© Libro N° 3991. Twig. Dickson, Gordon R. Colección E.O. Julio 22 de
2017.
Título
original: © TWIG. Gordon R.
Dickson
Versión Original: © Twig. Gordon R. Dickson
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Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
TWIG
Gordon R. Dickson
Durante cuatro horas, Twig
se había esforzado por llegar al puesto de suministro. Ahora, bajo la luz
crepuscular de un sol anaranjado, se encontraba junto a uno de sus compactos
muros hechos con tierra. Desde el interior, a través de la puerta parcialmente
abierta, situada a menos de dos metros de ella, surgió la voz de un borracho —y
no precisamente joven, pues en su voz se advertía el carraspeo ineludible de la
edad avanzada— que cantaba:
...«Tan bravo como Ned
Kelly», querían decir las gentes;
«Tan bravo como Ned Kelly»,
pueden decir ahora...
Algo se hubiera sacado, al
menos, si el acento de la voz que cantaba hubiera sido tan australiano como la
balada del legendario bandido que, manteniendo un concepto particular del
blindaje, la desarrolló frente a la policía y acabó muerto a tiros. Pero Hacker
Illinois nunca había visto el planeta Tierra, y mucho menos Australia; y sus
únicos lazos con aquella parte del Sol III fueron un padre y una madre, nacidos
australianos, pero muertos hacía más de veinte años y enterrados en el Planeta
de Jinson. Hasta la misma Twig sabía que Hacker no tenía ninguna estrecha
conexión con Ned Kelly o con Australia, como no fuera la circunstancia
anterior. Pero aceptaba aquel jugar a ser australiano de la misma manera que
aceptaba sus extravagancias cuando estaba borracho, su tenacidad cuando estaba
sereno y su vacilante, pero inmitigada devoción hacia el Abuelo Vegetal.
Hacker había estado bebiendo
al menos durante cuatro horas, desde que Twig había llegado al puesto de
suministros. Evidentemente no estaba en condiciones de enterarse de nada.
Silenciosa como una sombra, veloz como un rayo de sol deslizado entre dos nubes,
Twig se pegó al muro de tierra comprimida, escuchando e intentando reunir el
coraje suficiente para entrar en aquel oscuro cuchitril que sólo su propia
compasión calificaba de edificio. Tenía que haber otros junto con Hacker,
aunque sólo fuera el Agente del puesto de suministros. Debía haber incluso
otros tan bebidos como Hacker, pero no tan respetuosos, seguramente capaces de
intentar ponerle las manos encima. Sufrió un estremecimiento. Y no sólo de
imaginar aquellas rudas manos, sino con pleno conocimiento de que si los
hombres intentaban abusar de ella, no tendría más remedio que defenderse con
todas sus fuerzas. Y no se sentía muy capaz de defenderse, aunque parecía no
haber otra salida si quería que la dejaran en paz.
Agachándose hasta quedar en
cuclillas junto al muro, Twig, silenciosamente y para sí misma, comenzó a
lamentarse. Si Hacker saliera no tendría necesidad de entrar a buscarlo. Pero
durante cuatro horas el hombre no había abandonado la casa. Debía haber alguna
manera de hacerle saber que ella estaba allí, pues de lo contrario se vería
forzada a esperar a que se le acabara el dinero o algo por el estilo... y el
pelotón debía ya estar a menos de una hora de allí.
—¡Hacker! —llamó—. ¡Sal!
Pero la llamada no fue sino
un susurro. Aunque hubiera estado sola con Hacker no habría alzado la voz más
allá de un leve murmullo. En situaciones normales no tenía la menor
importancia. Antes de su encuentro con Hacker, cuando sólo el Abuelo Vegetal
componía su auditorio, no tenía ninguna necesidad de exteriorizar sonidos. Pero
ahora, la voz era su único recurso para la comunicación, como ocurría con el
resto de los humanos. Por una vez, al menos, tendría que utilizar la voz propia
de los seres humanos, a los que actualmente pertenecía...
Pero su garganta no emitió
nada que no fuera un suave quejido. Los mecanismos físicos del habla se
encontraban en perfecto estado, pero, después de aquellos años pasados con el
Abuelo Vegetal, algo en su mente se negaba a ponerlos en funcionamiento. Tensó
la cuerda que lazaba su ropaje de cortezas de árbol adosado a su cuerpo. Hacker
siempre la instaba a que vistiera ropas humanas; le proporcionarían mayor
protección contra los hombres, decía. Pero en ningún lugar que no estuviera tan
cerrado como aquella casa podría nadie tocarla nunca; además, no podía soportar
la sensación de sentirse rodeada por las muertas materias de los vestidos
humanos. Respiró hondamente y se lanzó decidida a través de la puerta
entornada.
Tan veloz se deslizó que
nadie la advirtió mientras llegaba donde Hacker estaba. Hacker estaba de pie,
con un codo sobre aquellos altos anaqueles que llamaban mostrador. Se trataba
de una barra larga, tanto, que iba de parte a parte de la pared, dejando espacio
para que el Agente pudiera moverse detrás de ella y sacar vasos y botellas.
Allí se encontraba el Agente casi en la parte opuesta a Hacker. Mirando a éste
y situado fuera del mostrador, había otro hombre tan alto como aquél al que
miraba, aunque más macizo, y con el rostro poblado de larga y negra barba.
Éste fue el que la vio
primero, mientras ella permanecía junto a Hacker tironeándole la chaqueta.
—¡Eh! —exclamó el barbudo;
su voz era ronca y de tonos bajos—. ¡Hacker, mira! ¡No me digas que es la
salvaje que salió de la Planta! ¡Claro que es! ¡Que me pudra, pero es ella!
¿Dónde la has estado guardando todo este tiempo?
Y mientras Twig seguía junto
a Hacker, el barbudo alargó la mano hacia ella. Twig se situó tras Hacker.
—¡Déjala en paz! —dijo
Hacker bruscamente—. Twig... Twig, debes marcharte de aquí. Espérame fuera.
—No, aguarda un minuto. —El
barbudo intentaba rodear a Hacker para acorralar a Twig. Del cinturón del
hombre colgaba un pesado taladro iónico de minero. Hacker, aunque desarmado, se
interpuso—. ¡Quítate de en medio, Hacker! Sólo quiero mirar a la chica.
—Déjala, Berg. Eso es lo que
quiero yo.
—¿Tú? —exclamó Berg—. ¿Quién
eres tú sino un vago al que he estado invitando a beber toda la tarde?
—¡Hacker, vamos! —le susurró
Twig al oído.
—¡De acuerdo, de acuerdo!
—dijo Hacker con dignidad de borracho—. Eso es lo que piensas, ¿eh?... Vamos,
Twig.
Se volvió y comenzó a andar
hacia la puerta. Berg lo agarró por la chaqueta de cuero y lo obligó a
detenerse. Más allá del barbudo, Twig podía ver al Agente gordo y chocho ya,
inclinado sobre el mostrador en el que apoyaba los codos, sin decir nada, sin hacer
el menor gesto.
—Nada de eso —dijo Berg—, tú
te quedas aquí. Si ella es la chica, os voy a meter juntos en el saco. Hay
alguna gente que está deseando venir a veros.
—¿Verme a mí?—Hacker volvió
el rostro y se encaró con el barbudo, lanzándole una mirada de incredulidad y
abulia.
—Oh, sí. Tu plazo como
Congresista de este distrito terminó ayer, Hacker. Ya no eres inmune.
El corazón de Twig aceleró
sus palpitaciones. Era peor de lo que había pensado. Hacker borracho se
convertía en una nulidad; y, seguramente, alguien lo había mantenido
deliberadamente allí, pagándole la bebida, aguardando a que llegara el pelotón.
—¡Hacker! —susurró
desesperadamente en su oído—. ¡Vámonos corriendo!
Pasó bajo el brazo con el
que Berg sujetaba a Hacker y se encaró con el barbudo. El hombre la miró
estúpidamente por unos momentos, pero su estupidez le duró poco. La mano de la
chica se lanzó sobre su cara, estalló un seco golpe y cada una de las uñas se
hundió en la carne como un rastrillo.
—¿Qué haces? —exclamó Berg;
las uñas de Twig estaban tan afiladas que el hombre no había notado todavía los
cortes de la mejilla y la frente—. Te gusta jugar...
Entonces brotó la sangre y
comenzó a deslizársele hasta los. ojos y el cuello. El barbudo gruñó, soltó a
Hacker y se llevó las manos a los ojos.
—¿Quieres dejarme ciego?
—exclamó. Se limpió los ojos, miró sus manos y las vio manchadas con su propia
sangre. Gritó como un animal furioso y dolorido.
—¡Corre, Hacker! —dijo Twig
desesperadamente. Se escabulló de los brazos de Hacker que intentaban
atraparla, con una hábil maniobra le arrancó el taladro del cinturón y se lo
entregó a Hacker—. ¡Corre!
Berg se lanzó tras ella.
Pero aunque no hubiera tenido los ojos ensangrentados, habría parecido
igualmente un oso intentando cazar un pájaro. Acorralada en la parte interior
de la habitación, Twig corría de un lado a otro escabulléndose ágilmente del
pesado y enorme Berg, que se arrastraba torpemente como un loco de cabeza
rojinegra.
Hacker, por fin despejado,
dándose cuenta del peligro, retrocedió hacia la puerta. Tenía el taladro de
Berg en la mano para cubrirse de cualquier ataque de Berg y el Agente.
—¡Vamos, Twig! —chilló
Hacker.
Twig volvió a deslizarse por
entre los zarpazos de Berg y de un salto se lanzó hacia la puerta.
——¡Vuelve atrás, Berg!
—amenazó Hacker con el taladro en alto—. ¡Te agujerearé si te acercas!
Berg se detuvo. Su boca se
entreabrió mostrando sus blancos dientes que contrastaban con el negro de la
barba.
—Os mataré... —murmuró entre
dientes—. A ambos, os mataré a los dos...
—Ni lo intentes —dijo
Hacker—, Sería firmar tu propia condena. Ahora, quietecito, y eso va por ti
también, Agente. No intentéis seguirnos... ¡Twig!
Salió al exterior seguido de
Twig. Corrieron hacia el bosque.
Twig acarició los primeros
árboles que alcanzaron y los troncos y ramas que, inclinados, interrumpían su
camino, se apartaron para dejarles paso, regresando a la posición inicial a sus
espaldas. Corrieron aproximadamente un par de kilómetros hasta que la
respiración de Hacker delató su cansancio. Entonces redujeron la velocidad y
prosiguieron a paso de marcha. Twig, que había estado todo el día corriendo a
la velocidad que ahora habían corrido ambos, caminaba naturalmente a su lado.
Por un rato sólo se oyó la respiración agitada de Hacker.
—Bueno, dime qué pasa
—preguntó finalmente, deteniéndose un poco para escuchar el susurro a que lo
había acostumbrado Twig.
—Un pelotón de captura —dijo
ella—. Diez hombres, tres mujeres, todos armados con taladros iónicos y
láseres. Dijeron que formarían una asamblea de ciudadanos y te ahorcarían.
—¿Ahorcarme? —gruñó Hacker.
El alcohol ingerido lo volvía propenso a la ira. Pero la balanza de su estado
se inclinaba a favor de la lucidez. Y Twig, que lo quería incluso más que en un
tiempo quisiera al Abuelo Vegetal, había acabado por aceptar condescendientemente
sus estados de ánimo y su mal olor. Se sentó con un brusco gesto, su espalda
apoyada contra un tronco, e invitó a Twig a sentarse a su lado.
—Descansemos y pensemos un
poco —dijo—. Sin un buen plan no iremos a ninguna parte. ¿Dónde están ahora?
Twig, que estaba sentada
sobre sus talones, se levantó y caminó hacia el árbol contra el que estaba
apoyado Hacker. Abrazó el tronco cuanto dieron de sí sus brazos, cerró los ojos
y apoyó la frente contra la arrugada superficie, concentrándose. Su mente caminó
por entre las tinieblas, adentrándose muchos kilómetros a través de los caminos
conformados por las crías del Abuelo Vegetal, hasta alcanzar el lugar donde se
encontraban los hermanos más pequeños, a los que otros humanos llamaron
«hierba» en la Tierra. A menos de cuarenta minutos de donde se encontraban Twig
y Hacker, los hermanos más pequeños advirtieron el pesado metal de los
vehículos humanos, aplastando y desgarrando otros hermanos.
—Paz, hermanos menores, paz
—susurraba Twig mentalmente, intentando tranquilizarlos. Pero los hermanos
menores no sentían dolor como los variformes animales de la Tierra o la misma
Twig y el resto de los humanos; su dolor era diferente, y de esa forma diferente
sufrían los daños que los vehículos les infligían. Aquellos seres estaban
destruyendo plantas que no tenían más función que la de estar allí y sin que
los destructores tuvieran el menor fin concreto al hacerlo; por debajo de todas
las plantas vivas de la superficie del Planeta Jinson, el Abuelo Vegetal
recogía aquellos desesperados lamentos, sentidos en forma diferente. Estaba ya
cansado de las destrucciones inútiles que llevaban a cabo hombres, mujeres y
bestias extrañas.
—Paz, Abuelo, paz —emitía
Twig. Pero el Abuelo no le respondió. Se separó del árbol, abrió los ojos y
miró a Hacker.
—Vienen en vehículos —le
dijo. Desde las lejanas hierbas, los árboles le transmitían la imagen de los
vehículos de tracción y la gente que los ocupaba como si ella lo estuviera
viendo con sus propios ojos—. Cuando partió el pelotón eran sólo ocho e iban a
pie. Ahora hay cinco más y traen vehículos. Nos alcanzarán en media hora si
permanecemos aquí. Y los vehículos asesinarán muchos árboles y otras criaturas
del Abuelo antes que ello ocurra.
—Me dirigiré entonces al
distrito de High Rocks —dijo Hacker. El frunce que surcaba su frente habíase
vuelto profundo entre sus ojos azules—. Tendrán que dejar sus vehículos y
seguirme a pie; allí hay poco que puedan destruir. Es más, estarán acosándome durante
un mes o unas semanas, como mucho, y no me pescarán nunca. Aunque es a ti a
quien quieren coger para que les digas dónde pueden encontrar al Abuelo; sin
embargo, no se atreverán a intentarlo mientras yo esté vivo y represente la
ley. Tenemos que conseguir un poco de ley y orden en el Planeta Jinson. Eso me
recuerda que...
Introdujo dos dedos en un
bolsillo de la chaqueta y sacó una pequeña tarjeta de celulosa. Se la pasó a
Twig.
—Mientras estuve en la
capital con la Asamblea Legislativa —prosiguió—, conseguí que el Gobernador
general enviara un experto en ecología del Gobierno Paraplanetario, alguien con
plenos poderes para llevar a cabo una investigación, legal y todo. Ahí está su
nombre.
Twig miró lo que había
escrito en el pedazo de celulosa. Se sentía, orgullosa de su habilidad para la
lectura desde que había aprendido con una máquina docente que Hacker le había
conseguido. Pero el nombre que aparecía en la papeleta estaba escrito con caracteres
tan enrevesados que a duras penas logró descifrarlos.
—John... Stone —leyó
finalmente.
—Ése es el tipo —dijo
Hacker—. Según lo planeado, habrá aterrizado hace dos días y ahora se
encontrará camino de aquí para encontrarse conmigo. No creo que tarde más de un
día en llegar. Le ha sido informada tu existencia. Tú te encontrarás con él y
le mostrarás esa tarjeta. Tráelo e infórmale de lo del pelotón y todo lo demás.
Mientras tanto, estaré en los alrededores de High Rocks y bajaré a Rusty
Springs mañana al mediodía. Tú y Stone me encontraréis allí y nos quedaremos
esperando al pelotón cuando venga a atraparnos.
—Pero si sólo seréis dos...
—protestó Twig.
—Tranquilízate —dijo
Hacker—. Ya te he dicho que es un oficial supraplanetario... como un policía.
Nadie se atreverá a quebrantar la ley estando él aquí. Una vez sepan quién es
más o menos, nadie se atreverá a quemar los bosques del Abuelo.
—Pero cuando se marche...
—dijo Twig poniéndose en pie.
—Para cuando se haya ido ya
habrá redactado todo un cuerpo de leyes para la Asamblea Legislativa que pondrá
fin de una vez por todas a las barrabasadas de esos quemabosques. Vete ahora
hacia el sur, Twig; y cuando encuentres a Stone, permanece con él. Si el
pelotón va tras de mí, también te persigue a ti, de modo que puede encontrarte.
Palmeó el hombro de Twig,
dio media vuelta y se perdió entre los árboles.
Twig contempló su marcha,
deseando ir tras él y permanecer a su lado. Pero Hacker sabía lo que convenía.
Si lo que se necesitaba era la presencia de este John Stone, procedente de otro
mundo, ella debía ir en su busca y encontrarlo. Pero el infortunio de todas y
cada una de las cosas —las que la rodeaban y que tanto amaba ella— pesaba sobre
el lugar. Cuando Hacker desapareció, aproximó su rostro al suelo, pegó la cara
contra él y extendió sus brazos cuanto pudo.
—¡Abuelo Vegetal! —llamó,
dejando que sólo su mente pronunciara las palabras, ya que no era necesario el
contacto con ninguna planta cuando llamaba al Abuelo. Sin embargo, no hubo
respuesta.
—¡Abuelo Vegetal! —llamó de
nuevo—. Abuelo Vegetal, ¿por qué no respondes? —El miedo la poseyó—. ¿Qué
ocurre? ¿Dónde te has ido?
—Paz, pequeña y precipitada
hermana —resonó el pesado y pausado pensamiento del Abuelo—. No me he ido a
ninguna parte.
—Ya temía que la gente te
hubiera encontrado bajo la tierra. Temía que te hubieran herido... o asesinado,
cuando no contestabas.
—Paz, paz, pequeña corredora
—dijo el Abuelo—. Estoy cansado, muy cansado de esa gente vuestra. Tanto, que
pronto tendré que echarme a dormir. Y si así ocurriera, cuando quisiera
despertarme no sabría cómo hacerlo. Pero no creo que puedan matarme. No estoy
seguro de si algo puede ser asesinado, en todo caso no te niego que habría un
cambio, pero sólo momentáneo, hasta que el universo volviera a recordar, y
aquello que fuera muerto en apariencia recuperase su habla de nuevo. No me
gusta tu gente, que sólo tiene una forma. Para mí no hay ninguna diferencia si
soy raíz, tallo o flor. Siempre estoy aquí para ti, pequeña corredora, tanto si
respondo como si callo.
Las lágrimas corrieron por
el rostro de Twig, humedeciendo la tierra que tenía bajo la cara.
—¡No entiendes! —gritó—. Tú
puedes morir. Puedes ser asesinado. Pero no comprendes. Piensas que todo es
dormir.
—Claro que entiendo
—respondió el Abuelo Vegetal—. Comprendo mucho más que cualquier pequeña
corredora que se ha limitado a vivir uno o dos momentos, mientras que yo he
vivido lo bastante para ver erguirse y caer las montañas. ¿Cómo puedo morir si
soy mucho más que las raíces leñosas que esas gentes quieren encontrar y
destruir? Y si ésas murieran, aún permanecería yo en todas y cada una de las
plantas de este mundo y también de mi pequeña corredora. Y aun cuando éstas
desaparecieran algún día, todavía sobreviviría pues formo parte de las piedras
y la tierra de este planeta, más aún, formo parte de sus hermanos y hermanas
planetas, y mucho más allá, pues hay muchos más mundos. Aquí, en mi soledad, he
hablado a todos mis hermanos y hermanas vegetales, desde el más grande al más
pequeño. Y todo el rato, mientras ello ocurría, escuchábamos las voces de tu
gente, no sólo sobre este planeta sino también sobre los más lejanos. Y los
oíamos hablar tal y como yo te oigo a ti. ¿Cómo puede ocurrir eso que piensas si
nosotros no somos todo uno, sino que estamos presentes en cada una de las
partes del otro?
—Pero estarás muerto en la
medida en que me conciernes a mí —insistió Twig—. ¡Y no puedo soportarlo! ¡No
puedo soportar tenerte muerto!
—¿Qué puedo decirte, pequeña
hermana corredora? Si tú sientes que estoy muerto, entonces estaré muerto; pero
si abandonas la idea de que puedo ser asesinado, entonces no podré ser
asesinado. Siempre estaré contigo, excepto y únicamente si dejas de sentirme.
—¡No quieres ayudarte!
Puedes hacer cualquier cosa. Me cuidaste cuando era una niña. Lo hiciste
solamente tú. Ni siquiera recuerdo a mi padre y a mi madre, ni qué aspecto
tenían. Tú me mantuviste con vida y me diste todas las protecciones necesarias.
Incluso lo sigues haciendo ahora, cuando ya no necesito cuidados. En cambio,
nada quieres hacer cuando eres tú el que necesita ayuda. Podrías abrir la
tierra bajo esas gentes, o despedazarlas con un alud. Podrías ahogarlas en los
ríos en los que beben. Podrías enviarles semillas cuyo polen las enfermara.
Pero no quieres hacer nada... nada que no sea yacer aquí hasta que te
encuentren y te maten.
—Hacer lo que dices no es
ninguna solución. Es demasiado difícil de explicar a una pequeña corredora que
sólo ha vivido un momento, pero el universo no crece ni se desarrolla de esa
manera. Si emprendiéramos el camino de la amenaza y la destrucción, todas las
cosas se derrumbarían y dejarían de crecer. Y tú no querrías verme enfermo o
tullido, ¿verdad, pequeña corredora?
—Mejor así que muerto.
—Otra vez ese pensamiento
que no es pensamiento. No puedo apartar de ti la tristeza si te empeñas en
recordarla en todo momento. Si puse a muchos hermanos y hermanas a tu
disposición para que te protegieran y cuidaran de ti, sola y alejada de tu
gente, fue porque deseaba que corrieras libremente por este mundo y fueras
feliz. Pero no eres feliz; y yo, que sé mucho más que una pequeña corredora,
que sé sólo un poco comparado con lo que todavía tengo que aprender, yo mismo,
no sé qué hacer para aliviarte. Te acompañaré en tu tristeza, si tú quieres. En
cualquier caso estaré siempre contigo aunque no me creas... contigo, ahora y
siempre.
Twig sintió que la atención
del Abuelo se desviaba hacia otros menesteres. Aún permaneció pensando en su
soledad en la misma posición que antes adoptara; pero pronto olvidó sus
lágrimas y recordó la misión que le había encomendado Hacker. De manera que se
levantó y echó a correr hacia el sur, dejando que el viento acariciase su
rostro.
No sucedió repentinamente,
pero poco a poco la poesía de su movimiento empezó a alimentar el miedo y la
tristeza que sentía. Si Hacker estaba en lo cierto al afirmar lo que John Stone
podía hacer, entonces todo acabaría perfectamente. Repentinamente recordó que
podía ser descubierta por el pelotón, de modo que se apartó de la ruta y se
desvió hacia el puesto de suministro. Pronto alcanzó el conglomerado de árboles
que rodeaba el claro en que se erguía el puesto y, segura de ello, vio los
vehículos, los hombres y las mujeres. Los contempló sin miedo, pues como
ocurría con casi todos ellos, veían y oían peor que ella; más aún, los árboles
y los arbustos habían formado frente a su cuerpo una pantalla que evitaba su
descubrimiento.
Estaba lo bastante próxima
como para oír lo que decían. Al parecer, un vehículo tenía una rueda pinchada y
necesitaba reparación. Lo mantenían levantado mediante gatos mecánicos y
algunos hombres se entregaban a la tarea. Mientras tanto, los que no trabajaban
discutían bajo el sol del crepúsculo.
—...¡Puta! —estaba diciendo
Berg. Hablaba de ella. La sangre de su rostro había cesado de manar, pero las
heridas permanecían abiertas—. ¡La ahorcaré en la cara de Hacker antes de que
lo ahorquemos a él una vez los hayamos atrapado!
—No —dijo una de las
mujeres. Alta, huesuda, vestía pantalón y chaqueta de cuero y una pistola de
rayos láser colgaba en su funda sobre la nalga derecha—. Primero ella tiene que
hablar. Lo que realmente necesitamos matar es esa diabólica planta del Abuelo.
Y después, en el lugar que sea, ella vivirá en su propia casa.
—Su propia casa... —comenzó
Berg, y hubiera continuado a no ser porque otra mujer lo contuvo. Era ésta más
baja y maciza que la otra, aunque llevaba un vestido blanco y botas de cuero.
No iba armada, al menos en apariencia, pero su voz tenía un tono de mando
todavía mayor que el de la otra.
—¡Cállate ahora mismo, Berg!
Antes de decir algo comienza por arrepentirte de lo que vas a decir. Las
familias de los plantadores decentes tienen otros planes respecto a la chica.
Ha crecido como una salvaje durante todos estos años, pero es hija de personas
y tendremos que hacernos cargo de ella hasta que se convierta en una mujer y
viva como Dios manda. Y abandona esas ideas de ponerle las manos encima una vez
hayamos dado con ella. Seremos las mujeres casadas que vamos en este pelotón
las que le haremos decir dónde se esconde ese diabólico Abuelo, y ningún hombre
intervendrá en esto.
—Si podéis conseguirlo
—gruñó Berg. La mujer rió y Twig dedujo por las convulsiones de su cuerpo la
clase de risa que era.
—¿Acaso no podríamos hacerte
hablar a ti? Y si podemos contigo, ¿por qué no con una cría como ella?
Twig se alejó del lugar
donde hojas y arbustos formaban la barrera protectora. Había oído todo lo que
necesitaba oír. Los vehículos estaban ahora detenidos; así, no había peligro de
que atraparan a Hacker antes de que éste alcanzara las colinas de High Rocks
—una región montañosa compuesta de grandes zonas donde las piedras hacían
inútil el uso de vehículos—. No había tenido mucha suerte desde que se separara
de Hacker, pero, al menos por ahora, estaba segura.
Ya libre el camino, lo
retomó y comenzó a correr hacia el sur en busca del hombre llamado John Stone,
mientras el sol comenzaba a hundirse en el horizonte.
Corría una vez más. Y
nuevamente la intoxicación de su carrera le trajo a la memoria lo que había
estado oyendo. Ahora, corriendo, nadie podía atraparla ni sujetarla, ni tampoco
obligarle a decir cosas terribles, obligarle a decir dónde estaba la raíz del
Abuelo Vegetal.
El sol estaba ya oculto; y
la gran luna blanca de Jinson iluminaba el cielo. Era luna llena y su luz era
casi tan intensa como la del sol en el ocaso; sólo que la luna emitía una luz
distinta, mágica, dotada de dos tonos —blanco y gris— aunque desprovista de
color. Bajo esta luz, árboles y matas se apartaban para dejarle pasar, y los
hermanos menores que estaban a sus pies se inclinaban de tal manera que la luna
reflejaba su luz, formando un sendero iluminado.
Aquello no exigía el menor
esfuerzo de su parte. Por mucha velocidad que alcanzara, la tierra, los
arbustos, los árboles y la luz de la luna estaban a su servicio. Entre todos
juntos ayudaban a componer la silenciosa música de su paso. Pero por un momento
esto desapareció. Quedó sólo su carrera, el bosque y la luz de la luna. Durante
un corto instante, sólo fue una pequeña corredora... incluso el Abuelo y Hacker
fueron olvidados, al igual que el pelotón y los otros humanos. Era como si
jamás hubieran existido. Danzaba con su mundo en el baile negriblanco de su
carrera sin límites; y sólo existían el mundo y ella, en una soledad eterna.
Twig había corrido hasta que
la luna estuvo en lo alto del cielo. Nuevamente buscó el consejo de los
hermanos y hermanas vegetales para que le indicaran si seguía el camino
apropiado. Los hermanos y las hermanas iban señalándole la ruta delante de su
cuerpo siempre en movimiento. Luego, más allá de la luna, una luz amarilla
relampagueó brevemente en la lejanía. Aspiró en el viento el aroma de las
hierbas, el triste olor de plantas quemadas, el hedor de un animal y el
peculiar olor de un ser humano, un hombre.
Se estaba acercando a él. El
hombre había acampado en un pequeño claro, donde podía verse un arroyo. Un
pequeño fuego había sido encendido en la otra parte del arroyo; el hombre
estaba sentado junto al fuego y miraba las llamas atentamente. Vestido con oscuras
ropas y con la cara afeitada, parecía confundirse con las piedras. Más allá de
donde se encontraba, vio Twig una de aquellas bestias que su gente llamaba
caballo. El caballo olió o escuchó a Twig y movió la cabeza en su dirección.
El hombre movió también la
cabeza entonces, miró al caballo y luego llevó la mirada desde el caballo hasta
Twig.
—Hola —dijo—. Ven y
siéntate.
La mirada del hombre caía
justo sobre ella, pero ocurría que ella no estaba al descubierto. Era imposible
que pudiera verla. Se encontraba entre los árboles, a unos cuatro metros detrás
de él; y sus ojos, al mirar, tenían por fuerza que ser deslumbrados por las
llamas. Simplemente, el hombre obedecía la indicación que le había hecho el
caballo.
—¿Es usted John Stone?
—preguntó, olvidando que sólo Hacker podía entender y oír su susurro a tal
distancia. Pero el hombre la sorprendió de nuevo.
—Sí —dijo—. ¿Eres Twig?
Atónita ahora, se internó en
la zona iluminada.
—¿Cómo lo sabe?
El hombre rió. Su voz tenía
un tono profundo, incluso su risa era profunda, aunque suave y amistosa.
—En este lugar sólo hay dos
personas que saben mi nombre —dijo—. Una es un hombre llamado Hacker Illinois;
y la otra, una chica llamada Twig. Tu voz me ha sonado más a Twig que a Hacker
Illinois. Y, ahora que puedo verte, pareces más bien Twig, indiscutiblemente.
Avanzó un poco más, hasta la orilla del arroyo, y contempló la blanca, alargada
cara del hombre. Su rubio cabello no era largo, pero se ensortijaba sobre su
cabeza y, bajo la luz, sus ojos oscuros parecían tan azules como un lago de
verano. Stone no se movió. A sus espaldas bufó el caballo.
—¿Por qué está ahí sentado?
—preguntó Twig—. ¿Oculta usted algo?
Stone movió la cabeza.
—No quiero asustarte. Hacker
Illinois insistió mucho en que no hiciera movimientos repentinos ni intentara
tocarte. Si me levanto, ¿te irás corriendo?
—Claro que no.
Pero se equivocaba. Él se
levantó entonces lentamente y ella dio un paso atrás, instintivamente; porque
era el hombre más alto que nunca viera. Más alto de lo que había imaginado
posible en un hombre. Y también ancho. Desde su increíble estatura parecía dominar
sobre todas las cosas, sobre ella, el fuego, las rocas, incluso sobre el
caballo que había tras él. Su corazón comenzó a latir rápidamente, como si
todavía corriera. Entonces vio que el hombre permanecía en pie, pero inmóvil,
esperando; y sintió que no había en él la menor huella de amenaza o maldad
alguna, tal como los sintiera en Berg, en el Agente del puesto de suministros,
las mujeres del pelotón y otros como ellos. Su corazón decreció el ritmo. Se
sintió segura y caminó hacia el hombre, deteniéndose frente a él.
—No estoy asustada. Puede
sentarse de nuevo.
Ella misma se sentó también
y quedó con el rostro vuelto hacia el hombre; éste volvió a sentarse en el
suelo y quedó como una montaña que sobresaliera del mar. Incluso ahora que
estaban sentados podía verse la diferencia de estatura; pero la manera de descollar
su cuerpo era amable, como si se tratara de un hermano árbol que elevara sus
ramas muy por encima de su cabeza.
—¿Te molesta mi caballo?
Twig miró hacia la gran
bestia y olisqueó.
—Tiene metal en sus pies,
que cortan y matan las pequeñas cosas que viven, igual que los vehículos
—respondió ella.
—Es cierto —dijo John
Stone—, pero él no se colocó ese metal por su propia voluntad. Además, le
gustas.
Era verdad. El animal estaba
balanceando su amplia cabeza en su dirección y la agitaba como si estuviera
ansioso por tocarla. Twig extendió un brazo hacia el animal, se concentró en
amables pensamientos y el caballo se aquietó.
—¿Dónde está Hacker
Illinois?
Ante aquella pregunta, Twig
respondió con ansiedad acumulada.
—Eh High Rocks... hay mucha
gente tras de él...
Entonces se lo contó a John
Stone, intentando conducir sus palabras y su tono de voz hacia una forma
comprensible. A menudo, cuando hablaba a la gente que no era Hacker, parecía
entender las palabras como palabras tan sólo, sin aprehender el significado que
había en ellas. Pero John Stone asentía a medida que ella hablaba, y parecía
entender todo lo que le estaba contando, como si el entendimiento fuera algo
emanado de él en particular.
—¿A cuánto está de aquí
Rusty Springs? —preguntó Stone, una vez hubo callado ella.
—Seis horas, según un hombre
que fuera caminando.
—Entonces, si nosotros
partiéramos un poco antes de la salida del sol, ¿llegaríamos al mismo tiempo
que Hacker?
—Sí —dijo ella—, pero
debemos marcharnos ahora y esperarlo allí.
John miró a la luna y luego
a los bosques.
—En la oscuridad tengo que
caminar despacio. Hacker me dijo que no te gustaba ir demasiado lentamente.
Aparte, hay todavía muchas cosa que tienes que contarme, y me las dirás más
fácilmente sentada aquí que viajando. No te pongas triste. Nada nos detendrá
cuando partamos para Rusty Springs.
Dijo estas palabras con tal
calma, que recordó a Twig la forma de hablar del Abuelo Vegetal.
—¿Tienes hambre? —preguntó
John Stone—. ¿O no comes la misma comida que nosotros?
Al hablar había sonreído un
poco. Por un segundo pensó Twig que se estaba burlando de ella.
—Claro que como la comida
humana. Hacker y yo siempre comemos juntos. No tengo por qué hacerlo, pero es
algo que está bien.
Él asintió gravemente. Twig
se preguntó si él podía saber lo que ella no había dicho. La verdad era que, a
pesar de todos sus conocimientos, el Abuelo Vegetal no poseía una muy exacta
comprensión del sentido del gusto del ser humano. La fruta y los secos y las
cosas verdes con las que había estado alimentándola cuando ella era una niña no
habían estado mal del todo, pero las comidas humanas que Hacker le ofreció eran
mucho más interesantes.
John comenzó a abrir algunos
pequeños envoltorios y preparó comida para ambos, haciendo alguna que otra
pregunta mientras ejercía su habilidad culinaria. Twig intentaba responderle lo
mejor que podía. Pero incluso para una persona tan especial como John, pensó,
debía ser difícil entender lo que aquello era para ella.
Ni siquiera podía recordar
el aspecto de sus padres. Sabía, porque el Abuelo Vegetal se lo había dicho,
que ambos habían enfermado y muerto en su cabaña cuando apenas contaba ella
unos meses de edad. Casi ni sabía andar y se había deslizado fuera de la cabaña,
errando, hasta que había sido encontrada, mente con mente, por el Abuelo
Vegetal; y puesto que era tan pequeña que nada parecía imposible, escuchó,
entendió y creyó sus palabras.
Él había dirigido los pasos
infantiles desde la cabaña y los campos incinerados que sus padres habían
intentado sembrar, y los había encaminado hacia el interior de los bosques,
donde árboles y ramas conformaban un refugio en el que podía protegerse del viento
y la lluvia y donde siempre encontraba algo de comer con sólo extender los
brazos. La mantuvo apartada de la cabaña hasta que se hizo algo mayor. Cuando
ella volvió a su primera casa sólo vio blancos huesos en el interior y una
verde enredadera que la ocultaba. El Abuelo le había dicho que no la tocara. No
sintió el menor lazo parental con aquellos huesos y no regresó a la cabaña
desde entonces.
Hacker era otra cosa. Cuando
se encontró con Hacker, tres años atrás, ella había llegado a ser ya la pequeña
corredora que solía decir el Abuelo. Originariamente, Hacker había sido un
plantador, un colono como los que ahora le perseguían. Un plantador —tan
opuesto a un granjero que ha heredado sus acres de tierra libre y los
fertiliza, ara y siembra año tras año, siguiendo un ciclo regular— era alguien
que hacía vida de granjero no más de dos años seguidos en cualquier lugar.
La mayor parte de la buena
tierra había sido ocupada por la primera ola de emigrantes que arribara al
Planeta Jinson. Los que vinieron después hallaron que los terrenos ocupados por
los retoños botánicos del Abuelo (cuya existencia nunca había sido sospechada)
apenas consistían en una delgada capa asentada encima del suelo pedregoso,
relativamente infértil, a menos que fuera limpiado por el fuego. Así, pues, las
cenizas enriquecieron las posibles cosechas. No obstante, la capacidad
fertilizante de los incinerados cuerpos de hermanos y hermanas se agotó en dos
años consecutivos de cosechas, lo que obligó a los plantadores a trasladarse a
otro sitio y a quemar nuevas zonas en las que asentar nuevas granjas.
Poco antes de las lluvias de
la primavera, tres años atrás, Hacker se había trasladado al territorio por el
que Twig solía corretear. Un tiempo ideal para incinerar el área, antes de que
los densos chaparrones propiciaran el riego de la zona. De modo que Hacker
llegó, estableció su campamento y dejó que corrieran los días. Pero no prendió
fuego a los retoños del Abuelo. Finalmente llegó el verano y con él la noción
de que la oportunidad se había perdido. Twig, que lo había estado observando,
oculta en la maleza, en muchas ocasiones, se fue aproximando más y más mientras
espiaba. Estaba espiando a un plantador que, sin embargo, no plantaba. Comió
frutas y secos que el Abuelo había puesto a disposición de Twig, pero ninguna
otra cosa tomó de los bosques. Ella no podía entender aquel comportamiento.
Más tarde lo entendió.
Hacker era un borracho. Un plantador que en nada se había diferenciado nunca de
los demás plantadores, excepto en que, en el curso de una feria organizada para
la venta de productos, había jugado a las cartas y ganado una fuerte suma de
dinero. Después, en un lúcido momento que después agradecería toda su vida,
siguió el consejo de un banquero local y depositó su dinero al interés simple,
de manera que devengara lo bastante para financiarle su traslado a las regiones
septentrionales y la limpieza de un nuevo plantío.
Cuando partió hacia el
norte, no lo hizo sin aprovisionarse en exceso de bebidas alcohólicas. Así, que
instaló un campamento, pero en lugar de ponerse a trabajar, se había tumbado a
la sombra y dedicado a gozar de sus botellas y la paz de los parajes.
Entre los bosques no
necesitó consumir bebidas al mismo ritmo frenético que en el cogollo de la
civilización. Estaba solo y sólo la calma lo rodeaba. Y, además, tenía dinero
en el banco, un dinero que le estaba esperando incluso si no cosechaba nada
aquel año. Al final no cosechó.
Al final comenzó a
experimentar cambios. Entre los bosques, se dio cuenta de que necesitaba el
alcohol cada vez menos, pues allí no había la menor huella de aquellas agudas y
quebradizas pejigueras legales que normalmente le punzaban y zarandeaban convirtiéndolo
en un verdadero rebelde. No era hombre observador, pero poco a poco se fue
dando cuenta de cómo iban y venían las estaciones y cómo día tras día los
bosques respondían a los cambios de las estaciones de mil maneras distintas.
Advirtió que la hoja, el arbusto y la planta se conducían como si fueran
individuos y no como verdes objetos inanimados. Y al final, después de dos años
sin plantar nada, recogió una cosecha: se dio cuenta de que no era capaz de
quemar la zona en la que había estado dos años viviendo tranquilo y sereno
consigo mismo. Sin embargo, quemó algunos árboles para reclamar el área como
suya y resguardarla de los otros plantadores. Luego, se largó aprisa.
Cuando llegó a la siguiente
parcela que había escogido, le ocurrió lo mismo; se dio cuenta de que no podía
prenderle fuego. Se marchó de nuevo, esta vez llegando al territorio de Twig; y
allí, siguiendo inconscientemente los cambios de su conducta, llamó la atención
de Twig y la cautivó. Y ocurrió que llegó el día en que ella caminó
abiertamente hacia el campamento de Hacker y se detuvo a pocos pasos de él, no
demasiado atemorizada después de meses de observación.
—¿Quién eres? —susurró ella.
La contempló sorprendido.
—Dios mío, criatura —exclamó
él—. ¿No sabes que no puedes ir por el mundo desnuda?
El asunto de la ropa fue
sólo la primera de las muchas cosas que mediaron para la común concordia y
entendimiento. La cosa era que a Twig no le importaba en absoluto ir desnuda,
aunque tal vez no fuera sino una medida de distanciación para con la gente que
la asustaba; por otra parte, admitía que le molestaba el contacto con las
ropas. Twig, sin embargo, a pesar de su aparente inocencia, no era ignorante.
El Abuelo se había preocupado de que aprendiera lo que por su ascendencia y
edad podía aprender. Había observado que Twig se acercaba furtivamente a las
granjas y que se preocupaba por algo tan irremediable como la palabra humana,
de manera que decidió enseñarle también a hablar la lengua de su gente.
Pero al mismo tiempo que
penetraban en su cerebro los conocimientos y medios de comunicación humanos,
crecían paralelamente los asimilados por su contacto con el Abuelo, algo así,
en resumen, como una sabiduría sin palabras y diversas habilidades que tenían
más razón de ser para el Abuelo que para ella misma. Asimismo, el conocimiento
humano adquirido a través del Abuelo, había sido efectuado por una suerte de
traducción inevitable, por el hecho no menos inevitable de que el Abuelo no era
humano y no pensaba en términos humanos.
Por ejemplo, ante la
circunstancia de que los otros humanos se cubrían con vestidos, el Abuelo no
pareció hacer mucho caso y, aunque transmitió el significado a Twig, no la
forzó a que imitara la costumbre; por el contrario, lo único que hizo fue
aclimatar la temperatura de los parajes para que su cuerpo no se viera afectado
por el clima. De manera que Twig tenía una manera propia de ser ella misma y
extraña a la vez.
Cuando por fin se
encontraron Twig y Hacker, fue como el encuentro de dos extraños que sólo
tenían en común un limitado cúmulo de lenguaje y experiencias. Sin embargo, lo
que les fascinó fueron las diferencias; y desde aquel primer encuentro
asistieron al nacimiento de su camaradería.
—Pero ahora llevas ropa
—dijo John Stone en este punto de la historia de Twig, contemplando el conjunto
de blandas cortezas que rodeaban su cuerpo.
—Fue idea de Hacker. Y él
tiene razón, naturalmente —dijo ella—. Al principio me molestaba un poco, pero
pronto me acostumbré y los primitivos roces desaparecieron.
John Stone afirmó con la
cabeza, agitándola y haciendo relampaguear sus cabellos al resplandor de la
lumbre.
—¿Cómo —preguntó luego—
llegó Hacker a meterse en política? ¿Y por qué quieren matarlo ahora, después
de haber formado parte del gobierno?
—Hacker consiguió una
máquina docente y me enseñó un montón de cosas. Pero también él aprendió
bastante. Cosas sobre el Abuelo y muchas más. Hacker no puede hablar con el
Abuelo, pero advierte el cómo y el cuándo de su presencia.
—En las llanuras, parece que
tu gente opina que el Abuelo Vegetal es una superstición.
—El Abuelo nunca prestó
mucha atención a las gentes de las llanuras —respondió Twig—. Pero los
plantadores de las zonas altas saben algo acerca de su existencia. Es la razón
por la que quieren encontrarlo y matarlo, lo mismo que quieren hacer con
Hacker.
—Pero, ¿por qué? —Hacker se
presentó para la Asamblea Legislativa hace dos años. Los otros plantadores
pensaron que tener a uno de los suyos como delegado era una ocasión que no
podía desaprovecharse. De manera que votaron por él. Pero Hacker se alzó en plena
asamblea y habló sobre el Abuelo y por qué los quemabosques debían ser
detenidos. Entonces los otros plantadores le odiaron porque los de las llanuras
se rieron y porque no querían dejar de plantar e incendiar. Sin embargo,
mientras siguió siendo delegado la sombra de la ley lo mantenía protegido. Pero
su período de dos años expiró ayer y, con él, su protección personal.
—Fácil. Será fácil... —dijo
John, pues Twig volvía de nuevo a parecer temerosa y desconsolada—. Hay gente
en otros mundos que se preocupa por todos los Hacker y todos los seres como tu
Abuelo Vegetal. Yo me preocupo. Nada les ocurrirá a ninguno de los. Te lo
prometo.
Pero Twig se había sentado
sobre sus talones, rechazando la comodidad de olvidar que el miedo que le traía
el recuerdo podía ser presagio de terribles males.
En la oscura mañana, tras
haber dormido unas cuatro horas, se levantaron, John empaquetó sus cosas y
montó su caballo. Con Twig dirigiendo al animal entre los bosques, se
encaminaron hacia Rusty Springs.
La aurora despuntó antes de
que hubieran recorrido la mitad del camino. Mientras seguían bajo la luz del
sol naciente, el animal pudo comenzar a distinguir el sitio donde ponía los
cascos, con lo que la pequeña expedición aumentó su velocidad. Pero esta vez le
resultó difícil a Twig advertir la diferencia de aceleración, pues puede
decirse que se sentía cada vez más fascinada por John Stone. Así como su cuerpo
era grande, su espíritu también lo era. Mientras seguía su leve carrera,
comenzó a hacer preguntas. Aunque, a pesar de que él ponía todo su empeño en
responder lo más claramente posible, ella no parecía captar todo el completo
significado de las respuestas.
—¿Qué es usted?
—Ecólogo.
—Pero, ¿qué es realmente?
—Algo así como un consejero.
Un consejero de las autoridades sociales de los nuevos mundos.
—Hacker dijo que usted era
parecido a un policía.
—Supongo que también.
—Bueno... pero aún no sé qué
es usted.
—¿Qué eres tú? —preguntó
John.
La mujer quedó sorprendida.
—Soy Twig... Una pequeña
corredora. —Luego pensó y añadió—: Un humano... Una chica... —Y guardó
silencio.
—¿Lo ves? Cada quién es
muchas cosas. He ahí por qué tenemos que ir con precaución por el mundo, no
moviendo ni cambiando cosas hasta que no sepamos con seguridad lo que ello va a
reportar al mundo y, eventualmente, a nosotros mismos.
—Usted habla como el Abuelo
Vegetal —dijo ella—. Sólo que él no quiere luchar para impedir que se dañe a él
y sus criaturas, no quiere luchar contra los quemabosques y los plantadores.
—Quizá sea la medida de un
sabio.
—Claro que es sabio. ¡Pero
está equivocado!
John Stone la miró desde la
altura que le proporcionaba el caballo. Cabalgaba con la cabeza levemente
inclinada para percibir el débil susurro de la chica.
—¿Estás segura?
Twig abrió la boca, pero la
cerró acto seguido. Seguía corriendo, la mirada tendida a lo que había delante,
y nada dijo.
—Todo lo que no muere, crece
—dijo John—. Todo lo que crece, cambia. Tu Abuelo Vegetal está creciendo y
cambiando, al igual que tú, Twig.
Twig intentó apartar el
sonido de aquella voz, alegando para sí misma que ella no tenía la menor
necesidad de oír lo que él le estaba diciendo.
Arribaron a Rusty Springs
poco antes del mediodía. El lugar recibía aquel nombre por una pequeña cascada
que caía por un roquedal de no excesiva altura. El agua se desplazaba hasta una
ancha cavidad de rocas rojizas y el agua adquiría allí un cierto sabor
ferruginoso. Cuando llegaron, Hacker les estaba esperando sentado en una
piedra, junto a la charca.
—Por fin —les dijo nada más
aparecer—. Un par de minutos más y me hubiera largado con viento fresco. ¿No
les oyen venir?
John Stone miró hacia la
zona bosqueña que se erguía frente a la charca. Twig no necesitó consultar esta
vez con ninguna de las criaturas del Abuelo para informarse. Al igual que los
otros, con mucha mayor susceptibilidad, podía apreciar el ruido destructor de
la masa de gente que se aproximaba.
—¡Hacker! —susurró—. ¡Corre!
—No —replicó Hacker.
—No —dijo John Stone desde
lo alto del caballo—. Esperaremos aquí y hablaremos con ellos.
Se mantuvieron juntos,
silenciosos y a la espera, mientras el ruido crecía; y al cabo de un rato
comenzó a emerger en el claro el pelotón formado por diez hombres y tres
mujeres. Surgieron del bosque y se detuvieron cuando vieron a Hacker y Twig
junto con John Stone todavía a caballo.
—¿Buscabais a alguien?
—pregunté Hacker irónicamente.
—Sabes jodidamente bien que
sí —dijo Berg. Se había procurado otro taladro iónico y lo sacó de su cinturón
cuando comenzó a aproximarse a Hacker—. Venimos a hacernos cargo de ti, Hacker,
así somos de buenos. De ti, y de la chavala y de ese amigo vuestro, quienquiera
que sea.
Los restantes miembros del
pelotón echaron a andar tras él.
—Alto —dijo John Stone. Su
profunda voz hizo que todos lo mirasen—. Alto.
Lentamente, bajó del caballo
y quedó en pie junto a él. Hubo algo verdaderamente incontenible y lleno de
fuerza en la manera en que se alzó sobre los estribos, pasó la pierna por
encima de los cuartos traseros del animal y tomó tierra por último. La gente se
detuvo y John se dirigió al grupo.
—Soy un ecólogo del Gobierno
Paraplanetario —dijo—, asignado a este planeta para la investigación del
posible uso nocivo de los recursos naturales. Como tal, me ha sido conferida
una cierta autoridad, dentro de la cual está el emitir citaciones individuales
para la Audiencia oficial que tendrá por objeto informarme de la situación.
Alzó la muñeca hasta la
altura de los labios y algo en aquella muñeca brilló al sol. Sus palabras se
dirigieron ahora hacia la muñeca.
—Hacker Illinois, queda
usted citado como testigo de mi Audiencia, para declarar en ella cuando sea
llamado. Twig, queda citada como testigo de mi Audiencia, para declarar en ella
cuando sea llamada. Los gastos para su comparecencia correrán a cuenta de mi
autoridad, y el deber que ustedes contraen para con esta citación relegará
cualquier otro deber, obligación o restricción que pese sobre ustedes,
impuestos por cualquier ley local individual o colectiva.
A continuación, descendió la
muñeca y la llevó hasta el cuello del caballo, al que acarició; y no parecía
sino un enorme perro al que estuviera mimando.
—Estos testigos —dijo al
pelotón— no deben ser molestados de ninguna manera y bajo ningún pretexto.
¿Entendido?
—Oh, claro, naturalmente.
Comprendemos muy bien —dijo la mujer huesuda y alta, enfundada en un
impermeable.
—¿Entendido? ¿Comprendido?
¿Qué significa eso? —bramó Berg—. El ecólogo éste no va armado. ¿Vamos a
permitir que nos detenga?
Berg echó a andar hacia
John, que permaneció inmóvil. Pero a medida que se iba acercando, Berg comenzó
a encogerse, y cuando llegó a escasos pasos de John parecía que un chico a
medio crecer se estaba aproximando a un hombre plenamente crecido. De modo que
se detuvo, miró atrás y vio que nadie del pelotón le había acompañado Mientras
su cabeza permanecía vuelta hacia el pelotón, la mujer del blanco impermeable
se dirigió a él.
—¡Eh, Berg! ¡Tus agallas
siempre estuvieron en tus músculos!
Echó a andar hasta llegar al
lado de Berg. Allí, se detuvo y se quedó mirando duramente a John.
—Usted no me asusta, señor
ecólogo —dijo—. Me he estado enfrentando a la gente toda mi vida. Usted no me
asusta, su gobierno supraplanetario tampoco me asusta, porque nada me asusta a
mí. ¿Quiere usted saber por qué no vamos y colgamos a Hacker ahora mismo, y nos
llevamos a la muchacha para que sea reeducada decentemente? ¿Ahora mismo? No es
a causa de usted, sino porque no tenemos necesidad de hacerlo. Hacker no es el
único que tiene influencias en la capital. Hace dos horas que nos comunicaron
por los teléfonos individuales que usted estaba en camino de este lugar.
John asintió con la cabeza.
—No me sorprende, pero eso
no cambia las cosas.
—¿No? —el tono de su elevada
voz contenía una cierta nota de triunfo—. Todos buscábamos a Hacker y a la
chica para descubrir dónde vive esa planta diabólica. Hacker lo mandó llamar,
pero nosotros replicamos pidiendo un equipo que nos ayudara en la búsqueda.
Hace dos días pusimos el equipo en un avión y comenzó a cartografiar el sistema
de raíces de esta zona. Nos figuramos que estaba en esta zona porque aquí fue
donde educó a la chica...
—¡Nada lograrán hacerle con
eso! —gritó Twig con su bajo susurro—. El Abuelo se extiende por todas partes.
Por todo el continente. Por todo el mundo.
Pero la mujer no la oyó o no
quiso prestarle atención.
—Lo encontramos ayer.
Proteja a Hacker y a la chica todo cuanto quiera, señor ecólogo. ¿Cómo va a
impedirnos que cavemos la tierra y prendamos fuego a lo que encontremos?
—La vida inteligente,
perversamente destruida... —comenzó John, pero se detuvo en seco.
—¿Qué vida? ¿De qué vida
está hablando? ¿Cómo puede saber usted que se trata de algo inteligente? ¿Acaso
tomará las declaraciones de algunas raíces?
La mujer rió.
—Eh —dijo Berg, volviéndose.
Ella siguió riendo—. Eh, ¿qué es todo esto? ¿Por qué nadie me dijo nada de
ello?
—¿Decírtelo? —la mujer se
inclinó hacia Berg como si fuera a escupirle en la negra barba—. ¿Decírtelo?
¿Confiar en ti? ¿En ti?
—Tengo los mismos
derechos...
Pero ella había dado media
vuelta y dirigídose hacia donde estaba el resto del pelotón, dejándolo con la
frase a medio acabar.
—Venga —dijo ella—. Vámonos
de aquí. Ya nos ocuparemos de esos dos después de la Audiencia. No pueden ir a ningún
sitio que no podamos localizar.
El resto del pelotón comenzó
a moverse como un animal que despierta súbitamente y empieza a andar. Encabezó
el grupo y lo condujo hacia el punto contrario por el que habían surgido.
Pasaron junto a la charca, junto a Twig, Hacker y John Stone con su caballo. La
mujer pasó muy próxima a Twig, tanto que pareció que se inclinaba levemente
para rozar el hombro derecho de la chica. Twig realizó un rápido gesto de
contracción ante la posibilidad de ser tocada; pero Lucy Arodet se limitó a
gruñir ante tamaña muestra de repulsa. Siguió encabezando el pelotón hasta
internarse en el bosque y seguir la misma ruta que John y Twig a la inversa.
Berg corrió tras ellos y después de escasos momentos el ruido de sus pasos fue
silenciado por la distancia.
—¿Es cierto lo que ha dicho?
—preguntó Hacker a John—. ¿Hay algún aparato que pueda encontrar una masa de
raíces como la del Abuelo?
Los azules ojos de John,
sumergidos en la amplia cara, se encogieron en un frunce.
—Sí —contestó—. Es una
variedad de los localizadores de arterias nutritivas... habilitado para
distinciones muy delicadas, pues la diferencia estriba en los mínimos cambios
que se producen en el flujo líquido de la raíz. No pensaba que nadie en este
planeta supiera su existencia, ni mucho menos..: —se interrumpió—. Y...
realmente no puedo creer que un aparato como ése haya podido ser enviado aquí
por nadie sin mi conocimiento. Aunque en el terreno comercial siempre hay gente
dispuesta a probar fortuna.
—¡Arréstelos! —susurró
Twig—.;Haga que su uso sea ilegal para ellos!
John sacudió la cabeza.
—No tengo ninguna prueba
palpable de que tu Abuelo sea un ser sensible. Y, hasta que no obtenga ninguna,
nada puedo hacer para protegerlo.
—¿Acaso no nos cree a
nosotros? —La arrugada cara de Hacker era totalmente huesuda bajo el bozo de la
barba.
—Oh, sí. Personalmente les
creo a ustedes. Antes de que el hombre abandonara el mundo del que había
surgido, ya estaba demostrado que si alguien pensaba talar o quemar una planta
ésta mostraba una reacción mensurable en computadores. Las reacciones mentales
de y por las plantas hace tiempo que fueron establecidas. Una comunidad
inteligente como la que ustedes aplican al Abuelo y las plantas circundantes es
sólo una reacción lógica. Pero tengo que comprobarlo por mí mismo, o tener al
menos alguna prueba contundente de su existencia.
—Según lo que ha dicho Lucy
Arodet —dijo Hacker—, el plazo para comprobarlo es bastante corto.
—Sí —dijo John. Se volvió a
Twig—. ¿Sabes dónde está el Abuelo?
—Está en todas partes.
—Twig —dijo Hacker—, ya
sabes lo que él ha querido decir. Sí, Stone, ella sabe dónde está.
Twig se quedó mirando a
Hacker muy fijamente.
—Debes decírmelo —dijo John
Stone—. Cuanto antes lo localice, antes podré empezar a protegerlo.
—¡No! —susurró Twig.
—Querida, sé razonable —dijo
Hacker—. Ya has oído a Lucy Arodet que van a encontrar al Abuelo. Si ellos han
de conocer más pronto o más tarde su emplazamiento, ¿por qué has de ocultárselo
a John Stone?
—¡No creo que sea cierto!
Ella estaba mintiendo, ¡no sabe ni sabrá dónde está el Abuelo!
—Pero arriesgas demasiado
—dijo Stone—, porque puede darse el caso de que sí llegue a saber dónde está. Y
si cavan debajo y lo destruyen antes de que yo llegue hasta él, ¿no lamentarás
perderlo por las mismas razones que quieres salvarlo?
—Ninguna de las criaturas
del Abuelo diría dónde está, aunque quisiera —susurró Twig—. Y yo no quiero
decirlo.
—No me lo digas si no
quieres, pero por lo menos llévame hasta él.
Twig negó con la cabeza.
—Twig —dijo Hacker. La chica
lo miró—. Twig, escucha. Tienes que hacer lo que dice Stone.
Twig negó nuevamente con la
cabeza.
—Entonces, pregúntaselo al
Abuelo —propuso Hacker—. Que él mismo decida.
Iba a negarse por tercera
vez, pero se quedó un rato mirando a Hacker. Luego, se dirigió a un árbol
cercano y lo rodeó con sus brazos; no porque necesitara del árbol para
comunicarse con el Abuelo, sino para apartar su cara de la mirada de los dos
hombres.
—¡Abuelo! —pensó—. Abuelo,
¿me estás escuchando? ¿Qué debo hacer?
No hubo respuesta.
—¡Abuelo! —llamó
mentalmente.
Tampoco la hubo esta vez.
Por un inicial momento lleno de temor, pensó que ya no era capaz de sentirlo,
que había sido asesinado o ídose a dormir. Pero luego, esforzándose en buscar
hasta donde era capaz de llegar, lo sintió, advirtió su presencia aunque
persistiendo en no atender a su llamada.
—¡Abuelo!
Era inútil. Era como si con
su débil susurro pretendiera llamar la atención de alguien situado en la cima
de una altísima montaña. El Abuelo estaba sumergido en sus propias reflexiones.
No podía alcanzarlo. Comenzó a invadirla un cierto temor. El Abuelo siempre
había estado allí en otras ocasiones. Pero desde hacía dos años, desde que los
incendios de los plantadores comenzaran, había adquirido la costumbre de
mantener una postura introvertida y de hablar a menudo de irse a dormir.
Lentamente, separó los
brazos del tronco del árbol y volvió el rostro hacia los dos hombres.
—No quiere responder.
Hubo un momento de silencio.
—Entonces, es como si te
autorizara a decidir por ti misma, ¿no? —dijo Hacker suavemente.
No dijo nada y se quedó
pensativa. Entonces, una idea afloró a su mente.
—No quiero conducirlo a
usted hasta él —dijo, clavando su mirada en la cara de Stone—. Pero iré yo
misma y veré si es cierto que los plantadores pueden encontrarlo. Ustedes me
esperarán aquí.
—No —dijo John—. Yo he
venido aquí para comprobar por mis propios ojos el estado de las áreas
incineradas.
Si he de convocar una
Audiencia para intentar proteger a tu Abuelo Vegetal, necesito tantas
evidencias como sea posible reunir.
—Yo le mostraré las áreas
—dijo Hacker.
—No —repitió John—. Usted se
dirigirá al sur y llegará a la primera ciudad o población que encuentre para
informar a las autoridades de que es usted un testigo mío. ¡Eso hará que la
gente recuerde en todo momento que usted está bajo la protección de la ley.
¿Puede hacerlo sin que esa banda de provocadores lo atrape?
Hacker hizo una mueca de
disgusto.
—Perfecto —dijo John—. Lo
había preguntado para asegurarme. Diríjase, pues, al centro comunal más
cercano. ¿Cuál es el lugar?
—Fireville —dijo Hacker—. A
unos doce kilómetros al suroeste.
—Fireville. Me reuniré allí
con usted una vez haya visto un par de áreas incineradas. Conseguiré un mapa
que las tenga señaladas. Y Twig —añadió volviendo la cabeza hacia ella— irá al
lugar en que se encuentra el Abuelo Vegetal para ver si hay algún síntoma de
que ha sido localizado. Entonces intentará encontrarme lo antes posible. ¿Crees
que puedes hacerlo, Twig?
—Claro. Los hermanos y
hermanas vegetales me indicarán dónde está usted.
Pero en lugar de emprender
la partida, permaneció un momento inmóvil, como dudando, mirando a Hacker.
—No bebas ahora —le dijo—.
Si te emborracharas, encontrarían la manera de hacerte cualquier cosa.
—Ni una gota. Te lo prometo
—dijo Hacker.
Pero todavía dudaba Twig.
Sólo se decidió cuando advirtió que no podía perder tiempo con tantas cosas que
hacer por delante. De manera que se lanzó a correr, abriéndose el bosque
delante de ella, dejando rápidamente el lugar donde estaban los dos hombres.
Corría concentrada. No podía
detenerse en gozar los placeres de su carrera. De vez en cuando llamaba
mentalmente al Abuelo; pero no obtenía respuesta y deseaba llegar a la masa de
raíces tan pronto como le fuera posible.
En los bosques, creciendo y
cambiando día a día, jamás había tenido noción de la velocidad que podía
desarrollar. A fin de cuentas era un ser humano, es decir, que el límite de su
velocidad difícilmente rebasaría la de cualquier campeón de corta distancia en
las pruebas que solían hacerse antes de que el hombre se lanzara al espacio...
antes de que la Tierra feneciera. Pero la diferencia consistía en que ella
podría mantener esa velocidad durante todo un día si se lo propusiera. Aunque
lo cierto era que no tenía la menor noción de poseer esa resistencia, como
tampoco la del límite de su velocidad. Pese a ello, iba lanzada velozmente, sus
piernas relampagueando bajo la luz del sol de la tarde y entre las riberas del
sendero que árboles y matorrales abrían ante ella.
Era plena tarde y aún no
había llegado al lugar de emplazamiento de la masa de raíces del Abuelo, que
yacía bajo tierra en pleno bosque, ocupando un círculo de cuarenta o cincuenta
metros de radio. Durante todo el camino, los hermanos y hermanas le habían
estado indicando que ninguna señal había de presencias extrañas en el lugar y
que el bosque en el que se encontraba el Abuelo se hallaba completamente vacío.
Pero ni siquiera ellos podían saber lo que ocurriría al momento siguiente, de
manera que la inseguridad la atenazaría mientras no pudiera comprobarlo por
ella misma. Ahora, ya en el lugar, rodeó con sus brazos un alto árbol hembra y
se mantuvo en aquella posición forzando a las hojas pensantes para que
recordaran cualquier cosa que hubiera ocurrido en la última semana.
Aparte del viento, las hojas
sólo recordaban el silencio. Ningún humano había pasado por entre ellas, ni
siquiera a distancia. Ningún ruido mecánico había tenido lugar por los
alrededores, sólo el sonido de las nubes al desplazarse y el de algún ocasional
aguacero.
La mujer llamada Lucy Orodet
había mentido. Los plantadores no tenían ningún aparato especial, o, si lo
tenían, no lo habían usado por el lugar donde se encontraba el Abuelo.
Suspirando de alivio, cayó al suelo y hundió la cara en la tierra, abriendo los
brazos sobre los hermanos menores.
El Abuelo estaba a salvo...
todavía. Durante un corto espacio de tiempo Twig se limitó tan sólo a mantener
los ojos cerrados y a dejar que la sensación de alivio que sentía la inundara
por. completo. Así quedó en los brazos del sueño, que la acunó con suavidad
después de la intensa carrera que había llevado a cabo.
Cuando despertó era ya de
noche. La luna estaba alta en el cielo y el Abuelo estaba pensando, no
comunicándose con ella, sino extendiendo sus pensamientos a su alrededor, como
si ella no estuviera allí.
—...Nunca fui más allá de la
atmósfera que rodea este mundo —estaba diciendo—. Pero ahora, mi pequeña
corredora correrá hasta el fin del universo. Más allá de las estrellas, y más
allá de las que están más allá... los inmensos abismos, donde las colosales
galaxias flotan como nubes o se abren como ciclópea pirotecnia poblada de
pequeñas corredoras, cruzándose la trayectoria de una con la de las otras,
siempre desplazándose más allá de cualquier concepción del tiempo y la
distancia. Y en todos los puntos de esa inmensa noche se encuentra la vida. Mi
pequeña corredora irá a conocerlos, desde los primeros a los últimos, desde sus
orígenes hasta su extinción. Así, después de la destrucción verá la llegada de
una nueva creación, al igual que al caliente verano sucede el inclemente
invierno y nuevamente la confortante canícula. Todos aquellos que han intentado
destruirme desean sólo efectuar el nacimiento de mi pequeña corredora en el
interior de un Gran Corredor entre las estrellas...
—¡Abuelo! —llamó Twig; y los
pensamientos fluyeron en torno a ella repentinamente.
—¿Estás despierta, pequeña
hermana? —preguntó el Abuelo—. Si es así, estás a tiempo de irte.
—¿Irme? —preguntó Twig,
todavía bajo la hipnosis del sueño—. Irme... ¿Por qué? ¿Dónde? ¿Qué ocurre?
—Tu viejo amigo Hacker está
agonizando... Y tu nuevo amigo John Stone cabalga hacia donde se encuentra
Hacker —dijo el pensamiento del Abuelo Vegetal—. Aquellos que deseaban
destruirme han tendido una trampa mortal a Hacker y pronto estarán aquí para
matarme también. Aún tienes oportunidad de huir.
Twig se puso en pie por un
movimiento reflejo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó—.
¿Dónde está Hacker?
—En un lugar al norte de
Fireville, en una trampa para animales, donde ha sido arrojado, fingiendo que
se encontraba borracho y que ha sufrido un accidente. Aquellos que son nuestros
enemigos le hicieron beber, lo condujeron allí y lo arrojaron dentro.
—¿Por qué no me despertaste
y me lo dijiste a tiempo?
—No hubiera sido posible
remediar nada —dijo el Abuelo—. La muerte de Hacker está más allá de todo
remedio, al igual que los que vienen a destruirme están más allá de todo
obstáculo.
—¿Vienen? —gimió Twig—.
¿Cómo puede venir nadie? ¡No saben dónde estás!
—Sí lo saben —dijo el
Abuelo—. Cuando te dirigiste hacia aquí llevabas prendido en el hombro algo que
puso allí la mujer llamada. Lucy Arodet. Un objeto pequeño prendido a tu
vestido que sirve para decir a otros dónde te encuentras en todo momento. Cuando
me encontraste y te detuviste, ellos supieron que me habías localizado y
averiguaron de esa forma el lugar donde yo estaba.
Twig llevó una mano hacia su
hombro. Sus dedos se cerraron sobre un pequeño objeto, redondo y duro. Se lo
arrancó del vestido botánico y lo puso delante de sus ojos para poder verlo en
la oscuridad. A la luz de la luna parecía una especie de perla cubierta de
puntos por la parte opuesta a la que mostraba un gancho, que había servido para
engarzarlo al vestido de Twig.
—¡Lo llevaré lejos de aquí!
—dijo ella—. Me lo llevaré a cualquier otra parte y así...
—Eso no cambiaría ya las
cosas. No sufras. Antes de que vengan, yo me habré sumergido en un sueño sin
despertar y se limitarán a destruir unas cuantas raíces que nada significan.
—¡No! —gritó Twig—.
¡Espera... no! Correré y encontraré a John Stone. Él puede llegar aquí antes de
que nadie dañe tus raíces. Entonces no tendrás que irte a dormir...
—Pequeña corredora, mi
pequeña corredora. Incluso si tu John Stone me salvara por ahora, no haría otra
cosa que prorrogar lo inevitable. Desde que tu gente puso los pies en este
mundo, fue una certeza que más pronto o más tarde me obligarían a dormir para
siempre. Si comprendieras que voy a entregarme al sueño alegremente, no te
mostrarías tan apesadumbrada. Todo cuanto había de valor en mí ya está dentro
de ti, y todo ello se dirige a donde yo no puedo dirigirme, en la distancia y
en lo profundo, más allá de toda medida e imaginación.
—¡No! —gritó Twig—. No voy a
dejarte que mueras. Correré hasta donde está Hacker y encontraré a John Stone.
Él vendrá y te salvará. Espérame, Abuelo. ¡Espera...!
Aún no había acabado de
decir esto cuando ya estaba en camino, imprimiendo a sus piernas toda la
velocidad que podía alcanzar. Los pequeños hermanos le abrieron un sendero ante
ella, señalándole el camino, y los matorrales y los árboles se inclinaron a los
lados. Pero esta vez no era consciente del hecho. Toda la energía de su mente
se concentraba en que el Abuelo no debía morir...
Corrió más rápido que nunca.
Ya estaba cercana la aurora cuando llegó a los alrededores de Fireville, al
lugar donde el sendero abierto por las plantas le indicaba la ubicación de la
trampa en que se encontraba Hacker. Junto a la trampa, oscuramente recortado
contra el pálido cielo que se destacaba entre los árboles, había una sombra,
perteneciente a un hombre gigantesco sobre un gigantesco caballo. Y en la
oscuridad del agujero una pequeña mancha de luz indicaba la presencia de
Hacker. A la vista de aquella mancha incluso el Abuelo fue borrado del
pensamiento de Twig. Acercándose cuidadosamente, comenzó a descender por uno de
los lados de la trampa. Cualquier otro hubiera resbalado y caído por lo menos
una docena de veces, pero ella, protegida por los matojos y hierbas, descendió
sin el menor peligro. Ya en el suelo, se arrodilló junto al cuerpo.
—Hacker —susurró. Las
lágrimas cayeron de sus ojos.
Hubo entonces un estrépito
de tierra y piedras que caían, como si un pesado cuerpo se estuviera deslizando
por las paredes de la trampa. Entonces apareció John Stone a su lado, erguido
sobre sus piernas. Se arrodilló y palpó con sus dedos la garganta de Hacker,
siguiendo los huesos de la tráquea.
—Está muerto, Twig —dijo
John, apartando los ojos de Hacker y posándolos en ella.
—¡Te dije que no bebieras,
Hacker! —gimió—. ¡Me lo prometiste! Me prometiste no beber...
Ella advirtió que John Stone
se había puesto en pie. Permanecía erguido junto a ella como un risco rodeado
de tinieblas. El hombre puso una mano sobre el hombro de la chica y la mano
resultó tan desmesuradamente grande que parecía un arco que descansara sobre
ella.
—Tenía que ocurrir, Twig—.
La profunda voz retumbó en la oscura cavidad—. Son cosas que tenían que
ocurrir...
Era lo que el Abuelo solía
decir y ello hizo que Twig lo recordara súbitamente. Enervó el cuello y se
mantuvo alerta, a la expectativa. Pero nada había.
—¡Abuelo! —gritó, y por
primera vez en su vida no utilizó el pensamiento para llamarlo. Su voz resonó
clara y salvaje bajo el cielo apenas luminoso.
Sin embargo, no hubo
respuesta. Por primera vez, ni siquiera el eco vino a decirle que el Abuelo
estaba allí aunque no escuchara. Las fuerzas de la transmisión vegetal de
pensamiento propagaban su llamada insistentemente en todas direcciones. Pero no
había la menor respuesta. La voz del planeta guardaba silencio.
—¡Ha muerto! —gritó ella. Y
las palabras fluyeron entre flores y ramas, de hoja de hierba a hoja de hierba,
a lo largo de las raíces enterradas bajo la colina y el valle y el llano y la
montaña—. Muerto...
Olvidó entonces cuanto la
rodeaba. Incluso la cabeza de Hacker junto a sus rodillas.
—¿El Abuelo Vegetal? —le
preguntó Stone. Ella asintió con la cabeza, absorta.
—Ha ocurrido —dijo luego,
pesadamente, con su nueva voz—. Se ha ido... ido para siempre. Es el fin, todo
ha terminado.
—No —dijo la profunda voz de
John Stone—. Nunca termina nada.
Se mantenía erguido junto a
ella, mirándola.
—Twig —continuó, amable pero
insistentemente—, nunca termina nada.
—Sí, sí. Escuche... —dijo
ella, olvidando que, al igual que los otros, él nunca había oído al Abuelo—. El
mundo está muerto ahora. Nada hay en él.
—Sí, sí que hay —insistió
John—. Estás tú. Y, para ti, todavía existen todas las cosas. No sólo sobre
este mundo sino también en muchos otros que nunca conoció cualquier Abuelo
Vegetal. Se encuentran lejos de aquí, esperándote y deseando hablar contigo.
—No puedo hablar con nadie
—dijo ella, todavía arrodillada—. Todo ha terminado, le digo que todo ha
terminado.
John Stone se inclinó y la
levantó. Sosteniéndola, ascendió por la empinada pared de la trampa, hasta
llegar a su caballo. Subieron a él.
—El tiempo sigue su curso
—le dijo John. Twig hundió su rostro en el pecho de Stone y escuchó sus
palabras retumbando en aquella poderosa cavidad de huesos y carne—. Las cosas
cambian y nada hay que las detenga. Incluso si el Abuelo y Hacker vivieran todavía,
incluso si el Planeta Jinson se mantuviera siempre igual, tú, necesariamente,
por ti misma, no tendrías más remedio que crecer y cambiar. Lo que no está
muerto, crece. Lo que crece, cambia. Nuestras decisiones abarcan mayor y mayor
responsabilidad, lo queramos o no, pues, a fin de cuentas, la única elección
esencial se encuentra entre amarlo todo o no amar nada. Debe haber otros Hacker
en otros mundos y quizá, en algún lugar, haya otros mundos como Jinson. Pero no
hay ningún otro Abuelo Vegetal que pueda ser hallado, ni tampoco ninguna otra
Twig. Esto significa que vas a tener que amar todos los mundos y todas las
cosas que crezcan sobre ellos, tal y como el Abuelo lo habría hecho si hubiera
podido ir hasta ellos. He aquí lo que tienes que hacer, Twig. Esa es tu misión.
Ella nada dijo.
—Inténtalo —continuó John—.
El Abuelo te lo ha dejado todo. Acepta también esa responsabilidad que sin duda
te ha legado. Habla a las cosas vivientes del Planeta Jinson y diles que la
pérdida del Abuelo no significa el fin.
Ella agitó su cabeza contra
su pecho.
—No puedo —dijo—. No puedo.
—Háblales —insistió él—. No
los dejes solos. Diles que ahora sigues estando con ellos. ¿No es eso lo que el
Abuelo hubiera deseado?
Nuevamente agitó ella la
cabeza.
—No puedo... —gimió—. Si yo
les hablara, sería como si se hubiera marchado en todos los sentidos,
definitiva y eternamente. Y no puedo hacer eso. No puedo desplazarlo de esa
manera. No puedo.
—Entonces, todo aquello con
lo que contó el Abuelo se ha perdido —dijo John Stone—. Y todas las cosas que
Hacker hizo se han evaporado inútilmente. ¿Tampoco lo harás por Hacker?
Ella pensó entonces en
Hacker, lo que había quedado de Hacker, a medida que cada paso del caballo les
alejaba de su cuerpo inerte. Hacker, cayendo ahora también en el olvido.
—¡No puedo, Hacker! —dijo,
como si hablara con su recuerdo.
—¿No puedes? —le dijo la
imagen de Hacker. Le guiñó un ojo y comenzó a cantar:
«Tan bravo como Ned Kelly»,
querían decir las gentes.
«Tan bravo como Ned Kelly»,
pueden decir ahora...
Aquellas palabras entonadas
con la cascada voz de Hacker pasaron a través de ella como un rayo de sol
atraviesa las hojas de los árboles. Y, súbitamente, una imagen global se formó
en su mente, recordando todas las flores que quedaban solas ahora, sin voz, en
medio de la oscuridad y el silencio; y un amargo dolor fluyó dentro de ella. A
partir de ahora, también ella quedaría sola y abandonada.
—¡Todo está tranquilo! —les
dijo conjuntamente con su voz y lenguaje mental—. ¡Todo está bien! Yo todavía
esto aquí! Yo, Twig. Nunca permaneceréis sin compañía, os lo prometo. Incluso
si me fuera a cualquier otro sitio, siempre os alcanzaré y hablaré desde
dondequiera me encuentre...
Y desde el valle y la
colina, desde el llano y el bosque, desde todas partes, sus palabras fueron
recogidas y entregadas a nuevos relevos, que las fueron transmitiendo y
ramificando, alcanzando por igual al hermano más diminuto y a la hermana más
crecida, de un extremo a otro del mundo.
Twig cerró los ojos y se
abandonó contra el ancho pecho de John Stone. No sabía hacia dónde la llevaba.
No había la menor duda de que se dirigía a algún lugar muy lejos del mundo de
Jinson. Aunque, ahora lo sabía, ningún mundo estaba demasiado lejos; y también,
más allá de las grandes distancias con las que el Abuelo había soñado y que
nunca había podido salvar, había sin duda otros hermanos y hermanas, esperando
el sonido de una voz, esperándola a ella.
El Abuelo se había marchado
más allá de toda posibilidad de regreso, y lo mismo Hacker. Pero quizá no
constituía aquello el final de las cosas, después de todo; quizá era sólo el
comienzo. Tal vez... cuanto menos, había hablado a todos los que habían vivido
a través del Abuelo para que supieran, de aquella manera, que nunca más
estarían solos. Permitiendo que sus pensamientos fueran mecidos por el vaivén
del caballo, Twig se entregó a la caricia leve del sueño.
GORDON R. DICKSON
Datos biográficos:
Nacimiento: 1 de noviembre de 1923
Fallecimiento: 31 de enero de 2001
Nacionalidad: Canadá
Datos literarios:
Principales obras: Dorsai
El dorsai perdido
Soldado no preguntes
Premios: Hugo
Nebula
Skylark
Júpiter
Reconocimientos: No se le conocen
Pseudónimos: No se le conocen
Otros datos:
Otros datos: No hay otros datos
(1923 - 2001)
Tabla de contenidos
[esconder]
1 Biografía:
2 Obra:
3 Bibliografía:
4 Premios:
4.1 Obtenidos:
4.2 Finalista:
5 Pseudónimos:
Biografía:
Gordon Rupert Dickson nace
en Edmonton, Alberta (Canadá) el 1 de noviembre de 1923 y a la edad de 13 años
se muda a Estados Unidos.
Durente la Segunda Guerra
Mundial sirve tres años en el ejército, a la vuelta de los cuales retoma sus
estudios en la Universidad de Minnesota y comienza a escribir.
Fue director de la SFWA
desde 1969 a 1971.
Muere el 31 de enero de
2001. Poco antes de su muerte había sido incluido en el Salón de la Fama de la
ciencia ficción.
Obra:
Escribió numerosas historias
que fueron publicadas en diferentes revistas y por las que ganó tres veces el
premio Hugo.
Su principal aportación fue
el ciclo childe o ciclo de dorsai, inciciado con El general genético (1960)
(reeditada en 1976 como Dorsai) y que trata sobre la carrera militar de un
joven soldado en una civilización alienígena y que se extiende a lo largo de
sus principales obras hasta su novela póstuma, Antagonist.
Colaboró con autores como
Poul Anderson, Keith Laumer y Harry Harrison.
Bibliografía:
Su bibliografía es
extensísima pero poco traducida al español. A continuación se indican algunas
de sus novelas más conocidas.
El general genético (1960)
Nigromante (1962)
Al estilo extraterrestre
(1965)
Soldado no preguntes (1967)
La estrategia del error:
ciclo Dorsai IV (1971)
Dorsai (1976)
The Dragon and the George
(1976)
The Lifeship (Con Harry
Harrison, 1977)
El espíritu de los Dorsai
(1979)
El dorsai perdido (1980)
Hoka! (1983) (con Poul
Anderson)
Star Prince Charlie (Con
Poul Anderson, 1983)
The Final Encyclopedia
(1984)
The Dorsai Companion (1986)
The Chantry Guild (1988)
El caballero dragón (1990)
Young Bleys (1991)
Other (1994)
The Final Encyclopedia (Vol
2) (1997)
Antagonist (con David W.
Wixon, 2007)
Premios:
Obtenidos:
1965: Premio Hugo de relato
corto por Soldado no preguntes
1967: Premio Nebula de
relato largo por Call Him Lord
1975: Premio Skylark por su
contribución a la ciencia ficción
1977: Premio Júpiter de
relato por Cambio de tiempo
1977: Encuesta Locus: 21º en
el ranking de mejores autores de todos los tiempos
1977: Premio Británico de
Fantasía de novela por The Dragon and the George
1981: Premio Hugo de novela
corta por El dorsai perdido
1981: Premio Hugo de relato
largo por The Cloak and the Staff
1999: Encuesta Locus sobre
mejor novela corta de todos los tiempos. Soldado no preguntes - Puesto 40º
Finalista:
1960: Premio Hugo de novela
por Dorsai
1966: Premio Nebula de
relato corto por Computers Don't Argue
1967: Premio Hugo de relato
largo por Call Him Lord
1971: Premio Hugo de relato
corto por Jean Dupres
1977: Premio Mundial de
Fantasía de novela por The Dragon and the George
1978: Premio Hugo de novela
por Time Storm
1985: Premio Prometheus de
novela por The Final Encyclopedia
1988: Premio Prometheus de
novela por Way of the Pilgrim
Fuente Biografía: http://www.alt64.org/wiki/index.php/Gordon_R._Dickson
Fuente Imagen: http://www.compartelibros.com/src/autores/gordon-r.-dickson-203.jpg


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