© Libro N° 3992. Tiberio, Historia De Un Resentimiento. Marañón, Gregorio. Colección E.O. Julio 22 de
2017.
Título
original: © Tiberio, Historia De
Un Resentimiento. Gregorio Marañón
Versión Original: © Tiberio, Historia De Un Resentimiento.
Gregorio Marañón
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Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
TIBERIO, HISTORIA DE UN RESENTIMIENTO
Gregorio Marañón
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO PRIMERO VIDA E HISTORIA
CAPÍTULO II TEORÍA DEL RESENTIMIENTO
PRIMERA PARTE LAS RAICES DEL RESENTIMIENTO
CAPÍTULO III LA INFANCIA EN EL DESTIERRO
CAPÍTULO IV LA TRAGEDIA DEL HOGAR
CAPÍTULO V LOS AMORES DE TIBERIO
CAPÍTULO VI LOS AMORES DE TIBERIO (Continuación)
SEGUNDA PARTE LA LUCHA DE CASTAS
CAPÍTULO VII JULIOS CONTRA CLAUDIOS
CAPÍTULO VIII CLAUDIOS CONTRA JULIOS
CAPÍTULO IX AGRIPINA, EL MARIMACHO
CAPÍTULO X LOS HIJOS DE TIBERIO
CAPÍTULO XI EL DRAMA DE SEJANO
TERCERA PARTE OTROS ACTORES
CAPÍTULO XII TERENCIO
CAPÍTULO XIII ANTONIA O LA RECTITUD
CAPÍTULO XIV LOS AMIGOS DE TIBERIO
CUARTA PARTE EL PROTAGONISTA
CAPÍTULO XV FIGURA, SALUD Y MUERTE DE TIBERIO
CAPÍTULO XVI LAS VIRTUDES DEL OGRO
CAPÍTULO XVII TIMIDEZ Y ESCEPTICISMO
CAPÍTULO XVIII LA ANTIPATÍA
CAPÍTULO XIX RESENTIMIENTO Y DELACIÓN
CAPÍTULO XX SOLEDAD Y ANGUSTIA
EPÍLOGO
CAPÍTULO XXI MUERE EL AVE FÉNIX
APÉNDICES
RESUMEN GENEALÓGICO DE LAS FAMILIAS IMPERIALES
RESUMEN CRONOLÓGICO DE LA VIDA DE TIBERIO
notes
A mi hermano José María
1936-1939
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO PRIMERO VIDA E HISTORIA
La verdad y la leyenda
Lo que sabemos de la vida pública y privada de Tiberio
proviene de cuatro fuentes principales: los Anales, de Tácito; el libro de Los
Doce Césares, de Suetonio; y las Historias de Roma, de Dión Casio y de Veleio
Patérculo. Encontramos también referencias interesantes, pero puramente
anecdóticas, en las Antigüedades de los judíos, de José, y en los libros de
Filón, de Juvenal, de Ovidio, de los Plinios y de nuestro Séneca1.
Con la excepción de algunos detalles, principalmente de
orden cronológico, las investigaciones modernas arqueológicas y epigráficas
apenas han podido añadir nada a lo que nos transmitieron estos historiadores y
escritores antiguos.
Sin embargo, la Historia no se hace sólo con datos, sino
también con interpretaciones. Los mismos hechos, vistos por historiadores de la
Edad Media, del Renacimiento, de los siglos XVII y XVIII y de los decenios
liberales que han seguido a la Revolución Francesa, aparecen con un significado
completamente distinto ante el observador actual. Los nuevos conocimientos en
las diversas disciplinas del saber humano o simplemente la mayor experiencia
histórica, nos permiten explicar muchas cosas que antes nos parecían oscuras; o
dar a las ya explicadas una interpretación nueva. Sobre todo ha influido en
este progreso la aplicación, hoy tan frecuente (aunque no siempre afortunada)
de las disciplinas biológicas al estudio de la Historia clásica.
Esta Historia clásica era casi exclusivamente cronológica
y arqueológica; muchas veces, simple escenografía. No ya en los centones
históricos antiguos, sino hasta en los grandes tratados de la época moderna, el
lector recoge la impresión de que asiste a un gran espectáculo teatral en el
que, merced a pacientes estudios, se han reconstruido escrupulosamente el
paisaje, la indumentaria, los gestos y las palabras de la pretérita vida
oficial. Expertos actores representan solemnemente en este escenario la gran tragicomedia
del pasado. Pero si comparamos la vida así resucitada con la que estamos, cada
uno de nosotros, viviendo, nos damos cuenta de la simplicidad de aquel
artificio. Los personajes que representan ante nuestros ojos los grandes
papeles de protagonistas son, en realidad, entes simbólicos: uno es el buen
rey, otro el caballero heroico, el capitán invencible, el traidor, el mártir,
la esposa abnegada o la mujer fatal. Y lo cierto es que cada ser humano hace en
esta vida papeles distintos: los que le imponen las fuerzas ocultas que brotan
de su alma en combinación, inexorablemente variada, con las reacciones del
ambiente, las de los otros hombres y las cósmicas. Somos, sin saberlo,
instrumento ciego del juego contradictorio del destino, cuyo secreto sentido
sólo conoce Dios.
El esfuerzo de los escritores modernos se dirige a
transformar esa solemne representación histórica en simple vida. Vida e
Historia son una cosa misma: la Historia aparatosa del pasado es nuestra misma
vida humilde y cuotidiana. La vida de hoy, mañana será Historia, tal como es
hoy, sin pasar por las grandes retortas mistificadoras de los profesores.
Los técnicos de la Historia clásica se afanaban, ante
todo, en separar, en el legado de la antigüedad, el dato exacto de la leyenda.
El naturalista de hoy sabe que la leyenda es parte de la vida que fue; tan
importante y tan necesaria para conocer esa vida como la misma Historia
oficial. Con el hecho preciso que la Historia recoge, nace también, en su
manantial mismo, la leyenda. Representa ésta la reacción del ambiente ante la
personalidad del gran protagonista o ante el suceso trascendente; y nos enseña,
por lo tanto, mucho de lo que fue aquel ambiente y mucho de lo que fue la
personalidad del héroe, y, por lo tanto, parte de la verdad estricta del
acontecimiento.
Con datos exactos y con leyendas debemos, pues, tratar de
reconstruir la Historia, interpretándolos con un criterio de naturalistas.
Insisto en esta palabra, de noble amplitud, para alejar la sospecha de que
trate de defender aquí las interpretaciones exclusivamente psicológicas de los
personajes pretéritos y de sus hazañas, tan en boga en la literatura actual.
Por el contrario, me parece que la mayoría de estas interpretaciones, hechas de
terminología pura y arbitraria, están llamadas inexorablemente a desaparecer.
La Vida, que es más ancha que la Historia, es mucho más ancha que la
Psiquiatría, ciencia inexistente; y, sobre todo, que la Psiquiatría de ciertas
escuelas. La Vida es, desde luego, en gran parte, Psicología, en su sentido más
dilatado y casi empírico; pero nunca Patología de mentalistas a la última moda.
La verdad y la leyenda de Tiberio
Cuadran estas consideraciones, de un modo particularmente
exacto, a la vida de Tiberio. Los historiadores antiguos, algunos
contemporáneos estrictos del emperador, otros muy poco posteriores a él2 nos
han transmitido una visión de su reinado hecha con la mezcla habitual de
Historia y de Leyenda; pero acaso es Tiberio uno de los grandes héroes en que
más difícil es separar el punto donde empieza la Leyenda y donde termina la
Historia.
La apología que de él escribió su contemporáneo Veleio
Patérculo es pura leyenda, pero fundada en indudables virtudes del César. La
diatriba de Suetonio es leyenda también, pero igualmente fundada en los
innegables vicios del emperador. Leyenda son hasta sus retratos en mármol, que
nos representan como impecables aquellas facciones, cuya belleza original
estaba deformada por repugnantes úlceras y cicatrices. Sobre estas dos facetas
de la verdad, la histórica y la legendaria, los comentaristas modernos han ido,
con el ritmo de los tiempos, haciendo interpretaciones, no ya distintas, sino
diametralmente opuestas del personaje. Todas son igualmente Historia: porque
representan lo que cada etapa del pensamiento humano va añadiendo a la
personalidad del héroe; proceso que no termina con su muerte, sino que después
de ésta se perpetúa en su fama, en inacabable evolución.
Durante muchos siglos Tiberio ha sido para la humanidad un
monstruo, casi comparable a Nerón y a Calígula en su maldad. Se dice que
influyó en su triste fama el espíritu cristiano que llena la cultura de la Edad
Media y del comienzo de la Edad Moderna: Tiberio fue, no en vano, el emperador
de Pilatos: el Poncio que dejó crucificar a Cristo por cobardía. Pero es
indudable que todo lo malo que sabemos de él, lo escribieron dos historiadores
que no llegaron, en realidad, a conocer la nueva doctrina: Suetonio y Tácito.
Es más: este último participó del odio o del desprecio que sintió por los
cristianos la sociedad romana de su tiempo. La reacción cristiana, por lo
tanto, pudo ayudar a la versión de la infamia de Tiberio, pero no la inventó.
En cambio, no puede negarse que en la rehabilitación del emperador ha influido
el espíritu racionalista, y a veces decididamente anticristiano, de la ciencia
actual, a partir del final del siglo XVIII. No se olvide que uno de los
primeros defensores de Tiberio y, desde luego, uno de los que más han influido
en crearle un ambiente propicio fue Voltaire. Otros escritores de la
revolución, como Linguet, le hicieron el coro. Una de las leyendas que
sublevaba a Voltaire era precisamente la de que Tiberio hubiera intentado
reconocer a Cristo.
Después vinieron las revisiones apologéticas de los
historiadores franceses, alemanes e ingleses, muchos de ellos henchidos de
puritanismo protestante; porque en verdad, en muchas cosas, este César parece
un antecesor de Calvino. Y, finalmente, otros, italianos, propicios a favor del
nacionalismo actual de su patria a estas reivindicaciones de los héroes de la
Roma antigua. Mas sería inexacto decir que la rehabilitación y aun la
glorificación de Tiberio es sólo obra del prejuicio sectario o nacionalista. Es
evidente que estos sentimientos han encontrado injerto propicio en el hecho de
las indudables virtudes políticas que poseyó el odiado César; que ya constan,
por cierto, en los libros de sus contemporáneos, mucho menos apasionados de lo
que se dice: ellos nos contaron, es cierto, sus cualidades malas, pero ¿quién,
sino ellos, nos enseñaron también las excelsas?
En estas alternativas del pensamiento histórico sobre
Tiberio se advierte, sobre todo, el prejuicio, ya indicado, del mito del héroe
representativo, es decir, de la preocupación del carácter arquetípico y de una
pieza. Para unos, fue este príncipe un ser en su totalidad perverso, desde el
comienzo de su vida hasta su fin; y como era despótico y cruel, tuvo que ser
gobernante desdichado, responsable de todas las calamidades de su tiempo. Para
otros, fue un modelo de perfección burocrática, «el emperador más capaz que
tuvo Roma», como dijo Mommsen, pontífice máximo de la Historia (aunque no de la
Vida) de aquella civilización; y puesto que administró su imperio con
pulcritud, hubo de ser también hombre cabal, hijo amante y espíritu justiciero
y bondadoso.
Y la verdad es que si hay un hombre cuya vida sea ejemplo
de alternativas y de cambios en la conciencia y en la conducta; ejemplo de
personalidad construida, no con material uniforme, sino con fragmentos diversos
y contradictorios, ese hombre es Tiberio. Tácito, que le vio desde bastante
cerca y con mirada genial, ha dado la mejor definición de su espíritu: «sus
costumbres —dice— fueron distintas según las épocas»; «mezcla de bien y de mal
hasta la muerte de su madre». Dión le llama «príncipe de buenas y malas
cualidades, a la vez» Así le pinta también Plinio el viejo: «hombre
tristísimo», «príncipe austero y sociable», que «en su edad avanzada se tornó
severo y cruel». E igualmente, Séneca, cuando se refiere a su buen gobierno,
pero exclusivamente en sus primeros años de principado3.
A esto, que es la verdad, que es la Vida, los
historiadores, fascinados por el mito del carácter de una pieza, responden que
se trata de una mistificación; que si Tiberio fue bueno al principio, tuvo que
serlo al final. Sus vicios de última hora, en Capri, probablemente inventados,
se refutan con el único argumento que no tiene valor: el de que un hombre casto
hasta los sesenta años no pudo lanzarse al desorden a partir de esta edad. En
realidad, no ya cada edad de la vida —que puede ser, cada una, como una vida
diferente— sino, en ocasiones, cada año y aun cada hora, si están cargados de
motivos trascendentales, pueden suponer una modalidad nueva de la vasta
personalidad del ser humano.
Y ocurre esto, sobre todo, en los hombres como Tiberio, de
vida, a pesar de las apariencias, casi exclusivamente interior; porque en
ellos, las agresiones del ambiente, sobre todo cuando son tan tremendas como
las que le acometieron a él, producen esa fermentación de las pasiones que
estalla cuando menos se espera en formas arbitrarias de la conducta y que se
llama resentimiento.
Tiberio fue, en efecto, un ejemplar auténtico del hombre
resentido; y por eso lo he elegido como tema de estas meditaciones, iniciadas
hace ya muchos años, desde mis lecturas juveniles de Tácito.
No pretendo, pues, hacer, una vez más, la historia de
Tiberio, sino la historia de su resentimiento.
CAPÍTULO II TEORÍA DEL RESENTIMIENTO
Definiciones
«Entre los pecados capitales no figura el resentimiento y
es el más grave de todos; más que la ira, más que la soberbia», solía decir don
Miguel de Unamuno. En realidad, el resentimiento no es un pecado, sino una
pasión; pasión de ánimo que puede conducir, es cierto, al pecado, y, a veces, a
la locura o al crimen.
Es difícil definir la pasión del resentimiento. Una
agresión de los otros hombres, o simplemente de la vida, en esa forma
imponderable y varia que solemos llamar «mala suerte», produce en nosotros una
reacción, fugaz o duradera, de dolor, de fracaso o de cualquiera de los
sentimientos de inferioridad. Decimos entonces que estamos «doloridos» o
«sentidos». La maravillosa aptitud del espíritu humano para eliminar los
componentes desagradables de nuestra conciencia hace que, en condiciones de
normalidad, el dolor o el sentimiento, al cabo de algún tiempo, se desvanezcan.
En todo caso, si perduran, se convierten en resignada conformidad. Pero, otras
veces, la agresión queda presa en el fondo de la conciencia, acaso inadvertida;
allí dentro, incuba y fermenta su acritud; se infiltra en todo nuestro ser; y
acaba siendo la rectora de nuestra conducta y de nuestras menores reacciones.
Este sentimiento, que no se ha eliminado, sino que se ha retenido e incorporado
a nuestra alma, es el «resentimiento».
El que una agresión afectiva produzca la pasajera reacción
que llamamos «sentimiento» o bien el «resentimiento», no depende de la calidad
de la agresión, sino de cómo es el individuo que la recibe. La misma injusticia
de la vida, el mismo fracaso de una empresa, idéntico desaire de un poderoso,
pueden sufrirlo varios hombres a la vez y con la misma intensidad; pero en unos
causará sólo un sentimiento fugaz de depresión o de dolor; otros, quedarán
resentidos para siempre. El primer problema que, por lo tanto, sugiere el
estudio del resentimiento, es saber cuáles son las almas propicias y cuáles las
inmunes a su agresión.
Resentimiento, generosidad, amor
Si repasamos el material de nuestra experiencia —es decir,
los hombres resentidos que hemos ido conociendo en el curso de la vida, y los
que pudieron serlo porque sufrieron la misma agresión, y no lo fueron sin
embargo— la conclusión surge claramente. El resentido es siempre una persona
sin generosidad. Sin duda, la pasión contraria al resentimiento es la
generosidad; que no hay que confundir con la capacidad para el perdón. El
perdón, que es virtud y no pasión, puede ser impuesto por un imperativo moral a
un alma no generosa. El que es generoso no suele tener necesidad de perdonar,
porque está siempre dispuesto a comprenderlo todo; y es, por lo tanto,
inaccesible a la ofensa que supone el perdón. La última raíz de la generosidad
es, pues, la comprensión. Ahora bien, sólo es capaz de comprenderlo todo, el
que es capaz de amarlo todo.
El resentido es, en suma, allá en el plano de las causas
hondas, un ser mal dotado para el amor; y, por lo tanto, un ser de mediocre
calidad moral.
Digo precisamente «mediocre», porque la cantidad de maldad
necesaria para que incube bien el resentimiento no es nunca excesiva. El hombre
rigurosamente malo es sólo un malhechor; y sus posibles resentimientos se
pierden en la penumbra de sus fechorías. El resentido no es necesariamente
malo. Puede, incluso, ser bueno, si le es favorable la vida. Sólo ante la
contrariedad y la injusticia se hace resentido; es decir, ante los trances en
que se purifica el hombre de calidad moral superior. Únicamente cuando el
resentimiento se acumula y envenena por completo el alma, puede expresarse por
un acto criminal; y éste, se distinguirá por ser rigurosamente específico en
relación con el origen del resentimiento. El resentido tiene una memoria
contumaz, inaccesible al tiempo. Cuando ocurre, esta explosión agresiva del
resentimiento suele ser muy tardía; existe siempre entre la ofensa y la
vindicta un período muy largo de incubación. Muchas veces la respuesta agresiva
del resentido no llega a ocurrir; y éste, puede acabar sus días en olor de
santidad. Todo ello: su especificidad, su lenta evolución en la conciencia, su
dependencia estrecha del ambiente, diferencia a la maldad del resentido de la
del vulgar malhechor.
Inteligencia y resentimiento
Otros muchos rasgos caracterizan al hombre resentido.
Suele tener positiva inteligencia. Casi todos los grandes resentidos son
hombres bien dotados. El pobre de espíritu acepta la adversidad sin este tipo
de amarga reacción. Es el inteligente el que plantea, ante cada trance adverso,
el contraste entre la realidad de aquél y la dicha que cree merecer. Mas se
trata, por lo común, de inteligencias no excesivas. El hombre de talento
logrado se conoce, en efecto, más que por ninguna otra cosa, por su aptitud de
adaptación; y, por lo tanto, nunca se considera defraudado por la vida. Ha
habido, es cierto, muchos casos de hombres de inteligencia extraordinaria e
incluso genios, que eran típicamente resentidos; pero el mayor contingente de
éstos se recluta entre individuos con el talento necesario para todo menos para
darse cuenta que el no alcanzar una categoría superior a la que han logrado, no
es culpa de la hostilidad de los demás, como ellos suponen, sino de sus propios
defectos.
Envidia, odio y resentimiento
Debe anotarse que el resentimiento, aunque se parece mucho
a la envidia y al odio, es diferente de los dos. La envidia y el odio son
pecados de proyección estrictamente individual. Suponen siempre un duelo entre
el que odia o envidia y el odiado o envidiado. El resentimiento es una pasión
que tiene mucho de impersonal, de social. Quien lo causa, puede haber sido no
este o aquel ser humano, sino la vida, la «suerte». La reacción del resentido
no se dirige tanto contra el que pudo ser injusto o contra el que se aprovechó
de la injusticia, como contra el destino. En esto reside lo que tiene de
grandeza. El resentimiento se filtra en toda el alma, y se denuncia en cada acción.
La envidia o el odio tienen un sitio dentro del alma, y si se extirpan, ésta
puede quedar intacta. Además, el odio tiene casi siempre una respuesta rápida
ante la ofensa; y el resentimiento es pasión, ya lo hemos dicho, de reacciones
tardías, de larga incubación entre sus causas y sus consecuencias sociales.
Timidez, gratitud e hipocresía del resentido
Coincide muchas veces el resentimiento con la timidez. El
hombre fuerte reacciona con directa energía ante la agresión y automáticamente
expulsa, como un cuerpo extraño, el agravio de su conciencia. Esta elasticidad
salvadora no existe en el resentido. Muchos hombres que ofrecen la otra mejilla
después de la bofetada no lo hacen por virtud, sino por disimular su cobardía;
y su forzada humildad se convierte después en resentimiento. Pero, si alguna
vez alcanzan a ser fuertes, con la fortaleza advenediza que da el mando social,
estalla tardíamente la venganza, disfrazada hasta entonces de resignación. Por
eso son tan temibles los hombres débiles —y resentidos— cuando el azar les
coloca en el poder, como tantas veces ocurre en las revoluciones. He aquí
también la razón de que acudan a la confusión revolucionaria tantos resentidos
y jueguen en su desarrollo importante papel. Los cabecillas más crueles tienen
con frecuencia antecedentes delatores de su timidez antigua y síntomas
inequívocos de su actual resentimiento.
Asimismo, es muy típico de estos hombres, no sólo la
incapacidad de agradecer, sino la facilidad con que transforman el favor que
les hacen los demás en combustibles de su resentimiento. Hay una frase de
Robespierre, trágico resentido, que no se puede leer sin escalofrío, tal es la
claridad que proyecta en la psicología de la Revolución: «Sentí, desde muy
temprano, la penosa esclavitud del agradecimiento». Cuando se hace el bien a un
resentido, el bienhechor queda inscrito en la lista negra de su incordialidad.
El resentido ronda, como animado por sordos impulsos, en torno del poderoso; le
atrae y le irrita a la vez. Este doble sentimiento le ata amargamente al
séquito del que manda. Por esto encontramos tantas veces al resentido en la
corte de los poderosos. Y los poderosos deben saber que a su sombra crece
inevitablemente, mil veces más peligroso que la envidia, el resentimiento de
aquellos mismos que viven de su favor.
Es casi siempre el resentido, cauteloso e hipócrita. Casi
nunca manifiesta a los que le rodean su acidez interior. Pero debajo de su
disimulo se hace, al fin, patente el resentimiento. Cada uno de sus actos, cada
uno de sus pensamientos, acaba por estar transido de una indefinible acritud.
Sobre todo, ninguna pasión asoma con tanta claridad como ésta a la mirada,
menos dócil que la palabra y que el gesto para la cautela. En relación con su
hipocresía está la afición del resentido a los anónimos. La casi totalidad de
éstos los escribe, no el odio, ni el espíritu de venganza, ni la envidia, sino
la mano trémula del resentimiento. Un anonimista infatigable, que pudo ser
descubierto, hombre inteligente y muy resentido, declaró que al escribir cada
anónimo «se le quitaba un peso de encima»; me lo contó su juez. Pero, a su vez,
el resentido, sensible a la herida de sus armas predilectas, suele turbarse
hasta el extremo por los anónimos de los demás.
Éxito social y resentimiento
Todas las causas que dificultan el éxito social son las
que con mayor eficacia crean el resentimiento. Por eso es, principalmente, una
pasión de grandes ciudades. El resentido que con frecuencia encontramos
refugiado en la soledad de una aldea o perdido en viajes inútiles es siempre un
emigrado de la ciudad, y es en ésta donde enfermó. Por esto también, a medida
que la civilización avanza y se hace más áspera la candidatura del triunfo,
aumenta la importancia social del resentimiento. Es condición esencial,
repitámoslo, para la génesis del resentimiento, la falta de comprensión, que
crea en el futuro resentido una desarmonía entre su real capacidad para
triunfar y la que él se supone. El hombre normal acepta con generosidad el
fracaso; encuentra siempre el modo de comprenderlo y, por lo tanto, de
olvidarlo y de superarlo después.
El alma resentida, después de su primera inoculación, se
sensibiliza ante las nuevas agresiones. Bastará ya, en adelante, para que la
llama de su pasión se avive, no la contrariedad ponderable, sino una simple
palabra o un vago gesto despectivo; quizá sólo una distracción de los demás.
Todo, para él, alcanza el valor de una ofensa o la categoría de una injusticia.
Es más: el resentido llega a experimentar la viciosa necesidad de estos motivos
que alimentan su pasión; una suerte de sed masoquista le hace buscarlos o
inventarlos si no los encuentra.
Edad, sexo, estética y resentimiento
El origen de esta pasión suele localizarse en las almas
predispuestas en el momento de la adolescencia; porque es entonces cuando el
sentido de la competencia y el sentimiento de la preterición, fuente del
resentimiento, se inician, ya en las escuelas y colegios, ya en los primeros
pasos por la vida libre, que tienen un claro acento de trascendencia social. El
resentimiento del alma preterida, a partir de este momento, sustituye a la
envidia, sentimiento más elemental, propio del niño mientras vive sus primeros
años en el hogar. Los que viven al lado de los jóvenes no suelen darse idea del
valor de muchas cosas, que para el mundo adulto son triviales, y en aquéllos
pueden convertirse en módulos de la conducta futura. El premio que se cree
merecido y que injustamente no se otorgó, u otras de éstas que creemos
niñerías, es muchas veces la raíz de la pasión venidera; o bien la simple
preferencia afectiva, que se interpreta injustificada, de los padres o de los
superiores. En cambio, es raro que el castigo, por injusto que sea, origine el
resentimiento. Un castigo injusto suscita la humillación, el odio fugaz o la
venganza, pero casi nunca el resentimiento, como no sea muy repetido y delate,
entonces, una pasión personal cargada de injusticia específica.
Al lado de los motivos de trascendencia social juegan un
papel importante, en la creación del resentimiento, los de orden sexual; sobre
todo en el varón; y es precisamente por la profunda repercusión social que en
el hombre tiene este instinto. El fracaso sexual, en cualquiera de sus formas,
tiene un sentido depresivo tan grande, que hace precisa su ocultación
inmediata; y se convierte con facilidad en resentimiento. He aquí por qué
podemos afirmar que un grupo grande de varones resentidos son débiles sexuales:
tímidos, maridos sin fortuna conyugal o gente afecta de tendencias anormales y
reprimidas. En todo resentido hay que buscar al fracasado o al anormal de su
instinto. Sin olvidar que hay también —yo sé que los hay- ciertos de estos
fracasados y anormales del amor, llenos de generosidad heroica y, por lo tanto,
inaccesibles al resentimiento.
Con ello se liga otro aspecto importante del problema: la
relación del resentimiento con la estética. Muchos resentidos lo son a favor de
la situación de inferioridad, social o sexual, o ambas a la vez, creada por una
imperfección física, sobre todo las enfermedades difíciles de disimular, las
que ofenden a los sentidos; y aquellos defectos que la impiedad de las gentes
suele considerar con burla, como las gibas y las cojeras. En cambio, es muy
común que la pura fealdad, aun siendo muy graduada, no origine el
resentimiento; incluso en la mujer. Sin duda, porque, no siendo repulsiva, la
fealdad se compensa instintiva y gradualmente con el ejercicio de la simpatía,
que el feo tiene que realizar desde su infancia para no desmerecer del que no
lo es. Por la razón inversa, el que posee la hermosura física suele ser con
tanta frecuencia falto de gracia o decididamente antipático.
La mujer se defiende mejor que el hombre del
resentimiento. En condiciones de igualdad, es pasión claramente varonil. La
razón es obvia si reparamos en el sentido del fracaso social que tienen los
motivos fundamentales del resentimiento; pues la mujer es casi ajena al sentido
de la competencia social, aun aquellas que se dedican a los mismos menesteres
que el hombre. Todos los que hayan observado de cerca estudiantes de los dos
sexos, tratados en idénticas condiciones, en las clases y en los exámenes, tendrán,
estoy seguro, la misma experiencia que yo respecto del efecto mucho menor y
mucho más pasajero que en ellas produce el fracaso académico con relación a los
muchachos. Casi nunca es este fracaso, en una mujer joven, el origen de esos
resentimientos incurables de tantos y tantos estudiantes varones. Sin duda es
esto así porque el instinto de la mujer le dice que, a pesar del «suspenso»,
queda intacta su retaguardia esencialmente femenina, que es la maternidad. De
la misma fealdad, como hemos dicho, se suele defender la mujer ante el peligro
del resentimiento; porque en ella, el recurso compensador que es la gracia,
alcanza potencialidad mucho más eficaz que en el varón. A una mujer fea le
basta la gracia para evitar el fracaso específicamente femenino que es la falta
de atracción sexual; y la preserva a la vez del resentimiento.
La mayoría de las mujeres resentidas lo son a consecuencia
del fracaso específico de su sexo: la infecundidad o la forzada soltería. Pero
aun en este caso se defienden mejor que los hombres fracasados, porque tienen
más viva que éstos su capacidad para la generosidad, y encauzan fácilmente
hacia objetivos sublimados el instinto inactivo.
Falsa virtud del resentido
La inferioridad física o moral no compensada por la
generosidad, obliga al resentido a un cierto número de limitaciones que parecen
virtudes. Por esta razón y por la ya comentada hipocresía, el resentido pasa
muchas veces, ante los ojos inexpertos, con una apariencia de respetabilidad.
Suele ser esta falsa virtud del resentido afectada y pedante; y alcanza en
ocasiones la rígida magnitud del puritanismo. Muchos puritanos son sólo
resentidos, hombres incapaces de amar y de comprender: tanto los que se han hecho
famosos en la Historia, como Robespierre, monstruo de odiosa rectitud, como el
perverso e íntegro Calvino y como Tiberio; como los innominados, los que pasan
en silencio a nuestro lado, cada día. El sentimiento de su incapacidad
—injustificada, creen ellos— para triunfar plenamente en la vida, les hace
renunciar a todas las posibles grandezas; y aparecer desinteresados y humildes;
del mismo modo, su fracaso sexual se convierte en castidad ostentosa. Otras
veces, este sentimiento les hace, como antes he dicho, alejarse del mundo, en
huidas que las gentes no se suelen explicar; y que son huidas, dolorosamente
inútiles, de ellos mismos. Forma y resentimiento
Todas las circunstancias que favorecen el resentimiento
coinciden frecuentemente con un tipo físico y mental determinado. Suelen ser
los resentidos, muchas veces, individuos asténicos, altos y flacos, propensos a
la vida interior y a esa frialdad afectiva que caracteriza a los
esquizofrénicos. Y adviértase que esta tendencia a la vida interior es
compatible con el desconocimiento absoluto de sus propias aptitudes, que, ya lo
sabemos, es una de las fuentes del sentimiento resentido; por el contrario, el
individuo «introvertido» es el que peor se conoce a sí mismo. Nuestra propia
personalidad se aprende fuera de nosotros, en el espejo de las reacciones de
los demás ante ella; y nunca contemplándonos a nosotros mismos.
El hombre ancho, pletórico de vida exterior y de humor
expansivo y lleno de alternativas podrá ser un malvado y, sobre todo, un
amoral; pero rara vez un resentido.
Así nos explicamos también la frecuencia con que el
resentido es antipático. Lo es casi siempre el hombre flaco, reservado y
egoísta; lo es, por lo menos, con mucha más facilidad que el hombre gordo,
generoso y expresivo. La raíz última de la antipatía está en la ausencia de
generosidad, raíz también del resentimiento. La antipatía aumenta a medida que
la personalidad rezuma hacia fuera el amargor contenido del resentimiento.
Humorismo y resentimiento
Aludiremos, finalmente, a la relación del resentimiento
con el humorismo. El humorismo verdadero es muy difícil de definir, porque es
apenas imposible de separar de las distintas variedades del buen humor. Éste,
el buen humor, es la aptitud de expresar en forma incontinente y ruidosa los
aspectos notoriamente cómicos de la vida. El humorismo es el arte de extraer el
poso cómico que hay en la vida seria; y de expresarlo con dignidad. El buen
humor puede hacernos llorar de risa; el humorismo hace sonreír a la tristeza.
La gracia del buen humor es la que está en la superficie de las cosas alegres;
la del humorismo, es la que está escondida en el fondo de las cosas serias. La
gracia del buen humor se expresa alborotadamente; y la del humorismo, con
seriedad.
El humorismo puede ser una aptitud innata de los
individuos y de las razas. Pero otras veces es una reacción ocasional, típica
del resentimiento; porque es la patente de corso para crucificar, entre
sonrisas, las cosas, las personas o los símbolos que nos han hecho un mal o que
nos figuramos que nos lo han hecho. Es evidente que el origen del humorismo es,
en muchas ocasiones, un agravio que en lugar de desvanecerse o de vengarse ha
anidado en el alma y la ha transido de resentimiento. Es cierto, también, que
muchos resentidos han hecho inofensiva su pasión gracias al ejercicio
compensador del humorismo.
El triunfo en el resentido
El resentimiento es incurable. Su única medicina es la
generosidad. Y esta pasión nobilísima nace con el alma y se puede, por lo
tanto, fomentar o disminuir, pero no crear en quien no la tiene. La generosidad
no puede prestarse ni administrarse como una medicina venida de fuera. Parece a
primera vista que como el resentido es siempre un fracasado, fracasado en
relación con su ambición, el triunfo le debería curar. Pero, en la realidad, el
triunfo, cuando llega, puede tranquilizar al resentido, pero no le cura jamás.
Ocurre, por el contrario, muchas veces, que al triunfar, el resentido, lejos de
curarse, empeora. Porque el triunfo es para él como una consagración solemne de
que estaba justificado su resentimiento; y esta justificación aumenta la vieja
acritud. Ésta es otra de las razones de la violencia vengativa de los
resentidos cuando alcanzan el poder; y de la enorme importancia que, en
consecuencia, ha tenido esta pasión en la Historia.Nada lo demuestra como la
biografía de Tiberio.
PRIMERA PARTE LAS RAICES DEL RESENTIMIENTO
CAPÍTULO III LA INFANCIA EN EL DESTIERRO
La fecha crítica
Tiberio nació en Roma el año 42 a.C. Murió, cumplidos los
78 años, el 36 d.C. Está, por lo tanto, su existencia dividida en dos por el
hecho más memorable de la historia humana: el espacio que media entre el
nacimiento y la muerte de Cristo. Y es un motivo grave de meditación el
considerar que este hecho ocurría sin que Roma, la capital entonces de todo el
mundo civilizado, se diese cuenta de que todas aquellas guerras, triunfos,
sucesiones, orgías y suplicios que parecían llenar las crónicas con su horror o
con su grandeza, no eran más que anécdotas transitorias frente a los humildes
sucesos de la Judea lejana, en los que se gestaba la nueva humanidad.
Además de los afanes innumerables de su gobierno y de sus
pasiones que le colmaron la vida, Tiberio cumplió, sin enterarse —tal vez
presintiéndolo angustiosamente— su destino verdaderamente trascendental:
presidir el mundo que daba los últimos pasos en la antigüedad y comenzaba a
hollar la vida de nuestra Era. Le vemos, como hombre representativo de sus
contemporáneos, transponer la cumbre más alta de la Historia, un día, el del
drama del Calvario, que pareció como todos los demás días; pero que había de ser
el núcleo de su historia y de su leyenda. Los astros que tantas cosas le
anunciaban, éstas no se las supieron predecir.
Los padres de Tiberio
Su padre fue Tiberio Claudio Nerón, cuya nobleza, cuya
inteligencia y cuyos altos quilates morales encarecen los historiadores. Era,
según parece, un «romano ejemplar». Pero en este modelo entraban, sin duda,
algunas posibilidades éticas que hoy nos parecerían de simple galopín. Suetonio
nos recuerda que tuvo algunos antecesores, de pura sangre claudia, que se
hartaron de cometer fechorías; y acaso, si esto es cierto, llegaron hasta sus
venas gotas de la sangre irregular. Lo cierto es que a nosotros no nos parece
su conducta tan irreprochable como a los antiguos y modernos apologistas de los
Césares. Baste recordar que habiendo servido a Julio César como general de su
flota y habiendo recibido de él cargos y honores importantes, se apresuró a
unirse al partido de sus asesinos, y con inusitado fervor. Combatió luego a
Octavio (el futuro Augusto) y pocos años después le cedía mansamente su propia
mujer, embarazada de seis meses, y convivía con el usurpador de su tálamo, tal
vez infinitamente dolorido, pero bajo la apariencia de la más cordial
intimidad. La moral en aquellos tiempos dorados era muy circunstancial: aun la
moral romana. Faltaban unos años todavía para que fueran dictadas las reglas
eternas del bien y del mal que la humanidad, veinte siglos después, todavía, es
cierto, se complace en olvidar.
La madre de Tiberio, Livia, perteneció también a la
orgullosa estirpe de los claudios. Era hija «del ilustre y noble Druso Claudio;
y por su nacimiento, su virtud y su belleza, fue entre los romanos
eminentísima». De su virtud, se hablará después. Su belleza, juzgándola por la
estatua de Pompeya que la representa en plena juventud, era, desde luego,
admirable de corrección y de gracia. Llama sobre todo la atención en esta
escultura la indecisa expresión sonriente de los perfectos labios y los
extáticos y grandes ojos de mujer prematura. En otras imágenes posteriores,
como la estatua del Museo del Louvre, en la que aparece vestida de diosa Ceres,
la gracia se ha perdido ya y queda un rostro de matrona con perfecciones
solemnes, sin duda acentuadas por el cincel adulador; y el rostro y toda la
figura impregnados de la energía flexible, pero inquebrantable, que caracterizó
a toda la madurez de la emperatriz.
Tiberio Claudio Nerón era de mucha más edad que ella, que
sólo tenía 15 años cuando se desposó. Es muy probable que el matrimonio,
celebrado el año 43 a.C. fuera maquinado por la ambición de la novia
adolescente, pasión que demostró cumplidamente a lo largo de toda su vida y de
la que fueron instrumentos su belleza y su virtud puritana. Tiberio Claudio
Nerón era primo suyo y hombre de gran influencia en Roma; esto último
compensaba sobradamente, para los cálculos de Livia, la falta de juventud en
él, y en ella, de amor.
El presagio
Poco después de la boda quedó embarazada. A los designios
de su ambición convenía que el hijo fuese
varón; e impaciente por saberlo, calentó un huevo de
gallina en su seno y en el de su nodriza4 durante muchos días hasta que, de la
cáscara rota entre los blancos senos, apareció un pollito provisto de una
cresta soberbia y un rudimento de espolones; con lo que tuvo por cierto que su
afán se vería cumplido. El presagio se cumplió. Apenas nació el niño, que era,
en efecto, un varón —el Tiberio de nuestra historia— se apresuró a consultar al
famoso astrólogo Escribonio sobre el porvenir del infante.
Escribonio, como es uso en los adivinos, se prestó
servilmente a los deseos de la joven y hermosa Livia asegurándola que,
efectivamente, su hijo había de reinar. La madre buscaba, sin saberlo, no el
horóscopo de Tiberio, sino el de su propia ambición: un hombre que incubado por
el calor de sus deseos fuera para ella el instrumento de su afán de gobernar el
mundo.
La huida
Durante la guerra civil que siguió al asesinato de Julio
César, Tiberio Claudio Nerón tuvo que huir de Italia con su mujer y con
Tiberio, infante. Perseguidos los fugitivos por las tropas de Octavio —el que
había de ser más tarde esposo sumiso de Livia— llegaron a Nápoles, donde
embarcaron en secreto y con tantos peligros que el viejo Veleio Patérculo, el
abuelo del historiador, que los acompañaba, se suicidó noblemente para
disminuir la impedimenta y facilitar la huida de la pareja5. El niño, arrancado
del seno de la nodriza y de los brazos de su madre para que ambas saltaran a
las barcas, comenzó a llorar amenazando con descubrirlas y perderlas.
Duró dos años el destierro y fue pródigo para el padre en
esas decepciones propias de las horas infelices de la expatriación, que no
faltan nunca, que tanto enseñan y que pocas veces se comprenden y aprovechan.
De Sicilia pasaron a Achaia y a otras provincias griegas.
En Corinto, viajando de noche por un bosque, estalló un incendio que prendió
los vestidos y los cabellos de Livia y estuvo a punto de abrasar a Tiberio. Por
segunda vez ensayaba, desde sus primeros años, el papel de protagonista en la
gran tragedia familiar que iba a ser su existencia.
Al fin volvieron a Roma, porque el destierro, que parece
siempre eterno, casi nunca lo es, y, a poco, el año 38 a.C. Livia, de nuevo
embarazada, se separaba de su marido y se unía para siempre al futuro Augusto,
entonces triunviro lleno de ambiciones. Tiberio, desde su alma de cuatro años,
debió comprender, con esa finura silenciosa con que los niños absorben y
valoran cuanto pasa a su alrededor, que un cambio esencial se había operado en
su existencia. Cesaba la vida accidentada de los desterrados y empezaba otra
nueva, llena de gloria, de bienestar material y de posibilidades de grandeza.
De la deserción de su madre, del dolor de su padre, tal vez no se daba cuenta
todavía. Pero debió quedar en su espíritu el poso triste de los viajes y de los
peligros fuera de la patria, y la visión inexplicada e imborrable del padre,
taciturno y solo, en el hogar abandonado.
Los hombres que yo he conocido que vivieron su niñez, aun
la más remota, en el destierro, eran casi siempre graves y melancólicos. Acaso
por el influjo de sus padres, entristecidos por la lejanía de la patria. Acaso
porque la nostalgia de ésta es tan sutil, que prende ya en el espíritu cuando
todavía no ha nacido la conciencia. La mujer es menos sensible al destierro;
como dijo el poeta, su hogar estará siempre en el pedazo de arena en que
asiente su pie; para la mujer la patria es, ante todo, el hogar. Mas, al
contrario, para el hombre el hogar es la patria. El destierro es para el varón
pena tan grande, que no se concibe cómo los que lo han sufrido alguna vez han
podido después descargarla sobre la cabeza de los demás.
El viejo Tiberio Claudio Nerón era un hombre prudente y
orgulloso; y se consolaría en los años de ausencia y de persecución, pensando,
como Séneca, que la distancia que nos separa del Cielo es exactamente la misma
en nuestra patria que en la tierra del exilio. Pero el consuelo alivia y no
mata a la tristeza; y su tristeza de desterrado es, sin duda, una de las
fuentes de la que atormentó a su hijo —«el hombre tristísimo» que dijo Plinio—
y que duró hasta su muerte.
CAPÍTULO IV LA TRAGEDIA DEL HOGAR
El divorcio de Livia
Livia, la madre de Tiberio, era la hija de Aufidia, mujer
probablemente muy bella, porque sin ser noble6 se casó con el nobilísimo Livio
Druso Claudio, famoso por su recio carácter, que se suicidó en la batalla de
Philippes, al verla perdida.
Algunos suponen que pudiera ser él, el Druso «avaricioso y
de ánimo vil», a que se refiere Cicerón en una de sus epístolas; pero no parece
cierto. Era este riguroso romano, tío de Tiberio Claudio Nerón, el primer
marido de Livia que conocemos ya; y ambos, tío y sobrino, transidos de espíritu
aristocrático, tenían las mismas ideas republicanas y antidictatoriales. La
niñez y la juventud de Livia se nutrieron, por lo tanto, de sentimientos
contrarios a los que había de representar Augusto, con el que compartió el
resto de su vida. Entonces, mucho más que en ninguna época de la Historia, se
utilizaba a la mujer como medio de unir, mediante el yugo matrimonial, a las
familias políticamente alejadas. Esto no impide suponer que Livia, muy
sensible, como gran número de mujeres, a las pasiones políticas, guardase sus
simpatías hacia las ideas que eran sagradas en el hogar de sus progenitores.
Luego veremos que la fidelidad que guardó Livia a la raza de los claudios y su
tenacidad para favorecerlos lo demuestra así.
¿Cuál fue, entonces, el motivo de su separación del primer
esposo y de su casamiento con el triunviro Octavio? Esta clase de contradanzas
conyugales eran en Roma, entre las clases altas, el pan nuestro de cada día.
Pero en este caso, lo que debió promover el escándalo de los menos asustadizos,
y lo que aun hoy nos repugna, fue que el divorcio y el nuevo casamiento se
hicieron cuando Livia estaba cumplidamente encinta. Octavio consultó a los
pontífices si era lícito el matrimonio en estas condiciones; y la respuesta de
los graves funcionarios fue afirmativa, «a condición de que la concepción fuera
cierta»; certeza que en este caso tenía la pública y deforme notoriedad de seis
meses, por lo que, justamente, Tácito califica de irrisoria la consulta a los
pontífices. El pontífice al servicio del que manda propende siempre a estas
complacencias, peligrosas para su prestigio. El problema moral no era el de la
realidad del embarazo, sino otro, al que los pontífices no aludieron, aunque sí
la gente de la calle, a saber: quién era el padre del niño próximo a nacer.
Se dieron entonces y se siguen dando ahora muchas
versiones para explicar este desusado matrimonio. Tácito dice que Octavio,
«enamorado de la belleza de Livia, se la quitó a su marido, no se sabe si a
pesar de ella; y en su impaciencia, la hizo su esposa sin esperar a que diese a
luz». Es decir, da la suprema y noble razón del amor, y galantemente deja
indicar que ella resistiera, por lo menos, hasta pasado el trance maternal.
Pero es posible que hubiera otra razón «menos positiva y más romana», como dice
Perrero: la conveniencia de Octavio de aliarse con una familia de la
aristocracia, para contrarrestar la oposición que aquélla, la aristocracia, le
hacía y que estorbaba a sus planes imperialistas. O, simplemente, el hecho
tantas veces repetido de que el hombre recién elevado al poder por la
revolución no tiene más preocupación que hacerse aristócrata.
Como todas las hipótesis sobre los actos humanos son
aceptables, es oportuno indicar que en estas suposiciones se olvida un factor
que tal vez sea el decisivo: la propia voluntad de Livia. La historia de ésta,
en efecto, nos demuestra hasta qué punto fue imperiosa en ella la ambición:
fue, puede decirse, su verdadera alma. Y es posible que, cortejada por el
futuro Augusto, que tenía el ímpetu amoroso que dan los veinticuatro años y
sobre todo la aureola del triunfo social —imán irresistible para ciertas mujeres—
viese en el enclenque y afortunado joven el camino propicio a sus ensueños de
grandeza. Por ambición se unió a su primer marido; el mismo impulso la arrojó
en los brazos del segundo.
¿Quién fue el padre de Druso?
Todas estas razones no explican, sin embargo, lo más
llamativo de estos históricos amores: la prisa para el matrimonio. Una mujer, a
los seis meses de su estado de buena esperanza, es poco a propósito, por muy
bella que sea, para inspirar una pasión tan arrebatadora. Hay, incluso,
importantes razones biológicas que explican que, sobre todo desde la segunda
mitad del embarazo, es fenómeno normal la desaparición del instinto que, en
condiciones normales, atrae mutuamente a los dos sexos. Otro orden de sentimientos
más elevados sustituyen entonces, entre los padres futuros, a los lazos
puramente sensuales; y permiten que no se apague, o que se acreciente con
distinto combustible, el fuego sagrado de la pasión. Mas para un hombre extraño
a la generación del nuevo ser, es excepcional, casi podría decirse que contra
natura, que sea éste el momento de iniciarse el amor; y, sobre todo, un amor
tan fuerte, tan directamente carnal, que no pudo esperar a los tres meses que
faltaban para que Livia recobrase su gracioso talle y para que su cara
impecable se limpiase de las manchas y deformaciones propias de su delicada
situación.
Para mí la única explicación de la prisa de este amor es
que su comienzo era muy anterior a lo que parecía; y que, dentro del misterio
insondable de la paternidad, el hijo que Livia esperaba podía muy bien ser de
Octavio, triunfador y joven, y no del valetudinario marido.
Yo no me atrevería a decir esto que puede empañar la
memoria de seres que gozan hace tantos siglos de la eterna paz, si no fuera
porque en su tiempo lo decía todo el mundo. Suetonio, tan entusiasta de Augusto
como todos sus contemporáneos, nos cuenta que por la ciudad corría de boca en
boca este versículo: «Las gentes felices tienen sus hijos a los tres meses»,
aludiendo a la intervención de Augusto en el embarazo de Livia, del que nació
Druso I, el hermano menor de Tiberio.
Es mucho más fácil suponer que Livia y Octavio se amaban y
que en los transportes de su pasión adúltera cometieron los deslices necesarios
para llegar al trance paternal, a que, sin previo amor y por pura conveniencia
o por un momentáneo y desenfrenado apetito, dieran el escándalo de su divorcio,
sin consideración, no ya a las canas gloriosas del marido, sino a ese estado
fragilísimo en que la vida de la humanidad se perpetúa y que hasta los seres
más depravados encuentran respetable.
El efecto de esta boda en Roma debió ser desastroso. Por
los corrillos se hablaba de los detalles de los egregios amoríos con esa acre
complacencia que inspiran los temas sexuales equívocos cuando son poderosos los
protagonistas. Pero no era sólo la lengua subrepticia de los maledicientes la
que escupía sobre la noble pareja. Marco Antonio, en sus ataques a Augusto, le
reprochó como una de sus faltas más graves este súbito matrimonio, que
consideraba como el más escandaloso de los adulterios de Augusto, que ya
entonces formaban una copiosa lista. Suetonio dice, para disculparle, que el
verdadero objeto de estas aventuras era, más que el libertinaje, la política;
pues buscaba las mujeres de sus enemigos, a las que, en los transportes de la
pasión, le era fácil arrancar los secretos de los traicionados esposos. La
explicación es harto ingenua. La verdad es que Augusto, como otros muchos
hombres tan menudos de cuerpo como él, era muy mujeriego, con el cinismo que le
daba la moral de entonces y el prestigio abusivo del poder, colaborador eficaz,
en todos los tiempos, de muchos conquistadores de virtudes femeninas. Se cuenta
que durante un banquete Augusto hizo la corte a la mujer de un cónsul, con tal
escándalo, que delante del sufrido esposo se retiró con ella de la mesa,
volviendo al cabo de unos minutos: él, con aire triunfador y fatigado, y ella,
con el cabello en desorden y las orejas vergonzosamente encendidas.
Una más de estas súbitas pasiones pudo ser, en sus
comienzos, la que le enamoró de Livia. Y ésta, incapaz de aventuras
escandalosas, con la superioridad que da a ciertas mujeres la frigidez,
tendería al arrebatado conquistador la trampa de la paternidad y el matrimonio.
Es cierto que el recién nacido recibió los nombres del
primer esposo de Livia: Nerón Claudio Druso (le llamaremos, para abreviar,
Druso I) y que Octavio, «para acallar la maledicencia», le envió a la casa de
aquél. Pero otra cosa hubiera sido proclamar el escándalo de un adulterio que
no podían arrostrar ni el futuro emperador ni su puritana compañera. Mas a
pesar de estas precauciones oficiales, la prisa había sido harto significativa.
Además, hay varios datos que apoyan la hipótesis del adulterio. Mientras
Tiberio se nos aparece desde el comienzo de su vida como un ser taciturno y
áspero, como su padre el viejo y desgraciado Tiberio Claudio Nerón, Druso era
jovial, acogedor y lleno de simpatía; las cualidades de Augusto, heredadas a su
vez de Julio César, cuya afabilidad y cortesía para todos fueron el origen de
su popularidad. Veleio encomia en Druso I «la dulzura y el agrado de sus
costumbres», y Horacio le elogió en términos parecidos. El pueblo hizo de Druso
I un héroe popular, porque era la antítesis del antipático Tiberio; y según
Henting, precisamente porque las gentes suponían que era hijo de Augusto. Fue
tal este fervor popular, que al morir, a los treinta años, en las orillas del
Elba, su hijo Germánico heredó el amor de la multitud con entusiasmo que, como
más adelante veremos, llegó hasta el fanatismo; y toda la popularidad,
ciertamente estúpida, que tuvo su nieto Calígula cuando subió al trono, era aún
herencia de este Druso I, que parece, desde su cuna, alumbrado por la estrella
brillante y melancólica de los hijos del amor.
Otro dato interesante es que Druso I padecía de sueños
fantásticos y alucinaciones; como la de una mujer de talla sobrenatural que se
le apareció en Germania ordenándole que suspendiera sus conquistas. Esta clase
de sueños eran típicos de la familia de Augusto, su presunto padre. Conocidos
son, en efecto, los sueños de Julio César; uno de ellos, basado en el que había
de ser famoso complejo de Edipo, así como otras visiones, de indudable carácter
epiléptico. Atía, la madre de Augusto, sobrina nieta de Julio César, sufrió de
sueños semejantes, a veces eróticos; en uno, por ejemplo, una serpiente
—símbolo priápico— se deslizaba por su cuerpo con tal suavidad, que al
despertarse se purificó como si saliese de los brazos de su marido. Su hijo los
heredó. Varios de los proyectos y empresas de Augusto estaban dictados por
estas apariciones o ensueños «que jamás despreciaba, ni los suyos ni los de
otros que se refirieran a él». Germánico, el hijo de Druso I, tenía arrebatos
sospechosos de epilepsia. Y el hijo de Germánico, Calígula, fue ya un
epiléptico declarado. Dejan ver todos estos fenómenos la línea de una herencia
epileptoide común a la familia Julia, que los separa bien de la claudia. La
característica del temperamento de Druso I fue la misma del gran Julio César:
«la impetuosidad que le llevaba a correr grandes peligros; bien diferente de la
cautela que distinguió a la actividad política y militar de su hermano Tiberio.
Consignemos, finalmente, la sospechosa preferencia que
Augusto demostró siempre por Druso I sobre su hermano; preferencia que
consignan los antiguos y reconocen los modernos historiadores. Esta preferencia
la transmitió a su hijo Germánico, al que probablemente hubiera querido ver
sucederle en el imperio. Druso I y sus hijos fueron, en la larga lucha entre
julios y claudios, los representantes más netos de la rama Julia; y aunque para
ello había la razón de la sangre materna, la de Antonia, esposa de Druso, de
pura sangre Julia, el fervor de Augusto y la clasificación segura del instinto
popular, dejan lugar a la sospecha de que en ello intervendría también la común
certeza de que Druso era hijo de Augusto.
En contra de esta paternidad adulterina está, según
algunos, el parecido que en los retratos se descubre entre Druso I y Tiberio;
sobre ello insiste mucho Baring-Gould. Pero no hay que decir que se trata de un
argumento a medias, pues aun siendo Druso hijo de Augusto, se podía parecer
mucho a su hermano por la madre común. Sin contar con el margen de duda que
hemos de dar a estas atribuciones iconográficas de la antigüedad.
Algunos han alegado también en contra de la hipótesis del
adulterio, que Livia, que había sido fecunda con Tiberio Nerón, no lo volvió a
ser con Augusto. Plinio dada por cierta esta infecundidad del discutido
matrimonio y la ponía como ejemplo de esterilidad «por aversión de los
cuerpos», extraño comentario que no está de acuerdo con la pasión que, según
otros testimonios, sintió Augusto por su antigua perseguida. El argumento es
inadmisible, ya que dentro de la relación conyugal hay muchas explicaciones para
que, después de un hijo, no venga ninguno más; tanto más si la mujer cambia de
marido. Pero, además, Suetonio nos dice que, a poco de la boda, volvió Livia a
quedar encinta, frustrándose el nuevo hijo. Fue, pues, también fecunda con
Augusto. Y bien pudo este embarazo frustrado dejar, como tantas veces ocurre,
lesionada a la madre e incapaz para maternidades nuevas.
Resignación de Tiberio Claudio Nerón
Me han entretenido estas reflexiones sobre las
circunstancias que rodearon a este matrimonio, uno de los más extraños que
consigna la Historia, porque las creo indispensables para nuestra biografía. Lo
que tiene más difícil explicación es la actitud resignada del marido, antiguo
enemigo de Augusto y ahora ofertor afectuoso de su propia mujer. Quizá podría
pensarse que la sospecha o la certidumbre del adulterio era uno de los motivos
de tan inusitado desprendimiento. Sintiéndose anciano y ya vencido, el esposo
se retiraba ante el conquistador juvenil. Pero ni aun así comprendemos la
humillante complacencia del fiero aristócrata, que no solamente dotó a su
esposa para el nuevo matrimonio, sino que asistió en un puesto de honor al
banquete de la boda. Veleio, tan ligado a la familia imperial, llega a decir
que fue el propio marido el que ofreció a Augusto su mujer. Sin duda, en la
moral de entonces había mucho más de rigor aparente que de verdadera médula
ética; por lo menos, en estos tiempos de Augusto, de los que pudo decir nuestro
Séneca que «sus vicios se mantenían gracias a las virtudes de los antiguos».
Lo indudable es que el matrimonio de Livia fue
escandaloso. Y que todos estos comentarios que ocupan nuestra curiosidad de
hoy, con veinte siglos por medio, debieron ser tortura insufrible para el
espíritu del joven Tiberio, a medida que su conciencia naciente y el soplo de
la maledicencia le iban precisando los detalles de esta etapa de su vida
infantil e iban destilando nuevas gotas de acidez en su alma.
Y que no son hipótesis gratuitas lo demuestran las
relaciones ulteriores de Tiberio con su madre y con su padrastro, que más
adelante comentaremos.
CAPÍTULO V LOS AMORES DE TIBERIO
Matrimonio de Tiberio y Vipsania, la nieta de Ático
El príncipe de la infancia entristecida llegó a la edad
del amor. Su vida sexual fue también profundamente desgraciada y, sin duda, uno
de los orígenes más caudalosos de su misantropía y de su resentimiento. En
parte, por su temperamento retraído, escéptico y poco fogoso; en parte, por
puritanismo, era Tiberio el varón indicado para encontrar la solución de su
vida instintiva en la pareja monogámica, apacible y sin aventuras. Y en el
comienzo de su vida la halló en Vipsania, hija de Agripa y de su primera mujer
Pomponia. Esta Pomponia era, a su vez, hija de Pomponio Ático, «el gran amigo
de Cicerón», según dicen todos los libros; pero, en realidad, el amigo de todo
el mundo, pues fue en aquellos tiempos de guerras civiles y enconadas
banderías, maravilloso equilibrista de las más difíciles convivencias. Cito
estos antecedentes porque seguramente nos explican, por la ley de la herencia,
la pasiva beatitud con que vemos a Vipsania, amante esposa de Tiberio hasta el
mismo día de su separación; desde el siguiente, esposa también ejemplar de
Asinio Gallo, uno de los mayores enemigos de su primer marido. A todo se avenía
sin esfuerzo la nieta de Ático.
No se sabe la fecha de este matrimonio, pero debió ser
hacia el año 19 a.C. cuando Tiberio tenía veintitrés años7.
Se dice que su madre, Livia, había querido casarle con
Julia I, la hija de Augusto, pero fracasó su ambición, pues el emperador
prefirió desposarla (viuda ya de Marcelo II) con su general Agripa. Se explica
esta actitud de Augusto por su antipatía hacia Tiberio; y quizá también por la
profunda estimación que el emperador sentía hacia el gran caudillo, del que,
con intuición eugénica, esperaría una robusta descendencia de capitanes
heroicos. Sólo más tarde, cuando Agripa murió, dejando bien cumplida su misión
paternal en el número aunque no en la calidad, es cuando Augusto consintió en
satisfacer el deseo de Livia, casando a su hija, por tercera vez, con Tiberio.
Tiberio, raro de carácter, acertó a ser feliz con
Vipsania, la del hereditario conformismo. Dice Suetonio que vivieron en
perfecto acuerdo. Tuvieron un hijo, Druso II, que nació hacia el año 11 a.C.
por lo tanto, según nuestros cálculos, varios años después del matrimonio; pero
la tardanza en la fecundidad se desquitó con la prisa para renovarla, pues al
año siguiente de dar a luz, Vipsania estaba embarazada de nuevo. Luego veremos
que la maledicencia popular puso en duda la intervención de Tiberio en estas
paternidades.
Divorcio de Vipsania
Por entonces sobrevino una de las profundas tragedias de
la vida íntima del futuro emperador, quién sabe si la mayor de todas. Era el
año 12 a.C. Agripa acababa de morir dejando viuda a Julia I, y Augusto decidió
el casamiento de su hija con Tiberio, previo el fulminante divorcio de éste con
Vipsania. Es difícil penetrar, con la psicología y la moral de nuestro tiempo,
las justificaciones que entonces tenían estos rompecabezas matrimoniales.
Parece evidente que Tiberio vivía feliz con su mujer, por segunda vez fecunda.
Es evidente, también, que Julia había dejado antes de enviudar prole masculina
suficiente para haber asegurado la continuidad de la raza según el deseo de
Augusto, si la muerte, que está por encima de la voluntad de los emperadores,
no hubiera aniquilado a todos estos vástagos en plena juventud. Lo lógico,
pues, hubiera sido dejar a Tiberio tranquilo en su hogar y a Julia viuda, que,
para su modo de vivir escandalosamente alegre, le era lo mismo que sus maridos
vivieran o no; y, en el caso de que las leyes que imponían el matrimonio la
obligasen a éste, haberla casado con cualquier otro novio más a propósito que
el taciturno Tiberio; y así parece que lo intentó Augusto un momento, pensando
antes que en aquél, en dos simples caballeros: G. Proculeyo y Coteso.
El fracaso de estos propósitos y el elegir, por fin, a
Tiberio, es seguro que se debió a la satisfacción que con ello daba Augusto a
las viejas aspiraciones de Livia. Tal vez influyeran también intrigas de la
propia Julia, pues ya en vida de Agripa esta insaciable mujer, no contenta con
sus diversos amantes, intentaba seducir a Tiberio en forma tan notoria, que en
toda Roma se hablaba con escándalo de la aventura. Parece que por esta época
Julia tenía enorme ascendiente sobre su padre; pudo, pues, muy bien contribuir
a que ordenase el divorcio y el nuevo casamiento.
La historia se repite
No consta que Tiberio tratase resistir ante el mandato
imperial. Probablemente porque era muy débil de carácter; pero, sobre todo,
porque en esta cuestión de los matrimonios por razón de Estado, el oponerse a
las órdenes del príncipe, y sobre todo cuando el príncipe se llamaba Augusto,
era empresa heroica. Los historiadores de la época nos refieren, por ejemplo,
la oposición de Julio César a someterse a las indicaciones matrimoniales de
Sila, casi con la misma admiración con que nos cuentan su conquista de las
Galias.
Tiberio no era ciertamente Julio César y se dejó quitar la
mujer que estaba embarazada, como su madre cuando Augusto la arrancó del hogar
de Claudio para desposarla. Su mentalidad, tan sensible a los horóscopos, acaso
buscaría en las estrellas una explicación a este sino humillante de los varones
de la familia.
Tal vez, desde un punto de vista psicológico, se
encuentren motivos para interpretarlo, no como obra del azar, sino como
designio subconsciente de Livia, que, al hacer repetir en su nuera el divorcio
en plena gestación, justificaba el suyo estando también embarazada, que tanto
había dado que hablar a las malas lenguas de Roma; y enseñaba a la vez al
resentido Tiberio, con dolorosa lección práctica, que los hombres sujetos a los
deberes públicos tenían que pasar por trances como el que sufrió su padre y ahora
se repetía en él.
A poco, Vipsania, la divorciada, apenas repuesta de su
parto, se unía a Asinio Gallo. No tardó en divulgarse la sospecha de que este
importante sujeto, senador, conocido por su impetuoso carácter y por su
elocuencia, hubiera tenido relaciones previas con la mujer de Tiberio; y se
decía que era él el responsable, no sólo del segundo embarazo que se frustró,
sino también del primero, el que dio origen al nacimiento de Druso II.
Baring-Gould alega en contra de esta especie el parecido que tienen los bustos
de Druso II con los de Tiberio8.
No hay inconveniente en admitir que, en efecto, se tratase
de una calumnia más; o, como entonces se dijo también, de una deliberada
invención de Livia y de Augusto, para atenuar el dolor de la separación de
Tiberio con el rencor de saberse vendido. Pero esta precaución fue, si existió,
ineficaz. Tiberio jamás se consoló del divorcio impuesto por la voluntad
cesárea. Cuando, ya casado con Julia, vio un día pasar a lo lejos a Vipsania,
se enterneció tanto que se le escaparon las lágrimas y juró no volverla a ver.
Su resentimiento ante la idea de que vivía en brazos de otro —y otro que era
uno de sus mayores enemigos— fue creciendo sin cesar y tuvo no poca parte en la
tragedia espiritual de su vida.
Asinio Gallo, el rival implacable
El rival, Asinio Gallo, fue implacable hacia él. Era un
personaje célebre, hijo de Folión, cónsul en tiempo de Augusto, al que dedicó
Virgilio su Égloga IV. Su hijo compuso un paralelo entre él y Cicerón, obra
que, por cierto, era una de las lecturas favoritas de Plinio el joven. Se dice
que Asinio Gallo, cuya vanidad y cuyas aspiraciones no tenían medida, supuso
que era él «el joven que había de gozar de la vida de los dioses», de que habla
Virgilio en la Égloga citada; pero lo probable es que el poeta se refiere a
Marcelo II, presunto heredero de Augusto por aquellos años. Lo que no admite
duda es que Asinio Gallo, fuera o no cierta la profecía de Virgilio, aspiró al
trono de Roma, pues Tácito habla expresamente de que Augusto «en sus últimas
conversaciones buscaba entre los romanos que tuvieran a la vez ambición y
talento para reinar a su posible sucesor»; y los tres candidatos eran Lépido,
con capacidad, pero sin ambición; Gallo, con ambición y sin capacidad; y
Arruntio, que unía ambas condiciones. Este importante pasaje nos informa, de
nuevo, sobre los esfuerzos de Augusto por eliminar a Tiberio de la sucesión; y
además, sobre otro de los más hondos orígenes del resentimiento de Tiberio
contra Gallo, que osó disputarle el principado.
Constantemente encontramos en las historias señales de la
tensión rencorosa que separó siempre a Tiberio de Gallo. Éste, desde su
posición inferior, se erguía en actitud valerosa y algo petulante, en cierto
modo simbólica de su apellido, frente a su egregio rival. Más adelante
referiremos la intervención airada del impetuoso senador cuando Tiberio no se
decidía a aceptar el principado. Y hay otros muchos indicios de su rencoroso
disentimiento. El año 15 a.C. hubo una gran inundación en Roma; el Tíber, súbitamente
crecido, arrastraba restos de casas deshechas y muchos cadáveres; Asinio Gallo
propuso que se consultase, para remediar la catástrofe, los libros sibilinos; e
inmediatamente se levantó para oponerse a Tiberio, «tan misterioso en religión
como en política». El año siguiente, Haterio y Fronto, instigados por Tiberio,
presentaron en el Senado una queja contra el lujo de Roma y una proposición
para combatirlo; Gallo se opuso a todo ello; con su actitud mortificaba
intencionadamente a Tiberio, paladín del criterio puritano. Otra vez, debiendo
ausentarse el emperador, Pisón, de acuerdo con él, propuso que el Senado,
precisamente por no estar el príncipe delante, redoblase su actividad; también
esta vez se opuso Gallo alegando hipócritamente que la presencia de Tiberio era
necesaria para las deliberaciones. Sobre una cuestión de nombramiento de
magistrados surgió algún tiempo después una discusión directa y áspera entre
los dos rivales.
Pero la pugna alcanzó su mayor violencia en el período
final del reinado de Tiberio, cuando éste, aliado y dominado por Sejano,
luchaba contra Agripina I, la viuda de Germánico. Más adelante referiremos con
detalle esta violenta batalla. Agripina necesitaba a su lado un hombre
influyente y lleno de pasión que contrarrestase la influencia de Sejano. Asinio
Gallo, ya viudo, se prestó a esta alianza, puramente política; e, incluso,
intentó casarse para hacerla más eficaz, con Agripina. Los dos rivales se encontraban,
pues, de nuevo frente a frente. Tiberio negó, como veremos, el permiso para el
matrimonio y dejó correr alevosamente el rumor de que Agripina y Asinio Gallo
estaban unidos por amoríos escandalosos.
Puede afirmarse que no era verdad. Asinio Gallo estaba por
entonces muy envejecido y Agripina era incapaz de comprometer en un devaneo sin
sentido toda su fuerza, que era precisamente su virtud. Fue sólo el común odio
contra Tiberio lo que les unió.
La venganza de Tiberio
Pero Tiberio sabía esperar. Cuando llegó el momento
propicio, acusó a Gallo en una carta al Senado; y Dión nos dice que llevó su
perfidia hasta invitarle aquel mismo día a su mesa, haciéndole beber en la copa
de la amistad en los instantes mismos en que, en la Asamblea, se leía su
acusación (30 d.C.) Su prisión fue terriblemente severa. No tenía a nadie que
en la cárcel le sirviese. Sólo le veía un esclavo que le obligaba a comer para
evitar su suicidio por el hambre; y los alimentos estaban escogidos de tal
suerte «que le impedían morir, sin darle ningún placer». Sólo tres años
después, compadecido de su víctima, Tiberio le permitió que se dejara
voluntariamente morir. Otros dicen que fue ejecutado por el verdugo. Un tal
Sinaco murió también hacia este tiempo, a manos del verdugo, sólo porque era
amigo de Gallo9.
La vida hizo que hasta el amor de Vipsania, el más puro
sentimiento que albergó su alma, se convirtiera, en Tiberio, en fuente de
implacable resentimiento. Por entonces, hacía ya trece años que la amada había
muerto; mas persistía viva en su recuerdo; y, con el recuerdo, el rencor hacia
el hombre que frustró su única posibilidad de amor.
CAPÍTULO VI LOS AMORES DE TIBERIO (Continuación)
Julia la loca
Dice un autor contemporáneo que es incomprensible cómo los
escritores que han rebuscado con tanto afán sus argumentos en el mundo antiguo
hayan podido olvidar a Julia, cuya historia está llena de resplandores de
auténtica tragedia. Es exacto. La vida de Julia es un capítulo de dramatismo
incomparable en los fastos de la feminidad. En su bárbara sensualidad florecen,
de vez en cuando, rosas puras de simpatía y de romanticismo. Vamos a referirla
con pulcritud.
Otro de los puntos esenciales para la interpretación de
Tiberio es el de este su segundo matrimonio con Julia, hija de Augusto. He
recordado ya la opinión de Suetonio de que el deseo o el capricho que sintió
Julia por Tiberio fue uno de los motivos de la infeliz unión. Pero ¿quién
podría asegurar entonces y menos comentar ahora lo que pasaba en el corazón de
esta mujer de amoralidad sin orillas? ¿A quién quiso, entre los hombres
fugitivos que pasan a su lado como amantes o como maridos? Ni ella misma lo podría
decir. Lo que sí es cierto es que Tiberio no la quería a ella; porque estaba
enamorado de Vipsania; porque su carácter puritano y retraído no podía
coincidir con la frivolidad y el descoco de la incorregible viuda; y hay, por
fin, muchas razones, que ahora tocaré, para presumir que también porque el
temperamento de Tiberio, tímido y un tanto frío, no era de aquellos que hacen
olvidar a un hombre sus hábitos y sus conveniencias ante el imperativo del
deseo; del deseo loco que en los otros romanos sabía encender esta descocada
princesa. Si se casó, fue sólo por obediencia al César, instrumento esta vez de
la ambición de Livia y de los caprichos de la propia Julia.
Con tan malos auspicios se inició la coyunda. No obstante,
parece que al principio vivieron en buena inteligencia y que Tiberio «respondió
al amor de Julia»; lo cual debía ser brava empresa. Julia, que desgraciadamente
para la Historia era muy fecunda, quedó en seguida embarazada (10 a.C.) pero el
vástago no sobrevivió. El concienzudo y cominero Suetonio nos dice que, a
partir de este momento, se esfumó el pasajero amor e hicieron los esposos lecho
aparte.
Además, Tiberio, ocupado en guerrear, apenas paraba en
Roma; y Julia no era mujer, como lo fue después su hija, Agripina I, capaz de
vivir meses enteros en los castros para asistir a su esposo. Cuando era mujer
de Agripa había acompañado a éste en el viaje que hizo a Oriente; pero fue una
expedición triunfal y no de guerra. En Jerusalén la recibieron como a una
diosa, con pompa asiática. Filón, el de Alejandría, nos habla en sus libros de
la impresión de asombro que el templo de la gran ciudad, adornado fastuosamente
para recibirlos, había hecho en el ánimo del general de Augusto y de su mujer.
Al principio de su enlace con Tiberio, fue también con él a Aquileia a preparar
una expedición militar; y allí dio a luz el hijo que murió. Pero desde entonces
las dos vidas, como los lechos, se separaron para siempre; y Julia aprovechaba
alegremente la copiosa recolección de ovaciones y triunfos que su marido
realizaba en las remotas fronteras, para entregarse en Roma a la más
desvergonzada disolución.
Si no tuviera tan cerca la sombra de Mesalina, esta Julia
habría pasado a la Historia como representante insuperable del delirio sexual.
Podemos, sin embargo, juzgarla con más piedad que dureza, porque es notorio el
tinte patológico de sus desafueros. Hija de la pacífica Escribonia y de
Augusto, puede buscarse por la vía de éste el germen de su insensatez en la
epilepsia de los julios; y lo confirma el desastroso estado mental de los hijos
que tuvo con Agripa: Caio, un probable esquizofrénico; Agripa Póstumo, un
retrasado mental con ribetes de locura; Agripina, con arrebatos imperativos de
acento decididamente anormal; y Julia, incursa en el mismo delirio erótico que
su madre; sin duda, no bastó a neutralizar la sangre alborotada de la rama
Julia el plebeyo equilibrio de la de Agripa. Mas la responsabilidad del
ambiente superó en mucho, en este caso como en todos, a la misma influencia
hereditaria. Son raros los hombres y las mujeres inclinados inexorablemente al
mal por congénita y heredada predisposición. La herencia con que nacemos es tan
sólo una invitación para seguir un determinado camino. El seguirlo nos será más
fácil a favor de este impulso que seguir el contrario; pero es siempre la
influencia, casual o deliberada, del ambiente la que, en último término,
determina nuestro itinerario moral.
Vivió Julia uno de esos momentos difíciles de las
sociedades decadentes, en que hay una brusca y peligrosa transición entre el
rigor de lo tradicional y la audacia de lo moderno. Los escritores de la época,
como Ovidio, nos dan una idea de lo que era el libertinaje que invadía a Roma y
lo corroboran los reiterados intentos de contenerle por medio de severas leyes
y sanciones en los reinados de Augusto y de Tiberio. La puritana Livia
representaba en este conflicto la tradición, y Julia, la modernidad innovadora.
Livia educó a Julia, su hijastra, y a las hijas de ésta, Julia II y Agripina I,
«con tanta severidad, que las habituó a trabajar en la lana, a no pronunciar
una sola palabra secreta, a no ocultar la menor acción, a no tener relación
alguna con los extraños». En tales casos, el exceso de severidad frente al aire
alegre y libre de la calle puede suscitar una rebeldía que conduce, por
reacción, al desenfreno. En la actitud de Julia hay, en efecto, algo de juvenil
hartura de la rueca y del silencio impertinente del hogar imperial. Pero, sobre
todo, hemos de meditar, para excusarla, sobre el efecto disolutivo que en las
mujeres no dotadas de santidad invencible tenían que hacer aquellos casamientos
y divorcios bruscos y continuados sin consultar jamás, ni por cortesía, al
amor. La más cínica trata de blancas de nuestros tiempos es menos inmoral que
lo que fue aquella verdadera prostitución en nombre de la razón de Estado.
Maridos y amantes de Julia
Tenía Julia 14 años, y por lo tanto no sabía lo que se
hacía cuando la casaron por primera vez con Marcelo II (25 a.C.) A los dos
años, Marcelo murió, y después de dos de viudez, el 21 a.C. la unieron de nuevo
con Agripa, militar bronco, «más próximo a la rusticidad que al refinamiento»,
que le llevaba 22 años. La divergencia entre el carácter recio y poco pulido de
Agripa y la elegante volubilidad y disolución de su mujer hacían imposible
entre ambos otra armonía que la que dan las comunes conveniencias externas en
el ambiente frívolo de los palacios y el cumplimiento protocolario de los
deberes de sucesión. Nueve años duró la desigual unión; y la aprovecharon bien
para la patria, pues en ellos tuvieron cuatro hijos y otro que nació a los
pocos meses de morir Agripa, el año 12 a.C. Este mismo año, Julia se unía de
nuevo con Tiberio, previo el súbito divorcio que hemos comentado con Vipsania,
hija del primer matrimonio de Agripa, el marido muerto. Tiberio, pues, se casó,
lleno de fundadas inquietudes, con la viuda de su propio suegro. No hay razón
para que cualquiera de estas uniones legales nos parezca más moral que aquellas
otras clandestinas que, entretanto, mantenía Julia con sus numerosos amantes.
Ahora nos explicamos cómo la conjunción de una herencia
peligrosa con un ambiente familiar y social en el que el rigor de las
apariencias encubría una ausencia fundamental de sentido ético produjo aquella
vida de perdularia que ha llegado hasta nosotros con aureolas legendarias de
escándalo. Ninguna de las aberraciones de la conducta sexual ha sido perdonada
por la leyenda a esta mujer. Se llegó a acusarla, por su propio nieto,
Calígula, de incesto con Augusto, del que sería fruto Agripina I. Atengámonos,
para ser justos, a un relato respetable, el de Séneca: «el divino Augusto
—dice— desterró a su hija, que había sobrepujado en impudicia a todo lo que de
infame tiene esta palabra, cubriendo de escándalo la casa imperial: amantes
admitidos en tropel; orgías nocturnas a través de la ciudad; el Foro y la
Tribuna, desde donde su padre había dictado las leyes contra el adulterio,
elegidos por su hija como lugar de desorden; citas diarias junto a la estatua
de Marsyas, cuando ya, más que adúltera, prostituida, reivindicaba en los
brazos del primer desconocido el derecho a todas las audacias». La estatua de
Marsyas, en el Foro, era el lugar de cita de las prostitutas de Roma; y, según
Plinio, Julia tuvo el cinismo de coronarla, una noche de embriaguez. Augusto lo
supo más tarde, y, con tremendo dolor de su orgullo de casta, lo consignó en el
decreto de destierro de su hija.
Veleio, hombre serio y contemporáneo, nos da una lista de
algunos de los amantes conocidos: Julio Antonio, Apio Claudio, Escipión, y
otros de nombre no menos ilustre. Anotemos, con una cierta simpatía, a un gran
hipócrita de sainete, un tal Quintio Crispino, «que ocultaba la mayor
desvergüenza de la conducta bajo un rostro lleno de severidad». Siempre son
graciosos estos varones graves disfrazados de solemnidad que se divierten como
estudiantes; sobre todo cuando se descubre su disolución, con escándalo de los
timoratos y con temor de los otros hipócritas, que ponen a remojar las barbas
de su falsa seriedad. Sobre estos nombres conocidos habría que anotar los
innumerables anónimos, amantes de un cuarto de hora, reclutados al azar en las
rondas eróticas por las callejuelas de los arrabales. Pasaba Roma por un
momento de supremacía de la mujer en la vida privada, y por lo tanto en la
pública; y en todas las épocas en que esto ocurre aparece el tipo de la mujer
de sensualidad cínica, insaciable y volandera, que no es sino el símbolo de una
más de las usurpaciones de los papeles masculinos: el de Don Juan. En este
reinado y en los siguientes se pueden recoger varias observaciones típicas de
esta variedad del instinto femenino que surge, de tiempo en tiempo, en la
historia de los pueblos y siempre con la misma significación.
Varias de las aventuras de Julia se hicieron famosas,
entre ellas la que tuvo con Julio Antonio, hijo de Marco Antonia y de Fulvia y
sobrino de Augusto por su matrimonio con Marcela I. Esta Marcela I había sido
antes mujer de Agripa, de suerte que Julio Antonio no se contentó con quitarle
legalmente la primera mujer al gran soldado, sino que después le robaba, por la
vía más sabrosa del adulterio, la segunda. Era Julio Antonio muy galán y poeta,
amigo de Horacio, que le dedicó una de sus odas; y muy protegido por Augusto,
que, además de casarle con su sobrina, le hizo cónsul. La indignación del César
no tuvo límites cuando supo que pagaba estos favores seduciendo a su hija... o
dejándose seducir por ella. El seductor se suicidó para escapar al destierro o al
suplicio.
Pero entre la serie inacabable de flechas que rebotaban en
la blanca piel invulnerable de Julia hubo una que, por el resquicio sutil que
tienen todos los donjuanes, de uno u otro sexo, le llegó hasta el corazón. Su
más estable amante, quizá su único verdadero amor, fue Sempronio Graco, uno de
los donjuanes de la época, «hombre de elevada cuna, de ágil espíritu y de
elocuencia, que empleaba para el mal». La sedujo cuando era todavía mujer de
Agripa y los amores continuaron durante el matrimonio con Tiberio. Luego
veremos que, como otros hombres frívolos, éste supo morir también con valerosa
dignidad, cuando el marido engañado fulminó sobre él, desde el poder, la
venganza de su resentimiento.
Están todos los historiadores de acuerdo en que Augusto
ignoró hasta la última hora la vida licenciosa de su hija; cosa extraordinaria
puesto que era la comidilla y el escándalo de toda Roma. Los maridos suelen
tardar en enterarse de estas cosas, por piadoso designio de los dioses; pero
los padres, no, aun siendo gobernantes. En este caso, por lo visto, no ocurrió
así.
Tiberio, sí, desde luego, sabía lo que sabían todos: el
ridículo reiterado que cubría las canas gloriosas de Agripa; y él lo heredó a
sabiendas. Nada dijo; nada traicionó su rostro, que era maestro en componer a
voluntad la expresión; pero esta tremenda humillación a su orgullo de raza fue
leña copiosa para su resentimiento.
Timidez sexual de Tiberio
Lo peor es que Julia no se limitó a seguir al lado de
Tiberio la misma existencia adulterina que cuando era mujer de Agripa, sino que
la multiplicó y empeoró. Los diversos amantes y finalmente la prostitución sin
freno que Séneca nos cuenta, corresponden a la época de su matrimonio con
Tiberio. Ahora bien, este progreso en el camino del escándalo no puede
explicarse sin la colaboración del cónyuge. Cualquiera que fuera el
temperamento de Julia, es evidente que tales desenfrenos femeninos, ostentosos
y reiterados, no ocurren jamás sino en el caso de que el marido es un cínico —y
no lo era Tiberio— o cuando no merece más que nominalmente el título de
cónyuge. El más perfecto varón, como lo era Agripa, está expuesto a que su
mujer prefiera a otro, aunque sea imperfecto; pero estos otros casos, no de
adulterio, sino de escandalosa procacidad, representan al ser aceptados por el
marido el precio público de la conyugal incompetencia de éste.
Todo lo que sabemos de Tiberio confirma la sospecha; que
para mí no lo es, sino certidumbre. Es indudable que este hombre misterioso era
un casto; y como no lo era por virtud, lo era por necesidad, es decir, por
timidez; diagnóstico que tan bien cuadra a su psicología melancólica y
concentrada. Es éste uno de los puntos que conviene aclarar en la vida
psicológica de Tiberio, tan parecido, en esto, a otros tiranos de la Historia.
Contrajo su primer matrimonio a los 23 años, poco más o menos; y los siete u ocho
que transcurrieron hasta que Vipsania quedó embarazada pueden ser indicio de
ese aprendizaje matrimonial, a veces muy largo, que necesitan muchos tímidos
hasta que el hábito de la convivencia tranquiliza su inicial pavor. Cierto que,
en cambio, Julia, la segunda esposa, y la más temerosa, quedó al punto encinta;
y no queremos insinuar dudas respecto de la responsabilidad que pudiera caber a
Tiberio en el suceso, aunque todas son permitidas tratándose de tan famosa
heroína de la poliandria. Pero lo significativo es que, a partir de la ruptura
con Julia, este hombre de 32 años renuncia a toda actividad amorosa; y el hecho
es doblemente significativo en quien, como él, era candidato a emperador y fue
emperador después; pues tenía un solo hijo, y esto, en aquellos tiempos en que
la muerte se ensañaba en las clientelas egregias, no garantizaba más que
remotamente la sucesión. Es, pues, singular, que no intentase uno de los
infinitos divorcios y reenlaces que llenan hasta la vejez la vida de los otros
Césares.
Que esta austeridad oficial no estaba compensada por
aventuras clandestinas parece igualmente cierto, pues no se encuentra la menor
alusión a ellas en aquel hervidero de chismes y fáciles calumnias que dan
carácter tan particular a su reinado. Sólo Suetonio alude a una cierta
Mallonia, «a la que había seducido Tiberio —ya viejo— y que se negaba
obstinadamente a sus vergonzosas peticiones»; pero esta referencia forma parte
de las acusaciones de libertinaje y degradación de última hora, en Capri, que
no podemos aceptar.
La zurdera de Tiberio
Concluimos, pues, que Tiberio era un tímido sexual como lo
son otros muchos resentidos; que pueden serlo precisamente por su timidez. Esta
timidez, aliviada a la sombra de la conformista Vipsania, se desplomó cuando
fue sustituida en el tálamo por la impetuosa Julia, que era el prototipo de esa
mujer brillante, exigente y de notoriedad pública que no sólo aterra a los
tímidos, sino que puede hacer tímidos a los que no lo son.
Esta frecuentísima anomalía del instinto afecta mucho a
los hombres de gran talla como Tiberio; y también a los zurdos, y sabemos que
nuestro personaje lo era. Suetonio, en efecto, dice que «su mano izquierda era
más fuerte y ágil que la otra». Es muy importante este detalle de la zurdera.
Hirschfeld, y yo mismo, hemos descrito su frecuencia en los hombres con
anomalías del instinto, como la homosexualidad o la timidez, que tienen algunas
de sus raíces comunes, por lo que, no raramente, se confunden por las gentes.
Tiberio no fue homosexual y milagrosamente no se le achacó este sambenito, que
es una de las primeras injurias que ha de sufrir todo hombre público
antipopular. Es, por el contrario, Tiberio, si no me equivoco, el único de los
Césares, incluidos Julio César y Augusto, a quien no se le imputó tal pecado,
salvo las calumnias de última hora en Capri, desprovistas de valor. Leonardo da
Vinci es otro zurdo inmortal de quien se ha dicho también que fue pecador
nefando; y, en realidad, fue sólo un tímido10.
El desprecio de Julia
Pero hay, además, un pasaje de Tácito, oscuro y muy
discutido, que a mi juicio se aclara con esta hipótesis. Es aquel en que el
gran historiador refiere que Julia, que, como hemos visto, al principio buscaba
a Tiberio, años después alegaba que el matrimonio «era desigual». Según el gran
historiador, «los desprecios» de Julia, que se derivaban de esta actitud,
fueron la causa principal de la retirada a Rodas del marido. ¿Cuáles eran estas
razones, estos desprecios, que hacían a Julia huir de su marido y a éste,
retirarse a una isla, lleno de humillación? Baker rechaza, con razón, la
hipótesis de que el desprecio se fundara como algunos insinúan, en la
diferencia de sangre, pues no era la de los julios ni mucho menos, más
aristocrática que la de los claudios. Los julios se habían hecho rápidamente
ilustres por las hazañas de Julio César y los triunfos de Augusto. Era, pues,
su aristocracia improvisada; y por ello cuando Marco Antonio atacaba a Augusto,
le echaba en cara que su bisabuelo era un liberto y su abuelo un usurero; y que
otro de sus antepasados fue un africano, panadero y vendedor de perfumes. Aun
después de ser considerada como «divina» la estirpe juliana, los verdaderos
aristócratas la miraban con el tácito desdén que inspira siempre a la antigua, la
nobleza nueva. En Séneca encontramos unas palabras que, sin duda, se refieren a
esto cuando dice que «hay que desconfiar de los que al hablar de sus
antepasados, cuando les falta un hombre, ponen en su lugar a un dios». Una
divinidad naciente es menos, para el orgullo del noble, que una aristocracia
vieja. Los julios no podían, pues, mirar con desprecio a los claudios de rancia
tradición; y menos que ninguno, Julia, viuda de Agripa, tan plebeyo, que
Calígula se avergonzaba de descender de él, «a causa de la bajeza de su
origen».
Es seguro que la actitud despectiva de Julia se fundaba en
sus relaciones íntimas con Tiberio. Por este tiempo Julia escribió a su padre
una famosa carta, injuriosa contra su marido. Baker ha supuesto que en ella se
relataban abominaciones y anormalidades como las que después se le achacaron en
Capri; y añade que es posible que fuera del texto de esta carta y no de las
Memorias de Agripina II, la madre de Nerón, como generalmente se cree, de donde
Suetonio se informó de los delirios sexuales y sádicos de Tiberio, que han
cubierto de deshonor el recuerdo de este príncipe. Pero todo esto es suposición
gratuita. De la carta sabemos sólo que era injuriosa para el marido y que en
ella Julia justificaba, ante su padre, el desprecio que sentía hacia él y, a la
vez, en cierto modo, su propia conducta más que irregular. Se dijo en todas
partes que el redactor de la misiva fue S. Graco, el amante de corazón de
Julia, que debía de conocer bien todos los secretos de ésta, después de tantos
años de adulterina complicidad. Mucho más lógico que imaginar que la carta
contuviese relatos de anormalidades y extravagancias sexuales de las que hasta
entonces nadie había podido acusar a Tiberio, es suponer, sencillamente, que
Julia delataba la incapacidad conyugal de su marido. Los monstruos son raros;
los tímidos e impotentes, numerosos; y el historiador de la vida de los
hombres, entre las dos hipótesis, debe elegir, no la más divertida para el
lector, sino la que tenga más probabilidades humanas de ser cierta. Hay otro
dato, interesante, aunque indirecto, que apoya mi modo de pensar, y es que fue
Tiberio, siendo ya emperador, quien estableció la incapacidad para procrear de
los sexagenarios, gran disparate biológico fundado probablemente en su propia
experiencia de hombre tempranamente débil.
Otra hipótesis que me parece debe ser considerada y no lo
ha sido todavía es que Julia sintiese aversión por las úlceras y costras que ya
por entonces empezaban a llenar la cara y el cuerpo de Tiberio. Él mismo se
sentía avergonzado de ellas. Luego veremos que estas lesiones, tal vez,
leprosas o sifilíticas, eran de horrible aspecto y repugnante olor.
La huida del tímido
En este instante de la tragedia conyugal sobreviene el
citado episodio —de máximo interés para nuestra demostración— de la retirada de
Tiberio a Rodas. Más adelante explicaremos que existieron, desde luego, razones
políticas que contribuyen a esta extraña fuga. Pero veremos también que la
génesis de la huida está principalmente ligada a razones de orden biológico: el
resentimiento de Tiberio, pasión que tantas veces se expresa por la tendencia a
la fuga, en demanda de la soledad; y además, los motivos de orden sexual que
estamos comentando. Ya los indica Tácito, el mejor experto del alma humana
entre todos los historiadores de la época. Tiberio estaba, sin duda, herido por
el ambiente escandaloso en que le colocaba su mujer; y sobre ello, le impelía a
huir el temor que le inspiraba un tálamo inexpugnable a sus esfuerzos. Es muy
significativo que cuando Tiberio llevaba cuatro años retirado en la isla,
Augusto, cerciorado de la disolución moral de su hija, fulminó contra ella el
destierro y el divorcio; en cuanto lo supo, Tiberio escribió varias cartas a su
suegro rogándole que atenuara el rigor de la sentencia. Se atribuye esta
actitud del burlado marido a su bondad; pero era sólo alivio de su pesadilla,
que quedaba disipada con el alejamiento de la esposa. Lo prueba el que no
perdonó jamás a ésta; cuando subió al principado, no sólo no la libertó, sino
que aceleró su desesperación y su muerte. Su ánimo de varón temeroso respiró
con alegría al saber que estaba libre de la exigente esposa; y a poco, ya
confortado, solicitaba volver a Roma.
A partir de este instante, nadie vuelve a hablar de amores
legales o ilegales, normales o no, de Tiberio, hasta su retirada a Capri, el
año 26 d.C. cuando tenía ya 67 años. Entonces surge la visión de la sexualidad
desenfrenada del César, que merece ser considerada con algún espacio.
La leyenda de Capri
La mayoría de los defensores de Tiberio, a partir de
Voltaire, atribuyen estas locuras del anciano a calumnias del procaz Suetonio.
Olvidan que otro historiador, que muchas veces aprovechan ellos mismos como
autoridad para sus apologías, Dión, dice explícitamente de Tiberio que «los
amores incontinentes que demostró por los hombres como por las mujeres del más
alto nacimiento, le granjearon el desprecio general»; y, añade, que su amigo
Sexto Mario fue acusado de incesto en venganza de haber alejado a su hija del
César, porque temía que fuese deshonrada por él. «Estos escándalos le valieron
el reproche de infame». No dicen, pues, la verdad los historiadores modernos al
asegurar que Dión no alude a los escándalos sexuales de Tiberio, pues, como
vemos, habla de ellos y con rigurosa claridad. Sin embargo, es Suetonio, desde
luego, el principal autor de la leyenda, en su pintura, de bárbara crudeza, de
una serie de cuadros eróticos y sádicos que tenían por escenario salas
obscenamente decoradas en los palacios de Capri o las grutas maravillosas de la
isla; y por protagonista, el viejo libidinoso y sanguinario y un coro de
mujeres núbiles y de mancebos y niños11-
Son de todos conocidos estos cuentos que durante siglos y
siglos han inquietado el sueño de los jóvenes estudiantes de humanidades.
Yo soy de los que creen en la absoluta inverosimilitud de
tamaños desafueros. Pero no por las razones que dan, como puestos de acuerdo,
los historiadores, a saber, la imposibilidad de que un hombre que había vivido
en un régimen de austeridad física y de casi absoluta castidad se lanzase al
desenfreno y a las fatigas eróticas que nos describe Suetonio, en una edad en
que ya se busca, por lo común, tomar tranquilamente el sol sentado en un banco
y encomendar el espíritu a la divinidad, como hacía en Yuste nuestro Carlos V;
y también, probablemente, Tiberio en Capri. El argumento que comentamos aparece
por primera vez en Voltaire y después en su secuaz Linguet. La Harpe refutó a
Voltaire, aunque sin nombrarle, a través de Linguet, inocente liberal que
sirvió para muchas cosas, de cabeza de turco y que al fin vio rodar la suya en
el cadalso. La Harpe, con su experiencia de abate, debía conocer los misterios
del amor harto mejor que el vanidoso Voltaire; y muy justamente apunta que el
joven fuerte no tiene necesidad de esas diabluras para gozar de sus horas de
amor; el amor más puro es siempre el del más fuerte; y son los débiles y, por
lo tanto, los ancianos, los que precisamente han de recurrir, cuando han
perdido la cabeza, a las mayores extravagancias para proseguir la carrera de
obstáculos del amor. Los médicos tenemos dolorosa experiencia de cómo pueden
caer en estos desvaríos incluso hombres que fueron modelo de continencia hasta
la extrema vejez. El caso más escandaloso de perversión sexual que yo he conocido
ocurrió en un hombre absolutamente respetable por su vida ejemplar hasta que
transpuso los 70 años; a partir de esta edad, su instinto descarrió.
Pudieron, pues, ser ciertas en una fase anormal de la
senilidad, estas locuras de Tiberio y ser perfectamente compatibles con la
continencia de su juventud y de su madurez. Pero es menos que probable que lo
fueran. Porque Tiberio fue un tímido sexual y, quizá, desde joven un impotente.
El tímido, jamás deja de serlo; y nunca cambia su habitual recato por las
orgías espectaculares que nos describe Suetonio, en una edad en que los motivos
de la inhibición del instinto aumentan con la física decadencia. Además, la
melancolía y el resentimiento implacables que amargaban su alma cuando se
retiró de Roma, son incompatibles con esas bacanales escenográficas.
Mi escepticismo no se funda, pues, en razones
sentimentales, que no siento, de admiración incondicional al César; ni en la
pueril argumentación de Voltaire y de otros tiberiófilos; sino en los motivos
psicosexuales y sociales a que me acabo de referir.
¿Cuál es, entonces, el origen de la versión del Tiberio
corrompido? A boca de jarro se advierte que los episodios de Capri son una
leyenda y no tomados ni de las Memorias de Agripina II ni de la carta de Julia
I a Augusto, sino creados por la imaginación popular. Son una verdadera
«leyenda punitiva», con la que la sociedad castigó a un hombre que era por
otros motivos odioso; y le castigó, como suele hacerlo el alma arbitraria de la
muchedumbre, por boca de la cual habla Suetonio: con la exageración de sus vicios
y con la invención fabulosa de otros nuevos. Más adelante veremos la relación
que existe, en la mente popular, entre los desórdenes sexuales, esta vez
falsos, y la crueldad, en este caso innegable.
La posteridad ha absuelto, aunque con reservas, a Tiberio
de tales infamias. Lo que no es justo es que la absolución arrastre la de otras
culpas que seguramente cometió y de las que, precisamente, esa leyenda es un
castigo.
El destierro de la adúltera
El epílogo de la vida de Julia es atroz. Cualesquiera que
fueran sus pecados, y no los hemos encubierto, nos repugna la fría contumacia
del rigor de su padre; y se piensa que tal vez acierten los que suponen que
junto a la licencia de sus costumbres debía haber otros motivos quizá
políticos, para explicar el furor paterno. Plinio dice que «Julia tenía
propósitos parricidas». No parece verdad; pero sólo así se concebiría la
incoercible furia imperial. Suetonio dice que Augusto pensó primero en matarla;
pero al fin se contentó con enviar a la adúltera a la isla Pandataria (2 a.C.)
adonde la siguió valerosamente Escribonia, su madre, humana y generosa.
El destierro de aquella época no siempre suponía una gran
mortificación física. Se elegían, a veces, para sufrirlo, no rocas sedientas,
sino las islas encantadoras del Mediterráneo, las mismas que hoy buscan para su
placer y diversión los hombres ricos de los continentes, como nuestras
Baleares. En una de éstas cumplió su exilio, bajo Tiberio, Votieno Montano, el
escritor; y presumimos que soñaría y crearía, bajo su cielo azul, sin excesivas
amarguras, como siglos después, Chopin. Las comodidades que en el destierro
tenían los personajes de un cierto rango eran, en ocasiones, tan grandes, que
Séneca pudo decir que «el viático de algunos desterrados de hoy es más elevado
que el patrimonio de los poderosos de antaño». Mas para Julia, el destierro no
fue así. Se le prohibió toda comodidad, incluso el vino y el trato con ningún
hombre, tal vez la máxima pena para ella: hasta con sus esclavos. Cinco años
después pasó desde la isla a Régium, donde murió a poco del asesinato de su
último hijo, Agripa Póstumo, el año 14 d.C. Desde algún tiempo antes se sentía
muy enferma del estómago, reliquia tal vez de las largas noches de orgía, sin
encontrar alivio con los extractos de plantas que la recomendaban sus médicos.
En las horas interminables de su destierro, recordaría su
vida anterior como la recuerdan los desterrados: como si fuera otra vida; la
vida maravillosa de otra Julia, ante la cual el mundo entero se prosternaba.
Recordaría, sobre todo, aquella entrada suya en el Jerusalén legendario, al
lado de su marido, Agripa, el mejor general de Roma. Y con esa clarividencia
con que se comprende el destino en las horas de la desgracia irremediable, se
daría cuenta de que en este mundo todo es absurdo y todo es lógico a la vez; la
apoteosis y la persecución, bazas contrarias del sino que rige nuestra
existencia bajo la influencia, inaccesible a la lógica humana, de los designios
de Dios. Acaso lo único que no comprendería del todo sería la ira inextinguible
de su padre, que no sólo no la quiso perdonar jamás, sino que, proyectando el
rencor hasta después de la tumba, prohibió que ella y su hija, la otra Julia,
también llena de pecados de la carne flaca, fueran enterradas en el mausoleo
imperial.
Castigo del amante
Así fue de duro aquel padre, Augusto, que había de dejar
en la Historia un rastro de gloria semidivino. Tiberio, el marido, humillado,
resentido, incapaz de todo vuelo generoso, remachó fríamente la crueldad.
Muerto Augusto, acentuó el rigor del destierro de Julia: la impedía salir de
casa y la privó del breve peculio que su padre la había consentido. Y al
amante, a Graco, a los 14 años de vivir confinado en un peñón del norte de
África, le mandó matar.
Graco, que al ver llegar a los soldados había corrido a la
playa creyendo —el sueño de los desterrados— que eran los amigos que le venían
a libertar, al conocer la verdad, se prestó valerosamente a morir; y después de
escribir a su mujer, presentó tranquilamente la cabeza a los verdugos, seguro
de que su sangre mancharía para siempre a este Tiberio, incapaz de las lujurias
seniles de Capri, pero capaz de la venganza fría, gestada lentamente, contra
los que le ofendieron.
El pueblo y la pecadora
Hay en este triste relato un episodio conmovedor y es el
amor con que el pueblo acompañó a Julia durante su desventura; probablemente
porque se llamaba Julia y la sangre ilustre, amada de las gentes de la calle,
corría libremente por sus venas; acaso por reacción contra la crueldad del
castigo que sufría, que en gran parte se atribuyó a Livia, madrastra y suegra;
y fue una de las causas del poco amor que Roma tuvo por la emperatriz. Además
porque el alma de la muchedumbre está siempre dispuesta a perdonar los pecados
del amor, sobre todo los que comete una mujer bella contra un marido tan
antipático como Tiberio. Las gentes fueron a pedir al César irritado que
permitiese volver a su hija a Roma. Augusto contestó que antes se mezclarían el
agua y el fuego, y entonces los romanos, no sabiendo qué hacer por la infeliz
princesa, lanzaban al Tíber teas encendidas a ver si se realizaba el prodigio
de la unión de los dos elementos. Claro es que no se realizó. Se logró tan
sólo, a fuerza de rogar, que la culpable fuera trasladada desde su isla
solitaria, a Régium. Es seguro que mucho más que el alivio de su situación
consolaría a Julia este hálito de amor de la muchedumbre, que desde Roma llegó
hasta su destierro.
Retrato de Julia
Las historias de la época dicen que Julia era bellísima,
que poseía sobre la material perfección, todas las otras gracias. Su vida fue
fastuosa. No conoció la medida para el lujo y la extravagancia. Una de sus
aficiones famosas eran los enanos, que ya entonces servían de inhumana
diversión a los poderosos; su hija Julia II, tan parecida a su madre, la
imitaba en esto y en otras cosas peores, e iba a todas partes con un pequeño
monstruo que hacía sus delicias, con gran contrariedad de Augusto, que odiaba a
los seres deformes.
Los retratos que de ella se conservan expresan o un rostro
vulgar, un tanto viril como el del busto de Chiaramonti12 o bien un perfil
aguileño y sensual como el de las monedas grabadas con su efigie.
Se dice que en su cabello negro aparecieron precozmente
unos mechones blancos que mortificaban mucho a su coquetería13
En cuanto a los rasgos de ingenio que los historiadores
relatan en sus libros, expresan simplemente una malicia infantil que no hubiera
dejado huella de no tener el sello imperial. Era, creo yo, en suma, una mujer
vulgar con la moral despedazada por la herencia y por el mal ejemplo. Pero nos
llena de simpatía esta mujer débil en sus pecados humanos y acosada por la
fortaleza de los hombres acorazados de hipocresía.
Fue al final de su vida inmensamente desgraciada, con esa
inmensidad que sólo conocen los que han sido antes injustamente venturosos. No
conoció el magno consuelo del perdón, humano ni divino. Murió infamada en su
destierro sin haber oído la voz sobrehumana que pronto iba a sonar: la que supo
comprender a Magdalena.
SEGUNDA PARTE LA LUCHA DE CASTAS
CAPÍTULO VII JULIOS CONTRA CLAUDIOS
Encrucijada de pasiones
Las relaciones de Tiberio con su madre, y con Augusto, su
padrastro y suegro, han sido interpretadas por los historiadores a su capricho.
Los apologistas nos pintan a Tiberio como un ser casi angélico, y entre sus
virtudes incluyen un ilimitado amor filial. Otros, se atienen a la versión de
los clásicos, de que el hijo y sus padres no se entendieron bien. Pero la
verdad es que no se trata de un simple pleito de familia y es pueril considerar
el problema así. Turbios y profundos sentimientos creados a favor de los
complejos infantiles, forman la trama de esta relación; y con ellos se
entrelazan irrefrenables odios y ambiciones políticas y de casta. Livia fue
siempre para Tiberio la madre moralmente adúltera; la que huyó del hogar,
entristeciendo al padre de las canas respetables. Augusto era el padrastro,
doblemente odioso, porque había ofendido y humillado al noble anciano antes de
arrebatarle la mujer. Tiberio no lo olvidó jamás. Su espíritu puritano y
disciplinado nos le hace aparecer sometido al respeto del emperador y a la
autoridad de los padres. Pero debajo del protocolario acatamiento fermentaba
lentamente su pasión.
La historia de esta pasión, que es, en realidad, el eje
psicológico de los principados de Augusto y de Tiberio, es la historia misma de
la lucha de los claudios contra los julios, llena de episodios dramáticos,
cuyos protagonistas se sucedían, elevándose unas veces hasta casi alcanzar el
poder, y hundiéndose otras en el destierro y en la muerte. La larga batalla
duró desde el matrimonio de Augusto con Livia hasta la muerte de Tiberio.
Capitaneaban a los dos bandos en pugna cada uno de los esposos, Livia y Augusto.
Pocas veces nos ofrece la vida un ejemplo más atrayente de entrecruce de
pasiones. La madre Livia, unida por el matrimonio a Augusto, conservó toda su
vida el rencor de raza contra la casta de su marido, perseguidor de los
claudios, hasta poco antes de casarse. Ella, como las hembras de algunos
insectos, conquistó a Augusto y le hizo su esposo, para vencerle. Acaso, desde
su frigidez afectiva, estimaba a Augusto como hombre; porque esta estimación es
compatible con el odio de raza. Pero es evidente que toda su existencia fue un
esfuerzo titánico de su voluntad de mujer para atar el destino de los suyos, de
los claudios, a la rueda fabulosa del poder imperial. En este juego era la
aliada de su hijo Tiberio, aunque les separaba un abismo de pasión instintiva.
Por lo tanto, la ambición de casta y de poder unía a Livia con su hijo y la
separaba de Augusto; y, a su vez, el lazo sexual que la unía con su esposo, la
separaba de Tiberio.
La gran lucha entre claudios y julios se desarrolló sorda,
implacable, a la sombra del hogar puritano. Cuando Augusto murió, los claudios
habían triunfado con la elevación de Tiberio al poder. Pero continuó la pugna
entre Tiberio, instrumento siempre de la ambición de su madre, y la última rama
de los julios, la de Germánico y su mujer Agripina I, que al fin se impuso,
muertos ya Livia y Tiberio, subiendo al principado el último de los vástagos
julios —y el más miserable— Calígula. La historia de esta lucha será el objeto
de éste y los siguientes capítulos.
Las glorias de Tiberio
Al morir su padre, pasó Tiberio al hogar del padrastro, el
año 33 a.C. cuando tenía nueve de edad. Desde esta fecha hasta el 26 a.C.
permaneció allí, al lado de su madre, que cuidó de darle una educación
brillante y adecuada al alto destino que le habían predicho los astrólogos. Su
trato con Augusto, en perpetua ausencia por sus viajes de inspección o de
guerra, fue moderado hasta el año 26 a.C. en que el César partió para las
Galias y España, llevando consigo a su hijastro, que apenas tenía 16 años. A partir
de entonces hasta el año 14 d.C. en que Augusto murió, la colaboración política
de Tiberio con aquél fue incesante, salvo el eclipse de su retirada a Rodas.
Las historias de ambos Césares están tan intrincadas que no se pueden escribir
por separado.
El joven Tiberio, a quien los dioses parecían haber
elegido para colmarle de venturas, lleno de todos los talentos y de una rara
(quizá algo femenina) belleza, recibió en el transcurso de estos 39 años todas
las glorias y triunfos que vamos someramente a recordar.
El año 24 a.C. fue habilitado para recibir los honores,
cinco años antes de la edad legal. Al siguiente, era cuestor. El año 20 a.C. lo
enviaron a las provincias de Oriente, deteniéndose encantado en Rodas, donde se
inició su amor de misántropo por las islas. El 19, era pretor. Acompañó el 16 a
Augusto en un nuevo viaje a las Galias y a España, el país remoto y diverso que
tanto debió interesar a su alma reflexiva: tierra luminosa y extraña donde
vivían a la par el atroz heroísmo de los bárbaros de Cantabria, eterna
pesadilla de Roma, y el alma fina y abierta al futuro de las tierras del Sur,
que habían de producir a Séneca, el más profundo espíritu de su era, y a
Trajano, el restaurador de la República y el más grande de sus emperadores. El
año 15 a.C. con sólo veintisiete primaveras, empiezan sus éxitos militares en
los Alpes Centrales, al lado de su hermano Druso I, que se habían de repetir
del 12 al 9 a.C. en el Danubio; en Germania, del 9 al 6 a.C. y, a su retorno de
Rodas, del 4 al 9 d.C. en que volvió victorioso a Roma. Del 10 al 14 d.C. es
decir, hasta la muerte de Augusto, reanuda, con algunos intervalos, la guerra.
En los Anales de Tácito están descritas sus últimas campañas con aquel estro
magnífico que los pedantes de hoy llaman despectivamente retórica.
Además de las ovaciones y triunfos guerreros, alcanzó por
dos veces el consulado (años 13 y 7 a.C.) el poder tribunicio (6 a.C.) y todas
las demás gracias y honores que sus méritos, las intrigas de su ambiciosa madre
y la adulación del Senado, acumulaban a sus pies; a los que él se resistió
siempre con un gesto, que después será comentado, en el que adivinamos, más que
la modestia, la timidez y un orgulloso escepticismo.
Al simple espectador de este camino de laureles, cuyo fin
sólo podía ser la sucesión de Augusto, no le puede quedar duda de que detrás
hubiera otra cosa que amor y generosidad por parte del emperador y, en Tiberio,
gratitud. Pero la realidad es que entre los dos hombres sólo existía una
rencorosa tirantez, que poco a poco se tornaba en odio. Su origen queda
explicado ya. Hoy podemos afirmar que si Tiberio logró la sucesión de Augusto,
fue contra la voluntad de éste: empujado, a falta de ambición propia, por la
que le inyectaba su madre; y teniendo que saltar por encima de los cadáveres de
todos sus competidores.
Recuerdo genealógico
Antes de comentar los episodios de esta lucha, conviene
recordar al lector, para que no se pierda en la selva inextricable de nombres y
parentescos (véanse más detalles en la Genealogía final) la constitución de las
dos ramas enemigas. La casta de los claudios estaba representada: 1° por
Tiberio, hijo de dos claudios puros: Tiberio Claudio Nerón y Livia; 2° por el
hijo de Tiberio y Vipsania, Druso II; 3° por el hijo de este Druso II y de
Livila, Tiberio Gemelo. Como Livila era, a su vez, hija de Antonia II, sobrina
de Augusto, Tiberio Gemelo poseía ya las dos sangres, aunque con predominio de
la claudia.
La rama de los julios se constituía así: 1° Marcelo II,
sobrino de Augusto por ser hijo de Octavia, aunque con sangre claudia por su
padre Claudio Marcelo; 2° Caio y Lucio Césares y Agripa Póstumo, nacidos de la
hija de Augusto, Julia I, y de Agripa, y por lo tanto, nietos directos de
Augusto; 3° Germánico, de sangre julia por su madre Antonia II y quizá por la
paterna, si, en efecto, su padre Druso I era hijo de Augusto y no de Claudio
Nerón, estaba además casado con Agripina I, hermana de Caio, Lucio y Agripa
Póstumo; 4° los hijos de Germánico y Agripina I: Nerón I, Druso III y Calígula.
Esta división, un tanto arbitraria por la inseguridad de
algunas de estas paternidades, tenía por base no sólo la razón genealógica,
sino elementos sentimentales tan enérgicos que, a veces, se sobreponían a los
de la sangre misma. Por ejemplo: toda la rama de Druso I con su hijo Germánico
y los hijos de éste, aunque oficialmente de media sangre claudia, fue, en
realidad, la más conspicua representación de la facción Julia, gracias a un
poderoso movimiento de adhesión popular que hizo de todos ellos una raza de
héroes julianos, legendarios, opuestos a Tiberio.
Esquema de la lucha de castas
La pugna entre julios y claudios tuvo cuatro grandes
episodios, que pueden superponerse a las etapas genealógicas que acabamos de
exponer: 1° Marcelo II, julio, contra Tiberio, claudio; 2° Caio y Lucio,
julios, contra Tiberio; 3° Agripa Póstumo, julio, contra Tiberio; 4° Germánico,
julio, contra Tiberio; 5° los hijos de Germánico contra Druso II, hijo de
Tiberio, y luego contra el hijo de Druso II, Tiberio Gemelo. Pueden agruparse
estos episodios en dos grandes etapas: la primera, mientras Augusto vivió, en
la que el poder de éste trata de extirpar a los claudios, sostenidos por Livia;
la llamaremos: «julios contra Claudios». La segunda, cuando muerto Augusto y
posesionado Tiberio —y entre bastidores Livia— del poder, éstos tratan de
extinguir a los julios; llamamos a esta etapa: «claudios contra julios».
La antipatía del padrastro
Augusto, a pesar de estar unido a la familia de los
claudios por el amor a Livia, tuvo mientras vivió una inclinación apasionada
hacia su rama familiar, la de los julios; y ambicionó hasta su muerte el que
uno de los miembros de ésta fuera su sucesor. El motivo de su preferencia era,
ante todo, la voz de la sangre y la pasión de la casta que juega en la vida de
los hombres y, por tanto, en la Historia, sobre todo en la antigua, tan
importante papel. Pero si hubo un hombre dotado hasta el grado sumo de la capacidad
de someter a las conveniencias políticas todo lo demás, ese hombre fue Augusto;
y es ésta, precisamente, una de las razones de que fuera tan gran gobernante.
Así, pues, al proteger a la familia Julia con tanto tesón, es lícito suponer
que obedecía a otros motivos que se sumaban a los de su pasión familiar: los
motivos arbitrarios y potentes de la antipatía hacia Tiberio. Que Tiberio, a
pesar de sus talentos militares y políticos era muy poco grato a su padrastro,
no se puede discutir. Si Augusto era para Tiberio el raptor de su madre y el
ofensor de su padre, Tiberio era para Augusto el acusador vivo de su fechoría.
Pero, además, Tiberio no fue nunca simpático a nadie; más adelante trataremos
este punto con extensión. Suetonio nos dice que la altanería y la acritud de
Tiberio empezaron cuando todavía era niño, por lo que su profesor de retórica,
Teodoro de Gándara, solía llamarle «barro amasado con sangre». Augusto, tan
flexible y tan apto para la convivencia, no pudo nunca adaptarse a las maneras
resentidas de su hijastro.
Mas como Augusto no tuvo hijos de Livia (por lo menos
oficiales) sus naturales sucesores eran forzosamente los hijastros, los dos
hijos de ella y ante todo Tiberio, el de más edad. Esta prioridad cronológica
fue una desgracia para Roma, pues es verosímil que todo el gran embrollo que
suscitó la sucesión de Augusto se habría evitado de poderle heredar Druso I,
que conciliaba el derecho de los claudios con las preferencias del César. Ya
sabemos que éste las mostraba claramente para el segundo hijo de Livia y quizá
también hijo suyo. Una prueba más de tales preferencias, es que le había casado
con su sobrina Antonia II, de ilustre sangre Julia; en tanto que a Tiberio lo
desposó con Vipsania, hija de Agripa, su general y amigo, pero de rango harto
plebeyo.
Acaso Augusto hubiera asociado a los dos hermanos en su
sucesión y encomendado al azar, que en aquellos tiempos tenía siniestros
contubernios con la voluntad de los poderosos, la posibilidad de que el hermano
menor hubiera llegado antes a la meta. Pero Druso I murió en un accidente y
quedó solo Tiberio, el antipático. Entonces, inevitablemente, surgió un
candidato nuevo, su sobrino Marcelo II, hijo de su hermana Octavia. Así se
iniciaba el primer episodio de la lucha entre julios y claudios.
Marcelo contra Tiberio. El enfado de Agripa
Bien pronto fueron públicas las preferencias del César por
este Marcelo II de sangre Julia no pura, pues su padre era Marcelo I de la
casta de los claudios14 sin embargo, por las razones antes expuestas,
representaba socialmente y sentimentalmente a la casta juliana.
Era el presunto heredero, según Séneca, «adolescente de
fuerte ánimo, de poderoso ingenio y de frugalidad y continencia absoluta»15
virtudes que, por cierto, no le aprovecharon, pues murió en plena juventud.
Tenía la misma edad que Tiberio. En Roma, donde el
ceremonial cortesano alcanzaba una exacta significación de jerarquía, se tuvo
por cierta la inclinación de Augusto por Marcelo, cuando el año 29 a.C. al
celebrarse el gran triunfo del emperador por la batalla de Actium, Marcelo iba
cabalgando a la derecha del carro triunfal y Tiberio a la izquierda. Veleio,
contemporáneo del suceso, afirma que, desde luego, «todos pensaban que Marcelo
sería el heredero del César».
Tan cierta era esa intención, que Agripa, celoso de la
preferencia, se ausentó de Roma. El mismo Veleio nos dice que de haber sido
elevado Marcelo a la sucesión, «Agripa no se la hubiera dejado disfrutar con
tranquilidad». Por estos años la salud de Augusto era muy precaria; he aquí por
qué se hacían cabalas tan apasionadas sobre su presunto sucesor. Es probable
que el emperador, tan menudo de cuerpo, fuera un tuberculoso. Ya en el año 29
a.C. había estado muy grave; y el 23 y 24 a.C. estuvo a punto de morir,
salvándole el médico Musa con hidroterapia fría, método que inauguró entonces
su reputación, que después había de reaparecer tantas veces a lo largo de la
historia de la medicina. Se creyó en Roma que puesto que Musa, con su agua fría
había curado la enfermedad del emperador, tenía necesariamente que curar todas
las demás enfermedades. Es el triste destino de la gloria de los médicos. Su
primer fracaso de gran eco lo tuvo con el pobre Marcelo, lo cual hizo declinar
su estrella profesional; pero Musa estaba ya enriquecido y tan honrado que
tenía una estatua. Seguramente esta situación pingüe ayudaría al doctor de
cámara a soportar la injusticia con que todos le achacaron el haber abreviado
los días de Marcelo; y aun la insinuación de que Livia le había utilizado como
instrumento para acelerar esta muerte y retornar las posibilidades de la
sucesión hacia su casta. El que, de cierto, le quedó reconocido por su torpeza
profesional, fue Agripa.
Éste, «el plebeyo, el hombre nuevo que se hizo ilustre»,
era, en efecto, desordenadamente ambicioso. Su genio militar le daba derecho a
serlo; pues sin regatear las virtudes políticas de Augusto, puede decirse que
una gran parte de la gloria de éste pertenece en buena justicia a su almirante
y general. Hombre leal pero rudo, no sentía simpatía alguna hacia Marcelo, a
pesar de haber sido su padrino de boda16 y le irritaba su ascensión.
¡Gran figura la de Agripa! Su cabeza, perdida entre la
gran colección de estatuas egregias, en la sala de Augusto del Museo del
Louvre, atrae y retiene en seguida el interés del visitante; hay en aquella
efigie voluntariosa, más inteligencia, mayor nobleza que, juntas, en todas las
de los demás personajes cesáreos, incluido el gran emperador.
Queda, no obstante, en el misterio, cuál era el límite de
la ambición de Agripa y, por lo tanto, el sentido profundo de su enojo y de su
retirada de Roma. En la mayoría de los casos, la meta de la ambición, el propio
ambicioso la ignora: ¿cómo pueden saberla los demás? Algunos autores se
inclinan a creer que pretendía ser asociado por Augusto al poder y
eventualmente sucederle. La ambición no era descabellada. Si Marcelo II era
hijo de Octavia, él, Agripa, estaba casado con Marcela I, hija de Octavia también.
Su edad madura (tenía aproximadamente los mismos años que Augusto) y su gran
experiencia, le hacían preferible al joven y delicado Marcelo. Parece, además,
que el mismo Augusto había alimentado ya estas esperanzas de su general: Dión
nos refiere que cuando el emperador creyó que iba a morir en 23 a.C. dio su
anillo, símbolo de la suprema autoridad, no a Marcelo sino a Agripa17.
Todo esto explicaría la desilusión de éste al verse
preferido por su joven cuñado. Pero ignoramos exactamente si las cosas
sucedieron así. Suetonio explica la retirada del general, por razones de
susceptibilidad más que por motivos de ambición decepcionada18-
Fuera despecho justificado o simple delicadeza, es
indudable que Agripa no quiso soportar el nepotismo de Augusto y estuvo
voluntariamente eliminado de la vida pública hasta que Marcelo murió en 23 a.C.
sumiendo a su madre en una aflicción que Séneca definió con estas palabras
penetrantes: «el dolor del alma infortunada se depravó, convirtiéndose en
voluptuosidad». Nunca quiso tener retratos de su hijo porque le tenía demasiado
dentro de su alma. En medio de las pasiones turbias de la corte de los Césares,
este puro dolor maternal de Octavia nos llega como en la noche el fulgor de una
estrella. Eran estas raras y admirables mujeres, en realidad, las que libraban
a Roma con la muralla de su virtud, de la total corrupción. Nada pudo hacerla
olvidar al hijo muerto. Se cuenta que Virgilio, que era un gran declamador, fue
a entretenerla un día, enviado por Augusto, recitando sus versos divinos; y
como en uno de ellos nombrara a Marcelo, cayó Octavia sin sentido, pasmada de
emoción.
También Augusto expresó públicamente este pesar, como uno
de los mayores de su vida; pero aunque quería mucho a Marcelo, era, sin duda,
su congoja de príncipe mayor que la de pariente. La muerte quebraba su plan de
descendencia juliana. Así terminó el primer episodio de la lucha de castas y
empezaba el segundo.
Los nuevos Césares
Fracasado por la fatalidad este intento de sucesión a
favor de los julios, parecía forzoso que Augusto se atuviese a la solución de
los claudios. Séneca nos dice que Octavia, en su desesperación, odiaba a Livia,
«que parecía haber heredado para su hijo (Tiberio) toda la felicidad prometida
al suyo, Marcelo»19 y tal vez sean estas palabras una alusión a los rumores de
la participación de Livia en la muerte del presunto heredero.
La tenacidad del emperador no se dio, sin embargo, por
vencida. Ideó casar a Agripa, más que cuarentón, con la misma Julia, su hija,
que acababa de enviudar de Marcelo, sin sucesión, y que sólo tenía 18 años. Tal
vez el mismo Agripa exigió este matrimonio con la fuerza que le daba su
reciente enfado, para que por segunda vez no se frustrase su ambición; e
intervino en su apoyo, seguramente, Mecenas, casamentero notable, que lanzó a
Augusto este enérgico argumento: «has hecho tan grande a Agripa, que ahora sólo
te resta hacerle tu yerno o matarle». El matrimonio se celebró poco después (21
a.C.) y con inmensa alegría de Augusto, el año siguiente nació un varón, Caio,
y tres años después otro, al que llamaron Lucio. A ambos los adoptó el
venturoso príncipe, contento de ver que el destino se le sometía con la misma
docilidad que los hombres. Los dos recibieron el título de César y fueron
educados en la casa imperial como hijos de Augusto, a cartas vistas llamados a
sucederle.
La herencia Julia parecía, pues, garantizada, y aun quiso
asegurarla Augusto, disponiendo que si él faltara antes de llegar los dos
Césares mozos a la edad de gobierno, les sirviera de regente su propio padre,
Agripa, cuya ambición de poder quedaba así cumplida. Pero una vez más la
voluntad divina deshacía los humanos pronósticos. Agripa, el fuerte, murió
prematuramente, el año 12 a.C. antes, mucho antes, que el enfermizo Augusto,
cuyo fin se había tantas veces temido. Yendo el general de viaje hacia la Pannonia,
donde había temores de guerra, le atacó y le mató un accidente de la gota, que
le había acarreado su vida de gran comedor. Quizá también contribuyera a su fin
la tortura del ridículo con que cubría sus gloriosas canas Julia, su segunda
mujer. Bajo la gloria militar, Agripa fue un hombre infeliz; según Plinio,
merecedor de su nombre, pues Agripa quiere decir «nacido con dificultad»; y él,
en efecto, vino al mundo de pies y no en la postura normal, de cabeza; lo cual
entre los romanos suponía un augurio nefasto, al revés que entre los españoles,
para los que «nacer de pies» es señal de buena suerte en la vida. Que el
augurio se cumplió, lo demuestra la gota que desde joven le atormentaba y le
aniquiló a los 51 años; su desdicha conyugal; y «sobre todo, dice Plinio, el
haber hecho nacer a las dos Agripinas», cuya historia turbulenta se referirá
más adelante.
Lucio y Caio contra Tiberio
La muerte de Agripa planteó a Augusto el problema de
buscar un regente que le sustituyese como tutor de los imberbes Césares. Y
recayó la elección —ya no había más remedio— en Tiberio, al que al año
siguiente (11 a.C.) casaba con su hija Julia, la viuda del propio Agripa, para
lo cual hubo de separarle, como sabemos, de su primera mujer Vipsania, de la
que ya tenía un hijo y otro por venir, que nació después del divorcio y se
malogró. Es seguro que fue la astuta y tenaz Livia la autora de este arreglo, para
empujar a Tiberio hacia las posibilidades del poder, ayudada por los caprichos
eróticos de la propia Julia. Con no menos certeza, puede suponerse que Augusto
le aceptó como yerno y como tutor de los Césares, «bien a pesar suyo». También
es fácil suponer cuál sería la actitud de Tiberio, que, ajeno a estas intrigas,
guerreaba más allá de las fronteras, con excelente fortuna. La única
información que por estos años tenemos de él, nos cuenta el gran dolor que
experimentó al separarse de su esposa. Y, sin duda, el regalo de la nueva,
Julia, famosa ya por el cinismo de su impudor, no era el remedio más a
propósito ni para consolarle de la pérdida de la amada Vipsania, ni para servir
de nueva compañera a su carácter taciturno y tímido. Aceptó, pues, sin duda lleno
de resentimiento, su nueva situación conyugal. Y en cuanto a la oficial, en
cuanto a su postergación a Caio y Lucio, él, Tiberio, había alcanzado como
militar méritos que estimaría con razón importantes; y a ellos podía agregar
los privilegios de su nacimiento, que superaban a los de los jóvenes Césares.
Dión, entre otros, apunta este sentimiento de inevitable rencor de Tiberio
hacia los Césares preferidos. Algunos de los modernos apologistas lo niegan,
fundándose en el gratuito prejuicio de la perfección moral de Tiberio. Mas nos
bastaría recordar que éste era hombre y, ciertamente, no exento de pasiones,
para tener por cierto que la situación de los hijos de Agripa, herederos del
trono, frente a la suya de simple tutor, no la podía considerar más que como
una usurpación. Gráficamente dice Ferrero que «Tiberio no digirió esta
afrenta». Caio y Lucio, a su vez, no sentían la menor simpatía hacia Tiberio y
se lo demostraron cumplidamente como veremos después.
Sin duda estos resentimientos crecían sombríamente en su
alma cuando, tal como Tácito nos le pinta, le vemos misterioso y digno, en el
campamento lejano, viviendo con el mismo rigor que los legionarios y
aplicándoles la disciplina militar con esa severidad puritana de los hombres
rectos, pero desahuciados por el amor. Quizá también en estas horas
melancólicas, es cuando buscaba en el vino alivio para su dolor, mereciendo de
la malicia de la tropa el que cambiaran su nombre de «Tiberius» por el de
«Biberius»20.
Y esta vinícola afición, que parece cierta, no contradice,
como creen sus alarmados apologistas, el que fuera un hombre sobrio; que es
también seguro que lo fue. El vino era, entonces, mucho más que ahora, don de
los dioses, que el hombre discreto y aun el sabio podían usar, no ya por el
placer sensual de gustarlo, sino por su específica virtud de borrar la tristeza
del corazón. No podía aspirar el sombrío jefe a ser más virtuoso que el propio
Catón; y éste tenía públicas preferencias por el mosto; y poco después, el
mismo Séneca, el estoico, definía que el vino «lava nuestras inquietudes,
enjuga el alma hasta su fondo y, entre otras virtudes, asegura la curación de
la tristeza»21.
En este pasaje, Séneca confirma lo que dicen algunos
historiadores, y otros niegan: que Tiberio dio un cargo importante a L. Pisón,
sólo porque bebió sin cansarse durante dos días.
La tristeza fue permanente enfermedad de Tiberio y
justifica la permanente medicina. Las aventuras de Julia, su nueva mujer,
llegaban con un eco de burdel hasta la soldadesca. El suspicaz Tiberio vería,
seguramente, en los ojos de los legionarios, al pasar, un reflejo furtivo en el
que se leían picarescas profecías humillantes para su dignidad.
Muerte de los dos Césares
Pero de nuevo el destino iba a trastornar los designios de
los hombres. Caio y Julio estaban heridos de la debilidad física y moral propia
de tantas familias principescas. Nada valían ninguno de los dos. De Lucio,
apenas tenemos datos, fuera del de su muerte temprana, ocurrida el año 2 d.C.
Falleció de súbito, en Marsella, yendo hacia España; y se dijo que la causa fue
el veneno propinado por Livia envenenadora insaciable, en la mente del pueblo
romano, atenta a despejar el camino de Tiberio. Es, desde luego, una leyenda
más; pero encubre, como las de los demás crímenes que se le achacaron, la
realidad de la oposición de la emperatriz contra los presuntos sucesores de la
rama Julia; y también la antipatía popular contra ella.
De Caio, sí, sabemos que era un degenerado. Hasta el
melifluo Veleio, que le acompañaba en su última expedición al Oriente y que,
por menos de nada, compara a cualquiera de sus jefes o príncipes con los mismos
dioses, nos habla de éste sin el menor entusiasmo; con habilidad de cronista de
salón nos dice que «sus vicios eran atizados por los cortesanos» y que «su
conducta era tan desigual que ofrecería abundante tema, tanto para el elogio
como para la condenación». En boca de tan gran adulador, estos equívocos
juicios equivalen a una severísima condena. Pero el César, ciego de amor de
casta, le adoraba: «luz de mis ojos», llamábale en sus cartas, escritas con
patética ternura. En la expedición al Oriente, que Augusto había preparado a su
heredero con gran acompañamiento de hombres ilustres, para irle adiestrando en
el oficio de emperador, el fasto de la jornada fue extraordinario. Ovidio
dedicó su musa a cantar la apoteosis con que se inauguró el viaje, que iba a
ser trágico; haciendo líricas profecías sobre el victorioso retorno del
heredero, demostrativas de cómo el vate pierde su sentido adivinatorio cuando
su musa es la adulación.
Caio, que acababa de casarse con Livila, mujer muy
interesante, de la que hablaremos después, dio durante el viaje evidentes
pruebas de torpeza; y no fue la menor el caer en una celada que le tendieron
sus enemigos, en la que resultó herido. Según la tradición, a consecuencia del
accidente se nubló su entendimiento, y, presa de profunda melancolía, se retiró
a la vida solitaria, abandonando todos sus honores y refugiándose, por
humildad, en un barco de mercancías, a pesar del llanto desesperado de Augusto,
que logró, al fin, hacerle volver a Italia, el año 4 d.C. Pero estaba tan
enfermo que murió en el viaje, en Cimyra, en Asia, frente a Rodas, antes de
pisar las costas de su patria. Aun cuando es cierto que un traumatismo puede
ser causa de locura, casi siempre hay que contar, para esta explicación, con
una predisposición nativa al desvarío; y en Caio es evidente que ocurría así;
el golpe, a lo sumo, precipitó el trastorno incubado por la herencia, fácil de
precisar por parte de su madre, que era una histérica amoral, con el mismo
fondo epiléptico de toda la familia; y no por la del equilibrado padre: si es
que la liviandad de Julia permite hacer hipótesis sobre la paternidad de sus
hijos. En este caso, la contemplación de los retratos de Caio César parece ahuyentar
los malos pensamientos. Los dos del Museo del Louvre indican, en efecto, un
parecido entre el joven príncipe y Agripa, favorable a la paternidad de éste,
sobre todo en el enérgico entrecejo que aparece en el rostro débil de Caio como
un fugitivo resplandor del que da tanta personalidad al busto magnífico de su
padre.
Augusto adopta a Tiberio
Muertos los dos Césares, se despejaba otra vez el camino
de Tiberio, que estaba ya de vuelta de Rodas (3 d.C.) y vivía retirado de toda
actividad política en la Villa de Mecenas. Augusto, vencido por la fatalidad y
debilitado por los años —tenía 66 y muy cumplidos de trabajo y de dolor— cedió
entonces una trinchera más, ante las súplicas de Livia, más imperiosa a medida
que avanzaba en edad. Podemos suponer cierta la versión contemporánea de que
fue ella, y no el propio Tiberio, cada vez más altanero y aislado, la que, como
siempre, acumuló sobre su hijo, con tenacidad indomable, las posibilidades del
futuro poder. La voz popular hacía a la emperatriz capaz de los medios más
extraordinarios para lograr su vieja aspiración. Si así fue, la ambiciosa mujer
logró un triunfo en apariencia rotundo, porque, tres meses después de la muerte
de Caio, Augusto adoptaba a Tiberio.
Mas la lucha no había terminado. Aun le quedaban a Augusto
dos trincheras en que defender la sangre de los julios: Agripa Póstumo y
Germánico. La más inmediata era Agripa Póstumo, hermano de los césares
desaparecidos. En torno de él se iba a librar el tercer episodio de la gran
batalla entre las dos castas rivales.
Eliminación de Agripa Póstumo
Era imposible que Augusto transmitiese a Agripa Póstumo la
misma fervorosa protección que había dispensado a Lucio y a Caio; porque aquel
príncipe, nacido después de la muerte de su padre, era notoriamente anormal:
«brutal y de humor violento», «extraordinariamente depravado de alma y de
carácter», «de ignorancia grosera y estúpidamente orgulloso de su fuerza
física»; así lo describen, con irrefutable unanimidad, sus contemporáneos. Un
historiador inglés, actual, encuentra un único asidero para defenderle: que era
pescador de caña; y éstos, añade, no suelen ser nunca enteramente viles.
Hubiera sido demasiado escandaloso repetir con este pobre pescador de caña el
proceso de favoritismo realizado con Marcelo y con los dos Césares. Pero, de
todos modos, Augusto se atrevió a adoptarle al mismo tiempo que a Tiberio,
aunque supeditado a éste; y haciendo que Tiberio adoptase, a su vez, a
Germánico.
Nuevas fortunas militares aumentaron el prestigio de
Tiberio, recibiendo otra vez el triunfo y el poder tribunicio por diez años
más. Sin embargo, Livia no estaba tranquila, y, a fuerza de intrigas,
consiguió, tres años más tarde (7 d.C.) que Agripa Póstumo, siempre estúpido,
pero que, como dice Tácito, no había realizado ningún acto condenable, fuera
desterrado a la isla de Planasia, cerca de la de Elba, donde siglos después
había de ir a parar otro náufrago de las tempestades políticas mucho más insigne
que él. El exilio de Agripa se hizo en condiciones tan severas que equivalían a
una muerte civil. Tácito añade que esta vez la ambiciosa emperatriz no realizó
sus designios «por oscuras intrigas, sino con toda publicidad». Las últimas y
trágicas etapas de la vida de este príncipe infeliz quedan para el capítulo
siguiente.
Estaba, pues, eliminado también Agripa Póstumo de la
competencia política. Mas aún quedaba en pie una familia entera, la de
Germánico, que permitía a Augusto, a la vez vacilante y terco, seguir la sorda
guerra contra su hijastro. En efecto, la cuarta fase de la lucha comenzó.
Germánico contra Tiberio
Aunque Tiberio tenía ya un hijo de 14 años, Druso II,
Augusto, al adoptar a Tiberio, le obligó —ya lo hemos dicho— a asociarse con
Agripa Póstumo y a adoptar a su sobrino Germánico, que unía a su media sangre
julia el prestigio que le daba en la mente popular el ser como el reverso de la
figura de Tiberio. Y para acentuar más esta preferencia, al año siguiente (4
d.C.) el César hizo casar a Germánico, que tenía 19 años, con su nieta Agripina
I, hermana de los inolvidables Césares Caio y Lucio, que apenas había cumplido
los 18. Por los corrillos de Roma se dijo en seguida que el emperador quería
preparar a toda costa su sucesión en Germánico, al que amaba mucho.
Podemos imaginar el efecto que la pública ostentación de
las preferencias del César haría sobre el alma de Tiberio, resentida por los
intentos anteriores a favor de Marcelo, de Caio y Lucio, de Agripa Póstumo.
Tácito nos dice que sólo el recurso supremo de las lágrimas de Livia impidió
que se hiciera pública la sucesión en Germánico, que parecía inexorable. Y aún
se ahondó la herida en una ocasión en que Tiberio llevaba la guerra contra los
dálmatas con su habitual lentitud, y Augusto, sospechando que entorpecía adrede
el fin de la campaña, le envió a Germánico, que era un simple cuestor, al
frente de una tropa improvisada para que le pusiera término.
En esta herida a su vanidad militar y en esta sospecha a
su lealtad está otra de las raíces del rencor de Tiberio contra Germánico, que
iluminó de resplandores dramáticos la quinta etapa de la lucha entre claudios y
julios. Será estudiada después.
Muerte de Augusto. El triunfo amargo
Así llegó el año 14 d.C. en que murió Augusto. Tiberio
seguía sus campañas remotas en Illiria, entregado a su afición guerrera y a la
rumia de su resentimiento. Llamado a toda prisa por la gravedad que sorprendió
al emperador paseando sus 76 años, en pleno verano, por la Italia Occidental,
llegó a Nola, cerca de Nápoles —en el mismo sitio donde Claudio Marcelo, su
gran antepasado, derrotara a la soberbia de Aníbal— y llegó a tiempo todavía
para recoger el último suspiro del César. Se extinguió éste el 19 de agosto; y,
claro es, se dijo también que no fue la vejez ni la enfermedad las que le
habían muerto, sino la inevitable Livia, que envenenó, en la misma rama, unos
higos que el anciano emperador gustaba coger y comer mientras paseaba por el
jardín22.
Tiberio era ya emperador de Roma. Pero en el testamento de
Augusto, que leyó un liberto en el Senado, quedaba para siempre consignada la
violencia con que llegó a la designación del antipático representante de los
claudios, después de vencidos en fatídica pugna, uno por uno, todos los
candidatos de la rama Julia: «puesto que la crueldad de la fortuna —decía el
documento— me ha quitado a mis hijos Caio y Lucio, que Tiberio César sea mi
heredero». «Esta fórmula —dice Suetonio— confirmó la sospecha de los que pensaban
que Augusto había elegido a su sucesor, más que por afición, por necesidad».
Los rumores públicos coinciden con esta impresión. Se decía que los esclavos
que velaron en su última noche al egregio moribundo le habían oído decir,
cuando Tiberio salía de la cámara: «Compadezco al pueblo sobre el que van a
caer estas lentas mandíbulas»23.
Y se murmuró también que en su astucia de viejo se había
decidido a adoptar a Tiberio para que su propia fama aumentase, al contrastar
su vida con la de su sucesor, «de alma tan altanera y cruel». Eran, sin duda,
todas éstas, invenciones de la maledicencia; pero elaboradas con la verdad
indudable de que Augusto no amaba a Tiberio. No puede dudarse: Augusto hizo su
elección forzado por la fatalidad y por esa presión irresistible que en los
hombres públicos ejerce el hogar y, sobre todo, la mujer, cuyo instinto acecha
los instantes frágiles, inaccesibles a los de afuera, en que la voluntad
desfallece y se hace permeable a todas las concesiones, sobre todo en los
viejos.
Tiberio, por lo tanto, recibió con el supremo honor el
supremo motivo de su resentimiento. Por esto, sin duda, y no por modestia; ni
enteramente por timidez; ni por las otras razones superficiales que entonces se
dijeron, vaciló tanto antes de aceptar el poder. Tácito nos refiere las
súplicas de los senadores y las especiosas contrarréplicas del nuevo emperador,
cuyo pensamiento «estaba envuelto en tinieblas más espesas que nunca». Llegaron
en este regateo a una tirantez que estalló en encuentros personales, como el
que tuvo con Asinio Gallo, el nuevo marido de su mujer. Al fin, se decidió a
aceptar.
Aceptó sin entusiasmo. El principado era ya para él un
deber tan sólo. Era aquel puesto altísimo como el vértice de una pirámide de
intrigas, de bajas pasiones, de tragedias y muertes, en las que era difícil
separar las que preparó la fatalidad y las que el crimen allanó. De este modo,
las espinas del resentimiento enconaban, desde su origen, la notoria
incapacidad de Tiberio, decepcionado y próximo a la vejez, para el gobierno de
la república; y teñían de antipatía y de acritud su gestión ante la Historia.
La lucha de los julios contra los claudios había
concluido. Pero empezaba la de los claudios, dueños ya del poder, contra los
julios.
CAPÍTULO VIII CLAUDIOS CONTRA JULIOS
Livia, la virtud insoportable
La segunda parte de la lucha entre las dos castas
—claudios contra julios— se desarrolla bajo el signo de Livia. La decadencia y
después la muerte de Augusto dejan en primer plano la figura de esta mujer
extraordinaria que alcanzó el título de Madre de la Patria, Genitrix Orbis;
pero no el amor de su pueblo; mujer implacable en su ambición; frígida y tenaz;
gata o pantera, según le convenía; cuya actividad servirá de eje al relato de
los últimos episodios de la gran lucha.
Cuando el historiador intenta rehacer una figura
pretérita, tal como fue cuando vivía en su humanidad palpitante y no como
simple protagonista de sucesos públicos, es inevitable que se deje prender por
un sentimiento de simpatía o de antipatía hacia ella, compatible con la
imparcialidad del juicio que su actuación oficial nos puede merecer. Todos los
escritores antiguos coinciden en alabar las virtudes domésticas de Livia, la
continencia de su vida conyugal, su modestia en el vestir, la aplicación con que
dedicaba muchas horas de cada día a tejer con sus hijas, ahijadas y servidoras
las túnicas sencillas de su marido y de ella misma; y, en fin, la moderación de
su mesa, no incompatible con algunos vasos diarios del vino generoso de
Pucinum, al que ella misma atribuyó, más tarde, su longevidad24.
Pero su carácter, que a través de las escasas referencias
de los contemporáneos podemos rehacer en sus rasgos típicos, atrae a unos, y a
otros, no; lo mismo que el de las personas vivas. Yo me cuento entre los no
atraídos.
Es, en efecto, Livia, uno de los más netos ejemplos de la
universal especie de «la virtud insoportable», no rara en la vida romana y de
la que luego encontraremos, en Agripina I, otro modelo igual. «Sus virtudes
—dice uno de los comentadores, inglés, de Tiberio— eran manifiestas hasta el
punto de constituir una permanente invitación al vicio». Nadie que conozca de
primera mano las referencias de los contemporáneos podrá disentir de esta
opinión; ni podrá aceptar como legítimas las apologías de los que sienten la
fascinación de la «matrona romana», cuyo prototipo encarnan en ella. Muchas
veces esta legendaria matrona no era más que uno de aquellos sepulcros
blanqueados cuya condena iba a pronunciar una voz que se cernía ya en las
lejanías de la Historia.
La fuerza de la austeridad sexual
¡Extraña mujer! Su fuerte estaba en la austeridad sexual.
Uno de sus admiradores escribe conmovido: «La leyenda, que le imputó
envenenamientos absurdos25 fantásticas ambiciones y novelescas intrigas, no
pudo, sin embargo, acusarla de infidelidad ni de disolución».
Todo esto es cierto. Ovidio la llamó «vestal de nuestras
castas romanas»; y el mismo Tácito, nada avaro en sus severidades, decía que
«fue pura en sus costumbres como las mujeres de los días antiguos». Sólo
encontramos en los viejos relatos un vislumbre de lo que hoy llamaríamos un
«flirt» entre la rigurosa matrona y el cónsul Fufio, que, según Tácito, «estaba
dotado de todas esas cualidades que atraen a las mujeres»; y «a ello debió su
fortuna, obra de Augusta (Livia)» Un caso, pues, de protección fundada en el
garbo del peripuesto mozo, como en cualquier república de nuestros días. El
lance debió ser bastante significativo, pues quedó anotado en el registro
inexorable de Tiberio; y cuando, muchos años más tarde, se excusó de asistir a
los funerales de su madre, en la carta que dirigió al Senado hizo de este
suceso una alusión de típico resentido.
La virtuosa Livia era, sin embargo —y es interesante
anotarlo— muy poco gazmoña; como lo son muchas de estas mujeres castas a toda
prueba; posiblemente porque la frigidez las preserva de la tentación. Cuenta
Dión, por ejemplo, este rasgo que completa su psicología: un día conducían al
suplicio a unos hombres por el delito de andar desnudos; Livia los vio pasar e
intercedió por ellos, logrando que los perdonasen con el argumento de que, si
era un delito el desnudo en el cuerpo humano vivo, por la misma razón debía
serlo en las estatuas.
Esta identificación entre las estatuas y los cuerpos vivos
contribuye a explicarnos su castidad.
Nadie discute sus virtudes. Pero ocurre pensar que, puesto
que la leyenda las respetó y alabó y las hizo llegar hasta nosotros porque eran
ciertas, también debieron serlo los defectos que esta misma leyenda nos ha
trasmitido. La austeridad de su vida está tan vacía de cordialidad que paraliza
nuestra admiración. Sólo la virtud inflamada de amor tiene la eficacia del
ejemplo; y la virtud de Livia nos parece del mismo mármol de sus estatuas. Fue
rigurosamente fiel a Augusto, lo cual era ya mucho en aquellos tiempos, de los
que Séneca pudo decir que «la forma de matrimonio más decente era el
adulterio». Mas su fidelidad tiene el pecado original de su matrimonio con
Augusto, que se hizo a costa de la deshonra y de la infelicidad de dos seres:
el primer marido de ella y la primera mujer de Augusto, Escribonia, repudiada
por aquél, para conseguir a la rival antes de que acabara su sospechoso
embarazo. Debemos unas palabras a esta mujer, que pasa por el segundo término
del escenario histórico rodeada de leve y fugitiva claridad.
La tragedia de Escribonia
Con razón llama Baring-Gould, a la maniobra conyugal que
desahució a Escribonia, «deshonrosa y cruel». Los antecedentes de Augusto en
los asuntos de amor eran, en verdad, poco románticos. En los años de su lucha
por el poder utilizó el matrimonio como ayuda de sus ambiciones, con cinismo
que aún para la moral de la época nos parece, ahora, excesivo. Estuvo, en
efecto, prometido por pura conveniencia con la hija de Servilio Isaurico; pero,
antes de cumplirse la coyunda, repudió a la novia para prometerse de nuevo con
Claudia, hijastra de Marco Antonio e hija de Fulvia. Esta unión con Claudia
tenía por designio aliarse con Marco Antonio; mas la fiereza de la presunta
suegra, Fulvia (Fulvia fue la que traspasó con un punzón la lengua de Cicerón,
después de muerto) se mostró de modo tan precoz y vehemente que Augusto, pese a
todas las conveniencias, le devolvió a su hija antes de la boda. Entonces se
casó con Escribonia; y tampoco por amor, sino porque su hermano, Lucio
Escribonio Livo, era un gran personaje del partido de Pompeyo y su amistad
convenía a los planes del interesado novio.
Era Escribonia una de las raras mujeres virtuosas —con
virtud humana y no solamente romana— que pasan por los anales de la época de
los Césares sin una sola mancha. Cuando las razones políticas que le unieran a
ella desaparecieron, Augusto la arrojó de su lado, con la misma naturalidad que
a sus prometidas anteriores. Además, estaba ya preso por el amor a Livia, que
esta vez parece sincero, salvo lo que pudiera tener de conveniencia, el unirse,
para servir a sus ambiciones con una mujer de la aristocracia.
Escribonia fue de todas sus esposas la única que le dio
sucesión. Pero ni su virtud ni su fecundidad le valieron. Tuvo el egregio
marido la vileza de declarar por escrito que la dejaba, decepcionado por su
carácter insoportable; e insinuó que sus costumbres no eran enteramente
limpias, infamando así su desgracia, cuando era notoria su absoluta honestidad;
sin que su edad, ya no juvenil cuando se casó, ni su mediocre belleza
disminuyan los méritos de su virtud, pues en la corte romana —y en todas— la
posición política de una mujer como ella hubiera justificado, más que todas las
gracias, la atracción de los que buscan en el amor pretexto para su buena
fortuna.
La triste esposa humillada desaparece de escena, llena de
dolor y de dignidad. Para nada vuelve a figurar su nombre en aquella inmensa
oleada de maledicencia que llenó el reinado de Tiberio, hasta que su hija Julia
fue desterrada por impúdica, el año 2 a.C. Entonces, surge Escribonia de nuevo,
y su conducta, iluminada de caridad, contrasta con la inhumana de Augusto. En
éste, la condición de padre no atenuó el rigor bárbaro del castigo. Para
Escribonia, la deshonra de su hija fue un motivo más de sentirse madre; y la
acompañó en el destierro impiadoso hasta su muerte, quince años después. Nos
repugna la severidad farisaica con que Augusto castigó el impudor de su propia
hija, sobre todo teniendo en cuenta que él, en estas materias de amor, no
hubiera podido tirar la primera piedra. Ya hemos hablado de sus frecuentes
adulterios; fue sospechado hasta de homosexualidad, de corrupción de menores y
de incesto; seguramente por malicia de sus contemporáneos, pero malicia fundada
en la vida notoriamente libertina de su juventud y de su madurez. Era aquélla
tan pública que cuando dio las leyes para moralizar las costumbres hubo en el
Senado innumerables chistes y burlas, porque todos pensaban que tales
represiones debían, en justicia, empezar por el propio César. La moral de
Augusto está muy por debajo de su genio de gobernante.
La ambición de Livia
Volvamos a Livia. Todos los indicios concuerdan en que
ella fue, a costa del sacrificio de Escribonia, la que maquinó ambiciosamente
el trastrueque de Claudio Nerón, su marido, viejo y sin porvenir, por el joven
triunviro que en aquel año, 38 a.C. caminaba ya, con inequívoca firmeza, hacia
la conquista del poder. Si quiso después o no a su nuevo esposo, con amor o con
simple estimación, no nos es lícito afirmarlo; en todo caso, nos basta
consignar que le respetó. Pero el carácter de ella y la misma tolerancia, casi
la complacencia, con que cerraba los ojos a los devaneos del César son datos
harto sospechosos de que todo, hasta su amor, si lo hubo, lo puso a la
disposición de su pasión cimera, que fue la ambición. Cuando le preguntaban, ya
viuda, los medios de que se había valido para conservar durante tan larga
convivencia la buena armonía con Augusto, daba como una de las razones el «que
pasó siempre por alto sus infidelidades»26.
Ésta es una de las claves de su alma. Si una mujer
responde a los deslices de su marido con obstinada virtud y además con un
disimulo ostentoso de las faltas conyugales, es, casi siempre, porque es éste
el doble precio de la captación absoluta de la voluntad de aquél; y, desde
luego, indicio también de debilidad en el amor. Toda la vida afectiva y sexual
de Livia da, además, la impresión de que padeció un defecto, común a muchas
mujeres ambiciosas, la frigidez. Desde la altura de la frigidez, la mujer, intacta,
invulnerable a la entrega generosa del alma que supone el verdadero amor,
utiliza sus atractivos en pura ventaja para sus ambiciones.
Todos los autores, antiguos y modernos, reconocen que la
ambición de Livia fue el eje de su alma. Las circunstancias, es cierto,
favorecieron esta pasión. Es posible que en ninguna otra época de la historia
haya estado el destino de los pueblos tan en manos de la mujer como en la de
los Césares; y la razón es que entonces alcanza uno de sus momentos culminantes
la categoría legítima de la mujer, la maternidad. Para el romano, la mujer era,
ante todo, madre y alma del hogar; y por esto logra también uno de los momentos
de apogeo de su capacidad de seducción frente al hombre. Por eso, también,
aparecen los excesos de esta seducción, los casos de dominación imperativa,
como Livia o como Agripina I, o de donjuanismo femenino como las dos Julias o
como Mesalina. Aquí está el secreto de la insensatez del feminismo. Cuando la
mujer pretende igualarse socialmente al varón, es evidente que todo lo que gana
en influencia externa lo pierde en influjo íntimo sobre el hombre. La mujer
emancipada ha dejado de ser la posible esclava del varón, pero a la vez ha
dejado también de ser su posible dueña. Se ha convertido sencillamente en su
rival, negocio en el que la mujer, casi siempre, sale perdiendo.
De aquí el que los momentos de auténtica influencia
histórica de la mujer no son los de su mando directo, sino aquellos otros en
que, aparentemente disminuida, utiliza como instrumento al hombre. Entonces,
como ocurría en Roma, es cuando surgen en el sexo débil las grandes voluntades
de mandar; y también las grandes capacidades; y cuando, en familias enteras, se
invierten las habituales normas, y vemos, de generación en generación, el
espectáculo del varón recio sometido a la mujer muy femenina. En ninguna otra
época como en la que él vivió, hubiera podido decir Catón su frase famosa de
que «los hombres manejamos el mundo, pero las mujeres nos manejan a nosotros».
Livia, como tantas otras romanas de su siglo, fue un
ejemplar memorable de esa impetuosa ambición de poderío femenino, la que se
ejerce utilizando al varón, cuyo símbolo era el gallo de la cresta erecta que
surgió del calor de su seno adolescente y que el horóscopo de las estrellas
destinaba a reinar. Esta ambición se fortalece en la mujer con los años, porque
los años la acercan a la condición varonil; así como en el hombre, pasada la
madurez, suele atenuarse el instinto de mandar a los demás, a medida que se
amortigua el ímpetu de su condición masculina; es entonces, en este tiempo de
la cordura, cuando el hombre medio se entera de que la gran conquista es la de
las propias pasiones; y la de los otros hombres interesa menos cada vez.
La fortaleza de carácter de Livia era tal que asombró a
Roma cuando murió su hijo Druso I, el preferido. Séneca nos dice que su dolor
fue inmenso, pero que, en cuanto el cadáver amado fue depositado en la tumba,
la madre recogió su desesperación para no incomodar con sus llantos a Augusto y
para no robar un solo instante a sus quehaceres27.
Ayudaba, sin duda a esta energía del espíritu su salud
física, que se hizo legendaria: Ovidio la dijo: «La enfermedad te respeta y
guardas en tu seno la castidad». Y su nieto Calígula, menos líricamente, la
llamó «Ulises con faldas».
Habilidad de Augusto. La súplica en la noche
El ansia de dominación de Livia se aplicó enteramente al
empeño de hacer triunfar su raza, la de los claudios, sobre la raza rival de
los julios, la de su propio esposo. Pocas cosas dan idea de la insuperable
calidad de político de Augusto como el tacto supremo con que supo hacer
convivir esta actitud de su mujer con la paz conyugal. Mantener este juego un
día y otro, durante 50 años, con la persona que compartía la vida en el hogar y
las noches en el tálamo, supone más diplomacia y más energía que conseguir la
paz entre los pueblos innumerables que formaban el imperio de Roma. Muchas
veces Augusto, en las horas de rumorosa intimidad conyugal, cedía, sin duda,
ante la sugestión física de aquella mujer, que manejaba sus encantos como su
espada el gladiador. Dión nos cuenta que una noche, cuando la conjuración de
Cinna, el César no podía dormir de inquietud. Entonces, la voz de la sirena
suena en su oído: «¿Qué te pasa, Augusto?» ¡Ya lo sabía ella, que probablemente
había preparado el complot en beneficio de Tiberio! El diálogo siguió,
entrecortado, en la oscuridad, hasta que ella le convenció de que usase de la
clemencia con los conspiradores. En esta nocturna intimidad debió resolver
otros muchos asuntos, igual que el de Cinna, en su provecho.
Era público que Augusto pedía constantemente consejo a su
mujer en los momentos graves de su vida oficial. En la rueca de la princesa se
hilaba, no sólo la túnica del esposo, sino el destino del imperio. Livia, dice
Dión, «se ocupaba de los asuntos como si ella tuviera el supremo poder». A
veces llevaba su intromisión hasta la ostentación impertinente, pues aparecía
ante el pueblo «en los momentos de inquietud y tenía por costumbre exhortar
públicamente a la multitud y a los soldados». Pero Augusto, milagrosamente,
supo hacer compatible esta colaboración abusiva con la preferencia,
irreductible, de cada esposo por cada una de las dos ramas imperiales.
Psicología de la última etapa de la lucha de castas
Parecía que, muerto Augusto y logradas las ambiciones de
Livia y de Tiberio, la lucha entre julios y claudios debía terminar. Pero no
fue así. Sólo cambió de sentido. Ya no fue la pugna de los julios poderosos
contra los claudios aspirantes a la dominación; sino la de los claudios, dueños
de los resortes del mando, contra los julios, momentáneamente vencidos. Además:
a partir de este momento, aparece una modalidad psicológica importante en la
actitud de los protagonistas. Tiberio, unido hasta entonces a su madre por la
común ambición y separado de ella por el resentimiento, al morir Augusto y
desaparecer la razón de la alianza, puesto que el poder estaba ya logrado,
acentúa la animadversión ontra la madre adúltera, contra la que hirió la
dignidad del padre. Cada año de la vida de Tiberio, ya emperador, señala una
oleada nueva de resentimiento contra la madre injusta. Se ve claramente que,
liquidada ya la cuenta social, queda exenta y viva en el recuerdo, cada vez más
neta, la imagen del padre retirado y vencido, mientras «ella» corría a la
fortuna en brazos del mozo engreído y ambicioso. El abismo que separa a la
madre y al hijo se ahonda cada día más. Y cuando Livia muere, Tiberio condensa
en su solo gesto el medio siglo de su resentimiento; él, que siendo todavía un
niño había pronunciado con amor y respeto infinitos el elogio de su padre
muerto, ahora se niega, en una carta helada, a asistir a los funerales de su
madre.
Bajo estos auspicios continúa la larga batalla. De la
familia de los julios quedaban vivos el último nieto de Augusto, Agripa
Póstumo, que rumiaba su estupidez en el destierro, y Germánico, el sobrino e
hijo adoptivo de Tiberio, casado con Agripina I y lleno de hijos. Cada uno era
un peligro para la sucesión de Tiberio, que sólo tenía un descendiente, Druso
II. En torno de ellos se entabló la última etapa del combate.
A pesar de las atenuaciones de los historiadores
tiberiófilos no puede borrarse la impresión de que Livia y Tiberio se aplicaron
afanosamente a exterminar o a ayudar al espontáneo exterminio de todos estos
personajes, posibles enemigos de su casta. A la distancia se percibe
confusamente lo que en esta extinción hubo de intencionado y criminal y lo que
hubo de esa fatalidad misteriosa que tantas veces sirve de cómplice a los
grandes desafueros humanos.
Muerte y resurrección de Agripa Póstumo
De Agripa Póstumo hemos hablado ya. Pero ahora debemos
terminar su historia, que es, por cierto, de las más tenebrosas de la vida de
Livia y de Tiberio. Las intrigas de Livia consiguieron, como se ha dicho en el
capítulo anterior, que Augusto se indispusiera con su nieto; sabemos, por
ejemplo, que Julio Novato y Casio de Padua, probables agentes de los claudios,
hacían circular cartas de Agripa Póstumo contra el César que luego resultaron
falsas; pero de momento tuvo éxito la intriga, pues Augusto, enojado, desterró
a Agripa, a favor también de la notoria insensatez de éste. Mas a última hora
se dijo que el César, arrepentido de su decisión, tuvo una entrevista con el
desterrado en la isla Planasia, a la que asistió también Fabio Máximo, hombre
de confianza del emperador. El abuelo y el nieto se reconciliaron y lloraron
juntos. A pesar del misterio con que Augusto hizo este viaje sentimental, Livia
lo supo por Marcia, la mujer de Máximo; y la indiscreción costó la vida a su
marido, pues el César, que conocía el odio de Livia hacia su nieto, había
querido tener a toda costa en secreto la entrevista y no soportó su violación.
Los detalles con que nos cuenta Tácito este episodio están tan llenos de
realidad que hacen difícil poner en duda que, en efecto, Augusto pretendió a
última hora rehabilitar al infeliz Agripa.
Livia, ante el peligro, no perdió el tiempo. El viejo
Augusto, ya próximo a su fin, observaba «con inquietud los conciliábulos de
Livia y de Tiberio». Sabía lo que tramaban. Se dijo, como sabemos, que la
emperatriz se decidió a acelerar con el veneno la muerte de su esposo; y
sabemos, también, que es una falsedad. Pero lo que no puede dudarse es que,
apenas expirado Augusto, Agripa Póstumo era ejecutado en su isla. No se ha
puesto en claro quién ordenó la odiosa muerte. El centurión que le cortó la
cabeza, no sin trabajo, pues Agripa era muy forzudo y se defendió con
desesperación a pesar de que no tenía armas, dijo en Roma «que había cumplido
las órdenes del César». Pero, ¿de qué César? Aquí se ve la mano taimada de
Tiberio, maestro en el equívoco trágico. Él se hizo el sorprendido y aseguró
que las órdenes no eran suyas. Pero, ¿de quién iban a ser? Se hizo decir que la
sentencia la había dejado Augusto preparada para que se cumpliese a su
fallecimiento, y hasta hubo quien aseguró que le obligó a escribirla, antes de
expirar, su propia mujer, en un supremo abuso de su fascinación. Pero casi
todos pensaron que el asesinato se tramó entre Livia y su hijo28.
Hoy nadie puede dudar de que ambos fueron los responsables
de este crimen, sobre el que pasan como sobre ascuas los defensores de Tiberio
y de su madre. El aire de distraído que Tiberio adoptó al saber «que la orden
del César estaba cumplida» es el mismo gesto repugnante que había de perpetuar
poco después Pilatos, su gobernador de Judea. Tiberio personalizó en este
crimen la venganza contra los julios, acumulada durante tantos años de
humillación. El resentido es capaz de todo, al tener el poder entre las manos.
Y el mismo año, exactamente el mismo, de su subida al
poder, Julia, la madre de Agripa Póstumo y esposa del nuevo César, moría
también en su destierro de Régium. Pudo la fatalidad acelerar su fin; mas no
sentimos remordimiento al creer a Tácito, cuando acusa a Tiberio, y no al
destino, de la coincidencia.
Tanto Julia I como Agripa Póstumo eran dos anormales. De
ella nos hemos ocupado ya. La locura de Agripa era notoria; se advierte hasta
en el perfil fugitivo de las monedas acuñadas en su honor. No obstante, el
hecho de ser descendientes de Augusto y, sobre todo, el hecho de ser enemigos
de Tiberio habían bastado para darles una inmensa popularidad. El pueblo y la
sociedad de Roma seguían con tan entusiasta simpatía la suerte del príncipe
desterrado como la de su madre. La noticia de que Augusto, antes de morir, se
había reconciliado con Agripa Póstumo da la impresión de que, si no era verdad,
era una de esas mentiras en que el pueblo intenta convertir en realidad sus
deseos colectivos. Pero hay otro episodio que demuestra esto mismo: el de la
«resurrección del infeliz desterrado».
Parece seguro que, apenas muerto Augusto, Clemente, un
esclavo de Agripa, intentó secuestrarlo y llevárselo a Germania para librarle
de la ira de Tiberio, que sus amigos veían cernerse sobre él. Tácito dice que
el proyecto estaba «por encima de la condición de un esclavo»; es decir,
tramado, sin duda, por gentes de pro, por «personas de la casa del príncipe,
caballeros y senadores»; y el hecho de querer llevárselo a Germania, cuyas
legiones eran notoriamente adversas a Tiberio, confirma esta hipótesis. Mas ese
minuto que decide el éxito o el fracaso de las conspiraciones fue adverso a los
conspirados. El barco en que iba Clemente, el libertador, a la isla Planasia,
tuvo viento contrario; cuando arribó, el pobre príncipe estaba degollado ya.
Entonces, Clemente y los suyos acudieron a lo sobrenatural. Robaron las cenizas
del muerto, y el audaz esclavo se escondió en Cosa, en Etruria, dejándose
crecer la barba y los cabellos en la misma forma en que los tenía en el
destierro Agripa Póstumo. El parecido físico de ambos era grande. Entretanto,
los otros conspiradores habían hecho correr por todo el imperio la voz de que
Agripa Póstumo vivía y que, un día, volvería a Roma. El deseo de todos hizo que
se creyese la fábula. «Un milagro de los dioses» devolvía el vástago de la raza
preferida; y, en efecto, el día que desembarcó en Ostia el supuesto príncipe
fue recibido por una inmensa y conmovida multitud.
Tiberio, hombre inclinado a creer todo lo extraordinario,
debió sobrecogerse. El tema de la resurrección tenía profundo eco en su alma de
pagano sin fe en los dioses; y por eso, años más tarde, le turbó tanto la
noticia de otra resurrección, la de aquel Jesús crucificado en Judea. Con más
curiosidad que saña, quizá con secreto temor, ordenó la captura del presunto
resucitado. Clemente, el falso Agripa, fue conducido a la prisión. Soportó
heroicamente la tortura y no quiso denunciar a los otros conspiradores. Se dice
que el propio César presenció el tormento, y que, con ansiedad disimulada bajo
su humorismo de resentido, preguntó al esclavo, que se retorcía de dolor en el
potro, que «cómo había llegado a ser Agripa». A lo que Clemente respondió
heroicamente: «como tú has llegado a ser César». Así acabó la historia del
último descendiente directo de Augusto.
Germánico, el héroe popular
El caso de Germánico debe ser comentado aparte. Ya sabemos
que Augusto obligó a Tiberio a que le adoptase como hijo. Conocemos también la
popularidad que Germánico alcanzó. Desde nuestra posición actual nos es difícil
juzgar, a través de este inmenso entusiasmo de las gentes, la realidad de los
méritos del joven príncipe. La herencia, que a veces es fiel, nos induce a
creerlos, pues su padre, Druso I, fue modelo de hombres y de príncipes, y su
madre, Antonia II, de la que más adelante se hablará, dejó fama justa de mujer
ejemplar. Suetonio describe así al vástago de la perfecta pareja: «Es indudable
que Germánico reunía en grado que nadie haya alcanzado nunca todas las virtudes
del espíritu y del cuerpo: belleza y valor incomparables, superiores dones de sabiduría
y de elocuencia en los dos idiomas, el griego y el latín; extraordinaria
bondad; talento maravilloso para ganar las simpatías, en fin, y para merecer el
afecto de los demás». Casi, el retrato de un dios. El único defecto que se
atreven a ponerle era la delgadez de las piernas, y lo corrigió a fuerza de
montar a caballo. Tácito, más entusiasta aún, compara a Germánico con
Alejandro. Era, además de gran guerrero, excelente poeta; por lo menos, los
cortesanos, que, desde luego, no suelen ser buenos críticos, lo decían así; en
tiempo de Claudio se representó, como homenaje a su memoria, una de las
tragedias en griego que compuso en su juventud; y se habla también de un poema
inspirado en el monumento funerario que Augusto había mandado elevar a su caballo.
Se decía que Germánico era, además, un gran demócrata; y
creían todos que, de llegar a ser emperador, intentaría restaurar la antigua
República; como lo creyeron también de su padre, al que se parecía mucho,
incluso en los sueños alucinatorios, de los que hemos hablado ya como rasgo
común a la familia de los julios.
Como se ve, en esta apología, sobre indudables motivos de
admiración, hacían sus contemporáneos, sin darse cuenta, un reverso un tanto
artificioso de la figura del odiado Tiberio. Así ocurre muchas veces en la
génesis popular de los héroes, a los que la subconsciencia de las masas
oprimidas adjudica virtudes opuestas a las del odioso tirano; a veces este mito
—tal es su fuerza— acaba por crear una realidad y por hacer brotar en el héroe
cualidades que no poseía. A muchos hombres públicos, para bien o para mal, les
ha creado el cincel rudo de la opinión popular. No es ocasión de discutir ahora
si en este entusiasmo hacia Germánico había más de mito que de realidad; pero
es sospechosa la idea del liberalismo del príncipe. No había razón para que él
ni su padre pensaran de otra manera que como Augusto y como Tiberio, es decir,
como dictadores.
Probablemente lo hubieran sido, como éstos, de haber
llegado al poder. Pero el pueblo, eterno niño, creía lo contrario y los
clasificó como demócratas; y como tales los adoró.
Germánico era, sobre todo lo expuesto, un excelente
general; pero hasta en esto se diferenciaba de Tiberio, que fue cauteloso,
lento y diplomático; mientras que Germánico poseía y prodigaba principalmente
un gran arrojo personal, semejante al de su padre y al de Julio César. En las
batallas empeñábase en combates cuerpo a cuerpo con los enemigos, de lo que
Tiberio no hubiera sido nunca capaz.
Relaciones entre Tiberio y Germánico. La deuda vieja
Debemos insistir ahora sobre las relaciones entre Tiberio
y Germánico, que han sido indicadas ya en el capítulo anterior; porque es éste
un punto mal interpretado por la mayoría de los historiadores. Casi todos, en
efecto, nos describen esas relaciones como ejemplo de cordialidad. Y es seguro
que no lo fueron. Germánico, a pesar de su carácter exaltado, guardó siempre
una conducta nobilísima hacia su tío y emperador. Nos lo demuestra el que,
cuando se sublevaron las legiones de Germania y él, Germánico, fue enviado a
reprimirlas, rehusó obstinadamente ponerse al frente del movimiento, como los
soldados querían, para derribar al César recién nombrado. Hubiérale costado
poco al joven general destronar a Tiberio o, por lo menos, ponerle en un trance
apurado. Lejos de esto, «a medida que crecía su autoridad, se esforzaba más en
fortalecer la de Tiberio». Su nobleza en esta ocasión se hizo legendaria. Una
de las «Empresas» de El Príncipe, de Saavedra Fajardo, tiene como motivo
principal el odio con que Tiberio pagó la lealtad de Germánico: «cuanto más
fiel se mostraba en su servicio, menos grato era a Tiberio». Así era el mito.
Todavía se ven en las paredes de algunas casas antiguas las pruebas de un
grabado del siglo XVIII, que representa a Germánico en actitud muy teatral,
intentando traspasarse con su propia espada para no traicionar a su emperador.
Es, en cambio, muy dudoso que Tiberio le pagara en la
misma moneda. Sabemos de cierto que no aprobó la gestión militar de Germánico;
lo cual podría haber sido justo. Pero el pueblo, que estaba más cerca de la
verdad que los críticos de veinte siglos después, percibió claramente lo que
había de censura apasionada en la destitución del joven general del mando de
las legiones. Mommsen justifica esta decisión de Tiberio porque Germánico, por
su propia cuenta y llevado de sus ímpetus, quizá también de los de su mujer,
contrariaba abiertamente la prudente política del César en los países del Rhin.
Pero el hecho es que la disconformidad existió y que no bastó a disimularla el
fastuoso triunfo con que se celebró la llegada de Germánico a Roma,
inmortalizado en el camafeo de la Biblioteca Nacional de París.
Dejando aparte las razones militares y políticas que
pudieran ser favorables a Tiberio, se percibe claramente lo que hubo en esta
medida de satisfacción de su resentimiento por aquella lección que Augusto le
impuso años atrás, enviándole a Germánico, mozo imberbe todavía, a corregirle
cuando mandaba las legiones de Dalmacia. Su heredado orgullo y su vanidad
justificada de militar, profundamente heridos entonces, encontraban ahora su
desquite. Si él fue acusado de excesiva parsimonia, ahora su subconsciencia
acusaba implícitamente a Germánico de excesiva imprudencia; y rodeándole de
honores, como era su táctica, le quitaba de en medio.
El instinto popular, al percibirlo, redobló su adhesión
hacia el general destituido. Y aún aumentó el disgusto de las gentes contra el
emperador y el entusiasmo hacia Germánico cuando éste, poco después, era
enviado al Oriente.
Viaje de Germánico a Oriente. La leyenda del
envenenamiento.
Los panegiristas de Tiberio rectifican airadamente la
torcida interpretación que los antiguos dieron a este viaje. Teóricamente
tienen razón; porque la expedición oriental, por un motivo o por otro, la
habían hecho casi todos los príncipes de Roma; y era un motivo de fasto y casi
una ejecutoria de próximo acceso a la dirección del imperio. En aquellas
provincias lejanas se recibía a los egregios enviados de la Metrópoli como a
dioses. Agripina, la esposa de Germánico, seguramente había oído contar a su madre,
Julia, la recepción maravillosa que ella y su marido habían tenido en
Jerusalén. Y ahora, además de las magnificencias y de los homenajes, había que
resolver graves problemas políticos cuya responsabilidad daba a Germánico una
categoría cesárea. Mas el que todo esto, tan evidente, fuera interpretado en un
sentido adverso por la multitud, demuestra que el pueblo percibía bajo el
brillo de los protocolos el rencor de Tiberio. Los poderosos de todos los
tiempos han sabido vestir, cuando les convenía, de púrpura y de oro o de
embajadas sus castigos. La reputación de hipócrita de Tiberio, que no fue
invención de Tácito, sino verdad incuestionable en la opinión pública de su
tiempo, ayudaba a la sospecha; y, desgraciadamente, los sucesos ulteriores se
encargaron de darle una trágica apariencia de realidad.
La simple murmuración se convirtió, en efecto, en
tumultuoso oleaje de pasiones cuando, unos meses más tarde, el joven guerrero,
que estaba entonces en Siria, después de unas disputas violentas con Pisón, el
gobernador que Tiberio había enviado para tutelarle, caía enfermo y moría poco
después (19 d.C.) con indicios de haber sido envenenado por el propio Pisón, a
instancias de su César. Apresurémonos a declarar que todos los datos que
conocemos coinciden en condenar la especie del envenenamiento como absurda. El
mismo Tácito, testimonio excepcional, lo reconoce así29.
El proceso contra Pisón demostró la inocencia de éste.
Para nuestra conciencia actual, la confirma por completo el que se considerasen
como único apoyo para la acusación del envenenamiento los síntomas de la
enfermedad y muerte de Germánico, argumentos que a la luz de la ciencia de hoy
son sencillamente ridículos. A través de los apasionados relatos se ve bien que
la enfermedad que mató a Germánico no corresponde a ninguna intoxicación, sino
a un proceso febril consuntivo; tal vez una forma de paludismo pernicioso que
pudo adquirir en sus correrías por el Mediterráneo; o tal vez una tuberculosis.
En cuanto a las «manchas lívidas que cubrían su cadáver», a la «espuma que
salía de su boca» y a que «su corazón quedase intacto después de la cremación
del cuerpo», son, todas ellas, señales desprovistas por completo de valor, en
el sentido del veneno que creyeron sus contemporáneos. Vitelo, el acusador,
hizo mucho hincapié, para probar el crimen, en esta integridad del corazón ante
las llamas. De nada les valió a los defensores alegar que, cuando el corazón
está previamente enfermo, resiste al fuego también; y éste, decían, era el caso
del príncipe. Creyeron también todos que la muerte de Germánico había sido
anunciada por un presagio funesto, pues el buey Apis, al que el príncipe
ofreció alimento en su propia mano durante su visita a Egipto, volvió hacia el
otro lado la cornuda cabeza. En el fondo, las gentes querían que fuera cierto
el asesinato del héroe, para blandirlo como un arma contra Tiberio; y cuando el
pueblo quiere hacer la Historia, encuentra siempre un corazón incombustible y
un buey Apis inapetente.
Hay que convenir que, en este caso, el azar, combinado con
la torpeza de los hombres, dispuso, sin embargo, las cosas de tal suerte que la
sospecha del asesinato tenía que convertirse inevitablemente en certeza en la
mente apasionada de los romanos. Primero, la vieja historia de la lucha de
Livia y Tiberio contra los julios y la sospechosísima desaparición sucesiva de
todos los representantes de la casta heroica y democrática, desde Marcelo II a
Agripa Póstumo. Segundo, el brusco traslado de Germánico, desde su mando de las
legiones, al Oriente, tierra remota, llena de promesas de gloria, pero también
de misterios y traiciones. Tercero, el nombramiento de gobernador de Siria en
la persona de Pisón, hombre honesto, pero violento y antipático, muy amigo de Tiberio,
que tenía el encargo de vigilar a Germánico en forma severa, como lo demuestra
la afirmación de Tácito de «haber oído contar a los viejos que en manos de
Pisón se vieron muchas veces papeles cuyo secreto no quería divulgar, pero que,
al decir de sus amigos, contenían cartas e instrucciones de Tiberio contra
Germánico». Además, Pisón estaba casado con Plancina, que pasaba por ser una de
las amigas más íntimas de Livia y que salió absuelta del proceso gracias a la
decidida y visible protección imperial. Cuarto, la muerte inopinada de
Germánico en plena juventud, tenía 33 años, y con síntomas que la ignorancia y
la malicia indujeron a interpretar como de veneno. Quinto, por fin, el que ni
Tiberio ni Livia asistieron a los funerales que Roma, desolada, celebró a la
llegada de las cenizas de Germánico30 el que los funerales fueran, por orden
del emperador, muy modestos31 y el que, habiendo llegado a los oídos de Tiberio
las quejas del pueblo por la falta de esplendor de las honras fúnebres,
contestara quitando importancia a la persona del muerto en la frase siguiente:
«Los príncipes mueren, pero queda la República».
Todos estos indicios produjeron una reacción de verdadera
neurosis colectiva en el pueblo romano, en la que se mezclaba, al dolor por la
muerte del héroe, un sentimiento de odio al emperador32.
Tiberio, vencido por la ola popular, ante la que no supo
nunca reaccionar, cedió cobardemente y dejó condenar, con evidente injusticia,
a Pisón, que se suicidó antes del suplicio.33
En realidad, el César se condenó a sí mismo ante el
pueblo; porque los que acusaban a Pisón creían que éste era sólo un instrumento
del emperador. La sentencia alcanzaba a los dos.
Una fuente nueva e inmensa quedó abierta desde entonces
para nutrir la vena escondida del resentimiento de Tiberio.
Germánico había muerto. Pero quedaba en pie, y con
vitalidad temerosa, Agripina I, cargada, además, de hijos. Desde el primer
momento la simpatía del populacho los envolvió. De todo el público duelo «nada
hirió más profundamente a Tiberio que el entusiasmo de la gente por Agripina;
la llamaban honor de la patria, verdadera sangre de Augusto, modelo único de
las antiguas virtudes». Y esta herida profunda no se desenconaría jamás. Pero
todo esto pertenece ya a la historia de Agripina I que referiremos después.
Ruptura de Livia y Tiberio
Nos queda ahora por comentar la lenta ruptura de los lazos
de la ambición que unía el desacuerdo instintivo e irreparable entre Tiberio y
su madre. Conseguido el poder, el motivo de la alianza se desvanecía. Pero el
ímpetu de dominio de Livia crecía con la edad y no se resignaba a perder su
participación en el principado al quedarse viuda. Tiberio, que no había deseado
el poder, una vez que lo tuvo, no quiso compartirlo con su madre. Al principio,
tuvo que soportar su tutela. Pero al fin, el gallito de la cresta roja,
convertido en ave de rapiña, se decidió a revolverse contra su dueña.
Suetonio describe el motivo de la ruptura, y hay en su
relato tal aire de verdad que lo tenemos que admitir. Después de una disputa
entre la madre y el hijo, Livia, irritada, hizo leer a Tiberio unas cartas de
Augusto que hasta entonces había guardado, en las que el César «se quejaba del
humor acre e intratable de su hijastro». Éste, dice el historiador, «se indignó
tanto de que su madre hubiese guardado durante tan largo tiempo los documentos
mortificantes, que a partir de entonces, y hasta la muerte de ella, sólo la vio
una vez».
La ira de Tiberio se explica. Pocas cosas dan idea tan
clara de la incapacidad para las reacciones generosas como esas exhibiciones de
documentos, que un día fueron expresión de un estado de ánimo que a la hora
siguiente pudo haber desaparecido. Una carta es siempre sagrada; porque es, o
porque puede ser, la expresión de la intimidad de unos instantes de nuestra
alma cuya fugacidad se confía a la lealtad del que la recibe; la
responsabilidad de una carta —y por eso es sagrada— se evapora en el instante mismo
que la sigue, como cada latido del corazón borra los latidos que le
precedieron. Cuando se hace un acto público, se contrae un compromiso que sólo
pueden anular otros motivos públicos también. Pero la intimidad de una carta es
asilo inviolable en el que caben los motivos infinitos que impulsan a nuestro
espíritu a cambiar, y no puede exhibirse nunca como un ancla que ha atado al
pasado nuestra responsabilidad.
Tiberio, retirado en Capri, no volvió, en efecto, a ver a
su madre. Una visita que la hizo el año 22 d.C. durante una grave enfermedad de
ella, fue la postrera. Cuando el año 29 d.C. la anciana volvió a enfermar, ya
para morir, Tiberio, que iba y venía sin cesar desde su retiro a los
alrededores de Roma, no quiso verla y se excusó por escrito aludiendo a sus
muchos quehaceres. Tampoco asistió a sus funerales y ya hemos comentado la
profunda significación de esta ausencia.
«Madre imperiosa» la llama Tácito. Para ella, el hijo fue
sólo un instrumento de dominio. Para Tiberio, su madre fue una aliada en los
odios y nada más.
Cuando Tiberio, a los nueve años, pronunció en público el
elogio fúnebre de su padre, debió morir en su corazón esta madre tan bella, tan
fría, de una rectitud farisaica, que empezaba su juventud deshonrando a un
viejo y poniendo escandalosamente en duda la paternidad del hijo que le iba a
nacer.
Livia fue, sin duda, una de las causas principales de que
Tiberio tuviera tan seco el corazón.
CAPÍTULO IX AGRIPINA, EL MARIMACHO
Hazañas y virtudes de Agripina
Otra mujer en gran parte responsable del inmenso
resentimiento de Tiberio y de su vengativa explosión final, fue Agripina, la
esposa de Germánico; tipo femenino de insuperable interés; constante agitadora
de su medio humano; y madre prolífica, pues, a pesar de su corta vida
matrimonial, tuvo nueve hijos, de los que vivieron seis: Nerón I, Druso III,
Calígula, Agripina II, Drusila y Julia Livila. Puede considerarse a Agripina
como otro ejemplar perfecto de la mujer dominante de la época de los césares; menos
sutil, más violenta que Livia. El busto de Chiaramonti que comenta
Baring-Gould, si no es su auténtico retrato, merecería serlo; por la expresión
varonilmente agresiva de su rostro, a expensas, sobre todo, de la robusta
mandíbula inferior. En las dos familias dirigentes de esta fase de la Historia
de Roma, casi todas las mandíbulas fuertes, signo de energía, pertenecen a
hembras34.
Pero, aun más que el discutible busto, asegura nuestro
juicio la descripción que hacen de su carácter los escritores contemporáneos.
Tácito, partidario suyo, nos habla constantemente de «su aire altanero y alma
rebelde»; del «orgullo de su fecundidad y su insaciable espíritu de
dominación»; y de que «sus pasiones viriles le habían despojado de los vicios
de su sexo femenino»35 observación esta última que hace honor a la agudeza
psicológica del historiador.
La actuación de Agripina al lado de su marido, en la
guerra de Germania, el año 15 d.C. nos da un perfecto retrato de su carácter.
Tácito nos la hace ver interviniendo en los pleitos guerreros a veces tan
activamente, que, por ejemplo, ella, en persona, impidió una vez que los
soldados, aterrados ante un presunto ataque de los bárbaros, destruyesen un
puente sobre el Rhin. «Esta valerosa mujer cumplió en tales días de pánico
funciones de general». Instalada a la cabeza del puente, dirigía a las
legiones, a medida que pasaban, palabras de elogio, de gratitud o de
ardimiento. Su poder en el ejército «era mayor que el de sus jefes». Fue, pues,
un verdadero marimacho.
Basta el episodio referido para darnos cuenta del ímpetu
de Agripina, que, por esos trastrueques de la herencia, había recibido en su
alma y en su cuerpo de mujer todas las cualidades de gran capitán de Agripa, su
padre, que, normalmente, debieron haber recaído sobre sus incapaces hermanos.
Veleio dice de Agripa que era «ávido de mandar a los demás»; que «no sufría la
contemporización y pasaba inmediatamente a la decisión y a los actos»;
finalmente, que «ninguna fuerza humana le pudo jamás vencer». Este retrato del
general puede aplicarse sin cambiar un solo trazo a su hija. La misma anomalía
de cualidades se transmitió a la generación siguiente, pues todos los hijos
varones de Agripina —Nerón I, Druso III, Calígula— fueron de espíritu blando;
y, en cambio, Agripina II, la futura madre del emperador Nerón, tuvo idéntica
viril energía que su predecesora36.
El injerto de una sangre nueva y plebeya como la de
Agripa, en una de estas familias debilitadas por el poder, unas veces refresca
y renueva la vieja sangre cansada, pero otras hace diabluras extrañas como la
que estamos comentando.
Paciencia conyugal y despedida mortal de Germánico
La popularidad que dieron esta conducta y estas hazañas a
Agripina, fue inmensa; y hubiera dejado en situación ridícula a su marido, de
no haber tenido éste, a su vez, una enorme popularidad heredada de la que
alcanzó su padre, Druso I. La gente adoraba a ambos esposos con igual amor.
Pasaban en Roma como ejemplo de perfección y de conyugal convivencia. Pero casi
siempre que un matrimonio se lleva tan bien, es porque uno de los esposos manda
y el otro obedece. No se ha inventado ni se inventará otra fórmula para que los
seres humanos vivan en paz; desde el núcleo social inicial, que es el tálamo,
hasta la nación, que es suma de muchos hogares y el vasto mundo que cobija a
todas las naciones. Lo que importa es que el yugo inevitable se imponga por el
que manda sin insolencia, y se reciba sin humillación por el que obedece. En el
hogar de Germánico es indudable que el timón estaba en las manos enérgicas de
Agripina. El marido, ducho en el arte de la guerra, soportaría con hábil
estrategia los excesos de la pujanza de su mujer, a cambio de su amor, que era
grande y leal, y de su fecundidad deliberadamente copiosa; porque ya por
entonces había mujeres que se avergonzaban de una maternidad que denunciaba sus
años «y a toda costa disimulaban el embarazo, como una carga odiosa»37.
Pero es seguro que muchos días Germánico tendría que echar
mano, para conservar la paz del hogar, de un temple mayor que el que necesitó
para vencer en sus batallas contra los bárbaros. Mas, cuando llegó el trance de
morir, en el que pueden decirse todas las verdades, hasta aquellas que la
conveniencia de cada día ha hundido más profundamente en los arcanos del alma,
el héroe se volvió hacia Agripina, que lloraba a su lado, «y la conjuró por la
memoria de él y en nombre de sus hijos a despojarse de su orgullo y a aprender
a rebajar la altivez de su alma ante los golpes de la fortuna; así como a no
irritar con rivalidades a los poderes supremos cuando volviese a Roma. Es
evidente que el sensato Germánico aprovechó la solemnidad del instante para
decir a su mujer lo que durante muchos años había callado en holocausto a la
paz conyugal.
Ya en otro lugar hemos dicho que a Germánico nos impide
verle en sus reales dimensiones, el resplandor apoteósico de héroe malogrado y
romántico con que sus antepasados han rodeado su figura. Pero creo que yerran
los que le suponen poco inteligente. Las palabras que acabamos de copiar
demuestran una visión clara de la guerra sin cuartel que su mujer iba a
desencadenar contra Tiberio y una certera profecía de sus fatales
consecuencias. Nada muestra la agudeza del entendimiento como su capacidad para
ver a distancia en el futuro. Son también estas palabras una prueba más de la
generosa lealtad del moribundo hacia Tiberio, que no desmintió jamás38.
En Agripina pudo más que la fidelidad a las palabras del
esposo agonizante, el ímpetu de su carácter, monstruosamente agriado por la
certeza de que Germánico había muerto envenenado por orden de Tiberio. Ya hemos
referido esta historia y demostrado que no existió semejante crimen. Mas
Germánico murió convencido de que le habían matado; y su viuda lo creyó para
siempre; acaso porque sólo creemos con verdadera fe, entre las cosas de este
mundo, aquellas que tememos o las que más vehemente deseamos; y lo de menos es
que sean ciertas o no.
Tiberio contra Agripina
A partir de este instante, en efecto, Agripina se
convirtió en la preocupación constante y cada día más enconada de Tiberio. La
antigua enemistad, ya comentada, entre Tiberio y Germánico, era la preparación
para la violencia actual. Ya desde los tiempos en que Germánico guerreaba en
Germania a disgusto de Tiberio, las críticas de éste se fundaban en gran parte
en la actitud excesiva de Agripina, en la que el suspicaz César adivinaba todo
lo que había de peligroso para el porvenir; y, desde entonces, Sejano, su
consejero, y enemigo mortal de Agripina, «se encargaba de envenenarle esta
sospecha».
Tiberio, como buen resentido, no consideraba nunca
suficientemente saldadas sus deudas. Ni la misma muerte de Germánico le hizo
olvidar las agresiones y las impertinencias de Agripina. Antes bien, las
avivaron las teatrales adhesiones populares que la viuda recogió al entrar en
Italia con las cenizas de su esposo. Es, en efecto, muy típico del carácter de
Tiberio, de sus reacciones de lenta incubación, el hecho de que seis años
después (21 d.C.) Cecina Severo se levantaba en el Senado para pedir que a todo
general o magistrado que fuese a provincias, se le impidiese llevar consigo a
su mujer. En su discurso hizo este senador una descripción impresionante de la
perniciosa influencia que la mujer ejerce sobre los gobernadores; y había en
sus palabras alusiones evidentes a Agripina como cuando dice que, a veces,
estas esposas dominantes «se pasean entre los soldados y dan órdenes a los
centuriones»; o bien que «si se las deja, se hacen crueles, ambiciosas y
dominadoras»39.
Cecina era uno de los que mandaban las tropas de Germánico
cuando la sublevación de las legiones en Germania. Fue allí guía y freno del
joven general impetuoso; y había sido por lo tanto, también, testigo presencial
de las proezas extravagantes de Agripina. Y ahora, es más que probable que
muerto ya Germánico, criticaba a la viuda, sin nombrarla, por orden del César;
y quizá desahogaba a la vez antiguas humillaciones que hubo de recibir en los
campamentos, de la imperativa princesa. Le respondió Valerio Mesalino,
defendiendo con elocuencia a las mujeres —y en el fondo a Agripina— y lanzando
a Tiberio la indirecta envenenada de que también Livia acompañaba a Augusto en
sus viajes políticos y guerreros. Y es que, en efecto, si alguna mujer se
pareció a Agripina en Roma, fue Livia, la emperatriz. La discusión terminó
aquí. Tiberio no quiso insistir, pero debió anotar la lección en el archivo de
sus resentimientos. En esa sesión intervino también Druso II, el hijo de
Tiberio, alabando a las mujeres con poca oportunidad, que las sonrisas
maliciosas de los senadores debieron subrayar; pues ya por entonces se decía
que Livila, su esposa, hacía lo posible por dar razón a los detractores de la
virtud femenina. Puede interpretarse este discurso como una argucia de Tiberio
para disimular el efecto del de Cecina, por cuya boca hablaba el propio
emperador.
Poco a poco, la guerra entre Tiberio y Agripina fue
tomando caracteres más graves. La enérgica viuda y sus hijos, sobre todo el
primero y el preferido, Nerón I, se habían convertido en el símbolo de la
gloria juliana, más aún que por derechos de la sangre, por la fuerza del
sentimiento popular. Representaban el prestigio inolvidable de Druso I y de
Germánico y, a la vez, el odio a Tiberio. En torno de ellos se hizo un
verdadero partido que luchaba contra el César. Si durante algún tiempo la mutua
pasión estuvo contenida, se debió probablemente a los esfuerzos con que
Tiberio, en cuya alma ambivalente estaba siempre erecto el buen sentido de
gobernante, trataba de evitar una lucha de consecuencias fatales para Roma.
Además, quisiéralo o no, tenía que contar para su sucesión con los hijos de
Agripina, toda vez que su hijo único, Druso II, había muerto el año 23 d.C.
dejando un solo vástago: Tiberio Gemelo, que por su corta edad y su estulticia
no podía asumir, por sí solo, la responsabilidad de la herencia cesárea. Por
eso asoció a su nieto a los dos hijos mayores de Germánico, Nerón y Druso,
presentándoselos a los senadores y conjurando a éstos en nombre de los dioses y
de la patria a que los cuidasen y educasen40.
Sin duda influyó también mucho en su ánimo, para esta
inicial protección a la familia enemiga, el miedo que siempre tuvo a afrontar
francamente la opinión pública, que era tan favorable al partido de Agripina. Y
es posible, por último, que ésta estuviese en aquellos años protegida por
Livia. Tácito nos dice que ambas mujeres no fueron nunca amigas: «mostraba
Livia hacia Agripina —escribe— toda la actitud de una madrastra, y Agripina
tampoco se sabía contener». Pero moralmente se parecían mucho las dos; se conocían
bien y podían estimarse aunque no se quisiesen, como ocurre tantas veces en la
vida. Sabemos también que a medida que los años avanzaban y se deshacía la
alianza antigua entre Tiberio y Livia, las inclinaciones de ésta se orientaban
insensiblemente hacia los enemigos de su hijo. Esta reacción psicológica es
importante para completar la explicación de la benevolencia tardía de la
emperatriz hacia Agripina. Yo me inclino a admitirla, porque es demasiado
significativo el hecho de que la carta que más tarde escribió Tiberio acusando
a Agripina y a su hijo y que fue como una sentencia para los dos, no llegó al
Senado hasta inmediatamente después de morir Livia. Incluso se dijo en Roma,
que estaba escrita desde mucho antes y que Livia, mientras vivió, logró
retenerla.
Agripina intenta casarse
Pero la tregua se rompió al fin, y estalló abiertamente la
ira de Tiberio contra Agripina. Eran los años últimos, los del humor sombrío
del César; y la valerosa mujer se sintió sucumbir. Ayudaba, además, al tirano,
Sejano, su ministro, que aliado con Livila, la nuera, ya viuda, de Tiberio,
capitaneaba oficialmente el bando contra Agripina, último reducto de la casta
de los julios. Los incidentes de estos postreros episodios de la gran pugna,
serán detallados después, cuando hagamos la historia de Sejano. Ahora terminaré
la de Agripina.
Ésta, cansada de la lucha sin piedad, se alió con Asinio
Gallo, el viudo de Vipsania, e intentó casarse con él (26 d.C.) cuando llevaba
siete años de viudedad ejemplar. El suceso es, sin duda, cierto, pues Tácito
nos dice que lo leyó en las Memorias de Agripina II. La viuda de Germánico, que
parecía inconsolable, llamó un día a Tiberio so pretexto de que estaba —o se
fingía— enferma y le pidió, a boca de jarro, permiso para el nuevo matrimonio.
«Una mujer, le dijo, joven aún (tenía 39 años) y llena de virtud, no puede
encontrar consuelo más que en el himeneo». Pero el astuto Tiberio se dio cuenta
de la intención política del proyecto y negó a la viuda el consuelo que le
solicitaba. Es natural, además, que le hiriese el que el pretendido esposo
fuera el rival de siempre, el mismo Gallo implacable que le había arrebatado
años atrás a su primera mujer.
Aniquilamiento de Agripina y de sus hijos
Sejano, dueño de la voluntad de Tiberio y, al mismo
tiempo, instrumento de las venganzas de éste, apretó el cerco contra la
intemperante viuda y al fin venció. Agripina fue enviada a la isla Pandataria,
la misma que su madre había regado, años atrás, con sus lágrimas de desterrada.
A su hijo Nerón I le confinaron a la isla de Ponza41.
Los dos murieron poco tiempo después: Nerón el año 31 d.C.
y Agripina el 33 d.C. Este mismo año moría también encarcelado en Roma el
hermano de Nerón, Druso III, después de una agonía de tres años, hambriento
hasta el punto de que en sus últimos días devoró la lana de sus colchones.
Sólo quedaba, flotando como un náufrago en este mar de
sangre, Calígula, el que había de ser con el tiempo emperador. Probablemente no
se ahogó también gracias a la ayuda de su abuela Antonia, como más tarde
diremos.
De estos tres hijos varones de Germánico y Agripina, cuya
suerte se jugó en estos días, Nerón I fue el preferido de su madre, por su
condición prudente y modesta. Fue por eso su compañero en la lucha contra
Sejano y el César. Lo que de él podemos colegir a través de los documentos, nos
da la impresión de un hombre débil, de voluntad vacilante, pero no exento de
ingenio y de elocuencia. Tiberio lo acusó, al condenarlo ante el Senado, «de
amores infames y de olvido del pudor»; tal vez de homosexualidad; pero hay que
oír con reserva la voz del resentido César, que, en el fondo, estaba celoso de
la popularidad del joven príncipe. Era ésta, ya lo hemos dicho, inmensa. Cuando
Nerón pronunció en el Senado un discurso en nombre de las ciudades de Asia,
«todos los corazones sintieron una dulce emoción»; porque todos creían ver en
el orador a su padre Germánico, al que recordaba por su aire noble y digno. Y,
como siempre, la popularidad aumentó con la persecución. El día en que Nerón y
Agripina fueron acusados ante el Senado, la multitud alborotada —la plebe y no
los aristócratas como, con evidente error, dicen algunos— paseaba por las
calles sus retratos entre delirantes aclamaciones de desagravio. Sin saberlo,
los que les vitoreaban, les empujaban a la muerte.
Druso III, el segundo hermano, era de carácter muy
apasionado. La preferencia de Agripina por Nerón le impulsó, por celos, a
aliarse con Sejano contra su madre y hermano. Pero al fin Tiberio y Sejano le
eliminaron también, encerrándole en los sótanos del palacio imperial, a
instigación, según se dijo, de su propia mujer, Emilia Lépida42 que más tarde
había de morir acusada de adulterio con un esclavo. Allí murió, de hambre,
después de tres años de encierro.
En cuanto a Calígula, su vida de emperador es
suficientemente conocida para excusarnos la descripción de aquella alma
ignominiosa, de la que dijo Séneca que «la naturaleza parecía haberla creado
para demostrar lo que pueden los vicios más repugnantes en el rango social más
excelso».
La culpa de Agripina
No puede disculparse a Tiberio de la cruel persecución a
Agripina y Nerón. Eran éstos, sin duda, adversos al César; pero no está
demostrado que su culpa fuera lo suficientemente grande para justificar tan
atroz castigo. No hay prueba alguna que nos induzca a creer con certidumbre que
tramaban una conspiración y un regicidio, como dicen los que quieren atenuar la
barbarie del César. En nada indiscutible puede fundarse esta sospecha. Tácito
dice categóricamente: «que no era cuestión de revueltas ni de conjuras»; y que
sólo se acusaba a Agripina por su carácter rebelde y a Nerón por supuestos
amores impúdicos. Otra vez escribe que se trataba «más de palabras imprudentes
de Nerón que de pensamientos culpables». No hay nada más que esto; pero hay,
sí, sobre todo, la popularidad de las dos víctimas, que Tiberio no podía
sufrir.
Algunos han pretendido que fue Sejano y no el emperador el
responsable de la persecución; pero no pueden explicarnos por qué al morir
aquél no perdonó Tiberio a Agripina y a sus hijos, como esperaba el pueblo de
Roma; antes bien, aumentó la severidad de la condena. Él, y no su favorito, fue
el verdugo: cuando murieron Agripina y Druso III hacía dos años que la cabeza
de Sejano había rodado por el suelo. Más adelante volveremos a comentar la real
intervención del ministro de Tiberio en esta tragedia.
Muerte de Agripina
Murió Agripina sin rendirse, fuerte en su fortaleza de
marimacho, que supera a la del puro varón; tal, en suma, como había vivido. Al
ser conducida a su destierro se resistió con tal violencia, que perdió un ojo
en la lucha con el centurión que la vigilaba. Un historiador inglés dice, para
disculpar al centurión, que éste probablemente habría sido maltratado antes por
la indomable princesa: como si los hombres pudieran, ante las mujeres,
reaccionar como los boxeadores. Agripina, perdidas sus últimas esperanzas, se
dejó morir de hambre; y aun esto le fue difícil, pues por orden de Tiberio la
alimentaban a la fuerza. Al fin su obstinación venció y se extinguió
miserablemente su vida.
El César, fiel a su costumbre de prolongar su rencor
después de la tumba, insinuó que el suicidio de Agripina se debió al dolor de
la noticia de que su amante Asinio Gallo había fallecido por entonces. Así
arrojaba la última paletada de deshonor, a la vez sobre el marido de Vipsania y
sobre la enemiga de su casta. Mandó, además, que el día del nacimiento de
Agripina se contase entre los nefastos, y dejó que el Senado envilecido,
consagrase una ofrenda de oro a Júpiter para conmemorar su clemencia por no haberla
hecho estrangular.
Pero su refinamiento llega casi a lo sublime cuando,
apenas muerta Agripina, hizo matar a Plancina, la viuda de Pisón; y no antes
porque como sabía que Agripina la odiaba más que él, no quiso darle el gusto de
verla morir.
CAPÍTULO X LOS HIJOS DE TIBERIO
Druso II, el deportista
El destino implacable de Tiberio, no sólo puso su corazón
a prueba de constantes decepciones en el amor de sus padres y de sus mujeres,
sino también en el de sus hijos. Del adoptivo, Germánico, y de la mujer de
éste, Agripina, hemos hablado ya. Ahora vamos a ocuparnos del hijo de su
sangre, Druso II, y de su mujer, Livila. Su historia y la de Sejano, al que
dedicaremos el capítulo próximo, es necesaria para terminar la de esta inmensa
tragedia de castas.
Druso había nacido hacia el año 11 a.C. Sabemos poco de
él; y este mismo tinte gris con que pasa por el gran escenario de Roma, nos
indica que su personalidad era tan vulgar que no alcanzó a darle brillo ni
siquiera su calidad cesárea. La descripción que hacen de él algunos escritores
modernos es artificiosa. Tal vez de las más perspicaces es la de Baring-Gould,
que nos le pinta como un simpático atleta de Oxford; es decir, no muy
inteligente ni muy culto, cumplidor de su deber; gran bebedor, desordenado en
sus diversiones, y tan capaz de arrancarle la oreja de un puñetazo a cualquiera
en un momento de riña, como de abrazarle jovialmente pocos minutos después. Con
certeza sabemos que su carácter era muy violento y dado a las prácticas de
relajación. Heredó de su padre el amor al vino y se emborrachaba con
frecuencia. Cuenta Dión que una vez que fue con sus soldados a apagar un
incendio fingió que se enfadaba con los pobres vecinos porque pedían agua
desesperadamente. Debía, pues, ser un tanto humorista, herencia también de su
padre.
A éste le entretenían las bromas y aventuras de su
vástago: Tácito dice que Druso era el único que de cuando en cuando alegraba al
sombrío emperador. Sin embargo, le regañaba mucho, ya por motivos fútiles, como
el de que no le gustaban las coles ni las demás excelencias vegetarianas de su
mesa, ya por razones más graves, como su crueldad, que le llevaba a gozar
excesivamente de los sangrientos espectáculos de los gladiadores. Hay que
advertir que, entre otras buenas cualidades, Tiberio tuvo una casi única entre
los emperadores romanos: la de repugnarle estas fiestas e intentar en varias
ocasiones disminuirlas; con lo que no hay que decir que aumentó —y esta vez
para gloria suya— su impopularidad. La ferocidad de Druso llegó a alarmar a las
gentes, y se hizo tan popular que a las espadas muy agudas las llamaban con su
mismo nombre:
Cuando Druso enfermó —y era para morir— su padre, que le
veía tan fuerte, no tuvo alarma alguna; creyó que se trataba de un accidente
más de los muchos que le causaba su intemperancia: hasta ese punto era disipada
su conducta. Ya el año 16 d.C. le había enviado a Illiria para aprender el arte
de la guerra; pero sobre todo para alejarle «de su pasión excesiva por los
placeres cortesanos», que era incorregible.
A pesar de esto fue, según dicen, un buen general: aunque
todos los príncipes de entonces lo eran, pues actuaban asesorados por los
militares más excelsos del imperio; y porque tenían cronistas de cámara, cuya
obligación era ensalzarlos.
En circunstancias difíciles, como en el proceso de Pisón,
demostró un tacto que no correspondía a su juventud, herencia, sin duda, de la
excelencia diplomática de su padre, al que amó mucho. Tácito pudo decir de él
que fue un hijo irreprochable.
Matrimonio de Druso y Livila
No sabemos con exactitud la fecha del matrimonio de Druso
II, pero fue seguramente antes del año 14 d.C. en que ocurrió la muerte de
Augusto, ya que el enlace lo proyectó el propio emperador, con el designio de
unir en una rama las dos rivales de los claudios y de los julios. La esposa,
Livila, viuda ya de Caio César, era prima del nuevo esposo por ser hija de
Druso I, hermano de Tiberio y de Antonia II; hermana, por lo tanto, de
Germánico. Tuvo el matrimonio tres hijos: Julia III, que casó con el desgraciado
Nerón I, cuya triste historia hemos referido ya; y dos gemelos que conoce la
historia con los nombres de Tiberio Gemelo y Germánico Gemelo; este último
murió a poco de nacer, y Tiberio Gemelo unos años después, asesinado por
Calígula.
El matrimonio de Druso II y de Livila era feliz, pero sólo
en la superficie. En un capítulo anterior, hemos referido que cuando la famosa
sesión del Senado, en que se discutió si los generales y gobernadores de
provincia debían o no llevar consigo a sus esposas, y Druso habló en elogio de
la mujer y especialmente de la suya, ésta debía estar ya engañando a su marido,
pues los hijos gemelos, que habían nacido dos años antes, se decía en Roma que
eran ilegítimos. El amante de la princesa y probable padre de la pareja
gemelar, era Sejano, ministro todopoderoso de Tiberio; y si hubiera sido cierta
la versión —que no lo fue— de que ambos adúlteros envenenaron al marido,
mientras éste alababa en público a la esposa, los dos amantes debían estar
tramando su crimen.
Es ésta una de las historias más trágicas que brotan a la
sombra de Tiberio y que el lector de hoy se resiste a creer. Los cronistas de
aquella época nos cuentan, por ejemplo, las bacanales satánicas de Tiberio en
Capri; y con unánime certeza las rechazamos todos y las creemos hijas de la
leyenda, cualquiera que sea la justificación de ésta. Pues con el mismo
criterio, fundado más que en documentos en el buen sentido, nos debemos
inclinar a reconocer la falsedad del parricidio de Livila y su amante; y aun a
acoger con reservas la versión del adulterio.
La razón de esta duda es evidente. Druso II era hijo del
emperador y su seguro heredero; ¿por qué, pues, su mujer iba a unirse con
Sejano, que intrigaba para apoderarse del principado por medios violentos? Se
dijo, en efecto, que Sejano conquistó a Livila con la promesa de casarse con
ella cuando fuera emperador. Salta a la vista, que para escalar la altura
cesárea, Livila sólo tenía que esperar al lado de Druso la muerte natural del
anciano Tiberio, sin complicarse en tantas abominaciones. Si estaba enamorada
de Sejano, podríamos explicarnos su locura; porque todas, hasta las criminales,
caben en el amor; pero no era esta pasión verosímil, ya que Sejano, que
alcanzaba casi la misma edad que Tiberio, era un simple caballero; y aunque
tenía fama de hombre fuerte y gran conquistador, Druso II no era tampoco un
príncipe ridículo, de esos que invitan a la mujer, comprada por el rango, a la
venganza del adulterio; sino, como hemos visto, sujeto bravo y audaz: lo que
hoy llamaríamos un perfecto deportista. Es difícil que en tales condiciones
Livila se decidiese por puro amor a seguir a su vetusto galán, y menos hasta el
crimen. El crítico actual se inclina, por lo tanto, a pensar que lo que hubo de
cierto es que Sejano, por las razones políticas, sobre las que insistiremos
luego, pensó en casarse con Livila al enviudar ésta; y que la fantasía popular
forjó sobre el hecho cierto del intento de boda, la leyenda del adulterio, como
después forjó la del asesinato.
La belleza tardía
Livila era extremadamente bella; y esto predispone a la
calumnia y a la envidia de los demás; sobre todo de las otras mujeres. Fue la
de esta princesa una belleza tardía; la típica de la mujer fatal. De niña, su
fealdad era notoria, pero en plena juventud se compuso su rostro brotando poco
a poco la que Tácito llamó «su rara belleza». Rara es, en efecto, la de estas
mujeres que han luchado en su adolescencia con la falta de atractivos y han
tenido que suplirla con la gracia. Entonces, cuando en esa rectificación del
rostro, que generalmente ocurre en la pubertad, pero que a veces es más tardía,
surge de la vulgaridad la belleza, ésta aparece ungida de la gracia inicial; y
es, por eso, infinitamente más atractiva que la hermosura de la que fue desde
el principio bella. Es seguro que esta belleza y esta gracia, suscitaron la
envidia de otras mujeres; quizá la de la misma Agripina, menos atractiva
físicamente, que la humillaba haciendo ostentación inoportuna de su virtud y de
su honestidad. En aquella sociedad en la que el rumor avieso, la calumnia y la
delación tuvieron tanta eficacia, no es difícil suponer que el amor de Livila
con Sejano fuera una pura invención de las feas, de las bellas sin gracia y sin
partido y de las excesivamente virtuosas.
En todos los tiempos pueden citarse ejemplos de la saña
con que las proletarias de la estética se vengan de las mujeres de belleza
ejemplar; y la venganza consiste casi siempre en inventarles amantes.
Mamerco Escauro. Eudemo, el médico
Pudo ser éste el caso de Livila. De todos modos, no fue
Sejano el único amante que se le achacó; y aunque nadie pondría hoy por su
virtud la mano en el fuego, es lícita la duda. Se dijo que también había tenido
amores con Mamerco Escauro, tipo odioso cuya sola historia hace inverosímil que
cayera en sus redes la atractiva nuera del emperador. Sabemos esta historia
porque el año 34 d.C. muerta ya Livila, se celebró el proceso de este personaje
«célebre por su elocuencia y por sus costumbres infames». Sus acusadores le
achacaban practicar la magia y el comercio adúltero con Livila; y también el
haber representado una pieza llamada Airea, imitando a Eurípides, cuyo
protagonista hacía alusiones políticas que Tiberio creyó, probablemente con
fundamento, que se dirigían a él. Era Mamerco Escauro, de nobilísima familia
romana: una de las que Cicerón tomaba como modelo en sus horas de ambición
juvenil; pero la fama de su nobleza fue empañada por el vaho repugnante de sus
vicios. Séneca le deshonró para siempre en una imprecación que transcribimos,
velada en el pudor de su latín original: «Quid? Tu, cum Mamercum consulem
faceres, ignorabas ancillarum suarum menstruum ore illum hiante exceptere?»
Mucho más verosímil que suponer el adulterio de este noble crapuloso con
Livila, es imaginar que los acusadores infames de aquella triste época
utilizaron el deshonor de la princesa muerta para echar leña al fuego de la
condena de Mamerco, hombre rico, cuya caída suponía pingüe ganancia para los
delatores.
Otro de los adulterios que se atribuyen a Livila fue con
su médico, Eudemo, sospecha incluida dentro de la gran fábula del
envenenamiento de su marido, de la que ahora hablaremos; y digna también de
todas nuestras prevenciones.
La leyenda del envenenamiento de Druso
Del envenenamiento de Druso II puede, en efecto,
afirmarse, sin miedo a errar, que es una pura falsedad; y es incomprensible ver
que algunos historiadores actuales, que hacen prodigios de dialéctica para
disculpar a Tiberio de muchas de sus innegables fechorías, aceptan sin el más
leve intento de crítica esta historia del crimen de Livila, por la sola razón
de que aumenta el martirio del César y con ello se favorece su rehabilitación y
su gloria.
Las pruebas del supuesto crimen son ridículas. Cuando
Druso II murió, a nadie le pasó por las mientes la idea de que le hubieran
matado; ni siquiera como acabamos de ver, a su mismo padre, espejo de
suspicacia. A tal punto debió tener su muerte natural apariencia. Tácito dice
que el veneno era «de acción lenta e insensible; e imitaba los progresos de una
enfermedad natural». Hoy sabemos lo difíciles que son estas imitaciones. En
toda la Historia antigua, es raro el personaje importante de quien no se haya sospechado
la muerte por envenenamiento; y aun en la Edad Moderna es preciso llegar al
siglo XIX, en que se estudiaron científicamente los venenos y sus modos de
actuar y de matar, para que nos convenciéramos de que la mayoría de las muertes
atribuidas al tóxico, lento o rápido, no fueron otra cosa que fantasías del
vulgo y de los historiadores. Aterra pensar el número de inocentes que habrán
sido ejecutados desde que el mundo existe, por la acusación de envenenamientos
que fueron, en realidad, muertes naturales.
Los años de los Césares compiten con los del Renacimiento
italiano, en estas verdaderas epidemias de supuestos crímenes. En el caso de
Druso II, lo único sospechoso de que su fin fuera debido al veneno es la
juventud del muerto, que acababa de cumplir 33 años. Pero la vitalidad de estas
razas, degeneradas por la vida antinatural de la grandeza y por los incesantes
cruces entre las mismas familias, era tan pequeña, que la mayoría de los
individuos no necesitaban de los tóxicos ni de otras violencias para morir sin
alcanzar la madurez. Cuando vemos los bustos y estatuas de los príncipes y
princesas romanos de esta era, dan por lo común la impresión de una debilidad
que el escultor apologético apenas alcanza a disimular. En la familia de
Augusto y de Tiberio, casi todos tienen la frente abombada de los raquíticos,
incluso los que alcanzaron edad provecta, como ambos emperadores. Sobre todo,
las cabezas de los príncipes niños parecen de asilados. Cuando surge una testa
robusta, es la de un hombre próximo al estrato popular, como la de Julio César
o la de Agripa. Un malogrado más por la herencia precaria y por la vida
excesiva fue Druso, a pesar de su aparente robustez de atleta. Nadie pensó, al
saber su muerte, en otra explicación que ésta, la natural.
Mas he aquí que, ocho años después de su fallecimiento, el
31 d.C. a poco de ser ejecutado Sejano, la mujer de éste, Apicata, que había
sido repudiada por él algún tiempo antes para intentar casarse con Livila, al
ver morir a su marido y a sus hijos en el suplicio, decidió suicidarse; pero no
sin enviar antes a Tiberio una carta en la que le revelaba un secreto terrible:
Druso no había perecido, como creían todos, de muerte natural, sino envenenado
por Sejano con la complicidad de Livila, y ayudados por Eudemo, el médico de
Livila y, según algunos, otro de sus amantes43 y por un esclavo llamado Ligdo,
que fue encargado de administrar la droga mortal.
Este Ligdo, eunuco de gran belleza, estaba, según Tácito, unido
a Sejano por lazos infames. No hay que decir que todo el mundo creyó la lúbrica
y macabra historia a pie juntillas. Ligdo y Eudemo fueron sometidos al tormento
y confesaron, claro es, lo que el verdugo quería, es decir su complicidad.
Livila, abrumada por la acusación murió, a poco, de hambre, obligada por su
madre, la severa Antonia.
¿Qué debemos pensar de esta historia de adulterio y de
crímenes? Es demasiada historia, sin duda, aun para los tiempos tiberianos. El
mismo Tácito escribe que «la fama se complace en rodear la muerte de los
príncipes de circunstancias trágicas». Así ocurrió en esta ocasión. Nadie con
mediano sentido puede creer hoy en el envenenamiento de Druso y menos en la
complicidad de Livila. La tardía denuncia de Apicata, si realmente existió,
tiene todo el aspecto de la venganza suprema de una mujer enloquecida de rencor
y de desesperación, que quiso dar a su propia muerte el carácter de una
catástrofe punitiva de sus rivales. La declaración de los cómplices no tiene
ningún valor, como ninguno de los testimonios que la justicia de los hombres ha
arrancado, estúpidamente, durante tantos siglos a la tortura. En cuanto a la
muerte de Livila, nada demuestra tampoco; pudo matarse, como tantos otros
hombres y mujeres de entonces, en que el suicidio era un modo corriente de
poner fin a la vida, sencillamente por no sufrir la vergüenza de la acusación;
pudo también forzarla su madre a morir por el mismo motivo de dignidad; aunque
repugna creer que Antonia fuese capaz de llevar su espíritu romano a este
límite atroz. Pero, en todo caso, es más que probable que Livila murió inocente.
La prueba de la influencia que tuvo el delirio del
ambiente en la génesis de la ficción del envenenamiento está en la intervención
del eunuco, unido por lazos anormales con Sejano y en la del médico, que a su
vez era también amante de Livila; combinación diabólica, superior a cuantas ha
inventado nunca la fantasía de los escritores de folletín. Hay, además, otras
varias versiones del crimen, lo cual aumenta nuestra sospecha de incertidumbre.
¡Una de ellas dice que el propio Tiberio, inducido por la astucia de los
conspiradores, fue el que, sin darse cuenta, hizo beber a su hijo la ponzoña
fatal!
La verdad de lo sucedido, podemos reconstruirla así:
Druso, desde luego, murió de enfermedad, joven, como mueren muchos atletas a
causa de su atletismo y de la vanagloria que les rodea; sobre todo cuando las
fuerzas radicales del organismo son mezquinas. Su viuda, que tenía un hijo
vivo, Tiberio Gemelo, celosa del destino de éste, frente a los hijos de
Agripina, apoyados por un partido poderoso, decidió aliarse para no perder la
partida, con el hombre que más influencia tenía en la política de Roma y en el ánimo
del César, con Sejano. Y pensó casarse con él, como otras princesas de su
sangre habíanse casado con Agripa, simple caballero también, que había hecho su
fortuna al lado de otro César. Tiberio se negó, por el momento, a la boda; pero
bastó el intento —política y moralmente justificado— para que se crease primero
la historia de los amores ilícitos, y después, desenfrenada ya la imaginación
popular, la del envenenamiento.
Un hecho importante que demuestra que todo se redujo a una
frustrada intriga política es que, por esta misma época, Agripina, la rival de
Livila, a pesar de su legendaria castidad y de sus 39 años, quiso, como
sabemos, casarse también. Tiberio se dio cuenta que lo que pretendía era buscar
un jefe influyente a su partido, lo mismo que Livila; y, como a ésta, le negó
el permiso. El sentido legalista del César se ve claramente en las dos
decisiones paralelas.
La «vendetta»
Todo esto que hoy vemos con claridad no lo podían ver
aquellos romanos con el alma tan permeable a todas las interpretaciones
trágicas de la vida de los príncipes. Tiberio fue uno de los que dieron crédito
absoluto a la terrible noticia del envenenamiento de Druso y del adulterio de
Livila. Esta certidumbre, que hizo colmar con un torrente de amargura el vaso
de su resentimiento, lleno hasta los bordes, le aniquiló. Se ha dicho que no
quería a su hijo; y se ha dado como una prueba de su desamor el que, apenas
celebrados los funerales, reanudó con el mismo ímpetu de siempre su vida de
trabajo. Pero es ésta otra calumnia más. Era el César, en su edad avanzada,
frío en sus expresiones, parco de palabra y falto de aquella simpática y
patriarcal alegría con los suyos que tuvo su padrastro Augusto. Mas no hay
razón que nos autorice a suponerle incapaz del amor paternal. Asistió al
funeral de su hijo porque era su deber, y esta clase de deberes siempre los
cumplió. Luego, vencido por el dolor, buscó el consuelo del trabajo. Esto sí
que es romano. Se lo debemos alabar y no buscar al hecho interpretaciones
favorables a su renombre de crueldad.
Pero su resentimiento, atizado por esta desventura, la
postrera y la mayor de todas, explotó en una venganza feroz. En los capítulos
siguientes serán relatados sus trágicos años finales. Al llegar aquí, los que
quieren disculparle no tienen más remedio que rendirse, faltos de argumentos.
El mismo Ciaceri no contradice esta vez a Tácito y reconoce que «Roma, durante
dos años, fue bañada en sangre». Mas se apresura a añadir: «Para los antiguos,
la «vendetta» era casi sagrada».
Para los antiguos como para los modernos, cuando no son
capaces de generosidad. Para los resentidos que viven obsesionados por la
venganza, no para el hombre generoso, especie, por fortuna, de todas las
épocas. Entonces y siempre hubo seres humanos abiertos a la clemencia e
inaccesibles al rencor y a la «vendetta». Lo seguro es que Tiberio no fue uno
de ellos.
CAPÍTULO XI EL DRAMA DE SEJANO
Vida y ambición de Sejano
Hemos aludido constantemente a Sejano y ahora vamos a
hilvanar su historia para no dejarla dispersa en fragmentos. Además, porque en
el calvario de las desilusiones de Tiberio, Sejano representa, al decir de los
historiadores, la de la amistad. Su estudio nos permitirá, asimismo, terminar
la crónica de la lucha entre claudios y julios.
Sejano ha pasado a la Historia como un monstruo de maldad.
Los partidarios de Tiberio acentúan la perfidia de su ministro para exculpar al
príncipe y trasladar a aquél la responsabilidad de sus últimas crueldades. Y
los enemigos la acentúan también para que, a través del ministro infame, se
juzgue de la infamia del César. De este modo, hostigada por unos y por otros,
la memoria del valido se desliza por el escenario de la Roma antigua cubierta
de perfidia y deshonor.
Tenemos una descripción apologética de Sejano en Veleio44
que le conoció personalmente.
“Hombre de una gravedad serena, de una alegría que
recuerda a la de nuestros abuelos; es activo sin parecerlo, no reclama nada
para sí y por lo mismo todo lo obtiene; se cree siempre indigno de la estima
que los demás le acuerdan; su rostro es tranquilo como su vida; su espíritu
vigila siempre». Frente a este juicio, Tácito nos dice: «su alma era audaz;
hábil para disimular y para confundir a los demás; trepador y orgulloso a la
vez, ocultaba bajo las apariencias de la modestia una sed desenfrenada de grandezas;
para llegar a donde quería, afectaba, a veces, la generosidad y el fasto;
otras, la vigilancia y la actividad». Es difícil encontrar la verdad justa
detrás de esos dos retratos contradictorios, trazados, uno con el pincel de la
adulación, y el otro con el del desprecio.
Era Sejano, o Aelio Sejano, porque fue adoptado por la
familia Aelia, hijo de Seio Estrabon, simple caballero de origen toscano que,
bajo Augusto, llegó a ser por sus méritos gobernador de Egipto y comandante de
las cohortes pretorianas; puestos los dos de confianza suma. Hizo un buen
matrimonio con una mujer de la familia de los junios. Su hijo, Sejano, decidido
a tomar buenas posiciones en la vida desde su principio, casó joven con
Apicata, hija del rico Apicio, sin que al parecer le trastornase el amor: a
esto se refiere Tácito cuando nos dice que se prostituyó por el dinero de
Apicio45.
En el año 1 a.C. le vemos formar parte del séquito de Caio
César en el solemne viaje de éste al Oriente, lo cual indica que Augusto, que
con tanto empeño había preparado esta expedición, trasmitía ya al hijo la
confianza que tenía en su padre. El hábil Sejano, no obstante, jugaba ya su
carta al sol naciente, al futuro emperador, que según sus cálculos era Tiberio,
a pesar de que estaba entonces en desgracia y retirado en Rodas. Este juego a
la carta futura, a la que no todos creen la buena, contra la cierta y presente,
es típico de los grandes ambiciosos; en un libro reciente me he ocupado de la
cuestión. Caio llevaba como gran mentor a Marco Lolio, enemigo de Tiberio, que
atizaba la enemistad entre los dos príncipes: el que parecía ascender, Caio, y
el que parecía declinar, Tiberio. Sejano contrarrestaba a favor de Tiberio la
mala influencia de Marco Lolio. Sejano fue más eficaz, y a poco, Lolio caía en
desgracia. Aquí puede suponerse que nació la amistad, que había de hacerse
histórica, entre Tiberio y Sejano.
En el mismo año 14 d.C. en que muere Augusto y le sucede
Tiberio, vemos a Sejano de lugarteniente de su padre y en seguida de sucesor
suyo al frente de las cohortes pretorianas. Éstas, que estaban dispersas en
varios cuarteles de Roma y de fuera de la ciudad, fueron reunidas en un único
campamento. De este modo, Tiberio se apresuró a preparar su defensa personal
apoyándose en las cohortes unidas y disciplinadas, bajo el mando de un hombre
enteramente suyo: es un rasgo típico de su psicología llena de suspicacias y
precauciones. Otra prueba de la confianza del nuevo César en Sejano es que
cuando este mismo año se sublevaron las legiones en la Pannonia, y Druso II, el
hijo del propio Tiberio, fue enviado a sofocarlas, iba a su lado como consejero
Sejano, ya entonces «todopoderoso cerca del emperador». Y, a la vez, actuaba en
contra de Germánico, que por aquellos días luchaba contra las otras legiones,
también sublevadas, en Germania. Sabemos que era él el que, sutilmente, atizaba
en Tiberio el resentimiento que le causaron las adhesiones fervorosas de los
soldados a Germánico y las intromisiones varoniles de Agripina I.
La fortuna del ministro a partir de entonces fue
extraordinaria. Es evidente que el jefe pretoriano tenía en su mente, como
supremo modelo, el ejemplo aun no remoto de Agripa: simple caballero como él,
que terminó siendo colega de Augusto, esposo de su hija y presunto heredero del
sumo poder. Sejano alcanzó, como Agripa, que su imagen figurase al lado de la
de Tiberio, en los sitios de honor de la ciudad, en las insignias de las
legiones46 y hasta en las monedas, como en algunas de las encontradas en nuestra
hispánica Bilbilis; que fuera designado cónsul, como colega del propio César,
para el año 31 d.C. (el mismo en que había de morir) y, por último, que Tiberio
le prometiera su ingreso en la familia imperial mediante el matrimonio «con
alguna de las princesas» de su casa47.
La reproducción exacta de la fortuna de Agripa parecía,
por lo tanto, lograda por el audaz ministro. Su error consistió en olvidar que
él no era Agripa y que Tiberio no era Augusto. Augusto poseyó la virtud de la
generosidad, que es la contraria a la pasión del resentimiento, que atenazaba a
Tiberio.
Agripa fue un gran hombre de Estado y un gran general, del
que pudo decir Horacio que sus hazañas necesitaban, para ser cantadas, otro
Homero; para él, lo importante era la actividad eficaz, y sólo, como añadidura
del goce de la acción, le importaba el triunfo; mientras que Sejano era un
hombre de cualidades superficiales; hipnotizado por el triunfo y, atento a la
meta, no sabía dónde apoyaba el pie para avanzar. Como casi todos los hombres
que conocen bien a las mujeres, conocía mal a los hombres; ignoraba, por
ejemplo, las reacciones de violencia de que son capaces las almas de los
tímidos. Esta ignorancia le perdió. Creyó que dominando a Tiberio lo tenía todo
en su mano; y, acaso, perdida ya la cabeza, pensó en llevar su ambición hasta
más allá del crimen, frontera a la que el recto Agripa no se hubiera acercado
jamás.
Intrigas de Sejano
Por eso le vemos complicado en oscuras y múltiples
intrigas al final del reinado de Tiberio; sobre todo después que, muerto el
hijo de éste, Druso II, se planteó agudamente el problema de la sucesión.
Sabemos ya que el César había adoptado a su nieto Tiberio Gemelo, asociándole a
los dos hijos mayores de Germánico: Nerón I y Druso III; y que, al principio,
mantuvo esta juiciosa unión.
Pero a poco, su sensatez de gobernante empezaba a ser
superada por su resentimiento. Un año más tarde (24 d.C.) enviaba, en efecto,
una dura reprimenda a los cónsules y pontífices porque éstos, sin duda por
halagar al César, habían encomendado a los dioses a estos mismos príncipes. Su
cambio de actitud se debió, como sabemos también, a que Nerón, al lado de su
madre, empezaba a ser popular y a tener en torno suyo un partido, como su padre
y su abuelo. La impulsividad de Agripina animaba a esta popularidad y a la vez
atizaba la reacción agresiva del emperador. Pero era, seguramente, Sejano el
que encarecía a Tiberio los peligros del partido de los últimos julios,
excitándole a proceder contra él y especialmente contra sus cabecillas.
Que Sejano jugó este papel, está fuera de toda duda.
Tácito nos cuenta que era él «el que animaba la cólera imperial»; el que le
hacía ver «a la República devorada por una guerra civil y el nombre del partido
de Agripina pronunciado por hombres envanecidos de pertenecer a él». Entonces
fue cuando Livila, que quería la supremacía de su hijo Tiberio Gemelo sobre la
de los otros herederos, Nerón y Druso, buscó un apoyo en Sejano con el que
intentó casarse, proyecto que caía como la lluvia en el terreno sediento de la
ambición del ministro. Para contrarrestar esta alianza, sabemos también que
Agripina intentó, a su vez, casarse con Asinio Gallo. Y conocemos la negativa o
el aplazamiento prudente y solapado que Tiberio dio a ambos proyectos
matrimoniales, porque comprendía que el realizarlos equivaldría, no a dar
maridos a dos viudas más o menos inconsoladas, sino el dar dos jefes efectivos
y oficiales a la guerra de las dos castas.
A pesar de esta evasiva de Tiberio para el matrimonio, la
influencia de Sejano era casi absoluta sobre el decadente César. Se contentó
con la esperanza, para más adelante, de la boda; y —como hacen los hombres
hábiles— lejos de enojarse, redobló su asiduidad y sus servicios al viejo
Tiberio, resentido y asqueado de cuanto le rodeaba, hasta conseguir que se
retirase, dejando sus responsabilidades de príncipe a la merced de su
secuestrador. Éste aprovechó bien su situación, y, al fin, la balanza de la arbitrariedad
imperial se inclinaba en contra de Agripina y de sus hijos.
Procesos de Silio y de Sabino
La ofensiva no empezó descaradamente contra éstos, sino
contra dos hombres representativos de su partido: G. Silio, gran militar, que
había alcanzado siete años antes los honores del triunfo en Germania; muy amigo
de Germánico y casado con Sosia Galla, que gozaba de la intimidad de Agripina;
y Tito Sabino, caballero dignísimo que supo tener esa virtud, tan rara y tan
noble, de acompañar en la desgracia a los que le tuvieron cerca en la fortuna.
Silio se suicidó para no ser ejecutado (24 d.C.) El proceso contra Sabino,
planeado a la vez que el de Silio, no se verificó hasta cuatro años después (28
d.C.) Condenado a perder la vida, murió valerosamente, gritando a voces su
inocencia y la maldad de sus verdugos, que tuvieron que sofocar sus palabras
justicieras, amordazándole con su propia túnica: inútil recurso, porque aun las
estamos oyendo.
La muerte de Sabino impresionó tanto al pueblo, que pronto
se creó sobre el suceso esta leyenda: el perro de la víctima no quiso abandonar
el cadáver; mientras éste estuvo expuesto en las Gemonías, el fiel can le
llevaba alimentos en la boca y los dejaba junto a la boca del muerto; y cuando
el cadáver fue arrojado al Tíber, el animal se lanzó al agua y sostuvo el
cuerpo a flote, ante la admiración del pueblo, que se agolpaba en las
orillas48. El perro simboliza aquí claramente la virtud y la fidelidad frente a
la infamia del poderoso.
Ambos procesos fueron modelo de maldad y de hipocresía.
Sobre todo es repugnante el de Sabino; lo recordaremos porque parece historia
de todos los tiempos. Cuatro antiguos pretores, que aspiraban al consulado,
idearon, para hacer méritos ante Sejano, ofrecerle la cabeza de Sabino; se
llamaban —debe repetirse el nombre de los malvados— Latino Laciano, Forcio
Cato, Petelio Rufo y M. Opsio. Laciano se fingió amigo y confidente del infeliz
Sabino y excitó con sus mentidas críticas a Sejano y a Tiberio, la natural
aversión que el amigo de Germánico sentía hacia el César y hacia su ministro. A
pocas conversaciones más, Sabino confiaba al traidor Laciano todos sus
pensamientos. El día convenido para su pérdida, llevó Laciano a la víctima a su
casa y provocó de nuevo la conversación, con tal arte, que Sabino explayó con
palabras más duras que nunca, su dolor por la muerte de Germánico y su
indignación contra Tiberio y el favorito. Ignoraba que a través de agujeros
artificiosamente preparados, le escuchaban los otros tres cómplices, escondidos
en un desván; y que, a las pocas horas, el testimonio detallado de su discurso
estaba en poder del César. El efecto que esta infamia causó en la ciudad fue
inmenso. «Jamás —dice Tácito— jamás la consternación y el miedo reinaron como
entonces en Roma.» Ya nadie dudó de la suerte que esperaba a Agripina y a sus
hijos y secuaces.
En el capítulo anterior hemos dicho que probablemente
Agripina y los suyos fueron defendidos de esta amenaza por Livia. Pero ahora
debemos añadir que otra mujer velaba también por ellos o, por lo menos, por el
menor de los hijos de Germánico, por Calígula; esta mujer era Antonia, viuda
impecable de Druso I, de la que hablaremos por lo largo más adelante.
Persecución contra Calígula e intervención de Antonia
Antonia no quiso o no pudo evitar la condena de Agripina,
que era la víctima más amenazada por su larga historia de imprudencias y
apetitos desordenados de venganza y de poder. Con ella cayó Nerón, su hijo
predilecto, que estaba envuelto en su misma popularidad; y Druso III, unos años
después.
La habilidad de Antonia se concentró desde entonces en la
defensa del hijo más pequeño, Calígula, el único superviviente.
La mayoría de los historiadores han puesto de relieve la
persecución de Sejano contra Agripina y sus dos hijos mayores, pero apenas
hacen alusión a la persecución contra Calígula, que, sin embargo, es
incuestionable; y de gran importancia para nuestra historia. En efecto, sabemos
que apenas desterrada su madre (29 d.C.) Calígula fue recogido por su bisabuela
Livia, y que al morir ésta, poco después, pasó a la casa de su abuela Antonia.
Tenía entonces 17 años. Con Antonia vivió, en Roma, hasta dos años después, el
31 d.C. en que Tiberio les hizo ir a los dos a Capri, seguramente muy poco
antes de la caída de Sejano49.
Todo esto, que indica la voluntad de las dos mujeres,
Livia y Antonia, de salvar a Calígula, nos lo refiere con certeza Suetonio. Es
indudable que tales cuidados se debían a que Sejano meditaba también la
eliminación de Calígula: era el último julio y debía perecer como los demás. En
la serie de procesos que siguieron a la ejecución del favorito, figura uno
contra Sexto Paconiano, antiguo pretor, acusado de ser el instrumento de Sejano
para preparar la desgracia de Calígula. En los cargos que se hicieron a otros
acusados figuran también ataques que dirigían a este príncipe: tal ocurrió en
los procesos contra Mesalino Cota y contra Sexto Vestilo; ambos, amigos de
Sejano, fueron acusados de haber calumniado a Calígula, motejándole por sus
costumbres corrompidas, probablemente homosexualidad e incesto. Es, pues,
seguro que desde las alturas se urdía la pérdida de Calígula y no sólo la de
sus hermanos.
Todo parecía, por lo tanto, asegurar el triunfo del
ministro y el aniquilamiento de los julios, cuando surge una mujer, Antonia,
que con un golpe teatral, de fortaleza y de audacia, supo cambiar de repente el
ánimo del emperador, derribando al valido todopoderoso y asegurando en Calígula
la sucesión de la casta que parecía vencida. Misterio es de los designios de
Dios el haberlo permitido; porque el último julio fue vergüenza de su familia y
horror de la posteridad. He aquí cómo sucedió todo esto.
Caída y muerte de Sejano
El año 31 d.C. Tiberio, que estaba en Capri, tan vigilado
por Sejano que toda su correspondencia era minuciosamente intervenida, recibió
una carta de Antonia, que ésta logró hacerle llegar desde Roma por medio de un
hábil y fiel liberto llamado Palas. En esta carta acusaba a Sejano de tramar
una conspiración contra el César. Es probable que Tiberio meditase desde tiempo
atrás, como era su costumbre, la pérdida de Sejano. La gente venía
sospechándolo; y ya algunos de los antiguos aduladores del favorito empezaban a
volverle la espalda; síntoma infalible, cuando los poderosos comienzan a
flaquear. Si esto era así, la carta de Antonia no hizo más que precipitar una
decisión ya concebida. El hecho es que, apenas leída, Tiberio resolvió
deshacerse de su ministro, con esa ferocidad de los débiles cuando se rebelan
contra el que los domina, concentrando en un instante, convertida en odio, la
sumisión de toda una vida. Pero derribar a Sejano era empresa difícil, porque
el jefe de los cohortes tenía, no sólo a éstas en la mano, sino una ancha red
de partidarios en la ciudad, entre libertos, caballeros y senadores, que a toda
costa le sostenían. Sin embargo, Tiberio, que conservaba aún toda su astucia,
logró derribarle gracias a un plan que ideó cautamente y que llevó a cabo
Macrón, el que mandaba las cohortes de guardia en Capri; y a partir de este
instante, sustituto de Sejano en el oficio de báculo de la voluntad claudicante
del César. Los panegiristas de Tiberio interpretan la maniobra contra Sejano
como una prueba de habilidad del César; y no es habilidad, sino obra maestra de
doblez y de hipocresía.
Macrón fue a Roma llevando, según dijo a Sejano, una carta
dirigida por Tiberio al Senado, en la que se concedían al ministro honores
magníficos, entre ellos, el máximo: el poder tribunicio. Sejano se dejó
alucinar por la vanidad y acudió alegremente a la trampa que le tendían: el
ambicioso sin tino muere siempre con esta simplicidad y por do más pecado
había. Mientras, henchido de orgullo, se dirigía al Senado para asistir a su
propia glorificación, Macrón corría al campamento de los pretorianos y les mostraba
otra carta de Tiberio en la que destituía a Sejano de su mando y nombraba en su
lugar al propio Macrón. Era éste el momento difícil —el minuto crítico de toda
conjura— pues todo dependía de que los soldados fuesen o no leales a su jefe
contra el César, o a éste contra aquél. Nadie podía preverlo. El trance resultó
bien para el emperador. Las cohortes juraron fidelidad al nuevo jefe; es cierto
que con la ayuda de un copioso premio en metálico que Tiberio les prometió:
aceite que milagrosamente suaviza las rigideces de las humanas decisiones.
Mientras era así destituido de su fuerza militar, Sejano
oía en el Senado la lectura de la ansiada carta del emperador; una carta muy
larga en la que Tiberio empezaba, cautelosamente, elogiando a su ministro;
pero, poco a poco, se iba trocando la alabanza en crítica y después en
acusación, terminando con la orden perentoria de su arresto. Los senadores,
tras un momento de estupor, accedieron: sobre todo en cuanto se enteraron de
que la guardia pretoriana estaba ya del otro lado. Algunos de ellos —tal vez los
que hicieron más aspavientos de sorpresa- es lo probable que tuvieron aprendida
de antemano su lección. Nadie se levantó para defender al caído. Y aquel mismo
día, 18 de octubre del año 31 d.C. Sejano era juzgado y condenado a muerte.
Su cadáver fue durante tres días arrastrado y hecho
cuartos por las calles de Roma; cuartos tan pequeños que sabemos por Séneca que
el verdugo no encontró uno solo lo suficientemente importante para poder
exponerlo en las Gemonías. Su hijo mayor, Estrabón, era ejecutado poco después;
y más tarde, los tres más pequeños: Capito, Elio y Junilla; esta última, niña
impúber, en las circunstancias de crueldad repugnante que después se dirán.
El efecto que la caída imprevista del ministro causó en
Roma debió ser terrible. Un escritor de la época llama a Sejano «hombre más
famoso por su desgracia que por su fortuna», y eso que ésta fue grande: es el
sino de todos los privados de los dictadores. Juvenal dice que el favorito, con
su sed de honores y de riquezas, «construía los pisos numerosos de una torre
inmensa que debía, desde su altura, hacerle la caída más rápida y más
peligrosa». Y al espectáculo de la desgracia del que fue todopoderoso se unía
el temor de que, tras él, cayeran todos los suyos; como así ocurrió, inundando
de sangre y de dolor la gran ciudad.
La culpa de Tiberio y la de Sejano
Ahora comentaremos la conducta de Sejano. La de Tiberio
fue repulsiva. Suetonio dice que el César procedió «más con los artificios del
engaño que con la autoridad del príncipe»; y califica la carta del César al
Senado «de misiva vergonzosa y miserable». El juicio es, en realidad, benévolo.
¿Cuál fue la culpa de Sejano? La versión que pudiéramos
llamar oficial nos dice que el ministro, ensoberbecido, sufrió la borrachera
del poder y conspiró para matar a Tiberio y sucederle en el principado. Mas no
todos los historiadores están conformes con esta explicación. Algunos se
extrañan, en efecto, de que un hecho de esta magnitud sea citado vagamente por
Suetonio y por Tácito, apenas por Dión y sólo referido con detalles por un
historiador provinciano como José50.
Además, añaden, si Sejano pretendía el principado, le era
más fácil esperar a la muerte del viejo César que comprometerse en los peligros
de la conspiración y el crimen.
Pero cuando se estudian con detenimiento los hechos no
queda duda de que Sejano tramaba una conjura cuyo fin sería difícil de precisar
con exactitud, pero de la que él, desde luego, iba a salir ganando. Aun cuando
algunos historiadores no hablen de tal complot, hemos de dar más valor a los
que lo refieren. En la ciencia, y la Historia debe serlo, los datos positivos
son los que cuentan. Tácito mismo, a pesar de que el texto en que debiera
contarse este suceso está en gran parte perdido, cuando en las páginas
posteriores alude a él, nos da la impresión de que admitía como cosa segura la
conjura51.
Y en cuanto a la lógica de ésta, es evidente: Sejano, en
condiciones normales, es decir, después de la muerte natural del emperador, no
podía aspirar a sucederle, una vez que éste obstruyó el único camino legal
posible, que era el de su matrimonio con Livila. Los honores que Tiberio
derramó sobre Sejano suponían, a lo sumo, la posibilidad de alcanzar el puesto
de tutor de los herederos legítimos, hasta que tuvieran la experiencia de
mandar; en modo alguno el designio de que el heredero fuera él. Por lo tanto,
si realmente Sejano ambicionaba la herencia imperial, el único camino era la
violencia, apoyándose en sus cohortes y a favor de la senectud y de la inmensa
impopularidad del César. Que el proyecto no era disparatado lo demuestra el
que, como recuerda Duruy, desde el 14 al 96 d.C. de diez emperadores, siete
murieron asesinados; y a casi todos ellos les sucedieron sus asesinos.
Aun cuando Suetonio apenas se refiere a la conspiración,
nos da, sin embargo, un dato que en efecto concuerda con la realidad de
aquélla. Dice que Tiberio escribió en sus Memorias que había castigado a Sejano
al descubrir su odio implacable a los hijos de Germánico. Sin duda es éste el
momento de la intervención de Antonia. Ésta debió hacer ver a Tiberio que el
celo con que Sejano perseguía a sus nietos era tan excesivo que dejaba
transparentar su verdadera intención, es decir, no castigar las inquietudes, las
impertinencias y las hostilidades de casta de Agripina y de Nerón, sino
exterminar a toda la familia, quedando él como sucesor indiscutible; y
sacrificando, si fuera preciso, al propio César. Entonces fue cuando Tiberio
hizo conducir a Capri a Antonia y a Calígula y salvó a este último de la
inminente amenaza. Queda bien explicada así la intervención de Antonia, que
aprovechando el temor y el orgullo de Tiberio logró satisfacer su amor de
abuela y su celo de defensora de la casta Julia, que parecía en trance de
desaparecer. Su madre Octavia y el divino Augusto debían sonreírle desde la paz
de ultratumba.
Por qué se salvó Calígula
Queda otro punto por explicar. ¿Por qué, en efecto, al ser
advertido Tiberio por Antonia de los proyectos de exterminación de Sejano, se
apresuró a salvar a Calígula y no a sus hermanos, que estaban en el mismo
peligro que él? El espectador que contempla desde nuestra época, con veinte
siglos de distancia, aquella inmensa tragedia, puede reconstruir las fechas y
los sucesos, pero no penetrar, sino a tientas, en el arcano de las almas. Mas
con estas salvedades podemos pensar que Agripina y sus dos hijos mayores, los
que habían incomodado notoriamente la paz pública, de la que tan celoso era
Tiberio, sufrieron hasta el final su rigor. Y que Calígula, en cambio, se salvó
porque no estuvo nunca al lado de su madre, sino en el bando del emperador; ya
por cálculo —poco probable, dada su estupidez— ya por los sagaces consejos de
su abuela Antonia. Que así fue nos lo demuestran estas palabras de Suetonio:
«En Capri, a pesar de las insidias con que algunos le querían hacer hablar (a
Calígula) jamás se consiguió oírle una sola queja: parecía haber olvidado las
desdichas de los suyos, devorando con increíble disimulo sus propias afrentas y
mostrando tanta sumisión y respeto a su abuelo Tiberio y a los que le rodeaban
que, no sin razón, pudo decirse de él que no hubo nunca mejor esclavo de un tan
gran señor». Explica esto suficientemente la diferente suerte de Calígula y de
sus hermanos. Aun después de la muerte de Tiberio, Calígula, que era ya
emperador, justificaba la conducta de aquél contra su propia madre y contra sus
hermanos, diciendo que Tiberio se vio obligado a proceder con rigor contra
ellos, presionado por los senadores, a los que llamaba «clientes de Sejano»;
defensa, desde luego, inaceptable, porque Tiberio sabía hacer lo que le parecía
bien, aun contra el criterio del Senado, que, por cierto, sólo una vez en todo
el reinado se atrevió a estar en desacuerdo con el emperador. Además, la muerte
de Sejano y de los senadores que le seguían hubiera, de ser cierta esta
versión, cambiado la actitud rigurosa de Tiberio contra los hijos de Agripina;
y hemos visto que no fue así; y que su odio —sin senadores que le empujasen—
sólo se detuvo en la muerte.
La intervención decisiva de Antonia y la hipócrita
conducta de Calígula explican, pues, no sólo el que éste se salvara, sino el
que fuera asociado, en la herencia del imperio, al nieto directo del César,
Tiberio Gemelo; y con un rango preferente. Tiberio, en su testamento, hecho dos
años antes de morir, nombraba, en efecto, a ambos jóvenes herederos,
estableciendo que mutuamente se sucediesen con arreglo a su diferente edad, es
decir, dando a Calígula la preferencia por tener más años. Pero esta diferencia
era pequeña: Calígula tenía 25 y Tiberio Gemelo 18. Las razones de protocolo de
la edad no hubieran sido obstáculo para haber preferido, de quererlo, al más
joven que, además, era su más directo sucesor. Puede, por lo tanto, pensarse
que hubo otro motivo de más fuste; y este motivo hay que buscarlo en la
influencia de Antonia. ¡Quién sabe si en la relativa preterición de Tiberio
Gemelo influyeron también los rumores que corrían por Roma, de que no era hijo
legítimo, sino fruto de los amores de Livila con Sejano, de aborrecida memoria!
La moral de Sejano
Sejano era ese prototipo del ambicioso, más que malo,
amoral, que aparece en todas las cortes corrompidas.
Era audaz, generoso, fuerte52 y de aspecto agradable. Fue
un gran conquistador: «el amante de las mujeres de todos los ciudadanos
ilustres», nos dice Dión; y a todas —como los estudiantes a sus novias, o los
soldados a las criadas; y, también, Don Juan Tenorio a sus víctimas— las hacía
caer en sus redes prometiéndolas que se casaría con ellas.
No hay en su vida indicios de que cometiera otras torpezas
que aquellas de las que es capaz cualquier botarate en un medio social
corrupto. Al fin se despeñó por el abismo de la ambición; pero no debemos
culparle excesivamente. Si persiguió a los hijos de Germánico, es evidente que
lo hizo sirviendo, por lo menos al principio, los designios de su amo y señor.
Si fuera cierto que conspiró contra éste, habría que pensar antes que
reprocharle, en los motivos de su rebeldía. En la Historia, muchas conspiraciones
han sido moralmente justas: porque la ley no coincide siempre con la virtud y
con la razón. Probablemente no pocos hombres rectos de hoy hubieran sido
también conspiradores al lado de Sejano. Por lo menos, ante este pleito, ya
fallado por la Historia, nuestra piedad se inclina más hacia el conjurado que
pagó con su martirio su culpa, que hacia el príncipe resentido y cruel que
murió de viejo en su casa.
La ley monstruosa
Mientras Tiberio aguardaba en Capri las noticias de Roma,
rodeado de sus pretorianos y con un barco con las velas tendidas y los remeros
en sus bancos, listos para huir, si su plan hubiera fracasado, Sejano era
descuartizado por la eterna y abominable barbarie del populacho.
Sus pecados los pagó en esta vida. Y hay un último
episodio, en la historia de su castigo, que le absuelve de todo y que le habría
absuelto aunque hubiera sido mil veces peor; el episodio más tierno y el más
inhumano de esta historia tremenda, cuya versión tacitiana ha corrido por
tantos libros, pero que se debe contar otra vez y con las mismas palabras
inmortales: «Aunque la cólera del pueblo empezaba a declinar porque los
primeros suplicios habían calmado ya los espíritus, se resolvió actuar contra
los últimos hijos de Sejano. Se los llevó a la cárcel. El hijo preveía su fin.
La hija estaba tan lejos de sospecharlo que preguntaba a todos que cuál era su
culpa y que a dónde la llevaban; y añadía que no lo haría más, como los niños a
los que se quiere castigar. Los autores de estos tiempos refieren que, como las
vírgenes no podían sufrir la muerte de los criminales, el verdugo violó a la
niña inmediatamente antes de ahorcarla. Después de estrangulados, los cadáveres
de los dos hermanos fueron arrojados a las Gemonías».
Muchos historiadores, a partir de Voltaire, han puesto en
duda este alucinante crimen. Pero con la misma razón podríamos negar todo lo
demás que Tácito nos cuenta y no sólo lo que no nos conviene creer. La lógica
de las almas es tan favorable a admitir el bárbaro atentado de Tiberio, que
pensamos que, si no fue verdad, pudo serlo; porque Tiberio era capaz de los
crímenes más monstruosos por atenerse a la letra de la ley. Su justicia era la
del puritano, que es siempre un mal juez. Por eso Montesquieu, comentando este
pasaje, escribió las palabras que la Revolución hizo famosas: «Tiberio, para
conservar las leyes, destruyó las costumbres». Pero muchos años antes que él lo
había dicho un gran comentarista español de Tácito, Álamos de Barrientos, que
anota el margen de esta misma página:
«Tanto pueden la razón y el alma de las leyes, que no se
cumple con ellas cuando sólo se satisface su letra.»
Este gran crimen puso fin a la lucha de castas.
TERCERA PARTE OTROS ACTORES
CAPÍTULO XII TERENCIO
Un discurso ejemplar
En los años que siguieron al suplicio de Sejano, la
venganza de Tiberio fue implacable. La azuzaba la delación interesada, planta
abominable de todas las épocas de terror en las sociedades humanas. Los que
habían sido amigos del ministro infeliz fueron, uno a uno cayendo; y a su lado,
otros en los que esta amistad fue inventada como pretexto para perderlos y para
arrebatarles la jerarquía social o la hacienda. La Historia se repite. Ni los
cronistas antiguos ni los modernos comentadores han podido atenuar el horror de
estos años de pesadilla. Por encima de todos los aciertos de gobierno de
Tiberio, por encima de su talento de militar y de sus episódicos rasgos de
justicia, sobresaldrá siempre la visión del viejo tirano, encerrado en su isla
con su resentimiento, que es peor que con sus vicios; y fulminando desde allí
sus implacables sentencias. «Los suplicios irritaban su crueldad», dice Tácito;
y esta impresión de borrachera sádica de dolor, que acabó acometiendo
ciegamente a la sociedad entera, no la puede desvanecer la dialéctica de los
escritores tiberiófilos.
No sólo fueron hostigados por el encono de Tiberio, en
efecto, los acusados de conspiración con el ministro caído, sino los que
simplemente y lealmente habían sido sus amigos y conocidos. Tremenda
injusticia: porque el ser amigo del favorito todopoderoso, para muchos, no fue
más que el trámite normal para ser amigo del César; y cuando éste castigaba a
los que sirvieron a Sejano, castigaba en realidad a sus propios adeptos y
servidores. Como suele ocurrir en estos trances, Roma presenció el triste
espectáculo de los que, llenos de temor, renegaban de una amistad de la que
pocas horas antes se envanecían; y de los que ignominiosamente se servían de la
persecución para su egoísmo y provecho.
Son males de todos los tiempos y afrenta de todas las
épocas de la humanidad. Por eso es justo dedicar un recuerdo aparte a ese
hombre digno que nunca falta en las grandes catástrofes de la ética y que
tampoco faltó en la que estamos describiendo. Como la pareja de cada especie
animal se salvó del Diluvio para perpetuarlas, después, así, cada vez que el
decoro humano parece que va a extinguirse para siempre, sobrenada el ejemplo de
alguna criatura aislada y heroica que con su dignidad salva la de todos los hombres.
Este ejemplar excelso, en la catástrofe del terror
tiberiano, se llamó Terencio. Al año siguiente de la ejecución del ministro fue
acusado, como tantos otros, de haber tenido amistad con el caído. Terencio, en
lugar de renegarla, pronunció en el Senado un discurso que pasa a través de
esta época oscura como un rayo de luz:
«Yo —dijo— he sido amigo de Sejano. Aspiré a serlo y tuve
una alegría cuando lo conseguí. Todos le buscábamos porque su amistad era el
título mejor ante el César; y porque su enemistad bastaba para sumir al que la
padecía en la desgracia. No quiero citar a nadie: a todos acuso y a todos
defiendo con mis palabras y con mi propio riesgo. En realidad, no era Sejano a
quien tantos hombres buscábamos, sino a ti, César, que le habías unido por una
doble alianza a la casa de los julios y de los claudios; porque Sejano era,
recuérdalo, tu yerno y tu colega de consulado. No me podéis juzgar, padres
conscriptos, por el último día de Sejano, sino por los dieciséis años que le
precedieron; cuando sólo el ser conocido de sus libertos o de los esclavos que
vigilaban su puerta era ya un título de gloria.»
Y terminó: «Que las conspiraciones contra la República y
los atentados a la vida del príncipe sean castigados; pero que una amistad,
César, que ha terminado al mismo tiempo que la tuya, nos sea perdonada a
nosotros, como a ti.»
La voz eterna
La voz de Terencio ha podido en los siglos siguientes
servir de acusación a los Césares de todas las categorías; y de consuelo a
muchos perseguidos por un pasado del que sólo somos responsables mientras lo
hemos creído digno. La vida oficial tiene siempre un decoro propio, cualquiera
que sea su sentido, que autoriza al ciudadano a servirla sin menoscabo de su
conciencia y sin ninguna responsabilidad para el futuro. Si un día ese decoro
se pierde (o las circunstancias le hacen aparecer como perdido, quién sabe si
para resucitarlo después) la conciencia de los que le sirvieron queda a salvo;
y también su responsabilidad. Nadie puede pedir cuentas a nadie; y menos los
que estaban en lo alto y lo siguieron estando después.
Terencio nos da, además, el ejemplo de que los gestos
dignos son siempre inmortales, aunque parezcan humildes y aunque tengan
enfrente toda la fuerza del poder.
Este gesto suyo, el único que conocemos de su vida, le
hace, en la memoria de los hombres, más respetable que todos los fastos de su
emperador. Los historiadores citan como uno de los méritos de Tiberio, el
perdón que concedió a Terencio; que fue, en efecto, perdonado. Pero hubiera
sido igual. Lo que hace progresar, entre tanta miseria, al hombre, es
precisamente el hecho de que, ahora y siempre, muerto para la vida mortal en su
cama por la mano de Dios o en la cárcel por la soga del verdugo, ante la Historia,
Tiberio jamás podrá matar a Terencio.
CAPÍTULO XIII ANTONIA O LA RECTITUD
La pareja feliz
En el desfile de personajes torvos que llenan el escenario
de Roma en esta época, hemos visto aparecer a Antonia, rodeada de un halo de
rectitud. Es justo dedicarla algunos comentarios.
Antonia, la sobrina de Augusto, hija de Octavia y de Marco
Antonio, recibió, para fortuna suya, la herencia moral más copiosa, no de su
padre el triunviro, que ahogó su talento y su destino en la sensualidad, sino
de su madre, aquella virtuosa mujer cuyo dolor por la muerte del hijo se hizo
legendario.
Era, según dicen los historiadores, la mujer más bella de
su tiempo. Las estatuas que se conservan de ella, no siempre autorizan a este
juicio, con las salvedades, que conviene repetir, acerca de la autenticidad de
estas asignaciones iconográficas. En las dos del Museo del Louvre aparece una
cara fina, pero con una retracción exagerada de la mandíbula inferior que
imprime a la boca una cierta impresión de bobería. En cambio, en el busto del
British Museum ostenta una belleza radiante de armonía y de gracia53.
Augusto la casó con Druso I, el hijo de Livia y quizá de
él. Fue la boda por los mismos días que la de Tiberio con Vipsania, la hija de
Agripa: días de júbilo y de optimismo en la familia del gran César que se
prometía con los casamientos de los dos hermanos multiplicar los vástagos de su
familia y unir en Druso y en Antonia las dos ramas insignes de los claudios y
los julios. Y, sin embargo, acaso fue esta decisión de Augusto uno de sus más
grandes errores. El acertijo que es todo matrimonio y cuya solución sólo se
conoce muchos años después, es doblemente difícil cuando de esa solución
depende, no sólo la felicidad o la desventura de los cónyuges, sino la de una
nación. Si Antonia hubiera sido la mujer de Tiberio, el rumbo de la Historia de
Roma tal vez se hubiera cambiado radicalmente. Y de la Historia de Roma ha
nacido, por largos siglos, la del mundo.
La pareja de Tiberio y Vipsania fue, como ya sabemos,
infeliz. La de Druso y Antonia, por el contrario, alcanzó una felicidad
ejemplar. «¿Hubo jamás —decía Ovidio— una pareja más perfecta que la de Druso y
su mujer?» Era el esposo el ídolo del pueblo por su valor, por su simpatía y
por sus —no comprobadas— ideas democráticas; la esposa fue la admiración de
todos; más aún que por su belleza, por su vida llena de irreprochable dignidad.
Era la misma pulcritud en lo moral; y también en lo físico, pues se hizo famosa
porque nunca escupió, lo cual la hace especialmente acreedora a todas nuestras
simpatías.
En los viajes guerreros y triunfales de Druso, le
acompañaba siempre su mujer, incluso estando embarazada, pues su segundo hijo,
Claudio, nació en una de 200 estas expediciones, en Lyón. Tuvieron tres hijos y
de los tres habían de hablar copiosamente los anales futuros: Germánico se hizo
célebre por su popularidad, por su muerte sospechada de veneno, y, sobre todo,
por haber sido el marido de Agripina; el segundo, Claudio, mezcla de
anormalidad y de agudeza, fue emperador por casualidad; vergonzante esposo de
Mesalina y padre adoptivo del emperador Nerón; a la tercera, Livila, la
conocemos por su belleza infeliz y por su supuesta complicidad en la muerte de
su marido, Druso II, así como por su desdichada muerte. Parece imposible que de
pareja tan perfecta brotasen en esta medida el dolor, la ignominia y la muerte.
Muerte de Druso
Druso I murió en plena juventud y en plena gloria, el año
9 a.C. Parecen indudables sus dotes de gran general y de hombre lleno de una
poderosa simpatía. El mismo Tiberio, tan seco en sus afectos, le amaba
sobremanera. Plinio cuenta que para llegar a tiempo de verlo vivo, cuando
recibió la noticia de su accidente, recorrió en un día y una noche los 200.000
pasos que le separaban del herido. Su dolor al verle morir en sus brazos fue
inmenso. Ovidio le describe en este trance: «deshecho, pálido, con los cabellos
en desorden, los ojos llenos de lágrimas y el rostro desfigurado por el dolor».
Es seguro que el gran poeta no hubiera tenido ocasión de volverle a pintar así,
en un dolor tan cordial, en el resto de su larga vida. Dentro del sino fatal
que segó prematuramente la vida de todos los que llevaron el nombre de Druso,
éste, el primero, murió por lo menos de un accidente casual, de la caída de un
caballo, en la que se rompió una pierna. No faltó tampoco, entonces, el rumor
de que había sido envenenado por el propio Augusto, celoso, se decía, del
renombre democrático de su ahijado. La versión, no hay que decirlo, es
inverosímil; entre otras razones, porque el liberalismo de Druso era invención
ilusionada del pueblo, como hemos dicho ya. Murió de una complicación natural
de su accidente.
La viuda ejemplar
La viuda, en el esplendor de su belleza, no vivió desde
aquel día más que para honrar la memoria del desaparecido —«su primero y único
amor», como Ovidio cantó y para cuidar a sus hijos y luego a sus nietos. Su
conducta parece una continuación magnífica de la de su madre. El mérito de su
castidad se multiplica cuando se piensa en el ambiente en que vivió, lleno, no
ya de seducciones, a las que era inaccesible su virtud, sino de las presiones y
compromisos de la inexorable razón de Estado. Augusto la quiso forzar para que
contrajera enlaces nuevos que convenían a la casa del César. La ley de
maritandis ordinibus fue esgrimida contra su resistencia; pero no la pudo
vencer, demostrándose así, una vez más, que la dignidad de la conciencia es
mucho más fuerte que el artificio de las leyes. Como sucede siempre, su actitud
recta frente a la ley, después de irritar a los guardianes de ésta, acabó por
rendirles a la admiración. Para Augusto, fue su castidad irreductible el motivo
más profundo de la estimación que le profesó siempre; estimación que compartió
su mujer, Livia; y que de ambos heredó Tiberio.
Antonia vivió el resto de su juventud y su madurez en Roma
o en su villa de Baules, retirada de toda actuación política, viendo crecer a
sus hijos y en estrecha relación con Augusto y con Livia. A veces era algo
extravagante: en el estanque de su jardín tenía, por ejemplo, una anguila a la
que quería mucho y a la que adornaba con lujosos pendientes como a las mujeres.
La gente acudía de todas partes a verla.
El hijo imbécil
Las nobilísimas cartas de Augusto a Livia, a propósito de
Claudio, el segundo hijo de Antonia, demuestran el amor que a ésta tuvo el gran
emperador. Ninguna de las grandes hazañas de Augusto suscitan nuestra
admiración como esta correspondencia que fragmentariamente publica Suetonio54
en la que enternece ver cómo encontraba, en medio de sus inmensas
preocupaciones, tiempo y gusto para vigilar paternalmente los más nimios y
delicados problemas familiares.
De los tres hijos de Antonia, Germánico, el mayor, robusto
y decidido, abandonó pronto el hogar para alcanzar una fortuna, previamente
acordada por la protección del César. Pero el segundo, Claudio, debió llenar de
preocupaciones y de desvelos muchos días de la viudez de su madre. Sufrió, en
efecto, desde niño, «diversas enfermedades muy largas», y le quedó como
reliquia «una debilidad de espíritu» no exenta de inteligencia. Tenía la
palabra torpe, las piernas flojas; la baba se le caía y un continuo temblor
hacía oscilar su cabeza; así nos le pinta también Juvenal. Todo ello nos
permite sospechar que alguna de aquellas enfermedades infantiles fuera una
encefalitis de la que quedaron los síntomas lejanos de este mal, que coinciden
casi exactamente con los que acabamos de copiar. Menos fáciles de interpretar
son unas protuberancias o carúnculas que el poco agraciado príncipe tenía al
lado de los ojos, que se le congestionaban y enrojecían en los momentos de
excitación.
La única sombra que encontramos en la vida de Antonia —si
bien encuadra por completo en la psicología de la época— es su poca caridad con
este hijo enfermo, pues, según los historiadores, cuando hablaba de él, le
llamaba «caricatura de hombre»; y para ensalzar la estupidez de alguien, decía:
«Es más tonto que mi hijo Claudio.» Del mismo desprecio participaban Livia, la
abuela, y Livila, su hermana. Y con la crueldad de todos ellos contrasta la
caridad y el buen sentido de Augusto en los consejos que da respecto del
inválido niño a su mujer, pidiéndole que se los lea también «a nuestra querida
Antonia».
Antonia y Tiberio
Cuando murió Augusto, Antonia siguió unida a Livia y a
Tiberio. A éste le asociaba, además, el sentido puritano que los dos tenían de
la vida. De ser esposos, se hubieran entendido muy bien. Tiberio, resentido y
asqueado de la ligereza y de la impudicia de las mujeres que el destino puso en
su intimidad, sentía, sin duda, una ilimitada admiración por esta mujer, que,
siendo también bella y de rango egregio, ni se separó de su marido para unirse
a otro por capricho o por conveniencia, como su propia madre Livia; ni
aprovechó su posición como pretexto para el desenfreno, como su segunda esposa,
Julia. Antonia, por su parte, acaso simpatizaba también con este hombre
solitario y poco grato a los demás; por lo menos, es indudable que supo
plegarse con habilidad a las rarezas de su carácter, tal vez, para defender a
sus hijos y para contrarrestar la actitud rebelde de su nuera Agripina.
Una prueba de su amor a los Césares —o de su habilidad; o
de las dos cosas— es el hecho que ya hemos referido de que, cuando murió
Germánico, el hijo predilecto y glorioso de Antonia, y Tiberio y Livia no se
atrevieron a asistir al funeral, Antonia tampoco lo hizo, por solidaridad con
ellos y para autorizar con su indiscutible dolor de madre los motivos de orden
político que tuvieron aquéllos para su ausencia.
Esta conducta fue labrando poco a poco la autoridad de
Antonia sobre Tiberio, cuyos frutos había de recoger más adelante. Ya hemos
explicado la actuación de Antonia en los últimos años en la lucha de los
claudios contra los julios. Salvó, con su energía y con su habilidad, que era
mucha, la vida de Calígula y le hizo emperador, logrando así el triunfo de su
casta cuando parecía irremisiblemente perdida.
Amargura final
Pero en este triunfo, en que culminó todo el esfuerzo
paciente de su vida de virtud, estaba encerrada su máxima amargura. Antonia
sabía mejor que nadie cómo era de indigno Calígula, el nuevo emperador salvado
de la muerte y elevado al trono por ella. Y, sin embargo, su religión de la
casta le obligó a defenderle. Calígula era un loco; desde su infancia
epiléptico, no con accesos larvados como tantos otros de la familia Julia, sino
con ataques típicos, «puer comitiali morbo vexa-tus», y con manifiestos delirios
de crueldad y aberraciones sexuales. La impecable Antonia pasó por el horror de
sorprender a su nieto predilecto en brazos de su propia hermana Drusila, cuando
aun vivían en Roma bajo su cuidado; y luego tuvo que presenciar el matrimonio
monstruoso de los dos hermanos, siendo ya Calígula emperador. Más tarde, ante
un reproche de la anciana princesa a la que todo se lo debía, Calígula le
contestó con aire de amenaza que no olvidase que todo el poder estaba en su
mano y que podía fulminarlo contra quien quisiera. El imbécil César se negaba a
recibirla a solas y únicamente lo hacía en presencia de Macrón, acaso por
exigencias de éste, que quería evitar que Antonia repitiese con Calígula,
contra él, la hábil labor de zapa que con Tiberio realizó contra Sejano. No
bastaría a consolarla de pruebas tan terribles el ver al descendiente de la
casta suya en el trono de Augusto.
Estaba, además, muy vieja y no pudo soportar tantas
indignidades y afrentas. Murió horrorizada, con la terrible angustia de
comprender que se había equivocado trágicamente. La casta no es nada ante el
bien y el mal; pero lo supo demasiado tarde. Se dice que ayudó a su fin el
veneno del propio Calígula. Y que éste, sin abandonar la mesa de un festín, vio
arder a lo lejos, tranquilamente, el cadáver de esta mujer, la más bella y la
más buena de Roma, a la que debía su imperio.
Así fue la única mujer amiga de Tiberio. ¿Amistad
desinteresada —nos preguntamos ahora— nutrida de amor familiar y de respeto a
la jerarquía? ¿O amistad calculada, puesta al servicio de la religión de su
casta? Nadie podrá contestar a estas dudas. Pero sin querer pensamos otra vez
en el distinto rumbo de la Historia si la mujer de Tiberio hubiera sido esta
Antonia, fecunda y ejemplar, capaz de ahogar en su generosidad y en su rectitud
el mar de los resentimientos del César.
CAPÍTULO XIV LOS AMIGOS DE TIBERIO
Los amigos infieles. Agripa el judío
Una parte del resentimiento de Tiberio se originó en la
ingratitud de sus amigos. Los historiadores nos hablan sobre todo de la de
Sejano, cuya historia hemos hecho ya. También nos hablan de Macrón, que heredó
a Sejano en la confianza omnímoda del César y que a poco se alzaba contra él,
unido por intrigas mal disimuladas con su propio heredero, Calígula. En esta
lista de amigos infieles puede añadirse el judío Agripa, nieto de Herodes el
Grande, que hoy nos parece un antecesor perfecto de los príncipes descarriados
e inmorales que vemos pasar por las playas de moda y por los cabarets.
Aventurero y jugador, estaba siempre lleno de deudas. Durante su estancia en
Roma, se hizo muy amigo de Druso II, el hijo de Tiberio; les unió la gran
fraternidad que crea la vida de licencia y borrachera en común. Al morir Druso
II, Tiberio, siempre dispuesto a la extravagancia, ordenó que ninguno de los
que habían sido amigos de su hijo, y entre ellos Agripa, se le volviera a
presentar delante. El príncipe judío, entonces, se ausentó de Roma.
Pero volvió a poco, a favor de la amistad que tenía con
Antonia, amistad que la fiel dama trasmitía a Agripa por ser hijo de una íntima
amiga suya, Berenice: la del nombre lleno de evocaciones. Y esta amistad llegó
al extremo de que habiéndose enojado de nuevo Tiberio contra Agripa —y ahora no
por razones sentimentales, sino porque le debía dinero— Antonia se lo prestó
para que pagase sus deudas y continuase en el favor imperial. Y lo logró hasta
el punto de que Tiberio confió a Agripa el cuidado de Nerón I, su nieto
adoptivo. Pero Agripa abandonaba a su pupilo, a poco, y se unía a Calígula, sin
duda por afinidad moral; y con él intentó conspirar contra Tiberio, o, por lo
menos, hablaron mal de él. El susceptible César consideró esta actitud de
Agripa como una ofensa y una decepción y encadenó al judío, hasta que, muerto
Tiberio, Calígula le hizo recobrar la libertad y le ayudó a reinar en Judea,
aunque por breve tiempo. El hecho culminante de su fugaz reinado es la
persecución contra los cristianos. Fue él quien mandó degollar a Santiago, el
hijo de Zebedeo; y no mató a Pedro por la milagrosa evasión de éste de la
prisión donde yacía.
La infidelidad de los que tenía cerca, siguió a Tiberio,
como su sombra, durante toda su vida. Pero antes de compadecer a Tiberio por
sus malos amigos, habría que estudiar por qué fueron éstos así. Cuando a un
hombre le traicionan cuantos le rodean, más lógico que vituperar a los
traidores, es buscar la causa de que todos coincidan en traicionarle. Casi
siempre está la culpa en el traicionado. Así ocurría en Tiberio, hombre sin
generosidad y por lo tanto incitador permanente de la felonía en los otros. La traición
nace siempre a la sombra de la falta de amor.
Los amigos buenos. L. Longo
No obstante, Tiberio tuvo amigos; tuvo por lo menos dos,
excelentes: Lucilo Longo y Coceio Nerva. Dos son, acaso, muchos para un
emperador. Porque lo que da a la amistad categoría excelsa es el desinterés; y
es casi imposible que el que se acerca al poderoso no lleve, escondida en su
amor, una aspiración interesada. Más raro aun es que el príncipe no la
sospeche, aunque no exista, cuando el amigo se le acerca; y esta suspicacia
pone una sombra inevitable sobre los afectos más puros. He aquí una de las contribuciones
más penosas que lleva consigo el goce de mandar.
Lo que sabemos del carácter de Tiberio nos permite
presumir que esas suspicacias debieron ser en él muy constantes y agudas; y no
sin razón, porque pocos hombres públicos han sufrido los reiterados desengaños
que hirieron a su alma. De sus dos amigos, uno se convirtió a última hora,
quizá sin quererlo, en su más duro acusador. El otro murió fiel a su amistad y
Tiberio le pagó con uno de los gestos más cordiales de su vida.
Este último, el amigo fiel hasta la muerte, fue Lucilo
Longo. «Era, dice Tácito, el compañero de su buena y de su mala fortuna»: y
esto basta para juzgar de los quilates de su afecto. Cuando Tiberio se retiró a
Rodas, L. Longo era senador, y abandonando todos sus quehaceres, fue el único
entre los demás senadores que le siguió al voluntario destierro. La amistad que
los unía siguió invariable hasta el año 23 d.C. año nefasto en el que Tiberio
sufrió la pérdida de su hijo Druso y la de uno de sus nietos. Pocos días
después que éste, moría también Lucilo Longo.
Era el fiel muerto hombre de alcurnia modesta: acaso por
esto resistió a la corrupción que inficionaba a la mayoría de los cortesanos. A
pesar de ello, Tiberio quiso hacer una manifestación ostentosa de su amor y de
su gratitud al difunto. A expensas del tesoro se celebraron funerales solemnes.
Y en el Foro de Augusto se alzó una estatua para honrar la memoria del amigo
ejemplar que, a cambio de su amistad, nunca pidió nada.
El suicidio de Nerva
Nerva era también «amigo inseparable del príncipe»,
senador, profundamente docto en las leyes divinas y humanas y poseedor, por
añadidura, de una fortuna próspera. Su nieto, senador y gran jurista también,
fue Marco Coceio Nerva, el emperador elegido al morir asesinado Domiciano; y
según los bustos que de él se conservan, como el del Museo del Louvre, tenía un
cráneo y un rostro llenos de inteligencia: podemos imaginarnos que heredada de
la de su abuelo, el amigo de Tiberio.
Fue nuestro Nerva asiduo colaborador del César en la
administración de justicia y en las grandes reformas que bajo su reinado se
hicieron en las obras públicas. Sin duda uno de sus ministros mejores, si no el
mejor55.
Pero, aparte de los trabajos de gobierno, el César gustaba
de la amistad y de la sabiduría de Nerva. Le acompañaba siempre y fue uno de
los pocos que le siguieron en su viaje a la Campania, y en su largo retiro de
Capri.
Pero allí, en Capri, un día, este prudente leguleyo
decidió morir (33 d.C.) Es éste otro de los sucesos mal explicados del
principado de Tiberio. Tácito dice que al saber el emperador el propósito de su
amigo «corrió a su lado, le agobió a preguntas, recurrió a la súplica y le hizo
ver la responsabilidad que recaería sobre su conciencia de César y la injuria
que significaría para su fama el que su amigo íntimo abandonase la vida
voluntariamente sin una razón superior». Pero Nerva, sordo a todas estas razones,
se dejó morir de hambre.
Aun está y estará para siempre en el misterio la verdadera
causa de esta muerte singular. Tácito nos cuenta que los confidentes de Nerva
decían «que viendo más de cerca que nadie los males de la República, la cólera
y el miedo le habían obligado a buscar un fin honorable, antes que fueran
violados su gloria y su reposo». Dión asegura que se mató «por no querer
soportar sus relaciones con Tiberio» y porque éste desoía sus consejos
financieros.
Es cierto que Nerva no compartía las ideas de Tiberio
sobre algunos puntos de la administración y de la política. Estas diferencias,
y, además, el espectáculo terrible de lo que pasaba en Roma y de la tempestad
que turbaba el alma de su príncipe pudieron inducir al gran ministro a
suicidarse. Según Dión, esta divergencia se refería principalmente al proyecto
de Tiberio de restaurar la ley sobre los contratos dictada por Julio César, que
el actual estado de la Hacienda hacía necesario poner de nuevo en vigor.
Fundándose en este dato, un autor contemporáneo56 trata de insinuar que la
causa del dramático fin de Nerva no fue el arranque de dignidad que dice Tácito
—que, según el escritor moderno, «huele a retórica»— sino el miedo del gran
legista a ser incluido en la persecución que, en virtud de dicha ley, se iba a
desencadenar contra los usureros; porque Nerva tal vez lo fuera también.
Nos demuestra este juicio cómo la pasión puede turbar a
los historiadores la serenidad del juicio; hasta el punto, como en este caso,
de no vacilar en mancillar la fama de uno de los más insignes romanos de
aquella época, ante el afán inútil de vindicar la memoria de un príncipe,
gobernador excelente, pero hombre de mediocre calidad moral.
Las intenciones del ilustre suicida nadie las puede saber
hoy. Lo que no puede negarse es que Nerva murió porque quiso, violentando los
ruegos del César y sus órdenes; y este gesto de heroica rebeldía es como un
símbolo de protesta y de venganza en aquellas horas en que tantos otros hombres
perecían contra su voluntad y contra toda justicia sólo porque Tiberio lo
quería así.
Los chistes de Mesalino Cota
El capítulo de los amigos de Tiberio tiene también otro
pasaje claro. Uno de los más nobles momentos de la vida del emperador es su
comportamiento con otro de estos amigos, Mesalino Cota, al que más arriba hemos
citado ya. Era Cota un hombre mordaz que en varias ocasiones había arriesgado
su libertad por decir chistes a propósito de los más altos personajes de Roma,
especialmente de Calígula y del mismo Tiberio; en suma, era uno de esos
humoristas reconocidos por el ambiente y al fin esclavos de su humorismo, que
existen en todas las sociedades y en todas las épocas; y que por último se ven
obligados a sacrificarlo todo a la reputación de su humor. El año 32 d.C. en
medio de la lluvia de delaciones que aterraba a Roma, apareció una contra M.
Cota, acusado por una de sus mordacidades habituales, que se consideraba
inclusa en la ley de lesa majestad. Viéndose perdido, acudió directamente al
emperador. Y éste envió una defensa escrita al Senado que se ha hecho célebre
por la profunda desesperación que rezuma. Es aquella que comienza así: «¡Qué os
diré, padres conscriptos! ¡Cómo os escribiré! O mejor dicho, ¿qué es lo que en
estos momentos no os debo escribir? ¡Si yo mismo soy capaz de saberlo, que los
dioses y las diosas me maten más cruelmente aun de lo que yo me siento morir
cada día!» Sin duda Tiberio escribía esto en una de esas horas que hasta los
hombres más duros atraviesan, en que la amargura ablanda y anega de humanidad
el corazón. Después de esta imprecación, el César recordaba su amistad con Cota
y pedía a los jueces que no se considerasen como delitos palabras sin
trascendencia, escapadas en la jovialidad de un banquete. Cota fue absuelto y
sus denunciadores castigados.
Algunos comentadores modernos anotan, con razón, la
incomprensible dureza con que Tácito y Suetonio comentan esta carta,
nobilísima, que realmente honra a Tiberio. Pero era tal la impopularidad de
éste, que hasta sus momentos de elevación se ocultaban a la vista de sus
contemporáneos, envueltos en la bruma de la doblez y el resentimiento.
CUARTA PARTE EL PROTAGONISTA
CAPÍTULO XV FIGURA, SALUD Y MUERTE DE TIBERIO
Retrato de Tiberio
Es tiempo de hablar directamente de Tiberio. Hemos ido
dibujando su figura desde fuera, desde el plano de los hombres y las mujeres y
las pasiones que le rodeaban. Debemos ahora completar y cotejar este perfil con
el que da el estudio directo de su personalidad.
Físicamente, tenemos bastantes datos para juzgar al César.
Los contemporáneos coinciden en que era un hombre de figura excelente. Veleio
dice que desde su niñez era notable por su talla y por su belleza; y los bustos
que se conservan de esta edad, si son exactos, lo confirman así.
La descripción más completa, ya en su madurez, es la de
Suetonio: le pinta como un hombre alto, ancho de tórax, de piel muy blanca, de
rasgos nobles y de grandes ojos. La implantación posterior del cabello la tenía
muy baja, rasgo al parecer de toda la familia de los claudios, que, en efecto,
nos es útil para la identificación de sus individuos en los bustos de la
antigüedad. No creo que tiene fundamento la afirmación de Henting de que el
cabello se implantase en su frente en forma redondeada y baja, según el tipo
que los antropólogos llaman «en gorra de piel», y que los médicos solemos
encontrar en los individuos infantiles y eunucoides o en los degenerados. Ni
siquiera en los retratos juveniles se aprecia esta disposición; antes bien,
desde muy pronto se dibujan ya las entradas de la calvicie de las sienes,
normal en el varón casi desde la adolescencia. Además, sabemos que Tiberio se
hizo prematuramente calvo y los individuos con el cabello implantado «en gorra
de piel» son muy refractarios a la calvicie.
Este mismo autor insiste en que en varias imágenes de
Tiberio se trasluce una sexualidad vacilante, como en el camafeo de Florencia;
desde luego, en este retrato, en que aparecen su perfil y el de su madre, el de
Livia es más varonil que el del hijo. También encuentra este autor sospechosa,
por su excesivo amaneramiento, la postura de Tiberio en su retrato sentado:
preocupación exagerada, de psicoanalista de escuela. En algunos de los bustos
juveniles, la perfección de los rasgos de su fisonomía tiene algo de femenino;
pero ya hemos dicho que nada hay en la vida del Príncipe que pueda servir de
apoyo a la sospecha de las anormalidades homosexuales que insinúa este
comentarista. Tiberio fue un tímido, quizá un impotente; lo hemos explicado ya.
Pero nada más. Hemos comentado también, en relación con estos trastornos, su
zurdera.
Fuerza. Miopía.
La fuerza de Tiberio era tan grande que perforaba una
manzana verde con el dedo; y de un capirotazo en la cabeza malhería a un niño o
a un muchacho. Sería interesante averiguar por qué un hombre tan serio hacía
pruebas tan indelicadas en las cabezas infantiles.
Y para que no faltase algún rasgo extravagante en su
misteriosa personalidad, dicen los historiadores que Tiberio tenía la
propiedad, única entre todos los hombres del mundo, afirma Plinio, de ver en
las tinieblas —como las lechuzas— aun cuando sólo algunos minutos después de
abrir los ojos, al despertar. En cambio, por el día veía mal, y ésta fue una de
las pruebas que alegó cuando no quería aceptar el Imperio. Plinio añade que los
ojos de Tiberio eran glaucos, salientes y con el blanco muy grande, como el de
los caballos, lo cual hace pensar que fuera, sencillamente, un miope, por lo
cual no veía bien y tenía proyectados los globos oculares.
Las úlceras hediondas
La descripción de Tácito nos le pinta en un brevísimo pero
magistral diseño, ya de anciano, cuando se iba a retirar de Roma. Estaba,
entonces, según el historiador, muy delgado, con la alta estatura doblegada por
los años, la cabeza calva y el rostro sembrado de úlceras que ocultaba con
emplastos.
Es difícil precisar la naturaleza de estas úlceras, que
eran el período final de unos «tumores» que le llenaban el rostro, ya desde
joven, según la descripción de Suetonio. Debió tratarse de una enfermedad
contagiosa de la piel, que según cuenta Plinio57 apareció por entonces en
Italia y atacó principalmente a gentes de la sociedad elevada. Enfermedad,
según el gran naturalista, no mortal, pero muy lenta en su evolución y tan
desagradable que los que la padecían hubieran preferido morir.
Esto nos explica la vergüenza que, según Tácito, sentía el
emperador a mostrarse en público; y el auge que esta deformidad y el
sentimiento de repugnancia de los demás, imprimieron a su resentimiento. «En su
vejez —dice este autor— su aspecto le inspiraba a él mismo vergüenza». La fama
de tales lesiones se hizo legendaria hasta el punto de que cuando, 30 años
después de su muerte, Julián el Apóstata hablaba de Tiberio, en un diálogo
fantástico, le presentaba caracterizado por su aspecto repugnante a causa de
las grandes úlceras, costras y quemaduras por cauterio, que le daban el aspecto
de un leproso. Vinieron de Egipto médicos especialistas para curar esta plaga;
y la atacaban con cauterizaciones tan profundas que el hierro enrojecido
llegaba hasta el mismo hueso, dejando tan profundas huellas al hacerse la
cicatriz que las lesiones curadas eran aún más escandalosas que las úlceras
mismas. Este bárbaro tratamiento se hacía pagar muy caro por los doctores, pues
sabemos que uno de los personajes atacados, Manillo Cortuno, hubo de abonar al
médico egipcio que le achicharró 200.000 sestercios.
Es difícil opinar sobre cuál sería esta enfermedad de
Tiberio. La descripción de Plinio de que eran lesiones lentas, no mortales, con
costras cenicientas y fácil contagio por el beso, hace pensar en la sífilis. No
he visto comentarios a este pasaje en los historiadores de la sífilis. El
problema suscita otros que aquí no podemos tocar, como el tan discutido de la
existencia de una sífilis europea precolombiana. De ser lesiones sifilíticas,
ayudarían a explicar los trastornos mentales de la vejez del emperador. Pero
tampoco puede desecharse la hipótesis de que se tratase de lesiones leprosas,
enfermedad que por aquellos años estaba muy difundida y que, aunque conocida,
no siempre se diagnosticaba.
El eco poético de este capítulo prosaico es una leyenda
medieval según la cual el César fue, al fin, curado de sus pústulas por la
propia Verónica, que vino a Roma con el Paño Santo con que enjugó el sudor de
Cristo; y con él realizó el milagro, inaccesible a los médicos, de limpiar de
llagas el cuerpo del Emperador de Pilatos.
Los bustos de Tiberio
Los numerosos bustos y estatuas que conocemos de Tiberio
coinciden en gran parte con estas descripciones, salvo, naturalmente, la
omisión de los tumores y las llagas, indignas de consignarse en la perennidad
del mármol. Hay que descontar en estos pseudorretratos, el ímpetu apologético
que animaba el cincel de los artistas imperiales. Todos procuraban que su
modelo —ya fuera el César mismo o cualquiera de sus familiares— recordase por
su nobleza y perfección a los dioses. En los retratos de Tiberio, como en los
de los otros personajes de las familias egregias de su tiempo, se advierte un
deseo, entre consciente e inconsciente, de que sus rasgos se parezcan a los de
Augusto.
Más valor tiene, por estas razones, el busto de Mahon,
pues todavía no pesaba sobre el futuro emperador esta deformación adulatoria.
Vemos en él una cabeza juvenil, correcta aunque asimétrica, con la nariz
ligeramente inclinada hacia la derecha y la oreja izquierda más despegada que
la del otro lado58.
Sin embargo, ya en esta efigie hay un intento de
asemejarle con los retratos de Augusto joven.
Las cabezas de la época de sus primeros tiempos militares,
entre los 25 y 35 años, son numerosas; Se acentúa en ellas la gravedad que tuvo
siempre el futuro emperador, al que no en vano desde su juventud le llamaban
«el muchacho viejo». Sobre todo, se aprecia en estos rostros, próximos a la
forma definitiva de la madurez, el diseño triangular de la cara, debido a la
gran anchura, un tanto raquítica, de la frente, y a la barbilla puntiaguda,
pero estrecha y poco firme, indicio de laxitud de la voluntad. En ninguno de
sus retratos se comprueba el prognatismo de la mandíbula inferior que algún
autor señala y comenta; sino esta agudeza del mentón, que no es verdadero
prognatismo y que tiene la significación contraria. En los bustos de viejo, más
escasos, este mentón puntiagudo se acentúa por la caída de los dientes. Aun se
ve más claro este detalle en los perfiles de las monedas.
En los retratos de las edades más avanzadas, a esta
acentuación de la agudeza mentoniana se une la transformación de la línea
horizontal y juvenil de la boca en una línea caída, tempranamente senecta,
debida a la pérdida de los dientes que, en Tiberio, como en muchos hombres de
su época, debió ser muy precoz.
A diferencia de otros Césares, en Tiberio, los bustos se
hacen raros en cuanto traspone la juventud. Las efigies de edad no joven que de
él poseemos son, principalmente, de monedas, y, por tanto, de parecido muy
esquemático. Nos demuestra esto la preocupación que tenía por su físico
deteriorado, muy propia de los caracteres misántropos y resentidos. De gran
valor expresivo es el pequeño busto en bronce del Gabinete de Medallas de
París, en el que se advierten muy bien, en su rostro maduro, los rasgos que hemos
comentado, y, sobre todo, un acentuado rictus amargo de la boca.
La calvicie de los Césares
A Tiberio le hizo, al parecer, un gran efecto depresivo la
calvicie prematura. Esto merece una digresión. Recientemente he estudiado la
importancia de la pérdida del cabello sobre las reacciones psicológicas del
hombre y de la mujer; y me he referido a una verdadera «triconeurosis» que los
médicos solemos observar a diario: es decir, hombres muy dotados para la vida,
cuyo tono moral se derrumba por el hecho de perder el cabello; y, a veces, se
transforma en resentimiento. En la mujer, el problema es menos importante
porque la calvicie es en ella excepcional. La pérdida del cabello ocasiona en
estos individuos un sentimiento de inferioridad social y sexual que puede
conducir a estados de verdadero melancolía. Nos demuestran que ocurría esto
mismo en tiempo de los Césares las frecuentes alusiones que encontramos, en sus
escritores, a la desgracia de la calvicie. En versos incomparables cantó Ovidio
la tragedia de una amiga suya que había perdido sus cabellos. El mismo poeta
nos enseña que las pobres esclavas de los países bárbaros eran rapadas para
confeccionar con sus trenzas las pelucas de las romanas y los romanos
elegantes. Eran estas pelucas muy apreciadas, pues en los pueblos de gente
morena, como Italia —y como España— el prestigio de las mujeres rubias ha sido
siempre extraordinario; en los años cesáreos lo era hasta el punto que nos
describe Juvenal; y también Marcial, en este epigrama: «Te envío, Lesbia, estas
trenzas de los países del Norte, para que veas que las tuyas son más rubias
aún».
Pero no eran sólo las mujeres. Los graves varones romanos
lloraban, como los jovenzuelos de hoy, al ver pelada por la calvicie su cabeza.
Nada menos que Julio César dedicaba largas horas de tocador a arreglar lo mejor
posible sus escasos cabellos «y no se consolaba de ser calvo, pues más de una
vez había comprobado que esta desgracia provocaba la irrisión de sus
detractores». En el retrato que Séneca nos ha dejado de Calígula —que podría
firmar, como tantas otras de sus páginas, su discípulo Quevedo— se detiene a
describir «la fealdad de su cráneo desértico, que parecía haber llorado para
conservar algunos oasis»; y, como remate, habla de «su nuca llena de crines»,
es decir, de la típica nuca de los claudios, que persistía muy poblada, a pesar
de la calvicie general. Era éste uno de los motivos de los arrebatos de
aflicción y de furia del degenerado Calígula; mirarle a la cabeza era un
crimen; y como la calvicie coincidía, como ocurre casi siempre, con abundante
vello en el cuerpo, era igualmente expuesto hablar en su presencia de las
cabras, pues lo consideraba como una alusión a su tronco y miembros peludos.
Nerón fue, asimismo, un calvo prematuro —Nerón el calvo» le llamaba Juvenal— y
era este defecto uno de los motivos de la acritud de su carácter. Tiberio, a
pesar de su gravedad, se sentía también deprimido por su calva. Uno de los
infinitos acusados después de la conspiración de Sejano, un tal L. Cesiano, lo
fue por haberse burlado en público de la calva del emperador.
Psicología y forma
Varios autores han publicado sus reflexiones frente a las
cabezas de Tiberio, tratando, a favor de la psicología moderna, de buscar en
sus rasgos la explicación del misterio de su alma, llena de contradicciones59.
No hay que hacerles demasiado caso; no sólo por la falacia
original de estas inducciones, sino por la ya comentada adulteración de la
realidad de estos bustos. Recordemos, por ejemplo, la cabeza de Calígula, cuya
fealdad repugnante nos han descrito Suetonio y Séneca; y que en varios de los
mármoles que se suponen con su efigie aparece casi como un arcángel.
En el caso de Tiberio las conclusiones útiles de esta
revisión iconográfica son las siguientes: la frente abombada de raquítico; la
disimetría facial; la debilidad del mentón puntiagudo; y una expresión típica
de sus labios, entre socarrona y despectiva, que se inicia en los retratos
jóvenes y se va acentuando a medida que avanza en edad. Gregorobius la llama,
no sé por qué, «boca jesuítica».
El colum
La salud de Tiberio fue siempre robusta. Desde su juventud
hasta su edad madura guerreó sin cesar y se fortaleció en las largas estancias
de los campamentos, en España, en los Alpes o en las riberas del Danubio. No
hablan sus biógrafos de aquellos cansancios y enfermedades que interrumpían a
cada instante la actividad juvenil de Augusto. Sólo encontramos, en Plinio, la
referencia de que fue contagiado por una enfermedad llamada colum, que invadió
Italia e hizo del emperador una de las primeras víctimas.
Nadie conocía este padecimiento (que tal vez era una
disentería) y su nombre sorprendió mucho a los romanos cuando lo leyeron en el
edicto en que Tiberio se excusaba de sus actividades a causa de la enfermedad.
Sobriedad
Nuestro César fue casto; ya hemos dicho que, probablemente
a la fuerza, por obra y gracia de su timidez. Y, salvo los excesos del vino, ya
comentados, propios de la vida guerrera y quizá lenitivo de sus recuerdos
amargos, se sabe que fue sobrio toda su vida. El mismo Plinio nos refiere la
modestia puritanamente afectada de su mesa, compuesta casi exclusivamente de
vegetales60 con algún trago de vino agrio de Sorrento, parecido a nuestro
chacolí; cuando lo bebía, solía decir que era «un buen vinagre» y que las
virtudes salutíferas que se le atribuían eran una de tantas invenciones de los
médicos: los humoristas —como Tiberio— necesitan de los médicos más aun que los
enfermos; porque sin ellos les faltaría el tema principal a su humorismo.
Ya dijimos que riñó con su hijo Druso II porque éste se
negaba a comer estas verduras. Era, asimismo, apasionado de la fruta, sobre
todo de las peras. Tenía gran amor a los árboles, envaneciéndose de tener en su
villa del Tíber el árbol más alto del mundo.
En su madre, Livia, y en Augusto, había aprendido la
lección de la continencia; y que la aprendió bien lo demuestra el que en su
vejez era flaco y no padeció los achaques de la gota que amargaron la vida y
precipitaron la muerte de tantos romanos ilustres de su época, entregados, por
lo común, a aquellas comidas, tantas veces descritas, de increíble y repugnante
copiosidad. Citaremos entre los grandes gotosos que Tiberio conoció, a su
suegro Agripa y a su sobrino Claudio61.
Tiberio y los médicos
Tiberio, como les ocurre a muchos hombres habitualmente
sanos, se interesaba mucho por los enfermos. Nos cuenta Veleio que durante la
guerra de Pannonia y de Germania cada enfermo o herido era un motivo de
preocupaciones para el futuro emperador. Y se descargaba de las más grandes
responsabilidades para atenderlos. Sus propios médicos, su material de cocina,
sus baños, su despensa, todo lo ponía a la disposición del último soldado que
sufriera. Cuando se retiró a Rodas, visitaba a todos los enfermos de la ciudad.
En cambio, despreciaba a los médicos. Desde los 30 años
renunció a los cuidados de éstos y, dando prueba de buen juicio, se observaba a
sí mismo y conducía, por su propia experiencia, su salud. Charicles, el médico
que le asistió en su última enfermedad, nos advierte Tácito «que no gobernaba
habitualmente la salud del príncipe»; es decir, que éste no tenía médico de
cámara. Para tomarle el pulso, cuando Tiberio estaba ya en trance de morir,
nuestro remoto colega tuvo que fingir que se despedía y, al besarle la mano,
deslizó el dedo hasta la arteria comprobando, con esta veloz maniobra que
demuestra su pericia, que se acercaba el fin del emperador. Estaba muy lejos
Charicles de aquellos médicos pedantes del siglo XVIII que, a imitación de los
chinos, empleaban horas enteras en descubrir los secretos de la pulsación. Mas,
a pesar de su rápido arte, Tiberio se dio cuenta de la maniobra de Charicles; y
era tal su tenacidad, que, para engañarle y demostrar que estaba bueno, le
invitó a comer, a pesar de que acababa de hacerlo, y prolongó, afectadamente,
el nuevo banquete más que de costumbre. Esta doble colación influyó en
precipitar el fin del anciano, probablemente arterio-esclerósico y urémico.
Asistió, además, a una fiesta militar, lanzando, él mismo, ya casi moribundo,
algunas jabalinas.
La muerte del César
Luego hablaremos de las posibles alteraciones mentales de
los últimos años del César. Físicamente se conservó sano hasta cerca de los 80
años, en que murió, salvo las supuraciones de la cara, que no afectaban a su
salud general. Los historiadores nos hablan de que, al final, su debilidad
crecía; lo cual no puede extrañarnos a sus años y después de una vida tan larga
de preocupaciones y de pesadumbres.
Su muerte se debió, casi seguramente, a una de esas
pulmonías que en los viejos pueden considerarse como uno de los modos normales
del final. Suetonio, en efecto nos dice que en uno de aquellos constantes e
imprudentes viajes de los últimos tiempos de su vida, estando en Misena, se
sintió mal, sin querer rendirse, hasta que le acometió un fuerte dolor de
costado, con gran fiebre y un violento escalofrío62 después del cual, recayó
con mayor gravedad. Es la descripción típica de la pulmonía del anciano, inadvertida
hasta el episodio terminal.
Corrió a la muerte de Tiberio el rumor, obligado en
aquellos tiempos en que la infamia era huésped normal de los palacios, de que a
última hora, el fin del enfermo se aceleró por el veneno. Otros dijeron que,
por su propia voluntad, el César se negó a comer. Y otros, en fin, los más
numerosos, que entre Macrón, su último amigo, y Calígula, su sucesor, le
ahogaron con sus propias almohadas.
Son seguramente leyendas. A la impaciencia de Calígula y
de Macrón les bastaba el pronóstico terminante del discreto doctor Charicles.
La versión exacta, sin duda, es la de Séneca, que nos describe el delirio que
suele poner fin a la enfermedad que acabó con los días de Tiberio. Éste —nos
dice el gran escritor hispánico— obsesionado con su sucesión, se quitó el
anillo como para dárselo a alguien; luego se lo volvió a poner en el dedo de la
mano izquierda; y estuvo así largo rato, inmóvil y con el puño cerrado, sin
duda dándose cuenta, en su conciencia de agonizante, de que ese anillo, que
alguien tenía que heredar, sería el origen de días trágicos, que veía cernerse
ya sobre Roma. De repente, se levantó llamando a los suyos; y al hacer este
esfuerzo, el corazón se detuvo para siempre. Quedó muerto al lado de su lecho.
Los emperadores, aunque la leyenda no lo quiera, mueren, a
veces, lo mismo que los demás mortales.
CAPÍTULO XVI LAS VIRTUDES DEL OGRO
Tradición burocrática de Tiberio
Las buenas cualidades y las virtudes de Tiberio —que las
tuvo— han sido reiteradamente encarecidas por los historiadores modernos. Se
refieren éstos, desde luego, a sus dotes indiscutibles de gran militar y de
hombre de gobierno; más exacto sería decir de buen funcionario.
Fue Tiberio, en efecto, un excelente administrador de su
imperio y no había razón para que no lo fuera. Por ambas sangres, la paterna y
la materna, descendía de los claudios, los orgullosos aristócratas, famosos por
los eminentes servicios prestados a la patria; tantos y tan grandes, que habían
merecido, para la familia, cuando Tiberio nació, 33 consulados, 5 dictaduras, 7
censuras, 6 triunfos y 2 ovaciones. La heredada capacidad técnica se afinó por
el largo ejercicio de los cargos públicos, al lado de su padrastro Augusto, que
era el mejor de los maestros, porque él lo había sido de sí mismo; y al lado
también de los grandes ministros y generales de la época, Mecenas, todo
habilidad, y Agripa, guerrero insigne de mar y tierra.
Virtudes militares
Ya se ha referido la rapidísima carrera política del joven
Tiberio. A los 19 años era cuestor y se encargó de hacer frente a una de las
hambres graves que padeció Roma. Desde los 16 años, acompañaba a Augusto en sus
viajes políticos y militares; y a los 27 empezó a guerrear, como jefe, en los
Alpes Centrales y luego en Germania y en el Danubio.
Eran las características de Tiberio como militar, el rigor
en el mantenimiento de la disciplina; la resistencia y la sobriedad con que
compartía, casi como un soldado más, los rigores de la vida del campamento; y,
sobre todo, la meticulosa cautela con que preparaba las operaciones en las
largas veladas de su tienda, a la luz de los candiles, llena de presagios,
ahorrando hasta el extremo la sangre de los suyos; por lo que más de una vez
recibió las censuras de esos héroes —fruta de todos los tiempos— que exhibían
su ciencia militar y su coraje en la retaguardia de Roma. Siempre que pudo
acortar una guerra por una gestión diplomática, lo hizo, despreciando la gloria
de las batallas, de tan magnífica tradición en el alma de sus contemporáneos.
Pueden discutirse o hiperbolizarse sus virtudes militares —uno de sus
entusiastas las ha comparado a las de Julio César y Napoleón— pero nadie las ha
podido negar; y si han llegado hasta nosotros oscurecidas se debe a que la
emoción del primer plano de la vida de Tiberio está ocupada por sus tragedias
directamente humanas.
Cultura de Tiberio
Tenía Tiberio una gran ilustración aunque, quizá, no tanta
como para decir que fue «una de las personas más cultas de la alta sociedad
romana de su tiempo».
Adquirió esta cultura, primero en los nueve años pasados
al lado de su padre, cuya afición al estudio era notoria. Luego, ya en la casa
de Augusto, la recibió de los distintos maestros que le enseñaron las letras
griegas y latinas, tan a la perfección, que llegó a componer poesías en ambos
idiomas. Teodoro de Gándara, el gran gramático, fue uno de sus maestros.
Escribió también sus Memorias y unas Actas que eran, muchos años después,
lectura favorita del emperador Domiciano, admirador que no honra a Tiberio. La
elocuencia se la enseñó Corvino Mésala, con éxito menor, pues si bien su
improvisación era natural y fluida, los discursos preparados eran muy confusos
y en extremo conceptuosos, a pesar de la constante vigilancia de Augusto, cuyo
lema era el mismo de nuestro Don Quijote —«llaneza, muchacho, llaneza»— es
decir, la claridad ante todo, aun en perjuicio de la gramática. Tácito atribuye
esta oscuridad de su lenguaje a intención deliberada de disimular; y añade que
si se trataba de hacer un mal, entonces su palabra premiosa se tornaba, como
por encanto, fácil y abundantísima.
Fue Tiberio un excelente aficionado al arte. Llegó a
pagar, a pesar de su tacañería, 60.000 sextercios por un cuadro del célebre
Parrhasio, de Efeso. Más barata le costó una hermosa estatua de Lysippo, que
Agripa había hecho colocar en los baños públicos y que, habiéndosele antojado,
se llevó, sin más, a su casa; pero el pueblo protestó y tuvo que devolverla.
Con las obras de arte que llenaban su vivienda contrastaba la sobriedad de sus
muebles, por alarde puritano frente a los gustos ostentosos de los ricos de su
tiempo. Tenía a gala, por ejemplo, que su mesa era de madera modestísima,
mientras que su liberto Nomio poseía una admirable, construida con la pieza de
madera más grande del mundo. En este tiempo, los romanos elegantes habían
puesto de moda las mesas de maderas raras, como las de los bosques del Atlas,
que eran apreciadísimas y muy costosas. Asinio Gallo, el rival de Tiberio,
menos modesto que éste, tenía una por la que había pagado 1.100.000 sextercios;
y el mismo Cicerón, a pesar de no ser rico, pagó también un millón por otra.
Errores políticos
Con toda esta preparación le fue fácil, cuando sucedió en
el principado a Augusto, traspuesto ya el medio siglo de su edad, gobernar
excelentemente el vasto imperio que su insigne antecesor había creado; e,
incluso, mejorar varias de sus leyes y disposiciones. No hay exageración al
decir, y éste es su máximo elogio, que Tiberio consolidó y completó la obra
administrativa, ingente y afortunada, de su padrastro.
Hasta en sus últimos años, obnubilado ya por la vejez y
por sus resentimientos, conservó lúcida la eficacia de buen gobernador y
administrador. No así la claridad de su sentido político: pues fueron faltas
graves de éste la elevación inmoderada de Sejano, su fuga a Capri, las
persecuciones que aterraron a Roma y las soluciones ineptas que dio a su pleito
familiar, del que dependía su sucesión.
En realidad, y aparte de estos errores concretos ya muy
ligados a su estado pasional, Tiberio no fue nunca un gran político. Su
concepto de la República, excesivamente tradicionalista, no correspondía a lo
que exigían los tiempos. Barbagallo dice, con razón, que hubiera querido actuar
como un nuevo Sila, y esto era imposible ya. El peligro del político
tradicionalista es caer en el anacronismo; grave pecado; tan grave como el del
utopismo en que suelen incurrir los políticos progresistas cuando les falta también
el sentido de la ponderación. Por todo esto, que es tan importante, no es justo
decir, como sus panegiristas, que fue Tiberio un gran emperador; fue,
simplemente, un gobernador burócrata y militar bueno, a veces excelente; y nada
más.
Preocupación de la disciplina
Debía Tiberio estas cualidades, no sólo a su vasta
preparación, sino a ciertas virtudes de su carácter que es necesario hacer
resaltar. La más importante fue su preocupación por el orden y la disciplina,
eje insustituible de todo buen gobierno. En las legiones llevaba el rigor
disciplinario hasta los límites extremos de la severidad. Todas sus reacciones
tendían, en efecto, a la exageración puritana, que sólo es totalmente eficaz
cuando se administra mezclada con una dosis suficiente de amor o, por lo menos,
de simpatía. Tiberio daba con su propia vida, tan severa como la de sus
soldados, ejemplo práctico de su afán por la disciplina. Pero si se supo hacer
respetar y quizá admirar, no supo hacerse amar de la tropa, que, en cambio,
adoraba a Druso I y a Germánico, menos estrictos, menos virtuosos, pero más
generosos y humanos. Por eso tuvo el desengaño de ver a estas legiones, a las
que había consagrado tanto de su vida, sublevadas contra él63.
La misma preocupación por el orden, la tuvo en la vida
civil. Su mayor enemigo, Suetonio, describe con generosidad de detalles todos
sus esfuerzos para garantizar la tranquilidad pública contra ladrones de
ciudad, bandidos del campo y toda clase de perturbadores. Él mismo era el
primero en cumplir rigurosamente las normas de su vida civil. En medio de una
sociedad depravada fue, como su madre, casto; al biólogo le interesará saber si
esta castidad era virtud o hija de un defecto de su naturaleza; pero, políticamente,
hay que anotarla como un mérito. Fue sobrio en su vida como su padrastro; y con
mayores merecimientos que éste, que lo fue a la fuerza, porque su salud se lo
imponía. El sentimiento del deber se sobrepuso en Tiberio hasta en las
aficiones más hondas de su vida, y así le hemos visto no interrumpir sus
quehaceres y «buscar el consuelo en los cuidados del imperio» cuando murió su
hijo64 que fue, tal vez, con el de la muerte de su hermano, el trance más
doloroso de su vida.
Filantropía y caridad
Era muy generoso, pero no dilapidador. Generoso a su modo.
Daba grandes sumas en los momentos de calamidad pública, como en la catástrofe
de Fidenas, en el incendio del monte Celio o en las hambres que bajo su
principado padeció Roma. Pero era, en cambio, tacaño para la pequeña caridad,
la individual y de todos los días; lo cual dio origen a que sus adversarios le
creasen una falsa leyenda de avaricia, que refleja enconadamente Suetonio. En
los textos de éste, bien leídos, se aprecia claramente el matiz que acabo de
indicar. Nos dice, por ejemplo, que a sus compañeros de viaje no les daba dieta
alguna, contentándose con proporcionarles de comer. En cambio, por uno de los
motivos públicos citados, vaciaba ampliamente su bolsa.
Es esta disociación entre la caridad pública y la
individual achaque muy común de los grandes filántropos: los que subvencionan
con millones copiosos una obra social, pero son incapaces de sacar de su
bolsillo una moneda de cobre para dársela con recato y con ternura a quien la
pide, sin preguntarle para qué. Ésta es la diferencia entre filantropía y
caridad. La filantropía es, sobre todo, cantidad; y la caridad es, ante todo,
amor.
Austeridad
También debe contarse entre las virtudes de Tiberio su
austeridad ante las humanas vanidades, tan propias de su rango. «El alma de
Tiberio —reconoce noblemente Tácito— tenía esa fuerza que hace despreciar los
honores.» Odiaba la adulación y la repelía a veces con violencia —con lo que
perdía su mérito— aunque se tratase de turiferarios de gran posición social,
como los mismos senadores. Se cuenta que a uno de éstos que quiso besarle las
rodillas le rechazó con tal violencia que los dos cayeron al suelo65.
Cuando en un discurso le elogiaban con exceso, hacía
callar al orador; y rehusó siempre los títulos hiperbólicos dedicados a su
jerarquía y a su persona, entre ellos el de Padre de la Patria. Su acto de
modestia más alabado fue la negativa a que le consagrasen un templo en la
España Ulterior. Pero este hecho tiene seguramente explicaciones profundas que
serán comentadas en el capítulo siguiente.
Allí discutiremos el sentido psicológico de este gesto. El
simple historiador, ahora, no puede amenguar la gloria de quien lo hizo,
alegando que sus propósitos eran menos nobles de lo que parecían. La Historia
juzga sólo los resultados y no los propósitos; y todo lo que hemos referido en
este capítulo, dentro de su aire un tanto protocolario, de catecismo de la
moral romana, sin personalidad en la virtud, es gloria indiscutible del
discutido emperador.
CAPÍTULO XVII TIMIDEZ Y ESCEPTICISMO
Timidez de Tiberio
Los historiadores antiguos aluden ya a la timidez de
Tiberio, que aparece, a cada momento en su vida, mezclada con sus sentimientos
elementales. Tácito nos habla, por ejemplo, de que el César «lo mismo amaba que
temía a Sejano», expresión típica de la ambivalencia tiberiana. De los
comentadores modernos, algunos anotan la trascendencia que esta timidez tuvo en
la vida del emperador, como Baring-Gould, Ferrero, y, sobre todo, Henting.
Otros, como Marsh y Ciaceri, la discuten. Pero, sobre este punto, huelgan las
discusiones. La timidez de Tiberio y la importancia que tuvo en su vida pública
y privada no se pueden negar.
Los hombres de talla elevada, incluso los gigantes, están
especialmente predispuestos a sufrir del mal de la timidez; la sexual y la
social, ambas entrañablemente ligadas entre sí. Éste fue el caso de Tiberio,
hombre alto. Aun en su vida militar, su conocida parsimonia se interpretó
muchas veces como falta de decisión. A irresolución suya se atribuyó el fracaso
de las legiones de Roma, en la insurrección de los dálmatas, viviendo Augusto;
así como la desventajosa guerra de las Galias, en 21 d.C. Ya hemos dicho lo que
estas críticas debieron herirle. Su fuerte era la diplomacia, más que el
marcial ataque; tal vez porque no se sentía suficientemente enérgico para éste.
La habilidad es el recurso de los débiles; y sólo por ser fundamentalmente
débiles, han sido algunos hombres grandes diplomáticos.
Pero, sobre todo, en la vida civil de Tiberio abundan los
testimonios de la timidez que se ocultaba bajo el cariz severo de su semblante.
Hemos señalado ya muchas de estas debilidades, algunas de apariencia fútil,
pero todas de gran significación en la marcha de los acontecimientos del
Imperio. Recordaré de nuevo la ausencia del César y de sus familiares en los
funerales de Germánico, que fue, sin duda, un acto de miedo. Y la condena de
Pisón, notoriamente injusta, dictada por la abdicación temerosa del Príncipe
ante el clamor popular.
Su más que probable timidez sexual ha sido suficientemente
comentada.
La madre y los validos
Pero, sobre todo, nos da idea de su voluntad vacilante la
necesidad que tuvo siempre de apoyarse en el báculo de otra voluntad. Tiberio
vivió siempre a la sombra de la energía imperiosa de otros. Primero, de la de
su madre y de la semidivina de Augusto. Le hemos visto traído y llevado por los
manejos y la protección de Livia en la larga lucha de las dos ramas imperiales.
Como un objeto inerte oscilaba su presente y su futuro a merced de las dos
fuerzas contrarias, la de Livia, que le impulsaba, y la de Augusto, que se le
oponía. Cuando llegó a ser dueño del Imperio había traspuesto los 50 años, edad
en que el espíritu, en plena sazón, puede dar todavía sus mejores frutos, pero
en la que es difícil que se rehaga en moldes nuevos; y esto es lo que hubiera
sido necesario a Tiberio. El largo aprendizaje de su juventud y madurez había
sido excelente para su experiencia de burócrata, pero fatal para la educación
de su voluntad.
Llegó a mandar en toda Roma, pero no pudo independizarse
de su madre. La ambiciosa Livia, fortalecida por los años, fue siempre su
emperatriz. Ya hemos visto que intentó reaccionar contra esta tutela, pero bajo
su rebelión superficial se adivina que el yugo, forjado y apretado a través de
tantos años, era más fuerte de lo que él creía. Para intentar su independencia
tuvo que romper abiertamente con su madre, alejándose primero de Roma y
cortando, después, toda relación con ella. En suma: huyó como los tímidos.
Al huir de una esclavitud, caía en otra peor. Como todos
los tiranos débiles, tuvo la constante necesidad de ese ministro omnipotente
que en castellano tiene el hermoso nombre de Valido. Sejano fue su Valido. Dión
nos cuenta que en los últimos años de su imperio se decía que «Sejano era el
emperador de Roma, y Tiberio, sólo el gobernador de Capri». Como todos los
validos, Sejano intentó devorar a su señor: es una ley biológica justa; pero
como les pasa a muchos, pereció víctima de una de las súbitas reacciones
violentas de los débiles, a favor del apoyo de la opinión, que el príncipe
sometido utiliza contra su ministro cuando éste exagera su tiranía y atrae, por
ello, el rayo de la ira popular. Esta historia se ha repetido muchas veces.
Para desechar a Sejano, Tiberio tuvo otra ayuda, además de
la del pueblo: la de Macrón, hombre eficaz y perverso, que sustituyó al valido
en el mando de las cohortes y en el imperio, sobre la voluntad del César. Para
darse idea de la indigencia de la voluntad de Tiberio, basta considerar esta
sumisión absoluta a cabecillas secundarios, vacuos e intrigantes, como Sejano y
Macrón; mientras, los hombres de talento político, como Nerva, tenían que
matarse. Y hay, además, que comparar esta prepotencia de los favoritos sobre
Tiberio, con el rango estricto, jamás excesivo, que tuvieron ministros de la
talla de Mecenas y de Agripa, cerca de un príncipe de recia voluntad y de
verdadero talento político como Augusto. Éste, no lo olvidemos, tuvo a su lado
también, durante la mayor parte de su vida, y, lo que es peor, durante las
noches de muchos años, a Livia; y, sin embargo, supo sortear el mismo peligro
de la mujer imperiosa que aprisionó a Tiberio.
Crisis de la voluntad
Las crisis más características de esta voluntad vacilante
fueron sus dudas para aceptar el principado y, sobre todo, sus huidas, a Rodas
en la juventud y a Capri en la vejez. Estos dos últimos episodios pertenecen al
período nebuloso de sus anormalidades, y serán comentados más adelante.
Respecto de sus titubeos para aceptar el poder, las referencias de los autores
contemporáneos los presentan como una de las manifestaciones típicas de su
hipocresía, pues afirman que mientras se resistía en el Senado actuaba con las
tropas como si fuera ya emperador. Pero leyendo atentamente estas versiones, se
tiene la impresión de que sus dudas eran sinceras, hijas de su indecisión; y
que lo que trataba de ocultar con su lenguaje confuso y su actitud misteriosa
era su propia debilidad.
El tímido escéptico
Tuvo, también, mucha parte en su conducta su escepticismo.
Lo estudiamos ahora por su conexión inmediata con la timidez. El hombre tímido
tiene, en efecto, dos posibles actitudes defensivas. Cuando es pobre de
espíritu, se defiende de su debilidad creyendo en todo, y vive, como un
parásito, adherido a la fortaleza de otros hombres o a la de los grandes
símbolos extrahumanos. Cuando el tímido es inteligente y altanero, su defensa
suele consistir en no creer en nadie ni en nada. Este es el caso de los tímidos
resentidos; y así era Tiberio.
No asoma en todo el curso de su vida un solo rasgo
entusiasta hacia los demás hombres. Dicen que admiraba a Augusto, pero su
admiración estaba minada por el resentimiento. Basta a demostrárnoslo el
discurso que antes hemos citado, en el que rehusó la consagración a su nombre
de un templo en España: su conciencia más profunda se transparenta en él, en
efecto, cuando dice que aceptó una consagración anterior, porque Augusto había
aceptado todas las que le ofrecieron; pero que cumplido este protocolo, él no
seguía la conducta de su padrastro; porque la fama está en los hechos, que
juzgará la Historia futura, y no en los templos y las lápidas erigidas por los
contemporáneos. Pocas veces asoma con tanta nitidez en la superficie del alma
la violencia del subconsciente. En ocasiones como ésta el rechazar un honor no
es humildad, sino explícita soberbia, afán de superar a los que han aceptado
antes todos los honores. Por esta misma razón no aceptó tampoco el título de
Padre de la Patria, que tanto había envanecido a Augusto.
A estas tendencias nativas se fueron sumando, para
incrementar su escepticismo, las lecciones que la vida le dio. En los capítulos
precedentes hemos analizado los motivos que explican por qué Tiberio no podía
creer en las virtudes del hogar, ni en las conyugales, ni apenas en las de los
amigos. Hubiera necesitado para superar tantas demostraciones adversas una
inmensa dosis de generosidad, que no tuvo jamás.
Persecución a las religiones
No creía, finalmente, en los dioses. Suetonio declara que
fue, en absoluto, indiferente a los de su religión. Como muchos otros hombres
inteligentes de su época, Tiberio presentía el fin de la grotesca teología
pagana; y acaso él, más que nadie; por lo mismo que el destino histórico, que
forma parte de nuestras almas, le había asignado el papel de testigo supremo,
aunque inconsciente, de la aurora de la nueva fe.
Tiberio persiguió a todas las religiones oficiales. Hoy es
difícil juzgar del sentido político de estas persecuciones66 pero es evidente
el elemento de ateísmo resentido que había en su actitud.
El año 19 d.C. expulsó de Italia a los que profesaban la
religión de Isis, que, gracias al snobismo de los elegantes de Roma, empezaban
a ser numerosos. La moda egipcia, en todos sus aspectos, hacía furor. A algunos
de sus sacerdotes, acusados de diversos crímenes, los hizo crucificar junto al
Tíber. Persiguió, también, a los druidas. Y expulsó, finalmente, a los judíos:
cerca de 4.000 fueron trasladados a Cerdeña, con pretexto de reprimir el
bandidaje de esta isla, pero, en realidad, con el secreto designio de que
murieran víctimas de la insalubridad de su clima. Parece, sin embargo, seguro,
que Tiberio sentía una simpatía secreta por los judíos, como lo prueba el
juicio benévolo y las disculpas que dan de esta expulsión historiadores como
José y Filón, este último paladín de la raza. Con esta simpatía se relaciona el
supuesto interés —para algunos, el verdadero fervor— de Tiberio hacia la
doctrina de Cristo; por lo menos la admiración de su alma, tan propensa a creer
en los prodigios, cuando supo que el Rabí crucificado por Pilatos había
desaparecido de su sepulcro, envuelto en nubes, hacia los cielos.
Tiberio y los presagios
Creía, en efecto, Tiberio en los presagios y en los
portentos. Los hombres, como los pueblos, sin fe, son los que están dispuestos
a cada instante a comulgar con ruedas de molino. Pero era éste, además, rasgo
de su tiempo. En su siglo, y hasta muchos después, apenas hubo mentes capaces
de sobreponerse a la fe en los indicios presagiales que, con los sueños, son un
resto del alma primitiva que subsiste aún en nuestra alma civilizada. Y
entonces, aun con mayor tiranía que ahora;
y no por la distancia en años que nos separa de la antigua
edad, que es, en la inmensa trayectoria de los mundos, un instante brevísimo;
sino por la eficacia que para la evolución de la razón humana han tenido las
cosas ocurridas en el plazo de esos veinte siglos. Nada tiene de particular,
por lo tanto, que Tiberio se aterrase del rayo, del que se preservaba con una
corona de laurel, porque esta planta, según nos cuenta el gran naturalista de
la época, Plinio, posee una notable aversión al fuego. Y no estaba solo en este
terror, pues también lo padeció el gran Augusto, que prefería preservarse con
una piel de foca; y, desde luego, el estúpido Calígula que, sin sentido ninguno
de su dignidad, en cuanto oía el primer trueno se metía debajo de la cama.
Sin embargo, puede presumirse que Tiberio creía menos en
el presagio que muchos de sus contemporáneos, incluso los más ilustres, como
sus propios historiadores Tácito, Suetonio y Dión. Suetonio nos informa de que
el emperador era «hombre de realidades», como se diría hoy; y así, cuando iba a
empezar una batalla no gustaba de consultar a los augures, prefiriendo
entregarse en su tienda a una madura reflexión y a un estudio detallado de
cuantos datos le daban sus capitanes, a lo largo de la noche en vela. El único
signo que le inspiraba confianza en días de guerra era el que su lámpara se
apagase bruscamente; pero una de las veces en que se confió a este presagio
estuvo a punto de ser asesinado, con lo que su espíritu descreído debió perder
el último asidero de la fe en lo sobrenatural.
El alivio de los astros
Su alma fría e inquisitiva le condujo a buscar un alivio
del escepticismo en la astrología. No puede esta afición del César apuntarse,
como quiere algún historiador moderno, en el haber de sus virtudes,
considerándola como expresión de un supuesto espíritu científico. Aquella
astrología tenía apenas un núcleo de rigor experimental, aunque no menor, es
cierto, que casi toda la precaria ciencia natural de su tiempo; pero sobre ese
núcleo se hipertrofiaban monstruosamente todos los prejuicios y todas las inocencias
de la superstición de la mente antigua. Entonces y siempre, nunca es más
peligrosa la superstición que cuando se barniza de ciencia.
Desde su retirada a Rodas, cuando tenía 36 años, se dio
Tiberio a la ciencia de los caldeos. Su maestro fue el célebre astrólogo
Trasilo, al que llevó luego consigo a Capri y con el cual le unió una amistad
estrecha después de haberle hecho pasar, porque hasta con lo sobrenatural
extremaba su cautela, por una prueba rigurosa de su buena fe. Nos cuenta Tácito
que Tiberio consultaba con sus astrólogos, en Capri, en la más alta de las doce
villas que había hecho construir en la isla, cada una dedicada a un dios67.
Trasilo era como el jefe de ellos, que eran muchos:
Juvenal nos habla, en efecto, del César en la isla risueña «rodeado de una
tropa de caldeos». El astrólogo de turno —dice la leyenda— subía cada tarde
hasta la morada del emperador por un sendero al borde del abismo, para
conversar con él y explicarle los presagios; y al descender, si Tiberio había
sospechado un fraude en el horóscopo, el robusto esclavo que acompañaba al
caldeo infeliz le precipitaba al mar. La primera vez que le llegó a Trasilo su
turno, le preguntó Tiberio por su porvenir; consultó aquél a los astros y,
palideciendo, advirtió valerosamente a su señor que le amenazaba un gran
peligro. El César, confortado con su lealtad, le besó, y desde aquel instante
fueron amigos.
No debe pasar Trasilo por estas páginas sin un comentario
de simpatía; porque fue, en los días terribles de la persecución y de las delaciones,
ese hombre providencial que surge siempre en trances parecidos, donde menos se
espera, y que dedica su prestigio con el tirano y su astucia, para hacer el
bien a los demás. Se dice que Tiberio no quería morir sin ver ejecutadas todas
sus sentencias; y el buen astrólogo le engañó haciéndole creer que aun le
quedaba larga vida; así salvó a muchos infelices, que apenas muerto el César
fueron puestos en libertad. Tal vez es ésta una leyenda más; pero quiere decir
que, en esta ocasión como en tantas otras, nunca es más sagrada la ciencia que
cuando voluntariamente pone su prestigio al servicio de la mentira para hacer
el bien.
¿Qué buscaba Tiberio en el lenguaje sin sentido de los
astros? Tal vez sentía, como quieren sus defensores, un ansia de razonar sobre
el misterio de la vida, que sirviera de soporte a la sequedad de su alma. Acaso
también, en la inmensa decepción de su fe en los dioses, buscaba con angustia
otra verdad superior que, sin saberlo, estaba ya muy cerca. Por eso, quizá,
pasaba tantas horas con los ojos clavados en la ruta infinita de las estrellas.
Mas el verdadero blanco de su afán no estaba entre los astros, sino tan
escondido en los repliegues de su alma, que ni él mismo lo sospechó jamás.
CAPÍTULO XVIII LA ANTIPATÍA
Dos clases de «patías»
El éxito o el fracaso de los hombres depende, mucho más
que de las cualidades o los defectos valorables, de la sutil pero decisiva
razón de su simpatía o de su antipatía. Tiberio fue fundamentalmente
antipático, y los historiadores, salvo algunas excepciones, no suelen estimar
este rasgo de la psicología del César.
Sobre la antipatía y la simpatía se ha escrito mucho, y se
ha convenido en que su esencia y sus motivos son muy difíciles de explicar.
Pero es evidente que hay dos grandes grupos de ambos sentimientos; o, mejor
dicho, del sentimiento de la «patía», que tiene, como la electricidad, dos
polos; o, si se quiere, cara y cruz. En el primer grupo se trata de un
sentimiento exclusivamente subjetivo: un hombre o una mujer, por razones
profundas de afinidad o de oposición en nuestro instinto frente a su personalidad,
nos es simpático o antipático; quizá sólo a nosotros y a nadie más. En el
segundo grupo se trata de un sentimiento objetivo: un hombre o una mujer, por
condiciones fijas de su personalidad, es simpático o antipático; no solamente a
ciertos de nosotros, sino, prácticamente, a todos los mortales que le conocen.
Si buscamos las razones de estas simpatías o antipatías universales que
trascienden de los seres humanos del segundo grupo, encontraremos unas veces,
unas; y otras veces, otras diferentes; pero con absoluta constancia
comprobaremos la presencia de generosidad en el simpático, y en el antipático
la ausencia de esta virtud. La medida de la generosidad de cada alma es la
medida de su capacidad de simpatía. Y esto nos explica también la relación de
la antipatía con el resentimiento, puesto que la raíz de éste estriba,
asimismo, en la falta de generosidad. La acritud del resentido se infiltra poco
a poco en los estratos de su alma y aumenta la antipatía, inicial; por eso, el
ciclo de la antipatía del resentido no tiene fin.
El gesto antipático
Tiberio perteneció a la categoría del antipático
universal. Tácito nos dice que «carecía de modos afables, y que su aspecto
repulsivo inspiraba horror»; pero la descripción más exacta de su antipatía la
encontramos en Suetonio: «andaba, escribe, con la cabeza orgullosamente erecta
y las facciones contraídas, casi siempre silencioso, no dirigiendo la palabra
más que de raro en raro, incluso a los que le rodeaban habitualmente; y aun
entonces, con extrema desgana y haciendo siempre una gesticulación desdeñosa
con los dedos». Es este último detalle de gran realidad; el «digitorum
gesticulatione», que dice Suetonio, debía molestar mucho a los demás, puesto
que las crónicas lo consignan. Todos tenemos experiencia de la sorda irritación
que producen los gestos reiterados, y entre ellos los de las manos, en las
personas poco gratas. Séneca nos habla de los niños a quienes les hace llorar
una palabra dura, los movimientos de los dedos y todos los demás gestos
desconcertantes. Un tic reiterado, como el de Tiberio, puede hacerse más
insoportable que los grandes gestos temerosos, como aquel que el mismo Séneca
nos describe en Claudio: «un gesto de su mano flaca que sólo se hacía firme
para iniciar el signo de decapitar».
Impopularidad de Tiberio
Suetonio añade que Augusto tuvo que disculpar más de una
vez a su hijastro, ante el Senado y el pueblo, por «sus costumbres
desagradables y llenas de altanería», achacándolas a defecto de su naturaleza
—es decir, a antipatía— y no a deliberada intención de molestar. A esto mismo
debe referirse Tácito cuando nos dice que al pedir Augusto el poder tribunicio
por segunda vez para Tiberio, en el discurso de elogio a éste «deslizó algunas
censuras, disfrazadas de apología, sobre su continente, su exterior y sus costumbres».
Sin duda, era Augusto muy sensible a esta antipatía de su hijastro y yerno,
porque él poseía, por el contrario, en grado sumo, el don de agradar, que fue
el secreto de buena parte de sus triunfos. Quién sabe si la antipatía de
Tiberio no le producía también una satisfacción recóndita, como entonces se
dijo, al ver aumentadas sus virtudes por el contraste con los defectos, punto
por punto inversos, de su hijastro.
La antipatía fue, más que los defectos y las crueldades,
la causa de la tremenda impopularidad que todos los autores reconocen en
Tiberio, incluso sus rehabilitadores actuales. La primera explosión de esta
impopularidad ocurrió cuando Tiberio se retiró a Rodas (6 a.C.) El pueblo no
comprendió bien el motivo de la retirada, ni el gesto de altanería con que lo
realizó, ni menos aun su conducta en el voluntario destierro; e, irritado,
reaccionó en contra suya. «Odio y desprecio», dice Suetonio que inspiraba, hasta
el punto de que en Nimes derribaron sus estatuas y se pensó en asesinarle.
Sin embargo, después de esta ola adversa, gustó, al volver
de Rodas y ser adoptado por Augusto (4 d.C.) quizá el único momento de
popularidad de toda su vida. Ya hemos aludido a la página en que Veleio
describe, con evidente y servil exageración, la alegría de los romanos en este
trance; aun rebajando su ardor interesado, es evidente que esta vez dice la
verdad. Pero la alegría del pueblo se fundaba en razones políticas y no en
afecto específico hacia el Príncipe. La muerte de los Césares Caio y Lucio había
dejado a Augusto sin sucesor, creando una grave situación al Imperio. Tiberio
era entonces, por necesidad, una esperanza. Además, probablemente, el
destierro, eterno creador de prestigios y lejía infalible para toda clase de
manchas en los hombres públicos, había hecho olvidar un tanto la antipatía de
aquel hombre, hasta entonces detestado.
Pero la popularidad circunstancial había desaparecido ya
cuando el año 14 d.C. Augusto murió y su hijastro fue llamado a sucederle. Era
éste, hasta entonces, mucho más conocido de las legiones que acampaban y
peleaban en las fronteras, que del pueblo de Roma. Y fue, en efecto, en las
legiones donde surgió la protesta; se sublevaron primero las de la Pannonia, y
a poco las de Germania. Es cierto que había un descontento difuso en todas, por
razones de maltrato y poco sueldo, y por una indisciplina latente engendrada en
el ocio de la larga paz; todo ello ajeno a la personalidad del nuevo emperador.
Estos motivos generales fueron los que, principalmente, suscitaron la rebelión
de las legiones de Pannonia68 pero en Germania, el movimiento militar, mucho
más fuerte, fue decididamente contra Tiberio.
Las legiones «no querían reconocer a un emperador que
ellas no habían designado», dice Suetonio; y Tácito lo confirma, insistiendo en
el desafecto personal de los soldados hacia Tiberio, al que ponían en parangón
con la simpatía de Germánico, su sobrino, que era el candidato de la tropa para
el trono: “Efectivamente, el espíritu popular y las maneras afables del joven
César (Germánico) contrastaban profundamente con los modos y el lenguaje de
Tiberio, siempre altanero y misterioso”. Fue, pues, una lucha entre la simpatía
de Germánico y la antipatía de Tiberio. Y ya sabemos que sólo la lealtad de
aquél evitó, tal vez, que el principado de Tiberio durase tan sólo unas
semanas.
La rectitud sin cordialidad
Restablecida la disciplina, Tiberio ejerció su poder
absoluto durante más de veinte años, sin otra alteración interior que la
conspiración de Druso Escribonio. Gobernó bien, pero pudiéramos decir que sin
gracia. Más arriba hemos dicho que daba a los necesitados el dinero sin amor,
como suelen darlo los filántropos, y por eso no se lo agradecían. De igual
modo, daba al pueblo una excelente administración y una recia disciplina, pero
sin un solo gesto cordial; y por eso, no fue nunca amado. No es, como dicen
algunos de sus panegiristas, que su rectitud irritase a las gentes. La rectitud
del gobernante puede ser molesta, pero no impide el amor de sus súbditos. Un
gobernante blando puede, en cambio, ser odiado de los suyos. Lo que pasa es que
el acto de mandar, blanda o duramente, debe acompañarse siempre de algo que
haga perdonar el privilegio del poder; porque éste, aun el más legítimo, es
siempre un privilegio; y está, por ello, a un paso de hacerse odioso a los
demás. Tiberio era incapaz de comprenderlo así.
Contribuyó, también, a su falta de éxito popular el
sentido privilegista de su política. Su concepción de ésta era “una solemne
adhesión a la política de las clases altas y del Senado. El nuevo Príncipe
actuaba, en verdad, como años atrás había actuado Sila; y hay motivos para
suponer que esto debió figurar entre las causas no menores de la impopularidad
del Príncipe”. Así escribe certeramente un historiador actual, nada sospechoso
de enemistad sistemática a Tiberio.
Pero el progreso de su impopularidad, hasta su muerte, más
que a las causas políticas, estaba ligado a las características directamente
humanas del César. Hoy tenemos la impresión de que la fachada de la vida de
Tiberio, lo que de él se veía, desde la plaza pública, eran sus eternos pleitos
de familia, erizados de intrigas, de tragedias y de muertes. Sus excelencias
burocráticas quedaban en el segundo plano. Y en todos aquellos pleitos
pasionales, la opinión se orientaba, invariablemente, hacia la facción de los
julios, frente a la del emperador: primero, estuvo con Germánico contra
Tiberio, cuando la sublevación de las legiones, y cuando el joven general fue
relevado de su mando y enviado a Oriente; después, con Agripina viuda y sus
hijos contra Pisón, el supuesto asesino de Germánico, y contra Tiberio,
sospechado de instigador del crimen; luego, con la indomable viuda y su hijo
Nerón contra Sejano, que los perseguía en nombre del César; y así siempre. Por
eso, el pueblo consideró el advenimiento de Calígula, último vástago de la
familia adorada, como un triunfo y una liberación; con el poco acierto, en
verdad, que caracteriza a los movimientos populares. Y el error obedece siempre
a lo mismo: a que las masas se mueven por la emoción, por el gesto; es decir,
por la simpatía o antipatía, y jamás por la reflexión. Éste es el pecado
original, irremediable, de la democracia absoluta, no dirigida; que, cuando
acierta, es por la misma razón que hace salir premiado, en la lotería, el
número que elegimos en un momento de corazonada.
De la impopularidad al odio
Los continuos procesos, condenas y suplicios que llenan la
última parte del remado, multiplicaron hasta el paroxismo los motivos de la
impopularidad de Tiberio, y la trocaron en odio. Algunos escritores modernos,
sobre todo el concienzudo Marsh, han tratado de justificar al César en muchas
de estas persecuciones. Mas las defensas de los abogados —y Marsh habla, no
como historiador, sino como abogado— pueden modificar el juicio de los
eruditos, pero jamás quitarán la razón a las sanciones históricas. Y debe ser
así. Si fue Tiberio responsable de una sola de las cabezas caídas, de una sola
de las muertes injustas, esta única infamia basta para que Tiberio sea un
emperador cruel y responsable de todas las crueldades de su reinado. Otra cosa
sería como querer absolver del adulterio a la fama de una mujer, probando que
sus amantes no fueron tantos como se suponía. Un historiador respetable exhibe,
como prueba de las exageraciones de Suetonio al describir el terror tiberiano,
la frase de éste de que «los verdugos violaban a las vírgenes antes de
ahorcarlas»; injusticia notoria, comenta, porque esta infamia sólo se cometió
una vez, con la hija de Sejano. Pero, claro es que basta esta sola vez para
abominar de quien la ordenó.
El ambiente de delaciones y de calumnias que angustiaba a
Roma era, al final del reinado, una hoguera de odio hacia Tiberio, que sólo se
aliviaba con la esperanza de verle desaparecer. Los pueblos aterrados y
descontentos lo esperan todo de esa palabra mágica y peligrosa que se llama
cambiar. La muchedumbre no piensa nunca que pueda perder en el cambio. Los días
de mayor regocijo de las multitudes que registra la Historia son los que han
seguido a los cambios de los príncipes y de los regímenes, sin que jamás el
alborozo se turbe por el recuerdo de las infinitas decepciones que en la
Historia humana han seguido a esa ilusión.
El año 33 d.C. Tiberio, en una carta al Senado, se quejaba
«del odio que suscitaba su persona, por servir bien a la República». El vaho
del rencor popular había, pues, llegado hasta él; y debió ser una de las
razones de su retirada a Capri. Pero la distancia que le separaba de Roma, con
el mar por medio y los acantilados de la isla, era, sin embargo, pequeña para
huir de la ola de rencor que le seguía. Sejano tuvo que establecer una guardia
especial para que nadie se acercase al fugitivo emperador; y una censura
inexorable para aislarle de cartas y denuncias, sobre todo de los anónimos, que
le hacían sufrir mucho. Así nos lo dice Suetonio: «su alma inquieta se
ulceraba» con los libelos que a veces encontraba en su sitial del Senado; y
Tácito nos cuenta que en una ocasión «estaba agriado por unos versos anónimos
que corrían sobre él». A pesar de los cuidados de su favorito, es seguro que la
flecha sutil del anónimo, que encuentra siempre un resquicio para alcanzar su
blanco, llegaría hasta la soledad de Capri.
El terror enfermizo que le sobrecogió en sus últimos años
nos prueba que no logró aislarse del odio de la gente. Es, sin duda, una
calumnia el que, en su isla solitaria, se encerrase en una gruta a hacer
extravagancias obscenas con ninfas y efebos reclutados a latigazos por sus
esclavos. Pero sí es, sin duda, cierto, como nos cuenta su máximo historiador,
que, «agobiado por el odio popular y debilitado por los años», Tiberio
comprendió que con la fuerza sola, sin un hálito favorable de la opinión, no se
sostienen los poderes.
La opinión, a pesar de la fuerza, le había ya derribado
antes de morir. Los mejor intencionados de sus paladines no tienen argumentos
que oponer a aquella bárbara y significativa explosión de alegría con que
acogió Roma la noticia de su muerte. Era tan grande el general regocijo, que
las gentes no querían creer que «el león», como le llamó el judío Agripa
Herodes, había dejado para siempre de rugir. El pueblo no pensaba ya, tal vez
no pensó nunca, si gobernó con rectitud o con malicia; sino sólo en el inmenso
poder negativo de su antipatía. Por eso enronquecía por las calles lanzando
aquel grito que llega hasta nosotros con un trágico sonsonete de populacho
ebrio, que hemos oído también con letra diferente, pero con la misma música; y
que por eso estamos seguros de que es cierto: «¡Tiberio, al Tíber! ¡Tiberio, al
Tíber!»
CAPÍTULO XIX RESENTIMIENTO Y DELACIÓN
La ambivalencia de Tiberio
En los capítulos anteriores hemos destacado la doble
personalidad de Tiberio: en el anverso, su rectitud de administrador, su amor
al orden, sus virtudes de capitán; en el reverso, las pasiones sombrías de su
alma. Si queremos juzgarle con un lenguaje moderno podríamos decir que fue un
técnico excelente con un alma perversa; combinación, por cierto, nada rara. Su
glorificación por los autores recientes es típica expresión de la ética
contemporánea, que ante el hombre útil olvida lo demás.
Esta doble personalidad de Tiberio nos interesa porque
explica muy bien la ambivalencia de su alma; su respeto, como ciudadano y como
hijo, a Augusto y a Livia; y su odio hacia ellos, hacia los que habían
edificado la virtud y la gloria del hogar imperial sobre el dolor del de su
padre; la compasión hacia Julia, la mujer legal, cuando la desterraron; y su
rencor implacable por el ridículo de que le cubrió; las alternativas de
protección y de persecución a Germánico y a Agripina y a sus hijos; sus gestos
de amistad y de mortal hostilidad hacia Sejano, amigo y enemigo a la vez; y
así, siempre igual. A cada instante vemos escapar por entre los resquicios de
su perfecta armadura oficial, el vaho de su rencor, dando a su vida el aspecto
equívoco que los contemporáneos interpretaban como hipocresía y que los
cronistas posteriores no aciertan a encajar en el esquema del carácter de una
pieza.
El ciclo del resentimiento
A lo largo de la vida de Tiberio se ve claramente cómo a
medida que su resentimiento fermentaba, el turbio reverso pasional de su
personalidad iba, poco a poco, superando al claro anverso de su vida política.
Por eso, los antiguos le vieron como a un hombre desconcertante, que cambiaba
sin cesar: recordemos otra vez las palabras de Plinio, que le llama príncipe
austero y sociable, que con los años se tornó severo y cruel. Algunos señalan
una fecha fija a su cambio del bien al mal, relacionándola con la muerte de su
hijo Druso, o con la de Germánico, o la de Livia69.
Fueron, en efecto, estas desgracias impulsos bruscos en el
ciclo de su pasión. Pero más que ellas aun, le precipitó hacia el delirio final
la traición de Sejano y el descubrimiento del pretendido asesinato de su hijo.
También influyó en esta explosión de sus últimos años la
embriaguez del poder. Es típico del resentido, sobre todo del resentido tímido
—ya lo hemos hecho notar— el que cuando adquiere un poder fuerte y artificioso,
como el que da el mando, haga un uso bárbaramente vindicativo de él. La prueba
del poder divide a los hombres que lo alcanzan en dos grandes grupos: el de los
que son sublimados por la responsabilidad del mando, y el de los que son
pervertidos. La razón de esta diferencia
reside, solamente, en la capacidad de los primeros para
ser generosos, y en el resentimiento de los segundos. Para no citar más que
ejemplos de la vecindad histórica de Tiberio, podemos recordar entre los
grandes jefes a los que ennobleció el ejercicio del poder, a Julio César,
demagogo inmoral en los comienzos de su carrera, y gran príncipe en la segunda
parte de su breve existencia oficial. Y al mismo Augusto, cuya juventud, llena
de hondos y vergonzosos defectos morales, se transformó, bajo la responsabilidad
imperial, en madurez equilibrada, patriarcal, con indudables resplandores de
grandeza. Ejemplos de la perturbación degenerativa del poder son, en cambio,
Tiberio, Calígula, Claudio, Nerón, Domiciano. No es manía de los historiadores
antiguos, como dice Ferrero, sino absoluta realidad, este cambio que, en todos
los espíritus débiles y sobre todo en los resentidos, determina la embriaguez
del mando; y que, efectivamente, da a sus reinados la apariencia neta de dos
etapas; una inicial, buena, y la segunda, mala.
Hay que tener en cuenta lo que en el tiempo de los Césares
representaba el sumo poder. Nada nos lo explica como lo que, por boca de
Séneca, pudo decir Nerón al alcanzar el principado: «Yo soy el arbitro de la
vida y de la muerte de los pueblos. El destino de todos está en mis manos. Lo
que la fortuna quiera atribuir a cada cual, es mi boca la que lo ha de decir.
De una respuesta mía depende la felicidad de las ciudades. Sin mi
consentimiento, ninguna puede prosperar». Se comprende que los semidioses pudieran
resistir este poder, casi sobrenatural, sin que se les subiese a la cabeza;
pero no los hombres de carne y hueso.
No es, finalmente, seguro que la razón de Tiberio,
anciano, herido por tanta desgracia, quien sabe si sifilítico, estuviera normal
en sus años finales. Ahora mismo hablaremos de sus huidas, de su ir y venir
incesante desde su retiro de Capri a Roma, que tienen aspecto sospechosísimo de
insensatez. Sólo el buen sentido de Antonia le ataba a la normalidad; pero era
un lazo demasiado débil frente a las fuerzas que le impulsaron, sin tino ni
justicia, a aquel terror tiberiano que ha estremecido a los siglos y que tiene
todos los caracteres del rencor del resentido; porque no se dirige, como el
rencor del odio o de la envidia, contra las personas que lo provocaron, sino
contra todo; porque todo, la humanidad y los dioses, son sus enemigos.
Las delaciones
Típico también de la venganza del resentido es el uso
predilecto que, para llevarla a cabo, hizo Tiberio de la delación. El resentido
en el poder recurre en seguida a sus hermanos de resentimiento, que son los
delatores. Mil almas resentidas abren, a su conjuro, la válvula de su pasión.
Llueven, entonces, los anónimos y las delaciones explícitas. Unas veces son
expresión cínica de un apetito; pero, casi siempre, son alivio del
resentimiento, quizá impersonal, aunque haya que sacrificar a una víctima.
Suetonio describe «el furor de las delaciones que se
desencadenó bajo Tiberio, y que más que todas las guerras civiles agotó al país
en plena paz». «Se espiaba, dice, una palabra escapada en un momento de
embriaguez y la broma más inocente, porque todo pretexto era bueno para
denunciar. Y no había que preguntar por la suerte de los inculpados: era
siempre la misma. Paulo, el pretor, asistía a una comida; llevaba una sortija
con un camafeo en que estaba grabado el retrato de Tiberio César. No busquemos
palabras ambiguas: con esa mano cogió un orinal. El hecho fue observado por un
tal Maro, uno de los más conocidos delatores de su tiempo. Pero un esclavo de
Paulo advirtió que el delator espiaba a su amo y, rápidamente, aprovechándose
de la embriaguez de éste, le quitó el anillo del dedo en el momento mismo en
que Maro tomaba a los comensales como testigos de la injuria que iba a hacerse
al emperador acercando su efigie al orinal. En aquel instante el esclavo abrió
su mano y enseñó el anillo».
El interés de esta historia está en que sin la argucia del
esclavo, Paulo hubiera sido encarcelado y muerto; y Maro, como delator, hubiera
cobrado parte de su herencia.
Es preciso leer uno a uno los procesos de estos años de la
persecución tiberiana para darse cuenta de su infamia y de su horror. Muchos
casos, como el que acabamos de referir, empezaban cómicamente y acababan en
tragedia. Otros eran trágicos desde que nacían. Los hijos denunciaban a sus
padres. Se tramaban las más innobles celadas para justificar la perdición de un
enemigo o el indigno provecho del delator, como la que hemos referido más
arriba, contra Tito Sabino. No sólo hombres infames como Maro, sino gentes
ilustres, abogados y oradores famosos, hacían de la delación oficio y se
enriquecían a costa de ella. «Hasta los senadores descendieron a las más bajas
delaciones». Pero, sin duda, eran más los que denunciaban por un fin más
gustoso que el dinero, el puesto o la clientela de la víctima: el placer de
vengar resentimientos viejos.
Tiberio contemplaba las delaciones con el gesto de
Pilatos, habitual en él. Si algún hombre valeroso, como Calpurnio Pisón,
protestaba contra los denunciadores, no tardaba en morir.
Nada más eficaz para destruir la moral de un pueblo como
el miedo a la delación, que es el más inesperado, el más sutil, el más difícil
de combatir y de vencer. Quien haya vivido épocas parecidas no encontrará
exageradas estas palabras de Tácito: «Jamás como entonces (después de algunas
delaciones famosas) reinó la consternación y el sobresalto en Roma. Se temblaba
aun estando entre los parientes más próximos. Nadie se atrevía a acercarse a
nadie, ni menos a hablar. Conocido o desconocido, todo oído era sospechoso.
Hasta las cosas inanimadas y mudas inspiraban recelo: sobre los muros y los
tabiques se paseaban las miradas inquietas».
Las paredes, en efecto, oyen cuando la justicia calla. Así
fue el terror tiberiano, innoble como todas las violencias de los débiles
ensoberbecidos por el mando. Terror de resentido, mantenido por la delación;
que denuncia la arbitrariedad del poder con la misma certeza con que el hedor y
las manchas lívidas del cadáver denuncian a la muerte.
CAPÍTULO XX SOLEDAD Y ANGUSTIA
Resentimiento y humorismo de Tiberio
Nos queda por comentar un aspecto, el último, de la
biografía de Tiberio: su tendencia accesional, irresistible y enfermiza a la
soledad. La relación del resentido con su medio humano es distinta de la de los
demás hombres. Entre él y los que le rodean —incluso, si es un personaje, entre
él y la nube pegajosa del mundo oficial— hay siempre una fisura, que se dilata
y se va, poco a poco, convirtiendo en un abismo. Un vacío de cordialidad se
crea inexorablemente a su alrededor. Y, al cabo de algún tiempo, el resentido
ya no tiene parientes entrañables, ni un amor verdadero de mujer, ni amigos, ni
efusión en el ambiente.
Ésta era la situación de Tiberio conforme avanzaba por la
vida: solo entre la multitud, con aire sempiterno de abstracción desdeñosa y
continente «tristísimo». Como muchos resentidos, tenía a veces rasgos de
humorismo, transidos casi siempre de envenenada acidez. Ya hemos explicado la
relación entre el humorismo y el resentimiento. Axel Munthe, actual poseedor de
una de las villas de Tiberio en Capri, que siente por el terrible César un
entusiasmo de huésped agradecido y una simpatía que su antecesor en el dominio
de la isla divina no logró alcanzar de ninguno de su coetáneos, nos habla con
arrobo del «raro sentido del humor de Tiberio». En los historiadores de la
época encontramos, en efecto, frecuentes muestras de este humorismo. Una vez,
por ejemplo, sus invitados hicieron un gesto de sorpresa al ver en la mesa del
emperador tan sólo medio jabalí; Tiberio les hizo observar que medio tenía el
mismo sabor que un jabalí entero. En otra ocasión recibió a unos embajadores de
Troya que venían a darle el pésame por la muerte de su hijo; y como llegaban
con bastante retraso, se le ocurrió contestarles: «yo, a mi vez, os doy el
pésame a vosotros por la muerte de vuestro gloriosísimo ciudadano Héctor». En
estas respuestas, de un humorismo desdeñoso pero inofensivo, gustaba de emplear
proverbios o versos griegos, de los que sabía muchos de memoria. Otras veces su
humorismo disfrazaba una terrible crueldad. Dión nos cuenta que, a poco de
subir al principado (15 d.C.) se ocupaba Tiberio de pagar a los ciudadanos los legados
que Augusto había dejado en su testamento; un día pasaba un entierro frente al
Capitolio y uno de los presentes se acercó al cadáver e hizo como que le
hablaba al oído; preguntado sobre lo que le había dicho, respondió que había
encargado al muerto decir a Augusto, cuando llegase al otro mundo, que él no
había cobrado nada todavía; el César, al saberlo, lo hizo matar para que él
mismo diese el recado al emperador difunto.
Velado en su humorismo o en versículos griegos, expresaba
Tiberio el profundo desprecio que sentía por sus semejantes. El príncipe que
mira sin generosidad a sus súbditos comete el peor de los pecados si al punto
no abandona su mandato; porque sólo a los que se ama se tiene el derecho de
mandar. Son características de este aspecto de su alma sus relaciones con el
Senado; como gobernador exacto, su conducta fue siempre impecable con la
Asamblea; y el comienzo de su principado se señala por un intento de restauración
de la dignidad política senatorial. Pero los senadores, en gran parte venales y
cobardes, otros rencorosos, delatores o resentidos como él, acabaron por
inspirarle un desdén absoluto. Cuenta Tácito que cada vez que salía del Senado
murmuraba, naturalmente en griego: «¡Oh, hombres dispuestos siempre a todas las
esclavitudes!»
Psicología de la isla
He aquí por qué Tiberio estaba solo, en el gran hormiguero
bullicioso de Roma; y, por estarlo, buscaba instintivamente la soledad, donde
suele encontrarse la compañía de sí mismo, difícil de hallar entre la multitud.
Ésta es la principal explicación de su retirada, joven aún, a la isla de Rodas,
y, ya anciano, a la de Capri. Todo hombre misántropo tiene esa misma tendencia
a «la isla», que le separa del mundo y, a la vez, le proporciona un mundo
limitado, en donde respira con menos angustia su sentimiento de inferioridad.
Si el misántropo es, además, un resentido, aquella atracción se hace más
fuerte. Ya el que ha nacido en la isla, aunque sea un hombre normal, sufre el
contragolpe del ambiente isleño, lleno de una peligrosa ambivalencia: en la
isla se puede serlo todo, como Robinsón Crusoe, mejor y más fácilmente que en
el continente inmenso; pero este «todo» será irremediablemente limitado. La
angustia de esta doble influencia pesa sobre el alma de casi todos los isleños.
Para remediarla son, con tanta frecuencia, alcohólicos. Pero el problema es más
claro en el hombre que busca deliberadamente la isla. No sé si este asunto ha
sido estudiado con la atención que merece. El hombre del continente que se
encierra en la isla lo hace porque, precisamente, su alma necesita del pequeño
cosmos limitado; como ciertos pájaros prefieren el universo dorado de su jaula
al vasto mundo, lleno de esfuerzos y peligros. Cualquier observador puede
sorprender esa mirada inconfundible que brota de la reconcentración y del resentimiento
en el paseante extranjero con quien nos cruzamos en esas islas, estaciones de
paso de los turistas frívolos y asilo de los que han naufragado en el
continente.
Baker dice con agudeza que «desde el principio Tiberio
tenía una Capri espiritual en su mente». Es probable que la famosa nave que el
emperador construyó en el lago de Nemi y que era una verdadera isla flotante,
no tenga el sentido de un capricho de extravagante lujo, al que su austeridad
no propendía; sino que represente una forma más de su instinto de aislamiento,
de reclusión en su mundo individual, isleño.
La fuga a Rodas
En su primer viaje a Oriente, cuando tenía 22 años, se
detuvo en Rodas y le hizo tanto efecto que el recuerdo de esa impresión quedó
consignado en las crónicas.
Julio César había estado allí, pero no a buscar la
soledad, sino a aprender la retórica de Apolonio Molón; porque Rodas era un
país de grandes retóricos; mas, claro es, le aburrieron en seguida la isla y la
retórica; era este César un hombre generoso y abierto, espíritu de ciudad de
continentes, inaccesible al resentimiento; y no podía vivir anclado en medio
del mar. Tiberio, en cambio, no pudo olvidar a Rodas, y en el año 6 a.C. hizo
su primera fuga de Roma para encerrarse en la isla, insigne en la historia del
mundo mediterráneo. Hemos hecho ya varias referencias a este suceso, uno de los
más comentados de los reinados de Augusto y de su ahijado. En aquel tiempo se
discutieron mucho las causas del extraño autodestierro. Estas causas, como ya
hemos dicho, fueron, sin duda, diversas. El historiador tiende, por lo común, a
buscar una causa para cada hecho, como los médicos una causa para una
enfermedad. Y muchas veces, unos y otros, se equivocan; porque nuestras
acciones, como nuestra salud, pueden obedecer a un conjunto complejo de
mecanismos; probablemente, más veces que a uno solo. El viaje de Tiberio a
Rodas puede asegurarse que obedeció, por lo menos, a dos razones: por una
parte, a la mala conducta de su segunda mujer, Julia, y a su más que probable
timidez sexual; por otra, al despecho ante la preferencia de Augusto por los
Césares Caio y Lucio, despecho que Tiberio trató de disfrazar de dignidad,
diciendo que no quería estorbar la carrera de los jóvenes príncipes, y, según
otros, con el pretexto de que estaba fatigado. Que ninguna de estas
explicaciones era la verdadera, lo demuestra la oposición que hicieron a la
partida de Tiberio su madre y Augusto; éste, con tanta insistencia que, para
conseguir el permiso, su hijastro ensayó la huelga del hambre.
Fue, ante todo, no lo dudemos, una típica fuga de
resentido. Los psiquiatras de ahora la atribuyen a un acceso de melancolía;
pero el impulso era mucho más complejo que una simple enfermedad. En Rodas hizo
una vida retirada del medio oficial, dedicado al ejercicio físico y asistiendo
a las frecuentes conferencias y polémicas de los profesores y retóricos. Pero
se cansó pronto. Rodas no calmaba su sed de soledad. Era demasiado accesible a
los viajeros que iban y venían al Oriente, muchos de los cuales se detenían
para verle, para saber lo que pensaba y, quizá, para enredarle en intrigas. Le
aburrieron también los retóricos y sofistas, pedantes o desconsiderados.
Suetonio cuenta que a un polemista que en una discusión le injurió le hizo
detener y encarcelar: tan grande fue su enojo. En este estado de ánimo
decepcionado, le llegó la noticia de que Augusto, enterado al fin de los
devaneos de Julia, la había desterrado y había conseguido su divorcio. Ya hemos
comentado el alivio que estas nuevas debieron causar a su instinto, asustado de
la vida conyugal con aquella impetuosa mujer. Y entonces, con el pretexto de
que habían terminado los años de su poder tribunicio, solicitó volver a Roma.
Mas Augusto, que tenía ahora motivos públicos —los de su inexplicada fuga— para
declarar la antipatía que siempre le profesó, le obligó a quedarse allí, con
una orden desdeñosa.
La segunda parte de su destierro dejó, pues, de ser
voluntaria; y con ello aumentó su misantropía. Se retiró por completo de todo
trato; abandonó la equitación y la esgrima, que hacía asiduamente; y se negó a
recibir a los viajeros curiosos. Entonces es cuando adquirió la afición a la
astrología, y según algunos informes, seguramente calumniosos, fue entonces
también cuando hizo los primeros ensayos de los grandes vicios que habían de
darle lúbrica fama en su vejez.
Por aquel tiempo fue a Samos para hablar con Caio, que iba
al Oriente rodeado de una pompa oficial que debió herir mucho al desterrado.
Caio, instigado por M. Lolio, le recibió mal. Y su resentimiento debió aumentar
todavía más, cuando al fin recibió la orden de la libertad, pues se la gestionó
el propio Caio; y nada hiere al resentido como el favor que recibe de las
personas que no ama. El cambio de actitud de Caio parece relacionado con la
desgracia de Lolio, que era muy enemigo de Tiberio, y con su sustitución por
Quirino, que, en cambio, estaba muy unido a aquél.
En total pasó siete años en Rodas. Al volver a Italia, el
2 d.C. se retiró, en Carenes, a los jardines de Mecenas, lejos de Roma; y allí
vivió dos años más y supo la muerte de los dos Césares, Lucio y Caio, que
obstruían su carrera. Estas muertes produjeron su reconciliación con Augusto;
que, como ya sabemos, le adoptó, forzado por la desaparición de los dos nietos
predilectos y por las instancias de Livia.
Callipide
Es muy importante esta retirada de Rodas y su sentido
psicológico para explicar otro hecho culminante de su biografía: la retirada a
Capri. Ambas son manifestaciones de la misma pasión: fugas de su resentimiento.
Tiberio, en efecto, no era aficionado a los viajes. Nos dice uno de sus
cronistas que, en los dos primeros años que siguieron a su elevación al
principado, proyectó diversas expediciones; pero, al fin, no las realizaba
nunca. Cuando la impedimenta imperial, dispuesta a partir, le estaba esperando
ya a la puerta del palacio, decidía muchas veces suspender la marcha. Por esto
le llamaron Callipide, personaje de un proverbio griego que no cesaba de correr
y no avanzaba nunca. Sólo el año 21 d.C. hizo un breve viaje a la Campania con
el pretexto de descansar y de dejar que su hijo Druso II, que compartía con él
el consulado, lo ejerciese solo, para adiestrarse en el arte de gobernar.
La fuga a Capri
Esta tendencia sedentaria habitual da más valor a sus
fugas, sobre todo a la final. Ocurrió el año 26 d.C. cuando tenía 67 años. Como
en la retirada de Rodas, han sido muy discutidos los motivos de ésta, la de
Capri. El que en su tiempo tuvo más crédito fue el que Sejano, en pleno goce de
su poder sobre el César, le empujó al retiro para disponer con mayor libertad
de su omnipotencia y para secuestrarle de sus habituales relaciones.70
Pero Tácito apunta la inverosimilitud de esta hipótesis,
puesto que, a poco, murió el favorito y sin embargo Tiberio continuó su
aislamiento en Capri hasta el final de sus días; y agrega el agudo historiador
y psicólogo que «los motivos no había que buscarlos fuera de él mismo»; es
decir, que donde había que buscarlos era en la íntima necesidad de su espíritu
de aislarse de los demás. No se aisló, sin embargo, como se ha dicho, para
hallar campo libre a sus vicios y crueldad. Lo que seguramente le empujó a la
isla fue su resentimiento. También se dijo, entonces, que había huido del humor
imperioso de su madre; y otros, que por el disgusto que le causaba el que le
vieran envejecido y con la cara llena de parches, húmedos de pus. Desde luego,
ambas causas colaboraron, puesto que Livia y las llagas de su piel fueron dos
de las fuentes ciertas del resentimiento del anciano.
El pretexto oficial del viaje fue recorrer la Campania
para dedicar un templo a Júpiter en Capua y otro a Augusto en Nola, el lugar
donde el gran emperador había muerto. La gente de entonces lo creería, como la
de hoy cree los pretextos oficiales de las idas y venidas de los personajes
públicos. Nadie supo ni sospechó la causa verdadera; ni menos que Tiberio no
volvería jamás.
Cumplido el pretexto de las ceremonias, Tiberio se dirigió
a Capri. La isla es tan maravillosa que su elección, como dice uno de los
escritores tiberiófilos, acredita el buen gusto del emperador. Ya Augusto se
había aficionado a esta isla, pero por otros motivos que Tiberio. Dicen que
visitándola una vez, vio las ramas de una encina vieja que, a su llegada, se
reanimaron como irrigadas por una savia nueva; y como creía a pie juntillas en
los presagios, se la cambió a la ciudad de Nápoles, que era su dueña, por la
isla de Enaria71.
Anormalidad y locura
¿Qué hizo Tiberio en Capri, durante estos últimos once
años de su vida? Repetimos ahora nuestra adhesión a los que piensan que es una
leyenda el relato de los vicios repugnantes que con tanta minucia y con un
cinismo casi candoroso nos describe Suetonio, así como sus refinadas
crueldades. Tiberio se retiró a la isla, dolorido contra la humanidad entera,
concentrado, huido en sí mismo, hasta la angustia; irremediablemente aislado,
no sólo de su medio vivo, sino de sus recuerdos y sus esperanzas; sin pasado ya
y sin porvenir. Con el alma así, el cuerpo no está para orgías.
Se dijo, ya entonces, que Tiberio había perdido la razón y
lo repiten algunos comentaristas modernos. No hay, sin embargo, en los datos
que nos han transmitido los contemporáneos, motivos para hacer un diagnóstico
psiquiátrico preciso del emperador; ni aun contando con la sospecha de que
hubiera sido sifilítico. Tiberio era, esto es seguro, un esquizoide; pero no
estaba loco. La terrible angustia del resentimiento dio a los últimos años de
su vida ese acento de anormalidad, que no es locura aunque puede confundirse
con ella. No es acción de loco, pero sí de anormal la huida de Roma; así como
su resistencia a volver, durante once años, a pesar de todas las conveniencias;
y anormales son, sobre todo, los trágicos intentos de acercarse a la ciudad,
que comentaremos en seguida. No era, pues, un demente sádico. Como igualmente
inadmisible es el cuadro que nos quieren pintar los historiadores simplistas,
de un viejo casi patriarcal que buscaba el descanso de una vida triste y larga
y el alivio de los sentidos y del alma sumergiéndolos en los atardeceres
incomparables del golfo napolitano. Era, sencillamente, un hombre a quien la
pasión había hecho anormal.
La prueba más concluyente de esta anormalidad de Tiberio
nos la da la leyenda. Anormalidad no es locura; pero precisamente por lo que
tiene la anormalidad de ambigua y porque no suscita las actitudes definidas de
defensa o de piedad que la locura sugiere, es por lo que los simples anormales
del espíritu han perturbado tantas veces los hogares o los pueblos; con mucha
más frecuencia, desde luego, y con mayor gravedad que los locos rematados.
Sobre un loco no se crean leyendas; la locura es, ya por sí, leyenda para la
multitud; la gran leyenda se forma sobre el anormal cuya conducta, entre luces
y sombras, no acertamos a comprender. Sobre este hombre, que no estaba loco ni
tampoco enteramente cuerdo; que entraba y salía sin sentido aparente de Capri
para volver a encerrarse en las mansiones inaccesibles de la isla; que pasaba
por los caminos rodeado de soldados que alejaban a golpes a los curiosos; sobre
este príncipe razonable y a la vez incomprensible, que sobrevivía
implacablemente a la muerte de los suyos; que hacía pasar a su favorito, en
unas horas, desde el absoluto poder hasta el suplicio; que perseguía a los
amigos de Agripina y a los de Sejano con crueldad disfrazada de estricto
legalismo; que veía morir, voluntariamente, a su lado a su mejor amigo; sobre
este prudente administrador de un pueblo gobernado con acierto y, a la vez,
aterrado por las delaciones; sobre su personalidad indecisa, compleja y
misteriosa, era, pues, donde debían formarse las leyendas. Así se gestó la de
su crueldad en Capri, llena de matices refinados, de evidente invención
popular; como la de aquel pescador que, por haberle asustado, acercándosele de
improviso para ofrecerle un pez, le hizo refregar ferozmente con él la cara; y
como el desgraciado, que era, como su César, humorista, se felicitase todavía,
entre ayes de dolor, por no haberle ofrecido una langosta, Tiberio, para
seguirle el humor, hizo traer una langosta y reproducir, con su caparazón
erizado de púas, la cruel fricción.
La leyenda de esta sutil crueldad creó la de los vicios y
aberraciones sexuales. El pueblo tiene siempre despierto el sentido del
sadismo. Asociar el placer sexual al dolor, es instintivo en las gentes en los
momentos de depravación colectiva o de terror social. En la reciente revolución
española, la leyenda formada sobre la realidad indudable de la crueldad se
asoció inmediatamente a la de una serie complicada de aberraciones sexuales,
que decían haber visto, y, sin duda, lo creían, gentes hasta entonces veraces;
con la misma dudosa verdad con que en Roma se contaban en los corrillos los
misterios eróticos de las grutas de Capri. En toda conmoción social hay
historias parecidas; y estoy convencido de que se deben acoger, en cada caso,
con idéntica reserva.
También debió exagerar la leyenda el espectáculo indudable
del miedo de Tiberio en sus últimos años. Es evidente, no obstante, que ese
terror existió. Algunos, como Ramsay, suponen que llegó a ser un verdadero
delirio persecutorio; y, a veces, sin duda, lo parecía. Un edicto imperial
impedía que nadie se acercase por los caminos, ni siquiera desde lejos, al
emperador; soldados de su confianza le seguían por todas partes; y las mismas
cartas de Tiberio al Senado traducen el pavor en que de continuo vivía, adivinando
en torno suyo asechanzas y conjuras72.
Angustia, más que miedo; angustia de última hora, que
exacerbaba su nativa timidez.
Esta angustia infinita caracteriza a la última etapa de su
vida y de su reinado. Angustia del resentido que no encuentra alivio en la
venganza ni en el perdón; porque la espina de su inquietud está en la esencia
de su propia alma, exenta de generosidad; que huye del mundo para encontrarse a
sí misma en la soledad; y la soledad le aterra, porque está demasiado cerca de
su desesperación. Ambivalencia de querer y no querer, de poder y no poder; de
ansia simultánea del bien y del mal; que viven en el espíritu como dos
hermanos, a la vez gemelos e inconciliables enemigos.
La ronda trágica
Muchas veces hemos visto este mismo espectáculo en hombres
del montón o en personajes históricos. Pero en Tiberio la ansiedad adquirió
dimensiones de tragedia; una tragedia maravillosa, de puro terrible, que no se
ha escrito todavía. Era el emperador del mundo; y todo el mundo era, para su
inquietud, lo que es el espacio breve de la celda para el infeliz prisionero.
Venía de Capri a Roma y retornaba a Capri sin entrar en la urbe, que, con el
mismo ímpetu, le atraía y le rechazaba. «Daba vueltas alrededor de Roma, casi
siempre por caminos apartados, pareciendo, al mismo tiempo, buscarla y huirla»,
nos dice Tácito.
Dos veces llegó casi a tocar con sus manos, trémulas de
terror y de vejez, los milenarios muros. Una de ellas subió, embarcado en una
trirreme, por el Tíber, hasta la naumaquia que había cerca de sus jardines; y,
sin saber por qué, súbitamente volvió la espalda a la ciudad poblada de
fantasmas y retornó a Capri. La otra vez, a pie, llegó hasta la vía Apia; y,
desde allí, acampado, respondía a las cartas de los cónsules y veía temblar a
Roma, aterrada por las delaciones y los suplicios. Quiso vencer su miedo y
acercarse más: pero una mañana encontró el cadáver de una sierpe que criaba en
su propia mano, comida de hormigas; presagio funesto que quería decir el odio
de la multitud hacia el Príncipe; y retornó temblando a su destierro. Como
siempre, los soldados alejaban a la multitud de los bordes del camino y de las
orillas del río. Las gentes silenciosas percibían sólo desde lejos y enseñaban
furtivamente a sus hijos la sombra larga y encorvada del siniestro César.
Pocas veces nos dará la Historia una visión de sobrehumana
ansiedad como la de este rey, rondando como el criminal los lugares del crimen;
sin saber que no estaban en Roma sino en su propia alma perdida.
Hay dos frases suyas que definen su infinita soledad
espiritual, sin amarras con el pasado ni con el porvenir. Las dos las refiere
Séneca. Una vez, un hombre cualquiera se dirigió a Tiberio y comenzó a
hablarle, diciéndole: «¿Te acuerdas, César...?» y el César le atajó
sombríamente: «No, yo no me acuerdo de nada de lo que he sido». La otra frase
es un versículo griego que Tiberio repetía muchas veces y que dice su
renunciación a toda esperanza: «¡Después de mí, que el fuego haga desaparecer
la tierra!»73.
Así fue Tiberio.
EPÍLOGO
CAPÍTULO XXI MUERE EL AVE FÉNIX
La pasión del resentimiento que hemos comentado en este
libro explica la doble personalidad de Tiberio ante la Historia y la explosión
final de su crueldad, tal vez superada por otros tiranos, pero pocas veces más
odiosa que la suya. Tiberio fue un hombre de pasión. Esta pasión —el
resentimiento— es la que da el acento anormal de su vida, y es el origen de su
leyenda. Leyenda merecida, y, por lo tanto, Historia también.
Pero la pasión sola no explica toda la patética magnitud
de la angustia que escapa de su vida y de toda la época de su reinado. Todo, en
su tiempo, está impregnado de una ansiedad extrahumana que vaga por el ambiente
de Roma, y de la que era el César como su trágica encarnación.
Aquella civilización magnífica, de la que aun se nutre la
civilización actual, tenía podridas las raíces; y la conciencia confusa de la
muchedumbre se daba cuenta —tal vez como ahora— que a los esplendores
materiales les faltaba el eje inflexible de la ética. Se adivina, bajo el
relato de los hechos gloriosos, que aquellos hombres presentían, con estupor y
con inquietud, que algo más importante que el andamiaje político del Imperio,
todavía robusto, se deshacía bajo sus pies.
Las almas tenían sed de una fuente nueva; y nadie sabía
dónde estaba. A veces, un relámpago anunciaba la luz, lejana todavía. Séneca
hablaba con acentos que parecían presentir el mundo de las almas nuevas. Muchos
hombres, ganados por un influjo extraño, empezaban a sentir que el espíritu
tenía privilegios inmortales que escapaban al poder omnímodo de los Césares;
que el dolor material podía ser una gloria; la pobreza una jerarquía; y la
muerte, una liberación. Pero faltaba a la doctrina nueva, que poco a poco se
infiltraba hasta en las almas más inaccesibles —con esa sensibilidad inesperada
al contagio que caracteriza a los días en que va a cambiar por completo el
rumbo de la Historia— algo que nadie podía definir. Y lo que faltaba por decir
era una cosa elemental: sencillamente, que todos los hombres son iguales y
hermanos.
Detrás del imperio omnipotente se presentía el vacío. Por
los resquicios de aquella moral romana, que se creyó un patrón insuperado, se
olía ya la podredumbre, blanqueada por fuera.
Tácito —el verbo de esta época y, por lo tanto, de esta
angustia— nos cuenta que, bajo el consulado de Paulo Fabio y de L. Vitelio
ocurrió el suceso más extraordinario del siglo. Los historiadores apenas han
reparado en él porque no se trata de una batalla, sino de un prodigio. Pero los
prodigios son también Historia, y muchas veces los rectores de la Historia.
Con insuperable retórica lo refiere Tácito. Fue que,
después de un largo período de siglos, volvió a aparecer en Egipto el Ave
Fénix. Una profunda severidad se advierte en la página en que el gran
historiador nos describe el milagroso pájaro. No se parecía, ni por su forma ni
por su plumaje, a los demás. Su vida era multisecular. Cuando iba a morir,
comunicaba a su nido un principio fecundo; y de este nido nacía su sucesor, sin
la intervención impura del material acoplamiento. El hijo estaba, desde sus primeros
aleteos, infuso de prudencia. Todos sus cuidados eran para honrar la gloria del
padre. Cargado de mirra, ensayaba largos vuelos hasta estar seguro de su vigor;
y entonces tomaba sobre sí los restos paternos y volaba hacia el infinito,
hasta el sol, en cuyo altar los quemaba. «Hay mucho de incierto —termina
Tácito— en estos relatos. Hay una parte de fábula en ellos que se mezcla con la
verdad. Pero nadie duda que el Ave Fénix existe y que, muy de tarde en tarde,
aparece entre los hombres».
Mas el Ave Fénix no volvió a aparecer jamás después de
este año, que fue, precisamente, el 34 después del nacimiento de Cristo.
El Ave Fénix no era estrictamente una fábula, sino la
forma fabulosa que tomaba en la mente precristiana de los hombres su sed eterna
de inmortalidad. Alrededor de aquel año, el mundo civilizado sintió
confusamente que esa sed era tan grande que se convirtió en una angustia. La
muchedumbre no supo lo que había pasado; pero, sin duda, algo maravilloso
sucedió. Los doctos hablaron del Ave Fénix. Tiberio, el escéptico, no creía en
los mitos. Acaso cruzó, como una luz lejana, por la oscuridad de su alma, el
eco de una voz sobrehumana, distinta de los tristes apólogos paganos; pero no
supo de dónde venía. Oyó hablar de Cristo, y su nombre se borró, apenas
pronunciado, de su memoria. Tuvo la verdad más cerca que ningún otro romano y
no la pudo conocer.
En algunas de sus rondas, en torno de Roma, tal vez leyera
distraído el informe que su gobernador de Judea le daba, de que un hombre que
se llamaba hijo de Dios había sido condenado a la Cruz. Una más, pensaría el
taciturno viejo, de las infinitas que se alzaban por los caminos del Imperio.
Quizá allí cerca estaban, todavía en pie, las que él hizo elevar cuando
sacrificó, unos años antes, a los sacerdotes de Isis.
Ni él ni nadie supo en Roma, hasta mucho tiempo después,
que el Ave Fénix había muerto para siempre, y que la Cruz de Judea era
inmortal.
APÉNDICES
RESUMEN GENEALÓGICO DE LAS FAMILIAS IMPERIALES
I. FAMILIA DE LOS JULIOS
Tiene dos ramas: A, la de Augusto (Octavio) y B, la de
Octavia, ambos hijos de C. Octavio y de Atia (hija de Julia, hermana de Julio
César) y de Atio Balbo. Augusto y Octavia eran, pues, sobrinos, por parte de
madre, de Julio César.
A. AUGUSTO
Primera generación: Augusto y sus mujeres.
Augusto: a) prometido a la hija de Servilio Irausco, b)
desposado con Claudia (hijastra de Marco Antonio, hija de Fulvia) c) casó con
Escribonia (hija de Escribonio Livo) de la que tuvo a Julia I, d) divorciado de
Escribonia, casó con Livia (divorciada de Claudio Nerón) de la que no tuvo
hijos.
Segunda generación: Julia I (hija de Augusto) y sus
maridos.
Julia I: Casó: a) con Marcelo II, sin hijos, b) con
Agripa, del que tuvo a Caio, Lucio, Julia II, Agripina I y Agripa Póstumo, c)
con Tiberio, del que tuvo un hijo muerto.
Tercera generación: Hijos de Julia I y de Agripa (nietos
de Augusto)
Caio: Casó con Livila, sin hijos.
Lucio: Murió soltero.
Julia II: Casó con Emilio Paulo, del que tuvo a Emilia
Lépida.
Agripina I: Casó con Germánico, del que tuvo a Nerón I,
Druso III, Caio (Calígula, Emperador) Agripina II, Drusila y Julia Livila.
Agripa Póstumo: Murió soltero.
Cuarta generación (I) Hijos de Julia II y de Emilio Paulo
(biznietos de Augusto)
Emilia Lápida: Casó con Apio Silano, del que tuvo a Marco
Junio Silano y Calvino.
Cuarta generación (II) Hijos de Agripina I y de Germánico
(biznietos de Augusto, sobrinos de Tiberio)
Nerón I: Casó con Julia III.
Druso III: Casó con Lépida.
Caio (Calígula) Casó: a) con Claudia (hija de Silano) b)
sedujo a Enia (mujer de Macrón) c) casó con su hermana Drusila.
Agripina II: Casó: a) con Domicio Aenobarbo II, del que
tuvo a Nerón II (Emperador)
b) con Claudio, sin hijos.
Drusila: Casó: a) con L. Casio Longino, b) con su hermano
Calígula.
Julia Livila: Casó con M. Vinicio.
B. OCTAVIA
Primera generación: Octavia y sus maridos.
Octavia: Casó: a) con Marcelo I (Claudio Marcelo) del que
tuvo a Marcelo II, Marcela I y Marcela II; b) con Marco Antonio (el triunviro)
del que tuvo a Antonia I y Antonia II.
Segunda generación: Hijos de Octavia y de sus maridos,
Marcelo I y Marco Antonio (sobrinos de Augusto)
Marcelo II: Casó con Julia I, sin hijos.
Marcela I: Casó: a) con Agripa, sin hijos, b) con Julio
Antonio (hijo de Marco Antonio y de Fulvia)
Marcela II: Casó: a) con Paulo Lépido, b) con Valerio
Mésala Barbado I, del que tuvo a Valerio Mésala Barbado II y a Claudia Pulcra.
Antonia I: Casó con Domicio Aenobarbo I, del que tuvo a
Domicio Aenobarbo II, Domicia y Domicia Valeria.
Antonia II: Casó con Druso I, del que tuvo a Germánico,
Claudio (Emperador) y Livila.
Tercera generación (I) Hijos de Antonia I y Domicio
Aenobarbo I (sobrinos nietos de Augusto)
Domicio Aenobarbo II: Casó con Agripina II, de la que tuvo
a Nerón II (Emperador)
Domicia: Casó con Pasiemo Crispo.
Domicia Lépida: Casó: a) con Valerio Mésala Barbado II,
del que tuvo a Mesalina; b) con Apio Silano.
Tercera generación (II) Hijos de Antonia II y Druso I
(sobrinos nietos de Augusto, sobrinos de Tiberio)
Germánico: Casó con Agripina I, de la que tuvo a Nerón I,
Druso III, Caio (Calígula, Emperador) Agripina II, Drusila y Julia Livila.
Claudio: a) estuvo prometido con Emilia Lépida y la
repudió; b) prometido con Livia Medulina o Camila, que murió antes de la boda;
c) casó con Plautia Urgulanilla, de la que tuvo a Druso IV (prometido a la hija
de Sejano) d) casó con Elia Paetina, de la que tuvo a Antonia; e) con Valeria
Mesalina, de la que tuvo a Británico y a Octavia.
Livila: Casó: a) con Caio, sin hijos; b) con Druso II, del
que tuvo a Julia III, Germánico Gemelo y Tiberio Gemelo.
Cuarta generación (I) Hijos de Domicio Aenobarbo II y
Agripina II (sobrinos biznietos de Augusto)
Nerón II (Emperador): Casó: a) con Octavia; b) con Popea,
de la que tuvo a Claudia Augusta.
Cuarta generación (II) Hijos de Domicia Lépida y Valerio
Mésala Barbado II (sobrinos biznietos de Augusto)
Mesalina: Casó: a) con Claudio (Emperador); b) con Silio.
Cuarta generación (III) Hijos de Germánico y Agripina
(sobrinos biznietos de Augusto, sobrinos nietos de Tiberio)
Nerón I, Druso III, Caio (Calígula) Agripina II, Drusila y
Julia Livila.
Cuarta generación (IV) Hijos de Claudio y sus mujeres
(sobrinos biznietos de Augusto, sobrinos nietos de Tiberio)
Druso IV: Prometido a la hija de Sejano.
Británico: Sin hijos.
Cuarta generación (V) Hijos de Livila y Druso II (sobrinos
biznietos de Augusto, nietos de Tiberio)
Julia III: Casó: a) con Nerón II, sin hijos; b) con
Rubelio Blando, del que tuvo a Rubelio Plauto.
Germánico Gemelo: Sin hijos.
Tiberio Gemelo: Sin hijos.
II. FAMILIA DE LOS CLAUDIOS
Primera generación: Tiberio Claudio Nerón y Livia.
Tiberio Claudio Nerón (hijo de Tiberio Claudio Nerón) casó
con Livia (hija de Druso Claudio y de Aufidia) de la que tuvo a Tiberio
(Emperador) y a Druso I, sospechado de ser hijo de Augusto.
Segunda generación: Hijos de Tiberio Claudio Nerón y Livia
(hijastros de Augusto)
Tiberio (Emperador) casó: a) con Vipsania (hija de Agripa
y de Pomponia, nieta de Pomponio Ático) de la que tuvo a Druso II; b) con Julia
I, de la que tuvo un hijo muerto.
Druso I: Casó con Antonia II, de la que tuvo a Germánico,
Claudio (Emperador) y Livila.
Tercera generación (I) Hijos de Tiberio y Vipsania
Druso II: Casó con Livila, de la que tuvo a Julia III,
Germánico Gemelo y Tiberio Gemelo.
Tercera generación (II) Hijos de Druso I y Antonia II
(sobrinos de Tiberio, sobrinos nietos de Augusto)
Germánico, Claudio (Emperador) y Livila.
Cuarta generación (I) Hijos de Druso II y Livila (nietos
de Tiberio, sobrinos biznietos de Augusto)
Julia III, Germánico Gemelo y Tiberio Gemelo.
Cuarta generación (II) Hijos de Germánico y Agripina I
(sobrinos nietos de Tiberio, biznietos de Augusto)
Nerón I, Druso III, Caio (Calígula) Agripina II, Drusila y
Julia Livila.
III. AGRIPA
Agripa casó: a) con Pomponia (hija de Pomponio Ático) de
la que tuvo a Vispania, b) con Marcela II (sin hijos) c) con Julia I, de la que
tuvo a Caio, Lucio, Julia II, Agripina I y Agripa Póstumo.
IV. MARCO ANTONIO
Marco Antonio casó: a) con Fulvia, de la que tuvo a Antilo
y a Julio Antonio, b) con Octavia, de la que tuvo a Antonia I y a Antonia II,
c) con Cleopatra, de la que tuvo a Alejandro, Seleno y Ptolomeo.
RESUMEN CRONOLÓGICO DE LA VIDA DE TIBERIO
Se refieren estas efemérides, principalmente, a los
sucesos relatados en esta Biografía y no, estrictamente, a la Historia oficial.
43 antes de Jesucristo: Casamiento de los padres de
Tiberio (Claudio Nerón y Livia)
42 a.C. Nacimiento de Tiberio. Primera batalla en Filipes.
Nacimiento de Marcelo II, hijo de Octavia.
41 a.C. Guerra civil en Italia.
40 a.C. Los padres de Tiberio huyen con éste de Italia.
Casamiento de Octavio (Augusto) y Escribonia.
39 a.C. Nace Julia I, hija de Octavio y Escribonia.
Divorcio de éstos.
38 a.C. Divorcio de Livio y Claudio Nerón. Boda de Livia y
Octavio. Nacimiento de Druso I, hijo de Livia y de Claudio Nerón (¿o de
Octavio?)
33 a.C. Muere Claudio Nerón, padre de Tiberio. Éste
pronuncia su oración fúnebre.
31 a.C. Batalla de Actium.
29 a.C. Enfermedad de Octavio. Su entrada triunfal en
Roma.
27 a.C. Octavio recibe el título de Augusto.
26 a.C. Viaje de Augusto y Tiberio a España.
25 a.C. Vuelve Augusto a Roma. Boda de Marcelo II y Julia
I.
24 a.C. Enfermedad de Augusto. Tiberio es dispensado de la
edad de recibir los honores.
23 a.C. Recaída de Augusto, le salva el médico Musa.
Muerte de Marcelo II. Tiberio es nombrado cuestor y es encargado de combatir el
hambre de Roma.
21 a.C. Viaje de Augusto a Oriente. Boda de Agripa y Julia
I.
20 a.C. Viaje de Tiberio a Oriente, se detiene en Rodas.
Nace Caio, hijo de Agripa y de Julia I.
19 a.C. Tiberio es nombrado pretor. Nace Julia II, hija de
Agripa y de Julia I. Casamiento de Tiberio y Vipsania (?) Casamiento de Druso I
y Antonia II (?)
16 a.C. Viaje de Augusto y Tiberio a las Gallas y a
España.
15 a.C. Campaña de Tiberio y Druso I en los Alpes
Centrales. Nace Germánico, hijo de Druso I y de Antonia II.
14 a.C. Nace Agripina II, hija de Agripa y de Julia I.
Nace Livila, hija de Druso I y de Antonia II.
13 a.C. Tiberio es cónsul por primera vez.
12 a.C. Muerte de Agripa. Divorcio de Tiberio y Vipsania.
Nace Agripa Póstumo, hijo de Agripa y de Julia I. Boda de Tiberio y Julia I.
Campaña del Danubio por Tiberio y Druso I.
11 a.C. Nace Druso II, hijo de Tiberio y Vipsania. Muerte
de Octavia, hermana de Augusto.
10 a.C. Nace y muere el hijo de Tiberio y Julia I. Nace
Claudio, hijo de Druso I y Antonia II.
9 a.C. Muerte de Druso I. Campaña de Tiberio en Germania
(hasta el año 6 a.C.)
8 a.C. Muerte de Mecenas.
7 a.C. Tiberio, cónsul por segunda vez.
6 a.C. Poder tribunicio a Tiberio. Retirada de Tiberio a
Rodas.
5 a.C. Caio César, cónsul.
4 a.C. Conspiración de Cornelio Cinna. Boda de Julia II
con Emilio Paulo.
3 a.C. Nace Emilia Lépida, hija de Emilio Paulo y Julia
II.
2 a.C. Destierro de Julia I por adulterio.
1 a.C. Boda de Caio César y Livila. Expedición de Caio
César a Oriente.
1 después de Jesucristo: Sigue el viaje de Caio en
Oriente.
2 d.C. Regreso de Tiberio a Italia. Muere Lucio César.
3 d.C. Tiberio vive retirado de Roma.
4 d.C. Muerte de Caio César. Augusto adopta a Tiberio y a
Agripa Póstumo. Tiberio adopta a Germánico. Poder tribunicio por 10 años a
Tiberio.
5 d.C. Tiberio hace la guerra en Germania (hasta el año 9
d.C.) Boda de Germánico y Agripina I.
6 d.C. Hambre en Roma. Nace Nerón I, hijo de Germánico y
Agripina I.
7 d.C. Destierro de Agripa Póstumo. Germánico guerrea en
Pannonia y Dalmacia.
8 d.C. Destierro de Julia II por adulterio. Destierro de
Ovidio. Nace Druso III, hijo de Germánico y Agripina I.
9 d.C. Derrota de Varo en Germania. Vuelve Tiberio a Roma
y aplaza su triunfo por el desastre de Varo.
10 d.C. Tiberio guerrea en Germania.
11 d.C. Regreso y triunfo de Tiberio. Vuelve a Germania
(hasta el año 14 d.C.)
12 d.C. Nace Caio (Calígula) hijo de Germánico y Agripina
I.
13 d.C. Testamento de Augusto.
14 d.C. Regreso de Tiberio por la enfermedad de Augusto.
Muerte de Augusto. Comienza el poder de Sejano. Tiberio es designado sucesor de
Augusto. Asesinato de Agripa Póstumo. Muerte de Julia I en el destierro.
Sublevación de las legiones de Germania y de Pannonia. Druso II y Germánico
sofocan estas rebeliones.
15 d.C. Siguen las revueltas de las legiones. Nace
Agripina II, hija de Germánico y de Agripina I.
16 d.C. Muerte de Escribonia.
17 d.C. Regreso y triunfo de Germánico. Éste es enviado
por Tiberio a Oriente. Nace Drusila, hija de Germánico y Agripina I. Tiberio,
cónsul por tercera vez.
18 d.C. Muere Ovidio en el destierro.
19 d.C. Muerte de Germánico en Siria. Tiberio persigue a
las religiones extranjeras. Nacen Tiberio y Germánico Gemelos, hijos de Druso
II y de Livila.
20 d.C. Agripina I llega a Italia con las cenizas de
Germánico. Proceso y muerte de Pisón, acusado de asesino de Germánico. Muerte
de Vipsania.
21 d.C. Casamiento de Nerón I y Julia III. Tiberio cónsul
por cuarta vez. Rebelión de las Galias.
22 d.C. Disensiones entre Livia y Tiberio.
23 d.C. Muerte de Druso II. Muerte de Germánico Gemelo.
Muerte de Lucilo Longo, amigo de Tiberio.
24 d.C. Proceso contra Silo, amigo de Agripina I.
25 d.C. Sejano pide a Tiberio la mano de Livila. Tiberio
rehúsa la consagración de un templo en España.
26 d.C. Tiberio se retira a Campania y a Capri. Ruptura de
Tiberio y Agripina I.
27 d.C. Catástrofe de Fidenes y de Monte Celio;
generosidad de Tiberio. Complot de Sabino a favor de Nerón I.
28 d.C. Muere Julia II en el destierro. Casamiento de
Agripina II y Domicio Aenobarbo.
29 d.C. Muerte de Livia. Destierro de Agripina I y de
Nerón I.
30 d.C. Proceso contra Asinio Gallo. Sejano es designado
cónsul para el año 31.
31 d.C. Destitución y suplicio de Sejano. Apicata, viuda
de Sejano, se suicida y denuncia a Sejano y a Livia como asesinos de Druso II.
Muerte de Livila. Muerte de Nerón I en el destierro.
32 d.C. Persecución y proceso de los amigos de Sejano.
33 d.C. Muere Druso III, de hambre. Casamiento de Drusila
con L. Casio, de Julia Livila con M. Vinicio. Casamiento de Calígula con
Claudia. Muerte de Asinio Gallo.
34 d.C. Viajes de Tiberio alrededor de Roma. Se dice que
ha aparecido en Egipto el Ave Fénix.
35 d.C. Testamento de Tiberio, designando como sucesores a
Calígula y a Tiberio Gemelo.
36 d.C. Suicidio de Emilia Lépida, acusada de adulterio.
Persecuciones. Tiberio vaga alrededor de Roma.
37 d.C. Enfermedad y muerte de Tiberio.
Gregorio Marañón
Tiberio, historia de un resentimiento
Espasa-Calpe Argentina S.A.
Primera y única edición autorizada por el autor.
Queda hecho el depósito que previene la ley 11723.
Todas las características gráficas de esta colección han
sido registradas en la oficina de Patentes y Marcas de la Nación.
Copyright by Cía. Editores Espasa-Calpe Argentina S.A.
Buenos Aires, 1939
Printed in Argentina
Acabado de imprimir el día 30 de septiembre de 1939
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Iriarte 2035, Buenos Aires
Generado con: QualityEbook v0.75, XML Copy Editor
Generado por: 261200, 24/08/2014
notes
Notas a pie de página
1 En la ortografía de los nombres propios no hemos seguido
un criterio estrictamente uniforme (por ejemplo, la ortografía latina, como han
adoptado muchos de los historiadores modernos) sino la ortografía habitual para
los lectores españoles, aun cuando sea, a veces, arbitraria.
2 Tácito y Suetonio escribieron aproximadamente algo más
de medio siglo después de Tiberio. Por sus fuentes —documentos de la época y
relatos de personas ancianas que la habían vivido— puede decirse, con Fabia,
que fueron casi contemporáneos de Tiberio. Dión Casio es posterior: nació hacia
el año 170 d.C. Veleio Patérculo fue estrictamente contemporáneo de Tiberio;
probablemente murió antes del fin del reinado. Filón, el Judío, nació y murió
también en la era tiberiana: 20 a.C. hasta después del 54 d.C. Flavio José es,
asimismo, prácticamente coetáneo: nació en Jerusalén hacia el año 37 d.C. y
residió parte de su vida en Roma, donde murió cuando finalizaba el primer
siglo. Contemporáneos fueron también Ovidio, Séneca y Plinio el viejo. Plinio
el joven convivió con Tácito.
3 Algunos autores han citado este pasaje de Séneca como
favorable a Tiberio, pero el gran escritor español habla expresamente del
reinado clemente del divino Augusto y «de los primeros tiempos del de Tiberio
César»; es decir, que después, la clemencia terminó. Véase también su pasaje
sobre las delaciones, que es una acusación violenta contra los últimos años del
reinado de Tiberio. En el capítulo XIX volveremos a comentarlo.
4 (Plinio) Según la versión de Suetonio, Livia y sus
criadas calentaron el huevo con las manos; pero es más lógico el incubarlo en
el seno; por símbolo y por comodidad. No fueron éstos los únicos presagios de
Livia. Otro muy curioso fue el siguiente: estando prometida a Augusto, le cayó,
desde lo alto, en la falda, un aguilucho recién nacido, blanco como la nieve,
que llevaba en el pico un ramo de laurel. Este laurel fue plantado en el jardín
de la Villa del César, junto al Tíber; y creció y dio lugar a un gran bosque,
una de cuyas ramas llevaba en la mano Augusto en los días de triunfo.
5 (Dión) Un rasgo típico del carácter conciliador,
generoso e inteligente de Augusto, es que siendo ya emperador cedió la Citérea
a los lacedemonios en recuerdo y recompensa de lo bien que acogieron a su
mujer, cuando era su enemiga, durante el destierro juvenil.
6 (Suetonio) El padre de Aufidia era un hombre notable,
pero no noble; ejerció cargos públicos en Roma; se llamaba Aufidio Lurco. Años
después, Calígula renegaba de Livia «por sus orígenes plebeyos», fundándose en
que este Aufidio fue un humilde decurión de Fondi.
7 Tarver supone que el matrimonio de Vipsania y Tiberio se
realizó algunos años más tarde de la fecha que nosotros indicamos, hacia el año
10 a.C. hipótesis imposible, puesto que el año 12 a.C. se casó por segunda vez,
con Julia I. Tarver se funda, para su cálculo, en que el hijo de Tiberio y
Vipsania, Druso II, nació hacia el año 11 a.C. de donde induce que se casarían
un año antes. Pero claro es que esta rapidez reproductora, aunque frecuente, no
es una obligación, sino que muchas veces el primer hijo nace algunos años
después de la boda. Es más lógico situar ésta hacia el año 20 ó 19 a.C. fecha
que también defiende Barker. De lo que imprecisamente indican los
contemporáneos resulta, asimismo, que el divorcio de Tiberio y Vipsania ocurrió
después de varios años de vida conyugal; por ejemplo, Suetonio dice que Tiberio
tuvo un gran dolor en esta separación, «porque la costumbre le unía a su
mujer»; “la costumbre” supone varios años de convivencia; y éstos no serían
posibles con la hipótesis de Tarver del matrimonio tardío.
8 Si el busto del museo Tortonia es, en efecto, el retrato
de Druso II, el parecido con Tiberio es tan grande que impresiona. En cuanto a
los dos pretendidos retratos de Druso II en el Museo del Louvre, son de dudosa
autenticidad. Pero, desde luego, si realmente representan a Druso, en estas dos
cabezas el parecido con Tiberio es negativo. Les falta incluso el carácter
común a todos los claudios: el nacimiento muy bajo del pelo en la nuca. En
estas dos cabezas se sorprende, en cambio, un parecido inequívoco, sobre todo
en la retracción de la mandíbula inferior y en el gesto un tanto bobo de la
boca, entre este pretendido Druso II y los retratos de Antonia II, la madre de
Germánico, que existen en el mismo museo. En otras palabras, estas dos cabezas
de Druso II tienen un indudable aire juliano.
9 (Dión) Tácito refiere que cuando Tiberio se enteró de la
muerte de Gallo dijo que sentía que hubiera perecido antes de haber sido
juzgado, dando a entender que quizá hubiera sido absuelto; gran hipocresía,
porque el proceso parece que se retrasó por su culpa.
10 Hace muy poco he visto a un tímido sexual muy típico,
que él mismo se consideraba, sin razón, homosexual; y era zurdo, con escritura
inversa, «en espejo», como Leonardo da Vinci. Henting recuerda también la
frecuencia de la zurdera en los esquizofrénicos como Luis II de Baviera, de
sexualidad confusa.
11 Es interesante que una de las escenas descritas por
Suetonio, ridículas de puro inverosímiles, se refiere a unos baños de Tiberio
en el agua azul y templada de las grutas, rodeado de niños lascivos que nadaban
como pececillos al lado de un viejo tiburón. Amiel, ¡qué salto en la cronología
y en la categoría social, pero no en el instinto! gustaba de jugar con niños
pequeños diciéndoles esto mismo: «yo soy un gran pescado y vosotros pececillos
que nadáis a mi lado».
12 Los rasgos psicológicos que Baring-Gould extrae de la
contemplación de este busto, parecen sugeridos por el prejuicio de lo que de
antemano sabemos que era Julia. Es error muy fácil de cometer en esta clase de
investigaciones sobre la iconografía de muertos de personalidad muy marcada.
13 Estas mujeres de canicie precoz suelen, en efecto, ser
de gran temperamento sexual y dilatada plenitud. Muchos clínicos estiman los
mechones blancos como signo de actividad excesiva del tiroides; y ésta,
coincide muchas veces con evidente hipererotismo.
14 Descendía de Claudio Marcelo, el general ilustre que
venció a Aníbal; del cual, por cierto, debió heredar Tiberio su prudente
habilidad militar.
15 (Séneca) Horacio le dedicó una Oda alabándole mucho;
pero, como siempre, no hay que dar demasiado valor a los elogios del excelso,
pero cortesano poeta. Se supone también, como hechos dicho, que es este mismo
Marcelo el joven que ensalza Virgilio en su discutida Égloga IV.
16 En efecto, por estar enfermo Augusto, la boda de
Marcelo II y Julia I fue presidida por Agripa.
17 Dión pinta a Agripa como muy devoto y sometido a
Augusto; y añade, que la ausencia de Agripa fue de concierto con el propio
César para evitar una discordia con Marcelo, que veía a Agripa con malos ojos.
Pero esta versión es menos verosímil que la de la irritación de Agripa, que
damos en el texto.
18 Suetonio repite en otro lugar esta idea, diciendo que
Agripa se retiró de Roma «por no parecer competidor y censor» de Marcelo II.
19 Agripa era la tercera vez que se casaba. Su primera
esposa fue Pomponia, de la que tuvo a Vipsania, futura mujer de Tiberio. La
segunda fue Marcela II, hija del primer matrimonio de Octavia (la hermana de
Augusto) con Claudio Marcelo I, de la que no tuvo hijos; divorciándose de ella
para casarse, por tercera vez, con Julia.
20 (Suetonio) Plinio dice también que Tiberio fue en su
juventud aficionado al vino; y más adelante, que su hijo Druso tenía el mismo
vicio del vino que él. Es de notar que Tácito, que atacó tanto a Tiberio, no
cita esta afición alcohólica; La Bleterie suponía que el origen de esta omisión
es que el gran historiador no quería molestar a Trajano, bajo cuyo principado
escribía, que era también gran bebedor.
21 Este elogio al vino, de Séneca, no era compartido por
otros autores de su época, como Plinio, que hace una descripción terrible y
admirable de los peligros de la embriaguez. Sobre todo, encarece por
particularmente dañino el beber en ayunas, pésima costumbre, dice, que se
introdujo en tiempo de Tiberio por culpa de los médicos, «que buscan su
renombre con cualquier novedad». Conviene a la fama de nuestro gran Séneca,
añadir que su elogio del vino era prudente, pues en otros lugares de su obra
hace también una pintura siniestra de los males de la embriaguez; pero aun en
estos pasajes insiste en que no siempre el borracho es indiscreto, como
pretenden los enemigos sistemáticos del alcohol, y cita el ejemplo de Cossus,
gobernador de Roma en tiempo de Tiberio, al que éste, a pesar de ser tan
suspicaz, no tenía inconveniente en revelar secretos que jamás diría a los
otros ministros, sin importarle el que estuviera casi siempre beodo; y solía
estarlo en grado tan extremo, que una vez en el Senado se quedó dormido y
tuvieron que sacarle y llevarle a su casa sin que se diera cuenta.
22 Augusto había redactado este testamento el año
anterior. Suetonio da sobre él detalles tan exactos que hacen imposible toda
duda acerca de este episodio. Recordemos, además, las gestiones de Augusto
sobre el posible nombramiento para sucederle, hombres extraños a la familia
imperial, como Lépido, Arruntio y Asinio Gallo. La resistencia del César antes
de ceder ante Tiberio fue, pues, encarnizada.
23 (Suetonio) Este historiador, imparcialmente, se resiste
a creer estos rumores; y opina que el sensato Augusto «debió pesar
minuciosamente las virtudes y los vicios de Tiberio», y encontrar que aquéllas
superaban a éstos. Lo de las «lentas mandíbulas» parece una alusión a la
premiosidad con que Tiberio hablaba y ejecutaba todas sus acciones.
24 (Plinio) La afición al mosto de su hijo Tiberio,
anteriormente comentada, tiene un doble antecedente, pues no solamente Livia,
sino también Augusto era bebedor.
25 A Livia se le achacaron los siguientes envenenamientos:
el de Augusto, su marido; los de Marcelo II, Caio y Lucio Césares, Agripa
Póstumo y Germánico; todos ellos porque estorbaban la carrera de su hijo.
26 (Dión) Dijo Livia que el secreto de su dominio sobre
Augusto se debía a haber sido siempre inflexiblemente honesta (lo cual, antes
de su matrimonio segundo, no es enteramente seguro) a que nunca se mezcló en
los asuntos de su marido (lo cual, seguramente, no era verdad) y a que se hacía
la distraída ante sus infidelidades (esto sí parece cierto) Excelente catecismo
práctico para las recién casadas.
27 (Séneca) El gran escritor opone esta conducta estoica
de Livia frente al dolor sin tino, conmovedor y humano, de Octavia cuando
perdió también a su hijo Marcelo.
28 (Tácito) Suetonio asegura que Tiberio no divulgó la
muerte de Augusto hasta después del asesinato de Agripa Póstumo.
29 Todo el viaje de Germánico a Oriente, sus luchas con
Pisón, su muerte, el dolor del pueblo y el proceso y muerte de Pisón, están
descritos con admirable belleza por Tácito.
30 (Tácito) Es cierto que tampoco asistió Antonia, la
madre del muerto, de cuyo dolor no se puede dudar. Más adelante hablaremos del
significado de esta ausencia.
31 Esto no parece cierto. El mismo Tácito dice que los
funerales fueron dignos de la gloria del muerto; aunque, tal vez, el
historiador se refiera a la emoción popular más que al lujo y solemnidad
protocolarios.
32 (Tácito) No podemos resistir a la tentación de
transcribir el relato de esta escena, en la que el historiador logra la máxima
emoción con el máximo rigor del lenguaje: “Se discutía cuál sería el
recibimiento adecuado, cuando, insensiblemente, llegó la flota al puerto,
aparejada de suerte que en lugar del alborozo habitual de los remeros, todo
anunciaba el duelo y la tristeza. En el momento en que Agripina salió de su
nave con sus dos hijos y apareció con la urna funeraria entre las manos y los
ojos clavados en tierra, un gemido universal brotó de la muchedumbre, en el que
no se distinguía el dolor de los parientes del de los extraños, ni el grave
pesar de los hombres de la desolación de las mujeres. Los que formaban parte
del cortejo de Agripina, abatidos por la larga aflicción, hacían resaltar con
mayor fuerza el dolor más vivo, por más reciente de la multitud”.
33 Hay que recordar, no obstante, que Pisón estaba también
acusado y convicto de haber encendido la guerra en Oriente; y esta acusación,
independientemente de la del envenenamiento, podría haberle sido fatal.
34 (Baring-Gould y Bernouilli) Aun en el busto del Museo
Capitolino, en que aparece bellísima, se observa siempre la enérgica mandíbula
inferior.
35 (Tácito) Algunas de estas frases las pone Tácito en
boca de Tiberio; pero él, el historiador, las acoge de buen grado.
36 En efecto, Agripina II realizó con tenacidad varonil la
obra de captación de Claudio; la adopción por éste de Nerón, hijo de ella; y la
eliminación de Británico para mandar ella, sirviéndose de Nerón como
instrumento: como hizo Livia con Tiberio. Nerón, al llegar al imperio, «dejó a
su madre la dirección de todos sus asuntos públicos y privados» (Suetonio)
Tácito nos cuenta a su vez, que Agripina II, en vida de Claudio, presidió un
tribunal sentada junto al César y recibía de los enemigos los mismos homenajes
que aquél: «cosa nueva, comenta Tácito, y opuesta al espíritu de los
antepasados, el ver a una mujer a la cabeza de las enseñas romanas». Su
intervención en el envenenamiento de Claudio parece segura. El parecido entre
las dos Agripinas es, pues, impresionante.
37 (Séneca) El aborto voluntario fue también frecuentísimo
en estos años.
38 Algunos historiadores, como Duruy, dudan de la
veracidad de estas palabras de Germánico moribundo; pero es una duda
arbitraria.
39 (Tácito) Cecina fue un gran general y alcanzó el
triunfo el año 15 d.C. por sus campañas en Germania, al lado de Germánico.
40 (Tácito) Ya unos meses antes, con motivo de tomar Druso
III la toga viril, Tiberio había pronunciado un discurso encareciendo el amor
que su hijo Druso II sentía hacia los sobrinos de Germánico y considerando a
las dos ramas como una sola. El mismo Tácito confiesa que Druso II «amaba, o,
por lo menos, no odiaba» a sus sobrinos-nietos.
41 La isla Pandataria, actualmente Santa María, está a la
altura de Nápoles. Cerca de ella, a su oeste, está la de Ponza.
42 El largo encierro de Druso III se ha interpretado, un
tanto arbitrariamente, suponiendo que Tiberio le conservaba como posible
recurso para atraerse el afecto del populacho. Parece, en efecto, que cuando
preparaba el golpe contra Sejano, que más adelante describiremos, en caso de
que el intento hubiera fracasado, imaginaba haber sacado de su prisión a Druso
III para ponerle al frente de las cohortes y servir de bandera contra el
favorito, aprovechando la popularidad de la familia de Germánico.
43 Así lo afirma Plinio. A pesar de los preceptos de
Hipócrates, no era raro que los médicos de entonces tuvieran amores con sus
enfermas. Fueron, por ejemplo, famosos los de Mesalina con su médico Vectio
Valens. Pero en el caso de Livila y su médico, insistimos en la inverosimilitud
de la intriga.
44 (Veleio) Esta apología de Sejano es, desde luego,
anterior a su caída. Veleio publicó su libro el año 30 d.C. por lo tanto en el
momento de pleno poder del favorito, un año antes de su caída y muerte. Su
pluma estaba, seguramente inspirada en la misma desmesurada adulación que
corrompió, entonces, a tantos romanos. Y es más que probable que Veleio pagara
caro estas alabanzas, pues todos los amigos del ministro —y pocos lo fueron tan
escandalosamente como nuestro historiador— sufrieron la bárbara persecución de
Tiberio. Sin embargo, Tácito, que tan minuciosamente hace el recuento de las
víctimas, no nombra a Veleio. Tal vez logró evadirse de Roma. Lo cierto es que,
a partir de esa fecha no se vuelve a tener noticias de él. Baring-Gould
observa, con razón, que la elocuencia que derrochó Veleio para justificar la
elevación de Sejano, desde simple caballero hasta los más altos puestos del
imperio, citando en su apoyo innumerables ejemplos de otros hombres de origen
tan modesto como él, que llenaron de gloria a la República, parece indicar que
se proponía, en realidad, una defensa del favorito contra los aristócratas que
le atacaban por su oscura cuna.
45 Dión dice que Sejano había sido el «mignon» de Apicio.
46 (Tácito) Según Suetonio, algunas legiones de Siria no
aceptaron esta glorificación de Sejano; y cuando cayó éste, Tiberio las
recompensó; aunque era él mismo, naturalmente, el que había ordenado aquella
glorificación.
47 Es un punto oscuro de la vida de Tiberio este del
proyectado matrimonio de Sejano con una princesa de la familia imperial. Es
preferible comentarlo en esta nota que en el texto. Sabemos de cierto que
Sejano pretendió casarse con Livila, la viuda de Druso II, y que Tiberio, con
más habilidad que violencia, rehusó, o mejor dicho, aplazó el permiso (25 d.C.)
Años después, hacia el 30 d.C. se vuelve a hablar de que entre los honores que
el emperador concedía a Sejano figuraba el de «hacerle su yerno». ¿Cuál era
esta nueva presunta boda, que le convertía en yerno del emperador? Los autores
modernos dicen, casi unánimemente, que la novia era Julia III, hija de Druso II
y de Livila, casada con Nerón I, de la que estaba divorciada por el destierro
de éste el año 29 d.C. Sin embargo, no es seguro, ni mucho menos. La idea de
que fuera Julia III la mujer elegida por Tiberio para hacer ingresar a su
ministro en la familia imperial, aparece por primera vez en los comentaristas
de Tácito, Rickius y Reimarus. El primero, en realidad, se limita a decir que
la novia no era Livila, sino una de las nietas del emperador; sin determinar
cuál de ellas, pues eran tres: esta Julia III; y Drusila y Julia Livila, hijas
todas de Germánico, que por ser hijo adoptivo de Tiberio se podían considerar
también como nietas de éste. Reimarus, más categórico, afirma que era
precisamente Julia III la elegida, fundándose en un pasaje de la Crónica de
Zonaras que dice: «Tiberio, después de haber ascendido a Sejano a la cúspide de
los honores y de haberle hecho su yerno, por su casamiento con Julia, la hija
de Druso, acabó por hacerle morir». Pero, Zonaras, historiador del siglo XII,
tiene una autoridad discutible. Juste Lipse, afirma que el texto de Zonaras
está equivocado y donde dice «Julia» debe leerse «Livia» o «Livila», pues
algunos antiguos (entre ellos Tácito) llaman Livia a Livila. La facilidad con
que los autores modernos vuelven a la hipótesis de Julia, se debe al error de
creer, copiándose los unos a los otros, que Tiberio se negó al casamiento de
Sejano con Livila y que, por lo tanto, la novia tenía que ser otra, dentro de
la familia imperial. Pero en el texto dejamos aclarado este error: no hubo tal
negativa. Tácito dice que Tiberio, ante la petición de matrimonio de Sejano,
aplazó la contestación definitiva, sin oponerse a ella; escribe exactamente:
«Por lo demás, yo no me opondré ni a tus proyectos ni a los de Livia (Livila)
En cuanto a otros proyectos íntimos que he hecho acerca de ti y de los nuevos
lazos por los que quiero unirte más estrechamente a mi persona, por ahora, me
abstengo de decírtelos (Tácito) No cabe, pues, duda que no había tal negativa,
sino un simple aunque astuto retraso; o bien para dar lugar a que se
apaciguasen las rivalidades entre Agripina y Livila; o quizá para acabar de
encumbrar a Sejano, entonces simple caballero, a fin de hacerle de rango digno
de su nueva esposa; o tal vez, por último, para ganar tiempo y preparar entre
honores la caída del favorito, quizá meditada de largo tiempo antes, como era
su costumbre. Pero aun admitiendo la negativa rotunda de Tiberio a Sejano, como
quieren ciertos de sus historiadores, no había razón para que, negándole a
Livila, le cediese luego a Julia, hija de la propia Livila. Así, pues, todos
los indicios son de que la supuesta boda de Julia con Sejano es hipótesis
gratuita y que la prometida fue siempre Livila. Dión dice que Sejano, al
terminar su consulado (30 d.C.) pidió permiso a Tiberio para ir a Campania,
donde su «futura mujer» estaba enferma. Ciaceri supone que esta enfermedad fue
un pretexto inventado por Antonia, que odiaba a Sejano, para que la boda no se
celebrase. El hecho es que no se celebró. A mi juicio, lo más probable es que
Tiberio no tuvo nunca el propósito serio de ver a Sejano casado con ninguno de
sus familiares, porque comprendía los peligros políticos de la boda; y que, con
sus promesas y sus retrasos dio largas a los ruegos y presiones de su ministro
y favorito. A esto se refiere Suetonio cuando nos dice que Tiberio animaba a
Sejano «con la esperanza de una alianza», es decir, sólo una esperanza. Además
de este proyecto de boda, tan sujeto a la controversia, hubo otro, entre la
hija de Sejano, Junilla, y Druso IV, hijo de Claudio y de Urgalinilla. Estos
dos novios, prometidos desde niños, murieron lastimosamente mucho antes de
llegar a casarse: Druso, en Pompeya, ahogado por una pera que se divertía en
tirar al aire y coger con la boca abierta, juego por cierto extraño (Suetonio)
ella fue la infeliz ahorcada, después de ser violada por el verdugo, cuando su
padre cayó en desgracia del emperador. A estos dos proyectos se refiere, sin
duda, Terencio en el discurso que citaremos en el capítulo próximo, en el que
dijo que Sejano «estaba unido a la casa de los Claudios y de los julios por una
doble alianza».
48 (Dión) Plinio refiere esto mismo detalladamente, pero
aplicando la aventura, no a Sabino, sino a un esclavo suyo, que fue ejecutado a
la vez que éste y cuyo perro dio las muestras de fidelidad explicadas en el
texto. Añade este historiador que Sabino estaba mezclado en asuntos peligrosos
con Nerón.
49 Sabemos, en efecto, que al principio de este mismo año
31 d.C. Antonia estaba todavía en Roma y que desde allí escribió a Tiberio,
retirado ya en Capri, la carta denunciando a Sejano. Como Tiberio pensaba que
el arresto de Sejano pudiera ocasionar tumultos —hasta el punto de que tenía
preparadas sus naves para huir, en caso de que el negocio fuera mal— es lógico
que llamara cerca de sí a Antonia y a Calígula para ponerlos en seguridad.
50 José dice que Tiberio tenía gran respeto a Antonia, por
ser su cuñada, por su intachable castidad y por haberle avisado la conspiración
de Sejano «que estaba ya a punto de estallar contra él, con la complicidad de
gran número de senadores, oficiales del ejército y hasta libertos de la casa
imperial».
51 Por ejemplo, Tácito nos cuenta que Terencio, uno de los
acusados a la muerte del ministro, del que hablaremos en el capítulo próximo,
se defendió diciendo que era, en efecto, amigo de Sejano; pero que esto no
quería decir que se hubiera mezclado en «los complots contra la República y los
atentados a la vida del príncipe». Y otra vez, hablando de que también se
persiguió, en esta ocasión, a las mujeres, el mismo historiador escribe: «Ya
que a ellas no se las podía imputar el afán de usurpar el imperio, se las
acusaba, etc.» Parece, pues, que eran complots contra la República y su
príncipe, en los que estaba mezclado Sejano.
52 El episodio culminante que los historiadores refieren a
propósito de la fortaleza física de Sejano es muy conocido del año 26 d.C.
cuando Tiberio se retiró a la Campania y entró, con su séquito, a comer en una
gruta natural, en Espelunca. La entrada de la gruta se hundió de repente,
aplastando a varios esclavos. Los demás, aterrados, huyeron con los invitados.
Sólo Sejano quedó allí; y apoyándose sobre una rodilla con los brazos en alto y
los ojos fijos en Tiberio contuvo los bloques que se derrumbaban, salvando la
vida al emperador. Cuando unos soldados acudieron a su socorro lo encontraron
todavía en esta teatral actitud. La hazaña hizo crecer la confianza y la
gratitud del César hacia su ministro. Es incomprensible la unanimidad, con que
los autores admiten sin la menor crítica este relato. No hay hombre capaz de
sostener con su sola fuerza, por tan largo tiempo, un bloque de piedra de tal
magnitud. Es posible que Sejano hiciera lo que pudiera por salvar a Tiberio y
la leyenda forjó el cuadro, de museo romántico que nos ha trasmitido Tácito.
53 Es el llamado busto de Clytia, que Berouilli cree es el
de Antonia.
54 Sabemos por Plinio que Augusto escribía sus cartas en
un papel demasiado fino, por lo que, al utilizarlo por las dos partes, hacía
difícil su lectura; el que usaba Livia era más fuerte. En el reinado de Tiberio
los papiros faltaron y hubo que nombrar, como ahora, una comisión de senadores
para que arreglase el asunto del papel.
55 Baker dice atinadamente que no se ha hecho por los
historiadores la merecida justicia que se debe a la familia de los Nerva.
56 (Ciaceri) La lectura atenta del texto de Dión no
convence en el sentido que pretende Ciaceri. Este autor se apoya también para
su interpretación en un pasaje, por cierto muy poco significativo, de Tácito.
En realidad, lo que demuestra esta cita es que los mismos que niegan veracidad
al gran historiador romano cuando les conviene, aceptan otras veces, cuando les
conviene también, un mero indicio suyo como documento irrefutable.
57 Además de los detalles que se dan de esta enfermedad en
el texto, consignaré aquí, siguiendo siempre a Plinio, que las úlceras
empezaban por el mentón, por lo que la gente llamaba a la enfermedad
«mentagra»; luego se extendían hacia el cuello y hacia el pecho y las manos,
dejando costras cenicientas, sucias. Importó la enfermedad, desde Asia, un
caballero de Perusa.
58 Este mismo defecto se observa en las cabezas de
Augusto, sobre todo en el busto del Louvre, con hábito de pontífice, en el que
el manto que cubre la cabeza despega notablemente la oreja izquierda, como les
ocurre a los que tienen este defecto, que se hace más visible al cubrirse con
un manto o capuchón.
59 El estudio iconográfico más interesante de Tiberio y de
sus familiares es, a mi juicio, el de Bernouilli, por lo mismo que está hecho
sin prejuicios científicos
60 Plinio nos da bastantes detalles del régimen
alimenticio de Tiberio. Le gustaban, sobre todo, los espárragos y unos pepinos
que su jardinero cultivaba en cajones con ruedas para llevarlos al sol o a la
sombra, según el tiempo. También comía unos rábanos que hacía venir de Germania
y tomaba con vino y miel.
61 Ya hemos hablado de la gota de Agripa, Claudio no
siguió la tradición sobria de la familia imperial en que se había educado.
Comía tanto que cuando se echaba a dormir, después de haber engullido, le
tenían que provocar el vómito para que no se ahogase, urgándole las fauces con
una pluma; lo cual era fácil, pues dormía con la boca abierta (Suetonio) Desde
su juventud se emborrachaba (Suetonio) Llegó a pensar en publicar un edicto
permitiendo que en la mesa los comensales pudieran lanzar libremente aires por
entrambas vías porque lo creía conveniente para la salud (Suetonio) Nada tiene,
pues, de particular que se hiciera gotoso. Séneca dice: «A pesar de su gota, en
poco tiempo llegó Claudio a la puerta de Plutón”.
62 Suetonio dice, cometiendo el error sempiterno del
vulgo, que se abrigó mucho al sentir el dolor de costado y luego se enfrió;
siempre se atribuye el escalofrío a un enfriamiento que no existe.
63 Los historiadores apologistas de Tiberio citan por el
contrario un pasaje de Veleio que pinta la alegría frenética con que le
acogieron los soldados cuando, después de su retiro de Rodas, le adoptó Augusto
y se encargó de nuevo del mando del ejército de Germania (4 d.C.) Tiene este
testimonio el valor de que Veleio acompañaba a Tiberio y vio, y no le contaron,
lo que pasaba. Pero en su contra está la incorregible tendencia adulatoria de
este historiador. A la actuación de Tiberio, la llama «divinas hazañas». Sin
embargo, es indudable que este fue el momento de mayor popularidad de la vida
pública de Tiberio; quizá el único, por las razones que luego se dirán. Pero el
que entonces le acogieran con entusiasmo las legiones, no es incompatible con
que unos años después se sublevasen contra él, como en efecto ocurrió.
64 Véase la misma actitud cuando murió su hija en nuestro
Conde Duque de Olivares, que tenía, como muchos personajes de su siglo, la
obsesión de los romanos antiguos.
65 (Suetonio) Tácito, al referir esta escena, dice que el
gesto brusco de Tiberio no fue de dignidad ante la adulación, sino de miedo,
porque creyó que el senador, que era Q. Haterio, le iba a agredir.
66 Con este motivo escribe Mommsen su frase famosa porque
ha sido el gran argumento inicial de los tiberiófilos: «Fue el más hábil de
todos los soberanos que tuvo el Imperio».
67 Sobre las residencias de Tiberio en Capri, véase
Weichardt y la reconstrucción de M. Boutteton, de la que da un resumen con
fotografías y planos «L’Illustration Frangaise», 2 de febrero de 1924; pero
sobre todo el libro de Maiuri. Este asunto de los palacios de Capri y sus
anejos —villas dedicadas a los dioses, grutas misteriosas, etc- es uno de los
que han dado lugar a mayores fantasías entre las muchas que rodean la figura de
Tiberio.
68 Tácito dice que la sublevación de Pannonia fue «una
revuelta sin motivo, como no fuera el cambio de príncipe, que abre el camino
del desorden y de las recompensas que siempre pueden acarrear una guerra
civil»; es decir, que cualquiera que hubiera sido el príncipe nuevo los
soldados, corrompidos por la indisciplina, se hubieran sublevado. No así la
sublevación de Germania, que fue específicamente antitiberiana.
69 Tácito) Dión, resueltamente, relaciona el cambio de
Tiberio con la muerte de Germánico.
70 Tácito) Desde un año antes se decía que Sejano
preparaba esta retirada al emperador.
71 (Suetonio) Dión dice que la isla, cuando la tomó
Augusto, no producía nada; su celebridad comenzó con la leyenda de Tiberio mas
Augusto, como Julio César, no era hombre de islas y sólo volvió a Capri por
cuatro días. Tiberio no la eligió como pasatiempo ni influido por ningún
presagio, sino llevado por su resentimiento. Era su nueva Rodas; pero más cerca
de Roma, que el emperador no podía perder enteramente de vista; y, además, el
acceso de Capri era abrupto, con tajos profundos sobre el mar, como convenía a
su alma de misántropo; y, por fin, allí no había, como en Rodas, sofistas ni
retóricos impertinentes, sino soledad y unos cuantos amigos que él eligió para
que, sin turbar aquélla, le hicieran compañía.
72 (Tácito) Estos datos, basados en los documentos
senatoriales que tanto sirvieron a Tácito para componer sus Anales, son de
indudable autenticidad.
73 (Séneca) Dión nos dice que era ésta la frase favorita
de Tiberio; Nerón la repetía también, tal vez por habérsela oído a Séneca.


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