© Libro N° 3989. El Decamerón. Boccaccio, Giovanni. Jornada 1 A 8. Parte I. Colección
E.O. Julio 15 de 2017.
Título
original: © El Decamerón. Giovanni
Boccaccio. JORNADA 1 A 8. PARTE I
Versión Original: © El Decamerón. Giovanni
Boccaccio. JORNADA 1 A 8. PARTE I
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL DECAMERÓN
Giovanni Boccaccio
PRIMERA PARTE
JORNADA
1 A 8
Es una colección de 100 cuentos agrupados de 10 en 10.
Fueron escritos por Giovanni Boccaccio en el siglo XIV que se basó en
diferentes tradiciones orales de Francia, Alemania e Italia.
En el año 1348, en Florencia se desata la Peste Negra y
para escapar a ella un grupo de 10 jóvenes (3 varones y 7 mujeres) se refugian
en una villa alejada de la ciudad. Durante 10 días, para distraerse, recurren a
contarse historias y cada uno cuenta una al día: en total 100 historias.
GIOVANNI BOCCACCIO
PROEMIO
PRIMERA JORNADA
NOVELA PRIMERA
NOVELA SEGUNDA
NOVELA TERCERA
NOVELA CUARTA
NOVELA QUINTA
NOVELA SEXTA
NOVELA SÉPTIMA
NOVELA OCTAVA
NOVELA NOVENA
NOVELA DÉCIMA
SEGUNDA JORNADA
NOVELA PRIMERA
NOVELA SEGUNDA
NOVELA TERCERA
NOVELA CUARTA
NOVELA QUINTA
NOVELA SEXTA
NOVELA SÉPTIMA
NOVELA OCTAVA
NOVELA NOVENA
NOVELA DÉCIMA
TERCERA JORNADA
NOVELA PRIMERA
NOVELA SEGUNDA
NOVELA TERCERA
NOVELA CUARTA
NOVELA QUINTA
NOVELA SEXTA
NOVELA SÉPTIMA
NOVELA OCTAVA
NOVELA NOVENA
NOVELA DÉCIMA
CUARTA JORNADA
NOVELA PRIMERA
NOVELA SEGUNDA
NOVELA TERCERA
NOVELA CUARTA
NOVELA QUINTA
NOVELA SEXTA
NOVELA SÉPTIMA
NOVELA OCTAVA
NOVELA NOVENA
NOVELA DÉCIMA
QUINTA JORNADA
NOVELA PRIMERA
NOVELA SEGUNDA
NOVELA TERCERA
NOVELA CUARTA
NOVELA QUINTA
NOVELA SEXTA
NOVELA SÉPTIMA
NOVELA OCTAVA
NOVELA NOVENA
NOVELA DÉCIMA
SEXTA JORNADA
NOVELA PRIMERA
NOVELA SEGUNDA
NOVELA TERCERA
NOVELA CUARTA
NOVELA QUINTA
NOVELA SEXTA
NOVELA SÉPTIMA
NOVELA OCTAVA
NOVELA NOVENA
NOVELA DÉCIMA
SÉPTIMA JORNADA
NOVELA PRIMERA
NOVELA SEGUNDA
NOVELA TERCERA
NOVELA CUARTA
NOVELA QUINTA
NOVELA SEXTA
NOVELA SÉPTIMA
NOVELA OCTAVA
NOVELA NOVENA
NOVELA DÉCIMA
OCTAVA JORNADA
NOVELA PRIMERA
NOVELA SEGUNDA
NOVELA TERCERA
NOVELA CUARTA
NOVELA QUINTA
NOVELA SEXTA
NOVELA SÉPTIMA
NOVELA OCTAVA
NOVELA NOVENA
NOVELA DÉCIMA
NOVENA JORNADA
NOVELA PRIMERA
NOVELA SEGUNDA
NOVELA TERCERA
NOVELA CUARTA
NOVELA QUINTA
NOVELA SEXTA
NOVELA SÉPTIMA
NOVELA OCTAVA
NOVELA NOVENA
NOVELA DÉCIMA
DÉCIMA JORNADA
NOVELA PRIMERA
NOVELA SEGUNDA
NOVELA TERCERA
NOVELA CUARTA
NOVELA QUINTA
NOVELA SEXTA
NOVELA SÉPTIMA
NOVELA OCTAVA
NOVELA NOVENA
NOVELA DÉCIMA
CONCLUSION DEL AUTOR
ANOTACIONES
GIOVANNI BOCCACCIO
EL DECAMERÓN
Revisado por: Sergio Cortéz
[SC1]
PROEMIO
COMIENZA EL LIBRO LLAMADO DECAMERÓN, APELLIDADO PRÍNCIPE
GALEOTO
[SC2], EN EL QUE SE CONTIENEN CIEN NOVELAS CONTADAS EN DIEZ
DÍAS POR SIETE MUJERES Y POR TRES HOMBRES JÓVENES.
HUMANA cosa es tener compasión de los afligidos, y aunque
a todos conviene sentirla, más propio es que la sientan aquellos que ya han
tenido menester de consuelo y lo han encontrado en otros: entre los cuales, si
hubo alguien de él necesitado o le fue querido o ya de él recibió el contento,
me cuento yo. Porque desde mi primera juventud hasta este tiempo habiendo
estado sobremanera inflamado por altísimo y noble amor (tal vez, por yo
narrarlo, bastante más de lo que parecería conveniente a mi baja condición
aunque por los discretos a cuya noticia llegó fuese alabado y reputado en mucho
[SC3]), no menos me fue grandísima fatiga sufrirlo:
ciertamente no por crueldad de la mujer amada sino por el excesivo fuego
concebido en la mente por el poco dominado apetito, el cual porque con ningún
razonable límite me dejaba estar contento, me hacía muchas veces sentir más
dolor del que había necesidad. Y en aquella angustia tanto alivio me procuraron
las afables razones de algún amigo y sus loables consuelos, que tengo la
opinión firmísima de que por haberme sucedido así no estoy muerto. Pero cuando
plugo a Aquél que, siendo infinito, dio por ley inconmovible a todas las cosas
mundanas el tener fin, mi amor, más que cualquiera otro ardiente y al cual no
había podido ni romper ni doblar ninguna fuerza de voluntad ni de consejo ni de
vergüenza evidente ni ningún peligro que pudiera seguirse de ello, disminuyó
con el tiempo, de tal guisa que sólo me ha dejado de sí mismo en la memoria
aquel placer que acostumbra ofrecer a quien no se pone a navegar en sus más
hondos piélagos, por lo que, habiendo desaparecido todos sus afanes, siento que
ha permanecido deleitoso donde en mí solía doloroso estar. Pero, aunque haya
cesado la pena, no por eso ha huido el recuerdo de los beneficios recibidos
entonces de aquéllos a quienes, por benevolencia hacia mí, les eran graves mis
fatigas; ni nunca se irá, tal como creo, sino con la muerte. Y porque la
gratitud, según lo creo, es entre las demás virtudes sumamente de alabar y su
contraria de maldecir, por no parecer ingrato me he propuesto prestar algún
alivio, en lo que puedo y a cambio de los que he recibido (ahora que puedo
llamarme libre), si no a quienes me ayudaron, que por ventura no tienen
necesidad de él por su cordura y por su buena suerte, al menos a quienes lo
hayan menester. Y aunque mi apoyo, o consuelo si queremos llamarlo así, pueda
ser y sea bastante poco para los necesitados, no deja de parecerme que deba
ofrecerse primero allí donde la necesidad parezca mayor, tanto porque será más
útil como porque será recibido con mayor deseo. ¿Y quién podrá negar que, por
pequeño que sea, no convenga darlo mucho más a las amables mujeres que a los
hombres? Ellas, dentro de los delicados pechos, temiendo y avergonzándose,
tienen ocultas las amorosas llamas (que cuán mayor fuerza tienen que las
manifiestas saben quienes lo han probado y lo prueban); y además, obligadas por
los deseos, los gustos, los mandatos de los padres, de las madres, los hermanos
y los maridos, pasan la mayor parte del tiempo confinadas en el pequeño
circuito de sus alcobas, sentadas y ociosas, y queriendo y no queriendo en un
punto, revuelven en sus cabezas diversos pensamientos que no es posible que
todos sean alegres. Y si a causa de ellos, traída por algún fogoso deseo, les
invade alguna tristeza, les es fuerza detenerse en ella con grave dolor si nuevas
razones no la remueven, sin contar con ellas son mucho menos fuertes que los
hombres; lo que no sucede a los hombres enamorados, tal como podemos ver
abiertamente nosotros. Ellos, si les aflige alguna tristeza o pensamiento
grave, tienen muchos medios de aliviarse o de olvidarlo porque, si lo quieren,
nada les impide pasear, oír y ver muchas cosas, darse a la cetrería, cazar o
pescar, jugar y mercadear, por los cuales modos todos encuentran la fuerza de
recobrar el ánimo, o en parte o en todo, y removerlo del doloroso pensamiento
al menos por algún espacio de tiempo; después del cual, de un modo o de otro, o
sobreviene el consuelo o el dolor disminuye. Por consiguiente, para que al
menos por mi parte se enmiende el pecado de la fortuna que, donde menos obligado
era, tal como vemos en las delicadas mujeres, fue más avara de ayuda, en
socorro y refugio de las que aman (porque a las otras les es bastante la aguja,
el huso y la devanadera) entiendo contar cien novelas, o fábulas o parábolas o
historias, como las queramos llamar, narradas en diez días, como
manifiestamente aparecerá, por una honrada compañía de siete mujeres y tres
jóvenes, en los pestilentes tiempos de la pasada mortandad, y algunas canciones
cantadas a su gusto por las dichas señoras. En las cuales novelas se verán
casos de amor placenteros y ásperos, así como otros azarosos acontecimientos
sucedidos tanto en los modernos tiempos como en los antiguos; de los cuales,
las ya dichas mujeres que los lean, a la par podrán tomar solaz en las cosas
deleitosas mostradas y útil consejo, por lo que podrán conocer qué ha de ser
huido e igualmente qué ha de ser seguido: cosas que sin que se les pase el
dolor no creo que puedan suceder. Y si ello sucede, que quiera Dios que así
sea, den gracias a Amor que, librándome de sus ligaduras, me ha concedido poder
atender a sus placeres.
PRIMERA JORNADA
COMIENZA LA PRIMERA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN QUE, LUEGO
DE LA EXPLICACIÓN DADA POR EL AUTOR SOBRE LA RAZÓN POR QUE ACAECIÓ QUE SE
REUNIESEN LAS PERSONAS QUE SE MUESTRAN RAZONANDO ENTRE SÍ, SE RAZONA BAJO EL
GOBIERNO DE PAMPÍNEA SOBRE LO QUE MÁS AGRADA A CADA UNO.
Cuando más graciosísimas damas, pienso cuán piadosas sois
por naturaleza, tanto más conozco que la presente obra tendrá a vuestro juicio
un principio penoso y triste, tal como es el doloroso recuerdo de aquella
pestífera mortandad pasada
[SC4], universalmente funesta y digna de llanto para todos
aquellos que la vivieron o de otro modo supieron de ella, con el que comienza.
Pero no quiero que por ello os asuste seguir leyendo como si entre suspiros y
lágrimas debieseis pasar la lectura. Este horroroso comienzo os sea no otra
cosa que a los caminantes una montaña áspera y empinada después de la cual se
halla escondida una llanura hermosísima y deleitosa que les es más placentera
cuanto mayor ha sido la dureza de la subida y la bajada. Y así como el final de
la alegría suele ser el dolor, las miserias se terminan con el gozo que las
sigue. A este breve disgusto (y digo breve porque se contiene en pocas
palabras) seguirá prontamente la dulzura y el placer que os he prometido y que
tal vez no sería esperado de tal comienzo si no lo hubiera hecho. Y en verdad
si yo hubiera podido decorosamente llevaros por otra parte a donde deseo en
lugar de por un sendero tan áspero como es éste, lo habría hecho de buena gana;
pero ya que la razón por la que sucedieron las cosas que después se leerán no
se podía manifestar sin este recuerdo, como empujado por la necesidad me
dispongo a escribirlo.
Digo, pues, que ya habían los años de la fructífera
Encarnación del Hijo de Dios
[SC5] llegado al número de mil trescientos cuarenta y ocho
cuando a la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las otras
ciudades de Italia, llegó la mortífera peste que o por obra de los cuerpos
superiores
[SC6] o por nuestras acciones inicuas fue enviada sobre
los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección que había
comenzado algunos años antes en las partes orientales privándolas de gran
cantidad de vivientes, y, continuándose sin descanso de un lugar en otro, se
había extendido miserablemente a Occidente. Y no valiendo contra ella ningún
saber ni providencia humana (como la limpieza de la ciudad de muchas
inmundicias ordenada por los encargados de ello y la prohibición de entrar en
ella a todos los enfermos y los muchos consejos dados para conservar la
salubridad) ni valiendo tampoco las humildes súplicas dirigidas a Dios por las
personas devotas no una vez sino muchas ordenadas en procesiones o de otras
maneras, casi al principio de la primavera del año antes dicho empezó
horriblemente y en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos. Y no era
como en Oriente, donde a quien salía sangre de la nariz le era manifiesto signo
de muerte inevitable, sino que en su comienzo nacían a los varones y a las
hembras semejantemente en las ingles o bajo las axilas, ciertas hinchazones que
algunas crecían hasta el tamaño de una manzana y otras de un huevo, y algunas
más y algunas menos, que eran llamadas bubas por el pueblo. Y de las dos dichas
partes del cuerpo, en poco espacio de tiempo empezó la pestífera buba a
extenderse a cualquiera de sus partes indiferentemente, e inmediatamente
comenzó la calidad de la dicha enfermedad a cambiarse en manchas negras o
lívidas que aparecían a muchos en los brazos y por los muslos y en cualquier
parte del cuerpo, a unos grandes y raras y a otros menudas y abundantes. Y así
como la buba había sido y seguía siendo indicio certísimo de muerte futura, lo
mismo eran éstas a quienes les sobrevenían. Y para curar tal enfermedad no
parecía que valiese ni aprovechase consejo de médico o virtud de medicina
alguna; así, o porque la naturaleza del mal no lo sufriese o porque la
ignorancia de quienes lo medicaban (de los cuales, más allá de los entendidos
había proliferado grandísimamente el número tanto de hombres como de mujeres
que nunca habían tenido ningún conocimiento de medicina) no supiese por qué era
movido y por consiguiente no tomase el debido remedio, no solamente eran pocos
los que curaban sino que casi todos antes del tercer día de la aparición de las
señales antes dichas, quién antes, quién después, y la mayoría sin alguna
fiebre u otro accidente, morían. Y esta pestilencia tuvo mayor fuerza porque de
los que estaban enfermos de ella se abalanzaban sobre los sanos con quienes se
comunicaban, no de otro modo que como hace el fuego sobre las cosas secas y
engrasadas cuando se le avecinan mucho. Y más allá llegó el mal: que no
solamente el hablar y el tratar con los enfermos daba a los sanos enfermedad o
motivo de muerte común, sino también el tocar los paños o cualquier otra cosa
que hubiera sido tocada o usada por aquellos enfermos, que parecía llevar
consigo aquella tal enfermedad hasta el que tocaba. Y asombroso es escuchar lo
que debo decir, que si por los ojos de muchos y por los míos propios no hubiese
sido visto, apenas me atrevería a creerlo, y mucho menos a escribirlo por muy
digna de fe que fuera la persona a quien lo hubiese oído. Digo que de tanta
virulencia era la calidad de la pestilencia narrada que no solamente pasaba del
hombre al hombre, sino lo que es mucho más (e hizo visiblemente otras muchas
veces): que las cosas que habían sido del hombre, no solamente lo contaminaban
con la enfermedad sino que en brevísimo espacio lo mataban. De lo cual mis
ojos, como he dicho hace poco, fueron entre otras cosas testigos un día porque,
estando los despojos de un pobre hombre muerto de tal enfermedad arrojados en
la vía pública, y tropezando con ellos dos puercos, y como según su costumbre
se agarrasen y le tirasen de las mejillas primero con el hocico y luego con los
dientes, un momento más tarde, tras algunas contorsiones y como si hubieran
tomado veneno, ambos a dos cayeron muertos en tierra sobre los maltratados
despojos. De tales cosas, y de bastantes más semejantes a éstas y mayores,
nacieron miedos diversos e imaginaciones en los que quedaban vivos, y casi
todos se inclinaban a un remedio muy cruel como era esquivar y huir a los
enfermos y a sus cosas; y, haciéndolo, cada uno creía que conseguía la salud
para sí mismo. Y había algunos que pensaban que vivir moderadamente y guardarse
de todo lo superfluo debía ofrecer gran resistencia al dicho accidente y,
reunida su compañía, vivían separados de todos los demás recogiéndose y
encerrándose en aquellas casas donde no hubiera ningún enfermo y pudiera
vivirse mejor, usando con gran templanza de comidas delicadísimas y de óptimos
vinos y huyendo de todo exceso, sin dejarse hablar de ninguno ni querer oír
noticia de fuera, ni de muertos ni de enfermos, con el tañer de los
instrumentos y con los placeres que podían tener se entretenían. Otros,
inclinados a la opinión contraria, afirmaban que la medicina certísima para
tanto mal era el beber mucho y el gozar y andar cantando de paseo y
divirtiéndose y satisfacer el apetito con todo aquello que se pudiese, y reírse
y burlarse de todo lo que sucediese; y tal como lo decían, lo ponían en obra
como podían yendo de día y de noche ora a esta taberna ora a la otra, bebiendo
inmoderadamente y sin medida y mucho más haciendo en los demás casos solamente
las cosas que entendían que les servían de gusto o placer. Todo lo cual podían
hacer fácilmente porque todo el mundo, como quien no va a seguir viviendo,
había abandonado sus cosas tanto como a sí mismo, por lo que las más de las casas
se habían hecho comunes y así las usaba el extraño, si se le ocurría, como las
habría usado el propio dueño. Y con todo este comportamiento de fieras, huían
de los enfermos cuanto podían. Y en tan gran aflicción y miseria de nuestra
ciudad, estaba la reverenda autoridad de las leyes, de las divinas como de las
humanas, toda caída y deshecha por sus ministros y ejecutores que, como los
otros hombres, estaban enfermos o muertos o se habían quedado tan carentes de
servidores que no podían hacer oficio alguno; por lo cual le era lícito a todo
el mundo hacer lo que le pluguiese. Muchos otros observaban, entre las dos
dichas más arriba, una vía intermedia: ni restringiéndose en las viandas como
los primeros ni alargándose en el beber y en los otros libertinajes tanto como
los segundos, sino suficientemente, según su apetito, usando de las cosas y sin
encerrarse, saliendo a pasear llevando en las manos flores, hierbas odoríferas
o diversas clases de especias, que se llevaban a la nariz con frecuencia por
estimar que era óptima cosa confortar el cerebro con tales olores contra el
aire impregnado todo del hedor de los cuerpos muertos y cargado y hediondo por
la enfermedad y las medicinas. Algunos eran de sentimientos más crueles (como
si por ventura fuese más seguro) diciendo que ninguna medicina era mejor ni tan
buena contra la peste que huir de ella; y movidos por este argumento, no
cuidando de nada sino de sí mismos, muchos hombres y mujeres abandonaron la
propia ciudad, las propias casas, sus posesiones y sus parientes y sus cosas, y
buscaron las ajenas, o al menos el campo, como si la ira de Dios no fuese a
seguirles para castigar la iniquidad de los hombres con aquella peste y
solamente fuese a oprimir a aquellos que se encontrasen dentro de los muros de
su ciudad como avisando de que ninguna persona debía quedar en ella y ser
llegada su última hora. Y aunque estos que opinaban de diversas maneras no
murieron todos, no por ello todos se salvaban, sino que, enfermándose muchos en
cada una de ellas y en distintos lugares (habiendo dado ellos mismos ejemplo
cuando estaban sanos a los que sanos quedaban) abandonados por todos,
languidecían ahora. Y no digamos ya que un ciudadano esquivase al otro y que
casi ningún vecino tuviese cuidado del otro, y que los parientes raras veces o
nunca se visitasen, y de lejos: con tanto espanto había entrado esta
tribulación en el pecho de los hombres y de las mujeres, que un hermano
abandonaba al otro y el tío al sobrino y la hermana al hermano, y muchas veces
la mujer a su marido, y lo que mayor cosa es y casi increíble, los padres y las
madres a los hijos, como si no fuesen suyos, evitaban visitar y atender. Por lo
que a quienes enfermaban, que eran una multitud inestimable, tanto hombres como
mujeres, ningún otro auxilio les quedaba que o la caridad de los amigos, de los
que había pocos, o la avaricia de los criados que por gruesos salarios y
abusivos contratos servían, aunque con todo ello no se encontrasen muchos y los
que se encontraban fuesen hombres y mujeres de tosco ingenio, y además no
acostumbrados a tal servicio, que casi no servían para otra cosa que para
llevar a los enfermos algunas cosas que pidiesen o mirarlos cuando morían; y
sirviendo en tal servicio, se perdían ellos muchas veces con lo ganado. Y de
este ser abandonados los enfermos por los vecinos, los parientes y los amigos,
y de haber escasez de sirvientes se siguió una costumbre no oída antes: que a
ninguna mujer por bella o gallarda o noble que fuese, si enfermaba, le
importaba tener a su servicio a un hombre, como fuese, joven o no, ni mostrarle
sin ninguna vergüenza todas las partes de su cuerpo no de otra manera que
hubiese hecho a otra mujer, si se lo pedía la necesidad de su enfermedad; lo
que en aquellas que se curaron fue razón de honestidad menor en el tiempo que
sucedió. Y además, se siguió de ello la muerte de muchos que, por ventura, si
hubieran sido ayudados se habrían salvado; de los que, entre el defecto de los
necesarios servicios que los enfermos no podían tener y por la fuerza de la
peste, era tanta en la ciudad la multitud de los que de día y de noche morían,
que causaba estupor oírlo decir, cuanto más mirarlo. Por lo cual, casi por
necesidad, cosas contrarias a las primeras costumbres de los ciudadanos
nacieron entre quienes quedaban vivos. Era costumbre, así como ahora vemos
hacer, que las mujeres parientes y vecinas se reuniesen en la casa del muerto,
y allí, con aquellas que más le tocaban, lloraban; y por otra parte delante de
la casa del muerto con sus parientes se reunían sus vecinos y muchos otros
ciudadanos, y según la calidad del muerto allí venía el clero, y él en hombros
de sus iguales, con funeral pompa de cera y cantos, a la iglesia elegida por él
antes de la muerte era llevado. Las cuales cosas, luego que empezó a subir la
ferocidad de la peste, o en todo o en su mayor parte cesaron casi y otras
nuevas sobrevivieron en su lugar. Por lo que no solamente sin tener muchas
mujeres alrededor se morían las gentes sino que eran muchos los que de esta
vida pasaban a la otra sin testigos; y poquísimos eran aquellos a quienes los
piadosos llantos y las amargas lágrimas de sus parientes fuesen concedidas,
sino que en lugar de ellas eran por los más acostumbradas las risas y las
agudezas y el festejar en compañía; la cual costumbre las mujeres, en gran
parte pospuesta la femenina piedad a su salud, habían aprendido óptimamente. Y
eran raros aquellos cuerpos que fuesen por más de diez o doce de sus vecinos
acompañados a la iglesia; a los cuales no llevaban sobre los hombros los
honrados y amados ciudadanos, sino una especie de sepultureros salidos de la
gente baja que se hacían llamar faquines y hacían este servicio a sueldo
poniéndose debajo del ataúd y, llevándolo con presurosos pasos, no a aquella
iglesia que hubiese antes de la muerte dispuesto, sino a la más cercana la
mayoría de las veces lo llevaban, detrás de cuatro o seis clérigos con pocas
luces y a veces sin ninguna; los que, con la ayuda de los dichos faquines, sin
cansarse en un oficio demasiado largo o solemne, en cualquier sepultura desocupada
encontrada primero lo metían. De la gente baja, y tal vez de la mediana, el
espectáculo estaba lleno de mucha mayor miseria, porque éstos, o por la
esperanza o la pobreza retenidos la mayoría en sus casas, quedándose en sus
barrios, enfermaban a millares por día, y no siendo ni servidos ni ayudados por
nadie, sin redención alguna morían todos. Y bastantes acababan en la vía
pública, de día o de noche; y muchos, si morían en sus casas, antes con el
hedor corrompido de sus cuerpos que de otra manera, hacían sentir a los vecinos
que estaban muertos; y entre éstos y los otros que por toda parte morían, una
muchedumbre. Era sobre todo observada una costumbre por los vecinos, movidos no
menos por el temor de que la corrupción de los muertos no los ofendiese que por
el amor que tuvieran a los finados. Ellos, o por sí mismos o con ayuda de
algunos acarreadores cuando podían tenerla, sacaban de sus casas los cuerpos de
los ya finados y los ponían delante de sus puertas (donde, especialmente por la
mañana, hubiera podido ver un sinnúmero de ellos quien se hubiese paseado por
allí) y allí hacían venir los ataúdes, y hubo tales a quienes por defecto de
ellos pusieron sobre alguna tabla. Tampoco fue un solo ataúd el que se llevó
juntas a dos o tres personas; ni sucedió una vez sola sino que se habrían
podido contar bastantes de los que la mujer y el marido, los dos o tres
hermanos, o el padre y el hijo, o así sucesivamente, contuvieron. Y muchas
veces sucedió que, andando dos curas con una cruz a por alguno, se pusieron
tres o cuatro ataúdes, llevados por acarreadores, detrás de ella; y donde los
curas creían tener un muerto para sepultar, tenían seis u ocho, o tal vez más.
Tampoco eran éstos con lágrimas o luces o compañía honrados, sino que la cosa
había llegado a tanto que no de otra manera se cuidaba de los hombres que
morían que se cuidaría ahora de las cabras; por lo que apareció asaz
manifiestamente que aquello que el curso natural de las cosas no había podido
con sus pequeños y raros daños mostrar a los sabios que se debía soportar con
paciencia, lo hacía la grandeza de los males aún con los simples, desaprensivos
y despreocupados. A la gran multitud de muertos mostrada que a todas las
iglesias, todos los días y casi todas las horas, era conducida, no bastando la
tierra sagrada a las sepulturas (y máxime queriendo dar a cada uno un lugar
propio según la antigua costumbre), se hacían por los cementerios de las
iglesias, después que todas las partes estaban llenas, fosas grandísimas en las
que se ponían a centenares los que llegaban, y en aquellas estibas, como se
ponen las mercancías en las naves en capas apretadas, con poca tierra se
recubrían hasta que se llegaba a ras de suelo. Y por no ir buscando por la
ciudad todos los detalles de nuestras pasadas miserias en ella sucedidas, digo
que con un tiempo tan enemigo que corrió ésta, no por ello se ahorró algo al
campo circundante; en el cual, dejando los burgos, que eran semejantes, en su
pequeñez, a la ciudad, por las aldeas esparcidas por él y los campos, los labradores
míseros y pobres y sus familias, sin trabajo de médico ni ayuda de servidores,
por las calles y por los collados y por las casas, de día o de noche
indiferentemente, no como hombres sino como bestias morían. Por lo cual, éstos,
disolutas sus costumbres como las de los ciudadanos, no se ocupaban de ninguna
de sus cosas o haciendas; y todos, como si esperasen ver venir la muerte en el
mismo día, se esforzaban con todo su ingenio no en ayudar a los futuros frutos
de los animales y de la tierra y de sus pasados trabajos, sino en consumir los
que tenían a mano. Por lo que los bueyes, los asnos, las ovejas, las cabras,
los cerdos, los pollos y hasta los mismos perros fidelísimos al hombre, sucedió
que fueron expulsados de las propias casas y por los campos, donde las cosechas
estaban abandonadas, sin ser no ya recogidas sino ni siquiera segadas, iban
como más les placía; y muchos, como racionales, después que habían pastado bien
durante el día, por la noche se volvían saciados a sus casas sin ninguna guía
de pastor. ¿Qué más puede decirse, dejando el campo y volviendo a la ciudad,
sino que tanta y tal fue la crueldad del cielo, y tal vez en parte la de los
hombres, que entre la fuerza de la pestífera enfermedad y por ser muchos
enfermos mal servidos o abandonados en su necesidad por el miedo que tenían los
sanos, a más de cien mil criaturas humanas, entre marzo y el julio siguiente,
se tiene por cierto que dentro de los muros de Florencia les fue arrebatada la
vida, que tal vez antes del accidente mortífero no se habría estimado haber
dentro tantas? ¡Oh cuántos grandes palacios, cuántas bellas casas, cuántas
nobles moradas llenas por dentro de gentes, de señores y de damas, quedaron
vacías hasta del menor infante! ¡Oh cuántos memorables linajes, cuántas
amplísimas herencias, cuántas famosas riquezas se vieron quedar sin sucesor
legítimo! ¡Cuántos valerosos hombres, cuántas hermosas mujeres, cuántos jóvenes
gallardos a quienes no otros que Galeno, Hipócrates o Esculapio hubiesen
juzgado sanísimos, desayunaron con sus parientes, compañeros y amigos, y
llegada la tarde cenaron con sus antepasados en el otro mundo!
A mí mismo me disgusta andar revolviéndome tanto entre
tantas miserias; por lo que, queriendo dejar aquella parte de las que
convenientemente puedo evitar, digo que, estando en estos términos nuestra
ciudad de habitantes casi vacía, sucedió, así como yo después oí a una persona
digna de fe, que en la venerable iglesia de Santa María la Nueva, un martes de
mañana, no habiendo casi ninguna otra persona, oídos los divinos oficios en
hábitos de duelo, como pedían semejantes tiempos, se encontraron siete mujeres
jóvenes, todas entre sí unidas o por amistad o por vecindad o por parentesco,
de las cuales ninguna había pasado el vigésimo año ni era menor de dieciocho,
discretas todas y de sangre noble y hermosas de figura y adornadas con ropas y
honestidad gallarda. Sus nombres diría yo debidamente si una justa razón no me
impidiese hacerlo, que es que no quiero que por las cosas contadas de ellas que
se siguen, y por lo escuchado, ninguna pueda avergonzarse en el tiempo por
venir, estando hoy un tanto restringidas las leyes del placer que entonces, por
las razones antes dichas, eran no ya para su edad sino para otra mucho más
madura amplísimas; ni tampoco dar materia a los envidiosos (prestos a mancillar
toda vida loable), de disminuir en ningún modo la honestidad de las valerosas
[SC7] mujeres en conversaciones desconsideradas. Pero, sin
embargo, para que aquello que cada una dijese se pueda comprender pronto sin
confusión, con nombres convenientes a la calidad de cada una, o en todo o en
parte, entiendo llamarlas; de las cuales a la primera, y la que era de más
edad, llamaremos Pampínea y a la segunda Fiameta, Filomena a la tercera y a la
cuarta Emilia, y después Laureta diremos a la quinta, y a la sexta Neifile, y a
la última, no sin razón, llamaremos Elisa
[SC8]. Las cuales, no ya movidas por algún propósito sino
por el acaso, se reunieron en una de las partes de la iglesia como dispuestas a
sentarse en corro, y luego de muchos suspiros, dejando de rezar padrenuestros,
comenzaron a discurrir sobre la condición de los tiempos muchas y variadas
cosas; y luego de algún espacio, callando las demás, así empezó a hablar
Pampínea:
—Vosotras podéis, queridas señoras, tanto como yo haber
oído muchas veces que a nadie ofende quien honestamente hace uso de su derecho.
Natural derecho es de todos los que nacen ayudar a conservar y defender su
propia vida tanto cuanto pueden, y concededme esto, puesto que alguna vez ya ha
sucedido que, por conservarla, se hayan matado hombres sin ninguna culpa. Y si
esto conceden las leyes, a cuya solicitud está el buen vivir de todos los
mortales, ¡cuán mayormente es honesto que, sin ofender a nadie, nosotras y
cualquiera otro, tomemos los remedios que podamos para la conservación de
nuestra vida! Siempre que me pongo a considerar nuestras acciones de esta
mañana y de las ya pasadas y pienso cuántos y cuáles son nuestros pensamientos,
comprendo, y vosotras de igual modo lo podéis comprender, que cada una de
nosotras tema por sí misma; y no me maravillo por ello, sino que me maravillo
de que sucediéndonos a todas tener sentimiento de mujer, no tomemos alguna
compensación de aquello que fundadamente tememos. Estamos viviendo aquí, a mi
parecer, no de otro modo que si quisiésemos y debiésemos ser testigos de
cuantos cuerpos muertos se llevan a la sepultura, o escuchar si los frailes de
aquí dentro (el número de los cuales casi ha llegado a cero) cantan sus oficios
a las horas debidas, o mostrar a cualquiera que aparezca, por nuestros hábitos,
la calidad y la cantidad de nuestras miserias. Y, si salimos de aquí, o vemos
cuerpos muertos o enfermos llevados por las calles, o vemos aquellos a quienes
por sus delitos la autoridad de las públicas leyes condenó al exilio,
escarneciéndolas porque oyeron que sus ejecutores estaban muertos o enfermos, y
con descompensado ímpetu recorriendo la ciudad, o a las heces de nuestra
ciudad, enardecidas con nuestra sangre, llamarse faquines y en ultraje nuestro
andar cabalgando y discurriendo por todas partes, acusándonos de nuestros males
con deshonestas canciones. Y no otra cosa oímos sino «los tales son muertos», y
«los otros tales están muriéndose»; y si hubiera quien pudiese hacerlo, por
todas partes oiríamos dolorosos llantos. Y si a nuestras casas volvemos, no sé
si a vosotras como a mí os sucede: yo, de mucha familia, no encontrando otra
persona en ella que a mi criada, empavorezco y siento que se me erizan los
cabellos, y me parece, dondequiera que voy o me quedo, ver la sombra de los que
han fallecido, y no con aquellos rostros que solían sino con un aspecto
horrible, no sé en dónde extrañamente adquirido, espantarme. Por todo lo cual,
aquí y fuera de aquí, y en casa, me siento mal, y tanto más ahora cuando me
parece que no hay persona que aún tenga pulso y lugar donde ir, como tenemos
nosotras, que se haya quedado aquí salvo nosotras. Y he oído y visto muchas
veces que si algunos quedan, aquéllos, sin hacer distinción alguna entre las
cosas honestas y las que no lo son, sólo con que el apetito se lo pida, y solos
y acompañados, de día o de noche, hacen lo que mejor se les ofrece; y no sólo
las personas libres sino también las encerradas en monasterios, persuadiéndose
de que les conviene aquello que en los otros no desdice, rotas las leyes de la
obediencia, se dan a deleites carnales, de tal guisa pensando salvarse, y se
han hecho lascivas y disolutas. Y si así es, como manifiestamente se ve, ¿qué
hacemos aquí nosotras?, ¿qué esperamos?, ¿qué soñamos? ¿Por qué somos más
perezosas y lentas en nuestra salvación que todos los demás ciudadanos? ¿Nos
reputamos de menor valor que todos los demás?, ¿o creemos que nuestra vida está
atada con cadenas más fuertes a nuestro cuerpo que la de los otros, y así no
debemos pensar que nada tenga fuerza para ofenderla? Estamos equivocadas, nos
engañamos, qué brutalidad es la nuestra si lo creemos así, cuantas veces
queramos recordar cuántos y cuáles han sido los jóvenes y las mujeres vencidos
por esta cruel pestilencia, tendremos una demostración clarísima. Y por ello, a
fin de que por repugnancia o presunción no caigamos en aquello de lo que por
ventura, queriéndolo, podremos escapar de algún modo, no sé si os parecerá a
vosotras lo que a mí me parece: yo juzgaría óptimamente que, tal como estamos,
y así como muchos han hecho antes que nosotras y hacen, saliésemos de esta
tierra, y huyendo como de la muerte los deshonestos ejemplos ajenos,
honestamente fuésemos a estar en nuestras villas campestres (en que todas
abundamos) y allí aquella fiesta, aquella alegría y aquel placer que pudiésemos
sin traspasar en ningún punto el límite de lo razonable, lo tomásemos
[SC9]. Allí se oye cantar los pajarillos, se ve verdear
los collados y las llanuras, y a los campos llenos de mieses ondear no de otro
modo que el mar y muchas clases de árboles, y el cielo más abiertamente; el
cual, por muy enojado que esté, no por ello nos niega sus bellezas eternas, que
mucho más bellas son de admirar que los muros vacíos de nuestra ciudad. Y es
allí, a más de esto, el aire asaz más fresco, y de las cosas que son necesarias
a la vida en estos tiempos hay allí más abundancia, y es menor el número de las
enojosas: porque allí, aunque también mueran los labradores como aquí los
ciudadanos, el disgusto es tanto menor cuanto más raras son las casas y los
habitantes que en la ciudad. Y aquí, por otra parte, si veo bien, no
abandonamos a nadie, antes podemos con verdad decir que fuimos abandonadas:
porque los nuestros, o muriendo o huyendo de la muerte, como si no fuésemos
suyas nos han dejado en tanta aflicción. Ningún reproche puede hacerse, por
consiguiente, a seguir tal consejo, mientras que el dolor y el disgusto, y tal
vez la muerte, podrían acaecernos si no lo seguimos. Y por ello, si os parece,
tomando nuestras criadas y haciéndonos seguir de las cosas oportunas, hoy en
este sitio y mañana en aquél, la alegría y la fiesta que en estos tiempos se
pueda creo que estará bien que gocemos; y que permanezcamos de esta guisa hasta
que veamos (si primero la muerte no nos alcanza) qué fin reserva el cielo a
estas cosas. Y recordad que no desdice de nosotras irnos honestamente cuando
gran parte de los otros deshonestamente se quedan.
Habiendo escuchado a Pampínea las otras mujeres, no
solamente alabaron su razonamiento sino que, deseosas de seguirlo, habían ya
entre sí empezado a considerar el modo de llevarlo a cabo, como si al
levantarse de donde estaban sentadas inmediatamente debieran ponerse en camino.
Pero Filomena, que era discretísima, dijo:
—Señoras, por muy óptimamente dicho que haya estado el
razonamiento de Pampínea, no por ello es cosa de correr a hacerlo así como
parece que queréis. Os recuerdo que somos todas mujeres y no hay ninguna tan
moza que no pueda conocer bien cómo se saben gobernar las mujeres juntas y sin
la providencia de algún hombre. Somos volubles, alborotadoras, suspicaces,
pusilánimes y miedosas
[SC10], cosas por las que mucho dudo que, si no tomamos
otra guía más que la nuestra, no se disuelva esta compañía mucho antes y con
menos honor para nosotras de lo que sería menester: y por ello bueno es tomar
providencias antes de empezar.
Dijo entonces Elisa:
—En verdad los hombres son cabeza de la mujer y sin su
dirección raras veces llega alguna de nuestras obras a un fin loable: pero
¿cómo podemos encontrar esos hombres? Todas sabemos que de los nuestros están
la mayoría muertos, y los otros que viven se han quedado uno aquí otro allá en
distinta compañía, sin que sepamos dónde, huyéndole a aquello de que nosotras
queremos huir, y el admitir a extraños no sería conveniente; por lo que, si
queremos correr tras la salud, nos conviene encontrar el modo de organizarnos
de tal manera que de aquello en lo que queremos encontrar deleite y reposo no
se siga disgusto y escándalo.
Mientras entre las mujeres andaban estos razonamientos, he
aquí que entran en la iglesia tres jóvenes, que no lo eran tanto que no fuese
de menos de veinticinco años la edad del más joven: ni la calidad y perversidad
de los tiempos, ni la pérdida de amigos y de parientes, ni el temor por sí
mismos había podido no sólo extinguir el amor en ellos sino ni aun enfriarlos.
De los cuales uno era llamado Pánfilo y Filostrato el segundo y el último
Dioneo
[SC11], todos afables y corteses; y andaban buscando, como
su mayor consuelo en tanta perturbación de las cosas, ver a sus damas, las
cuales estaban las tres por ventura entre las ya dichas siete, y de las demás
eran parientes de alguno de ellos. Pero primero llegaron ellos a los ojos de
éstas que éstas fueron vistas por ellos; por lo que Pampínea, entonces,
sonriéndose comenzó:
—He aquí que la fortuna es favorable a nuestros comienzos
y nos ha puesto delante a estos jóvenes discretos y valerosos que nos harán con
gusto de guías y servidores si no dejamos de tomarles para este oficio.
Neifile, entonces, que toda se había sonrojado de
vergüenza porque era una de las amadas por los jóvenes, dijo:
—Pampínea, por Dios, mira lo que dices. Reconozco
abiertamente que nada más que cosas todas buenas pueden decirse de cualquiera
de ellos, y los creo capaces de muchas mayores cosas de las que son necesarias
para éstas, y semejantemente creo que pueden ofrecer buena y honesta compañía
no solamente a nosotras sino a otras mucho más hermosas y estimadas de lo que
nosotras somos; pero como es cosa manifiesta que están enamorados de algunas de
las que aquí están, temo que se siga difamación y reproches, sin nuestra culpa
o la suya, si los llevamos con nosotras.
Dijo entonces Filomena:
—Eso poca monta; allá donde yo honestamente viva y no me
remuerda de nada la conciencia, hable quien quiera en contra: Dios y la verdad
tomarán por mí las armas. Pues, si estuviesen dispuestos a venir podríamos
decir en verdad, como Pampínea dijo, que la fortuna es favorable a nuestra
partida.
Las demás, oyendo a éstas hablar así, no solamente se
callaron sino que con sentimiento concorde dijeron todas que fuesen llamados y
se les dijese su intención; y se les rogase que quisieran tenerlas compañía en
el dicho viaje. Por lo que, sin más palabras, poniéndose en pie Pampínea, que
por consanguinidad era pariente de uno de ellos, se dirigió hacia ellos, que
estaban parados mirándolas y, saludándolos con alegre gesto, les hizo
manifiesta su intención y les rogó en nombre de todas que con puro y fraternal
ánimo se quisiesen disponer a tenerlas compañía. Los jóvenes creyeron primero
que se burlaba, pero después que vieron que la dama hablaba en serio declararon
alegremente que estaban prontos, y sin poner dilación al asunto, a fin de que
partiesen, dieron órdenes de lo que había que hacer para disponer la partida. Y
ordenadamente haciendo aparejar todas las cosas oportunas y mandadas ya a donde
ellos querían ir, la mañana siguiente, esto es, el miércoles, al clarear el
día, las mujeres con algunas de sus criadas y los tres jóvenes con tres de sus
sirvientes, saliendo de la ciudad, se pusieron en camino, y no más de dos
pequeñas millas se habían alejado de ella cuando llegaron al lugar primeramente
decidido.
Estaba tal lugar sobre una pequeña montaña, por todas
partes alejado algo de nuestros caminos, con diversos arbustos y plantas todas
pobladas de verdes frondas agradable de mirar; en su cima había una villa con
un grande y hermoso patio en medio, y con galerías y con salas y con alcobas
todas ellas bellísimas y adornadas con alegres pinturas dignas de ser miradas,
con pradecillos en torno y con jardines maravillosos y con pozos de agua
fresquísima y con bodegas llenas de preciosos vinos: cosas más apropiadas para
los bebedores consumados que para las sobrias y honradas mujeres. La cual, bien
barrida y con las alcobas y las camas hechas, y llena de cuantas flores se
podían tener en la estación, y alfombrada con esparcidas ramas de juncos, halló
la compañía que llegaba, con no poco placer por su parte. Y al reunirse por
primera vez, dijo Dioneo, que más que ningún otro joven era agradable y lleno
de agudeza:
—Señoras, vuestra discreción más que nuestra previsión nos
ha guiado aquí; yo no sé qué es lo que intentáis hacer de vuestros
pensamientos: los míos los dejé yo dentro de las puertas de la ciudad cuando
con vosotras hace poco me salí de ella, y por ello o vosotras os disponéis a
solazaros y a reír y a cantar conmigo (tanto, digo, como conviene a vuestra
dignidad) o me dais licencia para que a por mis pensamientos retorne y me quede
en aquella ciudad atribulada.
A lo que Pampínea, no de otro modo que si semejantemente
hubiese arrojado de sí todos los suyos, contestó alegre:
—Dioneo, óptimamente hablas: hemos de vivir festivamente
pues no otra cosa que las tristezas nos han hecho huir. Pero como las cosas que
no tienen orden no pueden durar largamente, yo que fui la iniciadora de los
rozamientos por los que se ha formado esta buena compañía, pensando en la
continuación de nuestra alegría, estimo que es de necesidad elegir entre
nosotros a alguno como más principal a quien honremos y obedezcamos como a
mayor, todos cuyos pensamientos se dirijan por el cuidado de hacernos vivir alegremente.
Y para que todos prueben el peso de las preocupaciones junto con el placer de
la autoridad, y por consiguiente, llevado de una parte a la otra, no pueda
quien no lo prueba sentir envidia alguna, digo que a cada uno por un día se
atribuya el peso y con él el honor, y quien sea el primero de nosotros se deba
a la elección de todos; los que le sucedan, al acercarse la hora del
crepúsculo, sean aquel o aquella que plazca a quien aquel día haya tenido tal
señorío, y este tal, según su arbitrio, durante el tiempo de su señorío, del
lugar y el modo en el que hayamos de vivir, ordene y disponga.
Estas palabras agradaron grandemente y a una voz la
eligieron por reina del primer día, y Filomena, corriendo prestamente hacia un
laurel, porque muchas veces había oído hablar de cuán grande honor sus frondas
eran dignas y cuán digno honor hacían a quien era con ellas meritoriamente
coronado, cogiendo algunas ramas, hizo una guirnalda honrosa y bien arreglada
que, poniéndosela en la cabeza, fue, mientras duró aquella compañía, manifiesto
signo a todos los demás del real señorío y preeminencia.
Pampínea, hecha reina, mandó que todos callasen, habiendo
hecho ya llamar allí a los servidores de los tres jóvenes y a sus criadas; y
callando todos, dijo:
—Para dar primero ejemplo a todos vosotros para que,
procediendo de bien en mejor, nuestra compañía con orden y con placer y sin
ningún deshonor viva y dure cuanto lo deseemos, nombro primeramente a Pármeno
[SC12], criado de Dioneo, mi senescal, y a él encomiendo
el cuidado y la solicitud por toda nuestra familia y lo que pertenece al
servicio de la sala. Sirisco, criado de Pánfilo, quiero que sea administrador y
tesorero y que siga las órdenes de Pármeno. Tíndaro, al servicio de Filostrato
y de los otros dos, que se ocupe de sus alcobas cuando los otros, ocupados en
sus oficios, no puedan ocuparse. Misia, mi criada, y Licisca, de Filomena,
estarán continuamente en la cocina y aparejarán diligentemente las viandas que
por Pármeno le sean ordenadas. Quimera, de Laureta, y Estratilia, de Fiameta,
queremos que estén pendientes del gobierno de las alcobas de las damas y de la
limpieza de los lugares donde estemos. Y a todos en general, por cuanto estimen
nuestra gracia, queremos y les ordenamos que se guarden, dondequiera que vayan,
de dondequiera que vuelvan, cualquier cosa que sea lo que oigan o vean, de
traer de fuera ninguna noticia que no sea alegre. —Y dadas sumariamente estas
órdenes, que fueron de todos encomiadas, enderezándose, alegres en pie, dijo—:
Aquí hay jardines, aquí hay prados, aquí hay otros lugares muy deleitosos, por
los cuales vaya cada uno a su gusto solazándose; y al oír el toque de tercia,
todos estén aquí para comer con la fresca.
Despedida, pues, por la reciente reina, la alegre
compañía, los jóvenes junto con las bellas mujeres, hablando de cosas
agradables, con lento paso, se fueron por un jardín haciéndose bellas
guirnaldas de varias frondas y cantando amorosamente. Y luego de haberse
demorado así cuanto espacio les había sido concedido por la reina, vueltos a
casa, encontraron que Pármeno había dado diligentemente principio a su oficio,
por lo que, al entrar en una sala de la planta baja, allí vieron las mesas
puestas con manteles blanquísimos y con vasos que parecían de plata, y todas
las cosas cubiertas de flores y de ramas de hiniesta; por lo que, dada el agua
a las manos, como gustó a la reina, según el juicio de Pármeno, todos fueron a
sentarse. Las viandas delicadamente hechas llegaron y fueron aprestados vinos
finísimos, y sin más, en silencio los tres servidores sirvieron las mesas.
Alegrados todos por estas cosas, que eran bellas y ordenadas, con placentero
ingenio y con fiesta comieron; y levantadas las mesas, como sucedía que todas
las damas sabían bailar las danzas de carola, y también los jóvenes, y parte de
ellos tocar y cantar óptimamente, mandó la reina que viniesen los instrumentos:
y por su mandato, Dioneo tomó un laúd y Fiameta una viola, comenzando a tocar
suavemente una danza. Por lo que la reina, con las otras damas, cogiéndose de
la mano en corro con los jóvenes, con lento paso, mandados a comer los
sirvientes, empezaron una carola: y cuando la terminaron, a cantar canciones
amables y alegres. Y de este modo estuvieron tanto tiempo que a la reina le
pareció que debían ir a dormir; por lo que, dando a todos licencia, los tres
jóvenes a sus alcobas, separadas de las de las mujeres, se fueron; las cuales
con las camas bien hechas y tan llenas de flores como la sala encontraron; y
semejantemente las suyas las damas, por lo que, desnudándose se fueron a
reposar.
No hacía mucho que había sonado nona cuando la reina,
levantándose, hizo levantar a las demás y de igual modo a los jóvenes,
afirmando que era nocivo dormir demasiado de día; y así se fueron a un
pradecillo en que la hierba era verde y alta y el sol no podía entrar por
ninguna parte; y allí, donde se sentía un suave vientecillo, todos se sentaron
en corro sobre la verde hierba así como la reina quiso. Y ella les dijo:
—Como veis, el sol está alto y el calor es grande, y nada
se oye sino las cigarras arriba en los olivos, por lo que ir ahora a cualquier
lugar sería sin duda necedad. Aquí es bueno y fresco estar y hay, como veis,
tableros y piezas de ajedrez, y cada uno puede, según lo que a su ánimo le dé
más placer, encontrar deleite. Pero si en esto se siguiera mi parecer, no
jugando, en lo que el ánimo de una de las partes ha de turbarse sin demasiado
placer de la otra o de quien está mirando, sino novelando (con lo que, hablando
uno, toda la compañía que le escucha toma deleite) pasaríamos esta caliente
parte del día. Cuando terminaseis cada uno de contar una historia, el sol
habría declinado y disminuido el calor, y podríamos a donde más gusto nos diera
ir a entretenernos; y por ello, si esto que he dicho os place (ya que estoy
dispuesta a seguir vuestro gusto), hagámoslo; y si no os pluguiese, haga cada
uno lo que más le guste hasta la hora de vísperas.
Las mujeres por igual y todos los hombres alabaron el
novelar.
—Entonces —dijo la reina—, si ello os place, por esta
primera jornada quiero que cada uno hable de lo que más le guste.
Y vuelta a Pánfilo, que se sentaba a su derecha,
amablemente le dijo que con una de sus historias diese principio a las demás; y
Pánfilo, oído el mandato, prestamente, y siendo escuchado por todos, empezó
así:
NOVELA PRIMERA
El seor Cepparello
[SC13] engaña a un santo fraile con una falsa confesión y
muere después, y habiendo sido un hombre malvado en vida, es, muerto, reputado
por santo y llamado San Ciapelletto.
Conviene, carísimas señoras, que a todo lo que el hombre
hace le dé principio con el nombre de Aquél que fue de todos hacedor; por lo
que, debiendo yo el primero dar comienzo a nuestro novelar, entiendo comenzar
con uno de sus maravillosos hechos para que, oyéndolo, nuestra esperanza en él
como en cosa inmutable se afirme, y siempre sea por nosotros alabado su nombre.
Manifiesta cosa es que, como las cosas temporales son
todas transitorias y mortales, están en sí y por fuera de sí llenas de dolor,
de angustia y de fatiga, y sujetas a infinitos peligros; a los cuales no
podremos nosotros sin algún error, los que vivimos mezclados con ellas y somos
parte de ellas, resistir ni hacerles frente, si la especial gracia de Dios no
nos presta fuerza y prudencia. La cual, a nosotros y en nosotros no es de creer
que descienda por mérito alguno nuestro, sino por su propia benignidad movida y
por las plegarias impetradas de aquellos que, como lo somos nosotros, fueron
mortales y, habiendo seguido bien sus gustos mientras tuvieron vida, ahora se
han transformado con él en eternos y bienaventurados; a los cuales nosotros
mismos, como a procuradores informados por experiencia de nuestra fragilidad, y
tal vez no atreviéndonos a mostrar nuestras plegarias ante la vista de tan
grande juez, les rogamos por las cosas que juzgamos oportunas. Y aún más en Él,
lleno de piadosa liberalidad hacia nosotros, señalemos que, no pudiendo la
agudeza de los ojos mortales traspasar en modo alguno el secreto de la divina
mente, a veces sucede que, engañados por la opinión, hacemos procuradores ante
su majestad a gentes que han sido arrojadas por Ella al eterno exilio; y no por
ello Aquél a quien ninguna cosa es oculta (mirando más a la pureza del orante
que a su ignorancia o al exilio de aquél a quien le ruega) como si fuese
bienaventurado ante sus ojos, deja de escuchar a quienes le ruegan. Lo que
podrá aparecer manifiestamente en la novela que entiendo contar:
manifiestamente, digo, no el juicio de Dios sino el seguido por los hombres.
Se dice, pues, que habiéndose Musciatto Franzesi
[SC14] convertido, de riquísimo y gran mercader en
Francia, en caballero, y debiendo venir a Toscana con micer Carlos Sin Tierra
[SC15], hermano del rey de Francia, que fue llamado y
solicitado por el papa Bonifacio, dándose cuenta de que sus negocios estaban,
como muchas veces lo están los de los mercaderes, muy intrincados acá y allá, y
que no se podían de ligero ni súbitamente desintrincar, pensó encomendarlos a
varias personas, y para todos encontró cómo; fuera de que le quedó la duda de a
quién dejar pudiese capaz de rescatar los créditos hechos a varios borgoñones.
Y la razón de la duda era saber que los borgoñones son
litigiosos y de mala condición y desleales, y a él no le venía a la cabeza
quién pudiese haber tan malvado en quien pudiera tener alguna confianza para
que pudiese oponerse a su perversidad. Y después de haber estado pensando
largamente en este asunto, le vino a la memoria un seor Cepparello de Prato que
muchas veces se hospedaba en su casa de París, que porque era pequeño de
persona y muy acicalado, no sabiendo los franceses qué quería decir Cepparello,
y creyendo que vendría a decir capelo, es decir, guirnalda, como en su romance,
porque era pequeño como decimos, no Chapelo, sino Ciappelletto le llamaban: y
por Ciappelletto era conocido en todas partes, donde pocos como Cepparello le
conocían. Era este Ciappelletto de esta vida: siendo notario, sentía grandísima
vergüenza si alguno de sus instrumentos (aunque fuesen pocos) no fuera falso;
de los cuales hubiera hecho tantos como le hubiesen pedido gratuitamente, y con
mejor gana que alguno de otra clase muy bien pagado. Declaraba en falso con
sumo gusto, tanto si se le pedía como si no; y dándose en aquellos tiempos en
Francia grandísima fe a los juramentos, no preocupándose por hacerlos falsos,
vencía malvadamente en tantas causas cuantas le pidiesen que jurara decir
verdad por su fe.
Tenía otra clase de placeres (y mucho se empeñaba en ello)
en suscitar entre amigos y parientes y cualesquiera otras personas, males y
enemistades y escándalos, de los cuales cuantos mayores males veía seguirse,
tanta mayor alegría sentía. Si se le invitaba a algún homicidio o a cualquier
otro acto criminal, sin negarse nunca, de buena gana iba y muchas veces se
encontró gustosamente hiriendo y matando hombres con las propias manos. Gran
blasfemador era contra Dios y los santos, y por cualquier cosa pequeña, como
que era iracundo más que ningún otro. A la iglesia no iba jamás, y a todos sus
sacramentos como a cosa vil escarnecía con abominables palabras; y por el
contrario las tabernas y los otros lugares deshonestos visitaba de buena gana y
los frecuentaba. A las mujeres era tan aficionado como lo son los perros al
bastón, con su contrario más que ningún otro hombre flaco se deleitaba. Habría
hurtado y robado con la misma conciencia con que oraría un santo varón.
Golosísimo y gran bebedor hasta a veces sentir repugnantes náuseas; era solemne
jugador con dados trucados.
Mas ¿por qué me alargo en tantas palabras? Era el peor
hombre, tal vez, que nunca hubiese nacido. Y su maldad largo tiempo la sostuvo
el poder y la autoridad de micer Musciatto, por quien muchas veces no sólo de
las personas privadas a quienes con frecuencia injuriaba sino también de la
justicia, a la que siempre lo hacía, fue protegido.
Venido, pues, este seor Cepparello a la memoria de micer
Musciatto, que conocía óptimamente su vida, pensó el dicho micer Musciatto que
éste era el que necesitaba la maldad de los borgoñones; por lo que, llamándole,
le dijo así:
—Seor Ciappelletto, como sabes, estoy por retirarme del
todo de aquí y, teniendo entre otros que entenderme con los borgoñones, hombres
llenos de engaño, no sé quién pueda dejar más apropiado que tú para rescatar de
ellos mis bienes; y por ello, como tú al presente nada estás haciendo, si
quieres ocuparte de esto entiendo conseguirte el favor de la corte y darte
aquella parte de lo que rescates que sea conveniente.
Seor Cepparello, que se veía desocupado y mal provisto de
bienes mundanos y veía que se iba quien su sostén y auxilio había sido durante
mucho tiempo, sin ningún titubeo y como empujado por la necesidad se decidió
sin dilación alguna, como obligado por la necesidad y dijo que quería hacerlo
de buena gana. Por lo que, puestos de acuerdo, recibidos por seor Ciappelletto
los poderes y las cartas credenciales del rey, partido micer Musciatto, se fue
a Borgoña donde casi nadie le conocía: y allí de modo extraño a su naturaleza,
benigna y mansamente empezó a rescatar y hacer aquello a lo que había ido, como
si reservase la ira para el final. Y haciéndolo así, hospedándose en la casa de
dos hermanos florentinos que prestaban con usura y por amor de micer Musciatto
le honraban mucho, sucedió que enfermó, con lo que los dos hermanos hicieron
prestamente venir médicos y criados para que le sirviesen en cualquier cosa
necesaria para recuperar la salud.
Pero toda ayuda era vana porque el buen hombre, que era ya
viejo y había vivido desordenadamente, según decían los médicos iba de día en
día de mal en peor como quien tiene un mal de muerte; de lo que los dos
hermanos mucho se dolían y un día, muy cerca de la alcoba en que seor
Ciappelletto yacía enfermo, comenzaron a razonar entre ellos.
—¿Qué haremos de éste? —decía el uno al otro—. Estamos por
su causa en una situación pésima porque echarlo fuera de nuestra casa tan
enfermo nos traería gran tacha y sería signo manifiesto de poco juicio al ver
la gente que primero lo habíamos recibido y después hecho servir y medicar tan
solícitamente para ahora, sin que haya podido hacer nada que pudiera
ofendernos, echarlo fuera de nuestra casa tan súbitamente, y enfermo de muerte.
Por otra parte, ha sido un hombre tan malvado que no querrá confesarse ni
recibir ningún sacramento de la Iglesia y, muriendo sin confesión, ninguna
iglesia querrá recibir su cuerpo y será arrojado a los fosos como un perro. Y
si por el contrario se confiesa, sus pecados son tantos y tan horribles que no
los habrá semejantes y ningún fraile o cura querrá ni podrá absolverle; por lo
que, no absuelto, será también arrojado a los fosos como un perro. Y si esto
sucede, el pueblo de esta tierra, tanto por nuestro oficio (que les parece
inicuo y al que todo el tiempo pasan maldiciendo) como por el deseo que tiene
de robarnos, viéndolo, se amotinará y gritará: «Estos perros lombardos a los
que la iglesia no quiere recibir no pueden sufrirse más», y correrán en busca
de nuestras arcas y tal vez no solamente nos roben los haberes sino que pueden
quitarnos también la vida; por lo que de cualquiera guisa estamos mal si éste
se muere.
Seor Ciappelletto, que, decimos, yacía allí cerca de donde
éstos estaban hablando, teniendo el oído fino, como la mayoría de las veces
pasa a los enfermos, oyó lo que estaban diciendo y los hizo llamar y les dijo:
—No quiero que temáis por mí ni tengáis miedo de recibir
por mi causa algún daño; he oído lo que habéis estado hablando de mí y estoy
certísimo de que sucedería como decís si así como pensáis anduvieran las cosas;
pero andarán de otra manera. He hecho, viviendo, tantas injurias al Señor Dios
que por hacerle una más a la hora de la muerte poco se dará. Y por ello,
procurad hacer venir un fraile santo y valioso lo más que podáis, si hay alguno
que lo sea, y dejadme hacer, que yo concertaré firmemente vuestros asuntos y
los míos de tal manera que resulten bien y estéis contentos.
Los dos hermanos, aunque no sintieron por esto mucha
esperanza, no dejaron de ir a un convento de frailes y pidieron que algún
hombre santo y sabio escuchase la confesión de un lombardo que estaba enfermo
en su casa; y les fue dado un fraile anciano de santa y de buena vida, y gran
maestro de la Escritura y hombre muy venerable, a quien todos los ciudadanos
tenían en grandísima y especial devoción, y lo llevaron con ellos. El cual,
llegado a la cámara donde el seor Ciappelletto yacía, y sentándose a su lado
empezó primero a confortarle benignamente y le preguntó luego que cuánto tiempo
hacía que no se había confesado. A lo que el seor Ciappelletto, que nunca se
había confesado, respondió:
—Padre mío, mi costumbre es de confesarme todas las
semanas al menos una vez; sin lo que son bastantes las que me confieso más; y
la verdad es que, desde que he enfermado, que son casi ocho días, no me he
confesado, tanto es el malestar que con la enfermedad he tenido.
Dijo entonces el fraile:
—Hijo mío, bien has hecho, y así debes hacer de ahora en
adelante; y veo que si tan frecuentemente te confiesas, poco trabajo tendré en
escucharte y preguntarte.
Dijo seor Ciappelletto:
—Señor fraile, no digáis eso; yo no me he confesado nunca
tantas veces ni con tanta frecuencia que no quisiera hacer siempre confesión
general de todos los pecados que pudiera recordar desde el día en que nací
hasta el que me haya confesado; y por ello os ruego, mi buen padre, que me
preguntéis tan menudamente de todas las cosas como si nunca me hubiera
confesado, y no tengáis compasión porque esté enfermo, que más quiero disgustar
a estas carnes mías que, excusándolas, hacer cosa que pudiese resultar en perdición
de mi alma, que mi Salvador rescató con su preciosa sangre.
Estas palabras gustaron mucho al santo varón y le
parecieron señal de una mente bien dispuesta; y luego que al seor Ciappelletto
hubo alabado mucho esta práctica, empezó a preguntarle si había alguna vez
pecado lujuriosamente con alguna mujer. A lo que seor Ciappelletto respondió
suspirando:
—Padre, en esto me avergüenzo de decir la verdad temiendo
pecar de vanagloria.
A lo que el santo fraile dijo:
—Dila con tranquilidad, que por decir la verdad ni en la
confesión ni en otro caso nunca se ha pecado.
Dijo entonces seor Ciappelletto:
—Ya que lo queréis así, os lo diré: soy tan virgen como
salí del cuerpo de mi madre.
—¡Oh, bendito seas de Dios! —dijo el fraile—, ¡qué bien
has hecho! Y al hacerlo has tenido tanto más mérito cuando, si hubieras
querido, tenías más libertad de hacer lo contrario que tenemos nosotros y todos
los otros que están constreñidos por alguna regla.
Y luego de esto, le preguntó si había desagradado a Dios
con el pecado de la gula. A lo que, suspirando mucho, seor Ciappelletto
contestó que sí y muchas veces; porque, como fuese que él, además de los ayunos
de la cuaresma que las personas devotas hacen durante el año, todas las semanas
tuviera la costumbre de ayunar a pan y agua al menos tres días, se había bebido
el agua con tanto deleite y tanto gusto y especialmente cuando había sufrido
alguna fatiga por rezar o ir en peregrinación, como los grandes bebedores hacen
con el vino. Y muchas veces había deseado comer aquellas ensaladas de hierbas
que hacen las mujeres cuando van al campo, y algunas veces le había parecido
mejor comer que le parecía que debiese parecerle a quien ayuna por devoción
como él ayunaba. A lo que el fraile dijo:
—Hijo mío, estos pecados son naturales y son asaz leves, y
por ello no quiero que te apesadumbres la conciencia más de lo necesario. A
todos los hombres sucede que les parezca bueno comer después de largo ayuno, y,
después del cansancio, beber.
—¡Oh! —dijo seor Ciappelletto—, padre mío, no me digáis
esto por confortarme; bien sabéis que yo sé que las cosas que se hacen en
servicio de Dios deben hacerse limpiamente y sin ninguna mancha en el ánimo: y
quien lo hace de otra manera, peca.
El fraile, contentísimo, dijo:
—Y yo estoy contento de que así lo entiendas en tu ánimo,
y mucho me place tu pura y buena conciencia. Pero dime, ¿has pecado de avaricia
deseando más de lo conveniente y teniendo lo que no debieras tener?
A lo que seor Ciappelletto dijo:
—Padre mío, no querría que sospechaseis de mí porque estoy
en casa de estos usureros: yo no tengo parte aquí sino que había venido con la
intención de amonestarles y reprenderles y arrancarles a este abominable
oficio; y creo que habría podido hacerlo si Dios no me hubiese visitado de esta
manera. Pero debéis de saber que mi padre me dejó rico, y de sus haberes,
cuando murió, di la mayor parte por Dios; y luego, por sustentar mi vida y
poder ayudar a los pobres de Cristo, he hecho mis pequeños mercadeos y he
deseado tener ganancias de ellos, y siempre con los pobres de Dios lo que he
ganado lo he partido por medio, dedicando mi mitad a mis necesidades, dándole a
ellos la otra mitad; y en ello me ha ayudado tan bien mi Creador que siempre de
bien en mejor han ido mis negocios.
—Has hecho bien —dijo el fraile—, pero ¿con cuánta
frecuencia te has dejado llevar por la ira?
—¡Oh! —dijo seor Ciappelletto—, eso os digo que muchas
veces lo he hecho. ¿Y quién podría contenerse viendo todo el día a los hombres
haciendo cosas sucias, no observar los mandamientos de Dios, no temer sus
juicios? Han sido muchas veces al día las que he querido estar mejor muerto que
vivo al ver a los jóvenes ir tras vanidades y oyéndolos jurar y perjurar, ir a
las tabernas, no visitar las iglesias y seguir más las vías del mundo que las
de Dios.
Dijo entonces el fraile:
—Hijo mío, ésta es una ira buena y yo en cuanto a mí no
sabría imponerte por ella penitencia. Pero ¿por acaso no te habrá podido
inducir la ira a cometer algún homicidio o a decir villanías de alguien o a
hacer alguna otra injuria?
A lo que el seor Ciappelletto respondió:
—¡Ay de mí, señor!, vos que me parecéis hombre de Dios,
¿cómo decís estas palabras? Si yo hubiera podido tener aún un pequeño
pensamiento de hacer alguna de estas cosas, ¿creéis que crea que Dios me
hubiese sostenido tanto? Eso son cosas que hacen los asesinos y los criminales,
de los que, siempre que alguno he visto, he dicho siempre: «Ve con Dios que te
convierta».
Entonces dijo el fraile:
—Ahora dime, hijo mío, que bendito seas de Dios, ¿alguna
vez has dicho algún falso testimonio contra alguien, o dicho mal de alguien o
quitado a alguien cosas sin consentimiento de su dueño?
—Ya, señor, sí —repuso seor Ciappelletto— que he dicho mal
de otro, porque tuve un vecino que con la mayor sinrazón del mundo no hacía más
que golpear a su mujer tanto que una vez hablé mal de él a los parientes de la
mujer, tan gran piedad sentí por aquella pobrecilla que él, cada vez que había
bebido de más, zurraba como Dios os diga.
Dijo entonces el fraile:
—Ahora bien, tú me has dicho que has sido mercader: ¿has
engañado alguna vez a alguien como hacen los mercaderes?
—Por mi fe —dijo seor Ciappelletto—, señor, sí, pero no sé
quiénes eran: sino que habiéndome dado uno dineros que me debía por un paño que
le había vendido, y yo puéstolos en un cofre sin contarlos, vine a ver después
de un mes que eran cuatro reales más de lo que debía ser por lo que, no
habiéndolo vuelto a ver y habiéndolos conservado un año para devolvérselos, los
di por amor de Dios.
Dijo el fraile:
—Eso fue poca cosa e hiciste bien en hacer lo que hiciste.
Y después de esto preguntóle el santo fraile sobre muchas
otras cosas, sobre las cuales dio respuesta en la misma manera. Y queriendo él
proceder ya a la absolución, dijo seor Ciappelletto:
—Señor mío, tengo todavía algún pecado que aún no os he
dicho. —El fraile le preguntó cuál, y dijo—: Me acuerdo que hice a mi criado,
un sábado después de nona, barrer la casa y no tuve al santo día del domingo la
reverencia que debía.
—¡Oh! —dijo el fraile—, hijo mío, ésa es cosa leve.
—No —dijo seor Ciappelletto—, no he dicho nada leve, que
el domingo mucho hay que honrar porque en un día así resucitó de la muerte a la
vida Nuestro Señor.
Dijo entonces el fraile:
—¿Alguna cosa más has hecho?
—Señor mío, sí —respondió seor Ciappelletto—, que yo, no dándome
cuenta, escupí una vez en la iglesia de Dios.
El fraile se echó a reír, y dijo:
—Hijo mío, ésa no es cosa de preocupación: nosotros, que
somos religiosos, todo el día escupimos en ella.
Dijo entonces seor Ciappelletto:
—Y hacéis gran villanía, porque nada conviene tener tan
limpio como el santo templo, en el que se rinde sacrificio a Dios.
Y en breve, de tales hechos le dijo muchos, y por último
empezó a suspirar y a llorar mucho, como quien lo sabía hacer demasiado bien
cuando quería. Dijo el santo fraile:
—Hijo mío, ¿qué te pasa?
Repuso seor Ciappelletto:
—¡Ay de mí, señor! Que me ha quedado un pecado del que
nunca me he confesado, tan grande vergüenza me da decirlo, y cada vez que lo
recuerdo lloro como veis, y me parece muy cierto que Dios nunca tendrá
misericordia de mí por este pecado.
Entonces el santo fraile dijo:
—¡Bah, hijo! ¿Qué estás diciendo? Si todos los pecados que
han hecho todos los hombres del mundo, y que deban hacer todos los hombres
mientras el mundo dure, fuesen todos en un hombre solo, y éste estuviese
arrepentido y contrito como te veo, tanta es la benignidad y la misericordia de
Dios que, confesándose éste, se los perdonaría liberalmente; así, dilo con
confianza.
Dijo entonces seor Ciappelletto, todavía llorando mucho:
—¡Ay de mí, padre mío! El mío es demasiado grande pecado,
y apenas puedo creer, si vuestras plegarias no me ayudan, que me pueda ser por
Dios perdonado.
A lo que le dijo el fraile:
—Dilo con confianza, que yo te prometo pedir a Dios por
ti.
Pero seor Ciappelletto lloraba y no lo decía y el fraile
le animaba a decirlo. Pero luego de que seor Ciappelletto llorando un buen rato
hubo tenido así suspenso al fraile, lanzó un gran suspiro y dijo:
—Padre mío, pues que me prometéis rogar a Dios por mí, os
lo diré: sabed que, cuando era pequeñito, maldije una vez a mi madre.
Y dicho esto, empezó de nuevo a llorar fuertemente. Dijo
el fraile:
—¡Ah, hijo mío! ¿Y eso te parece tan gran pecado? Oh, los
hombres blasfemamos contra Dios todo el día y si Él perdona de buen grado a
quien se arrepiente de haber blasfemado, ¿no crees que vaya a perdonarte esto?
No llores, consuélate, que por seguro si hubieses sido uno de aquellos que le
pusieron en la cruz, teniendo la contrición que te veo, te perdonaría Él.
Dijo entonces seor Ciappelletto:
—¡Ay de mí, padre mío! ¿Qué decís? La dulce madre mía que
me llevó en su cuerpo nueve meses día y noche, y me llevó en brazos más de cien
veces. ¡Mucho mal hice al maldecirla, y pecado muy grande es; y si no rogáis a
Dios por mí, no me será perdonado!
Viendo el fraile que nada le quedaba por decir al seor
Ciappelletto, le dio la absolución y su bendición teniéndolo por hombre
santísimo, como quien totalmente creía ser cierto lo que seor Ciappelletto
había dicho: ¿y quién no lo hubiera creído viendo a un hombre en peligro de
muerte confesándose decir tales cosas? Y después, luego de todo esto, le dijo:
—Señor Ciappelletto, con la ayuda de Dios estaréis pronto
sano; pero si sucediese que Dios a vuestra bendita y bien dispuesta alma
llamase a sí, ¿os placería que vuestro cuerpo fuese sepultado en nuestro
convento?
A lo que seor Ciappelletto repuso:
—Señor, sí, que no querría estar en otro sitio, puesto que
vos me habéis prometido rogar a Dios por mí, además de que yo he tenido siempre
una especial devoción por vuestra orden; y por ello os ruego que, en cuanto
estéis en vuestro convento, haced que venga a mí aquel veracísimo cuerpo de
Cristo que vos por la mañana consagráis en el altar, porque aunque no sea
digno, entiendo comulgarlo con vuestra licencia, y después la santa y última
unción para que, si he vivido como pecador, al menos muera como cristiano.
El santo hombre dijo que mucho le agradaba y él decía
bien, y que haría que de inmediato le fuese llevado; y así fue.
Los dos hermanos, que temían mucho que seor Ciappelletto
les engañase, se habían puesto junto a un tabique que dividía la alcoba donde
seor Ciappelletto yacía de otra y, escuchando, fácilmente oían y entendían lo
que seor Ciappelletto al fraile decía; y sentían algunas veces tales ganas de
reír, al oír las cosas que le confesaba haber hecho, que casi estallaban, y se
decían uno al otro: ¿qué hombre es éste, al que ni vejez ni enfermedad ni temor
de la muerte a que se ve tan vecino, ni aún de Dios, ante cuyo juicio espera
tener que estar de aquí a poco, han podido apartarle de su maldad, ni hacer que
quiera dejar de morir como ha vivido? Pero viendo que había dicho que sí, que
recibiría la sepultura en la iglesia, de nada de lo otro se preocuparon. Seor
Ciappelletto comulgó poco después y, empeorando sin remedio, recibió la última
unción; y poco después del crepúsculo, el mismo día que había hecho su buena
confesión, murió.
Por lo que los dos hermanos, disponiendo de lo que era de
él para que fuese honradamente sepultado y mandándolo decir al convento, y que
viniesen por la noche a velarle según era costumbre y por la mañana a por el
cuerpo, dispusieron todas las cosas oportunas para el caso. El santo fraile que
lo había confesado, al oír que había finado, fue a buscar al prior del
convento, y habiendo hecho tocar a capítulo, a los frailes reunidos mostró que
seor Ciappelletto había sido un hombre santo según él lo había podido entender
de su confesión; y esperando que por él el Señor Dios mostrase muchos milagros,
les persuadió a que con grandísima reverencia y devoción recibiesen aquel
cuerpo. Con las cuales cosas el prior y los frailes, crédulos, estuvieron de
acuerdo: y por la noche, yendo todos allí donde yacía el cuerpo de seor
Ciappelletto, le hicieron una grande y solemne vigilia, y por la mañana,
vestidos todos con albas y capas pluviales, con los libros en la mano y las
cruces delante, cantando, fueron a por este cuerpo y con grandísima fiesta y
solemnidad se lo llevaron a su iglesia, siguiéndoles el pueblo todo de la
ciudad, hombres y mujeres; y, habiéndolo puesto en la iglesia, subiendo al
púlpito, el santo fraile que lo había confesado empezó sobre él y su vida, sobre
sus ayunos, su virginidad, su simplicidad e inocencia y santidad, a predicar
maravillosas cosas, entre otras contando lo que seor Ciappelletto como su mayor
pecado, llorando, le había confesado, y cómo él apenas le había podido meter en
la cabeza que Dios quisiera perdonárselo, tras de lo que se volvió a reprender
al pueblo que le escuchaba, diciendo:
—Y vosotros, malditos de Dios, por cualquier brizna de
paja en que tropezáis, blasfemáis de Dios y de su Madre y de toda la corte
celestial.
Y además de éstas, muchas otras cosas dijo sobre su
lealtad y su pureza, y, en breve, con sus palabras, a las que la gente de la
comarca daba completa fe, hasta tal punto lo metió en la cabeza y en la
devoción de todos los que allí estaban que, después de terminado el oficio,
entre los mayores apretujones del mundo todos fueron a besarle los pies y las
manos, y le desgarraron todos los paños que llevaba encima, teniéndose por
bienaventurado quien al menos un poco de ellos pudiera tener: y convino que todo
el día fuese conservado así, para que por todos pudiese ser visto y visitado.
Luego, la noche siguiente, en una urna de mármol fue
honrosamente sepultado en una capilla, y enseguida al día siguiente empezaron
las gentes a ir allí y a encender candelas y a venerarlo, y seguidamente a
hacer promesas y a colgar exvotos de cera según la promesa hecha. Y tanto
creció la fama de su santidad y la devoción en que se le tenía que no había
nadie que estuviera en alguna adversidad que hiciese promesas a otro santo que
a él, y lo llamaron y lo llaman San Ciappelletto, y afirman que Dios ha mostrado
muchos milagros por él y los muestra todavía a quien devotamente se lo implora.
Así pues, vivió y murió el seor Cepparello de Prato y
llegó a ser santo, como habéis oído; y no quiero negar que sea posible que sea
un bienaventurado en la presencia de Dios porque, aunque su vida fue criminal y
malvada, pudo en su último extremo haber hecho un acto de contrición de manera
que Dios tuviera misericordia de él y lo recibiese en su reino; pero como esto
es cosa oculta, razono sobre lo que es aparente y digo que más debe encontrarse
condenado entre las manos del diablo que en el paraíso. Y si así es, grandísima
hemos de reconocer que es la benignidad de Dios para con nosotros, que no mira
nuestro error sino la pureza de la fe, y al tomar nosotros de mediador a un
enemigo suyo, creyéndolo amigo, nos escucha, como si a alguien verdaderamente
santo recurriésemos como a mediador de su gracia. Y por ello, para que por su
gracia en la adversidad presente y en esta compañía tan alegre seamos
conservados sanos y salvos, alabando su nombre en el que la hemos comenzado,
teniéndole reverencia, a él acudiremos en nuestras necesidades, segurísimos de
ser escuchados.
Y aquí, calló.
NOVELA SEGUNDA
El judío Abraham, animado por Giannotto de Civigní
[SC16] , va a la corte de Roma y, vista la maldad de los
clérigos, vuelve a París y se hace cristiano.
La novela de Pánfilo fue en parte reída y en todo
celebrada por las mujeres, y habiendo sido atentamente escuchada y llegado a su
fin, como estaba sentada junto a él Neifile, le mandó la reina que, contando
una, siguiese el orden del comenzado entretenimiento. Y ella, como quien no
menos de corteses maneras que de belleza estaba adornada, alegremente repuso
que de buena gana, y comenzó de esta guisa:
Mostrado nos ha Pánfilo con su novelar la benignidad de
Dios que no mira nuestros errores cuando proceden de algo que no nos es posible
ver; y yo, con el mío, entiendo mostraros cuánto esta misma benignidad,
soportando pacientemente los defectos de quienes deben dar de ella verdadero
testimonio con obras y palabras y hacen lo contrario, es por ello mismo
argumento de infalible verdad para que los que creemos sigamos con más firmeza
de ánimo.
Tal como yo, graciosas señoras, he oído decir, hubo en
París un gran mercader y hombre bueno que fue llamado Giannotto de Civigní,
lealísimo y recto y gran negociante en el rango de la pañería; y tenía íntima
amistad con un riquísimo hombre judío llamado Abraham, que era también mercader
y hombre harto recto y leal. Cuya rectitud y lealtad viendo Giannotto, empezó a
tener gran lástima de que el alma de un hombre tan valioso y sabio y bueno
fuese a su perdición por falta de fe, y por ello amistosamente le empezó a
rogar que dejase los errores de la fe judaica y se volviese a la verdad
cristiana, a la que como santa y buena podía ver siempre aumentar y prosperar,
mientras la suya, por el contrario, podía distinguir cómo disminuía y se
reducía a la nada. El judío contestaba que ninguna creía ni santa ni buena
fuera de la judaica, y que en ella había nacido y en ella entendía vivir y
morir; ni habría nada que nunca de aquello le hiciese moverse. Giannotto no
cesó por esto de, pasados algunos días, repetirle semejantes palabras,
mostrándole, tan burdamente como la mayoría de los mercaderes pueden hacerlo,
por qué razones nuestra religión era mejor que la judaica.
Y aunque el judío fuese en la ley judaica gran maestro, no
obstante, ya que la amistad grande que tenía con Giannotto le moviese, o tal
vez que las palabras que el Espíritu Santo ponía en la lengua del hombre simple
lo hiciesen, al judío empezaron a agradarle mucho los argumentos de Giannotto;
pero obstinado en sus creencias, no se dejaba cambiar. Y cuanto él seguía
pertinaz, tanto no dejaba Giannotto de solicitarlo, hasta que el judío, vencido
por tan continuas instancias, dijo:
—Ya, Giannotto, a ti te gusta que me haga cristiano; y yo
estoy dispuesto a hacerlo, tan ciertamente que quiero primero ir a Roma y ver
allí al que tú dices que es el vicario de Dios en la tierra, y considerar sus
modos y sus costumbres, y lo mismo los de sus hermanos los cardenales; y si me
parecen tales que pueda por tus palabras y por las de ellos comprender que
vuestra fe sea mejor que la mía, como te has ingeniado en demostrarme, haré
aquello que te he dicho: y si no fuese así, me quedaré siendo judío como soy.
Cuando Giannotto oyó esto, se puso en su interior
desmedidamente triste, diciendo para sí mismo: «Perdido he los esfuerzos que me
parecía haber empleado óptimamente, creyéndome haber convertido a éste; porque
si va a la corte de Roma y ve la vida criminal y sucia de los clérigos, no es
que de judío vaya a hacerse cristiano, sino que si se hubiese hecho cristiano,
sin falta volvería judío».
Y volviéndose a Abraham dijo:
—Ah, amigo mío, ¿por qué quieres pasar ese trabajo y tan
grandes gastos como serán ir de aquí a Roma? Sin contar con que, tanto por mar
como por tierra, para un hombre rico como eres tú todo está lleno de peligros.
¿No crees que encontrarás aquí quien te bautice? Y si por ventura tienes
algunas dudas sobre la fe que te muestro, ¿hay mayores maestros y hombres más
sabios allí que aquí para poderte esclarecer todo lo que quieras o preguntes?
Por todo lo cual, en mi parecer esta idea tuya está de sobra. Piensa que tales
son allí los prelados como aquí los has podido ver y los ves; y tanto mejores
cuanto que aquéllos están más cerca del pastor principal. Y por ello esa
fatiga, según mi consejo, te servirá en otra ocasión para obtener algún perdón,
en lo que yo por ventura te haré compañía.
A lo que respondió el judío:
—Yo creo, Giannotto, que será como me cuentas, pero por
resumirte en una muchas palabras, estoy del todo dispuesto, si quieres que haga
lo que me has rogado tanto, a irme, y de otro modo no haré nada nunca.
Giannotto, viendo su voluntad, dijo:
—¡Vete con buena ventura! —y pensó para sí que nunca se
haría cristiano cuando hubiese visto la corte de Roma; pero como nada se
perdía, se calló.
El judío montó a caballo y lo antes que pudo se fue a la
corte de Roma, donde al llegar fue por sus judíos honradamente recibido; y
viviendo allí, sin decir a ninguno por qué hubiese ido, cautamente empezó a
fijarse en las maneras del papa y de los cardenales y de los otros prelados y
de todos los cortesanos; y entre lo que él mismo observó, como hombre muy sagaz
que era, y lo que también algunos le informaron, encontró que todos, del mayor
al menor, generalmente pecaban deshonestísimamente de lujuria, y no sólo en la
natural sino también en la sodomítica, sin ningún freno de remordimiento o de
vergüenza, tanto que el poder de las meretrices y de los garzones al impetrar
cualquier cosa grande no era poder pequeño. Además de esto, universalmente
golosos, bebedores, borrachos y más servidores del vientre (a guisa de animales
brutos, además de la lujuria) que otros conoció abiertamente que eran; y
mirando más allá, los vio tan avaros y deseosos de dinero que por igual la
sangre humana (también la del cristiano) y las cosas divinas que perteneciesen
a sacrificios o a beneficios, con dinero vendían y compraban haciendo con ellas
más comercio y empleando a más corredores de mercancías que había en París en
la pañería o ningún otro negocio, y habiendo a la simonía manifiesta puesto el
nombre de «mediación» y a la gula el de «manutención», corno si Dios, no ya el
significado de los vocablos, sino la intención de los pésimos ánimos no
conociese y a guisa de los hombres se dejase engañar por el nombre de las
cosas.
Las cuales, junto con otras muchas que deben callarse,
desagradaron sumamente al judío, como a hombre que era sobrio y modesto, y
pareciéndole haber visto bastante, se propuso retornar a París; y así lo hizo.
Adonde, al saber Giannotto que había venido, esperando cualquier cosa menos que
se hiciese cristiano, vino a verle y se hicieron mutuamente grandes fiestas; y
después que hubo reposado algunos días, Giannotto le preguntó lo que pensaba
del santo padre y de los cardenales y de los otros cortesanos. A lo que el
judío respondió prestamente:
—Me parecen mal, que Dios maldiga a todos; y te digo que,
si yo sé bien entender, ninguna santidad, ninguna devoción, ninguna buena obra
o ejemplo de vida o de alguna otra cosa me pareció ver en ningún clérigo, sino
lujuria, avaricia y gula, fraude, envidia y soberbia y cosas semejantes y
peores, si peores puede haberlas; me pareció ver en tanto favor de todos, que
tengo aquélla por fragua más de operaciones diabólicas que divinas. Y según yo
estimo, con toda solicitud y con todo ingenio y con todo arte me parece que
vuestro pastor, y después todos los otros, se esfuerzan en reducir a la nada y
expulsar del mundo a la religión cristiana, allí donde deberían ser su
fundamento y sostén. Y porque veo que no sucede aquello en lo que se esfuerzan
sino que vuestra religión aumenta y más luciente y clara se vuelve, me parece
discernir justamente que el Espíritu Santo es su fundamento y sostén, como de
más verdadera y más santa que ninguna otra; por lo que, tan rígido y duro como
era yo a tus consejos y no quería hacerme cristiano, ahora te digo con toda
franqueza que por nada dejaré de hacerme cristiano. Vamos, pues, a la iglesia;
y allí según las costumbres debidas en vuestra santa fe me haré bautizar.
Giannotto, que esperaba una conclusión exactamente
contraria a ésta, al oírle decir esto fue el hombre más contento que ha habido
jamás: y a Nuestra Señora de París yendo con él, pidió a los clérigos de allí
dentro que diesen a Abraham el bautismo. Y ellos, oyendo que él lo demandaba,
lo hicieron prontamente; y Giannotto lo llevó a la pila sacra y lo llamó
Giovanni, y por hombres de valer lo hizo adoctrinar cumplidamente en nuestra
fe, la que aprendió prontamente; y fue luego hombre bueno y valioso y de santa
vida.
NOVELA TERCERA
El judío Melquisidech con una historia sobre tres anillos
se salva de una peligrosa trampa que le había tendido Saladino
[SC17] .
Después de que, alabada por todos la historia de Neifile,
calló ésta, como gustó a la reina, Filomena empezó a hablar así:
La historia contada por Neifile me trae a la memoria un
peligroso caso sucedido a un judío; y porque ya se ha hablado tan bien de Dios
y de la verdad de nuestra fe, descender ahora a los sucesos y los actos de los
hombres no se deberá hallar mal, y vendré a narrárosla para que, oída, tal vez
más cautas os volváis en las respuestas a las preguntas que puedan haceros.
Debéis saber, amorosas compañeras, que así como la necedad
muchas veces aparta a alguien de un feliz estado y lo pone en grandísima
miseria, así aparta la prudencia al sabio de peligros gravísimos y lo pone en
grande y seguro reposo. Y cuán verdad sea que la necedad conduce del buen
estado a la miseria, se ve en muchos ejemplos que no está ahora en nuestro
ánimo contar, considerando que todo el día aparecen mil ejemplos manifiestos;
pero que la prudencia sea ocasión de consuelo, como he dicho, os mostraré brevemente
con un cuentecillo.
Saladino, cuyo valer fue tanto que no solamente le hizo
llegar de hombre humilde a sultán de Babilonia
[SC18], sino también lograr muchas victorias sobre los
reyes sarracenos y cristianos, habiendo en diversas guerras y en grandísimas
magnificencias suyas gastado todo su tesoro, y necesitando, por algún accidente
que le sobrevino, una buena cantidad de dineros, no viendo cómo tan prestamente
como los necesitaba pudiese tenerlos, le vino a la memoria un rico judío cuyo
nombre era Melquisidech, que prestaba con usura en Alejandría; y pensó que éste
tenía con qué poderlo servir, si quería, pero era tan avaro que por voluntad
propia no lo hubiera hecho nunca, y no quería obligarlo por la fuerza; por lo
que, apretándole la necesidad se dedicó por completo a encontrar el modo como
el judío le sirviese, y se le ocurrió obligarle con algún argumento verosímil.
Y haciéndolo llamar y recibiéndole familiarmente, le hizo sentar con él y
después le dijo:
—Hombre honrado, he oído a muchas personas que eras
sapientísimo y muy avezado en las cosas de Dios; y por ello querría saber cuál
de las tres leyes reputas por verdadera: la judaica, la sarracena o la
cristiana.
El judío, que verdaderamente era un hombre sabio, advirtió
demasiado bien que Saladino buscaba cogerlo en sus palabras para moverle alguna
cuestión, y pensó que no podía alabar a una de las tres más que a las otras sin
que Saladino saliese con su empeño; por lo que, como a quien le parecía tener
necesidad de una respuesta por la que no pudiesen llevarle preso, aguzado el
ingenio, le vino pronto a la mente lo que debía decir; y dijo:
—Señor mío, la cuestión que me proponéis es fina, y para
poder deciros lo que pienso de ella querría contaros el cuentecillo que vais a
oír. Si no me equivoco, me acuerdo de haber oído decir muchas veces que hubo
una vez un hombre grande y rico que, entre las otras joyas más caras que tenía
en su tesoro, tenía un anillo bellísimo y precioso al que, queriendo hace honor
por su valor y su belleza y dejarlo perpetuamente a sus descendientes ordenó
que aquel de sus hijos a quien, habiéndoselo dejado él, le fuese encontrado
aquel anillo, que se entendiese que él era su heredero y debiese ser por todos
los demás honrado y reverenciado como a mayorazgo, ya que a quien fue dejado
por éste guardó el mismo orden con sus descendiente e hizo tal como había hecho
su predecesor. Y, en resumen, este anillo anduvo de mano en mano de muchos
sucesores y últimamente llegó a las mano de uno que tenía tres hijos hermosos y
virtuosos y muy obedientes al padre por lo que amaba a los tres por igual. Y
los jóvenes, que conocían la costumbre del anillo, deseoso cada uno de ser el
más honrado entre los suyos, cada uno por sí, como mejor sabían, rogaban al
padre, que era ya viejo, que cuando sintiese llegar la muerte, a él le dejase
el anillo. El honrado hombre, que por igual amaba a todos, no sabía él mismo
elegir a cuál debiese dejárselo y pensó, habiéndoselo prometido a todos, en
satisfacer a los tres: y secretamente a un buen orfebre le encargó otros dos,
los cuales fueron tan semejantes al primero que el mismo que los había hecho
hacer apenas distinguía cuál fuese el verdadero; y sintiendo llegar la muerte,
secretamente dio el suyo a cada uno de sus hijos. Los cuales, después de la
muerte del padre, queriendo cada uno posesionarse de la herencia y el honor, y
negándoselo el uno al otro, como testimonio de hacerlo con todo derecho, cada
uno mostró su anillo; y encontrados los anillos tan iguales el uno al otro que
cuál fuese el verdadero no sabía distinguirse, se quedó pendiente la cuestión
de quién fuese el verdadero heredero del padre, y sigue pendiente todavía. Y lo
mismo os digo, señor mío, de las tres leyes dadas a los tres pueblos por Dios
padre sobre las que me propusisteis una cuestión: cada uno su herencia, su
verdadera ley y sus mandamientos cree rectamente tener y cumplir, pero de quién
la tenga, como de los anillos, todavía está pendiente la cuestión.
Conoció Saladino que éste había sabido salir óptimamente
del lazo que le había tendido y por ello se dispuso a manifestarle sus
necesidades y ver si quería servirle; y así lo hizo, manifestándole lo que
había tenido en el ánimo hacerle si él tan discretamente como lo había hecho no
le hubiera respondido. El judío le sirvió libremente con toda la cantidad que
Saladino le pidió y luego Saladino se la restituyó enteramente, y además de
ello le dio grandísimos dones y siempre por amigo suyo lo tuvo y en grande y
honrado estado lo conservó junto a él.
NOVELA CUARTA
Un monje, caído en pecado digno de castigo gravísimo, se
libra de la pena reprendiendo discretamente a su abad de aquella misma culpa
[SC19] .
Ya se calla Filomena, liberada de su historia, cuando
Dioneo, que junto a ella estaba sentado, sin esperar de la reina otro mandato,
conociendo ya por el orden comenzado que a él le tocaba tener que hablar, de
tal guisa comenzó a decir:
Amorosas señoras, si he entendido bien la intención de
todas, estamos aquí para complacernos a nosotros mismos novelando, y por ello,
tan sólo porque contra esto no se vaya, estimo que a cada uno debe serle lícito
(y así dijo nuestra reina, hace poco, que era) contar aquella historia que más
crea que pueda divertir; por lo que, habiendo escuchado cómo por los buenos
consejos de Giannotto de Civigní salvó su alma el judío Abraham y cómo por su
prudencia defendió Melquisidech sus riquezas de las asechanzas de Saladino, sin
esperar que me reprendáis, entiendo contar brevemente con qué destreza libró su
cuerpo un monje de gravísimo castigo.
Hubo en Lunigiana, pueblo no muy lejano de éste, un
monasterio más copioso en santidad y en monjes de lo que lo es hoy, en el que,
entre otros, había un monje joven cuyo vigor y vivacidad ni los ayunos ni las
vigilias podían macerar. El cual, por acaso, un día hacia el mediodía, cuando
los otros monjes dormían todos, habiendo salido solo por los alrededores de su
iglesia, que estaba en un lugar asaz solitario, alcanzó a ver a una jovencita
harto hermosa, hija tal vez de alguno de los labradores de la comarca, que
andaba por los campos cogiendo ciertas hierbas: no bien la había visto cuando
fue fieramente asaltado por la concupiscencia carnal.
Por lo que, avecinándose, con ella trabó conversación y
tanto anduvo de una palabra en otra que se puso de acuerdo con ella y se la
llevó a su celda sin que nadie se apercibiese. Y mientras él, transportado por
el excesivo deseo, menos cautamente jugueteaba con ella, sucedió que el abad,
levantándose de dormir y pasando silenciosamente por delante de su celda, oyó
el alboroto que hacían los dos juntos; y para conocer mejor las voces se acercó
quedamente a la puerta de la celda a escuchar y claramente conoció que dentro
había una mujer, y estuvo tentado a hacerse abrir; luego pensó que convendría
tratar aquello de otra manera y, vuelto a su alcoba, esperó a que el monje
saliera fuera.
El monje, aunque con grandísimo placer y deleite estuviera
ocupado con aquella joven, no dejaba sin embargo de estar temeroso y,
pareciéndole haber oído algún arrastrar de pies por el dormitorio, acercó el
ojo a un pequeño agujero y vio clarísimamente al abad escuchándole y comprendió
muy bien que el abad había podido oír que la joven estaba en su celda. De lo
que, sabiendo que de ello debía seguirle un gran castigo, se sintió
desmesuradamente pesaroso; pero sin querer mostrar a la joven nada de su desazón,
rápidamente imaginó muchas cosas buscando hallar alguna que le fuera
salutífera. Y se le ocurrió una nueva malicia (que el fin imaginado por él
consiguió certeramente) y fingiendo que le parecía haber estado bastante con
aquella joven le dijo:
—Voy a salir a buscar la manera en que salgas de aquí
dentro sin ser vista, y para ello quédate en silencio hasta que vuelva.
Y saliendo y cerrando la celda con llave, se fue
directamente a la cámara del abad, y dándosela, tal como todos los monjes
hacían cuando salían, le dijo con rostro tranquilo:
—Señor, yo no pude esta mañana traer toda la leña que
había cortado, y por ello, con vuestra licencia, quiero ir al bosque y traerla.
El abad, para poder informarse más plenamente de la falta
cometida por él, pensando que no se había dado cuenta de que había sido visto,
se alegró con tal ocasión y de buena gana tomó la llave y semejantemente le dio
licencia. Y después de verlo irse empezó a pensar qué era mejor hacer: o en
presencia de todos los monjes abrir la celda de aquél y hacerles ver su falta
para que no hubiese ocasión de que murmurasen contra él cuando castigase al
monje, o primero oír de él cómo había sido aquel asunto. Y pensando para sí que
aquélla podría ser tal mujer o hija de tal hombre a quien él no quisiera hacer
pasar la vergüenza de mostrarla a todos los monjes, pensó que primero vería
quién era y tomaría después partido; y quedamente yendo a la celda, la abrió,
entró dentro, y volvió a cerrar la puerta.
La joven, viendo venir al abad, palideció toda, y
temblando empezó a llorar de vergüenza. El señor abad, que le había echado la
vista encima y la veía hermosa y fresca, aunque él fuese viejo, sintió
súbitamente no menos abrasadores los estímulos de la carne que los había
sentido su joven monje, y para sí empezó a decir:
«Bah, ¿por qué no tomar yo del placer cuanto pueda, si el
desagrado y el dolor aunque no los quiera, me están esperando? Ésta es una
hermosa joven, y está aquí donde nadie en el mundo lo sabe; si la puedo traer a
hacer mi gusto no sé por qué no habría de hacerlo. ¿Quién va a saberlo? Nadie
lo sabrá nunca, y el pecado tapado está medio perdonado. Un caso así no me
sucederá tal vez nunca más. Pienso que es de sabios tomar el bien que Dios nos
manda».
Y así diciendo, y habiendo del todo cambiado el propósito
que allí le había llevado, acercándose más a la joven, suavemente comenzó a
consolarla y a rogarle que no llorase; y de una palabra en otra yendo, llegó a
manifestarle su deseo. La joven, que no era de hierro ni de diamante, con
bastante facilidad se plegó a los gustos del abad: el cual, después de
abrazarla y besarla muchas veces, subiéndose a la cama del monje, y en
consideración tal vez del grave peso de su dignidad y la tierna edad de la joven,
temiendo tal vez ofenderla con demasiada gravedad, no se puso sobre el pecho de
ella sino que la puso a ella sobre su pecho y por largo espacio se solazó con
ella.
El monje, que había fingido irse al bosque, habiéndose
ocultado en el dormitorio, como vio al abad solo entrar en su celda, casi por
completo tranquilizado, juzgó que su estratagema debía surtir efecto; y,
viéndole encerrarse dentro, lo tuvo por certísimo. Y saliendo de donde estaba,
calladamente fue hasta un agujero por donde lo que el abad hizo o dijo lo oyó y
lo vio.
Pareciéndole al abad que se había demorado bastante con la
jovencita, encerrándola en la celda, se volvió a su alcoba; y luego de algún
tiempo, oyendo al monje y creyendo que volvía del bosque, pensó en reprenderlo
duramente y hacerlo encarcelar para poseer él solo la ganada presa; y
haciéndolo llamar, duramente y con mala cara le reprendió, y mandó que lo
llevaran a la cárcel. El monje prestísimamente respondió:
—Señor, yo no he estado todavía tanto en la orden de San
Benito que pueda haber aprendido todas sus reglas; y vos aún no me habíais
mostrado que los monjes deben acordar tanta preeminencia a las mujeres como a
los ayunos y las vigilias; pero ahora que me lo habéis mostrado, os prometo, si
me perdonáis esta vez, no pecar más por esto y hacer siempre como os he visto a
vos.
El abad, que era hombre avisado, entendió prestamente que
aquél no sólo sabía su hecho sino que lo había visto, por lo que, sintiendo
remordimientos de su misma culpa, se avergonzó de hacerle al monje lo que él
también había merecido; y perdonándole e imponiéndole silencio sobre lo que
había visto, con toda discreción sacaron a la jovencita de allí, y aún debe
creerse que más veces la hicieron volver.
NOVELA QUINTA
La marquesa de Monferrato con una invitación a comer
gallinas y con unas discretas palabras reprime el loco amor del rey de Francia.
La historia contada por Dioneo hirió primero de alguna
vergüenza el corazón de las damas que la escuchaban y dio de ello señal el
honesto rubor que apareció en sus rostros; mas luego, mirándose unas a otras,
pudiendo apenas contener la risa, la escucharon sonriendo. Y llegado el final,
después de haberle reprendido con algunas dulces palabras, queriendo mostrar
que historias semejantes no debían contarse delante de mujeres, la reina,
vuelta hacia Fiameta (que junto a él estaba sentada en la hierba), le mandó que
continuase el orden establecido, y ella galanamente y con alegre rostro,
mirándola, comenzó:
Tanto porque me complace que hayamos entrado a demostrar
con las historias cuánta es la fuerza de las respuestas agudas y prontas, como
porque tan gran cordura es en el hombre amar siempre a mujeres de linaje más
alto que el suyo como es en las mujeres grandísima precaución saber guardarse
de caer en el amor de un hombre de mayor posición que la suya, me ha venido al
ánimo, hermosas señoras, mostraros, en la historia que me toca contar, cómo una
noble dueña supo con palabras y obras guardarse de esto y evitar otras cosas.
Había el marqués de Monferrato, hombre de alto valor,
gonfalonero de la Iglesia, pasado a ultramar en una expedición general hecha
por los cristianos a mano armada
[SC20]; y hablándose de su valor en la corte de Felipe el
Tuerto
[SC21], que se preparaba a ir desde Francia en aquella
misma expedición, fue dicho por un caballero que no había bajo las estrellas
otra pareja semejante a la del marqués y su mujer: porque cuanto destacaba en
todas las virtudes el marqués entre los caballeros, tanto era la mujer entre
las demás mujeres hermosísima y valerosa. Las cuales palabras entraron de tal
modo en el ánimo del rey de Francia que, sin haberla visto nunca, comenzó a
amarla ardientemente, y se propuso no hacerse a la mar, en la expedición en que
iba, sino en Génova para que, yendo por tierra, pudiese tener un motivo
razonable para ir a ver a la marquesa, pensando que, no estando el marqués,
podría suceder que viniese a tener efecto su deseo. Y según lo había pensado
mandó que fuese puesto en ejecución; por lo que, enviando delante a todos los
hombres, él con poca compañía y de hombres nobles, se puso en camino, y
acercándose a la tierra del marqués, mandó decir a la señora con anticipación
de un día que a la mañana siguiente le esperase a almorzar. La señora, sabia y
precavida, repuso alegremente que aquél era un favor superior a cualquier otro
y que fuese bien venido.
Y enseguida se puso a pensar qué querría decir que un tal
rey, no estando su marido, viniese a visitarla; y no la engañó en esto la
sospecha de que la fama de su hermosura lo atrajese. Pero no menos como mujer
de pro se dispuso a honrarlo, y haciendo llamar a todos los hombres buenos que
allí habían quedado, dio con su consejo las órdenes oportunas para todos los
preparativos: pero la comida y los manjares quiso prepararlos ella misma. Y sin
demora hizo reunir cuantas gallinas había en la comarca, y tan sólo con ellas
indicó a sus cocineros que preparasen varios platos para el convite real.
Vino, pues, el rey el día dicho y fue recibido por la
señora con gran fiesta y honor; y a él, más de lo que había imaginado por las
palabras del caballero, al mirarla le pareció hermosa y valerosa y cortés, y se
maravilló grandemente y mucho la estimó, encendiéndose tanto más en su deseo
cuanto más sobrepasaba la señora la estima que él había tenido de ella. Y luego
de algún reposo tomado en cámaras adornadísimas con todo lo que es necesario
para recibir a tal rey, venida la hora del almuerzo, el rey y la marquesa se
sentaron a una mesa, y los demás según su condición fueron en otras mesas
honrados.
Aquí, siendo el rey servido sucesivamente con muchos
platos y vinos óptimos y preciosos, y además de ello mirando de vez en cuando
con deleite a la hermosísima marquesa, gran placer tenía. Pero llegando un
plato tras el otro, comenzó el rey a maravillarse un tanto advirtiendo que, por
muy diversos que fueran los guisos, no lo eran tanto que no fuesen todos hechos
de gallina. Y como supiese el rey que el lugar donde estaba era tal que debía
haber abundancia de variados animales salvajes, y que con haberle avisado de su
venida había dado a la señora espacio suficiente para poder mandar a cazarlos,
como mucho de esto se maravillase, no quiso tomar ocasión de hacerla hablar de
otra cosa sino de sus gallinas; y con alegre rostro se volvió hacia ella y le
dijo:
—Dama, ¿nacen en este país solamente gallinas sin ningún
gallo?
La marquesa, que entendió óptimamente la pregunta,
pareciéndole que según su deseo Nuestro Señor la había mandado momento oportuno
para poder mostrar su intención, hacia el rey que le preguntaba resueltamente
vuelta, repuso:
—No, monseñor; pero las mujeres, aunque en vestidos y en
honores algo varíen de las otras, todas sin embargo son igual aquí que en
cualquier parte.
El rey, oídas estas palabras, bien entendió la razón de la
invitación a gallinas y la virtud que escondían aquellas palabras y comprendió
que en vano se gastarían las palabras con tal mujer y que no era el caso de
usar la fuerza; por lo que, así como imprudentemente se había encendido en su
amor, así era sabio apagar por su honor el mal concebido fuego. Y sin bromear
más, temeroso de sus respuestas, almorzó fuera de toda esperanza, y terminado
el almuerzo, le pareció que con el pronto partir disimularía su deshonesta
venida, y agradeciéndole por haberle honrado, encomendándolo ella a Dios, se
fue a Génova.
NOVELA SEXTA
Confunde un buen hombre con un dicho ingenioso la malvada
hipocresía de los religiosos .
Emilia, que estaba sentada junto a Fiameta, habiendo sido
ya alabado por todas el valor y la cortés reprensión hecha por la marquesa al
rey de Francia, como agradó a su reina, comenzó a decir con animosa franqueza:
Yo tampoco callaré una lección que dio un buen hombre
laico a un religioso avaro con una agudeza no menos divertida que digna de loa.
Hubo, pues, queridos jóvenes, no hace mucho tiempo, en
nuestra ciudad, un fraile menor, inquisidor de la depravación herética que, por
mucho que se ingeniase en parecer santo y tierno amante de la fe cristiana
(como todos hacen), no era menos buen investigador de quien tenía la bolsa
llena que de quien sintiera tibieza en la fe. Y llevado por su solicitud
encontró por acaso un buen hombre, bastante más rico en dineros que en juicio,
el cual no ya por falta de fe sino hablando simplemente, tal vez con el vino o
por la alegría de la abundancia calentado, había llegado a decir un día a la
compañía con quien estaba que tenía un vino tan bueno que de él bebería Cristo.
Lo que, siéndole contado al inquisidor y entendiendo éste que sus haberes eran
grandes y que tenía bien abultada la bolsa, cum gladiis et fustibus
[SC22] corrió impetuosísimamente a echarle encima una
gravísima acusación, entendiendo no que de ella debiese resultar un alivio a la
incredulidad del procesado sino una afluencia de florines a su mano, como
sucedió. Y, haciéndolo llamar, le preguntó si era verdad lo que le había dicho
contra él. El buen hombre contestó que sí, y le dijo el modo. A lo que el
inquisidor santísimo y devoto de San Juán Barba de Oro
[SC23] dijo:
—¿De modo que has hecho a Cristo bebedor y aficionado a
los buenos vinos, como si fuese Cinciglione
[SC24] o algún otro de vosotros, bebedores borrachos y
tabernarios, y ahora, hablando humildemente, ¿quieres hacer ver que es una cosa
sin importancia? No es como te parece; has merecido el fuego por ello, si es
que queremos comportarnos contigo como debemos.
Y con éstas y con otras bastantes palabras, con rostro
amenazador, como si aquél hubiese sido un epicúreo negando la eternidad del
alma, le hablaba; y, en resumen, tanto lo asustó, que el buen hombre, por
algunos intermediarios, le hizo con una buena cantidad de la grasa de San Juan
Barba de Oro ungir las manos (lo que mucho mejora la enfermedad de la
pestilente avaricia de los clérigos, y especialmente de los frailes menores que
no osan tocar el dinero) para que se condujese con él misericordiosamente. La cual
unción, aunque Galeno no habla de ella como muy eficaz en ninguna parte de sus
libros, tanto le aprovechó, que el fuego que le amenazaba se permutó en una
cruz: y como si hubiera de ir a la expedición de ultramar, para hacer una bella
bandera, se la puso amarilla sobre lo negro. Y además de esto, recibidos ya los
dineros, le retuvo junto a sí unos días más, poniéndole por penitencia que
todas las mañanas oyese una misa en Santa Cruz y que a la hora de comer se
presentase delante de él, y que lo restante del día podía hacer lo que más le
gustase.
Y, haciendo el dicho hombre estas cosas diligentemente,
sucedió que una de las mañanas oyó en misa un evangelio en el que se cantaban
estas palabras: «Recibiréis ciento por uno y recibiréis la vida eterna», que
retuvo firmemente en la memoria; y según la obligación impuesta, viniendo a la
hora de comer ante el inquisidor, lo encontró almorzando. El inquisidor le
preguntó si había oído misa aquella mañana y él, prontamente, le respondió:
—Sí, señor mío.
A lo que el inquisidor dijo:
—¿Has oído, en ella, alguna cosa de la que dudes o quieras
preguntarme?
—En verdad —repuso el buen hombre— de nada de lo que he
oído dudo, y todo firmemente lo creo verdadero; y algo he oído que me ha hecho
y me hace tener de vos y de los otros frailes grandísima compasión, pensando en
el mal estado en que vais a estar allá en la otra vida.
Dijo entonces el inquisidor:
—¿Y qué es lo que te ha movido a tener esta compasión de
nosotros?
El buen hombre respondió:
—Señor mío, fueron aquellas palabras del Evangelio que
dicen: «Recibiréis el ciento por uno».
A lo que el inquisidor dijo:
—Así es; pero ¿por qué te han conmovido estas palabras?
—Señor mío —dijo el buen hombre—, yo os lo diré. Desde que
vengo aquí, he visto todos los días dar aquí afuera a muchos pobres a veces uno
y otras dos calderos de sopa, que se os quita a vos y a los frailes de vuestro
convento como superflua; por lo que si por cada uno os van a dar ciento en el
más allá tanta tendréis que allí dentro todos vais a ahogaros.
Y como todos los que estaban sentados a la mesa del
inquisidor se echaran a reír, el inquisidor, sintiendo que se transparentaba la
hipocresía de sus sopicaldos, se enojó todo, y si no fuese porque ya se le
reprochaba lo que le había hecho, otra acusación le habría echado encima por lo
que con aquel chiste había reprobado a él y a sus holgazanes invitados; y, con
ira, le ordenó que hiciese lo que más le gustara sin ponérsele más delante.
NOVELA SÉPTIMA
Bergamino, con una historia sobre Primasso y el abad de
Cligny, reprende donosamente la rara avaricia en que cayó el señor Cane della
Scala
[SC25].
Movió la donosura de Emilia y su novela a la reina y a
todos los demás a reír y encomiar la insólita amonestación hecha al cruzado,
pero después de que las risas se apaciguaron y se tranquilizaron todos,
Filostrato, a quien tocaba novelar, empezó a hablar de esta guisa:
Buena cosa es, valerosas señoras, acertar en un blanco que
nunca se mueve; pero raya en lo maravilloso cuando un arquero da súbitamente en
alguna cosa no usada que aparece de pronto. La viciosa y sucia vida de los
clérigos, en muchas cosas firme blanco de maldad, sin demasiada dificultad da
que hablar, que amonestar y que reprender a quienquiera que desee hacerlo: y
por ello, aunque bien hizo el hombre valiente que la hipócrita caridad de los
frailes que dan a los pobres lo que convendría dar a los puercos o tirarlo,
echó en cara al inquisidor, bastante más estimo que ha de alabarse aquel del
cual debo hablar (llevándome a ello la precedente historia), quien al señor
Cane della Scala, magnífico señor, de una súbita y desusada avaricia aparecida
en él, reprendió con una ingeniosa historia, representando en otros lo que
sobre él y sobre sí mismo quería decir; la cual es ésta:
Así como lo extiende su fama por todo el mundo, el señor
Cane della Scala, a quien en hartas cosas fue favorable la fortuna, fue uno de
los más notables y magníficos señores del emperador Federico II
[SC26] de los que se tuviese noticia en Italia. El cual,
habiendo dispuesto hacer una notable y maravillosa fiesta en Verona, a la que
muchas gentes y de diversas partes habían venido, y sobre todo hombres de corte
de toda clase, de súbito, fuese cual fuese la razón, se retrajo de ello y
recompensó con algo a los que habían venido y les dio licencia. Sólo uno
llamado Bergamino
[SC27], hablador agudo y florido más de lo que puede creer
quien no lo ha oído, como no se le había dado nada ni se le había despedido, se
quedó, esperando que no sin alguna utilidad futura para él se había hecho
aquello. Pero se le había puesto en el pensamiento al señor Cane que cualquier
cosa que diese a éste era peor que perderla o que arrojarla al fuego: y no por
ello le decía o hacía decir cosa alguna. Bergamino, después de algunos días,
viendo que no le llamaban ni le solicitaban para nada que fuese propio de su
oficio, y además de ello que se estaba arruinando en el albergue con sus
caballos y sus criados, empezó a desazonarse; pero sin embargo esperaba, no
pareciéndole bien irse.
Y habiendo llevado consigo tres trajes buenos y ricos que
le habían sido dados por otros señores, para comparecer honradamente en la
fiesta, queriendo pagar a su huésped, primeramente le dio uno y luego,
demorándose todavía mucho más, se vio en necesidad, si quería estar más con su
huésped, de darle el segundo; y empezó a comer del tercero, dispuesto a
quedarse a ver qué pasaba cuanto le durase aquél, e irse luego. Ahora, mientras
comía del tercer traje sucedió que, estando almorzando el señor Cane
[SC28], llegó un día ante él con aspecto muy entristecido;
lo que al ver el señor Cane, más por escarnecerlo que por tomar deleite de
algún dicho suyo, dijo:
—Bergamino, ¿qué te pasa? ¡Estás tan triste! Cuéntanos
alguna cosa.
Bergamino, entonces, sin pararse un punto a pensar, como
si mucho tiempo pensado lo hubiera, súbitamente acomodándola a su caso, contó
esta historia:
—Señor mío, debéis saber que Primasso
[SC29] fue un gran entendido en gramática, y fue, más que
cualquier otro, grande e improvisado versificador; las cuales cosas le hicieron
tan notable y tan famoso que, aunque en persona no fuese conocido en todas
partes, por nombre y por fama no había casi nadie que no supiese quién era
Primasso. Ahora bien, sucedió que encontrándose él una vez en París en pobre
estado, como lo estaba la mayor parte del tiempo, porque su mérito poco era
estimado por los que son poderosos, oyó hablar de un abad de Cligny, que se
cree que sea el prelado más rico en riquezas propias que tenga la Iglesia de
Dios, del papa para abajo; y oyó decir de él maravillosas y magníficas cosas de
que siempre tenía reunida su corte y nunca había negado, a cualquiera que
anduviese allá donde él estaba ni de comer ni de beber, si llegaba a pedirlo
cuando el abad estaba comiendo. Lo que, oyendo Primasso, como hombre que se
complacía en ver a los hombres y señores valiosos, deliberó ir a ver la
magnificencia de este abad y preguntó cuán cerca de París vivía. A lo que le
fue contestado que a unas seis millas en una de sus posesiones; adonde Primasso
pensó poder llegar, poniéndose en camino de mañana a buena hora, a la hora de
comer.
Haciéndose, pues, enseñar el camino, no encontrando a
nadie que fuese allí, temió que por desgracia pudiera extraviarse e ir a parar
en parte donde no encontraría de comer tan pronto; por lo que, por si ello
ocurriera, para no padecer penuria de comida, pensó en llevar tres panes,
considerando que agua, que le gustaba poco, encontraría de beber en cualquier
parte. Y metiéndoselos en el seno, tomó el camino y tuvo tanta suerte que antes
de la hora de comer llegó a donde estaba el abad. Y, entrado dentro, estuvo
mirando por todas partes y vista la gran multitud de las mesas puestas y el
gran aparato de la cocina y las demás cosas preparadas para almorzar, se dijo a
sí mismo: «Verdaderamente éste es tan magnífico como se dice».
Y estando a todas estas cosas atento, el senescal del
abad, porque era hora de comer mandó que se diese agua a las manos; Y, dada el
agua, sentó a todos a la mesa. Y sucedió por ventura que Primasso fue puesto
precisamente enfrente de la puerta de la cámara por donde el abad debía salir
para venir al comedor. Era costumbre en aquella corte que sobre las mesas ni
vino, ni pan, ni nada de comer o de beber se ponía nunca si primero no había
venido el abad a sentarse a la mesa.
Habiendo, pues, el senescal puesto las mesas, hizo decir
al abad que, cuando le pluguiese, la comida estaba presta. El abad hizo abrir
la cámara para venir a la sala, y al venir miró hacia adelante, y por ventura
el primer hombre en quien puso los ojos fue Primasso, que bastante pobre estaba
de arreos y a quien él no conocía en persona; y al verlo, incontinenti le vino
al ánimo un pensamiento mezquino y que nunca había tenido, y se dijo: «¡Mira a
quién doy a comer lo mío!».
Y, volviéndose dentro, mandó que cerrasen la cámara y
preguntó a los que estaban con él si alguno de ellos conocía a aquel bellaco
que frente a la puerta de su cámara se sentaba a la mesa. Todos contestaron que
no. Primasso, que tenía ganas de comer como quien había caminado y no estaba
acostumbrado a ayunar, habiendo ya esperado un rato y viendo que el abad no
venía, se sacó del seno uno de los tres panes que había llevado y empezó a
comérselo. El abad, después que pasó algún tanto, mandó a uno de sus familiares
que mirase si se había ido este Primasso. El familiar respondió:
—No, mi señor, sino que come pan, lo que muestra que lo ha
traído consigo.
Dijo entonces el abad:
—Pues que coma de lo suyo, si tiene, que del nuestro no
comerá hoy.
Habría querido el abad que Primasso se hubiese ido por sí
mismo, porque despedirlo no le parecía bien. Primasso, como se había comido un
pan y el abad no venía, empezó a comer el segundo, lo que igualmente fue dicho
al abad, que había mandado mirar si se había ido. Por último, no viniendo el
abad, Primasso, comido el segundo, empezó a comer el tercero, lo que también
dijeron al abad. El cual empezó a pensar y a decirse:
«Ah, ¿qué novedad es esta que me ha venido hoy al ánimo?,
¿qué avaricia?, ¿qué encono?, ¿y por causa de quién? Yo he dado de comer de lo
mío, desde hace muchos años, a quien lo ha querido comer, sin mirar si
gentilhombre o villano, pobre o rico, mercader o tendero, haya sido; y con mis
ojos lo he visto despedazar a infinitos bellacos y nunca al ánimo me vino este
pensamiento que por éste me ha venido hoy; no me debe de haber atacado tan
firmemente la avaricia por un hombre de poco: algún gran personaje debe ser
este que me parece bellaco, pues que así se me ha embotado el ánimo para
honrarlo».
Y, dicho así, quiso saber quién era: y vino a saber que
era Primasso, que había venido aquí a ver lo que había oído de su
magnificencia. Y como el abad le conocía por su fama hacía mucho tiempo como
hombre sabio, se avergonzó y, deseoso de enmienda, de muchas maneras se ingenió
en honrarlo. Y después de comer, como convenía al valor de Primasso, le hizo
vestir noblemente, y dándole dineros y un palafrén, dejó a su arbitrio irse o
quedarse; de lo que, contento Primasso, habiéndole dado las gracias mayores que
pudo, a París, de donde había salido a pie, volvió a caballo.
El señor Cane, que era buen entendedor, sin ninguna otra
explicación entendió óptimamente lo que quería decir Bergamino, y sonriendo le
dijo:
—Bergamino, asaz finamente has mostrado tus agravios, tu
virtud y mi avaricia y lo que de mí deseas; y en verdad nunca sino ahora
contigo he sido asaltado por la avaricia, pero la arrojaré de mí con aquel
bastón que tú mismo has inventado.
Y haciendo pagar al huésped de Bergamino, le hizo
restituir los tres trajes, y a él, vestido nobilísimamente con un rico traje
suyo, dándole dineros y un palafrén, dejó por aquella vez en libertad de
quedarse o de irse.
NOVELA OCTAVA
Guiglielmo Borsiere, con discretas palabras, reprende la
avaricia del señor Herminio de los Grimaldi.
Se sentaba junto a Filostrato Laureta, la cual, después de
que hubo oído alabar el ingenio de Bergamino y advirtiendo que le correspondía
a ella contar alguna cosa, sin esperar ningún mandato, placenteramente empezó a
hablar así.
La novela precedente, queridas compañeras, me induce a
contar cómo un hombre bueno, también cortesano y no sin fruto, reprendió la
codicia de un mercader riquísimo; y ésta, aunque se asemeje al argumento de la
pasada, no deberá por eso seros menos gustosa, pensando que va a acabar bien.
Hubo, pues, en Génova, ya hace mucho tiempo, un
gentilhombre llamado señor Herminio de los Grimaldi
[SC30] que, según era estimado por todos, por sus
grandísimas posesiones y dineros superaba con mucho la riqueza de cualquier
otro ciudadano riquísimo de quien entonces se supiera en Italia; y tanto como
superaba en riqueza a cualquier itálico que fuese, tanto en avaricia y miseria
sobresalía sobre cualquier miserable y avaro que hubiese en el mundo
[SC31]: por lo que no solamente para honrar a otros tenía
la bolsa cerrada, sino en las cosas necesarias a su propia persona, contra la
costumbre general de los genoveses que acostumbran a vestir noblemente,
mantenía él, por no gastar, privaciones grandísimas, y del mismo modo en el
comer y el beber. Por lo que merecidamente su apellido de Grimaldi le había
sido quitado y nadie le llamaba otra cosa que Herminio Avaricia.
Sucedió que en este tiempo en que él, no gastando,
multiplicaba lo suyo, llegó a Génova un valeroso hombre de corte
[SC32], cortés y buen decidor, llamado Guiglielmo Borsiere
[SC33], en nada semejante a los de hoy que, no sin gran
vergüenza de las corruptas y vituperables costumbres de quienes quieren hoy ser
llamados y reputados por nobles y por señores, parecen más bien asnos educados
en la torpeza de toda la maldad de los hombres más viles que en las cortes. Y
mientras en otros tiempos solía ser su ocupación y consagrarse su cuidado a
concertar paces donde la guerra o las ofensas hubiesen nacido entre hombres
nobles, o a concertar matrimonios, parentescos y amistad, y con palabras buenas
y discretas recrear los ánimos de los fatigados y solazar las cortes, y con
agrias reprensiones, como si fuesen padres, corregir los defectos de los malos,
y todo esto por premios asaz ligeros; hoy en contar mal de unos a otros, en
sembrar cizaña, en decir maldades e ignominias y, lo que es peor, en hacerlas
en presencia de los hombres, en echarse en cara los males, las vergüenzas y las
tristezas, verdaderas y no verdaderas, unos a otros, y con falsos halagos hacer
volver los ánimos nobles a las cosas viles y malvadas, se ingenian en consumir
su tiempo.
Y más es tenido en amor y más honrado y exaltado con
premios altísimos por los señores miserables y descorteses aquel que más
abominables palabras dice o acciones comete: gran vergüenza y digna de
reprobación del mundo presente y prueba muy evidente de que las virtudes,
volando de aquí abajo, nos han abandonado en las heces del vicio a los míseros
vivientes.
Pero, volviendo a lo que comenzado había, de lo que el
justo enojo me ha apartado más de lo que pensaba, digo que el ya dicho
Guiglielmo fue honrado y de buena gana recibido por todos los hombres nobles de
Génova y que, habiéndose quedado algunos días en la ciudad y habiendo oído
muchas cosas sobre la miseria y la avaricia del señor Herminio, lo quiso ver.
El señor Herminio había ya oído que este Guiglielmo Borsiere era hombre honrado
y habiendo aún en él, por avaro que fuese, alguna chispita de cortesía, con
palabras asaz amistosas y con alegre gesto le recibió y entró con él en muchos
y variados razonamientos, y conversando le llevó consigo, junto con otros
genoveses que con él estaban, a una casa nueva suya que había mandado hacer muy
hermosa; y después de habérsela mostrado toda, dijo:
—Ah, señor Guiglielmo, vos que habéis visto y oído tantas
cosas, ¿me sabríais mostrar alguna cosa que nunca haya sido vista, que yo
pudiese mandar pintar en la sala de esta casa mía?
A lo que Guiglielmo, oyendo su modo de hablar poco
discreto, repuso:
—Señor, algo que nunca se haya visto no creeréis que yo
pueda mostraros, si no son estornudos y otras cosas semejantes; pero si os
place, bien os enseñaré una cosa que vos no creo que hayáis visto nunca.
El señor Herminio dijo:
—Ah, os lo ruego, decidme cuál es —no esperando que él iba
a contestarle lo que le contestó.
A lo que Guiglielmo entonces contestó prestamente:
—Mandad pintar la Cortesía.
Al oír el señor Herminio estas palabras se sintió invadido
por una vergüenza tan grande que tuvo fuerza para hacerle cambiar el ánimo a
todo lo contrario de lo que hasta aquel momento había sido, y dijo:
—Señor Guiglielmo, la haré pintar de manera que nunca ni
vos ni otro con razón podáis decirme que no la haya visto y conocido.
Y de entonces en adelante (con tal virtud fueron dichas
las palabras de Guiglielmo) fue el más liberal y más generoso gentilhombre
[SC34] y el que honró a los forasteros y a los ciudadanos
más que ningún otro que hubiera en Génova en su tiempo.
NOVELA NOVENA
El rey de Chipre
[SC35] , reprendido por una dama de Gascuña, de cobarde se
transforma en valeroso.
Para Elisa quedaba el último mandato de la reina; y ella,
sin esperarlo, festivamente comenzó:
Jóvenes señoras, ha sucedido muchas veces que aquello que
varias reprensiones y muchos castigos impuestos a alguno no han podido
enseñarle, unas palabras (muchas veces dichas por acaso), no ex propósito, lo
han logrado. Lo que bien aparece en la novela contada por Laureta, y yo,
además, con otra muy breve entiendo demostraros porque, como sea que las cosas
buenas siempre pueden servir de algo, deben seguirse con ánimo atento, sea
quien sea quien las dice.
Digo, pues, que en tiempos del primer rey de Chipre,
después de la conquista de los Santos Lugares hecha por Godofredo de Bouillón
[SC36], sucedió que una noble señora de Gascuña fue en
peregrinación al Sepulcro, y volviendo de allí, llegada a Chipre, por algunos
hombres criminales fue villanamente ultrajada; de lo que ella, doliéndose sin
hallar consuelo, pensó ir a reclamar al rey; pero alguien le dijo que se
cansaría en balde porque él era de una vida tan abúlica y tan apocada que, no
es que no vengase con su justicia los ultrajes de otros, sino que soportaba
infinitos a él hechos con vituperable vileza, mientras que quien sufría algún
agravio lo desahogaba haciéndole alguna afrenta o vergüenza. Oyendo lo cual la
dama, desesperando de la venganza, para tener algún consuelo en su dolor, se
propuso reprender la miseria del dicho rey; y yéndose llorando ante él, dijo:
—Señor, no vengo a tu presencia porque espere venganza de
la injuria que me ha sido hecha; sino que en satisfacción de ella te ruego que
me enseñes cómo sufres las que entiendo te son hechas, para que, aprendiendo de
ti, pueda soportar la mía pacientemente, la cual, sábelo Dios de buena gana te
daría puesto que eres tan buen portador de ellas.
El rey, que hasta entonces había sido lento y perezoso,
como si se despertase de un sueño, empezando por la injuria hecha a aquella
señora, que vengó duramente, se hizo severísimo de allí en adelante persecutor
de cualquiera que cometiese alguna cosa contra el honor de su corona.
NOVELA DÉCIMA
El maestro Alberto de Bolonia hace discretamente
avergonzar a una señora que quería avergonzarle a él por estar enamorado de
ella.
Quedaba, al callarse Elisa, el último trabajo del novelar
a la reina, la cual, con femenina gracia empezando a hablar, dijo:
Nobles jóvenes, como en las claras noches son las
estrellas adorno del cielo y en la primavera las flores de los verdes prados,
así lo son las frases ingeniosas de las loables costumbres y las conversaciones
placenteras; las cuales, porque son breves, convienen mucho más a las mujeres
que a los hombres, porque más de las mujeres que de los hombres desdice el
hablar mucho y largo (cuando pueda pasarse sin ello), a pesar de que hoy pocas
o ninguna mujer puede que se entienda en agudezas o que, si las oyese, supiera
contestarlas: y vergüenza general es para nosotras y para cuantas están vivas.
Porque aquella virtud que estuvo en el ánimo de nuestras antepasadas, las
modernas la han convertido en adornos del cuerpo, y la que se ve sobre las
espaldas los paños más abigarrados y variegados y con más adornos, se cree que
debe ser tenida en mucho más y mucho más que otras honrada, no pensando que si
en lugar de sobre las espaldas sobre los lomos los llevase, un asno llevaría
más que alguna de ellas: y no por ello habría que honrarle más que a un asno.
Me avergüenza decirlo porque no puedo nada decir de las
demás que contra mí no diga: ésas tan aderezadas, tan pintadas, tan
abigarradas, o como estatuas de mármol mudas e insensibles están o, así
responden, si se les dirige la palabra, que mucho mejor fuera que se hubiesen
callado; y nos hacen creer que de pureza de ánimo proceda el no saber conversar
entre señoras y con los hombres corteses, y a su gazmoñería le han dado nombre
de honestidad como si ninguna señora honesta hubiera sino aquella que con la camarera
o con la lavandera o con su cocinera hable; porque si la naturaleza lo hubiera
querido como ellas quieren hacerlo creer, de otra manera les hubiera limitado
la charla. La verdad es que, como en las demás cosas, en ésta hay que mirar el
tiempo y el modo y con quién se habla, porque a veces sucede que, creyendo
alguna mujer o algún hombre con alguna frasécula aguda hacer sonrojar a otro,
no habiendo bien medido sus fuerzas con las de quien sea, aquel rubor que sobre
otro ha querido arrojar contra sí mismo lo ha sentido volverse.
Por lo cual, para que sepáis guardaros y para que no se os
pueda aplicar a vosotras aquel proverbio que comúnmente se dice por todas
partes de que las mujeres en todo cogen lo peor siempre, esta última novela de
las de hoy, que me toca decir, quiero que os adiestre, para que así como en
nobleza de ánimo estáis separadas de las demás, así también por la excelencia
de las maneras separadas de las demás os mostréis.
No han pasado todavía muchos años desde que en Bolonia
hubo un grandísimo médico y de clara fama en todo el mundo, y tal vez vive
todavía, cuyo nombre fue maestro Alberto
[SC37]; el cual, siendo ya viejo de cerca de setenta años,
tanta fue la nobleza de su espíritu que, habiéndosele ya del cuerpo partido
casi todo el calor natural, no se rehusó a recibir las amorosas llamas habiendo
visto en una fiesta a una bellísima señora viuda llamada, según dicen algunos,
doña Malgherida de los Ghisolieri; y agradándole sobremanera, no de otro modo
que un jovencillo las recibió en su maduro pecho, hasta tal punto que no le
parecía bien descansar de noche si el día anterior no hubiese visto el hermoso
y delicado rostro de la bella señora. Y por ello, empezó a frecuentar, a pie o
a caballo según lo que más a mano le venía, la calle donde estaba la casa de
esta señora.
Por lo cual, ella y muchas otras señoras se apercibieron
de la razón de su pasar y muchas veces hicieron bromas entre ellas al ver a un
hombre tan viejo, de años y de juicio, enamorado, como si creyeran que esta
pasión tan placentera del amor solamente en los necios ánimos de los jóvenes y
no en otra parte entrase y permaneciese. Por lo que, continuando el pasar del
maestro Alberto, sucedió que un día de fiesta, estando esta señora con otras
muchas señoras sentada delante de su puerta, y habiendo visto de lejos venir al
maestro Alberto hacia ellas, todas con ella se propusieron recibirlo y honrarle
y luego gastarle bromas por este su enamoramiento; y así lo hicieron.
Por lo que, levantándose todas e invitado él, le
condujeron a un fresco patio donde mandaron traer finísimos vinos y dulces; y
al final, con palabras ingeniosas y corteses le preguntaron cómo podía ser
aquello de estar él enamorado de esta hermosa señora sabiendo que era amada de
muchos hermosos, nobles y corteses jóvenes.
El maestro, sintiéndose gentilmente embromado, puso alegre
gesto y respondió:
—Señora, que yo ame no debe maravillar a ningún sabio, y
especialmente a vos, porque os lo merecéis. Y aunque a los hombres viejos les
haya quitado la naturaleza las fuerzas que se requieren para los ejercicios
amorosos, no les ha quitado la buena voluntad ni el conocer lo que deba ser
amado, sino que naturalmente lo conocen mejor porque tienen más conocimiento
que los jóvenes. La esperanza que me mueve a amaros, yo viejo a vos amada de
muchos jóvenes, es ésta: muchas veces he estado en sitios donde he visto a las
mujeres merendando y comiendo altramuces y puerros; y aunque en los puerros
nada es bueno, es menos malo y más agradable a la boca la cabeza, pero
vosotras, generalmente guiadas por equivocado gusto, os quedáis con la cabeza
en la mano y os coméis las hojas, que no sólo no valen nada sino que son de mal
sabor. ¿Y qué sé yo, señora, si al elegir los amantes no hacéis lo mismo? Y si
lo hicieseis, yo sería el que sería elegido por vos, y los otros despedidos.
La noble señora, juntamente con las otras, avergonzándose
un tanto, dijo:
—Maestro, asaz bien y cortésmente nos habéis reprendido de
nuestra presuntuosa empresa; con todo, vuestro amor me es caro, como de hombre
sabio y de pro debe serlo, y por ello, salvaguardando mi honestidad, como a
cosa vuestra mandadme todos vuestros gustos con confianza.
El maestro, levantándose con sus compañeros, agradeció a
la señora y despidiéndose de ella riendo y con fiesta, se fue. Así, la señora,
no mirando de quién se chanceaba, creyendo vencer fue vencida; de lo que
vosotras, si sois prudentes, óptimamente os guardaréis.
Ya estaba el sol inclinado hacia el ocaso y disminuido en
gran parte el calor, cuando las narraciones de las jóvenes y de los jóvenes
llegaron a su fin; por lo cual, su reina placenteramente dijo:
—Ahora ya, queridas compañeras, nada queda a mi gobierno
durante la presente jornada sino daros una nueva reina que, en la venidera,
según su juicio, su vida y la nuestra disponga para una honesta recreación, y
mientras el día dure de aquí hasta la noche (porque quien no se toma algún
tiempo por delante no parece que bien pueda prepararse para el porvenir) y para
que aquello que la nueva reina delibere que sea oportuno para mañana pueda
disponerse, a esta hora me parece que deben empezar las jornadas siguientes. Y
por ello, en reverencia a Aquel por quien todas las cosas viven y es nuestro
consuelo, en esta segunda jornada Filomena, joven discretísima, como reina
guiará nuestro reino.
Y dicho esto, poniéndose en pie y quitándose la guirnalda
de laurel, con reverencia a ella se la puso, y ella primero y después todas las
demás y semejantemente los jóvenes la saludaron como a reina, y a su señorío
con complacencia se sometieron. Filomena, un tanto sonrojada de vergüenza,
viéndose coronada en aquel reino y acordándose de las palabras poco antes
dichas por Pampínea, para no parecer gazmoña, recobrada la osadía, primeramente
confirmó los cargos dados por Pampínea y dispuso lo que para la mañana
siguiente y para la futura cena debía hacerse y quedándose aquí donde estaban,
empezó a hablar así.
—Carísimas compañeras
[SC38], aunque Pampínea, por su cortesía más que por mi
virtud, me haya hecho reina de todos vosotros, no me siento yo dispuesta a
seguir solamente mi juicio sobre la forma de nuestro vivir, sino el vuestro
junto con el mío, y para que lo que a mí me parece hacer sepáis, y por
consiguiente añadir y disminuir podáis a vuestro gusto, con pocas palabras
entiendo mostrároslo. Si hoy he reparado bien, los modos seguidos por Pampínea
me parece que han sido todos igualmente loables y deleitosos; y por ello, hasta
que, o por demasiada repetición o por otra razón, no nos causen tedio, no
pienso cambiarlos. Habiendo ya, pues, comenzado las órdenes de lo que hayamos
de hacer, levantándonos de aquí, nos iremos a pasear un rato, y cuando el sol
esté poniéndose cenaremos con la fresca y, luego de algunas cancioncillas y
otros entretenimientos, bien será que nos vayamos a dormir. Mañana,
levantándonos con la fresca, semejantemente iremos a solazarnos a alguna parte
como a cada uno le sea más agradable hacer, y como hoy hemos hecho, igual a la
hora debida volveremos a comer; bailaremos, y cuando nos levantemos de la
siesta, aquí donde hoy hemos estado volveremos a novelar, en lo que me parece
haber grandísimo placer y utilidad a un tiempo. Y lo que Pampínea no ha podido
hacer, por haber sido ya tarde elegida para el gobierno, quiero comenzar a
hacerlo, es decir, a restringir dentro de algunos límites aquello sobre lo cual
debamos novelar y decíroslo anticipadamente para que cada uno tenga tiempo de
poder pensar en alguna buena historia sobre el asunto propuesto para poderla
contar; el cual, si os place, sea esta vez que, puesto que desde el principio
del mundo los hombres han sido empujados por la fortuna a casos diversos, y lo
serán hasta el fin, todos debemos contar algo sobre ello: sobre alguien que,
perseguido por diversas contrariedades, haya llegado contra toda esperanza a
buen fin.
Las mujeres y los hombres, todos por igual, alabaron esta
orden y aprobaron que se siguiese; solamente Dioneo, todos los otros habiendo
callado ya, dijo:
—Señora mía, como todos éstos han dicho, también digo yo
que es sumamente placentera y encomiable la orden por vos dada; pero como
gracia especial os pido un don, que quiero que me sea confirmado mientras
nuestra compañía dure, y es éste: que yo no sea obligado por esta ley de tener
que contar una historia según un asunto propuesto si no quiero, sino sobre
aquello que más me guste contarlo. Y para que nadie piense que quiero esta
gracia como hombre que no tenga a mano historias, desde ahora me contentaré con
ser él último que la cuente.
La reina, que lo conocía como hombre divertido y festivo,
comprendió justamente que no lo pedía sino por poder a la compañía alegrar con
alguna historia divertida si estuviesen cansados de tanta narración, y con
consentimiento de los demás, alegremente le concedió la gracia; y levantándose
todos, hacia un arroyo de agua clarísima que de un montecillo descendía a un
valle sombreado con muchos árboles, entre piedras lisas y verdes hierbecillas,
con despacioso paso se fueron. Allí descalzos y metiendo los brazos desnudos en
el agua, empezaron a divertirse entre ellos de varias maneras.
Y al acercarse la hora de la cena volvieron hacia la villa
y cenaron con gusto; después de la cena, hechos traer los instrumentos, mandó
la reina que se iniciase una danza, y conduciéndola Laureta, que Emilia cantase
una canción, acompañada por el laúd de Dioneo. Por cuya orden, Laureta,
prestamente, comenzó una danza y la dirigió, cantando Emilia amorosamente la
siguiente canción:
Tanto me satisface mi hermosura
que en otro amor jamás
ni pensaré ni buscaré ternura.
En ella veo siempre en el espejo
el bien que satisface el intelecto
[SC39]
y ni accidente nuevo o pensar viejo
el bien me quitará que me es dilecto
pues ¿qué otro amable objeto
podré mirar jamás
que dé a mi corazón nueva ternura?
No se escapa este bien cuando deseo,
por sentir un consuelo, contemplarlo,
pues mi placer secunda, y mi recreo
de tan suave manera, que expresarlo
no podría, ni podría experimentarlo
ningún mortal jamás
que no hubiese abrasado tal ternura.
Y yo, que a cada instante más me enciendo,
cuanto más en él fijo la mirada,
toda me doy a él, toda me ofrendo
gustando ya de su promesa amada;
y tanto gozo espero a mi llegada
junto a él, que jamás
ha sentido aquí nadie tal ternura.
Terminada esta balada, que todos habían coreado
alegremente, aunque a muchos les hiciese cavilar su letra, luego de algunas
carolas, habiendo pasado ya una partecilla de la breve noche, plugo a la reina
dar fin a la primera jornada, y mandando encender las antorchas, ordenó que
todos se fuesen a descansar hasta la mañana siguiente; por lo que, cada uno,
volviéndose a su cámara, así hizo.
TERMINA LA PRIMERA JORNADA
SEGUNDA JORNADA
COMIENZA LA SEGUNDA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA QUE, BAJO
EL GOBIERNO DE FILOMENA, SE RAZONA SOBRE QUIENES, PERSEGUIDOS POR DIVERSAS
CONTRARIEDADES, HAN LLEGADO, CONTRA TODA ESPERANZA, A BUEN FIN.
Ya había el sol llevado a todas partes el nuevo día con su
luz y los pájaros daban de ello testimonio a los oídos cantando placenteros
versos sobre las verdes ramas, cuando todas las jóvenes y los tres jóvenes,
habiéndose levantado, se entraron por los jardines y, hollando con lento paso
las hierbas húmedas de rocío, haciéndose bellas guirnaldas acá y allá,
recreándose durante largo rato estuvieron. Y tal como habían hecho el día
anterior hicieron el presente: habiendo comido con la fresca, luego de haber bailado
alguna danza se fueron a descansar y, levantándose de la siesta después de la
hora de nona, como le plugo a su reina, venidos al fresco pradecillo, se
sentaron en torno a ella. Y ella, que era hermosa y de muy amable aspecto,
coronada con su guirnalda de laurel, después de estar callada un poco y de
mirar a la cara a toda su compañía, mandó a Neifile que a las futuras historias
diese, con una, principio; y ella, sin poner ninguna excusa, así, alegre,
empezó a hablar:
NOVELA PRIMERA
Martellino, fingiéndose tullido, simula curarse sobre la
tumba de San Arrigo y, conocido su engaño, es apaleado; y después de ser
apresado y estar en peligro de ser colgado, logra por fin escaparse.
Muchas veces sucede, carísimas señoras, que aquel que se
ingenia en burlarse de otro, y máximamente de las cosas que deben
reverenciarse, se ha encontrado sólo con las burlas y a veces con daño de sí
mismo; por lo que, para obedecer el mandato de la reina y dar principio con una
historia mía al asunto propuesto, entiendo contaros lo que, primero
desdichadamente y después (fuera de toda su esperanza) muy felizmente, sucedió
a un conciudadano nuestro.
Había, no hace todavía mucho tiempo, un tudesco en Treviso
llamado Arrigo que, siendo hombre pobre, servía como porteador a sueldo a quien
se lo solicitaba y, a pesar de ello, era tenido por todos como hombre de
santísima y buena vida. Por lo cual, fuese verdad o no, sucedió al morir él,
según afirman los trevisanos, que a la hora de su muerte, todas las campanas de
la iglesia mayor de Treviso empezaron a sonar sin que nadie las tocase. Lo que,
tenido por milagro, todos decían que este Arrigo era santo
[SC40]; y corriendo toda la gente de la ciudad a la casa
en que yacía su cuerpo, lo llevaron a guisa de cuerpo santo a la iglesia mayor,
llevando allí cojos, tullidos y ciegos y demás impedidos de cualquiera
enfermedad o defecto, como si todos debieran sanar al tocar aquel cuerpo.
En tanto tumulto y movimiento de gente sucedió que a
Treviso llegaron tres de nuestros conciudadanos, de los cuales uno se llamaba
Stecchi, otro Martellino y el tercero Marchese
[SC41], hombres que, yendo por las cortes de los señores,
divertían a la concurrencia distorsionándose y remedando a cualquiera con
muecas extrañas. Los cuales, no habiendo estado nunca allí, se maravillaron de
ver correr a todos y, oído el motivo de aquello, sintieron deseos de ir a ver y,
dejadas sus cosas en un albergue, dijo Marchese:
—Queremos ir a ver este santo, pero en cuanto a mí, no veo
cómo podamos llegar hasta él, porque he oído que la plaza está llena de
tudescos y de otra gente armada que el señor de esta tierra, para que no haya
alboroto, hace estar allí, y además de esto, la iglesia, por lo que se dice,
está tan llena de gente que nadie más puede entrar.
Martellino, entonces, que deseaba ver aquello, dijo:
—Que no se quede por eso, que de llegar hasta el cuerpo
santo yo encontraré bien el modo.
Dijo Marchese:
—¿Cómo?
Repuso Martellino:
—Te lo diré: yo me contorsionaré como un tullido y tú por
un lado y Stecchi por el otro, como si no pudiese andar, me vendréis
sosteniendo, haciendo como que me queréis llevar allí para que el santo me
cure: no habrá nadie que, al vernos, no nos haga sitio y nos deje pasar.
A Marchese y a Stecchi les gustó el truco y, sin tardanza,
saliendo del albergue, llegados los tres a un lugar solitario, Martellino se
retorció las manos de tal manera, los dedos y los brazos y las piernas, y
además de ello la boca y los ojos y todo el rostro, que era cosa horrible de
ver; no habría habido nadie que lo hubiese visto que no hubiese pensado que
estaba paralítico y tullido. Y sujetado de esta manera, entre Marchese y
Stecchi, se enderezaron hacia la iglesia, con aspecto lleno de piedad, pidiendo
humildemente y por amor de Dios a todos los que estaban delante de ellos que
les hiciesen sitio, lo que fácilmente obtenían; y en breve, respetados por
todos y todo el mundo gritando: «¡Haced sitio, haced sitio!», llegaron allí
donde estaba el cuerpo de San Arrigo y, por algunos gentileshombres que estaban
a su alrededor, fue Martellino prestamente alzado y puesto sobre el cuerpo para
que mediante aquello pudiera alcanzar la gracia de la salud.
Martellino, como toda la gente estaba mirando lo que
pasaba con él, comenzó, como quien lo sabía hacer muy bien, a fingir que uno de
sus dedos se estiraba, y luego la mano, y luego el brazo, y así todo entero
llegar a estirarse. Lo que, viéndolo la gente, tan gran ruido en alabanza de
San Arrigo hacían que un trueno no habría podido oírse. Había por acaso un
florentino cerca que conocía muy bien a Martellino, pero que por estar así
contorsionado cuando fue llevado allí no lo había reconocido. El cual, viéndolo
enderezado, lo reconoció y súbitamente empezó a reírse y a decir:
—¡Señor, haz que le duela! ¿Quién no hubiera creído al
verlo venir que de verdad fuese un lisiado?
Oyeron estas palabras unos trevisanos que, incontinenti,
le preguntaron:
—¡Cómo! ¿No era éste tullido?
A lo que el florentino repuso:
—¡No lo quiera Dios! Siempre ha sido tan derecho como
nosotros, pero sabe mejor que nadie, como habéis podido ver, hacer estas burlas
de contorsionarse en las posturas que quiere.
Como hubieron oído esto, no necesitaron otra cosa: por la
fuerza se abrieron paso y empezaron a gritar:
—¡Coged preso a ese traidor que se burla de Dios y de los
santos, que no siendo tullido ha venido aquí para escarnecer a nuestro santo y
a nosotros haciéndose el tullido!
Y, diciendo esto, le echaron las manos encima y lo
hicieron bajar de donde estaba, y cogiéndole por los pelos y desgarrándole
todos los vestidos empezaron a darle puñetazos y puntapiés, y no se consideraba
hombre quien no corría a hacer lo mismo. Martellino gritaba:
—¡Piedad, por Dios!
Y se defendía cuanto podía, pero no le servía de nada: las
patadas que le daban se multiplicaban a cada momento. Viendo lo cual, Stecchi y
Marchese empezaron a decirse que la cosa se ponía mal; y temiendo por sí
mismos, no se atrevían a ayudarlo, gritando junto con los otros que le matasen,
aunque pensando sin embargo cómo podrían arrancarlo de manos del pueblo. Que le
hubiera matado con toda certeza si no hubiera habido un expediente que Marchese
tomó súbitamente: que, estando allí fuera toda la guardia de la señoría,
Marchese, lo antes que pudo se fue al que estaba en representación del
corregidor y le dijo:
—¡Piedad, por Dios! Hay aquí algún malvado que me ha
quitado la bolsa con sus buenos cien florines de oro; os ruego que lo prendáis
para que pueda recuperar lo mío.
Súbitamente, al oír esto, una docena de soldados corrieron
a donde el mísero Martellino era trasquilado sin tijeras y, abriéndose paso
entre la muchedumbre con las mayores fatigas del mundo, todo apaleado y todo
roto se lo quitaron de entre las manos y lo llevaron al palacio del corregidor,
adonde, siguiéndole muchos que se sentían escarnecidos por él, y habiendo oído
que había sido preso por descuidero, no pareciéndoles hallar más justo título
para traerle desgracia, empezaron a decir todos que les había dado el tirón
también a sus bolsas. Oyendo todo lo cual, el juez del corregidor, que era un
hombre rudo, llevándoselo prestamente aparte le empezó a interrogar.
Pero Martellino contestaba bromeando, como si nada fuese
aquella prisión; por lo que el juez, alterado, haciéndolo atar con la cuerda
[SC42] le hizo dar unos buenos saltos, con ánimo de
hacerle confesar lo que decían para después ahorcarlo. Pero luego que se vio
con los pies en el suelo, preguntándole el juez si era verdad lo que contra él
decían, no valiéndole decir no, dijo:
—Señor mío, estoy presto a confesaros la verdad, pero
haced que cada uno de los que me acusan diga dónde y cuándo les he quitado la
bolsa, y os diré lo que yo he hecho y lo que no.
Dijo el juez:
—Que me place.
Y haciendo llamar a unos cuantos, uno decía que se la
había quitado hace ocho días, el otro que seis, el otro que cuatro, y algunos
decían que aquel mismo día. Oyendo lo cual, Martellino dijo:
—Señor mío, todos estos mienten con toda su boca: y de que
yo digo la verdad os puedo dar esta prueba, que nunca había estado en esta
ciudad y que no estoy en ella sino desde hace poco; y al llegar, por mi
desventura, fui a ver a este cuerpo santo, donde me han trasquilado todo cuanto
veis; y que esto que digo es cierto os lo puede aclarar el oficial del señor
que registró mi entrada, y su libro
[SC43] y también mi posadero. Por lo que, si halláis
cierto lo que os digo, no queráis a ejemplo de esos hombres malvados
destrozarme y matarme.
Mientras las cosas estaban en estos términos, Marchese y
Stecchi, que habían oído que el juez del corregidor procedía contra él
sañudamente, y que ya le había dado tortura, temieron mucho, diciéndose:
—Mal nos hemos industriado; le hemos sacado de la sartén
para echarlo en el fuego.
Por lo que, moviéndose con toda presteza, buscando a su
posadero, le contaron todo lo que les había sucedido; de lo que, riéndose éste,
les llevó a ver a un Sandro Agolanti
[SC44] que vivía en Treviso y tenía gran influencia con el
señor, y contándole todo por su orden, le rogó que con ellos interviniera en
las hazañas de Martellino, y así se hizo. Y los que fueron a buscarlo le
encontraron todavía en camisa delante del juez y todo desmayado y muy temeroso
porque el juez no quería oír nada en su descargo, sino que, como por acaso
tuviese algún odio contra los florentinos, estaba completamente dispuesto a
hacerlo ahorcar y en ninguna guisa quería devolverlo al señor, hasta que fue
obligado a hacerlo contra su voluntad.
Y cuando estuvo ante él, y le hubo dicho todas las cosas
por su orden, pidió que como suma gracia le dejase irse porque, hasta que en
Florencia no estuviese, siempre le parecería tener la soga al cuello. El señor
rió grandemente de semejante aventura y, dándoles un traje por hombre,
sobrepasando la esperanza que los tres tenían de salir con bien de tal peligro,
sanos y salvos se volvieron a su casa.
NOVELA SEGUNDA
Rinaldo de Asti, robado, va a parar a Castel Guiglielmo y
es albergado por una señora viuda, y, desagraviado de sus males, sano y salvo
vuelve a su casa.
De las desventuras de Martellino contadas por Neifile
rieron las damas desmedidamente, y sobre todo entre los jóvenes Filostrato, a
quien, como estaba sentado junto a Neifile, mandó la reina que la siguiese en
el novelar; y sin esperar, comenzó:
Bellas señoras, me siento inclinado a contaros una
historia sobre cosas católicas
[SC45] entremezcladas con calamidades y con amores, la
cual será por ventura útil haberla oído, especialmente a quienes por los
peligrosos caminos del amor son caminantes, de los cuales quien no haya rezado
el padrenuestro de San Julián
[SC46] muchas veces, aunque tenga buena cama, se hospeda
mal.
Había, pues, en tiempos del marqués Azzo de Ferrara
[SC47] un mercader llamado Rinaldo de Asti que, por sus
negocios, había ido a Bolonia; a los que habiendo provisto y volviendo a casa,
le sucedió que, habiendo salido de Ferrara y caminando hacia Verona, se topó
con unos que parecían mercaderes y eran unos malhechores y hombres de mala vida
y condición y, discurriendo con ellos, siguió incautamente en su compañía.
Éstos, viéndole mercader y juzgando que debía llevar
dineros, deliberaron entre sí que a la primera ocasión le robarían, y por ello,
para que no sintiera ninguna sospecha, como hombres humildes y de buena
condición, sólo de cosas honradas y de lealtad iban hablando con él, haciéndose
todo lo que podían y sabían humildes y benignos a sus ojos, por lo que él
reputaba por gran ventura haberlos encontrado ya que iba solo con su criado y
su caballo. Y así caminando, de una cosa en otra, como suele pasar en las conversaciones,
llegaron a discurrir sobre las oraciones que los hombres dirigen a Dios. Y uno
de los malhechores, que eran tres, dijo a Rinaldo:
—Y vos, gentilhombre, ¿qué oración acostumbráis a rezar
cuando vais de camino?
A lo que Rinaldo repuso:
—En verdad yo soy hombre asaz ignorante y rústico, y pocas
oraciones tengo a mano como que vivo a la antigua y cuento dos sueldos por
veinticuatro dineros
[SC48], pero no por ello he dejado de tener por costumbre
al ir de camino rezar por la mañana, cuando salgo del albergue, un padrenuestro
y un avemaría por el alma del padre y de la madre de San Julián, después de lo
que pido a Dios y a él que la noche siguiente me deparen buen albergue. Y ya
muchas veces me he visto, yendo de camino, en grandes peligros, y escapando a
todos los cuales, he estado la noche siguiente en un buen lugar y bien
albergado; por lo que tengo firme fe en que San Julián, en cuyo honor lo digo,
me haya conseguido de Dios esta gracia; no me parece que podría andar bien el
día, ni llegar bien la noche siguiente, si no lo hubiese rezado por la mañana.
A lo cual, el que le había preguntado dijo:
—Y hoy de mañana, ¿lo habéis dicho?
A lo que Rinaldo respondió:
—Ciertamente.
Entonces aquél, que ya sabía lo que iba a sucederle, dijo
para si— «Falta te hará, porque, si no fallamos, vas a albergarte mal según me
parece». Y luego le dijo:
—Yo también he viajado mucho y nunca lo he rezado, aunque
lo haya oído a muchos recomendar, y nunca me ha sucedido que por ello dejase de
albergarme bien; y esta noche por ventura podréis ver quién se albergará mejor,
o vos que lo habéis dicho o yo que no lo he dicho. Bien es verdad que yo en su
lugar digo el Dirupisti o la Intemerata o el De Profundis
[SC49] que son, según una abuela mía solía decirme, de
grandísima virtud.
Y hablando así de varias cosas y continuando su camino, y
esperando lugar y ocasión para su mal propósito, sucedió que, siendo ya tarde,
del otro lado de Castel Guiglielmo, al vadear un río aquellos tres, viendo la
hora tardía y el lugar solitario y oculto, lo asaltaron y lo robaron, y
dejándolo a pie y en camisa, yéndose, le dijeron:
—Anda y mira a ver si tu San Julián te da esta noche buen
albergue, que el nuestro bien nos lo dará.
Y, vadeando el río, se fueron. El criado de Rinaldo,
viendo que lo asaltaban, como vil, no hizo nada por ayudarle, sino que dando la
vuelta al caballo sobre el que estaba, no se detuvo hasta estar en Castel
Guiglielmo, y entrando allí, siendo ya tarde, sin ninguna dificultad encontró
albergue.
Rinaldo, que se había quedado en camisa y descalzo, siendo
grande el frío y nevando todavía mucho, no sabiendo qué hacerse, viendo llegada
ya la noche, temblando y castañeteándole los dientes, empezó a mirar alrededor
en busca de algún refugio donde pudiese estar durante la noche sin morirse de
frío; pero no viendo ninguno porque no hacía mucho que había habido guerra en
aquella comarca y todo había ardido, empujado por el frío, se enderezó,
trotando, hacia Castel Guiglielmo, no sabiendo sin embargo que su criado
hubiese huido allí o a ningún otro sitio, y pensando que si pudiera entrar
allí, algún socorro le mandaría Dios.
Pero la noche cerrada le cogió cerca de una milla alejado
del burgo, por lo que llegó allí tan tarde que, estando las puertas cerradas y
los puentes levantados, no pudo entrar dentro. Por lo cual, llorando doliente y
desconsoladamente, miraba alrededor dónde podría ponerse que al menos no le
nevase encima; y por azar vio una casa sobre las murallas del burgo algo
saliente hacia afuera, bajo cuyo saledizo pensó quedarse hasta que fuese de
día; y yéndose allí y habiendo encontrado una puerta bajo aquel saledizo, como
estaba cerrada, reuniendo a su pie alguna paja que por allí cerca había, triste
y doliente se quedó, muchas veces quejándose a San Julián, diciéndole que no
era digno de la fe que había puesto en él.
Pero San Julián, que le quería bien, sin mucha tardanza le
deparó un buen albergue. Había en este burgo una señora viuda, bellísima de
cuerpo como la que más, a quien el marqués Azzo amaba tanto como a su vida y
aquí a su disposición la hacía estar. Y vivía la dicha señora en aquella casa
bajo cuyo saledizo Rinaldo se habla ido a refugiar. Y el día anterior por acaso
había el marqués venido aquí para yacer por la noche con ella, y en su casa
misma secretamente había mandado prepararle un baño y suntuosamente una cena.
Y estando todo presto, y nada sino la llegada del marqués
esperando ella, sucedió que un criado llegó a la puerta que traía nuevas al
marqués por las cuales tuvo que ponerse en camino súbitamente; por lo cual,
mandando decir a la señora que no lo esperase, se marchó prestamente. Con lo
que la mujer, un tanto desconsolada, no sabiendo qué hacer, deliberó meterse en
el baño preparado para el marqués y después cenar e irse a la cama; y así, se
metió en el baño. Estaba este baño cerca de la puerta donde el pobre Rinaldo
estaba acostado fuera de la ciudad; por lo que, estando la señora en el baño,
sintió el llanto y la tiritona de Rinaldo, que parecía haberse convertido en
cigüeña. Y llamando a su criada, le dijo:
—Vete abajo y mira fuera de los muros al pie de esa puerta
quién hay allí, y quién es y lo que hace.
La criada fue y, ayudándola la claridad del aire, vio al
que en camisa y descalzo estaba allí, como se ha dicho, y todo tiritando; por
lo que le preguntó quién era. Y Rinaldo, temblando tanto que apenas podía
articular palabra, quién fuese y cómo y por qué estaba allí, lo más breve que
pudo le dijo y luego lastímeramente comenzó a rogarle que, si fuese posible, no
lo dejase allí morirse de frío durante la noche. La criada, sintiéndose
compadecida, volvió a la señora y todo le dijo; y ella, también sintiendo
piedad, se acordó que tenía la llave de aquella puerta, que algunas veces
servía a las ocultas entradas del marqués, y dijo:
—Ve y ábrele sin hacer ruido; aquí está esta cena que no
habría quien la comiese, y para poderlo albergar hay de sobra.
La criada, habiendo alabado mucho la humanidad de la
señora, fue y le abrió; y habiéndolo hecho entrar, viéndolo casi yerto, le dijo
la señora:
—Pronto, buen hombre, entra en aquel baño, que todavía
está caliente.
Y él, sin esperar más invitaciones, lo hizo de buena gana,
y todo reconfortado con aquel calor, de la muerte a la vida le pareció haber
vuelto. La señora le hizo preparar ropas que habían sido de su marido, muerto
poco tiempo antes, y cuando las hubo vestido parecían hechas a su medida; y
esperando qué le mandaba la señora, empezó a dar gracias a Dios y a San Julián
que de una noche tan mala como la que le esperaba le habían librado y a buen
albergue, por lo que parecía, conducido. Después de esto, la señora, algo
descansada, habiendo ordenado hacer un grandísimo fuego en la chimenea de uno
de sus salones, se vino allí y preguntó qué era de aquel buen hombre. A lo que
la criada respondió:
—Señora mía, se ha vestido y es un buen mozo y parece
persona de bien y de buenas maneras.
—Ve, entonces —dijo la señora—, y llámalo, y dile que se
venga aquí al fuego, y así cenará, que sé que no ha cenado.
Rinaldo, entrando en el salón y viendo a la señora y
pareciéndole principal, la saludó reverentemente y las mayores gracias que supo
le dio por el beneficio que le había hecho. La señora lo vio y lo escuchó, y
pareciéndole lo que la criada le había dicho, lo recibió alegremente y con ella
familiarmente le hizo sentarse al fuego y le preguntó sobre la desventura que
le había conducido allí, y Rinaldo le narró todas las cosas por su orden. Había
la señora, por la llegada del criado de Rinaldo al castillo, oído algo de ello
por lo que enteramente creyó en lo que él le contaba, y también le dijo lo que
de su criado sabía y cómo fácilmente podría encontrarlo a la mañana siguiente.
Pero luego que la mesa fue puesta como la señora quiso,
Rinaldo con ella, lavadas las manos, se puso a cenar. Él era alto de estatura,
y hermoso y agradable de rostro y de maneras asaz loables y graciosas, y joven
de mediana edad; y la señora, habiéndole ya muchas veces puesto los ojos encima
y apreciándolo mucho, y ya, por el marqués que con ella debía venir a acostarse
teniendo el apetito concupiscente despierto en la mente, después de la cena,
levantándose de la mesa, con su criada se aconsejó si le parecía bien que ella,
puesto que el marqués la había burlado, usase de aquel bien que la fortuna le
había enviado. La criada, conociendo el deseo de su señora, cuanto supo y pudo
la animó a seguirlo; por lo que la señora, volviendo al fuego donde había dejado
solo a Rinaldo, empezando a mirarlo amorosamente, le dijo:
—¡Ah, Rinaldo!, ¿por qué estáis tan pensativo? ¿No creéis
poder resarciros de un caballo y de unos cuantos paños que habéis perdido?
Confortaos, poneos alegre, estáis en vuestra casa; y más quiero deciros: que,
viéndoos con esas ropas encima, que fueron de mi difunto marido, pareciéndome
vos él mismo, me han venido esta noche más de cien veces deseos de abrazaros y
de besaros, y si no hubiera temido desagradaros por cierto que lo habría hecho.
Rinaldo, oyendo estas palabras y viendo el relampaguear de
los ojos de la mujer, como quien no era un mentecato, se fue a su encuentro con
los brazos abiertos y dijo:
—Señora mía, pensando que por vos puedo siempre decir que
estoy vivo, y mirando aquello de donde me sacasteis, gran vileza sería la mía si
yo todo lo que pudiera seros agradable no me ingeniase en hacer; y así,
contentad vuestro deseo de abrazarme y besarme, que yo os abrazaré y os besaré
más que a gusto.
Después de esto no necesitaron más palabras. La mujer, que
ardía toda en amoroso deseo, prestamente se le echó en los brazos; y después
que mil veces, estrechándolo deseosamente, le hubo besado y otras tantas fue
besada por él, levantándose de allí se fueron a la alcoba y sin esperar,
acostándose, plenamente y muchas veces, hasta que vino el día, sus deseos
cumplieron.
Pero luego que empezó a salir la aurora, como plugo a la
señora, levantándose, para que aquello no pudiera ser sospechado por nadie,
dándole algunas ropas asaz mezquinas y llenándole la bolsa de dineros,
rogándole que todo aquello tuviese secreto, habiéndole enseñado primero qué
camino debiese seguir para llegar dentro a buscar a su criado, por aquella
portezuela por donde había entrado le hizo salir.
Él, al aclararse el día, dando muestras de venir de más
lejos, abiertas las puertas, entró en aquel burgo y encontró a su criado; por
lo que, vistiéndose con ropas suyas que en el equipaje tenía, y pensando en
montarse en el caballo del criado, casi por milagro divino sucedió que los tres
malhechores que la noche anterior le habían robado, por otra maldad hecha
después, apresados, fueron llevados a aquel castillo y, por su misma confesión,
le fue restituido el caballo, los paños y los dineros y no perdió más que un
par de ligas de las medías de las que no sabían los malhechores qué habían
hecho.
Por lo cual Rinaldo, dándole gracias a Dios y a San
Julián, montó a caballo, y sano y salvo volvió a su casa; y a los tres
malhechores, al día siguiente, los llevaron a agitar los pies en el aire.
NOVELA TERCERA
Tres jóvenes, malgastando sus bienes, se empobrecen; y un
sobrino suyo, que al volver a casa desesperado tiene como compañero de camino a
un abad, encuentra que éste es la hija del rey de Inglaterra, la cual le toma
por marido y repara los descalabros de sus tíos restituyéndoles en su buen
estado.
Fueron oídas con admiración las aventuras de Rinaldo de
Asti por las señoras y los jóvenes y alabada su devoción, y dadas gracias a
Dios y a San Julián que le habían prestado socorro en su mayor necesidad, y no
fue por ello (aunque esto se dijese medio a escondidas) reputada por necia la
señora que había sabido coger el bien que Dios le había mandado a casa. Y
mientras que sobre la buena noche que aquél había pasado se razonaba entre
sonrisas maliciosas, Pampínea, que se veía al lado de Filostrato, apercibiéndose,
así como sucedió, que a ella le tocaba la vez, recogiéndose en sí misma, empezó
a pensar en lo que debía contar; y luego del mandato de la reina, no menos
atrevida que alegre empezó a hablar así:
Valerosas señoras, cuanto más se habla de los hechos de la
fortuna, tanto mas, a quien quiere bien mirar sus casos, queda por contar; y de
ello nadie debe maravillarse si discretamente piensa que todas las cosas que
nosotros neciamente nuestras llamamos están en sus manos y por consiguiente,
por ella, según su oculto juicio, sin ninguna pausa, de uno en otro y de otro
en uno sucesivamente sin ningún orden conocido por nosotros son cambiadas. Lo
que, aunque con plena fidelidad, en todas las cosas y todo el día se muestre, y
además haya sido antes mostrado en algunas historias, no dejaré (ya que place a
nuestra reina que de ello se hable), tal vez no sin utilidad de los oyentes, de
añadir a las contadas una historia más, que pienso que deberá agradaros.
Hubo en nuestra ciudad un caballero cuyo nombre era micer
Tebaldo, el cual, según quieren algunos, fue de los Lamberti y otros afirman
haber sido de los Agolanti, fundándose tal vez, más que en otra cosa, en el
oficio que sus hijos después de él han hecho, conforme al que siempre los
Agolanti han hecho y hacen
[SC50]. Pero dejando a un lado a cuál de las dos casas
perteneciese, digo que fue éste en sus tiempos riquísimo caballero y tuvo tres
hijos, el primero de los cuales tuvo por nombre Lamberto, el segundo Tebaldo y
el tercero Agolante, ya hermosos y corteses jóvenes, aunque el mayor no llegase
a dieciocho años, cuando este riquísimo micer Tebaldo vino a morir, y a ellos,
como a sus herederos legítimos, todos sus bienes muebles e inmuebles dejó.
Los cuales, viéndose quedar riquísimos en campesinos y en
posesiones, sin ningún otro gobierno sino su propio placer, sin ningún freno ni
contención empezaron a gastar teniendo numerosísimos criados y muchos y buenos
caballos y perros y aves y continuamente huéspedes, dando y justando y haciendo
no solamente lo que a gentileshombres corresponde, sino también aquello que en
su apetito juvenil les venía en gana hacer. Y no habían llevado mucho tiempo
tal vida cuando el tesoro dejado por el padre disminuyó y no bastándoles para
los comenzados gastos sus rentas, comenzaron a empeñar y a vender las
posesiones; y hoy una, mañana otra vendiendo, apenas se dieron cuenta cuando se
vieron venidos a la nada y se abrieron a la pobreza sus ojos, que la riqueza
había tenido cerrados.
Por lo cual Lamberto, llamando un día a los otros dos, les
dijo cuán grande había sido la honorabilidad del padre y cuánta la suya, y
cuánta su riqueza y cuál la pobreza a la que por su desordenado gastar habían
venido; y lo mejor que supo, antes de que más aparente fuese su miseria, les
animó a vender con él mismo lo poco que les quedaba y a irse; y así lo
hicieron.
Y sin despedirse ni hacer ninguna pompa, salidos de
Florencia, no se detuvieron hasta que estuvieron en Inglaterra, y allí, tomando
una casita en Londres, haciendo pequeñísimos gastos, duramente comenzaron a
prestar a usura; y tan favorable les fue la fortuna en este lugar que en pocos
años una grandísima cantidad de dineros ganaron. Por lo cual, con ellos,
sucesivamente uno u otro volviendo a Florencia, gran parte de sus posesiones
volvieron a comprar y muchas otras compraron además de aquéllas, y tomaron mujer;
y, para continuar prestando en Inglaterra, a atender sus negocios mandaron a un
joven sobrino suyo que tenía por nombre Alessandro, y ellos tres en Florencia,
habiendo olvidado a qué partido les había llevado el desmedido gasto otras
veces, a pesar de que con familia todos habían venido, más que nunca
excesivamente gastaban y tenían sumo crédito con todos los mercaderes y por
cualquier cantidad grande de dinero.
Los cuales gastos unos cuantos años ayudó a sostener la
moneda que les mandaba Alessandro, que se había puesto a prestar a barones
sobre sus castillos y otras rentas suyas, los cuales con grandes rendimientos
bien le respondían. Y mientras así los tres hermanos abundantemente gastaban y
cuando les faltaba dinero lo tomaban en préstamo, teniendo siempre su esperanza
en Inglaterra, sucedió que, contra la opinión de todos, comenzó en Inglaterra
una guerra entre el rey y un hijo suyo por la cual se dividió toda la isla
[SC51], y quién apoyaba a uno y quién al otro: por la cual
cosa fueron todos los castillos de los barones quitados a Alessandro y no había
ninguna otra renta que de algo le respondiese. Y esperándose que cualquier día
entre el hijo y el padre debía hacerse la paz y por consiguiente todas las
cosas restituidas a Alessandro, rendimientos y capital, Alessandro de la isla
no se iba, y los tres hermanos, que en Florencia estaban, en nada sus gastos
grandísimos limitaban, tomando prestado más cada día. Pero luego de que en
muchos años ningún efecto se vio seguir a la esperanza tenida, los tres
hermanos no sólo el crédito perdieron sino que, queriendo aquellos a quienes
debían ser pagados, fueron súbitamente presos; y no bastando sus posesiones
para pagar, por lo que faltaba quedaron en prisión, y de sus mujeres y los
hijos pequeños quién se fue al campo y quién aquí y quién allá con bastante
pobres avíos, no sabiendo ya qué debiesen esperar sino mísera vida siempre.
Alessandro, que en Inglaterra la paz muchos años esperado
había, viendo que no llegaba y pareciéndole que se quedaba allí no menos con
peligro de su vida que en vano, habiendo deliberado volver a Italia solo, se
puso en camino. Y por acaso, al salir de Brujas, vio que salía igualmente un
abad blanco
[SC52] acompañado de muchos monjes y con muchos criados y
precedido de gran equipaje; junto al cual venían dos caballeros viejos y
parientes del rey, a los cuales; como a conocidos, acercándose Alessandro, por
ellos en su compañía fue de buena gana recibido. Caminando, pues, Alessandro
con ellos, graciosamente les preguntó quiénes fuesen los monjes que con tanto
séquito cabalgaban delante y a dónde iban. A lo que uno de los caballeros
repuso:
—Este que cabalga delante es un joven pariente nuestro,
recientemente elegido abad de una de las mayores abadías de Inglaterra; y
porque es más joven de lo que las leyes mandan para tal dignidad, vamos
nosotros con él a Roma a impetrar del santo padre que, a pesar de su tierna
edad, lo dispense y luego en la dignidad lo confirme: porque esto no se puede
tratar con nadie más.
Caminando, pues, el novel abad ora delante de sus criados
ora junto a ellos, así como vemos que hacen todos los días por los caminos los
señores, le sucedió ver a Alessandro junto a él al caminar, el cual era asaz
joven, en la persona y en el rostro hermosísimo y, cuanto cualquiera podía
serlo, cortés y agradable y de buenas maneras; el cual maravillosamente le
gustó a primera vista más que nada le había gustado nunca, y llamándolo junto a
sí, con él empezó a conversar placenteramente y a preguntarle quién era, de
dónde venía y adónde iba. A lo cual Alessandro todo sobre su condición
francamente dijo y satisfizo sus preguntas, y él mismo a su servicio, aunque
poco pudiese, se ofreció. El abad, oyendo su conversar bello y ordenado y más
detalladamente considerando sus maneras, y pensando para sí que a pesar de que
su oficio había sido servil, era gentilhombre, más en su agrado se encendió; y
ya lleno de compasión por sus desgracias, asaz familiarmente le confortó y le
dijo que tuviera buena esperanza porque, si hombre de pro era, aún Dios le
repondría en donde la fortuna le había arrojado y aún más arriba; y le rogó
que, puesto que hacia Toscana iba, quisiera quedarse en su compañía, como fuese
que él también allí iba. Alessandro le dio gracias por el consuelo y le dijo
que estaba pronto a todos sus mandatos. Caminando, pues, el abad, en cuyo pecho
se revolvían extrañas cosas sobre el visto Alessandro, sucedió que después de
algunos días llegaron a una villa que no estaba demasiado ricamente provista de
albergues, y queriendo allí albergar al abad, Alessandro en casa de un posadero
que le era muy conocido le hizo desmontar y le hizo preparar una alcoba en el
lugar menos incómodo de la casa. Y, convertido ya casi en mayordomo del abad,
como quien estaba muy avezado a ello, como mejor pudo alojando por la villa a
todo el séquito, quién aquí y quién allí, habiendo ya cenado el abad y ya
siendo noche cerrada, y todos los hombres idos a dormir, Alessandro preguntó al
posadero dónde podría dormir él. A lo que el posadero le respondió:
—En verdad que no lo sé; ves que todo está lleno, y puedes
ver a mis criados dormir en los bancos, pero en la alcoba del abad hay unos
arcones a los que te puedo llevar y poner encima algún colchón y allí, si te
parece bien, como mejor puedas acuéstate esta noche.
A lo que Alessandro dijo:
—¿Cómo voy a ir a la alcoba del abad, que sabes que es
pequeña y por su estrechez no ha podido acostarse allí ninguno de sus monjes?
Si yo me hubiera dado cuenta de ello cuando se corrieron las cortinas habría
hecho dormir sobre los arcones a sus monjes y yo me habría quedado donde los
monjes duermen.
A lo que el posadero dijo:
—Pero así está el asunto, y puedes, si quieres, estar allí
lo mejor del mundo; el abad duerme y las cortinas están corridas, yo te traeré
sin hacer ruido una manta, ve a dormir.
Alessandro viendo que esto podía hacerse sin ninguna
molestia para el abad, dio su acuerdo, y lo más calladamente que pudo se
acomodó allí. El abad, que no dormía, sino que pensaba vehementemente en sus
extraños deseos, oía lo que el posadero y Alessandro hablaban, y también había
oído dónde se había acostado Alessandro; por lo que entre sí, muy contento,
empezó a decir:
—Dios ha mandado ocasión a mis deseos; si no la aprovecho,
por acaso no volverá en mucho tiempo.
Y decidiéndose del todo a aprovecharla, pareciéndole todo
reposado en el albergue, con baja voz llamó a Alessandro y le dijo que se
acostase junto a él; el cual, luego de muchas negativas, desnudándose se acostó
allí. El abad, poniéndole la mano en el pecho le empezó a tocar no de otra
manera que suelen hacer las deseosas jóvenes a sus amantes; de lo que
Alessandro se maravilló mucho, y dudó si el abad, impulsado por deshonesto
amor, se movía a tocarlo de aquella manera. La cual duda, o por presumirla o
por algún gesto que Alessandro hiciese, súbitamente conoció el abad, y sonrió:
y prontamente quitándose una camisa que llevaba encima tomó la mano de
Alessandro y se la puso sobre el pecho diciéndole:
—Alessandro, arroja fuera tus pensamientos necios, y
buscando aquí, conoce lo que escondo.
Alessandro, puesta la mano sobre el pecho del abad,
encontró dos teticas redondas y firmes y delicadas, no de otro modo que si
hubieran sido de marfil; encontradas las cuales y conocido en seguida que éste
era mujer, sin esperar otra invitación, abrazándola prontamente la quería
besar, cuando ella le dijo:
—Antes de que te acerques, escucha lo que quiero decirte.
Como puedes conocer, soy mujer y no hombre; y, doncella, me partí de mi casa y
al papa iba a que me diera marido: o por tu ventura o por mi desdicha, al verte
el otro día, así me hizo arder por ti Amor como mujer no hubo nunca que tanto
amase a un hombre; y por ello he deliberado quererte por marido antes que a
ningún otro. Si no me quieres por mujer, salte de aquí en seguida y vuelve a tu
sitio.
Alessandro, aunque no la conocía, considerando la compañía
que llevaba, estimó que debía ser noble y rica, y hermosísima la veía; por lo
que, sin demasiado largo pensamiento, repuso que, si le placía aquello, a él
mucho le agradaba. Ella entonces, levantándose y sentándose sobre la cama,
delante de una tablilla donde estaba la efigie de Nuestro Señor, poniéndole en
la mano un anillo, se hizo desposar por él y después, abrazados juntos, con
gran placer de cada una de las partes, cuanto quedaba de aquella noche se
solazaron.
Y conviniendo entre ellos el modo y la manera para los
hechos futuros, al venir el día, Alessandro por el mismo lugar de la alcoba
saliendo que había entrado, sin saber ninguno dónde hubiese dormido durante la
noche, alegre sobremanera, con el abad y con su compañía se puso en camino, y
luego de muchas jornadas llegaron a Roma. Y allí, después de que algunos días
se hubieron quedado, el abad con los dos caballeros y con Alessandro, sin nadie
más, entraron a ver al papa; y hecha la debida reverencia, así comenzó a hablar
el abad:
—Santo padre, así como vos mejor que nadie debéis saber,
todos los que iban y honestamente quieren vivir deben, en cuanto pueden, huir
toda ocasión que a obrar de otro modo pudiese conducirles; lo cual para que yo,
que honestamente vivir deseo, pudiese hacer cumplidamente, en el hábito en que
me veis escapada secretamente con grandísima parte de los tesoros del rey de
Inglaterra, mi padre, el cual al rey de Escocia, señor viejísimo, siendo yo
joven como me veis, me quería dar por mujer, para venir aquí, a fin de que
vuestra santidad me diese marido, me puse en camino. Y no me hizo tanto huir la
vejez del rey de Escocia cuanto el temor de hacer, por la fragilidad de mi
juventud, si con él fuese casada, algo que fuese contra las divinas leyes y
contra el honor de la sangre real de mi padre. Y así dispuesta viniendo, Dios,
el cual sólo óptimamente conoce lo que cada uno ha menester, creo que por su
misericordia, a aquel a quien a Él placía que fuese mi marido me puso delante
de los ojos: y aquél fue este joven —y mostró a Alessandro que vos veis junto a
mí, cuyas costumbres y mérito son dignos de cualquier gran señora, aunque quizá
la nobleza de su sangre no sea tan clara como es la real. A él, pues, he tomado
y a él quiero, y no tendré nunca a nadie más, parézcale lo que le parezca de
ello a mi padre o a los demás, por lo que la principal razón que me movió ha
desaparecido; pero me complació completar el camino, tanto por visitar los
santos lugares y dignos de reverencia, de los cuales está llena esta ciudad,
como a vuestra santidad, y también para que por vos el matrimonio contraído
entre Alessandro y yo solamente en la presencia de Dios, hiciera yo público
ante la vuestra y consiguientemente ante la presencia de los demás hombres. Por
lo que humildemente os ruego que aquello que a Dios y a mí ha placido os sea
grato y que me deis vuestra bendición, para que con ella, como con mayor
certidumbre del placer de Aquel del cual sois vicario, podamos juntos, a honor
de Dios y vuestro, vivir y finalmente morir.
Maravillóse Alessandro oyendo que su mujer era hija del
rey de Inglaterra, y se llenó de extraordinaria alegría oculta; pero más se
maravillaron los dos caballeros y tanto se enojaron que si en otra parte y no
delante del papa hubieran estado, habrían a Alessandro y tal vez a la mujer
hecho alguna villanía.
Por otra parte, el papa se maravilló mucho tanto del
hábito de la mujer como de su elección; pero sabiendo que no se podía dar
vuelta atrás, quiso satisfacer su ruego y primeramente consolando a los
caballeros, a quienes sabía airados, y poniéndolos en buena paz con la señora y
con Alessandro, dio órdenes para hacer lo que hubiera menester. Y el día fijado
por él siendo llegado, ante todos los cardenales y otros muchos grandes hombres
de pro, los cuales invitados a una grandísima fiesta preparada por él habían
venido, hizo venir a la señora regiamente vestida, la cual tan hermosa y
atrayente parecía que merecidamente era por todos alabada, y del mismo modo
Alessandro espléndidamente vestido, en apariencia y en modales nada parecía un
joven que a usura hubiese prestado sino más bien de sangre real, y por los dos
caballeros muy honrado; y aquí de nuevo hizo celebrar solemnemente los
esponsales, y luego, hechas bien y magníficamente las bodas, con su bendición
los despidió.
Plugo a Alessandro, y también a la señora, al partir de
Roma venir a Florencia donde ya había llegado la fama de la noticia; y allí,
recibidos por los ciudadanos con sumo honor, hizo la señora liberar a los tres
hermanos, habiendo hecho primero pagar a todo el mundo y devolverles sus
posesiones a ellos y sus mujeres. Por lo cual, con buenos deseos de todos,
Alessandro con su mujer, llevándose consigo a Agolante, se fue de Florencia y
llegados a París, honorablemente fueron recibidos por el rey. De allí se fueron
los dos caballeros a Inglaterra, y tanto se afanaron con el rey que les
devolvió su gracia y con grandísima fiesta recibió a ella y a su yerno; al cual
poco después hizo caballero y le dio el condado de Cornualles.
Y él fue tan capaz, y tanto supo hacer que reconcilió al
hijo con el padre, de lo que se siguió gran bien a la isla y se ganó el amor y
la gracia de todos los del país y Agolante recobró todo lo que le debían
enteramente, y rico sobremanera se volvió a Florencia, habiéndolo primero
armado caballero el conde Alessandro. El conde, luego, con su mujer
gloriosamente vivió, y según lo que algunos dicen, con su juicio y valor y la
ayuda del suegro conquistó luego Escocia de la que fue coronado rey.
NOVELA CUARTA
Landolfo Rúfolo, empobrecido, se hace corsario y, preso
por los genoveses, naufraga y se salva sobre una arqueta llena de joyas
preciosísimas, y recogido en Corfú por una mujer, rico vuelve a su casa.
Laureta estaba sentada junto a Pampínea; y viéndola llegar
al triunfal final de su historia, sin esperar otra cosa empezó a hablar de esta
guisa:
Graciosísimas damas, ninguna obra de la fortuna, según mi
juicio, puede verse mayor que ver a alguien desde la extrema miseria al estado
real elevarse, como la historia de Pampínea nos ha mostrado que sucedió a su
Alessandro. Y por ello, a cualquiera que sobre la propuesta materia de aquí en
adelante novelare, le será necesario contar algo más acá de estos límites y no
me avergonzaré yo de contar una historia que, aunque contenga mayores miserias,
no tenga tan espléndido desenlace. Bien sé que, teniendo aquélla presente, será
la mía escuchada con menor diligencia; pero como no puedo hacer de otro modo,
seré disculpada por ello.
Se cree que el litoral desde Reggio a Caeta es la parte
más deleitosa de Italia; en la cual, junto a Salerno hay un acantilado que
avanza sobre el mar al que los habitantes llaman la costa de Amalfi, llena de
pequeñas ciudades, de jardines y de fuentes, y de hombres ricos y emprendedores
en empresas mercantiles tanto como ningunos otros. Entre las cuales
ciudadecillas hay una llamada Ravello en la que, si hoy hay hombres ricos,
había hace tiempo uno que fue riquísimo, llamado Landolfo Rúfolo; al cual, no
bastándole su riqueza, deseando duplicarla, estuvo a punto de perderse con toda
ella a sí mismo. Este, pues, así como suele ser el uso de los mercaderes,
hechos sus cálculos, compró un grandísimo barco y con sus dineros lo cargó todo
de varias mercancías y anduvo con él a Chipre.
Allí, con aquella misma calidad de mercancías que él había
llevado, encontró que habían llegado otros barcos; por la cual razón no
solamente tuvo que vender a bajo precio aquello que llevado había, sino que,
para colocar sus cosas, tuvo casi que tirar algunas; con lo que cerca estuvo de
arruinarse. Y sintiendo por ello grandísima pesadumbre, no sabiendo qué hacerse
y viéndose de hombre riquísimo en breve tiempo convertido en casi pobre,
decidió o morir o robando resarcirse de sus males, para que allí de donde rico
había partido no fuese a volver pobre.
Y encontrando un comprador de su gran barco, con aquellos
dineros y con los otros que le había valido su mercancía, compró un barquito
ligero para piratear, y con todas las cosas necesarias a tal servicio lo armó y
lo guarneció óptimamente, y se dio a apropiarse las cosas de los demás, y
máximamente de los turcos. En cuya tarea le fue la fortuna mucho más benévola
que le había sido en comerciar. Quizás en un solo año robó y prendió tantos
barcos de turcos que se encontró con que no sólo había vuelto a ganar lo suyo
que había perdido en el comercio, sino que con mucho lo había duplicado.
Por lo cual, enseñado por el dolor de la primera pérdida,
conociendo que tenía bastante, para no caer en la segunda, se aconsejó a sí
mismo que aquello que tenía, sin querer más, debía bastarle, y por ello se
dispuso a volver con ello a su casa: y temeroso del comercio no se molestó en
invertir de otra manera sus dineros sino que en aquel barquito con el cual los
había ganado, haciendo los remos a la mar, emprendió el regreso.
Y ya al Archipiélago
[SC53] llegado, levantóse por la noche un siroco que no
solamente era contrario a su ruta sino que hacía una mar gruesísima y su
pequeño barco no hubiera podido soportarlo, y en un entrante del mar que tenía
una islita, de aquel viento al cubierto se recogió, proponiéndose allí
esperarlo mejor.
En la cual caleta, estando poco rato, dos grandes cocas
[SC54] de genoveses que venían de Constantinopla, para
huir de lo mismo que Landolfo huido había, llegaron con trabajo; y sus gentes,
visto el barquichuelo y cortándole el camino para poder irse, oyendo de quién
era y ya por la fama sabiéndole riquísimo, como hombres que eran naturalmente
deseosos de pecunia y rapaces, a tomarlo se dispusieron.
Y, haciendo bajar a tierra parte de sus gentes, con
ballestas y bien armadas, las hicieron ir a lugar tal que del barquichuelo
ninguna persona, si no quería ser asaeteada, podía descender; y ellos
haciéndose remolcar por las chalupas y ayudados por el mar, se acostaron al
pequeño barco de Landolfo, y con poco trabajo en poco tiempo, con toda su
chusma y sin perder un solo hombre, se apoderaron de él a mansalva; y haciendo
venir a Landolfo sobre una de las dos cocas y cogiendo todo lo que había en el
barquichuelo, lo hundieron, apresándole a él, cubierto sólo de un pobre
justillo.
Al día siguiente, habiendo mudado el viento, las naves
viniendo hacia Poniente, izaron las velas, y todo aquel día prósperamente
vinieron su camino; pero al caer la tarde se levantó un viento tempestuoso, que
haciendo las olas altísimas separó a una coca de la otra. Y por la fuerza de
este viento sucedió que aquella en que iba el mísero y pobre Landolfo, con
grandísimo ímpetu cerca de la isla de Cefalonia chocó contra un arrecife y no
de otra manera que un vidrio golpeado contra un muro se abrió toda y se hizo
pedazos; por lo que los desdichados miserables que en ella estaban, estando ya
el mar todo lleno de mercancías que flotaban y de cajones y de tablas, como en
casos semejantes suele suceder, aun cuando oscurísima la noche estuviese y el
mar gruesísimo e hinchado, nadando quienes sabían nadar, empezaron a asirse a
las cosas que por azar se les paraban delante.
Entre los cuales el mísero Landolfo, aun cuando el día
anterior había llamado a la muerte muchas veces, prefiriendo quererla mejor que
retornar a casa pobre como se veía, al verla cerca tuvo miedo de ella; y como
los demás, al venirle a las manos una tabla se asió a ella, por si Dios,
retardando él el ahogarse, le mandase alguna ayuda en su salvación: y a caballo
de aquélla como mejor podía, viéndose arrastrado por el mar y el viento ora acá
ora allá se sostuvo hasta el clarear del día. Venido el cual, mirando en torno,
ninguna cosa sino nubes y mar veía y un cofre que, flotando sobre las olas del
mar, a veces con grandísimo temor suyo se le acercaba: temiendo que aquel cofre
le golpease de modo que lo ahogara, y siempre que junto a él venía, cuanto
podía, con la mano, aunque pocas fuerzas le quedaran, lo alejaba.
Pero como quiera que fuesen las cosas sucedió que,
desencadenándose de súbito en el aire un nudo de viento y habiendo penetrado en
el mar, en aquel cofre un golpe tan fuerte dio, y el cofre en la tabla sobre la
que Landolfo estaba, que, volcada por la fuerza, soltándola Landolfo fue bajo
las olas y volvió arriba nadando, más por el miedo que por las fuerzas ayudado,
y vio muy alejada de él la tabla; por lo que, temiendo no poder llegar a ella,
se acercó al cofre, que estaba bastante cerca, y puesto el pecho sobre su tapa,
como mejor podía con los brazos la conducía derecha.
Y de esta manera, arrojado por el mar ora aquí ora allí,
sin comer, como quien no tiene qué, y bebiendo más de lo que habría querido,
sin saber dónde estuviese ni ver otra cosa que olas, permaneció todo aquel día
y noche siguiente. Y al día siguiente, o por placer de Dios o porque la fuerza
del viento así lo hiciera, éste, convertido en una esponja, agarrándose fuerte
con ambas manos a los bordillos del cofre a guisa de lo que vemos hacer a
quienes están por ahogarse cuando cogen alguna cosa, llegó a la playa de la
isla de Corfú, donde una pobre mujercita lavaba y pulía por acaso sus cacharros
con la arena y el agua salada. La cual, al verle avecinarse, no distinguiendo
en él forma alguna, temiendo y gritando retrocedió.
Él no podía hablar y poco veía, y por ello nada le dijo;
pero mandándolo hacia la tierra el mar, ella apercibió la forma del cofre, y
mirando después más fijamente y viendo distinguió primeramente los mismos
brazos sobre el cofre, y luego reconoció la cara y ser lo que era se imaginó.
Por lo que, a compasión movida, adentróse un tanto por el mar que estaba ya
tranquilo y, agarrándolo por los cabellos, con todo el cofre lo arrastró a
tierra, y allí con trabajo las manos del cofre desenganchándole, y puesto éste
al cuidado de una hija suya que con ella estaba, lo llevó a tierra como a un
niño pequeño y, poniéndolo en un baño caliente, tanto lo refregó y lavó con el
agua caliente, que volvió a él el perdido calor y algunas de las fuerzas
desaparecidas; y cuando le pareció oportuno le atendió y con algo de buen vino
y de confituras le reconfortó, y algunos días lo tuvo lo mejor que pudo hasta
que él, recuperadas las fuerzas, se dio cuenta de dónde estaba.
Por lo que a la buena mujer le pareció deber devolverle su
cofre, que ella había salvado, y decirle que en adelante se buscase su ventura;
y así lo hizo. Él, que de ningún cofre se acordaba, lo cogió sin embargo, visto
que se lo daba la buena mujer, pensando que no debía valer tan poco que no le
sirviese para los gastos de algún día; y al encontrarlo muy ligero, asaz menguó
su esperanza. Pero no por ello, no estando en casa la buena mujer, dejó de
desclavarlo para ver lo que habla dentro, y encontró en el muchas piedras
preciosas, engarzadas y sueltas, de las que algo entendía. Y viendo las cuales
y conociéndolas de gran valor, alabando a Dios que aún no había querido
abandonarle, todo se reconfortó; pero como quien en poco tiempo había sido
fieramente asaeteado por la fortuna dos veces, temiendo la tercera, pensó que
le convenía tener mucha cautela para poder llevar aquellas cosas a su casa; por
lo que en algunos harapos, como mejor pudo, envolviéndolas, dijo a la buena
mujer que no necesitaba ya el cofre, pero que, si le placía, le diera un saco y
se quedase con él.
La buena mujer lo hizo de buena gana; y él, dándole las
mayores gracias que podía por el beneficio recibido de ella, guardándose el
saco en el regazo, de ella se separó; y subido a una barca, pasó a Brindisi y
desde allí, de costa en costa se dirigió a Trani, donde, encontrando a unos
ciudadanos suyos que eran pañeros, como por amor de Dios le vistieron,
habiéndoles contado antes todas sus aventuras, salvo la del cofre; y además
prestándole caballo y dándole compañía hasta Ravello donde para siempre decía querer
volver, le enviaron.
Aquí, pareciéndole estar seguro, dándole gracias a Dios
que lo había guiado allí, desató su saquito, y con más diligencia buscando todo
que nunca había hecho antes, se encontró que tenía tantas y tales piedras que,
vendiéndolas a su precio y aun a menos, era dos veces más rico que cuando se
había ido. Y encontrando el modo de despachar sus piedras, hasta Corfú mandó
una buena cantidad de dineros, por valerlos el servicio recibido, a la buena
mujer que lo había sacado del mar; y lo mismo hizo a Trani a quienes le habían
dado de vestir; y lo restante, sin querer comerciar ya más, lo retuvo y
honorablemente vivió hasta el fin.
NOVELA QUINTA
A Andreuccio de Perusa, llegado a Nápoles a comprar
caballos, le suceden en una noche tres graves desventuras, y salvándose de
todas, se vuelve a casa con un rubí.
Las piedras preciosas encontradas por Landolfo —empezó
Fiameta, a quien le tocaba la vez de novelar— me han traído a la memoria una
historia que no contiene menos peligros que la narrada por Laureta, pero es
diferente de ella en que aquéllos tal vez en varios años y éstos en el espacio
de una noche se sucedieron, como vais a oír.
Hubo, según he oído, en Perusa, un joven cuyo nombre era
Andreuccio de Prieto, tratante en caballos, el cual, habiendo oído que en
Nápoles se compraban caballos a buen precio, metiéndose en la bolsa quinientos
florines de oro, no habiendo nunca salido de su tierra, con otros mercaderes
allá se fue; donde, llegado un domingo al atardecer e informado por su
posadero, a la mañana siguiente bajó al mercado, y muchos vio y muchos le
pluguieron y entró en tratos sobre muchos, pero no pudiendo concertarse sobre
ninguno, para mostrar que a comprar había ido, como rudo y poco cauto, muchas
veces en presencia de quien iba y de quien venia sacó fuera la bolsa donde
tenía los florines.
Y estando en estos tratos, habiendo mostrado su bolsa,
sucedió que una joven siciliana bellísima, pero dispuesta por pequeño precio a
complacer a cualquier hombre, sin que él la viera pasó cerca de él y vio su
bolsa, y súbitamente se dijo:
—¿Quién estaría mejor que yo si aquellos dineros fuesen
míos? —y siguió adelante.
Y estaba con esta joven una vieja igualmente siciliana la
cual, al ver a Andreuccio, dejando seguir la joven, afectuosamente corrió a
abrazarlo; lo que viendo la joven, sin decir nada, aparte la empezó a esperar.
Andreuccio volviéndose hacia la vieja la conoció y le hizo grandes fiestas
prometiéndole ella venir a su posada, y sin quedarse allí más, se fue, y
Andreuccio volvió a sus tratos; pero nada compró por la mañana.
La joven, que primero la bolsa de Andreuccio y luego la
familiaridad de su vieja con él había visto, por probar si había modo de que
ella pudiese hacerse con aquellos dineros, o todos o en parte, cautamente
empezó a preguntarle quién fuese él y de dónde, y qué hacía aquí y cómo le
conocía. Y ella, todo con todo detalle de los asuntos de Andreuccio le dijo,
como con poca diferencia lo hubiera dicho él mismo, como quien largamente en
Sicilia con el padre de éste y luego en Perusa había estado, e igualmente le
contó dónde paraba y por qué había venido.
La joven, plenamente informada del linaje de él y de los
nombres, para proveer a su apetito, con aguda malicia, fundó sobre ello su
plan; y, volviéndose a casa, dio a la vieja trabajo para todo el día para que
no pudiese volver a Andreuccio; y tomando una criadita suya a quien había enseñado
muy bien a tales servicios, hacia el anochecer la mandó a la posada donde
Andreuccio paraba. Y llegada allí, por acaso a él mismo, y solo, encontró a la
puerta, y le preguntó por él mismo; a lo cual, diciéndole él que él era, ella
llevándolo aparte, le dijo:
—Señor mío, una noble dama de esta tierra, si os
pluguiese, querría hablar con vos.
Y él, al oírla, considerándose bien y pareciéndole ser un
buen mozo, pensó que aquella tal dama debía estar enamorada de él, como si otro
mejor mozo que él no se encontrase entonces en Nápoles, y prontamente repuso
que estaba dispuesto y le preguntó dónde y cuándo aquella dama quería hablarle.
A lo que la criadita respondió:
—Señor, cuando os plaza venir, os espera en su casa.
Andreuccio, prestamente y sin decir nada en la posada,
dijo:
—Pues vamos, ve delante; yo iré tras de ti.
Con lo que la criadita a casa de aquélla le condujo, que
vivía en un barrio llamado Malpertuggio que cuán honesto barrio era, su nombre
mismo lo demuestra. Pero él, no sabiéndolo ni sospechándolo, creyéndose que iba
a un honestísimo lugar y a una señora honrada, sin precauciones, entrada la
criadita delante, entró en su casa; y al subir las escaleras, habiendo ya la
criadita a su señora llamado y dicho: «¡Aquí está Andreuccio!», la vio arriba
de la escalera asomarse y esperarlo.
Y ella era todavía bastante joven, alta de estatura y con
hermosísimo rostro, vestida y adornada asaz honradamente. Y al aproximarse a
ella Andreuccio, bajó tres escalones a su encuentro con los brazos abiertos y
echándosele al cuello un rato lo estuvo abrazando sin decir nada, como si una
invencible ternura le impidiese hacerlo; después, derramando lágrimas le besó
en la frente, y con voz algo rota dijo:
—¡Oh, Andreuccio mío, sé bien venido!
Éste, maravillándose de caricias tan tiernas, todo
estupefacto repuso:
—¡Señora, bien hallada seáis!
Ella, después, tomándole de la mano le llevó abajo a su
salón y desde allí, sin nada más decir, con él entró en su cámara, la cual a
rosas, a flores de azahar y a otros olores olía toda, y allí vio un bellísimo
lecho encortinado y muchos paños colgados de los travesaños según la costumbre
de allí, y otros muy bellos y ricos arreos; por las cuales cosas, como
inexperto que era, firmemente creyó que ella no era menos que gran señora. Y
sentándose sobre un arca que estaba al pie de su lecho, así empezó a hablarle:
—Andreuccio, estoy segura de que te maravillas de las
caricias que te hago y de mis lágrimas, como quien no me conoce y por ventura
nunca me oíste recordar: pero pronto oirás algo que tal vez te haga
maravillarte más, como es que yo soy tu hermana; y te digo que, pues que Dios
me ha hecho tan grande gracia que antes de mi muerte haya visto a alguno de mis
hermanos, aunque deseo veros a todos, no me moriré en hora que, consolada, no
muera. Y si esto tal vez nunca lo has oído, te lo voy a decir. Pietro, padre
mío y tuyo, como creo que habrás podido saber, vivió largamente en Palermo, y
por su bondad y agrado fue y todavía es por quienes le conocieron amado; pero
entre otros que mucho le amaron, mi madre, que fue una mujer noble y entonces
era viuda, fue quien más le amó, tanto, que depuesto el temor a su padre, a sus
hermanos y su honor, de tal guisa se familiarizó con él que nací yo, y estoy
aquí como me ves. Después, llegada la ocasión a Pietro de irse de Palermo y
volver a Perusa, a mi, siendo muy niña, me dejó con mi madre, y nunca más, por
lo que yo sé, ni de mí ni de ella se acordó: por lo que yo, si mi padre no
fuera, mucho le reprobaría, teniendo en cuenta la ingratitud suya hacia mi
madre mostrada, y no menos el amor que a mí, como a su hija no nacida de criada
ni de vil mujer, debía tener; y que ella, sin saber de otra manera quién fuese
él, movida por fidelísimo amor puso sus cosas y ella misma en sus manos. Pero
¿qué? Las cosas mal hechas y pasadas ha mucho tiempo son más fáciles de
reprochar que de enmendar; así fueron las cosas sin embargo. Él me dejó en
Palermo siendo niña donde, crecida casi como soy, mi madre, que era muy rica,
me dio por mujer a uno de Agrigento, gentilhombre y honrado, que por amor de mi
madre y de mí vino a vivir en Palermo; y allí, como muy güelfo, comenzó a
concertar algún trato con nuestro rey Carlos
[SC55]. Lo que, sabido del rey Federico
[SC56], antes de que pudiese llevarse a cabo, fue motivo
de hacerle huir de Sicilia cuando yo esperaba ser la mayor señora que hubiera
en aquella isla donde, tomadas las pocas cosas que podíamos tomar (digo pocas
con respecto a las muchas que teníamos), dejadas las tierras y los palacios en
esta tierra nos refugiamos, donde al rey Carlos hacia nosotros encontramos tan
agradecido que, reparados en parte los daños que por él recibido habíamos, nos
ha dado posesiones y casas, y da continuamente a mi marido, y a tu cuñado que
es, buenos gajes, tal como podrás ver: y de esta manera estoy aquí donde yo,
por la buena gracia de Dios y no tuya, dulce hermano mío, te veo.
Y dicho así, empezó a abrazarlo otra vez, y otra vez
llorando tiernamente, le besó en la frente. Andreuccio, oyendo esta fábula tan
ordenada y tan compuestamente contada por aquella a la que en ningún momento
moría la palabra entre los dientes ni le balbuceaba la lengua, acordándose ser
verdad que su padre había estado en Palermo, y por sí mismo conociendo las
costumbres de los jóvenes, que de buen agrado aman en la juventud, y viendo las
tiernas lágrimas, el abrazarle y los honestos besos, tuvo aquello que ésta
decía por más que verdadero. Y después que calló, le repuso:
—Señora, no os debe parecer gran cosa que me maraville;
porque en verdad, sea que mi padre, por lo que lo hiciese, de vuestra madre y
de vos no hablase nunca, o sea que, si habló de ello a mi conocimiento no haya
venido, yo por mí tal conocimiento tenía de vos como si no hubieseis existido;
y me es tanto más grato aquí haber encontrado a mi hermana cuanto más solo
estoy aquí y menos lo esperaba. Y en verdad no conozco a nadie de tan alta
posición a quien no debieseis ser querida, y menos a mí que soy un pequeño
mercader. Pero una cosa quiero que me aclaréis: ¿cómo supisteis que estaba
aquí?
A lo que respondió ella:
—Esta mañana me lo hizo saber una pobre mujer que mucho me
visita porque con nuestro padre, por lo que ella me dice, largamente en Palermo
y en Perusa estuvo: y si no fuera que me parecía más honesto que tú vinieses a
mí a tu casa que no yo fuese a ti a la de otros, hace mucho rato que yo hubiera
ido a ti.
Después de estas palabras, empezó ella a preguntar
separadamente sobre todos los parientes, por su nombre; y sobre todos le
contestó Andreuccio, creyendo por esto más todavía lo que menos le convenía
creer. Habiendo sido la conversación larga y el calor grande, hizo ella venir
vino de Grecia y dulces e hizo dar de beber a Andreuccio; el cual, luego de
esto, queriéndose ir porque era la hora de la cena, en ninguna guisa lo sufrió
ella, sino que poniendo semblante de enojarse mucho, abrazándole le dijo:
—¡Ay, triste de mí!, que asaz claro conozco que te soy
poco querida. ¿Cómo va a pensarse que estés con una hermana tuya nunca vista
por ti, y en su casa, donde al venir aquí debías haberte albergado, y quieras
salir de ella para ir a cenar a la posada? En verdad que cenarás conmigo: y
aunque mi marido no esté aquí, de lo que mucho me pesa, yo sabré bien, como
mujer, hacerte los honores.
A lo que Andreuccio, no sabiendo qué otra cosa responder,
dijo:
—Vos me sois querida como debe serlo una hermana, pero si
no me voy seré esperado durante toda la noche para cenar y cometeré una
villanía.
Y ella entonces dijo:
—Alabado sea Dios, ¿no tengo yo en casa por quien mandar a
decir que no seas esperado? Y aún harías mayor cortesía, y tu deber, en mandar
a decir a tus compañeros que viniesen a cenar, y luego, si quisieras irte,
podríais todos iros en compañía.
Andreuccio respondió que de sus compañeros no quería nada
por aquella noche, pero que, pues ello le agradaba, dispusiese de él a su
gusto. Ella entonces hizo semblante de mandar a decir a la posada que no le
esperasen para la cena; y luego, después de muchos otros razonamientos,
sentándose a cenar y espléndidamente servidos de muchos manjares, astutamente
la hizo durar hasta la noche cerrada: y habiéndose levantado de la mesa, y
Andreuccio queriéndose ir, ella dijo que en ninguna guisa lo sufriría porque Nápoles
no era una ciudad para andar por la calle de noche, y máxime un forastero, y
que lo mismo que había mandado a decir que no le esperasen a cenar, lo mismo
había hecho con el albergue.
El, creyendo esto, y agradándole, engañado por la falsa
confianza, quedarse con ella, se quedó. Fue, pues, después de la cena, la
conversación mucha y larga, y no mantenida sin razón: y habiendo ya pasado
parte de la noche, ella, dejando a Andreuccio dormir en su alcoba con un
muchachito que le ayudase si necesitaba algo, con sus mujeres se fue a otra
cámara. Y era el calor grande; por lo cual Andreuccio, al ver que se quedaba
solo, prontamente se quedó en justillo y se quitó las calzas y las puso en la
cabecera de la cama; y siéndole menester la natural costumbre de tener que
disponer del superfluo peso del vientre, dónde se hacía aquello preguntó al
muchachito, quien en un rincón de la alcoba le mostró una puerta, y dijo:
—Id ahí adentro.
Andreuccio, que había pasado dentro con seguridad, fue por
acaso a poner el pie sobre una tabla la cual, de la parte opuesta desclavada de
la viga sobre la que estaba, volcándose esta tabla, junto a él se fue de allí
para abajo: y tanto lo amó Dios que ningún mal se hizo en la caída, aun cayendo
de bastante altura; pero todo en la porquería de la cual estaba lleno el lugar
se ensució. El cual lugar, para que mejor entendáis lo que se ha dicho y lo que
sigue, cómo era os lo diré. Era un callejón estrecho como muchas veces lo vemos
entre dos casas: sobre dos pequeños travesaños, tendidos de una a la otra casa,
se habían clavado algunas tablas y puesto el sitio donde sentarse; de las
cuales tablas, aquella con la que él cayó era una.
Encontrándose, pues, allá abajo en el callejón Andreuccio,
quejándose del caso comenzó a llamar al muchacho: pero el muchacho, al sentirlo
caer corrió a decirlo a su señora, la cual, corriendo a su alcoba, prontamente
miró si sus ropas estaban allí y encontradas las ropas y con ellas los dineros,
los cuales, por desconfianza tontamente llevaba encima, teniendo ya aquello a
lo que ella, de Palermo, haciéndose la hermana de un perusino, había tendido la
trampa, no preocupándose de él, prontamente fue a cerrar la puerta por la que
él había salido cuando cayó.
Andreuccio, no respondiéndole el muchacho, comenzó a
llamar más fuerte, pero sin servir de nada; por lo que, ya sospechando y tarde
empezando a darse cuenta del engaño, súbito subiéndose sobre una pared baja que
aquel callejón separaba de la calle y bajando a la calle, a la puerta de la
casa, que muy bien reconoció, se fue y allí en vano llamó largamente, y mucho
la sacudió y golpeó. Sobre lo que, llorando como quien clara veía su
desventura, empezó a decir:
—¡Ay de mí, triste!, ¡en qué poco tiempo he perdido
quinientos florines y una hermana!
Y después de muchas otras palabras, de nuevo comenzó a
golpear la puerta y a gritar; y tanto lo hizo que muchos de los vecinos
circundantes, habiéndose despertado, no pudiendo sufrir la molestia, se
levantaron, y una de las domésticas de la mujer, que parecía medio dormida,
asomándose a la ventana, reprobatoriamente dijo:
—¿Quién da golpes abajo?
—¡Oh! —dijo Andreuccio—, ¿y no me conoces? Soy Andreuccio,
hermano de la señora Flordelís.
A lo que ella respondió:
—Buen hombre, si has bebido de más ve a dormirte y vuelve
por la mañana; no sé qué Andreuccio ni qué burlas son esas que dices: vete en
buena hora y déjame dormir, si te place.
—¿Cómo? —dijo Andreuccio—, ¿no sabes lo que digo? Sí lo
sabes bien; pero si así son los parentescos de Sicilia, que en tan poco tiempo
se olvidan, devuélveme al menos mis ropas que he dejado ahí, y me iré con Dios
de buena gana.
A lo que ella, casi riéndose, dijo:
—Buen hombre, me parece que estás soñando.
Y el decir esto y el meterse dentro y cerrar la ventana
fue todo uno. Por lo que la gran ira de Andreuccio, ya segurísimo de sus males,
con la aflicción estuvo a punto de convertirse en furor, y con la fuerza se
propuso reclamar aquello que con las palabras recuperar no podía, por lo que,
para empezar, cogiendo una gran piedra, con mucho mayores golpes que antes,
furiosamente comenzó a golpear la puerta. Por lo cual, muchos de los vecinos
antes despertados y levantados, creyendo que fuese algún importuno que aquellas
palabras fingiese para molestar a aquella buena mujer
[SC57], fastidiados por el golpear que armaba, asomados a
la ventana no de otra manera que a un perro forastero todos los del barrio le
ladran detrás, empezaron a decir:
—Es gran villanía venir a estas horas a casa de las buenas
mujeres a decir estas burlas; ¡bah!, vete con Dios, buen hombre; déjanos dormir
si te place; y si algo tienes que tratar con ella vuelve mañana y no nos des
este fastidio esta noche.
Con las cuales palabras tal vez tranquilizado uno que
había dentro de la casa, alcahuete de la buena mujer, y a quien él no había
visto ni oído, se asomó a la ventana y con una gran voz gruesa, horrible y
fiera dijo:
—¿Quién está ahí abajo?
Andreuccio, levantando la cabeza a aquella voz, vio uno
que, por lo poco que pudo comprender, parecía tener que ser un pez gordo, con
una barba negra y espesa en la cara, y como si de la cama o de un profundo
sueño se levantase, bostezaba y refregaba los ojos. A lo que él, no sin miedo,
repuso:
—Yo soy un hermano de la señora de ahí dentro.
Pero aquél no esperó a que Andreuccio terminase la
respuesta sino que, más recio que antes, dijo:
—¡No sé qué me detiene que no bajo y te doy de bastonazos
mientras vea que te estás moviendo, asno molesto y borracho que debes ser, que
esta noche no nos vas a dejar dormir a nadie!
Y volviéndose adentro, cerró la ventana. Algunos de los
vecinos, que mejor conocían la condición de aquél, en voz baja decían a
Andreuccio:
—Por Dios, buen hombre, ve con Dios; no quieras que esta
noche te mate éste; vete por tu bien.
Por lo que Andreuccio, espantado de la voz de aquél y de
la vista, y empujado por los consejos de aquéllos, que le parecía que hablaban
movidos por la caridad, afligido cuanto más pudo estarlo nadie y desesperando
de recuperar sus dineros, hacia aquella parte por donde de día había seguido a
la criadita, sin saber dónde ir, tomó el camino para volver a la posada.
Y disgustándose a sí mismo por el mal olor que de él mismo
le llegaba, deseoso de llegar hasta el mar para lavarse, torció a mano izquierda
y se puso a bajar por una calle llamada la Ruga Catalana; y andando hacia lo
alto de la ciudad, vio que por acaso venían hacia él dos con una linterna en la
mano, los cuales, temiendo que fuesen de la guardia de la corte u otros hombres
a hacer el mal dispuestos, por huirlos, en una casucha de la cual se vio cerca,
cautamente se escondió. Pero éstos, como si a aquel mismo lugar fuesen
enviados, dejando en el suelo algunas herramientas que traía, con el otro
empezó a mirarlas, hablando de varias cosas sobre ellas. Y mientras hablaban
dijo uno:
—¿Qué quiere decir esto? Siento el mayor hedor que me
parece haber sentido nunca.
Y esto dicho, alzando un tanto la linterna, vieron al
desdichado de Andreuccio y estupefactos preguntaron:
—¿Quién está ahí?
Andreuccio se callaba; pero ellos, acercándose con la luz,
le preguntaron que qué cosa tan asquerosa estaba haciendo allí, a los que
Andreuccio, lo que le había sucedido les contó por entero. Ellos, imaginándose
dónde le podía haber pasado aquello, dijeron entre sí:
—Verdaderamente en casa del matón de Buottafuoco
[SC58] ha sido eso.
Y volviéndose a él, le dijo uno:
—Buen hombre, aunque hayas perdido tus dineros, tienes
mucho que dar gracias a Dios de que te sucediera caerte y no poder volver a
entrar en la casa; porque, si no te hubieras caído, está seguro de que, al
haberte dormido, te habrían matado y habrías perdido la vida con los dineros.
¿Pero de qué sirve ya lamentarse? No podrías recuperar un dinero como que hay
estrellas en el cielo: y bien podrían matarte si aquél oye que dices una
palabra de todo esto.
Y dicho esto, hablando entre sí un momento, le dijeron:
—Mira, nos ha dado compasión de ti, y por ello, si quieres
venir con nosotros a hacer una cosa que vamos a hacer, parece muy cierto que la
parte que te toque será del valor de mucho más de lo que has perdido.
Andreuccio, como desesperado, repuso que estaba pronto.
Había sido sepultado aquel día un arzobispo de Nápoles, llamado micer Filippo
Minútolo
[SC59], y había sido sepultado con riquísimos ornamentos y
con un rubí en el dedo que valía más de quinientos florines de oro, y que éstos
querían ir a robar; y así se lo dijeron a Andreuccio, con lo que Andreuccio,
más codicioso que bien aconsejado, con ellos se puso en camino. Y andando hacia
la iglesia mayor, y Andreuccio hediendo muchísimo, dijo uno:
—¿No podríamos hallar el modo de que éste se lavase un
poco donde sea, para que no hediese tan fieramente?
Dijo el otro:
—Sí, estamos cerca de un pozo en el que siempre suele
estar la polea y un gran cubo; vamos allá y lo lavaremos en un momento.
Llegados a este pozo, encontraron que la soga estaba, pero
que se habían llevado el cubo; por lo que juntos deliberaron atarlo a la cuerda
y bajarlo al pozo, y que él allí abajo se lavase, y cuando estuviese lavado
tirase de la soga y ellos le subirían; y así lo hicieron. Sucedió que,
habiéndolo bajado al pozo, algunos de los guardias de la señoría (o por el
calor o porque habían corrido detrás de alguien) teniendo sed, a aquel pozo
vinieron a beber; los que, al ver a aquellos dos incontinenti se dieron a la
fuga, no habiéndolos visto los guardias que venían a beber.
Y estando ya en el fondo del pozo Andreuccio lavado, meneó
la soga. Ellos, con sed, dejando en el suelo sus escudos y sus armas y sus
túnicas, empezaron a tirar de la cuerda, creyendo que estaba colgado de ella el
cubo lleno de agua. Cuando Andreuccio se vio del brocal del pozo cerca,
soltando la soga, con las manos se echó sobre aquél; lo cual, viéndolo
aquéllos, cogidos de miedo súbito, sin más soltaron la soga y se dieron a huir
lo más deprisa que podían. De lo que Andreuccio se maravilló mucho, y si no se
hubiera sujetado bien, habría otra vez caído al fondo, tal vez no sin gran daño
suyo o muerte: pero salió de allí y, encontradas aquellas armas que sabía que
sus compañeros no habían llevado, todavía más comenzó a maravillarse.
Pero temeroso y no sabiendo de qué, lamentándose de su
fortuna, sin nada tocar, deliberó irse; y andaba sin saber adónde. Andando así,
vino a toparse con aquellos sus dos compañeros, que venían a sacarlo del pozo;
y, al verle, maravillándose mucho, le preguntaron quién del pozo le había
sacado. Andreuccio respondió que no lo sabía y les contó ordenadamente cómo
había sucedido y lo que había encontrado fuera del pozo. Por lo que ellos,
dándose cuenta de lo que había sido, riendo le contaron por qué habían huido y
quiénes eran aquellos que le habían sacado.
Y sin más palabras, siendo ya medianoche, se fueron a la
iglesia mayor, y en ella muy fácilmente entraron, y fueron al sepulcro, el cual
era de mármol y muy grande; y con un hierro que llevaba la losa, que era
pesadísima, la levantaron tanto cuanto era necesario para que un hombre pudiese
entrar dentro, y la apuntalaron. Y hecho esto, empezó uno a decir:
—¿Quién entrará dentro?
A lo que el otro respondió:
—Yo no.
—Ni yo —dijo aquél—, pero que entre Andreuccio.
—Eso no lo haré yo —dijo Andreuccio.
Hacia el cual aquéllos, ambos a dos vueltos, dijeron:
—¿Cómo que no entrarás? A fe de Dios, si no entras te
daremos tantos golpes con uno de estos hierros en la cabeza que te haremos caer
muerto.
Andreuccio, sintiendo miedo, entró, y al entrar pensó:
«Ésos me hacen entrar para engañarme porque cuando les
haya dado todo, mientras esté tratando de salir de la sepultura se irán a sus
asuntos y me quedaré sin nada».
Y por ello pensó quedarse ya con su parte; y acordándose
del precioso anillo del que les había oído hablar, cuando ya hubo bajado se lo
sacó del dedo al arzobispo y se lo puso él; y luego, dándoles el báculo y la
mitra y los guantes, y quitándole hasta la camisa, todo se lo dio, diciendo que
no había nada más.
Ellos, afirmando que debía estar el anillo, le dijeron que
buscase por todas partes; pero él, respondiendo que no lo encontraba y
fingiendo buscarlo, un rato les tuvo esperando. Ellos que, por otra parte, eran
tan maliciosos como él, diciéndole que siguiera buscando bien, en el momento
oportuno, quitaron el puntal que sostenía la losa y, huyendo, a él dentro del
sepulcro lo dejaron encerrado. Oyendo lo cual lo que sintió Andreuccio
cualquiera puede imaginarlo. Trató muchas veces con la cabeza y con los hombros
de ver si podía alzar la losa, pero se cansaba en vano; por lo que, de gran
valor vencido, perdiendo el conocimiento, cayó sobre el muerto cuerpo del
arzobispo; y quien lo hubiese visto entonces malamente hubiera sabido quién
estaba más muerto, el arzobispo o él.
Pero luego que hubo vuelto en sí, empezó a llorar sin
tino, viéndose allí sin duda a uno de dos fines tener que llegar: o en aquel
sepulcro, no viniendo nadie a abrirlo, de hambre y de hedores entre los gusanos
del cuerpo muerto tener que morir, o viniendo alguien y encontrándolo dentro,
tener que ser colgado como ladrón. Y en tales pensamientos y muy acongojado
estando, sintió por la iglesia andar gentes y hablar muchas personas, las
cuales, como pensaba, andaban a hacer lo que él con sus compañeros habían ya
hecho; por lo que mucho le aumentó el miedo.
Pero luego de que aquéllos tuvieron el sepulcro abierto y
apuntalado, cayeron en la discusión de quién debiese entrar, y ninguno quería
hacerlo; pero luego de larga disputa un cura dijo:
—¿Qué miedo tenéis? ¿Creéis que va a comeros? Los muertos
no se comen a los hombres; yo entraré dentro, yo.
Y así dicho, puesto el pecho sobre el borde del sepulcro,
volvió la cabeza hacia afuera y echó dentro las piernas para tirarse al fondo.
Andreuccio, viendo esto, poniéndose en pie, cogió al cura
por una de las piernas y fingió querer tirar de él hacia abajo. Lo que
sintiendo el cura, dio un grito grandísimo y rápidamente del arca se tiró
afuera: de lo cual, espantados todos los otros, dejando el sepulcro abierto, no
de otra manera se dieron a la fuga que si fuesen perseguidos por cien mil
diablos. Lo que viendo Andreuccio, alegre contra lo que esperaba, súbitamente
se arrojó fuera y por donde había venido salió de la iglesia.
Y aproximándose ya el día, con aquel anillo en el dedo
andando a la aventura, llegó al mar y de allí se enderezó a su posada, donde a
sus compañeros y al posadero encontró, que habían estado toda la noche
preocupados por lo que podría haber sido de él. A los cuales contándoles lo que
le había sucedido, pareció por el consejo de su posadero que él incontinenti
debía irse de Nápoles; la cual cosa hizo prestamente y se volvió a Perusa,
habiendo invertido lo suyo en un anillo cuando a lo que había ido era a comprar
caballos.
NOVELA SEXTA
Madama Beritola, con dos cabritillos en una isla
encontrada, habiendo perdido dos hijos, se va de allí a Lunigiana,, allí, uno
de los hijos va a servir a su señor y con la hija de éste se acuesta, y es
puesto en prisión; Sicilia rebelada contra el rey Carlos, y reconocido el hijo
por la madre, se casa con la hija de su señor y encuentra a su hermano, y
vuelven a tener una alta posición
[SC60] .
Habían las señoras al igual que los jóvenes reído mucho de
los casos de Andreuccio por Fiameta narrados, cuando Emilia, advirtiendo la
historia terminada, por mandato de la reina así comenzó:
Graves cosas y dolorosas son los movimientos varios de la
fortuna, sobre los cuales (porque cuantas veces alguna cosa se dice, tantas hay
un despertar de nuestras mentes, que fácilmente se adormecen con sus halagos)
juzgo que no desagrade tener que oír tanto a los felices como a los
desgraciados, por cuanto a los primeros hace precavidos y a los segundos
consuela. Y por ello, aunque grandes cosas hayan sido dichas antes, entiendo
contaros una historia no menos verdadera que piadosa, la cual, aunque alegre fin
tuviese, fue tanta y tan larga su amargura, que apenas puedo creer que alguna
vez la dulcificase la alegría que la siguió:
Carísimas señoras, debéis saber que después de la muerte
de Federico II el emperador, fue coronado rey de Sicilia Manfredo
[SC61], junto al cual en grandísima privanza estuvo un
hombre noble de Nápoles llamado Arrighetto Capece, el cual tenía por mujer a
una hermosa y noble dama igualmente napolitana llamada madama Beritola
Caracciola
[SC62]. El cual Arrighetto, teniendo el gobierno de la
isla en las manos, oyendo que el rey Carlos primero había vencido en Benevento
y matado a Manfredo, y que todo el reino se volvía a él, teniendo poca
confianza en la escasa lealtad de los sicilianos no queriendo convertirse en
súbdito del enemigo de su señor, se preparaba huir. Pero conocido esto por los
sicilianos, súbitamente él y muchos otro amigos y servidores del rey Manfredo
fueron entregados como prisionero al rey Carlos, y el dominio de la isla después.
Madama Beritola, en tan gran mudanza de las cosas, no
sabiendo que fuese de Arrighetto y siempre temiendo lo que había sucedido, por
temor a ser ultrajada, dejadas todas sus cosas, con un hijo suyo de edad de
unos ocho años llamado Giuffredi, y preñada y pobre, montando en una
barquichuela, huyó a Lípari, y allí parió otro hijo varón al que llamó el
Expulsado; y tomada una nodriza, con todos en un barquichuelo montó para
volverse a Nápoles con sus parientes. Pero de otra manera sucedió que como
pensaba; porque por la fuerza del viento el barco, que a Nápoles ir debía, fue
transportado a la isla de Ponza, donde, entrados en una pequeña caleta, se
pusieron a esperar oportunidad para su viaje. Madama Beritola, tomando tierra
en la isla como los demás, y en ella un lugar solitario y remoto encontrado,
allí a dolerse por su Arrighetto se retiró sola. Y haciendo lo mismo todos los
días, sucedió que, estando ella ocupada en su aflicción, sin que nadie, ni
marinero ni otro, se diese cuenta, llegó una galera de corsarios, quienes a
todos capturaron a mansalva y se fueron.
Madama Beritola, terminado su diario lamento, volviendo a
la playa para ver de nuevo a sus hijos, como acostumbraba hacer, a nadie
encontró allí, de lo que se maravilló primero, y luego, súbitamente sospechando
lo que había sucedido, los ojos hacia el mar dirigió y vio la galera, todavía
no muy alejada, que remolcaba al barquichuelo, por lo que óptimamente conoció
que, al igual que al marido, había perdido a los hijos; y pobre y sola y
abandonada, sin saber dónde a nadie pudiese encontrar jamás, viéndose allí,
desmayada, llamando al marido y a los hijos, cayó sobre la playa.
No había aquí quien con agua fría o con otro medio a las
desmayadas fuerzas llamase, por lo que a su albedrío pudieron los espíritus
andar vagando por donde quisieron
[SC63]; pero después de que en el mísero cuerpo las
partidas fuerzas junto con las lágrimas y el llanto volvieron, largamente llamó
a los hijos y mucho por todas las cavernas los anduvo buscando. Pero luego que
conoció que se fatigaba inútilmente y vio caer la noche, esperando y no
sabiendo qué, por sí misma se preocupó un tanto y, yéndose de la playa, a
aquella caverna donde acostumbraba a llorar y a dolerse volvió.
Y luego de que la noche con mucho miedo y con incalculable
dolor fue pasada y el nuevo día venido, y ya pasada la hora de tercia, como la
noche antes cenado no había, obligada por el hambre, se dio a pacer la hierba;
y paciendo como pudo, llorando, a diversos pensamientos sobre su futura vida se
entregó. Y mientras estaba en ellos, vio venir una cabrilla y entrar allí cerca
en una caverna, y luego de un poco salir de ella e irse por el bosque; por lo
que, levantándose, allí entró donde había salido la cabrilla, y vio dos
cabritillos tal vez nacidos el mismo día, los cuales le parecieron la cosa más
dulce del mundo y la más graciosa; y no habiéndosele todavía del reciente parto
retirado la leche del pecho, los cogió tiernamente y se los puso al pecho.
Los cuales, no rehusando el servicio, así mamaban de ella
como hubiesen hecho de su madre, y de entonces en adelante entre la madre y
ella ninguna distinción hicieron; por lo que, pareciéndole a la noble señora
haber en el desierto lugar alguna compañía encontrado, pastando hierbas y
bebiendo agua y tantas veces llorando cuantas del marido y de los hijos y de su
pretérita vida se acordaba, allí a vivir y a morir se había dispuesto, no menos
familiar con la cabrilla vuelta que con los hijos. Y, viviendo así, la noble
señora en fiera convertida, sucedió que, después de algunos meses, por fortuna
llegó también un barquito de pisanos allí donde ella había llegado antes, y se
quedó varios días.
Había en aquel barco un hombre noble llamado Currado de
los marqueses de Malaspina
[SC64] con una mujer suya valerosa y santa; y venían en
peregrinación de todos los santos lugares que hay en el reino de Apulia
[SC65] y a su casa volvían. El cual, por entretener el
aburrimiento, junto con su mujer y con algunos servidores y con sus perros, un
día a bajar a la isla se puso; y no muy lejano del lugar donde estaba madama
Beritola, empezaron los perros de Currado a seguir a los dos cabritillos, los
cuales, ya grandecitos, andaban paciendo; los cuales cabritillos, perseguidos
por los perros, a ninguna parte huyeron sino a la caverna donde estaba madama
Beritola. La cual, viendo esto, poniéndose en pie y cogiendo un bastón, hizo
retroceder a los perros; y allí Currado y su mujer, que a sus perros seguían,
llegando, viéndola morena y delgada y peluda como se había puesto, se
maravillaron, y ella mucho más que ellos.
Pero luego de que a sus ruegos hubo Currado sujetado a sus
perros, después de muchas súplicas le hicieron que dijese quién era y qué hacía
aquí, la cual enteramente toda su condición y todas sus desventuras y su
rigurosa resolución les comunicó. Lo que, oyendo Currado, que muy bien a
Arrighetto Capece conocido había, lloró de compasión y con muchas palabras se
ingenió en apartarla de decisión tan rigurosa, ofreciéndola llevarla a su casa
o tenerla consigo con el mismo honor que a su hermana, y que allí se quedase
hasta que Dios más alegre fortuna le deparara. A cuyas ofertas no plegándose la
señora, Currado dejó con ella a su mujer y le dijo que mandase traer aquí de
qué comer, y a ella, que estaba en harapos, con alguno de sus vestidos
vistiese, e hiciese todo para llevarla con ellos.
Quedándose con ella la noble señora, habiendo primero con
madama Beritola llorado mucho de sus infortunios, hechos venir vestidos y
viandas, con la mayor fatiga del mundo a tomarlos y a comer la indujo: y por
fin, luego de muchos ruegos, afirmando ella nunca querer ir a donde conocida
fuera, la indujo a irse con ellos a Lunigiana junto con los dos cabritillos y
con la cabrilla, la que en aquel entretanto había vuelto y no sin gran
maravilla de la noble señora le había hecho grandísimas fiestas. Y así, venido
el buen tiempo, madama Beritola con Currado y con su mujer en su barco montó, y
junto con ellos la cabrilla y los dos cabritillos; por los cuales no sabiendo
todos su nombre, fue Cabrilla llamada; y, con buen viento, pronto llegaron
hasta la desembocadura del Magra, donde bajándose, a sus castillos subieron.
Allí, junto a la mujer de Currado, madama Beritola, en
trajes de viuda, como una damisela suya, honesta y humilde y obediente estuvo,
siempre a sus cabritillos teniendo amor y haciéndoles alimentar.
Los corsarios que habían en Ponza tomado el barco en que
madama Beritola había venido dejándola a ella como a quien no habían visto, con
toda la demás gente se fueron a Génova; y allí dividida la presa entre los amos
de la galera, tocó por ventura, entre otras cosas, en suerte a un micer
Guasparrino de Oria la nodriza de madama Beritola y los dos niños con ella; el
cual, a ella junto con los dos niños mandó a su casa para tenerlos como siervos
en los trabajos de la casa.
La nodriza, sobremanera afligida por la pérdida de su ama
y por la mísera fortuna en la que veía haber caído a los dos niños, lloró
amargamente; pero después que vio que las lágrimas de nada servían y que ella
era sierva junto con ellos, aunque pobre mujer fuese, era sin embargo sabia y
sagaz; por lo que, consolándose lo mejor que pudo, y mirando a donde habían
llegado, pensó que si los dos niños eran reconocidos, por acaso podrían con
facilidad recibir molestias
[SC66], y además de ello, esperando que, cuando fuese
podría cambiar la fortuna y ellos podrían, si vivos estuvieran, al perdido
estado volver, pensó no descubrir a nadie quiénes fueran, si no veía que fuese
oportuno: y a todos decía (los que le habían preguntado por ello) que eran sus
hijos. Y al mayor, no Giuffredi, sino Giannotto de Prócida llamaba; al menor no
se preocupó de cambiarle el nombre; y con suma diligencia enseñó a Giuffredi
por qué le había cambiado el nombre y en qué peligro podía estar si fuera
reconocido, y esto no una vez sino muchas y con frecuencia le recordaba: lo que
el muchacho, que era buen entendedor, según la enseñanza de la sabia nodriza
óptimamente hacía.
Se quedaron, pues, mal vestidos y peor calzados, ocupados
en todos los trabajos viles, junto con la nodriza, pacientemente muchos años
los dos muchachos en casa de micer Guasparrino. Pero Giannotto, ya de edad de
dieciséis años, teniendo mayor ánimo del que pertenecía a un siervo, desdeñando
la vileza de la condición servil, subiendo a unas galeras que iban a
Alejandría, del servicio de micer Guasparrino se fue y anduvo en muchos
lugares, sin poder mejorar en nada. Al final después de unos tres o cuatro años
de haberse ido de casa de micer Guasparrino, siendo un buen mozo y habiéndose
hecho grande de estatura, y habiendo oído que su padre, al que creía muerto,
estaba todavía vivo aunque en cautividad tenido por el rey Carlos, casi
desesperando de la fortuna, andando vagabundo, llegó a Lunigiana, y allí entró
por acaso como criado de Currado Malaspina sirviéndole con diligencia y agrado.
Y como raras veces a su madre, que con la señora de
Currado estaba, viese, ninguna la conoció, ni ella a él: tanto la edad al uno y
al otro, de lo que solían ser cuando se vieron por última vez, había
transformado.
Estando, pues, Giannotto al servicio de Currado, sucedió
que una hija de Currado cuyo nombre era Spina, que había enviudado de Niccolb
de Grignano, volvió a casa del padre; la cual, siendo muy bella y agradable y
joven de poco más de dieciséis años, por ventura le echó los ojos encima a
Giannotto y él a ella, y ardentísimamente el uno del otro se enamoraron. El
cual amor no estuvo largamente sin efecto, y muchos meses pasaron antes de que
nadie se apercibiese; por lo cual, ellos, demasiado seguros, comenzaron a
actuar de manera menos discreta que la que para tales hechos se requería.
Y yendo un día por un hermoso bosque de muchos árboles, la
joven junto con Giannotto, dejando a toda la demás compañía, se fueron delante,
y pareciéndoles que habían dejado muy lejos a los demás, en un lugar deleitoso
y lleno de hierbas y flores, y rodeado de árboles, descansando, a tomar el
amoroso placer el uno del otro empezaron. Y cuando ya habían estado juntos
largo tiempo, que el gran deleite les hizo encontrar muy breve, en esto por la
madre de la joven primero, y luego por Currado, fueron alcanzados. El cual,
afligido sobremanera al ver esto, sin nada decir del porqué, a los dos hizo
coger por tres de sus servidores y a un castillo suyo llevarlos atados; y de
ira y de disgusto gimiendo andaba, dispuesto a hacerles vilmente morir.
La madre de la joven, aunque muy enojada estuviese y digna
reputase a su hija por su falta de cualquier cruel penitencia, habiendo por
algunas palabras de Currado comprendido cuál era su intención respecto a los
culpables, no pudiendo soportar aquello, apresurándose alcanzó al airado marido
y comenzó a rogarle que quisiese agradarla no corriendo furiosamente a
convertirse en su vejez en homicida de su hija y a mancharse las manos con la
sangre de un criado suyo, y que encontrase otra manera de satisfacer su ira,
así como hacerles encarcelar y en la prisión penar y llorar por el pecado
cometido. Y tanto estas y otras palabras le estuvo diciendo la santa mujer que
apartó de su ánimo el propósito de matarlos; y mandó que en distintos lugares
cada uno de ellos fuese encarcelado, y allí guardado bien, y con poca comida y
muchas incomodidades mantenidos hasta que decidiese hacer otra cosa de ellos; y
así se hizo.
Y cuál fuese su vida en cautiverio y en continuas lágrimas
y en más largos ayunos de los que serían menester, cualquiera puede pensarlo.
Llevando, pues, Giannotto y Spina una vida tan dolorosa, y habiendo ya un año
sin acordarse Currado de ellos pasado, sucedió que el rey Pedro de Aragón, por
un acuerdo con micer Gian de Prócida, sublevó a la isla de Sicilia y la quitó
al rey Carlos
[SC67]; por lo que Currado, como gibelino, hizo una gran
fiesta. De la que oyendo hablar Giannotto a alguno de aquellos que le
custodiaban, dio un gran suspiro y dijo:
—¡Ay, triste de mí!, ¡que hace hoy ya catorce años que
ando arrastrándome por el mundo, no esperando otra cosa que ésta, y ahora que
es venida, y para que ya no espere tener ningún bien, me ha encontrado en
prisión, de la que nunca sino muerto espero salir!
—¿Y qué? —dijo el carcelero—. ¿Qué te importa a ti lo que
hagan los altísimos reyes? ¿Qué tienes tú que hacer en Sicilia?
A lo que Giannotto dijo:
—Parece que se me rompe el corazón acordándome de lo que
mi padre tuvo que hacer allí, el cual, aunque yo niño chico era cuando huí de
allí, aún me acuerdo que lo vi señor en vida del rey Manfredo.
Siguió el carcelero:
—¿Y quién fue tu padre?
—Mi padre —dijo Giannotto— puedo ya asaz seguramente
manifestarlo pues que me veo a cubierto del peligro que temía descubriéndolo,
se llamó y se llama aún, si vive, Arrighetto Capece, y yo no Giannotto sino
Giuffredi me llamo; y nada dudo, si de aquí saliera, que volviendo a Sicilia,
no tuviese allí todavía una altísima posición.
El buen hombre, sin más decir, en cuanto hubo lugar todo
se lo contó a Currado. Lo que oyendo Currado, aunque mostró no preocuparse del
prisionero, se fue a ver a madama Beritola y placenteramente le preguntó si
había tenido algún hijo de Arrighetto que se llamase Giuffredi. La señora,
llorando, respondió que, si el mayor de los dos suyos que había tenido
estuviera vivo, así se llamaría y sería de edad de veintidós años. Oyendo esto,
Currado pensó que podía de una vez hacer una gran misericordia y borrar su
vergüenza y la de su hija dándosela a aquél por mujer; y por ello, haciendo
venir secretamente a Giannotto, le examinó detalladamente sobre toda su pasada
vida. Y hallando abundancia de indicios manifiestos de que verdaderamente era
Giuffredi, hijo de Arrighetto, le dijo:
—Giannotto, sabes cuán grande y cuál ha sido la ofensa que
me has hecho en mi propia hija cuando, habiéndote yo tratado bien y
amistosamente, como debe hacerse con los servidores, debías mi honor y el de
mis cosas siempre buscar y servir; y muchos serían los que si tú les hubieras
hecho lo que a mí me hiciste, con vituperio te habrían hecho morir, lo que mi
piedad no sufrió. Ahora, puesto que así como me dices eres hijo de un hombre
noble y de una noble señora, quiero a tus angustias, si tú lo quieres, poner
fin y quitarte de la miseria y del cautiverio en los que estás, y al mismo
tiempo tu honor y el mío reintegrar a su debido sitio. Como sabes, Spina, a
quien con amorosa (aunque poco conveniente para ti y para ella) amistad
tomaste, es viuda, y su dote es grande y buena; cuáles sean las costumbres de
su padre y de su madre las conoces, de tu presente estado nada digo. Por lo
que, cuando quieras, estoy dispuesto a que, ya que deshonestamente fue tu amiga
se convierta honestamente en tu mujer, y que a guisa de hijo mío aquí conmigo y
con ella cuanto te plazca vivas.
Había la prisión macerado las carnes de Giannotto, pero el
generoso ánimo propio de su origen no había disminuido nada en él, ni tampoco
el verdadero amor que tenía a su mujer; y aunque fervientemente desease lo que
Currado le ofrecía y lo viese a su alcance, en nada atenuó lo que la grandeza
de su ánimo le mostraba tener que decir, y repuso:
—Currado, ni avidez de señorío ni deseo de dineros ni
alguna otra razón me hizo nunca contra tu vida y tus cosas obrar como traidor.
Amé a tu hija y la amo y la amaré siempre, porque la reputo digna de mi amor; y
si yo con ella me conduje menos que honestamente según la opinión de los
vulgares, aquel pecado cometí que siempre lleva aparejada la juventud, y que si
se quisiera hacer desaparecer habría que hacer desaparecer a la juventud, y
éste, si los viejos se quisieran acordar de haber sido jóvenes y los defectos
de los demás midiesen con los suyos, no sería tenido por grave como lo es por
ti y por otros muchos; y como amigo, no como enemigo, lo cometí. Lo que me
ofreces hacer, siempre lo deseé, y si hubiera creído que me habría podido ser
concedido, largo tiempo hace que lo habría pedido; y tanto más caro me será
ahora cuando la esperanza de ello es menor. Si no tienes en el ánimo lo que tus
palabras demuestran, no me alimentes con vanas esperanzas; hazme volver a la
prisión, y hazme allí afligir cuanto te plazca, que mientras ame a Spina te
amaré a ti por amor suyo, hagas lo que hagas, y te tendré reverencia.
Currado, habiéndole oído, se maravilló y le tuvo por de
gran ánimo y reputó a su amor como ardiente, y más lo quiso: por ello,
poniéndose en pie, lo abrazó y lo besó, y sin poner más dilación a la cosa,
mandó que aquí fuese Spina traída secretamente. Ella en la prisión se había
puesto delgada y pálida y débil, y otra mujer distinta de la que solía y
parecía ser, y del mismo modo Giannotto otro hombre; los cuales, en presencia
de Currado, con consentimiento mutuo contrajeron los esponsales según nuestra costumbre.
Y luego que pasaron algunos días sin que nadie se enterase de lo que pasado
había y les hubo proporcionado todo aquello que necesitaban y les placía,
pareciéndole tiempo de hacer alegrarse a las dos madres, llamando a su mujer y
a la Cabrilla así les dijo:
—¿Qué diríais, señora, si yo os devolviera a vuestro hijo
mayor casado con una de mis hijas?
A lo que la Cabrilla respondió:
—No podría deciros sino que, si pudiese estaros más
obligada de lo que os estoy, tanto más os estaría cuanto vos una cosa que me es
querida más que yo misma me devolveríais; y devolviéndomela en la guisa que
decís, algo haríais de volver a mí mi perdida esperanza.
Y llorando, se calló. Entonces dijo Currado a su mujer:
—¿Y a ti qué te parecería, mujer, si te diese un tal
yerno?
A lo que la señora respondió:
—No uno de ellos, que son nobles, sino cualquier miserable
si a vos os pluguiese, me placería.
Entonces dijo Currado:
—Espero dentro de pocos días haceros alegrar por ello.
Y viendo ya a los dos jóvenes vueltos a su anterior
aspecto, vistiéndolos honradamente, preguntó a Giuffredi:
—¿Qué te gustaría más, además de la alegría que tienes, si
vieses aquí a tu madre?
A lo que Giuffredi respondió:
—No me es posible creer que los dolores de sus
desventurados accidentes la hayan dejado viva: pero si así fuese, sumamente me
gustaría, como a quien aún, con su consejo, creería que podría recobrar en
Sicilia gran parte de mis bienes.
Entonces Currado hizo venir allí a la una y la otra
señora. Las dos hicieron maravillosas fiestas a la recién casada,
maravillándose no poco de la inspiración a que podía deberse que Currado
hubiese llegado a ser tan benigno que hubiese hecho su pariente a Giannotto; al
cual, madama Beritola, por las palabras oídas a Currado, empezó a mirar, y, por
oculta virtud, se despertó en ella algún recuerdo de las pueriles facciones del
rostro de su hijo, sin esperar otra demostración, con los brazos abiertos se le
echó al cuello, ni el desbordante amor y la alegría materna le permitieron
poder decir palabra alguna, sino que la privaron de toda virtud sensitiva hasta
tal punto que como muerta cayó en los brazos del hijo.
El cual, aunque mucho se maravillase de haberla visto
muchas veces antes en aquel mismo castillo sin nunca reconocerla, no dejó de
conocer incontinenti el aroma materno
[SC68] y reprochándose su pretérito descuido, recibiéndola
en sus brazos llorando, tiernamente la besó. Pero luego de que madama Beritola,
piadosamente ayudada por la mujer de Currado y por Spina y con agua fría y con
otras artes suyas le devolvieron las desmayadas fuerzas empezó de nuevo a
abrazar al hijo con muchas lágrimas y muchas dulces palabras; y llena de piedad
materna mil veces más le besó, y él y a ella reverentemente mucho la miró y la
abrazó. Pero después de que los honestos y alegres agasajos se repitieron tres
o cuatro veces, no sin contento y placer de los circunstantes, y el uno hubo al
otro narrado sus desventuras, habiendo ya Currado a sus amigos comunicado, con
gran placer de todos, el nuevo parentesco por él contraído, y ordenando una hermosa
y magnífica fiesta le dijo Giuffredi:
—Currado, me habéis contentado con muchas cosas y
largamente habéis honrado a mi madre: ahora, para que nada, en lo que podáis,
quede por hacer, os ruego que a mi madre, a mis invitados y a mí alegréis con
la presencia de mi hermano, que como siervo tiene en su casa micer Guasparrino
de Oria, quien, como ya os he dicho, de él y de mí se apoderó pirateando y
luego, que mandéis a Sicilia para que se informe plenamente de las condiciones
y del estado del país, y averigüe lo que ha sido de Arrighetto, mi padre, si
está vivo o muerto, y si está vivo, en qué estado; y plenamente informado de
todo, vuelva a nosotros.
Plugo a Currado la petición de Giuffredi, y sin tardanza
alguna a discretísimas personas mandó a Génova y a Sicilia. El que fue a
Génova, hallado micer Guasparrino, de parte de Currado le rogó vehementemente
que al Expulsado y a su nodriza le enviase, contándole lo que Currado había
hecho con Giuffredi y con su madre. A lo que Micer Guasparrino se maravilló
mucho oyéndolo, y dijo:
—Es verdad que haré por Currado cualquier cosa que esté en
mi poder que le agrade; y ciertamente he tenido en casa, desde hace catorce
años, al muchacho que me pides y a su madre, los cuales te enviaré de buena
gana; pero le dirás de mi parte que cuide de no haber creído demasiado o de no
creer las fábulas de Giannotto, que dices que hoy se hace llamar Giuffredi,
porque es mucho más malo de lo que él piensa.
Y dicho esto, haciendo honrar al valiente hombre, hizo
llamar a la nodriza en secreto, y cautamente la interrogó sobre aquel asunto.
La cual, habiendo oído la rebelión de Sicilia y oyendo que Arrighetto estaba
vivo, desechando el miedo que hasta entonces había tenido, ordenadamente le
contó todo y le mostró las razones por las que aquella manera de conducirse
había seguido. Micer Guasparrino, viendo que las cosas dichas por la nodriza
con las del embajador de Currado se convenían óptimamente, empezó a dar fe a
las palabras; y de una manera y de otra, como hombre astutísimo que era,
haciendo averiguaciones sobre este asunto y cada vez encontrando más cosas que
más le hacían creer en ello, avergonzándose del vil trato que le había dado al
muchacho, para enmendarlo, teniendo una bella hija de once años de edad,
sabiendo quién Arrighetto había sido y era, con una gran dote se la dio por
mujer, y luego de una gran fiesta, con el muchacho y con la hija y con el
embajador de Currado y con la nodriza, subiendo a una galera bien armada, se
vino a Lérici; donde recibido por Currado, con toda su compañía se fue a un
castillo de Currado no muy alejado de allí, donde estaba preparada una gran
fiesta.
Qué fiestas hizo la madre al volver a ver a su hijo,
cuáles las de los dos hermanos, cuál la de los tres a la fiel nodriza, cuál la
hecha por todos a micer Guasparrino y a su hija, y por él a todos, y de todos
juntos con Currado y su mujer y con sus hijos y sus amigos, no se podría
explicar con palabras, ni con pluma escribir; por lo que a vosotras, señoras,
os dejo que lo imaginéis. Para lo cual, para que fuese completa, quiso Dios,
generosísimo donante cuando empieza, hacer llegar las alegres nuevas de la vida
y el buen estado de Arrighetto Capece.
Por lo que, siendo grande la fiesta y los convidados, las
mujeres y los hombres estando a la mesa todavía al primer plato, llegó aquel
que había sido enviado a Sicilia, y entre otras cosas contó de Arrighetto, que,
estando en Catania encarcelado por el rey Carlos, cuando se levantó contra el
rey la revuelta en aquella tierra, el pueblo enfurecido corrió a la cárcel y,
matando a los guardias, le habían sacado de allí, y como a capital enemigo del
rey Carlos lo habían hecho su capitán y le habían seguido en expulsar y matar a
los franceses; por la cual cosa, se había hecho sumamente grato al rey Pedro,
quien todos sus bienes y todo su honor le había restituido, por lo que estaba
en grande y buena posición; añadiendo que a él le había recibido con sumo honor
y había hecho indecibles fiestas por las noticias de su mujer y del hijo, de
los cuales después de su prisión nada había sabido, y además de ello, mandaba a
por ellos una saetía
[SC69] con algunos gentileshombres, que venían detrás.
Fue con gran alegría y fiesta éste recibido; y prontamente
Currado con algunos de sus amigos salieron al encuentro de los gentileshombres
que a por madama Beritola y por Giuffredi venían, y recibidos alegremente, a su
banquete, que todavía no estaba mediado, les introdujo. Allí a la señora y a
Giuffredi y además de a ellos a todos los otros con tanta alegría los vieron,
que nunca mayor fue oída; y ellos, antes de sentarse a comer, de parte de
Arrighetto saludaron y agradecieron como mejor supieron y pudieron a Currado y
a su mujer por el honor hecho a su mujer y a su hijo, y a Arrighetto y a
cualquier cosa que por medio de él se pudiese hacer pusieron a su disposición.
Luego, volviéndose a micer Guasparrino, cuyos favores eran inesperados, dijeron
que estaban certísimos de que, en cuanto lo que habían hecho por el Expulsado
supiese Arrighetto, gracias semejantes y mayores le daría. Después de lo cual,
muy contentos, en el banquete de las recién casadas y con los recién casados
comieron.
Y no sólo aquel día festejó Currado al yerno y a sus otros
parientes amigos, sino muchos otros; y después que hubieron cesado los
festejos, pareciéndole a madama Beritola y a Giuffredi y a los demás que tenían
que irse, con muchas lágrimas de Currado y de su mujer y de micer Guasparrino
subiendo a la saetía, llevándose consigo a Spina, se fueron. Y teniendo
próspero el viento, pronto llegaron a Sicilia, donde con tan gran fiesta por
Arrighetto (todos por igual, los hijos y las mujeres) fueron en Palermo recibidos
que decir no se podría; y allí se cree que mucho tiempo todos vivieron feliz
mente, y reconocidos por el beneficio recibido, en amistad con Dios Nuestro
Señor.
NOVELA SÉPTIMA
El sultán de Babilonia manda a una hija suya como mujer al
rey del Algarbe, la cual, por diversas desventuras, en el espacio de cuatro
años llega a las manos de nueve hombres en diversos lugares, por último,
restituida al padre como doncella, vuelve de su lado al rey del Algarbe como
mujer, como primero iba
[SC70] .
Tal vez no se habría extendido mucho más la historia de
Emilia sin que la compasión sentida por las jóvenes por los casos de madama
Beritola no les hubiera conducido a derramar lágrimas. Pero luego de que a
aquélla se puso fin, plugo a la reina que Pánfilo siguiera, contando la suya;
por lo cual él, que obedientísimo era, comenzó:
Difícilmente, amables señoras, puede ser conocido por
nosotros lo que nos conviene, por lo que, como muchas veces se ha podido ver,
ha habido muchos que, estimando que si se hicieran ricos podrían vivir sin
preocupación y seguros, lo pidieron a Dios no sólo con oraciones sino con
obras, no rehusando ningún trabajo ni peligro para buscar conseguirlo: y cuando
lo hubieron logrado, encontraron que por deseo de tan gran herencia fueron a
matarles quienes antes de que se hubieran enriquecido deseaban su vida. Otros,
de bajo estado subidos a las alturas de los reinos por medio de mil peligrosas
batallas, por medio de la sangre de sus hermanos y de sus amigos, creyendo
estar en ellas la suma felicidad, además de los infinitos cuidados y temores de
que llenas las vieron y sintieron, conocieron (no sin su muerte) que en el oro
de las mesas reales se bebía el veneno
[SC71]. Muchos hubo que la fuerza corporal y la belleza, y
ciertos ornamentos con apetito ardentísimo desearon, y no se percataron de
haber deseado mal hasta que aquellas cosas no les fueron ocasión de muerte o de
dolorosa vida.
Y para no hablar por separado de todos los humanos deseos,
afirmo que ninguno hay que con completa precaución, como por seguro de los
azares de la fortuna pueda ser elegido por los vivos; por lo que, si queremos
obrar rectamente, a tomar y poseer deberíamos disponernos lo que nos diese
Aquél que sólo lo que nos hace falta conoce y nos puede dar. Pero si los
hombres pecan por desear varias cosas, vosotras, graciosas señoras, sobremanera
pecáis por una, que es por desear ser hermosas, hasta el punto de que, no
bastándoos los encantos que por la naturaleza os son concedidos, aún con
maravilloso arte buscáis acrecentarlos, y me place contaros cuán
desventuradamente fue hermosa una sarracena que, en unos cuatro años, tuvo, por
su hermosura, que contraer nuevas bodas nueve veces.
Ya ha pasado mucho tiempo desde que hubo un sultán en
Babilonia que tuvo por nombre Beminedab, al que en sus días bastantes cosas de
acuerdo con su gusto sucedieron. Tenía éste, entre sus muchos hijos varones y
hembras, una hija llamada Alatiel que, por lo que todos los que la veían
decían, era la mujer más hermosa que se viera en aquellos tiempos en el mundo;
y porque en una gran derrota que había causado a una gran multitud de árabes
que le habían caído encima, le había maravillosamente ayudado el rey del
Algarbe
[SC72], a éste, habiéndosela pedido él como gracia
especial, la había dado por mujer; y con honrada compañía de hombres y de
mujeres y con muchos nobles y ricos arneses la hizo montar en una nave bien
armada y bien provista, y mandándosela, la encomendó a Dios. Los marineros,
cuando vieron el tiempo propicio, dieron al viento las velas y del puerto de
Alejandría partieron y muchos días navegaron felizmente; y ya habiendo pasado
Cerdeña, pareciéndoles que estaban cerca del fin de su camino, se levantaron
súbitamente un día contrarios vientos, los cuales, siendo todos sobremanera
impetuosos, tanto azotaron a la nave donde iba la señora y los marineros que
muchas veces se tuvieron por perdidos.
Pero, como hombres valientes, poniendo en obra toda arte y
toda fuerza, siendo combatidos por el infinito mar, resistieron durante dos
días; y empezando ya la tercera noche desde que la tempestad había comenzado, y
no cesando ésta sino creciendo continuamente, no sabiendo dónde estaban ni
pudiendo por cálculo marinesco comprenderlo ni por la vista, porque oscurísimo
de nubes y de tenebrosa noche estaba el cielo, estando no mucho más allá de
Mallorca, sintieron que se resquebrajaba la nave. Por lo cual, no viendo
remedio para su salvación, teniendo en el pensamiento cada cual a sí mismo y no
a los demás, arrojaron a la mar una chalupa, y confiando más en ella que en la
resquebrajada nave, allí se arrojaron los patrones, y después de ellos unos y
otros de cuantos hombres había en la nave (aunque los que primero habían bajado
a la chalupa con los cuchillos en la mano trataron de impedírselo) se
arrojaron, y creyendo huir de la muerte dieron con ella de cabeza: porque no
pudiendo con aquel mal tiempo bastar para tantos, hundiéndose la chalupa, todos
perecieron.
Y la nave, que por impetuoso viento era empujada, aunque
resquebrajada estuviese y ya casi llena de agua —no habiéndose quedado en ella
nadie más que la señora y sus mujeres, y todas por la tempestad del mar y por
el miedo vencidas, yacían en ella como muertas— corriendo velocísimamente, fue
a vararse en una playa de la isla de Mallorca, con tanto y tan gran ímpetu que
se hundió casi entera en la arena, a un tiro de piedra de la orilla
aproximadamente; y allí, batida por el mar, sin poder ser movida por el viento,
se quedó durante la noche. Llegado el día claro y algo apaciguada la tempestad,
la señora, que estaba medio muerta, alzó la cabeza y, tan débilmente como
estaba empezó a llamar ora a uno ora a otro de su servidumbre, pero en vano
llamaba: los llamados estaban demasiado lejos.
Por lo que, no oyéndose responder por nadie ni viendo a
nadie, se maravilló mucho y empezó a tener grandísimo miedo; y como mejor pudo
levantándose, a las damas que eran de su compañía y a las otras mujeres vio
yacer, y a una ahora y a otra después sacudiendo, luego de mucho llamar a pocas
encontró que tuvieran vida, como que por graves angustias de estómago y por
miedo se habían muerto: por lo que el miedo de la señora se hizo mayor. Pero no
obstante, apretándole la necesidad de decidir algo, puesto que allí sola se
veía (no conociendo ni sabiendo dónde estuviera), tanto animó a las que vivas
estaban que las hizo levantarse; y encontrando que ellas no sabían dónde los
hombres se hubiesen ido, y viendo la nave varada en tierra y llena de agua,
junto con ellas dolorosamente comenzó a llorar. Y llegó la hora de nona antes
de que a nadie vieran, por la orilla o en otra parte, a quien pudiesen provocar
piedad y les diese ayuda.
Llegada nona, por azar volviendo de una tierra suya pasó
por allí un gentilhombre cuyo nombre era Pericón de Visalgo, con muchos
servidores a caballo; el cual, viendo la nave, súbitamente se imaginó lo que
era y mandó a uno de los sirvientes que sin tardanza procurase subir a ella y
le contase lo que hubiera. El sirviente, aunque haciéndolo con dificultad, allí
subió y encontró a la noble joven, con aquella poca compañía que tenía, bajo el
pico de la proa de la nave, toda tímida escondida. Y ellas, al verlo, llorando
pidieron misericordia muchas veces, pero apercibiéndose de que no eran
entendidas y de que ellas no le entendían, por señas se ingeniaron en
demostrarle su desgracia. El sirviente, como mejor pudo mirando todas las
cosas, contó a Pericón lo que allí había, el cual prontamente hizo traer a las
mujeres y las más preciosas cosas que allí había y que pudieron coger, y con
ellas se fue a un castillo suyo; y allí con víveres y con reposo reconfortadas
las señoras, comprendió, por los ricos arneses, que la mujer que había
encontrado debía ser una grande y noble señora, y a ella la conoció prestamente
al ver los honores que veía a las otras hacerle a ella sola. Y aunque pálida y
asaz desarreglada en su persona por las fatigas del mar estuviese entonces la
mujer, sin embargo sus facciones le parecieron bellísimas a Pericón, por lo
cual deliberó súbitamente que si no tuviera marido la querría por mujer, y si
por mujer no pudiese tenerla, la querría tener por amiga.
Era Pericón hombre de fiero aspecto y muy robusto; y
habiendo durante algunos días a la señora hecho servir óptimamente, y por ello
estando ésta toda reconfortada, viéndola él sobremanera hermosísima, afligido
desmedidamente por no poder entenderla ni ella a él, y así no poder saber quién
fuera, pero no por ello menos desmesuradamente prendado de su belleza, con
obras amables y amorosas se ingenió en inducirla a cumplir su placer sin
oponerse. Pero era en vano: ella rehusaba del todo sus familiaridades, y mientras
tanto más se inflamaba el ardor de Pericón. Lo que, viéndolo la mujer, y ya
durante algunos días estando allí y dándose cuenta por las costumbres de que
entre cristianos estaba, y en lugar donde, si hubiera sabido hacerlo, el darse
a conocer de poca cosa le servía, pensando que a la larga o por la fuerza o por
amor tendría que llegar a satisfacer los gustos de Pericón, se propuso con
grandeza de ánimo hollar la miseria de su fortuna, y a sus mujeres, que más de
tres no le habían quedado, mandó que a nadie manifestasen quiénes eran, salvo
si en algún lugar se encontrasen donde conocieran que podrían encontrar una
ayuda manifiesta a su libertad; además de esto, animándolas sumamente a
conservar su castidad, afirmando haberse ella propuesto que nunca nadie gozaría
de ella sino su marido. Sus mujeres la alabaron por ello, y le dijeron que
observarían en lo que pudieran su mandato.
Pericón, inflamándose más de día en día, y tanto más
cuanto más cerca veía la cosa deseada y muchas veces negada, y viendo que sus
lisonjas no le valían, preparó el ingenio y el arte, reservándose la fuerza
para el final. Y habiéndose dado cuenta alguna vez que a la señora le gustaba
el vino, como a quien no estaba acostumbrada a beber, porque su ley se lo
vedaba, con él, como ministro de Venus pensó que podía conseguirla, y,
aparentando no preocuparse de que ella se mostrase esquiva, hizo una noche a modo
de solemne fiesta una magnífica cena, a la que vino la señora; y en ella,
siendo por muchas cosas alegrada la cena, ordenó al que la servía que con
varios vinos mezclados le diese de beber. Lo que él hizo óptimamente; y ella,
que de aquello no se guardaba, atraída por el agrado de la bebida, más tomó de
lo que habría requerido su honestidad; por lo que, olvidando todas las
advertencias pasadas, se puso alegre, y viendo a algunas mujeres bailar a la
moda de Mallorca, ella a la manera alejandrina bailó.
Lo que, viendo Pericón, estar cerca le pareció de lo que
deseaba, y continuando la cena con más abundancia de comidas y de bebidas, por
gran espacio durante la noche la prolongó. Por último, partiendo los
convidados, solo con la señora entró en su alcoba; la cual, más caliente por el
vino que templada por la honestidad, como si Pericón hubiese sido una de sus
mujeres, sin ninguna contención de vergüenza desnudándose en presencia de él,
se metió en la cama. Pericón no dudó en seguirla sino que, apagando todas las
luces, prestamente de la otra parte se echó junto a ella, y cogiéndola en
brazos sin ninguna resistencia, con ella empezó amorosamente a solazarse. Lo
que cuando ella lo hubo probado, no habiendo sabido nunca antes con qué cuerpo
embisten los hombres, casi arrepentida de no haber accedido antes a las
lisonjas de Pericón, sin esperar a ser invitada a tan dulces noches, muchas
veces se invitaba ella misma, no con palabras, con las que no se sabía hacer
entender, sino con obras. A este gran placer de Pericón y de ella, no estando
la fortuna contenta con haberla hecho de mujer de un rey convertirse en amiga
de un castellano, opuso una amistad más cruel.
Tenía Pericón un hermano de veinticinco años de edad,
bello y fresco como una rosa, cuyo nombre era Marato; el cual, habiéndola visto
y habiéndole agradado sumamente, pareciéndole, según por sus actos podía
comprender, que gozaba de su gracia, y estimando que lo que él deseaba nada se
lo vedaba sino la continua guardia que de ella hacía Pericón, dio en un cruel
pensamiento: y al pensamiento siguió sin tregua el criminal efecto. Estaba
entonces, por acaso, en el puerto de la ciudad, una nave cargada de mercancía
para ir a Clarentza, en Romania
[SC73], de la que eran patrones dos jóvenes genoveses, y
tenía ya la vela izada para irse en cuanto buen viento soplase; con los cuales
concertándose Marato, arregló cómo la siguiente noche fuese recibido con la
mujer. Y hecho esto, al hacerse de noche, a casa de Pericón, quien de él nada
se guardaba, secretamente fue con algunos de sus fidelísimos compañeros, a los
cuales había pedido ayuda para lo que pensaba hacer, y en la casa, según lo que
habían acordado, se escondió. Y luego que fue pasada parte de la noche,
habiendo abierto a sus compañeros, allá donde Pericón con la mujer dormía se
fue, y abriéndola, a Pericón mataron mientras dormía y a la mujer, despierta y
gimiente, amenazándola con la muerte si hacía algún ruido, se llevaron; y con
gran cantidad de las cosas más preciosas de Pericón, sin que nadie les hubiera
oído, prestamente se fueron al puerto, y allí sin tardanza subieron a la nave
Marato y la mujer, y sus compañeros se dieron la vuelta.
Los marineros, teniendo viento favorable y fresco, se
hicieron a la mar. La mujer, amargamente de su primera desgracia y de ésta se
dolió mucho; pero Marato, con el San-Crescencio-en-mano
[SC74] que Dios le había dado empezó a consolarla de tal
manera que ella, ya familiarizándose con él, olvidó a Pericón; y ya le parecía
hallarse bien cuando la fortuna le aparejó nuevas tristezas, como si no
estuviese contenta con las pasadas. Porque, siendo ella hermosísima de aspecto,
como ya hemos dicho muchas veces, y de maneras muy dignas de alabanza, tan
ardientemente de ella los dos patrones de la nave se enamoraron que,
olvidándose de cualquier otra cosa, solamente a servirla y a agradarla se
aplicaban, teniendo cuidado siempre de que Marato no se apercibiese de su
intención. Y habiéndose dado cuenta el uno de aquel amor del otro, sobre
aquello tuvieron juntos una secreta conversación y convinieron en adquirir
aquel amor común, como si Amor debiese sufrir lo mismo que se hace con las
mercancías y las ganancias.
Y viéndola muy guardada por Marato, y por ello impedido su
propósito, yendo un día la nave con vela velocísima, y Marato estando sobre la
popa y mirando al mar, no sospechando nada de ellos, se fueron a él de común
acuerdo y, cogiéndolo prestamente por detrás lo arrojaron al mar; y estuvieron
más de una milla alejados antes de que nadie se hubiera dado cuenta de que
Marato había caído al mar; lo que oyendo la mujer y no viendo manera de poderlo
recobrar, nuevo duelo empezó a hacer en la nave. Y a su consuelo los dos
amantes vinieron incontinenti, y con dulces palabras y grandísimas promesas,
aunque ella poco los entendiese, a ella, que no tanto por el perdido Marato
como por su desventura lloraba, se ingeniaban en tranquilizar. Y luego de
largas consideraciones una y otra vez dirigidas a ella, pareciéndoles que la
habían consolado, vino la hora de discutir entre sí cuál de ellos la fuera a
llevar primero a la cama.
Y queriendo cada uno ser el primero y no pudiendo en
aquello llegar a ningún acuerdo entre ambos, primero con palabras graves y
duras empezaron un altercado y encendiéndose en ira con ellas, echando mano a
los cuchillos, furiosamente se echaron uno sobre el otro; y muchos golpes, no
pudiendo los que en la nave estaban separarlos, se dieron uno al otro, de los
que uno cayó muerto incontinenti, y el otro en muchas partes de su cuerpo
gravemente herido, quedó con vida; lo que desagradó mucho a la mujer, como a
quien allí sola, sin ayuda ni consejo alguno se veía, y mucho temía que contra
ella se volviese la ira de los parientes y de los amigos de los dos patrones;
pero los ruegos del herido y la pronta llegada a Clarentza del peligro de
muerte la libraron. Donde junto con el herido descendió a tierra, y estando con
él en un albergue, súbitamente corrió la fama de su gran belleza por la ciudad,
y a los oídos del príncipe de Morea
[SC75], que entonces estaba en Clarentza, llegó: por lo
que quiso verla, y viéndola, y más de lo que la fama decía pareciéndole
hermosa, tan ardientemente se enamoró de ella que en otra cosa no podía pensar.
Y habiendo oído en qué guisa había llegado allí, se
propuso conseguirla para él, y buscándole las vueltas y sabiéndolo los
parientes del herido, sin esperar más se la mandaron prestamente; lo que al
príncipe fue sumamente grato y otro tanto a la mujer, porque fuera de un gran
peligro le pareció estar. El príncipe, viéndola además de por la belleza
adornada con trajes reales, no pudiendo de otra manera saber quién fuese ella,
estimó que sería noble señora, y por lo tanto su amor por ella se redobló; y teniéndola
muy honradamente, no a guisa de amiga sino como a su propia mujer la trataba.
Lo que, considerando la mujer los pasados males y pareciéndole bastante bien
estar, tan consolada y alegre estaba mientras sus encantos florecían que de
nada más parecía que hubiera que hablar en Romania.
Por lo cual, al duque de Atenas, joven y bello y arrogante
en su persona, amigo y pariente del príncipe, le dieron ganas de verla: y
haciendo como que venía a visitarle, como acostumbraba a hacer de vez en
cuando, con buena y honorable compañía se vino a Clarentza, donde fue
honradamente recibido con gran fiesta. Después, luego de algunos días, venidos
a hablar de los encantos de aquella mujer, preguntó al duque si eran cosa tan
admirable como se decía; a lo que el príncipe respondió:
—Mucho más; pero de ello no mis palabras sino tus ojos
quiero que den fe.
A lo que, invitando al duque el príncipe, juntos fueron
allá donde ella estaba; la cual, muy cortésmente y con alegre rostro, habiendo
antes sabido su venida, les recibió. Y habiéndola hecho sentar entre ellos, no
se pudo de hablar con ella tomar ningún agrado porque poco o nada de aquella
lengua entendía; por lo que cada uno la miraba como a cosa maravillosa, y
mayormente el duque, el cual apenas podía creer que fuese cosa mortal, y sin
darse cuenta, al mirarla, con el amoroso veneno que con los ojos bebía,
creyendo que su gusto satisfacía mirándola, se enviscó a sí mismo, enamorándose
de ella ardentísimamente.
Y luego que de ella, junto con el príncipe, se hubo
partido y tuvo espacio de poder pensar por sí solo, juzgaba al príncipe más
feliz que a nadie teniendo una cosa tan bella a su disposición; y luego de
muchos y diversos pensamientos, pesando más su fogoso amor que su honra,
determinó, sucediera lo que fuese, privar al príncipe de aquella felicidad y
hacerse feliz con ella a sí mismo si pudiese. Y, teniendo en el ánimo
apresurarse, dejando toda razón y toda justicia aparte, a los engaños dispuso
todo su pensamiento; y un día, según el malvado plan establecido por él, junto
con un secretísimo camarero del príncipe que tenía por nombre Ciuriaci,
secretísimamente todos sus caballos y sus cosas hizo preparar para irse, y
viniendo la noche, junto con un compañero, todos armados, llevado fue por el
dicho Ciuriaci a la alcoba del príncipe silenciosamente. Al que vio que, por el
gran calor que hacía, mientras dormía la mujer, él todo desnudo estaba a una
ventana abierta al puerto, tomando un vientecillo que de aquella parte venía;
por la cual cosa, habiendo a su compañero antes informado de lo que tenía que
hacer, silenciosamente fue por la cámara hasta la ventana, y allí con un
cuchillo hiriendo al príncipe en los riñones, lo traspasó de una a otra parte,
y cogiéndolo prestamente, lo arrojó por la ventana abajo.
Estaba el palacio sobre el mar y muy alto, y aquella
ventana a la que estaba entonces el príncipe daba sobre algunas casas que
habían sido derribadas por el ímpetu del mar, a las cuales raras veces o nunca
alguien iba; por lo que sucedió, tal como el duque lo había previsto, que la
caída del cuerpo del príncipe ni fue ni pudo ser oída por nadie. El compañero
del duque, viendo que aquello estaba hecho, rápidamente un cabestro que llevaba
para aquello, fingiendo hacer caricias a Ciuriaci, se lo echó a la garganta y
tiró de manera que Ciuriaci no pudo hacer ningún ruido; y reuniéndose con él el
duque, lo estrangularon, y adonde el príncipe arrojado había, lo arrojaron. Y
hecho esto, manifiestamente conociendo que no habían sido oídos ni por la mujer
ni por nadie, tomó el duque una luz en la mano y la levantó sobre la cama, y
silenciosamente a la mujer toda, que profundamente dormía, descubrió; y
mirándola entera la apreció sumamente, y si vestida le había gustado sobre toda
comparación le gustó desnuda. Por lo que, inflamándose en mayor deseo, no
espantado por el reciente pecado por él cometido, con las manos todavía
sangrientas, junto a ella se acostó y con ella toda soñolienta, y creyendo que
el príncipe fuese, yació.
Pero luego de que algún tiempo con grandísimo placer
estuvo con ella, levantándose y haciendo venir allí a algunos de sus
compañeros, hizo coger a la mujer de manera que no pudiera hacer ruido, y por
una puerta falsa, por donde entrado había él, llevándola y poniéndola a
caballo, lo más silenciosamente que pudo, con todos los suyos se puso en camino
y se volvió a Atenas. Pero como tenía mujer, no en Atenas sino en un bellísimo
lugar suyo que un poco a las afueras de la ciudad tenía junto al mar, dejó a la
más dolorosa de las mujeres, teniéndola allí ocultamente y haciéndola
honradamente, de cuanto necesitaba, servir.
Habían a la mañana siguiente los cortesanos del príncipe
esperado hasta la hora de nona a que el príncipe se levantase; pero no oyendo
nada, empujando las puertas de la cámara que solamente estaban entornadas, y no
encontrando allí a nadie, pensando que ocultamente se hubiera ido a alguna
parte para estarse algunos días a su gusto con aquella su hermosa mujer, más no
se preocuparon. Y así las cosas, sucedió que al día siguiente, un loco,
entrando entre las ruinas donde estaban el cuerpo del príncipe y el de
Ciuriaci, por el cabestro arrastró afuera a Ciuriaci, y lo iba arrastrando tras
él. El cual, no sin maravilla fue reconocido por muchos, que con lisonjas
haciéndose llevar por el loco allí de donde lo había arrastrado, allí, con
grandísimo dolor de toda la ciudad, encontraron el del príncipe, y honrosamente
lo sepultaron; e investigando sobre los autores de tan grande delito, y viendo
que el duque de Atenas no estaba, sino que se había ido furtivamente,
estimaron, como era, que él debía haber hecho aquello y llevádose a la mujer.
Por lo que prestamente sustituyendo a su príncipe con un
hermano del muerto, le incitaron con todo su poder a la venganza; el cual, por
muchas otras cosas confirmado después haber sido tal como lo habían imaginado,
llamando en su ayuda a amigos y parientes y servidores de diversas partes,
prontamente reunió una grande y buena y poderosa hueste, y a hacer la guerra al
duque de Atenas se enderezó.
El duque, oyendo estas cosas, en su defensa semejantemente
aparejó todo su ejército, y vinieron en su ayuda muchos señores, entre los
cuales, enviados por el emperador de Constantinopla, estaban Costanzo su hijo y
Manovello su sobrino con buenas y grandes gentes, los cuales fueron recibidos
honradamente por el duque, y más por la duquesa, porque era su hermana.
Aprestándose las cosas para la guerra más de día en día, la duquesa, en tiempo
oportuno, a ambos a dos hizo venir a su cámara, y allí con lágrimas bastantes y
con muchas palabras toda la historia les contó, mostrándoles las razones de la
guerra y la ofensa hecha contra ella por el duque con la mujer a la que creía
tener ocultamente; y doliéndose mucho de aquello, les rogó que al honor del
duque y al consuelo de ella ofreciesen la reparación que pensasen mejor. Sabían
los jóvenes cómo había sido todo aquel hecho y, por ello, sin preguntar
demasiado, confortaron a la duquesa lo mejor que supieron y la llenaron de
buena esperanza, e informados por ella de dónde estaba la mujer, se fueron.
Y habiendo muchas veces oído hablar de la mujer como
maravillosa, desearon verla y al duque pidieron que se la enseñase; el cual,
mal recordando lo que al príncipe había sucedido por habérsela enseñado a él,
prometió hacerlo: y hecho aparejar en un bellísimo jardín, en el lugar donde
estaba la mujer, un magnífico almuerzo, a la mañana siguiente, a ellos con
algunos otros compañeros a comer con ella los llevó. Y estando sentado Costanzo
con ella, la comenzó a mirar lleno de maravilla, diciéndose que nunca había
visto nada tan hermoso, y que ciertamente por excusado podía tenerse al duque y
a cualquiera que para tener una cosa tan hermosa cometiese traición o cualquier
otra acción deshonesta: y una vez y otra mirándola, y celebrándola cada vez
más, no de otra manera le sucedió a él lo que le había sucedido al duque. Por
lo que, yéndose enamorado de ella, abandonado todo el pensamiento de guerra, se
dio a pensar cómo se la podría quitar al duque, óptimamente a todos celando su
amor. Pero mientras él se inflamaba en este fuego, llegó el tiempo de salir
contra el príncipe que ya a las tierras del duque se acercaba; por lo que el
duque y Costanzo y todos los otros, según el plan hecho en Atenas saliendo,
fueron a contender a ciertas fronteras, para que más adelante no pudiera venir
el príncipe.
Y deteniéndose allí muchos días, teniendo siempre Costanzo
en el ánimo y en el pensamiento a aquella mujer, imaginando que, ahora que el
duque no estaba junto a ella, muy bien podría venir a cabo de su placer, por
tener una razón para volver a Atenas se fingió muy indispuesto en su persona;
por lo que, con permiso del duque, delegado todo su poder en Manovello, a
Atenas se vino junto a la hermana, y allí, luego de algunos días, haciéndola
hablar sobre la ofensa que del duque le parecía recibir por la mujer que tenía,
le dijo que, si ella quería, él la ayudaría bien en aquello, haciendo de allí
donde estaba sacarla y llevársela. La duquesa, juzgando que Costanzo por su
amor y no por el de la mujer lo hacía, dijo que le placía mucho siempre que se
hiciese de manera que el duque nunca supiese que ella hubiera consentido en
esto. Lo que Costanzo plenamente le prometió; por lo que la duquesa consintió
en que él como mejor le pareciese hiciera.
Costanzo, ocultamente, hizo armar una barca ligera, y
aquella noche la mandó cerca del jardín donde vivía la mujer, informados los
suyos que en ella estaban de lo que habían de hacer, y junto con otros fue al
palacio donde estaba la mujer, donde por aquellos que allí al servicio de ella
estaban fue alegremente recibido, y también por la mujer; y con ésta,
acompañada por sus servidores y por los compañeros de Costanzo, como quisieron,
fueron al jardín. Y como si a la mujer de parte del duque quisiera hablarle,
con ella, hacia una puerta que salía al mar, solo se fue; a la cual, estando ya
abierta por uno de sus compañeros, y allí con la señal convenida llamada la
barca, haciéndola coger prestamente y poner en la barca, volviéndose a sus
criados, les dijo:
—Nadie se mueva ni diga palabra, si no quiere morir,
porque entiendo no robar al duque su mujer sino llevarme la vergüenza que le
hace a mi hermana.
A esto nadie se atrevió a responder; por lo que Costanzo,
con los suyos en la barca montado y acercándose a la mujer que lloraba, mandó
que diesen los remos al agua y se fueran; los cuales, no bogando sino volando,
casi al alba del día siguiente llegaron a Egina. Bajando aquí a tierra y
descansando Costanzo con la mujer, que su desventurada hermosura lloraba, se
solazó; y luego, volviéndose a subir a la barca, en pocos días llegaron a
Quíos, y allí, por temor a la reprensión de su padre y para que la mujer robada
no le fuese quitada, plugo a Costanzo como en seguro lugar quedarse; donde
muchos días la mujer lloró su desventura, pero luego, consolada por Costanzo,
como las otras veces había hecho, empezó a tomar el gusto a lo que la fortuna
le deparaba.
Mientras estas cosas andaban de tal guisa, Osbech,
entonces rey de los turcos, que estaba en continua guerra con el emperador, en
aquel tiempo vino por acaso a Esmirna, y oyendo allí cómo Costanzo en lasciva
vida, con una mujer suya a quien robado había, sin ninguna precaución estaba en
Quíos, yendo allí con unos barquichuelos armados una noche y ocultamente con su
gente entrando en la ciudad, a muchos cogió en sus camas antes de que se diesen
cuenta de que los enemigos habían llegado; y por último a algunos que,
despertándose, habían corrido a las armas, los mataron, y, prendiendo fuego a
toda la ciudad, el botín y los prisioneros puestos en las naves, hacia Esmirna
se volvieron.
Llegados allí, encontrando Osbech, que era hombre joven,
al revisar el botín, a la hermosa mujer, y conociendo que aquélla era la que
con Costanzo había sido cogida durmiendo en la cama, se puso sumamente contento
al verla; y sin tardanza la hizo su mujer y celebró las bodas, y con ella se
acostó contento muchos meses.
El emperador, que antes de que estas cosas sucedieran
había tenido tratos con Basano, rey de Capadocia, para que contra Osbech bajase
por una parte con sus fuerzas y él con las suyas le asaltara por la otra, y no
había podido cumplirlo aún plenamente porque algunas cosas que Basano pedía,
como menos convenientes no había podido hacerlas, oyendo lo que a su hijo había
sucedido, triste se puso sobremanera y sin tardanza lo que el rey de Capadocia
le pedía hizo, y él cuanto más pudo solicitó que descendiese contra Osbech,
aparejándose él de la otra parte a irle encima. Osbech, al saber esto, reunido
su ejército, antes de ser cogido en medio por los dos poderosísimos señores,
fue contra el rey de Capadocia, dejando en Esmirna al cuidado de un fiel
familiar y amigo a su bella mujer; y con el rey de Capadocia enfrentándose
después de algún tiempo combatió y fue muerto en la batalla y su ejército
vencido y dispersado.
Por lo que Basano, victorioso, se puso libremente a venir
hacia Esmirna; y al venir, toda la gente como a vencedor le obedecía. El
familiar de Osbech, cuyo nombre era Antíoco, a cargo de quien había quedado la
hermosa mujer, por templado que fuese, viéndola tan bella, sin observar a su
amigo y señor lealtad, de ella se enamoró; y sabiendo su lengua (lo que mucho
le agradaba, como a quien varios años a guisa de sorda y de muda había tenido
que vivir, por no haberla entendido nadie y ella no haber entendido a nadie),
incitado por el amor, comenzó a tomar tanta familiaridad con ella en pocos días
que, no después de mucho, no teniendo consideración a su señor que en armas y
en guerra estaba, hicieron su trato no solamente en amistoso sino en amoroso
transformarse, tomando el uno del otro bajo las sábanas maravilloso placer.
Pero oyendo que Osbech estaba vencido y muerto, y que
Basano venía pillando todo, tomaron juntos por partido no esperarlo allí sino
que cogiendo grandísima parte de las cosas más preciosas que allí tenía Osbech,
juntos y escondidamente, se fueron a Rodas; y no habían vivido allí mucho
tiempo cuando Antíoco enfermó de muerte. Estando con el cual por acaso un
mercader chipriota muy amado por él y sumamente su amigo, sintiéndose llegar a
su fin, pensó que le dejaría a él sus cosas y su querida mujer. Y ya próximo a
la muerte, a ambos llamó, diciéndoles así:
—Veo que desfallezco sin remedio; lo que me duele, porque
nunca tanto me gustó vivir como ahora me gustaba. Y cierto es que de una cosa
muero contentísimo, porque, teniendo que morir, me veo morir en los brazos de
las dos personas a quienes amo más que a ninguna otra que haya en el mundo,
esto es en los tuyos, carísimo amigo, y en los de esta mujer a quien más que a
mí mismo he amado desde que la conocí. Es verdad que doloroso me es saber que
se queda forastera y sin ayuda ni consejo, al morirme yo; y más doloroso me
sería todavía si no te viese a ti que creo que cuidado de ella tendrás por mi
amor como lo tendrías de mi mismo; y por ello, cuanto más puedo te ruego que,
si me muero, que mis cosas y ella queden a tu cuidado, y de las unas y de la
otra haz lo que creas que sirva de consuelo a mi alma. Y a ti, queridísima
mujer, te ruego que después de mi muerte no me olvides, para que yo allá pueda
envanecerme de que soy amado aquí por la más hermosa mujer que nunca fue
formada por la naturaleza. Si de estas dos cosas me dieseis segura esperanza,
sin ninguna duda me iré consolado.
El amigo mercader y semejantemente la mujer, al oír estas
palabras, lloraban; y habiendo callado él, le confortaron y le prometieron por
su honor hacer lo que les pedía, si sucediera que él muriese; y poco después
murió y por ellos fue hecho sepultar honorablemente. Después, luego de pocos
días, habiendo el mercader chipriota todos sus negocios en Rodas despachado y
queriendo volverse a Chipre en una coca de catalanes que allí había, preguntó a
la hermosa mujer que qué quería hacer, como fuera que a él le convenía volverse
a Chipre.
La mujer repuso que con él, si le pluguiera, iría de buena
gana, esperando que por el amor de Antíoco sería tratada y mirada por él como
una hermana. El mercader repuso que de lo que a ella gustase estaría contento:
y, para de cualquier ofensa que pudiese sobrevenirle antes de que a Chipre
llegasen, defenderla, dijo que era su mujer. Y subido a la nave, habiéndoles
dado un camarote en la popa, para que las obras no pareciesen contrarias a las
palabras, con ella en una litera bastante pequeña dormía. Por lo que sucedió lo
que ni por el uno ni por el otro había sido acordado al partir de Rodas; es
decir que, incitándoles la oscuridad y la comodidad y el calor de la cama,
cuyas fuerzas no son pequeñas, olvidada la amistad y el amor por Antíoco
muerto, atraídos por igual apetito, empezando a hurgonearse el uno al otro,
antes de que a Pafos llegasen, de donde era el chipriota, se habían hecho
parientes; y llegados a Pafos, mucho tiempo estuvo con el mercader.
Sucedió por acaso que a Pafos llegó por algún asunto suyo
un gentilhombre cuyo nombre era Antígono, cuyos años eran muchos pero cuyo
juicio era mayor, y pocas las riquezas, porque habiéndose en muchas cosas
mezclado al servicio del rey de Chipre, la fortuna le había sido contraria. El
cual, pasando un día por delante de la casa donde la hermosa mujer vivía,
habiendo el mercader chipriota ido con su mercancía a Armenia, le sucedió por
ventura ver a una ventana de su casa a esta mujer; a quien, como era hermosísima,
empezó a mirar fijamente, y empezó a querer acordarse de haberla visto otras
veces, pero dónde de ninguna manera acordarse podía.
La hermosa mujer, que mucho tiempo habla sido juguete de
la fortuna, acercándose al término en que sus males debían hallar fin, al ver a
Antígono se acordó de haberlo visto en Alejandría al servicio de su padre, en
no baja condición; por lo cual, concibiendo súbita esperanza de poder aún
volver al estado real con sus consejos, no sintiendo a su mercader, lo antes
que pudo hizo llamar a Antígono. Al cual, venido a ella, tímidamente preguntó
si él fuese Antígono de Famagusta, como creía. Antígono repuso que sí, y además
de ello dijo:
—Señora, a mí me parece conoceros, pero por nada puedo
acordarme de dónde; por lo que os ruego, si no os es enojoso, que a la memoria
me traigáis quién sois.
La mujer, oyendo que era él, llorando fuertemente le echó
los brazos al cuello, y, luego de un poco, a él, que mucho se maravillaba, le
preguntó si nunca en Alejandría la había visto. Cuya pregunta oyendo Antígono
reconoció incontinenti que era aquélla Alatiel la hija del sultán que muerta en
el mar se creía que había sido, y quiso hacerle la reverencia debida; pero ella
no lo sufrió, y le rogó que con ella se sentase un poco. Lo que, hecho por
Antígono, le preguntó reverentemente cómo y cuándo y de dónde había venido
aquí, como fuera que en toda la tierra de Egipto se tuviese por cierto que se
había ahogado en el mar, hacía ya algunos años. A lo que dijo la mujer:
—Bien querría que hubiera sido así más que haber tenido la
vida que he tenido, y creo que mi padre querría lo mismo, si alguna vez lo
supiera.
Y dicho así, volvió a llorar maravillosamente; por lo que
Antígono le dijo:
—Señora, no os desconsoléis antes que sea necesario; si os
place, contadme vuestras desventuras y qué vida habéis tenido; por ventura
vuestros asuntos podrán encaminarse de manera que les encontremos, con ayuda de
Dios, buena solución.
—Antígono —dijo la hermosa mujer—, me pareció al verte ver
a mi padre, y movida por el amor y la ternura que a él le he tenido, pudiéndome
ocultar me manifesté a ti, y a pocas personas me habría podido suceder haber
visto de que tan contenta fuese cuanto estoy de haberte, antes que a ningún
otro, visto y reconocido; y por ello, lo que en mi mala fortuna siempre he
tenido escondido, a ti como a padre te lo descubriré. Si ves, después de que
oído lo hayas, que puedas de algún modo a mi debida condición hacerme volver,
te ruego que lo pongas en obra; si no lo ves, te ruego que jamás a nadie digas
que me has visto o que nada has oído de mí.
Y dicho esto, siempre llorando, lo que sucedido le había
desde que naufragó en Mallorca hasta aquel punto le contó; de lo que Antígono,
movido a piedad, empezó a llorar, y luego de que por un rato hubo pensado,
dijo:
—Señora, puesto que oculto ha estado en vuestros
infortunios quién seáis, sin falta os devolveré más querida que nunca a vuestro
padre, y luego como mujer al rey del Algarbe.
Y preguntado por ella que cómo, ordenadamente lo que había
de hacer le enseñó; y para que ninguna otra fuese a sobrevenir si se demoraba,
en el mismo momento volvió Antígono a Famagusta y se fue al rey, al que dijo:
—Señor mío, si os place, podéis al mismo tiempo haceros
grandísimo honor a vos, y a mí (que soy pobre por vos) gran provecho sin que os
cueste mucho.
El rey le preguntó cómo. Antígono entonces dijo:
—A Pafos ha llegado la hermosa joven hija del sultán, de
la que ha corrido tanto la fama de que se había ahogado; y, por preservar su
honestidad, grandísimas privaciones ha sufrido largamente, y al presente se
encuentra en pobre estado y desea volver a su padre. Si a vos os pluguiera
mandársela bajo mi custodia, sería un gran honor para vos, y un gran bien para
mí; y no creo que nunca tal servicio se le olvidase al sultán.
El rey, movido por real magnanimidad, súbitamente repuso
que le placía: y honrosamente enviando a por ella, a Fainagusta la hizo venir,
donde por él y por la reina con indecible fiesta y con magnífico honor fue
recibida; a la cual, después, por el rey y la reina siéndole preguntadas sus
desventuras, según los consejos dados por Antígono repuso y contó todo. Y pocos
días después, pidiéndolo ella, el rey, con buena y honorable compañía de
hombres y de mujeres, bajo la custodia de Antígono la devolvió al sultán; por
el cual si fue celebrada su vuelta nadie lo pregunte, y lo mismo la de Antígono
con toda su compañía. La que, luego de que reposó algo, quiso el sultán saber
cómo estaba viva, y dónde se había detenido tanto tiempo sin nunca haberle
hecho nada saber sobre su condición.
La joven, que óptimamente las enseñanzas de Antígono había
aprendido, a su padre así comenzó a hablar:
—Padre mío, sería el vigésimo día después que partí de
vuestro lado cuando, por fiera tempestad nuestra nave resquebrajada, encalló en
ciertas playas allá en Occidente, cerca de un lugar llamado Aguasmuertas, una
noche, y lo que de los hombres que en nuestra nave iban sucediese no lo sé ni
lo supe nunca; de cuanto me acuerdo es de que, llegado el día y yo casi de la
muerte a la vida volviendo, habiendo sido ya la rota nave vista por los
campesinos, corrieron a robarla de toda la comarca, y yo con dos de mis mujeres
primero sobre la orilla puestas fuimos, e incontinenti cogidas por los jóvenes
que, quién por aquí con una y quién por ahí con otra, empezaron a huir. Qué fue
de ellas no lo supe nunca; pero habiéndome a mí, que me resistía, cogido entre
dos jóvenes y arrastrándome por los cabellos, llorando yo fuertemente, sucedió
que, pasando los que me arrastraban un camino para entrar en un grandísimo
bosque, cuatro hombres en aquel momento pasaban por allí a caballo, a los
cuales, como vieron los que me arrastraban, soltándome, prestamente se dieron a
la fuga. Los cuatro hombres, que por su semblante me parecían de autoridad,
visto aquello, corrieron a donde yo estaba y mucho me preguntaron, y yo mucho
dije, pero ni por ellos fui entendida ni a ellos los entendí. Ellos, luego de
larga consulta, subiéndome a uno de sus caballos, me llevaron a un monasterio
de mujeres según su ley religiosa, y yo, por lo que les dijeran, fui allí
benignísimamente recibida y siempre honrada, y con gran devoción junto con
ellas he servido desde entonces a san Crescencio-en-la-cueva, a quien las
mujeres de aquel país mucho aman. Pero luego de que algún tiempo estuve con
ellas, y ya habiendo algo aprendido de su lengua, preguntándome quién yo fuese
y de dónde, y sabiendo yo dónde estaba y temiendo, si dijese la verdad, ser
perseguida como enemiga de su ley, repuse que era hija de un gran gentilhombre
de Chipre, el cual habiéndome mandado a Creta para casarme, por azar allí
habíamos sido llevados y naufragamos. Y muchas veces en muchas cosas, por miedo
a lo peor, observé sus costumbres; y preguntándome la mayor de aquellas
señoras, a la que llamaban «abadesa», si a Chipre me gustaría volver, contesté
que nada deseaba tanto; pero ella, solícita de mi honor, nunca me quiso confiar
a nadie que hacia Chipre viniera sino, hace unos dos meses, cuando llegados
allí ciertos hombres buenos de Francia con sus mujeres, entre los cuales algún
pariente tenía la abadesa, y oyendo ella que a Jerusalén iban a visitar el
sepulcro donde aquel a quien tienen por Dios fue enterrado después de que fue
matado por los judíos, a ellos me encomendó, y les rogó que en Chipre quisieran
entregarme a mi padre. Cuánto estos gentileshombres me honraron y alegremente
me recibieron junto con sus mujeres, larga historia sería de contar. Subidos,
pues, en una nave, luego de muchos días llegamos a Pafos; y allí viéndome
llegar, sin conocerme nadie ni sabiendo qué debía decir a los gentileshombres
que a mi padre me querían entregar, según les había sido impuesto por la venerable
señora, me aparejó Dios, a quien tal vez daba lástima de mí, sobre la orilla a
Antígono en la misma hora que nosotros en Pafos bajábamos; al que llamé
prestamente y en nuestra lengua, para no ser entendida por los gentileshombres
ni las señoras, le dije que como hija me recibiera. Él me entendió enseguida; y
haciéndome gran fiesta, a aquellos gentileshombres y a aquellas señoras según
sus pobres posibilidades honró, y me llevó al rey de Chipre, el cual con qué
honor me recibió y aquí a vos me ha enviado nunca podría yo contar. Si algo por
decir queda, Antígono, que muchas veces me ha oído esta mi peripecia, lo
cuente.
Antígono, entonces, volviéndose al sultán, dijo:
—Señor mío, ordenadísimamente, tal como me lo ha contado
muchas veces y como aquellos gentileshombres con los que vino me contaron, os
lo ha contado; solamente una parte ha dejado por deciros, que estimo que,
porque bien no le está decirlo a ella, lo haya hecho: y ello es cuánto aquellos
gentileshombres y señoras con quienes vino hablaron de la honesta vida que con
las señoras religiosas había llevado y de su virtud y de sus loables
costumbres, y de las lágrimas y del llanto que hicieron las señoras y los gentileshombres
cuando, restituyéndola a mí, se separaron de ella. De las cuales cosas si yo
quisiera enteramente decir lo que ellos me dijeron, no el presente día sino la
noche siguiente no nos bastaría; tanto solamente creo que basta que, según sus
palabras mostraban y aun aquello que yo he podido ver, os podéis gloriar de
tener la más hermosa hija y la más honrada y la más valerosa que ningún otro
señor que hoy lleve corona.
Estas cosas celebró el sultán maravillosamente y muchas
veces rogó a Dios que le concediese gracia para poder dignas recompensas
conceder a cualquiera que hubiera honrado a su hija, y máximamente al rey de
Chipre por quien honradamente le había sido devuelta; y luego de algunos días,
habiendo hecho preparar grandísimos dones para Antígono, le dio licencia de
volverse a Chipre, dándole al rey con cartas y con embajadores especiales
grandísimas gracias por lo que había hecho a la hija. Y después de esto, queriendo
que lo que comenzado había sido tuviese lugar, es decir, que ella fuese la
mujer del rey del Algarbe, a éste todo hizo saber enteramente, escribiéndole
además de ello que, si le pluguiera tenerla, a por ella mandase.
Mucho celebró esto el rey del Algarbe y, mandando
honorablemente a por ella, alegremente la recibió. Y ella, que con otros ocho
hombres unas diez mil veces se había acostado, a su lado se acostó como
doncella, y le hizo creer que lo era, y, reina, con él alegremente mucho tiempo
vivió después. Y por ello se dice: «Boca besada no pierde fortuna, que se
renueva como la luna».
NOVELA OCTAVA
El conde de Amberes, acusado en falso, va al exilio; deja
a dos hijos suyos en diversos lugares de Inglaterra y él, al volver de Escocia
[SC76] , sin ser conocido, los encuentra en buen estado;
entra como palafrenero en el ejército del rey de Francia y, reconocida su
inocencia, es restablecido en su primer estado.
Mucho suspiraron las señoras por las diversas desventuras
de la hermosa mujer: pero ¿quién sabe qué razón movía los suspiros? Tal vez las
había que no menos por anhelo de tan frecuentes nupcias que por lástima de ella
suspiraban. Pero dejando esto por el momento presente, habiéndose alguna reído
por las últimas palabras dichas por Pánfilo, y viendo por ellas la reina que su
novela había terminado, vuelta hacia Elisa, le impuso que continuara el orden
con una de las suyas; la cual, alegremente haciéndolo, comenzó
Amplísimo campo es este por el cual hoy nos estamos
paseando, y no hay nadie que, no una justa sino diez pudiese contender en él
asaz fácilmente pues tan abundante lo ha hecho la fortuna en sus extraños y
dolorosos casos; y por ello, viniendo de ellos, que infinitos son, a contar
alguno, digo que:
Al ser el imperio de Roma de los franceses a los tudescos
transportado
[SC77], nació entre una nación y la otra grandísima
enemistad y acerba y continua guerra, por la cual, tanto para defender su país
como para atacar a los otros, el rey de Francia y un hijo suyo, con toda la
fuerza de su reino y junto con los amigos y parientes con quienes hacer lo
pudieron, organizaron un grandísimo ejército para ir contra los enemigos; y
antes de que a ello procedieran, para no dejar el reino sin gobierno, sabiendo
que Gualterio, conde de Amberes, era un hombre noble y sabio y muy fiel amigo y
servidor suyo, y que aunque también era conocedor del arte de la guerra les
parecía a ellos más apto para las cosas delicadas que para las fatigosas, a él
en el lugar de ellos dejaron como vicario general sobre todo el gobierno del
reino de Francia, y se fueron a sus campañas.
Comenzó, pues, Gualterio con juicio y con orden el oficio
encomendado, siempre en todas las cosas con la reina y con su nuera
consultando; y aunque bajo su custodia y jurisdicción hubiesen sido dejadas, no
menos como a sus señoras y principales en lo que podía las honraba. Era el
dicho Gualterio hermosísimo de cuerpo y de edad de unos cuarenta años, y tan
amable y cortés cuanto más pudiese serlo hombre noble, y además de todo esto,
era el más galante y el más delicado caballero que en aquel tiempo se conociese,
y el que más adornado iba.
Ahora, sucedió que, estando el rey de Francia y su hijo en
la guerra ya dicha, habiendo muerto la mujer de Gualterio y habiéndole dejado
con un hijo varón y una hija, niños pequeños, y sin nadie más, frecuentando él
la corte de las dichas señoras y hablando con ellas frecuentemente de las
necesidades del reino, la mujer del hijo del rey puso en él sus ojos y con
grandísimo afecto considerando su persona y sus costumbres, con oculto amor
fervientemente se inflamó por él; y viéndose joven y fresca y a él sin mujer,
pensó que sería fácil realizar su deseo. Y pensando que ninguna cosa se oponía
a aquello sino la vergüenza de manifestárselo, se dispuso del todo a desecharla
de sí, y estando un día sola y pareciéndole oportuno, como si otras cosas con
él hablar quisiese, mandó a por él. El conde, cuyo pensamiento estaba muy lejos
del de la señora, sin ninguna dilación se fue a donde ella; y sentándose, como
ella quiso, con ella sobre una cama, en una cámara los dos solos, habiéndola ya
el conde preguntado sobre la razón por la que le hubiese hecho venir, y ella
callando, finalmente, empujada por el amor, toda roja de vergüenza, casi
llorando y temblando toda, con palabras entrecortadas, así comenzó a decir:
—Carísimo y dulce amigo y señor mío, vos podéis, como
hombre sabio, fácilmente conocer cuánta sea la fragilidad de los hombres y de
las mujeres, y por diversas razones más en una que en otra; por lo que
debidamente, ante un justo juez, un mismo pecado en diversa cualidad de
personas no debe recibir la misma pena. ¿Y quién sería quien dijese que no
debiese ser mucho más reprensible un pobre hombre o una pobre mujer que con su
trabajo tuviesen que ganar lo que necesitasen para vivir, si fuesen por el amor
estimulados y lo siguiesen, que una señora rica y ociosa y a quien nada que
agradase a sus deseos faltara? Creo ciertamente que nadie. Por la razón que
juzgo que grandísima parte de excusa deban prestar las dichas cosas de aquella
que las posee, si por ventura se deja llevar a amar; y lo restante debe tenerlo
el haber elegido a un sabio y valeroso amador, si lo ha hecho así aquella que
ama. Las cuales cosas, como quiera que ambas según mi parecer, se dan en mí, y
además de ellas otras más que a amar deben inducirme, como es mi juventud y el
alejamiento de mi marido, deben ahora venir en mi ayuda a la defensa de mi
fogoso amor ante vuestra consideración; y si pueden lo que en la presencia de
los sabios deben poder, os ruego que consejo y ayuda en lo que os pida me
prestéis. Es verdad que, por el alejamiento de mi marido no pudiendo yo a los
estímulos de la carne ni a la fuerza del amor oponerme (los cuales son de tanto
poder, que a los fortísimos hombres, no ya a las tiernas mujeres, han vencido
muchas veces y vencen todos los días), estando yo en las comodidades y los
ocios en que me veis, a secundar los placeres de amor y a enamorarme me he
dejado llevar: y como tal cosa, si sabida fuese, yo sepa que no es honesta, no
menos, siendo y estando escondida en nada la juzgo ser deshonesta, pues me ha
sido Amor tan complaciente que no solamente no me ha quitado el debido juicio
al elegir el amante sino que mucho me ha dado, mostrándome que sois digno vos
de ser amado por una mujer tal como yo; que, si no me engaño, os reputo por el
más hermoso, el más amable y más galante y el más sabio caballero que en el
reino de Francia pueda encontrarse; y tal como yo puedo decir que sin marido me
veo, vos también sin mujer. Por lo que yo os ruego, por tan grande amor como es
el que os tengo, que no me neguéis el vuestro y que se acreciente con mi
juventud, la cual verdaderamente, como el hielo al fuego, se consume por vos.
Al llegar a estas palabras le acometieron tan
abundantemente las lágrimas que ella, que todavía más ruegos intentaba
interponer, no tuvo más poder para hablar, sino que bajado el rostro y abatida,
llorando, en el seno del conde dejó caer la cabeza. El conde, que lealísimo
caballero era, con gravísima reprimenda empezó a reprender un tan loco amor y a
rechazarla porque ya al cuello quería echársele, y con juramentos a afirmar que
primero sufriría él ser descuartizado que tal cosa contra el honor de su señor ni
en sí mismo ni en otro consintiera. Lo que oyendo la señora, súbitamente
olvidado el amor y en fiero furor encendida dijo:
—¿Será, pues, ruin caballero, de esta guisa escarnecido
por vos mi deseo? No plazca a Dios, puesto que queréis hacerme morir, que yo
morir arrojar del mundo no os haga.
Y diciendo así, al punto se echó las manos a los cabellos,
enmarañándoselos y descomponiéndoselos todos, y después de haberse desgarrado
las vestiduras en el pecho, comenzó a gritar fuerte:
—¡Ayuda, ayuda, que el conde de Amberes quiere forzarme!
El conde, viendo esto, y temiendo mucho más la envidia de
los cortesanos que a su conciencia, y temiendo que aquélla fuese a dar más fe a
la maldad de la señora que a su inocencia, se levantó y lo más aprisa que pudo,
de la cámara y del palacio salió y escapó a su casa, donde, sin tomar otro
consejo, puso a sus hijos a caballo y montándose él también, lo más aprisa que
pudo se fue hacia Calais. Al ruido de la señora corrieron muchos, los cuales,
viéndola y oyendo la razón de sus gritos, no solamente por aquello dieron fe a
sus palabras, sino que añadieron que la galanura y la adornada manera del conde
había sido por él largamente buscada para poder llegar a aquello. Se corrió,
pues, con furia a los palacios del conde para arrestarlo; pero no encontrándole
a él, primero los saquearon todos y luego hasta los cimientos los hicieron
derribar.
La noticia, tan torpe como se contaba, llegó en las
huestes al rey y al hijo, los cuales, muy airados, a perpetuo exilio a él y a
sus descendientes condenaron, grandísimos dones prometiendo a quien vivo o
muerto se lo llevase. El conde, pesaroso de que, de inocente, al huir, se había
hecho culpable, llegado sin darse a conocer o ser conocido, con sus hijos a
Calais, prestamente pasó a Inglaterra y en pobres vestidos fue hacia Londres,
donde antes de entrar, con muchas palabras adoctrinó a los dos pequeños hijos
suyos, y máximamente en dos cosas: primera, que pacientemente soportasen el
estado pobre al que sin culpa de ellos la fortuna, junto con él, les había
llevado, y luego que con toda prudencia se guardasen de manifestar a nadie de
dónde eran ni hijos de quién, si amaban la vida.
Era el hijo, llamado Luigi, de unos nueve años, y la hija,
que tenía por nombre Violante
[SC78], tenía unos siete, los cuales, según lo que
permitía su tierna edad, muy bien comprendieron la lección del padre, y en las
obras lo mostraron después. Y para que aquello mejor pudiese hacerse le pareció
deber cambiarles los nombres; y lo hizo así, y llamó al varón Perotto y
Giannetta a la niña; y llegados a Londres con pobres vestidos, del modo que
vemos hacer a los pordioseros franceses, se dieron a andar pidiendo limosna.
Y estando por acaso en tal ocupación una mañana en una
iglesia, sucedió que una gran dama, que era mujer de uno de los mariscales del
rey de Inglaterra, al salir de la iglesia, vio al conde y a sus dos hijitos que
limosna pedían, al que preguntó de dónde era y si suyos eran aquellos dos
niños. A quien repuso que él era de Picardía y que, por un delito de un hijo
mayor, había tenido que hacerse vagabundo con aquellos dos, que suyos eran. La
dama, que era piadosa, puso los ojos en la muchacha y le gustó mucho porque
hermosa y gentil y agraciada era, y dijo:
—Buen hombre, si te contentase dejar aquí conmigo a esta
hijita tuya, porque buen aspecto tiene, la enseñaré de buena gana, y si se hace
mujer virtuosa la casaré en el tiempo que sea conveniente de manera que estará
bien.
Al conde mucho le plugo esta petición, y prestamente
repuso que sí, y con lágrimas se la dio y recomendó mucho. Y habiendo así
colocado a la hija y sabiendo bien a quién, deliberó no quedarse allí, y
pidiendo limosna atravesó la isla y con Perotto llegó a Gales no sin gran
fatiga, como quien a andar a pie no está acostumbrado. Allí había otro de los
mariscales del rey, que gran estado y muchos servidores tenía, en cuya corte el
conde alguna vez, él y el hijo, para tener de qué comer, mucho se detenían. Y
estando en ella algún hijo del dicho mariscal y otros muchachos de gente noble,
y jugando a algunos juegos de muchachos como de correr y de saltar, Perotto
comenzó a mezclarse con ellos y a hacerlo tan diestramente, o más, que
cualquiera de los otros hiciese alguna de las pruebas que entre ellos se
hacían. Lo que viendo alguna vez el mariscal, y gustándole mucho la manera y
los modos del muchacho, preguntó que quién fuese. Le fue dicho que era hijo de
un pobre hombre que alguna vez por limosna venia allá adentro.
Al cual el mariscal se lo hizo pedir y el conde, como
quien a Dios otra cosa no rogaba, libremente se lo concedió, por mucho disgusto
que le causase separarse de él. Teniendo, pues, el conde el hijo y la hija
colocados, pensó que más no quería quedarse en Inglaterra sino que como mejor
pudo se pasó a Irlanda, y llegado a Stanford, con un caballero de un conde
campesino se colocó como criado, todas aquellas cosas haciendo que a un criado
o a un palafrenero pueden convenir; y allí sin ser nunca por nadie conocido,
con asaz disgusto y fatiga se quedó largo tiempo.
Violante, llamada Giannetta, con la noble señora en
Londres fue creciendo en años y en persona y en belleza, y en tanto favor de la
señora y de su marido y de cualquiera otro de la casa y de quienquiera que la
conociese, que era cosa maravillosa de ver; y no había nadie que sus costumbres
y sus maneras mirase que no dijese que debía ser digna de todo grandísimo bien
y honor. Por la cual cosa, la noble señora que la había recibido de su padre,
sin haber podido nunca saber quién era él de otra manera que por lo que él
decía, se había propuesto casarla honradamente según la condición de que
estimaba que era. Pero Dios, justo protector de los méritos de los demás,
sabiendo que era mujer noble, y llevaba sin culpa la penitencia del pecado
ajeno, lo dispuso de otra manera: y para que a manos de un hombre vil no
viniese la noble joven, debe creerse que, lo que sucedió, Él por su
misericordia lo permitió. Tenía la noble señora con la que Giannetta vivía un
único hijo de su marido a quien ella y el padre sumamente amaban, tanto porque
era su hijo como porque por virtud y méritos lo valía, como quien más que nadie
cortés y valeroso y arrogante y hermoso de cuerpo era. El cual, teniendo unos
seis años más que Giannetta y viéndola hermosísima y graciosa, tanto se enamoró
de ella que más allá de ella nada veía.
Y porque imaginaba que debía ser de baja condición, no
solamente no osaba pedirla a su padre y a su madre por mujer, sino que temiendo
ser reprendido por haberse puesto a amar bajamente, cuanto podía su amor tenía
escondido. Por la cual cosa, mucho más que si descubierto lo hubiera, lo
estimulaba; y ocurrió que por exceso de angustia enfermó, y gravemente.
Habiendo sido llamados varios médicos a su cuidado, y habiendo un signo y otro
observado en él y no pudiendo su enfermedad conocer, todos juntos desesperaban
de su salvación; por lo que el padre y la madre del joven tenían tanto dolor y
melancolía que mayor no habría podido tenerse; y muchas veces con piadosos
ruegos le preguntaban la razón de su mal, a los que o suspiros por respuesta
daba o que todo se sentía desfallecer.
Sucedió un día que, estando sentado junto a él un médico
asaz joven, pero en ciencia muy profundo, y teniéndole cogido por el brazo en
aquella parte donde buscan el pulso, Giannetta, que, por respeto por la madre,
solícitamente le servía, por alguna razón entró en la cámara en la que el joven
estaba echado. A la cual, cuando el joven vio, sin ninguna palabra o ademán
hacer, sintió con más fuerza en el corazón el amoroso ardor, por lo que el
pulso más fuerte comenzó a latirle de lo acostumbrado; lo que el médico sintió
incontinenti y maravillóse, y estuvo quedo por ver cuánto aquel latir durase
[SC79]. Al salir Giannetta de la cámara el latir se calmó:
por lo que le pareció al médico haber entendido algo de la razón de la
enfermedad del joven; y poco después, como si algo quisiera preguntar a
Giannetta, siempre teniendo al enfermo por el brazo, la hizo llamar. A lo que
ella vino incontinenti; no había entrado en la cámara cuando el latir del pulso
volvió al joven, y partida ella, cesó. Con lo que, pareciendo al médico tener
plena certeza, levantóse y llevando aparte al padre y a la madre del joven, les
dijo:
—La salud de vuestro hijo no en los remedios de los
médicos sino en las manos de Giannetta está, a la cual, tal como he conocido
manifiestamente por ciertos signos, el joven ama ardientemente aunque ella no
se haya dado cuenta por lo que yo veo. Sabéis ya lo que tenéis que hacer si su
vida os es querida.
El noble señor y su mujer, oyendo esto, se pusieron
contentos en cuanto algún modo se encontraba para su salvación, aunque mucho
les pesase que lo que temían fuera aquello, esto es, tener que dar a Giannetta
a su hijo por esposa. Ellos, pues, partido el médico, se fueron al enfermo, y
díjole la señora así:
—Hijo mío, no habría yo creído nunca que me escondieses
algún deseo tuyo, y especialmente viéndote, por no tenerlo, desfallecer, por lo
que debías estar cierto, y debes, que nada hay que por contentarte hacer
pudiese, aunque menos que honesto fuera, que como por mí misma no lo hiciese;
pero pues que lo has hecho así ha sucedido que Nuestro Señor se ha compadecido
de ti más que tú mismo, y para que de esta enfermedad no te mueras me ha
mostrado la razón de tu mal, que no es otra cosa que un excesivo amor que
sientes por alguna joven, sea quien sea ella. Y en verdad, de manifestar esto
no deberías avergonzarte porque tu edad lo pide, y si no estuvieras enamorado
yo te tendría en bastante poco. Por lo que, hijo mío, no te escondas de mí sino
que con confianza descúbreme todo tu deseo, y la melancolía y el pensamiento
que tienes y del que esta enfermedad procede, arrójalos fuera, y consuélate y
persuádete de que nada habrá por satisfacción tuya, que tú me impongas, que yo
no haga si está en mi poder, como quien más te ama que a la vida mía. Desecha
la vergüenza y el temor, y dime si puedo por tu amor hacer algo; y si no
encuentras que sea solícita en ello y logre tal efecto tenme por la más cruel
madre que ha parido un hijo.
El joven, oyendo las palabras de la madre, primero se
avergonzó; luego, pensando que nadie mejor que ella podría satisfacer su
placer, desechada la vergüenza, le dijo así:
—Madama, nada me ha hecho teneros escondido mi amor sino
haberme apercibido de que la mayoría de las personas, después de que entran en
años, de haber sido jóvenes no quieren acordarse. Pero pues que en esto os veo
discreta, no solamente no negaré que es verdad aquello de que os habéis
apercibido, sino que os haré manifiesto de quién; con tal condición de que el
efecto siga a vuestra promesa en todo cuanto esté en vuestro poder y así
podréis sanarme.
A lo que la señora, confiando demasiado en que debía
suceder en la forma en que ella misma pensaba, libremente repuso que con
confianza su pecho le abriese, que ella sin tardanza alguna se pondría a actuar
para que él su placer tuviera.
—Madama —dijo entonces el joven—, la alta hermosura y las
loables maneras de nuestra Giannetta y el no poder manifestárselo ni hacerla
apiadarse de mi amor y el no haber osado jamás manifestarlo a nadie me han
conducido donde me veis: y si lo que me habéis prometido de un modo u otro no
se sigue, estaos por segura de que mi vida será breve.
La señora, a quien más parecía momento aquel de consuelo
que de reprensiones, sonriendo dijo:
—¡Ay, hijo mío!, ¿así que por esto te has dejado enfermar?
Consuélate y déjame a mí hacer, pues curado serás.
El joven, lleno de esperanza, en brevísimo tiempo mostró
signos de grandísima mejoría, por lo que la señora, muy contenta, se dispuso a
intentar el modo en que pudiera cumplirse lo que prometido le había; y llamando
un día a Giannetta, con bromas y asaz discretamente le preguntó si tenía algún
amador. Giannetta, toda colorada, repuso:
—Madama, a una doncella pobre y echada de su casa, como
soy yo, y que está al servicio ajeno, como hago yo, no se le pide ni le está
bien servir a Amor.
A lo que la señora dijo:
—Pues si no lo tenéis, queremos daros uno, con el que
contenta viváis y más os deleitéis con vuestra beldad, porque no es conveniente
que tan hermosa damisela como vos sois esté sin amante.
A lo que Giannetta repuso:
—Madama, vos sacándome de la pobreza de mi padre, me
habéis criado como hija, y por ello debo hacer todo vuestro gusto; pero no os
complaceré en esto, creyendo que me hago bien. Si os place darme marido, a él
entiendo amar pero no a otro; porque si de la herencia de mis abuelos nada me
ha quedado sino la honra, entiendo guardarla y observarla cuanto mi vida dure.
Estas palabras parecieron a la señora muy contrarias a lo
que quería conseguir para cumplir la promesa hecha a su hijo, aunque, como
mujer discreta, mucho estimase en su interior a la doncella; y dijo:
—Cómo, Giannetta, si monseñor el rey, que es joven
caballero, y tú eres hermosísima doncella, buscase en tu amor algún placer, ¿se
lo negarías?
Y ella súbitamente le respondió:
—Forzarme podría el rey, pero nunca con mi consentimiento,
sino lo que fuera honesto, podría tener.
La dama, comprendiendo cuál fuese su ánimo, dejó de hablar
y pensó ponerla a prueba; y le dijo a su hijo que, en cuanto estuviera curado,
la haría ir con él a una cámara y que él se ingeniase en conseguir de ella su
placer, diciendo que le parecía deshonesto, a guisa de alcahueta, hablar por el
hijo y rogar a su doncella. Con lo que el joven no estuvo contento en ninguna
guisa y de súbito empeoró gravemente; lo que viendo la señora, manifestó su
intención a Giannetta pero, encontrándola más constante que nunca, contando a
su marido lo que había hecho, aunque duro les pareciese, de mutuo
consentimiento deliberaron dársela por esposa, queriendo mejor a su hijo vivo
con mujer que no le correspondía que muerto sin ninguna; y así, luego de muchas
historias, lo hicieron. Con lo que Giannetta estuvo muy contenta y con piadoso
corazón agradeció a Dios que no la había olvidado; pero, con todo, no dijo
nunca que era sino hija de un picardo. El joven curó y celebró las nupcias más
contento que ningún otro hombre, y empezó a darse buena vida con ella.
Perotto, que se había quedado en Gales con el mariscal del
rey de Inglaterra, igualmente creciendo halló la gracia de su señor y se hizo
hermosísimo de persona y gallardo cuanto cualquiera otro que hubiese en la
isla, tanto que ni en los torneos ni en las justas ni en cualquier otro hecho
de armas había nadie en el país que valiese lo que él; por lo que por todos,
que le llamaban Perotto el picardo, era conocido y famoso. Y así como Dios no
había olvidado a su hermana, así demostró igualmente tenerlo a él en el
pensamiento; porque, sobrevenida en aquella comarca una pestilente mortandad, a
la mitad de la gente se llevó consigo, sin contar que grandísima parte de los
que quedaron huyeron, por miedo, a otras comarcas, por lo que el país todo
parecía abandonado.
En la cual mortandad el mariscal su señor y su mujer y un
hijo suyo y otros muchos hermanos y sobrinos y parientes todos murieron, y no
quedó sino una doncella ya en edad de casarse, y con algunos otros servidores
Perotto. Al cual, cesada un tanto la pestilencia, la doncella, porque era
hombre honrado y valeroso, con placer y con el consejo de algunos campesinos
que habían quedado vivos, por marido lo tomó, y de todo aquello que a ella por
herencia le había correspondido, le hizo señor; y poco tiempo pasó hasta que,
enterándose el rey de Inglaterra de que el mariscal había muerto, y conociendo
el valor de Perotto el picardo, en el lugar del que muerto había lo puso y lo
hizo mariscal suyo. Y así, en breve, fue de los dos hijos del conde de Amberes,
dejados por él como perdidos.
Ya había pasado el año decimoctavo desde que el conde de
Amberes, huyendo, se había ido de París cuando, habitante de Irlanda él,
habiendo, en una vida asaz mísera, sufrido muchas cosas, viéndose ya viejo, le
vino el deseo de saber, si pudiese, lo que hubiera sucedido con sus hijos. Por
lo que, por completo en el aspecto que soler tenía viéndose cambiado, y
sintiéndose por el mucho ejercicio más fuerte de cuerpo de lo que era cuando
joven viviendo en el ocio, partió, asaz pobre y mal vestido, de donde largamente
había estado y se fue a Inglaterra y allá donde a Perotto había dejado se fue,
y encontró que éste era mariscal y gran señor, y lo vio sano y fuerte y hermoso
en su aspecto; lo que le agradó mucho, pero no quiso darse a conocer hasta que
hubiera sabido qué había sido de Giannetta.
Por lo que, poniéndose en camino, no descansó hasta llegar
a Londres; y allí preguntando cautamente por la señora a quien había dejado su
hija por su estado, encontró a Giannetta mujer del hijo, lo que mucho le plugo;
y todas sus adversidades pretéritas reputó por pequeñas puesto que vivos había
encontrado a sus hijos y en buen estado. Y deseoso de poderla ver empezó, como
pobre, a acercarse junto a su casa, donde, viéndole un día Giachetto Lamiens,
que así se llamaba el marido de Giannetta, teniendo compasión de él porque
pobre y viejo lo vio, mandó a uno de los sirvientes que a su casa lo llevase y
le hiciera dar de comer por Dios; lo que el sirviente hizo de buena gana.
Había Giannetta tenido ya de Giachetto varios hijos, de
los que el mayor no tenía más de ocho años, y eran los más hermosos y los más
graciosos niños del mundo; los cuales, como vieron comer al conde, todos juntos
se le pusieron en derredor y empezaron a hacerle fiestas, como si por oculta
virtud hubiesen conocido que aquél era su abuelo. El cual, sabiendo que eran
sus nietos, empezó a demostrarles amor y a hacerles caricias; por lo que los
niños de él no querían separarse, por mucho que quien atienda a su vigilancia
les llamase. Por lo que Giannetta, oyéndolo, salió de una cámara y vino allí
donde el conde, amenazándoles con pegarlos si lo que su maestro quería no
hiciesen. Los niños empezaron a llorar y a decir que querían quedarse con aquel
hombre honrado, que les quería más que su maestro; de lo que la señora y el
conde se rieron. Se había levantado el conde, no a guisa de padre sino de
mendigo, para saludar a la hija como a señora y un maravilloso placer al verla
había sentido en el alma.
Pero ella ni entonces ni después le conoció en nada,
porque sobremanera estaba cambiado de lo que ser solía, como quien viejo y
canoso y barbudo estaba, y magro y moreno vuelto, y más otra persona parecía
que el conde. Y viendo la señora que los niños no querían separarse de él, sino
que al quererlos separar lloraban, dijo al maestro que un rato los dejase
quedarse. Estando, pues, los niños con el hombre honrado, sucedió que el padre
de Giachetto volvió, y por el maestro se enteró de aquello; por lo que, como
despreciaba a Giannetta, dijo:
—Dejadlos con la mala ventura que Dios les dé, que son
imagen de donde han nacido: por su madre descienden de vagabundos y no hay que
maravillarse si con los vagabundos les gusta estar.
Estas palabras escuchó el conde, y mucho le dolieron; pero
encogiéndose de hombros sufrió aquella injuria como muchas otras había sufrido.
Giachetto, que oído había las fiestas que los hijos hacían al hombre honrado,
es decir al conde, aunque le desagradó, tanto les amaba que, antes de verlos
llorar mandó que si el hombre honrado quisiera quedarse para hacer algún
servicio, que fuese recibido. El cual respondió que se quedaba de buena gana
pero que otra cosa no sabía hacer sino cuidar caballos, a lo que toda su vida
estaba acostumbrado. Dándole, pues, un caballo, cuando lo había atendido, se
ponía a jugar con los niños.
Mientras la fortuna de esta guisa que se ha contado
conducía al conde de Amberes y a sus hijos, sucedió que el rey de Francia,
concertadas muchas treguas con los alemanes, murió, y en su lugar fue coronado
el hijo de quien era mujer aquélla por quien el conde había sido perseguido.
Éste, habiendo expirado la última tregua con los tudescos, comenzó de nuevo muy
cruda guerra; en cuya ayuda, como de nuevo pariente, el rey de Inglaterra mandó
mucha gente bajo las órdenes de Perotto su mariscal y de Giachetto Lamiens,
hijo del otro mariscal: con el cual, el hombre honrado, es decir el conde, fue,
y sin ser reconocido por nadie se quedó en el ejército por largo espacio como
palafrenero, y allí, como hombre de pro, con consejos y obras, más de lo que le
correspondía prestó ayuda.
Sucedió durante la guerra que la reina de Francia enfermó
gravemente; y conociendo ella misma que iba a morir, arrepentida de todos sus
pecados se confesó devotamente con el arzobispo de Rouen, que por todos era
tenido por hombre bueno y santísimo, y entre los demás pecados le contó el gran
daño que por su culpa había sufrido el conde de Amberes. Y no solamente se
contentó con decirlo, sino que delante de muchos otros hombres de pro contó
todo como había sucedido, rogándoles que con el rey intercediesen para que al
conde, si estaba vivo, y si no a alguno de sus hijos se les restituyese en su
estado; y mucho después, ya finada su vida, honrosamente fue sepultada.
Y contándole al rey su confesión, después de algunos
dolorosos suspiros por las injurias hechas sin razón al valeroso hombre, le
movió a hacer publicar por todo el ejército, y además en otras muchas partes,
el bando de que a quien sobre el conde de Amberes o alguno de sus hijos le
diese noticias, maravillosamente por cada uno sería recompensado, porque él lo
tenía por inocente de aquello que le había hecho expatriarse por la confesión
hecha por la reina y entendía restituirle en el estado que tenía y aún en
mayor. Las cuales cosas oyendo el conde transformado en palafrenero y
comprendiendo que eran verdad, súbitamente fue a Giachetto y le rogó que con él
y con Perotto fuese porque quería mostrarles lo que el rey andaba buscando.
Reunidos, pues, los tres, dijo el conde a Perotto, que ya tenía el pensamiento
en descubrirse:
—Perotto, Giachetto que aquí está tiene a tu hermana por
mujer; y nunca tuvo ninguna dote; y por ello, para que tu hermana no esté sin
dote, entiendo que sea él y no otro quien obtenga el beneficio que el rey
promete que es tan grande, por ti, y te declare como hijo del conde de Amberes,
y por Violante, tu hermana y su mujer, y por mi, que el conde de Amberes y
vuestro padre soy.
Perotto, oyendo esto y mirándole fijamente, enseguida lo
reconoció, y llorando se arrojó a sus pies y lo abrazó diciendo:
—¡Padre mío, seáis muy bien venido!
Giachetto, oyendo primero lo que había dicho el conde y
viendo luego lo que Perotto hacía, fue acometido en un punto por tanta
maravilla y tanta alegría que apenas sabía qué se debía hacer; pero dando fe a
las palabras y avergonzándose mucho de las palabras injuriosas que había usado
con el conde palafrenero, llorando se dejó caer a sus pies y humildemente de
todas las ofensas pasadas le pidió perdón; lo que el conde, muy benignamente,
levantándolo en pie, le concedió. Y luego de que los varios casos de cada uno
se hubieron contado los tres, y habiendo llorado y habiéndose regocijado mucho
juntos, queriendo Perotto y Giachetto vestir al conde, de ninguna manera lo
sufrió, sino que quiso que, teniendo primero Giachetto la seguridad de obtener
la recompensa prometida, tal como estaba y en aquel hábito de palafrenero, para
hacerlo más avergonzarse, se lo llevase.
Giachetto, pues, con el conde y con Perotto se presentó al
rey y ofreció llevarle al conde y a su hijo si, según el bando publicado,
quisiera recompensarle. El rey prestamente hizo traer una maravillosa
recompensa ante los ojos de Giachetto y mandó que se la llevase si con verdad
le mostraba, como prometía, al conde y a sus hijos. Giachetto entonces,
retrocediendo y haciendo poner delante de él al conde su palafrenero y a
Perotto dijo:
—Monseñor, he aquí al padre y al hijo; la hija, que es mi
mujer y no está aquí, pronto vendrá con la ayuda de Dios.
El rey, oyendo aquello, miró al conde, y por muy cambiado
que estuviera de lo que ser solía, sin embargo luego de haberlo mirado un tanto
lo reconoció, y con lágrimas en los ojos a él, que arrodillado estaba, le hizo
poner en pie y lo abrazó y lo besó, y amigablemente recibió a Perotto; y mandó
que incontinenti el conde con vestidos, servidores y caballos y arneses fuese
convenientemente provisto, según requería su nobleza; la cual cosa
inmediatamente fue hecha. Además de esto, mucho honró el rey a Giachetto y
quiso saber todo sobre sus aventuras pretéritas. Y cuando Giachetto tomó las
altas recompensas por haber mostrado al conde y a sus hijos, le dijo el conde:
—Toma estos dones de la magnificencia de monseñor el rey,
y acuérdate de decir a tu padre que tus hijos, nietos suyos y míos, no son por
su madre nacidos de vagabundo.
Giachetto tomó los dones e hizo venir a París a su mujer y
a su suegra; vino la mujer de Perotto; y allí en grandísima fiesta estuvieron
con el conde, al cual el rey había restituido todos sus bienes y le había hecho
más de lo que antes fuese; después, cada uno con su venia se volvió a su casa,
y él hasta la muerte vivió en París con más honor que nunca.
NOVELA NOVENA
Bernabó de Génova, engañado por Ambruogiuolo, pierde lo
suyo y manda matar a su mujer, inocente; ésta se salva y, en hábito de hombre,
sirve al sultán; encuentra al engañador y conduce a Bernabó a Alejandría donde,
castigado el engañador, volviendo a tomar hábito de mujer, con el marido y
ricos vuelven a Génova
[SC80] .
Habiendo Elisa con su lastímera historia cumplido su
deber, la reina Filomena, que hermosa y alta de estatura era, más que ninguna
otra amable y sonriente de rostro, recogiéndose en sí misma dijo:
—El pacto hecho con Dioneo debe ser respetado y, así, no
quedando más que él y que yo por novelar, diré yo mi historia primero y él,
como lo pidió por merced, será el último que la diga.
Y dicho esto, así comenzó:
Se suele decir frecuentemente entre la gente común el
proverbio de que el burlador es a su vez burlado; lo que no parece que pueda
demostrarse que es verdad mediante ninguna explicación sino por los casos que
suceden. Y por ello, sin abandonar el asunto propuesto, me ha venido el deseo
de demostraros al mismo tiempo que esto es tal como se dice; y no os será
desagradable haberlo oído, para que de los engañadores os sepáis guardar.
Había en París, en un albergue, unos cuantos
importantísimos mercaderes italianos, cuál por un asunto cuál por otro, según
lo que es su costumbre; y habiendo cenado una noche todos alegremente,
empezaron a hablar de distintas cosas, y pasando de una conversación en otra,
llegaron a hablar de sus mujeres, a quienes en sus casas habían dejado; y
bromeando comenzó a decir uno:
—Yo no sé lo que hará la mía, pero sí sé bien que, cuando
aquí se me pone por delante alguna jovencilla que me plazca, dejo a un lado el
amor que tengo a mi mujer y gozo de ella el placer que puedo.
Otro repuso:
—Y yo lo mismo hago, porque si creo que mi mujer alguna
aventura tiene, la tiene, y si no lo creo, también la tiene; y por ello, lo que
se hace que se haga: lo que el burro da contra la pared, eso recibe.
El tercero llegó, hablando, a la mismísima opinión: y, en
breve, todos parecía que estuviesen de acuerdo en que las mujeres por ellos
dejadas no perdían el tiempo. Uno solamente, que tenía por nombre Bernabó
Lomellin de Génova, dijo lo contrario, afirmando que él, por especial gracia de
Dios, tenía por esposa a la mujer más cumplida en todas aquellas virtudes que
mujer o aun caballero, en gran parte, o doncella puede tener, que tal vez en
Italia no hubiera otra igual: porque era hermosa de cuerpo y todavía bastante
joven, y diestra y fuerte, y nada había que fuese propio de mujer, como bordar
labores de seda y cosas semejantes, que no hiciese mejor que ninguna. Además de
esto no había escudero, o servidor si queremos llamarlo así, que pudiera
encontrarse que mejor o más diestramente sirviese a la mesa de un señor de lo
que ella servía, como que era muy cortés, muy sabía y discreta. Junto a esto,
alabó que sabía montar a caballo, gobernar un halcón, leer y escribir y contar
una historia mejor que si fuese un mercader; y de esto, luego de otras muchas
alabanzas, llegó a lo que se hablaba allí, afirmando con juramento que ninguna
más honesta ni más casta se podía encontrar que ella; por lo cual creía él que,
si diez años o siempre estuviese fuera de casa, ella no se entendería con otro
hombre en tales asuntos.
Había entre estos mercaderes que así hablaban un joven
mercader llamado Ambruogiuolo de Piacenza, el cual a esta última alabanza que
Bernabó había hecho de su mujer empezó a dar las mayores risotadas del mundo, y
jactándose le preguntó si el emperador le había concedido aquel privilegio
sobre todos los demás hombres. Bernabó, un tanto airadillo, dijo que no el
emperador sino Dios, quien tenía algo más de poder que el emperador, le había
concedido aquella gracia. Entonces dijo Ambruogiuolo:
—Bernabó, yo no dudo que no creas decir verdad, pero a lo
que me parece, has mirado poco la naturaleza de las cosas, porque si la
hubieses mirado, no te creo de tan torpe ingenio que no hubieses conocido en
ella cosas que te harían hablar más cautamente sobre este asunto. Y para que no
creas que nosotros, que muy libremente hemos hablado de nuestras mujeres,
creamos tener otra mujer o hecha de otra manera que tú, sino que hemos hablado
así movidos por una natural sagacidad, quiero hablar un poco contigo sobre esta
materia. Siempre he entendido que el hombre es el animal más noble que fue
creado por Dios entre los mortales, y luego la mujer; pero el hombre, tal como
generalmente se cree y ve en las obras, es más perfecto y teniendo más
perfección, sin falta debe tener mayor firmeza, y la tiene por lo que
universalmente las mujeres son más volubles, y el porqué se podría por muchas
razones naturales demostrar; que al presente entiendo dejar a un lado. Si el
hombre, que es de mayor firmeza, no puede ser que no condescienda, no digamos a
una que se lo ruegue, sino a no desear a alguna que a él le plazca, y además de
desearla a hacer todo lo que pueda para poder estar con ella, y ello no una vez
al mes sino mil al día le sucede, ¿qué esperas que una mujer, naturalmente
voluble, pueda hacer ante los ruegos, las adulaciones y mil otras maneras que
use un hombre entendido que la ame? ¿Crees que pueda contenerse? Ciertamente,
aunque lo afirmes no creo que lo creas; y tú mismo dices que tu esposa es mujer
y que es de carne y hueso como son las otras. Por lo que, si es así, aquellos
mismos deseos deben ser los suyos y las mismas fuerzas que tienen las otras
para resistir a los naturales apetitos; por lo que es posible, aunque sea
honestísima, que haga lo que hacen las demás: y no es posible negar nada tan
absolutamente ni afirmar su contrario como tú lo haces.
A lo que Bernabó repuso y dijo:
—Yo soy mercader y no filósofo, y como mercader
responderé; y digo que sé que lo que dices les puede suceder a las necias, en
las que no hay ningún pudor; pero que aquellas que sabias son tienen tanta
solicitud por su honor que se hacen más fuertes que los hombres, que no se
preocupan de él, para guardarlo, y de éstas es la mía.
Dijo entonces Ambruogiuolo:
—Verdaderamente si por cada vez que cediesen en tales
asuntos les creciese un cuerno en la frente, que diese testimonio de lo que
habían hecho creo yo que pocas habría que cediesen, pero como el cuerno no
nace, no se les nota a las que son discretas ni pisada ni huella y la vergüenza
y en deshonor no están sino en las cosas manifiestas; por lo que, cuando pueden
ocultamente las hacen, o las dejan por necedad. Y ten esto por cierto; que sólo
es casta la que no fue por nadie rogada, o si rogó ella, la que no fue
escuchada. Y aunque yo conozca por naturales y diversas razones que las cosas
son así, no hablaría tan cumplidamente como lo hago si no hubiese muchas veces
y a muchas puesto a prueba; y te digo que si yo estuviese junto a esa tu
santísima esposa, creo que en poco espacio de tiempo la llevaría a lo que ya he
llevado a otras.
Bernabó, airado, repuso:
—El contender con palabras podría extenderse demasiado: tú
dirías y yo diría, y al final no serviría de nada. Pero puesto que dices que
todas son tan plegables y que tu ingenio es tanto, para que te asegures de la
honestidad de mi mujer estoy dispuesto a que me corten la cabeza si jamás a
algo que te plazca en tal asunto puedas conducirla; y si no puedes no quiero
sino que pierdas mil florines de oro.
Ambruogiuolo, ya calentado sobre el asunto, repuso:
—Bernabó, no sé qué iba a hacer con tu sangre si te
ganase; pero si quieres tener una prueba de lo que te he explicado, apuesta
cinco mil florines de oro de los tuyos, que deben serte menos queridos que la
cabeza, contra mil de los míos, y aunque no pongas ningún límite, quiero
obligarme a ir a Génova y antes de tres meses luego de que me haya ido, haber
hecho mi voluntad con tu mujer, y en señal de ello traer conmigo algunas de sus
cosas más queridas, y tales y tantos indicios que tú mismo confieses que es
verdad, a condición de que me des tu palabra de no venir a Génova antes de este
límite ni escribirle nada sobre este asunto.
Bernabó dijo que le placía mucho; y aunque los otros
mercaderes que allí estaban se ingeniasen en estorbar aquel hecho, conociendo
que gran mal podía nacer de él, estaban sin embargo tan encendidos los ánimos
de los dos mercaderes que, contra la voluntad de los otros, por buenos escritos
con sus propias manos se comprometieron el uno con el otro. Y hecho el
compromiso, Bernabó se quedó y Ambruogiuolo lo antes que pudo se vino a Génova.
Y quedándose allí algunos días y con mucha cautela
informándose del nombre del barrio y de las costumbres de la señora, aquello y
más oyó que le había oído a Bernabó; por lo que le pareció haber emprendido
necia empresa. Pero sin embargo, habiendo conocido a una pobre mujer que mucho
iba a su casa y a la que la señora quería mucho, no pudiéndola inducir a otra
cosa, la corrompió con dineros y por ella, dentro de un arca construida para su
propósito, se hizo llevar no solamente a la casa sino también a la alcoba de la
noble señora: y allí, como si a alguna parte quisiese irse la buena mujer,
según las órdenes dadas por Ambruogiuolo, le pidió que la guardase algunos
días.
Quedándose, pues, el arca en la cámara y llegada la noche,
cuando Ambruogiuolo pensó que la señora dormía, abriéndola con ciertos
instrumentos que llevaba, salió a la alcoba silenciosamente, en la que había
una luz encendida; por lo cual la situación de la cámara, las pinturas y todas
las demás cosas notables que en ella había empezó a mirar y a guardar en su
memoria. Luego, aproximándose a la cama y viendo que la señora y una muchachita
que con ella estaba dormían profundamente, despacio la descubrió toda y vio que
era tan hermosa desnuda como vestida, y ninguna señal para poder contarla le
vio fuera de una que tenía en la teta izquierda, que era un lunar alrededor del
cual había algunos pelillos rubios como el oro; y visto esto, calladamente la
volvió a tapar, aunque, viéndola tan hermosa, las ganas le dieron de aventurar
su vida y acostársele al lado.
Pero como había oído que era tan rigurosa y agreste en
aquellos asuntos no se arriesgó y, quedándose la mayor parte de la noche por la
alcoba a su gusto, una bolsa y una saya sacó de un cofre suyo, y unos anillos y
un cinturón, y poniendo todo aquello en su arca, él también se metió en ella, y
la cerró como estaba antes: y lo mismo hizo dos noches sin que la señora se
diera cuenta de nada. Llegado el tercer día, según la orden dada, la buena
mujer volvió a por su arca, y se la llevó allí de donde la había traído;
saliendo de la cual Ambruogiuolo y contentando a la mujer según le había
prometido, lo antes que pudo con aquellas cosas se volvió a París antes del
término que se había puesto.
Allí, llamando a los mercaderes que habían estado
presentes a las palabras y a las apuestas, estando presente Bernabó dijo que
había ganado la apuesta que había hecho, puesto que había logrado aquello de lo
que se había gloriado: y de que ello era verdad, primeramente dibujó la forma
de la alcoba y las pinturas que en ella había, y luego mostró las cosas de ella
que se había llevado consigo, afirmando que se las había dado. Confesó Bernabó
que tal era la cámara como decía y que, además, reconocía que aquellas cosas
verdaderamente habían sido de su mujer; pero dijo que había podido por algunos
de los criados de la casa saber las características de la alcoba y del mismo
modo haber conseguido las cosas; por lo que, si no decía nada más, no le
parecía que aquello bastase para darse por ganador. Por lo que Ambruogiuolo
dijo:
—En verdad que esto debía bastar; pero como quieres que
diga algo más, lo diré. Te digo que la señora Zinevra, tu mujer, tiene debajo
de la teta izquierda un lunar grandecillo, alrededor del cual hay unos pelillos
rubios como el oro.
Cuando Bernabó oyó esto, le pareció que le habían hundido
un cuchillo en el corazón, tal dolor sintió, y con el rostro demudado, aún sin
decir palabra, dio señales asaz manifiestas de ser verdad lo que Ambruogiuolo
decía; y después de un poco dijo:
—Señores, lo que dice Ambruogiuolo es verdad, y por ello,
habiendo ganado, que venga cuando le plazca y será pagado.
Y así fue al día siguiente Ambruogiuolo enteramente
pagado: y Bernabó, saliendo de París, con crueles designios contra su mujer,
hacia Génova se vino. Y acercándose allí, no quiso entrar en ella sino que se
quedó a unas veinte millas en una de sus posesiones; y a un servidor suyo, de
quien mucho se fiaba, con dos caballos y con sus cartas mandó a Génova,
escribiéndole a la señora que había vuelto y que viniera a su encuentro: al
cual servidor secretamente le ordenó que, cuando estuviese con la señora en el lugar
que mejor le pareciese, sin falta la matase y volviese a donde estaba él.
Llegado, pues, el servidor a Génova y entregadas las
cartas y hecha su embajada, fue por la señora con gran fiesta recibido; y ella
a la mañana siguiente, montando con el servidor a caballo, hacia su posesión se
puso en camino; y caminando juntos y hablando de diversas cosas, llegaron a un
valle muy profundo y solitario y rodeado por altas rocas y árboles; el cual,
pareciéndole al servidor un lugar donde podía con seguridad cumplir el mandato
de su señor, sacando fuera el cuchillo y cogiendo a la señora por el brazo
dijo:
—Señora, encomendad vuestra alma a Dios, que, sin
proseguir adelante, es necesario que muráis.
La señora, viendo el cuchillo y oyendo las palabras, toda espantada,
dijo:
—¡Merced, por Dios! Antes de que me mates dime en qué te
he ofendido para que debas matarme.
—Señora —dijo el servidor—, a mí no me habéis ofendido en
nada: pero en qué hayáis ofendido a vuestro marido yo no lo sé, sino que él me
mandó que, sin teneros ninguna misericordia, en este camino os matase: y si no
lo hiciera me amenazó con hacerme colgar. Sabéis bien qué obligado le estoy y
que a cualquier cosa que él me ordene no puedo decirle que no: sabe Dios que
por vos siento compasión, pero no puedo hacer otra cosa.
A lo que la señora, llorando, dijo:
—¡Ay, merced por Dios!, no quieras convertirte en homicida
de quien no te ofendió por servir a otro. Dios, que todo lo sabe, sabe que no
hice nunca nada por lo cual deba recibir tal pago de mi marido. Pero dejemos
ahora esto; puedes, si quieres, a la vez agradar a Dios, a tu señor y a mí de
esta manera: que cojas estas ropas mías, y dame solamente tu jubón y una capa,
y con ellas vuelve a tu señor y el mío y dile que me has matado; y te juro por
la salvación que me hayas dado que me alejaré y me iré a algún lugar donde
nunca ni a ti ni a él en estas comarcas llegará noticia de mí.
El servidor, que contra su gusto la mataba, fácilmente se
compadeció; por lo que, tomando sus paños y dándole un juboncillo suyo y una
capa con capuchón, y dejándole algunos dineros que ella tenía, rogándole que de
aquellas comarcas se alejase, la dejó en el valle a pie y se fue a donde su
señor, al que dijo que no solamente su orden había sido cumplida sino que el
cuerpo de ella muerto había arrojado a algunos lobos. Bernabó, luego de algún
tiempo, se volvió a Génova y, cuando se supo lo que había hecho, muy
recriminado fue.
La señora, quedándose sola y desconsolada, al venir la
noche, disimulándose lo mejor que pudo fue a una aldehuela vecina de allí, y
allí, comprándole a una vieja lo que necesitaba, arregló el jubón a su medida,
y lo acortó, y se hizo con su camisa un par de calzas y cortándose los cabellos
y disfrazándose toda de marinero, hacia el mar se fue, donde por ventura
encontró a un noble catalán cuyo nombre era señer
[SC81] en Cararh, que de una nave suya, que estaba algo
alejada de allí, había bajado a Alba a refrescarse en una fuente; con el cual,
entrando en conversación, se contrató por servidor, y subió con él a la nave,
haciéndose llamar Sicurán de Finale. Allí, con mejores paños vestido con atavío
de gentilhombre, lo empezó a servir tan bien y tan capazmente que sobremanera
le agradó.
Sucedió a no mucho tiempo de entonces que este catalán con
su carga navegó a Alejandría y llevó al sultán ciertos halcones peregrinos, y
se los regaló; y habiéndole el sultán invitado a comer alguna vez y vistas las
maneras de Sicurán que siempre a atenderle iba, y agradándole, se lo pidió al
catalán, y éste, aunque duro le pareció, se lo dejó. Sicurán en poco tiempo no
menos la gracia y el amor del sultán conquistó, con su esmero, que lo había
hecho los del catalán; por lo que con el paso del tiempo sucedió que,
debiéndose hacer en cierta época del año una gran reunión de mercaderes
cristianos y sarracenos, a manera de feria, en Acre
[SC82], que estaba bajo la señoría del sultán, y para que
los mercaderes y las mercancías seguras estuvieran, siempre había acostumbrado
el sultán a mandar allí, además de sus otros oficiales, algunos de sus
dignatarios con gente que atendiese a la guardia; para cuya necesidad, llegado
el tiempo, deliberó mandar a Sicurán, el cual ya sabía la lengua óptimamente, y
así lo hizo.
Venido, pues, Sicurán a Acre como señor y capitán de la
guardia de los mercaderes y las mercancías, y desempeñando allí bien y
solícitamente lo que pertenecía a su oficio, y andando dando vueltas vigilando,
y viendo a muchos mercaderes sicilianos y pisanos y genoveses y venecianos y
otros italianos, con ellos de buen grado se entretenía, recordando su tierra.
Ahora, sucedió una vez que, habiendo él un día descabalgado en un depósito de
mercaderes venecianos, vio entre otras joyas una bolsa y un cinturón que
enseguida reconoció como que habían sido suyos, y se maravilló; pero sin hacer
ningún gesto, amablemente preguntó de quién eran y si se vendían. Había venido
allí Ambruogiuolo de Piacenza con muchas mercancías en una nave de venecianos;
el cual, al oír que el capitán de la guardia preguntaba de quién eran, dio unos
pasos adelante y, riendo, dijo:
—Micer, las cosas son mías, y no las vendo, pero si os
agradan os las daré con gusto.
Sicurán, viéndole reír, sospechó que le hubiese reconocido
en algún gesto; pero, poniendo serio rostro, dijo:
—Te ríes tal vez porque me ves a mí, hombre de armas,
andar preguntando sobre estas cosas femeninas.
Dijo Ambruogiuolo:
—Micer, no me río de eso sino que me río del modo en que
las conseguí.
A lo que Sicurán dijo:
—¡Ah, así Dios te dé buena ventura, si no te desagrada, di
cómo las conseguiste!
—Micer —dijo Ambruogiuolo—, me las dio con alguna otra
cosa una noble señora de Génova llamada señora Zinevra, mujer de Bernabó
Lomellin, una noche que me acosté con ella, y me rogó que por su amor las
guardase. Ahora, me río porque me he acordado de la necedad de Bernabó, que fue
de tanta locura que apostó cinco mil florines de oro contra mil a que su mujer
no se rendía a mi voluntad; lo que hice yo y vencí la apuesta; y él, a quien
más por su brutalidad debía castigarse que a ella por haber hecho lo que todas
las mujeres hacen, volviendo de París a Génova, según lo he oído, la hizo
matar.
Sicurán, al oír esto, pronto comprendió cuál había sido la
razón de la ira de Bernabó contra ella y claramente conoció que éste era el
causante de todo su mal; y determinó en su interior no dejarlo seguir impune.
Hizo ver, pues, Sicurán haber gustado mucho de esta historia y arteramente
trabó con él una estrecha familiaridad, tanto que, por sus consejos,
Ambruogiuolo, terminada la feria, con él y con todas sus cosas se fue a
Alejandría, donde Sicurán le hizo hacer un depósito y le entregó bastantes de sus
dineros; por lo que él, viéndose sacar gran provecho, se quedaba de buena gana.
Sicurán, preocupado por demostrar su inocencia a Bernabó,
no descansó hasta que, con ayuda de algunos grandes mercaderes genoveses que en
Alejandría estaban, encontrando raras razones, le hizo venir; y estando éste en
asaz pobre estado, por algún amigo suyo le hizo recibir ocultamente hasta el
momento que le pareciese oportuno para hacer lo que hacer entendía. Había ya
Sicurán hecho contar a Ambruogiuolo la historia delante del sultán, y hecho que
el sultán gustase de ella; pero luego que vio aquí a Bernabó, pensando que no
había que dar largas a la tarea, buscando el momento oportuno, pidió al sultán
que llamase a Ambruogiuolo y a Bernabó, y que en presencia de Bernabó, si no
podía hacerse fácilmente, con severidad se arrancase a Ambruogiuolo la verdad
de cómo había sido aquello de lo que él se jactaba de la mujer de Bernabó.
Por la cual cosa, Ambruogiuolo y Bernabó venidos, el
sultán en presencia de muchos, con severo rostro, a Ambruogiuolo mandó que
dijese la verdad de cómo había ganado a Bernabó cinco mil florines de oro; y
estaba presente allí Sicurán, en el que Ambruogiuolo más confiaba, y él con
rostro mucho más airado le amenazaba con gravísimos tormentos si no la decía.
Por lo que Ambruogiuolo, espantado por una parte y otra, y obligado, en
presencia de Bernabó y de muchos otros, no esperando más castigo que 1a devolución
de los cinco mil florines de oro y de las cosas, claramente cómo había sido el
asunto todo lo contó. Y habiéndolo contado Ambruogiuolo, Sicurán, como delegado
del sultán en aquello, volviéndose a Bernabó dijo:
—¿Y tú, qué le hiciste por esta mentira a tu mujer?
A lo que Bernabó repuso:
—Yo, llevado de la ira por la pérdida de mis dineros y de
la vergüenza por el deshonor que me parecía haber recibido de mi mujer, hice
que un servidor mío la matara, y según lo que él me contó, pronto fue devorada
por muchos lobos.
Dichas todas estas cosas en presencia del sultán y por él
oídas y entendidas todas, no sabiendo él todavía a dónde Sicurán (que esto le
había pedido y ordenado) quisiese llegar, le dijo Sicurán:
—Señor mío, asaz claramente podéis conocer cuánto aquella
buena señora pueda gloriarse del amante y del marido; porque el amante en un
punto la priva del honor manchando con mentiras su fama y aparta de ella al
marido; y el marido, más crédulo de las falsedades ajenas que de la verdad que
él por larga experiencia podía conocer, la hace matar y comer por los lobos y
además de esto, es tanto el cariño y el amor que el amigo y el marido 1e tienen
que, estando largo tiempo con ella, ninguno la conoce. Pero porque vos
óptimamente conocéis lo que cada uno de éstos ha merecido, si queréis por una
especial gracia, concederme que castiguéis al engañador y perdonéis al
engañado, la haré que venga ante vuestra presencia.
El sultán, dispuesto en este asunto a complacer a Sicurán
en todo, dijo que le placía y que hiciese venir a la mujer. Se maravillaba
mucho Bernabó, que firmemente la creía muerta; y Ambruogiuolo, ya adivino de su
mal, de más tenía miedo que de pagar dineros y no sabía si esperar o si temer
más que la señora viniese, pero con gran maravilla su venida esperaba. Hecha,
pues, la concesión por el sultán a Sicurán, éste, llorando y arrojándose de
rodillas ante el sultán, en un punto abandonó la masculina voz y el querer
parecer varón, y dijo:
—Señor mío, yo soy la mísera y desventurada Zinevra, que
seis años llevo rodando disfrazada de hombre por el mundo, por este traidor
Ambruogiuolo falsamente y criminalmente infamada, y por este cruel e inicuo
hombre entregada a la muerte a manos de su criado y a ser comida por los lobos.
Y rasgándose los vestidos y mostrando el pecho, que era
mujer al sultán y a todos los demás hizo evidente; volviéndose luego a
Ambruogiuolo, preguntándole con injurias cuándo, según se jactaba, se había
acostado con ella. El cual, ya reconociéndola y mudo de vergüenza, no decía
nada.
El sultán, que siempre por hombre la había tenido, viendo
y oyendo esto, tanto se maravilló que más creía ser sueño que verdad aquello
que oía y veía. Pero después que el asombro pasó, conociendo la verdad, con
suma alabanza la vida y la constancia y las costumbres y la virtud de Zinevra,
hasta entonces llamada Sicurán, loó. Y haciéndole traer riquísimas vestiduras
femeninas y damas que le hicieran compañía según la petición hecha por ella, a
Bernabó perdonó la merecida muerte; el cual, reconociéndola, a los pies se le
arrojó llorando y le pidió perdón, lo que ella, aunque mal fuese digno de él,
benignamente le concedió, y le hizo levantarse tiernamente abrazándolo como a
su marido.
El sultán después mandó que incontinenti Ambruogiuolo en
algún lugar de la ciudad fuese atado al sol a un palo y untado de miel, y que
de allí nunca, hasta que por sí mismo cayese, fuese quitado; y así se hizo.
Después de esto, mandó que lo que había sido de Ambruogiuolo fuese dado a la
señora, que no era tan poco que no valiera más de diez mil doblas
[SC83]: y él, haciendo preparar una hermosísima fiesta, en
ella a Bernabó como a marido de la señora Zinevra, y a la señora Zinevra como
valerosísima mujer honró, y le dio, tanto en joyas como en vajilla de oro y de
plata como en dineros, tanto que valió más de otras diez mil doblas.
Y haciendo preparar un barco para ellos, luego que terminó
la fiesta que les hacía, les dio licencia para poder volver a Génova si
quisieran; adonde riquísimos y con gran alegría volvieron, y con sumo honor
fueron recibidos y especialmente la señora Zinevra, a quien todos creían
muerta; y siempre de gran virtud y en mucho, mientras vivió, fue reputada.
Ambruogiuolo, el mismo día que fue atado al palo y untado de miel, con
grandísima angustia suya por las moscas y por las avispas y por los tábanos, en
los que aquel país es muy abundante, fue no solamente muerto sino devorado
hasta los huesos; los que, blancos y colgando de sus tendones, por mucho tiempo
después, sin ser movidos de allí, de su maldad fueron testimonio a cualquiera
que los veía. Y así el burlador fue burlado.
NOVELA DÉCIMA
Paganín de Mónaco roba la mujer a micer Ricciardo de
Chínzica, el cual, sabiendo dónde está ella, va y se hace amigo de Paganín; le
pide que se la devuelva y él, si ella quiere, se lo concede, ella no quiere
volver con él, y muerto micer Ricciardo, se casa con Paganín.
Todos los de la honrada compañía alabaron por buena la
historia contada por su reina, y mayormente Dioneo, el único a quien faltaba
novelar por la presente jornada; el cual, luego de hacer muchas alabanzas de
ella, dijo:
Hermosas señoras, una parte de la historia de la reina me
ha hecho mudar la opinión de contar una que tenía en el ánimo a decir otra: y
es la bestialidad de Bernabó (aunque terminase bien) y de todos los demás que
se dan a creer lo que él mostraba que creía: es decir, que ellos, yendo por el
mundo con ésta y con aquélla ahora una vez y ahora otra solazándose, se
imaginan que las mujeres dejadas en casa se estén de brazos cruzados, como si
no supiésemos, quienes entre ellas nacemos y crecemos y estamos, qué es lo que
les gusta. Y contándola os mostraré cuál sea la estupidez de estos tales, y
cuánto mayor sea la de quienes, estimándose más poderosos que la naturaleza, se
persuaden (con fantásticos razonamientos) de poder hacer lo que no pueden y se
esfuerzan por traer a otro a lo que ellos son, no sufriéndolo la naturaleza de
quien es arrastrado.
Hubo, pues, un juez en Pisa, más que de fuerza corporal
dotado de ingenio, cuyo nombre fue micer Ricciardo de Chínzica, el cual,
creyendo tal vez satisfacer a su mujer con las mismas obras que hacía para sus
estudios, siendo muy rico, con no poca solicitud buscó a una mujer hermosa y
joven por esposa, cuando de lo uno y lo otro, si hubiese sabido aconsejarse él
mismo como hacía a los demás, debía huir. Y lo consiguió, porque micer Lotto
Gualandi
[SC84] le dio por mujer a una hija suya cuyo nombre era
Bartolomea, una de las más hermosas y vanidosas jóvenes de Pisa, aun cuando
allí haya pocas que no parezcan lagartijas gusaneras
[SC85]. A la cual, el juez, llevándola con grandísima
fiesta a su casa, y celebrando unas bodas hermosas y magníficas, acertó la
primera noche a tocarla una vez para consumar el matrimonio, y poco faltó para
que hiciera tablas; el cual, luego por la mañana, como quien era magro y seco y
de poco espíritu, tuvo que confortarse con garnacha y con dulces, y con otros
remedios volverse a la vida.
Pues este señor juez, habiendo aprendido a estimar mejor
sus fuerzas que antes, empezó a enseñarle a ella un calendario bueno para los
niños que aprenden a leer, y quizás hecho en Rávena
[SC86]; porque, según le enseñaba, no había día en que no
tan sólo una fiesta sino muchas se celebrasen; en reverencia de las cuales, por
diversas razones le enseñaba que el hombre y la mujer debían abstenerse de
tales ayuntamientos, añadiendo a ellos los ayunos y las cuatro témporas y
vigilias de los apóstoles y de mil otros santos, y viernes y sábados, y el
domingo del Señor, y toda la Cuaresma, y ciertas fases de la luna y otras
muchas excepciones, pensando tal vez que tanto convenía descansar de las mujeres
en la cama como descansos él se tomaba al pleitear sus causas. Y esta
costumbre, no sin gran melancolía de la mujer, a quien tal vez tocaba una vez
al mes, y apenas, por mucho tiempo mantuvo; siempre guardándola mucho, para que
ningún otro fuera a enseñarle los días laborables tan bien como él le había
enseñado las fiestas.
Sucedió que, haciendo mucho calor, a micer Ricciardo le
dieron ganas de ir a recrearse a una posesión suya muy hermosa cercana a
Montenero, y allí, para tomar el aire, quedarse algunos días. Y llevó consigo a
su hermosa mujer, y estando allí, por entretenerla un poco, mandó un día salir
de pesca; y en dos barquillas, él en una con los pescadores y ella en otra con
las otras mujeres, fueron a mirar y, sintiéndose a gusto, se adentraron en el
mar unas cuantas millas casi sin darse cuenta. Y mientras estaban atentos
mirando, de improviso una galera de Paganín de Mónaco, entonces muy famoso
corsario, apareció, y vistas las barcas, se enderezó a ellas; y no pudieron tan
pronto huir que Paganín no llegase a aquella en que iban las mujeres, en la
cual viendo a la hermosa señora, sin querer otra cosa, viéndolo micer Ricciardo
que estaba ya en tierra, subiéndola a ella a su galera, se fue. Viendo lo cual
micer el juez, que era tan celoso que temía al aire mismo, no hay que preguntar
si le pesó. Sin provecho se quejó, en Pisa y en otras partes, de la maldad de
los corsarios, sin saber quién le había quitado a la mujer o dónde la había
llevado.
A Paganín, al verla tan hermosa, le pareció que había
hecho un buen negocio; y no teniendo mujer pensó quedarse con ella siempre, y
como lloraba mucho empezó a consolarla dulcemente. Y, venida la noche,
habiéndosele a él el calendario caído de las manos y salido de la memoria
cualquier fiesta o feria, empezó a consolarla con los hechos, pareciéndole que
de poco habían servido las palabras durante el día; y de tal modo la consoló
que, antes de que llegasen a Mónaco, el juez y sus leyes se le habían ido de la
memoria y empezó a vivir con Paganín lo más alegremente del mundo; el cual,
llevándola a Mónaco, además de los consuelos que de día y de noche le daba,
honradamente como a su mujer la tenía.
Después de cierto tiempo, llegando a los oídos de micer
Ricciardo dónde estaba su mujer, con ardentísimo deseo, pensando que nadie
sabía verdaderamente hacer lo que se necesitaba para aquello, se dispuso a ir
él mismo, dispuesto a gastar en el rescate cualquier cantidad de dineros; y
haciéndose a la mar, se fue a Mónaco, y allí la vio y ella a él, la cual por la
tarde se lo dijo a Paganín e informó de sus intenciones. A la mañana siguiente,
micer Ricciardo, viendo a Paganín, se acercó a él y estableció con él en un
momento gran familiaridad y amistad, fingiendo Paganín no reconocerlo y
esperando a ver a dónde quería llegar. Por lo que, cuando pareció oportuno a
micer Ricciardo, como mejor supo y del modo más amable, descubrió la razón por
la que había venido, rogándole que tomase lo que pluguiera y le devolviese a la
mujer. A quien Paganín, con alegre rostro, repuso:
—Micer, sois bien venido; y respondiéndoos brevemente, os
digo: es verdad que tengo en casa a una joven que no sé si es vuestra mujer o
de algún otro, porque a vos no os conozco, ni a ella tampoco sino en tanto en
cuanto, conmigo ha estado algún tiempo. Si sois vos su marido, como decís, yo,
como parecéis gentilhombre amable, os llevaré donde ella, y estoy seguro de que
os reconocerá. Si ella dice que es como decís, y quiere irse con vos, por amor
de vuestra amabilidad, me daréis de rescate por ella lo que vos mismo queráis;
si no fuera así, haríais una villanía en querérmela quitar porque yo soy joven
y puedo tanto como otro tener una mujer, y especialmente ella que es la más
agradable que he visto nunca.
Dijo entonces micer Ricciardo:
—Por cierto que es mi mujer, y si me llevas donde ella
esté, lo verás pronto: se me echará al cuello incontinenti; y por ello te pido
que no sea de otra manera que como tú has pensado.
—Pues entonces —dijo Paganín— vamos.
Fueron, pues, a la casa de Paganín y, estando ella en una
cámara suya, Paganín la hizo llamar; y ella, vestida y dispuesta, salió de una
cámara y vino a donde micer Ricciardo con Paganín estaba, e hizo tanto caso a
micer Ricciardo como lo hubiera hecho a cualquier otro forastero que con
Paganín hubiera venido a su casa. Lo que viendo el juez, que esperaba ser
recibido por ella con grandísima fiesta, se maravilló fuertemente, y empezó a
decirse:
«Tal vez la melancolía y el largo dolor que he pasado
desde que la perdí me ha desfigurado tanto que no me reconoce».
Por lo que le dijo:
—Señora, caro me cuesta haberte llevado a pescar, porque
un dolor semejante no sentí nunca al que he tenido desde que te perdí, y tú no
pareces reconocerme, pues tan hurañamente me diriges la palabra. ¿No ves que
soy tu micer Ricciardo, venido aquí a pagarle lo que quiera a este gentilhombre
en cuya casa estamos, para recuperarte y llevarte conmigo; y él, su merced, por
lo que quiera darle te devuelve a mí?
La mujer, volviéndose a él, sonriéndose una pizquita,
dijo:
—Micer, ¿me lo decís a mí? Mirad que no me hayáis tomado
por otra porque yo no me acuerdo de haberos visto nunca.
Dijo micer Ricciardo:
—Mira lo que dices: mírame bien; si bien te acuerdas bien
verás que soy tu micer Ricciardo de Chínzica.
La señora dijo:
—Micer, perdonadme: puede que no sea a mí tan honesto
miraros mucho como os imagináis, pero os he mirado lo bastante para saber que
nunca jamás os he visto.
Imaginóse micer Ricciardo que hacía esto de no querer
confesar en su presencia reconocerlo por temor a Paganín por lo que, luego de
algún tanto, pidió por merced a Paganín que le dejase hablar en una cámara a
solas con ella. Paganín dijo que le placía a cambio de que no la besase contra
su voluntad, y mandó a la mujer que fuese con él a la alcoba y escuchase lo que
quisiera decirle, y le respondiera como quisiese. Yéndose, pues, a la alcoba
solos la señora y micer Ricciardo, en cuanto se sentaron, empezó micer
Ricciardo a decir:
—¡Ah!, corazón de mi cuerpo, dulce alma mía, esperanza
mía, ¿no reconoces a tu Ricciardo que te ama más que a sí mismo? ¿Cómo puede
ser? ¿Estoy tan desfigurado? ¡Ah!, bellos ojos míos, mírame un poco.
La mujer se echó a reír y sin dejarlo seguir, dijo:
—Bien sabéis que no soy tan desmemoriada que no sepa que
sois micer Ricciardo de Chínzica, mi marido; pero mientras estuve con vos
mostrasteis conocerme muy mal, porque si erais sabio o lo sois, como queréis
que de vos se piense, debíais haber tenido el conocimiento de ver que yo era
joven y fresca y gallarda, y saber por consiguiente lo que las mujeres jóvenes
piden (aunque no lo digan por vergüenza) además de vestir y comer; y lo que
hacíais en eso bien lo sabéis. Y si os gustaba más el estudio de las leyes que
la mujer, no debíais haberla tomado; aunque a mí me parezca que nunca fuisteis
juez sino un pregonero de ferias y fiestas, tan bien os las sabíais, y de
ayunos y de vigilias. Y os digo que si tantas fiestas hubierais hecho guardar a
los labradores que labraban vuestras tierras como hacíais guardar al que tenía
que labrar mi pequeño huertecillo, nunca hubieseis recogido un grano de trigo.
Me he doblegado a quien Dios ha querido, como piadoso defensor de mi juventud,
con quien me quedo en esta alcoba, donde no se sabe lo que son las fiestas,
digo aquellas que vos, más devoto de Dios que de servir a las damas, tantas
celebrabais; y nunca por esta puerta entraron sábados ni domingos ni vigilia ni
cuatro témporas ni cuaresma, que es tan larga, sino que de día y de noche se
trabaja y se bate la lana; y desde que esta noche tocaron maitines, bien sé
cómo anduvo el asunto más de una vez. Y, así, entiendo quedarme con él y
trabajar mientras sea joven, y las fiestas y las peregrinaciones y los ayunos
esperar a hacerlos cuando sea vieja; y vos idos con buena ventura lo más pronto
que podáis y, sin mí, guardad cuantas fiestas gustéis.
Micer Ricciardo, oyendo estas palabras, sufría un dolor
insoportable, dijo, luego que vio que callaba:
—¡Ah, dulce alma mía!, ¿qué palabras son las que me has
dicho? ¿Pues no miras el honor de tus parientes y el tuyo? ¿Quieres de ahora en
adelante quedarte aquí de barragana con éste, y en pecado mortal, en lugar de
en Pisa ser mi mujer? Éste, cuando le hayas hartado, con gran vituperio tuyo te
echará a la calle; yo te tendré siempre amor y siempre, aunque yo no lo
quisiera, serías el ama de mi casa. ¿Debes por este apetito desordenado y
deshonesto abandonar tu honor y a mí que te amo más que a mi vida? ¡Ah, esperanza
mía!, no digáis eso, dignaos venir conmigo: yo de aquí en adelante, puesto que
conozco tu deseo, me esforzaré; pero, dulce bien mío, cambia de opinión y vente
conmigo, que no he tenido ningún bien desde que me fuiste arrebatada.
Y la mujer le respondió:
—Por mi honor no creo que nadie, ahora que ya nada puede
hacerse, se preocupe más que yo: ¡ojalá se hubieran preocupado mis parientes
cuando me entregaron a vos! Y si ellos no lo hicieron por el mío, no entiendo
yo hacerlo ahora por el de ellos; y si ahora estoy en pecado mortero, alguna
vez estaré en pecado macero: no os preocupéis más por mí. Y os digo más, que
aquí me parece ser la mujer de Paganín y en Pisa me parecía ser vuestra
barragana, pensando que según las fases de la luna y las escuadras geométricas
debíamos vos y yo ayuntar los planetas, mientras que Paganín toda la noche me
tiene en brazos y me aprieta y me muerde, ¡y cómo me cuida dígalo Dios por mí!
Decís aún que os esforzaréis: ¿y en qué?, ¿en empatar en tres bazas y
levantarla a palos
[SC87]? ¡Ya veo que os habéis hecho un caballero de pro
desde que no os he visto! Andad y esforzaos por vivir: que me parece que estáis
a pensión, tan flacucho y delgado me parecéis. Y aún os digo más: que cuando
éste me deje, a lo que no me parece dispuesto, sea donde sea donde tenga que
estar, no entiendo volver nunca con vos que, exprimiéndoos todo no podría
hacerse con vos ni una escudilla de salsa, porque con grandísimo daño mío e
interés y réditos allí estuve una vez; por lo que en otra parte buscaré mi
pitanza. Lo que os digo es que no habrá fiesta ni vigilia donde entiendo
quedarme; y por ello, lo antes que podáis, andaos con Dios, si no, gritaré que
queréis forzarme.
Micer Ricciardo, viéndose en mal trance y aun conociendo
entonces su locura al elegir mujer joven estando desmadejado, doliente y
triste, salió de la alcoba y dijo a Paganín muchas palabras que de nada le
valieron. Y por último, sin haber conseguido nada, dejada la mujer, se volvió a
Pisa, y en tal locura dio por el dolor que, yendo por Pisa, a quien le saludaba
o le preguntaba algo, no respondía nada más que:
—¡El mal foro no quiere fiestas
[SC88]!
Y luego de no mucho tiempo murió; de lo que enterándose
Paganín, y sabiendo el amor que la mujer le tenía, la desposó como su legítima
esposa, y sin nunca guardar fiestas ni vigilias o hacer ayunos, trabajaron
mientras las piernas les sostuvieron y bien se divirtieron. Por lo cual,
queridas señoras mías, me parece que el señor Bernabó disputando con
Ambruogiuolo quisiese apartar la cabra del monte.
Esta historia hizo reír tanto a toda la compañía que no
había nadie a quien no le doliesen las mandíbulas; y de común consentimiento
todas las mujeres dijeron que Dioneo llevaba razón y que Bernabó había sido un
animal. Pero luego que terminó la historia y las risas callaron, habiendo
mirado la reina que la hora era ya tardía y que todos habían novelado, y el fin
de su señorío había llegado, según el orden comenzado, quitándose la guirnalda
de la cabeza, sobre la cabeza la puso de Neifile, diciendo con alegre gesto:
—Ya, cara compañera, sea tuyo el gobierno de este pequeño
pueblo —y volvió a sentarse.
Neifile se ruborizó un poco con el recibido honor, y su
rostro parecía una fresca rosa de abril o de mayo tal como se muestra al
clarear el día, con los ojos anhelantes y chispeantes (no de otro modo que una
matutina estrella) un poco bajos. Pero luego que el cortés murmullo de los
circunstantes (en el que su disposición favorable a la reina mostraban
alegremente) se reposó y que ella recuperó el ánimo, sentándose un poco más
alto de lo que acostumbraba, dijo:
—Puesto que así es que vuestra reina soy, no alejándome de
la costumbre seguida por aquellas que antes de mí lo han sido, cuyo gobierno
habéis alabado obedeciéndolo, os haré manifiesto en pocas palabras mi parecer;
que si por vuestra opinión es estimado, seguiremos. Como sabéis, mañana es
viernes y el día siguiente sábado, días que, por las comidas que se acostumbran
en ellos, son un tanto enojosos a la mayoría de la gente; sin decir que, el
viernes, atendiendo a que en él Aquel que por nuestra vida murió, sufrió
pasión, es digno de reverencia; por lo que justa cosa y muy honesta reputaría
que, en honor de Dios, más con oraciones que con historias nos entretuviésemos.
Y el sábado es costumbre de las mujeres lavarse la cabeza y quitarse todo el
polvo, toda la suciedad que por el trabajo de la semana anterior se hubiese
cogido; y también muchos acostumbran a ayunar en reverencia a la Virgen madre
del Hijo de Dios, y de ahí en adelante, en honor del domingo siguiente,
descansar de cualquier trabajo; por lo que, no pudiendo tan plenamente en esos
días seguir el orden en el vivir que hemos adoptado, también estimo que estaría
bien que esos días depongamos las historias. Luego, como habremos estado aquí
cuatro días, si queremos evitar que llegue la gente nueva, juzgo oportuno
mudarnos de aquí e irnos a otra parte; y dónde ya lo he pensado y provisto.
Allí, cuando estemos reunidos el domingo después de dormir, como hemos tenido
hoy mucho tiempo para razonar conversando, tanto porque tendréis más tiempo
para pensar como porque será mejor que se limite un poco la libertad en novelar
y que se hable de uno de los muchos casos de la fortuna, he pensado que sea
sobre quien alguna cosa muy deseada haya conseguido con industria o una pérdida
recuperado. Sobre lo cual, piense cada uno en decir algo que a la compañía
pueda ser útil o al menos deleitable, siempre con la salvedad del privilegio de
Dioneo.
Todo el mundo alabó lo dicho y lo imaginado por la reina,
y así establecieron que fuese. La cual, después de esto, haciendo llamar a su
senescal, dónde debía poner la mesa por la tarde le dijo, y todo lo que luego
debía hacer en todo el tiempo de su señorío plenamente le expuso; y hecho así,
poniéndose en pie con su compañía, les dio licencia para hacer lo que a cada
uno más gustase.
Tomaron, pues, las señoras y los hombres el camino de un
jardincillo, y allí, luego de que un tanto se hubieron entretenido, venida la
hora de la cena, con fiesta y con placer cenaron; y levantándose de allí, según
plugo a la reina, conduciendo Emilia la carola, la siguiente canción de
Pampínea, que los demás coreaban, se cantó:
¿Quién podría cantar en lugar mío
que tengo y gozo todo cuanto ansío?
Ven, pues, Amor, razón de mi ventura,
de la esperanza y de toda alegría,
ven conmigo a cantar
no de suspiros, penas y amargura,
que ahora me es dulce lo que fue agonía,
sino de este brillar
del fuego en cuyas llamas quiero estar
adorándote a ti como a dios mío.
Tú ante los ojos me trajiste, Amor,
cuando en tu fuego ardí por vez primera,
a uno de tal talante
que en beldad y osadía, y en valor,
otro mejor jamás se encontraría,
ni aún otro semejante;
y tanto me inflamó que en este instante
feliz te estoy cantando, señor mío.
Y este que es para mí sumo placer
y que me quiere cuanto yo le quiero
Amor, por tu merced,
por lo que en este mundo mi querer
tengo y gozar de paz en otro espero;
y pues le guardo fe
que aun a su reino Dios, que esto lo ve,
por su bondad nos llevará confío
[SC89] .
Después de ésta, otras muchas se cantaron y se bailaron
muchas danzas y se tocaron distintas músicas; pero juzgando la reina que era
tiempo de tener que irse a descansar, con las antorchas por delante cada uno a
su cámara se fueron, y durante los dos días siguientes atendiendo a aquellas
cosa que la reina había hablado, esperando con deseo la llegada del domingo.
TERMINA LA SEGUNDA JORNADA
TERCERA JORNADA
COMIENZA LA TERCERA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA QUE SE
HABLA, BAJO EL GOBIERNO DE NEIFILE, SOBRE ALGUIEN QUE HUBIERA CONSEGUIDO CON
INDUSTRIA ALGUNA COSA MUY DESEADA O ALGUNA PERDIDA RECUPERASE.
La aurora empezaba ya a convertirse de bermeja en
anaranjada por la aproximación del sol cuando el domingo, levantada la reina y
hecho levantar a su compañía, y habiendo mandado ya el senescal buen espacio
por delante al lugar donde debían ir muchas de las cosas oportunas y quien allí
preparase lo que era necesario, viendo ya a la reina en camino, prestamente
haciendo cargar todas las demás cosas, como si de allí levantasen el campo, se
fue con los bagajes, dejando a los sirvientes junto a las señoras y los
señores. La reina, pues, con lento paso, acompañada y seguida por sus damas y
los tres jóvenes, guiada por el canto de quién sabe si veinte ruiseñores y
otros tantos pájaros, por un sendero no muy frecuentado mas lleno de verdes
hierbecillas y de flores que al sol que llegaba todas empezaban a abrirse, tomó
el camino hacia occidente, y charlando y bromeando y riendo con su compañía,
sin haber andado más de dos mil pasos, bastante antes de que mediada la hora de
tercia estuviese, a una hermosísima y rica mansión que un tanto levantada sobre
el suelo en un cerro estaba, les hubo conducido
[SC90].
Entrados en la cual y andando por todas partes, y habiendo
visto las grandes salas, las limpias y adornadas alcobas debidamente
abastecidas de todo lo que a una alcoba corresponde, sumamente la alabaron y
reputaron a su dueño por magnífico; después, bajando abajo, y viendo el
amplísimo y alegre patio, las bodegas llenas de óptimos vinos y el agua
fresquísima y abundante que de allí manaba, más aún lo alabaron. De allí, como
deseosos de reposo en una galería desde donde todo el patio se señoreaba,
estando todas las cosas llenas de las flores que el tiempo daba y de ramas,
sentándose, vino el discreto senescal y con exquisitos dulces y óptimos vinos
los recibió y confortó. Después de lo cual, haciendo abrir un jardín contiguo
al palacio, allí, que estaba todo cercado por un muro, entraron; y
pareciéndoles a primera vista de maravillosa belleza todo el conjunto, más
atentamente empezaron a mirar sus partes.
Tenía a su alrededor y por la mitad en bastantes partes
paseos amplísimos, rectos como caminos y cubiertos por un emparrado que gran
aspecto tenía de ir aquel año a dar muchas uvas; y todo florido entonces
esparcía tan gran olor que, mezclado con el de muchas otras cosas que por el
jardín olían, les parecía estar entre todos los aromas nacidos en el oriente.
Los lados de los cuales paseos todos por rosales blancos y bermejos y por
jazmines estaban casi cubiertos; por las cuales cosas, no ya de mañana sino cuando
el sol estuviese más alto, bajo olorosas y deleitables sombras, sin ser tocado
por él, se podía andar por ellos. Cuántas y cuáles y cómo estaban ordenadas las
plantas que había en aquel lugar sería largo de contar; pero no hay ninguna
estimable que en nuestro clima se dé, que no hubiese allí abundantemente. En
mitad del cual, lo que no es menos digno de lo que otra cosa que allí hubiera
sino mucho más, había un prado de menudísima hierba y tan verde que casi
parecía negra, pintado todo de mil variedades de flores, cercado en torno por
verdísimos y erguidos naranjos y por cedros, los cuales, teniendo frutos, los
viejos y los nuevos, flores todavía, no solamente con sombra amable a los ojos
sino también al olfato lisonjeaban.
En medio del tal prado había una fuente de mármol
blanquísimo y con maravillosas figuras esculpidas; allí dentro, no sé si
natural o artificiosa, por una estatua que sobre una columna en el medio de
aquélla estaba en pie, arrojaba tanta agua y tan alta hacia el cielo (que luego
no sin deleitable sonido sobre la clarísima fuente volvía a caer) que hubiera
hecho mover al menos un molino. La que después (aquella, digo, que sobrepasaba
el borde de la fuente) por vía oculta salía del pradecillo y por canalillos asaz
bellos y artificiosamente hechos, fuera de aquello haciéndose ya manifiesta,
todo lo rodeaba; y allí por canalillos semejantes por todas las partes del
jardín discurría, recogiéndose últimamente en una parte por donde había salido
del hermoso jardín y de allí, descendiendo clarísima hacia el llano antes de
llegar a él, con grandísima fuerza y con no poca utilidad para su dueño, hacía
dar vueltas a dos molinos.
Al ver este jardín, su bello orden, las plantas y la
fuente con los arroyuelos procedentes de ella, tanto agradó a todas las mujeres
y a los tres jóvenes, que todos comenzaron a afirmar que, si se pudiera hacer
un paraíso en la tierra, no sabrían qué otra forma sino aquella del jardín
pudiera dársele, ni pensar, además de aquéllas, qué belleza podría añadírsele.
Paseando, pues, contentísimos por allí, haciéndose bellísimas guirnaldas de
varias ramas de árboles, oyendo siempre unos veinte modos de cantos de pájaros
como si contendiesen el uno con el otro en el cantar, se apercibieron de una
deleitosa belleza de que, sorprendidos por las demás, no se habían todavía
apercibido: vieron que el jardín estaba lleno de cien especies de hermosos
animales, y enseñándoselos uno al otro, de una parte salir conejos, por otra
correr liebres, y dónde yacer cabritillos, y en algunas estar paciendo
cervatillos vieron; y además de éstos, otras muchas clases de animales
inofensivos, cada uno a su agrado, como domesticados, ir recreándose; las
cuales cosas, a los otros placeres, mucho mayor placer sumaron.
Pero luego de que mucho hubieron andado, viendo ora esta
cosa ora aquélla, habiendo hecho poner las mesas alrededor de la hermosa
fuente, y cantando allí primero seis cancioncillas y danzando algunos bailes,
cuando agradó a la reina se pusieron a comer, y servidos con grandísimo y bueno
y reposado orden, y con buenas y delicadas viandas, más alegres se levantaron y
a las tonadas y a los cantos y a los bailes volvieron a darse hasta que a la
reina, por el calor que había sobrevenido, pareció hora de que a quien le
agradase, se fuera a acostar. Y algunos se fueron y algunos, vencidos por la
belleza del lugar, irse no quisieron; sino que quedándose allí, quién a leer
libros de caballerías, quién a jugar al ajedrez y quién a las tablas
[SC91], mientras los otros dormían, se dedicaron.
Pero luego de que pasó la hora de nona, todos se
levantaron y, habiéndose refrescado el rostro con la fresca agua, en el prado,
como plugo a la reina, viniendo cerca de la fuente, y en él según la manera
acostumbrada sentándose, se pusieron a esperar contar sus historias sobre la
materia propuesta por la reina. De los que el primero a quien la reina dio el
encargo fue a Filostrato, que comenzó de esta guisa:
NOVELA PRIMERA
Masetto de Lamporecchio se hace el mudo y entra como
hortelano en un monasterio de mujeres, que porfían en acostarse con él.
Hermosísimas señoras, bastantes hombres y mujeres hay que
son tan necios que creen demasiado confiadamente que cuando a una joven se le
ponen en la cabeza las tocas blancas y sobre los hombros se le echa la cogulla
negra, que deja de ser mujer y ya no siente los femeninos apetitos, como si se
la hubiese convertido en piedra al hacerla monja; y si por acaso algo oyen
contra esa creencia suya, tanto se enojan cuanto si se hubiera cometido un
grandísimo y criminal pecado contra natura, no pensando ni teniéndose en
consideración a sí mismos, a quienes la plena libertad de hacer lo que quieran
no puede saciar, ni tampoco al gran poder del ocio y la soledad. Y
semejantemente hay todavía muchos que creen demasiado confiadamente que la
azada y la pala y las comidas bastas y las incomodidades quitan por completo a
los labradores los apetitos concupiscentes y los hacen bastísimos de
inteligencia y astucia. Pero cuán engañados están cuantos así creen me complace
(puesto que la reina me lo ha mandado, sin salirme de lo propuesto por ella)
demostraros más claramente con una pequeña historieta.
En esta comarca nuestra hubo y todavía hay un monasterio
de mujeres, muy famoso por su santidad, que no nombraré por no disminuir en
nada su fama; en el cual, no hace mucho tiempo, no habiendo entonces más que
ocho señoras con una abadesa, y todas jóvenes, había un buen hombrecillo
hortelano de un hermosísimo jardín suyo que, no contentándose con el salario,
pidiendo la cuenta al mayordomo de las monjas, a Lamporecchio, de donde era, se
volvió. Allí, entre los demás que alegremente le recibieron, había un joven
labrador fuerte y robusto, y para villano hermoso en su persona, cuyo nombre
era Masetto; y le preguntó dónde había estado tanto tiempo. El buen hombre, que
se llamaba Nuto, se lo dijo; al cual, Masetto le preguntó a qué atendía en el
monasterio. Al que Nuto repuso:
—Yo trabajaba en un jardín suyo hermoso y grande, y además
de esto, iba alguna vez al bosque por leña, traía agua y hacía otros tales
servicios; pero las señoras me daban tan poco salario que apenas podía pagarme
los zapatos. Y además de esto, son todas jóvenes y parece que tienen el diablo
en el cuerpo, que no se hace nada a su gusto; así, cuando yo trabajaba alguna
vez en el huerto, una decía: «Pon esto aquí», y la otra: «Pon aquí aquello» y
otra me quitaba la azada de la mano y decía: «Esto no está bien»; y me daba
tanto coraje que dejaba el laboreo y me iba del huerto, así que, entre por una
cosa y la otra, no quise estarme más y me he venido. Y me pidió su mayordomo,
cuando me vine, que si tenía alguien a mano que entendiera en aquello, que se
lo mandase, y se lo prometí, pero así le guarde Dios los riñones que ni buscaré
ni le mandaré a nadie.
A Masetto, oyendo las palabras de Nuto, le vino al ánimo
un deseo tan grande de estar con estas monjas que todo se derretía
comprendiendo por las palabras de Nuto que podría conseguir algo de lo que
deseaba. Y considerando que no lo conseguiría si decía algo a Nuto, le dijo:
—¡Ah, qué bien has hecho en venirte! ¿Qué es un hombre
entre mujeres? Mejor estaría con diablos: de siete veces seis no saben lo que
ellas mismas quieren.
Pero luego, terminada su conversación, empezó Masetto a
pensar qué camino debía seguir para poder estar con ellas; y conociendo que
sabía hacer bien los trabajos que Nuto hacía, no temió perderlo por aquello,
pero temió no ser admitido porque era demasiado joven y aparente. Por lo que,
dando vueltas a muchas cosas, pensó:
«El lugar es bastante alejado de aquí y nadie me conoce
allí, si sé fingir que soy mudo, por cierto que me admitirán».
Y deteniéndose en aquel pensamiento, con una segur al
hombro, sin decir a nadie adónde fuese, a guisa de un hombre pobre se fue al
monasterio; donde, llegado, entró dentro y por ventura encontró al mayordomo en
el patio, a quien, haciendo gestos como hacen los mudos, mostró que le pedía de
comer por amor de Dios y que él, si lo necesitaba, le partiría la leña. El
mayordomo le dio de comer de buena gana; y luego de ello le puso delante de
algunos troncos que Nuto no había podido partir, los que éste, que era
fortísimo, en un momento hizo pedazos. El mayordomo, que necesitaba ir al
bosque, lo llevó consigo y allí le hizo cortar leña; después de lo que,
poniéndole el asno delante, por señas le dio a entender que lo llevase a casa.
Él lo hizo muy bien, por lo que el mayordomo, haciéndole hacer ciertos trabajos
que le eran necesarios, más días quiso tenerlo; de los cuales sucedió que un
día la abadesa lo vio, y preguntó al mayordomo quién era. El cual le dijo:
—Señora, es un pobre hombre mudo y sordo, que vino uno de
estos días a por limosna, así que le he hecho un favor y le he hecho hacer
bastantes cosas de que había necesidad. Si supiese labrar un huerto y quisiera
quedarse, creo estaríamos bien servidos, porque él lo necesita y es fuerte y se
podría hacer de él lo que se quisiera; y además de esto no tendríais que
preocuparos de que gastase bromas a vuestras jóvenes.
Al que dijo la abadesa:
—Por Dios que dices verdad: entérate si sabe labrar e
ingéniate en retenerlo; dale unos pares de escarpines, algún capisayo viejo, y
halágalo, hazle mimos, dale bien de comer.
El mayordomo dijo que lo haría. Masetto no estaba muy
lejos, pero fingiendo barrer el patio oía todas estas palabras y se decía:
«Si me metéis ahí dentro, os labraré el huerto tan bien
como nunca os fue labrado.»
Ahora, habiendo el mayordomo visto que sabía óptimamente
labrar y preguntándole por señas si quería quedarse aquí, y éste por señas
respondiéndole que quería hacer lo que él quisiese, habiéndolo admitido, le
mandó que labrase el huerto y le enseñó lo que tenía que hacer; luego se fue a
otros asuntos del monasterio y lo dejó. El cual, labrando un día tras otro, las
monjas empezaron a molestarle y a ponerlo en canciones, como muchas veces
sucede que otros hacen a los mudos, y le decían las palabras más malvadas del
mundo no creyendo ser oídas por él; y la abadesa que tal vez juzgaba que él tan
sin cola estaba como sin habla, de ello poco o nada se preocupaba. Pero sucedió
que habiendo trabajado un día mucho y estando descansando, dos monjas que
andaban por el jardín se acercaron a donde estaba, y empezaron a mirarle
mientras él fingía dormir. Por lo que una de ellas, que era algo más decidida,
dijo a la otra:
—Si creyese que me guardabas el secreto te diría un
pensamiento que he tenido muchas veces, que tal vez a ti también podría
agradarte.
La otra repuso:
—Habla con confianza, que por cierto no lo diré nunca a
nadie.
Entonces la decidida comenzó:
—No sé si has pensado cuán estrictamente vivimos y que
aquí nunca ha entrado un hombre sino el mayordomo, que es viejo, y este mudo: y
muchas veces he oído decir a muchas mujeres que han venido a vernos que todas
las dulzuras del mundo son una broma con relación a aquella de unirse la mujer
al hombre. Por lo que muchas veces me ha venido al ánimo, puesto que con otro
no puedo, probar con este mudo si es así, y éste es lo mejor del mundo para
ello porque, aunque quisiera, no podría ni sabría contarlo; ya ves que es un
mozo tonto, más crecido que con juicio. Con gusto oiré lo que te parece de
esto.
—¡Ay! —dijo la otra—, ¿qué es lo que dices? ¿No sabes que
hemos prometido nuestra virginidad a Dios?
—¡Oh! —dijo ella—, ¡cuántas cosas se le prometen todos los
días de las que no se cumple ninguna! ¡Si se lo hemos prometido, que sea otra u
otras quienes cumplan la promesa!
A lo que la compañera dijo:
—Y si nos quedásemos grávidas, ¿qué iba a pasar?
Entonces aquélla dijo:
—Empiezas a pensar en el mal antes de que te llegue; si
sucediere, entonces pensaremos en ello: podrían hacerse mil cosas de manera que
nunca se sepa, siempre que nosotras mismas no lo digamos.
Esta, oyendo esto, teniendo más ganas que la otra de
probar qué animal era el hombre, dijo:
—Pues bien, ¿qué haremos?
A quien aquélla repuso:
—Ves que va a ser nona; creo que las sores están todas
durmiendo menos nosotras; miremos por el huerto a ver si hay alguien, y si no
hay nadie, ¿qué vamos a hacer sino cogerlo de la mano y llevarlo a la cabaña
donde se refugia cuando llueve, y allí una se queda dentro con él y la otra
hace guardia? Es tan tonto que se acomodará a lo que queremos.
Masetto oía todo este razonamiento, y dispuesto a
obedecer, no esperaba sino ser tomado por una de ellas. Ellas, mirando bien por
todas partes y viendo que desde ninguna podían ser vistas, aproximándose la que
había iniciado la conversación a Masetto, le despertó y él incontinenti se puso
en pie; por lo que ella con gestos halagadores le cogió de la mano, y él dando
sus tontas risotadas, lo llevó a la cabaña, donde Masetto, sin hacerse mucho
rogar hizo lo que ella quería. La cual, como leal compañera, habiendo obtenido
lo que quería, dejó el lugar a la otra, y Masetto, siempre mostrándose simple,
hacía lo que ellas querían; por lo que antes de irse de allí, más de una vez
quiso cada una probar cómo cabalgaba el mudo, y luego, hablando entre ellas
muchas veces, decían que en verdad aquello era tan dulce cosa, y más, como
habían oído; y buscando los momentos oportunos, con el mudo iban a juguetear.
Sucedió un día que una compañera suya, desde una ventana
de su celda se apercibió del tejemaneje y se lo enseñó a otras dos; y primero
tomaron la decisión de acusarlas a la abadesa, pero después, cambiando de
parecer y puestas de acuerdo con aquéllas, en participantes con ellas se
convirtieron del poder de Masetto; a las cuales, las otras tres, por diversos
accidentes, hicieron compañía en varias ocasiones. Por último, la abadesa, que
todavía no se había dado cuenta de estas cosas, paseando un día sola por el
jardín, siendo grande el calor, se encontró a Masetto (el cual con poco trabajo
se cansaba durante el día por el demasiado cabalgar de la noche) que se había
dormido echado a la sombra de un almendro, y habiéndole el viento levantado las
ropas, todo al descubierto estaba. Lo cual mirando la señora y viéndose sola,
cayó en aquel mismo apetito en que habían caído sus monjitas; y despertando a
Masetto, a su alcoba se lo llevó, donde varios días, con gran quejumbre de las
monjas porque el hortelano no venía a labrar el huerto, lo tuvo, probando y
volviendo a probar aquella dulzura que antes solía censurar ante las otras.
Por último, mandándole de su alcoba a la habitación de él
y requiriéndole con mucha frecuencia y queriendo de él más de una parte, no
pudiendo Masetto satisfacer a tantas, pensó que de su mudez si duraba más
podría venirle gran daño; y por ello una noche, estando con la abadesa, roto el
frenillo, empezó a decir:
—Señora, he oído que un gallo basta a diez gallinas, pero
que diez hombres pueden mal y con trabajo satisfacer a una mujer, y yo que
tengo que servir a nueve; en lo que por nada del mundo podré aguantarlo, pues
que he venido a tal, por lo que hasta ahora he hecho, que no puedo hacer ni
poco ni mucho; y por ello, o me dejáis irme con Dios o le encontráis un arreglo
a esto.
La señora, oyendo hablar a este a quien tenía por mudo,
toda se pasmó, y dijo:
—¿Qué es esto? Creía que eras mudo.
—Señora —dijo Masetto—, sí lo era pero no de nacimiento,
sino por una enfermedad que me quitó el habla, y por primera vez esta noche
siento que me ha sido restituida, por lo que alabo a Dios cuanto puedo.
La señora lo creyó y le preguntó qué quería decir aquello
de que a nueve tenía que servir. Masetto le dijo lo que pasaba, lo que oyendo
la abadesa, se dio cuenta de que no había monja que no fuese mucho más sabia
que ella; por lo que, como discreta, sin dejar irse a Masetto, se dispuso a
llegar con sus monjas a un entendimiento en estos asuntos, para que por Masetto
no fuese vituperado el monasterio.
Y habiendo por aquellos días muerto el mayordomo, de común
acuerdo, haciéndose manifiesto en todas lo que a espaldas de todas se había
estado haciendo, con placer de Masetto hicieron de manera que las gentes de los
alrededores creyeran que por sus oraciones y por los méritos del santo a quien
estaba dedicado el monasterio, a Masetto, que había sido mudo largo tiempo, le
había sido restituida el habla, y le hicieron mayordomo; y de tal modo se
repartieron sus trabajos que pudo soportarlos. Y en ellos bastantes monaguillos
engendró pero con tal discreción se procedió en esto que nada llegó a saberse
hasta después de la muerte de la abadesa, estando ya Masetto viejo y deseoso de
volver rico a su casa; lo que, cuando se supo, fácilmente lo consiguió. Así,
pues, Masetto, viejo, padre y rico, sin tener el trabajo de alimentar a sus
hijos ni pagar sus gastos, por su astucia habiendo sabido bien proveer a su
juventud, al lugar de donde había salido con una segur al hombro, volvió,
afirmando que así trataba Cristo a quien le ponía los cuernos sobre la
guirnalda.
NOVELA SEGUNDA
Un palafrenero yace con la mujer del rey Agilulfo, de lo
que Agilulfo sin decir nada se apercibe, lo encuentra y le corta el pelo; el
tonsurado a todos los demás tonsura y así se salva de lo que le amenaza.
Habiendo llegado el fin de la historia de Filostrato, con
la que algún veces se habían sonrojado un poco las señoras y algunas otras se
habían reído, plugo a la reina que Pampínea siguiese novelando; la cual,
comenzando con sonriente gesto, dijo:
Hay algunos tan poco discretos al querer mostrar que
conocen y sienten lo que no les conviene saber, que algunas veces con esto, al
castigar las desapercibidas faltas de otros, creen que su vergüenza menguan
cuando por el contrario la acrecientan infinitamente; y que esto es verdad, por
medio de su contrario, mostrándoos la astucia de alguien quizá tenido por de
menos valor que Masetto contra la prudencia de un valeroso rey, lindas señoras,
entiendo que será demostrado por mí.
Agilulfo, rey de los longobardos, así como sus
predecesores habían hecho, en Pavia, ciudad de la Lombardía, estableció la sede
de su reino, habiendo tomado por mujer a Teudelinga, que había quedado viuda de
Auttari, que también había sido rey de los longobardos, la cual era hermosísima
mujer, muy sabía y honesta, pero desventurada en amores
[SC92]. Y estando por el valor y el juicio de este rey
Agilulfo las cosas de los longobardos prósperas y en paz, sucedió que un
palafrenero de dicha reina, hombre de vilísima condición por su nacimiento pero
por otras cosas mucho mejor de lo que correspondía a tal vil menester, y en su
persona hermoso y alto como era el rey, se enamoró desmesuradamente de la
reina; y porque su bajo estado no le quitaba la comprensión de que este amor
suyo estaba fuera de toda conveniencia, como sabio, a nadie lo descubría, ni
aun en la mirada se atrevía a descubrirlo.
Y aunque sin ninguna esperanza viviese de poder agradarla
nunca, se gloriaba consigo sin embargo de haber puesto sus pensamientos en alta
parte; y como quien todo ardía en amoroso fuego, diligentemente hacía, más que
cualquier otro de sus compañeros, todas las cosas que debían agradar a la
reina. Por lo que sucedía que la reina, cuando tenía que montar a caballo, con
más gusto cabalgaba en el palafrén cuidado por éste que por algún otro; lo que,
cuando sucedía, éste se lo tomaba como grandísimo favor, y nunca del estribo se
le apartaba, teniéndose por feliz sólo con poder tocarle las ropas. Pero como
vemos suceder con mucha frecuencia que cuanto disminuye la esperanza, tanto se
hace mayor el amor, así sucedía con el pobre palafrenero, mientras dolorosísimo
le era poder soportar el gran deseo tan ocultamente como lo hacía, no siendo
ayudado por ninguna esperanza; y muchas veces, no pudiendo desligarse de este
amor, deliberó morir.
Y pensando de este modo, tomó el partido de querer recibir
esta muerte por alguna cosa por la que le pareciese que moría por el amor que a
la reina había tenido y tenía; y esta cosa se propuso que fuera tal que en ella
tentase la fortuna de poder en todo o en parte conseguir su deseo. Y no se dio
a decir palabras a la reina o a por cartas hacerle saber su amor, que sabía que
en vano diría o escribiría, sino a querer probar si con astucia podría
acostarse con la reina; y no otra astucia ni vía había sino encontrar el modo
de que, como si fuese el rey, que sabía que no se acostaba con ella de
continuo, pudiera llegar a ella y entrar en su cámara. Por lo que, para ver en
qué manera y qué hábito el rey, cuando iba a estar con ella, iba, muchas veces
por la noche en una gran sala del palacio del rey, que estaba en medio entre la
cámara del rey y de la reina, se escondió; y una noche entre otras, vio al rey
salir de su cámara envuelto en un gran manto y tener en una mano una pequeña
antorcha encendida y en la otra una varita, e ir a la cámara de la reina y, sin
decir nada, golpear una vez o dos la puerta de la cámara con aquella varita, e
incontinenti serle abierto y quitarle de la mano la antorcha. La cual cosa
vista, y semejantemente viéndolo retornar, pensó que debía hacer él otro tanto;
y encontrando modo de tener un manto semejante a aquel que había visto al rey y
una antorcha y estaca, y lavándose primero bien en un caldero, para que no
fuese a molestar a la reina el olor del estiércol y la hiciese darse cuenta del
engaño, con estas cosas, como acostumbraba, en la gran sala se escondió.
Y sintiendo que ya en todas partes dormían, y pareciéndole
tiempo o de dar efecto a su deseo o de hacer camino con alta razón a la deseada
muerte, haciendo con la piedra y el eslabón que había llevado consigo un poco
de fuego, encendió su antorcha, y oculto y envuelto en el manto se fue a la
puerta de la cámara y dos veces la golpeó con la varita. La cámara por una
camarera toda somnolienta fue abierta y la luz cogida y ocultada; donde él, sin
decir cosa alguna, pasado dentro de la cortina y dejado el manto, se metió en
1a cama donde la reina dormía. Y tomándola deseosamente en brazos, mostrándose
airado porque sabía que era costumbre del rey que no quería oír ninguna cosa
cuando airado estaba, muchas veces carnalmente conoció a la reina.
Y aunque doloroso le pareciese partir, temiendo que la
demasiada demora le fuese ocasión de convertir en tristeza el deleite tenido,
se levantó y tomando su manto y la luz, sin decir nada se fue, y lo antes que
pudo se volvió a su cama. Y apenas podía estar en ella cuando el rey,
levantándose, se fue la cámara de la reina, de lo que ella se maravilló mucho;
y habiendo él entrado en el lecho y saludándola alegremente, ella, de su
alegría tomando valor, dijo:
—Oh, señor mío, ¿qué novedad hay esta noche? Os habéis
partido de muy poco ha, y más de lo acostumbrado habéis tomado placer de mí, ¿y
tan pronto volvéis a empezar? Cuidaos de lo que hacéis.
El rey, al oír estas palabras, súbitamente presumió que la
reina, por la semejanza de las costumbres y de la persona había sido engañada,
pero, como sabio, súbitamente pensó (pues vio que la reina no se había dado
cuenta ni nadie más) que no quería hacerla caer en la cuenta; lo que muchos
necios no hubieran hecho, sino que habrían dicho: «No he sido yo; ¿quién fue
quien estuvo aquí?, ¿cómo fue?, ¿quién ha venido?». De lo que habrían nacido
muchas cosas por las que sin razón habrían contristado a la señora y dado
materia de desear otra vez lo que ya había sentido; y aquello, que callándolo
no podía traerle ninguna vergüenza, diciéndolo le habría traído vituperio Le
contestó entonces el rey, más en el pensamiento que en el rostro o las palabras
airado:
—Señora, ¿no os parezco hombre de poder haber estado otra
vez y volver además ésta?
A lo que la dama contestó:
—Señor mío, sí, pero yo os ruego que miréis por vuestra
salud.
Entonces el rey dijo:
—Y que me place seguir vuestro consejo, y esta vez sin
daros más empacho voy a volverme.
Y teniendo ya el ánimo lleno de ira y de rencor por lo que
veía que le habían hecho, volviendo a tomar su manto se fue de la cámara y
quiso encontrar silenciosamente quién había hecho aquello, imaginando que debía
ser de la casa, y que cualquiera que fuese no habría podido salir de ella.
Cogiendo, pues, una pequeñísima luz en una linternilla se fue a una larguísima
habitación que en su palacio había sobre las cuadras de los caballos, en la
cual casi toda su servidumbre dormía en diversas camas; y juzgando que a
quienquiera que hubiese hecho aquello que la dama decía, no se le habría podido
todavía reposar el pulso y el latido del corazón por el prolongado afán,
empezando por uno de los extremos de la habitación, empezó a ir tocándoles el
pecho a todos, para saber si les latía el corazón con fuerza.
Como sucediese que todos dormían profundamente, el que con
la reina había estado no dormía todavía; por la cual cosa, viendo venir al rey
y dándose cuenta de lo que andaba buscando, fuertemente empezó a temblar, tanto
que el golpear del pecho que tenía por el cansancio fue aumentado por el miedo;
y dándose cuenta firmemente de que, si el rey se apercibía de aquello, sin
tardanza le haría morir. Y aunque varias cosas que podría hacer le pasaron por
la cabeza, viendo sin embargo al rey sin ninguna arma, deliberó hacerse el
dormido y esperar lo que el rey hiciese. Habiendo, pues, el rey a muchos
buscado y no encontrando a ninguno a quien juzgase haber sido aquél, llegó a
éste, y notando que le latía fuertemente el corazón, se dijo: «Este es aquél».
Pero como quien nada de lo que quería hacer entendía que
se supiese, no le hizo otra cosa sino que, con un par de tijerillas que había
llevado, le cortó un poco de uno de los lados los cabellos, que en aquel tiempo
se llevaban larguísimos, para por aquella señal reconocerlo la mañana
siguiente; y hecho esto, se volvió a su cámara. Éste, que todo aquello había
sentido, como quien era malicioso, claramente se dio cuenta de por qué había
sido señalado; por lo que, sin esperar un momento, se levantó, y encontrando un
par de tijerillas, de las que por ventura había un par en la cuadra para el
servicio de los caballos, cautamente dirigiéndose a cuantos en aquella
habitación dormían, a todos de manera igual sobre las orejas les cortó el pelo;
y hecho esto, sin que le oyeran, se volvió a dormir.
El rey, levantado por la mañana, mandó que, antes que las
puertas del palacio se abriesen, toda su servidumbre viniese ante él; y así se
hizo. A todos los cuales, estando delante de él sin nada en la cabeza, empezó a
mirar para reconocer al que él había tonsurado; y viendo a la mayoría de ellos
con los cabellos de un mismo modo cortados, se maravilló, y se dijo:
«Aquel a quien estoy buscando, aunque de baja condición
sea, bien muestra ser hombre de alto ingenio.»
Luego, viendo que sin divulgarlo no podía encontrar al que
buscaba, dispuesto a no querer por una pequeña venganza cubrirse de gran
vergüenza, sólo con unas palabras le plugo amonestarlo y mostrarle que se había
dado cuenta de lo ocurrido; y volviéndose a todos, dijo:
—Quien lo hizo que no lo haga más, e idos con Dios.
Otro habría querido darle suplicio, martirizarlo,
interrogarle y preguntarle y al hacerlo habría descubierto lo que cualquiera
debe tratar de ocultar; y al ponerse al descubierto, aunque se hubiera vengado
cumplidamente, no menguado sino mucho habría aumentado su vergüenza y manchado
el honor de su mujer. Los que aquellas palabras oyeron se maravillaron y
largamente dilucidaron entre sí qué habría querido decir el rey con aquello,
pero no hubo ninguno que lo entendiese sino sólo aquel a quien tocaba. El cual,
como sabio, nunca, en vida del rey lo descubrió, ni nunca más su vida con tal
acción fió a la fortuna.
NOVELA TERCERA
Bajo especie de confesión y de purísima conciencia una
señora enamorada de un joven induce a un grave fraile, sin darse él cuenta, a
hallar la manera de que el placer de ella tuviese entero cumplimiento.
Callaba ya Pampínea, y ya la osadía y la cautela del
palafrenero había sido alabada por muchos de ellos, y semejantemente el buen
juicio del rey, cuando la reina, volviéndose hacia Filomena, le ordenó
continuar; por lo cual Filomena, graciosamente comenzó a, hablar así:
Yo entiendo contaros una burla que fue muy justamente
hecha por una hermosa señora a un grave fraile, que tanto más a todo seglar
agrada cuanto que éstos (la mayoría estupidísimos y hombres de extrañas maneras
y costumbres) se creen que más que los otros en todas las cosas valen y saben,
cuando son de mucho menor valor, como quienes por vileza de ánimo, no teniendo
inventiva para sustentarse como los demás hombres, se refugian donde puedan
tener qué comer, como el puerco. La que, oh amables señoras, os contaré no sólo
por obedecer la orden impuesta sino también para advertiros de que también los
religiosos (a quienes nosotras, sobremanera crédulas, demasiada fe prestamos)
pueden ser y son algunas veces, no ya por los hombres sino por algunas de
nosotras, sagazmente burlados.
En nuestra ciudad, más llena de engaños que de amor o
lealtad, no hace todavía muchos años, hubo una noble señora adornada de belleza
y de costumbres, con alteza de ánimo y con sutiles agudezas tan dotada como la
que más por la naturaleza, cuyo nombre (ni tampoco ninguno otro que pertenezca
a la presente historia) aunque yo lo sepa, no entiendo descubrir porque todavía
viven algunos que se llenarían por ello de indignación cuando con risa se debe
hablar de ello. Ésta, pues, viéndose nacida de alto linaje y casada con un
artesano lanero porque era riquísimo, no pudiendo deponer el desdén de su ánimo
según el cual estimaba que ningún hombre de baja condición, por riquísimo que
fuese, era digno de mujer noble; y viéndole a él además, con todas sus
riquezas, no ser capaz de nada sino de saber distinguir una mezcla o hacer
urdir una tela o una hilandera disputar sobre lo hilado, se propuso no querer
de ninguna manera sus abrazos sino cuando no pudiera negárselos, sino encontrar
alguien a su gusto que le pareciese más digno de ellos que el lanero.
Y enamoróse de un muy valeroso hombre y de mediana edad
tanto que, el día que no lo veía no podía pasar la noche siguiente sin
sentimiento; pero el hombre de pro, no dándose cuenta de aquello, nada se
preocupaba, y ella, que muy cauta era, ni por embajada de ninguna mujer ni por
carta osaba hacérselo saber, temiendo que podrían sobrevenir posibles peligros.
Y dándose cuenta que aquél frecuentaba mucho a un religioso que, aunque fuera
zopenco y obtuso, no dejaba de tener fama entre todos de hombre de mucha valía
porque era de santísima vida, juzgó que aquél podía ser óptimo intermediario
entre ella y su amante. Y habiendo pensado qué le convenía hacer, se fue a una
hora oportuna a la iglesia donde él iba y, haciéndole llamar, dijo que cuando
le placiera, con él quería confesarse. El fraile, viéndola y estimándola mujer
de linaje, la escuchó de buena gana, y ella después de la confesión dijo:
—Padre mío, necesito recurrir a vos por ayuda y por
consejo en lo que vais a oír. Yo sé, porque os lo he dicho, que conocéis a mis
parientes y a mi marido, por el cual soy amada más que su vida, y ninguna cosa
deseo que él, como hombre que es riquísimo y que puede bien hacerlo, no lo
adquiera incontinenti; por las cuales cosas más que a mí misma le amo; y
dejemos aparte que lo hiciese, pero si siquiera pensase alguna cosa que contra
su honor o gusto fuera, ninguna mujer culpable sería más digna del fuego que
yo. Ahora, uno de quien en verdad no sé el nombre, pero que me parece persona
de bien, y si no estoy engañada os frecuenta mucho, apuesto y alto en la
persona, vestido de paños oscuros muy honrados
[SC93], tal vez no percatándose de que mi intención era
tal como es, parece que me ha puesto sitio y no puedo asomarme a puerta ni
ventana ni salir de casa sin que él incontinenti no se ponga delante; y me
maravillo de que no esté aquí ahora; de lo que mucho me duele, porque tales
maneras hacen con frecuencia a las damas honestas ser censuradas sin culpa. He
tenido en el ánimo hacérselo decir alguna vez a mis hermanos, pero luego he
pensado que los hombres hacen algunas veces las embajadas de manera que las
respuestas que se siguen son malas, de lo que nacen palabras, y de las palabras
se llega a las obras; por lo que, para que daño y escándalo no se provocasen de
ello, me lo he callado, y deliberé decíroslo antes a vos que a otros, tanto
porque me parece que su amigo sois como también porque a vos os está bien de
tales cosas no ya a los amigos sino a los extraños reprender. Por lo que os
ruego en nombre de Dios que le reprendáis y roguéis que no siga con estas
costumbres. Hay bastantes mujeres que por ventura estarán dispuestas a estas
cosas y les agradará ser miradas y deseadas por él, mientras a mí me es
gravísima molestia, como que de ningún modo tengo el ánimo dispuesto a tal
materia.
Y dicho esto, como si lagrimear quisiese, bajó la cabeza.
El santo fraile comprendió en seguida que hablaba de aquel de quien
verdaderamente hablaba, y alabando mucho a la señora por esta su buena
disposición firmemente creyendo ser verdad lo que decía, le prometió actuar así
y de tal manera que por aquel tal no sería molestada, y sabiendo que era muy
rica, le alabó las obras de caridad y las limosnas, contándole sus necesidades.
A lo que la señora dijo:
—Os lo ruego por Dios; y si lo negase, decidle con firmeza
que soy yo quien os ha dicho esto y a vos me he dolido.
Y luego, hecha la confesión e impuesta la penitencia,
acordándose de los encomios hechos por el fraile a las limosnas, llenándole
ocultamente la mano de dineros, le rogó que dijese misas por el alma de sus
muertos; y levantándose de junto a sus pies, se volvió a casa.
A ver al santo fraile no después de mucho tiempo, como
acostumbraba vino el hombre de pro; al cual, luego de que de una cosa y de otra
hubieran hablado juntos durante algún tiempo, llevándole aparte, con modos muy
corteses le reprendió la atención y las miradas que creía que dedicaba a
aquella señora, tal como ella le había explicado. El hombre de pro se
maravilló, como quien nunca la había mirado y rarísimas veces acostumbraba a
pasar por delante de su casa, y empezó a querer excusarse; pero el fraile no le
dejó hablar, sino que le dijo:
—Ahora, no finjas maravillarte ni gastes palabras en
negarlo, porque no puedes; no he sabido estas cosas por los vecinos: ella
misma, mucho quejándose de ti, me las ha dicho. Y si a ti estas chanzas ya no
te están bien, de ella te digo esto: que, si jamás he encontrado alguna esquiva
a estas tonterías, ella es; y por ello, por tu honor y por tu tranquilidad, te
ruego que te retraigas y déjala estar en paz.
El hombre de pro, más agudo que el santo fraile, sin
demasiada tardanza la argucia de la mujer comprendió, y mostrando avergonzarse
un tanto, dijo que no se entrometería en aquello de allí en adelante; y
separándose del fraile, de su casa fue a la de la señora, la cual siempre
estaba asomada a una pequeña ventana por verlo si pasaba. Y viéndolo venir, tan
alegre y tan graciosa se le mostró que él asaz bien pudo comprender que había
la verdad entendido por las palabras del fraile; y de aquel día en adelante,
asaz cautamente, con placer suyo y con grandísimo deleite y consuelo de la
señora fingiendo que otro asunto fuese el motivo, continuó pasando por aquel
barrio.
Pero la señora después de algún tiempo, ya convencida de
que le gustaba tanto como él a ella, deseosa de inflamarlo más y asegurarle del
amor que le tenía, buscando el lugar y el momento, al santo fraile volvió, y
echándosele a los pies en la iglesia, empezó a llorar. El fraile, viendo esto,
le preguntó compasivamente que qué novedad traía. La señora repuso:
—Padre mío, las noticias que traigo no son sino de aquel
maldito de Dios amigo vuestro de quien me he quejado a vos hace unos días,
porque creo que haya nacido para irritarme grandemente y para hacerme hacer
algo por lo que nunca podré ya estar contenta ni me atreveré a ponerme aquí a
vuestros pies.
—¡Cómo! —dijo el fraile—, ¿no ha dejado de molestarte?
—Cierto que no —dijo la señora—, pues desde que me quejé a
vos de ello, como por despecho, habiendo tomado sin duda a mal que me haya
quejado a vos, por una vez que pasaba, creo que después ha pasado siete por
allí. Y quisiera Dios que el pasar y el mirarme le hubiera bastado; pero ha
sido tan atrevido y tan descarado que hasta ayer me mandó a una mujer a casa
con noticias suyas y con sus vanidades, y como si yo no tuviese escarcelas o
cintos me mandó una escarcela y un cinto, lo que he tomado y tomo tan a mal que
creo que si no hubiera pensado en el escándalo, y también por vuestro amor,
habría armado un zipizape; pero al fin me he serenado y no he querido hacer ni
decir nada sin hacéroslo saber antes. Y además de esto, habiendo ya devuelto la
escarcela y el cinto a la mujercilla que los había traído, para que se los
devolviese, y habiéndola despedido de malos modos, temiendo que se fuera a
quedar con ellos y le dijera que yo los había aceptado, como entiendo que hacen
algunas veces, la volví a llamar y llena de enojo se los quité de la mano y os
los he traído a vos, para que se los deis y le digáis que no tengo necesidad de
sus cosas, porque, por merced de Dios, y de mi marido, tengo tantas escarcelas
y tantos cintos que podría enterrarle con ellos. Y luego de esto, como ante su
padre me excuso ante vos de que si no se corrige, lo diré a mi marido y a mis
hermanos, y que suceda lo que sea; que más quiero que él reciba injurias si
debe recibirlas que ser difamada por su culpa; ¡y hermano, así está ello!
Y dicho esto, siempre llorando fuertemente, se sacó de
debajo de la saya una preciosísima y rica escarcela con un valioso y elegante
cintillo y se la echó al fraile en el regazo; el cual, totalmente creyendo lo
que la señora le decía, airado desmesuradamente lo tomó y dijo:
—Hija, si de estas cosas te enojas no me maravillo ni te
reprendo por ello; sino que mucho te alabo que sigas en esto mis consejos. Yo
le reprendí el otro día, y él mal ha cumplido lo que me prometió; por lo que,
entre aquello y esto que acaba de hacer entiendo tirarle de las orejas de tal
manera que no te moleste más; y tú, con la bendición de Dios, no te dejes
vencer tanto por la ira que vayas a decírselo a alguno de los tuyos, que podría
seguirse de ello mucho mal. Y no pienses que de esto te va a venir ninguna
calumnia, que yo seré siempre, ante Dios y ante los hombres, firmísimo testigo
de tu honestidad.
La señora fingió consolarse un tanto, y dejando esta
conversación, como quien su avaricia y la de los demás conocía, dijo:
—Señor, estas noches se me han aparecido mucho mis padres
en sueños y me parece que están en grandísimas penas y lo que piden es
limosnas, especialmente mi mamá, que me parece tan afligida e infeliz que es
una lástima verla; creo que esté pasando grandísimos sufrimientos al verme en
esta tribulación a causa de ese enemigo de Dios, y por ello querría que me
dijeseis por sus almas las cuarenta misas gregorianas y vuestras oraciones, a
fin de que Dios los saque de aquel fuego atormentador.
Y dicho esto, le puso en la mano un florín. El santo
fraile lo tomó alegremente, y con buenas palabras y con muchos ejemplos alentó
su devoción y dándole su bendición la dejó irse. Y cuando se fue la señora, no
dándose cuenta que le había tomado el pelo, mandó a por su amigo; el cual,
venido y viéndole airado, se apercibió incontinenti de que había noticias de la
mujer, y esperó a ver qué decía el fraile. El cual, repitiéndole las palabras
que le había dicho otras veces y hablándole ahora insultantemente y enojado, le
reprendió mucho por lo que le había dicho la señora que había hecho. El hombre
de pro, que todavía no veía adónde el fraile quería llegar, negaba con bastante
blandura que le hubiera mandado la escarcela y el cinto, para que el padre no
lo creyese, si por acaso la mujer se la hubiera dado. Pero el padre, muy
enfadado, dijo:
—¿Cómo puedes negarlo, mal hombre? Ahí lo tienes, que ella
misma llorando me lo ha traído: ¡mira a ver si lo conoces!
El hombre de pro, haciendo como que se avergonzaba mucho,
dijo:
—Claro que lo conozco, y os confieso que he hecho mal; y
os juro que, pues que en esa disposición la veo, que nunca más oiréis una
palabra de esto.
Ahora, las palabras fueron muchas: al final, el borrego
del fraile le dio la escarcela y el cintillo a su amigo, y luego de mucho
haberle adoctrinado y rogado que no se ocupase más de aquellas cosas, y
habiéndoselo él prometido, le dio licencia. El hombre de pro, contentísimo de
la certeza que tener le parecía del amor de la mujer y del hermoso presente,
cuando se separó del fraile se fue a un lugar de donde cautamente hizo a su
señora ver que tenía la una y la otra cosa; de lo que la señora estuvo muy contenta,
y más aún porque le parecía que su invención iba de bien en mejor.
Y no esperando nada más ya, sino a que su marido se fuese
a cualquier parte, para finalizar su obra, sucedió que, por alguna razón, no
mucho después de esto tuvo el marido que ir hasta Génova. Y en cuanto se hubo montado
a caballo por la mañana y puesto en camino, se fue la señora a donde el santo
fraile, y luego de muchas quejumbres, llorando, le dijo:
—Padre mío, ahora sí os digo que no puedo aguantar más;
pero porque el otro día os prometí que no haría nada que antes no os dijese, he
venido a excusarme con vos; y para que creáis que tengo razón en llorar y
quejarme, quiero deciros lo que vuestro amigo, o diablo del infierno, me hizo
esta mañana poco antes de maitines. No sé qué mala suerte le hizo saber que mi
marido se fue ayer por la mañana a Génova; pero esta mañana, a la hora que os
he dicho, entró en un jardín mío y por un árbol subió hasta la ventana de mi
cámara, que da sobre el jardín; y ya había abierto la ventana y quería entrar
en la cámara cuando yo, despertándome, me levanté de repente y me había
dispuesto a gritar, y habría gritado a no ser que él, que todavía dentro no
estaba, me pidió merced por Dios y por vos, diciéndome quién era; con lo que,
al oírlo, por amor vuestro me callé, y desnuda como nací corrí a cerrarle la
ventana en la cara, y él en mala hora creo que se fue, porque no lo sentí más.
Ahora, si esto es cosa que pueda aguantarse, decídmelo; en cuanto a mí, no
entiendo soportarle más pues por amor de vos ya le he sufrido demasiadas.
El fraile al oír esto se sintió lo más irritado del mundo
y no sabía qué decir sino que muchas veces le preguntó si había visto bien que
fuese él y no otro. A lo que la señora repuso:
—¡Alabado sea Dios, si no voy a distinguirle a él de
cualquiera otro! Digo que vi que fue él, y aunque lo negase él, no se lo
creáis.
Dijo entonces el fraile:
—Hija mía, no hay más que hablar, que esto ha sido
demasiado atrevimiento y una cosa demasiado mal hecha, e hiciste lo que debías
al echarlo de allí como hiciste. Pero te ruego, puesto que Dios te libró del
deshonor, que, así como has seguido mi consejo dos veces seguidas, lo hagas
esta vez, es decir, que sin quejarte de ello a ninguno de tus parientes me
dejes hacer a mí, y ver si puedo ponerle freno a ese demonio desenfrenado que
yo creía que era un santo; y si puedo llegar a apartarle de esta bestialidad,
bien; y si no pudiera, desde ahora te doy permiso y mi bendición para que hagas
lo que en tu ánimo juzgues por bueno.
—Pues bien —dijo la señora—, por esta vez no quiero
enfadaros ni desobedeceros, pero haced de manera que se guarde de molestarme
más, y os prometo no volver a venir más por este asunto.
Y sin decir más, como enojada, se fue de donde el fraile.
Y apenas había salido de la iglesia la señora, cuando el hombre de pro llegó, y
fue llamado por el fraile; y llevándole aparte, le dijo los mayores insultos
que nunca se han dicho a un hombre, desleal y perjuro y traidor llamándolo.
Éste, que ya otras dos veces había visto lo que querían decir los reproches de
este fraile, escuchándole con atención e ingeniándose con respuestas perplejas
en hacerle hablar, primeramente le dijo:
—¿A qué viene este enojo, señor mío? ¿He crucificado a
Cristo?
A lo que el fraile repuso:
—¡Mirad el desvergonzado, oíd lo que dice! Habla ni más ni
menos como si hubieran pasado un año o dos y el tiempo le hubiera hecho olvidar
sus ignominias y deshonestidad. ¿En los instantes que han pasado desde los
maitines de esta mañana se te han ido de la cabeza las injurias que has hecho
al prójimo? ¿Dónde has estado poco antes del amanecer?
Respondió el hombre de pro:
—No sé dónde he estado; muy pronto os llega el recadero.
—Es la verdad —dijo el fraile— que el recadero ha venido:
pienso que creíste que porque el marido no estaba la noble señora iba a abrirte
sus brazos incontinenti. ¡Ah, qué lindo, qué hombre honrado! ¡Se ha hecho
caminante nocturno, abridor de jardines y escalador de árboles! ¿Crees que con
tu osadía vas a vencer la santidad de esta mujer que de noche te le subes a las
ventanas por los árboles? Nada hay en el mundo que la desagrade tanto como tú;
y tú no cejas. En verdad, dejemos que ella te lo ha demostrado muchas veces,
pero también con mis correcciones te has enmendado mucho. Pero voy a decirte
una cosa: hasta ahora, no por el amor que te tenga, sino a instancias de mis
ruegos ha callado lo que le has hecho; pero no va a callarse más: le he dado
permiso para que, si la desagradas en algo más, haga lo que le parezca. ¿Y qué
harás si se lo dice a sus hermanos?
El hombre de pro, habiendo comprendido suficientemente lo
que le convenía, como mejor supo y pudo, con muchas promesas tranquilizó al
fraile; y despidiéndose de él, al llegar maitines de la noche siguiente,
entrando en el jardín y subiendo por el árbol y hallando la ventana abierta, se
metió en la alcoba, y lo más pronto que pudo se echó en los brazos de su
hermosa señora. La cual, con grandísimo deseo habiéndolo esperado, alegremente
le recibió diciendo:
—Gracias sean dadas al señor fraile que tan bien te enseñó
el modo de venir.
Y después, tomando placer el uno del otro, hablando y
riéndose mucho de la simplicidad del bruto fraile, injuriando los copos de lana
y los peines y las cardenchas, juntos se solazaron con deleite. Y poniendo en
orden sus asuntos, de tal manera hicieron que, sin tener que recurrir de nuevo
al señor fraile, muchas otras noches con igual contento se reunieron; al que
pido a Dios por su santa misericordia que me lleve pronto a mí y a todas las
almas cristianas que lo deseen.
NOVELA CUARTA
Don Felice enseña al hermano Puccio cómo ganar la
bienaventuranza haciendo una penitencia que él conoce; la que el hermano Puccio
hace, y don Felice, mientras tanto, con la mujer del hermano se divierte
[SC94] .
Luego de que Filomena, terminada su historia, se calló,
habiendo Dioneo con dulces palabras mucho alabado el ingenio de la señora y
también la plegaria hecha por Filomena al terminar, la reina miró hacia Pánfilo
sonriéndose y dijo:
—Pues ahora, Pánfilo, alarga con alguna cosilla placentera
nuestro entretenimiento.
Pánfilo prontamente repuso que de buen grado, y comenzó:
Señora, bastantes personas hay que, mientras se esfuerzan
en ir al paraíso, sin darse cuenta a quien mandan allí es a otro; lo que a una
vecina nuestra, no hace todavía mucho tiempo, tal como podréis oír, le sucedió.
Según he oído decir, vecino de San Brancazio
[SC95] vivía un hombre bueno y rico que era llamado Puccio
de Rinieri, que luego, habiéndose entregado por completo a las cosas
espirituales, se hizo beato de esos de San Francisco
[SC96] y tomó el nombre de hermano Puccio; y siguiendo su
vida espiritual, como otra familia no tenía sino su mujer y una criada, y no
necesitaba ocuparse en ningún oficio, iba mucho a la iglesia. Y porque era
hombre simple y de ruda índole, decía sus padrenuestros, iba a los sermones,
iba a las misas y nunca faltaba a las laúdes que cantaban los seglares; y
ayunaba y se disciplinaba, y se había corrido la voz de que era de los
flagelantes. La mujer, a quien llamaban señora Isabetta, joven de sólo veintiocho
o treinta años, fresca y hermosa y redondita que parecía una manzana casolana
[SC97], por la santidad del marido y tal vez por la vejez
estaba con mucha frecuencia a dietas mucho más largas de lo que hubiera
querido; y cuando hubiera querido dormirse, o tal vez juguetear con él, él le
contaba la vida de Cristo o los sermones de fray Anastasio o el llanto de la
Magdalena u otras cosas semejantes.
Volvió en estos tiempos de París un monje llamado don
Felice, del convento de San Brancazio, el cual bastante joven y hermoso en su
persona era, y de agudo ingenio y de profunda ciencia, con el cual fray Puccio
se ligó con estrecha amistad. Y porque él todas sus dudas se las resolvía, y
además, habiendo conocido su condición, se le mostraba santísimo, empezó el
hermano Puccio a llevárselo algunas veces a casa y a darle de almorzar y cenar,
según venía al caso; y la mujer también, por amor de fray Puccio, se había
hecho a su compañía y de buen grado le hacía los honores. Continuando, pues, el
monje las visitas a casa de fray Puccio y viendo a la mujer tan fresca y
redondita, se dio cuenta de cuál era la cosa de que más carecía; y pensó si no
podría, por quitarle trabajos a fray Puccio, suplírsela él. Y echándole miradas
una y otra vez, bien astutamente, tanto hizo que encendió en su mente aquel
mismo deseo que él tenía; de lo que habiéndose apercibido el monje, lo antes
que pudo habló con ella de sus deseos.
Pero aunque bien la encontrase dispuesta a rematar el
asunto, no se podía encontrar el modo, porque ella de ningún lugar del mundo se
fiaba para estar con el monje sino de su casa; y en su casa no se podía porque
el hermano Puccio no salía nunca de la ciudad. Por lo que el monje tenía gran
pesar; y luego de mucho se le ocurrió un modo de poder estar con la mujer en su
casa sin sospechas, aunque el hermano Puccio allí estuviera. Y habiendo un día
ido a estar con él el hermano Puccio, le dijo así.
—Ya me he dado cuenta muchas veces, hermano Puccio, de que
tu mayor deseo es llegar a ser santo, a lo que me parece que vas por un camino
demasiado largo cuando hay uno que es muy corto, que el papa y sus otros
prelados mayores, que lo saben y lo ponen en práctica, no quieren que se
divulgue porque el orden clerical, que la mayoría vive de limosna, incontinenti
sería deshecho, como que los seglares dejarían de atenderle con limosnas y
otras cosas. Pero como eres amigo mío y me has honrado mucho, si yo creyera que
no vas a decírselo a nadie en el mundo, y quisieras seguirlo, te lo enseñaría.
El hermano Puccio, deseando aquella cosa, primero empezó a
rogarle con grandísimas instancias que se la enseñase y luego a jurarle que
jamás, sino cuando él quisiera, a nadie lo diría, afirmando que si tal cosa era
que pudiera seguirla, se pondría a ello.
—Puesto que así me lo prometes —dijo el monje— te la
explicaré. Debes saber que los santos Doctores sostienen que quien quiere
llegar a bienaventurado debe hacer la penitencia que vas a oír; pero entiéndelo
bien: no digo que después de la penitencia no seas tan pecador corno eres, pero
sucederá que los pecados que has hecho hasta la hora de la penitencia estarán
purgados y mediante ella perdonados y los que hagas después no se escribirán
para tu condenación sino que se irán con el agua bendita como ahora hacen los
veniales. Debe, pues, el hombre con gran diligencia confesarse de sus pecados
cuando va a comenzar la penitencia, y luego de ello debe comenzar un ayuno y
una abstinencia grandísima, que conviene que dure cuarenta días, en los que no
ya de otra mujer sino de tocar la suya propia debe abstenerse. Y además de
esto, tienes que tener en tu propia casa algún sitio donde por la noche puedas
ver el cielo, y hacia la hora de completas irte a este lugar; y tener allí una
tabla muy ancha colocada de guisa que, estando en pie, puedas apoyar los
riñones en ella y, con los pies en tierra, extender los brazos a guisa de
crucifijo; y si los quieres apoyar en alguna clavija puedes hacerlo; y de esta
manera mirando el cielo, estar sin moverte un punto hasta maitines. Y si fueses
letrado te convendría en este tiempo decir ciertas oraciones que voy a darte;
pero como no lo eres debes rezar trescientos padrenuestros con trescientas
avemarías y alabanzas a la Trinidad, y mirando al cielo tener siempre en la
memoria que Dios ha sido el creador del cielo y de la tierra, y la pasión de
Cristo estando de la misma manera en que estuvo él en la cruz. Luego, al tocar
maitines, puedes si quieres irte, y así vestido echarte en la cama y dormir; y
a la mañana siguiente debes ir a la iglesia y oír allí por lo menos tres misas
y decir cincuenta padrenuestros con otras tantas avemarías y, después de esto,
con sencillez hacer algunos de tus negocios si tienes alguno que hacer, y luego
almorzar e ir después de vísperas a la iglesia y decir ciertas oraciones que te
daré escritas, sin las que no se puede pasar, y luego a completas volver a lo
antes dicho. Y haciendo esto, como yo he hecho, espero que al terminar la
penitencia sentirás la maravillosa sensación de la beatitud eterna, si la has
hecho con devoción.
El hermano Puccio dijo entonces:
—Esto no es cosa demasiado pesada ni demasiado larga, y
debe poderse hacer bastante bien; y por ello quiero empezar el domingo en
nombre de Dios.
Y separándose de él y yéndose a casa, ordenadamente, con
su licencia para hacerlo, a su mujer contó todo. La mujer entendió demasiado
bien, por aquello de estarse quieto hasta la mañana sin moverse, lo que quería
decir el monje, por lo que, pareciéndole buen invento, le dijo que de esto y de
cualquiera otro bien que hiciese a su alma, estaba ella contenta; y que, para
que Dios hiciera su penitencia provechosa, quería con él ayunar, pero hacer lo
demás no.
Habiendo quedado, pues, de acuerdo, llegado el domingo, el
hermano Puccio empezó su penitencia, y el señor fraile, habiéndose puesto de
acuerdo con la mujer, a una hora en que ser visto no podía, la mayoría de las
noches venía a cenar con ella, trayendo siempre con él buenos manjares y
bebidas; luego, se acostaba con ella hasta la hora de maitines, a la cual,
levantándose, se iba, y el hermano Puccio volvía a la cama. Estaba el lugar que
el hermano Puccio había elegido para cumplir su penitencia junto a la alcoba
donde se acostaba la mujer, y nada más estaba separado de ella por una pared
delgadísima; por lo que, retozando el señor monje demasiado desbocadamente con
la mujer y ella con él, le pareció al hermano Puccio sentir un temblor del
suelo de la casa; por lo que, habiendo ya dicho cien de sus padrenuestros,
haciendo una pausa, llamó a la mujer sin moverse, y le preguntó qué hacía. La
mujer, que era ingeniosa, tal vez cabalgando entonces en la bestia de San
Benito o la de San Juan Gualberto
[SC98], respondió:
—¡A fe, marido, que me meneo todo lo que puedo!
Dijo entonces el hermano Puccio:
—¿Cómo que te meneas? ¿Qué quiere decir eso de menearte?
La mujer, riéndose, porque aguda y valerosa era, y porque
tal vez tenía motivo de reírse, respondió:
—¿Cómo no sabéis lo que quiero decir? Pues yo lo he oído
decir mil veces: «Quien por la noche no cena, toda la noche se menea».
Se creyó el hermano Puccio que el ayuno, que con él fingía
hacer, fuese la razón de no poder dormir, y que por ello se meneaba en la cama;
por lo que, de buena fe, dijo:
—Mujer, ya te lo he dicho: «No ayunes»; pero puesto que lo
has querido hacer no pienses en ello; piensa en descansar; que das tales
vueltas en la cama que haces moverse todo.
Dijo entonces la mujer:
—No os preocupéis, no; bien sé lo que me hago; haced bien
lo vuestro que yo haré bien lo mío si puedo.
Se calló entonces, pues, el hermano Puccio y volvió a sus
padrenuestros, y la mujer y el señor monje desde aquella noche en adelante,
haciendo colocar una cama en otra parte de la casa, allí mientras duraba el
tiempo de la penitencia del hermano Puccio con grandísima fiesta se estaban; y
a un tiempo se iba el monje y la mujer volvía a su cama, y a los pocos
instantes de su penitencia venía a ella el hermano Puccio. Continuando, pues,
en tal manera el hermano la penitencia y la mujer con el monje su deleite,
muchas veces bromeando le dijo:
—Tú haces hacer una penitencia al hermano Puccio que nos
ha ganado a nosotros el paraíso.
Y pareciéndole a la mujer que le iba bien, tanto se
aficionó a las comidas del monje, que habiendo sido por el marido largamente
tenida a dieta, aunque se terminase la penitencia del hermano Puccio, encontró
el modo de alimentarse con él en otra parte, y con discreción mucho tiempo en
él tomó su placer. Por lo que, para que las últimas palabras no sean
discordantes de las primeras, sucedió que, con lo que el hermano Puccio creyó
que ganaba el paraíso haciendo penitencia, mandó allí al monje (que antes le había
enseñado el camino de ir) y a la mujer que vivía con él en gran penuria de lo
que el señor monje, como misericordioso, le dio abundantemente.
NOVELA QUINTA
El Acicalado regala a micer Francesco Vergellesi un
palafrén suyo, y por ello habla a su mujer con su permiso; y como ella calla,
él se contesta como si fuera ella, y a su respuesta le sigue el efecto
consiguiente.
Había Pánfilo terminado la historia del hermano Puccio, no
sin risas de las señoras, cuando señorialmente la reina mandó a Elisa que
continuase; la cual, un sí es no es desdeñosa no por malicia sino por hábito
antiguo, así empezó a hablar:
Muchos que mucho saben, se creen que otros no saben nada,
y ellos, muchas veces, mientras creen engañar a otros, después conocen que han
sido los engañados; por la cual cosa reputo gran locura la de quien se pone sin
necesidad de probar las fuerzas del ingenio ajeno. Pero porque tal vez todos no
serían de mi opinión, lo que sucedió a un caballero pistoyés, siguiendo el
orden de los razonamientos, me place contaros:
Hubo en Pistoya en la familia de los Vergellesi un
caballero llamado micer Francesco
[SC99], hombre muy rico y sabio y precavido además, pero
avarísimo sin mesura; el cual, debiendo ir a Milán como podestá, de todas las
cosas oportunas para ir honradamente se había provisto, salvo de un palafrén
que fuese adecuadamente bueno para su rango; y no encontrando ninguno que le
agradase, estaba preocupado por ello. Había entonces un joven en Pistoya cuyo
nombre era Ricciardo, de bajo nacimiento pero muy rico, que tan adornado y
pulido iba en su persona, que era generalmente llamado el Acicalado; y durante
mucho tiempo había amado y cortejado en vano a la mujer de micer Francesco, la
cual era hermosísima y muy honesta.
Pues éste tenía uno de los más bellos palafrenes de
Toscana, y lo tenía en mucho aprecio por su belleza; y siendo público a todo el
mundo que cortejaba a la mujer de micer Francesco, hubo quien le dijo que si él
se lo pidiese lo obtendría por el amor que el tal Acicalado tenía a su mujer.
Micer Francesco, llevado por la avaricia, haciendo llamar al Acicalado le pidió
que vendiese su palafrén, para que el Acicalado se lo ofreciese como presente.
El Acicalado, al oír aquello, se puso contento, y respondió al caballero:
—Micer, si me dieseis todo lo que tenéis en el mundo no
podríais comprarme mi palafrén; pero como don podríais tenerlo cuando gustaseis
con esta condición: que yo, antes de que lo toméis, pueda, con vuestra venia y
en vuestra presencia, decir algunas palabras a vuestra mujer tan apartado de
toda persona que no sea oído más que por ella.
El caballero, llevado por la avaricia y esperando poder
burlarle, repuso que le placía, y que cuanto él quisiese; y dejándolo en la
sala de su palacio, se fue a la cámara de la señora, y cuando le hubo dicho qué
fácilmente podía ganar el palafrén, le ordenó que viniera a oír al Acicalado,
pero que se guardase de contestarle poco ni mucho a nada que él le dijera. La
señora reprobó mucho aquello, pero como le convenía dar gusto al marido, dijo
que lo haría, y detrás del marido se fue a la sala a oír lo que el Acicalado
quisiera decirle. El cual habiendo confirmado su pacto con el caballero, en una
parte de la sala bastante alejada de cualquier persona se sentó junto a la
señora y comenzó a hablar así:
—Honrada señora, me parece ser cierto que sois tan sabía,
que muy bien, hace mucho tiempo, habréis podido comprender a cuán grande amor
me ha llevado a teneros vuestra hermosura, que sin falta sobrepasa cualquiera
otra que me haya parecido ver. Dejo a un lado las costumbres loables y las
singulares virtudes que en vos hay, las cuales tendrían fuerza para apresar
cualquier alto ánimo de cualquier hombre; y por ello no es necesario que os
muestre con palabras que aquél ha sido el mayor y más ferviente que jamás
hombre alguno sintió hacia alguna mujer, y así será sin falta mientras mi
mísera vida sostenga estos miembros, y más aún, que, si allí como aquí se ama,
perpetuamente os amaré. Y por ello podéis estar segura que nada tenéis, sea
precioso o de poco valor, que más vuestro podáis tener y en todo momento
disponer de ello como de mí, por lo que yo valga, y semejantemente de mis
cosas. Y para que tengáis certísima prueba de esto, os digo que reputaré como
la mayor gracia que cualquiera cosa que yo pudiera hacer y que os pluguiese me
mandaseis, que nada habrá que, mandándolo yo, todos prestísimamente no me
obedecieran. Por lo cual, si soy tan vuestro como oís que lo soy, no osaré
inmerecidamente elevar mis ruegos a vuestra alteza, de la cual tan sólo toda mi
paz, todo mi bien y mi salud puede venirme, y no de otra parte: y así como
humildísimo servidor os ruego, caro bien mío y única esperanza de mi alma, que
esperando que el amoroso fuego en vos se alimente, que vuestra benignidad sea
tanta, y así ablande vuestra pasada dureza mostrada hacia mí (que vuestro soy)
que yo, reconfortado con vuestra piedad, pueda decir que como de vuestra
hermosura me he enamorado, por ella he de tener la vida; la cual, si a mis
ruegos el altanero ánimo vuestro no se inclina, sin falta desfallecerá, y me
moriré, y podréis ser llamada homicida mía. Y dejemos que mi muerte no os
hiciese honor, no dejo de creer que, remordiéndoos alguna vez la conciencia no
os dolería haberlo hecho, y tal vez, mejor dispuesta, con vos misma diríais: «¡Ah!,
¡qué mal hice al no tener misericordia de mi Acicalado!». Y no sirviendo de
nada este arrepentiros os sería ocasión de mayor sufrimiento; por lo que, para
que no suceda, ahora que socorrerme podéis, tenedme lástima, y antes de que
muera moveos a tener misericordia de mí, porque en vos sola está el hacerme el
más feliz y el más doliente hombre que vive. Espero que sea tanta vuestra
cortesía que no sufráis que por tanto y tal amor reciba la muerte por galardón,
sino con alegre respuesta y llena de gracia reconfortéis mis espíritus que
todos espantados tiemblan ante vuestra presencia.
Y callándose aquí, algunas lágrimas, después de
profundísimos suspiros, vertidas, se puso a esperar lo que la noble señora le
respondiera. La señora, a la cual el largo cortejar, el justar, las serenatas y
las demás cosas semejantes a éstas hechas por amor suyo por el Acicalado no
habían podido conmover, conmovieron las afectuosas palabras dichas por el
ferventísimo amante, y comenzó a sentir lo que antes nunca había sentido, esto
es, qué era amor. Y aunque, por obedecer la orden dada por el marido, callase,
no pudo por ello dejar de esconder con algún suspirillo lo que de buena gana,
respondiendo al Acicalado, hubiera puesto de manifiesto.
El Acicalado, habiendo esperado un tanto y viendo que
ninguna respuesta le seguía, se maravilló, y enseguida empezó a darse cuenta
del arte usada por el caballero; pero sin embargo, mirándola a la cara y viendo
algún fulgurar de sus ojos hacia él algunas veces vueltos, y además de ello
sintiendo los suspiros que con toda la fuerza de su pecho dejaba salir, cobró
alguna esperanza y, ayudado por ella, tuvo una rara idea; y comenzó como si
fuera la señora, oyéndolo ella, a responderse a sí mismo de tal guisa:
—Acicalado mío, sin duda ha gran tiempo que me he
apercibido de que tu amor hacia mí es grandísimo y perfecto, y ahora por tus
palabras mayormente lo conozco, y estoy contenta, como debo. Empero, si dura y
cruel te he parecido, no quiero que creas que en mi ánimo he sido como he
mostrado en el gesto; pues siempre te he amado y querido más que a cualquier
hombre, pero me ha convenido hacerlo así por miedo de los demás y por preservar
mi fama de honestidad. Pero ahora viene el tiempo en que podré claramente mostrarte
si te amo y concederte el galardón del amor que me has tenido y me tienes; y
por ello consuélate y ten esperanza porque micer Francesco está por irse dentro
de pocos días a Milán como podestá, como sabes tú, que por amor mío le has
donado tu hermoso palafrén; y cuando se haya ido, sin falta te doy palabra, por
el buen amor que te tengo, que no pasarán muchos días sin que te reúnas conmigo
y a nuestro amor demos placentero y entero cumplimiento. Y para que no te tenga
otra vez que hablar de esta materia, desde ahora te digo que el día en que veas
dos paños de manos tendidos en la ventana de mi alcoba, que da sobre nuestro
jardín, aquella noche, cuidando bien de no ser visto, ven a mí por la puerta
del jardín: me encontrarás allí esperándote y juntos tendremos toda la noche
fiesta y placer el uno con el otro tanto como deseemos.
Apenas había el Acicalado hablado así como si fuera él la
señora, cuando empezó a hablar por sí mismo, y respondió así:
—Carísima señora, está por la superabundante alegría de
vuestra favorable respuesta tan colmada toda mi virtud que apenas puedo
formular la respuesta para rendiros las debidas gracias, pero si pudiese hablar
como deseo, ningún término es tan largo que me bastase a poder agradeceros
plenamente como querría y como me convendría hacer; y por ello a vuestra
discreta consideración atañe conocer lo que yo, aunque lo desee, no puedo
explicar con palabras. Sólo os digo que lo que me habéis ordenado pensaré en hacer
sin falta, y tal vez entonces, más tranquilizado con tan gran don como me
habéis concedido, me imaginaré cuanto pueda en daros las gracias mayores que
pueda. Y pues aquí no queda, al presente, nada que decir, carísima señora mía,
Dios os dé aquella alegría y bien que deseéis mayor, y a Dios os encomiendo.
A todo esto no dijo la señora una sola palabra; con lo que
el Acicalado se puso en pie y empezó a andar hacia el caballero, el cual,
viéndolo en pie, le salió al encuentro, y riendo le dijo:
—¿Qué te parece? ¿He cumplido bien mi promesa?
—Micer, no —repuso el Acicalado—, que me prometisteis
dejarme hablar con vuestra mujer y me habéis dejado hablar con una estatua de
mármol. Estas palabras agradaron mucho al caballero, el cual, aunque ya tenía
buena opinión de su mujer, todavía la tuvo mejor por ellas; y dijo:
—Ahora es bien mío el palafrén que fue tuyo.
A lo que el Acicalado respondió:
—Micer, sí, pero si yo hubiera creído sacar de esta gracia
recibida de vos tal fruto como he sacado, sin pedírosla os lo habría dado; y
quisiera Dios que lo hubiera hecho, porque vos habéis comprado el palafrén y yo
no lo he vendido.
El caballero se rió de esto, y ya provisto de palafrén, de
allí a pocos días se puso en camino y hacia Milán se fue como podestá. La
mujer, quedándose libre en su casa, dándole vueltas a las palabras del
Acicalado y al amor que le tenía y al palafrén que por su amor había regalado,
y viéndolo desde su casa pasar con mucha frecuencia, se dijo:
«¿Qué es lo que hago?, ¿por qué pierdo mi juventud? Éste
se ha ido a Milán y no volverá hasta dentro de seis meses; ¿y cuándo me los
devolverá?, ¿cuando sea vieja? Y además de esto, ¿cuándo volveré a encontrar un
amante como el Acicalado? Estoy sola, de nadie tengo que temer; no sé porque no
cojo el goce mientras puedo; no siempre tendré la ocasión como la tengo ahora:
esto no lo sabrá nunca nadie, y si tuviera que saberse, mejor es hacer algo y
arrepentirse que no hacerlo y arrepentirse.»
Y así aconsejándose a sí misma, un día puso dos paños de
manos en la ventana del jardín, como le había dicho el Acicalado; los cuales
siendo vistos por el Acicalado, contentísimo, al venir la noche, secretamente y
solo se fue a la puerta del jardín de la señora y lo encontró abierto; y de
aquí se fue a otra puerta que daba a la entrada de la casa, donde encontró a la
noble señora que lo esperaba. La cual, viéndole venir, levantándose a su
encuentro, con grandísima fiesta le recibió, y él, abrazándola y besándola cien
mil veces, por la escalera arriba la siguió; y sin ninguna tardanza
acostándose, los últimos términos del amor conocieron. Y no fue esta vez la
última, aunque fuese la primera: porque mientras el caballero estuvo en Milán,
y también después de su vuelta, volvió allí, con grandísimo placer de cada una
de las partes, el Acicalado muchas otras veces.
NOVELA SEXTA
Ricciardo Minútolo ama a la mujer de Filippello
Sighinolfo, a la que advirtiendo celosa y diciéndole que Filippello al día
siguiente va a reunirse con su mujer en unos baños, la hace ir allí y, creyendo
que ha estado con el marido se encuentra con que con Ricciardo ha estado.
Nada más quedaba por decir a Elisa cuando, alabada la
sagacidad de Acicalado, la reina impuso a Fiameta que procediese con una, y
ella, toda sonriente, repuso:
—Señora, de buen grado.
Y comenzó:
Algo conviene salir de nuestra ciudad, que tanto como es
copiosa en otras cosas lo es en ejemplos de toda clase, y como Elisa ha hecho,
algo de las cosas que por el mundo han sucedido contar, y por ello, pasando a
Nápoles, cómo una de estas beatas que se muestran tan esquivas al amor fue por
el ingenio de su amante llevada a sentir los frutos del amor antes de que
hubiese conocido las flores
[SC100]; lo que a un tiempo os recomendará cautela en las
cosas que puedan sobreveniros y os deleitará con las sucedidas.
En Nápoles, ciudad antiquísima y tal vez tan deleitable, o
más, que alguna otra en Italia, hubo un joven preclaro por la nobleza de su
sangre y espléndido por sus muchas riquezas, cuyo nombre fue Ricciardo Minútolo
[SC101], el cual, a pesar de que por mujer tenía a una
hermosísima y graciosa joven, se enamoró de una que, según la opinión de todos,
en mucho sobrepasaba en hermosura a todas las demás damas napolitanas, y era
llamada Catella
[SC102], mujer de un joven igualmente noble llamado
Filippello Sighinolfo
[SC103], al Cual ella, honestísima, más que a nada amaba y
tenía en aprecio. Amando, pues, Ricciardo Minútolo a esta Catella y poniendo en
obra todas aquellas cosas por las cuales la gracia y el amor de una mujer deben
poder conquistarse, y con todo ello no pudiendo llegar a nada de lo que
deseaba, se desesperaba, y del amor no sabiendo o no pudiendo desenlazarse, ni
sabía morir ni le aprovechaba vivir.
Y en tal disposición estando, sucedió que por las mujeres
que eran sus parientes fue un día bastante alentado para que se deshiciese de
tal amor, por el que en vano se cansaba, como fuera que Catella no tenía otro
bien que Filippello, del que era tan celosa que los pájaros que por el aire
volaban temía que se lo quitasen. Ricciardo, oídos los celos de Catella,
súbitamente imaginó una manera de satisfacer sus deseos y comenzó a mostrarse
desesperado del amor de Catella y a haberlo puesto en otra noble señora, y por
amor suyo comenzó a mostrarse justando y contendiendo y a hacer todas aquellas
cosas que por Catella solía hacer. Y no lo había hecho mucho tiempo cuando en
el ánimo de todos los napolitanos, y también de Catella, estaba que ya no a
Catella sino a esta segunda señora amaba sumamente, y tanto en esto perseveró
que tan por cierto por todos era tenido ello que hasta Catella abandonó la
esquivez que con él usaba por el amor que tenerla solía, y familiarmente, como
vecino, al ir y al venir le saludaba como hacía a los otros.
Ahora, sucedió que, estando caluroso el tiempo, muchas
compañías de damas y caballeros, según la costumbre de los napolitanos, fueron
a recrearse a la orilla del mar y a almorzar allí y a cenar allí; sabiendo
Ricciardo que Catella con su compañía había ido, también él con sus amigos fue,
y en la compañía de las damas de Catella fue recibido, haciéndose primero rogar
mucho, como si no estuviese muy deseoso de quedarse allí. Allí las señoras, y
Catella con ellas, empezaron a gastarle bromas sobre su nuevo amor, en el que
mostrándose muy inflamado, más les daba materia para hablar.
Al cabo, habiéndose ido una de las señoras acá y la otra
allá, como se hace en aquellos lugares, habiéndose quedado Catella con pocas
allí donde Ricciardo estaba, dejó caer Ricciardo mirándola a ella una alusión a
cierto amor de Filippello su marido, por lo que ella sintió súbitos celos y por
dentro comenzó toda a arder en deseos de saber lo que Ricciardo quería decir. Y
luego de contenerse un poco, no pudiendo más contenerse, rogó a Ricciardo que,
por el amor de la señora a quien él más amaba, le pluguiese aclararle lo que
dicho había de Filippello. El cual le dijo:
—Me habéis conjurado por alguien por quien no os oso negar
nada que me pidáis, y por ello estoy pronto a decíroslo, con que me prometáis
que ni una palabra diréis a él ni a otro, sino cuando veáis por los hechos que
es verdad lo que voy a contaros, que si lo queréis os enseñaré cómo podéis
verlo.
A la señora le agradó lo que le pedía, y más creyó que era
verdad, y le juró no decirlo nunca. Retirados, pues, aparte, para no ser oídos
por los demás, Ricciardo comenzó a decirle así:
—Señora, si yo os amase como os amé, no osaría deciros
nada que creyese que iba a doleros, pero porque aquel amor ha pasado me cuidaré
menos de deciros la verdad de todo. No sé si Filippello alguna vez tomó a
ultraje el amor que yo os tenía, o si ha tenido el pensamiento de que alguna
vez fui amado por vos, pero haya sido esto o no, a mí nunca me demostró nada.
Pero tal vez esperando el momento oportuno en que ha creído que yo menos
sospechaba, muestra querer hacerme a mí lo que me temo que piensa que le haya
hecho yo, es decir, querer tener a mi mujer para placer suyo, y a lo que me
parece la ha solicitado desde hace no mucho tiempo hasta ahora con muchas
embajadas, que todas he sabido por ella, y ella le ha dado respuesta según yo
lo he ordenado. Pero esta mañana, antes de venir aquí, encontré con mi mujer en
casa a una mujer en secreto conciliábulo, que enseguida me pareció que fuese lo
que era; por lo que llamé a mi mujer y le pregunté qué quería aquélla. Me dijo:
«Es ese aguijón de Filippello, al que con ese darle respuestas y esperanzas tú
me has echado encima, y dice que del todo quiere saber lo que entiendo hacer, y
que, si yo quisiera, haría que yo pudiera ir secretamente a una casa de baños
de esta ciudad y con esto me ruega y me cansa, y si no fuese porque me has
hecho, no sé por qué, tener estos tratos, me lo habría quitado de encima de tal
manera que jamás habría puesto los ojos donde yo hubiera estado». Ahora me
parece que ha ido demasiado lejos y que ya no se le puede sufrir más, y
decíroslo para que conozcáis qué recompensa recibe vuestra fiel lealtad por la
que yo estuve a punto de morir. Y para que no creáis que son cuentos y fábulas,
sino que podáis, si os dan ganas de ello, abiertamente verlo y tocarlo, hice
que mi mujer diese a aquella que esperaba esta respuesta: que estaba pronta a
estar mañana hacia nona, cuando la gente duerme, en esa casa de baños, con lo
que la mujer se fue contentísima. Ahora, no creo que creáis que iba a mandarla
allí, pero si yo estuviese en vuestro lugar haría que él me encontrase allí en
lugar de aquella con quien piensa encontrarse, y cuando hubiera estado un tanto
con él, le haría ver con quién había estado, y el honor que le conviene se lo
haría; y haciendo esto creo que se le pondría en tanta vergüenza que en el
mismo punto la injuria que a vos y a mí quiere hacer sería vengada.
Catella, al oír esto, sin tener en consideración quién era
quien se lo decía ni sus engaños, según la costumbre de los celosos, dio
súbitamente fe a aquellas palabras, y ciertas cosas pasadas antes comenzó a
encajar con este hecho; y encendiéndose con súbita ira, repuso que ciertamente
ella haría aquello, que no era tan gran trabajo hacerlo y que ciertamente si él
iba allí le haría pasar tal vergüenza que siempre que viera a alguna mujer
después se le vendría a la memoria. Ricciardo, contento con esto y pareciéndole
que su invento había sido bueno y daba resultado, con otras muchas palabras la
confirmó en ello y acrecentó su credulidad, rogándole, no obstante, que no
dijese jamás que se lo había dicho él; lo que ella le prometió por su honor.
A la mañana siguiente, Ricciardo se fue a una buena mujer
que dirigía aquellos baños que le había dicho a Catella, y le dijo lo que
entendía hacer, y le rogó que en aquello le ayudase cuanto pudiera. La buena
mujer, que muy obligada le estaba, le dijo que lo haría de grado, y con él
concertó lo que había de hacer o decir. Tenía ésta, en la casa donde estaban
los baños, una alcoba muy oscura, como que en ella ninguna ventana por la que
entrase la luz había. Aquélla, según las indicaciones de Ricciardo, preparó la
buena mujer e hizo dentro una cama lo mejor que pudo, en la que Ricciardo, como
lo había planeado, se metió y se puso a esperar a Catella.
La señora, oídas las palabras de Ricciardo y habiéndoles
dado más fe de lo que merecían, llena de indignación, volvió por la noche a
casa, adonde por acaso Filippello embebido en otro pensamiento también volvió y
no le hizo tal vez la acogida que acostumbraba a hacerle. Lo que, viéndolo
ella, tuvo mayores sospechas de las que tenía, diciéndose a sí misma:
«En verdad, éste tiene el ánimo puesto en la mujer con
quien mañana cree que va a darse placer y gusto, pero ciertamente esto no
sucederá.»
Y con tal pensamiento, e imaginando qué debía decirle
cuando hubiera estado con él, pasó toda la noche. Pero ¿a qué más? Venida nona,
Catella tomó su compañía y sin mudar de propósito se fue a aquellos baños que
Ricciardo le había enseñado; y encontrando allí a la buena mujer le preguntó si
Filippello había estado allí aquel día. A lo que la buena mujer, adoctrinada
por Ricciardo, dijo:
—¿Sois la señora que debe venir a hablar con él?
Respondió Catella:
—Sí soy.
—Pues —dijo la buena mujer—, andad con él.
Catella, que andaba buscando lo que no habría querido
encontrar, haciéndose llevar a la alcoba donde estaba Ricciardo, con la cabeza
cubierta entró en ella y cerró por dentro. Ricciardo, viéndola venir, alegre se
puso en pie y recibiéndola en sus brazos dijo quedamente:
—¡Bien venida sea el alma mía!
Catella, para mostrar que era otra de la que era, lo
abrazó y lo besó le hizo grandes fiestas sin decir una palabra, temiendo que si
hablaba fuese por él reconocida. La alcoba era oscurísima, con lo que cada una
de las partes estaba contenta; y no por estar allí mucho tiempo cobraban los
ojos mayor poder. Ricciardo la condujo a la cama y allí, sin hablar para que no
pudiese distinguirse la voz, por grandísimo espacio con mayor placer y deleite
de una de las partes que de la otra estuvieron; pero luego de que a Catella le
pareció tiempo de dejar salir la concebida indignación, encendida por ardiente
ira, comenzó a hablar así.
—¡Ay!, ¡qué mísera es la fortuna de las mujeres y que mal
se emplea el amor de muchas en sus maridos! Yo, mísera de mí, hace ocho años ya
que te amo más que a mi vida, y tú, corno lo he sentido, ardes todo y te
consumes en el amor de una mujer extraña, hombre culpable y malvado. ¿Pues con
quién te crees que has estado? Has estado con aquella que se ha acostado a tu
lado durante ocho años; has estado con aquella a quien con falsas lisonjas has,
tiempo ha, engañado mostrándole amor y estando enamorado de otra. Soy Catella,
no soy la mujer de Ricciardo, traidor desleal: escucha a ver si reconoces mi
voz, que soy ella; y se me hacen mil años hasta que a la luz estemos para
avergonzarte como lo mereces, perro asqueroso y deshonrado. ¡Ah, mísera de mí!,
¿a quién le he dedicado tanto amor tantos años? A este perro desleal que,
creyéndose tener en brazos a una mujer extraña, me ha hecho más caricias y
ternuras en este poco tiempo que he estado aquí con él que en todo el restante
que he sido suya. ¡Hoy has estado gallardo, perro renegado, cuando en casa
sueles mostrarte tan débil y cansado y sin fuerza! Pero alabado sea Dios que tu
huerto has labrado, no el de otro, como te creías. No me maravilla que esta
noche no te me acercases; esperabas descargar la carga en otra parte y querías
llegar muy fresco caballero a la batalla: ¡pero gracias a Dios y mi artimaña,
el agua por fin ha bajado por donde debía! ¿Por qué no contestas, hombre
culpable? ¡Por Dios que no sé por qué no te meto los dedos en los ojos y te los
saco! Te creíste que muy ocultamente podías hacer esta traición. ¡Por Dios,
tanto sabe uno como otro; no has podido: mejores sabuesos te he tenido detrás
de lo que creías!
Ricciardo gozaba para sí mismo con estas palabras y, sin
responder nada la abrazaba y la besaba y más que nunca le hacía grandes
caricias. Por lo que ella, que seguía hablando, decía:
—Sí, te crees que ahora me halagas con tus caricias
fingidas, perro fastidioso, y me quieres tranquilizar y consolar; estás
equivocado: nunca me consolaré de esto hasta que no te haya puesto en vergüenza
en presencia de cuantos parientes y amigos y vecinos tenemos. ¿Pues no soy yo,
malvado, tan hermosa como lo sea la mujer de Ricciardo Minútolo?, ¿no soy igual
en nobleza a ella? ¿No dices nada, perro sarnoso? ¿Qué tiene ella más que yo?
Apártate, no me toques, que por hoy ya bastante has combatido. Bien sé que ya,
puesto que sabes quién soy, lo que hicieses lo harías a la fuerza: pero así
Dios me dé su gracia como te haré pasar carencia, y no sé por qué no mando a
por Ricciardo, que me ha amado más que a sí mismo y nunca pudo gloriarse de que
lo mirase una vez; y no sé qué mal hubiera habido en hacerlo. Tú has creído
tener aquí a su mujer y es como si la hubieras tenido, porque por ti no ha
quedado; pues si yo lo tuviera a él no me lo podrías reprochar con razón.
Así, las palabras fueron muchas y la amargura de la señora
grande; pero al final Ricciardo, pensando que si la dejaba irse con esta
creencia a mucho mal podría dar lugar, deliberó descubrirse y sacarla del
engaño en que estaba; y cogiéndola en brazos y apretándola bien, de modo que no
pudiera irse, dijo:
—Alma mía dulce, no os enojéis; lo que con tan sólo amar
no podía tener, Amor me ha enseñado a conseguir con engaño, y soy vuestro
Ricciardo.
Lo que oyendo Catella, y conociéndolo en la voz,
súbitamente quiso arrojarse de la cama, pero no pudo; entonces quiso gritar,
pero Ricciardo le tapó la boca con una de las manos, y dijo:
—Señora, ya no puede ser que lo que ha sido no haya sido;
aunque gritaseis durante todo el tiempo de vuestra vida, y si gritáis o de
alguna manera hacéis que esto sea sabido alguna vez por alguien, sucederán dos
cosas. La una será (que no poco debe importaros) que vuestro honor y vuestra
fama se empañarán, porque aunque digáis que yo os he hecho venir aquí con
engaños yo diré que no es verdad, sino que os he hecho venir aquí con dinero y
presentes que os he prometido y que como no os los he dado tan cumplidamente
como esperabais os habéis enojado, y por eso habláis y gritáis, y sabéis que la
gente está más dispuesta a creer lo malo que lo bueno y me creerá antes a mí
que a vos. Además de esto, se seguirá entre vuestro marido y yo una mortal
enemistad y podrían ponerse las cosas de modo que o yo le matase a él antes o
él a mí, por lo que nunca podríais estar después alegre ni contenta. Y por
ello, corazón mío, no queráis en un mismo punto infamaros y poner en peligro y
buscar pelea entre vuestro marido y yo. No sois la primera ni seréis la última
que es engañada, y yo no os he engañado por quitaros nada vuestro sino por el
excesivo amor que os tengo y estoy dispuesto siempre a teneros, y a ser vuestro
humildísimo servidor. Y si hace mucho tiempo que yo y mis cosas y lo que puedo
y valgo han sido vuestras y están a vuestro servicio, entiendo que lo sean más
que nunca de aquí en adelante. Ahora, vos sois prudente en las otras cosas, y
estoy cierto que también lo seréis en ésta.
Catella, mientras Ricciardo decía estas palabras, lloraba
mucho, y aunque muy enojada estuviera y mucho se lamentase, no dejó de oír la
razón en las verdaderas palabras de Ricciardo, que no conociese que era posible
que sucediera lo que Ricciardo decía; por lo que dijo:
—Ricciardo, yo no sé cómo Dios me permitirá soportar la
ofensa y el engaño que me has hecho. No quiero gritar aquí, donde mi simpleza y
excesivos celos me han conducido, pero estate seguro de esto, de que no estaré
nunca contenta si de un modo o de otro no me veo vengada de lo que me has
hecho; por ello déjame, no me toques más; has tenido lo que has deseado y me
has vejado cuanto te ha placido; tiempo es de que me dejes: déjame, te lo
ruego.
Ricciardo, que se daba cuenta de que su ánimo estaba aún
demasiado airado, se había propuesto no dejarla hasta conseguir que se calmara;
por lo que, comenzando con dulcísimas palabras a ablandarla, tanto dijo, y
tanto rogó y tanto juró que ella, vencida, hizo las paces con él, y con igual
deseo de cada uno de ellos por gran espacio, después, con grandísimo deleite,
se quedaron juntos. Y conociendo entonces la señora cuánto más sabrosos eran
los besos del amante que los del marido, transformada su dureza en dulce amor a
Ricciardo, desde aquel día en adelante tiernísimamente lo amó y,
prudentísimamente obrando, muchas veces gozaron de su amor. Que Dios nos haga
gozar del nuestro.
NOVELA SÉPTIMA
Tedaldo, enojado con una amante suya, se va de Florencia;
vuelve allí después de algún tiempo disfrazado de peregrino; habla con la dama
y le hace reconocer su error y libra de la muerte a su marido, a quien se le
había acusado de haberle dado muerte a él, y lo reconcilia con los hermanos; y
luego, discretamente, con su amante goza.
Ya alabada por todos se calla Fiameta, cuando la reina,
para no perder tiempo, prestamente a Emilia encomendó la narración; y ella
empezó:
A mí me place volver a nuestra ciudad, de donde a las dos
anteriores les plugo apartarse, y contaros cómo un ciudadano nuestro
reconquistó a su perdida señora.
Hubo, pues, en Florencia, un noble joven cuyo nombre era
Tedaldo de los Elisei
[SC104], que enamorado sobremanera de una señora, llamada
doña Ermelina y mujer de un Aldobrandino Palermini, por sus loables costumbres
mereció disfrutar de su deseo; placer al cual la Fortuna, enemiga de los
dichosos, se opuso; por lo cual, fuera cual fuese la razón, la señora, habiendo
complacido a Tedaldo durante un tiempo, por completo se apartó de querer
complacerlo y de querer no ya escuchar ninguna embajada suya, sino tampoco
verle de manera ninguna. Por lo que él se dejó ir a una tristeza fiera y aborrecible,
mas tenía de tal manera celado su amor que nadie creía que éste era la razón de
su melancolía; y luego de que de diversas maneras se hubo ingeniado mucho en
reconquistar el amor que sin culpa suya le parecía haber perdido, y encontrando
vana toda fatiga, a alejarse del mundo (para no alegrar al verlo consumirse a
aquella que de su mal era ocasión) se dispuso.
Y cogiendo los dineros que pudo conseguir, secretamente,
sin decir palabra a amigo ni a pariente fuera de un compañero suyo que todo
sabía, se fue y llegó hasta Ancona, haciéndose llamar Filippo de San Lodeccio,
y trabando allí conocimiento con un rico mercader, entró a su servicio y en un
barco junto con él se fue a Chipre. Sus costumbres y sus maneras agradaron
tanto al mercader que no solamente le asignó un buen salario, sino que le hizo
su socio en parte y además gran parte de sus negocios le puso entre las manos,
los cuales llevó tan bien y con tanta solicitud que en pocos años se hizo bueno
y rico mercader y famoso. En los cuales negocios, aunque muchas veces se
acordase de la cruel señora y fieramente fuese de amor traspasado y mucho
desease volver a verla, fue de tanta constancia que durante siete años venció
aquella batalla. Pero sucedió que, oyendo un día en Chipre cantar una canción
que hacía tiempo él había compuesto, en la que el amor que tenía a su señora y
ella a él y el placer que de ella gozaba se contaba, pensando que no podía ser
que ella le hubiera olvidado, en tanto deseo de volver a verla se inflamó que,
no pudiendo sufrirlo más, se dispuso a volver a Florencia.
Y puestos en orden todos sus asuntos, se vino tan sólo con
un sirviente suyo a Ancona, adonde habiendo llegado sus cosas, las mandó a
Florencia a un amigo del anconés socio suyo, y él ocultamente, como un
peregrino que viniera del Santo Sepulcro, con su criado se vino detrás; y
llegados a Florencia, se fue a una posadita que dos hermanos tenían cerca de la
casa de su señora. Y donde primero fue no fue a otra parte sino a la puerta de
su casa por verla si podía; pero vio las ventanas y las puertas y todo cerrado,
por lo que mucho temió que hubiera muerto o que se hubiese mudado de allí. Por
lo que, muy pensativo, se fue a la casa de sus hermanos, a quienes vio todos
vestidos de negro, de lo que se maravilló mucho, y sabiéndose tan cambiado en
el vestido y la persona de lo que ser solía cuando se fue de allí, que no
podría ser reconocido fácilmente, confiadamente se acercó a un zapatero y le
preguntó por qué aquéllos iban vestidos de negro. A lo que el zapatero
respondió:
—Van vestidos de negro porque no hace quince días que un
hermano suyo que hacía mucho tiempo que no estaba aquí, que tenía por nombre
Tedaldo, fue muerto; y me parece entender que han probado a la justicia que uno
que tiene por nombre Aldobrandino Palermini, que está preso, lo mató porque
estaba enamorado de la mujer y había vuelto disfrazado para estar con ella.
Maravillóse mucho Tedaldo de que tanto se le asemejase
alguno que fuese tomado por él y le dolió la desgracia de Aldobrandin, y
habiendo oído que la señora estaba sana y salva, siendo ya de noche, lleno de
diversos pensamientos, se volvió a la posada, y luego de que cenado hubo con su
criado, en lo más alto de la casa fue puesto a dormir. Allí, tanto por los
muchos pensamientos que le asaltaban como por la dureza de la cama y tal vez
por la cena, que había sido escasa, ya era medianoche y todavía Tedaldo no
había podido dormirse, por lo que, estando despierto, le pareció hacia la
medianoche sentir que desde el tejado de la casa bajaba gente a la casa, y
luego por las rendijas de la puerta de la cámara vio hacia allí venir una luz.
Por lo que, calladamente acercándose a las rendijas,
empezó a mirar qué significaba aquello y vio a una joven muy hermosa tener en
mano esta luz y venir hacia ella tres hombres, que habían bajado del tejado, y
luego de hacerse algunas fiestas unos a otros, dijo uno de ellos a la joven:
—Ya podemos, Dios sea loado, estar seguros, porque sabemos
ciertamente que la muerte de Tedaldo Elisei ha sido achacada por sus hermanos a
Aldobrandín Palermini, y él ha confesado y ya está escrita la sentencia, pero
debemos seguir callando porque si alguna vez se sabe que hemos sido nosotros
estaremos en el mismo peligro que está Aldobrandino.
Y dicho esto, con la mujer, que muy contenta se mostró con
esto, bajaron y se fueron a dormir.
Tedaldo, oído esto, empezó a considerar cuántos y cuáles
eran los errores en que podía caer la mente de los hombres, pensando primero en
sus hermanos, que a un extraño habían llorado y sepultado en su lugar, y luego
acusado a un inocente por falsas sospechas, y con testigos no verdaderos
haberlo llevado a la muerte, y además de ello en la severidad ciega de las
leyes y de sus rectores, los cuales muchas veces, como solícitos investigadores
de la verdad, con crueldades hacen probar lo falso y se llaman ministros de la
justicia y de Dios cuando son ejecutores de la iniquidad y del diablo. Después
de esto, a la salvación de Aldobrandino dirigió sus pensamientos y consideró
consigo mismo lo que debía hacer. Y en cuanto se levantó por la mañana, dejando
al criado, cuando le pareció oportuno se fue él solo a la casa de su señora y,
encontrando por acaso abierta la puerta, entró dentro y vio a su señora sentada
por tierra en una salita que allí en la planta baja había; y estaba llena de
llanto y de amargura; y casi se puso a llorar de compasión; y acercándose le
dijo:
—Señora, no os atribuléis; vuestra paz está cerca.
La señora, al oírle, levantó el rostro y, llorando, dijo:
—Buen hombre, me pareces un peregrino forastero; ¿qué
sabes tú de la paz ni de mi aflicción?
Repuso entonces el peregrino:
—Señora, soy de Constantinopla y poco ha he llegado aquí
mandado por Dios a convertir vuestras lágrimas en risa y a librar de la muerte
a vuestro marido.
—¿Cómo —dijo la señora— si eres de Constantinopla y recién
llegado aquí sabes quiénes mi marido y yo somos?
El peregrino, empezando desde el principio, toda la
historia de la angustia de Aldobrandino le contó y le dijo quién era ella,
cuánto tiempo hacía que estaba casada y otras muchas cosas que él muy bien
sabía de sus asuntos, por lo que la señora se maravilló mucho y teniéndolo por
un profeta se arrodilló a sus pies, rogándole por Dios que, si había venido a
salvar a Aldobrandino que se apresurase porque el tiempo era poco. El
peregrino, mostrándose como un muy santo varón, dijo:
—Señora, levantaos y no lloréis, y escuchad bien lo que
voy a deciros, y guardaos de decirlo nunca a nadie. Por lo que Dios me ha
revelado que la tribulación en la que estáis os ha sobrevenido por un gran
pecado que cometisteis hace tiempo, que Dios ha querido que purguéis en parte
con esta angustia y del que quiere que os enmendéis: si no, por ello recaeréis
en una aflicción mucho mayor.
Dijo entonces la señora:
—Señor, he pecado mucho y no sé de qué Dios querrá que me
enmiende entre todos, y por ello, si lo sabéis, decídmelo y haré todo cuanto
pueda por enmendarlo.
—Señora —dijo entonces el peregrino—, bien sé cuál es y no
voy a preguntároslo para saberlo mejor, sino para que diciéndolo vos misma
tengáis más remordimiento. Pero vengamos al asunto. Decidme, ¿os acordáis de
haber tenido algún amante?
La señora, al oír esto, dio un gran suspiro y se maravilló
mucho, no creyendo que nadie nunca lo hubiera sabido, a no ser que desde que
había sido muerto aquel que fue enterrado como Tedaldo se hubiese propalado
algo por algunas palabras indiscretamente dichas por un amigo de Tedaldo, que
sabía de ello; y respondió:
—Bien veo que Dios os muestra todos los secretos de los
hombres, y por ello estoy dispuesta a no ocultaros los míos. Es verdad que en
mi juventud amé sumamente al desventurado joven de cuya muerte se culpa a mi
marido, cuya muerte tanto he llorado cuanto me duele, por lo que, por muy
rígida y agreste que me mostrase con él antes de su partida, ni su partida ni
su larga ausencia ni aun su desventurada muerte han podido nunca arrancármelo
del corazón.
A lo que dijo el peregrino:
—Al desventurado joven que ha sido muerto no amasteis vos,
sino a Tedaldo Elisei. Pero decidme, ¿cuál fue la razón por la que os
enojasteis con él? ¿Os ofendió en algo?
Y la señora le respondió:
—Ciertamente que no, nunca me ofendió, pero la razón del
enfado fueron las palabras de un maldito fraile con el que me confesé una vez,
porque cuando le hablé del amor que a aquél tenía y de la intimidad que tenía
con él, me levantó tal quebradero de cabeza que todavía me espanta, diciéndome
que si no me abstenía de ello iría a dar a la boca del diablo en lo profundo de
los infiernos y sería condenada al fuego eterno. De lo que me entró tal pavor
que por completo me dispuse a no querer ya su intimidad; y para quitar la
ocasión, ni su carta ni su embajada quise recibir; aunque creo que si hubiese
perseverado más (porque por lo que presumo se fue desesperado y lo vi
consumirse como hace la nieve al sol), mi dura decisión se hubiese doblegado
porque un deseo mayor no tenía en el mundo.
Dijo entonces el peregrino:
—Señora, éste es el único pecado que ahora os atribula. Sé
firmemente que Tedaldo no os forzó en nada; cuando os enamorasteis de él por
vuestra propia voluntad lo hicisteis, agradándoos él, y cuando vos misma
quisisteis vino a vos y gozó de vuestra intimidad, en la cual con palabras y
con obras tanto agrado le mostrasteis que, si primero os amaba, más de mil
veces hicisteis redoblar su amor. Y si así fue, como sé que fue, ¿qué razón
podía moveros a apartarlo tan rígidamente? Esas cosas debían pensarse antes de
hacerse y si creyeseis que debíais arrepentiros como de algo mal hecho, no
hacerlas. Tal como él se hizo vuestro, vos os hicisteis suya. Si él no hubiera
sido vuestro, podríais haber hecho en todo lo que quisieseis, como dueña, pero
querer arrebatarle a vos que erais suya era un robo y cosa reprobable si
aquélla no era la voluntad de él. Pues debéis saber que yo soy fraile y por
ello conozco todas sus costumbres; y si hablo de ellas un tanto libremente para
vuestro provecho no estará mal en mí como estaría en otros; y me place hablar
de ellas para que de ahora en adelante mejor los conozcáis de lo que parece que
habéis hecho hasta ahora. Hubo antes frailes santísimos y hombres de valor,
pero los que hoy se llaman frailes, y por ello quieren ser tenidos, nada tienen
de fraile, sino la capa, y ni siquiera ésta es de fraile porque si por los
fundadores de los frailes fueron elegidas delgadas y míseras y de telas
groseras y manifestadoras del espíritu que había despreciado las cosas
temporales cuando se envolvía el cuerpo en tan vil vestido, hoy se las hacen
anchas y forradas y satinadas y de telas finísimas y les han dado forma
cortesana y pontifical para no avergonzarse de pavonearse con ellos en las
iglesias y en las plazas como con sus vestidos hacen los seglares; y como con
el esparavel el pescador se ingenia en coger en los ríos muchos peces de una
vez, así éstos, con las amplísimas fimbrias envolviéndose, a muchas
santurronas, muchas viudas, a muchas otras mujeres necias y hombres se ingenian
en coger debajo, y de ello se ocupan con mayor solicitud que de otro ejercicio.
Y por ello, para decirlo con más verdad, no las capas de los frailes llevan
éstos sino solamente el color de las capas. Y mientras los antiguos deseaban la
salvación de los hombres, éstos desean las mujeres y las riquezas, y todo su
empeño han puesto y ponen en asustar con palabrería y con pinturas las mentes
de los necios y en enseñarles que con las limosnas se purgan los pecados y con
misas, para que a aquellos que por cobardía (no por devoción) se han acogido a
hacerse frailes, y para no pasar trabajos, éste les mande el pan, aquél les
mande el vino, aquel otro les dé la pitanza por el alma de sus muertos. Y
ciertamente es verdad que las limosnas y las oraciones purgan los pecados, pero
si quienes las hacen viesen a quién las hacen o les conocieran, antes las
guardarían para sí o mejor a otros tantos puercos las arrojarían. Y porque
saben que cuanto menor es el número de los poseedores de una gran riqueza, a
tanto más tocan, todos con charlas y con espantos se ingenian en quitarles a
los demás aquello que desean para ellos solos. Reprueban a los hombres la
lujuria para que, apartándose de ella los reprobados, para los reprobadores se
queden las mujeres; condenan la usura y las ganancias injustas para que,
siéndoles restituidas a ellos, puedan hacerse las capas más amplias, comprar
obispados y las otras prelaturas mayores con aquello que han enseñado que
llevaría a la condenación a quien lo tuviera. Y cuando de estas cosas y de
otras muchas que causan escándalo se les reprende, con responder «Haced lo que
decimos y no lo que hacemos» creen que tienen digna descarga de tanto peso
grave, como si fuese más posible a las ovejas ser constantes y de hierro que a
los pastores. Y cuántos son aquellos a quienes dan tal respuesta que no la
entienden en el modo que la dicen, muchos lo saben. Quieren los frailes de hoy
que hagáis lo que dicen, esto es que llenéis sus bolsas de dineros, les
confiéis vuestros secretos, observéis castidad, perdonéis las injurias, os
guardéis de hablar mal de nadie: cosas todas buenas, todas honestas, todas
santas; ¿pero para qué? Para poder hacer ellos lo que, si los seglares lo
hacen, no podrán hacer. ¿Quién no sabe que sin dineros la vagancia no puede
durar? Si en tus gustos te gastas el dinero, el fraile no podrá haraganear en
la orden; si te vas con las mujeres de alrededor les quitarás el sitio a los
frailes; si no eres paciente y perdonas las injurias, el fraile no se atreverá
a venir a tu casa y contaminar a tu familia. ¿Por qué sigo? Se acusan ellos
mismos tantas veces como antes los oyentes se excusan de aquella manera. ¿Por
qué no se quedan en casa si no creen poder ser abstinentes y santos? O si
quieren dedicarse a esto, ¿por qué no siguen aquellas santas palabras del
Evangelio: «Empezó Cristo a hacer y a enseñar»? Hagan esto primero y enseñen
luego a los demás. He visto en mi vida galanteadores, amadores, visitantes no
sólo de las mujeres seglares sino de las monjas y de aquellos que más escándalo
arman desde sus púlpitos. ¿Y a los tales vamos a seguir? Quien así hace, hace
lo que quiere pero Dios sabe si lo hace prudentemente. Pero aun si hubiéramos
de conceder lo que el fraile que os reprendió dijo, esto es, que gravísimo
pecado sea romper la fe matrimonial, ¿no lo es mucho mayor robar a un hombre?,
¿no lo es mucho mayor matarlo o enviarlo al exilio rodando por el mundo? Esto
lo concederá cualquiera. El tener intimidad un hombre con una mujer es un
pecado natural; robarlo o matarlo o expulsarlo procede de maldad del espíritu.
Que robasteis a Tedaldo ya antes os lo he demostrado, arrebatándoos a él cuando
os habíais hecho suya por vuestra espontánea voluntad. Además, os digo que, por
lo que a vos respecta, lo matasteis por haber hecho todo lo necesario
(mostrándoos cada vez más cruel) para que se matase con sus propias manos; y
quiere la ley que quien es ocasión del mal tenga la misma culpa que quien lo
hace. Y que vos de su exilio y de que haya andado rodando por el mundo siete
años sois la ocasión, no se puede negar. Así que mucho mayor pecado habéis
cometido con cualquiera de estas tres cosas dichas que cometíais con concederle
vuestra intimidad. Pero veamos, ¿es que Tedaldo mereció estas cosas?
Ciertamente que no: vos misma lo habéis confesado; sin contar con que sé que
más que a sí mismo os ama. Nada fue tan honrado, tan exaltado, tan magnificado
como erais vos sobre cualquiera otra mujer por él, si se encontraba en parte
donde honestamente y sin engendrar sospechas sobre vos podía de vos hablar.
Todo su bien, todo su honor, toda su libertad en vuestras manos era puesta por
él. ¿No era un noble joven?, ¿no era más apuesto que todos sus conciudadanos?,
¿no era valeroso en las cosas que son propias de los jóvenes?, ¿no era amado,
tenido en aprecio, visto con agrado por todos? A nada de esto diréis que no.
Entonces ¿cómo, por lo que dijese un frailecillo maniático, brutal y envidioso,
pudisteis tomar contra él una resolución cruel? No sé qué error debe de ser el
de las mujeres que a los hombres desprecian y estiman en poco que, pensando en
lo que ellas son y en cuánta y cuál sea la nobleza dada por Dios al hombre
sobre todos los demás animales, deberían gloriarse cuando son amadas por alguno
y tenerle sumamente en aprecio y con toda solicitud ingeniarse en complacerlo
para que de amarla nunca se apartase. Y que lo hicisteis vos, movida por las
palabras de un fraile, que con certeza debía de ser algún tragasopas manducador
de tortas, ya lo sabéis, y tal vez lo que él deseaba era ocupar el lugar de
donde se esforzaba en echar a otro. Este pecado es aquel que la divina justicia
que con justa balanza lleva a efecto todas sus operaciones, no ha querido dejar
sin castigo; y así como vos sin ninguna razón os ingeniasteis en quitaros vos
misma a Tedaldo, así vuestro marido sin razón ha estado y todavía está en
peligro, y vos en tribulación. De la cual si deseáis ser librada, lo que os
conviene prometer y, sobre todo hacer, es esto: si sucede alguna vez que
Tedaldo de su largo destierro vuelva, vuestra gracia, vuestro amor y vuestra benevolencia
e intimidad le devolveréis y le responderéis en aquel estado en que estaba
antes de que vos tontamente creyeseis al loco fraile.
Había el peregrino terminado sus palabras cuando la
señora, que atentísimamente le escuchaba porque veracísimas le parecían sus
razones, y se es timaba con seguridad castigada por aquel pecado, al oírselo a
él decir, dijo:
—Amigo de Dios, bastante conozco que son ciertas las cosas
que decís y en gran parte conozco por vuestra enseñanza quiénes son los
frailes, que hasta ahora han sido tenidos por mí como santos; y sin duda
conozco que mi culpa ha sido grande en lo que hice contra Tedaldo, y si pudiera
con gusto la enmendaría de la manera que me habéis dicho: pero ¿cómo puede ser?
Tedaldo no podrá nunca volver: está muerto, y por ello lo que no puede hacerse
no sé para qué voy a prometéroslo.
El peregrino le dijo:
—Señora, Tedaldo no está muerto, según Dios me revela,
sino que está vivo y sano y en buen estado si tuviese vuestra gracia.
Dijo entonces la señora.
—Mirad lo que decís; que yo lo he visto muerto delante de
mi casa de muchas cuchilladas, y lo tuve en estos brazos y con muchas lágrimas
bañé su muerto rostro, las cuales dieron ocasión de hacer que se dijese lo que
deshonestamente se ha dicho.
Entonces dijo el peregrino:
—Señora, digáis lo que digáis os aseguro que Tedaldo está
vivo; y si queréis prometer aquello con la intención de cumplirlo, espero que
lo veáis pronto.
La señora dijo entonces:
—Lo hago y lo haré de buen grado; y nada podría suceder
que me diese tanta alegría sino ver a mi marido libre y sin daño y a Tedaldo
vivo.
Pareció entonces a Tedaldo tiempo de descubrirse y de
consolar a la señora con más cierta esperanza de su marido, y dijo:
—Señora, para que pueda consolaros con relación a vuestro
marido, un gran secreto necesito deciros, que cuidaréis de que nunca mientras
viváis manifestéis a nadie.
Estaban en un lugar asaz alejado, y solos, habiendo tomado
gran confianza la señora en la santidad que le parecía tener el peregrino; por
lo que Tedaldo, sacando un anillo guardado por él con sumo cuidado, que la
señora le había dado la última noche que había estado con ella, y mostrándoselo
dijo:
—Señora, ¿conocéis esto?
En cuanto la señora lo vio lo reconoció y dijo:
—Señor, sí, yo se lo di a Tedaldo ha tiempo.
El peregrino, entonces, poniéndose en pie y prestamente
quitándose de encima la esclavina y de la cabeza el capelo, y hablando en
florentino, dijo:
—¿Y a mí, me conocéis?
Cuando lo vio la señora, conociendo que era Tedaldo, toda
se pasmó, temiéndole como a los cuerpos muertos, si se les ve andar como vivos,
se teme: y no como a Tedaldo que regresaba de Chipre fue a su encuentro a
recibirlo, sino como de Tedaldo que volvía desde la tumba quiso huir temerosa.
Y Tedaldo le dijo:
—Señora, no temáis, soy vuestro Tedaldo vivo y sano y
nunca me he muerto ni me mataron, creáis lo que creáis mis hermanos y vos.
La señora, tranquilizada un tanto, y bajando la voz, y
mirándolo más y asegurándose de que aquél era Tedaldo, llorando se le echó al
cuello y lo besó, diciendo:
—Dulce Tedaldo mío, ¡seas bien venido!
Tedaldo, besándola y abrazándola, dijo:
—Señora, no es ahora tiempo de hacernos más estrechos
saludos; quiero ir a hacer que Aldobrandino os sea devuelto sano y salvo, sobre
lo cual espero que antes de mañana por la noche tengáis nuevas que os agraden;
que, si tengo suerte como espero, sobre su salvación quiero poder venir esta
noche a dároslas con más espacio que puedo hacerlo al presente.
Y volviéndose a poner la esclavina y el sombrero, besando
otra vez a la señora y confortándola con buena esperanza, se separó de ella y
allá se fue donde Aldobrandino estaba en prisión, más embebido en pensamientos
de temor de la inminente muerte que de esperanza de futura salud; y a guisa de
consolador, con la venia de los carceleros, entró donde él estaba y sentándose
junto a él, le dijo:
—Aldobrandino, soy un amigo tuyo que Dios te manda para
salvarte, quien por tu inocencia ha sentido piedad de ti; y por ello, si en
honor suyo quieres concederme un pequeño don que voy a pedirte, sin falta antes
de que mañana sea de noche, en lugar de la sentencia de muerte que esperas,
oirás absolución.
Al que Aldobrandin repuso:
—Buen hombre, puesto que de mi salvación te preocupas,
aunque no te conozco ni me acuerde de haberte visto nunca, debes ser amigo,
como dices. Y en verdad el pecado por el cual se dice que debo ser condenado a
muerte, nunca lo he cometido; muchos otros he hecho, que tal vez a esto me
hayan conducido. Pero te digo por el temor de Dios esto: si él ahora tiene
misericordia de mí, grandes cosas, no una pequeña, haría de buena gana, aunque
no lo prometiese; así que lo que te plazca pide, que sin falta, si llego a
escapar de ésta, lo cumpliré ciertamente.
El peregrino entonces dijo:
—Lo que quiero no es otra cosa sino que perdones a los
cuatro hermanos de Tedaldo el haberte conducido a este punto, creyéndote
culpable de la muerte de su hermano, y que los tengas por hermanos y por amigos
si te piden perdón.
Al que Aldobrandín repuso:
—No sabes cuán dulce cosa es la venganza ni con cuánto
ardor se desea sino quien recibe las ofensas; pero aun así, para que Dios de mi
salvación se ocupe, de buen grado les perdonaré y ahora les perdono, y si de
aquí salgo vivo y me salvo, para hacerlo seguiré el modo que te sea grato.
Esto le plugo al peregrino, y sin querer decirle más,
encarecidamente le rogó que tuviese buen ánimo, que con seguridad antes de que
terminase el siguiente día tendría noticia certísima de su salud. Y separándose
de él se fue a la señoría y en secreto a un caballero que la gobernaba dijo
así.
—Señor mío, todos sabemos de buen grado empeñarnos en
hacer que la verdad de las cosas se conozca, y máximamente aquellos que tienen
el puesto que vos tenéis, para que no sufran los castigos los que no han
cometido el pecado y sean castigados los pecadores. Y para que ello suceda en
honor vuestro y para mal de quien lo ha merecido, he venido a vos. Como sabéis,
habéis procedido severamente contra Aldobrandín Palermini y parece que habéis
tenido por cierto que él ha sido quien mató a Tedaldo Elisei, y vais a
condenarlo, lo que segurísimamente es falso, como creo que antes de la
medianoche, trayendo a vuestras manos al matador de aquel joven, os habré
demostrado.
El valeroso hombre, que tenía lástima de Aldobrandino,
prestó gustosamente oídos a las palabras del peregrino, y explicándole muchas
cosas sobre esto, siendo su guía, cuando estaban en el primer sueño, a los dos
hermanos posaderos y a su criado apresó a mansalva, y queriéndoles dar tortura
para descubrir cómo había sido la cosa, no lo sufrieron sino que cada uno
separadamente y luego todos juntos abiertamente confesaron haber sido quienes
mataron a Tedaldo Elisei, sin reconocerlo. Preguntados por la razón, dijeron
que porque éste a la mujer de uno de ellos, no estando ellos en la posada,
había molestado mucho y querido forzar a que hiciese su voluntad.
El peregrino, enterado de esto, con licencia del
gentilhombre se fue y secretamente se vino a casa de la señora Ermelina, y a
ella sola (habiéndose ido a dormir todos los demás de la casa) la encontró
esperándole, igualmente deseosa de tener buenas noticias del marido y de
reconciliarse plenamente con su Tedaldo; a la cual acercándose, con alegre
gesto, dijo:
—Carísima señora mía, alégrate, que por cierto recuperarás
mañana aquí sano y salvo a tu Aldobrandino.
Y para asegurarle de esto más, lo que había hecho le contó
plenamente. La señora, de los dos accidentes tales y tan súbitos, esto es, de
recuperar a Tedaldo vivo, al cual firmemente creía haber llorado muerto, y de
ver libre de peligro a Aldobrandino, a quien se creía tener que llorar por
muerto unos pocos días después, tan alegre como nunca lo estuvo nadie,
afectuosamente abrazó y besó a su Tedaldo; y yéndose juntos a la cama de buena
gana firmaron graciosas y alegres paces, tomando el uno del otro deleitable
gozo. Y al acercarse el día, Tedaldo, levantándose, habiendo ya explicado a la
señora lo que hacer entendía y rogándole que ocultísimo lo tuviese, de nuevo en
hábito de peregrino salió de casa de la señora para poder, cuando fuese el
momento, ocuparse de los asuntos de Aldobrandino. La señoría, llegado el día y
pareciéndole tener completa información del asunto, prestamente liberó a
Aldobrandino y pocos días después a los malhechores hizo cortar la cabeza donde
habían cometido el homicidio.
Estando, pues, libre Aldobrandino, con gran regocijo suyo
y de su mujer y de todos sus amigos y parientes, y conociendo manifiestamente
que aquello había sido obra del peregrino, le condujeron a su casa por tanto
tiempo cuanto le pluguiera estar en la ciudad; y allí, de hacerle honores y
fiestas que no se saciaban, y especialmente la mujer, que sabía a quién se los
hacía Pero pareciéndole, luego de algunos días, tiempo de reconciliar a sus
hermanos con Aldobrandino, a quienes sabía no sólo desacreditados por su
absolución, sino también armados por miedo, pidió a Aldobrandino que cumpliese
su promesa. Aldobrandino espontáneamente contestó que estaba dispuesto.
El peregrino le hizo preparar un hermoso convite para el
día siguiente, al que dijo que quería que él con sus parientes y con sus
mujeres invitase a los cuatro hermanos y a sus mujeres, añadiendo que él mismo
iría incontinenti a invitarles a su perdón y a su convite de su parte. Y
estando Aldobrandino contento con cuanto placía al peregrino, el peregrino
enseguida se fue a casa de los cuatro hermanos, y dirigiéndoles las palabras
que para tal asunto se requerían, al final, con razones irrebatibles fácilmente
les condujo a querer reconquistar, solicitando el perdón, la amistad de
Aldobrandino, y hecho esto, a ellos y a sus mujeres a almorzar con Aldobrandino
la mañana siguiente les invitó, y ellos, de buen grado, creyendo su palabra,
aceptaron el convite.
Así, pues, la mañana siguiente, a la hora de comer,
primeramente los cuatro hermanos de Tedaldo, tan vestidos de negro como iban,
con algunos amigos suyos vinieron a casa de Aldobrandino, que les esperaba; y
allí, delante de todos aquellos que para acompañarles habían sido invitados por
Aldobrandino, arrojadas las armas en tierra, se pusieron en manos de
Aldobrandino, pidiéndole perdón de lo que contra él habían hecho. Aldobrandino,
llorando compasivamente, los recibió y besando a todos en la boca, gastando
pocas palabras, todas las injurias recibidas perdonó. Después de ellos, sus
hermanas y sus mujeres todas vestidas de luto vinieron, y por la señora
Ermelina y las otras grandes señoras graciosamente recibidas fueron.
Y habiendo sido magníficamente servidos en el convite
tanto los hombres como las mujeres, no había habido en él nada más que cosas
dignas de encomio, a no ser la taciturnidad por el reciente dolor que estaba
representado en los vestidos oscuros de los parientes de Tedaldo (por lo cual
la invención y la invitación del peregrino había sido censurada por muchos, y
él se había apercibido de ello); pero como lo había decidido, venido el tiempo
de disiparla, se puso en pie, todavía comiendo los demás la fruta, y dijo:
—Nada ha faltado a este convite para que fuese alegre sino
Tedaldo, a quien, pues habiéndole tenido continuamente con vosotros no lo
habéis conocido, quiero mostrároslo.
Y quitándose de encima la esclavina y toda la ropa de
peregrino se quedó en jubón de tafetán verde, y no sin grandísima maravilla fue
por todos mirado y examinado largamente antes de que alguien se atreviese a
creer que era él. Lo que viendo Tedaldo, mucho les habló de sus parientes, de
las cosas sucedidas entre ellos, de sus accidentes; por lo que sus hermanos y
los demás hombres, todos llenos de lágrimas de alegría, a abrazarle corrieron,
y lo mismo después hicieron las mujeres, tanto las parientes como las no
parientes, salvo doña Ermelina. Lo que viendo Aldobrandin, dijo:
—¿Qué es esto, Ermelina? ¿Cómo no celebras tú como las
otras mujeres a Tedaldo?
Y, oyéndola todos, la señora le respondió:
—Ninguna hay que con más agrado le haya hecho fiestas o se
las haga que se las haré yo, como quien más que ninguna otra le está obligada,
considerando que por su medio te he recuperado; pero las deshonestas
habladurías de los días en que llorábamos a quien creíamos Tedaldo, hacen que
me retenga.
Aldobrandino le dijo:
—¡Vamos, vamos!, ¿crees que yo creo a los que ladran?
Procurando mi salvación bastante ha demostrado que aquello eran falsedades, sin
contar con que nunca lo creí: levántate enseguida, ve a abrazarlo.
La señora, que otra cosa no deseaba, no fue lenta en
obedecer en ello al marido; por lo que, levantándose como habían hecho los
demás, abrazándolo ella, le hizo alegres fiestas. Esta liberalidad de
Aldobrandino mucho plugo a los hermanos de Tedaldo y a todos los hombres y
mujeres que allí estaban, y cualquier barrunto que hubiera nacido en algunos
por las habladurías que había habido, con esto desapareció. Habiendo, pues,
celebrado todos a Tedaldo, él mismo rasgó las vestiduras negras que llevaban
sus hermanos y las oscuras de las hermanas y las cuñadas, y quiso que otras
ropas se trajesen y después de que vestidas fueron, muchos cantos y bailes se
hicieron y otros pasatiempos; por las cuales cosas, el convite, que había
tenido silencioso principio, tuvo un fin sonoro.
Y con grandísima alegría, así como estaban, se fueron a
casa de Tedaldo y allí cenaron por la noche, y muchos días después, siguiendo
del mismo modo, continuaron la fiesta. Los florentinos durante muchos días como
a hombre resucitado y asombrosa cosa miraron a Tedaldo; y muchos, y aun los
hermanos, tenían cierta ligera duda en el ánimo sobre si era él o no, y no lo
creían todavía firmemente ni tal vez lo hubieran creído en mucho tiempo si un
caso que sucedió no hubiera llegado a aclararles quién había sido el muerto;
que fue esto. Pasaban un día unos soldados de Lunigiana delante de su casa y,
viendo a Tedaldo, fueron a su encuentro, diciéndole:
—¡Buenos los tenga Faziuolo!
A quienes Tedaldo, en presencia de sus hermanos,
respondió:
—Me habéis tomado por otro.
Ellos, al oírle hablar, se avergonzaron y le pidieron
perdón, diciendo
—En verdad que os parecéis, más que nunca hemos visto
parecerse nadie a otro, a un camarada nuestro que se llama Faziuolo de
Pontriémoli, que vino aquí hace unos quince días o poco más y nunca hemos
podido saber qué fue de él. Bien es verdad que nos maravillábamos del vestido
porque él era, como lo somos nosotros, mesnadero.
El hermano mayor de Tedaldo, al oír esto, fue hacia ellos
y les preguntó qué vestido llevaba aquel Faziuolo. Ellos se lo dijeron y se
encontró que precisamente así iba como decían ellos; por lo que, entre esto y
otras señales, conocido fue que el que había sido muerto había sido Faziuolo y
no Tedaldo, por lo que se desvanecieron las sospechas de sus hermanos y de
cualquier otro. Tedaldo, pues, que había vuelto riquísimo, perseveró en su amor
y sin que la señora se enojase más con él, discretamente obrando, largamente
gozaron de su amor. Dios nos haga gozar del nuestro.
NOVELA OCTAVA
Ferondo, tomados ciertos polvos, es enterrado como muerto
y por el abad, que su mujer se disfruta, hecho sacar de la tumba y puesto en
prisión y persuadido de que está en el purgatorio, y luego, resucitado, como
suyo cría a un hijo engendrado por el abad en su mujer.
Llegado el fin de la larga historia de Emilia, que a nadie
había desagradado por su extensión, sino considerada por todos como narrada
brevemente teniendo en cuenta la cantidad y la variedad de los casos contados
en ella; la reina, a Laureta mostrando con un solo gesto su deseo, le dio
ocasión de comenzar así:
Carísimas señoras, se me pone delante como digna de ser
contada una verdad que tiene, mucho más de lo que fue, aspecto de mentira, y me
ha venido a la cabeza al oír contar que uno por otro fue llorado y sepultado.
Contaré, pues, cómo un vivo fue sepultado por muerto y cómo después, resucitado
y no vivo, él mismo y otros muchos creyeron que había salido de la tumba,
siendo por ello venerado como santo quien más bien como culpable debía ser
condenado.
Hubo, pues, en Toscana, una abadía (y todavía hay)
situada, como vemos muchas, en un lugar no demasiado frecuentado por las
gentes, de la que fue abad un monje que en todas las cosas era santísimo, salvo
en los asuntos de mujeres, y éstos los sabía hacer tan cautamente que casi
nadie no sólo no los conocía, sino que ni los sospechaba; por lo que santísimo
y justo se pensaba que era en todo. Ahora, sucedió que, habiendo hecho gran
amistad con el abad un riquísimo villano que tenía por nombre Ferondo, hombre ignorante
y obtuso fuera de toda ponderación (y no por otra cosa gustaba el abad de su
trato sino por la diversión que a veces le causaba su simpleza), en esta
amistad se apercibió el abad de que Ferondo tenía por esposa a una mujer
hermosísima, de la que se enamoró tan ardientemente que en otra cosa no pensaba
ni de día ni de noche; pero oyendo que, por muy simple y necio que fuese en
todas las demás cosas, era sapientísimo en amar y proteger a esta su mujer,
casi desesperaba.
Pero, como muy astuto, domesticó tanto a Ferondo que éste
con su mujer venían alguna vez a pasearse por el jardín de su abadía; y allí,
con él, sobre la felicidad de la vida eterna y sobre las santísimas acciones de
muchos hombres y mujeres ya muertos les hablaba con gran modestia, tanto que a
la señora le dieron deseos de confesarse con él y le pidió licencia a Ferondo y
la obtuvo. Venida, pues, a confesarse con el abad con grandísimo placer de éste
y poniéndose a sus pies como si otra cosa viniese a decir, comenzó:
—Señor, si Dios me hubiese dado marido o no me lo hubiese
dado, tal vez me sería más fácil con vuestra enseñanza entrar en el camino de
que me habéis hablado, que lleva a otros a la vida eterna, pero yo,
considerando quién sea Ferondo y su estulticia, me puedo considerar viuda y,
sin embargo, soy casada en tanto que, viviendo él, otro marido no puedo tomar,
y él, aun necio como es, es tan fuera de toda medida y sin ninguna razón tan
celoso que por ello no puedo vivir con él más que en tribulación y en desgracia.
Por la cual cosa, antes de venir a otra confesión, lo más humildemente que
puedo os ruego que sobre esto queráis darme algún consejo, porque si desde
ahora no empiezo a procurar ocasión de mi bien, confesarme o hacer alguna otra
buena obra de poco me servirá.
Este discurso proporcionó gran placer al alma del abad, y
le pareció que la fortuna hubiera abierto el camino a su mayor deseo; y dijo:
—Hija mía, creo que gran fastidio debe ser para una
hermosa y delicada mujer como sois vos, tener por marido a un mentecato, pero
mucho mayor creo que sea tener a un celoso; por lo que, teniendo vos uno y
otro, fácilmente os creo lo que de vuestra tribulación me decís. Pero en ello,
por decirlo en pocas palabras, no veo consejo ni remedio fuera de uno, que es
que Ferondo se cure de estos celos. La medicina para curarlo sé yo muy bien
cómo hacerla, siempre que vos tengáis la voluntad de guardar en secreto lo que
voy a deciros.
La mujer dijo:
—Padre mío, no dudéis de ello, porque me dejaré antes
morir que decir a nadie algo que vos me dijerais que no dijese, ¿pero cómo se
podrá hacer?
Repuso el abad:
—Es necesario que muera, y así sucederá, y cuando haya
sufrido tantos castigos que esté castigado de estos celos suyos, nosotros, con
ciertas oraciones, rogaremos a Dios que lo devuelva a esta vida, y así lo hará.
—Pues —dijo la mujer—, ¿he de quedarme viuda?
—Sí —repuso el abad—, durante algún tiempo, que mucho
debéis guardaros de que nadie se case con vos, porque a Dios le parecería mal,
y al volver Ferondo tendríais que volver con él y sería más celoso que nunca.
La mujer dijo:
—Siempre que se cure de esta desgracia, que no tenga que
estar yo siempre en prisión, estoy contenta; haced como gustéis.
Dijo entonces el abad:
—Así lo haré: pero ¿qué galardón tendré de vos por tal
servicio?
—Padre mío —dijo la señora—, lo que deseéis si puedo
hacerlo, pero ¿qué puede alguien como yo que sea apropiado a tal hombre como
vos sois?
El abad le dijo:
—Señora, vos podéis hacer por mí no menos que lo que yo me
empeño en hacer por vos porque así como me dispongo a hacer aquello que debe
ser bien y consuelo vuestro, así podéis hacer vos lo que será salud y salvación
de mi vida.
Dijo entonces la señora:
—Sí es así, estoy dispuesta.
—Pues —dijo el abad—, me daréis vuestro amor y me daréis
el placer de teneros, porque por vos ardo y me consumo.
La mujer, al oír esto, toda pasmada, repuso:
—¡Ay, padre mío!, ¿qué es lo que me pedís? Yo creía que
erais un santo: ¿y les cuadra a los santos requerir a las mujeres que les piden
consejo a tales asuntos?
El abad le dijo:
—Alma mía bella, no os maravilléis, que por esto la
santidad no disminuye, porque está en el alma y lo que yo os pido es un pecado
del cuerpo. Pero sea como sea, tanta fuerza ha tenido vuestra atrayente belleza
que Amor me obliga a hacer esto, y os digo que de vuestra hermosura más que
otras mujeres podéis gloriaros al pensar que agrada a los santos, que están tan
acostumbrados a las del cielo; y además de esto, aunque sea yo abad sigo siendo
un hombre como los demás y, como veis, todavía no soy viejo. Y esto no debe
seros penoso de hacer, sino que debéis desearlo porque mientras Ferondo esté en
el purgatorio, yo os daré, haciéndoos compañía por la noche, el consuelo que
debería daros él, y nadie se dará cuenta de ello, creyendo todos de mí aquello,
y más, que vos creíais hace poco. No rehuséis la gracia que Dios os manda, que
muchas son las que desean lo que vos podéis tener y tendréis, si como prudente
seguís mi consejo. Además, tengo hermosas joyas valiosas, que entiendo no sean
de otra persona sino vuestras. Haced, pues, dulce esperanza mía, lo que yo hago
por vos de buen grado.
La mujer tenía el rostro inclinado, y no sabía cómo
negárselo, y concedérselo no le parecía bien, por lo que el abad, viendo que le
había escuchado y daba largas a la respuesta, pareciéndole haberla convencido a
medias, con muchas otras palabras continuando las primeras, antes de que
callase le había metido en la cabeza que aquello estaba bien hecho; por lo que
dijo vergonzosamente que estaba dispuesta a lo que mandase, pero que antes de
que Ferondo hubiese ido al purgatorio no podía ser. El abad contentísimo le
dijo:
—Y haremos que allí vaya incontinenti; haced de manera que
mañana o al día siguiente venga a estar aquí conmigo.
Y dicho esto, habiéndole puesto ocultamente en la mano un
bellísimo anillo, la despidió. La mujer, alegre con el regalo y esperando tener
otros, volviendo con sus compañeras, maravillosas cosas empezó a decir sobre la
santidad del abad. De allí a pocos días se fue Ferondo a la abadía, y en cuanto
lo vio el abad pensó en mandarlo al purgatorio; y encontrados unos polvos de
maravillosa virtud que en tierras de Levante había obtenido de un gran príncipe
que afirmaba que solía usarlos el Viejo de la Montaña cuando quería mandar a
alguien (haciéndole dormir) a su paraíso o traerlo de allí, y que, en mayor o
menor cantidad dados, sin ninguna lesión hacían de tal manera dormir más o
menos a quien los tomaba que, mientras duraba su poder no se habría dicho que
tenía vida, y habiendo tomado de ellos cuantos fuesen suficientes para hacer
dormir tres días, en un vaso de vino todavía un poco turbio, en su celda, sin
que Ferondo se diese cuenta, se los dio a beber; y con él lo llevó al claustro
y con otros de sus monjes empezaron a reírse de él y de sus tonterías.
Lo que no duró mucho porque, obrando los polvos, se le
subió a éste un sueño tan súbito y fiero a la cabeza que estando todavía en pie
se durmió, y cayó dormido. El abad, mostrándose perturbado por el accidente,
haciéndolo desceñir y haciendo traer agua fría y echándosela en la cara, y
haciéndole aplicar muchos otros remedios cómo si de alguna flatulencia de
estómago o de otra cosa que tomado le hubiera quisiera recuperarle la desmayada
vida y el sentido, viendo el abad y los monjes que con todo aquello no recobraba
el sentido, tomándole el pulso y no encontrándolo, todos tuvieron por cierto
que estuviese muerto; por lo que, mandándolo a decir a la mujer y a sus
parientes, todos los cuales aquí vinieron prontamente, y habiéndolo la mujer
con sus parientes llorado un tanto, vestido como estaba lo hizo el abad poner
en una sepultura.
La mujer volvió a su casa, y de un pequeño muchachito que
tenía de él dijo que no entendía separarse nunca; y así quedándose en casa, el
hijo la riqueza que había sido de Ferondo empezó a administrar. El abad, con un
monje boloñés de quien mucho se fiaba y que aquel día había venido aquí desde
Bolonia, levantándose por la noche calladamente, a Ferondo sacaron de la
sepultura y a un subterráneo, en el que ninguna luz entraba y que para prisión
de los monjes que cometiesen faltas había sido hecho, lo llevaron y, quitándole
sus vestidos, vistiéndole a guisa de monje, sobre un haz de paja lo pusieron, y
lo dejaron hasta que recobrase el sentido. Entretanto, el monje boloñés, por el
abad informado de lo que tenía que hacer, sin saber de ello nadie más, se puso a
esperar que Ferondo volviese en sí.
El abad, al día siguiente, con algunos de sus monjes a
modo de hacer una visita, se fue a casa de la mujer, a la cual de negro vestida
y atribulada encontró, y consolándola algún tanto, en voz baja le pidió que
cumpliera su promesa. La mujer, viéndose libre y sin el empacho de Ferondo ni
de nadie, habiéndole visto en el dedo otro hermoso anillo, dijo que estaba
pronta y acordó con él que la noche siguiente fuese. Por lo que, llegada la
noche, el abad, disfrazado con las ropas de Ferondo y acompañado por su monje,
fue, y con ella hasta la mañana, con grandísimo deleite y placer, se acostó, y
luego se volvió a la abadía, haciendo aquel camino asaz frecuentemente para
dicho servicio; y siendo encontrado por algunos al ir o al venir, se creyó que
era Ferondo que andaba por aquel barrio haciendo penitencia, y sobre ello
muchas historias entre la gente vulgar de la villa nacieron, y hasta a la
mujer, que bien sabía lo que pasaba, se las contaron muchas veces.
El monje boloñés, vuelto en sí Ferondo y hallándose allí
sin saber dónde estaba, entrando dentro, dando una voz horrible, con algunas
varas en la mano, cogiéndolo, le dio una gran paliza. Ferondo, llorando y
gritando, no hacía otra cosa que preguntar:
—¿Dónde estoy?
El monje le repuso:
—Estás en el purgatorio.
—¿Cómo? —dijo Ferondo—. ¿Es que me he muerto?
Dijo el monje:
—Ciertamente.
Por lo que Ferondo por sí mismo y por su mujer y por su
hijo empezó a llorar, diciendo las más extrañas cosas del mundo. El monje le
llevó algo de comer y de beber, lo que viendo Ferondo dijo:
—¿Así que los muertos comen?
Dijo el monje:
—Si, y esto que te traigo es lo que la mujer que fue tuya
mandó esta mañana a la iglesia para hacer decir misas por tu alma, lo que Dios
quiere que te sea ofrecido.
Dijo entonces Ferondo:
—¡Dómine, bendícela! Yo mucho la quería antes que muriese,
tanto que la tenía toda la noche en brazos y no hacía más que besarla, y
también otra cosa hacía cuando me daba la gana.
Y luego, teniendo mucha hambre, comenzó a comer y a beber,
y no pareciéndole el vino muy bueno, dijo:
—¡Dómine, házselo pagar, que no le dio al cura del vino de
la cuba de junto al muro!
Pero luego que hubo comido, el monje le cogió de nuevo y
con las mismas varas le dio una gran paliza. Ferondo, habiendo gritado mucho,
dijo:
—¡Ah!, ¿por qué me haces esto?
Dijo el monje:
—Porque así ha mandado Dios Nuestro Señor que cada día te
sea hecho dos veces.
—¿Y por qué razón? —dijo Ferondo.
Dijo el monje:
—Porque fuiste celoso teniendo por esposa a la mejor mujer
que hubiera en tu ciudad.
—¡Ay! —dijo Ferondo—, dices verdad, y la más dulce; era
más melosa que el caramelo, pero no sabía yo que Dios Nuestro Señor tuviera a
mal que el hombre fuese celoso, porque no lo habría sido.
Dijo el monje:
—De eso debías haberte dado cuenta mientras estabas allí,
y enmendarte, y si sucede que alguna vez allí vuelvas, haz que tengas tan
presente lo que ahora te hago que nunca seas celoso.
Dijo Ferondo:
—¿Pues vuelve alguna vez quien se muere?
Dijo el monje:
—Sí, quien Dios quiere.
—¡Oh! —dijo Ferondo—, si alguna vez vuelvo, seré el mejor
marido del mundo; no le pegaré nunca, nunca le diré injurias sino por causa del
vino que ha mandado esta mañana: y tampoco ha mandado vela ninguna, y he tenido
que comer a oscuras.
Dijo el monje:
—Sí lo hizo, pero se consumieron en las misas.
—¡Oh! —dijo Ferondo—, será verdad, y ten por seguro que si
allí vuelvo la dejaré hacer lo que quiera. Pero dime: ¿quién eres tú que me
haces esto?
Dijo el monje:
—También estoy muerto, y fui de Cerdeña, y porque alabé
mucho a un señor mío el ser celoso me ha condenado Dios a esta pena, a que
tenga que darte de comer y de beber y estas palizas hasta que Dios disponga
otra cosa de ti y de mí.
Dijo Ferondo:
—¿No hay aquí nadie más que nosotros dos?
Dijo el monje:
—Sí, millones, pero tú no los puedes ver ni oír, ni ellos
a ti.
Dijo entonces Ferondo:
—¿Pues a qué distancia estamos de nuestra tierra?
—¡Ojojú! —dijo el monje—, estamos a millas de más bien-la—
cagueremos
[SC105]
—¡Recontra, eso es mucho! —dijo Ferondo—, y a lo que me
parece debemos estar fuera del mundo, de tan lejos.
Ahora, en tales conversaciones y otras semejantes, con
comida y con palizas, fue tenido Ferondo cerca de diez meses, en los cuales con
mucha frecuencia el abad muy felizmente visitó a su hermosa mujer y con ella se
dio la mejor vida del mundo. Pero como suceden las desgracias, la mujer quedó
preñada, y dándose cuenta enseguida lo dijo al abad; por lo que a los dos les
pareció que sin demora Ferondo tenía que ser traído del purgatorio a la vida y
volver con ella, y decir ella que estaba grávida de él.
El abad, pues, la noche siguiente hizo con una voz fingida
llamar a Ferondo en su prisión y decirle:
—Ferondo, consuélate, que place a Dios que vuelvas al
mundo; adonde, vuelto, tendrás un hijo de tu mujer, al que llamarás Benedetto
porque por las oraciones de tu santo abad y de tu mujer y por amor de San
Benito te concede esta gracia.
Ferondo, al oír esto, se puso muy alegre, y dijo:
—Mucho me place: Dios bendiga a Nuestro Señor y al abad y
a San Benito y a mi mujer quesosa melosa sabrosa.
El abad, habiéndole hecho dar en el vino que le mandaba
tantos polvos de aquellos que le hicieran dormir unas cuatro horas, volviéndole
a poner sus vestidos, junto con su monje silenciosamente lo volvieron a la
sepultura donde había sido enterrado. Por la mañana al hacerse de día, Ferondo
volvió en sí y vio por alguna rendija de la sepultura luz, lo que no veía hacía
diez meses, por lo que pareciéndole estar vivo, empezó a gritar:
—¡Abridme, abridme! —y a golpear él mismo con la cabeza
contra la tapa del sepulcro, tan fuerte que removiéndola, porque con poco se
removía, empezaba a abrirse cuando los monjes, que habían rezado maitines,
corrieron allí y conocieron la voz de Ferondo y lo vieron ya salir del
sepulcro, por lo que, espantados todos ante la extrañeza del hecho, comenzaron
a huir y se fueron al abad. El cual, haciendo semblante de levantarse de la
oración, dijo:
—Hijos, no temáis; tomad la cruz y el agua bendita y venid
detrás de mi, y veamos lo que el poder de Dios nos quiere mostrar —y así lo
hizo.
Estaba Ferondo tan pálido como quien ha estado tanto
tiempo sin ver el cielo, fuera del ataúd; el cual, al ver al abad, corrió a sus
pies y le dijo:
—Padre mío, vuestras oraciones, según me ha sido revelado,
y las de San Benito y las de mi mujer me han sacado de las penas del purgatorio
y traído a la vida de nuevo; por lo que os ruego a Dios que tengáis buenos días
y buenas calendas
[SC106], hoy y siempre.
El abad dijo:
—Alabado sea el poder de Dios. Ve, pues, hijo, pues que
Dios aquí te ha devuelto, y consuela a tu mujer, que siempre, desde que te
fuiste, ha estado llorando, y sé de aquí en adelante amigo y servidor de Dios.
Dijo Ferondo:
—Señor, así ha sido dicho; dejadme hacer a mí, que en
cuanto la encuentre, tanto la besaré cuanto la quiero.
El abad, quedándose con sus monjes, mostró sentir por esta
cosa una gran admiración e hizo cantar devotamente el miserere. Ferondo tornó a
su villa, donde, quien lo veía huía de él como suele hacerse de las cosas
horribles, pero él, llamándole, afirmaba que había resucitado. La mujer también
tenía miedo de él, pero después de que la gente fue tomando confianza con él,
y, viendo que estaba vivo, le preguntaban sobre muchas cosas; convertido en
sabio, a todos respondía y daba noticias de las almas de sus parientes, y hacía
por sí mismo las más bellas fábulas del mundo sobre los hechos del purgatorio,
y delante de todo el pueblo contó la revelación que había sido hecha por boca
de Arañuelo Grabiel
[SC107] antes de que resucitase.
Por la cual cosa, volviéndose a casa con la mujer y
entrado en posesión de sus bienes, la preñó a su parecer, y sucedió por ventura
que llegado el tiempo oportuno en opinión de los tontos, que creen que la mujer
lleva a los hijos precisamente nueve meses, la mujer parió un hijo varón, que
fue llamado Benedetto Ferondo. La vuelta de Ferondo y sus palabras, al creer
casi todo el mundo que había resucitado, acrecentaron sin límites la fama de la
santidad del abad; y Ferondo, que por sus celos había recibido muchas palizas,
según la promesa que el abad había hecho a la mujer, dejó de ser celoso de allí
en adelante, con lo que, contenta la mujer, honestamente como solía con él
vivió aunque, cuando convenientemente podía, de buen grado se encontraba con el
santo abad que bien y diligentemente en sus mayores necesidades la había
servido.
NOVELA NOVENA
Giletta de Narbona cura al rey de Francia de una fístula;
le pide por marido a Beltramo de Rosellón, el cual, desposándose con ella
contra su voluntad, a Florencia se va enojado; donde, cortejando a una joven,
en lugar de ella, Giletta se acuesta con él y tiene de él dos hijos, por lo que
él, después, sintiendo amor por ella, la tuvo como mujer
[SC108] .
Quedaba, al no querer negar su privilegio a Dioneo,
solamente la reina por contar su historia (como fuera que ya había terminado la
novela de Laureta); por lo cual, ésta, sin esperar a ser solicitada por los
suyos, así, toda amorosa, comenzó a hablar:
¿Quién contará ahora ya una historia que parezca buena,
habiendo escuchado la de Laureta? Alguna ventaja ha sido que ella no fuese la
primera, que luego pocas de las otras nos hubieran gustado, y así espero que
suceda con las que esta jornada quedan por contar. Pero sea como sea, aquella
que sobre el presente asunto se me ocurre os contaré.
En el reino de Francia hubo un gentilhombre que era
llamado Isnardo, conde del Rosellón, el cual, porque poca salud tenía, siempre
tenía a su lado a un médico llamado maestro Gerardo de Narbona. Tenía el dicho
conde un solo hijo pequeño, llamado Beltramo, el cual era hermosísimo y amable,
y con él otros niños de su edad se educaban, entre los cuales estaba una niña
del dicho médico llamada Giletta, la cual infinito amor, y más allá de lo que
convenía a su tierna edad ardiente, puso en este Beltramo. El cual, muerto el
conde y confiado él a las manos del rey, tuvo que irse a París, de lo que la
jovencilla quedó vehementemente desconsolada; y habiendo muerto el padre de
ella no mucho después, si alguna razón honesta hubiera tenido, de buen grado a
París para ver a Beltramo habría ido; pero estando muy guardada, porque rica y
sola había quedado, no encontraba ningún camino honesto. Y siendo ella ya de
edad de tomar marido, no habiendo podido nunca olvidar a Beltramo, a muchos con
quienes sus parientes habían querido casarla había rechazado sin manifestar la
razón.
Ahora, sucedió que, inflamada ella en el amor de Beltramo
más que nunca, porque hermosísimo joven oía que se había hecho, vino a oír una
noticia, de cómo al rey de Francia, de un nacido que había tenido en el pecho y
le había sido curado mal, le había quedado una fístula que grandísima molestia
y grandísimo dolor le ocasionaba, y no se había podido todavía encontrar un
médico (aunque muchos lo hubiesen intentado) que lo hubiera podido curar de
aquello, sino que todos lo habían empeorado; por la cual cosa el rey,
desesperándose, ya de ninguno quería consejo ni ayuda. De lo que la joven se
puso sobremanera contenta y pensó no solamente por aquello tener una razón
legítima para ir a París, sino que, si fuese la enfermedad que ella creía, que
fácilmente podría tener a Beltramo por marido.
Con lo que, como quien en el pasado del padre había
aprendido muchas cosas, hechos sus polvos con ciertas hierbas útiles para la
enfermedad que pensaba que era, montó a caballo y a París se fue. Y antes de
haber hecho nada se ingenió para ver a Beltramo, y luego, venida delante del
rey, de gracia le pidió que su enfermedad le mostrase. El rey, viéndola joven
hermosa y agradable, no se lo supo negar, y se la mostró. En cuanto la hubo
visto, incontinenti sintió esperanzas de poder curarlo, y dijo:
—Monseñor, si os place, sin ninguna molestia o trabajo
vuestro, espero en Dios que en ocho días os sanaré de esta enfermedad.
El rey, para sí mismo, se burló de sus palabras diciendo:
—¿Lo que los mayores médicos del mundo no han podido ni
sabido, una mujer joven cómo podrá saberlo?
Pero le agradeció su buena voluntad y repuso que se había
propuesto no seguir ya ningún consejo de médico. La joven le dijo:
—Monseñor, desprecias mi arte porque joven soy y mujer,
pero os recuerdo que yo no curo con mi ciencia, sino con la ayuda de Dios y con
la ciencia del maestro Gerardo narbonense, que fue mi padre y famoso médico
mientras vivió.
El rey, entonces se dijo: «Tal vez me ha mandado Dios a
ésta; ¿por qué no pruebo lo que sabe hacer, pues dice que sin sufrir molestias
me curará en poco tiempo?», y habiendo decidido probarlo, dijo:
—Damisela, y si no me curáis, después de hacernos romper
nuestra decisión, ¿qué queréis que se os haga?
—Monseñor —repuso la joven—, vigiladme, y si antes de ocho
días no os curo, hacedme quemar; pero si os curo, ¿qué premio me daréis?
El rey le respondió:
—Me parecéis aún sin marido; si lo hacéis, os casaremos
bien y altamente.
La joven le dijo:
—Monseñor, verdaderamente me place que vos me caséis, pero
quiero a un marido tal cual yo os lo pida, entendiendo que no os debo pedir
ninguno de vuestros hijos ni de la familia real.
El rey enseguida le prometió hacerlo. La joven comenzó su
cura y, en breve, antes del tiempo fijado, le devolvió la salud, por lo que el
rey, sintiéndose curado, dijo:
—Damisela, os habéis ganado bien el marido.
Ella le contestó:
—Pues, monseñor, he ganado a Beltramo de Rosellón, a quien
infinitamente en mi infancia comencé a amar y desde entonces siempre he amado
sumamente.
Fuerte cosa pareció al rey tenérselo que dar, pero como
prometido lo había, no queriendo faltar a su palabra, lo hizo llamar y así le
dijo:
—Beltramo, sois ya maduro y fornido: queremos que volváis
a gobernar vuestro condado y que con vos llevéis a una damisela que os hemos
dado por mujer.
Dijo Beltramo:
—¿Y quién es la damisela, monseñor?
El rey le repuso:
—Es aquella que con sus medicinas me ha devuelto la salud.
Beltramo, que la conocía y la había visto, aunque muy
bella le pareciese, conociendo que no era de linaje que a su nobleza
correspondiera, todo ofendido dijo:
—Monseñor, ¿pues me queréis dar por mujer a una mendiga?
No plazca a Dios que tal mujer tome jamás.
El rey le dijo:
—¿Pues queréis vos que no cumplamos nuestra palabra, que
para recobrar la salud dimos a la damisela que os ha pedido por marido en
galardón?
—Monseñor —dijo Beltramo—, podéis quitarme cuanto tengo, y
darme, como vuestro hombre que soy, a quien os place: pero estad seguro de
esto, que nunca estaré contento con tal matrimonio.
—Sí lo estaréis —dijo el rey—, porque la damisela es
hermosa y prudente y os ama mucho, por lo que esperamos que mucho más feliz
vida tengáis con ella que tendríais con una dama de más alto linaje.
Beltramo se calló y el rey hizo preparar con gran aparato
la fiesta de las bodas; y llegado el día para ello determinado, por muy de mala
gana que lo hiciera Beltramo, en presencia del rey la damisela se casó con
quien más que a ella misma amaba. Y hecho esto, como quien ya pensado tenía lo
que debía hacer, diciendo que a su condado volver quería y consumar allí el
matrimonio, pidió licencia al rey; y, montado a caballo, no a su condado se
fue, sino que se vino a Toscana.
Y sabiendo que los florentinos peleaban con los sieneses,
a ponerse a su lado se dispuso, donde alegremente recibido y con honor, hecho
capitán de cierta cantidad de gente y recibiendo de ellos buen salario, a su
servicio se quedó y estuvo mucho tiempo. La recién casada, poco contenta de tal
suerte, esperando poder con sus sabias obras hacerlo volver a su condado se fue
al Rosellón, donde por todos como su señora fue recibida. Encontrando allí, por
el largo tiempo que sin conde había estado, todas las cosas descompuestas y
estragadas, como señora prudente con gran diligencia y solicitud todas las
cosas puso en orden, por lo que los súbditos mucho contento tuvieron y la
tuvieron en mucha estima y le tomaron gran amor, reprochando mucho al conde que
con ella no se contentara. Habiendo la señora recompuesto todo el país, por dos
caballeros se lo comunicó al conde, rogándole que, si por ella no quería venir
a su condado, se lo comunicase, y ella, por complacerle, se iría; a los cuales
él, durísimamente, dijo:
—Que haga lo que le plazca: en cuanto a mí, volveré allí a
estar con ella cuando tenga este anillo en su dedo, y en los brazos un hijo
engendrado por mí.
Tenía el anillo en gran aprecio y nunca se separaba de él,
por cierto poder que le habían dado a entender que tenía. Los caballeros oyeron
la dura condición puesta con aquellas dos cosas casi imposibles, y viendo que
con sus palabras de su intención no podían moverle, volvieron a la señora y su
respuesta le contaron. La cual, muy dolorida, después de pensarlo mucho,
deliberó querer saber si aquellas dos cosas podían ocurrir y dónde, para que
como resultado pudiera recobrar a su marido. Y habiendo pensado lo que debía
hacer, reunidos una parte de los mayores y mejores hombres de su condado, les
contó ordenadamente y con palabras dignas de compasión lo que antes había hecho
por amor del conde, y mostró lo que había sucedido por aquello, y finalmente
les dijo que su intención no era que por su estancia allí el conde estuviera en
perpetuo exilio, por lo que entendía consumir lo que le quedase de vida en
peregrinaciones y en obras de misericordia por la salvación de su alma; y les
rogó que la protección y el gobierno del condado tomasen y se lo significasen
al conde, que ella vacía y libre le había dejado su posesión y se había alejado
con intención de nunca volver al Rosellón.
Aquí, mientras ella hablaba, fueron derramadas lágrimas
por muchos de aquellos hombres buenos y le hicieron muchos ruegos de que le
pluguiese cambiar de opinión y quedarse; pero de nada sirvieron. Ella,
encomendándolos a Dios, con un primo suyo y una camarera, en hábito de
peregrinos, bien surtidos de dineros y valiosas joyas, sin que nadie supiese
dónde iba, se puso en camino y no se detuvo hasta que llegó a Florencia; y
llegada allí por acaso a una posadita que tenía una buena mujer viuda,
simplemente y a guisa de pobre peregrina estaba, deseosa de oír noticias de su
señor.
Sucedió, pues, que al día siguiente vio pasar a Beltramo
por delante de la posada, a caballo con su compañía, y aunque muy bien lo
conoció no dejó de preguntar a la buena mujer de la posada quién era. La
posadera le respondió:
—Es un gentilhombre forastero que se llama el conde
Beltramo, amable y cortés y muy amado en esta ciudad; y lo más enamorado del
mundo de una vecina nuestra, que es mujer noble, pero pobre. Verdad es que
honestísima joven es, y por pobreza no se ha casado aún, sino que con su madre,
prudentísima y buena señora, vive; y tal vez, si no fuese por esta su madre,
habría ella hecho ya lo que este conde hubiera querido.
La condesa, oyendo estas palabras, las retuvo bien; y más
menudamente examinando y viniendo a todos los detalles, y bien comprendidas
todas las cosas, tomó su decisión, y aprendida la casa y el nombre de la señora
y de su hija amada por el conde, un día, ocultamente, en hábito de peregrina,
allí se fue, y a la señora y a su hija encontrando muy pobremente,
saludándolas, dijo a la señora que cuando le placiese quería hablarle. La
honrada señora, levantándose, dijo que estaba pronta a escucharla; y entrando solas
en una alcoba suya, y tomando asiento, comenzó la condesa:
—Señora, me parece que os contáis entre las enemigas de la
fortuna como me cuento yo, pero si quisierais, por ventura podríais a vos y a
mí consolarnos.
La señora respondió que nada deseaba tanto cuanto
consolarse honestamente. Siguió la condesa:
—Me es necesaria vuestra palabra, en la que si confío y
vos me engañaseis, echaríais a perder vuestros asuntos y los míos.
—Con confianza —dijo la noble señora—, decid todo lo que
gustéis, que nunca por mí seréis engañada.
Entonces la condesa, comenzando con su primer
enamoramiento, quién era ella y lo que hasta aquel día le había sucedido le
contó, de tal manera que la noble señora, como quien ya en parte lo había oído
a otros, comenzó de ella a sentir compasión. Y la condesa, contadas sus
aventuras, siguió:
—Ya habéis oído, entre mis otras angustias, cuáles son las
dos cosas que necesito tener si quiero tener a mi marido, las cuales a nadie
más conozco que pueda ayudarme a adquirirlas sino a vos, si es verdad lo que
entiendo, esto es, que el conde mi marido sumamente a vuestra hija ama.
La noble señora le dijo:
—Señora, si el conde ama a mi hija no lo sé, pero mucho lo
aparenta; ¿pero qué puedo yo por ello lograr de lo que vos deseáis?
—Señora —repuso la condesa—, os lo diré, pero primeramente
os quiero mostrar lo que quiero daros si me ayudáis. Veo que vuestra hija es
hermosa y en edad de darle marido, y por lo que he entendido y me parece
comprender, no tener dote para darle os la hace tener en casa. Entiendo, en
recompensa del servicio que me hagáis, darle prestamente de mis dineros la dote
que vos misma estiméis que para casarla honradamente sea necesaria.
A la señora, como a quien estaba en necesidad, le plugo la
oferta, pero como tenía el ánimo noble, dijo:
—Señora, decidme lo que puedo hacer por vos, y si es
honesto para mí lo haré con gusto, y vos luego haréis lo que os plazca.
Dijo entonces la condesa:
—Necesito que vos, por alguien de quien os fiéis, hagáis
decir al conde mi marido que vuestra hija está dispuesta a hacer lo que él
guste si puede cerciorarse de que la ama como aparenta, lo que nunca creerá si
no le envía el anillo que lleva en la mano y que ella ha oído que él ama tanto;
el cual si se lo manda, vos me lo daréis; y luego le mandaréis decir que
vuestra hija está dispuesta a hacer su gusto, y le haréis venir aquí
ocultamente y escondidamente a mí, en lugar de a vuestra hija, me pondréis a su
lado. Tal vez me conceda Dios la gracia de quedar preñada; y así luego,
teniendo su anillo en el dedo y en los brazos a un hijo por él engendrado, le
conquistaré y con él viviré como la mujer debe vivir con su marido, habiendo
sido vos la ocasión de ello.
Grave cosa pareció ésta a la señora, temiendo que fuese a
seguirse de ella vergüenza para su hija; pero pensando que era cosa honrada dar
ocasión a que la buena señora recuperase a su marido y que con honesto fin se
ponía a hacer aquello, confiándose a sus buenos y honrados sentimientos, no
solamente prometió hacerlo a la condesa sino que pocos días después, con
secreta cautela, según las órdenes que había dado, tuvo el anillo (aunque un
tantillo le costase al conde) y a ella en lugar de a su hija magistralmente
puso en la cama con el conde.
En los cuales primeros ayuntamientos afectuosísimamente
por el conde buscados, como agradó a Dios, la señora quedó preñada de dos hijos
varones, como el parto hizo manifiesto a su debido tiempo. Y no solamente una
vez alegró la noble señora a la condesa con los abrazos del marido, sino
muchas, tan secretamente actuando que nunca se supo una palabra de ello:
creyendo siempre el conde que no con su mujer sino con aquella a quien amaba
había estado. A quien cuando se iba a ir por las mañanas, había dado diversas
joyas hermosas y de valor, que diligentemente la condesa guardaba. La cual,
sintiéndose preñada, no quiso más a la honrada señora imponer tal ayuda, sino
que le dijo:
—Señora, por merced de Dios y vuestra tengo lo que
deseaba, y por ello es tiempo que haga lo que os agrade, para irme después.
La honrada señora le dijo que si había hecho algo que le
agradase, que le placía, pero que no lo había hecho por ninguna esperanza de
galardón sino porque le parecía deber hacerlo para obrar bien. La condesa le
dijo:
—Señora, mucho me place, y así, por otra parte, no
entiendo daros lo que me pidáis por galardón, sino por obrar bien, que a mí me
parece que debe hacerse así.
La honrada señora entonces, por la necesidad obligada, con
grandísima vergüenza, cien liras le pidió para casar a su hija. La condesa,
conociendo su vergüenza y oyendo su discreta petición, le dio quinientas y
tantas joyas hermosas y valiosas que por ventura valían otro tanto; con lo que
la honrada señora, mucho más que contenta, las gracias que mejor pudo a la
condesa dio, la cual, separándose de ella, se volvió a la posada.
La honrada señora, por quitar ocasión a Beltramo de mandar
a nadie ni venir a su casa, con la hija se fue al campo a casa de sus
parientes, y Beltramo de allí a poco tiempo, reclamado por sus hombres, a su
casa, oyendo que la condesa se había alejado, se volvió. La condesa, oyendo que
se había ido de Florencia, y vuelto a su condado, se puso muy contenta; y se
quedó en Florencia hasta que el tiempo del parto vino, y dio a luz a dos hijos
varones parecidísimos a su padre, a los que hizo diligentemente criar.
Y cuando le pareció oportuno, poniéndose en camino, sin
ser por nadie reconocida, con ellos se vino a Montpellier; y descansando allí
algunos días, y sobre el conde y dónde estuviera habiendo indagado, y
enterándose de que el día de Todos los Santos en el Rosellón iba a hacer una
gran fiesta de damas y caballeros, siempre disfrazada de peregrina (como había
salido de allí), allá se fue. Y oyendo a las damas y los caballeros reunidos en
el palacio del conde estar para sentarse a la mesa, sin cambiarse de hábito,
con sus hijuelos en los brazos subiendo a la sala, abriéndose paso entre todos,
allá se fue hasta donde vio al conde, y arrojándosele a los pies, dijo
llorando:
—Señor mío, yo soy tu desventurada esposa, que por dejarte
volver y estar en tu casa, largamente he andado rodando. Por Dios te requiero a
que las condiciones que me pusiste por los dos caballeros que te mandé las
mantengas: y aquí está tu anillo en mi dedo, y aquí, en mis brazos, tengo no a
uno sino a dos hijos tuyos. Es hora ya de que deba por ti ser recibida como
mujer, según tu promesa.
El conde, al oír esto, todo se desvaneció y reconoció el
anillo, y también a los dos hijos, tanto se le parecían; pero dijo:
—¿Cómo puede haber sucedido esto?
La condesa, con gran maravilla del conde y de todos
cuantos presentes estaban, ordenadamente contó lo que había pasado y cómo; por
lo cual el conde, conociendo que decía la verdad y viendo su perseverancia y su
buen juicio, y además a aquellos dos hijitos tan hermosos, para cumplir lo que
prometido había y por complacer a todos sus hombres y a las damas, que todos le
rogaban que a ésta como su legítima esposa acogiera ya y honrase, depuso su
obstinada dureza e hizo ponerse en pie a la condesa, y la abrazó y besó y por
su legítima mujer la reconoció, y a aquéllos por hijos suyos; y haciéndola
vestirse con ropas convenientes a ella, con grandísimo placer de cuantos allí
había y de todos sus otros vasallos que aquello oyeron, hizo no solamente todo
aquel día, sino muchísimos otros grandísima fiesta, y de aquel día en adelante
a ella siempre como a su esposa y mujer honrada, la amó y la apreció sumamente.
NOVELA DÉCIMA
Alibech se hace ermitaña, y el monje Rústico la enseña a
meter al diablo en el infierno, después, llevada de allí, se convierte en la
mujer de Neerbale.
Dioneo, que diligentemente la historia de la reina
escuchado había, viendo que estaba terminada y que sólo a él le faltaba
novelar, sin esperar órdenes, sonriendo, comenzó a decir:
Graciosas señoras, tal vez nunca hayáis oído contar cómo
se mete al diablo en el infierno, y por ello, sin apartarme casi del argumento
sobre el que vosotras todo el día habéis discurrido, os lo puedo decir: tal vez
también podáis salvar a vuestras almas luego de haberlo aprendido, y podréis
también conocer que por mucho que Amor en los alegres palacios y las blandas
cámaras más a su grado que en las pobres cabañas habite, no por ello alguna vez
deja de hacer sentir sus fuerzas entre los tupidos bosques y los rígidos alpes,
por lo que comprender se puede que a su potencia están sujetas todas las cosas.
Viniendo, pues, al asunto, digo que en la ciudad de Cafsa,
en Berbería, hubo hace tiempo un hombre riquísimo que, entre otros hijos, tenía
una hijita hermosa y donosa cuyo nombre era Alibech; la cual, no siendo
cristiana y oyendo a muchos cristianos que en la ciudad había alabar mucho la
fe cristiana y el servicio de Dios, un día preguntó a uno de ellos en qué
materia y con menos impedimentos pudiese servir a Dios. El cual le repuso que
servían mejor a Dios aquellos que más huían de las cosas del mundo, como hacían
quienes en las soledades de los desiertos de la Tebaida se habían retirado. La
joven, que simplicísima era y de edad de unos catorce años, no por consciente
deseo sino por un impulso pueril, sin nada decir a nadie, a la mañana siguiente
hacia el desierto de Tebaida, ocultamente, sola, se encaminó; y con gran
trabajo suyo, continuando sus deseos, después de algunos días a aquellas
soledades llegó, y vista desde lejos una casita, se fue a ella, donde a un
santo varón encontró en la puerta, el cual, maravillándose de verla allí, le
preguntó qué es lo que andaba buscando. La cual repuso que, inspirada por Dios,
estaba buscando ponerse a su servicio, y también quién la enseñara cómo se le
debía servir. El honrado varón, viéndola joven y muy hermosa, temiendo que el
demonio, si la retenía, lo engañara, le alabó su buena disposición y, dándole
de comer algunas raíces de hierbas y frutas silvestres y dátiles, y agua a
beber, le dijo:
—Hija mía, no muy lejos de aquí hay un santo varón que en
lo que vas buscando es mucho mejor maestro de lo que soy yo: irás a él.
Y le enseñó el camino; y ella, llegada a él y oídas de
éste estas mismas palabras, yendo más adelante, llegó a la celda de un ermitaño
joven, muy devota persona y bueno, cuyo nombre era Rústico, y la petición le
hizo que a los otros les había hecho. El cual, por querer poner su firmeza a
una fuerte prueba, no como los demás la mandó irse, o seguir más adelante, sino
que la retuvo en su celda; y llegada la noche, una yacija de hojas de palmera
le hizo en un lugar, y sobre ella le dijo que se acostase. Hecho esto, no
tardaron nada las tentaciones en luchar contra las fuerzas de éste, el cual,
encontrándose muy engañado sobre ellas, sin demasiados asaltos volvió las
espaldas y se entregó como vencido; y dejando a un lado los pensamientos santos
y las oraciones y las disciplinas, a traerse a la memoria la juventud y la
hermosura de ésta comenzó, y además de esto, a pensar en qué vía y en qué modo
debiese comportarse con ella, para que no se apercibiese que él, como hombre
disoluto, quería llegar a aquello que deseaba de ella.
Y probando primero con ciertas preguntas, que no había
nunca conocido a hombre averiguó y que tan simple era como parecía, por lo que
pensó cómo, bajo especie de servir a Dios, debía traerla a su voluntad. Y
primeramente con muchas palabras le mostró cuán enemigo de Nuestro Señor era el
diablo, y luego le dio a entender que el servicio que más grato podía ser a
Dios era meter al demonio en el infierno, adonde Nuestro Señor le había
condenado. La jovencita le preguntó cómo se hacía aquello; Rústico le dijo:
—Pronto lo sabrás, y para ello harás lo que a mí me veas
hacer.
Y empezó a desnudarse de los pocos vestidos que tenía, y
se quedó completamente desnudo, y lo mismo hizo la muchacha; y se puso de
rodillas a guisa de quien rezar quisiese y contra él la hizo ponerse a ella. Y
estando así, sintiéndose Rústico más que nunca inflamado en su deseo al verla
tan hermosa, sucedió la resurrección de la carne; y mirándola Alibech, y
maravillándose, dijo:
—Rústico, ¿qué es esa cosa que te veo que así se te sale
hacia afuera y yo no la tengo?
—Oh, hija mía —dijo Rústico—, es el diablo de que te he
hablado; ya ves, me causa grandísima molestia, tanto que apenas puedo
soportarle.
Entonces dijo la joven:
—Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que tú, que
no tengo yo ese diablo.
Dijo Rústico:
—Dices bien, pero tienes otra cosa que yo no tengo, y la
tienes en lugar de esto.
Dijo Alibech:
—¿El qué?
Rústico le dijo:
—Tienes el infierno, y te digo que creo que Dios te haya
mandado aquí para la salvación de mi alma, porque si ese diablo me va a dar
este tormento, si tú quieres tener de mí tanta piedad y sufrir que lo meta en
el infierno, me darás a mí grandísimo consuelo y darás a Dios gran placer y
servicio, si para ello has venido a estos lugares, como dices.
La joven, de buena fe, repuso:
—Oh, padre mío, puesto que yo tengo el infierno, sea como
queréis.
Dijo entonces Rústico:
—Hija mía, bendita seas. Vamos y metámoslo, que luego me
deje estar tranquilo.
Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus
yacijas, le enseñó cómo debía ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de
Dios.
La joven, que nunca había puesto en el infierno a ningún
diablo, la primera vez sintió un poco de dolor, por lo que dijo a Rústico:
—Por cierto, padre mío, mala cosa debe ser este diablo, y
verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el infierno, y no en otra parte,
duele cuando se mete dentro.
Dijo Rústico:
—Hija, no sucederá siempre así.
Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces antes de
que se moviesen de la yacija lo metieron allí, tanto que por aquella vez le
arrancaron tan bien la soberbia de la cabeza que de buena gana se quedó
tranquilo.
Pero volviéndole luego muchas veces en el tiempo que
siguió, y disponiéndose la joven siempre obediente a quitársela, sucedió que el
juego comenzó a gustarle, y comenzó a decir a Rústico:
—Bien veo que la verdad decían aquellos sabios hombres de
Cafsa, que el servir a Dios era cosa tan dulce; y en verdad no recuerdo que
nunca cosa alguna hiciera yo que tanto deleite y placer me diese como es el
meter al diablo en el infierno; y por ello me parece que cualquier persona que
en otra cosa que en servir a Dios se ocupa es un animal.
Por la cual cosa, muchas veces iba a Rústico y le decía:
—Padre mío, yo he venido aquí para servir a Dios, y no
para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno.
Haciendo lo cual, decía alguna vez:
—Rústico, no sé por qué el diablo se escapa del infierno;
que si estuviera allí de tan buena gana como el infierno lo recibe y lo tiene,
no se saldría nunca.
Así, tan frecuentemente invitando la joven a Rústico y
consolándolo al servicio de Dios, tanto le había quitado la lana del jubón que
en tales ocasiones sentía frío en que otro hubiera sudado; y por ello comenzó a
decir a la joven que al diablo no había que castigarlo y meterlo en el infierno
más que cuando él, por soberbia, levantase la cabeza:
—Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto lo hemos
desganado, que ruega a Dios quedarse en paz.
Y así impuso algún silencio a la joven, la cual, después
de que vio que Rústico no le pedía más meter el diablo en el infierno, le dijo
un día:
—Rústico, si tu diablo está castigado y ya no te molesta,
a mí mi infierno no me deja tranquila; por lo que bien harás si con tu diablo
me ayudas a calmar la rabia de mi infierno, como yo con mi infierno te he
ayudado a quitarle la soberbia a tu diablo.
Rústico, que de raíces de hierbas y agua vivía, mal podía
responder a los envites; y le dijo que muchos diablos querrían poder
tranquilizar al infierno, pero que él haría lo que pudiese; y así alguna vez la
satisfacía, pero era tan raramente que no era sino arrojar un haba en la boca
de un león; de lo que la joven, no pareciéndole servir a Dios cuanto quería,
mucho rezongaba. Pero mientras que entre el diablo de Rústico y el infierno de
Alibech había, por el demasiado deseo y por el menor poder, esta cuestión,
sucedió que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardió el padre
de Alibech con cuantos hijos y demás familia tenía; por la cual cosa, Alibech,
de todos sus bienes quedó heredera. Por lo que un joven llamado Neerbale,
habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que ésta estaba
viva, poniéndose a buscarla y encontrándola antes de que el fisco se apropiase
de los bienes que habían sido del padre, como de hombre muerto sin herederos,
con gran placer de Rústico y contra la voluntad de ella, la volvió a llevar a
Cafsa y la tomó por mujer, y con ella de su gran patrimonio fue heredero. Pero
preguntándole las mujeres que en qué servía a Dios en el desierto, no
habiéndose todavía Neerbale acostado con ella, repuso que le servía metiendo al
diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado con haberla
arrancado a tal servicio.
Las mujeres preguntaron:
—¿Cómo se mete al diablo en el infierno?
La joven, entre palabras y gestos, se lo mostró; de lo que
tanto se rieron que todavía se ríen, y dijeron:
—No estés triste, hija, no, que eso también se hace bien
aquí, Neerbale bien servirá contigo a Dios Nuestro Señor en eso.
Luego, diciéndoselo una a otra por toda la ciudad,
hicieron famoso el dicho de que el más agradable servicio que a Dios pudiera
hacerse era meter al diablo en el infierno; el cual dicho, pasado a este lado
del mar, todavía se oye. Y por ello vosotras, jóvenes damas, que necesitáis la
gracia de Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa
muy grata a Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello
y seguirse.
Mil veces o más había movido a risa la historia de Dioneo
a las honestas damas, tales y de tal manera les parecían sus palabras; por lo
que, llegado él a la conclusión de ésta, conociendo la reina que el término de
su señorío había llegado, quitándose el laurel de la cabeza, muy
placenteramente lo puso sobre la cabeza de Filostrato, y dijo:
—Pronto veremos si el lobo sabe mejor guiar a las ovejas
que las ovejas han guiado a los lobos.
Filostrato, al oír esto, dijo riéndose:
—Si me hubieran hecho caso, los lobos habrían enseñado a
las ovejas a meter al diablo en el infierno no peor de lo que hizo Rústico con
Alibech; y por ello no nos llaméis lobos porque no habéis sido ovejas, pero
según me ha sido concedido, gobernaré el reino que se me ha encomendado.
A quien Neifile contestó:
—Oye, Filostrato; habríais, queriéndonos enseñar, podido
aprender sensatez como aprendió Masetto de las monjas y recuperar el habla en
tal punto que los huesos sin dueño habrían aprendido a silbar.
Filostrato, conociendo que había allí no menos hoces que
dardos tenía él, dejando el bromear, a dedicarse al gobierno del reino
encomendado empezó; y haciendo llamar al senescal, en qué punto estaban todas
las cosas quiso oír, y además de esto, según lo que pensó que estaría bien y
que debía satisfacer a la compañía, por cuanto su señorío durase, discretamente
dispuso, y después, dirigiéndose a las señoras, dijo:
—Amorosas señoras, por mi desventura, pues que mucho dolor
he conocido, siempre por la hermosura de alguna de vosotras he estado sujeto a
Amor, y ni el ser humilde ni el ser obediente ni el secundarlo como mejor he
podido conocer en todas sus costumbres, me ha valido sino primero ser
abandonado por otro y luego andar de mal en peor, y así creo que andaré de aquí
a la muerte, y por ello no de otra materia me place que se hable mañana sino de
lo que a mis casos es más conforme, esto es, de aquellos cuyos amores tuvieron
infeliz final, porque yo con el tiempo lo espero infelicísimo, y no por otra
cosa el nombre con que me llamáis, por quienes bien sabían lo que decían, me
fue impuesto.
Y dicho esto, poniéndose en pie, hasta la hora de la cena
dio a todos licencia.
Era tan hermoso el jardín y tan deleitable que no hubo
ninguna que eligiera salir de él para mayor placer hallar en otra parte; así,
no causando el sol, ya tibio, ninguna molestia para seguirlos, a los
cabritillos y los conejos y los otros animales que estaban en él y que,
mientras estaban sentados unas cien veces, saltando por medio de ellos, habían
venido a molestarlos, se pusieron algunos a seguir. Dioneo y Fiameta comenzaron
a cantar sobre micer Guglielmo y la Dama del Vergel
[SC109], Filomena y Pánfilo se pusieron a jugar al
ajedrez, y así, quién haciendo esto, quién haciendo aquello, pasándose el
tiempo, apenas esperada, la hora de la cena llegó; por lo que, puestas las
mesas en torno a la bella fuente, allí con grandísimo deleite cenaron por la
noche. Filostrato, por no salir del camino seguido por quienes reinas antes que
él habían sido, cuando se levantaron las mesas, mandó que Laureta guiase una
danza y cantase una canción; la cual dijo:
—Señor mío, canciones de los demás no sé, ni de las mías
tengo en la cabeza ninguna que sea lo bastante conveniente a tan alegre
compañía; si queréis de las que sé, las cantaré de buena gana.
El rey le dijo:
—Nada de lo tuyo podría ser sino bello y placentero, y por
ello, lo que sepas, cántalo.
Laureta, con voz asaz suave, pero con manera un tanto
lastímera, respondiéndole las demás, comenzó así.
Nadie tan desolada
como yo ha de quejarse,
que triste, en vano, gimo enamorada.
Aquel que mueve el cielo y toda estrella
[SC110]
me formó a su placer
linda, gallarda, y tan graciosa y bella,
para aquí abajo al intelecto ser
una señal de aquella
belleza que jamás deja de ver,
mas el mortal poder
[SC111] ,
conociéndome mal,
no me valora, soy menospreciada.
Ya hubo quien me quiso y, muy de grado,
siendo joven me abrió
sus brazos y su pecho y su cuidado,
y en la luz de mis ojos se inflamó,
y el tiempo (que afanado
se escapa) a cortejarme dedicó,
y siendo cortés yo
digna de él supe hacerme,
pero ahora estoy de aquel amor privada.
A mí llegó después, presuntuoso,
un mozalbete fiero
reputándose noble y valeroso,
su prisionera soy, y el traicionero
hoy se ha vuelto celoso;
por lo que, triste, casi desespero,
puesto que verdadero
es que, viniendo al mundo
por bien de muchos, de uno soy guardada.
Maldigo mi ventura
que, por cambiarme en esta
veste
[SC112] respondí sí de aquella oscura
en que alegre me vi, mientras con ésta
llevo una vida dura,
mucho menor que la pasada honesta.
¡Oh dolorosa fiesta,
antes muerta me viese
que haber sido en tal caso desgraciada!
Oh caro amante, con quien fui primero
más que nadie dichosa,
que ahora en el cielo ves al verdadero
creador, mírame con tu piadosa
bondad, ya que por otro
no te puedo olvidar, haz la amorosa
llama arder por mí, ansiosa,
y ruega que yo vuelva a esa morada.
Aquí puso fin Laureta a su canción, que, oída por todos,
diversamente por cada uno fue entendida; y los hubo que entendieron a la
milanesa que mejor era un buen puerco que una bella moza
[SC113]; otros fueron de más sublime y mejor y más
verdadero intelecto, sobre el que al presente no es propio recitar. El rey,
después de ésta, sobre la hierba y entre las flores habiendo hecho encender
muchas velas dobles, hizo cantar otras hasta que todas las estrellas que subían
comenzaron a caer; por lo que, pareciéndole tiempo de dormir, mandó que con las
buenas noches cada uno a su alcoba se fuese.
TERMINA LA TERCERA JORNADA
CUARTA JORNADA
COMIENZA LA CUARTA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA CUAL, BAJO
EL GOBIERNO DE FILOSTRATO, SE RAZONA SOBRE AQUELLOS CUYOS AMORES TUVIERON UN
FINAL INFELIZ.
CARÍSIMAS señoras, tanto por las palabras oídas a los
hombres sabios como por las cosas por mí muchas veces vistas y leídas, juzgaba
yo que el impetuoso viento y ardiente de la envidia no debía golpear sino las
altas torres y las más elevadas cimas de los árboles; pero en mi opinión me
encuentro sobremanera engañado. Porque huyendo yo, y habiéndome siempre
ingeniado en huir el fiero ímpetu de ese rabioso espíritu, no solamente por las
llanuras sino también por los profundísimos valles, callado y escondido, me he
ingeniado en andar; lo que puede aparecer asaz manifiesto a quien las presentes
novelitas mira, que no solamente en florentino vulgar y en prosa están escritas
por mí y sin título sino también en estilo humildísimo y bajo cuanto más se
puede, y no por todo ello he podido dejar de ser fieramente atacado por tal
viento (hasta casi desarraigado) y de ser todo lacerado por los mordiscos de la
envidia
[SC114]; por lo que asaz manifiestamente puedo comprender
que es verdad lo que suelen decir los sabios que sólo la miseria deja de ser
envidiada en este mundo presente. Pues ha habido quienes, discretas señoras,
leyendo estas novelitas, han dicho que vosotras me gustáis demasiado y que no
es cosa honesta que yo tanto deleite tome en agradaros y consolaros y algunos
han dicho peor: que en alabaros como lo hago. Otros, mostrando querer hablar
más reflexivamente, han dicho que a mi edad no está bien perseguir ya estas
cosas: esto es, hablar de mujeres y complacerlas.
Y muchos, muy preocupados por mi fama mostrándose, dicen
que más sabiamente haré en estar con las musas en el Parnaso que en estas
chácharas mezclarme con vosotras. Y hay quienes, más despechada que sabiamente
hablando, han dicho que haría más discretamente en pensar dónde podría
encontrar el pan que tras estas necedades andar palpando el viento. Y algunos
otros, que de otra guisa han sido las cosas por mí contadas que como os las
digo, se ingenian en detrimento de mis trabajos en demostrar. Así, por tantos y
tales soplos, por tan atroces dientes, por tan agudos, valerosas señoras,
mientras en vuestro servicio milito, estoy azotado, molestado y, en fin,
crucificado vivo. Las cuales cosas con tranquilo ánimo, sábelo Dios, escucho y
oigo, y aunque a vos en esto corresponda por completo mi defensa, no menos
entiendo yo no ahorrar mis fuerzas y sin responder cuanto sería conveniente,
con alguna ligera respuesta quitármelos de las orejas, y hacer esto sin
tardanza porque si ya, no habiendo llegado al tercio de mi trabajo, son ellos
muchos y mucho presumen, pienso que antes de que llegue al final podrán haberse
multiplicado de manera (no habiendo sufrido antes ninguna repulsa) que con poco
esfuerzo suyo me hundirían, y contra ellos, por muy grandes que sean, no podrían
resistir vuestras fuerzas. Pero antes de que comience a responder a alguien, me
place contar en mi favor no una historia entera, para que no parezca que quiero
mis historias con aquellas de tan loable compañía como fue la que os he
mostrado mezclar, sino parte de una, para que en su misma forma incompleta se
muestre que no es de aquéllas; y hablando a mis detractores, digo que:
En nuestra ciudad, hace ya mucho tiempo, hubo un ciudadano
que fue llamado Filippo Balducci, hombre de condición asaz modesta, pero rico y
bien despachado y hábil en las cosas cuanto su estado lo requería; y tenía a
una señora por mujer a quien tiernamente amaba, y ella a él, y juntos llevaban
una feliz vida, en ninguna otra cosa poniendo tanto afán como en agradarse
enteramente el uno al otro. Ahora, sucedió que, como sucede a todos, la buena
señora falleció y nada dejó suyo a Filippo sino un único hijo concebido de él,
que de edad de unos dos años era. Él, por la muerte de su mujer tan
desconsolado se quedó como nunca quedó nadie al perder la cosa amada; y
viéndose quedar solo sin la compañía que más amaba, se decidió por completo a
no pertenecer más al mundo sino dedicarse al servicio de Dios, y hacer lo mismo
de su pequeño hijo. Por lo que, dando todas sus cosas por el amor de Dios, sin
demora se fue a lo alto del Monte Sinerio y allí en una pequeña celda se metió
con su hijo, con el cual, de limosnas y en ayunos y en oraciones viviendo,
sumamente se guardaba de hablar, allí donde estaba, de ninguna cosa temporal ni
de dejarle ver ninguna de ellas, para que no lo apartasen de tal servicio, sino
que siempre de la gloria de la vida eterna y de Dios y de los santos hablaba,
no enseñándole otra cosa sino santas oraciones: y en esta vida muchos años le
tuvo, no dejándolo nunca salir de la celda ni mostrándole ninguna cosa más que
a sí mismo.
Acostumbraba el buen hombre a venir alguna vez a
Florencia, y de allí, según sus necesidades ayudado por los amigos de Dios, a
su celda se volvía. Ahora, sucedió que siendo ya el muchacho de edad de
dieciocho años, y Filippo viejo, un día le preguntó que dónde iba. Filippo se
lo dijo; al cual dijo el muchacho:
—Padre mío, vos sois ya viejo y mal podéis soportar los
trabajos; ¿por qué no me lleváis una vez a Florencia, para que, haciéndome
conocer a los amigos de Dios y vuestros, yo, que soy joven y tengo más fuerzas
que vos, pueda luego ir a Florencia a vuestros asuntos cuando lo deseéis, y vos
quedaros aquí?
El buen hombre, pensando que ya su hijo era grande, y
estaba tan habituado al servicio de Dios que difícilmente las cosas del mundo
debían ya poder atraerlo, se dijo:
«Bien dice éste».
Por lo que, teniendo que ir, lo llevó consigo. Allí el
joven, viendo los edificios, las casas, las iglesias y todas las demás cosas de
que toda la ciudad se ve llena, como quien no se acordaba de haberlas visto,
comenzó a maravillarse grandemente, y sobre muchas preguntaba al padre qué
eran, y cómo se llamaban. El padre se lo decía y él, quedándose contento al
oírlo, le preguntaba otra cosa. Y preguntando de esta manera el hijo y
respondiendo el padre, por ventura se tropezaron con un grupo de bellas muchachas
jóvenes y adornadas que de una fiesta de bodas venían; a las cuales, en cuanto
vio el joven, le preguntó al padre que qué eran.
El padre le dijo:
—Hijo mío, baja la vista, no las mires, que son cosa mala.
Dijo entonces el hijo:
—Pero ¿cómo se llaman?
El padre, por no despertar en el concupiscente apetito del
joven ningún proclive deseo menos que conveniente, no quiso nombrarlas por su
propio nombre, es decir, «mujeres», sino que dijo:
—Se llaman gansas.
¡Maravillosa cosa de oír! Aquel que nunca en su vida había
visto ninguna, no preocupándose de los palacios, ni del buey, ni del caballo,
ni del asno, ni de los dineros ni de otra cosa que visto hubiera, súbitamente
dijo:
—Padre mío, os ruego que hagáis que tenga yo una de esas
gansas.
—¡Ay, hijo mío! —dijo el padre—, calla: son cosa mala.
El joven, preguntándole, le dijo:
—¿Pues así son las cosas malas?
—Sí —dijo el padre.
Y él dijo entonces:
—No sé lo que decís, ni por qué éstas sean cosas malas: en
cuanto a mí, no me ha parecido hasta ahora ver nunca nada tan bello ni tan
agradable como ellas. Son más hermosas que los corderos pintados que me habéis
enseñado muchas veces. ¡Ah!, si os importo algo, haced que nos llevemos una
allá arriba de estas gansas y yo la llevaré a pastar.
Dijo el padre:
—No lo quiero; ¡no sabes tú dónde pastan!
Y sintió incontinenti que la naturaleza era más fuerte que
su ingenio, y se arrepintió de haberlo llevado a Florencia. Pero haber hasta
aquí contado de la presente novela me basta, y dirigirme a quienes la he
contado.
Dicen, pues, algunos de mis censores que hago mal, oh
jóvenes damas, esforzándome demasiado en agradaros; y que vosotras demasiado me
agradáis. Las cuales cosas abiertísimamente confieso; es decir, que me agradáis
y que me esfuerzo en agradaros; y les pregunto si de esto se maravillan
considerando no ya el haber conocido el amoroso besarse y el placentero
abrazarse y los ayuntamientos deleitosos que con vos, dulcísimas señoras, se
tienen muchas veces, sino solamente el haber visto y ver continuamente las corteses
costumbres y la atractiva hermosura y la cortés gallardía y además de todo
esto, vuestra señoril honestidad: cuando aquel que nutrido, criado, crecido en
un monte salvaje y solitario, dentro de los límites de una pequeña celda, sin
otra compañía que el padre, al veros, solas por él deseadas fuisteis, solas con
afecto seguidas.
¿Habrían de reprenderme, de amonestarme, de castigarme
éstos si yo, cuyo cuerpo el cielo produjo apto para amaros, y yo desde mi
infancia el alma os dediqué al sentir el poder de la luz de vuestros ojos, la
suavidad de las palabras melifluas y las llamas encendidas por los compasivos
suspiros, si me agradáis y si yo en agradaros me esfuerzo; y especialmente
teniendo en cuenta que antes que nada agradasteis a un ermitañito, a un
jovencillo sin sentido, casi a un animal salvaje? Por cierto que quien no os
ama y por vos no desea ser amado, como persona que ni los placeres ni la virtud
de la natural afección siente ni conoce me reprende: y poco me preocupo por
ello. Y quien contra mi edad va hablando muestra que mal conoce que aunque el
perro tiene la cabeza blanca, la cola la tiene verde; a los cuales, dejando a
un lado las bromas, respondo que nunca reputaré vergonzoso para mí hasta el
final de mi vida el complacer a aquellas cosas a las que Guido Cavalcanti y
Dante Alighieri ya viejos, y micer Gino de Pistoia viejísimo tuvieron en honor,
y buscaron su placer
[SC115].
Y si no fuese que sería salirme del modo que se acostumbra
a hablar, traería aquí en medio la historia, y la mostraría llena de hombres
viejos y valerosos que en sus más maduros años sumamente se esforzaron en
complacer a las damas, lo que si ellos no lo saben, que vayan y lo aprendan.
Que se quede con las musas en el Parnaso, afirmo que es un buen consejo: pero
no siempre podemos quedarnos con las musas ni ellas con nosotros. Si cuando
sucede que el hombre se separa de ellas, se deleita en ver cosa que se las
asemejan no es de reprochar: las musas son mujeres, y aunque las mujeres lo que
las musas valen no valgan, sin embargo tienen en el primer aspecto semejanza
con ellas, así que aunque por otra cosa no me agradasen, por ello debían
agradarme; sin contar con que las mujeres ya fueron para mí ocasión de componer
mil versos mientras las musas nunca me fueron de hacer ninguno ocasión. Ellas
me ayudaron bien y me mostraron cómo componer aquellos mil; y tal vez para
escribir estas cosas, aunque humildísimas sean, también han venido algunas
veces a estar conmigo, en servicio tal vez y en honor de la semejanza que las
mujeres tienen con ellas; por lo que, tejiendo estas cosas, ni del Monte
Parnaso ni de las Musas me separo tanto cuanto por ventura muchos creen.
Pero ¿qué diremos a aquellos que de mi fama tienen tanta
compasión que me aconsejan que me busque el pan? Ciertamente no lo sé, pero,
queriendo pensar cuál sería su respuesta si por necesidad se lo pidiera a
ellos, pienso que dirían: «¡Búscatelo en tus fábulas!». Y ya más han encontrado
entre sus fábulas los poetas que muchos ricos entre sus tesoros, y muchos ha
habido que andando tras de sus fábulas hicieron florecer su edad, mientras por
el contrario, muchos al buscar más pan del que necesitaban, murieron sin
madurar.
¿Qué diré más? Échenme con malos modos esos tales cuando
se lo pida, si bien con la merced de Dios todavía no lo necesito y si me
sobreviniese la necesidad yo sé, según el Apóstol, vivir en la abundancia y
padecer la miseria; y por ello nadie se preocupe de mí sino yo. Y los que dicen
que estas cosas no han sido así, me gustaría mucho que encontrasen los
originales, que si fueran discordantes de lo que yo escribo, justa diré que es
su reprimenda y en corregirme yo mismo me ingeniaré; pero mientras no aparezca
nada sino palabras, les dejaré con su opinión, siguiendo la mía, diciendo de
ellos lo que ellos dicen de mí. Y queriendo haber respondido bastante por esta
vez, digo que con la ayuda de Dios y la vuestra, gentilísimas señoras, en quien
espero, armado y con buena paciencia, con esto procederé adelante, volviendo
las espaldas a este viento y dejándolo soplar, porque no veo que pueda
sucederme a mí otra cosa que le sucede al menudo polvo, el cual, soplando el
torbellino, o de la tierra no lo mueve, o si lo mueve lo lleva a lo alto y
muchas veces sobre la cabeza de los hombres, sobre las coronas de los reyes y
de los emperadores, y a veces sobre los altos palacios y sobre las excelsas
torres lo deja; de las cuales, si cae, más abajo no puede llegar del lugar
adonde fue llevado. Y si alguna vez con toda mi fuerza a complaceros en algo me
dispuse, ahora más que nunca me dispondré, porque conozco que otra cosa nadie
podrá decir con razón sino que los demás y yo, que os amamos, naturalmente
obramos; a cuyas leyes (de la naturaleza) para querer oponerse, demasiado
grandes fuerzas se necesitan y muchas veces no solamente en vano sino con
grandísimo daño del que se afana se ponen en obra. Las cuales fuerzas, confieso
que no las tengo ni deseo tenerlas en esto, y si las tuviese, antes a otros las
prestaría que las usaría para mí. Por lo que cállense los reprensores, y si
calentarse no pueden, vivan congelados, y en sus deleites (más bien apetitos
corruptos) estándose, a mí en el mío, en esta breve vida que se nos da, me
dejen tranquilo. Pero hemos de volver, porque bastante hemos divagado, oh
hermosas señoras, allá de donde partimos, y el orden empezado seguir.
Arrojado había el sol ya del cielo a todas las estrellas y
de la tierra la húmeda sombra de la noche, cuando Filostrato, levantándose, a
toda su compañía hizo levantar, y yendo al hermoso jardín, por allí empezaron a
pasearse; y venida la hora de la comida, almorzaron aquí donde habían cenado la
noche pasada. Y de dormir, estando el sol en su mayor altura, levantándose, de
la manera acostumbrada cerca de la hermosa fuente se sentaron, y entonces
Filostrato a Fiameta mandó que principio diese a las historias, la cual, sin
esperar más a que dicho le fuese, señorilmente así comenzó:
NOVELA PRIMERA
Tancredo, príncipe de Salerno, mata al amante de su hija y
le manda el corazón en una copa de oro; la cual, echando sobre él agua
envenenada, se la bebe y muere
[SC116] .
Duro asunto para tratar nos ha impuesto hoy nuestro rey,
si pensamos que cuando para alegrarnos hemos venido, tenemos que hablar de las
lágrimas de otros, que no pueden contarse sin que deje de sentir compasión
quien las cuenta y quien las escucha. Tal vez por moderar un tanto la alegría
sentida los días pasados lo ha hecho; pero sea lo que le haya movido, como a mí
no me incumbe cambiar su gusto, un caso lastímero, y por lo mismo desventurado
y digno de nuestras lágrimas, contaré.
Tancredo, príncipe de Salerno
[SC117], fue señor asaz humano, y de benigno talante, si
en amorosa sangre, en su vejez, no se hubiera ensuciado las manos; el cual en
todo el tiempo de su vida no tuvo más que una hija, y más feliz hubiera sido si
no la hubiese tenido. Ésta fue por el padre tan tiernamente amada cuanto hija
alguna vez fuese amada por su padre; y por este tierno amor, habiendo ella ya
pasado en muchos años la edad de tener marido, no sabiendo cómo separarla de
él, no la casaba; luego, por fin, habiéndola dado por mujer a un hijo del duque
de Capua, viviendo con él poco tiempo, se quedó viuda y volvió con su padre.
Era hermosísima en el cuerpo y el rostro como la mujer que más lo hubiera sido,
y joven y gallarda, y más discreta de lo que por ventura convenía a una mujer
serlo. Y viviendo con el amante padre como una gran señora, en mucha blandura,
y viendo que su padre, por el amor que le tenía, poco cuidado se tomaba por
casarla otra vez, y a ella cosa honesta no le parecía pedírselo, pensó en
tener, ocultamente si podía hallarlo, un amante digno de ella. Y viendo a
muchos hombres en la corte de su padre, nobles y no, como nosotros los vemos en
las cortes, y consideradas las maneras y las costumbres de muchos, entre los
otros un joven paje del padre cuyo nombre era Guiscardo, hombre de nacimiento
asaz humilde pero por la virtud y las costumbres noble, más que otro le agradó
y por él calladamente, viéndolo a menudo, ardientemente se inflamó, estimando
cada vez más sus maneras. Y el joven, que no dejaba de ser perspicaz, habiéndose
fijado en ella, la había recibido en su corazón de tal manera que de cualquiera
otra cosa que no fuera amarla tenía alejada la cabeza. De tal guisa, pues,
amándose el uno al otro secretamente, nada deseando tanto la joven como
encontrarse con él, ni queriéndose sobre este amor confiarse a nadie, para
poderle declarar su intención inventó una rara estratagema.
Escribió una carta, y en ella lo que tenía que hacer el
día siguiente para estar con ella le mostró; y luego, puesta en el hueco de una
caña, jugando se la dio a Guiscardo diciendo:
—Con esto harás esta noche un soplillo para tu sirvienta
con que encienda el fuego.
Guiscardo la tomó, y pensando que no sin razón debía
habérsela dado y dicho aquello, marchándose, con aquello volvió a su casa, y
mirando la caña, y viéndola hendida, la abrió y, hallada dentro la carta de
ella y leída, y bien entendido lo que tenía que hacer, se sintió el hombre más
contento que ha habido en el mundo, y se dedicó a prepararse para reunirse con
ella según el modo que le había mostrado. Había junto al palacio del príncipe
una gruta cavada en el monte, hecha en tiempos lejanísimos, a la que daba luz
un respiradero abierto en el monte; el cual, como la gruta estaba abandonada,
por zarzas y por hierbas nacidas por encima, estaba casi obturado; y a esta
gruta, por una escala secreta que había en una de las cámaras bajas del
palacio, que era la de la señora, podía bajarse, aunque con un fortísimo portón
cerrada estaba. Y estaba tan fuera de la cabeza de todos esta escala, porque
hacía muchísimo tiempo que no se usaba, que casi ninguno de los que allí vivían
la recordaba; pero Amor, a cuyos ojos nada está tan secreto que no lo alcance,
se la había traído a la memoria a la enamorada señora
[SC118]. La cual, para que nadie de ello apercibirse
pudiera, muchos días con sus arneses
[SC119] mucho había trabajado para que aquel portón
pudiera abrirse; abierto el cual, y sola bajando a la gruta y visto el
respiradero, por él había mandado decir a Giuscardo que se industriase en
bajar, habiéndole dibujado la altura de aquél a la tierra haber podía.
Y para cumplir esto, Guiscardo prestamente, preparada una
soga con ciertos nudos y lazadas para poder descender y subir por ella, y
vestido con un cuero que de las zarzas le protegiese, sin haber dicho nada a
nadie, a la noche siguiente al respiradero se fue, y acomodando bien uno de los
cabos de la soga a un fuerte tocón que en la boca del respiradero había nacido,
por ella bajó a la gruta y esperó a la señora. La cual, al día siguiente,
fingiendo querer dormir, mandadas afuera sus damiselas y encerrándose sola en
la alcoba, abierto el portón, a la gruta bajó, donde, encontrando a Guiscardo,
uno a otro maravillosas fiestas se hicieron, y viniendo juntos a su alcoba, con
grandísimo placer gran parte de aquel día se quedaron, y puesto discreto orden
en sus amores para que fuesen secretos, volviéndose a la gruta Guiscardo y ella
cerrando el portón, con sus damiselas se vino afuera.
Guiscardo luego, al venir la noche, subiendo por su soga,
por el respiradero por donde había entrado salió afuera y se volvió a su casa;
y habiendo aprendido este camino, muchas veces luego, andando el tiempo, allí
retornó. Pero la fortuna, envidiosa de tan largo y de tan grande deleite, con
un doloroso suceso el gozo de los dos amantes volvió triste llanto.
Acostumbraba Tancredo a venir alguna vez solo a la cámara de su hija, y allí
hablar con ella y quedarse un rato, y luego irse; el cual, un día después de
comer, bajando allí, estando la señora, que Ghismunda tenía por nombre, en un
jardín suyo con todas sus damiselas, en ella entrando, sin haber sido por nadie
visto u oído, no queriendo apartarla de su distracción, encontrando las
ventanas de la alcoba cerradas y las cortinas de la cama echadas, junto a ellas
en una esquina se sentó en un almohadón; y apoyando la cabeza en la cama y
cubriéndose con la cortina, como si deliberadamente se hubiera escondido allí,
se quedó dormido. Y estando durmiendo de esta manera, Ghismunda, que por
desgracia aquel día había hecho venir a Guiscardo, dejando a sus damiselas en
el jardín, calladamente entró en la alcoba y, cerrándola, sin apercibirse de
que nadie estuviera allí, abierto el portón a Guiscardo que la esperaba y
yéndose los dos a la cama como acostumbraban, y juntos jugando y solazándose,
sucedió que Tancredo se despertó y oyó y vio lo que Guiscardo y su hija hacían;
y dolorido por ello sobremanera, primero quiso gritarles, luego tomó el partido
de callarse y de quedarse escondido, si podía, para poder más cautamente obrar
y con menor vergüenza suya lo que ya le había venido la intención de hacer.
Los dos amantes estuvieron largo tiempo juntos como
acostumbraban, sin apercibirse de Tancredo; y cuando les pareció tiempo,
bajándose de la cama, Guiscardo se volvió a la gruta y ella salió de la alcoba.
De la cual Tancredo, aunque era viejo, desde una ventana bajó al jardín y sin
ser visto por nadie, mortalmente dolorido, a su cámara volvió. Y por una orden
que dio, al salir del respiradero, la noche siguiente durante el primer sueño,
Guiscardo, tal como estaba con la vestimenta de cuero embarazado, fue apresado
por dos y secretamente llevado a Tancredo; el cual, al verle, casi llorando
dijo:
—Guiscardo, mi benignidad contigo no merecía el ultraje y
la vergüenza que en mis cosas me has hecho, como he visto hoy con mis propios
ojos.
Al cual, Guiscardo, nada respondió sino esto:
—Amor puede mucho más de lo que podemos vos y yo.
Mandó entonces Tancredo que calladamente en alguna cámara
de allí adentro guardado fuese; y así se hizo. Venido el día siguiente, no
sabiendo Ghismunda nada de estas cosas, habiendo Tancredo consigo mismo pensado
varios y diversos procedimientos, después de comer, según su costumbre se fue a
la cámara de la hija, donde haciéndola llamar y encerrándose dentro con ella,
llorando comenzó a decirle:
—Ghismunda, pareciéndome conocer tu virtud y tu
honestidad, nunca habría podido caberme en el ánimo, aunque me lo hubieran
dicho, si yo con mis ojos no lo hubiera visto, que someterte a algún hombre, si
tu marido no hubiera sido, hubieses no ya hecho sino ni aun pensado; por lo que
yo en este poco resto de vida que mi vejez me conserva siempre estaré dolorido
al recordarlo. Y hubiera querido Dios que, pues que a tanta deshonestidad
encaminarte debías, hubieses tomado un hombre que a tu nobleza hubiera sido conveniente;
pero entre tantos que mi corte frecuentan, elegiste a Guiscardo, joven de
condición vilísima en nuestra corte casi como por el amor de Dios desde niño
hasta este día criado; por lo que en grandísimo afán de ánimo me has puesto no
sabiendo qué partido tomar sobre ti. De Guiscardo, a quien esta noche hice
prender cuando por el respiradero salía y lo tengo en prisión, ya he
determinado qué hacer, pero de ti sabe Dios que no sé qué hacer. Por una parte,
me arrastra el amor que siempre te he tenido más que ningún padre tuvo a su
hija y por la otra me arrastra la justísima ira ocasionada por tu gran locura:
aquél quiere que te perdone y éste quiere que contra mi misma naturaleza me
ensañe; pero antes de tomar partido, deseo oírte lo que tengas que decir a
esto.
Y dicho esto, bajó el rostro, llorando tan fuertemente
como habría hecho un muchacho apaleado. Ghismunda, al oír a su padre y al
conocer no solamente que su secreto amor había sido descubierto sino que
Guiscardo estaba preso, un dolor indecible sintió y de mostrarlo con gritos y
con lágrimas, como la mayoría de las mujeres hace, estuvo muchas veces cerca,
pero venciendo esta vileza su ánimo altanero, su rostro con maravillosa fuerza
contuvo, y se determinó a no seguir con vida antes que proferir alguna súplica
por ella misma, imaginando que ya su Guiscardo había muerto, por lo que no como
dolorida mujer o arrepentida de su yerro, sino como mujer impasible y valerosa,
con seco rostro y abierto y en ningún rasgo alterado, así dijo a su padre:
—Tancredo, ni a negar ni a suplicar estoy dispuesta porque
ni lo uno me valdría ni lo otro quiero que me valga; y además de esto, de
ningún modo entiendo que me favorezcan tu benevolencia y tu amor sino la verdad
confesando, primero defender mi fama con razones verdaderas y luego con las
obras seguir firmemente la grandeza de mi ánimo. Es verdad que he amado y amo a
Guiscardo, y mientras viva, que será poco, lo amaré y si después de la muerte
se ama, no dejaré de amarlo; pero a esto no me indujo tanto mi femenina
fragilidad como tu poca solicitud en casarme y la virtud suya. Debe serte,
Tancredo, manifiesto, siendo tú de carne, que has engendrado a una hija de
carne y no de piedra ni de hierro; y acordarte debías y debes, aunque tú ahora
seas viejo, cómo y cuáles y con qué fuerza son las leyes de la juventud, y
aunque tú, hombre, en parte de tus mejores años en las armas te hayas
ejercitado, no debías, sin embargo, conocer lo que los ocios y las delicadezas
pueden en los viejos, no ya en los jóvenes. Soy, pues, como engendrada por ti,
de carne, y he vivido tan poco que todavía soy joven, y por una cosa y la otra
llena del deseo concupiscente, al que asombrosísimas fuerzas ha dado ya, por
haber estado casada, el conocimiento del placer sentido cuando tal deseo se
cumple. A cuyas fuerzas, no pudiendo yo resistir, a seguir aquello a lo que me
empujaban, como joven y como mujer, me dispuse, y me enamoré.
»Y ciertamente en esto puse toda mi virtud al no querer
que ni para ti ni para mí, de aquello que al natural pecado me atraía (en
cuanto yo pudiera evitarlo) viniese ninguna vergüenza. A lo que el compasivo
Amor y la benigna fortuna una muy oculta vía me habían encontrado y mostrado,
por la cual, sin nadie saberlo, yo mis deseos alcanzaba: y esto (quien sea que
te lo haya mostrado o como quiera que lo sepas) no lo niego. A Guiscardo no
escogí por acaso, como muchas hacen, sino que con deliberado consejo lo elegí
antes que a cualquiera otro, y con precavido pensamiento lo atraje, y con sabia
perseverancia de él y de mí largamente he gozado en mi deseo. En lo que parece
que, además de haber pecado por amor, tú, más la opinión vulgar que la verdad
siguiendo, con más amargura me reprendes al decir, como si no te hubiese
enojado si a un hombre noble hubiera elegido para esto, que con un hombre de
baja condición me he mezclado; en lo que no te das cuenta de que no mi pecado
sino el de la fortuna reprendes, la cual con asaz frecuencia a los que no son
dignos eleva, dejando abajo a los dignísimos.
»Pero dejemos ahora esto, y mira un poco los principios
del asunto: verás que todos nosotros de una sola masa de carne tenemos la
carne, y que por un mismo creador todas las almas con igual fuerza, con igual
poder, con igual virtud fueron creadas. La virtud primeramente hizo distinción
entre nosotros, que nacemos y nacíamos iguales; y quienes mayor cantidad de
ella tenían y la ponían en obra fueron llamados nobles, y los restantes
quedaron siendo no nobles. Y aunque una costumbre contraria haya ocultado después
esta ley, no está todavía arrancada ni destruída por la naturaleza y por las
buenas costumbres; y por ello, quien virtuosamente obra, abiertamente se
muestra noble, y si de otra manera se le llama, no quien es llamado sino quien
le llama se equivoca.
»Mira, pues, entre tus nobles y examina su vida, sus
costumbres y sus maneras, y de otra parte las de Guiscardo considera: si
quisieras juzgar sin animosidad, le llamarías a él nobilísimo y a todos estos
nobles tuyos villanos. En la virtud y el valor de Guiscardo no creí por el
juicio de otra persona, sino por tus palabras y por mis ojos. ¿Quién le alabó
tanto cuando tú le alababas en todas las cosas loables que deben ser alabadas
en un hombre valeroso? Y ciertamente no sin razón: que si mis ojos no me engañaron,
ninguna alabanza fue dicha por ti que yo ponerla en obra, y más admirablemente
que podían expresarlo tus palabras, no le viese; y si en ello me hubiera
engañado en algo, por ti habría sido engañada. ¿Dirás, pues, que con un hombre
de baja condición me he mezclado? No dirás verdad; si por ventura dijeses que
con un pobre, con vergüenza tuya podría concederse, que así has sabido a un
hombre valioso servidor tuyo traer a buen estado; pero la pobreza no quita a
nadie nobleza, sino los haberes.
»Muchos reyes, muchos grandes príncipes fueron pobres, y
muchos que cavan la tierra y guardan ovejas fueron riquísimos, y lo son. La
última duda que me expusiste, es decir, qué debas hacer conmigo, deséchala por
completo: si en tu extrema vejez estás dispuesto a hacer lo que de joven no
acostumbraste, es decir, a obrar cruelmente, prepárate a ello, sé cruel conmigo
porque no estoy dispuesta a rogarte de ningún modo que no lo seas como que eres
la primera razón de este pecado, si es que pecado es; por lo que te aseguro que
lo que de Guiscardo hayas hecho o hagas si no haces conmigo lo mismo, mis
propias manos lo harán. Y ahora anda, vete con las mujeres a derramar lágrimas,
y para descargar tu crueldad con el mismo golpe, a él y a mí, si te parece que
lo hemos merecido, mátanos.
Conoció el príncipe la grandeza de ánimo de su hija, pero
no por ello creyó que estuviese tan firmemente dispuesta a lo que con sus
palabras amenazaba como decía; por lo que, separándose de ella y alejando el
pensamiento de obrar cruelmente contra ella, pensó con la condenación del otro
enfriar su ardiente amor, y mandó a los dos que a Guiscardo guardaban que, sin
hacerlo saber a nadie, la noche siguiente lo estrangularan y, arrancándole el
corazón, se lo llevasen. Los cuales, tal como se les había ordenado, lo
hicieron, por lo que, venido el día siguiente, haciéndose traer el príncipe una
grande y hermosa copa de oro y puesto en ella el corazón de Guiscardo, por un
fidelísimo sirviente suyo se lo mandó a su hija y le ordenó que cuando se lo
diera le dijese:
—Tu padre te envía esto para consolarte con lo que más
amas, como le has consolado tú con lo que él más amaba.
Ghismunda, no apartada de su dura decisión, haciéndose
traer hierbas y raíces venenosas, luego de que su padre partió, las destiló y
las redujo a agua, para tenerla preparada si lo que temía sucediese. Y venido
el sirviente a ella con el regalo y con las palabras del príncipe, con
inconmovible rostro la copa recibió, y descubriéndola, al ver el corazón y al
oír las palabras, tuvo por certísimo que aquél era el corazón de Guiscardo, por
lo que, levantando los ojos hacia el sirviente, dijo:
—No convenía sepultura menos digna que el oro a tal
corazón como es éste; discretamente ha obrado mi padre en esto. —Y dicho esto,
acercándoselo a la boca, lo besó y después dijo—: En todas las cosas y hasta en
este extremo de mi vida he encontrado tiernísimo el amor que mi padre me tiene,
pero ahora más que nunca; y por ello las últimas gracias que debo darle ahora
por tan gran presente, de mi parte le darás. —Dicho esto, mirando la copa que
tenía abrazada, mirando el corazón, dijo—: ¡Ay!, dulcísimo albergue de todos
mis placeres, ¡maldita sea la crueldad de aquel que con los ojos de la cara me
hace verte ahora! Bastante me era mirarte a cada momento con los del espíritu.
Tú has cumplido ya tu carrera y te has liberado de la que te concedió la
fortuna; llegado has al final a donde todos corremos; dejado has las miserias
del mundo y las fatigas, y de tu mismo enemigo has recibido la sepultura que tu
valor merecía.
»Nada te faltaba para recibir cumplidas exequias sino las
lágrimas de quien mientras viviste tanto amaste; las que para que las tuvieses,
puso Dios en el corazón de mi cruel padre que te mandase a mí, yo te las
ofreceré aunque tuviera el propósito de morir con los ojos secos y con el gesto
de nada espantado; y después de habértelas ofrecido, sin tardanza alguna haré
que mi alma se una a la que, rigiéndola tú, con tanto amor guardaste.
»¿Y en qué compañía podré ir más contenta y más segura a
los lugares desconocidos que con ella? Estoy segura de que está todavía aquí
dentro y que mira los lugares de sus deleites y los míos, y como quien estoy
segura de que sigue amándome, espera a la mía por la cual sumamente es amada.
Y dicho esto, no de otra manera que si una fuente en la
cabeza tuviese, sin hacer ningún mujeril alboroto, inclinándose sobre la copa,
llorando empezó a verter tantas lágrimas que admirable cosa era de ver, besando
infinitas veces el muerto corazón. Sus damiselas, que en torno de ella estaban,
qué corazón fuese éste y qué querían decir sus palabras no entendían, pero por
la piedad vencidas, todas lloraban; y compasivamente le preguntaban en vano por
el motivo de su llanto, y mucho más, como mejor podían y sabían, se ingeniaban
en consolarla. La cual, después de que cuanto le pareció hubo llorado, alzando
la cabeza y secándose los ojos, dijo:
—Oh, corazón muy amado, todos mis deberes hacia ti están
cumplidos y nada me queda por hacer sino venir con mi alma a estar en tu
compañía.
Y dicho esto, se hizo dar la botijuela donde estaba el
agua que el día anterior había preparado; y la echó en la copa donde el corazón
estaba, con muchas lágrimas suyas lavado; y sin ningún espanto puesta allí la
boca, toda la bebió, y habiéndola bebido, con la copa en la mano subió a su
cama, y lo más honestamente que supo colocó sobre ella su cuerpo y contra su
corazón apoyó el de su muerto amante, y sin decir palabra esperaba la muerte.
Sus damiselas, habiendo visto y oído estas cosas, como no sabían qué agua fuera
la que había bebido, a Tancredo habían mandado a decir todo aquello, el cual,
temiendo lo que sucedió, bajó prontamente a la alcoba de su hija. Adonde llegó
en el momento en que ella se echaba sobre la cama, y tarde, con dulces palabras
viniendo a consolarla, viendo el término en que estaba, comenzó doloridamente a
llorar; y la señora le dijo:
—Tancredo, guarda esas lágrimas para algún caso menos
deseado que éste, y no las viertas por mí que no las deseo. ¿Quién ha visto
jamás a nadie llorar por lo que él mismo ha querido? Pero si algo de aquel amor
que me tuviste todavía vive en ti, por último don concédeme que, pues que no te
fue grato que yo calladamente y a escondidas con Guiscardo viviera, que mi
cuerpo con el suyo, dondequiera que lo hayas hecho arrojar muerto, esté
públicamente.
La angustia del llanto no dejó responder al príncipe, y
entonces la joven, sintiéndose llegar a su fin, estrechando contra su pecho el
muerto corazón, dijo:
—Quedaos con Dios, que yo me voy.
Y velados los ojos y perdido todo sentido, de esta
dolorosa vida se partió.
Tal doloroso fin tuvo el amor de Guiscardo y de Ghismunda,
como habéis oído; a los cuales Tancredo, luego de mucho llanto, y tarde
arrepentido de su crueldad, con general dolor de todos los salernitanos,
honradamente a ambos en un mismo sepulcro hizo enterrar
[SC120].
NOVELA SEGUNDA
Fray Alberto convence a una mujer de que el arcángel
Gabriel está enamorado de ella y, como si fuera él, muchas veces se acuesta con
ella, luego, por miedo a los parientes de ella huyendo de su casa se refugia en
casa de un hombre pobre, el cual, como a un hombre salvaje, al día siguiente a
la plaza lo lleva; donde, reconocido, sus frailes le echan mano y lo
encarcelan.
Había la historia por Fiameta contada hecho muchas veces
saltar las lágrimas a sus compañeras, pero estando ya completa, el rey con
inconmovible gesto dijo:
—Poco precio me parecería tener que dar mi vida por la
mitad del deleite que con Guiscardo gozó a Ghismunda, y ninguna de vosotras
debe maravillarse, como sea que yo, viviendo, a cada paso mil muertes siento, y
por todas ellas no me es dada una sola partecilla de deleite. Pero dejando
estar mis asuntos en sus términos por el momento, quiero que sobre duros casos,
y en parte a mis accidentes semejantes, siga hablando Pampínea; la cual, si
como ha comenzado Fiameta, continúa, sin duda algún rocío comenzaré a sentir
caer sobre mis llamas.
Pampínea, oyendo que a ella le tocaba aquella orden, más
por su emoción conoció el ánimo de sus compañeras que el del rey por sus
palabras y por ello, más dispuesta a recrearlas un poco que a tener (salvo por
el solo mandato) que contentar al rey, se dispuso a contar una historia que sin
salir de lo propuesto, las hiciera reír, y comenzó:
Acostumbra el pueblo a decir el proverbio siguiente:
«Quien es malvado y por bueno tenido, puede hacer el mal y no es creído»; el
cual amplia materia para hablar sobre lo que me ha sido propuesto me presta, y
aun para demostrar cuánta y cuál sea la hipocresía de los religiosos, los
cuales con las ropas largas y amplias y con los rostros artificialmente pálidos
y con las voces humildes y mansas para pedir a otros, y altanerísimos y ásperos
al reprender a los otros sus mismos vicios y en mostrarles que ellos por coger
y los demás por darles a ellos consiguen la salvación, y además de ello, no
como hombres que el paraíso tengan que ganar como nosotros sino casi como
señores y poseedores de él dando a cada uno que muere, según la cantidad de los
dineros que les deja, un lugar más o menos excelente, con esto primero a sí
mismos, si así lo creen, y luego a quienes a sus palabras dan fe se esfuerzan
en engañar. Sobre los cuales, si cuanto les conviene me fuera permitido
demostrar, pronto le aclararía a muchos simples lo que en sus capas anchísimas
tienen escondido. Pero quisiera Dios que en todas sus mentiras a todos les
sucediese lo que a un fraile menor, nada joven, sino de aquellos que por
mayores santones eran tenidos en Venecia; sobre el cual sumamente me place
hablar para tal vez aliviar un tanto con risa y con placer vuestros ánimos
llenos de compasión por la muerte de Ghismunda.
Hubo, pues, valerosas señoras, en Imola, un hombre de
malvada vida y corrupta que fue llamado Berto de la Massa, cuyas vituperables
acciones muy conocidas por los imolenses, a tanto le llevaron que no ya la
mentira sino la verdad no había en Imola quien le creyese; por lo que,
apercibiéndose de que allí ya sus artimañas no le servían, como desesperado a
Venecia, receptáculo de toda inmundicia
[SC121], se mudó, y allí pensó encontrar otra manera para
su mal obrar de lo que había hecho en otra parte. Y como si le remordiese la
conciencia por las malvadas acciones cometidas por él en el pasado, mostrándose
embargado por suma humildad y convertido en mejor católico que ningún otro
hombre, fue y se hizo fraile menor y se hizo llamar fray Alberto de Imola; y en
tal hábito comenzó a hacer en apariencia una vida sacrificada y a alabar mucho
la penitencia y la abstinencia, y nunca comía carne ni bebía vino cuando no
había el que le gustaba.
Y sin apercibirse casi nadie, de ladrón, de rufián, de
falsario, de homicida, súbitamente se convirtió en un gran predicador sin haber
por ello abandonado los susodichos vicios cuando ocultamente pudiera ponerlos
en obra. Y además de ello, haciéndose sacerdote, siempre en el altar, cuando
celebraba, si muchos lo veían, lloraba por la pasión del Señor como a quien
poco le costaban las lágrimas cuando lo quería. Y en breve, entre sus
predicaciones y sus lágrimas, supo de tal manera engatusar a los venecianos que
casi de todo testamento que allí se hacía era fideicomisario y depositario, y
guardador de los dineros de muchos, confesor y consejero casi de la mayoría de
los hombres y de las mujeres; y obrando así, de lobo se había convertido en
pastor, y era su fama de santidad en aquellas partes mucho mayor que nunca
había sido la de San Francisco de Asís. Ahora, sucedió que una mujer joven,
mema y boba que se llamaba doña Lisetta de en cá Quirini
[SC122] casada con un rico mercader que había ido con sus
galeras a Flandes, fue con otras mujeres a confesarse con este santo fraile; y
estando a sus pies, como veneciana que era, que son todos unos vanidosos,
habiendo dicho una parte de sus asuntos, fue preguntada por fray Alberto si
tenía algún amante. Y con mal gesto le respondió:
—Ah, señor fraile, ¿no tenéis ojos en la cara? ¿Os parecen
mis encantos hechos como los de esas otras? Demasiados amantes tendría, si
quisiera; pero no son mis encantos para dejar que los ame un tal o un cual ¿A
cuántas veis cuyos encantos sean como los míos, yo que sería hermosa en el
paraíso?
Y además de esto dijo tantas cosas de esta hermosura suya
que era un fastidio oírla. Fray Alberto conoció incontinenti que aquélla olía a
necia, y pareciéndole tierra para su arado, de ella súbitamente y con desmesura
se enamoró; pero guardando las alabanzas para momento más cómodo, para
mostrarse santo aquella vez, comenzó a quererla reprender y a decirle que
aquello era vanagloria, y otras de sus historias; por lo que la mujer le dijo
que era un animal y que no sabía que había hermosuras mayores que otras, por lo
que fray Alberto, no queriéndola enojar demasiado, terminada la confesión, la
dejó irse con las demás.
Y unos días después, tomando un fiel compañero, se fue a
casa de doña Lisetta y, retirándose aparte a una sala con ella y sin poder ser
visto por otros, se le arrodilló delante y dijo:
—Señora, os ruego por Dios que me perdonéis de lo que el
domingo, hablándome vos de vuestra hermosura, os dije, por lo que tan
fieramente fui castigado la noche siguiente que no he podido levantarme de la
cama hasta hoy.
Dijo entonces doña Trulla:
—¿Y quién os castigó así?
Dijo fray Alberto:
—Os lo diré: estando en oración durante la noche, como
suelo estar siempre, vi súbitamente en mi celda un gran esplendor, y antes de
que pudiera volverme para ver lo que era, me vi encima un joven hermosísimo con
un grueso bastón en la mano, el cual, cogiéndome por la capa y haciéndome
levantar, tanto me pegó que me quebrantó todo. Al cual pregunté después por qué
me había hecho aquello, y respondió: «Porque hoy te has atrevido a reprender
los celestiales encantos de doña Lisetta, a quien amo, Dios aparte, sobre todas
las cosas». Y yo entonces pregunté: «¿Quién sois vos?». A lo que respondió él
que era el arcángel Gabriel. «Oh, señor mío, os ruego que me perdonéis», dije
yo. Y él dijo entonces: «Te perdono con la condición de que irás a verla en
cuanto puedas, y pídele perdón; y si no te perdona, yo volveré aquí y te daré
tantos que lo sentirás mientras vivas». Lo que me dijo después no me atrevo a
decíroslo si no me perdonáis primero.
Doña Calabaza —de-viento, que era un sí es no es dulce de
sal
[SC123], se esponjaba oyendo estas palabras y todas las
creía veracísimas, y luego de un poco dijo:
—Bien os decía yo, fray Alberto, que mis encantos eran
celestiales; pero así Dios me ayude, me da lástima de vos, y hasta ahora, para
que no os hagan más daño, os perdono, si verdaderamente me decís lo que el
ángel os dijo después.
Fray Alberto dijo:
—Señora, pues que me habéis perdonado, os lo diré de buen
grado, pero una cosa os recuerdo, que lo que yo os diga os guardéis de decirlo
a ninguna persona del mundo, si no queréis estropear vuestros asuntos, que sois
la más afortunada mujer que hay hoy en el mundo. Este ángel Gabriel me dijo que
os dijera que le gustáis tanto que muchas veces habría venido a estar por la
noche con vos si no hubiera sido por no asustaros. Ahora, os manda decir por mí
que quiere venir una noche a veros y quedarse con vos un buen rato; y porque
como es un ángel y viniendo en forma de ángel no lo podríais tocar, dice que
por deleite vuestro quiere venir en figura de hombre, y por ello dice que le
mandéis decir cuándo queréis que venga y en forma de quién, y que lo hará; por
lo que vos, más que ninguna mujer viva, os podréis tener por feliz.
Doña Bachillera dijo entonces que mucho le placía si el
ángel Gabriel la amaba, porque ella lo quería bien, y nunca sucedía que una
vela de un matapán
[SC124] no le encendiera delante de donde le viese
pintado; y que cuando quisiera venir a ella era bien venido, que la encontraría
sola en su alcoba; pero con el pacto de que no fuese a dejarla por la Virgen
María, que le habían dicho que la quería mucho, y también lo parecía así porque
en cualquier sitio que lo veía estaba arrodillado delante de ella; y además de
esto, que era cosa suya venir en la forma que quisiese, siempre que no la
asustara.
Entonces dijo fray Alberto:
—Señora, habláis sabiamente, y yo arreglaré bien con él lo
que me decís. Pero podéis hacerme un gran favor, y no os costará nada y el
favor es éste: que queráis que venga en este cuerpo mío. Y escuchad por qué me
haréis un favor: que me sacará el alma del cuerpo y la pondrá en el paraíso, y
cuanto él esté con vos tanto estará mi alma en el paraíso.
Dijo entonces doña Poco-hila:
—Bien me parece; quiero que por los azotes que os dio por
mi causa, que tengáis este consuelo.
Entonces dijo fray Alberto:
—Así, haréis que esta noche encuentre él la puerta de
vuestra casa de manera que pueda entrar, porque viniendo en cuerpo humano como
vendrá, no podrá entrar sino por la puerta.
La mujer repuso que lo haría. Fray Alberto se fue y ella
se quedó con tan gran alborozo que no le llegaba la camisa al cuerpo, mil años
pareciéndole hasta que el arcángel Gabriel viniera a verla. Fray Alberto,
pensando que caballero y no ángel tenía que ser por la noche, con confites y
otras buenas cosas empezó a fortalecerse, para que fácilmente no pudiera ser
arrojado del caballo; y conseguido el permiso, con un compañero, al hacerse de
noche, se fue a casa de una amiga suya de donde otra vez había arrancado cuando
andaba corriendo las yeguas, y de allí, cuando le pareció oportuno, disfrazado,
se fue a casa de la mujer y, entrando en ella, con los perifollos que había
llevado, en ángel se transfiguró, y subiendo arriba, entró en la cámara de la
mujer. La cual, cuando aquella cosa tan blanca vio, se le arrodilló delante, y
el ángel la bendijo y la hizo ponerse en pie, y le hizo señal de que se fuese a
la cama; lo que ella, deseosa de obedecer, hizo prestamente, y el ángel después
con su devota se acostó.
Era fray Alberto hermoso de cuerpo y robusto, y muy bien
plantado; por la cual cosa, encontrándose con doña Lisetta, que era fresca y
mórbida, distinto yacimiento haciéndole que el marido, muchas veces aquella
noche voló sin alas, de lo que ella muy contenta se consideró; y además de
ello, muchas cosas le dijo de la gloria celestial. Luego, acercándose el día,
organizando el retorno, con sus arneses fuera se salió y volvióse a su
compañero, al cual, para que no tuviese miedo durmiendo solo, la buena mujer de
la casa había hecho amigable compañía. La mujer, en cuanto almorzó, tomando sus
acompañantes, se fue a fray Alberto y le dio noticias del ángel Gabriel y de lo
que le había contado de la gloria y la vida eterna, y cómo era él, añadiendo
además a esto, maravillosas fábulas.
A la que fray Alberto dijo:
—Señora, yo no sé cómo os fue con él; lo que sé bien es
que esta noche, viniendo él a mí y habiéndole yo dado vuestra embajada, me
llevó súbitamente el alma entre tantas flores y tantas rosas que nunca se han
visto tantas aquí, y me estuve en uno de los lugares más deleitosos que nunca
hubo hasta esta mañana a maitines: lo que pasó de mi cuerpo, no lo sé.
—¿No os lo digo yo? —dijo la señora—. Vuestro cuerpo
estuvo toda la noche en mis brazos con el ángel Gabriel, y si no me creéis
miraos bajo la teta izquierda, donde le di un beso grandísimo al ángel, tal que
allí tendréis la señal unos cuantos días.
Dijo entonces fray Alberto:
—Bien haré hoy algo que no he hecho hace mucho tiempo, que
me desnudaré para ver si me decís verdad.
Y luego de mucho charlar, la mujer se volvió a casa; a
donde en figura de ángel fray Alberto fue luego muchas veces sin encontrar
ningún obstáculo. Pero sucedió un día que, estando doña Lisetta con una comadre
suya y juntas hablando sobre la hermosura, para poner la suya delante de
ninguna otra, como quien poca sal tenía en la calabaza, dijo:
—Si supierais a quién le gusta mi hermosura, en verdad que
no hablaríais de las demás.
La comadre, deseosa de oírla, como quien bien la conocía,
dijo:
—Señora, podréis decir verdad; pero sin embargo, no
sabiendo quién sea él, no puede uno desdecirse tan ligeramente.
Entonces la mujer, que poco meollo tenía, dijo:
—Comadre, no puede decirse, pero con quien me entiendo es
con el ángel Gabriel, que más que a sí mismo me ama como a la mujer más
hermosa, por lo que él me dice, que haya en el mundo o en la marisma.
A la comadre le dieron entonces ganas de reírse, pero se
contuvo para hacerla hablar más, y dijo:
—A fe, señora, que si el ángel Gabriel se entiende con vos
y os dice esto debe ser así, pero no creía yo que los ángeles hacían estas
cosas.
Dijo la mujer:
—Comadre, estáis equivocada, por las llagas de Dios: lo
hace mejor que mi marido, y me dice que también se hace allá arriba; pero
porque le parezco más hermosa que ninguna de las que hay en el cielo se ha
enamorado de mí y se viene a estar conmigo muchas veces; ¿está claro?
La comadre, cuando se fue doña Lisetta, se le hicieron mil
años hasta que estuvo en un lugar donde poder contar estas cosas; y reuniéndose
en una fiesta con una gran compañía de mujeres, ordenadamente les contó la
historia. Estas mujeres se lo dijeron a sus maridos y a otras mujeres, y éstas
a otras, y así en menos de dos días toda Venecia estuvo llena de esto. Pero
entre aquellos a cuyos oídos llegó, estaban los cuñados de ella, los cuales,
sin decir nada, se propusieron encontrar aquel arcángel y ver si sabía volar: y
muchas noches estuvieron apostados.
Sucedió que de este anuncio alguna noticieja llegó a oídos
de fray Alberto; el cual, para reprender a la mujer yendo una noche, apenas se
había desnudado cuando los cuñados de ella, que le habían visto venir, fueron a
la puerta de su alcoba para abrirla. Lo que, oyendo fray Alberto, y entendiendo
lo que era, levantándose y no viendo otro refugio, abrió una ventana que sobre
el gran canal daba y desde allí se arrojó al agua. La hondura era bastante y él
sabía bien nadar así que ningún daño se hizo; y nadando hasta la otra parte del
canal, en una casa que abierta había se metió prestamente, rogando a un buen
hombre que había dentro que por amor de Dios le salvase la vida, contando
fábulas de por qué allí a aquella hora y desnudo estaba. El buen hombre, compadecido,
corno tenía que salir a hacer sus asuntos, lo metió en su cama y le dijo que
allí hasta su vuelta se estuviese; y encerrándolo dentro, se fue a sus cosas.
Los cuñados de la mujer, entrando en la alcoba, se
encontraron con que el ángel Gabriel, habiendo dejado allí las alas, había
volado, por lo que, como escarnecidos, gravísimas injurias dijeron a la mujer,
y por fin desconsoladísima la dejaron en paz y se volvieron a su casa con los
arneses del arcángel.
Entretanto, clareando el día, estando el buen hombre en
Rialto, oyó contar cómo el ángel Gabriel había ido por la noche a acostarse con
doña Lisetta, y, encontrado por los cuñados, se había arrojado al canal por
miedo y no se sabía qué había sido de él; por lo que prestamente pensó que
aquel que tenía en casa debía de ser él; y volviendo allí y reconociéndolo,
luego de muchas historias, llegó con él al acuerdo de que si no quería que le
entregase a los cuñados, le diese cincuenta ducados; y así se hizo.
Y después de esto, deseando fray Alberto salir de allí, le
dijo el buen hombre:
—No hay modo ninguno, si uno no queréis. Hoy hacemos
nosotros una fiesta a la que uno lleva a un hombre vestido de oso y otro a
guisa de hombre salvaje y quién de una cosa y quién de otra, y en la plaza de
San Marcos se hace una cacería
[SC125], terminada la cual se termina la fiesta; y luego
cada uno se va con quien ha llevado donde le guste; si queréis, antes de que
pueda descubrirse que estáis aquí, que yo os lleve de alguna de estas maneras,
os podré llevar donde queráis; de otro modo, no veo cómo podréis salir sin ser
reconocido; y los cuñados de la señora, pensando que en algún lugar de aquí
dentro estáis, han puesto por todas partes guardias para cogeros.
Aunque duro le pareciese a fray Alberto ir de tal guisa, a
pesar de todo le indujo a hacerlo el miedo que tenía a los parientes de la
mujer, y le dijo a aquél adónde debía llevarlo: y que de cómo le llevase se
contentaba. Éste, habiéndole ya untado todo con miel y recubierto encima con
pequeñas plumas, y habiéndole puesto una cadena al cuello y una máscara en la
cara, y habiéndole dado para una mano un gran bastón y para la otra dos grandes
perros que había llevado del matadero, mandó a uno a Rialto a que pregonase que
si alguien quería ver al ángel Gabriel subiese a la plaza de San Marcos. Y fue
lealtad veneciana ésta.
Y hecho esto, luego de un rato, lo sacó fuera y lo puso
delante de él, y andando detrás sujetándolo por la cadena, no sin gran alboroto
de muchos, que decían todos: «¿Qué es eso? ¿Qué es eso?», lo llevó hasta la
plaza donde, entre los que habían venido detrás y también los que, al oír el
pregón, se habían venido desde Rialto, había un sinfín de gente. Éste, llegado
allí, en un lugar destacado y alto, ató a su hombre salvaje a una columna,
fingiendo que esperaba la caza, al cual las moscas y los tábanos, porque estaba
untado de miel, daban grandísima molestia.
Pero luego que de gente vio la plaza bien llena, haciendo
como que quería desatar a su salvaje, le quitó la máscara a fray Alberto,
diciendo:
—Señores, pues que el jabalí no viene a la caza, y no
puede hacerse, para que no hayáis venido en vano quiero que veáis al arcángel
Gabriel, que del cielo desciende a la tierra por las noches para consolar a las
mujeres venecianas.
Al quitarle la máscara fue fray Alberto incontinenti
reconocido por todos y contra él se elevaron los gritos de todos, diciéndole
las más injuriosas palabras y la mayor infamia que nunca se dijo a ningún
bribón, y, además de esto, arrojándole a la cara quién una porquería y quién
otra; y así le tuvieron durante muchísimo tiempo, hasta tanto que por acaso
llegando la noticia a sus frailes, hasta seis de ellos poniéndose en camino
llegaron allí, y, echándole una capa encima y desencadenándolo, no sin grandísimo
alboroto detrás hasta su casa lo llevaron, donde encarcelándolo, después de
vivir míseramente se cree que murió. Así éste, tenido por bueno y obrando el
mal, no siendo creído, se atrevió a hacer de arcángel Gabriel; y de él
convertido en hombre salvaje, con el tiempo, como lo había merecido,
vituperado, sin provecho lloró los pecados cometidos. Plazca a Dios que a todos
los demás les suceda lo mismo.
NOVELA TERCERA
Tres jóvenes aman a tres hermanas y con ellas se fugan a
Creta, la mayor, por celos, mata a su amante, la segunda, entregándose al duque
de Creta, salva de la muerte a la primera, cuyo amante la mata y con la primera
huye, es culpado de ello el tercer amante con la tercera hermana y, presos, lo
confiesan y por temor a morir corrompen con dinero a la guardia, y, pobres,
huyen a Rodas y en la pobreza allí mueren
[SC126] .
Filostrato, oído el final del novelar de Pampínea, se
quedó un poco ensimismado y luego dijo volviéndose a ella:
—Algo bueno y que me agradó hubo al final de vuestra
novela, pero demasiada diversión hubo antes que habría querido que no hubiese.
Luego, volviéndose a Laureta, dijo:
—Señora, seguid vos con una mejor, si es que puede ser.
Laureta, riendo, dijo:
—Demasiado cruel estáis contra los amantes, si sólo un mal
fin les deseáis; y por obedeceros os contaré una sobre tres que igualmente mal
terminaron habiendo gozado poco de su amor.
Y dicho esto, comenzó:
Jóvenes señoras, como claramente podéis conocer, todos los
vicios pueden volverse, con grandísimo dolor, contra quien los tiene y muchas
veces contra otros; y entre los que con más flojas riendas a nuestros peligros
nos lleva, me parece que la ira sea el que más; la cual no es otra cosa que un
movimiento súbito y desconsiderado, movido por los sentidos dolores; el cual,
desterrada toda razón y teniendo los ojos de la mente ofuscados por tinieblas,
con ardentísimo furor enciende nuestro ánimo. Y aunque con frecuencia le
sobreviene al hombre, y más a unos que a otros, no menos ha sobrevenido (y con
mayores daños) a las mujeres, porque más fácilmente se enciende en ellas y allí
arde con llama más clara y con menor freno las agita.
Y no hay que maravillarse de ello: porque si queremos
mirar, veremos que su fuego por su naturaleza antes prende en las cosas ligeras
y suaves que en las duras y más pesadas; y nosotras somos (no lo tengan a mal
los hombres) más delicadas que lo son ellos, y mucho más volubles. Por lo cual,
viéndonos naturalmente a esto proclives, y mirando después cómo nuestra
mansedumbre y benignidad son gran reposo y placer a los hombres con quien
acostumbramos a tratar, y cómo la ira y el furor son de gran angustia y peligro,
para que de ella con más fuerte pecho nos guardemos, el amor de tres jóvenes y
de otras tantas señoras, como dije antes, convertido de feliz que era en
infelicísimo por la ira de una de ellas, entiendo mostraros con mi historia.
Marsella es, como sabéis, en Provenza, una nobilísima y
antigua ciudad, situada junto al mar, y ha sido antes en hombres ricos y en
grandes mercaderes más copiosa de lo que hoy se ve; entre los que hubo uno
llamado N'Arnald Civada
[SC127], hombre de nacimiento ínfimo pero de claro honor y
leal mercader, sin medida rico en posesiones y en dineros, el cual de su mujer
tenía muchos hijos entre los cuales tres eran mujeres, y eran de edad mayores
que los otros que eran varones. De las cuales, dos, nacidas de un parto, tenían
quince años de edad, la tercera tenía catorce; y nada esperaban sus parientes
para casarlas sino la vuelta de N'Arnald, que con su mercancía se había ido a
España.
Eran los nombres de las dos primeras, el de la una
Ninetta, y de la otra Maddalena; la tercera se llamaba Bertella. De Ninetta
estaba un joven, gentilhombre aunque fuese pobre, llamado Restagnone, enamorado
cuanto más podía, y la joven de él; y de tal modo habían sabido obrar que, sin
que ninguna persona en el mundo lo supiese, gozaban de su amor; y ya buen
espacio gozado habían cuando sucedió que dos jóvenes amigos, de los cuales uno
se llamaba Folco y el otro Ughetto, muertos sus padres y habiendo quedado
riquísimos, el uno de Maddalena y el otro de Bertella se enamoraron. De lo cual
percatándose Restagnone (habiéndole sido por Ninetta mostrado) pensó en poder
ayudarse en sus carencias con el amor de éstos; y familiarizándose con su
trato, ahora a uno ahora al otro, y a veces a los dos, les acompañaba a ver sus
señoras y la de él.
Y cuando lo bastante familiar y amigo suyo le pareció ser,
un día a su casa llamándoles les dijo:
—Carísimos jóvenes, nuestro trato os puede haber
demostrado cuánto es el amor que os tengo y que por vosotros pondría en obra lo
que por mí mismo pondría; y porque mucho os amo, lo que se me ha venido al
ánimo entiendo mostraros, y vosotros luego conmigo, juntos, tomaremos el
partido que os parezca mejor. Vosotros, si vuestras palabras no mienten, y por
lo que en vuestros actos de día y de noche me parece haber comprendido, en
grandísimo amor por las dos jóvenes que amáis ardéis, y yo por la tercera, su
hermana; al cual ardor, si queréis concedérmelo, me pide el corazón hallar un
muy dulce y placentero remedio como es éste: vosotros sois riquísimos, lo que
no soy yo; si quisierais juntar vuestras riquezas y hacerme a mí tercer
poseedor de ellas junto con vosotros y deliberar a qué parte del mundo
podríamos ir a vivir alegremente con ellas, sin falta me dice el corazón que
podré hacer que las tres hermanas, con gran parte de lo que tiene su padre, con
nosotros a donde queramos ir vengan, y allí cada uno con la suya a guisa de
hermanos vivir podremos como los hombres más felices que hay en el mundo. A
vosotros os toca ahora decidir si queréis haceros felices con esto, o dejarlo.
Los dos jóvenes, que sobremanera ardían, al oír que a las
dos jóvenes tendrían, no pasaron mucho trabajo deliberando sino que dijeron
que, si esto sucedía, estaban dispuestos a hacerlo. Restagnone, con esta
respuesta de los jóvenes, de allí a pocos días se encontró con Ninetta, a la
que no sin gran dificultad ver podía; y luego de que un tanto con ella hubo
estado, lo que había hablado con los jóvenes le explicó, y con muchas razones
se ingenió en que esta empresa le agradase. Pero poco difícil le fue porque
ella mucho mas que él deseaba poder estar con él sin sobresalto; por lo que de
buena gana le contestó que le placía y que sus hermanas, y máximamente en esto,
harían lo que ella quisiese; le dijo que todas las cosas necesarias para ello
lo antes que pudiera preparase.
Volviendo Restagnone a los dos jóvenes, que mucho sobre lo
que les había dicho le preguntaban, les dijo que por parte de sus señoras el
asunto estaba decidido; y entre ellos deliberaron irse a Creta después de
vender algunas posesiones que tenían, bajo título de querer ir a comerciar con
los dineros, y trocadas en dineros todas las demás cosas que tenían, compraron
una saetía y la armaron secretamente con gran ventaja, y esperaron el término
puesto.
Por otra parte, Ninetta, que del deseo de las hermanas
demasiado sabía, con dulces palabras en tanto afán de hacer aquello las inflamó
que les parecía que no iban a vivir lo suficiente para llegar a ello. Por lo
que, venida la noche en que debían subir a la saetía, las tres hermanas,
abierto un gran cofre de su padre, de él grandísima cantidad de dineros y de
joyas sacaron, y con ellas, de casa las tres ocultamente saliendo, según lo
planeado, allí a sus tres amantes que las esperaban encontraron; con los cuales
sin ninguna demora a la saetía subidas, dieron los reinos al agua y se fueron,
y sin detenerse un punto en ningún lugar, a la tarde siguiente llegaron a
Génova, donde los noveles amantes gozo y placer por primera vez tomaron de su
amor. Y proveyéndose de aquello que necesitaban se fueron, y de un puerto en
otro, antes de que llegase el día octavo, sin ningún impedimento llegaron a
Creta, donde grandísimas y hermosas posesiones compraron, en las cuales, asaz
cerca de Candia construyeron hermosísimas y deleitables mansiones; y allí con
muchos sirvientes, con perros y con aves de presa y con caballos en convites y
en fiestas y en placeres con sus mujeres lo más contentos del mundo a guisa de
barones comenzaron a vivir.
Y viviendo de tal manera, sucedió (así como vemos suceder
todos los días) que aunque las cosas mucho gusten, si se tienen en cantidad
excesiva cansan, que a Restagnone, el cual mucho amado había a Ninetta,
pudiéndola sin ningún temor tener a todo su placer, comenzó a cansarle, y por
consiguiente, a fallarle el amor hacia ella. Y habiéndole en una fiesta
sumamente agradado una joven del país, hermosa y noble señora, y cortejándola
con toda asiduidad, comenzó a hacer por ella maravillosos gastos y fiestas, de
lo que percatándose Ninetta, le entraron tantos celos de él que no podía dar un
paso sin que ella lo supiera y sin que luego con palabras y con reproches a él
y a ella no se atribulase. Pero así como la abundancia de las cosas engendra el
fastidio, así multiplica el apetito el ser negadas las que se desean: y así los
reproches de Ninetta acrecentaban las llamas del nuevo amor de Restagnone; y
como con el paso del tiempo aconteciese o que Restagnone la intimidad de la
mujer amada tuviese o que no, Ninetta, quienquiera que se lo dijese, lo tuvo
por cierto, con lo que cayó en tanta tristeza, y de ella en tanta ira y
subsiguientemente a tanto furor pasó que, convertido el amor que a Restagnone
tenía en amargo odio, cegada por la ira, pensó con la muerte de Restagnone
vengar la vergüenza que le parecía haber recibido.
Y hecha venir a una vieja griega, gran maestra en componer
venenos, con promesas y con dones la condujo a hacer un agua mortífera, la que
ella, sin aconsejarse con nadie, una noche a Restagnone acalorado y que aquello
no temía le dio a beber. El poder de aquello fue tal que antes de que llegase
la mañana lo había matado; cuya muerte, sintiendo Folco y Ughetto y sus
mujeres, sin saber que de veneno hubiese muerto, junto con Ninetta amargamente
lloraron y honradamente lo hicieron sepultar. Pero sucedió no muchos días
después que, por otra malvada acción, fue apresada la vieja que a Ninetta el
agua envenenada le había preparado, la cual, entre sus otras maldades, al darle
tortura, confesó ésta, claramente mostrando lo que por ello había sucedido; por
lo que el duque de Creta, sin nada decir, ocultamente una noche fue a los
alrededores de la villa de Folco, y sin alboroto ni oposición ninguna, se llevó
presa a Ninetta, de la cual, sin ninguna tortura, prestísimamente lo que oír
quería obtuvo sobre la muerte de Restagnone.
Folco y Ughetto ocultamente le habían oído al duque, y a
sus mujeres, por qué había sido apresada Ninetta; lo que mucho les dolió, y
todo trabajo ponían en hacer que Ninetta escapase al fuego, al que creían que
sería condenada, como quien muy bien merecido lo tenía, porque el duque firme
estaba en querer hacer justicia. Maddalena, que hermosa joven era y largamente
había sido cortejada por el duque sin nunca haber querido hacer nada que él
desease, imaginando que si le daba gusto podría librar a la hermana del fuego,
por un cauto embajador se lo dio a entender, que ella estaba por completo a sus
órdenes si dos cosas se siguiesen de ello; la primera, que recuperase a su
hermana salva y libre; la otra, que esto fuese cosa secreta. El duque, oída la
embajada y agradándole, largamente consideró si debía hacerlo y al final estuvo
de acuerdo y repuso que estaba pronto. Haciendo, pues, con consentimiento de la
señora (como si de ellos quisiera informarse del asunto) detener una noche a
Folco y a Ughetto, fue secretamente a albergarse con Maddalena; y fingiendo
primero haber puesto a Ninetta dentro de un saco y deber aquella noche misma
arrojar al mar con una piedra atada al cuello, con él se la llevó a su hermana
y por precio de aquella noche se la dio, rogándole al irse por la mañana que
aquella noche, que había sido la primera de su amor, no fuese la última, y
además de esto le ordenó que de allí hiciese partir a la mujer culpable para
que no le fuese reprochado aquello y no tuviese que empezar de nuevo a maltratarla.
A la mañana siguiente, Folco y Ughetto, habiendo oído que
Ninetta por la noche había sido arrojada al mar, y creyéndolo, fueron
liberados; y a su casa para consolar a sus mujeres de la muerte de la hermana
retornados, por mucho que Maddalena se ingeniase en esconderla mucho, Folco se
dio cuenta de que estaba allí; de lo que se maravilló mucho y súbitamente
sospechó, habiendo ya oído que el duque había cortejado a Maddalena, y le
preguntó cómo podía ser que Ninetta estuviese aquí. Maddalena urdió una larga fábula
para querérselo explicar, poco por él (que era malicioso) creída, y a decir la
verdad la constriñó; y ella, luego de muchas palabras, se la dijo.
Folco, vencido por el dolor y montando en ira,
desenvainada una espada, a ella que en vano le pedía merced, la mató; y
temiendo la ira y la justicia del duque, dejándola muerta en la alcoba, se fue
donde Ninetta estaba, y con rostro infinitamente alegre, le dijo:
—Vamos pronto allí donde tu hermana ha determinado que te
lleve para que no vuelvas a manos del duque.
La cual cosa creyendo Ninetta, y como temerosa, deseando
irse, con Folco, sin otra despedida buscar de su hermana, siendo ya de noche,
se puso en camino, y con aquellos dineros a que Folco pudo echar mano, que
fueron pocos; y yéndose al puerto, subieron a una barca y nunca más se supo
dónde llegaron. Venido el día siguiente y siendo Maddalena hallada muerta, hubo
algunos que por envidia y odio que tenían a Ughetto, rápidamente al duque se lo
hicieron saber, por la cual cosa el duque, que mucho amaba a Maddalena,
corriendo fogosamente a la casa, a Ughetto apresó y a su mujer, que de estas
cosas todavía nada sabían, esto es de la partida de Folco y Ninetta, los
constriñó a confesar que ellos juntos con Folco habían sido culpables de la
muerte de Maddalena. Por cuya confesión ellos, fundadamente temiendo la muerte,
con gran habilidad a quienes los guardaban corrompieron, dándoles una cierta
cantidad de dineros que en su casa escondidos para los casos necesarios
guardaban: y junto con los guardias, sin tener espacio de poder coger ninguna
de sus cosas, montándose en una barca, de noche se escaparon a Rodas, donde en
pobreza y miseria vivieron no mucho tiempo. Pues a semejante partido el loco
amor de Restagnone y la ira de Ninetta les condujeron a ellos y a los demás.
NOVELA CUARTA
Gerbino, contra la palabra dada al rey Guilielmo, su
abuelo, combate una nave del rey de Túnez para quitarle a una hija suya; y
matada ésta por los que allí iban, los mata, y a él luego le cortan la cabeza.
Laureta callaba, una vez terminada su novela, y, entre la
compañía, quién con uno, quién con otro de la desgracia de los amantes se
dolía, y quién reprobaba la ira de Ninetta, y unos una cosa y otros otra
decían, cuando el rey, como saliendo de un profundo pensamiento, alzó el rostro
y a Elisa le hizo señal de continuar narrando; la cual gentilmente comenzó:
Amables señoras, muchos son los que creen que Amor
solamente por las miradas encendido, envía sus saetas, burlándose de quienes
sostener quieren que alguien por el oído pueda enamorarse
[SC128], y que éstos están engañados aparecerá asaz
claramente en una novela que contar entiendo, en la que no solamente por la
fama, sin haberse visto nunca, veréis que ha obrado sino también cómo a mísera
muerte condujo a cada uno os será manifiesto.
Guilielmo II, rey de Sicilia, según dicen los sicilianos,
tuvo dos hijos
[SC129], uno varón llamado Ruggiero, la otra mujer,
llamada Constanza. El cual Ruggiero, muriendo antes que su padre, dejó un hijo
llamado Gerbino, el cual, con solicitud educado por su abuelo, se hizo un joven
hermosísimo y famoso en bizarría y en cortesía. Y no dentro de los límites de
Sicilia se quedó encerrada su fama, sino que en varias partes del mundo
sonando, era clarísima en Berbería, que en aquellos tiempos era tributaria del
rey de Sicilia. Y entre los demás a cuyos oídos la magnífica fama de la virtud
y la cortesía de Gerbino llegaron, hubo una hija del rey de Túnez, la cual,
según lo que todos los que la veían decían, era una de las más hermosas
criaturas que nunca por la naturaleza hubiera sido formada, y la más cortés y
de ánimo grande y noble. La cual, gustando de oír hablar de los hombres
valerosos, con tanto afecto retuvo las cosas valerosamente hechas por Gerbino
que unos y otros contaban, y tanto le agradaban, que dándole vueltas en su
imaginación a cómo debía ser él, ardientemente se enamoró, y con más agrado que
de otros hablaba de él y a quien de él hablaba escuchaba.
Por otra parte, había también, como a otros lugares,
llegado a Sicilia la grandísima fama de la belleza y del valor de ella, y no
sin gran deleite ni en vano había alcanzado los oídos de Gerbino; así, no menos
que la joven se había inflamado por él, él por ella se había inflamado. Por la
cual cosa, hasta tanto que con conveniente razón de su abuelo la licencia
pidiese para ir a Túnez, deseoso sobremanera de verla, a todo amigo suyo que
allí iba, ordenaba que en cuanto estuviera en su poder le comunicase su secreto
y gran amor del modo que mejor le pareciese y le trajese de ella noticia. De
los cuales, uno lo hizo muy sagazmente llevándole joyas de mujer para que las
viese, del modo que hacen los mercaderes, y por completo manifestándole el
ardor de Gerbino, él y sus cosas le ofreció dispuestas a sus mandatos; la cual,
con alegre rostro el embajador y la embajada recibió; y respondiéndole que ella
en igual amor ardía, una de sus más preciosas joyas en testimonio de ello le
mandó. La cual recibió Gerbino con tanta alegría como pueda recibirse la cosa
más querida, y por aquel mismo muchas veces le escribió y le mandó
preciosísimos presentes, haciendo con ella ciertos conciertos para, si la
fortuna lo permitiese, verse y tocarse.
Pero andando las cosas de esta guisa y un poco más lejos
de lo que hubiera sido necesario ardiendo por una parte la joven y por otra
Gerbino, sucedió que el rey de Túnez la casó con el rey de Granada, de lo que
ella se afligió sobremanera, pensando que no solamente con larga distancia se
alejaba de su amante sino que casi por completo le era arrebatada; y si hubiera
habido manera, de buena gana, para que aquello no sucediese, hubiera huido del
padre y se hubiera reunido con Gerbino. Del mismo modo, Gerbino, enterado de
este matrimonio, sin medida doliente vivía y pensando si pudiese hallar alguna
manera de poder llevársela por la fuerza, si sucediese que por mar fuese al
marido. El rey de Túnez, oyendo algo de este amor y de la determinación de
Gerbino, y temiendo su valor y su poder, llegando el tiempo en que debía
mandarla, hizo saber al rey Guilielmo lo que quería hacer y que entendía
hacerlo si él le aseguraba que ni Gerbino ni otro se lo impediría.
El rey Guilielmo, que viejo era y no había oído nada del
enamoramiento de Gerbino, no imaginándose que por ello se le pidiese tal
garantía, lo concedió de buena gana y en señal de ello mandó al rey de Túnez su
guante
[SC130]. El cual, después de que la seguridad hubo
recibido, hizo preparar una grandísima y hermosa nave en el puerto de Cartago y
abastecerla con todo lo que fuera necesario, y adornarla y prepararla, para
mandar en ella a su hija a Granada; y no esperaba sino el tiempo favorable. La
joven señora, que todo esto sabía y veía, ocultamente mandó a Palermo a un
servidor suyo y le ordenó que al bellido Gerbino saludase de su parte y le
dijera cómo iba a irse a Granada pocos días después; por lo que ahora se vería
si era hombre tan valiente como se decía y si tanto la amaba como muchas veces
le había significado. Aquel a quien le fue ordenada, óptimamente cumplió su
embajada y se volvió a Túnez. Gerbino, al oír esto, y sabiendo que el rey
Guilielmo su abuelo había otorgado la seguridad al rey de Túnez, no sabía qué
hacerse; pero empujado por el amor, habiendo escuchado las palabras de la
señora y para no parecer vil, yendo a Mesina, allí hizo prestamente armar dos
galeras ligeras, y haciendo subir a ellas valientes hombres, con ellos se fue
junto a Cerdeña, pensando que por allí debía pasar la nave de la señora. Y no
tardó en realizarse su pensamiento, porque después de que allí pocos días hubo
estado, la nave, con poco viento y no lejana al lugar donde se había apostado
esperándola, apareció.
Viendo la cual, Gerbino, a sus compañeros dijo:
—Señores, si sois tan valerosos como pienso, ninguno de
vosotros creo que esté sin haber sentido o sentir amor, sin el cual, como por
mí mismo juzgo, ningún mortal puede ninguna virtud o bien tener en sí; y si
enamorados habéis estado o estáis, fácil cosa os será comprender mi deseo. Yo
amo: Amor me indujo a daros la presente fatiga, y lo que amo, en la nave que se
ve ahí delante está, la cual, junto con la cosa que yo más deseo, va llena de
grandísimas riquezas, las cuales, si hombres valerosos sois, con poca fatiga,
virilmente combatiendo, podemos conquistar; de cuya victoria no busco quedarme
sino con una mujer por cuyo amor muevo las armas; todas las demás cosas sean
vuestras libremente desde ahora. Vamos, pues, y con buena ventura asaltemos la
nave mientras Dios, favorable a nuestra empresa, sin prestarle viento nos la
tiene inmóvil.
No necesitaba el bellido Gerbino tantas palabras porque
los mesinenses que con él estaban, deseosos del botín, ya en su ánimo estaban
dispuestos a hacer aquello a lo que Gerbino les alentaba con las palabras; por
lo que, haciendo un grandísimo alboroto, al final de sus palabras, para que así
fuese sonaron las trompetas, y empuñando las armas dieron los remos al agua y a
la nave llegaron. Los que en la nave estaban, viendo de lejos venir las
galeras, no pudiéndose ir, se aprestaron a la defensa. El bellido Gerbino,
llegado a ella, ordenó que los patrones a las galeras fuesen llevados si no
querían batalla. Los sarracenos, asegurados de quiénes eran y qué pedían,
dijeron que se les asaltaba contra la palabra empeñada con ellos por el rey
suyo, y en señal de ello mostraron el guante del rey Guilielmo y del todo se
negaron, si no eran vencidos en batalla, a rendirse o a darle nada que hubiera
en la nave. Gerbino, que en la popa de la nave había visto a la señora, mucho
más hermosa de lo que él ya pensaba, mucho más inflamado en amor que antes, al
mostrarle el guante repuso que allí no había en aquel momento halcones para los
que se necesitase un guante, y que por ello, si no querían entregarles a la
señora, que se preparasen a la batalla. La que, sin esperar más, a arrojarse
saetas y piedras el uno contra el otro fieramente comenzaron y largamente con
daño de cada una de las partes en tal guisa combatieron.
Por último, viéndose Gerbino sin mucho provecho, tomando
una barquichuela que de Cerdeña llevado había, y prendiéndole fuego, con las
dos galeras la acostó a la nave; lo que viendo los sarracenos y conociendo que
por necesidad debían o rendirse o morir, haciendo a cubierta venir a la hija
del rey, que bajo cubierta lloraba, y llevándola a la proa de la nave y
llamando a Gerbino, ante sus ojos, a ella, que pedía merced y ayuda, le
cortaron las venas y arrojándola al mar dijeron:
—Tómala, te la damos como podemos y como tu lealtad la ha
merecido.
Gerbino, viendo su crueldad, deseoso de morir, no
preocupándose por saetas ni por piedras, a la nave se hizo acercar, y subiendo
a ella a pesar de cuantos allí iban, no de otra manera que un león famélico
entra en una manada de becerros, ora a éste ora a aquél desangrando y primero
con los dientes y con las uñas su ira sacia que el hambre, con una espada en la
mano ora a éste ora a aquél cortando de los sarracenos, cruelmente a muchos
mató Gerbino
[SC131]; creciendo ya el fuego en la encendida nave,
haciendo a los marineros coger lo que pudieran como recompensa, abajo se fue
con aquella poco alegre victoria conseguida sobre sus enemigos. Luego, haciendo
el cuerpo de la hermosa señora recoger del mar, largamente y con muchas
lágrimas la lloró, y volviéndose a Sicilia, en Ustica, pequeñísima isla casi
enfrente de Trápani, honradamente la hizo sepultar, y a su casa se fue más
dolorido que ningún hombre. El rey de Túnez, conocida la noticia, a sus embajadores
de negro vestidos, envió al rey Guilielmo, doliéndose de que la palabra dada
mal había sido cumplida, y le contaron cómo. Por lo que el rey Guilielmo,
fuertemente airado, no viendo manera de poder negarles la justicia que pedían,
hizo apresar a Gerbino, y él mismo, no habiendo ninguno de sus barones que con
ruegos se esforzase en disuadirlo, le condenó a muerte y en presencia suya le
hizo cortar la cabeza, queriendo antes quedarse sin nieto que tenido por un rey
sin honor. Así, en pocos días, tan miserablemente los dos amantes, sin haber
gustado ningún fruto de su amor, de mala muerte murieron, como os he contado.
NOVELA QUINTA
Los hermanos de Isabetta matan a su amante, éste se le
aparece en sueños y le muestra dónde está enterrado, ella ocultamente le
desentierra la cabeza y la pone en un tiesto de albahaca y llorando sobre él
todos los días durante mucho tiempo, sus hermanos se lo quitan y ella se muere
de dolor poco después.
Terminada la historia de Elisa y alabada por el rey
durante un rato, a Filomena le fue ordenado que contase: la cual, llena de
compasión por el mísero Gerbino y su señora, luego de un piadoso suspiro,
comenzó:
Mi historia, graciosas señoras, no será sobre gentes de
tan alta condición como fueron aquéllas sobre quienes Elisa ha hablado, pero
acaso no será menos digna de lástima; y a acordarme de ella me trae Mesina, ha
poco recordada, donde sucedió el caso.
Había, pues, en Mesina tres jóvenes hermanos y mercaderes,
y hombres, que habían quedado siendo bastante ricos después de la muerte de su
padre, que era de San Gimigniano, y tenían una hermana llamada Elisabetta,
joven muy hermosa y cortés, a quien, fuera cual fuese la razón, todavía no
habían casado. Y tenían además estos tres hermanos, en un almacén suyo, a un
mozo paisano llamado Lorenzo, que todos sus asuntos dirigía y hacía, el cual,
siendo asaz hermoso de persona y muy gallardo, habiéndolo muchas veces visto
Isabetta, sucedió que empezó a gustarle extraordinariamente, de lo que Lorenzo
se percató y una vez y otra, semejantemente, abandonando todos sus otros
amoríos, comenzó a poner en ella el ánimo; y de tal modo anduvo el asunto que,
gustándose el uno al otro igualmente, no pasó mucho tiempo sin que se
atrevieran a hacer lo que los dos más deseaban.
Y continuando en ello y pasando juntos muchos buenos ratos
y placenteros, no supieron obrar tan secretamente que una noche, yendo Isabetta
calladamente allí donde Lorenzo dormía, el mayor de los hermanos, sin
advertirlo ella, no lo advirtiese; el cual, porque era un prudente joven,
aunque muy doloroso le fue enterarse de aquello, movido por muy honesto
propósito, sin hacer un ruido ni decir cosa alguna, dándole vuelta a varios
pensamientos sobre aquel asunto, esperó a la mañana siguiente. Después, venido
el día, a sus hermanos contó lo que la pasada noche había visto entre Isabetta
y Lorenzo, y junto con ellos, después de largo consejo, deliberó para que sobre
su hermana no cayese ninguna infamia, pasar aquello en silencio y fingir no
haber visto ni sabido nada de ello hasta que llegara el momento en que, sin
daño ni deshonra suya, esta afrenta antes de que más adelante siguiera pudiesen
lavarse. Y quedando en tal disposición charlando y riendo con Lorenzo tal como
acostumbraban, sucedió que fingiendo irse fuera de la ciudad para solazarse
llevaron los tres consigo a Lorenzo; y llegados a un lugar muy solitario y
remoto, viéndose con ventaja, a Lorenzo, que de aquello nada se guardaba,
mataron y enterraron de manera que nadie pudiera percatarse; y vueltos a Mesina
corrieron la voz de que lo habían mandado a algún lugar, lo que fácilmente fue
creído porque muchas veces solían mandarlo de viaje.
No volviendo Lorenzo, e Isabetta muy frecuente y
solícitamente preguntando por él a sus hermanos, como a quien la larga tardanza
pesaba, sucedió un día que preguntándole ella muy insistentemente, uno de sus
hermanos le dijo:
—¿Qué quiere decir esto? ¿Qué tienes que ver tú con
Lorenzo que me preguntas por él tanto? Si vuelves a preguntarnos te daremos la
contestación que mereces.
Por lo que la joven, doliente y triste, temerosa y no
sabiendo de qué, dejó de preguntarles, y muchas veces por la noche
lastímeramente lo llamaba y le pedía que viniese, y algunas veces con muchas
lágrimas de su larga ausencia se quejaba y sin consolarse estaba siempre
esperándolo.
Sucedió una noche que, habiendo llorado mucho a Lorenzo
que no volvía y habiéndose al fin quedado dormida, Lorenzo se le apareció en
sueños, pálido y todo despeinado, y con las ropas desgarradas y podridas, y le
pareció que le dijo:
—Oh, Isabetta, no haces más que llamarme y de mi larga
tardanza te entristeces y con tus lágrimas duramente me acusas; y por ello,
sabe que no puedo volver ahí, porque el último día que me viste tus hermanos me
mataron.
Y describiéndole el lugar donde lo habían enterrado, le
dijo que no lo llamase más ni lo esperase. La joven, despertándose y dando fe a
la visión, amargamente lloró; después, levantándose por la mañana, no
atreviéndose a decir nada a sus hermanos, se propuso ir al lugar que le había
sido mostrado y ver si era verdad lo que en sueños se le había aparecido. Y
obteniendo licencia de sus hermanos para salir algún tiempo de la ciudad a
pasearse en compañía de una que otras veces con ellos había estado y todos sus
asuntos sabía, lo antes que pudo allá se fue, y apartando las hojas secas que
había en el suelo, donde la tierra le pareció menos dura allí cavó; y no había
cavado mucho cuando encontró el cuerpo de su mísero amante en nada estropeado
ni corrompido; por lo que claramente conoció que su visión había sido
verdadera. De lo que más que mujer alguna adolorida, conociendo que no era
aquél lugar de llantos, si hubiera podido todo el cuerpo se hubiese llevado
para darle sepultura más conveniente; pero viendo que no podía ser, con un
cuchillo lo mejor que pudo le separó la cabeza del tronco y, envolviéndola en
una toalla y arrojando la tierra sobre el resto del cuerpo, poniéndosela en el
regazo a la criada, sin ser vista por nadie, se fue de allí y se volvió a su
casa.
Allí, con esta cabeza en su alcoba encerrándose, sobre
ella lloró larga y amargamente hasta que la lavó con sus lágrimas, dándole mil
besos en todas partes. Luego cogió un tiesto grande y hermoso, de esos donde se
planta la mejorana o la albahaca, y la puso dentro envuelta en un hermoso paño,
y luego, poniendo encima la tierra, sobre ella plantó algunas matas de
hermosísima albahaca salernitana
[SC132], y con ninguna otra agua sino con agua de rosas o
de azahares o con sus lágrimas la regaba; y había tomado la costumbre de estar
siempre cerca de este tiesto, y de cuidarlo con todo su afán, como que tenía
oculto a su Lorenzo, y luego de que lo había cuidado mucho, poniéndose junto a
él, empezaba a llorar, y mucho tiempo, hasta que toda la albahaca humedecía,
lloraba. La albahaca, tanto por la larga y continua solicitud como por la
riqueza de la tierra procedente de la cabeza corrompida que en ella había, se
puso hermosísima y muy olorosa.
Y continuando la joven siempre de esta manera, muchas
veces la vieron sus vecinos; los cuales, al maravillarse sus hermanos de su
estropeada hermosura y de que los ojos parecían salírsele de la cara, les
dijeron:
—Nos hemos apercibido de que todos los días actúa de tal
manera.
Lo que, oyendo sus hermanos y advirtiéndolo ellos,
habiéndola reprendido alguna vez y no sirviendo de nada, ocultamente hicieron
quitarle aquel tiesto. Y no encontrándolo ella, con grandísima insistencia lo
pidió muchas veces, y no devolviéndoselo, no cesando en el llanto y las
lágrimas, enfermó y en su enfermedad no pedía otra cosa que el tiesto. Los
jóvenes se maravillaron mucho de esta petición y por ello quisieron ver lo que
había dentro; y vertida la tierra vieron el paño y en él la cabeza todavía no tan
consumida que en el cabello rizado no conocieran que era la de Lorenzo. Por lo
que se maravillaron mucho y temieron que aquello se supiera; y enterrándola sin
decir nada ocultamente salieron de Mesina y ordenando la manera de irse de allí
se fueron a Nápoles. No dejando de llorar la joven y siempre pidiendo su tiesto
llorando murió y así tuvo fin su desventurado amor; pero después de cierto
tiempo, siendo esto sabido por muchos hubo alguien que compuso aquella canción
que todavía se canta hoy y dice:
Quién sería el mal cristiano
que el albahaquero me robó, etc
[SC133].
NOVELA SEXTA
Andreuola ama a Gabyiotto; le cuenta un sueño que ha
tenido y él a ella otro; repentinamente se muere en sus brazos, mientras ella
con una criada a su casa lo llevan son apresadas por la señoría, y ella dice lo
que ha sucedido; el podestá la quiere forzar, ella no lo sufre, se entera su
padre y, hallándola inocente, la hace liberar, ella, rehusando seguir en el
mundo, se hace monja.
La historia que Filomena había contado fue muy apreciada
por las señoras porque muchas veces habían oído cantar aquella canción y nunca
habían podido, a pesar de preguntarlo, saber con qué ocasión había sido
compuesta. Pero habiendo el rey su final oído, a Pánfilo le ordenó que
continuase el orden. Pánfilo, entonces, dijo:
El sueño contado en la pasada historia me da materia para
contaros una en la cual se habla de dos, que sobre cosas que debían pasar, como
si hubieran ya sucedido, versaban, y apenas hubieron terminado de contarse por
quienes las habían visto cuando tuvieron los dos efecto. Y así, amorosas
señoras, debéis saber que general impresión es de todos los vivientes ver
varias cosas en su sueño, las cuales, aunque a quien duerme, durmiendo le
parecen todas verdaderas, y despertándose juzgue verdaderas algunas, algunas
verosímiles y una parte fuera de toda verosimilitud, no menos resulta que
muchas de ellas suceden. Por la cual cosa, muchos prestan tanta fe a cada sueño
cuanta prestarían a las cosas que vieran estando en vigilia, y con sus mismos
sueños se entristecen o se alegran como por lo que temen o esperan, y por el
contrario, hay quienes en ninguno creen sino después de que se ven caer en el
peligro que les ha sido mostrado; de los cuales, ni a unos ni a otros alabo,
porque no siempre son verdaderos ni todas las veces falsos.
Que no son todos verdaderos, muchas veces todos nosotros
hemos tenido ocasión de verlo, y que todos no son falsos, ya antes en la
historia de Filomena se ha mostrado, y en la mía, como ya he dicho, entiendo
mostrarlo. Por lo que juzgo que si se vive virtuosamente y se obra, a ningún
sueño contrario a ello debe temerse y no dejar por él los buenos propósitos; en
las cosas perversas y malvadas, aunque los sueños parezcan favorables a ellas y
con visiones propicias a quienes los ven animen, nadie debe creer; y así, en su
contrario, dar a todos completa fe. Pero vengamos a la historia.
Hubo en la ciudad de Brescia un gentilhombre llamado micer
Negro de Pontecarrato, el cual, entre otros muchos hijos, tenía una hija,
llamada Andreuola, muy joven y hermosa y sin marido, la cual, por ventura de un
vecino suyo cuyo nombre era Gabriotto, se enamoró, hombre de baja condición
aunque de loables costumbres lleno y en su persona hermoso y amable; y con la
intervención y la ayuda de la nodriza de la casa tanto anduvo la joven, que
Cabriotto supo no sólo que era amado por Andreuola, sino que fue llevado mucho
a un hermoso jardín del padre de ella, y muchas veces con deleite de una y de
otra parte; y para que ninguna razón nunca sino la muerte pudiera separar su
deleitoso amor, marido y mujer secretamente se hicieron. Y del mismo modo,
furtivamente, confirmando sus ayuntamientos, sucedió que a la joven una noche,
durmiendo, le pareció ver en sueños que estaba en su jardín con Gabriotto y que
le tenía entre sus brazos con grandísimo placer de ambos; y mientras así
estaban le pareció ver salir del cuerpo de él una cosa oscura y terrible cuya
forma ella no podía reconocer, y le parecía que esta cosa cogiese a Gabriotto y
contra su voluntad con espantosa fuerza se lo arrancase de los brazos y con él
se escondiese dentro de la tierra y no pudiese ver más ni al uno ni a la otra;
por lo que muy gran dolor e imponderable sentía, y por ello se despertó, y
despierta, aunque fuese viendo que no era así como lo había soñado, no por ello
dejó de sentir miedo por el sueño visto.
Y por esto, queriendo luego Gabriotto la noche siguiente
venir a donde ella, cuanto pudo se esforzó en hacer que no viniese por la noche
allí; pero, viendo su voluntad, para que de otro no fuese a sospechar, la noche
siguiente lo recibió en su jardín. Y habiendo muchas rosas blancas y bermejas
cogido, porque era tiempo de ellas, con él junto a una bellísima fuente y clara
que en el jardín había, se fue a estar, y allí, después de una grande y muy
larga fiesta que disfrutaron juntos, Gabriotto le preguntó cuál era la razón
por la que le había prohibido venir el día antes.
La joven, contándole el sueño tenido por ella la noche
antes y el temor que le había dado, se la explicó. Gabriotto, al oírla, se rió
y dijo que gran necedad era creer en sueños porque o por exceso de comida o por
falta de ella sucedían, y que eran todos vanos se veía cada día; y luego dijo:
—Si yo hubiese querido hacer caso de sueños no habría
venido aquí, no tanto por el tuyo sino por uno que también tuve esta noche
pasada, el cual fue que me parecía estar en una hermosa y deleitosa selva por
la que iba cazando, y haber cogido una cabritilla tan bella y tan placentera
como la mejor que se haya visto; y me parecía que era más blanca que la nieve y
en breve espacio se hizo tan amiga mía que en ningún momento se separaba de mí.
Y me parecía que la quería tanto que para que no se separase de mí me parecía
que le había puesto en la garganta un collar de oro y con una cadena de oro la
sujetaba entre las manos. Y después de esto me parecía que, descansando esta
cabritilla una vez y teniéndome la cabeza en el regazo, salió de no sé dónde
una perra negra como el carbón, muy hambrienta y espantosa en su apariencia, y
se vino hacia mí, contra la que ninguna resistencia me parecía hacer; por lo
que me parecía que me metía el hocico en el seno en el lado izquierdo, y tanto
lo roía que llegaba al corazón, que parecía que me arrancaba para llevárselo.
Por lo que sentía tal dolor que mi sueño se interrumpió y, despierto, con la
mano súbitamente corrí a palpar si algo tenía en el costado; pero no
encontrándome el mal me burlé de mí mismo por haberlo hecho. Pero ¿qué quiere
decir esto? Tales y más espantosos he tenido más veces y no por ello me ha
sucedido nada más ni nada menos; y por ello olvídate de eso y pensemos en
disfrutar.
La joven, por su sueño ya muy espantada, al oír esto lo
estuvo mucho más, pero para no ser ocasión de enfado a Gabriotto, lo más que
pudo ocultó su miedo; y aunque abrazándolo y besándolo algunas veces y siendo
por él abrazada y besada se solazase, temerosa y no sabiendo de qué, más de lo
acostumbrado muchas veces le miraba a la cara y de vez en cuando miraba por el
jardín por si alguna cosa negra viese venir de alguna parte.
Y estando de esta manera, Cabriotto, lanzando un gran
suspiro, la abrazó y dijo:
—¡Ay de mí, alma mía, ayúdame que me muero!
Y dicho esto, cayó en tierra sobre la hierba del
pradecillo.
Lo que viendo la joven y caído como estaba, apoyándoselo
en el regazo, casi llorando dijo:
—Oh, dulce señor mío, ¿qué te pasa?
Gabriotto no respondió sino que jadeando fuertemente y
sudando todo, luego de no mucho tiempo, pasó de la presente vida.
Cuán duro y doloroso fue esto para la joven, que más que a
sí misma lo amaba, cada una debe imaginarlo. Ella lo lloró mucho, y muchas
veces lo llamó en vano, pero luego de que se apercibió de que estaba
verdaderamente muerto, habiéndolo tocado por todas las partes del cuerpo y en
todas encontrándolo frío, no sabiendo qué hacerse ni qué decir, lacrimosa como
estaba y llena de angustia, se fue a llamar a su nodriza, que de este amor era
cómplice, y su miseria y su dolor le mostró. Y luego de que míseramente juntas
un tanto hubieron llorado sobre el muerto rostro de Cabriotto, dijo la joven a
la nodriza:
—Puesto que Dios me lo ha quitado, no entiendo seguir yo
con vida pero antes de que llegue a matarme, querría que buscásemos una manera
conveniente de proteger mi honor y el secreto amor que ha habido entre nosotros
y que el cuerpo del cual la graciosísima alma ha partido fuese sepultado.
A lo que la nodriza dijo:
—Hija mía, no hables de querer matarte, porque si lo has
perdido, matándote también lo perderías en el otro mundo porque irías al
infierno, donde estoy cierta que su alma no ha ido porque bueno fue; pero mucho
mejor es que te consueles y pienses en ayudar con oraciones o con otras buenas
obras a su alma, por si por algún pecado cometido tiene necesidad de ello.
Sepultarlo es muy fácil hacerlo en este jardín, lo que nadie sabrá nunca porque
nadie sabe que nunca él haya venido aquí, y si no lo quieres así, pongámoslo
fuera del jardín y dejémoslo: mañana por la mañana lo encontrarán y llevándolo
a su casa será sepultado por sus parientes.
La joven, aunque estuviese llena de amargura y
continuamente llorase, escuchaba sin embargo los consejos de su nodriza, y no
estando de acuerdo en la primera parte, repuso a la segunda, diciendo:
—No quiera Dios que un joven tan valioso y tan amado por
mí y marido mío sufra que sea sepultado a guisa de un perro o dejado en tierra
en la calle. Ha recibido mis lágrimas y, como yo pueda, recibirá las de sus
parientes, y ya me viene al ánimo lo que tenemos que hacer.
Y prestamente a por una pieza de paño de seda que tenía en
su arca la mandó; y traída aquélla y extendiéndola en tierra, encima pusieron
el cuerpo de Gabriotto, y poniéndole la cabeza sobre una almohada y cerrándole
con muchas lágrimas los ojos y la boca, y haciéndole una guirnalda de rosas y
poniéndole alrededor las rosas que habían cogido juntos, dijo a la nodriza:
—De aquí a la puerta de su casa hay poco camino, y por
ello tú y yo, así como lo hemos arreglado, lo llevaremos de aquí y lo pondremos
delante de su casa. No tardará mucho tiempo en hacerse de día y lo recogerán, y
aunque para los suyos no sea esto ningún consuelo, para mí, en cuyos brazos ha
muerto, será un placer.
Y dicho esto, de nuevo con abundantísimas lágrimas se le
inclinó sobre el rostro y largo espacio estuvo llorando, la cual, muy requerida
por la criada, porque venía el día, irguiéndose, el mismo anillo con el que se
había desposado con Gabriotto quitándose del dedo, se lo puso en el dedo a él,
diciendo entre llanto:
—Caro señor mío, si tu alma ve mis lágrimas y algún
conocimiento o sentimiento después de su partida queda en los cuerpos, recibe
benignamente el último don de esta a quien viviendo amaste tanto.
Y dicho esto, desvanecida, cayó encima de él, y luego de
algún tiempo volviendo en sí y poniéndose en pie, junto con la criada cogiendo
el paño sobre el que yacía el cuerpo, con él salieron del jardín y hacia la
casa de él se enderezaron.
Y yendo así, sucedió por casualidad que por los guardias
del podestá, que por azar iban a aquella hora a algún asunto, fueron
encontradas y prendidas con el cuerpo muerto.
La Andreuola, más deseosa de morir que de vivir,
reconocidos los guardas de la señoría, francamente dijo:
—Sé quiénes sois y que querer huir de nada me serviría;
estoy dispuesta a ir con vos ante la señoría, y lo que sea contar; pero ninguno
se atreva a tocarme, si os obedezco, ni a quitar nada de lo que lleva este
cuerpo si no quiere que yo le acuse.
Por lo que, sin que ninguno la tocase, con el cuerpo de
Gabriotto se fue a palacio
[SC134]; lo cual oyendo el podestá, se levantó, y
haciéndola venir a la alcoba, de lo que había sucedido se informó, y habiendo
hecho mirar por algunos médicos si con veneno o de otra manera había sido
muerto el buen hombre, todos afirmaron que no sino que algún acceso cercano al
corazón se le había roto que lo había ahogado. Y él, oído esto y que aquélla en
poca cosa era culpable, se ingenió en parecer que le daba lo que no podía
venderle, y dijo que si ella su voluntad hiciese, la liberaría.
Pero no sirviéndole las palabras, quiso contra toda
conveniencia usar la fuerza; pero Andreuola, encendida en desdén y sintiéndose
fortísima, virilmente se defendió, rechazándolo con injuriosas y altivas
palabras. Pero llegado el día claro y siéndole contadas estas cosas a micer
Negro, mortalmente dolido se fue con muchos de sus amigos a palacio y allí,
informado de todo por el podestá, pidió que le devolviesen a su hija. El
podestá, queriendo primero acusarse de la fuerza que le había querido hacer que
ser acusado por ella, alabando primero a la joven y su constancia, por probarla
vino a decir que era lo que había hecho; por la cual cosa, viéndola de tanta
firmeza, sumo amor había puesto en ella y si a él le agradaba, que su padre
era, y a ella, no obstante haber tenido marido de baja condición, de buen grado
como mujer la tomaría.
En este tiempo que así éstos hablaban, Andreuola vino ante
su padre y llorando se le arrojó a los pies y dijo:
—Padre mío, no creo que sea necesario que la historia de
mi atrevimiento y de mi desgracia os cuente, que estoy cierta de que ya la
habéis oído y lo sabéis; y por ello cuanto más puedo humildemente perdón os
pido de mi falta, esto es, de haber, sin vos saberlo, a quien más me placía
tomado por marido; y este perdón no os lo pido para que me sea perdonada la
vida sino para morir como hija vuestra y no como vuestra enemiga.
Y así, llorando, cayó a sus pies.
Micer Negro, que viejo era ya y hombre benigno y amoroso
por naturaleza, al oír estas palabras empezó a llorar, y llorando alzó a su
hija tiernamente en pie, y dijo:
—Hija mía, mucho me hubiera gustado que hubieses tenido
tal marido como según mi parecer te convenía; y si lo hubieras tomado tal como
a ti te agradase debía también gustarme; pero el haberlo ocultado me hace
dolerme de tu poca confianza, y más aún, viéndote que lo has perdido antes de
haberlo sabido yo. Pero puesto que es así, lo que por contentarte, viviendo él,
habría hecho con gusto, esto es, honrarle como a mi yerno hágasele a su muerte.
Y volviéndose a sus hijos y a sus parientes les ordeno que
preparasen para Gabriotto exequias grandes y honorables. Habían entretanto
acudido los padres y los parientes del joven, que se habían enterado de la
noticia, y casi tantas mujeres y tantos hombres como en la ciudad había; por lo
que, puesto en medio del patio el cuerpo sobre el paño de Andreuola y con todas
sus rosas, allí no tan sólo por ella y por sus parientes fue llorado, sino
públicamente casi por todas las mujeres de la ciudad y por muchos hombres, y no
a guisa de plebeyo sino de señor sacado de la plaza pública a hombros de los
más nobles ciudadanos, con grandísimo honor fue llevado a la sepultura. Y de
allí a algunos días, insistiendo el podestá en lo que pedido había,
exponiéndose micer Negro a su hija, ésta nada de ello quiso oír; pero queriendo
en algo complacer a su padre, en un monasterio muy famoso por su santidad, ella
y su nodriza monjas se hicieron, y honradamente luego en él vivieron mucho
tiempo.
NOVELA SÉPTIMA
Simona ama a Pasquino; están juntos en un huerto; Pasquino
se frota los dientes con una hoja de salvia y se muere; Simona es apresada, la
cual, queriendo mostrar al juez cómo murió Pasquino, frotándose con una de
aquellas hojas los dientes, muere del mismo modo.
Pánfilo se había desembarazado de su historia cuando el
rey, no mostrando ninguna compasión por Andreuola, mirando a Emilia, le hizo un
gesto significándole que le agradaría que siguiese con la narración a quienes
ya habían hablado; la cual, sin ninguna demora, comenzó:
Caras compañeras, la historia contada por Pánfilo me
induce a contar una en ninguna otra cosa semejante a la suya sino en que, así
como Andreuola perdió el amante en el jardín, igual sucedió a aquella de quien
debo hablar; y del mismo modo presa, como lo fue Andreuola, no por fuerza ni
por virtud sino por inesperada muerte se libró de la justicia. Y como ya se ha
dicho más veces entre nosotras, aunque Amor de buen grado habite en las casas
de los nobles, no por ello rehúsa el señorío sobre las de los pobres y también
en ellas muestra alguna vez sus fuerzas de tal manera que como poderosísimo
señor se hace temer de los más ricos. Lo que aunque no en todo, en gran parte
aparecerá en mi historia, con la que me place volver a nuestra ciudad, de la
que hoy, contando diversas cosas diversamente, vagando por diversas partes del
mundo, tanto nos hemos alejado.
Hubo, pues, no hace todavía mucho tiempo, en Florencia,
una joven muy hermosa y gallarda para su condición, e hija de padre pobre, que
se llamaba Simona; y aunque tuviera que ganarse con sus manos el pan que quería
comer, y para subsistir hilase lana, no fue ello de tan pobre ánimo que no
osase recibir a Amor en su mente, el cual con los actos y las palabras amables
de un mozo de no más fuste que ella, que andaba dando lana a hilar para su
maestro lanero, hacía tiempo que había mostrado querer entrar. Acogiéndolo,
pues, en ella bajo el placentero aspecto del joven que la amaba, cuyo nombre
era Pasquino, deseándolo mucho y no atreviéndose a nada más, hilando, a cada
vuelta de lana hilada que enroscaba al huso arrojaba mil suspiros más calientes
que el fuego al acordarse de aquel que para hilarla se la había dado.
Él, por otra parte, muy solícito habiéndose vuelto de que
se hilase bien la lana de su maestro, como si sólo la que Simona hilaba, y no
ninguna otra, debiese bastar a toda la tela, más frecuentemente que la otras
las solicitaba. Por lo que, solicitando uno y la otra gozando al ser
solicitada, sucedió que, cobrando el uno más osadía de la que solía tener y
desechando la otra mucho del miedo y de la vergüenza que acostumbraba a tener,
juntos se unieron en mutuos placeres, los cuales a una parte y a la otra agradaron
tanto que no esperaba el uno a ser solicitado por el otro para ello, sino que
uno invitaba al otro para disfrutarlos.
Y continuando así su placer de un día en otro, y siempre,
al continuar, más inflamándose, sucedió que Pasquino dijo a Simona que
firmemente quería que encontrase el modo de poder venir a un jardín adonde él
quería llevarla, para que allí más a sus anchas y con menos temor pudiesen
estar juntos. Simona dijo que le placía, y dando a entender a su padre, un
domingo después de comer, que quería ir a la bendición de San Galo
[SC135], con una compañera suya llamada Lagina, al jardín
que le había mostrado Pasquino se fue, donde, junto con un compañero suyo que
Puccino tenía por nombre, pero que era llamado el Tuerto, lo encontró, y allí,
iniciándose un amorío entre el Tuerto y Lagina, ellos se retiraron a una parte
del jardín a gustar de sus placeres y al Tuerto y a Lagina dejaron en otra.
Había en aquella parte del jardín donde Pasquino y Simona
habían ido, una grandísima y hermosa mata de salvia; a cuyo pie se sentaron y
un buen rato se solazaron juntos, y habiendo hablado mucho de una merienda que
en aquel huerto, con ánimo reposado, querían hacer, Pasquino, volviéndose a la
gran mata de salvia, cogió algunas hojas de ella y empezó a frotarse con ellas
los dientes y las encías, diciendo que la salvia los limpiaba muy bien de
cualquier cosa que hubiera quedado en ellos después de haber comido. Y luego de
que, así, un poco los hubo frotado volvió a la conversación de la merienda de
la que estaba hablando primero; y no había proseguido hablando casi nada cuando
empezó a demudársele todo el rostro y luego de demudársele no pasó sin que
perdiese la vista y la palabra y en breve se murió. Las cuales cosas viendo
Simona empezó a llorar y a gritar y a llamar al Tuerto y a Lagina, los cuales
prestamente corriendo allí y viendo a Pasquino no solamente muerto, sino ya
todo hinchado y lleno de manchas oscuras por el rostro y por el cuerpo,
súbitamente gritó el Tuerto:
—¡Ay, mujer malvada, lo has envenenado tú!
Y habiendo hecho un gran alboroto, fue oído por muchos que
vivían cerca del jardín; los cuales, corrido el rumor y encontrándole muerto e
hinchado, y oyendo dolerse al Tuerto y acusar a Simona de haberlo envenenado
con engaños, y a ella, por el dolor del súbito accidente que le había
arrebatado a su amante, casi fuera de sí, no sabiendo excusarse, fue reputado
por todos que había sido como el Tuerto decía; por la cual cosa, apresándola,
llorando siempre ella mucho, fue llevada al palacio del podestá. E insistiendo
allí el Tuerto, y el Rechoncho y el Desmañado, compañeros de Pasquino que
habían llegado, un juez sin dilatar el asunto se puso a interrogarla sobre el
hecho y, no pudiendo comprender ella en qué podía haber obrado maliciosamente o
ser culpable, quiso, estando él presente, ver el cuerpo muerto y decirle el
lugar y el modo porque por las palabras suyas no lo comprendía bastante bien.
Haciéndola, pues, sin ningún tumulto, llevar allí donde todavía yacía el cuerpo
de Pasquino, le preguntó que cómo había sido.
Ella, acercándose a la mata de salvia y habiendo contado
toda la historia precedente para darle completamente a entender lo sucedido,
hizo lo que Pasquino había hecho, frotándose contra los dientes una de aquellas
hojas de salvia. Las cuales cosas, mientras que por el Tuerto y por el
Rechoncho y por los otros amigos y compañeros de Pasquino, como frívolas y
vanas en la presencia del juez eran rechazadas, y con más insistencia acusada
su maldad, no pidiendo sino que el fuego fuese de semejante maldad castigo, la
pobrecilla, que por el dolor del perdido amante y por el miedo de la pena
pedida por el Tuerto estaba encogida, por haberse frotado la salvia en los
dientes, sufrió aquel mismo accidente que antes había sufrido Pasquino, no sin
gran maravilla de cuantos estaban presentes.
¡Oh, almas felices, a quienes un mismo día sucedió el
ardiente amor y la mortal vida acabar; y más felices si juntas a un mismo lugar
os fuisteis; y felicísimas si en la otra vida se ama, y os amáis como lo
hicisteis en ésta! Pero mucho más feliz el alma de Simona en gran medida, por
lo que respecta al juicio de quienes, vivos, tras de ella hemos quedado, cuya
inocencia la fortuna no sufrió que cayese bajo los testimonios del Tuerto y del
Rechoncho y del Desmañado (tal vez cardadores u hombres más villanos)
abriéndole más honesto camino con la misma clase de muerte de su amante, para
deshacerse de su calumnia y seguir al alma de su Pasquino, tan amada por ella.
El juez, todo estupefacto por el accidente junto con
cuantos allí estaban, no sabiendo qué decirse, largamente calló; luego, con
mejor juicio, dijo:
—Parece que esta salvia es venenosa, lo que no suele
suceder con la salvia. Pero para que a alguien más no pueda ofender de modo
semejante, córtese hasta las raíces y arrójese al fuego.
La cual cosa, el que era guardián del jardín haciéndola en
presencia del juez, no acababa de abatir la gran mata cuando apareció la razón
de la muerte de los dos míseros amantes. Había bajo la mata de aquella salvia
un sapo de maravilloso tamaño, de cuyo venenoso aliento pensaron que la salvia
se había envenenado. Al cual sapo, no atreviéndose nadie a acercarse,
poniéndole alrededor una pila grandísima de leña, allí junto con la salvia lo
quemaron, y se terminó el proceso del señor juez por la muerte del pobrecillo
Pasquino. El cual, junto con su Simona, tan hinchados como estaban, por el
Tuerto y el Rechoncho y el Hocico Puerco
[SC136] y el Desmañado fueron sepultados en la iglesia de
San Paolo, de donde probablemente eran feligreses.
NOVELA OCTAVA
Había acabado la historia de Emilia cuando, por orden del
rey, Neifile comenzó así:
Algunos, a mi juicio hay, valerosas señoras, que más que
la otra gente creen saber, y menos saben; y por esto no solamente a los
consejos de los hombres sino también contra la naturaleza de las cosas
pretenden oponer su juicio; de la cual presunción han sobrevenido ya
grandísimos males y nunca se vio venir ningún bien. Y porque entre las demás
cosas naturales es el amor la que menos admite el consejo o la acción que le
sean contrarios, y cuya naturaleza es tal que antes puede consumirse por sí
mismo que ser arrancado por ningún consejo, me ha venido al ánimo narraros una
historia de una señora que, queriendo ser más sabia de lo que debía y no lo era
(y también porque no lo soportaba la cosa en que se esforzaba por manifestar su
buen juicio) creyendo del enamorado corazón arrancar el amor que tal vez allí
habían puesto las estrellas
[SC137], llegó a arrancarle en un mismo punto el amor y el
alma del cuerpo a su hijo.
Hubo, pues, en nuestra ciudad, según los ancianos cuentan,
un grandísimo mercader y rico cuyo nombre fue Leonardo Sighieri
[SC138], que de su mujer tuvo un hijo llamado Girólamo,
después de cuyo nacimiento, arreglados ordenadamente sus asuntos, dejó esta
vida. Los tutores del niño, junto con la madre, bien y lealmente administraron
sus bienes. El niño, creciendo con los niños de sus otros vecinos, más que con
ningún otro del barrio con una niña de su edad, hija de un sastre, se
familiarizó; y creciendo los años, el trato se convirtió en amor tan grande y
fiero que Girólamo no estaba bien si no veía cuanto veía ella; y ciertamente no
la amaba menos que era amado por ella.
La madre del muchacho, percatándose de ello, muchas veces
se lo reprochó y lo castigó; y luego que a sus tutores (no pudiendo Girólamo
contenerse) se quejó y como quien se creía que por la gran riqueza del hijo
podía pedir peras al olmo, les dijo:
—Este muchacho nuestro, que todavía no tiene catorce años,
está tan enamorado de una hija de un sastre vecino, que se llama Salvestra,
que, si no se la quitamos de delante, probablemente la tomará un día por mujer
sin que nadie lo sepa, y yo nunca estaré contenta; o se consumirá por ella si
la ve casarse con otro; y por ello me parece que para evitar esto lo debíais
mandar a alguna parte lejana de aquí, al cuidado de los negocios para que,
dejando de ver a ésta, se le salga del ánimo y se le podrá luego dar por mujer
alguna joven bien nacida.
Los tutores dijeron que la señora decía bien y que harían
aquello que pudiesen, y haciendo llamar al muchacho al almacén, comenzó a
decirle uno, muy amorosamente:
—Hijo mío, ya eres grande; bueno será que comiences tú
mismo a velar por tus negocios, por lo que nos contentaría mucho que fueses a
estar algún tiempo en París, donde verás cómo se trafica con gran parte de tu
riqueza; sin contar con que te harás mucho mejor y más cortés y de más valor
allí que aquí lo harías, viendo a aquellos señores y a aquellos barones y a
aquellos gentileshombres (que allí hay tantos) y aprendiendo sus costumbres;
luego podrás venir aquí.
El muchacho escuchó diligentemente y en breve respondió
que no quería hacerlo porque pensaba que lo mismo que los demás, podía quedarse
en Florencia. Los honrados hombres, al oírle esto, le insistieron con más
palabras; pero no pudiendo sacarle otra respuesta, a su madre se lo dijeron. La
cual, bravamente enojada, no por no querer irse a París, sino por su
enamoramiento, le dijo graves insultos; y luego, con dulces palabras
ablandándolo, empezó a halagarlo y a rogarle tiernamente que hiciese aquello
que querían sus tutores; y tanto supo decirle que él consintió en irse a estar
allí un año y no más; y así se hizo.
Yéndose, pues, Girólamo a París vehementemente enamorado,
diciéndole hoy no, mañana te irás, allí lo tuvieron dos años; y más enamorado
que nunca volviendo encontró a su Salvestra casada con un buen joven que hacía
tiendas
[SC139], de lo que desmesuradamente se entristeció. Pero
viendo que de otra manera no podía ser, se esforzó en tranquilizarse; y
espiando cuándo estuviese en casa, según la costumbre de los jóvenes enamorados
empezó a pasar delante de ella, creyendo que no lo había olvidado sino como él
había hecho con ella. Pero el asunto estaba de otra guisa: ella se acordaba de
él como si nunca lo hubiera visto, y si por acaso algo se acordaba, mostraba lo
contrario. De lo que el joven se apercibió en muy poco espacio de tiempo y no
sin grandísimo dolor; pero no por ello dejaba de hacer todo lo que podía por
volver a entrar en su pecho; pero como nada parecía conseguir, se dispuso,
aunque fuese su muerte, a hablarle él mismo. E informándose por algún vecino
sobre cómo su casa estaba dispuesta, una tarde que habían ido de vela ella y el
marido a casa de sus vecinos, ocultamente entró dentro en su alcoba, detrás de
las lonas de las tiendas que estaban tejidas allí, se escondió; y tanto esperó,
que, vueltos ellos y acostados, sintió a su marido dormido, y allá se fue
adonde había visto acostada a Salvestra; y poniéndole una mano en el pecho,
simplemente dijo:
—¡Oh, alma mía! ¿Duermes ya? —la joven, que no dormía,
quiso gritar pero el joven prontamente dijo—: por Dios, no grites, que soy tu
Girólamo
Al que oyendo ella toda temblorosa dijo:
—¡Ah, por Dios, Girólamo, vete!; ha pasado aquel tiempo en
que éramos muchachos y no era contra el decoro estar enamorados; estoy, como
ves casada, por lo que ya no me está bien escuchar a otro hombre que a mi
marido; por lo que te ruego por Dios que te vayas, que si mi marido te oyese
aunque otro mal no se siguiera, se seguiría que ya no podría vivir nunca con él
en paz ni en reposo, mientras que ahora, amada por él, en paz y en tranquilidad
con él vivo.
El joven, al oír estas palabras, sintió un terrible dolor,
y recordándole el tiempo pasado y su amor nunca por la distancia disminuido, y
mezclando muchos ruegos y promesas grandísimas, nada obtuvo; por lo que,
deseoso de morir, por último le pidió que en recompensa de tanto amor, sufriese
que se acostase a su lado hasta que pudiera calentarse un poco, que se había
quedado helado esperándola, prometiéndole que ni le diría nada ni la tocaría, y
que en cuanto se hubiera calentado un poco se iría.
Salvestra, teniendo un poco de compasión de él, se lo
concedió con las condiciones que él había puesto. Se acostó, pues, el joven
junto a ella sin tocarla; y recordando en un solo pensamiento el largo amor que
le había tenido y su presente dureza y la perdida esperanza, se dispuso a no
vivir más y retrayendo en sí los espíritus
[SC140], sin decir palabra, cerrados los puños
[SC141] junto a ella se quedó muerto.
Y luego de algún rato, la joven, maravillándose de su
quietud, temiendo que el marido se despertase, comenzó a decir:
—¡Ah, Girólamo! ¿No te vas?
Pero no sintiéndose responder, pensó que se habría quedado
dormido; por lo que, extendiendo la mano, empezó a menearlo para que se
despertase, y al tocarlo lo encontró frío como el hielo, de lo que se maravilló
mucho; y meneándolo con más fuerza y sintiendo que no se movía, luego de
tocarlo otra vez conoció que había muerto; por lo que sobremanera angustiada
estuvo mucho tiempo sin saber qué hacerse. Al fin, decidió, fingiendo que se
trataba de otra persona, ver qué decía su marido que debía hacerse; y despertándolo,
lo que acababa de sucederle a ella le dijo que le había sucedido a otra, y
luego le preguntó que si le sucediese a él, ella qué tendría que hacer. El buen
hombre respondió que le parecía que a aquel que había muerto se le debía
calladamente llevar a su casa y dejarlo allí, sin enfurecerse contra la mujer,
que no le parecía que hubiese cometido ninguna falta.
Entonces la joven dijo:
—Pues eso tenemos que hacer nosotros.
Y cogiéndole de la mano, le hizo tocar al muerto joven,
con lo que él, todo espantado, se puso en pie y, encendiendo una luz, sin
entrar con su mujer en otras historias, vestido el cuerpo muerto con sus mismas
manos y sin ninguna tardanza, ayudándole su inocencia, echándoselo a las
espaldas, a la puerta de su casa lo llevó, y allí lo puso y lo dejó.
Y venido el día y encontrado aquél delante de su puerta
muerto, fue hecho un gran alboroto y, especialmente por su madre; y examinado
por todas partes y mirado, y no encontrándosele ni herida ni golpe, fue
generalmente creído por los médicos que había muerto de dolor, como había sido.
Fue, pues, este cuerpo llevado a una iglesia; y allí vino la dolorida madre con
muchas otras señoras parientes y vecinas, y sobre él comenzaron a llorar a
lágrima viva, y a lamentarse, según nuestras costumbres.
Y mientras se hacía un grandísimo duelo, el buen hombre en
cuya casa había muerto, dijo a Salvestra:
—Anda, échate algún manto a la cabeza y ve a la iglesia
donde ha sido llevado Girólamo y métete entre las mujeres; y escucha lo que se
hable sobre este asunto, y yo haré lo mismo entre los hombres, para enterarnos
de si se dice algo contra nosotros.
A la joven, que tarde se había hecho piadosa, le plugo,
como a quien deseaba ver muerto a quien de vivo no había querido complacer con
un solo beso; y allá se fue. ¡Maravillosa cosa es de pensar cuán difícil es
descubrir las fuerzas de Amor! Aquel corazón, que la feliz fortuna de Girólamo
no había podido abrir lo abrió su desgracia, y resucitando las antiguas llamas
todas, súbitamente lo movió a tanta piedad el ver el muerto rostro, que, oculta
bajo su manto, abriéndose paso entre las mujeres, no paró hasta llegar al
cadáver; y allí, lanzando un fortísimo grito, sobre el muerto joven se arrojó
de bruces, y no lo bañó con muchas lágrimas porque, antes de tocarle, el dolor,
como al joven le había quitado la vida, a ella se la quitó. Luego, consolándola
las mujeres y diciéndole que se levantase, no conociéndola todavía, y como ella
no se levantaba, queriendo levantarla, y encontrándola inmóvil, pero
levantándola, sin embargo, en un mismo punto conocieron que era Salvestra y
estaba muerta. Por lo que todas las mujeres que allí estaban, vencidas de doble
compasión, comenzaron un llanto mucho mayor. La noticia se esparció fuera de la
iglesia, entre los hombres, y llegando a los oídos de su marido que entre ellos
estaba, sin atender consuelo o alivio de nadie, largo espacio lloró, y contando
luego a muchos que allí había lo que aquella noche había sucedido entre aquel
hombre y aquella mujer abiertamente todos supieron la razón de la muerte de
cada uno, lo que dolió a todos.
Tomando, pues, a la muerta joven, y adornándola también
como se adorna a los cuerpos muertos, sobre aquel mismo lecho junto al joven la
pusieron yacente, y llorándola allí largamente, en una misma sepultura fueron
enterrados los dos; y a ellos, a quienes Amor no había podido unir vivos, la
muerte unió en inseparable compañía
[SC142].
NOVELA NOVENA
Micer Guiglielmo de Rosellón da a comer a su mujer el
corazón de micer Guiglielmo Guardastagno, muerto por él y amado por ella; lo
que sabiéndolo ella después, se arroja de una alta ventana y muere, y con su
amante es sepultada
[SC143].
Habiendo terminado la historia de Neifile no sin haber
hecho sentir gran compasión a todas sus compañeras, el rey, que no entendía
abolir el privilegio de Dioneo, no quedando nadie más por narrar, comenzó:
Se me ha puesto delante, compasivas señoras, una historia
con la cual, puesto que así os conmueven los infortunados casos de amor, os
convendrá sentir no menos compasión que con la pasada, porque más altos fueron
aquellos a quienes sucedió lo que voy a contar y con un accidente más atroz que
los que aquí se han contado.
Debéis, pues, saber que, según cuentan los provenzales
[SC144], en Provenza hubo hace tiempo dos nobles
caballeros, de los que cada uno castillos y vasallos tenía, y tenía uno por
nombre micer Guiglielmo de Rosellón y el otro micer Guiglielmo Guardastagno; y
porque el uno y el otro eran muy de pro con las armas, mucho se amaban y tenían
por costumbre ir siempre a todo torneo o justas u otro hecho de armas juntos y
llevando una misma divisa.
Y aunque cada uno vivía en un castillo suyo y estaban uno
del otro lejos más de diez millas, sucedió sin embargo que, teniendo micer
Guiglielmo de Rosellón una hermosísima y atrayente señora por mujer, micer
Guiglielmo Guardastagno, fuera de toda medida y no obstante la amistad y la
compañía que había entre ellos, se enamoró de ella; y tanto, ora con un acto
ora con otro, hizo que la señora se apercibió; y sabiéndolo valerosísimo
caballero, le agradó, y comenzó a amarle hasta tal punto que nada deseaba o amaba
más que a él, y no esperaba sino ser requerida por él; lo que no pasó mucho
tiempo sin que sucediese, y juntos estuvieron una vez y otra, amándose mucho.
Y obrando menos discretamente juntos, sucedió que el
marido se apercibió de ello y fieramente se enfureció, hasta el punto que el
gran amor que a Guardastagno tenía se convirtió en mortal odio, pero mejor lo
supo tener oculto que los dos amantes habían podido tener su amor; y deliberó
firmemente matarlo. Por lo cual, estando el de Rosellón en esta disposición,
sucedió que se pregonó en Francia un gran torneo; lo que el de Rosellón
incontinenti hizo decir a Guardastagno, y le mandó decir que si le placía, viniera
a donde él y juntos deliberarían si iban a ir y cómo. Guardastagno,
contentísimo, respondió que al día siguiente sin falta iría a cenar con él.
Rosellón, oyendo aquello, pensó que había llegado el momento de poder matarlo,
y armándose, al día siguiente, con algún hombre suyo, montó a caballo, y a
cerca de una milla de su castillo se puso en acecho en un bosque por donde
debía pasar Guardastagno; y habiéndolo esperado un buen espacio, lo vio venir
desarmado con dos hombres suyos junto a él, desarmados como él, que nada
desconfiaba; y cuando le vio llegar a aquella parte donde quería, cruel y lleno
de rencor, con una lanza en la mano, le salió al paso gritando:
—¡Traidor, eres muerto!
Y decir esto y darle con aquella lanza en el pecho fue una
sola cosa; Guardastagno, sin poder nada en su defensa ni decir una palabra,
atravesado por aquella lanza, cayó en tierra y poco después murió. Sus hombres,
sin haber conocido a quien lo había hecho, vueltas las cabezas a los caballos,
lo más que pudieron huyeron hacia el castillo de su señor. Rosellón,
desmontando, con un cuchillo abrió el pecho de Guardastagno y con sus manos le
sacó el corazón, y haciéndolo envolver en el pendón de una lanza, mandó a uno
de sus vasallos que lo llevase; y habiendo ordenado a todos que nadie fuera tan
osado que dijese una palabra de aquello, montó de nuevo a caballo y, siendo ya
de noche, volvió a su castillo.
La señora, que había oído que Guardastagno debía ir a
cenar por la noche, y con grandísimo deseo lo esperaba, no viéndolo venir, se
maravilló mucho y dijo al marido:
—¿Y cómo es esto, señor, que Guardastagno no ha venido?
A lo que el marido repuso:
—Señora, he sabido de su parte que no puede llegar aquí
sino mañana.
De lo que la señora quedó un tanto enojada.
Rosellón, desmontando, hizo llamar al cocinero y le dijo:
—Coge aquel corazón de jabalí y prepara el mejor alimento
y más deleitoso de comer que sepas; y cuando esté a la mesa, mándamelo en una
escudilla de plata.
El cocinero, cogiéndolo y poniendo en ello todo su arte y
toda su solicitud, desmenuzándolo y poniéndole muchas buenas especias, hizo con
él un manjar exquisito.
Micer Guiglielmo, cuando fue hora, con su mujer se sentó a
la mesa. Vino la comida, pero él, por la maldad cometida impedido su
pensamiento, poco comió. El cocinero le mandó el manjar, que hizo poner delante
de la señora, mostrándose él aquella noche desganado, y lo alabó mucho. La
señora, que desganada no estaba, comenzó a comerlo y le pareció bueno, por lo
que lo comió todo.
Cuando el caballero hubo visto que la señora lo había
comido todo, dijo:
—Señora, ¿qué tal os ha parecido esa comida?
La señora repuso:
—Monseñor, a fe que me ha placido mucho.
—Así me ayude Dios como lo creo —dijo el caballero— y no
me maravillo si muerto os ha gustado lo que vivo os gustó más que cosa alguna.
La señora, esto oído, un poco se quedó callada; luego
dijo:
—¿Cómo? ¿Qué es lo que me habéis dado a comer?
El caballero repuso:
—Lo que habéis comido ha sido verdaderamente el corazón de
micer Guiglielmo Guardastagno, a quien como mujer desleal tanto amábais; y
estad cierta de que ha sido eso porque yo con estas manos se lo he arrancado
del pecho.
La señora, oyendo esto de aquél a quien más que a ninguna
cosa amaba, si sintió dolor no hay que preguntarlo, y luego de un poco dijo:
—Habéis hecho lo que cumple a un caballero desleal y
malvado; que si yo, no forzándome él, le había hecho señor de mi amor y a vos
ultrajado con esto, no él sino yo era quien debía sufrir el castigo. Pero no
plazca a Dios que sobre una comida tan noble como ha sido la del corazón de un
tan valeroso y cortés caballero como micer Guiglielmo Guardastagno fue, nunca
caiga otra comida.
Y poniéndose en pie, por una ventana que detrás de ella
estaba, sin dudarlo un momento, se arrojó. La ventana estaba muy alta; por lo
que al caer la señora no solamente se mató, sino que se hizo pedazos. Micer
Guiglielmo, viendo esto, mucho se turbó, y le pareció haber hecho mal; y
temiendo a los campesinos y al conde de Provenza
[SC145], haciendo ensillar los caballos, se fue de allí.
A la mañana siguiente fue sabido por toda la comarca cómo
había sucedido aquello: por lo que, por los del castillo de micer Guiglielmo
Guardastagno y por los del castillo de la señora, con grandísimo dolor y llanto
fueron los dos cuerpos recogidos y en la iglesia del mismo castillo de la
señora puestos en una misma sepultura, y sobre ella escritos versos diciendo
quiénes eran los que dentro estaban sepultados, y el modo y la razón de su
muerte
[SC146].
NOVELA DÉCIMA
La mujer de un médico, teniéndole por muerto, mete a su
amante narcotizado en un arcón que, con él dentro, se llevan dos usureros a su
casa; al recobrar el sentido, es apresado por ladrón; la criada de la señora
cuenta a la señoría que ella lo había puesto en el arcón robado por los
usureros, con lo que se salva de la horca, y los prestamistas por haber robado
el arca son condenados a pagar una multa.
Solamente a Dioneo, habiendo ya terminado el rey su
relato, quedaba por cumplir su labor; el cual, conociéndolo y siéndole ya
ordenado por el rey, comenzó:
Las desdichas de los infelices amantes aquí contadas, no
sólo a vosotras, señoras, sino también a mí me han entristecido los ojos y el
pecho, por lo que sumamente he deseado que se terminase con ellas. Ahora,
alabado sea Dios, que han terminado (salvo si yo quisiera a esta malvada
mercancía añadir un mal empalme, de lo que Dios me libre), sin seguir más
adelante en tan dolorosa materia, una más alegre y mejor comenzaré, tal vez
sirviendo de buena orientación a lo que en la siguiente jornada debe contarse.
Debéis, pues, saber, hermosísimas jóvenes, que todavía no
hace mucho tiempo hubo en Salerno un grandísimo médico cirujano cuyo nombre fue
maestro Mazzeo de la Montagna
[SC147], el cual, ya cerca de sus últimos años, habiendo
tomado por mujer a una hermosa y noble joven de su ciudad, de lujosos vestidos
y ricos y de otras joyas y de todo lo que a una mujer puede placer más, la
tenía abastecida; es verdad que ella la mayor parte del tiempo estaba
resfriada, como quien en la cama no estaba por el marido bien cubierta. El
cual, como micer Ricciardo de Chínzica, de quien hemos hablado, a la suya
enseñaba las fiestas y los ayunos, éste a ella le explicaba que por acostarse con
una mujer una vez tenía necesidad de descanso no sé cuántos días, y otras
chanzas; con lo que ella vivía muy descontenta, y como prudente y de ánimo
valeroso, para poder ahorrarle trabajos al de la casa se dispuso a echarse a la
calle y a desgastar a alguien ajeno, y habiendo mirado a muchos y muchos
jóvenes, al fin uno le llegó al alma, en el que puso toda su esperanza, todo su
ánimo y todo su bien. Lo que, advirtiéndolo el joven y gustándole mucho,
semejantemente a ella volvió todo su amor. Se llamaba éste Ruggeri de los
Aieroli, noble de nacimiento pero de mala vida y de reprobable estado hasta el
punto de que ni pariente ni amigo le quedaba que le quisiera bien o que
quisiera verle, y por todo Salerno se le culpaba de latrocinios y de otras
vilísimas maldades; de lo que poco se preocupó la mujer, gustándole por otras
cosas.
Y con una criada suya tanto lo preparó, que estuvieron
juntos; y luego de que algún placer disfrutaron, la mujer le comenzó a
reprochar su vida pasada y a rogarle que, por amor de ella, de aquellas cosas
se apartase; y para darle ocasión de hacerlo empezó a proporcionarle cuándo una
cantidad de dineros y cuándo otra. Y de esta manera, persistiendo juntos asaz
discretamente, sucedió que al médico le pusieron entre las manos un enfermo que
tenía dañada una de las piernas, al cual mal habiendo visto el maestro, dijo a
sus parientes que, si un hueso podrido que tenía en la pierna no se le extraía,
con certeza tendría aquél o que cortarse toda la pierna o que morirse; y si le
sacaba el hueso podía curarse, pero que si no se le daba por muerto, él no lo
recibiría; con lo que, poniéndose de acuerdo todos los de su parentela, así se
lo entregaron.
El médico, juzgando que el enfermo sin ser narcotizado no
soportaría el dolor ni se dejaría intervenir, debiendo esperar hasta el
atardecer para aquel servicio, hizo por la mañana destilar de cierto compuesto
suyo una agua que debía dormirle tanto cuanto él creía que iba a hacerlo sufrir
al curarlo; y haciéndola traer a casa en una ventanica de su alcoba la puso,
sin decir a nadie lo que era. Venida la hora del crepúsculo, debiendo el
maestro ir con aquél, le llegó un mensaje de ciertos muy grandes amigos suyos
de Amalfi de que por nada dejase de ir incontinenti allí, porque había habido
una gran riña y muchos habían sido heridos.
El médico, dejando para la mañana siguiente la cura de la
pierna, subiendo a una barquita, se fue a Amalfi; por lo cual la mujer,
sabiendo que por la noche no debía volver a casa, ocultamente como
acostumbraba, hizo venir a Ruggeri y en su alcoba lo metió, y lo cerró dentro
hasta que algunas otras personas de la casa se fueran a dormir. Quedándose,
pues, Ruggeri en la alcoba y esperando a la señora, teniendo (o por trabajos
sufridos durante el día o por comidas saladas que hubiera comido, o tal vez por
costumbre) una grandísima sed, vino a ver en la ventana aquella garrafita del
agua que el médico había hecho para el enfermo, y creyéndola agua de beber,
llevándosela a la boca, toda la bebió; y no había pasado mucho cuando le dio un
gran sueño y se durmió.
La mujer, lo antes que pudo se vino a su alcoba y,
encontrando a Ruggeri dormido, empezó a sacudirlo y a decirle en voz baja que
se pusiese en pie, pero como si nada: no respondía ni se movía un punto; por lo
que la mujer, algo enfadada, con más fuerza lo sacudió, diciendo:
—Levántate, dormilón, que si querías dormir, donde debías
ir es a tu casa y no venir aquí.
Ruggeri, así empujado, se cayó al suelo desde un arcón
sobre el que estaba y no dio ninguna señal de vida, sino la que hubiera dado un
cuerpo muerto; con lo que la mujer, un tanto asustada, empezó a querer
levantarlo y menearlo más fuerte y a cogerlo por la nariz y a tirarle de la
barba, pero no servía de nada: había atado el asno a una buena clavija
[SC148]. Por lo que la señora empezó a temer que estuviera
muerto, pero aun así le empezó a pellizcar agriamente las carnes y a quemarlo
con una vela encendida; por lo que ella, que no era médica aunque médico fuese
el marido, sin falta lo creyó muerto, por lo que, amándolo sobre todas las
cosas como hacía, si sintió dolor no hay que preguntárselo, y no atreviéndose a
hacer ruido, calladamente, sobre él comenzó a llorar y a dolerse de tal
desventura. Pero luego de un tanto, temiendo añadir la deshonra a su desgracia,
pensó que sin ninguna tardanza debía encontrar el modo de sacarlo de casa
muerto como estaba, y ni en esto sabiendo determinarse, ocultamente llamó a su
criada, y mostrándole su desgracia, le pidió consejo.
La criada, maravillándose mucho y meneándolo también ella
y empujándolo, y viéndolo sin sentido, dijo lo mismo que decía la señora, es
decir, que verdaderamente estaba muerto, y aconsejó que lo sacasen de casa.
A lo que la señora dijo:
—¿Y dónde podremos ponerlo que no se sospeche mañana
cuando sea visto que de aquí dentro ha sido sacado?
A lo que la criada contestó:
—Señora, esta tarde ya de noche he visto, apoyada en la
tienda del carpintero vecino nuestro, un arca no demasiado grande que, si el
maestro no la ha metido en casa, será muy a propósito lo que necesitamos porque
dentro podemos meterlo, y darle dos o tres cuchilladas y dejarlo. Quien lo
encuentre allí, no sé por qué más de aquí dentro que de otra parte vaya a creer
que lo hayan llevado; antes se creerá, como ha sido tan malvado, que, yendo a
cometer alguna fechoría, por alguno de sus enemigos ha sido muerto, luego
metido en el arca.
Plugo a la señora el consejo de la criada, salvo en lo de
hacerle algunas heridas, diciendo que no podría por nada del mundo sufrir que
aquello se hiciese; y la mandó a ver si estaba allí el arca donde la había
visto, y ella volvió y dijo que sí. La criada, entonces, que joven y gallarda
era, ayudada por la señora, se echó a las espaldas a Ruggeri y yendo la señora
por delante para mirar si venía alguien, llegadas al arca, lo metieron dentro
y, volviéndola a cerrar, se fueron.
Habían, hacía unos días más o menos, venido a vivir a una
casa dos jóvenes que prestaban a usura, y deseosos de ganar mucho y de gastar
poco, teniendo necesidad de muebles, el día antes habían visto aquella arca y
convenido que si por la noche seguía allí se la llevarían a su casa. Y llegada
la medianoche, salidos de casa, encontrándola, sin entrar en miramientos,
prestamente, aunque pesadita les pareciese, se la llevaron a casa y la dejaron
junto a una alcoba donde sus mujeres dormían, sin cuidarse de colocarla bien
entonces; y dejándola allí, se fueron a dormir.
Ruggeri, que había dormido un grandísimo rato y ya había
digerido el bebedizo y agotado su virtud cerca de maitines se despertó; y al
quedar el sueño roto y recuperar sus sentidos el poder, sin embargo le quedó en
el cerebro una estupefacción que no solamente aquella noche sino después
algunos días lo tuvo aturdido; y abriendo los ojos y no viendo nada, y
extendiendo las manos acá y allá, encontrándose en esta arca, comenzó a
devanarse los sesos y a decirse:
—¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¿Estoy dormido o despierto?
Me acuerdo que esta noche he entrado en la alcoba de mi señora y ahora me
parece estar en un arca. ¿Qué quiere decir esto? ¿Habrá vuelto el médico o
sucedido otro accidente por lo cual la señora, mientras yo dormía, me ha
escondido aquí? Eso creo, y seguro que así habrá sido.
Y por ello, comenzó a estarse quieto y a escuchar si oía
alguna cosa, y estando así un gran rato, estando más bien a disgusto en el
arca, que era pequeña, y doliéndole el costado sobre el que se apoyaba,
queriendo volverse del otro lado, tan hábilmente lo hizo que, dando con los
riñones contra uno de los lados del arca, que no estaba colocada sobre un piso
nivelado, la hizo torcerse y luego caer; y al caer hizo un gran ruido, por lo
que las mujeres que allí al lado dormían se despertaron y sintieron miedo, y
por miedo se callaban. Ruggeri, por el caer del arca temió mucho, pero
notándola abierta con la caída, quiso mejor, si otra cosa no sucedía, estar
fuera que quedarse dentro. Y entre que él no sabía dónde estaba y una cosa y la
otra, comenzó a andar a tientas por la casa, por ver si encontraba escalera o
puerta por donde irse. Cuyo tantear sintiendo las mujeres, que despiertas
estaban, comenzaron a decir:
—¿Quién hay ahí?
Ruggeri, no conociendo la voz, no respondía, por lo que
las mujeres comenzaron a llamar a los dos jóvenes, los cuales, porque habían
velado hasta tarde, dormían profundamente y nada de estas cosas sentían. Con lo
que las mujeres, más asustadas, levantándose y asomándose a las ventanas,
comenzaron a gritar:
—¡Al ladrón, al ladrón!
Por la cual cosa, por varios lugares muchos de los
vecinos, quién arriba por los tejados, quién por una parte y quién por otra,
corrieron a entrar en la casa, y los jóvenes semejantemente, despertándose con
este ruido, se levantaron. Y a Ruggeri, el cual viéndose allí, como por el
asombro fuera de sí, y sin poder ver de qué lado podría escaparse, pronto le
echaron mano los guardias del rector de la ciudad, que ya habían corrido allí
al ruido, y llevándolo ante el rector, porque por malvadísimo era tenido por
todos, sin demora dándole tormento, confesó que en la casa de los prestamistas
había entrado para robar; por lo que el rector pensó que sin mucha espera debía
colgarlo.
Se corrió por la mañana por todo Salerno la noticia de que
Ruggeri había sido preso robando en casa de los prestamistas, lo que la señora
y su criada oyendo, de tan grande y rara maravilla fueron presa que cerca
estaban de hacerse creer a sí mismas que lo que habían hecho la noche anterior
no lo habían hecho, sino que habían soñado hacerlo; y además de ello, del
peligro en que Ruggeri estaba la señora sentía tal dolor que casi se volvía
loca.
No poco después de mediada tercia, habiendo retornado el
médico de Amalfi, preguntó qué había sido de su agua, porque quería darla a su
enfermo; y encontrándose la garrafa vacía hizo un gran alboroto diciendo que
nada en su casa podía durar en su sitio.
La señora, que por otro dolor estaba azuzada, repuso
airada diciendo:
—¿Qué haríais vos, maestro, por una cosa importante,
cuando por una garrafita de agua vertida hacéis tanto alboroto? ¿Es que no hay
más en el mundo?
A quien el maestro dijo:
—Mujer, te crees que era agua clara; no es así, sino que
era un agua preparada para hacer dormir.
Y le contó la razón por la que la había hecho.
Cuando la señora oyó esto, se convenció de que Ruggeri se
la había bebido y por ello les había parecido muerto, y dijo:
—Maestro, nosotras no lo sabíamos, así que haceos otra.
El maestro, viendo que de otro modo no podía ser, hizo
hacer otra nueva. Poco después, la criada, que por orden de la señora había ido
a saber lo que se decía de Ruggeri, volvió y le dijo:
—Señora, de Ruggeri todos hablan mal y, por lo que yo he
podido oír, ni amigo ni pariente alguno hay que para ayudarlo se haya levantado
o quiera levantarse; y se tiene por seguro que mañana el magistrado lo hará
colgar. Y además de esto, voy a contaros una cosa curiosa, que me parece haber
entendido cómo llegó a casa del prestamista; y oíd cómo. Bien conocéis al
carpintero junto a quien estaba el arca donde le metimos: éste estaba hace poco
con uno, de quien parece que era el arca, en la mayor riña del mundo, porque
aquél le pedía los dineros por su arca, y el maestro respondía que él no había
visto el arca, pues le había sido robada por la noche; al que aquél decía: «No
es así sino que la has vendido a los dos jóvenes prestamistas, como ellos me
dijeron cuando la vi en su casa cuando fue apresado Ruggeri». A quien el
carpintero dijo: «Mienten ellos porque nunca se la he vendido, sino que la
noche pasada me la habrán robado; vamos a donde ellos». Y así se fueron, de
acuerdo, a casa de los prestamistas y yo me vine aquí, y como podéis ver,
entiendo que de tal guisa Ruggeri, adonde fue encontrado fue transportado; pero
cómo resucitó allí no puedo entenderlo.
La señora, entonces, comprendiendo óptimamente cómo había
sido, dijo a la criada lo que había oído al médico, y le rogó que para salvar a
Ruggeri la ayudase, como quien, si quería, en un mismo punto podía salvar a
Ruggeri y proteger su honor.
La criada dijo:
—Señora, decidme cómo, que yo haré cualquier cosa de buena
gana.
La señora, como a quien le apretaban los zapatos, con
rápida determinación habiendo pensado qué había de hacerse, ordenadamente
informó de ello a la criada. La cual, primeramente fue al médico, y llorando
comenzó a decirle:
—Señor, tengo que pediros perdón de una gran falta que he
cometido contra vos.
Dijo el médico:
—¿Y de cuál?
Y la criada, no dejando de llorar, dijo:
—Señor, sabéis quién es el joven Ruggeri de los Aieroli,
quien, gustándole yo, entre amenazas y amor me condujo hogaño a ser su amiga: y
sabiendo ayer tarde que vos no estabais, tanto me cortejó que a vuestra casa en
mi alcoba a dormir conmigo lo traje, y teniendo él sed y no teniendo yo dónde
ir antes a por agua o a por vino, no queriendo que vuestra mujer, que en la
sala estaba, me viera, acordándome de que en vuestra alcoba una garrafita de
agua había visto, corrí a por ella y se la di a beber, y volví a poner la
garrafa donde la había cogido; de lo que he visto que vos en casa gran alboroto
habéis hecho. Y en verdad confieso que hice mal, pero ¿quién hay que alguna vez
no haga mal? Siento mucho haberlo hecho; sobre todo porque por ello y por lo
que luego se siguió de ello, Ruggeri está a punto de perder la vida, por lo que
os ruego, por lo que más queráis, que me perdonéis y me deis licencia para que
me vaya a ayudar a Ruggeri en lo que pueda.
El médico, al oír esto, a pesar de la saña que tuviese,
repuso bromeando:
—Tú ya te has impuesto penitencia tú misma porque cuando
creíste tener esta noche a un joven que muy bien te sacudiera el polvo, lo que
tuviste fue a un dormilón: y por ello vete a procurar la salvación de tu
amante, y de ahora en adelante guárdate de traerlo a casa porque lo pagarás por
esta vez y por la otra.
Pareciéndole a la criada que buena pieza había logrado al
primer golpe, lo antes que pudo se fue a la prisión donde Ruggeri estaba, y
tanto lisonjeó al carcelero que la dejó hablar a Ruggeri. La cual, después de
que lo hubo informado de lo que responder debía al magistrado para poder
salvarse, tanto hizo que llegó ante el magistrado. El cual, antes de consentir
en oírla, como la viese fresca y gallarda, quiso enganchar una vez con el
garfio a la pobrecilla cristiana; y ella, para ser mejor escuchada, no le hizo
ascos; y levantándose de la molienda, dijo:
—Señor, tenéis aquí a Ruggeri de los Aieroli preso por
ladrón, y no es eso verdad.
Y empezando por el principio le contó la historia hasta el
fin de cómo ella, su amiga, a casa del médico lo había llevado y cómo le había
dado a beber el agua del narcótico, no sabiendo que lo era, y cómo por muerto
lo había metido en el arca; y después de esto, lo que entre el maestro
carpintero y el dueño del arca había oído decir, mostrándole con aquello cómo a
casa de los prestamistas había llegado Ruggeri.
El magistrado, viendo que fácil cosa era comprobar si era
verdad aquello, primero preguntó al médico si era verdad lo del agua, y vio que
había sido así; y luego, haciendo llamar al carpintero y a quien era el dueño
del arca y a los prestamistas, luego de muchas historias vio que los
prestamistas la noche anterior habían robado el arca y se la habían llevado a
casa. Por último, mandó a por Ruggeri y preguntándole dónde se había albergado
la noche antes, repuso que dónde se había albergado no lo sabía, pero que bien
se acordaba que había ido a albergarse con la criada del maestro Maezzo, de
cuya alcoba había bebido agua porque tenía mucha sed; pero que dónde había
estado después, salvo cuando despertándose en casa de los prestamistas se había
encontrado dentro de un arca, no lo sabía.
El magistrado, oyendo estas cosas y divirtiéndose mucho
con ellas, a la criada y a Ruggeri y al carpintero y a los prestamistas las
hizo repetir muchas veces. Al final, conociendo que Ruggeri era inocente,
condenando a los prestamistas que robado habían el arca a pagar diez onzas
[SC149], puso en libertad a Ruggeri; lo cual, cuánto gustó
a éste, nadie lo pregunte: y a su señora gustó desmesuradamente. La cual,
luego, junto con él y con la querida criada que había querido darle de
cuchilladas, muchas veces se rió y se divirtió, continuando su amor y su solaz
siempre de bien en mejor; como querría que me sucediese a mí, pero no que me
metieran dentro de un arca.
Si las primeras historias los pechos de las anhelantes
señoras habían entristecido, esta última de Dioneo las hizo reír tanto, y
especialmente cuando dijo que el magistrado había enganchado el garfio, que
pudieron sentirse recompensadas de las tristezas sentidas con las otras. Pero
viendo el rey que el sol comenzaba a ponerse amarillo y que era llegado el
término de su señorío, con muy placenteras palabras se excusó con las hermosas
señoras de lo que había hecho; es decir, de haber hecho hablar de un asunto tan
cruel como es el de la infelicidad de los amantes, y hecha la excusa se levantó
y de la cabeza se quitó el laurel y, esperando las señoras a ver a quién iba a
ponérselo, placenteramente sobre la cabeza rubísima de Fiameta lo puso,
diciendo:
—Te pongo esta corona como a quien, mejor que ninguna
otra, de la dura jornada de hoy con la de mañana sabrás consolar a estas
compañeras nuestras.
Fiameta, cuyos cabellos eran crespos, largos y de oro, y
sobre los cándidos y delicados hombros le caían, y el rostro redondito con un
verdadero color de blancos lirios y de bermejas rosas mezclados todo
esplendoroso, con dos ojos en la cara que parecían de un halcón peregrino
[SC150] y con una boquita pequeñita cuyos labios parecían
dos pequeños rubíes, sonriendo contestó:
—Filostrato, yo la acepto de buena gana, y para que mejor
veas lo que has hecho, desde ahora mando y ordeno que todos se preparen para
contar mañana lo que a algún amante, luego de algunos duros o desventurados
accidentes, le hubiera sucedido de feliz.
La cual proposición plugo a todos; y ella, haciendo venir
al senescal y habiendo dispuesto con él las cosas necesarias, a toda la
compañía, levantándose, hasta la hora de la cena dio alegremente licencia.
Ellos, pues, parte por el jardín, cuya hermosura no era de
las que cansa pronto, y parte por los molinos que fuera de él daban vueltas, y
quién por aquí y quién por allí, a gustar según los distintos apetitos diversos
deleites se dieron hasta la hora de la cena. Venida la cual, recogiéndose
todos, como tenían por costumbre, junto a la hermosa fuente, a bailar y a
cantar se pusieron, y dirigiendo Filomena la danza, dijo la reina:
—Filostrato, yo no pretendo apartarme de mis predecesores,
sino, como ellos han hecho, entiendo que obedeciéndome se cante una canción; y
porque estoy cierta de que tus canciones son como tus novelas, para no tener
más días turbados con tus infortunios, queremos que una nos cantes como más te
plazca.
Filostrato repuso que de grado, y sin demora comenzó a
cantar de tal guisa:
Con lagrimas demuestro
cuánta amargura siente, y qué dolor,
el traicionado corazón, Amor.
Amor, amor, cuando primeramente
pusiste en él a quien me mueve al llanto
sin esperar salud,
tan llena la mostraste de virtud
que leve yo creí cualquier quebranto
que embargase mi mente,
ya mártir y doliente
por causa tuya, pero bien mi error
conozco ahora, y no sin gran dolor.
Me ha mostrado mi engaño
el verme abandonado por aquella
en quien sólo esperaba:
que cuando, triste, yo creí que estaba
más en su gracia y la servía a ella,
sin pensar en el daño
que sentiría hogaño,
vi que la calidad de otro amador
dentro acogía y yo perdí el favor.
Cuando me vi por ella desdeñado
nació en mi corazón el doloroso
llanto que lloro ahora;
y mucho he maldecido el día y la hora
en que primero vi el rostro amoroso
de alba belleza ornado
y muy mucho infamado,
mi confianza, esperanza y ardor
va maldiciendo mi alma en su dolor.
Cuán sin consuelo sea mi quebranto,
señor, puedes sentirlo, pues te llamo
con voz que se lamenta
y te digo que tanto me atormenta
que por menor martirio muerte clamo:
venga, y la vida tanto
anegada en su llanto
termine con su golpe, y mi furor
a donde vaya sentiré menor.
Ni otro camino ni otra salvación
le queda sino muerte a mí afligida
vida: dámela, Amor,
pronto y con ella acaba mi amargor
y al corazón despoja de tal vida.
¡Hazlo, ay, que sin razón
se me ha quitado mi consolación!
Hazla feliz con mi muerte, señor,
como la has hecho con nuevo amador.
Balada mía, si otros no te aprenden
me da igual, porque no sabrá la gente
igual que yo cantarte;
un trabajo tan sólo quiero darte
a Amor encuentra, a él tan solamente
cuánto me es enojosa
esta vida angustiosa
di claramente, y ruega que a mejor
puesto la lleve para hacerse honor.
Demostraron las palabras de esta canción asaz claramente
cuál era el ánimo de Filostrato, y la ocasión; y tal vez más declarado lo
habría el aspecto de tal señora que estaba danzando, si las tinieblas de la
llegada noche el rubor de su rostro no hubieran escondido. Pero luego de que él
la hubo puesto fin, muchos otros cantares hubo hasta que llegó la hora de irse
a dormir; por lo que, mandándolo la reina, cada uno en su cámara se recogió.
TERMINA LA CUARTA JORNADA
QUINTA JORNADA
COMIENZA LA QUINTA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA CUAL, BAJO
EL GOBIERNO DE FIAMETA, SE RAZONA SOBRE LO QUE A ALGÚN AMANTE, DESPUÉS DE DUROS
O DESVENTURADOS ACCIDENTES, SUCEDIÓ DE FELIZ.
ESTABA ya el oriente todo blanco y los surgentes rayos de
todo nuestro hemisferio habían extendido la claridad, cuando Fiameta, por los
dulces cantos de los jóvenes que a primera hora del día cantaban alegremente en
los arbustos incitada, se levantó e hizo llamar a todas las demás y a los tres
jóvenes; y con suave paso descendiendo a los campos, por la ancha llanura
arriba entre las hierbas cubiertas de rocío, hasta que el sol se hubo alzado un
tanto, con su compañía fue paseando, hablando con ellos de una y otra cosa.
Pero al sentir que ya los solares rayos se calentaban, hacia su habitación
volvieron los pasos; llegados a la cual, con óptimos vinos y con dulces del
ligero trabajo pasado les hizo confortarse y por el deleitoso jardín hasta la
hora de comer se recrearon. Venida la cual, estando todas las cosas aparejadas
por el discretísimo senescal, luego de que alguna estampida
[SC151] y una baladilla o dos fueron cantadas,
alegremente, según plugo a la reina, se pusieron a comer; y habiéndolo hecho
ordenadamente y con alegría, no olvidada la establecida costumbre de bailar,
con los instrumentos y con las canciones algunas danzas siguieron. Después de
las cuales, hasta pasada la hora de dormir, la reina dio licencia a todos;
algunos de ellos se fueron a dormir y otros a su solaz por el bello jardín se
quedaron. Pero todos, un poco pasada nona, allí, como quiso la reina, según la
usada costumbre se reunieron junto a la fuente; y habiéndose sentado la reina
pro tribunali, mirando hacia Pánfilo, sonriendo, a él le ordenó que diese
principio a las felices novelas; el cual a ello se dispuso de grado, y dijo
así.
NOVELA PRIMERA
Cimone, por amar, se hace sabio y a Ifigenia su señora
rapta en el mar, es hecho prisionero en Rodas, de donde Lisímaco le libera y,
de acuerdo con él, rapta a Ifigenia y a Casandra en sus bodas, huyendo con
ellas a Creta; y allí, haciéndolas sus mujeres, con ellas a sus casas son
llamados.
Muchas historias, amables señoras, para dar principio a
tan alegre jornada como será ésta se me ponen delante para ser contadas; de las
cuales una más agrada a mi ánimo porque por ella podréis entender no solamente
el feliz final según el cual comenzamos a razonar, sino cuán santas sean, cuán
poderosas y cuán benéficas las fuerzas del Amor, las cuales muchos, sin saber
lo que dicen, condenan y vituperan con gran error; lo que, si no me equivoco
(porque creo que estáis enamoradas) mucho deberá agradaros.
Pues así como hemos leído en las antiguas historias de los
chipriotas, en la isla de Chipre hubo un hombre nobilísimo que tuvo por nombre
Aristippo, más que sus otros paisanos riquísimo en todos los bienes temporales,
y si con una cosa no le hubiese herido la fortuna, más que nadie hubiera podido
sentirse contento. Y era ésta que entre sus otros hijos tenía uno que en
estatura y belleza de cuerpo a todos los demás jóvenes sobrepasaba, pero que
era estúpido sin esperanza, cuyo verdadero nombre era Caleso; pero porque ni
con trabajo de ningún maestro ni por lisonja o golpes del padre ni por ingenio
de ningún otro había podido metérsele en la cabeza ni letra ni educación
alguna, así como por su voz gruesa y deforme y por sus maneras más propias de
animal que de hombre, por burla era de todos llamado Cimone
[SC152], lo que en su lengua sonaba como en la nuestra
«asno». Cuya malgastada vida el padre soportaba con grandísimo dolor; y
habiendo perdido ya toda esperanza, para no tener siempre delante la causa de
su dolor, le mandó que se fuese al campo y que allí viviera con sus labradores;
la cual cosa agradó muchísimo a Cimone porque las costumbres y las maneras de
los hombres rústicos eran más de su gusto que las ciudadanas.
Yéndose, pues, Cimone al campo, y haciendo allí las cosas
que correspondían a aquel lugar, sucedió que un día, pasado ya mediodía, yendo
él de una posesión a otra con un bastón echado al cuello, entró en un
bosquecillo que había hermosísimo en aquella comarca, y que, porque el mes de
mayo era, estaba todo frondoso; andando por el cual llegó, según le guió su
fortuna, a un pradecillo rodeado de altísimos árboles, en uno de los rincones
del cual había una bellísima y fresca fuente junto a la que vio, sobre el verde
prado, dormir a una hermosísima joven cubierta por un vestido tan sutil que
casi nada de las cándidas carnes escondía, y de la cintura para arriba estaba
solamente cubierta por un paño blanquísimo y sutil; y junto a ella
semejantemente dormían dos mujeres y un hombre, siervos de esta joven. A la
cual, como Cimone vio, no de otra manera que si nunca hubiera visto forma de
mujer, apoyándose sobre su bastón, sin decir cosa alguna, con admiración
grandísima comenzó intensísimamente a contemplar; y en el rudo pecho, donde con
mil enseñanzas no se había podido hacer entrar impresión alguna de ciudadano
placer, sintió despertar un pensamiento que le decía a su material y gruesa
mente que aquélla era la más hermosa cosa que nunca había sido vista por ningún
viviente.
Y allí empezó a distinguir sus partes alabando los
cabellos, que estimaba de oro, la frente, la nariz y la boca, la garganta y los
brazos y sumamente el pecho, todavía no muy elevado; y de labrador convertido
súbitamente en juez de la hermosura, deseaba sumamente en su interior verle los
ojos que, por alto sueño apesadumbrados, tenía cerrados; y por vérselos muchas
veces tuvo deseos de despertarla. Pero pareciéndole infinitamente más hermosa
que otras mujeres que antes había visto, dudaba que fuese alguna diosa; y tanto
juicio mostraba que juzgaba que las cosas divinas eran más dignas de reverencia
que las mundanas y por ello se contenía esperando que por sí misma se
despertase; y aunque la espera le pareciese excesiva, invadido por desusado
placer, no sabía irse de allí.
Sucedió, pues, que, luego de un largo espacio, la joven,
cuyo nombre era Ifigenia, antes que ninguno de los suyos se despertó, y alzando
la cabeza y abriendo los ojos y viendo que en su bastón apoyado estaba Cimone
delante, se maravilló mucho, y dijo:
—Cimone, ¿qué vas buscando a estas horas por este bosque?
Era Cimone, tanto por su hermosura como por su rudeza y
por la nobleza y riqueza del padre, conocido a cualquiera del país. No contestó
nada a las palabras de Ifigenia, pero al verla abrir los ojos empezó a
mirárselos fijamente pareciéndole que de ellos salía una suavidad que le
llenaba de un placer nunca por él probado. Lo que viendo la joven comenzó a
temer que aquel su fijo mirar moviese su rudeza a alguna cosa que pudiera
causarle deshonra, por lo que, llamadas sus mujeres, se levantó diciendo:
—Cimone, quedaos con Dios.
Y entonces Cimone le respondió:
—Yo voy contigo.
Y por mucho que la joven rechazase su compañía, siempre
temiéndole, no pudo separarlo de ella hasta que no la hubo acompañado a su
casa; y de allí se fue a casa de su padre afirmando que de ninguna manera
volvería al campo; lo que, por muy pesado que fuera a su padre y a los suyos,
le dejaron hacer esperando ver qué causa era la que de aquella manera le había
hecho mudar de opinión.
Habiendo, pues, entrado en el corazón de Cimone, en el que
ninguna enseñanza había podido entrar, la saeta de Amor por la hermosura de
Ifigenia, en brevísimo tiempo, yendo de un pensamiento a otro, maravilló a su
padre y a todos los suyos y a cualquiera otro que le conocía. Primeramente
pidió a su padre que le hiciera vestir con los trajes y todas las demás cosas
adornado que llevaban sus hermanos, lo que su padre hizo contentísimo. Luego,
reuniéndose con los jóvenes de pro y oyendo hablar de las cosas que corresponden
a los gentileshombres, y máximamente a los enamorados, primero con admiración
grandísima de todos en poco espacio de tiempo, no solamente aprendió las
primeras letras, sino que llegó a ser de gran valor entre los filósofos; y
después de esto, siendo razón de todo aquello el amor que tenía a Ifigenia, no
solamente la voz bronca y rústica redujo a educada y ciudadana, sino que llegó
a ser maestro de canto y de música, y en el cabalgar y en las cosas bélicas,
tanto marinas como de tierra, expertísimo y valeroso llegó a ser. Y en breve,
para no contar en detalle todas las cosas de su virtud, no había pasado el
cuarto año desde el día de su primer enamoramiento cuando había llegado a ser
el más gallardo y el más cortés y el que tenía más particulares virtudes entre
los otros jóvenes que hubiera en la isla de Chipre.
¿Qué es, amables señoras, lo que hemos de pensar de
Cimone? Ciertamente, no otra cosa sino que las altas virtudes por el cielo
infundidas en su valerosa alma habían sido por la envidiosa fortuna en una
pequeñísima parte de su corazón con lazos fortísimos atadas y encerradas, los
cuales todos Amor rompió e hizo pedazos, como que era mucho más poderoso que
ella; y como animador de los adormecidos ingenios, a aquéllos, oscurecidos por
crueles tinieblas, con su fuerza arrastró a la clara luz mostrando abiertamente
de qué lugar arrastra a los espíritus sujetos a él y a cuál los conduce con sus
rayos.
Cimone, pues, por mucho que en amar a Ifigenia en algunas
cosas, así como suelen hacer los jóvenes amantes, exagerase, no por ello
Aristippo, considerando que Amor lo había hecho de borrego transformarse en
persona, no sólo no dejaba pacientemente de ayudarlo sino que le animaba a
seguir en todo su voluntad. Pero Cimone, que rehusaba ser llamado Galeso por
acordarse de que así lo había llamado Ifigenia, queriendo dar honesto fin a su
deseo, muchas veces hizo sondear a Cipseo, padre de Ifigenia, para que se la
diese por mujer, pero Cipseo repuso siempre que se la había prometido a
Pasimundas, noble joven rodense a quien entendía no faltar.
Y habiendo llegado el tiempo de las pactadas nupcias de
Ifigenia, y habiendo mandado a por ella su esposo, se dijo Cimone:
«Ahora es tiempo de mostrar, oh Ifigenia, cuánto eres
amada por mí. Por ti me he hecho un hombre y si puedo tenerte no dudo que me
convertiré en más glorioso que algún dios; y con certeza o te tendré o moriré.»
Y dicho esto, ocultamente a algunos nobles jóvenes
pidiendo ayuda, que eran sus amigos, y haciendo secretamente armar un barco con
todas las cosas oportunas para la batalla naval, se hizo a la mar, en espera
del barco que debía transportar a Ifigenia a su esposo en Rodas. La cual, luego
de muchos honores que le hicieron su padre y los amigos de su esposo, hecha a
la mar, hacia Rodas enderezaron la proa y salieron.
Cimone, que no se dormía, al día siguiente con su barco la
alcanzó, y de lo alto de la proa a los que en el barco de Ifigenia iban, gritó
fuerte:
—Deteneos, arriad las velas, o esperad ser vencidos y
hundidos en el mar.
Los adversarios de Cimone habían traído las armas a
cubierta y se preparaban a defenderse; por lo que Cimone, tomando, después de
las palabras, un arpón de hierro, sobre la popa de los rodenses, que se
alejaban deprisa, lo echó y la proa de su barco lo sujetó con fuerza; y fiero
como un león, sin esperar a ser seguido por nadie, sobre la nave de Rodas
saltó, como si a todos tuviera por nadie; y espoleándolo Amor, con maravillosa
fuerza entre los enemigos se arrojó con un cuchillo en la mano y ora a éste ora
a aquél hiriendo, como a ovejas los abatía. Lo que viendo los rodenses,
arrojando en tierra las armas, casi al unísono se declararon prisioneros.
A los que Cimone dijo:
—Jóvenes, ni deseo de botín ni enojo contra vosotros me
hizo partir de Chipre para asaltaros en medio del mar con mano armada: lo que
me movió es para mí grandísima cosa de conseguir y para vosotros fácil de
conceder con paz, y es Ifigenia, sobre todas las cosas por mí amada, a quien no
pudiendo obtener de su padre como amigo y en paz, a vosotros como enemigo y con
las armas me ha empujado Amor a quitárosla; y porque entiendo ser yo para ella
lo que debía ser vuestro Pasimundas, dádmela, e idos con la gracia de Dios.
Los jóvenes, a quienes más la fuerza que la liberalidad
obligaba, a Ifigenia, lacrimosa, concedieron a Cimone; el cual, viéndola
llorar, le dijo:
—Noble señora, no te aflijas; soy tu Cimone, que por un
largo amor mucho más he merecido tenerte que Pasimundas por una palabra dada.
Volvióse, pues, Cimone, habiéndola ya hecho llevar sobre
su nave, sin tocar nada más de los rodenses, con sus compañeros, y los dejó
marchar. Cimone entonces, más que ningún otro hombre contento con la
adquisición de tan cara prenda, luego de que algún tiempo hubo empleado en
consolarla a ella, que lloraba, deliberó con sus compañeros que no era el caso
de volver a Chipre por el momento, por lo que, de común consejo, todos hacia
Creta, donde casi todos ellos y máximamente Cimone, por parentescos viejos y recientes
y por muchos amigos creían que estarían seguros junto con Ifigenia, enderezaron
la proa de su nave. Pero la fortuna, que asaz fácilmente había otorgado a
Cimone la consecución de la mujer, inconstante, súbitamente en triste y amargo
llanto mudó la indecible alegría del enamorado joven.
No habían todavía pasado cuatro horas desde que Cimone
había dejado a los rodenses cuando, llegando la noche (que Cimone esperaba más
placentera que ninguna de las pasadas antes) junto con ella se levantó un
temporal bravísimo y tempestuoso que al cielo con nubes y al mar con
perniciosos vientos llenó; por la cual cosa ni podía nadie ver qué hacer ni
adónde ir, ni siquiera mantenerse en cubierta para buscar algún remedio. Cuánto
dolió esto a Cimone no hay que preguntárselo. Parecía que los dioses le hubiesen
concedido su deseo para que más doloroso le fuese el morir, de lo que sin
aquello poco se hubiese preocupado antes. Se dolían del mismo modo sus
compañeros, pero sobre todos se dolía Ifigenia, llorando fuertemente y temiendo
cada sacudida de las olas, y en su llanto ásperamente maldecía el amor de
Cimone y se quejaba de su atrevimiento, afirmando que por ninguna otra cosa
había nacido aquel tempestuoso azar sino porque los dioses no querían que aquel
que contra su gusto quería tenerla por esposa pudiera gozar de su presuntuoso
deseo sino que, viéndola primero morir a ella, él después muriese
miserablemente.
Con tales lamentos y con otros mayores no sabiendo los
marineros qué hacerse, haciéndose el viento cada vez más fuerte, sin saber ni
distinguir adónde iban, llegaron junto a la isla de Rodas; y no sabiendo sin
embargo qué isla fuese aquélla, con todo ingenio se esforzaron, para salvar sus
vidas en llegar a tierra si se podía. A lo cual fue favorable la fortuna y los
condujo a un pequeño seno del mar adonde poco antes que ellos los rodenses
dejados libres por Cimone habían llegado con su nave; y antes de apercibirse de
haber anclado en la isla de Rodas, se vieron (al salir la aurora y hacer el
cielo algo más claro) como vecinos por un tiro de arco del barco que el día
anterior habían dejado libre, de la cual cosa Cimone, angustiado sin medida,
temiendo que le sucedería lo que le sucedió, mandó que se pusiera todo esfuerzo
en salir de allí e ir a donde la fortuna los llevase porque en ninguna parte
podían estar peor que aquí.
Se hicieron grandes esfuerzos para poder salir de allí,
pero en vano: el viento poderosísimo los empujaba al lado contrario hasta el
punto de que no sólo no pudieron salir del pequeño golfo, sino que, quisieran o
no, los empujó a tierra. Y al llegar a ella fueron reconocidos por los
marineros rodenses que habían descendido de su nave, de los cuales rápidamente
alguno corrió a una hacienda cercana adonde habían ido los nobles jóvenes
rodenses y les contó que allí Cimone con Ifigenia a bordo de su nave habían
llegado por azar del mismo modo que ellos. Éstos, al oírlo, contentísimos,
tomando a muchos de los hombres de la hacienda, prestamente fueron al mar; y
Cimone, que ya en tierra con los suyos había tomado la decisión de huir a algún
bosque cercano, todos juntos con Ifigenia fueron presos y llevados a la
hacienda, y de allí, venido de la ciudad Lisímaco, sobre quien reposaba aquel
año la suma magistratura de los rodenses, con grandísima compañía de hombres de
armas, a Cimone y a todos sus compañeros se llevó a prisión, como Pasimundas, a
quien las noticias habían llegado, había ordenado querellándose ante el senado
de Rodas. Y de tal guisa el mísero y enamorado Cimone perdió a su Ifigenia
ganada por él poco antes sin haberle quitado más que algún beso.
Ifigenia fue recibida y confortada por muchas mujeres
nobles de Rodas, tanto por el dolor sufrido en su captura como por la fatiga
pasada en el airado mar, y junto a ellas se estuvo hasta el día fijado para sus
bodas. A Cimone y a sus compañeros, por la libertad que habían dado el día
antes a los jóvenes rodenses, les fue concedida la vida, que Pasimundas
solicitaba con todas sus fuerzas que les fuera quitada, y a prisión perpetua
fueron condenados; en la cual, como puede creerse, dolorosos estaban y sin esperanza
ya de ningún placer. Pasimundas cuanto podía la preparación de las futuras
nupcias solicitaba; pero la fortuna, como arrepentida de la súbita injuria
hecha a Cimone, obró un nuevo accidente en favor de su salud.
Tenía Pasimundas un hermano menor en edad que él, pero no
en virtud que tenía por nombre Orínisda, que había estado en largas
negociaciones para tomar por mujer a una joven noble y hermosa de la ciudad,
que se llamaba Casandra, a quien Lisímaco sumamente amaba; y se había aplazado
el matrimonio muchas veces por distintos accidentes. Ahora, viéndose Pasimundas
a punto de celebrar sus nupcias con grandísima fiesta, pensó que óptimamente
estaría si en aquella misma fiesta, para no volver de nuevo a los gastos y a
los festejos, pudiera hacer que Orínisda semejantemente tomara mujer, por lo
que con los parientes de Casandra renovó las conversaciones y las llevó a
término, y él junto con el hermano decidieron que el mismo día que Pasimundas
se llevase a Ifigenia, el mismo Orínisda se llevase a Casandra. La cual cosa
oyendo Lisímaco, sobremanera le desagradó porque se veía privado de su
esperanza, según la cual pensaba que si Orínisda no la desposaba, ciertamente
la obtendría él; pero como prudente, tuvo escondido su dolor y empezó a pensar
de qué manera podría impedir que aquello tuviera lugar, y no vio ninguna vía
posible sino raptarla. Esto le pareció fácil por el cargo que tenía, pero mucho
más deshonroso lo juzgaba que si no hubiera tenido aquel cargo; pero en
resumen, después de larga deliberación, la honestidad cedió el lugar al amor y
tomó el partido de que, sucediera lo que sucediese, raptaría a Casandra.
Y pensando en la compañía que para hacer aquello
necesitaba y de la manera en que debla procederse, se acordó de Cimone, a quien
tenía prisionero junto con sus compañeros, e imaginó que ningún otro compañero
mejor ni más leal podía tener que Cimone en este asunto; por lo que la noche
siguiente ocultamente le hizo venir a su cámara y comenzó a hablarle de esta
guisa:
—Cimone, así como los dioses son óptimos y liberales
donantes de las cosas a los hombres, así son sagacísimos probadores de su
virtud, y a quienes encuentran firmes y constantes en todos los casos, como a
los más valerosos hacen dignos de las más altas recompensas. Ellos han querido
una prueba de tu virtud más cierta que aquella que pudiste mostrar dentro de
los límites de la casa de tu padre, a quien sé abundantísimo en riquezas; y
primero con las punzantes solicitudes de amor te hicieron hombre de insensato
animal (tal como he sabido), y luego con dura fortuna y al presente con
dolorosa prisión quieren ver si tu ánimo cambia de lo que era cuando por poco
tiempo te sentiste feliz con la ganada presa; el cual si es el mismo que fue,
nada tan feliz te concedieron como lo que al presente se preparan a darte, lo
cual, para que recobres las usadas fuerzas y te sientas animoso, entiendo
mostrarte. Pasimundas, contento con tu desgracia y solicito procurador de tu
muerte, cuanto puede se apresura a celebrar las bodas con tu Ifigenia para
gozar en ellas de la presa que primero una alegre fortuna te había concedido y
súbitamente airada te quitó; la cual cosa, cuánto tiene que dolerte, si amas
como yo creo, por mí mismo lo conozco, a quien igual injuria que la tuya se
prepara a hacerme el mismo día su hermano Orínisda con Casandra, a quien yo amo
sobre todas las cosas. Y para escapar a tanta injuria y a tanto dolor de la
fortuna ninguna vía veo que quede abierta sino la virtud de nuestros ánimos y
de nuestras diestras con las que debemos mantener las espadas y abrirnos
camino, tú para el segundo rapto, y yo para el primero de nuestras señoras; por
lo que si tú, no quiero decir tu libertad (de la que poco creo que te preocupes
sin tu señora), sino si a tu señora quieres recuperar, en tus manos la han
puesto los dioses si quieres seguirme en mi empresa.
Estas palabras hicieron volver a Cimone todo el perdido
ánimo, y sin demasiado respiro tomarse para responder, dijo:
—Lísimaco, ni más fuerte ni más fiel compañero que yo
puedes tener en tal cosa si es que de ella se seguirá para mí lo que dices; y
por ello lo que te parece que tenga que hacer ordénamelo y verás que lo hago
con maravillosa fuerza.
A quien Lísimaco dijo:
—El tercer día a partir de hoy, entrarán por vez primera
las nuevas esposas en casa de sus maridos, donde tú armado con tus compañeros y
yo con algunos de los míos en los que más confío, al caer la tarde entraremos,
y raptándolas en medio del convite, a una nave que he hecho aprestar
secretamente las llevaremos matando a cualquiera que se atreva a hacernos
frente.
Gustó la orden a Cimone y, callado, hasta el tiempo
acordado estuvo en la prisión. Llegado el día de las bodas, la pompa fue grande
y magnífica, y por todas partes la casa de los dos hermanos estaba en fiesta.
Habiendo preparado Lísimaco todas las cosas oportunas, a Cimone y sus
compañeros y semejantemente a sus amigos, todos armados bajo sus vestidos,
cuando le pareció oportuno y habiéndolos primero con muchas palabras animado a
su propósito, dividió en tres partes, de las cuales cautamente a una mandó al puerto
para que nadie pudiera impedir el subir a la nave cuando lo necesitasen; y con
las otras dos venidos a la casa de Pasimundas, a una dejó a la puerta para que
ninguno pudiera encerrarlos dentro e impedir su salida, y con el remanente,
junto con Cimone, subió por las escaleras.
Y llegados ya a la sala donde las nuevas esposas con
muchas otras señoras ya a la mesa se habían sentado para comer ordenadamente,
echándose hacia adelante y tirando al suelo las mesas, cada uno cogió a la suya
y, poniéndolas en brazos de sus compañeros, mandaron que a la preparada nave
las llevasen inmediatamente. Las recién casadas empezaron a llorar y a gritar e
igualmente las otras mujeres y servidores; y repentinamente todo se llenó de
voces y de llanto. Pero Cimone y Lisímaco y sus compañeros, sacando las
espadas, sin que nadie se enfrentase a ellos, dejándoles todos paso, hacia la
escalera se volvieron; y bajando por ella corrió a ellos Pasimundas que con un
gran bastón en la mano corría al ruido, al que animosamente Cimone con su
espada golpeó en la cabeza y se la partió por medio, y le hizo caer muerto a
sus pies; corriendo en ayuda del cual el mísero Orínisda, igualmente fue muerto
por uno de los golpes de Cimone, y algunos otros que acercarse quisieron por
los compañeros de Lísimaco y de Cimone fueron heridos y rechazados. Éstos,
dejando la casa llena de sangre y de alboroto y de llanto y de tristeza, sin
ningún obstáculo, apretando su botín, llegaron a la nave; y poniendo en ella a
las mujeres y subiendo ellos y todos sus compañeros, estando ya la playa llena
de gente armada que a rescatar a las señoras venía, dando los remos al agua,
alegremente se fueron a lo suyo.
Y llegados a Creta, allí por muchos amigos y parientes
alegremente recibidos fueron, y casándose con las mujeres haciendo una gran
fiesta, alegremente de su botín gozaron. En Chipre y en Rodas hubo alborotos y
riñas grandes y durante mucho tiempo por sus hechos; por último, mediando en un
lugar y en otro los amigos y los parientes, encontraron el modo de que, luego
de algún exilio, Cimone con Ifigenia, contento, volviese a Chipre y Lísimaco
del mismo modo con Casandra se volvió a Rodas; y cada uno alegremente con la
suya vivió largamente contento en su tierra.
NOVELA SEGUNDA
Costanza ama a Martuccio Gmito y, oyendo que había muerto,
desesperada se sube sola a una barca, la cual por el viento es transportada a
Susa; lo encuentra vivo en Túnez, se descubre a él, y él, estando en gran
privanza con el rey por los consejos que le ha dado, casándose con ella, rico,
se vuelve con ella a Lípari.
La reina, viendo terminada la historia de Pánfilo, después
de haberla alabado mucho, ordenó a Emilia que, diciendo una, continuase; la
cual comenzó así:
Todos debemos con razón deleitarnos con las cosas que
vemos seguidas por el galardón que merecen los afectos; y porque amar más
merece deleite que aflicción a largo término, con mucho mayor placer mío al
hablar de la presente materia obedeceré a la reina de lo que en la precedente
hice al rey.
Debéis, pues, delicadas señoras, saber que junto a Sicilia
hay una islita llamada Lípari, en la cual, no hace aún mucho tiempo, hubo una
bellísima joven llamada Costanza, nacida en la isla de gentes muy honradas, de
la cual un joven que en la isla había, llamado Martuccio Gomito, asaz gallardo
y cortés y valioso en su oficio, se enamoró. La cual tanto por él se inflamó de
igual manera que nunca sentía ningún bien sino cuando lo veía, y deseando
Martuccio tenerla por mujer, la hizo pedir a su padre, el cual contestó que él
era pobre y por ello no quería dársela.
Martuccio, despechado al verse rehusado por su pobreza,
con algunos amigos y parientes armando un barco, juró no volver jamás a Lípari
sino rico; y partiendo de allí, comenzó a piratear costeando Berbería, robando
a cualquiera que pudiese menos que él; en la cual cosa bastante favorable le
fue la fortuna, si hubiera sabido poner límite a su ventura. Pero no bastándole
que él y sus compañeros se hubiesen hecho riquísimos en poco tiempo, mientras
buscaban enriquecerse más, sucedió que por algunos barcos sarracenos luego de
larga defensa, con sus compañeros fue preso y robado, y por 1a mayor parte de
los sarracenos despedazado y hundido su barco, él, llevado a Túnez, fue puesto
en prisión y tenido en larga miseria. Llegó a Lípari no por una ni por dos,
sino por muchas y diversas personas la noticia de que todos aquellos que con
Martuccio había en el barquichuelo se habían anegado.
La joven, que sin medida estaba triste por la partida de
Martuccio, oyendo que con los otros había muerto, largamente lloró, y decidió
no seguir viviendo, y no sufriéndole su corazón matarse a sí misma con
violencia, pensó una rara obligación imponer a su muerte; y saliendo
secretamente una noche de su casa y llegando al puerto, halló por acaso, un
tanto separada de las otras naves, una navecilla de pescadores, a la cual,
porque acababan de bajarse de ella sus patrones, encontró provista de mástil y
de remos.
Y subiendo en ella prestamente y con los remos empujándose
un tanto por el mar, algo conocedora del arte marinero como lo son generalmente
todas las mujeres de aquella isla, izó la vela y arrojó los remos y el timón y
se entregó por completo al viento, pensando que por necesidad debía suceder o
que el viento a la barca sin carga y sin piloto volcase, o que contra algún
escollo la arrojase y rompiera; con lo que ella, aunque salvarse quisiera, no
pudiese y por necesidad se ahogara; y tapándose la cabeza con un manto, se echó
sollozando en el fondo de la barca
[SC153]. Pero de muy distinta manera sucedió de lo que
ella pensaba, porque siendo aquel viento que soplaba tramontano y asaz suave, y
no habiendo casi oleaje, y sosteniéndose bien la barca, al siguiente día de la
noche en que se había subido a ella, al atardecer, a unas cien millas más allá
de Túnez a una playa vecina a una ciudad llamada Susa la llevó.
La joven no advertía estar en la tierra más que en el mar,
como quien nunca por ningún accidente había levantado la cabeza ni entendía
levantarla. Y había por acaso entonces, cuando la barca golpeó la orilla, una
pobre mujer junto al mar, que quitaba del sol las redes de sus pescadores; la
cual, viendo la barca, se maravilló de cómo con la vela desplegada la hubiese
dejado dar en tierra; y pensando que en ella los pescadores dormían, fue a la
barca y a ninguna otra persona vio sino a esta joven, y a ella, que
profundamente dormía, llamó muchas veces, y al fin la hizo despertarse, y
conociendo en el vestir que era cristiana, hablándola en ladino
[SC154] le preguntó cómo era que tan sola en aquella barca
hubiera llegado allí.
La joven, oyéndola hablar ladino, temió que tal vez otro
viento la hubiera devuelto a Lípari, y poniéndose súbitamente en pie miró
alrededor, y no conociendo la comarca y viéndose en tierra, preguntó a la buena
mujer que dónde estaba.
Y la buena mujer le respondió:
—Hija mía, estás cerca de Susa en Berbería.
Oído lo cual, la joven, pesarosa de que Dios no había
querido mandarle la muerte, temiendo el deshonor y no sabiendo qué hacerse,
junto a su barca sentándose, comenzó a llorar. La buena mujer, viendo esto,
sintió piedad de ella, y tanto le rogó que se la llevó a su cabaña; y tanto la
lisonjeó allí que ella le dijo cómo había llegado hasta allí, por lo que,
viendo la buena mujer que estaba todavía en ayunas, su duro pan y algún pez y
agua le preparó, y tanto la rogó que comió un poco. Luego preguntó Costanza
quién era a la buena mujer que así hablaba ladino; y ella le dijo que de
Trápani era y que tenía por nombre Carapresa y que allí servía a algunos
pescadores cristianos.
La joven, al oír decir «Carapresa», por muy apesadumbrada
que estuviera, y no sabiendo ella misma qué razón le movía a ello, sintió que
era buen augurio haber oído este nombre
[SC155], y comenzó a sentir esperanzas sin saber de qué y
a sentir cesar un tanto el deseo de la muerte; y sin manifestar quién era ni de
dónde, rogó insistentemente a la buena mujer que por amor de Dios tuviera
misericordia de su juventud y que le diese algún consejo con el cual pudiera
escapar de que le hicieran algún daño.
Carapresa, al oírla, a guisa de buena mujer, dejándola en
la cabaña, prestamente recogió sus redes y volvió con ella, y cubriéndola toda
con su mismo manto, la llevó con ella a Susa, y llegada allí, dijo:
—Costanza, yo te llevaré a casa de una buenísima señora
sarracena a quien sirvo muchas veces en lo que necesita, y es una señora
anciana y misericordiosa; te recomendaré a ella cuanto pueda y estoy certísima
de que te recibirá de grado y te tratará como a una hija, y tú, estando con
ella, te las ingeniarás como puedas, sirviéndola, para conseguir su gracia
hasta que Dios te mande mejor ventura.
Y como lo dijo, lo hizo. La señora, que era ya vieja,
después de oírla, miró a la joven a la cara y empezó a llorar, y asiéndola, la
besó en la frente y luego, de la mano, la llevó a su casa, en la cual, con
algunas otras mujeres vivía sin hombre alguno, y todas trabajaban en diversas
cosas con sus manos, haciendo distintos trabajos de seda, de palma, de cuero;
de los que la joven en pocos días aprendió a hacer alguno y con ellas comenzó a
trabajar, y en tanta gracia y amor llegaron a tenerla la buena señora y las
otras, que era cosa maravillosa, y en poco espacio de tiempo, enseñándosela
ellas, aprendió su lengua.
Viviendo, pues, la joven en Susa, habiendo sido ya en su
casa llorada por perdida y muerta, sucedió que, siendo rey de Túnez uno que se
llamaba Meriabdelá
[SC156], un joven de gran linaje y de mucho poder que
había en Granada, diciendo que le pertenecía a él el reino de Túnez, reunida
grandísima multitud de gente contra el rey de Túnez se vino, para arrojarlo del
reino.
Y llegando estas cosas a los oídos de Martuccio Gomito en
la prisión, el cual muy bien sabía el berberisco, y oyendo que el rey de Túnez
se esforzaba muchísimo en defenderla, dijo a uno de aquellos que a él y a sus
compañeros guardaban:
—Si yo pudiera hablar al rey, me da el corazón que le
daría un consejo con el cual ganaría la guerra.
El guardián dijo estas palabras a su señor, el cual al rey
las contó incontinenti; por lo cual, el rey mandó que le fuera llevado
Martuccio; y preguntándole cuál era su consejo, le respondió así:
—Señor mío, si he mirado bien en otros tiempos que he
estado en estas tierras vuestras la manera en que tenéis vuestras batallas, me
parece que más con arqueros que otra cosa las libráis; y por ello, si
encontrase el modo de que a los arqueros de vuestro adversario les faltasen
saetas y que los vuestros tuvieran de ellas en abundancia, creo que venceríais
vuestra batalla.
Y el rey le dijo:
—Sin duda si esto pudiera hacerse, creería ser vencedor.
Y Martuccio le dijo:
—Señor mío, si lo queréis, esto podrá hacerse, y oíd cómo:
vosotros debéis hacer cuerdas mucho más delgadas para los arcos de vuestros
arqueros que las que son por todas usadas comúnmente, y luego mandar hacer
saetas cuyas muescas no sean buenas sino para estas cuerdas delgadas; y esto
conviene hacerlo tan secretamente que vuestro adversario no lo sepa, porque de
otra manera encontraría un remedio. Y la razón por la que os digo esto es ésta:
luego que los arqueros de vuestro enemigo hayan lanzado sus saetas y los
vuestros las vuestras, sabed que las que los vuestros hayan lanzado tendrán que
recogerlas vuestros enemigos, para seguir la batalla, y los vuestros tendrán
que recoger las suyas; pero los adversarios no podrán usarlas saetas lanzadas
por los vuestros porque las pequeñas muescas no entrarán en las cuerdas
gruesas, mientras a los vuestros sucederá lo contrario con las saetas de
vuestros enemigos, porque en las cuerdas delgadas entrarán óptimamente las
saetas que tengan anchas muescas; y así los vuestros tendrán gran acopio de
saetas mientras los otros tendrán falta de ellas.
Al rey, que era sabio señor, agradó el consejo de
Martuccio, y siguiéndole enteramente, con él encontró haber ganado la guerra,
con lo que sumamente Martuccio consiguió su gracia y, por consiguiente, un
grande y rico estado. Corrió la fama de estas cosas por el país y llegó a oídos
de Costanza que Martuccio Gomito estaba vivo, a quien largamente había creído
muerto; por lo que el amor por él, ya entibiado en su corazón frío, con pronta
flama se inflamó de nuevo y se hizo mayor y la muerta esperanza suscitó. Por lo
cual a la buena señora con quien vivía manifestó todos sus asuntos, y le dijo
que deseaba ir a Túnez para saciar sus ojos con aquello que los oídos por las
recibidas noticias le habían hecho deseosa. La cual alabó mucho su deseo, y
como si hubiese sido su madre, subiendo a una barca, con ella se fue a Túnez,
donde con Costanza en casa de una pariente suya fue recibida honradamente.
Y habiendo ido con ella Carapresa, la mandó a escuchar lo
que pudiera saberse de Martuccio; y encontrando que estaba vivo y en gran
estado y contándoselo, plugo a la noble señora ser ella quien significase a
Martuccio que allí en su busca había venido su Costanza; y yendo un día a donde
Martuccio estaba, le dijo:
—Martuccio, a mi casa ha llegado un servidor tuyo que
viene de Lípari y querría secretamente hablarte; y por ello, por no confiarse a
los otros, tal como él ha querido, yo mismo he venido a decírtelo.
Martuccio le dio las gracias y tras ella se fue a su casa.
Cuando la joven lo vio, cerca estuvo de morir de alegría, y no pudiendo
contenerse, súbitamente con los brazos abiertos se le echó al cuello y lo
abrazó, y por lástima de los infortunios pasados y por la alegría presente, sin
poder nada decir, tiernamente comenzó a llorar.
Martuccio, viendo a la joven, un tanto se quedó sin
palabra de la maravilla, y luego, suspirando, dijo:
—¡Oh, Costanza mía! ¿Estás viva? Hace mucho tiempo que oí
que habías muerto y en nuestro país de ti nada se sabía.
Y dicho esto, llorando tiernamente, la abrazó y la besó.
Costanza le contó todas sus aventuras y el honor que había recibido de la noble
señora con quien había estado. Martuccio, luego de muchos razonamientos,
separándose de ella, a su señor se fue y todo le contó; esto es, sus azares y
los de la joven, añadiendo que, con su licencia, entendía según nuestra fe
casarse con ella.
El rey se maravilló de estas cosas, y haciendo venir a la
joven y oyéndole que era tal como Martuccio había dicho, dijo:
—Pues muy bien lo has ganado por marido.
Y haciendo venir grandísimos y nobles presentes, parte le
dio a ella y parte a Martuccio, dándoles licencia para hacer entre sí lo que
más fuese del agrado de cada uno. Martuccio, honrada mucho la noble señora con
quien Costanza había vivido, y agradeciéndole lo que en su servicio había
hecho, y haciéndole tales presentes como a ella convenían y encomendándola a
Dios, no sin muchas lágrimas de Costanza, se despidió; y luego, subiendo a un
barquito con licencia del rey, y con su Carapresa, con próspero viento
volvieron a Lípari, donde hubo tan gran fiesta como nunca decir se podría. Allí
Martuccio se caso con ella e hizo grandes y hermosas bodas, y luego con ella,
en paz y en reposo, largamente gozaron de su amor.
NOVELA TERCERA
Pietro Boccamazza se escapa con Agnolella; se encuentra
con ladrones, la joven huye por un bosque y es conducida a un castillo, Pietro
es apresado y se escapa de manos de los ladrones, y luego de algunos accidentes
llega al castillo donde estaba Agnolella, y casándose con ella, con ella vuelve
a Roma.
No hubo nadie entre todos que la historia de Emilia no
alabase, la que viendo la reina que había terminado, volviéndose a Elisa le
ordenó que continuase ella; y ella, deseosa de obedecer, comenzó:
A mí se me pone delante, encantadoras señoras, una mala
noche que pasaron dos jovencillos poco prudentes; pero porque le siguieron
muchos días felices, como está de acuerdo con nuestro argumento, me place
contarla.
En Roma, que como hoy es la cola antes fue la cabeza del
mundo
[SC157], hubo un joven hace poco tiempo, llamado Pietro
Boccamazza
[SC158], de familia muy honrada entre las romanas, que se
enamoró de una hermosísima y atrayente joven llamada Agnolella, hija de uno que
tuvo por nombre Gigliuozzo Saullo, hombre plebeyo pero muy querido a los
romanos. Y amándola, tanto hizo, que la joven comenzó a amarle no menos que él
la amaba. Pietro, empujado por ferviente amor, y pareciéndole que no debía
sufrir más la dura pena que el deseo de ella le daba, la pidió por mujer; la
cual cosa, al saberla sus parientes, fueron adonde él y le reprocharon mucho lo
que quería hacer; y por otra parte hicieron decir a Gigliuozzo Saullo que de
ninguna manera atendiese a las palabras de Pietro porque, si lo hacía, nunca
como amigo le tendrían sus parientes.
Pietro, viéndose el vedado camino por el que sólo creía
poder conseguir su deseo, quiso morirse de dolor, y si Gigliuozzo lo hubiera
consentido, contra el gusto de todos los parientes que tenía hubiese tomado por
mujer a su hija; pero como no fue así, se le puso en la cabeza que, si a la
joven le placiere, haría que aquello tuviese lugar, y por persona interpuesta
conociendo que le placía, se puso de acuerdo con ella para huir de Roma. Y
planeado aquello, Pietro, una mañana, levantándose tempranísimo, junto con ella
montó a caballo y se pusieron en camino hacia Anagni, donde Pietro tenía
algunos amigos en los cuales confiaba mucho; y cabalgando así, no teniendo
tiempo de hacer las bodas porque temían ser seguidos, hablando. sobre su amor,
alguna vez el uno besaba al otro.
Ahora, sucedió que, no conociendo Pietro muy bien el
camino, cuando estuvieron unas ocho millas lejos de Roma, debiendo tomar a la
derecha, se fueron por un camino a la izquierda; y apenas habían cabalgado más
de dos millas cuando se vieron cerca de un castillo del cual, habiéndolos
visto, súbitamente salieron cerca de doce hombres de armas; y estando bastante
cerca, la joven los vio, por lo que gritando dijo:
—¡Pietro, salvémonos que nos asaltan!
Y como pudo, hacia un bosque grandísimo volvió su jaco y,
apretándole las espuelas, sujetándose al arzón, sintiéndose el jaco aguijar,
corriendo por aquel bosque la llevaba. Pietro, que más la cara de ella iba
mirando que el camino, no habiéndose percatado pronto, como ella, de los
hombres que venían, fue alcanzado por ellos y preso y obligado a bajar del
jaco; y preguntándole quién era, empezaron a deliberar entre ellos y a decir:
—Éste es de los amigos de nuestros enemigos; ¿qué hemos de
hacer sino quitarle estas ropas y este jaco y, por desagradar a los Orsini
[SC159], colgarlo de una de estas encinas?
Y estando todos de acuerdo con esta decisión, habían
mandado a Pietro que se desnudase; y estando él desnudándose, ya adivinando
todo su mal, sucedió que una cuadrilla de bien veinticinco hombres de armas que
estaban en acecho súbitamente se les echaron encima a aquéllos gritando:
—¡Mueran, mueran!
Los cuales, sorprendidos por aquello, dejando a Pietro, se
volvieron en su defensa, pero viéndose mucho menos que los asaltantes,
comenzaron a huir, y éstos a seguirlos, la cual cosa viendo Pietro, súbitamente
cogió sus cosas y saltó sobre su jaco y comenzó a huir cuanto pudo por el
camino por donde había visto que la joven había huido.
Pero no viendo por el bosque ni camino ni sendero, ni
distinguiendo huellas de caballo, después de que le pareció encontrarse a salvo
y fuera de las manos de aquellos que le habían apresado y también de los otros
por quienes ellos habían sido asaltados, no encontrando a su joven, más triste
que ningún hombre, comenzó a llorar y a andarla llamando por aquí y por allí
por el bosque; pero nadie le respondía, y él no se atrevía a volverse atrás, y
andando por allí delante no sabía adónde iba a llegar; y, por otra parte, de
las fieras que suelen habitar en los bosques tenía al mismo tiempo miedo por él
y por su joven, a quien le parecía estar viendo estrangulada por un oso o un
lobo.
Anduvo, pues, este desventurado Pietro todo el día por
aquel bosque gritando y dando voces, a veces retrocediendo cuando creía que
avanzaba; y ya entre el gritar y el llorar y por el miedo y por el largo ayuno,
estaba tan rendido que más no podía. Y viendo llegada la noche, no sabiendo qué
consejo tomar, encontrada una grandísima encina, bajando del jaco, lo ató a
ella, y luego, para no ser por las fieras devorado por la noche, se subió a
ella, y poco después, saliendo la luna y estando el tiempo clarísimo, no
atreviéndose a dormir para no caer, aunque hubiera tenido la ocasión, el dolor
y los pensamientos que tenía de su joven no le hubieran dejado; por lo que,
suspirando y llorando y maldiciendo su desventura, velaba.
La joven, huyendo como decíamos antes, no sabiendo dónde
ir sino donde su jaco mismo donde mejor le parecía la llevaba, se adentró tanto
en el bosque que no podía ver el lugar por donde había entrado; por lo que no
de otra manera de lo que había hecho Pietro, todo el día (ora esperando y ora
andando), y llorando y dando voces, y doliéndose de su desgracia, por el
selvático lugar anduvo dando vueltas.
Al fin, viendo que Pietro no venía, estando ya oscuro, dio
junto a un senderillo, entrando por el cual y siguiéndolo el jaco, luego de que
más de dos millas hubo cabalgado, desde lejos se vio delante de una casita, a
la que lo antes que pudo se llegó; y allí encontró un buen hombre de mucha edad
con su mujer que también era vieja; los cuales, cuando la vieron sola, dijeron:
—Hija, ¿qué vas haciendo tú sola a esta hora por este
lugar?
La joven, llorando, repuso que había perdido a su compañía
en el bosque y preguntó a qué distancia estaba Anagni.
El buen hombre respondió:
—Hija mía, éste no es camino por donde ir a Anagni; hay
más de doce millas desde aquí.
Dijo entonces la joven:
—¿Y dónde hay habitaciones en que poder albergarse?
Y el buen hombre repuso:
—Habitaciones no hay en ningún lugar tan cercano que
pudieses llegar antes que fuera de día.
Dijo entonces la joven:
—¿Os placería, puesto que a otro lugar ir no puedo,
tenerme aquí por el amor de Dios esta noche?
El buen hombre repuso:
—Joven, que te quedes con nosotros esta noche nos placerá,
pero sin embargo queremos recordarte que por estas comarcas de día y de noche
van muchas malas brigadas de amigos y enemigos que muchas veces nos causan gran
daño y gran disgusto; y si por desgracia estando tú aquí viniera alguna, y
viéndote hermosa y joven como eres te causaran molestias y deshonra, nosotros
no podríamos ayudarte. Queremos decírtelo para que después, si ello sucediera,
no puedas quejarte de nosotros.
La joven, viendo que la hora era tardía, aunque las
palabras la asustasen, dijo:
—Si place a Dios, nos guardará a vos y a mí de este dolor,
que si a pesar de ello me sucediera, es mucho menos malo ser desgarrada por los
hombres que despedazada en los bosques por las fieras.
Y dicho esto, bajando de su rocín, entró en la casa del
pobre hombre, y allí con ellos de lo que pobremente tenían cenó y luego, toda
vestida, sobre una yacija, junto con ellos, se acostó a dormir; y en toda la
noche no cesó de suspirar ni de llorar su desventura y la de Pietro, de quien
no sabía qué debía esperar sino mal.
Y estando ya cerca la mañana, sintió un gran ruido de
pasos de gente; por la cual cosa, levantándose, se fue a un gran patio que
tenía detrás la pequeña casita, y viendo en una de las partes mucho heno, se
fue a esconder dentro para que, si aquella gente llegase aquí, no la
encontraran tan pronto. Y apenas acababa de esconderse del todo cuando
aquéllos, que eran una gran brigada de hombres malvados, llegaron a la puerta
de la casita; y haciendo abrir y entrando dentro, y encontrado el jaco de la
joven todavía con la silla puesta, preguntaron quién había allí.
El buen hombre, no viendo a la joven, repuso:
—No hay nadie más que nosotros, pero este rocín, de quien
se haya escapado, llegó ayer por la tarde a nosotros y lo metimos en la casa
para que los lobos no lo comiesen.
—Pues —dijo el comandante de la compañía— bueno será para
nosotros, puesto que otro dueño no tiene.
Esparciéndose, pues, todos estos por la pequeña casa, una
parte se fue al patio, y dejando en tierra sus lanzas y sus escudos de madera,
sucedió que uno de ellos, no sabiendo qué hacer, arrojó su lanza en el heno y
estuvo a punto de matar a la escondida joven, y ella a descubrirse porque la
lanza le dio junto a la teta izquierda, tanto que el hierro le desgarró los
vestidos con lo que ella estuvo a punto de lanzar un gran grito temiendo haber
sido herida; pero acordándose de dónde estaba, recobrándose, se quedó callada.
La brigada, quién por aquí y quién por allá, habiéndoles
cogido los cabritillos y la otra carne, y comido y bebido, se fueron a lo suyo
y se llevaron el rocín de la joven.
Y estando ya bastante lejos, el buen hombre comenzó a
preguntar a la mujer:
—¿Qué ha sido de la joven que ayer por la noche llegó
aquí, que no la he visto desde que nos levantamos?
La buena mujer respondió que no sabía, y estuvieron
buscándola. La joven, sintiendo que aquéllos se habían ido, salió del heno; de
lo que el buen hombre, muy contento, puesto que vio que no había dado en manos
de aquéllos, y haciéndose ya de día, le dijo:
—Ahora que el día viene, si te place te acompañaremos
hasta un castillo que está a cinco millas de aquí, y estarás en un lugar
seguro; pero tendrás que venir a pie, porque esa mala gente que ahora se va de
aquí, se ha llevado tu rocín.
La joven, sin preocuparse por ello, le rogó que al
castillo la llevasen; por lo que poniéndose en camino, allí llegaron hacia
mitad de tercia. Era el castillo de uno de los Orsini que se llamaba Liello de
Campodiflore, y por ventura estaba allí su mujer, que era señora buenísima y
santa
[SC160]; y viendo a la joven, prestamente la reconoció y
la recibió con fiestas, y ordenadamente quiso saber cómo hubiera llegado aquí.
La joven le contó todo.
La señora, que conocía también a Pietro, así como amigo de
su marido que era, dolorosa estuvo del caso sucedido; y oyendo dónde había sido
preso, pensó que habría sido muerto.
Dijo entonces a la joven.
—Puesto que es así que no sabes de Pietro, te quedarás
aquí conmigo hasta que pueda mandarte a Roma con seguridad.
Pietro, estando sobre la encina lo más triste que puede
estarse vio venir unos veinte lobos hacia la hora del primer sueño, los cuales
todos en cuanto el jaco vieron lo rodearon. Sintiéndolos el rocín, levantando
la cabeza, rompió las riendas y quiso darse a la huida, pero estando rodeado y
no pudiendo, un gran rato con los dientes y con las patas se defendió; al final
fue abatido y destrozado y rápidamente destripado, y apacentándose todos, no
dejando sino los huesos, lo devoraron y se fueron. Con lo que Pietro, a quien
parecía tener en el jaco una compañía y un sostén de sus fatigas, mucho se
acoquinó y se imaginó que nunca más podría salir de aquel bosque; y siendo ya
cerca del día, muriéndose de frío sobre la encina, como quien siempre miraba
alrededor, vio cerca lo que parecía un grandísimo fuego; por lo que, al hacerse
de día claro, bajando no sin miedo de la encina, se enderezó hacia allí y tanto
anduvo que llegó a él, alrededor del cual encontró pastores que comían y se
divertían, por los que por compasión fue recogido. Y luego de que hubo comido
bien y se calentó, contada su desventura y cómo había llegado solo allí, les
preguntó si en aquellos lugares había alguna villa o castillo adonde pudiese
ir.
Los pastores le dijeron que a unas tres millas de allí
estaba un castillo de Liello de Campodiflore, en el cual al presente estaba su
mujer; de lo que Pietro contentísimo se puso y les rogó que alguno de ellos le
acompañase hasta el castillo, lo que dos de ellos hicieron de buen grado.
Llegado a él Pietro, y habiendo encontrado allí a un conocido suyo, tratando de
buscar el modo de que la joven fuese buscada por el bosque, fue mandado llamar
de parte de la señora; el cual, incontinenti, fue a ella, y al ver con ella a
Agnolella, nunca contento hubo igual que el suyo.
Se consumía todo por ir a abrazarla, pero por vergüenza
que le causaba la señora lo dejaba; y si él estuvo muy contento, la alegría de
la joven al verlo no fue menor. La noble señora, acogiéndolo y festejándolo y
oyéndole lo que sucedido le había, le reprendió mucho de lo que quería hacer
contra el gusto de sus parientes; pero viendo que con todo estaba determinado a
ello y que agradaba a la joven, dijo:
—¿De qué me preocupo yo? Éstos se aman, éstos se conocen;
cada uno de ellos es igualmente amigo de mi marido, y su deseo es honrado, y
creo que agrade a Dios; puesto que uno de la horca ha escapado y el otro de la
lanza, y ambos dos de las fieras salvajes, hágase así.
Y volviéndose a ellos les dijo:
—Si esto tenéis en el ánimo, querer ser mujer y marido, yo
también; hágase, y que las bodas aquí se preparen a expensas de Liello: la paz,
después, entre vosotros y vuestros parientes bien sabré hacerla yo.
Contentísimo Pietro, y más Agnolella, se casaron allí, y
como se puede hacer en la montaña, la noble señora preparó sus honradas bodas,
y allí los primeros frutos de su amor dulcísimamente gustaron. Luego, de allí a
algunos días, la señora junto con ellos montando a caballo, y bien acompañados,
volvieron a Roma, donde, encontrando muy airados a los parientes de Pietro por
lo que había hecho, con ellos los puso en paz; y él con mucho reposo y placer
con su Agnolella hasta su vejez vivió.
NOVELA CUARTA
Ricciardo Manardi es hallado por micer Lizio de Valbona
con su hija, con la cual se casa, y con su padre queda en paz.
Al callarse Elisa, las alabanzas que sus compañeras hacían
de su historia escuchando, ordenó la reina a Filostrato que él hablase; el
cual, riendo, comenzó:
He sido reprendido tantas veces por tantas de vosotras
porque os impuse un asunto de narraciones crueles y que movían al llanto, que
me parece (para restañar algo aquella pena) estar obligado a contar alguna cosa
con la cual algo os haga reír; y por ello, de un amor que no tuvo más pena que
algunos suspiros y un breve temor mezclado con vergüenza, y a buen fin llegado,
con una historieta muy breve entiendo hablaros.
No ha pasado, valerosas señoras, mucho tiempo desde que
hubo en la Romaña un caballero muy de bien y cortés que fue llamado micer Lizio
de Valbona
[SC161], a quien por acaso, cerca de su vejez, le nació
una hija de su mujer llamada doña Giacomina; la cual, más que las demás de la
comarca al crecer se hizo hermosa y placentera; y porque era la única que les
quedaba al padre y a la madre sumamente por ellos era amada y tenida en estima
y vigilada con maravilloso cuidado, esperando concertarle un gran matrimonio.
Ahora, frecuentaba mucho la casa de micer Lizio y mucho se entretenía con él un
joven hermoso y lozano en su persona, que era de los Manardi de Brettinoro
[SC162], llamado Ricciardo, del cual no se guardaban micer
Lizio y su mujer más que si hubiera sido su hijo; el cual, una vez y otra
habiendo visto a la joven hermosísima y gallarda y de loables maneras y
costumbres, y ya en edad de tomar marido, de ella ardientemente se enamoró, y
con gran cuidado tenía oculto su amor. De lo cual, percibiéndose la joven, sin
esquivar el golpe, semejantemente comenzó a amarle a él, de lo que Ricciardo
estuvo muy contento.
Y habiendo muchas veces sentido deseos de decirle algunas
palabras, y habiéndose callado por temor, sin embargo una vez, buscando ocasión
y valor, le dijo:
—Caterina, te ruego que no me hagas morir de amor.
La joven repuso de súbito:
—¡Quisiera Dios que me hicieses tú más morir a mí!
Esta respuesta mucho placer y valor dio a Ricciardo y le
dijo:
—Por mí no quedará nada que te sea grato, pero a ti
corresponde encontrar el modo de salvar tu vida y la mía.
La joven entonces dijo:
—Ricciardo, ves lo vigilada que estoy, y por ello no puedo
ver cómo puedes venir conmigo; pero si puedes tú ver algo que pueda hacer sin
que me deshonre, dímelo, y yo lo haré.
Ricciardo, habiendo pensado muchas cosas, súbitamente
dijo:
—Dulce Caterina mía, no puedo ver ningún camino si no es
que pudieras dormir o venir arriba a la galería que está junto al jardín de tu
padre, donde, si supiese yo que estabas, por la noche sin falta me las
arreglaría para llegar, por muy alta que esté.
Y Caterina le respondió:
—Si te pide el corazón venir allí creo que bien podré
hacer de manera que allí duerma.
Ricciardo dijo que sí, y dicho esto, una sola vez se
besaron a escondidas, y se separaron. Al día siguiente, estando ya cerca el
final de mayo, la joven comenzó delante de la madre a quejarse de que la noche
anterior, por el excesivo calor, no había podido dormir.
Dijo la madre:
—Hija, pero ¿qué calor fue ése? No hizo calor ninguno.
Y Caterina le dijo:
—Madre mía, deberíais decir «a mi parecer» y tal vez
diríais bien; pero deberíais pensar en lo mucho más calurosas que son las
muchachas que las mujeres mayores.
La señora dijo entonces:
—Hija, es verdad, pero yo no puedo hacer calor y frío a mi
gusto, como tú parece que querrías; el tiempo hay que sufrirlo como lo dan las
estaciones; tal vez esta noche hará más fresco y dormirás mejor.
—Quiera Dios —dijo Caterina—, pero no suele ser costumbre,
yendo hacia el verano, que las noches vayan refrescándose.
—Pues —dijo la señora—, ¿qué vamos a hacerle?
Repuso Caterina:
—Si a mi padre y a vos os placiera, yo mandaría hacer una
camita en la galería que está junto a su alcoba y sobre su jardín, y dormiría
allí oyendo cantar el ruiseñor; y teniendo un sitio más fresco, mucho mejor
estaría que en vuestra alcoba.
La madre entonces dijo:
—Hija, cálmate; se lo diré a tu padre, y si él lo quiere
así lo haremos. Las cuales cosas oyendo micer Lizio a su mujer, porque era
viejo y quizá por ello un tanto malhumorado, dijo:
—¿Qué ruiseñor es ése con el que quiere dormirse? También
voy a hacerla dormir con el canto de las cigarras.
Lo que sabiendo Caterina, más por enfado que por calor, no
solamente la noche siguiente no durmió sino que no dejó dormir a su madre,
siempre quejándose del mucho calor, lo que habiendo visto la madre fue por la
mañana a micer Lizio y le dijo:
—Micer, vos no queréis mucho a esta joven; ¿qué os hace
durmiendo en esa galería? En toda la noche no ha cerrado el ojo por el calor; y
además, ¿os asombráis porque le guste el canto del ruiseñor siendo como es una
criatura? A los jóvenes les gustan las cosas semejantes a ellos.
Micer Lizio, al oír esto, dijo:
—Vaya, ¡que le hagan una cama como pueda caber allí y haz
que la rodeen con sarga, y que duerma allí y que oiga cantar el ruiseñor hasta
hartarse!
La joven, enterada de esto, prontamente hizo preparar allí
una cama; y debiendo dormir allí la noche siguiente, esperó hasta que vio a
Ricciardo y le hizo una señal convenida entre ellos, por la que entendió lo que
tenía que hacer.
Micer Lizio, sintiendo que la joven se había acostado,
cerrando una puerta que de su alcoba daba a la galería, del mismo modo se fue a
dormir. Ricciardo, cuando por todas partes sintió las cosas tranquilas, con la
ayuda de una escala subió al muro, y luego desde aquel muro, agarrándose a unos
saledizos de otro muro, con gran trabajo (y peligro si se hubiese caído), llegó
a la galería, donde calladamente con grandísimo gozo fue recibido por la joven;
y luego de muchos besos se acostaron juntos y durante toda la noche tomaron uno
del otro deleite y placer, haciendo muchas veces cantar al ruiseñor. Y siendo
las noches cortas y el placer grande, y ya cercano el día (lo que no pensaban),
caldeados tanto por el tiempo como por el jugueteo, sin tener nada encima se
quedaron dormidos, teniendo Caterina con el brazo derecho abrazado a Ricciardo
bajo el cuello y cogiéndole con la mano izquierda por esa cosa que vosotras
mucho os avergonzáis de nombrar cuando estáis entre hombres. Y durmiendo de tal
manera sin despertarse, llegó el día y se levantó micer Lizio; y acordándose de
que su hija dormía en la galería, abriendo la puerta silenciosamente, dijo:
—Voy a ver cómo el ruiseñor ha hecho dormir esta noche a
Caterina.
Y saliendo afuera calladamente, levantó la sarga con que
estaba oculta la cama, y a Ricciardo y a ella se encontró desnudos y destapados
que dormían en la guisa arriba descrita; y habiendo bien conocido a Ricciardo,
en silencio se fue de allí y se fue a la alcoba de su mujer y la llamó
diciendo:
—Anda, mujer, pronto, levántate y ven a ver que tu hija
estaba tan deseosa del ruiseñor que tanto lo ha acechado que lo ha cogido y lo
tiene en la mano.
Dijo la señora:
—¿Cómo puede ser eso?
Dijo micer Lizio:
—Lo verás si vienes enseguida.
La señora, apresurándose a vestirse, en silencio siguió a
micer Lizio, y llegando los dos juntos a la cama y levantada la sarga
claramente pudo ver doña Giacomina cómo su hija había cogido y tenía el
ruiseñor que tanto deseaba oír cantar. Por lo que la señora sintiéndose
gravemente engañada por Ricciardo quiso dar gritos y decirle grandes injurias,
pero micer Francisco le dijo:
—Mujer, guárdate, si estimas mi amor, de decir palabra
porque en verdad, ya que lo ha cogido, será suyo. Ricciardo es un joven noble y
rico; no puede darnos sino buen linaje; si quiere separarse de mí con buenos
modos tendrá que casarse primero con ella, así se encontrará con que ha metido
el ruiseñor en su jaula y no en la ajena.
Por lo que la señora, consolada, viendo que su marido no
estaba irritado por este asunto, y considerando que su hija había pasado una
buena noche y había descansado bien y había cogido el ruiseñor, se calló. Y
pocas palabras dijeron después de éstas, hasta que Ricciardo se despertó; y
viendo que era día claro se tuvo por muerto, y llamó a Caterina diciendo:
—¡Ay de mí, alma mía! ¿Qué haremos que ha venido el día y
me ha cogido aquí?
A cuyas palabras micer Lizio, llegando de dentro y
levantando la sarga contestó:
—Haremos lo que podamos.
Cuando Ricciardo lo vio, le pareció que le arrancaban el
corazón del pecho; e incorporándose en la cama dijo:
—Señor mío, os pido merced por Dios, sé que como hombre
desleal y malvado he merecido la muerte, y por ello haced de mí lo que os
plazca, pero os ruego, si puede ser, que tengáis piedad de mi vida y no me
matéis.
Micer Lizio le dijo:
—Ricciardo, esto no lo ha merecido el amor que te tenía y
la confianza que ponía en ti; pero puesto que es así, y que a tan gran falta te
ha llevado la juventud, para salvarte de la muerte y a mí de la deshonra, antes
de moverte toma a Caterina por tu legítima esposa, para que, así como esta
noche ha sido tuya, lo sea mientras viva; y de esta guisa puedes mi perdón y su
salvación lograr, y si no quieres hacer eso encomienda a Dios tu alma.
Mientras estas palabras se decían, Caterina soltó el
ruiseñor y, despertándose, comenzó a llorar amargamente y a rogar a su padre
que perdonase a Ricciardo; y por otra parte rogaba a Ricciardo que hiciese lo
que micer Lizio quería, para que con tranquilidad y mucho tiempo pudiesen pasar
juntos tales noches. Pero no hubo necesidad de muchos ruegos porque, por una
parte, la vergüenza de la falta cometida y el deseo de enmendarla y, por otra,
el miedo a morir y el deseo de salvarse, y además de esto el ardiente amor y el
apetito de poseer la cosa amada, de buena gana y sin tardanza le hicieron decir
que estaba dispuesto a hacer lo que le placía a micer Lizio; por lo que
pidiendo micer Lizio a la señora Giacomina uno de sus anillos, allí, sin
moverse, en su presencia, Ricciardo tomó por mujer a Caterina.
La cual cosa hecha, micer Lizio y su mujer, yéndose,
dijeron:
—Descansad ahora, que tal vez lo necesitáis más que
levantaros.
Y habiendo partido ellos, los jóvenes se abrazaron el uno
al otro, y no habiendo andado más que seis millas por la noche anduvieron otras
dos antes de levantarse, y terminaron su primera jornada. Levantándose luego, y
teniendo ya Ricciardo una ordenada conversación con micer Lizio, pocos días
después, como convenía, en presencia de sus amigos y de los parientes, de nuevo
desposó a la joven y con gran fiesta se la llevó a su casa y celebró honradas y
hermosas bodas, y luego con él largamente en paz y tranquilidad, muchas veces y
cuanto quiso dio caza a los ruiseñores de día y de noche.
NOVELA QUINTA
Guidotto de Cremona deja a Giacomino de Pavia una niña y
se muere; a la cual Giannole de Severino y Minghino de Mingole aman en Faenza;
llegan a las manos; se descubre que la muchacha es hermana de Giannole y se
entrega por esposa a Minghino.
Habían reído tanto todas las mujeres, escuchando la
historia del ruiseñor, que todavía, aunque Filostrato hubiera terminado de
novelar, no podían dejar de reírse.
Pero al cabo, luego de que un rato se hubieron reído, dijo
la reina:
—Ciertamente, aunque nos afligiste ayer, nos has divertido
hoy tanto, que ninguna debe quejarse de ti con razón.
Y habiendo remitido la palabra a Neifile, le ordenó que
novelase; la cual alegremente, así comenzó a hablar:
Puesto que Filostrato ha entrado, hablando, en la Romaña,
a mí me agradará también andar algún tanto por ella paseándome con mi novelar.
Digo, pues, que vivieron antiguamente en la ciudad de Fano
dos lombardos de los cuales uno fue llamado Guidotto de Cremona y el otro
Giacomino de Pavia, hombres ya de edad y que habían pasado su juventud casi
toda en hechos de armas y como soldados; donde, llegándole la hora de la muerte
a Guidotto, y no teniendo ningún hijo ni otro amigo o pariente en quien confiar
más de lo que hacía en Giacomino, una hija suya de unos diez años y lo que en
el mundo tenía, hablándole mucho de sus asuntos, le dejó, y se murió.
Sucedió en estos tiempos que la ciudad de Faenza, que
largamente había estado en guerra y en desventura, a un estado mejor volvió, y
fue, a cualquiera que quisiese volver, libremente concedido que pudiese volver
[SC163]; por la cual cosa, Giacomino, que otras veces
había vivido allí, y placídole la estancia, allí se volvió con todas sus cosas,
y con él se llevó a la muchacha que le había dejado Guidotto, a quien como a
hija propia amaba y trataba. La cual, creciendo, se hizo hermosísima joven
tanto como cualquiera otra que hubiese en la ciudad; y tanto como era hermosa
era cortés y honrada, por la cual cosa empezaron a cortejarla algunos, pero
sobre todo dos jóvenes muy gallardos e igualmente de pro le cogieron grandísimo
amor, en tanto que por celos empezaron a tenerse un odio desmesurado: y se
llamaba el uno Giannole de Severino y el otro Minghino de Mingole.
Y ninguno de ellos, teniendo ella quince años, hubiese
dejado de tomarla por mujer si sus parientes lo hubieran sufrido; por lo que,
viendo que en la manera honesta se la prohibían, cada uno se dedicó a
conquistarla de la manera que mejor pudiese. Tenía Giacomino en casa una criada
de edad y un criado que tenía por nombre Crivello, persona divertida y muy
amistosa a la cual Giannole, familiarizándose mucho, cuando le pareció oportuno
le descubrió su amor, rogándole que le fuese favorable para poder obtener su
deseo, y grandes cosas si lo hacía prometiéndole.
A quien Crivello dijo:
—Mira, en esto no podré hacer otra cosa por ti sino que
cuando Giacomino se vaya a alguna parte a cenar, meterte donde ella estuviera,
porque si le quisiera decir algo por ti no se quedaría nunca escuchándome.
Esto, si te place, te lo prometo, y lo haré; haz luego, si sabes, lo que creas
que esté bien.
Giannole le dijo que no quería más, y quedaron de acuerdo
en esto. Minghino, por otra parte, había conquistado a la criada y conseguido
tanto con ella que muchas veces le había llevado sus embajadas a la muchacha y
casi con su amor la había inflamado; y además de esto, le había prometido
reunirlo con ella si sucediese que Giacomino por alguna razón se fuese de casa
por la noche.
Sucediendo, pues, no mucho después de estas palabras que,
por obra de Crivello, Giacomino se fue a cenar con un amigo suyo, haciéndolo
saber a Giannole, acordó con él que, cuando hiciese cierta señal, viniera, y
encontraría la puerta abierta.
La criada, por otra parte, no sabiendo nada de esto, avisó
a Minghino de que Giacomino no cenaba allí, y le dijo que estuviera cerca de la
casa, de manera que cuando viese una señal que le haría ella, viniera y entrase
dentro.
Llegada la noche, no sabiendo los dos amantes nada el uno
del otro, sospechando cada uno del otro, con algunos compañeros armados se fue
a entrar en posesión de ésta; Minghino, con los suyos, a esperar la señal se
instaló en casa de un amigo suyo vecino de la joven; Giannole, con los suyos se
quedó un poco alejado de la casa. Crivello y la criada, no estando allí
Giacomino, se ingeniaban en quitarse de en medio el uno al otro.
Crivello decía a la criada:
—¿Cómo no te vas a dormir? ¿Qué haces dando vueltas por la
casa?
Y la criada le decía:
—Pero ¿tú por qué no te vas con el señor? ¿Qué estás
esperando aquí si ya has cenado?
Y así, el uno no podía hacer mover al otro.
Pero Crivello, viendo que había llegado el momento
concertado con Giannole, se dijo:
«¿Qué me importa ésta? Si no se calla, tendrá lo que se
merece».
Y hecha la señal convenida, se fue a abrir la puerta; y
Giannole, venido prontamente con dos de sus compañeros, entró, y encontrando a
la joven en la sala, la cogieron para llevársela. La joven empezó a resistir y
a gritar fuertemente, y la criada del mismo modo; lo que sintiendo Minghino,
prestamente con sus compañeros allá corrió y, viendo que ya sacaban a la joven
por la puerta, sacando las espadas, gritaron todos:
—¡Alto, traidores, muertos sois! No os saldréis con la
vuestra; ¿qué violencia es ésta?
Y dicho esto, comenzaron a herirles y, por otra parte, la
vecindad, saliendo fuera al alboroto con luces y con armas, comenzaron a
condenar aquello y a ayudar a Minghino; por lo que, luego de larga pelea,
Minghino le quitó la joven a Giannole y la volvió a llevar a casa de Giacomino;
y no se había terminado la reyerta cuando los soldados del capitán de la ciudad
llegaron allí y cogieron a muchos de aquéllos, y entre otros fueron presos
Minghino y Giannole y Crivello, y llevados a prisión.
Pero tranquilizada luego la cosa y habiendo vuelto
Giacomino, y muy sañudo con este incidente, examinando cómo había sido, y
encontrando que en nada tenía culpa la joven, se tranquilizó un tanto,
proponiéndose, para que mas casos semejantes no sucedieran, casarla lo antes
que pudiera.
Llegada la mañana, los parientes de una parte y de la
otra, habiendo la verdad del caso oída y conociendo el mal que a los jóvenes
apresados podía sobrevenirles si Giacomino quería poner en obra lo que
razonablemente habría podido, se fueron a él y con suaves palabras le rogaron
que a la ofensa recibida del poco juicio de los jóvenes no mirase tanto cuanto
al amor y a la benevolencia que creían que les tenía a aquellos que le rogaban,
ofreciéndose luego ellos mismos y los jóvenes que habían causado el mal a poner
en obra toda reparación que él exigiese.
Giacomino, que durante su vida habría visto muchas cosas y
era de buenos sentimientos, repuso brevemente:
—Señores, si como estoy en la vuestra estuviese en mi
ciudad, me tengo tanto por vuestro amigo que ni en esto ni en otra cosa haría
sino lo que os pluguiese; y además de esto, más debo plegarme a vuestra
voluntad en cuanto vosotros os habéis ofendido a vosotros mismos, porque esta
joven no es de Cremona ni de Pavia, como tal vez muchos juzgan, sino faentina,
si bien ni yo ni ella ni aquel de quien yo la obtuve supimos nunca de quién
fuese hija; por lo cual de lo que me rogáis, haré tanto como esté en mi poder.
Los valerosos hombres, oyendo que era de Faenza se
maravillaron; y dándole las gracias a Giacomino por su generosa respuesta le
rogaron que le pluguiera decirles cómo había llegado ella a sus manos y cómo
sabía que fuese faentina; a los que Giacomino dijo:
—Guidotto de Cremona fue mi compañero y amigo, y llegada
la hora de su muerte me dijo que cuando esta ciudad fue tomada por Federico el
emperador
[SC164] estando pillando todo, entró él con sus compañeros
en una casa y la encontró llena de cosas y abandonada por sus habitantes, salvo
por esta niña, quien, de edad de dos años o menos, a él que subía las escaleras
le llamó padre; por la cual cosa, sintiendo lástima de ella, junto con todas
las cosas de la casa se la llevó consigo y se fue a Fano y, muriendo allí, con
lo que tenía allí me la dejó, ordenándome que cuando fuera tiempo la casara y
lo que había sido suyo le diese por dote. Y llegando a edad de tener marido, no
he podido darla a nadie que me guste; pero lo haré de buena gana antes de que
otro caso semejante a aquel de ayer noche me suceda.
Había allí, entre los otros, un Guigliemino de Medicina
[SC165] que con Guidotto había estado en aquel asunto, y
muy bien sabía de quién era la casa que Guidotto había robado; y viéndolo allí
entre los otros, se le acercó y le dijo:
—Bernabuccio, ¿oyes lo que dice Giacomino?
Dijo Bernabuccio:
—Sí, y ha poco pensaba en ello porque me acuerdo que en
aquella turbamulta perdí una hijita de la edad que Giacomino dice.
A quien Guigliemino dijo:
—Con certeza aquélla es ésta porque yo hace tiempo estuve
en una parte donde oí a Guidotto explicar dónde había el pillaje, y supe que
había sido tu casa; por ello, acuérdate si por alguna señal creerías
reconocerla y hazla buscar, que encontrarás que con certeza es tu hija.
Por lo que, pensando Bernabuccio, se acordó que debía
tener una cicatriz a guisa de crucecita sobre la oreja izquierda, por un nacido
que le había hecho quitar poco antes de aquel accidente, por lo que, sin
dilación, acercándose a Giacomino que todavía estaba allí, le rogó que lo
llevara a su casa y le dejase ver a esta joven.
Giacomino le llevó allí de buen grado y la hizo venir ante
él; la cual, al verla Bernabuccio, la cara misma de su madre, que todavía era
una hermosa mujer, le pareció ver; pero sin embargo, no quedándose en esto, dijo
a Giacomino que le pedía la gracia de poder levantarle un poco los cabellos
sobre la oreja izquierda, de lo que Giacomino estuvo contento. Bernabuccio,
acercándose a ella, que vergonzosamente estaba quieta, levantados con la mano
derecha los cabellos, la cruz vio; por donde, verdaderamente conociendo que era
su hija, tiernamente comenzó a llorar y a abrazarla, aunque ella se
escabullese, y vuelto a Giacomino dijo:
—Hermano mío, ésta es mi hija; mi casa fue la que fue
pillada por Guidotto, y ésta, en aquel frenesí súbito, fue dentro olvidada por
mi mujer y su madre, y hasta ahora habíamos creído que en la casa, que aquel
mismo día ardió, había ardido.
La joven, oyendo esto y viéndolo hombre de edad, y dando
fe a sus palabras y, por oculta virtud movida, recibiendo sus abrazos, con él
tiernamente comenzó a llorar. Bernabuccio en el mismo momento mandó a por su
madre y a por otros parientes suyos y a por sus hermanos, y mostrándola a todos
y contándoles el hecho, después de mil abrazos, haciendo una gran fiesta,
estando Giacomino muy contento, consigo a su casa la llevó.
Sabido aquello el capitán de la ciudad, que era hombre
valeroso, y sabiendo que Giannole, a quien tenía preso, hijo era de Bernabuccio
y hermano carnal de aquélla, pensó pasar por alto mansamente la falta cometida
por aquél; e interviniendo en estas cosas, con Bernabuccio y con Giacomino, a
Giannole y a Minghino hizo hacer las paces, y a Minghino, con gran placer de
todos sus parientes, dio por mujer a la joven, cuyo nombre era Agnesa, y junto
con ellos liberó a Crivello y a los otros que detenidos habían sido por esta
razón; y Minghino luego hizo contentísimo buenas y grandes bodas, Y
llevándosela a casa, con ella en paz y en prosperidad después vivió muchos
años.
NOVELA SEXTA
Gian de Prócida
[SC166], hallado con una joven amada por él y regalada al
rey Federico
[SC167], para ser quemado con ella es atado a un palo,
reconocido por Ruggier de Loria
[SC168] , se salva y la toma por mujer.
Terminada la historia de Neifile, que mucho había gustado
a las damas, mandó la reina a Pampínea que se dispusiese a contar alguna; la
cual, prestamente, levantando el claro rostro, comenzó:
Grandísimas fuerzas, amables señoras, son las de Amor, y a
grandes fatigas y a exorbitantes peligros exponen a los amantes, como por
muchas cosas contadas hoy y otras veces, puede comprenderse; pero no dejo de
querer probarlo de nuevo con la osadía de un joven enamorado.
Ischia es una isla muy cercana a Nápoles, en la que
antiguamente hubo una jovencita entre las otras hermosa y muy alegre cuyo
nombre fue Restituta, e hija de un hombre noble de la isla que Marín Bólgaro
[SC169] tenía por nombre; la cual, a un mozuelo que de una
islita cercana a Ischia era, llamada Prócida, y por nombre tenía Gianni, amaba
más que a su vida, y ella a él. El cual, no ya el día venía a pasar a Ischia
para verla, sino que muchas veces de noche, no habiendo encontrado barca, desde
Prócida a Ischia nadando había ido, para poder ver, si otra cosa no podía, al
menos las paredes de su casa.
Y durante estos amores tan ardientes sucedió que, estando
la joven un día de verano sola junto al mar, yendo de roca en roca
desprendiendo de las piedras conchas marinas con un cuchillito, se halló en un
lugar oculto por los escollos donde, tanto por la sombra como por la comodidad
de una fuente de agua fresquísima que allí había, se habían detenido con su
fragata algunos jóvenes sicilianos, que de Nápoles venían. Los cuales, habiendo
visto a la hermosísima joven que todavía no los veía, y viéndola sola, decidieron
entre sí cogerla y llevársela; y a la decisión siguió el acto. Ellos, por mucho
que ella gritara, cogiéndola, la subieron a la barca y se fueron; y llegados a
Calabria empezaron a discutir de quién debía ser la joven y, en resumen, todos
la querían, por lo que no hallando acuerdo entre ellos, temiendo llegar a las
manos y por ella arruinar sus asuntos, llegaron al acuerdo de regalarla al rey
Federico de Sicilia, que entonces era joven y con cosas semejantes se
entretenía; y llegados a Palermo lo hicieron así.
El rey, viéndola hermosa, le gustó; pero porque se sentía
flojo de salud, hasta que se sintiese más fuerte, mandó que fuese tenida en
ciertos edificios bellísimos de un jardín suyo al que llamaba La Cuba
[SC170] y allí servida; y así se hizo. El alboroto por el
rapto de la joven fue grande en Ischia, y lo que más les dolía es que no podían
saber quiénes habían sido los que la habían raptado. Pero Gianni, a quien más
que a los demás importaba, no esperando poder averiguarlo en Ischia, sabiendo
de qué lado se había ido la fragata, haciendo armar una, subió a ella y lo más
pronto que pudo, recorrida toda la costa desde el Minerva hasta el Scalea en
Calabria
[SC171], y por todas partes preguntando por la joven, le
dijeron en Scalea que había sido llevada por los marinos sicilianos a Palermo;
con lo que Gianni, lo antes que pudo se hizo llevar allí, y luego de mucho
buscar, encontrando que la joven había sido regalada al rey y por él estaba
vigilada en La Cuba, se enfureció mucho y perdió la esperanza, no ya de poder
nunca volver a tenerla sino de verla tan sólo.
Pero, retenido por el amor, despidiendo la fragata, viendo
que por nadie era conocido, allí se quedó, y frecuentemente pasando por La Cuba
llegó a verla un día a una ventana, y ella lo vio a él; con lo que los dos
bastante contento tuvieron. Y viendo Gianni que el lugar era solitario,
acercándose como pudo, le habló e, informado por ella de lo que tenía que hacer
si quería hablarle más de cerca, se fue, habiendo primero considerado en todos
sus detalles la disposición del lugar, y esperando la noche, y dejando pasar
buena parte de ella, allá se volvió, y agarrándose a sitios donde no habrían
podido hincarse picos en el jardín entró, y encontrando en él una pértiga, a la
ventana que le había enseñado la joven la apoyó, y por ella con bastante
facilidad subió.
La joven, pareciéndole que ya había perdido el honor por
cuya protección algo arisca había sido con él en el pasado, pensando que a
ninguna otra persona más dignamente que a él podía entregarse y pensando en
poder inducirlo a sacarla de allí, había decidido complacerle en todos sus
deseos, y por ello había dejado la ventana abierta, para que él rápidamente
pudiese entrar dentro. Encontrándola, pues, Gianni abierta, silenciosamente
entró y se acostó junto a la joven que no dormía. La cual, antes de pasar a otra
cosa, le manifestó toda su intención, rogándole sumamente que la sacase de allí
y la llevase con él; y Gianni le dijo que nada le agradaría tanto como aquello
y que, sin falta, cuando se separase de ella, de tal manera ordenaría las cosas
que la primera vez que volviese allí se la llevaría. Y después de esto,
abrazándose con grandísimo placer, gozaron de aquel deleite más allá del cual
ninguno mayor puede conceder Amor; y luego de que lo hubieron reiterado muchas
veces, sin darse cuenta se quedaron dormidos uno en los brazos del otro.
El rey, a quien ella había gustado mucho a primera vista,
acordándose de ella, sintiéndose bien de salud, aunque estaba ya cercano el
día, deliberó ir a estar un rato con ella; y con algunos de sus servidores,
calladamente, se fue a La Cuba, y entrando en los edificios, haciendo abrir sin
ruido la alcoba donde sabía que dormía la joven, en ella con un gran candelabro
encendido por delante entró; y mirando la cama, a ella y a Gianni, desnudos y
abrazados, vio que estaban durmiendo. De lo que de súbito se enojó ferozmente y
montó en tan grande ira, sin decir palabra, que poco faltó para que allí, con
un puñal que llevaba al cinto, los matase; luego, juzgando cosa vilísima que
cualquier hombre, y no ya un rey, matase a dos personas desnudas que dormían,
se detuvo, y pensó hacerlos morir en público y quemados.
Y volviéndose al solo compañero que tenía consigo, dijo:
—¿Qué te parece esta mala mujer en quien había puesto mi
esperanza?
Y luego le preguntó si conocía al joven que tanta audacia
había tenido que había venido a su casa a causarle tan gran ultraje y disgusto.
Aquel a quien preguntado había contestó que no se acordaba de haberlo visto
nunca. Se fue el rey, pues, airado, de la alcoba y mandó que los dos amantes,
desnudos como estaban, fuesen apresados y atados, y al hacerse día claro los
llevasen a Palermo y en la plaza, atados a un poste con la espalda de uno
vuelta contra la del otro y hasta la hora de tercia fueran tenidos, para que
pudiesen ser vistos por todos y luego fuesen quemados como lo habían merecido;
y dicho esto se volvió a Palermo a su cámara muy sañudo.
Partido el rey, súbitamente muchos se arrojaron sobre los
dos amantes y no solamente los despertaron sino que prestamente sin ninguna
piedad los cogieron y los ataron; lo que viendo los dos jóvenes, si se dolieron
y temieron por sus vidas y lloraron y se quejaron, puede estar bastante claro.
Fueron, según el mandato del rey, llevados a Palermo y atados a un palo en la
plaza, y delante de sus ojos se preparó la leña y el fuego para prenderla a la
hora mandada por el rey. Allí rápidamente todos los palermitanos, hombres y
mujeres, corrieron a ver a los dos amantes; los hombres todos venían a mirar a
la joven, y lo hermosa que era por todas partes y lo bien hecha alababan, como
las mujeres, que a mirar al joven corrían, a él por otra parte elogiaban por
ser hermoso y sumamente bien formado. Pero los desventurados amantes,
avergonzándose mucho ambos, estaban con la cabeza baja y llorando su
infortunio, de hora en hora, esperando la cruel muerte por el fuego.
Y mientras así hasta la hora fijada eran tenidos,
pregonándose por todas partes la falta cometida por ellos y llegando a los
oídos de Ruggier de Loria, hombre de inestimable valor y entonces almirante del
rey, para verlos se fue hacia el lugar donde estaban atados y llegado allí,
primero miró a la joven y la alabó de su hermosura, y después viniendo a mirar
al joven, sin demasiado trabajo lo reconoció; y acercándose más a él, le
preguntó si era Gianni de Prócida.
Gianni, alzando el rostro y reconociendo al almirante,
repuso:
—Señor mío, bien fui aquel por quien preguntáis, pero
estoy a punto de dejar de serlo.
Le preguntó entonces el almirante que qué le había llevado
a aquello; al cual Gianni repuso:
—Amor y la ira del rey.
Hízose el almirante explicar más la historia, y habiendo
oído todo cómo había sucedido, y queriendo irse, lo llamó Gianni y le dijo:
—¡Ah, señor mío! Si puede ser, alcanzadme una gracia de
quien así me hace estar.
Ruggeri le pregunto que cuál.
Gianni le dijo:
—Veo que debo, y muy pronto, morir; quiero, pues, de
gracia, que, como estoy con esta joven, a quien más que a mi vida he amado, y
ella a mí, dándole la espalda, y ella a mí, que nos pongan dándonos la cara,
para que al verla la cara mientras me esté muriendo pueda irme consolado.
Ruggier, sonriendo, dijo:
—Haré con gusto que la veas todavía tanto que te hartes de
ella.
Y separándose de él, mandó a aquellos a quienes había sido
ordenado poner aquello en ejecución que sin otro mandato del rey no debían
hacer más de lo que habían hecho; y sin demora se fue al rey, al cual, aunque
le viese airado, no dejó de decirle lo que pensaba, y le dijo:
—Rey, ¿en qué te han ofendido los dos jóvenes que allí
arriba, en la plaza, has mandado que sean quemados?
El rey se lo dijo.
Continuó Ruggier:
—La falta que han cometido lo merece, pero no de ti; y
como las faltas merecen castigo, así los beneficios merecen recompensa, además
de la gracia y la misericordia. ¿Sabes quiénes son esos a quienes quieres que
quemen?
El rey repuso que no.
Dijo entonces Ruggier:
—Y yo quiero que lo sepas para que veas cuán discretamente
te abandonas a los impulsos de la ira. El joven es hijo de Landolfo de Prócida,
hermano carnal de micer Gian de Prócida por obra de quien eres rey y señor de
esta isla; la joven es hija de Marín Bólgaro, cuyo poder hace hoy que tu
señorío no sea arrojado de Sicilia. Son, además de esto, jóvenes que largamente
se han amado y empujados por el amor y no por el deseo de desafiar tu señoría,
este pecado, si se puede llamar pecado al que por amor hacen los jóvenes, han
cometido. Por lo que ¿cómo quieres hacerlos morir cuando con grandísimos
placeres y presentes deberías honrarlos?
El rey, oyendo esto y cerciorándose de que Ruggier decía
verdad, no solamente no procedió a hacer lo peor contra ellos sino que se
arrepintió de lo que había hecho, por lo que incontinenti mandó que los dos
jóvenes fuesen desatados de la estaca y llevados ante él; y así se hizo.
Y habiendo conocido enteramente su condición pensó que con
honores y con dones tenía que compensar la injuria; y haciéndolos vestir
honorablemente, viendo que era de mutuo consentimiento, a Gianni hizo casarse
con la jovencita, y haciéndoles magníficos presentes, contentos los mandó a su
casa, donde, recibidos con grandísima fiesta, largamente en placer y en gozo
vivieron juntos.
NOVELA SÉPTIMA
Teodoro, enamorado de Violante, hija de micer Amffigo su
señor, la deja preñada y es condenado a la horca, siendo llevado a la cual,
mientras le iban azotando, reconocido por su padre y puesto en libertad, toma
por mujer a Violante.
Las señoras, que temerosas estaban pendientes de oír si
los dos amantes eran quemados, oyendo que se habían salvado, se alegraron dando
gracias a Dios; y la reina, oído el final, a Laureta dio el encargo de la
siguiente: la cual alegremente comenzó a decir:
Hermosísimas damas, en tiempos en que el buen rey
Guiglielmo gobernaba Sicilia
[SC172] había en la isla un gentilhombre llamado micer
Amérigo Abate de Trápani
[SC173], el cual, entre los demás bienes temporales,
estaba bien provisto de hijos; por lo que, teniendo necesidad de servidores y
viniendo galeras de los corsarios genoveses de Levante
[SC174] que pirateando y costeando Armenia a muchos
muchachos habían apresado, de ellos, creyéndolos turcos, compró algunos, entre
los cuales, aunque todos los demás pareciesen pastores, había uno que de gentil
y mejor aspecto que ningún otro parecía, y era llamado Teodoro. El cual,
creciendo, aunque fuese tratado a guisa de siervo, en la casa mucho con los
hijos de micer Amérigo se crió; y tirando más su naturaleza que los accidentes,
comenzó a ser cortés y de buenos modales, hasta tal punto que tanto gustaba a
micer Amérigo que lo hizo libre; y creyendo que fuese turco, lo hizo bautizar y
llamar Pietro, y lo hizo de sus asuntos administrador, confiando mucho en él.
Como los otros hijos de micer Amérigo, igual creció una
hija suya llamada Violante, hermosa y delicada joven, la cual, pasando el
tiempo el padre sin casarla, se enamoró por acaso de Pietro, y amándolo y
teniendo en gran estima sus maneras y sus obras, sentía vergüenza, sin embargo,
en descubrírselo. Pero Amor le quitó este trabajo porque, habiéndola Pietro
mirado muchas veces cautelosamente, tanto se había enamorado de ella que no
sentía ningún bien sino cuando la veía; pero mucho temía que de esto alguien se
percatase, pareciéndole que no hacía bien con ello; de lo que la joven, que de
buena gana lo miraba, se apercibió, y para darle más seguridad, contentísima
(como estaba) se le mostraba.
Y en esto pasaron bastante, no atreviéndose a decir el uno
al otro cosa alguna, aunque mucho los dos lo deseaban. Pero mientras ellos por
igual ardían en las amorosas llamas encendidos, la fortuna, como si hubiese
decidido que quería que aquello sucediese, encontró el modo de arrojar de ellos
el temeroso miedo que los retenía. Tenía micer Amérigo, aproximadamente a una
milla de Trápani, un lugar suyo muy hermoso al que su mujer con la hija y con
otras mujeres y señoras acostumbraba a ir frecuentemente para distraerse;
donde, habiendo ido un día que hacía mucho calor, y habiendo llevado consigo a
Pietro y quedándose allí, sucedió (como a veces vemos suceder en el verano) que
súbitamente se cubrió el cielo con oscuras nubes, por la cual cosa, la señora
con su compañía, para que el mal tiempo no las cogiese aquí, se pusieron en
camino para volver a Trápani; y andaban lo más deprisa que podían.
Pero Pietro, que era joven y del mismo modo la muchacha,
se adelantaban bastante al andar de su madre y de las otras compañeras, tal vez
no menos empujados por el amor que por el miedo al tiempo; y habiendo ya
avanzado tanto, con relación a la señora y a las otras, que apenas se veían,
sucedió que luego de muchos truenos súbitamente un granizo gruesísimo y espeso
comenzó a caer, del que la señora y su compañía escaparon en casa de un
labrador. Pietro y la joven, no teniendo más rápido refugio, entraron en una
iglesia antigua y casi en ruinas en la que no había nadie, y en ella, bajo un
poco de techo que todavía quedaba, se refugiaron ambos; y les obligó la
necesidad del escaso amparo a arrimarse el uno al otro. El cual tocamiento fue
ocasión de tranquilizar un poco los ánimos y abrir los amorosos deseos.
Y primero comenzó Pietro a decir:
—¡Quisiera Dios que nunca, debiendo yo estar como estoy,
cesase este granizo!
Y la joven dijo:
—¡Mucho me gustaría!
Y de estas palabras vinieron a cogerse las manos y a
apretujarse, y de esto a abrazarse y luego a besarse, mientras granizaba; y
(para no tener yo que contar todos los particulares) el tiempo no se arregló
antes de que ellos, los últimos deleites de amor ya conocidos, para poder
secretamente el uno gozar del otro hubiesen hecho acuerdos.
El mal tiempo cesó, y al entrar en la ciudad, que estaba
cerca, esperando a la señora, con ella a casa volvieron. Allí algunas veces,
con muy discreto orden y secreto, con gran felicidad juntos se reunieron; y fue
la cosa de manera que la joven quedó embarazada, lo que mucho desagradó al uno
y al otro, por lo que ella muchas artes usó para poder contra el curso de la
naturaleza desembarazarse, pero nunca pudo lograrlo.
Por la cual cosa, Pietro, por su vida temiendo, decidido a
huir, se lo dijo; la cual, oyéndolo dijo:
—Si te vas, me mataré sin falta.
A lo que Pietro, que mucho la amaba, dijo:
—¿Cómo quieres, señora mía, que me quede aquí? Tu gravidez
descubrirá nuestra culpa, a ti te será perdonada fácilmente, pero yo, mísero,
seré quien de tu culpa y la mía tendrá que sufrir la pena.
A quien la joven dijo:
—Pietro, mi pecado bien se sabrá, pero está seguro de que
el tuyo, si no lo dices, no se sabrá nunca.
Pietro entonces dijo:
—Puesto que me lo prometes así, me quedaré; pero piensa en
cumplirlo.
La joven, que lo más que había podido su preñez había
tenido escondida, viendo por el aumento de su cuerpo que más no podía
esconderse, con grandísimo llanto un día lo manifestó a su madre, rogándole que
la salvase. La señora, desmesuradamente afligida, le dijo grandes injurias y
quiso saber cómo había sido la cosa. La joven, para que a Pietro no se le
hiciera daño, compuso una fábula, envolviendo la verdad en otras formas. La
señora la creyó, y para ocultar la falta de la hija, a una posesión suya la mandó.
Allí, llegado el tiempo del parto, gritando la joven como las mujeres hacen, no
pensando la madre que aquí micer Amérigo, que casi nunca acostumbraba a
hacerlo, fuese a venir, sucedió que, volviendo él de cazar y pasando junto a la
alcoba donde su hija gritaba, maravillándose, súbitamente entró dentro y
preguntó qué era aquello.
La señora, viendo llegar al marido, levantándose afligida,
lo que le había sucedido a su hija le contó, pero él, menos dispuesto a creerla
que lo había estado la señora, dijo que no podía ser verdad que no supiera de
quién estaba grávida, y por ello firmemente lo quería saber, y diciéndolo ella
podría recobrar su perdón; si no, que pensase en morir sin ninguna piedad. La
señora se ingenió en cuanto podía en contentar al marido con lo que ella le
había dicho, pero no servía de nada; él, fuera de sí de furor, con la espada
desnuda en la mano, corrió a su hija, la cual, mientras su madre entretenía al
padre con palabras, había parido un hijo varón, y dijo:
—O manifiestas de quién se engendró este parto o morirás
sin dilación.
La joven, temiendo la muerte, rota la promesa hecha a
Pietro, lo que entre ella y él había pasado le manifestó, lo que oyendo el
caballero y ferozmente enfurecido, apenas se contuvo de matarla, pero luego de
que aquello que le dictaba la ira hubo dicho, volviendo a montar a caballo, se
vino a Trápani y a un micer Currado que en nombre del rey era capitán allí, la
ofensa que le había hecho Pietro contándole, súbitamente, no sospechando él
nada, le hizo prender; y dándole tormento, todo lo hecho confesó.
Y siendo después de algunos días condenado por el capitán
a que por la ciudad fuese azotado y luego ahorcado, para que una misma hora se
llevase de la tierra a los dos amantes y a su hijo, micer Amérigo, a quien con
haber conducido a Pietro a la muerte no se le había calmado la ira, vertió
veneno en un vaso con vino, y lo dio a un sirviente suyo y un cuchillo desnudo
con ello, y dijo:
—Ve con estas dos cosas a Violante y dile de mi parte que
prontamente tome la que quiera de estas dos muertes, o el veneno o el hierro, y
que lo haga sin demora; si no, que yo, a la vista de todos los ciudadanos que
hay aquí, la haré quemar como lo ha merecido; y hecho esto, cogerás al hijo
parido por ella hace pocos días y, golpeándole en la cabeza contra la pared
arrójalo de comida a los perros.
Dada por el fiero padre esta cruel sentencia contra su
hija y su nieto, el servidor, más al mal que al bien dispuesto, se fue. Pietro,
condenado, siendo por los guardias llevado a la horca dándole azotes, pasó,
como quisieron los que guiaban la brigada, por delante de un albergue donde
había tres hombres nobles de Armenia, los cuales por el rey de Armenia eran
enviados a Roma como embajadores a tratar con el Papa de grandísimas cosas para
una expedición que se debía hacer
[SC175], allí descendidos para refrescarse y descansar
algún día, y que habían sido muy honrados por los hombres nobles de Trápani y
especialmente por micer Amérigo. Éstos, sintiendo pasar a los que llevaban a
Pietro, vinieron a una ventana a mirar. Iba Pietro de la cintura para arriba
todo desnudo y con las manos atadas atrás, y mirándole uno de los tres
embajadores, que era hombre viejo y de gran autoridad llamado Fineo, le vio en
el pecho una gran mancha bermeja, no teñida, sino naturalmente fijada en la
piel, a modo de esas que las mujeres de aquí llaman «rosas»; vista la cual,
súbitamente le vino a la memoria un hijo suyo el cual ya habían pasado quince
años desde que por los corsarios le había sido arrebatado en la costa de
Layazo, y nunca había podido tener noticias de él.
Y considerando la edad del infeliz que era azotado, pensó
que, si estuviese vivo su hijo, debía ser de la edad que aquél parecía, y pensó
que si fuese aquél debía todavía recordar su nombre y el de su padre y
acordarse de la lengua armenia; por lo que, cuando estuvo cerca, llamó:
—¡Teodoro!
La cual voz oyendo Pietro, rápidamente levantó la cabeza;
y Fineo, hablando en armenio, le dijo:
—¿De dónde fuiste y cuyo hijo?
Los soldados que le llevaban, por respeto al valeroso
hombre, se detuvieron, de manera que Pietro respondió:
—Fui de Armenia, hijo de un hombre que tuvo el nombre de
Fineo, traído aquí de pequeño por no sé qué gente.
Lo que oyendo Fineo, certísimamente conoció que él era el
hijo que había perdido; por lo que, llorando, con sus compañeros bajó y entre
todos los soldados corrió a abrazarlo, y echándole encima un manto de riquísimo
paño que llevaba, rogó a aquel que le llevaba al suplicio que le pluguiese
esperar allí hasta que de volverlo a donde estaba le viniera la orden. Aquél
repuso que la esperaría de buen grado.
Había ya Fineo sabido la razón por la que era conducido a
la muerte, por lo que rápidamente con sus compañeros y con sus criados se fue a
micer Currado y le dijo así:
—Micer, aquel a quien mandáis a morir como a siervo es
hombre libre e hijo mío, y está presto a tomar por mujer a aquella a quien se
dice que le ha quitado su virginidad; plázcaos por ello aplazar la ejecución
hasta que pueda saberse si ella lo quiere por marido, para que contra la ley si
ella lo quiere no os encontréis que habéis obrado.
Micer Currado, oyendo que aquél era hijo de Fineo se
maravilló, y avergonzándose un tanto de la culpa de la fortuna, confesando que
era verdad lo que decía Fineo prestamente lo hizo volver a casa y mandó a por
micer Amérigo y le dijo aquellas cosas.
Micer Amérigo, que ya creía que la hija y el nieto estaban
muertos, se dolió más que ningún hombre en el mundo por lo que había hecho,
viendo que si no estuviese muerta se podían muy bien arreglar todas las cosas;
pero no dejó de mandar corriendo allí adonde su hija estaba para que si no se
había cumplido su orden no se cumpliese. El que fue encontró al criado mandado
por micer Amérigo que, habiéndole puesto delante el veneno y el cuchillo,
porque ella tan pronto no se decidía, la insultaba y quería obligarla a coger
uno, pero oído el mandato de su señor, dejándola, se volvió a él y le dijo cómo
estaba el asunto. De lo que, contento micer Amérigo, yendo allí donde estaba
Fineo, llorando, como mejor supo se excusó de lo que había sucedido y le pidió
perdón, afirmando que él, si Teodoro quería a su hija por mujer, estaría muy
contento en dársela.
Fineo recibió de buena gana las excusas, y repuso:
—Entiendo que mi hijo tome a vuestra hija; y si no
quisiera, que se cumpla la sentencia dada contra él.
Estando, pues, Fineo y micer Amérigo de acuerdo, allí
donde Teodoro estaba, todavía todo temeroso de la muerte y alegre por haber
encontrado a su padre, le preguntaron su voluntad sobre esta cosa. Teodoro,
oyendo que Violante, si quisiese, sería su mujer, tanta fue su alegría que del
infierno le pareció saltar al paraíso; y dijo que esto sería una grandísima
gracia si a ellos les placía. Se mandó, pues, a la joven a preguntarle su
parecer, la cual, oyendo lo que de Teodoro había sucedido y estaba por suceder,
cuando más doliente que mujer alguna la muerte esperaba, prestando alguna fe
después de mucho a las palabras, un poco se alegró y repuso que si ella su
deseo siguiese en aquello, nada más feliz podía sucederle que ser la mujer de
Teodoro, pero que siempre haría lo que su padre le mandase.
Así, pues, en concordia, haciendo casarse a la joven, se
hizo una fiesta grandísima con sumo placer de todos los ciudadanos. La joven,
consolándose y haciendo nutrir a su pequeño hijo, luego de no mucho tiempo
volvió a ser más hermosa que antes; y levantándose del parto, y ante Fineo
(cuya vuelta de Roma se esperó) viniendo, le hizo la reverencia que a un padre;
y él, muy contento de tan hermosa nuera, con grandísima fiesta y alegría hechas
celebrar sus bodas, como a hija la recibió y tuvo luego siempre; y después de
algunos días, a su hijo y a ella y a su nietecito, subiendo a una galera, con
él se los llevó a Layazo, donde con reposo y con placer los dos amantes cuanto
la vida les duró vivieron.
NOVELA OCTAVA
Nastagio de los Onesti, amando a una de los Traversari,
gasta sus riquezas sin ser amado, se va, importunado por los suyos, a Chiassi,
allí ve a un caballero perseguir a una joven y matarla, y ser devorada por dos
perros, invita a sus parientes y a la mujer amada a almorzar donde está él, la
cual ve despedazar a esta misma joven, y temiendo un caso semejante, toma por
marido a Nastagio
[SC176] .
Al callarse Laureta, así (por orden de la reina) comenzó
Filomena:
Amables señoras, tal como nuestra piedad se alaba, así es
castigada también nuestra crueldad por la justicia divina; para demostraros lo
cual y daros materia de desecharla para siempre de vosotras, me place contaros
una historia no menos lamentable que deleitosa.
En Rávena, antiquísima ciudad de Romaña, ha habido muchos
nobles y ricos hombres, entre los cuales un joven llamado Nastagio de los
Onesti
[SC177], que por la muerte de su padre y de un tío suyo
quedó riquísimo sin medida, el cual, así como ocurre a los jóvenes, estando sin
mujer, se enamoró de una hija de micer Paolo Traversaro, joven mucho más noble
de lo que él era, cobrando esperanza de poder inducirla a amarlo con sus obras.
Las cuales, aunque grandísimas, buenas y loables fuesen, no solamente de nada
le servían sino que parecía que le perjudicaban, tan cruel y arisca se mostraba
la jovencita amada, tan altiva y desdeñosa (tal vez a causa de su singular
hermosura o de su nobleza) que ni él ni nada que él hiciera le agradaba; la
cual cosa le era tan penosa de soportar a Nastagio, que muchas veces por dolor,
después de haberse lamentado, le vino el deseo de matarse; pero refrenándose,
sin embargo, se propuso muchas veces dejarla por completo o, si pudiera,
odiarla como ella le odiaba a él. Pero en vano tal decisión tomaba porque
parecía que cuanto más le faltaba la esperanza tanto más se multiplicaba su
amor.
Perseverando, pues, el joven en amar y en gastar
desmesuradamente, pareció a algunos de sus amigos y parientes que él mismo y
sus haberes por igual iban a consumirse; por la cual cosa muchas veces le
rogaron y aconsejaron que se fuera de Rávena y a algún otro sitio durante algún
tiempo se fuese a vivir, porque, haciéndolo así, haría disminuir el amor y los
gastos. De este consejo muchas veces se burló Nastagio; mas, sin embargo,
siendo requerido por ellos, no pudiendo decir tanto que no, dijo que lo haría, y
haciendo hacer grandes preparativos, como si a Francia o a España o a algún
otro lugar lejano ir quisiese, montado a caballo y acompañado por algunos de
sus amigos, de Rávena salió y se fue a un lugar a unas tres millas de Rávena,
que se llamaba Chiassi; y haciendo venir allí pabellones y tiendas, dijo a
quienes le habían acompañado que quería quedarse allí y que ellos a Rávena se
volvieran.
Quedándose aquí, pues, Nastagio, comenzó a darse la mejor
vida y más magnífica que nunca nadie se dio, ahora a éstos y ahora a aquéllos
invitando a cenar y a almorzar, como acostumbraba. Ahora, sucedió que un
viernes, casi a la entrada de mayo, haciendo un tiempo buenísimo, y empezando
él a pensar en su cruel señora, mandando a todos sus criados que solo le
dejasen, para poder pensar más a su gusto, echando un pie delante de otro,
pensando se quedó abstraído.
Y habiendo pasado ya casi la hora quinta del día, y
habiéndose adentrado ya una medía milla por el pinar, no acordándose de comer
ni de ninguna otra cosa, súbitamente le pareció oír un grandísimo llanto y ayes
altísimos dados por una mujer, por lo que, rotos sus dulces pensamientos,
levantó la cabeza por ver qué fuese, y se maravilló viéndose en el pinar; y
además de ello, mirando hacia adelante vio venir por un bosquecillo bastante
tupido de arbustillos y de zarzas, corriendo hacia el lugar donde estaba, una
hermosísima joven desnuda, desmelenada y toda arañada por las ramas y las
zarzas, llorando y pidiendo piedad a gritos; y además de esto, vio a sus
flancos dos grandes y feroces mastines, los cuales, corriendo tras ella
rabiosamente, muchas veces cruelmente donde la alcanzaban la mordían; y detrás
de ella vio venir sobre un corcel negro a un caballero moreno, de rostro muy
sañudo, con un estoque en la mano, amenazándola de muerte con palabras
espantosas e injuriosas.
Esto a un tiempo maravilla y espanto despertó en su ánimo
y, por último, piedad por la desventurada mujer, de lo que nació deseo de
librarla de tal angustia y muerte, si pudiera. Pero encontrándose sin armas,
recurrió a coger una rama de un árbol en lugar de bastón y comenzó a salir al
encuentro a los perros y contra el caballero.
Pero el caballero que esto vio, le gritó desde lejos:
—Nastagio, no te molestes, deja hacer a los perros y a mí
lo que esta mala mujer ha merecido.
Y diciendo así, los perros, cogiendo fuertemente a la
joven por los flancos, la detuvieron, y alcanzándolos el caballero se bajó del
caballo; acercándose al cual Nastagio, dijo:
—No sé quién eres tú que así me conoces, pero sólo te digo
que gran vileza es para un caballero armado querer matar a una mujer desnuda y
haberle echado los perros detrás como si fuese una bestia salvaje; ciertamente
la defenderé cuanto pueda.
El caballero entonces dijo:
—Nastagio, yo fui de la ciudad que tú, y eras todavía un
muchacho pequeño cuando yo, que fui llamado micer Guido de los Anastagi, estaba
mucho más enamorado de ésta que lo estás tú ahora de la de los Traversari; y
por su fiereza y crueldad de tal manera anduvo mi desgracia que un día, con
este estoque que me ves en la mano, desesperado me maté, y estoy condenado a
las penas eternas. Y no había pasado mucho tiempo cuando ésta, que con mi
muerte se había alegrado desmesuradamente, murió, y por el pecado de su
crueldad y la alegría que sintió con mis tormentos no arrepintiéndose, como
quien no creía con ello haber pecado sino hecho méritos, del mismo modo fue (y
está) condenada a las penas del infierno; en el cual, al bajar ella, tal fue el
castigo dado a ella y a mí: que ella huyera delante, y a mí, que la amé tanto,
seguirla como a mortal enemiga, no como a mujer amada, y cuantas veces la
alcanzo, tantas con este estoque con el que me maté la mato a ella y le abro la
espalda, y aquel corazón duro y frío en donde nunca el amor ni la piedad
pudieron entrar, junto con las demás entrañas (como verás incontinenti) le
arranco del cuerpo y se las doy a comer a estos perros. Y no pasa mucho tiempo
hasta que ella, como la justicia y el poder de Dios ordena, como si no hubiera
estado muerta, resurge y de nuevo empieza la dolorosa fuga, y los perros y yo a
seguirla, y sucede que todos los viernes hacia esta hora la alcanzo aquí, y
aquí hago el destrozo que verás; y los otros días no creas que reposamos sino
que la alcanzo en otros lugares donde ella cruelmente contra mí pensó y obró; y
habiéndome de amante convertido en su enemigo, como ves, tengo que seguirla de
esta guisa cuantos meses fue ella cruel enemigo. Así pues, déjame poner en
ejecución la justicia divina, y no quieras oponerte a lo que no podrías vencer.
Nastagio, oyendo estas palabras, muy temeroso y no
teniendo un pelo encima que no se le hubiese erizado, echándose atrás y mirando
a la mísera joven, se puso a esperar lleno de pavor lo que iba a hacer el
caballero, el cual, terminada su explicación, como un perro rabioso, con el
estoque en mano se le echó encima a la joven que, arrodillada, y sujetada
fuertemente por los dos mastines, le pedía piedad; y con todas sus fuerzas le
dio en medio del pecho y la atravesó hasta la otra parte.
Cuando la joven hubo recibido este golpe cayó boca abajo,
siempre llorando y gritando; y el caballero, echando mano al cuchillo, le abrió
los costados y sacándole fuera el corazón, y todas las demás cosas de
alrededor, a los dos mastines las arrojó; los cuales, hambrientísimos,
incontinenti las comieron; y no pasó mucho hasta que la joven, como si ninguna
de estas cosas hubiesen pasado, súbitamente se levantó y empezó a huir hacia el
mar, y los perros siempre tras ella hiriéndola, y el caballero volviendo a
montar a caballo y cogiendo de nuevo su estoque, comenzó a seguirla, y en poco
tiempo se alejaron, de manera que ya Nastagio no podía verlos. El cual,
habiendo visto estas cosas, largo rato estuvo entre piadoso y temeroso, y luego
de un tanto le vino a la cabeza que esta cosa podía muy bien ayudarle, puesto
que todos los viernes sucedía; por lo que, señalado el lugar, se volvió con sus
criados y luego, cuando le pareció, mandando a por muchos de sus parientes y
amigos, les dijo:
—Muchas veces me habéis animado a que deje de amar a esta
enemiga mía y ponga fin a mis gastos: y estoy presto a hacerlo si me conseguís
una gracia, la cual es ésta: que el viernes que viene hagáis que micer Paolo
Traversari y su mujer y su hija y todas las damas parientes suyas, y otras que
os parezca, vengan aquí a almorzar conmigo. Lo que quiero con esto lo veréis
entonces.
A ellos les pareció una cosa bastante fácil de hacer y se
lo prometieron; y vueltos a Rávena, cuando fue oportuno invitaron a quienes
Nastagio quería, y aunque fue difícil poder llevar a la joven amada por
Nastagio, sin embargo allí fue junto con las otras. Nastagio hizo preparar
magníficamente de comer, e hizo poner la mesa bajo los pinos en el pinar que
rodeaba aquel lugar donde había visto el destrozo de la mujer cruel; y haciendo
sentar a la mesa a los hombres y a las mujeres, los dispuso de manera que la
joven amada fue puesta en el mismo lugar frente al cual debía suceder el caso.
Habiendo, pues, venido ya la última vianda, he aquí que el
alboroto desesperado de la perseguida joven empezó a ser oído por todos, de lo
que maravillándose mucho todos y preguntando qué era aquello, y nadie
sabiéndolo decir, poniéndose todos en pie y mirando lo que pudiese ser, vieron
a la doliente joven y al caballero y a los perros, y poco después todos ellos
estuvieron aquí entre ellos. Se hizo un gran alboroto contra los perros y el
caballero, y muchos a ayudar a la joven se adelantaron; pero el caballero,
hablándoles como había hablado a Nastagio, no solamente los hizo retroceder,
sino que a todos espantó y llenó de maravilla; y haciendo lo que la otra vez
había hecho, cuantas mujeres allí había (que bastantes habían sido parientes de
la doliente joven y del caballero, y que se acordaban del amor y de la muerte
de él), todas tan miserablemente lloraban como si a ellas mismas aquello les
hubieran querido hacer.
Y llegando el caso a su término, y habiéndose ido la mujer
y el caballero, hizo a los que aquello habían visto entrar en muchos
razonamientos; pero entre quienes más espanto sintieron estuvo la joven amada
por Nastagio; la cual, habiendo visto y oído distintamente todas las cosas, y
sabiendo que a ella más que a ninguna otra persona que allí estuviera tocaban
tales cosas, pensando en la crueldad siempre por ella usada contra Nastagio, ya
le parecía ir huyendo delante de él, airado, y llevar a los flancos los
mastines. Y tanto fue el miedo que de esto sintió que para que no le sucediese
a ella, no veía el momento (que aquella misma noche se le presentó) para,
habiéndose su odio cambiado en amor, a una fiel camarera mandar secretamente a
Nastagio, que de su parte le rogó que le pluguiera ir a ella, porque estaba
pronta a hacer todo lo que a él le agradase. Nastagio hizo responderle que
aquello le era muy grato, pero que, si le placía, quería su placer con honor
suyo, y esto era tomándola como mujer.
La joven, que sabía que no dependía más que de ella ser la
mujer de Nastagio, le hizo decir que le placía; por lo que, siendo ella misma
mensajera, a su padre y a su madre dijo que quería ser la mujer de Nastagio,
con lo que ellos estuvieron muy contentos; y el domingo siguiente, Nastagio se
casó con ella, y, celebradas las bodas, con ella mucho tiempo vivió contento. Y
no fue este susto ocasión solamente de este bien sino que todas las mujeres
ravenenses sintieron tanto miedo que fueron siempre luego más dóciles a los
placeres de los hombres que antes lo habían sido.
NOVELA NOVENA
F ederigo de los Alberighi ama y no es amado, y con los
gastos del cortejar se arruina; y le queda un solo halcón, el cual, no teniendo
otra cosa, da de comer a su señora que ha venido a su casa; la cual,
enterándose de ello, cambiando de ánimo, lo toma por marido y le hace rico.
Había ya dejado de hablar Filomena cuando la reina,
habiendo visto que nadie sino Dioneo (debido a su privilegio) quedaba por
hablar, con alegre gesto, dijo:
A mí me corresponde ahora hablar: y yo, carísimas señoras,
lo haré de buen grado con una historia en parte semejante a la precedente, no
solamente para que conozcáis cuánto vuestros encantos pueden en los corazones
corteses, sino porque aprendáis a ser vosotras mismas, cuando debáis,
otorgadoras de vuestros galardones sin dejar que sea siempre la fortuna quien
los conceda, la cual, no discretamente como debe ser, sino desconsideradamente
la mayoría de las veces los confiere.
Debéis, pues, saber que Coppo de los Borghese Domenichi
[SC178], que fue en nuestra ciudad, y tal vez es todavía,
hombre de grande y reverenciada autoridad entre los nuestros (y por las
costumbres y por la virtud mucho más que por la nobleza de sangre clarísimo y
digno de eterna fama), siendo ya de avanzada edad, muchas veces sobre las cosas
pasadas con sus vecinos y con otros gustaba de hablar; lo cual él, mejor y con
más orden y con mayor memoria y adornado hablar que ningún otro supo hacer, y
acostumbraba a contar entre sus otras buenas cosas que en Florencia hubo un
joven llamado Federigo de micer Filippo Alberighi
[SC179], en hechos de armas y en cortesía alabado sobre
todos los demás donceles de Toscana. El cual, como sucede a la mayoría de los
gentileshombres, de una cortés señora llamada doña Giovanna se enamoró, en sus
tiempos tenida como de las más hermosas mujeres y de las más gallardas que
hubiera en Florencia; y para poder conseguir su amor, justaba, torneaba, daba
fiestas y regalos, y lo suyo sin ninguna contención gastaba: pero ella, no
menos honesta que hermosa, de ninguna de estas cosas por ella hechas ni de
quien las hacía se ocupaba.
Gastando, pues, Federigo mucho más de lo que podía y no
consiguiendo nada, como suele suceder las riquezas le faltaron, y se quedó
pobre, sin otra cosa haberle quedado que una tierra pequeña de las rentas de la
cual estrechamente vivía, y además de esto un halcón de los mejores del mundo;
por lo que, más enamorado que nunca y no pareciéndole que podía seguir llevando
una vida ciudadana como deseaba, a Campi, donde estaba su pequeña hacienda, se
fue a vivir. Allí, cuando podía, cazando y sin invitar a nadie, su pobreza
sobrellevaba pacientemente. Ahora, sucedió un día que, habiendo Federigo
llegado a estos extremos, el marido de doña Giovanna enfermó, y viendo llegar
la muerte hizo testamento; y siendo riquísimo dejó heredero de ello a un hijo
suyo ya grandecito, y después de él, habiendo amado mucho a doña Giovanna, a
ella, si sucediese que el hijo muriera sin heredero legítimo, como heredera
constituyó, y murió.
Quedándose, pues, viuda doña Giovanna, como es costumbre
entre nuestras mujeres, en el verano con este hijo suyo se iba al campo a una
posesión asaz cercana a la de Federigo; por lo que sucedió que aquel jovencito
empezó a hacer amistad con Federigo y a entretenerse con las aves de caza y los
perros; y habiendo visto muchas veces volar el halcón de Federigo, gustándole
extraordinariamente, mucho deseaba tenerlo, pero no se atrevía a pedírselo
viendo que él lo quería tanto.
Y estando así la cosa, sucedió que el muchachito se
enfermó, de lo que la madre, muy doliente, como quien no tenía más y le amaba
lo más que podía, estando todo el día junto a él, no dejaba de cuidarlo y
muchas veces le preguntaba si deseaba algo, rogándole que se lo dijese, que
tuviera la certeza que si fuese posible tenerlo lo conseguiría donde estuviera.
El jovencito, oyendo muchas veces estos proferimientos,
dijo:
—Madre mía, si hacéis que tenga el halcón de Federigo creo
que me curaré en seguida.
La señora, oyendo esto, se quedó callada un rato y empezó
a pensar qué podía hacer. Sabía que Federigo largamente la había amado, y nunca
de ella una mirada había obtenido; por lo que se decía:
«¿Cómo enviaré o iré yo a pedirle este halcón que es, por
lo que oigo, el mejor que nunca ha volado, y además es lo que lo mantiene en el
mundo? ¿Y cómo voy a ser tan desconsiderada que a un gentilhombre a quien
ningún otro deleite ha quedado, quiera quitárselo?»
Y preocupada con tal pensamiento, si bien estaba
segurísima de obtenerlo si se lo pedía, sin saber qué decir, no le contestaba a
su hijo sino que se callaba. Por último, la venció tanto el amor de su hijo,
que decidió para contentarlo que, pasara lo que pasase, no mandaría a por él
sino que iría ella misma y se lo traería, y repuso:
—Hijo mío, consuélate y piensa en curarte de todas las
maneras, que te prometo que lo primero que haré mañana por la mañana será ir a
buscarlo y te lo traeré.
Con lo que, contento el niño, el mismo día mostró cierta
mejoría.
La señora, a la mañana siguiente, tomando otra señora en
su compañía, como de paseo se fue a la pequeña casa de Federigo y preguntó por
él. Él, porque no era temporada de caza, estaba en el huerto y preparaba
algunas faenas allí, el cual, al oír que doña Giovanna preguntaba por él a la
puerta, maravillándose mucho, corrió allí muy contento; y ella, al verlo venir,
con señorial amabilidad levantándose a saludarle, habiéndola ya Federigo con
reverencia saludado, dijo:
—¡Bien hallado seáis, Federigo! —y siguió—. He venido a
reparar los daños que has sufrido por mí amándome más de lo que hubiera
convenido; y la reparación es que quiero con esta compañía mía almorzar contigo
familiarmente hoy.
A quien Federigo, humildemente, repuso:
—Señora, ningún daño me acuerdo de haber recibido de vos,
sino tanto bien que, si alguna vez algún valor tuve, por vuestro valor y por el
amor que os tuve fue; y ciertamente esta vuestra liberal venida me es más
querida que me sería si otra vez me fuera dado gastar cuanto ya he gastado,
aunque a pobre huésped habéis venido.
Y dicho así, avergonzado la recibió en su casa, y de ella
la condujo a su jardín, y no teniendo allí a quien hacer acompañarla, dijo:
—Señoras, pues que nadie más hay, esta buena mujer, esposa
de este labrador, os tendrá compañía mientras que yo voy a hacer poner la mesa.
Él, por muy extrema que fuese su pobreza, no se había
percatado todavía de cuánto necesitaba las riquezas que había gastado
desordenadamente; pero esta mañana, no encontrando nada con que poder honrar a
la señora por amor de quien ya había honrado a infinitos hombres, se lo hizo
ver.
Y sobremanera angustiado, maldiciendo su fortuna, como un
hombre fuera de sí, ora yendo aquí y ora allí, ni dineros ni nada para empeñar
encontrando, siendo tarde la hora y el deseo grande de honrar con algo a la
noble señora, y no queriendo, no ya a otro, sino ni a su mismo labrador, pedir
nada, vio delante su buen halcón, que estaba en la salita en su percha; por lo
que, no teniendo otra cosa a qué recurrir, lo cogió y encontrándolo gordo pensó
que sería digna comida de tal señora.
Y sin pensarlo más, quitándole el collar, a una criadita
lo hizo prestamente, pelado y condimentado, poner en un asador y asar
cuidadosamente; y poniendo la mesa con manteles blanquísimos, de los que aún
tenía algunos, con alegre gesto volvió a la señora a su jardín, y el almuerzo
que podía él, dijo que estaba preparado. Con lo que la señora, levantándose con
su compañera, fueron a la mesa, y sin saber qué se estaban comiendo, junto con
Federigo, que con suma devoción las servía, se comieron al buen halcón.
Y levantándose de la mesa, y un tanto con amables
conversaciones quedándose con él un rato, pareciéndole a la señora momento de
decir aquello por lo que ido había, así benignamente comenzó a hablar a
Federigo:
—Federigo, acordándote tú de tu pasada vida y de mi
honestidad, que tal vez hayas reputado dureza y crueldad, no dudo que debes
maravillarte de mi atrevimiento al oír aquello por lo que principalmente aquí
he venido; pero si tuvieses hijos o los hubieras tenido, por quienes pudieras
conocer de qué gran fuerza es el amor que se les tiene, me parecería estar
segura de que en parte me tendrías por excusada. Pero aunque no los tienes, yo
que tengo uno, no puedo dejar de seguir las leyes comunes de las demás madres;
las cuales forzoso me es seguir y contra mi voluntad, y fuera de toda
conveniencia y deber, pedirte un regalo que sé que te es sumamente querido: y
es justo porque ningún otro deleite, ningún otro entretenimiento, ningún
consuelo te ha dejado tu rigurosa fortuna; y esté regalo es tu halcón, del que
mi niño se ha encaprichado tan fuertemente qué si no se lo llevo temo que se
agrave tanto en la enfermedad que tiene que se siga de ello alguna cosa por la
que lo pierda. Y por ello te ruego no por el amor que me tienes, por el cual
ninguna obligación tienes, sino por tu nobleza, que en usar cortesía se ha
mostrado mayor que la de ningún otro, que te plazca dármelo para que con este
don pueda decir que he conservado con vida a mi hijo y por ello te quede siempre
obligada.
Federigo, al oír aquello que la señora pedía, y sintiendo
que no la podía servir porque se lo había dado a comer, comenzó en su presencia
a llorar antes de poder responder palabra, cuyo llanto la señora creyó primero
que de dolor por tener que separarse de su buen halcón vendría más que de otra
cosa, y a punto estuvo de decirle que no lo quería; pero conteniéndose, esperó
después del llanto la respuesta de Federigo. El cual dijo así:
—Señora, desde que plugo a Dios que en vos pusiera mi
amor, en muchas cosas he juzgado que la fortuna me era contraria y me he dolido
de ella, pero todas han sido ligeras con respecto a lo que me hacen en este
momento, con lo que jamás podré estar en paz con ella, pensando que vos hayáis
venido aquí a mi pobre casa cuando, mientras que fue rica, no os dignasteis a
venir, y me pidáis un pequeño don, y ella ha hecho de manera que no pueda
dároslo; y por qué no puede ser os lo diré brevemente. Cuando oí que deseabais
por vuestra bondad comer conmigo, considerando vuestra excelencia y vuestro
valor, reputé digna y conveniente cosa que con más preciosa vianda dentro de
mis posibilidades debía honraros que las que suelen usarse para las demás
personas; por lo que, acordándome del halcón que me pedís, y de su bondad,
pensé que era digno alimento para vos: y esta mañana, asado lo habéis tenido en
el plato, y yo lo tenía por óptimamente albergado, pero al ver ahora que de
otra manera lo deseabais, siento tal duelo por no poder serviros que creo que
nunca podré tener paz.
Y dicho esto, las plumas y las patas y el pico hizo
echarles delante en testimonio de ello. La cual cosa viendo la señora y oyendo,
primero le reprendió por haber matado tal halcón para dar de comer a una mujer,
y luego la grandeza de su ánimo, que la pobreza no había podido ni podía abatir
mucho en su interior alabó; luego, perdida la esperanza de poder tener e
halcón, y tal vez por la salud del hijo preocupada, dando las gracias a
Federigo por el honor que le había hecho y por su buena voluntad, toda melancólica
se fue y volvió con su hijo. El cual, o por tristeza de no haber podido tener
el halcón, o por la enfermedad que a pesar de todo debería haberlo llevado a
ello, no pasaron muchos días sin que, con grandísimo dolor de la madre,
terminase esta vida. La cual, luego que llena de lágrimas y amargura hubo
estado un tanto, habiendo quedado riquísima y todavía joven, muchas veces fue
instada por sus hermanos a que se casase de nuevo; la cual, aun que no hubiera
querido, sin embargo viéndose molestar, acordándose de valor de Federigo y de
su magnanimidad última, esto es, de que había matado tal halcón para honrarla,
dijo a sus hermanos:
—Yo de buen grado, si os pluguiera, me quedaría sin casar,
pero si os place que tome marido, ciertamente no tomaré otro jamás si no tengo
a Federigo de los Alberighi.
A lo cual los hermanos, burlándose de ella, dijeron:
—Tonta, ¿qué es lo que dices? ¿Cómo lo quieres a él, que
no tiene nada en el mundo? —a lo que ella respondió:
—Hermanos míos, bien sé que es como decís, pero antes
quiero un hombre que necesite riquezas que riquezas que necesiten un hombre.
Los hermanos, oyendo su voluntad y conociendo que era
Federigo de gente principal aunque fuese pobre, tal como ella quiso, se la
dieron con todas sus riquezas; el cual, con tal señora que tanto había amado
viéndose por mujer, y además de ello riquísimo, con ella felizmente, convertido
en mejor administrador, terminó sus años.
NOVELA DÉCIMA
Pietro de Vinciolo va a cenar fuera; su mujer manda venir
a un muchacho, vuelve Pietro; ella lo esconde bajo un cesto de pollos; Pietro
dice que en casa de Hercolano, con quien cenaba, han encontrado a un joven que
allí había metido la mujer, su mujer censura a la mujer de Hercolano; un burro
pone la pata, por desgracia, sobre los dedos del que estaba bajo el cesto; éste
grita; Pietro corre allí, lo ve, descubre el engaño de la mujer, con quien al
fin hace las paces a causa de su desdichado vicio
[SC180] .
Había llegado a su fin el discurrir de la reina, siendo
por todos alabado que Dios dignamente hubiese galardonado a Federigo, cuando
Dioneo, que nunca esperaba que se lo ordenasen, comenzó:
No sé si creer que sea un vicio accidental y adquirido por
los mortales por la maldad de sus costumbres, o si, por el contrario, es un
defecto de la naturaleza el reírse con las cosas malas más que con las buenas
obras, y especialmente cuando aquellas tales no nos tocan a nosotros.
Y porque el trabajo que otras veces me he tomado, y ahora
estoy por tomarme, no mira a ningún otro fin sino a quitarnos la tristeza y
traernos risa y alegría, aunque la materia de la historia mía que va a seguir,
enamoradas jóvenes, sea en algunas cosas menos que honesta, como puede causar
deleite os la contaré; y vosotras, al oírla, haced lo que soléis hacer al
entrar en los jardines, que extendiendo la delicada mano, cogéis las rosas y
dejáis las espinas; lo que haréis dejando al mal hombre quedarse con su vicio y
riendo alegremente de los amorosos engaños de su mujer, teniendo compasión de
las desgracias ajenas si es necesario.
Hubo en Perusa, todavía no hace mucho tiempo, un hombre
rico llamado Pietro de Vinciolo
[SC181], el cual, tal vez más por engañar a los demás y
disminuir la general opinión que de él tenían todos los perusinos que por deseo
que tuviera de ello, tomó mujer; y estuvo la fortuna tan conforme con su
apetito, que la mujer que tomó era una joven rolliza, de pelo rojo y encendida,
que dos maridos mejor que uno habría querido y tuvo que quedarse con uno que
mucho más a otra cosa que a ella tenía el ánimo dispuesto. Lo que ella, con el
paso del tiempo conociendo, y viéndose hermosa y lozana y sintiéndose gallarda
y poderosa, primero comenzó a enojarse mucho y a tener con su marido palabras
de desprecio alguna vez y casi de continuo mala vida; después, viendo que esto
más su consunción que la enmienda de la maldad del marido podría ser, se dijo:
«Este desdichado me abandona para, con su deshonestidad
andar en zuecos por lo seco; y yo me las arreglaré para llevar a otro en barco
por lo lluvioso. Lo tomé por marido y le di grande y buena dote sabiendo que
era un hombre y creyendo que deseaba aquello que desean y deben desear los
hombres; si no hubiera creído que era hombre, no lo habría aceptado nunca. Él,
que sabía que yo era una mujer, ¿por qué me tomó por mujer si las mujeres le
disgustaban? Esto no puede sufrirse. Si no hubiera yo querido estar en el mundo
me habría hecho monja; y si quiero estar, como quiero y estoy, si espero de
éste placer y deleite tal vez puedo hacerme vieja esperando en vano; y cuando
sea vieja, arrepintiéndome, en vano me doleré por haber perdido mi juventud, y
para consolarla buen maestro es él con sus ejemplos para hacer que tome gusto a
lo que a él le gusta, el cual gusto me honrará a mí mientras en él es muy
reprobable; yo ofenderé sólo las leyes, mientras él ofende las leyes y a la
naturaleza».
Habiendo, pues, la buena mujer, tenido tal pensamiento, y
tal vez más de una vez, para darle secretamente cumplimiento hizo amistad con
una vieja que no parecía sino santa Viridiana que da de comer a las serpientes
[SC182], la cual siempre con el rosario en la mano iba a
ganar todas las indulgencias y de nada sino de la vida de los Santos Padres
hablaba y de las llagas de san Francisco, y por todos era tenida por santa; y
cuando le pareció oportuno le explicó su intención cumplidamente. A quien la
vieja dijo:
—Hija mía, sabe Dios (que sabe todas las cosas) que haces
muy bien; y aunque no lo hicieras por otra cosa, deberíais hacerlo tú y todas
las demás jóvenes para no perder el tiempo de vuestra juventud, porque ningún
dolor es semejante a aquél, para quien tiene conocimiento, que es haber perdido
el tiempo. ¿Y de qué diablos servimos nosotras después, cuando somos viejas,
sino para cuidar las cenizas del fogón? Si alguna lo sabe y puede dar
testimonio, soy yo; que ahora que soy vieja no sin grandísimas y amargas
punzadas de ánimo conozco (y sin provecho) el tiempo que dejé perder: y aunque
no lo perdiese todo, que no querría que creyeses que he sido una pazguata, no
hice sin embargo, lo que habría podido hacer, de lo que, cuando me acuerdo,
viéndome tal como me veo, que no encontraría quien me diese un poco de lumbre
[SC183], Dios sabe el dolor que siento. A los hombres no
les sucede así, nacen buenos para mil cosas, no sólo para ésta, y la mayor
parte son más honrados de viejos que de jóvenes; pero las mujeres para ninguna
otra cosa sino para darles hijos nacen, y por ello son estimadas. Y si tú no te
has dado cuenta de otra cosa, sí debes darte de ésta: que nosotras siempre
estamos dispuestas, lo que no sucede con los hombres; y además de esto, una
mujer cansaría a muchos hombres, mientras muchos hombres no pueden cansar a una
mujer: y porque para esto hemos nacido, de nuevo te digo que haces muy bien en
darle a tu marido un pan por una hogaza, para que tu alma no tenga en su vejez
que reprenderle a la carne. De esta manera cada uno tiene cuanto recoge, y
especialmente las mujeres, que tienen que aprovechar mucho más el tiempo cuando
lo tienen que los hombres, porque verás que cuando envejecemos ni el marido ni
nadie nos quiere mirar, sino que nos echan a la cocina a contar historias al
gato y a contar las ollas y las escudillas; y peor, que nos ponen en canciones
y dicen: «A las jóvenes los buenos bocados, y a las viejas, los desechados», y
otras muchas cosas dicen. Y para no entretenerte más, te digo desde ahora que
no podrías a nadie en el mundo descubrir tu intención que más útil te fuera que
a mí, porque no hay nadie tan encumbrado a quien yo no me atreva a decirle lo
que haga falta, ni tan duro o huraño que no lo ablande bien y lo lleve a
aquello que quiera. Haz, pues, de manera que me enseñes quién te agrada, y déjame
luego hacer a mí; pero una cosa te recuerdo hija mía: que cuides de mí, porque
soy una persona pobre y quiero desde ahora que seas partícipe de todas mis
indulgencias y de cuantos rosarios rece, para que Dios dé luz y candela a tus
muertos.
Y terminó. Quedó, pues, la joven de acuerdo con la vieja
en que si encontraba un mozuelo que por aquel barrio muy frecuentemente pasaba,
de quien le dio todas las señas, que ya sabía lo que tenía que hacer; y dándole
un trozo de carne salada la mandó con Dios. La vieja, no pasados muchos días,
ocultamente le metió aquel del que ella le había hablado en la alcoba, y de
allí a poco tiempo otro, según los que le iban placiendo a la joven señora; la
cual en lo que pudiese hacer en aquello, aunque temiendo al marido, no dejaba
el negocio.
Sucedió que, debiendo una noche ir a cenar su marido con
un amigo suyo que tenía por nombre Hercolano, la joven mandó a la vieja que
hiciera venir a donde ella a un mancebo que era de los más hermosos y los más
placenteros de Perusa; la cual, prestamente así lo hizo. Y habiéndose la señora
con el joven sentado a la mesa a comer, he aquí que Pietro llamó a la puerta
para que le abriesen. La mujer, oyendo esto, se tuvo por muerta; pero
queriendo, si podía, ocultar al joven, no ocurriéndosele mandarlo ir o hacerle
esconderse en otra parte, habiendo una galería vecina a la cámara en que
cenaban, bajo un cesto de pollos que había allí le hizo refugiarse y le echó
encima una tela de jergón que había hecho vaciar aquel día, y hecho esto,
prestamente hizo abrir a su marido. Al cual, entrando en casa, le dijo:
—Muy pronto la habéis engullido, esa cena.
Pietro repuso:
—No la hemos catado.
—¿Y cómo ha sido eso? —dijo la mujer. Pietro entonces
dijo:
—Te lo diré. Estando ya a la mesa Hercolano, la mujer y yo
sentimos estornudar cerca de nosotros, de lo que ni la primera vez ni la
segunda nos preocupamos, pero el que había estornudado estornudando la tercera
vez y la cuarta y la quinta y muchas otras, a todos nos hizo maravillar; de lo
que Hercolano, que algo enojado con la mujer estaba porque un buen rato nos
había hecho estar a la puerta sin abrirnos, furioso dijo: «¿Qué quiere decir
esto? ¿Quién es ese que así estornuda?». Y levantándose de la mesa hacia una
escalera que había cerca en cuyo hueco había una trampilla de madera, junto al
pie de la escalera, donde poder ocultar alguna cosa quien lo hubiera querido,
como vemos que mandan hacer los que hacen obra en sus casas, y pareciéndole que
de allí venia el sonido del estornudo, abrió una puertecilla que había allí y
cuando la hubo abierto, súbitamente salió el mayor tufo a azufre del mundo,
como que antes habiendo venido el olor y quejándose había dicho la señora: «Es
que hace un rato he blanqueado mis velos con sulfuro, y luego el cacharro sobre
el que los había tendido para que recibiesen el humo lo he puesto debajo de
aquella escalera, así que ahora viene de allí». Y luego que Hercolano hubo
abierto la puertecilla y se hubo disipado un poco el tufo, mirando dentro, vio
al que estornudado había y seguía estornudando, obligándolo a ello la fuerza
del azufre, y mientras estornudaba le había ya oprimido tanto el pecho el
azufre que poco faltaba para que no hubiera estornudado nunca más. Hercolano,
viéndolo, gritó: «Ahora, veo, mujer, por lo que hace poco, cuando vinimos,
tanto estuvimos a la puerta sin que nos abriesen; pero así no tenga yo nunca
nada que me guste como que me las pagas». Lo que oyendo la mujer, y viendo que
su pecado estaba descubierto, sin decir ninguna excusa, levantándose de la
mesa, huyó y no sé adónde iría. Hercolano, no percatándose de que la mujer se
escapaba, muchas veces dijo al que estornudaba que saliese, pero él, que ya no
podía más, no se movía por nada que dijese Hercolano; por lo que Hercolano,
cogiéndolo por un pie lo arrastró fuera, y corría a por un cuchillo para
matarlo, pero yo, temiendo por mí mismo a la guardia, levantándome, no le dejé
matar ni hacerle ningún daño, sino que gritando y defendiéndolo di ocasión a
que corriesen allí los vecinos, los cuales, cogiendo al ya vencido joven, lo
llevaron fuera de la casa no sé dónde; por las cuales cosas turbada nuestra
cena, no solamente no la he engullido sino que ni siquiera la he catado, como
te dije.
Oyendo la señora estas cosas, conoció que había otras tan
listas como ella era, aunque a veces la desgracia le tocase a alguna, y con
gusto hubiera defendido con palabras a la mujer de Hercolano; pero como
reprobando la falta ajena le pareció abrir mejor camino a las suyas, comenzó a
decir:
—¡Qué buena cosa! ¡Qué buena y santa mujer debe ser ésa!
¡Qué promesa de mujer honrada, que me habría confesado con ella, tan devota me
parecía! Y peor que, siendo ya vieja, muy buen ejemplo da a las jóvenes.
Maldita sea la hora en que vino al mundo y la tal que vive aquí, que debe ser
mujer perfidísima y mala, universal vergüenza y vituperio de todas las mujeres
de esta tierra, que olvidando su honestidad y la promesa hecha al marido y el
honor de este mundo, a él, que es tal hombre y tan honrado ciudadano y que tan
bien la trataba, por otro hombre no se ha avergonzado de injuriar, y a ella con
él. Por mi salvación que de semejantes mujeres no habría que tener
misericordia: habría que matarlas, habría que meterlas vivas en una hoguera y
hacerlas cenizas.
Luego, acordándose de su amante que debajo del cesto muy
cerca de allí tenía, comenzó a animar a Pietro a que se fuese a la cama, porque
ya era hora. Pietro, que más gana tenía de comer que de dormir, preguntaba, sin
embargo, si no había nada de cena, a lo que la mujer respondía:
—¡Si, cena va a haber! Acostumbramos a hacer cena cuando
tú no estás. ¡Sí que soy yo la mujer de Hercolano! ¡Bah! ¿Por qué no te vas a
dormir por esta noche? ¡Es lo mejor que podrías hacer!
Sucedió que habiendo venido por la noche algunos
labradores de Pietro con algunas cosas del pueblo, y habiendo dejado sus
burros, sin darles de beber, en una pequeña cuadra que había junto a la
galería, uno de los burros, que tenía muchísima sed, sacada la cabeza del
cabestro, había salido de la cuadra y andaba olfateando todo por si encontraba
agua; y yendo así llegó ante el cesto bajo el cual estaba el mancebo, el cual,
como tenía que estar a gatas, había estirado los dedos de una de las manos en
el suelo fuera del cesto, y tanta fue su suerte, o su desgracia si queremos,
que este burro le puso encima la pata, por lo que, sintiendo un grandísimo
dolor, dio un gran grito.
Oyendo el cual Pietro, se maravilló y se dio cuenta de que
era dentro de la casa; por lo que, saliendo de la alcoba y sintiendo todavía
quejarse a aquél, no habiendo todavía el burro levantado la pata de los dedos
sino aplastándolos todavía fuertemente, dijo:
—¿Quién anda ahí?
Y corriendo a la cesta, y levantándola, vio al joven, el
cual, además de dolor que sentía porque el burro le aplastaba los dedos,
temblaba de miedo de que Pietro le hiciera algún daño.
Y siendo reconocido por Pietro, como que Pietro por sus
vicios había andado tras él mucho tiempo, preguntándole a él:
—¿Qué haces tú aquí?
Nada le respondió sino que le rogó que por amor de Dios no
le hiciese daño. El cual, siendo reconocido por Pietro, dijo:
—Levántate y no temas que te haga yo ningún daño: pero
dime cómo has venido aquí y por qué.
El jovencillo le dijo todo; no menos contento Pietro de
haberlo encontrado que dolida su mujer, cogiéndolo de la mano se lo llevó con
él a la alcoba, en la cual la mujer con el mayor miedo del mundo lo esperaba.
Y sentándose Pietro frente a ella le dijo:
—Si tanto censurabas hace un momento a la mujer de
Hercolano y decías que debían quemarla y que era vergüenza de todas vosotras,
¿cómo no lo decías de ti misma? O si no querías decirlo de ti, ¿cómo tenías el
valor de decirlo de ella sabiendo que habías hecho lo mismo que ella había
hecho? Seguro que nada te inducía a ello sino que todas sois iguales, y con
culpar a las otras queréis tapar vuestras faltas: ¡que baje fuego del cielo y
os queme a todas, raza malvada que sois!
La mujer, viendo que para empezar no le había hecho daño
más que de palabra, y pareciéndole que se derretía porque tenía de la mano a un
jovencito tan hermoso, cobró valor y dijo:
—Segura estoy de que querrías que bajase fuego del cielo
que nos quemase a todas, como que te gustamos tanto como a un perro los palos;
pero por la cruz de Dios que no será así. Pero con gusto hablaré un poco
contigo para saber de qué te quejas; y ciertamente que saldría bien si me
comparas con la mujer de Hercolano, que es una vieja santurrona gazmoña y él le
da todo lo que quiere y la quiere como se debe querer a la mujer, lo que a mí
no me pasa. Que, aunque me vistas y me calces bien, bien sabes cómo ando de lo
demás y cuánto tiempo hace que no te acuestas conmigo; y más querría andar
vestida con harapos y descalza y que me tratases bien en la cama que tener
todas estas cosas tratándome como me tratas. Y entiende bien, Pietro, que soy
una mujer como las demás, y me gusta lo que a las otras, así que porque me lo
busque yo si tú no me lo das no es para insultarme, por lo menos te respeto
tanto que no me voy con criados ni con tiñosos.
Pietro se dio cuenta de que las palabras no cesarían en
toda la noche, por lo que, como quien poco se preocupaba de ella, dijo:
—Calla ya, mujer: que te daré gusto en eso; bien harías en
darnos de cenar algo, que me parece que este muchacho, igual que yo, no habrá
cenado todavía.
—Claro que no —dijo la mujer—, que no ha cenado, que
cuando tú llegaste en mala hora, nos sentábamos a la mesa para cenar.
—Pues anda —dijo Pietro—, danos de cenar y luego yo
arreglaré las cosas de modo que no tengas que quejarte.
La mujer, levantándose al oír al marido contento,
prestamente haciendo poner la mesa, hizo venir la cena que estaba preparada y
junto con su vicioso marido y con el joven cenó alegremente. Después de la
cena, lo que Pietro se proponía para satisfacción de los tres se me ha
olvidado; pero bien sé que a la mañana siguiente en la plaza se vio el joven no
muy seguro de a quién había acompañado más por la noche, si a la mujer o al
marido. Por lo que tengo que deciros, señoras mías, que a quien te la hace se la
hagas; y si no puedes, que no se te vaya de la cabeza hasta que lo consigas,
para que lo que el burro da contra la pared lo mismo reciba.
Terminada, pues, la historia de Dioneo, por vergüenza
menos reída de las señoras que por poca diversión, y conociendo la reina que
había llegado el fin de su gobierno, poniéndose en pie y quitándose la corona
de laurel se la puso en la cabeza a Elisa, diciéndole:
—A vos, señora, os corresponde ahora mandar.
Elisa, recibiendo el honor, como antes había sido hecho
hizo: que, disponiendo con el senescal primeramente lo que era preciso para el
período de su señorío, con contento de la compañía dijo:
—Ya hemos oído muchas veces que con palabras ingeniosas o
con respuestas prontas muchos han sabido con la reprimenda merecida limar los
dientes ajenos o evitar los peligros que se cernían sobre ellos; y porque la
materia es buena y puede ser útil, quiero que mañana, con la ayuda de Dios, se
discurra dentro de estos límites: es decir, sobre quien con algunas palabras
ingeniosas se vengase al ser molestado, o con una pronta respuesta o algún
invento escapase a la perdición o al peligro o al desprecio.
Esto fue muy alabado por todos, por lo cual la reina,
poniéndose en pie les dio licencia a todos hasta la hora de la cena.
La honrada compañía, viendo a la reina levantada, se puso
en pie y según la costumbre, cada uno se entregó a lo que más le gustaba. Pero
al callar ya las cigarras, llamando a todos, se fueron a cenar; y terminada con
alegre fiesta a cantar y a tocar todos se entregaron. Y habiendo ya, por deseo
de la reina, comenzado Emilia una danza, a Dioneo le mandaron que cantase una
canción, el cual prestamente comenzó: «Doña Aldruda, levantaos la cola, que
buenas nuevas os traigo». De lo que todas las señoras comenzaron a reírse, y
máximamente la reina, la cual le mandó que dejase aquélla y dijese otra.
Dijo Dioneo:
—Señora, si tuviese un cimbalo diría: «Alzaos las ropas,
doña Lapa» o «Bajo el olivo hay hierba». ¿O querríais que cantase: «Las olas
del mar me hacen tanto daño»? Pero no tengo címbalo, y por ello decidme cuál
queréis de estas otras: ¿os gustaría: «Sal fuera que está podado como un mayo
en la campiña»?
Dijo la reina:
—No, di otra.
—Pues —dijo Dioneo—; diré: «Doña Simona embotella
embotella; y no es el mes de octubre».
La reina, riendo, dijo:
—¡Ah, en mala hora!, di una buena, si te place, que no
queremos ésa.
Dijo Dioneo:
—No, señora, no os enojéis, pero ¿cuál os gusta? Sé más de
mil. ¿O que reís: «Éste mi nicho, si no lo pico» o «¡Ah, despacio, marido mío!»
o «Me compraré un gallo de cien liras»?
La reina entonces, un tanto enojada, aunque las demás
riesen, dijo:
—Dioneo, deja las bromas y di una buena; y si no, podrías
probar cómo sé enojarme.
Dioneo, oyendo esto, dejando las bromas, prestamente de
tal guisa empezó a cantar:
Amor, la hermosa luz
con que sus bellos ojos me han herido
a ella y a ti me tiene ya rendido.
De sus ojos se mueve el esplendor
con que mi corazón a arder se ha puesto
por los míos pasando,
y cuánto fuese grande tu valor
su bello rostro me hizo manifiesto,
el cual, imaginando,
sentí que me iba atando
todo poder, y que a ella era ofrecido,
y ésta la causa de mi llanto ha sido.
Así pues, en tu siervo transformado
estoy, señor, y así obediente espero
que me seas clemente;
mas no sé si del todo ha adivinado
mi fe entera y ferviente
aquella que mi mente
posee, que la paz, si no ha venido
de ella no quiero, y nunca la he querido.
Por eso, señor mío, yo te ruego
que, al mostrárselo, la hagas tú sentir
tu fuego en su costado
para servirme, porque yo en tu fuego
amando me consumo, y de sufrir
me siento ya postrado;
y, cuando tú lo creas acertado,
dale razón de mí como es debido;
que me veré, si lo haces, complacido.
Luego de que Dioneo, callando, mostró que su canción había
terminado, hizo la reina decir muchas otras, sin dejar de haber alabado mucho
la de Dioneo. Mas luego que parte de la noche hubo pasado, la reina, sintiendo
que al calor del día había vencido la frescura de la noche, mandó que todos,
hasta el día siguiente, se fuesen a descansar a gusto.
TERMINA LA QUINTA JORNADA
SEXTA JORNADA
COMIENZA LA SEXTA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA CUAL, BAJO
EL GOBIERNO DE ELISA, SE DISCURRE SOBRE QUIEN CON ALGUNAS PALABRAS INGENIOSAS
SE RESARCE DE ALGÚN ATAQUE, O CON UNA RÁPIDA RESPUESTA U OCURRENCIA ESCAPA A LA
PERDICIÓN O AL PELIGRO O AL DESHONOR.
Había la luna, estando ya en medio del cielo, perdido sus
rayos, y ya con la nueva luz que llegaba estando claras todas las partes de
nuestro mundo cuando, levantándose la reina, haciendo llamar a su compañía,
algo se alejaron, con lento paso, del hermoso palacio paseándose entre el
rocío, sobre una y otra cosa varios razonamientos teniendo, y disputando sobre
la mayor y menor belleza de las historias contadas, y riéndose de nuevo de
diversos sucesos contados en ellas, hasta que, levantándose más el sol y empezando
a calentar, a todos pareció tener que volver a casa; por lo que, volviendo
sobre sus pasos, allá se fueron.
Y allí, estando ya puestas las mesas y todo lleno de
esparcidas hierbecillas olorosas y flores, antes de que el calor se hiciese
mayor, por orden de la reina se pusieron a comer, y hecho esto con fiesta,
antes de hacer otra cosa, cantadas algunas cancioncillas bellas y graciosas,
quién se fue a dormir y quién a jugar a los dados y quién a las tablas; y
Dioneo junto con Laureta sobre Troilo y Criseida se pusieron a cantar
[SC184]. Y llegada ya la hora de volver al consistorio
[SC185], siendo todos llamados por la reina, como
acostumbraban, en torno a la fuente se sentaron; y queriendo ya la reina mandar
que se contase la primera historia sucedió algo que hasta entonces no había
sucedido, y fue que por la reina y por todos fue oído un gran alboroto que las
criadas y los servidores hacían en la cocina. Por lo que hecho llamar el
senescal y preguntándole quién gritaba y cuál era la razón del alboroto, repuso
que el alboroto era entre Licisca y Tíndaro pero que la razón no 1a sabía, como
quien acababa de llegar a donde estaban para hacerlos callar cuando de parte
suya lo habían llamado. Al cual mandó la reina que incontinenti hiciera venir
aquí a Licisca y Tíndaro; venidos los cuales, preguntó la reina cuál era la
razón de su alboroto.
Y queriéndole responder Tíndaro, Licisca, que sus años
tenía y un tanto soberbia era, y calentada con el gritar, volviéndose a él con
mal gesto, dijo:
—¡Ved este animal de hombre a lo que se atreve, donde
estoy yo a hablar antes que yo! Deja que yo lo diga. —Y volviéndose a la reina,
dijo:— Señora, éste quiere saber más que yo de la mujer de Sicofonte, y ni más
ni menos que si yo no la conociese, quiere que crea que la noche primera que
Sicofonte se acostó con ella, micer Mazo entró en Montenegro por la fuerza y
con derramamiento de sangre; y yo digo que no es verdad sino que entró
pacíficamente y con gran placer de los de dentro. Y éste es tan animal que se
cree demasiado que las jóvenes son tan tontas que están perdiendo el tiempo al
cuidado del padre y los hermanos que de siete veces seis esperan a casarlas
tres o cuatro años más de lo que deben. Hermano, ¡bien estarían si tuvieran que
esperar tanto! Por Cristo que debo saber lo que me digo cuando lo juro, no
tengo vecina yo que haya ido al marido doncella; y aun de las casadas bien sé
cuántas y qué burlas hacen a los maridos; y este borrego quiere enseñarme a
conocer a las mujeres, como si yo hubiera nacido ayer.
Mientras hablaba Licisca, se reían tanto las señoras que
se les habrían podido sacar todos los dientes que tenían; y la reina ya la
había mandado callar seis veces, pero no valía de nada: no paró hasta que hubo
dicho lo que quería. Pero luego de que puso fin a sus palabras, la reina,
riendo, volviéndose a Dioneo, dijo:
—Dioneo, éste es asunto tuyo, y por ello cuando hayamos
terminado nuestras historias tendrás que sentenciar en firme sobre él.
Dioneo prestamente le respondió:
—Señora, la sentencia está dada sin oír más; y digo que
Licisca tiene razón y creo que sea como ella dice, y Tíndaro es un animal. —La
cual cosa, oyendo Licisca, comenzó a reírse, y volviéndose a Tíndaro, le dijo:
—Oye, bien lo decía yo: vete con Dios, ¿crees que sabes
más que yo cuando todavía no tienes secos los ojos
[SC186]? ¡Alabado sea!, no he vivido yo en vano, no.
Y si no fuera que la reina con un mal gesto le impuso
silencio y le mandó que no dijese una palabra más ni hiciera ningún alboroto si
no quería ser azotada, y mandó que se fuesen ella y Tíndaro, nada se habría
podido hacer en todo el día sino oírla a ella. Poco después que hubieron
partido, la reina ordenó a Filomena que a las historias diera principio; la
cual, alegremente así comenzó:
NOVELA PRIMERA
Un caballero dice a doña Oretta que la llevará a caballo y
le contará una historia, y contándola desordenadamente, ella le ruega que la
baje del caballo.
Jóvenes señoras, como en las noches claras son las
estrellas ornamento del cielo y en la primavera las flores de los verdes
prados, y de los montes los vestidos arbustillos, así de las corteses
costumbres y de los bellos discursos lo son las frases ingeniosas; las cuales,
porque son breves, tanto mejor convienen a las mujeres que a los hombres,
cuanto a las mujeres más que a los hombres el mucho hablar afea. Es verdad que,
sea cual sea la razón, o la mitad de nuestro ingenio o la singular enemistad
que a nuestros siglos tengan los cielos, hoy pocas o ninguna mujer quedan que
sepan en los momentos oportunos decir algunas, o, si se dicen, entenderlas como
conviene: vergüenza general de todas nosotras. Pero porque ya sobre esta
materia suficiente fue dicho por Pampínea
[SC187], no entiendo seguir adelante; mas por haceros ver
cuán bello es decirlas en el momento oportuno, una cortés imposición de
silencio hecha por una gentil señora a un caballero me place contaros:
Así como muchas de vosotras pueden saberlo (o por haberlo
visto o haberlo oído), no hace mucho tiempo hubo en nuestra ciudad una gentil y
cortés señora y elocuente cuyo valor no ha merecido que se olvide su nombre. Se
llamó, pues, doña Oretta y fue la mujer de micer Geri Spina
[SC188]; la cual, estando por acaso en el campo, como
estamos nosotros, y yendo de un lugar a otro para entretenerse junto con otras
señoras y caballeros, a quienes en su casa había tenido a almorzar, y siendo
tal vez el camino algo largo de allí de donde partían a donde esperaban llegar
todos a pie, dijo uno de los caballeros de la compañía:
—Doña Oretta, si queréis, yo os llevaré gran parte del
camino que tenemos que andar, a caballo y contándoos una de las mejores
historias del mundo.
La señora le repuso:
—Señor, mucho os lo ruego, y me será gratísimo.
El señor caballero, a quien tal vez no le sentaba mejor la
espada al cinto que el novelar a la lengua, oído esto, comenzó una historia que
en verdad era de por sí bellísima, pero repitiendo él tres o cuatro veces una
misma palabra y unas veces volviendo atrás, y a veces diciendo: «No es como
dije», y con frecuencia equivocándose en los nombres, diciendo uno en lugar de
otro, gravemente la estropeaba; sin contar con que pésimamente, según la
cualidad de las personas y de los actos que les sucedían, hacía la exposición.
De lo que a doña Oretta, al oírlo, muchas veces le venían
sudores y un desvanecimiento del corazón como si, enferma, estuviera a punto de
finar; la cual cosa, después de que ya sufrir no la pudo, conociendo que el
caballero había entrado en un embrollo y no sabía cómo salir, placenteramente
dijo:
—Señor, este caballo vuestro tiene un trote muy duro, por
lo que os ruego que os plazca dejarme bajar.
El caballero, que por ventura era mucho mejor entendedor
que narrador, entendida la alusión, y tomándola festivamente y a broma, echó
mano de otras novelas, y la que había comenzado y mal seguido, dejó sin
terminar.
NOVELA SEGUNDA
El panadero Cisti con una sola palabra hace arrepentirse a
micer Géri Spina de una irreflexiva petición suya.
Mucho fue por todas las mujeres y los hombres alabado el
decir de doña Oretta, al que mandó la reina que Pampínea siguiese; por lo que
ella comenzó así:
Hermosas señoras, no sé ver por mí misma qué tiene mayor
culpa, si la naturaleza emparejando un alma noble con un cuerpo vil o la
fortuna emparejando con un cuerpo dotado de alma noble un vil oficio, como en
Cisti
[SC189], nuestro conciudadano, y en muchos más hemos
podido ver que sucedía; al cual Cisti, provisto de altísimo ánimo, la fortuna
hizo panadero. Y ciertamente le echaría yo la culpa por igual a la naturaleza y
a la fortuna si no supiese que la naturaleza es discretísima y que la fortuna
tiene mil ojos aunque los tontos se la figuren ciega. Las cuales creo yo que,
como muy previsoras, hacen lo que los mortales hacen muchas veces, cuando,
inseguros del acontecer futuro, para una necesidad sus cosas más preciosas en
los sitios más viles de sus casas, como menos sospechosos, sepultan, y de allí
la sacan en las mayores necesidades, habiéndolas el vil lugar más seguramente
conservado que lo habría hecho la hermosa cámara.
Y así las dos ministros del mundo con frecuencia sus más
preciosas cosas esconden bajo la sombra de las artes reputadas más viles, para
que al sacarlas de ellas cuando es necesario, más claro aparezca su esplendor.
Lo cual, en cuán poca cosa el panadero Cisti lo demostró abriéndole los ojos de
la inteligencia a micer Geri Spina (a quien, la contada historia de doña
Oretta, que fue su mujer, me ha traído a la memoria) me place exponeros con una
historia muy corta.
Digo, pues, que, habiendo el papa Bonifacio, junto al que
micer Geri Spina tuvo grandísimo favor, mandado a Florencia a algunos nobles
embajadores suyos por ciertas grandes necesidades suyas
[SC190], habiéndose quedado ellos en casa de micer Geri, y
tratando él con ellos los asuntos del Papa, sucedió que, cualquiera que fuese
la razón, micer Geri con estos embajadores del Papa, todos a pie, casi todas
las mañanas pasaban por delante de Santa María Ughi
[SC191], donde el panadero Cisti tenía su horno y
personalmente ejercía su arte. Al cual, aunque fortuna hubiera dado un oficio
muy humilde, tanto en él le había sido benigna que se había hecho riquísimo, y
sin querer nunca abandonarlo por otro, espléndidamente vivía, teniendo entre
sus demás buenas cosas los mejores vinos blancos y tintos que se encontraban en
Florencia o en sus alrededores. El cual, viendo todas las mañanas pasar por
delante de su puerta a micer Geri y los embajadores del Papa, y siendo grande
el calor, pensó que gran cortesía sería invitarles a beber su buen vino blanco;
pero considerando su condición y la de micer Geri, no le parecía cosa decorosa
atreverse a invitarlo sino que pensó en una manera que indujese a micer Geri a
invitarse a sí mismo. Y teniendo un jubón blanquísimo puesto y un mandil
limpísimo siempre por encima, que más bien le hacían parecer molinero que
panadero, todas las mañanas a la hora que pensaba que micer Geri con los
embajadores debían pasar, se hacía traer delante de su puerta un cubo nuevo
rebosante de agua fresca y un pequeño jarro boloñés nuevo de su buen vino
blanco y dos vasos que parecían de plata, tan claros eran; y sentándose, cuando
pasaban (y después de que él una vez o dos había carraspeado), comenzaba a
beber con tanto gusto este vino suyo que le habría dado ganas de beberlo a un
muerto.
La cual cosa habiendo micer Geri visto una o dos mañanas,
dijo la tercera:
—¿Qué es eso, Cisti? ¿Está bueno?
Cisti, poniéndose prestamente en pie, repuso:
—Señor, sí; pero cuánto no podría haceros comprender si no
lo probáis.
Micer Geri, quien o por el tiempo que hacía o por haberse
cansado más de lo acostumbrado o tal vez por el gusto con que veía beber a
Cisti, sentía sed, volviéndose a los embajadores les dijo sonriendo:
—Señores, bueno será que probemos el vino de este hombre
honrado; tal vez sea tal que no nos arrepintamos.
Y junto con ellos se acercó a Cisti. El cual, haciendo
inmediatamente sacar un buen banco fuera de la tahona, les rogó que se
sentasen, y a sus criados que ya para lavar los vasos se adelantaban dijo:
—Compañeros, apartaos y dejadme hacer a mí este servicio,
que no sé peor escanciar que hornear; ¡y no esperéis probar una gota!
Y dicho esto, lavando él mismo cuatro vasos buenos y
nuevos, y haciendo traer un pequeño jarro de su buen vino, diligentemente dio
de beber a micer Geri y sus compañeros. A quienes el vino pareció el mejor que
habían bebido en mucho tiempo; por lo que, alabándolo mucho, mientras los
embajadores estuvieron allí, casi todas las mañanas fue con ellos a beber micer
Geri.
Habiendo terminado sus asuntos y debiendo partir, micer
Geri les hizo dar un magnífico convite, al que invitó a una parte de los más
honorables ciudadanos, e hizo invitar a Cisti, el cual de ninguna manera quiso
ir. Mandó entonces micer Geri a uno de sus servidores que fuese a por una
botella del vino de Cisti, y de él diese medio vaso por persona la primera vez
que sirviese.
El servidor, tal vez enfadado porque nunca había podido
probar el vino, cogió un gran frasco; el cual al verlo Cisti dijo:
—Hijo, micer Geri no te envía a mí.
Lo que afirmando muchas veces el servidor y no pudiendo
obtener otra respuesta, volvió a micer Geri y se lo dijo así, micer Geri le
dijo:
—Vuelve allí y dile que de verdad te mando yo, y si otra
vez te contesta lo mismo pregúntale que adónde te mando.
El servidor, volviendo, le dijo:
—Cisti, es verdad que micer Geri me manda otra vez a ti.
Cisti le respondió:
—Seguro, hijo, que no.
—Entonces —dijo el servidor—, ¿a quién manda?
Respondió Cisti:
—Al Arno.
Lo que contando el servidor a micer Geri, enseguida le
abrió los ojos de la inteligencia, y dijo al servidor:
—Déjame ver qué frasco le llevas. —Y viéndolo, dijo—:
Cisti dice bien.
E insultándole, le hizo llevar un frasco apropiado; viendo
el cual, Cisti dijo:
—Ahora sé bien que te manda a mí.
Y alegremente se lo llenó.
Y luego, aquel mismo día, haciendo llenar un barrilejo de
un vino igual y haciéndolo llevar despacito a casa de micer Geri, se fue detrás
y al encontrarse con él le dijo:
—Señor, no querría que creyeseis que el gran frasco de
esta mañana me había espantado; pero pareciéndome que os habíais olvidado de lo
que yo os he mostrado estos días con mis pequeños jarritos, es decir, que éste
no es vino para criados, quise recordároslo esta mañana. Pero como no entiendo
ser guardián de él, os he traído todo: haced con él lo que gustéis.
Micer Geri recibió el apreciadísimo regalo de Cisti y le
dio las gracias que creyó que convenían, y siempre luego lo tuvo en gran estima
y fue su amigo.
NOVELA TERCERA
Doña Nonna de los Pulci con una rápida respuesta a las
bromas menos que honestas del obispo de Florencia impone silencio.
Cuando Pampínea hubo terminado su historia, luego que por
todos tanto la respuesta como la liberalidad de Cisti fue muy alabada, plugo a
la reina que Laureta narrase después; la cual, alegremente, comenzó a decir
así:
Amables señoras, primero Pampínea y ahora Filomena con
mucha verdad incidieron en nuestra poca virtud y en la belleza de los dichos
ingeniosos; por lo que como no hay necesidad de volver a ello, además de lo que
se ha dicho de los dichos ingeniosos, quiero recordaros que la naturaleza de
estos dichos es tal que del modo que muerde la oveja deben atacar al oyente
[SC192] y no como hace el perro: porque si como el perro
mordiesen, las palabras no serían ingeniosas sino villanas. Es verdad que, si
como respuesta se dicen, y el que responde muerde como el perro cuando ha sido
primero mordido como por un perro, no parece tan reprensible como lo sería si
no hubiera sucedido así, y por ello hay que considerar cómo y cuándo y con
quién y semejantemente dónde se hace gala de ingenio. Las cuales cosas, poco
teniendo en cuenta un prelado nuestro, no menor ataque recibió que dio; lo que
quiero mostraros con una corta historia.
Siendo obispo de Florencia micer Antonio de Orsi
[SC193], valioso y sabio prelado, vino a Florencia un
noble catalán llamado micer Diego de la Ratta
[SC194], mariscal del rey Roberto, el cual, siendo
apuestísimo en su persona y muy gran galanteador, sucedió que entre las otras
damas florentinas le gustó una que era mujer muy hermosa y era sobrina de un
hermano del dicho obispo. Y habiendo sabido que su marido, aunque de buena
familia era muy avaro y malvado, arregló con él que le entregaría cincuenta
florines de oro y que él le dejaría dormir una noche con su mujer; por lo que,
haciendo dorar popolinos de plata
[SC195], que entonces se usaban, acostándose con la mujer,
aunque contra el gusto de ella, se los dio. Lo que, corriéndose luego por todas
partes, llenó al mal hombre de burlas y de escarnio y el obispo, como prudente,
fingió no haber oído nada de todo esto. Por lo que, tratándose mucho el obispo
y el mariscal, sucedió que el día de San Juan, montando a caballo uno al lado
del otro mirando a las mujeres por la calle por donde se corre el palio
[SC196], el obispo vio a una joven a quien la pestilencia
presente nos ha quitado ya siendo señora, cuyo nombre fue Nonna de los Pulci,
prima de micer Alesso Rinucci y a quien vosotras todas habéis debido conocer;
la cual, siendo entonces una lozana y hermosa joven y elocuente y de gran
ánimo, poco tiempo antes casada en Porta San Pietro, la enseñó al mariscal.
Luego, acercándose a ella, poniéndole al mariscal una mano
en el hombro, dijo:
—Nonna, ¿qué piensas de él? ¿Crees que le vencerías?
A Nonna le pareció que aquellas palabras en algo iban
contra su honestidad o que la mancharían en la opinión de quienes las oyeron,
que eran muchos; por lo que, no preocupándose de limpiar esta mancha sino de
devolver golpe por golpe, rápidamente contestó:
—Señor, él tal vez no me vencería a mí, que necesito buena
moneda.
Cuyas palabras oídas, el mariscal y el obispo, sintiéndose
igualmente vulnerados, el uno como autor de la deshonrosa cosa con la sobrina
del hermano del obispo y el otro como el que la había recibido en la sobrina
del propio hermano, sin mirarse el uno al otro, avergonzados y silenciosos se
fueron sin decir aquel día una palabra más. Así pues, habiendo sido atacada la
joven, no estuvo mal que atacase a los otros con ingenio.
NOVELA CUARTA
Ghichibio, cocinero de Currado Gianfigliazzi, con unas
rápidas palabras cambió a su favor en risa la ira de Currado y se salvó de la
desgracia con que Currado le amenazaba.
Se callaba ya Laureta y por todos había sido muy alabada
Nonna, cuando la reina ordenó a Neifile que siguiese; la cual dijo:
Por mucho que el rápido ingenio, amorosas señoras, con
frecuencia preste palabras rápidas y útiles y buenas a los decidores, según los
casos, también la fortuna, que alguna vez ayuda a los temerosos, en sus lenguas
súbitamente las pone cuando nunca los decidores hubieran podido hallarlas con
ánimo sereno; lo que con mi historia entiendo mostraros.
Currado Gianfigliazzi
[SC197], como todas vosotras habéis oído y podido ver,
siempre ha sido en nuestra ciudad un ciudadano notable, liberal y magnífico, y
viviendo caballerescamente continuamente se ha deleitado con perros y aves de
caza, para no entrar ahora en sus obras mayores. El cual, con un halcón suyo
habiendo cazado un día en Perétola una grulla muerta, encontrándola gorda y
joven la mandó a un buen cocinero suyo que se llamaba Ghichibio
[SC198] y era veneciano, y le mandó decir que la asase
para la cena y la preparase bien.
Ghichibio, que era un fantoche tan grande como lo parecía,
preparada la grulla, la puso al fuego y con solicitud comenzó a guisarla. La
cual, estando ya casi guisada y despidiendo un grandísimo olor, sucedió que una
mujercita del barrio, que se llamaba Brunetta y de quien Ghichibio estaba muy
enamorado, entró en la cocina y sintiendo el olor de la grulla y viéndola, rogó
insistentemente a Ghichibio que le diese un muslo.
Ghichibio le contestó cantando
[SC199] y dijo:
—No os la daré yo, señora Brunetta, no os la daré yo.
Con lo que, enfadándose la señora Brunetta, le dijo:
—Por Dios te digo que si no me lo das, nunca te daré yo
nada que te guste.
Y en resumen, las palabras fueron muchas; al final,
Ghichibio, para no enojar a su dama, tirando de uno de los muslos de la grulla
se lo dio. Habiendo luego delante de Currado y algunos huéspedes suyos puesto
la grulla sin muslo, y maravillándose Currado de ello, hizo llamar a Ghichibio
y le preguntó qué había sucedido con el otro muslo de la grulla.
El veneciano mentiroso le respondió:
—Señor mío, las grullas no tienen más que un muslo y una
pata.
Currado, entonces, enojado, dijo:
—¿Cómo diablos no tienen más que un muslo y una pata? ¿No
he visto yo en mi vida más grullas que ésta?
Ghichibio siguió:
—Es, señor, como os digo; y cuando os plazca os lo haré
ver en las vivas.
Currado, por amor a los huéspedes que tenía consigo, no
quiso ir más allá de las palabras, sino que dijo:
—Puesto que dices que me lo mostrarás en las vivas, cosa
que nunca he visto ni oído que fuese así, quiero verlo mañana por la mañana, y
me quedaré contento; pero te juro por el cuerpo de Cristo que, si de otra
manera es, te haré azotar de manera que por tu mal te acordarás siempre que
aquí vivas de mi nombre.
Terminadas, pues, por aquella tarde las palabras, a la
mañana siguiente, al llegar el día, Currado, a quien no le había pasado la ira
con el sueño, lleno todavía de rabia se levantó y mandó que le llevasen los
caballos y haciendo montar a Ghichibio en una mula, hacia un río en cuya ribera
siempre solía, al hacerse de día, verse a las grullas, lo llevó, diciendo:
—Pronto veremos quién ha mentido ayer tarde, si tú o yo.
Ghichibio viendo que todavía duraba la ira de Currado y
que tenía que probar su mentira, no sabiendo cómo podría hacerlo, cabalgaba
junto a Currado con el mayor miedo del mundo, y de buena gana si hubiese podido
se habría escapado; pero no pudiendo, ora hacia atrás, ora hacia adelante y a
los lados miraba, y lo que veía creía que eran grullas sobre sus dos patas.
Pero llegados ya cerca del río, antes que nadie vio sobre
su ribera por lo menos una docena de grullas que estaban sobre una pata como
suelen hacer cuando duermen. Por lo que, rápidamente mostrándolas a Currado,
dijo:
—Muy bien podéis, señor, ver que ayer noche os dije la
verdad, que las grullas no tienen sino un muslo y una pata, si miráis a las que
allá están.
Currado, viéndolas, dijo:
—Espérate que te enseñaré que tienen dos. —Y acercándose
un poco más a ellas, gritó—: ¡Hohó!
Con el cual grito, sacando la otra pata, todas después de
dar algunos pasos comenzaron a huir; con lo que Currado, volviéndose a
Ghichibio, dijo:
—¿Qué te parece, truhán? ¿Te parece que tienen dos?
Ghichibio, casi desvanecido, no sabiendo él mismo de dónde
le venía la respuesta, dijo:
—Señor, sí, pero vos no le gritasteis «¡hohó!» a la de
anoche: que si le hubieseis gritado, habría sacado el otro muslo y la otra pata
como hacen éstas.
A Currado le divirtió tanto la respuesta, que toda su ira
se convirtió en fiestas y risa, y dijo:
—Ghichibio, tienes razón: debía haberlo hecho.
Así pues, con su rápida y divertida respuesta, evitó la
desgracia y se reconcilió con su señor.
NOVELA QUINTA
Micer Forese de Rábatta y el maestro Giotto, pintor,
viniendo de Mugello, mutuamente se burlan de su mezquina apariencia
[SC200] .
Al callarse Neifile, habiendo gustado mucho a las señoras
la respuesta de Ghichibio, así habló Pánfilo por voluntad de la reina:
Carísimas señoras, sucede con frecuencia que, así como la
fortuna bajo viles oficios algunas veces oculta grandes tesoros de virtud, como
hace poco fue mostrado por Pampínea, también bajo feísimas formas humanas se
encuentran maravillosos talentos escondidos por la naturaleza. La cual cosa muy
aparente fue en dos de nuestros conciudadanos sobre los que entiendo hablar
brevemente: porque el uno, que micer Forese de Rábatta
[SC201] se llamaba, siendo bajo de estatura y deforme, con
una cara tan aplastada y retorcida que hubiera parecido deforme a cualquiera de
los Baronci que más deformada la tuvo
[SC202], tuvo tanto talento para las leyes que por muchos
hombres de valor fue reputado almacén de conocimientos civiles; y el otro, cuyo
nombre fue Giotto, fue de ingenio tan excelente que ninguna cosa de la
naturaleza (madre de todas las cosas y alimentadora de ellas con el continuo
girar de los cielos) con el estilo, la pluma o el pincel había que no pintase
tan semejante a ella que no ya semejante sino más bien ella misma pareciese, en
cuanto muchas veces en las cosas hechas por él se encuentra que el vivísimo
juicio de los hombres se equivoca creyendo ser verdadero lo que es pintado
[SC203].
Y por ello, habiendo él hecho tornar a la luz aquel arte
que muchos siglos bajo los errores ajenos (que más para deleitar los ojos de
los ignorantes que para complacer al intelecto de los sabios pintan) había
estado sepultada, merecidamente puede decirse que es una de las luces de la
florentina gloria; y tanto más cuanto que, con la mayor humildad, viviendo
siempre en ella como maestro de las artes, la conquistó rehusando siempre ser
llamado maestro; el cual título, por él rechazado, tanto más resplandecía en él
cuanto más era usurpado con avidez mayor por quienes menos sabían que él o por
sus discípulos. Pero por muy grande que fuese su arte, no era él en la persona
y el aspecto en nada más hermoso de lo que era micer Forese. Pero volviendo a
la historia digo que:
Tenían en Mugello micer Forese y Giotto sus posesiones; y
habiendo ido micer Forese a ver las suyas en este tiempo del verano en que los
tribunales tienen vacaciones, y volviendo por acaso sobre un mal rocín de
alquiler, encontró al ya dicho Giotto, el cual semejantemente, habiendo visto
las suyas, se volvía a Florencia; el cual ni en el caballo ni en los arreos
estando en nada mejor que él, como viejos que eran, avanzando poco a poco, se
juntaron. Sucedió, como muchas veces en el verano vemos suceder, que les
alcanzó una súbita lluvia, de la que lo más pronto que pudieron se refugiaron
en casa de un labrador amigo y conocido de los dos. Pero luego de un rato, no
llevando el agua aspecto de parar y queriendo ellos llegar en el día a
Florencia, pidiendo prestadas al labrador dos viejas capas de paño romañés y
dos sombreros todos roídos por el tiempo, porque mejores no había, comenzaron a
caminar.
Ahora, habiendo andado algo, y viéndose todos mojados y,
por las salpicaduras que los rocines hacen en gran cantidad con las patas,
llenos de barro, cosas que no suelen añadir ningún honor, aclarando un tanto el
tiempo, ellos, que largamente habían venido callados, empezaron a conversar. Y
micer Forese, cabalgando y escuchando a Giotto, que era excelentísimo
conversador, comenzó a considerarlo de lado y de frente y por todas partes; y
viéndolo todo tan deslustrado y tan mezquino, sin considerarse a sí mismo,
comenzó a reírse y dijo:
—Giotto, ¿cuándo, si viniese a nuestro encuentro algún
forastero que nunca te hubiera visto, crees tú que pensaría que eras el mejor
pintor del mundo, como eres?
Giotto le respondió prestamente:
—Señor, creo que lo creería cuando mirándoos a vos creyese
que sabíais el abecé.
Lo que, oyendo micer Forese, su error reconoció y se vio
pagado en la misma moneda con que había vendido las mercancías.
NOVELA SEXTA
Prueba Michele Scalza a algunos jóvenes que los Baronci
son los hombres más nobles del mundo y del ultramar y gana una cena.
Todavía reían, las señoras con la buena y rápida respuesta
de Giotto cuando la reina ordenó seguir a Fiameta, la cual comenzó a hablar
así:
Jóvenes señoras, el haber recordado Pánfilo a los Baronci,
a quienes tal vez no conocisteis como él conoció, me ha traído a la memoria una
historia en la cual cuánta sea su nobleza se muestra sin desviarnos de nuestro
propósito; y por ello me place contarla.
No ha pasado mucho tiempo desde que en nuestra ciudad hubo
un joven llamado Michele Scalza, que era el más agradable y divertido hombre de
mundo, y tenía entre manos las historias más extravagantes; por la cual cosa
los jóvenes florentinos estimaban mucho, cuando se reunían en compañía poder
contar con él. Ahora, sucedió un día que, estando él con algunos más en
Montughi
[SC204], empezó entre ellos una disputa sobre cuáles
serían los hombres más nobles de Florencia y los más antiguos; de los cuales
algunos decían que los Uberü y otros los Lamberü, y quién uno y quién otro,
según les venía al ánimo.
Y oyéndolos Scalza, comenzó a reírse sarcásticamente y
dijo:
—Idos por ahí, idos, que sois unos bobos; no sabéis lo que
decís: los hombres más nobles y los más antiguos, no en Florencia sino en todo
el mundo y en ultramar son los Baronci, y en esto están de acuerdo todos los
filósofos y todo hombre que los conoce como yo; y para que no creáis que hablo
de otros os digo que son los Baronci vuestros vecinos de Santa María la Mayor
[SC205]
Cuando los jóvenes, que esperaban que dijera otra cosa,
oyeron esto, se burlaron de él todos, y dijeron:
—Quieres atraparnos por tontos, como si no conociésemos a
los Baronci como tú.
Dijo Scalza:
—No, por el Evangelio, sino que digo la verdad, y si aquí
hay alguno que quiera apostar una cena a pagarla quien gane, yo apostaré de
grado; aún haré más, que me someteré a la sentencia de quien queráis.
Entre quienes dijo uno, que se llamaba Neri Vannini:
—Yo estoy dispuesto a ganar esa cena.
Y poniéndose de acuerdo en tener por juez a Piero de los
Fioretino, en cuya casa estaban, y yéndose a buscarle, y todos los otros detrás
para ver perder a Scalza y burlarse de él, le contaron todo lo dicho.
Piero, que era discreto joven, oída primeramente la
explicación de Neri, volviéndose hacia Scalza luego, dijo:
—¿Y cómo podrás demostrar esto que afirmas?
Dijo Scalza:
—¿Que cómo? Lo mostraré con tal argumento que no sólo tú
sino también éste que lo niega dirá que digo verdad. Sabéis que, cuanto más
antiguos son los hombres más nobles son, y así decían éstos hace poco; y los
Baronci son más antiguos que cualquiera otro hombre, por lo que son más nobles;
y si os demuestro cómo son más antiguos sin duda habré ganado la disputa.
Debéis saber que los Baronci fueron creados por Dios en el tiempo en que él
había comenzado a aprender a pintar, pero los otros hombres fueron hechos
después de que Nuestro Señor supo pintar. Y si digo la verdad en esto, pensad
en los Baronci y en los demás hombres. Mientras a todos los demás veréis con
los rostros bien compuestos y debidamente proporcionados, podréis ver a los
Baronci con la cara muy larga y estrecha, y alguno que la tiene ancha más allá
de toda conveniencia, y tal con la nariz muy larga y tal con ella corta, y
algunos con el mentón hacia afuera o metido hacia adentro, y con quijadas que
parecen de asno, y los hay que tienen un ojo mayor que el otro, y aun quien
tiene uno más alto que el otro, como suelen ser las caras que pintan primero
los niños que aprenden a dibujar; por lo cual, como ya he dicho, bastante bien
se ve que Nuestro Señor los hizo cuando aprendía a pintar, por lo que éstos son
más antiguos que los otros, y por ello más nobles.
De lo cual acordándose Piero que era el juez y Neri que
había apostado la cena, y acordándose todos los demás también, y habiendo oído
el divertido argumento de Scalza, empezaron a reírse y a afirmar que Scalza
tenía razón y que había ganado la cena y que con seguridad los Baronci eran los
más nobles y más antiguos que había, no ya en Florencia sino en el mundo y en
ultramar. Y por ello con toda razón Pánfilo, queriendo mostrar la fealdad del
rostro de micer Forese, dijo que habría sido horrible en uno de los Baronci.
NOVELA SÉPTIMA
Doña Filipa, encontrada por su marido con un amante,
llamada a juicio, con una pronta y divertida respuesta consigue su libertad y
hace cambiar las leyes.
Ya se callaba Fiameta y todos reían aún del ingenioso
argumento usado por Scalza para ennoblecer sobre todos los otros a los Baronci,
cuando la reina mandó a Filostrato que novelase; y él comenzó a decir:
Valerosas señoras, buena cosa es saber hablar bien en
todas partes, pero yo juzgo que es buenísimo saber hacerlo cuando lo pide la
necesidad; lo que tan bien supo hacer una noble señora sobre la cual entiendo
hablaros que no solamente a diversión y risa movió a los oyentes, sino que a sí
misma se desató de los lazos de una infamante muerte, como oiréis.
En la ciudad de Prato había antes una ley, ciertamente no
menos condenable que dura, que, sin hacer distinción, mandaba que igual fuera
quemada la mujer que fuese por el marido hallada en adulterio con algún amante
como la que por dinero con algún otro hombre fuese encontrada. Y mientras había
esta ley sucedió que una noble señora, hermosa y enamorada más que ninguna
otra, cuyo nombre era doña Filipa, fue hallada en su propia alcoba una noche
por Rinaldo de los Pugliesi, su marido, en brazos de Lazarino de los
Guazzagliotri
[SC206], joven hermoso y noble de aquella ciudad, a quien
ella como a sí misma amaba y era amada por él; la cual cosa viendo Rinaldo, muy
enfurecido, a duras penas se contuvo de echarse encima de ellos y matarlos, y
si no hubiese sido porque temía por sí mismo, siguiendo el ímpetu de su ira lo
habría hecho.
Sujetándose, pues, en esto, no se pudo sujetar de querer
que lo que a él no le era lícito hacer lo hiciese la ley pratense, es decir,
matar a su mujer. Y por ello, teniendo para probar la culpa de la mujer muy
convenientes testimonios, al hacerse de día, sin cambiar de opinión, acusando a
su mujer, la hizo demandar. La señora, que de gran ánimo era, como generalmente
suelen ser quienes enamoradas están de verdad, aunque desaconsejándoselo muchos
de sus amigos y parientes, decidió firmemente comparecer y mejor querer,
confesando la verdad, morir con valiente ánimo que vilmente, huyendo, ser
condenada al exilio por rebeldía y declararse indigna de tal amante como era
aquel en cuyos brazos había estado la noche anterior. Y muy bien acompañada de
mujeres y de hombres, por todos exhortada a que negase, llegada ante el
podestá, preguntó con firme gesto y con segura voz qué quería de ella. El
podestá, mirándola y viéndola hermosísima y muy admirable en sus maneras, y de
gran ánimo según sus palabras testimoniaban, sintió compasión de ella, temiendo
que fuera a confesar una cosa por la cual tuviese él que hacerla morir si
quería conservar su reputación.
Pero no pudiendo dejar de preguntarle aquello de que era
acusada, le dijo:
—Señora, como veis, aquí está Rinaldo vuestro marido y se
querella contra vos, a quien dice que ha encontrado en adulterio con otro
hombre, y por ello pide que yo, según una ley dispone, haciéndoos morir os
castigue; pero yo no puedo hacerlo si vos no confesáis, y por ello cuidaos bien
de lo que vais a responder, y decidme si es verdad aquello de que vuestro
marido os acusa.
La señora, sin amedrentarse un punto, con voz asaz
placentera, repuso:
—Señor, es verdad que Rinaldo es mi marido y que la noche
pasada me encontró en brazos de Lazarino, en los que muchas veces he estado por
el buen y perfecto amor que le tengo, y esto nunca lo negaré. Pero como estoy
segura que sabéis, las leyes deben ser iguales para todos y hechas con
consentimiento de aquellos a quienes afectan; cosas que no ocurren con ésta,
que solamente obliga a las pobrecillas mujeres, que mucho mejor que los hombres
podrían satisfacer a muchos; y además de esto, no ya ninguna mujer, cuando se
hizo, le prestó consentimiento sino que ninguna fue aquí llamada; por las
cuales cosas merecidamente puede decirse que es mala. Y si queréis en perjuicio
de mi cuerpo y de vuestra alma ser ejecutor de ella, a vos lo dejo; pero antes
de que procedáis a juzgar nada, os ruego que me concedáis una pequeña gracia,
que es que preguntéis a mi marido si yo, cada vez y cuantas veces él quería,
sin decirle nunca que no, le concedía todo de mí misma o no.
A lo que Rinaldo, sin esperar a que el podestá se lo
preguntase, prestamente repuso que sin duda alguna su mujer siempre que él la
había requerido le había concedido cuanto quería.
—Pues —siguió rápidamente la señora— yo os pregunto, señor
podestá, si él ha tomado de mí siempre lo que ha necesitado y le ha gustado,
¿qué debía hacer yo (o debo) con lo que me sobra? ¿Debo arrojarlo a los perros?
¿No es mucho mejor servírselo a un hombre noble que me ama más que a sí mismo
que dejar que se pierda o se estropee?
Estaban allí para semejante interrogatorio de tan famosa
señora casi todos los pratenses reunidos, los cuales, al oír tan aguda
respuesta, enseguida, luego de mucho reír, a una voz gritaron que la señora
tenía razón y decía bien; y antes de que se fuesen de allí, exhortándoles a
ello el podestá, modificaron la cruel ley y dejaron que solamente se refiriese
a las mujeres que por dinero faltasen contra sus maridos. Por la cual cosa
Rinaldo, quedándose confuso con tan loca empresa, se fue del tribunal; y la señora,
alegre y libre, del fuego resucitada, a su casa se volvió llena de gloria.
NOVELA OCTAVA
Fresco aconseja a su sobrina que no se mire al espejo si
los fastidiosos le eran tan molestos de ver como decía.
La historia contada por Filostrato primero ofendió con
alguna vergüenza los corazones de las señoras que escuchaban, y con el rubor
que apareció en su rostro dieron de ello señal; y luego, mirándose la una a la
otra, apenas pudiendo contener la risa, la escucharon riendo a escondidas. Pero
luego de que llegó el fin, la reina, volviéndose a Emilia, le ordenó que
siguiese; la cual, no de otro modo que si se levantase de dormir, suspirando,
comenzó:
Atrayentes jóvenes, porque un largo pensamiento me ha
tenido un buen rato lejos de aquí, para obedecer a nuestra reina, tal vez con
una mucho más corta historia de lo que lo habría hecho si hubiese tenido ánimo,
cumpliré, contándoos el tonto error de una joven corregido por unas ingeniosas
palabras de un tío suyo si ella hubiera sido capaz de entenderlo.
Uno, pues, que se llamó Fresco de Celático
[SC207], tenía una sobrina llamada cariñosamente Cesca, la
cual, aunque tuviese gallarda figura y rostro, no era sin embargo de esos
angelicales que muchas veces vemos, pero en tanto y tan noble se reputaba que
había tomado por costumbre censurar a los hombres y las mujeres y todas las
cosas que veía sin mirarse en nada a sí misma, que era mucho más fastidiosa,
cansina y enfadosa que ninguna, porque a su gusto nada podía hacerse; y tan
altanera era, además de todo esto, que si hubiera sido hija del rey de Francia
habría sido excesivo. Y cuando iba por la calle tanto le olía a quemado que no
hacía sino torcer el gesto como si le llegara hedor de aquel a quien viera o
encontrara. Ahora, dejando otras muchas costumbres suyas desagradables y
fastidiosas, sucedió un día que, habiendo vuelto a casa, donde Fresco estaba, y
sentándose frente a él, toda deshecha en dengues no hacía sino suspirar; por lo
que preguntándole Fresco le dijo:
—Cesca, ¿qué es esto, que siendo hoy fiesta has vuelto tan
pronto a casa?
A quien, hecha melindres, le respondió:
—Es verdad que me he venido temprano porque no creo que
nunca en esta ciudad han sido los hombres y las mujeres tan fastidiosos y
molestos como hoy, y no hay nadie en la calle que no me desagrade como la mala
ventura; y no creo que haya mujer en el mundo a quien más fastidie ver a la
gente desagradable que a mí, y por no verla me he venido tan pronto.
Fresco, a quien grandemente desagradaban las maneras
afectadas de la sobrina, dijo:
—Hija, si así te molestan los fastidiosos como dices, si
quieres vivir contenta, no te mires nunca al espejo.
Pero ella, más hueca que una caña y a quien le parecía
igualar a Salomón en inteligencia, no de otra manera que hubiese hecho un
borrego entendió las acertadas palabras de Fresco; contestó que le gustaba
mirarse al espejo como a las demás; y así en su ignorancia siguió, y todavía
sigue.
NOVELA NOVENA
Guido Cavalcanti
[SC208] injuria cortésmente con unas palabras ingeniosas a
algunos caballeros florentinos que lo habían sorprendido.
Advirtiendo la reina que Emilia se había desembarazado de
su historia y que a nadie quedaba por novelar sino a ella, excepto a aquél que
tenía el privilegio de decirla al final, así comenzó a decir:
Aunque, gallardas señoras, hoy me habéis quitado más de
dos historias entre las que yo había pensado contar una, no ha dejado de
quedarme una para contar en cuya conclusión se contienen tales palabras que tal
vez ningunas se han contado de tanta sabiduría.
Debéis, pues, saber que en tiempos pasados había en
nuestra ciudad muchas bellas y encomiables costumbres (de las cuales hoy no ha
quedado ninguna por causa de la avaricia que en ella ha crecido con las
riquezas, que ha desterrado a todas) entre las cuales había una según la cual
en diversos lugares de Florencia se reunían los nobles de los barrios y hacían
grupos de cierto número, cuidando de poner en ellos a quienes soportar pudiesen
cumplidamente los gastos, y hoy uno mañana otro, y así sucesivamente todos
invitaban a comer, cada uno el día que le correspondiese, a todo el grupo; y a
la mesa frecuentemente invitaban a nobles forasteros, cuando allí llegaban, o a
otros ciudadanos; y también se vestían de la misma manera al menos una vez al
año; y juntos los días festivos cabalgaban por la ciudad, y a veces justaban, y
máximamente en las fiestas principales o cuando alguna noticia alegre de
victoria o de otra cosa hubiera llegado a la ciudad.
Entre las cuales compañías había una de micer Betto
Brunelleschi
[SC209], a la que micer Betto y los compañeros se habían
esforzado mucho por atraer a Guido, de micer Cavalcanti de los Cavalcanti, no
sin razón, porque además de que era uno de los mejores lógicos que hubiera en
su tiempo en el mundo y un óptimo filósofo natural (cosas de las cuales poco
cuidaba la compañía) fue tan donoso y cortés y elocuente hombre que todo lo que
quería hacer y de un noble era propio, supo hacerlo mejor que nadie; y además
de esto era riquísimo y lo más que pueda decir la lengua sabía honrar a quien
le parecía que valiese. Pero micer Betto nunca había podido tenerlo y creía él
con sus compañeros que ello ocurría porque Guido, en sus especulaciones, muchas
veces mucho se abstraía de los hombres; y porque en algunas cosas compartía las
opiniones de los epicúreos se decía entre la gente vulgar que estas
especulaciones suyas estaban solamente en buscar si podía probar que Dios no
existía.
Ahora, sucedió un día que, habiendo salido Guido de Orto
San Michele y viniendo por el corso de los Adimari hasta San Giovanni, que
muchas veces era su camino, estando allí esos sepulcros grandes de mármol que
hoy están en Santa Reparata y otros muchos alrededor de San Giovanni
[SC210], y estando él entre las columnas de pórfiro que
allí hay y aquellas tumbas y la puerta de San Giovanni, que cerrada estaba,
micer Betto con su compañía a caballo, viendo a Guido allí entre aquellas
sepulturas, dijeron:
—Vamos a gastarle una broma.
Y espoleados los caballos, a guisa de un asalto bullicioso
estuvieron encima casi antes de que él se diera cuenta, y comenzaron a decirle:
—Guido, tú te niegas a entrar en nuestra compañía; pero
di, cuando hayas encontrado que Dios no existe, ¿qué harás?
A quienes Guido, viéndose rodeado por ellos, prestamente
dijo:
—Señores, en vuestra casa podéis decirme todo lo que os
plazca.
Y poniendo la mano sobre una de aquellas tumbas, que eran
grandes, como agilísimo que era dio un salto y se puso del otro lado y,
librándose de ellos, se fue. Ellos se quedaron todos mirándose unos a otros y
comenzaron a decir que era un aturdido y que lo que había contestado no quería
decir nada, siendo como era que allí donde estaban no tenían ellos nada más que
hacer que todos los demás ciudadanos, y no Guido menos que ninguno de ellos.
Micer Betto, volviéndose a ellos, dijo:
—Los aturdidos sois vosotros si no lo habéis entendido:
nos ha dicho cortésmente y con pocas palabras la mayor injuria del mundo,
porque, si bien lo miráis, estas sepulturas son las casas de los muertos,
porque en ellas se los pone y se quedan los muertos; las cuales dice que son
nuestra casa, y nos prueba que nosotros y los demás hombres incultos y no
letrados somos, en comparación de él y de los otros hombres de ciencia, peor
que muertos, y por ello al estar aquí estamos en nuestra casa.
Entonces todos entendieron lo que Guido había querido
decir, y avergonzándose, nunca más le gastaron bromas; y tuvieron en adelante a
micer Betto por sutil y entendido caballero.
NOVELA DÉCIMA
Fray Cebolla promete a algunos campesinos mostrarles la
pluma del ángel Gabriel; al encontrar en lugar de ella unos carbones, dice que
son de aquellos que asaron a San Lorenzo.
Habiendo todos los de la compañía completado sus
historias, conoció Dioneo que a él le tocaba tener que contar; por la cual
cosa, sin demasiado esperar un mandato solemne, impuesto silencio a quienes las
agudas palabras de Guido alababan, comenzó:
Graciosas señoras, aunque tenga por privilegio poder
hablar de lo que más me agrade, no entiendo hoy querer separarme de aquella
materia de que vosotras todas habéis muy apropiadamente hablado; sino siguiendo
vuestras huellas entiendo mostraros cuán cautamente con un súbito expediente
uno de los frailes de San Antonio
[SC211] escapó a una burla que por dos jóvenes le había
sido preparada. Y no deberá seros penoso que, para bien contar la historia
completa, algo me extienda al hablar, si miráis al sol que todavía está en
mitad del cielo.
Certaldo, como tal vez habéis podido oír, es un burgo de
Valdelsa situado en nuestros campos el cual, aunque sea pequeño, estuvo
antiguamente habitado por hombres nobles y acaudalados; al cual, porque se
encontraban buenos pastos, acostumbraba a ir durante mucho tiempo, todos los
años una vez, a recoger las limosnas que le daban los tontos, un fraile de San
Antonio cuyo nombre era fray Cebolla, tal vez no menos por el nombre que por
otra devoción bien visto allí, como sea que aquel terreno produce cebollas famosas
en toda Toscana. Era este fray Cebolla pequeño de persona, de pelo rojo y
alegre gesto, y lo más campechano del mundo; y además de esto, no teniendo
ninguna ciencia, tan óptimo hablador y rápido que quien no lo hubiera conocido
no solamente lo habría estimado por gran retórico sino que habría dicho que era
el mismo Tulio o tal vez Quintiliano; y casi de todos los de la comarca era
compadre o amigo o bienquisto.
El cual, según su costumbre, en el mes de agosto allí se
fue una vez entre otras y un domingo por la mañana, habiendo todos los buenos
hombres y las mujeres de las aldeas de alrededor venido a misa a la parroquia,
cuando le pareció oportuno, avanzando hacia ellos, dijo:
—Señores y señoras, como sabéis, vuestra costumbre es
mandar todos los años a los pobres del barón señor San Antonio algo de vuestro
grano y de vuestras mieses, quién poco y quién mucho, según sus posibilidades y
su devoción, para que el beato San Antonio os guarde vuestros bueyes y los
burros y las ovejas; Y además de esto, soléis pagar, y especialmente quienes a
nuestra cofradía están apuntados, esa pequeña cuota que se paga una vez al año.
Para recoger las cuales cosas he sido mandado por mi superior, es decir, por el
señor abad; y por ello con la bendición de Dios, después de nona, cuando oigáis
tocar las campanillas, venid aquí fuera de la iglesia, donde yo os echaré el
sermón al modo usado y besaréis la cruz; y además de esto, porque sé que todos
sois devotísimos del barón San Antonio, como gracia especial os mostraré una
santísima y bella reliquia, que yo mismo he traído de tierras de ultramar
[SC212], y es una de las plumas del ángel Gabriel, que en
la alcoba de la Virgen María se quedó cuando vino a visitarla a Nazaret.
Y dicho esto se calló y volvió a su misa. Había, cuando
fray Cebolla decía estas cosas, entre otros muchos jóvenes en la iglesia, dos
muy astutos, llamado el uno Giovanni del Bragoniera y el otro Biagio Pizzini
[SC213], los cuales, luego de que algún tanto se hubieron
reído entre sí de la reliquia de fray Cebolla, aunque eran muy amigos suyos y
de su compañía, se propusieron hacerle alguna burla con esta pluma. Y habiendo
sabido que fray Cebolla por la mañana almorzaba en el castillo
[SC214] con un amigo suyo, al sentirlo sentado a la mesa
se bajaron a la calle y al albergue donde estaba hospedado el fraile se fueron,
con el propósito de que Biagio debía dar conversación al criado de fray Cebolla
y Giovanni debía entre las cosas del fraile buscar aquella pluma, fuese la que
fuese, y quitársela, para ver qué decía él al pueblo de este asunto.
Tenía fray Cebolla un criado a quien algunos llamaban
Guccio Balena y otros Guccio Imbratta, y quien le decía Guccio Porco
[SC215], el cual era tan feo que no es verdad que Lippo
Topo
[SC216] pintase a alguien semejante. Del que muchas veces
fray Cebolla acostumbraba a reírse con su compañía y a decir:
—Mi criado tiene nueve cosas tales que si una cualquiera
de ellas se encontrase en Salomón, en Aristóteles o en Séneca tendría la fuerza
de estropear todo su entendimiento, toda su virtud, toda su santidad. ¡Pensad
qué hombre debe ser éste en quien ni virtud, ni entendimiento ni santidad
alguna hay, habiendo nueve cosas!
Y siendo alguna vez preguntado que cuáles eran estas nueve
cosas, y habiéndolas puesto en verso, respondía:
—Os las diré: es calmoso, pringoso y mentiroso;
negligente, desobediente y malediciente; descuidado, desmemoriado y maleducado,
sin contar con que tiene algunos defectillos, además de éstos que mejor es
callarlos. Y lo que es sumamente risible de sus asuntos es que en todos los
sitios quiere tomar mujer y arrendar una casa, y teniendo la barba larga y
negra y grasienta le parece que es tan hermoso y placentero que cree que
cuantas mujeres le ven se enamoran de él y si se le dejase andaría detrás de
todas perdiendo las calzas. Y es verdad que me es de gran ayuda porque nunca
hay nadie que me quiera hablar tan en secreto que él no quiera oír su parte, y
si sucede que me pregunten alguna cosa siente tanto miedo de que yo no sepa
responder que prestamente responde él sí o no, según juzga que conviene.
A éste, al dejarlo en el albergue, fray Cebolla le había
mandado que mirase bien que nadie tocase sus cosas, y especialmente sus
alforjas que es donde estaban las cosas sagradas; pero Guccio Imbratta, que más
gustaba de estar en la cocina que el ruiseñor sobre las verdes ramas, y
máximamente si a alguna sirvienta olía por allí, habiendo visto a una del
hospedero, grasienta y gruesa y pequeña y mal hecha, con un par de tetas que
parecían dos canastas de abono y con una cara que parecía de los Baronci, toda
sudada, mugrienta y ahumada, no de otro modo que el buitre se arroja sobre la
carroña, abandonando la cámara de fray Cebolla y todas sus cosas, allá se dejó
caer.
Y aunque fuese agosto, sentándose junto al fuego comenzó
con ésta, que Nuta tenía por nombre, a entrar en conversación y a decirle que
él era hombre noble por delegación y que tenía más de milientainueve florines,
sin contar con los que tenía que dar a otro que eran más o menos los mismos, y
que sabía hacer y decir tantas más cosas que ni el dómine unquanque. Y sin
mirar un capuz suyo que tenía tanta grasa que habría servido para condimentar
la caldera de Altopascio
[SC217], y a su jubonzuelo roto y remendado, y alrededor
del cuello y bajo los sobacos esmaltado de mugre con más manchas y más colores
que nunca tuvieron los paños tártaros o indios y a sus zapatillas todas rotas y
a las calzas descosidas, le dijo, como si hubiera sido el señor de Chatilión
[SC218], que quería darle vestidos y pulirla y sacarla de
aquella esclavitud de estar en casa ajena, y sin tener grandes posesiones,
ponerla en estado de esperar mejor fortuna; y muchas otras cosas, las cuales,
por muy afectuosamente que las dijese, convertidas en aire como ocurría con la
mayoría de sus empresas, se quedaron en nada.
Encontraron, así, los dos jóvenes a Guccio Porco ocupado
con Nuta; de la cual cosa contentos, porque la mitad del trabajo se ahorraban,
no impidiéndoselo nadie, en la cámara de fray Cebolla, que encontraron abierta,
entrados, la primera cosa que cogieron para buscar en ella fue la alforja donde
estaba la pluma; y abierta la cual, encontraron en un gran paquete de cendales
envuelta una pequeña arqueta donde, abierta, encontraron una pluma de aquéllas
de la cola de un papagayo, que pensaron que debía ser la que había prometido
mostrar a los certaldeños. Y ciertamente podía en aquellos tiempos fácilmente
hacérselo creer, porque todavía los lujos de Egipto no habían llegado a Toscana
sino en pequeña cantidad y no como después en grandísima abundancia, con ruina
de toda Italia han llegado; y si eran poco conocidos en aquella comarca, no
eran nada conocidos por los habitantes; sino que, conservándose todavía la ruda
honestidad de los antiguos no sólo no habían visto papagayos, sino que ni de
lejos la mayor parte nunca habían oído hablar de ellos.
Contentos, pues, los jóvenes de haber encontrado la pluma,
la cogieron, y para no dejar la arqueta vacía, viendo carbones en un rincón de
la cámara, llenaron con ellos la arqueta; y cerrándola y cerrando todas las
cosas como las habían encontrado, sin haber sido vistos, se fueron contentos
con la pluma y se pusieron a esperar lo que fray Cebolla, al encontrar carbones
en lugar de la pluma, iba a decir. Los hombres y las mujeres sencillos que
estaban en la iglesia, al oír que iban a ver la pluma del arcángel Gabriel
después de nona, terminada la misa se volvieron a casa; y diciéndoselo de un
vecino a otro y de una comadre a otra, al terminar todos de almorzar, tantos
hombres y tantas mujeres acudieron al castillo que apenas cabían allí,
esperando con deseo de ver aquella pluma.
Fray Cebolla, habiendo almorzado bien y luego dormido un
rato, se levantó un poco después de nona y sintiendo que una multitud grande de
campesinos había venido para ver la pluma, mandó a decir a Guccio Imbratta que
allí con las campanillas subiera y trajese sus alforjas. El cual, luego que con
trabajo de la cocina y de la Nuta se arrancó, con las cosas pedidas, con lento
paso, allá se fue, y llegando allí sin aliento porque el beber agua le había
hecho hincharse mucho el cuero, por mandato de fray Cebolla, bajo la puerta de
la iglesia se fue y comenzó a tocar fuertemente las campanillas. Después de que
todo el pueblo se reunió, fray Cebolla, sin haberse apercibido de que nada le
hubieran tocado, comenzó su sermón y a favor de sus intenciones dijo muchas palabras;
y teniendo que llegar a mostrar la pluma del ángel Gabriel, diciendo primero
con gran solemnidad el Confiteor, hizo encender dos antorchas, y desenrollando
delicadamente los cendales, habiéndose quitado primero la capucha, fuera sacó
la arqueta; y diciendo primeramente unas palabritas en alabanza y loa del
arcángel Gabriel y de su reliquia, abrió la arqueta. Y cuando llena de carbones
la vio, no sospechó que aquello Guccio Balena lo hubiera hecho porque sabía que
no alcanzaba a tanto, ni lo maldijo por no haber cuidado de que otro no lo
hiciera; sino que se insultó tácitamente por haberle encomendado la guarda de
sus cosas sabiéndolo como lo sabía negligente, desobediente, descuidado y
desmemoriado; pero sin embargo, sin cambiar de color, alzando el rostro y las
manos al cielo dijo de manera que fue oído por todos:
—¡Oh, Dios, alabado sea siempre tu poder!
Luego, volviendo a cerrar la arqueta y volviéndose al
pueblo, dijo:
—Señores y señoras, debéis saber que siendo yo todavía muy
joven fui enviado por un superior mío a aquella parte por donde aparece el sol,
y me fue ordenado con mandamiento expreso que buscase los privilegios de
Porcellana
[SC219], los cuales, aunque como indulgencias no costasen
nada, mucho más útiles les son a otros que a nosotros; por la cual cosa,
poniéndome en camino, partiendo de Vinegia y yendo por el Burgo de Griegos
[SC220] y de allí adelante cabalgando por el reino del
Garbo y por Baldacca, llegué al Parión de donde, no sin sed, luego de un tanto
llegué a Cerdeña. ¿Pero por qué voy diciéndoos todos los países por donde fui
buscando? Llegué, pasado el estrecho de San Giorgio, a Estafia y a Befia,
países muy habitados y con muchas gentes, y de allí llegué a la Tierra de la
Mentira, donde a muchos de nuestros frailes y de otras religiones encontré, los
cuales todos andaban evitando los disgustos por amor de Dios, poco cuidándose
de otros trabajos cuando veían que perseguían su utilidad, no gastando más
moneda que la que no estaba acuñada por aquellos países; y pasando de allí a la
tierra de los Abruzzos, donde los hombres y las mujeres van sin zuecos por los
montes, vistiendo a los puercos con sus mismas tripas
[SC221], y poco más allá me encontré a gentes que llevan
el pan en los bastones y el vino en los morrales, desde donde llegué a las
montañas de los vascos, donde todas las aguas corren hacia abajo.
»Y en resumen, tanto anduve que llegué hasta la India
Pastinaca
[SC222], en donde os juro, por el hábito que llevo, que vi
volar a los plumíferos, cosa increíble para quien no los haya visto; pero no me
deje mentir Maso del Saggio
[SC223] a quien encontré allí hecho un gran mercader que
cascaba nueces y vendía las cáscaras al por menor. Pero no pudiendo lo que
estaba buscando encontrar, porque de allí en adelante se va por el mar,
volviéndome atrás, llegué a esas santas tierras donde en el verano os cuesta el
pan frío cuatro dineros y el caldo nada os cuesta
[SC224]; y allí encontré al venerable padre señor
Non-me-blasméis-si-os-place
[SC225], dignísimo patriarca de Jerusalén, el cual, por
reverencia al hábito que siempre he llevado del barón señor San Antonio, quiso
que viese ya todas las santas reliquias que tenía junto a sí, y fueron tantas
que, si quisiese describiros todas no vendrían a término en tal milla; pero por
no dejaros desilusionados os diré, sin embargo, algunas. Primeramente me mostró
el dedo del Espíritu Santo tan entero y sano como nunca lo estuvo, y el tupé
del serafín que se apareció a San Francisco, y una de las uñas de los
querubines, y una de las costillas del Verbum-caripuesto-alajimez
[SC226], y de los vestidos de la santa fe católica y
algunos de los rayos de la estrella que se apareció a los tres Magos de
Oriente, y una ampolla con el sudor de San Miguel cuando combatió con el
diablo, y la mandíbula de la muerte de San Lázaro y otras
[SC227]. Y porque yo libremente le entregué las laderas de
Montemoreno en vulgar y algunos capítulos del Caprezio que largamente había
estado buscando, él me hizo partícipe de sus santas reliquias y me donó uno de
los dientes de la santa cruz y en una ampolleta algo del sonido de las campanas
del templo de Salomón y la pluma del arcángel Gabriel, de la cual ya os he
hablado, y uno de los zuecos de San Gherardo de Villamagna
[SC228], el cual yo, no hace mucho, en Florencia di a
Gherardo de los Bonsi
[SC229], que tiene en él grandísima devoción; y me dio los
carbones con los que fue asado el bienaventurado mártir San Lorenzo; las cuales
cosas todas aquí conmigo traje devotamente, y todas las tengo.
»Y es la verdad que mi superior nunca ha permitido que las
mostrase hasta tanto que no se ha certificado si son ciertas o no, pero ahora
que por algunos milagros hechos por ellas y por cartas recibidas del patriarca
se ha asegurado, me ha concedido la licencia para que os las muestre; pero yo,
temiendo confiárselas a nadie, siempre las llevo conmigo. Cierto que llevo la
pluma del arcángel Gabriel, para que no se estropee, en una arqueta, y los
carbones con los cuales fue asado San Lorenzo en otra, las cuales son tan
semejantes la una a la otra que muchas veces he cogido la una por la otra, y
ahora me ha ocurrido; y creyendo que había traído la arqueta donde estaba la
pluma, he traído aquella en donde están los carbones. Lo que no reputo como
error sino que me parece que sea cierto que haya sido la voluntad de Dios y que
Él mismo haya puesto la arqueta de los carbones en mis manos, acordándome yo
hace poco que la fiesta de San Lorenzo es de aquí a dos días; y por ello,
queriendo Dios que yo, al mostraros los carbones con los que fue asado,
encienda en vuestras almas la devoción que en él debéis tener, no la pluma que
quería sino los benditos carbones rociados con el humor de aquel santísimo
cuerpo me hizo coger. Y por ello, hijos benditos, quitaos las capuchas y
acercaos aquí devotamente a verlos. Pero primero quiero que sepáis que
cualquiera que por estos carbones es tocado con la señal de la cruz puede vivir
seguro todo el año de que no le quemará fuego que no sienta.
Y luego que hubo dicho así, cantando un laude de San
Lorenzo, abrió la arqueta y mostró los carbones, los cuales luego de que un
rato la estúpida multitud hubo mirado con reverente admiración, con grandísimo
ruido de pies todos se acercaron a fray Cebolla, y dando mayores limosnas de lo
que acostumbraban, que les tocase con ellos le rogaban todos. Por la cual cosa,
fray Cebolla, cogiendo aquellos carbones en la mano, sobre sus camisolas
blancas y sobre los jubones y sobre los velos de las mujeres comenzó a hacer
las cruces mayores que le cabían, afirmando que cuanto se gastaban al hacer
aquellas cruces lo crecían después en la arqueta, como él había experimentado
muchas veces. Y de tal guisa, no sin grandísima utilidad suya, habiendo cruzado
a todos los certaldeños, por su rápida invención se burló de aquellos que,
quitándole la pluma, habían querido burlarse de él. Los cuales, estando en su
sermón y habiendo oído el extraordinario remedio encontrado por él, y cómo se
las había arreglado y con qué palabras, se habían reído tanto que habían creído
que se les desencajaban las mandíbulas; y luego de que se hubo ido el vulgo,
yendo a él, con la mayor fiesta del mundo lo que habían hecho le descubrieron y
luego le devolvieron su pluma, la cual al año siguiente le valió no menos que
aquel día le habían valido los carbones.
Esta historia dio por igual a toda la compañía grandísimo
placer y solaz y mucho se rieron todos de fray Cebolla y máximamente de su
peregrinación y de las reliquias tanto vistas por él como traídas; la cual
sintiendo la reina que había acabado, e igualmente su señorío, poniéndose en
pie, se quitó la corona y, riendo, se la puso en la cabeza a Dioneo y dijo:
—Es tiempo, Dioneo, que algo pruebes la carga que es tener
que guiar y gobernar a las mujeres; sé, pues, rey, y reina de tal manera que al
final de tu gobierno lo alabemos.
Dioneo, recibiendo la corona, repuso riendo:
—Muchas veces podéis haber visto reyes de ajedrez que son
más preciosos de lo que yo soy; y por cierto que si me obedecieseis como a un
verdadero rey se obedece, os haría gozar de aquello sin lo cual es verdad que
ninguna fiesta es totalmente alegre. Pero dejemos estas palabras; gobernaré
como pueda.
Y haciendo, según la costumbre usada, venir al senescal,
lo que tenía que hacer mientras durase su señorío le mandó; y luego dijo:
—Valerosas señoras, de diversas maneras se ha hablado aquí
tanto del ingenio humano y de los varios sucesos que, si la señora Licisca
[SC230] no hubiese venido aquí hace un rato (que con sus
palabras me ha dado la materia de las futuras narraciones de mañana) temo que
me hubiera costado mucho tiempo encontrar tema sobre el que hablar. Ella, como
habéis oído, dijo que no tenía una vecina que hubiera ido doncella a su marido,
y añadió que bien sabía cuántas y cuáles burlas seguían las casadas haciendo a
sus maridos. Pero dejando la primera parte, que es cosa de criaturas, pienso
que la segunda deba ser divertida para hablar de ella, y por ello quiero que
mañana se digan, puesto que la señora Licisca nos ha dado el motivo, burlas que
por amor o por salvación suya han hecho las mujeres a sus maridos, habiéndose
ellos apercibido o no.
Hablar de tal materia parecía a algunas de las damas que
no era apropiado para ellas y le rogaban que cambiase el tema propuesto; a
quienes el rey respondió:
—Señoras, sé lo que he ordenado mejor que vosotras, y de
ordenarlo no me podréis apartar por lo que queréis mostrarme, considerando que
estamos en tales tiempos
[SC231] que con guardarse los hombres y las mujeres de
obrar deshonestamente toda conversación está permitida. Pues ¿no sabéis que por
la perversidad de esta temporada los jueces han abandonado los tribunales, las
leyes tanto divinas como humanas están calladas y amplia licencia para
conservar la vida se ha concedido a cada uno? Por lo que, si algo se relaja
vuestra honestidad al hablar, no para seguir con las obras nada desordenado
sino para deleite de los demás y vuestro, no veo con qué argumento os pueda en
el porvenir ser reprochado por nadie. Además de esto, nuestra compañía, desde
el primer momento hasta esta hora honestísima, por nada que se diga no me
parece que en ningún acto se manche ni sea manchada, con la ayuda de Dios.
Además, ¿quién no conoce vuestra honestidad? La cual no ya las conversaciones
divertidas sino el terror de la muerte creo que no podría desalentar. Y por
decir verdad, quien supiera que dejasteis de hablar de estas chanzas alguna vez
acaso sospecharía que fueseis culpables de lo que teníais que narrar y que por
ello no quisisteis. Sin contar con que bien me honraríais si habiendo yo
obedecido a todas, ahora, habiéndome hecho vuestro rey, quisierais imponerme la
ley y no hablar de lo que yo ordenase. Dejad, pues, este temor más propio de
ánimos bajos que de los nuestros, y buena suerte tenga cada una en pensar una
buena historia.
Cuando las señoras esto hubieron oído dijeron que fuera
así como a él le pluguiese; por lo que el rey hasta la hora de la cena dio a
cada uno licencia de hacer lo que gustase.
Estaba el sol todavía muy alto porque las narraciones
habían sido breves; por lo que, habiéndose Dioneo con los otros jóvenes puesto
a jugar a las tablas, Elisa, llamando aparte a las otras señoras, dijo:
—Desde que estarnos aquí he deseado llevaros a un lugar
muy cerca de éste donde no creo que ninguna de vosotras haya estado, y se llama
el Valle de las Damas; y hasta ahora no he visto el momento de poderos llevar
allí sino hoy, puesto que el sol está aún alto; y por ello, si os place venir,
no dudo que cuando estéis allí no estéis contentísimas de haber estado.
Las señoras dijeron que estaban dispuestas, y llamando a
una de sus criadas, sin decir nada a los jóvenes, se pusieron en camino; y no
habían andado más de una milla cuando llegaron al Valle de las Damas; dentro
del cual, por un camino muy estrecho por una de cuyas partes corría un
clarísimo arroyo, entraron; y lo vieron tan hermoso y tan deleitoso, y
especialmente en aquel tiempo en que el calor era grande cuanto más podría
imaginarse. Y según me dijo luego alguna de ellas, el llano que había en el valle
era tan redondo como si hubiera sido trazado con compás aunque artificio de la
naturaleza y no de la mano del hombre pareciese; y tenía de contorno poco más
de media milla, rodeado por seis montañitas no muy altas, y encima de la cumbre
de cada una se veía un edificio que tenía la forma de un hermoso castillito
[SC232].
Las laderas de tales montañitas declinando hacia la
llanura descendían como en los teatros vemos que desde la cima las gradas hasta
la parte más baja vienen sucesivamente ordenadas, estrechando siempre su
círculo. Y estaban estas laderas, cuantas a la vertiente del mediodía miraban,
todas con viñas, olivos, almendros, cerezos, higueras y otras clases muchas de
árboles frutales llenas sin dejar un palmo. Las que miraban al carro del
Septentrión
[SC233] todas eran de bosquecillos de chaparros, fresnos y
otros árboles verdísimos y lo más derechos que podían estar. La llanura de
abajo, sin tener más entrada que aquella por donde las damas habían venido,
estaba llena de abetos, de cipreses, de laureles y de algunos pinos, tan bien
compuestos y tan bien ordenados como si todos hubieran sido plantados por el
mejor artífice; y entre ellos poco sol o ninguno, entonces que estaba alto,
entraba hasta el suelo, que era todo un prado de hierba menudísima y llena de
flores purpúreas y de otras. Y además de esto, lo que no menos de deleite que
de otra cosa servía, había un arroyo que desde una de las calles que dos de
aquellas montañitas dividían, caía sobre peñas de roca viva y al caer hacía un
rumor muy deleitoso al oído, y al salpicar parecía de lejos plata viva
[SC234] que cayese de alguna cosa exprimida menudamente; y
al llegar abajo a la pequeña llanura, allí, recogido en una hermosa acequia
hasta la mitad de la llanura velocísimo, y formaba allí un pequeño lago como a
veces a modo de vivero hacen en su jardín los habitantes de las ciudades que de
ello tienen ocasión.
Y era este lago no más profundo de lo que sea la estatura
de un hombre hasta el pecho, y sin tener en sí mezcla alguna mostraba clarísimo
su fondo que era de menudísimos guijos que, quien no hubiese tenido otra cosa
que hacer, habría podido contarlos si quisiera; y no solamente al mirar se veía
el fondo del agua sino tantos peces acá y allá ir discurriendo que además de
deleite eran maravilla. Y no estaba cerrado por la otra orilla sino por el
suelo del prado, tanto más hermoso en su borde cuanto más humedad tenía de él.
El agua que desbordaba su capacidad la recibía otra acequia por la cual,
saliendo fuera del vallecito, a las partes más bajas corría.
Venidas, pues, aquí las jóvenes damas, luego de que por
todas partes hubieron mirado y alabado mucho el lugar, siendo grande el calor y
viendo el pequeño piélago delante y sin ningún temor de ser vistas, deliberaron
bañarse; y mandando a su criada que sobre el camino por donde habían estado se
quedase y mirase si alguien venía y se lo hiciera saber, las siete se
desnudaron y entraron en él, que no de otra manera escondía sus cándidos
cuerpos de lo que haría a una encarnada rosa un cristal sutil. Estando ellas
allí metidas sin que en nada se enturbiase el agua, comenzaron como podían a
andar de acá para allá detrás de los peces, los cuales mal tenían donde
esconderse, y a querer cogerlos con las manos. Y luego de que en tal diversión,
habiendo cogido algunos, estuvieron un rato, saliendo de allí se volvieron a
vestir y sin poder alabar más el lugar que lo habían alabado, pareciéndoles
tiempo de volverse a casa, con suave paso, hablando mucho de la belleza del
lugar, se pusieron en camino; y llegando a la villa a bastante buena hora,
todavía allí encontraron jugando a los jóvenes donde los habían dejado; a
quienes Pampínea, riendo, dijo:
—Pues ya os hemos engañado hoy.
—¿Y cómo? —dijo Dioneo—. ¿Comenzáis primero las obras que
las palabras?
Dijo Pampínea:
—Señor nuestro, sí.
Y extensamente le contó de dónde venían y cómo era el
lugar y cuánto distaba de allí y lo que habían hecho.
El rey, oyendo hablar de la belleza del lugar, deseoso de
verlo, prestamente hizo ordenar la cena; la cual luego de que con mucho placer
de todos se terminó, los tres jóvenes con sus sirvientes, dejando a las damas,
se fueron a este valle, y considerando cada cosa, no habiendo estado allí nunca
ninguno de ellos, alabaron aquello como una de las más bellas cosas del mundo;
y luego de que se hubieron bañado y volvieron a vestirse, como se hacía
demasiado tarde se volvieron a casa, donde encontraron a las mujeres que
danzaban una carola a un aria cantada por Fiameta; y con ellas, terminada su
carola, entrando en conversación sobre el Valle de las Damas, mucho bien y
muchas alabanzas dijeron. Por la cual cosa el rey, haciendo venir al senescal,
le mandó que a la mañana siguiente hiciera que allí fuesen preparadas las cosas
y fuera llevada alguna cama por si alguna quisiera dormir o acostarse la
siesta. Después de esto, haciendo venir luces y vino y dulces y un tanto
reconfortados, mandó que todo el mundo se pusiese a bailar; y habiendo iniciado
Pánfilo una danza por voluntad suya, el rey, volviéndose a Elisa, le dijo
amablemente:
—Hermosa joven, hoy me hiciste la honra de darme la
corona, y yo quiero hacerte a ti esta noche la de la canción; y por ello haz
una que diga lo que más te guste.
A quien Elisa repuso sonriendo que de buen grado, y con
suave voz comenzó de esta guisa:
Amor, si de tus garras yo saliera
no podría suceder
que otro de tus anzuelos más mordiera.
Yo era una niña cuando entré en tu guerra
creyendo que era suma y dulce paz,
y las armas dejé puestas en tierra
cual quien confía en uno que es veraz,
tú, desleal tirano, eres rapaz
y me hiciste caer
con tu armamento y con tu garra fiera.
Luego, bien apretada en tus cadenas,
a quien nació para verdugo mío,
llena de tristes lágrimas y penas
presa me diste, y tiene mi albedrío;
y es tan duro y cruel su señorío
que no pueden mover
su corazón mis suspiros ni ojeras.
Mis ruegos todos se los lleva el viento:
nadie me escucha ni me quiere oír,
y, si cada hora crece mi tormento,
viviendo con dolor no sé morir,
¡Ah, duélete, señor
[SC235] , de mi sufrir!
Lo que no puedo hacer
haz tú, y dámelo atado en forma fiera.
Y si no quieres, por lo menos suelta
el nudo con que me ata la esperanza.
¡Ah, que la libertad me sea devuelta!
Pues yo tendré, si lo haces, confianza
en ser bella de nuevo sin tardanza;
y sin más padecer
con blanca y roja flor ornada fuera
[SC236]
Luego de que con un suspiro muy apesadumbrado Elisa hubo
dado fin a su canción, aunque todos se maravillasen de tales palabras, ninguno
hubo que pudiera adivinar quién de tal cantar la razón fuese. Pero el rey, que
estaba de buen humor, haciendo llamar a Tíndaro, le ordenó que sacase su
cornamusa, al son de la cual hizo bailar muchas danzas; pero cuando ya buena
parte de la noche había pasado, dijo a todos que se fuesen a dormir.
TERMINA LA SEXTA JORNADA
SÉPTIMA JORNADA
COMIENZA LA SÉPTIMA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA CUAL,
BAJO EL GOBIERNO DE DIONEO, SE DISCURRE SOBRE BURLAS QUE POR AMOR O POR SU
SALVACIÓN HAN HECHO LAS MUJERES A SUS MARIDOS, HABIÉNDOSE APERCIBIDO ELLOS O
NO.
Todas las estrellas habían huido ya de las partes del
oriente, con la excepción de aquella que Lucifer llamamos, que todavía lucía en
la blanqueciente aurora, cuando el senescal, levantándose, con un gran equipaje
se fue al Valle de las Damas para disponer allí todas las cosas según la orden
y el mandato habido de su señor. Después de cuya marcha no tardó mucho en
levantarse el rey, a quien había despertado el estrépito de los cargadores y de
las bestias; y levantándose, hizo levantar a las señoras y a los jóvenes por
igual; y no despuntaban aún bien los rayos del sol cuando todos se pusieron en
camino. Y nunca hasta entonces les había parecido que los ruiseñores cantaban
tan alegremente y los otros pájaros como aquella mañana les parecía; por cuyos
cantos acompañados se fueron al Valle de las Damas, donde, recibidos por muchos
más, les pareció que con su llegada se alegrasen. Allí, dando una vuelta por él
y volviendo a mirarlo de arriba abajo, tanto más bello les pareció que el día
pasado cuanto más conforme era con su belleza la hora del día.
Y luego de que con el buen vino y los dulces hubieron roto
el ayuno para que por los pájaros no fuesen superados, comenzaron a cantar, y
junto con ellos el valle, siempre entonando las mismas canciones que decían
ellos a las que todos los pájaros, como si no quisiesen ser vencidos, dulces y
nuevas notas añadían. Mas luego que la hora de comer fue venida, puestas la,
mesas bajo los frondosos laureles y los otros verdes árboles, junto al bello
lago, como plugo al rey, fueron a sentarse, y mientras comían veían a lo peces
nadar por el lago en anchísimos bancos; lo que, tanto como de mirar daba a
veces motivo para conversar. Pero luego de que llegó el final del almuerzo, y
las viandas y las mesas fueron retiradas, todavía más contentos que antes
empezaron a cantar y luego de esto a tañer sus instrumentos y a danzar; y
después, habiéndose puesto camas en muchos lugares por el pequeño valle (todas
por el discreto senescal rodeadas de sargas francesas y de cortinas cerradas)
con licencia del rey, quien quiso pudo irse a dormir; y quien dormir no quiso,
con los otros a sus acostumbrados entretenimientos podía entregarse a su
placer. Pero llegada ya la hora en que todos estaban levantados y era tiempo de
recogerse a novelar, según quiso el rey, no lejos del lugar donde comido
habían, haciendo extender tapetes sobre la hierba y sentándose cerca del lago,
mandó el rey a Emilia que comenzase; la cual, alegremente, así comenzó a decir
sonriendo:
NOVELA PRIMERA
Gianni Lotteringhi oye de noche llamar a su puerta;
despierta a su mujer y ella le hace creer que es un espantajo; van a conjurarlo
con una oración y las llamadas cesan.
Señor mío, me hubiera agradado muchísimo, si a vos os
hubiera placido, que otra persona en lugar de mí hubiera a tan buena materia
como es aquella de que hablar debemos hoy dado comienzo; pero puesto que os
agrada que sea yo quien a las demás dé valor, lo haré de buena gana. Y me
ingeniaré, carísimas señoras, en decir, algo que pueda seros útil en el
porvenir, porque si las demás son como yo, todas somos medrosas, y máximamente
de los espantajos que sabe Dios que no sé qué son ni he encontrado hasta ahora
a nadie que lo supiera, pero a quienes todas tememos por igual
[SC237]; y para hacerlos irse cuando vengan a vosotras,
tomando buena nota de mi historia, podréis una santa y buena oración, y muy
valiosa para ello, aprender.
Hubo en Florencia, en el barrio de San Brancazio, un
vendedor de estambre que se llamó Gianni Lotteringhi, hombre más afortunado en
su arte que sabio en otras cosas, porque teniendo algo de simple, era con mucha
frecuencia capitán de los laudenses de Santa María la Nueva
[SC238], y tenía que ocuparse de su coro, y otras pequeñas
ocupaciones semejantes desempeñaba con mucha frecuencia, con lo que él se tenía
en mucho; y aquello le ocurría porque muy frecuentemente, como hombre muy
acomodado, daba buenas pitanzas a los frailes. Los cuales, porque el uno unas
calzas, otro una capa y otro un escapulario le sacaban con frecuencia, le
enseñaban buenas oraciones y le daban el paternoste en vulgar
[SC239] y la canción de San Alejo y el lamento de San
Bernardo y las alabanzas de doña Matelda y otras tonterías tales, que él tenía
en gran aprecio y todas por la salvación de su alma las decía muy
diligentemente. Ahora, tenía éste una mujer hermosísima y atrayente por esposa,
la cual tenía por nombre doña Tessa y era hija de Mannuccio de la Cuculía, muy
sabia y previsora, la cual, conociendo la simpleza del marido, estando
enamorada de Federigo de los Neri Pegolotti
[SC240], el cual hermoso y lozano joven era, y él de ella,
arregló con una criada suya que Federigo viniese a hablarle a una tierra muy
bella que el dicho Gianni tenía en Camerata, donde ella estaba todo el verano;
y Gianni alguna vez allí venía por la tarde a cenar y a dormir y por la mañana
se volvía a la tienda y a veces a sus laúdes.
Federigo, que desmesuradamente lo deseaba, cogiendo la
ocasión, un día que le fue ordenado, al anochecer allá se fue, y no viniendo
Gianni por la noche, con mucho placer y tiempo, cenó y durmió con la señora, y
ella, estando en sus brazos por la noche, le enseñó cerca de seis de los laúdes
de su marido. Pero no entendiendo que aquélla fuese la última vez como había
sido la primera, ni tampoco Federigo, para que la criada no tuviese que ir a
buscarle a cada vez, arreglaron juntos esta manera: que él todos los días,
cuando fuera o volviera de una posesión suya que un poco más abajo estaba, se
fijase en una viña que había junto a la casa de ella, y vería una calavera de
burro sobre un palo de los de la vid
[SC241], la cual, cuando con el hocico vuelto hacia
Florencia viese, seguramente y sin falta por la noche, viniese a ella, y si no
encontraba la puerta abierta, claramente llamase tres veces, y ella le abriría;
y cuando viese el hocico de la calavera vuelto hacia Fiésole no viniera porque
Gianni estaría allí.
Y haciendo de esta manera, muchas veces juntos estuvieron;
pero entre las otras veces hubo una en que, debiendo Federigo cenar con doña
Tessa, habiendo ella hecho asar dos gordos capones, sucedió que Gianni, que no
debía venir, muy tarde vino. De lo que la señora mucho se apesadumbró, y él y
ella cenaron un poco de carne salada que había hecho salcochar aparte; y la
criada hizo llevar, en un mantel blanco, los dos capones guisados y muchos
huevos frescos y una frasca de buen vino a un jardín suyo al cual podía
entrarse sin ir por la casa y donde ella acostumbraba a cenar con Federigo
alguna vez, y le dijo que al pie de un melocotonero que estaba junto a un
pradecillo aquellas cosas pusiera; y tanto fue el enojo que tuvo, que no se
acordó de decirle a la criada que esperase hasta que Federigo viniese y le
dijera que Gianni estaba allí y que cogiera aquellas cosas del huerto. Por lo
que, yéndose a la cama Gianni y ella, y del mismo modo la criada, no pasó mucho
sin que Federigo llegase y llamase una vez claramente a la puerta, la cual
estaba tan cerca de la alcoba, que Gianni lo sintió incontinenti, y también la
mujer; pero para que Gianni nada pudiera sospechar de ella, hizo como que
dormía.
Y, esperando un poco, Federigo llamó la segunda vez; de lo
que maravillándose Gianni, pellizcó un poco a la mujer y le dijo:
—Tessa, ¿oyes lo que yo? Parece que llaman a nuestra
puerta.
La mujer, que mucho mejor que él lo había oído, hizo como
que se despertaba, y dijo:
—¿Qué dices, eh?
—Digo —dijo Gianni— que parece que llaman a nuestra
puerta.
—¿Llaman? ¡Ay, Gianni mío! ¿No sabes lo que es? Es el
espantajo, de quien he tenido estas noches el mayor miedo que nunca se tuvo,
tal que, cuando lo he sentido, me he tapado la cabeza y no me he atrevido a
destapármela hasta que ha sido día claro.
Dijo entonces Gianni:
—Anda, mujer, no tengas miedo si es él, porque he dicho
antes el Te lucis y la Intermerata
[SC242] y muchas otras buenas oraciones cuando íbamos a
acostarnos y también he persignado la cama de esquina a esquina con el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y no hay que tener miedo: que no
puede, por mucho poder que tenga, hacernos daño.
La mujer, para que Federigo por acaso no sospechase otra
cosa y se enojase con ella, deliberó que tenía que levantarse y hacerle oír que
Gianni estaba dentro, y dijo al marido:
—Muy bien, tú di tus palabras; yo por mi parte no me
tendré por salvada ni segura si no lo conjuramos, ya que estás tú aquí.
Dijo Gianni:
—¿Pues cómo se le conjura?
Dijo la mujer:
—Yo bien lo sé, que antier, cuando fui a Fiésole a ganar
las indulgencias, una de aquellas ermitañas que es, Gianni mío, la cosa más
santa que Dios te diga por mí, viéndome tan medrosa me enseñó una santa y buena
oración, y dijo que la había probado muchas veces antes de ser ermitaña y
siempre le había servido. Pero Dios sabe que sola nunca me habría atrevido a ir
a probarla; Pero ahora que estás tú, quiero que vayamos a conjurarlo.
Gianni dijo que muy bien le parecía; y levantándose, se
fueron los dos calladamente a la puerta, fuera de la cual todavía Federigo, ya
sospechando, estaba; y llegados allí, dijo la mujer a Gianni:
—Ahora escupe cuando yo te lo diga
[SC243].
Dijo Gianni:
—Bien.
Y la mujer comenzó la oración, y dijo:
—Espantajo, espantajo, que por la noche vas, con la cola
tiesa viniste, con la cola tiesa te irás; vete al huerto junto al melocotonero,
allí hay grasa tiznada y cien cagajones de mi gallina; cata el frasco y vete
deprisa, y no hagas daño ni a mí ni a mi Gianni.
Y dicho así, dijo al marido:
—¡Escupe, Gianni!
Y Gianni escupió; y Federigo, que fuera estaba y esto
oído, ya desvanecidos los celos, con toda su melancolía tenía tantas ganas de
reír que estallaba, y en voz baja, cuando Gianni escupía, decía:
—Los dientes.
La mujer, luego de que en esta guisa hubo conjurado tres
veces al espantajo, a la cama volvió con su marido. Federigo, que con ella
esperaba cenar, no habiendo cenado y habiendo bien las palabras de la oración
entendido, se fue al huerto y junto al melocotonero encontrando los dos capones
y el vino y los huevos, se los llevó a casa y cenó con gran gusto; y luego las
otras veces que se encontró con la mujer mucho con ella rió de este conjuro.
Es cierto que dicen algunos que sí había vuelto la mujer
la calavera del burro hacia Fiésole, pero que un labrador que pasaba por la
viña le había dado con un bastón y le había hecho dar vueltas, y se había
quedado mirando a Florencia, y por ello Federigo, creyendo que le llamaban,
había venido, y que la mujer había dicho la oración de esta guisa: «Espantajo,
espantajo, vete con Dios, que la calavera del burro no la volví yo, que otro
fue, que Dios le dé castigo y yo estoy aquí con el Gianni mío»; por lo que,
yéndose, sin albergue y sin cena se había quedado. Pero una vecina mía, que es
una mujer muy vieja, me dice que una y otra fueron verdad, según lo que ella de
niña había oído, pero que la última no a Gianni Lotteringhi había sucedido sino
a uno que se llamó Gianni de Nello
[SC244], que estaba en Porta San Pietro no menos completo
bobalicón que lo fue Gianni Lotteringhi. Y por ello, caras señoras mías, a
vuestra elección dejo tomar la que más os plazca de las dos, o si queréis las
dos: tienen muchísima virtud para tales cosas, como por experiencia habéis
oído; aprendedlas y ojalá os sirvan.
NOVELA SEGUNDA
Peronella mete a su amante en una tinaja al volver su
marido a casa; la cual habiéndola vendido el marido, ella le dice que la ha
vendido ella a uno que está dentro mirando a ver si le parece bien entera; el
cual, saliendo fuera, hace que el marido la raspe y luego se la lleve a su
casa.
Con grandísima risa fue la historia de Emilia escuchada y
la oración como buena y santa elogiada por todos, siendo llegado el fin de la
cual mandó el rey a Filostrato que siguiera, el cual comenzó:
Carísimas señoras mías, son tantas las burlas que los
hombres os hacen y especialmente los maridos, que cuando alguna vez sucede que
alguna al marido se la haga, no debíais vosotras solamente estar contentas de
que ello hubiera ocurrido, o de enteraros de ello o de oírlo decir a alguien,
sino que deberíais vosotras mismas irla contando por todas partes, para que los
hombres conozcan que si ellos saben, las mujeres por su parte, saben también;
lo que no puede sino seros útil porque cuando alguien sabe que otro sabe, no se
pone a querer engañarlo demasiado fácilmente. ¿Quién duda, pues, que lo que hoy
vamos a decir en torno a esta materia, siendo conocido por los hombres, no
sería grandísima ocasión de que se refrenasen en burlaros, conociendo que
vosotras, si queréis, sabríais burlarlos a ellos? Es, pues, mi intención
contaros lo que una jovencita, aunque de baja condición fuese, casi en un
momento, para salvarse hizo a su marido.
No hace casi nada de tiempo que un pobre hombre, en
Nápoles, tomó por mujer a una hermosa y atrayente jovencita llamada Peronella;
y él con su oficio, que era de albañil, y ella hilando, ganando muy
escasamente, su vida gobernaban como mejor podían. Sucedió que un joven
galanteador, viendo un día a esta Peronella y gustándole mucho, se enamoró de
ella, y tanto de una manera y de otra la solicitó que llegó a intimar con ella.
Y para estar juntos tomaron el acuerdo de que, como su marido se levantaba temprano
todas las mañanas para ir a trabajar o a buscar trabajo, que el joven estuviera
en un lugar de donde lo viese salir; y siendo el barrio donde estaba, que
Avorio se llama, muy solitario, que, salido él, éste a la casa entrase; y así
lo hicieron muchas veces. Pero entre las demás sucedió una mañana que, habiendo
el buen hombre salido, y Giannello Scrignario
[SC245], que así se llamaba el joven, entrado en su casa y
estando con Peronella, luego de algún rato (cuando en todo el día no solía
volver) a casa se volvió, y encontrando la puerta cerrada por dentro, llamó y
después de llamar comenzó a decirse:
—Oh, Dios, alabado seas siempre, que, aunque me hayas
hecho pobre, al menos me has consolado con una buena y honesta joven por mujer.
Ve cómo enseguida cerró la puerta por dentro cuando yo me fui para que nadie
pudiese entrar aquí que la molestase.
Peronella, oyendo al marido, que conoció en la manera de
llamar, dijo:
—¡Ay! Giannelo mío, muerta soy, que aquí está mi marido
que Dios confunda, que ha vuelto, y no sé qué quiere decir esto, que nunca ha
vuelto a esta hora; tal vez te vio cuando entraste. Pero por amor de Dios, sea
como sea, métete en esa tinaja que ves ahí y yo iré a abrirle, y veamos qué
quiere decir este volver esta mañana tan pronto a casa.
Giannello prestamente entró en la tinaja, y Peronella,
yendo a la puerta, le abrió al marido y con mal gesto le dijo:
—¿Pues qué novedad es ésta que tan pronto vuelvas a casa
esta mañana? A lo que me parece, hoy no quieres dar golpe, que te veo volver
con las herramientas en la mano; y si eso haces, ¿de qué viviremos? ¿De dónde
sacaremos pan? ¿Crees que voy a sufrir que me empeñes el zagalejo y las demás
ropas mías, que no hago día y noche más que hilar, tanto que tengo la carne
desprendida de las uñas, para poder por lo menos tener aceite con que encender
nuestro candil? Marido, no hay vecina aquí que no se maraville y que no se
burle de mí con tantos trabajos y cuáles que soporto; y tú te me vuelves a casa
con las manos colgando cuando deberías estar en tu trabajo.
Y dicho esto, comenzó a sollozar y a decir de nuevo:
—¡Ay! ¡Triste de mí, desgraciada de mí! ¡En qué mala hora
nací! En qué mal punto vine aquí
[SC246], que habría podido tener un joven de posición y no
quise, para venir a dar con este que no piensa en quién se ha traído a casa.
Las demás se divierten con sus amantes, y no hay una que no tenga quién dos y
quién tres, y disfrutan, y le enseñan al marido la luna por el sol; y yo,
¡mísera de mí!, porque soy buena y no me ocupo de tales cosas, tengo males y
malaventura. No sé por qué no cojo esos amantes como hacen las otras. Entiende
bien, marido mío, que si quisiera obrar mal, bien encontraría con quién, que
los hay bien peripuestos que me aman y me requieren y me han mandado propuestas
de mucho dinero, o si quiero ropas o joyas, y nunca me lo sufrió el corazón,
porque soy hija de mi madre; ¡y tú te me vuelves a casa cuando tenías que estar
trabajando!
Dijo el marido:
—¡Bah, mujer!, no te molestes, por Dios; debes creer que
te conozco y sé quién eres, y hasta esta mañana me he dado cuenta de ello. Es
verdad que me fui a trabajar, pero se ve que no lo sabes, como yo no lo sabía;
hoy es el día de San Caleone y no se trabaja, y por eso me he vuelto a esta
hora a casa; pero no he dejado de buscar y encontrar el modo de que hoy
tengamos pan para un mes, que he vendido a este que ves aquí conmigo la tinaja,
que sabes que ya hace tiempo nos está estorbando en casa: ¡y me da cinco
liriados
[SC247]!
Dijo entonces Peronella:
—Y todo esto es ocasión de mi dolor: tú que eres un hombre
y vas por ahí y debías saber las cosas del mundo has vendido una tinaja en
cinco liriados que yo, pobre mujer, no habías apenas salido de casa cuando,
viendo lo que estorbaba, la he vendido en siete a un buen hombre que, al volver
tú, se metió dentro para ver si estaba bien sólida.
Cuando el marido oyó esto se puso más que contento, y dijo
al que había venido con él para ello:
—Buen hombre, vete con Dios, que ya oyes que mi mujer la
ha vendido en siete cuando tú no me dabas más que cinco.
El buen hombre dijo:
—¡Sea en buena hora!
Y se fue.
Y Peronella dijo al marido:
—¡Ven aquí, ya estás aquí, y vigila con él nuestros
asuntos!
Giannello, que estaba con las orejas tiesas para ver si de
algo tenía que temer o protegerse, oídas las explicaciones de Peronella,
prestamente salió de la tinaja; y como si nada hubiera oído de la vuelta del
marido, comenzó a decir:
—¿Dónde estáis, buena mujer?
A quien el marido, que ya venía, dijo:
—Aquí estoy, ¿qué quieres?
Dijo Giannello:
—¿Quién eres tú? Quiero hablar con la mujer con quien hice
el trato de esta tinaja.
Dijo el buen hombre:
—Habla con confianza conmigo, que soy su marido.
Dijo entonces Giannello:
—La tinaja me parece bien entera, pero me parece que
habéis tenido dentro heces, que está todo embadurnado con no sé qué cosa tan
seca que no puedo quitarla con las uñas, y no me la llevo si antes no la veo
limpia.
Dijo Peronella entonces:
—No, por eso no quedará el trato; mi marido la limpiará.
Y el marido dijo:
—Sí, por cierto.
Y dejando las herramientas y quedándose en camino, se hizo
encender una luz y dar una raedera, y entró dentro incontinenti y comenzó a
raspar.
Y Peronella, como si quisiera ver lo que hacía, puesta la
cabeza en la boca de la tinaja, que no era muy alta, y además de esto uno de
los brazos con todo el hombro, comenzó a decir a su marido:
—Raspa aquí, y aquí y también allí... Mira que aquí ha
quedado una pizquita.
Y mientras así estaba y al marido enseñaba y corregía,
Giannello, que completamente no había aquella mañana su deseo todavía
satisfecho cuando vino el marido, viendo que como quería no podía, se ingenió
en satisfacerlo como pudiese; y arrimándose a ella que tenía toda tapada la
boca de la tinaja, de aquella manera en que en los anchos campos los
desenfrenados caballos encendidos por el amor asaltan a las yeguas de Partia
[SC248], a efecto llevó el juvenil deseo; el cual casi en
un mismo punto se completó y se terminó de raspar la tinaja, y él se apartó y
Peronella quitó la cabeza de la tinaja, y el marido salió fuera.
Por lo que Peronella dijo a Giannello:
—Coge esta luz, buen hombre, y mira si está tan limpia
como quieres
Giannello, mirando dentro, dijo que estaba bien y que
estaba contento y dándole siete liriados se la hizo llevar a su casa
[SC249].
NOVELA TERCERA
Fray Rinaldo se acuesta con su comadre, lo encuentra el
marido con ella en la alcoba y le hacen creer que estaba conjurando las
lombrices del ahijado.
No pudo Filostrato hablar tan oscuro de las yeguas partias
que las sagaces señoras no le entendiesen y no se riesen algo, aunque fingiendo
reírse de otra cosa. Pero luego de que el rey conoció que su historia había
terminado, ordenó a Elisa que ella hablara; la cual, dispuesta a obedecer,
comenzó:
Amables señoras, el conjuro del espantajo de Emilia me ha
traído a la memoria una historia de otro conjuro que, aunque no sea tan buena
como fue aquélla, porque no se me ocurre ahora otra sobre nuestro asunto, la
contaré.
Debéis saber que en Siena hubo en tiempos pasados un joven
muy galanteador y de honrada familia que tuvo por nombre Rinaldo; y amando
sumamente a una vecina suya y muy hermosa señora y mujer de un hombre rico, y
esperando (si pudiera encontrar el modo de hablarle sin sospechas) conseguir de
ella todo lo que deseaba, no viendo ninguno y estando la señora grávida, pensó
en convertirse en su compadre; y haciendo amistad con su marido, del modo que
más conveniente le pareció se lo dijo, y así se hizo.
Habiéndose, pues, Rinaldo convertido en compadre de doña
Agnesa y teniendo alguna ocasión más pintada para poder hablarle, le hizo
conocer con palabras aquella parte de su intención que ella mucho antes había
conocido en las expresiones de sus ojos; pero poco le valió, sin embargo,
aunque no desagradara a la señora haberlo oído. Sucedió no mucho después que,
fuera cual fuese la razón, Rinaldo se hizo fraile y, encontrara como encontrase
aquel pasto, perseveró en ello; y sucedió que un poco, en el tiempo en que se
hizo fraile, había dejado de lado el amor que tenía a su comadre y algunas
otras vanidades, pero con el paso del tiempo, sin dejar los hábitos las
recuperó y comenzó a deleitarse en aparentar y en vestir con buenos paños y en
ser en todas sus cosas galante y adornado, y en hacer canciones y sonetos y
baladas, y a cantar, y en una gran cantidad de otras cosas semejantes a éstas.
Pero ¿qué estoy yo diciendo del fray Rinaldo de que
hablamos? ¿Quiénes son los que no hacen lo mismo? ¡Ay, vituperio del perdido
mundo! No se avergüenzan de aparecer gordos, de aparecer con el rostro
encarnado, de aparecer refinados en los vestidos y en todas sus cosas, y no
como palomas sino como gallos hinchados con la cresta levantada encopetados
proceden; y lo que es peor, dejemos el que tengan sus celdas llenas de tarros
colmados de electuario y de ungüentos, de cajas de varios dulces llenas, de ampollas
y de redomitas con aguas destiladas y con aceites, de frascos con malvasía y
con vino griego y con otros desbordantes, hasta el punto de que no celdas de
frailes sino tiendas de especieros o de drogueros parecen mayormente a los que
las ven; no se avergüenzan ellos de que los demás sepan que son golosos, y se
creen que los demás no saben y conocen que los muchos ayunos, las comidas
ordinarias y escasas y el vivir sobriamente haga a los hombres magros y
delgados y la mayoría de las veces sanos; y si a pesar de todo los hacen
enfermos, al menos no enferman de gota, para la que se suele dar como
medicamento la castidad y todas las demás cosas apropiadas a la vida de un
modesto fraile.
Y se creen que los demás no conocen que además de la vida
austera, las vigilias largas, el orar y el disciplinarse deben hacer a los
hombres pálidos y afligidos, y que ni Santo Domingo ni San Francisco, sin tener
cuatro capas cada uno, no de lanilla teñida ni de otros paños señoriles, sino
hechos con lana gruesa y de natural color, para protegerse del frío y no para
aparentar se vestían. ¡Que Dios los ayude como necesitan las almas de los
simples que los alimentan!
Así pues, vuelto fray Rinaldo a sus primeros apetitos,
comenzó a visitar con mucha frecuencia a su comadre; y habiendo crecido su
arrogancia, con más instancias que antes lo hacía comenzó a solicitarle lo que
deseaba de ella.
La buena señora, viéndose solicitar mucho y pareciéndole
tal vez fray Rinaldo más guapo de lo que solía, siendo un día muy importunada
por él, recurrió a lo mismo que todas aquellas que tienen deseos de conceder lo
que se les pide, y dijo:
—¿Cómo, fray Rinaldo, y es que los frailes hacen esas
cosas?
A quien el fraile contestó:
—Señora, cuando yo me quite este hábito, que me lo quito
muy fácilmente, os pareceré un hombre hecho como los otros, y no un fraile.
La señora se rió y dijo:
—¡Ay, triste de mí! Sois compadre mío
[SC250], ¿cómo podría ser esto? Estaría demasiado mal, y
he oído muchas veces que es un pecado demasiado grande; y en verdad que si no
lo fuese haría lo que quisierais.
A quien fray Rinaldo dijo:
—Sois tonta si lo dejáis por eso. No digo que no sea
pecado, pero otros mayores perdona Dios a quienes se arrepienten. Pero decidme:
¿quién es más pariente de vuestro hijo, yo que lo sostuve en el bautismo o
vuestro marido que lo engendró?
La señora repuso:
—Más pariente suyo es mi marido.
—Decís verdad —dijo el fraile—. ¿Y vuestro marido no se
acuesta con vos?
—Claro que sí —repuso la señora.
—Pues —dijo el fraile— y yo, que soy menos pariente de
vuestro hijo que vuestro marido, tanto debo poder acostarme con vos como
vuestro marido.
La señora, que no sabia lógica y de pequeño empujón
necesitaba, o creyó o hizo como que creía que el fraile decía verdad; y
respondió:
—¿Quién sabría contestar a vuestras palabras?
Y luego, no obstante el compadrazgo, se dejó llevar a
hacer su gusto; y no comenzaron una sola vez sino que con la tapadera del
compadrazgo teniendo más facilidad porque la sospecha era menor, muchas y
muchas veces estuvieron juntos. Pero entre las demás sucedió una que, habiendo
fray Rinaldo venido a casa de la señora y viendo que allí no había nadie sino
una criadita de la señora, asaz hermosa y agradable, mandando a su compañero
con ella al aposento de las palomas
[SC251] a enseñarle el padrenuestro, él con la señora, que
de la mano llevaba a su hijito, se metieron en la alcoba y, cerrando por
dentro, sobre un diván que en ella había comenzaron a juguetear; y estando de
esta guisa sucedió que volvió el compadre, y sin que nadie lo sintiese se fue a
la puerta de la alcoba, y dio golpes y llamó a la mujer.
Doña Agnesa, oyendo esto, dijo:
—Muerta soy, que aquí está mi marido, ahora se dará cuenta
de cuál es la razón de nuestro trato.
Estaba fray Rinaldo desnudo, esto es sin hábito y sin
escapulario, en camiseta; el cual esto oyendo, dijo tristemente:
—Decís verdad; si yo estuviese vestido alguna manera
encontraría; pero si le abrís y me encuentra así no podrá encontrarse ninguna
excusa.
La señora, por una inspiración súbita ayudada, dijo:
—Pues vestíos; y cuando estéis vestido coged en brazos a
vuestro ahijado y escuchad bien lo que voy a decirle, para que vuestras
palabras estén de acuerdo con las mías; y dejadme hacer a mí.
El buen hombre no había dejado de llamar cuando la mujer
repuso:
—Ya voy. —Y levantándose, con buen gesto se fue a la
puerta de la alcoba y, abriéndola, dijo—: Marido mío, te digo que fray Rinaldo
nuestro compadre ha venido y que Dios lo mandó porque seguro que si no hubiese
venido habríamos perdido hoy a nuestro niño.
Cuando el estúpido santurrón oyó esto, todo se pasmó, y
dijo:
—¿Cómo?
—Oh, marido mío —dijo la mujer—, le vino antes de
improviso un desmayo que me creí que estaba muerto, y no sabía qué hacerme ni
qué decirme, si no llega a aparecer entonces fray Rinaldo nuestro compadre y,
cogiéndolo en brazos, dijo: «Comadre, esto son lombrices que tiene en el cuerpo
que se le están acercando al corazón y lo matarían con seguridad; pero no
temáis, que yo las conjuraré y las haré morir a todas y antes de que yo me vaya
de aquí veréis al niño tan sano como nunca lo habéis visto». Y porque te
necesitábamos para decir ciertas oraciones y la criada no pudo encontrarte se
las mandó decir a su compañero en el lugar más alto de la casa, y él y yo nos
entramos aquí dentro; y porque nadie más que la madre del niño puede estar
presente a tal servicio, para que otros no nos molestasen aquí nos encerramos;
y ahora lo tiene él en brazos, y creo que no espera sino a que su compañero
haya terminado de decir las oraciones, y estará terminando, porque el niño ya
ha vuelto en sí del todo.
El santurrón, creyendo estas cosas, tanto el cariño por su
hijo lo conmovió que no se le vino a la cabeza el engaño urdido por la mujer,
sino que dando un gran suspiro dijo:
—Quiero ir a verle.
Dijo la mujer:
—No vayas, que estropearías lo que se ha hecho; espérate,
quiero ve si puedes entrar y te llamaré.
Fray Rinaldo, que todo había oído y se había vestido a
toda prisa y había cogido al niño en brazos, cuando hubo dispuesto las cosas a
su modo llamó:
—Comadre, ¿no es el compadre a quien oigo ahí?
Repuso el santurrón:
—Señor, sí.
—Pues —dijo fray Rinaldo—, venid aquí.
El santurrón allá fue y fray Rinaldo le dijo:
—Tomad a vuestro hijo, salvado por la gracia de Dios,
cuando he creído poco ha, que no lo veríais vivo al anochecer; y bien haríais
en hacer poner una figura de cera de su tamaño a la gloria de Dios delante de
la estatua del señor San Ambrosio, por los méritos del cual Dios os ha hecho
esta gracia.
El niño, al ver a su padre, corrió hacia él y le hizo
fiestas como hacen los niños pequeños; el cual, cogiéndolo en brazos, llorando
no de otra manera que si lo sacase de la fosa, comenzó a besarlo y a darle
gracias a su compadre que se lo había curado.
El compañero de fray Rinaldo, que no un padrenuestro sino
más de cuatro había enseñado a la criadita, y le había dado una bolsa de hilo
blanco que le había dado a él una monja, y la había hecho devota suya, habiendo
oído al santurrón llamar a la alcoba de la mujer, calladamente había venido a
un sitio desde donde pudiera ver y oír lo que allí pasaba.
Y viendo la cosa en buenos términos, se vino abajo, y
entrando en la alcoba dijo:
—Fray Rinaldo, las cuatro oraciones que me mandasteis las
he dicho todas.
A quien fray Rinaldo dijo:
—Hermano mío, tienes buena madera y has hecho bien. En
cuanto a mí, cuando mi compadre llegó no había dicho sino dos, pero Nuestro
Señor por tu trabajo y el mío nos ha concedido la gracia de que el niño sea
curado.
El santurrón hizo traer buen vino y dulces, e hizo honor a
su compadre y a su compañero con lo que ellos tenían necesidad más que de otra
cosa; luego, saliendo de casa junto con ellos, los encomendó a Dios, y sin
ninguna dilación haciendo hacer la imagen de cera, la mandó colgar con las
otras delante de la figura de San Ambrosio, pero no de la de aquel de Milán
[SC252].
NOVELA CUARTA
Tofano le cierra una noche la puerta de su casa a su
mujer, la cual, no pudiendo hacérsela abrir con súplicas, finge tirarse a un
pozo y arroja a él una gran piedra; Tofano sale de la casa y corre allí, y ella
entra en casa y le cierra a él la puerta y con gritos lo injuria
[SC253] .
El rey, al sentir que terminaba la novela de Elisa, sin
esperar más, volviéndose hacia Laureta, le mostró que le placía que ella
narrase; por lo que ella, sin tardar, así comenzó a decir:
¡Oh, Amor, cuántas y cuáles son tus fuerzas, cuántos los
consejos y cuántas las invenciones! ¿Qué filósofo, qué artista habría alguna
vez podido o podría mostrar esas sagacidades, esas invenciones, esas
argumentaciones que inspiras tú súbitamente a quien sigue tus huellas? Por
cierto que la doctrina de cualquiera otro es tarda con relación a la tuya, como
muy bien comprender se puede en las cosas antes mostradas; a las cuales,
amorosas señoras, yo añadiré una, puesta en práctica por una mujercita tan simple
que no sé quién sino Amor hubiera podido mostrársela.
Hubo hace tiempo en Arezzo un hombre rico, el cual fue
llamado Tofano
[SC254]. A éste le fue dada por mujer una hermosísima
mujer cuyo nombre fue doña Ghita, de la cual él, sin saber por qué, pronto se
sintió celoso, de lo que apercibiéndose la mujer sintió enojo; y habiéndole
preguntado muchas veces sobre la causa de sus celos y no habiéndole sabido
señalar él sino las generales y malas
[SC255], le vino al ánimo a la mujer hacerlo morir del mal
que sin razón temía. Y habiéndose apercibido de que un joven, según su juicio
muy de bien, la cortejaba, discretamente comenzó a entenderse con él; y estando
ya las cosas tan avanzadas entre él y ella que no faltaba sino poner en efecto
las palabras con obras, pensó la señora encontrar semejantemente un modo para
ello.
Y habiendo ya conocido entre las malas costumbres de su
marido que se deleitaba bebiendo, no solamente comenzó a alabárselo sino
arteramente a invitarle a ello muy frecuentemente. Y tanto tomó aquello por
costumbre que casi todas las veces que le venía en gana lo llevaba a
embriagarse bebiendo; y cuando lo veía bien ebrio, llevándolo a dormir, por
primera vez se reunió con su amante y luego seguramente muchas veces continuó
encontrándose con él, y tanto se confió en las embriagueces de éste, que no
solamente había llegado al atrevimiento de traer a su amante a casa sino que
ella a veces se iba con él a estarse gran parte de la noche en la suya, la cual
no estaba lejos de allí.
Y de esta manera continuando la enamorada mujer, sucedió
que el desgraciado marido vino a darse cuenta de que ella, al animarle a beber,
sin embargo, no bebía nunca; por lo que le entraron sospechas de que fuese a
ser lo que era, esto es, de que la mujer le embriagase para poder hacer su
gusto mientras él estaba dormido. Y queriendo de ello, si fuese así, tener
pruebas, sin haber bebido en todo el día, mostrándose una tarde el hombre más
ebrio que pudiera haber en el hablar y en las maneras, creyéndolo la mujer y no
juzgando que necesitase beber más, para dormir bien prestamente lo preparó. Y
hecho esto, según acostumbraba a hacer algunas veces, saliendo de casa, a la
casa de su amante se fue y allí hasta medianoche se quedó.
Tofano, al no sentir a la mujer, se levantó y yéndose a la
puerta la cerró por dentro y se puso a la ventana, para ver a la mujer cuando
volviese y hacerle manifiesto que se había percatado de sus costumbres; y tanto
estuvo que la mujer volvió, la cual, volviendo a casa y encontrándose la puerta
cerrada, se dolió sobremanera y comenzó a tratar de ver si por la fuerza podía
abrir la puerta.
Lo que, luego de que Tofano lo hubo sufrido un tanto,
dijo:
—Mujer, te cansas en vano porque dentro no podrás volver.
Vuélvete allí adonde has estado hasta ahora; y ten por cierto que no volverás
nunca aquí hasta que de esto, en presencia de tus parientes y de los vecinos,
te haya hecho el honor que te conviene.
La mujer empezó a suplicar por el amor de Dios que hiciese
el favor de abrirle porque no venía de donde él pensaba sino de velar con una
vecina suya porque las noches eran largas y ella no podía dormirlas enteras ni
velar sola en casa. Los ruegos no servían de nada porque aquel animal estaba
dispuesto a que todos los aretinos supieran su vergüenza cuando ninguno la
sabía.
La mujer, viendo que el suplicar no le valía, recurrió a
las amenazas y dijo:
—Si no me abres te haré el hombre más desgraciado que
existe.
A quien Tofano repuso:
—¿Y qué puedes hacerme?
La mujer, a quien Amor había ya aguzado con sus consejos
el entendimiento, repuso:
—Antes de sufrir la vergüenza que quieres hacerme pasar
sin razón, me arrojaré a este pozo que está cerca, en el cual luego cuando me
encuentren muerta, nadie creerá sino que tú, en tu embriaguez me has arrojado
allí, y así, o tendrás que huir y perder lo que tienes y ser puesto en pregones
[SC256], o te cortarán la cabeza como al asesino mío que
realmente habrás sido.
Nada se movió Tofano de su necia opinión con estas
palabras; por la cual cosa, la mujer dijo:
—Pues ya no puedo sufrir este fastidio tuyo, ¡Dios te
perdone! Pon en su sitio esta rueca mía, que la dejo aquí.
Y dicho esto, siendo la noche tan oscura que apenas
habrían podido verse uno al otro por la calle, se fue la mujer hacia el pozo;
y, cogiendo una grandísima piedra que había al pie del pozo, gritando «¡Dios,
perdóname!», la dejó caer dentro del pozo.
La piedra, al llegar al agua, hizo un grandísimo ruido, el
que al oír Tofano creyó firmemente que se había arrojado dentro; por lo que,
cogiendo el cubo con la soga, súbitamente se lanzó fuera de casa para ayudarla
y corrió al pozo.
La mujer, que junto a la puerta de su casa se había
escondido, al verlo correr al pozo se refugió en casa y se cerró dentro y se
fue a la ventana y comenzó a decir:
—Hay que echarle agua cuando uno lo bebe, no luego por la
noche
[SC257].
Tofano, al oírla, se vio burlado y volvió a la puerta; y
no pudiendo entrar, le comenzó a decir que le abriese.
Ella, dejando de hablar bajo como hasta entonces había
hecho, gritando comenzó a decir:
—Por los clavos de Cristo, borracho fastidioso, no
entrarás aquí esta noche; no puedo sufrir más estas maneras tuyas: tengo que
hacerle ver a todo el mundo quién eres y a qué hora vuelves a casa por la
noche.
Tofano, por su parte, irritado, le comenzó a decir
injurias y a gritar; de lo que sintiendo el ruido los vecinos se levantaron,
hombres y mujeres, y se asomaron a las ventanas y preguntaron qué era aquello.
La mujer comenzó a decir llorando:
—Es este mal hombre que me vuelve borracho por la noche a
casa o se duerme por las tabernas y luego vuelve a estas horas; habiéndolo
aguantado mucho y no sirviendo de nada, no pudiendo aguantar más, he querido
hacerle pasar esta vergüenza de cerrarle la puerta de casa para ver si se
enmienda.
El animal de Tofano, por su parte, decía cómo había sido
la cosa y la amenazaba.
La mujer a sus vecinos les decía:
—¡Ved qué hombre! ¿Qué pensaríais si yo estuviera en la
calle como está él y él estuviese en casa como estoy yo? Por Dios que dudo que
no creyeseis que dice la verdad: bien podéis ver el seso que tiene. Dice que he
hecho lo que yo creo que ha hecho él. Creyó que me asustaría arrojando no sé
qué al pozo, pero quisiera Dios que se hubiese tirado él de verdad y ahogado,
que el vino que ha bebido de más se habría aguado muy bien.
Los vecinos, hombres y mujeres, comenzaron todos a
reprender a Tofano y a echarle la culpa a él y a insultarle por lo que decía
contra su mujer; y en breve tanto anduvo el rumor de vecino en vecino que llegó
hasta los parientes de la mujer. Los cuales llegados allí, y oyendo la cosa a
un vecino y a otro, cogieron a Tofano y le dieron tantos palos que lo dejaron
molido; luego, entrando en la casa, tomaron las cosas de la mujer y con ella se
volvieron a su casa, amenazando a Tofano con cosas peores. Tofano, viéndose
malparado y que sus celos le habían llevado por mal camino, como quien bien
quería a su mujer, recurrió a algunos amigos de intermediarios; y tanto anduvo,
que en paz volvió a llevarse la mujer a su casa, a la que prometió no ser
celoso nunca más; y además de ello, le dio licencia para que hiciese cuanto
gustase, pero tan prudentemente que él no se apercibiera. Y así, a modo del
tonto villano quedó cornudo y apaleado. Y viva el amor (y muera la avaricia) y
viva la compañía.
NOVELA QUINTA
Un celoso disfrazado de cura confiesa a su mujer, al cual
ésta da a entender que ama a un cura que viene a estar con ella todas las
noches, con lo que, mientras el celoso ocultamente hace guardia a la puerta, la
mujer hace entrar a un amante suyo por el tejado y está con él.
A su argumento puso fin Laureta; y habiendo ya cada uno
alabado a la mujer porque había obrado bien y como a aquel desdichado convenía,
el rey, para no perder tiempo, volviéndose hacia Fiameta, placenteramente le
encargó novelar; por la cual cosa, ella comenzó así:
Nobilísimas señoras, la precedente historia me lleva a
razonar, semejantemente, sobre un celoso, estimando que lo que sus mujeres les
hacen, y máximamente cuando tienen celos sin motivo está bien hecho. Y si todas
las cosas hubiesen considerado los hacedores de las leyes, juzgo que en esto
deberían a las mujeres no haber adjudicado otro castigo sino el que adjudicaron
a quien ofende a alguien defendiéndose: porque los celosos son hostigadores de
la vida de las mujeres jóvenes y diligentísimos procuradores de su muerte.
Están ellas toda la semana encerradas y atendiendo a las necesidades familiares
y domésticas. Deseando, como todos hacen, tener luego los días de fiesta alguna
distracción, algún reposo, y poder disfrutar algún entretenimiento como lo
toman los labradores del campo, los artesanos de la ciudad y los regidores de
los tribunales, como hizo Dios cuando el día séptimo descansó de todos sus
trabajos, y como lo quieren las leyes santas y las civiles, las cuales al honor
de Dios y al bien común de todos mirando, han distinguido los días de trabajo
de los de reposo. A la cual cosa en nada consienten los celosos, y aquellos
días que para todas las otras son alegres, a ellas, teniéndolas más encerradas
y más recluidas, hacen sentir más míseras y dolientes; lo cual, cuánto y qué
consunción sea para las pobrecillas sólo quienes lo han probado lo saben. Por
lo que, concluyendo, lo que una mujer hace a un marido celoso sin motivo, por
cierto no debería condenarse sino alabarse.
Hubo, pues, en Rímini, un mercader muy rico en posesiones
y en dinero el cual, teniendo una hermosísima mujer por esposa, llegó a estar
sobremanera celoso de ella; y no tenía otra razón para ello sino que, como
mucho la amaba y la tenía por muy hermosa y sabía que ella con todo su afán se
ingeniaba en agradarle, juzgaba que todos la amaban y que a todos les parecía
hermosa y también que ella se ingeniaba tanto en agradar a otros como a él
(argumento que era de hombre desdichado y de poco sentimiento). Y así con estos
celos tanta vigilancia tenía de ella y tan sujeta la tenía como tal vez están
los que a la pena capital están condenados, que no están vigilados con tanta
severidad por los carceleros. La mujer, no ya a bodas o a fiestas o a la
iglesia no podía ir sino que no osaba ponerse a la ventana ni mirar fuera de
casa por ningún motivo; por la cual cosa su vida era desdichadísima, y
aguantaba tanto más impacientemente este fastidio cuanto menos culpable se
sentía.
Por lo que, viéndose maltratar sin razón por su marido,
decidió para consuelo propio encontrar el modo, si alguno pudiera encontrar, de
que con justicia le viese hecho. Y porque no podía asomarse a la ventana y así
no tenía modo de poder mostrarse contenta del amor de alguno que se lo hubiese
manifestado pasando por su barrio, sabiendo que en la casa de al lado de la
suya había un joven apuesto y amable, pensó que, si algún agujero hubiese en el
muro que dividía su casa de aquélla, mirar por él tantas veces que llegase a
ver al joven en manera de poder hablarle y de darle su amor si quería recibirlo
[SC258]; y, si pudiese encontrarse el modo, encontrarse
con él alguna vez y de esta manera pasar su desdichada vida hasta tanto que el
diablo saliese de su marido.
Y yendo de una parte a otra, cuando su marido no estaba,
mirando el muro de la casa, vio por acaso en una parte asaz secreta de ella el
muro abierto un tanto por una grieta; por lo que, mirando por ella, aunque muy
mal pudiese discernir la otra parte, llegó a darse cuenta de que era una alcoba
allí donde daba la grieta y se dijo:
«Si fuese ésta la alcoba de Filippo (es decir, del joven
vecino suyo), estaría casi servida.»
Y cautamente a una criada suya, que le tenía lástima, la
hizo espiar, y encontró que verdaderamente el joven allí dormía solo; por lo
que, acercándose con frecuencia a la grieta, y cuando sentía al joven allí,
dejando caer piedrecitas y algunas ramitas secas, tanto hizo que, por ver qué
era aquello, el joven se acercó allí. Al cual ella llamó suavemente y él, que
su voz conoció, le respondió; y ella, teniendo tiempo, en breve le abrió sus
pensamientos. De los que muy contento el joven, hizo de tal manera que de su
lado el agujero se hizo mayor, aunque de manera que nadie pudiese apercibirlo;
y por allí muchas veces se hablaban y se tocaban la mano, pero más adelante no
se podía ir por la rígida guardia del celoso.
Ahora, acercándose la fiesta de Navidad, la mujer dijo al
marido que, si le placía, quería ir la mañana de Pascua a la iglesia y
confesarse y comulgar como hacen los otros cristianos; a lo que el celoso dijo:
—¿Y qué pecado has hecho que quieres confesarte?
Dijo la mujer:
—¿Cómo? ¿Crees que soy santa porque me tienes encerrada?
Bien sabes que cometo pecados como las otras personas que así viven; pero no
quiero decírtelos a ti, que no eres cura.
El celoso sintió sospechas con estas palabras y decidió
saber qué pecados había cometido aquélla y pensó el modo en que podría hacerlo;
y respondió que le parecía bien, pero que no quería que fuese a otra iglesia
sino a su capilla, y que allí fuese por la mañana temprano y se confesase con
su capellán o con el cura que el capellán le dijese y no con otro, y se
volviera enseguida a casa.
A la mujer le pareció que medio había entendido; pero sin
decir nada respondió que así lo haría.
Venida la mañana de Pascua, la mujer se levantó al
amanecer y se arreglo y se fue a la iglesia que el marido le había mandado. El
celoso, por otra parte, se levantó y se fue a aquella misma iglesia y llegó
allí antes que ella; y habiendo ya con el cura de allí adentro arreglado lo que
quería hacer, poniéndose rápidamente una de las sotanas del cura con un
capuchón grande como el que vemos que llevan los curas
[SC259], habiéndoselo echado un poco hacia adelante, se
sentó en el coro. La mujer, al llegar a la iglesia, hizo preguntar por el cura.
El cura vino, y oyendo a la mujer que quería confesarse, dijo que no podía
oírla, pero que le mandaría a un compañero suyo; y yéndose, mandó al celoso a
su desgracia. El cual, viniendo muy gravemente, aunque no fuese muy de día y él
se hubiese puesto el capuchón sobre los ojos, no pudo ocultarse tan bien que no
fuese reconocido prestamente por la mujer; la cual, al ver aquello, se dijo a
sí misma:
«Alabado sea Dios, que éste de celoso se ha hecho cura;
pero dejadlo, que le daré lo que está buscando.»
Fingiendo, pues, no conocerlo, se sentó a sus pies
[SC260]. Micer celoso se había metido algunas piedrecitas
en la boca para que le dificultasen algo el habla, de manera que la mujer no le
reconociese, pareciéndole que en todas las demás cosas estaba del todo tan
transformado que no creía ser reconocido de ningún modo. Pero viniendo a la
confesión, entre las demás cosas que la señora le dijo, habiéndole dicho
primero que estaba casada, fue que estaba enamorada de un cura el cual todas
las noches iba a acostarse con ella.
Cuando el celoso oyó esto le pareció que le habían dado
una cuchillada en el corazón; y si no fuera que le azuzó el deseo de saber más
de aquello, habría abandonado la confesión e ídose; pero quedándose quieto
preguntó a la mujer:
—¿Y cómo? ¿No se acuesta con vos vuestro marido?
La mujer contestó:
—Señor, sí.
—Pues —dijo el celoso— ¿cómo puede también acostarse el
cura?
—Señor —dijo la mujer—, el arte con que lo hace el cura no
lo sé; pero no hay en casa una puerta tan cerrada que, al tocarla él, no se
abra; y me dice él que, cuando ha llegado a la de mi alcoba, antes de que la
abra, dice ciertas palabras por las que mi marido se duerme incontinenti, y al
sentirlo dormido, abre la puerta y se viene dentro y está conmigo; y esto nunca
falla.
Dijo entonces el celoso:
—Señora, esto está mal hecho y tenéis que absteneros por
completo de ello.
La mujer le dijo:
—Señor, esto no creo poder hacerlo nunca porque lo amo
demasiado.
—Pues yo no podré absolveros.
Le dijo la mujer:
—Lo siento mucho: no he venido aquí para decir mentiras;
si creyese que podría hacerlo os lo diría.
Dijo entonces el celoso:
—En verdad, señora, me dais lástima, que os veo perder el
alma con estas cosas; pero en vuestro servicio quiero pasar trabajos diciendo
mis oraciones especiales a Dios en vuestro nombre, las cuales tal vez os
ayuden; y os mandaré alguna vez un monaguillo mío a quien diréis si os han
ayudado o no; y si os ayudan, continuaremos.
La mujer le dijo:
—Señor, no hagáis tal de mandarme nadie a casa que, si mi
marido lo supiese, es tan celoso que nadie en el mundo le quitaría de la cabeza
que venía sino para algo malo, y nunca más tendré paz con él.
El celoso le dijo:
—Señora, no temáis por esto, que lo haré de tal manera que
nunca os dirá una palabra.
Dijo entonces la señora:
—Si eso os dice el corazón, estoy de acuerdo.
Y dicha la confesión
[SC261] y recibida la penitencia y poniéndose en pie, se
fue a oír misa.
El celoso con su desgracia, resoplando, se fue a quitarse
las ropas de cura y se volvió a casa, deseoso de encontrar el modo de poder
encontrar juntos al cura y a la mujer para jugarles una mala pasada al uno y al
otro. La mujer volvió de la iglesia y bien vio en la cara de su marido que le
había dado las malas pascuas; pero él se ingeniaba cuanto podía por ocultar lo
que había hecho y lo que le parecía saber.
Y habiendo deliberado consigo mismo pasar la noche
siguiente junto a la puerta de la calle y esperar por si venía el cura, dijo a
la mujer:
—Esta noche tengo que ir a cenar y a dormir fuera, y por
ello cerraré bien la puerta de la calle y la de mitad de la escalera y la de la
alcoba, y cuando quieras acuéstate.
La mujer repuso:
—En buena hora.
Y cuando tuvo tiempo se fue a la abertura e hizo el signo
usado, el cual, al sentirlo Filippo de inmediato vino allí; la mujer le dijo lo
que había hecho por la mañana y lo que el marido le había dicho después de
comer, y luego dijo:
—Estoy segura de que no saldrá de casa sino que se pondrá
de guardia a la puerta, y por ello encuentra el modo de venir esta noche aquí
por el tejado, de manera que estemos juntos. El joven, muy contento de esto,
dijo: —Señora, dejadme hacer.
Venida la noche, el celoso con sus armas se ocultó
silenciosamente en una alcoba del piso bajo. Y la mujer, habiendo hecho cerrar
todas las puertas y máximamente la de mitad de la escalera para que el celoso
no pudiera subir, cuando le pareció oportuno el joven por un camino muy cauto
por su lado se vino, y se fueron a la cama, dándose el uno al otro satisfacción
y buenos ratos; y venido el día, el joven se volvió a su casa.
El celoso, doliente y sin cenar, muriéndose de frío, casi
toda la noche estuvo con sus armas junto a la puerta esperando que llegase el
cura; y acercándose el día, no pudiendo velar más, en la alcoba del piso bajo
se durmió. Luego, cerca de tercia levantándose, estando ya abierta la puerta de
la casa, fingiendo venir de fuera, subió a su casa y almorzó. Y poco después,
mandando un muchachito a guisa del monaguillo del cura que la había confesado,
le preguntó si quien ella sabía había vuelto allí. La mujer, que muy bien
conoció al mensajero, repuso que no había venido aquella noche y que, si así
hacia, podría írsele de la cabeza por más que ella no querría que de la cabeza
se le fuese.
¿Qué debo deciros ahora? El celoso estuvo muchas noches
queriendo coger el cura a la entrada, y la mujer continuamente con su amante
pasándoselo bien. Al final el celoso, que más no podía aguantar, con airado
rostro preguntó a la mujer qué le había dicho al cura la mañana que se había
confesado. La mujer repuso que no quería decírselo porque no era cosa honesta
ni conveniente.
El celoso le dijo:
—Mala mujer, a pesar tuyo sé lo que le dijiste, y tengo
que saber quién es el cura de quién estás tan enamorada y que contigo se
acuesta todas las noches por sus ensalmos, o te cortaré las venas.
La mujer dijo que no era verdad que estuviera enamorada de
un cura.
—¿Cómo? —dijo el celoso—. ¿No le dijiste esto y esto al
cura que te confesó?
La mujer dijo:
—No que te lo hubiera contado sino que hubieras estado
presente parece; pero sí que se lo dije.
—Pues dime —dijo el celoso—, quién es ese cura y pronto.
La mujer se echó a reír y dijo:
—Me agrada mucho cuando a un hombre sabio lo lleva una
mujer simple como se lleva a un borrego por los cuernos al matadero; aunque tú
no eres sabio ni lo fuiste desde aquel momento en que dejaste entrar en el
pecho al maligno espíritu de los celos sin saber por qué; y cuanto más tonto y
animal eres mi gloria es menor. ¿Crees tú, marido mío, que soy ciega de los
ojos de la cara como tú lo eres de los de la mente? Cierto que no; y mirando
supe quién fue el cura que me confesó y sé que fuiste tú; pero me propuse darte
lo que andabas buscando y te lo di. Pero si hubieses sido sabio como crees, no
habrías de aquella manera intentado saber los secretos de tu honrada mujer, y
sin sentir vanas sospechas te habrías dado cuenta de que lo que te confesaba
era la verdad sin que en ella hubiera nada de pecado. Te dije que amaba a un
cura; ¿y no eras tú, a quien equivocadamente amo, cura? Te dije que ninguna
puerta de mi casa podía estar cerrada cuando quería acostarse conmigo; ¿y qué
puerta te ha resistido alguna vez en tu casa donde allí donde yo estuviera has
querido venir? Te dije que el cura se acostaba conmigo todas las noches; ¿y
cuándo ha sido que no te acostases conmigo? Y cuantas veces me mandaste a tu
monaguillo, tantas sabes, cuantas no estuviste conmigo, te mandé a decir que el
cura no había estado. ¿Qué otro desmemoriado sino tú, que por los celos te has
dejado cegar, no habría entendido estas cosas? ¡Y te has estado en casa
vigilando la puerta y crees que me has convencido de que te has ido fuera a
cenar y a dormir! ¡Vuelve en ti ya y hazte hombre como solías ser y no hagas
hacer burla de ti a quien conoce tus costumbres como yo, y deja esa severa
guarda que haces, que te juro por Dios que si me vinieran ganas de ponerte los
cuernos, si tuvieras cien ojos en vez de dos, me daría el gusto de hacer lo que
quisiera de guisa, que tú no te enterarías!
El desdichado celoso, a quien le parecía haberse enterado
muy astutamente del secreto de la mujer, al oír esto se tuvo por burlado; y sin
responder nada tuvo a la mujer por sabia y por buena, y cuando tenía que ser
celoso se despojó de los celos, así como se los había vestido cuando no tenía
necesidad de ellos. Por lo que la discreta mujer, casi con licencia para hacer
su gusto, sin hacer venir a su amante por el tejado como los gatos sino por la
puerta, discretamente obrando luego, muchas veces se dio con él buenos ratos y
alegre vida.
NOVELA SEXTA
Doña Isabela, estando con Leonetto, y siendo amada por un
micer Lambertuccio, es visitada por éste, y vuelve su marido; a micer
Lambertuccio hace salir de su casa puñal en mano, y su marido acompaña luego a
Leonetto
[SC262].
Maravillosamente había agradado a todos la novela de
Fiameta, afirmando cada uno que la mujer había obrado óptimamente y hecho lo
que convenía a aquel animal de hombre. Pero luego de que hubo terminado, el rey
a Pampínea ordenó que siguiese; la cual comenzó a decir:
Son muchos quienes, hablando como simples, dicen que Amor
le quita a uno el juicio y que a los que aman hace aturdidos. Necia opinión me
parece; y bastante las ya dichas cosas lo han mostrado, y yo intento mostrarlo
también.
En nuestra ciudad, copiosa en todos los bienes, hubo una
señora joven y noble y muy hermosa, la cual fue mujer de un caballero muy
valeroso y de bien. Y como muchas veces ocurre que siempre el hombre no puede
usar una comida sino que a veces desea variar, no satisfaciendo a esta señora
mucho su marido, se enamoró de un joven que Leonetto era llamado, muy amable y
cortés, aunque no fuese de gran nacimiento, y él del mismo modo se enamoró de
ella: y como sabéis que raras veces queda sin efecto lo que las dos partes
quieren, en dar a su amor cumplimiento no se interpuso mucho tiempo.
Ahora, sucedió que, siendo esta mujer hermosa y amable, de
ella se enamoró mucho un caballero llamado micer Lambertuccio, al cual ella,
porque hombre desagradable y cargante le parecía, por nada del mundo podía
disponerse a amarlo; pero solicitándola él mucho con embajadas y no valiéndole,
siendo hombre poderoso, la mandó amenazar con difamarla si no hacía su gusto,
por la cual cosa la señora, temiéndolo y sabiendo cómo era, se plegó a hacer su
deseo.
Y habiendo la señora (que doña Isabela tenía por nombre)
ido, como es costumbre nuestra en verano, a estarse en una hermosísima tierra
suya en el campo, sucedió, habiendo su marido ido a caballo a algún lugar para
quedarse algún día, que mandó ella a por Lionetto para que viniese a estar con
ella; el cual, contentísimo, fue incontinenti. Micer Lambertuccio, oyendo que
el marido de la señora se había ido fuera, solo, montando a caballo, se fue a
donde ella estaba y llamó a la puerta.
La criada de la señora, al verlo, se fue incontinenti a
ella, que estaba en la alcoba con Lionetto y, llamándola, le dijo:
—Señora, micer Lambertuccio está ahí abajo él solo.
La señora, al oír esto, fue la más doliente mujer del
mundo; pero temiéndole mucho, rogó a Leonetto que no le fuera enojoso
esconderse un rato tras la cortina de la cama hasta que micer Lambertuccio se
fuese.
Leonetto, que no menor miedo de él tenía de lo que tenía
la señora, allí se escondió; y ella mandó a la criada que fuese a abrir a micer
Lambertuccio; la cual, abriéndole y descabalgando él de su palafrén y atado
éste allí a un gancho, subió arriba.
La señora, poniendo buena cara y viniendo hasta lo alto de
la escalera, lo más alegremente que pudo le recibió con palabras y le preguntó
qué andaba haciendo. El caballero, abrazándola y besándola, le dijo:
—Alma mía, oí que vuestro marido no estaba, así que me he
venido a estar un tanto con ella.
Y luego de estas palabras, entrando en la alcoba y
cerrando por dentro, comenzó micer Lambertuccio a solazarse con ella.
Y estando así con ella, completamente fuera de los
cálculos de la señora, sucedió que su marido volvió: el cual, cuando la criada
lo vio junto a la casa, corrió súbitamente a la alcoba de la señora y dijo:
—Señora, aquí está el señor que vuelve: creo que está ya
en el patio.
La mujer, al oír esto y al pensar que tenía dos hombres en
casa (y sabía que el caballero no podía esconderse porque su palafrén estaba en
el patio), se tuvo por muerta; sin embargo, arrojándose súbitamente de la cama,
tomó un partido y dijo a micer Lambertuccio:
—Señor, si me queréis algo bien y queréis salvarme de la
muerte, haced lo que os diga. Cogeréis en la mano vuestro puñal desnudo, y con
mal gesto y todo enojado bajaréis la escalera y os iréis diciendo: «Voto a Dios
que lo cogeré en otra parte»; y si mi marido quisiera reteneros u os preguntase
algo, no digáis nada sino lo que os he dicho, y, montando a caballo, por
ninguna razón os quedéis con él.
Micer Lambertuccio dijo que de buena gana; y sacando fuera
el puñal, todo sofocado entre las fatigas pasadas y la ira sentida por la
vuelta del caballero, como la señora le ordenó así hizo. El marido de la
señora, ya descabalgando en el patio, maravillándose del palafrén y queriendo
subir arriba, vio a micer Lambertuccio bajar y asombróse de sus palabras y de
su rostro y le dijo:
—¿Qué es esto, señor?
Micer Lambertuccio, poniendo el pie en el estribo y
montándose encima, no dijo sino:
—Por el cuerpo de Dios, lo encontraré en otra parte.
Y se fue.
El gentilhombre, subiendo arriba, encontró a su mujer en
lo alto de la escalera toda espantada y llena de miedo, a la cual dijo:
—¿Qué es esto? ¿A quién va micer Lambertuccio tan airado
amenazando?
La mujer, acercándose a la alcoba para que Leonetto la
oyese, repuso:
—Señor, nunca he tenido un miedo igual a éste. Aquí dentro
entró huyendo un joven a quien no conozco y a quien micer Lambertuccio seguía
con el puñal en la mano, y encontró por acaso esta alcoba abierta, y todo
tembloroso dijo: «Señora, ayudadme por Dios, que no me maten en vuestros
brazos». Yo me puse de pie de un salto y al querer preguntarle quién era y qué
le pasaba, hete aquí micer Lambertuccio que venía subiendo diciendo: «¿Dónde
estás, traidor?». Yo me puse delante de la puerta de la alcoba y, al querer
entrar él, le detuve; en eso fue cortés que, como vio que no me placía que
entrase aquí dentro, después de decir muchas palabras se bajó como lo visteis.
Dijo entonces el marido.
—Mujer, hicisteis bien; muy gran deshonra hubiera sido que
hubiesen matado a alguien aquí dentro, y micer Lambertuccio hizo una gran
villanía en seguir a nadie que se hubiera refugiado aquí dentro.
Luego preguntó dónde estaba aquel joven.
La mujer contestó:
—Señor, yo no sé dónde se haya escondido.
El caballero dijo:
—¿Dónde estás? Sal con confianza.
Leonetto, que todo lo había oído, todo miedoso como quien
miedo había pasado de verdad, salió fuera del lugar donde se había escondido.
Dijo entonces el caballero:
—¿Qué tienes tú que ver con micer Lambertuccio?
El joven repuso:
—Señor, nada del mundo; y por ello creo firmemente que no
esté en su juicio o que me haya tomado por otro, porque en cuanto me vio no
lejos de esta casa, en la calle, echó mano al puñal y dijo: «Traidor, ¡muerto
eres!». Yo no me puse a preguntarle que por qué razón sino que comencé a huir
cuanto pude y me vine aquí, donde, gracias a Dios y a esta noble señora, me he
salvado.
Dijo entonces el caballero:
—Pues anda, no tengas ningún miedo; te pondré en tu casa
sano y salvo, y luego entérate bien de lo que tienes que ver con él.
Y en cuanto hubieron cenado, haciéndole montar a caballo,
se lo llevó a Florencia y lo dejó en su casa; el cual, según las instrucciones
recibidas de la señora, aquella misma noche habló con micer Lambertuccio
ocultamente y con él se puso de acuerdo de tal manera que, por mucho que se
hablase de aquello después, nunca por ello se enteró el caballero de la burla
que le había hecho su mujer.
NOVELA SÉPTIMA
Ludovico descubre a doña Beatriz el amor que le tiene, la
cual manda a Egano, su marido, a un jardín vestido como ella y se acuesta con
Ludovico; el cual, luego, levantándose, va y apalea a Egano en el jardín
[SC263] .
Esta invención de doña Isabela contada por Pampínea fue
por todos los de la compañía tenida por maravillosa; pero Filomena, a quien el
rey había ordenado que siguiese, dijo:
Amorosas señoras, si no estoy engañada, creo que contaré
una no menos buena, y prestamente.
Debéis saber que en París vivió un hombre noble
florentino, el cual, por su pobreza, se había hecho mercader, y le había ido
tan bien con el comercio que se había hecho en él riquísimo; y tenía de su
mujer un solo hijo al que había llamado Ludovico. Y para que a la nobleza del
padre y no al comercio saliese, no lo había el padre querido poner en ningún
negocio sino que lo había puesto con otros hombres nobles al servicio del rey
de Francia, donde muchas buenas maneras y buenas cosas había aprendido. Y estando
allí, sucedió que ciertos caballeros que volvían del Sepulcro, mezclándose en
una conversación de los jóvenes entre los que estaba Ludovico, y oyéndolos
razonar entre sí sobre las damas hermosas de Francia y de Inglaterra y de otras
partes del mundo, comenzó uno de ellos a decir que ciertamente de cuanto mundo
él había recorrido y de cuantas mujeres había visto, nunca una hermosura
semejante a la mujer de Egano de los Galluzzi de Bolonia, llamada doña Beatriz,
había visto; en lo que todos sus compañeros que junto con él la habían visto en
Bolonia, concordaron, 1a cual cosa escuchando Ludovico, que todavía no se había
enamorado de ninguna, se inflamó en tanto deseo de verla que en otra cosa no
podía fijar el pensamiento; y del todo dispuesto a ir hasta Bolonia a verla, y
allí quedarse si a ella le placía, dio a entender a su padre que quería ir al
Sepulcro, lo que consiguió con gran dificultad.
Poniéndose, pues, de nombre Aniquino, llegó a Bolonia, y
como quiso la fortuna, al día siguiente vio a esta señora en una fiesta, y con
mucho le pareció más hermosa de lo que pensado había; por lo que, enamorándose
ardentísimamente de ella, se propuso no irse nunca de Bolonia si no conseguía
su amor. Y pensando en qué camino debía seguir para ello, dejando cualquier
otro decidió que, si pudiera hacerse criado del marido de ella, que tenía
muchos, por acaso podría sucederle lo que deseaba.
Vendidos, pues, sus caballos, y colocados sus criados de
manera que estaban bien, habiéndoles ordenado que fingiesen no conocerlo,
habiendo hecho amistad con su posadero, le dijo que de buena gana entraría como
servidor de algún señor de bien, si alguno pudiese encontrar; al cual dijo el
posadero:
—Tú eres propiamente un sirviente que debía de ser muy
apreciado por un hombre noble de esta tierra que tiene por nombre Egano, el
cual tiene muchos, y todos los quiere aparentes como eres tú; yo le hablaré de ello.
Y como dijo, así lo hizo; y antes que se separase de
Egano, hubo colocado con él a Aniquino, el cual le agradó lo más que podía ser.
Y viviendo con Egano y teniendo oportunidades de ver con mucha frecuencia a su
gobierno, tan bien y tan de grado comenzó a servir a Egano que éste le tomó
tanto amor que sin él no sabía hacer ninguna cosa; y no solamente de sí sino de
todas las cosas le había encomendado el gobierno.
Sucedió un día que, habiendo ido Egano de cetrería y
quedándose Aniquino en casa, doña Beatriz, que de su amor no se había
apercibido todavía por mucho que para sí misma, mirándole a él y a sus maneras,
muchas veces le había elogiado y le agradase, se puso con él a jugar al
ajedrez; y Aniquino, que agradarle deseaba, muy diestramente se dejaba vencer;
de lo que la señora hacía maravillosas fiestas
[SC264]. Y habiéndose apartado de mirarlos jugar todas las
damas de la señora y dejándolos jugando solos, Aniquino lanzó un grandísimo
suspiro.
La señora, mirándolo, dijo:
—¿Qué tienes, Aniquino? ¿Tanto te duele que te venza?
—Señora —repuso Aniquino—, mucho mayor cosa que lo es ésta
fue la razón de mi suspiro.
Dijo entonces la señora:
—¡Ah! Dímela, si me quieres bien.
Cuando Aniquino se oyó rogar «si la quería bien» por quien
sobre todas las cosas amaba, lanzó uno mucho mayor de lo que lo había sido el
primero; por lo que la señora otra vez le rogó que le pluguiese decirle cuál
era la razón de sus suspiros.
A quien Aniquino dijo:
—Señora, mucho temo que os sea molesta si os la digo y
además temo que la digáis a otra persona.
A quien la señora dijo:
—Por cierto que no me será enojoso; y estate seguro de
esto, que nada que tú me digas, sino cuando te plazca, le diré a nadie nunca.
Entonces dijo Aniquino:
—Puesto que así me lo prometéis, os lo diré.
Y con las lágrimas en los ojos le dijo quién era él, lo
que de ella había oído y dónde, y cómo de ella se había enamorado y cómo
venido, y por qué había entrado como servidor del marido; y luego, humildemente
le rogó que si podía ser le pluguiera tener piedad de él y complacerle en este
su secreto y tan ferviente deseo; y que, si esto no quería hacer, que,
dejándolo estar en el traje en que estaba, le permitiese amarla. ¡Oh, singular
dulzura de la sangre boloñesa, que digna de alabanza has sido siempre en tales
casos! Nunca te enorgulleciste de las lágrimas y los suspiros y continuamente
has sido sensible a las súplicas, y a los amorosos deseos doblegable; si yo
tuviera dignas loas para alabarte, nunca saciada se vería mi voz.
La noble señora, al hablar Aniquino, le miraba; y dando
plena fe a sus palabras, con tanta fuerza recibió por sus ruegos el amor en la
mente, que también ella comenzó a suspirar, y luego de algún suspiro repuso:
—Dulce Aniquino mío, ten buen ánimo: ni dones ni promesas
ni cortejar de nobles ni de señor alguno ni de ningún otro (que he sido y soy
cortejada por muchos) nunca pudo mover mi ánimo tanto que amase a alguno; pero
tú en tan poco tiempo como han durado tus palabras me has hecho más tuya que lo
soy mía. Juzgo que óptimamente has ganado mi amor, y por ello te lo doy y te
prometo que te haré gozar de él antes de que termine esta noche que viene. Y
para que esto tenga lugar, hacia la medianoche vendrás a mi alcoba; yo dejaré
la puerta abierta; sabes de qué lado de la cama duermo yo; vendrás allí y si
durmiere, tócame hasta que me despierte, y te consolaré de tan largo deseo como
has sentido; y para que lo creas quiero darte un beso en prenda.
Y echándole un brazo al cuello, amorosamente lo besó, y
Aniquino a ella.
Dichas estas cosas, Aniquino, dejando a la señora, se fue
a hacer algunas de sus obligaciones, esperando con la mayor alegría del mundo
que llegase la noche.
Egano volvió de la caza, y cuando hubo cenado, como estaba
cansado se fue a dormir, y la señora tras él; y como había prometido dejó la
puerta de la alcoba abierta; a la cual, a la hora que le había sido dicha, vino
Aniquino y calladamente entrando en la alcoba y volviendo a cerrar la puerta
por dentro, del lado donde dormía la señora se fue, y poniéndole la mano en el
pecho la encontró que no dormía. La cual, como sintió llegar a Aniquino,
tomando su mano con las dos suyas y sujetándolo fuerte, dándose vueltas en la
cama tanto hizo que despertó a Egano que dormía; al cual dijo:
—No quise decirte nada anoche porque me pareciste cansado;
pero dime, así te guarde Dios, Egano, ¿a cuál tienes tú por el mejor criado y
el más leal, y quién amas más, de los que tienes en casa?
Repuso Egano:
—¿Qué es eso, mujer, qué me preguntas? ¿No lo sabes? No
hay ni ha habido nunca ninguno de quien tanto me fiase o me fíe o ame, cuanto
me fío y amo a Aniquino. Pero ¿por qué me lo preguntas?
Aniquino, sintiendo despierto a Egano y oyendo hablar de
él, había muchas veces tirado de la mano hacia sí para irse, temiendo mucho que
la señora quisiese engañarle; pero ésta lo había sujetado y lo sujetaba de
manera que no había podido alejarse ni podía.
La señora repuso a Egano, y dijo:
—Yo te lo diré. Yo creía que era que fuese como tú dices y
que más fiel que ninguno otro te fuera; pero me ha engañado, porque cuando te
fuiste hoy de cetrería, él se quedó aquí, y cuando le pareció oportuno no se
avergonzó de pedirme que consintiera en hacer su gusto; y yo, para que esta
cosa no necesitase probarte con demasiadas pruebas, y para hacértelo tocar y
ver, repuse que me parecía bien y que esta noche, pasada la medianoche, iré al
jardín nuestro y le esperaré al pie del pino. Ahora, en cuanto a mi yo no
entiendo ir allí, pero si tienes ganas de conocer la fidelidad de tu criado,
puedes fácilmente, poniéndote encima una de mis sayas y en la cabeza un velo,
ir allá abajo a esperar si viene, que estoy segura de que sí.
Egano, oyendo esto, dijo:
—Por cierto que conviene que lo vea.
Y levantándose como mejor pudo en la oscuridad, se puso
una saya de la señora en la cabeza, y se fue al jardín y al pie de un pino se
puso a esperar a Aniquino.
La señora, como lo sintió levantado y fuera de la alcoba,
se levantó y cerró la puerta por dentro. Aniquino, que el mayor miedo que nunca
había sentido sintió, y que cuanto podía se había esforzado en salir de las
manos de la señora y cien mil veces a ella y a su amor y a sí mismo, que
confiado se había, había maldito, oyendo lo que al final había hecho, fue el
hombre más feliz que nunca hubo; y habiendo la señora vuelto a la cama, como
quiso ella, como ella se desnudó, y juntos se solazaron y disfrutaron por buen
espacio de tiempo.
Luego, no pareciendo a la señora que Aniquino debiese
quedarse más, lo hizo levantarse y volver a vestirse, y así le dijo:
—Dulces labios míos, coge un buen bastón y vete al jardín,
y fingiendo haberme requerido para tentarme, como si fuese yo misma, dirás
insultos a Egano y me lo sacudirás bien con el bastón, porque de ello se
seguirá luego maravilloso deleite y placer.
Levantándose Aniquino y yendo al jardín con una vara de
sauce en la mano, cuando llegó junto al pino y Egano lo vio venir, y
levantándose como si quisiese recibirlo con grandísima fiesta, le salió al
encuentro; al cual dijo Aniquino:
—¡Ay, mala mujer, así que has venido! ¿Y has creído que yo
quisiera o quiero a mi señor hacerle esta afrenta? ¡Seas mil veces mal venida!
Y alzando el bastón, comenzó a sacudirlo.
Egano, al oír esto y ver el bastón, sin decir palabra
comenzó a huir, y tras él Aniquino, siempre diciendo:
—Fuera, que Dios te dé malahora, mala mujer, que por
cierto que mañana se lo diré a Egano.
Egano, habiendo recibido dos de las buenas, lo antes que
pudo se volvió a la alcoba; al cual preguntó la señora si Aniquino había venido
al jardín.
Egano dijo:
—Así no hubiera ido, porque creyendo que eras tú me ha
molido con un bastón y dicho las mayores injurias que nunca se han dicho a una
mala mujer. Y así yo me maravillaba mucho de que él te hubiese dicho aquellas
palabras con ánimo de hacer algo que fuese en vergüenza mía; sino que porque te
vio tan alegre y cordial, quiso probarte.
—Entonces —dijo la señora—, alabado sea Dios porque a mí
me ha probado con palabras y a ti con obras; y creo que podría decir que yo
soporto con más paciencia las palabras que tú las obras. Mas puesto que tal
lealtad te tiene, hay que tenerlo en estima y honrarle.
Egano dijo:
—Por cierto que dices la verdad.
Y basándose en aquello, era de la opinión de que tenía la
mujer más leal y el más fiel servidor que nunca había tenido un noble; por la
cual cosa, como luego muchas veces con Aniquino, éste y la señora riesen de
este hecho, Aniquino y la señora tuvieron mucha más facilidad de la que por
ventura habrían tenido para hacer aquello que les daba deleite y placer
mientras que a Aniquino le plugo quedarse con Egano en Bolonia.
NOVELA OCTAVA
Uno siente celos de la mujer, y ella, atándose una cuerda
a un dedo por la noche, siente llegar a su amante, el marido se da cuenta, y,
mientras persigue al amante, la mujer pone en el lugar suyo en la cama a otra
mujer, a quien el marido pega y corta las trenzas, y luego va a buscar a sus
hermanos; los cuales, encontrando que aquello no era verdad, le injurian
[SC265] .
Extrañamente maliciosa parecía a todos que doña Beatriz
había sido al burlarse de su marido y todos afirmaban que el miedo de Aniquino
debía de haber sido muy grande cuando, sujetándolo fuertemente la señora, la
oyó decir que él le había requerido de amores.
Pero luego de que el rey vio callarse a Filomena,
volviéndose hacia Neifile, dijo:
—Decid vos.
La cual, sonriendo primero un poco, comenzó:
Hermosas señoras, gran peso me incumbe si quiero con una
buena historia daros gusto como os lo han dado aquellas que antes han hablado;
del cual, con la ayuda de Dios, espero descargarme asaz bien.
Debéis, pues, saber que en nuestra ciudad hubo un
riquísimo mercader llamado Arriguccio Berfinghieri
[SC266], el cual neciamente, tal como ahora hacen cada día
los mercaderes, pensó ennoblecerse por su mujer y tomó a una joven señora noble
(que mal le convenía) cuyo nombre fue doña Sismonda. La cual, porque él tal
como hacen los mercaderes andaba mucho de viaje y poco estaba con ella, se
enamoró de un joven llamado Roberto que largamente la había cortejado; y
habiendo llegado a tener intimidad con él, y teniéndola menos discretamente
porque sumamente le deleitaba, sucedió (o porque Arriguccio oyese algo o como
quiera que fuese) que se hizo el hombre más celoso del mundo y dejó de ir de
viaje y todos sus demás negocios, y toda su solicitud la había puesto en
guardar bien a aquélla, y nunca se hubiera dormido si no la hubiese sentido
antes meterse en la cama; por la cual cosa la mujer sintió grandísimo dolor,
porque de ninguna guisa podía estar con su Roberto.
Pero habiendo dedicado muchos pensamientos a encontrar
algún modo de estar con él, y siendo también muy solicitada por él, le vino el
pensamiento de hacer de esta manera: que, como fuese que su alcoba daba a la
calle y ella se había dado cuenta muchas veces de que a Arriguccio le costaba
mucho dormirse, pero que después dormía profundísimamente, ideó hacer venir a
Roberto a la puerta de su casa a medianoche e ir a abrirle y estarse con él
mientras su marido dormía profundamente.
Y para sentir ella cuándo llegaba de guisa que nadie se
apercibiese, inventó echar una cuerdecita fuera de la ventana de la alcoba que
por uno de los extremos llegase cerca del suelo, y el otro extremo bajarlo
hasta el pavimento y llevarlo hasta su cama, y meterlo bajo las ropas, y cuando
ella estuviese en la cama atárselo al dedo gordo del pie; y luego, mandando
decir esto a Roberto, le ordenó que, cuando viniera, tirase de la cuerda y
ella, si su marido durmiese, lo soltaría e iría a abrirle, y si no durmiese, lo
cogería y lo tiraría hacia sí, a fin de que él no esperase. La cual cosa plugo
a Roberto; y habiendo ido muchas veces, alguna le sucedió estar con ella y
alguna no.
Por último, continuando con este artificio de esa manera,
sucedió una noche que, durmiendo la señora, y estirando Arriguccio el pie por
la cama, dio con este cordel; por lo que, llevando a él la mano y encontrándolo
atado al pie de su mujer, se dijo a sí mismo:
«Por cierto que esto debe ser algún engaño».
Y dándose cuenta luego de que el cordel salía por la
ventana lo tuvo por cierto; por lo que cortándolo quedamente del dedo de la
mujer, lo ató al suyo, y estuvo atento para ver qué quería decir esto.
No mucho después vino Roberto, y tirando del cordel como
acostumbraba, Arriguccio lo sintió; y no habiendo sabido atárselo bien, y
habiendo Roberto tirado fuertemente y habiéndose quedado con el cordel en la
mano, entendió que debía esperar; y así hizo.
Arriguccio, levantándose prestamente y cogiendo sus armas,
corrió a la puerta para ver quién era aquél y para hacerle daño. Ahora,
Arriguccio era, aunque fuese mercader, un hombre fiero y fuerte; y llegado a la
puerta, y no abriéndola suavemente como solía hacer la mujer, y Roberto, que
esperaba, sintiéndolo, se dio cuenta que era quien era, es decir, que quien
abría la puerta era Arriguccio; por lo que prestamente comenzó a huir y
Arriguccio a perseguirlo. Hasta que por fin habiendo Roberto huido un gran trecho
y no cesando él de seguirlo, estando también Roberto armado, sacó la espada y
se volvió hacia él, y comenzaron el uno a querer herir al otro y a defenderse.
La mujer, al abrir Arriguccio la alcoba, desvelándose y
encontrándose cortado el cordel del dedo, incontinenti se dio cuenta de que su
engaño estaba descubierto; y sintiendo que Arriguccio había corrido tras de
Roberto, levantándose prestamente, dándose cuenta de lo que podía suceder,
llamó a su criada, la cual sabía todo, y tanto le rogó que la puso en su lugar
en la cama, rogándole que, sin darse a conocer, los golpes que le diera
Arriguccio recibiese pacientemente porque ella se los devolvería con tamaña
recompensa que no tendría razón de quejarse.
Y apagada la luz que en la alcoba ardía, se fue de allí y,
escondida en un lugar de la casa, se puso a esperar lo que iba a suceder.
Siguiendo la riña entre Arriguccio y Roberto, los vecinos del barrio,
sintiéndola y levantándose, comenzaron a insultarlos, y Arriguccio, por temor a
ser reconocido, sin haber podido saber quién fuese el joven ni herirlo de
alguna manera, airado y de mal talante, dejándolo en paz, se fue hacia su casa;
y llegando a la alcoba, airadamente comenzó a decir:
—¿Dónde estás, mala mujer? ¡Has apagado la luz para que no
te encuentre, pero te equivocas!
Y yendo a la cama, creyendo coger a la mujer, cogió a la
criada, y cuando pudo menear las manos y los pies tantos puñetazos y tantas
patadas le dio que le marcó toda la cara, y por último le cortó los cabellos,
diciéndole siempre las mayores injurias que jamás se han dicho a una mala
mujer.
La criada lloraba mucho como quien tenía de qué, y aunque
alguna vez dijese: «¡Ay! ¡Por el amor de Dios!» o «¡Basta!», estaba la voz tan
rota por el llanto y Arriguccio tan ciego de furor que no podía distinguir que
aquélla fuese de otra mujer que la suya.
Apaleándola, pues, con todo derecho y cortándole los
cabellos, como decimos, dijo:
—Mala mujer, no entiendo tocarte de otro modo, sino que
iré a por tus hermanos y les contaré tus buenas obras; y luego que vengan a por
ti y que hagan lo que crean que corresponde a su honor y te lleven de aquí, que
en esta casa ten por cierto que no estarás nunca más.
Y dicho esto, saliendo de la alcoba, la cerró por fuera y
se fue él solo.
Cuando doña Sismonda, que todo había oído, sintió que el
marido se había ido, abrió la alcoba y, encendida la luz, encontró a su criada
toda machacada que lloraba fuertemente; a la cual, como mejor pudo la consoló y
la llevó a su alcoba, donde después ocultamente haciéndola cuidar y curar,
tanto con lo de Arriguccio mismo la recompensó que ella se tuvo por contenta. Y
cuando a la criada hubo llevado a su alcoba, rápidamente hizo la cama de la
suya y la arregló toda y la puso en orden, como si ninguna persona se hubiera
acostado allí esa noche, y volvió a encender la lámpara, y se vistió y arregló,
como si todavía no se hubiese acostado; y encendiendo un candil y tomando sus
telas, se fue a sentar arriba de la escalera y se puso a coser y a esperar en
qué paraba aquello.
Arriguccio, al salir de su casa, lo antes que pudo se fue
a la casa de los hermanos de la mujer, y allí tantos golpes dio que le
sintieron y le abrieron. Los hermanos de la mujer, que eran tres, y su madre,
sintiendo que era Arriguccio se levantaron todos, y haciendo encender las luces
vinieron a su encuentro y le preguntaron qué iba buscando a aquella hora y tan
solo. A quienes Arriguccio, empezando con el cordel que había encontrado atado
al dedo del pie de doña Sismonda hasta lo último que encontrado y hecho había,
se lo contó; y para darles entero testimonio de lo que había hecho, los
cabellos que creía haberle cortado a su mujer se los puso en las manos,
añadiendo que viniesen a por ella y que le hiciesen lo que creyeran que
correspondía a su honor, porque él no pensaba tenerla más en casa.
Los hermanos de la mujer, muy enojados de lo que habían
oído y teniéndolo por cierto, contra ella enardecidos, hechas encender
antorchas, con intención de jugarle una mala partida, con Arriguccio se
pusieron en camino y fueron a su casa. Lo que viendo su madre, llorando comenzó
a seguirlos, ora a uno ora al otro rogando que no creyesen aquellas cosas tan
súbitamente sin ver ni saber nada más, porque el marido podía por alguna razón
estar enojado con ella y haberle hecho daño, y ahora decirles aquello en excusa
de sí mismo, diciendo además que ella se maravillaba mucho de cómo podía haber
sucedido aquello porque conocía bien a su hija, como quien la había criado
desde pequeñita, y muchas otras cosas semejantes.
Llegados, pues, a casa de Arriguccio y entrando dentro,
comenzaron subir las escaleras; y oyéndolos venir doña Sismonda, dijo:
—¿Quién anda ahí?
A quien uno de los hermanos repuso:
—Bien lo sabrás tú, mala mujer, quién es.
Dijo entonces doña Sismonda:
—¿Pero qué querrá decir esto? ¡Señor, ayúdame! —Y
poniéndose en pie, dijo—: Hermanos míos, sed bien venidos; ¿qué andáis buscando
a esta hora los tres aquí dentro?
Ellos, habiéndola visto sentada y cosiendo y sin ninguna
marca en el rostro de haber sido golpeada, cuando Arriguccio había dicho que la
había dejado machacada, algo al primer embite se maravillaron y refrenaron el
ímpetu de su ira, y le preguntaron que cómo había sido aquello de lo que
Arriguccio se quejaba de ella, amenazándola mucho si no les decía todo.
La mujer dijo:
—No sé qué deba deciros, ni de qué tenga que haberse
quejado de mí Arriguccio.
Arriguccio, al verla, la miraba como estupidizado,
acordándose de que le había dado tal vez mil puñetazos en la cara y la había
arañado y le había hecho todas las maldades del mundo, y ahora la veía como si
no hubiera pasado nada de aquello. En resumen, los hermanos le dijeron lo que
Arriguccio les había dicho del cordel y de los golpes y de todo.
La mujer, volviéndose a Arriguccio, dijo:
—¡Ay, marido mío! ¿Qué es lo que oigo? ¿Por qué haces
tenerme por mala mujer para tu gran vergüenza, cuando no lo soy, y a ti por
hombre malo y cruel, que no eres? ¿Y cuándo has estado esta noche en casa, no
ya conmigo? ¿O cuándo me pegaste? En cuanto a mí, no me acuerdo.
Arriguccio comenzó a decir:
—¿Cómo, mala mujer, no nos fuimos a la cama juntos anoche?
¿No he vuelto luego, después de haber estado corriendo tras tu amante? ¿No te
he dado muchos golpes y cortado los cabellos?
La mujer repuso:
—En esta casa no te acostaste anoche tú, pero dejemos
esto, que no puedo dar otro testimonio que mis palabras verdaderas, y vengamos
a lo que dices que me pegaste, y cortaste los cabellos. A mí no me has pegado
nunca, y cuantos hay aquí y tú también, fijaos en mí, si en todo el cuerpo
tengo alguna señal de paliza; ni te aconsejaría que fueses tan atrevido que me
pusieses la mano encima que, por la cruz de Cristo te abofetearía. Ni tampoco
me cortaste los cabellos, que yo lo haya sentido o lo haya visto, pero tal vez
lo hiciste sin que me diese cuenta; déjame ver si los tengo cortados o no.
Y quitándose los velos de la cabeza, mostró que cortados
no los tenía, sino enteros; las cuales cosas viendo y oyendo los hermanos y la
madre, comenzaron a decirle a Arriguccio:
—¿Qué dices, Arriguccio? Esto no es ya lo que nos viniste
a decir que habías hecho; y no sabemos cómo puedes probar lo que queda.
Arriguccio estaba como quien soñase, y quería hablar; pero
viendo que lo que creía que podía probar no era así, no se atrevía a decir
nada.
La mujer, volviéndose a sus hermanos, dijo:
—Hermanos míos, veo que ha andado buscando que yo haga lo
que no querría haber hecho nunca, esto es, que os cuente sus miserias y su
maldad; y lo haré. Creo firmemente que lo que os ha contado le haya pasado, y
oíd cómo. Este hombre de pro, a quien por mi mal me disteis por mujer, que se
dice mercader y que quiere ser respetado y que debería tener más templanza que
un religioso y más honestidad que una doncella, pocas son las noches que no
vaya emborrachándose por las tabernas, y ahora con esta mala mujer, ahora con
aquélla enredándose; y a mí se me hace hasta medianoche y a veces hasta el
amanecer esperándole de la manera que me habéis encontrado. Estoy segura de
que, estando bien borracho, se fue a la cama con alguna mujerzuela y a ella, al
despertarse, le encontró el cordel en el pie y luego hizo todas esas gallardías
que dice, y por último volvió a ella y la pegó y le cortó los cabellos; y no
habiendo vuelto en sí todavía, se creyó, y estoy segura de que lo cree todavía,
que estas cosas me las había hecho a mí; y si os fijáis bien en su cara,
todavía está medio borracho. Pero sea lo que haya dicho de mí, no quiero que se
lo toméis en cuenta más que como a un borracho; y que como yo le perdono lo
perdonéis vosotros también.
Su madre, oyendo estas palabras, comenzó a alborotarse y a
decir:
—Por la cruz de Cristo, hija mía, eso no debía hacerse
sino que debía matarse a ese perro fastidioso y desconsiderado, que no es digno
de tener una tal moza como tú. ¡Bueno está! ¡Ni aunque te hubiese recogido del
fango! Mal rayo le parta si debes aguantar las podridas palabras de un
comerciantucho en heces de burro que vienen del campo y salen de las pocilgas
[SC267] vestidos de pardillo
[SC268] con las calzas de campana y con la pluma en el
culo
[SC269] y en cuanto tienen tres sueldos
[SC270] quieren a las hijas de los gentileshombres y de
las buenas damas por mujeres, y usan armas
[SC271] y dicen: «Soy de los tales» y «Los de mi casa
hicieron esto». Bien querría que mis hijos hubiesen seguido mi consejo, que tan
honorablemente te podían colocar en casa de los condes Guido por un pedazo de
pan
[SC272]; y en cambio quisieron darte esta valiosa joya
que, siendo tú la mejor moza de Florencia y la más honesta, no se ha
avergonzado de decir a medianoche que eres una puta, como si no te
conociésemos; pero a fe que si me hiciesen caso se le haría un escarmiento que
lo pudriese. —Y volviéndose a sus hijos, dijo—: Hijos, bien os decía yo que
esto no podía ser. ¿Habéis oído cómo vuestro cuñado trata a vuestra hermana,
ese comerciantuelo de cuatro al cuarto? Que, si yo fuese vosotros, habiendo
dicho lo que ha dicho de ella y haciendo lo que hace, no estaría contenta ni
satisfecha mientras no lo hubiera quitado de en medio; y si yo fuese hombre en
vez de mujer no querría que otro en mi lugar lo hiciese. ¡Señor, haz que le
pese, borracho asqueroso que no tiene vergüenza!
Los jóvenes, vistas y oídas estas cosas, volviéndose a
Arriguccio le dijeron las mayores injurias que nunca se le han dicho a ningún
malvado, y por último dijeron:
—Te perdonamos ésta porque estás borracho, pero cuida de
que en toda tu vida de aquí en adelante no oigamos más noticias de éstas, que
si alguna nos viene a los oídos por cierto que nos la pagarás por ésta y por
aquélla.
Y dicho esto, fueron.
Arriguccio, que se quedó como estúpido, no sabiendo él
mismo si lo que había hecho era verdad o si lo había soñado, sin decir una
palabra más dejó a su mujer en paz; la cual no solamente con su sagacidad
escapó al peligro inminente sino que se abrió el camino para poder hacer en el
tiempo por venir todos sus gustos sin tener miedo al marido nunca más.
NOVELA NOVENA
Lidia, mujer de Nicostrato, ama a Pírro, el cual, para
poder creerla, le pide tres cosas, todas las cuales ella le hace, y además de
esto, en presencia de Nicostrato se solaza con él y a Nicostrato hace creer que
no es verdad lo que ha visto
[SC273] .
Tanto había agradado la historia de Neifile que ni de
reírse ni de hablar de ella podían dejar las señoras, aunque el rey muchas
veces silencio les hubiera ordenado, habiendo mandado a Pánfilo que la suya
contase; pero luego que callaron, así comenzó Pánfilo:
No creo yo, reverendas señoras, que haya nada por grave y
peligroso que sea, que a hacer no se atreva quien ardientemente ama; la cual
cosa, aunque haya sido probada en muchas historias, no por ello creo que dejaré
de probar mejor con una que entiendo contaros, donde oiréis sobre una señora
que en sus obras tuvo mucho más favorable la fortuna que sensato el juicio. Y
por ello no aconsejaría a ninguna que las huellas de quien hablar entiendo se
arriesgase a seguir, porque no siempre la fortuna está dispuesta de un modo, ni
todos los hombres del mundo son ofuscados igualmente.
En Argos, ciudad antiquísima de Acaya, por sus antiguos
reyes mucho más famosa que grande, hubo un hombre noble el cual fue llamado
Nicostrato, a quien ya cercano a la vejez la fortuna concedió por mujer a una
gran señora no menos osada que hermosa, llamada por nombre Lidia. Tenía éste,
como hombre noble y rico, muchos criados y perros y aves de caza, y grandísimo
deleite sentía en las cacerías; y tenía entre sus otros domésticos un jovencito
cortés y adornado y hermoso de cuerpo y diestro en cualquier cosa que hubiera
querido hacer, llamado Pirro, a quien Nicostrato más que a ningún otro amaba y
mucho se fiaba de él. De éste, Lidia se enamoró ardientemente, tanto que ni de
día ni de noche podía tener el pensamiento en otra parte sino en él; del cual
amor, o que Pirro no se apercibiese o que no lo quisiese, nada mostraba
preocuparse. De lo que la señora un dolor intolerable llevaba en el ánimo; y
del todo dispuesta a hacérselo saber llamó a una camarera suya llamada Lusca,
en la cual confiaba mucho, y le dijo así:
—Lusca, los beneficios que has recibido de mí te deben
hacer obediente y fiel, y por ello cuida de que lo que ahora voy a decirte,
ninguna persona lo oiga nunca sino aquel a quien yo te ordene. Como ves, Lusca,
yo soy mujer joven y fresca, y llena y colmada de todas las cosas que
cualquiera puede desear, y en resumen, excepto de una, no puedo quejarme; y
ésta es que los años de mi marido son demasiados si se miden con los míos, por
la cual cosa, de aquello de que las mujeres jóvenes más disfrutan vivo poco contenta;
y sin embargo, deseándolo como las otras, hace mucho tiempo que deliberé no
querer (si la fortuna me ha sido poco amiga al darme tan viejo marido) ser yo
enemiga de mí misma al no saber encontrar manera a mis deleites y mi salvación.
Y para tenerlos tan satisfecho en esto como en las demás cosas, he tomado el
partido de querer, como más digno de ello que ninguno otro, que nuestro Pirro
con sus brazos los supla, y he puesto en él tanto amor que nunca me siento bien
sino cuando lo veo o pienso en él; y si sin él, y sin tardanza no me reúno con
él, ciertamente creo que me moriré. Y por ello, si mi vida te es cara, por el
medio que mejor te parezca le significarás mi amor y también le rogarás de mi
parte que le plazca venir a mí cuando tú vayas a buscarle.
La camarera dijo que lo haría de buen grado; y cuando
primero le parecieron tiempo y lugar oportunos, llevando a Pirro aparte, cuanto
mejor supo, la embajada le dio de su señora. La cual cosa, oyendo Pirro, se
maravilló mucho, como quien nunca de nada se había apercibido, y temió que la
señora quisiera decírselo por probarlo; por lo que súbita y rudamente repuso:
—Lusca, no puedo creer que estas palabras vengan de mi
señora, y por ello cuida lo que dices; y si viniesen de ella, no creo que con
ánimo de cumplirlas sea; pero si con ese ánimo las dijese, mi señor me honra
más de lo que merezco; no le haré tal ultraje por mi vida, y tú cuida de no
hablarme de tales cosas.
Lusca, no asustada por sus duras palabras, le dijo:
—Pirro, de éstas y de cualquiera otra cosa que mi señora
me ordene te hablaré cuantas veces ella me lo encomiende, te sea gustoso o
molesto; pero eres un animal.
Y enfadada, con las palabras de Pirro se volvió a la
señora, la cual, al oírlas deseó morir; y luego de algunos días volvió a hablar
a la camarera y dijo:
—Lusca, sabes que con el primer golpe no cae la encina;
por lo que me parece que vuelvas de nuevo a aquel que en mi perjuicio
inusitadamente quiere ser leal, y hallando tiempo conveniente, muéstrale
enteramente mi ardor e ingéniate en todo en hacer que la cosa tenga efecto,
porque si así se dejase, yo me moriré y él se creería que había sido por
probarlo; y de lo que buscamos que es su amor se seguiría odio.
La camarera consoló a la señora y, buscando a Pirro, lo
encontró alegre y bien dispuesto, y así le dijo:
—Pirro, yo te mostré pocos días ha en qué gran fuego tu
señora y mía está por el amor que te tiene, y ahora otra vez te lo repito, que
si tú en la dureza que el otro día mostraste sigues, vive seguro de que vivirá
poco; por lo que te ruego que te plazca consolarla en su deseo; y si en tu
obstinación continuases emperrado, cuando yo por sabio te tenía, te tendré por
un bobalicón. ¿Qué gloria puede serte mayor que una tal señora, tan hermosa,
tan noble, tan rica, te ame sobre todas las cosas? Además de esto, ¡cuán
obligado debes sentirte a tu fortuna pensando que te ha puesto delante tal
cosa, para los deleites de tu juventud apropiada, y aun semejante refugio para
tus necesidades! ¿Qué semejante tuyo conoces que en cuanto a deleite esté mejor
que tú estarás, si eres sabio? ¿Cuál otro encontrarás que en armas, en
caballos, en ropas y en dineros pueda estar como tú estarás, si quieres
concederle tu amor? Abre, pues, el ánimo a mis palabras y vuelve en ti;
acuérdate de que puede suceder sólo una vez que la fortuna salga a tu encuentro
con rostro alegre y con los brazos abiertos; la cual, quien entonces no sabe
recibirla, al hallarse luego pobre y mendigo, de sí mismo y no de ella debe
quejarse. Y además de esto, no se debe la misma lealtad usar entre los servidores
y los señores que se usa entre los amigos y los parientes; tal deben tratarlos
los servidores, en lo que pueden, como son tratados por ellos. ¿Esperas tú, si
tuvieses mujer hermosa o madre o hija o hermana que gustase a Nicostrato, que
él iba a tropezar en la lealtad que quieres tú guardarle con su mujer? Necio
eres si lo crees; ten por cierto que si las lisonjas y los ruegos no bastasen,
fuera lo que fuese lo que pudiera parecerte, usaría la fuerza. Tratemos, pues,
a ellos y a sus cosas como ellos nos tratan a nosotros y a las nuestras; toma
el beneficio de la fortuna, no la alejes; sal a su encuentro y recíbela cuando
viene, que por cierto si no lo haces, dejemos la muerte que sin duda seguirá de
tu señora, pero tú te arrepentirás tantas veces que querrías morirte.
Pirro, que muchas veces en las palabras que Lusca le había
dicho había vuelto a pensar, había tomado por partido que, si ella volviese a
él otra vez, le daría otra respuesta y del todo plegarse a complacer a la
señora, si pudiera asegurarse de no estar siendo puesto a prueba; y por ello
repuso:
—Mira, Lusca, todas las cosas que me dices sé que son
verdaderas; pero yo sé por otra parte que mi señor es muy sabio y muy
perspicaz, y como pone en mi mano todos sus asuntos, mucho temo que Lidia, con
su consejo y voluntad haga esto para querer probarme, y por ello, si tres cosas
que yo le pida quiere hacer para esclarecerme, por cierto que nada me mandará
después que yo no haga prestamente. Y las tres cosas que quiero son éstas:
primeramente, que en presencia de Nicostrato mate ella misma a su bravo halcón;
luego, que me mande un mechoncito de la barba de Nicostrato, y, por último, una
muela de la boca de él mismo, de las más sanas.
Estas cosas parecieron duras a Lusca y a la señora
durísimas; pero Amor, que es buen consolador y gran maestro de consejos, la
hizo deliberar hacerlo, y por su camarera le envió a decir que aquello que le
había pedido completamente haría, y pronto; y además de ello, por lo muy sabio
que él reputaba a Nicostrato, dijo que en presencia suya con Pirro se solazaría
y a Nicostrato haría creer que no era verdad.
Pirro, pues, se puso a esperar lo que iba a hacer la noble
señora; la cual, habiendo de allí a pocos días Nicostrato dado un gran
almuerzo, como acostumbraba a hacer con frecuencia, a algunos gentileshombres,
y habiendo ya levantado los manteles, vestida de terciopelo verde y muy
adornada, y saliendo de su cámara, a aquella sala vino donde estaban ellos, y
viéndola Pirro y todos los demás, se fue a la percha donde el halcón estaba, al
que Nicostrato amaba tanto, y soltándolo como si en la mano lo quisiera llevar,
y tomándolo por las pihuelas lo golpeó contra el muro y lo mató. Y gritándole
Nicostrato: «¡Ay, mujer! ¿Qué has hecho?», nada le respondió, sino que
volviéndose a los nobles hombres que con él habían comido, dijo:
—Señores, mala venganza tomaría de un rey que me
afrentase, si de un halcón no tuviera el atrevimiento de tomarla. Debéis saber
que esta ave todo el tiempo que debe ser prestado por los hombres al placer de
las mujeres me ha quitado durante mucho tiempo; porque no apenas suele aparecer
la aurora, Nicostrato está levantado y montado a caballo, con su halcón en la
mano yendo a las llanuras abiertas para verlo volar; y yo, como veis, sola y
descontenta, en la cama me he quedado; por la cual cosa muchas veces he tenido
deseos de hacer lo que ahora he hecho, y ninguna otra razón me ha retenido sino
esperar a hacerlo en presencia de hombres que justos jueces sean en mi
querella, como creo que lo seréis vosotros.
Los nobles señores que la oían, creyendo que no de otra
manera era su afecto por Nicostrato que lo que decían sus palabras, riendo
todos y hacia Nicostrato volviéndose, que airado estaba, comenzaron a decir:
—¡Ah, qué bien ha hecho la señora al vengar su afrenta con
la muerte del halcón!
Y con diversas bromas sobre tal materia habiendo ya la
señora vuelto a su cámara, en risa volvieron el enojo de Nicostrato.
Pirro, visto esto, se dijo a sí mismo:
«Altos principios ha dado la señora a mis felices amores:
¡Dios haga que persevere!»
Matado, pues, por Lidia el halcón, no pasaron muchos días
cuando, estando ella en su alcoba junto con Nicostrato, haciéndole caricias,
con él comenzó a chancear, y él, por juego tirándole un tanto de los cabellos,
le dio ocasión de poner en efecto la segunda cosa pedida por Pirro; y
prestamente cogiéndole por un pequeño mechón de la barba, y riendo, tan fuerte
le tiró que se lo arrancó todo del mentón; de lo que quejándose Nicostrato,
ella dijo:
—¿Y qué tienes que poner tal cara porque te he quitado
unos seis pelos de la barba? ¡No sentías lo que yo cuando me tirabas poco ha de
los cabellos!
Y así continuando de una palabra en otra su solaz, la
mujer cautamente guardó el mechón de la barba que le había arrancado, y el
mismo día la mandó a su querido amante.
La tercera cosa le dio a la señora más que pensar, pero
también (como a quien era de alto ingenio y amor la hacía tener más) encontró
el modo que debía seguir para darle cumplimiento. Y teniendo Nicostrato dos
muchachitos confiados por su padre para que en casa, aunque fuesen
gentileshombres, aprendiesen buenas maneras, de los cuales, cuando Nicostrato
comía, el uno le cortaba en el plato y el otro le daba de beber, haciendo
llamar a los dos, les dio a entender que les olía la boca y les enseñó que, cuando
sirviesen a Nicostrato, echasen la cabeza hacia atrás lo más que pudieran, y no
le dijesen esto nunca a nadie.
Los jovencitos, creyéndolo, comenzaron a seguir aquella
manera que la señora les había enseñado; por lo que ella una vez preguntó a
Nicostrato:
—¿Te has dado cuenta de lo que hacen estos muchachitos
cuando te sirven?
Dijo Nicostrato:
—Claro que sí, así les he querido preguntar que por qué lo
hacían.
La señora le dijo:
—No lo hagas, que yo te lo diré, y te lo he ocultado mucho
tiempo para no disgustarte; pero ahora que me doy cuenta de que otros comienzan
a percatarse, ya no debo ocultártelo. Esto no te sucede sino porque la boca te
hiede fieramente, y no sé cuál será la razón, porque esto no solía ser; y ésta
es cosa feísima, teniendo que tratar tú con gentileshombres, y por ello se
debía ver el modo de curarla.
Dijo entonces Nicostrato:
—¿Qué podría ser ello? ¿Tendré en la boca alguna muela
estropeada?
A quien Lidia dijo:
—Tal vez sí.
Y llevándolo a una ventana le hizo abrir bien la boca y
luego de que le hubo de una parte y otra mirado, dijo:
—Oh, Nicostrato, ¿y cómo puedes haberla sufrido tanto?
Tienes una de esta parte la cual, a lo que me parece, no solamente está dañada,
sino que está toda podrida, y con seguridad si la tienes en la boca estropeará
las que están al lado; por lo que te aconsejaría que te la sacases antes de que
el asunto vaya más adelante.
Dijo entonces Nicostrato:
—Puesto que te parece así, y ello me agrada, mándese sin
tardanza por un maestro que me la saque.
A quien la señora dijo:
—No plazca a Dios que por esto venga un maestro; me parece
que está de manera que sin ningún maestro yo misma te la arrancaré óptimamente.
Y, por otra parte, estos maestros son tan crueles al hacer estos servicios que
el corazón no me sufriría de ninguna manera verte o saberte en las manos de
ninguno; y por ello quiero absolutamente hacerlo yo misma, que al menos, si te
duele demasiado yo te soltaré incontinenti, cosa que el maestro no haría.
Haciéndose, pues, traer los instrumentos propios de tal
servicio y haciendo salir de la cámara a todas las personas, solamente retuvo
consigo a Lusca; y encerrándose dentro hicieron echarse a Nicostrato sobre una
mesa y poniéndole las tenazas en la boca y cogiéndole una muela, por muy fuerte
que él de dolor gritase, sujetado firmemente por la una la otra le arrancó una
muela a viva fuerza; y guardándola y cogiendo otra que cuidadosamente dañada
Lidia tenía en la mano, a él doliente y casi medio muerto se la mostraron
diciendo:
—Mira lo que has tenido en la boca hace tanto tiempo.
Creyéndolo él, aunque gravísimo dolor aguantado hubiese y
mucho se quejase, sin embargo, luego que fuera estaba, le pareció estar curado,
y con una cosa y con otra reconfortado, aliviándose su dolor, salió de la
cámara.
La señora, tomando la muela, enseguida a su amante la
mandó; el cual, ya seguro de su amor, se ofreció dispuesto a todo su gusto. La
señora, deseando asegurarlo más y pareciéndole aún cada hora mil antes de estar
con él, queriendo lo que le había prometido cumplir, fingiendo estar enferma y
estando un día después de comer Nicostrato visitándola, no viendo con él a
nadie más que a Pirro, le rogó, para alivio de sus molestias, que la ayudase a
ir hasta el jardín. Por lo que Nicostrato de uno de los lados y Pirro del otro
cogiéndola, la llevaron al jardín y en un pradecillo al pie de un buen peral la
dejaron; donde estando sentados algún rato, dijo la señora, que ya había hecho
informar a Pirro de lo que tenía que hacer:
—¡Pirro, tengo gran deseo de tener algunas de aquellas
peras, y así súbete allá arriba y échame unas cuantas!
Pirro, prestamente subiendo, comenzó a echar abajo peras,
y mientras las echaba, comenzó a decir:
—Eh, mi señor, ¿qué es eso que hacéis? ¿Y vos, señora,
cómo no os avergonzáis de sufrirlo en mi presencia? ¿Creéis que sea ciego? Vos
estabais hace un momento muy enferma, ¿cómo os habéis curado tan pronto que
hagáis tales cosas? Las cuales, si las queréis hacer tenéis tantas hermosas
alcobas; ¿por qué no os vais a alguna de ellas a hacer esas cosas? Y será más
honesto que hacerlo en mi presencia.
La señora, volviéndose al marido, dijo:
—¿Qué dice Pirro? ¿Desvaría?
Dijo entonces Pirro:
—No desvarío, no, señora; ¿no creéis que vea?
Nicostrato se maravillaba fuertemente, y dijo:
—Pirro, verdaderamente creo que sueñas.
A quien Pirro repuso:
—Señor mío, no sueño nada, y vos tampoco soñáis; sino que
os meneáis tanto que si así se menease este peral ninguna pera quedaría en él.
Dijo la señora entonces:
—¿Qué puede ser esto? ¿Podría ser verdad que le pareciese
verdad lo que dice? Así me guarde Dios si estuviera sana como lo estaba antes,
que subiría allí arriba para ver qué maravillas son esas que éste dice que ve.
Pero Pirro, arriba en el peral, hablaba y continuaba este
discurso; a quien Nicostrato dijo:
—Baja aquí.
Y él bajó; y le dijo:
—¿Qué dices que ves?
Dijo Pirro:
—Creo que me tenéis por estúpido o por desvariado; os veía
a vos encima de vuestra mujer, puesto que debo decirlo; y luego, al bajar, os
vi levantaros y poneros así donde estáis sentados.
—Ciertamente —dijo Nicostrato—, eres estúpido en esto, que
no nos hemos movido un punto desde que subiste al peral, de como tú ves.
Al cual dijo Pirro:
—¿Por qué vamos a hacer una cuestión? Que os vi, os vi,
pero os vi sobre lo vuestro.
Nicostrato se maravillaba más a cada momento, tanto que
dijo:
—¡Bien quiero ver si ese peral está encantado y quien está
ahí arriba ve maravillas!
Y se subió a él; y en cuanto estuvo arriba su mujer junto
con Pirro empezaron a solazarse. Lo que viendo Nicostrato comenzó a gritar:
—¡Ay, mala mujer! ¿Qué estás haciendo? ¿Y tú, Pirro, de
quien yo más fiaba?
Y diciendo esto comenzó a bajar del peral. La señora y
Pirro decían:
—Estamos aquí sentados.
Y al verlo bajar volvieron a sentarse en la misma guisa
que él dejado los había. Al estar abajo Nicostrato y verlos donde los había
dejado, comenzó a injuriarlos.
Y Pirro le decía:
—Nicostrato, ahora verdaderamente reconozco yo que, como
vos decíais antes, vi engañosamente mientras estaba subido al peral; y no lo
conozco por otra cosa sino por ésta, que veo y sé que equivocadamente habéis
visto vos. Y que yo digo la verdad nada puede demostrároslo sino tener sensatez
y pensar por qué motivo vuestra mujer, que es honestísima y más prudente que
ninguna, si quisiera con tal cosa haceros ultraje, iría a hacerlo bajo vuestros
ojos; nada quiero decir de mí, que primero me dejaría descuartizar que pensar
en ello, no ya que viniese a hacerlo en presencia vuestra. Por lo que, por
cierto, la maña de este falso ver debe proceder del peral, porque nada en el
mundo me hubiese hecho creer que vos no estuvisteis aquí yaciendo carnalmente
con vuestra mujer si no os oyera decir qué os ha parecido que yo he hecho lo
que estoy certísimo de que, no ya nunca lo hice, sino que ni lo pensé.
La señora, después, que como toda enojada se había puesto
en pie, comenzó a decir:
—Mala ventura haya si me tienes por tan poco sensata que,
si quisiera llegar a esas miserias que tú dices haber visto viniera a hacerlas
delante de tus ojos. Está seguro de esto, de que si alguna vez el deseo me
viniera, no vendría aquí, sino que me creería capaz de estar escondidamente en
una de nuestras alcobas, de guisa y de manera que asombroso me parecía que tú
nunca llegases a saberlo.
Nicostrato, a quien verdadero parecía lo que decían el uno
y el otro, que delante de él a tal acto no iban a haberse dejado ir, dejando
las palabras y las reprensiones sobre aquel asunto, comenzó a razonar sobre la
extrañeza del hecho y del milagro de la vista que así cambiaba a quien subía
encima.
Pero la señora, que de la opinión que Nicostrato mostraba
haber tenido de ella se mostraba airada, dijo:
—Verdaderamente este peral no hará ninguna más, ni a mí ni
a otra mujer, de estas deshonras, si yo puedo; y por ello, Pirro, ve y busca un
hacha y en un punto a ti y a mí vénganos cortándolo, aunque mucho mejor estaría
darle con ella en la cabeza a Nicostrato, que sin consideración alguna tan
pronto se dejó cegar los ojos del intelecto; que, aunque a los que tienes en la
cara les pareciese lo que dices, por nada debías haber consentido ni creído con
el juicio de tu mente que fuese así.
Pirro, prestísimo, fue por el hacha y cortó el peral, el
que como la señora viese caído, dijo a Nicostrato:
—Pues que veo abatido al enemigo de mi honestidad, mi ira
se ha terminado.
Y a Nicostrato, que se lo rogaba, benignamente perdonó
ordenándole que no le sucediese pensar de aquella que más que a ella le amaba,
semejante cosa nunca más.
Así, el mísero marido escarnecido, junto con ella y con su
amante se volvieron a su casa, en la cual, luego, muchas veces Pirro de Lidia y
ella de él, con más calma disfrutaron placer y deleite. Dios nos lo dé a
nosotros.
NOVELA DÉCIMA
Dos sieneses aman a una mujer comadre de uno, muere el
compadre y vuelve al compañero según la promesa que le habían hecho, y le
cuenta cómo se está en el más allá
[SC274].
Quedaba solamente al rey tener que novelar; el cual
después que vio a las señoras calmadas (que se dolían del peral cortado, que no
había tenido culpa), comenzó:
Manifestísima cosa es que todo justo rey el primer
guardador debe ser de las leyes hechas por él, y si otra cosa hace, siervo
digno de castigo y no rey debe juzgarse; en el cual pecado y reprimenda a mí,
que vuestro rey soy, como obligado me conviene caer. Es verdad que ayer di yo
la ley para nuestros razonamientos de hoy, con intención de no querer este día
usar de mi privilegio sino sujetarme con vosotros a ella y razonar de aquello
que todos habéis razonado; pero no solamente ha sido contado aquello sobre lo
que yo imaginaba que iba a hablar, sino que han sido dichas sobre ello tantas
otras cosas y tanto mejores, que yo, en cuanto a mí, por mucho que en la
memoria busque, recordar no puedo ni saber que sobre tal materia algo pueda
decir que a las contadas pueda compararse. Y por ello, debiendo contravenir la
ley por mí mismo dada, como digno de castigo, desde ahora a toda reparación que
me sea ordenada me declaro aparejado, y a mi acostumbrado privilegio volveré; y
digo que la historia dicha por Elisa sobre el compadre y la comadre, y también
la mentecatez de los sieneses, tienen tanta fuerza, carísimas señoras que,
dejando las burlas que a sus maridos necios hacen las mujeres discretas, me
llevan a contaros una historieta sobre ellos la cual, aunque en sí tenga mucho
de lo que no debe creerse, no menos será en parte placentera de escuchar.
Hubo, pues, en Siena, dos jóvenes pueblerinos de los
cuales uno tuvo por nombre Tingoccio Mini y el otro fue llamado Meuccio de Tura
[SC275]; y casi nunca estaban el uno sin el otro, y a lo
que parecía se amaban mucho. Y yendo, como los hombres van, a la iglesia y a
los sermones, muchas veces oído habían la gloria y la miseria que a las almas
de quienes morían era según sus méritos, concedida en el otro mundo; de las
cuales cosas deseando saber segura noticia, y no encontrando el modo, se
prometieron el uno al otro que quien primero de ellos muriese, al que quedase
vivo volvería si podía y le daría noticia de lo que deseaba; y esto lo confirmaron
con juramento. Habiéndose, pues, esta promesa hecho y continuando juntos, como
se ha dicho, sucedió que Tingoccio emparentó como compadre con un Ambruoggio
Anselmini, que estaba en Camporeggi; el cual, de su mujer llamada doña Mita
había tenido un hijo. El cual Tingoccio, junto con Meuccio visitando alguna vez
a esta su comadre, que era una hermosísima y atrayente mujer, no obstante el
compadrazgo se enamoró de ella; y Meuccio semejantemente, placiéndole ella
mucho y mucho oyéndola alabar a Tingoccio, se enamoró de ella. Y en este amor
el uno se ocultaba del otro, pero no por la misma razón: Tingoccio se guardaba
de descubrirlo a Meuccio por la maldad que a él mismo le parecía ser amar a su
comadre, y se habría avergonzado de que alguien lo hubiera sabido; Meuccio no
se guardaba por esto sino porque ya se había apercibido de que le placía a
Tingoccio, por lo que decía: «Si yo le descubro esto, tomará celos de mí, y
pudiéndole hablar cuanto guste, como compadre, en lo que pueda la hará odiarme,
y así nunca nada que me plazca tendré de ella». Ahora, amando estos dos jóvenes
como se ha dicho, sucedió que Tingoccio, a quien era más fácil poder abrir a la
mujer todos sus deseos, tanto supo hacer con actos y con palabras que consiguió
de ella su gusto; de lo que Meuccio bien se percató, y aunque mucho le
desagradase, sin embargo, esperando alguna vez llegar al objeto de su deseo,
para que Tingoccio no tuviera materia ni ocasión de estropear o impedir algún
asunto suyo, hacía semblante de no enterarse. Amando, así, los dos compañeros,
el uno más felizmente que el otro, sucedió que, encontrando Tingoccio en las
tierras de la comadre el terreno blando, tanto labró y tanto cavó en él que le
vino una enfermedad, la cual después de algunos días se agravó tanto que, no
pudiendo soportarla, se fue al otro mundo. Y ya difunto, tres días después, que
tal vez primero no había podido, vino, según la promesa hecha, una noche a la
alcoba de Meuccio, al cual, que dormía profundamente, llamó. Meuccio,
despertándose, dijo:
—¿Quién eres tú?
A quien respondió:
—Soy Tingoccio que, según la promesa que te hice, he
vuelto a darte noticias del otro mundo.
Algo se espantó Meuccio al verlo, pero tranquilizándose
luego dijo:
—¡Seas bienvenido, hermano mío!
Y luego le preguntó si se había perdido; al que Tingoccio
repuso:
—Perdidas están las cosas que no se encuentran: ¿y cómo
iba a estar yo aquí en medio si estuviera perdido?
—¡Ah! —dijo Meuccio—, yo no digo eso: sino que te pregunto
si estás entre las almas condenadas en el fuego atormentador del infierno.
A quien Tingoccio repuso:
—Eso no, pero sí estoy, por los pecados cometidos por mí,
en penas gravísimas y muy angustiosas.
Preguntó entonces Meuccio particularmente a Tingoccio qué
penas se daban allá por cada uno de los pecados que aquí se cometen; y
Tingoccio se las dijo todas. Luego le preguntó Meuccio si él podía aquí hacer
por él alguna cosa; a quien Tingoccio respondió que sí, y era que hiciera decir
por él misas y oraciones y dar limosnas, porque estas cosas mucho ayudaban a
los de allá. A quien Meuccio dijo que lo haría de buena gana; y separándose
Tingoccio de él, Meuccio se acordó de la comadre, y levantando algo la cabeza,
dijo:
—Ahora que me acuerdo, oh Tingoccio: ¿por la comadre con
la que te acostabas cuando estabas aquí, qué pena te han dado allá?
A quien Tingoccio repuso.
—Hermano mío, cuando llegué allí, había uno que parecía
que todos mis pecados sabía de memoria, el cual me mandó que fuese a aquel
lugar (donde lloré con grandísimas penas mis culpas), donde encontré a muchos
amigos a la misma pena que yo condenados; y estando yo entre ellos, y
acordándome de lo que había hecho con la comadre, y esperando por ello mucha
mayor pena que la que me había sido dada, aunque estuviese en un gran fuego y
muy ardiente, todo de miedo temblaba. Lo que sintiendo uno que había a mi lado,
me dijo: «¿Qué tienes más que los demás que aquí están que tiemblas estando en
el fuego?». «¡Oh! —dije yo—, amigo mío, tengo gran miedo del juicio que espero
de un gran pecado que he hecho.» Aquél me preguntó entonces que qué pecado era
aquél; y le dije: «El pecado fue tal, que me acostaba con una comadre mía: y
tanto me acosté que me despellejé». Y él entonces, burlándose de aquello, me
dijo: «Anda, tonto, no temas, que aquí no se lleva ninguna cuenta de las
comadres», lo que oyéndolo yo, todo me tranquilicé.
Y dicho esto, acercándose el día, dijo:
—Meuccio, quédate con Dios, que yo no puedo ya estar
contigo —y súbitamente se fue.
Meuccio, habiendo oído que ninguna cuenta se llevaba de
las comadres, comenzó a burlarse de su necedad, pues ya había dejado pasar a
unas cuantas; por lo que, abandonando su ignorancia, en aquello en adelante fue
sabio. Las cuales cosas, si fray Rinaldo las hubiese sabido, no habría tenido
necesidad de andar con silogismos cuando persuadió a hacer su gusto a su buena
comadre.
Estaba Céfiro siendo levantado por el sol que al poniente
se avecinaba cuando el rey, terminada su historia y no quedándole nada por
decir, quitándose la corona de la cabeza, sobre la cabeza la puso de Laureta,
diciendo:
—Señora, con vos misma os corono
[SC276] reina de nuestra compañía; aquello que de ahora en
adelante creáis que sea placer y consuelo de todos, como señora mandaréis —y
volvió a sentarse.
Laureta, hecha reina, hizo llamar al senescal, a quien
ordenó que mandase que en el placentero valle un tanto antes de lo acostumbrado
se pusiesen las mesas, para que después con tiempo se pudiera volver a la casa;
y luego, lo que tenía que hacer mientras su gobierno durase, le expuso. Luego,
vuelta a la compañía, dijo:
—Dioneo quiso ayer que hoy se hablase de las burlas que
las mujeres hacen a sus maridos; y si no fuese que yo no quiero mostrar ser de
casta de can gruñidor, que incontinenti quiere vengarse, diría yo que mañana se
razonase sobre las burlas que los hombres hacen a sus mujeres. Pero dejando
esto, digo que cada uno piense en contar burlas de esas que todos los días o la
mujer al hombre o el hombre a la mujer, o un hombre a otro hombre hacen; y creo
que sobre esto será no menos placentero razonar que ha sido hoy.
Y dicho esto, poniéndose en pie, hasta la hora de la cena
licenció a la compañía.
Levantándose, pues, las señoras y los hombres por igual,
algunos de ellos, descalzos, comenzaron a andar por el agua clara y otros entre
los bellos y derechos árboles sobre el verde prado se andaban entreteniendo.
Dioneo y Fiameta un buen rato cantaron juntos sobre Arcita y Palemón
[SC277]; y así, en varios y diversos deleites recreándose,
el tiempo hasta la hora de la cena con grandísimo placer pasaron; venida la
cual, y a lo largo del pequeño piélago puestas las mesas, allí al canto de mil
pájaros, refrescados siempre por un aura suave que de aquellas montañitas de
alrededor nacía, sin ninguna mosca, reposadamente y con alegría cenaron. Y
levantadas las mesas, luego de que algún tiempo por el placentero valle
hubieron dado vueltas, estando ahora el sol alto a medio crepúsculo, como plugo
a su reina, hacia su acostumbrada morada con lento paso volvieron a ponerse en
camino, y bromeando y charlando de mil cosas, tanto de las que durante el día
se había hablado como de otras, a la hermosa casa, bastante cerca de la noche,
llegaron. Donde con fresquísimos vinos y con dulces alejando la fatiga del
escaso camino, en torno de la bella fuente ahora rompieron a danzar, unas veces
al son de la cornamusa de Tíndaro y otras a otros sones carolando; pero al
final la reina ordenó a Filomena que cantase una canción, la cual comenzó así.
¡Ay de mi infeliz vida!
¿Alguna vez podría regresar
al lugar del que fui desposeída?
No estoy segura, y es tan ardoroso
el afán de mi pecho
por retornar a do vivir solía,
oh caro bien, oh mi único reposo,
que me tiene maltrecho.
¡Ah, dime tú, que no preguntaría
a otro, ni sabría!
Ah, señor mío, házmelo esperar,
que es el consuelo de mi alma afligida.
No sé bien repetir cuál fue el placer
que me tiene infamada
sin poder descansar noche ni día,
porque el sentir, el escuchar y el ver,
con fuerza desusada,
cada uno en su hoguera me encendía,
donde ardo todavía:
y sólo tú me puedes animar
y devolverme la virtud perdida.
¡Ah, dime tú si ocurrirá algún día
que te encuentre quizás
donde los ojos que causan mi duelo;
dímelo, caro bien, dulce alma mía,
dime cuándo vendrás,
que al decir «Pronto» ya me das consuelo;
pase el tiempo en un vuelo
que he de esperarte, y largo sea tu estar,
para curarme, que es grande mi herida!
Si sucede que alguna vez te tenga
no sé si seré loca
como antes fui y te dejaré partir,
te retendré, y que venga lo que venga,
pues de la dulce boca
mi deseo se debe bien nutrir;
no más quiero decir;
así, ven pronto, venme ya a abrazar,
que con pensarlo el canto cobra vida.
Juzgar hizo esta canción a toda la compañía que un nuevo y
placentero amor a Filomena asediase; y porque por sus palabras parecía que más
hubiera probado de él que la sola vista, teniéndola por muy feliz, envidia le
tuvieron algunos de los que allí estaban. Pero luego de que su canción hubo
terminado, acordándose la reina de que el día siguiente era viernes, así a
todos placenteramente dijo:
—Sabéis, nobilísimas señoras, y vosotros jóvenes, que
mañana es el día que a la pasión de Nuestro Señor está consagrado, el cual, si
bien os acordáis, devotamente celebramos siendo reina Neifile; y las
entretenidas narraciones suspendimos; y lo mismo hicimos el sábado
subsiguiente. Por lo que, queriendo el buen ejemplo dado por Neifile seguir,
estimo que honesta cosa sea que mañana y el día siguiente, como los pasados
días hicimos, nos abstengamos de nuestro deleitoso novelar, trayendo a la
memoria lo que en semejantes días por la salvación de nuestras almas sucedió.
Plugo a todos el devoto hablar de su reina; por la cual
dados licencia, habiendo ya pasado buen pedazo de la noche, todos se fueron a
reposar.
TERMINA LA SÉPTIMA JORNADA
OCTAVA JORNADA
COMIENZA LA OCTAVA JORNADA DEL DECAMERON, EN LA CUAL, BAJO
EL GOBIERNO DE LAURETA, SE RAZONA SOBRE CUALQUIER BURLA QUE O LA MUJER AL
HOMBRE O EL HOMBRE A LA MUJER O UN HOMBRE A OTRO SE HACEN CON FRECUENCIA.
YA en la cumbre de los más altos montes aparecían, el
domingo por la mañana, los rayos de la surgiente luz y, partidas todas las
sombras, manifiestamente las cosas se conocían, cuando la reina, levantándose,
con su compañía primeramente un tanto sobre las hierbecillas llenas de rocío
anduvieron, y luego hacia la mitad de tercia, visitando una iglesia vecina, en
ella oyeron el divino oficio; y volviéndose a casa, luego que con alegría y
fiesta hubieron comido, cantaron y bailaron un tanto y luego, licenciados por
la reina, quien quiso ir a descansar, pudo hacerlo. Pero habiendo el sol pasado
ya el círculo meridiano, cuando a la reina plugo, para el acostumbrado novelar
sentados todos junto a la bella fuente, por mandato de la reina así comenzó
Neifile:
NOVELA PRIMERA
Gulfardo toma dineros prestados de Guasparruolo, y
concertándose con la mujer de éste para acostarse con ella a cambio de ellos,
se los da; y luego, en presencia de él, dice que se los dio a ella, y ella dice
que es verdad
Si así ha dispuesto Dios que deba yo dar comienzo a la
presente jornada con mi historia, ello me place; y por ello, amorosas señoras,
como sea que mucho se ha dicho de las burlas hechas por las mujeres a los
hombres, una hecha por un hombre a una mujer me place contar, no ya porque yo
entienda con ella censurar lo que el hombre hizo, o de decir que a la mujer no
le estuvo bien empleado, sino por alabar al hombre y reprochar a la mujer, y
por mostrar que también los hombres saben burlarse de quienes creen en ellos,
como son burlados por aquellas en quienes ellos creen. Aunque, quien quisiese
hablar más propiamente, lo que debo contar no llamaría burla sino que llamaría
pago, porque como sea que toda mujer debe ser honestísima y guardar su castidad
como su vida, y no dejarse ir a mancharla por razón alguna, y no pudiendo esto,
sin embargo, completamente hacerse como se debería por nuestra fragilidad,
afirmo que es digna del fuego aquella que a esto por dinero llega; mientras que
quien por amor (conociendo sus fuerzas grandísimas) llega a ello, por un juez
no demasiado riguroso merece ser perdonada, como, hace pocos días, mostró
Filostrato que había sucedido a doña Filipa en Prato.
Había en Milán un tudesco a sueldo cuyo nombre fue
Gulfardo, arrogante en su persona y muy leal a aquellos a cuyo servicio se
ponía, lo que raras veces suele suceder a los tudescos; y porque era, en los
préstamos de dinero que se le hacían, lealísimo pagador, muchos mercaderes
habría encontrado que por pequeño rendimiento cualquier cantidad de dinero le
habrían prestado. Puso éste, viviendo en Milán, su amor en una señora muy
hermosa llamada doña Ambruogia, mujer de un rico mercader que tenía por nombre
Guasparruolo Cagastraccio, el cual era asaz conocido suyo y amigo; y amándola
muy discretamente, sin apercibirse el marido ni otros, le pidió un día hablar
con ella, rogándole que le pluguiera ser cortés con su amor, y que él estaba
por su parte presto a hacer lo que ella le ordenase.
La señora, luego de muchos discursos, vino a la conclusión
de que estaba presta a hacer lo que a Gulfardo pluguiera si de ello se
siguiesen dos cosas: una que esto no fuese manifestado por él a nadie; la otra
que, como fuese que ella tuviera para alguna hacienda suya necesidad de
doscientos florines de oro, quería que él, que era rico, se los diese, y
después, siempre estaría a su servicio. Gulfardo, oyendo la codicia de ésta,
asqueado por la vileza de quien creía que fuese una mujer valerosa, en odio cambió
su ardiente amor; y pensó que tenía que burlarla, y le mandó a decir que de muy
buena gana, y que aquello y toda otra cosa que ella quisiese le placería; y por
ello que le mandase a decir cuándo quería que fuese a ella, que se los
llevaría, y que nunca nadie sabría de esta cosa sino un compañero suyo de quien
se fiaba mucho y que siempre andaba en su compañía en lo que hiciese. La
señora, como una mala mujer, al oír esto estuvo contenta, y le mandó a decir
que Guasparruolo su marido debía, de allí a pocos días, ir por sus negocios
hasta Génova, y entonces ella se lo haría saber y le mandaría a buscar.
Gulfardo, cuando le pareció oportuno, se fue a Guasparruolo y le dijo así.
—Tengo que hacer un negocio para el que necesito
doscientos florines de oro, los cuales quiero que me prestes con el interés con
que sueles prestarme otros.
Guasparruolo dijo que de buena gana, y en el momento le
contó los dineros. De allí a pocos días Guasparruolo se fue a Génova, como la
señora había dicho; por la cual cosa, la señora mandó a decir a Gulfardo que
viniese a ella y le trajese los doscientos florines de oro. Gulfardo, tomando a
su compañero, se fue a casa de la señora, y encontrándola que lo esperaba, la
primera cosa que hizo fue ponerle en la mano los doscientos florines de oro,
estando viéndolo su amigo, y así le dijo:
—Señora, tened estos dineros y se los daréis a vuestro
marido cuando vuelva.
La señora los tomó, y no se apercibió de por qué Gulfardo
hablaba así, sino que creyó que lo hacía para que su compañero no se percatase
de que ella se daba a él por dinero; por lo que dijo:
—Lo haré con gusto, pero quiero ver cuántos son.
Y echándolos sobre una mesa y encontrando que eran
doscientos, muy contenta los volvió a guardar; y se volvió a Gulfardo, y
llevándolo a su alcoba, no solamente aquella vez, sino otras muchas, antes de
que su marido volviese de Génova, con su persona le satisfizo. Vuelto
Guasparruolo de Génova, enseguida Gulfardo habiéndole hecho espiar para
asegurarse de que estaba con su mujer, se fue a verlo y, en la presencia de
ella, le dijo:
—Guasparruolo, los dineros que el otro día me prestaste,
no los necesité, porque no pude hacer el trato para el que los tomé; y por ello
se los traje aquí enseguida a tu mujer y se los di, y por ello cancelarás mi
cuenta.
Guasparruolo, vuelto a su mujer, le preguntó si los había
recibido. Ella, que allí veía al testigo, no lo pudo negar, sino que dijo:
—Cierto que los recibí, y no me había acordado todavía de
decírtelo.
Dijo entonces Guasparruolo:
—Gulfardo, estoy contento; idos con Dios, que yo arreglaré
bien vuestra cuenta.
Ido Gulfardo, y la mujer quedando burlada, le dio al
marido el deshonesto precio de su maldad; y así el sagaz amante gozó sin costo
de su avara señora.
NOVELA SEGUNDA
El cura de Varlungo se acuesta con doña Belcolor, le deja
en prenda un tabardo, y pidiéndole un mortero, se lo devuelve y le manda a
pedir el tabardo dejado en prenda; se lo devuelve la buena mujer con unas
palabras de doble sentido.
Alababan por igual los hombres y las señoras lo que
Gulfardo hecho había a la ansiosa milanesa, cuando la reina, a Pánfilo
volviéndose, sonriendo le ordenó que siguiese; por la cual cosa Pánfilo
comenzó:
Hermosas señoras, se me ocurre contar una historieta
contra aquellos que continuamente nos ofenden sin poder por nosotros ser
ofendidos de la misma manera; es decir, contra los curas, los cuales contra
nuestras mujeres han predicado una cruzada, y les parece no de otra manera
haber ganado la indulgencia plenaria cuando a una pueden humillar bajo ellos
que si de Alejandría hubieran traído a Aviñón al sultán maniatado. Lo que los
desdichados seglares no les pueden hacer a ellos, aunque en sus madres, sus hermanas,
sus amigas y sus hijas (con no menos ardor que ellos asaltan a sus mujeres)
venguen sus iras. Y por ello entiendo contaros un amartelamiento campesino, más
propio de risa por la conclusión que largo en palabras, del cual también
podréis recoger como fruto que a los curas no hay que creerles siempre en todo.
Digo, pues, que en Varlungo, pueblo asaz cercano de aquí,
como todas vosotras o sabe o puede haber oído, hubo un valeroso sacerdote (y
gallardo en su persona) al servicio de las damas que, aunque leer no supiese
mucho, sin embargo, con mucho bueno y santo palabreo, los domingos al pie del
olmo
[SC278] recreaba a sus parroquianos; y mejor visitaba a
sus mujeres (cuando ellos se iban a alguna parte) que ningún otro cura que
hubiera habido allí, llevándoles cosas de la fiesta y agua bendita y a veces
algún cabo de vela a su casa, dándoles su bendición. Ahora sucedió que, entre
las demás parroquianas suyas que primero le habían gustado, una sobre todas le
gustó que tenía por nombre doña Belcolor
[SC279], mujer de un labrador que se llamaba Bentivegna
del Mazzo, la cual en verdad era una agradable y fresca rusticaza, morenota y
maciza y más apropiada para poder moler que ninguna otra; y además de ello era
la que mejor sabía tocar el címbalo y cantar El agua va por el barranco y
conducir el corro y el saltarelo, cuando se terciaba, de todas las vecinas que
tuviese, con un bueno y elegante moquero en la mano. Por las cuales cosas, el
señor cura se encaprichó por ella tanto que andaba delirante y todo el día
andaba correteando para poder verla; y cuando el domingo por la mañana la
sentía en la iglesia, decía un kyrie y un Sanctus esforzándose bien en
mostrarse un gran maestro de canto, que parecía un asno que rebuznase mientras
que, cuando no la veía allí, salía del lance con bastante facilidad; pero lo
sabía hacer tan bien que Bentivegna del Mazzo no se apercibía, ni aún ninguna
vecina que ella tuviese. Y para poder gozar más del trato de doña Belcolor, de
cuando en cuando le mandaba obsequios, y una vez le mandaba un manojillo de
ajos frescos, que tenía los más hermosos del barrio en un huerto suyo que
labraba con sus manos, y otra vez una canastilla de habas, y ahora un manojillo
de cebollas de mayo o de escalonias; y cuando le parecía oportuno mirándola con
rostro adusto, con blandura la reprendía, y ella un tanto salvaje, fingiendo no
darse cuenta, se iba a otra parte desdeñosamente; por lo que el señor cura no
podía venir al asunto. Ahora, sucedió un día que, andando el cura en pleno
mediodía de un lado a otro por el barrio, sin ir a ningún sitio, se encontró
con Bentivegna del Mazzo con un burro muy cargado, y dirigiéndole la palabra,
le preguntó dónde iba. A quien Bentivegna repuso:
—A fe mía, sire
[SC280], que en verdad voy hasta la ciudad para un
trasunto mío, y le llevo estas cosas a sir Bonacotti de Cinestreto, que mi
ayuda para no sé qué me ha mandado a pedir para una comparación del parentorio,
por su pericolator el juez del dificio.
El cura, contento, dijo:
—Haces bien, hijo; vete con mi bendición y vuelve pronto;
y si vieses por casualidad a Lapuccio o Naldino, no se te vaya de la cabeza
decirles que me traigan aquellas correas para los mayales.
Bentivegna dijo que lo haría; y viniéndose hacia
Florencia, pensó el cura que era el momento de ir a la Belcolor y de probar
fortuna; y echándose al camino, no paró hasta que estuvo en su casa, y entrando
adentro, dijo:
—Dios os guarde; ¿quién vive?
Belcolor, que había subido al desván, al oírlo dijo:
—Oh, sire, sed bienvenido; ¿qué hacéis por ahí con este
calor?
El cura repuso:
—Así Dios me guarde, que me vengo a estar un rato contigo,
porque me he encontrado con tu hombre que se iba a la ciudad.
Belcolor, bajando, se sentó y comenzó a escoger simientes
de unas coles que su marido había cogido poco hacía. El cura comenzó a decirle:
—Bien, Belcolor, ¿vas a hacerme siempre morir de esta
manera?
Belcolor comenzó a reírse y a decir:
—¿Qué os hago?
Dijo el cura:
—No me haces nada, pero no me dejas hacerte lo que yo
querría y Dios mandó.
Dijo Belcolor:
—Ah, vaya, vaya: ¿pues los curas hacen tales cosas?
El cura repuso:
—Mejores las hacemos que los demás hombres, ¿pues por qué
no? Y te digo más, que nosotros hacemos mucho mejor trabajo; ¿y sabes por qué?
Porque molemos sólo cuando el caz está colmado. Pero, en verdad, muy para tu
provecho, si te estás quieta y me dejas hacer.
Dijo Belcolor:
—¿Y qué provecho iba yo a sacar de ahí, que sois todos más
avaros que el demontre?
Entonces dijo el cura:
—No lo sé; tú pide, ¿quieres un par de escarpines, o
quieres una cinta del pelo o quieres un buen cinturón de estambre?, o lo que
quieras.
Dijo Belcolor:
—¡Basta, hermano! Esas cosas las tengo; pero si me amáis
tanto, ¿por qué no me prestáis un servicio y yo haré lo que queráis?
Entonces dijo el cura:
—Di lo que quieras y lo haré de buena gana.
Belcolor dijo entonces:
—Tengo que ir a Florencia el sábado a entregar una lana
que he hilado y a llevar a arreglar el telar; y si me prestáis cinco liras, que
sé que las tenéis, recogeré en el usurero mi saya color púrpura y el cinturón
de fiesta que traje de dote, que veis que no puedo ir de romería ni a ningún
lugar porque no lo tengo; y luego siempre haré lo que queráis.
Repuso el cura:
—Así Dios me dé salud como que no las llevo encima; pero
créeme que, antes que llegue el sábado, haré que las tengas de muy buena gana.
—Sí —dijo Belcolor—, todos prometéis mucho y luego no lo
mantenéis: ¿creéis que vais a hacerme como le hicisteis a Biliuzza, que se fue
con el dominus vobiscum? Por Dios que no lo haréis, que ella es una mujer
perdida a cuenta de ello; ¡si no las tenéis, idos a buscarlas!
—¡Ah! —dijo el cura—, no me hagas ahora ir hasta casa, que
ves que tengo tan derecha la suerte y hasta que no hay nadie, y tal vez cuando
volviese habría aquí alguien que lo impediría; y no sé cuándo va a ponérseme
tan bien como ahora.
Y ella dijo:
—Basta: si queréis ir, iros; si no, aguantaos.
El cura, viendo que no estaba dispuesta a hacer nada que
él quisiera sino salvum me fac y él lo quería hacer sine custodia, dijo:
—Mira, tú no me crees que te las traiga; para que me creas
te dejaré en prenda este tabardo mío de paño turqués.
Belcolor levantó la vista y dijo:
—Así este tabardo, ¿y qué vale?
Dijo el cura:
—¿Cómo qué vale? Quiero que sepas que es de dulleta y
hasta de trelleta, y hay en nuestro pueblo quien lo tiene por de cuadralleta; y
no hace todavía quince días que me costó en Lotto el revendedor mis buenas
siete liras, y me ahorré unas cinco liras por lo que me dijo Buglietto del Erta
que sabes que es tan entendido en estos paños turqueses.
—¡Ah!, ¿es así? —dijo Belcolor—, así me ayude Dios como
que nunca lo hubiese pensado; pero dádmelo como primicias.
El señor cura, que tenía la ballesta cargada, quitándose
el tabardo se lo dio; y ella que lo hubo guardado, dijo:
—Sire, idos a aquella cabaña, que allí nunca entra nadie.
Y así hicieron; y allí el cura, dándole los más dulces
besazos del mundo y haciéndola pariente de Dios Nuestro Señor, con ella un gran
rato se solazó; luego, yéndose en sotana, que parecía que viniese de oficiar en
unas bodas, se volvió a sagrado. Allí, pensando que cuantos cabos de vela
recogía en todo el año de oferta no valían la mitad de cinco liras, le pareció
haber hecho mal, y se arrepintió de haber dejado el tabardo y comenzó a pensar
en qué modo podía recuperarlo sin costos. Y porque era un tanto maliciosillo,
pensó muy bien qué debía hacer para recuperarlo, y lo hizo; porque al día
siguiente, que era fiesta, mandó a un muchacho de un vecino suyo a casa de esta
doña Belcolor y le pidió que le pluguiera prestarle su mortero de piedra,
porque almorzaba con él Binguccio del Poggio y Nuto Buglietti, y que quería
hacer una salsa. Belcolor se lo mandó; y cuando llegó la hora de almorzar, el
cura mandó averiguar cuándo se ponían a la mesa Bentivegna del Mazzo y
Belcolor, y llamado su monaguillo, le dijo:
—Coge aquel mortero y devuélvelo a Belcolor, y dile: «Dice
el sire que os lo agradece mucho, y que le devolváis el tabardo que el
muchachito os dejó en prenda».
El monaguillo fue a casa de Belcolor con el mortero y la
encontró con Bentivegna a la mesa almorzando, y dejando allí encima el mortero,
dio el recado del cura. Belcolor, al oírse pedir el tabardo quiso contestar;
pero Bentivegna, con mal gesto, dijo:
—¿Desde cuándo le tomas nada en prenda al sire? Voto a
Cristo que me vienen ganas de darte un gran pescozón; ve y devuélveselo pronto,
mala fiebre te dé, y cuida que de nada que quiera alguna vez, aunque quisiese
nuestro burro, no ya otra cosa, le digas que no.
Belcolor se levantó barbotando y, yendo al arcón, sacó de
allí el tabardo y se lo dio al monaguillo, y dijo:
—Dirás esto al sire de mi parte: «Belcolor dice que
promete a Dios que no machacaréis más salsas en su mortero, que no le habéis
hecho ningún honor con esto».
El monaguillo se fue con el tabardo y dio el recado al
sire; al que el cura, riendo, dijo:
—Le dirás cuando la veas que, si no me presta el mortero
yo no le prestaré el mazo; vaya lo uno por lo otro.
Bentivegna creyó que la mujer había dicho aquellas
palabras porque él la había reprendido, y no se preocupó por ello; pero
Belcolor, que había quedado burlada, se encolerizó con el cura y le negó la
palabra hasta la vendimia; después, habiéndola amenazado el cura con hacerla ir
a la boca del mayor de los Luciferes, por puro miedo, con el mosto y con las
castañas se reconcilió con él, y muchas veces luego estuvieron juntos de
juerga; y a cambio de las cinco liras le hizo el cura poner un pergamino nuevo al
címbalo y le colgó de él un cascabelillo, y ella se contentó.
NOVELA TERCERA
Calandrino, Bruno y Buffalmacco van por el Muñone
[SC281] abajo en busca del heliotropo
[SC282] , y Calandrino cree haberlo encontrado; se vuelve
a casa cargado de piedras, la mujer le regaña y él, airado, la golpea, y a sus
compañeros les cuenta lo que ellos saben mejor que él
[SC283].
Terminada la historia de Pánfilo, con la que las señoras
habían reído tanto que todavía se ríen, la reina a Elisa ordenó que siguiese;
la cual, todavía riendo, comenzó:
Yo no sé, amables señoras, si me será dado haceros con una
historieta mía no menos verdadera que entretenida reír tanto cuanto os ha hecho
Pánfilo con la suya, pero me esforzaré en ello.
En nuestra ciudad, que siempre en maneras varias y en
gentes extraordinarias ha sido abundante, hubo, no hace todavía mucho tiempo,
un pintor llamado Calandrino
[SC284] hombre simple y de costumbres bizarras, el cual la
mayor parte del tiempo con otros dos pintores trataba, llamados el uno Bruno y
el otro Buffalmacco
[SC285] hombres muy bromistas pero por otra parte avisados
y sagaces, los cuales trataban con Calandrino porque de sus maneras y de su
simpleza con frecuencia gran fiesta hacían. Había también en Florencia entonces
un joven de maravillosa gracia y en todas las cosas que hacer quería hábil y
afortunado, llamado Maso del Saggio
[SC286], el cual, oyendo algunas cosas sobre la simpleza
de Calandrino, se propuso divertirse de sus cosas haciéndole alguna burla o
haciéndole creer alguna cosa extraordinaria; y por acaso encontrándolo un día
en la iglesia de San Giovanni y viéndole estar atento mirando las pinturas y
los bajorrelieves del tabernáculo que está sobre el altar de la iglesia, puesto
no hacía mucho tiempo allí, pensó que le había llegado lugar y tiempo para su
intención. E informando a un compañero suyo de aquello que entendía hacer,
juntos se acercaron a donde Calandrino estaba sentado solo, y haciendo
semblante de no verlo, juntos comenzaron a razonar sobre las virtudes de
diversas piedras, de las que Maso hablaba tan autorizadamente como si hubiera
sido un famoso y gran lapidario
[SC287]; a los cuales razonamientos dando oídos Calandrino
y luego de un rato poniéndose en pie, viendo que no era secreto, se unió a
ellos, lo que mucho agradó a Maso. El cual, siguiendo con sus palabras, fue
preguntado por Calandrino que dónde estas piedras tan llenas de virtud se
encontraban. Maso repuso que las más se encontraban en Berlinzonia
[SC288], tierra de los vascos
[SC289], en una comarca que se llamaba Bengodi en la que
las vides se atan con longanizas y se tiene una oca por un dinero
[SC290] y un pato además, y había allí una montaña toda de
queso parmesano rallado en lo alto de la que había gentes que nada hacían sino
macarrones y raviolis y cocerlos en caldo de capones, y luego los arrojaban
desde allí abajo, y quien más cogía más tenía; y allí al lado corría un
arroyuelo de vernaza
[SC291] del mejor que puede beberse, sin una gota de agua
mezclada.
—¡Oh! —dijo Calandrino—, ése es un buen país; pero dime,
¿qué hacen de los capones que ésos cuecen?
Repuso Maso:
—Todos se los comen los vascos.
Dijo entonces Calandrino:
—¿Has ido allí alguna vez?
A quien Maso respondió:
—¿Dices que si he estado? ¡Sí, así he estado una vez como
mil!
Dijo entonces Calandrino:
—¿Y cuántas millas tiene?
—Tiene más de un millón cantando a pleno pulmón
[SC292]
Dijo Calandrino:
—Pues debe ser más allá de los Abruzzos.
—Ah, sí —dijo Maso—, así de nones
[SC293].
El simple de Calandrino, viendo a Maso decir estas
palabras con un rostro serio y sin reírse, les daba la fe que puede darse a la
verdad más manifiesta, y por tan ciertas las tenía; y dijo:
—Demasiado lejos está de mis asuntos; pero si más cerca
estuviese, sí te digo que iría una vez allí contigo para ver rodar a esos
macarrones y darme un hartazgo de ellos. Pero dime, así seas feliz; ¿en estas
comarcas no se encuentran ninguna de esas piedras maravillosas?
A quien Maso repuso:
—Si, dos clases de piedras se encuentran de grandísima
virtud. La una son los pedruscos de Settignano y de Montisci por virtud de los
cuales, cuando se hacen muelas, se hace la harina, y por ello se dice en los
países de allá que de Dios vienen las gracias y de Montisci las piedras de
molino; pero hay de estas piedras de amolar tan gran cantidad, que entre
nosotros es poco apreciada, como entre ellos las esmeraldas, de las cuales hay
allí una montaña mayor que Montemorello que relucen a la medianoche y vete con
Dios; y sabe que quien puliera las muelas de molino y las hiciera engastar en
anillos antes de que se las agujerease, y se las llevase al sultán, tendría lo
que quisiera. La otra es una piedra que nosotros los lapidarios llamamos
heliotropo, piedra de mucha mayor virtud, porque quien la lleve encima,
mientras la tenga no es de ninguna otra persona visto donde no está.
Entonces Calandrino dijo:
—Grandes virtudes son éstas; ¿pero esa segunda dónde se
encuentra?
A quien Maso repuso que en el Muñone se solía encontrar.
Dijo Calandrino:
—¿De qué tamaño es esa piedra y qué color es el suyo?
Repuso Maso:
—Es de varios tamaños, que alguna es mayor, alguna menor;
pero todas son de color casi como negro.
Calandrino, habiendo todas estas cosas advertido para sí,
fingiendo tener otra cosa que hacer, se separó de Maso, y se propuso buscar
esta piedra; pero deliberó no hacerlo sin que lo supiesen Bruno y Buffalmacco,
a quienes especialísimamente amaba. Se dio, pues, a ir en su busca, para que
sin dilación y antes de ningún otro fueran a buscarlas, y todo el resto de
aquella mañana consumió buscándolos. Por último, siendo ya pasada la hora de
nona, acordándose de que trabajaban en el monasterio de las señoras de Faenza
[SC294], aunque el calor fuese grandísimo, dejando toda
otra ocupación, casi corriendo se fue donde ellos, y llamándoles les dijo:
—Compañeros, si queréis creerme podemos convertirnos en
los hombres más ricos de Florencia, porque le he oído a un hombre digno de fe
que en el Muñone hay una piedra que quien la lleva encima no es visto de nadie;
por lo que me parece que sin tardanza, antes que otra persona pueda ir,
fuésemos a buscarla. Por cierto que la encontraremos, porque la conozco; y
cuando la hayamos encontrado, ¿qué tendremos que hacer sino meterla en la
escarcela e ir a las mesas de los cambistas, que sabéis que están siempre cargadas
de monedas de plata y de florines, y coger cuantos queramos? Nadie nos verá: y
así podremos enriquecernos súbitamente sin tener todo el santo día que
embadurnar los muros del modo que lo hace el caracol.
Bruno y Buffalmacco, al oírle, empezaron a reírse por
dentro; y mirándose el uno al otro pusieron cara de maravillarse mucho y
alabaron la idea de Calandrino; pero preguntó Buffalmacco qué nombre tenía esta
piedra. A Calandrino, que era de mollera dura, ya se le había ido el nombre de
la cabeza; por lo que respondió:
—¿Qué nos importa el nombre, puesto que sabemos la virtud?
Yo diría que fuésemos a buscarla sin más esperar.
—Pero bien —dijo Bruno—, ¿cómo es?
Calandrino dijo:
—Las hay de distintas formas, pero todas son casi negras;
por lo que me parece que debemos coger todas aquellas que veamos negras, hasta
que lleguemos a ella; así que no perdamos tiempo, vamos.
A quien Bruno dijo:
—Pero espera.
Y vuelto a Buffalmacco dijo:
—A mí me parece que Calandrino dice bien; pero no me
parece que sea hora de ello porque el sol está alto y da dentro del Muñone y ha
secado todas las piedras; por lo que tales de ellas parecen ahora blancas,
algunas que hay allí, que por la mañana, antes de que el sol las haya secado,
parecen negras; y además de ello, mucha gente por diversas razones hay hoy, que
es día laborable, en el Muñone, que, al vernos, podrían adivinar lo que
anduviéramos haciendo y tal vez hacerlo ellos también; y podría venir a sus
manos y nosotros habríamos perdido el santo por la limosna. A mí me parece, si
os parece a vosotros, que éste es asunto de hacer por la mañana, que se
distinguen mejor las negras de las blancas, y en día festivo, que no habrá allí
nadie que nos vea.
Buffalmacco alabó la opinión de Bruno, y Calandrino
concordó con ellos, y decidieron que el domingo siguiente por la mañana irían
los tres juntos a buscar aquella piedra; pero sobre todas las cosas les rogó
Calandrino que con nadie en el mundo hablasen de aquello, porque a él se lo
habían dicho en secreto. Y hablando esto, les contó lo que había oído de la
comarca de Bengodi, con juramentos afirmando que era así. Cuando Calandrino se
separó de ellos, lo que sobre este asunto iban a hacer lo arreglaron entre
ellos. Calandrino esperó con ansiedad el domingo por la mañana; venida la cual,
se levantó al salir el día y, llamando a sus compañeros, saliendo por la puerta
de San Gallo y bajando al Muñone, comenzaron a andar por él abajo, buscando
piedras. Calandrino iba, como más afanoso, delante y prestamente saltando ora
aquí ora allí, donde alguna piedra negra veía se arrojaba y cogiéndola se la
metía en el seno. Sus compañeros andaban detrás, y de vez en cuando una u otra
cogían; pero Calandrino no había andado mucho camino cuando tuvo el regazo
lleno; por lo que, alzándose las faldas del sayo, que no seguía la moda de
Hainaut
[SC295], y haciendo con ellas una amplia halda, habiéndolo
sujetado bien con el cinturón por todas partes, no mucho después la llenó y
semejantemente, después de algún rato, haciendo halda de la capa, la llenó de
piedras. Por lo que, viendo Buffalmacco y Bruno que Calandrino estaba cargado y
la hora de comer se avecinaba, según lo establecido entre ellos, dijo Bruno a
Buffalmacco:
—¿Dónde está Calandrino?
Buffalmacco, que lo veía allí junto a ellos, volviéndose
en torno, y mirando acá y allá, repuso:
—No lo sé, pero hasta hace un momento estaba aquí delante
de nosotros.
Dijo Bruno:
—¡Que hace poco! Me parece estar seguro de que ahora está
en casa almorzando y nos ha dejado a nosotros en el frenesí de andar buscando
las piedras negras por el Muñone abajo.
—¡Ah!, qué bien ha hecho —dijo entonces Buffalmacco—,
burlándose de nosotros y dejándonos aquí, ya que hemos sido tan tontos como
para creerle. ¿Crees que habría alguien tan tonto como nosotros que hubiera
creído que en el Muñone iba a encontrarse una piedra tan milagrosa?
Calandrino, al oír estas palabras, imaginó que aquella
piedra había llegado a sus manos y que, por la virtud de ella misma, aunque
estuviese él presente no lo veían. Contento, pues, sobremanera de tal suerte,
sin decirles nada, pensó en volver a su casa; y volviendo sobre sus pasos,
comenzó a irse. Viendo esto, Buffalmacco dijo a Bruno:
—¿Qué hacemos nosotros? ¿Por qué no nos vamos?
A quien Bruno respondió:
—Vámonos; pero juro a Dios que Calandrino no me hace ni
una más; y si estuviese junto a él como lo he estado toda la mañana, le daría
tal con este guijarro en el calcañar que se acordaría un mes de esta broma.
Y decir estas palabras y estirar el brazo y darle a
Calandrino con el guijarro en el calcañar fue todo uno. Calandrino, sintiendo
el dolor, levantó el pie y comenzó a resoplar, pero luego se calló y se fue.
Buffalmacco, cogiendo uno de los guijos que recogido había, dijo a Bruno:
—¡Ah, mira el guijo: así le diese ahora mismo en los
riñones a Calandrino!
Y, soltándolo, le dio con él un gran golpe en los riñones;
y en resumen, de tal guisa, ahora con una palabra y ahora con otra, por el
Muñone arriba hasta la puerta de San Gallo lo fueron lapidando. Allí, arrojando
al suelo las piedras que habían recogido, un tanto se detuvieron con los
guardias aduaneros, los cuales, primero informados por ellos, fingiendo no
verlo, dejaron pasar a Calandrino con la mayor risa del mundo. El cual, sin
pararse se vino a su casa, la cual estaba junto al Canto della Macina; y tan
favorable le fue la fortuna a la burla que mientras Calandrino por el río se
venía y luego por la ciudad, nadie le dirigió la palabra, ya que encontró a
pocos porque todos estaban almorzando. Entró, así pues, Calandrino, tan
cargado, en su casa. Estaba por acaso su mujer (que tenía por nombre doña
Tessa), mujer hermosa y valerosa, arriba de la escalera, y un tanto enojada por
su larga demora, y viéndolo venir comenzó a decirle con reproches:
—¡Ya, hermano, te trae el diablo! Todo el mundo ha comido
ya cuando tú vienes a comer.
Lo que oyendo Calandrino y viendo que lo veía, lleno de
amargura y de dolor comenzó a gritar:
—¡Ay!, mala mujer, pues eres tú, me has arruinado; pero
por Dios que me las pagarás.
Y subiendo a una salita y descargadas allí las muchas
piedras que había recogido, furibundo corrió hacia su mujer y, cogiéndola por
las trenzas, la tiró al suelo, y allí, cuanto pudo mover los brazos y las
piernas tantos puñetazos y patadas le dio por todo el cuerpo, sin dejarle en la
cabeza cabello o hueso encima que machacado no estuviese, nada valiéndole pedir
merced con los brazos en cruz. Buffalmacco y Bruno, luego de que con los
guardianes de la puerta se hubieron reído un poco, con lento paso comenzaron un
poco de lejos a seguir a Calandrino; y llegados junto a su puerta, sintieron la
feroz paliza que a su mujer le daba, y fingiendo que llegaban entonces, le
llamaron. Calandrino, todo sudado, rojo y cansado, se asomó a la ventana y les
rogó que subiesen donde estaba él. Ellos, mostrándose un tanto enfadados,
subieron arriba y vieron la sala llena de piedras, y en uno de los rincones a
la mujer despeinada, toda lívida y golpeada en la cara, llorar dolorosamente; y
por otra parte Calandrino, desceñido y jadeante a guisa de hombre cansado,
sentado. Y luego de haber mirado un rato dijeron:
—¿Qué es esto, Calandrino? ¿Quieres hacer un muro, que te
vemos con tantas piedras?
Y además de esto, añadieron:
—¿Y doña Tessa qué tiene? Parece que le has pegado; ¿qué
novedades son éstas?
Calandrino, cansado por el peso de las piedras y por la
rabia con que le había pegado a su mujer, y con el dolor de la fortuna que le
parecía haber perdido, no podía reunir aliento para pronunciar enteras las
palabras de su respuesta; por lo que, dándole tiempo, Buffalmacco recomenzó:
—Calandrino, si estabas airado por algo, no debías por
ello escarnecernos a nosotros; que, luego de que nos indujiste a buscar contigo
la piedra preciosa, sin decírselo a Dios ni al diablo nos dejaste como a dos
cabrones en el Muñone y te viniste, lo que tenemos por muy gran maldad; pero
por cierto que ésta va a ser la postrera que vas a hacernos.
A estas palabras, Calandrino, esforzándose, repuso:
—Compañeros, no os enfurezcáis: las cosas han sido de muy
distinto modo del que pensabais. Yo, desventurado, había encontrado aquella
piedra; ¿y queréis saber si digo verdad? Cuando primeramente os preguntasteis
por mí el uno al otro, yo estaba a menos de diez brazos de vosotros, y viendo
que os acercabais y no me veíais, me fui por delante de vosotros, y siguiendo
un poco por delante siempre me he venido.
Y empezando por un extremo, hasta el final les contó lo
que habían hecho y dicho ellos, y les mostró la espalda y los calcañares cómo
los habían aderezado los guijarros, y luego siguió:
—Y os digo que, entrando por la puerta con todas estas
piedras en el seno que aquí veis, nada me dijeron (que sabéis cuán
desagradables y molestos suelen ser) los guardianes que quieren mirar todo, y
además de esto, he encontrado por la calle a muchos de mis compadres y amigos,
los cuales siempre suelen dirigirme algún saludo e invitarme a beber, y no hubo
ni uno que me dijese media palabra, como quienes no me veían. Al final,
llegando aquí a casa, este diablo de esta maldita mujer se me puso delante y me
vio, porque, como sabéis, las mujeres hacen perder la virtud a todas las cosas;
de lo que yo, que podía decirme el hombre más venturoso de Florencia, he
quedado el más desventurado: y por ello le he pegado tanto cuanto he podido
mover las manos y no sé qué, me detiene en cortarle las venas, ¡que maldita sea
la hora en que primero la vi y cuando vino a esta casa!
Y encendiéndose de nuevo en ira, quería levantarse para
volver a pegarle de nuevo. Buffalmacco y Bruno, oyendo estas cosas, ponían cara
de maravillarse mucho y con frecuencia confirmaban lo que Calandrino decía, y
sentían tan grandes ganas de reír que casi estallaban; pero viéndole furioso
levantarse para pegar otra vez a su mujer, saliendo a su encuentro lo
retuvieron diciéndole que de estas cosas ninguna culpa tenía su mujer, sino él
que sabiendo que las mujeres hacían perder su virtud a las cosas no le había
dicho que se guardase de ponérsele delante aquel día; de la cual precaución
Dios le había privado o porque la suerte no debía ser suya o porque tenía en el
ánimo engañar a sus compañeros, a los cuales, cuando se dio cuenta de haberla
encontrado debía descubrirla. Y luego de muchas palabras, no sin gran trabajo
reconciliando con él a la doliente mujer, y dejándolo melancólico en la casa
llena de piedras, se fueron.
NOVELA CUARTA
El preboste de Fiésole ama a una mujer viuda; no es amado
por ella y, creyendo acostarse con ella, se acuesta con una criada suya, y los
hermanos de la señora hacen que su obispo lo descubra
[SC296].
Había llegado Elisa al fin de su historia, no sin gran
placer de toda la compañía habiéndola contado, cuando la reina, volviéndose a
Emilia, le mostró que quería que ella, después de Elisa, la suya contase; la
cual, prestamente, comenzó así:
Valerosas señoras, cuán solicitadores de nuestros
pensamientos son los curas y los frailes y todo clérigo, en muchas historias de
las contadas recuerdo que se ha demostrado; pero porque nunca podría hablarse
de ello tanto que no quedase mucho más por decir, yo, además, entiendo contaros
una sobre un preboste el cual, a pesar de todo el mundo, quería que una noble
señora viuda le amase, quisiera ella o no; la cual, como muy sabia, le trató
tal como se merecía.
Como todas vosotras sabéis, Fiésole, cuya colina podemos
desde aquí ver, fue una ciudad antiquísima y grande, aunque hoy esté toda
derruida, y no por ello ha dejado de tener obispo propio y todavía lo tiene.
Allí, cerca de la iglesia mayor, tenía una noble señora viuda, llamada doña
Piccarda, una posesión con una casa no muy grande; y porque no era la mujer más
acomodada del mundo, allí vivía la mayor parte del año, y con ella dos hermanos
suyos, jóvenes muy de bien y corteses. Ahora, sucedió que frecuentando esta
señora la iglesia mayor y siendo todavía asaz joven, y hermosa y agradable, se
enamoró de ella tan ardientemente el preboste de la iglesia, que nada más veía
aquí ni allí, y luego de algún tiempo fue tan atrevido que él mismo dijo a esta
señora su deseo, y le rogó que estuviese contenta de su amor y de amarlo como
él la amaba. Era este preboste ya viejo de años pero jovencísimo de juicio,
petulante y altanero, y de sí mismo pensaba todo lo mejor, con modos y
costumbres llenos de afectación y desagrado, y tan cargante y fastidioso que
nadie había que le quisiera bien; y si alguien le quería poco era esta señora
misma, que no solamente no le quería nada sino que lo odiaba más que a un dolor
de cabeza. Por lo que, como prudente, le repuso:
—Señor, que vos me améis debe serme muy grato, y yo debo
amaros y os amaré de buen grado; pero entre vuestro amor y el mío ninguna cosa
deshonesta debe suceder jamás. Sois mi padre espiritual y sois sacerdote, y ya
os aproximáis mucho a la vejez, las cuales cosas os deben hacer honesto y
casto; y por otra parte yo no soy una niña a quien estos enamoramientos sienten
ya bien, y soy viuda, que sabéis cuánta honestidad se espera de las viudas; y
por ello, tenedme por excusada, que del modo en que me requerís no os amaré
nunca ni así quiero ser amada por vos.
El preboste, no pudiendo aquella vez sacar de ella otra
cosa, no se dio por desmayado y vencido al primer golpe, sino que usando de su
arrogante osadía la solicitó muchas veces con cartas y con embajadas, y aun por
sí mismo cuando a la iglesia la veía venir; por lo que, pareciéndole este
tábano demasiado pesado y demasiado enojoso a la señora, pensó en quitárselo de
encima del modo que merecía, puesto que de otro no podía; pero no quiso hacer
cosa alguna que primero no razonase con sus hermanos. Y habiéndoles dicho lo
que el preboste hacía con ella y también lo que ella entendía hacer, y
recibiendo de ellos plena autorización, de allí a pocos días volvió a la
iglesia como acostumbraba; y en cuanto la vio el preboste, vino a ella, y como
solía hacer, de modo confianzudo entró con ella en conversación. La señora,
viéndole venir y mirando hacia él, le puso alegre gesto, y retirándose a un
lado, habiéndole el preboste dicho muchas palabras del modo acostumbrado, la
señora luego de un gran suspiro dijo:
—Señor, yo he oído muchas veces que no hay ningún castillo
tan fuerte que, siendo combatido todos los días, no llegue a ser tomado alguna
vez; lo que veo muy bien que me ha sucedido a mí. Tanto unas veces con dulces
palabras y otras con bromas y otras con otras cosas me habéis cercado, que me
habéis hecho romper mi propósito; y estoy dispuesta, puesto que tanto os
agrado, a ser vuestra.
El preboste, todo contento, dijo:
—Señora, mucho os lo agradezco y a decir verdad, me he
maravillado mucho de cómo os habéis resistido tanto, pensando que nunca me ha
sucedido esto con ninguna; así he dicho yo algunas veces que, si las mujeres
fuesen de plata no valdrían ningún dinero porque ninguna resistiría el martillo
[SC297]. Pero dejemos esto: ¿cuándo y dónde podremos estar
nosotros juntos?
A lo que la señora repuso:
—Dulce señor mío, cuándo podría ser la hora que más os
agradase porque yo no tengo marido a quien tenga que dar cuenta de mis noches;
pero dónde no sé pensarlo.
Dijo el cura:
—¿Cómo no? ¿Y vuestra casa?
Repuso la dama:
—Señor, sabéis que tengo dos hermanos jóvenes, los cuales
de día y de noche vienen a casa con sus amistades, y mi casa no es muy grande,
y por ello no podría ser, salvo que quisieseis estar allí como si fuerais mudo
sin decir palabra ni resollar, y en la oscuridad, a modo de ciego; si
quisierais hacerlo así se podría, porque ellos no entran en mi alcoba; pero
está la suya tan al lado de la mía que no se puede decir ni una palabrita tan
bajo que no se oiga.
Dijo entonces el preboste:
—Señora, que no quede por ello por una noche o dos, en
tanto yo piense dónde podemos estar en otra parte con más comodidad.
La señora dijo:
—Señor, esto es cosa vuestra, pero una cosa os ruego, que
esto quede tan secreto que no se sepa nunca una palabra.
El preboste dijo entonces:
—Señora, no temáis por ello, y si puede ser, haced que
esta noche estemos juntos.
—Me place —y dándole indicaciones de cómo y cuándo venir
debía, se fue y se volvió a su casa.
Tenía esta señora una criada, que no era demasiado joven y
que tenía el rostro más feo y más contrahecho que nunca se vio; que tenía la
nariz muy aplastada y la boca torcida y los labios gruesos y los dientes mal
compuestos y grandes, y tiraba a bizca, y nunca estaba sin los ojos malos, y de
un color verde y amarillo que parecía que no en Fiésole sino en Sinagalia
[SC298] había pasado el verano; y además de todo esto, era
coja y un tanto manca del lado derecho. Y se llamaba Ciuta, y porque tan lívida
cara tenía, por todos era llamada Ciutazza
[SC299]; y aunque fuese contrahecha en la figura, era, sin
embargo, bastante maliciosa. A la cual, la señora llamó, y le dijo:
—Ciutazza, si quieres hacerme un servicio esta noche, te
daré una buena camisa nueva.
Ciutazza, oyendo mentar la camisa, dijo:
—Señora, si me dais una camisa, me arrojaré al fuego, no
ya otra cosa. —Pues bien —dijo la señora—, quiero que esta noche te acuestes
con un hombre en mi cama y que lo acaricies, y guárdate de decir palabra, que
no te sientan mis hermanos, que sabes que duermen al lado; y luego te daré la
camisa.
Ciutazza dijo:
—Así dormiría yo con seis, no con uno, si hiciese falta.
Venida pues la noche, el señor preboste vino, como le
había sido fijado; y los dos jóvenes, como la señora había combinado, estaban
en su alcoba y hacían mucho ruido; por lo que el preboste, silenciosamente y a
oscuras entrando en la alcoba de la señora, se fue a la cama como ella le había
dicho, y del otro lado Ciutazza, bien informada por la señora de lo que tenía
que hacer. El señor preboste, creyendo tener a su señora al lado, se echó en
los brazos de Ciutazza y comenzó a besarla sin decir palabra, y Ciutazza a él;
y comenzó el preboste a solazarse con ella, tomando posesión de los bienes
largamente deseados. Cuando la señora hubo hecho esto, ordenó a los hermanos
que hiciesen el resto de lo que habían planeado; los cuales, calladamente
saliendo de su alcoba, se fueron a la plaza, y fue su fortuna para lo que
querían hacer más favorable de lo que ellos mismos pedían porque, siendo el
calor grande, el obispo había mandado a buscar a los dos jóvenes para ir hasta
su casa paseando y beber en su compañía. Pero al verlos venir, diciéndoles su
deseo, con ellos se puso en camino; y entrando en un patiecillo fresco que
ellos tenían donde había muchas luces encendidas, con gran placer estuvo
bebiendo un buen vino de los suyos. Y habiendo bebido dijeron los jóvenes:
—Señor, pues que tanto favor nos habéis hecho, que os
habéis dignado visitar esta nuestra pequeña choza a la que veníamos a
invitaros, queremos que os plazca ver una cosita que os querríamos mostrar.
El obispo repuso que de buena gana; por lo que uno de los
jóvenes, tomando en la mano una pequeña antorcha encendida y yendo por delante,
siguiéndole el obispo y todos los demás, se enderezó hacia la alcoba donde el
señor preboste yacía con Ciutazza, el cual para llegar pronto se había
apresurado a cabalgar y había, antes de que éstos llegasen allí, cabalgado ya
más de tres millas; por lo que cansado y teniendo a Ciutazza en brazos a pesar
del calor, dormía. Entrando, pues, con luz en la mano el joven en la alcoba, y
el obispo detrás de él y todos los otros, les fue mostrado el preboste con
Ciutazza en brazos. En esto, despertándose el señor preboste, y viendo la luz y
esta gente a su alrededor, avergonzándose mucho y amedrentado metió la cabeza
debajo de las sábanas; al cual el obispo injurió grandemente y le hizo sacar la
cabeza y ver con quién estaba acostado. El preboste, al ver el engaño de la
señora, tanto por él como por el vituperio que le parecía ser, súbitamente se
sintió el más dolorido hombre que jamás había existido: y por mandato del
obispo, vistiéndose, a sufrir un gran castigo por el pecado cometido, bien
custodiado, tuvo que irse a su casa. Quiso luego saber el obispo cómo había
sucedido aquello de que aquél hubiese ido a acostarse allí con Ciutazza. Los
jóvenes le contaron ordenadamente todas las cosas; lo que oyendo el obispo,
mucho alabó a la señora, y también a los jóvenes que, sin querer mancharse las
manos con la sangre de un sacerdote, le habían tratado como merecía. Este
pecado se lo hizo el obispo llorar cuarenta días, pero el amor y la vergüenza
le hicieron llorar más de cuarenta y nueve; sin contar con que, por mucho
tiempo después no podía andar por la calle sin ser señalado con el dedo por los
muchachitos, los cuales decían:
—¡Mira al que se acuesta con Ciutazza!
Lo que le dolía tanto que estuvo a punto de enloquecer; y
de tal manera la valerosa señora se quitó de encima el fastidio del importuno
preboste y Ciutazza ganó una camisa.


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