares [52], dicho médico de Juan II y después del príncipe, examinó a éste, declarando que «desde la hora en que nació estuvo a su servicio y rigió su salud, sin conocerle defecto alguno hasta los doce años, que perdió la fuerza por una ocasión; lo cual sabían el Obispo Barrientos, su maestro, y Pedro Fernández de Córdoba, su ayo, y nuestro Rui Díaz de Mendoza [53], y que de esta ocasión nació el impedimento o maleficio con la infanta Doña Blanca de Navarra. Pero que después recobró la aptitud perdida; y concluye afirmando «que Doña Juana era verdadera hija del Rey y de la Reina» (de la otra, la segunda). También aquí deja transparentar demasiado nuestro remoto colega el designio político y el deseo de ayudarle a toda costa, por la verdad rigurosa.

Hay que anotar, además, para ser exactos, que al lado de estos testimonios favorables a la virilidad del Rey, de las mujeres de Segovia, hay otros del mismo dudoso origen que no concuerdan con ellos. Por ejemplo, Hernando del Pulgar [54], después de referir el matrimonio infructuoso con Doña Blanca, añade; «ni menos se halló que hubiese (relación sexual) en todas sus edades pasadas con ninguna otra mujer, puesto que amó estrechamente a muchas, así dueñas como doncellas de diversas edades y estados, con quienes había secretos ayuntamientos; y las tuvo de continuo en casa, y estuvo con ellas solo en lugares apartados, y muchas veces las hacía dormir con él en su cama, las cuales confesaron que jamás pudo haber con ellas cópula carnal. Y de esta impotencia del Rey no solamente daban testimonio la Reina Doña Blanca, su mujer, que por tantos años estuvo con él casada, sino todas las otras mujeres con quienes tuvo estrecha comunicación, más aun los físicos y las mujeres y otras personas que desde niño tuvieron cargo de su crianza» [55].

Tienen estos detalles, a pesar de la posición política de Pulgar, contraria a Enrique IV, tal aire de autenticidad, y concuerdan además de tal modo con los datos morfológicos que luego comentaremos, que el observador actual tiende forzosamente a darles un gran margen de crédito. Pero dejando a un lado el que tuviese o no relaciones extraconyugales, conjetura que, como vemos, no está probada, pero que no se puede rechazar en absoluto, lo indudable es que en los trece años de su unión con la primera Reina no se consumó el matrimonio.

Atestiguándolo así al final de la sentecia «dos dueñas honestas», «matronas casadas, expertas in operes nuptiale», que bajo juramento declararon, depues de catar a la Princesa, que «estaba virgen incorrupta como había nacido» [56].

Así se volvió —entera, melancólica y hastiada— la triste princesa a sus tierras dulces de Navarra.

 

V

 

LA SEGUNDA BODA

 

 

Nuestra conclusión de que la impotencia del Rey fue, probablemente, sólo relativa —hipótesis ya indicada por Comenge [57]— y ligada con su psicología esquizoide, se confirma por el hecho, bien comprobado, de que la anulación del matrimonio con Doña Blanca se hizo pensando ya en una nueva unión conyugal [58]. Por cínico y exhibicionista que fuera Don Enrique —y luego veremos hasta qué punto lo era—, no parece verosímil que se aprestara a esta segunda aventura sin tener un resto de confianza, más o menos fundada, en sus fuerzas. Y así, al dirigirse a sus prelados y caballeros, daba como razón de su segundo casamiento que «la generación del linaje humanal es preciso que vaya de gentes a gentes, y los nombres de los padres revivan en los hijos», y «por esto, añadió, como yo esté sin mujer, sería gran razón de casarme, así por el bien de la generación que me suceda en estos reinos, como porque mi real estado con mayor autoridad se represente» [59].

Poco después se celebró, en efecto, su matrimonio con Doña Juana, hermana del Rey de Portugal, «de la que había oído ser muy señalada mujer en gracias y en hermosura». Parece, pues, que al lado de las razones políticas, que no son de nuestra competencia, había evidentes razones biológicas en la preparación del nuevo enlace, que tantos sucesos memorables había de engendrar para la historia de Castilla y del mundo.

No debía, sin embargo, tenerlas todas consigo el Rey —y ello confirma nuestro diagnóstico de timidez sexual—, pues en la primera entrevista con la hermosa prometida, que sólo contaba dieciséis años, contrastaba la algazara y el lujo del séquito real con la actitud de Don Enrique, que Palencia, al que —repitámoslo— el fino espíritu de observación salva de todos sus apasionamientos, describe así: «no era su aspecto de fiestas, ni en su frente brillaba tampoco la alegría, pues su corazón no sentía el menor estímulo de regocijo; por el contrario, el numeroso concurso y la muchedumbre, ansiosa de espectáculo, le impulsaba a buscar parajes escondidos; así que como a su pesar, y cual si fuese a servir de irrisión a los espectadores, cubrió su frente con un bonete y no quiso quitarse el capuz» [60]. Perspicaz pintura del tímido frente a los acontecimientos azarosos de una noche de bodas, sobre todo para quien, como él, tenía del lance tan escarmentada experiencia.

No se sabe exactamente lo que ocurrió en ella [61], pues, al parecer, Don Enrique había tenido la precaución —ya citada, harto sospechosa y no comentada por los historiadores— de derogar para esta segunda luna de miel «la antigua y aprobada ley de los reyes de Castilla, la cual prescribe que, al consumarse el matrimonio, se encuentren en la real cámara un notario y testigos». Siendo la restauración de esta ley, precisamente, una de las peticiones suplicadas al Monarca en la reunión de nobles y prelados que, por iniciativa del marqués de Villena, se reunió años después en Alcalá de Henares [62].

Respecto a la vida conyugal ulterior del nuevo matrimonio, las noticias son particularmente embrolladas, pues la pasión política culminó al comentarla, ya que de su curso normal o anormal dependía el fallo del pleito de la legitimidad de Doña Juana la Beltraneja, que tan hondamente dividió a los españoles, propensos siempre a la bandería frenética, y, generalmente, por razones que en nada afectan a su progreso y a su bienestar.

 

VI

 

EL DIAGNOSTICO POPULAR

 

 

Que el Rey era impotente, quizá sólo de este modo parcial, como lo son los tímidos sexuales, no puede dudarse después de los datos anteriormente expuestos. Esta era, por lo demás, la creencia general en todo el reino. En los documentos de la época no se encuentra afirmación alguna en contra, ni aun entre los amigos del Rey, que, por lo menos, se callan discretamente. Los autores que lo ponen en duda, como Mariana, Sitges, etc., son siempre críticos alejados de la época de los sucesos. Tal vez entre sus contemporáneos «algunos querían suponer que había dejado alguna vez de serlo» (impotente) [63], y es probable, como ya hemos dicho, y luego insistiremos, que no les faltase razón. Pero la opinión popular era unánimemente favorable al diagnóstico, como lo demuestran los chistes y los juicios acerbos que corrieron el día de la segunda boda.

Palencia, por ejemplo nos dice que «el Conde Gonzalo de Guzmán, que no conoció rival en su época en las bromas, chistes y agudezas, decía, burlándose de aquella vana celebración de las bodas, que había tres cosas que no se bajaría a coger si las viese arrojadas e la calle, a saber: la virilidad de Don Enrique, la pronunciación del Marqués y la gravedad del Arzobispo de Sevilla» [64]. Y añade que el Conde de Plasencia decía de Don Enrique que «no podía llamarse hombre, con justicia, puesto que nada de tal en él se encontraba, y había tenido la avilantez de hacer pasar por suya la prole ajena, siendo de todos reconocida su impotencia» [65].

La misma injuriosa especie rezuma de las copla de los ingenios callejeros y también de las impresiones recogidas por los viajeros, como Münzer [66], de que luego hablaremos con mayor extensión: y Tetzel, uno de los acompañantes del barón de Rosmithal, que vio a la Corte en Olmedo, y recoge la creencia general de que «el Rey no la quiere (a la Reina). y no yace con ella, y hasta dicen que no puede haberse con ella como marido» [67]. Es difícil admitir que un hecho totalmente inexacto tuviera un estado de opinión tan unánime, porque así como la gente yerra con facilidad cuando se trata de juicios éticos, suele tener siempre un fondo de razón cuando sentencia sobre hechos concretos de esta categoría [68].

Los cronistas, como ya hemos dicho, admiten también la especie de la incapacidad regia: unos, con reiteración y encono, como Palencia; otros, con caritativa moderación, como Diego de Valera, que escribe [69]:

«Todos los discretos hacían burla, conociendo ser tan vana la boda tercera como la primera y la segunda.» Se refiere, al hablar de la «tercera» boda, a las nuevas relaciones que hubo Don Enrique con su segunda mujer, Doña Juana, al morir en Navarra la primera, Doña Blanca.

También es categórico, aunque pulido, Pulgar: «La Reyna Doña Juana concibió, de lo cual todos los del reino tuvieron gran escándalo, porque, según la impotencia del Rey, conocida de muchas experiencias, etc.». «Lo cual sabido por algunos prelados y caballeros, y por algunos religiosos de buena intención, a quienes la potencia del Rey para engendrar era notoria, etc.» [70]. «En este segundo casamiento se manifestó su impotencia» [71], etc.

Y aun el mismo Castillo, defensor sistemático del Rey, afirma que al nacer Doña Juana «fue gran sospecha en los corazones de las gentes sobre esta hija, pues muchos dudaron ser engendrada de sus lomos de Rey» [72].

Mas quizá el argumento de mayor importancia en pro de la debilidad sexual del Rey nos le da la mansedumbre y perfecta indiferencia con que recibió y leyó la carta enviada por los Grandes, reunidos en Burgos, en la que le decían que «en gran perjuicio y ofensa de todos sus reinos y de los legítimos sucesores, sus hermanos, había hecho pasar por princesa heredera a Doña Juana, hija de la Reina Doña Juana, su mujer, sabiendo él muy bien que aquélla no era su hija». Los de «su Real Consejo, servidores y criados, como los otros que seguían su partido, fueron no solamente maravillados, más tristes y muy descontentos, viendo cuán turbiamente y con cuánta flojedad» se enteraba el pacífico marido de esta misiva injuriosa. Castillo, su cronista de cámara, lo califica de «desvergüenza y maldad» de los imputadores [73]. Pero el hecho de esta increíble mansedumbre es insuperablemente elocuente, porque revela a un hombre no sólo moralmente abyecto, sino, además, falto de la autoridad subjetiva necesaria para enfadarse con razón. Otro tanto puede decirse, pero aun con mayor motivo, del pacto de Guisando, en el que el Rey suscribió su propia deshonra del modo más solemne al desposeer a su presunta hija del título de heredera. No sin malicia —y desde luego sin razón— pudieron utilizar sus enemigos este documento como «Un juramento ante Dios y ante los hombres de que aquella doncella no era hija suya, sino fruto de ilícitas relaciones de su adúltera esposa» (Palencia) [74]. Sitges supone que el Rey «no se dio cuenta de lo que firmaba, o bien que esta cláusula deshonrosa se ha interpolado posteriormente en un documento cuyo original se desconoce» [75]; pero nada abona esta gratuita afirmación. Lo cierto es que Don Enrique sentía la pesadumbre de su incapacidad, aunque probablemente parcial; y ello le impidió reaccionar dignamente contra lo que, por encima de todo, era denigrante para su persona y para los suyos.

Por audaces que fueran —y desde luego lo eran mucho sus enemigos, no se hubieran atrevido, finalmente, a llevar estas historias al mismo Papa, con expresión detallada de pormenores difíciles de inventar en su totalidad [76], de no haber existido un fondo de razón.

 

VII

 

EL MISTERIO DE LA BELTRANEJA

 

 

El simple examen de las referencias históricas nos conduce, pues, a la certeza de una anormalidad profunda en los instintos de Don Enrique. Ahora bien; esta afirmación no implica la seguridad de que la hija de Doña Juana, la desgraciada Beltraneja, fuera fruto de adulterio, como supusieron la mayoría de los españoles. La clase de impotencia que, como hemos visto, debió de padecer el Rey no era, según todos los indicios, una impotencia absoluta, y pudo muy bien permitirle alguna relación aislada, más o menos trabajosa y deficiente; pero es bien sabido que una vida humana se engendra, a veces, en las condiciones más desfavorables y más apartadas de la buena técnica.

No puede, por lo tanto, asegurarse, sin más, que mentía la calumniada Reina cuando juraba, después de recibir la Eucaristía en la Catedral de Segovia, que Doña Juana era su hija legítima, con palabras que parecen llegar hasta nosotros impregnadas de solemne veracidad:

«Hago —exclamaba— juramento a Dios y a Santa María y a la señal de la Cruz que con mi mano derecha corporalmente toqué... que yo sé cierto que la dicha princesa Doña Juana es hija legítima y natural del Rey mi señor y mía, que por tal la reputé y traté y tuve siempre, y la tengo y reputo ahora» [77].

La misma declaración hizo Don Enrique, desdiciéndose de su afirmación, coaccionada, de Guisando. El Rey —dice Enríquez del Castillo [78]— ratificó, terminantemente, que Doña Juana «creía ser hija suya y que en tal certidumbre de hija la tenía y había tenido desde que nació». El mismo Palencia [79] recoge estas palabras, con alguna variante, aun más categórica: «Yo tengo por muy cierto —escribe que dijo— que dicha princesa Doña Juana es mi hija legítima y natural.» Y así lo había declarado también en la escritura del casamiento de la Beltraneja (con el Rey de Portugal o con el Infante Don Enrique): «porque yo tengo por muy cierto que dicha Princesa Doña Juana es mi hija legítima y natural, y que dicha sucesión le pertenece justa y directamente» [80].

Podrán motejarse estas contradeclaraciones como artificiosamente inducidas por razones políticas; en realidad, responderíamos, con la misma razón que las declaraciones opuestas, las de su propio deshonor. Pero es más difícil negar la veracidad a la proclamación de la legitimidad de su hija, hecha por Don Enrique en trance de morir, cuando es casi imposible disimular ante el misterio terrible que se acerca. Varios historiadores recogen estas dramáticas palabras. Hernando de Pulgar [81] dice, en efecto, que Don Enrique, poco antes de morir, dictó a su notario, Juan de Oviedo, una nota en que habla de «la Princesa su hija». Palencia [82] refiere también la postrera conversación del Rey moribundo con Fray Juan de Mazuelos, en la que solemnemente dijo: «declaro a mi hija heredera de los reinos». Diego de Valera [83] cuenta, con gran pormenor, la patética escena; en ella el fraile exhortó, cruelmente, al Monarca que, en el supremo trance, confesase la verdad, teniendo en cuenta «vuestra notoria impotencia en el ayuntamiento de las mujeres». Hasta en los instante solemnes de la muerte le siguió la acusación de su falta menos grave, porque es la única que, de ser cierta, no pudo remediar.

Mucho se ha debatido si, aparte de estas declaraciones verbales, Don Enrique dejó testamento escrito en el que hiciese declaración de la legitimidad de Doña Juana. Damiâo de Gaes [84] y otros historiadores, principalmente portugueses, afirman la existencia de ese documento, decisivo para apoyar los derechos de la Beltraneja. Otros —sobre todo los cronistas españoles partidarios de Doña Isabel— niegan que tal documento existiese. No corresponde a nuestro propósito detallar esta polémica de puro valor histórico. Pero sí queremos insistir en que los historiadores no son justos al desmentir estas declaraciones de ambos esposos; porque acaso no mintieron; o, por lo menos, se acogieron lealmente a ese cálculo de probabilidades en que a menudo aparece envuelto el problema de una determinada paternidad; problema que, en ocasiones, sólo podría resolver la infinita sabiduría de Dios. Castillo [85] dice que Don Enrique «jamás la denegó (a la Beltraneja) por su hija; antes, en público y en secreto, siempre afirmó ser suya y la tuvo por tal»; pero claro está que, aun suponiendo a esta afirmación paterna limpia de toda conveniencia política, es la menos importante de todas en el terreno biológico. El presunto padre, por extraño designio de la naturaleza, puede estar tan lejos de la verdad en estos asuntos como un hombre cualquiera, que opina sobre indicios o por el simple gusto de opinar.

Queda, pues, y quedará en un misterio perdurable, el problema de la legitimidad de Doña Juana la Beltraneja, y es inútil querer resolverlo a posteriori por razones de pura simpatía o antipatía hacia unos u otros de los protagonistas de este drama. Insistamos en que la indudable impotencia del Monarca no excluye la posibilidad de una fecundación episódica, tal vez ayudada por los recursos heroicos de la terapéutica de aquellos tiempos, entre los que no sería inverosímil que se empleasen los métodos de fecundación artificial, ya entonces en uso, a los que se refiere el viajero Münzer [86], que dice así: «Facerunt medici cannam auream, quam Regina in vulvam recepit, an per semen inicere posset; nequivit tamen. Mulgere ítem fecerunt feretrum ei us et exivit sperme, sed aquosum et sterile.» Una referencia del mismo tipo es la que copia Paz y Melia [87] de un manuscrito de la Biblioteca Nacional, en la que se dice expresivamente que Doña Juana «fue fecundada antes de desflorada», explicándolo así: «Fuerunt qui seminis secum in hostia effusi sacros penetrasse posticulos affirmavere». Nada tendrían de extrañar tales prácticas, dadas las circunstancias especiales que rodeaban este matrimonio, y nada lo tiene tampoco el que esa noticia nos haya llegado prendida en los rumores del arroyo, y no consignada en los documentos oficiales o semioficiales. Es natural que, en cualquier época de la Historia, ciertos aspectos de la vida estrictamente íntima de los palacios puedan saberse tal vez en los corrillos callejeros; pero nunca, desde luego, en los pudorosos documentos oficiales o en los convencionales relatos de la Historia ortodoxa.

 

VIII

 

PESADUMBRE Y MUERTE DEL REY

 

 

Lo indudable es que, a partir del nacimiento de Doña Juana, se acentúa el carácter retraído y misántropo del Rey. Sólo episódicamente se habla ya de sus relaciones con Doña Beatriz de Sandoval y con Doña Guiomar, su amante más conocida [88]; relaciones que tienen todo el carácter de episodio exhibicionista, que abonan más que contradicen la hipótesis de la flojedad de Don Enrique, como luego veremos. Y en cuanto a Doña Juana, era absoluto su apartamiento de ella, ya por la distinta vida que ambos realizaban en la Corte, ya, posteriormente, por la reclusión de la Reina en la fortaleza de Alaejos [89], donde, como es sabido, se en tregó abiertamente a amores menos desagradables que los que podía ofrecerle su real cónyuge; amores únicos, exclusivos, y a los que fue leal hasta su muerte, como después veremos.

Hoy podemos relacionar seguramente, con la creciente pesadumbre de su preocupación sexual, la honda y extravagante melancolía que impulsaba al Monarca a aislarse y a huir con tenacidad el trato de las gentes. «Estaba siempre retraído», escribe Enríquez del Castillo; «toda conversación de gentes le daba pena» [90]. Dedicábase a recorrer los montes, no tanto por el placer de cazar, al que fue, como su padre, excesivamente aficionado, cuanto por evitar la sociedad de los hombres [91]. En estas excursiones se reunía, de preferencia, con rufianes y gentes de baja estofa. Mostraba tanto amor a las alimañas de sus bosques, que los ciervos y jabalíes, respetados por orden suya, devastaban los campos vecinos. «Tal atrevimiento, escribe Palencia [92], llegaron a cobrar los ciervos y jabalíes, que devastaban todos los frutos de las cercanías a presencia de los campesinos, por la costumbre de verlos contemplar en silencio el destrozo.» «En el monte Gabia», cerca de Segovia, «tenía cercados seguramente cerca de tres mil ciervos de diferentes edades, muchos gamos y cabras monteses, y un toro muy bravo» [93]. Otro de los bosques cercados que utilizaba el Rey era el entonces salvaje de El Pardo, como puntualiza Escavias: «hizo dos bosques, dos casas fuertes y suntuosas maneras; el uno en Balsaín, cerca de Segovia, y el otro en El Pardo, cerca de Madrid» [94].

En estas campestres andanzas iba siempre vestido pobre y lúgubremente, con largo sayo y capuces y capas de color oscuro [95]. Y su miseria espiritual era paralela a la de su pergeño. Todos los historiadores, adversos y partidarios, refieren escenas reveladoras de la pusilanimidad de su ánimo. Cuando supo la prisión del marqués de Villena, por ejemplo, lloró sin consuelo. Valera [96] refiere así el significativo episodio:

«Sabida por el Rey la prisión del Marqués, pensó salir fuera de sí, como hombre sin sentido; y como naturalmente fuera de flaco corazón, comenzó a llorar amargamente y, por mucho que le consolaban los que cerca de él estaban, ningún consuelo quería oír ni recibir»

No es menos expresiva la noticia que nos da Enríquez del Castillo [97] de su propensión a las músicas melancólicas: «Todo canto triste le daba deleite». Y en suma, presentaba los signos típicos de un esquizoide grave; signos que fueron acentuándose hasta su muerte, poco antes de la cual todavía salió a vagar por los campos cercanos a Madrid, precipitando, probablemente, el desenlace de su triste vida...

Esta muerte, ocurrida cuando contaba cincuenta años, merece algunas palabras, aun cuando no tengan relación directa con el objeto principal de nuestros comentarios. ¿De qué murió, en efecto, Don Enrique? Dice la Historia que fue, «como su padre, un comedor desordenado, pero no bebedor». Enríquez del Castillo [98] nos cuenta que «su comer más fue desorden que glotonería, por donde su complexión en alguna manera se corrompió, y así padecía mal de la ijada y a tiempo dolor de muelas; nunca jamás bebió vino». «Porque era incontinente, agrega Palencia [99], en las comidas, y en esto, como en todas sus costumbres, obedecía a su capricho, y jamás a los dictados de la razón. No hacía caso de los médicos, escogiéndolos ineptos o consentidores de sus antojos. Cuando caía enfermo, apelaba a purgas y vomitivos, y despreciaba las demás prescripciones de la medicina.» De estos médicos complacientes, tan frecuentes, por lo visto, antes como ahora, y sobre todo en los alcázares, debió de ser Fernández de Soria, antes citado.

Se atribuye, y probablemente con razón, a estos gastronómicos desórdenes el «mal de ijada» que padeció; nombre con el que entonces se designaban un conjunto de enfermedades dolorosas del vientre aun no diferenciadas, principalmente las litiasis renal y hepática [100].

Sin embargo, el final del desventurado Rey produce perplejidad en el diagnosticador de ahora, porque no se acomodan en modo alguno a la hipótesis de estos padecimientos los repentinos flujos de sangre y la súbita hinchazón que le deformó antes de su tránsito. En los noticieros contemporáneos encontramos, en trazos bruscos y expresivos, descrita su sospechosa enfermedad postrera; y en algunos se adivina la complacencia del autor ante el lamentable final del odiado Monarca:

«Nada aprovechó el repentino y abundante flujo sanguíneo, nos dice Palencia [101]; antes, en el espacio de dos días, le hizo perder todas sus fuerzas, y desde el primero la extremada debilidad le volvió deforme.» Valera [102]: «Se tornó tan disforme, que era cosa maravillosa de ver.» Castillo [103] refiere los vómitos y cámaras, que se aliviaron con purgas, no recetadas esta vez por el mismo, como era su hábito, sino por los médicos; empeorando después, con dolor de costado rabioso, hasta que murió. «Quedó tan deshecho —añade este tutor—, que no fue menester embalsamarlo».

¿Qué fue todo esto? El ánimo se resiste a investigarlo. La «versión oficial» de la muerte, tal como se le comunicó al Rey Don Fernando, que estaba en Zaragoza, fue «un flujo de sangre» [104]. Pero hemos de insitir sobre lo extraño de la sintomatología que reproducen, acordes, estas referencias. ¿Nefritis?, ¿lesión cardíaca?, ¿cáncer?, se dirá; y, ciertamente, forzando un tanto la interpretación, podría acomodarse el relato a cualquiera de estas presunciones. Mas es lo cierto que mucho mejor que a cualquiera de ellas se acoplan los trastornos descritos a los de un envenenamiento; tal vez el arsénico, el más usado por entonces, en cuya fase final hay una intensa gastroenteritis sanguinolenta y anasarca.

La simple influencia de sus paseos debilitantes, en la frialdad del otoño castellano, por los campos y bosques de El Pardo, tampoco explican, como quieren otros, su súbita muerte. En cambio, encaja tan bien esta sintomatología en la sospecha del envenenamiento, que moralmente nos queda la casi certidumbre de que ésta fue la causa del término de su infeliz vida y reinado. Recuérdese que en el documento que Doña Juana la Beltraneja dirigió al Consejo de Madrid se afirma la realidad del asesinato. En este manifiesto, publicado por Zurita [105], se dice, en efecto: «por codicia desordenada del reinar acordaron y trataron ellos, y otros por ellos, y fueron en habla y consejo de hacerle dar, y le fueron dadas yerbas y ponzoña, de que después falleció.» No tenemos competencia para juzgar la veracidad y autenticidad de estas acusaciones, que suponen un verdadero complot de los partidarios de Doña Isabel contra su hermano. Pero, con toda prudencia, podemos afirmar que coinciden, mejor que ninguna otra hipótesis, con la interpretación actual de los síntomas de su muerte. Por otra parte, las costumbres y a psicología de la época y el ejemplo reiterado de la manera expeditiva con que en la Corte de Castilla desaparecían los personajes que estorbaban, por altos que estuviesen, no autorizan, ciertamente, a hacer aspavientos ante este grave diagnóstico retrospectivo.

Palencia termina su relación de la muerte con estas dramáticas palabras: «Miserable y abyecto fue el funeral. El cadáver, colocado sobre unas tablas viejas, fue llevado sin la menor pompa al monasterio de Santa María del Paso a hombros de gente alquilada.» [106].

Es difícil que sobre ningún otro muerto caiga un responso tan feroz como el pronunciado ante el cadáver le Don Enrique por este implacable capellán.

 

IX

 

RETRATO MORFÓLOGICO DE DON ENRIQUE

 

 

Estos son los datos que pueden recogerse sobre la vida patológica de Don Enrique IV. A pesar de la distancia que nos separa del personaje: a pesar del apasionamiento que envolvió su vida y envuelve todavía su memoria, estos datos bastan. no obstante, para precisar suficientemente su diagnóstico. En realidad, no nos cuentan mucho más cualquiera de los innumerables hombres actuales que acuden a los médicos para consultar las miserias de su instinto. Podemos, pues, afirmar que la historia que hemos oído corresponde a un degenerado, esquizoide, con impotencia relativa, engendrada sobre condiciones orgánicas y exacerbada por influjos psicológicos de que ahora vamos a hablar.

Llegamos, en efecto, al momento de examinar objetivamente nuestro caso clínico. ¿Cómo era en lo físico Don Enrique IV? Por fortuna, nos es posible la reconstrucción de su morfología, gracias, sobre todo, a las descripciones literarias de los autores contemporáneos. La iconografía del Rey es menos utilizable, pero debemos comentarla también. Dejando aparte efigies posteriores y, por lo tanto, arbitrarias, como la estatua funeraria de Guadalupe [107], conocemos las siguientes imágenes de este Rey: la que ilustra la Genealogía de los Reyes, de Alonso de Cartagena, que no tiene el menor valor antropológico, pues, indudablemente, no es un retrato, sino una fantasía de adornista [108]. El perfil del sello conservado en el Archivo Histórico Nacional, que debe de tener muy poco de retrato, o, si lo es, tan estilizado por la adulación oficial, que apenas interesa. Falta en él, por ejemplo, la gran deformidad de la nariz, que era lo más típico de su cara. En cambio, se aprecia la robustez de la mandíbula inferior, que luego comentaremos. En la Biblioteca Nacional se conserva un grabado que expresa bien el aire lunático de nuestro Monarca; pero es un documento muy posterior, y seguramente está inspirado en el retrato del Códice de Stuttgart. Éste, el del Códice, es el único que merece que nos detengamos en él.

Como es sabido, dicho Códice refiere el viaje que Jorge de Ehingen realizó a la Península en 1457 [109]. Se trata, probablemente, de un dibujo tomado del natural [110], aun cuando tenga, como todos los retratos de la época, mucho más valor simbólico que propiamente antropológico. En aquellas etapas del arte pictórico se retrataban las jerarquías más que las personas, como tales documentos vivos. El retrato auténtico con todo su valor antropológico, sobre todo el de la cara y manos, no aparece hasta que la pintura entra en una madurez posterior; fenómeno interesante, porque es paralelo, como en otra ocasión he señalado [111], a la época también tardía en que, en la vida de cada individuo, alcanzan valor expresivo las facciones del rostro y las actitudes de las manos. Sin embargo, se aprecia bien en esta imagen del Códice la corpulencia displásica del Rey, la deformidad de su nariz y, sobre todo, la expresión obsesiva de su mirada, acentuada por la convergencia y elevación del cabo interno de las cejas, que dan un aire trágico —casi de tragedia convencional, de actor caracterizado— a la extraña figura, que parece atormentada de sombríos presagios. De todos modos, faltan en la efigie detalles importantísimos, que nos proporcionan, en cambio, con admirable minucia y exactitud, las descripciones literarias de Don Enrique.

De estas descripciones nos interesan la de Palencia y la de Enríquez del Castillo, porque ambas se completan en muchos detalles. Las demás, o son formularias, o se reducen a parafrasear las anteriores. Tomaremos como tipo el retrato de Enríquez del Castillo, que Puyol califica de «pasaje vigoroso, de intenso colorido y de fina y profunda observación», añadiendo certeramente que con él «podría hacerse un acabado estudio fisiológico, psicológico y hasta clínico de aquel Monarca» [112]. Ahora veremos con cuánta verdad.

«Era persona —dice Enríquez del Castillo [113] —de larga estatura y espeso en el cuerpo y de fuertes miembros; tenía las manos grandes, y los dedos largos y recios; el aspecto, feroz, casi a semejanza de león, cuyo acatamiento ponía temor a los que miraba; las narices, romas y muy llanas; no que así naciese, mas porque en su niñez recibió lesión de ellas; los ojos, garzos y algo esparcidos; encarnizados los párpados; donde ponía la vista, mucho le duraba el mirar [114]; la cabeza, grande y redonda; la frente, ancha; las cejas, altas; las sienes, sumidas; las quijadas, luengas y tendidas a la parte de ayuso; los dientes, espesos y traspellados; los cabellos, rubios; la barba, luenga y pocas veces afeitada; la tez de la cara, entre rojo y moreno; las carnes, muy blancas; las piernas, muy luengas y bien entalladas; los pies delicados.»

La lectura de esta descripción nos permite hacer al punto el diagnóstico morfológico de Don Enrique. Se trataba, sin duda, de un displásico eunucoide con reacción acromegálica, según la nomenclatura actual. La insuficiencia de la secreción interna sexual produce, en efecto, en el hombre un tipo morfológico anormal, displásico, caracterizado por determinados signos, de intensidad y agrupación distintos de unos individuos a otros, que se pueden reunir en varios tipos. Tandler y Gross [115] describieron dos: el eunocoide alto —piernas largas, talla alta, delgadez— y el gordo —talla normal, proporciones habituales, adiposidad de repartición muy típica—. Más completa es la división de Fumo [116] en eunucoidismo puro, eunucoidismo feminoide —cuando existen apariencias morfológicas de inversión femenil—, eunucoidismo senil —cuando se acompañan signos de vejez prematura— y eunucoidismo acromegálico —cuando la morfología displásica adquiere los rasgos de la hiperfunción hipofisaria o acromegalia; esto es, pies y manos grandes, talla muy exagerada, prognatismo mandibular, a veces cifosis, etc.—. A este último grupo pertenecía, sin duda, Don Enrique IV. En tales casos la hipófisis reacciona a la falta o disminución grave de la secreción sexual, combinándose, como hemos dicho, los síntomas del eunucoidismo con los de la acromegalia. Según mi experiencia, las perturbaciones sexuales son especialmente intensas en este grupo, por las razones que luego explicaremos [117].

No creo que pueda discutirse la legitimidad de este diagnóstico, que tanta luz puede darnos para la interpretación histórica de nuestro personaje. Resumamos los rasgos principales, entre los que podemos considerar como seguros, del infeliz Rey:

La larga talla hereditaria, aunque menor que la de su padre [118]; pero, sin duda, muy eminente, porque todos los cronistas la citan con énfasis especial.

El cuerpo espeso, recio; «mal tallado», añade Felipe de Commines [119].

La mandíbula saliente, fuertemente desarrollada, que hacía parecer el perfil «Cóncavo, como si se le hubiese arrancado algo de su centro» [120]. Los dientes enérgicos y mal implantados (traspellados).

La cabeza grande, la frente ancha, las cejas salientes, así como los pómulos [121], y las sienes hundidas. Los miembros fuertes. «Las manos grandes y los dedos largos y recios»

Las piernas muy luengas. Y, finalmente, en este verdadero documento clínico, transmitido por el capellán y cronista del Rey, disiente sólo del expresivo cuadro de la displasia eunucoide el detalle de «los pies delicados», es decir, pequeños, como no suelen serlo en dicho estado [122]. Pero en una variante de esta descripción, existente en la Biblioteca de El Escorial y publicada por Rodríguez Villa, se completa a la perfección la sintomatología, pues dice que los pies eran «a las plantas muy corvos, y los calcaños volteados afuera»; es decir, un pie valgo, como son, en efecto, en algunos displásicos hipogenitales [123].

Añadamos, para terminar, la «piel blanca», la «cabellera recia», y la «voz dulce», probablemente de tenor, que rematan la descripción de este auténtico e indudable eunucoide [124].

 

X

 

FORMA Y ESPÍRITU

 

 

Hace sobremanera interesante este estudio morfológico de Enrique IV el que encaja, como dos trozos de un rompecabezas, con el diagnóstico psicológico y sexual que antes hemos comentado. Hoy, en efecto, sabemos que genio y figura están en la realidad tan estrechamente unidos como supone la observación empírica; y hay toda una rama floreciente de la Medicina que se ocupa en ajustar a normas científicas actuales estos postulados de origen vulgar, ya sistematizados por nuestro gran Huarte de San Juan y por los antiguos fisionomistas. Ahora bien: por lo que hace a la vida sexual, los hombres como Don Enrique, de tendencia eunucoide y gigantesca y de formas, por lo tanto, desmesuradas, son extremadamente propensos a padecer perturbaciones profundas del instinto, ya en sentido cuantitativo —es decir, los diversos grados de la impotencia—, ya en sentido cualitativo —esto es las distintas aberraciones que culminan en la homosexualidad—. En cuanto a la psicología esquizoide, los psiquiatras recientes, y particularmente Kretscnmer, anotan la frecuencia con que se combina precisamente con esta peculiar morfología eunucoide [125].

Débese la sexualidad vacilante de estos seres a motivos complejos. En primer lugar, a la misma perturbación orgánica que, precisamente, origina su trastorno del crecimiento, esto es, a una deficiencia de la secreción interna de las glándulas genitales que puede coincidir con un aspecto normal de dichos órganos; pero que casi siempre se acompaña de defectos ostensibles, anatómicos, de los mismos. En el caso de Don Enrique, los datos que poseemos sobre su morfología genital son contradictorios, pues mientras el informe de su médico, Fernández de Soria, y la declaración de las mujeres de Segovia que antes hemos citado atestiguan la normalidad, hay un indicio en contra, a saber: la afirmación del viajero Münzer [126] sobre defectos de estos órganos, que corresponden sencillamente a un hipospadias, como el que padeció otro monarca impotente, el Gran Duque Pedro, esposo de la extraordinaria mujer Catalina de Rusia. Münzer escribe categóricamente: «Su miembro era delgado en la raíz y grueso en la extremidad, por lo que no podía entrar en erección.»

Es tan frecuente este defecto en los eunucoides, y está tan bien descrito por el viajero, que nos resistimos a considerar, con la decisión con que lo hace Puyol, que la afirmación de Münzer fuera «un cuento de burdel, una de tantas fábulas e infamias de las que inventaron los partidarios de los Reyes Católicos» [127]. Una calumnia se hubiera reducido al cuento de la impotencia o a cualquier monstruosidad, si se quiere; pero no a una información objetiva, tan precisa, que no puede tener otro origen que la pura, aunque poco limpia, verdad. Téngase en cuenta, además de la verosimilitud biológica del hecho, que esta clase de secretos de las alcobas egregias no se adquieren precisamente, como antes decíamos, en los certificados.e los doctores ni en los documentos de la Gaceta [128].

Pero aparte de los defectos orgánicos (que incluso pudieron no existir —si se empeñan los exigentes—, en que ello invalide, como antes hemos dicho, la deficiencia funcional de las glándulas) [129], intervienen también en la génesis de la impotencia de estos tipos altos y deformes otros factores de orden puramente psicológico, del mayor interés.

El reflejo erótico está condicionado por una cantidad tan grande de factores nerviosos y humorales, que en la práctica son innumerables las causas que lo alteran, y que nos explican la enorme variedad y frecuencia de sus perturbaciones. De los más importantes de estos factores son los que engendran el complejo psiquicofísico de la inferioridad sexual, que en la práctica se manifiesta por las distintas variedades de la timidez.

La actividad sexual ha dejado de ser, para la mayor parte de los hombres civilizados, un acto meramente instintivo, convirtiéndose en una actividad más elevada, que tiene, entre otras cosas, mucho de juego estético, a cuya lid no puede concurrirse sin un mínimum de normalidad morfológica y sin un cierto grado de confianza en la propia aptitud, que, precisamente, se engendra, en gran parte, en ese sentimiento de la normalidad indiscutible, reconocida; pudiéramos decir, social. La deformidad física inhibe, pues, inmediatamente la libre acción amorosa. Sólo los hombres dotados de las modalidades del instinto, que por su proximidad al animal hemos llamado «cínicas», son capaces de superar, por la energía del apetito, la propia inferioridad orgánica. La mayoría de las veces ocurre lo contrario, es decir, que es el apetito el que está condicionado por los factores estéticos y psicológicos. El hombre displásico, alto y deforme está, por lo común, en esas circunstancias esencialmente desfavorables para la buena marcha de su reflejo.

Es curioso, por otra parte, observar que los hombres valoran la cuantía de sus impulsos físicos —por ejemplo, de su fuerza muscular, de su valor personal y también de su energía erótica—, no por cotejo con una pauta uniforme, sino en relación con la corpulencia anatómica de cada individuo. Por ello, una misma hazaña nos parece siempre mucho más meritoria en un individuo de talla exigua que en otro gigantesco. Y de aquí resulta la condición de injusta inferioridad relativa en que están siempre, en este orden de actividades, los hombres de talla muy eminente. Siempre se les exige más de lo que pueden dar; originándose así el complejo de inferioridad, que hace que los gigantes sean con tanta frecuencia tímidos socialmente, flojos para la lucha cósmica y también, de un modo especial, para la guerra amorosa. Hace poco [130] he insistido mucho sobre la frecuencia con que en la práctica coincide la timidez sexual con las tallas muy elevadas; así como el prototipo físico del campeón del amor lo da aquel mozo que se libró de servir al rey por no alcanzar la talla reglamentaria.

A este factor, relativo, puramente psicológico, reflejado del ambiente, se agrega el intrínseco, ya citado, a saber: el sentimiento de inferioridad suscitado por las deformidades físicas, a cuya conciencia el reflejo erótico es in sensible. La deformidad decimos, y no la fealdad, que ésta sí es compatible, por paradójico que parezca, con el juego estético del amor, en el hombre; no en la mujer, porque en ella la fealdad es también deformidad.

Commines [131] llama sencillamente «feo» a Don Enrique. Pero Castillo y Palencia son mucho más expresivos al describir la espantable anormalidad de su rostro que, cosa curiosa, el cronista amigo compara con una testa de león, y el enemigo, Palencia, con una cabeza de mono. Evidenciándose en este detalle cómo podemos encontrar siempre la verdad objetiva a través de la pasión de los historiadores. Lo que a uno parecía, lisonjeramente, un león, lo califica el otro, con desprecio, de simio. Lo que no cabe duda —podemos concluir nosotros— es que su cabeza tenía más de alimaña, que de hombre. Y esta apariencia monstruosa contribuiría, aquí como en tantos otros casos, a la génesis de su timidez sexual [132].

 

XI

 

LA MANO FRÍA. LA TENDENCIA HUMILDE

 

 

Otro detalle interesante de la morfología de estos eunucoides y deficientes sexuales es la frialdad húmeda de las manos, descrita por mí con el nombre de «manos hipogenitales» [133], que produce, al estrecharlas, una sensación de viscosidad poco agradable, por lo que es muy común que estos individuos esquiven el dar la mano ofreciendo sólo, rápidamente, las puntas de los dedos. Los médicos sabemos esto muy bien, y podemos colegir, en un cierto grado, la tensión sexual de un determinado individuo por la técnica con que realiza este acto simbólico de la sociabilidad; confirmando el sagaz refrán español que define esto mismo al decir manos frías, amor para un día; manos calientes, amor para siempre» [134]. Ahora bien: los contemporáneos de Don Enrique anotan que poseía en grado llamativo este que pudiéramos llamar «pudor de las manos». «No consentía que le besasen las manos», dice Castillo y repiten Escavias y Palencia, añadiendo este último «que aunque algunos lo atribuían a humildad, los hechos sucesivos de su vida demostraron que aquella apariencia de descortesía dimanaba de causa menos pura» [135]. Hoy podemos interpretar como acabo de explicarla esta que a los cronistas de entonces pareció manía inexplicable.

Queda, pues, fuera de duda, a mi entender, que nuestro Monarca era un displásico eunucoide con reacción acromegálica, y ello, como antes hemos dicho, nos explica todas las modalidades de su carácter y de su vida sexual, que tanto influyeron en los destinos de España. Nos explica su tendencia al aislamiento y a la soledad, características de la mentalidad esquizoide, tan frecuente en los hipogenitales, como antes hemos dicho; la flaqueza de su voluntad y la facilidad con que se entregaba al mando ajeno, rasgo también íntimamente ligado al instinto vacilante del sexo, como repetidamente hemos demostrado [136]. Y hasta la misma aptitud y afición para la música —para no revisar más detalles de su carácter— que citan sus comentaristas, es también un rasgo muy frecuente en la psicología de estos anormales. Ya antes hemos aludido a esta sensibilidad musical —singularmente a las melodías tristes— de Don Enrique. Y en numerosos pasajes de sus comentadores se encuentran análogas alusiones:

«Preciábase de tener cantores, y con ellos muchas veces cantaba; en los divinales oficios mucho se deleitaba»; «tañía dulcemente el laúd; sentía bien la perfeción de la música; los instrumentos de ella le placían» [137]. «Llega el Monarca en su afeminación a ir de madrugada a casa de su nuevo favorito Pacheco, a distraerle en su enfermedad cantando acompañado de la cítara.» [138]. En esta cita asoma la relación conocida entre a pasión musical y la tendencia homosexual, que después será comentada.

Esta mentalidad esquizoide pudo muy bien empujarle al trato con mujeres de baja condición y entorpecérsele con las de rango alto, como sus egregias y legítimas esposas. Es, en efecto, muy común en los tímidos el eliminar de sus relaciones sexuales todo lo que suponga lujo y diferenciación social, explicándonos los casos, tan frecuentes en la vida corriente, de hombres de incapacidad notoria con una mujer de belleza y distinción reconocidas —tal vez la suya propia—, y aptos, en cambio, para aventuras de burdel mezquino o para relaciones con mujeres de baja condición; de la misma manera que esta clase de individuos pierden el apetito ante una mesa rica y una compañía brillante, y los satisfacen con gusto y naturalidad en un humilde bodegón.

Esta actitud que adoptan frente al amor se extiende también en los tímidos a la elección de las demás amistades, y, sin duda, por ello Don Enrique buscaba con predilección el trato con gente villana, hombres montaraces y moros. Sus mismos favoritos los extraía a veces de las capas sociales más inferiores.

 

XII

 

EXHIBICIONISMO

 

 

Es, finalmente, característico de las mentalidades tímidas, sobre todo en lo que se refiere al sexo, la tendencia exhibicionista. Esto induce a sospechar que algunas de las aventuras extraconyugales del Monarca fueron, más que efectivas relaciones, alardes estrepitosos de un grado de virilidad al que la realidad no correspondía. El espíritu humano propende, como es bien sabido, a hacer creer a los demás precisamente aquellas virtudes de que carece. Y esto es cierto hasta el punto que casi siempre podemos reconstruir la verdadera psicología de los hombres sin más que poner un signo negativo a todo aquello de que ostentan y hacen gala, regla general que se hace todavía más precisa y notoria en la vida de los sexos; y sobre todo en el varón, uno de cuyos ejes es, por vicios seculares de educación, la vanidad irrefrenable; una vanidad ligada con las raíces más profundas de nuestra dignidad, no sólo social, sino biológica. Los médicos sabemos cuántas veces las aventuras escandalosas de los hombres no son más que presuntos certificados públicos de hombría, para satisfacción «del qué dirán» y del propio instinto vacilante.

Este carácter tiene, a mi juicio, el famoso lance de Don Enrique con Doña Guiomar, que tenemos que comentar brevemente. El procaz coplero Mingo Revulgo llamaba a esta dama casquivana «la lusitaneja», y añadía que trajo al Rey «al retortero»; y no sin razón, pues Doña Guiomar, hija natural de Don Álvaro de Castro, conde de Montesanto, era bellísima y extremadamente enredadora, ambiciosa e intrigante. Castillo dice que Don Enrique tuvo con ella «pendencia de amores» [139], término en cuya amplitud caben todas las hipótesis. Palencia, implacable, alude claramente a la no consumación de estos amoríos: «Las ilícitas relaciones, anota, intentadas y no conseguidas con Doña Guiomar» [140]; y en otro lugar: «Doña Guiomar, ya opulenta merced a las rivalidades de falsos amores»; «los celos de aquellas vanas relaciones» [141].

Pero fuera real o mentida su aventura, lo indudable es que Don Enrique se esforzó en darla un aire escandaloso, determinando la escena de la agresión de la Reina a la manceba delante de toda la Corte, golpeándose y tirándose, como dos bravías, de los cabellos; a la que siguió la instalación de la portuguesa, en una mansión lujosa, probablemente en El Pardo, rodeada «de gente de autoridad que la sirviese y acompañase», en «estado de gran señora», «adonde el Rey iba muchas veces a verla y a holgar con ella» [142]; y no dejaría de cotizar —porque es juego sabido en esta categoría de lances de amor o de seudoamor— la ira de la esposa legítima ante la vanidad de la amante. «El Rey, nos informa agudamente Palencia [143], además de oír complacido los altercados de las damas y los ultrajes que se inferían, gastaba la mayor parte de su tiempo en fomentar los rumores malévolos.» Esta actitud de intrigante encizañador es típica del hombre de sexualidad anormal. Y la llevó a su colmo nuestro Monarca, en la segunda expedición que el Rey organizó contra los moros, a instigaciones del Papa, pues llevaba en su séquito, cínicamente, a la Reina y a Doña Guiomar, presenciando, y probablemente fomentando, la rivalidad entre las dos mujeres. De este modo, aun a costa de su prestigio regio y conyugal, pretendía adquirir ante la corte y ante el vulgo patente de esforzado varón.

Con el mismo escándalo, y quizá también con la misma falta de eficacia íntima, tuvo Don Enrique amores con otra dama de la Corte, Doña Catalina de Guzmán. Según Palencia —no hay que decirlo—, fueron puros juegos de artificio [144]; el Rey, nos refiere, intentó hacer a Doña Catalina su amante, «aunque inútilmente, a causa de su conocido defecto». La nombró abadesa del convento de San Pedro de las Dueñas, extramuros de Toledo, arrojando a la virtuosa Marquesa de Guzmán, que desempeñaba este cargo «desafiando las excomuniones» y los anatemas del Arzobispo toledano. El grave Pisa nos informa al por menor de este episodio [145]. Da también por hecho la no realidad de las relaciones del Rey con la desvergonzada abadesa: «el Rey la había tenido algún tiempo consigo deshonestamente; entiéndase dentro de los límites de la impotencia».

Idéntico sentido exhibicionista tiene, en fin, la desproporcionada alegría con que Don Enrique acogió la noticia del embarazo de doña Juana [146] y la ostentosa procesión que organizó para el traslado de la regia preñada a Madrid y su entrada en el Alcázar [147], que tanto sorprende a algunos historiadores [148].

 

XIII

 

HOMOSEXUALIDAD

 

 

Nos queda todavía por examinar un último punto: el referente a la supuesta homosexualidad de Enrique IV. Asunto grave por lo que pueda tener de vejatorio para la memoria de quien reposa hace siglos en el sepulcro, que debiera deshacer piadosamente, con la carne mortal, el recuerdo de todo lo que no fue limpio en la vida de los hombres. Sin embargo, es preciso tratarlo para completar nuestra historia.

Los comentaristas del Rey hacen alusión frecuente a sus «corrompidas costumbres», a sus «obscenidades», a los «deleites de su depravada vida». Dado su parco e incierto comercio con mujeres y su sobriedad en la mesa y en otros aspectos de la ostentación social, es evidente que tales alusiones se refieren a vicios de mayor cuantía, que aun los enemigos más procaces se resisten a nombrar. Algunos de los pasajes de las Coplas de Mingo Revulgo tocan este aspecto de la vida del Rey, según autoridad tan poco sospechosa como Menéndez Pelayo [149]. Se refiere el gran maestro santanderino a la copla VII, que termina con los versos:

 

Ha dejado las ovejas

por folgar tras todo seto.

 

 

Copia una glosa anónima a esta copla y concluye que «todo ello son alusiones contra el vicio nefando de que se acusaba a Enrique IV». También Paz y Melia [150] supone que dicha copla se refiere a «las abyectas torpezas» del Monarca. En cambio, justo es consignarlo, las glosas de Hernando del Pulgar y de Juan Martín de Barros no aluden para nada, al comentar estos mismos versos, al supuesto torcido instinto del Rey [151].

Aún más explícitos en este sentido son las famosas, divertidas y exageradamente denigradas Coplas del Provincial [152], que tienen como motivo preferente la sodomía de la mayor parte de los personajes de la Corte. El viajero Tetzel alude también (o habla explícitamente, según las versiones) [153] al vicio nefando del Monarca. Y el mismo Don Fernando el Católico, al recibir en Zaragoza la noticia de la muerte de Don Enrique, se refirió a «su vida, consagrada a la liviandad», y a «sus corrompidas costumbres y funesta perversidad» [154]: no olvidemos la importancia de esta declaración, en labios de un rey. Aunque la terrible oración fúnebre la conocemos a través de la pasión de Palencia, es difícil negar la autenticidad, ya que el cronista estaba delante de Don Fernando y la recogió directamente, y, al hacerla pública, pudiera haber sido desmentido.

Según Pulgar, los Grandes, enemigos del Rey, le acusaron, entre otras cosas, de «hombre afeminado» [155]. Pero las noticias más explícitas —sean o no exactas sobre la cuestión nos las da Palencia. Éste insinúa que Don Juan Pacheco, el ayo puesto por Don Álvaro de Luna al servicio de Don Enrique, en los años mozos de su adolescencia, tenía ya con éste relaciones inconfesables. Hábilmente eligieron la edad de la pubertad para las orientaciones futuras de los instintos, y años más tarde intentaron la misma corrupción, en las mismas circunstancias y por las mismas personas, en el Príncipe Don Alfonso, aunque, al parecer, con menos fortuna que con el predispuesto Don Enrique. He aquí cómo lo refiere el cronista:

«Los enemigos de toda virtud esperaban que la persistente influencia de ellos lograría pervertirla (la índole de Don Alfonso), o que tal vez, al llegar a la adolescencia, los impulsos de la pubertad, frecuente ocasión de cambio de costumbres, corrompieran las suyas hasta tal punto que pudiesen contar para lo futuro con un Rey semejante a ellos, ya envilecidos y esclavos de sus vicios y propensos a una familiaridad vergonzosa.» [156]. En mi libro citado [157] he estudiado con detenimiento esta edad crítica de la pubertad masculina, insistiendo en la facilidad con que en ella, por razones orgánicas y psicológicas bien conocidas, se puede invertir el instinto sexual, aun en muchachos de apariencia y tendencia normales. Sólo los de virilidad muy recta —como, sin duda, lo era Don Alfonso— escapan a la sugestión ejercida en estas fases de fragilidad del instinto que, por lo visto, conocían bien los cortesanos sagaces y depravados de Enrique IV.

Más adelante, Palencia no omite detalles sobre esta infausta inclinación del Rey. Describe su debilidad por Gómez de Cáceres, joven pobre que se vio elevado al regio favor sin otros méritos que su «arrogante figura, su belleza y lo afable de su trato» [158]. La misma historia se repitió con Francisco Valdés, si bien éste rehuyó pronto las solicitudes del Monarca, escapando de la Corte y siendo perseguido y encerrado en una cárcel secreta, «adonde, posponiendo otros cuidados, iba a visitarle Don Enrique, para echarle en cara su dureza de corazón y su ingrata esquivez» [159].

Lo mismo ocurrió con Miguel de Lucas, el futuro condestable, «joven muy observador de los preceptos religiosos que, desatendiendo a las causas de aquella inclinación y avergonzado del continuo afán que producía, huyó de la Corte y se refugió en el reino de Valencia», «adonde le siguieron algunos emisarios» que, «sin cesar, le aconsejaban que volviese a la Corte y no desdeñase la solicitud con que el Rey, por tan exquisita manera, buscaba su honra y su provecho» [160].

Y el mismo Don Beltrán de la Cueva queda incurso, para algunos, en esta banda de favoritos sospechosos.

En otra ocasión, refiere el mismo historiador [161] —influido, sin duda, por una lectura reciente de Boccacio—, que, cuando los criados de Pedro Arias intentaron apoderarse de la persona de Enrique IV, éste, que pernoctaba en la aldea de Mayalmadrid, avisado a tiempo, «huyó en camisa con los pies y piernas desnudos», mientras los soldados de su guardia iban cayendo en poder de las gentes de Arias. Entre ellos, capturaron a uno llamado Alonso de Herrera, a quién tomaron por el Monarca, «por hallarle casualmente en su cama»...

Frecuentemente encontramos en las crónicas la descripción de las reuniones que celebraba, en los bosques cercados que había preparado para su diversión, con hombres de mal vivir, donde, después de cazar y contemplar las fieras, se entregaba a «costumbres tan infames», que, «por respeto al pudor», no se pueden referir [162]. Eran estos sitios los ya citados de Segovia y El Pardo, y, además, los pinares de la Adrada y los encinares de Ávila conocidos con el nombre de Gordillos. Como detalle de la extravagancia de estas orgías recordaremos que en Balsaín tenía de portero a un enano y a un «etíope tan terrible cuanto estúpido». Esta afición a lo exótico y monstruoso concuerda con los demás rasgos de su perversión.

Finalmente, está, sin duda, relacionada con su inclinación homosexual su famosa afición a los moros, de los que. como es sabido, tenía a su lado siempre una abundante guardia, con escándalo de su Reino y aun de toda la cristiandad. Es sabido que en esta fase de la decadencia de los árabes españoles la homosexualidad alcanzó tanta difusión, que llegó a convertirse en una relación casi habitual y compatible con las normales entre sexos distintos. Ya Palencia dice que «los moros de la guardia del Rey corrompían torpísimamente mancebos y doncellas» [163]. Y Don Enrique no sólo adoptó los vestidos de esta gente y sus posturas y alimentos, sino también «otros hábitos funestos, propensos a vergonzosa ruina» [164].

Esta afición del último Rey de Castilla a los moros es uno de los más curiosos rasgos de su espíritu. Se inició en la guerra de Granada, como es harto conocido. Don Enrique, frecuentemente, se reunía con los moros, sus amables enemigos, gustando de su conversación y de sus alimentos y compartiendo sus hábitos. El viajero Tetxel refiere que, cuando visitó al Rey, estaban él y la Reina sentados en el suelo, a la usanza morisca; y recoge la impresión de descontento del pueblo por estas costumbres. Cuando hizo adornar la Sala del Homenaje del Alcázar de Segovia con las estatuas de los Reyes de España, mandó labrar la suya en traje sarraceno. Gómez Manrique refirió al Rey Don Fernando el Católico [165] que «la muerte sorprendió a Don Enrique estando cubierto con una miserable túnica y calzado con borceguíes moriscos»; no abandonó, pues, estos gustos hasta el fin de su vida. Son numerosísimas, y no encajan en este estudio, las noticias y versiones —aparte de lo relacionable con lo sexual— acerca de la tendencia morisca del Trastámara. Quizá la más curiosa es la de Adolfo de Castro [166], para el que esta tendencia del Rey fue un signo de tolerancia y avanzada amplitud de espíritu, dando lugar a la reacción y al odio de la nobleza, del clero y del pueblo, tiranizados por el fanatismo, y aquí, según él, estriba la verdadera razón de las campañas denigratorias de que este rey ha sido objeto. Claro está que no es posible compartir hoy este punto de vista, que nos presentaría al infeliz y depravado rey como un tipo de precursor esnobista, al estilo de algunos contemporáneos.

Estos son los datos que nos transmite la Historia.

Sería atrevido concluir de ellos terminantemente la homosexualidad del Monarca. En realidad, son pocos los casos en que puede dictaminarse sobre este delicado diagnóstico en el aspecto que importa a la moral, esto es, en la existencia o no existencia de las relaciones nefandas. El mismo Palencia dice cautelosamente, al referirse a este punto, «en cosas tan secretas no cabe más luz que la que suministran los indicios». Pero si al juicio ético e histórico lo que interesa es precisamente la práctica irregular, al biólogo le es mucho más importante saber si existió o no la predisposición intersexual. Ahora bien: hoy sabemos que los individuos dotados de la constitución hipogenital, que indudablemente poseía Don Enrique, pueden incluirse, por este solo hecho, en el vasto grupo de los varones intersexuales, orgánicamente propensos, por lo tanto, al ejercicio anormal del amor, aun cuando luego, por razones diversas, puedan no realizarlo. En el libro citado, La evolución de la sexualidad, he estudiado al por menor esta cuestión y he referido la frecuente coincidencia del esqueleto gigantesco y acromegaloide con la homosexualidad, relatando, como dato curioso, que gusto de repetir aquí, el sagaz diagnóstico hecho por Bernard Shaw de Oscar Wilde, en el que, mientras todos los médicos que le conocieron afirman la falta de signos físicos reveladores de su aberración sexual, el gran escritor inglés, con pupila empírica y aguda, encuentra los rasgos típicos de la acromegalia, y con sorprendente perspicacia relaciona con ellos la conocida malinclinación de su instinto [167].

Observemos, para completar nuestro juicio, que en todas las épocas de la Humanidad el número de los homosexuales es extraordinariamente grande, comprendiendo no sólo los públicamente reconocidos, ni siquiera los señalados como tales por esos meros «indicios» de que nos habla Palencia, sino muchísimos más que logran ocultar heroica y cuidadosamente su anormalidad. Recuérdese, finalmente, que Don Enrique vivió en los finales de la Edad Media, cuando alboreaba el Renacimiento; esto es, en uno de los trances de la Historia en que el amor nefando adquirió, no solo extraordinaria difusión, sino un tal carácter de normalidad, de compatibilidad con el amor auténtico, que le ha hecho ser comparado justamente con los años de Sócrates y Platón. Es la época en que, según la frase de Maquiavelo, un mismo hombre quitaba, cuando era adolescente, a las mujeres sus maridos, y después, en la madurez, a los maridos sus mujeres [168]. En España, los datos que se pueden recoger sobre las modalidades anormales del instinto, en esta etapa, son sumamente escasos, tal vez por la censura que el fuerte espíritu religioso imponía a la publicidad de pecados tan vergonzosos; acaso también porque la plaga alcanzó, como yo creo, menos difusión e intensidad en nuestro país que en el resto de Europa. Sin embargo, los relatos contemporáneos se refieren, de vez en cuando, a escándalos de este género, sin contar con los libelos, tan explícitos en ocasiones como las Coplas del Provincial antes comentadas que reflejan, como todo libelo, un fondo, más o menos deformado, pero evidente, de realidad. El mismo poderío de Don Álvaro de Luna sobre Don Juan II ha sido señalado como sospechoso de tener una raíz sodomítica [169]. Y una de las poesías del poeta madrileño Álvarez Gato [170] acomete contra los jóvenes afeminados que en la Corte de Don Enrique se tocaban con cabelleras y camisas labradas, propias de mujeres: lo cual indica que la tendencia estaba bastante difundida.

 

XIV

 

LA INDUCCIÓN AL ADULTERIO

 

 

Los psicoanalistas modernos encontrarían otro argumento importante a favor de la homosexualidad del Rey en el famoso asunto de la supuesta inducción al adulterio a sus propias mujeres. Que Don Enrique incitó a ambas Reinas a entablar amores ilícitos con personajes de su Corte, era —fuese verdad o calumnia— una versión corriente en su tiempo. Palencia refiere con malignos detalles estos intentos. Doña Blanca, según él, se negó a secundarlos: «El Rey hubiera deseado que otro cualquiera atentase al honor conyugal para conseguir, a ser posible, por su instigación y con su consentimiento, ajena prole que le asegurase la sucesión del trono; pero como la casta consorte rechazase en una lucha sin testigos tamaña maldad... » [171] «La mantenía (a Doña Blanca) en la mayor estrechez e intentaba indirectamente incli nar su ánimo a torpe corrupción.» [172].

La misma torpe inducción intentó, años después, en su segundo matrimonio; pero Doña Juana —la de la mala fama— también se resistió, al menos al principio, con la misma firmeza que la virtuosa —quién sabe si, a la vez, menos ardiente— Doña Blanca. Palencia nos dice [173] que el Rey «ensayaba nuevamente halagos o amenazas para inducir a la Reina Doña Juana a condescender con los ilícitos tratos que la proponía». Don Enrique «prefería entre todos sus capitanes a Don Beltrán de la Cueva, y le profesaba afición tan desmedida, que, no contento con concederle el cargo de Príncipe de Palacio, quiso que no sólo se le llamase, al uso antiguo, mayordomo, sino que, en realidad, fuese el principal señor en su casa y aun, por su deseo, también en el lecho conyugal, por más que la Reina, resistiéndose durante largo tiempo al insolente mandato, enviaba mensajeros a su hermano el Rey de Portugal con quejas proporcionadas a la naturaleza de las infamias en que no consentía» [174]. Esta declaración en boca de un historiador tan duro para juzgar a Doña Juana es el mejor testimonio de su virtud, hasta que, como después veremos, la tentación la cercó con tal ahínco que se sobrepuso a las fuerzas humanas.

Pero era pedir demasiado a esta mujer, tan joven y tan bella, que no tuviera ojos, ni oídos, ni instintos rebeldes, cuando todo lo que la rodeaba era un pecado puro e incitante. Al fin, claro es, hubo de ceder a la reiterada tentación. Pero ¿cuándo? Cuando Don Enrique preparaba su expedición contra Don Juan de Aragón, la Reina, que le acompañaba, iba ya «entregada al vergonzoso trato», según referencias, a la verdad, dignas de poco crédito, pues nos vienen del inevitable Palencia [175]. Varias veces insiste sobre esta afirmación; pero con pruebas tan débiles, que es preciso copiarlas para juzgar con exactitud este importante punto: «Ya dije cómo empleando sin tregua, ora los halagos, ora los medios violentos, logró ablandar aquella primera oposición y repugnancia de su esposa a condescender con sus torpes sugestiones, y como la natural flaqueza de la mujer hacía esperar que, al fin, se dejaría llevar de sus instintos, no dejaba de incitarla día y noche a dar el primer paso en el camino de la corrupción, en el que, una vez, ¡ay!, vencida la tenaz resistencia de los principios, más bien necesitó luego freno que estímulos. Al cabo, frágil mujer y antiguo y principal instrumento de la desgracia de la Humanidad», etc. «No hubo persona de sano juicio que no comprendiese a qué medios se había apelado para hacer cesar la esterilidad de la Reina; y en cuanto a señalar el verdadero padre de la niña, dan fuerza a la opinión que por tal reconocía a don Beltrán las circunstancias de ser el preferido del Rey, el más asiduo en Palacio y el que tenía en su mano ser dueño del reino y de la Reina, con sólo secundar los propósitos de Don Enrique. Sobre él recaen, pues, las más vehementes sospechas, y condénanle sus mismas disolutas palabras» [176].

Es preciso fijarse bien que este testimonio es el único serio entre los contemporáneos; los demás de su época y de las posteriores sólo copiaron estos mismos juicios del inquieto capellán. Y es tan notoria la fragilidad de sus argumentos, que asombra el que haya podido pasar como cierta una hipótesis nacida de fuentes tan recusables. No hay en todo esto más que hablillas ridículas y argumentos moralistas inaceptables, como el de la perversidad natural de la mujer, que Palencia, cuyo semitismo es bien conocido, admitía con fruición. El capellán cronista llega a utilizar razones tan salaces y retorcidas como esta otra: aun admitiendo que, por una vez, el Rey hubiera sido capaz de realizar un contacto fecundo con Doña Juana, la facilidad con que ésta dio a luz demostró que estaba avezada a la relación conyugal; y, dada la impotencia de Don Enrique, tuvo que ser con varones distintos. A este envenenado disparate le llama Palencia «justa sospecha».

Nos falta, a este respecto, el contraste con otros historiadores. Sólo nos habla de la infame inducción Hernando del Pulgar, enemigo del Rey, pero hombre serio y no tan apasionado como Palencia; y él admite también, es cierto, la especie, si bien dándola el sentido vago de un rumor de calle. Nos dice, en efecto [177]: «Otros certificaban que la principal causa de su yerro (el adulterio de Doña Juana) había sido el Rey, a quien placía que aquellos sus privados, en especial aquel Duque de Alburquerque, hubiese allegamiento a ella; y aun se decía, que él rogaba y mandaba a ella que lo consintiese». Se trata, pues, de un se decía, y nada más. Más adelante citaremos otras palabras del mismo Pulgar, aun más claras, en el sentido de ser todo esto un simple rumor de mentidero.

Si la inducción fue cierta o fue «una fábula que se forjó en gracia a los Reyes Don Femando y Doña Isabel», como pretende Mariana [178] y se inclinan a admitir otros historiadores, nadie podrá saberlo nunca de cierto. Pero sí podemos anotar al margen de este asunto que una de las modalidades de la conducta del varón débil y del homosexual es precisamente ésta, no sólo de expectación complaciente ante el adulterio. sino de inducción a él, y a veces, corno ocurría en este caso, en la propia persona del hombre objeto de la predilección anormal. Stekel, por ejemplo [179], ha estudiado minuciosamente este punto. Recordemos que Enrique IV no limitó a estos dos casos la maniobra inductora, sino que quiso repetirla al intentar casar a otro de sus favoritos, Francisco Valdés, con otra de sus amantes, Doña Guiomar [180].

Podrán, pues, estas tretas vergonzosas atribuidas al Monarca ser o no ciertas históricamente. Pero su verosimilitud biológica no se puede en absoluto negar.

 

XV

 

LA TRISTE REINA

 

 

Y aquí debiera terminar este ensayo, dedicado tan sólo al estudio del mísero postrer Trastámara. Pero no quiero hacerlo sin dedicar algunas palabras a otro de los personajes que hemos tenido que llevar y traer en esta lamentable historia. Me refiero a la Reina Doña Juana, la segunda esposa de Don Enrique. Porque todos los actores de la tragicomedia que hemos resucitado han tenido en sus contemporáneos y en la posteridad adversarios y defensores. Ha tenido adversarios hasta la excelsa gloria de Doña Isabel la Católica. Ha tenido defensores hasta el triste degenerado Don Enrique IV. Pero ante esta Infeliz Doña Juana todos los juicios han sido unánimes; todos la condenan por liviana, y nadie la regatea un ápice de responsabilidad en aquel caos con que terminó la Edad Media en España. Y, sin embargo, nosotros, desde nuestro plano de historiadores, no de la Historia, sino de la Naturaleza, nos descubrimos respetuosamente ante su tumba. Porque acaso fue, en aquella Corte de pecadores, la que tuvo más disculpas naturales para sus flaquezas; porque vivió y murió en la dignidad de la heterodoxia de su amor; y, en fin, porque fue la más desventurada —la «triste Reina», como ella se llamaba [181]— entre todas las víctimas de un ambiente a la vez refinado y corrompido.

Ya hemos recordado que Doña Juana pasó su infancia en Toledo, junto a su madre, la Reina de Portugal, desterrada en la insigne ciudad, donde murió, al parecer, envenenada. Las márgenes del Tajo, que han visto discurrir durante tantos siglos a la fauna más diversa e interesante de cuantas han poblado las historias humanas, guardarán, sin duda, un recuerdo enternecido de esta Infanta morena, agobiada por la melancolía que en la niñez producen las tragedias del hogar, en cuya maravillosa hermosura estaba ya escrito el sino contradictorio de su fortuna y de su infelicidad.

Debió de ser realmente espléndida su belleza, porque, aun contando con la lisonja cortesana, es unánime el elogio que hacen de ella cronistas y viajeros. Palencia, tan huraño para decir la verdad agradable, la llama, rendido, «mujer de esplendente hermosura» [182]. El viajero Tetzel dice de ella esta simple, pero expresiva frase: «es una linda señora morena»: parece una de esas instantáneas sin detalles, en la que, sin embargo, se percibe mejor que en los retratos acabados la gracia de la silueta. Y, sin duda, se realzaba y encendía por el lujo y las perfecciones cosméticas habituales en la Corte portuguesa, que tanta sensación produjeron en la grave Castilla, según se desprende de la conocida página en que Palencia [183] describe los afeites escandalosos de las damas del séquito de la nueva Reina.

Se refiere el capellán al grupo de jóvenes de «deslumbradora belleza» que acompañaron a la Reina cuando vino a casarse en Castilla, y que, según A. C. de Sousa [184], «el Rey se obligó a mantener en armonía con su categoría». Según Palencia, estas lindas damas, corte de amor, de la bellísima Reina, «ocupaban sus horas en la licencia» y «el tiempo restante lo dedicaban al sueño, cuando no consumían la mayor parte en cubrirse el cuerpo con afeites y perfumes, y esto sin hacer de ello el menor recato, antes descubrían el seno hasta más allá del ombligo; y desde los dedos de los pies, los talones y canillas hasta la parte más alta del muslo; interior y exteriormente, cuidaban de pintarse con blanco afeite para que al caer de sus hacaneas, como con frecuencia ocurría, brillase en todos sus miembros uniforme blancura» [185] .Hemos copiado esta repetida descripción para mejor comprensión del ambiente que rodeó a Doña Juana. Blasco Ibáñez ha utilizado la historieta en su novela En busca del Gran Kan, en la que, por cierto, hace una apología partidista e inadmisible de Don Enrique.

La Reina misma participaba, sin duda. del gusto por estos alegres cuidados de tocador, que dejan en un rango insignificante a las mujeres de ahora. Probablemente se refiere a Doña Juana aquella copla del Provincial:

 

A ti, diosa del deleite.

gran señora de vasallos,

dícenme que tienes callos

en el rostro, del afeite.

 

 

Años después, el joven Don Alfonso. tan parecido a su hermana Doña Isabel en la austera severidad del carácter, aunque no en la rectitud [186], protestaba de poco recato en los vestidos y adornos de estas mismas damas en el Alcázar de Segovia [187], expresión típica de la reacción de hostilidad con que el espíritu castellano, naturalmente severo y artificialmente farisaico, ha acogido siempre las manifestaciones sensuales en cuanto están tocadas de un son pagano y de ecos, por remotos que sean, de bacanal. Como ejemplo típico de ello, recordaremos el incidente que refiere Rosmithal en su viaje a la Corte de Enrique IV: estando en Olmedo uno de los caballeros de su séquito, dotado, al parecer, de la ingenua afectuosidad de los hombres del Norte en el trance erótico, y, por de contado, de manos excesivamente vivas, retozaba con una muchacha, lo cual visto por un severo castellano que pasaba casualmente, empezó a maldecir al bohemio, y después de violenta disputa volvió nada menos que con 400 hombres —esto es, una verdadera sublevación popular—, decididos a matar al extranjero, teniendo que enviar el Rey a un grupo de sus nobles para evitarlo [188].

Podemos imaginarnos (sobre todo si cotejamos con la imaginación aquellos tiempos con los no muy cambiados que ahora vivimos) [189] la tempestad de murmuraciones, sobresaltos hipócritas y aspavientos que provocaría en una Corte tan gazmoña la alegre desenvoltura de esta Reina extranjera, de apenas quince años, rodeada de damas, parejas a su señora en las gracias y en la juventud. Y podemos imaginarnos también el sufrimiento de pájaro enjaulado de la pobre señora, unida al ser abominable que antes hemos descrito, tosco, feo, maloliente [190], misántropo, vestido y calzado con tanto desaliño y adornado de rarezas y vicios indeseables. Ya antes hemos aludido a su desastrada indumentaria «Usaba siempre, dice su cronista capellán [191], traje de lúgubre aspecto»; «cubría sus piernas con toscas polainas, y sus pies con borceguíes y otro calzado oscuro y destrozado».

Es muy interesante —y queremos insistir sobre ello— la relación del amor con el calzado. El valor del pie como elemento de la erótica normal y, en ocasiones, como elemento fetichista es indudable. Por eso, tanto el hombre como la mujer galantes cuidan con tanta minucia de su calzado. Andalucía, país de Don Juan y del amor donjuanesco, es, no en vano, la tierra de los limpiabotas. Un calzado desastrado indica abandono de toda vanidad erótica. Compárense estos borceguíes viejos y sucios del triste Monarca con los zapatos recamados de piedras preciosas que lucía Don Beltrán de la Cueva, prototipo del conquistador de mujeres conquistables, de que ahora vamos a hablar [192].

 

XVI

 

DOÑA JUANA Y DON BELTRÁN

 

 

En estas condiciones, no es extraño que cada uno de sus días, desde el mismo de su matrimonio, fuese una perpetua invitación al adulterio. Porque el impulso sexual. como todas las fuerzas de la Naturaleza, sigue siempre la ley de la menor resistencia. Sólo raros seres de virtud genial alcanzan a conducir espontánea y libremente sus instintos por los senderos de una ética pura, sea favorable u hostil la influencia del medio ambiente; y sería injusto exigir esta actitud excepcional a una pobre mujer en la que se concertaron las máximas debilidades naturales [193] con los mínimos frenos externos.

De todos modos, es indudable que Doña Juana resistió durante mucho tiempo todas las tentaciones, incluso, si realmente existieron las bajas inducciones de su marido. Ya hemos visto que sus propios enemigos lo reconocen así. Sin duda, su juvenil alegría le impulsaba a diversiones que hoy no chocarían en ninguna muchacha moderna. Como ejemplo de esta su dinamicidad deportista, recordaremos que en Cambil, cerca de Jaén, en una de las ocasiones en que los Reyes seguían al ejército, un día Doña Juana, «por vía de diversión», salió al campo a ver de cerca al enemigo, «rodeada de guerrero aparato, disponiéndose para ello una especie de simulacro de torneo o mascarada. Llevaba la Reina embrazada al lado izquierdo la adarga»; «la juvenil cabeza cubierta con el yelmo, y en el resto del vestido, los colores e insignias que indicaban el arma a que pertenecía. Otras nueve damas de la Reina, con análogo atavío, capitaneaba el Conde de Osorno; y cuando dieron vista a los moros, la Reina, tomando una ballesta, arrojó dos saetas a los enemigos, mientras se disparaba contra ellos toda la artillería» [194]. He aquí un anticipo de la intrepidez deportiva de las mujeres de ahora, y una curiosa muestra de la característica coquetería de Doña Juana, realzando sus gracias con los atavíos guerreros. Se comprende el escándalo que produciría en la hipócrita Corte castellana este alegre simulacro, al que, sin duda, se prestaron los mismos moros, cuyas relaciones con los castellanos —y concretamente con su rey—, en estos últimos tiempos de la reconquista, daban a la mayor parte de los encuentros el aire de juegos de cañas. Palencia termina su relato diciendo: «aquel triste lugar se llamó la Hoya de la Reina».

Y, desde luego, su naturaleza propendía al juego de la coquetería, al que se refiere con hosco gesto Don Hernando del Pulgar, el cronista de la Reina Católica, cuando dice que Doña Juana «era mujer a quien placían hablas de amores» [195]. También Palencia [196] nos la pinta «prestando asiduo oído a los coloquios amorosos». Pero ¿a qué mujer no le placen? Pero esto sólo podía ser pecado en aquel medio en que se gestaba una moral que, a fuerza de ser rígida, acabó por perder el necesario contacto con las realidades humanas. Lo cierto es que la Reina adquirió reputación de liviana [197], y esto, en el medio en que vivía, en España, donde la reputación lo es todo, la perdió. Paladinamente lo declara así, en una de sus Cartas admirables, el mismo Hernando del Pulgar [198] cuando dice al Rey de Portugal que el adulterio de Doña Juana y Don Beltrán fue sólo un rumor de la calle; pero —añade— «la voz del pueblo es voz divina».

Si aceptásemos esta sentencia, citada casi siempre para justificar torpezas y fechorías, habría que pensar que, por lo menos en nuestro país, el Sumo Hacedor delegaba su justicia en manos indignas, habituadas al juicio superficial e intolerante y demasiado propensas a la servidumbre: que así es, como juez, la muchedumbre española, y quién sabe si todas las muchedumbres. Pero nosotros no aceptamos tan recusable sentencia, que acatan con tanta facilidad como falta de espíritu caritativo los más sesudos historiadores [199]. Es indudable que si Doña Juana tuvo o no tuvo amores con el gran botarate de Don Beltrán de la Cueva, nadie puede afirmarlo. Quienes, por nuestro ministerio, tenemos que entrar en la intimidad de muchas gentes, sabemos que en estas materias no siempre es cierto el refrán de que «cuando el río suena, agua lleva». A veces, por el contrario, los cauces secos son los que suenan más estrepitosamente, por las razones en que ya nos hemos detenido. Y, en cambio, discurren por el mundo innumerables aguas mansas y silenciosas que encubren misterios profundos de pasión, desbordada no sólo de los cauces sociales, sino también, a veces, de las leyes mismas de la Naturaleza.

En el caso de Doña Juana y Don Beltrán es preciso insistir que no hay una sola prueba cierta, ni una sola, de la veracidad de sus relaciones pecaminosas. La afirmación de Don Alfonso de que siendo niño vio por un agujero entrar repetidamente al favorito en los aposentos de la Reina es harto sospechosa, como Puyol, con toda justicia, indica. He aquí la referencia del capellán [200]: «Siendo yo niño, cuando, por consiguiente, no infundía sospechas de que comprendiese lo que en torno pasaba, dormía solo en esta cámara, al cuidado de doncellas de la Reina Doña Juana. Algunas veces me despertaba; pero, aparentando seguir dormido, veía por aquel agujero a Don Beltrán cuando entraba en estas habitaciones, no sin temor de que se apercibiesen que estaba observando, o, al menos, que no dormía.» Palencia refiere estas palabras como oídas por él mismo a Don Alfonso, «hallándome —«dice a su lado en Segovia». Pero, aparte de que tal declaración, lejos de ser «demasiado grave para sus pocos años», como dice el cronista, honra poco la discreción de quien la pudo pronunciar, es interesante observar, con Puyol [201], «que cuando Palencia escribía este pasaje, el Infante había muerto, y no podía, por lo tanto, desmentirle, en caso de que hubiera faltado a la verdad».

Las insinuaciones afirmativas del propio Don Beltrán [202] hemos de acogerlas con la reserva con que deben acogerse siempre los pavoneos canallescos de los donjuanes. De ello sería ejemplo típico aquella fanfarronada, dejada caer en un corrillo de amigos, que conviene copiar, porque, por sí sola, define a un hombre —que pasó por gran señor— y a toda la psicología de esta variedad de hombres:

«Cuéntase que como los amigos de Don Beltrán se burlasen de la ligereza y descaro de la Reina, y acusasen de imprudencia al rival de Don Pedro por haberla traído a la casa de aquel de quien en otro tiempo fue tan querida [203], recordándole además otros muchos motivos de rivalidad y resentimiento, Don Beltrán les respondió desdeñosamente que ya no le inspiraba el menor interés aquella su antigua intimidad, como quiera que nunca le habían gustado las piernas de la Reina, demasiado flacas. No falta quien diga que la carcajada en que al punto prorrumpieron los circunstantes desagradó a muchos; pero ni de esta respuesta ni de aquellas burlas se tiene bastante certeza» [204]. Con razón dice Paz y Melia que esta escena no desentonaría en un club de jóvenes acaudalados y horros de ética de nuestros días [205].

Aun cuando el mismo Palencia acoge con reservas la veracidad del chascarrillo, tiene tales visos de verosimilitud, dada la psicología del Duque de Alburquerque, que pertenece a aquel grupo de cosas que, por poder haber sido ciertas, tienen tanta realidad como otras que en efecto lo son, y más que muchas que lo son sin merecerlo. La vida y figura de Don Beltrán, personaje esencial en nuestra historia, y casi en la Historia de España, merecen un comentario extenso, que haremos algún día, sobre todo considerándole como uno de los ejemplares históricos de la psicología donjuanesca.

Su historia está referida al por menor en el libro de Rodríguez Villa, ya citado, escrito con intención apologética. De la lectura de este libro no se deduce, sin embargo, una impresión confirmatoria del juicio que el autor adjudica a Don Beltrán en el prólogo: «Destaca más y más —dice— de entre aquella turba de nobles rebeldes y vasallos desleales, la verdaderamente noble, leal y grandiosa figura de Don Beltrán de la Cueva.» La verdad es que, aun a través de estos criterios incondicionales, queda reducida su figura a la de un señorito jactancioso y lleno de vanidad. Su principal hazaña es el famoso paso de la Puerta de Hierro con que el Rey festejó al Duque de Bretaña, y en el que Don Beltrán se distinguió sobremanera, dando lugar con ella a las copiosas mercedes de Don Enrique [206], a la absurda fundación del Monasterio del Paso, después de los Jerónimos, que aún perdura, trasladado al recinto de Madrid.

Es seguro que de este suceso tan teatral nació la leyenda de los amores del favorito con la Reina; como en una fiesta análoga, siglos después, se originó la otra leyenda de los amores de la mujer de Felipe IV con el Conde de Villamediana, hombre de mucho más valer que Don Beltrán —por de pronto, poeta excelente, muy superior a su fama gris—, aunque parecido a él en la actitud donjuanesca de su erótica [207]. Después, la familiaridad con la Reina; el dominio que ejercía sobre el Rey; la envidia que suscitó su valimiento real, y el desenfado, nada caballeresco, del propio valido al referirse a su intimidad con Doña Juana, completaron el mito de sus amores reales y le dieron vía libre entre la Corte y el populacho.

Del influjo del valido sobre el Rey dan idea estas palabras de Palencia: «a considerar el absoluto y desenfrenado capricho de Don Beltrán, se hubiese tenido al Rey por su esclavo; que tales y tan frecuentes eran los broncos arrebatos del favorito contra él, que causa dolor y vergüenza referirlos. Si cuando llamaba con los dedos en la puerta de la cámara no le abrían al punto, se arrojaba sobre los porteros y los molía a puñadas, puntapiés y bofetadas» [208].

Salvo estas hazañas, su nombre no brilla con dignidad en ningún hecho histórico de importancia. Y al morir Don Enrique IV su figura se esfuma, pasando casi inadvertido en la Corte de doña Isabel la Católica, a la que prestó acatamiento, ayudándola en la lucha contra los partidarios de la Beltraneja. Algunos historiadores, como Prescott [209], han comentado esta actitud del Duque de Alburquerque, que parece indicar una declaración de su no participación en la paternidad de la Beltraneja, ya que no es verosímil que combatiese a su propia hija, a no ser que las razones de Estado fueran en él más fuertes que las de la sangre. En el mismo sentido se expresa Brito Vivar de Sousa en una monografía [210], en la que defiende la legitimidad de Doña Juana, haciendo un buen resumen de las aportaciones portuguesas a este problema. Llanos y Torriglia [211] atribuye esta postura del valido a «la voz de su conciencia, que, convencida de que no era Doña Juana hija de Enrique IV, le impelía a no defraudar los desvelos de la que él sabía legítima sucesora del trono». Parece demasiada conciencia para un personaje de esta calaña. Lo más verosímil es, como siempre, lo más natural: que su conciencia, segura de no tener nada que ver en el nacimiento de la Princesa, no se contrariase al combatir los derechos de ésta. Aparte de que su psicología de cortesano ambicioso le llevase a tomar parte en el bando que tenía las mayores probabilidades de triunfar.

De la contextura física y espiritual del personaje nos dan idea varios testimonios de la época. Su amigo Enríquez del Castillo [212], por ejemplo, hace de él esta descripción: «Era grande gastador, festejador y gran honrador de los buenos; gran cabalgador a la jineta; gran montero y cazador; costoso en los atavíos de su persona: franco y dadivoso.» Sobre el lujo de su vestir y adorno. refiere Palencia [213] que cuando la entrevista de Don Enrique con el Rey de Francia, entre el ostentoso séquito del Monarca castellano destacaba el favorito. «En lo costoso y espléndido del atavío, a todos superaba Don Beltrán de la Cueva, que aquel día hizo ostentoso alarde de su opulencia llevando uno de sus zapatos recamado de preciosísimas piedras, y otras muchas cosas a este tenor.» Antes nos hemos referido ya al significado de este detalle. Véanse también comentarios a esto mismo en nuestro estudio sobre Casanova. [214].

Fue Don Beltrán, en suma, un ser insignificante, de torpe ética, al que únicamente ha dado relieve histórico su calidad de favorito. Demuestra, una vez más, que los reyes pueden medirse por sus privados. La Historia se las entienda con él. Lo que nos parece inadmisible, y nosotros no lo admitimos, es que el historiador dé a su palabra, tan poco honorable, el valor de un certificado.

Nada hay, pues, que asegure que fueron otra cosa que fantasías los supuestos amores fecundos de Doña Juana y Don Beltrán. Cuanto hemos dicho lo demuestra así. Y no tienen mayor valor las ya citadas «tres ra zones para creer que la Beltraneja era hija de Don Beltrán», y que, por lo tanto, el adulterio existió; razones que Paz y Melia exhibe como testimonio importante en este pleito. Estos argumentos fueron dados al Emperador en 1522 por «Un consejero que no firma», y son los siguientes: que a la recién nacida (Doña Juana) la golpearon la nariz para deformársela, y que así se pareciese a su pretendido padre Don Enrique, cuya nariz irregular ya hemos descrito [215]; que a una mujer que parió un niño la misma noche en que nació la Beltraneja le pidieron que cambiase su varón por la adulterina, negándose aquella honrada dueña, y, finalmente, «el no honesto vivir de Doña Juana, que fue notorio». Es decir, puras paparruchas, y a su lado un fantasma: «la mala reputación de la Reina»; pero un fantasma que, entre nosotros, tuvo siempre y ahora mayor fuerza que todas las realidades.

 

XVII

 

PRISIÓN DEL CUERPO, REBELIÓN DEL ALMA

 

 

Pero llegó el año de 1467, decisivo para el porvenir de Doña Juana, y ésta fue entregada por el propio Rey, en rehenes, al Arzobispo de Sevilla, que la llevó al castillo de Alaejos, donde parece que fue galanteada por el procaz prelado, y aun algunos insinúan que logró seducirla.

«El Arzobispo de Sevilla perdió el seso, nos dice Palencia [216], con la prenda que en rehenes le había entregado Don Enrique.» La llevaba, sobre una mula, a cazar por los bosques de Coca y aprovechaba el cinegético paseo para requebrarla atrevidamente. Parece cierto que no sólo no logró sus propósitos este liviano Arzobispo, sino que el deseo de huir de él fue una de las razones que determinaron la fuga de Doña Juana del castillo de Alaejos. Según Enríquez del Castillo [217], esta actitud de la Reina fue causa principal del odio que la cobró el Arzobispo, y motivó en gran parte la reunión de Guisando y las consecuencias de este pacto; y es de gran interés este comentario para explicar los turbios fondos pasionales en que se fraguó el histórico suceso, que tanto se ha querido explotar contra Doña Juana.

Está bien averiguado que quien la enamoró no fue, pues, el prelado guardián, sino su sobrino, Don Pedro de Castilla, el Mozo, bisnieto de Don Pedro el Cruel. Éste sí, sin duda, fue su amante, pero su único amante [218]. Salvo Sitges, los historiadores, poco piadosos con Doña Juana, no insisten lo suficiente en que en el pacto de Guisando (año 1468), redactado por los enemigos de los Reyes, con la bárbara e irrespetuosa crudeza de todos conocida, se hace constar, sin embargo, expresamente que «la Reina no había usado limpiamente de su persona de un año a esta parte»; es decir, justamente en el año de su encierro en Alaejos, y, por lo tanto, después de su supuesto adulterio con Don Beltrán, al que no se alude para nada —y no sería por falta de ganas— en dicho documento. Resulta, pues, inequívoca, declarada por sus propios enemigos, la mentira de los amores de la Reina con el fanfarrón de Don Beltrán; y como de estos amores se deriva todo el pleito, históricamente trascendente, de la legitimidad o ilegitimidad de la infanta Doña Juana, la Beltraneja, conviene insistir sobre este dato, de valor crucial. Sólo Sitges, como hemos dicho, comenta en este sentido la declaración de Guisando:

«En cuanto a que la Reina no hubiese usado limpiamente de su persona de un año a esta parte, era verdad, como vamos a ver; pero nótese que si sólo había hecho mal uso de su persona de un año a esta parte, esto parece indicar que antes no había cometido tal desmán, y es muy raro que cuando tan atrevidamente se hablaba, no se hiciera mención o referencia a su supuesto adulterio con Don Beltrán de la Cueva» [219]. Este razonamiento es irrefutable, y nada pueden contra él otras sutilezas. Llanos y Torriglia me decía en una admirable carta: «La frase de Guisando no exculpaba a la inculpada por su conducta anterior, sino que equivalía a decir, en mi opinión: ¿ven ustedes cómo la que ahora está tejiendo este cesto era capaz de tejer cien cestos más?» No; la frase de Guisando es terminante y no admite interpretaciones partidistas; no quiere decir más que lo que dice, y es esto: que la Reina «de un año a esta parte no ha usado limpiamente de su persona», y no antes: ni más ni menos, y es lo suficiente para que el historiador tome una actitud digna en este asunto.

Y aquella actitud no puede ser otra que esta: si admitimos, como debemos admitir, la no existencia de los amores de Doña Juana y Don Beltrán, por lo menos como amores de tálamo, y si relacionamos este hecho con los datos expuestos al principio sobre la relatividad de la impotencia de Don Enrique, resurge en el fondo de nuestra conciencia la convicción de que la Beltraneja está, en la densa oscuridad que envuelve su genealogía, mucho más cerca del Rey, débil e inseguro de sí mismo que del fachendoso galán.

En Alaejos, sí, empieza la vida extralegal de Doña Juana; pero sólo entonces. Y, en verdad, recordando las circunstancias que habían rodeado a la Reina, es indigno, aunque muy español, el hacer caer sobre su pobre cabeza femenina la culpa elaborada por tantos hombres sin escrúpulos; y no se precisa aquella mirada con que Cristo, como el águila en las nubes, contemplaba, desde lo alto, las conciencias, para invitar, ante esta Reina infeliz, a tirar la primera piedra a los que en trance semejante no hubieran claudicado también.

De su amante, Don Pedro el Mozo, tuvo la Reina dos hijos: Don Apóstol y Don Pedro. Con él se fugó dramáticamente del castillo, y es digna de ser recordada la página, vigorosa y dramática, en que Palencia [220] describe la aventura:

Estando ya embarazada de siete meses, terminó el motivo que la tenía en rehenes, y el Rey envió a varios nobles a que la sacasen del castillo de Alaejos y la acompañasen a Madrid. Se aterró la Reina, porque en la Corte la hubiera sido imposible disimular su embarazo, y despidió con un pretexto a los enviados de su marido. Y una noche se descolgó por el adarve, siendo recogida abajo por su amante Don Pedro, que, según lo convenido, «la aguardaba junto al portillo del muro inferior, a la sazón tapiado con piedras sin trabazón de cal. Apartáronlas prontamente; penetraron por él, y siguiendo el sendero de la cava, en que asentaban los cimientos, salieron al campo, donde hallaron a Pedro de Castilla y a Juan Hurtado, hijo de Rodrigo Díaz de Mendoza, con diez caballos». «Reunidos todos, dirigiéronse, por orden de la Reina, a Cuéllar, en busca de Don Beltrán, que allí estaba, y aunque ella le dio una explicación falsa del motivo de su venida, no tardaron él y los suyos en apercibirse de la causa que la impulsaba a arrastrar antes el escándalo de la fuga que el peligro de su permanencia en la fortaleza.» Entonces fue cuando Don Beltrán dicen que dijo lo de «las piernas flacas».

Enríquez del Castillo [221] dice que la Reina fue descolgada en un cesto, que se golpeó al caer y que se lastimó en la cara y en la pierna derecha; «pero luego que así cayó fue arrebatada y puesta en las ancas de una mula de Luis Hurtado, y así, a más andar, sin parar, se vino con ella hasta la villa de Buitrago, donde estaba su hija». Ya hemos dicho (pág. 120) que para este cronista otro de los motivos de la fuga fue el apartarse de las solicitudes del Arzobispo.

Cuando Don Enrique se enteró de la fuga de Alaejos, dice Palencia «tuvo grave disgusto». Es lo menos que le pudo producir tal noticia, aun teniendo en cuenta la mansedumbre de su espíritu. Luego veremos que quiso prender a Don Pedro. pero desistió ante el llanto de la adúltera.

Un detalle curioso de este embarazo accidentado de Doña Juana fue el vestido que adoptó para disimular el abultamiento del vientre, y que luego, por moda, adoptaron también «todas las damas nobles españolas»; «vestidos de desmesurada anchura que mantenía rígidos, en torno del cuerpo, multitud de aros durísimos, ocultos y cosidos bajo la tela, de suerte que hasta las más flacas parecían con aquel traje corpulentas matronas y a todas podría creérselas próximas a ser madres» [222]. Es conocido este origen escabroso que se atribuye al guardainfante; pero no tanto, a lo que creo, su relación con Doña Juana de Castilla. Los libros de historia de la moda, como el de Max von Boehn [223], señalan, erróneamente por lo tanto, el origen del guardainfante —nombre harto explicativo— en el siglo XVI.

Pero, volviendo a Doña Juana. Después de su fuga, su vida entra en un rápido ocaso. Vivió primero con los Mendoza en Trijueque y otras villas de sus estados. Luego se trasladó a Madrid, y allí vegetó, con sus dolores y sus recuerdos, retirada en el convento de San Francisco hasta que murió, en 1475, a los treinta y seis años de edad, pocos meses después de fallecer Don Enrique.

Nunca más abandonó a Don Pedro, a pesar de que éste, que sin duda conservaba viva la sangre violenta de su bisabuelo, «la daba algunas veces de palos» [224]. Su afección por él debió ser tan profunda, que se sobrepuso a todas las consideraciones sociales —infinitamente más graves en su egregia posición— con un ímpetu rebelde que hace fruncir el ceño del moralista; pero que encuentra un eco de compasiva simpatía en el corazón de los hombres de ahora, lejanos espectadores de su tragedia. Nada da idea de esta tensión pasional suya, que arrollaba a la anormal pasividad de su esposo legítimo, como el episodio de que habiendo Don Enrique hecho prender a Don Pedro para castigar su adulterio, «la Reina atribulóse con tantos lloros, que el Rey, no pudiendo sufrir la pena continua que creía recibir la Reina, le mandó soltar» [225].

Su muerte se atribuyó por unos a un envenenamiento ordenado por su hermano el Rey de Portugal, ante el temor de que ella hiciera «pública manifestación de arrepentimiento» y, por lo tanto, declaración de su liviandad. «Otros afirman que la causa de su muerte fue un aborto» [226]. Su testamento, escrito por su mano, es conmovedor. Pide en él «que mi cuerpo sea enterrado en el Monasterio de San Francisco y que sea vestido con su hábito, antes de que fallezca y muera y en él se enterrado; y antes de morir, cuando quiera expirar, sea echada en el suelo, como los religiosos de esta orden y no sea metido en ataúd»: y agrega, con coquetería casi genial, que la pinta en la plenitud de su feminidad exaltada, «que sea enterrada en algún lugar hueco: que no llegue luego la tierra sobre mí» [227].

 

XVIII

 

UNA GRAN REINA Y UNA MUJER COMO LAS DEMÁS

 

 

«Ni en Don Alfonso (su hermano) ni en ninguno de los Grandes ni parientes, dice Palencia [228], se dio señal alguna de duelo por su muerte.» Los demás cronistas de la época la hicieron los mismos funerales despectivos, y los historiadores modernos repiten idéntico e implacable juicio [229]. Pero nosotros tenemos que juzgarla con infinita compasión y simpatía, y suscribimos un comentario que hizo de ella dos siglos después una mujer —mujer y francesa—: «Nadie —dice— que lea esta historia será insensible a la desventura de esta Princesa, expuesta a tantas violencias de los que la rodearon; así fue la Reina Doña Juana de Portugal; siendo buena vivió sin que se la creyese virtuosa, y todos los que vivieron bajo el reinado de Isabel la Grande se esforzaron y se regocijaron en inventar acerca de ella mil vergonzosas calumnias» [230]. No es un sabio el que hace este juicio, sino, sencillamente, una mujer. Quizá por ello es tan generosa, porque a veces el investigador juzga a los hombres tan sólo por el disfraz con que se presentan en el gran escenario de la Historia, sin pensar que el barro que se esconde debajo de las coronas y de los mantos reales es el mismo, en el caso mejor, que el que ha servido, amasado con pasiones, para modelar a la humanidad sin nombre de la calle.

A Doña Juana la ha perdido ante la posteridad el cotejo con su figura paralela, Doña Isabel la Grande. Ésta supo bien —y se atuvo firmemente a ella— la gran verdad de que los reyes han de tener tan limpia la camisa como el manto ostentoso que exhiben ante la muchedumbre, aunque para tenerla históricamente limpia tengan que no mudársela en ocho días. El estar muy alto exige el sacrificio de las pasiones y de otras muchas cosas, y sólo así se compensa y sublima el privilegio, casi siempre arbitrario, de mandar sobre los demás. Pero, aparte de las ayudas extrahumanas, la virtud no se toma y se deja voluntariamente, porque tiene una raíz original —en unos recia, en otros frágil— en las condiciones de la propia naturaleza. Y es, acaso, en esa fortaleza o debilidad de nuestro espíritu, con la que todos nacemos, donde más palpablemente se manifiesta el designio sobrenatural. Doña Isabel nació tocada por el dedo de Dios. Parece que por uno de esos trastrueques tan frecuentes en el misterio de la herencia, recayó en ella, mujer, todo el aliento viril que faltó a su mísero hermano Don Enrique [231]. Y así pudo cumplir su egregio destino con grandeza tal vez no superada por ninguna otra de las mujeres conocidas. No la regateamos un punto de su gloria. Pero no podemos juzgarla con la misma medida que a Doña Juana, hecha, no con el bronce de los héroes, sino sencillamente con frágil arcilla de mujer.

He aquí cómo la enfermedad de un Rey sirvió de fermento a la descomposición de toda una sociedad y originó el cuadro tenebroso de la España de los Trastámaras, que Menéndez Pelayo consideró como «Uno de los más tristes y calamitosos períodos de nuestra Historia». También en aquellos años de inquietud se hablaba con indignación, como ahora, de la paciencia inacabable de nuestro pueblo [232], y todo hacía anunciar la disolución del Estado decrépito, falto del sustento de una conciencia política colectiva. Y, sin embargo, los augures se equivocaron, porque el sol que iba a nacer de tantas sombras iluminaría la grandeza más dilatada que jamás alcanzó pueblo alguno [233]. Quién sabe si no nos aguarda ahora un milagro semejante. Porque Dios ha querido que en la vida de los pueblos, como en la de los hombres, se entre casi siempre en el vasto templo de la gloria, humillando la frente por la mezquina puerta del dolor.

 

ÍNDICE DE NOMBRES CITADOS

 

 

Addison: 50. Aguilar (F.): 98.

Alburquerque (Duque de). [Véase Cueva (Beltrán de la).1

Alcibíades: 124.

Alfonso (Príncipe don): 118, 142, 157' 160.

Alonso Cortés (N.): 145.

Álvarez de la Fuente: 54.

Álvarez Gato: 125.

Araújo: 140.

Arias: 120.

 

B

 

Ballesteros: 55, 93.

Barrantes Maldonado: 69.

Barrientos (El obispo): 69.

Barros (Juan Martín de): 116.

Beltrán de la Cueva. (Véase Cueva)

Bernáldez (Andrés): 98.

Bion: 124.

Blanca de Navarra: 62, 64, 66, 67, 69-72. 74, 77, 126.

 

Blasco Ibáñez: 133. Boccacio: 120.

 

Boehn (Max von): 154.

Brito Vivar de Souza: 146

 

C

 

Carlos de Austria (Príncipe): 50.

Cartagena (Alonso de): 93.

Casanova: 147.

Castracani: 124.

Castro (Adolfo de): 122.

Catalina de Portugal: 137.

Caumont de la Force (Ch. R.): 158.

Cejador: 94.

Chirino (Alonso): 65.

Colmenares:68

Coloma (Padre): 100..

Comenge: 50, 68~69, 72.

Cornrnines (Felipe de): 98, 105..

Cueva (Beltrán de la): 85, 120, 127, 128, 136, 139-145, 147, 148, 150-153.

 

D

 

Díaz de Mendoza (Rodrigo): 153.

Dieulafoy (J.): 158, 160.

 

E

 

Ehingen (Jorge de): 93, 94.

Enríquez del Castillo: 53, 71, 73, 78, 81, 83, 86;87, 89, 95, 96, 100, 106, 108, 109, 12— 114, 153.

Escavias: 87, 98, 108.

 

F

 

Fabié (A. M.): 76, 89, 93, 98, 117.

Fernán-Gómez de Cibdarreal: 58

Fernán Pérez de Guzmán: 59, 60.

Fernández de Córdoba (Pedro):60

Fernández de Soria: 62, 70, 88, 102.

Fernández Domínguez (José): 144.

Fernando el Católico: 89, 117, 121.

Flores: 116.

Flórez: J 57.

Fumo: 97.

 

G

 

Gaes (Damiáo de): 82.

Gárate:105, 117.

Gómez Dávila: 58.

Gómez de Cáceres: 119.

Gómez Manrique: 121. González de Palencia: 65.

Guicciardini: 93.

Guiomar (Doña): 85, 112, 113, 130.

Guzmán (Catalina de): 113.

Guzmán (Conde Gonzalo de): 76

Guzmán (Marquesa de): 113-114.

 

H

 

Herrera (Alonso de): 120.

Huarte de San Juan: 101.

Hurtado (Juan): 153

 

I

 

Isabel la Católica: 91, 125, 131, 134, 140, 159.

 

J

 

Juan 11: 58, 59, 61, 64, 124.

Juan deAragón: 127.

Juana de Portugal: 72, 73, 77, 78, 84, 85, 114, 127, 129, 131, 132, 134, 137-139, 141— 143, 145, 146, 150-152, 158, 160.

Juana la Beltraneja: 69, 74, 77, 78, 83, 84, 90.

 

K

 

Kretschmer: 51.

 

L

 

Lafuente: 53, 114. Laurencín (Marqués de): 94.

Lenin: 51.

Lenormand: 130.

Liskie: 161.

Llanos y Torriglia: 55, 140, 141, 146, 151.

Lucas (Miguel de): 119.

Luna (Álvaro de): 59, 61, 117— 118, 124, 132.

 

M

 

Maquiavelo: 124.

Marañón (G.): 50, 94, 100, 105, 107, 108, 118, 130, 147.

Mariana: 54, 55, 75, 130.

Maura Gamazo (G.): 162.

Mazuelos (Juan de): 82.

Méndez de Sotomayor (Luis): 124

Menéndez Pelayo: 56, 116, 144.

Merlo (Juan: 93.

Mingo Revulgo: 112, 115,

Montesanto (Conde de): 112.

Münzer: 76, 83, 102.

Muñoz (Juan): 93.

 

N

 

Navajero: 93.

Nunes de Leáo: 68.

 

O

 

Oviedo (Juan de): 82.

 

P

 

Pacheco (Juan): 61, 62, 109, 117.

Palencia (Alonso de): 53, 54, 56, 58-60, 62, 65, 66, 69, 71— 77, 79, 81, 82, 85-91, 95, 96, 98, 99, 106, 108, 112, 113, 117-124, 126-130, 132-134, 136-139, 142, 143, 145, 147, 149, 150, 152, 154, 155, 157, 159-161.

Paz y Melia: 54, 57, 84, 94, 96, 116, 117, 139, 143, 148.

Pedro (Gran Duque): 102.

Pedro de Castilla, el Mozo: 143, 150, 152, 153, 155.

Pellicer: 58.

Pende (N.): 100.

Pisa: 74, 74, 114.

Plasencia (Conde de): 76.

Popplan (Nicolás Van): 161.

Prescott: 146.

Pulgar (Hernando): 53, 62, 63. 131, 132, 134, 137-139, 141— 143, 145, 146, 150-152, 158, 160. 70, 77, 82, 89, l 16, 117, 129, 139, 140, 155.

Puyol: 54, 55, 57, 67, 76, 95, 102, 142.

 

R

 

Roca (Conde de la): 58.

Rodríguez Villa: 99, 144.

Rosmithal (Barón de): 76, 93, 134.

Rouff: 130.

Rui Díaz de Mendoza: 69.

 

S

 

Sanchís Banús (S.): 50, 61.

SandovaJ (Beatriz de): 85.

Shaw (Bemard): 123.

Sigüenza (Padre): 50.

Sitges: 54, 57. 66. 68, 75, 79, 81, 150, 151, 159.

Souza (A. C. de): 133, 157.

Stekel: 130.

 

T

 

Tandler: 96.

Tetzel: 76, 96, 108, 117, 132.

Theotocopulí (Juan Manuel): 93.

93. Tormo (E.): 93.

 

V

 

Valdés (Francisco): 119, 130.

Valera (Mosén Diego): 53, 64, 65. 77. 82, 87, 114.

Vallet de Virvilie: 94.

Villamediana (Conde de): 145.

Villena (Marqués de): 74

 

W

 

Wilde (Oscar): 123.

 

Z

 

Zehrowitz (Juan): 135.

Zurita: 56, 67, 68.

 

NOTAS

 

 

Prologo

 

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08/02/2014

 

notes

 

[1] En los últimos años se ha reivindicado la memoria del joven príncipe Alfonso, afirmando, como muy probable, su muerte por envenenamiento. M. D. Morales Muñoz: Alfonso de Ávila, rey de Castilla, Ávila, 1988.

[2] J. Lucas-Dubreton: El rey huraño: Enrique IV de Castilla y su época (trad. española). Ediciones Morata, Madrid, 1945, pág. 41 (esta obra lleva un prólogo de Gregorio Marañón).

[3] J. Torres Fontes: Estudio sobre la Crónica de Enrique IV del doctor Galtnde: de Carvajal. Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Murcia, 1946, pág. 39.

[4] L. Suárez Fernández; Los Reyes Católicos. La conquista del trono, Rialp, Madrid, 1989, pág. 14.

[5] D. Eisenberg: «Enrique IV and Gregorio Marañón», Renaissance Quarterly, 29, 1976, págs. 21-29.

[6] W. J. Irvine y A. Mac Kay.: «Medica! Diagnosis and Henry IV of Castile», Anales de la Universidad de Alicante, Historio Medieval, 3, 1984, págs. 183-190 (resumen en castellano, por Jiménez Ferrero, M.C., en ibíd., págs. l 91-194).

[7] J. B. Sitges: Enrique IV y la excelente señora llamada vulgarmente D01ia Juana la Beltraneja, 1412-1530. Sucesores de Rivadeneyra, Madrid, 1912.

[8] Particularmente pensamos en sus obras Nobleza y monarquía. Puntos de vista sobre la historia castellana del siglo XV, Secretariado de Publicaciones de la Universidad, Valladolid, 1975 (2." edición), y «Los Trastámaras de Castilla y Aragón en el siglo XV (1407-1474)», incluido en el tomo XV de la Historia de España dirigida por R. Menéndez Pida!, Espasa Calpe, Madrid, 1964.

[9] W. D. Phillips: Enrique IV and the Crisis of Fljteenth-Century Castile. The Mediaeval Academy of America, Cambridge (Mass.), 1978.

[10] L. Suárez Fernández: Nobleza y monarquía..., pág. 11.

[11] El documento procede del Archivo General de Simancas. L Suárez Fernández: «Los Trastámaras de Castilla y Aragón...», pág. 221

[12] D. Phillips: Enrique IV and the Crisis..., págs. 50-52, en las que ofrece interesantes cuadros de los diversos nombramientos llevados a cabo por Enrique IV.

[13] C. Sánchez Albornoz: España, un enigma histórico. Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1962 (2.' edición), tomo I, pág. 665.

[14] J. Torres Fontes: Itinerario de Enrique IV de Castilla. Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Murcia, 1953, pág. 22.

Capitulo 1

[15] Marañón: «El caso más antiguo conocido de la enfermedad de Adisson». Siglo Médico, 1922, págs. 70-605.

[16] Comenge: Clínica Egregia. Barcelona, 1895.

[17] Sanchís Banús: «La enfermedad y muerte del príncipe Don Carlos, hijo de Felipe II», Archivos de Medicina, Cirugía y Especialidades, 1927, vol. 26, pág. 493). En este certero ensayo justifica el autor la revisión médica de los personajes históricos, diciendo que la Historia la hacen los caracteres, y los personajes son el núcleo del objeto de la Psiquiatría. Exacto. Pero no sólo la Psiquiatría ha de intervenir en esta labor, sino otras ciencias biológicas y principalmente —cuando ello es posible— las que estudian la morfología y sus interpretaciones patológicas. Ejemplo de esta valoración de lo somático y lo psíquico para rehacer el retrato de personajes pretéritos es el admirable libro de Kretschmer: Geniale Menschen. Berlín, 1929.

Capítulo 2

[18] Lafuente: Historia de España, cap. XXX: «Si no fue impotente por naturaleza, dio ocasión con sus vicios a que tal vez se le tuviera y pregonara.»

[19] Mariana: Historia de España, lib. 22, cap. XX: «Puédese sospechar que gran parte de esta fábula se forjó en gracia a los Reyes Don Fernando y Doña Isabel».

[20] Álvarez de la Fuente (Sucesión real de España, ITI, pág. 228) dice, por ejemplo, hablando de la impotencia del Rey y de su intervención en los supuestos devaneos de la Reina: «Malicia fue de aquel tiempo, y en el más adelante, lisonja de los Reyes Católicos».

[21]Paz y Melia: Et cronista Alonso de Palencia. The Hispanic Society of America, Madrid, 1914.

[22] Sitges: Enrique IV y la excelente señora llamada vulgarmente Doña Juana la Beltraneja, Madrid, 1912. «Se ha dicho y se ha creído generalmente que fue impotente; pero ésta es la falta menos probada que se achaca a Enrique IV, y los textos en que se apoya tal imputación no son de una autenticidad tan evidente que merezcan crédito absoluto» (pág. 379).

[23] Puyol: Los cronistas de Enrique IV. Madrid, 1921. «Pero donde la crítica de Mariana raya a la altura que pueda alcanzar la que más alta llegue, es al juzgar el enmarañado y complicadísimo pleito de la sucesión del trono» (pág. 74). Copia los pasajes en que Mariana juzga, en el sentido expuesto, esta cuestión y termina: «Para nosotros, es evidente que los párrafos anteriores contienen una apreciación tan exacta como justa de aquella cuestión que de tal modo perturbó la vida de Castilla, y leyendo las Crónicas con el desapasionamiento y la serenidad que consiente lo lejano de los hechos, sácase la misma impresión reflejada en la obra de Mariana, que escribió a poco más de un siglo de distancia de ello» (pág. 75).

Ballesteros (Historia de España, III, pág. 116) parece inclinarse también este mismo sentido.

[24] Llanos y Torriglia: Así llegó a reinar Isabel la Católica. Madrid 1927. «Interesa, por último, al autor hacer constar que ni en este capítulo ni en el resto de la obra define rotundamente por cuenta propia la filiación ilegítima de la Beltraneja». «Si era o no, de hecho, hija de Enrique IV, arcano genésico es, cuya recóndita intimidad no permite que lo esclarezca la crítica histórica» (pág. 68).

[25] Puyol: op. cit., pág. 7.

[26] Zurita. Cit. de Paz y Melia: op. cit., pág. LIII.

[27] Menéndez Pelayo: Antología de poetas líricos castellanos, VI, pág.X

[28] Sitges: op.cit.

[29] Paz y Melia: op. cit., pág. Llll y siguientes.

[30] Puyol, op. cit., pág. 39: «la maravillosa observación que demuestra en cuanto escribe y las copiosas noticias que proporciona la vida de aquellos tiempos».

Capítulo 3

[31] Sabida es la atribución de este famoso Centón epistolario a diversos autores posteriores a la época, como el Conde de la Roca, Gil González, Dávila, Pellicer, etc. Esto, que desvanece su valor histórico, no amengua el deleite de su lectura.

[32] Crónica de Enrique IV, escrita en latín por Alonso de Palencia (traducción castellana por A. Paz y Melia), Madrid, 1904. Década I, Libro 1, Cap. l.º «Así hay confusa noticia de las muchas dudas de las gentes acerca de la legitimidad del príncipe y de susurrarse no ser hijo de Don Juan. Claro es que este rumor no pudo divulgarse durante su reinado con mayor libertad que el natural temor comportaba; mas la duda ofrecía muchos fundamentos que el Rey cuidó de disimular, principalmente por tener más hijos de su mujer y prima Doña María.»

[33] Generaciones, semblanzas e obras de los excelentes reyes de n Enrique el Tercero e Don Juan el Segundo, ordenadas Pérez de Guzmán.

[34] «Los más sesudos —dice el propio Palencia— consideraron el castigo demasiado cruel.» «Con razón censurarán los discretos la maldad del Rey» (op. cit. I, 2, 7.º).Todo este capítulo es de un interés dramático y de una belleza literaria insuperables.

[35] «Placíales oír hombres avisados y notaba mucho lo que de ellos oía; sabía hablar y entender latín; leía muy bien; placíanle mucho libros e historias; oía de muy buen grado los decires rimados, y conocía los vicios de ellos»; «sabía del arte de la música; cantaba y tañía bien, y aun justaba bien», Fernán Pérez de Guzmán, op. cit., XXXIII

[36] Léase lo referente a la historia esquizoide de la dinastía en el estudio de Sanchís Banús ya citado.

[37] Crónica de Don Juan II. Año de 1440. Cap. XXII.

[38] Henando del Pulgar: Crónica de los Reyes Católicos, Don Fernandoo y Doña Isabel de Castilla y Aragón, cap. IV.

[39] Hernando del Pulgar: Los claros varones de Castilla. I, Del Rey Don Enrique IV.

[40] Hernando del Pulgar: Crónica de los Reyes Católicos, cap. IV

[41] Palencia, op. cit., 1, 1, 8.

[42] Desobedeciendo algunas veces al Rey, su padre, no porque de su voluntad procediese, mas por enduzimientos y persuasiones de algunos que, siguiendo sus propios intereses, le traían a ello.» «Por enduzimientos y persuasiones de algunos que están cerca de él, en su consejo, e procediendo de su voluntad, tuvo algunas diferencias con este Rey de Aragón.» (Los claros varones de Castilla, l.)

Capítulo IV

[43] Crónica de Juan II. Año de 1444. Cap. XV

[44] Mosén Diego de Valera: Memorial de diversas hazañas, Cap. VII. Las noticias de este cronista son interesantes a este resespecto, pues tal vez pudiera estar bien enterado de las intimidades de la Corte por su padre, Alonso Chirino, que fue médico de Don Juan II. (Véase González de Palencia, Alonso Chirino, «Boletín de la Biblioteca de Menéndez Pelayo», 1924.) Palencia (op. cit., 1, 1, 1º) copia literalmente la frase de la Crónica: «La Princesa quedó tal cual naciera».

[45] Valera, op. cir., cap. III. Es sabido que esta costumbre de a sábana, testimonio de la consumación nupcial, ha persistido hasta hace poco en algunos pueblos de España.

[46] Palencia, op. cit., l, 1, l.º.

[47] Palencia, l, 1, 2.º.

[48] La reproduce Sitges, op. cit., pág. 47.

[49] Cit. De Puyol, op.cit. pág. 70.

[50] Sitges, op. cit., pág. 57. «En cuanto a la impotencia de Enrique IV, está desmentida en la sentencia en términos tan claros y crudos, que no cabe torcida interpretación.»

[51] Comenge, op. Cit. Cap. XX.

[52] Colmenares: Historia de Segovia, cap. XXXI. Según Sitges, en Zurita y en el historiador portugués Nunes de Leáo se halla la misma referencia, cuyo original no se ha podido encontrar.

[53] A esto se refería, sin duda, Palencia al decir, como ya hemos copiado que la impotencia de Enrique IV era conocida desde su niñez y constituye una prueba más de que, más o menos apasionado, el famoso cronista manejaba, por lo común, datos verídicos. No miente, pues, cuando dice que esta impotencia fue «confirmada por los médicos», pues del informe de Soria lo único que tiene aspecto de realidad es la afirmación de la incapacidad de su real paciente; la interpretación del «maleficio» no tiene, desde luego, el menor valor científico ni histórico.

[54] Hernando del Pulgar: Crónica de los Reyes Católicos. Cap. IV. —Comenge (op. cit., cap. XX) atribuye estas palabras «al sabio Nebrija» (?). —También en sus Claros varones dice Pulgar que Don Enrique «tenía comunicación con otras mujeres, y nunca pudo tener con ninguna allegamiento de varón». —Finalmente, Barrantes Maldonado (Ilustraciones de la Casa de Niebla, vol. II) dice: «Cuan notoria fuese la impotencia del Rey Don Enrique mostróse» «en otras muchas mujeres, nobles e innobles, virginales y corruptas, con quienes él trató de haber acceso, las cuales públicamente confesaban la impotencia del Rey, cuyos nombres de algunas de ellas cuentan las crónicas».

[55] Se refiere a los personajes que cita el médico Fernández de Soria en su informe, pág. 37.

[56] Esta declaración de la virginidad postnupcial de Doña Blanca se reconoció, por tanto, públicamente y en un documento amañado por el mismo Rey. No parece, pues, exacto que éste achacara a su frustrada esposa la falta de sucesión, como afirman Palencia («Don Enrique atribuía la esterilidad a su esposa y no a su propia impotencia»: op. cit., 1, 3, 5.º) y Pulgar («el defecto de la que él imputaba a ella»: Claros varones, I). Es de notar que Enríquez del Castillo, cronista partidario del Rey, no habla para nada de la boda con Doña Blanca, ya que su relación empieza con la muerte de Don Juan II.

Capitulo V

[57] Comenge, op. cit., cap. XX.

[58] «Es sabido que el casamiento con Doña Juana de Portugal se gestionaba bastante antes de pronunciarse la sentencia de divorcio» (Sitges, op. cit., pág. 59). —Pisa (Descripción de la Imperial ciudad de Toledo. Primera parte. Toledo, 1617) explica este segundo casamiento con una frase llena de irreverente naturalidad: «Después le dio gana de casarse con Doña Juana» (pág. 204).

[59] Crónica del Rey don Enrique el Cuarto de este nombre por su capellán y cronista Diego Enríquez del Castillo, cap. XIII.

[60] Palencia, op. cit., I, 3, 1 O.

[61] Pisa (op. cit., pág. 203) da por hecho el fracaso de esta segunda noche de bodas, pero con palabras tomadas del relato, por los cronistas, de la boda con Doña Blanca: «y la noche de la boda la Reyna quedó como vino y como el día en que nació».

[62] Palencia, op. cit., I, 7, lº.

Capítulo VI

[63] Palencia, op. Cit. I, 6, 5º.

[64] Palencia, op. cit., I, 3, l 0.

[65] Palencia, op. cit., I, 7, 3.º

[66] Münzer: Viaje por España y Portugal en los años de 1494 y 1495. Versión el latín, noticia preliminar y notas por J. Puyol, Ma drid, 1924.

[67] Viajes por España, anotados y con una introducción por A. M. Fabié. Madrid, «Libros de Antaño», 1889.

[68] Hay que separar, sin embargo, el problema de la impotencia el Rey, que no parece dudoso (impotencia incompleta), del de la legitimidad o ilegitimidad de Doña Juana la Beltraneja, que es absolutamente oscuro, a pesar del ambiente favorable a la hipótesis adulterina.

[69] Valera, op. cit., cap. XXXIH.

[70] Pulgar: Crónica de los Reyes Catlóicos, cap. I.

[71] Pulgar: Claros varones, cap. I.

[72] Enríqucz del Castillo, np. cit... cap. CXXJV.

[73] Enríquez del Castillo, op. cit., cap. LXV.

[74] Palencia, op. Cit.II, 1, 4º.

[75] Sitges, op. Cit.

[76] Palencia, op. Cit., 1, 7, 3º.

Capítulo VII

[77] Sitges, op. clt., pág. 212. Los nobles, a continuación, reconocieron también a Doña Juana como «hija de dicho señor Rey».

[78] Enríquez del Castillo, op. cit., cap. CXLII.

[79] Palencia, op. cit., II, 3, 5.º.

[80]Sitges, op. cit., pág. 234.

[81] Hemando del Pulgar: Crónica de los Reyes Católicos, cap. XI.

[82] Palencia, op. cit., JI, JO, 9º.

[83] Valera, op. cit., cap. C.

[84] Damiâo de Gaes: Crónica do Príncipe Don Joam, cap. XLI.

[85] Enríquez del Castillo, op. Cit., Cap. CXXIV.

[86] Münzer, loc.cit., pág. 163.

[87] Paz y Melia, op. cit., pág. LlX.

Capítulo VIII

[88] En 1465, es decir, diez años después de la boda con Doña Juana y del comienzo de los supuestos o reales amores entre doña Guiomar y el Rey, que se dice empezaron a poco del regio matrimonio, vivía aquélla en Guadalupe, «porque el Rey, queriendo satisfacer en esto los deseos de Don Beltrán y de la Reina, la había alejado de su trato, aunque la consideraba mucho y deseaba verla casada con alguno de los Grandes» (Palencia, op. cit... l. 8. 4.0).

[89] Don Enrique la visitó alguna vez en Alaejos, «pero no estuvo mucho tiempo en su vana e infructuosa compañía» (Palencia, op. cit., I, 10, 9.º). Es decir, mera visita de cortesía.

[90] Enríquez del Castillo, op. cit., cap. l.

[91] «Recorría, pues, Don Enrique escondidos bosques e intrincadas selvas, persiguiendo fieras, y huía del trato de las gentes» (Palencia, op. cit., I, 2, 4.º).

[92] Palencia, op. cit., I, JO, l.º

[93] Palencia, op. cit., 1, 10, 4.º Este monte de Gabia es Balsaín, donde Valera repite la misma descripción de Palencia (op. cit., cap. C).

[94] Pedro de Escavias: Vida de Enrique IV, publicada por Sitges, loe. cit., apéndice primero.

[95] Enríquez del Castillo, op. cit... cap. l.

[96] Valera, op. cit., cap. XCVIll.

[97] Enríquez del Castillo, op. cit., cap. L.

[98] Enríquez del Castillo, op. cit., cap. I.

[99] Palencia, op. cit., II, 1 O, 9.º.

[100] «Era doliente de la ijada y de piedra» (Hernando del Pulgar: Crónica de los Reyes Católicos. cap. XI).

[101] Palencia, op. cit., u, 10, 9.0

[102]Valera, op. cit., cap. C.

[103] Castillo, op. cit., cap. CLXVII.

[104] Castillo, op. cit., II, 10, 10º.

[105] Zurita, vol. IV, lib, cap. XXVII.

[106] Palencia, op. cii., 11, 10, 9.º

Capítulo IX

[107] Este sepulcro es bien conocido. Se debe a Juan de Merlo, ayudado por Juan Manuel Theotocopuli, el hijo del Greco, y por Juan Muñoz.

[108] Está publicada en la Historia de España de Ballesteros. Véase también su descripción, comentada, en Tormo: Las viejas series icónicas de los Reyes de España. Madrid, 1917.

[109] El Códice original de este viaje está, como es sabido, en la biblioteca de Stuttgart. En España se publicó, en la Colección de Libros de Antaño, en el volumen, ya citado, de Viajes por España, editado por A.M. Fabié, con los de Rosmithal, Guicciardini y Navajaero. En esta traducción hay un diseño del busto del Rey, calcado de la copia publicada por Vallet de Virville. En la Junta de Iconografía Nacional existe la reproducción del grabado original y la de otra versión del mismo, sin colorear y con la expresión del dibujo atenuada. También han publicado este retrato el Marqués de Laurencín (Boletín de la Real Academia de la Historia, vol. 62, pág. 236), Paz y Melia (op. cit.), Cejador (Historia de la Lengua y Literatura castellanas, vol. I), y, finalmente, varios manuales y hasta revistas populares. La leyenda del grabado reza así: «Enrique por la Gracia de Dios, rey de Castilla y León, Toledo, Galicia, Sevilla, Córdoba, Murcia, Jaén, Algarve, Algeciras y Señor de Vizcaya y de Molina.»

[110] En el manuscrito dice: «Jorge de Ehingen mandó hacer las figuras de los reyes que se ven pintadas a continuación cuando los visitó a todos personalmente.» Fabié supone (op. cit., Prólogo) que estos retratos que han llegado a nosotros «no son los que se hicieron directamente del natural». «Como no se infiere, —dice— que formara parte de la expedición ningún pintor, parece verosímil que Jorge de Ehingen, con los perfiles que tomara por sí o por alguno de sus acompañantes, y con sus indicaciones, mandaría hacer los retratos que se ven en el Códice.» Un poco arbitraria parece esta suposición. La artificiosidad del grabado se debe relacionar con las condiciones generales de la pintura de la época a que aludimos en el texto.

[111] Marañón: «Introducción al estudio de la teoría humoral de la emoción», Policlínica, Valencia, 1921. N.º 87.

[112] Puyol. op. cit, pág. 13.

[113] Enríquez del Castillo. Op. cit... cap. I.

[114] Palencia, en cambio, dice: los ojos, «siempre inquietos en el mirar, revelaban con su movilidad excesiva la suspicacia o la avaricia» (I, 1, 2.º). Paz y Melia (op. cit., pág. XLVH) se inclina más a esta versión de la mirada inquieta de Palencia que a la de la mirada fija de Castillo, basándose en el estudio del retrato del Códice de Stuttgart; creo que con razón.

[115] Tandler und Gross: Die biologische Grundlagen der sekundaren Geschlechtscharaktere. Berlín, 1913.

[116] Fumo: «Studio di genetica e di clinica sopra cinque casi di eunucoidismo heredofamiliare», Rivista di Patologia Nervosa e Mentale, Febrero, 1922.

[117] Quiero llamar, sin embargo, la atención sobre el hecho de que no califico a Don Enrique de «eunucoide», sino de afecto de una «displasia eunucoide»; esto es, de una modalidad no francamente patológica, sino más bien de un estado constitucional y hereditario, calcado sobre el estado eunucoide, pero más próximo a la normalidad.

[118] «Aunque no tan grande como el Rey Don Juan, su padre.» (Escavias, op. cit., pág. 407.)

[119]Citado por Fabié (op. cit., pág. XL). Luego veremos, no obstante, el poco valor de este testimonio, muy posterior, de Commines (y no Coninces, como escribe Fabié). En cambio, Palencia dice: «el resto de su persona era de hombre perfectamente formado» (op. cit., I, 1, 2. º). Bernáldez habla también de que era «bien proporcionado en la compostura de sus miembros» (Andrés Bernáldez, Historia de los Reyes Católicos Don Fernando y Doña Isabel, cap. I); así como Valera: «era bien proporcionado» (op. cit., cap. C) y Escavias: «era de real presencia» (op. cit., pág. 407).

[120] Palencia, op. cit., I, 1, 2. º. Esta concavidad debía de ser el rasgo más típico de su rostro; véase más adelante los supuestos intentos de reproducirla en su hija Doña Juana para tratar de hacerla parecida a él. En parte se debía esta concavidad al aplastamiento de la nariz; en parte al prognatismo de la mandíbula inferior, signo típico de la reacción acromegaloide. Para F. Aguilar, en su Discurso de entrada en la Academia de Medicina (Madrid, l 933), se trataba de un prognatismo racial, iniciado en Alfonso VIII (el de Las Navas) y transmitido a los demás reyes de Castilla (San Fernando, Pedro el Cruel, Enrique de Trastámara, Juan II, Enrique IV). Según este autor, el prognatismo de los Austrias tenía este origen castellano, a través de Doña Leonor, hija de Enrique II, casada con Eduardo I de Portugal, abuelos de Maximiliano. Carlos V recibió el estigma por doble vía, pues era nieto de Isabel la Católica, hija de Juan II. La diferenciación que hace Aguilar entre el prognatismo racial y acromegálico tiene valor clínico, pero no patogénico. Los estigmas raciales se deben a condiciones orgánicas hereditarias; en este caso a disposiciones endocrinas de tipo acromegaloide, como ocurre también con las tallas elevadas o las bajas, familiares.

[121]«Los anchos pómulos» (Palencia, op. cit., 1, 1, 2.º).

[122] Sin embargo, no es excepcional, según mi experiencia, que no sólo eunucoides con reacción acromegálica, sino auténticos acromegálicos primitivos, en los que todos estos rasgos están violentamente exagerados, conserven los pies de tamaño normal. Recientemente he recogido una observación muy típica.

[123] Rodríguez Villa: Bosquejo histórico de Don Beltrán de la Cueva. Madrid, 1881, pág. 5: «Está tomada esta pintura de Enrique IV —dice— de un manuscrito de fines del siglo XV existente en la biblioteca de El Escorial, al folio 89 de un tomo de papeles varios (a, 4, 23), que lleva por epígrafe: La fisonomía del Rey Don Enrique IV. Su redacción es análoga a la de igual pasaje de la Crónica de Enríquez del Castillo, pero difiere de ella bastante.» Fundamentalmente —añadimos nosotros—, sólo en este detalle de los pies. Esta descripción es la que utilizó el Padre Coloma en su novela Fray Francisco, Madrid, 1914. Como decimos en el texto, el pie valgus que según esta versión padecía Don Enrique es hallazgo no raro en los displásicos hipogenitales. Pende llama la atención sobre la frecuencia de estas alteraciones óseas en el hipogenitalismo (En docrinología, 2. "edíción, Milán, 1925). Y nosotros nos hemos ocupado recientemente de la misma cuestión: Marañón, «Sur le syndrome ostheo-musculaire douloureux dans l'insuffisance ovarienne», París Médical, 1930.

[124] En mi libro La evolución de la sexualidad y los estados intersexuales (Madrid, 1930), me ocupo con detalle de los caracteres de la voz, de la cabellera y de la piel en estos eunucoides: coinciden exactamente con los datos expuestos, salvo la barba luenga del Rey, pues los individuos con esta displasia eunucoide suelen ser lampiños o poseer, a lo sumo, una barba juvenil.

Capítulo 10

[125] Véase Kretschrner, Korperbau und Charakter. 4 Auf. Berlín, 1925. De intento reducimos en este estudio a lo esencial las interpretaciones psiquiátricas.

[126] Münzer, op. cit., pág. 163.

[127] Nota lª del libro de Münzer, op. cit., pág. 163.

[128] En otro rey, más reciente, era evidente el defecto hipogenital con hipospadias, y tampoco lo sabemos por ningún informe oficial, sino por el estudio de los retratos y los recuerdos de su vida, que, escritos u orales, llegan hasta nosotros. Una sátira popular —de un «Provincial» moderno— hacía esta gráfica descripción de su hipospadias: «Y orina en cuclillas, como una señora».

[129] A veces, en efecto, la morfología macroscópica de los órganos genitales de estos eunucoides tiene una apariencia de normalidad casi completa; pero existen trastornos histológicos que demuestran la deficiencia de la secreción interna y las alteraciones displásicas, generales, típicas del eunucoidismo. Inversamente, órganos genitales muy deformados, como los de algunos criptorquídicos, pueden conservar una secreción interna normal. Por ello el informe médico sobre la anatomía de estos órganos no basta para juzgar de su función, como más arriba hemos dicho.

[130] Marañón: Evolución de la sexualidad, ya citado.

[131] Me advierte el Dr. Gárate de la errata de Fabié, pues éste dice Coninces en el texto de su edición del viaje de Einghen, en lugar e Commines, que, en efecto, en sus Mémoires, tomo 1, pág. 163 (ed... 1840), relata la entrevista en Hendaya entre Luis XI y Enrqiue IV: «Le roi de Castille estoit laid et ses habillements desplaisant aux francois qui s'en mocquercnt». Claro es que esta referencia no tiene ningún valor.

[132] En un reciente libro, Amiel, Un estudio sobre la timidez. Madrid, 6ª. edición, 1941, hemos estudiado con mayor extensión y precisión este tema, distinguiendo los dos grandes tipos de la timidez del varón: el engendrado por la conciencia de la inferioridad física, del que era arquetipo Enrique IV, y el engendrado en una superioridad, en una aguda especificación de la virilidad, que no se atreve, porque teme no encontrar su ideal femenino, ideal, por lo común, puramente teórico y muchas veces construido sobre la imagen de la madre.

Capitulo XI

[133] Marañón: «La main hipogenital», Revue de Médecine, 1922, ág. 578.

[134] En contra, en cambio, de este otro refrán, originado no en la observación, sino en el sentido del contraste, a que es tan propensa la mente humana, y que le conduce con tanta frecuencia al error: «manos frías, corazón caliente». Los franceses dicen esto mismo: froides mains, chaudes amours.

[135] Palencia, op. cit., 1, J, 2.0 Sin embargo, Tetzel (op. cit., pág. J 66) refiere, al describir su visita a los Reyes, que ambos «dieron a mi Señor y a cuantos le acompañaban, la mano».

[136] Marañón: Tres ensayos sobre la vida sexual. 7ª. edición. Madrid, 1934. Ídem: Amor, conveniencia y eugenesia. 8.' edición. Madrid, 1931.

[137] Enríquez del Castillo, op, cit., cap. l.

[138] Paz y Melia, op. cit., pág. LXIV.

Capítulo XII

[139]Enríquez del Castillo, op. cit., cap. XXIII.

[140] Palencia, op. cit., I, 4, 5.º

[141]Palencia, op. cit., 1, 5, 4.º

[142] Enríquez del Castillo, op. cit., cap. XXIII.

[143] Palencia, op. cit., 1, 4, 5.0.

[144] Palencia, op. cit.: T. ~— 7º.

[145] Pisa, op. cit., pág. 209.

[146] Véase en Varela, op. cit., cap. XX, y en Enríquez del Castillo, op. cit., caps. XX XXI.

[147] Enríquez del Castillo, op. cit., cap. XXXVI.

[148] Lafuente copia íntegro el relato de esta curiosa y llamativa cabalgata, cuyo sentido es, sin duda, el indicado en el texto.

Capítulo XIII

[149] Menéndez Pelayo: Antología de poetas líricos castellanos, vol. III. Madrid, 1892, pág. 7.

[150] Paz y Melia, op. Cit., pág. 58.

[151] Véase dichas glosas en el volumen de Flores: Crónica del Rey Enrique Cuarto, 2ª. edición. Madrid, año de 1787.

[152] El mismo Menéndez Pelayo (op. cit., vol. VI. Madrid, 1896, pág. IV) las juzga así: «ni aun clandestinamente ha habido quien se atreviera a imprimirlas; tal es lo soez de su forma, lo brutal y tabernario de sus personalísimos ataques». «Una reseña de torpes imputaciones, verdaderas o calumniosas, que afrentan por igual a la sociedad que pudo dar el modelo para tales pinturas y a la depravada imaginación y mano grosera que fueron capaces de trazarlas.» «El cuadro monstruoso que describe provoca a náuseas el estómago más fuerte», etc., etc. El expurgo de Menéndez Pelayo quita a su versión todo su valor documental. Están íntegras en la Revue Hispanique, 1829. Son ni más ni menos que todas las sátiras anónimas nacidas durante las épocas de opresión, muy semejantes a varias de las que han circulado ahora, durante los años de la dictadura, en esta Castilla, siempre igual a sí misma.

[153] No conozco la versión original. En la traducción de Fabié (op. cit., pág. 166) dice: «Quebranta (el Rey) los principios de la ley de gracia y lleva una vida de infiel.» Paz y Melia (op. cit., pág. 48) traduce así: «quebranta los preceptos de la ley de gracia y lleva una vida infiel; hace vida impura y sodomítica». Mi docto amigo el Dr. Gárate —autor, por cierto, de un importante estudio sobre los viajeros del reinado de Enrique IV («Euskaria a mediados del siglo XV.» Yakintza, 1933-5-362)— me comunica que en el original alemán falta la última frase de la versión de Paz y Melia.

[154] Palencia, op. cit., ITI, l, 1.0

[155] Hernando del Pulgar: Crónica de los Reyes Católicos, cap. II

[156] Palencia, op. cit., I, 10, 5. º

[157]Marañón: La evolución de la sexualidad, ya citada.

[158]Palencia, op. cit., I, 5, 3.º

[159] Palencia, op. cit., J, 5, 4.º

[160] Palencia, op. cit., I, 5, 4.0: Este Miguel de Lucas, al fin, abandonó la Corte, como es sabido, y se casó, yendo a vivir a Jaén, patria de su esposa, donde hizo una vida tan ejemplar, tanto en lo religioso, a que ya era inclinado en sus años de licencia, como en lo sexual, que mereció los públicos elogios del Arzobispo de Toledo: «Después de su matrimonio está consagrado por entero a sus deberes conyugales y huyendo de la corrupción de la Corte, veile retirado en Jaén, reformando allí con gran acierto viciosos hábitos inveterados» (Palencia, op. cit., 1, 7, l.º). De él decían las Coplas del Provincial: «Miguel Lucas sin provecho, a cuanto vale el derecho de ser villano provado...» «A od... y ser od... y poder bien fornicar»

[161] Palencia, op. cit., l, 9, 4.º

[162] Palencia, op. cit., I, 5, 8.º

[163] Palencia, op. cit., I, 5, 4.º

[164] Palencia, op. cit., I, 10, l.º

[165] Palencia, op. cit., III, 1, l.º

[166] A. de Castro: Examen filosófico sobre las principales causas de la decadencia de España. Cádiz, 1825.

[167] Frank Harris: Vida y confesiones de Oscar Wilde. Edición española, Madrid, 1928.

[168] Luego he averiguado que esta frase, que Maquiavelo atribuía a Castracani, era mucho más antigua y la dijo el filósofo Bion refiriéndose a Alcibíades.

[169] Refiere Palencia que Luis Méndez de Sotomayor, «abandonado por su mujer, vivía vergonzosamente, entregado a los vicios y a la más torpe corrupción de costumbres, empleándose en aquellos infames tratos que tuvieron origen en Castilla en tiempos de Don Álvaro de Luna y tan vergonzoso incremento tomaron después (op.cit., 9, 3.0). Paz y Melia da el mismo significado a estas palabras (op. cit., pág. 55), según las cuales dataría de esta época el origen de la homosexualidad en España, como plaga social. Este autor atribuye al trato de los moros una de las causas principales del vicio colectivo, que alcanzó tal difusión, que la Reina Católica se vio obligada a perseguirle, en 1497, con la pena feroz de muerte en la hoguera y confiscación de bienes. Ya nuestro Fuero Juzgo perseguía este vicio y lo penaba con la castración.

[170] Número 67 de la edición de Artiles: Obras completas de Juan Álvarez Gato. Madrid, 1928.

Capítulo XIV.

[171] Palencia, op. cit., 1, I, 2.º

[172] Palencia, op. cit., 1, 1, 3.º

[173] Palencia, op. cit., 1, 5, 4.º

[174] Palencia, op. cit., 1, 5, 7.º

[175] Palencia, op. cit., 1, 6, 2.º

[176] Palencia, op. cit., 1, 6, 5.0

[177] Hernando del Pulgar: Crónica de los Reyes Católicos, cap. III.

[178] Mariana, op. cit., 22, XVII.

[179] Siekel: Onania und Homosexualitat, 3. Auf. Berlín, 1923: Este autor, llevando su punto de vista psicoanalítico a un extremo inaceptable, supone que en el hombre dado excesivamente al comercio con las mujeres públicas hay un fondo explícito de homosexualidad, ya que busca, a través de la mujer mercenaria, al otro hombre. Esto no se puede admitir como regla general, aun cuando en algunos tipos anormales la justificación psicológica de sus hábitos licenciosos sea la apuntada. Lenormand y Rouff han hecho una interpretación del Don Juan basándose en esta hipótesis: interpretación semejante a la mía de este personaje. (Marañón: «Notas sobre la biología de Don Juan», Revista de Occidente, enero 1925.)

[180] Palencia, op. cit., I, 5, 4.º

Capítulo XV.

[181] Recuerda ese título el de la «Triste Condesa», como se llamó la viuda de Don Álvaro de Luna, nombre que aún conserva la calle de Arenas de San Pedro que da al castillo de Don Álvaro. Me dicen, y no puedo creer que haya llegado a tan alto grado la majadería demagógica, que en 1931 fue sustituido este nombre por el de un personaje contemporáneo cualquiera.

[182] Palencia, op. cit., JI, 1, 3.º.

[183] Palencia, op. cit., I, 3, 10.

[184] A. C. de Sousa: Trovas de historia genealógica.

[185] Palencia, op. cit., I, 3, 10.

[186] Compárese, en efecto, la conducta de este infante prestándose a la ceremonia de la decapitación de la efigie de su hermana con la dignidad con que Doña Isabel rechazó la propuesta de nobles de alzarla como Reina a la muerte de dicho Don Alfonso. La diferencia de edades no era tanta que justificase esta distinta actitud. Era el temple ético el que no era igual en una y otro.

[187] Palencia, op. cit., 1, 10, 5.0

[188] Retozando Juan Zchrowitz con una muchacha, la palpó un pecho, y habiéndolo visto un castellano, la maldecía en su lengua, etc.» op.cot., pág. 72).

[189] Entiéndase que este libro fue publicado en Abril de 1941, a los dos años justos del fin de la guerra civil española. El ambiente patriótico-cívico-religioso era asfixiante alentado por las leyes de un régimen asumido como nacional católico por los vencedores. En lo nacional trataba de emular la política hitleriana. En lo católico se garantizaba las bendiciones de Dios plegándose a su moral más pacata..[Nota del maquetador].

[190] Es sabido que Don Enrique amaba la pestilencia, carácter típico de los seres sucios y malolientes. Porque muchos hombres huelen mal porque no pueden asearse; pero otros están sucios porque se deleitan en el hedor. A esta categoría perteneció, sin duda, el Rey de Castilla. «Cualquier olor agradable le era molesto, y, en cambio, aspiraba con delicia la fetidez de la corrupción, y el hedor de los cascos cortados de los caballos, y el cuero quemado, y otros aun más nauseabundos. De esta especie eran sus numerosas aficiones, de modo que por este sentido del olfato podía juzgarse de los demás» (Palencia, op. cit., I, 1, 2.°). Es indudable el carácter degenerativo de estos detalles, tan realistamente descritos. La relación de cales perturbaciones sensoriales con la anormalidad sexual es bien conocida.

[191] Palencia, op. cit., I, l, 2.º

[192] Véase nuestro ensayo «Psicología del vestido», en Vida e Historia. 2ª. edición. Buenos Aires, 1941.

Capítulo XVI.

[193] De una de las hermanas de Doña Juana, la infanta Doña Catalina, dice Palencia que «Su natural era inclinado ardientemente al matrimonio» (op. cit., I, 1, 9.º). Probablemente tendría el mismo temperament de la morena Reina de Castilla.

[194] Palencia, op. cit., I, 5, 1.

[195] Hernando del Pulgar: Crónica de los Reyes Católicos, cap. III. Doña Juana era, pues, una mujer coqueta y, tal vez, nada más. Entre nosotros la coquetería se ha considerado siempre como equivalente a la liviandad, sin pensar que si a muchas mujeres las ha perdido la inclinación a la coquetería, a otras muchas las ha salvado, porque, a veces, es sólo una medicina saludable que calma la sed, sin necesidad de beber.

[196] Palencia, op. cit., II, 1, 3º.

[197] La lectura detallada de los cronistas nos demuestra, en efecto, que el (mismo argumento contra la Reina era «la reputación», y no pasan de ahí. «Su reputación anteriormente sospechosa» (Palencia, op. cit., II, 1, 3.º). «Era bien público el impúdico trato de la Reina con su valido» (lbíd., I, 6, 9.º). «Don Beltrán, dueño del ánimo del Rey, y, al parecer, también de las potencias y sentidos de la Reina» (lbíd., 6, 10), etc. «Fue gran sospecha en el corazón de las gentes sobre la procedencia de la hija» (Enríquez del Castillo, op. cit., cap. CXX). «En todo el reino se decía públicamente que no era hija del Rey, sino de Don Beltrán» (informe dado al Emperador por algún Consejero que no firma, publicado por Paz y Melia, op. cit., pág. 337). Toda es, pues, una historia inconcreta y difusa, sin un solo argumento directo de mediano valor. Y sobre ello se forjó, monstruosamente, un mito de intención exclusivamente política, que luego ha pasado a la posteridad con el salvoconducto que suelen tener, en la aduana de la crítica, mucho más fácilmente que los hechos reales, las leyendas. Lo prueba así el que en este mismo documento, tan representativo, se añade: «en todo el reino se decía públicamente que no era hija del Rey, sino de Don Beltrán; y aunque lo fuera no sería legítima», por tales y cuales razones protocolarias. Es decir, que lo importante era la no legitimidad de la Beltraneja en su sentido político, basándose en la calumnia de la no legitimidad biológica, o, en último término, como fuere. Por ello los historiadores partidarios acérrimos de Doña Isabel la Católica, pero a la vez documentados y veraces, tienen que decir, en última instancia, como Llanos y Torriglia (op. cit., pág. 69): «Si era o no de hecho hija de Enrique IV, arcano genésico es, cuya recóndita intimidad no permite que lo esclarezca la crítica histórica. Basta al intento de estos folios sueltos hacer resaltar que fuera o no fuera Juana fruto del pecado, es evidente que Isabel pudo creer, y creyó, honradamente que lo era.» Está bien limpia de toda empañadura la gloria de la Reina Católica, y no es preciso, para mantener su esplendor, calumniar a otra mujer más desgraciada que ella. N. Araújo ha publicado en el Diario deLlisboa (1930, 23 enero) un interesante artículo titulado, Leviana en el que comenta este punto de vista en nuestro mismo sentido.

[198] Hernando del Pulgar: Letras. Clásicos Castellanos, La Lectura, Madrid, 1929. Letra VII: «La señora vuestra sobrina, hija incierta del Rey Don Enrique y que vos tornáis por mujer; de lo cual no pequeña estima se debe hacer, porque la voz del pueblo es voz divina, y repugnar lo divino es querer con flaca vista vencer los fuertes rayos del Sol».

[199] Ejemplo de esta actitud, aun en escritores, por otra parte, justamente ilustres por su erudición y veracidad, son las siguientes palabras de Llanos y Torriglia (op. cit., pág. 50), hablando de Don Pedro de Castilla, el amante de la Reina: «Pero donde se puso Don Pedro pudo ponerse otro; pues, desgraciadamente para la memoria de la infeliz, desde muy temprano la condenó, en la opinión de sus contemporáneos, tanto o más que el pecado cierto, la irreflexiva desenvoltura». Históricamente no pueden colocarse amantes arbitrarios a una mujer con el solo fundamento de «un decir» de las gentes, y de gentes de una Corte corrompida, a la vez gazmoña y mendaz.

[200] Palencia, op. cit., I, 10, 5.º

[201] Puyol. op. cit... pág. 47.

[202] Condenábanle sus propias disolutas palabras» a Don Beltrán, como padre de la Beltraneja (Palencia, op. cit., I, 6, 5.0). Debía, pues, dejarse cargar gustosamente el muerto del adulterio, con sus afirmaciones ambiguas; actitud muy conforme a su psicología de conquistador, de la que ahora hablaremos.

[203] Luego veremos en qué ocasión fue esta bravata de Don Beltrán: cuando Doña Juana se escapó de Alaejos con su amante Don Pedro y se acogió a la hospitalidad de Don Beltrán.

[204] Palencia, op. cit., II, 1, 3.º

[205]Paz y Melia. op. cit., pág. LXVII.

[206] A la bondad del erudito Don José Femández Domínguez debemos el conocimiento de una escritura de Don Enrique IV, muestra de una de esas mercedes: la del corregidor de Zamora; está fechada en Valladolid en 1465. El libro de Fernández Domínguez, La guerra civil a la muerte de Enrique IV —Zamora, J 929—, contiene datos, documentos y juicios del mayor interés para el conocimiento de esta época.

[207] Véase el interesante ensayo de N. Alonso Cortés: La muerte del Conde de Villamediana —Valladolid, 1928— y nuestro libro: Don Juan. Buenos Aires, 1940.

[208] Palencia, op. Cit., I, 7, 1º.

[209] Prescott: Historia del reinado de los Reyes Católicos Don Fernando y Doña Isabel. Traducción de Sabau, Madrid, 1845.

[210] Brito Vivar: A política de Don Alfonso V en relacáo a Castela. Lisboa, 1919.

[211] Llanos y Torriglia, op. cit., pág. 305.

[212] Enríquez del Castillo, op. cit., cap. XXIV.

[213] Palencia, op. cit., T, 6, 7.º

[214] Marañón: «Historia clínica del caballero Casanova». Sagitario. Buenos Aires, 1927.

[215] En los retratos de la Beltraneja no se advierte tal deformidad.

Capítulo XVII

[216] Palencia, op. cit., I, 10, 5º.

[217] Enríquez del Castillo, op. Cit., cap. CXVIII.

[218] «Dos eran, según lo que la voz común señalaba como rivales en los favores de la Reina, sin que por entonces constase con evidencia a cuál de ellos había de atribuirse el hecho, a saber: el Arzobispo y un sobrino suyo llamado Pedro, bisnieto del Rey de este nombre» (Palencia, op. cit., Il, J 3, 3.0). La Crónica de Castilla (cap. 111) dice lo mismo: «Allí fue preñada, y dudábase quién fuese el padre, pues aunque algunos creían que el adulterador fuese el Arzobispo, otros afirmaban ser un sobrino suyo, hijo de un hermano, llamado Don Pedro de Castilla.» Pero, repitámoslo, la historia del Arzobispo es una invención; su amante fue Don Pedro. Bernáldez (op. cit., cap. X), entre otros, afirma netamente que la Reina «Se empreñó y parió dos hijos de otro caballero de sangre real» (Don Pedro).

[219] Sitges, op. cit., pág. 186.

[220] Palencia. op. cit., ll, 1, 3.0

[221] Enríquez del Castillo, op. cit., cap. CXVIII.

[222]Palencia. op. cit., ll, 1.

[223] Max van Boehn: La Moda. Edición española, Barcelona, 1928

[224] Véase la sucinta biografía de Doña Juana, en Paz y Melia, op. cit., pág. 427.

[225] H. del Pulgar: Crónica de los Reyes Católicos, cap. IV.

[226] Palencia. Op.cit., III, 24, 7º.

[227] Colección de documentos inéditos, XIII. Madrid, 1848, pág. 170.

[228] Palencia, op. cit., llJ, 24, 7.º

[229] Sitges (op. cit., pág. 189) cita al portugués Antonio Cayetano de Sousa, que en el siglo XVIII pedía que se le señalasen los deslices, no demostrados, de Doña Juana. También el P. Flórez (Memorias de las reynas catholicas. Madrid, 1761) considera excesivamente dura e injustificada la reputación con que esta Reina, por ser alegre y bella, ha pasado a la Historia. Véase la nota siguiente.

[230] Histoire secrete de Henri IV, Roi de Castille. A Ville Franche, 1696 (la edición primera es de La Haye, 1695). Su autora es Charlotte Rose de Caumont de La Force, mujer famosa por sus libros y por su vida agitada, que murió en París, en 1724, en un convento, encerrada por orden de Luis XIV. Los datos históricos en que se funda esta interesante novela son, en su mayoría, exactos, y demuestran la difusión que las peripecias amorosas de nuestros regios protagonistas tenían, siglos después, en Europa. Otra mujer, también francesa, Jane Dieulafoy (Isabelle la Grande, Reine de Castille. París, (1920), juzga con parecida benevolencia a Doña Juana: «No ignoraba —dice— que en el matrimonio con Don Enrique sólo podía satisfacer su amor propio. Pero tal vez se hubiera resignado a no buscar ninguna compensación, y su corazón no se hubiera abierto al amor, si Don Enrique, tan torpe con ella como con Doña Blanca, no se hubiera entregado a sus queridas... honorarias.»

[231] Algunos partidarios de Doña Isabel protestan de esta atribución de virilidad, reclamando para ella, por el contrario, una feminidad absoluta y arquetípica. Vale Ja pena de examinar el caso. Fue esta gran Reina, físicamente, de perfecta morfología femenina, como puede verse en su retrato, tan conocido, y como consta en las referencias de sus contemporáneos. Ya a los trece años era «una hermosísima doncella», cuyas gracias «cautivaron tan fuertemente el corazón del Rey de Portugal», que pretendió hacerla al punto su esposa (Palencia, op. cit., I, 6, 10). Este cronista describe cuando, siendo ya mujer y casada, se presentó a la multitud, después de Ja muerte de Don Enrique; quitaron —dice— los negros paños del túmulo levantado en Ja plaza pública, «y apareció de repente la Reina, revestida con riquísimo traje y adornada de resplandecientes joyas, que realzaban su peregrina hermosura, entre el redoble de los atabales y el clamor de las trompetas y clarines» (op. Cit., II, 10, 10).

Algo puede haber, sin embargo, de adulación cortesana, si comparamos estas descripciones un tanto teatrales con el rostro, como bobalicón, de los retratos. Jane Dieulafoy (op. cit., pág. 39) es, a este respecto, muy justa: «Cuando se consultan los retratos pintados o modelados que tenemos de ella —dice—, retratos de todas las edades y, en general, mediocres, pero que muestran analogías que les dan autenticidad, hay que convenir que, a pesar de los ojos ligeramente bridés y de la excesiva robustez de la parte inferior de su cuerpo, debía ser graciosa y seductora; además, como les ocurre a las rubias de tinte delicado, debía emanar ese halo de belleza que los más hábiles pinceles son incapaces de copiar»

Ahora bien: esta morfología tan puramente femenina albergaba, sin duda, un espíritu de recia contextura viril. Su respuesta a los nobles que la ofrecieron la corona, a la muerte de su hermano Don Alfonso, no indica sólo una rectitud de conciencia poco común, sobre todo entre reyes, sino también un ánimo fuerte, impropio de una muchacha de dieciséis años. De igual energía viril hizo alarde en todo el dramático capítulo de sus bodas. Y siendo ya reina, su actuación llena de reflexión y su actitud enérgica y aguda frente a las decisiones graves, tiene un sello masculino que sus contemporáneos percibieron bien. Cuando se presentó, en la ocasión antes citada, al morir Don Enrique IV, ante el pueblo, «a muchos —dice Palencia— parecíales necio alarde en la mujer aquella ostentación de los atributos del marido» (op.cit., II, 10, 10,). Este mismo acto causó sorpresa y disgusto en su marido, Don Fernando, haciéndole exclamar: «Nunca supe de Reina que hubiese usurpado este varonil atributo» (Ibíd., III, 1, I.º). Y «los presentes —añade el cronista— confesamos a una que era verdad». El mismo Palencia refiere el disgusto del pueblo sevillano contra Don Femando, años después, por no cumplir las promesas que había hecho; «Y entonces —añade— el pueblo cambió las alabanzas en acusaciones, diciendo que el Rey estaba supeditado, no sólo a la Reina, sino también», etc. La misma impresión recogen los viajeros, siempre tan importantes en el conocimiento de los juicios públicos. En otra ocasión (Tres ensayos sobre la vida sexual. 5ª. edición. Madrid, 1929, nota 63) he comentado, a este respecto, la relación de Nicolás von Popplan, en su viaje a Sevilla, por estos mismos años: «Apercibíme —dice— que el Rey es un servidor de la Reina»; «Si el Rey quiere despachar alguna correspondencia, no puede sellarla sin permiso de ella, que lee todas sus cartas; y si lee alguna que no la gusta, la despedaza en presencia del mismo Rey. Éste no puede hacer nada sin permiso de la Reina» (Viaje a España. Colección de Liskie, Edición española, Madrid, s. a.)

Los celos famosos de Doña Isabel indican esto mismo. El sentido de esta pasión es un ansia de dominación de carácter viriloide. Casi nunca la padecen las mujeres de feminidad muy estricta.

Cuerpo, pues, femenino, a lo que puede juzgarse por los datos que poseemos, pero alma de temple varonil: así era Doña Isabel. Hoy sabemos bien que la intersexualidad del espíritu y del carácter es compatible con una morfología sexual específica pura (véase mi libro citado La evolución de la sexualidad).

[232] Palencia, por ejemplo, cuenta que en una de sus entrevistas con el Papa, al darle cuenta del estado interior de Castilla, «los cardenales comenzaron a censurar la larga paciencia de nuestro pueblo» (op.cit., I, 7º, 8º.)

[233] Unas palabras semejantes de G. Maura Gamazo al juzgar este momento de nuestra historia: «Hoy, como en los días del último Enrique, la raza por sus pecados pena; pero ha aprendido desde entonces que no le es ya lícito fiar su redención al providencial advenimiento de otros Reyes Católicos, porque las naciones eligen ahora a sus gobernantes, y no suelen tener sino lo que merecen» (Discurso de recepción en la Real Academia Española. Madrid, 1920).

 

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