© Libro N° 3988. La Muñeca Ciega. Scerbanenco, Giorgio. Colección E.O. Julio 15 de
2017.
Título
original: © La bambola cieca
Versión Original: © La Muñeca Ciega. Giorgio
Scerbanenco
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
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Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA MUÑECA CIEGA
Giorgio Scerbanenco
Arthur Jelling - 2
Una muñeca a la que le han arrancado los ojos es
abandonada en un hospital. Allí, el multimillonario Déravans, quien quedó ciego
a causa de un accidente de tráfico, podría recuperar la vista mediante una
intervención que sólo el doctor Linden, amenazado de muerte si se atreve a
llevarla a cabo, es capaz de realizar. Jelling, un empleado de la Policía dé
Boston que cuenta con una sorprendente habilidad para recordar delitos y
perfiles de criminales, tendrá que seguir las huellas de un crimen que aún no
ha sido cometido para evitar un posible homicidio.
Sirviéndose de la tensión inducida a través de
inquietantes señales casi imperceptibles y de la originalidad de la trama,
Scerbanenco vuelve a lograr que el lector perciba el angustioso hedor «a
salvaje, a jungla» que transmite La muñeca ciega.
Título original: La bambola cieca
Giorgio Scerbanenco, 1941
Traducción: Cuqui Weller
Maqueta de portada: Sergio Ramírez
Diseño interior y cubierta: RAG
Retoque de portada: Dr.Doa
Editor digital: Titivillus
ePub base r1.2
1
Arthur Jelling se enamora (o casi)
No es habitual que en un departamento de Policía, donde se
encuentran montones de informes que narran historias de delitos misteriosos,
haya un hombre soñando mientras mira a través del cristal de la ventana y
avahándose los dedos por el frío. Sin embargo, esto era lo que sucedía en la
Central de Policía de Boston, en la unidad de «Archivo Criminal».
Arthur Jelling soñaba. Soñaba sentado en su escritorio,
con el abrigo puesto y el cuello levantado, y miraba a través del cristal el
cielo blanco rosáceo de la mañana. No se puede decir con qué estaba soñando.
Arthur Jelling era un hombre de cuarenta años, había estudiado medicina hasta
los veinticinco, se había casado a los veinticuatro, y no había hecho nada más
de importancia salvo descubrir la trama secreta de algunos delitos famosos.
Pero en su vida nunca había tenido idilios más que de pasada. Tras descubrir al
autor de un célebre delito, o después de archivar el informe del último
proceso, él volvía a casa, con su mujer y su hijo, leía el periódico mientras
comía, leía un libro en la cama, y por la mañana estaba en la Central, en el
Archivo Criminal, como un empleado cualquiera, como el más oscuro de los
empleados, catalogando interrogatorios y listas de partes médicos o
declaraciones de coartadas.
Quién sabe lo que hay en el corazón de los hombres. Por
fuera, parecen una cosa, y por dentro, sólo Dios sabe lo que son. Hacía frío
aquella mañana en el despacho de Jelling. El termómetro registraba tan sólo
ocho sobre cero. Jelling tenía las puntas de los dedos heladas, y un rayo de
sol gris, glacial, entraba por la ventana. Todos los expedientes se archivaban
y catalogaban, y las plumas se posaban en orden sobre la boca de los dos
tinteros, azul y rojo; los sellos pendían ordenadamente del portasellos, un
silencio sepulcral reinaba en el despacho. A veces, de la calle llegaba el
grito de un boceras, o el sonido del claxon de un coche. Jelling soñaba, se le
notaba en los ojos, que clavaban una mirada atónita en el rosa gélido que se
transparentaba por la ventana.
Quién sabe qué. De repente la puerta se abrió de par en
par y entró el capitán Sunder. El capitán Sunder era el superior directo de
Arthur Jelling y el subdirector de la Central de Policía. Jelling era demasiado
celoso de sus deberes de archivero como para desconcertarse ante aquella
aparición inesperada. Dejó de soñar, se bajó el cuello del abrigo, hizo como
que cogía una pluma, pero el capitán Sunder era lo suficientemente psicólogo
como para no dejarse embaucar con maniobras como esa. Disimuló y, mientras se
encendía un cigarrillo, lanzó su «¡Buenos días, Jelling!».
—Buenos días, señor Sunder… —respondió Jelling.
—Bueno, ¿qué tal?
—Bien, señor Sunder.
—Hace frío. Dieciocho bajo cero, fuera de aquí.
—Bastante frío, señor Sunder.
—Además, cuando uno se aburre, se nota más el frío.
—Efectivamente, señor Sunder.
La conversación había comenzado con este tono lleno de
buenas maneras y de formalismo, hasta que el capitán Sunder volvió a sus modos
bruscos y expeditivos.
—Vamos, Jelling, este despacho le empieza a hartar.
Necesita un trabajo divertido, ¿no es cierto?
Jelling se lo agradeció con una sonrisa sincera.
—Me aburro un poco, tiene razón… —murmuró.
—Vaya a darse una vuelta o cójase vacaciones, qué sé yo…
¿Le he dicho alguna vez algo por ausentarse del despacho unos días?
—No, señor Sunder…
—¿Y entonces? ¿Qué quiere, que también le pague el viaje?
Vaya al lago Michigan, hay regatas, me refiero a las regatas invernales, un
espectáculo único en el mundo. O, si no le gustan, vaya a Nueva York. ¿Ha visto
alguna vez Nueva York en invierno?
—No, señor Sunder. Nunca he estado en Nueva York.
—Pues vaya entonces. La Calle 42, Broadway, las estrellas
de Hollywood… Podría conseguirle un billete de ida y vuelta gratis, con la
excusa de una gestión…
Arthur Jelling, que estaba medio sentado, se levantó del
todo, se limpió burocráticamente el abrigo, sólo para darse importancia, y
dijo:
—Quiero trabajar, capitán. Me aburro porque no tengo nada
que hacer. Quiero ser útil a la Central…
El capitán Sunder tosió haciendo mucho ruido, y cuando
paró echó un vistazo alrededor sin disimular en absoluto que veía a Jelling.
—Trabajar… —murmuró como para sí mismo—. ¿Y quién se lo
impide? En una ciudad como la nuestra, donde hay al menos cuatro delitos sin
explicación cada día, un policía siempre tiene algo que hacer… Pero, ¡claro! Me
olvidaba de que usted es un policía especial. ¡Me hizo tragar más bilis en el
asunto Vaton que todos los ladronzuelos que arresto en un año juntos!…
Ante ese reproche afectuoso de una culpa, si es que
existía una culpa, que ya había prescrito, Arthur Jelling se sonrojó. Y era
raro ver sonrojarse a un hombre alto como él, severo, al menos en apariencia,
como él.
—Por eso —dijo— no quise interesarme por trabajos que no
tuvieran que ver con mi unidad. Me acuerdo perfectamente de que le causé muchas
molestias.
—Mal, querido Jelling —replicó Sunder de golpe—. Dejémonos
de cortesía y hablemos con más concreción… Si usted quiere, hay un asunto que
le iría bien. Me refiero a la denuncia del profesor Linden, si me sigue…
—¿El cirujano que tiene que operar a Alberto Déravans?
—En efecto, querido Jelling. Usted ya es un policía
especializado en delitos que todavía no han ocurrido. Los demás trabajan con
muertos, con una pistola que ya ha disparado. Usted trabaja con el vivo que aún
tienen que matar, con la pistola que todavía tiene que dispararse…
Mientras decía esto, el capitán Sunder se había acercado a
la puerta y la había abierto.
—En definitiva, si me he explicado, le digo que se
interese usted por este asunto. El expediente lo tiene usted, arrégleselas…
Pero no deje que lo encuentren en el despacho con el cuello levantado y con los
dedos helados. ¿Entendido?
Se oyó el ruido de la puerta al cerrarse. El capitán se
había ido. Jelling se quedó dudando un poco, paseó por el despacho meditando
las palabras de su superior, luego buscó en su archivo el expediente Linden, lo
estudió media hora y vino a verme.
Era alrededor de mediodía. Mi criado, Giovanni, ya
empezaba a pasearse delante de mi despacho, temiendo que me quedase a trabajar
más allá de las doce.
Nunca he intentado trabajar como asalariado, con un jefe y
un horario que cumplir, pero creo que la vigilancia de Giovanni a mis horarios
de trabajo tiene que ser algo parecido, si no peor. A mediodía y a las siete en
punto de la tarde, comienza a pasearse delante de mi despacho de manera
intolerable. Por mucha urgencia que tenga el trabajo al que me dedico, prefiero
parar antes que ver su insoportable cara de pocos amigos asomarse por la puerta
y escuchar su voz murmurar con falsa cortesía:
—Es tarde, señor.
El día que Jelling vino a verme, estaba terminando
precisamente un informe para el Círculo Jurídico de Boston, y ya escuchaba los
pasos de Giovanni por el pasillo cuando oí el timbre; poco después mi criado
entraba en el estudio y anunciaba:
—El señor Arthur Jelling.
—Hola, Jelling —dije, a la vez que me levantaba de la
butaca.
Siguieron las formalidades, que con Jelling son más bien
largas, y luego lo invité a almorzar.
—Sabía que no era lo más adecuado venir a la hora del
almuerzo —respondió Jelling—. Es como imponer una invitación…
Tenía un rostro realmente afligido.
Conseguí convencerlo de que no se sintiera tan apenado,
que podía venir a verme cuando quisiera, y ya a la mesa, tras un primer plato
más bien mediocre, me enteré del motivo de la visita de Jelling: la denuncia de
Augusto Linden.
—En el fondo —decía Jelling—, esta historia tiene toda la
pinta de un asunto sin importancia. Hace dos días, el profesor Augusto Linden,
que tiene una clínica oftalmológica en Rivery Street, se personó en la Central
de Policía y presentó la siguiente denuncia: a las nueve de la mañana, mientras
cruzaba el Parque Clobt para ir a la clínica, lo paró un desconocido que le
empezó a hablar de la siguiente manera: «Usted va a operar, el día 17, al señor
Alberto Déravans. Tras la operación, el señor Déravans, que se quedó ciego en
un accidente de tráfico hace dos años, recuperará la visión. Pues bien, si hace
esa operación, si Alberto Déravans recupera la visión, yo lo mataré a usted».
Dicho esto, el desconocido desapareció. El profesor Augusto Linden se había personado
de inmediato en la Central de Policía y había presentado la denuncia. No podía
proporcionar ningún dato sobre el desconocido aparte de que iba vestido de
marrón, llevaba una gorra y la cara se la cubría casi por completo una bufanda
azul. Después de la denuncia, el profesor pretendía que dos agentes le hicieran
guardia hasta el día de la operación y nada más. Eso es todo.
—¿Cree de verdad —pregunté a Jelling— que tras ese
chantaje, que a mí me parece bastante común, se puede esconder algo
interesante? Quizá sepa usted mejor que yo que en una ciudad como Boston se
producen tres o cuatro chantajes al día…
Jelling terminó de servirse carne estofada que Giovanni le
ofrecía de una fuente con estilo impecable, y después respondió:
—… Yo tampoco lo sé, señor Berra. En apariencia se trata
de un chantaje como muchos otros. Pero, si se reflexiona un poco, las cosas se
complican. No me gustaría tener una opinión demasiado contraria a la suya, pero
le diré cómo he razonado. —Jelling hizo una pausa, cogió tres vasos que tenía
delante, los colocó de cierta manera y dijo—: Nosotros tenemos un triángulo —me
percaté en ese momento de que los vasos estaban dispuestos en triángulo—. El
primer vértice es Alberto Déravans, el ciego. El segundo vértice está
representado por el profesor Augusto Linden y por su clínica. El tercer… —y
aquí Jelling tocó el último vaso, de cristal verdoso, todavía lleno de un vino
blanco seco de Italia—… el tercer vértice es un fuerza oscura, el hombre que ha
chantajeado al profesor Linden… En Geometría, los vértices de un triángulo
están unidos entre ellos por tres líneas rectas. En nuestro caso, ¿qué los une?
Entre Déravans, el ciego, y el profesor Linden, el cirujano, la línea de unión
es clara: el primero debe operarse para recuperar la visión, el segundo debe
operarlo; esta es línea recta que une los dos vértices. Pero es la única que
conocemos. No sabemos cuál es la línea que une al profesor Linden con la fuerza
oscura y cuál la que une a la fuerza oscura con Alberto Déravans… En
definitiva, lo que quiero decir es que hay dos problemas que resolver:
descubrir quién es el enemigo de Alberto Déravans y descubrir por qué este
enemigo no quiere que recupere la visión…
Aunque el razonamiento de Jelling fuera, como de
costumbre, bastante confuso, ya empezaba a comprender.
—¿Quiere decir —pregunté— que el enemigo de Déravans
podría tener muchos medios para perjudicarlo y que no comprende por qué ha
elegido precisamente el de prohibirle que recupere la visión?
—Eso, quería decir eso mismo —dijo Jelling—. He estudiado
con atención el expediente y la denuncia del profesor. Pero no entiendo qué
interés pueda haber en que Déravans siga siendo ciego… Así es como están las
cosas. Hace dos años, Alberto Déravans conduce su coche y choca con el que
conduce la señorita Evelina Soldier. Como consecuencia del impacto, Déravans
pierde la visión y los mejores especialistas de los Estados Unidos declaran su
impotencia. Mientras, entre la señorita Soldier y el señor Déravans nace el
idilio. Déravans quiere casarse con ella, pero Evelina Soldier no quiere. Antes
de casarse con él quiere agotar todas las posibilidades de curar a Déravans y
devolverle la visión. Van a Europa, pero también los cirujanos europeos
declaran que no hay nada que hacer. Vuelven a América. Déravans insiste en
casarse con la señorita Soldier, pero ella no ha perdido la esperanza y antes
busca de nuevo el medio de devolverle la visión. Ai final, un día, el profesor
Augusto Linden se les presenta a los dos. Visita a Alberto Déravans y le dice
que lo operará y que gracias a esta operación Déravans recuperará la visión.
Estamos a 2 de enero. Llevan a Déravans a la clínica del profesor Linden. Llega
el 12 de enero. El profesor Linden cruza el Parque Clobt para ir a la clínica.
Es una mañana muy fría —le ruego que se fije en este detalle—, el profesor
Linden cruza el Parque Clobt vacío. De repente, una figura se le para delante.
Es un hombre vestido de marrón, con gorra y la cara cubierta casi por completo
con una bufanda azul. Este hombre amenaza al profesor Linden con matarlo si le
devuelve la visión a Alberto Déravans y, antes de que el profesor Linden pueda
replicar, saca un pequeño revólver y se aleja por entre las callejuelas. Sin
perder la sangre fría, el profesor Linden se dirige enseguida a la Central de
Policía, denuncia el hecho y pide la protección de dos agentes que lo vigilen
día y noche para evitar que las amenazas del desconocido se cumplan… Hoy es 14
de enero. Dentro de tres días operarán a Alberto Déravans y, según las
afirmaciones del profesor Linden, recuperará sin duda la visión… O el profesor
será asesinado antes de que pueda llevar a cabo la operación.
Nos levantamos de la mesa y fuimos a sentarnos delante de
la chimenea, donde ardían dos grandes leños. Giovanni nos sirvió el licor de
costumbre y, mientras servía a Jelling, tuvo tiempo de murmurar:
—O el profesor Linden no hará la operación por miedo de
que lo mate el desconocido.
Giovanni, por supuesto, había escuchado nuestra
conversación, y ahora, a pesar de las recriminaciones que siempre le hacía,
intervenía en nuestras discusiones.
Jelling pareció encantado con esa intervención. Sonrió
cordialmente a Giovanni y le dijo:
—He pensado bastante en esa hipótesis, pero le diré la
impresión que me causó el profesor Linden. Me pareció una persona muy apegada
al dinero. Y Déravans se ha comprometido a pagarle veinte mil dólares por la
operación. El profesor no me parece un tipo dispuesto a renunciar a veinte mil
dólares por una simple amenaza. Tomará todas las precauciones del mundo, pero
intentará llevar a cabo la operación a cualquier precio… Indiferente a mis
miradas de reproche, Giovanni continuó: —Todo lo contrario, si es así,
aprovechará la amenaza que lleva sobre sus espaldas para encarecer el precio de
la operación. ¿O me equivoco, señor?…
Con una reverencia obsequiosa e hipócrita, Giovanni se
llevó la botella y la bandeja, evitando de esa manera mi rapapolvo. Arthur
Jelling le sonrió y luego se dirigió a mí:
—Claro que he considerado también esa hipótesis… He venido
a verle precisamente por eso… Ahora voy a la clínica de Linden, a hablar otra
vez con el profesor Linden y con sus ayudantes, echar un vistazo y… si usted
también viniera, me haría un favor. Desearía que observase atentamente todo y
luego me diera sus impresiones… Pero quizá estoy abusando de usted…
—¡En absoluto, Jelling! —le dije—. Para mí se trata de
algo divertido. Le ayudaré con mucho gusto.
La clínica Linden es quizá una de las más modernas de
América, y, por supuesto, la más moderna de Boston. Se erige casi a las afueras
de la ciudad, entre enormes construcciones funcionales y pequeñas parcelas
todavía sin vender, donde los niños juegan a los gánsteres. Pero, a pesar de la
modernidad arquitectónica del palacete, a pesar de la funcionalidad y el lujo
de las instalaciones interiores, algo tétrico y lúgubre impresiona al visitante
que entra por primera vez. No sé si Jelling tenía las mismas sensaciones cuando
entramos, pero yo noté enseguida el pecho oprimido por una especie de tristeza
y de angustia indefinidas. Soy profesor de psicopatología, he visitado cientos
de hospitales y manicomios, he visto ambientes terribles como la sala de
anatomía de la Fundación Rockefeller de Nueva York, la Clínica Carlton en
Chicago, con los enfermeros de desintoxicación más tristemente famosos de
Massachusetts cuidando de sus enfermos permanentemente dominados por el delirio
de su veneno, en definitiva, no se me puede acusar de debilidad de ánimo. Sin
embargo, al entrar en la clínica Linden, con esa fachada que recuerda a un
bastión medieval, desnuda por dentro como una casa abandonada, me pareció
encontrar la prueba que Jelling había adivinado justo para interesarse en ese
asunto de Déravans, en apariencia intrascendente. Se olía la tragedia en ese
ambiente. Puede que sea una exageración, pero había olor a sangre. Y más tarde
tuve que convencerme de que mis impresiones no estaban del todo equivocadas.
Tras cruzar un patio pavimentado con cemento, sin una brizna
de hierba, y recorrer un pasillo gris, iluminado por una luz fija violenta y
artificial, que entraba por los grandes ventanales de cristal blanco leche,
Jelling y yo entramos en el despacho del profesor Linden.
Augusto Linden era un hombre de unos cuarenta y cinco
años, con el pelo cortado a cepillo y la cara cuadrada, aceitunada. Bajo las
órbitas saltonas, dos pequeños ojos grises, acuosos, miraban con insistencia y
con frialdad. En pocas palabras, era el tipo adecuado para cohibir a Jelling,
ya demasiado dispuesto a amedrentarse.
—Perdone si le molesto de nuevo… —insinuó con suavidad
Jelling.
Linden, con un gesto seco, nos invitó a sentarnos delante
de su escritorio, y con voz baja, casi gruñona, dijo:
—Adelante, hablen.
Con mucho esfuerzo, Arthur Jelling recobró el aliento y me
presentó.
—Ah —me dijo Linden, olvidándose completamente de
Jelling—, es usted profesor adjunto del curso de Derecho… Creo que una vez
asistí a una conferencia suya en el Círculo Jurídico. La suya era una teoría
arriesgada, por lo menos contraria a las actuales. Es decir, según usted, el
delito no siempre es la expresión de un estado psicopatológico en sentido
estricto, sino que a menudo se realiza con plena conciencia de causa sin ningún
estímulo del inconsciente enfermo, ¿no es así?
—Sí, así es —respondí.
—Yo también tengo la misma opinión —continuó Linden—.
Muchos abogados consiguen salvar a sus clientes de la silla con la excusa de
una enfermedad mental…
Jelling nos escuchaba correctísimamente sentado en el
sillón. Después de algunas frases, pareció que Linden se daba cuenta de su
presencia.
—Ah, perdóneme, señor… señor… —dijo Linden con distracción
casi ultrajante.
—Arthur Jelling —sugirió educadamente mi amigo.
—Dígame, señor Jelling.
—Le agradecería enormemente —dijo este con paciencia— que
me presentara al personal de la clínica y que me dejara conocer el ambiente…
Querría…
Augusto Linden le cortó, se levantó y dijo:
—Venga, por favor.
Nos levantamos y lo seguimos. En el pasillo, al salir del
despacho, vimos a dos agentes de paisano. Eran los dos que tenían el cometido
de vigilar y de proteger al profesor.
Augusto Linden los señaló con una sonrisa despectiva.
—¿Usted cree de verdad —preguntó a Jelling— que esa gente
sería capaz de salvarme si mañana me quisieran matar?
—Sólo en Boston —respondió Jelling con mucha educación,
pero con firmeza—, mueren en acto de servicio doscientos agentes al año.
—Bien —dijo Linden con voz desagradable—, pero no por lo
que a mí respecta.
Después de este chiste pueril, caminamos en silencio
cruzando varios ambientes de la clínica. Linden nos enseñó las distintas salas,
los departamentos, los laboratorios. Todo era lineal, preciso, monótono como
una máquina. Todas las paredes estaban pintadas de un gris claro que hacía
pensar en esos días de lluvia que nunca se acaban. Todo era sobriedad y
concisión. No había el mínimo adorno, la mínima nota de color; algunos muebles
de cristal, algunas estanterías de metal opaco, la luz difusa que entraba por
los ventanales de cristal blanco daban tal sensación de frialdad que no se veía
la hora de salir de ahí.
Pasamos delante de una puerta. Linden se paró.
—Este es el apartamento de Alberto Déravans. No se lo
puedo enseñar porque no quiero que se moleste a mis enfermos.
—Gracias —respondió Jelling, y no se pudo comprender por
el tono si lo había dicho de buena fe o por sarcasmo. En cualquier caso, Linden
no se dio cuenta, o fingió no darse cuenta—. Perdone —dijo de repente Jelling—,
la operación que le va a practicar al señor Déravans sólo la conoce usted, ¿no
es cierto?
—Efectivamente.
—¿Y se trata de una nueva operación?
—¿A qué se refiere con «nueva»?… No existen nuevas
operaciones. Existen nuevos procedimientos de operar. Cualquier cirujano sabe
perfectamente de qué manera habría que operar a Déravans para devolverle la
visión, pero no lo opera porque con el sistema que él conoce no conseguiría
quitarle la ceguera, es más, la haría más profunda para siempre, mientras que
con mi procedimiento yo estoy seguro de curarlo, y con facilidad. Lo nuevo es
el sistema: la operación en sí es sencillísima. Yo no hago brujería…
Por último, entramos en una sala grande, ocupada por una
mesa larguísima y por dos estanterías de cristal larguísimas con los
instrumentales médicos más variados. En la sala había tres personas con bata
blanca. Linden los presentó; eran sus tres ayudantes. Tendré que describir un
poco más ampliamente a estas tres personas, porque en ese momento se pudo
comprobar un hecho que después tuvo varias consecuencias en el asunto.
Uno era el doctor Alfredo Lamarck, primer ayudante de
Linden. Creo que sólo se puede ver un tipo como él en el cine. Parecía un
hombre de 1912 en el físico, en la cara y en el modo de vestir: algo
verdaderamente extraordinario. Tenía un bigote negro denso, moda preguerra, y
el pelo con la raya a un lado y ondulado. La cara era regordeta, pero pálida,
como los hombres de hace treinta años que no hacían deporte. El gollete le
sobresalía de un sobrecuello alto y duro de puntas redondeadas que le tenía que
resultar difícil de cambiar porque ya no se confeccionaban. En las manos, para
terminar, llevaba una de esas alianzas grandes y completamente adornadas; estoy
seguro de que en el interior del anillo estaban escritos dos nombres, una fecha
y la frase «Para siempre».
El otro era Severino Thesenty. Debo decir que al principio
me pareció un tipo completamente insignificante. Lo miré en cuanto me lo
presentaron y pensé en un primer momento que tenía enfrente a uno de esos
hombres que pasan por la vida sin hacer ruido. Sólo más tarde, cuando habían
pasado unas horas y lo volví a ver en mi despacho con los ojos de la mente,
como si lo tuviera delante, me di cuenta de que me había equivocado. Para que
me volviera tan lúcidamente a la memoria debía tener una personalidad que por
error había juzgado mediocre. Era más bien alto, delgado, e incluso en algunas
cosas se parecía a Jelling. Tenía el pelo rubio ceniza y la cara de un color
rojo pardo extraño. Pero lo que más impresionaba eran los ojos, brillantes,
grandes, calidísimos, llenos de expresión y movimiento. ¿Cómo no me había dado
cuenta antes? Eran los ojos de un romántico, de un lírico, de un sensible. Y,
de repente, volví a ver sus manos: grandes, delgadas, delicadas, con la
movilidad de las antenas de un insecto. Todo esto, repito, no lo vi en su
momento, sino horas después, cuando volví a pensar en mi visita a la clínica
Linden.
La tercera persona era una mujer, la doctora en química
Lila Leland. El nombre me sorprendió. Era más adecuado para una estrellita de
café concierto que para una doctora, y pensé que era falso. Pero lo que me
sorprendió todavía más fue su belleza. No encuentro otra expresión que esta:
una belleza angelical. Y sé que no es una definición justa. Al decir angelical
se puede pensar en algo muy puro, pero también un poco frío. Sin embargo, la
belleza de Lila Leland estaba llena de calor femenino. La mirada tenía una
tranquilidad agradable de gacela, y todas las líneas de la cara seguían
perfectas curvas, pero llenas de feminidad viva, nada estatuaria. Un maquillaje
sutil daba el último toque a esa obra maestra humana, un toque ligeramente
artificial que lo hacía irresistible.
Aquí llega el hecho que hará que se me perdonen un poco
estas descripciones a la antigua. Miré a Jelling. Él acababa de hacerle una
breve reverencia a la doctora Leland, pero su mirada no se había desviado
todavía del rostro de ella. Ya se habían hecho las presentaciones y pasó un
segundo, un larguísimo segundo lleno turbación. Todos esperaban que Jelling se
alejara y dejara de mirar a Lila Leland. Augusto Linden sonrió de manera
extraña con los ojos al observar la escena. Yo me sentía incómodo por un acontecimiento
tan imprevisible. En apariencia no ocurrió nada, pero ese segundo, ese
larguísimo segundo en que Jelling siguió mirando, ausente y ajeno al mundo, a
la doctora Leland, influyó luego sobre el resto del caso. «¡Cuánta sangre!
¡Cuánta sangre! —me dijo un día Jelling cuando todo había acabado…—. Si hubiese
podido preverlo, ese día que conocí a Lila…».
Por fin, Jelling pareció despertarse. Me imaginaba que
cuando volviera en sí se pondría rojo y se abochornaría; en cambio, nada de
eso. Él estaba tranquilo, sereno; es más, tenía los ojos más claros y vivos que
antes, como si en su interior hubiese nacido algo feliz que le había hecho más
fuerte.
—Este es mi laboratorio de análisis y de anatomía…
Linden rompió el silencio insoportable y comenzó a darnos
una vuelta por la sala, explicándonos cosas. Luego, con su estilo maleducado,
le dijo a Jelling:
—Por lo demás, no veo qué utilidad pueda tener todo esto
para su investigación… Perdone, pero no tengo mucha confianza en la Policía.
Estoy convencido de que, si consigo desbaratar los planes de ese imbécil que me
ha amenazado con matarme, lo deberé sólo a mí y a este instrumento…
Se sacó del bolsillo un pequeño revólver y nos lo mostró.
—Claro, claro, tiene razón… —asintió Jelling poniéndose
rojo. Vi que su mirada tenía la continua tentación de volverse hacia Lila
Leland, que estaba a su lado, pero se controlaba.
Mientras, Linden se había dirigido a Alfredo Lamarck, que
se afanaba con un microscopio.
—¿Ya está hecho el análisis de Déravans?
Sin quitar el ojo del instrumento, sin dejar de manejar la
platina, Alfredo Lamarck respondió con frialdad (y decir frialdad es bastante
poco):
—Lo estoy haciendo.
—Le había rogado que lo hiciera hace dos días. Operaremos
a Déravans el 17 y hoy estamos a 14 —observó Linden con tranquilidad.
Alfredo Lamarck levantó el ojo del microscopio y miró un
punto en la pared, no al profesor Linden:
—Hoy todavía estamos perfectamente a tiempo —dijo, con el
mismo tono de antes, anodino y lejano.
—No estoy de acuerdo —respondió Linden con nerviosismo mal
disimulado.
Lamarck volvió a su instrumento y murmuró entre dientes:
—Perdone.
Tras este otro incidente, Linden nos acompañó fuera, hasta
la salida. Al despedirse de nosotros, Jelling, que había permanecido en
silencio hasta entonces, le preguntó:
—Por supuesto, el señor Déravans no ha sido informado de
que usted se ha visto amenazado de muerte si lo opera.
—Por supuesto… —respondió Linden, abriendo la puerta que
daba al vestíbulo.
—En cualquier caso, habrá advertido a algún familiar, ¿no?
—Claro.
—¿A quién?
—A su hermano, Andrea Déravans, y a su novia, Evelina
Soldier.
Jelling dio un paso adelante, pero antes de salir volvió a
preguntar:
—Perdóneme la indiscreción, quizá mis preguntas le cansan…
Pero necesito saber si, aparte de usted, hay alguien más capaz de operar al
señor Alberto Déravans…
Linden sonrió con los ojos, como antes.
—Mis ayudantes conocen la teoría de la operación. Ignoro
si conseguirían ponerla en práctica.
—Gracias.
Salimos, cruzamos el vestíbulo y nos encontramos de nuevo
en la calle. Un sol blanco, frío, nos inundó de luz, de esa luz clara y viva
que faltaba en la clínica Linden. Me sentía mejor, para ser sinceros. Jelling
estaba callado, y se mantuvo así un buen trecho del camino. Los árboles de la
avenida por la que íbamos estaban secos, desnudos; trizas de hielo crujían bajo
nuestros zapatos. Tenía la cabeza llena de pensamientos confusos que no
conseguía coordinar.
—¿Qué le pasa, Jelling? —dije, más que nada por romper el
silencio.
Al final, Arthur Jelling dejó de mirar fijamente hacia
adelante y consiguió verme a mí también.
—¡Oh…, perdone! Tiene razón… —y se puso rojo como un
muchacho—. Pienso en mí, siempre en mí, y, en cambio, debería pensar en el
profesor Linden.
1
Arthur Jelling se enamora (o casi)
No es habitual que en un departamento de Policía, donde se
encuentran montones de informes que narran historias de delitos misteriosos,
haya un hombre soñando mientras mira a través del cristal de la ventana y
avahándose los dedos por el frío. Sin embargo, esto era lo que sucedía en la
Central de Policía de Boston, en la unidad de «Archivo Criminal».
Arthur Jelling soñaba. Soñaba sentado en su escritorio,
con el abrigo puesto y el cuello levantado, y miraba a través del cristal el
cielo blanco rosáceo de la mañana. No se puede decir con qué estaba soñando.
Arthur Jelling era un hombre de cuarenta años, había estudiado medicina hasta
los veinticinco, se había casado a los veinticuatro, y no había hecho nada más
de importancia salvo descubrir la trama secreta de algunos delitos famosos.
Pero en su vida nunca había tenido idilios más que de pasada. Tras descubrir al
autor de un célebre delito, o después de archivar el informe del último
proceso, él volvía a casa, con su mujer y su hijo, leía el periódico mientras
comía, leía un libro en la cama, y por la mañana estaba en la Central, en el
Archivo Criminal, como un empleado cualquiera, como el más oscuro de los
empleados, catalogando interrogatorios y listas de partes médicos o
declaraciones de coartadas.
Quién sabe lo que hay en el corazón de los hombres. Por
fuera, parecen una cosa, y por dentro, sólo Dios sabe lo que son. Hacía frío
aquella mañana en el despacho de Jelling. El termómetro registraba tan sólo
ocho sobre cero. Jelling tenía las puntas de los dedos heladas, y un rayo de
sol gris, glacial, entraba por la ventana. Todos los expedientes se archivaban
y catalogaban, y las plumas se posaban en orden sobre la boca de los dos
tinteros, azul y rojo; los sellos pendían ordenadamente del portasellos, un
silencio sepulcral reinaba en el despacho. A veces, de la calle llegaba el
grito de un boceras, o el sonido del claxon de un coche. Jelling soñaba, se le
notaba en los ojos, que clavaban una mirada atónita en el rosa gélido que se
transparentaba por la ventana.
Quién sabe qué. De repente la puerta se abrió de par en
par y entró el capitán Sunder. El capitán Sunder era el superior directo de
Arthur Jelling y el subdirector de la Central de Policía. Jelling era demasiado
celoso de sus deberes de archivero como para desconcertarse ante aquella
aparición inesperada. Dejó de soñar, se bajó el cuello del abrigo, hizo como
que cogía una pluma, pero el capitán Sunder era lo suficientemente psicólogo
como para no dejarse embaucar con maniobras como esa. Disimuló y, mientras se
encendía un cigarrillo, lanzó su «¡Buenos días, Jelling!».
—Buenos días, señor Sunder… —respondió Jelling.
—Bueno, ¿qué tal?
—Bien, señor Sunder.
—Hace frío. Dieciocho bajo cero, fuera de aquí.
—Bastante frío, señor Sunder.
—Además, cuando uno se aburre, se nota más el frío.
—Efectivamente, señor Sunder.
La conversación había comenzado con este tono lleno de
buenas maneras y de formalismo, hasta que el capitán Sunder volvió a sus modos
bruscos y expeditivos.
—Vamos, Jelling, este despacho le empieza a hartar.
Necesita un trabajo divertido, ¿no es cierto?
Jelling se lo agradeció con una sonrisa sincera.
—Me aburro un poco, tiene razón… —murmuró.
—Vaya a darse una vuelta o cójase vacaciones, qué sé yo…
¿Le he dicho alguna vez algo por ausentarse del despacho unos días?
—No, señor Sunder…
—¿Y entonces? ¿Qué quiere, que también le pague el viaje?
Vaya al lago Michigan, hay regatas, me refiero a las regatas invernales, un
espectáculo único en el mundo. O, si no le gustan, vaya a Nueva York. ¿Ha visto
alguna vez Nueva York en invierno?
—No, señor Sunder. Nunca he estado en Nueva York.
—Pues vaya entonces. La Calle 42, Broadway, las estrellas
de Hollywood… Podría conseguirle un billete de ida y vuelta gratis, con la
excusa de una gestión…
Arthur Jelling, que estaba medio sentado, se levantó del
todo, se limpió burocráticamente el abrigo, sólo para darse importancia, y
dijo:
—Quiero trabajar, capitán. Me aburro porque no tengo nada
que hacer. Quiero ser útil a la Central…
El capitán Sunder tosió haciendo mucho ruido, y cuando
paró echó un vistazo alrededor sin disimular en absoluto que veía a Jelling.
—Trabajar… —murmuró como para sí mismo—. ¿Y quién se lo
impide? En una ciudad como la nuestra, donde hay al menos cuatro delitos sin
explicación cada día, un policía siempre tiene algo que hacer… Pero, ¡claro! Me
olvidaba de que usted es un policía especial. ¡Me hizo tragar más bilis en el
asunto Vaton que todos los ladronzuelos que arresto en un año juntos!…
Ante ese reproche afectuoso de una culpa, si es que
existía una culpa, que ya había prescrito, Arthur Jelling se sonrojó. Y era
raro ver sonrojarse a un hombre alto como él, severo, al menos en apariencia,
como él.
—Por eso —dijo— no quise interesarme por trabajos que no
tuvieran que ver con mi unidad. Me acuerdo perfectamente de que le causé muchas
molestias.
—Mal, querido Jelling —replicó Sunder de golpe—. Dejémonos
de cortesía y hablemos con más concreción… Si usted quiere, hay un asunto que
le iría bien. Me refiero a la denuncia del profesor Linden, si me sigue…
—¿El cirujano que tiene que operar a Alberto Déravans?
—En efecto, querido Jelling. Usted ya es un policía
especializado en delitos que todavía no han ocurrido. Los demás trabajan con
muertos, con una pistola que ya ha disparado. Usted trabaja con el vivo que aún
tienen que matar, con la pistola que todavía tiene que dispararse…
Mientras decía esto, el capitán Sunder se había acercado a
la puerta y la había abierto.
—En definitiva, si me he explicado, le digo que se
interese usted por este asunto. El expediente lo tiene usted, arrégleselas…
Pero no deje que lo encuentren en el despacho con el cuello levantado y con los
dedos helados. ¿Entendido?
Se oyó el ruido de la puerta al cerrarse. El capitán se
había ido. Jelling se quedó dudando un poco, paseó por el despacho meditando
las palabras de su superior, luego buscó en su archivo el expediente Linden, lo
estudió media hora y vino a verme.
Era alrededor de mediodía. Mi criado, Giovanni, ya
empezaba a pasearse delante de mi despacho, temiendo que me quedase a trabajar
más allá de las doce.
Nunca he intentado trabajar como asalariado, con un jefe y
un horario que cumplir, pero creo que la vigilancia de Giovanni a mis horarios
de trabajo tiene que ser algo parecido, si no peor. A mediodía y a las siete en
punto de la tarde, comienza a pasearse delante de mi despacho de manera
intolerable. Por mucha urgencia que tenga el trabajo al que me dedico, prefiero
parar antes que ver su insoportable cara de pocos amigos asomarse por la puerta
y escuchar su voz murmurar con falsa cortesía:
—Es tarde, señor.
El día que Jelling vino a verme, estaba terminando
precisamente un informe para el Círculo Jurídico de Boston, y ya escuchaba los
pasos de Giovanni por el pasillo cuando oí el timbre; poco después mi criado
entraba en el estudio y anunciaba:
—El señor Arthur Jelling.
—Hola, Jelling —dije, a la vez que me levantaba de la
butaca.
Siguieron las formalidades, que con Jelling son más bien
largas, y luego lo invité a almorzar.
—Sabía que no era lo más adecuado venir a la hora del
almuerzo —respondió Jelling—. Es como imponer una invitación…
Tenía un rostro realmente afligido.
Conseguí convencerlo de que no se sintiera tan apenado,
que podía venir a verme cuando quisiera, y ya a la mesa, tras un primer plato
más bien mediocre, me enteré del motivo de la visita de Jelling: la denuncia de
Augusto Linden.
—En el fondo —decía Jelling—, esta historia tiene toda la
pinta de un asunto sin importancia. Hace dos días, el profesor Augusto Linden,
que tiene una clínica oftalmológica en Rivery Street, se personó en la Central
de Policía y presentó la siguiente denuncia: a las nueve de la mañana, mientras
cruzaba el Parque Clobt para ir a la clínica, lo paró un desconocido que le
empezó a hablar de la siguiente manera: «Usted va a operar, el día 17, al señor
Alberto Déravans. Tras la operación, el señor Déravans, que se quedó ciego en
un accidente de tráfico hace dos años, recuperará la visión. Pues bien, si hace
esa operación, si Alberto Déravans recupera la visión, yo lo mataré a usted».
Dicho esto, el desconocido desapareció. El profesor Augusto Linden se había personado
de inmediato en la Central de Policía y había presentado la denuncia. No podía
proporcionar ningún dato sobre el desconocido aparte de que iba vestido de
marrón, llevaba una gorra y la cara se la cubría casi por completo una bufanda
azul. Después de la denuncia, el profesor pretendía que dos agentes le hicieran
guardia hasta el día de la operación y nada más. Eso es todo.
—¿Cree de verdad —pregunté a Jelling— que tras ese
chantaje, que a mí me parece bastante común, se puede esconder algo
interesante? Quizá sepa usted mejor que yo que en una ciudad como Boston se
producen tres o cuatro chantajes al día…
Jelling terminó de servirse carne estofada que Giovanni le
ofrecía de una fuente con estilo impecable, y después respondió:
—… Yo tampoco lo sé, señor Berra. En apariencia se trata
de un chantaje como muchos otros. Pero, si se reflexiona un poco, las cosas se
complican. No me gustaría tener una opinión demasiado contraria a la suya, pero
le diré cómo he razonado. —Jelling hizo una pausa, cogió tres vasos que tenía
delante, los colocó de cierta manera y dijo—: Nosotros tenemos un triángulo —me
percaté en ese momento de que los vasos estaban dispuestos en triángulo—. El
primer vértice es Alberto Déravans, el ciego. El segundo vértice está
representado por el profesor Augusto Linden y por su clínica. El tercer… —y
aquí Jelling tocó el último vaso, de cristal verdoso, todavía lleno de un vino
blanco seco de Italia—… el tercer vértice es un fuerza oscura, el hombre que ha
chantajeado al profesor Linden… En Geometría, los vértices de un triángulo
están unidos entre ellos por tres líneas rectas. En nuestro caso, ¿qué los une?
Entre Déravans, el ciego, y el profesor Linden, el cirujano, la línea de unión
es clara: el primero debe operarse para recuperar la visión, el segundo debe
operarlo; esta es línea recta que une los dos vértices. Pero es la única que
conocemos. No sabemos cuál es la línea que une al profesor Linden con la fuerza
oscura y cuál la que une a la fuerza oscura con Alberto Déravans… En
definitiva, lo que quiero decir es que hay dos problemas que resolver:
descubrir quién es el enemigo de Alberto Déravans y descubrir por qué este
enemigo no quiere que recupere la visión…
Aunque el razonamiento de Jelling fuera, como de
costumbre, bastante confuso, ya empezaba a comprender.
—¿Quiere decir —pregunté— que el enemigo de Déravans
podría tener muchos medios para perjudicarlo y que no comprende por qué ha
elegido precisamente el de prohibirle que recupere la visión?
—Eso, quería decir eso mismo —dijo Jelling—. He estudiado
con atención el expediente y la denuncia del profesor. Pero no entiendo qué
interés pueda haber en que Déravans siga siendo ciego… Así es como están las
cosas. Hace dos años, Alberto Déravans conduce su coche y choca con el que
conduce la señorita Evelina Soldier. Como consecuencia del impacto, Déravans
pierde la visión y los mejores especialistas de los Estados Unidos declaran su
impotencia. Mientras, entre la señorita Soldier y el señor Déravans nace el
idilio. Déravans quiere casarse con ella, pero Evelina Soldier no quiere. Antes
de casarse con él quiere agotar todas las posibilidades de curar a Déravans y
devolverle la visión. Van a Europa, pero también los cirujanos europeos
declaran que no hay nada que hacer. Vuelven a América. Déravans insiste en
casarse con la señorita Soldier, pero ella no ha perdido la esperanza y antes
busca de nuevo el medio de devolverle la visión. Ai final, un día, el profesor
Augusto Linden se les presenta a los dos. Visita a Alberto Déravans y le dice
que lo operará y que gracias a esta operación Déravans recuperará la visión.
Estamos a 2 de enero. Llevan a Déravans a la clínica del profesor Linden. Llega
el 12 de enero. El profesor Linden cruza el Parque Clobt para ir a la clínica.
Es una mañana muy fría —le ruego que se fije en este detalle—, el profesor
Linden cruza el Parque Clobt vacío. De repente, una figura se le para delante.
Es un hombre vestido de marrón, con gorra y la cara cubierta casi por completo
con una bufanda azul. Este hombre amenaza al profesor Linden con matarlo si le
devuelve la visión a Alberto Déravans y, antes de que el profesor Linden pueda
replicar, saca un pequeño revólver y se aleja por entre las callejuelas. Sin
perder la sangre fría, el profesor Linden se dirige enseguida a la Central de
Policía, denuncia el hecho y pide la protección de dos agentes que lo vigilen
día y noche para evitar que las amenazas del desconocido se cumplan… Hoy es 14
de enero. Dentro de tres días operarán a Alberto Déravans y, según las
afirmaciones del profesor Linden, recuperará sin duda la visión… O el profesor
será asesinado antes de que pueda llevar a cabo la operación.
Nos levantamos de la mesa y fuimos a sentarnos delante de
la chimenea, donde ardían dos grandes leños. Giovanni nos sirvió el licor de
costumbre y, mientras servía a Jelling, tuvo tiempo de murmurar:
—O el profesor Linden no hará la operación por miedo de
que lo mate el desconocido.
Giovanni, por supuesto, había escuchado nuestra
conversación, y ahora, a pesar de las recriminaciones que siempre le hacía,
intervenía en nuestras discusiones.
Jelling pareció encantado con esa intervención. Sonrió
cordialmente a Giovanni y le dijo:
—He pensado bastante en esa hipótesis, pero le diré la
impresión que me causó el profesor Linden. Me pareció una persona muy apegada
al dinero. Y Déravans se ha comprometido a pagarle veinte mil dólares por la
operación. El profesor no me parece un tipo dispuesto a renunciar a veinte mil
dólares por una simple amenaza. Tomará todas las precauciones del mundo, pero
intentará llevar a cabo la operación a cualquier precio… Indiferente a mis
miradas de reproche, Giovanni continuó: —Todo lo contrario, si es así,
aprovechará la amenaza que lleva sobre sus espaldas para encarecer el precio de
la operación. ¿O me equivoco, señor?…
Con una reverencia obsequiosa e hipócrita, Giovanni se
llevó la botella y la bandeja, evitando de esa manera mi rapapolvo. Arthur
Jelling le sonrió y luego se dirigió a mí:
—Claro que he considerado también esa hipótesis… He venido
a verle precisamente por eso… Ahora voy a la clínica de Linden, a hablar otra
vez con el profesor Linden y con sus ayudantes, echar un vistazo y… si usted
también viniera, me haría un favor. Desearía que observase atentamente todo y
luego me diera sus impresiones… Pero quizá estoy abusando de usted…
—¡En absoluto, Jelling! —le dije—. Para mí se trata de
algo divertido. Le ayudaré con mucho gusto.
La clínica Linden es quizá una de las más modernas de
América, y, por supuesto, la más moderna de Boston. Se erige casi a las afueras
de la ciudad, entre enormes construcciones funcionales y pequeñas parcelas
todavía sin vender, donde los niños juegan a los gánsteres. Pero, a pesar de la
modernidad arquitectónica del palacete, a pesar de la funcionalidad y el lujo
de las instalaciones interiores, algo tétrico y lúgubre impresiona al visitante
que entra por primera vez. No sé si Jelling tenía las mismas sensaciones cuando
entramos, pero yo noté enseguida el pecho oprimido por una especie de tristeza
y de angustia indefinidas. Soy profesor de psicopatología, he visitado cientos
de hospitales y manicomios, he visto ambientes terribles como la sala de
anatomía de la Fundación Rockefeller de Nueva York, la Clínica Carlton en
Chicago, con los enfermeros de desintoxicación más tristemente famosos de
Massachusetts cuidando de sus enfermos permanentemente dominados por el delirio
de su veneno, en definitiva, no se me puede acusar de debilidad de ánimo. Sin
embargo, al entrar en la clínica Linden, con esa fachada que recuerda a un
bastión medieval, desnuda por dentro como una casa abandonada, me pareció
encontrar la prueba que Jelling había adivinado justo para interesarse en ese
asunto de Déravans, en apariencia intrascendente. Se olía la tragedia en ese
ambiente. Puede que sea una exageración, pero había olor a sangre. Y más tarde
tuve que convencerme de que mis impresiones no estaban del todo equivocadas.
Tras cruzar un patio pavimentado con cemento, sin una
brizna de hierba, y recorrer un pasillo gris, iluminado por una luz fija
violenta y artificial, que entraba por los grandes ventanales de cristal blanco
leche, Jelling y yo entramos en el despacho del profesor Linden.
Augusto Linden era un hombre de unos cuarenta y cinco
años, con el pelo cortado a cepillo y la cara cuadrada, aceitunada. Bajo las
órbitas saltonas, dos pequeños ojos grises, acuosos, miraban con insistencia y
con frialdad. En pocas palabras, era el tipo adecuado para cohibir a Jelling,
ya demasiado dispuesto a amedrentarse.
—Perdone si le molesto de nuevo… —insinuó con suavidad
Jelling.
Linden, con un gesto seco, nos invitó a sentarnos delante
de su escritorio, y con voz baja, casi gruñona, dijo:
—Adelante, hablen.
Con mucho esfuerzo, Arthur Jelling recobró el aliento y me
presentó.
—Ah —me dijo Linden, olvidándose completamente de
Jelling—, es usted profesor adjunto del curso de Derecho… Creo que una vez
asistí a una conferencia suya en el Círculo Jurídico. La suya era una teoría
arriesgada, por lo menos contraria a las actuales. Es decir, según usted, el
delito no siempre es la expresión de un estado psicopatológico en sentido
estricto, sino que a menudo se realiza con plena conciencia de causa sin ningún
estímulo del inconsciente enfermo, ¿no es así?
—Sí, así es —respondí.
—Yo también tengo la misma opinión —continuó Linden—.
Muchos abogados consiguen salvar a sus clientes de la silla con la excusa de
una enfermedad mental…
Jelling nos escuchaba correctísimamente sentado en el
sillón. Después de algunas frases, pareció que Linden se daba cuenta de su
presencia.
—Ah, perdóneme, señor… señor… —dijo Linden con distracción
casi ultrajante.
—Arthur Jelling —sugirió educadamente mi amigo.
—Dígame, señor Jelling.
—Le agradecería enormemente —dijo este con paciencia— que
me presentara al personal de la clínica y que me dejara conocer el ambiente…
Querría…
Augusto Linden le cortó, se levantó y dijo:
—Venga, por favor.
Nos levantamos y lo seguimos. En el pasillo, al salir del
despacho, vimos a dos agentes de paisano. Eran los dos que tenían el cometido
de vigilar y de proteger al profesor.
Augusto Linden los señaló con una sonrisa despectiva.
—¿Usted cree de verdad —preguntó a Jelling— que esa gente
sería capaz de salvarme si mañana me quisieran matar?
—Sólo en Boston —respondió Jelling con mucha educación,
pero con firmeza—, mueren en acto de servicio doscientos agentes al año.
—Bien —dijo Linden con voz desagradable—, pero no por lo
que a mí respecta.
Después de este chiste pueril, caminamos en silencio
cruzando varios ambientes de la clínica. Linden nos enseñó las distintas salas,
los departamentos, los laboratorios. Todo era lineal, preciso, monótono como
una máquina. Todas las paredes estaban pintadas de un gris claro que hacía
pensar en esos días de lluvia que nunca se acaban. Todo era sobriedad y
concisión. No había el mínimo adorno, la mínima nota de color; algunos muebles
de cristal, algunas estanterías de metal opaco, la luz difusa que entraba por
los ventanales de cristal blanco daban tal sensación de frialdad que no se veía
la hora de salir de ahí.
Pasamos delante de una puerta. Linden se paró.
—Este es el apartamento de Alberto Déravans. No se lo
puedo enseñar porque no quiero que se moleste a mis enfermos.
—Gracias —respondió Jelling, y no se pudo comprender por
el tono si lo había dicho de buena fe o por sarcasmo. En cualquier caso, Linden
no se dio cuenta, o fingió no darse cuenta—. Perdone —dijo de repente Jelling—,
la operación que le va a practicar al señor Déravans sólo la conoce usted, ¿no
es cierto?
—Efectivamente.
—¿Y se trata de una nueva operación?
—¿A qué se refiere con «nueva»?… No existen nuevas
operaciones. Existen nuevos procedimientos de operar. Cualquier cirujano sabe
perfectamente de qué manera habría que operar a Déravans para devolverle la
visión, pero no lo opera porque con el sistema que él conoce no conseguiría
quitarle la ceguera, es más, la haría más profunda para siempre, mientras que
con mi procedimiento yo estoy seguro de curarlo, y con facilidad. Lo nuevo es
el sistema: la operación en sí es sencillísima. Yo no hago brujería…
Por último, entramos en una sala grande, ocupada por una
mesa larguísima y por dos estanterías de cristal larguísimas con los
instrumentales médicos más variados. En la sala había tres personas con bata
blanca. Linden los presentó; eran sus tres ayudantes. Tendré que describir un
poco más ampliamente a estas tres personas, porque en ese momento se pudo
comprobar un hecho que después tuvo varias consecuencias en el asunto.
Uno era el doctor Alfredo Lamarck, primer ayudante de
Linden. Creo que sólo se puede ver un tipo como él en el cine. Parecía un
hombre de 1912 en el físico, en la cara y en el modo de vestir: algo
verdaderamente extraordinario. Tenía un bigote negro denso, moda preguerra, y
el pelo con la raya a un lado y ondulado. La cara era regordeta, pero pálida,
como los hombres de hace treinta años que no hacían deporte. El gollete le
sobresalía de un sobrecuello alto y duro de puntas redondeadas que le tenía que
resultar difícil de cambiar porque ya no se confeccionaban. En las manos, para
terminar, llevaba una de esas alianzas grandes y completamente adornadas; estoy
seguro de que en el interior del anillo estaban escritos dos nombres, una fecha
y la frase «Para siempre».
El otro era Severino Thesenty. Debo decir que al principio
me pareció un tipo completamente insignificante. Lo miré en cuanto me lo
presentaron y pensé en un primer momento que tenía enfrente a uno de esos
hombres que pasan por la vida sin hacer ruido. Sólo más tarde, cuando habían
pasado unas horas y lo volví a ver en mi despacho con los ojos de la mente,
como si lo tuviera delante, me di cuenta de que me había equivocado. Para que
me volviera tan lúcidamente a la memoria debía tener una personalidad que por
error había juzgado mediocre. Era más bien alto, delgado, e incluso en algunas
cosas se parecía a Jelling. Tenía el pelo rubio ceniza y la cara de un color
rojo pardo extraño. Pero lo que más impresionaba eran los ojos, brillantes,
grandes, calidísimos, llenos de expresión y movimiento. ¿Cómo no me había dado
cuenta antes? Eran los ojos de un romántico, de un lírico, de un sensible. Y,
de repente, volví a ver sus manos: grandes, delgadas, delicadas, con la
movilidad de las antenas de un insecto. Todo esto, repito, no lo vi en su
momento, sino horas después, cuando volví a pensar en mi visita a la clínica
Linden.
La tercera persona era una mujer, la doctora en química
Lila Leland. El nombre me sorprendió. Era más adecuado para una estrellita de
café concierto que para una doctora, y pensé que era falso. Pero lo que me
sorprendió todavía más fue su belleza. No encuentro otra expresión que esta:
una belleza angelical. Y sé que no es una definición justa. Al decir angelical
se puede pensar en algo muy puro, pero también un poco frío. Sin embargo, la
belleza de Lila Leland estaba llena de calor femenino. La mirada tenía una
tranquilidad agradable de gacela, y todas las líneas de la cara seguían
perfectas curvas, pero llenas de feminidad viva, nada estatuaria. Un maquillaje
sutil daba el último toque a esa obra maestra humana, un toque ligeramente
artificial que lo hacía irresistible.
Aquí llega el hecho que hará que se me perdonen un poco
estas descripciones a la antigua. Miré a Jelling. Él acababa de hacerle una
breve reverencia a la doctora Leland, pero su mirada no se había desviado
todavía del rostro de ella. Ya se habían hecho las presentaciones y pasó un
segundo, un larguísimo segundo lleno turbación. Todos esperaban que Jelling se
alejara y dejara de mirar a Lila Leland. Augusto Linden sonrió de manera
extraña con los ojos al observar la escena. Yo me sentía incómodo por un acontecimiento
tan imprevisible. En apariencia no ocurrió nada, pero ese segundo, ese
larguísimo segundo en que Jelling siguió mirando, ausente y ajeno al mundo, a
la doctora Leland, influyó luego sobre el resto del caso. «¡Cuánta sangre!
¡Cuánta sangre! —me dijo un día Jelling cuando todo había acabado…—. Si hubiese
podido preverlo, ese día que conocí a Lila…».
Por fin, Jelling pareció despertarse. Me imaginaba que
cuando volviera en sí se pondría rojo y se abochornaría; en cambio, nada de
eso. Él estaba tranquilo, sereno; es más, tenía los ojos más claros y vivos que
antes, como si en su interior hubiese nacido algo feliz que le había hecho más
fuerte.
—Este es mi laboratorio de análisis y de anatomía…
Linden rompió el silencio insoportable y comenzó a darnos
una vuelta por la sala, explicándonos cosas. Luego, con su estilo maleducado,
le dijo a Jelling:
—Por lo demás, no veo qué utilidad pueda tener todo esto
para su investigación… Perdone, pero no tengo mucha confianza en la Policía.
Estoy convencido de que, si consigo desbaratar los planes de ese imbécil que me
ha amenazado con matarme, lo deberé sólo a mí y a este instrumento…
Se sacó del bolsillo un pequeño revólver y nos lo mostró.
—Claro, claro, tiene razón… —asintió Jelling poniéndose
rojo. Vi que su mirada tenía la continua tentación de volverse hacia Lila
Leland, que estaba a su lado, pero se controlaba.
Mientras, Linden se había dirigido a Alfredo Lamarck, que
se afanaba con un microscopio.
—¿Ya está hecho el análisis de Déravans?
Sin quitar el ojo del instrumento, sin dejar de manejar la
platina, Alfredo Lamarck respondió con frialdad (y decir frialdad es bastante
poco):
—Lo estoy haciendo.
—Le había rogado que lo hiciera hace dos días. Operaremos
a Déravans el 17 y hoy estamos a 14 —observó Linden con tranquilidad.
Alfredo Lamarck levantó el ojo del microscopio y miró un
punto en la pared, no al profesor Linden:
—Hoy todavía estamos perfectamente a tiempo —dijo, con el
mismo tono de antes, anodino y lejano.
—No estoy de acuerdo —respondió Linden con nerviosismo mal
disimulado.
Lamarck volvió a su instrumento y murmuró entre dientes:
—Perdone.
Tras este otro incidente, Linden nos acompañó fuera, hasta
la salida. Al despedirse de nosotros, Jelling, que había permanecido en
silencio hasta entonces, le preguntó:
—Por supuesto, el señor Déravans no ha sido informado de
que usted se ha visto amenazado de muerte si lo opera.
—Por supuesto… —respondió Linden, abriendo la puerta que
daba al vestíbulo.
—En cualquier caso, habrá advertido a algún familiar, ¿no?
—Claro.
—¿A quién?
—A su hermano, Andrea Déravans, y a su novia, Evelina
Soldier.
Jelling dio un paso adelante, pero antes de salir volvió a
preguntar:
—Perdóneme la indiscreción, quizá mis preguntas le cansan…
Pero necesito saber si, aparte de usted, hay alguien más capaz de operar al
señor Alberto Déravans…
Linden sonrió con los ojos, como antes.
—Mis ayudantes conocen la teoría de la operación. Ignoro
si conseguirían ponerla en práctica.
—Gracias.
Salimos, cruzamos el vestíbulo y nos encontramos de nuevo
en la calle. Un sol blanco, frío, nos inundó de luz, de esa luz clara y viva
que faltaba en la clínica Linden. Me sentía mejor, para ser sinceros. Jelling
estaba callado, y se mantuvo así un buen trecho del camino. Los árboles de la
avenida por la que íbamos estaban secos, desnudos; trizas de hielo crujían bajo
nuestros zapatos. Tenía la cabeza llena de pensamientos confusos que no
conseguía coordinar.
—¿Qué le pasa, Jelling? —dije, más que nada por romper el
silencio.
Al final, Arthur Jelling dejó de mirar fijamente hacia
adelante y consiguió verme a mí también.
—¡Oh…, perdone! Tiene razón… —y se puso rojo como un
muchacho—. Pienso en mí, siempre en mí, y, en cambio, debería pensar en el
profesor Linden.
3
Dos mujeres y un ciego
Aunque hacía frío, Arthur Jelling y Matchy, esa mañana del
15 de enero, se encontraban en el parque Clobt, exactamente en el mismo punto
donde el desconocido había amenazado al profesor Augusto Linden.
—Reconstruyamos exactamente cómo se desarrolló la escena
—dijo amablemente Jelling—. No servirá de nada, pero el capitán Sunder dice que
debo seguir también los antiguos sistemas policiales. Me gustaría ver si
descubrimos algún dato nuevo…
Matchy llevaba unos enormes guantes que parecían de boxeo,
pero con todo y con eso se daba palmadas para calentarse las manos. La nariz de
Jelling, que no era minúscula, resaltaba sobre todo por el color rojo violáceo
que el frío le provocaba.
—Fíjese, este es el punto en que el profesor Linden
declaró que lo habían amenazado. Ahí está el árbol donde se pararon, y el
bulevar por el que el desconocido llegó y por el que luego desapareció… Yo haré
de profesor Linden, y avanzaré por este otro bulevar. Usted cúbrase la cara con
mi bufanda, aparezca por el bulevar, venga a mi encuentro y dígame las palabras
que ya le he enseñado… Tenga cuidado, Matchy: pronúncielas bien, sin añadir
nada, justo como si me quisiera amenazar. Quiero saber cuánto dura exactamente
esta escena.
Matchy cogió la bufanda y se la enrolló por la cara con
cierto aire de suficiencia. Es posible que esos métodos policiales tampoco le
hicieran gracia a él.
—Un poco más, Matchy —le rogó Jelling—. El profesor Linden
declaró que le fue del todo imposible reconocer a la persona que lo amenazó
porque la bufanda le cubría literalmente la cara como una máscara, y apenas
dejaba libres los ojos.
—Vale, vale —dijo Matchy, y se la enrolló aún más en la
cara, casi como las mujeres orientales que llevan velo.
—Empecemos —dijo Jelling—. Son exactamente las diez y
cuatro minutos.
Matchy fue a ocultarse en el bulevar. Jelling empezó a
avanzar por el suyo. De repente, Matchy salió del escondite y se paró delante
de Jelling.
—¿Es usted el profesor Linden? —dijo con voz amenazadora.
Jelling hizo una pausa, miró sospechosamente a Matchy y
respondió:
—Soy yo. ¿Qué quiere de mí?
—¿Es usted quién va a operar a Alberto Déravans?
—¿Por qué? —dijo Jelling un tanto arisco. Se metía
realmente en el papel.
—¡No haga preguntas, responda! —gruñó Matchy, y levantó un
poco la mano dejando ver un revólver. Jelling dio un paso atrás, se hizo otra
pausa, y luego respondió:
—Sí, es cierto. Tengo que operar al señor Alberto
Déravans…
Entonces Matchy recalcó:
—Pues bien, si tiene aprecio a su vida, no debe operarlo.
Recuérdelo: no lo opere. De lo contrario, lo encontraré se esconda donde se
esconda.
—… Pero… —balbució Jelling.
Matchy levantó la pistola para que se hiciera todavía más
visible.
—Le he dicho que no lo opere —y retrocedió un par de
pasos, luego se giró y, caminando con rapidez, desapareció por el bulevar del
que había salido.
La escena había acabado. Jelling miró de inmediato el
reloj. Había durado cincuenta y siete segundos. Matchy, que se había olvidado
de quitarse la bufanda, reapareció.
—¿Y bien?
Arthur Jelling no respondió. Pensaba. Se puso a caminar
seguido de Matchy, y sólo cuando llegaron a la salida del parque se le relajó
la cara y le dijo al compañero:
—Perdone si no le he respondido enseguida. Ahora es cuando
he entendido su pregunta.
—Sí —bromeó Matchy—. Se la he hecho hace cinco minutos.
—He sido descortés, lo sé —respondió afable Jelling—, pero
estaba pensando que una escena así es imposible.
—¿Cómo imposible? —preguntó Matchy.
—Se lo explicaré. Como sabe, estamos en invierno…
—Sí, sí, me doy cuenta —dijo Matchy. Luego se dio cuenta
de que todavía llevaba la bufanda de bandido enmascarado y se la quitó a toda
prisa.
—Estamos en invierno —retomó Jelling—, y en todo el Parque
Clobt no hay ni una hoja. Ahora razone de esta manera: el desconocido aparece
de un bulevar, que está perfectamente al descubierto porque las ramas de los
árboles están secas del todo. Por eso, el profesor Linden ve avanzar al
desconocido. Admitamos que es posible que sospechara a pesar de su aspecto;
pero, cuando el otro se va por el mismo bulevar, ve a la perfección que se va:
no es que lo vea desaparecer de repente. Y ve que se va dándole la espalda,
hasta que la maraña de ramas se lo impide, es decir, unos veinte metros, como
he podido comprobar. Entonces ¿es posible que un hombre de su temperamento,
nada miedoso, vea que se va dándole la espalda el hombre que lo ha amenazado de
muerte y no haga nada, no grite, no se ponga a seguirlo para capturarlo?
—Habrá tenido miedo —dijo Matchy, con su tono de hombre
con sentido común al que no le gustan las complicaciones—. Nosotros creemos que
no es un miedoso y a lo mejor lo es, eso es todo.
—Ya… —murmuró Jelling—. Seguramente tuvo miedo. Y esto es
justo lo más sospechoso. Hay que sospechar de las personas miedosas. Son
capaces de todo.
Habían llegado a la puerta de un bar. Matchy, astuto, dio
un paso para entrar y Jelling, ingenua y mecánicamente lo siguió.
—¿Le apetece un licor hirviendo? —preguntó Matchy.
—Sí, claro —respondió Jelling, aunque era evidente que no
pensaba en lo que decía.
—Parece que está en las nubes —dijo entonces Matchy acercándole
la taza con el licor ardiendo.
Jelling asintió.
—Estaba a punto de preguntarle qué piensa de Lila Leland…
—dijo muy despacio.
—¿Esa carita dulce? —preguntó Matchy con poca delicadeza.
Arthur Jelling, con perfecta educación, no mostró en
absoluto su contrariedad. Sólo se puso un poco rojo.
—Es la mujer más guapa que he visto en mi vida, incluido
el cine, claro —dijo Matchy intentando arreglarlo—. Pero sepa que yo desconfío
por principio de las cosas demasiado bonitas.
—Eso era justo lo que quería saber: si desconfiaba.
—Un poco. En esa clínica no hay una sola persona que me
caiga bien.
Como de costumbre, Jelling se tiró encima de las solapas
del pesado abrigo algunas gotas de lo que estaba bebiendo, intentó limpiarse,
sin conseguir otra cosa que aumentar la mancha, así que se dirigió a Matchy:
—Ahora voy a volver a la clínica Linden. Quiero hablar con
Alberto Déravans. Después de todo, él es el centro de esta historia.
—De acuerdo, le acompaño.
—Gracias, Matchy. Usted debería tener la amabilidad de
hacerme otro favor… Es decir… hay que ir a la casa de la señorita Leland, que
ahora está en la clínica, y hacer un registro formal…
—Iré.
Se separaron. Jelling llamó a un taxi y se dirigió a la
clínica Linden. Eran casi las once. El profesor Linden, le dijeron, había
salido y no volvería hasta por la tarde. Pidió ver al señor Alberto Déravans,
pusieron algunas trabas, pero luego lo acompañaron ante la puerta de su
habitación.
—Entre, por favor, es la hora de visita, está el médico
—le dijo el auxiliar que lo había guiado.
Al abrir la puerta, Jelling se encontró en una especie de
antecámara. Un gran ventanal con cristales de color blanco leche difundía una
luz intensa, como de glaciar. A la derecha había dos puertas. Con timidez,
Jelling preguntó en voz baja: «¿Se puede?». Nadie respondió. Entonces se acercó
a una de las dos puertas y llamó discretamente, quizá demasiado.
El silencio era intenso. Apenas se oía algún silencioso
paso lejano. Jelling estaba a punto de volver al pasillo cuando oyó sin querer,
pues estaba cerca de la puerta a la que había llamado, el fragmento de una
conversación.
—… lo suyo no es ni amor ni afecto ni nada. Usted está
ciego y me necesita. Eso es todo, eso es lo que usted intenta ocultarme…
Jelling no podía fallar. Era la voz de Lila Leland. Pero,
de repente, otra voz, esta vez masculina, replicó:
—Intente comprender. Yo no quiero mentirle. Yo amo a
Evelina, estoy unido a ella…
Con educación, un poco avergonzado, Jelling se apartó del
umbral. No podía seguir escuchando sin faltarse el respeto a sí mismo. Se
recompuso un poco y dijo con voz más alta:
—¿Se puede?
Se escuchó ruido de pasos y luego la puerta se abrió. Lila
Leland apareció en la antecámara y se quedó un poco sorprendida.
Arthur Jelling se explicó con torpeza.
—Deseaba hablar con Alberto Déravans.
—¿Para decirle qué? —preguntó sin mucha amabilidad la
señorita Leland—. El señor Déravans no sabe nada de la amenaza recibida por el
profesor Linden, usted lo sabe de sobra. Así que ¿con qué motivo quiere hablar
con él?
Era verdad. Sólo Jelling, con mucha ingenuidad, no había
pensado en ello.
—Tiene usted razón. Soy un inconsciente.
Lila Leland sonrió. Jelling giró la cabeza, como si no
quisiera que ella viera su expresión. En ese momento, la puerta que daba al
pasillo se abrió de golpe y apareció Evelina Soldier. Estaba alterada,
angustiada, parecía que había llegado corriendo. Miró un momento a Lila Leland
y a Jelling y cerró la puerta.
—Me alegra haberle encontrado —le dijo a Jelling—. Le
tengo que decir algo que me parece importante. —Y luego, dirigiéndose a Lila
Leland—. ¿Cómo está el señor Déravans?
—Está muy bien, señorita. Esperaba precisamente su visita.
—Sí, le había prometido que vendría a las diez, pero me he
retrasado…
Tenía la cara seria y llena de congoja.
—Nunca me decido a venir aquí. Él es tan tranquilo, aparte
de que ignora todo lo que está pasando… Y tengo miedo de traicionarme de un
momento a otro, de no saberle ocultar lo que sucede…
Esta vez se estaba dirigiendo a Jelling. Jelling era muy
ingenuo con las mujeres como para darse cuenta de tantas pequeñas señales, como
el comportamiento extraño e irritante de Lila Leland con Evelina Soldier. Esta
no pareció percatarse, o no le dio importancia.
—Ahora voy a estar un rato con Alberto —continuó Evelina
Soldier—. ¿Le importaría esperarme un momento? Necesito hablar con usted.
—Por supuesto, señorita.
Arthur Jelling hizo un breve gesto con la cabeza y salió
al pasillo.
Era el pasillo más triste de este mundo, y ahí tuvo que
esperar más de un cuarto de hora. Totalmente vacío, fatal iluminado por los
grandes ventanales, ese ambiente provocaba poco a poco tal malhumor, que
Jelling, con toda su mansedumbre, terminó por sentirse nervioso.
Al final, Evelina Soldier apareció.
—Perdóneme —dijo con delicadeza. Parecía más tranquila.
Llevaba el vestido que Jelling ya conocía y no se había puesto nada de
maquillaje.
—Hablemos un poco dentro del coche, si le parece bien.
En la calle esperaba el lujoso coche de los Déravans.
Evelina Soldier y Jelling se montaron.
—¿Dónde quiere que le deje? —le preguntó.
—Donde le parezca, señorita. No tengo ningún destino en
concreto.
—Vayamos al Parque Clobt… Ignazio, dé una vuelta por el
parque.
El coche se movió. Hubo un breve silencio, y luego Evelina
Soldier estalló:
—Linden ha pedido treinta mil dólares más para realizar la
operación a Alberto. Dice que su vida corre peligro con la amenaza que le
hicieron y que no quiere correr ningún riesgo…
Jadeaba, y miraba fijamente a Jelling, como si esperara de
sus labios una palabra salvadora.
La noticia impactó a Jelling, que durante un momento miró
incrédulo a Evelina Soldier, y luego murmuró:
—¡Treinta mil dólares!…
—Treinta mil dólares. Si no, se niega a hacer la
operación, y Alberto se quedaría ciego toda la vida…
Evelina Soldier había hablado con bastante desprecio, pero
a veces en su mirada se dejaba ver el sentimiento de miedo y de angustia que
tenía antes.
Jelling miró el retrovisor interior y distinguió la mirada
de Ignazio concentrada en la calle, conduciendo tranquilamente por entre los
bulevares desiertos del Parque Clobt.
—¿Piensan acceder? —preguntó Jelling.
—Su hermano no quería. Quería denunciar a Linden a la
policía. Sospecha que Linden está fingiendo que lo han amenazado de muerte
precisamente para obtener los treinta mil dólares…
—¿Y lo ha denunciado?
—… ¡Oh, no! Le he suplicado que acepte. Cuando Alberto
vuelva a ver, lo podremos discutir, pero ahora no…
—Es cierto —admitió Jelling—. Ahora no se puede discutir.
—¡Pero es terrible! Hemos tenido que darle enseguida un
cheque de quince mil dólares, y un pagaré por los otros quince, que habrá que
entregárselos en cuanto esté hecha la operación… Yo ya no resisto hasta el 17,
el día que operan a Alberto…
—Lo entiendo —murmuró Jelling angustiado.
—… Y sobre todo —dijo Evelina Soldier— porque no puedo
pensar que Alberto esté en peligro, que ya no pueda ver nunca la luz a causa de
estas horribles maniobras…
Arthur Jelling no era un insensible. Lo comprendía
perfectamente. La mirada que le dedicó a Evelina Soldier le decía lo cercano
que se sentía de ella.
—No debe angustiarse de esa manera… Ya verá como
conseguimos que operen al señor Déravans y alejar cualquier peligro. De
momento, le confieso que todavía estamos como al principio y que no hemos
descubierto nada…
—¿No hay nuevos indicios?
—Nada. Si hubieran amenazado de muerte al señor Déravans
sería más comprensible. Es un hombre rico y lo quieren chantajear… Pero no:
quieren que no se le opere… Es muy extraño todo esto, muy extraño y complejo.
Se esconde algo terriblemente más complicado de lo que se podría creer… Es
gente dispuesta a todo, a todo… Pero, perdóneme, señorita, no quería asustarla…
Evelina Soldier se había quedado pálida, pero intentaba
dominarse.
—Tranquilo, no pasa nada —dijo—. Pero también es extraña
otra cosa… La Dirección de Policía parece que no le da importancia… Y, en
cambio, usted dice que se trata de gente dispuesta a todo… ¿Cómo ha llegado a
esa deducción?
Ignazio seguía dando vueltas con el coche por los
bulevares del Parque, lentamente. Jelling saltó de repente, como si se
estuviera entusiasmando:
—¿Cómo he llegado a esa deducción?… Estamos aquí, en el
Parque Clobt, ¿no? Aquí amenazaron al profesor Linden, ¿no? ¡A plena luz del
día!… Pues bien, para mí, eso es terrible. Existen mil maneras de amenazar al
profesor Linden sin estar tan expuesto. Una llamada de teléfono, una emboscada
nocturna… No. Al estilo gánster: el amenazador viene aquí de día y, por mucho
que el parque esté desierto, enseña el revólver a plena luz, chantajea, con el
rostro medio tapado con una bufanda… Es un estilo que me hace temer lo peor, es
un estilo que me asusta…
—Por favor, se lo ruego… —imploró Evelina Soldier—, se lo
ruego…
De vuelta a la realidad, Jelling se puso rojo,
completamente abochornado.
—Soy el hombre más torpe del mundo —dijo angustiado—.
Perdóneme.
Evelina Soldier sonrió con tristeza.
—No se preocupe… Su sinceridad me hace daño, pero la
prefiero a las ilusiones… Ahora sé lo que me espera…
Hizo un gesto al conductor y el coche se paró.
—Vuelvo a casa a pie. Necesito tomar el aire. Dígale a
Ignazio que le deje donde usted quiera…
Sonrió con dulzura, no permitió que Jelling se bajara del
coche para despedirse de ella y se alejó por el bulevar más amplio del Parque
Clobt, haciendo crujir el hielo bajo sus zapatitos.
—Lléveme a la clínica Linden, por favor —dijo Jelling a
Ignazio.
—De acuerdo, señor.
Durante el trayecto, Arthur Jelling no hacía otra cosa que
pensar en la historia de los treinta mil dólares.
Sin embargo, ese nuevo elemento, por mucho que fuera
imprevisto, no arrojaba ninguna luz. Sólo creaba nuevas sospechas, pero nada
concreto. Y el espíritu de Jelling, sutilmente minucioso, odiaba las simples
sospechas, las suposiciones, las apariencias: sólo sabía razonar con datos
precisos, aunque fueran limitados.
—Se llama Ignazio Hastings, ¿no es así? —preguntó al
conductor cuando estaban a punto de llegar a la clínica.
—Sí, señor.
—Perdone, no se trata de un interrogatorio oficial, sólo
querría saber si últimamente sus jefes han recibido a gente nueva o se han
relacionado con nuevos conocidos.
Ignazio Hastings, con un tono casi orgulloso por el papel
de testigo que estaba interpretando, respondió:
—No, señor. Los señores Déravans no tienen muchos
conocidos, nunca hacen fiestas, sólo acuden al Círculo de la Abeja Verde y a
algún teatro.
—¿Y los señores Dundley? —preguntó Jelling, que se había
convertido en un valeroso interrogador.
—Pues —dijo Ignazio Hastings casi abochornado—. A los
señores Dundley les gustaría tener visitas y hasta organizar alguna fiesta,
pero los señores Déravans nunca se lo permitieron…
—¿Por qué?, ¿quizá no son dignos los amigos de los señores
Dundley?
—Yo no puedo juzgar, como comprenderá. Sólo sé que los
señores Déravans no quieren que los señores Dundley reciban visitas.
—Muchas gracias, ha sido muy amable.
Habían llegado. Jelling se bajó del coche y se despidió
con educación del chófer. En cuanto entró en el patio de la clínica, se
encontró con el profesor Linden, que estaba saliendo.
Tenía un aspecto sombrío y nada más verlo hizo un gesto de
nerviosismo poco cortés.
—Si no me equivoco, es la segunda vez que viene esta
mañana.
Arthur Jelling se quitó un momento el sombrero y saludó:
—Buenos días, profesor.
—Muy bien. Buenos días. Evidentemente, mi clínica es muy
sospechosa.
—Siento que usted vea las cosas de esa manera —protestó
con sinceridad Jelling, sin querer notar el tono grosero—. En el fondo, estamos
buscando al hombre que lo amenazó y que quizá le cause algún perjuicio.
—Gracias, pero dudo que lo encuentren. Como poco, aquí no
lo encontrará, escondido en mi clínica. —Hizo una pausa muy breve y prosiguió
con cierta ironía—. Aquí, como mucho, puede encontrar a mis ayudantes.
Jelling acusó el golpe; le fue imposible no ponerse rojo,
pero gracias a su extremada franqueza pudo responder con dignidad:
—Venía precisamente para hablar con la doctora Leland.
Contra esa sinceridad, el profesor Linden no pudo hacer
nada.
—Haga lo que crea conveniente. Es asunto suyo.
Hizo un gesto que pretendía ser una despedida y se giró
para irse, pero volvió enseguida sobre sus pasos.
—Ah, me olvidaba. Alguien cercano a los Déravans le habrá
advertido de que he pedido treinta mil dólares más por la operación, ¿no es
así?
Jelling, asombrado, asintió.
—Me lo imaginaba. No sé cómo le habrán presentado el
asunto, pero no me interesa. Están podridos de dinero, pero cuando tienen que
gastarse algo para recuperar la visión ponen muchos reparos. En cualquier caso,
como si no hubiera dicho nada. No me interesa lo que ellos piensen de mí ni lo
que piense usted, que es policía. Puede pensar perfectamente que la amenaza que
me han hecho ha sido un engaño que me he inventado para sacarle dinero a los
Déravans. Piénselo.
Y miraba a Jelling sin desafiar, pero con fría
indiferencia. Sus ojos grises acuosos no tenían más que una terrible expresión
de egoísmo.
Manteniendo la educación y la amabilidad, Jelling fue al
encuentro de su adversario:
—No es suficiente con que la Policía piense una cosa. Hay
que probarla.
—Gracias. Es un investigador muy amable y se merece otra
información.
Se produjo una pausa. Estaban solos en el desolado patio
de la clínica. La tierra brillaba con el hielo, el sol en el cielo parecía
inmerso en un lago helado.
—Le diré que no me quiero limitar a esos treinta mil
dólares. Tengo la intención de pedir otros treinta mil el día antes de la
operación. Después de todo, arriesgo mi pellejo por ellos.
—¿Tiene tanto miedo de que lo maten? —preguntó Jelling.
—No tengo miedo. Tengo la certeza de que arriesgo el
pellejo. Intentaré estar atento y salvarme, pero no es seguro que lo consiga.
Eso es todo.
Repitió el gesto de antes y se fue, sin decir nada más.
—Profesor Linden… —lo llamó Jelling. Pero, como de
costumbre, llamó muy bajo, y Linden no lo oyó, o pudo fingir que no lo había
oído.
Preocupado, Jelling se quedó un rato en medio del patio, y
luego entró en el vestíbulo de la clínica y preguntó por la doctora Leland.
Esta bajó poco después por la escalinata de mármol blanco y fue a su encuentro
cordialmente.
Jelling la saludó con formalidad, como si no la hubiera
visto en dos semanas, y no había pasado ni una hora; luego explicó el motivo de
su visita.
—Querría hablar fuera de aquí. Me juzgará indiscreto, pero
creo que es realmente necesario…
El rostro angélico de Lila Leland asumió cierta expresión
de maravilla y de turbación.
—Perdone si le parezco tonta —dijo—, pero ¿se trata de
temas oficiales, es decir, referentes a la investigación que está llevando a
cabo?…
Tenía el cabello de un castaño rojizo que Jelling había
visto sólo en un cuadro famoso, pero del que no recordaba el título. Pensaba
precisamente en ese cuadro, mirando más allá de Lila Leland, cuando respondió:
—Sí, es para la investigación —dijo con tranquilidad, pero
ligeramente dolorido—. Es para la investigación…
Lila Leland se dio cuenta de que lo había ofendido y
respondió con dulzura:
—Sólo tengo libre la hora del desayuno o de la comida.
Como usted prefiera.
Era una invitación implícita, pero Jelling, aunque lo
comprendió, no quiso aceptar.
—Gracias. Dígame dónde desayuna y la recojo cuando haya
terminado…
—Pero entonces tendremos poco tiempo para hablar —objetó
Lila Leland decidida—. ¿No cree?
Arthur Jelling tragó un poco de saliva y por fin se
decidió:
—Si usted no tiene nada en contra, podría desayunar con
usted…
—Pues claro, señor Jelling. Voy a comer al Burday, en
Jefferson Street. Puede esperarme allí. Yo salgo dentro de media hora.
Con satisfacción y tranquilizado del todo, Jelling le dio
las gracias y se despidió de ella. Al salir de la clínica, fue corriendo a la
Central de Policía.
—¿Ha visto a Matchy? —preguntó metiendo la cabeza en el
cuchitril del Cuerpo de Guardia.
—Estoy aquí, Jefe —se oyó, y Matchy apareció con desgana
de la parte de atrás de una descomunal estufa de cerámica que presidía el
Cuerpo de Guardia, calentándolo hasta la combustión.
—Escuche, Matchy, ¿ha registrado la casa de Lila Leland?
—¿Le parece que, si no, estaría aquí calentándome?
—respondió Matchy con su expresión siempre amable y risueña—. La he registrado.
Nada sospechoso. Sólo he encontrado cartas antiguas, he leído alguna, pero se
trata de conocidos sin importancia… Y luego encontré esto, que puede ser
interesante.
Y le enseñó uno de esos cilindros de aluminio que
contienen rollos de película para máquinas fotográficas.
Jelling cogió el cilindro y lo abrió. Contenía una
película ya revelada.
—Mire, mire, es interesante —dijo Matchy.
Jelling desenrolló la película y la examinó a contraluz.
Los negativos estaban un poco claros: evidentemente, quien la hubiera hecho se
había equivocado con la cantidad de luz, o las fotografías estaban tomadas en
un ambiente oscuro. En cualquier caso, se distinguía a la perfección lo que
había en ellas.
Toda la serie de fotogramas, unos cuarenta, se trataba de
la imagen de un hombre apoyado en el respaldo de un sillón. Lo que le rodeaba
no se veía. Pero lo que caracterizaba a las fotografías era que el hombre tenía
los ojos tapados con una venda blanca, es decir, negra en el positivo.
—Este es Alberto Déravans —exclamó Jelling.
—El mismo —dijo Matchy—. Fotografiado treinta y siete
veces por la señorita Leland. Las he contado: treinta y siete.
Jelling se metió en el bolsillo el pequeño cilindro, se
despidió y se fue. Jefferson Street no estaba muy lejos y fue a pie. Cuando
llego frente al Burday eran las doce y diez. Debería esperar todavía unos diez
minutos. Aguardó, dando vueltas en el bolsillo el rollo con las fotos y
pensando. La mañana había sido movida, llena de novedades y de pequeños golpes
de efecto, pero ya era 15 de enero y aún no se había encontrado nada. Una
ligera angustia empezó a invadirlo por la responsabilidad que se había impuesto.
Siempre caía en la trampa de hacer de investigador cuando hacer de investigador
no era en absoluto su trabajo. De repente, dio palmas con las manos,
desesperado realmente. ¡Qué había hecho! Se había olvidado de llamar a casa y
advertir a su mujer que comía fuera. Corrió a toda velocidad al primer local
que encontró y marcó el número de forma atropellada.
—Adela, Adela, perdóname, pero estaba a punto de olvidarme
de decirte que no voy a comer, porque…
Con el tono más contenido que pudo, aunque la señora
Jelling era del todo incapaz de dar un tono muy contenido a su voz, interrumpió
al marido.
—Te he dicho veinte veces, Arthur, que no tienes
obligación de avisarme cuando vienes o cuando no vienes…
—Pero… —dijo Jelling con una sonrisa de ternura.
—Créeme, Arthur —replicó la señora Jelling sin dejarlo
acabar…—. No aguanto que discutas sobre tus libertades. Me gustaría ver si
estuvieras obligado a llamarme y avisarme con antelación de todo lo que haces…
—Adela, querida…
Cuando se acabó la llamada y Jelling se presentó en el
Burday, Lila Leland estaba ya dentro sentada a una mesa un poco apartada.
Hubo una serie de disculpas por parte de Jelling; después,
tras haber hablado un poco de todo, excepto de los temas que realmente le
interesaban, Jelling sacó del bolsillo el rollo de película y lo puso delante
de Lila Leland:
—Tendrá toda la razón del mundo si me llama cualquier
cosa. Pero he debido registrar su casa, esta mañana, y hemos encontrado esto.
Luego bajó la cabeza hacia la lista de bebidas y las
líneas se le mezclaban al mirarlas.
4
Odio en la clínica
Lila Leland cogió en silencio el rollo de la película y se
lo metió en el bolso. Se había puesto seria, pero en sus ojos no había resentimiento
alguno.
Sólo dejó de hablar durante algún minuto. Luego, poco a
poco, la expresión de su rostro se serenó.
—Entonces, no está enamorado de mí. Su deber ante todo,
¿no?
Arthur Jelling no respondió. Intentó levantar la mirada
hacia ella, pero enseguida renunció a ello.
—No debe creer que soy una presuntuosa —continuó Lila
Leland—. Estoy bromeando, por supuesto. Me pareció ver que yo le caía bien a
usted, y no imaginé que se le ocurriría registrar mi casa. Me sentía a salvo.
Tampoco en esta ocasión Jelling osó pronunciar una
palabra. Se limitó a mirarla un poco, para volverse enseguida.
—Pero es evidente —dijo Lila Leland, ahora sonriendo
abiertamente— que nada en el mundo le hará olvidar que debe hacer un registro
cuando lo crea oportuno… Venga, no se angustie. Le comprendo muy bien… Y pídale
algo al camarero, que nos lleva observando cinco minutos. Acabará por hacerle
creer que somos dos novios que han discutido.
Con gestos algo torpes, Jelling llamó al camarero, pidió
algo y no le respondió.
—En cuanto al contenido de esta película —continuó Lila
Leland—, se trata de la cosa más inocente del mundo.
Arthur Jelling le hizo un gesto amable y desesperado de
que no quería saber, pero Lila Leland insistió:
—Forma parte de su trabajo no sólo registrar mi casa, sino
también interrogarme sobre cualquier cosa sospechosa que hubiese encontrado… Es
muy extraño que en la casa de una doctora se encuentren unas cuarenta
fotografías del enfermo que ella trata. Por eso se lo voy a explicar.
Llegó lo que había pedido Jelling, que encontró otra
excusa perfecta para bajar la cabeza sobre el plato y permanecer callado.
—No sé si esta mañana, cuando usted escuchaba a escondidas
detrás de la puerta —continuó Lila Leland—, se habrá puesto al corriente de la
simpatía que profeso por el señor Déravans. Espero que se haya dado cuenta.
Arthur Jelling se puso pálido.
—Se lo ruego… Se lo ruego: he escuchado involuntariamente
algunas palabras. Involuntariamente, se lo juro…
—No lo dudo. Perdóneme, no tengo intención alguna de
ofenderle… Estábamos hablando un poco en voz alta y cualquiera que se
encontrara en la antecámara se habría visto obligado a escuchar lo que se
decía… Pero volvamos a las fotografías. El señor Déravans, digamos, me cae
simpático, y le pedí permiso para hacerle fotografías, en su calidad de
enfermo, con la venda en los ojos. Él me dio su permiso y yo le hice las
fotografías. Esto explica el misterio del rollo… Espero que ahora pueda comer
tranquilamente.
A pesar del significado de las palabras, Lila Leland no
había hablado con tono irónico. Había hablado con sencillez y tranquilidad. Por
todo ello, Jelling se sentía mortificado e incapaz de recobrar el ánimo.
Necesitó diez minutos para poder mirar a Lila Leland sin ponerse rojo.
—¿Y en qué punto se encuentran en sus investigaciones? —le
preguntó ella tras ese largo silencio.
—En ningún punto. No tengo todavía nada a lo que
agarrarme. Puedo sospechar de usted, como puede ver, pero también del mismo
profesor Linden y de cualquiera, pero no tengo pruebas contra nadie…
En voz baja, con una indiferencia dudosa, ella le murmuró:
—Le aconsejaría insistir en la clínica. Si hay un sitio
sospechoso es precisamente ese. Llevo trabajando ahí desde hace dos años, pero
sigo respirando todos los días aire de conjura… Puede que sea la decoración,
que parece una urna funeraria, las estanterías de cristal, el silencio de
caverna prehistórica, lo que sea, pero debo decirle que, desde que estoy ahí,
me espero en cualquier momento un delito…
—Es la misma impresión que tengo yo.
—Pero usted no conoce a las personas que trabajan ahí.
Apenas las ha visto. Empezando por mí… —sonrió—, que soy demasiado guapa como
para vivir ese ambiente. Supongo que habrá pensado que, empezando por mi
nombre, estaría mejor en una revista de Broadway que en una clínica
oftalmológica… ¡Y Alfredo Lamarck! Usted no sabe nada de él. Ha visto a un
hombre vestido a la moda de 1912, anticuado; pero no sabe lo peligrosamente que
vive fuera del mundo. Le diré una cosa que le será útil de verdad. ¿Sabe quién encontró
la nueva variante de la operación para devolverle la visión a Alberto Déravans?
—Supongo que el profesor Linden…
—Error. La encontró Lamarck, precisamente ese hombre, con
el cuello de la camisa almidonado y el pelo peinado como en la guerra de
secesión. La variante se experimentó por primera vez en la clínica Linden. Y
fue un éxito. Linden, entonces, le propuso a Lamarck que se la cediera a cambio
de una cantidad de dinero. Lamarck siempre ha necesitado dinero. Si usted se
preocupara de indagar en la vida de Lamarck entenderá por qué. Tiene que
mantener a dos familias. La suya y la de una mujer con la que se tenía que
haber casado antes, y que por diversas circunstancias no pudo o no quiso, no lo
sé con seguridad. Dos mujeres, en definitiva, que se lo comen vivo, y él, por
caballerosidad, se deja comer. Por eso cedió a la propuesta de Linden.
Consiguió algunos miles de dólares y ahora Linden va de gran cirujano con los
méritos de Lamarck…
—No sería la primera vez… —dijo Jelling algo emocionado—.
No querría aburrirle con mis historias personales, pero a mí también me ocurrió
lo mismo…
—¿A usted? Pero ¿no es policía?
—No siempre lo he sido… Mis padres me obligaron a estudiar
medicina, pero, cuando estaba a punto de acabar la carrera, tuve que ponerme a
trabajar… Oh, no es una historia muy original y me temo que le aburriré…
—Pues me interesa —respondió Lila Leland. Su bellísimo
rostro se iluminó con una sonrisa reconfortante—. No me habría imaginado que
usted pudiera ser… un compañero mío.
—… Ahora ya casi he olvidado todo lo que estudié. Pero
recuerdo que entonces, cuando tenía unos veinte años, ideé una especie de pinza
de sujeción con muelle que facilitaba mucho las operaciones de intestino…
Apendicitis, peritonitis…
—¿La pinza Rausen?
—Eso, sí, Rausen era el nombre de nuestro profesor
—prosiguió tímidamente Jelling—. Oh, no quiero decir que lo hiciera aposta…
Pero me dijo, cuando le enseñé el proyecto de la pinza, que no era nada bueno,
y que debía seguir estudiando mis asignaturas en vez de perder el tiempo en un
campo que no era el mío. Después, un día, cuando ya había dejado los estudios,
me cayó en las manos un nuevo tratado de cirugía abdominal, lo ojeé por
curiosidad… Y encontré mi pinza, la pinza Rausen…
Lila Leland lo miró maternalmente y le tocó una mano.
Tenía una epidermis muy suave, cálida; tocar esa mano era como si estuviera
tocando un ala. Jelling, con lentitud, retiró la suya.
—Usted se parece un poco a Severino Thesenty —dijo Lila
Leland—. Él también vive fuera del mundo real como usted… pero precisamente por
eso es peligroso.
—El señor Thesenty es el otro ayudante de Linden, ¿no?
—El segundo ayudante —dijo ella—. Tiembla en cuanto ve a
Linden y escribe poesía en el turno de noche… Todavía no he sido capaz de
persuadirlo de que no debe albergar esperanzas conmigo. Le juro que a veces me
gustaría ser menos guapa para no tener el remordimiento de hacer sufrir a
nadie… Pero Thesenty es incorregible. Su forma de cortejar, silenciosa y llena
de timidez, me exaspera hasta la locura. Es un hombre que, sin darse cuenta,
haría saltar el mundo en pedazos si encontrase a una mujer que supiese instigarlo.
—¿Y el profesor Linden? —preguntó Jelling.
—Espero que usted haya visto hoy la clase de tipo que es.
Creo que se ha olvidado el corazón en algún sitio, si es que alguna vez lo
tuvo. Cuando vienen las típicas mujeres de los círculos filantrópicos las
recibe él mismo. No sé lo que les dice, sé que se van y no vuelven nunca. Desde
que estoy ahí, nunca lo he visto hacer un gesto amable o estar alegre. Parece
un hombre que se tiene que vengar siempre de alguien o de algo y que ha
dedicado toda la vida a eso… Por lo demás, no puedo decir nada. Pero el día que
me vaya de esa clínica haré una gran fiesta.
Jelling jugueteó un poco con la servilleta, como hacía en
su casa, intentando hacer ridículos muñecos para su hijo.
—¿Sabe que ha pedido treinta mil dólares más por la
operación justo después de la amenaza de muerte que le hicieron?
Un poco estupefacta, Lila Leland dudó bastante antes de
responder.
—… No, no lo sabía… Pero ahora que me lo dice, la cosa me
resulta de lo más natural.
Él la miraba fijamente y no se le escapaba ningún gesto.
Lo cual le costaba trabajo, porque los ojos de Lila Leland eran como los de un
hipnotizador, y parecía que al mirarlos se tuviese que pensar lo que ella
deseaba y no lo que uno quería. Aun así, lo conseguía.
—Naturalmente, se puede pensar que él incluso se ha
inventado toda la historia de la amenaza para conseguir un pago mejor —le dijo
después.
—¿Usted cree? —dijo ella poco convencida—. Me parece un
poco ingenuo. Linden tiene otras mil maneras para que le pagaran más sin acudir
a estos métodos novelescos… En el fondo se trata de la visión de un millonario,
y, si él dice medio millón de dólares o nada, el millonario paga, ¿no le
parece?
—Tiene usted razón… Pero podría existir algo oculto que yo
no comprendo para impulsarlo a actuar así…
—Hay muchas cosas ocultas que usted no conoce.
—Si las sabe, ¿no me las podría decir?
Lila Leland sonrió.
—Es usted adorable incluso por su candor. Todo lo que sé
se lo he dicho… Además, hay una serie de cosas que no sé, pero intuyo, y no se
las puedo decir, porque no las sé ni siquiera yo… ¿Quiere convertirme en
policía también a mí?
Se levantó y se preparó para irse. Jelling, que se había
quedado atrás para darle la propina al camarero, la siguió.
—Me hace llegar bastante tarde —le dijo por la calle—.
Linden es estricto con los horarios como un jefe de sección. Ahora me espera
una bronca por su culpa. —Cogió una mano de Jelling entre las suyas, lo miró
con una amabilidad silenciosa y le dijo con dulzura—: ¿Se siente ahora un poco
más tranquilo con respecto a mí?
Arthur Jelling arrugó la frente reflexionando
intensamente. Luego dijo:
—Debe perdonarme: no sé si podré, pero todavía no me
siento tranquilo con respecto a usted. Sinceramente.
—¿Todavía desconfía? —preguntó ella divertida.
—Todavía —dijo Jelling a duras penas.
Lila Leland, muy a su pesar, dejó la mano de Jelling.
—Lástima —dijo—. Lástima. Usted era un mal médico porque
es un buen policía…
—¿Quiere decir que hago bien sospechando todavía de usted?
Ella sonrió, paró con la mano un taxi que se acercaba y le
dijo, a modo de despedida:
—Creo que un policía siempre hace bien sospechando de
todos.
Jelling permaneció en la calle, delante del local Burday,
mirando el coche que se llevaba a Lila Leland. Sólo el cielo puede saber lo que
pensaba. Tan sensible y delicado como era, en el momento del peligro se hacía
impasible como un buen jugador de póquer que tiene una escalera real en la
mano.
Fue andando hasta la Central de Policía. En Dirección se
encontró con el capitán Sunder, que estaba hablando por teléfono.
—¿Ha encontrado algo? —le preguntó Sunder bruscamente
cuando hubo acabado. Por el tono de la voz, Jelling comprendió que estaba
nervioso, cosa que le sucedía muy a menudo, y su timidez frente al superior
aumentó.
—Verá… —empezó.
—Entiendo —lo interrumpió él—. Todavía se encuentra como
al principio. Sólo recuerde que estamos a 15 y que dentro de dos días Alberto
Déravans se operará. Me gustaría que la operación se llevase a cabo sin
incidentes.
Jelling sintió que lo aplastaba la tremenda
responsabilidad que el capitán Sunder le imponía con tanta sencillez. Intentó
explicarse, pero Sunder se impacientaba.
—Adelante, dígame lo que opina. ¿Por dónde cree que puede
venir el golpe, si es que llega?
—No es fácil saberlo, señor… Hay infinidad de indicios…
—Bien. Entonces, venga a verme cuando tenga alguna
conclusión. Sólo le repito, con la mayor franqueza, que querría que no
sucediera nada hasta el 17. Eso es todo. Buenos días, Jelling.
No podía hacer otra cosa que irse. Quería buscar consejo
en el capitán Sunder, pero había elegido mal momento. Y se fue. Fue a casa, se
encerró en su despacho, que también era el comedor, y se tumbó en el sofá. Le
latía un poco el corazón y se notaba el estómago como si lo tuviera en un puño.
No debía suceder nada hasta el 17, hasta que Déravans recuperara la visión,
incluso después, se entiende.
Si sucediera algo, sería culpa suya. Se lo había dicho
claramente el capitán Sunder.
Los mecanismos lógicos de su inteligencia trabajaban
frenéticamente. Hacía pasar por su mente, uno a uno, a todos los personajes del
caso Déravans y los analizaba con minuciosidad. Pero no parecía que sirviera de
mucho. Nadie parecía tener un verdadero interés en que Déravans no recuperara
la visión: y esto era, en cambio, lo que debía descubrir. Lo demás era
accesorio. Estuvo así más de una hora y luego volvió a la Central de Policía,
buscó a Matchy y se lo llevó consigo.
—¿Adónde vamos, Jefe?
—A casa de los Déravans. A realizar un registro.
—¿Busca alguna cosa en concreto?
—Puede ser, Matchy. No quiero parecer raro, pero voy a
buscar algo que sea completamente inútil…
Matchy intentó comprender, pero evidentemente no lo
consiguió.
—¿Qué quiere decir?
—Es algo difícil de explicar, pero estoy haciendo un
experimento psicológico. Si el experimento tiene éxito, debería encontrar en la
casa de los Déravans, o en la clínica Linden, no sé todavía muy bien, pero algo
que no le sirva absolutamente para nada a su dueño.
—Le confieso —respondió Matchy— que no comprendo bien.
Caminaban con paso veloz hacia el chalé de los Déravans,
atentos, sin embargo, a no resbalar en el asfalto cubierto de insidiosas capas
de hielo. Eran las tres de la tarde, pero empezaba a caer la noche.
—Ni siquiera yo tengo las ideas claras —explicó con
amabilidad Jelling—. Sólo sé que necesito una pista… Este caso me parece
todavía más confuso que el caso Vaton. Por lo menos, en este había tarjetas
escritas a mano; no es que fuera mucho, pero era algo. Aquí no tenemos nada.
Tenemos a un hombre con la cara cubierta que ha amenazado. Y este hombre ha
desaparecido. Tenemos además a una decena de personas que parece que quieren
que se sospeche de ellas… Evidentemente, en esta historia hay alguien maniobrando
para sacarnos del buen camino. Para hacernos creer lo que no es. Hay que tener
cuidado de no caer en la trampa y de encontrar una pista, una pista cualquiera,
pero que se trate de algo concreto…
Vio que Matchy escuchaba muy atento, pero que no había
comprendido la historia de ese algo completamente inútil.
—¿Cómo podemos encontrar ese algo concreto? —continuó
entonces Jelling—. No tenemos ningún indicio. Ni siquiera sabemos por dónde
comenzar… Por suerte, hace poco me acordé de una poesía breve… No recuerdo
quién la escribió, pero es muy bonita, aunque algo infantil…
Esta vez, Matchy miró a Jelling, más que asombrado,
receloso. Ahora también entraba en juego la poesía. Pero Jelling ya se había
entusiasmado con su explicación y no veía en absoluto el descontento de Matchy,
ni notaba el frío que le helaba la nariz y la punta de los dedos.
—Le garantizo que es una poesía que nos va a servir de
mucho. Escuche:
Todos tenemos en el corazón
una pequeña, pequeña cosa,
que amamos con ardor
y nos parece maravillosa.
Pero los demás dicen: ¿por qué?
Es la cosa más inútil del mundo.
Y nosotros no sabemos por qué,
pero nos parece la más importante del mundo.
Ya casi habían llegado y Matchy cada vez entendía menos.
De todas formas, Jelling consiguió sintetizar su pensamiento.
—Quiero encontrar un indicio, incluso el indicio más
lábil. Esta poesía me ha dado el motivo. Puede que aquí, en este chalé, puede
que en la clínica Linden, puede que en el dormitorio de cualquiera de los
interesados en este asunto, encontremos algo, lo más inútil posible, que nos
pondrá en el buen camino…
—Perdone, pero ¿cómo? —preguntó Matchy lleno de sentido
común—. En todas las casas hay un montón de objetos inútiles: ¿y qué
significan? ¿Y cuál escoger?
—Debe perdonarme si me contradigo —objetó amablemente
Jelling—. Hay que saber mirar bien, pero en ninguna casa se encuentran cosas
inútiles: ni siquiera en los trastos de los desvanes. Incluso un alfiler roto
puede haberse guardado para usarlo como limpiador de mecheros. Pero si en una
casa se encuentra una cosa verdaderamente inútil, entonces esa casa es
sospechosa, y sus dueños son sospechosos…
—… Puede ser —dijo Matchy, poco convencido, y llamó al
timbre del chalé de los Déravans.
Los recibieron, como de costumbre, con fría amabilidad.
Estaban todos en casa. Andrea Déravans, Evelina Soldier y los dos Dundley, los
Golden. Pero Andrea Déravans, enfadadísimo, hizo que todos permanecieran en sus
habitaciones y que a Jelling se le tratara con la máxima frialdad. Dora Dundley,
la señora Golden, tuvo, en cambio, tiempo de decirle:
—¿Por qué no viene a registrar mi habitación primero?… Me
encantaría ver como encuentra un cuchillo debajo de mi almohada —y se rio,
mientras Isidoro Dundley la tiraba del brazo para que entrara en la habitación.
En cuanto a Andrea Déravans, se limitó a decir con tono
glacial:
—Es extraño que venga a buscar pistas de un chantajista
precisamente en nuestra casa, que somos los chantajeados. ¿Se trata acaso de un
nuevo sistema de investigación?
El registro no duró mucho. Jelling pasó por todas las
habitaciones del chalé, incluidas las del personal de servicio, con bastante
rapidez. Le dijo a Matchy que le abriera los cajones, echaba un vistazo, los
cerraba y pasaba a otra cosa. En la biblioteca cogió dos o tres libros de los
que, además, ya había leído el lomo la vez anterior, en la habitación de Andrea
Déravans examinó un rato un microscopio olvidado en un cajón del escritorio, y
luego se lo dio a Matchy para que se lo llevara.
Andrea Déravans sonrió con ironía.
—¿No pensará que quiero matar a Linden con un microscopio?
—… No, señor Déravans. Es que no logro saber de qué le
puede servir. ¿Estudia? —respondió Arthur Jelling ruborizado.
—Nunca he tenido ganas de estudiar —dijo Andrea Déravans—.
Lo compré un día porque pensé que en casa podía ser útil un microscopio.
—… Pues es muy completo —tuvo el valor de insistir
Jelling—. Aumenta al menos doce mil veces…
—¿Pretendía que comprara un microscopio más barato?
—preguntó él sin sonreír siquiera, sólo con mucha ironía en el tono. Al acabar
el registro, Matchy llevaba una pequeña maleta que contenía lo que Jelling
había encontrado en el chalé y que retenía porque le interesaba. Hicieron la
siguiente lista:
1 volumen: Cómo hacerse un abrigo de piel en casa.
1 volumen: El arte mágico para dominar la vida.
1 volumen: Las enfermedades de los animales de sangre
fría.
1 microscopio.
1 caja de cerillas llena, pero todas sin la cabeza de
azufre.
—Todo esto se le devolverá dentro de unos días —dijo
Jelling a Andrea Déravans en el momento de irse.
—Se lo agradeceré —respondió Déravans, doblando la lista y
metiéndosela en el bolsillo—. La caja de cerillas se la puede quedar…
Jelling no lo comprendió y fingió no captar la ironía.
—Se la devolveré al personal de servicio —dijo—. La
encontré en sus habitaciones.
—Muy bien.
—Y ahora —dijo Jelling cuando estaban fuera— hay que hacer
la misma operación en la clínica Linden… Me temo que el profesor Linden se
enfadará un poco, porque será la tercera vez que me presento hoy allí… Nos
tenemos que dar prisa…
—Ya me ocuparé yo de calmarlo —respondió Matchy con tono
marcial. No comprendía bien la utilidad de esos registros, pero su deber era
ayudar a Jelling y lo estaba haciendo.
Por supuesto, el profesor Linden, al ver que Jelling
regresaba por tercera vez se mostró más mordaz y grosero que antes, pero Matchy
se paró delante de Arthur Jelling, que parecía renunciar a la empresa, vista la
hostilidad del cirujano, y con unas cuantas palabras adecuadas redujo al
silencio, cuando no a la amabilidad, al profesor Linden.
Aquí también duró poco el registro, a pesar de que el
espacio era mayor que el del chalé de los Déravans. Arthur Jelling no se
detenía a tomar huellas ni a reunir objetos misteriosos. Echaba un vistazo
rápido y se paraba un momento sólo cuando algo le parecía poco claro. Él no
quería, pero Matchy consiguió obtener la autorización judicial para registrar
también las habitaciones de Alberto Déravans, al cual, durante el registro, lo
sacaron fuera con un pretexto.
—Ya que estamos, Jefe —dijo Matchy con toda su buena
voluntad—, registremos todo lo que hay que registrar, así no hacemos más
viajes…
—Claro —respondió con ironía Linden, que los acompañaba—.
Estoy a su entera disposición.
Al final, se realizó la habitual lista:
1 paleta de pintor, nueva.
1 lámpara de gas.
1 muñeca pequeña.
1 botella de tinta para tatuajes.
Jelling firmó la lista y se la entregó al profesor Linden
con mil disculpas. Linden no dijo nada: miraba a Matchy, que guardaba en la
maleta todas las cosas extrañas que habían encontrado en su clínica.
—Le juro que hasta hace diez minutos no habría supuesto
que teníamos en la clínica estas tonterías. ¿Se puede saber de dónde sale la
lámpara de gas cuando ni siquiera hay tuberías de gas porque todo funciona con
electricidad? ¿Y la paleta de pintor? —dijo.
Jelling sonrió y luego se marchó con prisa. Un cuarto de
hora después estaba en su casa. Los objetos encontrados en la casa de los
Déravans estaban dispuestos en una mesa, los de la clínica, en otra. Matchy,
que lo había acompañado, lo miraba atentamente.
—Ahora —dijo Jelling—, procedamos por eliminación. Todos
estos objetos parecen inútiles, pero creo que en realidad los hay más y menos
inútiles: veamos.
Se acercó a la mesa con los objetos encontrados en la casa
de los Déravans y cogió un libro. Las enfermedades de los animales de sangre
fría, leyó en la cubierta.
—¿Quién puede estar interesado, en casa de los Déravans,
en los animales de sangre fría?… Me parece que nadie… Es gente que vive sin
hacer nada, a la que no le interesa nada en particular…
—Sí —dijo Matchy—. Me parece que un libro así sólo le
podría interesar a un criador de serpientes que tenga alguna enferma… ¿Cree que
en casa de los Déravans hay gente así?…
—¿Y entonces por qué alguien compra este libro y lo lee?
Mire, Matchy, tiene páginas cortadas y dos esquinas dobladas para marcar la
página que no se ha terminado de leer…
Durante casi una hora Jelling continuó con el análisis.
Matchy intentaba bostezar cuando Jelling dejaba de mirarlo, pero a veces
bostezaba sin miramientos, delante de él. Al final, la señora Jelling fue a
salvarlo de esa tortura.
—Arthur, la comida está lista…
—¡Oh! Adela —exclamó Jelling volviendo en sí de ese
trabajo que lo entusiasmaba—. Me he olvidado imperdonablemente de decirte algo.
El señor Matchy se queda a comer y no te he avisado…
La señora Jelling sonrió con tranquilidad.
—Pero, Arthur, cómo te vas a acordar de estas nimiedades;
de todas formas, es normal que haya preparado comida también para tu invitado.
—Y, dirigiéndose a Matchy—: ¿Quiere tomar asiento, señor Matchy?
5
Todos juegan con las cartas boca arriba
Augusto Linden fue asesinado la mañana del 17, a las seis
treinta, justo delante de la clínica a la que se dirigía para realizar la
operación a Alberto Déravans.
Su asesinato permanecerá como uno de los ejemplos de
premeditación criminal más terribles y clásicos. El capitán Sunder había
preparado todo para afrontar la eventualidad de un delito, y desde el día
anterior la clínica estaba bajo vigilancia. Augusto Linden llevaba la escolta
de dos agentes permanentemente, y en su casa otros agentes vigilaban día y
noche. Pero todo esto no sirvió de nada. Evidentemente, el asesino había
previsto un despliegue parecido y se había preparado.
A las seis de la mañana, conduciendo personalmente su
coche acompañado de dos agentes que lo habían vigilado toda la noche, Augusto
Linden dejaba su casa y se dirigía a la clínica. Hacía todavía más frío de lo
habitual, las calles estaban cubiertas de una capa insidiosa de hielo y Linden
debía proceder con mucha cautela, tanta que llegó a la clínica a las seis y
media, tratándose de un trayecto de unos veinte minutos.
Delante de la clínica la acera tiene de diez metros de
ancho. Augusto Linden paró el coche al lado de la acera y, seguido por los
agentes, se dirigió a la entrada. Todavía era de noche, pero una palidísima
claridad cubría el azul oscuro del cielo. Linden apenas había recorrido tres de
los diez metros que lo separaban de la entrada de la clínica cuando se oyó una
descarga de disparos de arma de fuego, rápidos, consecutivos como los de una
ametralladora.
Linden cayó abatido sin gritar. Los agentes, que estaban
al lado, se quedaron un momento desconcertados y luego miraron hacia la
clínica: de allí provenían los disparos.
—¡Que no salga nadie! —gritó uno de ellos.
Se oyeron gritos, luego acudieron a la clínica algunos de
los agentes de guardia. Llamaron a la Central de Policía y el capitán Sunder se
presentó poco después.
A partir de aquí, todo se desarrolló de forma habitual. Se
rellenaron un montón de informes, se hicieron un montón de interrogatorios y se
levantó el cadáver de Linden tras un detallado certificado de defunción por
parte del médico forense.
Matchy, que estaba con el capitán Sunder, leyó el informe
médico.
—¡Vaya! ¡Ocho disparos de revólver calibre 9, todos en la
cabeza! El que ha disparado es un campeón de tiro al blanco, un mago, no un
hombre… —Luego, acordándose de la noche anterior en la Abeja Verde con Jelling,
se sobresaltó—. ¡Capitán! Pero ¿dónde está Jelling? ¿Por qué no aparece?
—Cállate, Matchy. Esto le supera a Jelling. Si ve el
cadáver, se sentirá mal. Le he dado permiso para quedarse en casa hasta las
diez de la mañana. Quería venir con nosotros, pero en ciertas circunstancias no
quiero gente delicada —respondió irritado el capitán Sunder.
—Pero, capitán, le digo que es importante —insistió
Matchy.
Sunder le dio un empujón por respuesta, y se dirigió hacia
el coche para volver a la Central de Policía.
En el interior de la clínica, en el momento del delito, se
encontraban los tres ayudantes del profesor Linden, el equipo de enfermeros
habitual, además de Andrea Déravans, Evelina Soldier y los dos Dundley, que
habían ido a esperar el resultado de la operación. La investigación estableció
luego otra circunstancia importantísima. Desde las cinco hasta las ocho de la
mañana las ventanas de los grandes pasillos de la clínica que daban a la calle
se dejaban abiertas para que circulara el aire. Así que estaban abiertas en el
momento en que habían disparado a Linden; así que cualquiera que estuviera en
la clínica podía disparar sin que le molestaran, sobre todo porque, en estos
pasillos en los que se abrían los ventanales no había más que la tenue
iluminación nocturna de la clínica, es decir, lámparas azuladas con luz muy
débil. Así, puesto que fuera era casi de noche, los pasillos, en definitiva,
estaban casi a oscuras. Pero otro hecho complicaba enormemente las cosas. Se
podría decir que, un instante después del disparo, todos los presentes en la
clínica se encontraban en estos pasillos, algunos en el piso de arriba, otros
en el piso de abajo, excepto, por supuesto, Alberto Déravans, que por su
ceguera había permanecido en su habitación. Y era lógico: todos habían acudido
a ver qué había ocurrido. Por ello, hasta que no hubiera pruebas en contra, el
capitán Sunder estaba obligado a dudar de toda esa gente. Desde las ventanas de
los pasillos, de hecho, se apuntaba maravillosamente bien hacia el espacio de
la acera que había delante de la clínica, en el que Linden había muerto.
Naturalmente, el capitán Sunder no ahorró a nadie de los
presentes un exhaustivo registro personal con la esperanza de encontrarle a
alguno el arma del delito. Si Jelling hubiera estado presente, no habría
aprobado este sistema. Era un poco ingenuo creer que el asesino, tras haber
disparado, se hubiera metido el revólver en el bolsillo y hubiera esperado
tranquilamente a que alguien fuera a registrarlo. Pero el capitán Sunder era de
la vieja escuela. Para él, todos eran criminales si no le presentaban poderosas
coartadas. No mandó registrar a Alberto Déravans, no porque no dudase de él
sino porque se había quedado en su habitación, como se pudo contrastar
fácilmente. Además, nunca se había visto a un ciego acertar una cabeza humana a
más de veinte metros.
Al no encontrar el revólver en el bolsillo de nadie, el
capitán Sunder pensó que el asesino podía haberse librado del arma, tirándola
por la ventana o escondiéndola en algún trastero de la clínica. Como para
comprobar esta hipótesis se necesitaba al menos medio día de investigaciones y
bastantes agentes, se invitó a todos los presentes en la clínica que
permanecieran a disposición policial.
A Alberto Déravans, que hasta poco antes no sabía nada de
la amenaza de muerte que le habían hecho a Linden, le informaron de forma
dramática y tumultuosa. Los disparos que había oído estaban dirigidos contra el
profesor Linden, el único que le podía operar y devolverle la visión. El
profesor Linden había muerto, sin haber querido obedecer la amenaza que le
habían hecho. En definitiva, le contaron toda la historia.
La escena fue muy desagradable. Abandonado en el sillón,
Alberto Déravans escuchaba, moviendo con nerviosismo las manos en los brazos
del asiento. Luego se quitó la venda negra y aparecieron sus ojos, que parecían
ver y no veían, surcados de lágrimas. Evelina Soldier se le echó encima
sollozando, su hermano se quedó aparte y miraba fijamente, todavía más pálido,
si cabe, y con el rostro sacudido a intervalos por un tic nervioso que le
contraía la boca. Los Dundley estaban enmudecidos, y parecía que Dora había
perdido toda su jovialidad.
—¿Y ahora qué quieres hacer? —preguntó Andrea al hermano—.
¿Quieres que volvamos ahora mismo a casa?
Hablaba con voz ronca, como si tuviese la garganta
cerrada. Lila Leland, que hasta ese momento había estado apartada, avanzó
silenciosamente con una taza de cordial en la mano.
—Beba, señor Déravans.
Alberto Déravans bebió.
—Gracias. —Luego pareció que salía de ese estado de
abatimiento y soltó—: ¡No quiero quedarme ciego! ¡No quiero! ¡Quiero que me
operen a cualquier precio!
—Cálmese —dijo Lila Leland—. Buscaremos la forma de
operarle. Haremos todo lo posible.
—¿Y quién querrá operarlo, ahora, tras la muerte de
Linden? —preguntó amargamente el hermano.
—Puede que haya alguien… —respondió Lila Leland, pero sin
mucha convicción—. De momento, tiene que permanecer en la clínica, porque para
preparar la operación le hemos dado una serie de medicamentos para los ojos, y
ahora hay que esperar a que pase el efecto.
Alberto Déravans seguía agitándose.
—Después de la muerte de Linden ningún médico querrá
operarme… Y, además, ¿quién sabe operarme? ¡Sólo sabía él!… ¡Y yo no me quiero
quedar ciego!
No se calmó de ninguna forma. Se levantó agitado del
sillón levantando los puños con rabia y dio vueltas por la habitación gritando.
En vano Evelina y Lila Leland intentaban consolarlo. Él se enfadaba más. Tuvo
que intervenir el doctor Alfredo Lamarck, al que llamó un auxiliar. Lamarck
apareció poco después, con el cuello de la camisa duro, su peinado fuera de
moda, su tan bien cuidado bigote. No parecía muy tranquilo, a decir verdad, y
miró a todos los presentes de forma sospechosa. El registro que le habían hecho
por orden de Sunder y la presencia de todos aquellos agentes en la clínica le
tenían que haber desconcertado. Aun así, encontró la manera de serenar a
Alberto Déravans.
—Venga, no sea niño, así no obtendrá lo que quiere.
Lo obligó a sentarse en el sillón y le cogió de la muñeca.
—Tiene fiebre. Con la medicación que le hemos suministrado
no debería. Le aconsejo que esté tranquilo si no quiere que surjan
complicaciones. —Su tono, aunque no era del todo franco, no dejaba de ser el de
un médico, lo que conseguía infundir confianza. Alberto Déravans se tranquilizó
un poco, y Lamarck se dirigió a los presentes—: Les aconsejo que lo dejen solo
unas horas y que tomen una decisión cuando estén más tranquilos.
Luego se fue. Casi en el mismo momento, un agente entró
para decirles que todos podían salir de la clínica, pero que debían permanecer
a disposición judicial y no salir de la ciudad sin pedir antes autorización.
Hizo que cada uno firmara un documento y se fue sin despedirse.
Casi a la misma hora, Arthur Jelling estaba en su casa. No
se había movido desde la tarde anterior. Ni siquiera se había ido a la cama.
Los extraños objetos encontrados durante el registro en casa de los Déravans y
en la clínica estaban ahora en una única mesa, pero separados por un trozo de
cartón. Se puede decir que Jelling había pasado toda la noche delante de esa
mesa. La señora Jelling se había levantado varias veces, había ido a vigilar un
momento a su marido, sin molestarlo, y en silencio había vuelto a la cama. De
vez en cuando Jelling bebía un trago de licor, paseaba, y luego volvía a
sentarse, no sin antes mirar el reloj. Estaba ansioso. Sabía perfectamente lo
que podía sucederle a Linden. Había hablado el día anterior con Sunder y le
había pedido que intensificara la vigilancia en la clínica.
—Temo que Linden corra un grave peligro.
—¿Y no ha encontrado nada para prevenirlo?
—Nada, señor Sunder… He encontrado un microscopio y una
muñeca, eso es todo.
Sunder había levantado una ceja mirando asombrado y
malhumorado a Jelling.
—¿Y qué hacemos con todo esto?…
—… No sé… No sabría decir…
—Bueno, Jelling —había respondido Sunder, que en el fondo
era una buena persona y no quería ensañarse con él—. Veo que está muy
preocupado por Linden. Pero no se lo tome tan a pecho. Haremos lo que sea para
evitar una desgracia, pero si sucediera de todas formas, no se lo tome a pecho:
no es culpa suya, lo sé. Ahora váyase a casa y no salga hasta que yo vaya,
mañana por la mañana, a darle las novedades, y esperemos que no haya.
Jelling había vuelto a casa y no se había movido de ahí en
espera de novedades. Sabía que las operaciones se hacen a primera hora de la
mañana, y cuando fueron casi las ocho y vio que no había recibido ninguna
llamada empezó a esperar que no hubiera pasado nada. Pero no estaba convencido.
También sabía que el capitán Sunder, de ocurrir algo, sólo iría a decírselo
mucho más tarde.
Y de hecho fue así. A las diez, seguido por Matchy, Sunder
entró en el despacho de Jelling. Ni siquiera se cruzaron un buenos días, ya se
habían comprendido por los gestos. Sunder simplemente dijo:
—Esta mañana, a las seis y media.
Hubo una pausa. Jelling tragó saliva.
—¿Cómo?
—Ocho disparos de revólver, todos en la cabeza.
Hubo otra pausa. Jelling miró los libros de encima de la
mesa, el microscopio, la lámpara de gas, la muñeca. Cogió la muñeca, pequeña,
con la falda arrugada, el pelo medio arrancado, con dos agujeros por los que
traspiraba la estopa en el lugar de los ojos, y fue hacia la ventana sin decir
palabra.
Sunder, entonces, le contó todo minuciosamente. Él
escuchaba, dándole casi la espalda a su superior, olvidando, por la emoción, la
etiqueta que tanto respetaba.
—Para mí —dijo el capitán Sunder, cuando terminó el
relato—, sólo se puede hacer una cosa: arrestar a alguien, aunque sea al azar,
pero arrestar. Estamos ante un mecanismo criminal que desconocemos; quizá más
amplio de lo que pensamos. Deberíamos meter una mano al azar en este mecanismo
y quitar una rueda: esperemos que sea la que haga detener la máquina.
Jelling por fin pudo sonreír.
—Gracias, capitán. Ha dicho justo lo que yo pensaba… Usted
sabe que yo no soy partidario de arrestar a la gente así como así, por
aproximación, digamos, pero esta vez hay que hacerlo… —Enseñó la muñeca que
tenía en la mano y dijo con ardor—: Si arrestamos al dueño de esta muñeca, el
mecanismo se parará… No sé ni cómo explicarlo, pero es lo que siento…
Sunder no creía mucho en esa idea. Perdonaba a Jelling sus
manías, pero no le gustaba que las llevara al campo de la investigación. Dejó
caer la cosa y dijo:
—¿Qué piensa de Isidoro Dundley? Matchy me ha contado que
una tarde, en la Abeja Verde, en donde usted también estaba presente, se
demostró como un campeón de tiro. No estaría mal que estuviera una temporada en
chirona y hacerle cantar lo que sabe, si sabe algo…
Entró la señora Jelling con una bandeja llena de bebidas y
pastas.
—Espero no molestarles —dijo con dulzura. Dejó la bandeja
en la mesa, sonrió y se fue a paso ligero, sin preguntar, sin mirar nada, ni
siquiera la cara pálida y cansada del marido.
—Todavía no, capitán… Isidoro Dundley sabe disparar bien,
es cierto…, pero le rogaría que esperáramos…, puede que esta tarde pueda darle
otro nombre…
—Como quiera, Jelling; tenga en cuenta que le dejo hacer…
Matchy comía en silencio las pastas. Entre un bocado y
otro preguntó:
—¿Y ahora quién va a operar a Alberto Déravans?
—Creo que Alfredo Lamarck —respondió Jelling—. Iré esta
misma mañana para decírselo.
—¿Y cree que accederá después de lo que ha pasado con
Linden? —preguntó Sunder.
Jelling adquirió un semblante resuelto y misterioso:
—Espero que sí…
—Supongo que advertirá antes a Andrea Déravans de que
quiere que a su hermano lo opere Lamarck.
—No hace falta —dijo Jelling, ofreciendo la bandeja de
pastas a Matchy—. No creo que estén en contra de que alguien se interese por
devolverle la visión a un Déravans.
Cuando se quedó sólo, Jelling se dio un baño y luego se
presentó en la clínica Linden. Los dos agentes que montaban guardia en la
puerta lo reconocieron, entró y preguntó por el profesor Lamarck. No estaba. Se
había ido a casa porque decía que no se encontraba bien. Jelling pidió su
dirección y fue a casa de Lamarck.
Alfredo Lamarck vivía casi en el centro de Boston, en un
apartamento de alquiler muy modesto.
Una mujer despeinada fue a abrir la puerta y miró a
Jelling sin ninguna amabilidad.
—Alfredo, la Policía —gritó hacia el interior en cuanto se
presentó Jelling.
El médico apareció en la puerta, con un traje negro de
modelo anticuado, con tres botones, y no parecía dispuesto a dejarlo entrar.
—¿Qué quiere?
—Le pido disculpas por venir a molestarlo a su casa, pero
debería hablar un momento con usted.
—Entre —dijo brevemente, y quitó la mano para cerrar la
puerta.
El enorme anillo de oro que llevaba brilló un momento, con
luz opaca.
En esa casa había un ligero olor a ajo que emanaba de la
cocina. Se notaba el mismo olor en el salón al que acompañó a Jelling. Un salón
que Jelling sólo había visto en el cine, en alguna película donde se reviven
los primeros años del siglo XX.
—Bien —dijo Lamarck, sin dulzura, pero sin grosería
tampoco—, un hombre también puede haber nacido con medio siglo de retraso, ¿no?
¿O lo prohíbe la ley? A mí me gustan los espejos pintados, las postales
enmarcadas y colgadas de la pared, los sofás llenos de cojines y las ventanas
con cortinas. Puede que todo esto provoque polvo y no sea racional, pero me
trae sin cuidado.
—Si es lo que quiere —manifestó Jelling—. Es muy agradable
revivir con tanta precisión una época pasada. Su salón es realmente artístico.
—Lo malo —respondió Lamarck, que seguía serio— es que yo
no lo revivo. Yo lo vivo. He nacido con medio siglo de retraso, ya se lo he
dicho… —Hizo una pausa y luego acabó—: Es lo mismo que explico a todos los que
vienen por primera vez a mi casa y piensan que soy imbécil… Pero ahora dígame
en qué puedo ayudarle.
Jelling se puso rojo, pero se infundió valor.
—Le hablaré con mucha sinceridad —dijo—. Me he enterado
por una tercera persona de que usted es el verdadero autor de la variante en la
operación que debe hacerse Alberto Déravans…
El rostro de Lamarck se contrajo.
—No sé dónde quiere ir a parar —dijo—. Sólo le pido una
cosa. No nombre en esta casa a la persona que han asesinado esta mañana. No lo
tolero en mi casa. Yo no la he matado, y lo siento; pero lo haría hecho con
mucho gusto.
—… Yo no he dicho… —balbució Jelling.
—Lo sé. Usted no ha dicho que yo haya matado a esa
persona. Me ha dado a entender que podía haberla matado para vengarme de la
ofensa que me hizo. He comprendido la alusión y le he respondido: no se
inquiete. No me he ofendido en absoluto.
Hablaba con mucha tranquilidad, con seriedad, pero Jelling
se encontraba completamente a disgusto.
—No se lo he dicho por eso —protestó—. Se lo aseguro…
Quería preguntarle, en cambio, si estaría dispuesto a operar a Déravans.
Lamarck, al oír ese nombre, hizo un gesto visible de
conjura tocando la mesa de madera. Jelling lo miró un poco sorprendido, pero
disimuló. Era realmente extraño que un médico, un científico, en definitiva, se
viera dominado todavía por semejantes niñerías.
—Cuando decida morir, sí, lo operaré… No le oculto que
podría tomar una decisión semejante en breve… —Arrugó la frente, sonrió, pero
era muy triste verlo sonreír, y continuó—: Se puede ganar una buena cantidad,
¿no? Es posible que si se me paga por anticipado podría cometer el suicidio que
se llama operar a Alberto Déravans. Dele esta respuesta al señor Déravans, que
es el que os envía.
—He venido por iniciativa propia —protestó Jelling—. El
señor Déravans no sabe nada, pero no dudo de que le conceda cualquier suma que
le proponga.
—Necesito mucho ese dinero —respondió lacónicamente
Lamarck—. De momento, no le puedo asegurar nada. Estoy convencido de que, si
opero a Déravans, acabaré como el hombre que han asesinado esta mañana, pero
podría ser que lo operara de todas formas.
Había una sensación de polvo y antigüedad en ese salón,
además del ligero olor a ajo que penetraba en todo. Las palabras de Lamarck
aumentaban todavía esa sensación de marchito, de estar fuera del mundo. Sus
gestos supersticiosos completaban la obra. Parecía que había entrado en una
casa abandonada hacía cincuenta años y que estaba hablando con la estatua de
cera del dueño, no con el dueño en persona. Jelling hizo un esfuerzo e intentó
superar estas impresiones.
—Le aseguro —dijo— que no veo la necesidad de que todos
los médicos que decidan operar a Déravans tengan necesariamente que acabar
como… la persona que ha muerto esta mañana.
—No comparto su opinión. Aquí se trata de impedir que
Déravans recupere la visión. Y quien lo intente operar no se salvará. El
asesino me parece un hombre decidido. No me gustaría tener nada que ver con él.
Hubo una pausa. Jelling, casi a escondidas sacó del
bolsillo un pequeño envoltorio, quitó el papel y apareció la muñeca que había
encontrado en la clínica Linden.
Pero no dijo nada durante un momento. Se contentó con
mirar la actitud de Lamarck.
Este había seguido sus movimientos, pero sin mucho
interés. Cuando vio la muñeca, esperó a que Jelling hablara, y al ver que no
hablaba preguntó:
—¿De qué se trata?
—Ah —respondió Jelling ruborizado—. Una muñeca.
—Lo veo perfectamente. Pero ¿qué significa?
—Pues… La encontré en la clínica, en el quirófano,
escondida en la caja de las gasas…
Lamarck movió lentamente la cabeza.
—No lo entiendo.
—¿No sabrá por casualidad de quién es?… Es muy raro que
una muñeca se encuentre en un quirófano.
—Extrañísimo. Pero no me puedo imaginar de quién es.
Jelling envolvió de nuevo la muñeca y dijo con amabilidad:
—Creí que sabría algo.
Lamarck lo miró con frialdad e ironía, y dijo:
—Creo que quiere relacionar esa muñeca con el delito de
esta mañana.
—Relacionar… No sabría decirlo todavía. Podría haber
relación, o puede tratarse de una fantasía errónea por mi parte. Todavía no lo
tengo claro. Sólo busco…
—Ya veo. Nuevos métodos de investigación. —Lamarck se
levantó, dando por acabada la visita—. Dígale al señor Déravans, entonces, que
me lo estoy pensando. Y que me haga una oferta concreta. —Hizo una pausa—. La
más alta posible. Pero todavía no hay nada seguro.
Después de esta visita, Jelling hizo otra. Severino
Thesenty también vivía en el centro, pero en una pensión donde había alquilado
dos habitaciones y donde comía. Jelling se lo encontró precisamente comiendo, y
se arrepintió mucho, a pesar de haber ido aposta a esa hora para estar seguro
de encontrarlo.
Recibió a Jelling con mucha simpatía y con extrema
timidez. Sus ojos, grandes y cálidos, miraban fijamente al visitante con
cordialidad y al mismo tiempo con temor.
—Se lo ruego, póngase cómodo —le dijo a Jelling—. No me
molesta en absoluto… Todavía estoy un poco conmocionado por lo que ha ocurrido
esta mañana y le aseguro que no tenía muchas ganas de comer…
Era una habitación de pensión modesta, casi miserable. La
ventana daba a un patio y dejaba entrar poca luz. Un sofá de piel gastado en
varios puntos, una mesa redonda de tres patas, una especie de armario y dos
sillas formaban todo el mobiliario. La única nota original eran tres grandes
fotografías en la pared. Pero fotografías realmente enormes, de casi dos metros
de altura. En las tres salía la misma mujer, al menos a juzgar por el vestido,
que era el mismo; y lo extraño, que rozaba lo excéntrico, era que habían
fotografiado a la mujer, en las tres poses, casi de espaldas, de manera que la
cara no se veía nunca entera, apenas se le adivinaba el perfil.
Al ver que Jelling observaba las tres fotografías,
Severino Thesenty se ruborizó.
—Sí, es la señorita Leland —dijo. Y se calló.
Cohibido, Jelling también callaba. Al final, tras una
larga pausa, dijo:
—He venido para rogarle que me dé una información… Querría
saber si usted sería capaz de operar al señor Alberto Déravans… Es decir, si
conoce a fondo la operación.
Severino Thesenty respondió enseguida, con inocencia.
—Claro. El señor Linden no quería que se nos enseñara la
nueva variante, pero tanto la señorita Leland como yo nunca hicimos caso de la
prohibición.
—Se lo diré con toda sinceridad: tras lo que ha pasado
esta mañana, hará falta que otro médico se ocupe de la operación del señor
Alberto Déravans. He preguntado al doctor Lamarck si estaría dispuesto a
operar, pero me ha respondido con evasivas. Puede que opere, puede que no. En
definitiva, no ha asegurado nada. En el caso de que en el último momento se
negase, ¿estaría usted dispuesto a operar?
—Tengo miedo —dijo brevemente Severino Thesenty—. Esa
clínica nunca me ha defendido. Yo no soy un tipo muy sociable, como habrá
comprobado… Ni tampoco muy aventurero. Lo que ha ocurrido esta mañana me ha
conmovido. No sé si tendré el valor de volver esta tarde al trabajo. Yo soy muy
impresionable…, y los disparos, el registro que me han hecho, son cosas que
superan mi aguante… Preferiría no tener nada que ver con Déravans… Perdóneme.
—¿Es lo que quiere? —respondió Jelling observando el
rostro lleno de expresión y movimientos de Severino Thesenty—. Creo que ahora
sus inquietudes pueden ser infundadas… Perdone si me permito hablarle así… El
profesor Linden ha sido asesinado, de acuerdo. Pero es muy probable que no
asesinen a otro médico que quiera operarlo.
—… Perdóneme, se lo ruego. Pero no puedo aceptar. Mire, no
tengo miedo de morir. Tengo miedo de todo lo que precede inmediatamente a la
muerte. Me gustaría morir de pie, de repente, caminando hacia el sol, y no me
importaría nada. Pero que me persiga una amenaza misteriosa, esperar a cada
minuto los disparos de un asesino, eso no lo puedo soportar…
Se había puesto triste y miraba una de las fotografías.
Sus ojos estaban húmedos y era tan enormemente sensible su expresión que
parecía que «sentía lo que pensaba», como más tarde dijo Jelling.
—Puede que le resulte excesivo —continuó—. Pero piense que
en cuanto le he visto entrar tenía miedo de que viniera a arrestarme. Todos
saben que yo odiaba a Linden, lo odiaba de verdad. Siempre me utilizaba de
negro en la clínica, me humilló de todas las formas posibles, me ridiculizó
porque una revista de literatura había publicado una poesía mía, en definitiva,
me ofendió como quiso. Tanto que su muerte no me ha dolido en absoluto. En
absoluto… Y he pensado que usted vendría aquí y me arrestaría… Mire: antes de
dejarle pasar he escondido el revólver. Tengo un Hertel de ocho balas. Está
vacío, nunca compré las balas, lo compré porque me hace sentirme seguro por las
noches, porque tengo miedo de la oscuridad y de los ruidos… Pero ¿cómo se lo
puedo demostrar? Usted puede pensar perfectamente que está vacío porque esta
mañana he matado a Linden… Y sería difícil convencerle de que soy un hombre que
nunca sabrá matar…
Se había levantado a la vez que hablaba, había desplazado
el sofá de piel y de un escondite había cogido un Hertel grande y se lo había
enseñado.
Jelling lo examinó. Luego se lo devolvió.
—Oh, no resultaría muy difícil convencerse de que nunca
sabría como matar a un hombre con esa arma —dijo—. Y estaría bien que se
deshiciera de ella… Mire, yo no tengo mucha autoridad en estas investigaciones;
puede que mis jefes piensen distinto que yo y encontrasen extraño que usted,
esta mañana, cuando se buscaba el revólver no haya confesado que tenía un
Hertel como ese en su casa…
—Lo iba a decir… Pero tenía mucho miedo. El señor que ha
mandado registrar todo…
—… El capitán Sunder, creo.
—Sí, el capitán Sunder estaba muy enfadado y se mostraba
severo. Estoy seguro de que si se lo hubiera dicho me habrían arrestado…
Jelling suspiró.
—Yo también estoy seguro. —Mientras, había sacado del
bolsillo del abrigo su pequeño envoltorio con la muñeca—. ¿La había visto
antes? —preguntó.
Thesenty la cogió y la examinó con atención, algo
sorprendido del repentino giro del diálogo.
—Nunca —dijo—. ¿Por qué?
—La he encontrado en el quirófano de la clínica, en la
caja de las gasas.
—¿Esta muñeca en el quirófano? —preguntó asombrado
Thesenty, mientras Jelling lo observaba sin perder un solo gesto.
—Sí, es algo realmente extraño, irracional… Pero le diré
que no creo en cosas irracionales. Si esta muñeca estaba en el quirófano, es
por algún motivo. Puede que este motivo tenga que ver con el asesinato del
profesor Linden…
Thesenty puso los ojos como platos y lo miró dubitativo.
—Yo también quiero jugar con las cartas boca arriba, como
usted —dijo con audacia Jelling—. Esta muñeca, como ve, ya no tiene ojos, está
ciega. Y Alberto Déravans también es ciego…
Severino Thesenty emitió un «ah» de asombro.
—Es usted extraordinario —dijo—. ¡Extraordinario!
6
Todos juegan con las cartas boca arriba (continuación)
El sistema de Arthur Jelling para llevar a cabo las
investigaciones tanto para el caso Déravans como para todos había preocupado
siempre al capitán Sunder.
Nada había menos ortodoxo, hablando en términos
policiales, que su manera de investigar y de interrogar a la gente. Sunder lo
sabía: a Jelling le entraba en la cabeza una idea y era la que guiaba la
investigación. Se trataba casi siempre de una idea no muy normal, de una pista
que no parecía una pista.
Por ejemplo, la muñeca. Si había algo que desagradaba a
Sunder era que Jelling fuera a molestar a la gente con la historia de la
muñeca. Sin embargo, Jelling, a pesar de su timidez, fue a molestar a la gente
también a casa de los Déravans. Sunder decía que la timidez de Arthur Jelling
era la más extraña del mundo.
—Con mucha timidez, cuando ha descubierto una pista,
siempre actúa como el mastín, que no la deja escapar y aprieta cada vez más.
Sigue poniéndose rojo, liándose, avergonzándose, pero aprieta y aprieta…
Las cosas se sucedieron así. La mañana del 18 de enero,
Arthur Jelling se presentó en el chalé de los Déravans y le hicieron pasar ante
Andrea Déravans, que se había levantado justo en ese momento.
Éste lo acogió con bastante amabilidad, lo cual era raro.
—¿Novedades? —preguntó.
—… No creo —respondió Jelling—. He hablado, es más, me he
permitido hablar con el doctor Lamarck y con el doctor Thesenty para ver si
estaban dispuestos a operar a su hermano, pero el primero ha dicho que ya verá,
sin asegurarme nada. Y el segundo ha rechazado de plano.
—Me lo imaginaba —dijo Andrea Déravans—. Sobre todo porque
no le podía decir lo que iba a cobrar.
—El doctor Lamarck me ha dicho que, posiblemente, su
consentimiento dependía de la cifra. Y pedía que se le hiciera una oferta, la
más alta posible.
—Explotador —bramó Déravans—. Hay un ciego de por medio, y
un muerto. Pero saben que somos ricos y no quieren perder la ocasión… ¡Muy
bien! —prosiguió con tono airado—. ¡El señor Lamarck tendrá lo que quiere!
Se acercó a la mesa en la que descansaba el teléfono y
marcó un número.
—Habla Déravans. Páseme con el administrador… Soy yo,
Frightener, escuche bien: extienda un cheque en blanco y envíelo al doctor
Alfredo Lamarck, de la clínica Linden, junto con la carta que le voy a dictar
ahora: «Estimado doctor, atendiendo al acuerdo verbal entre usted y el señor
Arthur Jelling a propósito de la operación que debe realizarse a mi hermano
Alberto Déravans, me complace…». Sí, sí, escriba precisamente «me complace»,
con algunos idiotas funciona esta forma de hablar… «… me complace adjuntar un
cheque en blanco firmado, que usted podrá completar con la suma que mejor le
convenga como honorarios para la operación antes mencionada…». Nada de
despedidas, nada de nada… Envíela enseguida… Gracias, Frightener…
Colgó el teléfono, miró a Jelling satisfecho e irritado:
—El tema del médico está resuelto —dijo. Calló un momento
y luego preguntó—: ¿Y usted? ¿En qué puedo servirle?
Un tono ácido, en nada amable, había ocupado el puesto de
la cordialidad anterior. Evidentemente, cuando se trataba de dinero, Andrea
Déravans perdía un poco su señorío.
—Yo… Yo… —se trastabilló Jelling, casi asustado— debería
pedirle un favor, digamos, un poco insólito…
—Adelante, dígame. Estoy preparado para cualquier
petición. Incluso si ha venido aquí a arrestar a alguien. No lo niegue, se ve
claramente que sospecha de todos. De mí, de Evelina, de los Dundley y apostaría
que también de mi hermano; podía haber sido él perfectamente el que matara a
Linden, aunque esté ciego…
Abatido por este arrebato, Jelling volvió a dejar en el
fondo del bolsillo de su abrigo el envoltorio con la muñeca que estaba a punto
de sacar y consiguió balbucir a duras penas:
—Señor Déravans… Estoy confundido…
Era tan evidente la humillación de Jelling que hasta
Déravans comprendió que se había excedido bastante.
—No se ofenda. Comprenderá que estoy nervioso y que de vez
en cuando pierdo el control. Pero desde ayer los periódicos no hacen otra cosa
que novelar nuestra desgracia y la de mi hermano. El ciego que está a punto de
ver la luz, la clínica de los delitos, los oculistas de Boston y de América
sufren la pesadilla del misterioso asesino, estos son los titulares de la
escuela de vulgaridad que son nuestros periódicos. Y fotógrafos que vienen de
todas las partes para retratar al hermano del ciego mientras le informan de la
noticia del delito, a la novia del ciego llorando, a los amigos del ciego
consternados, y así sucesivamente… Pero usted no tiene nada que ver, lo sé
perfectamente. Perdone.
Jelling se tranquilizó. Poco a poco se sacó del bolsillo
la muñeca y se la enseñó a Andrea Déravans.
—La encontré en el quirófano de la clínica. Puede que sea
una tontería, pero me gustaría saber si alguno de ustedes puede decirme algo
sobre esta muñeca, si la ha visto antes…
Andrea Déravans miró un momento en silencio a la muñeca
ajada que Jelling le enseñaba.
—¿Dónde la ha encontrado, en la clínica? —preguntó—. Y si
la ha encontrado en la clínica ¿qué podemos saber nosotros?
—Es muy extraño —murmuró Jelling— que un objeto como este
se encuentre en un quirófano… —y miraba fijamente a Andrea Déravans, sin
insistencia grosera, pero sin perderse ni una expresión.
—Muy extraño… Y es también muy extraño que usted crea que
es útil para la investigación saber quién ha visto esta muñeca o quién sabe
algo.
Hablaba seriamente, sin nerviosismo.
—… Sí… No le puedo quitar la razón… Pero ¿usted nunca la
había visto antes?
—¿Yo? ¿Le parezco alguien que tiene interés en las
muñecas?
—¿… Y no podríamos preguntar a los señores Dundley… y a la
señorita Soldier si ellos la han visto antes?
Con gesto de paciencia, Andrea Déravans llamó al timbre.
Poco después apareció Cleavendale, el mayordomo. Déravans le puso en la mano la
muñeca, que cogió con mucho cuidado, pero con dos dedos, como si estuviera muy
sucia, y le dijo:
—Acompaña al señor a ver a la señorita Soldier y a los
señores Dundley y enséñales la muñeca. Lo demás lo hará el señor Jelling…
Jelling se lo agradeció con una reverencia y salió
precedido del mayordomo. Cinco minutos después volvía, y con otra reverencia se
lo volvió a agradecer a Déravans.
—Perdone las molestias que le he causado… —dijo,
disponiéndose a salir de allí—. Espero que sean las últimas.
—Yo también —dijo conciso Déravans—. ¿Sabían algo de la
muñeca?
—No, no, realmente. Nunca la habían visto.
Déravans sonrió:
—Entonces, un resultado óptimo.
—Sí… en realidad —respondió Jelling.
Después de aquello, vino a verme. Estaba más bien decaído.
Me di cuenta enseguida por la mirada y por la manera de hablar, más lenta y
cansada de lo habitual. En mi despacho había mandado que pusieran una gran
chimenea piamontesa, con dos bancos situados debajo de la campana, a los lados,
y le aseguro que en esos días mis amigos de Boston me lo envidiaron mucho.
Nos sentamos, Jelling y yo, en los bancos de la chimenea,
uno frente al otro, y Giovanni nos trajo un licor hirviendo que nos quemó la
lengua. Luego hablamos un poco de varias cosas y por fin Jelling me contó todo
lo que había pasado desde el día que fui a acompañarlo a la clínica Linden.
—¿Qué piensa de todo esto? —me preguntó—. Hay momentos en
los que me veo tan cerca de la verdad que me gustaría decirle a Sunder:
«Arreste a tal persona»… Pero siempre hay alguna objeción… y vuelvo a no
entender nada… Y este es el resultado que quiere conseguir el asesino… Fíjese,
por ejemplo, en la forma en que han asesinado a Linden: la hora y el sitio se
eligieron con la intención de confundirnos. Había unas veinte personas en la
clínica cuando asesinaron a Linden, y todos muy sospechosos porque se encontraban
en el lugar donde estaba el arma que disparó a Linden, es decir, en el pasillo,
en el piso de arriba o en el de abajo, eso no importa, y a quince o veinte
metros del muerto, que es la distancia que ha verificado el perito de
balística… —Sacudió la cabeza, miró las bonitas llamas que nacían de la leña de
la chimenea y continuó—… Además, hay pistas distintas y sin fundamento… A mí me
gusta fijarme en las cosas pequeñas, más bien en las cosas insignificantes… De
acuerdo. Pero aquí, después de buscar tanto, no me queda nada a lo que
aferrarme, o peor que nada, esa muñeca… Mire, estas son las pistas que tengo
—me explicó tranquilizándose un poco—. Por un lado, la pista «Luz»: se trata de
la muñeca sin ojos, es decir, sin luz, y de la caja de cerillas sin cabeza, es
decir, sin luz… Hasta aquí, le podrá parecer sorprendente que haya conseguido
descubrir una relación como esa, y yo también me he sorprendido. También le
podrá parecer esta pista algo importantísimo…, pero cuando la haya meditado
diez minutos se dará cuenta de que es una tontería…
—No puede ser una tontería —le dije— que esa muñeca se
encontrara en el quirófano de la clínica Linden, donde se debía operar a
Déravans…
Jelling volvió a sacudir la cabeza una vez más.
—Perdóneme, señor Berra —me respondió suavemente—, yo
también he caído, si me permite que me exprese así, en su… error. Perdóneme…
Puede que tengamos un defecto: pensamos demasiado…, y usted sabe lo que
significa pensar: manejar los símbolos… Pero los símbolos no son realidad. Esta
muñeca —me la enseñó— es algo real, está hecha de trapo, de estopa, de pelo.
Pero que pueda vincularse a la historia de los Déravans porque le faltan los
ojos, igual que le falta la visión a Alberto Déravans, es un símbolo nuestro,
no es algo real… Y hay que desconfiar de los símbolos que están demasiado lejos
de la realidad como estos…
—No está equivocado del todo… —le dije sonriendo—. Pero,
hasta ahora, usted ha sido muy útil a la Policía precisamente porque pensaba
demasiado… Hay muchos investigadores que no tienen imaginación…, y creo que no
sacarían nada adelante si el capitán Sunder les asignara los asuntos
complicados… Pero sigamos con las pistas de las que hablaba…
—Sólo tengo una, y no es una pista… Hay demasiadas
fotografías en este asunto, ¿no le parece? Al registrar la casa de la señorita
Leland encontramos un rollo de película en donde aparece Alberto Déravans… Aquí
tampoco se le pasará por alto el vínculo entre «fotografía, objetivo», que
significan «luz», y la ceguera de Alberto Déravans… Bien, pregunto a la
señorita Leland qué significan esas fotografías y ella me dice, sin más, que le
cae bien Déravans, el ciego, y lo fotografía, eso es todo… Luego voy a ver al
doctor Severino Thesenty y encuentro en su casa tres fotografías enormes de la
señorita Leland, en las que ella aparece de tal manera que dudo que la señorita
Leland sepa que la han fotografiado, porque nunca se ve la cara entera… Y
también él, el doctor Thesenty, me dice que… le cae bien su colega y le quiso
hacer fotografías… —Jelling habló con un ligero tono de ira en la voz—:
¡Estamos en pleno romanticismo! Es una cadena de amores que no tiene fin… ¡Es
como un lote de películas para muchachitas en plan frívolo en la clínica
Linden!
No oculto que, tanto en el tono de Jelling como en sus
gestos, siempre correcto, pero bastante enérgico, como en el significado
preciso de las palabras que decía, noté algo que de manera vulgar se podría
definir como celos. Vi el efecto que le había producido Lila Leland la primera
vez que la vio, pero no creí que el bueno de Jelling llegara hasta ese punto.
—¿Y qué me dice —le pregunté para asegurarme de mis
sospechas— de Lila Leland?
Jelling intentó beber, pero la taza de licor estaba vacía.
Por supuesto, Giovanni, que estaba escuchando con la excusa de registrar los
libros nuevos comprados, dejó la estantería en la que fingía estar ocupado y se
apresuró a llenarle la taza de licor otra vez.
—La señorita Leland es la menos convincente de todas las
personas que tienen que ver en esta historia —dijo Jelling después de beber—.
Pero no es más que una impresión mía. Ayer, cuando el capitán Sunder me dijo
que quería arrestar a alguien, al azar, sólo para comprobar si el mecanismo se
paraba, le juro que pensé su nombre…
—¿Y por qué no se lo dijo?
Me mostraba insistente. Quizá era poco honesto lo que
hacía con Jelling, pero quería realmente ver cuáles eran sus verdaderos
sentimientos hacia Lila Leland.
—Antes quería llegar al fondo de la historia de la muñeca.
Esperaba que, sólo con enseñarla, alguien se hubiera traicionado mínimamente, o
me hubiera dado aunque fuera una pequeña pista para continuar. En cambio, nada.
—¿Entonces?
Se produjo un silencio. Vi claramente que Jelling
enrojecía porque había comprendido mi juego.
—Hoy ordenaré que la arresten. Es la otra de las dos cosas
que me quedan por hacer. Si no sacamos nada en claro, le rogaré al capitán
Sunder que le encargue a otro este caso. Yo no puedo hacer milagros…
Se levantó, se dirigió al teléfono que estaba en la mesa
del centro de la habitación. Lo dejé hacer, permanecí callado, no le di el más
mínimo apoyo para que postergara la decisión. Marcó el número en completo
silencio. El ruido del dial que giraba se confundió con el crepitar de la leña.
Un momento después, consiguió que le pasaran con el capitán Sunder.
—Arthur Jelling al habla… Ayer le dije que le daría un nombre;
sí, para los Déravans, por supuesto… No… No he encontrado nada, no sé nada… Sé
menos que antes… Precisamente por eso… Creía… La señorita Leland, sí… Si quiere
usted interrogarla… ¿Arrestarla?… Eso, sí, quizá… Estaría bien, sin embargo,
que los periódicos no supieran nada… Es sólo un experimento… Claro, haré lo que
esté en mi mano, señor Sunder… Le… Le…
Jelling colgó el teléfono. Volvió a sentarse en el banco.
Murmuró, como si estuviera hablando solo:
—Eso. Hemos metido mano al mecanismo. Hemos cogido una
rueda al azar. Veremos si la máquina sigue funcionando…
Quise insistir. Le dije:
—No se puede arrestar así a una persona, sin pruebas de
verdad, sin tener siquiera una sospecha fundada, como acaba de hacer…
Ligeramente cansado y con algo de ironía, Jelling me
respondió:
—Sí, es verdad. Está escrito en el estatuto federal. La
libertad está garantizada a cualquier ciudadano americano. Pero todo esto no
tiene importancia alguna para el capitán Sunder y para la Policía en general.
Acababa de comprender claramente lo que, por lo demás, ya
me imaginaba. Jelling podía estar algo enamorado de la maravillosa belleza de
Lila Leland, pero no descuidaría sus deberes por ella.
Por un momento dudé de eso.
—¿Y cuál es la otra cosa que piensa hacer? —le pregunté.
—La Abeja Verde —me respondió—. A la Abeja Verde va Andrea
Déravans e iba Alberto Déravans. A la Abeja Verde van los Dundley y me he
enterado de que también el doctor Thesenty… Tengo un plan. Iré a pedir
información de estos clientes…, pero no al director ni a la guardarropa. Son
mercenarios. Quiero a alguien que me pueda responder libremente…
—¿Y cree que va a enterarse de algo interesante?
—No creo. Sabré cuánto gasta Andrea Déravans en comidas,
lo que bebe Thesenty, qué hacen los Dundley para comer a espaldas de los
Déravans… Pero poco más. Ya sabe que no confío mucho en este tipo de
investigación…
—Lo sé. Usted cree que es suficiente sentarse a una mesa
con los datos del problema bajo los ojos para resolver incluso el asunto más
complejo… Pero me parece que hoy usted está desanimado hasta con este sistema…
—Es verdad. Esperaba mucho de la muñeca. Creí que tenía al
culpable en la mano. Y ahora, en cambio, estoy como al principio.
Jelling fue a la Abeja Verde media hora después, es decir,
a las doce y media, hora en la que el Círculo estaba vacío casi con toda
seguridad. De hecho, las chicas de la revista habían acabado el ensayo y se
habían ido a almorzar, y a Jelling, que había preguntado por el director, lo
acompañaron hasta la sala grande donde ya había estado la otra vez.
—El director está ahí abajo, con la señorita Wilde —le
dijo el botones que lo había acompañado.
Al fondo de la sala, cerca del escenario, había, en
efecto, un señor gordo vestido de negro y una chica con pantalones azules y
camiseta amarilla. Jelling la reconoció. Era la mujer de la voz que tanto había
gustado a Matchy y que cantó cuando fueron allí la primera noche.
Medio escondido detrás de una columna, Jelling se dispuso
a esperar a que los dos acabaran de hablar. Detrás de él estaba la barra del
bar, y un jovencito con bata blanca estaba trabajando unas aceitunas con una
navaja. La sala era tan grande que no se oían las voces de los dos que hablaban
al lado del piano. Pero, de repente, la voz de la mujer, de la señorita Wilde,
una voz casi masculina de lo sonora y profunda que era, rompió el silencio
sepulcral. Y, además de la voz, se escuchó un bullicio endemoniado que parecía
vagamente música.
—¡No! ¡Que no! ¡He dicho que no! Lo repito, lo juro, lo
canto, lo ladro si quiere, pero no —gritaba la señorita Wilde golpeando el
teclado del piano al ritmo de sus «no»—. ¡Y váyase de aquí! No es más que un
cocodrilo, un chacal, un bicho. ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!…
El señor gordo, el director, se quedó un poco pasmado ante
aquella serie de apelativos, luego se encogió de hombros, se giró y desapareció
por una puertecita. La señorita Wilde, todavía con la cara roja, volvió a
golpear el teclado del piano, y luego se dirigió al bar.
—¡Debería estar en la cárcel! —dijo—. Prepáreme un vermú
—pidió al jovencito que trabajaba las aceitunas. Miró hacia Jelling, encogido
detrás de una columna, deseoso de desaparecer, y repitió—: ¡Debería estar en la
cárcel!
La señorita Wilde, además de tener unas facciones muy
bellas, también tenía una expresión simpática, la mirada franca, y quizá esto
fue lo que le volvió a dar valor a Jelling, que se acercó a la barra y tuvo el
descaro de iniciar la conversación.
—Si debería estar en la cárcel —sonrió—, me interesa,
porque soy policía.
—Si por mí fuera, le diría que arrestara a todos
—respondió la señorita Wilde, todavía airada—. Le he dicho mil veces que no
quiero casarme con su sacacorchos… Y él, dale que dale, cada dos o tres días
vuelve a la carga…
—Su… —dijo Jelling con ingenuidad.
—Sí, hombre, Limpson —respondió la señorita Wilde
condescendiente—. Todas las botellas americanas se descorchan con los
sacacorchos Limpson.
—¿Y quieren que se case con él a la fuerza?
—Eso mismo. Llevo cinco años viniendo a la Abeja Verde. Y
ellos llevan tres años detrás de mí…
—… ¿Quiénes?
—… Primero él, naturalmente, el sacacorchos. Invitaciones
a cenar, flores, regalos caros. Y yo lo rechazo… —Se volvió a encender de
indignación—. Declaro ante el mundo que no he aceptado una migaja de Limpson,
ni siquiera un aperitivo, ¡nada! Declaro que se lo dije enseguida a la cara:
«Perdóneme, pero nunca seré la señora Limpson». Entonces él empieza con
intermediarios. Primero, mis amigas: «Pero ¿por qué no te casas con él,
querida? En realidad, todavía es joven, muy rico, muy bueno, te ama con locura…».
—La señorita Wilde imitaba a sus amigas con mucha comicidad—. Y ahora ha metido
en el medio también al director… Casi como un chantaje elegante: o me caso con
él o no me renuevan el contrato. Y como saben que fuera de aquí tengo poco que
hacer, el cocodrilo se aprovecha.
El lenguaje tan colorido de la cupletista incomodaba un
poco a Jelling, pero en el fondo no le desagradaba.
—¡Cinco años! —le dijo él—. Sabrá un montón de cosas sobre
lo que ha pasado en la Abeja Verde…
—Deberían estar en la cárcel —repitió ella—. Pero vestidos
de negro y siempre rozando el límite del código. Usted que es policía, si
husmea en los expedientes de la gente que frecuenta el local, no encontrará
nada. Todo limpio, todo bonito, todos cándidos como corderitos…
—Sí, lo sé —interrumpió Jelling—. Ya lo he hecho. Todos
intachables.
—Ah, ¿sí? —se interesó la señorita Wilde—. ¿Y a quién ha
investigado?
—Mire… —insinuó Jelling—… Yo me ocupo de los Déravans…
¿Usted sabe algo de esta historia?
—¿Yo?… —dijo la señorita Wilde. Había cogido una aceituna
y la estaba seccionando con las uñas largas y pintadas—. El día que quiera
dejar este mundo, le diré muchas cosas importantes sobre los Déravans y
compañía… Pero, por el momento, lo siento: no sé nada.
Estaba pálida. El rubor de cólera que antes le daba color
a la cara había desaparecido; en su cara sólo quedaba el rosa antiguo del
colorete.
—Sin embargo, sería conveniente… —dijo Jelling—. Hay un
muerto de por medio… Y un ciego… Y puede que más muertos… Sería conveniente.
—No sé nada —repitió la señorita Wilde.
Jelling permaneció callado un momento, y luego dijo:
—¿Me permite que le cuente una historia?…
—Claro. No tengo nada que hacer hasta las tres…
—¿Se acuerda de Philip Vaton?
Ella hizo gesto de que sí.
—Antes de que lo asesinaran, apareció un hombre que vino a
decirnos que sabía todo, pero que no quería hablar. Era un coronel ruso, un tal
Anchikov…
—Algo recuerdo. ¿Y bien?
—Se le arrestó. No quiso hablar. Le hicieron un
interrogatorio de tercer grado…
—¿Es una amenaza? —interrumpió la señorita Wilde.
—Usted… —siguió con educación Jelling— me ha dicho que
sabía muchas cosas importantes sobre los Déravans…
La señorita Wilde, Teresa Wilde la cupletista, terminó de
desmigajar la aceituna, se limpió los dedos en el pantalón, sacudió la cabeza
con indiferencia y con tristeza:
—Siempre lo mismo. Es la ira la que me echa a perder.
Tenía que saber que con un policía no se bromea. Aunque no tiene cara de malo:
me había fiado de usted…
Jelling enrojeció.
—Y ahora me veo en una trampa —terminó Teresa Wilde.
—Entonces… —le rogó Jelling.
—Ahora le voy a explicar yo algo —dijo la señorita Wilde—.
Usted puede arrestarme y hacer todo lo que quiera. Lo sé. Pero también sé que
antes de abrir la boca estaré muerta, como el de la clínica, Linden.
Lo había dicho con tan profunda seriedad que Jelling
comprendió que había sido sincera y que tenía miedo de morir.
—Todo el mundo tiene un enorme temor a que los maten
—sonrió Jelling, pero con una sonrisa fría, falsa.
—Los demás quizá tengan miedo —dijo Teresa Wilde—. Yo
tengo la certeza.
Jelling la miró perplejo.
—Disponemos de muchos medios para protegerle la vida…
—dijo Jelling intentándolo.
—Sólo tiene uno: no hacerme hablar.
El jovencito del bar, con el descaro de los jóvenes,
estaba escuchando tranquilamente y con claridad. Pero ninguno de los dos le
daba importancia.
—¿Quién podría saber que usted ha hablado? —preguntó
Jelling.
—En cuanto abra la boca lo sabrá quien lo tiene que saber.
Jelling quiso bromear de nuevo:
—¡Diablos! ¡Esto es una especie de Ku-Klux-Klan! ¿Por qué
no quiere ver las cosas con más claridad, sin dramatizar tanto?
Teresa Wilde se bajó del taburete en el que estaba
encaramada.
—Escuche —dijo nítidamente—. Decídase. Se me ha escapado
una frase poco lograda y ahora tengo que jugar con las cartas boca arriba con
usted. O me arresta o me deja en paz sin pedirme nada. Al menos, que pueda
saber cuánto tiempo aún me queda de vida.
El tono era tal que Jelling tuvo la sensación de que su
respuesta sería o una condena a muerte o la salvación de Teresa Wilde. Se quedó
helado. De repente se dio cuenta de que el asunto de los Déravans adquiría un
aspecto insospechadamente trágico, que ya no era el momento de sutilezas
psicológicas, de investigaciones arbitrarias y quizá inútiles, que había que
actuar y rápido, y concretar algo.
—Como si no la hubiera visto en mi vida… —murmuró Jelling
como respuesta—. No sé nada. Usted no me ha dicho nada.
Se miraron, quizá un poco cohibidos. Teresa Wilde parpadeó
y tragó algo.
—No me había equivocado —dijo—. Usted es bueno.
Esta vez Jelling enrojeció más que antes, sobre todo
porque el jovencito del bar había hecho una mueca significativa que daba a
entender que los encantos de Teresa tenían que ver notablemente con la bondad
de Jelling. Pero no tuvo tiempo de darlo a entender del todo, porque Teresa
Wilde, inexpresiva, severa, llena de dignidad inflexible, alargó el brazo y le
dio una bofetada.
—Esto es para los curiosos —le dijo.
Así acabó el peculiar coloquio con Teresa Wilde. Y Jelling
volvió a casa completamente desconcertado. La suma de los acontecimientos que
le habían ocurrido ese día era demasiado grande para lo que podía aguantar. Se
sentía como en medio de un engranaje mucho más poderoso que su capacidad de
lucha; se sentía invadido por responsabilidades que no era capaz de soportar.
Como más tarde confesó, en aquellos días el corazón se le hacía pedazos; y para
quien conoce lo poco que a Jelling le gustan las frases exageradas y románticas
comprende lo que tuvo que sufrir para llegar a expresarse de esa manera.
En primer lugar, tenía en la mano la llave del problema:
Teresa Wilde. Conocía demasiado bien al género humano como para comprender que
la señorita Wilde no exageraba cuando decía que la matarían antes de haber
hablado. Además, conocía demasiado bien al capitán Sunder como para entregarle
a la cupletista. Si hubiera informado a Sunder de aquella historia, habría un
muerto más: Teresa Wilde. Esto era un axioma para Jelling. Ya había comprendido
el mecanismo. Era un mecanismo que destrozaba, en el que cualquiera que se
implicara perdería la vida. No tenía elementos tangibles para llegar a esa
conclusión, pero lo notaba.
En segundo lugar, Lila Leland. Había mandado que se la
arrestara. A esa hora ya podía estar en prisión, y los sabuesos de Sunder
habrían comenzado con la retahíla de preguntas. ¿Era una actuación sensata? Él,
hasta ese momento, confiaba en el método de no arrestar nunca a nadie,
especialmente al culpable. Pero las cosas ya estaban adquiriendo un cariz
demasiado grave como para darse el lujo de investigaciones de guante blanco.
Había que actuar. Pero ¿cómo? ¿Cómo, si nadie, en fin de cuentas, era
sospechoso, aunque todos, a su vez, aparentaban ser culpables?
Estas y otras cosas parecidas pensó Arthur Jelling esa
tarde del 18 de enero, arropado en la camita, en el dormitorio, con las
contraventanas entornadas. Parecía que estaba durmiendo, y quería dormir, pero
no lo conseguía. Las horas pasaron en ese estado de ansiedad, y llegó un
momento en que la señora Jelling entró para anunciarle que la comida estaba
lista, pero él respondió que se quedaba en la cama sin comer.
Permaneció en la cama toda la tarde, toda la noche, y al
final se levantó la mañana siguiente. Pero no se sentía recobrado. Al vestirse,
vio un libro de poesía que tenía en la mesita de noche:
Todos tenemos en el corazón
una pequeña, pequeña cosa,
que amamos con ardor
y nos parece maravillosa.
Pero los demás dicen: ¿por qué?
Es la cosa más inútil del mundo.
Y nosotros no sabemos por qué,
pero nos parece la más importante del mundo.
Sonrió. ¡Qué lejos le parecía la época en la que creía que
podía descubrir la verdad sirviéndose de la poesía!
Una vez que estaba preparado, salió sin desayunar. La
señora Jelling comprendió por este indicio que su marido estaba trabajando
intensamente. Él nunca comía cuando se entregaba mucho a un trabajo. Otras
veces había estado hasta dos días sin probar bocado.
Era una mañana terriblemente fría, quizá la más fría de
toda la estación. A Jelling le pareció que respiraba hielo en polvo, y las
manos, a pesar de gastar guantes de lana bastante gordos y de llevarlas metidas
en el bolsillo, se le quedaban heladas. Llegó a la clínica Linden congelado.
Por la actitud temerosa del portero y de las enfermeras
comprendió que la noticia del arresto de Lila Leland se había difundido.
—El doctor Lamarck está reunido con la señorita Evelina
Soldier —dijo el auxiliar que lo acompañaba.
—¿Quiere anunciarle mi llegada de todas formas? —pidió
amablemente Jelling.
Un momento después entró en el estudio del profesor
Linden, que ahora ocupaba Lamarck. Este se encontraba sentado en el escritorio,
y Evelina Soldier estaba en un sillón frente a él, con los ojos húmedos de
lágrimas. Antes incluso de saludar, antes incluso de que Jelling se sentara, lo
informó:
—… El doctor Lamarck ha sido amenazado esta mañana…
—Siéntese, señor Jelling —dijo tranquilamente—.
Precisamente iba a ir a la Policía a denunciar el hecho cuando usted ha
entrado…
—¡Ah!… —dijo Jelling—. Ha sido por teléfono, ¿no es
cierto?
—¿Cómo lo puede saber? —preguntó asombrado Lamarck—. En
efecto, me han llamado por teléfono. Acababa de llegar aquí cuando he recibido
una llamada de teléfono con voz masculina. Antes de que pudiera preguntar quién
era, la voz me ha dicho estas palabras textuales: «Si no quiere acabar como su
colega Linden, no opere a Alberto Déravans». Luego colgó…
—¡Ah! —repitió Jelling, y no añadió nada más.
Tanto Lamarck como la señorita Soldier esperaron una
palabra suya, pero, al ver que callaba, Evelina Soldier dijo:
—… Y pensar que el doctor estaba casi convencido de operar
a Berty… Y ahora, naturalmente…
—… Es más, estoy obligado a devolverle el cheque en blanco
que me envió tan amablemente… —dijo Lamarck.
Era impecable, por el gesto y por el traje. Todavía no se
había puesto la bata blanca y ostentaba un prodigioso cuello de camisa duro con
puntas redondas y un par de puños almidonados cerrados por dos brillantes
gemelos de oro.
—Es un caso horrible, me refiero a usted, señorita
Soldier… Y me compadezco sinceramente… Pero estoy seguro de que me comprenderá…
—Y dirigiéndose a Jelling—: Le estaría muy agradecido de que hiciera que los
periódicos sepan que yo he rechazado hacer la operación y que he devuelto a la
señorita Soldier el cheque que hicieron llegar los señores Déravans…
Evelina Soldier ni siquiera cogió el cheque que Lamarck le
tendía. Hizo como si Lamarck, Jelling, el despacho y toda la clínica donde se
encontraba no existieran. Miraba un punto sin ver nada, y su rostro atractivo y
lleno de vida era como si se hubiera marchitado por la pena.
—… Claro… —respondió lacónicamente Jelling.
Estaba hundido en el sillón, con las manos en los
bolsillos y el sombrero en las rodillas, en una postura que nunca habría
asumido si no estuviera tan aturdido como estaba.
Después de un minuto largo de silencio, Lamarck empezó a
sentirse incómodo.
—¿Y la señorita Leland? ¿La ha mandado arrestar usted?
—… ¿Yo? —respondió Jelling—. Ah, sí, yo.
Otro silencio. Lamarck hizo el gesto de levantarse, pero
comprendió que los demás no lo habían visto y no lo iban a imitar.
—¿Sigue alguna pista? —preguntó.
—¿Una pista?… No.
—Pues… —dijo Lamarck desconcertado, pero no supo
continuar.
Otro silencio. Al final, pareció que Jelling se recobraba.
—… En Europa —dijo de repente—, los médicos se exponían al
fuego enemigo para curar a los heridos… En las misiones hay hombres que
afrontan los contagios más horribles para curar a los enfermos…
Lamarck lo interrumpió con frialdad:
—Gracias por sus observaciones. Pero yo no soy un
misionero. Soy un doctorcito subordinado que desea vivir lo máximo posible para
proporcionar el sustento a mi familia.
Jelling no pareció impresionarse por el tono frío,
provocador. Algo se estaba organizando en su interior. Tenía la cara roja, pero
no de vergüenza. Y no miraba a Lamarck cuando hablaba. Hablaba como consigo
mismo, con la cabeza gacha, sin mirar a nadie.
—La medicina no es sólo una profesión —continuó
impertérrito—. También es una misión. En este sentido usted es precisamente un
misionero, aunque no quiera serlo. Si sólo quiere cubrir las necesidades de su
familia, podía elegir otra profesión… Sé perfectamente que usted arriesga la
vida si opera a Alberto Déravans, es más, le debería decir siendo sincero que
podrá perderla sin duda, pero es uno de los pocos hombres en el mundo que puede
operar a Déravans, y tiene el deber moral de hacerlo…
—¡Basta! ¿Me ha entendido? He dicho basta —tronó Lamarck
levantándose.
Jelling también se levantó. Quizá era la primera, la
única, la última vez que actuaba así en su vida. Se le había caído el sombrero
al suelo y lo pisaba con el pie, pero no se daba cuenta. Evelina Soldier lo
miraba y, aunque ella estaba sumida en su propio sufrimiento, se daba perfecta
cuenta de ese inusitado Jelling, que de repente se desprendía de toda timidez y
afrontaba a Lamarck cara a cara, mirándolo a los ojos, con las manos apoyadas
en el escritorio, aunque dominadas por un ligero temblor.
—¡No! ¡No basta! —gritó Jelling, sin ningún temor en el
tono—. ¡No basta! Mientras todos hagan como usted, mientras todos se sometan
asustados a la voluntad de un criminal, mientras todos quieran hacer saber a
través de los periódicos, como usted, que se han sometido, que han obedecido al
señor asesino, que han devuelto un cheque en blanco y han dejado a un ciego con
su ceguera, los delincuentes mangonearán nuestra vida y, con una simple
llamada, una cómoda llamada de teléfono, cometerán un delito… Puede que Augusto
Linden fuera despreciable; Augusto Linden actuaba, quizá, sólo por interés,
pero al menos se expuso al peligro, no tuvo miedo, no tembló. Consideró los
pros y los contras y determinó que valía la pena arriesgarse. Y se arriesgó con
valor… ¡Pero usted! ¡Y Thesenty!… Debería mandar publicar en todos los
periódicos que está dispuesto a operar a Déravans, que desafía al asesino, que
lo espera, que está preparado para hacerle pagar cara su imprudencia…
¡Gánsteres! !Llegará el día en que todos seamos gánsteres, es tan cómodo y
sencillo. Incluso un arma descargada, un poco de descaro y la gente paga, paga,
paga sigue pagando hasta el último céntimo, con tal de vivir como topos en la
madriguera, ¡tranquilos!…
La voz de Jelling había alcanzado su cota más alta. Lo
oían hasta fuera en el pasillo. Y la jerga había abandonado tanto formalismo.
Los «señor», los «profesor», los «doctor» se habían perdido por el camino, con
la agitada discusión.
Lamarck había escuchado al principio con la cara lívida,
una expresión tensa, hostil, y luego se pudo ver en su mirada un destello de
comprensión y se sentó, y cuando Jelling terminó de hablar no respondió,
permaneció en silencio, con la cabeza gacha, mirándose las uñas. No era, por
supuesto, una actitud de sumisión, era una actitud de paciencia.
Debido al silencio que siguió a sus palabras, Jelling se
repuso de repente. Fue como si se hubiera despertado. Se dio cuenta de que
Lamarck estaba sentado, y quiso sentarse; también se dio cuenta, entonces, de
que tenía el sombrero debajo del pie, y lo recogió. Luego se sentó, limpió el
sombrero y musitó:
—Perdone… Perdone… Me he dejado llevar… Le ruego que me
crea si le digo que no tenía intención alguna de ofenderle… Lo entiendo
perfectamente…
Lamarck no respondió. Evelina Soldier se levantó.
—Se lo agradezco, señor Jelling, se lo agradezco… —La voz
le temblaba.
Se giró de improviso, como para que no le vieran la cara,
y, antes de que nadie tuviera tiempo de acompañarla, había llegado a la puerta
y se había ido.
7
Cada vez más problemas
Alfredo Lamarck y Arthur Jelling permanecieron solos en el
despacho. Jelling, de pie, intentaba explicarse, pero no conseguía abrir la
boca. Lamarck seguía con la cabeza agachada mirándose fijamente las uñas.
Al final, Jelling consiguió musitar:
—… Perdone… Deseaba hablar con el señor Déravans…
Lamarck, en silencio, tocó una campanilla que tenía en la
mesa.
Después de otro minuto de silencio horroroso, apareció un
auxiliar.
—Acompañe al señor a ver a Alberto Déravans —le dijo
Lamarck.
Jelling se puso en marcha precedido por el asistente.
Cuando llegó a la puerta se giró y murmuró sumisamente:
—Adiós…
—Adiós —respondió Lamarck sin levantar la cabeza.
Alberto Déravans estaba en su sillón, al lado de la
ventana, con la cara tapada bajo la eterna venda negra. Cuando Jelling entró,
giró la cara hacia su lado y preguntó:
—¿Quién es?…
—Soy Arthur Jelling… Jelling, de la Central de Policía…
El ciego hizo un movimiento de desagrado.
—¿Y qué quiere la Policía de mí?
—Venía a informarle del resultado de la investigación…
—Siéntese, aquí, enfrente de mí.
Jelling se sentó. A pesar del lujo de esa habitación, la
soledad que reinaba y el ligero olor de medicamentos provocaban tristeza y
malestar. Y esa impresión aumentaba cuando se miraba al hombre del sillón. Un
joven robusto en plena vigorosidad, ahora indefenso como un niño por la
ceguera.
Tras un silencio breve, Jelling empezó a hablar. Le contó
todo minuciosamente, con completa sinceridad. Tampoco ocultó los detalles más
impresionantes de la situación. Se interrumpió un par de veces para preguntar
si su relato le cansaba, pero Déravans lo animó con sequedad: «Adelante».
Jelling sólo ocultó una cosa. El episodio de Teresa Wilde. Eso estaba enterrado
en lo más profundo de su conciencia, y sólo él era responsable. Había podido
incitar a Lamarck a que arriesgara la vida para devolverle la visión a
Déravans, pero no podía perder a Teresa Wilde. Teresa Wilde era una mujer:
Jelling no admitía excepciones a su caballerosidad, que no era una fórmula
vacía para él, sino una realidad que sentía con toda su alma.
—Entonces, nada que hacer… —concluyó Alberto Déravans, con
un tono sin inflexión, ni triste ni rencorosa—. Puedo preparar las maletas y
volver a casa. Ahora ya es inútil que me quede aquí.
—… Quería hablar un poco con usted. Antes de renunciar a
que recupere la visión, me gustaría agotar todas las posibilidades en la
investigación…
—Hablemos… —dijo Déravans—, si le parece.
—He pasado toda la noche pensando en su caso. No he
llegado a ninguna conclusión definitiva, pero he terminado entendiendo con
mayor claridad lo poco que sabía… Le hablo con toda sinceridad: en su entorno
hay personas dispuestas a todo. Han matado al profesor Linden. Matarán al
doctor Lamarck si intenta operarle. Estoy seguro. Le matarán incluso a usted,
si fuera necesario, sin dudar. Pero ¿qué significa esto? Que tenemos que
enfrentarnos a criminales consumados. Pero las personas de su entorno, a las que
hemos investigado, pueden ser sospechosas, pero no son criminales consumados.
Por ejemplo, le he dicho que mandé arrestar a la señorita Leland. Ahora la
señorita Leland estará en una posición no muy clara, no estará tan claro su
interés… la simpatía que tiene por usted, como le he referido, pero sería muy
extraño que fuera una criminal capaz de matar, y matar no sería lo más difícil,
sino ser capaz de organizar un juego de este tipo…
—¿Entonces? —preguntó Déravans.
—Entonces tiene que haber alguien en su vida, un verdadero
delincuente. De qué manera forma parte de su vida y cómo ha entrado no lo sé…
Pero creo que es la única hipótesis razonable que me queda…
—Yo nunca he tenido relación con delincuentes —sonrió
Déravans—. Canallas vestidos de negro, eso sí… Como sabe, los canallas
habituales que frecuentan el llamado gran mundo…
—Lo sé, lo sé… ¿y qué tipo de relación?
Déravans se quitó la venda negra que empezaba a
molestarle. Se había puesto otra vez serio y resignado como antes.
—¿Es realmente necesario que le cuente la historia?
—preguntó.
Jelling insistió con educación:
—Puede ser útil… Ahora estamos obligados a intentarlo
todo.
—Bien, pues aquí la tiene. Es una historia que tiene que
ver con mi padre… Hubo un momento en la carrera de mi padre, cuando todos
creían que nuestra fortuna era la más sólida del mundo, en la que, en cambio,
todo estaba a punto de venirse abajo… Para salvarse era suficiente hacer una
tontería deshonesta… —Déravans hizo una pausa y luego preguntó—: ¿Quiere que
entre en detalles?…
—No, me hago una idea de todas formas —respondió Jelling
amablemente.
—… Y la hizo, por supuesto… Esto pasó hace cuatro años.
Luego, alguien se enteró y empezó a aprovecharse. Después de haber recibido
bastante dinero, consiguieron obtener una última suma importante a cambio del
documento. Durante un año, mis padres vivieron tranquilos, pero luego volvieron
a la carga. Tenía una copia del documento… Empezó un juego terrible y estúpido
del que mis padres no supieron librarse más que de forma momentánea y a costa
de sumas elevadas… Al final, mi madre, como veía que mi padre era demasiado
débil y estaba atemorizado por esos chantajistas, se decidió a confesármelo
todo…, y a encargarme que llevara una suma superior a todas las demás, a
condición de que le entregaran, a cambio, el negativo del documento.
—¿Lo obtuvo?
—… Sí. La cita era en la Abeja Verde. Se trataba de dos
tipos, un hombre y una mujer que había visto alguna vez por el local.
—¡Ah! En la Abeja Verde —murmuró Jelling, escuchando con
mucho interés.
—Sí, en la Abeja Verde. No se molestaban en ocultarse. Es
más, se dejaban ver a plena luz, porque éramos nosotros los que teníamos que
temer la publicidad, no ellos.
—¿Y cómo consiguió que le dieran el negativo del
documento?
—Fue gracias a una intuición, y a un poco de audacia. Los
dos me esperaban en una de las salas de juego, en la que sólo estábamos
nosotros. Yo iba armado, pero no descubrí mis cartas. Hablé con ellos con
evasivas, intentando recuperar el negativo durante la conversación… Habría sido
tiempo perdido, por supuesto, si en un momento determinado no hubiera intuido
que los dos no tenían más compinches en ese juego de chantajes. Estaban solos.
No querían repartir con nadie. Estaba seguro de ello. Entonces me jugué el todo
por el todo. Lo primero que hice fue sacar el revólver, los amenacé y los
desarmé. Ella llevaba poca cosa, pero él tenía una Hertel de ocho balas que
daba miedo. Cuando los tenía desarmados, les dije lo siguiente: «Escuchad,
tenéis en vuestras manos no sólo nuestra fortuna sino también nuestra
reputación. Mientras creíamos que os contentabais con poco, de acuerdo, os
hemos pagado. Pero ahora ya hemos comprendido vuestro juego: no hay esperanza.
Hasta que no nos hayáis exprimido el último céntimo, nos chantajearéis. Así
que, en último extremo, os ofrezco otra solución: me dais el negativo y
nosotros os damos trescientos mil dólares en efectivo. Ni un céntimo más. Si no
aceptáis, os mato aquí a los dos en menos de cinco minutos. Iré a la cárcel,
por supuesto, pero me las arreglaré como pueda y la historia de mi padre nunca
saldrá a la luz, porque yo diré que me chantajeabais por cualquier otro motivo
que me pueda inventar sin problemas… Miradme bien a la cara: estoy decidido a
todo. Tenéis cinco minutos…».
Mientras hablaba, Déravans se había acalorado y
gesticulaba, reviviendo perfectamente la escena que narraba.
—¿Y qué hicieron? —preguntó Jelling.
—Intentaron huir, por supuesto. De repente, él hizo un
movimiento como para tirarme la mesa encima, pero se paró, pálido como un limón
cuando vio que le había prevenido y estaba a punto de disparar. Y habría
disparado de verdad… Luego empezaron con la historia de que no tenían el
negativo encima, que tenían que ir a buscarlo. No piqué. Les advertí que habían
pasado tres minutos y que no dejaría pasar más de cinco… Naturalmente, al
cuarto minuto se dieron por vencidos. Me entregaron la llave de la cómoda que
tenían en casa y donde guardaban el negativo, les pedí todo tipo de
explicaciones; luego llamé a un muchacho y le mandé que fuera a por el
negativo. Después esperé. Fueron los diez minutos más largos de mi vida. Cuando
volvió el muchacho, no había bajado el revólver ni un milímetro; sonreía y
hacía que jugaba con él, y así estaba cuando volvió con el negativo… Pero tenía
los nervios a flor de piel. Si el muchacho hubiera tardado unos minutos más, no
habría resistido…
—¿Y luego?
—Se produjo otro momento terrible. Quería ver el negativo
para asegurarme de que fuera en realidad el documento de mi padre, pero no lo
podía hacer sin dejar de apuntarles con el revólver. No sabía cómo
solucionarlo… Todavía hoy me entra un sudor frío cuando lo pienso, porque si me
hubiera equivocado habría sido la ruina de todo, de nuestra riqueza, de nuestro
nombre… De todo…
—¿Y qué hizo?
—Muy fácil. Ahora me entra la risa, pero entonces no fue
así… Me acordé de una película de gánsteres que había visto unos días antes y
encontré la manera. Si para engañarme hubieran pensado en darme un negativo por
otro, todo habría terminado para ellos: los habría matado; ya se lo había
advertido… Les dije que se dieran la vuelta y que se apoyaran en la pared con
las manos en alto. Si se giraban, los dispararía. Como sabe, para un gánster es
fácil, pero yo sólo soy un niño de papá, así que la cosa, en cambio, me resultó
bastante difícil. Naturalmente, el negativo era justo ese, porque ellos, cuando
habían comprendido que arriesgaban de verdad la vida, abandonaron su
prepotencia y, en cuanto estuve seguro, les mandé salir, sin darles un céntimo
y advirtiéndoles que no los quería ver más por la Abeja Verde…
Jelling miraba a través de la ventana. Se veía bastante
poco: un mar de niebla reluciente en el que navegaban trozos de casas, ramas de
árboles y un punto un poco más luminoso, el sol.
—¿Y no ha encontrado a más gente de este tipo? —preguntó.
—No. Delincuentes menores, sí, como los Dundley. Gente que
vive de gorra y le hace la pelota a mi hermano. No veo el momento de volver a
casa para echarles a patadas. Mi hermano es demasiado débil como para
rebelarse…
—¡Ah! —dijo Jelling, que volvió a sumirse en un estado
meditabundo. Pero se repuso enseguida y siguió preguntando—: ¿No sabe nada de
aquellos dos, cómo se llamaban, qué tipo de gente era, quién podría conocerlos?
—No, por desgracia… Desde que recuperé el negativo no los
he vuelto a ver. Pregunté en la Abeja Verde, pero nadie los conocía. Aunque
todavía los recuerdo perfectamente. Él era un tipo muy rubio, más bien robusto,
con los ojos claros…
—Siga, siga, deme los rasgos personales completos
—interrumpió Jelling.
—Estatura normal, entre veintiocho y treinta años de edad
aproximadamente. Ella tenía el pelo castaño, los ojos claros, una cara
corriente, ni guapa ni fea; un poco menos alta que él y también un poco menos
joven… Dos tipos insignificantes, en definitiva, que recuerdo sólo por el
asunto que los vinculaba conmigo…
Jelling escribía.
—Será algo difícil encontrarlos —dijo sonriendo—. Pero lo
intentaremos…
—¿Y qué importancia puede tener dar otra vez con ellos?
—preguntó Déravans, con algo de aprensión en su tono.
—Muy probablemente ninguna…, pero no hay que cerrarse
puertas… Por lo demás, no tema… No saldrá nunca a la luz la historia de su
padre. Sólo yo la sé.
Después de esta visita a Déravans, Jelling se dirigió a la
Central de Policía. Encontró a Matchy todavía encerrado en el Cuerpo de Guardia
achicharrándose al lado de la estufa. Lo llamó.
—¿Quiere ver al capitán Sunder? —preguntó Matchy…—. Me
parece que está reunido con los del Banco del Pacífico…
—No, no. Es más, no quiero que el capitán sepa que estoy
aquí… —y se puso un poco rojo—. Tengo que pedirle a usted dos favores, Matchy,
no uno.
—Menos mal… Empezaba a aburrirme aquí dentro.
—El primero es este. Habría que hacer una búsqueda para
encontrar a dos personas… Va a ser algo difícil, porque de estas dos personas
no sabemos más que frecuentaban la Abeja Verde hace cuatro o cinco años y que
tenían los siguientes rasgos… —le enseñó el papel que había escrito mientras
Déravans hablaba—. Vaya a la Abeja Verde, vaya donde le parezca conveniente,
pero intente encontrarme a esta gente… Sin hacer mucho ruido, se lo ruego… No
se debe saber que los buscamos…
Matchy leyó el papel e hizo una mueca.
—No son rasgos muy excepcionales —dijo—. Habrá seiscientas
mil personas en Boston con estos rasgos… Pero, qué se le va a hacer, me las
arreglaré. —Se puso la gorra, cogió el abrigo de la percha y se lo puso, con lo
que se convertía en un mastodóntico agente de Policía, una especie de Soldado
Investigador, y estaba a punto de salir con un simple «Ya le llamaré» cuando se
volvió de repente y preguntó:
—¿Y el segundo favor?
Jelling soslayó un momento la pregunta, y al final se
decidió:
—Querría ver a la señorita Leland… ¿Me acompaña a su
celda?
El reglamento interno del servicio decía que, excepto los
agentes encargados de la vigilancia de los detenidos, todos debían llevar un
permiso firmado por el capitán Stolan Sunder, subdirector de la Central de
Policía de Boston, para poder comunicarse con los detenidos. Ahora era
evidente, por el modo en que Jelling lo había pedido, cosa que Matchy también
comprendió, que él deseaba saltarse precisamente ese permiso. Para saltarse ese
permiso necesitaba a Matchy. Él era amigo de todos los vigilantes y de todos
los jefes de grupo; bastaba una palabra suya para que la férrea disciplina se
hiciera flexible y moldeable, como plastilina.
—Muy bien —respondió Matchy—. Vamos.
Bajaron a los sótanos, cruzaron un amplio espacio en el
que se abrían varias puertecitas, y entraron en una.
Es decir, no entraron. Fue Matchy quien metió la cabeza
dentro y gritó alegremente:
—¡Eh, Jackie! El señor Jelling y yo queremos echar un
vistazo a la mujer que arrestamos ayer…, creo que se llama Dalen…, no, Leland…
Jackie, un hombre de unos cuarenta años y con una cara que
infundía respeto absoluto, salió de su cuchitril con las llaves en la mano.
—¿La doctora? —preguntó.
—Sí, esa. Saluda por lo menos al señor Jelling. Te has
convertido en un ogro de estar aquí abajo.
Jackie saludó a Jelling con una sonrisa que parecía una
amenaza y le dijo:
—El permiso.
—¡Qué rabia! Está el capitán hablando con los del Banco
del Pacífico, y me ha mandado a freír espárragos cuando he entrado a pedirle el
permiso… Te lo traigo luego, ¿vale?
—Sin permiso no se entra… —Jackie se paró, y con su mole
no parecía fácil moverlo.
—Venga, venga, buen hombre, dígnese a abrir los barrotes
de su tugurio. No podemos perder tiempo con su burocracia… —dijo Matchy como si
estuviera actuando. Y Jackie, poco convencido, pero fascinado, se movió
lentamente y empezó a abrir la serie de rejas: cuatro en total, más el de la
celda de Lila Leland, que no abrió.
Lila Leland llevaba puesto un traje de chaqueta gris.
Evidentemente, no se lo había quitado para dormir, había rechazado con desdén
la ropa de noche que le había ofrecido la Central porque estaba arrugada.
También estaba despeinada, más bien se le habían soltado los rizos, y el
cabello le caía sobre los hombros, revuelto, pero con un atractivo que le daba
un nuevo tipo de belleza. Estaba fumando, y cuando vio a Jelling y a Matchy
delante de los barrotes de la reja no se levantó.
—Señorita Leland… —la llamó Matchy.
Ella lo miró. Había una luz despiadada en ese lugar. Cada
rincón estaba iluminado de forma brutal, de manera que los detenidos no
tuvieran la posibilidad de esconder o conservar objetos peligrosos. Jelling vio
que tenía la cara cansada, estaba sin maquillar y los labios pálidos; sin
embargo, comprobó que no había perdido nada de su belleza.
—Creo haber entendido que usted mandó arrestarme —dijo
ella levantándose y acercándose a los barrotes—. Se lo agradezco.
—He sido verdaderamente… —admitió Jelling.
—De hecho, usted me había dicho que todavía no estaba muy
seguro de mí. ¿Y bien? ¿A qué debo su visita?
—He venido para ver cómo se encontraba…
—Mal, por supuesto. En la cárcel se está mal. El señor
Jackie… —y señaló al carcelero que aguzó el oído de inmediato—… no es un
prodigio de amabilidad, y tampoco la encargada en esta sección de mujeres.
Pero, en definitiva, soy una detenida y no puedo pretender mucho.
—¡Eh! —dijo Jackie mirándola de través.
—Cállate, Jackie… —le conminó Matchy.
—¿Le… le han hecho muchos interrogatorios?
—No muchos, pero unos cuantos… Conmigo han tenido que
inaugurar un nuevo sistema para hacerme «cantar», como dicen ellos. Me
interrogaban media hora. Luego se iban y volvían cinco minutos después y estaba
otra media hora. No había pasado ni un cuarto de hora cuando estaban aquí de
nuevo, y así hasta esta noche a las cuatro…
Jelling se acercó a ella sin darse cuenta.
—¿Les ha dicho algo?
—¿Yo?… Yo me he divertido como no me había divertido en
toda mi vida… Parecía que estaba en esa novela, ¿la conoce? Al director de una
cárcel o de un manicomio, no recuerdo bien, le avisan de que uno de sus
detenidos más peligrosos tiene una bomba. Se hacen averiguaciones, pero la
celda del detenido está vacía, la bomba no está ahí y el detenido dice que no
sabe nada. Entonces empiezan los interrogatorios. «¿Dónde está la bomba?»,
«¿Qué bomba?», «No se haga el tonto: entregue la bomba», «Pero si yo no la tengo».
Le ponen la camisa de fuerza, lo torturan, lo dejan medio muerto. «Entregue la
bomba», «Pero yo…», «Dinos dónde está la bomba porque, de lo contrario, vas a
pasar un cuarto de hora muy malo…». Entonces él empieza a inventar. «Está en el
jardín, enterrada al lado del árbol de la primera hilera». Van a buscar:
excavan un agujero tan grande como la entrada en una mina: nada de bombas. «La
he escondido aquí, la he escondido allá…», empieza a delirar, cree de verdad
que tiene una bomba…
—Se lo ruego…, se lo ruego —imploró Jelling—, no bromee.
Dígame cómo ha ido…
—Ha ido así: «¿Dónde está el revólver?», «¿Qué revólver?»,
«Con el que han matado al señor Linden», «Y yo qué sé. No he sido yo quien lo
ha matado», «Eso ya se verá. Mientras, díganos dónde está el arma», «Pero si yo
no sé nada…», «La ha tirado por ahí después de haber disparado», «Yo no he
disparado nada»… Esta historia ha durado un día. Después han querido saber toda
mi vida desde que nací, y para ver si decía la verdad me hacían repetir la
historia cuatro o cinco veces…
Lila Leland hablaba sonriendo. Sus grandes ojos húmedos,
oscuros por el cansancio, estaban sonrientes y tranquilos. Traspiraba una
fuerza por esos ojos, y también por todo su cuerpo, que hacía pensar. Jelling,
como siempre, tejía una red con sus pensamientos sin que se entendiera mucho. A
pesar de la viveza y expresividad de su cara, a pesar de la franqueza y la
inocencia de su mirada, siempre se dudaba de sus verdaderos sentimientos.
Una de las pocas personas que habían comprendido esto era
Lila Leland, que no se dejaba engañar por la timidez ni por su actitud
abochornada. Sabía que tras esa timidez y ese bochorno había un pensamiento
obstinado y esclarecedor que podían enfrentarse con los engaños más complicados
y salir vencedor.
—¿Y ahora qué está rumiando al mirarme así? —le preguntó
con un tono casi molesto.
—… Nada —respondió él. Sacó de su bolsillo su cuaderno y
se puso a escribir apoyado en la pared:
Al capitán Stolan Sunder (Urgente):
Le estaré infinitamente agradecido si deja en libertad a
la señorita Lila Leland. Le pido perdón por esta solicitud. Gracias.
Arthur Jelling
Dobló el papel en cuatro y se lo dio a Matchy.
—Por favor, lléveselo al capitán Sunder y espere la
respuesta.
Matchy se encaminó. Jackie echó un vistazo de total
descontento y se acercó a un paso de Jelling y de la detenida.
—¿Hay alguna novedad? —preguntó Lila Leland después de
algunos minutos de silencio.
Jelling empezó a dar vueltas a su sombrero sin mirarla.
—Sí, han amenazado de muerte al doctor Lamarck si opera a
Déravans.
—¡Ah! —dijo Lila Leland—. ¿Y él?
—Ha declarado que no va a operar… —Levantó la mirada hacia
ella—… ¿Por qué no lo opera usted?
Ella dudó un poco antes de responder.
—No me esperaba que me lo pidiera usted. Pero no estoy muy
informada de la operación. Conozco la teoría. Como cuando uno estudia un idioma
por sí mismo, con una gramática.
—Lo entiendo.
Se oyó el paso sonoro de Matchy que ya volvía. Cuando
estuvo al lado de Jelling le dio un impreso. Era la orden de excarcelación
firmada por Sunder. Jelling se la dio a Jackie.
—Por favor, ¿puede poner en libertad a la señorita? —y
luego, dirigiéndose a Lila Leland—. Queda en libertad… Le ruego que me perdone…
La puerta de barrotes se abrió con manifiesta
desaprobación de Jackie, y Lila Leland salió con Jelling. En admisión le
devolvieron los cordones de los zapatos, los peines, los broches y el abrigo de
piel.
—Antes de que nos separemos —le dijo Jelling cuando ya
estaban en la calle—, me gustaría que me hiciera un favor, dar un paseo corto
conmigo… hasta la clínica Linden.
—Me considero prisionera vuestra —respondió Lila Leland—.
Estoy asombrada de que haya hecho excarcelar con tanta facilidad a una persona
tan sospechosa como yo.
Fueron a pie, porque la clínica no distaba mucho de la
Central. Jelling era caballeroso y cordial. Le ofreció algo caliente en el
primer local que encontraron. Él no habría vuelto a hablar de los Déravans si
ella no hubiese llevado la conversación a ese tema.
—¿Me dirá ahora por qué me ha dejado en libertad? Antes ni
siquiera respondió a mi pregunta.
—En el fondo, no tenemos ninguna prueba contra usted.
Estábamos obligados a dejarla en libertad a la fuerza.
—Eso no es una respuesta —insistió Lila Leland.
—Lo sé. Todavía no tengo una idea muy clara de lo que se
está maquinando en torno a los Déravans. Todos las posibilidades son buenas,
incluso la de arrestarla durante veinticuatro horas… Luego me doy cuenta de que
no lleva a ningún sitio y la excarcelo.
—Es horrible tener que resolver una trama como esta contra
los Déravans y no poder hacer nada. Le entiendo perfectamente.
—¿Una trama? —dijo Jelling—. Perdone, pero yo no creo en
tramas. Hasta los delitos más misteriosos no son misteriosos porque sean fruto
de una compleja trama, sino porque quien debe descubrir al autor se encuentra
mirando las cosas desde un punto de vista equivocado… Si pudiese mirar desde el
punto de vista adecuado, todo sería simple y evidente. No creo en los delitos
complicados, en los criminales que organizan un asesinato con infinitas
artimañas para desviar las investigaciones. Casi todos los delitos son de una
ingenuidad infantil. Uno va y mata, intenta no dejar huellas y tener una
coartada. Luego deja trabajar a la Policía. La Policía se preocupará por
ponerse enseguida en el punto de vista equivocado y por no comprender nada de
un hecho quizá elemental…
—¿Cree que es así también en el caso de los Déravans?
—Estoy convencido… Y ahora mismo se lo voy a probar, mire…
Habían llegado a la puerta de la clínica Linden, justo en
la amplia acera donde Augusto Linden había encontrado la muerte.
—Pongámonos aquí —explicó Jelling—. Aquí, en el mismo
punto donde cayó el profesor Linden. Ahora, mire de frente hacia la fachada de
la clínica. Los ventanales del pasillo del primer piso y los del segundo forman
dos líneas que cortan la construcción de un extremo a otro de las alas…
Entonces matan a Linden aquí aproximadamente a las seis y media de la mañana,
cuando todavía es de noche… Al oír los disparos, los agentes que acompañaban al
profesor estiman que provienen de la clínica, la incomunican, registran a una
treintena de personas y se establece la idea de que el asesino ha disparado
desde la clínica, es más, desde uno de los dos pasillos, el de arriba o el de
abajo… Entonces la Policía adquiere un punto de vista que puede estar
equivocado. Y no es mérito del asesino. El único mérito del asesino es el de
haber disparado cuando esa treintena de personas de las que hablaba estaba
situada casi en la misma posición que el que tenía el arma en la mano…
¿Queremos poner patas arriba la clínica? Como usted sabe, detrás de la clínica
hay una avenida, y más allá espacios libres en alquiler para construir, y más
allá empieza la sucesión de edificios de apartamentos de quince y veinte pisos…
Nada impedía que el asesino pudiera disparar desde la avenida. La avenida se
encuentra en la misma dirección que los pasillos de la clínica. Pero esta
simple posibilidad no se tuvo en cuenta. ¿Por qué? Porque el perito de
balística dice: «El disparo provino de una distancia mínima de quince metros y
máxima de treinta y cinco». Como la clínica distaba quince metros exactos desde
el lugar donde mataron a Linden y como los agentes, en cuanto oyeron los
disparos, se habían convencido de que salían de la clínica, llevaron enseguida
la investigación por un camino equivocado que hará perder un montón de tiempo.
Lila Leland había escuchado con atención. Pero, mientras
Jelling hablaba, parecía ponerse nerviosa.
—¿Por qué me cuenta precisamente a mí estas cosas?
—preguntó con algo de insolencia—. Usted no conseguirá nunca engañarme. Usted
está jugando conmigo al ratón y al gato.
No sin embarazo, y tras un largo silencio, Jelling
respondió:
—Querría…, querría haberla conocido en otra situación…
Pero, en cualquier caso, no juego. Estoy trabajando para Alberto Déravans. A
usted le interesa Alberto Déravans…
Ella hizo un gesto de descontento.
—Continúe…
Volvieron a la fachada de la clínica y se pararon bajo los
árboles de la avenida que la bordeaba.
—Hay algo más —respondió Jelling cuando se recuperó de la
interrupción anterior—. Esta, esta muñeca que encontré en el cajón de las
gasas, en el quirófano.
Lila Leland examinó con curiosidad el envoltorio que
Jelling abría y luego vio la muñeca que apareció entre los pliegues del
periódico.
—En el quirófano… —murmuró, y la miró con incredulidad.
—Justo ahí. No parecía verdad, pero fui yo, al abrir la
caja de metal y rebuscando debajo del cúmulo de gasas, quien la encontró, así
que la cogí. Pregunté al enfermero encargado de la limpieza del quirófano desde
cuándo no abría la caja de las gasas y me dijo que esa era la caja de reserva,
que se queda ahí durante meses sin que nadie se ocupe de ella, y de hecho él
recordaba haber mirado en la caja no menos de un mes antes. Ahora hay dos
hipótesis. O esta muñeca está vinculada al caso Déravans o no lo está. Si no,
se puede admitir que la muñeca, que llegó a la clínica quién sabe cómo (porque
no es fácil que una muñeca entre en una clínica), haya llegado a parar a la
caja de las gasas por distracción. Es decir, quizá un enfermero, u otra
persona, abrió la caja de las gasas para cambiar el contenido y, en su lugar,
por distracción, puso la muñeca. Puede pasar, aunque es muy difícil. En el caso
de que la muñeca esté vinculada, ¿de qué manera lo está?
El frío había coloreado el rostro de Lila Leland. Así
también estaba, por supuesto, muy guapa, y puede que fuese difícil imaginar una
ocasión en la que no estuviera guapa. Ella había cogido la muñeca y la miraba.
—No tiene ojos —dijo.
—Es decir, ya no ve… Y tampoco Alberto Déravans ve
—respondió Jelling.
Lila Leland lo miró como si esas palabras la hubieran
iluminado.
—Entonces…
—Entonces, puede ser, pero no quiere decir que sea, un
ejercicio de superstición. Lo confirmaría el hecho de que se encontró en el
quirófano, en la sala donde Alberto Déravans debía operarse. Alguien cogió la
muñeca, le quitó los ojos y la depositó en la caja de las gasas: en definitiva,
un maleficio para que Alberto Déravans no recupere la visión.
—Oh, tenga, tenga —exclamó Lila Leland con sincera
repulsión.
Jelling envolvió la muñeca otra vez con cuidado.
—Además —continuó—, me ha dado la impresión de que todas
las personas a las que he enseñado la muñeca parecían verla por primera vez.
—Y si no hubiera sido la primera vez no se lo iban a dejar
ver a usted.
—¿Usted cree? —dijo Jelling con tranquilidad—. Mi sistema
puede parecer ingenuo, pero incluso en el mentiroso más experimentado hay una
mínima reacción física en la cara, en los gestos, cuando miente, y creo que la
habría visto… Pero esto no tiene importancia… Además, personas declaradamente
supersticiosas, en este asunto, no hay más que Lamarck, la señora Dundley y
usted… La señora Dundley lleva un brazalete en el que están dibujadas infinitas
herraduras de caballo… El doctor Lamarck a menudo hace conjuros, y usted, aquel
día que fuimos a desayunar juntos, tocó la mesa de madera cuando un gato negro
pasó delante de la puerta…
—Tiene una memoria de elefante… Sí, es verdad, puede
parecer tonto, pero soy muy supersticiosa… Ahora que he visto esa muñeca… tengo
verdadero miedo por Alberto… Alberto Déravans —se corrigió—. Necesito verlo…
Necesito verlo, ponerlo sobre aviso —acabó angustiada.
—Le he hecho venir aquí no sólo para hacerle ver a qué
punto he llegado en mi investigación, sino también porque sabía que usted
querría ver al señor Déravans…
Ella se ajustó más el cuello del abrigo de piel.
—¿Cuándo acabará teniendo más confianza en mí? —le rogó
con sinceridad—. ¿Cree que no entiendo sus maniobras? Ha querido comprobar qué
efecto me producía saber que usted sabe muchas cosas… ¿No es así?
Jelling se quitó el sombrero para despedirse de ella:
—Quizá —dijo.
8
… y dos
—¿Sabe, Matchy, dónde querría que me acompañara ahora?
—preguntó Jelling asomándose al Cuerpo de Guardia, donde parecía que Matchy
había instalado su habitación.
Matchy lo miró de pies a cabeza. Vio los zapatos de charol
negros, intuyó bajo el gabán el traje gala y, tras arrugar la frente, respondió
triunfante:
—A la Abeja Verde.
Pero su expresión de triunfo desapareció casi de inmediato
y la sustituyó una expresión de duda.
—¿Cómo? ¿Ahora? No son ni las tres. Querrá decir esta
noche…
—No, no, ahora. Hay actuación de gala por la tarde. La
mejor sociedad de Boston va a la Abeja Verde a escuchar a Teresa Wilde…
—De acuerdo… De acuerdo… Pero deme tiempo para vestirme.
Arthur Jelling sonrió amablemente.
—Por supuesto.
De esta manera, la tarde del 19 de enero, al rato de haber
dejado a Lila Leland delante de la entrada de la clínica, Jelling entraba en la
Abeja Verde.
—Está usted muy animado —le dijo Matchy en el guardarropa
al verlo sonreír a diestro y siniestro con aspecto satisfecho—. ¿Qué le pasa?
Bajando la voz, Jelling le dijo:
—Vamos bien, Matchy, muy bien… ¿Se acuerda de lo que le
dije una vez, que notaba olor a salvaje, a felino?… Pues bien, ahora se huele
todavía más, mucho más…
—¿Qué quiere decir? —preguntó Matchy, entrando con él en
el salón grande, lleno de mesas y de gente, de música y de ruido.
—Oh, nada positivo, es sólo una impresión —dijo Jelling
abandonando la cuestión.
—Usted siempre habla así. Siempre dice que se trata sólo
de una impresión. Sólo el cielo sabe lo que pasa por su cabeza. —Matchy echó un
vistazo circular a la sala y exclamó—: Vaya, todos nuestros amigos al completo,
en una sola mesa.
En efecto, en una mesa grande estaban sentados los Golden,
marido y mujer, y Andrea Déravans. Y, como algo insólito y que podía
sorprender, también Severino Thesenty, el tímido Severino de grandes ojos
húmedos, formaba parte del grupo. Tres cubos de hielo para el champán indicaban
que los invitados, aunque sólo eran las tres y media, no habían pasado sed en
absoluto.
—Creo que no vamos a dejar pasar la ocasión de pasar una
agradable tarde con ellos… —dijo Matchy riendo sarcásticamente.
Con paso decidido, Jelling avanzó hacia la mesa y dijo:
—Por supuesto que no.
Daba la impresión de que su voz había perdido toda la
timidez, y Matchy se dio cuenta enseguida y se alegró. Había olor a batalla.
—¡También aquí! —exclamó Andrea Déravans en cuanto lo vio
con un tono medio disgustado medio divertido—. ¿No querrá proceder con un
interrogatorio precisamente ahora?
Matchy y Jelling saludaron a todos y esperaron la
invitación a sentarse con ellos, pero no llegaba. Thesenty los miraba, pero
como si no los viera, y sus ojos estaban más húmedo de lo habitual. Era
evidente que había bebido. Isidoro y Dora Dundley reían sarcásticamente sin
decir palabra.
—Podría ser —dijo Jelling con tono amable— que el
interrogatorio sea largo, y en ese caso quizás alguien me ofrezca una silla…
Andrea Déravans se rio con estridencia.
—Nunca me había divertido tanto como hoy… Nuestro querido
señor Thesenty acaba de contarnos sus aventuras sentimentales, y ahora, como
segundo número del programa, tenemos un interrogatorio en toda regla. Bien… ¿Y
si no hubiera más sillas?
La broma había tomado un cauce claramente desagradable.
Matchy, poco tolerante, apretaba los dientes y esperaba que Jelling moviese un
dedo para tomarse con esos imprudentes la justicia por su mano.
—Sí, eso está bien… —dijo de repente Severino Thesenty
recobrándose—. No les ofrezcáis asiento. No queremos polizontes en nuestra
mesa… Primero excarcele a Lila Leland y después veremos si se merece una silla…
Miró a Jelling con ojos vidriosos, y a punto estaba de dar
un puñetazo en la mesa cuando Matchy lo cogió de un brazo y lo levantó. La
mirada de Matchy era tal que la instintiva rebelión de Severino Thesenty se
deshizo inmediatamente y no dijo ni una palabra.
Pálido, palidísimo, Jelling aprobó con la cabeza.
—Ahora, levante también al señor Dundley… —Hizo una
pausa—. Invito a los señores a buscarse una silla y a permanecer conmigo en
esta mesa para evitar cosas todavía más desagradables.
Antes de que Matchy lo tocase, Isidoro Dundley se había
levantado, con la cara lívida, pero no por la indignación, sino por el miedo,
evidentemente. Andrea Déravans, en silencio, llamó a un muchacho y mandó traer
dos sillas. Una vez que estaban todos sentados, transcurrió un minuto de
silencio gélido en medio del jaleo que los rodeaba. Ai final, habló Jelling:
—Les estaría muy agradecido si olvidaran este desagradable
episodio, del que no tengo culpa. Yo ya lo he olvidado…
Pero todos callaban. Sólo Dora Dundley, después de un
rato, sin poderse resistir, empezó a sonreír. Estaba sentada al lado de Jelling
y hacía mil carantoñas para atraer su atención.
—No hay que exagerar con las bromas, ¿verdad?
—No ha sido nada… —manifestó Jelling—. Además, no tenía
ninguna intención de hacer un interrogatorio. Pasaba por aquí y he pensado en
venir a saludarles.
—Ah, ¿pasaba por aquí? —preguntó Andrea Déravans con
malicia, pero con mesura, pues había comprendido a la perfección el carácter
más bien arisco de Matchy.
—Sí, es una forma de hablar, naturalmente —sonrió Jelling.
—Puede que hayamos bebido un poco —intervino Isidoro
Dundley en tono conciliador—. ¿Querrá perdonarnos?
Con los codos apoyados en la mesa y la cara encerrada
entre los puños, Severino Thesenty escuchaba a Teresa Wilde, que había subido
al escenario y había comenzado a cantar. Dora Dundley se lo señaló a Jelling y
sonrió con malicia:
—Está enamorado —dijo en voz baja.
Jelling, haciendo que se sorprendía, y lo hizo muy bien,
dijo:
—¿Ah, sí? ¿Y de quién?
—De esa colega suya, la señorita Leland, creo… Tenía que
haber escuchado las historias que nos ha contado antes de que llegara usted. No
consigue dormir por las noches, escribe poesías… Pero la guapa se muestra
siempre fría y altiva. Es más, se ríe de él…
—No me lo habría imaginado nunca —mintió Jelling.
—Pura diversión —continúo la señora Golden—. Severino
Thesenty no es más que un niño.
—A veces los niños son muy peligrosos —sentenció Jelling.
—Usted encuentra peligroso a todo el mundo… Apuesto a que
yo tampoco le inspiro confianza… Diga la verdad, ¿nunca se le ha pasado por la
cabeza que yo haya disparado al profesor Linden?
Las ganas de bromear le habían hecho recobrarse.
—Puede que sí, no lo recuerdo —respondió distraído
Jelling, que observaba con prudencia a Andrea Déravans, que seguía bebiendo y
callando.
La señora Golden se rio clamorosamente, lo que provocó que
Jelling se sonrojara y que Matchy se pusiera alerta.
—Escucha, Doro —y tiró de la manga a su marido, que estaba
sentado delante de ella—, ¿sabes que el señor Jelling sospecha realmente de mí?
Ha dicho que quizás haya pensado que yo había disparado al profesor Linden.
Isidoro Dundley, que estaba jugando con la cabeza baja con
unas migas de pan, levantó la cabeza nervioso.
—¿Quieres dejar tus estúpidas bromas?… Tú juegas, y la
Policía no juega, deberías saberlo… Es más —dijo dirigiéndose a Jelling—, se lo
tengo que decir, porque no me gustaría que la bola se hiciese más grande de lo
que ya es… ¿Se acuerda del otro día cuando vino a vernos a casa del señor
Déravans para enseñarnos la muñeca?
De inmediato, aunque sin demostrar demasiado interés,
Jelling se giró hacia Dundley.
—Claro que me acuerdo.
—Pues bien, mi mujer tenía ganas de bromear, como de
costumbre… Ella no tiene juicio para comprender cuándo es el momento y cuándo
no…
La señora Golden parecía divertirse, y seguía el relato
del marido con mirada maliciosa y vivo interés.
—Pues bien, ella le dijo que no había visto nunca esa
muñeca, que no sabía nada… Pero la verdad es que la muñeca es suya…
—Ah… —murmuró Jelling.
—Además, yo también lo sabía, porque me acuerdo del día
que llegó a casa con esa estúpida compra… Pero como primero la interrogó a ella
y dijo que no…, me quedé confundido y terminé mintiendo yo también.
Teresa Wilde había acabado de cantar, y Severino Thesenty
se había recobrado. Pero sólo para servirse algo de beber. Entonces Jelling le
tocó una pierna a Matchy para indicárselo, y Matchy, con amabilidad, le quitó
el vaso lleno de las manos a Thesenty:
—La Policía, los polizontes, en definitiva, le ruega que
no beba más. Hace pupa, aquí, en la cabeza. —Y sonrió graciosamente, si es
posible que hubiera algo gracioso en Matchy.
—¿Es usted de la liga antialcohólica? —espetó Andrea
Déravans al otro lado de la mesa, sirviéndose algo de beber.
Matchy, digno, no respondió, y Andrea Déravans volvió a su
mutismo.
—Lo entiendo, lo entiendo —prosiguió Jelling después de
esta breve interrupción—. Pero ¿por qué su mujer no me ha querido decir que la
muñeca era suya cuando se la enseñé?
—Mire —respondió Isidoro Dundley abochornado, mirando
rudamente a su mujer—. Quería desviar su investigación… Ella se divierte así.
Es muy estúpido y me avergüenzo al confesárselo, pero es así.
Jelling no dio la impresión de que le pareciera
importante. Sonrió, como si fuese de lo más natural, y miró a Severino Thesenty
que, entre ofendido y atemorizado, le devolvió la mirada.
—Escuche —le murmuró Jelling acercándose—, la señorita
Lila Leland ha sido puesta en libertad hoy… Espero que esto le resarza de la
molestia de no beber…
Thesenty se puso rojo.
—Yo… En fin…
Parecía que fuera a llorar, Jelling le puso con amabilidad
una mano en el brazo y a Thesenty se le iluminó la cara.
—No querría… que esta estupidez complicara su trabajo
—continuó Isidoro Dundley.
—Ya no… Ya no —dijo distraído Jelling, que miraba
fijamente como Teresa Wilde volvía a escena cantando entre las mesas del
local—. Puedo decir que ya he descubierto todo, que ya tengo en la mano la
clave que descifra todo.
Teresa Wilde había llegado a su mesa. Cantaba con dulzura,
seguida por el foco; pero, a pesar de la luz que la cegaba, reconoció en la
mesa el rostro peculiar, alargado y flaco de Jelling. Se produjo una ligerísima
indecisión cuando cantaba, como cuando se baten las alas con retraso, pero
luego se repuso.
—Habrá descubierto todo… —carraspeó Andrea Déravans,
intentando no reírse. Teresa Wilde seguía a su lado, y el foco, por lo tanto,
lo iluminaba de lleno. Su rostro lívido, a la luz azulada y polvorienta, se
hacía cadavérico, totalmente desagradable.
Jelling esperó a que Teresa Wilde se alejase para
responderle:
—No querría decirle algo desagradable…, pero en el fondo
se trata de su hermano ciego.
Déravans apretó los dientes. Dudó un poco y luego dijo,
pero con cautela, sin insistir demasiado:
—Después de la liga de la moderación, la liga para redimir
corruptos…
—Te aconsejo que lo dejes… —le susurró Isidoro Dundley,
que había visto el gesto de impaciencia de Matchy.
—Ya no hablo más —respondió testarudo Déravans, y se llevó
el dedo a los labios.
Hubo otro momento de silencio gélido. No era un grupo de
comensales muy cordial, evidentemente. Pero el estruendo de una canción de
baile dio por terminado el desagradable episodio y Jelling pudo dirigirse a la
señora Dundley:
—Entonces, ¿podría saber, por favor, cuando compró la
muñeca?
La señora Golden se rio socarronamente, halagada por el
hecho de ser la protagonista de un interrogatorio.
—Pues claro. Fue hace seis meses…
Matchy, que, cuando Teresa Wilde no cantaba, era capaz de
seguir con atención cualquier cosa, intervino con un tono bastante decidido.
—Sería mejor que no siguiera desviando la investigación,
¿verdad? —Y ese «¿verdad?» final estaba lleno de significados transparentes.
Quería decir que la señora Golden no podría escurrir el bulto otra vez, que la
paciencia de Matchy tenía un límite, etcétera.
Dora Dundley levantó una ceja con desdén y Jelling acudió
en su ayuda:
—Pues claro, Matchy, ahora la señora sabe que se trata de
algo serio.
—Bueno —siguió la señora Golden—. Tiene que haber sido
hace seis meses, no más… Me acuerdo perfectamente porque necesitaba cambiar
cincuenta dólares y tenía que coger un taxi…
Ya sabe cómo son los taxistas, nunca tienen cambio, es
mejor llevar siempre suelto. Entonces vi en una tienda esa muñeca y pensé que
podía comprarla para tener dinero suelto…
—¿Y por qué precisamente una muñeca? ¿No podía comprar
cigarrillos o cualquier otra cosa menos insólita? ¿Tenía quizá un motivo para
comprar la muñeca?
Dora Dundley se quedó abochornada ante todas esas
preguntas.
—No…, no tenía ningún motivo… Era la tienda que tenía
justo delante de mis narices… Quizá por no ir más lejos…
—Es normal, es normal —admitió Jelling condescendiendo—.
¿Y luego qué hizo con la muñeca?
—Pues… Ahora no lo recuerdo con precisión. Sé que me la
llevé a casa y la dejé en el vestidor… Era preciosa, me gustaba tenerla a la
vista. Por desgracia, justo al ponerla en el vestidor se manchó de rímel el
pelo. Por eso la reconocí enseguida cuando me la enseñó: todavía estaba
manchada de rímel… Entonces, como no la quería tener con defectos me la llevé
de ahí, pero no recuerdo qué hice con ella…
El relato era bastante natural y convincente. Jelling lo
dio por bueno y se lo agradeció haciendo amables gestos con la cabeza.
—¿No la ha vuelto a ver desde entonces?
—No. Me olvidé completamente de ella.
En ese momento, un camarero cruzó la sala y se dirigió
hacia su mesa. Cuando llegó, observó un momento a los presentes, se inclinó
hacia Jelling y le susurró al oído:
—El capitán Stolan Sunder le espera en el vestíbulo…
—¡Ah! —dijo Jelling sorprendido mientras se levantaba—.
Gracias, gracias… Matchy ¿quiere acompañarme?
Déravans, los Golden y Thesenty respondieron sin mucho
entusiasmo a su despedida, pero ellos no hicieron caso. Sabían muy bien que esa
gente respiraba tranquila al verlos irse.
En el vestíbulo, el capitán Sunder los esperaba impaciente
con una cara torva y atormentada. Las ondas de música que llegaban del salón
parecían irritarlo todavía más. En cuanto vio a Jelling se precipitó
prácticamente sobre él y, en voz baja, pero refunfuñando, le dijo:
—¿Se puede saber qué hace aquí mientras están matando a
Lamarck?
Entre la conmoción por la noticia y la impresión por la
bronca, Jelling no fue capaz de abrir la boca.
—Venga, vamos —dijo Sunder, más apaciguado.
Salieron aprisa de la Abeja Verde y se montaron en el
coche de la Central que los estaba esperando en la puerta.
Jelling creía que los llevaban a la Central de Policía o a
la clínica Linden, pero enseguida vio que el coche no iba en ninguna de esas
dos direcciones. Entonces preguntó:
—Pero Lamarck había dicho que no iba a realizar la
operación…, están saliendo los periódicos con esa noticia… ¿por qué lo han
matado?
—Es una larga historia… Pero, como el viaje que vamos a
hacer también es largo, tengo todo el tiempo del mundo para contársela
—respondió Sunder—. Debe saber que Lamarck tenía que ser un loco o un maniaco.
En definitiva, después de haber pedido sumas enormes para hacer la operación,
después de rechazarlas, hoy, poco después de comer, ha ido a ver a Alberto
Déravans y le ha propuesto operarlo.
Jelling puso los ojos en blanco y Matchy emitió un gruñido
de asombro y de desaprobación.
—Pero si a las once de esta mañana, cuando he hablado con
él, no quería operar a Alberto Déravans a ningún precio…
—Ya, pero esto no es lo único raro. Lo que es real e
incomprensiblemente raro es otra cosa. Cuando ha propuesto a Alberto Déravans
operarlo, ¿sabe cuánto le ha pedido a cambio? ¡Un dólar! He dicho un dólar
solo, ni un céntimo más…
En ese momento al capitán Sunder le entró un acceso de tos
que convirtió el habitáculo del coche en un pequeño mar tempestuoso. Se trataba
de una tos, como había dicho el médico, de origen medio fisiológico medio
psicológico. El capitán Sunder tosía como otros despotrican o se desternillan
de risa. Algo muy gracioso y muy inesperado le hacía toser. Cuando se recuperó,
continuó—. Sin embargo, Lamarck no era tonto, eso es cierto. Estaba en el
límite de la locura pero tenía sentido común. Para operar a Déravans a salvo de
las amenazas, le hizo esta propuesta al ciego: «Tengo una casa en el campo,
cerca de Soul Allí le opero lo más rápido posible y en dos días estará de
vuelta en Boston, y verá…». Déravans aceptó. Sin decir nada a nadie pidió que
le trajeran el coche y hoy a las tres se ha ido con Lamarck en dirección Soul.
Sí, justo donde vamos nosotros.
Se produjo una pausa. El coche corría a toda velocidad
hacia los desolados suburbios de Boston. La temperatura había subido
ligeramente, lo cual había sido suficiente para que cayera una leve niebla
blanca a flor de tierra: parecía como si se caminara sobre las nubes.
—Y aquí ha ocurrido todo —continuó Sunder—. Un coche ha
aparecido de repente, ha bloqueado la calle al chófer de Déravans y un brazo ha
realizado varios disparos de revólver a Lamarck y lo ha matado. Luego se ha ido
a toda velocidad. El conductor, Ignazio Hastings, cuando se ha recuperado del
susto, se ha bajado rápidamente del coche para intentar identificar el
automóvil del asesino, pero una bala lo ha herido en el muslo: lo han disparado
desde el coche que se fugaba. No le digo lo que ha sentido Déravans al
encontrarse de golpe con esa tragedia. La sangre de Lamarck le goteaba encima,
pedía ayuda y nadie le respondía porque el chófer se había desmayado por la
herida… y se ha quedado así un cuarto de hora largo pidiendo auxilio. Al final,
un camión que pasaba se ha parado y ha llevado a Déravans a la clínica Linden y
a Ignazio a casa de sus jefes… Ahora están los dos en la cama. Uno delira por
el miedo que ha sentido, el otro, por la herida. Es un follón que no me
esperaba… Ahora ya casi hemos llegado y usted mismo verá la masacre. Parece que
han disparado con una metralleta. El perito ha dicho que son los mismos
proyectiles que sirvieron para matar a Linden, y muy probablemente la misma
arma…
Matchy había escuchado como se escucha un cuento. El drama
estallaba tan de repente para él que no lo había captado.
Pero Jelling ahora parecía un poco menos sorprendido. No
dijo nada, sin embargo, hasta que no llegaron al final de su viaje.
Se bajaron delante del coche de Alberto Déravans, que
estaba parado en un punto desierto de la carretera. Cuatro agentes montaban la
guardia y obligaban enérgicamente a los coches que se querían parar a curiosear
a que siguieran su camino.
—Ahí lo tiene —le indicó el capitán Sunder a Jelling,
enseñándole la puerta y el cuerpo de Lamarck boca arriba en el asiento del
coche.
Jelling miró. Instintivamente hizo un gesto de horror y
giró la cabeza, luego se recobró y miró atentamente. Sólo se reconocía a
Lamarck por su abrigo pasado de moda, con cuatro botones y las solapas de
terciopelo, y por el peinado, todavía arreglado, a la moda de sus abuelos.
La cara era sólo un coágulo de sangre, una horrible
máscara en la que se distinguían claramente los grandes agujeros de las balas.
Por lo demás, si se excluían los cristales rotos, todo
estaba en orden. Jelling echó un vistazo alrededor. En los lados de la
carretera, casi sumida por completo en la oscuridad de la noche y de la niebla,
se extendía un campo llano y sin cultivar, sin casas. A lo lejos, un estanque
que el repentino aumento de la temperatura había descongelado, brillaba
siniestramente en el crepúsculo. Al lado del coche, un árbol tan desnudo que
parecía un palo perfilaba en la niebla sus ramas resecas. Jelling se llevó una mano
a la cara e intentó sentarse en el estribo del coche, pero se habría caído si
Matchy no lo hubiera ayudado.
—¿Qué le pasa, Jefe, se encuentra mal? —le preguntó este
un poco angustiado.
El capitán Sunder ya sabía de qué se trataba.
—Chicos —dijo refiriéndose a los agentes—, ¿no tendréis
ginebra por ahí?
Es difícil que entre cuatro agentes no se junte media
botella de ginebra, a la que también se llama «agua de Boston». Así que Jelling
pudo darse rápidamente un buen trago de este licor y recuperarse un poco.
—Ha sido esa cara… Perdóneme, capitán… Pero me ha superado
—balbució Jelling, que no pudo ponerse rojo debido a la palidez.
—No pasa nada —dijo en tono afable Sunder—. Pero me
imagino lo que habría pasado si usted hubiera continuado sus estudios de médico
como querían sus padres…
Jelling se levantó y sonrió tímidamente.
—Eso es otra cosa… Mire, yo también he diseccionado un
cadáver…, pero no lo había visto cuando estaba vivo… No había hablado antes con
él… Y además he pensado que podía ser culpa mía que haya muerto así…
—¿Culpa suya? —preguntó desconcertado Sunder—. ¿Y usted
qué tiene que ver?
—Mire, esta mañana he ido a verlo a la clínica. No quería
operar. Había rechazado el cheque. Entonces yo… No sé qué me ha pasado… He
perdido el control… He empezado a despotricar contra él…
—¿Usted ha despotricado? —recalcó Sunder más sorprendido
que nunca.
—Yo… Sí… No puedo negarlo. Claro que es extraño, no está
entre mis costumbres la de despotricar, pero esta mañana ha sucedido justo lo
siguiente… Le he dicho que era un cobarde, que traicionaba su labor de médico,
que, pudiendo, tenía el deber de devolverle la visión a un ciego y que si
eludía ese deber no era digno de la más mínima consideración…
Se produjo un silencio que duró unos instantes.
—Por eso sólo quería un dólar de Déravans… —dedujo Sunder.
—Por eso.
Tras otro silencio, Sunder constató:
—Era igual que su vestuario: una persona del siglo XIX.
Pobrecillo, no se merecía un final como este. Quería demostrarle que no
traicionaba su labor de médico, que iba a operar a Déravans, y no por interés…
—A pesar de que estaba emocionado, sonrió, quizás algo nervioso, pero alegre—:
Quería darle una bofetada moral.
—Me la ha dado —dijo Jelling con seriedad.
Ya había anochecido del todo y Sunder cambió de tema.
—¿Quiere ver algo más aquí? Porque, por lo demás, ya hemos
terminado. Informe médico, balístico y fotográfico. Ya nos podemos ir a casa,
¿no?
Jelling asintió y, sin volver a mirar dentro del vehículo,
subió al coche de la Policía. En la Central, él y Sunder se presentaron en el
archivo fotográfico y les dieron las fotografías, luego, en la secretaría, la
copia del informe médico y de balística, además de los testimonios de Alberto
Déravans y del conductor del camión que había recogido al herido, todo en dos
copias.
—Le aconsejo que se guarde estos documentos en el bolsillo
y que se vaya a casa. Tiene una cara que no me gusta —le dijo amistosamente
Sunder.
—Gracias, capitán, me voy a casa, sí —respondió Jelling.
Y, en efecto, se marchó a casa y se quedó dos días. Luego vino a verme.
«El profesor Tommaso Berra», como me llamaba, con nombre,
apellido y título, era el amigo de sus momentos críticos. Siempre he tenido el
privilegio de estar cerca de Arthur Jelling, el hombre al que ahora se le
conoce como uno de los más excéntricos y sagaces investigadores de América, en
los momentos cruciales de sus investigaciones. Y espero que siga siendo así.
—Estamos llegando al final —me dijo después de haberme
saludado—. ¿Ha leído que han matado a Alfredo Lamarck?
Le dije que sí. Le dije que yo también me había quedado un
poco desconcertado. El asesinato de Lamarck, después de haber rechazado operar
a Déravans, me había parecido trágica e imprevista.
—Hay una cosa que salta enseguida a la vista —explicó
Jelling—. A las dos, Lamarck le propone a Alberto Déravans llevarlo con él a
Soul a operarlo. A las dos y media salen sin haberle dicho nada a nadie. A las
tres, Lamarck es asesinado en el coche que lo lleva a Soul. ¿Quién podría
haberse enterado de que Lamarck había decidido de repente operar a Déravans?
¿Cómo se había enterado? Antes de venir aquí, he ido a la clínica Linden.
He hablado con Alberto Déravans. Se encuentra en un estado
que da pena. Jura que no le dijo nada a nadie de la propuesta que le hizo
Lamarck. Sólo él y Lamarck estaban al corriente…
—Alguien habrá escuchado su conversación cuando se ponían
de acuerdo para ir a Soul —propuse.
—Debe ser —admitió Jelling—. Pero ¿quién? A las dos, es
decir, cuando Alberto Déravans y Lamarck tenían esa conversación, no había más
que siete personas en la clínica: la señorita Leland, un enfermero de turno, el
portero y cuatro auxiliares… Descartemos al personal, y nos encontramos con que
no hay más que una persona que haya podido escuchar su conversación: la
señorita Leland…
—Pero ¿cómo? —pregunté, pues no estaba al corriente de los
hechos—. ¿No estaba arrestada?
Antes de responderme, Jelling bajó la cabeza. Tras una
pausa, me dijo:
—La puse en libertad precisamente el otro día. Es más, yo
mismo la acompañé a la clínica. Me dijo que quería hablar con Alberto Déravans…
—Habrán hablado —le dije observándolo atentamente—. Puede
que Déravans le haya mentido cuando le ha dicho que no le confesó a nadie que
Lamarck quería operarlo: se lo habrá dicho a ella.
—… Sí. —Jelling estaba meditando, hundido en el sillón,
pero siempre con mucha corrección. Parecía que no quería dar continuidad a mi
evidente insinuación. Cambió de tema—: Hay otro hecho más grave. El coche que
paró en pleno campo al de Déravans no es un coche americano; me lo dijo Ignazio
Hastings, el chófer herido. Estaba delirando y no pudo decir nada el primer
día, pero cuando fui para interrogarlo estaba mejor. Le dispararon cuando, tras
el tiroteo, se bajó del coche para identificar a los asesinos. Dice que le
parece haber visto la línea inconfundible de un Maritaine, es decir, un coche
francés… No hay mucha gente en Boston que tenga un coche como ese: esto ya es
una pista…
—Puede ser. Pero también es una buena pista el hecho de
que la única persona que podía estar al corriente de la decisión de Lamarck sea
Lila Leland —continué.
Veía perfectamente que Jelling estaba un poco molesto por
mi insistencia con Leland, pero mi conocimiento del carácter humano me hacía
actuar así aunque fuera desagradable. Jelling es un exaltado, es decir, un
hombre que en la mayoría de casos se comporta de manera impulsiva. Pero no
impulsivo como normalmente le sucede a la gente normal, sino, usando un término
científico, con reavivamiento de la pasión. Me explico con un ejemplo. Un
hombre impulsivo, pero normal, al recibir una bofetada, la devuelve de inmediato,
pase lo que pase. Jelling no. Jelling se controla. Los hombres como él reciben
la bofetada y, si no es necesario o no es el momento oportuno, no la devuelven.
Pero no hay que pensar que todo acaba ahí. El impulso de
devolver la bofetada permanece, no se satisface enseguida, porque el exaltado
tiene mucho control de sí mismo, y se lo guarda. Un día después, un mes
después, hasta un año después, se produce el reavivamiento de la pasión:
incluso después de haber hecho las paces con el que le abofeteó, no consigue
aguantar el impulso que ha guardado en su interior, y explota, incluso en el
momento menos adecuado, y devuelve la bofetada, o se lía a tiros con un revólver.
Hay que tener cuidado con los exaltados, es lo que siempre he inculcado a mis
alumnos. Son una caja de sorpresas. Por eso le insistía a Jelling: quería
cerciorarme de que no existiese ningún reavivamiento de la pasión con Lila
Leland.
—Mire —me respondió con amabilidad Jelling—. Entiendo lo
que piensa. Pero la señorita Leland no sabe matar a un hombre a veinte pasos de
distancia, que es como mataron a Linden. En segundo lugar, mientras asesinaban
a Lamarck, ella se encontraba en la clínica, según el testimonio unánime del
personal, aparte de su declaración.
Hablaba con tranquilidad, con mucha tranquilidad. Se sacó
del bolsillito del chaleco una de sus típicas hojas y me la enseñó:
—Ella no es el quid de la cuestión.
Leí atentamente la hoja:
Qué ocurriría si Alberto Déravans recuperase la visión:
Andrea Déravans… Volvería bajo la tutela del hermano
mayor, que ahora, por haberse quedado ciego, tiene que dejarle hacer a él.
Dundley, marido y mujer… Posiblemente se verían expulsados
por Alberto Déravans, que no siente simpatía por ellos.
Evelina Soldier… Podría casarse con Alberto Déravans y
convertirse de esa manera en la mujer de uno de los hombres más ricos de
América.
Lila Leland… Ya no tendría ocasión de ver otra vez a
Alberto Déravans, por el que siente una gran simpatía.
Severino Thesenty… Podría alimentar alguna esperanza más
en su amor por Lila Leland, que ahora, en cambio, no le presta ninguna atención
por estar completamente interesada en Alberto Déravans.
—Exacto —le dije devolviéndole la hoja—. Pero ¿y qué
deduce de todo esto?
—Una cosa —me respondió enseguida Jelling—: que, quitando
a Evelina Soldier, todos tendrían motivos suficientes para desear que Déravans
siga siendo ciego. Evidentemente, el asesino pensaba arreglárselas con una
simple amenaza de muerte. Luego tuvo, repito tuvo, que matar al profesor Linden
y, el otro día, a Lamarck… Pero le tengo que hablar de otra cosa… La mayoría de
los delitos se resuelven con facilidad. Las pistas que deja el asesino son
varias, los medios modernos de la Policía son tantos que al final, en una
semana como mucho, se descubre al culpable. Cuando esto no pasa, cuando, a
pesar de todas las investigaciones, se está en el mismo punto, quiere decir que
hay algo arbitrario e ilógico que protege al asesino y que la Policía no tiene
los medios para intuirlo, precisamente porque es arbitrario e ilógico. Por eso,
en un momento dado, me puse a buscar objetos inútiles y al encontrar la muñeca
hice un amplio estudio. Una muñeca en un caso de asesinato es lo más ilógico
que se pueda imaginar… Sin embargo, creo que estoy en una buena situación…
Sacó de su bolsa un libro encuadernado en negro y me lo
dio abierto por una página.
—Como recordará —prosiguió—, junto con la muñeca ciega
incauté en esos días otros objetos, como este libro de magia, que estaba en la
biblioteca de los Déravans.
SOBRE EL HECHIZO DE VENGANZA
Si hay que vengarse en la persona física de un enemigo o
enemiga, no sirven filtros, sino maleficios de venganza que se hacen a
distancia y el vengador permanece, por tanto, oculto. Y se procede de la
siguiente manera. Si hay que vengarse de un enemigo varón, se coge un fantoche
o un muñeco de trapo o una marioneta con aspecto y vestido femenino, con esto
se representa la atracción del contrario. Si hay que vengarse de un enemigo
hembra, se coge un fantoche o un muñeco de trapo o una marioneta con aspecto y
vestido masculino. Hay que prestar la máxima atención a esta Regla porque, si
hay errores, el hechizo de venganza no surtiría efecto.
Se coge el muñeco y se envuelve en un trapo negro, y una
noche de viernes, antes de medianoche, se susurra encima de él la siguiente
fórmula de venganza:
Lo que yo te hago a ti que se le haga a él (o a ella).
Lo que tú sufras que lo sufra él (o ella).
Entonces, rápidamente, con un cuchillo, unas tijeras u
otra arma cortante se inflige al muñeco el daño que se le quiere infligir al
enemigo. Y si se le corta el pie se quedará cojo, si se le arrancan los ojos,
ciego, si se le rompe la mano, manco, todo sin que nadie pueda nunca saber que
eres tú quien lo deja cojo, ciego o manco. Pero no hay que golpear en el
corazón o en la cabeza o en otros puntos vitales del muñeco para provocar la
muerte del enemigo, porque esto requiere hechizo de muerte, que es otra cosa, y
cuya explicación se encuentra en la página…
Aquí dejé de leer y miré a Jelling a la cara.
—Es terrible y desagradable —le dije.
—Siga, siga leyendo —me dijo Jelling.
… Entonces, según la Regla III y última, llévese al muñeco
mutilado de esa manera a un sitio lo más cercano posible del enemigo, pero que
no sea su casa, porque en la casa no se cumplen hechizos de venganza. Si el
enemigo trabaja el campo, meter el muñeco en la cabaña de las herramientas; y
si es notario, o docto u hombre de letras, en un cajón de su escritorio, y si
está enfermo en el hospital, en el cajón de las medicinas con el objeto de que
no le hagan ningún efecto, y si es noble caballero, en su carroza, y si es
juez, en la mesa de las sentencias. Siempre con cuidado de que el muñeco esté
escondido para que nadie lo vea al menos durante tres días, y el enemigo no
tenga dudas.
Nos quedamos en silencio mirándonos, pensando en el
increíble libro, pero casi enseguida Giovanni nos molestó anunciando:
—El señor Matchy pregunta por el señor Jelling.
9
Hay operación
Matchy se apresuró hacia nosotros, jadeando y con la cara
morada por el frío. Al ver la gran chimenea se animó, pero no lo distrajo. Se
dirigió a Jelling:
—Creo que los he encontrado, Jefe.
—¿A quién? —preguntó Jelling ligeramente sorprendido.
—A esos dos, los dos que me dijo que buscara, los que
estuvieron en la Abeja Verde hace cuatro años…
—¿En serio? —preguntó Jelling.
—Siéntese, por favor —le dije a Matchy.
Matchy se sentó.
—Mire —dijo enseñando dos fotografías y sacando papeles
del bolsillo de su gabán—. He podido conseguir fotografías suyas y sus
documentos de identidad. Él es un joven agricultor de Ohio, tiene treinta y dos
años, vino a Boston hace justo cuatro años para comprar maquinaria rural y por
la noche fue a divertirse a la Abeja Verde. Como no le dejaban entrar, montó un
altercado del demonio hasta que tuvieron que ceder. Una vez dentro, confesó al
director que quería casarse y que lo haría enseguida con la cuarta bailarina
empezando por la derecha del ballet, sin importar de qué mujer se trataba… Y lo
hizo. En cuanto apareció el ballet en el escenario, contó: uno, dos, tres…
¡cuatro! ¡Esa es mi mujer!… Y se casó con ella. Es una chica de unos treinta
años, ejercía de bailarina para ayudar a un hermano incapacitado para el
trabajo. Los dos han vivido siempre en su granja de Ohio, pero justo desde hace
dos meses se encuentran en Boston y eso es sospechoso…
Mientras Matchy hablaba, Jelling echaba un vistazo a los
documentos de identidad y a las fotografías.
—Los rasgos, como ve, coinciden… Estatura media, cabello
castaño… —siguió Matchy.
—Sí, claro… —interrumpió Jelling perplejo—. Pero no me
parece que tengan cara de chantajistas… En realidad, diría que no se trata de
las personas que busco…
Era, en efecto, bastante evidente que esas dos caras
inofensivas, una de propietario campesino, rebosante de una expresión tenaz y
alegre, la otra de muchacha delicada a la que le gusta hacer visillos para la
casa y limpiar el polvo de los muebles con mucho esmero, no podían ser las de
los chantajistas de Alberto Déravans, los que extorsionaron millones a una de
las familias más ricas de América.
—… Pero yo… —murmuró incierto Matchy—. Escuche: los he
arrestado y los he interrogado en la celda, ya sabe que da más impresión…
Arthur Jelling se quedó enormemente confuso con esa
declaración.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó—. ¡Póngalos en libertad de
inmediato!… —Luego, al ver que Matchy se había quedado mortificado, añadió—:
Siga buscando. Usted es muy bueno con estas investigaciones… Pero no arreste a
nadie, se lo ruego. Y también le ruego otra cosa… Necesito saber quién es el
dueño del Maritaine que hoy, hacia las tres, iba por la carretera de Boston a
Soul… Para que lo sepa, es el coche desde el que han disparado a Lamarck. Como
se trata de una marca poco habitual, no le costará mucho. Se trata, por
supuesto, de asegurarse de qué dueño de un Maritaine pueda probar de verdad que
no ha estado en Soul hoy, y centrar la investigación sobre lo que no pueden
probar…
Matchy tomó apuntes del caso y se marchó bastante animado.
Tras una pausa, volvimos a lo que estábamos hablando.
Todavía tenía en las manos ese infame libro de magia, y se lo devolví a
Jelling.
—… ¿Empieza a comprender? —me preguntó—. Ahora le resumo
los datos en orden:
La muñeca ciega la encontramos en el quirófano de la
clínica Linden.
Pertenece a la señora Dundley, que la compró.
El libro de magia, sin embargo, se encontró en la
biblioteca del chalé de los Déravans, pero nadie sabe quién lo compró. Sin
embargo, está nuevo y es presumible que se haya adquirido como mucho hace seis
meses.
Personas declaradamente supersticiosas son: Lila Leland y
los Dundley.
También lo era Lamarck, pero ahora está muerto y ya no hay
que tenerlo en consideración. Parece que los demás no son supersticiosos. De
todas formas, nadie lo es tanto, o da la impresión de no serlo, como para
recurrir a las prácticas increíbles que se explican en este libro.
—¿Le aburro? —preguntó amablemente Jelling haciendo una
interrupción.
—Claro que no, querido Jelling. Todo lo contrario, estoy
muy interesado —le respondí.
—De acuerdo… Porque querría hablarle de todos los datos
del problema. Creo que ahora están completos. Usted me podría ayudar a su
resolución… Le explicaré también las coartadas… Escuche:
l.er delito: Asesinato de Augusto Linden. — Todas las
personas de las que se podía sospechar se encontraban, en el momento en que
asesinaron a Augusto Linden, en la clínica. Habían ido para esperar el
resultado de la operación que habría devuelto la visión a Alberto Déravans, por
lo que tenían una justificación para estar ahí.
2.º delito: Asesinato de Alfredo Lamarck. — Mientras
asesinaban a Alfredo Lamarck, Andrea Déravans, los Dundley y Severino Thesenty
se encontraban, en mi presencia, en la Abeja Verde. Evelina Soldier estaba en
su casa con testigos irreprochables y Lila Leland estaba en la clínica. Ninguna
de estas personas, por lo tanto, ha matado.
Jelling se levantó. Y continuó, casi con la actitud de un
profesor meticuloso:
—Todos los datos del problema son estos. 1) Qué pasaría si
Déravans recuperara la visión. 2) La superstición. 3) Las coartadas de los
presuntos culpables… Con estos datos, siguiendo la teoría, se debería resolver
el misterio. Pero yo… —continuó con un tono menos impersonal— no sólo tengo que
resolver una incógnita. También tengo que impedir que el asesino consiga su
objetivo.
Giovanni lo había ayudado a ponerse el abrigo y se acercó
a despedirse de mí.
—Ya tengo un plan… Le hablaré de él dentro de poco, cuando
lo haya elaborado.
Tras decir esto, se despidió. Como supe más tarde, él fue
directamente a ver a Severino Thesenty a la pensión donde vivía. Era justo la
hora de cenar, pero, como la otra vez, Arthur Jelling había calculado este
detalle con esmero para estar seguro de encontrar a Thesenty. De hecho, estaba.
Aunque no fue fácil que lo recibiera. La sirvienta le dijo al principio que el
doctor Thesenty no estaba. Pero Jelling había oído claramente (hasta un sordo
lo habría oído) la voz de Severino Thesenty gritar a la sirvienta, que le había
anunciado la visita de Jelling:
—¡Dígale que no estoy! ¡Que me he muerto! ¡Que he
desaparecido!
Entonces Jelling le dijo a la sirvienta:
—Dígale al señor Thesenty que tengo verdadera necesidad de
hablar con él. Aunque esté muerto.
Al final pudo entrar en la habitación del médico. Pero
aquello ya no era una habitación.
Todos los cajones de la cómoda estaban abiertos y lo que
antes había dentro ahora estaba fuera en desorden. Una silla estaba por el
suelo, el sofá estaba cambiado de sitio y lleno de libros. En la mesa, tres
maletas de tamaño grande se peleaban el puesto para no caer. El propio Thesenty
era la imagen del desorden. En camiseta de manga corta, con los tirantes
cayéndole por detrás de los pantalones, desgreñado, con la cara roja, empapado
en sudor, estibaba una de las tres maletas hasta deformarla. Cuando Jelling
entró, le lanzó una mirada furiosa, despectiva. Pero el rostro ingenuo y sereno
de Jelling, su mirada inofensiva y amistosa lo tranquilizaron enseguida. No del
todo, se entiende.
—Siéntese —le dijo—. Estoy a punto de irme. Pero puede que
ya lo haya deducido.
Hablaba de manera tajante y agresiva. Pero en el fondo se
intuía el temor.
—… Ya veo… —respondió Jelling cohibido—. Ya veo.
—No me encuentro muy en forma para responder a sus
preguntas, espero que sepa perdonarme. Cada uno hace lo que puede.
Se echaba encima de una maleta que no se quería cerrar y,
al final, con un gruñido de ira lo consiguió.
—No he venido para hacerle preguntas —le insinuó Jelling
con afabilidad.
—Entiendo —respondió socarrón—. Pasaba casualmente por
aquí y ha querido venir a ver si me encontraba bien de salud. Sí, estoy muy
bien, estoy como un toro, pero me voy, dejo esta asquerosa Boston, esta cueva
de ladrones que la Policía deja circular y actuar en plena libertad… Si no le
importa —terminó con rabia.
—Nadie le prohíbe irse —dijo con tranquilidad Jelling, un
poco desconcertado, pero infundiéndose valor—. Ni le pregunto por qué. ¡Sus
razones tendrá!
El tono suave y persuasivo de Jelling no hizo más que
aumentar el enfado histérico de Severino Thesenty. El tímido poeta debía de
estar atravesando una gravísima crisis para llegar a ese punto.
—¡Prohíbamelo, si lo cree necesario! —gritó—. ¡Me trae sin
cuidado! ¿Sabe cuánto vale mi vida? Mi vida vale en este momento la mitad de la
mitad de una moneda falsa.
Se echó encima de otra maleta. La correa interior de tela
se le quedó en la mano, destrozada; el contenido se desbordó por un lado; una
cajita, quizá cuchillas de afeitar, cayó al suelo. Arthur Jelling se la recogió
amablemente, se la tendió y dijo:
—Perdone si he venido a importunarle. Me voy…
Se dirigió a la puerta y la abrió. Entonces pareció que
Thesenty recuperaba el control sobre sí mismo.
—Deténgase —le dijo—. Perdone…
Buscó algo, lo encontró, era el batín. Se lo puso y se
arregló el pelo con la mano.
—Dígame, el tren para Nueva York ¿sale dentro de una hora?
—Oh —respondió Jelling tímidamente—. Ahora… Lo que le iba
a decir requería que usted se quedara en Boston. Pero si se va…
—¿No me lo puede decir de todas formas? —preguntó con
amabilidad Thesenty—. Si hay algo que pueda hacer, lo haré con gusto.
—No creo que se pueda operar a Déravans en una hora —dijo
Jelling tras una larga pausa—. Y su tren sale dentro de una hora.
Severino Thesenty tuvo un arrebato imprevisible.
—¡Operar a Déravans! —gritó, riendo agitadamente—. ¡Operar
a Déravans!… Ha elegido el momento más adecuado para proponerme una cosa así…
Otra vez con el intratable humor de antes, cerró la última
maleta, empujó el sofá para ponerlo en su sitio y los libros que estaban
amontonados encima se cayeron. Luego se quitó el batín y empezó a vestirse.
Arthur Jelling lo siguió en silencio con la mirada. Cuando
lo vio ya preparado, cuando vio que iba a llamar al sirviente, fue hacia él y
le paró con decisión la mano con la que iba a tocar la campanilla.
—¿Qué le pasa? —preguntó.
Pero, más que su pregunta, lo que importaba era su mirada,
fraternal, condescendiente. Thesenty volvió a sentir la fascinación de esa
inocencia vulnerable, de esa resplandeciente honradez que lo miraba fijamente
con ojos de amigo. Su ímpetu cesó, se dejó caer en el sillón, bajó la cabeza,
luego sacó del bolsillo de la chaqueta una carta y se la tendió.
Jelling la miró. El sobre estaba escrito a máquina, al
igual que la tarjeta. El matasellos era de Boston. No había firma de ningún
tipo y los caracteres de la máquina eran de lo más normales. Estaba claro: una
carta anónima. El contenido de la tarjeta era exactamente el siguiente:
Al doctor Severino Thesenty:
Por su propio interés, le aconsejamos que abandone
inmediatamente Boston y se dirija a otra ciudad, renunciando del todo al
cuidado de Alberto Déravans. Si dentro de dos días no ha abandonado la ciudad,
será asesinado, como han sido asesinados Augusto Linden y Alfredo Lamarck.
¡Obedezca!
—Me lo imaginaba —dijo Jelling sujetando la tarjeta—.
Hasta lo había previsto. —Suspiró y luego, acercándose amistosamente a
Thesenty, continuó—: Ahora, antes de decir sí o no, escuche por favor lo que le
propongo. Usted sale con sus maletas y se dirige en taxi a la estación, compra
un billete para Nueva York y deja las maletas en el tren… Luego vuelve a la
clínica Linden. Sin decir nada a nadie prepara a Alberto Déravans para la
operación… Me parece haber entendido que serían suficientes cuatro horas para que
todo esté preparado lo más rápido posible. Son las siete. A las once opera. A
las once y media, escoltado por la Policía, coge el tren para Nueva York. Allí
se tiñe el pelo, se deja bigote, le daremos documentos con otro nombre y se va
a San Francisco, donde, siempre bajo protección de la Policía, vivirá retirado
algunos meses. Cuando todo acabe, cuando hayamos detenido al culpable, que lo
detendremos, volverá aquí… Le repito: antes de responder sí o no, reflexione
con calma. Aunque piense decirme que no, reflexione. Reflexione sobre que yo no
le diría lo que le digo si supiera que le estoy exponiendo a una muerte segura.
Si se lo digo es porque tengo mis buenas razones para pensar que no le sucederá
nada…
Este era el plan de Jelling. Era perfecto precisamente por
su sencillez. Pero Thesenty no parecía muy convencido. A medida que Jelling
hablaba, la expresión de su cara se iba endureciendo y se estaba poniendo
furioso de manera histérica. Hipersensible, explosivo, lírico, incontrolado,
Severino Thesenty pasaba de un estado de ánimo a otro con una rapidez
increíble.
—… ¿A escondidas, eh? —estalló cuando Jelling calló—. A
escondidas como Lamarck. También Lamarck se creía muy listo y ha muerto hace
dos días. Y usted quiere que me maten a las once, en cuanto tenga el bisturí en
la mano y antes de que haya operado. Pero ¿no se percata de que huele a secta
secreta, usted que es policía? ¿No se da cuenta de que nos vigilan
continuamente, de que nos siguen, nos controlan, de que estamos en todo momento
en manos de esos delincuentes? ¿Cómo puede esperar que seamos capaces de huir?…
Jelling no insistió. Había comprendido perfectamente que
no serviría de nada insistir. Meditó un momento y luego dijo:
—Hágame otro favor, señor Thesenty. Retrase su salida en
diez minutos y no se mueva de aquí.
Severino Thesenty lo miró asombrado.
—¿Qué quiere hacer? —le dijo—. ¿Qué está maquinando?
Jelling se puso rojo y dijo:
—Se lo ruego, señor Thesenty… Sólo diez minutos… —Se había
levantado y se había dirigido a la puerta—. Diez minutos… Se lo ruego… Deme su
palabra de que no se va a mover de aquí…
Perplejo, Thesenty hizo gesto de que sí maquinalmente:
—Palabra…
Jelling salió con una ligera sonrisa de gratitud. Thesenty
se quedó solo. Esa habitación de pensión era sombría. El desorden en que se
encontraba y el estado de ánimo en el que estaba se la hacían parecer al médico
todavía más sombría. Después de haberse levantado y haber dado vueltas por la
habitación con aspecto cansino, Thesenty se sentó otra vez y miró el reloj. Sólo
habían pasado tres minutos. Se encendió un cigarrillo y miró las enormes
fotografías de Lila Leland que tenía enfrente. Había pensado en llevárselas
consigo, pero luego, en un acceso de rabia, había decidido que no. Lila Leland
iba a pensar precisamente en él, se mofó. En él, que tenía gafas, pero no los
millones de Alberto Déravans…
Además era un torpe y un inútil, lo sabía perfectamente.
Cuando estaba con ella, se ponía rojo, no sabía hablar, siempre le decía la
misma frase: «¿No quiere salir conmigo una noche?». Y ella, naturalmente, no
salía con él. Hasta ahí podíamos llegar. Con su belleza, a cada paso encontraba
jóvenes que la invitaban a comer. «No, querido Severino, esta noche no puedo.
Ya quedaremos otra vez, ¿de acuerdo?». Y él con esto se quedaba contento. Una
vez ella le dijo que sí. Él había reservado una mesa apartada en el Clay Tres,
había mermado su economía para enviarle a casa un ramo de orquídeas, y luego
ella le dijo que no podía, un compromiso de última hora, ya se sabe cómo es la
historia…
Severino Thesenty se levantó y fue a abrir la ventana.
Necesitaba aire, qué calor, por Dios. Lo podían matar de un momento a otro.
Había comprendido lo que le había dicho aquel hombre. (No era nada antipático,
pero no dejaba de ser policía… Cómo le gustaría ser su amigo si no fuera
policía). Pero sí, cómo se llamaba, Jelling, ahora entrarían de repente en la
habitación y lo matarían con ocho disparos de revólver, como Linden, como
Lamarck.
Lamarck estaba vivo hacía dos días, había hablado con él,
siempre se mostraba huraño, pero en el fondo él también era simpático, habían
hablado del trabajo: habían decidido la medicación para poder operar a
Déravans. Ya no hacen falta cuatro horas, como había dicho Jelling, sino que
bastaban dos horas. Sólo dos horas para que la inyección hiciera efecto, para
que el vendaje sobre los ojos funcionara, y luego ya se podía operar. Algo de
la nada. Sólo hacían falta las manos ágiles y el conocimiento exacto del nervio
que había que tocar… ¡Y Déravans recuperaría la visión! Eso era lo que otros
cirujanos no sabían: ese nervio, ese pequeño nervio invisible entre cien
nervios. Ese nervio y no otro, y se hizo la luz…
Se giró de repente y se puso blanco porque le había
parecido oír un ruido de pasos que caminaban muy despacio… Eso, sí. Habían oído
la conversación que había tenido con Jelling, iban allí para matarlo…
Abrió la boca, un gritó se le apagó en la garganta,
ahogado por el miedo, por el terror… Ya estaba muerto, también él, como Linden,
como Lamarck, que hacía dos días estaba vivo… Severino Thesenty, nacido el 7 de
junio de 1905 y muerto el 19 de enero de 1941, asesinado por ocho disparos
calibre 9, revólver Hertel… ¿Por qué le había prometido que se quedaría en esa
horrible habitación diez minutos? Quería huir, huir… Ni siquiera podía gritar,
y quería, pero cuando de repente se abrió la puerta, sin que el ruido de pasos
le hubiera advertido, consiguió gritar de verdad, y fue un grito de terror.
Lila Leland había entrado y lo miraba tranquila. Entonces,
el miedo loco de Thesenty se convirtió en debilidad. Con pasos indecisos, tuvo
intención de ir hacia Lila Leland, pero luego se abandonó en el sofá
sollozando.
Lila Leland fue a cerrar la ventana. En ese momento la
habitación estaba fría y triste. Ella se sentó en el sofá al lado de Thesenty,
sin hablar. Vio las fotografías y se reconoció. Sonrió y luego tragó saliva por
la conmoción.
—Severino… —murmuró—. Venga, tranquilízate, calma…
Le acariciaba la cabeza maternalmente. Él levantó la cara
bañada en lágrimas.
—Te ha enviado Arthur Jelling, ¿no es así? Por eso me ha
dicho que esperara diez minutos. Por eso has venido. No habrías venido si no se
tratase de devolverle la visión al hombre que te interesa…
Ella no respondió en el acto. Sólo poco después, cuando
Severino Thesenty se incorporó para sentarse y se secó la cara, le dijo:
—Es verdad. Me ha enviado Jelling. Ha ido a buscarme a la
clínica. Me ha explicado todo y me ha pedido que te convenza de operar a
Déravans. Esa es la verdad.
Ocultando el rostro entre las manos, Thesenty bajó la
cabeza.
—Sé que no es honesto pedirte lo que te estoy pidiendo —le
dijo—. Pero en mi lugar tú harías lo mismo.
Hablaba con sinceridad y ternura, sin coqueteos. Él
levantó con delicadeza los ojos y le vio el rostro tranquilo y bellísimo. El
pelo le caía encima de los hombros, como los pajes antiguos, lo que la hacía
más joven de lo que en realidad era. Se levantó, fue al lavabo plegable y lo
abrió para mirarse la cara en el espejo.
—¿Quieres venir a comer para convencerte? —dijo
sonriendo—. Antes me invitabas tú siempre…
Thesenty seguía con la cabeza bajada sin responder.
—No hace falta mucho tiempo para operar a Déravans
—continuó—, dos horas de medicación, no más, y después se puede operar…
Él se había levantado. Fue a tocar la campanilla. Esperó
en silencio. Cuando vino la sirvienta le ordenó:
—Llámeme a un taxi y bájenme las maletas, rápido, me voy
enseguida.
Cuando la sirvienta se fue, Lila murmuró:
—¡Ah, ya lo sé!… Operar a Déravans es un poco más difícil
que regalarme orquídeas…
Llegó el sirviente y se llevó las maletas. Thesenty, con
la cara petrificada, no miraba a Lila Leland. En cuanto estuvieron otra vez
solos, él le dijo dándole casi la espalda:
—Adiós.
—Escúchame un momento… —le dijo Lila Leland parándolo. Lo
había cogido de un brazo y lo miraba fijamente—: No he venido aquí a jugar… Me
casaría contigo si operaras a Déravans.
Lo dijo con mucha sencillez. Por lo demás, ella era
sencilla en todo lo suyo, y sólo su excepcional belleza complicaba a veces su
modestia.
—Ya sabes que si Déravans recupera la visión se casará con
Evelina Soldier…
—¡Basta! —gritó Thesenty—. Basta.
La sirvienta llamó a la puerta.
—El coche está preparado, señor.
Lila Leland había ido al lavabo y lo había cerrado. Sólo
parecía interesarle pisar el pedal que hacía abrir y cerrar el lavabo, nada
más.
—Dígale que se vaya… —dijo al fin Thesenty—. Ya no me voy.
Cogió el sombrero, se lo puso y dijo sin más:
—Vámonos.
Salieron. En la calle, ella propuso:
—Mientras, podemos ir a cenar al Clay Tres.
Él asintió. Pasaron por delante de una floristería. Ella
preguntó:
—¿Tienes suficiente dinero para regalarme alguna? —Y
señaló un jarrón lleno de orquídeas.
Él le hizo entrar en la tienda y elegir y sólo le dijo:
«Más, más», porque veía que dudaba temiendo que él gastara demasiado.
En el Clay Tres encontraron una mesa separada. El propio
dueño, el gordo Fred MacHugh, cuyo pelo parecía rubio platino y que se había
hecho famoso, aparte de por sus locales de lujo que se distinguían por un
número —Clay Uno, Clay Dos, Clay Tres—, también por estar implicado en el
famoso caso Vaton, les atendió con toda la amabilidad y atención de que era
capaz, pues creía que era una pareja de recién casados. Pero Severino Thesenty
no hablaba. Se limitaba a responder amablemente con un sí o un no cuando Lila
Leland le preguntaba.
—¿Has visto la cara tan divertida que tiene el pianista?
—Sí.
—La última vez que vine aquí fue hace dos años…
—Ah.
—¿Quieres otra cerveza?
—No, gracias.
Ella no le daba importancia a su silencio. Seguía hablando
con tranquilidad. Se quedó un poco menos tranquila cuando Thesenty le dijo:
—Vámonos, es la hora.
—Quedémonos un poco más —le rogó ella.
—¿Por qué? —preguntó él.
Ella bajó la cabeza hacia la mesa. Se había puesto
ligeramente pálida.
—Tengo miedo —dijo.
Sólo entonces pareció que él dejaba de mostrarse frío. El
tono de la voz de ella había sido tan maternal y temeroso que Severino ya no
pudo resistirlo más. Se puso rojo por la intensa emoción y sus ojos brillaron.
—Yo no —dijo con firmeza—. Yo no. Vamos.
Salieron y se montaron en un taxi. Pero no se bajaron
justo delante de la clínica Linden. La amplia acera en la que Augusto Linden
había encontrado la muerte inspiraba prudencia. Se pararon unas manzanas antes
y continuaron a pie. Entraron en la clínica por la puerta de servicio, por
detrás.
Jelling fue hacia ellos de repente.
—Ya está todo listo —dijo—, hay unos veinte agentes que
controlan cada puerta y cada entrada… Ya le he explicado todo a Alberto
Déravans. Ya hemos registrado a los enfermeros que le van a ayudar y en la
operación estarán vigilados por un agente… Esté tranquilo. No pasará nada.
Con la bata blanca puesta, Thesenty y Lila Leland entraron
en la habitación de Déravans. Este llamó a Thesenty, le estrechó fuerte la mano
y luego, tragando saliva por la emoción, le dijo:
—Gracias.
Thesenty le dio la mano al ciego sin decir palabra. Luego
cambiaron a Déravans. Su traje se vio sustituido por una bata estrechísima y a
él lo pusieron en la camilla y lo llevaron a que lo medicaran. Silenciosos,
pero omnipresentes, Jelling, Matchy y otros dos agentes preparados para
disparar ante el mínimo gesto sospechoso, ante el mínimo ruido poco claro,
seguían atentamente el trabajo de Thesenty y de Lila Leland.
Le quitaron la venda negra a Déravans. De un dispositivo
eléctrico que se oía funcionar con un sordo zumbido, cogieron una venda blanca
humeante y se la aplicaron al ciego en la frente.
—A partir de aquí hay que esperar una hora —dijo
Thesenty—. Dentro de una hora le pondremos una inyección y le cambiaremos la
venda. Luego, después de otra hora, ya podré operar.
—Salgan a fumarse un cigarrillo —propuso Jelling—. Pero no
se pongan en el pasillo al lado de las ventanas… Yo me quedo aquí a vigilar.
Vio a Severino Thesenty y a Lila Leland salir juntos, con
dos agentes.
Entonces sonrió y llamó un momento a los dos agentes:
—Vigílenlos, pero no de muy cerca. Dejen que hablen.
Los dos agentes se guiñaron un ojo.
—Entendido.
Una hora puede ser breve o interminable, lo sabemos todos.
Quizá la de Severino Thesenty fue brevísima al lado de Lila Leland, pero la de
Jelling fue eterna. Tumbado en la camilla con la venda que le tapaba los ojos,
Déravans no hablaba, sólo se quejaba de vez en cuando. Matchy estaba a punto de
dormirse y otros dos agentes paseaban arriba y abajo por la sala de medicación,
a pasos pequeños, pero suficiente para poner los nervios de punta al hombre más
tranquilo del mundo. Pero esa hora también pasó y Severino Thesenty entró por
fin con su compañera. Déravans fue sometido a la nueva medicación que esta vez
le arrancó un verdadero grito de dolor, pero Thesenty trabajaba con seguridad y
una especie de impasibilidad profesional se había extendido por su cara como
una pátina.
Pasó otra hora, y pasaron treinta minutos más para que la
última inyección hiciera efecto antes de que pudieran llevar a Déravans al
quirófano.
Justo cuando cruzaba el pasillo se oyó con claridad el
timbre del teléfono. Jelling saltó como un resorte:
—Quietos, respondo yo.
Corrió con su zancada amplia que le hacía parecer un
avestruz en carrera, se precipitó por las escaleras, llegó a la planta baja, al
cuarto del portero, justo cuando este estaba a punto de descolgar.
—Quieto, respondo yo.
El teléfono sonaba con insistencia. Jelling se puso un
pañuelo en la boca y descolgó.
—Clínica Linden, ¿dígame?
—Soy el doctor Warren. Páseme por favor con el doctor
Thesenty.
—No está. Nunca está en la clínica a estas horas.
—Páseme entonces a la doctora Leland.
—Ella tampoco está. Si quiere dejar algún recado…
—No, nada. Gracias.
Y colgaron al otro lado de la línea. La voz que había
hablado era de hombre, más bien ronca y grosera. Es más, se podría decir que
era vulgar. Jelling había notado perfectamente un acento dialectal, y se sabe
que el dialecto, en Boston y en general en todos los Estados Unidos, sólo lo
habla la gente de clase inferior.
No había hablado un médico. Jelling estaba seguro de eso.
Pero quería tener una prueba. Warren era el nombre de un conocido oculista.
Sólo había que llamar a su número y cerciorarse.
—Buenos días, ¿es la casa del doctor Warren? Le llamamos
de la Central de Policía. Páseme enseguida, por favor, al señor Warren…
—Es que el doctor está en la cama…
—Siento tener que molestarlo, pero necesitamos hablar con
él.
Tras una larga espera, se puso al aparato el doctor
Warren. Nunca había llamado por teléfono a la clínica Linden, tenía una voz
distinta de la que Jelling había escuchado antes, y estaba enfadadísimo por
haberlo molestado.
Al colgar, Jelling volvió al piso de arriba preocupado.
Por mucho que quisiera controlarse, una ligera sensación de miedo se había
colado en su interior. Esa llamada de teléfono era clara: alguien quería
asegurarse de Thesenty hubiera obedecido la orden de abandonar Boston. Era muy
probable que también hubieran llamado a la pensión donde vivía y supieran que
estaba preparando las maletas. ¿Y si no estaban seguros? ¿Y si querían ir a la
clínica?
Era responsable de la vida de Thesenty, lo notaba. Se
acordó de su mujer, que preparaba tan bien la tarta de manzana, y de su hijo,
que estudiaba por la noche al lado de él, haciéndole alguna pregunta, y del
calor de su casa, la seguridad, la tranquilidad de su familia…
Algo le ahogaba: el miedo o la emoción, quizá el
remordimiento… Si Thesenty resultaba asesinado, no volvería a tener paz en toda
su vida…
Pero ninguna de estas sensaciones se reveló cuando entró
en el quirófano, aparte de que nadie lo miraba. La operación había empezado. En
el centro de ese quirófano amplio estaba la mesa de operaciones. Con la cara
cubierta por una mascarilla blanca, bajo una luz implacable, Thesenty, ayudado
por Lila Leland y una enfermera, estaba operando. En las ventanas, en las dos
puertas, con la mano en la funda de la pistola, vigilaban cuatro agentes.
Había más agentes vigilando el pasillo, todas las
entradas, en el perímetro de la clínica. Nadie podría entrar.
Pero… Un pensamiento horrible cruzó la mente de Jelling.
Algo que le dejó la sangre helada. Miró a Thesenty, pero sólo le vio los ojos,
impersonales, sin expresión, el resto de la cara se lo tapaba la mascarilla
blanca. ¿Quería realmente Thesenty devolverle la visión a Déravans. O mejor…?
¿Y Lila Leland?
Tuvo la tentación de levantarse y gritar, de pararlos.
Pero el bisturí ya estaba trabajando. Jelling entrevió alguna gota de sangre y
las manos enguantadas de Thesenty que se movían con rapidez alrededor de los
ojos de Déravans mientras Lila Leland le pasaba con velocidad el distinto
instrumental.
—Las tijeras no —dijo Thesenty de repente—. Las pinzas
pequeñas.
—Antes hay que cortar —murmuró Lila Leland.
Con un gesto nervioso, Thesenty tiró en el carrito el
instrumental que le había dado Lila Leland y cogió otro.
—No —dijo con sequedad.
Habían hablado en voz baja, pero en el silencio sepulcral
que reinaba en el quirófano parecía que lo habían hecho en voz alta.
Jelling estaba sudando. Luego de repente le entraba frío,
luego otra vez un sofoco como si tuviera un acceso de fiebre. A lo mejor todo
estaba equivocado, se había equivocado en todo. Pero ya era tarde. Nadie podía
parar esa máquina inexorable que es una operación en curso.
—Hecho.
Thesenty cortó la venda que había puesto alrededor de la
frente de Déravans y tiró las tijeras en el carrito del instrumental.
Mañana por la mañana hay que quitar la venda y administrar
la primera medicación. Mañana por la noche, la segunda. Pasado mañana por la
mañana Alberto Déravans verá. Todo ha ido bien.
Déravans, escoltado por los agentes como si fuera un
cargamento de oro, fue transportado en la camilla a su habitación, junto con la
enfermera. Jelling se acercó a Thesenty, que se había quitado la mascarilla
blanca.
—Ahora los agentes le acompañarán a la estación y usted se
irá inmediatamente a Nueva York, hay un tren a la una y diez. Tiene tiempo de
sobra para cogerlo… No le diga su dirección a nadie, excepto a nosotros, la
Central de Policía… Cambie de hotel todos los días, regístrese con su segundo
apellido y no con el primero…
Pálida y exhausta, Lila Leland se había quitado la
mascarilla y la bata. Ella y Thesenty se miraron un momento, pero no se dijeron
ni media palabra.
Ahora había que salir. Con el corazón en la garganta,
Arthur Jelling reunió a sus agentes y puso a Severino Thesenty en el medio.
—Saldremos por la puerta de servicio… Al mínimo ruido,
tírese al suelo.
Bajaron las escaleras, recorrieron el pasillo, cruzaron el
almacén y salieron a la calle. A cinco metros de distancia el enorme coche de
la Policía esperaba con el motor encendido y las puertas abiertas.
—Ahora, dese una carrera y entre el primero en el coche.
Luego entraremos nosotros.
Jelling miró fuera, salió a la acera que separaba la
clínica del coche y echó un vistazo alrededor.
—¡Adelante!
Thesenty salió a su vez, pero no corrió. Caminó deprisa y
recorrió los cinco metros al descubierto en un tiempo infinitesimal; pero a
Jelling le pareció que ese trayecto no acababa nunca. No pasó nada en ese
momento. Lila Leland y Jelling se montaron en el coche justo después que
Thesenty, pero no se escuchó ningún disparo ni se vio nada sospechoso.
10
Jelling coloca en orden las piezas
El 22 por la mañana, todos los periódicos de Boston
publicaron la siguiente noticia, aunque no le dieran mucha importancia:
«La tragedia en la que el conocido cirujano Augusto Linden
y su primer ayudante Alfredo Lamarck perdieron la vida no atemorizó en absoluto
a un verdadero héroe de la ciencia, un verdadero misionero de la medicina:
Severino Thesenty. Como publicamos en días pasados, algunos delincuentes, que
por intereses criminales no deseaban que el famoso millonario Alberto Déravans
recuperara la visión, habían amenazado de muerte y asesinado a los únicos
cirujanos capaces de devolverle la visión al ciego, Linden y Lamarck. También
habían amenazado de muerte al médico Severino Thesenty, segundo ayudante de
Augusto Linden, pero este, indignado por la desfachatez de los criminales que
la Policía está buscando de manera muy activa, lanzó un desafío a los
delincuentes; él operará a Alberto Déravans mañana, es decir, el 23 por la
mañana, sin preocuparse de la amenaza, desestimando el peligro de muerte que
corre. Se han tomado todas las precauciones que el caso requiere para
salvaguardar la vida del noble profesional que honra nuestra ciudad, y los
malhechores no sólo no se atreverán a atentar contra su vida sino que, de
hacerlo, encontrarán el recibimiento que se merecen y se les podrá castigar
finalmente».
Había más elogios a Severino Thesenty y las habituales
consideraciones sobre el continuo progreso de las bandas de delincuentes,
debido sobre todo a la vileza general de los ciudadanos, que nunca se atreven a
rebelarse con valor, etcétera, etcétera. Y todo con titulares a dos columnas
que sonaban más o menos así: «El médico Severino Thesenty lanza un reto a los
asesinos».
El capitán Sunder, tras haber hojeado una decena de
periódicos que daban esta noticia, levantó la cabeza de la mesa y miró a Arthur
Jelling, que esperaba, respetuoso, de pie.
—Así que este es su plan —dijo—. ¿Dónde se encuentra ahora
Thesenty?
—El doctor Thesenty está en Buffalo —respondió Jelling—.
Se fue ayer por la noche en tren hacia Nueva York, pero al llegar a esta ciudad
se fue enseguida a Buffalo, con la intención de que se pierdan las pistas… La
operación se llevó a cabo. Esta mañana he ido a la clínica, y la señorita
Leland, que sigue el tratamiento del señor Alberto Déravans, me ha asegurado
que mañana verá… Pero yo ya he hablado con él: hasta pasado mañana no debe
decirle a nadie que lo han operado. Nadie lo debe saber, todos tienen que creer
que Déravans sigue ciego…
—¿Y luego? —preguntó Sunder mirándolo fijamente con
interés.
—Luego, nosotros prepararemos todo, como si el señor
Déravans fuera a operarse. Cordón policial en torno a la clínica y vigilancia
continúa de todos los que entran y salen de allí. El 23 por la mañana, al
amanecer, simularemos que el señor Thesenty va a la clínica a operar. Un coche
se parará delante de la clínica, los agentes correrán a abrir la puerta para
que baje el señor Thesenty… En ese momento debería funcionar la trampa. En
cuanto se oiga un disparo, agentes en motocicleta y agentes con perros se lanzarían
a por el tirador, y creo que esta vez no será capaz de escapar…
—¿Y si no sale bien?
—Si no sale bien, es decir, si nadie dispara, no sería
malo. Ahora Déravans ya ha recuperado la visión y el señor Thesenty está a
salvo. Quiere decir que seguiremos la investigación por nuestra cuenta, sin
preocuparnos de salvarle la vida a ningún médico, como hemos tenido que hacer
hasta ahora.
—Me parece que está encajando bien las piezas —concluyó
Sunder—. Ha conseguido convencer a Thesenty de que opere y eso es mérito suyo.
Ha conseguido sacarlo de la ciudad a salvo, y esto también es gracias a usted.
Sólo queda un pequeño detalle —acabó sonriendo— descubrir a quien ha asesinado
a Linden y a Lamarck, pero espero que esto también lo consiga.
—Tengo que encajar aún más piezas —respondió Jelling,
animado por los elogios.
Alguien llamó a la puerta. Era Matchy. Ligeramente inflado
y con la cara sonriente, comunicó sus novedades.
—He encontrado al hombre del Maritaine —dijo—. Se lo
dejaron a prueba a un tal Carlo Styss, que quería comprarlo, quien declaró que
precisamente ayer, sobre las tres, fue a Soul… Le juro que no me lo creía
cuando me lo han dicho, como no me creía que fuera verdadera la dirección que
había dejado donde iba a comprar el coche: Michigan Street 11. Me voy corriendo
a Michigan 11, pensando que iba a ser un paseo inútil, y encuentro, en cambio,
una pensión donde conocen a la perfección a Carlo Styss…
—¿Dónde está? —preguntó Sunder nervioso—. ¿Lo has traído
aquí?
Matchy hizo gesto de que no.
—Cuando he llegado ya había escapado del nido. Se había
ido. Sin decir dónde iba, por supuesto… Pero es como si lo hubiéramos cogido,
Jefe. Vivía en la pensión desde hacía seis meses y puede estar seguro de que he
recogido información. Mucha. Y también una fotografía. He puesto patas arriba
la pensión, he rebuscado en la habitación que ocupaba él, he interrogado al
resto de inquilinos, al portero y mire… —hizo una pausa, y luego siguió de
inmediato—. Es un hombre que llevaba una vida apartada, casi misteriosa. Salía
por la mañana, volvía para las comidas y para dormir por la noche. Parecía que
era viajante, porque siempre llevaba un voluminoso sobre debajo del brazo y
varios horarios de tren repartidos por la habitación, pero nadie pudo saber
nunca qué tipo de negocios hacía. Era afable, había hecho relaciones de amistad
con los demás inquilinos y en una ocasión, con motivo del cumpleaños de la
dueña de la casa y de la comida que esta había preparado, le hicieron una
fotografía de grupo. Aquí está… Pero siempre se mostraba reservado y nunca
hablaba de sí mismo. No se le conocían relaciones con mujeres. Sólo una vez fue
una mujer a buscarlo una mañana. Dicen que era una chica de una belleza
extraordinaria…
Jelling escuchaba religiosamente. Sunder escuchaba
religiosamente. Matchy estaba dichoso por el interés que suscitaban sus
palabras.
—… Por eso —continuó—, ahora bastaría con ampliar la
fotografía y enviarla a todos los departamentos de Policía Federal con los
demás datos que tengo y como mucho en una semana el señor Carlo Styss estará
aquí con nosotros explicándonos qué hacía con su Maritaine en la carretera de
Soul y por qué disparó a Lamarck.
Tras haberla mirado atentamente, Sunder le pasó a Jelling
la fotografía que había traído Matchy. Se trataba de un grupo de personas
fotografiado en un salón amplio, al lado de una mesa con todo preparado para
comer. Un agujero hecho con un alfiler sobre la cabeza de una de estas personas
(lo había hecho Matchy) indicaba a Carlo Styss. Era un hombre de unos treinta y
cinco años, vestido con traje de noche, estatura media, rasgos comunes excepto
una nariz muy vistosa.
Jelling devolvió la fotografía a Sunder.
—Hay que encontrar a este hombre —dijo—. A toda costa.
Invadido por la fiebre de la acción, Sunder tocó tres o
cuatro timbres a la vez y a los empleados que acudieron les dio las
instrucciones necesarias. Redactó un informe de identificación de Styss al que
añadió los datos que le había dado Matchy, como el vestuario habitual del
fugitivo, sus costumbres…
—Telegrafiaremos el informe y publicaremos la fotografía.
En diez minutos toda la Policía de los Estados Unidos le estará pisando los
talones —exclamó después de acabar.
—Otro pequeño detalle —solicitó Jelling tímidamente—.
Haría falta que Matchy volviese a la pensión para informarse si Styss era
supersticioso. Es muy importante…
Sunder, sonriendo irónicamente, le dio una palmada en el
hombro a Jelling.
—Otra vez con la muñeca —dijo—. Haga lo que crea
conveniente, mande si quiere a Matchy, pero ya verá cómo lo conseguimos sin
muñecas…
Matchy, en cambio, parecía muy contento de tener que
volver a la pensión, donde evidentemente se había dado aires de comandante en
jefe, y salió disparado. Jelling se sonrojó, pero estaba tranquilo.
—Entonces —dijo tras una pausa—, dividámonos el trabajo.
En la parte técnica no soy muy competente, así que tendrá que ayudarme. Estas
son las pistas que hay que seguir: 1) la carta de amenaza escrita a máquina y
enviada a Thesenty. Habría que identificar al autor. Será prácticamente
imposible, pero es mejor buscar. 2) La búsqueda del tal Carlo Styss. Si lo
encontramos, creo que habremos encontrado la solución. Habrá que darle una
gratificación a Matchy y otra al conductor de Déravans, que, para reconocer un
coche Maritaine se encontró con esa herida. 3) La protección de Severino
Thesenty. Thesenty está a salvo, pero siempre será mejor protegerlo. Se podría
avisar a la Central de Policía de Buffalo para que no le pierdan de vista, sin
molestarlo, claro…
A Sunder le pareció notar algo sospechoso en el tono de
Jelling.
—¿A qué se refiere? —le preguntó—. ¿Quiere que lo
protejamos o que lo vigilemos? Son dos cosas distintas…
—Sí, en definitiva, protegerlo —dijo bastante abochornado
Jelling.
—Ya me parecía… —murmuró Sunder.
Jelling desvió la conversación entregándole un papelito
con las notas de las búsquedas técnicas de las que se tenía que encargar
Sunder.
—Y usted ¿qué va a hacer mientras yo hago este trabajo?
¿Se va de juerga a la Abeja Verde?
—Pues… No le voy a mentir… Voy a la Abeja Verde —sonrió
Jelling.
—A saber lo que va a rebuscar ahí. Cada vez que le quiero
localizar me dicen que está ahí.
Se despidieron y Jelling se fue. Se dirigía a la Abeja
Verde cuando se paró en la primera cabina que encontró en la calle y llamó al
famoso local.
—Hola, llamo del Instituto de Belleza Xeraton, ¿puede
ponerse la señorita Wilde?
Hubo una espera más bien larga hasta que Jelling escuchó
la voz de la cantante:
—Soy Jelling, de la Policía, hable en clave.
—La crema de noche que me han enviado es simplemente
horrorosa —respondió Teresa Wilde.
—Vamos por buen camino. Puedo prescindir de su ayuda,
quédese tranquila. Pero, si necesitara recurrir a usted, ¿podría contar con su
ayuda?
—Estoy en sus manos con esta entrega. Usted lo sabe de
sobra y se aprovecha de ello. Pero le voy a decir a todas mis amigas lo
despreciables que son sus productos.
—Es preciso que usted no abandone Boston… Haré todo lo
posible para no recurrir a usted, pero necesito poder localizarla siempre en
cualquier momento…
Teresa Wilde, tras un breve momento de duda, respondió con
tranquilidad:
—De acuerdo.
Y ahora, se dijo Jelling cuando salió de la cabina, vamos
a ver a Madame Dark.
Madame Dark era la moderna pitonisa de Boston. Leía el
futuro en las manos, en las cartas, en las bolas de cristal y de mil maneras
distintas. Mostraba a algunos miembros de la buena sociedad las cosas más raras
del mundo, y sus relaciones con la Policía eran más bien tensas, en el sentido
de que Madame Dark tenía un miedo horroroso a todos los agentes, fueran de
uniforme o de paisano. Otras veces la Policía ya había tenido ocasión de hacer
registros en la casa de Dark, sin ningún resultado, por supuesto, porque era
difícil que Madame Dark dejase por ahí los documentos de las ingentes sumas que
a veces sacaba a los ingenuos. Además, en el vestíbulo de su casa había un
cartel muy visible con las tarifas, que eran módicas, justo las que quiere la
ley. Pero todos sabían en realidad que el medio dólar que se pedía por consulta
tenía que multiplicarse por diez, si no por veinte, si se quería una verdadera
consulta, en la que Madame Dark vertía toda su ciencia y su sabiduría.
Por eso, en cuanto Jelling entró en el vestíbulo de la
célebre hechicera y le dio sus datos personales, la propia Madame Dark apareció
enseguida jadeante y gorda a recibirlo.
—Póngase cómodo, por favor, estoy a su disposición…
Debería estar ofendida porque siguen vigilándome como si fuera una ladrona,
pero en el fondo sus visitas me gustan porque demuestran mi honradez y la
seriedad de mi trabajo. Apuesto a que ha sido alguna sirvienta la que ha ido a
contarles no se sabe qué sobre mí. Conozco a estas muchachas. Cuando las
despido, quieren vengarse y van a la Policía a contar patrañas… ¡Oh! Pero no lo
dude. Yo trabajo con honradez…
Con esa profusión de palabras, Jelling se quedó
avergonzadísimo y le costó mucho trabajo explicar que no había ido porque una
sirvienta despedida la hubiera denunciado, sino por otro motivo.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál?… La Policía siempre tiene la oreja
puesta, busca y rebusca por todas partes, y resulta que ahora la gente honrada
paga el pato…
El rostro de Madame Dark, a decir verdad, era cualquier
cosa menos honrado. Al hablar, Jelling sentía una repugnancia instintiva, más
que por la cara hinchada y flácida, con bolsas en los ojos, por las manos
terriblemente gordas que recordaban los tentáculos viscosos de algunos
moluscos. Y los dedos, de hecho, bajo toda esa grasa, se movían con la misma
lentitud y sinuosidad que los tentáculos de un pulpo.
—He venido por la investigación de un caso —dijo cuando
Madame Dark le invitó a pasar a una sala en la que faltaba la respiración
debido a las pesadas cortinas rojas que revestían las paredes desde el techo
hasta el suelo—. Necesitaría saber el nombre de sus clientes habituales… Bueno,
no de todos, sino de los que hayan venido por aquí varias veces hace poco…
—¿El nombre de mis clientes? —exclamó Madame Dark
horrorizada—. Usted sabe, inspector, lo insignificante que es la gente. Vienen
aquí y por una mísera suma dejan que les explique su futuro o piden consejo
para cualquier asunto de la vida, luego se van satisfechos, pero avergonzados,
y no quieren que nadie se entere de que han estado aquí. ¿Cree que dejan el
nombre mis clientes? Como sabe de sobra, tengo tres entradas, tres salones
distintos y tres vestíbulos para que la gente pueda venir aquí sin que la vea
nadie. Mire esa bombilla amarilla ahí arriba: si yo estoy hablando con usted y
alguien entra para una consulta en otro salón, la bombilla se enciende y quedo
avisada. No, no es posible lo que usted me pide.
—Pero, aunque no le den el nombre, de alguno habrá oído
hablar —insistió Jelling.
—¡De alguno!… Le juro que no conozco a nadie, que no me
preocupo, casi ni les miro a la cara… Me basta con examinarles la mano o
echarles las cartas…
Era evidente que Madame Dark mentía, pero Jelling no se
sentía capaz de seguir insistiendo. Tenía, en cambio, otros métodos para
conseguir su objetivo.
—Perdóneme, señora —dijo con amabilidad—, si le molesto…
Yo le diré algún nombre y usted podría ser tan amable de decirme si pertenece a
alguno de sus clientes. Por ejemplo, Déravans, Andrea Déravans…
—¿El hermano del ciego? En mi vida lo he visto. Eso se lo
puedo asegurar.
—Entonces… Dundley, los señores Dundley, ¿sabe?, los
amigos de Déravans.
—No los conozco… No sabría…
Jelling comprendió que, aunque le enumerara todos los
nombres de la enciclopedia de hombres ilustres, ella habría dicho siempre que
no. Además, la bombilla amarilla se había encendido y Madame Dark mostraba
signos de impaciencia.
—Perdóneme si he interrumpido su trabajo —dijo Jelling
levantándose—. Permítame que le pida un favor… Le dejo un papel con algunos
nombres… Le estaría agradecido si comunicara a la Central de Policía si viene
alguien cuyo nombre se corresponda con uno de estos…
Madame Dark cogió el papel y lo leyó enseguida, con un
brillo de malicia en los ojos.
—Es por toda esa historia del millonario ciego, ¿no?
—preguntó.
—No exactamente… —dijo Jelling sonrojándose molesto.
—¿Qué le parece? No soy yo quien tiene que hacer las
preguntas. Lo decía por decir. Pero le repito que será difícil que yo pueda
decirle algo respecto a los nombres de mis clientes. Mi casa es peor que una
estación: entran y salen sin decir siquiera quiénes son…
Esta visita había sido un auténtico fiasco para Jelling.
Cualquier otro agente habría hecho «cantar» a Madame Dark todo lo que supiera,
no como él, con su actitud tímida y demasiado amable. Pero, por pura
casualidad, se convirtió en todo un éxito. De hecho, al acompañarlo hacia la
salida, Madame Dark le hizo cruzar el pasillo al que daban las puertas de las
salas de espera. Entonces, Jelling preguntó:
—Preferentemente vienen mujeres, ¿no?
—Sí, claro. La clientela femenina es la más numerosa. No
es difícil imaginarlo.
—Ya —respondió Jelling.
Jelling se despidió con un suspiro de alivio de la
hechicera, bajó las escaleras y llegó al portal. Pero no se movió, no se fue
enseguida. Permaneció inmóvil esperando. De vez en cuando miraba el reloj,
luego se frotaba las manos para calentárselas y volvía a mirar el reloj con
impaciencia. Las tres de la tarde, las tres y cuarto, las tres y treinta y
cinco.
A las tres y treinta y cinco en punto, Lila Leland, que
salía por el mismo portal, se encontró cara a cara con Arthur Jelling. Tras un
primer momento de estupor, sonrió.
—¿Ahora me sigue?
—No, ha sido casualidad. Al salir de la casa de Madame
Dark, he olido en el pasillo su perfume. Azur. Sabía que le gustaba a usted,
tanto que esta mañana he comprado un frasquito. Es un regalo muy modesto por lo
que hizo anoche cuando convenció a Thesenty de que operara a Déravans…
Y le tendió un frasquito que había sacado del bolsillo.
Ella cogió el perfume con mucha sencillez.
—No se ofenda si se lo digo, Jelling —dijo con tono
gracioso—. Al escuchar que me ha descubierto porque ha olido mi perfume en el
pasillo de Madame Dark, se me vienen a la mente esos perros que buscan trufas…
A Jelling también le resultó gracioso.
—¿Ha venido a que le lean el futuro? —preguntó.
—¿No puede estar ni un momento sin hacer de policía? —le
exhortó ella—. Al final me voy a enfadar de verdad.
Jelling cambió de tema.
—¿Cómo está Déravans?
—Esta noche le pondré la última medicación. Hoy ha
empezado a ver luces de contraste. Todavía no distingue objetos, pero es
cuestión de horas. Cuando mañana se le interrumpa la medicación, verá
perfectamente.
—¿Ha leído los periódicos?
—Claro. No tema. Nadie sabe que hemos operado a Déravans.
Puede poner en práctica sus trampas como mejor le venga.
Caminaron un trecho en silencio. Ya estaba anocheciendo.
El cielo estaba frío y blanquecino; mirando hacia arriba, uno creería que
estaba en un patio con el techo de cristal.
—¿Podemos hablar un poco más en serio? —dijo Jelling de
repente.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Qué quiere decir?
—Hasta ahora hemos bromeado casi siempre —tuvo el valor de
decir Jelling.
—¿Y arrestarme durante un día también ha sido una broma?
—No… Un experimento…
—¿Y para cuándo los resultados, entonces?
Él dudó, evidentemente abochornado e indeciso, y luego
murmuró:
—Quizá sería mejor que usted se marchara en cuanto haya
terminado de curar a Alberto Déravans.
—¿Marcharme? ¿Y por qué? —preguntó ella con insolencia.
—Yo no soy un policía —respondió suavemente Jelling—. No
tengo ni el ánimo ni la capacidad, usted lo sabe perfectamente… Pero tengo que
cumplir con mis obligaciones… Tengo que hacerlo, por lo menos, cuando sea el
momento. La dejé en libertad porque sabía que usted era la única persona capaz
de convencer a Thesenty de que operara a Déravans después de que Lamarck
renunciara de esa manera. Ahora que Déravans ya está operado…
—¿Dónde quiere ir a parar?
—Váyase —le rogó Jelling—. Váyase lejos, y no se lo diga a
nadie…
Lila Leland se paró y lo miró. Estaba claro que las
palabras de Jelling le habían impresionado, estaba claro que lo estudiaba para
saber hasta qué punto tenía que valorar la advertencia.
—Está bien —dijo finalmente—. Me marcharé esta misma
noche, después de la última medicación.
—No es una orden —explicó Jelling un poco avergonzado.
—Pues no mienta ahora —respondió Lila Leland.
Estaba enfadada, desconcertada y un poco atemorizada.
Se callaron. En la primera parada de taxis, ella dijo que
quería volver a la clínica en coche, y lo dejó. Él intentó hablarle un par de
veces, pero ella movía la cabeza molesta.
Este encuentro y el breve coloquio dejaron a Jelling
entristecido. Aunque también tenía más motivos para estar triste. La vida que
estaba llevando desde que se dedicaba a los Déravans era para él la más
desgraciada que se pudiera imaginar. El asesino de Linden y el de Lamarck
habían hecho mella en su ánimo.
Aunque, y esta era quizá su única habilidad, conseguía
ocultar bastante bien sus sufrimientos. Nadie sabía, aparte de la señora
Jelling, la angustia que soportaba. Cuando se le veía, parecía un chico tímido
y distraído al que los miedos y el dolor le resbalaban sin dejar muchas pistas.
Y, sin embargo, no era así.
Cuando le dejó Lila Leland, se dirigió lentamente a casa
de los Déravans, donde consiguió encontrar a Andrea Déravans justo en el
momento en que este salía.
—Voy a ver a Evelina —le dijo—. Si quiere venir conmigo,
hágalo con toda confianza… No se encuentra bien. La muerte de Lamarck la ha
dejado fuera de juego.
Era la primera vez que Jelling veía a Andrea Déravans tan
serio y alterado. No parecía él en absoluto. Ese aspecto irónico y casi cínico
que mostraba siempre había desaparecido. Al final se veía en su rostro algo
afectuosamente humano.
—Pero ¿no vivía con ustedes la señorita Soldier? —preguntó
Jelling con discreción.
—Por supuesto que no. Ha sido nuestra invitada durante
varios días, mientras esperábamos que operaran a Berty. Pero ahora, después de
todo lo que ha pasado, ha vuelto a su casa. Sobre todo porque no se siente
demasiado bien.
Cogieron un taxi porque el chófer todavía estaba en la
cama por la herida, y Jelling se acordó de la gratificación que había pensado
darle.
—Habrá que recompensar a Hastings —dijo a Déravans—. Es un
muchacho valiente.
—Sí, claro. Ya me he ocupado de eso. Ayer le llevé cien
dólares y le he prometido un mes de vacaciones en cuanto se recupere.
—Ya no se encuentran jóvenes de ese tipo. Son todos igual
de miedicas que un conejo —dijo Jelling en tono simpático.
—Sí, es verdad.
Se encontraron a Evelina Soldier descansando tendida en un
sillón frente a la ventana. A pesar del colorete y el maquillaje, perfectos
como siempre, no conseguía ocultar su sufrimiento. Sus ojos hablaban por ella.
—Ha hecho bien viniendo, señor Jelling —le dijo con afecto
cordial—. Me da la sensación de estar más protegida. —Se sentaron junto a ella,
que había pedido a la sirvienta que acercara el carrito de las bebidas, y
continuó—: Ahora no soy capaz de dormir por lo del señor Thesenty. Pensar que
él, mañana por la mañana, arriesgará su vida de esa manera para operar a Berty
me provoca escalofríos. ¡No puedo pensar en ello!
—Hemos tomado todas las precauciones —explicó Jelling—. Es
prácticamente imposible que el asesino pueda hacer algo.
—Con Linden también se tomaron todas las precauciones…
Lamarck también se creía a salvo… Y en cambio…
—Me parece exagerado que se haga toda esta publicidad para
avisar de que mi hermano se va a operar mañana por la mañana —intervino Andrea
Déravans—. Es más, me parece muy peligroso…
—Ha sido el propio Thesenty el que lo ha querido así —dijo
Jelling—. Estaba tan enfadado con la carta de amenaza que había recibido, tan
indignado, que incluso antes de llamar a la Policía fue a la redacción del Old
Boston para que publicasen su desafío al asesino… Claro que nos ha metido en un
buen lío. Piense que ahora su vida está en nuestras manos, y nosotros no
sabemos muy bien qué debemos hacer para protegerlo con garantías…
—No hay nada que ofrezca garantías en esta historia tan
horrible… ¿Quiere un poco de coñac? —dijo Déravans. Y continuó—: Lo que resulta
descorazonador es precisamente eso: el despiadado método del asesino, que
parece que consigue alcanzar siempre su objetivo criminal. Piense en el
asesinato de Lamarck. Nadie sabía que él había decidido de repente operar a mi
hermano. Nadie sabía, además, que pretendía operarlo, no en la clínica Linden,
sino fuera de Boston, en Soul Y, sin embargo, el asesino llegó allí, se cruzó
en su camino, lo mató y se dio a la fuga en su coche.
—… Este problema ya está casi resuelto —murmuró Jelling—.
No les puedo dar nombres por ahora, pero claro que me imagino quién puede haber
informado con mucha facilidad al asesino de que Lamarck y su hermano se
dirigían a Soul, de manera que él pudiera alcanzarlos con su coche. Conocemos
la marca del coche: un Maritaine. Conocemos el nombre y el apellido de quien lo
condujo ese día a Soul para encontrarse con Lamarck. No hay más que encontrar a
este tipo ahora, y no nos va a resultar difícil. En cuanto lo arrestemos, lo
demás se explicará por sí solo. Lo más importante es que el doctor Thesenty
pueda operar mañana por la mañana sin que ocurra nada…
Déravans se puso una segunda copa.
—¿Y toda esta sangre por qué? —dijo—. ¿Por qué? ¿Qué
quieren de nosotros? No nos han pedido ni un céntimo.
—Se lo pedirán, no lo dude. —Y Jelling se animó del todo—.
Creo adivinar el plan del asesino. Es un chantaje complicado y de larga
duración, y si consiguen que resulte con éxito le tendrán bien cogido el resto
de su vida, a usted y toda su fortuna.
—Tiene que ser un loco o un inconsciente… Un enfermo
mental, eso —dijo Déravans—. No se puede concebir una criminalidad tan feroz y
que al mismo tiempo sea consciente.
—¡No, Andrea! —exclamó Evelina Soldier—. Yo no creo en la
enfermedad mental de los delincuentes. Usted sabe que yo también he estudiado
Derecho y he visto muy bien, con mis propios ojos, que la enfermedad mental,
salvo casos rarísimos, es una miserable excusa inventada por los abogados para
salvar a sus desvergonzados clientes… Si arrestan al asesino, no habrá que
tener piedad de él en absoluto, no habrá que disculparlo bajo ningún pretexto,
ya sea por una herencia accidental o por pobreza… Incluso quien desciende de
una generación de asesinos sabe lo que hace cuando mata por primera vez, y por
mucho que quisiera no podría dejar de hacerlo. No es la herencia lo que le
empuja, sino la corrupción consciente.
Evelina Soldier estaba indignada, con la cara roja. Por
fin sus ojos habían recuperado la vivacidad y el orgullo que la caracterizaban
habitualmente.
—La señorita tiene razón —se permitió intervenir Jelling
con educación—. Un amigo mío, que es profesor de psicopatología, Tommaso Berra,
también piensa lo mismo. Hizo una campaña periodística para que se modificara
el código en ese sentido… Como usted sabe, nuestro código data de cuando la
vida y las ideas sobre la vida eran todavía primitivas y estaban contaminadas
de romanticismo. Antes se veía en el asesino a un pobre hombre arrastrado por
la miseria o por instintos hereditarios de los que no tenía culpa. Pero ha
habido demasiadas pruebas de que eso no es así. Demasiados delincuentes ricos,
nacidos de buenas familias, completamente conscientes, que realizaban sus
gestas criminales a sangre fría, sin que los arrastrara ninguna pasión, sólo la
voluntad de hacer el mal…
—Estos problemas siempre me han interesado —dijo Déravans,
tranquilo, sin alterarse, como Jelling había temido por las contradicciones que
había encontrado—. Nuestra literatura está llena de novelas en las que hombres
matan a otros hombres, por los motivos más diversos, y nunca por una
criminalidad consciente, como dice usted. ¿Cómo se explica esto?
—Fantasías —explicó lacónicamente Jelling—. En la vida
real las cosas son bastante distintas. Piense en nuestro caso. ¿Por qué han
asesinado a Linden? ¿Y por qué a Lamarck? Nosotros todavía no lo sabemos.
Sabemos que el asesino no quiere que su hermano recupere la visión, pero no
sabemos por qué no lo quiere… Y, aun así, yo puedo decir que lo sé… Incluso
apostaría a que se trata de un motivo material muy común, de dinero o de
interés… Los hombres son vagos, los hombres no levantan un dedo si no hay una compensación.
Y si ha asesinado a Linden y Lamarck, no dude de que el asesino lo ha hecho
para recibir una compensación. Ese será siempre el rastro que traicionará al
delincuente: el efecto al que se encaminaba con su delito. Y existen muy pocos
motivos aparte del interés material que empujen al hombre a hacer el mal…
—¿Quiere decir —prosiguió Déravans— que una pasión
violenta, pero ideal, no empujará a nadie a matar? Sin embargo, hay muchos
ejemplos al respecto.
—Nos hemos hecho muy indolentes —rebatió Jelling después
de unos minutos de reflexión— o demasiado civilizados, como dice quien se
quiere engañar, para matar por culpa de una pasión. Ahora nos guardamos
nuestras pasiones con naturalidad, y hoy es raro el caso de un homicidio
pasional… Por eso la ley se tiene que hacer cada vez más severa, más
inflexible. Al asesino de Linden y de Lamarck se le deberá castigar con la pena
máxima y todos sus agravantes. Se trata de un delincuente puro que hasta ahora
ha tenido la suerte de su lado, y por una serie de circunstancias nos ha podido
engañar… Pero le puedo decir, aunque peque de inmodestia, que he comprendido su
juego y que deberá tener cuidado con lo que haga…
—¡Ojalá fuera de verdad como dice usted! —exclamó
Déravans.
Se mostraba melancólico, abatido, por eso había perdido
todo su espíritu sarcástico.
Jelling, por su parte, seguía animado. La imagen de Teresa
Wilde le pasó por la cabeza y no pudo aguantarse de decir:
—Y tengo un arma terrible en la mano… Un arma que usaré
sólo en caso extremo, sólo si las demás me fallan. Pero es segura, y cuando la
ponga en funcionamiento el asesino estará perdido.
Después de decir esto se dio cuenta del tono épico que
había usado y se puso rojo. Pero la sonrisa triste de Evelina Soldier lo animó.
—Me siento tan segura cuando habla de esa manera —le
dijo—. Por lo menos estoy segura de que hará todo lo que humanamente pueda…
Se interrumpió porque había entrado la sirvienta.
—Hay… un agente de Policía… El señor Matchy, que desea
hablar con el señor… —y señaló a Jelling.
Este se levantó.
—… Quizá le han molestado mis palabras —le dijo a Evelina
Soldier—. Perdóneme… Había venido precisamente para tranquilizarles a los dos.
El señor Déravans será operado mañana por la mañana y todo irá bien.
Se despidió después de algunos cumplidos y salió para
encontrarse con Matchy.
—He tenido que utilizar mi intuición para encontrarle
—exclamó Matchy—… Pero le tengo que decir dos cosas importantes. En primer
lugar, Carlo Styss es supersticioso. En la pensión, a la que he vuelto, todos
están de acuerdo con esto. Además, esas dos personas que me ha encargado que
buscara ya casi las tengo en mis manos…
Jelling pareció sorprenderse. Se paró y preguntó con la
mirada.
—Es… una pareja sospechosa que he conseguido localizar
después de buscar mucho… Pero el hecho es que el portero de la Abeja Verde, que
lleva allí diez años y se sabe la historia de todos los clientes, me ha hablado
de dos que hace cuatro años hacían negocios en el local relacionándose con los
ricos que iban allí. Se decía que los chantajeaban después de haberles hecho
trampas en el póquer, y que vivían de otros sistemas parecidos…
Se puede decir, sin exageraciones literarias, que Jelling
escuchaba con toda su alma.
—… Entonces he seguido la pista —continuó Matchy
regodeándose—. Y hoy he conseguido saber su verdadero nombre. Usaban tres o
cuatro como habituales, pero el de hoy es el verdadero… Sólo que no hay forma
de saber más. Desde hace cuatro años parece que se han volatilizado y no han
vuelto a dar señales de vida. Puede que ahora sean personas honradas.
—Puede ser… —dijo misteriosamente Jelling—. Pero dígame
sus nombres.
Matchy se sacó el cuaderno del bolsillo.
—Pietro O’Stere es el nombre de él, debe de ser de origen
irlandés. Y ella, Caterina Messel.
—… O’Stere… Messel… —dijo Jelling silabeando—. Creo que ya
he oído estos nombres…
Le dio como una sacudida y se le encendió una luz en los
ojos.
—Corra, Matchy —exclamó—. Vamos rápidamente a la Central.
A paso de carrera llegaron al edificio (a decir verdad
bastante feo y viejo) de la Central de Policía; siempre a la carrera subieron
las escaleras que conducían al despacho de Jelling, el archivo, y ahí se
pararon. Matchy jadeaba como un elefante enfadado y tenía los ojos fuera de las
órbitas. Jelling, sin pararse a recuperar el aliento, abrió las puertas de un
armario grande lleno de carpetas y empezó a rebuscar anhelante.
—Aquí… Ostayne… O’Stere… Ya tenemos una. Ahora veamos
Messel. Me imaginaba que se trataba de gente con antecedentes penales… Matthew…
Mazier… Mercants… ¡Messel! Ya los tenemos.
Cogió las dos carpetas, se puso en el escritorio y abrió
la cinta que las cerraba, seguido por la intensa curiosidad de Matchy.
—Entonces… —y Jelling empezó a pasar con ansiedad los
expedientes. Pero después de unos instantes se dibujó en su cara la desilusión
más completa y miró a Matchy sacudiendo la cabeza.
—Nada que hacer… No son ellos. ¿Sabe por qué no conseguía
tener noticias de estos dos tipos?
—No —respondió Matchy angustiado.
—Porque desde hace cuatro años exactos están recluidos en
el penitenciario de Alcatraz y les quedan otros seis. Mientras que los que
busco yo están libres, libres, y los tenemos delante de nuestras narices.
11
Los casos eran tres
Ese mismo 22 de enero, Arthur Jelling vino a verme de
nuevo para informarme del desarrollo de la investigación. Aunque este encuentro
entre nosotros se había producido antes de los hechos hasta ahora narrados,
hablo ahora de ello porque lógicamente viene después.
En cuanto lo vi, comprendí que las cosas no iban bien. Si
Jelling sabía ocultar sus sufrimientos, no era capaz de hacer lo mismo con la
alegría, y esto es lo que distingue a las personas profundamente buenas. Eran
las nueve de la mañana y yo había acabado en ese momento de lavarme cuando
Giovanni dio paso a mi amigo. Charlamos media hora y me narró cómo se habían
desarrollado los hechos y sus planes. Luego, con mucha ceremonia, me preguntó
si quería acompañarlo a dar un paseo de «resumen». Tenía ganas de estirar un
poco las piernas y acepté de buena gana. En primer lugar, me condujo a la
clínica Linden. Pero no entramos y Jelling se limitó a pararse delante de la
tétrica construcción.
—Ya está verificado —dijo— que el asesinato de Linden se
produjo de esta manera: el asesino llegó a las inmediaciones de la clínica en
coche, con mucha probabilidad un Maritaine; como sabrá, estos coches son los
más silenciosos del mundo. Así que se apostó detrás del edificio, con lo que
dominaba, de lado, toda la amplia acera que está enfrente de la clínica…
Además, intervino la suerte en su favor. En la clínica había un montón de
personas interesadas en la historia de Alberto Déravans. Linden sale de su coche,
cruza la acera, y el asesino dispara. Por fuerza, al oír el disparo, todos los
que estaban en la clínica salen al pasillo para ver qué ha sucedido. Para
colmo, los ventanales del pasillo están abiertos, porque, debido a la
temperatura, sólo se abren de noche, así que todo hace creer que el disparo ha
salido de esos pasillos, mientras, en cambio, el asesino vuelve tranquilamente
a su coche y se marcha sin que nadie lo moleste.
—¿Ha dicho que está verificado? —le pregunté—. Pero ¿de
qué manera? ¿Tiene pruebas?
—Pruebas lógicas —respondió Jelling—. Mire la forma del
edificio: es ligeramente semicircular. Lo que quiere decir que una persona que
esté escondida detrás de una de las dos alas se encuentra, como ángulo de tiro,
en la misma posición que una que se encuentre delante, casi en el centro. Sólo
hay una diferencia de tres o cuatro metros de distancia. Diferencia que las
pruebas balísticas no pueden encontrar, pero la lógica sí… Además, hay otras
pruebas indirectas. Nadie de los que se encuentran en la clínica llevaba encima
armas. Excepto Thesenty, que me dijo que tenía una, pero estaba descargada.
Este hecho hay que verificarlo, por supuesto. Pero con astucia. No hay que
asustar al asesino. Para que el culpable caiga en la red es necesario que se
sienta tranquilo. Hay que darle la sensación de que nadie sospecha de él, de
que nadie piensa en él. Entonces, con esa tranquilidad, con esa seguridad, él
se perderá. Haré lo posible para que el culpable no recele, que piense que voy
por un camino equivocado y que sigo pistas que no son las verdaderas. Sólo así
conseguiremos que se equivoque… Imagínese que yo ahora arresto al matrimonio
Dundley… Luego le hablo de ello… ¿Y bien? Yo no tengo pruebas contra ellos,
excepto que saben disparar muy bien, al menos él. Comprenderá que no es
suficiente ser un buen tirador para que a uno le acusen de doble homicidio… O
Lila Leland. Creo que esto le interesará. Ella tiene dos coartadas muy buenas.
Cuando Linden y Lamarck fueron asesinados, ella no se encontraba en absoluto
cerca de la escena del crimen. Y no tiene un arma, ni nunca la ha tenido.
—¿Y el asesinato de Lamarck? —pregunté en cuanto nos
pusimos a caminar de nuevo.
—También aquí la lógica me ha ayudado a encontrar la
solución. Creo que se podría explicar así. Lamarck habla con Déravans y le
propone operarlo. Su diálogo es interceptado, seguramente el asesino hace
vigilar o vigila él mismo a Déravans. Sabe muy bien que se le puede operar en
diez minutos y está muy atento al juego sucio… Como ha visto, hemos conseguido
que a Déravans se le haya operado precisamente con juego sucio. Bastaron diez
minutos de buena voluntad y de valor para que un ciego haya recuperado la visión.
Bien, después de saber que Lamarck va a llevar a Déravans a Soul, el asesino
coge su Maritaine y se encamina a Soul esperando el momento oportuno para
vengarse del médico. En cuanto ve aparecer el coche de Déravans empieza el
juego. La carretera está desierta, él dispara, golpea, huye y todo se acaba. A
nosotros nos queda encontrar quién pudo advertirlo con tanta diligencia.
—Me parece que no hay más que una solución… —le dije con
clara alusión.
—Lo sé —me respondió Jelling avergonzado—. Lila Leland.
Pero hacen falta pruebas. Además, ayer por la noche ella convenció a Thesenty
para que operara a Déravans, incluso lo ayudó. Y para hacerlo tuvo que prometer
a Thesenty que se iba a casar con él… Y no creo que tenga muchas ganas.
Reflexioné unos minutos. Luego tuve una idea.
—Habrá comprendido que alrededor de ella se iban cerrando
los brazos de la justicia y habrá dado marcha atrás. Al ayudar a Thesenty en la
operación a Déravans se ha creado una coartada irreprochable y usted no podrá
hacer nada contra ella…
—¿Usted cree? Yo siempre tengo un medio… —y, como supe
después, él pensaba en ese momento en Teresa Wilde—. Un medio que podrá con
cualquier coartada…
—Ha dicho que me hablaría del matrimonio Dundley —le dije
luego mientras me acompañaba a casa—. ¿Tiene alguna novedad?
—Son las personas menos claras de todo este asunto. Si
hiciera caso a mi instinto, tendría que haber seguido el sistema del capitán
Sunder: arrestarlos inmediatamente y hacerlos hablar… Pero, si le hago caso a
la lógica, no muevo un dedo. La cuestión de la muñeca, por ejemplo. Primero
Dora Dundley me dice que no reconoce la muñeca. Luego me dice que es suya y que
mintió por diversión. ¿Tengo que creerla? ¿O intervino algún factor nuevo que
la indujo a decirme que la muñeca es suya aunque no lo sea? Y, en este caso,
¿cuál sería ese factor nuevo? Por lo demás, le repito: una vez dudé, pero ahora
sigo creyendo que esa muñeca es un elemento importantísimo, a pesar de que
hasta ahora no me ha permitido descubrir nada. —Se calló, pensativo, con la
mirada fija en el suelo, aunque sin ver bien dónde pisaba, y añadió—: No sería
nada extraño, en cambio, que la muñeca fuera un elemento adicional, es decir:
admitamos que es en realidad de la señora Dundley, y que ella le ha quitado los
ojos, para el «hechizo»; puede que no tenga nada que ver con el asesino, el
cual actúa por su cuenta y por otros motivos…
—Yo también creo que es así —dije, parándome en el portal
de casa después del paseo—. La señora Dundley me parece la típica tontuela
capaz de hacer caso a los libros de magia… y se ve que están muy interesados,
ella y su marido, en que Déravans siga estando ciego. Saben perfectamente que
no pueden esperar nada bueno de un Alberto Déravans dueño de la casa y con los
ojos abiertos, mientras que con el hermano es otra historia.
—Exacto —me interrumpió Jelling—. ¿Qué piensa de Andrea
Déravans?
—No me gusta nada —le expliqué—. Hay apatía y crueldad en
él. Es un pobre hombre que no tiene fuerzas ni voluntad para mover un dedo más
que en un caso: cuando está enfurecido, y eso le puede pasar a menudo porque es
medio neurótico.
—También él es un magnífico tirador —sonrió Jelling—.
Parece que lo hacen aposta para confundirme… Pero yo quizá le estoy haciendo
perder el tiempo… —dijo en tono ceremonioso y avergonzado—. Perdóneme, esta
investigación me apasiona tanto que me olvido de las reglas más elementales de
la buena educación.
—No empecemos con historias, Jelling —le dije golpeándole
en el hombro con una mano—. Debo haberte dicho cuatro o cinco veces que me
hables con más confianza, y tú siempre con ceremonias… Acabaré ofendiéndome.
—Se lo… Te lo agradezco —balbució confundido—. Nunca tuve
el valor de pedírselo…
—De pedírtelo…
Esto lo dejó muy contento. Yo entré en mi casa y él se fue
a la Central de Policía. Después llamó por teléfono a Teresa Wilde, luego fue a
ver a Madame Dark y por último a Déravans, donde Matchy fue a recogerlo con su
sorprendente noticia sobre O’Stere.
En ese momento, a Jelling lo llamó el capitán Sunder, que
en cuanto lo vio le enseñó un telegrama. Procedía de la Dirección General de la
Policía de Nueva York.
En la búsqueda de Carlo Styss, lo encontramos muerto esta
mañana entre los fallecidos del choque ferroviario del directo 259 procedente
de Boston. Esperamos ulteriores instrucciones.
Sin hablar, Jelling se sentó frente a Sunder. Tenía su
típica mirada ausente, como las personas que piensan con intensidad. Hizo un
gesto con la mano que nadie entendió.
—¿Qué quiere? —le preguntó Sunder—. ¿Mata moscas?
—El… El… El horario de trenes, por favor —le pidió. En
cuanto lo tuvo, se puso a consultarlo febrilmente. Luego levantó la mirada
hacia el capitán Sunder.
—Thesenty partió ayer por la noche a la una y doce minutos
en el directo 215. Carlo Styss ha salido esta mañana a las seis, dos trenes
después, en el directo 259, hacia Nueva York.
—¿Y qué? —dijo el capitán Sunder impaciente.
No estaba en uno de sus mejores momentos, y los titubeos
de Jelling lo irritaban más todavía.
—… Nada…
—Esto es muy gracioso —gritó Sunder, molesto—. Hace
deducciones a medias para concluir con nada en absoluto… Mire, no se ofenda, se
lo digo con toda la sinceridad, pero sin animosidad: le ha ayudado una suerte
increíble en su investigación. Nunca habría encontrado absolutamente nada del
delincuente más inofensivo si no lo hubiera ayudado la suerte.
—¿La suerte? —dijo Jelling, más a sí mismo que como
respuesta.
Estaba claro que seguía el hilo de sus pensamientos y no
había notado el tono verdaderamente ofensivo de las palabras de su superior.
—La suerte ayuda de manera increíble al asesino de Linden
y Lamarck… Todavía por poco, y sólo por pura casualidad, estábamos a punto de
lanzarnos sobre una pista falsa que nos habría alejado del verdadero culpable.
—Pero ¿me va a decir lo que piensa sí o no? —gritó Sunder
realmente fuera de sí.
Jelling se asustó y se quedó blanco.
—Quiero decir… Que Carlo Styss no tiene nada que ver en
este caso. Que sólo una suerte inmensa ha hecho coincidir la pista de este
inofensivo Carlo Styss con las que de verdad conducirán a descubrir al asesino.
—Había recobrado algo de valor y prosiguió con decisión—. Ya lo había intuido
desde el principio. Carlo Styss tiene la nariz grande, se la vi en una
fotografía, y yo no busco a un hombre con la nariz grande… Carlo Styss se
marcha a Nueva York justo cuando los periódicos informan que a Alberto Déravans
lo van a operar mañana por la mañana, y yo, en cambio, busco a un hombre que se
quede aquí para impedir a toda costa que Déravans se opere…
—A lo mejor —rebatió el capitán con un poco más de
confianza en las capacidades de Jelling tras su explicación— Carlo Styss ha ido
a Nueva York precisamente para perseguir a Thesenty, que es el único que puede
operar ahora a Déravans… Es más, es muy extraño que la marcha de este Styss
haya sido poco después que la de Thesenty… Es algo que da que pensar…
—Yo, en esta trampa de la casualidad, no caigo —respondió
Jelling cada vez con más valor—. Hay que desdramatizar las cosas. Nadie sabía,
ayer por la noche, que Thesenty se había ido a la una y doce, y aún estoy
convencido de eso ahora, que los únicos que lo sabíamos éramos nosotros y la
señorita Leland…
Jelling se paró de repente, previendo la objeción de
Sunder.
—Me parece que esta Lila Leland está un poco en todos los
sitios… Y todavía me estoy explicando por qué me pidió que la pusiera en
libertad después de haberme dado su nombre para que la arrestara…
Jelling se puso rojo y bajó la mirada.
—Era la única persona que podía convencer a Thesenty de
que operara a Déravans… —dijo en voz baja.
—Lo sé, ya me lo ha explicado… Pero, aparte de esto, ahora
Carlo Styss está muerto y nunca sabremos la verdad…
—Quizá es mejor así, incluso para él —dijo Jelling
inconscientemente cruel—. Si estuviera todavía vivo, nos habría hecho perder un
montón de tiempo valioso y se le habría atormentado sin motivo.
—Bien, si usted ve las cosas así… —dijo Sunder
apaciguado—. Y ahora ¿qué pista va a seguir, visto que descarta las otras con
tanta facilidad?
—Ahora voy a ver un momento a los Dundley. De todas
formas, confío mucho en lo que va a pasar mañana por la mañana… ¿Ya ha
encontrado al agente que va a hacer de Thesenty?
El plan de Jelling implicaba, en efecto, a un agente de
paisano que hiciera de Thesenty. Para que la escena de los preparativos de la
falsa operación de Déravans fuera más verosímil, hacía falta que a la mañana
siguiente, a las seis, como todos los periódicos habían informado, Thesenty se
presentase con su coche en la clínica Linden y se bajara para acceder al
interior. Pero como Severino Thesenty se había marchado, aparte de que no se le
podía exponer a un peligro semejante, se había pensado en un agente que midiese
más o menos lo mismo y tuviera una complexión parecida a la de Thesenty. Este
agente llegaría en coche a la entrada de la clínica y se bajaría. Si alguien
quisiera atentar contra su vida, se desenmascararía y le daría su merecido.
—¡Claro que lo he encontrado! —exclamó Sunder.
—Ese diablo de Crew tiene justo el mismo tipo que Thesenty
y no tiene miedo ni al hombre lobo… Además, ha tomado precauciones. Un bonito
sombrero de fieltro que parece el más sencillo del mundo y, en cambio, tiene un
revestimiento interior de acero que resiste incluso un calibre 9… Luego, una
buena coraza que lo envuelve como un jersey… Sólo usted, Jelling, es capaz de
inducirme a preparar ciertas escenas cinematográficas, porque, si fuera por mí,
una buena bronca a todos los sospechosos y ya vería cómo al final alguno
terminaría hablando…
Jelling dijo que sí, pidió perdón, intentó hacerle
entender de buenas maneras que, sin embargo, no compartía esa opinión y al
final consiguió salir de allí con Matchy.
—Estaba nervioso el comandante —dijo Matchy con ironía—.
Con este frío parece que los delincuentes trabajan mejor. Hay una montaña de
denuncias, homicidios, robos como nunca se había visto antes, y el comandante
pierde los papeles…
—Claro: el frío favorece mucho la delincuencia, ¿no lo
sabía? Todas las condiciones hostiles para los hombres honrados favorecen, en
cambio, la obra de los deshonestos. Piense en la noche. El hombre bueno
prefiere quedarse en casa; la noche no le gusta, le complica la vida. Sin
embargo, el delincuente se aprovecha de ello, se hace aliado de la oscuridad y
del frío. ¿Sabía que si la acera donde mataron a Linden no hubiera estado
helada quizá Linden podía estar todavía vivo?
—¿En serio? —dijo Matchy pasmado.
—Enseguida le explico el motivo. Desde el principio de la
acera hasta cuatro metros más allá, Linden estaba a tiro del revólver del
asesino. Más allá de cuatro metros, puesto que el asesino, como ya le he
mencionado, disparaba desde un lateral de la clínica, un poco atrás, Linden no
estaba a tiro. Ahora haga este cálculo. Si la acera no hubiera estado helada,
Linden habría recorrido los cuatro metros en dos segundos, tiempo insuficiente
para el asesino de apuntar y disparar. Pero como la acera estaba helada, Linden
recorrió aquellos cuatro metros fatales casi en el doble de tiempo, lo que dio
al asesino el tiempo de apuntar y matarlo.
La explicación era tan rigurosa como un teorema. Matchy se
quedó encantado.
Pero Jelling, al que no le gustaban los cumplidos porque
rara vez pensaba que los merecía, cambió de tema.
—Ahora me dirijo al Clay Tres —le dijo—. Mientras, usted
me podría hacer el favor de ir a buscar a los Dundley y llevarles allí. Mucho
cuidado, haga las cosas con mucha amabilidad. Nuestro tono tiene que ser
cordial, no deben sospechar… Dígales que sería un placer invitarles a una
cerveza para informarles de las últimas novedades…
Matchy se marchó al trote para llevar a cabo el cometido y
Jelling se fue al Clay Tres a esperar a los Dundley, que llegaron media hora
después acompañados de Matchy, que quería fingir que les dedicaba atenciones y
cumplidos, sin conseguirlo del todo.
—Les parecerá extraño —empezó a hablar Jelling tras
haberlos saludado y decirles que se pusieran cómodos— que les invite
precisamente aquí… Pero, miren, si les hubiese citado en mi despacho, en la
Central de Policía, habría parecido que los quería arrestar, cuando lo que en
realidad deseo es pedirles algo de información… Y si yo hubiera ido a su casa,
les habría vuelto a molestar…
—Es usted muy amable —dijo Isidoro Dundley con
cordialidad—. Le entiendo perfectamente. Pero no tiene por qué hacernos tantos
cumplidos. Yo siempre estaré encantado de poder ayudarles, y a mi mujer, como
usted sabe, le gusta relacionarse con la Policía, que sospechen de ella,
etcétera. Dice que le entran escalofríos. Con este frío no haría falta —terminó
riendo.
A pesar de la ocurrencia, su cara no era nada simpática,
ni tampoco la de la mujer. Y para Jelling, que se guiaba por las impresiones,
por las intuiciones, más que por los datos reales, eso era muy importante. Eran
dos tipos de los que hay muchos en la vida, que no hacen nunca nada malo, en el
fondo son agradables y amables, pero de los que un instinto misterioso nos
advierte que hay que tenerlos lejos. Eso puede depender incluso sólo del
aspecto físico. La madurez desagradable y de pelo teñido de Dora Dundley, la
desfachatez, unida a la calvicie desordenada, de su marido y a sus ojitos
inquietos y acuosos, de los que no se podía intuir el color, formaban un
conjunto con el que uno se podía sentir a disgusto.
—Nos habrá hecho llamar por lo de aquella muñeca —preguntó
Dora Dundley—. Como si lo viera.
—¡Oh, no! Es algo sin importancia. Quería solamente saber
si alguna vez han ido a ver a Madame Dark… Se lo ruego, señora, dígame la
verdad —suplicó sonriente Jelling—. Usted sabe mejor que yo que el buen
resultado de la investigación depende de las respuestas de todos a los que
interroga la Policía.
Dora Dundley agitó las manos con gracia como para decirle
a Jelling que estuviese tranquilo.
—Nunca juego dos veces a lo mismo, ¿verdad, Doro? Soy tan
voluble, Dios mío… Mi marido dice que soy un tormento… Pues, a decir verdad,
sí, me avergüenzo un poco de ello, pero una vez fui precisamente a que me
leyera el futuro Madame Dark… No le digo las estupideces que me predijo, pero
me divertí mucho…
Así era, con toda su amabilidad sociable, agitada,
charlatana, por eso no se esperó el jarro de agua fría que le echó Jelling:
—¿Y no tendrá por casualidad ahora en el bolso un
revólver? —le preguntó.
Isidoro Dundley, que se estaba encendiendo, casi
indiferente a lo que decía su mujer, un buen puro, se quemó los dedos por
haberse olvidado de que tenía en la mano una cerilla. En cuanto a Dora Dundley,
tras un brevísimo instante de vacilación, con una rapidez mental de la que no
se le habría creído capaz, volvió a gesticular sonriente como antes.
—¿Un revólver? ¿Yo? ¿Y cree que vengo a verle con un
revólver en el bolso? Aunque tuviera uno, lo habría dejado en casa, ¿no sería
lo correcto, Doro? —Y se reía.
—Podría ser —dijo amablemente Jelling, sin modificar el
tono agradable y las formas afables— que usted fuera una de esas personas que
tienen la precaución de ir siempre con un revólver, en especial cuando van a
ver a un funcionario de Policía…
—¡Doro! —chilló mirando fijamente a su marido—. ¡Me puede
la emoción! ¿No te decía yo que sospechaba de nosotros? ¿Lo has visto? Pues
bien, señor Jelling, es normal que yo tenga un revólver. Está de moda, por si
no lo sabe, y además con los tiempos que corren… Pero ¿qué tiene que ver con la
hechicera de la que me ha hablado antes?
Jelling obvió la pregunta e insistió amablemente:
—¿Y dónde tiene ese revólver?
—¡Pues en el bolso! —respondió ella con actitud colérica e
infantil—. ¿El señor mago que ve dentro de los bolsos cerrados está satisfecho?
Aquí tiene el revólver.
Aún riendo, abrió el bolso y sacó un arma de un calibre
poco femenino, el 6, pero muy adornada, como requiere el bolso de una señora.
Isidoro Dundley no hablaba. Se había repuesto del estupor que le habían
provocado las preguntas de Jelling y fumaba tranquilamente. Pero a él también
le llegó el turno.
—¿No tendrá usted también por casualidad un revólver? —le
preguntó Jelling no sin hacer un esfuerzo ante su propia timidez.
El señor Golden se sorprendió menos esta vez, pero no por
eso se divirtió con la pregunta. Antes de responder se sacó del bolsillo
posterior de los pantalones un revólver y se lo entregó a Jelling. Luego dijo:
—Perdone la confianza, pero es realmente ridículo en sus
pesquisas. Comprenderá que un tirador como yo tenga un revólver. Es más, como
Linden y Lamarck han sido asesinados por un tirador experimentado, me ha
sorprendido mucho que tardara en hacerme un interrogatorio en toda regla. Si no
recuerdo mal, una tarde le mostré de qué soy capaz en el tiro al blanco en la
Abeja Verde. Y eso no es más que un juego para mí…
El razonamiento era tan claro y sincero que Jelling aceptó
enseguida la invitación a la sinceridad.
—Claro que es ridículo lo que hago… Lo sé de sobra. Y les
voy a decir algo complicado: es posible que yo sepa cosas que ustedes no saben
que yo sé…
—Juguemos a las adivinanzas —replicó el señor Dundley,
mientras la señora Dundley parecía haberse tranquilizado mucho y estaba muy
quieta escuchando—. Si cree que yo soy un hombre que se arriesgue a la silla
eléctrica para que el querido Alberto no vuelva a ver la luz del sol es que no
es usted un buen psicólogo… Le confieso que sus pesquisas siempre me han dado
miedo, porque sabía muy bien cuáles eran las sospechas que giraban alrededor de
mí, pero ahora que podemos conversar de hombre a hombre le debo decir
sinceramente que se equivoca de camino.
—Tiene razón —intervino la señora Golden—. Se equivoca de
camino. Ya está bien de bromear. Ahora usted va en serio. No somos dos
colegiales, pero tampoco somos dos criminales. Mañana, si Alberto Déravans
vuelve a casa con los ojos sanos, si Severino Thesenty consigue operarlo y nos
echa a la calle porque no le caemos bien, nos iremos y adiós muy buenas. No por
eso vamos a provocar una matanza de todos los médicos que lo pueden operar.
A decir verdad, ante estas explicaciones precisas que
tenían toda la pinta de ser muy sinceras, Jelling se quedó bastante cohibido.
—Yo no digo que hayan sido ustedes los que han matado a
Linden y a Lamarck. Si lo dijera, ya les habría arrestado… —intentó objetar—.
Yo sólo sé que mañana por la mañana Alberto Déravans tiene que ser operado y es
prudente quitar de la circulación el mayor número de revólveres posible.
—¿Usted también está a favor del desarme? —chilló la
señora Golden, estallando en una risotada por la agudeza.
Jelling y Matchy se rieron a carcajada limpia, lo que
sirvió para cambiar un poco el tono agrio que estaba tomando la conversación.
De todas formas, permanecía aún esa atmósfera policial que parecía molestar de
verdad a los Dundley.
—Una cosa más y acabo —dijo Arthur Jelling en cuanto
terminó una atronadora canción de baile interpretada por la orquesta del Clay
Tres—. ¿Tienen más armas en casa?
—Yo tengo otro revólver completamente igual al que le he
dado. ¿Lo quiere? —respondió Isidoro Dundley con despreocupación.
—Mándemela a casa esta noche… —dijo Jelling—. Como ve, me
fío de usted. Si usted fuera el hombre que mañana por la mañana tuviera que
matar a Severino Thesenty, le ofrecería la posibilidad de no obedecer a mi
petición…
—Lo haré. Todas sus peticiones son órdenes —e Isidoro
Dundley se rio con sarcasmo e ironía—. Buscaré su dirección en la guía de
teléfonos y esta noche me tendrá completamente desarmado.
—Gracias. Comprendo que es una molestia para usted, pero
tenga paciencia. Espero no tener que molestarle más… Quiero decir —insinuó
hábilmente luego— que me da su palabra de que por ningún motivo conseguirá un
arma hasta mañana por la noche… Si la Policía se entera de que usted ha
conseguido otro revólver, será difícil convencerla de que no ha sido para hacer
algo malo…
—No tengo ganas de que crean que soy un asesino —respondió
lacónicamente Isidoro Dundley.
Después de intercambiar fríamente algunas palabras más,
los Golden se fueron del Clay Tres, mientras que Jelling y Matchy se quedaron.
—¿Se puede saber qué objetivo tienen estas maniobras?
—preguntó Matchy, que hasta ese momento no había abierto la boca—. Cuando le
miro, me viene a la cabeza un cazador que conocí cuando era joven. Nunca
conseguí comprender qué hacía todo el día en el bosque, con la nieve y el
viento. Él ponía el cepo. Cuando vi que los zorros se habían comido media
pierna para huir del cepo, entonces comprendí…
—Usted sabe lo que yo pienso… —respondió Jelling—. Con las
pistas que seguimos es fácil ser un investigador. Por muy débiles que sean, las
pistas siempre conducen a quien las ha dejado… Pero cuando no hay pistas y es
necesario inventarlas, el trabajo se complica. Yo, como ha visto, he preparado
todo para mañana por la mañana. Mañana por la mañana hay dos posibilidades: o
alguien intenta matar al agente que se hace pasar por Thesenty, en cuyo caso lo
cogeríamos porque, aunque fuera un fantasma, no se escapará; o no pasa nada… Y
entonces sabré de todas maneras quién es el culpable, por eliminación… Usted
coge, por ejemplo, una carta de una baraja. La puede ocultar o mostrarla según
le convenga, pero si yo miro las cartas restantes le puedo decir enseguida cuál
es la que ha cogido…
La admiración de Matchy por Jelling aumentó, pero este
último no estaba tan contento de sí mismo como se podría creer. En efecto, dejó
a Matchy, se fue a casa, comió, cruzando apenas unas palabras con la señora
Jelling, acarició con prisa a su hijo, y después se encerró en su despacho y se
tumbó en el sofá. Ahora que estaba solo, se le cayó de la cara una especie de
máscara. Estaba cansadísimo. Todas esas conversaciones, todas las personas con
las que tenía que tratar eran lo más antipático del mundo para Jelling. Él
estaba hecho para vivir entre pocos amigos de confianza, que lo comprendieran,
y no en ese maremagno infernal donde de vez en cuando alguien era asesinado. Y
por si fuera poco, unas horas más tarde se jugaría la gran partida. La mañana
siguiente a las seis, todos hablaban de ello, Severino Thesenty operaría a
Alberto Déravans. Era como un duelo, un desafío, un combate de boxeo, y estaba
claro que muchos bostonianos acudirían, a pesar del frío y la hora temprana «a
ver si mataban al médico». Por suerte, Thesenty estaba a salvo y la operación
ya se había hecho. Todo se reducía a poner un cepo, como había dicho Matchy y
ver si el zorro se quedaba ahí.
Como es lógico, Jelling no durmió esa noche. Además, tenía
apilados en el fondo de la habitación los «objetos inútiles» encontrados en la
clínica Linden y en casa de los Déravans, y aunque estuviera tumbado en el sofá
los tenía siempre a la vista. El microscopio, la estufa de gas, la muñeca
ciega. Todos esos objetos le hacían pensar continuamente, aunque quería cerrar
un poco los ojos.
Hacia las cuatro fue a buscarlo la señora Jelling con un
vaso de agua y anís.
—Bebe, Arthur, te sentará bien.
—¿Y tú por qué no estás durmiendo? ¿Qué haces levantada a
estas horas?
—Te cansas demasiado —dijo la señora Jelling evitando la
pregunta—. No tendrías que preocuparte por estas cosas, lo sabes…
—Querida… —dijo él mientras le acariciaba—. Ya ves lo que
pasa. Al principio parece algo tan fácil… Luego todo se hace horrible y… no me
puedo liberar de ello. Pero para otra vez no me vuelvo a meter en estos líos…
—Siempre dices lo mismo. Yo tengo miedo por ti. ¿Y si
dispara alguien? No te pongas cerca de la entrada de la clínica, te lo ruego,
te lo ruego… Desde ahí dispararon al profesor Linden…
En cambio, Jelling, una hora y media después, estaba
precisamente en la entrada de la clínica, y si lo hubiera visto la señora
Jelling se habría estremecido del susto. Eran las cinco y media. Era de noche y
hacía un frío intenso. Una sucesión de agentes cerraba todo el espacio que
había frente a la clínica. Detrás, otros agentes vigilaban con la motocicleta
al lado o sujetando un robusto perro lobo, esos inquietos perros lobo que
perciben con el oído el batir de las alas de una mariposa y con el olfato una huella
dejada seis horas antes. Por último, en el interior de la clínica otros agentes
rastreaban de una punta a otra todas las salas del edificio. Jelling ya había
inspeccionado todo eso, pero cuando poco después que él llegó el capitán
Sunder, le mostró algo que no había visto.
—¿Qué me dice de esto? ¿He hecho bien los deberes? ¿Ve
aquella cosa redonda encima de ese coche? Es un faro. En cuanto nos demos
cuenta de que algo no funciona, la encendemos, y le aseguro que uno se queda
cegado…
Con ese particular gusto de los americanos por las cosas
espectaculares, unas cincuenta personas que no tenían miedo del frío ni de las
horas de sueño perdido se habían congregado como público. Jelling también había
contado con esta debilidad. Necesitaba que la puesta en escena que había ideado
tuviera la máxima publicidad posible; así que ahora existían dos posibilidades:
o el asesino era un temerario y se echaba a perder, porque intentar matar a
alguien con todos esos preparativos era una locura… O desistía de su propósito
y la Policía podría mostrar que había ganado. Por esto el capitán Sunder estaba
de acuerdo con el plan de Jelling, y había recargado un poco la teatralidad del
cepo.
Las seis llegaron muy despacio. El «público», retenido
detrás de los agentes y a la vez vigilados por estos, se calentaba como mejor
podía, pisando el suelo o andando a paso rápido arriba y abajo. Al final, y
según el plan establecido, un coche traspasó el cordón policial y se paró
frente a la entrada de la clínica. Jelling estaba a tres pasos de distancia del
coche. Bajo un silencio sepulcral, se escuchó el sonido de la puerta al abrirse
y luego al cerrarse. El agente que hacía de Thesenty, siguiendo las instrucciones
recibidas, se movía muy despacio. Ese era el único momento en el que el asesino
podía matarlo. Naturalmente, a Thesenty lo habría buscado quien lo amenazó,
pero, al no haberlo encontrado en ningún sitio, si lo quería matar tenía que
ser justo ahí, ahora que por fin podía verlo.
El agente cruzó toda la acera que lo separaba de la
entrada de la clínica. Luego entró sin que sucediera nada. Al día siguiente,
los periódicos dijeron que un jovencito, uno de los espectadores, se había
desmayado cuando había visto a quien creía que era Thesenty finalmente a salvo.
En realidad, todos tenían plena justificación para estar angustiados.
Jelling y Sunder habían seguido de cerca al agente y
habían entrado con él en la clínica.
—Ya le dije que no pasaría nada —dijo Sunder encendiéndose
un cigarrillo—. Bueno, ahora acabemos con esta comedia. Nos quedamos aquí media
hora y luego salimos como si hubiéramos operado a Déravans, y el pueblo
aplaudirá… Queridísimo Jelling, ¡usted tiene espíritu de comediógrafo!
En ese mismo momento, se oyó sonar el teléfono de la
portería, que estaba al lado, y, al poco, un agente llamó al capitán Sunder.
—Preguntan por usted.
Sunder entró aún sonriente en la portería. Tres minutos
después salía con el rostro lívido y la expresión entre desconcertado y
furioso:
—Han encontrado a Severino Thesenty muerto en la carretera
de Soul, en el mismo sitio que mataron a Lamarck… Parece que se trata de un
disparo de revólver en medio de la frente.
12
Insistir con la muñeca
Hicieron falta cinco minutos, y cinco minutos son
larguísimos, para que Jelling y Sunder se dieran exactamente cuenta de la
situación.
Severino Thesenty había salido hacia Nueva York a la una y
doce del 22 de enero. El propio Jelling lo había acompañado a la estación y
había visto con sus ojos cómo se iba el tren. A pesar de esto, ahora Severino
Thesenty yacía muerto, asesinado por disparos de pistola, en la carretera de
Soul, en el mismo sitio donde Lamarck había encontrado la muerte.
Dicho así, puede parecer sencillo y comprensible. Pero la
realidad presentaba algo odiosamente mágico y terrorista que asustaba. Un
hombre que se marcha a Nueva York, precisamente se marcha a Nueva York, y no
pasa por la carretera de Soul. Además, el tren en que viajaba Thesenty era un
directo y no hacía paradas intermedias entre Boston y Nueva York. Y, por
último, de la marcha de Thesenty nadie sabía nada excepto la Policía y Lila
Leland. Pero a Lila Leland había que descartarla, porque Thesenty había sido
asesinado para que no operase a Déravans, mientras que Lila Leland, al ayudar
al médico en la operación, sabía que Thesenty ya había operado.
En definitiva, la mente se encontraba ante contradicciones
irreconciliables que no podía superar.
—Vayamos ahora mismo a ver —dijo Sunder—. Si no le va a
causar demasiada impresión, no estaría mal que viniera usted también, Jelling.
Jelling asintió. Salieron por la puerta de servicio para
que no les viera el «público», al que se invitó a dispersarse de manera más
bien expeditiva, y, una vez dentro del coche de la Policía, llegaron en un
cuarto de hora a la carretera de Soul y al lugar donde se encontraba el cadáver
de Thesenty.
Todavía era de noche. La única luz provenía de los faros
del coche de Sunder y de una motocicleta del agente que había llegado primero.
Dos vagabundos que habían visto llegar a la Policía eran los únicos
espectadores. Thesenty yacía en el asfalto boca arriba al lado del arcén de la
carretera. Llevaba el mismo gabán claro y el mismo traje que cuando Jelling lo
vio marcharse. A poca distancia se encontraba el sombrero. Visto así de perfil
parecía que no había pasado nada y que Thesenty estaba durmiendo, pero sólo con
agacharse un poco se le veía la otra parte de la cara, cubierta por una máscara
de hilos de sangre que bajaban de un único agujero en la frente.
Apenas habían llegado cuando también apareció el coche con
el médico, el fotógrafo y el forense. El médico examinó rápidamente el cadáver
y se levantó.
—El proyectil está todavía en el cerebro. Es la única
causa de la muerte —dijo—. Disparo a quemarropa, ¿no es así, señor? —preguntó
al forense, un señor mayor, con bigotes grandes.
—Desde menos de diez centímetros —respondió este,
levantándose a su vez tras haber examinado a Thesenty—. Es un calibre .6,
juraría que es un revólver de mujer.
Se hicieron fotografías y se tomaron algunas huellas. La
ropa de Thesenty estaba en orden, no había habido lucha entre él y el asesino.
Evidentemente, a Thesenty lo había matado a traición una persona de la que no
sospechaba.
—El problema que hay que resolver es por qué Thesenty se
encontraba aquí —murmuró Sunder.
—La muerte tiene que haberse producido hace ocho o diez
horas —dijo el médico acabando de escribir su informe a la luz de un faro y
entregando el impreso al capitán Sunder—. Pero con este frío el cadáver está
tan helado que no le aseguro la precisión de mis datos.
Metieron los restos de Severino Thesenty en la ambulancia,
y Jelling y Sunder se montaron en su coche. No habían cruzado una palabra,
tampoco hablaron durante el viaje; cuando estuvieron de vuelta en la Central de
Policía, Sunder abrió su mueble bar, destapó una botella de ginebra y le
ofreció un vaso a Jelling:
—Beba. Ahora hablaremos.
Jelling bebió y luego se secó lo que parecía ser sudor
helado.
—Hay otro problema: avisar a la prensa de todo el lío que
hemos montado para que el asesino cayera en la trampa… Tendremos a toda América
en contra y creo que voy a perder el puesto. Venga, Jelling, no se ponga así.
Usted ha actuado sólo como lo habría hecho el policía más inteligente. Ahora
que hablamos realmente en serio se lo puedo decir. Lo único es que tenemos que
enfrentarnos a algo terrible, que nadie podía prever. Eso es todo. —Levantó el
auricular del teléfono—. Le digo al subdirector del Sindicato de Prensa que
venga aquí y le explico el asunto… Ya verá como lo entenderá…
Jelling se levantó. Temblaba, era evidente que temblaba,
no se sabía muy bien por qué. Cuando habló, se pudo saber: temblaba por la ira
y la indignación contenidas.
—Espere —dijo—. Se lo ruego, espere cuatro horas. Deme
hasta las once. Si a las once no he dicho el nombre del asesino, haga lo que
quiera… y tendrá mi dimisión… —Sus manos, que tenía encima de la mesa, a pesar
de tenerlas apoyadas, temblaban. Toda su cara tenía un tic nervioso que la
hacía contraerse continuamente. Prosiguió con un tono casi desesperado—:
Procure que nadie se acerque a Alberto Déravans… Si quiere, hasta puede ir
usted mismo a vigilarlo, pero de manera, se lo ruego, que nadie, nadie, se le acerque…
Estaba tan claro que Jelling se sentía impetuosamente
seguro de sí mismo, seguro de triunfar, que el desánimo del capitán.
Sunder, el cual ya se veía destituido, disminuyó un poco,
con lo que pudo recobrar el valor.
—¡Cuatro horas! —dijo—. Es la última concesión que le
hago. Nos llevará a la ruina, pero quiero confiar en usted. En cuanto a
Déravans, quédese tranquilo. He hecho lo que usted quería y desde que lo han
operado no lo ha visto nadie, aparte del personal de servicio de la clínica.
Pero Jelling había dejado de escuchar; impaciente,
olvidándose de despedirse, había ido hacia la puerta mientras Sunder hablaba y
salió.
A las siete y cuarto llegaba a casa de Lila Leland. La
sirvienta puso excusas para no dejarlo entrar. La señorita dormía, dijo, no
recibía a nadie. Él mostró la placa de policía y entró con un empujón muy
educado.
Al poco, apareció Lila Leland en bata.
—¿Qué ha pasado?… Thesenty… —preguntó con la cara marcada
por la aprensión.
—¿Cómo lo sabe? —gruñó Jelling. Estaban de pie en el
vestíbulo, ninguno de los dos pensaba en ponerse cómodo—. Lo han asesinado en
la carretera de Soul, y tuvo que ser ayer por la noche hacia las diez o las
once…
Lila Leland se llevó una mano a la boca, desolada,
angustiada.
—Ayer por la noche vino a verme, después de las nueve…
Había vuelto de Nueva York…
—¿Para verla a usted?
—Sí… también. Pero había vuelto porque se había olvidado
de las fotografías mías que tenía colgadas en la habitación de su pensión… No
quería quedarse sin ellas…
—Un niño, un niño inconsciente… —dijo Jelling resoplando—.
Pero ¿no sabía que ponía en riesgo su vida?
—Sí, pero no le importaba. Estaba seguro… Era feliz…
Porque yo le había prometido que me iba a casar con él. Se volvería a ir
enseguida en cuanto cogiera las fotografías, y me esperaría en Nueva York,
donde me juntaría con él…
El poeta había pagado con la vida su romanticismo. Jelling
volvió a ver a Thesenty vivo, con esos ojos grandes e inquietos que ahora ya no
veían la luz, volvió a oír su voz baja y cálida, vivaz… Había muerto por tres
fotografías, porque si se hubiera quedado en Nueva York no lo habrían
asesinado. Tres fotografías y un disparo.
—¿Cuánto tiempo estuvo aquí con usted?
—Diez minutos, ni siquiera… Lo eché enseguida porque
estaba atemorizada por el peligro al que se exponía por mí.
—Y luego, ¿qué hizo usted?
Ella respondió sin ofenderse, con sencillez:
—Me quedé en casa… No me encontraba muy bien, estaba
angustiada por él…
—Y si hubiera salido nadie la podría haber visto —murmuró
Jelling para sí mismo—. La sirvienta duerme con usted, ¿no?
—No, viene sólo desde las siete de la mañana hasta las
dos.
—Así que no puede probar dónde estaba entre las nueve y
medianoche…
—Así es: no lo puedo probar.
Él dio varios pasos por el vestíbulo algo nervioso:
—¿Tiene un arma en casa? —preguntó.
—No tengo armas. —Luego perdió un poco el control de sí
misma y estalló—: Thesenty ha sido asesinado para que no operase a Déravans… Yo
sé que Déravans ya está operado; ¿por qué debería matarlo? ¿Y por qué me
atormenta de esta manera?
Jelling miraba un calendario colgado de la pared, todavía
con la fecha del día anterior, 22 de enero.
—¿Cómo puede estar tan seguro de que a Thesenty lo han
matado para que no operase a Déravans? Hay muchas piezas que encajan en esta
historia, y usted lo sabe mejor que yo… Y hay algo que me hace sospechar, y es
que a Thesenty lo hayan matado justo en el mismo lugar donde Lamarck encontró
la muerte. Tengo la duda, aunque me puedo equivocar, de si lo han matado ahí
aposta, precisamente para hacer creer que la muerte de Thesenty pertenece a la
serie de Déravans.
Ella calló. Había sacado un pañuelo de la manga de la bata
y se estaba secando los ojos.
—Se ha metido en un buen lío, Lila… —La llamaba sólo por
el nombre, con un tono que, a pesar de la ira y la indignación que aún lo
poseían, tenía un matiz de simpatía.
—Ahora el capitán Sunder hará su propia investigación y le
aseguro que, si no puede probar que se encontraba aquí ayer por la noche,
tendrá problemas.
—No me preocupa, sólo me preocupo por Severino. Yo lo
convencí para que operara.
—No es por esto por lo que es culpable. Thesenty estaba a
salvo en Nueva York. Nosotros lo habíamos salvado. Pero, otra cosa: ¿qué hacía
ayer en casa de Madame Dark? Espero que ahora me permita preguntárselo.
Lila Leland bajó la cabeza.
—Nada. Una tontería… Quería, pues… sí, quería saber si
Alberto siente algo por mí… Cuando estoy desesperada no sé lo que hacer, y me
son suficientes las tonterías de Madame Dark para calmarme…
Jelling respondió al instante.
—No la creo. Pero terminaré sabiendo la verdad igualmente.
—Se dispuso a salir—. Permanezca aquí en casa hasta que yo le diga. —Sonrió—.
Está detenida.
Esa mañana, Jelling fue un ejemplo de actividad. Estaba
como poseído por el silencioso ímpetu del mastín, hablaba, pensaba, actuaba,
sin perder tiempo, con rapidez, pero también con método. Después de haber
estado en casa de Lila Leland, fue a la de Evelina Soldier, pero no la encontró
allí, había ido a la clínica a ver a Déravans. Luego fue a casa de Madame Dark,
la levantó de la cama, incluso llegó a asustarla.
Luego llamó por teléfono a Lila Leland.
—Venga, por favor. La espero en Derby Street, al lado de
la clínica Linden…
Su tono ya no era el de antes y colgó sin decir una
palabra de despedida.
Media hora después, entraba en la clínica junto con Lila
Leland. En cuanto puso un pie en el vestíbulo, Andrea Déravans se abalanzó
sobre él como un basilisco.
—¿Qué significa esta broma? ¿Por qué nos prohíben ver a mi
hermano? Llevamos aquí desde las seis y media, hemos venido a ver si habían
operado a Berty y, en cambio, nos dicen que han asesinado al médico y que
nosotros no podemos ver a Berty. ¿Qué significa?…
Detrás de Andrea Déravans aparecieron las caras asustadas
de Isidoro Dundley y su mujer, y el rostro abatido de Evelina Soldier.
Arthur Jelling comenzó a hablar amablemente:
—Tienen que perdonarme… Debe ser por la medicación que le
han administrado a su hermano para preparar la operación por lo que no les
dejan verlo, pero ahora mismo me informo… Esperen.
—No hay nada que perdonar. Sólo estos estúpidos métodos
policiales —replicó Andrea Déravans—. Se trata del secuestro de una persona y
nos tendrán que rendir cuentas.
Déravans estaba realmente enojado y Jelling empezó a
asustarse.
—Venga, Andrea, déjalo ya —imploró con los ojos lúcidos
Evelina Soldier—. No es momento de gritar…
Jelling le tocó un brazo para animarla.
—Vuelvo enseguida —le dijo—. Voy a ver ahora mismo… —Y
subió corriendo las escaleras que conducían al piso de arriba, donde se
encontraba el apartamento de Alberto Déravans.
Junto a él subía Lila Leland y los dos entraron de repente
en la habitación de Alberto Déravans.
Estaba prácticamente inmersa en la oscuridad. Las
contraventanas estaban entornadas y apenas entraba un hilo de luz. Alberto
Déravans estaba sentado en el sillón, en el sitio de costumbre, pero ya no
llevaba la venda negra; llevaba unas gafas de cristales ahumados que cambiaban
su expresión.
—¿Quién es? ¿Qué quiere? ¿Por qué me tienen como a un
preso?
Se levantó y se dirigió hacia ellos con paso firme.
Miraba.
—… Lila —murmuró ella—. Soy Lila Leland.
—… ¡Tú! Ahora reconozco la voz. Nunca te he visto… —La
cogió por un brazo, la llevó al hilo de luz y la miró fijamente a través del
cristal oscuro de las gafas. Luego dejó de cogerla por el brazo, como con
timidez, avergonzado.
—El señor es Arthur Jelling, de la Policía… Lo reconocerá
también por la voz… —Una lágrima le corría por las mejillas debido a la
emoción.
—Me he visto obligado a tenerle como un prisionero —dijo
Jelling, abochornado.
—Pero espero que ahora todo haya acabado, ¿no?
—No del todo —respondió Jelling—. Tenemos que vengar a
otro muerto… Severino Thesenty ha sido asesinado ayer por la noche.
Alberto Déravans se dejó caer en el sillón.
—Es terrible —dijo—. Han muerto tres hombres…
—Con su ayuda, los tres tendrán justicia —dijo Jelling.
—¿Con mi ayuda? ¿Y qué puedo hacer yo?
Cinco minutos después, Jelling y Lila Leland bajaban al
vestíbulo.
—El señor Déravans se encontraba muy mal, pero ya se ha
recuperado —dijo Jelling a Andrea Déravans—. Y quiere volver enseguida a casa,
está abatido. Estaría bien que no se mostraran tan apenados y que no se le
recordara de ninguna manera que su ceguera ahora es definitiva…
Nadie le respondió. Transcurrieron diez minutos de penoso
silencio.
Jelling fue a hablar un momento con el jefe de los agentes
que vigilaban todavía la clínica:
—Puede que pase algo, estén atentos, por favor… No dejen
escapar a nadie.
Alberto Déravans apareció finalmente en lo alto de las
escaleras, guiado por un enfermero. Llevaba la venda negra en los ojos.
—Berty —gritó Evelina Soldier corriendo por las escaleras
para ir a su encuentro. Él la estrechó, la abrazó. Cuando los dos estuvieron
abajo, los rodearon Andrea Déravans y los Golden.
—Andrea, querido… —dijo Alberto Déravans, y pasó la mano
sobre el rostro de su hermano.
—También han venido los dos pelmazos de los Golden… —le
dijo Andrea desconcertado y sonriente.
—Habéis sido muy amables viniendo —dijo Alberto Déravans
tendiendo las manos hacia adelante para saludarlos.
—Llevamos aquí un rato, y nos habría gustado verte antes,
pero nos lo han impedido… —masculló Isidoro Dundley con tono confuso y
avergonzado.
—Ahora estamos tan contentos de verte —recitó Dora
Dundley, como una niña a la que hubieran enseñado de memoria una poesía de
Navidad.
La comitiva salió de la clínica. En la acera, mientras
entraban en el coche, Jelling aprovechó un momento que Andrea Déravans se quedó
algo distante de los demás para murmurarle:
—No se asuste, pero tenemos razones para temer que pueda
ocurrir algo desagradable. Nos gustaría acompañarles a casa… un agente y yo.
Completamente calmado, Andrea Déravans le sonrió.
—Muy bien, les invitaremos a un poco de Martini también a
usted y al agente.
La entrada de Alberto Déravans en su chalé fue casi
triunfal, a pesar de las tristes circunstancias que la rodeaban. Todos estaban,
por supuesto, de acuerdo en hacerle olvidar que era ciego y que sufrían por
ello. Morney, el portero, en cuanto lo vio, avisó a todo el personal de
servicio, desde Ignazio Hastings, que, ya un poco restablecido, se apoyaba en
un bastón grande, hasta Cleavendale, el mayordomo, y Berenice, la primera
sirvienta. De manera que en el salón, calculando que también Jelling había entrado
discretamente con un par de hombres detrás de él, habría una docena de personas
rodeando a Alberto Déravans, que estaba sentado en un sillón.
—Celebraremos con un poco de Martini tu regreso… Hay
incluso tres distinguidos señores de la Policía… ¿Sabes lo que te digo? Que
esperan una propina.
Todos rieron. Jelling el primero, y enseguida empezó a
reinar una atmósfera de cordialidad. Cleavendale quiso tener el honor de servir
el vermú al dueño de la casa, y en nombre del personal de servicio dijo algunas
palabras, que en el fondo eran un discurso: los criados estaban encantados de
volver a verlo, y todos habían servido fielmente en su ausencia.
Aprovechando un momento en que nadie lo miraba, Jelling
observaba uno a uno a todos los presentes, y apartaba la mirada en cuanto se
daban cuenta.
Después de beberse su vaso de vermú, Déravans se pasó una
mano por la venda que le tapaba los ojos.
—¡Qué molestia! —dijo—. Menos mal que me permiten ponerme
gafas… —Sacó del bolsillo la funda de las gafas y, mientras se ponía a hablar
otra vez con su hermano, que le contaba una historia que había pasado en su
ausencia, se quitó la venda y se puso las gafas.
Jelling había seguido la escena aguantando la respiración.
Alberto Déravans sonreía al oír lo que le contaba a la vez que giraba la cabeza
alrededor. Miraba. Miraba mientras lo creían ciego.
Uno a uno, escrutó todas las caras que lo rodeaban. Luego
fingió mover las manos a tientas:
—Un poco más de vermú, por favor…
Su voz era ronca, los pómulos, que se le entreveían por
debajo de las gafas, se habían puesto rojos, y un ligero temblor le agitaba las
manos.
—¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal? —le preguntó el
hermano.
Pero él no respondió.
De repente se puso de pie, apartó empujando bruscamente
con el brazo a quien estaba en medio, cruzó la sala en toda su extensión, llegó
ante Ignazio Hastings, el conductor, y lo agarró por las solapas de la
chaqueta.
Ignazio Hastings, con toda su herida en el muslo,
comprendiendo inmediatamente la situación, levantó el bastón en el que se
apoyaba. Pero el puñetazo de Déravans llegó antes y aquel rodó por el suelo
gritando. Casi en ese momento, Evelina Soldier había intentado salir fuera del
salón, pero Jelling, dando un salto con sus larguísimas piernas, la paró. Ella
ofreció una feroz resistencia, y Jelling no se las habría podido arreglar para
detenerla de no ser por la intervención de los dos agentes.
Todos asistieron a la escena sin siquiera tiempo de
proferir una palabra de lo rápido que se había girado ella.
—¡Llévensela! —gritó Déravans señalando a Evelina
Soldier—. ¡Fuera de esta casa o la estrangulo!
En efecto, hubo que llevársela enseguida porque la ira de
Alberto Déravans era de las que no son fáciles de dominar. Y, aunque los
presentes no habían comprendido todavía nada, tuvieron que convencerse de que
era precisamente a la novia de Alberto Déravans a la que se llevaban detenida,
y al chófer Hastings, que le servía desde hacía dos años de manera tan leal.
Por lo demás, en el lugar de ellos, y sin las
explicaciones que Jelling me dio ese mismo día, yo tampoco habría comprendido
mucho, y eso que tengo más cercanía con Jelling. Pero el hecho es que quizá las
cosas más simples y más claras son muy difíciles de comprender.
Nos citamos por la noche en un pequeño restaurante cerca
de mi casa: Jelling, una señorita que me presentó como Teresa Wilde y yo.
Jelling tenía una cara muy cansada. Los periódicos hablaban de él
descaradamente y narraban con pelos y señales el arresto de Evelina Soldier y
de Ignazio Hastings, más conocidos como Clara Wytt y Franchot Jones. Fue un
milagro que en el restaurante donde estábamos comiendo no lo reconocieran y no
se agolparan alrededor para que les explicara cómo había ocurrido todo, porque
la historia completa de los Déravans interesaba al público por su morbo.
—Acabo de terminar de interrogar, junto al capitán Sunder,
a Evelina Soldier —nos dijo—. Pero debo reconocer que, si no hubiera confesado
ella misma, no tendríamos todavía elementos para poderla arrestar… Si excluimos
el testimonio de la señorita Wilde. —Y miró a nuestra invitada, que respondió
con una sonrisa a su mirada. Continuó—: Los periódicos hablan muy bien de mí,
pero en el fondo he sido de los últimos en enterarme… —Hizo una pausa—. Lila
Leland se había enterado mucho antes que yo.
—No es un buen investigador —dijo Teresa Wilde bromeando—.
Cualquier policía me habría arrestado, y rápido, después de lo que le dije. En
cambio, usted se conmovió.
Arthur Jelling cortó a conciencia su filete de carne a la
brasa.
—No es exacto que yo me haya conmovido… Ya había un muerto
cuando usted habló conmigo, y no tenía muchas ganas de que el número aumentara.
Le explicaré todo desde el principio porque de esta manera podrá comprender
algunas de mis extrañezas —nos dijo—. Antes de que asesinaran a Linden, empecé
a sospechar que el propio Linden había simulado la amenaza para poder aumentar
la cifra de sus honorarios. Después de su muerte empezó el triste juego que yo
llamo falta de pruebas. Si supieran lo fácil que es para un asesino no dejar
huellas… No se hagan ilusiones con lo que dicen los departamentos científicos
de investigaciones criminales y todos los demás, todo es muy bonito, pero tiene
que cumplirse una condición: que haya pruebas. Y el asesino de Linden no dejó ni
una, ya lo saben ustedes. Ignazio Hastings, es decir, Jones, el chófer de los
Déravans, coge el coche de la casa de los Déravans, va cerca de la clínica,
detrás, espera la llegada de Augusto Linden, lo mata, luego regresa
tranquilamente a casa de sus jefes mientras la Policía lo busca dentro de la
clínica. Pero pruébenlo si son capaces. Jones había acompañado a sus jefes a la
clínica, así que su salida a una hora tan temprana, las cinco y media, estaba
más que justificada. Luego había recibido la orden de regresar a casa y de
recoger a sus jefes cuando Linden hubiera terminado de operar, es decir, sobre
las nueve. Y, en efecto, Jones abandona la clínica, pero no regresa enseguida a
casa. Se coloca en la avenida que se encuentra detrás de la acera por la que debe
pasar Linden para entrar en la clínica y lo mata. Luego se va de inmediato a
casa, favorecido por la noche y por el motor silencioso de su automóvil. La
coartada está servida. El chófer Ignazio Hastings, a la hora que mataban a
Linden, se encontraba en casa de los Déravans: hay sólo una diferencia de pocos
minutos, una diferencia que ninguna investigación podrá descubrir… Pero sigamos
adelante. Después de la muerte de Linden, y también por falta de pruebas, se
sospecha de Lamarck. Lo ha matado él por odio profesional, porque Linden le ha
robado su innovación quirúrgica. Pero a Lamarck lo matan en el coche, en la
carretera de Soul. Asistían a la escena un ciego y un chófer fiel, que además
resultó herido en una pierna mientras intentaba identificar el coche de quien
había disparado. ¿Cómo se desarrollaron las cosas en realidad? De una manera
muy sencilla, que nosotros, en cambio, no podíamos imaginar. Ignazio Hastings
recibe de la clínica la llamada de Alberto Déravans que le ordena ir a buscarlo
enseguida. Él va. Ve que Lamarck y su jefe se montan en el coche y le ordenan
ir a Soul. Durante el viaje, comprende que Lamarck se lleva a Alberto Déravans
para operarlo, y entonces pergeña inmediatamente un plan y lo lleva a cabo. Al
llegar al punto más solitario del recorrido, para el coche, dispara a Lamarck y
lo mata. El ciego está allí, pero no ve y por lo tanto no entiende lo que pasa.
El chófer sale del coche se pone delante del capó y desde allí vuelve a
disparar a Lamarck a través del parabrisas para dejar la marca del cristal
agujereado, luego del maletero coge una tabla de madera y se dispara en un
muslo a través de ella, para escenificar el engaño de su herida de manera que
no sospecharan de él. Al mismo tiempo, vio pasar por ahí poco antes un Maritaine,
y nos deja tras la pista del pobre Carlo Styss… El colmo de la suerte: ese día
hacía menos frío, y había un estanque a diez metros de distancia que estaba
deshelado. El tira el revólver y el trozo de madera que lo podían comprometer y
el juego se acaba… Déravans está ciego y no ve nada de lo ocurrido, aunque
estuviera presente.
Jelling se interrumpió para darle fuego a Teresa Wilde.
—Pero… —dije yo—. ¿Qué tenía que ver Ignazio Hastings con
Déravans? El periódico no explica bien el asunto…
—Ahora llego a ese punto. Sólo después de la muerte de
Lamarck empecé a manejar algún elemento. Tres en total. Uno era la señorita
Wilde. La señorita Wilde me mencionó que sabía muchas cosas, pero que no podía
decirlas porque la matarían. No la forcé… No tuve valor. Pero ya sabía algo
importantísimo: que el disparo provenía de gente que frecuentaba el ambiente de
la Abeja Verde. Dos: la muñeca ciega. Luego les diré lo útil que me resultó. Y
tres: el relato que me hizo Alberto Déravans sobre la pareja de estafadores que
habían chantajeado a su padre hace cuatro años. Comprendí enseguida que esos
dos estafadores podían estar relacionados con los delitos actuales, pero no
conseguía imaginarme el objetivo. Me había obcecado en sospechar de Lila
Leland. Desconfiaba por un profundo convencimiento personal, muy a mi pesar, y,
sin embargo, notaba que ella sabía algo. Y, en efecto, sabía o, mejor, intuía
que Evelina Soldier no era la novia cándida que aparentaba ser. Una vez la vio
salir de la sala de rayos. Le dijo a la señorita Leland que se había confundido
y que había entrado ahí por error. Y usted sabe que la sala de rayos está
contigua al quirófano, y que en el quirófano encontré la muñeca ciega dentro de
una caja de gasas. Cuando después interrogué a la señorita Leland, ella se
acordó enseguida de que había sorprendido a Evelina Soldier saliendo de la sala
de rayos, pero que no lo dijo porque no quería parecer que estaba acusando de
asesinato a una rival suya, puesto que ella amaba a Alberto Déravans, y eso estaba
en boca de todos. Por otra parte, el elemento de acusación era demasiado débil
y no habría probado nada. Pero desde ese momento Lila Leland se puso en
guardia.
—¿Y a Severino Thesenty —pregunté— cómo lo mataron? El Old
Boston y los demás no mencionan ni siquiera el hecho de que se fue de Boston.
Dan por sentado que no se movió de la ciudad.
—Los periódicos deben saber apenas la mitad de lo que ha
pasado. No es necesario que la historia del padre de Déravans salga a la luz, y
por ello hemos confeccionado una noticia para uso y consumo de la prensa…
Severino Thesenty ha sido víctima de la fatalidad, nada más. La noche del 22,
Evelina Soldier llama por teléfono a la pensión donde vivía Thesenty. Ella no
sabía que se había ido a Nueva York, pensaba que seguía en Boston, y había
diseñado un plan para matarlo. Llama por teléfono haciéndose pasar por la
secretaria de los Hospitales Humanitarios de los Pobres, como me ha dicho la
propia Evelina, y le dicen que el señor Thesenty, que se había ido, ha vuelto,
ha hecho un paquete con algunas cosas que había dejado en su habitación,
evidentemente las fotografías de Lila Leland, y que volverá sobre las once a
coger ese paquete. Una casualidad fortuita que hace jugarse la vida a Thesenty.
En efecto, cuando él, tras haber ido a ver a Lila Leland, vuelve a la pensión
para coger el paquete con las fotografías, encuentra a Evelina Soldier
esperándolo en la calle, al lado de su coche. Ella entonces se juega el todo
por el todo. No le puede decir a Jones, el chófer, que lo mate, porque está
herido y no se puede mover de casa de los Déravans sin que lo vean. Así que
decide matarlo ella. Entonces, tras haberse acercado con él hasta la pensión,
ella lo convence de montarse en su coche diciéndole que Andrea Déravans
necesita urgentemente hablarle de algo relacionado con su hermano ciego. Se
muestra alarmada, desconcertada, interpreta como sólo ella sabe interpretar y
Thesenty, ignorante, se monta con ella en el coche… El resto se lo imaginan. La
casa de los Déravans se encuentra en las afueras de Boston. Calles anchas,
arboladas, desiertas por el frío helador… Un disparo de pistola a quemarropa se
puede confundir perfectamente con el reventón de un neumático o con un pistón
desacompasado. Pero no bastaba con matar a Thesenty. Había que adornar el
delito de manera que ningún otro cirujano del mundo tuviera la tentación de operar
a Déravans. Y la turbia fantasía de Evelina Soldier, amante de los «hechizos de
venganza», ya había preparado la puesta en escena. Lleva el cadáver de Thesenty
a la carretera de Soul, al mismo punto donde habían matado a Lamarck: eso daría
la sensación de un mecanismo que machaca, de la imposibilidad de escapar a la
muerte para cualquiera que intente devolverle la visión a Déravans… Hasta aquí,
todo bien, ahora que ya sabemos cómo se han desarrollado las cosas. Pero antes,
¿cómo se podía probar que había sido justo Evelina Soldier, es decir, Clara
Wytt, la que lo había matado? La señorita Soldier, para ejecutar todo eso sin
dejar huellas, había vuelto a su casa después de haber estado bastantes días en
el chalé de los Déravans. Ella vive en un apartamento de un edificio grande que
hasta el sexto piso es un hotel, así que el portal es un continuo ir y venir de
gente hasta bastante tarde, y ella, seguramente, podía salir sin que la vieran.
Además, Clara Wytt, o Evelina Soldier, siempre me confundo, como parte del plan
que debía llevar a cabo, había dejado su coche en el aparcamiento delante del
hotel, entre otros diez coches. De esta manera, ya tiene media coartada. La
otra media se la confía a su sirvienta.
»La señorita Wytt le dice que le prepare el baño hacia las
diez y que le diga al peluquero del hotel que vaya hacia las once. Luego se
desviste delante de ella y la deja irse. A las once menos diez llega, en
efecto, el peluquero, pero en este intervalo la señorita Soldier ya ha matado a
Thesenty, ha vuelto y deja que la encuentren en el baño… Una coartada
indiscutible. Esta mañana, por eso, he ido a investigar a casa de la señorita
Soldier, y me han dicho que ella, entre las diez y las once, había estado en el
baño: la sirvienta y el peluquero lo habrían jurado. Si no hubiéramos
conseguido arrestar a Evelina Soldier haciéndole creer que Alberto Déravans
estaba todavía ciego, cuando en realidad veía… Lo que es lo mismo, si Déravans
no pudiera ver, nosotros, aunque sospecháramos, no conseguiríamos pruebas
contra ella.
Yo escuchaba atentamente a Jelling, que se explicaba con
bastante precisión, pero, a pesar de eso, aún me quedaban muchos puntos por
esclarecer.
—Lo que no se entiende muy bien es por qué la señorita
Soldier no quería que Déravans recuperara la visión, cuando era ella la que
decía que se casaría con él sólo cuando viera de nuevo…
—Sí, por eso siempre nos hemos equivocado de camino. La
verdad es que habría podido casarse con Déravans sólo si este se hubiera
quedado ciego.
Teresa Wilde asintió.
—Los dos que chantajearon al padre de Alberto Déravans
eran Clara Wytt y Franchot Jones, es decir, Evelina Soldier e Ignazio Hastings
—dijo—. Yo ya estaba en la Abeja Verde en esa época y por casualidad oí el
diálogo entre ellos dos y Alberto Déravans esa noche en la que Berty los obligó
a devolver los negativos del documento que le comprometía. Hay un cuarto de
baño para las artistas al lado de la sala de juegos donde ellos estaban
hablando y los separa una fina pared de madera. Escuché todo mientras me
preparaba para ir al escenario… Más tarde, dos años después, vi a Evelina
Soldier en una fotografía de un periódico: era la novia de Alberto Déravans…
Comprendí que tramaban algo sucio y escribí una carta a Alberto Déravans para
pedirle una cita. La carta la interceptó Clara Wytt y dos noches después recibí
la visita de Jones. Me enseñó un revólver y me dijo que si estaba cansada de
vivir podía hablar y decirlo todo… Por eso no hablé, pero lo sabía…
—Eso. Justo eso —continuó Jelling—. Un día, el coche que
conduce Evelina Soldier y el que conduce Alberto Déravans chocan. Un golpe
pequeño, pero por desgracia una esquirla de cristal daña un nervio óptico y
Déravans pierde la visión. Esto pasó hace dos años, fíjese qué extraño,
precisamente cuando los dos chantajistas habían abandonado todo tipo de abuso
con los Déravans. Pero Alberto Déravans, como la señorita Soldier lo recogió,
lo llevó a su casa y lo cuidó amorosamente, se enamoró de su atropelladora. Él
ya no veía, no pudo reconocer en ella a la mujer a la que una noche hacía
muchos meses le había quitado con amenazas un documento comprometedor para el
honor de su familia. La señorita Wytt casi no había hablado aquella noche, así
que la voz no la podía traicionar. Y la mujer, por su parte, vislumbró
enseguida las enormes posibilidades de esa nueva situación. Convertirse en la
señora Déravans significa convertirse en una de las mujeres más ricas de
América. Pero hay un obstáculo. Un médico ha dicho que no es imposible
devolverle la visión a Déravans, pero si Déravans recuperara la visión ella
estaría perdida. Hay que hacer lo que sea para evitarlo. Decidida a todo, como
una verdadera criminal, aunque hasta entonces no había tenido antecedentes
penales, consigue que contraten a su decente compañero como chófer en casa de
los Déravans. Ambos estaban preparados para cometer un delito si hacía falta
con tal de impedir que operaran a Déravans. Pero creen que no habrá necesidad
de matar, que bastará con amenazar. Es más, al principio, con su infantilismo
criminal, piensan que todo se arreglará con un hechizo, y roban la muñeca a la
señora Dundley. En cambio, al final habrá tres asesinatos. Mientras, ella
interpreta ante todos el papel de la novia enamorada. Llora por la ceguera de
Déravans y dice que no tiene el valor de casarse con un ciego que nunca le ha
visto la cara. Es prolífica en noticias y escenas finamente melodramáticas con
los periodistas, hasta que se crea una leyenda alrededor. Eso la dejará fuera
de sospechas en el futuro, pase lo que pase… El resto ya se conoce. Pero nunca
habríamos llegado a tener dudas de su comportamiento de no haber sido por un
elemento muy importante: la muñeca.
—Justo de eso te quería preguntar —le dije.
—No fue nada fácil —respondió Jelling—. Ocurrían cosas
relacionadas con el caso que no tenían ningún vínculo con la muñeca, y yo,
mientras, me obstinaba a creer que la muñeca, en cambio, tenía su importancia…
Antes que nada, se trataba de tal acto de superstición que sólo una mujer era
capaz de llevarlo a cabo. Pero, por otra parte, tanto a Linden como a Lamarck
los había asesinado un hombre, porque no conozco una mujer que tenga tanta
precisión apuntando. Así que se trataba de un hombre y de una mujer… Cuando
Déravans me contó la historia de la pareja que había chantajeado a su padre
dejé de tener dudas: esa pareja y los autores de los asesinatos eran las mismas
personas. Pero ¿quiénes eran? Evidentemente, los dos chantajistas se habían
cambiado de nombre y de rasgos personales y ahora merodeaban a Déravans sin que
se les reconociera, no sólo porque estuviera ciego, sino también porque no se
parecían a los dos que habían chantajeado a su padre… Además, la muñeca la
encontramos en la clínica y el libro de magia que enseñaba el «hechizo» en el
chalé de los Déravans. Eso significaba que el «hechizo» lo había hecho una
persona que podía ir indiferentemente tanto a la clínica como al chalé de los
Déravans. Esto valía para Andrea Déravans, Evelina Soldier y los Dundley, pero
no para Lila Leland. Pero esta pareja podía estar dividida: la mujer estaba en
la clínica y podía ser Lila Leland, y el hombre estaba en casa de los Déravans…
¿Y quién era? Sospeché cada vez de uno, sin conseguir comprender mucho, y
entonces me di cuenta de que me había equivocado. Lila Leland era inocente. La
caja de cerillas sin cabeza que encontré en la cocina me hizo intuir el resto.
La caja de cerillas sin cabeza era otro «hechizo», y yo la encontré en un
pequeño armario de cristales en la antecocina, en un lugar que, por regla, los
dueños de la casa no pisan nunca. Así que, si no han sido ellos, quien la puso
ahí debía ser alguien del personal de servicio. Pero ¿quién?
»Cuando llegó el telegrama con la noticia que había dado
la Policía de Nueva York de que Carlo Styss, el hombre que había pasado con un
Maritaine por la carretera de Soul el día que asesinaron a Lamarck, había
muerto en un accidente ferroviario, comprendí que la pista Styss era falsa, y
si la pista Styss era falsa, sólo una persona había podido matar a Lamarck,
porque sólo una persona sabía que Lamarck acompañaba a Soul a Déravans para
operarlo; esta persona era el chófer que los llevaba: Ignazio Hastings. Si lo
hubiera arrestado enseguida, yo no habría concluido nada, porque se habría
quedado en la sombra la mujer, con sus coartadas irrefutables. Pero ¿quién era
esta mujer que no quería que Déravans recuperase la visión? Sólo había dos
mujeres que Déravans había conocido después de quedarse ciego: Evelina Soldier
y Lila Leland. Una de las dos tenía que ser la compañera de Ignazio Hastings,
es decir, de Franchot Jones… Me había fijado en que Lila Leland era un poco
supersticiosa, pero me parecía imposible que lo fuera hasta ese punto. Sin
embargo, también la había visto salir de casa de Madame Dark. Esa mañana fui
corriendo a ver a Madame Dark y le pregunté qué había ido a hacer Lila Leland.
¿Saben a qué? A preguntar lo que había preguntado yo días antes, cosa que al
final no supo: quiénes eran los clientes habituales de la pitonisa… Lo que
quiere decir que ella investigaba por su cuenta. De hecho, sospechaba de
Evelina Soldier, pero quería tener pruebas antes de acusarla abiertamente.
Entonces no me quedaba más que una posibilidad: ver qué pasaría cuando Déravans
viera de nuevo, y viera por primera vez tanto a Lila Leland como a Evelina
Soldier. En cuanto a la primera, yo estaba presente cuando Déravans la vio. No
pasó nada, lo que significaba que no era ella la mujer que hacía unos años
había chantajeado a su padre, porque la habría reconocido. Entonces era Evelina
Soldier, pero había que tenderle una trampa junto con su cómplice, por lo que
hice creer que Déravans no había sido operado para ejecutar el arresto
sorpresa, de manera que ella se traicionara seguro. El resto ya lo saben…
Arthur Jelling, sin darse cuenta, se pasó la mano por un
arañazo importante que le cruzaba la mejilla derecha.
—Un regalo de Clara Wytt —observé sonriendo—. Te lo ha
hecho esta mañana cuando la has arrestado… Y, dime, ¿Lila Leland?…
Vi que el rostro de Jelling se oscurecía sensiblemente.
Luego vi que se ponía rojo. Pensé en el día que la había visto por primera vez,
en la clínica, y se había quedado un segundo mirándola, un eterno segundo
enganchado de su belleza. En el fondo, me mostraba malvado recordándosela.
—Creo… —dijo con una emoción sencilla que no intentaba
ocultar—… Creo que se casará con Déravans. Gracias a ella él ve ahora.
Nos quedamos un momento callados, confusos, pero Teresa
Wilde nos sacó del apuro.
—¡No me hable de eso! —dijo con nerviosismo, como una niña
que patalea—. No quiero ni oír hablar del tema, me pongo furiosa como una
leona.
—¡Venga! —le dije—. ¿A qué viene esa furia?
—¿A qué viene? —me dijo con rabia—. ¿A qué viene? Se lo
voy a decir ahora mismo. Porque el sacacorchos se ha salido con la suya… De un
día para otro he decidido que me caso con él: de lo contrario, ¡lo mato!
Me quedé un poco estupefacto, pero Jelling se apresuró
amablemente a explicarme el secreto.
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GIORGIO SCERBANENCO (Kiev, Imperio ruso, 28 de julio de
1911 - Milán, Italia, 27 de octubre de 1969) es un escritor italiano de novelas
policíacas.
Hijo de padre ruso y madre italiana, Volodymyr, —su
verdadero nombre—, al estallar la revolución rusa viaja a Italia con su madre.
Su padre fue fusilado y su madre falleció en 1927. Se estableció en Milán a los
dieciséis años y para ganarse la vida desempeña diversos oficios que le van
acercando al mundo editorial.
En 1931 publica su primer cuento en una revista. Comienza
a trabajar para revistas femeninas como “Piccola” y “Novella” como corrector de
pruebas y redactor. Escribe novelas rosas y en 1940 publica su primera novela
policíaca Sei giorni di preavviso.
En septiembre de 1943 busca refugio en Suiza donde
permanece hasta 1945. Entonces regresa a Italia y funda con Angelo Rizzoli el
semanario “Bella”. También colabora con la revista “Annabella” escribiendo
cuentos y series de relatos. En 1963 publica Venus privada la primera novela de
la serie de Duca Lamberti. Publica también relatos policíacos en “La Stampa” y
“Dominica del Corriere” y escribe guiones para el cine. Con su nueva pareja y
sus dos hijas traslada su residencia a Lignano Sabbiadoro.
En 1968 gana el prestigioso Grand Prix de Littérature
Policière. Scerbanenco está considerado uno de los maestros del género
policíaco en Italia y algunas de sus novelas han sido llevadas al cine.
Libros publicados en España
Venus privada (Noguer, 1967, Bruguera, 1980; Planeta,
1986; Akal, 2011)
Milán, Calibre 9 (Noguer, 1970; Bruguera, 1984; Planeta,
1986; Akal, 2011)
Los milaneses matan en sábado (Noguer, 1970; Bruguera,
1980; Planeta, 1985; Akal, 2011)
Traidores a todos (Noguer, 1971; Bruguera, 1982; Planeta,
1986; Ediciones Akal, 2009).
Al servicio de quien me quiera (Barral, 1972; Bruguera,
1984; Planeta, 1986)
Demasiado tarde (Noguer, 1972; Bruguera, 1983)
Ladrón contra asesino (Noguer, 1972; Bruguera, 1980)
Doble juego (Noguer, 1973, Bruguera, 1983)
Las princesas de Acapulco (Barral, 1973; Bruguera, 1984)
Rapto (Noguer, 1973)
Perseguidas (Noguer, 1973; Bruguera, 1983)
Pequeño hotel para sádicos (Noguer, 1973)
La chica del bosque (Noguer, 1975)
La arena no recuerda (Noguer, 1975)
Los siete pecados capitales y las siete virtudes capitales
(Noguer, 1976; Akal, 2010)
Cita en Trieste (Noguer, 1976)
El rio verde (Sagitario, 1976)
La cueva de los filósofos (Bruguera, 1977; Ediciones Akal,
2014).
Te llevaré a ver el mar (Noguer, 1977; Brugera, 1983)
La noche del tigre (Noguer, 1977)
El gran encanto (Noguer, 1978)
Ladrón contra asesino (Noguer, 1980)
Muerte en la escuela (Bruguera, 1980, Akal, 2010)
Los espías no deben amar (Jucar, 1980; Bruguera, 1981)
La muñeca ciega (Ediciones Akal, 2013).
Nadie es culpable (Ediciones Akal, 2013).


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