© Libro N° 3990. El Decamerón. Boccaccio, Giovanni. Jornada 9 A 10. Parte II. Colección
E.O. Julio 15 de 2017.
Título
original: © El Decamerón. Giovanni
Boccaccio. JORNADA 9 A 10. PARTE II
Versión Original: © El Decamerón. Giovanni
Boccaccio. JORNADA 9 A 10. PARTE I
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL DECAMERÓN
Giovanni Boccaccio
SEGUNDA PARTE
JORNADA
9 A 10
Es una colección de 100 cuentos agrupados de 10 en 10.
Fueron escritos por Giovanni Boccaccio en el siglo XIV que se basó en
diferentes tradiciones orales de Francia, Alemania e Italia.
En el año 1348, en Florencia se desata la Peste Negra y
para escapar a ella un grupo de 10 jóvenes (3 varones y 7 mujeres) se refugian
en una villa alejada de la ciudad. Durante 10 días, para distraerse, recurren a
contarse historias y cada uno cuenta una al día: en total 100 historias.
NOVENA JORNADA
NOVELA PRIMERA
NOVELA SEGUNDA
NOVELA TERCERA
NOVELA CUARTA
NOVELA QUINTA
NOVELA SEXTA
NOVELA SÉPTIMA
NOVELA OCTAVA
NOVELA NOVENA
NOVELA DÉCIMA
DÉCIMA JORNADA
NOVELA PRIMERA
NOVELA SEGUNDA
NOVELA TERCERA
NOVELA CUARTA
NOVELA QUINTA
NOVELA SEXTA
NOVELA SÉPTIMA
NOVELA OCTAVA
NOVELA NOVENA
NOVELA DÉCIMA
CONCLUSION DEL AUTOR
ANOTACIONES
GIOVANNI BOCCACCIO
EL DECAMERÓN
Revisado por: Sergio Cortéz
[SC1]
NOVELA QUINTA
Tres jóvenes le quitan los calzones a un juez de las
Marcas en Florencia, mientras él, estando en el estrado, administraba justicia.
Había dado Emilia fin a su razonar, habiendo sido la viuda
alabada por todos, cuando la reina, mirando a Filostrato, dijo:
—A ti te toca ahora narrar.
Por la cual cosa él prestamente repuso que estaba
dispuesto, y comenzó:
Deleitosas señoras, el joven a quien Elisa hace poco
nombró, es decir, Maso del Saggio, me hará dejar una historia que pensaba
contar para contar una sobre él y algunos de sus compañeros, la cual, aunque
deshonesta no sea por decirse palabras en ella que vosotras os avergonzáis de
decir, no por ello deja de ser tan divertida que a pesar de todo la contaré.
Como todas podéis haber oído, a nuestra ciudad vienen con
frecuencia podestás de las Marcas, los cuales son generalmente hombres de ánimo
apocado y de vida tan pobre y miserable que todas sus acciones no son sino
cicaterías, y por su innata miseria y avaricia traen consigo a jueces y
notarios que parecen hombres más bien arrancados al arado o sacados de las
zapaterías que de las escuelas de leyes. Ahora bien, habiendo venido uno como
podestá, entre los muchos otros jueces que trajo consigo, trajo a uno que se
hacía llamar micer Niccola de San Lepidio, el cual parecía más bien un
cerrajero que otra cosa: y fue puesto éste entre los demás jueces a oír las
cuestiones criminales
[SC300]. Y como con frecuencia sucede que, aunque los
ciudadanos no tengan nada que hacer en palacio a veces van por allí, sucedió
que Maso del Saggio una mañana, buscando a un amigo suyo allá se fue; y
acaeciéndole mirar a donde micer Niccola estaba sentado, pareciéndole que era
un pajarraco raro, todo él lo iba considerando. Y como le viese el armiño todo
pringoso en la cabeza, y un tintero colgado del cinto, y más largo el faldellín
que la toga y otras muchas cosas todas inusitadas en un hombre ordenado y bien
educado, y además de éstas, una más notable que ninguna de las otras, a su
parecer, le vio, y fue un par de calzones que, estando él sentado y las ropas,
por estrechez, quedándole abiertas por delante, vio que el fondo de ellos le
llegaba hasta media pierna. Por lo cual, sin quedarse mucho mirándole, dejando
lo que andaba buscando, comenzó una búsqueda nueva, y encontró a dos de sus
compañeros, de los cuales uno tenía por nombre Ribi y el otro Mateuzzo
[SC301], hombres los dos no menos ocurrentes que Maso, y
les dijo:
—¡Ah, si me queréis bien, venid conmigo hasta palacio, que
quiero mostraros allí el más extraordinario patán que nunca habéis visto!
Y yéndose con ellos a palacio, les mostró aquel juez y sus
calzones. Éstos, desde lejos comenzaron a reírse de aquel asunto, y
avecinándose a los escaños sobre los que estaba el señor juez, vieron que muy
fácilmente podía andarse bajo aquellos escaños; y además de ello vieron rota la
tabla sobre la cual el señor juez tenía puestos los pies, tanto que con gran
comodidad se podía meter por ella la mano y el brazo. Y entonces dijo Maso a
sus compañeros:
—Quiero que le quitemos del todo esos calzones, porque con
mucha facilidad se puede.
Habían ya los compañeros visto cómo; por lo que,
arreglando entre ellos lo que tenían que hacer y decir, a la mañana siguiente
volvieron allí, y estando el tribunal muy lleno de hombres, Mateuzzo, sin que
nadie lo advirtiese, entró debajo del banco y se fue derecho bajo el lugar
donde el juez posaba los pies; Maso, por uno de los lados acercándose al señor
juez, lo cogió por la orla de la toga, y acercándose Ribi del otro lado y
haciendo lo mismo, comenzó Maso a decir:
—Señor, o señores, yo os pido por Dios que antes de que
ese ladroncillo que está ahí al lado se vaya a otra parte, que le hagáis
devolverme un par de borceguíes míos que me ha birlado y dice que no: y los he
visto, no hace todavía un mes, que les hacía echar suelas nuevas.
Ribi, del otro lado, gritaba alto:
—Micer, no le creáis, que es un bribonzuelo, y porque sabe
que he venido a querellarme contra él por una valija que me ha robado, ha
venido ahora mismo a hablar de los borceguíes que los tengo en casa desde
antañazo; y si no me creéis, puedo poneros por testigo a la verdulera de al
lado y a la tripera Grassa y a uno que va recogiendo la basura de Santa María
de Verzaia, que lo vi cuando volvía del pueblo.
Maso, por el otro lado, no dejaba hablar a Ribi, gritando
también; y Ribi gritaba más. Y mientras el juez estaba de pie y más cerca de
ellos para oírles mejor, Mateuzzo, aprovechando la ocasión, metió la mano por
el agujero de la tabla y cogió los calzones del juez por abajo, y tiró de ellos
fuertemente. Los calzones salieron incontinenti, porque el juez era flaco y
escurrido; el cual, sintiendo lo que pasaba y no sabiendo qué fuese, queriendo
tirar de las ropas hacia adelante y taparse y sentarse, Maso de un lado y Ribi
del otro sin embargo, sujetándole y gritando fuerte:
—Micer, hacéis mal en no hacerme justicia y no querer
oírme y querer iros a otra parte; ¡de cosa tan pequeña como ésta es no se
levanta acta en esta ciudad! —y tanto con estas palabras le tiraron de las
ropas que cuantos en el tribunal estaban se apercibieron de que le habían
quitado las calzas. Mateuzzo, luego de que algún tiempo le hubo sujetado,
dejándole, se salió fuera y se fue sin que le viesen. Ribi, pareciéndole haber
hecho bastante, dijo:
—¡Voto a Dios que me resarciré en la corporación! —y Maso,
del otro lado, soltándole la toga, dijo:
—No, pues yo volveré tantas veces hasta que os encuentre
menos impedido que habéis aparecido esta mañana! —y el uno por aquí, el otro
por allá, lo antes que pudieron se fueron. El señor juez, poniéndose los
calzones en presencia de todo el mundo como si se levantase de la cama, y
dándose cuenta entonces de lo que había pasado, preguntó dónde habían ido
aquellos que de los borceguíes y de la valija se querellaban; pero no
encontrándolos, comenzó a jurar por las entrañas de Cristo que tenía que
conocer y saber si era costumbre en Florencia quitarle los calzones a los
jueces cuando se sentaban en el estrado de justicia. El podestá, por otra
parte, habiéndole oído, armó un gran alboroto; después, habiéndole mostrado sus
amigos que aquello no se lo habían hecho sino para mostrarle que los
florentinos sabían que en lugar de haber llevado jueces había llevado allí
zopencos para que le saliese más barato, por las buenas se calló y no fue más
adelante la cosa aquella vez.
NOVELA SEXTA
Bruno y Buffalmacco le roban un cerdo a Calandrino; le
hacen hacer la prueba de buscarlo con pastas de jengibre y vino de garnacha y
le dan dos de éstas, una tras de la otra, hechas de boñigas de perro contitadas
con áloe, y parece que él mismo se ha quedado con él, le hacen, además,
obsequiarles si no quiere que a su mujer se lo digan.
No había la historia de Filostrato dado fin, la cual mucho
fue reída, cuando la reina ordenó a Filomena que seguidamente narrase; la cual
comenzó:
Graciosas señoras, como Filostrato fue llevado a contar la
historia que habéis oído por el nombre de Maso, así ni más ni menos soy llevada
yo por el de Calandrino y de sus compañeros a contar otra de ellos, la cual,
tal como creo, os gustará.
Quién Calandrino, Bruno y Buffalmacco fueron no necesita
seros mostrado por mí, que asaz lo habéis oído antes; y por ello, pasando más
adelante, digo que Calandrino tenía una pequeña tierra no lejos de Florencia,
que había recibido como dote de su mujer, de la cual, entre las demás cosas que
le daba, sacaba cada año un cerdo; y era su costumbre que siempre en diciembre
se iban allí al pueblo su mujer y él, y lo mataban y lo hacían salar allí.
Ahora bien, sucedió una vez entre las otras que, no estando la mujer bien de
salud, Calandrino se fue solo a hacer la matanza; la cual cosa oyendo Bruno y
Buffalmacco, y sabiendo que su mujer no iba, se fueron a ver a un cura vecino
de Calandrino y grandísimo amigo suyo, y a estarse con él algunos días. Había
Calandrino, la mañana en que éstos llegaron allí, matado el cerdo, y viéndolos
con el cura los llamó y les dijo:
—Sed bienvenidos; quiero que veáis qué amo de casa soy.
Y llevándolos a su casa les mostró aquel cerdo. Vieron
ellos que el cerdo era hermosísimo, y le oyeron a Calandrino que lo iba a poner
en salazón para su familia. Y Bruno le dijo:
—¡Ah, qué bruto eres! Véndelo y disfruta los dineros: y a
tu mujer dile que te lo han robado.
Calandrino dijo:
—No, no lo creería, y me echaría de casa; no os empeñéis,
que no lo haré nunca.
Las palabras fueron muchas pero de nada sirvieron.
Calandrino les invitó a cenar con tal desgana que no quisieron cenar y se
separaron de él. Dijo Bruno a Buffalmacco:
—¿Por qué no le robamos el cerdo esta noche?
Dijo Buffalmacco:
—¿Pues cómo podríamos?
Dijo Bruno:
—El cómo bien lo veo si no lo quita del sitio donde lo
tenía ahora mismo.
—Pues —dijo Buffalmacco— hagámoslo: ¿por qué no vamos a
hacerlo? Y luego lo disfrutaremos aquí junto con el dómine.
El cura dijo que le gustaba mucho la idea. Dijo entonces
Bruno:
—Aquí se necesita un poco de arte. Tú sabes, Buffalmacco,
qué avaro es Calandrino y con cuánto gusto bebe cuando los demás pagan; vamos y
llevémoslo a la taberna; allí, que el cura haga semblante de pagar todo por
invitarnos y no le deje pagar nada a él: se ajumará y luego será muy fácil
porque está solo en casa.
Como lo dijo Bruno, así lo hicieron. Calandrino, viendo
que el cura no le dejaba pagar, se dio a la bebida, y bien que no lo necesitase
mucho, se cargó bien; y siendo ya avanzada la noche cuando se fue de la
taberna, sin querer cenar nada se metió en su casa, y creyendo haber cerrado la
puerta, la dejó abierta y se fue a la cama. Buffalmacco y Bruno se fueron a
cenar con el cura y cuando hubieron cenado, tomando los instrumentos para
entrar en casa de Calandrino por donde Bruno había planeado, se fueron allí
calladamente; pero encontrando la puerta abierta entraron dentro y cogiendo el
cerdo, a casa del cura lo llevaron, y colgándolo, se fueron a dormir.
Calandrino, habiéndosele ido el vino del cuerpo, se levantó por la mañana y, al
bajar, miró y no vio el cerdo, y vio la puerta abierta; por lo que, preguntando
a éste y a aquél si sabían quién le había quitado el cerdo, y no encontrándolo,
comenzó a hacer un gran alboroto, ¡ay de él!, ¡desdichado de él!, que le habían
robado el cerdo. Bruno y Buffalmacco, levantándose, se fueron hacia Calandrino
para oír lo que decía del cerdo; el cual, al verlos, casi llorando llamándolos,
dijo:
—¡Ay de mí, compañeros míos, que me han robado el cerdo!
Bruno, acercándose, le dijo en voz baja:
—¡Maravilla que hayas sido listo una vez!
—¡Ay! —dijo Calandrino—, que digo la verdad.
—Dices bien —decía Bruno—, grita fuerte para que parezca
que ha sido así.
Calandrino gritaba entonces más fuerte y decía:
—¡Cuerpo de Cristo, que digo verdad al decir que me lo han
robado! Y Bruno decía:
—Dices bien, dices bien; y hay que decirlo así, grita
fuerte, hazte oír bien para que parezca verdadero.
Dijo Calandrino:
—Me harás dar el alma al enemigo; digo que no me creerás,
así no me cuelguen, que me lo han robado.
Dijo entonces Bruno:
—¡Ah!, ¿cómo va a poder ser esto? Yo lo he visto ayer,
¿quieres hacerme creer que te lo han robado?
Dijo Calandrino:
—Es tal como te digo.
—¡Ah! —dijo Bruno—, ¿es posible?
—Ciertamente —dijo Calandrino—, es así; por lo que estoy
perdido y no se como voy a volver a casa; la parienta no me creerá, y si me
cree, no tendré paz con ella en todo el año.
Dijo entonces Bruno:
—Así me ayude Dios, eso está mal si es verdad; pero sabes,
Calandrino, que ayer te enseñé yo a decir eso; no querría que tú en el mismo
punto te burlases de tu parienta y de nosotros.
Calandrino comenzó a gritar y a decir:
—¡Ah!, ¿por qué me hacéis desesperar y blasfemar contra
Dios y los santos y todo lo que existe? Os digo que esta noche me han robado el
cerdo.
Dijo entonces Buffalmacco:
—Si es así, se debe ver el modo, si podemos, de
recuperarlo.
—¿Y qué modo —dijo Calandrino— podremos encontrar?
Dijo entonces Buffalmacco:
—Por cierto que no ha venido de la India nadie a quitarte
el cerdo; alguno de estos vecinos tuyos debe haber sido, y por ello, si los
pudieses reunir, yo sé hacer la prueba del pan y el queso
[SC302], y veremos de un golpe quién lo ha robado.
—¡Sí —dijo Bruno—, mucho vas a hacerle con pan y con queso
a ciertos caballerazos que tenemos alrededor!, que estoy seguro de que alguno
de ellos lo ha cogido, y se daría cuenta del caso y no querría venir.
—¿Qué vamos a hacer, entonces? —dijo Buffalmacco.
Repuso Bruno:
—Habría que hacerse con buenas pastas de jengibre y con
buen vino dulce e invitarlos a beber; no pensarían que era por eso y vendrían;
y lo mismo pueden bendecirse las pastas de jengibre que el pan y el queso.
Dijo Buffalmacco:
—Por cierto dices verdad; y tú, Calandrino, ¿qué dices?,
¿lo hacemos?
Dijo Calandrino:
—Os lo ruego por el amor de Dios; que, si yo supiese quién
se lo ha llevado me parecería sentirme medio consolado.
—Pues venga —dijo Bruno—, estoy listo para ir hasta
Florencia a por esas cosas para ayudarte, si me das los dineros.
Tenía Calandrino unos cuarenta sueldos, que le dio. Bruno,
yéndose a Florencia a ver a un amigo suyo boticario, compró una libra de buenas
pastas e hizo hacer dos de estiércol de perro que hizo confitar con áloe recién
exprimido
[SC303]; después, las hizo rebozar en azúcar como estaban
las otras, y para no equivocarlas ni cambiarlas les hizo poner cierta
señalecita por la cual muy bien las conocía; y comprando un frasco de buen vino
dulce, se volvió al pueblo con Calandrino, y le dijo:
—Hace falta que mañana por la mañana invites a beber
contigo a todos aquellos de quienes sospeches: es fiesta y todos vendrán de
buen grado, y yo esta noche, junto con Buffalmacco, haré el encantamiento sobre
las pastas y te las traeré mañana por la mañana a casa, y por tu amor yo mismo
se las daré, y haré y diré lo que haya que decir y que hacer.
Calandrino lo hizo así. Reunida, pues, una buena compañía
entre jóvenes florentinos que estaban en el pueblo y labradores, al venir la
mañana, junto a la iglesia y alrededor del olmo, Bruno y Buffalmacco vinieron
con una caja de pastas y con el frasco de vino, y haciéndoles poner en corro,
dijo Bruno:
—Señores, me es necesario decir la razón por la que estáis
aquí para que, si algo sucediese que no os agradase, no tengáis que quejaros de
mí. A Calandrino, que aquí está, le quitaron ayer noche su hermoso cerdo y no
puede encontrar quién se lo haya cogido; y porque otro distinto de quienes
estamos aquí no se lo habrá podido quitar, él, para encontrar quién lo haya
cogido os da a tomar estas pastas, una para cada uno, y de beber; y desde ahora
sabed que quien haya cogido el cerdo no podrá tragar la pasta sino que le
parecerá más amarga que el veneno y la escupirá; y para ello, a fin de que esta
vergüenza no le suceda en presencia de tantos, es tal vez mejor que aquel que
lo hubiese cogido lo diga al sire en confesión, y yo me abstendré de este
asunto.
Todos los que allí había dijeron que querían comer de buen
grado; por lo que Bruno, poniéndolos en fila y puesto a Calandrino entre ellos,
comenzando en uno de los extremos comenzó a dar a cada uno la suya; y al estar
junto a Calandrino, tomando una de las perrunas, se la puso en la mano.
Calandrino prestamente se la echó a la boca y comenzó a masticar, pero tan
pronto como la lengua notó el áloe, Calandrino, no pudiendo soportar el
amargor, la escupió. Allí todos se miraban la cara el uno al otro, para ver
quién escupía la suya; y no habiendo todavía Bruno terminado de darlas no
haciendo semblante de enterarse de aquello, oyó decir a sus espaldas
—Vamos, Calandrino, ¿qué quiere decir esto?
Por lo que, prestamente volviéndose, y viendo que
Calandrino había escupido la suya, dijo:
—Espérate, tal vez alguna otra cosa se la hizo escupir:
ten otra.
Y tomando la segunda, se la puso en la boca y proveyó a
dar las otras que tenía que dar. Calandrino, si la primera le había parecido
amarga, ésta le pareció amarguísima; pero, sin embargo, avergonzándose de
escupirla, masticándola, un tanto la tuvo en la boca, y teniéndola comenzó a
arrojar lágrimas que parecían nueces, tan gruesas eran; y por último, no
pudiendo resistir más, la arrojó fuera como lo había hecho con la primera.
Buffalmacco servía de beber a la compañía y a Bruno; los cuales, juntos con los
demás al ver esto, todos dijeron que por cierto Calandrino se había quitado el
cerdo a él mismo, y hubo muchos de ellos que ásperamente le reprendieron. Pero,
luego que se hubieron ido, quedándose Bruno y Buffalmacco con Calandrino, le
comenzó a decir Buffalmacco:
—He estado siempre seguro de que tú mismo lo habías robado
y que nos querías mostrar que te lo habían robado para no darnos de beber ni
una vez con los dineros que habías sacado.
Calandrino, que todavía no había escupido el amargor del
áloe, comenzó a jurar que él no lo había robado.
Dijo Buffalmacco:
—¿Pero cuánto sacaste, socio?, dímelo de buena fe,
¿sacaste seis?
Calandrino, al oír esto comenzó a desesperarse; a quien
Bruno dijo:
—Oye bien, Calandrino, que en la compañía hubo quien comió
y bebió con nosotros y me dijo que tenías no sé dónde una jovencita que tenías
a tu disposición, y le dabas lo que podías reunir, y que él estaba seguro de
que le habías mandado el tal cerdo, tan buen burlador has aprendido a ser. Tú
nos llevaste una vez por el Muñone abajo recogiendo piedras negras, y cuando
nos hubiste embarcado te volviste, luego nos querías hacer creer que lo habías
encontrado; y ahora semejantemente te crees que con tus juramentos nos haces
creer igual que el cerdo, que has regalado o has vendido, te lo han robado. Ya
estamos acostumbrados a tus burlas y las conocemos; no podrías gastarnos más: y
por ello, para decir verdad, nos hemos pasado el trabajo de hacer el
encantamiento, porque queremos que nos des dos pares de capones y, si no, se lo
diremos todo a doña Tessa.
Calandrino, viendo que no era creído, pareciéndole haber
tenido ya bastante sufrimiento, no queriendo además el acaloramiento de su
mujer, les dio dos pares de capones. Y ellos, habiendo salado el cerdo, se lo
llevaron a Florencia, dejando a Calandrino cornudo y apaleado.
NOVELA SÉPTIMA
Un escolar ama a una señora viuda, la cual, enamorada de
otro, una noche de invierno le hace sentarse sobre la nieve esperándola, a la
cual él, después, por consejo suyo, todo un día de mediados de julio hace estar
desnuda sobre una torre expuesta a las moscas y a los tábanos y al sol
Mucho se habían reído las señoras del desdichado de
Calandrino, y más se hubieran reído todavía si no hubiesen sentido enojo de ver
que también le quitaban los capones los mismos que le habían quitado el cerdo.
Pero luego que llegó el fin, la reina ordenó a Pampínea que contase la suya; y
ella prestamente, así comenzó:
Carísimas señoras, muchas veces sucede que las artimañas
son con artimañas vengadas, y por ello es de poco juicio el deleitarse en
escarnecer a otros. Nosotros nos hemos reído mucho (con muchas historietas
contadas de las burlas que han sido hechas, de las cuales ninguna venganza que
se haya tomado se ha contado; pero yo entiendo haceros sentir alguna compasión
por la justa retribución hecha a una conciudadana nuestra, a la cual su burla,
al ser burlada, casi con la muerte le recayó sobre la cabeza; y oírlo no os
dejará de ser útil porque así mejor os guardaréis de burlaros de otro y
mostraréis buen juicio.
No han pasado todavía muchos años desde que hubo en
Florencia una joven hermosa de cuerpo y altanera de ánimo y de linaje muy noble
y en los bienes de la fortuna convenientemente abundante, y llamada Elena; la
cual, habiendo quedado viuda de su marido nunca más quiso casarse, habiéndose
enamorado de ella, a elección suya, un joven apuesto y cortés; y de cualquiera
otra preocupación olvidada, con la ayuda de una criada suya de quien se fiaba
mucho, muchas veces con él, con maravilloso deleite se daba buena vida. Sucedió
en este tiempo que un joven llamado Rinieri, hombre noble de nuestra ciudad,
habiendo largamente estudiado en París no para luego vender su ciencia a granel
como muchos hacen, sino para saber la razón de las cosas y sus motivos (lo que
óptimamente sienta a un noble) volvió de París a Florencia; y allí, muy honrado
tanto por su nobleza como por su ciencia, señorilmente vivía. Pero como sucede
muchas veces que quienes más entendimiento de las cosas profundas tienen más
fácilmente se dejan uncir por el amor, le sucedió a este Rinieri: al cual,
habiendo ido él un día por vía de entretenimiento a una fiesta, delante de los
ojos se le puso esta Elena, vestida de negro como van nuestras viudas, llena de
tanta hermosura a su juicio, y de tanta amabilidad como ninguna otra le había
parecido ver; y estimó para sí que podría llamarse feliz a quien Dios le
hiciese la gracia de poder tenerla desnuda en los brazos. Y una vez y otra
mirándola cautamente, y conociendo que las cosas grandes y preciosas no se
pueden conseguir sin trabajo, decidió poner todo su esfuerzo y toda su
solicitud en agradarle, para que agradándole consiguiese su amor, y por ello
poder tomar posesión de ella. La joven señora, que no tenía los ojos puestos en
el infierno sino que, teniéndose en tanto y más de lo que era, moviéndolos con
arte miraba alrededor y prestamente conocía a quien con deleite la miraba,
apercibiéndose de Rinieri, riéndose para sí misma, dijo:
—No habré venido hoy aquí en vano que, si no me equivoco,
he cogido a un pavo por la nariz.
Y comenzando a mirarle alguna vez con el rabillo del ojo,
cuanto podía, se ingeniaba en demostrarle que se ocupaba de él, o pensando por
otra parte que cuanto más atrajese y prendiese con sus encantos, tanto era su
hermosura de mayor precio, y máximamente para quien ella junto con su amor la
había entregado. El sabio escolar, dejando aparte los pensamientos filosóficos,
todo el ánimo volvió a ella; y creyendo que le agradaba, aprendiendo cuál era
su casa, comenzó a pasar delante de ella, con varias razones excusando aquellas
idas. Al cual, la señora, por la razón ya dicha vanagloriándose de aquello,
mostraba verlo de muy buena gana; por la cual cosa el escolar, encontrando la
manera, se aproximó a su criada y le descubrió su amor, rogándole que con su
señora obrase de tal manera que él pudiese obtener su gracia. La criada
prometió mucho y a su señora lo contó, la cual, con la mayor risa del mundo lo
escuchó y dijo:
—¿Has visto dónde éste ha venido a perder el seso que ha
conseguido en París? Pues vamos, digámosle lo que va buscando. Le dirás, cuando
sea que te hable otra vez, que yo le amo mucho más de lo que él me ama; pero
que debo guardar mi honra para junto a las otras damas poder llevar la frente
alta; por lo que él, si es tan sabio como dice, debe amarme más.
¡Ay desdichada, desdichada! No sabía ella, señoras mías,
lo que es ponerse a provocar a los escolares. La criada al encontrarlo, hizo lo
que su señora le había ordenado. El escolar, contento, procedió a ruegos más
calurosos y a escribir cartas y a mandar regalos, y todo era aceptado, pero en
recompensa no venían respuestas sino vagas; y de esta guisa lo tuvo mucho
tiempo dándole largas. Por último, habiendo ella descubierto todo a su amante y
habiéndose él enojado con ella alguna vez y sentido algunos celos, para
mostrarle que equivocadamente sospechaba de ella, solicitándola mucho el
escolar, le envió a su criada, la cual de su parte le dijo que ella no había
tenido ocasión nunca de hacer nada que a él le agradase, después de que le
había asegurado de su amor, pero que, para la fiesta de Navidad que se
acercaba, esperaba poder estar con él; y que por ello la noche siguiente a la
fiesta, si él quería, viniese a su patio, donde ella a buscarle, lo antes que
pudiera, iría.
El escolar, más contento que ningún otro hombre, a la hora
ordenada se fue a casa de la señora, y llevado por la criada a un patio y
encerrándole dentro, allí comenzó a esperar a la señora. La señora, habiendo
aquella noche hecho venir a su amante y habiendo cenado alegremente con él, lo
que entendía hacer aquella noche le contó, añadiendo:
—Y podrás ver cuánto y cuál es el amor que le tengo y he
tenido a aquel de quien neciamente has tenido celos.
Estas palabras las escuchó el amante con gran contento de
ánimo, deseoso de ver con obras lo que la señora con palabras le daba a
entender. Y había por acaso el día anterior a aquél nevado mucho, y todo estaba
cubierto de nieve; por la cual cosa, el escolar había poco estado en el patio
cuando empezó a sentir más frío del que habría querido; pero esperando
calentarse, lo soportaba pacientemente. La señora a su amante dijo después de
un rato:
—Vamos a la alcoba y desde una ventanilla miremos lo que
hace ese de quien has sentido celos, y lo que le contestará a la criada, que he
mandado a hablar con él.
Se fueron, pues, a una ventanilla y viendo sin ser vistos,
oyeron a la criada hablar con el escolar y decir:
—Rinieri, mi señora es la mujer más afligida que nunca ha
habido, porque esta noche ha venido uno de sus hermanos y ha estado mucho rato
halando con ella, y luego quiso cenar con ella y todavía no se ha ido, pero
creo que se irá pronto; y por ello no ha podido venir ella todavía, pero ya
vendrá pronto; te ruega que no te enoje el esperar.
El escolar, creyendo que era verdad, repuso:
—Di a mi señora que no se ocupe nada en mí hasta que pueda
cuando le sea oportuno venir a por mí, pero que lo haga lo antes que pueda.
La criada, volviéndose dentro, se fue a dormir.
La señora, entonces, dijo a su amante:
—Bien, ¿qué dices?, ¿crees que yo, si le quisiera como tú
temes, iba a sufrir que estuviera allí abajo congelándose?
Y esto dicho, con su amante, que ya en parte estaba
contento, se fue a la cama, y grandísimo rato estuvieron gozando y disfrutando,
riéndose del mísero escolar y burlándose de él. El escolar, dando vueltas por
el patio, se movía para calentarse y no tenía dónde sentarse ni en dónde
refugiarse del sereno, y maldecía el largo entretenimiento del hermano con la
señora, y todo lo que oía creía que sería una puerta que la señora abría, pero
en vano esperaba. Ésta, por fin, cerca de la medianoche, solazándose con su
amante, le dijo:
—¿Qué piensas, alma mía, de nuestro escolar? ¿Qué te
parece mayor, su sabiduría o el amor que yo le tengo?, ¿hará el frío que le
estoy haciendo pasar salirle del pecho lo que con mis palabras le entró en él
el otro día?
El amante repuso:
—Corazón mío, sí, bien conozco que así como tú eres mi
bien y mi reposo y mi deleite y toda mi esperanza, así soy yo los tuyos.
—Pues —decía la señora— bésame mil veces para ver si dices
la verdad.
Por la cual cosa el amante, abrazándola apretadamente, no
mil sino cien mil veces la besaba; y luego de que en tal razonar estuvieron
algún tanto, dijo la señora:
—¡Ah!, levantémonos un poco y vayamos a ver si se ha
apagado el fuego en el cual este raro amante mío cada día me escribía que
estaba ardiendo.
Y levantándose, a la ventanilla acostumbrada fueron; y
mirando al patio vieron al escolar bailando una tarantela al tocar de un
castañetear de dientes, que por el demasiado frío era tan salteada y rápida que
nunca habían visto cosa igual. Entonces dijo la señora:
—¿Qué dices, mi dulce esperanza?, ¿te parece que sé hacer
bailar a los hombres sin música de trompetas y cornamusas?
A quien el amante respondió:
—Deleite mío, sí.
Dijo la señora:
—Quiero que vayamos abajo hasta la puerta, tú te estarás
callado y yo le hablaré y oiremos lo que dice, y puede que no nos divirtamos
menos que de verlo.
Y abriendo la alcoba silenciosamente bajaron a la puerta,
Y allí, sin abrirla, la señora en voz baja, por un agujerito que allí había le
llamó. El escolar, al oírse llamar, alabó a Dios, creyendo demasiado pronto que
iba a entrar dentro, y acercándose a la puerta, dijo:
—Aquí estoy, señora; abrid por Dios, que me muero de frío.
La señora dijo:
—¡Ah, sí, que ya sé que eres friolero! y también que el
frío es muy grande porque ha caído un poco de nieve. Bien sé yo que en París
las hay mucho mayores. No puedo abrirte todavía porque este maldito hermano
mío, que ayer por la noche vino a cenar conmigo, no se va todavía; pero se irá
pronto, y vendré incontinenti a abrirte. Acabo de separarme de él con mucho
trabajo para venir a consolarte y que la espera no te enoje.
Dijo el escolar:
—¡Ah, señora!, os ruego, por Dios que me abráis, para que
pueda estar ahí adentro al abrigo, porque hace un poco ha empezado a caer la
nevada más espesa del mundo, y todavía nieva; y yo os esperaré ahí cuanto
queráis.
Dijo la señora:
—¡Ay, dulce bien mío, que no puedo, que esta puerta hace
tanto ruido cuando se abre que fácilmente la oiría mi hermano si la abriese!,
pero quiero ir a decirle que se vaya para que pueda yo volver a abrirte.
Dijo el escolar:
—Pues andad pronto, y os ruego que hagáis encender un buen
fuego para que, en cuanto entre, pueda calentarme, que he cogido tanto frío que
apenas me siento.
Dijo la señora:
—No puede ser eso, si es verdad lo que me has escrito
muchas veces de que ardes todo por mi amor; pero estoy segura de que te burlas
de mí. Ahora vengo; espérame y ten ánimo.
El amante, que oía todo, se divertía mucho, volviendo a la
cama con ella, poco aquella noche durmieron sino que casi toda la consumieron
en sus placeres y en burlarse del escolar. El desdichado escolar, convertido en
cigüeña por el fuerte castañeteo de dientes que tenía, dándose cuenta que se
burlaban de él, muchas veces trató de abrir la puerta y miró a ver si por algún
otro sitio podía salir; y no viendo cómo, como un león enjaulado maldecía el
mal tiempo, la maldad de la mujer y la duración de la noche junto con su propia
simpleza; y muy enfurecido contra ella, el largo y ferviente amor que le tenía
súbitamente cambió en crudo y amargo odio, y pensaba muchas y grandes cosas con
las que tomar venganza, la cual ahora mucho más deseaba que antes había deseado
estar con la mujer. Pero la noche, luego de mucha y larga espera, se aproximó
al día y comenzó a aparecer el alba; por la cual cosa la criada, advertida por
la señora, bajando, abrió el patio, y mostrando sentir compasión por él le
dijo:
—¡Malaventura pueda tener el que vino anoche!, toda la
noche te ha tenido en vilo y ha hecho que te congeles: ¿pero sabes?, llévalo
con calma, que lo que esta noche no ha podido ser otra vez será; bien sé que
nada podría haber sucedido que tanto hubiese desagradado a mi señora.
El escolar, airado como sabio que conocía que de nada
sirven las amenazas sino para armar al amenazado, encerró en su pecho lo que su
destemplada ira trataba de echar fuera, y en voz tranquila, sin mostrarse nada
enojado, dijo:
—En verdad que he pasado la peor noche que he tenido
nunca, pero bien he visto que de ello la señora no tiene ninguna culpa, porque
ella misma, compadecida de mí, vino hasta aquí abajo a excusarse y a
consolarme; y como dices, lo que esta noche no ha sido otra noche será;
encomiéndame a ella y quédate con Dios.
Y casi por completo entumecido, como pudo se volvió a su
casa; donde, estando cansado y muerto de sueño, sobre la cama se echó a dormir
y se despertó casi por completo impedido de brazos y piernas; por lo que,
mandando por un médico y contándole el frío que había pasado, a su salud hizo
proveer. Los médicos, con grandísimas y rápidas curas ayudándolo, poco tiempo
después pudieron curarle los nervios y hacer de tal manera que se distendiesen;
y si no hubiese sido porque era joven y porque llegaba el buen tiempo, mucho
habría tenido que soportar; pero de nuevo sano y fresco, guardando dentro de sí
su odio, se mostraba mucho más que nunca enamorado de su viuda. Ahora, sucedió
después de cierto tiempo, que la fortuna le proporcionó ocasión de poder
satisfacer su deseo al escolar. Porque habiéndose el joven amado por la viuda
(sin tener ninguna consideración al amor que ésta le tenía) enamorado de otra
mujer, y no queriendo ni poco ni mucho decir ni hacer nada que fuese de su
agrado, ella en lágrimas y amargura se consumía; pero su criada, que gran
lástima sentía por ella, no encontrando modo de apartar a su señora del dolor
sentido por el perdido amante, viendo al escolar que del modo acostumbrado
pasaba por el barrio, dio en un necio pensamiento, y fue que se podría obligar
al amante de su señora a amarla como antes hacía con alguna operación
nigromántica y que en ello el escolar debía ser gran maestro; y se lo dijo a su
señora. La señora, poco discreta, sin pensar en que, si el escolar hubiese
sabido de nigromancia la habría usado en su propio provecho, dio oídos a las
palabras de su criada y prontamente le dijo que le preguntase si quería hacerlo
y con seguridad le prometiese que, en recompensa, ella haría todo lo que él
quisiera. La criada hizo la embajada bien y diligentemente; y oyéndola el
escolar, todo contento dijo:
—Alabado seas, Dios mío; ha llegado el momento en que con
tu ayuda podré castigar a esa malvada mujer por las injurias que me ha hecho en
re compensa del gran amor que le tenía.
Y dijo a la criada:
—Dirás a mi señora que no sufra por eso, que si su amante
estuviera en la India se lo haría yo venir prestamente a pedirle gracia de lo
que contra su gusto hubiera hecho; pero lo que tiene que hacer entiendo
decírselo a ella cuándo y dónde más le plazca, y díselo así y confórtala de mi
parte.
La criada dio la respuesta y se arregló de manera que se
viesen los dos en Santa Lucía del Prado. Viniendo allí la señora y el escolar,
y hablando ellos dos solos, no acordándose ella de que casi lo había llevado a
él a la muerte, le contó abiertamente todas sus cosas y lo que deseaba, y se lo
rogó por su salvación; y el escolar le dijo:
—Señora, es verdad que entre las demás cosas que yo
aprendí en París estuvo la nigromancia, de la que por cierto sé bien lo que es;
pero porque ofende a Dios muchísimo, había jurado nunca ponerla en obra ni para
mí ni para otros. Pero es verdad que el amor que os tengo es tan fuerte que no
sé cómo pueda negarme a nada que queráis que haga; y por ello, aunque por ello
deba ir a la casa del diablo, estoy dispuesto a hacerlo puesto que os place.
Pero os recuerdo que es cosa más molesta de hacer de lo que por ventura
pensáis, y máximamente cuando una mujer quiere recuperar el amor de un hombre o
un hombre el de una mujer, porque esto no puede hacerlo sino la misma persona a
quien le interesa, y para hacerlo hace falta que quien lo haga sea de ánimo
valiente porque hay que hacerlo de noche y en lugares solitarios y sin
compañía, las cuales cosas no sé si estáis dispuesta a hacerlas.
A quien la señora, más enamorada que prudente, repuso:
—Amor me espolea de tal manera que no hay ninguna cosa que
no hiciese por recuperar a aquel que me ha abandonado sin deberlo; pero, si te
place, dime en qué tengo que ser valiente.
El escolar, que con mal pelo tenía la cola marcada, dijo:
—Señora, tendré que hacer yo una imagen de estaño en
nombre de aquel a quien deseáis recuperar, la cual cuando os la haya enviado,
vos, cuando esté la luna menguante, debéis bañaros con ella siete veces en un
río de aguas corrientes, completamente desnuda y sola a la hora del primer
sueño, y después, estando así desnuda, tenéis que subiros a un árbol o en lo
alto de alguna casa deshabitada: y mirando hacia el norte con la imagen en la
mano, siete veces diréis algunas palabras que os daré escritas, y cuando las
hayáis dicho, vendrán hacia vos dos damiselas de las más hermosas que nunca
hayáis visto, y os saludarán y placenteramente os preguntarán lo que queréis
que hagan. A éstas debéis decirles bien y plenamente vuestros deseos; y
guardaos de que digáis una cosa por otra; y cuando lo hayáis dicho, ellas se
irán y vos podréis bajar al lugar donde hayáis dejado vuestras ropas y vestiros
y volver a casa. Y tened por cierto que no estará mediada la noche siguiente
cuando vuestro amante, llorando, vendrá a pediros gracia y perdón; y sabed que
desde aquel momento en adelante no os dejará nunca por ninguna otra.
La señora, oyendo estas cosas y prestándoles completa fe,
pareciéndole que a su amante tenía ya en los brazos, ya medio contenta, dijo:
—No os preocupéis, que estas cosas muy bien las haré; y
para ello tengo la mayor comodidad del mundo, que tengo una tierra hacia el
Valdarno de arriba, que está bastante cerca del río, y ya estamos casi en
julio, que será agradable bañarse. Y también me acuerdo que no lejos del río
hay una torrecilla deshabitada salvo que, por algunas escalas de palos de
castaño que hay allí, suben de vez en cuando los pastores a un terrado que
tiene, para ver si descubren desde allí a sus animales extraviados, lugar muy
solitario y a trasmano al cual yo subiré, y allí lo mejor del mundo espero
hacer lo que mandéis.
El escolar, que muy bien conocía el lugar de la señora y
la torrecilla, contento de cerciorarse de su intención, dijo:
—Señora, yo no he estado nunca en esas comarcas, y por
ello no conozco la tierra ni la torrecilla; pero si es tal como decís no puede
haber nada mejor en el mundo; y por ello, cuando sea oportuno os mandaré la
imagen y la oración; pero mucho os ruego que, cuando hayáis satisfecho vuestro
deseo y veáis que os he servido bien, que os acordéis de cumplir la promesa que
me habéis hecho.
A quien la señora le contestó que lo haría sin falta; y
tomando licencia de él se volvió a su casa. El escolar, alegre de que su plan
parecía que iba a llevarse a efecto, hizo una imagen con sus caracterísmos
[SC304] y escribió un invento suyo en lugar de una
oración; y cuando le pareció oportuno la mandó a la señora, y le mandó a decir
que a la noche siguiente sin más dilación debía hacer lo que le había dicho; y
luego, secretamente, con un criado suyo se fue a casa de un amigo que muy cerca
vivía de la torrecilla, para poder llevar a cabo su proyecto. La señora, por
otra parte, con su criada se puso en camino; y al llegar la noche, fingiendo
que se iba a la cama, mandó a la criada a dormir, y a la hora del primer sueño,
de casa calladamente saliendo, se fue a la torrecilla junto a la ribera del
Arno, y mirando mucho a su alrededor, no viendo ni sintiendo a nadie,
despojándose de sus ropas y escondiéndolas bajo unas malezas, siete veces se
bañó con la imagen y luego, desnuda, con la imagen en la mano hacia la
torrecilla se fue. El escolar, que a la caída de la noche, con su criado entre
los sauces y los demás árboles cerca de la torrecilla se había escondido y
había visto todas aquellas cosas pasándole ella al lado así desnuda, y viéndola
con la blancura de su cuerpo vencer las tinieblas de la noche, y mirándole
luego el pecho y las otras partes del cuerpo, y viéndolas hermosas y pensando
cómo iban a estar en poco tiempo, sintió alguna lástima de ella; y por otra
parte, el aguijón de la carne le asaltó súbitamente e hizo levantarse a quien
estaba echado, y lo animaba a salir del escondite e ir a ella y hacer su gusto;
y estuvo a punto de ser vencido por la una y el otro. Pero acordándose de quién
era él y cuál fuese la ofensa recibida y por qué y de quién y encendiéndose por
ello nuevamente en odio, echando de sí la compasión y el carnal apetito,
mantuvo firme su propósito y la dejó ir. La señora, subiendo a la torre y
vuelta hacia el norte, comenzó a decir las palabras que el escolar le había
dado; el cual poco después, entrando en la torrecilla, silenciosamente y poco a
poco quitó la escala por la que se subía al terrado donde la señora estaba, y
luego esperó a ver qué decía y hacía ella. La señora, siete veces dichas sus
oraciones, comenzó a esperar a las dos damiselas y tan larga fue la espera que,
sin contar con que sentía mucho más fresco del que habría querido, vio aparecer
la aurora; por lo que, triste de que no hubiese sucedido lo que el escolar
había dicho, se dijo:
«Temo que éste haya querido darme una noche como la que yo
le di a él; pero si por ello me ha hecho esto mal ha sabido vengarse porque no
ha sido ni la tercera parte de larga de lo que fue la suya; sin contar con que
el frío fue de otra clase».
Y para que el día no la cogiese allí, fue a bajar de la
torre, pero se encontró con que la escala no estaba allí. Entonces, casi como
si el mundo bajo los pies le hubiese fallado, le desapareció el valor; y,
vencida, cayó sobre la tierra apisonada de la torre. Y luego de que le
volvieron las fuerzas, míseramente comenzó a llorar y a quejarse, y demasiado
bien conociendo que aquello tenía que ser obra del escolar, comenzó a
apesadumbrarse de haber ofendido al prójimo, y luego de haberse fiado demasiado
de aquel a quien merecidamente debía tener por enemigo: y en eso pasó
larguísimo tiempo. Luego, mirando si había alguna manera de bajar y no
viéndola, recomenzó el llanto Y dio en un amargo pensamiento, diciéndose a sí
misma:
«Oh, desventurada, ¿qué dirán tus hermanos, tus parientes
y vecinos y en general todos los florentinos cuando sepan que has sido
encontrada desnuda? Tu honestidad, está contenta, se verá que era falsa; y si a
estas cosas quisieras encontrar excusas mentirosas (que las habría), el maldito
escolar, que sabe todos tus asuntos, no te dejará mentir. ¡Ay, mísera de ti,
que en una hora habrás perdido al mal amado joven y tu honor!»
Y luego de esto sintió tanto dolor que casi estuvo por
arrojarse desde la torre a tierra; pero habiendo ya salido el sol y acercándose
ella un poco más a una de las partes del muro, mirando a ver si algún muchacho
por allí con sus animales se acercase a quien pudiera ella mandar por su
criada, sucedió que el escolar, habiendo dormido un poco junto a unas matas, al
despertar la vio, y ella a él; a la cual el escolar dijo:
—Buenos días, señora, ¿han venido ya las damiselas?
La señora, viéndolo y oyéndolo, volvió a llorar
fuertemente y le rogó que viniese junto a la torre para que pudiera ella
hablarle. El escolar fue en esto muy cortés. La señora, echándose bocabajo
sobre el terrado, sólo asomó la cabeza a su repecho, y llorando dijo:
—Rinieri, si yo te di una mala noche, puedes estar seguro
de haberte vengado bien, porque aunque estemos en julio, estando desnuda me he
creído yo congelar esta noche; sin contar con que he llorado tanto el engaño
que te hice y mi necedad en creerte que es maravilla que los ojos no se me
hayan caído de la cara. Y por ello te ruego, no por amor a mí, a quien no debes
amar, sino por amor tuyo, que eres noble, que te contente, en venganza de la
injuria que yo te hice, lo que hasta este punto me has hecho, y haz que me den
mis ropas y que pueda bajar de aquí, y no quieras quitarme lo que después,
aunque quisieras, no podrías devolverme, es decir, mi honra; que, si aquella
noche te privé de estar conmigo, siempre que te sea grato puedo devolverte
ciento por una. Bástete, pues, esto y como hombre valeroso ten por bastante
haberte podido vengar y habérmelo hecho conocer; no quieras probar tus fuerzas
con las de una mujer: ninguna gloria es para un águila haber vencido a una
paloma; así pues, por el amor de Dios y por tu honor, compadécete de mí.
El escolar, con duro ánimo pensando en la injuria recibida
y viéndola llorar y rogarle, a la vez sentía placer y desagrado en el ánimo:
placer por la venganza que más que ninguna otra cosa deseado había, y desagrado
sentía al moverlo su humanidad a compadecer la miseria. Pero no pudiendo su
humanidad vencer a la fiereza de su apetito, repuso:
—Doña Elena, si mis ruegos, que en verdad no supe bañar en
lágrimas ni hacerlos melosos como tú sabes hacer los tuyos, me hubiesen
impetrado, la noche que en tu patio lleno de nieve me moría de frío, haber sido
puesto por ti un poco al abrigo, fácil cosa me sería ahora complacer los tuyos;
pero si tanto más que en el pasado te ocupas ahora de tu honor, y te es tan
duro el estar así desnuda, eleva estas súplicas a aquel en cuyos brazos no te
enojó estar desnuda aquella noche que bien recuerdas, sintiendo cómo yo andaba
por tu patio castañeteando los dientes y pataleando la nieve, y hazte ayudar
por él, hazte por él traer tus ropas, pídele a él la escala por donde bajes,
pon en él el cuidado de tu honor, aquel por quien ahora y otras mil veces no
has dudado en ponerlo en peligro. ¿Cómo no lo llamas que venga a ayudarte? ¿Y a
quién le corresponde más que a él? Eres suya: ¿y qué cosas guardará o cuidará
si no te guarda y te ayuda a ti? Llámalo, estúpida, y prueba si el amor que le
tienes y tu sabiduría junto con la suya pueden librarte de mi necedad; la cual,
solazándote con él le preguntaste qué le parecía mayor si mi necedad o el amor
que le tenías. Y no me hagas ahora cortesía de lo que no deseo ni podrías
negármelo si lo desease; guarda para tu amante tus noches, si sucede que salgas
de aquí viva; son tuyas y suyas: yo tuve bastante con una y me basta haber sido
burlado una vez. Y ahora, usando tu astucia al hablar, te ingenias en alabarme
para conquistar mi benevolencia y me llamas noble y valeroso, y tácitamente te
ingenias en que yo, como magnánimo, me abstenga de castigarte de tu maldad;
pero tus lisonjas no me oscurecen ahora los ojos del intelecto, como hicieron
antes tus desleales promesas; yo me conozco, y sobre mí mismo no aprendí tanto
mientras estuve en París cuanto tú me hiciste saber en una noche de las tuyas.
Pero presuponiendo que yo fuese magnánimo, no eres tú de aquellas en quienes la
magnanimidad deba mostrar sus efectos: el fin del castigo en las fieras
salvajes como eres tú (e igualmente de la venganza) debe ser la muerte,
mientras en los hombres debe bastar lo que tú has dicho. Por lo que, aunque yo
no sea águila, sabiendo que tú eres no paloma sino venenosa serpiente, como a
antiquísimo enemigo, con todo odio y con toda la fuerza entiendo perseguirte; y
con todo, esto que te hago no puede muy propiamente llamarse venganza sino
mucho mejor castigo, en cuanto la venganza debe sobrepasar a la ofensa y esto
ni llegará a igualarla; por lo cual, si yo quisiese vengarme mirando en qué
partido pusiste mi vida, no me bastaría quitarte la vida ni otras ciento
iguales a la tuya, porque sólo mataría a una vil y abyecta y mala hembra. ¿Y
por qué diablo, si quitas tu poquito rostro, al que unos pocos años estropearán
llenándolo de arrugas, eres más tú que cualquier triste sierva? ¡Y no quedó por
ti hacer morir a un hombre valeroso, como me has llamado poco antes, cuya vida
aún podrá en un día ser más útil al mundo que cien mil iguales a la tuya podrán
mientras el mundo dure! Aprenderás ahora con este dolor que sufres qué es
escarnecer a los hombres que tienen algún sentimiento, y qué es escarnecer a
los escolares, y te dará materia para no caer nunca más en tal locura, si sales
de ésta. Pero si tienes tan grande deseo de bajar, ¿por qué no te arrojas de
ahí? Y en un punto, con la ayuda de Dios, quebrándote el cuello, saldrás del
dolor en el que te parece estar y me darás la mayor alegría del mundo. No voy a
decirte más ahora: tanto pude yo que hasta ahí te hice subir; haz tú ahora de
manera que bajes, como supiste burlarte de mí.
Mientras el escolar esto decía, la desdichada mujer
lloraba continuamente y el tiempo pasaba, subiendo más alto aún el sol. Pero
cuando vio que se callaba, dijo:
—¡Ah!, cruel, si tan dura te fue aquella maldita noche y
te parece mi pecado tan grande que no pueden moverte a compasión ni mi joven
hermosura ni las amargas lágrimas ni los humildes ruegos, muévate al menos algo
(y disminuya tu severa rigidez este solo acto mío) el haberme recientemente
confiado a ti y descubierto todos mis secretos, con los que he dado lugar a tu
deseo de poder hacerme conocedora de mi culpa, como sea que si no me hubiese
fiado yo de ti ningún camino tenías para poderte vengar, lo que muestras haber
deseado con tanto ardor. ¡Ah!, deja tu ira y perdóname ya: estoy dispuesta, si
me perdonas y me haces bajar de aquí, a abandonar por completo al desleal joven
y tenerte a ti solo por amador y por señor, por mucho que aborrezcas mi
belleza, mostrando que es corta y poco valiosa: la cual, tal cual es, como la
de las demás, digna es de estima, aunque sólo fuera porque la vanidad y el
juego y el placer son propios de la juventud de los hombres, y tú no eres
viejo. Y aunque cruelmente me estás tratando, no puedo creer por ello que
quisieras verme morir de muerte tan deshonrosa como sería la de arrojarme desde
aquí como una desesperada delante de tus ojos, a los cuales, si no eras
entonces ya mentiroso como lo has sido ahora, tanto agradé. ¡Ah! Apiádate de
mí, por Dios y por piedad; el sol comienza a calentar demasiado, y como el poco
fresco de esta noche me ofendió, así el calor comienza a darme ahora grandísima
molestia.
A lo que el escolar, que por divertirse le daba
conversación, repuso:
—Señora, tu confianza no se ha puesto ahora en mis manos
porque sintieras amor por mí sino por recuperar lo que habías perdido, y por
ello nada merece sino un mal mayor; y locamente crees si crees que sólo este
camino se me ofrecía para la deseada venganza. Tenía otros mil, y mil trampas
con fingir que te amaba te había tendido bajo los pies, y poco tiempo era
preciso para que por necesidad (si esto no hubiese sucedido) hubieras caído en
una de ellas y en mayor dolor y vergüenza del que ahora sientes; y seguí éste
no por concederte ventajas, sino por contentarme más pronto. Y si todas me
hubiesen fallado no me fallaba la pluma, con la cual tales y tantas cosas
hubiera escrito de ti y de tal manera que, enterándote tú de ellas (que te
enterarías), habrías deseado no haber nacido mil veces al día. La fuerza de la
pluma es mucho mayor de lo que creen aquellos que con su conocimiento no la han
experimentado. Juro ante Dios (y así él me conceda terminar esta venganza como
la he empezado) que habría escrito de ti cosas que no ante las demás personas,
sino ante ti misma avergonzándote, te habrías sacado los ojos para no verte
más; y por ello, no reproches al mar haber crecido con un pequeño arroyo. En tu
amor y en que seas mía no tengo, como ya te he dicho, ningún interés; sé de
quién has sido, si puedes, al cual tal como lo he odiado antes lo quiero ahora,
pensando en lo que te ha hecho. Vosotras andáis enamorando y deseando el amor
de los jóvenes, porque los veis con las carnes un poco más vivas y con las
barbas más negras, y muy erguidos ir a danzar y ajustar; las cuales cosas todas
las tuvieron los que son de más edad, y además saben ya lo que aquéllos tienen
que aprender. Y además de ello, los juzgáis mejores caballeros y que hacen
jornadas de más millas que los hombres más maduros. Ciertamente confieso yo que
con más fuerza sacuden ellos las pellizas; pero los de más edad, como
experimentados saben mejor dónde están las pulgas, y con mucho ha de elegirse
antes lo poco y sabroso que lo mucho e insípido; y el trotar mucho rompe y
cansa a cualquiera, aunque sea joven, mientras el andar suavemente, aunque un
poco más tarde haga llegar a otros a casa, por lo menos los conduce con
descanso. Vosotras no os apercibís, animales sin inteligencia, cuán grande mal
bajo aquella poca hermosura está escondido. No se contentan los jóvenes con una
sino que a cuantas ven a tantas desean, de tantas les parece ser dignos; por lo
que su amor no puede ser estable, y tú ahora como prueba puedes verte de ello
veracísimo testigo. Y les parece ser dignos de ser reverenciados y mimados por
las mujeres y no tienen por mayor otra gloria que alabarse de las que han
gozado, fallo que ya ha conducido a muchas bajo los frailes, que no lo cuentan.
Y aunque digas tú que nunca supo nadie tus amores sino tu criada y yo, mal
informada estás y mal crees si así lo crees. En su barrio no se habla sino de
ello, y en el tuyo; pero la mayoría de las veces es el último a quien tales
cosas llegan a los oídos, aquel a quien se refieren. Ellos, además, os roban,
mientras los de edad os regalan. Tú, pues, que mal elegiste, sé de aquel a
quien te entregaste, y a mí, a quien escarneciste, déjame ser de otra, que he
encontrado mujer de mucho mayor bien que lo eres tú, que mejor me ha conocido
de lo que tú hiciste. Y para que del deseo de mis ojos puedas llevarte al otro
mundo mayor seguridad que la que parece que te dan mis palabras, arrójate de
ahí pronto, y tu alma, como espero, recibida en los brazos del diablo, podrá
ver si mis ojos de haberte visto cabeza abajo caer se turban o no. Pero como
creo que con tanto no querrás alegrarme, te digo que si el sol comienza a
quemarte te acuerdes del frío que me hiciste sufrir, y si lo mezclas con este
calor, sin falta sentirás el sol templado.
La desconsolada mujer, viendo que a pesar de todo a un fin
cruel iban a parar las palabras del escolar, volvió a llorar de nuevo y dijo:
—Mira, pues que nada de lo mío te mueve a piedad, muévate
el amor que tienes a esa mujer más discreta que yo que dices que has encontrado
y de quien dices que eres amado, y perdóname por amor suyo y tráeme mis ropas
para que pueda cubrirme, y haz que me bajen de aquí.
El escolar entonces se echó a reír, y viendo que ya la
hora de tercia había pasado hacía rato, contestó:
—Mira, ahora no sé decir que no, pues por tal mujer me lo
has rogado: dime dónde están y yo iré por ellas y te haré bajar de ahí.
La mujer, creyéndole, algo se consoló y le enseñó el lugar
donde había puesto sus ropas. El escolar, saliendo de la torre, mandó a su
criado que no se fuese de allí, sino que se quedase cerca y todo lo que pudiera
vigilase para que nadie entrara hasta que él no hubiese vuelto; y dicho esto,
se fue a casa de su amigo y allí almorzó con gran calma y luego, cuando le
pareció oportuno, se fue a dormir. La mujer, sobre la torre quedándose, aunque
estuviese algo consolada por una necia esperanza, sobremanera dolorida se
enderezó y se sentó apoyándose en la parte del muro donde había un poco de
sombra, y se puso a esperar acompañada de amarguísimos pensamientos; y ora
pensando ora llorando, y ora desesperando de la vuelta del escolar con las
ropas, y saltando de un pensamiento a otro, como quien por el dolor estaba
vencida y que nada había dormido la noche anterior, se quedó dormida. El sol,
que era ardentísimo, habiendo ya subido al mediodía, hería derecho y a la
descubierta el tierno y delicado cuerpo de ella, y también su cabeza, que
estaba descubierta, con tanta fuerza que no solamente le quemó todo lo que se
veía de las carnes, sino que se las abrió en diminutas llagas; y fue tal la
quemadura que aunque dormía profundamente, la hizo despertarse. Y sintiendo que
se quemaba, moviéndose un tanto, le pareció que toda la quemada piel se le
abría y estallaba, tal como vemos sucederle a un pergamino quemado si alguien
tira de él; y además de esto, le dolía tan fuertemente la cabeza que parecía
que se rompiese a pedazos, lo que ninguna maravilla era. Y el terrado de la
torre estaba tan hirviente que ni con el pie ni con otra cosa podía en él
hallar lugar; por lo cual, sin estarse quieta, de aquí para allá se cambiaba de
lugar llorando. Y además de esto, no haciendo nada de viento, había allí moscas
y tábanos en cantidad abundante, los cuales, poniéndosele sobre las carnes
abiertas, tan fieramente la aguijoneaban que cada una le parecía la punzada de
un espetón, por lo que de mover las manos de un lado para otro no descansaban,
maldiciéndose a sí misma y a su vida, a su amante y al escolar. Y estando así
angustiada y espoleada y atravesada por el incalculable calor, por el sol, por
las moscas, por los tábanos y también por el hambre, pero mucho más por la sed,
y por la añadidura de mil desagradables pensamientos, poniéndose en pie,
comenzó a mirar por si veía cerca de sí u oyese a alguna persona, completamente
dispuesta a, sucediese lo que sucediese, llamarla y pedirle ayuda. Pero también
esto le había quitado su enemiga fortuna. Los labradores se habían ido del
campo por el calor y además aquel día ninguno había ido allí cerca a trabajar
porque junto a sus casas estaban trillando la mies; por lo que ninguna otra
cosa oía sino cigarras, y veía el Arno, el cual, despertándole deseo de sus
aguas, no disminuía su sed, sino que la acrecentaba. Veía, también, en muchos
lugares bosques y sombras y casas, todas las cuales deseándolas por igual, la
angustiaban. ¿Qué diremos más de la desventurada viuda? El sol por arriba y el
ardor del terrado por abajo, y las heridas de las moscas y los tábanos por los
lados, de tal manera la habían puesto que ella, que la noche pasada con su
blancura vencía a las tinieblas, entonces, roja como el almagre y toda manchada
de sangre, habría parecido a quien la hubiese visto la cosa más fea del mundo.
Y estando así, sin nada pensar ni esperar, más esperando la muerte que otra
cosa, siendo ya pasada la mitad de nona, el escolar, levantándose de dormir y
acordándose de su señora, para ver lo que era de ella se volvió a la torre, y a
su criado, que estaba todavía en ayunas, lo mandó a comer; al cual, habiéndolo
la mujer sentido, débil y angustiada por el grave dolor, vino sobre el saledizo
y, sentándose, comenzó a decir llorando:
—Rinieri, bien y fuera de toda medida te has vengado que,
si yo te hice congelarte de noche en mi patio, tú me has hecho asar de día
sobre esta torre, y aun quemar, y además de ello, morir de hambre y de sed; por
lo que te ruego por el único Dios que subas aquí, y puesto que no me sufre el
ánimo darme a mí misma la muerte, dámela tú, que la deseo más que otra cosa,
tanto y tal es el tormento que siento. Y si esta gracia no quieres hacerme, al
menos hazme traer un vaso de agua, que pueda mojarme la boca, a la que no
bastan mis lágrimas de tanta sequedad y ardor que tengo por dentro.
Bien conoció el escolar en la voz su debilidad, y también
vio su cuerpo todo abrasado al sol, por las cuales cosas y por sus humildes
ruegos un poco de compasión sintió por ella; pero, sin embargo, respondió:
—Mujer malvada, no morirás tú a mis manos; morirás por las
tuyas si ganas te dan; y tanta agua recibirás de mí para aliviar tu calor
cuanto fuego yo tuve para mitigar mi frío. Y mucho lamento que la enfermedad
que me causó a mí el frío con el calor del hediondo estiércol tuvo que curarse,
mientras la de tu calor se curará con el frescor de la olorosa agua de rosas; y
mientras yo estuve a punto de perder los nervios y la vida, tú, despellejada
con este calor, no de otro modo quedarás hermosa que como hace la serpiente al
dejar la vieja piel.
—¡Oh mísera de mí! —dijo la mujer—, esta hermosura
conseguida de tal manera otorgue Dios a las personas que mal me quieren; pero
tú, más cruel que fiera alguna, ¿cómo has podido sufrir desgarrarme de esta
manera? ¿Qué debía esperar yo de ti ni de ningún otro si bajo crueles tormentos
hubiese matado a todos tus parientes? Ciertamente no sé qué crueldad mayor
podría haberse usado con un traidor que toda una ciudad hubiese pasado a
cuchillo, que la que tú has tenido conmigo al hacerme asar al sol y ser comida por
las moscas; y además de esto, no querer darme un vaso de agua, pues a los
homicidas condenados por los tribunales cuando van a su muerte se les da a
beber vino muchas veces si ellos lo piden. Ahora bien, puesto que te veo firme
en tu acerba crueldad y que mi sufrimiento no te conmueve, con paciencia me
dispondré a recibir la muerte para que Dios tenga misericordia de mi alma, al
cual ruego que con justicieros ojos esta tu acción contemple.
Y dichas estas palabras, se arrastró con dura pena hasta
el centro del terrado, desesperando de poder escapar a tan ardiente calor; y no
una vez sino mil, además de sus otros dolores, creyó morir de sed, llorando
siempre fuerte y de su desgracia doliéndose. Pero llegado ya el crepúsculo y
pareciéndole al escolar haber hecho bastante, haciendo recoger las ropas de
ella y envolviéndolas en la capa del criado, se fue a la casa de la mísera
mujer y allí, desconsolada y triste y sin saber qué hacer encontró a su criada
sentada a la puerta; a la cual dijo:
—Buena mujer, ¿qué es de tu señora?
A quien la criada respondió:
—Señor, no lo sé; esta mañana creí que la encontraría en
la cama adonde ayer por la noche me había parecido verla irse, pero no la he
encontrado ni allí ni en ningún otro lugar y no sé qué le habrá sucedido, por
lo que vivo con grandísimo dolor; pero vos, señor, ¿sabríais decirme algo de
ella?
A lo que el escolar repuso:
—¡Así te hubiese tenido a ti junto con ella donde la he
tenido, para haberte castigado de tu culpa como la he castigado a ella de la
suya! Pero seguramente no te me escaparás sin que te pague tan bien por tus
obras que nunca te burles de ningún hombre bueno sin acordarte de mí.
Y dicho esto, dijo a su criado:
—Dale esas ropas y dile que vaya a buscarla si quiere.
El criado hizo lo que le mandaba; por lo que la mujer,
cogiéndolas y reconociéndolas, oyendo lo que le habían dicho, mucho temió que
la hubiese matado, y a duras penas se contuvo de gritar; y echándose a llorar,
habiéndose ya ido el escolar, con ellas se fue corriendo hacia la torre. Había,
por desventura, aquel día, un labrador de esta señora extraviado dos cerdos, y
andando en su busca, poco después de la partida del escolar llegó a aquella
torrecilla, y mirando por todas partes a ver si veía sus cerdos, sintió el
miserable llanto de la desventurada mujer; por lo que, subiendo allí cuanto
pudo, gritó:
—¿Quién está llorando ahí?
La señora conoció la voz de su labrador, y llamándolo por
el nombre, dijo:
—¡Ah, vete a por mi criada y haz de manera que ella pueda
venir aquí arriba a buscarme!
El labrador, conociéndola, dijo:
—¡Ay, señora!, ¿y quién os subió ahí? Vuestra criada está
todo el día buscándoos; ¿pero quién hubiera pensado que estuvieseis ahí?
Y cogiendo los largueros de la escala, comenzó a ponerla
en donde estar solía y a atarlos con vilortas y palos de un lado a otro; y en
éstas, la criada apareció y, entrando en la torre, no pudiendo ya contener la
voz, dándose golpes con las palmas de las manos, comenzó a gritar:
—¡Ay, dulce señora mía!, ¿dónde estáis?
La señora, oyéndola, lo más fuerte que pudo, dijo:
—¡Oh, hermana mía, estoy aquí arriba! No llores sino que
tráeme pronto mis ropas.
Cuando la criada la oyó hablar, casi por completo
consolada, subió por la escala ya casi completamente arreglada por el labrador,
y ayudada por él, llegó al terrado; y viendo a su señora que no parecía tener
cuerpo humano sino ser el tronco de una vid achicharrado por el fuego, toda
vencida, toda inerte, yaciendo desnuda en tierra, arañándose el rostro comenzó
a llorar sobre ella no de otra manera que si estuviese muerta. Pero la señora
le rogó por Dios que se callara y le ayudase a vestirse; y habiendo sabido por
ella que nadie sabía dónde había estado sino los que le habían llevado las
ropas y el labrador que al presente estaba allí, un tanto consolada por ello,
les rogó por Dios que nunca a nadie dijesen nada de aquello. El labrador, luego
de mucha charla, llevando a la señora en brazos, porque no podía andar,
seguramente la sacó de la torre. La desdichada criada, que detrás se había
quedado, bajando menos cuidadosamente, se torció un pie y cayó de la escala al
suelo rompiéndose una cadera, y con el dolor que sentía comenzó a bramar que
parecía un león. El labrador, dejando a la señora en un prado, fue a ver qué
tenía la criada, y hallándola con la cadera rota, igualmente la llevó al prado
y la dejó junto a su señora; la cual, viendo esto añadirse a sus males, y
haberse roto la cadera aquella por quien esperaba ser ayudada más que por
nadie, triste sin medida comenzó de nuevo su llanto tan miserablemente que no
sólo el labrador no pudo consolarla sino que también él comenzó a llorar. Pero
estando ya bajo el sol, para que aquí no les cogiese la noche, tal como plugo a
la desconsolada señora, fue a su casa y llamando a dos de sus hermanos y a la
mujer, y volviendo allí con una tabla, sobre ella colocaron a criada y señora y
a casa las llevaron; y reconfortada la señora con un poco de agua fresca y con
buenas palabras, cogiéndola el labrador en brazos, la llevó a su alcoba. La
mujer del labrador, habiéndole dado de comer pan ensopado y desnudándola luego,
la metió en la cama, y organizaron las cosas de manera que ella y su criada
fuesen de noche llevadas a Florencia; y así se hizo. Allí, la señora, que gran
acopio de embustes tenía, inventando una fábula muy diferente de las cosas
sucedidas, tanto de ella como de su criada hizo creer a sus hermanos, y a sus
cuñadas y a todas las demás personas, que por arte de los demonios esto les
había sucedido. Los médicos fueron prestamente y no sin grandísimo dolor y
sufrimiento de la señora, que toda la piel dejó muchas veces pegada a las
sábanas, de una grave fiebre y de otros accidentes la curaron, y semejantemente
a la criada de la cadera; por la cual cosa la señora, olvidado su amante, de
entonces en adelante de hacer burlas y de amar se guardó prudentemente; y el
escolar, oyendo que a la criada se le había roto la pierna y pareciéndole haber
logrado completa venganza, contento, dejó las cosas así. Así pues, esto fue lo
que sucedió a la necia joven por sus burlas, por creer que podía divertirse con
un escolar como habría podido con otros, no sabiendo que éstos (no digo todos
pero sí la mayor parte) saben dónde tiene la cola el diablo. Y, por ello,
señoras, guardaos de las burlas, y especialmente a los escolares.
NOVELA OCTAVA
De dos amigos que siempre están juntos uno se acuesta con
la mujer del otro, este otro, apercibiéndose, de acuerdo con su mujer lo
encierra en un arcón sobre el cual, estando aquél dentro, con la mujer de él se
acuesta.
Graves y dolorosos habían sido los casos de Elena a los
oídos de las señoras, pero porque en parte estimaban que le habían ocurrido
justamente, con más moderada compasión los habían sobrellevado, aunque
inflexible y fieramente constante, así como cruel, reputasen al escolar. Pero
habiendo Pampínea llegado al fin, la reina ordenó a Fiameta que continuase; la
cual, deseosa de obedecer, dijo:
Amables señoras, como me parece que os ha causado alguna
amargura la severidad del ofendido escolar, estimo que sea conveniente ablandar
con alguna cosa más deleitable los exasperados espíritus; y por ello entiendo
contaros una historieta sobre un joven que con ánimo más manso recibió una
injuria, y la vengó con una acción más moderada; por la cual podréis comprender
que cada uno debe contentarse, como el asno, con recibir cuanto ha dado contra
la pared, sin desear (sobrepasando las conveniencias de la venganza) injuriar
cuando lo que pretende es vengar la recibida injuria.
Debéis, pues, saber, que en Siena, como he oído decir,
hubo dos jóvenes asaz acomodados y de buenas familias plebeyas, de los cuales
uno se llamaba Spinelloccio de Távena y el otro Zeppa de Mino, y los dos eran
vecinos en Cainollia
[SC305]. Estos dos jóvenes siempre estaban juntos y, a lo
que parecía se amaban como si fuesen hermanos o más; y cada uno tenía por mujer
a una muy hermosa. Ahora bien, sucedió que yendo Spinelloccio muy
frecuentemente a casa de Zeppa, estando allí Zeppa o sin estar, de tal manera
intimó con la mujer de Zeppa que comenzó a acostarse con ella; y así
continuaron durante bastante tiempo sin que nadie se apercibiese. Pero al cabo,
estando un día Zeppa en casa y no sabiéndolo su mujer, Spinelloccio vino a buscarlo.
La mujer dijo que no estaba en casa; con lo que Spinelloccio, subiendo
prestamente y encontrando a la mujer en la sala, y viendo que nadie más había,
abrazándola, comenzó a besarla, y ella a él. Zeppa, que esto vio, no dijo
palabra sino que se quedó escondido para ver a dónde llegaba aquel juego; y en
breve vio a su mujer y a Spinelloccio irse así abrazados a la alcoba y
encerrarse en ella; de lo que mucho se enfureció. Pero sabiendo que ni por
hacer un alboroto ni por otra cosa se aminoraría su ofensa, sino que crecería
el deshonor, se puso a pensar qué venganza podría tomar que, sin divulgarse,
tranquilizase a su ánimo. Y después de mucho pensar, pareciéndole haber
encontrado el modo, estuvo tanto tiempo escondido cuanto Spinelloccio estuvo
con su mujer; y en cuanto se hubo ido entró él en su alcoba, donde encontró a
su mujer que todavía no había terminado de colocarse en la cabeza la toca, que
jugueteando Spinelloccio le había desordenado; y dijo:
—Mujer, ¿qué haces?
A lo que la mujer respondió:
—¿No lo ves?
Dijo Zeppa:
—Bien lo veo, ¡y también he visto otra cosa que no
querría!
Y con ella empezó a hablar de las cosas ocurridas; y ella,
con grandísimo temor, después de mucho darle vueltas, habiéndole confesado lo
que claramente negar no podía de su intimidad con Spinefloccio, llorando
comenzó a pedirle perdón. A quien Zeppa dijo:
—Mira, mujer, has hecho mal; y si quieres que te lo
perdone piensa en hacer obedientemente lo que voy a ordenarte, que es esto:
quiero que digas a Spinelloccio que mañana por la mañana hacia la hora de
tercia encuentre alguna razón para separarse de mí y venir contigo; y cuando
esté aquí, yo volveré, y al oírme, hazlo meterse en este arcón y enciérralo
dentro; luego, cuando hayas hecho esto, te diré lo demás que tienes que hacer;
y en hacer esto no tengas ningún temor porque te prometo que no le haré ningún
mal.
La mujer, por satisfacerle, dijo que lo haría; y así lo
hizo. Llegado el día siguiente, estando Zeppa y Spinelloccio juntos, hacia la
hora de tercia, Spinelloccio, que había prometido a la mujer ir a verla a
aquella hora, dijo a Zeppa:
—Esta mañana tengo que ir a almorzar con un amigo a quien
no quiero hacer esperar, así que quédate con Dios.
Dijo Zeppa:
—Todavía no es hora de almorzar hasta dentro de un rato.
Spinelloccio dijo:
—No importa; tengo también que hablar con él de un asunto
mío; de manera que me conviene estar temprano.
Separándose, pues, Spinelloccio de Zeppa, dando una
vuelta, se fue a su casa con su mujer; y había acabado de entrar en la alcoba
cuando Zeppa volvió; el cual, al sentirlo la mujer, mostrándose muy miedosa, le
hizo meterse en el arcón que su marido le había dicho, y lo encerró dentro y
salió de la alcoba. Zeppa, llegando arriba, dijo:
—Mujer, ¿es hora de almorzar?
La mujer respondió:
—Si, ya es.
Dijo entonces Zeppa:
—Spinelloccio ha ido a almorzar con un amigo suyo y ha
dejado sola a su mujer; asómate a la ventana y llámala, y dile que venga a
almorzar con nosotros.
La mujer, temiendo por ella misma, y por eso muy
obediente, hizo lo que el marido le ordenaba. La mujer de Spinelloccio,
rogándoselo mucho la mujer de Zeppa, vino allí al oír que su marido no venía a
almorzar; y cuando ella hubo llegado, Zeppa, haciéndole grandes halagos y
cogiéndola familiarmente por la mano, mandó en voz baja a su mujer que se fuese
a la cocina, y a ella se la llevó a la alcoba; y cuando estuvo allí quedándose
atrás, cerró la alcoba por dentro. Cuando la mujer le vio cerrar la alcoba por dentro,
dijo:
—¡Ay, Zeppa!, ¿qué quiere decir esto? ¿Éste es el amor que
tenéis a Spinelloccio y la leal compañía que me hacéis?
A quien Zeppa, acercándose al arcón donde estaba encerrado
su marido y agarrándola bien, dijo:
—Señora, antes de quejarte, escucha lo que voy a decirte:
yo he amado y amo a Spinelloccio como a un hermano; y ayer, sin saberlo él, me
encontré con que la confianza que yo tenía en él había llegado a que él con mi
mujer se acuesta como lo hace contigo; ahora bien, como le amo, no entiendo
tomar otra venganza contra él sino la que iguale a la ofensa: él ha tenido a mi
mujer y yo entiendo tenerte a ti. Si tú no quieres, tendré que cogerlo en ello
y como no pienso dejar esta ofensa sin castigo, le daré uno con el que ni tú ni
él estaréis nunca contentos.
La mujer, al oír esto, y luego de muchas confirmaciones
que le dio Zeppa, creyéndole, dijo:
—Zeppa mío, puesto que esta venganza debe caerme encima,
estoy contenta de ello, siempre que hagas que esto que debemos hacer no me
enemiste con tu mujer tal como yo espero seguir en paz con ella a pesar de lo
que me ha hecho.
A quien Zeppa contestó:
—Con seguridad eso haré; y además de ello te daré una joya
tan hermosa y preciada como ninguna otra tienes.
Y dicho esto, abrazándola y comenzando a besarla, la echó
sobre el arcón donde estaba encerrado su marido, y allí encima, cuanto le plugo
se solazó con ella y ella con él. Spinelloccio, que en el arcón estaba y había
oído todas las palabras dichas por Zeppa y la respuesta de su mujer, y luego
había sentido la danza trevisana
[SC306] que le bailaban sobre la cabeza, durante un rato
grandísimo sintió tal dolor que le parecía morir; y si no fuese porque temía a
Zeppa, le habría gritado a su mujer un gran insulto, así encerrado como estaba.
Luego, pensando mejor que la injuria la había empezado él y que Zeppa tenía
razón en hacerle lo que le hacía y que hacia él se había comportado humanamente
y como amigo, se dijo a sí mismo que debía ser más amigo que nunca de Zeppa, si
éste quería. Zeppa, después de estar con la mujer cuanto quiso, bajó del arcón,
y pidiéndole la mujer la joya prometida abriendo la alcoba, hizo venir a su
mujer, la cual no dijo otra cosa sino:
—Señora me habéis dado un pan por unas tortas —y lo dijo
riéndose.
A quien Zeppa dijo:
—Abre ese arcón —y ella lo hizo; dentro del cual enseñó a
la señora a su Spinelloccio. Y largo sería de decir cuál de los dos se
avergonzó más, si Spinelloccio viendo a Zeppa y sabiendo que sabía lo que él
había hecho, o la mujer viendo a su marido y conociendo que él había oído y
sentido lo que le había hecho sobre la cabeza.
A la cual dijo Zeppa:
—Aquí está la joya que te doy.
Spinelloccio, saliendo del arcón, sin gastar muchas
palabras, dijo:
—Zeppa, estamos igualados, y por ello está bien, como le
decías antes a mi mujer, que sigamos siendo amigos como solíamos: y no teniendo
entre nosotros nada que no sea común sino las mujeres, que también las mujeres
compartamos.
Zeppa estuvo contento, y en la mayor paz del mundo
almorzaron los cuatro juntos; y de entonces en adelante cada una de aquellas
mujeres tuvo dos maridos y cada uno de ellos tuvo dos mujeres sin que tuvieran
nunca ninguna discusión ni enfado por aquello.
NOVELA NOVENA
El maestro Simón, médico, habiendo sido hecho ir por Bruno
y Buffalmacco (para entrar en una compañía que van de corsarios) de noche a
cierto lugar, es arrojado por Buffalmacco en una fosa de inmundicias y
abandonado allí.
Luego de que las señoras un rato hubieron hablado de la
comunidad de mujeres establecida por los dos sieneses, la reina, a quien sólo
quedaba el novelar (si no quería hacerse injuria a Dioneo), comenzó:
Muy merecidamente, amorosas señoras, ganó Spinelloccio la
burla que le fue hecha por Zeppa; por la cual cosa no me parece que agriamente
deba ser reprendido, como Pampínea quiso hace poco demostrar, quien burla a
quien lo va buscando o que se lo mereció. Spinelloccio se lo mereció, y yo
entiendo hablar de uno que lo fue buscando, estimando que quienes se la
gastaron no fueron dignos de reproche sino de alabanzas. Y aquel a quien se la
gastaron fue un médico que de Bolonia volvió a Florencia todo cubierto de
pieles de armiño.
Tal como todos los días vemos, nuestros conciudadanos
vuelven aquí de Bolonia cuál juez, cuál médico, cuál notario, con las ropas
largas y anchas y con las escarlatas y con los armiños
[SC307] y con otras muchas apariencias de grandeza, a las
cuales cómo siguen los hechos también lo vemos todos los días. Entre los
cuales, un maestro Simón de la Villa, más rico en bienes paternos que en
ciencia, no hace mucho tiempo, vestido de escarlata y con una gran beca, doctor
en medicina como él mismo se decía, aquí volvió, y se aposentó en la calle que
nosotros llamamos hoy Vía del Cocomero
[SC308]. Este maestro Simón, recientemente llegado, como
se ha dicho, entre sus otras costumbres notables tenía la costumbre de
preguntar a quien con él estuviese quién era cualquier hombre que hubiese visto
pasar por la calle; y como si de los actos de los hombres debiese componer la
medicina que tenía que dar a sus enfermos, en todos se fijaba y lo recordaba
todo. Y entre los demás en quienes con más interés puso los ojos, hubo dos
pintores sobre los que aquí se ha hablado hoy dos veces, Bruno y Buffalmacco,
que siempre estaban juntos y eran sus vecinos. Y pareciéndole que estos dos
menos preocupaciones que nadie en el mundo tenían y vivían muy alegremente,
cómo vivían y cuál era su condición preguntó a muchas personas; y oyéndoles a
todos que aquéllos eran hombres pobres y pintores, se le metió en la cabeza que
no debía poder ser que tan alegremente viviesen en su pobreza sino que pensó
(porque había oído que eran hombres astutos) que de algún otro lugar no sabido
por los hombres lograban grandísimos beneficios, y por ello dio en el deseo de
querer, si podía, con los dos o por lo menos con uno tener amistad, y le
ocurrió hacer amistad con Bruno. Y Bruno, conociendo en las pocas veces que con
él había estado que este médico era un animal, comenzó a divertirse con él
cuanto podía con sus historias; y semejantemente el médico comenzó a tomar de
él maravilloso placer. Y habiéndolo una vez invitado a comer con él y por ello
creyendo que podía hablar con él en confianza, le dijo la maravilla que le
causaban él y Buffalmacco que, siendo hombres pobres, tan alegremente vivían, y
le rogó que le enseñase cómo hacían. Bruno, oyendo al médico y pareciéndole la
pregunta una de las suyas, necias e insípidas, comenzó a reírse y pensó en
responderle según a su borreguez correspondía, y dijo:
—Maestro, no le diría a muchas personas lo que hacemos,
pero de decírselo a vos, que sois amigo y que sé que a nadie más lo diréis, no
me guardaré. Es verdad que mi compañero y yo vivimos tan alegremente y tan bien
como os parece, y mucho más; y no es de nuestro oficio ni de ningún otro fruto
que podamos sacar de nuestras posesiones, de donde no podríamos pagar ni
siquiera el agua que necesitamos; y no quiero por ello que creáis que andamos
robando sino que andamos de corsarios, y de esto todo lo que necesitamos y nos
gusta, sin daño de un tercero, lo sacamos todo; y de esto viene el alegre vivir
que nos veis.
El médico, al oír esto, y sin saber qué era, creyéndolo,
se maravilló mucho, y súbitamente entró en ardentísimo deseo de saber qué era
andar de corsarios, afirmándole que por cierto nunca se lo diría a ninguna
persona.
—¡Ay! —dijo Bruno—, maestro, ¿qué me pedís? Es un secreto
demasiado grande el que queréis saber, y es cosa que me destruiría y me
arrojaría del mundo y también que me pondría en boca del Lucifer de San Gallo
[SC309] si otra persona lo supiese: pero es tan grande el
amor que siento por vuestra cualitativa melonez de Legnaia
[SC310] y la fe que en vos tengo, que no puedo negaros
nada que queráis; y por ello os lo diré, con la condición de que me juréis por
la cruz de Montesori que nunca, como lo habréis prometido, lo diréis.
El maestro afirmó que no lo haría.
—Debéis, pues, saber —dijo Bruno—, endulzado maestro mío,
que no hace mucho que hubo en esta ciudad un gran maestro de nigromancia que
tuvo por nombre Michele Scotto
[SC311], porque era de Escocia y que de muchos
gentileshombres de los cuales pocos están hoy vivos, recibió grandísimo honor;
y queriendo irse de aquí, a instancia de sus ruegos dejó a dos de sus capaces
discípulos, a quienes ordenó que a todos los gustos de estos tales
gentileshombres que le habían honrado estuviesen siempre dispuestos. Éstos,
pues, servían a los dichos gentileshombres en ciertos amores suyos y en otras
cosas libremente; luego, gustándoles la ciudad y las costumbres de los hombres,
se dispusieron a estar siempre unidos en grande y estrecha amistad con algunos,
sin mirar que fuesen más o menos nobles que no nobles, ni más ricos que pobres,
solamente que fuesen hombres conforme a su gusto. Y por complacer a estos tales
amigos suyos, organizaron una compañía de unos veinticinco hombres, los cuales
al menos dos veces al mes tuvieran que reunirse en algún lugar concertado entre
ellos; y estando allí, cada uno les dice a éstos su deseo y prestamente ellos
lo satisfacen por aquella noche; con los cuales dos teniendo Buffalmacco y yo
singular amistad y confianza, por ellos en la tal compañía fuimos incluidos, y
somos. Y os digo que siempre que sucede que nos reunamos, es cosa maravillosa
de ver los tapices que cuelgan en torno a la sala donde comemos y las mesas
puestas a la real y la cantidad de nobles y apuestos servidores, tanto hombres
como mujeres, al servicio de todos cuantos están en la compañía, y las
palanganas, los aguamaniles, los frascos y las copas y las demás vajillas de
oro y de plata en las cuales comemos y bebemos; y además de esto los muchos y
variados manjares, según lo que cada uno desea, que traen delante de cada uno a
su tiempo. No podré jamás pintaros cuántos y cuáles son los dulces sones de los
instrumentos infinitos y los cantos llenos de armonía que se oyen allí, ni os
podré decir cuánta sea la cera que arde en estas cenas ni cuántos sean los
dulces que en ellas se consumen y qué preciados son los vinos que allí se
beben. Y no querría, sabrosa calabaza mía, que creyerais que estamos nosotros
allí con este traje o con estas ropas que veis; no hay allí ninguno tan
desdichado que no parezca un emperador, pues así estamos con ricos vestidos y
hermosas cosas adornados. Pero sobre todos los demás placeres que hay allí está
el de las mujeres bellas, las cuales inmediatamente, si uno las quiere, le son
traídas de cualquier parte del mundo. Veríais allí a la señora de los
barbáricos, la reina de los vascos, la mujer del sultán, la emperatriz de
Osbech, la charlánfora de Norrueca
[SC312], la seminstante de Berlinzonia y la astuciertra de
Narsia. ¿Y por qué enumerarlas? Están allí todas las reinas del mundo, digo que
hasta la chinchimurria del Preste Juán
[SC313]: ¡así que mirad! Y después de que han bebido y han
comido dulces, bailado una danza o dos, cada una con aquel a cuyas instancias
se la ha hecho venir se va a la alcoba; ¡y sabed que aquellas alcobas parecen
un paraíso a la vista, de bellas que son! Y no son menos odoríferas que los
tarritos de especias de vuestra tienda cuando mandáis machacar el comino; y
tienen camas que parecen más hermosas que las del dogo de Venecia, y a ellas
van a reposar. ¡Pues el tejemaneje con las estriberas y las viaderas que se
traen las tejedoras para hacer el paño cerrado, os dejaré que lo imaginéis!
Pero entre quienes mejor están, según mi parecer, estamos Buffalmacco y yo,
porque Buffalmacco la mayoría de las veces hace venir para él a la reina de
Francia y yo a la de Inglaterra, las cuales son dos de las más hermosas reinas
del mundo; y tanto hemos sabido hacer que no miran más que por nuestros ojos;
por lo que por vos mismo debéis juzgar si es que podemos y debemos vivir y
andar mucho más contentos que los demás hombres pensando que tenemos el amor de
tales dos reinas; sin contar que, cuando queremos que nos den mil o dos mil
florines, no los conseguimos. Y esto es lo que vulgarmente llamamos «ir de
corsarios» porque como los corsarios les cogen las cosas a todos, así hacemos
nosotros; sino que somos diferentes de ellos en que ellos jamás las devuelven
mientras que nosotros las devolvemos en cuanto las usamos. Ahora habéis,
maestro mío bueno, entendido lo que decíamos por «ir de corsario», pero lo
secreto que esto debe quedar, podéis verlo vos mismo, y por ello más no os digo
ni os ruego.
El maestro, cuya ciencia no llegaba tal vez sino para
medicar las pupas de los niños, prestó tanta fe a las palabras de Bruno cuanta
sería debida a cualquier verdad, y en tan gran deseo se inflamó de que le
recibiesen en esta compañía cuanto en cualquier otra cosa más deseable podría
haberse encendido. Por la cual cosa, repuso a Bruno que con certeza no era
maravilla que estuviesen tan contentos y con gran trabajo se contuvo de pedirle
que lo hiciera entrar allí hasta tanto que, habiéndole hecho mayores honores,
pudiera con más confianza exponerle sus súplicas. Habiéndose, pues, contenido,
comenzó a frecuentarlo mucho y a tenerlo mañana y tarde comiendo en su casa y a
mostrarle desmesurado amor; y era tan grande y tan continua esta intimidad suya
que no parecía sino que sin Bruno el maestro no podía ni sabía vivir. Bruno,
pareciéndole que le iba bien, para no parecer ingrato a este honor que le hacía
el médico, le habla pintado en el comedor suyo a la Cuaresma, y un agnus dei a
la entrada de la alcoba y sobre la puerta de entrada de la calle un orinal,
para que quienes tuviesen necesidad de su consejo pudieran distinguirla de las
otras
[SC314]; y en un balconcito le habla pintado la batalla de
los ratones y los gatos, que cosa muy hermosa parecía al médico; y además de
esto, decía algunas veces al maestro, cuando no había cenado con él:
—Anoche estuve con la compañía, y habiéndome cansado un
poco de la reina de Inglaterra, me hice traer la gudmedra del Gran Kahn de
Altarisi
[SC315].
Decía el maestro:
—¿Qué quiere decir gudmedra? No conozco esa palabra.
—Oh, maestro mío —decía Bruno—, no me maravillo de ello,
que bien he oído decir que ni Hipograto ni Vanacena dicen nada de ello.
Dijo el maestro:
—Quieres decir Hipócrates y Avicena.
Dijo Bruno:
—Por mi madre que no lo sé, de vuestros nombres entiendo
tan poco como vos de los míos; pero «gudmedra» en la lengua del Gran Khan
quiere decir tanto como «emperatriz» en la nuestra. ¡Ah, qué buena hembra os
parecería! Bien sé deciros que os haría olvidar las medicinas y las lavativas y
todos los emplastos.
Y así diciéndole alguna vez por más azuzarlo, sucedió que,
pareciéndole al señor maestro (una noche que estaba de conversación con Bruno
mientras le sostenía la luz para que pintase la batalla de los ratones y de los
gatos) que bien lo había conquistado con sus honores, se dispuso a abrirle su
ánimo; y estando solos, dijo:
—Bruno, sabe Dios que no hay nadie por quien no hiciese yo
cualquier cosa que haría por ti: y por poco, si me dijeses que fuera andando de
aquí a Perétola, creo que iría; y por ello no quiero que te maravilles de lo
que familiarmente y humildemente y con confianza voy a pedirte. Como bien
sabes, no hace mucho que me hablaste de los modos de vuestra alegre compañía, a
la que me ha entrado tan gran deseo de pertenecer, que ninguna otra cosa he
deseado tanto. Y no está fuera de razón, como verás, que pertenezca, porque
desde ahora quiero que te burles de mí si no hago que venga allí la más hermosa
criatura que has visto hace mucho tiempo, que yo he visto el año pasado en
Cacavincigli
[SC316], a la que quiero todo el bien del mundo; y por el
cuerpo de Cristo que querría darle diez boloñeses
[SC317] gordos si me los consintiera, y no lo consiente. Y
por ello lo más que puedo te ruego que me enseñes lo que tengo que hacer para
poder entrar en ella, y que además hagas y obres de manera que entre; y en
verdad tendréis conmigo un buen y fiel compañero y honorable. Tú aquí mismo
puedes ver qué apuesto soy y cómo tengo las piernas bien plantadas, y que tengo
una cara que parece una rosa; y además de ello soy doctor en medicina, que no
creo que tengáis ninguno, y sé muchas buenas cosas y bellas cancioncillas, y
voy a decirte una —y de golpe se puso a cantar. Bruno tenía tan grande gana de
reír que no cabía en sí, pero se contuvo.
Y terminada la canción dijo el maestro:
—¿Qué te parece?
Dijo Bruno:
—Por cierto que con vos perderían las cítaras de saína
[SC318], tan ortogóticamente recancanilláis
[SC319].
Dijo el maestro:
—Digo que no lo habrías creído nunca si no me hubieseis
oído.
—Por cierto decís verdad —dijo Bruno.
Dijo el maestro:
—Muchas otras sé; pero dejemos ahora esto. Así como me
ves, mi padre fue hombre noble, aunque viviese en el campo, y también por parte
de madre he nacido de los de Vallecchio; y como has podido ver, tengo mejores
libros y mejores ropas que ningún médico en Florencia. A fe que tengo ropa que
costó, todas las cuentas echadas, cerca de cien liras de bagatines
[SC320], ya hace más de diez años. Por lo que lo más que
puedo te ruego que hagas que entre; y a fe que si lo haces, si te pones enfermo
alguna vez, nunca por mi oficio te cobraré un dinero.
Bruno, oyéndole, y pareciéndole, tal como otras veces ya
le había parecido, un babieca, dijo:
—Maestro, acercad un poco más la luz acá, y no os canséis
hasta que les haya pintado el rabo a estos ratones, y luego os responderé.
Terminados los rabos, Bruno, haciendo que mucho le pesaba
la petición, dijo:
—Maestro mío, grandes cosas son las que haríais por mí, y
yo lo sé; pero aun la que me pedís, aunque para la grandeza de vuestro cerebro
sea pequeña, para mí es grandísima, y no sé de nadie en el mundo por quien,
pudiendo yo, la hiciera si no la hiciese por vos, tanto porque os amo como es
debido cuanto por vuestras palabras, las cuales están condimentadas con tanto
buen juicio que quitarían las sandalias a las penitentes, no ya a mí mi
propósito; y cuanto más os trato más sabio me parecéis. Y os digo ahora que, si
otra cosa no me hiciera amaros, os amo tanto porque veo que estáis enamorado de
cosa tan bella como me habéis dicho. Pero sólo quiero deciros: en estas cosas
yo no tengo el poder que pensáis, y por ello no puedo hacer por vos lo que
necesitaría hacerse; pero si me prometéis por vuestra grande y cauterizada fe
guardarme el secreto, os diré el modo en que debéis obrar y me parece estar
seguro, teniendo vos tan buenos libros y las demás cosas que antes me habéis
dicho, que lo conseguiréis.
A quien el maestro dijo:
—Di con confianza. Veo que no me conoces bien y no sabes
todavía cómo sé guardar un secreto. Había pocas cosas que micer Guasparruolo de
Saliceto hiciese, cuando era juez del podestá de Forimpópoli, que no me las
comunicase, tan buen secretario me encontraba
[SC321]. ¿Y quieres saber si digo la verdad? Yo fui el
primer hombre a quien dijo que iba a casarse con Bergamina: ¡mira tú!
—Pues está muy bien —dijo Bruno— si ese tal se fiaba, bien
puedo fiarme yo. Lo que tenéis que hacer será esto: en nuestra compañía tenemos
siempre un capitán con dos consejeros, que de seis en seis meses cambian, y sin
falta Buffalmacco será capitán en las calendas, y así está establecido; y quien
es capitán mucho poder tiene para hacer entrar o hacer que entre quien él
quiera; y por ello me parece a mí que vos, lo antes que podáis, os hagáis amigo
de Buffalmacco y le honréis. Él es hombre que viéndoos tan sabio se enamorará
de vos incontinenti; y cuando le hayáis, con vuestro juicio y con estas cosas
buenas que tenéis, un poco ablandado, se lo podréis pedir: él no podrá decir
que no. Yo le he hablado ya de vos y os quiere lo más del mundo; y cuando
hayáis hecho esto, dejadme a mí con él.
Entonces dijo el maestro:
—Mucho me place lo que dices; y si él es hombre que se
deleite con los hombres sabios, y habla conmigo un poco, haré de manera que me
estará siempre buscando, porque tanto juicio tengo que podría abastecer a una
ciudad entera y seguir siendo sapientísimo.
Arreglado esto, Bruno le contó, por su orden, todo a
Buffalmacco; con lo que a Buffalmacco le parecían mil años lo que faltaba para
poder hacer lo que este maestro arrope andaba buscando. El médico, que
desmesuradamente deseaba ir de corsario, no cejó hasta que se hizo amigo de
Buffalmacco, lo que le fue fácil hacer, y comenzó a ofrecerle las mejores cenas
y los mejores almuerzos del mundo, y a Bruno junto con él, y se garapiñaban
como señores, probando bonísimos vinos y gordos capones y otras muchas cosas buenas,
no se le separaban; y sin esperar a que los invitase, diciendo siempre que con
ningún otro lo harían, se quedaban con él. Pero cuando pareció oportuno al
maestro, como había hecho con Bruno requirió a Buffalmacco; con lo que éste se
mostró muy enojado y le hizo a Bruno un gran alboroto, diciendo:
—Voto al alto Dios de Pasignano
[SC322] que me tengo en poco si no te doy tal en la cabeza
que te hunda la nariz hasta los calcañares, traidor, que nadie sino tú ha
podido manifestar estas cosas al maestro.
Pero el maestro lo excusaba mucho, diciendo y jurando que
lo había sabido por otro lado; y luego de muchas de sus sabias palabras, lo
pacificó. Buffalmacco, volviéndose al maestro, dijo:
—Maestro mío, bien se ve que habéis estado en Bolonia y
que a esta ciudad habéis traído la boca cerrada; y aún os digo más: que no
habéis aprendido el abecé en una manzana, como quieren hacer muchos necios,
sino que en un melón la aprendisteis bien, que es tan largo; y si no me engaño,
fuisteis bautizado en domingo
[SC323]. Y aunque Bruno me había dicho que habíais
estudiado allí medicina, me parece a mí que lo que aprendisteis fue a
domesticar a los hombres, lo que mejor que ningún hombre que yo haya visto
sabéis hacer con vuestro juicio y vuestras palabras.
El médico, cortándole la palabra en la boca, dijo a Bruno:
—¡Qué cosa es hablar y tratar con los sabios! ¿Quién
habría tan pronto comprendido todas las particularidades de mi sentimiento como
lo ha hecho este hombre de valer? Tú no te enteraste tan pronto de lo que yo
valía como ha hecho él; pero al menos di lo que te dije yo cuando me dijiste
que Buffalmacco se deleitaba con los hombres sabios: ¿te parece que lo he
conseguido?
Dijo Bruno:
—¡Aun mejor!
Entonces el maestro dijo a Buffalmacco:
—Otra cosa hubieras dicho si me hubieses visto en Bolonia,
donde no había ninguno, grande ni pequeño, ni doctor ni escolar, que no me
amase lo más del mundo, tanto podían aprender con mi razonar y con mi
sabiduría. Y te digo más, que nunca dije palabra que no hiciese reír a todos,
tanto les agradaba; y cuando me fui de allí todos lloraron el mayor llanto del
mundo, y todos querían que me quedase, y a tanto llegó la cosa para que me
quedase que quisieron dejarme a mí solo para que leyese, a cuantos escolares
allí había, la medicina, pero no quise porque estaba dispuesto a venirme aquí a
recibir la grandísima herencia que aquí tenía que ha sido siempre de los de mi
familia; y así lo hice.
Dijo entonces Bruno a Buffalmacco:
—¿Qué te parece? No me lo creías cuando te lo decía. ¡Por
el Evangelio, no hay en esta ciudad médico que entienda de orina de asno como
éste, y ciertamente no encontrarías otro de aquí a París! ¡Vete y cuídate de
ahora en adelante de no hacer lo que dice!
Dijo el médico:
—Bruno dice verdad, pero aquí no soy estimado. Vosotros
sois más bien gente ruda, pero querría que me vieseis entre los doctores como
suelo estar.
Entonces dijo Buffalmacco:
—Verdaderamente, maestro, sabéis mucho más de lo que yo
habría creído, y hablándoos como debe hablarse a sabios como lo sois Vos,
faramalladamente
[SC324] os digo que conseguiré sin falta que seáis de
nuestra compañía.
Los honores hechos por el médico a éstos después de esta
promesa se multiplicaron; por lo que ellos, divirtiéndose, le hacían comulgar
con las mayores necedades del mundo, y prometieron darle por mujer a la condesa
Civillari
[SC325], que era la cosa más hermosa que podía encontrarse
en todas las culeras de la generación humana. Preguntó el médico quién era esta
condesa; al cual dijo Buffalmacco:
—Gran pepino mío
[SC326], es una gran señora y pocos casos hay en el mundo
en los que ella no tenga una gran jurisdicción; y no digo otros, sino hasta los
frailes menores con repique de atabales le rinden tributo
[SC327]. Y suele decirse que cuando anda por la calle bien
se hace sentir por muy encerrada que vaya; y no hace mucho que os pasó por
delante de la puerta una noche que iba al Arno a lavarse los pies y para tomar
un poco el aire; pero su más continua habitación es Laterina
[SC328]. Muchos de sus sargentos van por ahí de guardia, y
todos, para mostrar su señorío, llevan la vara y la bola
[SC329]. Por todas partes se ven a sus barones, como
Tamañin de la Puerta
[SC330], don Boñiga, Mango de la Escoba, Diarrea y otros,
los cuales creo que son conocidos vuestros, pero ahora no os acordáis. A tan
gran señora, pues (dejando a un lado a la de Cacavincigli), si el pensamiento
no nos engaña, pondremos en vuestros dulces brazos.
El médico, que había nacido y crecido en Bolonia, no
entendía los vocablos de éstos, por lo que con aquello de la mujer se tuvo por
contento; y no mucho después de estas historias le dijeron los pintores que
había sido admitido. Y llegado el día cuya noche siguiente debían reunirse, el
maestro les invitó a los dos a almorzar, y cuando hubieron almorzado, les
preguntó el modo que tenía que seguir para entrar en aquella compañía. Al cual
Buffalmacco dijo:
—Mirad, maestro, a vos os conviene encontrar la manera de
estar esta noche a la hora del primer sueño sobre uno de esos sepulcros altos
que hace poco tiempo han puesto fuera de Santa María la Nueva
[SC331], con uno de vuestros trajes mejores puesto para
que comparezcáis por primera vez honorablemente ante la compañía; y también
porque, por lo que se ha dicho (que nosotros no hemos estado allí) como sois
noble, la condesa entiende haceros caballero bañado
[SC332] a su costa, y allí esperad hasta tanto que vaya a
por vos quien mandemos. Y para que estéis informado de todo vendrá a por vos
una bestia negra y cornuda no muy grande, e irá haciendo por la plaza, delante
de vos, gran soplar y gran saltar para espantaros; pero luego, cuando vea que
no os espantáis, se os acercará despacio; y cuando esté a vuestro lado, vos,
entonces, sin ningún miedo bajaos del sepulcro, y sin acordaros de Dios ni de
los santos, saltad encima, y en cuanto estéis acomodado encima, a modo de hacer
cortesía, poneos las manos sobre el pecho sin más tocar a la bestia. Ella
entonces se moverá suavemente y os traerá a nosotros; pero desde ahora os digo
que si os acordáis de Dios o los santos, o si sentís miedo, podrá arrojaros o
golpearos en algún lugar que lo sentiríais; y por ello, si os da el corazón que
vais a sentir temor no vengáis, que os haréis daño a vos sin hacernos a
nosotros ningún favor.
Entonces dijo el médico:
—No me conocéis aún: miráis tal vez que llevo puestos
guantes y ropas largas. Si supierais lo que he hecho yo de noche en Bolonia,
cuando a veces iba de mujeres con mis compañeros os maravillaríais. A fe que
hubo una noche, no queriendo una venir con nosotros (y era una desgraciadilla,
lo que es peor, que no levantaba un palmo del suelo) y le di primero muchos
puñetazos, luego, cogiéndola en vilo creo que la llevaría, así como un tiro de
ballesta y en fin, hice de manera que tuvo que venirse con nosotros. Y otra vez
me acuerdo de que, sin estar conmigo más que un criado, allá un poco después
del avemaría pasé junto al cementerio de los frailes menores: y aquel mismo día
habían enterrado allí a una mujer y no sentí ningún miedo; así que no
desconfiéis de mí, que soy muy valiente y sin miedo. Y os digo que, para estar
bien honorable, me pondré la toga escarlata con la que me doctoré, y veréis si
la compañía se alegra cuando me vea y si me hacen enseguida capitán. Ya veréis
cómo va el negocio cuando haya estado yo allí si sin haberme visto esa condesa
quiere ya hacerme caballero bañado, tanto se ha enamorado de mí, ¿y es que la
caballería me sentará mal?, ¿y la sabré llevar tan mal, o bien? Dejadme hacer a
mí.
Buffalmacco dijo:
—Muy bien decís; pero cuidad de no burlarnos y no venir
allí, o que no os encuentren en el lugar cuando mandemos a por vos; y os digo
esto porque hace frío y vosotros los señores médicos os guardáis mucho de él.
—¡No quiera Dios! —dijo el médico—. Yo no soy de esos
frioleros, no me preocupa el frío; pocas veces hay que me levante de noche para
hacer de cuerpo, como hay que hacer a veces, y me ponga más de una pelliza
sobre el jubón; y por ello, con seguridad estaré allí.
Yéndose, pues, éstos, cuando se iba haciendo de noche, el
maestro encontró excusas en su casa, para decirle a su mujer; y llevándose
ocultamente su bella toga, cuando le pareció oportuno, poniéndosela encima, se
subió a uno de los dichos sepulcros; y encogido sobre aquellos mármoles, siendo
grande el frío, comenzó a esperar a la bestia. Buffalmacco, que era grande y
robusto de persona, encargó una de esas máscaras que suelen usarse en algunos
juegos que hoy no se hacen
[SC333], y se puso encima una pelliza negra del revés, y
se la puso de tal manera que parecía un oso, a no ser que la máscara tenía el
rostro del diablo y era cornuda. Y así preparado, viniendo Bruno detrás para
ver cómo iba el asunto, se fue a la plaza nueva de Santa María la Nueva; y
cuando se dio cuenta de que el señor médico estaba allí, empezó a brincar de
tal manera y a dar tales saltos grandísimos por la plaza y a resoplar y a
gritar y a chillar de guisa que parecía endemoniado. Al cual, como el maestro
sintió y vio, todos los pelos se le pusieron de punta, y comenzó a temblar todo
él como quien era más miedoso que una hembra, y hubo un momento en que hubiese
querido más estar en su casa que allí; pero, sin embargo, puesto que había ido
allí, se esforzó en tener valor, pues tanto podía el deseo de llegar a ver las
maravillas contadas por aquéllos. Pero después de que Buffalmacco hubo
diableado un tanto, como se ha dicho, pareciendo que se tranquilizaba se acercó
al sepulcro sobre el que estaba el maestro y se quedó quieto. El maestro, como
quien todo temblaba de miedo, no sabía qué hacerse, si montar encima o
quedarse. Por último, temiendo que le hiciera daño si no se subía, con el
segundo miedo venció el primero y, bajando del sepulcro diciendo en voz baja:
«¡Dios me asista!», se subió encima, y se dispuso muy bien; y siempre temblando
cruzó los brazos en forma cortés como le habían dicho. Entonces Buffalmacco
comenzó a enderezarse despacio hacia Santa María de la Scala, y yendo a cuatro
patas lo llevó hasta las señoras de Rípoli
[SC334]. Estaban entonces por aquel barrio los fosos donde
los labradores de aquellos campos hacían echar a la condesa de Civillari para
abonar sus campos; a los cuales, cuando Buffalmacco se acercó, acercándose a la
boca de uno y buscando el momento oportuno, poniendo una mano bajo uno de los
pies del médico y con ella levantándolo en vilo, de un empujón lo tiró de
cabeza allí y comenzó a gruñir mucho y a saltar y a parecer endemoniado, y por
Santa María de la Scala se fue hacia el prado de Ognisanti, donde se encontró
con Bruno que, por no poder contener la risa, se había escapado; y haciéndose
fiestas el uno al otro, se pusieron a mirar desde lejos lo que hacía el médico
rebozado. El señor médico, al sentirse en aquel lugar tan abominable, se
esforzó en levantarse y en intentar salir, y ora aquí, ora allí volviendo a
caer, todo rebozado de pies a cabeza, doloroso y desdichado, habiéndose tragado
algunos gramos, pudo salir fuera, y dejó allí el capuchón; y desempastándose
con las manos como mejor podía, no sabiendo qué otra cosa hacer, se volvió a su
casa y tanto llamó que le abrieron. Y no acababa de entrar así de hediondo
cerrándose la puerta de nuevo, cuando Bruno y Buffalmacco estaban allí para oír
cómo era acogido el maestro por su mujer; y estando escuchando oyeron a la
mujer decirle los mayores insultos que nunca se han dicho a un desgraciado,
diciendo:
—¡Ah, qué bien te está! Te has ido con cualquiera otra y
querías aparecer muy honorable con la toga escarlata. ¿Pues no te bastaba yo?
Hermano, yo sería suficiente a un barrio entero, no ya a ti. ¡Ah, si como te
tiraron allí donde eras digno de que te tirasen, te hubieran ahogado! ¡Aquí
está el médico honrado, tiene mujer y anda por la noche tras las mujeres
ajenas!
Y con estas y con otras muchas palabras, haciéndose el
médico lavar todo entero, hasta la medianoche no calló su mujer de
atormentarlo. Después, a la mañana siguiente, Bruno y Buffalmacco, habiéndose
pintado todo el cuerpo bajo las ropas de cardenales como los que suelen hacer
los golpes, vinieron a casa del médico y lo encontraron ya levantado; y,
entrando a verle, sintieron que todas las cosas hedían, que todavía no se había
podido limpiar todo de manera que no hediese. Y oyéndolos venir el médico, salió
a su encuentro diciéndoles que Dios les diese buenos días; al cual Bruno y
Buffalmacco, como habían acordado, respondieron con airado gesto:
—Esto no os lo decimos nosotros, sino que rogamos a Dios
que os dé tan mala ventura que seáis muerto a espada, como el mayor desleal y
el mayor traidor vivo, porque por vos no ha quedado (queriendo nosotros
honraros y daros gusto) que no hayamos sido muertos como perros. Y por vuestra
deslealtad nos han dado tantos golpes esta noche que con menos andaría un burro
hasta Roma; sin contar con que hemos estado en peligro de ser echados de la
compañía en la que habíamos arreglado que os recibiesen. Y si no nos creéis,
mirad nuestras carnes cómo están.
Y a una luz macilenta que allí había abriéndose las ropas,
le mostraron los pechos todos pintados y se los taparon sin tardanza. El médico
quería excusarse y hablar de sus desgracias y de cómo y dónde lo habían
arrojado; al cual Buffalmacco dijo:
—Yo querría que os hubiesen tirado al Arno desde el
puente; ¿por qué invocasteis a Dios o los santos?, ¿no os lo habíamos dicho
antes?
Dijo el médico que a fe no se acordaba.
—¡Cómo! —dijo Buffalmacco—, ¿no os acordáis? Bien los
invocabais, que nos dijo nuestro mensajero que temblabais como una vara y que
no sabíais dónde estabais. Pues vos bien nos la habéis jugado, pero jamás nos
la jugará nadie; y a vos os daremos vuestro merecido.
El médico comenzó a pedirles por Dios que no lo difamaran,
y con las mejores palabras que pudo se ingenió en calmarlos; y por miedo de que
su vergüenza descubriesen si hasta entonces los había honrado, mucho más los
honró y regaló con convites y otras cosas de allí en adelante. Así pues, como
habéis oído, se enseña a quien tanto no aprendió en Bolonia.
NOVELA DÉCIMA
Una siciliana quita arteramente a un mercader lo que éste
ha llevado a Palermo, el cual, fingiendo haber vuelto con mucha más mercancía
que la primera vez, tomando de ella dineros prestados, le deja agua y borra
[SC335] .
Cuánto hizo reír a las señoras la historia de la reina en
distintas ocasiones, no hay que preguntarlo: no había ninguna allí a quien la
incontenible risa no le hubiese hecho venir a los ojos las lágrimas doce veces.
Pero luego que ella terminó, Dioneo, que sabía que a él le tocaba el turno,
dijo:
Graciosas señoras, manifiesta cosa es que tanto más gustan
las artimañas cuanto a artífice más apurado artificiosamente burlan. Y por
ello, aunque hermosísimas cosas todas hayáis contado, entiendo yo contaros una
que tanto más que algunas de las contadas deba agradar cuanto que quien en ella
fue burlada era mayor maestra en burlar a otros que fue ninguno de aquellos o
de aquellas de quienes habéis contado que fueron burlados.
Solía haber (y tal vez todavía la hay hoy) en todas las
ciudades marinas que tienen puerto, la costumbre de que todos los mercaderes
que llegan a ellas con sus mercancías, al descargarlas, todas las llevan a un
almacén al que en muchos lugares llaman aduana, que es del ayuntamiento o del
señor de la ciudad; y allí, dando a aquellos que están a su cargo, por escrito,
toda la mercancía y el precio de ésta, es dado por los dichos al mercader una
bodega en la cual pone su mercancía y la cierra con llave; y los dichos
aduaneros luego escriben en el libro de la aduana a cuenta del mercader toda su
mercancía, haciéndose luego pagar sus derechos por el mercader o de toda o de
parte de la mercancía que éste saque de la aduana. Y por este libro de la
aduana muchas veces se informan los corredores de la calidad y la cantidad de
las mercancías que hay allí, y también están allí los mercaderes que las
tienen, con quienes después ellos, según les viene a mano, hablan de los
cambios, los trueques, y de las ventas y de otros asuntos. La cual costumbre,
como en muchos otros lugares, la había en Palermo de Sicilia; donde también
había, y todavía hay, muchas mujeres de hermosísimo cuerpo pero enemigas de la
honestidad, las cuales, por quienes no las conocen serían y son tenidas por
grandes y honestísimas damas. Y estando dedicadas por completo no a rasurar
sino a desollar a los hombres, en cuánto ven a un mercader forastero allí, en
el libro de la aduana se informan de lo que tiene y de cuanto puede ganar, y
luego con sus placenteros y amorosos actos y con palabras dulcísimas se
ingenian en seducir y en atraer su amor; y ya a muchos han atraído a quienes
buena parte de sus mercancías han quitado de las manos, y a bastantes toda
ella; y de ellos ha habido quienes no sólo la mercancía, sino también el navío
y las carnes y los huesos les han dejado, tan suavemente la barbera ha sabido
pasarles la navaja. Ahora bien, no hace mucho tiempo sucedió que aquí, mandado
por sus maestros, llegó uno de nuestros jóvenes florentinos llamado Niccolo de
Cignano, aunque Salabaetto fuese llamado, con tantas piezas de paño de lana que
le habían entregado en la feria de Salerno que podían valer unos quinientos
florines de oro; y entregando la tasa de ellos a los aduaneros, los metió en
una bodega, y sin mostrar mucha prisa en despacharlos, comenzó a irse algunas
veces de diversión por la ciudad. Y siendo él blanco y rubio y muy apuesto, y
de muy gentil talle, sucedió que una de estas mujeres barberas, que se hacía
llamar madama Iancofiore, habiendo algo oído de sus asuntos, le puso los ojos
encima; de lo que apercibiéndose él, estimando que ella era una gran señora,
pensó que por su hermosura le agradaba, y pensó en llevar muy cautamente este
amor; y sin decir cosa alguna a nadie, comenzó a pasear por delante de la casa
de aquélla. La cual, apercibiéndose, luego de que un tanto le hubo bien
inflamado con sus miradas, mostrando que se consumía por él, secretamente le
mandó una mujer de su servicio que óptimamente conocía el arte de la picardía,
la cual, casi con las lágrimas en los ojos, luego de muchas historias, le dijo
que con su hermosura y su amabilidad había conquistado a su señora de tal
manera que no encontraba reposo ni de día ni de noche; y por ello, cuando le
pluguiese, deseaba más que otra cosa poder encontrarse con él secretamente en
un baño; y después de esto, sacando un anillo de la bolsa, de parte de su
señora se lo dio. Salabaetto, al oír esto fue el hombre más alegre que nunca
hubo; y cogiendo el anillo y frotándose con él los ojos y luego besándolo, se
lo puso en el dedo y repuso a la buena mujer que, si madama Iancofiore le
amaba, que estaba bien retribuida porque él la amaba más que a su vida propia,
y que estaba dispuesto a ir donde a ella le fuese grato y a cualquier hora.
Vuelta, pues, la mensajera a su señora con esta respuesta, a Salabaetto le
dijeron enseguida en qué baño al día siguiente, después de vísperas, debía
esperarla; el cual, sin decir nada a nadie, prontamente a la hora ordenada allí
se fue, y encontró que la sala de baños había sido alquilada por la señora. Y
casi acababa de entrar en ella cuando aparecieron dos esclavas cargadas de
cosas: la una llevaba sobre la cabeza un grande y hermoso colchón de guata y la
otra un grandísimo cesto lleno de cosas; y extendiendo este colchón sobre un
catre en una alcoba de la sala, pusieron encima un par de sábanas sutilísimas
listadas de seda y luego un cobertor de blanquísimo cendal de Chipre con dos
almohadones bordados a maravilla; y después de esto, desnudándose y entrando en
el baño, lo lavaron y barrieron óptimamente. Y poco después la señora, seguida
por otras dos esclavas, vino al baño; donde ella, en cuanto pudo, hizo grandes
fiestas a Salabaetto, y luego de los mayores suspiros del mundo, después de que
mucho lo hubo abrazado y besado, le dijo:
—No sé quién hubiera podido traerme a esto más que tú; que
me has puesto fuego al arma, chiquillo toscano.
Después de esto, cuando ella quiso, los dos desnudos
entraron en el baño, y con ellos dos de las esclavas. Allí, sin dejar que nadie
más le pusiera la mano encima, ella misma con jabón almizclado y con uno
perfumado con clavo, maravillosamente y bien lavó por completo a Salabaetto, y
luego se hizo lavar y refregar por sus esclavas. Y hecho esto, trajeron las
esclavas dos sábanas blanquísimas y sutiles de las que salía tan grande olor a
rosas que todo lo que había parecía rosas; y una le envolvió en una a Salabaetto
y la otra en la otra a la señora, y cogiéndolos en brazos a los dos llevaron a
la cama preparada. Y allí, luego que hubieron dejado de sudar, quitándoles las
esclavas aquellas sábanas, se quedaron desnudos sobre las otras. Y sacando del
cesto pomos de plata bellísimos y llenos cuál de agua de rosas, cuál de agua de
azahar, cuál de agua de flor de jazmines y cuál de aguanafa, todas aquellas
aguas derramaron; y luego, sacando cajas de dulces y preciadísimos vinos, un
tanto se confortaron. A Salabaetto le parecía estar en el paraíso; y mil veces
había mirado a aquélla, que con certeza era hermosísima, y cien años le parecía
cada hora para que las esclavas se fuesen y poder encontrarse en sus brazos.
Las cuales, después de que, por mandato de la señora, dejando una antorcha
encendida en la alcoba, se fueron de allí, ésta abrazó a Salabaetto y él a
ella; y con grandísimo placer de Salabaetto, a quien parecía que se derretía
por él, estuvieron una larga hora. Pero después de que a la señora le pareció tiempo
de levantarse, haciendo venir las esclavas, se vistieron, y de nuevo bebiendo y
comiendo dulces se reconfortaron un poco, y habiéndose lavado el rostro y las
manos con aquellas aguas odoríferas, y queriendo irse, dijo la señora a
Salabaetto:
—Si te agradase, me parecería un favor grandísimo que esta
noche vinieras a cenar conmigo y a dormir.
Salabaetto, que ya de la hermosura y de las amables
artimañas de ella estaba preso, creyendo firmemente que era para ella como el
corazón del cuerpo amado, repuso:
—Señora, todo vuestro gusto me es sumamente grato, y por
ello tanto esta noche como siempre entiendo hacer lo que os plazca y lo que por
vos me sea ordenado.
Volviéndose, pues, la señora a casa, y haciendo bien
adornar su alcoba con sus ropas y sus enseres, y haciendo preparar de cenar
espléndidamente, esperó a Salabaetto; el cual, cuando se hizo algo oscuro, allá
se fue, y alegremente recibido, con gran fiesta y bien servido cenó con la
señora. Después, entrando en la alcoba, sintió allí un maravilloso olor de
madera de áloe y vio la cama adornadísima con pajarillos de Chipre, y muchas
buenas ropas colgando de las vigas; las cuales cosas, todas juntas y cada una
por sí sola le hicieron pensar que debía ser aquélla una grande y rica señora;
y por mucho que hubiese oído hablar sobre su vida y sus costumbres, no quería
creerlo por nada del mundo, y si llegaba a creer algo en que a alguno hubiese
burlado, por nada del mundo podía creer que esto pudiese pasarle a él. Con
grandísimo placer se acostó aquella noche con ella, inflamándose más cada vez.
Venida la mañana, le ciñó ella un hermoso y elegante cinturón de plata con una
bella bolsa, y le dijo así:
—Dulce Salabaetto mío, me encomiendo a ti; y así como mi
persona está a tu disposición, así está todo lo que hay, y lo que yo puedo, a
lo que gustes mandar.
Salabaetto, contento, besándola y abrazándola, salió de su
casa y fue a donde acostumbraban estar los demás mercaderes. Y yendo una vez y
otra con ella sin que le costase nada, y enviscándose cada día más, sucedió que
vendió sus paños al contante y con buenas ganancias; lo que la buena mujer no
por él, sino por otros supo incontinenti. Y habiendo ido Salabaetto a su casa
una tarde, comenzó ella a bromear y a retozar con él, y a besarlo y a
abrazarlo, mostrándose tan inflamada de amor que parecía que iba a morírsele en
los brazos; y quería darle dos bellísimas copas de plata que tenía, las cuales
Salabaetto no quería coger, como quien entre unas veces y otras bien había
recibido de ella lo que valdría sus treinta florines de oro sin haber podido
hacer que ella recibiera de él nada que llegase a valer un grueso. Al final,
habiéndole bien inflamado con el mostrarse inflamada y desprendida, una de sus
esclavas, tal como ella lo había preparado, la llamó; por lo que ella, saliendo
de la alcoba y estando fuera un poco, volvió dentro llorando, y echándose sobre
la cama boca abajo, comenzó a lanzar los mas dolorosos lamentos que jamás
lanzase mujer alguna. Salabaetto maravillándose, la cogió en brazos y comenzó a
llorar con ella y a decirle:
—¡Ah!, corazón de mi cuerpo, ¿qué tenéis tan de repente?,
¿cuál es la razón de este dolor? ¡Ah, decídmelo, alma mía!
Luego de que la mujer se hubo hecho rogar bastante, dijo:
—¡Ay, dulce señor mío! No sé qué hacer ni qué decir. Acabo
de recibir cartas de Mesina, y me escribe mi hermano que, aunque debiese vender
y empeñar todo lo que tengo, que sin falta le mande antes de ocho días mil
florines de oro y que si no le cortarán la cabeza; y yo no sé qué puedo hacer
para poder tenerlos tan rápidamente; que, si tuviese al menos quince días de
tiempo, encontraría el modo de proveerme de ellos de un lugar donde debo tener
muchos más, o vendería algunas de nuestras posesiones; pero no pudiendo,
querría estar muerta antes de que me llegase aquella mala noticia.
Y dicho esto, mostrándose grandemente atribulada, no
dejaba de llorar. Salabaetto, a quien las amorosas llamas habían quitado gran
parte del debido conocimiento, creyendo aquellas lágrimas veracísimas y las
palabras de amor más verdaderas, dijo:
—Señora, yo no podré ofreceros mil, pero sí quinientos
florines de oro, si creéis podérmelos devolver de aquí a quince días; y vuestra
ventura es que precisamente ayer vendí mis paños: que, si no fuese así, no
podría prestaros ni un grueso.
—¡Ay! —dijo la mujer—, ¿así que has sufrido incomodidad de
dinero? ¿Por qué no me lo pedías? Porque si no tenía mil sí tenía ciento y
hasta doscientos para darte; me has quitado el valor para aceptar el servicio
que me ofreces.
Salabaetto, mucho más que apresado por estas palabras,
dijo:
—Señora, por eso no quiero que lo dejéis; que si tanto los
hubiese necesitado como los necesitáis vos, bien os los habría pedido.
—¡Ay! —dijo la señora—, Salabaetto mío, bien sé que tu
amor por mí es verdadero y perfecto cuando, sin esperar a que te lo pidiese,
con tan gran cantidad de dinero espontáneamente me provees en tal necesidad. Y
con certeza era yo toda tuya sin esto, y con esto lo seré mucho mayormente; y
nunca dejaré de agradecerte la cabeza de mi hermano. Pero sabe Dios que de mala
gana la tomo considerando que eres mercader y que los mercaderes necesitan el
dinero para sus negocios; pero como me aprieta la necesidad y tengo firme
esperanza de devolvértelo pronto, lo cogeré, y por lo que falta, si otro modo
más rápido no encuentro, empeñaré todas estas cosas mías.
Y dicho esto, derramando lágrimas, sobre el rostro de
Salabaetto se dejó caer. Salabaetto comenzó a consolarla; y pasando la noche
con ella, para mostrarse bien magnánimamente su servidor, sin esperar a que se
lo pidiese le llevó quinientos buenos florines de oro, los cuales ella, riendo
con el corazón y llorando con los ojos tomó, contentándose Salabaetto con una
simple promesa suya. En cuanto la mujer tuvo los dineros empezaron a mudar las
indicciones; y cuando antes la visita a la mujer era libre todas las veces que
a Salabaetto le agradaba, empezaron a aparecer razones por las cuales de siete
veces le sucedía no poder entrar ni una, ni le ponían la cara ni le hacían las
caricias ni las fiestas que antes. Y pasado en un mes y en dos el plazo (no ya
llegado) en que sus dineros debían serle devueltos, al pedirlos le daban
palabras en pago; por lo que, percatándose Salabaetto del engaño de la malvada
mujer y de su poco juicio, y conociendo que de aquello nada que pudiese serle
provechoso podía decir, como quien no tenía de ello escritura ni testimonio, y
avergonzándose de lamentarse con nadie, tanto porque le habían prevenido antes
como por las burlas que merecidamente por su brutalidad le vendrían de ello,
sobremanera doliente, consigo mismo lloraba su necedad. Y habiendo recibido
muchas cartas de sus maestros para que cambiase aquellos dineros y se los
mandase, para que, por hacerlo no fuese descubierta su culpa, deliberó irse, y
montándose en un barquito, no a Pisa como debía, sino a Nápoles se vino. Estaba
allí en aquel tiempo nuestro compadre Pietro del Canigiano
[SC336], tesorero de madama la emperatriz de
Constantinopla, hombre de gran talento y sutil ingenio, grandísimo amigo de
Salabaetto y de los suyos; con el cual, como persona discretísima, lamentándose
Salabaetto luego de algunos días, le contó lo que había hecho y su desdichada
aventura, y le pidió ayuda y consejo para poder allí ganarse la vida afirmando
que nunca entendía volver a Florencia. Canigiano, entristecido por estas cosas,
dijo:
—Mal has hecho, mal te has portado, mal has obedecido a
tus maestros, demasiado dinero de un golpe has gastado en molicies; pero ¿qué?
Está hecho, y hay que pensar en otra cosa.
Y como hombre avisado prestamente hubo pensado lo que
había que hacer y se lo dijo a Salabaetto; al cual, gustándole el plan, se
lanzó a la aventura de seguirlo. Y teniendo algún dinero y habiéndole prestado
Canigiano un poco, mandó hacer varios embalajes bien atados y bien ligados, y
comprar veinte toneles de aceite y llenarlos, y cargando con todo ello se
volvió a Palermo; y entregando la relación de los embalajes a los aduaneros y
semejantemente la de los toneles, y haciendo anotar todas las cosas a su cuenta,
las metió en las bodegas, diciendo que hasta que otra mercancía que estaba
esperando no llegase no quería tocar aquélla. Iancofiore, habiéndose enterado
de esto y oyendo que valía bien dos mil florines de oro o más, aquello que al
presente había traído, sin contar lo que esperaba, que valía más de tres mil,
pareciéndole que había apuntado a poco, pensó en restituirle los quinientos
para poder tener la mayor parte de los cinco mil; y mandó a buscarle.
Salabaetto, ya con malicia, allí fue; al cual ella, fingiendo no saber nada de
lo que había traído, hizo maravillosa acogida, y dijo:
—Aquí tienes, si te habías enojado conmigo porque no te
devolví en el plazo preciso tu dinero...
Salabaetto se echó a reír y dijo:
—Señora, en verdad me desagradó un poco, como que me
hubiese arrancado el corazón para dároslo si creyese que os habría complacido
con ello; pero quiero que sepáis lo enojado que estoy con vos. Es tanto y tal
el amor que os tengo que he hecho vender la mayor parte de mis posesiones, y
ahora he traído aquí tanta mercancía que vale más de dos mil florines, y espero
de Occidente tanta que valdrá más de tres mil, y quiero hacer en esta ciudad un
almacén y quedarme aquí para estar siempre cerca de vos, pareciéndome que estoy
mejor con vuestro amor que creo que nadie pueda estar con el suyo.
A quien la mujer dijo:
—Mira, Salabaetto, todo este arreglo tuyo me place mucho,
como de quien amo más que a mi vida, y me place mucho que hayas vuelto con
intención de quedarte porque espero pasar todavía muchos buenos ratos contigo;
pero quiero excusarme un poco porque, en aquellos tiempos en que te fuiste
algunas veces quisiste venir y no pudiste, y algunas viniste y no fuiste tan
alegremente recibido como solías, y además de esto, de que en el plazo
convenido no te devolví tu dinero. Debes saber que entonces estaba yo en grandísima
aflicción; y quien está en tal estado, por mucho que ame a otro no le puede
poner tan buena cara ni atender aun a él como quisiera; y además debes saber
que es muy penoso a una mujer poder encontrar mil florines de oro, y todos los
días le dicen mentiras y no se cumple lo que se ha prometido, y por esto
necesitamos también nosotras mentir a los demás; y de ahí viene, y no de otro
defecto, que yo no te devolviese tu dinero. Pero lo tuve poco después de tu
partida y si hubiera sabido dónde mandártelo ten por cierto que te lo habría
hecho mandar; pero como no lo supe, te lo he guardado.
Y haciéndose traer una bolsa donde estaban aquellos mismos
que él le había dado, se la puso en la mano y dijo:
—Cuenta si son quinientos.
Salabaetto nunca se sintió tan contento, y contándolos y
viendo que eran quinientos, y volviéndolos a guardar, dijo:
—Señora, sé que decís verdad, pero bastante habéis hecho;
y os digo que por ello y por el amor que os tengo nunca solicitaríais de mí
para cualquiera necesidad vuestra una cantidad que pudiese yo dar que no os la
diera; y en cuanto me haya establecido podréis probarme en ello.
Y de esta guisa restablecido con ella el amor en palabras,
comenzó de nuevo Salabaetto a frecuentarla galantemente, y ella a darle los
mayores gustos y hacerle los mayores honores del mundo, y mostrarle el mayor
amor. Pero Salabaetto, queriendo con su engaño castigar el engaño que ella le
había hecho, habiéndole ella invitado un día para que fuese a cenar y a dormir
con ella, fue tan melancólico y tan triste que parecía que quisiera morirse.
Iancofiore, abrazándolo y besándolo, comenzó a preguntarle que por qué tenía
aquella melancolía. Él, luego de que un buen rato se había hecho rogar, dijo:
—Estoy arruinado, porque el barco en que está la mercancía
que yo esperaba ha sido apresado por los corsarios de Mónaco y para rescatarlo
se necesitan diez mil florines de oro, de los cuales yo tengo que pagar mil; y
no tengo un dinero porque los quinientos que me devolviste los mandé
incontinenti a Nápoles para invertirlos en telas que traer aquí. Y si quisiera
ahora vender la mercancía que tengo aquí, como no es la temporada apenas me
darán un dinero por dos géneros; y todavía no soy aquí lo bastante conocido
para que encuentre quien me preste, y por ello no sé qué decir ni qué hacer; y
si no mando pronto los dineros me llevarán a Mónaco la mercancía y nunca más la
recuperaré.
La mujer, muy contrariada por esto, como a quien le
parecía perder todo, pensando qué podía ella hacer para que no fuese a Mónaco,
dijo:
—Dios sabe lo que me duele por amor tuyo; ¿pero de qué
sirve atribularse tanto? Si yo tuviese esos dineros sabe Dios que te los
prestaría incontinenti, pero no los tengo; es verdad que hay una persona que
hace tiempo me proveyó de quinientos que me faltaban, pero con fuerte usura,
que no quiere menos de a razón de treinta por cien; si de esa tal persona los
quisieras, necesitarías de garantía un buen empeño; y en cuanto a mí yo estoy
dispuesta a empeñar todas estas ropas y mi persona por cuanto quieran prestarme,
para poder servirte, pero el remanente, ¿cómo lo asegurarías?
Vio Salabaetto la razón que movía a ésta a hacerle tal
servicio y se percató de que de ella debían ser los dineros prestados; lo que,
placiéndole, primero se lo agradeció y luego dijo que ya por grueso interés no
lo dejaría, pues le apretaba la necesidad; y luego dijo que lo aseguraría con
la mercancía que tenía en la aduana, haciéndola escribir a nombre de quien el
dinero le prestase, pero que quería conservar la llave de la bodega, tanto para
poder mostrar su mercancía si se lo pedían como para que nada le pudiera ser
tocado ni permutado ni cambiado. La mujer dijo que esto estaba bien dicho y era
muy buena garantía; y por ello, al venir el día mandó a buscar a un corredor de
quien se fiaba mucho y hablando con él sobre este asunto le dio mil florines de
oro, los cuales el corredor prestó a Salabaetto, e hizo inscribir a su nombre
lo que Salabaetto tenía dentro, y habiendo hecho sus escrituras y
contraescrituras juntos, y quedando en concordia, se fueron a sus demás
asuntos. Salabaetto, lo antes que pudo, subiendo a un barquito, con mil
quinientos florines de oro se fue a ver a Pietro del Canigiano a Nápoles, y
desde allí les mandó una fiel y completa cuenta a Florencia a sus maestros, los
que le habían enviado con los paños; y pagando a Pietro y a cualquiera otro a
quien debiese algo, muchos días con Canigiano lo pasó bien con el engaño hecho
a la siciliana; después, de allí, no queriendo ya ser mercader, se vino a
Ferrara. Iancofiore, no encontrando a Salabaetto en Palermo empezó a asombrarse
y entró en sospechas; y luego de que le hubo esperado unos buenos dos meses,
viendo que no venía, hizo que el corredor mandase desclavar las bodegas. Y
primeramente examinando los toneles que se creía que estaban llenos de aceite,
encontró que estaban llenos de agua del mar, habiendo en cada uno como un
barril de aceite encima, junto a la boca; luego, desatando los embalajes, todos
menos dos, que eran paños, llenos los encontró de borra; y en breve, entre todo
lo que había no valía más de doscientos florines; por lo que Iancofiore,
sintiéndose burlada, largamente lloró los quinientos florines devueltos y mucho
más los mil prestados, diciendo muchas veces:
—Quien trata con toscano no puede ser cegato.
Y así, quedándose con la pérdida y las burlas, se encontró
con que tan listos eran el uno como el otro.
Al terminar Dioneo su novela, Laureta, conociendo que
había llegado el límite más allá del cual reinar no podía, alabados los
consejos de Pietro Canigiano, que por sus efectos se habían visto ser buenos, y
la sagacidad de Salabaetto, que no fue menor al ponerlo en obra, quitándose de
la cabeza el laurel lo puso en la cabeza de Emilia, señorilmente diciendo:
—Señora, no sé cuán placentera reina tendremos en vos,
pero la tendremos hermosa, haced, pues, que a vuestra hermosura respondan
vuestras obras.
Y volvió a sentarse. Emilia, no tanto por haber sido hecha
reina como por verse así alabar en público en aquello de que las mujeres suelen
ser más deseosas, un poquillo se avergonzó y tal se volvió su rostro cual sobre
la aurora son las nubecillas rosas; pero sin embargo, luego de que hubo tenido
los ojos bajos un tanto y hubo pasado el sonrojo, habiendo con sus senescales
organizado los asuntos pertinentes a la compañía, así comenzó a hablar:
—Deleitables señoras, asaz manifiestamente vemos que,
luego de que los bueyes se han cansado durante parte del día, sujetos al yugo,
son del yugo aliviados y desuncidos, y libremente donde más les agrada, se les
deja por los bosques ir a pastar; y vemos también que no son menos hermosos,
sino mucho más, los jardines con varias plantas frondosos que los bosques en
los cuales solamente vemos encinas; por las cuales cosas estimo yo,
considerando los días que bajo una firme ley hemos hablado, que, como a quien está
necesitado de vagar algún tanto, y vagando recuperar las fuerzas para someterse
de nuevo al yugo, no solamente sea útil, sino también oportuno. Y por ello, lo
que mañana, siguiendo vuestro deleitoso razonar deba decirse, no entiendo
limitaros bajo ninguna especificación, sino que quiero que cada uno según guste
hable, firmemente creyendo que la variedad de las cosas que se cuenten no menos
graciosa será que el haber hablado solamente de una; y habiendo hecho así,
quien venga después de mí en el reinado, como a más fuertes podrá con mayor
seguridad constreñirnos a las acostumbradas leyes.
Y dicho esto, hasta la hora de la cena concedió libertad a
todos.
Todos alabaron a la reina por las cosas dichas, como a
prudente; y poniéndose en pie, quién a un entretenimiento y quién a otro se
entregó: las señoras a hacer guirnaldas y a solazarse, los jóvenes a jugar y a
cantar; y así estuvieron hasta la hora de la cena, venida la cual, en torno a
la hermosa fuente con regocijo y con placer cenaron, y después de cenar, del
modo acostumbrado un buen rato se divirtieron cantando y bailando. Al final la
reina, para seguir el estilo de sus predecesores, sin reparar en las que
voluntariamente habían cantado muchos de ellos, ordenó a Pánfilo que cantase
una; el cual, libremente comenzó así:
Tanto es, Amor, el bien
y el contento que estoy por ti sintiendo
que soy feliz en tus llamas ardiendo.
Mi corazón tal alegría rebosa,
tan de gozo está lleno
por lo que me has donado,
que esconderlo sería grave cosa
y en el rostro sereno
muestra mi alegre estado:
que estando enamorado
de un bien tan elevado y estupendo
leve se me hace estar en él ardiendo.
Yo no sé con mi canto demostrar
ni indicar con el dedo,
Amor, el bien que siento;
y aunque supiera debería callar
que, sin dejarlo quedo,
se volvería tormento:
pues estoy tan contento
que todo hablar iría palideciendo
antes de un poco irlo descubriendo.
¿Quién pensaría ya que estos mis brazos
podrían retornar
donde los he tenido,
y que mi rostro sin sufrir rechazos
volvería a acercar
a donde es bendecido?
Nunca hubiera creído
mi fortuna, aunque esté todo yo ardiendo
y mi placer y gozo esté escondiendo.
La canción de Pánfilo terminaba; la cual, por mucho que
fuese por todos debidamente coreada, no hubo ninguno que, con más atenta
solicitud que le correspondía, no tomase nota de sus palabras, esforzándose en
adivinar aquello que él cantaba que le convenía tener escondido; y aunque
varios anduviesen imaginando varias cosas, ninguno llegó por ello a la verdad
del asunto. Y la reina, después que vio que la canción de Pánfilo había
terminado y a las jóvenes señoras y los hombres deseosos de descansar, mandó
que todos se fuesen a dormir.
TERMINA LA OCTAVA JORNADA
NOVENA JORNADA
COMIENZA LA NOVENA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA CUAL, BAJO
EL GOBIERNO DE EMILIA, DISCURRE CADA UNO SOBRE LO QUE LE GUSTA Y SOBRE LO QUE
MÁS LE AGRADA.
La luz, cuyo esplendor ahuyenta la noche, había ya
cambiado todo el octavo cielo de azulino a color celeste, y comenzaban por los
prados a erguirse las florecillas, cuando Emilia, levantándose, hizo llamar a
sus compañeras e igualmente a los jóvenes; los cuales, venidos y poniéndose en
camino tras los lentos pasos de la reina, hasta un bosquecillo no lejano de la
villa fueron, y entrando en él, vieron que animales como los cabritillos,
ciervos y otros, que no temían a la caza por la existente pestilencia, los
esperaban no de otra manera que si en domésticos y sin temor se hubiesen
convertido. Y ora a éste, ora a aquél acercándose, como si debieran unirse a
ellos, haciéndolos correr y saltar, por algún tiempo se recrearon; pero
elevándose ya el sol, a todos pareció oportuno volver. Iban todos engalanados
con guirnaldas de encina, con las manos llenas de hierbas odoríferas y flores;
y quien los hubiese encontrado nada hubiera podido decir sino: «O éstos no
serán por la muerte vencidos o los matará alegres». Así pues, paso a paso
viniendo, cantando y bromeando y diciendo agudezas, llegaron a la villa, donde
todas las cosas ordenadamente dispuestas y a sus servidores alegres y
festejantes encontraron. Allí, descansando un tanto, no se pusieron a la mesa
antes de que seis cancioncillas (la una mejor que la otra) fuesen cantadas por
los jóvenes y las señoras; después de las cuales, lavándose las manos, a todos
colocó el mayordomo a la mesa según el gusto de la reina; donde, traídas las
viandas, todos alegres comieron; y levantándose de ello, a carolar y a tocar
sus instrumentos se dieron, por algún espacio; y después, ordenándolo la reina,
quien quiso se fue a descansar. Pero llegada la hora acostumbrada, todos en el
lugar acostumbrado se reunieron para contar sus historias, y la reina, mirando
a Filomena, dijo que diese principio a las historias del presente día; la cual,
sonriendo, comenzó de esta guisa:
NOVELA PRIMERA
Doña Francesca, amada por un tal Rinuccio y un tal
Alessandro, y no amando a ninguno, haciendo entrar a uno como muerto en una
sepultura y al otro sacar a aquél como a un muerto, y no pudiendo ellos llegar
a hacer lo ordenado, sagazmente se los quita de encima.
Señora, mucho me agrada, puesto que os complace, ser quien
corra la primera lid en este campo abierto y libre del novelar en que vuestra
magnificencia nos ha puesto; lo que si yo hago bien, no dudo que quienes vengan
después no lo hagan bien y mejor.
Muchas veces, encantadoras señoras, se ha mostrado en
nuestros razonamientos cuántas y cuáles sean las fuerzas de Amor, pero no creo
que plenamente se hayan dicho, y no se dirían si estuviésemos hablando desde
ahora hasta dentro de un año; y porque él no solamente conduce a los amantes a
diversos peligros de muerte, sino también a entrar en las casas de los muertos
para sacar a los muertos, me agrada hablaros de ello con una historia (además
de las que ya han sido contadas), en la cual el poder de Amor no solamente
comprenderéis, sino también el talento de una valerosa señora aplicado a
quitarse de encima a dos que contra su gusto la amaban.
Digo, pues, que en la ciudad de Pistoya hubo una
hermosísima señora viuda a la cual dos de nuestros florentinos que por estar
desterrados de Florencia vivían en Pistoya, llamados el uno Rinuccio Palermini
[SC337] y el otro Alessandro Chiarmontesi
[SC338], sin saber el uno del otro, por azar prendados de
ella, sumamente la amaban, haciendo cuidadosamente cada uno lo que podía para
poder conquistar su amor. Y siendo esta noble señora, cuyo nombre fue Francesca
de los Lázzari
[SC339] frecuentemente solicitada por embajadas y por
ruegos de cada uno de éstos, y habiéndoles poco discretamente prestado oídos
muchas veces, y queriendo discretamente dejar de hacerlo y no pudiendo, le vino
un pensamiento para quitarse de encima su importunidad: y fue pedirles que le
hiciesen un servicio que pensó que ninguno podría hacerle por muy posible que
fuese, para que, al no hacerlo, tuviese ella honrosa y verosímil razón para no
querer escuchar más sus embajadas; y el pensamiento fue el siguiente. Había, el
día en que le vino este pensamiento, muerto en Pistoya uno que, por muy nobles
que hubiesen sido sus antepasados, era reputado el peor hombre que hubiese no
ya en Pistoya, sino en todo el mundo; y además de esto, era tan contrahecho y
de rostro tan desfigurado que quien no lo hubiese conocido al verlo por primera
vez hubiese tenido miedo; y había sido enterrado en un sepulcro fuera de la
iglesia de los frailes menores
[SC340]. El cual pensó ella que podría ser de gran ayuda
para su propósito; por la cual cosa dijo a una criada suya:
—Sabes bien el aburrimiento y las molestias que recibo
todos los días con las embajadas de estos dos florentinos, Rinuccio y
Alessandro; ahora bien, no estoy dispuesta a complacerles con mi amor y para
quitármelos de encima me ha venido al ánimo ponerlos a prueba (por los grandes
ofrecimientos que hacen) en algo que estoy segura de que no harán, y quitarme
así de encima su importunidad; y oye cómo. Sabes que esta mañana ha sido
enterrado en el lugar de los frailes menores el Degüelladiós (así era llamado
aquel mal hombre de quien hablamos antes) del cual, no ya muerto, sino vivo,
los hombres más valientes de esta ciudad, al verlo, tenían miedo; y por ello te
irás secretamente en primer lugar a Alessandro y le dirás: «Doña Francesca te
manda decir que ha llegado el momento en que puedes tener su amor, el cual has
deseado tanto, y estar con ella, si quieres, de esta manera. A su casa (por una
razón que tú sabrás más tarde) debe ser llevado esta noche el cuerpo de
Degüelladiós que fue sepultado esta mañana; y ella, como quien tiene miedo de
él aun muerto como está, no querría tenerlo; por lo que te ruega, como gran
servicio, ir esta noche a la hora del primer sueño y entrar en la sepultura
donde Degüelladiós está enterrado, y ponerte sus ropas y quedarte como si
fueses él hasta que vengan a buscarte, y sin hacer nada ni decir palabra
dejarte arrastrar y traer a su casa, donde ella te recibirá, y estarás con ella
y a tu puesto podrás irte, dejando a su cuidado el resto». Y si dice que lo
hará bien está; si dice que no quiere hacerlo, dile de parte mía que no
aparezca más donde estoy yo, y que si ama su vida se guarde de mandarme
mensajeros ni embajadas. Y luego de esto irás a Rinuccio Palermini y le dirás:
«Doña Francesca dice que está pronta a hacer tu gusto si le haces a ella un
gran servicio, que es que esta noche hacia la medianoche vayas a la sepultura
donde fue enterrado esta noche Degüelladiós y, sin decir palabra de nada que
veas, oigas o sientas, tires de él suavemente y se lo lleves a casa; allí verás
para qué lo quiere y conseguirás el placer tuyo; y si no gustas de hacer esto
te ordena desde ahora que no le mandes más ni mensajeros ni embajadas».
La criada se fue a donde ambos, y ordenadamente a cada
uno, según le fue ordenado, habló; a la cual contestaron ambos que no en una
sepultura, sino en un infierno entrarían si a ella le agradaba. La criada dio
la respuesta a la señora, que esperó a ver si estaban tan locos que lo harían.
Venida, pues, la noche y siendo ya la hora del primer sueño, Alessandro
Chiarmontesi, quedándose en jubón, salió de su casa para ir a ponerse en el
lugar de Degüelladiós en la sepultura; y en el camino le vino al ánimo un pensamiento
muy pavoroso, y comenzó a decirse:
—¡Ah!, ¡qué animal soy! ¿dónde voy?, ¿y qué sé yo si los
parientes de ésta, tal vez percatados de que la amo, creyendo lo que no es la
han hecho hacer esto para matarme en la sepultura ésa? Lo que, si sucediese, yo
sería el que lo pagaría y nunca llegaría a saberse nada que los perjudicase. ¿O
qué sé yo si tal vez algún enemigo mío me ha procurado esto, al cual tal vez
ella, amándole, quiere servir?
Y luego decía:
—Pero supongamos que ninguna de estas cosas sea, y que sus
parientes vayan a llevarme a su casa: tengo que creer que el cadáver de
Degüelladiós no lo quieren para tenerlo en brazos ni para ponerlo en los de
ella; sino que tengo que creer que quieren hacer con él cualquier destrozo,
como de alguien que en alguna cosa les hizo daño. Ella dice que por nada que
sienta diga palabra. ¿Y si ésos me sacasen los ojos, o me arrancasen los
dientes, o me mutilasen las manos o me hicieran alguna otra broma semejante, qué
sería de mí? ¿Cómo iba a quedarme quieto? ¿Y si hablo y me conocen y por acaso
me hacen daño?; pero aunque no me lo hagan, no conseguiré nada porque no me
dejarán con la señora; y la señora dirá después que he desobedecido su mandato
y nunca hará nada que me contente.
Y así diciendo, casi se volvió a casa; pero el gran amor
lo empujó hacia adelante con argumentos contrarios a éstos y de tanta fuerza
que le llevaron a la sepultura; la cual abrió, y entrando dentro y desnudando a
Degüelladiós y poniéndose su ropa, y cerrando la sepultura sobre su cabeza y
poniéndose en el sitio de Degüelladiós, le empezó a dar vueltas en la cabeza
quién había sido éste y las cosas que había oído decir que habían sucedido de
noche no sólo en la sepultura de los muertos, sino también en otras partes: y
todos los pelos se le pusieron de punta, y de rato en rato le parecía que
Degüelladiós se iba a poner de pie y a degollarle a él allí. Pero ayudado por
el ardiente amor, estos y otros pavorosos pensamientos venciendo, estando como
si estuviese muerto, se puso a esperar lo que fuese a ser de él. Rinuccio al
aproximarse la medianoche, salió de su casa para hacer aquello que le había
sido mandado decir por su señora; y al ir, entró en muchos y diversos
pensamientos sobre las cosas que podrían ocurrirle, tales como poder venir a da
a manos de la señoría con el cadáver de Degüelladiós a cuestas y ser condenado
a la hoguera por brujo, o de si esto se sabía, suscitar el odio de su parientes
y de otros tales, por las cuales casi fue detenido. Pero después,
recuperándose, dijo:
—¡Ah!, ¿voy a decir que no a la primera cosa que esta
noble señora, a quien tanto he amado y amo, me ha pedido, y especialmente
debiendo conquistar su gracia? Aunque tuviese que morir con seguridad, no puedo
dejar de hacer lo que le he prometido.
Y siguiendo su camino, llegó a la sepultura y la abrió
fácilmente. Alessandro, al sentirla abrir, aunque gran miedo tuviese, se estuvo
quedo. Rinuccio, entrando dentro, creyendo coger el cadáver de Degüelladiós
cogió a Alessandro por los pies y lo sacó fuera, y poniéndoselo sobre los
hombros, hacia casa de la noble señora comenzó a ir; y andando así y no
teniendo consideración con él, muchas veces le daba golpes, ora en un lado, ora
en otro, contra algunos bancos que junto a las casas había; y la noche era tan
lóbrega y oscura que no podía ver por dónde andaba. Y estando ya Rinuccio junto
a la puerta de la noble señora, que a la ventana con su criada estaba para ver
si Rinuccio traía a Alessandro, ya preparada para hacer irse a los dos sucedió
que la guardia de la señoría, puesta al acecho en aquel barrio y estando
silenciosamente, esperando poder coger a un bandido, al sentir el ruido que
Rinuccio hacía al andar, súbitamente sacaron una luz para ver qué era y dónde
iba, y cogiendo los escudos y las lanzas, gritaron:
—¿Quién anda ahí?
A la cual conociendo Rinuccio, no teniendo tiempo de
demasiada larga deliberación, dejando caer a Alessandro, corrió cuanto las
piernas podían aguantarlo. Alessandro, levantándose rápidamente, aunque las
ropas del muerto llevase puestas, que eran muy largas, también se echó a
correr. La señora, con la luz encendida por los guardias óptimamente habían
visto a Rinuccio con Alessandro encima de los hombros, y del mismo modo había
apercibido a Alessandro vestido con las ropas de Degüelladiós; y se maravilló
mucho del gran valor de los dos, pero con todo su asombro mucho se rió al ver
arrojar al suelo a Alessandro y verlo después huir. Y alegrándose mucho con
aquel suceso y dando gracias a Dios que del fastidio de estos dos la había
sacado, se volvió dentro y se fue a la cama, afirmando, junto con su criada,
que sin ninguna duda aquellos dos la amaban mucho, puesto que habían hecho
aquello que les había mandado, tal como se veía. Rinuccio, triste y maldiciendo
su desventura, no se volvió a su casa aun con todo esto, sino que, al irse de
aquel barrio la guardia, volvió allí adonde a Alessandro había arrojado, y
comenzó, a tientas, a ver si lo encontraba, para cumplir lo que le había sido
requerido; pero, al no encontrarlo, y pensando que la guardia lo habría llevado
de allí, triste se volvió a su casa. Alessandro, no sabiendo qué hacer, sin
haber conocido a quien le había llevado, doliente por tal desdicha,
semejantemente a su casa se fue. Por la mañana, encontrada abierta la sepultura
de Degüelladiós y no viéndosele dentro porque Alessandro lo había arrojado al
fondo, toda Pistoya se llenó de habladurías, estimando los necios que se lo
habían llevado los demonios. No dejó cada uno de los enamorados de hacer saber
a la dama lo que habían hecho y lo que había sucedido, y con ello, excusándose
por no haber cumplido por completo su mandamiento, su gracia y su amor pedían;
la cual, mostrando no creer a ninguno, con la tajante respuesta de que no haría
nunca nada por ellos, puesto que ellos lo que les había pedido no lo habían
hecho, se los quitó de encima.
NOVELA SEGUNDA
Se levanta una abadesa apresuradamente y a oscuras para
encontrar a una monja suya, delatada a ella, en la cama con su amante, y
estando un cura con ella, creyendo que se ponía en la cabeza las tocas, se puso
los calzones del cura, los cuales, viéndolos la acusada, y haciéndoselo
observar, fue absuelta de la acusación y tuvo libertad para estar con su amante
[SC341] .
Ya se callaba Filomena y había sido alabado por todos el
buen juicio de la señora para quitarse de encima a aquellos a quienes no quería
amar; y, por el contrario, no amor sino tontería había sido juzgada por todos
la osada presunción de los amantes, cuando la reina a Elisa dijo graciosamente:
—Elisa, sigue.
La cual, prestamente, comenzó:
Carísimas señoras, discretamente supo doña Francesca, como
se ha contado, librarse de lo que la molestaba; pero una joven monja, con la
ayuda de la fortuna, se libró, con las palabras oportunas, de un amenazador
peligro. Y como sabéis, son muchos los que, siendo estultísimos, maestros se
hacen de los demás y reprensores, los cuales, tal como podréis comprender por
mi historia, la fortuna algunas veces merecidamente vitupera; y ello le sucedió
a una abadesa bajo cuya obediencia estaba la monja de la que debo hablar.
Debéis saber, pues, que en Lombardía hubo un monasterio
famosísimo por su santidad y religión en el cual, entre otras monjas que allí
había, había una joven de sangre noble y de maravillosa hermosura dotada, la
cual, llamada Isabetta, habiendo venido un día a la reja para hablar con un
pariente suyo, de un apuesto joven que con él estaba se enamoró; y éste,
viéndola hermosísima, ya su deseo habiendo entendido con los ojos,
semejantemente se inflamó por ella, y no sin gran tristeza de los dos, este
amor durante mucho tiempo mantuvieron sin ningún fruto. Por fin, estando los
dos atentos a ello, vio el joven una vía para poder ir a su monja
ocultísimamente; con lo que, alegrándose ella, no una vez, sino muchas, con
gran placer de los dos, la visitó. Pero continuando esto, sucedió que él, una
noche, fue visto por una de las señoras de allá adentro (sin que ni él ni ella
se apercibiesen) ir a ver a Isabetta y volver; lo que a otras cuantas comunicó.
Y primero tomaron la decisión de acusarla a la abadesa, la cual doña Usimbalda
tenía por nombre, buena y santa señora según su opinión y de cualquiera que la
conociese; luego pensaron, para que no pudiese negarlo, en hacer que la abadesa
la cogiese con el joven, y, así, callándose, se repartieran entre sí las
vigilias y las guardias secretamente para cogerla. Y, no cuidándose Isabetta de
esto ni sabiendo nada de ello, sucedió que le hizo venir una noche; lo que
inmediatamente supieron las que estaban a la expectativa. Las cuales, cuando
les pareció oportuno, estando ya la noche avanzada, se dividieron en dos y una
parte se puso en guardia a la puerta de la celda de Isabetta y otra se fue
corriendo a la alcoba de la abadesa, y dando golpes en la puerta de ésta, que
ya contestaba, dijeron:
—¡Sús!, señora, levantaos deprisa, que hemos encontrado a
Isabetta con un joven en la celda.
Estaba aquella noche la abadesa acompañada de un cura al
cual hacia venir con frecuencia metido en un arcón; y, al oír esto, temiendo
que las monjas fuesen a golpear tanto la puerta (por demasiada prisa o
demasiado afán) que se abriese, apresuradamente se puso en pie y lo mejor que
pudo se vistió a oscuras, y creyendo coger unas tocas dobladas que llevan sobre
la cabeza y las llaman «el salterio», cogió los calzones del cura, y tanta fue
la prisa que, sin darse cuenta, en lugar del salterio se los echó a la cabeza y
salió, y prestamente se cerró la puerta tras ella, diciendo:
—¿Dónde está esa maldita de Dios?
Y con las demás, que tan excitadas y atentas estaban para
que encontrasen a Isabetta en pecado que de lo que llevase en la cabeza la abadesa
no se dieron cuenta, llegó a la puerta de la celda de ésta y, ayudada por las
otras, la echó abajo; y entradas dentro, en la cama encontraron a los dos
amantes abrazados, los cuales, de un tan súbito acontecimiento aturdidos, no
sabiendo qué hacerse, se estuvieron quietos. La joven fue incontinenti cogida
por las otras monjas y, por orden de la abadesa, llevada a capítulo. El joven
se había quedado y, vistiéndose, esperaba a ver en qué acababa la cosa, con la
intención de jugar una mala pasada a cuantas pudiera alcanzar si a su joven
fuese hecho algún mal, y llevársela con él. La abadesa, sentándose en el
capítulo, en presencia de todas las monjas, que solamente a la culpable
miraban, comenzó a decirle las mayores injurias que nunca a una mujer fueron
dichas, como a quien la santidad, la honestidad y la buena fama del monasterio
con sus sucias y vituperables acciones, si afuera fuese sabido, todo lo
contaminaba; y tras las injurias añadía gravísimas amenazas. La joven,
vergonzosa y tímida, como culpable, no sabía qué responder, sino que callando,
hacía a las demás sentir compasión de ella. Y multiplicando la abadesa sus
historias, le ocurrió a la joven levantar la mirada y vio lo que la abadesa
llevaba en la cabeza y las cintas que de acá y de allá le colgaban; por lo que,
dándose cuenta de lo que era, tranquilizada por completo, dijo:
—Señora, así os ayude Dios, ataos la cofia y luego me
diréis lo que queráis.
La abadesa, que no la entendía, dijo:
—¿Qué cofia, mala mujer? ¿Tienes el rostro de decir
gracias? ¿Te parece que has hecho algo con lo que vayan bien las bromas?
Entonces la joven, otra vez, dijo:
—Señora, os ruego que os atéis la cofia; después decidme
lo que os plazca.
Con lo que muchas de las monjas levantaron la mirada a la
cabeza de la abadesa, y ella también llevándose a ella las manos, se dieron
cuenta de por qué Isabetta decía aquello; con lo que la abadesa, dándose cuenta
de su misma falta y viendo que por todas era vista y no podía ocultarla, cambió
de sermón, y de guisa muy distinta de la que había comenzado empezando a
hablar, llegó a la conclusión de que era imposible defenderse de los estímulos
de la carne; y por ello calladamente, como se había hecho hasta aquel día, dijo
que cada una se divirtiera cuanto pudiese. Y poniendo en libertad a la joven,
se volvió a acostarse con su cura, e Isabetta con su amante, al cual muchas
veces después, a pesar de aquellas que le tenían envidia, lo hizo venir allí;
las demás que no tenían amante, lo mejor que pudieron probaron fortuna.
NOVELA TERCERA
El maestro Simón, a instancias de Bruno y de Buffalmacco y
de Nello, hace creer a Calandrino que está preñado, el cual da a los antes
dichos capones y dinero para medicinas, y se cura de la preñez sin parir
[SC342] .
Después de que Elisa hubo terminado su historia, habiendo
dado todos gracias a Dios por haber sacado, con feliz hallazgo, a la joven
monja de las fauces de sus envidiosas compañeras, la reina mandó a Filostrato
que siguiese; el cual, sin esperar otra orden, comenzó:
Hermosísimas señoras, el poco pulido juez de las Marcas
sobre quien ayer os conté una historia, me quitó de la boca una historia de
Calandrino que estaba por deciros; y porque lo que de él se cuente no puede
sino multiplicar la diversión, aunque sobre él y sus compañeros ya se haya
hablado bastante, os diré, sin embargo, la que ayer tenía en el ánimo.
Ya antes se ha mostrado muy claro quién era Calandrino y
los otros de quienes tengo que hablar en esta historia; y por ello, sin decir
más, digo que sucedió que una tía de Calandrino murió y le dejo doscientas
liras de calderilla contante; por la cual cosa, Calandrino comenzó a decir que
quería comprar una posesión, y con cuantos corredores de tierras había en
Florencia, como si tuviese para gastar diez mil florines de oro, andaba en
tratos, los cuales siempre se estropeaban cuando se llegaba al precio de la
posesión deseada. Bruno y Buffalmacco, que estas cosas sabían, le habían dicho
muchas veces que haría mejor en gastárselos junto con ellos que andar comprando
tierras como si hubiera tenido que hacer de destripaterrones, pero no a esto
sino ni siquiera a invitarles a comer una vez lo había conducido. Por lo que,
quejándose un día de ello y llegando un compañero suyo que tenía por nombre
Nello, pintor, deliberaron los tres juntos encontrar la manera de untarse el
hocico a costa de Calandrino; y sin tardanza, habiendo decidido entre ellos lo
que tenían que hacer, a la mañana siguiente, apostado para ver cuándo salía de
casa Calandrino, y no habiendo andado éste casi nada, le salió al encuentro
Nello y dijo:
—Buenos días, Calandrino.
Calandrino le contestó que Dios le diese buenos días y
buen año. Después de lo cual Nello, parándose un poco, comenzó a mirarle a la
cara; a quien Calandrino dijo:
—¿Qué miras?
Y Nello le dijo:
—¿No te ha pasado nada esta noche? No me pareces el mismo.
Calandrino, incontinenti comenzó a sentir temor y dijo:
—¡Ay!, ¿qué te parece que tengo?
Dijo Nello:
—¡Ah!, no lo digo por eso; pero me pareces muy
transformado; será otra cosa —y le dejó ir. Calandrino, todo asustado, pero no
sintiendo nada, siguió andando. Pero Buffalmacco, que no estaba lejos, viéndolo
ya alejarse de Nello, le salió al encuentro y, saludándole, le preguntó que si
le dolía algo. Calandrino repuso:
—No sé, hace un momento me decía Nello que parecía todo
transformado; ¿podría ser que me pasase algo?
Dijo Buffalmacco:
—Si, nada podría pasarte, no algo: pareces medio muerto.
A Calandrino ya le parecía tener calentura; y he aquí que
Bruno aparece, y antes de decir nada dijo:
—Calandrino, ¿qué cara es ésa? Pareces un muerto; ¿qué te
pasa?
Calandrino, al oír a todos éstos hablar así, por
ciertísimo tuvo que estaba enfermo, y todo espantado le preguntó:
—¿Qué hago?
Dijo Bruno:
—A mí me parece que te vuelvas a casa y te metas en la
cama y que te tapen bien, y que le mandes una muestra al maestro Simón, que es
tan íntimo nuestro como sabes. Él te dirá incontinenti lo que tienes que hacer,
y nosotros vendremos a verte; y si algo necesitas lo haremos nosotros.
Y uniéndoseles Nello, con Calandrino se volvieron a su
casa; y él, entrando todo fatigado en la alcoba, dijo a la mujer:
—Ven y tápame bien, que me siento muy mal.
Y habiéndose acostado, mandó una muestra al maestro Simón
por una criadita, el cual entonces estaba en la botica del Mercado Viejo que
tiene la enseña del melón. Y Bruno dijo a sus compañeros:
—Vosotros quedaos aquí con él, yo quiero ir a saber qué
dice el médico, y si es necesario a traerlo.
Calandrino entonces dijo:
—¡Ah, si, amigo mío, vete y ven a decirme cómo está la
cosa, que yo no sé qué siento aquí dentro!
Bruno, yendo a buscar al maestro Simón, allí llegó antes
de la criadita que llevaba la muestra, e informó del caso al maestro Simón; por
lo que, llegada la criadita y habiendo visto el maestro la muestra, dijo a la
criadita:
—Ve y dile a Calandrino que no coja frío e iré en seguida
a verle y le diré lo que tiene y lo que tiene que hacer.
La criadita así se lo dijo; y no había pasado mucho tiempo
cuando el médico y Bruno vinieron, y sentándose al lado del médico, comenzó a
tomarle el pulso, y, luego de un poco, estando allí presente su mujer, dijo:
—Mira, Calandrino, hablándote como a amigo, no tienes otro
mal sino que estás preñado.
Cuando Calandrino oyó esto, dolorosamente comenzó a gritar
y a decir:
—¡Ay! Tessa, esto es culpa tuya, que no quieres sino
subirte encima; ¡ya te lo decía yo!
La mujer, que muy honesta persona era, oyendo decir tal
cosa al marido, toda enrojeció de vergüenza, y bajando la frente sin responder
palabra salió de la alcoba. Calandrino, continuando con su quejumbre, decía:
—¡Ay, desdichado de mí, ¿qué haré?, ¿cómo pariré este
hijo? ¿Por dónde saldrá? Bien me veo muerto por la lujuria de esta mujer mía,
que tan desdichada la haga Dios como yo quiero ser feliz; pero si estuviese
sano como no lo estoy, me levantaría y le daría tantos golpes que la haría
pedazos, aunque muy bien me está, que nunca debía haberla dejado subirse
encima; pero por cierto que si salgo de ésta antes se podrá morir de las ganas.
Bruno y Buffalmacco y Nello tenían tantas ganas de reír
que estallaban al oír las palabras de Calandrino, pero se aguantaban; pero el
maestro Simón se reía tan descuajaringadamente que se le podrían haber sacado
todos los dientes. Pero, por fin, poniéndose Calandrino en manos del médico y
rogándole que en esto le diese consejo y ayuda, le dijo el maestro:
—Calandrino, no quiero que te aterrorices, que, alabado
sea Dios, nos hemos dado cuenta del caso tan pronto que con poco trabajo y en
pocos días te curaré; pero hay que gastar un poco.
Dijo Calandrino:
—¡Ay!, maestro mío, sí, por amor de Dios; tengo aquí cerca
de doscientas liras con las que quería comprar una buena posesión: si se
necesitan todas, cogédlas todas, con tal de que no tenga que parir, que no sé
qué iba a ser de mí, que oigo a las mujeres armar tanto alboroto cuando están
pariendo, aunque tengan un tal bien grande para hacerlo, que creo que si yo
sintiera ese dolor me moriría antes de parir.
Dijo el médico:
—No pienses en eso: te haré hacer cierta bebida destilada
muy buena y muy agradable de beber que, en tres mañanas, resolverá todas las
cosas y te quedarás más fresco que un pez; pero luego tendrás que ser prudente
y no te obstines en estas necedades más. Ahora se necesitan para esa agua tres
pares de buenos y gordos capones, y para otras cosas que hacen falta le darás a
uno de éstos cinco liras de calderilla para que las compre, y harás que todo me
lo lleven a la botica; y yo, en nombre de Dios, mañana te mandaré ese brebaje
destilado, y comenzarás a beberlo un vaso grande de cada vez.
Calandrino, oído esto, dijo:
—Maestro mío, lo que digáis.
Y dando cinco liras a Bruno y dineros para tres pares de
capones le rogó que en su servicio se tomase el trabajo de estas cosas. El
médico, yéndose, le hizo hacer un poco de jarabe y se lo mandó. Bruno,
comprados los capones y otras cosas necesarias para pasarlo bien, junto con el
médico y con sus compañeros se los comió. Calandrino bebió jarabe tres mañanas;
y el médico vino a verle y sus compañeros y, tomándole el pulso, le dijo:
—Calandrino, estás curado sin duda, así que con
tranquilidad vete ya a tus asuntos, y no es cosa de quedarte más en casa.
Calandrino, contento, se levantó y se fue a sus asuntos,
alabando mucho, dondequiera que se paraba a hablar con una persona, la buena
cura que le había hecho el maestro Simón, haciéndole abortar en tres días sin
ningún dolor; y Bruno y Buffalmacco y Nello se quedaron contentos por haber
sabido, con ingenio, burlar la avaricia de Calandrino, aunque doña Tessa,
apercibiéndose, mucho con su marido rezongase.
NOVELA CUARTA
Cecco de micer Fortarrigo se juega en Bonconvento todas
sus cosas y los dineros de Cecco de micer Angiulieri, y corriendo detrás de él
en camisa y diciendo que le había robado, hace que los villanos lo cojan; y se
viste sus ropas y monta en el palafrén y, viniéndose, lo deja a él en camisa.
Con grandísimas risas de toda la compañía habían sido
escuchadas las palabras dichas por Calandrino a su mujer; pero callándose ya
Filostrato, Neifile, cuando la reina quiso, comenzó:
Valerosas señoras, si no fuese más difícil a los hombres
mostrar a los demás su buen juicio y su virtud, de lo que lo es la necedad y el
vicio, en vano se fatigarían mucho en poner freno a sus palabras; y esto lo ha
manifestado suficientemente la necedad de Calandrino, que ninguna necesidad
tenía, para curarse del mal que su simpleza le hacía creer que tenía, de
mostrar en público los secretos gustos de su mujer. La cual cosa, me ha traído
a la memoria otra contraria a ella, esto es: cómo la malicia de uno superó el
entendimiento de otro, con grave daño y burla del sobrepasado; lo que me place
contaros.
Había, no han pasado muchos años, en Siena, dos hombres ya
de edad madura, llamados los dos Cecco, pero uno de micer Angiuleri
[SC343] y el otro de micer Fortarrigo
[SC344], los cuales, aunque en muchas otras cosas no
concordaban sus costumbres, en una —esto es, en que ambos odiaban a sus padres—
tanto concordaban que se habían hecho amigos y muchas veces estaban juntos.
Pero pareciéndole al Angiulieri, que apuesto y cortés hombre era, mal estar en
Siena con la asignación que le era dada por su padre, enterándose de que en la
Marca de Ancona había venido como legado del papa un cardenal que era mucho su
protector, se dispuso a irse a donde él, creyendo mejorar su condición y
haciéndole saber esto al padre, arregló con él que le diese en un momento lo
que le debía dar en seis meses para que se pudiera vestir y equipar de
cabalgadura e ir honorablemente. Y buscando a alguien a quien pudiese llevar
consigo a su servicio, llegó esto a oídos del Fortarrigo, el cual
inmediatamente fue al Angiulieri y comenzó como mejor pudo a rogarle que lo
llevase consigo, y que él quería ser su criado y servidor y cualquier cosa, y
sin ningún salario más que los gastos. Al cual respondió Angiulieri que no lo
quería llevar, no porque no supiese que era capaz de todo servicio sino porque
jugaba, y además de eso se embriagaba alguna vez; a lo que Fortarrigo respondió
que de lo uno y lo otro se enmendaría sin duda, y con muchos juramentos se lo
afirmó, añadiendo tantos ruegos que Angiulieri, como vencido, dijo que estaba
contento. Y puestos en camino una mañana ambos, se fueron a almorzar a
Bonconvento, donde habiendo Angiulieri almorzado y haciendo mucho calor,
haciéndose preparar una cama en la posada y desnudándose, ayudado por
Fortarrigo, se durmió, y le dijo que al sonar nona le llamase. Fortarrigo,
mientras dormía Angiulieri, se bajó a la taberna, y allí, habiendo bebido un
tanto, comenzó a jugar con algunos, los cuales en poco tiempo habiéndole ganado
algunos dineros que tenía, semejantemente cuanta ropa tenía encima le ganaron,
con lo que él, deseoso de resarcirse, en camisa como estaba, subió a donde
dormía Angiulieri y, viéndolo dormir profundamente, le quitó de la bolsa
cuantos dineros tenía, y volviendo al juego los perdió igual que los otros.
Angiulieri, despertándose, se levantó y se vistió, y llamó a Fortarrigo, y no
encontrándolo, pensó Angiulieri que en algún lugar se habría dormido borracho,
como otras veces había acostumbrado a hacer; por lo que, decidiéndose a
dejarlo, haciendo ensillar su palafrén y cargando en él la valija, pensando en
encontrar otro servidor en Corsignano
[SC345], queriendo, para irse, pagar al posadero, no
encontró ni un dinero; por lo que el alboroto fue grande y toda la casa del
posadero se revolvió, diciendo Angiulieri que le habían robado allí dentro y
amenazando a todos con hacerlos ir presos a Siena. Y he aquí que llega
Fortarrigo, que para quitarle las ropas como había hecho antes con el dinero
venía; y viendo a Angiulieri en disposición de cabalgar, dijo:
—¿Qué es esto, Angiulleri? ¿Tenemos que irnos ya? ¡Ah!,
esperad un poco: debe llegar de un momento a otro uno que ha tomado en prenda
mi jubón por treinta y ocho sueldos; estoy cierto de que nos lo devolverá por
treinta y cinco pagándolo en el momento.
Y mientras estaba hablando todavía, llegó uno que aseguró
a Angiulieri que Fortarrigo había sido quien le había quitado sus dineros
mostrándole la cantidad de ellos que había perdido. Por la cual cosa,
Angiulieri, enojadísimo, dijo a Fortarrigo un gran insulto, y si más al prójimo
que a Dios no hubiese temido, habría llegado a las obras; y amenazándolo con
hacerlo colgar o hacer pregonar su cabeza en Siena montó a caballo. Fortarrigo,
si Angiulieri dijese estas cosas a otros y no a él, decía:
—¡Bah!, Angiulieri, haya paz, dejemos ahora estas palabras
que no importan un rábano, ocupémonos de esto: nos lo devolverán por treinta y
cinco sueldos si lo recogemos ahora, que, si esperamos de aquí a mañana, no
querrán menos de treinta y ocho, a como me lo prestó; y me hace este favor
porque me fié de él, ¿por qué no ganamos tres sueldos?
Angiulieri, oyéndolo hablar así, se desesperaba, y
máximamente viéndose mirar por los que estaban alrededor, que parecía que
creían, no que Fontarrigo hubiera jugado el dinero de Angiulieri, sino que aún
tenía del suyo y le decía:
—¿Qué me importa tu jubón, así te cuelguen, que no
solamente me has robado y jugado lo mío, sino que además has impedido mi
partida, y aún te burlas de mi?
Fortarrigo, sin embargo, estaba impasible como si no le
hablase a él y decía:
—¡Ah!, ¿por qué no puedes dejarme ganar tres sueldos?, ¿no
crees que te los puedo prestar? ¡Ah!, hazlo si algo te importo; ¿por qué tienes
tanta prisa? Todavía llegaremos esta noche temprano a Torrenieri. Busca tu
bolsa sabe que podría recorrer toda Siena y no encontraría uno que me estuviera
tan bien como éste; ¡y decir que se lo he dejado a aquél por treinta y ocho
sueldos! Todavía vale cuarenta y más, así que me perjudicarías de dos maneras.
Angiuleri, aquejado por grandísimo dolor, viéndose robar
por éste y ahora ser detenido por su palabreo, sin responderle más, volviendo
la cabeza de palafrén, tomó el camino hacia Torrenieri. Al cual, Fortarrigo,
poseído de una maliciosa idea, así en camisa comenzó a trotar tras él, y
habiendo andado ya sus dos millas rogando por el jubón, yendo Angiulieri
deprisa para quitarse aquella lata de los oídos, vio Fortarrigo unos labradores
en un campo vecino al camino delante de Angiulieri; a los que Fortarrigo, gritando
fuerte comenzó a decir:
—¡Cogédlo, cogédlo!
Por lo que éstos, uno con azada y otro con azadón,
parándose en el camino delante de Angiulieri, creyendo que hubiera robado a
aquel que venía tras él en camisa gritando, le retuvieron y lo apresaron; al
cual, decirles quién era él y cómo había ido el asunto, de poco le servía. Pero
Fortarrigo, llegan do allí, con mal gesto dijo:
—¡No sé cómo no te mato, ladrón traidor que te escapas con
lo mío!
Y volviéndose a los villanos, dijo:
—Ved, señores, cómo me había, partiendo escondidamente,
dejado en la posada, después de haber perdido en el juego todas sus cosas. Bien
puedo decir que por Dios y por vosotros he recuperado todo esto, por lo que
siempre os estaré agradecido.
Angiulieri por su parte decía lo mismo, pero sus palabras
no eran oídas. Fortarrigo, con la ayuda de los villanos, lo hizo bajar del
palafrén y, despojándole de sus ropas, se vistió con ellas, y montado a
caballo, dejando a Angiulieri en camisa y descalzo, se volvió a Siena, diciendo
por todas partes que el palafrén y las ropas le había ganado a Angiulieri.
Angiulieri, que rico creía ir al cardenal en la Marca, pobre y en camisa se
volvió a Bonconvento, y por vergüenza no se atrevió a volver a Siena en mucho
tiempo; sino que, habiéndole prestado unas ropas, sobre el rocín que montaba
Fortarrigo se fue con sus parientes de Corsignano, con los cuales se quedó
hasta que por su padre fue otra vez socorrido. Y de este modo la malicia de
Fortarrigo confundió el buen propósito de Angiulieri, aunque no fuese por él
dejada sin castigo en su tiempo y su lugar.
NOVELA QUINTA
Calandrino se enamora de una joven y Bruno le hace un
breve, con el cual, al tocarla, se va con él; y siendo encontrado por su mujer,
tienen una gravísima y enojosa disputa.
Terminada la no larga historia de Neifile, sin que
demasiado se riese de ella o hablase la compañía, la reina, vuelta hacia
Fiameta, que ella siguiese le ordenó; la cual, muy alegre, repuso que de buen
grado, y comenzó:
Nobilísimas señoras, como creo que sabéis, nada hay de lo
que se hable tanto que no guste más cada vez si el momento y el lugar que tal
cosa pide sabe ser elegido debidamente por quien quiere hablar de ello. Y por
ello, si miro a aquello por lo que estamos aquí (que para divertirnos y
entretenernos y no para otra cosa estamos) estimo que todo lo que pueda
proporcionar diversión y entretenimiento tiene aquí su momento y lugar
oportuno; y aunque mil veces se hablase de ello, no debe sino deleitar otro tanto
al hablar de ello. Por la cual cosa, aunque muchas veces se haya hablado entre
nosotros de las aventuras de Calandrino, mirando (como hace poco dijo
Filostrato) que todas son divertidas, osaré contar sobre ellas una historia
además de las contadas: la cual, si de la verdad de los hechos hubiese querido
o quisiese apartarme, bien habría sabido bajo otros nombres componerla y
contarla; pero como el apartarse de la verdad de las cosas sucedidas al novelar
es disminuir mucho deleite en los oyentes, en la forma verdadera, ayudada por
lo ya hablado, os la contaré.
Niccolo Cornacchini
[SC346] fue un conciudadano nuestro y un hombre rico; y
entre sus otras posesiones tuvo una hermosa en Camerata
[SC347], en la que hizo construir una honorable y rica
casona, y con Bruno y con Buffalmacco concertó que se la pintaran toda; los
cuales, como el trabajo era mucho, llevaron consigo a Nello y Calandrino y
comenzaron a trabajar. Donde, aunque alguna alcoba amueblada con una cama y
otras cosas oportunas hubiese y una criada vieja viviese también como guardiana
del lugar, porque otra familia no había, acostumbraba un hijo del dicho
Niccolo, que tenía por nombre Filippo, como joven y sin mujer, a llevar alguna
vez a alguna mujer que le gustase y tenerla allí un día o dos y luego
despedirla.
Ahora bien, entre las demás veces sucedió que llevó a una
que tenía por nombre Niccolosa, a quien un rufián, que era llamado el Tragón,
teniéndola a su disposición en una casa de Camaldoli, la daba en alquiler.
Tenía ésta hermosa figura y estaba bien vestida y, en relación con sus
semejantes, era de buenas maneras y hablaba bien; y habiendo un día a mediodía
salido de la alcoba con unas enaguas de fustán blanco y con los cabellos
revueltos, y estando lavándose las manos y la cara en un pozo que había en el patio
de la casona, sucedió que Calandrino vino allí a por agua y familiarmente la
saludó. Ella, respondiéndole, comenzó a mirarle, más porque Calandrino le
parecía un hombre raro que por otra coquetería. Calandrino comenzó a mirarla a
ella, y pareciéndole hermosa, comenzó a encontrar excusas y no volvía a sus
compañeros con el agua: pero no conociéndola no se atrevía a decirle nada.
Ella, que se había apercibido de que la miraba, para tomarle el pelo alguna vez
lo miraba, arrojando algún suspirillo; por la cual cosa Calandrino súbitamente
se encalabrinó con ella, y no se había ido del patio cuando ella fue llamada a
la alcoba de Filippo.
Calandrino, volviendo a trabajar, no hacía sino resoplar,
por lo que Bruno, dándose cuenta, porque mucho le observaba las manos, como
quien gran diversión sentía en sus actos, dijo:
—¿Qué diablo tienes, compadre Calandrino? No haces más que
resoplar.
Al que Calandrino dijo:
—Compadre, si tuviera quien me ayudase, estaría bien.
—¿Cómo? —dijo Bruno.
A quien Calandrino dijo:
—No hay que decírselo a nadie: hay una joven aquí abajo
que es más hermosa que una hechicera, la cual se ha enamorado tanto de mí que
te parecería cosa extraordinaria: me he dado cuenta ahora mismo, cuando he ido
a por agua.
—¡Ay! —dijo Bruno—, cuidado que no sea la mujer de
Filippo.
Dijo Calandrino:
—Creo que sí, porque él la llamó y ella se fue a su
alcoba; ¿pero qué significa esto? A Cristo se la pegaría yo por tales cosas, no
a Filippo. Te voy a decir la verdad, compadre: me gusta tanto que no podría
decirlo.
Dijo entonces Bruno:
—Compadre, te voy a explicar quién es; y si es la mujer de
Filippo, arreglaré tu asunto en dos palabras porque la conozco mucho. ¿Pero
cómo haremos para que no lo sepa Buffalmacco? No puedo hablarle nunca si no
está él conmigo.
Dijo Calandrino:
—Buffalmacco no me preocupa, pero ten cuidado con Nello,
que es pariente de Tessa y echaría todo a perder.
Dijo Bruno:
—Dices bien.
Pues Bruno sabía quién era ella, como quien la había visto
llegar, y también Filippo se lo había dicho; por lo que, habiéndose ido
Calandrino un poco del trabajo e ido a verla, Bruno contó todo a Nello y a
Buffalmacco, y juntos ocultamente arreglaron lo que iban a hacer con este
enamoramiento suyo.
Y al volver, le dijo Bruno en voz baja:
—¿La has visto?
Repuso Calandrino:
—¡Ay, sí, me ha matado!
Dijo Bruno:
—Quiero ir a ver si es la que yo creo; y si es, déjame
hacer a mí. Bajando, pues, Bruno y encontrando a Filippo y a ella,
ordenadamente les contó quién era Calandrino y lo que les había dicho, y con
ellos arregló lo que cada uno tenía que decir y hacer para divertirse y
entretenerse con el enamoramiento de Calandrino; y volviéndose a Calandrino
dijo:
—Sí es ella: y por ello esto hay que hacerlo muy
sabiamente, porque si Filippo se diese cuenta, toda el agua del Arno no te
lavaría. Pero, ¿qué quieres que le diga de tu parte si sucede que pueda
hablarle?
Repuso Calandrino:
—¡Rediez! Le dirás antes que antes que la quiero mil
fanegas de ese buen bien de impregnar, y luego que soy su servicial y que si
quiere algo, ¿me has entendido bien?
Dijo Bruno:
—Sí, déjame a mí.
Llegada la hora de la cena y éstos, habiendo dejado el
trabajo y bajado al patio, estando allí Filippo y Niccolosa, un rato en
servicio de Calandrino se quedaron allí, y Calandrino comenzó a mirar a
Niccolosa y a hacer los más extraños gestos del mundo, tales y tantos que se
habría dado cuenta un ciego. Ella, por otra parte, hacía todo cuanto podía con
lo que creía inflamarlo bien y según los consejos recibidos de Bruno,
divirtiéndose lo más del mundo con los modos de Calandrino. Filippo, con
Buffalmacco y con los otros hacía semblante de conversar y de no apercibirse de
este asunto.
Pero después de un rato, sin embargo, con grandísimo
fastidio de Calandrino se fueron; y viniendo hacia Florencia dijo Bruno a
Calandrino:
—Bien te digo que la haces derretirse como hielo al sol:
por el cuerpo de Cristo, si te traes el rabel y le cantas un poco esas
canciones tuyas de amores, la harás tirarse de la ventana para venir contigo.
Dijo Calandrino:
—¿Te parece, compadre?, ¿te parece que lo traiga?
—Sí —repuso Bruno.
A quien repuso Calandrino:
—No me lo creías hoy cuando te lo decía: por cierto,
compadre, me doy cuenta de que sé mejor que otros hacer lo que quiero. ¿Quién
hubiera sabido, sino yo, enamorar tan pronto a una mujer tal que ésta? A buena
hora iban a saberlo hacer estos jóvenes de trompa marina que todo el día lo
pasan yendo de arriba abajo y en mil años no sabrían reunir un puñado de
cuescos. Ahora querría que me vieses un poco con el rabel: ¡verás que buena
pasada! Y entiende bien que no soy tan viejo como te parezco: ella sí se ha dado
cuenta, ella; pero de otra manera se lo haré notar si le pongo las garras
encima, por el verdadero cuerpo de Cristo, que le haré tal pasada que se me
vendrá detrás como la tonta tras el hijo.
—¡Oh! —dijo Bruno—, te la hocicarás: y me parece verte
morderla con esos dientes tuyos como clavijas esa boca suya rojezuela y esas
mejillas que parecen dos rosas, y luego comértela toda entera.
Calandrino, al oír estas palabras, le parecía estar
poniéndolas en obra, y andaba cantando y saltando tan alegre que no cabía en su
pellejo. Pero al día siguiente, trayendo el rabel, con gran deleite de toda la
compañía cantó con él muchas canciones; y en resumen en tal desgana de hacer
nada entró con tanto mirar a aquélla, que no trabajaba nada sino que mil veces
al día, ora a la ventana, ora a la puerta y ora al patio corría para verla, y
ella, según los consejos que Bruno le había dado, muy bien le daba ocasiones.
Bruno, por otra parte, se ocupaba de sus embajadas y de parte de ella a veces
se las hacía: cuando ella no estaba allí, que era la mayor parte del tiempo, le
hacía llegar cartas de ella en las cuales le daba grandes esperanzas a sus
deseos, mostrando que estaba en casa de sus parientes, donde él entonces no
podía verla. Y de esta guisa, Bruno y Buffalmacco, que andaban en el asunto,
sacaban de los hechos de Calandrino la mayor diversión del mundo, haciéndose
dar a veces, como pedido por su señora, cuándo un peine de marfil y cuándo una
bolsa y cuándo una navajilla y tales chucherías, dándole a cambio algunas
sortijitas falsas sin valor con las que Calandrino hacía fiestas maravillosas;
y además de esto le sacaban buenas meriendas y otras invitaciones, por estar
ocupados de sus asuntos.
Ahora, habiéndole entretenido unos dos meses de esta forma
sin haber hecho más, viendo Calandrino que el trabajo se venía acabando y
pensando que, si no llevaba a efecto su amor antes de que estuviese terminado
el trabajo, nunca más iba a poder conseguirlo, comenzó a importunar mucho y a
solicitar a Bruno; por la cual cosa, habiendo venido la joven, habiendo Bruno
primero con Filippo y con ella arreglado lo que había que hacer, dijo a
Calandrino:
—Mira, compadre, esta mujer me ha prometido más de mil
veces hacer lo que tú quieras y luego no hace nada, y me parece que te está
tomando el pelo; y por ello, como no hace lo que promete, vamos a hacérselo
hacer, lo quiera o no, si tú quieres.
Repuso Calandrino:
—¡Ah!, sí, por amor de Dios, hagámoslo pronto.
Dijo Bruno:
—¿Tendrás valor para tocarla con un breve que te dé yo?
Dijo Calandrino:
—Claro que sí.
—Pues —dijo Bruno— búscame un trozo de pergamino nonato y
un murciélago vivo y tres granitos de incienso y una vela bendita, y déjame
hacer.
Calandrino pasó toda la noche siguiente cazando a un
murciélago con sus trampas y al final lo cogió y con las otras cosas y se lo
llevó a Bruno; el cual, retirándose a una alcoba, escribió sobre aquel
pergamino ciertas sandeces con algunas cataratas y se lo llevó y dijo:
—Calandrino, entérate de que si la tocas con este escrito,
vendrá incontinenti detrás de ti y hará lo que quieras. Pero, si Filippo va hoy
a algún lugar, acércate de cualquier manera y tócala y vete al pajar que está
aquí al lado, que es el mejor lugar que haya, porque no va nunca nadie, verás
que ella viene allí, cuando esté allí bien sabes lo que tienes que hacer.
Calandrino se sintió el hombre más feliz del mundo y
tomando el escrito dijo:
—Compadre, déjame a mí.
Nello, de quien Calandrino se ocultaba, se divertía con
este asunto tanto como los otros y junto con ellos intervenía en la burla; y
por ello, tal como Bruno le había ordenado, se fue a Florencia a la mujer de
Calandrino y le dijo:
—Tessa, sabes cuántos golpes te dio Calandrino sin razón
el día que volvió con las piedras del Muñone, y por ello quiero que te vengues:
y si no lo haces, no me tengas más por pariente ni por amigo. Se ha enamorado
de una mujer de allá arriba, y es tan zorra que anda encerrándose con él muchas
veces, y hace poco se dieron cita para estar juntos enseguida; y por eso quiero
que te vengues y lo vigiles y lo castigues bien.
Al oír la mujer esto, no le pareció ninguna broma, sino
que poniéndose en pie comenzó a decir:
—Ay, ladrón público, ¿eso me haces? Por la cruz de Cristo,
no se quedará así que no me las pagues.
Y cogiendo su toquilla y una muchachita de compañera,
enseguida, más corriendo que andando, con Nello se fue hacia allá arriba; a la
cual, al verla venir Bruno de lejos, dijo a Filippo:
—Aquí está nuestro amigo.
Por la cual cosa, Filippo, yendo donde Calandrino y los
otros trabajando, dijo:
—Maestros, tengo que ir a Florencia ahora mismo: trabajad
con ganas.
Y yéndose, se fue a esconder en una parte donde podía, sin
ser visto, ver lo que hacía Calandrino.
Calandrino, cuando creyó que Filippo estaba algo lejos,
bajó al patio donde encontró sola a Niccolosa; y entrando con ella en
conversación, y ella, que sabía bien lo que tenía que hacer, acercándosele, un
poco de mayor familiaridad que la que mostrado le había le mostró, con lo que
Calandrino la tocó con el escrito. Y cuando la hubo tocado, sin decir nada,
volvió los pasos al pajar, a donde Niccolosa le siguió; y, entrando dentro,
cerrada la puerta abrazó a Calandrino y sobre la paja que estaba en el suelo lo
arrojó, y saltándole encima, a horcajadas y poniéndole las manos sobre los
hombros, sin dejarle que le acercase la cara, como con gran deseo lo miraba
diciendo:
—Oh, dulce Calandrino mío, alma mía, bien mío, descanso
mío, ¡cuánto tiempo he deseado tenerte y poder tenerte a mi voluntad! Con tu
amabilidad me has robado el cordón de la camisa, me has encadenado el corazón
con tu rabel: ¿puede ser cierto que te tenga?
Calandrino, pudiéndose mover apenas, decía:
—¡Ah!, dulce alma mía, déjame besarte.
Niccolosa decía:
—¡Qué prisa tienes! Déjame primero verte a mi gusto:
¡déjame saciar los ojos con este dulce rostro tuyo!
Bruno y Buffalmacco se habían ido donde Filippo y los tres
veían y oían esto; y yendo ya Calandrino a besar a Niccolosa, he aquí que
llegan Nello con doña Tessa; el cual, al llegar, dijo:
—Voto a Dios que están juntos —y llegados a la puerta del
pajar, la mujer, que estallaba de rabia, empujándole con las manos le hizo
irse, y entrando dentro vio a Niccolosa encima de Calandrino; la cual, al ver a
la mujer, súbitamente levantándose, huyó y se fue donde estaba Filippo.
Doña Tessa corrió con las uñas a la cara de Calandrino que
todavía no estaba levantado, y se la arañó toda; y cogiéndolo por el pelo y
tirándolo de acá para allá comenzó a decir:
—Sucio perro deshonrado, ¿así que esto me haces? Viejo
tonto, que maldito sea el día en que te he querido: ¿así que no te parece que
tienes bastante que hacer en tu casa que te vas enamorando por las ajenas?
¡Vaya un buen enamorado! ¿No te conoces, desdichado?, ¿no te conoces,
malnacido?, que escurriéndote todo no saldría jugo para una salsa. Por Dios que
no era Tessa quien te preñaba, ¡que Dios la confunda a ésa sea quien sea, que
debe ser triste cosa tener gusto por una joya tan buena como eres tú!
Calandrino, al ver venir a su mujer, se quedó que ni
muerto ni vivo y no se atrevió a defenderse contra ella de ninguna manera: sino
que así arañado y todo pelado y desgreñado, recogiendo la capa y levantándose,
comenzó humildemente a pedir a su mujer que no gritase si no quería que le
cortasen en pedazos porque aquella que estaba con él era mujer del de la casa.
La mujer dijo:
—¡Pues que Dios le dé mala ventura!
Bruno y Buffalmacco, que con Filippo y Niccolosa se habían
reído de este asunto a su gusto, como si acudiesen al alboroto, aquí llegaron;
y luego de muchas historias, tranquilizada la mujer, dieron a Calandrino el
consejo de que se fuese a Florencia y no volviera por allí, para que Filippo,
si algo oyera de esto, no le hiciese daño. Así pues, Calandrino, triste y
afligido, todo pelado y todo arañado volviéndose a Florencia, más allá arriba
no se atrevió a volver, molestado día y noche por las reprimendas de su mujer,
y a su ardiente amor puso fin, habiendo hecho reír mucho a sus amigos y a
Niccolosa y a Filippo.
NOVELA SEXTA
Dos jóvenes se albergan en la casa de uno con cuya hija
uno va acostarse, y su mujer, sin advertirlo, se acuesta con el otro; el que
estaba con la hija se acuesta con su padre y le cuenta todo, creyendo hablar
con su compañero; hacen mucho alboroto, la mujer, apercibiéndose, se mete en la
cama de la hija y, consiguientemente, con algunas palabras pacifica a todos
[SC348] .
Calandrino, que otras veces había hecho reír a la
compañía, lo mismo lo hizo esta vez: y después de que las damas dejaran de
hablar de sus cosas, la reina ordenó a Pánfilo que hablase, el cual dijo:
Loables señoras, el nombre de la Niccolosa amada por
Calandrino me ha traído a la memoria una historia de otra Niccolosa, la cual me
place contaros porque en ella veréis cómo una súbita inspiración de una buena
mujer evitó un gran escándalo.
En la llanura del Muñone
[SC349] hubo, no ha mucho tiempo, un hombre bueno que a
los viandantes daba, por dinero, de comer y beber; y aunque era una persona
pobre y tenía una casa pequeña, alguna vez, en caso de gran necesidad, no a
todas las personas sino a algún conocido albergaba; ahora bien, tenía éste una
mujer que era asaz hermosa hembra, de la cual tenía dos hijos: y el uno era una
jovencita hermosa y agradable, de edad de quince o de dieciséis años, que
todavía no tenía marido; el otro era un niño pequeñito que todavía no tenía un
año, al que la misma madre amamantaba. A la joven le había echado los ojos
encima un jovenzuelo apuesto y placentero y hombre noble de nuestra ciudad, el
cual mucho andaba por el barrio y fogosamente la amaba; y ella, que de ser
amada por un joven tal como aquel mucho se gloriaba, mientras en retenerlo en
su amor con placenteros gestos se esforzaba, de él igualmente se enamoró; y
muchas veces con gusto de cada una de las partes hubiera tenido efecto aquel
amor si Pinuccio, que así se llamaba el joven, no hubiera sentido disgusto en
causar la deshonra de la joven y de él. Pero de día en día multiplicándose su
ardor, le vino el deseo a Pinuccio de reunirse con ella, y le vino al
pensamiento encontrar el modo de albergarse en casa de su padre, pensando, como
quien la disposición de la casa de la joven sabía, que si aquello hiciera,
podría ocurrir que estuviese con ella sin que nadie se apercibiese; y en cuanto
le vino al ánimo, sin dilación lo puso en obra. Él, junto con un fiel amigo
llamado Adriano, que este amor conocía, cogiendo un día al caer la noche dos
rocines de alquiler y poniéndoles encima dos valijas, tal vez llenas de paja,
salieron de Florencia, y dando una vuelta, cabalgando, a la llanura del Muñone
llegaron siendo ya de noche; y entonces, como si volviesen de Romaña, dándose
la vuelta, hacia las casas se vinieron y a la del buen hombre llamaron; el
cual, como quien muy bien conocía a los dos, abrió la puerta prontamente. Al
que Pinuccio dijo:
—Mira, tienes que darnos albergue esta noche: pensábamos
poder entrar en Florencia, y no hemos podido apurarnos tanto que a tal hora
como es hayamos llegado.
A quien el posadero repuso:
—Pinuccio, bien sabes qué comodidad tengo para albergar a
hombres tales como sois vosotros; pero como esta hora os ha alcanzado aquí y no
hay tiempo para que podáis ir a otro sitio, os daré albergue de buena gana como
pueda.
Echando pie a tierra, pues, los dos jóvenes, y entrando en
el albergue, primeramente acomodaron sus rocines y luego, habiendo ellos
llevado la cena consigo, cenaron con el huésped. Ahora no tenía el huésped sino
una alcobita muy pequeña en la cual había tres camitas puestas como mejor el
huésped había sabido; y no había, con todo ello, quedado más espacio (estando
dos a uno de los lados de la alcoba y la tercera contra el otro) que se pudiese
hacer allí nada sino moverse muy estrechamente. De estas tres camas, hizo el
hombre preparar para los dos compañeros la menos mala, y los hizo acostar;
luego, después de algún tanto, no durmiendo ninguno de ellos aunque fingiesen
dormir, hizo el huésped acostarse a su hija en una de las dos que quedaban y en
la otra se metió él y su mujer, la cual, junto a la cama donde dormía puso la
cuna en la que tenía a su hijo pequeñito. Y estando las cosas de esta guisa
dispuestas, y habiendo Pinuccio visto todo, después de algún tiempo,
pareciéndole que todos estaban dormidos, levantándose sin ruido, se fue a la
camita donde la joven amada por él estaba echada, y se le echó al lado; por la
cual, aunque medrosamente lo hiciese, fue alegremente acogido, y con ella,
tomando el placer que más había deseado, se estuvo. Y estando así Pinuccio con
la joven, sucedió que un gato hizo caer ciertas cosas, que la mujer,
despertándose, oyó; por lo que levantándose, temiendo que fuese otra cosa, así
en la oscuridad como estaba, se fue allí adonde había oído el ruido. Adriano,
que en aquello no tenía el ánimo, por acaso por alguna necesidad natural se
levantó y yendo a satisfacerla se tropezó con la cuna puesta por la mujer, y no
pudiendo sin levantarla pasar delante, cogiéndola, la levantó del lugar donde
estaba y la puso junto al lado de la cama donde él dormía; y cumplido aquello
por lo que se había levantado, volviéndose, sin preocuparse de la cuna, en la
cama se metió. La mujer, habiendo buscado y encontrado que aquello que había
caído al suelo no era la tal cosa, no se preocupó de encender ninguna luz para
verlo mejor sino que, habiendo gritado al gato, a la alcobita se volvió, y a
tientas se fue derechamente a la cama donde dormía su marido; pero no
encontrando allí la cuna, se dijo:
—¡Ay, desdichada de mí! Mira lo que hacía: a fe que me iba
derechamente a la cama de mis huéspedes.
Y yendo un poco más allá y encontrando la cuna, en la cama
junto a la cual estaba, junto a Adriano se acostó creyendo acostarse con su
marido. Adriano, que todavía no se había dormido, al sentir esto la recibió
bien y alegremente; y sin decir palabra tensó la ballesta y la descargó de un
solo golpe con gran placer de la mujer. Y estando así, temiendo Pinuccio que el
sueño le sorprendiese con su joven, habiendo el placer logrado que deseaba,
para volverse a dormir a su cama se levantó de su lado y, yendo a ella,
encontrando la cuna, creyó que era aquélla la del huésped; por lo que,
avanzando un poco más, se acostó con el huésped, que con la llegada de Pinuccio
se despertó. Pinuccio, creyendo estar al lado de Adriano, dijo:
—¡Bien te digo que nunca hubo cosa tan dulce como
Niccolosa! Por el cuerpo de Cristo, he tenido con ella el mayor placer que
nunca un hombre tuvo con mujer; y te digo que he bajado seis veces a la villa
desde que me fui de aquí.
El huésped, oyendo estas noticias y no gustándole
demasiado, se dijo primero: «¿Qué diablos hace éste aquí?».
Después, más airado que prudente, dijo:
—Pinuccio, la tuya ha sido una villanía y no sé por qué
tienes que hacerme esto; pero por el cuerpo de Cristo me la vas a pagar.
Pinuccio, que no era el joven más sabio del mundo, al
darse cuenta de su error no corrió a enmendarlo como mejor hubiera podido sino
que dijo:
—¿Qué te voy a pagar? ¿Qué podrías hacerme?
La mujer del huésped, que con su marido creía estar dijo a
Adriano:
—¡Ay, mira a nuestros huéspedes que están riñendo por no
sé qué!
Adriano, riendo, repuso:
—Déjalos en paz y que Dios los confunda: bebieron
demasiado anoche.
La mujer, pareciéndole haber oído a su marido gritar y
oyendo a Adriano, incontinenti conoció dónde había estado y con quién; por lo
cual, como discreta, sin decir palabra, súbitamente se levantó, y cogiendo la
cuna de su hijito, como ninguna luz se viese en la alcoba, por conjetura la
llevó junto a la cama donde dormía su hija y con ella se acostó; y, como
despertándose con el barullo del marido, le llamó y le preguntó qué riña se
traía con Pinuccio. El marido respondió:
—¿No le oyes lo que dice que ha hecho esta noche con
Niccolosa?
La mujer dijo:
—Miente con toda la boca, que con Niccolosa no se ha
acostado; que yo me he acostado aquí en el momento en que no he podido dormir
ya; y tú eres un animal por creerle. Bebéis tanto por la noche que luego soñáis
y vais de acá para allá sin enteraros y os parece que hacéis algo grande; ¡gran
lástima es que no os rompáis el cuello! ¿Pero qué hace ahí ese Pinuccio? ¿Por
qué no se está en su cama?
Por otra parte, Adriano, viendo que la mujer discretamente
su deshonra y la de su hija tapaba, dijo:
—Pinuccio, te lo he dicho cien veces que no vayas dando
vueltas, que este vicio tuyo de levantarte dormido y contar las fábulas que
sueñas te va a traer alguna vez una desgracia; ¡vuélvete aquí, así Dios te dé
mala noche!
El huésped, oyendo lo que decía su mujer y lo que decía
Adriano, comenzó a creer demasiado bien que Pinuccio estaba soñando; por lo
que, cogiéndolo por los hombros, comenzó a menearlo y a llamarlo, diciendo:
—Pinuccio, despiértate; vuélvete a tu cama.
Pinuccio, habiendo oído lo que se había dicho, comenzó, a
guisa de quien soñase, a entrar en otros desatinos; de lo que el huésped se
reía con las mayores ganas del mundo. Al final, sintiendo que lo meneaban, hizo
semblante de despertarse, y llamando a Adriano dijo:
—¿Es ya de día, que me llamas?
Adriano dijo:
—Sí, ven aquí.
Él, fingiendo y mostrándose muy somnoliento, por fin se
levantó de junto a su huésped y se volvió a la cama con Adriano; y venido el
día y levantándose el huésped, comenzó a reírse y a burlarse de él y de sus
sueños. Y así, de una broma en otra, preparando los dos jóvenes sus rocines y
poniendo sobre ellos sus valijas y habiendo bebido con el huésped, montando de
nuevo a caballo se vinieron a Florencia, no menos contentos del modo en que la
cosa había sucedido que de los efectos de la cosa. Y luego después, encontrando
otros modos, Pinuccio se encontró con Niccolosa, la cual afirmaba a su madre
que éste verdaderamente había soñado; por la cual cosa la mujer, acordándose de
los abrazos de Adriano, a sí misma se decía que era la única en haber velado.
NOVELA SÉPTIMA
Talano de Imola
[SC350] sueña que un lobo desgarra toda la cara y la
garganta de su mujer; le dice que tenga cuidado; ella no lo hace y le sucede
así.
Habiendo terminado la historia de Pánfilo y sido la
invención de la mujer alabada por todos, la reina a Pampínea dijo que contase
la suya, la cual, entonces, comenzó:
Otra vez, amables señoras, sobre la verdad demostrada por
los sueños, de los que muchos se burlan, se ha hablado entre nosotros; y sin
embargo, aunque ya se haya dicho, no dejaré con una historieta muy breve de
contaros lo que a una vecina mía, no hace aún mucho tiempo, sucedió por no
creer en uno que sobre ella había tenido su marido.
No sé si vosotras conocisteis a Talano de Imola, hombre
muy honrado. Éste, habiendo tomado por mujer a una joven llamada Margarita, más
hermosa que todas las demás, pero, sobre toda otra cosa, tan caprichosa,
desabrida y suspicaz que no quería hacer nada a gusto de nadie ni los demás
podían hacerlo al suyo; lo que, aunque pesadísimo fuese de soportar a Talano,
no pudiendo hacer otra cosa, se lo sufría. Ahora bien, sucedió una noche,
estando Talano con esta Margarita suya en el campo, en una de sus posesiones,
que estando él durmiendo le pareció ver a su mujer ir por un bosque muy hermoso
que tenían no muy lejos de su casa; y mientras la veía andar así, le pareció
que de una parte del bosque salía un grande y feroz lobo, el cual prestamente
se le arrojaba a la garganta y la tiraba a tierra, y ella, pidiendo ayuda, se
esforzaba en arrancarse de él; y cuando salió de sus fauces, toda la cara y la
garganta le pareció que tenía destrozadas. El cual, levantándose a la mañana
siguiente, dijo a su mujer:
—Mujer, aunque tu suspicacia no haya permitido nunca que
pase yo un solo día en paz contigo, sentiría mucho que te sucediese algún mal;
y por ello, si confías en mi juicio, no saldrás hoy de casa.
Y preguntándole ella el porqué, ordenadamente le contó su
sueño. La mujer, moviendo la cabeza, dijo:
—Quien mal te quiere mal te sueña; mucho te compadeces de
mí, pero me sueñas como querrías verme; y por cierto que me guardaré, hoy y
siempre, de darte gusto con éste o con otro daño mío.
Dijo entonces Talano:
—Ya sabía yo que ibas a contestarme eso, porque así le
pagan a quien cría cuervos, pero aunque creas lo que quieras, yo lo digo por tu
bien, y ahora otra vez te advierto que te quedes hoy en casa, o por lo menos,
que te guardes de ir a nuestro bosque.
La mujer dijo:
—Está bien.
Y luego empezó a decirse a sí misma:
«¿Has visto con qué malicia se cree éste haberme metido
miedo de ir hoy a nuestro bosque, donde seguro que debe haberle dado una cita a
cualquier desgraciada, y no quiere que lo encuentre allí? ¡Oh, qué buen
embelesador es éste!, y bien tonta sería yo si le creyese. Pero con certeza no
lo conseguirá; tengo que ver yo, aunque deba estar allí todo el día, qué clase
de comercio es el que quiere éste hacer hoy.»
Y como hubo dicho esto, saliendo el marido por una puerta
de la casa, salió ella por otra, y lo más ocultamente que pudo, sin dilación se
fue al bosque y allí, en la parte que más follaje había, se escondió, estando
atenta y mirando, ora aquí, ora allí por ver si veía venir a alguien. Y
mientras de esta guisa estaba, sin ningún temor del lobo, he aquí que de un
matorral tupido sale un lobo grande y terrible y ni pudo ella, cuando lo vio,
decir sino: «¡Señor, ayúdame!», cuando el lobo ya se le había arrojado a la
garganta y, cogiéndola con fuerza, comenzó a llevársela de allí como si fuese
un pequeño corderito. Ella no podía gritar (tan oprimida tenía la garganta), ni
de otra manera defenderse; por lo que, llevándosela el lobo, sin falta la
habría estrangulado si no se hubiera topado con algunos pastores, los cuales,
gritándole, le obligaron a soltarla; y ella, mísera y desdichada, reconocida
por los pastores y llevada a su casa, luego de largo esfuerzo fue curada por
los médicos, pero no tanto que toda la garganta y una buena parte de la cara no
se quedasen estropeadas de tal manera que siendo primero hermosa, se quedó
luego siendo siempre feísima y deforme. Por lo que ella, avergonzándose de
aparecer donde fuese vista, muchas veces miserablemente lloró su suspicacia y
el no haber, en aquello que nada le costaba, prestado fe al veraz sueño de su
marido.
NOVELA OCTAVA
Biondello
[SC351] hace una burla a Ciacco
[SC352] con un almuerzo, de la que Ciacco sagazmente se
venga haciéndolo golpear concienzudamente.
Universalmente todos los de la alegre compañía dijeron que
lo que Talano había visto durmiendo no había sido un sueño sino una visión, si
es que exactamente, sin faltar nada, había sucedido. Pero, callándose todos,
ordenó la reina a Laureta que siguiese; la cual dijo:
Como estos, sapientísimas señoras, que hoy antes de mí han
hablado, casi todos han sido movidos a hablar por alguna cosa antes dicha, así
me mueve a mí la severa venganza (contada ayer por Pampínea) que tomó el
escolar, a hablar de una muy dura para quien la sufrió, aunque no fuese tan
cruel, y por ello digo que:
Viviendo en Florencia uno llamado por todos Ciacco, hombre
glotoncísimo más que ninguno que haya existido, y no pudiendo sus posibilidades
sostener los gastos que su glotonería requería, siendo por otra parte muy
cortés y todo lleno de buenos y placenteros decires ingeniosos, se dedicó a ser
no propiamente bufón sino motejador, y a tratar a quienes eran ricos y se
deleitaban comiendo cosas buenas; y con éstos a almorzar y a cenar, aunque no
fuese siempre invitado, iba muy frecuentemente. Había semejantemente en
aquellos tiempos en Florencia uno que se llamaba Biondello, pequeño de persona,
muy cortés y más limpio que una patena, con su gorrete en la cabeza, con su
melenita rubia y sin un solo cabello descolocado, el cual el mismo oficio que
Ciacco tenía; el cual, habiendo ido una mañana de cuaresma allá donde se vende
el pescado y comprado dos gordísimas lampreas para micer Vieri de los Cerchi
[SC353], fue visto por Ciacco, que, acercándose a
Biondello dijo:
—¿Qué significa esto?
A quien Biondello repuso:
—Ayer tarde le mandaron otras tres mucho más hermosas que
éstas son y un esturión a micer Corso Donati
[SC354], y no bastándole para poder dar de comer a algunos
gentileshombres, me ha mandado a comprar estas otras dos: ¿no vas a venir tú?
Repuso Ciacco:
—Bien sabes que sí.
Y cuando le pareció oportuno, a casa de micer Corso se
fue, y lo encontró con algunos vecinos suyos, que todavía no había ido a
almorzar; a quien, siendo preguntado por él que qué andaba haciendo, repuso:
—Señor, vengo a almorzar con vos y vuestra compañía.
A quien micer Corso dijo:
—Eres bien venido, y como ya es hora, vámonos.
Sentándose, pues, a la mesa, primero comieron garbanzos y
atún en salmuera, y luego peces del Arno fritos, y nada más. Ciacco,
apercibiéndose del engaño de Biondello y no poco enojado, se propuso hacérselo
pagar; y no pasaron muchos días sin que se encontrase con él, que ya había
hecho reír a muchos con aquella burla. Biondello, al verlo, le saludó, y
riéndose le preguntó que qué tal habían estado las lampreas de micer Corso; a
lo que respondiendo Ciacco, dijo:
—Antes de que pasen ocho días lo sabrás mucho mejor que
yo.
Y sin dar tregua al asunto, separándose de Biondello,
ajustó el precio con un truhán y, dándole un botellón de vidrio, lo llevó a la
lonja de los Cavicciuli y le mostró en ella a un caballero llamado Filippo
Argenti
[SC355], hombre grande y nervudo y fuerte, irritable,
iracundo y colérico más que ningún otro, y le dijo:
—Te acercas a él con este frasco en la mano y le dices
así: «Señor, me manda Biondello y me manda para rogaros que os plazca
enrojecerle este frasco con vuestro buen vino tinto, que se quiere divertir un
rato con sus compinches». Y estate bien atento para que no te ponga las manos
encima, porque lo sentirías y habrías estropeado mis asuntos.
Dijo el truhán:
—¿Tengo que decir algo más?
Dijo Ciacco:
—No, vete; y cuando le hayas dicho eso, vuelve aquí con el
frasco, que yo te pagaré.
Echándose a andar, pues, el truhán, le dio la embajada a
micer Filippo. Micer Filippo, al oírle, como quien poco aguante tenía, pensando
que Biondello, a quien conocía, se burlaba de él, todo colorado el rostro,
diciendo:
—¿Qué «enrojecedme» y qué «compinches» son ésos, que Dios
os confunda a ti y a él?
Se puso en pie y extendió el brazo para golpear al truhán;
pero el truhán, como quien estaba atento, fue rápido y salió huyendo, y por
otro camino volvió a donde Ciacco, que todo había visto, y le dijo lo que micer
Filippo había dicho. Ciacco, contento, pagó al truhán, y no descansó hasta
encontrar a Biondello; al cual dijo:
—¿Has ido últimamente por la lonja de los Cavicciuli?
Repuso Biondello:
—No, nada; ¿por qué me lo preguntas?
Dijo Ciacco:
—Porque puedo decirte que micer Filippo te está buscando;
no sé qué es lo que quiere.
Dijo entonces Biondello:
—Bien, voy hacia allí y hablaré con él.
Al irse Biondello, Ciacco se fue detrás a ver cómo iba el
asunto. Micer Filippo, no habiendo podido alcanzar al truhán, se había quedado
fieramente airado y se recomía por dentro al no poder dar a las palabras del
pícaro otro significado sino que Biondello, a instancias de quien fuese, se
burlaba de él; y mientras estaba él reconcomiéndose, he aquí que Biondello
llega. Al que, en cuanto vio, saliéndole al encuentro, le dio en la cara un
gran puñetazo.
—¡Ay!, señor —dijo Biondello—, ¿qué es esto?
Micer Filippo, cogiéndolo por los pelos y arrancándole el
gorrete de la cabeza y arrojándole el capucho por tierra, y sin dejar de darle
grandes golpes, decía:
—Traidor, bien verás lo que es esto; ¿de qué «enrojecedme»
y de qué «compinches» mandas que me hablen a mí? ¿Te parezco un muchachito a
quien se le gastan bromas?
Y así diciendo, con los puños que tenía como de hierro, le
destrozó toda la cara y no le dejó en la cabeza pelo que estuviese bien
colocado, y revolcándolo por el fango, le rasgó todas las ropas que llevaba
encima; y tanto se aplicaba a ello que ni una vez desde el principio pudo
Biondello decir palabra ni preguntarle por qué le hacía esto; bien había oído
lo del «enrojecedme» y los «compinches», pero no sabía lo que quería decir. Por
fin, habiéndole bien golpeado micer Filippo y habiendo mucha gente alrededor,
con el mayor trabajo del mundo se lo arrancaron de las manos, tan desgreñado y
desastrado como estaba, y le dijeron por qué micer Filippo había hecho aquello,
reprendiéndole por haber mandado a decirle aquello, y diciéndole que a aquellas
alturas debía conocer a micer Filippo y que no era hombre para gastarle bromas.
Biondello, llorando, se excusaba y decía que nunca había mandado a pedirle vino
a micer Filippo; y luego que un poco se hubo compuesto, triste y dolorido se
volvió a casa, pensando que aquello había sido obra de Ciacco. Y después de que
tras muchos días, desaparecidos los cardenales del rostro, comenzó a salir de
casa, sucedió que lo encontró Ciacco, y riéndose le preguntó:
—Biondello, ¿qué tal te pareció el vino de micer Filippo?
Repuso Biondello:
—¡Así debían haberte parecido a ti las lampreas de micer
Corso!
Entonces dijo Ciacco:
—Ahora depende de ti: siempre que quieras hacerme comer
tan bien como me hiciste, te daré de beber tan bien como te he dado.
Biondello, que sabía que contra Ciacco más podía tener
mala voluntad que malas obras, rogó a Dios que le diese su paz, y de allí en
adelante se guardó de burlarse de él.
NOVELA NOVENA
Dos jóvenes piden consejo a Salomón, el uno de cómo puede
ser amado, el otro de cómo debe a la mujer terca; al uno le responde que ame y
al otro que vaya al puente de la Oca
[SC356] .
Nadie más que la reina (si quería respetarse el privilegio
concedido a Dioneo) quedaba por novelar; la cual, después de que las damas
hubieron mucho reído del desdichado Biondello, alegre, comenzó a hablar así:
Amables señoras, si con mente recta miramos el orden de
las cosas, muy fácilmente conoceremos que toda la universal multitud de las
mujeres está a los hombres sometida por la naturaleza y por las costumbres y
por las leyes, y que según el discernimiento de éstos conviene que se rijan y
gobiernen; y por ello, todas las que quieran tranquilidad, consuelo y reposo
tener con los hombres a quienes pertenecen, deben ser con ellos humildes,
pacientes y obedientes, además de honestas, lo que es especial tesoro de cada
una. Y si en cuanto a esto las leyes, que al bien común miran en todas las
cosas, no nos enseñasen (y el uso y la costumbre que queremos decir, cuyas
fuerzas son grandísimas y dignas de ser reverenciadas) la naturaleza muy
abiertamente lo muestra, que nos ha hecho en el cuerpo delicadas y blandas, en
el ánimo tímidas y miedosas, en las mentes benignas y piadosas, y nos ha dado
flacas las corporales fuerzas, las voces amables y los movimientos de los
miembros suaves: cosas todas que testimonian que tenemos necesidad del gobierno
ajeno. Y quien tiene necesidad de ser ayudado y gobernado, toda razón quiere
que sea obediente y que esté sometido y reverencie a su ayudador y gobernador:
¿y quiénes nos ayudan y gobiernan a nosotras sino los hombres? Pues a los
hombres debemos, sumamente honrándoles, someternos; y la que de esto se aparte
estimo que sea dignísima no solamente de dura reprensión, sino también de
áspero castigo. Y a tal consideración, aunque ya la haya hecho otra vez, me ha
traído hace poco Pampínea con lo que contó de la irritable mujer de Talano: a
quien Dios mandó el castigo que su marido no había sabido darle; y por ello
juzgo yo que son dignas (como ya dije) de duro y áspero castigo todas aquellas
que se apartan de ser amables, benévolas y dóciles como lo quieren la
naturaleza, la costumbre y las leyes. Por lo que me agrada contaros el consejo
que dio Salom6n, como útil medicina para curar a aquellas que están afectadas
de este mal; el cual, ninguna que no sea merecedora de tal medicina, piense que
se dice por ella, aunque los hombres acostumbren decir tal proverbio: «Espuelas
pide el buen caballo y el malo, y la mujer buena y mala pide palo». Las cuales
palabras, quien quisiera interpretarlas jocosamente, inmediatamente concedería
que son ciertas de todas, pero aun queriendo interpretarlas moralmente, digo
que habría que admitirlas. Son naturalmente las mujeres todas volubles e
influenciables y por ello, para corregir la inquietud de quienes se dejan ir
demasiado lejos de los límites impuestos, se necesita el bastón que las
castigue, y para sustentar la virtud de las demás, que no se dejen resbalar, es
necesario el bastón que las sostenga y las asuste. Pero dejando ahora el
predicar, viendo a aquello que tengo en el ánimo decir, digo que:
Habiéndose ya extendido por todo el universo mundo la
altísima fama de la maravillosa discreción de Salomón, y el liberalísimo uso
que de ella hacía para quien quería conocerla por propia experiencia, muchos
acudían a él por consejo en sus estrechísimas y arduas necesidades desde
diversas partes del mundo; y entre los otros que a ello iba, se puso en camino
un joven cuyo nombre era Melisso, muy noble y rico, de la ciudad de Layazo, de
donde era él y donde vivía. Y cabalgando hacia Jerusalén, sucedió que, al salir
de Antioquia, con otro joven llamado Josefo, el cual aquel mismo camino llevaba
que él hacía, cabalgó durante algún tiempo; y como es la costumbre de los
viajeros, comenzó a entrar con él en conversación. Habiéndole dicho ya Josefo a
Melisso cuál era su condición y de dónde venía, adónde iba y a qué le preguntó;
al cual, dijo Josefo que iba a Salomón, para pedirle consejo de lo que debía
hacer con su mujer, que era más que ninguna otra mujer terca y mala, a quien él
ni con ruegos ni con halagos ni de ninguna otra manera podía sacar de su
obstinación. Y luego, él por su parte, de dónde era y adónde iba y para qué le
preguntó; al cual respondió Melisso:
—Yo soy de Layazo, y como tú tienes una desgracia yo tengo
otra: yo soy un hombre rico y gasto lo mío en sentar a mi mesa y honrar a mis
conciudadanos, y es cosa rara y extraña pensar que, a pesar de todo esto, no
puedo encontrar a nadie que me quiera bien; y por ello voy donde vas tú, para
pedir consejo de cómo pueda hacer que sea amado.
Caminaron, pues, juntos los dos compañeros y, llegados a
Jerusalén, por mediación de uno de los barones de Salomón, fueron llevados ante
él, al cual brevemente Melisso expuso su necesidad; a quien Salomón repuso:
—Ama.
Y dicho esto, prestamente Melisso fue obligado a salir de
allí, y Josefo dijo aquello por lo que estaba allí, al cual Salomón, nada
respondió sino:
—Ve al Puente de la Oca.
Dicho lo cual, también Josefo fue sin demora alejado de la
presencia del rey, y encontró a Melisso que estaba esperándole, y le dijo lo
que le habían dado por respuesta. Los cuales, pensando en estas palabras y no
pudiendo comprender su sentido ni sacar ningún fruto para sus necesidades, como
si hubiesen sido burlados, se pusieron en camino para volver; y luego de que
hubieron caminado algunas jornadas llegaron a un río sobre el cual había un
hermoso puente; y porque una gran caravana de carga con mulas y con caballos
estaba pasando tuvieron que esperar hasta tanto que hubiesen pasado. Y habiendo
ya pasado casi todos, por acaso hubo un mulo que se espantó, como con
frecuencia les sucedía, y no quería de ninguna manera pasar adelante; por la
cual cosa, un mulero, cogiendo una estaca, primero con bastante suavidad
comenzó a pegarle para que pasase. Pero el mulo, ora de esta parte del camino,
ora de aquélla atravesándose, y a veces retrocediendo, de ninguna manera pasar
quería; por la cual cosa el mulero, sobremanera airado, comenzó con la estaca a
darle los mayores golpes del mundo, ora en la cabeza, ora en los flancos y ora
en la grupa; pero todo era inútil. Por lo que Melisso y Josefo, que estaban
mirando esta cosa, decían al mulero:
—¡Ah!, desdichado, ¿que haces?, ¿quieres matarlo?, ¿por
qué no pruebas a conducirlo bien y tranquilamente? Irá antes que si lo golpeas
como estás haciendo.
A quienes el mulero respondió:
—Vosotros conocéis a vuestros caballos y yo conozco mi
mulo; dejadme hacerle lo que quiero.
Y dicho esto, comenzó a darle bastonazos, y tantos de una
parte y tantos de otra le dio que el mulo pasó adelante, de manera que el
mulero se salió con la suya. Estando, pues, los dos jóvenes a punto de seguir,
preguntó Josefo a un buen hombre, que estaba sentado al empezar el puente, que
cómo se llamaba aquello; al cual el buen hombre repuso:
—Señor, esto se llama el Puente de la Oca.
Lo que, como hubo oído Josefo, se acordó de las palabras
de Salomón y le dijo a Melisso:
—Pues te digo, compañero, que los consejos que me ha dado
Salomón podrían ser buenos y verdaderos porque muy claramente conozco que no
sabía pegar a mi mujer: pero este mulero me ha enseñado lo que tengo que hacer.
De allí a algunos días llegados a Antioquia, retuvo Josefo
a Melisso para que descansase algunos días con él; y siendo muy fríamente
recibido por su mujer, le dijo que hiciese preparar la cena tal como Melisso le
dijera; el cual, como vio que Josefo eso quería, se lo explicó. La mujer, tal
como había hecho en el pasado, no como Melisso le había dicho, sino todo lo
contrario hizo; lo que viendo Josefo, enojado, dijo:
—¿No se te ha dicho de qué manera debías hacer esta cena?
La mujer, respondiéndole orgullosamente, dijo:
—Pues ¿qué quiere decir esto? ¡Ah! ¡No cenes si no quieres
cenar! Si se me dijo de otra manera a mí me ha parecido hacerlo así; si te
place, que te plazca; si no, aguántate.
Maravillóse Melisso de la respuesta de la mujer y mucho se
la reprobó. Josefo, al oír esto, dijo:
—Mujer, sigues siendo lo que eras, pero créeme que te haré
cambiar de maneras.
Y volviéndose a Melisso dijo:
—Amigo, pronto vamos a ver qué tal ha sido el consejo de
Salomón; pero te ruego que no te sea duro verlo ni pensar que es broma lo que
voy a hacer. Y para que no me lo impidas, acuérdate de la respuesta que nos dio
el mulero cuando de su mulo nos daba compasión.
Al cual Melisso dijo:
—Yo estoy en tu casa, donde no entiendo separarme de lo
que gustes.
Josefo, buscando un bastón redondo de una encina joven, se
fue a su alcoba, adonde la mujer, que con cólera se había levantado de la mesa,
se había ido rezongando, y cogiéndola por las trenzas la arrojó a sus pies y
comenzó a golpearla fieramente con este bastón. La mujer empezó primero a
gritar y después a amenazar; pero viendo que con todo Josefo no cejaba, toda
dolorida comenzó a pedir merced por Dios para que no la matase, diciendo además
que nunca dejaría de hacer su gusto. Josefo, a pesar de todo esto, no cesaba
sino que con más furia una vez que la anterior o en el costado o en las ancas o
en los hombros golpeándola fuertemente le andaba asentando las costuras, y no
se quedó quieto hasta que se cansó; y en resumen, ningún hueso ni ninguna parte
quedó en el cuerpo de la buena mujer que machacada no tuviese; y hecho esto,
volviéndose con Melisso, dijo:
—Mañana veremos cómo resulta el consejo de «Vete al Puente
de la Oca».
Y descansando un tanto y lavándose después las manos, con
Melisso cenó y cuando fue hora se fueron a acostar. La pobrecita mujer con gran
trabajo se levantó del suelo y se arrojó sobre la cama, donde descansando lo
mejor que pudo, a la mañana siguiente, levantándose tempranísimo, hizo
preguntar a Josefo que qué quería que hiciese para almorzar. Él, riéndose de
aquello junto con Melisso, se lo explicó; y luego, cuando fue hora, al volver,
óptimamente todas las cosas y según la orden dada encontraron hechas; por la
cual cosa el primer consejo para sus males que habían oído sumamente alabaron.
Y luego de algunos días, separándose Melisso de Josefo y volviendo a su casa, a
uno que era un hombre sabio le dijo lo que Salomón le había dicho, el cual le
dijo:
—Ningún consejo más verdadero ni mejor podía darte. Sabes
bien que tú no amas a nadie, y los honores y los favores que haces los haces no
por amor que tengas a nadie sino por pompa. Ama, pues, como Salomón te dijo, y
serás amado.
Así pues, fue corregida la irascible mujer, y el joven,
amando, fue amado.
NOVELA DÉCIMA
Don Gianni, a instancias de compadre Pietro, hace un
encantamiento para convertir a su mujer en una yegua; y cuando va a pegarle la
cola, compadre Pietro, diciendo que no quería cola, estropea todo el
encantamiento
[SC357] .
Esta historia contada por la reina hizo un poco murmurar a
las mujeres y reírse a los jóvenes; pero luego de que se callaron, Dioneo así
empezó a hablar:
Gallardas señoras; entre muchas blancas palomas añade más
belleza un negro cuervo que lo haría un cándido cisne, y así entre muchos
sabios algunas veces uno menos sabio es no solamente un acrecentamiento de
esplendor y hermosura para su madurez, sino también deleite y solaz. Por la
cual cosa, siendo todas vosotras discretísimas y moderadas, yo, que más bien
huelo a bobo, haciendo vuestra virtud más brillante con mi defecto, más querido
debe seros que si con mayor valor a aquélla hiciera oscurecerse: y por consiguiente,
mayor libertad debo tener en mostrarme tal cual soy, y más pacientemente debe
ser por vosotras sufrido que lo debería si yo más sabio fuese, contando aquello
que voy a contar. Os contaré, pues, una historia no muy larga en la cual
comprenderéis cuán diligentemente conviene observar las cosas impuestas por
aquellos que algo por arte de magia hacen y cuándo un pequeño fallo cometido en
ello estropea todo lo hecho por el encantador.
El año pasado hubo en Barletta un cura llamado don Gianni
de Barolo el cual, porque tenía una iglesia pobre, para sustentar su vida
comenzó a llevar mercancía con una yegua acá y allá por las ferias de Apulia y
a comprar y a vender. Y andando así trabó estrechas amistades con uno que se
llamaba Pietro de Tresanti, que aquel mismo oficio hacía con un asno suyo, y en
señal de cariño y de amistad, a la manera apulense no lo llamaba sino compadre
Pietro; y cuantas veces llegaba a Barletta lo llevaba a su iglesia y allí lo
albergaba y como podía lo honraba. Compadre Pietro, por otra parte, siendo
pobrísimo y teniendo una pequeña cabaña en Tresanti, apenas bastante para él y
para su joven y hermosa mujer y para su burro, cuantas veces don Gianni por
Tresanti aparecía, tantas se lo llevaba a casa y como podía, en reconocimiento
del honor que de él recibía en Barletta, lo honraba. Pero en el asunto del
albergue, no teniendo el compadre Pietro sino una pequeña yacija en la cual con
su hermosa mujer dormía, honrar no lo podía como quería; sino que en un pequeño
establo estando junto a su burro echada la yegua de don Gianni, tenía que
acostarse sobre la paja junto a ella. La mujer, sabiendo el honor que el cura
hacía a su marido en Barletta, muchas veces había querido, cuando el cura
venía, ir a dormir con una vecina suya que tenía por nombre Zita Carapresa de
Juez Leo, para que el cura con su marido durmiese en la cama, y se lo había
dicho muchas veces al cura, pero él nunca había querido; y entre las otras
veces una le dijo:
—Comadre Gemmata, no te preocupes por mí, que estoy bien,
porque cuando me place a esta yegua la convierto en una hermosa muchacha y me
estoy con ella, y luego, cuando quiero, la convierto en yegua; y por ello no me
separaré de ella.
La joven se maravilló y se lo creyó, y se lo dijo al
marido, añadiendo:
—Si es tan íntimo tuyo como dices, ¿por qué no haces que
te enseñe el encantamiento para que puedas convertirme a mí en yegua y hacer
tus negocios con el burro y con la yegua y ganaremos el doble? Y cuando hayamos
vuelto a casa podrías hacerme otra vez mujer como soy.
Compadre Pietro, que era más bien corto de alcances, creyó
este asunto y siguió su consejo: y lo mejor que pudo comenzó a solicitar de don
Gianni que le enseñase aquello. Don Gianni se ingenió mucho en sacarlo de
aquella necedad, pero no pudiendo, dijo:
—Bien, puesto que lo queréis, mañana nos levantaremos,
como solemos, antes del alba, y os mostraré cómo se hace; es verdad que lo más
difícil en este asunto es pegar la cola, como verás.
El compadre Pietro y la comadre Gemmata, casi sin haber
dormido aquella noche, con tanto deseo este asunto esperaban que en cuanto se
acercó el día se levantaron y llamaron a don Gianni; el cual, levantándose en
camisa, vino a la alcobita del compadre Pietro y dijo:
—No hay en el mundo nadie por quien yo hiciese esto sino
por vosotros, y por ello, ya que os place, lo haré; es verdad que tenéis que
hacer lo que yo os diga si queréis que salga bien.
Ellos dijeron que harían lo que él les dijese; por lo que
don Gianni, cogiendo una luz, se la puso en la mano al compadre Pietro y le
dijo:
—Mira bien lo que hago yo, y que recuerdes bien lo que
diga; y guárdate, si no quieres echar todo a perder, de decir una sola palabra
por nada que oigas o veas; y pide a Dios que la cola se pegue bien.
El compadre Pietro, cogiendo la luz, dijo que así lo
haría. Luego, don Gianni hizo que se desnudase como su madre la trajo al mundo
la comadre Gemmata, y la hizo ponerse con las manos y los pies en el suelo de
la manera que están las yeguas, aconsejándola igualmente que no dijese una
palabra sucediese lo que sucediese; y comenzando a tocarle la cara con las
manos y la cabeza, comenzó a decir:
—Que ésta sea buena cabeza de yegua.
Y tocándole los cabellos, dijo:
—Que éstos sean buenas crines de yegua.
Y luego tocándole los brazos dijo:
—Que éstos sean buenas patas y buenas pezuñas de yegua.
Luego, tocándole el pecho y encontrándolo duro y redondo,
despertándose quien no había sido llamado y levantándose, dijo:
—Y sea éste buen pecho de yegua.
Y lo mismo hizo en la espalda y en el vientre y en la
grupa y en los muslos y en las piernas; y por último, no quedándole nada por
hacer sino la cola levantándose la camisa y cogiendo el apero con que plantaba
a los hombres y rápidamente metiéndolo en el surco para ello hecho, dijo:
—Y ésta sea buena cola de yegua.
El compadre Pietro, que atentamente hasta entonces había
mirado todas las cosas, viendo esta última y no pareciéndole bien, dijo:
—¡Oh, don Gianni, no quiero que tenga cola, no quiero que
tenga cola!
Había ya el húmedo radical que hace brotar a todas las
plantas sobrevenido cuando don Gianni, retirándolo, dijo:
—¡Ay!, compadre Pietro, ¿qué has hecho?, ¿no te dije que
no dijeses palabra por nada que vieras? La yegua estaba a punto de hacerse,
pero hablando has estropeado todo, y ya no hay manera de rehacerlo nunca.
El compadre Pietro dijo:
—Ya está bien: no quería yo esa cola. ¿Por qué no me
decíais a mí: «Pónsela tú»? Y además se la pegabais demasiado baja.
Dijo don Gianni:
—Porque tú no habrías sabido la primera vez pegarla tan
bien como yo.
La joven, oyendo estas palabras, levantándose y poniéndose
en pie, de buena fe dijo a su marido:
—¡Bah!, qué animal eres, ¿por qué has echado a perder tus
asuntos y los míos?, ¿qué yeguas has visto sin cola? Bien sabe Dios que eres
pobre, pero sería justo que lo fueses mucho más.
No habiendo, pues, ya manera de poder hacer de la joven
una yegua por las palabras que había dicho el compadre Pietro, ella doliente y
melancólica se volvió a vestir y el compadre Pietro con su burro, como
acostumbraba, se fue a hacer su antiguo oficio; y junto con don Gianni se fue a
la feria de Bitonto, y nunca más tal favor le pidió.
Cuánto se rió de esta historia, mejor entendida por las
mujeres de lo que Dioneo quería, piénselo quien ahora se esté riendo. Pero
habiendo terminado la historia y comenzando ya el sol a templarse, y conociendo
la reina que el final de su gobierno había venido, poniéndose en pie y
quitándose la corona, se la puso a Pánfilo en la cabeza, el cual sólo con tal
honor faltaba de ser honrado; y sonriendo dijo:
—Señor mío, gran carga te queda, como es tener que
enmendar mis faltas y las de los otros que el lugar han ocupado que tú ocupas,
siendo el último; para lo que Dios te dé gracia, como me la ha prestado a mí en
hacerte rey.
Pánfilo, alegremente recibido el honor, repuso:
—Vuestra virtud y de mis otros súbditos hará de manera que
yo sea, como lo han sido los demás, alabado.
Y según la costumbre de sus predecesores, con el mayordomo
habiendo dispuesto las cosas oportunas, a las señoras que esperaban se volvió y
dijo:
—Enamoradas señoras, la discreción de Emilia, que ha sido
nuestra reina este día, para dar algún descanso a vuestras fuerzas os dio la
libertad de hablar sobre lo que más os pluguiese; por lo que, estando ya
reposadas, pienso que está bien volver a la ley acostumbrada, y por ello quiero
que mañana cada una de vosotras piense en discurrir sobre esto: sobre quien
liberal o magníficamente en verdad haya obrado algo en asuntos de amor o de
otra cosa. Así, esto diciendo y haciendo, sin ninguna duda a vuestros ánimos
bien dispuestos moverá a obrar valerosamente, para que nuestra vida, que no
puede ser sino breve en el cuerpo mortal, se perpetúe en la loable fama; lo que
todos los que no sólo sirven al vientre (a guisa de lo que hacen los animales)
deben no solamente desear, sino buscar y poner en obra con todo empeño.
El tema plugo a la alegre compañía, la cual con licencia
del nuevo rey, levantándose, a los acostumbrados entretenimientos se entregó,
cada uno según aquello a lo que más por su gusto era atraído; y así hicieron
hasta la hora de la cena. Llegados a la cual con fiesta, y servidos
diligentemente con orden, luego del fin de ella se levantaron para bailar las
danzas acostumbradas, y más de mil cancioncillas más entretenidas de palabras
que consumadas en el canto habiendo cantado, mandó el rey a Neifile que cantase
una en su nombre; la cual con voz clara y alegre, así placenteramente y sin
dilación comenzó:
Yo soy muy jovencita, y de buen grado
me alegro y canto en la estación florida
merced a Amor y al pensar extasiado.
Voy por los verdes prados contemplando
las flores blancas, gualdas y encarnadas,
las rosas sobre espinas levantadas,
los lirios, y los voy relacionando
con el rostro de aquel a cuyo mando
porque me ama estaré siempre rendida
sin tener más deseo que su agrado.
Y cuando alguna encuentro por mi vía
que me recuerda por demás a él,
yo la cojo y la beso y le hablo de él,
y tal cual soy, así el ánima mía
le abro entera y le cuento mi porfía;
luego, con las demás entretejida,
de mis rubios cabellos es tocado.
Y ese placer que suele dar la flor
a la mirada, el mismo a mí me dona,
como si viese a la propia persona
que me ha inflamado con su suave amor,
pero al que llega a causarme su olor
mi palabra no acierta a darle vida
y con suspiros será divulgado.
Los cuales, en mi pecho al levantarse,
no son, como en las otras damas, graves
sino que salen cálidos y suaves
y ante mi amor van a manifestarse;
quien, al oírlos, viene a presentarse
donde estoy, cuando pienso conmovida:
«¡No me aflijas y ven pronto a mi lado!».
Mucho fue por el rey y por todas las señoras alabada la
cancioncilla de Neifile; después de la cual, porque ya había pasado parte de la
noche, mandó el rey a todos que hasta el día se fuesen a descansar.
TERMINA LA NOVENA JORNADA
DÉCIMA JORNADA
COMIENZA LA DÉCIMA Y ÚLTIMA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA
CUAL BAJO EL GOBIERNO DE PÁNFILO, SE DISCURRE SOBRE QUIENES LIBERALMENTE O CON
VERDADERA MAGNIFICENCIA HICIERON ALGO, YA EN ASUNTOS DE AMOR, YA EN OTROS.
Aún estaban bermejas algunas nubecillas del occidente,
habiendo ya las del oriente, en su extremidad semejantes al oro, llegado a ser
luminosísimas por los solares rayos que, aproximándoseles, mucho las herían,
cuando Pánfilo, levantándose, a las señoras y a sus compañeros hizo llamar. Y
venidos todos, con ellos habiendo deliberado adónde pudiesen ir para su
esparcimiento, con lento paso se puso a la cabeza, acompañado por Filomena y
Fiameta, y con todos los otros siguiéndole; y hablando de muchas cosas sobre su
futura vida, y diciendo y respondiendo, por largo tiempo se fueron paseando; y
habiendo dado una vuelta bastante larga, comenzando el sol a calentar ya
demasiado, se volvieron a la villa. Y allí, en torno a la clara fuente,
habiendo hecho enjuagar los vasos, el que quiso bebió algo, y luego entre las
placenteras sombras del jardín, hasta la hora de comer se fueron divirtiendo; y
luego de que hubieron comido y dormido, como solían hacer, cuando al rey plugo
se reunieron, y allí el primer discurso lo ordenó el rey a Neifile, la cual
alegremente comenzó así:
NOVELA PRIMERA
Un caballero sirve al rey de España; le parece estar mal
recompensado, por lo que el rey, con una prueba evidentísima, le muestra que no
es culpa suya, sino de su mala fortuna, recompensándole luego generosamente
[SC358] .
Como grandísima gracia, honorables señoras, debo reputar
que nuestro rey me haya encargado en primer lugar hablar sobre la
magnificencia, la cual, como el sol es hermosura y ornamento del cielo, es
claridad y luz de cualquier otra virtud. Contaré, pues, sobre todo una novelita
a mi parecer asaz donosa, cuyo recuerdo (con certeza) no podrá ser sino útil.
Debéis, pues, saber que entre los demás valerosos
caballeros que desde hace mucho tiempo hasta ahora ha habido en nuestra ciudad,
fue uno, y tal vez el mejor, micer Ruggeri de los Figiovanni
[SC359]; el cual siendo rico y de gran ánimo, y viendo
que, considerada la cualidad del vivir y de las costumbres de Toscana, él,
quedándose en ella, poco o nada podría demostrar su valor, tomó el partido de
irse un tiempo junto a Alfonso, rey de España
[SC360], la fama de cuyo valor sobrepasaba a la de
cualquier otro señor de aquellos tiempos; y muy honradamente equipado de armas
y de caballos y de compañía se fue a él en España y graciosamente fue recibido
por el rey. Allí, pues, viviendo micer Ruggeri y espléndidamente viviendo y en
hechos de armas haciendo maravillosas cosas, muy pronto se hizo conocer como
valeroso. Y habiendo estado allí ya algún tiempo observando mucho las maneras
del rey, le pareció que éste, ora a uno, ora a otro daba castillos y ciudades y
baronías muy poco discretamente, como dándolas a quien no era digno; y porque a
él, que entre los que lo eran se consideraba, nada le era dado, juzgó que mucho
disminuía aquello su fama; por lo que deliberó irse de allí y pidió licencia al
rey. El rey se la concedió y le dio una de las mejores mulas que nunca se
hubieron cabalgado, y la más hermosa, la cual, por el largo camino que tenía
que hacer, fue muy estimada por micer Ruggeri. Después de esto, encomendó el
rey a un discreto servidor suyo que, de la manera que mejor le pareciese, se
ingeniase en cabalgar la primera jornada con micer Ruggeri de guisa que no
pareciese mandado por el rey, y todo lo que dijese de él lo conservara en la
memoria de manera que pudiera decírselo luego, y a la mañana siguiente le
mandase que volviera a donde estaba el rey. El servidor, estando al cuidado, al
salir micer Ruggeri de la ciudad, muy hábilmente se fue acompañándole,
diciéndole que venía hacia Italia. Cabalgando, pues, micer Ruggeri en la mula
que le había dado el rey, y con aquél de una cosa y de otra hablando,
acercándose la hora de tercia, dijo:
—Creo que estaría bien que llevásemos a estercolar a estas
bestias.
Y, entrando en un establo, todas menos la mula
estercolaron; por lo que, siguiendo adelante, estando siempre el servidor
atento a las palabras del caballero, llegaron a un río, y abrevando allí a sus
bestias, la mula estercoló en el río. Lo que viendo micer Ruggeri, dijo:
—¡Bah!, desdichado te haga Dios, animal, que eres como el
señor que te ha dado a mí.
El servidor se fijó en estas palabras, y como en otras
muchas se había fijado caminando todo el día con él, ninguna otra que no fuese
en suma alabanza del rey le oyó decir, por lo que a la mañana siguiente,
montando a caballo y queriendo cabalgar hacia Toscana, el servidor le dio la
orden del rey, por lo que micer Ruggeri incontinenti se volvió atrás. Y
habiendo ya sabido el rey lo que había dicho de la mula, haciéndole llamar le
preguntó que por qué le había comparado con su mula, o mejor a la mula con él.
Micer Ruggeri, con abierto gesto le dijo:
—Señor mío, os asemejáis a ella porque, así como vos
hacéis dones a quien no conviene y a quien conviene no los hacéis, así ella
donde convenía no estercoló y donde no convenía, sí.
Entonces dijo el rey:
—Micer Ruggeri, el no haberos hecho dones como los he
hecho a muchos que en comparación de vos nada son, no ha sucedido porque yo no
os haya tenido por valerosísimo caballero y digno de todo gran don; sino por
vuestra fortuna, que no me lo ha permitido, en lo que ella ha pecado y yo no. Y
que digo verdad os lo mostraré manifiestamente.
A quien Ruggeri repuso:
—Señor mío, yo no me enojo por no haber recibido dones de
vos, porque no los deseaba para ser más rico, sino porque vos no habéis
testimoniado con nada la estima de mi valor, sin embargo, tengo la vuestra por
buena excusa y por honrada, y estoy dispuesto a ver lo que os plazca, aunque os
crea sin ninguna prueba.
Lo llevó, entonces, el rey a una gran sala donde, como
había ordenado antes, había dos grandes cofres cerrados, y en presencia de
muchos le dijo:
—Micer Ruggeri, en uno de estos cofres está mi corona, el
cetro real y el orbe y muchos buenos cinturones míos, broches, anillos y otras
preciosas joyas que tengo; el otro está lleno de tierra. Coged uno, pues, y el
que cojáis será vuestro y podréis ver quién ha sido ingrato hacia vuestro
valor, si yo o vuestra fortuna.
Micer Ruggeri, puesto que vio que así agradaba al rey,
cogió uno, el cual mandó el rey que fuese abierto, y se encontró que estaba
lleno de tierra; con lo que el rey, riéndose, dijo:
—Bien podéis ver, micer Ruggeri, que es verdad lo que os
digo de vuestra fortuna; pero en verdad vuestro valor merece que me oponga a
sus fuerzas. Yo sé que no tenéis la intención de haceros español, y por ello no
quiero daros aquí ni castillo ni ciudad, pero el cofre que la fortuna os quitó,
aquél a despecho de ella quiero que sea vuestro, para que a vuestra tierra
podáis llevároslo y de vuestro valor con el testimonio de mis dones podáis
gloriaros con vuestros conciudadanos.
Micer Ruggeri, cogiéndolo, y dadas al rey aquellas gracias
que a tamaño don correspondían, con él, contento, se volvió a Toscana.
NOVELA SEGUNDA
Ghino de Tacco
[SC361] apresa al abad de Cluny
[SC362] y le cura del estómago, y luego lo suelta, el
cual, volviendo a la corte de Roma, lo reconcilia con el papa Bonifacio, y lo
hace caballero Hospitalario.
Alabada había sido ya por todos la magnificencia del rey
Alfonso con el caballero florentino cuando el rey, a quien mucho había
complacido, ordenó a Elisa que siguiese; la cual, prestamente comenzó:
Delicadas señoras, el haber sido un rey magnífico y el
haber usado su magnificencia con quien servido le había, no puede decirse que
no sea loable y gran cosa, ¿pero qué diríamos si se cuenta que un clérigo ha
usado de admirable magnificencia hacia una persona que si la hubiese tenido por
enemiga no habría sido reprochado por ello? Ciertamente no otra cosa sino que
la del rey fuese virtud y la del clérigo milagro, como sea que éstos son todos
mucho más avaros que las mujeres y de toda liberalidad enemigos encarnizados; y
por mucho que todo hombre apetezca venganza de las ofensas recibidas, los
clérigos, como se ve, aunque paciencia prediquen y sumamente alaben el perdón
de las ofensas, más fogosamente que los demás hombres recurren a ella. La cual
cosa, es decir, cómo un clérigo fue magnífico, en la historia que sigue podréis
saber claramente.
Ghino de Tacco, por su fiereza y por sus robos hombre muy
famoso, siendo arrojado de Siena y enemigo de los condes de Santafiore, sublevó
Radicófani contra la iglesia de Roma, y estando allí, a cualquiera que por los
alrededores pasaba le hacía robar por sus mesnaderos. Ahora bien, estando el
Papa Bonifacio VIII en Roma, vino a la corte el abad de Cluny, el cual se cree
ser uno de los más ricos prelados del mundo; y estropeándosele allí el
estómago, le aconsejaron los médicos que fuese a los baños de Siena y se
curaría sin falta; por lo cual, concediéndoselo el Papa, sin preocuparse de la
fama de Ghino, con gran pompa de equipaje y de carga y de caballos y de
servidumbre se puso en camino. Ghino de Tacco, habiendo sabido su venida,
tendió sus redes, y sin perder un solo mozo de mulas, al abad y a todos sus
acompañantes y sus cosas cercó en un estrecho lugar; y esto hecho, lo mandó al
abad, al cual de su parte muy amablemente le dijo que hiciese el favor de ir a
hospedarse con aquel Ghino al castillo. Lo que oyendo el abad, todo furioso
respondió que no quería hacerlo, como quien no tenía nada que hacer con Ghino,
sino que seguiría su camino y que querría ver quién se lo iba a vedar. Al cual
el embajador, humildemente hablando, dijo:
—Señor, habéis venido a un lugar donde, excepto a la
fuerza de Dios, nosotros nada tememos y donde las excomuniones y los
interdictos están todos excomulgados; y por ello, sufrid por las buenas el
complacer a Ghino en esto.
Estaba ya, mientras decían estas palabras, todo el lugar
rodeado por bandoleros; por lo que el abad, viéndose apresado con los suyos,
muy desdeñoso, con el embajador tomó el camino del castillo, y con él toda su
compañía y todo su equipaje. Y habiendo echado pie a tierra, como Ghino quiso,
completamente solo fue llevado a una alcobita de un edificio muy oscura e
incómoda, y todos los demás hombres fueron, según su condición, muy bien
acomodados en el castillo, y los caballos y los equipajes puestos a salvo sin
tocar nada de ellos. Y hecho esto, se fue Ghino al abad y le dijo:
—Señor, Ghino, de quien sois huésped, os manda preguntar
que os plazca decirle adónde ibais y por qué razón.
El abad, que como discreto había depuesto su altanería, le
dijo dónde iba y por qué. Ghino, oído esto, se fue, y pensó curarlo sin baños;
y haciendo que tuviese siempre encendido en la alcoba un gran fuego, y
vigilarla bien, no volvió a verlo hasta la Mañana siguiente; y entonces, en un
mantel blanquísimo le llevó dos rebanadas de pan tostado y un gran vaso de vino
de Comiglia, del mismo del abad, y dijo así al abad:
—Señor, cuando Ghino era más joven estudió medicina, y
dice que aprendió que ninguna cura es mejor para el mal de estómago que la que
él os hará; de la cual estas cosas que os traigo son el principio, y por ello,
tomadlas y confortaos con ellas.
El abad, que más hambre tenía que ganas de bromas, aunque
lo hiciese malhumorado, se comió el pan y se bebió el vino, y luego muchas
cosas altaneras dijo y preguntó sobre muchas, y aconsejó muchas, y
especialmente pidió ver a Ghino. Ghino, oyéndolas, algunas las dejó pasar como
vanas y a algunas contestó cortésmente, afirmando que, lo antes que pudiese,
Ghino lo visitaría; y dicho esto, se separó de él, y no volvió antes del día
siguiente, con la misma cantidad de pan tostado y de vino; y así lo tuvo muchos
días, hasta que se dio cuenta de que el abad había comido unas habas secas que
él, a propósito y a escondidas, le había traído y dejado allí. Por la cual
cosa, le preguntó de parte de Ghino que qué tal le parecía que estaba del
estómago; a quien el abad respondió:
—Me parece que estaría bien si estuviese fuera de sus
manos; y después de esto de nada tengo tanta gana como de comer, pues tan bien
me han curado sus medicinas.
Ghino, pues, habiendo de su equipaje mismo y a sus criados
hecho arreglar una hermosa alcoba, y hecho preparar un gran convite, al que con
muchos hombres del castillo asistió toda la servidumbre del abad, se fue a
verle la mañana siguiente y le dijo:
—Señor, puesto que os sentís bien, es tiempo de salir de
la enfermería —y cogiéndolo de la mano a la cámara que le habían arreglado le
llevó, y dejándolo en ella con su gente, fue a vigilar para que el convite
fuese magnífico.
El abad, con los suyos un rato se entretuvo, y cómo había
sido su vida les contó, mientras ellos por el contrario le dijeron que habían
sido maravillosamente honrados por Ghino; pero llegada la hora de comer, el
abad y todos los demás fueron, ordenadamente, servidos con buenos manjares y
buenos vinos, sin que Ghino se diese a conocer al abad todavía. Pero luego de
que el abad unos cuantos días vivió de esta manera, habiendo hecho Ghino traer
a una sala todo su equipaje, y a un patio que estaba debajo de ella todos sus
caballos hasta el más miserable rocín, fue al abad y le preguntó que qué tal
estaba y si se sentía lo bastante fuerte para cabalgar; a lo que el abad
respondió que estaba muy fuerte y bien curado del estómago, y que estaría bien
en cuanto se viese fuera de las manos de Ghino. Llevó entonces Ghino al abad a
la sala donde estaban su equipaje y todos sus servidores, y haciéndole asomar a
una ventana desde donde podía ver todos sus caballos, dijo:
—Señor abad, debéis saber que el ser noble y arrojado de
su patria y pobre, y el tener muchos y poderosos enemigos, han conducido a
Ghino de Tacco, que soy yo, a ser ladrón de caminos y enemigo de la Iglesia de
Roma para poder defender mi vida y mi nobleza, y no la maldad de ánimo. Pero
porque me parecéis valeroso señor, después de haberos curado el estómago no
entiendo trataros como lo haría a otros, que, cuando los tuviese en mis manos
como os tengo a vos, me quedaría con la parte de sus cosas que me pareciese;
sino me parece que vos, considerando mi necesidad, me entreguéis la parte de
vuestras cosas que vos mismo queráis. Todas están aquí ante vos, y vuestros
caballos podéis verlos en el patio desde esta ventana; y por ello, parte o
todo, según os plazca, tomad, y desde ahora en adelante quede el iros o el
quedaros a vuestro arbitrio.
Maravillóse el abad de que un ladrón de caminos
pronunciase palabras tan magnánimas, y placiéndole mucho, súbitamente
desaparecidos su ira y su malhumor, y transformados en benevolencia, convertido
en amigo de Ghino en su corazón corrió a abrazarlo, diciendo:
—Juro ante Dios que por ganar la amistad de un hombre tal
como ahora juzgo que eres, soportaría recibir mucho mayores ofensas que la que
me parece que hasta ahora me has hecho. ¡Maldita sea la fortuna que a tan
condenable oficio te obliga!
Y después de esto, habiendo hecho de sus muchas cosas
coger algunas poquísimas y necesarias, y lo mismo de los caballos, y dejándole
todas las otras, se volvió a Roma.
Había sabido el Papa la prisión del abad, y aunque mucho
le había dolido, al verlo le preguntó que cómo le habían sentado los baños; al
cual, sonriendo, repuso el abad:
—Santo Padre, antes de llegar a los baños encontré un
valeroso médico que óptimamente me ha curado.
Y le contó el modo, de lo que se rió el Papa; al que el
abad, continuando su conversación y movido por la grandeza de su ánimo, pidió
una gracia. El Papa, creyendo que le pediría otra cosa, liberalmente ofreció
hacer lo que pidiese. Entonces el abad dijo:
—Santo Padre, lo que entiendo pediros es que otorguéis
vuestra gracia a Ghino de Tacco mi médico, porque entre los demás hombres
valerosos y de pro que nunca he conocido, él es con certeza uno de los mejores,
y el mal que hace juzgo que es mucho más culpa de la fortuna que suya; la cual,
si vos, dándole algo con lo que pueda vivir según su condición, cambiáis, no
dudo que en poco tiempo no os parezca a vos lo que a mí me parece.
El Papa, al oír esto, como quien fue de gran ánimo y
admirador de los hombres valerosos, dijo que lo haría de buena gana si tan de
pro era como decía, y que lo hiciese venir sin temor. Vino, pues, Ghino, sobre
fianza, como plugo al abad, a la corte; y no había estado mucho junto al Papa
cuando le reputó por valeroso, y dándole su paz, le otorgó un gran priorazgo
del Hospital, habiéndole hecho caballero de éste; el cual, mientras vivió, lo
mantuvo como amigo y servidor de la Santa Iglesia y del abad de Cluny.
NOVELA TERCERA
Mitrídanes, envidioso de la cortesía de Natán, yendo a
matarlo, sin conocerlo se encuentra con él, e, informado por él mismo sobre lo
que debe hacer, lo encuentra en un bosquecillo como éste lo había dispuesto; el
cual, al reconocerlo, se avergüenza y se hace amigo suyo
[SC363] .
Cosa semejante a un milagro les parecía, en verdad, a
todos haber escuchado; es decir, que un clérigo hubiese hecho algo magnífico;
pero callando ya la conversación de las señoras, mandó el rey a Filostrato que
continuase; el cual, prestamente, comenzó:
Nobles señoras, grande fue la magnificencia del rey de
España y acaso mucho más inaudita la del abad de Cluny, ¡pero tal vez no menos
maravilloso os parecerá oír que uno, por liberalidad, a otro que deseaba su
sangre y también su espíritu, con circunspección se dispuso a entregársela! y
lo habría hecho si aquél hubiera querido tomarlo, tal como en una novelita mía
pretendo mostraros.
Certísimo es, si se puede dar fe a las palabras de algunos
genoveses y de otros hombres que han estado en aquellas tierras, que en la
parte de Cata, hubo un hombre de linaje noble y rico sin comparación, llamado
por nombre Natán, el cual teniendo una finca cercana a un camino por el cual
casi obligadamente pasaban todos los que desde Poniente a las partes de Levante
o de Levante a Poniente querían venir, y teniendo el ánimo grande y liberal y
deseoso de ser conocido por sus obras, teniendo allí muchos maestros, hizo allí
en poco espacio de tiempo construir una de las mayores y más ricas mansiones
que nunca fueran vistas, y con todas las cosas que eran necesarias para recibir
y honrar a gente noble la hizo óptimamente proveer. Y teniendo numerosa y buena
servidumbre, con agrado y con fiestas a quienquiera que iba o venía hacía
recibir y honrar; y tanto perseveró en tal loable costumbre que ya no solamente
en Levante, sino en Poniente se le conocía por su fama. Y estando ya cargado de
años, pero no cansado de ejercitar la cortesía, sucedió que llegó su fama a los
oídos de un joven llamado Mitrídanes, de una tierra no lejana de la suya, el
cual, viéndose no menos rico que lo era Natán, sintiéndose celoso de su fama y
de su virtud, se propuso o anularla u ofuscarla con mayores liberalidades; y
haciendo construir una mansión semejante a la de Natán, comenzó a hacer las más
desmedidas cortesías que nunca nadie había hecho a quien iba o venia por allí,
y sin duda en poco tiempo muy famoso se hizo. Ahora bien, sucedió un día que,
estando el joven completamente solo en el patio de su mansión, una mujercita,
que había entrado por una de las puertas de la mansión, le pidió limosna y la
obtuvo; y volviendo a entrar por la segunda puerta hasta él, la recibió de
nuevo, y así sucesivamente hasta la duodécima; y volviendo la decimotercera
vez, dijo Mitrídanes:
—Buena mujer, eres muy insistente en tu pedir —y no dejó,
sin embargo, de darle una limosna. La viejecita, oídas estas palabras, dijo:
—¡Oh liberalidad de Natán, qué maravillosa eres!, que por
treinta y dos puertas que tiene su mansión, como ésta, entrando y pidiéndole
limosna, nunca fui reconocida por él (o al menos no lo mostró) y siempre la
obtuve; y aquí no he venido más que trece todavía y he sido reconocida y
reprendida.
Y diciendo esto, sin más volver, se fue. Mitrídanes, al
oír las palabras de la vieja, como quien lo que escuchaba de la fama de Natán
lo consideraba disminución de la suya, en rabiosa ira encendido comenzó a
decir:
—¡Ay, triste de mí! ¿Cuándo alcanzaré la liberalidad de
las grandes cosas de Natán, que no sólo no lo supero como busco, sino que en
las cosas pequeñísimas no puedo acercármele? En verdad me canso en vano si no
lo quito de la tierra; la cual cosa, ya que la vejez no se lo lleva, conviene
que la haga con mis propias manos.
Y con este ímpetu se levantó, sin decir a ninguno su
intención y, montando a caballo con pocos acompañantes, después de tres días
llegó a donde vivía Natán; y habiendo a sus compañeros ordenado que fingiesen
no conocerle y que se procurasen un albergue hasta que recibiesen de él otras
órdenes, llegando allí al caer la tarde y estando solo, no muy lejos de la
hermosa mansión encontró a Natán solo, el cual, sin ningún hábito pomposo,
estaba dándose un paseo; a quien él, no conociéndole, preguntó si podía decirle
dónde vivía Natán. Natán alegremente le repuso:
—Hijo mío, nadie en esta tierra puede mostrártelo mejor
que yo, y por ello, cuando gustes te llevaré allí.
El joven dijo que le agradaría pero que, si podía ser, no
quería ser visto ni conocido de Natán; al cual Natán dijo:
—También esto haré, pues que te place.
Echando, pues, Mitrídanes pie a tierra, con Natán, que
agradabilísima conversación muy pronto trabó con él, hasta su mansión se fue.
Allí hizo Natán a uno de sus criados coger el caballo del joven, y al oído le
ordenó que prestamente arreglase con todos los de la casa que ninguno le dijera
al joven que él era Natán; y así se hizo. Pero cuando ya en la mansión
estuvieron, llevó a Mitrídanes a una hermosísima cámara donde nadie le veía
sino quienes él había señalado para su servicio; y, haciéndolo honrar sumamente,
él mismo le hacía compañía. Estando con el cual Mitrídanes, aunque le tuviese
la reverencia que a un padre, le preguntó que quién era; al cual respondió
Natán:
—Soy un humilde servidor de Natán, que desde mi infancia
he envejecido con él, y nunca me elevó a otro estado que al que me ves; por lo
cual, aunque todos los demás le alaben tanto, poco puedo alabarle yo.
Estas palabras llevaron algunas esperanza a Mitrídanes de
poder con mejor consejo y con mayor seguridad llevar a efecto su perverso
propósito; al cual, Natán, muy cortésmente le preguntó quién era y qué asunto
le traía por allí, ofreciéndole su consejo y su ayuda en lo que pudiera.
Mitrídanes tardó un tanto en responder y decidiéndose por fin a confiarse con
él, con largo circunloquio, le pidió su palabra y luego el consejo y la ayuda;
y quién era él y por qué había venido, y movido por qué sentimiento, enteramente
le descubrió. Natán, oyendo el discurso y feroz propósito de Mitrídanes, mucho
se enojó en su interior, pero sin tardar mucho, con fuerte ánimo e impasible
gesto le respondió:
—Mitrídanes, noble fue tu padre y no quieres desmerecer de
él, tan alta empresa habiendo acometido como lo has hecho, es decir, la de ser
liberal con todos; y mucho la envidia que por la virtud de Natán sientes alabo
porque, si de éstas hubiera muchas, el mundo, que es misérrimo, pronto se haría
bueno. La intención que me has descubierto sin duda permanecerá oculta, para la
cual antes un consejo útil que una gran ayuda puedo ofrecerte: el cual es éste.
Puedes ver desde aquí un bosquecillo al que Natán casi todas las mañanas va él
solo a pasearse durante un buen rato: allí fácil te será encontrarlo y hacerle
lo que quieras; al cual, si matas, para que puedas sin impedimento a tu casa
volver, no por el camino por el que viniste, sino por el que ves a la izquierda
irás para salir del bosque, porque aunque algo más salvaje sea, está más cerca
de tu casa y por consiguiente, más seguro.
Mitrídanes, recibida la información y habiéndose despedido
Natán de él, ocultamente a sus compañeros (que también estaban allí adentro)
hizo saber dónde debían esperarlo al día siguiente. Pero luego de que hubo
llegado el nuevo día, Natán, no habiendo cambiado de intención por el consejo
dado a Mitrídanes, ni habiéndolo cambiado en nada, se fue solo al bosquecillo y
se dispuso a morir. Mitrídanes, levantándose y cogiendo su arco y su espada,
que otras armas no tenía, y montado a caballo, se fue al bosquecillo, y desde
lejos vio a Natán solo ir paseándose por él; y queriendo, antes de atacarlo,
verlo y oírlo hablar, corrió hacia él y, cogiéndolo por el turbante que llevaba
en la cabeza, dijo:
—¡Viejo, muerto eres!
Al que nada respondió Natán sino:
—Entonces es que lo he merecido.
Mitrídanes, al oír su voz y mirándole a la cara,
súbitamente reconoció que era aquel que le había benignamente recibido y
fielmente aconsejado; por lo que de repente desapareció su furor y su ira se
convirtió en vergüenza. Con lo que, arrojando lejos la espada que para herirlo
había desenvainado, bajándose del caballo, corrió llorando a arrojarse a los
pies de Natán y dijo:
—Manifiestamente conozco, carísimo padre, vuestra
liberalidad, viendo con cuánta prontitud habéis venido a entregarme vuestro
espíritu, del que, sin ninguna razón, me mostré a vos mismo deseoso; pero Dios,
más preocupado de mi deber que yo mismo, en el punto en que mayor ha sido la
necesidad me ha abierto los Ojos de la inteligencia, que la mísera envidia me
había cerrado; y por ello, cuanto más pronto habéis sido en complacerme, tanto
más conozco que debo hacer penitencia por mi error: tomad, pues, de mí, la
venganza que estimáis convenientemente para mi pecado.
Natán hizo levantar a Mitrídanes, y tiernamente lo abrazó
y lo besó, y le dijo:
—Hijo mío, en tu empresa, quieras llamarla mala o de otra
manera, no es necesario pedir ni otorgar perdón porque no la emprendiste por
odio, sino por poder ser tenido por el mejor. Vive, pues, confiado en mí, y ten
por cierto que no vive ningún otro hombre que te ame tanto como yo,
considerando la grandeza de tu ánimo que no a amasar dineros, como hacen los
miserables, sino a gastar los amasados se ha entregado; y no te avergüences de
haber querido matarme para hacerte famoso ni creas que yo me maraville de ello.
Los sumos emperadores y los grandísimos reyes no han ampliado sus reinos, y por
consiguiente su fama, sino con el arte de matar no sólo a un hombre como tú
querías hacer, sino a infinitos, e incendiar países y abatir ciudades; por lo
que si tú, por hacerte más famoso, sólo querías matarme a mí, no hacías nada
maravilloso ni extraño, sino muy acostumbrado.
Mitrídanes, no excusando su perverso deseo sino alabando
la honesta excusa que Natán le encontraba, razonando llegó a decirle que se
maravillaba sobremanera de cómo Natán había podido disponerse a aquello y a
darle la ocasión y el consejo; al cual dijo Natán:
—Mitrídanes, no quiero que ni de mi consejo ni de mi
disposición te maravilles porque desde que soy dueño de mí mismo y dispuesto a
hacer lo mismo que tú has emprendido, ninguno ha habido que llegase a mi casa
que yo no lo contentase en lo que pudiera en lo que fuese por él pedido.
Viniste tú deseoso de mi vida; por lo que, al oírtela solicitar, para que no
fuese el único que sin obtener lo que habías pedido se fuese de aquí,
prestamente decidí dártela y para que la tuvieses aquel consejo te di que creí
que era bueno para obtener la mía y no perder la tuya; y por ello todavía te
digo y ruego que, si te place, la tomes y te satisfagas con ella; no sé cómo
podría emplearla mejor. Ya la he usado ochenta años y la he gastado en mis
deleites y en mis consuelos; y sé que, según el curso de la naturaleza, como
sucede a los demás hombres y generalmente a todas las cosas, por poco tiempo ya
podrá serme otorgada; por lo que juzgo que es mucho mejor darla, como siempre
he dado y gastado mis tesoros, que quererla conservar tanto que contra mi
voluntad me sea arrebatada por la naturaleza. Pequeño don es dar cien años;
¿cuánto menor será dar seis u ocho que me queden por estar aquí? Tómala, pues,
si te agrada, te ruego, porque mientras he vivido aquí todavía no he encontrado
a nadie que la haya deseado y no sé cuándo pueda encontrar a alguno, si no la
tomas tú que la deseas; y por ello, antes de que disminuya su valor tómala, te
lo ruego.
Mitrídanes, avergonzándose profundamente, dijo:
—No quiera Dios que cosa tan preciosa como es vuestra vida
vaya yo a tomarla, quitándola a vos, y ni siquiera que la desee, como antes
hacía; a la cual no ya no disminuiría sus años, sino que le añadiría de los
míos si pudiese.
A quien prestamente Natán dijo:
—Y si puedes, ¿querrías añadírselos? Y me harías hacer
contigo lo que nunca con nadie he hecho, es decir, coger sus cosas, que nunca a
nadie las cogí.
—Sí —dijo súbitamente Mitrídanes.
—Pues —dijo Natán— harás lo que voy a decirte. Te
quedarás, joven como eres, aquí en mi casa y te llamarás Natán, y yo me iré a
la tuya y siempre me haré llamar Mitrídanes.
Entonces Mitrídanes repuso:
—Si yo supiese obrar tan bien como sabéis vos y habéis
sabido, tomaría sin pensarlo demasiado lo que me ofrecéis; pero porque me
parece ser muy cierto que mis obras disminuirían la fama de Natán y yo no
entiendo estropear en otra persona lo que no sé lograr para mí, no lo tomaré.
Estos y muchos otros amables razonamientos habidos entre
Natán y Mitrídanes, cuando plugo a Natán juntos hacia la mansión volvieron,
donde Natán, muchos días sumamente honró a Mitrídanes y con todo ingenio y
sabiduría le confortó en su alto y grande propósito. Y queriendo Mitrídanes con
su compañía volver a casa, habiéndole Natán muy bien hecho conocer que nunca en
liberalidad podría vencerle, le dio su licencia.
NOVELA CUARTA
Micer Gentile de los Carisendi
[SC364] , llegado de Módena, saca de la sepultura a una
dama amada por él, enterrada por muerta, la cual, confortada, pare un hijo
varón, y micer Gentile a ella y a su hijo los restituye a Niccoluccio
Caccianernici
[SC365] , su marido
[SC366] .
Maravillosa cosa pareció a todos que alguien fuese liberal
con su propia sangre: y afirmaron que verdaderamente Natán había sobrepasado la
del rey de España y la del abad de Cluny. Pero después de que durante un rato
unas cosas y otras se dijeron, el rey, mirando a Laureta, le demostró que
deseaba que narrase ella; por la cual cosa, Laureta prestamente comenzó:
Jóvenes señoras, magníficas y bellas han sido las
contadas, y no me parece que se nos haya dejado nada para decir a nosotros por
donde novelando podamos discurrir (tan ocupado está todo por la excelencia de
las magnificencias contadas) si de los asuntos de amor no echamos mano, los
cuales a toda materia de narración ofrecen abundantísima copia. Y por ello,
tanto por esto como porque a ello debe principalmente inducirnos nuestra edad,
me place contaros un gesto de magnificencia hecho por un enamorado, el cual,
todo considerado, no os parecerá menor por ventura que alguno de los mostrados,
si es verdad aquello de que los tesoros se dan, las enemistades se olvidan y se
pone la propia vida, el honor y la fama, que es mucho más, en mil peligros por
poder poseer la cosa amada.
Hubo, pues, en Bolonia, nobilísima ciudad de Lombardía, un
caballero muy digno de consideración por su virtud y nobleza de sangre, que fue
llamado micer Gentile de los Carisendi. El cual joven, de una noble señora
llamada doña Catalina, mujer de un Niccoluccio Caccianernici, se enamoró; y
porque mal era correspondido por el amor de la señora, como desesperado y
siendo llamado por la ciudad de Módena para ser allí podestá, allí se fue. En
este tiempo, no estando Niccoluccio en Bolonia, y habiéndose su mujer ido a una
posesión suya a unas tres millas de la ciudad porque estaba grávida, sucedió
que le sobrevino un fiero accidente, de tanta fuerza que apagó en ella toda
señal de vida y por ello aun por algún médico fue juzgada muerta; y porque sus
más próximos parientes decían que habían sabido por ella que no estaba todavía
grávida de tanto tiempo como para que la criatura pudiese ser perfecta, sin
tomarse otro cuidado, tal cual estaba, en una sepultura de una iglesia vecina,
después de mucho llorar, la sepultaron. La cual cosa, inmediatamente por un
amigo suyo le fue hecha saber a micer Gentile, el cual de ello, aunque de su
gracia hubiese sido indigentísimo, se dolió mucho, diciéndose finalmente:
«He aquí, doña Catalina, que estás muerta; yo, mientras
viviste, nunca pude obtener de ti una sola mirada; por lo que, ahora que no
podrás prohibírmelo, muerta como estás, te quitaré algún beso.»
Y dicho esto, siendo ya de noche, organizando las cosas
para que su ida fuese secreta, montando a caballo con un servidor suyo, sin
detenerse un momento, llegó a donde sepultada estaba la dama; y abriendo la
sepultura, en ella con cuidado y cautela entró, y echándose a su lado, su
rostro acercó al de la señora y muchas veces derramando muchas lágrimas, la
besó. Pero así como vemos que el apetito de los hombres no está nunca contento
con ningún límite, sino que siempre desea más, y especialmente el de los amantes,
habiendo éste decidido no quedarse allí, se dijo:
«¡Bah!, ¿por qué no le toco, ya que estoy aquí, un poco el
pecho? No debo tocarla más y nunca la he tocado.»
Vencido, pues, por este apetito, le puso la mano en el
seno y teniéndola allí durante algún espacio, le pareció sentir que en alguna
parte le latía el corazón; y, después de que hubo alejado de sí todo temor,
buscando con más atención, encontró que con seguridad no estaba muerta, aunque
poca y débil juzgase su vida; por lo que, lo más suavemente que pudo, ayudado
por su servidor, la sacó del monumento y poniéndola delante en el caballo,
secretamente la llevó a su casa de Bolonia. Estaba allí su madre, valerosa y
discreta señora, que después que de su hijo hubo extensamente todo oído, movida
a compasión, ocultamente, con grandísimos fuegos y con algún baño, a aquella le
volvió la desmayada vida. Al volver en sí la cual, dio la señora un gran
suspiro y dijo:
—¡Ay!, ¿pues dónde estoy?
A lo que la valerosa señora respondió:
—Tranquilízate, estás en buen lugar.
Ella, vuelta en sí y mirando alrededor, no conociendo
dónde estaba y viendo delante a micer Gentile, llena de maravilla a la madre de
éste rogó que le dijese de qué guisa había ella venido aquí, a la cual micer
Gentile ordenadamente contó todas las cosas. De lo que doliéndose ella, después
de un poco le dio las gracias que pudo y luego le rogó, por el amor que le
había tenido y por cortesía suya, en su casa no recibir nada que menoscabase su
honor ni el de su marido, y al llegar el día, que la dejase volver a su casa
propia; a quien micer Gentile repuso:
—Señora, cualquiera que mi deseo haya sido en tiempos
pasados, no entiendo al presente ni nunca en adelante (puesto que Dios me ha
concedido esta gracia que de la muerte a la vida os ha devuelto a mí, siendo el
motivo el amor que en el pasado os he tenido) trataros ni aquí ni en ninguna
otra parte sino como a una querida hermana. Pero el beneficio que os he hecho
esta noche merece algún galardón; y por ello quiero que no me neguéis una
gracia que voy a pediros.
Al cual la señora benignamente repuso que estaba dispuesta
a ello si es que podía y era honesto. Micer Gentile dijo entonces:
—Señora, todos vuestros parientes y todos los boloñeses
creen y tienen por cierto que estáis muerta, por lo que nadie hay que os espere
en casa; y por ello quiero pediros como gracia que queráis quedaros aquí
ocultamente con mi madre hasta que yo vuelva de Módena, que será pronto. Y la
razón por la que os lo pido es porque deseo, en presencia de los mejores
ciudadanos de esta ciudad, hacer de vos un precioso y solemne don a vuestro
marido.
La dama, sabiendo que estaba obligada al caballero y que
la petición era honesta, aunque mucho desease alegrar con su vida a sus
parientes, se dispuso a hacer aquello que micer Gentile pedía, y así lo
prometió y dio su palabra. Y apenas habían terminado las palabras de su
respuesta cuando sintió que el tiempo de dar a luz había llegado; por lo que,
tiernamente por la madre de micer Gentile ayudada, no mucho después parió un
hermoso varón, la cual cosa muy mucho redobló la alegría de micer Gentile y la
suya. Micer Gentile ordenó que las cosas necesarias fuesen preparadas y que
ella fuese atendida como si su propia mujer fuese, y a Módena secretamente se
volvió. Terminado allí el tiempo de su oficio y teniendo que volver a Bolonia,
hizo que, la mañana que debía entrar en Bolonia, se preparase un gran convite
en su casa para muchos y nobles señores de Bolonia entre los cuales estaba
Niccoluccio Caccianernici; y habiendo vuelto y echado pie a tierra y
encontrándose con ellos, habiendo también encontrado a la señora más hermosa y
más sana que nunca y que su hijo estaba bien, con alegría incomparable a sus
invitados sentó a la mesa y les hizo servir magníficamente muchos manjares. Y
estando ya cerca de su fin la comida, habiendo él dicho primeramente a la
señora lo que intentaba hacer y arreglado con ella la manera en que debía
conducirse, así comenzó a hablar:
—Señores, me acuerdo de haber oído alguna vez que en
Persia hay una costumbre honrada según mi juicio, la cual es que cuando alguien
quiere honrar sumamente a su amigo lo invita a su casa y allí le muestra la
cosa más preciada que tenga, sea su mujer, su amiga, o su hija, ¡afirmando que,
si pudiese, tal como le muestra aquello, con mucho más agrado le mostraría su
corazón!; la cual entiendo yo seguir en Bolonia. Vosotros, por vuestra merced,
habéis honrado mi convite y yo quiero honraros a lo persa mostrándoos la cosa
más preciada que tengo en el mundo y que siempre voy a tener. Pero antes de
hacerlo os ruego que me digáis lo que opináis de una duda que voy a plantearos.
Hay una persona que tiene en casa a un bueno y fiel servidor que enferma
gravemente; este tal, sin esperar a ver el final del siervo enfermo lo hace
llevar a mitad de la calle y no se preocupa más de él; viene un extraño y,
movido a compasión por el enfermo, se lo lleva a su casa y con gran solicitud y
con gastos lo devuelve a su salud primera; querría yo saber ahora si,
teniéndolo y usando de sus servicios, su señor puede en toda equidad dolerse o
quejarse del segundo si, al pedírselo, no quisiera devolvérselo.
Los gentileshombres, después de varios razonamientos entre
sí y concurriendo todos en la misma opinión, a Niccoluccio Caccianernici,
porque era un conversador bueno y ornado, encargaron de la respuesta. Éste,
alabando primeramente la costumbre persa, dijo que él con los demás estaba
concorde en esta opinión: que el primer señor ningún derecho tenía ya sobre su
servidor puesto que en semejante caso no solamente lo había abandonado sino
arrojado de sí, y que por los beneficios recibidos del segundo justamente
parecía haber pasado a ser su servidor; por lo que, teniéndolo, ningún daño,
ninguna fuerza, ninguna injuria le hacía al primero. Los demás hombres que a la
mesa estaban, que mucho hombre valeroso había, dijeron juntos que sostenían lo
que había sido contestado por Niccoluccio. El caballero, contento con tal
respuesta y con que Niccoluccio la hubiese dado, afirmó que él también era de
aquella opinión y luego dijo:
—Tiempo es ahora de que según mi promesa yo os honre.
Y llamados dos de sus servidores, los envió a la señora, a
quien había hecho vestir y adornar egregiamente, y le mandó pedir que viniese a
alegrar a los hombres nobles con su presencia. La cual, tomando en brazos a su
hermosísimo hijito, acompañada por dos servidores, vino a la sala y, como plugo
al caballero, junto a uno de los valerosos hombres se sentó; y él dijo:
—Señores, ésta es la cosa más preciada que tengo y que
entiendo tener más que ninguna otra; mirad si os parece que tengo razón.
Los gentileshombres, honrándola y loándola mucho, y
afirmando al caballero que como preciosa debía tenerla, comenzaron a mirarla; y
muchos había allí que le habrían dicho quién era si por muerta no la hubiesen
tenido; pero sobre todo la miraba Niccoluccio. El cual, habiéndose alejado un
poco el caballero, como quien ardía en deseos de saber quién era ella, no
pudiendo contenerse le preguntó si boloñesa era o forastera. La señora, oyendo
que su marido le preguntaba, con trabajo se contuvo en responderle, pero para
seguir la orden que le habían dado, se calló. Algún otro le preguntó si era
suyo aquel niñito, y alguno si era la mujer de micer Gentile o de alguna manera
pariente suya; a los cuales no dio ninguna respuesta. Pero llegando micer
Gentile, dijo alguno de sus invitados:
—Señor, hermosa cosa es esta vuestra, pero parece muda;
¿lo es?
—Señores —dijo micer Gentile—, el no haber ella hablado al
presente es no pequeña prueba de su virtud.
—Decidnos, pues, vos —siguió el mismo— quién es.
Dijo el caballero:
—Lo haré de buen grado si me prometéis que por nada que
diga nadie se moverá de su sitio hasta que esté terminada mi historia.
Habiéndolo prometido todos, y habiendo ya levantado las
mesas, micer Gentile, sentándose junto a la señora, dijo:
—Señores, esta señora es aquel siervo leal y fiel sobre el
cual os he hecho antes una pregunta; la cual, poco estimada por los suyos, y
como vil y ya no útil arrojada en mitad de la calle, fue recogida por mí y con
mi solicitud y obras arrancada de las manos de la muerte; y Dios, mirando mi
puro afecto, de cuerpo espantable en tan hermosa la ha hecho volverse. Pero
para que claramente entendáis cómo esto me ha sucedido, brevemente os lo
aclararé.
Y comenzando desde su enamoramiento de ella, lo que
sucedido había hasta entonces distintamente narró, con gran maravilla de los
oyentes, y luego añadió:
—Por las cuales cosas, si mudado no habéis la opinión de
hace un momento ahora, y especialmente Niccoluccio, esta mujer merecidamente es
mía, y nadie puede reclamármela a justo título.
A esto nadie repuso sino que esperaban todos lo que iba a
decir después. Niccoluccio y los demás que allí estaban, y la señora lloraban
de compasión; pero micer Gentile, poniéndose en pie y tomando en sus brazos al
pequeñito y a la señora de la mano y yendo hacia Niccoluccio dijo:
—Vamos, compadre, no te devuelvo a tu mujer, a quien tus
parientes y los tuyos echaron a la calle, sino que quiero darte a esta señora,
mi comadre, con este hijito suyo, el cual estoy seguro de que fue engendrado
por ti y a quien sostuve en el bautismo y le di por nombre Gentile: y te ruego
que porque haya estado en mi casa cerca de tres meses no te sea menos cara; que
te juro por el Dios que tal vez de ella enamorarme hizo para que mi amor fuera,
como ha sido, la ocasión de su salvación, que nunca ni con su padre ni con su
madre ni contigo más honestamente ha vivido de lo que lo ha hecho junto a mi
madre en mi casa.
Y dicho esto, se volvió a la señora y dijo:
—Señora, ahora ya de todas las promesas que me habéis
hecho os libero y libre os dejo con Niccoluccio.
Y habiendo devuelto a la mujer y al niño a los brazos de
Niccoluccio, volvió a sentarse. Niccoluccio deseosamente recibió a su mujer y a
su hijo, tanto más alegre cuanto más lejos estaba de esperarlos; y lo mejor que
pudo y supo dio las gracias al caballero; y los demás, que todos de compasión
lloraban, de esto le alabaron mucho, y alabado fue de quien lo oyó. La señora,
con maravillosa fiesta fue recibida en su casa y como resucitada fue mucho
tiempo mirada con admiración por los boloñeses; y micer Gentile siempre amigo
vivió de Niccoluccio y de sus parientes y de los de la señora.
¿Qué, pues, diréis, aquí, benignas señoras? ¿Estimaréis
que haber dado un rey su cetro y su corona, y un abad sin que nada le costase
haber reconciliado a un malhechor con el Papa, y un viejo poner la garganta al
cuchillo del enemigo, son dignos de igualar la acción de micer Gentile? El
cual, joven y ardiente, y pareciéndole a justo título tener derecho a aquello
que el descuido ajeno había desechado y él por su buena fortuna había recogido,
no sólo templó honestamente su fuego, sino que liberalmente lo que solía con
todos sus pensamientos tratar de robar, teniéndolo, lo restituyó. Por cierto
que ninguna de las antes contadas me parece asemejarse a ésta.
NOVELA QUINTA
Doña Dianora pide a micer Ansaldo un jardín de enero bello
como en mayo, micer Ansaldo, comprometiéndose con un nigromante, se lo da; el
marido le concede que haga lo que guste micer Ansaldo el cual, oída la
liberalidad del marido, la libra de la promesa y el nigromante, sin querer nada
de lo suyo, libra de la suya a micer Ansaldo
[SC367] .
Por todos los de la alegre compañía había sido ya micer
Gentile elevado al cielo con sumas alabanzas cuando el rey ordenó a Emilia que
siguiese; la cual, desenvueltamente, como deseosa de hablar, así comenzó:
Blandas señoras, nadie dirá con razón que micer Gentile no
obró con magnificencia; pero decir que no se pueda con más tal vez no demuestre
que se puede más: lo que pienso contaros con una novelita mía.
En el Friuli
[SC368], lugar, aunque frío alegre con bellas montañas,
muchos ríos y claras fuentes, hay una ciudad llamada Udine en la que vivió una
hermosa y noble señora llamada doña Dianora y mujer de un gran hombre rico
llamado Gilberto, muy amable y de buena índole; y mereció esta señora por su
valor ser sumamente amada por un noble y gran barón que tenía por nombre micer
Ansaldo Gradense, hombre de alta condición y en las armas y en la cortesía
conocido en todas partes. El cual, ardientemente amándola y haciendo todas las
cosas que podía para ser amado por ella, y a ello con frecuencia solicitándola
con sus embajadas, en vano se cansaba. Y siendo a la señora penosas las
solicitaciones del caballero y viendo que, aunque le negase todo lo que él
pedía, no por ello dejaba él de amarla ni de solicitarla, con una extraña y a
su juicio imposible petición pensó que podría quitárselo de encima; y a una
mujer que a ella venía muchas veces de parte de él, dijo un día así:
—Buena mujer, tú me has afirmado muchas veces que micer
Ansaldo me ama sobre todas las cosas y maravillosos dones me has ofrecido de su
parte; los cuales quiero que se quede con ellos porque por ellos nunca a amarle
y a complacerle me llevará. Y si pudiese estar segura de que me ama tanto como
decís, sin falta me dejaría ir a amarle y a hacer lo que él quisiese; y por
ello, si quisiera asegurarme de ello con algo que voy a pedirle, estaría
dispuesta a lo que me ordenase.
Dijo la buena mujer:
—¿Qué es, señora, lo que deseáis que haga?
Repuso la señora:
—Lo que deseo es esto: quiero, en el próximo mes de enero,
cerca de esta ciudad, un jardín lleno de verdes hierbas, de flores y de
frondosos árboles, no de otra manera hecho que si fuese en mayo; lo cual, si no
lo hace, ni a ti ni a nadie envíe más a mí porque, si más me solicitase, tal
como yo hasta ahora lo he tenido oculto a mi marido y a mis parientes, así,
quejándome a ellos me ingeniaría en quitármelo de encima.
El caballero, oída la petición, y la promesa de su señora,
aunque muy difícil cosa y casi imposible de hacer le pareciese, y conociendo
que no por otra cosa le había pedido la dama aquello, sino para que abandonase
toda esperanza, se propuso, sin embargo, intentar todo aquello que pudiese, y
por muchas partes del mundo anduvo mirando si a alguien encontraba que ayuda o
consejo le diese; y llegó a dar con uno que, si le pagaba bien, le prometía
hacerlo con artes nigrománticas. Con el cual micer Ansaldo, concertándose por
una grandísima cantidad de dinero, alegre esperó el tiempo que le habían
ordenado; y venido el cual, siendo grandísimos los fríos y todas las cosas
llenas de nieve y de hielo, el valeroso hombre en un hermosísimo prado cercano
a la ciudad con sus artes hizo de tal manera, la noche a la cual seguía el
primer día de enero, que por la mañana apareció, según los que lo veían
testimoniaban, uno de los más hermosos jardines que nunca hubo visto nadie, con
hierbas y con árboles y con frutos de todas clases. El cual, como micer
Ansaldo, contentísimo, hubo visto, haciendo coger frutos de los más hermosos
que había y flores de las más bellas, ocultamente los hizo llevar a su señora,
e invitarla a ver el jardín por ella pedido para que por él pudiese conocer que
la amaba y recordase la promesa que le había hecho y con juramento sellado, y
como mujer leal procurase luego cumplirla. La señora, vistos las flores y los
frutos, y ya habiendo oído hablar a muchos del maravilloso jardín, comenzó a
arrepentirse de su promesa; pero con todo su arrepentimiento, como deseosa de
ver cosas extrañas, con muchas otras damas de la ciudad fue a ver el jardín, y
no sin maravilla alabándolo mucho, más triste que mujer alguna volvió a casa,
pensando en aquello a que estaba obligada por ello. Y fue tanto el dolor que,
no pudiéndolo esconder bien dentro de sí, hizo que, apareciendo fuera, su
marido se diese cuenta; y quiso de todas las maneras que ella le dijese la
razón. La señora, por vergüenza, lo calló largo tiempo; por último, obligada,
ordenadamente le manifestó todo. Gilberto, primeramente, oyendo aquello se
enfureció mucho; luego, considerando la pura intención de la señora, arrojando
fuera de sí la ira, con más discreción, dijo:
—Dianora, no es de prudente ni de honesta mujer escuchar
ninguna embajada de las de tal clase, ni negociar bajo ninguna condición la
castidad con nadie. Las palabras recibidas en el corazón por los oídos tienen
mayor fuerza que muchos juzgan y casi todo les es posible a los amantes. Mal
hiciste, pues, primero al escuchar y luego al hacer un trato; pero como conozco
la pureza de tu intención, para liberarte de los lazos de la promesa hecha, te
concederé lo que tal vez ningún otro haría, induciéndome a ello también el
miedo al nigromante, al cual tal vez micer Ansaldo, si le burlases, podría
pedir nuestro daño. Quiero que vayas a él y, si de alguna manera puedes, te
ingenies en hacer que, conservando tu honestidad, seas liberada de esta
promesa; pero si de otro modo no pudiera ser, por esta vez, el cuerpo, pero no
el ánimo, concédele.
La mujer, oyendo al marido, lloraba y negaba que tal
gracia quisiese de él. A Gilberto, por mucho que su mujer se negase, plugo que
fuese así, por lo que, venida la siguiente mañana, al salir la aurora, sin
demasiado adornarse, con dos de sus servidores delante y con una camarera
detrás, se fue la señora a casa de micer Ansaldo. El cual, al oír que su señora
había venido a verle, se maravilló fuertemente, y levantándose y haciendo
llamar al nigromante, le dijo:
—Quiero que veas qué gran bien me ha hecho conseguir tu
arte.
Y saliendo a su encuentro, sin entregarse a ningún
desordenado apetito con reverencia la recibió honestamente, y en una hermosa
cámara con un gran fuego entraron todos; y haciéndola sentar, dijo:
—Señora, os ruego, si el largo amor que os he tenido
merece algún galardón, que no os moleste decirme la verdadera razón que a tal
hora os ha hecho venir y con tal compañía.
La señora, vergonzosa y casi con las lágrimas en los ojos,
repuso:
—Señor, ni amor que os tenga ni palabra dada me traen
aquí, sino la orden de mi marido, el cual, teniendo más respeto a los trabajos
de vuestro amor que a su honra y la mía, me ha hecho venir aquí, y por orden
suya estoy dispuesta por esta vez a hacer lo que os agrade.
Micer Ansaldo, si primero se maravilló, oyendo a la señora
mucho más comenzó a maravillarse, y conmovido por la liberalidad de Gilberto,
su ardor en compasión comenzó a cambiar y dijo:
—Señora, no plazca a Dios, puesto que así es como vos
decís, que sea yo quien manche el honor de quien tiene compasión de mi amor; y
por ello, el estar aquí vos, cuanto os plazca, no será sino como si fueseis mi
hermana, y, cuando sea de vuestro agrado, libremente podéis iros, a condición
de que a vuestro marido, por tanta cortesía como ha sido la suya, deis las
gracias que creáis convenientes, teniéndome a mí siempre en el porvenir por
amigo y por servidor.
La señora, oyendo estas palabras, más contenta que nunca,
dijo:
—Nada podía hacerme creer, teniendo en consideración
vuestras costumbres, que otra cosa debiera seguirse de mi venida sino lo que
veo que hacéis; por lo que os estaré siempre obligada.
Y despidiéndose, honrosamente acompañada volvió con
Gilberto y le contó lo que sucedido le había; de lo que se siguió una
estrechísima y leal amistad entre él y micer Ansaldo. El nigromante, a quien
micer Ansaldo se aprestaba a dar la prometida recompensa, vista la liberalidad
de Gilberto para con micer Ansaldo y la de micer Ansaldo con la señora, dijo:
—No quiera Dios que, después de haber visto a Gilberto ser
liberal con su honra y a vos con vuestro amor, no sea yo también liberal con mi
recompensa; y por ello, sabiendo que os corresponde a vos, entiendo que sea
vuestra.
El caballero se avergonzó y se ingenió todo lo que pudo en
hacérsela tomar toda o en parte; pero luego de cansarse en vano, habiendo el
nigromante hecho desaparecer su jardín después del tercer día y queriendo irse,
le dejó irse con Dios; y apagado en el corazón el concupiscente amor, por la
mujer quedó encendido en honesto afecto.
¿Qué diremos aquí, amorosas señoras? ¿Antepondremos la
casi muerta señora y el amor entibiecido por la débil esperanza a esta liberal
conducta de micer Ansaldo, que más ardientemente que nunca amaba y de más
esperanza encendido que nunca estaba teniendo en sus manos la presa tan
perseguida? Necia cosa me parecería creer que aquella liberalidad pudiera
compararse a ésta.
NOVELA SEXTA
El rey Carlos
[SC369] , ya viejo, victorioso, enamorado de una
jovencita, avergonzándose de su loco amor, a ésta y a una hermana suya casa
honrosamente.
¿Quién podría contar cabalmente los varios razonamientos
que hubo entre las señoras sobre quién había usado de mayor liberalidad,
Gilberto o micer Ansaldo o el nigromante, en torno a los casos de doña Dianora?
Demasiado largo sería. Pero luego de que el rey hubo concedido que se
disputasen un tanto, mirando a Fiameta, le mandó que novelando los sacase de su
discusión; la cual, sin esperar un momento, comenzó:
Magníficas señoras, yo he sido siempre de la opinión de
que, en las compañías como la nuestra, se debería hablar tan por extenso que la
demasiada oscuridad en el sentido de las cosas dichas no fuese para los demás
materia de discusión: lo que mucho más es propio de las escuelas, entre los
estudiosos, que entre nosotras, que sólo con la rueca y el huso trabajamos. Y
por ello yo, que tal vez pensaba en alguna cosa dudosa, viendo que por las ya
dichas estáis riñendo, dejaré aquélla y contaré una no de un hombre de poco
pelo sino de un valeroso rey, contando lo que caballerosamente hizo sin en nada
faltar a su honor.
Todas vosotras podéis haber oído recordar muchas veces al
rey Carlos el Viejo, o bien el Primero, por cuya magnífica acción y luego por
la gloriosa victoria lograda sobre el rey Manfredi
[SC370], fueron de Florencia los gibelinos arrojados y
volvieron allí los güelfos; por la cual cosa, un caballero llamado micer Neri
de los Uberti
[SC371], con toda su familia y con muchos dineros saliendo
de allí, no quiso humillarse sino bajo la protección del rey Carlos. Y para
estar en un lugar solitario y terminar allí en reposo su vida, a Castellammare
de Stabia se fue; y allí, como a un tiro de ballesta alejado de las demás
habitaciones de la ciudad, entre olivos y avellanos y castaños, en los que la
comarca es abundante, compró una posesión; sobre la cual hizo una gran casa
hermosa y espaciosa y junto a ella un deleitable jardín, en medio del cual, a
la manera nuestra, teniendo abundancia de agua corriente, hizo un claro y buen
vivero y lo llenó fácilmente con muchos peces. Y de nada cuidando sino de hacer
cada día más hermoso su jardín, sucedió que el rey Carlos, en época calurosa,
fue algún tiempo a descansar a Castellammare, donde, oyendo la belleza del
jardín de micer Neri, quiso verlo. Y habiendo oído de quién era, pensó que,
porque a un partido contrario al suyo pertenecía el caballero, más
familiarmente con él quería comportarse; y le mandó a decir que con cuatro
acompañantes, privadamente, la noche siguiente quería cenar con él en su
jardín. Lo que fue muy del agrado de micer Neri, y habiendo preparado
magníficamente las mesas y habiendo arreglado con sus criados lo que debía
hacerse, lo más alegremente que pudo y supo recibió al rey en su hermoso
jardín; el cual, después de que todo el jardín y la casa de micer Neri hubo
visto y alabado, estando las mesas puestas junto al vivero, a una de ellas,
después de haberse lavado, se sentó, y al conde Guido de Monforte
[SC372], que uno de sus acompañantes era, mandó que se
sentase a un lado suyo y a micer Neri al otro, y a los otros tres que con él
habían venido mandó que sirviesen la mesa según el orden establecido por micer
Neri. Vinieron allí las bebidas delicadas y allí estuvieron los vinos óptimos y
preciosos, y la manera de servir muy bella y digna de alabanza, sin ningún
ruido ni ningún error, lo que el rey alabó mucho. Y estando comiendo él
alegremente y disfrutando del lugar solitario, en el jardín entraron dos jovencitas
de edad de unos quince años cada una, rubias como las hebras del oro y con los
cabellos todos ensortijados y sobre ellos, sueltos, una fina guirnalda de
vincapervinca, y en los rostros antes parecían corderos que otra cosa, tan
delicados y hermosos los tenían; y estaban vestidas con un vestido de lino
sutilísimo y blanco como la nieve sobre sus carnes, el cual de la cintura para
arriba era estrechísimo y de allí para abajo ancho, a guisa de un pabellón y
largo hasta los pies. Y la que venía delante llevaba sobre los hombros un par
de carriegos que mantenía con la siniestra mano, y en la diestra llevaba un
bastón largo y bajo aquel mismo brazo una brazada de leña y en la mano unas
trébedes y en la otra mano una orza de aceite y un fuego encendido; las cuales,
al verlas el rey, se maravilló y, suspenso, esperó a ver qué quería decir esto.
Las jovencitas, llegadas más adelante, honestamente y tímidas hicieron una
reverencia al rey; y después, yendo a donde se entraba en el vivero, la que
llevaba la sartén, dejándola en el suelo y las demás cosas junto a ella, cogió
el bastón que la otra llevaba, y las dos en el vivero, cuya agua les llegaba al
pecho, entraron. Uno de los servidores de micer Neri, prestamente allí encendió
el fuego, y puesta la sartén sobre las trébedes y echando en ella el aceite,
comenzó a esperar a que las jóvenes le echasen los peces. De 1as cuales, una,
buscando en los lugares donde sabía que se escondían los peces, y la otra
preparando los carriegos, con grandísimo placer del rey que aquello atentamente
miraba, en poco espacio de tiempo cogieron un montón de peces; y arrojándoselos
al criado, que casi vivos los echaba en la sartén, tal como se les había
enseñado, comenzaron a coger los más hermosos y a echarlos encima de la mesa delante
del rey, y del conde Guido y su padre. Estos peces se escurrían por la mesa,
con lo que el rey recibía maravilloso placer; e igualmente cogiéndolos él, a
las jóvenes cortésmente se los devolvía arrojándoselos, y así un rato
estuvieron jugando, hasta que el criado hubo frito aquellos que le habían dado;
los cuales, más como entremés que como comida muy preciosa o deleitable
habiéndolo ordenado micer Neri, fueron puestos delante del rey. Las jóvenes, al
ver los peces fritos y habiendo bastante pescado, habiéndoseles completamente
el blanco vestido pegado a las carnes y no ocultando casi nada de sus delicados
cuerpos, salieron del vivero; y habiendo cada una recogido las cosas que habían
llevado, pasando vergonzosas delante del rey, a casa se volvieron. El rey y el
conde y los demás que servían habían mucho observado a estas jovencitas, y
mucho dentro de sí mismos las había estimado cada uno bellas y bien hechas, y
además de ello, amables y corteses; pero sobre todos los demás habían agradado
al rey; el cual, tan atentamente todas las partes de su cuerpo había
considerado cuando salían del agua que a quien entonces lo hubiese pinchado no
lo hubiera sentido. Y mucho acordándose de ellas, sin saber quiénes eran ni
cómo, sintió en el corazón despertarse un ardentísimo deseo de agradarles, por
lo cual muy bien conoció que iba a enamorarse si no tenía cuidado; y no sabía
él mismo cuál de las dos era la que más le agradaba, tan semejante en todas las
cosas era una a la otra. Pero luego de que un tanto hubo dado vueltas a este
pensamiento, volviéndose a micer Neri le preguntó quiénes eran las dos
damiselas; a quien micer Neri repuso:
—Monseñor, son mis hijas y nacidas de un mismo parto, de
las cuales una tiene por nombre Ginebra la bella y la otra Isotta la rubia.
El rey se las alabó mucho, exhortándole a casarlas; de lo
que micer Neri, por no estar ya en posición de hacerlo, se excusó. Y en esto,
no quedando sino las frutas por servir a la mesa, vinieron las dos jóvenes con
dos corpiños de tafetán bellísimos, con dos grandísimas bandejas de plata en la
mano llenas de frutos variados, según los daba la estación, y los llevaron ante
el rey sobre la mesa. Y hecho esto, retirándose un poco, comenzaron a cantar
una tonada cuya letra comenzaba:
Adónde he llegado, Amor,
contarse no podría largamente,
con tanta dulzura y tan agradablemente que al rey, que con
deleite miraba y escuchaba, le parecía que todas las jerarquías de los ángeles
habían descendido allí a cantar; y terminado aquélla, arrodillándose,
reverentemente pidieron licencia al rey, el cual, aunque su partida le doliese,
aparentemente con alegría se la dio. Terminada, pues, la cena, y habiendo
vuelto el rey a montar a caballo con sus compañeros y separándose de micer
Neri, hablando de una cosa y de la otra, al real palacio volvieron. Allí,
teniendo el rey su pasión escondida y no pudiendo olvidar la hermosura y el
agrado de Ginebra la bella por muchas cosas que sucediesen, por cuyo amor
también amaba a su hermana, tan semejante a ella, tanto se dejó prender en la
amorosa trampa que casi no podía pensar en otra cosa; y fingiendo otros
motivos, con micer Neri tenía una estrecha familiaridad y muy frecuentemente
visitaba su hermoso jardín para ver a Ginebra. Y no pudiendo ya más soportarlo,
y habiéndosele (no sabiendo ver otra manera) venido al pensamiento no solamente
una, sino las dos jovencitas quitarle a su padre, manifestó su intención y su
amor al conde Guido. El cual, que era valeroso hombre, le dijo:
—Monseñor, me maravilla mucho lo que me decís, y tanto más
de lo que se maravillaría otro cuanto me parece que desde vuestra infancia
hasta estos días he conocido mejor que nadie vuestras costumbres; y no
habiéndome parecido en vuestra juventud (en la cual Amor más fácilmente debía
hincar sus garras) haberos conocido tal pasión, oyéndoos ahora, que ya estáis
cercano a la vejez, me resulta tan raro y tan extraño que améis vos de amor que
casi me parece un milagro. Y si a mí me correspondiese reprenderos, sé bien lo
que os diría, considerando que estáis todavía en armas en el reino
recientemente conquistado, entre gentes no conocidas y llenas de engaños y de
traición, y todo ocupado con grandísimos cuidados y de alto gobierno, y aún no
habéis podido sentaros cuando entre tantas cosas habéis hecho lugar al
lisonjero amor. Esto no es propio de rey magnánimo, sino de un pusilánime
jovencito. Y además de esto, lo que es mucho peor, decís que habéis deliberado
quitarle las dos hijas al pobre caballero que en su casa os ha honrado más allá
de lo que podía, y por honraros más os las ha mostrado casi desnudas,
testimoniando con ello cuánta sea la fe que tiene en vos, y que firmemente cree
que vos sois un rey y no un lobo rapaz. Pues ¿se os ha ido tan pronto de la
memoria que la violencia hecha a las mujeres por Manfredi os ha abierto las
puertas de este reino? ¿Qué traición se ha cometido nunca más digna del eterno
suplicio que sería ésta: que a aquel que os honra le quitéis su honor, su bien,
su esperanza y su consuelo? ¿Qué se diría si lo hicieseis? Tal vez juzgáis que
suficiente excusa sería decir: «Lo hice porque es gibelino». Pues ¿es esto
propio de la justicia de un rey, que a quienes en sus brazos se echan de esta
forma los trate de tal guisa, sean quienes fueren? Os recuerdo, rey, que
grandísima gloria os ha sido vencer a Manfredi y derrotar a Curradino, pero
mucho mayor es vencerse a sí mismo; y por ello vos, que debéis corregir a los
otros, venceos a vos mismo y refrenad ese apetito, y no queráis con tal mancha
destruir lo que gloriosamente habéis conquistado.
Estas palabras hirieron amargamente el ánimo del rey, y
tanto más le afligieron cuanto más verdaderas las sabía; por lo que, después de
algún cálido suspiro, dijo:
—Conde, por cierto que a cualquiera otro enemigo, por muy
fuerte que sea, juzgo que le sea al bien enseñado guerrero débil y fácil de
vencer con relación a su mismo apetito; pero por muy grande que sea el deseo y
necesite fuerzas inestimables, tanto me han espoleado vuestras palabras que
conviene que, antes de que pasen demasiados días, os haga ver con obras que,
como sé vencer a otros, sé someterme a mí mismo igualmente.
Y no muchos días después de que tuvieron lugar estas
palabras, vuelve el rey a Nápoles, tanto por quitarse a sí mismo la ocasión de
hacer alguna cosa vil como por premiar al caballero del honor recibido de él,
por muy duro que le fuese hacer a otro poseedor de lo que sumamente deseaba
para él mismo, no se dispuso menos a casar a las dos jóvenes, y no como a hijas
de micer Neri, sino como a suyas. Y con placer de micer Neri, dotándolas
magníficamente, a Ginebra la bella dio a micer Maffeo de Palizzi, y a Isotta la
rubia a micer Guiglielmo de la Magna, nobles caballeros y grandes barones
ambos; y asignándoselas a ellos, con dolor inestimable se fue a Apulia, y con
fatigas continuas tanto maceró a su ciego apetito que, despedazadas y rotas las
amorosas cadenas, por todo lo que vivir debía libre quedó de tal pasión.
Habrá tal vez quienes digan que pequeña cosa es para un
rey haber casado a dos jovencitas, y lo concederé; pero que muy grande y
grandísima es diré, si decimos que un rey enamorado lo haya hecho, casando a
aquella a quien amaba sin haber tomado o cogido de su amor fronda, o flor, o
fruto. Así pues, obró el magnífico rey premiando altamente al noble caballero,
honrando loablemente a las amadas jovencitas y venciéndose a sí mismo
duramente.
NOVELA SÉPTIMA
El rey Pedro
[SC373] , oyendo el ardiente amor que le tiene la enferma
Lisa, la consuela y luego la casa con un joven noble,, y besándola en la frente
dice que será siempre su caballero
[SC374] .
Llegado había Fiameta al fin de su novela y muy alabada
había sido la viril magnificencia del rey Carlos, por más que alguna de las que
allí estaban, que era gibelina, no quisiese alabarlo, cuando Pampínea,
habiéndoselo ordenado el rey, comenzó:
Nadie que sea discreto, conspicuas señoras, habría que no
dijera lo que decís vosotras del buen rey Carlos, sino quien por otro motivo le
quiera mal. Pero como por la memoria me está rondando una cosa tal vez no menos
loable que fue hecha por un adversario suyo a una joven de nuestra Florencia,
me place contárosla:
En el tiempo en que los franceses fueron arrojados de
Sicilia
[SC375], había en Palermo un boticario florentino llamado
Bernardo Puccini, hombre riquísimo que de su mujer tenía solo una hijita
hermosísima y ya en edad de casarse. Y habiendo llegado a ser señor de la isla
el rey Pedro de Aragón, celebraba en Palermo una maravillosa fiesta con sus
barones; en la cual fiesta, estando justando él a la catalana, sucedió que la
hija de Bernardo, cuyo nombre era Lisa, desde una ventana donde estaba con
otras damas lo vio mientras corría, y tan maravillosamente le agradó que mirándolo
luego una vez y otra se enamoró de él ardientemente. Y terminada la fiesta y
estando ella en casa de su padre, en ninguna otra cosa podía pensar sino en
este su magnífico y alto amor; y lo que en este asunto le dolía era el
conocimiento de su ínfima condición que apenas le dejaba tener ninguna
esperanza de un final feliz; pero no obstante no quería apartarse de amar al
rey y por miedo de un mayor mal no se atrevía a manifestarlo. El rey de esto no
se había dado cuenta ni se preocupaba, de lo que ella, más allá de lo que
pudiera juzgarse, sentía intolerable dolor; por la cual cosa sucedió que,
creciendo en ella continuamente amor, y sumándose una tristeza a la otra, la
hermosa joven, no pudiendo más, enfermó y, evidentemente de día en día, como la
nieve al sol se consumía. Su padre y su madre, doloridos de esta enfermedad,
con consuelos continuos y con médicos y con medicinas en lo que era posible le
ayudaban; pero de nada servía porque ella, como desesperada de su amor, había
elegido no seguir viviendo. Ahora bien, sucedió que, ofreciéndole su padre
darle todo lo que quisiera, le vino al pensamiento que si convenientemente
pudiese, querría hacer saber al rey su amor y su decisión antes de morir: y por
ello, un día le rogó que hiciera venir a Minuccio de Arezzo
[SC376]. Era en aquellos tiempos Minuccio tenido por un
finísimo cantor y músico y con agrado era recibido por el rey Pedro, al cual
avisó Bernardo de que Lisa querría oírle tocar y cantar un rato; por lo que,
haciéndoselo decir, él, que era hombre amable, incontinenti vino a donde ella;
y luego de que un tanto con tiernas palabras la hubo consolado, con una viola
dulcemente tocó alguna estampida y cantó luego algunas canciones que para el
amor de la joven eran fuego y llama, cuando él lo que creía era consolarla.
Después de esto, dijo la joven que quería hablar con él solo unas palabras; por
lo que, yéndose todos los demás, le dijo ella:
—Minuccio, te he elegido a ti para fidelísimo guardián de
un secreto mío, esperando primeramente que a nadie sino a quien yo te diga
debas manifestarlo nunca, y luego, que en lo que puedas me ayudes: y esto te
ruego. Debes, pues, saber, Minuccio mío, que el día que nuestro señor el rey
Pedro celebró su gran fiesta de subida al trono, me sucedió verlo, mientras
estaba justando, en tan fuerte momento, que por su amor se me encendió en el
alma un fuego tal que a la situación me ha traído en que me ves; y conociendo
yo cuán mal conviene mi amor a un rey, y no pudiendo no ya arrojarlo de mí,
sino disminuirlo, y siéndome sobremanera duro de soportar, he elegido como
menor aflicción, morir; y así lo haré. Y es verdad que grandemente me iría
consolada si lo supiera él primero; y no sabiendo por quién poderle hacer saber
esta disposición mía más apropiadamente que por ti, quiero a ti encomendarla y
te ruego que no te rehúses a hacerlo; y cuando lo hayas hecho, házmelo saber
para que yo, muriendo consolada, me desenlace de estas penas.
Y dicho esto, llorando, calló. Maravillóse Minuccio de la
grandeza del ánimo de ella y de su duro propósito, y mucho se compadeció de
ella; y súbitamente le vino al ánimo cómo honestamente podría ayudarla, y le
dijo:
—Lisa, te doy mi palabra, por la que está segura de que
nunca serás engañada; y además, alabándote por tan alto empeño como es haber
puesto el ánimo en tan gran rey, te ofrezco mi ayuda, con la que espero que, si
quieres consolarte, obraré de tal manera que antes de que pase el tercer día
creo que podré traerte noticias que sumamente queridas te serán; y para no
perder tiempo, me voy a darle principio.
Lisa, por ello de nuevo rogándole mucho y prometiéndole
animarse, le dijo que se fuese con Dios. Minuccio, yéndose, fue a buscar a un
tal Mico de Siena, muy buen decidor en rima en aquellos tiempos, y con ruegos
le obligó a hacer la cancioncita que sigue:
Muévete, Amor, y vete a mi señor
y cuéntale las penas que sostengo,
dile que a muerte vengo
por celar mi deseo por temor.
Piedad, Amor: de rodillas te llamo,
ve y busca a mi señor en donde mora,
dile que mucho le deseo y amo
pues dulcemente el alma me enamora,
y por el fuego ardiente en que me inflamo
temo morir, y no veo la hora
en que me aleje de pena tan dura
como padezco su amor deseando,
temiendo y vacilando
¡Por Dios, haz que conozca mi dolor!
Desde que de él estoy enamorada,
no me has dejado, Amor, atrevimiento:
siempre estoy asustada
sin poderle mostrar mi sentimiento
a quien me tiene tan apasionada
y, muriendo, morir es mi tormento;
tal vez no le daría descontento
conocer el dolor del alma mía
si tuviera osadía
para manifestarle este mi ardor.
Y pues que no te fue agradable, Amor,
el concederme tanta confianza
que pudiese decir a mi señor
¡ay de mí! por mensaje o en semblanza
el sentimiento que me da calor,
vete ante él y ante su remembranza
trae aquel día en que a escudo y a lanza
con otros caballeros vi justar
indúcelo a mirar
cómo perezco por su dulce amor.
Las cuales palabras, Minuccio entonó prestamente con un
son suave y piadoso, como su materia requería, y el tercer día se fue a la
corte, cuando estaba el rey Pedro todavía comiendo; por el cual le fue dicho
que cantase algo con su viola. Con lo que él comenzó, tan dulcemente tocando, a
cantar esta canción que cuantos en la real sala estaban parecían bajo un
sortilegio, de tan callados y suspensos escuchando como estaban todos, y el rey
casi más que los otros. Y habiendo Minuccio terminado su canto, el rey le
preguntó de dónde procedía, que no le parecía haberlo oído nunca.
—Monseñor —repuso Minuccio—, no hace aún tres días que se
compusieron las palabras y la música.
El cual, habiéndole el rey preguntado que por quién,
repuso:
—No me atrevo a descubrirlo sino a vos.
El rey, deseoso de oírlo, levantadas las mesas, le hizo
entrar a él solo en su cámara, donde Minuccio ordenadamente le contó todo lo
oído; lo que el rey celebró mucho y mucho alabó a la joven y dijo que de joven
tan valerosa había que tener compasión, y por ello que fuese de su parte a ella
y la confortase, y le dijera que sin falta aquel día al atardecer vendría a
visitarla. Minuccio, contentísimo de llevar tan placenteras nuevas a la joven,
sin dilación con su viola se fue y, hablando con ella sola, todo lo que había
pasado le contó, y luego cantó la canción con su viola. De esto se puso la
joven tan alegre y tan contenta que claramente y sin tardanza aparecieron
señales grandísimas de su mejoría; y con deseo, sin saber ni presumir ninguno
de la casa qué fuese aquello, se puso a esperar el atardecer en que su señor
debía venir. El rey, que liberal y benigno señor era, habiendo luego pensado
muchas veces en las cosas oídas a Minuccio y conociendo óptimamente a la joven
y su hermosura, se compadeció más de lo que estaba y al llegar la caída de la
tarde montando a caballo, aparentando ir de paseo, llegó donde estaba la casa
del boticario; y allí, haciendo pedir que le abriesen un bellísimo jardín que
el boticario tenía, allí bajó de su caballo, y luego de un tanto preguntó a
Bernardo que qué era de su hija, si la había casado ya. Repuso Bernardo:
—Señor, no está casada sino que ha estado y aún está muy
enferma; aunque es verdad que desde nona para acá se ha mejorado
maravillosamente.
El rey comprendió prestamente lo que aquella mejoría
quería decir y dijo:
—A fe que desgracia sería que fuese quitada al mundo tan
hermosa cosa; queremos ir a visitarla.
Y con dos de sus compañeros solamente y con Bernardo en la
alcoba de ella poco después entró, y en cuanto estuvo dentro se acercó a la
cama donde la joven, algo incorporada en ella, le esperaba deseosa, y le cogió
una mano, diciéndole:
—Señora, ¿qué quiere decir esto? Sois joven y debéis
confortar a los otros, ¿y os dejáis enfermar? Queremos rogaros que os plazca
por nuestro amor consolaros de manera que estéis pronto curada.
La joven, sintiéndose coger las manos por aquel a quien
sobre todas las cosas amaba, aunque un tanto se avergonzase, sentía tan gran
placer en el ánimo como si hubiera estado en el paraíso, y como pudo le
respondió:
—Señor mío, el querer poner mis pocas fuerzas sobre
gravísimos pesos ha sido la razón de esta enfermedad, de la cual vos, por
vuestra gracia, pronto libre me veréis.
Sólo el rey entendía el encubierto hablar de la joven y a
cada momento la reputaba de más valor, y muchas veces maldijo en su interior a
la fortuna que de tal hombre la había hecho hija; y luego de que un tanto hubo
estado con ella y confortándola más todavía, se fue. Este rasgo de humanidad
del rey fue muy alabado y en gran honor tenido para el boticario y su hija; la
cual, tan contenta se quedó como cualquiera otra mujer lo estuvo alguna vez de
su amante; y por una mejor esperanza ayudada, curada en pocos días, más hermosa
se puso de lo que lo había sido nunca. Pero luego de que estuvo curada,
habiendo el rey con la reina discurrido qué recompensa a tal amor quería darle,
montando un día a caballo, con muchos de sus barones se fue a casa del
boticario, y entrando en el jardín hizo llamar al boticario y a su hija; y en
esto llegando la reina con muchas damas, y recibiendo a la joven entre ellas,
comenzaron una maravillosa fiesta. Y luego de algún tanto, el rey y la reina
llamando a Lisa, le dijo al rey:
—Valerosa joven, el gran amor que me habéis tenido os ha
alcanzado de nos gran honor, del que queremos que por amor a nos estéis
contenta; y el honor es éste: que, como sea que estáis en edad de casaros
queremos que toméis por marido al que os vamos a dar, entendiendo siempre, no
obstante esto, llamarme vuestro caballero, sin querer de tanto amor tomar de
vos sino un solo beso.
La joven, que de vergüenza tenía la faz bermeja, haciendo
suyo el gusto del rey, en voz baja respondió así:
—Señor mío, estoy muy cierta de que si se supiera que me
he enamorado de vos, las más de las gentes me reputarían loca, creyendo tal vez
que a mí misma me hubiese olvidado y que mi condición (y además de ella la
vuestra) no conozco; pero como Dios sabe, que sólo el corazón de los mortales
ve y conoce, en el momento que primero me gustasteis conocí que erais rey y yo
la hija de Bernardo el boticario, y mal convenirme a mí a tan alto lugar
dirigir el ardor de mi ánimo. Pero tal como vos mejor que yo conocéis, nadie se
enamora por meditada elección sino según el apetito y el gusto; ley a la cual
muchas veces se opusieron mis fuerzas; y no pudiendo más, os amé y os amo y os
amaré siempre. Es verdad que, al sentirme prender por vuestro amor, me dispuse
por completo a hacer siempre de vuestro deseo el mío y por ello no el hacer
esto de tomar de buen grado marido y tener en estima a quien os plazca darme
(que sea mi honor y estado), sino que si me dijeseis que me quedase en el
fuego, si creía que os agradaba, me daría placer. Teneros a vos, rey, por
caballero, sabéis que me conviene y por ello más a esto no respondo; y no os
será concedido el beso que queréis de mi amor sin licencia de mi señora la
reina. Y de tanta benignidad hacia mí cuanta es la vuestra y de mi señora la
reina que está aquí, Dios os conceda por mí las gracias y el premio que yo no
puedo dar.
Y aquí calló. A la reina plugo mucho la respuesta de la
joven y le pareció tan discreta como le había dicho el rey. El rey hizo llamar
al padre de la joven y a la madre y, sintiéndose contentos de lo que hacer se
proponía, hizo llamar a un joven, que era hombre noble aunque pobre, que tenía
por nombre Perdicone, y poniéndole unos anillos en la mano, a él que no
rehusaba hacerlo, hizo casarse con Lisa; a los cuales incontinenti el rey,
además de muchas joyas preciosas que él y la reina a la joven dieron, les dio
Cefalú y Caltabellotta, dos buenísimos feudos y de gran fruto, diciendo:
—Éstas te las damos como dote de la dama; lo que queremos
hacerte a ti lo verás en el tiempo por venir.
Y dicho esto, volviéndose a la joven, dijo:
—Ahora queremos tomar aquel fruto que de vuestro amor
debemos tener —y cogiéndole la cabeza con las dos manos, la besó en la frente.
Perdicone y el padre y la madre de Lisa, y ella también, contentos hicieron
grandísima fiesta y alegres bodas: y según lo que muchos afirman, muy bien
cumplió el rey lo convenido con la joven, porque mientras vivió se llamó
siempre caballero suyo y nunca fue a ningún hecho de armas llevando otra enseña
sino la que por la joven le fuese mandada. Así pues, obrando se conquistan las
almas de los súbditos, se da a otros ejemplos de bien obrar y se conquistan las
famas eternas; a la cual cosa hoy pocos o ninguno ha tendido el arco del
intelecto, habiéndose convertido en tiranos y en crueles la mayoría de los
señores.
NOVELA OCTAVA
Sofronia, creyendo ser la mujer de Gisippo, lo es de Tito
Quinto Fulvio y con él se va a Roma; adonde Gisippo llega en pobre estado, y
creyendo ser despreciado por Tito, afirma, para morir, que ha matado a un
hombre, Tito, reconociéndolo, dice, para salvarlo, que lo ha matado él, lo
cual, viéndolo quien lo había hecho, se culpa a sí mismo; por la cual cosa son
todos puestos en libertad por Octavio, y Tito a Gisippo da a su hermana por
mujer y reparte con él todos sus bienes
[SC377] .
Filomena, por mandato del rey, habiéndose callado Pampínea
y habiendo ya todas ellas alabado al rey Pedro, y más gibelina que las otras,
comenzó:
Magníficas señoras, ¿quién no sabe que los reyes pueden,
cuando quieren, hacer las más altas cosas y que además a ellos les cumple
especialísimamente ser magníficos? Quien, por consiguiente, hace lo que debe
hacer, hace bien; pero no hay que maravillarse tanto ni alzarlo tan alto con
alabanzas sumas como convendría a otro que lo hiciese, de quien, por tener
menos posibles menos se esperase. Y por ello, si con tantas palabras las obras
del rey exaltáis y os parecen buenas, no dudo que mucho más deban agradaros y
ser alabadas por vos las de nuestros iguales cuando son semejantes a las del
rey o mejores; por lo que una admirable obra y magnífica hecha por dos
ciudadanos amigos me he propuesto contaros en una historia.
Así pues, en el tiempo en que Octavio César, no todavía
como Augusto, sino desde el puesto llamado triunvirato, regía el imperio de
Roma, hubo en Roma un hombre noble llamado Publio Quinto Fulvio el cual,
teniendo un hijo llamado Tito Quinto Fulvio, de maravilloso ingenio, lo mandó a
Atenas a aprender filosofía, y cuanto más pudo lo recomendó a un hombre noble
de la ciudad llamado Cremetes, el cual era muy viejo amigo suyo. Por el cual
Tito, en su propia casa fue alojado en compañía de un hijo suyo llamado Gisippo;
y bajo la enseñanza de un filósofo llamado Aristippo, tanto Tito como Gisippo
fueron por igual puestos a estudiar por Cremetes. Y frecuentándose mucho los
dos jóvenes, tanto llegaron a ser semejantes sus costumbres que una fraternidad
y una amistad tan grande nació entre ellos que nunca luego fue destruida sino
por la muerte; y ninguno de ellos gozaba de bien ni de reposo sino cuando
estaban juntos. Habían comenzado los estudios e igualmente los dos con altísimo
ingenio dotados, subían a la gloriosa altura de la filosofía con iguales pasos
y con maravillosa alabanza; y en tal vida (con grandísimo placer de Cremetes,
que casi no consideraba más hijo suyo al uno que al otro) perseveraron al menos
tres años. Al final de los cuales, como con todas las cosas sucede, sucedió que
Cremetes, ya viejo, cerró los ojos a esta vida, de lo que un igual dolor, así
como por común padre, sintieron, y ni los amigos ni los parientes de Cremetes
discernían cuál de los dos habría de ser más consolado por el sucedido caso.
Sucedió, después de unos cuantos meses, que los amigos de Gisippo y los
parientes fueron a estar con él y junto con Tito le animaron a tomar mujer, y
le encontraron una joven de maravillosa hermosura y de nobilísimos parientes
descendiente y ciudadana de Atenas, cuyo nombre era Sofronia, de edad de unos
quince años. Y acercándose el momento de las futuras bodas, Gisippo rogó a Tito
un día que fuese con él a verla, que todavía no la había visto; y llegados a
casa de ella, y estando ella entre ambos, Tito, como apreciador de la hermosura
de la novia de su amigo comenzó a mirarla atentísimamente, y todas sus partes
desmedidamente agradándole, mientras las ponderaba sumamente para sí, tan
profundamente, sin darlo a entender, se inflamó por ella, cuanto ningún amante
de mujer se ha inflamado nunca. Pero luego que con ella hubieron estado,
despidiéndose, a casa se volvieron. Allí Tito, entrando solo en su alcoba, en
la joven que le había placido comenzó a pensar, tanto más inflamándose cuanto
más se paraba en su pensamiento; de lo que, dándose cuenta, luego de muchos
cálidos suspiros, comenzó a decirse:
—¡Ay! ¡Miserable vida tuya, Tito! ¿Dónde es donde pones tu
ánimo y tu amor y tu esperanza? ¿Pues no conoces, tanto por los honores
recibidos de Cremetes y su familia como por la verdadera amistad que hay entre
tú y Gisippo, de quien ésta es esposa, que a esta joven te conviene tener la
reverencia que a una hermana? ¿Cómo la amas? ¿Dónde te dejas llevar por el
engañoso amor?, ¿dónde por la lisonjera esperanza? Abre los ojos del intelecto
y conócete, mísero, a ti mismo; deja paso a la razón, refrena el apetito
concupiscente, templa los deseos no sanos y endereza a otra parte tus
pensamientos; haz frente en este comienzo a tu lujuria, y véncete a ti mismo
mientras es todavía tiempo. Lo que quieres no es conveniente, no es honesto; lo
que a seguir te dispones, aun si fuese seguro que lo alcanzases, que no es,
deberías huirlo si mirases aquello que la verdadera amistad te pide. ¿Qué
harás, pues, Tito? Abandonarás el indebido amor, si quieres hacer lo que es
debido.
Y luego, acordándose de Sofronia, volviendo atrás, todo lo
dicho lo condenaba, diciendo:
—Las leyes de Amor son de mayor poder que ninguna otra;
rompen no solamente las de la amistad sino las divinas. ¿Cuántas veces ha amado
el padre a su hija, el hermano a la hermana, la madrina al ahijado? Cosas más
monstruosas que un amigo ame a la mujer del otro han sucedido mil veces. Además
de esto, yo soy joven, y la juventud toda está sometida a las amorosas leyes;
aquello, pues, que place a amor, a mí debe placerme. Las cosas son propias de
los más viejos; yo no puedo querer sino lo que amor quiere. La hermosura de
ella merece ser amada por todos; y si yo la amo, que soy joven, ¿quién podrá
reprenderme con razón? No la amo porque sea de Gisippo, la amo tanto como la
amaría fuera de quien fuese; peca aquí la fortuna que la ha concedido a mi
amigo Gisippo en lugar de a otro. Y si debe ser amada por su hermosura (como
debe) merecidamente, más contento debe estar Gisippo, al saberlo, de que la ame
yo que otro.
Y desde este razonamiento, burlándose a sí mismo,
volviendo al contrario, y de éste a aquél y de aquél a éste, no solamente aquel
día y la noche siguiente consumió, sino muchos otros, hasta el punto de que,
perdidos el alimento y el sueño, por debilidad tuvo que acostarse. Gisippo, que
muchos días lo había visto sumido en sus pensamientos y ahora lo veía enfermo,
mucho se dolía, y con todo arte y solicitud, sin separarse nunca de él, se
esforzaba en consolarlo, con frecuencia y con muchas instancias preguntándole
la razón de sus pensamientos y de la enfermedad. Pero habiéndole muchas veces
Tito respondido con mentiras y habiéndose dado cuenta Gisippo, sintiéndose, sin
embargo, Tito obligado, con llantos y con suspiros le repuso de tal guisa:
—Gisippo, si a los dioses hubiera placido, a mí me sería
mucho más grata la muerte que seguir viviendo, pensando que la fortuna me ha
conducido a un lugar en que me ha convenido probar mi virtud, y con grandísima
vergüenza mía la encuentro vencida; pero por cierto que espero pronto la
recompensa que merezco, es decir, la muerte, que me es más cara que vivir con
el recuerdo de mi vileza; la cual, puesto que a ti no puedo ni debo ocultarte
nada, con gran rubor te manifestaré.
Y comenzando desde el principio, la razón de sus
pensamientos y la batalla de éstos, y por último de quién era la victoria y que
se moría por amor de Sofronia, le descubrió, afirmando que, conociendo cuánto
le convenía a él aquello, como penitencia se había impuesto el morir, lo que
pronto creía que conseguiría. Gisippo, al oír esto y ver su llanto, un tanto al
principio reflexionó, como quien de la belleza de la joven sucediese que más
tibiamente estuviera prendado; pero sin tardanza deliberó que la vida de su
amigo debía serle más querida que Sofronia y así, por las lágrimas de él
invitado a llorar, le contestó llorando:
—Tito, si no estuvieses tan necesitado de consuelo como lo
estás, me quejaría a ti de ti mismo como de quien ha violado nuestra amistad
teniéndome tan largamente escondida tu gravísima pasión. Y aunque no pareciese
honesta, no hay por ello que celar al amigo las cosas deshonestas sino como las
honestas, porque quien es amigo, así como en las honestas cosas se alegra con
el amigo, así en las no honestas se esfuerza por apartar de ellas el ánimo del
amigo. Pero absteniéndome al presente, vendré a lo que veo que más necesitas.
Si ardientemente amas a Sofronia, conmigo desposada, no me maravillo, sino que
me maravillaría si no fuese así, conociendo su hermosura y la nobleza de tu
ánimo, tanto más apta a sostener la pasión cuanto más excelencia tenga la cosa
que plazca. Y cuanto justamente amas a Sofronia, tanto te quejas injustamente
de la fortuna, aunque así no lo expreses, que a mí me la ha concedido,
pareciéndote que amarla tú sería honesto si hubiese sido de otro que no fuera
yo. Pero si eres discreto como sueles, ¿a quién podía concederla la fortuna, de
quien mayores gracias pudieras darle, si no me la hubiera concedido a mí?
Cualquiera otro que la hubiese tenido por muy honesto que hubiera sido tu amor,
la habría amado a ella más que a ti, lo que de mí, si por tan amigo me tienes
como soy, no debes esperar y la razón es ésta: que no me acuerdo, desde que
somos amigos, de que yo tuviese nada que no fuese tan tuyo como mío; lo que, si
tan lejos hubiera ido las cosas que no pudiese ser de otra manera, así haría con
ésta como con las otras; pero todavía estamos en tales términos que puedo hacer
que sea solamente tuya, y eso haré, porque no sé cómo mi amistad podría serte
preciada si en una cosa que puede hacerse honestamente, no supiera de tu
voluntad hacer la mía. Es verdad que Sofronia es mi esposa y que la amaba mucho
y con gran alegría esperaba las bodas con ella; pero como tú, como de mayor
entendimiento que yo, con más ardor deseas tan preciada cosa como es ella, vive
seguro que no mi mujer, sino la tuya será en mi alcoba. Y por ello, deja el
ensimismamiento, aleja la melancolía, llama a ti la salud perdida y el consuelo
y la alegría, y de ahora en adelante espera contento el premio de tu amor, que
mucho más merecido es que lo era al mío.
Tito, al oír hablar así a Gisippo, cuanto placer le daba
la lisonjera esperanza de aquello, tanto le daba vergüenza la justa conciencia,
mostrándole que cuanto mejor era la liberalidad de Gisippo, tanto mayor le
parecía inconveniente aceptarla; por lo que, sin dejar de llorar, con trabajo
así le respondió:
—Gisippo, tu liberal y verdadera amistad muy claro me
muestra lo que a la mía conviene hacer. No quiera Dios que nunca aquella que te
han dado como a más digno que a mí la reciba yo por mía. Si Él hubiera visto
que me convenía, ni tú ni nadie debes creer que te la hubiera concedido a ti.
Toma, pues, contento, lo que has elegido con el discreto consejo y con su don,
y a mí déjame consumirme en las lágrimas que como a indigno de tanto bien me ha
aparejado: las cuales, o venceré y te seré querido, o me vencerán y estaré
libre de pena.
Al cual Gisippo dijo:
—Tito, si nuestra amistad puede concederme tanta licencia
como para forzarte a seguir un gusto mío, y a ti puede inducirte a seguirlo,
esto será en lo que sumamente entiendo usarla; y si tú no condesciendes
placenteramente a mis ruegos, con la fuerza que debe hacerse en bien del amigo
haré que Sofronia sea tuya. Sé cuánto pueden las fuerzas de Amor y que no una
vez, sino muchas han conducido a una infeliz muerte a los amantes; y te veo tan
cerca de ello que ni detener ni vencer a las lágrimas podrías sino que,
continuando, vencido, desfallecerías; y yo, sin ninguna duda, pronto te
seguiría. Así pues, aunque por otra cosa no te amase, me es, para vivir,
preciosa tu vida. Será, pues, tuya Sofronia porque fácilmente no encontrarías a
otra que así te agradase, y yo con facilidad volviendo mi amor a otra, te habré
contentado a ti y a mí. En la cual cosa tal vez no sería tan liberal si tan
raramente y con la misma dificultad las mujeres se encontrasen como los amigos
se encuentran; y por ello, pudiendo yo facilísimamente otra mujer encontrar
pero no otro amigo, quiero por ello (no quiero decir perderla, que no la
perderé dándotela a ti, sino que la trasladaré a otro yo mío) de bien a mejor
transferirla, antes que perderte. Y por ello, si alguna cosa pueden en ti mis
ruegos, te ruego que, saliendo de esta aflicción, en un punto te consueles a ti
y a mí, y con esperanza del bien, viviendo te dispongas a coge esa alegría que
tu cálido amor desea de la cosa amada.
Aunque Tito se avergonzase de consentir en que Sofronia se
convirtiese en su mujer, y por ello obstinado estuviese todavía, empujándolo
por una parte amor y por la otra incitándole los ánimos que le daba Gisippo,
dijo:
—Basta, Gisippo; no sé qué puedo decir mejor que haré, si
mi placer o el tuyo haciendo lo que, rogándome, me dices que tanto te gusta; y
puesto que tu liberalidad es tanta que vence mi merecida vergüenza, lo haré.
Pero estate seguro de que lo hago no como quien no sabe que recibo de ti no
solamente a la mujer amada, sino con ella mi vida. Hagan los dioses, si puede
ser, que con honor y con bien tuyo pueda alguna vez mostrarte cuánto aprecio lo
que por mí, más compasivo de mí que yo mismo, haces.
Después de estas palabras, dijo Gisippo:
—Tito, en esto, para que tenga efecto, me parece que
debemos hacer lo siguiente: como sabes, después de largas negociaciones entre
mis parientes y los de Sofronia, ella se ha convertido en mi esposa; y por
ello, si yo fuese ahora diciendo que no la quería por mujer, grandísimo
escándalo nacería de ello, y se enfurecerían mis parientes y los suyos; lo que
nada me preocuparía si por ello viese que ella iba a ser tuya; pero temo, que
si así la dejase, que sus parientes la darían pronto a otro, que tal vez no serías
tú, y así habrías perdido lo que yo habría adquirido. Y por ello me parece, si
estás de acuerdo, que con lo que he comenzado voy yo a seguir adelante y como
mía la llevaré a casa y celebraré las bodas; y luego tú, ocultamente, como lo
preparemos, con ella como mujer tuya te acuestes; luego, a su lugar y tiempo
manifestaremos el asunto, que, si les agrada, bien estará; si no les agrada, de
todas las maneras estará hecho y no pudiendo volverlo atrás, tendrán por fuerza
que contentarse con ello.
Plugo a Tito el acuerdo; por la cual cosa, Gisippo, como
suya en su casa la recibió, estando ya Tito curado y en buena salud; y haciendo
una fiesta grande, al venir la noche, dejaron las mujeres a la nueva esposa en
la cama de su marido y se fueron. Estaba la alcoba de Tito contigua con la de
Gisippo y desde la una podía entrarse en la otra; por lo que, estando Gisippo
en su alcoba y habiendo apagado todas las luces yendo calladamente a donde
Tito, le dijo que con su mujer fuese a acostarse. Tito, al oír esto, muerto de
vergüenza, quiso echarse atrás y rehusaba ir; pero Gisippo, que con entero
ánimo, como en sus palabras, estaba dispuesto a su placer, luego de larga
disputa, le hizo entrar allí, el cual, al acercarse a la cama, cogiendo a la
joven, como bromeando, en voz baja le preguntó que si quería ser su mujer.
Ella, creyendo que era Gisippo, le contesto que sí, con lo que un bello y rico
anillo le puso en el dedo, diciendo:
—Y yo quiero ser tu marido.
Y consumando así el matrimonio, largo y amoroso placer
tomó de ella, sin que ni ella ni nadie se diesen cuenta nunca de que alguien
que no fuese Gisippo se hubiese acostado con ella. Estando, pues, en estos
términos el matrimonio de Sofronia y de Tito, Publio su padre cerró los ojos a
esta vida, por la cual cosa le fue escrito a él que sin dilación volviera a
Roma a velar por sus asuntos. Y por ello, habló con Gisippo de irse y llevarse
a Sofronia, lo que sin hacer manifiesto cómo estaban las cosas no se podía ni
debía apropiadamente; con lo que un día, llamándola a la alcoba, enteramente
cómo estaba aquel asunto le explicaron, y de ello Tito, por muchos casos entre
los dos acaecidos le dio pruebas. La cual, después que al uno y al otro un
tantico enojada hubo mirado, comenzó a deshacerse en lágrimas, quejándose del
engaño de Gisippo; y antes de que en casa de Gisippo ni una palabra se dijese
de aquello; se fue a casa de su padre, y allí a él y a su madre les contó el
engaño de Gisippo de que ella y ellos habían sido víctima, afirmando que era la
mujer de Tito y no de Gisippo como ellos creían. Esto fue durísimo para el
padre de Sofronia y con sus parientes y con los de Gisippo hizo de ello largas
y grandes lamentaciones, y fueron los comadreos y los enfados muchos y grandes.
Gisippo despertó el odio de los suyos y de los de Sofronia y todos decían no
sólo que era digno de reprobación, sino de áspero castigo. Pero él afirmaba que
había hecho una cosa honesta y que los padres de Sofronia debían darle las gracias
porque la había casado con alguien mejor que él mismo. Tito, por otra parte, de
todo se enteraba y con gran trabajo lo soportaba; y conociendo que era
costumbre de los griegos excitarse con los reproches y las amenazas hasta que
encontraban quien les respondiese, y que entonces no solamente humildes, sino
cobardísimos se volvían, pensó que sus discursos no podían ya soportar sin
responderlos; y teniendo él ánimo romano y el pensamiento ateniense, de una
manera muy oportuna reunió a los parientes de Gisippo y los de Sofronia en un
templo, y entrando en él acompañado sólo por Gisippo, así habló a los que
esperaban:
—Creen muchos filósofos que lo que les sucede a los
mortales es disposición y providencia de los dioses inmortales; y por esto
creen algunos que es inevitable todo lo que nos sucede o nos sucederá alguna
vez, aunque hay quienes esta inevitabilidad atribuyen sólo a lo que ya ha
sucedido. Las cuales opiniones, si con perspicacia son miradas, se verá muy
abiertamente que el reprender algo que no puede cambiarse, nada es sino querer
demostrarse más sabio que los dioses, los cuales debemos creer que con eterna ley
y sin ningún error gobiernan y disponen de nosotros y de las demás cosas; por
lo que, cuán loca y bestial presunción sea corregir su obra, muy fácilmente lo
podéis ver, y aun cuántas y cuáles cadenas merecen aquellos que se dejan ir a
tal atrevimiento. Entre los cuales, según mi juicio, os encontráis todos, si es
verdad lo que entiendo que debéis haber dicho y decís continuamente porque
Sofronia sea mi mujer cuando se la habéis entregado a Gisippo, no mirando que
ab eterno estaba dispuesto que fuese mujer no de Gisippo, sino mía, como por
efecto se conoce al presente. Pero como el hablar de la secreta providencia e
intención de los dioses parece a muchos duro y difícil de comprender,
presuponiendo que ellos de ninguna de nuestras acciones se ocupen, me place
descender a los razonamientos de los hombres, hablando de los cuales me
convendrá hacer dos cosas muy contrarias a mis costumbres: la una, algo
alabarme a mí mismo y la otra hablar mal de otros o humillarlos; pero porque de
la verdad ni en una cosa ni en otra entiendo apartarme, y la presente materia
lo pide, lo haré. Vuestras quejas, más incitadas por la furia que por la razón,
con continuas protestas, así como alborotos, ofenden, reprenden y condenan a
Gisippo porque me ha dado por mujer, por su decisión, a quien vosotros a él por
la vuestra habíais dado, en lo que yo estimo que debe ser muy de alabar; y las
razones son éstas: la primera, porque ha hecho lo que debe hacer un amigo; la
segunda porque ha obrado más sabiamente de lo que lo habíais hecho vosotros. Lo
que las santas leyes de la amistad quieren que un amigo haga por el otro, no es
mi intención explicaros al presente, contentándome sólo con haberos recordado
de ellas que los lazos de la amistad mucho más unen que los de la sangre o el
parentesco, como sea que tenemos los amigos que elegimos y los parientes que
nos da la fortuna. Y por ello, si Gisippo amó más mi vida que vuestra
benevolencia, siendo yo amigo suyo como me tengo, nadie debe maravillarse. Pero
vengamos a la segunda razón (en la que con más insistencia nos conviene
detenernos): el haber sido él más sabio que vosotros lo sois, como sea que de
la providencia de los dioses poco me parece que entendáis, y mucho menos que
conozcáis los efectos de la amistad. Digo que vuestro inicio, vuestro consejo y
vuestra deliberación habían dado Sofronia a Gisippo, joven y filósofo; el de
Gisippo la dio a un joven y filósofo; vuestro consejo la dio a un ateniense, el
de Gisippo a un romano; el vuestro a un joven noble, el de Gisippo a uno más
noble; el vuestro a un joven rico, el de Gisippo a uno riquísimo; el vuestro a
un joven que no solamente no la amaba, sino que apenas la conocía, el de
Gisippo a un joven que por encima de su felicidad y más que a la propia vida la
amaba. Y que lo que digo es verdad, y más de alabar que lo que habíais hecho
vosotros, miradlo cosa por cosa. Que yo joven y filósofo soy como Gisippo, mi
rostro y mis estudios, sin ningún discurso más largo decir, pueden explicarlo.
Una misma edad es la suya y la mía, y con iguales pasos siempre avanzando hemos
estudiado. Es verdad que él es ateniense y yo romano. Si de la gloria de la
ciudad disputamos, diré que yo soy de ciudad libre y él de tributaria; diré que
soy de ciudad señora de todo el mundo y él de ciudad obediente a la mía; diré
que soy de ciudad floreciente en armas, imperio y estudios, mientras él no
podrá a la suya sino alabar en los estudios. Además de esto, aunque escolar
humilde me veáis aquí entre vosotros, no he nacido de las heces del populacho
de Roma; mis palacios y los lugares públicos de Roma están llenos de antiguas
imágenes de mis mayores, y los anales romanos se encuentran llenos de muchos
triunfos logrados por los Quinto sobre el Capitolio romano; y no está por la
vejez marchita sino que hoy más que nunca florece la gloria de nuestro nombre.
Callo, por vergüenza, mis riquezas, teniendo en la memoria que la pobreza
honrada es el antiguo y copioso patrimonio de los nobles ciudadanos romanos; la
cual, si por la opinión de los vulgares es condenada, y son alabados los
tesoros, soy en ellos, no como avaricioso, sino como amado de la fortuna,
abundante. Y muy bien conozco que era aquí, y debía ser y debe ser preciado,
tener por pariente a Gisippo; pero yo no os debo ser, por razón alguna, menos
preciado en Roma, considerando que allí tendréis en mí a un óptimo huésped; y
un útil y solicito y poderoso protector tanto en las oportunidades públicas
como en las necesidades privadas. ¿Quién, pues, dejando aparte la pasión, y
mirando con justicia, alabará más vuestras decisiones que las de mi amigo
Gisippo? Ciertamente, ninguno. Está, pues, Sofronia bien casada con Tito Quinto
Fulvio, noble, antiguo y rico ciudadano de Roma y amigo de Gisippo; por lo que
quien de ello se duele o se queja no hace lo que debe ni sabe lo que hace.
Habrá tal vez algunos que digan no dolerse de que Sofronia sea la mujer de
Tito, sino dolerse del modo en que en su mujer se ha convertido: ocultamente, a
hurtadillas, sin que ningún amigo ni pariente supiese nada. Y esto no es
milagro ni cosa que suceda por primera vez. Dejo de buena gana a un lado a
aquellas que contra la voluntad del padre han tomado marido y a aquellas que
han huido con sus amantes y primero han sido amigas que esposas, y a aquellas
que antes han descubierto con embarazos y partos sus matrimonios que con la
lengua, y la necesidad ha hecho consentir en ellos, cosa que con Sofronia no ha
sucedido; sino que ordenada, discreta y honestamente ha sido dada por Gisippo a
Tito. Y dirán otros que la ha casado aquel a quien casarla no incumbía. ¡Necias
lamentaciones son éstas y mujeriles, y procedentes de la poca consideración! No
usa ahora la fortuna por primera vez distintos caminos e instrumentos nuevos
para inducir las cosas a determinados efectos. ¿Qué puede importarme a mí que
el zapatero en lugar del filósofo haya expresado su juicio sobre un hecho mío
(en oculto o en público) si el fin es bueno? Debo cuidarme si el zapatero no es
discreto, de no dejarle proseguir, y agradecerle lo hecho. Si Gisippo ha casado
bien a Sofronia, andar quejándose del modo y de él es una necedad superflua; si
en su juicio no confiáis, cuidad de que no pueda casar a nadie más y
agradecedle esto. No menos debéis saber que yo no busqué ni con astucia ni con
fraude poner alguna mancha sobre la honestidad y la claridad de vuestra sangre
en la persona de Sofronia; y aunque ocultamente la haya tomado por mujer no
vine como un raptor a quitarle su virginidad ni como enemigo quise tenerla
deshonestamente, rechazando emparentar con vosotros; sino que ardientemente
prendado de su cautivadora hermosura y de su virtud, conocía que si con el
orden que tal vez queréis decir que debía haberla procurado, siendo muy amada
por vos, por temor a que a Roma me la llevase, no la habría obtenido. Utilicé,
pues, la manera oculta que ahora puede hacérseos manifiesta e hice a Gisippo
que consintiese en mi nombre en lo que él no estaba dispuesto; y luego, aunque
yo ardientemente la amase, no como amante, sino como marido busqué el
ayuntamiento con ella no aproximándome a ella (como puede ella misma con verdad
testimoniar), sino después de las debidas palabras y el anillo de desposada,
preguntándole si me quería por marido; a lo que repuso que sí. Si le parece
haber sido engañada, no habéis de reprenderme a mí, sino a ella que no me
preguntó quién era. Éste es, pues, el gran mal, el gran pecado, la gran falta
cometida por el Gisippo amigo y por mí amante; que Sofronia se haya ocultamente
convertido en mujer de Tito Quinto; por ello, lo herís, lo amenazáis y lo
insidiáis. ¿Y qué más haríais si la hubiese dado a un villano, a un vagabundo,
a un siervo? ¿Qué cadenas, qué cárcel, qué cruces os bastarían? Pero dejemos
ahora esto; ha llegado el tiempo que yo todavía no esperaba de que mi padre
haya muerto y me sea obligado volver a Roma. Por lo que, queriendo llevar a
Sofronia conmigo, os he descubierto lo que puede que aún seguiría ocultándoos;
lo que, si fueseis sabios, alegremente lo soportaríais porque, si engañaros o
ultrajaros hubiera querido, escarnecida podía dejárosla; pero no lo quiera Dios
que en un espíritu romano pueda albergarse tanta vileza. Ella, pues, es decir,
Sofronia, por consentimiento de los dioses y por vigor de las leyes humanas y
por el loable juicio de mi amigo Gisippo y por mi amorosa astucia, es mía, la
cual cosa vosotros (por ventura teniéndoos en más que los dioses y los demás
hombres sabios) bestialmente, en dos maneras muy odiosas para mí, mostráis que
os equivocáis: una es teniendo a Sofronia, sobre la cual (sino en cuanto me
place) no tenéis ningún derecho; y la otra es tratar a Gisippo, a quien estáis
obligados justamente, como a enemigo. Y cuán neciamente hacéis en ellas no
entiendo al presente explicaros más sino como amigo aconsejaros que dispongáis
vuestros enojos, y los agravios tomados se dejen y que Sofronia me sea
restituida para que yo alegremente me vaya como pariente vuestro y vuestro
viva: seguros de esto, que, os plazca o no os plazca lo que está hecho, si
entendéis obrar de otro modo, os quitaré a Gisippo y sin faltar, si llego a
Roma, recuperaré a quien es merecidamente mía, por mucho que os disguste; y
cuánto puede el enojo de los ánimos romanos, hostigándoos siempre, os haré
conocer por experiencia.
Luego de que Tito hubo dicho esto, poniéndose en pie con
el rostro todo airado, cogiendo a Gisippo de la mano, mostrando preocuparle
poco cuantos en el templo había, de allí, moviendo la cabeza y amenazándoles,
salió. Los que se quedaron dentro, en parte inducidos por las palabras de Tito
a su parentesco y a su amistad, y en parte asustados por sus últimas palabras,
de común acuerdo deliberaron que mejor era tener a Tito por pariente, puesto
que Gisippo no había querido serlo, que haber perdido a Gisippo por pariente y
a Tito adquirido por enemigo; por la cual cosa, saliendo, fueron a buscar a
Tito y le dijeron que les placía que Sofronia fuese suya y tenerlo a él por
pariente querido y a Gisippo por buen amigo; y haciendo juntos una familiar y
amistosa fiesta, se fueron y le mandaron a Sofronia, la cual, como discreta,
haciendo de la necesidad virtud, el amor que tenía por Gisippo prestamente lo
volvió a Tito y con él se fue a Roma, donde con gran honor fue recibido.
Gisippo, quedándose en Atenas, por todos tenidos en poco, después de no mucho
tiempo, por unas contiendas civiles, con todos los de su casa, pobre y mezquino
fue arrojado de Atenas y condenado a perpetuo exilio. Estando en el cual
Gisippo, y habiendo llegado a ser no sólo pobre sino mendigo, como pudo se vino
a Roma a probar si Tito lo recordaba; y enterado de que estaba vivo y estimado
por todos los romanos, y enterado de cuál era su casa, delante de ella se puso
hasta que Tito llegó; al cual, por la miseria en que estaba no se atrevió a
dirigir la palabra, sino que se ingenió en hacer que lo viese para que
reconociéndolo lo mandase llamar. Por lo que, pasando Tito adelante y
pareciéndole a Gisippo que lo había visto y esquivado, acordándose de lo que él
había hecho por él, furioso y desesperado se fue; y siendo ya de noche y
estando él en ayunas y sin dineros, sin saber adónde ir, más deseoso de morir
que nadie, llegó a un lugar muy salvaje de la ciudad, donde, viendo una gran
gruta, dentro entró para quedarse aquella noche, y sobre la tierra desnuda y
mal vestido, vencido por largo llanto, se durmió. A la cual gruta, dos que
habían estado robando aquella noche, con el hurto hecho fueron al amanecer, y
entrando en una disputa, el uno, que era más fuerte, mató al otro y se fue; la
cual cosa, habiendo Gisippo oído y visto, le pareció haber encontrado el camino
a la muerte que mucho deseaba, sin matarse a sí mismo; y por ello, sin irse,
estuvo allí hasta que los esbirros del tribunal, que ya del suceso se habían
enterado, allí vinieron y a Gisippo furiosamente se llevaron preso. Y él,
interrogado, confesó que lo había matado y que no había podido irse de la
gruta, por la cual cosa el pretor, que se llamaba Marco Varrón, mandó que fuese
condenado a muerte en la cruz, tal como entonces era costumbre. Había Tito, por
acaso, llegado al pretorio en aquel momento y, mirándole al rostro al mísero
condenado y habiendo oído el porqué, súbitamente reconoció a Gisippo, y se
maravilló de su miserable fortuna y de cómo habría llegado aquí, y
ardentísimamente deseando ayudarlo y no viendo ninguna otra vía para su
salvación, sino acusarse a sí mismo y excusarle a él, prestamente se adelantó y
gritó:
—Marco Varrón, haz llamar al pobre hombre al que has
condenado porque es inocente; bastante he ofendido yo a los dioses con una
culpa matando a aquel a quien tus esbirros hallaron esta mañana muerto sin que
ahora les ofenda de nuevo con la muerte de otro inocente.
Varrón se maravilló y le dolió que todo el pretorio lo
hubiese oído, y no pudiendo por su honor retraerse de hacer lo que le mandaban
las leyes, hizo volverse atrás a Gisippo, y en presencia de Tito le dijo:
—¿Cómo has sido tan loco que, sin haber experimentado
ningún dolor, confesaste lo que no has hecho jugándote la vida? Decías que eras
quien había matado esta noche al hombre y éste viene ahora y dice que no tú
sino él lo ha matado.
Gisippo miró y vio que aquél era Tito y muy bien conoció
que hacía aquello para salvarle, como agradecido por el servicio que en otro
tiempo le había hecho; por lo que, llorando de piedad, dijo:
—Varrón, verdaderamente lo he matado yo, y la piedad de
Tito para salvarme llega ya demasiado tarde.
Tito, por otra parte, decía:
—Pretor, como ves, éste es extranjero y sin armas ha sido
encontrado junto al muerto, y bien ves que su miseria le da el motivo para
querer estar muerto; y por ello, ponlo en libertad y a mí, que lo he merecido,
castígame.
Se maravilló Varrón de la insistencia de aquellos dos y
presumía ya que ninguno debía ser el culpable; y, pensando en el modo de
absolverlos, he aquí que viene un joven llamado Publio Ambusto, de perdidas
costumbres y conocidísimo ladrón entre todos los romanos, el cual
verdaderamente había cometido el homicidio; y sabiendo que ninguno de los dos
eran culpables de lo que los dos se acusaban, tanta fue la ternura que llenó su
corazón por la inocencia de estos dos que, movido por grandísima compasión, vino
ante Varrón y le dijo:
—Pretor, mis hechos me traen a resolver la dura discusión
de estos dos, y no sé qué dios dentro de mí me espolea y me empuja a
manifestarte mi pecado: y sabe por ello que ninguno de éstos es culpable de
aquello de lo que a sí mismo se acusa. Yo soy verdaderamente quien mató a aquel
hombre esta mañana al apuntar el día; y a este desdichado que está aquí lo vi
allí que dormía mientras yo repartía las cosas robadas con aquel a quien maté.
Tito no necesita que yo lo excuse; su fama es clara en todas partes y se sabe
que no es hombre de tal condición; así que libéralo y castígame a mí a la pena
que las leyes me impongan.
Había ya Octavio oído estas cosas y, haciendo venir a los
tres, quiso oír qué razón había movido a cada uno a querer ser el condenado, la
cual cada uno le contó. Octavio, a los dos porque eran inocentes y al tercero
por amor suyo los puso en libertad. Tito, tomando a Gisippo y reprendiéndolo
mucho primero por su desapego y desconfianza, le hizo maravillosa fiesta y a su
casa se lo llevó, donde Sofronia, con piadosas lágrimas le recibió como amigo;
y confortándolo un tanto y vistiéndolo y volviéndole al ropaje debido a su
virtud y nobleza, primeramente hizo con él comunes todos sus tesoros y
posesiones, y después, a una hermana jovencita que tenía, llamada Fulvia, le
dio por mujer; y luego le dijo:
—Gisippo, de ti depende ahora o quedarte aquí junto a mí o
volverte a Atenas con todas las cosas que te he dado.
Gisippo, obligándole por una parte el destierro a que
estaba condenado por su ciudad y por otra el amor que debidamente sentía por la
merecida amistad de Tito, decidió hacerse romano; con lo que con su Fulvia, y
Tito con su Sofronia, siempre en una gran casa mucho tiempo y alegremente
vivieron, más amigos haciéndose cada día, si es que podía ser.
Santísima cosa es, pues, la amistad, y no solamente digna
de singular reverencia, sino de ser con loor perpetuo alabada como discretísima
madre de la magnificencia y de la honestidad, hermana de la gratitud y de la
caridad, y del odio y la avaricia enemiga; siempre, sin esperar ningún ruego,
pronta a hacer por otros virtuosamente lo que querría que por ella misma se
hiciese; cuyos sacratísimos efectos rarísimas veces se ven hoy en dos, por
culpa y vergüenza de la mísera avidez de los mortales que, sólo a la propia
utilidad mirando, los ha relegado a perpetuo exilio más allá de los extremos
límites de la tierra. ¿Qué amor, qué riqueza, qué parentesco hubiera hecho
sentir al corazón de Gisippo el ardor, las lágrimas y los suspiros de Tito, con
tanta eficacia que por ellos a la hermosa esposa noble y amada por él hubiese
hecho casar con Tito, sino ellos? ¿Qué leyes, qué amenazas, qué temor hubiese
hecho a los juveniles brazos de Tito en los lugares solitarios, en los lugares
oscuros, en la cama propia, abstenerse de los abrazos de la hermosa joven, que
tal vez le invitaba a ellos, sino ellos? ¿Qué estados, qué méritos, qué
ganancias habrían hecho a Gisippo no preocuparse de perder a sus parientes y a
los de Sofronia, no preocuparse de las deshonestas murmuraciones del populacho,
no preocuparse de las burlas y de los escarnios por satisfacer a su amigo, sino
ellos? Y, por otra parte, ¿quién habría a Tito, sin ninguna dilación y pudiendo
convenientemente disimular que lo veía, hecho prontísimo en procurar la propia muerte
para quitar a Gisippo de la cruz que él mismo se procuraba, sino ellos?, ¿quién
habría hecho a Tito sin duda alguna liberalísimo en compartir su amplísimo
patrimonio con Gisippo, a quien la fortuna le había privado del suyo, sino
ellos? ¿Quién habría hecho a Tito sin ningún temor, deseosísimo de conceder la
propia hermana por mujer a Gisippo, a quien veía pobrísimo y a extrema miseria
llevado, sino ellos? Deseen, pues, los hombres multitud de consortes, turbas de
hermanos y gran cantidad de hijos, y con sus dineros se acreciente el número de
sus servidores; y no reparen en que cualquiera de éstos teme más un mínimo
peligro propio que solicitud muestran en apartar los grandes del padre o del
hermano o del señor, mientras todo lo contrario vemos que hace el amigo.
NOVELA NOVENA
Saladino
[SC378] , disfrazado de mercader, es honrado por micer
Torello; viene luego la cruzada
[SC379] ; micer Torello pone un plazo a su mujer para que
pueda volver a casarse, es hecho prisionero y por amaestrar aves de presa llega
a oídos del sultán, el cual, reconociéndole y dándole a conocer, sumamente le
honra; micer Torello enferma y por arte de magia es llevado en una noche a
Pavia, y en las bodas que se celebraban por el nuevo matrimonio de su mujer,
reconocido por ella, con ella a su casa vuelve
[SC380] .
Había ya a sus palabras Filomena puesto fin y la magnífica
gratitud de Tito había sido alabada mucho por todos concordemente, cuando el
rey, el postrer lugar reservando a Dioneo, así comenzó a hablar:
Atrayentes señoras, sin falta cuenta Filomena la verdad
por lo que sobre la amistad dice, y con razón al final de sus palabras se
lamenta que hoy sea ésta tan poco grata a los mortales. Y si nosotros, aquí,
para corregir los defectos mundanos o aunque sólo fuera para reprenderlos
estuviésemos, continuaría yo con extenso discurso sus palabras; pero como otro
es nuestro fin, me ha venido al ánimo el mostraros, tal vez con una historia
muy larga, pero en todas sus partes agradable, una de las magníficas obras de
Saladino, para que por las cosas que en mi novela oigáis, si plenamente la
amistad de alguien no se puede conquistar por nuestros vicios, sepamos al menos
deleitarnos en obra cortésmente, esperando que, cuando sea, de ello se siga una
recompensa.
Digo, pues, que, según afirman algunos, en el tiempo del
emperador Federico I
[SC381], para reconquistar Tierra Santa tuvo lugar una
cruzada general entre los cristianos; la cual cosa, Saladino, valentísimo señor
y entonces sultán de Babilonia
[SC382], habiendo oído algo de ello, se propuso ver
personalmente los preparativos de los señores cristianos para aquella cruzada,
para mejor poder prevenirse. Y arreglados sus asuntos en Egipto, haciendo
semblante de ir en peregrinación, con dos de sus hombres más ilustres y más
sabios y con tres servidores solamente, en disfraz de mercader se puso en
camino; y habiendo andado por muchas provincias cristianas y cabalgando por
Lombardía para pasar más allá de los montes, sucedió que, yendo de Milán a Pavia
y siendo ya el anochecer, se toparon con un gentilhombre cuyo nombre era micer
Torello de Strata de Pavia
[SC383], el cual con sus criados y con perros y con
halcones se iba a estar a una hermosa posesión que sobre el río Tesino tenía. A
los cuales, al verlos micer Torello se dio cuenta de que nobles y forasteros
eran y deseó honrarlos; por lo que, preguntando Saladino a uno de sus
servidores cuánto había todavía de allí a Pavia y si a tiempo de entrar en ella
pudiese llegar allí, no dejó que respondiese el servidor sino que él mismo
repuso:
—Señores, no podréis llegar a Pavia a una hora en que
podáis entrar dentro.
—Pues —dijo Saladino— hacednos la merced de enseñarnos,
porque extranjeros somos, dónde podremos albergarnos mejor.
Micer Torello dijo:
—Eso haré de buena gana. Ahora mismo estaba pensando en
mandar a uno de estos míos junto a Pavia por cierta cosa: lo mandaré con vos y
os conducirá a un lugar donde os albergaréis asaz convenientemente.
Y al más discreto de los suyos acercándose, le ordenó lo
que tenía que hacer, y le mandó con ellos; y yéndose él a su posesión,
prestamente, lo mejor que pudo hizo preparar una buena cena y poner la mesa en
un jardín; y hecho esto, junto a la puerta vino a esperarlos. El servidor,
hablando con los hombres nobles sobre diversas cosas, por ciertos caminos los
desvió y a la posesión de su señor, sin que se diesen cuenta, los condujo; a
los cuales, cuando los vio micer Torello, saliendo a pie a su encuentro, dijo
sonriendo:
—Señores, sed muy bien venidos.
Saladino, que era sagacísimo, se dio cuenta de que este
caballero había temido que no habrían aceptado el convite si, cuando los
encontró, les hubiese invitado, y por ello, para que no pudieran negarse a
quedarse aquella noche con él, con una artimaña los había conducido a su casa;
y contestado su saludo, dijo:
—Señor, si de los corteses hombres pudiese uno quejarse,
nos quejaríamos de vos, el cual, aunque hayáis estorbado un tanto nuestro
viaje, sin que hayamos merecido por nada vuestra benevolencia sino por un solo
saludo, a aceptar tan alta cortesía como es la vuestra nos habéis obligado.
El caballero, sabio y elocuente, dijo:
—Señores, esta que recibís de mí, en vuestro aspecto, es
pobre cortesía; pero en verdad fuera de Pavia no habríais podido estar en
ningún lugar que fuese bueno, y por ello no os sea grave haber alargado un poco
el camino para tener un poco menos de incomodidad.
Y así diciendo, viniendo su servidumbre alrededor de
aquéllos, en cuanto desmontaron, acomodaron sus caballos, y micer Torello a los
tres hombres nobles llevó a las cámaras preparadas para ellos, donde les hizo
descalzarse y refrescarse un poco con fresquísimos vinos, y en amable
conversación hasta la hora de cenar los entretuvo. Saladino y sus compañeros y
servidores sabían todos latín, por lo que muy bien entendían y eran entendidos,
y les parecía a todos ellos que este caballero era el hombre más amable y el
más cortés y el que mejor hablaba de todos los otros que hubiesen visto hasta
entonces. A micer Torello, por otra parte, le parecía que eran aquellos hombres
ilustrísimos y de mucho más valor de lo que antes había estimado, por lo que se
dolía para sí mismo de que con compañía y más solemne convite no podía
honrarlos aquella noche; por lo que pensó en reparar aquello a la mañana
siguiente, e informando a uno de sus servidores de lo que quería hacer, a su
mujer, que discretísima era y de grandísimo ánimo, se lo mandó a Pavia, que muy
cerca estaba y cuyas puertas no se cerraban nunca. Y después de esto, llevando
a los gentileshombres al jardín, cortésmente les preguntó quiénes eran y adónde
iban. Al cual repuso Saladino:
—Somos mercaderes chipriotas y venimos de Chipre, y por
nuestros negocios vamos a París.
Entonces dijo micer Torello:
—¡Pluguiese a Dios que esta tierra nuestra produjese tales
nobles como veo que Chipre hace los mercaderes!
Y de este razonamiento en otros estando un tanto, se hizo
hora de cenar: por lo que les invitó a sentarse a la mesa, y en ella, según era
la cena improvisada, fueron muy bien y ordenadamente servidos; y poco después,
levantadas las mesas, se pusieron en pie, que, dándose cuenta micer Torello de
que estaban cansados, en hermosísimos lechos los llevó a descansar, y
semejantemente él, poco después, se fue a dormir. El servidor enviado a Pavia
dio la embajada a la señora, la cual, no con ánimo mujeril sino real, haciendo
prestamente llamar a muchos amigos y servidores de micer Torello, todas las
cosas oportunas para un grandísimo convite hizo preparar, y a la luz de las
antorchas hizo invitar al convite a muchos de los más nobles ciudadanos, e hizo
sacar paños y sedas y pieles y completamente poner en orden lo que el marido le
había mandado a decir. Venido el día, los gentileshombres se levantaron, con
los cuales micer Torello, montando a caballo y haciendo venir sus halcones, a
una charca vecina les llevó y les mostró cómo volaban; pero preguntando
Saladino si alguien podía ir a Pavia y llevarlos al mejor albergue, dijo micer
Torello:
—Ése seré yo, porque ir allí necesito.
Ellos, creyéndoselo, se alegraron y juntos con él se
pusieron en camino; y siendo ya la hora de tercia y habiendo llegado a la
ciudad, creyendo que eran enviados al mejor albergue, con micer Torello
llegaron a su casa, donde ya al menos cincuenta de los más ilustres ciudadanos
habían venido para recibir a los gentileshombres, alrededor de los cuales
acudieron rápidamente a los frenos y espuelas. La cual cosa viendo Saladino y
sus compañeros, demasiado bien comprendieron lo que era aquello y dijeron:
—Micer Torello, esto no es lo que os habíamos pedido:
bastante habéis hecho esta noche pasada y mucho más de lo que merecemos; por lo
que sin inconveniente podíais dejarnos seguir nuestro camino.
A quienes micer Torello repuso:
—Señores, de lo que ayer noche se os hizo estoy yo más
agradecido a la fortuna que a vosotros, que a tiempo os alcanzó en el camino
para que necesitaseis venir a mi pequeña casa; de lo de esta mañana os quedaré
yo obligado y junto conmigo todos estos gentileshombres que están en torno
vuestro, a quienes si os parece cortés negaros a almorzar con ellos podéis
hacerlo si queréis.
Saladino y sus compañeros, vencidos, desmontaron y
recibidos por los gentileshombres alegremente fueron llevados a sus cámaras,
las cuales riquísimamente les habían preparado; y dejando las ropas de camino y
refrescándose un tanto, a la sala, que espléndidamente estaba aparejada,
vinieron; y habiendo sido dada el agua a las manos y sentándose a la mesa con
grandísimo orden y hermoso, con muchas viandas fueron magníficamente servidos;
tanto que, si el emperador hubiese venido allí, no se habría sabido cómo
hacerle más honor. Y aunque Saladino y sus compañeros fuesen grandes señores y
acostumbrados a ver grandísimas cosas, no menos se maravillaron mucho de ésta,
y les parecía de las mayores, teniendo en cuenta la calidad del caballero, que
sabían que era burgués y no noble. Terminada la comida y levantada la mesa,
habiendo hablado un tanto de altas cosas, haciendo mucho calor, cuando plugo a
micer Torello, los gentileshombres de Pavia se fueron a descansar, y quedándose
él con los tres suyos, y entrando con ellos en una cámara, para que ninguna
cosa querida para él quedara que visto no hubieran, allí hizo llamar a su
valerosa mujer; la cual, siendo hermosísima y alta en su persona y adornada con
ricas vestimentas, en medio de dos hijos suyos, que parecían dos angelotes,
vino hacia ellos y placenteramente les saludó. Ellos, al verla, se levantaron y
con reverencia la recibieron, y haciéndola sentarse entre ellos, gran fiesta
hicieron con sus dos hermosos hijitos. Pero luego de que con ellos hubo entrado
en agradable conversación, habiéndose ido un poco micer Torello, ella
amablemente les preguntó de dónde eran y adónde iban; a quien los
gentileshombres respondieron como habían hecho a micer Torello. Entonces la
señora, con alegre gesto, dijo:
—Así pues, veo que mi previsión femenina será útil, y por
ello os ruego que por especial merced no rehuséis ni tengáis por vil el pequeño
presente que voy a hacer traeros, sino considerando que las mujeres, de acuerdo
con su pequeño ánimo pequeñas cosas dan, más considerando el buen deseo de
quien da que la cantidad del presente, lo toméis.
Y haciendo traer para cada uno dos pares de sobrevestes,
una forrada de seda y otra de marta, en nada de burgueses ni de mercaderes,
sino de señor, y tres jubones de cendal y lino, dijo:
—Tomad esto: las ropas de mi señor son como las vuestras;
las otras cosas, considerando que estáis lejos de vuestras mujeres, y lo largo
del camino hecho y el que os queda por hacer, y que los mercaderes son hombres
limpios y delicados, aunque poco valgan podrán seros preciadas.
Los gentileshombres se maravillaron y claramente
conocieron que micer Torello ninguna clase de cortesía quería dejar de
hacerles, y temieron, viendo la nobleza de las ropas, en nada propias de
mercaderes, que hubiesen sido reconocidos por micer Torello; pero sin embargo,
a la señora respondió uno de ellos:
—Éstas son, señora, grandísimas cosas y no deberíamos
tomarlas fácilmente si vuestros ruegos a ello no nos obligasen, a los cuales no
puede decirse que no.
Hecho esto y habiendo ya vuelto micer Torello, la señora,
encomendándolos a Dios, se separó de ellos, y de cosas semejantes a aquéllas,
tal como a ellos convenía, hizo proveer a los criados. Micer Torello con muchos
ruegos les pidió que todo aquel día se quedasen con él; por lo que, después que
hubieron dormido, poniéndose sus ropas, con micer Torello un rato cabalgaron
por la ciudad, y venida la hora de la cena, con muchos honorables compañeros
magníficamente cenaron. Y cuando fue el momento, yéndose a descansar, al venir
el día se levantaron y encontraron en el lugar de sus rocines cansados, tres
gordos palafrenes y buenos y semejantemente caballos nuevos y fuertes para
todos sus criados. La cual cosa viendo Saladino, volviéndose a sus compañeros,
dijo:
—Juro ante Dios que hombre más cumplido ni más cortés ni
más precavido que éste no lo ha habido nunca; y si los reyes cristianos son
tales reyes en su condición como éste es caballero, el sultán de Babilonia no
podrá enfrentarse siquiera con uno, ¡no digamos con todos los que vemos que se
preparan para echársele encima!
Pero sabiendo que negarse a recibirlos no era oportuno,
muy cortésmente agradeciéndolo, montaron a caballo. Micer Torello, con muchos
compañeros, gran trecho en el camino les acompañaron fuera de la ciudad, y por
mucho que a Saladino le doliese separarse de micer Torello, tanto se había
prendado ya de él, le rogó que atrás se volviese, teniendo que irse; el cual,
por muy duro que le fuese separarse de ellos, dijo:
—Señores, lo haré porque os place, pero os diré esto: yo
no sé quiénes sois ni deseo saber más de lo que os plazca; pero seáis quienes
seáis, que sois mercaderes no me dejaréis creyendo esta vez: y que Dios os
guarde.
Saladino, habiendo ya de todos los compañeros de micer
Torello tomado licencia, le repuso diciendo:
—Señor, podrá todavía suceder que os hagamos ver nuestra
mercancía, con la cual vuestra creencia aseguraremos; e idos con Dios.
Se fueron, pues, Saladino y sus compañeros, con grandísimo
ánimo de (si la vida les duraba y la guerra que esperaban no lo impidiese)
hacer aún no menor honor a micer Torello del que éste le había hecho; y mucho
de él y de su mujer y de todas sus cosas y actos y hechos habló con sus
compañeros, alabándolo todo. Pero luego que todo Poniente, no sin gran fatiga,
hubo corrido, entrando en el mar, con sus compañeros se volvió a Alejandría, y
plenamente informado, se dispuso a la defensa. Micer Torello se volvió a Pavia
y mucho estuvo pensando que quiénes serían aquellos tres, pero nunca a la
verdad llegó, ni se aproximó. Llegando el tiempo de la cruzada y haciéndose
grandes preparativos por todas partes, micer Torello, no obstante los ruegos de
su mujer y las lágrimas, se dispuso a irse de todas las maneras; y habiendo
hecho todos los preparativos y estando a punto de montar a caballo, dijo a su
mujer, a quien sumamente amaba:
—Mujer, como ves, me voy a esta cruzada tanto por el honor
del cuerpo como por la salvación del alma; te encomiendo todas nuestras cosas y
nuestro honor; y como estoy seguro de irme, y de volver, por mil accidentes que
puedan sobrevenir, ninguna certeza tengo, quiero que me concedas una gracia:
que suceda lo que suceda de mí, si no tienes noticia cierta de mi vida, que me
esperes un año y un mes y un día sin volver a casarte, comenzando con este día
que de ti me separo.
La mujer, que mucho lloraba, repuso:
—Micer Torello, no sé cómo voy a soportar el dolor en el
cual, al partiros, me dejáis: pero si mi vida es más fuerte que él y algo os
acaeciese, vivid y morid seguro de que viviré y moriré como mujer de micer
Torello y de su memoria.
A la cual micer Torello dijo:
—Mujer, certísimo estoy de que, en cuanto esté en ti
sucederá esto que me prometes; pero eres mujer joven y hermosa y de gran
linaje, y tu virtud es muy conocida por todos; por la cual cosa no dudo que
muchos grandes y gentileshombres, si nada de mí se supiera, te pedirán por
mujer a tus hermanos y parientes, de cuyos consejos, aunque lo quieras, no
podrás defenderte y por fuerza tendrás que complacerlos; y éste es el motivo
por el cual este plazo y no mayor te pido.
La mujer dijo:
—Yo haré lo que pueda de lo que os he dicho; y si otra
cosa tuviera que hacer; os obedeceré en esto que me ordenáis, con certeza.
Ruego a Dios que a tales plazos ni a vos ni a mí nos lleven estos tiempos.
Terminadas estas palabras, la señora, llorando, se abrazó
a micer Torello, y quitándose del dedo un anillo se lo dio, diciendo:
—Si sucede que muera yo antes de que os vuelva a ver,
acordaos de mí cuando lo veáis.
Y él, cogiéndolo, montó a caballo, y diciendo adiós a todo
el mundo, se fue a su viaje; y llegado a Génova con su compañía, subiendo a la
galera, se fue, y en poco tiempo llegó a Acre y con otro ejército de los
cristianos se unió. En el cual casi inmediatamente comenzó una grandísima
enfermedad y mortandad, durante la cual, fuese cual fuese el arte o la fortuna
de Saladino, casi todo lo que quedó de los cristianos que se salvaron fueron
por él apresados a mansalva, y por muchas ciudades repartidos y puestos en
prisión; entre los cuales presos fue uno micer Torello, y a Alejandría llevado
preso. Donde, no siendo conocido y temiendo darse a conocer, por la necesidad
obligado se dedicó a domesticar halcones, en lo que era grandísimo maestro; y
de esto llegó la noticia a Saladino, por lo que lo sacó de la prisión y se
quedó con él como halconero. Micer Torello, que no era llamado por Saladino
sino «el cristiano», a quien no reconocía, ni el sultán a él, solamente en
Pavia tenía el ánimo, y muchas veces había intentado escaparse, y no había
podido hacerlo; por lo que, venidos ciertos genoveses como embajadores a
Saladino para rescatar a algunos conciudadanos suyos, y teniendo que irse,
pensó en escribirle a su mujer que estaba vivo y que volvería con ella lo antes
que pudiese, y que lo esperase; y así lo hizo, y caramente rogó a uno de los
embajadores, que conocía, que hiciese que aquellas noticias llegasen a manos
del abad de San Pietro en Cieldoro, que era su tío. Y estando en estos términos
micer Torello, sucedió un día que, hablando con él Saladino de sus aves, micer
Torello comenzó a sonreír e hizo un gesto con la boca en que Saladino, estando
en su casa de Pavia, se había fijado mucho, por el cual acto a Saladino le vino
a la mente micer Torello; y comenzó a mirarlo fijamente y le pareció él; por lo
que, dejando la primera conversación, dijo:
—Dime, cristiano, ¿de qué país de Poniente eres tú?
—Señor mío —dijo micer Torello—, soy lombardo, de una
ciudad llamada Pavia, hombre pobre y de baja condición.
Al oír esto Saladino, casi seguro de lo que dudaba, se
dijo alegre:
«¡Dios me ha dado la ocasión de mostrar a éste cuánto me
agradó su cortesía!»
Y sin decir más, haciendo preparar en una alcoba todos sus
vestidos, le condujo dentro y dijo:
—Mira, cristiano, si entre estas ropas hay alguna que
alguna vez hayas visto.
Micer Torello comenzó a mirar y vio aquellas que su mujer
le había dado a Saladino, pero no juzgó que podían ser aquéllas; pero
respondió:
—Señor mío, ninguna conozco, aunque es verdad que aquellas
dos se parecen a ropas con que yo, además de tres mercaderes que en mi casa
estuvieron, anduve vestido.
Entonces Saladino, no pudiendo ya contenerse, lo abrazó
tiernamente, diciendo:
—Vos sois micer Torello de Strá, y yo soy uno de los tres
mercaderes a los cuales vuestra mujer dio estas ropas; y ahora ha llegado el
tiempo de asegurar vuestra creencia en lo que era mi mercancía, como al
separarme de vos os dije que podría suceder.
Micer Torello, al oír esto, comenzó a ponerse contentísimo
y a avergonzarse; y a estar contento de haber tenido tal huésped, y a
avergonzarse de que pobremente le parecía haberlo recibido; al cual Saladino
dijo:
—Micer Torello, puesto que Dios os ha enviado a mí, pensad
que no yo de ahora en adelante sino que vos aquí sois el dueño.
Y haciéndose fiestas grandes por igual, con reales
vestidos lo hizo vestir, y llevándole ante sus barones más ilustres y habiendo
dicho muchas cosas en alabanza de su valor, ordenó que por cualquiera que su
gracia apreciase tan honrado fuese como su persona; lo que de entonces en
adelante todos hicieron, pero mucho más que los otros los dos señores que
habían sido compañeros de Saladino en su casa. La altura de la súbita gloria en
que se vio micer Torello, algo las cosas lombardas le hizo olvidar, y máximamente
porque con seguridad esperaba que sus cartas hubieran llegado a su tío. Había,
en el campo donde estaba el ejército de los cristianos, el día que fueron
apresados por Saladino, muerto y sido sepultado un caballero provenzal de poca
monta cuyo nombre era micer Torello de Dignes
[SC384]; por la cual cosa, siendo micer Torello de Strá a
causa de su nobleza conocido por el ejército, cualquiera que oyó decir «Ha
muerto micer Torello», creyó que era micer Torello de Strá y no el de Dignes; y
el accidente del apresamiento que sobrevino no dejó que los engañados saliesen
de su error. Por lo que muchos itálicos volvieron con esta noticia, entre los
cuales los hubo tan presuntuosos que osaron decir que lo habían visto muerto y
habían asistido a su sepultura; la cual cosa, sabida por la mujer y por sus
parientes, fue ocasión de grandísimo e indecible pesar no solamente de ellos,
sino de todos los que lo habían conocido. Largo sería de exponer cuál fue y
cuánto el dolor y la tristeza y el llanto de su mujer; a la cual, después de
algunos meses en que se había dolido con tribulación continua, y había empezado
a dolerse menos, siendo solicitada por los más ilustres hombres de Lombardía,
sus hermanos y todos sus demás parientes empezaron a pedirle que se casara, a
lo que ella muchas veces y con grandísimo llanto habiéndose negado, obligada,
al final tuvo que hacer lo que querían sus parientes, con esta condición: que
habría de estar sin convivir con el marido tanto cuanto le había prometido a
micer Torello. Mientras en Pavia estaban las cosas de la señora en estos
términos, y ya unos ocho días antes del plazo en que debía ir a vivir con su
marido, sucedió que micer Torello vio en Alejandría un día a uno que había
visto subir con los embajadores genoveses a la galera que venía a Génova; por
lo que, haciéndole llamar, le preguntó que qué viaje habían tenido y cuándo
habían llegado a Génova. Al cual dijo éste:
—Señor mío, mal viaje hizo la galera, tal como oí en
Creta, donde me quedé; porque estando cerca de Sicilia, se levantó una
peligrosa tramontana que contra los bajíos de Berbería la arrojó, y no se salvó
un alma; y entre los demás perecieron dos hermanos míos.
Micer Torello, creyendo las palabras de aquél, que eran
veracísimas, y acordándose de que el plazo que le había pedido a su mujer
terminaba de allí a pocos días, y dándose cuenta que nada de él debía saberse
en Pavia, tuvo por cierto que su mujer debía haber vuelto a casarse; con lo que
cayó en tan gran dolor que, perdidas las ganas de comer y echándose en la cama,
decidió morir. La cual cosa, cuando llegó a oídos de Saladino, que sumamente le
amaba, vino a verle; y luego de muchos ruegos y grandes que le hizo, sabida la
razón de su dolor y de su enfermedad, le reprochó mucho no habérsela dicho
antes, y luego le rogó que se animase, asegurándole que, si lo hacia, él
obraría de modo que estuviese en Pavia antes del plazo dado; y le dijo cómo.
Micer Torello, dando fe a las palabras de Saladino, y habiendo muchas veces
oído decir que aquello era posible y se había hecho muchas veces, comenzó a
animarse, y a pedir a Saladino que se apresurase en ello. Saladino, a un
nigromante suyo cuyo arte ya había experimentado, le ordenó que arreglase la
manera de que micer Torello, sobre una cama fuese transportado a Pavia en una
noche; a quien el nigromante respondió que así sería hecho, pero que por bien
suyo lo adormeciese. Arreglado esto, volvió Saladino a Micer Torello, y
hallándolo completamente determinado a estar en Pavia antes del plazo dado, si
pudiera ser, y si no pudiera a dejarse morir, le dijo así:
—Micer Torello, si tiernamente amáis a vuestra mujer y
teméis que pueda ser de otro, sabe Dios que yo en nada puedo reprochároslo
porque de cuantas mujeres me parece haber visto ella es quien por sus
costumbres, sus maneras y su porte (dejando la hermosura, que es flor caduca)
más digna me parece de alabarse y tenerse en aprecio. Me habría complacido
muchísimo que, puesto que la fortuna os había mandado aquí, el tiempo que vos y
yo vivir debamos, en el gobierno del reino que yo tengo igualmente señores, hubiésemos
vivido juntos; y si esto no me hubiera sido concedido por Dios, ya que habría
de veniros al ánimo o querer la muerte o encontraros en Pavia al final del
plazo impuesto, sumamente habría deseado saberlo a tiempo de poder mandaros a
vuestra casa con el honor, la grandeza, la compañía que vuestra virtud merece;
lo que, puesto que no me ha sido concedido, y vos deseáis estar allí presente,
tal como puedo y en la forma que os he dicho os mandaré.
A quien micer Torello dijo:
—Señor mío, sin vuestras palabras, vuestros actos me han
demostrado bien vuestra benevolencia, que por mí nunca en tan supremo grado fue
merecida, y de lo que decís, aunque no lo dijeseis, vivo y moriré certísimo;
pero tal como he decidido, os ruego que lo que me habéis dicho que vais a hacer
lo hagáis pronto, porque mañana es el último día en que deben esperarme.
Saladino dijo que aquello sin duda estaba arreglado; y el
día siguiente, esperando mandarlo a la noche siguiente, hizo Saladino hacer en
una gran sala un hermosísimo y rico lecho con todos los colchones, según su
costumbre, de velludo y drapeados de oro, y poner por encima una colcha labrada
con arabescos de perlas gordísimas y de riquísimas piedras preciosas, la cual
fue después aquí tenida por un incalculable tesoro, y dos almohadones tales
como semejante lecho requería; y hecho esto, mandó que a micer Torello, que ya
estaba repuesto, le pusiesen un traje a la guisa sarracena, que era la cosa más
rica y más bella que nunca nadie había visto, y la cabeza, a su manera, hizo
que se la envolvieran en uno de sus larguísimos turbantes. Y siendo ya tarde,
Saladino entró, con muchos de sus barones, en la alcoba donde Micer Torello
estaba, y sentándose a su lado, casi llorando, comenzó a decir:
—Micer Torello, el momento que va a separarme de vos está
cerca, y como yo no puedo acompañaros ni haceros acompañar, por la condición
del camino que tenéis que hacer, que no lo sufre, aquí en la alcoba tengo que
despedirme de vos, a lo que he venido. Y por ello, antes de dejaros con Dios,
os ruego que por el amor a la amistad que hay entre nosotros, que no os
olvidéis de mí, y si es posible, antes de que nos llegue nuestra hora, que vos,
habiendo puesto en orden vuestras cosas en Lombardía, una vez por lo menos
vengáis a verme para que pueda yo entonces, habiéndome alegrado con veros,
enmendar la falta que ahora por vuestra prisa tengo que cometer; y hasta que
esto suceda, no os sea enojoso visitarme con cartas y pedirme las cosas que os
gusten, que con más agrado por vos que por ningún hombre del mundo lo haré con
seguridad.
Micer Torello no pudo retener las lágrimas, y por ello,
impedido por ellas, contestó con pocas palabras que era imposible que nunca sus
beneficios y su valor se le fuesen de la memoria, y que sin falta lo que le
pedía haría si es que el tiempo le era concedido. Por lo que Saladino,
tiernamente abrazándolo y besándolo, con muchas lágrimas le dijo:
—Idos con Dios —y salió de la alcoba, y los demás barones
después de él se despidieron y se fueron con Saladino a la sala donde había
hecho preparar el lecho.
Pero siendo tarde ya y el nigromante estando en espera de
hacer aquello y preparándolo, vino un médico con un brebaje para micer Torello
y diciéndole que se lo daba para fortalecerle, se lo hizo beber: y no pasó
mucho sin que se durmiese. Y así durmiendo fue llevado por mandato de Saladino
al hermoso lecho sobre el cual puso él una grande y bella corona de gran valor,
y la señaló de manera que claramente se vio después que Saladino se la mandaba
a la mujer de micer Torello
[SC385]. Después, le puso a micer Torello en el dedo un
anillo en el que había engastado un carbunclo tan reluciente que una antorcha
encendida parecía, cuyo valor era inestimable; luego le hizo ceñir una espada
guarnecida de manera que su valor no podría apreciarse con facilidad, y además
de esto un broche que le hizo prender en el pecho en el que había perlas cuyas
semejantes nunca habían sido vistas, con otras muchas piedras preciosas, y
luego, a cada uno de sus costados, hizo poner dos grandísimos aguamaniles de
oro llenos de doblones
[SC386] y muchas redecillas de perlas, y anillos, y
cinturones, y otras cosas que largo sería contarlas, hizo que le pusiesen en
torno. Y hecho esto, otra vez besó a micer Torello y dijo al nigromante que se
diese prisa; por lo que, incontinenti, en presencia de Saladino, el lecho
llevando a micer Torello, desapareció de allí, y Saladino se quedó hablando de
él con sus barones.
Y ya en la iglesia de San Pietro en Cieldoro de Pavia, tal
como lo había pedido, llevaba un rato posando micer Torello con todas las antes
dichas joyas y adornos, y todavía dormía, cuando habiendo tocado ya a maitines,
el sacristán entró en la iglesia con una luz en la mano; y le sucedió que
súbitamente vio el rico lecho y no tan sólo se maravilló sino que, sintiendo un
miedo grandísimo, huyendo se volvió atrás: al cual viendo huir el abad y los
monjes, se maravillaron y le preguntaron la razón. El monje la dijo.
—¡Oh! —dijo el abad—, pues no eres ya ningún niño ni eres
tan nuevo en la iglesia para espantarte tan fácilmente; vamos nosotros, pues, y
veamos qué coco has visto.
Encendidas, pues, más luces, el abad con todos sus monjes
entrando en la iglesia vieron este lecho tan maravilloso y rico, y sobre él el
caballero que dormía; y mientras, temerosos y tímidos, sin acercarse nada al
lecho las nobles joyas miraban, sucedió que, habiendo pasado la virtud del
brebaje, micer Torello, despertándose, lanzó un suspiro. Los monjes al ver esto
y el abad con ellos, espantados y gritando: "¡Señor, ayúdanos!",
huyeron todos.
Micer Torello, abiertos los ojos y mirando alrededor,
conoció claramente que estaba allí donde le había pedido a Saladino, de lo que
se puso muy contento; por lo que, sentándose en el lecho y detalladamente
mirando todo lo que tenía alrededor, por mucho que hubiera conocido ya la
magnificencia de Saladino, le pareció ahora mayor y más la conoció. Sin
embargo, sin moverse, viendo a los monjes huir y dándose cuenta de por qué,
comenzó por su nombre a llamar al abad y a rogarle que no temiese, porque él era
Torello su sobrino. El abad, al oír esto, sintió mayor miedo como quien por
muerto lo tenía desde hacia meses; pero luego de un tanto, tranquilizado por
verdaderas pruebas, sintiéndose llamar, haciendo la señal de la santa cruz, se
acercó a él; al cual micer Torello dijo:
—Oh, padre mío, ¿qué teméis? Estoy vivo, gracias a Dios, y
aquí he vuelto de ultramar.
El abad, a pesar de que tenía la barba larga y estaba en
traje morisco, después de un tanto lo reconoció, y tranquilizándose por
completo, le cogió de la mano, y dijo:
—Hijo mío, ¡seas bien venido!
Y siguió:
—No debes maravillarte de nuestro miedo porque en esta
tierra no hay hombre que no crea firmemente que estás muerto, tanto que te diré
sólo que doña Adalieta tu mujer, vencida por los ruegos y las amenazas de sus
parientes y contra su voluntad, se ha vuelto a casar; y hoy por la mañana debe
irse con su marido, y las bodas y todo lo que se necesita para la fiesta está
preparado.
Micer Torello, levantándose del rico lecho y haciendo al
abad y a los monjes maravillosas fiestas, pidió a todos que de su vuelta no
hablasen con nadie hasta que no hubiese él resuelto un asunto suyo. Después de
esto, haciendo poner a salvo las ricas joyas, lo que le había sucedido hasta
aquel momento le contó al abad. El abad, contento de sus aventuras, con él dio
gracias a Dios. Después de esto, preguntó micer Torello al abad que quién era
el nuevo marido de su mujer. El abad se lo dijo, a quien micer Torello dijo:
—Antes que se sepa que he vuelto quiero ver el
comportamiento que tiene mi mujer en estas bodas; y por ello, aunque no sea
costumbre que los religiosos vayan a tales convites, quiero que por mi amor lo
arregléis de manera que los dos vayamos.
El abad contestó que de buena gana; y al hacerse de día
mandó un recado al recién casado diciendo que con un compañero quería asistir a
sus bodas; a quien el gentilhombre repuso que mucho le placía. Llegada, pues,
la hora de la comida, micer Torello, con aquel traje que llevaba, se fue con el
abad a casa del recién casado, mirado con asombro por quien le veía, pero no
reconocido por ninguno; y el abad decía a todos que era un sarraceno enviado
por el sultán al rey de Francia como embajador. Y, pues, micer Torello sentado
a una mesa exactamente frente a su mujer, a quien con grandísimo placer miraba;
y en el gesto le parecía molesta por estas bodas. Ella también alguna vez le
miraba, no porque le reconociese en nada (que la larga barba y el extraño traje
y la firme creencia de que estaba muerto no se lo permitían), sino por la
rareza del traje. Pero cuando le pareció oportuno a micer Torello ver si se
acordaba de él, quitándose del dedo el anillo que su mujer le había dado se
separó de ella, hizo llamar a un jovencito que delante de él estaba sirviendo,
y le dijo:
—Di de mi parte a la recién casada que en mi país se
acostumbra, cuando algún forastero como yo come en el banquete de una recién
casada, como es ella, en señal de que gusta de que él haya venido a comer, que
ella le manda la copa en la que bebe llena de vino; con lo cual luego de que el
forastero ha bebido lo que guste, tapándola de nuevo, la novia bebe el resto.
El jovencito dio el recado a la señora, la cual, como
cortés y discreta, pensando que aquél era un gran infanzón, para mostrar que le
agradaba su llegada, una gran copa dorada, que tenía delante, mandó que fuese
lavada y colmada de vino y llevada al gentilhombre; y así se hizo. Micer
Torello, que se había metido en la boca su anillo, hizo de manera que lo dejó
caer en la copa sin que nadie se diese cuenta, y dejando un poco de vino, la
tapó y se la envió a la señora. La cual, cogiéndola, para cumplir la costumbre,
destapándola se la llevó a la boca y vio el anillo, y sin decir nada lo estuvo
mirando un rato; y reconociéndolo como el que ella le había dado al irse a
micer Torello, lo cogió, y mirando fijamente al que creía forastero, y
reconociéndolo, como si se hubiese vuelto loca, tirando al suelo la mesa que
tenía delante, gritó:
—¡Es mi señor, es verdaderamente micer Torello!
Y corriendo a la mesa a la que él estaba sentado, sin
importarle sus ropas ni nada de lo que hubiese sobre la mesa, echándose contra
él cuando pudo, lo abrazó fuertemente y no se la pudo arrancar de su cuello,
por dicho ni hecho de nadie que allí estuviera, hasta que micer Torello le dijo
que se compusiese un poco porque tiempo para abrazarlo le sería aún concedido
mucho. Entonces ella, enderezándose, estando ya las bodas todas turbadas y en
parte más alegres que nunca por la recuperación de tal caballero, rogados por
él, todos callaron; por lo que micer Torello desde el día de su partida hasta
aquel momento, lo que le había sucedido a todos narró, concluyendo que al
gentilhombre que, creyéndole muerto, había tomado por mujer a la suya, si
estando vivo se la quitaba, no debía parecerle mal. El recién casado, aunque un
tanto burlado se sintiese, generosamente y como amigo respondió que de sus
cosas podía hacer lo que más le agradase. La señora, el anillo y la corona
recibidas del nuevo marido allí las dejó y se puso aquel que de la copa había
cogido, e igualmente la corona que le había mandado el sultán; y saliendo de la
casa en donde estaban, con toda la pompa de unas bodas hasta la casa de micer
Torello fueron, y allí los desconsolados amigos y parientes y todos los
ciudadanos, que le miraban como si fuese resucitado, con larga y alegre fiesta
se consolaron. Micer Torello, dando de sus preciosas joyas una parte a quien
había hecho el gasto de las bodas y al abad y a muchos otros, y por más de un
mensajero haciendo saber su feliz repatriación a Saladino, declarándose su
amigo y servidor, muchos años con su valerosa mujer vivió después, siendo más
cortés que nunca.
Este fue, pues, el fin de las desdichas de micer Torello y
de las de su amada mujer, y el galardón de sus alegres y espontáneas cortesías.
Las cuales, muchos se esfuerzan en hacer que, aunque tengan con qué, saben tan
mal hacerlas que las hacen pagar más de lo que valen; por lo que, si de ellas
no se sigue recompensa, no deben maravillarse, ni ellos ni otros.
NOVELA DÉCIMA
El marqués de Saluzzo, obligado por los ruegos de sus
vasallos a tomar mujer, para tomarla a su gusto elige a la hija de un villano,
de la que tiene dos hijos, a los cuales le hace creer que mata; luego,
mostrándole aversión y que ha tomado otra mujer, haciendo volver a casa a su
propia hija como si fuese su mujer, y habiéndola a ella echado en camisa y
encontrándola paciente en todo, más amada que nunca haciéndola volver a casa,
le muestra a sus hijos grandes y como a marquesa la honra y la hace honrar
[SC387] .
Terminada la larga novela del rey, que mucho había gustado
a todos a lo que mostraban en sus gestos, Dioneo dijo riendo:
—El buen hombre que esperaba a la noche siguiente hacer
bajar la cola tiesa del espantajo no habría dado más de dos sueldos por todas
las alabanzas que hacéis de micer Torello.
Y después, sabiendo que sólo faltaba él por narrar,
comenzó:
Benignas señoras mías, a lo que me parece, este día de hoy
ha estado dedicado a los reyes y a los sultanes y a gente semejante; y por
ello, para no apartarme demasiado de vosotras, voy a contar de un marqués no
una cosa magnífica, sino una solemne barbaridad, aunque terminase con buen fin;
la cual no aconsejo a nadie que la imite porque una gran lástima fue que a
aquél le saliese bien.
Hace ya mucho tiempo, fue el mayor de la casa de los
marqueses de Saluzzo un joven llamado Gualtieri, el cual estando sin mujer y
sin hijos, no pasaba en otra cosa el tiempo sino en la cetrería y en la caza, y
ni de tomar mujer ni de tener hijos se ocupaban sus pensamientos; en lo que
había que tenerlo por sabio. La cual cosa, no agradando a sus vasallos, muchas
veces le rogaron que tomase mujer para que él sin herederos y ellos sin señor
no se quedasen, ofreciéndole a encontrársela tal, y de tal padre y madre
descendiente, que buena esperanza pudiesen tener, y alegrarse mucho con ello. A
los que Gualtieri repuso:
—Amigos míos, me obligáis a algo que estaba decidido a no
hacer nunca, considerando qué dura cosa sea encontrar alguien que bien se
adapte a las costumbres de uno, y cuán grande sea la abundancia de lo
contrario, y cómo es una vida dura la de quien da con una mujer que no le
convenga bien. Y decir que creéis por las costumbres de los padres y de las
madres conocer a las hijas, con lo que argumentáis que me la daréis tal que me
plazca, es una necedad, como sea que no sepa yo cómo podéis saber quiénes son
sus padres ni los secretos de sus madres; y aun conociéndolos, son muchas veces
los hijos diferentes de los padres y las madres. Pero puesto que con estas
cadenas os place anudarme, quiero daros gusto; y para que no tenga que quejarme
de nadie sino de mí, si mal sucediesen las cosas, quiero ser yo mismo quien la
encuentre, asegurándoos que, sea quien sea a quien elija, si no es como señora
acatada por vosotros, experimentaréis para vuestro daño cuán penoso me es tomar
mujer a ruegos vuestros y contra mi voluntad.
Los valerosos hombres respondieron que estaban de acuerdo
con que él se decidiese a tomar mujer. Habían gustado a Gualtieri hacía mucho
tiempo las maneras de una pobre jovencita que vivía en una villa cercana a su
casa, y pareciéndole muy hermosa, juzgó que con ella podría llevar una vida
asaz feliz; y por ello, sin más buscar, se propuso casarse con ella; y haciendo
llamar a su padre, que era pobrísimo, convino con él tomarla por mujer. Hecho
esto, hizo Gualtieri reunirse a todos sus amigos de la comarca y les dijo:
—Amigos míos, os ha placido y place que me decida a tomar
mujer, y me he dispuesto a ello más por complaceros a vosotros que por deseo de
mujer que tuviese. Sabéis lo que me prometisteis: es decir, que estaríais
contentos y acataríais como señora a cualquiera que yo eligiese; y por ello, ha
llegado el momento en que pueda yo cumpliros mi promesa y en que vos cumpláis
la vuestra. He encontrado una joven de mi gusto muy cerca de aquí que entiendo
tomar por mujer y traérmela a casa dentro de pocos días: y por ello, pensad en
preparar una buena fiesta de bodas y en recibirla honradamente para que me
pueda sentir satisfecho con el cumplimiento de vuestra promesa como vos podéis
sentiros con el mío.
Los hombres buenos, todos contentos, respondieron que les
placía y que, fuese quien fuese, la tendrían por señora y la acatarían en todas
las cosas como a señora; y después de esto todos se pusieron a preparar una
buena y alegre fiesta, y lo mismo hizo Gualtieri. Hizo preparar unas bodas
grandísimas y hermosas, e invitar a muchos de sus amigos y parientes y a muchos
gentileshombres y a otros de los alrededores; y además de esto hizo cortar y
coser muchas ropas hermosas y ricas según las medidas de una joven que en la
figura le parecía como la jovencita con quien se había propuesto casarse, y
además de esto dispuso cinturones y anillos y una rica y bella corona, y todo
lo que se necesitaba para una recién casada. Y llegado el día que había fijado
para las bodas, Gualtieri, a la hora de tercia, montó a caballo, y todos los
demás que habían venido a honrarlo; y teniendo dispuestas todas las cosas
necesarias, dijo:
—Señores, es hora de ir a por la novia.
Y poniéndose en camino con toda su comitiva llegaron al
villorrio; y llegados a casa del padre de la muchacha, y encontrándola a ella
que volvía de la fuente con agua, con mucha prisa para ir después con otras
mujeres a ver la novia de Gualtieri, cuando la vio Gualtieri la llamó por su
nombre —es decir, Griselda— y le preguntó dónde estaba su padre; a quien ella
repuso vergonzosamente:
—Señor mío, está en casa.
Entonces Gualtieri, echando pie a tierra y mandando a
todos que esperasen, solo entró en la pobre casa, donde encontró al padre de
ella, que se llamaba Giannúculo, y le dijo:
—He venido a casarme con Griselda, pero antes quiero que
ella me diga una cosa en tu presencia.
Y le preguntó si siempre, si la tomaba por mujer, se
ingeniaría en complacerle y en no enojarse por nada que él dijese o hiciese, y
si sería obediente, y semejantemente otras muchas cosas, a las cuales, a todas
contestó ella que sí. Entonces Gualtieri, cogiéndola de la mano, la llevó
fuera, y en presencia de toda su comitiva y de todas las demás personas hizo
que se desnudase; y haciendo venir los vestidos que le había mandado hacer,
prestamente la hizo vestirse y calzarse, y sobre los cabellos, tan despeinados
como estaban, hizo que le pusieran una corona, y después de esto,
maravillándose todos de esto, dijo:
—Señores, ésta es quien quiero que sea mi mujer, si ella
me quiere por marido.
Y luego, volviéndose a ella, que avergonzada de sí misma y
titubeante estaba, le dijo:
—Griselda, ¿me quieres por marido?
A quien ella repuso:
—Señor mío, sí.
Y él dijo:
—Y yo te quiero por mujer.
Y en presencia de todos se casó con ella; y haciéndola
montar en un palafrén, honrosamente acompañada se la llevó a su casa. Hubo allí
grandes y hermosas bodas, y una fiesta no diferente de que si hubiera tomado
por mujer a la hija del rey de Francia. La joven esposa pareció que con los
vestidos había cambiado el ánimo y el comportamiento. Era, como ya hemos dicho,
hermosa de figura y de rostro, y todo lo hermosa que era pareció agradable,
placentera y cortés, que no hija de Giannúculo y pastora de ovejas parecía
haber sido sino de algún noble señor; de lo que hacía maravillarse a todo el
mundo que antes la había conocido; y además de esto era tan obediente a su
marido y tan servicial que él se tenía por el más feliz y el más pagado hombre
del mundo; y de la misma manera, para con los súbditos de su marido era tan
graciosa y tan benigna que no había ninguno de ellos que no la amase y que no
la honrase de grado, rogando todos por su bien y por su prosperidad y por su
exaltación, diciendo (los que solían decir que Gualtieri había obrado como poco
discreto al haberla tomado por mujer) que era el más discreto y el más sagaz
hombre del mundo, porque ninguno sino él habría podido conocer nunca la alta
virtud de ésta escondida bajo los pobres paños y bajo el hábito de villana. Y
en resumen, no solamente en su marquesado, sino en todas partes, antes de que
mucho tiempo hubiera pasado, supo ella hacer de tal manera que hizo hablar de
su valor y de sus buenas obras, y volver en sus contrarias las cosas dichas
contra su marido por causa suya (si algunas se habían dicho) al haberse casado
con ella. No había vivido mucho tiempo con Gualtieri cuando se quedó
embarazada, y en su momento parió una niña, de lo que Gualtieri hizo una gran
fiesta. Pero poco después, viniéndosele al ánimo un extraño pensamiento, esto
es, de querer con larga experiencia y con cosas intolerables probar su
paciencia, primeramente la hirió con palabras, mostrándose airado y diciendo
que sus vasallos muy descontentos estaban con ella por su baja condición, y
especialmente desde que veían que tenía hijos, y de la hija que había nacido,
tristísimos, no hacían sino murmurar. Cuyas palabras oyendo la señora, sin
cambiar de gesto ni de buen talante en ninguna cosa, dijo:
—Señor mío, haz de mí lo que creas que mejor sea para tu
honor y felicidad, que yo estaré completamente contenta, como que conozco que
soy menos que ellos y que no era digna de este honor al que tú por tu cortesía
me trajiste.
Gualtieri amó mucho esta respuesta, viendo que no había
entrado en ella ninguna soberbia por ningún honor de los que él u otros le
habían hecho. Poco tiempo después, habiendo con palabras generales dicho a su
mujer que sus súbditos no podían sufrir a aquella niña nacida de ella,
informando a un siervo suyo, se lo mandó, el cual con rostro muy doliente le
dijo:
—Señora, si no quiero morir tengo que hacer lo que mi
señor me manda. Me ha mandado que coja a esta hija vuestra y que... —y no dijo
más.
La señora, oyendo las palabras y viendo el rostro del
siervo, y acordándose de las palabras dichas, comprendió que le había ordenado
que la matase; por lo que prestamente, cogiéndola de la cuna y besándola y
bendiciéndola, aunque con gran dolor en el corazón sintiese, sin cambiar de
rostro, la puso en brazos del siervo y le dijo:
—Toma, haz por entero lo que tu señor y el mío te ha
ordenado; pero no dejes que los animales y los pájaros la devoren salvo si él
lo mandase.
El siervo, cogiendo a la niña y contando a Gualtieri lo
que dicho había la señora, maravillándose él de su paciencia, la mandó con ella
a Bolonia a casa de una pariente, rogándole que sin nunca decir de quién era
hija, diligentemente la criase y educase. Sucedió después que la señora se
quedó embarazada, y al debido tiempo parió un hijo varón, lo que carísimo fue a
Gualtieri; pero no bastándole lo que había hecho, con mayor golpe hirió a su
mujer, y con rostro airado le dijo un día:
—Mujer, desde que tuviste este hijo varón de ninguna guisa
puedo vivir con esta gente mía, pues tan duramente se lamentan que un nieto de
Giannúculo deba ser su señor después de mí, por lo que dudo que, si no quiero
que me echen, no tenga que hacer lo que hice otra vez, y al final dejarte y
tomar otra mujer.
La mujer le oyó con paciente ánimo y no contestó sino:
—Señor mío, piensa en contentarte a ti mismo y satisfacer
tus gustos, y no pienses en mí, porque nada me es querido sino cuando veo que
te agrada.
Luego de no muchos días, Gualtieri, de aquella misma
manera que había mandado a por la hija, mandó a por el hijo, y semejantemente
mostrando que lo había hecho matar, a criarse lo mandó a Bolonia, como había
mandado a la niña; de la cual cosa, la mujer, ni otro rostro ni otras palabras
dijo que había dicho cuando la niña, de lo que Gualtieri mucho se maravillaba,
y afirmaba para sí mismo que ninguna otra mujer podía hacer lo que ella hacía:
y si no fuera que afectuosísima con los hijos, mientras a él le placía, la
había visto, habría creído que hacía aquello para no preocuparse más de ellos,
mientras que sabía que lo hacía como discreta. Sus súbditos, creyendo que había
hecho matar a sus hijos mucho se lo reprochaban y lo reputaban como hombre
cruel, y de su mujer tenían gran compasión; la cual, con las mujeres que con
ella se dolían de los hijos muertos de tal manera nunca dijo otra cosa sino que
aquello le placía a aquel que los había engendrado.
Pero habiendo pasado muchos años después del nacimiento de
la niña, pareciéndole tiempo a Gualtieri de hacer la última prueba de la
paciencia de ella, a muchos de los suyos dijo que de ninguna guisa podía sufrir
más el tener por mujer a Griselda y que se daba cuenta de que mal y
juvenilmente había obrado, y por ello en lo que pudiese quería pedirle al Papa
que le diera dispensa para que pudiera tomar otra mujer y dejar a Griselda; de
lo que le reprendieron muchos hombres buenos, a quienes ninguna otra cosa respondió
sino que tenía que ser así. Su mujer, oyendo estas cosas y pareciéndole que
tenía que esperar volverse a la casa de su padre, y tal vez a guardar ovejas
como había hecho antes, y ver a otra mujer tener a aquel a quien ella quería
todo lo que podía, mucho en su interior sufría; pero, tal como había sufrido
otras injurias de la fortuna, así se dispuso con tranquilo semblante a soportar
ésta. No mucho tiempo después, Gualtieri hizo venir sus cartas falsificadas de
Roma, y mostró a sus súbditos que el Papa, con ellas, le había dado dispensa
para poder tomar otra mujer y dejar a Griselda; por lo que, haciéndola venir
delante, en presencia de muchos le dijo:
—Mujer, por concesión del Papa puedo elegir otra mujer y
dejarte a ti; y porque mis antepasados han sido grandes gentileshombres y
señores de este dominio, mientras los tuyos siempre han sido labradores,
entiendo que no seas más mi mujer, sino que te vuelvas a tu casa con Giannúculo
con la dote que me trajiste, y yo luego, otra que he encontrado apropiada para
mí, tomaré.
La mujer, oyendo estas palabras, no sin grandísimo trabajo
(superior a la naturaleza femenina) contuvo las lágrimas, y respondió:
—Señor mío, yo siempre he conocido mi baja condición y que
de ningún modo era apropiada a vuestra nobleza, y lo que he tenido con vos, de
Dios y de vos sabía que era y nunca mío lo hice o lo tuve, sino que siempre lo
tuve por prestado; os place que os lo devuelva y a mí debe placerme
devolvéroslo: aquí está vuestro anillo, con el que os casasteis conmigo,
tomadlo. Me ordenáis que la dote que os traje me lleve, para lo cual ni a vos
pagadores ni a mí bolsa ni bestia de carga son necesarios, porque de la memoria
no se me ha ido que desnuda me tomasteis; y si creéis honesto que el cuerpo en
el que he llevado hijos engendrados por vos sea visto por todos, desnuda me
iré; pero os ruego, en recompensa de la virginidad que os traje y que no me
llevo, que al menos una camisa sobre mi dote os plazca que pueda llevarme.
Gualtieri, que mayor gana tenía de llorar que de otra
cosa, permaneciendo, sin embargo, con el rostro impasible, dijo:
—Pues llévate una camisa.
Cuantos en torno estaban le rogaban que le diera un
vestido, para que no fuese vista quien había sido su mujer durante trece años o
más salir de su casa tan pobre y tan vilmente como era saliendo en camisa; pero
fueron vanos los ruegos, por lo que la señora, en camisa y descalza y con la
cabeza descubierta, encomendándoles a Dios, salió de casa y volvió con su
padre, entre las lágrimas y el llanto de todos los que la vieron. Giannúculo,
que nunca había podido creer que era cierto que Gualtieri tenía a su hija por
mujer, y cada día esperaba que sucediese esto, había guardado las ropas que se
había quitado la mañana en que Gualtieri se casó con ella; por lo que,
trayéndoselas y vistiéndose ella con ellas, a los pequeños trabajos de la casa
paterna se entregó como antes hacer solía, sufriendo con esforzado ánimo el
duro asalto de la enemiga fortuna. Cuando Gualtieri hubo hecho esto, hizo creer
a sus súbditos que había elegido a una hija de los condes de Pánago
[SC388]; y haciendo preparar grandes bodas, mandó a buscar
a Griselda; a quien, cuando llegó, dijo:
—Voy a traer a esta señora a quien acabo de prometerme y
quiero honrarla en esta primera llegada suya; y sabes que no tengo en casa
mujeres que sepan arreglarme las cámaras ni hacer muchas cosas necesarias para
tal fiesta; y por ello tú, que mejor que nadie conoces estas cosas de casa, pon
en orden lo que haya que hacer y haz que se inviten las damas que te parezcan y
recíbelas como si fueses la señora de la casa; luego, celebradas las bodas,
podrás volverte a tu casa.
Aunque estas palabras fuesen otras tantas puñaladas dadas
en el corazón de Griselda, como quien no había podido arrojar de sí el amor que
sentía por él como había hecho la buena fortuna, repuso:
—Señor mío, estoy presta y dispuesta.
Y entrando, con sus vestidos de paño pardo y burdo en
aquella casa de donde poco antes había salido en camisa, comenzó a barrer las
cámaras y ordenarlas, y a hacer poner reposteros y tapices por las salas, a
hacer preparar la cocina, y todas las cosas, como si una humilde criadita de la
casa fuese, hacer con sus propias manos; y no descansó hasta que tuvo todo
preparado y ordenado como convenía. Y después de esto, haciendo de parte de
Gualtieri invitar a todas las damas de la comarca, se puso a esperar la fiesta,
y llegado el día de las bodas, aunque vestida de pobres ropas, con ánimo y
porte señorial a todas las damas que vinieron, y con alegre gesto, las recibió.
Gualtieri, que diligentemente había hecho criar en Bolonia a sus hijos por sus
parientes (que por su matrimonio pertenecían a la familia de los condes de
Pánago), teniendo ya la niña doce años y siendo la cosa más bella que se había
visto nunca, y el niño que tenía seis, había mandado un mensaje a Bolonia a su
pariente rogándole que le pluguiera venir a Saluzzo con su hija y su hijo y que
trajese consigo una buena y honrosa comitiva, y que dijese a todos que la
llevaba a ella como a su mujer, sin manifestar a nadie sobre quién era ella. El
gentilhombre, haciendo lo que le rogaba el marqués, poniéndose en camino,
después de algunos días con la jovencita y con su hermano y con una noble
comitiva, a la hora del almuerzo llegó a Saluzzo, donde todos los campesinos y
muchos otros vecinos de los alrededores encontró que esperaban a esta nueva
mujer de Gualtieri. La cual, recibida por las damas y llegada a la sala donde
estaban puestas las mesas, Griselda, tal como estaba, saliéndole alegremente al
encuentro, le dijo:
—¡Bien venida sea mi señora!
Las damas, que mucho habían (aunque en vano) rogado a
Gualtieri que hiciese de manera que Griselda se quedase en una cámara o que él
le prestase alguno de los vestidos que fueron suyos, se sentaron a la mesa y se
comenzó a servirles. La jovencita era mirada por todos y todos decían que
Gualtieri había hecho buen cambio, y entre los demás Griselda la alababa mucho,
a ella y a su hermano. Gualtieri, a quien parecía haber visto por completo todo
cuanto deseaba de la paciencia de su mujer, viendo que en nada la cambiaba la
extrañeza de aquellas cosas, y estando seguro de que no por necedad sucedía
aquello porque muy bien sabía que era discreta, le pareció ya hora de sacarla
de la amargura que juzgaba que bajo el impasible gesto tenía escondida; por lo
que, haciéndola venir, en presencia de todos sonriéndole, le dijo:
—¿Qué te parece nuestra esposa?
—Señor mío —repuso Griselda—, me parece muy bien; y si es
tan discreta como hermosa, lo que creo, no dudo de que viváis con ella como el
más feliz señor del mundo; pero cuanto está en mi poder os ruego que las
heridas que a la que fue antes vuestra causasteis, no se las causéis a ésta,
que creo que apenas podría sufrirlas, tanto porque es más joven como porque
está educada en la blandura mientras aquella otra estaba educada en fatigas
continuas desde pequeñita.
Gualtieri, viendo que creía firmemente que aquélla iba a
ser su mujer, y no por ello decía algo que no fuese bueno, la hizo sentarse a
su lado y dijo:
—Griselda, tiempo es ya de que recojas el fruto de tu
larga paciencia y de que quienes me han juzgado cruel e inicuo y bestial sepan
que lo que he hecho lo hacía con vistas a un fin, queriendo enseñarte a ser
mujer, y a ellos saber elegirla y guardarla, y lograr yo perpetua paz mientras
contigo tuviera que vivir; lo que, cuando tuve que tomar mujer, gran miedo tuve
de no conseguirlo; y por ello, para probar si era cierto, de cuantas maneras
sabes te herí y te golpeé. Y como nunca he visto que ni en palabras ni en
acciones te hayas apartado de mis deseos, pareciéndome que tengo en ti la
felicidad que deseaba, quiero devolverte en un instante lo que en muchos años
te quité y con suma dulzura curar las heridas que te hice; y por ello, con
alegre ánimo recibe a ésta que crees mi esposa, y a su hermano, como tus hijos
y míos: son los mismos que tú y muchos otros durante mucho tiempo habéis creído
que yo había hecho matar cruelmente, y yo soy tu marido, que sobre todas las
cosas te amo, creyendo poder jactarme de que no hay ningún otro que tanto como
yo pueda estar contento de su mujer.
Y dicho esto, lo abrazó y lo besó, y junto con ella, que
lloraba de alegría, poniéndose en pie fueron donde su hija, toda estupefacta,
había estado sentada escuchando estas cosas; y abrazándola tiernamente, y
también a su hermano, a ella y a muchos otros que allí estaban sacaron de su
error. Las damas, contentísimas, levantándose de las mesas, con Griselda se
fueron a su alcoba y con mejores augurios quitándole sus rópulas, con un noble
vestido de los suyos la volvieron a vestir, y como a señora, que ya lo parecía
en sus harapos, la llevaron de nuevo a la sala. Y haciendo allí con sus hijos
maravillosa fiesta, estando todos contentísimos con estas cosas, el solaz y el
festejar multiplicaron y alargaron muchos días; y discretísimo juzgaron a
Gualtieri, aunque demasiado acre e intolerable juzgaron el experimento que
había hecho con su mujer, y discretísima sobre todos juzgaron a Griselda. El
conde de Pánago se volvió a Bolonia luego de algunos días, y Gualtieri,
retirando a Giannúculo de su trabajo, como a su suegro lo puso en un estado en
que honradamente y con gran felicidad vivió y terminó su vejez. Y él luego,
casando altamente a su hija, con Griselda, honrándola siempre lo más que podía,
largamente y feliz vivió.
¿Qué podría decirse aquí sino que también sobre las casas
pobres llueven del cielo los espíritus divinos, y en las reales aquellos que
serían más dignos de guardar puercos que de tener señorío sobre los hombres?
¿Quién más que Griselda habría podido, con el rostro no solamente seco, sino
alegre sufrir las duras y nunca oídas pruebas a que la sometió Gualtieri? A
quien tal vez le habría estado muy merecido haber dado con una que, cuando la
hubiera echado de casa en camisa, se hubiese hecho sacudir el polvo de manera
que se hubiese ganado un buen vestido.
Había terminado la historia de Dioneo y mucho habían
hablado de ella las señoras, quien de un lado y quien del otro tirando, y quien
reprochando una cosa y quien otra alabando en relación con ella, cuando el rey,
levantando el rostro al cielo y viendo que el sol estaba ya más bajo de la hora
de vísperas, sin levantarse comenzó a hablar así.
—Esplendorosas señoras, como creo que sabéis, el buen
sentido de los mortales no consiste sólo en tener en la memoria las cosas
pretéritas o conocer las presentes, sino que por las unas y las otras saber
prever las futuras es reputado como talento grandísimo por los hombres
eminentes. Nosotros, como sabéis, mañana hará quince días, para tener algún
entretenimiento con el que sujetar nuestra salud y vida, dejando la melancolía
y los dolores y las angustias que por nuestra ciudad continuamente, desde que comenzó
este pestilente tiempo, se ven, salimos de Florencia; lo que, según mi juicio,
hemos hecho honestamente porque, si he sabido mirar bien, a pesar de que
alegres historias y tal vez despertadoras de la concupiscencia se han contado,
y del continuo buen comer y beber, y la música y los cánticos (cosas todas que
inclinan a las cabezas débiles a cosas menos honestas) ningún acto, ninguna
palabra, ninguna cosa ni por vuestra parte ni por la nuestra he visto que
hubiera de ser reprochada; continua honestidad, continua concordia, continua
fraterna familiaridad me ha parecido ver y oír, lo que sin duda, para honor y
servicio vuestro y mío me es carísimo. Y por ello, para que por demasiada larga
costumbre algo que pudiese convertirse en molesto no pueda, y para que nadie
pueda reprochar nuestra demasiado larga estancia aquí y habiendo cada uno de
nosotros disfrutado su jornada como parte del honor que ahora me corresponde a
mí, me parecería, si a vosotros os pluguiera, que sería conveniente volvernos
ya al lugar de donde salimos. Sin contar con que, si os fijáis, nuestra
compañía (que ya ha sido conocida por muchas otras) podría multiplicarse de
manera que nos quitase toda nuestra felicidad; y por ello, si aprobáis mi
opinión, conservaré la corona que me habéis dado hasta nuestra partida, que
entiendo que sea mañana por la mañana; si juzgáis que debe ser de otro modo,
tengo ya pensado quién para el día siguiente debe coronarse.
La discusión fue larga entre las señoras y entre los
jóvenes, pero por último tomaron el consejo del rey como útil y honesto y
decidieron hacer tal como él había dicho; por la cual cosa éste, haciendo
llamar al senescal, habló con él sobre el modo en que debía procederse a la
mañana siguiente, y licenciada la compañía hasta la hora de la cena, se puso en
pie.
Las señoras y los otros, levantándose, no de otra manera
que de la que estaban acostumbrados, quien a un entretenimiento, quien a otro
se entregó; y llegada la hora de la cena, con sumo placer fueron a ella, y
después de ella comenzaron a cantar y a tañer instrumentos y a carolar; y
dirigiendo Laureta una danza, mandó el rey a Fiameta que cantase una canción;
la cual, muy placenteramente así comenzó a cantar:
Si Amor sin celos fuera,
no sería yo mujer,
aunque ello me alegrase, y a cualquiera.
Si alegre juventud
en bello amante a la mujer agrada,
osadía o valor
o fama de virtud,
talento, cortesía, y habla honrada,
o humor encantador,
yo soy, por su salud,
una que puede ver
en mi esperanza esta visión entera.
Pero porque bien veo
que otras damas mi misma ciencia tienen,
me muero de pavor
creyendo que el deseo
en donde yo lo he puesto a poner vienen:
en quien es robador
de mi alma, y de este modo en mi dolor
y daño veo volver
quien era mi ventura verdadera.
Si viera lealtad
en mi señor tal como veo valor
celosa no estaría,
pero es tan gran verdad
que muchas van en busca de amador,
que en todos ellos veo ya falsía.
Esto me desespera, y moriría;
y que voy a perder
su amor sospecho, que otra robaría.
Por Dios, a cada una
de vosotras le ruego que no intente
hacerme en esto ultraje,
que, si lo hiciera alguna
con palabras, o señas, u otramente,
le juro que sería mi coraje
capaz de triste hacerla, y con lenguaje
decir no he de poder
cuánto por tal locura ella sufriera.
Cuando Fiameta hubo terminado su canción, Dioneo, que
estaba a su lado, dijo riendo:
—Señora, sería gran cortesía que dieseis a conocer a todas
quién es, para que por ignorancia no os fuese arrebatada vuestra posesión, ya
que así os enojaríais.
Después de ésta, se cantaron muchas otras; y estando ya la
noche casi mediada, cuando plugo al rey, todos se fueron a descansar. Y al
aparecer el nuevo día, levantándose, habiendo ya el senescal mandado todas las
cosas por delante, tras de la guía del discreto rey hacia Florencia tornaron; y
los tres jóvenes, dejando a las siete señoras en Santa María la Nueva, de donde
habían salido con ellas, despidiéndose de ellas, a sus otros solaces
atendieron; y ellas, cuando les pareció, se volvieron a sus casas.
CONCLUSION DEL AUTOR
Nobilísimas jóvenes por cuyo consuelo he pasado tan larga
fatiga, creo que (habiéndome ayudado la divina gracia por vuestros piadosos
ruegos, según juzgo, más que por mis méritos) he terminado cumplidamente lo que
al comenzar la presente obra prometí que haría; por la cual cosa, a Dios
primeramente y después a vosotras dando las gracias, es tiempo de conceder
reposo a la pluma y a la fatigada mano. Pero antes de concedérselo, brevemente
algunas cosillas, que tal vez alguna de vosotras u otros pudiesen decir (como
sea que me parece certísimo que éstas no tendrán privilegio mayor que ninguna
de las otras cosas, como que no lo tienen me acuerdo haber mostrado al
principio de la cuarta jornada), como movido por tácitas cuestiones, intento
responder. Habrá por ventura algunas de vosotras que digan que al escribir
estas novelas me he tomado demasiadas libertades, como la de hacer algunas
veces decir a las señoras, y muy frecuentemente escuchar, cosas no muy
apropiadas ni para que las digan ni para que las escuchen las damas honestas.
La cual cosa yo niego porque ninguna hay tan deshonesta que, si con honestas
palabras se dice, sea una mancha para nadie; lo que me parece haber hecho aquí
bastante apropiadamente Pero supongamos que sea así, que no intento litigar con
vosotras, que me venceríais; digo que para responderos por qué lo he hecho así,
muchas razones se me ocurren prestísimo. Primeramente, si algo en alguna hay,
la calidad de las novelas lo ha requerido, las cuales, si con ojos razonables
fuesen miradas por personas entendidas, muy claramente sería conocido que sin
haber traicionado su naturaleza no hubiese podido contarlas de otro modo Y si
tal vez en ellas hay alguna partecilla, alguna palabrita más libre de lo que
tal vez tolera alguna santurrona (que más pesan las palabras que los hechos y
más se ingenian en parecer buenas que en serio), digo que más no se me debe
reprochar a mí haberlas escrito que generalmente se reprocha a los hombres y a
las mujeres decir todos los días «agujero», «clavija» y «mortero» y «almirez»,
y «salchicha» y «mortadela», y una gran cantidad de cosas semejantes. Sin
contar con que a mi pluma no debe concedérsele menor autoridad que al pincel
del pintor, al que sin ningún reproche (o al menos justo), dejamos que pinte no
ya a San Miguel herir a la serpiente con la espada o con la lanza y a San Jorge
el dragón cuando le place, sino que hace a Cristo varón y a Eva hembra, y a
Aquel mismo que quiso morir por la salvación del género humano sobre la cruz,
unas veces con un clavo y otras con dos, lo clava en ella. Además, muy bien
puede conocerse que estas cosas no en la iglesia, de cuyas cosas con ánimos y
palabras honestísimas se debe hablar (aunque en sus historias muchas se
encuentren de sucesos más allá de los escritos por mí), ni tampoco en las
escuelas de los filósofos, donde la honestidad se requiere no menos que en otra
parte, se cuentan; ni entre clérigos ni entre filósofos en ningún lugar, sino
en los jardines, y como entretenimiento, entre personas jóvenes aunque maduras
y no influenciables por las novelas, en un tiempo durante el cual el ir con las
bragas en la cabeza para salvar la vida no sentaba tan mal a las personas
honestas. Las cuales, sean quienes sean, perjudicar y mejorar pueden tal como
pueden todas las demás cosas, según sea el oyente. ¿Quién no sabe que el vino
es óptima cosa para los vivientes, según Cincilione y Escolario
[SC389] y muchos otros, y para quien tiene fiebre es
nocivo? ¿Diremos, entonces, que porque perjudica a los que tienen fiebre es
malo? ¿Quién no sabe que el fuego es utilísimo, y aun necesario a los mortales?
¿Diremos, porque quema las casas y los pueblos y la ciudad, que sea malo? Las
armas, semejantemente, defienden la vida de quien pacíficamente vivir desea; y
también matan a los hombres muchas veces, no por maldad suya, sino de quienes
las usan. Ninguna mente corrupta entendió nunca rectamente una palabra; y así
como las honestas nada les aprovechan, así las que no son tan honestas no
pueden contaminar a la bien dispuesta, así como el lodo a los rayos solares o
las inmundicias terrenas a las bellezas del cielo. ¿Qué libros, qué palabras,
qué papeles son más santos, más dignos, más reverendos que los de la divina
Escritura? Y muchos ha habido que, entendiéndolos perversamente, a sí mismo y a
otros han llevado a la perdición. Cada cosa en sí misma es buena para alguna
cosa, y mal usada puede ser nociva para muchas; y así digo de mis novelas.
Quien quiera sacar de ellas mal consejo o mala obra, a ninguno se lo vedarán si
lo tienen en sí o si son retorcidas y estiradas hasta que lo tengan; y a quien
utilidad y fruto quiera no se lo negarán, y nunca serán tenidas por otra cosa
que por útiles y honestas si se leen o cuentan en las ocasiones y a las
personas para los cuales y para quienes han sido contadas. Quien tenga que
rezar padrenuestros o hacer tortas de castaña para su confesor, que las deje,
que no correrán tras de nadie para hacerse leer, aunque las beatas las digan (y
también las hagan) alguna que otra vez. Habrá igualmente, quienes digan que hay
algunas que hubiera sido mejor que no estuviesen. Lo concedo: pero yo no podía
ni debía escribir sino las que eran contadas y por ello quienes las contaron
debieron haberlas contado buenas, y yo las hubiera escrito buenas. Pero si
quisiera presuponerse que yo hubiera sido de éstas el inventor y el escritor,
que no lo fui, digo que no me avergonzaría de que no todas fuesen buenas,
porque no hay ningún maestro, de Dios para abajo, que haga todas las cosas bien
y cumplidamente; y Carlo Magno, que fue el primero en crear paladines, no pudo
crear tantos que por ellos mismos pudiesen formar un ejército. En la multitud de
las cosas diversas conviene que las haya de toda calidad. Ningún campo se
cultivó nunca tanto que en él ortigas y abrojos o algún espino no se encontrase
mezclado con las mejores hierbas. Sin contar con que, al tener que hablar a
jovencitas simples, como sois la mayoría de vosotras, necedad hubiera sido el
andar buscando y fatigándose en buscar cosas muy exquisitas y poner gran
cuidado en hablar muy mesuradamente. Pero en resumen, quien va leyendo éstas de
una en otra, deje las que le molesten y las que le deleiten lea: para no
engañar a nadie, llevan en la frente escrito lo que en su interior escondido
contienen. Y todavía creo que habrá quien diga que las hay demasiado largas; a
los que repito que quien tiene otra cosa que hacer hace una locura leyéndolas,
y también si fuesen breves. Y aunque ha pasado mucho tiempo desde que comencé a
escribir hasta este momento en que llego al final de mi fatiga, no se me ha ido
de la cabeza que he ofrecido este trabajo mío a los ociosos y no a los otros; y
para quien lee por pasar el tiempo nada puede ser largo si le sirve para lo que
quiere. Las cosas breves convienen mucho mejor a los estudiosos (que no para
pasar el tiempo sino para usarlo útilmente trabajan) que a vosotras, mujeres, a
quienes todo el tiempo sobra que no gastáis en los amorosos placeres; y además
de esto, como ni a Atenas ni a Bolonia ni a París vais estudiar ninguna, más
largamente conviene hablaros que a quienes tienen el ingenio agudizado por los
estudios. Y no dudo que haya quienes digan que las cosas contadas están
demasiado llenas de chistes y de bromas, y que no es propio de un hombre grave
y de peso haber así escrito. A éstas debo darles las gracias, y se las doy,
porque, movidas por bondadoso celo, se preocupan tanto de mi fama. Pero a su objeción
voy a responder así: confieso que hombre de peso soy y que muchas veces lo he
sido en mi vida; y por ello, hablando a aquellas que no conocen mi peso, afirmo
que no soy grave sino que soy tan leve que me sostengo en el agua; y
considerando que los sermones echados por los frailes para que los hombres se
corrijan de sus culpas, la mayoría llenos de frases ingeniosas y de bromas y de
bufonadas se encuentran, juzgué que las mismas no estarían mal en mis novelas,
escritas para apartar la melancolía de las mujeres. Empero, si demasiado se
riesen con ello, el lamento de Jeremías, la pasión del Salvador y los
remordimientos de la Magdalena podrán fácilmente curarlas. ¿Y quién pensará que
aún haya de aquellas que digan que tengo una lengua mala y venenosa porque en
algún lugar escribo la verdad de los frailes? A quienes esto digan hay que
perdonarlas porque no es de creer que otra cosa sino una justa razón las mueva,
porque los frailes son buenas personas y huyen de la incomodidad por amor de
Dios, y muelen cuando el caz está colmado y no lo cuentan; y si no fuese porque
todos huelen un poco a cabruno, mucho más agradable sería su manjar. Confieso,
sin embargo, que las cosas de este mundo no tienen estabilidad alguna, sino que
siempre están cambiando, y así podría ocurrir con mi lengua; la cual, no
confiando yo en mi propio juicio, del que desconfío cuanto puedo en mis
asuntos, no hace mucho me dijo una vecina mía que era la mejor y la más dulce
del mundo: y en verdad que cuando esto fue había pocas de las precedentes
novelas que faltasen por escribir. Y porque con animosidad razonan aquellas
tales, quiero que lo que se ha dicho baste a responderlas. Y dejando ya a cada
una decir y creer como les parezca, es tiempo de poner fin a las palabras,
dando las gracias humildemente a Aquel que tras una tan larga fatiga con su
ayuda me ha conducido al deseado fin; y vosotras, amables mujeres, quedaos en
paz con su gracia, acordándoos de mí si tal vez a alguna algo le ayuda el
haberlas leído.
AQUÍ TERMINA LA DÉCIMA Y ÚLTIMA JORNADA DEL LIBRO LLAMADO
DECAMERÓN, APELLIDADO PRÍNCIPE GALEOTO
ANOTACIONES
[SC1]Al revisar y corregir esta obra, de seguro se me
pasaron algunos errores, tanto en lo narrado como en los nombres de narradores
y protagonistas, lo que amerita una severa amonestación. Una atenuante a mi
falta —podría argumentarse—, es el imperfecto conocimiento del idioma español,
así como del idioma original de la obra, aunque también podría recurrir a los
argumentos de Boccaccio en la conclusión del Decamerón: “...porque no hay
ningún maestro, de Dios para abajo, que haga todas las cosas bien y
cumplidamente...” Finalmente, si he cometido grave falta, sabréis perdonarla —a
“Librodot” y a mí—, considerando que nuestra intención es poner a vuestra
disposición, obras literarias y de otra índole, en forma totalmente gratuita.
Ahora, sin más charlatanería, disfruta de la obra que líneas abajo comienza.
[SC2]«Galeoto» llama Francesca de Rímini al libro que leía
junto con Paolo cuando ambos se dieron su primer beso (Dante, “Invierno”, v,
137). Boccaccio llama así a su libro porque está escrito con la intención de
ayudar a las mujeres enamoradas, como dice el Proemio. Con «Príncipe Galeoto
(...) parece intencionadamente corregir y precisar el título “Decamerón”,
saturado todavía de reminiscencias patrísticas» (C. Getto)
[SC3]El que Boccaccio sintió en su juventud por la célebre
Fiameta, protagonista de su “Elegia di Madonna Fiammetta”, a quien la tradición
solía identificar con una hija ilegítima de Roberto de Anjou, rey de Nápoles,
llamada María de Aquino.
[SC4]La peste que azotó a Florencia y a Italia en 1348.
[SC5]Los florentinos empezaban a contar el año a partir
del día de la Encarnación, el 25 de marzo.
[SC6]Por influjo de los astros, tal como se consigna en
las crónicas de Marchione Stefani (escrita entre 1378 y 1385) y de Giovanni
Villani (c. 1280-1348).
[SC7]En el original, “valorose”. El uso de los adjetivos
“valoroso” y “valente” en el italiano antiguo tenía, como en el moderno, un
significado encomiástico directamente derivado del latín “valere” y “valente”:
«que vale, que es de valor, excelente». El mismo significado tenían, en el
español clásico, “valeroso” y “valiente”, derivados luego, casi con
exclusividad, a la referencia al valor físico o la presencia de ánimo ante
algún peligro, aunque el verbo “valer” conserva el significado de «ser de naturaleza
o tener alguna cualidad que merezca aprecio o estimación», y virtualmente posee
todas las posibilidades expresivas de su origen latino. En esta traducción del
“Decamerón” conservo los calificativos de “valeroso” y “valerosa” siempre que
en el original indican la posesión por alguna persona de las cualidades
estimadas como virtudes por Boccaccio y la sociedad a la que se dirige, como
por ejemplo: la prudencia, la cortesía, la magnanimidad, la presencia de ánimo,
la habilidad oratoria, etc.
[SC8]Pampínea se llama también un personaje femenino que
aparece en otras dos obras de Boccaccio, la “Comedía delle Ninfe o Ninfale
d’Ameto” (escrita entre 1341 y 1342) y el “Buccolicum carmen” (que empezó en
1351 y se cree que terminó en 1366). En los dos casos se trata, como en el
“Decamerón”, de un personaje seguro de sus acciones, de fuerte ánimo. Fiameta o
“Fiammetta” es diminutivo de “fiamma” o «llama» y evoca el fuego de la pasión y
los celos. Filomena («la amada») se llama la mujer a quien dedicó Boccaccio el
“Filostrato” (¿1335?). Emilia era un nombre muy usado en la literatura
florentina del siglo XIV, para designar a la mujer vanidosa de su belleza.
Torraca y Billanovich sostienen la existencia de una dama florentina de este
nombre de quien Boccaccio estuvo muy enamorado. Se llama Emilia la heroína de
la “Teseida” (c. 1340-1341). Laureta, en homenaje a la amada de Petrarca.
Neifile quiere decir en griego «nueva en amor». Elisa es el otro nombre de
Dido, la heroina de Virgilio que se suicidó por amor al ser abandonada por
Eneas. En el “Decamerón” suele aparecer melancólica y en la canción que entona
en la Jornada VI se lamenta de su amor infeliz.
[SC9]«Exactamente el mismo sentido de estas exhortaciones
de Pampínea tenían los consejos del médico de más autoridad entre los
florentinos, Tomasso del Garbo: es decir, "huir de la tristeza",
"buscar mesuradamente la alegría", "cantar canciones y contar
historias placenteras" viviendo en el campo y con amigos alegres» (Vittore
Branca).
[SC10]Este concepto de la naturaleza femenina expresado
por Filomena aparece en distintas ocasiones en el “Decamerón” y en distintos
contextos, unas veces solicitando la simpatía y la ternura masculinas y otras
la autoridad e incluso la tiranía. Las lecturas de Ovidio y la tradición
medieval en general, tanto cristiana como cortés, son uno de sus fundamentos.
[SC11]Pánfilo significa «todo amor», o bien «el que ama
todo», según distintas opiniones de los comentaristas de Boccaccio. Filostrato,
o «vencido por el amor», es el enamorado melancólico. Dioneo: su nombre se
deriva de Dione, uno de los de Venus, y subraya su disposición a las fiestas y
los placeres.
[SC12]Los nombres de los criados proceden de personajes de
las comedías de Plauto y Terencio, obedeciendo así las normas retóricas
tradicionales de adscribir al género cómico los personajes plebeyos.
[SC13]Hubo un Cepparello de Prato, ciudad vecina a
Florencia, que estuvo al servicio de Bonifacio VIII (reinó de 1294 a 1303) y
Felipe el Hermoso de Francia (1268-1314). Biscio y Musciatto Franzesi fueron
dos hermanos florentinos tenidos como el prototipo de negociantes deshonestos
por sus conciudadanos.
[SC14]Musciatto Franzesi había ido a Florencia desde el
campo y llegado a ser consejero de Felipe el Hermoso de Francia, a quien indujo
a falsificar la moneda y a otra serie de negocios poco escrupulosos.
[SC15]Carlos de Valois, hermano de Felipe IV el Hermoso de
Francia, que llegó a Florencia en 1301 para ayudar a Bonifacio VIII, se valió
de la codicia de Musciatto Franzesi y arruinó al partido de los Blancos,
provocando el exilio de Dante de Florencia.
[SC16]Civigní parece ser una italianización de Chauvigny o
de Souvigny.
[SC17]Saladino, el sultán de Alejandría que tomó Jerusalén
a los cristianos después de haberla conquistado éstos, vivió de 1138 a 1193 y
fue un personaje muy famoso en Occidente, por su valor y magnificencia. Se
contaban de él numerosas historias y leyendas, entre ellas la LXXIII del
Novellino Oibro florentino de relatos que se remonta a finales del siglo XIII).
Boccaccio le hace personaje de dos de sus novelas, ésta y la novena de la
Jornada X. También las historias de judíos sagaces y discretos eran muy gustadas
en la Edad Medía.
[SC18]Babilonia era el nombre que solía darse a
Alejandría. Boccaccio creía que Saladino era hombre de humilde nacimiento, lo
que no es cierto puesto que fue hijo de un alto dignatario de la corte.
[SC19]El asunto de esta novela estaba muy difundido en la
literatura medieval. El cuento LIV del Novellino cuenta cómo un párroco se
libró del castigo de su obispo por haberle encontrado en la misma relación con
una mujer que a él le reprochaba, pero el estilo sucinto y rústico de la
narración no puede compararse con la sutileza y la amplitud con que Boccaccio
trata el asunto.
[SC20]Se trata de la Tercera Cruzada (1189-1192), en la
que tomaron parte Felipe Augusto y Ricardo Corazón de León. El marqués de
Monferrato era entonces Conrado de los Aleramici, que llegó a ser proclamado
rey de Jerusalén después de haber defendido valerosamente Constantinopla y
Tiro. Vittore Branca opina, sin embargo, que este marqués de Monferrato no
había dejado en Italia a su mujer puesto que, como viudo, se casó en Jerusalén
con la hermana del emperador Alexis de Bizancio.
[SC21]Felipe Augusto (1165-1223), que era llamado el
Tuerto, condujo con Ricardo Corazón de León y Federico Barbarroja la Tercera
Cruzada.
[SC22]«Con espadas y bastones» [Mateo 26, 471], los judíos
que fueron al huerto de los olivos a prender a Cristo.
[SC23]Hay aquí un juego de Palabras con la advocación de
«Barba de Oro» que Boccaccio atribuye a San Juan, sin duda pensando en San Juan
Crisóstomo (apellidado así, con la palabra griega que significa «boca de oro»,
a causa de su elocuencia), pero refiriéndose al santo patrono de Florencia, San
Juan Bautista, con cuya efigie se acuñaban los florines de oro que originan el
chiste. Barba de Oro es una variante que parece aludir al Bautista con barba de
los florines. De todas las maneras, Sacchetti da testimonio de que la
referencia a la avaricia de los clérigos mediante el juego con el apellido de
San Juan Crisóstomo era popular.
[SC24]Cinciglione: borracho célebre en tiempos de
Boccaccio, que también se refiere a él en el Corbaccio.
[SC25]Cangrande della Scala, de Verona (1291-1329), cuya
generosidad fue alabada por Dante en el canto XVII del Paraíso, y por otros
muchos.
[SC26]Federico II (1194-1250), heredero de la corona
imperial como nieto de Federico Barbarroja, estableció su corte en Sicilia y
fue el creador de la gran cultura siciliana del siglo XIII. Cangrande della
Scala era vasallo suyo como señor de Verona, que, como otros territorios del
norte de Italia, pertenecía al Imperio.
[SC27]Este personaje pudo ser Nicola Bergamino, autor del
tratado moral “Dialogus creaturarum”.
[SC28]«Probablemente la escena está imaginada en el
Palazzo que en los primeros años del Trescientos se había hecho construir
Cangrande al fondo de la Piazza dei Signori [en Verona]— (V. Branca).
[SC29]Se trata, seguramente, del poeta goliardo Hugo de
Orleáns, que fue canónigo de Colonia y conocido como “Primate” por su
excelencia.
[SC30]La familia Grimaldi pertenece a la nobleza de
Génova, pero no se sabe nada de este Herminio.
[SC31]Los genoveses tenían, en Italia, fama de tacaños.
[SC32]Se llamaban, en la Italia del siglo XIV, “uomini di
corte” a quienes tenían la costumbre de acudir a las fiestas que celebraban los
señores o las ciudades. Se trataba de gentes que acudían a las fiestas para
darles mayor brillantez; podían ser juglares, gentileshombres u hombres doctos.
[SC33]Boccaccio alaba también a Guiglielmo Borsiere en la
“Espozizioni sopra la Comedía di Dante”. Dante habla del mismo personaje en el
canto XVI del “Infierno”: «dinos si cortesía y valor mora | allá en nuestra
ciudad, como ha solido, | o si arrojado de ella vése ahora; | que a Guiglielmo
Borsiere, que ha venido | hace poco a sufrir nuestros tormentos, | palabras de
aflicción hemos oído» (Trad. de Ángel Crespo).
[SC34]El español “gentilhombre” es término que se ha
especializado para designar al caballero que desempeña determinadas funciones
en la casa del rey o de un noble principal, pero en nuestros clásicos tenía el
significado más general de «hombre de aspecto noble», más concorde con el
italiano “gentiluomo”, que designa a quien «aun no siendo noble por nacimiento
revela educación fina, índole caballeresca, modos señoriales y rectitud de
costumbres». Es este significado el que tiene “gentiluomo” en los textos de
Boccaccio y en el que uso el “gentilhombre” español, que por su etimología
tiene unas connotaciones de galantería ciudadana y cortesana bastante
diferentes de las del español “caballero” (palabra por la que suele traducirse
el “gentiluomo” del “Decamerón”), que sugiere con mayor fuerza virtudes
derivadas de la vida guerrera que de la ciudadana y que, por otra parte, nunca
se aplicaría a un mercader en un contexto medieval.
[SC35]Este rey de Chipre puede ser Guido de Lusignano, que
lo fue de 1192 a 1194 y fue famoso por su debilidad como gobernante.
[SC36]Godofredo de Bouillón (o Boulogne) fue el conductor
de la Primera Cruzada (1099) y tomó el título de Defensor del Santo Sepulcro.
[SC37]Alberto Zancari, que fue médico famoso y profesor de
la Universidad de Bolonia en la primera mitad del siglo XIV. El título de
maestro, que en general correspondía a todos cuantos dominaban cualquier arte,
liberal o servil, se adjudicaba especialmente a los médicos.
[SC38]«En el "marco" las narradoras aparecen
como protagonistas y sujetos casi constantes. No sólo, según la costumbre
cortés, se dirigen las palabras a las muchachas sino que con frecuencia los
adjetivos, los participios, etc., están, como aquí, en femenino aunque también
se refieran a los jóvenes» (V. Branca).
[SC39]Esta balada, que se inicia con una afirmación
vanidosa muy apropiada en boca de Emilia, se vuelve, enseguida, alegórica y de
profana se hace sagrada. «El bien que satisface el intelecto» es, sin duda,
Dios y, según Crescini, el significado de toda la canción es el siguiente: «La
mujer, al reflejar su belleza, ve en ella a Dios. Y al mirarle cada vez más
fijamente se siente más atraída por Él y se abandona a Él, gustando parte de la
felicidad prometida y esperando felicidad mayor cuando esté más cerca de aquel
bien en el cielo». La alegoría teológica no excluye la ironía de una situación
que mezcla lo humano con lo divino con un aire inocente muy característico de
Boccaccio.
[SC40]Existe un beato Arrigo de Baizano, muerto en Treviso
en 1315, que fue mozo de cuerda y a cuya muerte dicen las crónicas que tocaron
solas las campanas y ocurrieron milagros.
[SC41]Eran bufones. Stecchi y Martelhno son recordados por
Sacchetti en “Trecentonovelle”, CXLIV.
[SC42]Se trataba de una manera de tortura que consistía en
pasar una cuerda bajo las axilas del condenado y levantarlo en el aire para
luego dejarlo caer bruscamente.
[SC43]«Señor»: el que ostentaba el poder soberano en la
señoría. El libro del señor era el registro donde se anotaban los nombres de
los forasteros que llegaban a la ciudad.
[SC44]Los Agolanti fueron una familia expulsada de
Florencia y refugiada en parte en Treviso. Algunos personajes de esta familia
aparecen en la Jornada II, 3. Un Bernardo Agolanti fue testigo de un milagro
del beato Arrigo de Balzano, según ha identificado D. H. Manni.
[SC45]Sagradas o piadosas.
[SC46]San Julián el Hospitalario era un santo famoso en la
Europa medieval como abogado de los caminantes y, en ocasiones, también de las
aventuras amorosas que podían surgir a lo largo del camino y hacían grata la
hospitalidad. Su leyenda aparece ya en el “Speculum historiale” de Vicente de
Beauvais. Lo que se llamaba el padrenuestro de San Julián era, en realidad, una
oración que se recitaba a modo de conjuro y cuyas variantes serían muy
numerosas. Branca recoge la que considera más difundida, documentada en
escritos del siglo XV, que puesta en castellano, sería: «El santo señor San
Julián | venía del monte Calvario | con la cruz de oro en la mano. | Al bajar
del monte al llano | se encontró con la serpiente | el oso y el león. |
Destruiste su fuerza y valentía | y por ello líbrame a mí y a mi compañía. |
Quien lleve esto por amor de San Julián | de fiebre y desgracia libre estará. |
Amén».
[SC47]Azzo de Este, que murió en 1308.
[SC48]Cada sueldo era un veinteavo de florín y valía doce
dineros.
[SC49]Eran tres oraciones muy populares en la Edad Medía:
“dirupisti” es el principio, corrompido, del salmo 73: “Quare, Deus, reppulisti
in perpetuum...?” la “intemerata” es la antífona “Intemerata virgo; De
Profundis”, el salmo 129: “De profundis clamavit ad te domine”.
[SC50]Los Lamberti y los Agolanti eran dos célebres
familias florentinas, ambas gibelinas. Los Agolanti eran fabricantes de agujas
(it. “aghi”) y de su oficio venía su apellido.
[SC51]Se alude a las guerras entre Enrique II de
Inglaterra (1154-1189) y su hijo Enrique, que habían impresionado mucho a la
opinión italiana. Dante “(Infierno”, XXVIII, 133 y ss.) representa al trovador
provenzal Bertrand de Bom en el infierno, levantando en alto su propia cabeza
cortada del tronco como condena por haber alentado la rebelión del hijo contra
el padre: «Pues una unión tan intima he deshecho, | ay, separado mi cerebro
porto | de su origen, que sigue en este pecho. | ¡Así la pena del Talión soporto!»
(Trad. de Ángel Crespo).
[SC52]Benedictino.
[SC53]El mar Egeo, poblado de islas, era el archipiélago
por antonomasia para todos los navegantes italianos.
[SC54]«Coca»: del lat. medieval “caudica”, era una nave de
proa y popa altas que se usaba para transportar mercancías, pero que iba
también armada para la guerra. Su uso perduró hasta el siglo XVIII.
[SC55]Carlos II de Anjou fue rey de Nápoles de 1285 a
1309.
[SC56]Federico II de Aragón fue rey de Sicilia de 1296 a
1337.
[SC57]«Buena mujer» tiene frecuentemente en Boccaccio un
sentido irónico y puede ser sinónimo de «alcahueta».
[SC58]Un siciliano llamado Francesco Buottafuoco aparece
en documentos napolitanos de 1336.
[SC59]Murió este obispo en octubre de 1301. Fue dignatario
del reino de Nápoles y después arzobispo. La «iglesia mayor» de que habla
Boccaccio es la catedral o, como se ha llamado luego en Italia, el Duomo.
[SC60]Lo mismo que en la novela de Andreuccio, en la trama
de ésta hay una gran influencia de las aventuras griegas y bizantinas, aunque
su tipo de peripecia está en II, 5 muy fundida con referencias y observaciones
realistas mientras aquí, los ambientes e incluso el fondo parecen ser bastante
fantásticos, a pesar de que los personajes se corresponden con personajes
históricos.
[SC61]Federico II de Suabia murió en 1250 y Manfredo, que
era su hijo natural, asumió el gobierno de Sicilia y Nápoles. Inocencio IV lo
excomulgó por su política progibelina y sus sucesores Alejandro IV y Urbano IV
fueron sus enemigos. Este último animó al rey de Francia Luis IX a enviar un
ejército contra él, mandado por Carlos de Anjou. En Roma, éste fue coronado rey
de Nápoles y Sicilia por Clemente IV —que era también francés— y luego derrotó
a Manfredo en la batalla de Benevento, en 1266, donde éste murió.
[SC62]Los Capece y los Caracciola eran nobles familias
napolitanas, enemigas constantes de los Anjou.
[SC63]Se refiere a los espíritus de los sentidos que,
según la doctrina médico-fisiológica medieval italiana (derivada de la árabe de
Avicena y ésta, a su vez, de la galénica), eran la materia sutilísima y
movilísima que, al desplazarse por el cuerpo, produce todas sus funciones
activas. De los espíritus sensitivos, los animales eran los que, trasladándose
del cerebro a los sentidos transmitían las sensaciones y, al retirarse de ellos
por algún suceso o emoción violenta, provocaban el desvanecimiento o la muerte.
[SC64]Los Malaspina eran señores de Lunigiana y, según
señala V. Branca, Boccaccio parece pensar en Curradoli, muerto en 1294, de
quien habla Dante en “Purgatorio”, VIII, 120 y ss., alabando su generosidad con
los exiliados.
[SC65]El nombre de reino de Apulia se daba también al de
Nápoles. Los principales lugares de peregrinación en este reino eran los
sepulcros de San Nicolás de Bari y de San Mateo de Salerno.
[SC66]Los genoveses eran partidarios de Carlos de Anjou.
[SC67]Giovanni de Prócida, en 1282, abrió el camino de
Sicilia a Pedro III de Aragón haciendo sublevar a la población contra Carlos de
Anjou.
[SC68]El «aroma materno» parece aquí una expresión
ligeramente irónica— Es de origen bíblico:,San Pablo en la Epístola II a los
Corintios, habla del olor o el aroma del conocimiento de Cristo (“...qui
seinper triumphat nos in Christo Iesu, et odorem notitiae suae manifestat per
nos...”).
[SC69]«Saetía»: embarcación ligera de tres palos y una
sola cubierta.
[SC70]Las “Efesíacas” de Xenofonte de Efeso es la novela
griega más citada como antecedente de esta de Alatiel que, en muchos aspectos,
aparece como una parodia de las antiguas narraciones de amor y de aventuras en
que la ejemplar protagonista atravesaba infinitos peligros (siendo llevada de
un lado a otro del Mediterráneo) para llegar, por fin, a brazos de su amado sin
haberle sido infiel. La ironía bocaciana con relación a los amores de Alatiel
recuerda la de Cervantes con respecto a los libros de caballerías y sus
doncellas que atravesaban solitarias montañas y valles «con su virginidad a
cuestas». La sarcástica moraleja de la historia hace pensar en el “Cándido” de
Voltaire.
[SC71]Alusión a Séneca, “Tiestes, 453, Venenum in auro
bibitir”. El oro es metonimia de «los vasos de oro».
[SC72]El Algarbe, que dependía del califato de Córdoba,
estaba formado en el siglo XIV por territorios del sudoeste peninsular y del
norte de África.
[SC73]Se daba el nombre de Romania, en general, a todo el
Imperio Bizantino. Clarentza era un puerto del Peloponeso.
[SC74]En el original, “santo-cresci-in-man”. San Cresci
era un santo mártir florentino.
[SC75]Se llamaba Morea a la península del Peloponeso.
Tanto los títulos de príncipe de Morea y duque de Atenas como los lugares del
oriente del Mediterráneo que aparecen en esta novela eran familiares a
Boccaccio por las estrechas relaciones que hubo entre la corte napolitana en la
que vivió y ellos. El gran amigo de Boccaccio Niccola Acciaiuoli había
acompañado, precisamente a Morea, a Caterina de Valois Courtenay, que era
emperatriz de Constantinopla como hija de Balduino II, y a sus hijos los
príncipes de Tarento a tomar posesión del principado de Acaya, y Boccaccio
habla de este acontecimiento en una de sus epístolas.
[SC76]Escocia era nombre que, en la época, se daba también
a Irlanda.
[SC77]Se alude a la transmisión del Imperio de los francos
a los sajones que se realizó en el año 962 por Otón I.
[SC78]Violante se llamaba una hija de Boccaccio muerta
antes de los siete años, a la que él lloró mucho.
[SC79]Plutarco, en la «Vida de Demetrio», cuenta un
episodio semejante a éste, y también Valerio Máximo (V,7), a propósito del amor
de Antíoco por Stratónica. El motivo, difundido bastante en la Edad Medía, no
es puramente literario, pues respondía a la concepción del amor como una
enfermedad cuyos síntomas y terapia eran estudiados en medicina. La escuela
árabe de Alejandría había derivado esta lección de Galeno.
[SC80]El argumento de esta novela fue usado por
Shakespeare para su célebre “Cymbe line” y sus antecedentes son numerosos en la
narrativa oriental y en la medieval europea. Como más próximos a la cultura de
Boccaccio cita Branca el “Roman de la Violette ou de Gérard de Neves”, el
“Coimte de Poitiers, Dou Roi Flore et de la Bielle Jehanne ”, el “Miracle de
Notre Dame” y el cantar de “Madonna Elena”.
[SC81]«Señer» (“segner” en el original bocaciano) es el
calco fonético del catalán “senyor”, que es el tratamiento que, en catalán,
equivale a «don».
[SC82]San Juan de Acre, ciudad de Siria que habían
conquistado los cristianos y les fue arrebatada por los musulmanes en 1291.
[SC83]«Doblas»: monedas de oro doble que eran españolas y
moriscas.
[SC84]Los Gualandi eran una noble y rica familia pisana de
quienes habla Dante en “Infierno”, XXXIII, 32, al referirse a las luchas entre
pisanos y luqueses.
[SC85]Las mujeres pisanas tenían, en Florencia, fama de
feas; la comparación con las «lagartijas gusaneras» dice Branca que existe aún
en Nápoles y la testimonia con la frase siguiente de Basile: «se había puesto
pequeño y raquítico, con color de español enfermo, de lagartija gusanera».
[SC86]Era fama que en Rávena había tantas iglesias como
días tiene el año y cada iglesia tenía su santo. Los escolares esperaban que
por cada santo hubiera un día de vacación.
[SC87]Metáfora obscena tomada del lenguaje del juego de
dados, según la cual, si se echaban a la tercera tirada, no se perdía ni se
ganaba.
[SC88]En el original hay un juego de palabras con la
palabra “foro” que en el dialecto pisano quiere también decir «agujero».
[SC89]«La balada, según el procedimiento usual en las
obras menores de Boccaccio, toma y desarrolla las fórmulas de la tradición
lírica en sentido profano y voluptuoso; y no parece consentir ninguna de las
interpretaciones alegóricas que algunos han querido adjudicarle» (N. Sapegno).
[SC90]La tradición ha identificado el lugar de esta
segunda villa donde transcurren las jornadas del “Decamerón” con la llamada
Villa Schifanoia, que está sobre la colina Camerata, junto a Florencia.
[SC91]Juego que se jugaba entre dos personas, sobre un
tablero a cuadros blancos y negros, con treinta fichas y dos dados.
[SC92]Teolinda fue la mujer de Auttari y de Aguilulfo,
sucesor del primero como rey de los longobardos, a finales del siglo VI y
principios del VII. Tanto los nombres de los personajes como el fondo histórico
tiñen con color de antigüedad la fábula bocaciana, de la que hay antecedentes
generales en los relatos orientales.
[SC93]Los caballeros principales solían usar trajes de
color verde oscuro.
[SC94]«Hemano» en esta novela quiere indicar la
pertenencia de quien lleva este título a la Orden Tercera de San Francisco, que
es una congregación seglar. La fábula de esta novela la toma Chaucer en “The
Millers Tale”.
[SC95]San Pancracio, iglesia de Florencia que estaba junto
a la actual calle de la Spada.
[SC96]Terciario franciscano. Los seglares pertenecientes a
la Orden Tercera estaban unidos por un deseo de perfeccionamiento moral que los
inducía a asumir ciertas prácticas religiosas comunes.
[SC97]Manzanas rojas de Cásola, en Siena.
[SC98]El asno.
[SC99]Francesco Vergellesi fue embajador en París en 1313
y c. 1336 fue podestá en Lombardía.
[SC100]«Frutos» y «flores» como metáfora de la consumación
del amor y de los galanteos que suelen precederla. Según la tradición lírica
italiana, en las historias de amor había tres momentos: el “comienzo”, en que
se da la atracción y los esfuerzos por atraer a la amada, el “medio o flor”,
que describía los galanteos retribuídos con prendas de amor, y el “cumplimiento
o fruto”, que era la entrega mutua de los amantes.
[SC101]Los Minútolo eran una noble familia napolitana.
Ricciardo Minútolo fue consejero del rey Roberto y de la reina Giovanna I. A la
misma familia pertenecía el arzobispo en cuya tumba entra Andreuccio en II, 5.
[SC102]Catella es el nombre de una de las protagonistas de
la “Caccia di Díana”, la primera obra compuesta por Boccaccio.
[SC103]Filippello Sighinolfo fue un noble napolitano que
vivió en la corte de la reina Juana de Nápoles. Pertenecía a una familia
conocida por Boccaccio.
[SC104]Los Elisei eran una de las familias más antiguas y
nobles de Florencia. También lo eran los Palermini.
[SC105]Palabras sin sentido pero apoyadas en los fonemas
del italiano “cacare”. Todo el episodio es un remedo burlesco de los encuentros
de Dante con sus interlocutores en el Infierno.
[SC106]Las calendas eran el primer día de cada mes y, por
sinécdoque, el mes entero.
[SC107]“Ragnollo Braghiello” dice Boccaccio, deformando
burlescamente el nombre del “Agnolo Gabilello” o Arcángel Gabriel, imitando las
deformaciones que de los nombres sagrados hacían las personas ignorantes, como
este Ferondo.
[SC108]El tema de esta novela fue, después, hecho muy
famoso por la comedía de Shakespeare “All's Well that Ends Well”.
[SC109]Micer Guglielmo y la Dama del Vergel son 105
protagonistas de un cantar italiano basado en el romance francés del siglo XIII
“ La Chastelaine de Vergi”.
[SC110]Dios. De modo semejante se refiere Dante a Dios en
el verso 145 de “Paraíso”, XXXIII: «mas a mi voluntad seguir sus huellas, |
como a otra esfera, hizo el amor ardiente | que mueve al sol y a las demás
estrellas» (Trad. de A. Crespo).
[SC111]«El mortal poder», que es deficiente e
insuficiente.
[SC112]Por quitarse el hábito de luto que, como viuda,
llevaba.
[SC113]Se dice en Italia que los milaneses tienen gran
sentido práctico.
[SC114]Varias de las novelas que componen el “Decamerón”
se habían divulgado antes de que su autor completase la obra y habían suscitado
las críticas de que aquí se defiende. El estilo “bajo” al que alude se
clasifica así por el uso de la lengua vulgar (en oposición al latín, que seguía
siendo en el siglo XIV la lengua de cultura y del estilo elevado), por la
intención satírica de muchas de las novelas y por la elección de personajes y
ambientes plebeyos para otras.
[SC115]Son los tres maestros del Stil Novo más admirados
por Boccaccio.
[SC116]Esta novela ha sido una de las más difundidas del
“Decamerón”. Probablemente se inspiró Boccaccio para ella en un pasaje de la
“Historia Longobardorum” de Paolo Diácono, en que se cuenta cómo Rosmunda fue
obligada a beber de una copa semejante a la de Chismunda. Y también tendría
presente la “Vida” del trovador Guilhem de Cabestanh, que le inspiró más
directamente la novela novena de esta misma Jornada IV.
[SC117]Se trata, como los demás personajes y los lugares
de esta historia, de nombres ficticios que sugieren la época normanda y prestan
lejanía a su materia trágica y elevada.
[SC118]Son casi las mismas palabras de Ovidio al describir
el hallazgo por Píramo y Tisbe, de la grieta que había en la pared común de sus
casas.
[SC119]«Arneses»: los objetos que tenía a mano entre los
suyos de uso personal: hebillas, punzones, etc.
[SC120]El entierro solemne de los amantes desgraciados en
una misma sepultura, que se origina con el de Tristán e Isolda, es una
tradición medieval que se basa probablemente en Ovidio (cfr. la historia de
Piramo y Tisbe en el libro IV de las “Metamorfosis”).
[SC121]La fama de corrupción de que gozó Venecia en el
siglo XVI y XVII parece que existía ya en el XIV. Boccaccio manifiesta en
varias ocasiones su animadversión por esta República, que fue rival de
Florencia en el comercio y aliada con Génova, a su vez enemiga de Pisa y de
Florencia.
[SC122]Los Quirini eran antiguos nobles venecianos y en su
familia se dieron varias Isabeles o Elisabettas.
[SC123]Escasa de sal. Sal es metáfora de «inteligencia» en
el italiano coloquial, como calabaza lo es de «cabeza».
[SC124]Moneda veneciana de plata, de doce dineros, que fue
acuñada por primera vez por el dogo Enrico Dándolo c. 1202.
[SC125]Estas cacerías eran juegos festivos que se
celebraban, en la Edad Media, en la plaza de San Marcos el jueves de
carnestolendas. Se lanzaban a ella jabalíes y, en presencia del dogo y los
patricios que las contemplaban desde las ventanas del palacio ducal, los
cazadores perseguían (llevando perros) a los jabalíes, los mataban a
cuchilladas y les cortaban la cabeza. La carne la distribuían al pueblo que
participaba, entusiasmado, en la cacería y llenaba la plaza.
[SC126]Pertenece esta historia a la serie de trama
bizantina, pero se desconocen antecedentes directos.
[SC127] En es, en provenzal, partícula de tratamiento
equivalente al castellano «señor».
[SC128]El enamoramiento por fama es un tema muy difundido
en la lírica y en la narrativa cortés medievales de Francia e Italia. Aparece
en los romances artúricos, en los laís y en los cantares, y es tratado por
Andrea Capellanus en “De amore”. En el “Decamerón” aparece también en I, 5; II,
7 y, por otra parte, Boccaccio ya lo había tratado en la Teseida (compuesto c.
1340-1341).
[SC129]Aunque el personaje de Guillermo II de Sicilia es
histórico (1166-1189), no lo es lo relativo a sus hijos y Gerbino.
[SC130]Entregar el guante a alguien era, según la
costumbre germánica, adquirir públicamente un compromiso irreversible.
[SC131]Imagen de raigambre homérica, que Branca señala
como imitada de Virgilio: «Impastus ceu plena leo per ovilia turbans, | Saudet
enim vesana fames, manditque trahitque | Molle pecus mutumque metu, fremit ore
cruento» (“Eneida”, IX, 339 y ss.).
[SC132]«Salernitana»: de Salerno. O tal vez (como indica
V. Branca), corrupción de selemontana. La expresión bassílico-selemontano
aparece en la balada que recoge Carducci en su libro “ Cantilene e ballate dei
secoli XIII e XIV”, que es la inspiración de esta novela.
[SC133]La canción a que pertenecen estos versos es,
efectivamente, una canción popular napolitana y se conocen de ella varias
versiones, de las cuales ninguna hace referencia al trágico amor que es tema de
la novela y que se considera que fue imaginado por Boccaccio partiendo de la
canción, que habla del olor de la albahaca.
[SC134]El palacio del podestá, sede de la justicia
ciudadana.
[SC135]Fiesta del perdón (o concesión de indulgencias) que
se celebraba en Florencia todos los primeros domingos de mes, en la iglesia de
San Galo.
[SC136]El apodado Hocico Puerco se une a los tres
personajes anteriores compañeros de Pasquino, menestrales y villanos como él.
Este coro de amigos «viles» que se encarga de sepultar los cuerpos desfigurados
de los dos amantes cierra con una nota bufonesca la historia de este amor
trágico pero plebeyo que Boccaccio no llega a sublimar por completo, a pesar
del exordio de Emilia y de sus exclamaciones finales.
[SC137]Se creía que la influencia de los astros, en
asuntos de amor, bajaba del cielo de Venus. No es raro en Boccaccio el uso del
lenguaje astrológico, como propio de una ciencia que formaba parte integrante
del aprendizaje medieval y que él había estudiado en Nápoles bajo la dirección
del célebre Andalb da Negro, de quien siempre conservó un tratado en su
biblioteca.
[SC138]Los Sighieri fueron una familia de ricos mercaderes
florentinos.
[SC139]Que construía tiendas de campaña o pabellones, que
en la Edad Media eran muy utilizados tanto en el comercio como en la guerra.
[SC140]Los espíritus vitales, que animan las distintas
partes del cuerpo y les dan vida.
[SC141]Probablemente, para hacer fuerza al retraer a los
espíritus con un acto de voluntad.
[SC142]Estos funerales públicos en que se unen dos amantes
que fueron separados en vida por el destino, repiten el final de la primera
novela de esta IV jornada, pero invirtiendo las clases sociales de donde
proceden cada uno de los amantes, pues si en IV, 1, la amante es noble y el
amante es plebeyo, aquí la mujer es una menestrala y el amante un riquísimo
mercader. Por la referencia a los amores de la niñez contrariados, así como por
los funerales públicos de los dos amantes, es la novela de esta jornada que más
recuerda la fábula ovidiana de Píramo y Tisbe.
[SC143]La leyenda del corazón comido, de la que hay
versiones tanto en la literatura oriental como en la céltica y en la románica
medieval, ejerció una fascinación evidente en Boccaccio. En este caso, la
fuente más directa es la literatura provenzal. Véase la siguiente nota.
[SC144]La historia a que Boccaccio se refiere se encuentra
recogida en las diversas versiones que existen de la “Vida” del trovador
Guilhem de Cabestanh, según las cuales, la pareja de trágicos amantes fueron el
propio trovador y Saurimonda (o Margarida), esposa en segundas nupcias de
Raimon de Castell Rosillon, de quien Cabestanh era vasallo. Ambos caballeros
eran, a su vez, vasallos del rey de Aragón, que fue quien castigó el asesinato
de Cabestanh. La atribución de la leyenda del corazón comido a Cabestanh es,
según Martín de Riquer, totalmente fantástica, puesto que Saurimonda sobrevivó
a Castell Rosillon y se casó en terceras nupcias con Ademar de Mosset en 1210.
[SC145]Según la “Vida” de Gudhem de Cabestanh, quien
castigó a su asesino fue el rey de Aragón. Véase nota anterior.
[SC146]Siempre según la “Vida”, el rey de Aragón
(probablemente Alfonso II), después de hacer apresar a Castell Rosilion, «hizo
recoger a Guilhem de Cabestanh y a la dama, y los hizo llevar a Perpiñán y
poner en un monumento delante de la puerta de la iglesia; e hizo grabar sobre
el monumento cómo habían sido muertos; y ordenó que por todo el condado de
Rosellón todos los caballeros y las damas celebrasen su aniversario todos los
años».
[SC147]Se trata de Matteo Selvático que, en 1317, dedicó
al rey Roberto de Anjou una enciclopedia médica titulada “Liber cibalis et
medicinalis pandectarum”.
[SC148]Refrán italiano que significa dormir profundamente.
[SC149]Monedas de oro del valor de un florín que se usaban
en el reino de Nápoles.
[SC150]Ojos muy negros. La descripción de Fiameta es la
única que hace Boccaccio de las narradoras del “Decamerón” y responde a los
retratos convencionales de las damas en la literatura de la época, pero indica,
sin duda, el interés en destacar a quien (respondiese o no a una realidad
biográfica) es en su obra el símbolo de su más ardiente pasión amorosa.
[SC151]«Estampida»: palabra de origen provenzal que
designa una canción bailable con estribillo.
[SC152]Dice Plutarco, en sus biografías de los sabios de
Grecia, que Cimone, en su juventud, se parecía a un abuelo suyo llamado del
mismo modo que, por su estupidez, era llamado Coalemo (estúpido). De esta
noticia de Plutarco parece tomar Boccaccio la idea para el nombre del
protagonista de esta historia, tal vez imaginando que el nombre griego Cimone
se derivaba de ív y de la misma raíz que o; (cabrito).
[SC153]El motivo de los enamorados desdichados haciéndose
a la mar en una barca sin remos parece proceder de las novelas artúricas.
[SC154]En este caso, italiano. Ladino era, en la Edad
Media, sinónimo de romance o dialecto del latín.
[SC155]«El buen augurio está tal vez en el posible sentido
del nombre: “cara presa”, buena adquisición» (Vittore Branca).
[SC156]«Probable corrupción gráfica por Muliabdela. Muli—
es el árabe Mawlay o Muley (es decir, "señor" mío), título corriente
de los sultanes. —abdela es Abd Aflah, nombre que en aquella época llevaron dos
soberanos de la dinastía hafsida de Túnez: Abu Abd Allah Mohammed I (1249-1277)
y II (1295-1309)» (Vittore Branca).
[SC157]Era la época del destierro del papado en Aviñón y
el sentimiento de la decadencia de Roma, sin duda alimentado por Petrarca, era
fuerte en Boccaccio.
[SC158]Los Boccamazza eran, en efecto, una noble familia
romana partidaria de los Orsini.
[SC159]Los Orsini fueron una de las más célebres familias
romanas, muy poderosa desde el siglo XIV y güelfa desde finales del mismo. En
la época del papado de Aviñón continuaron su oposición al Imperio y fueron
ellos quienes impidieron la entrada en Roma de Enrique VII. Enemigos acérrimos
de los Colonna, ambas familias capitanearon facciones rivales que vivían en
continua guerra.
[SC160]Los Campodiflore eran una rama de la familia de los
Orsini. Branca identifica a este Liello con uno que fue hijo de Buccio y vivió
a fines del s. XIII y principios del XIV. Su mujer fue Banna de Tolomeo, de los
Leoni de Montanea. El castillo de que aquí se habla era de Niccolo Orsini,
amigo y admirador de Boccaccio, y Boccaccio fue invitado allí varias veces.
[SC161]Lizio de Valbona es un personaje histórico cuya
magnanimidad fue muy alabada por la tradición oral y escrita. En “Purgatorio,
XIV, 97-98”, dice Dante: «Pier Travesaro y Arrigo Marardo | Guido Carpiña y
Licio el virtuoso, | di dónde están, oh romañés bastardo» (Trad. de Ángel
Crespo).
[SC162]A los Manardi de Brettinoro pertenecía el Arrigo de
quien habla Dante junto con Lizio, pero el nombre de Ricciardo parece ser un
invento de Boccaccio.
[SC163]Se refiere a la época, a pricipios del siglo XIII,
en que Faenza estuvo bajo el dominio papal, que fue muy próspera y pacífica
para la ciudad.
[SC164]Federico II tuvo sitiada a Faenza de 1240 a 1241,
en que la tomó.
[SC165]“Medicina” era apellido no infrecuente en la Italia
de la época.
[SC166]Giovanni de Prócida, el noble siciliano que, según
“De casibus viris illustribus”, exaltó los ánimos de sus compatriotas contra el
rey Carlos de Anjou para vengar la fuerza que le habían hecho a su mujer sus
cortesanos, es un personaje admirado por Boccaccio, que ya ha usado su nombre
en II, 6.
[SC167]Federico II de Aragón, que fue rey de Sicilia de
1296 a 1337.
[SC168]Este Ruggier de Loria es Roger de Lauria, el
caballero catalán que había vencido a la flota napolitana y capturado al rey
Carlos de Anjou en 1284. Boccaccio habla de Roger de Lauria en la “Amorosa
Visione” (XII, 31-32) y en “De casibus” (IX, 19). Fue almirante de Federico II
de Sicilia de 1296 a 1297.
[SC169]Restituta era nombre muy habitual en Ischia, donde
se tenía gran devoción a la santa así llamada. Marino Bulgaro fue un amigo de
Boccaccio, caballero de la corte del rey Roberto, que todavía vivía en 1341.
[SC170]Se llama La Cuba el famoso edificio del siglo XII,
de estilo árabe-normando, que todavía existe en Palermo y es utilizado como
cuartel.
[SC171]Minerva es un cabo de uno de los extremos del golfo
de Nápoles; el Scalea está en el golfo de Policastro.
[SC172]Guillermo II, rey normando de Sicilia de 1166 a
1189, murió este último año sin dejar herederos.
[SC173]Los Abbate fueron una noble familia de Trápani en
la que recayó la dignidad de capitán de la ciudad durante muchos años. Con
Guillermo el Bueno, el capitán de Trápani se llamaba Stazio Abbate, quien
colaboró en la preparación de la Tercera Cruzada.
[SC174]Los genoveses fueron traficantes de esclavos no
sólo entre distintos puntos de Oriente, sino también entre Oriente y Occidente.
No eran los únicos comerciantes italianos que se dedicaban a esto, como se
deduce de la lectura de otras varias novelas del “Decamerón”.
[SC175]Se refiere a los preparativos de la Tercera
Cruzada, en que se aliaron Guillermo el Bueno, el Papa y Federico Barbarroja, y
en la que se hicieron acuerdos con los reyes de Armenia.
[SC176]Esta novela es probablemente la más fabulosa entre
las corteses del “Decamerón” y se han buscado muchas más fuentes. En el
“Specchio della vera penitenza” de Jacobo Passavanti, publicado en 1354, se
cuenta la historia (que Boccaccio pudo haber oído algunos años antes, en los
sermones que Passavanti predicó en Santa María la Nueva) de un carbonero de
Nevers que, mientras velaba un foso de carbón encendido, oyó horribles gritos,
salió y vio a una mujer, desmelenada y desnuda, huyendo de un caballero en
caballo negro que la perseguía con un cuchillo en la mano y echaba llamas por
la boca. Esta historia se llama «La novela del carbonero» y en ella la mujer y
su amante están en el purgatorio por haber matado al marido. (Véase Luigi
Russo, “Letture del Decamerión”.) Branca señala un posible antecedente en un
cuento de la “Disciplina Clericalis”, «La perrilla que lloraba», de Pedro
Alfonso, que fue imitado por muchos autores medievales europeos, entre ellos
Vicente de Beauvais, en que un enamorado se vale de una estratagema semejante a
la de Nastagio para conseguir sus fines. Señala también la probable influencia
de la historia de Ifis y Anaxárate de las “Metamorfosis” ovidianas, tan
familiares a Boccaccio. Por otra parte, la modalidad del castigo infligido a la
mujer que fue cruel con Guido de los Nastagi y todo el episodio entre los dos
está, sin duda, influido por los castigos dantescos del “Infierno” y dentro de
la tradición de las persecuciones infernales, muy difundida en Europa durante
la Edad Media.
[SC177]Los Onesti eran una noble familia de Rávena entre
quienes no se encuentra ningún Nastagio en el s. XIII.
[SC178]Coppo es diminutivo de Giacoppo. Este de los
Borghese Domenichi fue contemporáneo de Boccaccio y perteneció a una notable
familia florentina del barrio de Santa Croce. Fue varias veces Prior de la
ciudad y Gonfaloniero.
[SC179]Los Alberighi fueron una de las familias
florentinas más antiguas, que vivían junto a la iglesia de Santa María de los
Alberighi. Dante habla de ellos como ilustres ciudadanos por boca de
Cacciaguida en “Paraíso”, XVI, 89 y ss.
[SC180]Su «desdichado vicio» (en el original bocaciano,
tristezza), se refiere a su homosexualidad. Esta novela tiene, como clara
fuente, una de las historias de “El asno de oro” de Apuleyo (la IX, 14-28),
donde, sin embargo, el marido engañado no deja de vengarse del amante y de la
mujer después de haber disfrutado de los favores del primero.
[SC181]Hay noticias de dos Pietro de Vinciolo de Perusa,
que vivieron a finales del siglo XIII y principios del XIV; por consiguiente,
contemporáneos de Boccaccio. Los dos fueron importantes personajes en su ciudad
y tuvieron excelente fama. Se ha hablado de que Boccaccio, al utilizar su
nombre en este caso, podría estar buscando una venganza personal, ya que los
Vinciolo tenían frecuente trato con los Anjou napolitanos a través de los Bardi
y Boccaccio probablemente se relacionó con ellos.
[SC182]Santa ermitaña muy popular en la Italia medieval,
de la que se contaba que había domesticado y dado de mamar a dos serpientes que
habían entrado en su celda para tentarla.
[SC183]La traducción literal sería: «que no encontraría
quien me encendiese un trapo», refiriéndose a una costumbre del campo
florentino de dar lumbre a quien vivía en una casa lejana encendiéndole un
trapo.
[SC184]Los amores contrariados de Troilo, príncipe
troyano, con la cautiva Criseida, hija del augur Calcas (materia que procede
del “Roman de Troie” de Bennoit de Saint Maure), fueron cantados por el propio
Boccaccio en el Filostrato (compuesto probablemente en 1335, en Nápoles).
[SC185]«Consistorio» se llama al lugar donde se reúne la
gente (Da Buti).
[SC186]Quiere decir que es una criatura.
[SC187]En la introducción a la novela décima de la Primera
jornada.
[SC188]El nombre Oretta es diminutivo de Laura y Laureta,
y hubo varias con este nombre entre los Malaspina. Esta Oretta, mujer de Geri
Malaspina, aparece en varios documentos como viuda suya ya en 1332. Tenía fama
de ingeniosa.
[SC189]Los estudiosos de Boccaccio identifican
tradicionalmente a Cisti con un «panadero Cisti» que aparece en el registro de
la hermandad de los tenderos de la iglesia de Santa María Ughi en el 1300; la
iglesia es la misma que se señala como existente junto a la tahona de Cisti.
[SC190]«Precisarnente para tratar de poner paz entre
Blancos y Negros, en 1300, durante el priorato de Dante» (V. Branca). Los
priores eran, en Florencia, los representantes en el Consejo de la ciudad de
las diferentes Artes o asociaciones por oficios en que se agrupaba la sociedad
florentina. Llegó a haber diez priores: del arte de Calimala, del cambio, de la
lana, de la seda, de las pieles, de los médicos, boticarios, pintores, poetas,
etc., y de los notarios. El priorato llegó a ser una institución más poderosa a
finales del siglo XIV.
[SC191]Esta iglesia estuvo entre el Palazzo Strozzi y la
actual Vía Portarossa.
[SC192]Se pierde, en la traducción, el juego de palabras
basado en el uso del verbo «morder» que, en italiano, significa también
«reprender» cuando se usa en sentido figurado. La traducción literal sería:
«que del modo que muerde la oveja deben morder al oyente».
[SC193]Antonio de los Orsi de Biliotto de los Orsi fue
obispo de Florencia de 1309 a 1322. Las noticias sobre él lo presentan
alternativamente como hombre noble y de baja condición, pero siempre ávido de
dinero.
[SC194]Fue un noble barcelonés que entró al servicio del
rey Roberto de Anjou cuando fue a Nápoles con el séquito de doña Violante de
Aragón, primera mujer del rey Roberto.
[SC195]Eran monedas muy parecidas a los florines, que
valían cada una dos sueldos.
[SC196]«Correr el palio» se llama en Italia a las carreras
de caballos en que competían los distintos barrios de la ciudad medieval y que
tenía por premio un estandarte. Actualmente, estas fiestas siguen celebrándose
en Siena y en algunos otros lugares.
[SC197]Vivió entre finales del siglo XIII y la primera
mitad del XIV, y perteneció a una gran familia florentina con quien Boccaccio
estuvo muy relacionado. Micer Catello di Rosso Gianfigliazzi practicó la usura
en Francia e Italia y se cree que es él uno de los personajes que aparecen en
el “Infierno” dantesco (canto XVII, verso 58 y ss.), entre los condenados por
usureros, llevando al cuello una bolsa con el escudo de los Gianfigliazzi.
[SC198]El origen del nombre italiano “Ghichibio” parece
ser (según Lovarini) la palabra véneta “cicibio”, onomatopéyica del it.
“fringuello”, es decir pinzón.
[SC199]Se refiere probablemente al tonillo especial que
tienen los venecianos al hablar.
[SC200]Esta historia la cuentan, de los mismos personajes,
Benvenuto de Imola (principios del siglo XIV) y Vasari (1511-1574), entre
otros.
[SC201]Fue un famoso jurista que vivió en la primera mitad
del siglo XIV y fue profesor en Pisa de 1338 a 1339.
[SC202]Los Baronci fueron una familia florentina célebre
por su fealdad como se ve en VI, 6.
[SC203]Este criterio de valor sobre la perfección de la
pintura es ya plenamente renacentista porque se basa en el logro de la
verosimilitud. Durante la época napolitana de Boccaccio, Giotto había estado en
la corte, pintando los frescos de la Sala Reggia, y otros en Castel Nuovo para
los Bardi.
[SC204]Montughi es una colina, en la proximidad de
Florencia, en donde habían construido villas de recreo las familias florentinas
más destacadas.
[SC205]Los Baronci eran una familia notable de la
burguesía florentina. De su fealdad habla también Sacchetti.
[SC206]Los Pugliesi y los Guazzagliotri eran dos poderosas
familias, enemigas entre sí, de Prato, en los siglos XIII y XIV. De los
Guazzagliotri queda, en Prato, un famoso palacio.
[SC207]Celático es un lugar del valle del Arno florentino
donde tenían posesiones varias familias principales. Manni identifica a los
protagonistas de la historia como a un Francesco de Lamberto Frescobaldi y la
hija de su hermano Guido, llamada Francesca. Ambos vivieron entre la segunda
mitad del siglo XIII y los primeros años del XIV.
[SC208]Guido Cavalcanti (nacido c. 1280) fue uno de los
grandes poetas del “Dolce stil novo”. La anécdota que aquí se le atribuye fue
adjudicada por Petrarca a Dino de Firenze, y algo parecido cuenta Salimbene de
la incredulidad de Federico II. A Cavalcanti lo sitúa Dante en el Infierno
entre los epicúreos (canto IV, 15).
[SC209]A Brunetto Brunelleschi dedica Dante su soneto
XCIX. De familia gibelina, él llegó a ser uno de los jefes de los güelfos
Negros. Murió en 1311 a manos de los jóvenes de la familia Donati, como
venganza por haber contribuido a la muerte de Corso Donati.
[SC210]El Orsarimichele es uno de los edificios más
célebres del centro histórico de Florencia. Fue primero un granero y luego una
iglesia llamada San Michele in Orto (o San Miguel del Huerto). El Corso Adimari
es la actual Vía Calzaiuoli; San Giovanni es el Baptisterio que está frente al
actual Duomo de Florencia, en la misma plaza. El Duomo no existía aún en el
tiempo a que se refiere Boccaccio. Santa Reparata era la iglesia que había en
el lugar donde después se levantó el Duomo, que no llegó a estar terminado
hasta mediados del siglo XV. Del Baptisterio, el “bel S. Giovanni” como lo
llamó Dante.
[SC211]Estos frailes eran, en la Edad Media, condenados
como impostores. Contra ellos habla Gregorio LX a los obispos de Lion, y
Beatriz dice en Paraíso, XXIX, 124-126: «De San Antonio el puerco así se ceba |
y a otros que son puercos y glotones | cuya moneda el buen cuño no lleva»
(Trad. de A. Crespo).
[SC212]De Tierra Santa.
[SC213]Los Bragoniera y los Pizzini eran familias
certaldeneses conocidas por Boccaccio. Biagio Pizzini fue amigo del padre de
Boccaccio.
[SC214]«Castillo» se llamaba a la parte alta del burgo,
donde estaba el ayuntamiento o la alcaldía, la iglesia mayor, la plaza y a
veces una fortificación amurallada.
[SC215]Los apodos de Guccio quieren decir,
respectivamente: ballena, emporcado y puerco. Pero este Guccio parece ser un
fray Porcellana o Porcelloni que era portero del Hospital de San Filippo y
vivía en el mismo barrio que Boccaccio.
[SC216]Lippo Topo era un pintor mediocre, conocido en la
época de Boccaccio.
[SC217]Altopascio era una abadía de la provincia de Lucca
donde se ofrecía a los pobres una gran calderada de sopa dos veces por semana.
[SC218]Chatillón era un rico feudo francés.
[SC219]Porcellana es un hospital florentino; los
privilegios, los feudos y las investiduras que dependían de dicho hospital de
San Filippo.
[SC220]En este relato de un viaje fantástico que fray
Cebolla improvisa, los lugares a que se refiere son, en su mayoría, comunes, o
florentinos, o imaginarios. La frase «aquella parte por donde aparece el sol»
sugiere que se trata de Oriente, pero podría ser sencillamente el este del
condado florentino; Vinegia, Borgo del Greci, Baldacca, Parión y Sardegna, son
nombres de calles o barrios florentinos que tienen un sonido semejante a
lugares lejanos o exóticos: Venecia, Grecia, Bagdad, etc.; el «estrecho de San
Giorgio» es un lugar florentino que lleva el mismo nombre que el Bósforo.
Estafia y Befia (en el original, Truffia derivado de truffa —que significa
«estafa»y beffia, que significa «burla») son países imaginarios cuyos nombres
evocan los de las ciudades de Oriente. Al «país de las estafas» y «al de las
burlas» sigue, en la enumeración de los lugares recorridos por fray Cebolla en
su peregrinación fabulosa, la «Tierra de la mentira».
[SC221]Es decir, embutiendo la carne de los cerdos en sus
mismas tripas. El sermón de fray Cebolla continúa acumulando frases oscuras y
disparatadas de efecto cómico, o afirmaciones perogrullescas que presentan como
algo insólito cosas que no lo son.
[SC222]Pastinaca o chirivía es una fruta semejante al
apio, de raíces dulces, con la que sin duda Boccaccio quiere evocar
(cómicamente, al usar un nombre familiar) el exotismo de las especias de la
India.
[SC223]Maso del Saggio era conocido en Florencia por sus
burlas, como se ve en VIII, 3 y VIII, 5.
[SC224]En el original hay un juego de palabras con los dos
significados que tiene en italiano la palabra caldo: «caliente» y «caldo», que
se pierden en la traducción.
[SC225]“Non-mi-blasmete-se-voi-piace” es un francés
macarrónico que se traduciría por «no-me-culpéis-por-favor», y que recuerda las
personificaciones alegóricas del Roman de la Rose.
[SC226]En el original: “Verbum-caro-fatti-alle-fmestre”.
Es una deformación del latín: “Verbum caro factum est”, frase usada en la
plegaria cotidiana del ángelus, deformada por la gente inculta para aproximarla
fónicamente a palabras y frases vulgares que les eran conocidas.
[SC227]Toda esta burlesca enumeración de las reliquias
(objetos de la religiosidad popular que exasperaban a Boccaccio) se apoya en
enumeraciones serias comunes en la Edad Media.
[SC228]Franciscano florentino famoso por su vida santa.
[SC229]Conocido comerciante florentino.
[SC230]Se refiere a la criada de Filomena, que ha
aparecido en la introducción a esta Jornada disputando con Tíndaro.
[SC231]Los tiempos de la peste, con la corrupción de
costumbres acarreada por ésta.
[SC232]A pesar del aspecto alegórico de esta descripción,
parece que el Valle de las Damas era un lugar real y estaba situado junto a
Villa Schifanoia, rodeado por cinco cerros sobre cada uno de los cuales había
un edificio: Claustro della Doccia, Villa Minerbetti-Orlandini, Villa
Rassinesi, Villa Micheli Gilles y Casa Nera delle Monache di Sant'Anna.
[SC233] La Osa Mayor.
[SC234]Mercurio.
[SC235]El amor.
[SC236]Puede referirse a los lirios y a las rosas
nupciales.
[SC237]Traduzco por «espantajo» el fantasima del original
porque el significado de esta palabra, en la Toscana del siglo XIV, no se
correspondía con el moderno del italiano fantasima o «fantasma», en su
referencia a una presencia misteriosa de forma indefinida. El fantasima de que
habla Emilia era un animal imaginario, entre sátiro y gato montés, cuya
aparición espantaba y en el que estaba muy divulgada la creencia. «Espantajo»
me parece convenirle y conservar la vis cómica que no posee «fantasma».
[SC238]Era presidente de los inscritos en la cofradía de
la parroquia de Santa María la Nueva, famosa y antiquísima iglesia florentina.
A los «laudenses» se les llamaba así porque tenían que reunirse por las tardes
para cantar los laúdes de la Virgen.
[SC239]El padrenuestro traducido en lengua vulgar, regalo
precioso para quienes no sabían latín. Con las «canciones», alude Boccaccio a
la literatura popular religiosa de su tiempo, prolífica en vidas de santos y
leyendas piadosas.
[SC240]Un Neri Pegolotti aparece, en un documento de la
época, como marido de una Tessa que, a su vez, era hija de un Minuccio, con lo
que los tres nombres de estos personajes pertenecerían a personas relacionadas
entre sí, si bien con una relación diferente a la que establece entre ellas
Boccaccio.
[SC241]Era una costumbre de origen etrusco, en la Toscana,
tener en los campos calaveras de asno porque se les atribuía la fertilidad de
los lugares en donde estaban.
[SC242]El himno “Te lucis ante” y la antífona “Intemerata
virgo”.
[SC243]En los conjuros era considerado muy eficaz escupir.
[SC244]Giovanni de Nello fue un boticario florentino, muy
devoto y amigo de los frailes, muerto el 16 de noviembre de 1347 y enterrado en
Santa María la Nueva. Su mujer se llamaba Emiliana, y G. Billanovich señala la
posible intención de Boccaccio de hacer burla de él por quien puede representar
a su propia mujer: la noveladora Emilia quien, según hipótesis del mismo
Billanovich, pudo ser amada por Boccaccio.
[SC245]Los Scrignario eran una noble familia napolitana.
Un Giovanni Scrignario aparece consignado como viviendo junto a la calle del
Avorio, donde Boccaccio sitúa la casa de Peronella.
[SC246]El «punto» es la posición determinada de un astro
en el firmamento, con relación a los demás. La frase de Peronella significa:
¡bajo qué mala estrella nací!
[SC247]Los «liriados» (gigliati en italiano) eran monedas
de plata que se llamaban así porque estaban acuñados con una cruz adornada con
lirios en recuerdo de los reyes de Francia. Habían sido acuñados por primera
vez por Carlos de Anjou en Nápoles.
[SC248]Los caballos de Partia eran tenidos por
especialmente fogosos.
[SC249]Esta novela tiene como fuente, muy directamente
imitada, las “Metamorfosis” o “El asno de oro” de Apuleyo (IX, 5-7), que fue
uno de los libros más apreciados y leídos por Boccaccio.
[SC250]En la época de Boccaccio la relación amorosa entre
el compadre y la comadre era considerada incestuosa.
[SC251]Con «el aposento de las palomas» quiere designarse
el desván.
[SC252]No de San Ambrosio de Milán sino de un San Ambrosio
sienés que fue dominico y beatificado a finales del siglo XIII.
[SC253]El antecedente directo de esta novela parece ser el
exemplum XIV de la “Disciplina clericalis” del judío converso aragonés Pedro
Alfonso, libro muy utilizado por Boccaccio.
[SC254]En Arezzo, frente a la llamada «casa de Petrarca»,
en Vía del Orto, hay un pozo al que tradicionalmente se llama «pozo de Tofano».
Branca, que da esta noticia, piensa que la denominación tenga origen literario
y se deba al orgullo de la ciudad por haber sido elegida por Boccaccio para
situar esta novela.
[SC255]En el original, “generali e cattive”. Es decir,
ninguna causa que tuviese fundamento.
[SC256]Se pregonaría el crimen y el castigo de Tofano
reclamándolo como culpable de homicidio y, por ello, quedaría desterrado.
[SC257]Se refiere al vino que quiere hacer creer que
Tofano ha bebido. En la Edad Media el vino, que se sacaba directamente de
barril, solía mezclarse con especias, miel, agua marina o agua corriente.
[SC258]El motivo de la grieta en la pared de dos casas
contiguas como ocasión para la relación entre dos amantes es frecuente en la
literatura y muy antiguo. Por una grieta de la pared de sus respectivos
dormitorios es por donde se conocen y se enamoran Píramo y Tisbe en las
“Metamorfosis” de Ovidio y sus descendientes en las literaturas románicas.
[SC259]La capucha grande que llevaban los curas y que les
cubría las mejillas se diferenciaba de la de los seglares, que era pequeña.
[SC260]Era el modo en que se confesaban las mujeres. Lo
mismo se sienta a los pies del confesor la protagonista de III, 3.
[SC261]El “confiteor”.
[SC262]Lionetto es igual que Leonetto: se trata de variantes
del mismo nombre como es frecuente en Boccaccio. El tema de esta historia ha
pasado a la literatura universal de la oriental, probablemente a través del
“Enxemplo del señor, e del home, e de la mujer, e el marido de la mujer como se
ayuntaron todas”, del “Sendebar” o “Libro de los Engannos”.
[SC263]De la segunda parte de esta historia hay numerosos
antecedentes en la literatura satírica medieval, sobre todo en los “fabliaux”.
El enamoramiento por fama de la primera parte es un motivo del amor cortés que
en esta ocasión es sometido a un violento contraste con lo burlesco de la
segunda parte del relato.
[SC264]La partida de ajedrez entre damas y caballeros es
una ocasión galante en la literatura medieval cortesana. El dejarse ganar en el
juego como medio de suscitar amor es «reflejo de un precepto del admiradísimo
Ovidio» (Branca).
[SC265]La mujer que engaña al marido y le hace creer que
ha soñado cuando le infligía malos tratos (que hace recibir a otra en lugar
suyo) es un motivo muy difundido en la narrativa oriental —“Panchatantra,
Calila e Dimma, Mil y una noches”— y en la medieval europea, en cada una con
características diferentes. Boccaccio lo reelabora aquí muy originalmente
inventando todos los motivos del engaño.
[SC266]Los Berfinghieri eran una rica familia de
mercaderes florentinos.
[SC267]Uno de los significados del it. original “troiata”
es el de «pocilga»; otro, el de la canalla que seguía a los mercaderes cuando
desde el “contado” se dirigían a auxiliar a su señor.
[SC268]«Pardillo» es el paño burdo y sin teñir usado por
los campesinos.
[SC269]Los mercaderes solían llevar en el bolso trasero de
las calzas un tintero y una pluma guardados en un estuche.
[SC270]Sueldo: el sueldo era una moneda de oro llamada
también ducado.
[SC271]Escudo de armas como señal de nobleza.
[SC272]La frase señala Branca que debía de ser proverbial
porque también la pone Dante en boca de la madre de Nella Donati (“Rime”,
LXXIII, 13-14): ... “Lassa, che per fichi secchi / mesa l'avren casa del conde
Guido” («... Desdichada, que por higos secos / la habría colocado en casa del
conde Guido»). Estos condes Guido, florentinos, eran parientes del poeta Guido
Cavalcanti.
[SC273]La primera parte de esta historia (los engaños de
una mujer a su marido para asegurar al amante de su amor) tiene antecedentes en
relatos medievales como los de los “fabliaux”, el “Speculam” de Vicente de
Beauvais, los “Exempla” de Jacques de Vitry y el “Libro de los siete sabios”.
El engaño final hecho al marido que desde la copa del árbol ve el encuentro de
los dos amantes, aparece igualmente en los “fabliaux”, en relatos orientales
como “Las mil y una noches” y en romances caballerescos franceses como el de
“Béroul de Tristan”, donde se habla del rey Marc oculto en lo alto de un pino
sorprendiendo los amores de su sobrino y de Iseo, y aceptando después la
explicación de su mujer. Existe, además, una fuente inmediata y segura de esta
novela: la “Comedia Lydiae”, atribuída a Mateo de Vendomé, que está transcrita
de mano de Boccaccio en el códice Laurenziano XXXIII 31, c.c. 71 y ss.
[SC274]Las historias de gente amiga que se hacían promesa
de volver del otro mundo el primero que muriese para contar al otro los
misterios de ultratumba eran frecuentes en la Edad Media. Boccaccio no era un
incrédulo con relación a estas apariciones y las utiliza varias veces en el
“Decamerón” (Cf. v, 5; v, 8).
[SC275]Mini y Tura fueron apellidos de familias populares
de Siena.
[SC276]Se refiere a la corona de laurel y aquí es evidente
la alusión a la identificación entre el «laurel y Laura» que solía hacer
Petrarca en las rimas inspiradas por su famosa amada.
[SC277]Son los héroes creados por el propio Boccaccio en
la “Teseida”. Jornada Octava.
[SC278]«Las iglesias campesinas suelen tener a uno de los
lados un gran olmo: allí debajo, en el verano, se reúnen los campesinos a su
sombra y, mientras esperan a los demás que llegan, el cura los entretiene»
(Sansovino).
[SC279]Este nombre, que se diría alusivo al aspecto de la
señora, figura documentado como de una doña Belcolor de Varlungo que hizo
testamento, en 1363, ante don Michele di Salvestro Contadmi.
[SC280]Como en otras ocasiones, Boccaccio imita
burlescamente la manera equivocada de hablar de los hombres de pueblo. Según
Fanfani: —Este discurso de Bentivegna está hecho de manera tan desatinada que
“vicenda” está por "faccenda", “parentorio” por
"perentorio", “pericolator” por "procurador", juez del
“dificio” por juez del "maleficio"». He tratado de conservar en
castellano este tipo de juego.
[SC281]El Mugnone (o Muñone) es un torrente que desemboca
en el Arno, junto a Florencia.
[SC282]El heliotropo es, además de una flor, una piedra de
color verde con manchas rojizas a la que en la Edad Media se le atribuían
propiedades mágicas.
[SC283]«Ningún antecedente existe para esta novela, que
tiene todas las características de las anécdotas municipales florentinas»
(Branca).
[SC284]Calandrino era el apodo del pintor Giovanozzo de
Perino, que vivió en Florencia en el siglo XIV y que fue famoso en la ciudad
por su simpleza hasta el punto de que ha quedado el proverbio “far Calandrino”
como «burlarse de alguien». Es también personaje de VIII, 3; VIII, 7; IX, 3 y
IX, 5.
[SC285]Bruno di Giovanni d'Olivieri fue, según Vasari, un
compañero de Bonamico Buffalmacco, pintor de quien se conservan frescos en
iglesias de Florencia y Arezzo.
[SC286]Era un mediador y agente de ventas del que hablan
varios escritores florentinos como de un famoso bromista. Aparece otras dos
veces en el Decamerión: en VI, lo, citado por fray Cebolla, y en VIII, 5.
[SC287]El que comercia con piedras preciosas, o el que las
labra. También se llaman así los libros medievales donde se consignaban los
nombres de las piedras preciosas y sus propiedades mágicas.
[SC288]Es un nombre inventado, con el que empieza la
fantástica historia que Maso del Saggio cuenta a Calandrino.
[SC289]La tierra de los vascos como la «última Thuie», el
lugar remoto y maravilloso.
[SC290]El «dinero» era la doceava parte del sueldo. El
sueldo era una moneda de oro equivalente al «ducado».
[SC291]Vino blanco seco muy apreciado.
[SC292]Con la rima, el burlón busca entontecer a
Calandrino.
[SC293]Continúa la serie de negaciones que pretenden pasar
por afirmaciones.
[SC294]Con estas monjas, que tenían el convento a las
afueras de Puerta Faenza, trabajó efectivamente Calandrino, como cuenta Vasari
en la “Vida de Buffalmacco”.
[SC295]La moda de Hainaut, en Bélgica, era de sayos
estrechos y cortos.
[SC296]Un antecedente muy directo de esta historia es el
“fabliau Du preste et d'Alison”, de Guillermo Normando.
[SC297]Las monedas eran acuñadas golpeando la plata con el
martillo, y también con martillazos se probaba la plata de las monedas.
[SC298]Región donde era frecuente la malaria.
[SC299]Cuita es diminutivo de Ricevuta; Ciutazza se Parece
mucho fonéticamente al italiano “ciucciata”, que significa «chupada»,
«exprimida».
[SC300]Los juicios, en la Florencia medieval, se dividían
en civiles y criminales.
[SC301]Saechetti identifica a Ribi como un célebre bufón
florentino. Mateuzzo debe de ser seguramente otro bufón de la misma época.
[SC302]Carlo Salinare, que toma la información de Rua,
aclara lo que era esta prueba: «Se hacían para ella algunos bocadillos con
queso de oveja y pan de centeno sobre el que se imprimían ciertos signos;
después se invitaba a los presuntos ladrones a jurar “quod furtum nom fecerit”,
luego se procedía a la bendición del pan y del queso y se recitaban oraciones
especiales a fin de que el ladrón, al que se daban a comer aquellos bollos, no
pudiera deglutirlos».
[SC303]El zumo de áloe, que se usa en farmacia, es
extraordinariamente amargo.
[SC304]«Caracterísmos» es una desfiguración irónica de
«caracteres», refiriéndose a los signos o caracteres mágicos.
[SC305]El barrio es el de la Puerta Cainollia en Siena.
Estos dos personajes pertenecían a familias sienesas muy conocidas que, según
Branca, no podían llamarse plebeyas. Probablemente Boccaccio califica a uno y
otro de “popolani” a causa de la historia burlesca que va a contar de ellos y
de la falta de nobleza de las reacciones de ambos.
[SC306]«Baile antiguo y poco honesto que se usaba hace
tiempo en Treviso» (Manni).
[SC307]Eran los modos de vestir propios de las gentes de
estudios, de los universitarios, que llevaban togas y birretes. La universidad
de Florencia se fundó en 1349 y antes de esta fecha los florentinos iban a
estudiar a Bolonia.
[SC308]“Cocomero” quiere decir «melón» o «pepino». La
calle que llevaba este nombre era un trozo de la que es hoy Vía Ricasoli, junto
al Mercado Viejo florentino. La elección de este lugar como domicilio del
maestro Simón es intencionadamente satírica, pues el it. “cocomero” tiene, si
se aplica a una persona, el mismo significado metafórico de «cabeza vacía» que
tiene el español «melón».
[SC309]San Gallo era un hospital en cuya fachada había
pintado un demonio terrible con muchas bocas que aterrorizaba a los niños,
según dice Sansovino.
[SC310]Legnaia es un pueblo cercano a Florencia famoso por
sus melones. “Molonez” tiene, claro está, el significado de «estupidez».
[SC311]Miguel Scotto fue un mago escocés que vivió en la
primera mitad del siglo XIII y que estuvo en la corte de Federico II. De él
dice Dante: «Este otro cuyo flanco es tan estrecho | Miguel Scotto fue, quien
ciertamente | mágicos fraudes cuando vivo ha hecho» (“Infierno”, XX, 115-117;
trad. de Ángel Crespo).
[SC312]Barbáricos, charlánfora, seminstante, astuciertra,
chinchimurria, son inventos burlescos de Bruno que, para dejar estupefacto al
necio del maestro Simón, sigue la misma técnica de fray Cebolla con sus
feligreses (VI, 10) y Maso del Saggio con Calandrino (VIII, 3). A estos
inventos se mezclan nombres de lugares y personajes fabulosos para los
florentinos de la época: como la tierra de los vascos, el sultán Osbech, etc.
[SC313]El preste Juan es un legendario personaje, rey y
sacerdote a la vez, a quien en la Edad Media se creía soberano de un vasto
territorio situado en Asia o África. Su nombre aparece por primera vez en la
crónica del obispo e historiador germano Otto de Freising (c. 1114-1158).
[SC314]Distinguir la casa del médico de las demás. El
examen de la orina era uno de los medios de diagnóstico más usado.
[SC315]«Otra invención burlesca; ¿tal vez el nombre está
forjado sobre alguna sugerencia de “scuccumedra” (yegua de mala clase, jamelgo:
Sacchetti, LXIV)? "Altarisi" podría haberse acuñado fantásticamente
sobre una contaminación entre "altara" y "Altai", la región
mongola descrita por Marco Polo (LXIX-LXXI) al hablar de Gengis Kahn y de sus
descendientes» (V. Branca).
[SC316]«Parece que era un barrio florentino de mala fama»
(N. Sapegno).
[SC317]Los boloñeses eran monedas de plata que valían unos
seis cuartos.
[SC318]La saína es un tipo de retama cuyas espigas se usan
como escobas.
[SC319]Palabras inventadas para el caso, a fin de que
suenen magníficamente y tengan un significado peyorativo. «Ortogóticamente»
tiene que ver con «gótico», que en la época del humanismo se consideraba
sinónimo de bárbaro. «Recancanillar» significa: modo de recalcar o aumentar la
expresión de las palabras.
[SC320]“Lire di bagattini” se llamaba a las monedas
pequeñas venecianas, o en general a las de Italia del norte.
[SC321]Secretario en su significado etimológico de
«confidente». En Bolonia hubo un profesor de medicina llamado Guglielmo de
Saliceto, en los años finales del siglo XIII y primeros del XIV.
[SC322]En la fachada de la iglesia de Pasignano había
pintada una imagen enorme de Dios Padre.
[SC323]Otra referencia a la insulsez del maestro, porque
el domingo no se vendía sal. Éste, sin embargo, puede tomarlo como un cumplido
porque el domingo es el mejor día de la semana. Del mismo modo, el trueque del
melón por la manzana: para enseñar a leer se aconsejaba escribir las letras
sobre una manzana, y darle la fruta al niño cuando reconocía lo escrito sobre
ella.
[SC324]“Faramalla”: charla artificiosa encaminada a
engañar. He usado un adverbio derivado de este vocablo para traducir el
“frastagliatamente” de Boccaccio que los comentaristas del “Decamerón”
consideran palabra probablemente sin sentido y de las usadas para engañar al
maestro Simón que, como forastero, no las entendería y se dejaría llevar por su
apariencia altisonante.
[SC325]«Civillari es un callejón así llamado en Florencia,
sobre el monasterio de San Jacobo de Rípoli, en el cual lugar se caga sin
respeto; habiéndose hecho ciertos agujeros o fosos para echar allí los
excrementos y a su debido tiempo usarlos después los labradores como estiércol
para abonar los campos» (Alumno).
[SC326]Se repite la injuria habitual, con una alusión que
Sapegno y Branca señalan como obscena y equívoca.
[SC327]El atabal es un tambor pequeño y la relación entre
el ruido de estos instrumentos y la «condesa de Civillari» es fácilmente
inferible.
[SC328]Laterina es un lugar cercano a Arezzo, en el
Valdamo, pero aquí está usado el nombre por su semejanza con «letrina».
[SC329]Estos instrumentos de limpieza pueden también ser
signos de autoridad.
[SC330]«Este y los siguientes nombres quieren significar
varias formas de excrementos» (N. Sapegno).
[SC331]Santa María la Nueva es la misma iglesia donde se
reunieron los narradores. Estos sepulcros, hechos pocos años antes de que estas
páginas fuesen escritas por Boccaccio, son semejantes a los que aparecen en VI,
9, a propósito de Guido Cavalcanti.
[SC332]Se llamaban caballeros bañados a los que eran
sumergidos en un baño durante la ceremonia en que eran armados caballeros,
según cuenta Sacchetti en Nov. CLIII. Aquí, el baño va a ser de otra clase.
[SC333]«Debe de ser una de las máscaras usadas en el
llamado Juego del Viejo, mascarada prohibida por lo menos desde 1325»
(Petronio).
[SC334]Las monjas de San Jacobo de Rípoli donde, según
cuenta Vasari, Bruno y Buffalmacco habían pintado frescos.
[SC335]Entre los numerosos antecedentes orientales que
suelen señalarse a esta novela y la popularidad que debían tener relatos como
éste en la Italia mercantil de la Edad Media, V. Branca señala como posibles
influencias más directas una versión rimada del “Libro de los siete sabios y la
Disciplina clericalis” de Pedro Alfonso.
[SC336]Pietro de Canigiano era florentino, de la misma
edad de Boccaccio y pertenecía al círculo de los Acciaiuoli. Tuvo puestos
importantes en la corte de Nápoles y en Florencia antes de caer en desgracia en
esta ciudad, de donde fue expulsado; murió en 1381, desterrado. Boccaccio le
nombra, en su testamento, tutor de sus herederos. Lo mismo que Salabaetto,
estaba vivo y era muy conocido cuando Boccaccio escribió esta historia.
[SC337]Los Palermini eran una familia gibelina, exiliada,
en efecto, de Florencia.
[SC338]Gibelinos también y exiliados de Florencia.
[SC339]Notable familia güelfa de Pistoya. No se sabe nada
de una doña Francesca.
[SC340]La iglesia de San Francisco, que es importante en
Pistoya. Estos sepulcros, situados fuera de la iglesia, eran del tipo de los
que aparecen en VI, 9 y VIII, 9, que estaban fuera de Santa María la Nueva en
Florencia.
[SC341]El motivo de los «calzones del cura» es frecuente
en la literatura satírica medieval. Antes de Boccaccio se contaban en Francia
los “fabliaux Dit de la nonnete y Der braies du cordelier”; después de
Boccaccio esta historia se hizo muy popular en Italia.
[SC342]El tema del hombre preñado se encuentra en los
folklores primitivos y, en la Edad Media europea, aparece en algunas fábulas
francesas y en libros de “exempla”.
[SC343]Cecco Angiulieri fue un curioso poeta sienés que
vivió en la segunda mitad del siglo XIII.
[SC344]Cecco de Fortarrigo Piccolomini, que fue condenado
por homicidio (aunque no se cumplió la sentencia) en 1293.
[SC345]Corsignano se ha llamado también Pienza, porque
allí nació Pío II.
[SC346]Vittore Branca señala que la familia florentina de
los Cornacchini —mercaderes muy conocidos en los siglos XIII y XIV— vivían en
la Vía del Cocomero, cerca de donde Boccaccio sitúa la morada de maestro Simón
y de los pintores que, una vez más, son aquí personajes de este suceso que,
según la introducción de Fiameta, se asegura que es cierto.
[SC347]Es una de las colinas que rodean Florencia, ya
aparecida otras veces en el paisaje del “Decamerón” (cf VIII, 3).
[SC348]El argumento de esta novela procede del de algunos
“fabliaux”, como “Gombert et les deux clers” de Jean Boves y “Le meunier et les
deux clercs”.
[SC349]Es la llanura del arroyo cercano a Florencia adonde
Calandrino fue a buscar sus piedras negras. Cf VIII, 3.
[SC350]Talano es diminutivo de Catalano, nombre propio que
era usado con frecuencia en la Italia de la época. Los Imolensi, o Molensi, o
«de Imola», eran una familia florentina de entonces.
[SC351]Es el único personaje sobre el que no hay noticias
documentadas de los que aparecen en esta historia contada por Laureta.
Zingarelli piensa que es el apodo de un juglar, rubio y pequeño como este
personaje, puesto que “Biondello” significa «rubiecito».
[SC352]Este Ciacco parece que es el mismo personaje de
quien habla Dante en el canto VI del “Infierno”, condenado por su gula a estar
revolcándose en el fango bajo una lluvia fría y tenaz. El mismo Boccaccio, en
la “Esposizioni” de Dante, explica quién era Ciacco de modo parecido al que lo
hace en esta novela. El nombre, en italiano, significa «cerdo» y resulta, por
consiguiente, muy apropiado para un condenado por gula que se revuelca en el
fango, pero su etimología parece que se deriva de Ciacomo (o Santiago). Hay un
poeta llamado Ciacco dell'Anguiliala que podría ser el mismo personaje.
[SC353]Vieri de los Cerchi fue jefe de los güelfos Blancos
de Florencia —ciudad a donde había llegado su familia del Val de Sieve en el
siglo XIII— y murió en el exilio después de la victoria de los Negros. Dante se
refiere a su familia en “Paraíso”, XVI, 65. Boccaccio habla de él en la
“Esposizioni” (VI, 34) como de hombre generoso y magnánimo pero no habituado
suficientemente a la cortesía ciudadana.
[SC354]Corso Donati, hermano de Forese Donati, el poeta
florentino amigo de Dante, fue jefe de los güelfos negros y rival de Vieri de
los Cerchi a quien, según Boccaccio en la “Esposizioni”, envidiaba sus
riquezas. Fue asesinado en 1308 por sus adversarios.
[SC355]Dante lo presenta, en Infierno, VIII, 61-65, entre
los condenados por iracundos. Boccaccio, en la “Esposizioni”, dice: «fue... de
los Cavicciuli, caballero riquísimo, tanto que alguna vez hizo al caballo
herrar con plata, y de eso le vino el sobrenombre. Fue hombre grande de persona
y nervudo de maravillosa fuerza, y más que ningún otro iracundo, y por
cualquier razón insignificante».
[SC356]Ésta es una de las novelas del “Decamerón” más
directamente entroncadas con la tradición oriental, tanto por el tema de la
peregrinación en busca del consejo de un sabio como por el del castigo de la
mujer «brava», y muy difundido en las colecciones medievales de relatos.
[SC357]«Cuentos de este género los repetían los escritores
religiosos con diversos fines: precisamente la metamorfosis de una muchacha en
yegua la narran diversamente, por ejemplo, la “Vitae patrum” (“Patrología lat.”
XXI, 451 y ss.; LXXIV, 1110 y ss.; LXXIV, 354 y ss.), Vicente de Beauvais
(“Speculum historiale”, xvm, 70), Jacques de Vitry («Exempla», n. 262), Etienne
de Bourdon (IV, 1) y también Passavanti («Specchio», pp. 370 y ss.). Este
podría ser otro caso de ironización novelística licenciosa de un relato devoto»
(Vittore Branca).
[SC358]El motivo de la elección entre dos objetos de la
misma apariencia, uno de los cuales guarda un tesoro, es muy popular en la
literatura narrativa oriental y en la medieval. Y la elección entre los cofres
cerrados aparece, en la Edad Media europea, en “Barlaam y Josafat, los Exempla”
de Jacques de Vitry, el “Speculum historiale” de Vicente de Beauvais y la
“Leyenda áurea” de Jacopo de Varazza. Después de Boccaccio ha seguido
extendiéndose en la literatura occidental.
[SC359]Familia noble de Florencia que tenía posesiones en
Certaldo a las que solía ir un Carlo de los Figiovanni que, en la vejez de
Boccaccio, le visitaba y ha dejado testimonio de haber aprendido muchas cosas
de él y haber recibido ayuda suya para una vulgarización de las “Epístolas” de
Ovidio.
[SC360]Suele identificarse este Alfonso con Alfonso VIII
de Castilla (1155-1214), que fue muy alabado por poetas e historiadores como
magnífico. Esta fama la tuvo en Florencia y en toda la cristiandad. Branca
piensa que, si no se tratase de Alfonso VIII podría ser Alfonso X el Sabio, a
quien Brunetto Latini —que habia sido embajador de Florencia en su corte en
1260— exaltó mucho en el “Tesoretto”.
[SC361]Ghino de Tacco perteneció a una noble familia
sienesa y tuvo, en el siglo XIII, gran fama como bandido generoso y como hombre
de armas. Fue enemigo de Bonifacio VIII y, según las crónicas de la época,
luego se reconcilió con él, tal como cuenta aquí Boccaccio, aunque no consta
que le ocurriese con el abad de Cluny la aventura de esta historia. Dante habla
de él en “Purgatorio”, VI, 12-13, al referirse a Benincasa de Laterino, un juez
de Siena que había condenado a muerte a dos familiares de Ghino: «Tuve delante
al que la muerte hagara | de Ghin de Tacco por la mano impía» (trad. de Á.
Crespo). Era fama que Benincasa había sido llamado a Roma por Bonifacio VIII y
que allí Ghino le cortó la cabeza en un banquete en donde entró disfrazado de
mendigo.
[SC362]Es el monasterio benedictino de Cluny, en Borgoña,
rico y famoso. También de un abad de Cluny se habla en I, 7.
[SC363]La historia parece haberle llegado a Boccaccio por
vía oral, si atendemos a las palabras introductorias de Filostrato, pero recoge
el mismo asunto narrado por Valerio Máximo en V, 9,4 de sus “Dichos y hechos”,
donde cuenta que un «padre desconocido» se enteró de que su hijo quería hacerlo
matar y, conduciéndole a un bosque desierto, le dio una espada y le ofreció su
garganta. El hijo, iluminado súbitamente por la razón, arrojó la espada al
suelo, deseándole mayor longevidad que la propia. Por otra parte Natalino
Sapegno señala que todos sus elementos se encuentran en un poemita del persa
Saadi, muerto en 1291, y el episodio de la mendiga inoportuna está en la Vida
de San Juan el Limosnero, de las “Vitae patrum”. Vittore Branca indica, además,
la existencia de elementos de esta historia en otros textos orientales y en la
“Leyenda áurea”.
[SC364]La noble familia de los Carisendi fue muy conocida
en Bolonia y dio su nombre a una de las famosas torres inclinadas de la ciudad.
[SC365]De los Caccianernici boloñeses, que eran güelfos,
habla Dante en “Infierno”, XVIII, acusando a Venedico de haber inducido a una
hermana suya a tener amores con el marqués Obizzo de Este.
[SC366]Esta novela, como la de doña Dianora (X, 5) se
narra también en el Fylocolo y tiene antecedentes orientales, entre los que no
pueden descartarse los relatos de tradición cabalística que afluyeron a
Occidente con motivo de las Cruzadas, con cuyo simbolismo puede asociarse la
extraordinaria resurrección de doña Catalina y el comportamiento de micer
Gentile. Tanto esta historia como la de doña Dianora y el nigromante son
enigmas propuestos a los neófitos en “Las bodas químicas de Christian Rosenkreutz”,
publicado en 1616, pero que se cree compuesto a finales del siglo XIV o antes.
[SC367]Esta novela, como la anterior, la narra también
Boccaccio en el Filocolo. Véase nota 3 a X, 4.
[SC368]Friuli está al norte del Véneto. Boccaccio estuvo
cerca, en el Tirol, como embajador de la República de Florencia, en 1351, ante
Luis de Baviera; pero noticias sobre la región pudo tenerlas también en
Florencia, a través de amigos suyos mercaderes. Los personajes de esta historia
no son personas conocidas.
[SC369]Carlos I de Anjou se había apoderado de los reinos
de Nápoles y Sicilia después de derrotar a Manfredi y a Corradino. El mismo
rey, así como Manfredi, aparecen como referencias históricas de la novela de
Madama Beritola (II, 6).
[SC370]Esta victoria fue la batalla de Benevento (1265),
en que Manfredi fue derrotado y muerto. Manfredi fue heredero del emperador
Federico II, a quien también había sucedido como cabeza de los gibelinos.
[SC371]Perteneció a una famosa familia gibelina que, según
Compagni, estuvieron más de cuarenta años desterrados de Florencia, y entre los
que se contó el famoso Farinata de los Uberti, que es uno de los personajes con
más fuerza y admiración retratados.
[SC372]Fue el vicario de Carlos de Anjou en Toscana. Dante
lo condena como a tirano, a estar sumergido en un río de sangre hasta el
entrecejo (“Infierno”, X, 118-120).
[SC373]El rey Pedro III de Aragón, que entró en Sicilia en
1282.
[SC374]Esta novela puede haberse originado en un episodio
real que cuentan algunas crónicas del siglo XIII, según las cuales la siciliana
Macalda de Scaletta se había enamorado ardientemente de Pedro de Aragón al
verlo entrar, victorioso, en su tierra.
[SC375]El tiempo de las Visperas sicilianas: 31 de marzo
de 1282.
[SC376]El rey Pedro era trovador y le gustaba reunirse con
trovadores y músicos, entre los cuales se encontraría este Minuccio de Arezzo,
cuya existencia no está documentada.
[SC377]Esta historia, cuyo antecedente directo está en la
“Disciplina clericalis” de Pedro Alfonso, es, según Battaglia, decididamente
árabe en el espíritu y con ella «Boccaccio quiere probar su maestría en tejer
una trama psicológica que esté en el límite de la verosimilitud». Por otra
parte, el tema de la superioridad de la amistad sobre el parentesco y los
sacrificios que deben hacerse por conservarla no sólo es frecuente en la
literatura árabe sino que también es tratado por los filósofos grecolatinos y,
entre ellos, por Cicerón en “De officiis”, donde cuenta la historia de Damón y
Picias: dos amigos cuyo amor era tan perfecto que, habiendo sido uno de ellos
condenado a muerte, el otro se quedó en su lugar mientras arreglaba los asuntos
de su testamento y se comprometió a morir por él si no volvía. Cuando volvió,
Dionisio el Tirano (que lo había condenado) le perdonó y pidió a los dos que le
recibiesen a él en su amistad. La misma historia la cuenta Valerio Máximo. Más
semejante a ésta de Boccaccio y derivada como ella de la fuente oriental es la
del «medio amigo» de Don Juan Manuel en el “Conde Lucanor”. El mundo
grecolatino que sirve de fondo aquí es muy raro en el “Decamerón”, donde sólo
hay otra novela que lo utiliza (VII, 9), y el modo de tratarlo responde a una
óptica muy medieval, como sobre todo puede observarse en el discurso de Tito a
los parientes de Gisippo y Sofronia.
[SC378]El sultán Saladino (1138-1193), señor de Egipto y
de Siria, que reconquistó Jerusalén en 1187, adquirió fama legenderia no sólo
entre los musulmanes sino también entre los cristianos. En las muchas historias
que corrían sobre su vida y sus hazañas se alababa su valor, generosidad,
riqueza y prudencia. En el “Decamerón” es también personaje de I, 3 y en el
“Conde Lucanor” es personaje del “Enxiemplo L”. Se decía de él que había
recorrido, disfrazado, la mayoría de los países cristianos.
[SC379]Se trata de la Cruzada de 1189, durante la cual
murió el emperador Federico Barbarroja, de fama tan legendaria como la de
Saladino.
[SC380]De los varios motivos que se mezclan en esta
novela, el del marido que se separa de la mujer y vuelve ocultamente a tiempo
para impedir las nuevas bodas de ésta es muy popular en la Edad Media, y en
nuestra cultura sus orígenes pueden remontarse hasta la “Odisea”. En España, es
un tema de romancero. Lo referente a Saladino y sus viajes de incógnito entre
los cristianos es una materia que aparece en relatos del “Novellino” (XXIII),
en el “Aventuroso Ciciliano” y en “El conde Lucanor”. Con estos dos motivos
occidentales se mezclan los elementos orientales de la magia y el lujo exótico
de las “Mil y una noches”.
[SC381]Federico I Barbarroja, abuelo de Federico II, era
hijo de Federico de Suabia y de Judith de Baviera. Después de treinta años de
guerras por conquistar Italia y someterla al Imperio, casó a su hijo Enrique
con la heredera del reino de Sicilia y Apulia, en 1184.
[SC382]No se trata de la Babilonia mesopotámica sino de El
Cairo.
[SC383]«Un “Torellus de Strata de Papia”, recordado
también por Salimbene de Parma, fue en los primeros decenios del siglo XIII
podestá de Federico II en varias ciudades: en Parma (1221 y 1227), en Florencia
(1233), en Pisa (1234), en Aviñón (1237); y tal vez fue también rimador en
lengua provezal» (Branca).
[SC384]Este Dignes (o Digne), en Francia, perteneció como
feudo a los Anjou que reinaron en Nápoles.
[SC385]Porque las señoras acostumbraban adornarse la
cabeza con coronas. Dice Da Buti: «es decir, adorno de la cabeza que llevan las
señoras, como el rey y la reina, hecho con hojas de plata dorada, con piedras
preciosas y con perlas».
[SC386]Estas monedas de oro, españolas o moriscas,
circulaban por el Mediterráneo.
[SC387]Esta historia pertenece más al mundo alegórico que
al real y con ella cierra Boccaccio su “Decamerón” ofreciendo un modelo de
virtud sublime paralelo y opuesto al de maldad extrema que ofrece micer
Ciappelletto en la primera novela de la Jornada Primera. Tan inverosímil como
la actuación del marqués de Saluzzo es la reacción de Griselda y las de todos
los demás personajes, pero todo ha de entenderse por una parte como una
manifestación del arquetipo de comportamiento ciegamente obediente que deseaban
de la esposa los moralistas de la época (que «siempre se ingeniaría en
complacer [al marido] y en no enojarse por nada que él hiciese o dijese»), y,
por otra parte, como una alegoría que Petrarca —que tradujo esta novela al
latín y la difundió entre los humanistas de los siglos XIV y XV— interpreta
tomando a Griselda como figura de Cristo, paciente y obediente hasta la muerte.
Vittore Branca considera a Griselda figura de María, siempre obediente y sumisa
después de ser elegida como esposa divina hasta aceptar la muerte de su Hijo
sin oponer ninguna reserva a la voluntad del Padre. También, de modo más
general, podría considerarse a Griselda como alegoría del alma que es probada
por Dios de manera aparentemente arbitraria hasta que la juzga digna de poseer
su paraíso. Branca no encuentra ningún antecedente concreto de esta historia en
la narrativa medieval, aunque indica que «el tema de la mujer perseguida
injustamente y siempre paciente hasta el reconocimiento de su heróica inocencia
[es] un tema de carácter verdaderamente antropológico (...) difundidísimo en la
literatura medieval a partir de pasajes de las novelas griegas».
[SC388]Pánago o Pánico era feudo de una rama de los condes
de Alberti.
[SC389]Cincilión (o Cincilione) parece haber sido el
nombre de un borracho famoso al que alude Boccaccio en la Jornada I, 6 (véase
nota 3) y que burlescamente, por su semejanza con el nombre de Cicerón, es
usado como referencia de autoridad. Igual intención burlesca tiene el nombre de
Escolario, que refiere fónicamente a Esculapio.


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