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© Libro N° 3988. La Muñeca Ciega. Scerbanenco, Giorgio. Colección E.O. Julio 15 de 2017.

Título original: ©  La bambola cieca

 

Versión Original: © La Muñeca Ciega. Giorgio Scerbanenco

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2016/10/la-muneca-ciega-italiano-giorgio.html#more

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LA MUÑECA CIEGA

Giorgio Scerbanenco

Arthur Jelling - 2

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una muñeca a la que le han arrancado los ojos es abandonada en un hospital. Allí, el multimillonario Déravans, quien quedó ciego a causa de un accidente de tráfico, podría recuperar la vista mediante una intervención que sólo el doctor Linden, amenazado de muerte si se atreve a llevarla a cabo, es capaz de realizar. Jelling, un empleado de la Policía dé Boston que cuenta con una sorprendente habilidad para recordar delitos y perfiles de criminales, tendrá que seguir las huellas de un crimen que aún no ha sido cometido para evitar un posible homicidio.

Sirviéndose de la tensión inducida a través de inquietantes señales casi imperceptibles y de la originalidad de la trama, Scerbanenco vuelve a lograr que el lector perciba el angustioso hedor «a salvaje, a jungla» que transmite La muñeca ciega.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título original: La bambola cieca

Giorgio Scerbanenco, 1941

Traducción: Cuqui Weller

Maqueta de portada: Sergio Ramírez

Diseño interior y cubierta: RAG

Retoque de portada: Dr.Doa

Editor digital: Titivillus

ePub base r1.2

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

Arthur Jelling se enamora (o casi)

 

No es habitual que en un departamento de Policía, donde se encuentran montones de informes que narran historias de delitos misteriosos, haya un hombre soñando mientras mira a través del cristal de la ventana y avahándose los dedos por el frío. Sin embargo, esto era lo que sucedía en la Central de Policía de Boston, en la unidad de «Archivo Criminal».

Arthur Jelling soñaba. Soñaba sentado en su escritorio, con el abrigo puesto y el cuello levantado, y miraba a través del cristal el cielo blanco rosáceo de la mañana. No se puede decir con qué estaba soñando. Arthur Jelling era un hombre de cuarenta años, había estudiado medicina hasta los veinticinco, se había casado a los veinticuatro, y no había hecho nada más de importancia salvo descubrir la trama secreta de algunos delitos famosos. Pero en su vida nunca había tenido idilios más que de pasada. Tras descubrir al autor de un célebre delito, o después de archivar el informe del último proceso, él volvía a casa, con su mujer y su hijo, leía el periódico mientras comía, leía un libro en la cama, y por la mañana estaba en la Central, en el Archivo Criminal, como un empleado cualquiera, como el más oscuro de los empleados, catalogando interrogatorios y listas de partes médicos o declaraciones de coartadas.

Quién sabe lo que hay en el corazón de los hombres. Por fuera, parecen una cosa, y por dentro, sólo Dios sabe lo que son. Hacía frío aquella mañana en el despacho de Jelling. El termómetro registraba tan sólo ocho sobre cero. Jelling tenía las puntas de los dedos heladas, y un rayo de sol gris, glacial, entraba por la ventana. Todos los expedientes se archivaban y catalogaban, y las plumas se posaban en orden sobre la boca de los dos tinteros, azul y rojo; los sellos pendían ordenadamente del portasellos, un silencio sepulcral reinaba en el despacho. A veces, de la calle llegaba el grito de un boceras, o el sonido del claxon de un coche. Jelling soñaba, se le notaba en los ojos, que clavaban una mirada atónita en el rosa gélido que se transparentaba por la ventana.

Quién sabe qué. De repente la puerta se abrió de par en par y entró el capitán Sunder. El capitán Sunder era el superior directo de Arthur Jelling y el subdirector de la Central de Policía. Jelling era demasiado celoso de sus deberes de archivero como para desconcertarse ante aquella aparición inesperada. Dejó de soñar, se bajó el cuello del abrigo, hizo como que cogía una pluma, pero el capitán Sunder era lo suficientemente psicólogo como para no dejarse embaucar con maniobras como esa. Disimuló y, mientras se encendía un cigarrillo, lanzó su «¡Buenos días, Jelling!».

—Buenos días, señor Sunder… —respondió Jelling.

—Bueno, ¿qué tal?

—Bien, señor Sunder.

—Hace frío. Dieciocho bajo cero, fuera de aquí.

—Bastante frío, señor Sunder.

—Además, cuando uno se aburre, se nota más el frío.

—Efectivamente, señor Sunder.

La conversación había comenzado con este tono lleno de buenas maneras y de formalismo, hasta que el capitán Sunder volvió a sus modos bruscos y expeditivos.

—Vamos, Jelling, este despacho le empieza a hartar. Necesita un trabajo divertido, ¿no es cierto?

Jelling se lo agradeció con una sonrisa sincera.

—Me aburro un poco, tiene razón… —murmuró.

—Vaya a darse una vuelta o cójase vacaciones, qué sé yo… ¿Le he dicho alguna vez algo por ausentarse del despacho unos días?

—No, señor Sunder…

—¿Y entonces? ¿Qué quiere, que también le pague el viaje? Vaya al lago Michigan, hay regatas, me refiero a las regatas invernales, un espectáculo único en el mundo. O, si no le gustan, vaya a Nueva York. ¿Ha visto alguna vez Nueva York en invierno?

—No, señor Sunder. Nunca he estado en Nueva York.

—Pues vaya entonces. La Calle 42, Broadway, las estrellas de Hollywood… Podría conseguirle un billete de ida y vuelta gratis, con la excusa de una gestión…

Arthur Jelling, que estaba medio sentado, se levantó del todo, se limpió burocráticamente el abrigo, sólo para darse importancia, y dijo:

—Quiero trabajar, capitán. Me aburro porque no tengo nada que hacer. Quiero ser útil a la Central…

El capitán Sunder tosió haciendo mucho ruido, y cuando paró echó un vistazo alrededor sin disimular en absoluto que veía a Jelling.

—Trabajar… —murmuró como para sí mismo—. ¿Y quién se lo impide? En una ciudad como la nuestra, donde hay al menos cuatro delitos sin explicación cada día, un policía siempre tiene algo que hacer… Pero, ¡claro! Me olvidaba de que usted es un policía especial. ¡Me hizo tragar más bilis en el asunto Vaton que todos los ladronzuelos que arresto en un año juntos!…

Ante ese reproche afectuoso de una culpa, si es que existía una culpa, que ya había prescrito, Arthur Jelling se sonrojó. Y era raro ver sonrojarse a un hombre alto como él, severo, al menos en apariencia, como él.

—Por eso —dijo— no quise interesarme por trabajos que no tuvieran que ver con mi unidad. Me acuerdo perfectamente de que le causé muchas molestias.

—Mal, querido Jelling —replicó Sunder de golpe—. Dejémonos de cortesía y hablemos con más concreción… Si usted quiere, hay un asunto que le iría bien. Me refiero a la denuncia del profesor Linden, si me sigue…

—¿El cirujano que tiene que operar a Alberto Déravans?

—En efecto, querido Jelling. Usted ya es un policía especializado en delitos que todavía no han ocurrido. Los demás trabajan con muertos, con una pistola que ya ha disparado. Usted trabaja con el vivo que aún tienen que matar, con la pistola que todavía tiene que dispararse…

Mientras decía esto, el capitán Sunder se había acercado a la puerta y la había abierto.

—En definitiva, si me he explicado, le digo que se interese usted por este asunto. El expediente lo tiene usted, arrégleselas… Pero no deje que lo encuentren en el despacho con el cuello levantado y con los dedos helados. ¿Entendido?

Se oyó el ruido de la puerta al cerrarse. El capitán se había ido. Jelling se quedó dudando un poco, paseó por el despacho meditando las palabras de su superior, luego buscó en su archivo el expediente Linden, lo estudió media hora y vino a verme.

Era alrededor de mediodía. Mi criado, Giovanni, ya empezaba a pasearse delante de mi despacho, temiendo que me quedase a trabajar más allá de las doce.

Nunca he intentado trabajar como asalariado, con un jefe y un horario que cumplir, pero creo que la vigilancia de Giovanni a mis horarios de trabajo tiene que ser algo parecido, si no peor. A mediodía y a las siete en punto de la tarde, comienza a pasearse delante de mi despacho de manera intolerable. Por mucha urgencia que tenga el trabajo al que me dedico, prefiero parar antes que ver su insoportable cara de pocos amigos asomarse por la puerta y escuchar su voz murmurar con falsa cortesía:

—Es tarde, señor.

El día que Jelling vino a verme, estaba terminando precisamente un informe para el Círculo Jurídico de Boston, y ya escuchaba los pasos de Giovanni por el pasillo cuando oí el timbre; poco después mi criado entraba en el estudio y anunciaba:

—El señor Arthur Jelling.

—Hola, Jelling —dije, a la vez que me levantaba de la butaca.

Siguieron las formalidades, que con Jelling son más bien largas, y luego lo invité a almorzar.

—Sabía que no era lo más adecuado venir a la hora del almuerzo —respondió Jelling—. Es como imponer una invitación…

Tenía un rostro realmente afligido.

Conseguí convencerlo de que no se sintiera tan apenado, que podía venir a verme cuando quisiera, y ya a la mesa, tras un primer plato más bien mediocre, me enteré del motivo de la visita de Jelling: la denuncia de Augusto Linden.

—En el fondo —decía Jelling—, esta historia tiene toda la pinta de un asunto sin importancia. Hace dos días, el profesor Augusto Linden, que tiene una clínica oftalmológica en Rivery Street, se personó en la Central de Policía y presentó la siguiente denuncia: a las nueve de la mañana, mientras cruzaba el Parque Clobt para ir a la clínica, lo paró un desconocido que le empezó a hablar de la siguiente manera: «Usted va a operar, el día 17, al señor Alberto Déravans. Tras la operación, el señor Déravans, que se quedó ciego en un accidente de tráfico hace dos años, recuperará la visión. Pues bien, si hace esa operación, si Alberto Déravans recupera la visión, yo lo mataré a usted». Dicho esto, el desconocido desapareció. El profesor Augusto Linden se había personado de inmediato en la Central de Policía y había presentado la denuncia. No podía proporcionar ningún dato sobre el desconocido aparte de que iba vestido de marrón, llevaba una gorra y la cara se la cubría casi por completo una bufanda azul. Después de la denuncia, el profesor pretendía que dos agentes le hicieran guardia hasta el día de la operación y nada más. Eso es todo.

—¿Cree de verdad —pregunté a Jelling— que tras ese chantaje, que a mí me parece bastante común, se puede esconder algo interesante? Quizá sepa usted mejor que yo que en una ciudad como Boston se producen tres o cuatro chantajes al día…

Jelling terminó de servirse carne estofada que Giovanni le ofrecía de una fuente con estilo impecable, y después respondió:

—… Yo tampoco lo sé, señor Berra. En apariencia se trata de un chantaje como muchos otros. Pero, si se reflexiona un poco, las cosas se complican. No me gustaría tener una opinión demasiado contraria a la suya, pero le diré cómo he razonado. —Jelling hizo una pausa, cogió tres vasos que tenía delante, los colocó de cierta manera y dijo—: Nosotros tenemos un triángulo —me percaté en ese momento de que los vasos estaban dispuestos en triángulo—. El primer vértice es Alberto Déravans, el ciego. El segundo vértice está representado por el profesor Augusto Linden y por su clínica. El tercer… —y aquí Jelling tocó el último vaso, de cristal verdoso, todavía lleno de un vino blanco seco de Italia—… el tercer vértice es un fuerza oscura, el hombre que ha chantajeado al profesor Linden… En Geometría, los vértices de un triángulo están unidos entre ellos por tres líneas rectas. En nuestro caso, ¿qué los une? Entre Déravans, el ciego, y el profesor Linden, el cirujano, la línea de unión es clara: el primero debe operarse para recuperar la visión, el segundo debe operarlo; esta es línea recta que une los dos vértices. Pero es la única que conocemos. No sabemos cuál es la línea que une al profesor Linden con la fuerza oscura y cuál la que une a la fuerza oscura con Alberto Déravans… En definitiva, lo que quiero decir es que hay dos problemas que resolver: descubrir quién es el enemigo de Alberto Déravans y descubrir por qué este enemigo no quiere que recupere la visión…

Aunque el razonamiento de Jelling fuera, como de costumbre, bastante confuso, ya empezaba a comprender.

—¿Quiere decir —pregunté— que el enemigo de Déravans podría tener muchos medios para perjudicarlo y que no comprende por qué ha elegido precisamente el de prohibirle que recupere la visión?

—Eso, quería decir eso mismo —dijo Jelling—. He estudiado con atención el expediente y la denuncia del profesor. Pero no entiendo qué interés pueda haber en que Déravans siga siendo ciego… Así es como están las cosas. Hace dos años, Alberto Déravans conduce su coche y choca con el que conduce la señorita Evelina Soldier. Como consecuencia del impacto, Déravans pierde la visión y los mejores especialistas de los Estados Unidos declaran su impotencia. Mientras, entre la señorita Soldier y el señor Déravans nace el idilio. Déravans quiere casarse con ella, pero Evelina Soldier no quiere. Antes de casarse con él quiere agotar todas las posibilidades de curar a Déravans y devolverle la visión. Van a Europa, pero también los cirujanos europeos declaran que no hay nada que hacer. Vuelven a América. Déravans insiste en casarse con la señorita Soldier, pero ella no ha perdido la esperanza y antes busca de nuevo el medio de devolverle la visión. Ai final, un día, el profesor Augusto Linden se les presenta a los dos. Visita a Alberto Déravans y le dice que lo operará y que gracias a esta operación Déravans recuperará la visión. Estamos a 2 de enero. Llevan a Déravans a la clínica del profesor Linden. Llega el 12 de enero. El profesor Linden cruza el Parque Clobt para ir a la clínica. Es una mañana muy fría —le ruego que se fije en este detalle—, el profesor Linden cruza el Parque Clobt vacío. De repente, una figura se le para delante. Es un hombre vestido de marrón, con gorra y la cara cubierta casi por completo con una bufanda azul. Este hombre amenaza al profesor Linden con matarlo si le devuelve la visión a Alberto Déravans y, antes de que el profesor Linden pueda replicar, saca un pequeño revólver y se aleja por entre las callejuelas. Sin perder la sangre fría, el profesor Linden se dirige enseguida a la Central de Policía, denuncia el hecho y pide la protección de dos agentes que lo vigilen día y noche para evitar que las amenazas del desconocido se cumplan… Hoy es 14 de enero. Dentro de tres días operarán a Alberto Déravans y, según las afirmaciones del profesor Linden, recuperará sin duda la visión… O el profesor será asesinado antes de que pueda llevar a cabo la operación.

Nos levantamos de la mesa y fuimos a sentarnos delante de la chimenea, donde ardían dos grandes leños. Giovanni nos sirvió el licor de costumbre y, mientras servía a Jelling, tuvo tiempo de murmurar:

—O el profesor Linden no hará la operación por miedo de que lo mate el desconocido.

Giovanni, por supuesto, había escuchado nuestra conversación, y ahora, a pesar de las recriminaciones que siempre le hacía, intervenía en nuestras discusiones.

Jelling pareció encantado con esa intervención. Sonrió cordialmente a Giovanni y le dijo:

—He pensado bastante en esa hipótesis, pero le diré la impresión que me causó el profesor Linden. Me pareció una persona muy apegada al dinero. Y Déravans se ha comprometido a pagarle veinte mil dólares por la operación. El profesor no me parece un tipo dispuesto a renunciar a veinte mil dólares por una simple amenaza. Tomará todas las precauciones del mundo, pero intentará llevar a cabo la operación a cualquier precio… Indiferente a mis miradas de reproche, Giovanni continuó: —Todo lo contrario, si es así, aprovechará la amenaza que lleva sobre sus espaldas para encarecer el precio de la operación. ¿O me equivoco, señor?…

Con una reverencia obsequiosa e hipócrita, Giovanni se llevó la botella y la bandeja, evitando de esa manera mi rapapolvo. Arthur Jelling le sonrió y luego se dirigió a mí:

—Claro que he considerado también esa hipótesis… He venido a verle precisamente por eso… Ahora voy a la clínica de Linden, a hablar otra vez con el profesor Linden y con sus ayudantes, echar un vistazo y… si usted también viniera, me haría un favor. Desearía que observase atentamente todo y luego me diera sus impresiones… Pero quizá estoy abusando de usted…

—¡En absoluto, Jelling! —le dije—. Para mí se trata de algo divertido. Le ayudaré con mucho gusto.

La clínica Linden es quizá una de las más modernas de América, y, por supuesto, la más moderna de Boston. Se erige casi a las afueras de la ciudad, entre enormes construcciones funcionales y pequeñas parcelas todavía sin vender, donde los niños juegan a los gánsteres. Pero, a pesar de la modernidad arquitectónica del palacete, a pesar de la funcionalidad y el lujo de las instalaciones interiores, algo tétrico y lúgubre impresiona al visitante que entra por primera vez. No sé si Jelling tenía las mismas sensaciones cuando entramos, pero yo noté enseguida el pecho oprimido por una especie de tristeza y de angustia indefinidas. Soy profesor de psicopatología, he visitado cientos de hospitales y manicomios, he visto ambientes terribles como la sala de anatomía de la Fundación Rockefeller de Nueva York, la Clínica Carlton en Chicago, con los enfermeros de desintoxicación más tristemente famosos de Massachusetts cuidando de sus enfermos permanentemente dominados por el delirio de su veneno, en definitiva, no se me puede acusar de debilidad de ánimo. Sin embargo, al entrar en la clínica Linden, con esa fachada que recuerda a un bastión medieval, desnuda por dentro como una casa abandonada, me pareció encontrar la prueba que Jelling había adivinado justo para interesarse en ese asunto de Déravans, en apariencia intrascendente. Se olía la tragedia en ese ambiente. Puede que sea una exageración, pero había olor a sangre. Y más tarde tuve que convencerme de que mis impresiones no estaban del todo equivocadas.

Tras cruzar un patio pavimentado con cemento, sin una brizna de hierba, y recorrer un pasillo gris, iluminado por una luz fija violenta y artificial, que entraba por los grandes ventanales de cristal blanco leche, Jelling y yo entramos en el despacho del profesor Linden.

Augusto Linden era un hombre de unos cuarenta y cinco años, con el pelo cortado a cepillo y la cara cuadrada, aceitunada. Bajo las órbitas saltonas, dos pequeños ojos grises, acuosos, miraban con insistencia y con frialdad. En pocas palabras, era el tipo adecuado para cohibir a Jelling, ya demasiado dispuesto a amedrentarse.

—Perdone si le molesto de nuevo… —insinuó con suavidad Jelling.

Linden, con un gesto seco, nos invitó a sentarnos delante de su escritorio, y con voz baja, casi gruñona, dijo:

—Adelante, hablen.

Con mucho esfuerzo, Arthur Jelling recobró el aliento y me presentó.

—Ah —me dijo Linden, olvidándose completamente de Jelling—, es usted profesor adjunto del curso de Derecho… Creo que una vez asistí a una conferencia suya en el Círculo Jurídico. La suya era una teoría arriesgada, por lo menos contraria a las actuales. Es decir, según usted, el delito no siempre es la expresión de un estado psicopatológico en sentido estricto, sino que a menudo se realiza con plena conciencia de causa sin ningún estímulo del inconsciente enfermo, ¿no es así?

—Sí, así es —respondí.

—Yo también tengo la misma opinión —continuó Linden—. Muchos abogados consiguen salvar a sus clientes de la silla con la excusa de una enfermedad mental…

Jelling nos escuchaba correctísimamente sentado en el sillón. Después de algunas frases, pareció que Linden se daba cuenta de su presencia.

—Ah, perdóneme, señor… señor… —dijo Linden con distracción casi ultrajante.

—Arthur Jelling —sugirió educadamente mi amigo.

—Dígame, señor Jelling.

—Le agradecería enormemente —dijo este con paciencia— que me presentara al personal de la clínica y que me dejara conocer el ambiente… Querría…

Augusto Linden le cortó, se levantó y dijo:

—Venga, por favor.

Nos levantamos y lo seguimos. En el pasillo, al salir del despacho, vimos a dos agentes de paisano. Eran los dos que tenían el cometido de vigilar y de proteger al profesor.

Augusto Linden los señaló con una sonrisa despectiva.

—¿Usted cree de verdad —preguntó a Jelling— que esa gente sería capaz de salvarme si mañana me quisieran matar?

—Sólo en Boston —respondió Jelling con mucha educación, pero con firmeza—, mueren en acto de servicio doscientos agentes al año.

—Bien —dijo Linden con voz desagradable—, pero no por lo que a mí respecta.

Después de este chiste pueril, caminamos en silencio cruzando varios ambientes de la clínica. Linden nos enseñó las distintas salas, los departamentos, los laboratorios. Todo era lineal, preciso, monótono como una máquina. Todas las paredes estaban pintadas de un gris claro que hacía pensar en esos días de lluvia que nunca se acaban. Todo era sobriedad y concisión. No había el mínimo adorno, la mínima nota de color; algunos muebles de cristal, algunas estanterías de metal opaco, la luz difusa que entraba por los ventanales de cristal blanco daban tal sensación de frialdad que no se veía la hora de salir de ahí.

Pasamos delante de una puerta. Linden se paró.

—Este es el apartamento de Alberto Déravans. No se lo puedo enseñar porque no quiero que se moleste a mis enfermos.

—Gracias —respondió Jelling, y no se pudo comprender por el tono si lo había dicho de buena fe o por sarcasmo. En cualquier caso, Linden no se dio cuenta, o fingió no darse cuenta—. Perdone —dijo de repente Jelling—, la operación que le va a practicar al señor Déravans sólo la conoce usted, ¿no es cierto?

—Efectivamente.

—¿Y se trata de una nueva operación?

—¿A qué se refiere con «nueva»?… No existen nuevas operaciones. Existen nuevos procedimientos de operar. Cualquier cirujano sabe perfectamente de qué manera habría que operar a Déravans para devolverle la visión, pero no lo opera porque con el sistema que él conoce no conseguiría quitarle la ceguera, es más, la haría más profunda para siempre, mientras que con mi procedimiento yo estoy seguro de curarlo, y con facilidad. Lo nuevo es el sistema: la operación en sí es sencillísima. Yo no hago brujería…

Por último, entramos en una sala grande, ocupada por una mesa larguísima y por dos estanterías de cristal larguísimas con los instrumentales médicos más variados. En la sala había tres personas con bata blanca. Linden los presentó; eran sus tres ayudantes. Tendré que describir un poco más ampliamente a estas tres personas, porque en ese momento se pudo comprobar un hecho que después tuvo varias consecuencias en el asunto.

Uno era el doctor Alfredo Lamarck, primer ayudante de Linden. Creo que sólo se puede ver un tipo como él en el cine. Parecía un hombre de 1912 en el físico, en la cara y en el modo de vestir: algo verdaderamente extraordinario. Tenía un bigote negro denso, moda preguerra, y el pelo con la raya a un lado y ondulado. La cara era regordeta, pero pálida, como los hombres de hace treinta años que no hacían deporte. El gollete le sobresalía de un sobrecuello alto y duro de puntas redondeadas que le tenía que resultar difícil de cambiar porque ya no se confeccionaban. En las manos, para terminar, llevaba una de esas alianzas grandes y completamente adornadas; estoy seguro de que en el interior del anillo estaban escritos dos nombres, una fecha y la frase «Para siempre».

El otro era Severino Thesenty. Debo decir que al principio me pareció un tipo completamente insignificante. Lo miré en cuanto me lo presentaron y pensé en un primer momento que tenía enfrente a uno de esos hombres que pasan por la vida sin hacer ruido. Sólo más tarde, cuando habían pasado unas horas y lo volví a ver en mi despacho con los ojos de la mente, como si lo tuviera delante, me di cuenta de que me había equivocado. Para que me volviera tan lúcidamente a la memoria debía tener una personalidad que por error había juzgado mediocre. Era más bien alto, delgado, e incluso en algunas cosas se parecía a Jelling. Tenía el pelo rubio ceniza y la cara de un color rojo pardo extraño. Pero lo que más impresionaba eran los ojos, brillantes, grandes, calidísimos, llenos de expresión y movimiento. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Eran los ojos de un romántico, de un lírico, de un sensible. Y, de repente, volví a ver sus manos: grandes, delgadas, delicadas, con la movilidad de las antenas de un insecto. Todo esto, repito, no lo vi en su momento, sino horas después, cuando volví a pensar en mi visita a la clínica Linden.

La tercera persona era una mujer, la doctora en química Lila Leland. El nombre me sorprendió. Era más adecuado para una estrellita de café concierto que para una doctora, y pensé que era falso. Pero lo que me sorprendió todavía más fue su belleza. No encuentro otra expresión que esta: una belleza angelical. Y sé que no es una definición justa. Al decir angelical se puede pensar en algo muy puro, pero también un poco frío. Sin embargo, la belleza de Lila Leland estaba llena de calor femenino. La mirada tenía una tranquilidad agradable de gacela, y todas las líneas de la cara seguían perfectas curvas, pero llenas de feminidad viva, nada estatuaria. Un maquillaje sutil daba el último toque a esa obra maestra humana, un toque ligeramente artificial que lo hacía irresistible.

Aquí llega el hecho que hará que se me perdonen un poco estas descripciones a la antigua. Miré a Jelling. Él acababa de hacerle una breve reverencia a la doctora Leland, pero su mirada no se había desviado todavía del rostro de ella. Ya se habían hecho las presentaciones y pasó un segundo, un larguísimo segundo lleno turbación. Todos esperaban que Jelling se alejara y dejara de mirar a Lila Leland. Augusto Linden sonrió de manera extraña con los ojos al observar la escena. Yo me sentía incómodo por un acontecimiento tan imprevisible. En apariencia no ocurrió nada, pero ese segundo, ese larguísimo segundo en que Jelling siguió mirando, ausente y ajeno al mundo, a la doctora Leland, influyó luego sobre el resto del caso. «¡Cuánta sangre! ¡Cuánta sangre! —me dijo un día Jelling cuando todo había acabado…—. Si hubiese podido preverlo, ese día que conocí a Lila…».

Por fin, Jelling pareció despertarse. Me imaginaba que cuando volviera en sí se pondría rojo y se abochornaría; en cambio, nada de eso. Él estaba tranquilo, sereno; es más, tenía los ojos más claros y vivos que antes, como si en su interior hubiese nacido algo feliz que le había hecho más fuerte.

—Este es mi laboratorio de análisis y de anatomía…

Linden rompió el silencio insoportable y comenzó a darnos una vuelta por la sala, explicándonos cosas. Luego, con su estilo maleducado, le dijo a Jelling:

—Por lo demás, no veo qué utilidad pueda tener todo esto para su investigación… Perdone, pero no tengo mucha confianza en la Policía. Estoy convencido de que, si consigo desbaratar los planes de ese imbécil que me ha amenazado con matarme, lo deberé sólo a mí y a este instrumento…

Se sacó del bolsillo un pequeño revólver y nos lo mostró.

—Claro, claro, tiene razón… —asintió Jelling poniéndose rojo. Vi que su mirada tenía la continua tentación de volverse hacia Lila Leland, que estaba a su lado, pero se controlaba.

Mientras, Linden se había dirigido a Alfredo Lamarck, que se afanaba con un microscopio.

—¿Ya está hecho el análisis de Déravans?

Sin quitar el ojo del instrumento, sin dejar de manejar la platina, Alfredo Lamarck respondió con frialdad (y decir frialdad es bastante poco):

—Lo estoy haciendo.

—Le había rogado que lo hiciera hace dos días. Operaremos a Déravans el 17 y hoy estamos a 14 —observó Linden con tranquilidad.

Alfredo Lamarck levantó el ojo del microscopio y miró un punto en la pared, no al profesor Linden:

—Hoy todavía estamos perfectamente a tiempo —dijo, con el mismo tono de antes, anodino y lejano.

—No estoy de acuerdo —respondió Linden con nerviosismo mal disimulado.

Lamarck volvió a su instrumento y murmuró entre dientes:

—Perdone.

Tras este otro incidente, Linden nos acompañó fuera, hasta la salida. Al despedirse de nosotros, Jelling, que había permanecido en silencio hasta entonces, le preguntó:

—Por supuesto, el señor Déravans no ha sido informado de que usted se ha visto amenazado de muerte si lo opera.

—Por supuesto… —respondió Linden, abriendo la puerta que daba al vestíbulo.

—En cualquier caso, habrá advertido a algún familiar, ¿no?

—Claro.

—¿A quién?

—A su hermano, Andrea Déravans, y a su novia, Evelina Soldier.

Jelling dio un paso adelante, pero antes de salir volvió a preguntar:

—Perdóneme la indiscreción, quizá mis preguntas le cansan… Pero necesito saber si, aparte de usted, hay alguien más capaz de operar al señor Alberto Déravans…

Linden sonrió con los ojos, como antes.

—Mis ayudantes conocen la teoría de la operación. Ignoro si conseguirían ponerla en práctica.

—Gracias.

Salimos, cruzamos el vestíbulo y nos encontramos de nuevo en la calle. Un sol blanco, frío, nos inundó de luz, de esa luz clara y viva que faltaba en la clínica Linden. Me sentía mejor, para ser sinceros. Jelling estaba callado, y se mantuvo así un buen trecho del camino. Los árboles de la avenida por la que íbamos estaban secos, desnudos; trizas de hielo crujían bajo nuestros zapatos. Tenía la cabeza llena de pensamientos confusos que no conseguía coordinar.

—¿Qué le pasa, Jelling? —dije, más que nada por romper el silencio.

Al final, Arthur Jelling dejó de mirar fijamente hacia adelante y consiguió verme a mí también.

—¡Oh…, perdone! Tiene razón… —y se puso rojo como un muchacho—. Pienso en mí, siempre en mí, y, en cambio, debería pensar en el profesor Linden.

 

 

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Arthur Jelling se enamora (o casi)

 

No es habitual que en un departamento de Policía, donde se encuentran montones de informes que narran historias de delitos misteriosos, haya un hombre soñando mientras mira a través del cristal de la ventana y avahándose los dedos por el frío. Sin embargo, esto era lo que sucedía en la Central de Policía de Boston, en la unidad de «Archivo Criminal».

Arthur Jelling soñaba. Soñaba sentado en su escritorio, con el abrigo puesto y el cuello levantado, y miraba a través del cristal el cielo blanco rosáceo de la mañana. No se puede decir con qué estaba soñando. Arthur Jelling era un hombre de cuarenta años, había estudiado medicina hasta los veinticinco, se había casado a los veinticuatro, y no había hecho nada más de importancia salvo descubrir la trama secreta de algunos delitos famosos. Pero en su vida nunca había tenido idilios más que de pasada. Tras descubrir al autor de un célebre delito, o después de archivar el informe del último proceso, él volvía a casa, con su mujer y su hijo, leía el periódico mientras comía, leía un libro en la cama, y por la mañana estaba en la Central, en el Archivo Criminal, como un empleado cualquiera, como el más oscuro de los empleados, catalogando interrogatorios y listas de partes médicos o declaraciones de coartadas.

Quién sabe lo que hay en el corazón de los hombres. Por fuera, parecen una cosa, y por dentro, sólo Dios sabe lo que son. Hacía frío aquella mañana en el despacho de Jelling. El termómetro registraba tan sólo ocho sobre cero. Jelling tenía las puntas de los dedos heladas, y un rayo de sol gris, glacial, entraba por la ventana. Todos los expedientes se archivaban y catalogaban, y las plumas se posaban en orden sobre la boca de los dos tinteros, azul y rojo; los sellos pendían ordenadamente del portasellos, un silencio sepulcral reinaba en el despacho. A veces, de la calle llegaba el grito de un boceras, o el sonido del claxon de un coche. Jelling soñaba, se le notaba en los ojos, que clavaban una mirada atónita en el rosa gélido que se transparentaba por la ventana.

Quién sabe qué. De repente la puerta se abrió de par en par y entró el capitán Sunder. El capitán Sunder era el superior directo de Arthur Jelling y el subdirector de la Central de Policía. Jelling era demasiado celoso de sus deberes de archivero como para desconcertarse ante aquella aparición inesperada. Dejó de soñar, se bajó el cuello del abrigo, hizo como que cogía una pluma, pero el capitán Sunder era lo suficientemente psicólogo como para no dejarse embaucar con maniobras como esa. Disimuló y, mientras se encendía un cigarrillo, lanzó su «¡Buenos días, Jelling!».

—Buenos días, señor Sunder… —respondió Jelling.

—Bueno, ¿qué tal?

—Bien, señor Sunder.

—Hace frío. Dieciocho bajo cero, fuera de aquí.

—Bastante frío, señor Sunder.

—Además, cuando uno se aburre, se nota más el frío.

—Efectivamente, señor Sunder.

La conversación había comenzado con este tono lleno de buenas maneras y de formalismo, hasta que el capitán Sunder volvió a sus modos bruscos y expeditivos.

—Vamos, Jelling, este despacho le empieza a hartar. Necesita un trabajo divertido, ¿no es cierto?

Jelling se lo agradeció con una sonrisa sincera.

—Me aburro un poco, tiene razón… —murmuró.

—Vaya a darse una vuelta o cójase vacaciones, qué sé yo… ¿Le he dicho alguna vez algo por ausentarse del despacho unos días?

—No, señor Sunder…

—¿Y entonces? ¿Qué quiere, que también le pague el viaje? Vaya al lago Michigan, hay regatas, me refiero a las regatas invernales, un espectáculo único en el mundo. O, si no le gustan, vaya a Nueva York. ¿Ha visto alguna vez Nueva York en invierno?

—No, señor Sunder. Nunca he estado en Nueva York.

—Pues vaya entonces. La Calle 42, Broadway, las estrellas de Hollywood… Podría conseguirle un billete de ida y vuelta gratis, con la excusa de una gestión…

Arthur Jelling, que estaba medio sentado, se levantó del todo, se limpió burocráticamente el abrigo, sólo para darse importancia, y dijo:

—Quiero trabajar, capitán. Me aburro porque no tengo nada que hacer. Quiero ser útil a la Central…

El capitán Sunder tosió haciendo mucho ruido, y cuando paró echó un vistazo alrededor sin disimular en absoluto que veía a Jelling.

—Trabajar… —murmuró como para sí mismo—. ¿Y quién se lo impide? En una ciudad como la nuestra, donde hay al menos cuatro delitos sin explicación cada día, un policía siempre tiene algo que hacer… Pero, ¡claro! Me olvidaba de que usted es un policía especial. ¡Me hizo tragar más bilis en el asunto Vaton que todos los ladronzuelos que arresto en un año juntos!…

Ante ese reproche afectuoso de una culpa, si es que existía una culpa, que ya había prescrito, Arthur Jelling se sonrojó. Y era raro ver sonrojarse a un hombre alto como él, severo, al menos en apariencia, como él.

—Por eso —dijo— no quise interesarme por trabajos que no tuvieran que ver con mi unidad. Me acuerdo perfectamente de que le causé muchas molestias.

—Mal, querido Jelling —replicó Sunder de golpe—. Dejémonos de cortesía y hablemos con más concreción… Si usted quiere, hay un asunto que le iría bien. Me refiero a la denuncia del profesor Linden, si me sigue…

—¿El cirujano que tiene que operar a Alberto Déravans?

—En efecto, querido Jelling. Usted ya es un policía especializado en delitos que todavía no han ocurrido. Los demás trabajan con muertos, con una pistola que ya ha disparado. Usted trabaja con el vivo que aún tienen que matar, con la pistola que todavía tiene que dispararse…

Mientras decía esto, el capitán Sunder se había acercado a la puerta y la había abierto.

—En definitiva, si me he explicado, le digo que se interese usted por este asunto. El expediente lo tiene usted, arrégleselas… Pero no deje que lo encuentren en el despacho con el cuello levantado y con los dedos helados. ¿Entendido?

Se oyó el ruido de la puerta al cerrarse. El capitán se había ido. Jelling se quedó dudando un poco, paseó por el despacho meditando las palabras de su superior, luego buscó en su archivo el expediente Linden, lo estudió media hora y vino a verme.

Era alrededor de mediodía. Mi criado, Giovanni, ya empezaba a pasearse delante de mi despacho, temiendo que me quedase a trabajar más allá de las doce.

Nunca he intentado trabajar como asalariado, con un jefe y un horario que cumplir, pero creo que la vigilancia de Giovanni a mis horarios de trabajo tiene que ser algo parecido, si no peor. A mediodía y a las siete en punto de la tarde, comienza a pasearse delante de mi despacho de manera intolerable. Por mucha urgencia que tenga el trabajo al que me dedico, prefiero parar antes que ver su insoportable cara de pocos amigos asomarse por la puerta y escuchar su voz murmurar con falsa cortesía:

—Es tarde, señor.

El día que Jelling vino a verme, estaba terminando precisamente un informe para el Círculo Jurídico de Boston, y ya escuchaba los pasos de Giovanni por el pasillo cuando oí el timbre; poco después mi criado entraba en el estudio y anunciaba:

—El señor Arthur Jelling.

—Hola, Jelling —dije, a la vez que me levantaba de la butaca.

Siguieron las formalidades, que con Jelling son más bien largas, y luego lo invité a almorzar.

—Sabía que no era lo más adecuado venir a la hora del almuerzo —respondió Jelling—. Es como imponer una invitación…

Tenía un rostro realmente afligido.

Conseguí convencerlo de que no se sintiera tan apenado, que podía venir a verme cuando quisiera, y ya a la mesa, tras un primer plato más bien mediocre, me enteré del motivo de la visita de Jelling: la denuncia de Augusto Linden.

—En el fondo —decía Jelling—, esta historia tiene toda la pinta de un asunto sin importancia. Hace dos días, el profesor Augusto Linden, que tiene una clínica oftalmológica en Rivery Street, se personó en la Central de Policía y presentó la siguiente denuncia: a las nueve de la mañana, mientras cruzaba el Parque Clobt para ir a la clínica, lo paró un desconocido que le empezó a hablar de la siguiente manera: «Usted va a operar, el día 17, al señor Alberto Déravans. Tras la operación, el señor Déravans, que se quedó ciego en un accidente de tráfico hace dos años, recuperará la visión. Pues bien, si hace esa operación, si Alberto Déravans recupera la visión, yo lo mataré a usted». Dicho esto, el desconocido desapareció. El profesor Augusto Linden se había personado de inmediato en la Central de Policía y había presentado la denuncia. No podía proporcionar ningún dato sobre el desconocido aparte de que iba vestido de marrón, llevaba una gorra y la cara se la cubría casi por completo una bufanda azul. Después de la denuncia, el profesor pretendía que dos agentes le hicieran guardia hasta el día de la operación y nada más. Eso es todo.

—¿Cree de verdad —pregunté a Jelling— que tras ese chantaje, que a mí me parece bastante común, se puede esconder algo interesante? Quizá sepa usted mejor que yo que en una ciudad como Boston se producen tres o cuatro chantajes al día…

Jelling terminó de servirse carne estofada que Giovanni le ofrecía de una fuente con estilo impecable, y después respondió:

—… Yo tampoco lo sé, señor Berra. En apariencia se trata de un chantaje como muchos otros. Pero, si se reflexiona un poco, las cosas se complican. No me gustaría tener una opinión demasiado contraria a la suya, pero le diré cómo he razonado. —Jelling hizo una pausa, cogió tres vasos que tenía delante, los colocó de cierta manera y dijo—: Nosotros tenemos un triángulo —me percaté en ese momento de que los vasos estaban dispuestos en triángulo—. El primer vértice es Alberto Déravans, el ciego. El segundo vértice está representado por el profesor Augusto Linden y por su clínica. El tercer… —y aquí Jelling tocó el último vaso, de cristal verdoso, todavía lleno de un vino blanco seco de Italia—… el tercer vértice es un fuerza oscura, el hombre que ha chantajeado al profesor Linden… En Geometría, los vértices de un triángulo están unidos entre ellos por tres líneas rectas. En nuestro caso, ¿qué los une? Entre Déravans, el ciego, y el profesor Linden, el cirujano, la línea de unión es clara: el primero debe operarse para recuperar la visión, el segundo debe operarlo; esta es línea recta que une los dos vértices. Pero es la única que conocemos. No sabemos cuál es la línea que une al profesor Linden con la fuerza oscura y cuál la que une a la fuerza oscura con Alberto Déravans… En definitiva, lo que quiero decir es que hay dos problemas que resolver: descubrir quién es el enemigo de Alberto Déravans y descubrir por qué este enemigo no quiere que recupere la visión…

Aunque el razonamiento de Jelling fuera, como de costumbre, bastante confuso, ya empezaba a comprender.

—¿Quiere decir —pregunté— que el enemigo de Déravans podría tener muchos medios para perjudicarlo y que no comprende por qué ha elegido precisamente el de prohibirle que recupere la visión?

—Eso, quería decir eso mismo —dijo Jelling—. He estudiado con atención el expediente y la denuncia del profesor. Pero no entiendo qué interés pueda haber en que Déravans siga siendo ciego… Así es como están las cosas. Hace dos años, Alberto Déravans conduce su coche y choca con el que conduce la señorita Evelina Soldier. Como consecuencia del impacto, Déravans pierde la visión y los mejores especialistas de los Estados Unidos declaran su impotencia. Mientras, entre la señorita Soldier y el señor Déravans nace el idilio. Déravans quiere casarse con ella, pero Evelina Soldier no quiere. Antes de casarse con él quiere agotar todas las posibilidades de curar a Déravans y devolverle la visión. Van a Europa, pero también los cirujanos europeos declaran que no hay nada que hacer. Vuelven a América. Déravans insiste en casarse con la señorita Soldier, pero ella no ha perdido la esperanza y antes busca de nuevo el medio de devolverle la visión. Ai final, un día, el profesor Augusto Linden se les presenta a los dos. Visita a Alberto Déravans y le dice que lo operará y que gracias a esta operación Déravans recuperará la visión. Estamos a 2 de enero. Llevan a Déravans a la clínica del profesor Linden. Llega el 12 de enero. El profesor Linden cruza el Parque Clobt para ir a la clínica. Es una mañana muy fría —le ruego que se fije en este detalle—, el profesor Linden cruza el Parque Clobt vacío. De repente, una figura se le para delante. Es un hombre vestido de marrón, con gorra y la cara cubierta casi por completo con una bufanda azul. Este hombre amenaza al profesor Linden con matarlo si le devuelve la visión a Alberto Déravans y, antes de que el profesor Linden pueda replicar, saca un pequeño revólver y se aleja por entre las callejuelas. Sin perder la sangre fría, el profesor Linden se dirige enseguida a la Central de Policía, denuncia el hecho y pide la protección de dos agentes que lo vigilen día y noche para evitar que las amenazas del desconocido se cumplan… Hoy es 14 de enero. Dentro de tres días operarán a Alberto Déravans y, según las afirmaciones del profesor Linden, recuperará sin duda la visión… O el profesor será asesinado antes de que pueda llevar a cabo la operación.

Nos levantamos de la mesa y fuimos a sentarnos delante de la chimenea, donde ardían dos grandes leños. Giovanni nos sirvió el licor de costumbre y, mientras servía a Jelling, tuvo tiempo de murmurar:

—O el profesor Linden no hará la operación por miedo de que lo mate el desconocido.

Giovanni, por supuesto, había escuchado nuestra conversación, y ahora, a pesar de las recriminaciones que siempre le hacía, intervenía en nuestras discusiones.

Jelling pareció encantado con esa intervención. Sonrió cordialmente a Giovanni y le dijo:

—He pensado bastante en esa hipótesis, pero le diré la impresión que me causó el profesor Linden. Me pareció una persona muy apegada al dinero. Y Déravans se ha comprometido a pagarle veinte mil dólares por la operación. El profesor no me parece un tipo dispuesto a renunciar a veinte mil dólares por una simple amenaza. Tomará todas las precauciones del mundo, pero intentará llevar a cabo la operación a cualquier precio… Indiferente a mis miradas de reproche, Giovanni continuó: —Todo lo contrario, si es así, aprovechará la amenaza que lleva sobre sus espaldas para encarecer el precio de la operación. ¿O me equivoco, señor?…

Con una reverencia obsequiosa e hipócrita, Giovanni se llevó la botella y la bandeja, evitando de esa manera mi rapapolvo. Arthur Jelling le sonrió y luego se dirigió a mí:

—Claro que he considerado también esa hipótesis… He venido a verle precisamente por eso… Ahora voy a la clínica de Linden, a hablar otra vez con el profesor Linden y con sus ayudantes, echar un vistazo y… si usted también viniera, me haría un favor. Desearía que observase atentamente todo y luego me diera sus impresiones… Pero quizá estoy abusando de usted…

—¡En absoluto, Jelling! —le dije—. Para mí se trata de algo divertido. Le ayudaré con mucho gusto.

La clínica Linden es quizá una de las más modernas de América, y, por supuesto, la más moderna de Boston. Se erige casi a las afueras de la ciudad, entre enormes construcciones funcionales y pequeñas parcelas todavía sin vender, donde los niños juegan a los gánsteres. Pero, a pesar de la modernidad arquitectónica del palacete, a pesar de la funcionalidad y el lujo de las instalaciones interiores, algo tétrico y lúgubre impresiona al visitante que entra por primera vez. No sé si Jelling tenía las mismas sensaciones cuando entramos, pero yo noté enseguida el pecho oprimido por una especie de tristeza y de angustia indefinidas. Soy profesor de psicopatología, he visitado cientos de hospitales y manicomios, he visto ambientes terribles como la sala de anatomía de la Fundación Rockefeller de Nueva York, la Clínica Carlton en Chicago, con los enfermeros de desintoxicación más tristemente famosos de Massachusetts cuidando de sus enfermos permanentemente dominados por el delirio de su veneno, en definitiva, no se me puede acusar de debilidad de ánimo. Sin embargo, al entrar en la clínica Linden, con esa fachada que recuerda a un bastión medieval, desnuda por dentro como una casa abandonada, me pareció encontrar la prueba que Jelling había adivinado justo para interesarse en ese asunto de Déravans, en apariencia intrascendente. Se olía la tragedia en ese ambiente. Puede que sea una exageración, pero había olor a sangre. Y más tarde tuve que convencerme de que mis impresiones no estaban del todo equivocadas.

Tras cruzar un patio pavimentado con cemento, sin una brizna de hierba, y recorrer un pasillo gris, iluminado por una luz fija violenta y artificial, que entraba por los grandes ventanales de cristal blanco leche, Jelling y yo entramos en el despacho del profesor Linden.

Augusto Linden era un hombre de unos cuarenta y cinco años, con el pelo cortado a cepillo y la cara cuadrada, aceitunada. Bajo las órbitas saltonas, dos pequeños ojos grises, acuosos, miraban con insistencia y con frialdad. En pocas palabras, era el tipo adecuado para cohibir a Jelling, ya demasiado dispuesto a amedrentarse.

—Perdone si le molesto de nuevo… —insinuó con suavidad Jelling.

Linden, con un gesto seco, nos invitó a sentarnos delante de su escritorio, y con voz baja, casi gruñona, dijo:

—Adelante, hablen.

Con mucho esfuerzo, Arthur Jelling recobró el aliento y me presentó.

—Ah —me dijo Linden, olvidándose completamente de Jelling—, es usted profesor adjunto del curso de Derecho… Creo que una vez asistí a una conferencia suya en el Círculo Jurídico. La suya era una teoría arriesgada, por lo menos contraria a las actuales. Es decir, según usted, el delito no siempre es la expresión de un estado psicopatológico en sentido estricto, sino que a menudo se realiza con plena conciencia de causa sin ningún estímulo del inconsciente enfermo, ¿no es así?

—Sí, así es —respondí.

—Yo también tengo la misma opinión —continuó Linden—. Muchos abogados consiguen salvar a sus clientes de la silla con la excusa de una enfermedad mental…

Jelling nos escuchaba correctísimamente sentado en el sillón. Después de algunas frases, pareció que Linden se daba cuenta de su presencia.

—Ah, perdóneme, señor… señor… —dijo Linden con distracción casi ultrajante.

—Arthur Jelling —sugirió educadamente mi amigo.

—Dígame, señor Jelling.

—Le agradecería enormemente —dijo este con paciencia— que me presentara al personal de la clínica y que me dejara conocer el ambiente… Querría…

Augusto Linden le cortó, se levantó y dijo:

—Venga, por favor.

Nos levantamos y lo seguimos. En el pasillo, al salir del despacho, vimos a dos agentes de paisano. Eran los dos que tenían el cometido de vigilar y de proteger al profesor.

Augusto Linden los señaló con una sonrisa despectiva.

—¿Usted cree de verdad —preguntó a Jelling— que esa gente sería capaz de salvarme si mañana me quisieran matar?

—Sólo en Boston —respondió Jelling con mucha educación, pero con firmeza—, mueren en acto de servicio doscientos agentes al año.

—Bien —dijo Linden con voz desagradable—, pero no por lo que a mí respecta.

Después de este chiste pueril, caminamos en silencio cruzando varios ambientes de la clínica. Linden nos enseñó las distintas salas, los departamentos, los laboratorios. Todo era lineal, preciso, monótono como una máquina. Todas las paredes estaban pintadas de un gris claro que hacía pensar en esos días de lluvia que nunca se acaban. Todo era sobriedad y concisión. No había el mínimo adorno, la mínima nota de color; algunos muebles de cristal, algunas estanterías de metal opaco, la luz difusa que entraba por los ventanales de cristal blanco daban tal sensación de frialdad que no se veía la hora de salir de ahí.

Pasamos delante de una puerta. Linden se paró.

—Este es el apartamento de Alberto Déravans. No se lo puedo enseñar porque no quiero que se moleste a mis enfermos.

—Gracias —respondió Jelling, y no se pudo comprender por el tono si lo había dicho de buena fe o por sarcasmo. En cualquier caso, Linden no se dio cuenta, o fingió no darse cuenta—. Perdone —dijo de repente Jelling—, la operación que le va a practicar al señor Déravans sólo la conoce usted, ¿no es cierto?

—Efectivamente.

—¿Y se trata de una nueva operación?

—¿A qué se refiere con «nueva»?… No existen nuevas operaciones. Existen nuevos procedimientos de operar. Cualquier cirujano sabe perfectamente de qué manera habría que operar a Déravans para devolverle la visión, pero no lo opera porque con el sistema que él conoce no conseguiría quitarle la ceguera, es más, la haría más profunda para siempre, mientras que con mi procedimiento yo estoy seguro de curarlo, y con facilidad. Lo nuevo es el sistema: la operación en sí es sencillísima. Yo no hago brujería…

Por último, entramos en una sala grande, ocupada por una mesa larguísima y por dos estanterías de cristal larguísimas con los instrumentales médicos más variados. En la sala había tres personas con bata blanca. Linden los presentó; eran sus tres ayudantes. Tendré que describir un poco más ampliamente a estas tres personas, porque en ese momento se pudo comprobar un hecho que después tuvo varias consecuencias en el asunto.

Uno era el doctor Alfredo Lamarck, primer ayudante de Linden. Creo que sólo se puede ver un tipo como él en el cine. Parecía un hombre de 1912 en el físico, en la cara y en el modo de vestir: algo verdaderamente extraordinario. Tenía un bigote negro denso, moda preguerra, y el pelo con la raya a un lado y ondulado. La cara era regordeta, pero pálida, como los hombres de hace treinta años que no hacían deporte. El gollete le sobresalía de un sobrecuello alto y duro de puntas redondeadas que le tenía que resultar difícil de cambiar porque ya no se confeccionaban. En las manos, para terminar, llevaba una de esas alianzas grandes y completamente adornadas; estoy seguro de que en el interior del anillo estaban escritos dos nombres, una fecha y la frase «Para siempre».

El otro era Severino Thesenty. Debo decir que al principio me pareció un tipo completamente insignificante. Lo miré en cuanto me lo presentaron y pensé en un primer momento que tenía enfrente a uno de esos hombres que pasan por la vida sin hacer ruido. Sólo más tarde, cuando habían pasado unas horas y lo volví a ver en mi despacho con los ojos de la mente, como si lo tuviera delante, me di cuenta de que me había equivocado. Para que me volviera tan lúcidamente a la memoria debía tener una personalidad que por error había juzgado mediocre. Era más bien alto, delgado, e incluso en algunas cosas se parecía a Jelling. Tenía el pelo rubio ceniza y la cara de un color rojo pardo extraño. Pero lo que más impresionaba eran los ojos, brillantes, grandes, calidísimos, llenos de expresión y movimiento. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Eran los ojos de un romántico, de un lírico, de un sensible. Y, de repente, volví a ver sus manos: grandes, delgadas, delicadas, con la movilidad de las antenas de un insecto. Todo esto, repito, no lo vi en su momento, sino horas después, cuando volví a pensar en mi visita a la clínica Linden.

La tercera persona era una mujer, la doctora en química Lila Leland. El nombre me sorprendió. Era más adecuado para una estrellita de café concierto que para una doctora, y pensé que era falso. Pero lo que me sorprendió todavía más fue su belleza. No encuentro otra expresión que esta: una belleza angelical. Y sé que no es una definición justa. Al decir angelical se puede pensar en algo muy puro, pero también un poco frío. Sin embargo, la belleza de Lila Leland estaba llena de calor femenino. La mirada tenía una tranquilidad agradable de gacela, y todas las líneas de la cara seguían perfectas curvas, pero llenas de feminidad viva, nada estatuaria. Un maquillaje sutil daba el último toque a esa obra maestra humana, un toque ligeramente artificial que lo hacía irresistible.

Aquí llega el hecho que hará que se me perdonen un poco estas descripciones a la antigua. Miré a Jelling. Él acababa de hacerle una breve reverencia a la doctora Leland, pero su mirada no se había desviado todavía del rostro de ella. Ya se habían hecho las presentaciones y pasó un segundo, un larguísimo segundo lleno turbación. Todos esperaban que Jelling se alejara y dejara de mirar a Lila Leland. Augusto Linden sonrió de manera extraña con los ojos al observar la escena. Yo me sentía incómodo por un acontecimiento tan imprevisible. En apariencia no ocurrió nada, pero ese segundo, ese larguísimo segundo en que Jelling siguió mirando, ausente y ajeno al mundo, a la doctora Leland, influyó luego sobre el resto del caso. «¡Cuánta sangre! ¡Cuánta sangre! —me dijo un día Jelling cuando todo había acabado…—. Si hubiese podido preverlo, ese día que conocí a Lila…».

Por fin, Jelling pareció despertarse. Me imaginaba que cuando volviera en sí se pondría rojo y se abochornaría; en cambio, nada de eso. Él estaba tranquilo, sereno; es más, tenía los ojos más claros y vivos que antes, como si en su interior hubiese nacido algo feliz que le había hecho más fuerte.

—Este es mi laboratorio de análisis y de anatomía…

Linden rompió el silencio insoportable y comenzó a darnos una vuelta por la sala, explicándonos cosas. Luego, con su estilo maleducado, le dijo a Jelling:

—Por lo demás, no veo qué utilidad pueda tener todo esto para su investigación… Perdone, pero no tengo mucha confianza en la Policía. Estoy convencido de que, si consigo desbaratar los planes de ese imbécil que me ha amenazado con matarme, lo deberé sólo a mí y a este instrumento…

Se sacó del bolsillo un pequeño revólver y nos lo mostró.

—Claro, claro, tiene razón… —asintió Jelling poniéndose rojo. Vi que su mirada tenía la continua tentación de volverse hacia Lila Leland, que estaba a su lado, pero se controlaba.

Mientras, Linden se había dirigido a Alfredo Lamarck, que se afanaba con un microscopio.

—¿Ya está hecho el análisis de Déravans?

Sin quitar el ojo del instrumento, sin dejar de manejar la platina, Alfredo Lamarck respondió con frialdad (y decir frialdad es bastante poco):

—Lo estoy haciendo.

—Le había rogado que lo hiciera hace dos días. Operaremos a Déravans el 17 y hoy estamos a 14 —observó Linden con tranquilidad.

Alfredo Lamarck levantó el ojo del microscopio y miró un punto en la pared, no al profesor Linden:

—Hoy todavía estamos perfectamente a tiempo —dijo, con el mismo tono de antes, anodino y lejano.

—No estoy de acuerdo —respondió Linden con nerviosismo mal disimulado.

Lamarck volvió a su instrumento y murmuró entre dientes:

—Perdone.

Tras este otro incidente, Linden nos acompañó fuera, hasta la salida. Al despedirse de nosotros, Jelling, que había permanecido en silencio hasta entonces, le preguntó:

—Por supuesto, el señor Déravans no ha sido informado de que usted se ha visto amenazado de muerte si lo opera.

—Por supuesto… —respondió Linden, abriendo la puerta que daba al vestíbulo.

—En cualquier caso, habrá advertido a algún familiar, ¿no?

—Claro.

—¿A quién?

—A su hermano, Andrea Déravans, y a su novia, Evelina Soldier.

Jelling dio un paso adelante, pero antes de salir volvió a preguntar:

—Perdóneme la indiscreción, quizá mis preguntas le cansan… Pero necesito saber si, aparte de usted, hay alguien más capaz de operar al señor Alberto Déravans…

Linden sonrió con los ojos, como antes.

—Mis ayudantes conocen la teoría de la operación. Ignoro si conseguirían ponerla en práctica.

—Gracias.

Salimos, cruzamos el vestíbulo y nos encontramos de nuevo en la calle. Un sol blanco, frío, nos inundó de luz, de esa luz clara y viva que faltaba en la clínica Linden. Me sentía mejor, para ser sinceros. Jelling estaba callado, y se mantuvo así un buen trecho del camino. Los árboles de la avenida por la que íbamos estaban secos, desnudos; trizas de hielo crujían bajo nuestros zapatos. Tenía la cabeza llena de pensamientos confusos que no conseguía coordinar.

—¿Qué le pasa, Jelling? —dije, más que nada por romper el silencio.

Al final, Arthur Jelling dejó de mirar fijamente hacia adelante y consiguió verme a mí también.

—¡Oh…, perdone! Tiene razón… —y se puso rojo como un muchacho—. Pienso en mí, siempre en mí, y, en cambio, debería pensar en el profesor Linden.

 

 

3

Dos mujeres y un ciego

 

Aunque hacía frío, Arthur Jelling y Matchy, esa mañana del 15 de enero, se encontraban en el parque Clobt, exactamente en el mismo punto donde el desconocido había amenazado al profesor Augusto Linden.

—Reconstruyamos exactamente cómo se desarrolló la escena —dijo amablemente Jelling—. No servirá de nada, pero el capitán Sunder dice que debo seguir también los antiguos sistemas policiales. Me gustaría ver si descubrimos algún dato nuevo…

Matchy llevaba unos enormes guantes que parecían de boxeo, pero con todo y con eso se daba palmadas para calentarse las manos. La nariz de Jelling, que no era minúscula, resaltaba sobre todo por el color rojo violáceo que el frío le provocaba.

—Fíjese, este es el punto en que el profesor Linden declaró que lo habían amenazado. Ahí está el árbol donde se pararon, y el bulevar por el que el desconocido llegó y por el que luego desapareció… Yo haré de profesor Linden, y avanzaré por este otro bulevar. Usted cúbrase la cara con mi bufanda, aparezca por el bulevar, venga a mi encuentro y dígame las palabras que ya le he enseñado… Tenga cuidado, Matchy: pronúncielas bien, sin añadir nada, justo como si me quisiera amenazar. Quiero saber cuánto dura exactamente esta escena.

Matchy cogió la bufanda y se la enrolló por la cara con cierto aire de suficiencia. Es posible que esos métodos policiales tampoco le hicieran gracia a él.

—Un poco más, Matchy —le rogó Jelling—. El profesor Linden declaró que le fue del todo imposible reconocer a la persona que lo amenazó porque la bufanda le cubría literalmente la cara como una máscara, y apenas dejaba libres los ojos.

—Vale, vale —dijo Matchy, y se la enrolló aún más en la cara, casi como las mujeres orientales que llevan velo.

—Empecemos —dijo Jelling—. Son exactamente las diez y cuatro minutos.

Matchy fue a ocultarse en el bulevar. Jelling empezó a avanzar por el suyo. De repente, Matchy salió del escondite y se paró delante de Jelling.

—¿Es usted el profesor Linden? —dijo con voz amenazadora.

Jelling hizo una pausa, miró sospechosamente a Matchy y respondió:

—Soy yo. ¿Qué quiere de mí?

—¿Es usted quién va a operar a Alberto Déravans?

—¿Por qué? —dijo Jelling un tanto arisco. Se metía realmente en el papel.

—¡No haga preguntas, responda! —gruñó Matchy, y levantó un poco la mano dejando ver un revólver. Jelling dio un paso atrás, se hizo otra pausa, y luego respondió:

—Sí, es cierto. Tengo que operar al señor Alberto Déravans…

Entonces Matchy recalcó:

—Pues bien, si tiene aprecio a su vida, no debe operarlo. Recuérdelo: no lo opere. De lo contrario, lo encontraré se esconda donde se esconda.

—… Pero… —balbució Jelling.

Matchy levantó la pistola para que se hiciera todavía más visible.

—Le he dicho que no lo opere —y retrocedió un par de pasos, luego se giró y, caminando con rapidez, desapareció por el bulevar del que había salido.

La escena había acabado. Jelling miró de inmediato el reloj. Había durado cincuenta y siete segundos. Matchy, que se había olvidado de quitarse la bufanda, reapareció.

—¿Y bien?

Arthur Jelling no respondió. Pensaba. Se puso a caminar seguido de Matchy, y sólo cuando llegaron a la salida del parque se le relajó la cara y le dijo al compañero:

—Perdone si no le he respondido enseguida. Ahora es cuando he entendido su pregunta.

—Sí —bromeó Matchy—. Se la he hecho hace cinco minutos.

—He sido descortés, lo sé —respondió afable Jelling—, pero estaba pensando que una escena así es imposible.

—¿Cómo imposible? —preguntó Matchy.

—Se lo explicaré. Como sabe, estamos en invierno…

—Sí, sí, me doy cuenta —dijo Matchy. Luego se dio cuenta de que todavía llevaba la bufanda de bandido enmascarado y se la quitó a toda prisa.

—Estamos en invierno —retomó Jelling—, y en todo el Parque Clobt no hay ni una hoja. Ahora razone de esta manera: el desconocido aparece de un bulevar, que está perfectamente al descubierto porque las ramas de los árboles están secas del todo. Por eso, el profesor Linden ve avanzar al desconocido. Admitamos que es posible que sospechara a pesar de su aspecto; pero, cuando el otro se va por el mismo bulevar, ve a la perfección que se va: no es que lo vea desaparecer de repente. Y ve que se va dándole la espalda, hasta que la maraña de ramas se lo impide, es decir, unos veinte metros, como he podido comprobar. Entonces ¿es posible que un hombre de su temperamento, nada miedoso, vea que se va dándole la espalda el hombre que lo ha amenazado de muerte y no haga nada, no grite, no se ponga a seguirlo para capturarlo?

—Habrá tenido miedo —dijo Matchy, con su tono de hombre con sentido común al que no le gustan las complicaciones—. Nosotros creemos que no es un miedoso y a lo mejor lo es, eso es todo.

—Ya… —murmuró Jelling—. Seguramente tuvo miedo. Y esto es justo lo más sospechoso. Hay que sospechar de las personas miedosas. Son capaces de todo.

Habían llegado a la puerta de un bar. Matchy, astuto, dio un paso para entrar y Jelling, ingenua y mecánicamente lo siguió.

—¿Le apetece un licor hirviendo? —preguntó Matchy.

—Sí, claro —respondió Jelling, aunque era evidente que no pensaba en lo que decía.

—Parece que está en las nubes —dijo entonces Matchy acercándole la taza con el licor ardiendo.

Jelling asintió.

—Estaba a punto de preguntarle qué piensa de Lila Leland… —dijo muy despacio.

—¿Esa carita dulce? —preguntó Matchy con poca delicadeza.

Arthur Jelling, con perfecta educación, no mostró en absoluto su contrariedad. Sólo se puso un poco rojo.

—Es la mujer más guapa que he visto en mi vida, incluido el cine, claro —dijo Matchy intentando arreglarlo—. Pero sepa que yo desconfío por principio de las cosas demasiado bonitas.

—Eso era justo lo que quería saber: si desconfiaba.

—Un poco. En esa clínica no hay una sola persona que me caiga bien.

Como de costumbre, Jelling se tiró encima de las solapas del pesado abrigo algunas gotas de lo que estaba bebiendo, intentó limpiarse, sin conseguir otra cosa que aumentar la mancha, así que se dirigió a Matchy:

—Ahora voy a volver a la clínica Linden. Quiero hablar con Alberto Déravans. Después de todo, él es el centro de esta historia.

—De acuerdo, le acompaño.

—Gracias, Matchy. Usted debería tener la amabilidad de hacerme otro favor… Es decir… hay que ir a la casa de la señorita Leland, que ahora está en la clínica, y hacer un registro formal…

—Iré.

Se separaron. Jelling llamó a un taxi y se dirigió a la clínica Linden. Eran casi las once. El profesor Linden, le dijeron, había salido y no volvería hasta por la tarde. Pidió ver al señor Alberto Déravans, pusieron algunas trabas, pero luego lo acompañaron ante la puerta de su habitación.

—Entre, por favor, es la hora de visita, está el médico —le dijo el auxiliar que lo había guiado.

Al abrir la puerta, Jelling se encontró en una especie de antecámara. Un gran ventanal con cristales de color blanco leche difundía una luz intensa, como de glaciar. A la derecha había dos puertas. Con timidez, Jelling preguntó en voz baja: «¿Se puede?». Nadie respondió. Entonces se acercó a una de las dos puertas y llamó discretamente, quizá demasiado.

El silencio era intenso. Apenas se oía algún silencioso paso lejano. Jelling estaba a punto de volver al pasillo cuando oyó sin querer, pues estaba cerca de la puerta a la que había llamado, el fragmento de una conversación.

—… lo suyo no es ni amor ni afecto ni nada. Usted está ciego y me necesita. Eso es todo, eso es lo que usted intenta ocultarme…

Jelling no podía fallar. Era la voz de Lila Leland. Pero, de repente, otra voz, esta vez masculina, replicó:

—Intente comprender. Yo no quiero mentirle. Yo amo a Evelina, estoy unido a ella…

Con educación, un poco avergonzado, Jelling se apartó del umbral. No podía seguir escuchando sin faltarse el respeto a sí mismo. Se recompuso un poco y dijo con voz más alta:

—¿Se puede?

Se escuchó ruido de pasos y luego la puerta se abrió. Lila Leland apareció en la antecámara y se quedó un poco sorprendida.

Arthur Jelling se explicó con torpeza.

—Deseaba hablar con Alberto Déravans.

—¿Para decirle qué? —preguntó sin mucha amabilidad la señorita Leland—. El señor Déravans no sabe nada de la amenaza recibida por el profesor Linden, usted lo sabe de sobra. Así que ¿con qué motivo quiere hablar con él?

Era verdad. Sólo Jelling, con mucha ingenuidad, no había pensado en ello.

—Tiene usted razón. Soy un inconsciente.

Lila Leland sonrió. Jelling giró la cabeza, como si no quisiera que ella viera su expresión. En ese momento, la puerta que daba al pasillo se abrió de golpe y apareció Evelina Soldier. Estaba alterada, angustiada, parecía que había llegado corriendo. Miró un momento a Lila Leland y a Jelling y cerró la puerta.

—Me alegra haberle encontrado —le dijo a Jelling—. Le tengo que decir algo que me parece importante. —Y luego, dirigiéndose a Lila Leland—. ¿Cómo está el señor Déravans?

—Está muy bien, señorita. Esperaba precisamente su visita.

—Sí, le había prometido que vendría a las diez, pero me he retrasado…

Tenía la cara seria y llena de congoja.

—Nunca me decido a venir aquí. Él es tan tranquilo, aparte de que ignora todo lo que está pasando… Y tengo miedo de traicionarme de un momento a otro, de no saberle ocultar lo que sucede…

Esta vez se estaba dirigiendo a Jelling. Jelling era muy ingenuo con las mujeres como para darse cuenta de tantas pequeñas señales, como el comportamiento extraño e irritante de Lila Leland con Evelina Soldier. Esta no pareció percatarse, o no le dio importancia.

—Ahora voy a estar un rato con Alberto —continuó Evelina Soldier—. ¿Le importaría esperarme un momento? Necesito hablar con usted.

—Por supuesto, señorita.

Arthur Jelling hizo un breve gesto con la cabeza y salió al pasillo.

Era el pasillo más triste de este mundo, y ahí tuvo que esperar más de un cuarto de hora. Totalmente vacío, fatal iluminado por los grandes ventanales, ese ambiente provocaba poco a poco tal malhumor, que Jelling, con toda su mansedumbre, terminó por sentirse nervioso.

Al final, Evelina Soldier apareció.

—Perdóneme —dijo con delicadeza. Parecía más tranquila. Llevaba el vestido que Jelling ya conocía y no se había puesto nada de maquillaje.

—Hablemos un poco dentro del coche, si le parece bien.

En la calle esperaba el lujoso coche de los Déravans. Evelina Soldier y Jelling se montaron.

—¿Dónde quiere que le deje? —le preguntó.

—Donde le parezca, señorita. No tengo ningún destino en concreto.

—Vayamos al Parque Clobt… Ignazio, dé una vuelta por el parque.

El coche se movió. Hubo un breve silencio, y luego Evelina Soldier estalló:

—Linden ha pedido treinta mil dólares más para realizar la operación a Alberto. Dice que su vida corre peligro con la amenaza que le hicieron y que no quiere correr ningún riesgo…

Jadeaba, y miraba fijamente a Jelling, como si esperara de sus labios una palabra salvadora.

La noticia impactó a Jelling, que durante un momento miró incrédulo a Evelina Soldier, y luego murmuró:

—¡Treinta mil dólares!…

—Treinta mil dólares. Si no, se niega a hacer la operación, y Alberto se quedaría ciego toda la vida…

Evelina Soldier había hablado con bastante desprecio, pero a veces en su mirada se dejaba ver el sentimiento de miedo y de angustia que tenía antes.

Jelling miró el retrovisor interior y distinguió la mirada de Ignazio concentrada en la calle, conduciendo tranquilamente por entre los bulevares desiertos del Parque Clobt.

—¿Piensan acceder? —preguntó Jelling.

—Su hermano no quería. Quería denunciar a Linden a la policía. Sospecha que Linden está fingiendo que lo han amenazado de muerte precisamente para obtener los treinta mil dólares…

—¿Y lo ha denunciado?

—… ¡Oh, no! Le he suplicado que acepte. Cuando Alberto vuelva a ver, lo podremos discutir, pero ahora no…

—Es cierto —admitió Jelling—. Ahora no se puede discutir.

—¡Pero es terrible! Hemos tenido que darle enseguida un cheque de quince mil dólares, y un pagaré por los otros quince, que habrá que entregárselos en cuanto esté hecha la operación… Yo ya no resisto hasta el 17, el día que operan a Alberto…

—Lo entiendo —murmuró Jelling angustiado.

—… Y sobre todo —dijo Evelina Soldier— porque no puedo pensar que Alberto esté en peligro, que ya no pueda ver nunca la luz a causa de estas horribles maniobras…

Arthur Jelling no era un insensible. Lo comprendía perfectamente. La mirada que le dedicó a Evelina Soldier le decía lo cercano que se sentía de ella.

—No debe angustiarse de esa manera… Ya verá como conseguimos que operen al señor Déravans y alejar cualquier peligro. De momento, le confieso que todavía estamos como al principio y que no hemos descubierto nada…

—¿No hay nuevos indicios?

—Nada. Si hubieran amenazado de muerte al señor Déravans sería más comprensible. Es un hombre rico y lo quieren chantajear… Pero no: quieren que no se le opere… Es muy extraño todo esto, muy extraño y complejo. Se esconde algo terriblemente más complicado de lo que se podría creer… Es gente dispuesta a todo, a todo… Pero, perdóneme, señorita, no quería asustarla…

Evelina Soldier se había quedado pálida, pero intentaba dominarse.

—Tranquilo, no pasa nada —dijo—. Pero también es extraña otra cosa… La Dirección de Policía parece que no le da importancia… Y, en cambio, usted dice que se trata de gente dispuesta a todo… ¿Cómo ha llegado a esa deducción?

Ignazio seguía dando vueltas con el coche por los bulevares del Parque, lentamente. Jelling saltó de repente, como si se estuviera entusiasmando:

—¿Cómo he llegado a esa deducción?… Estamos aquí, en el Parque Clobt, ¿no? Aquí amenazaron al profesor Linden, ¿no? ¡A plena luz del día!… Pues bien, para mí, eso es terrible. Existen mil maneras de amenazar al profesor Linden sin estar tan expuesto. Una llamada de teléfono, una emboscada nocturna… No. Al estilo gánster: el amenazador viene aquí de día y, por mucho que el parque esté desierto, enseña el revólver a plena luz, chantajea, con el rostro medio tapado con una bufanda… Es un estilo que me hace temer lo peor, es un estilo que me asusta…

—Por favor, se lo ruego… —imploró Evelina Soldier—, se lo ruego…

De vuelta a la realidad, Jelling se puso rojo, completamente abochornado.

—Soy el hombre más torpe del mundo —dijo angustiado—. Perdóneme.

Evelina Soldier sonrió con tristeza.

—No se preocupe… Su sinceridad me hace daño, pero la prefiero a las ilusiones… Ahora sé lo que me espera…

Hizo un gesto al conductor y el coche se paró.

—Vuelvo a casa a pie. Necesito tomar el aire. Dígale a Ignazio que le deje donde usted quiera…

Sonrió con dulzura, no permitió que Jelling se bajara del coche para despedirse de ella y se alejó por el bulevar más amplio del Parque Clobt, haciendo crujir el hielo bajo sus zapatitos.

—Lléveme a la clínica Linden, por favor —dijo Jelling a Ignazio.

—De acuerdo, señor.

Durante el trayecto, Arthur Jelling no hacía otra cosa que pensar en la historia de los treinta mil dólares.

Sin embargo, ese nuevo elemento, por mucho que fuera imprevisto, no arrojaba ninguna luz. Sólo creaba nuevas sospechas, pero nada concreto. Y el espíritu de Jelling, sutilmente minucioso, odiaba las simples sospechas, las suposiciones, las apariencias: sólo sabía razonar con datos precisos, aunque fueran limitados.

—Se llama Ignazio Hastings, ¿no es así? —preguntó al conductor cuando estaban a punto de llegar a la clínica.

—Sí, señor.

—Perdone, no se trata de un interrogatorio oficial, sólo querría saber si últimamente sus jefes han recibido a gente nueva o se han relacionado con nuevos conocidos.

Ignazio Hastings, con un tono casi orgulloso por el papel de testigo que estaba interpretando, respondió:

—No, señor. Los señores Déravans no tienen muchos conocidos, nunca hacen fiestas, sólo acuden al Círculo de la Abeja Verde y a algún teatro.

—¿Y los señores Dundley? —preguntó Jelling, que se había convertido en un valeroso interrogador.

—Pues —dijo Ignazio Hastings casi abochornado—. A los señores Dundley les gustaría tener visitas y hasta organizar alguna fiesta, pero los señores Déravans nunca se lo permitieron…

—¿Por qué?, ¿quizá no son dignos los amigos de los señores Dundley?

—Yo no puedo juzgar, como comprenderá. Sólo sé que los señores Déravans no quieren que los señores Dundley reciban visitas.

—Muchas gracias, ha sido muy amable.

Habían llegado. Jelling se bajó del coche y se despidió con educación del chófer. En cuanto entró en el patio de la clínica, se encontró con el profesor Linden, que estaba saliendo.

Tenía un aspecto sombrío y nada más verlo hizo un gesto de nerviosismo poco cortés.

—Si no me equivoco, es la segunda vez que viene esta mañana.

Arthur Jelling se quitó un momento el sombrero y saludó:

—Buenos días, profesor.

—Muy bien. Buenos días. Evidentemente, mi clínica es muy sospechosa.

—Siento que usted vea las cosas de esa manera —protestó con sinceridad Jelling, sin querer notar el tono grosero—. En el fondo, estamos buscando al hombre que lo amenazó y que quizá le cause algún perjuicio.

—Gracias, pero dudo que lo encuentren. Como poco, aquí no lo encontrará, escondido en mi clínica. —Hizo una pausa muy breve y prosiguió con cierta ironía—. Aquí, como mucho, puede encontrar a mis ayudantes.

Jelling acusó el golpe; le fue imposible no ponerse rojo, pero gracias a su extremada franqueza pudo responder con dignidad:

—Venía precisamente para hablar con la doctora Leland.

Contra esa sinceridad, el profesor Linden no pudo hacer nada.

—Haga lo que crea conveniente. Es asunto suyo.

Hizo un gesto que pretendía ser una despedida y se giró para irse, pero volvió enseguida sobre sus pasos.

—Ah, me olvidaba. Alguien cercano a los Déravans le habrá advertido de que he pedido treinta mil dólares más por la operación, ¿no es así?

Jelling, asombrado, asintió.

—Me lo imaginaba. No sé cómo le habrán presentado el asunto, pero no me interesa. Están podridos de dinero, pero cuando tienen que gastarse algo para recuperar la visión ponen muchos reparos. En cualquier caso, como si no hubiera dicho nada. No me interesa lo que ellos piensen de mí ni lo que piense usted, que es policía. Puede pensar perfectamente que la amenaza que me han hecho ha sido un engaño que me he inventado para sacarle dinero a los Déravans. Piénselo.

Y miraba a Jelling sin desafiar, pero con fría indiferencia. Sus ojos grises acuosos no tenían más que una terrible expresión de egoísmo.

Manteniendo la educación y la amabilidad, Jelling fue al encuentro de su adversario:

—No es suficiente con que la Policía piense una cosa. Hay que probarla.

—Gracias. Es un investigador muy amable y se merece otra información.

Se produjo una pausa. Estaban solos en el desolado patio de la clínica. La tierra brillaba con el hielo, el sol en el cielo parecía inmerso en un lago helado.

—Le diré que no me quiero limitar a esos treinta mil dólares. Tengo la intención de pedir otros treinta mil el día antes de la operación. Después de todo, arriesgo mi pellejo por ellos.

—¿Tiene tanto miedo de que lo maten? —preguntó Jelling.

—No tengo miedo. Tengo la certeza de que arriesgo el pellejo. Intentaré estar atento y salvarme, pero no es seguro que lo consiga. Eso es todo.

Repitió el gesto de antes y se fue, sin decir nada más.

—Profesor Linden… —lo llamó Jelling. Pero, como de costumbre, llamó muy bajo, y Linden no lo oyó, o pudo fingir que no lo había oído.

Preocupado, Jelling se quedó un rato en medio del patio, y luego entró en el vestíbulo de la clínica y preguntó por la doctora Leland. Esta bajó poco después por la escalinata de mármol blanco y fue a su encuentro cordialmente.

Jelling la saludó con formalidad, como si no la hubiera visto en dos semanas, y no había pasado ni una hora; luego explicó el motivo de su visita.

—Querría hablar fuera de aquí. Me juzgará indiscreto, pero creo que es realmente necesario…

El rostro angélico de Lila Leland asumió cierta expresión de maravilla y de turbación.

—Perdone si le parezco tonta —dijo—, pero ¿se trata de temas oficiales, es decir, referentes a la investigación que está llevando a cabo?…

Tenía el cabello de un castaño rojizo que Jelling había visto sólo en un cuadro famoso, pero del que no recordaba el título. Pensaba precisamente en ese cuadro, mirando más allá de Lila Leland, cuando respondió:

—Sí, es para la investigación —dijo con tranquilidad, pero ligeramente dolorido—. Es para la investigación…

Lila Leland se dio cuenta de que lo había ofendido y respondió con dulzura:

—Sólo tengo libre la hora del desayuno o de la comida. Como usted prefiera.

Era una invitación implícita, pero Jelling, aunque lo comprendió, no quiso aceptar.

—Gracias. Dígame dónde desayuna y la recojo cuando haya terminado…

—Pero entonces tendremos poco tiempo para hablar —objetó Lila Leland decidida—. ¿No cree?

Arthur Jelling tragó un poco de saliva y por fin se decidió:

—Si usted no tiene nada en contra, podría desayunar con usted…

—Pues claro, señor Jelling. Voy a comer al Burday, en Jefferson Street. Puede esperarme allí. Yo salgo dentro de media hora.

Con satisfacción y tranquilizado del todo, Jelling le dio las gracias y se despidió de ella. Al salir de la clínica, fue corriendo a la Central de Policía.

—¿Ha visto a Matchy? —preguntó metiendo la cabeza en el cuchitril del Cuerpo de Guardia.

—Estoy aquí, Jefe —se oyó, y Matchy apareció con desgana de la parte de atrás de una descomunal estufa de cerámica que presidía el Cuerpo de Guardia, calentándolo hasta la combustión.

—Escuche, Matchy, ¿ha registrado la casa de Lila Leland?

—¿Le parece que, si no, estaría aquí calentándome? —respondió Matchy con su expresión siempre amable y risueña—. La he registrado. Nada sospechoso. Sólo he encontrado cartas antiguas, he leído alguna, pero se trata de conocidos sin importancia… Y luego encontré esto, que puede ser interesante.

Y le enseñó uno de esos cilindros de aluminio que contienen rollos de película para máquinas fotográficas.

Jelling cogió el cilindro y lo abrió. Contenía una película ya revelada.

—Mire, mire, es interesante —dijo Matchy.

Jelling desenrolló la película y la examinó a contraluz. Los negativos estaban un poco claros: evidentemente, quien la hubiera hecho se había equivocado con la cantidad de luz, o las fotografías estaban tomadas en un ambiente oscuro. En cualquier caso, se distinguía a la perfección lo que había en ellas.

Toda la serie de fotogramas, unos cuarenta, se trataba de la imagen de un hombre apoyado en el respaldo de un sillón. Lo que le rodeaba no se veía. Pero lo que caracterizaba a las fotografías era que el hombre tenía los ojos tapados con una venda blanca, es decir, negra en el positivo.

—Este es Alberto Déravans —exclamó Jelling.

—El mismo —dijo Matchy—. Fotografiado treinta y siete veces por la señorita Leland. Las he contado: treinta y siete.

Jelling se metió en el bolsillo el pequeño cilindro, se despidió y se fue. Jefferson Street no estaba muy lejos y fue a pie. Cuando llego frente al Burday eran las doce y diez. Debería esperar todavía unos diez minutos. Aguardó, dando vueltas en el bolsillo el rollo con las fotos y pensando. La mañana había sido movida, llena de novedades y de pequeños golpes de efecto, pero ya era 15 de enero y aún no se había encontrado nada. Una ligera angustia empezó a invadirlo por la responsabilidad que se había impuesto. Siempre caía en la trampa de hacer de investigador cuando hacer de investigador no era en absoluto su trabajo. De repente, dio palmas con las manos, desesperado realmente. ¡Qué había hecho! Se había olvidado de llamar a casa y advertir a su mujer que comía fuera. Corrió a toda velocidad al primer local que encontró y marcó el número de forma atropellada.

—Adela, Adela, perdóname, pero estaba a punto de olvidarme de decirte que no voy a comer, porque…

Con el tono más contenido que pudo, aunque la señora Jelling era del todo incapaz de dar un tono muy contenido a su voz, interrumpió al marido.

—Te he dicho veinte veces, Arthur, que no tienes obligación de avisarme cuando vienes o cuando no vienes…

—Pero… —dijo Jelling con una sonrisa de ternura.

—Créeme, Arthur —replicó la señora Jelling sin dejarlo acabar…—. No aguanto que discutas sobre tus libertades. Me gustaría ver si estuvieras obligado a llamarme y avisarme con antelación de todo lo que haces…

—Adela, querida…

Cuando se acabó la llamada y Jelling se presentó en el Burday, Lila Leland estaba ya dentro sentada a una mesa un poco apartada.

Hubo una serie de disculpas por parte de Jelling; después, tras haber hablado un poco de todo, excepto de los temas que realmente le interesaban, Jelling sacó del bolsillo el rollo de película y lo puso delante de Lila Leland:

—Tendrá toda la razón del mundo si me llama cualquier cosa. Pero he debido registrar su casa, esta mañana, y hemos encontrado esto.

Luego bajó la cabeza hacia la lista de bebidas y las líneas se le mezclaban al mirarlas.

 

 

4

Odio en la clínica

 

Lila Leland cogió en silencio el rollo de la película y se lo metió en el bolso. Se había puesto seria, pero en sus ojos no había resentimiento alguno.

Sólo dejó de hablar durante algún minuto. Luego, poco a poco, la expresión de su rostro se serenó.

—Entonces, no está enamorado de mí. Su deber ante todo, ¿no?

Arthur Jelling no respondió. Intentó levantar la mirada hacia ella, pero enseguida renunció a ello.

—No debe creer que soy una presuntuosa —continuó Lila Leland—. Estoy bromeando, por supuesto. Me pareció ver que yo le caía bien a usted, y no imaginé que se le ocurriría registrar mi casa. Me sentía a salvo.

Tampoco en esta ocasión Jelling osó pronunciar una palabra. Se limitó a mirarla un poco, para volverse enseguida.

—Pero es evidente —dijo Lila Leland, ahora sonriendo abiertamente— que nada en el mundo le hará olvidar que debe hacer un registro cuando lo crea oportuno… Venga, no se angustie. Le comprendo muy bien… Y pídale algo al camarero, que nos lleva observando cinco minutos. Acabará por hacerle creer que somos dos novios que han discutido.

Con gestos algo torpes, Jelling llamó al camarero, pidió algo y no le respondió.

—En cuanto al contenido de esta película —continuó Lila Leland—, se trata de la cosa más inocente del mundo.

Arthur Jelling le hizo un gesto amable y desesperado de que no quería saber, pero Lila Leland insistió:

—Forma parte de su trabajo no sólo registrar mi casa, sino también interrogarme sobre cualquier cosa sospechosa que hubiese encontrado… Es muy extraño que en la casa de una doctora se encuentren unas cuarenta fotografías del enfermo que ella trata. Por eso se lo voy a explicar.

Llegó lo que había pedido Jelling, que encontró otra excusa perfecta para bajar la cabeza sobre el plato y permanecer callado.

—No sé si esta mañana, cuando usted escuchaba a escondidas detrás de la puerta —continuó Lila Leland—, se habrá puesto al corriente de la simpatía que profeso por el señor Déravans. Espero que se haya dado cuenta.

Arthur Jelling se puso pálido.

—Se lo ruego… Se lo ruego: he escuchado involuntariamente algunas palabras. Involuntariamente, se lo juro…

—No lo dudo. Perdóneme, no tengo intención alguna de ofenderle… Estábamos hablando un poco en voz alta y cualquiera que se encontrara en la antecámara se habría visto obligado a escuchar lo que se decía… Pero volvamos a las fotografías. El señor Déravans, digamos, me cae simpático, y le pedí permiso para hacerle fotografías, en su calidad de enfermo, con la venda en los ojos. Él me dio su permiso y yo le hice las fotografías. Esto explica el misterio del rollo… Espero que ahora pueda comer tranquilamente.

A pesar del significado de las palabras, Lila Leland no había hablado con tono irónico. Había hablado con sencillez y tranquilidad. Por todo ello, Jelling se sentía mortificado e incapaz de recobrar el ánimo. Necesitó diez minutos para poder mirar a Lila Leland sin ponerse rojo.

—¿Y en qué punto se encuentran en sus investigaciones? —le preguntó ella tras ese largo silencio.

—En ningún punto. No tengo todavía nada a lo que agarrarme. Puedo sospechar de usted, como puede ver, pero también del mismo profesor Linden y de cualquiera, pero no tengo pruebas contra nadie…

En voz baja, con una indiferencia dudosa, ella le murmuró:

—Le aconsejaría insistir en la clínica. Si hay un sitio sospechoso es precisamente ese. Llevo trabajando ahí desde hace dos años, pero sigo respirando todos los días aire de conjura… Puede que sea la decoración, que parece una urna funeraria, las estanterías de cristal, el silencio de caverna prehistórica, lo que sea, pero debo decirle que, desde que estoy ahí, me espero en cualquier momento un delito…

—Es la misma impresión que tengo yo.

—Pero usted no conoce a las personas que trabajan ahí. Apenas las ha visto. Empezando por mí… —sonrió—, que soy demasiado guapa como para vivir ese ambiente. Supongo que habrá pensado que, empezando por mi nombre, estaría mejor en una revista de Broadway que en una clínica oftalmológica… ¡Y Alfredo Lamarck! Usted no sabe nada de él. Ha visto a un hombre vestido a la moda de 1912, anticuado; pero no sabe lo peligrosamente que vive fuera del mundo. Le diré una cosa que le será útil de verdad. ¿Sabe quién encontró la nueva variante de la operación para devolverle la visión a Alberto Déravans?

—Supongo que el profesor Linden…

—Error. La encontró Lamarck, precisamente ese hombre, con el cuello de la camisa almidonado y el pelo peinado como en la guerra de secesión. La variante se experimentó por primera vez en la clínica Linden. Y fue un éxito. Linden, entonces, le propuso a Lamarck que se la cediera a cambio de una cantidad de dinero. Lamarck siempre ha necesitado dinero. Si usted se preocupara de indagar en la vida de Lamarck entenderá por qué. Tiene que mantener a dos familias. La suya y la de una mujer con la que se tenía que haber casado antes, y que por diversas circunstancias no pudo o no quiso, no lo sé con seguridad. Dos mujeres, en definitiva, que se lo comen vivo, y él, por caballerosidad, se deja comer. Por eso cedió a la propuesta de Linden. Consiguió algunos miles de dólares y ahora Linden va de gran cirujano con los méritos de Lamarck…

—No sería la primera vez… —dijo Jelling algo emocionado—. No querría aburrirle con mis historias personales, pero a mí también me ocurrió lo mismo…

—¿A usted? Pero ¿no es policía?

—No siempre lo he sido… Mis padres me obligaron a estudiar medicina, pero, cuando estaba a punto de acabar la carrera, tuve que ponerme a trabajar… Oh, no es una historia muy original y me temo que le aburriré…

—Pues me interesa —respondió Lila Leland. Su bellísimo rostro se iluminó con una sonrisa reconfortante—. No me habría imaginado que usted pudiera ser… un compañero mío.

—… Ahora ya casi he olvidado todo lo que estudié. Pero recuerdo que entonces, cuando tenía unos veinte años, ideé una especie de pinza de sujeción con muelle que facilitaba mucho las operaciones de intestino… Apendicitis, peritonitis…

—¿La pinza Rausen?

—Eso, sí, Rausen era el nombre de nuestro profesor —prosiguió tímidamente Jelling—. Oh, no quiero decir que lo hiciera aposta… Pero me dijo, cuando le enseñé el proyecto de la pinza, que no era nada bueno, y que debía seguir estudiando mis asignaturas en vez de perder el tiempo en un campo que no era el mío. Después, un día, cuando ya había dejado los estudios, me cayó en las manos un nuevo tratado de cirugía abdominal, lo ojeé por curiosidad… Y encontré mi pinza, la pinza Rausen…

Lila Leland lo miró maternalmente y le tocó una mano. Tenía una epidermis muy suave, cálida; tocar esa mano era como si estuviera tocando un ala. Jelling, con lentitud, retiró la suya.

—Usted se parece un poco a Severino Thesenty —dijo Lila Leland—. Él también vive fuera del mundo real como usted… pero precisamente por eso es peligroso.

—El señor Thesenty es el otro ayudante de Linden, ¿no?

—El segundo ayudante —dijo ella—. Tiembla en cuanto ve a Linden y escribe poesía en el turno de noche… Todavía no he sido capaz de persuadirlo de que no debe albergar esperanzas conmigo. Le juro que a veces me gustaría ser menos guapa para no tener el remordimiento de hacer sufrir a nadie… Pero Thesenty es incorregible. Su forma de cortejar, silenciosa y llena de timidez, me exaspera hasta la locura. Es un hombre que, sin darse cuenta, haría saltar el mundo en pedazos si encontrase a una mujer que supiese instigarlo.

—¿Y el profesor Linden? —preguntó Jelling.

—Espero que usted haya visto hoy la clase de tipo que es. Creo que se ha olvidado el corazón en algún sitio, si es que alguna vez lo tuvo. Cuando vienen las típicas mujeres de los círculos filantrópicos las recibe él mismo. No sé lo que les dice, sé que se van y no vuelven nunca. Desde que estoy ahí, nunca lo he visto hacer un gesto amable o estar alegre. Parece un hombre que se tiene que vengar siempre de alguien o de algo y que ha dedicado toda la vida a eso… Por lo demás, no puedo decir nada. Pero el día que me vaya de esa clínica haré una gran fiesta.

Jelling jugueteó un poco con la servilleta, como hacía en su casa, intentando hacer ridículos muñecos para su hijo.

—¿Sabe que ha pedido treinta mil dólares más por la operación justo después de la amenaza de muerte que le hicieron?

Un poco estupefacta, Lila Leland dudó bastante antes de responder.

—… No, no lo sabía… Pero ahora que me lo dice, la cosa me resulta de lo más natural.

Él la miraba fijamente y no se le escapaba ningún gesto. Lo cual le costaba trabajo, porque los ojos de Lila Leland eran como los de un hipnotizador, y parecía que al mirarlos se tuviese que pensar lo que ella deseaba y no lo que uno quería. Aun así, lo conseguía.

—Naturalmente, se puede pensar que él incluso se ha inventado toda la historia de la amenaza para conseguir un pago mejor —le dijo después.

—¿Usted cree? —dijo ella poco convencida—. Me parece un poco ingenuo. Linden tiene otras mil maneras para que le pagaran más sin acudir a estos métodos novelescos… En el fondo se trata de la visión de un millonario, y, si él dice medio millón de dólares o nada, el millonario paga, ¿no le parece?

—Tiene usted razón… Pero podría existir algo oculto que yo no comprendo para impulsarlo a actuar así…

—Hay muchas cosas ocultas que usted no conoce.

—Si las sabe, ¿no me las podría decir?

Lila Leland sonrió.

—Es usted adorable incluso por su candor. Todo lo que sé se lo he dicho… Además, hay una serie de cosas que no sé, pero intuyo, y no se las puedo decir, porque no las sé ni siquiera yo… ¿Quiere convertirme en policía también a mí?

Se levantó y se preparó para irse. Jelling, que se había quedado atrás para darle la propina al camarero, la siguió.

—Me hace llegar bastante tarde —le dijo por la calle—. Linden es estricto con los horarios como un jefe de sección. Ahora me espera una bronca por su culpa. —Cogió una mano de Jelling entre las suyas, lo miró con una amabilidad silenciosa y le dijo con dulzura—: ¿Se siente ahora un poco más tranquilo con respecto a mí?

Arthur Jelling arrugó la frente reflexionando intensamente. Luego dijo:

—Debe perdonarme: no sé si podré, pero todavía no me siento tranquilo con respecto a usted. Sinceramente.

—¿Todavía desconfía? —preguntó ella divertida.

—Todavía —dijo Jelling a duras penas.

Lila Leland, muy a su pesar, dejó la mano de Jelling.

—Lástima —dijo—. Lástima. Usted era un mal médico porque es un buen policía…

—¿Quiere decir que hago bien sospechando todavía de usted?

Ella sonrió, paró con la mano un taxi que se acercaba y le dijo, a modo de despedida:

—Creo que un policía siempre hace bien sospechando de todos.

Jelling permaneció en la calle, delante del local Burday, mirando el coche que se llevaba a Lila Leland. Sólo el cielo puede saber lo que pensaba. Tan sensible y delicado como era, en el momento del peligro se hacía impasible como un buen jugador de póquer que tiene una escalera real en la mano.

Fue andando hasta la Central de Policía. En Dirección se encontró con el capitán Sunder, que estaba hablando por teléfono.

—¿Ha encontrado algo? —le preguntó Sunder bruscamente cuando hubo acabado. Por el tono de la voz, Jelling comprendió que estaba nervioso, cosa que le sucedía muy a menudo, y su timidez frente al superior aumentó.

—Verá… —empezó.

—Entiendo —lo interrumpió él—. Todavía se encuentra como al principio. Sólo recuerde que estamos a 15 y que dentro de dos días Alberto Déravans se operará. Me gustaría que la operación se llevase a cabo sin incidentes.

Jelling sintió que lo aplastaba la tremenda responsabilidad que el capitán Sunder le imponía con tanta sencillez. Intentó explicarse, pero Sunder se impacientaba.

—Adelante, dígame lo que opina. ¿Por dónde cree que puede venir el golpe, si es que llega?

—No es fácil saberlo, señor… Hay infinidad de indicios…

—Bien. Entonces, venga a verme cuando tenga alguna conclusión. Sólo le repito, con la mayor franqueza, que querría que no sucediera nada hasta el 17. Eso es todo. Buenos días, Jelling.

No podía hacer otra cosa que irse. Quería buscar consejo en el capitán Sunder, pero había elegido mal momento. Y se fue. Fue a casa, se encerró en su despacho, que también era el comedor, y se tumbó en el sofá. Le latía un poco el corazón y se notaba el estómago como si lo tuviera en un puño. No debía suceder nada hasta el 17, hasta que Déravans recuperara la visión, incluso después, se entiende.

Si sucediera algo, sería culpa suya. Se lo había dicho claramente el capitán Sunder.

Los mecanismos lógicos de su inteligencia trabajaban frenéticamente. Hacía pasar por su mente, uno a uno, a todos los personajes del caso Déravans y los analizaba con minuciosidad. Pero no parecía que sirviera de mucho. Nadie parecía tener un verdadero interés en que Déravans no recuperara la visión: y esto era, en cambio, lo que debía descubrir. Lo demás era accesorio. Estuvo así más de una hora y luego volvió a la Central de Policía, buscó a Matchy y se lo llevó consigo.

—¿Adónde vamos, Jefe?

—A casa de los Déravans. A realizar un registro.

—¿Busca alguna cosa en concreto?

—Puede ser, Matchy. No quiero parecer raro, pero voy a buscar algo que sea completamente inútil…

Matchy intentó comprender, pero evidentemente no lo consiguió.

—¿Qué quiere decir?

—Es algo difícil de explicar, pero estoy haciendo un experimento psicológico. Si el experimento tiene éxito, debería encontrar en la casa de los Déravans, o en la clínica Linden, no sé todavía muy bien, pero algo que no le sirva absolutamente para nada a su dueño.

—Le confieso —respondió Matchy— que no comprendo bien.

Caminaban con paso veloz hacia el chalé de los Déravans, atentos, sin embargo, a no resbalar en el asfalto cubierto de insidiosas capas de hielo. Eran las tres de la tarde, pero empezaba a caer la noche.

—Ni siquiera yo tengo las ideas claras —explicó con amabilidad Jelling—. Sólo sé que necesito una pista… Este caso me parece todavía más confuso que el caso Vaton. Por lo menos, en este había tarjetas escritas a mano; no es que fuera mucho, pero era algo. Aquí no tenemos nada. Tenemos a un hombre con la cara cubierta que ha amenazado. Y este hombre ha desaparecido. Tenemos además a una decena de personas que parece que quieren que se sospeche de ellas… Evidentemente, en esta historia hay alguien maniobrando para sacarnos del buen camino. Para hacernos creer lo que no es. Hay que tener cuidado de no caer en la trampa y de encontrar una pista, una pista cualquiera, pero que se trate de algo concreto…

Vio que Matchy escuchaba muy atento, pero que no había comprendido la historia de ese algo completamente inútil.

—¿Cómo podemos encontrar ese algo concreto? —continuó entonces Jelling—. No tenemos ningún indicio. Ni siquiera sabemos por dónde comenzar… Por suerte, hace poco me acordé de una poesía breve… No recuerdo quién la escribió, pero es muy bonita, aunque algo infantil…

Esta vez, Matchy miró a Jelling, más que asombrado, receloso. Ahora también entraba en juego la poesía. Pero Jelling ya se había entusiasmado con su explicación y no veía en absoluto el descontento de Matchy, ni notaba el frío que le helaba la nariz y la punta de los dedos.

—Le garantizo que es una poesía que nos va a servir de mucho. Escuche:

Todos tenemos en el corazón

una pequeña, pequeña cosa,

que amamos con ardor

y nos parece maravillosa.

Pero los demás dicen: ¿por qué?

Es la cosa más inútil del mundo.

Y nosotros no sabemos por qué,

pero nos parece la más importante del mundo.

Ya casi habían llegado y Matchy cada vez entendía menos. De todas formas, Jelling consiguió sintetizar su pensamiento.

—Quiero encontrar un indicio, incluso el indicio más lábil. Esta poesía me ha dado el motivo. Puede que aquí, en este chalé, puede que en la clínica Linden, puede que en el dormitorio de cualquiera de los interesados en este asunto, encontremos algo, lo más inútil posible, que nos pondrá en el buen camino…

—Perdone, pero ¿cómo? —preguntó Matchy lleno de sentido común—. En todas las casas hay un montón de objetos inútiles: ¿y qué significan? ¿Y cuál escoger?

—Debe perdonarme si me contradigo —objetó amablemente Jelling—. Hay que saber mirar bien, pero en ninguna casa se encuentran cosas inútiles: ni siquiera en los trastos de los desvanes. Incluso un alfiler roto puede haberse guardado para usarlo como limpiador de mecheros. Pero si en una casa se encuentra una cosa verdaderamente inútil, entonces esa casa es sospechosa, y sus dueños son sospechosos…

—… Puede ser —dijo Matchy, poco convencido, y llamó al timbre del chalé de los Déravans.

Los recibieron, como de costumbre, con fría amabilidad. Estaban todos en casa. Andrea Déravans, Evelina Soldier y los dos Dundley, los Golden. Pero Andrea Déravans, enfadadísimo, hizo que todos permanecieran en sus habitaciones y que a Jelling se le tratara con la máxima frialdad. Dora Dundley, la señora Golden, tuvo, en cambio, tiempo de decirle:

—¿Por qué no viene a registrar mi habitación primero?… Me encantaría ver como encuentra un cuchillo debajo de mi almohada —y se rio, mientras Isidoro Dundley la tiraba del brazo para que entrara en la habitación.

En cuanto a Andrea Déravans, se limitó a decir con tono glacial:

—Es extraño que venga a buscar pistas de un chantajista precisamente en nuestra casa, que somos los chantajeados. ¿Se trata acaso de un nuevo sistema de investigación?

El registro no duró mucho. Jelling pasó por todas las habitaciones del chalé, incluidas las del personal de servicio, con bastante rapidez. Le dijo a Matchy que le abriera los cajones, echaba un vistazo, los cerraba y pasaba a otra cosa. En la biblioteca cogió dos o tres libros de los que, además, ya había leído el lomo la vez anterior, en la habitación de Andrea Déravans examinó un rato un microscopio olvidado en un cajón del escritorio, y luego se lo dio a Matchy para que se lo llevara.

Andrea Déravans sonrió con ironía.

—¿No pensará que quiero matar a Linden con un microscopio?

—… No, señor Déravans. Es que no logro saber de qué le puede servir. ¿Estudia? —respondió Arthur Jelling ruborizado.

—Nunca he tenido ganas de estudiar —dijo Andrea Déravans—. Lo compré un día porque pensé que en casa podía ser útil un microscopio.

—… Pues es muy completo —tuvo el valor de insistir Jelling—. Aumenta al menos doce mil veces…

—¿Pretendía que comprara un microscopio más barato? —preguntó él sin sonreír siquiera, sólo con mucha ironía en el tono. Al acabar el registro, Matchy llevaba una pequeña maleta que contenía lo que Jelling había encontrado en el chalé y que retenía porque le interesaba. Hicieron la siguiente lista:

1 volumen: Cómo hacerse un abrigo de piel en casa.

1 volumen: El arte mágico para dominar la vida.

1 volumen: Las enfermedades de los animales de sangre fría.

1 microscopio.

1 caja de cerillas llena, pero todas sin la cabeza de azufre.

—Todo esto se le devolverá dentro de unos días —dijo Jelling a Andrea Déravans en el momento de irse.

—Se lo agradeceré —respondió Déravans, doblando la lista y metiéndosela en el bolsillo—. La caja de cerillas se la puede quedar…

Jelling no lo comprendió y fingió no captar la ironía.

—Se la devolveré al personal de servicio —dijo—. La encontré en sus habitaciones.

—Muy bien.

—Y ahora —dijo Jelling cuando estaban fuera— hay que hacer la misma operación en la clínica Linden… Me temo que el profesor Linden se enfadará un poco, porque será la tercera vez que me presento hoy allí… Nos tenemos que dar prisa…

—Ya me ocuparé yo de calmarlo —respondió Matchy con tono marcial. No comprendía bien la utilidad de esos registros, pero su deber era ayudar a Jelling y lo estaba haciendo.

Por supuesto, el profesor Linden, al ver que Jelling regresaba por tercera vez se mostró más mordaz y grosero que antes, pero Matchy se paró delante de Arthur Jelling, que parecía renunciar a la empresa, vista la hostilidad del cirujano, y con unas cuantas palabras adecuadas redujo al silencio, cuando no a la amabilidad, al profesor Linden.

Aquí también duró poco el registro, a pesar de que el espacio era mayor que el del chalé de los Déravans. Arthur Jelling no se detenía a tomar huellas ni a reunir objetos misteriosos. Echaba un vistazo rápido y se paraba un momento sólo cuando algo le parecía poco claro. Él no quería, pero Matchy consiguió obtener la autorización judicial para registrar también las habitaciones de Alberto Déravans, al cual, durante el registro, lo sacaron fuera con un pretexto.

—Ya que estamos, Jefe —dijo Matchy con toda su buena voluntad—, registremos todo lo que hay que registrar, así no hacemos más viajes…

—Claro —respondió con ironía Linden, que los acompañaba—. Estoy a su entera disposición.

Al final, se realizó la habitual lista:

1 paleta de pintor, nueva.

1 lámpara de gas.

1 muñeca pequeña.

1 botella de tinta para tatuajes.

Jelling firmó la lista y se la entregó al profesor Linden con mil disculpas. Linden no dijo nada: miraba a Matchy, que guardaba en la maleta todas las cosas extrañas que habían encontrado en su clínica.

—Le juro que hasta hace diez minutos no habría supuesto que teníamos en la clínica estas tonterías. ¿Se puede saber de dónde sale la lámpara de gas cuando ni siquiera hay tuberías de gas porque todo funciona con electricidad? ¿Y la paleta de pintor? —dijo.

Jelling sonrió y luego se marchó con prisa. Un cuarto de hora después estaba en su casa. Los objetos encontrados en la casa de los Déravans estaban dispuestos en una mesa, los de la clínica, en otra. Matchy, que lo había acompañado, lo miraba atentamente.

—Ahora —dijo Jelling—, procedamos por eliminación. Todos estos objetos parecen inútiles, pero creo que en realidad los hay más y menos inútiles: veamos.

Se acercó a la mesa con los objetos encontrados en la casa de los Déravans y cogió un libro. Las enfermedades de los animales de sangre fría, leyó en la cubierta.

—¿Quién puede estar interesado, en casa de los Déravans, en los animales de sangre fría?… Me parece que nadie… Es gente que vive sin hacer nada, a la que no le interesa nada en particular…

—Sí —dijo Matchy—. Me parece que un libro así sólo le podría interesar a un criador de serpientes que tenga alguna enferma… ¿Cree que en casa de los Déravans hay gente así?…

—¿Y entonces por qué alguien compra este libro y lo lee? Mire, Matchy, tiene páginas cortadas y dos esquinas dobladas para marcar la página que no se ha terminado de leer…

Durante casi una hora Jelling continuó con el análisis. Matchy intentaba bostezar cuando Jelling dejaba de mirarlo, pero a veces bostezaba sin miramientos, delante de él. Al final, la señora Jelling fue a salvarlo de esa tortura.

—Arthur, la comida está lista…

—¡Oh! Adela —exclamó Jelling volviendo en sí de ese trabajo que lo entusiasmaba—. Me he olvidado imperdonablemente de decirte algo. El señor Matchy se queda a comer y no te he avisado…

La señora Jelling sonrió con tranquilidad.

—Pero, Arthur, cómo te vas a acordar de estas nimiedades; de todas formas, es normal que haya preparado comida también para tu invitado. —Y, dirigiéndose a Matchy—: ¿Quiere tomar asiento, señor Matchy?

 

 

5

Todos juegan con las cartas boca arriba

 

Augusto Linden fue asesinado la mañana del 17, a las seis treinta, justo delante de la clínica a la que se dirigía para realizar la operación a Alberto Déravans.

Su asesinato permanecerá como uno de los ejemplos de premeditación criminal más terribles y clásicos. El capitán Sunder había preparado todo para afrontar la eventualidad de un delito, y desde el día anterior la clínica estaba bajo vigilancia. Augusto Linden llevaba la escolta de dos agentes permanentemente, y en su casa otros agentes vigilaban día y noche. Pero todo esto no sirvió de nada. Evidentemente, el asesino había previsto un despliegue parecido y se había preparado.

A las seis de la mañana, conduciendo personalmente su coche acompañado de dos agentes que lo habían vigilado toda la noche, Augusto Linden dejaba su casa y se dirigía a la clínica. Hacía todavía más frío de lo habitual, las calles estaban cubiertas de una capa insidiosa de hielo y Linden debía proceder con mucha cautela, tanta que llegó a la clínica a las seis y media, tratándose de un trayecto de unos veinte minutos.

Delante de la clínica la acera tiene de diez metros de ancho. Augusto Linden paró el coche al lado de la acera y, seguido por los agentes, se dirigió a la entrada. Todavía era de noche, pero una palidísima claridad cubría el azul oscuro del cielo. Linden apenas había recorrido tres de los diez metros que lo separaban de la entrada de la clínica cuando se oyó una descarga de disparos de arma de fuego, rápidos, consecutivos como los de una ametralladora.

Linden cayó abatido sin gritar. Los agentes, que estaban al lado, se quedaron un momento desconcertados y luego miraron hacia la clínica: de allí provenían los disparos.

—¡Que no salga nadie! —gritó uno de ellos.

Se oyeron gritos, luego acudieron a la clínica algunos de los agentes de guardia. Llamaron a la Central de Policía y el capitán Sunder se presentó poco después.

A partir de aquí, todo se desarrolló de forma habitual. Se rellenaron un montón de informes, se hicieron un montón de interrogatorios y se levantó el cadáver de Linden tras un detallado certificado de defunción por parte del médico forense.

Matchy, que estaba con el capitán Sunder, leyó el informe médico.

—¡Vaya! ¡Ocho disparos de revólver calibre 9, todos en la cabeza! El que ha disparado es un campeón de tiro al blanco, un mago, no un hombre… —Luego, acordándose de la noche anterior en la Abeja Verde con Jelling, se sobresaltó—. ¡Capitán! Pero ¿dónde está Jelling? ¿Por qué no aparece?

—Cállate, Matchy. Esto le supera a Jelling. Si ve el cadáver, se sentirá mal. Le he dado permiso para quedarse en casa hasta las diez de la mañana. Quería venir con nosotros, pero en ciertas circunstancias no quiero gente delicada —respondió irritado el capitán Sunder.

—Pero, capitán, le digo que es importante —insistió Matchy.

Sunder le dio un empujón por respuesta, y se dirigió hacia el coche para volver a la Central de Policía.

En el interior de la clínica, en el momento del delito, se encontraban los tres ayudantes del profesor Linden, el equipo de enfermeros habitual, además de Andrea Déravans, Evelina Soldier y los dos Dundley, que habían ido a esperar el resultado de la operación. La investigación estableció luego otra circunstancia importantísima. Desde las cinco hasta las ocho de la mañana las ventanas de los grandes pasillos de la clínica que daban a la calle se dejaban abiertas para que circulara el aire. Así que estaban abiertas en el momento en que habían disparado a Linden; así que cualquiera que estuviera en la clínica podía disparar sin que le molestaran, sobre todo porque, en estos pasillos en los que se abrían los ventanales no había más que la tenue iluminación nocturna de la clínica, es decir, lámparas azuladas con luz muy débil. Así, puesto que fuera era casi de noche, los pasillos, en definitiva, estaban casi a oscuras. Pero otro hecho complicaba enormemente las cosas. Se podría decir que, un instante después del disparo, todos los presentes en la clínica se encontraban en estos pasillos, algunos en el piso de arriba, otros en el piso de abajo, excepto, por supuesto, Alberto Déravans, que por su ceguera había permanecido en su habitación. Y era lógico: todos habían acudido a ver qué había ocurrido. Por ello, hasta que no hubiera pruebas en contra, el capitán Sunder estaba obligado a dudar de toda esa gente. Desde las ventanas de los pasillos, de hecho, se apuntaba maravillosamente bien hacia el espacio de la acera que había delante de la clínica, en el que Linden había muerto.

Naturalmente, el capitán Sunder no ahorró a nadie de los presentes un exhaustivo registro personal con la esperanza de encontrarle a alguno el arma del delito. Si Jelling hubiera estado presente, no habría aprobado este sistema. Era un poco ingenuo creer que el asesino, tras haber disparado, se hubiera metido el revólver en el bolsillo y hubiera esperado tranquilamente a que alguien fuera a registrarlo. Pero el capitán Sunder era de la vieja escuela. Para él, todos eran criminales si no le presentaban poderosas coartadas. No mandó registrar a Alberto Déravans, no porque no dudase de él sino porque se había quedado en su habitación, como se pudo contrastar fácilmente. Además, nunca se había visto a un ciego acertar una cabeza humana a más de veinte metros.

Al no encontrar el revólver en el bolsillo de nadie, el capitán Sunder pensó que el asesino podía haberse librado del arma, tirándola por la ventana o escondiéndola en algún trastero de la clínica. Como para comprobar esta hipótesis se necesitaba al menos medio día de investigaciones y bastantes agentes, se invitó a todos los presentes en la clínica que permanecieran a disposición policial.

A Alberto Déravans, que hasta poco antes no sabía nada de la amenaza de muerte que le habían hecho a Linden, le informaron de forma dramática y tumultuosa. Los disparos que había oído estaban dirigidos contra el profesor Linden, el único que le podía operar y devolverle la visión. El profesor Linden había muerto, sin haber querido obedecer la amenaza que le habían hecho. En definitiva, le contaron toda la historia.

La escena fue muy desagradable. Abandonado en el sillón, Alberto Déravans escuchaba, moviendo con nerviosismo las manos en los brazos del asiento. Luego se quitó la venda negra y aparecieron sus ojos, que parecían ver y no veían, surcados de lágrimas. Evelina Soldier se le echó encima sollozando, su hermano se quedó aparte y miraba fijamente, todavía más pálido, si cabe, y con el rostro sacudido a intervalos por un tic nervioso que le contraía la boca. Los Dundley estaban enmudecidos, y parecía que Dora había perdido toda su jovialidad.

—¿Y ahora qué quieres hacer? —preguntó Andrea al hermano—. ¿Quieres que volvamos ahora mismo a casa?

Hablaba con voz ronca, como si tuviese la garganta cerrada. Lila Leland, que hasta ese momento había estado apartada, avanzó silenciosamente con una taza de cordial en la mano.

—Beba, señor Déravans.

Alberto Déravans bebió.

—Gracias. —Luego pareció que salía de ese estado de abatimiento y soltó—: ¡No quiero quedarme ciego! ¡No quiero! ¡Quiero que me operen a cualquier precio!

—Cálmese —dijo Lila Leland—. Buscaremos la forma de operarle. Haremos todo lo posible.

—¿Y quién querrá operarlo, ahora, tras la muerte de Linden? —preguntó amargamente el hermano.

—Puede que haya alguien… —respondió Lila Leland, pero sin mucha convicción—. De momento, tiene que permanecer en la clínica, porque para preparar la operación le hemos dado una serie de medicamentos para los ojos, y ahora hay que esperar a que pase el efecto.

Alberto Déravans seguía agitándose.

—Después de la muerte de Linden ningún médico querrá operarme… Y, además, ¿quién sabe operarme? ¡Sólo sabía él!… ¡Y yo no me quiero quedar ciego!

No se calmó de ninguna forma. Se levantó agitado del sillón levantando los puños con rabia y dio vueltas por la habitación gritando. En vano Evelina y Lila Leland intentaban consolarlo. Él se enfadaba más. Tuvo que intervenir el doctor Alfredo Lamarck, al que llamó un auxiliar. Lamarck apareció poco después, con el cuello de la camisa duro, su peinado fuera de moda, su tan bien cuidado bigote. No parecía muy tranquilo, a decir verdad, y miró a todos los presentes de forma sospechosa. El registro que le habían hecho por orden de Sunder y la presencia de todos aquellos agentes en la clínica le tenían que haber desconcertado. Aun así, encontró la manera de serenar a Alberto Déravans.

—Venga, no sea niño, así no obtendrá lo que quiere.

Lo obligó a sentarse en el sillón y le cogió de la muñeca.

—Tiene fiebre. Con la medicación que le hemos suministrado no debería. Le aconsejo que esté tranquilo si no quiere que surjan complicaciones. —Su tono, aunque no era del todo franco, no dejaba de ser el de un médico, lo que conseguía infundir confianza. Alberto Déravans se tranquilizó un poco, y Lamarck se dirigió a los presentes—: Les aconsejo que lo dejen solo unas horas y que tomen una decisión cuando estén más tranquilos.

Luego se fue. Casi en el mismo momento, un agente entró para decirles que todos podían salir de la clínica, pero que debían permanecer a disposición judicial y no salir de la ciudad sin pedir antes autorización. Hizo que cada uno firmara un documento y se fue sin despedirse.

Casi a la misma hora, Arthur Jelling estaba en su casa. No se había movido desde la tarde anterior. Ni siquiera se había ido a la cama. Los extraños objetos encontrados durante el registro en casa de los Déravans y en la clínica estaban ahora en una única mesa, pero separados por un trozo de cartón. Se puede decir que Jelling había pasado toda la noche delante de esa mesa. La señora Jelling se había levantado varias veces, había ido a vigilar un momento a su marido, sin molestarlo, y en silencio había vuelto a la cama. De vez en cuando Jelling bebía un trago de licor, paseaba, y luego volvía a sentarse, no sin antes mirar el reloj. Estaba ansioso. Sabía perfectamente lo que podía sucederle a Linden. Había hablado el día anterior con Sunder y le había pedido que intensificara la vigilancia en la clínica.

—Temo que Linden corra un grave peligro.

—¿Y no ha encontrado nada para prevenirlo?

—Nada, señor Sunder… He encontrado un microscopio y una muñeca, eso es todo.

Sunder había levantado una ceja mirando asombrado y malhumorado a Jelling.

—¿Y qué hacemos con todo esto?…

—… No sé… No sabría decir…

—Bueno, Jelling —había respondido Sunder, que en el fondo era una buena persona y no quería ensañarse con él—. Veo que está muy preocupado por Linden. Pero no se lo tome tan a pecho. Haremos lo que sea para evitar una desgracia, pero si sucediera de todas formas, no se lo tome a pecho: no es culpa suya, lo sé. Ahora váyase a casa y no salga hasta que yo vaya, mañana por la mañana, a darle las novedades, y esperemos que no haya.

Jelling había vuelto a casa y no se había movido de ahí en espera de novedades. Sabía que las operaciones se hacen a primera hora de la mañana, y cuando fueron casi las ocho y vio que no había recibido ninguna llamada empezó a esperar que no hubiera pasado nada. Pero no estaba convencido. También sabía que el capitán Sunder, de ocurrir algo, sólo iría a decírselo mucho más tarde.

Y de hecho fue así. A las diez, seguido por Matchy, Sunder entró en el despacho de Jelling. Ni siquiera se cruzaron un buenos días, ya se habían comprendido por los gestos. Sunder simplemente dijo:

—Esta mañana, a las seis y media.

Hubo una pausa. Jelling tragó saliva.

—¿Cómo?

—Ocho disparos de revólver, todos en la cabeza.

Hubo otra pausa. Jelling miró los libros de encima de la mesa, el microscopio, la lámpara de gas, la muñeca. Cogió la muñeca, pequeña, con la falda arrugada, el pelo medio arrancado, con dos agujeros por los que traspiraba la estopa en el lugar de los ojos, y fue hacia la ventana sin decir palabra.

Sunder, entonces, le contó todo minuciosamente. Él escuchaba, dándole casi la espalda a su superior, olvidando, por la emoción, la etiqueta que tanto respetaba.

—Para mí —dijo el capitán Sunder, cuando terminó el relato—, sólo se puede hacer una cosa: arrestar a alguien, aunque sea al azar, pero arrestar. Estamos ante un mecanismo criminal que desconocemos; quizá más amplio de lo que pensamos. Deberíamos meter una mano al azar en este mecanismo y quitar una rueda: esperemos que sea la que haga detener la máquina.

Jelling por fin pudo sonreír.

—Gracias, capitán. Ha dicho justo lo que yo pensaba… Usted sabe que yo no soy partidario de arrestar a la gente así como así, por aproximación, digamos, pero esta vez hay que hacerlo… —Enseñó la muñeca que tenía en la mano y dijo con ardor—: Si arrestamos al dueño de esta muñeca, el mecanismo se parará… No sé ni cómo explicarlo, pero es lo que siento…

Sunder no creía mucho en esa idea. Perdonaba a Jelling sus manías, pero no le gustaba que las llevara al campo de la investigación. Dejó caer la cosa y dijo:

—¿Qué piensa de Isidoro Dundley? Matchy me ha contado que una tarde, en la Abeja Verde, en donde usted también estaba presente, se demostró como un campeón de tiro. No estaría mal que estuviera una temporada en chirona y hacerle cantar lo que sabe, si sabe algo…

Entró la señora Jelling con una bandeja llena de bebidas y pastas.

—Espero no molestarles —dijo con dulzura. Dejó la bandeja en la mesa, sonrió y se fue a paso ligero, sin preguntar, sin mirar nada, ni siquiera la cara pálida y cansada del marido.

—Todavía no, capitán… Isidoro Dundley sabe disparar bien, es cierto…, pero le rogaría que esperáramos…, puede que esta tarde pueda darle otro nombre…

—Como quiera, Jelling; tenga en cuenta que le dejo hacer…

Matchy comía en silencio las pastas. Entre un bocado y otro preguntó:

—¿Y ahora quién va a operar a Alberto Déravans?

—Creo que Alfredo Lamarck —respondió Jelling—. Iré esta misma mañana para decírselo.

—¿Y cree que accederá después de lo que ha pasado con Linden? —preguntó Sunder.

Jelling adquirió un semblante resuelto y misterioso:

—Espero que sí…

—Supongo que advertirá antes a Andrea Déravans de que quiere que a su hermano lo opere Lamarck.

—No hace falta —dijo Jelling, ofreciendo la bandeja de pastas a Matchy—. No creo que estén en contra de que alguien se interese por devolverle la visión a un Déravans.

Cuando se quedó sólo, Jelling se dio un baño y luego se presentó en la clínica Linden. Los dos agentes que montaban guardia en la puerta lo reconocieron, entró y preguntó por el profesor Lamarck. No estaba. Se había ido a casa porque decía que no se encontraba bien. Jelling pidió su dirección y fue a casa de Lamarck.

Alfredo Lamarck vivía casi en el centro de Boston, en un apartamento de alquiler muy modesto.

Una mujer despeinada fue a abrir la puerta y miró a Jelling sin ninguna amabilidad.

—Alfredo, la Policía —gritó hacia el interior en cuanto se presentó Jelling.

El médico apareció en la puerta, con un traje negro de modelo anticuado, con tres botones, y no parecía dispuesto a dejarlo entrar.

—¿Qué quiere?

—Le pido disculpas por venir a molestarlo a su casa, pero debería hablar un momento con usted.

—Entre —dijo brevemente, y quitó la mano para cerrar la puerta.

El enorme anillo de oro que llevaba brilló un momento, con luz opaca.

En esa casa había un ligero olor a ajo que emanaba de la cocina. Se notaba el mismo olor en el salón al que acompañó a Jelling. Un salón que Jelling sólo había visto en el cine, en alguna película donde se reviven los primeros años del siglo XX.

—Bien —dijo Lamarck, sin dulzura, pero sin grosería tampoco—, un hombre también puede haber nacido con medio siglo de retraso, ¿no? ¿O lo prohíbe la ley? A mí me gustan los espejos pintados, las postales enmarcadas y colgadas de la pared, los sofás llenos de cojines y las ventanas con cortinas. Puede que todo esto provoque polvo y no sea racional, pero me trae sin cuidado.

—Si es lo que quiere —manifestó Jelling—. Es muy agradable revivir con tanta precisión una época pasada. Su salón es realmente artístico.

—Lo malo —respondió Lamarck, que seguía serio— es que yo no lo revivo. Yo lo vivo. He nacido con medio siglo de retraso, ya se lo he dicho… —Hizo una pausa y luego acabó—: Es lo mismo que explico a todos los que vienen por primera vez a mi casa y piensan que soy imbécil… Pero ahora dígame en qué puedo ayudarle.

Jelling se puso rojo, pero se infundió valor.

—Le hablaré con mucha sinceridad —dijo—. Me he enterado por una tercera persona de que usted es el verdadero autor de la variante en la operación que debe hacerse Alberto Déravans…

El rostro de Lamarck se contrajo.

—No sé dónde quiere ir a parar —dijo—. Sólo le pido una cosa. No nombre en esta casa a la persona que han asesinado esta mañana. No lo tolero en mi casa. Yo no la he matado, y lo siento; pero lo haría hecho con mucho gusto.

—… Yo no he dicho… —balbució Jelling.

—Lo sé. Usted no ha dicho que yo haya matado a esa persona. Me ha dado a entender que podía haberla matado para vengarme de la ofensa que me hizo. He comprendido la alusión y le he respondido: no se inquiete. No me he ofendido en absoluto.

Hablaba con mucha tranquilidad, con seriedad, pero Jelling se encontraba completamente a disgusto.

—No se lo he dicho por eso —protestó—. Se lo aseguro… Quería preguntarle, en cambio, si estaría dispuesto a operar a Déravans.

Lamarck, al oír ese nombre, hizo un gesto visible de conjura tocando la mesa de madera. Jelling lo miró un poco sorprendido, pero disimuló. Era realmente extraño que un médico, un científico, en definitiva, se viera dominado todavía por semejantes niñerías.

—Cuando decida morir, sí, lo operaré… No le oculto que podría tomar una decisión semejante en breve… —Arrugó la frente, sonrió, pero era muy triste verlo sonreír, y continuó—: Se puede ganar una buena cantidad, ¿no? Es posible que si se me paga por anticipado podría cometer el suicidio que se llama operar a Alberto Déravans. Dele esta respuesta al señor Déravans, que es el que os envía.

—He venido por iniciativa propia —protestó Jelling—. El señor Déravans no sabe nada, pero no dudo de que le conceda cualquier suma que le proponga.

—Necesito mucho ese dinero —respondió lacónicamente Lamarck—. De momento, no le puedo asegurar nada. Estoy convencido de que, si opero a Déravans, acabaré como el hombre que han asesinado esta mañana, pero podría ser que lo operara de todas formas.

Había una sensación de polvo y antigüedad en ese salón, además del ligero olor a ajo que penetraba en todo. Las palabras de Lamarck aumentaban todavía esa sensación de marchito, de estar fuera del mundo. Sus gestos supersticiosos completaban la obra. Parecía que había entrado en una casa abandonada hacía cincuenta años y que estaba hablando con la estatua de cera del dueño, no con el dueño en persona. Jelling hizo un esfuerzo e intentó superar estas impresiones.

—Le aseguro —dijo— que no veo la necesidad de que todos los médicos que decidan operar a Déravans tengan necesariamente que acabar como… la persona que ha muerto esta mañana.

—No comparto su opinión. Aquí se trata de impedir que Déravans recupere la visión. Y quien lo intente operar no se salvará. El asesino me parece un hombre decidido. No me gustaría tener nada que ver con él.

Hubo una pausa. Jelling, casi a escondidas sacó del bolsillo un pequeño envoltorio, quitó el papel y apareció la muñeca que había encontrado en la clínica Linden.

Pero no dijo nada durante un momento. Se contentó con mirar la actitud de Lamarck.

Este había seguido sus movimientos, pero sin mucho interés. Cuando vio la muñeca, esperó a que Jelling hablara, y al ver que no hablaba preguntó:

—¿De qué se trata?

—Ah —respondió Jelling ruborizado—. Una muñeca.

—Lo veo perfectamente. Pero ¿qué significa?

—Pues… La encontré en la clínica, en el quirófano, escondida en la caja de las gasas…

Lamarck movió lentamente la cabeza.

—No lo entiendo.

—¿No sabrá por casualidad de quién es?… Es muy raro que una muñeca se encuentre en un quirófano.

—Extrañísimo. Pero no me puedo imaginar de quién es.

Jelling envolvió de nuevo la muñeca y dijo con amabilidad:

—Creí que sabría algo.

Lamarck lo miró con frialdad e ironía, y dijo:

—Creo que quiere relacionar esa muñeca con el delito de esta mañana.

—Relacionar… No sabría decirlo todavía. Podría haber relación, o puede tratarse de una fantasía errónea por mi parte. Todavía no lo tengo claro. Sólo busco…

—Ya veo. Nuevos métodos de investigación. —Lamarck se levantó, dando por acabada la visita—. Dígale al señor Déravans, entonces, que me lo estoy pensando. Y que me haga una oferta concreta. —Hizo una pausa—. La más alta posible. Pero todavía no hay nada seguro.

Después de esta visita, Jelling hizo otra. Severino Thesenty también vivía en el centro, pero en una pensión donde había alquilado dos habitaciones y donde comía. Jelling se lo encontró precisamente comiendo, y se arrepintió mucho, a pesar de haber ido aposta a esa hora para estar seguro de encontrarlo.

Recibió a Jelling con mucha simpatía y con extrema timidez. Sus ojos, grandes y cálidos, miraban fijamente al visitante con cordialidad y al mismo tiempo con temor.

—Se lo ruego, póngase cómodo —le dijo a Jelling—. No me molesta en absoluto… Todavía estoy un poco conmocionado por lo que ha ocurrido esta mañana y le aseguro que no tenía muchas ganas de comer…

Era una habitación de pensión modesta, casi miserable. La ventana daba a un patio y dejaba entrar poca luz. Un sofá de piel gastado en varios puntos, una mesa redonda de tres patas, una especie de armario y dos sillas formaban todo el mobiliario. La única nota original eran tres grandes fotografías en la pared. Pero fotografías realmente enormes, de casi dos metros de altura. En las tres salía la misma mujer, al menos a juzgar por el vestido, que era el mismo; y lo extraño, que rozaba lo excéntrico, era que habían fotografiado a la mujer, en las tres poses, casi de espaldas, de manera que la cara no se veía nunca entera, apenas se le adivinaba el perfil.

Al ver que Jelling observaba las tres fotografías, Severino Thesenty se ruborizó.

—Sí, es la señorita Leland —dijo. Y se calló.

Cohibido, Jelling también callaba. Al final, tras una larga pausa, dijo:

—He venido para rogarle que me dé una información… Querría saber si usted sería capaz de operar al señor Alberto Déravans… Es decir, si conoce a fondo la operación.

Severino Thesenty respondió enseguida, con inocencia.

—Claro. El señor Linden no quería que se nos enseñara la nueva variante, pero tanto la señorita Leland como yo nunca hicimos caso de la prohibición.

—Se lo diré con toda sinceridad: tras lo que ha pasado esta mañana, hará falta que otro médico se ocupe de la operación del señor Alberto Déravans. He preguntado al doctor Lamarck si estaría dispuesto a operar, pero me ha respondido con evasivas. Puede que opere, puede que no. En definitiva, no ha asegurado nada. En el caso de que en el último momento se negase, ¿estaría usted dispuesto a operar?

—Tengo miedo —dijo brevemente Severino Thesenty—. Esa clínica nunca me ha defendido. Yo no soy un tipo muy sociable, como habrá comprobado… Ni tampoco muy aventurero. Lo que ha ocurrido esta mañana me ha conmovido. No sé si tendré el valor de volver esta tarde al trabajo. Yo soy muy impresionable…, y los disparos, el registro que me han hecho, son cosas que superan mi aguante… Preferiría no tener nada que ver con Déravans… Perdóneme.

—¿Es lo que quiere? —respondió Jelling observando el rostro lleno de expresión y movimientos de Severino Thesenty—. Creo que ahora sus inquietudes pueden ser infundadas… Perdone si me permito hablarle así… El profesor Linden ha sido asesinado, de acuerdo. Pero es muy probable que no asesinen a otro médico que quiera operarlo.

—… Perdóneme, se lo ruego. Pero no puedo aceptar. Mire, no tengo miedo de morir. Tengo miedo de todo lo que precede inmediatamente a la muerte. Me gustaría morir de pie, de repente, caminando hacia el sol, y no me importaría nada. Pero que me persiga una amenaza misteriosa, esperar a cada minuto los disparos de un asesino, eso no lo puedo soportar…

Se había puesto triste y miraba una de las fotografías. Sus ojos estaban húmedos y era tan enormemente sensible su expresión que parecía que «sentía lo que pensaba», como más tarde dijo Jelling.

—Puede que le resulte excesivo —continuó—. Pero piense que en cuanto le he visto entrar tenía miedo de que viniera a arrestarme. Todos saben que yo odiaba a Linden, lo odiaba de verdad. Siempre me utilizaba de negro en la clínica, me humilló de todas las formas posibles, me ridiculizó porque una revista de literatura había publicado una poesía mía, en definitiva, me ofendió como quiso. Tanto que su muerte no me ha dolido en absoluto. En absoluto… Y he pensado que usted vendría aquí y me arrestaría… Mire: antes de dejarle pasar he escondido el revólver. Tengo un Hertel de ocho balas. Está vacío, nunca compré las balas, lo compré porque me hace sentirme seguro por las noches, porque tengo miedo de la oscuridad y de los ruidos… Pero ¿cómo se lo puedo demostrar? Usted puede pensar perfectamente que está vacío porque esta mañana he matado a Linden… Y sería difícil convencerle de que soy un hombre que nunca sabrá matar…

Se había levantado a la vez que hablaba, había desplazado el sofá de piel y de un escondite había cogido un Hertel grande y se lo había enseñado.

Jelling lo examinó. Luego se lo devolvió.

—Oh, no resultaría muy difícil convencerse de que nunca sabría como matar a un hombre con esa arma —dijo—. Y estaría bien que se deshiciera de ella… Mire, yo no tengo mucha autoridad en estas investigaciones; puede que mis jefes piensen distinto que yo y encontrasen extraño que usted, esta mañana, cuando se buscaba el revólver no haya confesado que tenía un Hertel como ese en su casa…

—Lo iba a decir… Pero tenía mucho miedo. El señor que ha mandado registrar todo…

—… El capitán Sunder, creo.

—Sí, el capitán Sunder estaba muy enfadado y se mostraba severo. Estoy seguro de que si se lo hubiera dicho me habrían arrestado…

Jelling suspiró.

—Yo también estoy seguro. —Mientras, había sacado del bolsillo del abrigo su pequeño envoltorio con la muñeca—. ¿La había visto antes? —preguntó.

Thesenty la cogió y la examinó con atención, algo sorprendido del repentino giro del diálogo.

—Nunca —dijo—. ¿Por qué?

—La he encontrado en el quirófano de la clínica, en la caja de las gasas.

—¿Esta muñeca en el quirófano? —preguntó asombrado Thesenty, mientras Jelling lo observaba sin perder un solo gesto.

—Sí, es algo realmente extraño, irracional… Pero le diré que no creo en cosas irracionales. Si esta muñeca estaba en el quirófano, es por algún motivo. Puede que este motivo tenga que ver con el asesinato del profesor Linden…

Thesenty puso los ojos como platos y lo miró dubitativo.

—Yo también quiero jugar con las cartas boca arriba, como usted —dijo con audacia Jelling—. Esta muñeca, como ve, ya no tiene ojos, está ciega. Y Alberto Déravans también es ciego…

Severino Thesenty emitió un «ah» de asombro.

—Es usted extraordinario —dijo—. ¡Extraordinario!

 

 

6

Todos juegan con las cartas boca arriba (continuación)

 

El sistema de Arthur Jelling para llevar a cabo las investigaciones tanto para el caso Déravans como para todos había preocupado siempre al capitán Sunder.

Nada había menos ortodoxo, hablando en términos policiales, que su manera de investigar y de interrogar a la gente. Sunder lo sabía: a Jelling le entraba en la cabeza una idea y era la que guiaba la investigación. Se trataba casi siempre de una idea no muy normal, de una pista que no parecía una pista.

Por ejemplo, la muñeca. Si había algo que desagradaba a Sunder era que Jelling fuera a molestar a la gente con la historia de la muñeca. Sin embargo, Jelling, a pesar de su timidez, fue a molestar a la gente también a casa de los Déravans. Sunder decía que la timidez de Arthur Jelling era la más extraña del mundo.

—Con mucha timidez, cuando ha descubierto una pista, siempre actúa como el mastín, que no la deja escapar y aprieta cada vez más. Sigue poniéndose rojo, liándose, avergonzándose, pero aprieta y aprieta…

Las cosas se sucedieron así. La mañana del 18 de enero, Arthur Jelling se presentó en el chalé de los Déravans y le hicieron pasar ante Andrea Déravans, que se había levantado justo en ese momento.

Éste lo acogió con bastante amabilidad, lo cual era raro.

—¿Novedades? —preguntó.

—… No creo —respondió Jelling—. He hablado, es más, me he permitido hablar con el doctor Lamarck y con el doctor Thesenty para ver si estaban dispuestos a operar a su hermano, pero el primero ha dicho que ya verá, sin asegurarme nada. Y el segundo ha rechazado de plano.

—Me lo imaginaba —dijo Andrea Déravans—. Sobre todo porque no le podía decir lo que iba a cobrar.

—El doctor Lamarck me ha dicho que, posiblemente, su consentimiento dependía de la cifra. Y pedía que se le hiciera una oferta, la más alta posible.

—Explotador —bramó Déravans—. Hay un ciego de por medio, y un muerto. Pero saben que somos ricos y no quieren perder la ocasión… ¡Muy bien! —prosiguió con tono airado—. ¡El señor Lamarck tendrá lo que quiere!

Se acercó a la mesa en la que descansaba el teléfono y marcó un número.

—Habla Déravans. Páseme con el administrador… Soy yo, Frightener, escuche bien: extienda un cheque en blanco y envíelo al doctor Alfredo Lamarck, de la clínica Linden, junto con la carta que le voy a dictar ahora: «Estimado doctor, atendiendo al acuerdo verbal entre usted y el señor Arthur Jelling a propósito de la operación que debe realizarse a mi hermano Alberto Déravans, me complace…». Sí, sí, escriba precisamente «me complace», con algunos idiotas funciona esta forma de hablar… «… me complace adjuntar un cheque en blanco firmado, que usted podrá completar con la suma que mejor le convenga como honorarios para la operación antes mencionada…». Nada de despedidas, nada de nada… Envíela enseguida… Gracias, Frightener…

Colgó el teléfono, miró a Jelling satisfecho e irritado:

—El tema del médico está resuelto —dijo. Calló un momento y luego preguntó—: ¿Y usted? ¿En qué puedo servirle?

Un tono ácido, en nada amable, había ocupado el puesto de la cordialidad anterior. Evidentemente, cuando se trataba de dinero, Andrea Déravans perdía un poco su señorío.

—Yo… Yo… —se trastabilló Jelling, casi asustado— debería pedirle un favor, digamos, un poco insólito…

—Adelante, dígame. Estoy preparado para cualquier petición. Incluso si ha venido aquí a arrestar a alguien. No lo niegue, se ve claramente que sospecha de todos. De mí, de Evelina, de los Dundley y apostaría que también de mi hermano; podía haber sido él perfectamente el que matara a Linden, aunque esté ciego…

Abatido por este arrebato, Jelling volvió a dejar en el fondo del bolsillo de su abrigo el envoltorio con la muñeca que estaba a punto de sacar y consiguió balbucir a duras penas:

—Señor Déravans… Estoy confundido…

Era tan evidente la humillación de Jelling que hasta Déravans comprendió que se había excedido bastante.

—No se ofenda. Comprenderá que estoy nervioso y que de vez en cuando pierdo el control. Pero desde ayer los periódicos no hacen otra cosa que novelar nuestra desgracia y la de mi hermano. El ciego que está a punto de ver la luz, la clínica de los delitos, los oculistas de Boston y de América sufren la pesadilla del misterioso asesino, estos son los titulares de la escuela de vulgaridad que son nuestros periódicos. Y fotógrafos que vienen de todas las partes para retratar al hermano del ciego mientras le informan de la noticia del delito, a la novia del ciego llorando, a los amigos del ciego consternados, y así sucesivamente… Pero usted no tiene nada que ver, lo sé perfectamente. Perdone.

Jelling se tranquilizó. Poco a poco se sacó del bolsillo la muñeca y se la enseñó a Andrea Déravans.

—La encontré en el quirófano de la clínica. Puede que sea una tontería, pero me gustaría saber si alguno de ustedes puede decirme algo sobre esta muñeca, si la ha visto antes…

Andrea Déravans miró un momento en silencio a la muñeca ajada que Jelling le enseñaba.

—¿Dónde la ha encontrado, en la clínica? —preguntó—. Y si la ha encontrado en la clínica ¿qué podemos saber nosotros?

—Es muy extraño —murmuró Jelling— que un objeto como este se encuentre en un quirófano… —y miraba fijamente a Andrea Déravans, sin insistencia grosera, pero sin perderse ni una expresión.

—Muy extraño… Y es también muy extraño que usted crea que es útil para la investigación saber quién ha visto esta muñeca o quién sabe algo.

Hablaba seriamente, sin nerviosismo.

—… Sí… No le puedo quitar la razón… Pero ¿usted nunca la había visto antes?

—¿Yo? ¿Le parezco alguien que tiene interés en las muñecas?

—¿… Y no podríamos preguntar a los señores Dundley… y a la señorita Soldier si ellos la han visto antes?

Con gesto de paciencia, Andrea Déravans llamó al timbre. Poco después apareció Cleavendale, el mayordomo. Déravans le puso en la mano la muñeca, que cogió con mucho cuidado, pero con dos dedos, como si estuviera muy sucia, y le dijo:

—Acompaña al señor a ver a la señorita Soldier y a los señores Dundley y enséñales la muñeca. Lo demás lo hará el señor Jelling…

Jelling se lo agradeció con una reverencia y salió precedido del mayordomo. Cinco minutos después volvía, y con otra reverencia se lo volvió a agradecer a Déravans.

—Perdone las molestias que le he causado… —dijo, disponiéndose a salir de allí—. Espero que sean las últimas.

—Yo también —dijo conciso Déravans—. ¿Sabían algo de la muñeca?

—No, no, realmente. Nunca la habían visto.

Déravans sonrió:

—Entonces, un resultado óptimo.

—Sí… en realidad —respondió Jelling.

Después de aquello, vino a verme. Estaba más bien decaído. Me di cuenta enseguida por la mirada y por la manera de hablar, más lenta y cansada de lo habitual. En mi despacho había mandado que pusieran una gran chimenea piamontesa, con dos bancos situados debajo de la campana, a los lados, y le aseguro que en esos días mis amigos de Boston me lo envidiaron mucho.

Nos sentamos, Jelling y yo, en los bancos de la chimenea, uno frente al otro, y Giovanni nos trajo un licor hirviendo que nos quemó la lengua. Luego hablamos un poco de varias cosas y por fin Jelling me contó todo lo que había pasado desde el día que fui a acompañarlo a la clínica Linden.

—¿Qué piensa de todo esto? —me preguntó—. Hay momentos en los que me veo tan cerca de la verdad que me gustaría decirle a Sunder: «Arreste a tal persona»… Pero siempre hay alguna objeción… y vuelvo a no entender nada… Y este es el resultado que quiere conseguir el asesino… Fíjese, por ejemplo, en la forma en que han asesinado a Linden: la hora y el sitio se eligieron con la intención de confundirnos. Había unas veinte personas en la clínica cuando asesinaron a Linden, y todos muy sospechosos porque se encontraban en el lugar donde estaba el arma que disparó a Linden, es decir, en el pasillo, en el piso de arriba o en el de abajo, eso no importa, y a quince o veinte metros del muerto, que es la distancia que ha verificado el perito de balística… —Sacudió la cabeza, miró las bonitas llamas que nacían de la leña de la chimenea y continuó—… Además, hay pistas distintas y sin fundamento… A mí me gusta fijarme en las cosas pequeñas, más bien en las cosas insignificantes… De acuerdo. Pero aquí, después de buscar tanto, no me queda nada a lo que aferrarme, o peor que nada, esa muñeca… Mire, estas son las pistas que tengo —me explicó tranquilizándose un poco—. Por un lado, la pista «Luz»: se trata de la muñeca sin ojos, es decir, sin luz, y de la caja de cerillas sin cabeza, es decir, sin luz… Hasta aquí, le podrá parecer sorprendente que haya conseguido descubrir una relación como esa, y yo también me he sorprendido. También le podrá parecer esta pista algo importantísimo…, pero cuando la haya meditado diez minutos se dará cuenta de que es una tontería…

—No puede ser una tontería —le dije— que esa muñeca se encontrara en el quirófano de la clínica Linden, donde se debía operar a Déravans…

Jelling volvió a sacudir la cabeza una vez más.

—Perdóneme, señor Berra —me respondió suavemente—, yo también he caído, si me permite que me exprese así, en su… error. Perdóneme… Puede que tengamos un defecto: pensamos demasiado…, y usted sabe lo que significa pensar: manejar los símbolos… Pero los símbolos no son realidad. Esta muñeca —me la enseñó— es algo real, está hecha de trapo, de estopa, de pelo. Pero que pueda vincularse a la historia de los Déravans porque le faltan los ojos, igual que le falta la visión a Alberto Déravans, es un símbolo nuestro, no es algo real… Y hay que desconfiar de los símbolos que están demasiado lejos de la realidad como estos…

—No está equivocado del todo… —le dije sonriendo—. Pero, hasta ahora, usted ha sido muy útil a la Policía precisamente porque pensaba demasiado… Hay muchos investigadores que no tienen imaginación…, y creo que no sacarían nada adelante si el capitán Sunder les asignara los asuntos complicados… Pero sigamos con las pistas de las que hablaba…

—Sólo tengo una, y no es una pista… Hay demasiadas fotografías en este asunto, ¿no le parece? Al registrar la casa de la señorita Leland encontramos un rollo de película en donde aparece Alberto Déravans… Aquí tampoco se le pasará por alto el vínculo entre «fotografía, objetivo», que significan «luz», y la ceguera de Alberto Déravans… Bien, pregunto a la señorita Leland qué significan esas fotografías y ella me dice, sin más, que le cae bien Déravans, el ciego, y lo fotografía, eso es todo… Luego voy a ver al doctor Severino Thesenty y encuentro en su casa tres fotografías enormes de la señorita Leland, en las que ella aparece de tal manera que dudo que la señorita Leland sepa que la han fotografiado, porque nunca se ve la cara entera… Y también él, el doctor Thesenty, me dice que… le cae bien su colega y le quiso hacer fotografías… —Jelling habló con un ligero tono de ira en la voz—: ¡Estamos en pleno romanticismo! Es una cadena de amores que no tiene fin… ¡Es como un lote de películas para muchachitas en plan frívolo en la clínica Linden!

No oculto que, tanto en el tono de Jelling como en sus gestos, siempre correcto, pero bastante enérgico, como en el significado preciso de las palabras que decía, noté algo que de manera vulgar se podría definir como celos. Vi el efecto que le había producido Lila Leland la primera vez que la vio, pero no creí que el bueno de Jelling llegara hasta ese punto.

—¿Y qué me dice —le pregunté para asegurarme de mis sospechas— de Lila Leland?

Jelling intentó beber, pero la taza de licor estaba vacía. Por supuesto, Giovanni, que estaba escuchando con la excusa de registrar los libros nuevos comprados, dejó la estantería en la que fingía estar ocupado y se apresuró a llenarle la taza de licor otra vez.

—La señorita Leland es la menos convincente de todas las personas que tienen que ver en esta historia —dijo Jelling después de beber—. Pero no es más que una impresión mía. Ayer, cuando el capitán Sunder me dijo que quería arrestar a alguien, al azar, sólo para comprobar si el mecanismo se paraba, le juro que pensé su nombre…

—¿Y por qué no se lo dijo?

Me mostraba insistente. Quizá era poco honesto lo que hacía con Jelling, pero quería realmente ver cuáles eran sus verdaderos sentimientos hacia Lila Leland.

—Antes quería llegar al fondo de la historia de la muñeca. Esperaba que, sólo con enseñarla, alguien se hubiera traicionado mínimamente, o me hubiera dado aunque fuera una pequeña pista para continuar. En cambio, nada.

—¿Entonces?

Se produjo un silencio. Vi claramente que Jelling enrojecía porque había comprendido mi juego.

—Hoy ordenaré que la arresten. Es la otra de las dos cosas que me quedan por hacer. Si no sacamos nada en claro, le rogaré al capitán Sunder que le encargue a otro este caso. Yo no puedo hacer milagros…

Se levantó, se dirigió al teléfono que estaba en la mesa del centro de la habitación. Lo dejé hacer, permanecí callado, no le di el más mínimo apoyo para que postergara la decisión. Marcó el número en completo silencio. El ruido del dial que giraba se confundió con el crepitar de la leña. Un momento después, consiguió que le pasaran con el capitán Sunder.

—Arthur Jelling al habla… Ayer le dije que le daría un nombre; sí, para los Déravans, por supuesto… No… No he encontrado nada, no sé nada… Sé menos que antes… Precisamente por eso… Creía… La señorita Leland, sí… Si quiere usted interrogarla… ¿Arrestarla?… Eso, sí, quizá… Estaría bien, sin embargo, que los periódicos no supieran nada… Es sólo un experimento… Claro, haré lo que esté en mi mano, señor Sunder… Le… Le…

Jelling colgó el teléfono. Volvió a sentarse en el banco. Murmuró, como si estuviera hablando solo:

—Eso. Hemos metido mano al mecanismo. Hemos cogido una rueda al azar. Veremos si la máquina sigue funcionando…

Quise insistir. Le dije:

—No se puede arrestar así a una persona, sin pruebas de verdad, sin tener siquiera una sospecha fundada, como acaba de hacer…

Ligeramente cansado y con algo de ironía, Jelling me respondió:

—Sí, es verdad. Está escrito en el estatuto federal. La libertad está garantizada a cualquier ciudadano americano. Pero todo esto no tiene importancia alguna para el capitán Sunder y para la Policía en general.

Acababa de comprender claramente lo que, por lo demás, ya me imaginaba. Jelling podía estar algo enamorado de la maravillosa belleza de Lila Leland, pero no descuidaría sus deberes por ella.

Por un momento dudé de eso.

—¿Y cuál es la otra cosa que piensa hacer? —le pregunté.

—La Abeja Verde —me respondió—. A la Abeja Verde va Andrea Déravans e iba Alberto Déravans. A la Abeja Verde van los Dundley y me he enterado de que también el doctor Thesenty… Tengo un plan. Iré a pedir información de estos clientes…, pero no al director ni a la guardarropa. Son mercenarios. Quiero a alguien que me pueda responder libremente…

—¿Y cree que va a enterarse de algo interesante?

—No creo. Sabré cuánto gasta Andrea Déravans en comidas, lo que bebe Thesenty, qué hacen los Dundley para comer a espaldas de los Déravans… Pero poco más. Ya sabe que no confío mucho en este tipo de investigación…

—Lo sé. Usted cree que es suficiente sentarse a una mesa con los datos del problema bajo los ojos para resolver incluso el asunto más complejo… Pero me parece que hoy usted está desanimado hasta con este sistema…

—Es verdad. Esperaba mucho de la muñeca. Creí que tenía al culpable en la mano. Y ahora, en cambio, estoy como al principio.

Jelling fue a la Abeja Verde media hora después, es decir, a las doce y media, hora en la que el Círculo estaba vacío casi con toda seguridad. De hecho, las chicas de la revista habían acabado el ensayo y se habían ido a almorzar, y a Jelling, que había preguntado por el director, lo acompañaron hasta la sala grande donde ya había estado la otra vez.

—El director está ahí abajo, con la señorita Wilde —le dijo el botones que lo había acompañado.

Al fondo de la sala, cerca del escenario, había, en efecto, un señor gordo vestido de negro y una chica con pantalones azules y camiseta amarilla. Jelling la reconoció. Era la mujer de la voz que tanto había gustado a Matchy y que cantó cuando fueron allí la primera noche.

Medio escondido detrás de una columna, Jelling se dispuso a esperar a que los dos acabaran de hablar. Detrás de él estaba la barra del bar, y un jovencito con bata blanca estaba trabajando unas aceitunas con una navaja. La sala era tan grande que no se oían las voces de los dos que hablaban al lado del piano. Pero, de repente, la voz de la mujer, de la señorita Wilde, una voz casi masculina de lo sonora y profunda que era, rompió el silencio sepulcral. Y, además de la voz, se escuchó un bullicio endemoniado que parecía vagamente música.

—¡No! ¡Que no! ¡He dicho que no! Lo repito, lo juro, lo canto, lo ladro si quiere, pero no —gritaba la señorita Wilde golpeando el teclado del piano al ritmo de sus «no»—. ¡Y váyase de aquí! No es más que un cocodrilo, un chacal, un bicho. ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!…

El señor gordo, el director, se quedó un poco pasmado ante aquella serie de apelativos, luego se encogió de hombros, se giró y desapareció por una puertecita. La señorita Wilde, todavía con la cara roja, volvió a golpear el teclado del piano, y luego se dirigió al bar.

—¡Debería estar en la cárcel! —dijo—. Prepáreme un vermú —pidió al jovencito que trabajaba las aceitunas. Miró hacia Jelling, encogido detrás de una columna, deseoso de desaparecer, y repitió—: ¡Debería estar en la cárcel!

La señorita Wilde, además de tener unas facciones muy bellas, también tenía una expresión simpática, la mirada franca, y quizá esto fue lo que le volvió a dar valor a Jelling, que se acercó a la barra y tuvo el descaro de iniciar la conversación.

—Si debería estar en la cárcel —sonrió—, me interesa, porque soy policía.

—Si por mí fuera, le diría que arrestara a todos —respondió la señorita Wilde, todavía airada—. Le he dicho mil veces que no quiero casarme con su sacacorchos… Y él, dale que dale, cada dos o tres días vuelve a la carga…

—Su… —dijo Jelling con ingenuidad.

—Sí, hombre, Limpson —respondió la señorita Wilde condescendiente—. Todas las botellas americanas se descorchan con los sacacorchos Limpson.

—¿Y quieren que se case con él a la fuerza?

—Eso mismo. Llevo cinco años viniendo a la Abeja Verde. Y ellos llevan tres años detrás de mí…

—… ¿Quiénes?

—… Primero él, naturalmente, el sacacorchos. Invitaciones a cenar, flores, regalos caros. Y yo lo rechazo… —Se volvió a encender de indignación—. Declaro ante el mundo que no he aceptado una migaja de Limpson, ni siquiera un aperitivo, ¡nada! Declaro que se lo dije enseguida a la cara: «Perdóneme, pero nunca seré la señora Limpson». Entonces él empieza con intermediarios. Primero, mis amigas: «Pero ¿por qué no te casas con él, querida? En realidad, todavía es joven, muy rico, muy bueno, te ama con locura…». —La señorita Wilde imitaba a sus amigas con mucha comicidad—. Y ahora ha metido en el medio también al director… Casi como un chantaje elegante: o me caso con él o no me renuevan el contrato. Y como saben que fuera de aquí tengo poco que hacer, el cocodrilo se aprovecha.

El lenguaje tan colorido de la cupletista incomodaba un poco a Jelling, pero en el fondo no le desagradaba.

—¡Cinco años! —le dijo él—. Sabrá un montón de cosas sobre lo que ha pasado en la Abeja Verde…

—Deberían estar en la cárcel —repitió ella—. Pero vestidos de negro y siempre rozando el límite del código. Usted que es policía, si husmea en los expedientes de la gente que frecuenta el local, no encontrará nada. Todo limpio, todo bonito, todos cándidos como corderitos…

—Sí, lo sé —interrumpió Jelling—. Ya lo he hecho. Todos intachables.

—Ah, ¿sí? —se interesó la señorita Wilde—. ¿Y a quién ha investigado?

—Mire… —insinuó Jelling—… Yo me ocupo de los Déravans… ¿Usted sabe algo de esta historia?

—¿Yo?… —dijo la señorita Wilde. Había cogido una aceituna y la estaba seccionando con las uñas largas y pintadas—. El día que quiera dejar este mundo, le diré muchas cosas importantes sobre los Déravans y compañía… Pero, por el momento, lo siento: no sé nada.

Estaba pálida. El rubor de cólera que antes le daba color a la cara había desaparecido; en su cara sólo quedaba el rosa antiguo del colorete.

—Sin embargo, sería conveniente… —dijo Jelling—. Hay un muerto de por medio… Y un ciego… Y puede que más muertos… Sería conveniente.

—No sé nada —repitió la señorita Wilde.

Jelling permaneció callado un momento, y luego dijo:

—¿Me permite que le cuente una historia?…

—Claro. No tengo nada que hacer hasta las tres…

—¿Se acuerda de Philip Vaton?

Ella hizo gesto de que sí.

—Antes de que lo asesinaran, apareció un hombre que vino a decirnos que sabía todo, pero que no quería hablar. Era un coronel ruso, un tal Anchikov…

—Algo recuerdo. ¿Y bien?

—Se le arrestó. No quiso hablar. Le hicieron un interrogatorio de tercer grado…

—¿Es una amenaza? —interrumpió la señorita Wilde.

—Usted… —siguió con educación Jelling— me ha dicho que sabía muchas cosas importantes sobre los Déravans…

La señorita Wilde, Teresa Wilde la cupletista, terminó de desmigajar la aceituna, se limpió los dedos en el pantalón, sacudió la cabeza con indiferencia y con tristeza:

—Siempre lo mismo. Es la ira la que me echa a perder. Tenía que saber que con un policía no se bromea. Aunque no tiene cara de malo: me había fiado de usted…

Jelling enrojeció.

—Y ahora me veo en una trampa —terminó Teresa Wilde.

—Entonces… —le rogó Jelling.

—Ahora le voy a explicar yo algo —dijo la señorita Wilde—. Usted puede arrestarme y hacer todo lo que quiera. Lo sé. Pero también sé que antes de abrir la boca estaré muerta, como el de la clínica, Linden.

Lo había dicho con tan profunda seriedad que Jelling comprendió que había sido sincera y que tenía miedo de morir.

—Todo el mundo tiene un enorme temor a que los maten —sonrió Jelling, pero con una sonrisa fría, falsa.

—Los demás quizá tengan miedo —dijo Teresa Wilde—. Yo tengo la certeza.

Jelling la miró perplejo.

—Disponemos de muchos medios para protegerle la vida… —dijo Jelling intentándolo.

—Sólo tiene uno: no hacerme hablar.

El jovencito del bar, con el descaro de los jóvenes, estaba escuchando tranquilamente y con claridad. Pero ninguno de los dos le daba importancia.

—¿Quién podría saber que usted ha hablado? —preguntó Jelling.

—En cuanto abra la boca lo sabrá quien lo tiene que saber.

Jelling quiso bromear de nuevo:

—¡Diablos! ¡Esto es una especie de Ku-Klux-Klan! ¿Por qué no quiere ver las cosas con más claridad, sin dramatizar tanto?

Teresa Wilde se bajó del taburete en el que estaba encaramada.

—Escuche —dijo nítidamente—. Decídase. Se me ha escapado una frase poco lograda y ahora tengo que jugar con las cartas boca arriba con usted. O me arresta o me deja en paz sin pedirme nada. Al menos, que pueda saber cuánto tiempo aún me queda de vida.

El tono era tal que Jelling tuvo la sensación de que su respuesta sería o una condena a muerte o la salvación de Teresa Wilde. Se quedó helado. De repente se dio cuenta de que el asunto de los Déravans adquiría un aspecto insospechadamente trágico, que ya no era el momento de sutilezas psicológicas, de investigaciones arbitrarias y quizá inútiles, que había que actuar y rápido, y concretar algo.

—Como si no la hubiera visto en mi vida… —murmuró Jelling como respuesta—. No sé nada. Usted no me ha dicho nada.

Se miraron, quizá un poco cohibidos. Teresa Wilde parpadeó y tragó algo.

—No me había equivocado —dijo—. Usted es bueno.

Esta vez Jelling enrojeció más que antes, sobre todo porque el jovencito del bar había hecho una mueca significativa que daba a entender que los encantos de Teresa tenían que ver notablemente con la bondad de Jelling. Pero no tuvo tiempo de darlo a entender del todo, porque Teresa Wilde, inexpresiva, severa, llena de dignidad inflexible, alargó el brazo y le dio una bofetada.

—Esto es para los curiosos —le dijo.

Así acabó el peculiar coloquio con Teresa Wilde. Y Jelling volvió a casa completamente desconcertado. La suma de los acontecimientos que le habían ocurrido ese día era demasiado grande para lo que podía aguantar. Se sentía como en medio de un engranaje mucho más poderoso que su capacidad de lucha; se sentía invadido por responsabilidades que no era capaz de soportar. Como más tarde confesó, en aquellos días el corazón se le hacía pedazos; y para quien conoce lo poco que a Jelling le gustan las frases exageradas y románticas comprende lo que tuvo que sufrir para llegar a expresarse de esa manera.

En primer lugar, tenía en la mano la llave del problema: Teresa Wilde. Conocía demasiado bien al género humano como para comprender que la señorita Wilde no exageraba cuando decía que la matarían antes de haber hablado. Además, conocía demasiado bien al capitán Sunder como para entregarle a la cupletista. Si hubiera informado a Sunder de aquella historia, habría un muerto más: Teresa Wilde. Esto era un axioma para Jelling. Ya había comprendido el mecanismo. Era un mecanismo que destrozaba, en el que cualquiera que se implicara perdería la vida. No tenía elementos tangibles para llegar a esa conclusión, pero lo notaba.

En segundo lugar, Lila Leland. Había mandado que se la arrestara. A esa hora ya podía estar en prisión, y los sabuesos de Sunder habrían comenzado con la retahíla de preguntas. ¿Era una actuación sensata? Él, hasta ese momento, confiaba en el método de no arrestar nunca a nadie, especialmente al culpable. Pero las cosas ya estaban adquiriendo un cariz demasiado grave como para darse el lujo de investigaciones de guante blanco. Había que actuar. Pero ¿cómo? ¿Cómo, si nadie, en fin de cuentas, era sospechoso, aunque todos, a su vez, aparentaban ser culpables?

Estas y otras cosas parecidas pensó Arthur Jelling esa tarde del 18 de enero, arropado en la camita, en el dormitorio, con las contraventanas entornadas. Parecía que estaba durmiendo, y quería dormir, pero no lo conseguía. Las horas pasaron en ese estado de ansiedad, y llegó un momento en que la señora Jelling entró para anunciarle que la comida estaba lista, pero él respondió que se quedaba en la cama sin comer.

Permaneció en la cama toda la tarde, toda la noche, y al final se levantó la mañana siguiente. Pero no se sentía recobrado. Al vestirse, vio un libro de poesía que tenía en la mesita de noche:

Todos tenemos en el corazón

una pequeña, pequeña cosa,

que amamos con ardor

y nos parece maravillosa.

Pero los demás dicen: ¿por qué?

Es la cosa más inútil del mundo.

Y nosotros no sabemos por qué,

pero nos parece la más importante del mundo.

Sonrió. ¡Qué lejos le parecía la época en la que creía que podía descubrir la verdad sirviéndose de la poesía!

Una vez que estaba preparado, salió sin desayunar. La señora Jelling comprendió por este indicio que su marido estaba trabajando intensamente. Él nunca comía cuando se entregaba mucho a un trabajo. Otras veces había estado hasta dos días sin probar bocado.

Era una mañana terriblemente fría, quizá la más fría de toda la estación. A Jelling le pareció que respiraba hielo en polvo, y las manos, a pesar de gastar guantes de lana bastante gordos y de llevarlas metidas en el bolsillo, se le quedaban heladas. Llegó a la clínica Linden congelado.

Por la actitud temerosa del portero y de las enfermeras comprendió que la noticia del arresto de Lila Leland se había difundido.

—El doctor Lamarck está reunido con la señorita Evelina Soldier —dijo el auxiliar que lo acompañaba.

—¿Quiere anunciarle mi llegada de todas formas? —pidió amablemente Jelling.

Un momento después entró en el estudio del profesor Linden, que ahora ocupaba Lamarck. Este se encontraba sentado en el escritorio, y Evelina Soldier estaba en un sillón frente a él, con los ojos húmedos de lágrimas. Antes incluso de saludar, antes incluso de que Jelling se sentara, lo informó:

—… El doctor Lamarck ha sido amenazado esta mañana…

—Siéntese, señor Jelling —dijo tranquilamente—. Precisamente iba a ir a la Policía a denunciar el hecho cuando usted ha entrado…

—¡Ah!… —dijo Jelling—. Ha sido por teléfono, ¿no es cierto?

—¿Cómo lo puede saber? —preguntó asombrado Lamarck—. En efecto, me han llamado por teléfono. Acababa de llegar aquí cuando he recibido una llamada de teléfono con voz masculina. Antes de que pudiera preguntar quién era, la voz me ha dicho estas palabras textuales: «Si no quiere acabar como su colega Linden, no opere a Alberto Déravans». Luego colgó…

—¡Ah! —repitió Jelling, y no añadió nada más.

Tanto Lamarck como la señorita Soldier esperaron una palabra suya, pero, al ver que callaba, Evelina Soldier dijo:

—… Y pensar que el doctor estaba casi convencido de operar a Berty… Y ahora, naturalmente…

—… Es más, estoy obligado a devolverle el cheque en blanco que me envió tan amablemente… —dijo Lamarck.

Era impecable, por el gesto y por el traje. Todavía no se había puesto la bata blanca y ostentaba un prodigioso cuello de camisa duro con puntas redondas y un par de puños almidonados cerrados por dos brillantes gemelos de oro.

—Es un caso horrible, me refiero a usted, señorita Soldier… Y me compadezco sinceramente… Pero estoy seguro de que me comprenderá… —Y dirigiéndose a Jelling—: Le estaría muy agradecido de que hiciera que los periódicos sepan que yo he rechazado hacer la operación y que he devuelto a la señorita Soldier el cheque que hicieron llegar los señores Déravans…

Evelina Soldier ni siquiera cogió el cheque que Lamarck le tendía. Hizo como si Lamarck, Jelling, el despacho y toda la clínica donde se encontraba no existieran. Miraba un punto sin ver nada, y su rostro atractivo y lleno de vida era como si se hubiera marchitado por la pena.

—… Claro… —respondió lacónicamente Jelling.

Estaba hundido en el sillón, con las manos en los bolsillos y el sombrero en las rodillas, en una postura que nunca habría asumido si no estuviera tan aturdido como estaba.

Después de un minuto largo de silencio, Lamarck empezó a sentirse incómodo.

—¿Y la señorita Leland? ¿La ha mandado arrestar usted?

—… ¿Yo? —respondió Jelling—. Ah, sí, yo.

Otro silencio. Lamarck hizo el gesto de levantarse, pero comprendió que los demás no lo habían visto y no lo iban a imitar.

—¿Sigue alguna pista? —preguntó.

—¿Una pista?… No.

—Pues… —dijo Lamarck desconcertado, pero no supo continuar.

Otro silencio. Al final, pareció que Jelling se recobraba.

—… En Europa —dijo de repente—, los médicos se exponían al fuego enemigo para curar a los heridos… En las misiones hay hombres que afrontan los contagios más horribles para curar a los enfermos…

Lamarck lo interrumpió con frialdad:

—Gracias por sus observaciones. Pero yo no soy un misionero. Soy un doctorcito subordinado que desea vivir lo máximo posible para proporcionar el sustento a mi familia.

Jelling no pareció impresionarse por el tono frío, provocador. Algo se estaba organizando en su interior. Tenía la cara roja, pero no de vergüenza. Y no miraba a Lamarck cuando hablaba. Hablaba como consigo mismo, con la cabeza gacha, sin mirar a nadie.

—La medicina no es sólo una profesión —continuó impertérrito—. También es una misión. En este sentido usted es precisamente un misionero, aunque no quiera serlo. Si sólo quiere cubrir las necesidades de su familia, podía elegir otra profesión… Sé perfectamente que usted arriesga la vida si opera a Alberto Déravans, es más, le debería decir siendo sincero que podrá perderla sin duda, pero es uno de los pocos hombres en el mundo que puede operar a Déravans, y tiene el deber moral de hacerlo…

—¡Basta! ¿Me ha entendido? He dicho basta —tronó Lamarck levantándose.

Jelling también se levantó. Quizá era la primera, la única, la última vez que actuaba así en su vida. Se le había caído el sombrero al suelo y lo pisaba con el pie, pero no se daba cuenta. Evelina Soldier lo miraba y, aunque ella estaba sumida en su propio sufrimiento, se daba perfecta cuenta de ese inusitado Jelling, que de repente se desprendía de toda timidez y afrontaba a Lamarck cara a cara, mirándolo a los ojos, con las manos apoyadas en el escritorio, aunque dominadas por un ligero temblor.

—¡No! ¡No basta! —gritó Jelling, sin ningún temor en el tono—. ¡No basta! Mientras todos hagan como usted, mientras todos se sometan asustados a la voluntad de un criminal, mientras todos quieran hacer saber a través de los periódicos, como usted, que se han sometido, que han obedecido al señor asesino, que han devuelto un cheque en blanco y han dejado a un ciego con su ceguera, los delincuentes mangonearán nuestra vida y, con una simple llamada, una cómoda llamada de teléfono, cometerán un delito… Puede que Augusto Linden fuera despreciable; Augusto Linden actuaba, quizá, sólo por interés, pero al menos se expuso al peligro, no tuvo miedo, no tembló. Consideró los pros y los contras y determinó que valía la pena arriesgarse. Y se arriesgó con valor… ¡Pero usted! ¡Y Thesenty!… Debería mandar publicar en todos los periódicos que está dispuesto a operar a Déravans, que desafía al asesino, que lo espera, que está preparado para hacerle pagar cara su imprudencia… ¡Gánsteres! !Llegará el día en que todos seamos gánsteres, es tan cómodo y sencillo. Incluso un arma descargada, un poco de descaro y la gente paga, paga, paga sigue pagando hasta el último céntimo, con tal de vivir como topos en la madriguera, ¡tranquilos!…

La voz de Jelling había alcanzado su cota más alta. Lo oían hasta fuera en el pasillo. Y la jerga había abandonado tanto formalismo. Los «señor», los «profesor», los «doctor» se habían perdido por el camino, con la agitada discusión.

Lamarck había escuchado al principio con la cara lívida, una expresión tensa, hostil, y luego se pudo ver en su mirada un destello de comprensión y se sentó, y cuando Jelling terminó de hablar no respondió, permaneció en silencio, con la cabeza gacha, mirándose las uñas. No era, por supuesto, una actitud de sumisión, era una actitud de paciencia.

Debido al silencio que siguió a sus palabras, Jelling se repuso de repente. Fue como si se hubiera despertado. Se dio cuenta de que Lamarck estaba sentado, y quiso sentarse; también se dio cuenta, entonces, de que tenía el sombrero debajo del pie, y lo recogió. Luego se sentó, limpió el sombrero y musitó:

—Perdone… Perdone… Me he dejado llevar… Le ruego que me crea si le digo que no tenía intención alguna de ofenderle… Lo entiendo perfectamente…

Lamarck no respondió. Evelina Soldier se levantó.

—Se lo agradezco, señor Jelling, se lo agradezco… —La voz le temblaba.

Se giró de improviso, como para que no le vieran la cara, y, antes de que nadie tuviera tiempo de acompañarla, había llegado a la puerta y se había ido.

 

 

7

Cada vez más problemas

 

Alfredo Lamarck y Arthur Jelling permanecieron solos en el despacho. Jelling, de pie, intentaba explicarse, pero no conseguía abrir la boca. Lamarck seguía con la cabeza agachada mirándose fijamente las uñas.

Al final, Jelling consiguió musitar:

—… Perdone… Deseaba hablar con el señor Déravans…

Lamarck, en silencio, tocó una campanilla que tenía en la mesa.

Después de otro minuto de silencio horroroso, apareció un auxiliar.

—Acompañe al señor a ver a Alberto Déravans —le dijo Lamarck.

Jelling se puso en marcha precedido por el asistente. Cuando llegó a la puerta se giró y murmuró sumisamente:

—Adiós…

—Adiós —respondió Lamarck sin levantar la cabeza.

Alberto Déravans estaba en su sillón, al lado de la ventana, con la cara tapada bajo la eterna venda negra. Cuando Jelling entró, giró la cara hacia su lado y preguntó:

—¿Quién es?…

—Soy Arthur Jelling… Jelling, de la Central de Policía…

El ciego hizo un movimiento de desagrado.

—¿Y qué quiere la Policía de mí?

—Venía a informarle del resultado de la investigación…

—Siéntese, aquí, enfrente de mí.

Jelling se sentó. A pesar del lujo de esa habitación, la soledad que reinaba y el ligero olor de medicamentos provocaban tristeza y malestar. Y esa impresión aumentaba cuando se miraba al hombre del sillón. Un joven robusto en plena vigorosidad, ahora indefenso como un niño por la ceguera.

Tras un silencio breve, Jelling empezó a hablar. Le contó todo minuciosamente, con completa sinceridad. Tampoco ocultó los detalles más impresionantes de la situación. Se interrumpió un par de veces para preguntar si su relato le cansaba, pero Déravans lo animó con sequedad: «Adelante». Jelling sólo ocultó una cosa. El episodio de Teresa Wilde. Eso estaba enterrado en lo más profundo de su conciencia, y sólo él era responsable. Había podido incitar a Lamarck a que arriesgara la vida para devolverle la visión a Déravans, pero no podía perder a Teresa Wilde. Teresa Wilde era una mujer: Jelling no admitía excepciones a su caballerosidad, que no era una fórmula vacía para él, sino una realidad que sentía con toda su alma.

—Entonces, nada que hacer… —concluyó Alberto Déravans, con un tono sin inflexión, ni triste ni rencorosa—. Puedo preparar las maletas y volver a casa. Ahora ya es inútil que me quede aquí.

—… Quería hablar un poco con usted. Antes de renunciar a que recupere la visión, me gustaría agotar todas las posibilidades en la investigación…

—Hablemos… —dijo Déravans—, si le parece.

—He pasado toda la noche pensando en su caso. No he llegado a ninguna conclusión definitiva, pero he terminado entendiendo con mayor claridad lo poco que sabía… Le hablo con toda sinceridad: en su entorno hay personas dispuestas a todo. Han matado al profesor Linden. Matarán al doctor Lamarck si intenta operarle. Estoy seguro. Le matarán incluso a usted, si fuera necesario, sin dudar. Pero ¿qué significa esto? Que tenemos que enfrentarnos a criminales consumados. Pero las personas de su entorno, a las que hemos investigado, pueden ser sospechosas, pero no son criminales consumados. Por ejemplo, le he dicho que mandé arrestar a la señorita Leland. Ahora la señorita Leland estará en una posición no muy clara, no estará tan claro su interés… la simpatía que tiene por usted, como le he referido, pero sería muy extraño que fuera una criminal capaz de matar, y matar no sería lo más difícil, sino ser capaz de organizar un juego de este tipo…

—¿Entonces? —preguntó Déravans.

—Entonces tiene que haber alguien en su vida, un verdadero delincuente. De qué manera forma parte de su vida y cómo ha entrado no lo sé… Pero creo que es la única hipótesis razonable que me queda…

—Yo nunca he tenido relación con delincuentes —sonrió Déravans—. Canallas vestidos de negro, eso sí… Como sabe, los canallas habituales que frecuentan el llamado gran mundo…

—Lo sé, lo sé… ¿y qué tipo de relación?

Déravans se quitó la venda negra que empezaba a molestarle. Se había puesto otra vez serio y resignado como antes.

—¿Es realmente necesario que le cuente la historia? —preguntó.

Jelling insistió con educación:

—Puede ser útil… Ahora estamos obligados a intentarlo todo.

—Bien, pues aquí la tiene. Es una historia que tiene que ver con mi padre… Hubo un momento en la carrera de mi padre, cuando todos creían que nuestra fortuna era la más sólida del mundo, en la que, en cambio, todo estaba a punto de venirse abajo… Para salvarse era suficiente hacer una tontería deshonesta… —Déravans hizo una pausa y luego preguntó—: ¿Quiere que entre en detalles?…

—No, me hago una idea de todas formas —respondió Jelling amablemente.

—… Y la hizo, por supuesto… Esto pasó hace cuatro años. Luego, alguien se enteró y empezó a aprovecharse. Después de haber recibido bastante dinero, consiguieron obtener una última suma importante a cambio del documento. Durante un año, mis padres vivieron tranquilos, pero luego volvieron a la carga. Tenía una copia del documento… Empezó un juego terrible y estúpido del que mis padres no supieron librarse más que de forma momentánea y a costa de sumas elevadas… Al final, mi madre, como veía que mi padre era demasiado débil y estaba atemorizado por esos chantajistas, se decidió a confesármelo todo…, y a encargarme que llevara una suma superior a todas las demás, a condición de que le entregaran, a cambio, el negativo del documento.

—¿Lo obtuvo?

—… Sí. La cita era en la Abeja Verde. Se trataba de dos tipos, un hombre y una mujer que había visto alguna vez por el local.

—¡Ah! En la Abeja Verde —murmuró Jelling, escuchando con mucho interés.

—Sí, en la Abeja Verde. No se molestaban en ocultarse. Es más, se dejaban ver a plena luz, porque éramos nosotros los que teníamos que temer la publicidad, no ellos.

—¿Y cómo consiguió que le dieran el negativo del documento?

—Fue gracias a una intuición, y a un poco de audacia. Los dos me esperaban en una de las salas de juego, en la que sólo estábamos nosotros. Yo iba armado, pero no descubrí mis cartas. Hablé con ellos con evasivas, intentando recuperar el negativo durante la conversación… Habría sido tiempo perdido, por supuesto, si en un momento determinado no hubiera intuido que los dos no tenían más compinches en ese juego de chantajes. Estaban solos. No querían repartir con nadie. Estaba seguro de ello. Entonces me jugué el todo por el todo. Lo primero que hice fue sacar el revólver, los amenacé y los desarmé. Ella llevaba poca cosa, pero él tenía una Hertel de ocho balas que daba miedo. Cuando los tenía desarmados, les dije lo siguiente: «Escuchad, tenéis en vuestras manos no sólo nuestra fortuna sino también nuestra reputación. Mientras creíamos que os contentabais con poco, de acuerdo, os hemos pagado. Pero ahora ya hemos comprendido vuestro juego: no hay esperanza. Hasta que no nos hayáis exprimido el último céntimo, nos chantajearéis. Así que, en último extremo, os ofrezco otra solución: me dais el negativo y nosotros os damos trescientos mil dólares en efectivo. Ni un céntimo más. Si no aceptáis, os mato aquí a los dos en menos de cinco minutos. Iré a la cárcel, por supuesto, pero me las arreglaré como pueda y la historia de mi padre nunca saldrá a la luz, porque yo diré que me chantajeabais por cualquier otro motivo que me pueda inventar sin problemas… Miradme bien a la cara: estoy decidido a todo. Tenéis cinco minutos…».

Mientras hablaba, Déravans se había acalorado y gesticulaba, reviviendo perfectamente la escena que narraba.

—¿Y qué hicieron? —preguntó Jelling.

—Intentaron huir, por supuesto. De repente, él hizo un movimiento como para tirarme la mesa encima, pero se paró, pálido como un limón cuando vio que le había prevenido y estaba a punto de disparar. Y habría disparado de verdad… Luego empezaron con la historia de que no tenían el negativo encima, que tenían que ir a buscarlo. No piqué. Les advertí que habían pasado tres minutos y que no dejaría pasar más de cinco… Naturalmente, al cuarto minuto se dieron por vencidos. Me entregaron la llave de la cómoda que tenían en casa y donde guardaban el negativo, les pedí todo tipo de explicaciones; luego llamé a un muchacho y le mandé que fuera a por el negativo. Después esperé. Fueron los diez minutos más largos de mi vida. Cuando volvió el muchacho, no había bajado el revólver ni un milímetro; sonreía y hacía que jugaba con él, y así estaba cuando volvió con el negativo… Pero tenía los nervios a flor de piel. Si el muchacho hubiera tardado unos minutos más, no habría resistido…

—¿Y luego?

—Se produjo otro momento terrible. Quería ver el negativo para asegurarme de que fuera en realidad el documento de mi padre, pero no lo podía hacer sin dejar de apuntarles con el revólver. No sabía cómo solucionarlo… Todavía hoy me entra un sudor frío cuando lo pienso, porque si me hubiera equivocado habría sido la ruina de todo, de nuestra riqueza, de nuestro nombre… De todo…

—¿Y qué hizo?

—Muy fácil. Ahora me entra la risa, pero entonces no fue así… Me acordé de una película de gánsteres que había visto unos días antes y encontré la manera. Si para engañarme hubieran pensado en darme un negativo por otro, todo habría terminado para ellos: los habría matado; ya se lo había advertido… Les dije que se dieran la vuelta y que se apoyaran en la pared con las manos en alto. Si se giraban, los dispararía. Como sabe, para un gánster es fácil, pero yo sólo soy un niño de papá, así que la cosa, en cambio, me resultó bastante difícil. Naturalmente, el negativo era justo ese, porque ellos, cuando habían comprendido que arriesgaban de verdad la vida, abandonaron su prepotencia y, en cuanto estuve seguro, les mandé salir, sin darles un céntimo y advirtiéndoles que no los quería ver más por la Abeja Verde…

Jelling miraba a través de la ventana. Se veía bastante poco: un mar de niebla reluciente en el que navegaban trozos de casas, ramas de árboles y un punto un poco más luminoso, el sol.

—¿Y no ha encontrado a más gente de este tipo? —preguntó.

—No. Delincuentes menores, sí, como los Dundley. Gente que vive de gorra y le hace la pelota a mi hermano. No veo el momento de volver a casa para echarles a patadas. Mi hermano es demasiado débil como para rebelarse…

—¡Ah! —dijo Jelling, que volvió a sumirse en un estado meditabundo. Pero se repuso enseguida y siguió preguntando—: ¿No sabe nada de aquellos dos, cómo se llamaban, qué tipo de gente era, quién podría conocerlos?

—No, por desgracia… Desde que recuperé el negativo no los he vuelto a ver. Pregunté en la Abeja Verde, pero nadie los conocía. Aunque todavía los recuerdo perfectamente. Él era un tipo muy rubio, más bien robusto, con los ojos claros…

—Siga, siga, deme los rasgos personales completos —interrumpió Jelling.

—Estatura normal, entre veintiocho y treinta años de edad aproximadamente. Ella tenía el pelo castaño, los ojos claros, una cara corriente, ni guapa ni fea; un poco menos alta que él y también un poco menos joven… Dos tipos insignificantes, en definitiva, que recuerdo sólo por el asunto que los vinculaba conmigo…

Jelling escribía.

—Será algo difícil encontrarlos —dijo sonriendo—. Pero lo intentaremos…

—¿Y qué importancia puede tener dar otra vez con ellos? —preguntó Déravans, con algo de aprensión en su tono.

—Muy probablemente ninguna…, pero no hay que cerrarse puertas… Por lo demás, no tema… No saldrá nunca a la luz la historia de su padre. Sólo yo la sé.

Después de esta visita a Déravans, Jelling se dirigió a la Central de Policía. Encontró a Matchy todavía encerrado en el Cuerpo de Guardia achicharrándose al lado de la estufa. Lo llamó.

—¿Quiere ver al capitán Sunder? —preguntó Matchy…—. Me parece que está reunido con los del Banco del Pacífico…

—No, no. Es más, no quiero que el capitán sepa que estoy aquí… —y se puso un poco rojo—. Tengo que pedirle a usted dos favores, Matchy, no uno.

—Menos mal… Empezaba a aburrirme aquí dentro.

—El primero es este. Habría que hacer una búsqueda para encontrar a dos personas… Va a ser algo difícil, porque de estas dos personas no sabemos más que frecuentaban la Abeja Verde hace cuatro o cinco años y que tenían los siguientes rasgos… —le enseñó el papel que había escrito mientras Déravans hablaba—. Vaya a la Abeja Verde, vaya donde le parezca conveniente, pero intente encontrarme a esta gente… Sin hacer mucho ruido, se lo ruego… No se debe saber que los buscamos…

Matchy leyó el papel e hizo una mueca.

—No son rasgos muy excepcionales —dijo—. Habrá seiscientas mil personas en Boston con estos rasgos… Pero, qué se le va a hacer, me las arreglaré. —Se puso la gorra, cogió el abrigo de la percha y se lo puso, con lo que se convertía en un mastodóntico agente de Policía, una especie de Soldado Investigador, y estaba a punto de salir con un simple «Ya le llamaré» cuando se volvió de repente y preguntó:

—¿Y el segundo favor?

Jelling soslayó un momento la pregunta, y al final se decidió:

—Querría ver a la señorita Leland… ¿Me acompaña a su celda?

El reglamento interno del servicio decía que, excepto los agentes encargados de la vigilancia de los detenidos, todos debían llevar un permiso firmado por el capitán Stolan Sunder, subdirector de la Central de Policía de Boston, para poder comunicarse con los detenidos. Ahora era evidente, por el modo en que Jelling lo había pedido, cosa que Matchy también comprendió, que él deseaba saltarse precisamente ese permiso. Para saltarse ese permiso necesitaba a Matchy. Él era amigo de todos los vigilantes y de todos los jefes de grupo; bastaba una palabra suya para que la férrea disciplina se hiciera flexible y moldeable, como plastilina.

—Muy bien —respondió Matchy—. Vamos.

Bajaron a los sótanos, cruzaron un amplio espacio en el que se abrían varias puertecitas, y entraron en una.

Es decir, no entraron. Fue Matchy quien metió la cabeza dentro y gritó alegremente:

—¡Eh, Jackie! El señor Jelling y yo queremos echar un vistazo a la mujer que arrestamos ayer…, creo que se llama Dalen…, no, Leland…

Jackie, un hombre de unos cuarenta años y con una cara que infundía respeto absoluto, salió de su cuchitril con las llaves en la mano.

—¿La doctora? —preguntó.

—Sí, esa. Saluda por lo menos al señor Jelling. Te has convertido en un ogro de estar aquí abajo.

Jackie saludó a Jelling con una sonrisa que parecía una amenaza y le dijo:

—El permiso.

—¡Qué rabia! Está el capitán hablando con los del Banco del Pacífico, y me ha mandado a freír espárragos cuando he entrado a pedirle el permiso… Te lo traigo luego, ¿vale?

—Sin permiso no se entra… —Jackie se paró, y con su mole no parecía fácil moverlo.

—Venga, venga, buen hombre, dígnese a abrir los barrotes de su tugurio. No podemos perder tiempo con su burocracia… —dijo Matchy como si estuviera actuando. Y Jackie, poco convencido, pero fascinado, se movió lentamente y empezó a abrir la serie de rejas: cuatro en total, más el de la celda de Lila Leland, que no abrió.

Lila Leland llevaba puesto un traje de chaqueta gris. Evidentemente, no se lo había quitado para dormir, había rechazado con desdén la ropa de noche que le había ofrecido la Central porque estaba arrugada. También estaba despeinada, más bien se le habían soltado los rizos, y el cabello le caía sobre los hombros, revuelto, pero con un atractivo que le daba un nuevo tipo de belleza. Estaba fumando, y cuando vio a Jelling y a Matchy delante de los barrotes de la reja no se levantó.

—Señorita Leland… —la llamó Matchy.

Ella lo miró. Había una luz despiadada en ese lugar. Cada rincón estaba iluminado de forma brutal, de manera que los detenidos no tuvieran la posibilidad de esconder o conservar objetos peligrosos. Jelling vio que tenía la cara cansada, estaba sin maquillar y los labios pálidos; sin embargo, comprobó que no había perdido nada de su belleza.

—Creo haber entendido que usted mandó arrestarme —dijo ella levantándose y acercándose a los barrotes—. Se lo agradezco.

—He sido verdaderamente… —admitió Jelling.

—De hecho, usted me había dicho que todavía no estaba muy seguro de mí. ¿Y bien? ¿A qué debo su visita?

—He venido para ver cómo se encontraba…

—Mal, por supuesto. En la cárcel se está mal. El señor Jackie… —y señaló al carcelero que aguzó el oído de inmediato—… no es un prodigio de amabilidad, y tampoco la encargada en esta sección de mujeres. Pero, en definitiva, soy una detenida y no puedo pretender mucho.

—¡Eh! —dijo Jackie mirándola de través.

—Cállate, Jackie… —le conminó Matchy.

—¿Le… le han hecho muchos interrogatorios?

—No muchos, pero unos cuantos… Conmigo han tenido que inaugurar un nuevo sistema para hacerme «cantar», como dicen ellos. Me interrogaban media hora. Luego se iban y volvían cinco minutos después y estaba otra media hora. No había pasado ni un cuarto de hora cuando estaban aquí de nuevo, y así hasta esta noche a las cuatro…

Jelling se acercó a ella sin darse cuenta.

—¿Les ha dicho algo?

—¿Yo?… Yo me he divertido como no me había divertido en toda mi vida… Parecía que estaba en esa novela, ¿la conoce? Al director de una cárcel o de un manicomio, no recuerdo bien, le avisan de que uno de sus detenidos más peligrosos tiene una bomba. Se hacen averiguaciones, pero la celda del detenido está vacía, la bomba no está ahí y el detenido dice que no sabe nada. Entonces empiezan los interrogatorios. «¿Dónde está la bomba?», «¿Qué bomba?», «No se haga el tonto: entregue la bomba», «Pero si yo no la tengo». Le ponen la camisa de fuerza, lo torturan, lo dejan medio muerto. «Entregue la bomba», «Pero yo…», «Dinos dónde está la bomba porque, de lo contrario, vas a pasar un cuarto de hora muy malo…». Entonces él empieza a inventar. «Está en el jardín, enterrada al lado del árbol de la primera hilera». Van a buscar: excavan un agujero tan grande como la entrada en una mina: nada de bombas. «La he escondido aquí, la he escondido allá…», empieza a delirar, cree de verdad que tiene una bomba…

—Se lo ruego…, se lo ruego —imploró Jelling—, no bromee. Dígame cómo ha ido…

—Ha ido así: «¿Dónde está el revólver?», «¿Qué revólver?», «Con el que han matado al señor Linden», «Y yo qué sé. No he sido yo quien lo ha matado», «Eso ya se verá. Mientras, díganos dónde está el arma», «Pero si yo no sé nada…», «La ha tirado por ahí después de haber disparado», «Yo no he disparado nada»… Esta historia ha durado un día. Después han querido saber toda mi vida desde que nací, y para ver si decía la verdad me hacían repetir la historia cuatro o cinco veces…

Lila Leland hablaba sonriendo. Sus grandes ojos húmedos, oscuros por el cansancio, estaban sonrientes y tranquilos. Traspiraba una fuerza por esos ojos, y también por todo su cuerpo, que hacía pensar. Jelling, como siempre, tejía una red con sus pensamientos sin que se entendiera mucho. A pesar de la viveza y expresividad de su cara, a pesar de la franqueza y la inocencia de su mirada, siempre se dudaba de sus verdaderos sentimientos.

Una de las pocas personas que habían comprendido esto era Lila Leland, que no se dejaba engañar por la timidez ni por su actitud abochornada. Sabía que tras esa timidez y ese bochorno había un pensamiento obstinado y esclarecedor que podían enfrentarse con los engaños más complicados y salir vencedor.

—¿Y ahora qué está rumiando al mirarme así? —le preguntó con un tono casi molesto.

—… Nada —respondió él. Sacó de su bolsillo su cuaderno y se puso a escribir apoyado en la pared:

Al capitán Stolan Sunder (Urgente):

Le estaré infinitamente agradecido si deja en libertad a la señorita Lila Leland. Le pido perdón por esta solicitud. Gracias.

Arthur Jelling

Dobló el papel en cuatro y se lo dio a Matchy.

—Por favor, lléveselo al capitán Sunder y espere la respuesta.

Matchy se encaminó. Jackie echó un vistazo de total descontento y se acercó a un paso de Jelling y de la detenida.

—¿Hay alguna novedad? —preguntó Lila Leland después de algunos minutos de silencio.

Jelling empezó a dar vueltas a su sombrero sin mirarla.

—Sí, han amenazado de muerte al doctor Lamarck si opera a Déravans.

—¡Ah! —dijo Lila Leland—. ¿Y él?

—Ha declarado que no va a operar… —Levantó la mirada hacia ella—… ¿Por qué no lo opera usted?

Ella dudó un poco antes de responder.

—No me esperaba que me lo pidiera usted. Pero no estoy muy informada de la operación. Conozco la teoría. Como cuando uno estudia un idioma por sí mismo, con una gramática.

—Lo entiendo.

Se oyó el paso sonoro de Matchy que ya volvía. Cuando estuvo al lado de Jelling le dio un impreso. Era la orden de excarcelación firmada por Sunder. Jelling se la dio a Jackie.

—Por favor, ¿puede poner en libertad a la señorita? —y luego, dirigiéndose a Lila Leland—. Queda en libertad… Le ruego que me perdone…

La puerta de barrotes se abrió con manifiesta desaprobación de Jackie, y Lila Leland salió con Jelling. En admisión le devolvieron los cordones de los zapatos, los peines, los broches y el abrigo de piel.

—Antes de que nos separemos —le dijo Jelling cuando ya estaban en la calle—, me gustaría que me hiciera un favor, dar un paseo corto conmigo… hasta la clínica Linden.

—Me considero prisionera vuestra —respondió Lila Leland—. Estoy asombrada de que haya hecho excarcelar con tanta facilidad a una persona tan sospechosa como yo.

Fueron a pie, porque la clínica no distaba mucho de la Central. Jelling era caballeroso y cordial. Le ofreció algo caliente en el primer local que encontraron. Él no habría vuelto a hablar de los Déravans si ella no hubiese llevado la conversación a ese tema.

—¿Me dirá ahora por qué me ha dejado en libertad? Antes ni siquiera respondió a mi pregunta.

—En el fondo, no tenemos ninguna prueba contra usted. Estábamos obligados a dejarla en libertad a la fuerza.

—Eso no es una respuesta —insistió Lila Leland.

—Lo sé. Todavía no tengo una idea muy clara de lo que se está maquinando en torno a los Déravans. Todos las posibilidades son buenas, incluso la de arrestarla durante veinticuatro horas… Luego me doy cuenta de que no lleva a ningún sitio y la excarcelo.

—Es horrible tener que resolver una trama como esta contra los Déravans y no poder hacer nada. Le entiendo perfectamente.

—¿Una trama? —dijo Jelling—. Perdone, pero yo no creo en tramas. Hasta los delitos más misteriosos no son misteriosos porque sean fruto de una compleja trama, sino porque quien debe descubrir al autor se encuentra mirando las cosas desde un punto de vista equivocado… Si pudiese mirar desde el punto de vista adecuado, todo sería simple y evidente. No creo en los delitos complicados, en los criminales que organizan un asesinato con infinitas artimañas para desviar las investigaciones. Casi todos los delitos son de una ingenuidad infantil. Uno va y mata, intenta no dejar huellas y tener una coartada. Luego deja trabajar a la Policía. La Policía se preocupará por ponerse enseguida en el punto de vista equivocado y por no comprender nada de un hecho quizá elemental…

—¿Cree que es así también en el caso de los Déravans?

—Estoy convencido… Y ahora mismo se lo voy a probar, mire…

Habían llegado a la puerta de la clínica Linden, justo en la amplia acera donde Augusto Linden había encontrado la muerte.

—Pongámonos aquí —explicó Jelling—. Aquí, en el mismo punto donde cayó el profesor Linden. Ahora, mire de frente hacia la fachada de la clínica. Los ventanales del pasillo del primer piso y los del segundo forman dos líneas que cortan la construcción de un extremo a otro de las alas… Entonces matan a Linden aquí aproximadamente a las seis y media de la mañana, cuando todavía es de noche… Al oír los disparos, los agentes que acompañaban al profesor estiman que provienen de la clínica, la incomunican, registran a una treintena de personas y se establece la idea de que el asesino ha disparado desde la clínica, es más, desde uno de los dos pasillos, el de arriba o el de abajo… Entonces la Policía adquiere un punto de vista que puede estar equivocado. Y no es mérito del asesino. El único mérito del asesino es el de haber disparado cuando esa treintena de personas de las que hablaba estaba situada casi en la misma posición que el que tenía el arma en la mano… ¿Queremos poner patas arriba la clínica? Como usted sabe, detrás de la clínica hay una avenida, y más allá espacios libres en alquiler para construir, y más allá empieza la sucesión de edificios de apartamentos de quince y veinte pisos… Nada impedía que el asesino pudiera disparar desde la avenida. La avenida se encuentra en la misma dirección que los pasillos de la clínica. Pero esta simple posibilidad no se tuvo en cuenta. ¿Por qué? Porque el perito de balística dice: «El disparo provino de una distancia mínima de quince metros y máxima de treinta y cinco». Como la clínica distaba quince metros exactos desde el lugar donde mataron a Linden y como los agentes, en cuanto oyeron los disparos, se habían convencido de que salían de la clínica, llevaron enseguida la investigación por un camino equivocado que hará perder un montón de tiempo.

Lila Leland había escuchado con atención. Pero, mientras Jelling hablaba, parecía ponerse nerviosa.

—¿Por qué me cuenta precisamente a mí estas cosas? —preguntó con algo de insolencia—. Usted no conseguirá nunca engañarme. Usted está jugando conmigo al ratón y al gato.

No sin embarazo, y tras un largo silencio, Jelling respondió:

—Querría…, querría haberla conocido en otra situación… Pero, en cualquier caso, no juego. Estoy trabajando para Alberto Déravans. A usted le interesa Alberto Déravans…

Ella hizo un gesto de descontento.

—Continúe…

Volvieron a la fachada de la clínica y se pararon bajo los árboles de la avenida que la bordeaba.

—Hay algo más —respondió Jelling cuando se recuperó de la interrupción anterior—. Esta, esta muñeca que encontré en el cajón de las gasas, en el quirófano.

Lila Leland examinó con curiosidad el envoltorio que Jelling abría y luego vio la muñeca que apareció entre los pliegues del periódico.

—En el quirófano… —murmuró, y la miró con incredulidad.

—Justo ahí. No parecía verdad, pero fui yo, al abrir la caja de metal y rebuscando debajo del cúmulo de gasas, quien la encontró, así que la cogí. Pregunté al enfermero encargado de la limpieza del quirófano desde cuándo no abría la caja de las gasas y me dijo que esa era la caja de reserva, que se queda ahí durante meses sin que nadie se ocupe de ella, y de hecho él recordaba haber mirado en la caja no menos de un mes antes. Ahora hay dos hipótesis. O esta muñeca está vinculada al caso Déravans o no lo está. Si no, se puede admitir que la muñeca, que llegó a la clínica quién sabe cómo (porque no es fácil que una muñeca entre en una clínica), haya llegado a parar a la caja de las gasas por distracción. Es decir, quizá un enfermero, u otra persona, abrió la caja de las gasas para cambiar el contenido y, en su lugar, por distracción, puso la muñeca. Puede pasar, aunque es muy difícil. En el caso de que la muñeca esté vinculada, ¿de qué manera lo está?

El frío había coloreado el rostro de Lila Leland. Así también estaba, por supuesto, muy guapa, y puede que fuese difícil imaginar una ocasión en la que no estuviera guapa. Ella había cogido la muñeca y la miraba.

—No tiene ojos —dijo.

—Es decir, ya no ve… Y tampoco Alberto Déravans ve —respondió Jelling.

Lila Leland lo miró como si esas palabras la hubieran iluminado.

—Entonces…

—Entonces, puede ser, pero no quiere decir que sea, un ejercicio de superstición. Lo confirmaría el hecho de que se encontró en el quirófano, en la sala donde Alberto Déravans debía operarse. Alguien cogió la muñeca, le quitó los ojos y la depositó en la caja de las gasas: en definitiva, un maleficio para que Alberto Déravans no recupere la visión.

—Oh, tenga, tenga —exclamó Lila Leland con sincera repulsión.

Jelling envolvió la muñeca otra vez con cuidado.

—Además —continuó—, me ha dado la impresión de que todas las personas a las que he enseñado la muñeca parecían verla por primera vez.

—Y si no hubiera sido la primera vez no se lo iban a dejar ver a usted.

—¿Usted cree? —dijo Jelling con tranquilidad—. Mi sistema puede parecer ingenuo, pero incluso en el mentiroso más experimentado hay una mínima reacción física en la cara, en los gestos, cuando miente, y creo que la habría visto… Pero esto no tiene importancia… Además, personas declaradamente supersticiosas, en este asunto, no hay más que Lamarck, la señora Dundley y usted… La señora Dundley lleva un brazalete en el que están dibujadas infinitas herraduras de caballo… El doctor Lamarck a menudo hace conjuros, y usted, aquel día que fuimos a desayunar juntos, tocó la mesa de madera cuando un gato negro pasó delante de la puerta…

—Tiene una memoria de elefante… Sí, es verdad, puede parecer tonto, pero soy muy supersticiosa… Ahora que he visto esa muñeca… tengo verdadero miedo por Alberto… Alberto Déravans —se corrigió—. Necesito verlo… Necesito verlo, ponerlo sobre aviso —acabó angustiada.

—Le he hecho venir aquí no sólo para hacerle ver a qué punto he llegado en mi investigación, sino también porque sabía que usted querría ver al señor Déravans…

Ella se ajustó más el cuello del abrigo de piel.

—¿Cuándo acabará teniendo más confianza en mí? —le rogó con sinceridad—. ¿Cree que no entiendo sus maniobras? Ha querido comprobar qué efecto me producía saber que usted sabe muchas cosas… ¿No es así?

Jelling se quitó el sombrero para despedirse de ella:

—Quizá —dijo.

 

 

8

… y dos

 

—¿Sabe, Matchy, dónde querría que me acompañara ahora? —preguntó Jelling asomándose al Cuerpo de Guardia, donde parecía que Matchy había instalado su habitación.

Matchy lo miró de pies a cabeza. Vio los zapatos de charol negros, intuyó bajo el gabán el traje gala y, tras arrugar la frente, respondió triunfante:

—A la Abeja Verde.

Pero su expresión de triunfo desapareció casi de inmediato y la sustituyó una expresión de duda.

—¿Cómo? ¿Ahora? No son ni las tres. Querrá decir esta noche…

—No, no, ahora. Hay actuación de gala por la tarde. La mejor sociedad de Boston va a la Abeja Verde a escuchar a Teresa Wilde…

—De acuerdo… De acuerdo… Pero deme tiempo para vestirme.

Arthur Jelling sonrió amablemente.

—Por supuesto.

De esta manera, la tarde del 19 de enero, al rato de haber dejado a Lila Leland delante de la entrada de la clínica, Jelling entraba en la Abeja Verde.

—Está usted muy animado —le dijo Matchy en el guardarropa al verlo sonreír a diestro y siniestro con aspecto satisfecho—. ¿Qué le pasa?

Bajando la voz, Jelling le dijo:

—Vamos bien, Matchy, muy bien… ¿Se acuerda de lo que le dije una vez, que notaba olor a salvaje, a felino?… Pues bien, ahora se huele todavía más, mucho más…

—¿Qué quiere decir? —preguntó Matchy, entrando con él en el salón grande, lleno de mesas y de gente, de música y de ruido.

—Oh, nada positivo, es sólo una impresión —dijo Jelling abandonando la cuestión.

—Usted siempre habla así. Siempre dice que se trata sólo de una impresión. Sólo el cielo sabe lo que pasa por su cabeza. —Matchy echó un vistazo circular a la sala y exclamó—: Vaya, todos nuestros amigos al completo, en una sola mesa.

En efecto, en una mesa grande estaban sentados los Golden, marido y mujer, y Andrea Déravans. Y, como algo insólito y que podía sorprender, también Severino Thesenty, el tímido Severino de grandes ojos húmedos, formaba parte del grupo. Tres cubos de hielo para el champán indicaban que los invitados, aunque sólo eran las tres y media, no habían pasado sed en absoluto.

—Creo que no vamos a dejar pasar la ocasión de pasar una agradable tarde con ellos… —dijo Matchy riendo sarcásticamente.

Con paso decidido, Jelling avanzó hacia la mesa y dijo:

—Por supuesto que no.

Daba la impresión de que su voz había perdido toda la timidez, y Matchy se dio cuenta enseguida y se alegró. Había olor a batalla.

—¡También aquí! —exclamó Andrea Déravans en cuanto lo vio con un tono medio disgustado medio divertido—. ¿No querrá proceder con un interrogatorio precisamente ahora?

Matchy y Jelling saludaron a todos y esperaron la invitación a sentarse con ellos, pero no llegaba. Thesenty los miraba, pero como si no los viera, y sus ojos estaban más húmedo de lo habitual. Era evidente que había bebido. Isidoro y Dora Dundley reían sarcásticamente sin decir palabra.

—Podría ser —dijo Jelling con tono amable— que el interrogatorio sea largo, y en ese caso quizás alguien me ofrezca una silla…

Andrea Déravans se rio con estridencia.

—Nunca me había divertido tanto como hoy… Nuestro querido señor Thesenty acaba de contarnos sus aventuras sentimentales, y ahora, como segundo número del programa, tenemos un interrogatorio en toda regla. Bien… ¿Y si no hubiera más sillas?

La broma había tomado un cauce claramente desagradable. Matchy, poco tolerante, apretaba los dientes y esperaba que Jelling moviese un dedo para tomarse con esos imprudentes la justicia por su mano.

—Sí, eso está bien… —dijo de repente Severino Thesenty recobrándose—. No les ofrezcáis asiento. No queremos polizontes en nuestra mesa… Primero excarcele a Lila Leland y después veremos si se merece una silla…

Miró a Jelling con ojos vidriosos, y a punto estaba de dar un puñetazo en la mesa cuando Matchy lo cogió de un brazo y lo levantó. La mirada de Matchy era tal que la instintiva rebelión de Severino Thesenty se deshizo inmediatamente y no dijo ni una palabra.

Pálido, palidísimo, Jelling aprobó con la cabeza.

—Ahora, levante también al señor Dundley… —Hizo una pausa—. Invito a los señores a buscarse una silla y a permanecer conmigo en esta mesa para evitar cosas todavía más desagradables.

Antes de que Matchy lo tocase, Isidoro Dundley se había levantado, con la cara lívida, pero no por la indignación, sino por el miedo, evidentemente. Andrea Déravans, en silencio, llamó a un muchacho y mandó traer dos sillas. Una vez que estaban todos sentados, transcurrió un minuto de silencio gélido en medio del jaleo que los rodeaba. Ai final, habló Jelling:

—Les estaría muy agradecido si olvidaran este desagradable episodio, del que no tengo culpa. Yo ya lo he olvidado…

Pero todos callaban. Sólo Dora Dundley, después de un rato, sin poderse resistir, empezó a sonreír. Estaba sentada al lado de Jelling y hacía mil carantoñas para atraer su atención.

—No hay que exagerar con las bromas, ¿verdad?

—No ha sido nada… —manifestó Jelling—. Además, no tenía ninguna intención de hacer un interrogatorio. Pasaba por aquí y he pensado en venir a saludarles.

—Ah, ¿pasaba por aquí? —preguntó Andrea Déravans con malicia, pero con mesura, pues había comprendido a la perfección el carácter más bien arisco de Matchy.

—Sí, es una forma de hablar, naturalmente —sonrió Jelling.

—Puede que hayamos bebido un poco —intervino Isidoro Dundley en tono conciliador—. ¿Querrá perdonarnos?

Con los codos apoyados en la mesa y la cara encerrada entre los puños, Severino Thesenty escuchaba a Teresa Wilde, que había subido al escenario y había comenzado a cantar. Dora Dundley se lo señaló a Jelling y sonrió con malicia:

—Está enamorado —dijo en voz baja.

Jelling, haciendo que se sorprendía, y lo hizo muy bien, dijo:

—¿Ah, sí? ¿Y de quién?

—De esa colega suya, la señorita Leland, creo… Tenía que haber escuchado las historias que nos ha contado antes de que llegara usted. No consigue dormir por las noches, escribe poesías… Pero la guapa se muestra siempre fría y altiva. Es más, se ríe de él…

—No me lo habría imaginado nunca —mintió Jelling.

—Pura diversión —continúo la señora Golden—. Severino Thesenty no es más que un niño.

—A veces los niños son muy peligrosos —sentenció Jelling.

—Usted encuentra peligroso a todo el mundo… Apuesto a que yo tampoco le inspiro confianza… Diga la verdad, ¿nunca se le ha pasado por la cabeza que yo haya disparado al profesor Linden?

Las ganas de bromear le habían hecho recobrarse.

—Puede que sí, no lo recuerdo —respondió distraído Jelling, que observaba con prudencia a Andrea Déravans, que seguía bebiendo y callando.

La señora Golden se rio clamorosamente, lo que provocó que Jelling se sonrojara y que Matchy se pusiera alerta.

—Escucha, Doro —y tiró de la manga a su marido, que estaba sentado delante de ella—, ¿sabes que el señor Jelling sospecha realmente de mí? Ha dicho que quizás haya pensado que yo había disparado al profesor Linden.

Isidoro Dundley, que estaba jugando con la cabeza baja con unas migas de pan, levantó la cabeza nervioso.

—¿Quieres dejar tus estúpidas bromas?… Tú juegas, y la Policía no juega, deberías saberlo… Es más —dijo dirigiéndose a Jelling—, se lo tengo que decir, porque no me gustaría que la bola se hiciese más grande de lo que ya es… ¿Se acuerda del otro día cuando vino a vernos a casa del señor Déravans para enseñarnos la muñeca?

De inmediato, aunque sin demostrar demasiado interés, Jelling se giró hacia Dundley.

—Claro que me acuerdo.

—Pues bien, mi mujer tenía ganas de bromear, como de costumbre… Ella no tiene juicio para comprender cuándo es el momento y cuándo no…

La señora Golden parecía divertirse, y seguía el relato del marido con mirada maliciosa y vivo interés.

—Pues bien, ella le dijo que no había visto nunca esa muñeca, que no sabía nada… Pero la verdad es que la muñeca es suya…

—Ah… —murmuró Jelling.

—Además, yo también lo sabía, porque me acuerdo del día que llegó a casa con esa estúpida compra… Pero como primero la interrogó a ella y dijo que no…, me quedé confundido y terminé mintiendo yo también.

Teresa Wilde había acabado de cantar, y Severino Thesenty se había recobrado. Pero sólo para servirse algo de beber. Entonces Jelling le tocó una pierna a Matchy para indicárselo, y Matchy, con amabilidad, le quitó el vaso lleno de las manos a Thesenty:

—La Policía, los polizontes, en definitiva, le ruega que no beba más. Hace pupa, aquí, en la cabeza. —Y sonrió graciosamente, si es posible que hubiera algo gracioso en Matchy.

—¿Es usted de la liga antialcohólica? —espetó Andrea Déravans al otro lado de la mesa, sirviéndose algo de beber.

Matchy, digno, no respondió, y Andrea Déravans volvió a su mutismo.

—Lo entiendo, lo entiendo —prosiguió Jelling después de esta breve interrupción—. Pero ¿por qué su mujer no me ha querido decir que la muñeca era suya cuando se la enseñé?

—Mire —respondió Isidoro Dundley abochornado, mirando rudamente a su mujer—. Quería desviar su investigación… Ella se divierte así. Es muy estúpido y me avergüenzo al confesárselo, pero es así.

Jelling no dio la impresión de que le pareciera importante. Sonrió, como si fuese de lo más natural, y miró a Severino Thesenty que, entre ofendido y atemorizado, le devolvió la mirada.

—Escuche —le murmuró Jelling acercándose—, la señorita Lila Leland ha sido puesta en libertad hoy… Espero que esto le resarza de la molestia de no beber…

Thesenty se puso rojo.

—Yo… En fin…

Parecía que fuera a llorar, Jelling le puso con amabilidad una mano en el brazo y a Thesenty se le iluminó la cara.

—No querría… que esta estupidez complicara su trabajo —continuó Isidoro Dundley.

—Ya no… Ya no —dijo distraído Jelling, que miraba fijamente como Teresa Wilde volvía a escena cantando entre las mesas del local—. Puedo decir que ya he descubierto todo, que ya tengo en la mano la clave que descifra todo.

Teresa Wilde había llegado a su mesa. Cantaba con dulzura, seguida por el foco; pero, a pesar de la luz que la cegaba, reconoció en la mesa el rostro peculiar, alargado y flaco de Jelling. Se produjo una ligerísima indecisión cuando cantaba, como cuando se baten las alas con retraso, pero luego se repuso.

—Habrá descubierto todo… —carraspeó Andrea Déravans, intentando no reírse. Teresa Wilde seguía a su lado, y el foco, por lo tanto, lo iluminaba de lleno. Su rostro lívido, a la luz azulada y polvorienta, se hacía cadavérico, totalmente desagradable.

Jelling esperó a que Teresa Wilde se alejase para responderle:

—No querría decirle algo desagradable…, pero en el fondo se trata de su hermano ciego.

Déravans apretó los dientes. Dudó un poco y luego dijo, pero con cautela, sin insistir demasiado:

—Después de la liga de la moderación, la liga para redimir corruptos…

—Te aconsejo que lo dejes… —le susurró Isidoro Dundley, que había visto el gesto de impaciencia de Matchy.

—Ya no hablo más —respondió testarudo Déravans, y se llevó el dedo a los labios.

Hubo otro momento de silencio gélido. No era un grupo de comensales muy cordial, evidentemente. Pero el estruendo de una canción de baile dio por terminado el desagradable episodio y Jelling pudo dirigirse a la señora Dundley:

—Entonces, ¿podría saber, por favor, cuando compró la muñeca?

La señora Golden se rio socarronamente, halagada por el hecho de ser la protagonista de un interrogatorio.

—Pues claro. Fue hace seis meses…

Matchy, que, cuando Teresa Wilde no cantaba, era capaz de seguir con atención cualquier cosa, intervino con un tono bastante decidido.

—Sería mejor que no siguiera desviando la investigación, ¿verdad? —Y ese «¿verdad?» final estaba lleno de significados transparentes. Quería decir que la señora Golden no podría escurrir el bulto otra vez, que la paciencia de Matchy tenía un límite, etcétera.

Dora Dundley levantó una ceja con desdén y Jelling acudió en su ayuda:

—Pues claro, Matchy, ahora la señora sabe que se trata de algo serio.

—Bueno —siguió la señora Golden—. Tiene que haber sido hace seis meses, no más… Me acuerdo perfectamente porque necesitaba cambiar cincuenta dólares y tenía que coger un taxi…

Ya sabe cómo son los taxistas, nunca tienen cambio, es mejor llevar siempre suelto. Entonces vi en una tienda esa muñeca y pensé que podía comprarla para tener dinero suelto…

—¿Y por qué precisamente una muñeca? ¿No podía comprar cigarrillos o cualquier otra cosa menos insólita? ¿Tenía quizá un motivo para comprar la muñeca?

Dora Dundley se quedó abochornada ante todas esas preguntas.

—No…, no tenía ningún motivo… Era la tienda que tenía justo delante de mis narices… Quizá por no ir más lejos…

—Es normal, es normal —admitió Jelling condescendiendo—. ¿Y luego qué hizo con la muñeca?

—Pues… Ahora no lo recuerdo con precisión. Sé que me la llevé a casa y la dejé en el vestidor… Era preciosa, me gustaba tenerla a la vista. Por desgracia, justo al ponerla en el vestidor se manchó de rímel el pelo. Por eso la reconocí enseguida cuando me la enseñó: todavía estaba manchada de rímel… Entonces, como no la quería tener con defectos me la llevé de ahí, pero no recuerdo qué hice con ella…

El relato era bastante natural y convincente. Jelling lo dio por bueno y se lo agradeció haciendo amables gestos con la cabeza.

—¿No la ha vuelto a ver desde entonces?

—No. Me olvidé completamente de ella.

En ese momento, un camarero cruzó la sala y se dirigió hacia su mesa. Cuando llegó, observó un momento a los presentes, se inclinó hacia Jelling y le susurró al oído:

—El capitán Stolan Sunder le espera en el vestíbulo…

—¡Ah! —dijo Jelling sorprendido mientras se levantaba—. Gracias, gracias… Matchy ¿quiere acompañarme?

Déravans, los Golden y Thesenty respondieron sin mucho entusiasmo a su despedida, pero ellos no hicieron caso. Sabían muy bien que esa gente respiraba tranquila al verlos irse.

En el vestíbulo, el capitán Sunder los esperaba impaciente con una cara torva y atormentada. Las ondas de música que llegaban del salón parecían irritarlo todavía más. En cuanto vio a Jelling se precipitó prácticamente sobre él y, en voz baja, pero refunfuñando, le dijo:

—¿Se puede saber qué hace aquí mientras están matando a Lamarck?

Entre la conmoción por la noticia y la impresión por la bronca, Jelling no fue capaz de abrir la boca.

—Venga, vamos —dijo Sunder, más apaciguado.

Salieron aprisa de la Abeja Verde y se montaron en el coche de la Central que los estaba esperando en la puerta.

Jelling creía que los llevaban a la Central de Policía o a la clínica Linden, pero enseguida vio que el coche no iba en ninguna de esas dos direcciones. Entonces preguntó:

—Pero Lamarck había dicho que no iba a realizar la operación…, están saliendo los periódicos con esa noticia… ¿por qué lo han matado?

—Es una larga historia… Pero, como el viaje que vamos a hacer también es largo, tengo todo el tiempo del mundo para contársela —respondió Sunder—. Debe saber que Lamarck tenía que ser un loco o un maniaco. En definitiva, después de haber pedido sumas enormes para hacer la operación, después de rechazarlas, hoy, poco después de comer, ha ido a ver a Alberto Déravans y le ha propuesto operarlo.

Jelling puso los ojos en blanco y Matchy emitió un gruñido de asombro y de desaprobación.

—Pero si a las once de esta mañana, cuando he hablado con él, no quería operar a Alberto Déravans a ningún precio…

—Ya, pero esto no es lo único raro. Lo que es real e incomprensiblemente raro es otra cosa. Cuando ha propuesto a Alberto Déravans operarlo, ¿sabe cuánto le ha pedido a cambio? ¡Un dólar! He dicho un dólar solo, ni un céntimo más…

En ese momento al capitán Sunder le entró un acceso de tos que convirtió el habitáculo del coche en un pequeño mar tempestuoso. Se trataba de una tos, como había dicho el médico, de origen medio fisiológico medio psicológico. El capitán Sunder tosía como otros despotrican o se desternillan de risa. Algo muy gracioso y muy inesperado le hacía toser. Cuando se recuperó, continuó—. Sin embargo, Lamarck no era tonto, eso es cierto. Estaba en el límite de la locura pero tenía sentido común. Para operar a Déravans a salvo de las amenazas, le hizo esta propuesta al ciego: «Tengo una casa en el campo, cerca de Soul Allí le opero lo más rápido posible y en dos días estará de vuelta en Boston, y verá…». Déravans aceptó. Sin decir nada a nadie pidió que le trajeran el coche y hoy a las tres se ha ido con Lamarck en dirección Soul. Sí, justo donde vamos nosotros.

Se produjo una pausa. El coche corría a toda velocidad hacia los desolados suburbios de Boston. La temperatura había subido ligeramente, lo cual había sido suficiente para que cayera una leve niebla blanca a flor de tierra: parecía como si se caminara sobre las nubes.

—Y aquí ha ocurrido todo —continuó Sunder—. Un coche ha aparecido de repente, ha bloqueado la calle al chófer de Déravans y un brazo ha realizado varios disparos de revólver a Lamarck y lo ha matado. Luego se ha ido a toda velocidad. El conductor, Ignazio Hastings, cuando se ha recuperado del susto, se ha bajado rápidamente del coche para intentar identificar el automóvil del asesino, pero una bala lo ha herido en el muslo: lo han disparado desde el coche que se fugaba. No le digo lo que ha sentido Déravans al encontrarse de golpe con esa tragedia. La sangre de Lamarck le goteaba encima, pedía ayuda y nadie le respondía porque el chófer se había desmayado por la herida… y se ha quedado así un cuarto de hora largo pidiendo auxilio. Al final, un camión que pasaba se ha parado y ha llevado a Déravans a la clínica Linden y a Ignazio a casa de sus jefes… Ahora están los dos en la cama. Uno delira por el miedo que ha sentido, el otro, por la herida. Es un follón que no me esperaba… Ahora ya casi hemos llegado y usted mismo verá la masacre. Parece que han disparado con una metralleta. El perito ha dicho que son los mismos proyectiles que sirvieron para matar a Linden, y muy probablemente la misma arma…

Matchy había escuchado como se escucha un cuento. El drama estallaba tan de repente para él que no lo había captado.

Pero Jelling ahora parecía un poco menos sorprendido. No dijo nada, sin embargo, hasta que no llegaron al final de su viaje.

Se bajaron delante del coche de Alberto Déravans, que estaba parado en un punto desierto de la carretera. Cuatro agentes montaban la guardia y obligaban enérgicamente a los coches que se querían parar a curiosear a que siguieran su camino.

—Ahí lo tiene —le indicó el capitán Sunder a Jelling, enseñándole la puerta y el cuerpo de Lamarck boca arriba en el asiento del coche.

Jelling miró. Instintivamente hizo un gesto de horror y giró la cabeza, luego se recobró y miró atentamente. Sólo se reconocía a Lamarck por su abrigo pasado de moda, con cuatro botones y las solapas de terciopelo, y por el peinado, todavía arreglado, a la moda de sus abuelos.

La cara era sólo un coágulo de sangre, una horrible máscara en la que se distinguían claramente los grandes agujeros de las balas.

Por lo demás, si se excluían los cristales rotos, todo estaba en orden. Jelling echó un vistazo alrededor. En los lados de la carretera, casi sumida por completo en la oscuridad de la noche y de la niebla, se extendía un campo llano y sin cultivar, sin casas. A lo lejos, un estanque que el repentino aumento de la temperatura había descongelado, brillaba siniestramente en el crepúsculo. Al lado del coche, un árbol tan desnudo que parecía un palo perfilaba en la niebla sus ramas resecas. Jelling se llevó una mano a la cara e intentó sentarse en el estribo del coche, pero se habría caído si Matchy no lo hubiera ayudado.

—¿Qué le pasa, Jefe, se encuentra mal? —le preguntó este un poco angustiado.

El capitán Sunder ya sabía de qué se trataba.

—Chicos —dijo refiriéndose a los agentes—, ¿no tendréis ginebra por ahí?

Es difícil que entre cuatro agentes no se junte media botella de ginebra, a la que también se llama «agua de Boston». Así que Jelling pudo darse rápidamente un buen trago de este licor y recuperarse un poco.

—Ha sido esa cara… Perdóneme, capitán… Pero me ha superado —balbució Jelling, que no pudo ponerse rojo debido a la palidez.

—No pasa nada —dijo en tono afable Sunder—. Pero me imagino lo que habría pasado si usted hubiera continuado sus estudios de médico como querían sus padres…

Jelling se levantó y sonrió tímidamente.

—Eso es otra cosa… Mire, yo también he diseccionado un cadáver…, pero no lo había visto cuando estaba vivo… No había hablado antes con él… Y además he pensado que podía ser culpa mía que haya muerto así…

—¿Culpa suya? —preguntó desconcertado Sunder—. ¿Y usted qué tiene que ver?

—Mire, esta mañana he ido a verlo a la clínica. No quería operar. Había rechazado el cheque. Entonces yo… No sé qué me ha pasado… He perdido el control… He empezado a despotricar contra él…

—¿Usted ha despotricado? —recalcó Sunder más sorprendido que nunca.

—Yo… Sí… No puedo negarlo. Claro que es extraño, no está entre mis costumbres la de despotricar, pero esta mañana ha sucedido justo lo siguiente… Le he dicho que era un cobarde, que traicionaba su labor de médico, que, pudiendo, tenía el deber de devolverle la visión a un ciego y que si eludía ese deber no era digno de la más mínima consideración…

Se produjo un silencio que duró unos instantes.

—Por eso sólo quería un dólar de Déravans… —dedujo Sunder.

—Por eso.

Tras otro silencio, Sunder constató:

—Era igual que su vestuario: una persona del siglo XIX. Pobrecillo, no se merecía un final como este. Quería demostrarle que no traicionaba su labor de médico, que iba a operar a Déravans, y no por interés… —A pesar de que estaba emocionado, sonrió, quizás algo nervioso, pero alegre—: Quería darle una bofetada moral.

—Me la ha dado —dijo Jelling con seriedad.

Ya había anochecido del todo y Sunder cambió de tema.

—¿Quiere ver algo más aquí? Porque, por lo demás, ya hemos terminado. Informe médico, balístico y fotográfico. Ya nos podemos ir a casa, ¿no?

Jelling asintió y, sin volver a mirar dentro del vehículo, subió al coche de la Policía. En la Central, él y Sunder se presentaron en el archivo fotográfico y les dieron las fotografías, luego, en la secretaría, la copia del informe médico y de balística, además de los testimonios de Alberto Déravans y del conductor del camión que había recogido al herido, todo en dos copias.

—Le aconsejo que se guarde estos documentos en el bolsillo y que se vaya a casa. Tiene una cara que no me gusta —le dijo amistosamente Sunder.

—Gracias, capitán, me voy a casa, sí —respondió Jelling. Y, en efecto, se marchó a casa y se quedó dos días. Luego vino a verme.

«El profesor Tommaso Berra», como me llamaba, con nombre, apellido y título, era el amigo de sus momentos críticos. Siempre he tenido el privilegio de estar cerca de Arthur Jelling, el hombre al que ahora se le conoce como uno de los más excéntricos y sagaces investigadores de América, en los momentos cruciales de sus investigaciones. Y espero que siga siendo así.

—Estamos llegando al final —me dijo después de haberme saludado—. ¿Ha leído que han matado a Alfredo Lamarck?

Le dije que sí. Le dije que yo también me había quedado un poco desconcertado. El asesinato de Lamarck, después de haber rechazado operar a Déravans, me había parecido trágica e imprevista.

—Hay una cosa que salta enseguida a la vista —explicó Jelling—. A las dos, Lamarck le propone a Alberto Déravans llevarlo con él a Soul a operarlo. A las dos y media salen sin haberle dicho nada a nadie. A las tres, Lamarck es asesinado en el coche que lo lleva a Soul. ¿Quién podría haberse enterado de que Lamarck había decidido de repente operar a Déravans? ¿Cómo se había enterado? Antes de venir aquí, he ido a la clínica Linden.

He hablado con Alberto Déravans. Se encuentra en un estado que da pena. Jura que no le dijo nada a nadie de la propuesta que le hizo Lamarck. Sólo él y Lamarck estaban al corriente…

—Alguien habrá escuchado su conversación cuando se ponían de acuerdo para ir a Soul —propuse.

—Debe ser —admitió Jelling—. Pero ¿quién? A las dos, es decir, cuando Alberto Déravans y Lamarck tenían esa conversación, no había más que siete personas en la clínica: la señorita Leland, un enfermero de turno, el portero y cuatro auxiliares… Descartemos al personal, y nos encontramos con que no hay más que una persona que haya podido escuchar su conversación: la señorita Leland…

—Pero ¿cómo? —pregunté, pues no estaba al corriente de los hechos—. ¿No estaba arrestada?

Antes de responderme, Jelling bajó la cabeza. Tras una pausa, me dijo:

—La puse en libertad precisamente el otro día. Es más, yo mismo la acompañé a la clínica. Me dijo que quería hablar con Alberto Déravans…

—Habrán hablado —le dije observándolo atentamente—. Puede que Déravans le haya mentido cuando le ha dicho que no le confesó a nadie que Lamarck quería operarlo: se lo habrá dicho a ella.

—… Sí. —Jelling estaba meditando, hundido en el sillón, pero siempre con mucha corrección. Parecía que no quería dar continuidad a mi evidente insinuación. Cambió de tema—: Hay otro hecho más grave. El coche que paró en pleno campo al de Déravans no es un coche americano; me lo dijo Ignazio Hastings, el chófer herido. Estaba delirando y no pudo decir nada el primer día, pero cuando fui para interrogarlo estaba mejor. Le dispararon cuando, tras el tiroteo, se bajó del coche para identificar a los asesinos. Dice que le parece haber visto la línea inconfundible de un Maritaine, es decir, un coche francés… No hay mucha gente en Boston que tenga un coche como ese: esto ya es una pista…

—Puede ser. Pero también es una buena pista el hecho de que la única persona que podía estar al corriente de la decisión de Lamarck sea Lila Leland —continué.

Veía perfectamente que Jelling estaba un poco molesto por mi insistencia con Leland, pero mi conocimiento del carácter humano me hacía actuar así aunque fuera desagradable. Jelling es un exaltado, es decir, un hombre que en la mayoría de casos se comporta de manera impulsiva. Pero no impulsivo como normalmente le sucede a la gente normal, sino, usando un término científico, con reavivamiento de la pasión. Me explico con un ejemplo. Un hombre impulsivo, pero normal, al recibir una bofetada, la devuelve de inmediato, pase lo que pase. Jelling no. Jelling se controla. Los hombres como él reciben la bofetada y, si no es necesario o no es el momento oportuno, no la devuelven.

Pero no hay que pensar que todo acaba ahí. El impulso de devolver la bofetada permanece, no se satisface enseguida, porque el exaltado tiene mucho control de sí mismo, y se lo guarda. Un día después, un mes después, hasta un año después, se produce el reavivamiento de la pasión: incluso después de haber hecho las paces con el que le abofeteó, no consigue aguantar el impulso que ha guardado en su interior, y explota, incluso en el momento menos adecuado, y devuelve la bofetada, o se lía a tiros con un revólver. Hay que tener cuidado con los exaltados, es lo que siempre he inculcado a mis alumnos. Son una caja de sorpresas. Por eso le insistía a Jelling: quería cerciorarme de que no existiese ningún reavivamiento de la pasión con Lila Leland.

—Mire —me respondió con amabilidad Jelling—. Entiendo lo que piensa. Pero la señorita Leland no sabe matar a un hombre a veinte pasos de distancia, que es como mataron a Linden. En segundo lugar, mientras asesinaban a Lamarck, ella se encontraba en la clínica, según el testimonio unánime del personal, aparte de su declaración.

Hablaba con tranquilidad, con mucha tranquilidad. Se sacó del bolsillito del chaleco una de sus típicas hojas y me la enseñó:

—Ella no es el quid de la cuestión.

Leí atentamente la hoja:

Qué ocurriría si Alberto Déravans recuperase la visión:

Andrea Déravans… Volvería bajo la tutela del hermano mayor, que ahora, por haberse quedado ciego, tiene que dejarle hacer a él.

Dundley, marido y mujer… Posiblemente se verían expulsados por Alberto Déravans, que no siente simpatía por ellos.

Evelina Soldier… Podría casarse con Alberto Déravans y convertirse de esa manera en la mujer de uno de los hombres más ricos de América.

Lila Leland… Ya no tendría ocasión de ver otra vez a Alberto Déravans, por el que siente una gran simpatía.

Severino Thesenty… Podría alimentar alguna esperanza más en su amor por Lila Leland, que ahora, en cambio, no le presta ninguna atención por estar completamente interesada en Alberto Déravans.

—Exacto —le dije devolviéndole la hoja—. Pero ¿y qué deduce de todo esto?

—Una cosa —me respondió enseguida Jelling—: que, quitando a Evelina Soldier, todos tendrían motivos suficientes para desear que Déravans siga siendo ciego. Evidentemente, el asesino pensaba arreglárselas con una simple amenaza de muerte. Luego tuvo, repito tuvo, que matar al profesor Linden y, el otro día, a Lamarck… Pero le tengo que hablar de otra cosa… La mayoría de los delitos se resuelven con facilidad. Las pistas que deja el asesino son varias, los medios modernos de la Policía son tantos que al final, en una semana como mucho, se descubre al culpable. Cuando esto no pasa, cuando, a pesar de todas las investigaciones, se está en el mismo punto, quiere decir que hay algo arbitrario e ilógico que protege al asesino y que la Policía no tiene los medios para intuirlo, precisamente porque es arbitrario e ilógico. Por eso, en un momento dado, me puse a buscar objetos inútiles y al encontrar la muñeca hice un amplio estudio. Una muñeca en un caso de asesinato es lo más ilógico que se pueda imaginar… Sin embargo, creo que estoy en una buena situación…

Sacó de su bolsa un libro encuadernado en negro y me lo dio abierto por una página.

—Como recordará —prosiguió—, junto con la muñeca ciega incauté en esos días otros objetos, como este libro de magia, que estaba en la biblioteca de los Déravans.

SOBRE EL HECHIZO DE VENGANZA

Si hay que vengarse en la persona física de un enemigo o enemiga, no sirven filtros, sino maleficios de venganza que se hacen a distancia y el vengador permanece, por tanto, oculto. Y se procede de la siguiente manera. Si hay que vengarse de un enemigo varón, se coge un fantoche o un muñeco de trapo o una marioneta con aspecto y vestido femenino, con esto se representa la atracción del contrario. Si hay que vengarse de un enemigo hembra, se coge un fantoche o un muñeco de trapo o una marioneta con aspecto y vestido masculino. Hay que prestar la máxima atención a esta Regla porque, si hay errores, el hechizo de venganza no surtiría efecto.

Se coge el muñeco y se envuelve en un trapo negro, y una noche de viernes, antes de medianoche, se susurra encima de él la siguiente fórmula de venganza:

Lo que yo te hago a ti que se le haga a él (o a ella).

Lo que tú sufras que lo sufra él (o ella).

Entonces, rápidamente, con un cuchillo, unas tijeras u otra arma cortante se inflige al muñeco el daño que se le quiere infligir al enemigo. Y si se le corta el pie se quedará cojo, si se le arrancan los ojos, ciego, si se le rompe la mano, manco, todo sin que nadie pueda nunca saber que eres tú quien lo deja cojo, ciego o manco. Pero no hay que golpear en el corazón o en la cabeza o en otros puntos vitales del muñeco para provocar la muerte del enemigo, porque esto requiere hechizo de muerte, que es otra cosa, y cuya explicación se encuentra en la página…

Aquí dejé de leer y miré a Jelling a la cara.

—Es terrible y desagradable —le dije.

—Siga, siga leyendo —me dijo Jelling.

… Entonces, según la Regla III y última, llévese al muñeco mutilado de esa manera a un sitio lo más cercano posible del enemigo, pero que no sea su casa, porque en la casa no se cumplen hechizos de venganza. Si el enemigo trabaja el campo, meter el muñeco en la cabaña de las herramientas; y si es notario, o docto u hombre de letras, en un cajón de su escritorio, y si está enfermo en el hospital, en el cajón de las medicinas con el objeto de que no le hagan ningún efecto, y si es noble caballero, en su carroza, y si es juez, en la mesa de las sentencias. Siempre con cuidado de que el muñeco esté escondido para que nadie lo vea al menos durante tres días, y el enemigo no tenga dudas.

Nos quedamos en silencio mirándonos, pensando en el increíble libro, pero casi enseguida Giovanni nos molestó anunciando:

—El señor Matchy pregunta por el señor Jelling.

 

 

9

Hay operación

 

Matchy se apresuró hacia nosotros, jadeando y con la cara morada por el frío. Al ver la gran chimenea se animó, pero no lo distrajo. Se dirigió a Jelling:

—Creo que los he encontrado, Jefe.

—¿A quién? —preguntó Jelling ligeramente sorprendido.

—A esos dos, los dos que me dijo que buscara, los que estuvieron en la Abeja Verde hace cuatro años…

—¿En serio? —preguntó Jelling.

—Siéntese, por favor —le dije a Matchy.

Matchy se sentó.

—Mire —dijo enseñando dos fotografías y sacando papeles del bolsillo de su gabán—. He podido conseguir fotografías suyas y sus documentos de identidad. Él es un joven agricultor de Ohio, tiene treinta y dos años, vino a Boston hace justo cuatro años para comprar maquinaria rural y por la noche fue a divertirse a la Abeja Verde. Como no le dejaban entrar, montó un altercado del demonio hasta que tuvieron que ceder. Una vez dentro, confesó al director que quería casarse y que lo haría enseguida con la cuarta bailarina empezando por la derecha del ballet, sin importar de qué mujer se trataba… Y lo hizo. En cuanto apareció el ballet en el escenario, contó: uno, dos, tres… ¡cuatro! ¡Esa es mi mujer!… Y se casó con ella. Es una chica de unos treinta años, ejercía de bailarina para ayudar a un hermano incapacitado para el trabajo. Los dos han vivido siempre en su granja de Ohio, pero justo desde hace dos meses se encuentran en Boston y eso es sospechoso…

Mientras Matchy hablaba, Jelling echaba un vistazo a los documentos de identidad y a las fotografías.

—Los rasgos, como ve, coinciden… Estatura media, cabello castaño… —siguió Matchy.

—Sí, claro… —interrumpió Jelling perplejo—. Pero no me parece que tengan cara de chantajistas… En realidad, diría que no se trata de las personas que busco…

Era, en efecto, bastante evidente que esas dos caras inofensivas, una de propietario campesino, rebosante de una expresión tenaz y alegre, la otra de muchacha delicada a la que le gusta hacer visillos para la casa y limpiar el polvo de los muebles con mucho esmero, no podían ser las de los chantajistas de Alberto Déravans, los que extorsionaron millones a una de las familias más ricas de América.

—… Pero yo… —murmuró incierto Matchy—. Escuche: los he arrestado y los he interrogado en la celda, ya sabe que da más impresión…

Arthur Jelling se quedó enormemente confuso con esa declaración.

—¡Por el amor de Dios! —exclamó—. ¡Póngalos en libertad de inmediato!… —Luego, al ver que Matchy se había quedado mortificado, añadió—: Siga buscando. Usted es muy bueno con estas investigaciones… Pero no arreste a nadie, se lo ruego. Y también le ruego otra cosa… Necesito saber quién es el dueño del Maritaine que hoy, hacia las tres, iba por la carretera de Boston a Soul… Para que lo sepa, es el coche desde el que han disparado a Lamarck. Como se trata de una marca poco habitual, no le costará mucho. Se trata, por supuesto, de asegurarse de qué dueño de un Maritaine pueda probar de verdad que no ha estado en Soul hoy, y centrar la investigación sobre lo que no pueden probar…

Matchy tomó apuntes del caso y se marchó bastante animado.

Tras una pausa, volvimos a lo que estábamos hablando. Todavía tenía en las manos ese infame libro de magia, y se lo devolví a Jelling.

—… ¿Empieza a comprender? —me preguntó—. Ahora le resumo los datos en orden:

La muñeca ciega la encontramos en el quirófano de la clínica Linden.

Pertenece a la señora Dundley, que la compró.

El libro de magia, sin embargo, se encontró en la biblioteca del chalé de los Déravans, pero nadie sabe quién lo compró. Sin embargo, está nuevo y es presumible que se haya adquirido como mucho hace seis meses.

Personas declaradamente supersticiosas son: Lila Leland y los Dundley.

También lo era Lamarck, pero ahora está muerto y ya no hay que tenerlo en consideración. Parece que los demás no son supersticiosos. De todas formas, nadie lo es tanto, o da la impresión de no serlo, como para recurrir a las prácticas increíbles que se explican en este libro.

—¿Le aburro? —preguntó amablemente Jelling haciendo una interrupción.

—Claro que no, querido Jelling. Todo lo contrario, estoy muy interesado —le respondí.

—De acuerdo… Porque querría hablarle de todos los datos del problema. Creo que ahora están completos. Usted me podría ayudar a su resolución… Le explicaré también las coartadas… Escuche:

l.er delito: Asesinato de Augusto Linden. — Todas las personas de las que se podía sospechar se encontraban, en el momento en que asesinaron a Augusto Linden, en la clínica. Habían ido para esperar el resultado de la operación que habría devuelto la visión a Alberto Déravans, por lo que tenían una justificación para estar ahí.

2.º delito: Asesinato de Alfredo Lamarck. — Mientras asesinaban a Alfredo Lamarck, Andrea Déravans, los Dundley y Severino Thesenty se encontraban, en mi presencia, en la Abeja Verde. Evelina Soldier estaba en su casa con testigos irreprochables y Lila Leland estaba en la clínica. Ninguna de estas personas, por lo tanto, ha matado.

Jelling se levantó. Y continuó, casi con la actitud de un profesor meticuloso:

—Todos los datos del problema son estos. 1) Qué pasaría si Déravans recuperara la visión. 2) La superstición. 3) Las coartadas de los presuntos culpables… Con estos datos, siguiendo la teoría, se debería resolver el misterio. Pero yo… —continuó con un tono menos impersonal— no sólo tengo que resolver una incógnita. También tengo que impedir que el asesino consiga su objetivo.

Giovanni lo había ayudado a ponerse el abrigo y se acercó a despedirse de mí.

—Ya tengo un plan… Le hablaré de él dentro de poco, cuando lo haya elaborado.

Tras decir esto, se despidió. Como supe más tarde, él fue directamente a ver a Severino Thesenty a la pensión donde vivía. Era justo la hora de cenar, pero, como la otra vez, Arthur Jelling había calculado este detalle con esmero para estar seguro de encontrar a Thesenty. De hecho, estaba. Aunque no fue fácil que lo recibiera. La sirvienta le dijo al principio que el doctor Thesenty no estaba. Pero Jelling había oído claramente (hasta un sordo lo habría oído) la voz de Severino Thesenty gritar a la sirvienta, que le había anunciado la visita de Jelling:

—¡Dígale que no estoy! ¡Que me he muerto! ¡Que he desaparecido!

Entonces Jelling le dijo a la sirvienta:

—Dígale al señor Thesenty que tengo verdadera necesidad de hablar con él. Aunque esté muerto.

Al final pudo entrar en la habitación del médico. Pero aquello ya no era una habitación.

Todos los cajones de la cómoda estaban abiertos y lo que antes había dentro ahora estaba fuera en desorden. Una silla estaba por el suelo, el sofá estaba cambiado de sitio y lleno de libros. En la mesa, tres maletas de tamaño grande se peleaban el puesto para no caer. El propio Thesenty era la imagen del desorden. En camiseta de manga corta, con los tirantes cayéndole por detrás de los pantalones, desgreñado, con la cara roja, empapado en sudor, estibaba una de las tres maletas hasta deformarla. Cuando Jelling entró, le lanzó una mirada furiosa, despectiva. Pero el rostro ingenuo y sereno de Jelling, su mirada inofensiva y amistosa lo tranquilizaron enseguida. No del todo, se entiende.

—Siéntese —le dijo—. Estoy a punto de irme. Pero puede que ya lo haya deducido.

Hablaba de manera tajante y agresiva. Pero en el fondo se intuía el temor.

—… Ya veo… —respondió Jelling cohibido—. Ya veo.

—No me encuentro muy en forma para responder a sus preguntas, espero que sepa perdonarme. Cada uno hace lo que puede.

Se echaba encima de una maleta que no se quería cerrar y, al final, con un gruñido de ira lo consiguió.

—No he venido para hacerle preguntas —le insinuó Jelling con afabilidad.

—Entiendo —respondió socarrón—. Pasaba casualmente por aquí y ha querido venir a ver si me encontraba bien de salud. Sí, estoy muy bien, estoy como un toro, pero me voy, dejo esta asquerosa Boston, esta cueva de ladrones que la Policía deja circular y actuar en plena libertad… Si no le importa —terminó con rabia.

—Nadie le prohíbe irse —dijo con tranquilidad Jelling, un poco desconcertado, pero infundiéndose valor—. Ni le pregunto por qué. ¡Sus razones tendrá!

El tono suave y persuasivo de Jelling no hizo más que aumentar el enfado histérico de Severino Thesenty. El tímido poeta debía de estar atravesando una gravísima crisis para llegar a ese punto.

—¡Prohíbamelo, si lo cree necesario! —gritó—. ¡Me trae sin cuidado! ¿Sabe cuánto vale mi vida? Mi vida vale en este momento la mitad de la mitad de una moneda falsa.

Se echó encima de otra maleta. La correa interior de tela se le quedó en la mano, destrozada; el contenido se desbordó por un lado; una cajita, quizá cuchillas de afeitar, cayó al suelo. Arthur Jelling se la recogió amablemente, se la tendió y dijo:

—Perdone si he venido a importunarle. Me voy…

Se dirigió a la puerta y la abrió. Entonces pareció que Thesenty recuperaba el control sobre sí mismo.

—Deténgase —le dijo—. Perdone…

Buscó algo, lo encontró, era el batín. Se lo puso y se arregló el pelo con la mano.

—Dígame, el tren para Nueva York ¿sale dentro de una hora?

—Oh —respondió Jelling tímidamente—. Ahora… Lo que le iba a decir requería que usted se quedara en Boston. Pero si se va…

—¿No me lo puede decir de todas formas? —preguntó con amabilidad Thesenty—. Si hay algo que pueda hacer, lo haré con gusto.

—No creo que se pueda operar a Déravans en una hora —dijo Jelling tras una larga pausa—. Y su tren sale dentro de una hora.

Severino Thesenty tuvo un arrebato imprevisible.

—¡Operar a Déravans! —gritó, riendo agitadamente—. ¡Operar a Déravans!… Ha elegido el momento más adecuado para proponerme una cosa así…

Otra vez con el intratable humor de antes, cerró la última maleta, empujó el sofá para ponerlo en su sitio y los libros que estaban amontonados encima se cayeron. Luego se quitó el batín y empezó a vestirse.

Arthur Jelling lo siguió en silencio con la mirada. Cuando lo vio ya preparado, cuando vio que iba a llamar al sirviente, fue hacia él y le paró con decisión la mano con la que iba a tocar la campanilla.

—¿Qué le pasa? —preguntó.

Pero, más que su pregunta, lo que importaba era su mirada, fraternal, condescendiente. Thesenty volvió a sentir la fascinación de esa inocencia vulnerable, de esa resplandeciente honradez que lo miraba fijamente con ojos de amigo. Su ímpetu cesó, se dejó caer en el sillón, bajó la cabeza, luego sacó del bolsillo de la chaqueta una carta y se la tendió.

Jelling la miró. El sobre estaba escrito a máquina, al igual que la tarjeta. El matasellos era de Boston. No había firma de ningún tipo y los caracteres de la máquina eran de lo más normales. Estaba claro: una carta anónima. El contenido de la tarjeta era exactamente el siguiente:

Al doctor Severino Thesenty:

Por su propio interés, le aconsejamos que abandone inmediatamente Boston y se dirija a otra ciudad, renunciando del todo al cuidado de Alberto Déravans. Si dentro de dos días no ha abandonado la ciudad, será asesinado, como han sido asesinados Augusto Linden y Alfredo Lamarck.

¡Obedezca!

—Me lo imaginaba —dijo Jelling sujetando la tarjeta—. Hasta lo había previsto. —Suspiró y luego, acercándose amistosamente a Thesenty, continuó—: Ahora, antes de decir sí o no, escuche por favor lo que le propongo. Usted sale con sus maletas y se dirige en taxi a la estación, compra un billete para Nueva York y deja las maletas en el tren… Luego vuelve a la clínica Linden. Sin decir nada a nadie prepara a Alberto Déravans para la operación… Me parece haber entendido que serían suficientes cuatro horas para que todo esté preparado lo más rápido posible. Son las siete. A las once opera. A las once y media, escoltado por la Policía, coge el tren para Nueva York. Allí se tiñe el pelo, se deja bigote, le daremos documentos con otro nombre y se va a San Francisco, donde, siempre bajo protección de la Policía, vivirá retirado algunos meses. Cuando todo acabe, cuando hayamos detenido al culpable, que lo detendremos, volverá aquí… Le repito: antes de responder sí o no, reflexione con calma. Aunque piense decirme que no, reflexione. Reflexione sobre que yo no le diría lo que le digo si supiera que le estoy exponiendo a una muerte segura. Si se lo digo es porque tengo mis buenas razones para pensar que no le sucederá nada…

Este era el plan de Jelling. Era perfecto precisamente por su sencillez. Pero Thesenty no parecía muy convencido. A medida que Jelling hablaba, la expresión de su cara se iba endureciendo y se estaba poniendo furioso de manera histérica. Hipersensible, explosivo, lírico, incontrolado, Severino Thesenty pasaba de un estado de ánimo a otro con una rapidez increíble.

—… ¿A escondidas, eh? —estalló cuando Jelling calló—. A escondidas como Lamarck. También Lamarck se creía muy listo y ha muerto hace dos días. Y usted quiere que me maten a las once, en cuanto tenga el bisturí en la mano y antes de que haya operado. Pero ¿no se percata de que huele a secta secreta, usted que es policía? ¿No se da cuenta de que nos vigilan continuamente, de que nos siguen, nos controlan, de que estamos en todo momento en manos de esos delincuentes? ¿Cómo puede esperar que seamos capaces de huir?…

Jelling no insistió. Había comprendido perfectamente que no serviría de nada insistir. Meditó un momento y luego dijo:

—Hágame otro favor, señor Thesenty. Retrase su salida en diez minutos y no se mueva de aquí.

Severino Thesenty lo miró asombrado.

—¿Qué quiere hacer? —le dijo—. ¿Qué está maquinando?

Jelling se puso rojo y dijo:

—Se lo ruego, señor Thesenty… Sólo diez minutos… —Se había levantado y se había dirigido a la puerta—. Diez minutos… Se lo ruego… Deme su palabra de que no se va a mover de aquí…

Perplejo, Thesenty hizo gesto de que sí maquinalmente:

—Palabra…

Jelling salió con una ligera sonrisa de gratitud. Thesenty se quedó solo. Esa habitación de pensión era sombría. El desorden en que se encontraba y el estado de ánimo en el que estaba se la hacían parecer al médico todavía más sombría. Después de haberse levantado y haber dado vueltas por la habitación con aspecto cansino, Thesenty se sentó otra vez y miró el reloj. Sólo habían pasado tres minutos. Se encendió un cigarrillo y miró las enormes fotografías de Lila Leland que tenía enfrente. Había pensado en llevárselas consigo, pero luego, en un acceso de rabia, había decidido que no. Lila Leland iba a pensar precisamente en él, se mofó. En él, que tenía gafas, pero no los millones de Alberto Déravans…

Además era un torpe y un inútil, lo sabía perfectamente. Cuando estaba con ella, se ponía rojo, no sabía hablar, siempre le decía la misma frase: «¿No quiere salir conmigo una noche?». Y ella, naturalmente, no salía con él. Hasta ahí podíamos llegar. Con su belleza, a cada paso encontraba jóvenes que la invitaban a comer. «No, querido Severino, esta noche no puedo. Ya quedaremos otra vez, ¿de acuerdo?». Y él con esto se quedaba contento. Una vez ella le dijo que sí. Él había reservado una mesa apartada en el Clay Tres, había mermado su economía para enviarle a casa un ramo de orquídeas, y luego ella le dijo que no podía, un compromiso de última hora, ya se sabe cómo es la historia…

Severino Thesenty se levantó y fue a abrir la ventana. Necesitaba aire, qué calor, por Dios. Lo podían matar de un momento a otro. Había comprendido lo que le había dicho aquel hombre. (No era nada antipático, pero no dejaba de ser policía… Cómo le gustaría ser su amigo si no fuera policía). Pero sí, cómo se llamaba, Jelling, ahora entrarían de repente en la habitación y lo matarían con ocho disparos de revólver, como Linden, como Lamarck.

Lamarck estaba vivo hacía dos días, había hablado con él, siempre se mostraba huraño, pero en el fondo él también era simpático, habían hablado del trabajo: habían decidido la medicación para poder operar a Déravans. Ya no hacen falta cuatro horas, como había dicho Jelling, sino que bastaban dos horas. Sólo dos horas para que la inyección hiciera efecto, para que el vendaje sobre los ojos funcionara, y luego ya se podía operar. Algo de la nada. Sólo hacían falta las manos ágiles y el conocimiento exacto del nervio que había que tocar… ¡Y Déravans recuperaría la visión! Eso era lo que otros cirujanos no sabían: ese nervio, ese pequeño nervio invisible entre cien nervios. Ese nervio y no otro, y se hizo la luz…

Se giró de repente y se puso blanco porque le había parecido oír un ruido de pasos que caminaban muy despacio… Eso, sí. Habían oído la conversación que había tenido con Jelling, iban allí para matarlo…

Abrió la boca, un gritó se le apagó en la garganta, ahogado por el miedo, por el terror… Ya estaba muerto, también él, como Linden, como Lamarck, que hacía dos días estaba vivo… Severino Thesenty, nacido el 7 de junio de 1905 y muerto el 19 de enero de 1941, asesinado por ocho disparos calibre 9, revólver Hertel… ¿Por qué le había prometido que se quedaría en esa horrible habitación diez minutos? Quería huir, huir… Ni siquiera podía gritar, y quería, pero cuando de repente se abrió la puerta, sin que el ruido de pasos le hubiera advertido, consiguió gritar de verdad, y fue un grito de terror.

Lila Leland había entrado y lo miraba tranquila. Entonces, el miedo loco de Thesenty se convirtió en debilidad. Con pasos indecisos, tuvo intención de ir hacia Lila Leland, pero luego se abandonó en el sofá sollozando.

Lila Leland fue a cerrar la ventana. En ese momento la habitación estaba fría y triste. Ella se sentó en el sofá al lado de Thesenty, sin hablar. Vio las fotografías y se reconoció. Sonrió y luego tragó saliva por la conmoción.

—Severino… —murmuró—. Venga, tranquilízate, calma…

Le acariciaba la cabeza maternalmente. Él levantó la cara bañada en lágrimas.

—Te ha enviado Arthur Jelling, ¿no es así? Por eso me ha dicho que esperara diez minutos. Por eso has venido. No habrías venido si no se tratase de devolverle la visión al hombre que te interesa…

Ella no respondió en el acto. Sólo poco después, cuando Severino Thesenty se incorporó para sentarse y se secó la cara, le dijo:

—Es verdad. Me ha enviado Jelling. Ha ido a buscarme a la clínica. Me ha explicado todo y me ha pedido que te convenza de operar a Déravans. Esa es la verdad.

Ocultando el rostro entre las manos, Thesenty bajó la cabeza.

—Sé que no es honesto pedirte lo que te estoy pidiendo —le dijo—. Pero en mi lugar tú harías lo mismo.

Hablaba con sinceridad y ternura, sin coqueteos. Él levantó con delicadeza los ojos y le vio el rostro tranquilo y bellísimo. El pelo le caía encima de los hombros, como los pajes antiguos, lo que la hacía más joven de lo que en realidad era. Se levantó, fue al lavabo plegable y lo abrió para mirarse la cara en el espejo.

—¿Quieres venir a comer para convencerte? —dijo sonriendo—. Antes me invitabas tú siempre…

Thesenty seguía con la cabeza bajada sin responder.

—No hace falta mucho tiempo para operar a Déravans —continuó—, dos horas de medicación, no más, y después se puede operar…

Él se había levantado. Fue a tocar la campanilla. Esperó en silencio. Cuando vino la sirvienta le ordenó:

—Llámeme a un taxi y bájenme las maletas, rápido, me voy enseguida.

Cuando la sirvienta se fue, Lila murmuró:

—¡Ah, ya lo sé!… Operar a Déravans es un poco más difícil que regalarme orquídeas…

Llegó el sirviente y se llevó las maletas. Thesenty, con la cara petrificada, no miraba a Lila Leland. En cuanto estuvieron otra vez solos, él le dijo dándole casi la espalda:

—Adiós.

—Escúchame un momento… —le dijo Lila Leland parándolo. Lo había cogido de un brazo y lo miraba fijamente—: No he venido aquí a jugar… Me casaría contigo si operaras a Déravans.

Lo dijo con mucha sencillez. Por lo demás, ella era sencilla en todo lo suyo, y sólo su excepcional belleza complicaba a veces su modestia.

—Ya sabes que si Déravans recupera la visión se casará con Evelina Soldier…

—¡Basta! —gritó Thesenty—. Basta.

La sirvienta llamó a la puerta.

—El coche está preparado, señor.

Lila Leland había ido al lavabo y lo había cerrado. Sólo parecía interesarle pisar el pedal que hacía abrir y cerrar el lavabo, nada más.

—Dígale que se vaya… —dijo al fin Thesenty—. Ya no me voy.

Cogió el sombrero, se lo puso y dijo sin más:

—Vámonos.

Salieron. En la calle, ella propuso:

—Mientras, podemos ir a cenar al Clay Tres.

Él asintió. Pasaron por delante de una floristería. Ella preguntó:

—¿Tienes suficiente dinero para regalarme alguna? —Y señaló un jarrón lleno de orquídeas.

Él le hizo entrar en la tienda y elegir y sólo le dijo: «Más, más», porque veía que dudaba temiendo que él gastara demasiado.

En el Clay Tres encontraron una mesa separada. El propio dueño, el gordo Fred MacHugh, cuyo pelo parecía rubio platino y que se había hecho famoso, aparte de por sus locales de lujo que se distinguían por un número —Clay Uno, Clay Dos, Clay Tres—, también por estar implicado en el famoso caso Vaton, les atendió con toda la amabilidad y atención de que era capaz, pues creía que era una pareja de recién casados. Pero Severino Thesenty no hablaba. Se limitaba a responder amablemente con un sí o un no cuando Lila Leland le preguntaba.

—¿Has visto la cara tan divertida que tiene el pianista?

—Sí.

—La última vez que vine aquí fue hace dos años…

—Ah.

—¿Quieres otra cerveza?

—No, gracias.

Ella no le daba importancia a su silencio. Seguía hablando con tranquilidad. Se quedó un poco menos tranquila cuando Thesenty le dijo:

—Vámonos, es la hora.

—Quedémonos un poco más —le rogó ella.

—¿Por qué? —preguntó él.

Ella bajó la cabeza hacia la mesa. Se había puesto ligeramente pálida.

—Tengo miedo —dijo.

Sólo entonces pareció que él dejaba de mostrarse frío. El tono de la voz de ella había sido tan maternal y temeroso que Severino ya no pudo resistirlo más. Se puso rojo por la intensa emoción y sus ojos brillaron.

—Yo no —dijo con firmeza—. Yo no. Vamos.

Salieron y se montaron en un taxi. Pero no se bajaron justo delante de la clínica Linden. La amplia acera en la que Augusto Linden había encontrado la muerte inspiraba prudencia. Se pararon unas manzanas antes y continuaron a pie. Entraron en la clínica por la puerta de servicio, por detrás.

Jelling fue hacia ellos de repente.

—Ya está todo listo —dijo—, hay unos veinte agentes que controlan cada puerta y cada entrada… Ya le he explicado todo a Alberto Déravans. Ya hemos registrado a los enfermeros que le van a ayudar y en la operación estarán vigilados por un agente… Esté tranquilo. No pasará nada.

Con la bata blanca puesta, Thesenty y Lila Leland entraron en la habitación de Déravans. Este llamó a Thesenty, le estrechó fuerte la mano y luego, tragando saliva por la emoción, le dijo:

—Gracias.

Thesenty le dio la mano al ciego sin decir palabra. Luego cambiaron a Déravans. Su traje se vio sustituido por una bata estrechísima y a él lo pusieron en la camilla y lo llevaron a que lo medicaran. Silenciosos, pero omnipresentes, Jelling, Matchy y otros dos agentes preparados para disparar ante el mínimo gesto sospechoso, ante el mínimo ruido poco claro, seguían atentamente el trabajo de Thesenty y de Lila Leland.

Le quitaron la venda negra a Déravans. De un dispositivo eléctrico que se oía funcionar con un sordo zumbido, cogieron una venda blanca humeante y se la aplicaron al ciego en la frente.

—A partir de aquí hay que esperar una hora —dijo Thesenty—. Dentro de una hora le pondremos una inyección y le cambiaremos la venda. Luego, después de otra hora, ya podré operar.

—Salgan a fumarse un cigarrillo —propuso Jelling—. Pero no se pongan en el pasillo al lado de las ventanas… Yo me quedo aquí a vigilar.

Vio a Severino Thesenty y a Lila Leland salir juntos, con dos agentes.

Entonces sonrió y llamó un momento a los dos agentes:

—Vigílenlos, pero no de muy cerca. Dejen que hablen.

Los dos agentes se guiñaron un ojo.

—Entendido.

Una hora puede ser breve o interminable, lo sabemos todos. Quizá la de Severino Thesenty fue brevísima al lado de Lila Leland, pero la de Jelling fue eterna. Tumbado en la camilla con la venda que le tapaba los ojos, Déravans no hablaba, sólo se quejaba de vez en cuando. Matchy estaba a punto de dormirse y otros dos agentes paseaban arriba y abajo por la sala de medicación, a pasos pequeños, pero suficiente para poner los nervios de punta al hombre más tranquilo del mundo. Pero esa hora también pasó y Severino Thesenty entró por fin con su compañera. Déravans fue sometido a la nueva medicación que esta vez le arrancó un verdadero grito de dolor, pero Thesenty trabajaba con seguridad y una especie de impasibilidad profesional se había extendido por su cara como una pátina.

Pasó otra hora, y pasaron treinta minutos más para que la última inyección hiciera efecto antes de que pudieran llevar a Déravans al quirófano.

Justo cuando cruzaba el pasillo se oyó con claridad el timbre del teléfono. Jelling saltó como un resorte:

—Quietos, respondo yo.

Corrió con su zancada amplia que le hacía parecer un avestruz en carrera, se precipitó por las escaleras, llegó a la planta baja, al cuarto del portero, justo cuando este estaba a punto de descolgar.

—Quieto, respondo yo.

El teléfono sonaba con insistencia. Jelling se puso un pañuelo en la boca y descolgó.

—Clínica Linden, ¿dígame?

—Soy el doctor Warren. Páseme por favor con el doctor Thesenty.

—No está. Nunca está en la clínica a estas horas.

—Páseme entonces a la doctora Leland.

—Ella tampoco está. Si quiere dejar algún recado…

—No, nada. Gracias.

Y colgaron al otro lado de la línea. La voz que había hablado era de hombre, más bien ronca y grosera. Es más, se podría decir que era vulgar. Jelling había notado perfectamente un acento dialectal, y se sabe que el dialecto, en Boston y en general en todos los Estados Unidos, sólo lo habla la gente de clase inferior.

No había hablado un médico. Jelling estaba seguro de eso. Pero quería tener una prueba. Warren era el nombre de un conocido oculista. Sólo había que llamar a su número y cerciorarse.

—Buenos días, ¿es la casa del doctor Warren? Le llamamos de la Central de Policía. Páseme enseguida, por favor, al señor Warren…

—Es que el doctor está en la cama…

—Siento tener que molestarlo, pero necesitamos hablar con él.

Tras una larga espera, se puso al aparato el doctor Warren. Nunca había llamado por teléfono a la clínica Linden, tenía una voz distinta de la que Jelling había escuchado antes, y estaba enfadadísimo por haberlo molestado.

Al colgar, Jelling volvió al piso de arriba preocupado. Por mucho que quisiera controlarse, una ligera sensación de miedo se había colado en su interior. Esa llamada de teléfono era clara: alguien quería asegurarse de Thesenty hubiera obedecido la orden de abandonar Boston. Era muy probable que también hubieran llamado a la pensión donde vivía y supieran que estaba preparando las maletas. ¿Y si no estaban seguros? ¿Y si querían ir a la clínica?

Era responsable de la vida de Thesenty, lo notaba. Se acordó de su mujer, que preparaba tan bien la tarta de manzana, y de su hijo, que estudiaba por la noche al lado de él, haciéndole alguna pregunta, y del calor de su casa, la seguridad, la tranquilidad de su familia…

Algo le ahogaba: el miedo o la emoción, quizá el remordimiento… Si Thesenty resultaba asesinado, no volvería a tener paz en toda su vida…

Pero ninguna de estas sensaciones se reveló cuando entró en el quirófano, aparte de que nadie lo miraba. La operación había empezado. En el centro de ese quirófano amplio estaba la mesa de operaciones. Con la cara cubierta por una mascarilla blanca, bajo una luz implacable, Thesenty, ayudado por Lila Leland y una enfermera, estaba operando. En las ventanas, en las dos puertas, con la mano en la funda de la pistola, vigilaban cuatro agentes.

Había más agentes vigilando el pasillo, todas las entradas, en el perímetro de la clínica. Nadie podría entrar.

Pero… Un pensamiento horrible cruzó la mente de Jelling. Algo que le dejó la sangre helada. Miró a Thesenty, pero sólo le vio los ojos, impersonales, sin expresión, el resto de la cara se lo tapaba la mascarilla blanca. ¿Quería realmente Thesenty devolverle la visión a Déravans. O mejor…? ¿Y Lila Leland?

Tuvo la tentación de levantarse y gritar, de pararlos. Pero el bisturí ya estaba trabajando. Jelling entrevió alguna gota de sangre y las manos enguantadas de Thesenty que se movían con rapidez alrededor de los ojos de Déravans mientras Lila Leland le pasaba con velocidad el distinto instrumental.

—Las tijeras no —dijo Thesenty de repente—. Las pinzas pequeñas.

—Antes hay que cortar —murmuró Lila Leland.

Con un gesto nervioso, Thesenty tiró en el carrito el instrumental que le había dado Lila Leland y cogió otro.

—No —dijo con sequedad.

Habían hablado en voz baja, pero en el silencio sepulcral que reinaba en el quirófano parecía que lo habían hecho en voz alta.

Jelling estaba sudando. Luego de repente le entraba frío, luego otra vez un sofoco como si tuviera un acceso de fiebre. A lo mejor todo estaba equivocado, se había equivocado en todo. Pero ya era tarde. Nadie podía parar esa máquina inexorable que es una operación en curso.

—Hecho.

Thesenty cortó la venda que había puesto alrededor de la frente de Déravans y tiró las tijeras en el carrito del instrumental.

Mañana por la mañana hay que quitar la venda y administrar la primera medicación. Mañana por la noche, la segunda. Pasado mañana por la mañana Alberto Déravans verá. Todo ha ido bien.

Déravans, escoltado por los agentes como si fuera un cargamento de oro, fue transportado en la camilla a su habitación, junto con la enfermera. Jelling se acercó a Thesenty, que se había quitado la mascarilla blanca.

—Ahora los agentes le acompañarán a la estación y usted se irá inmediatamente a Nueva York, hay un tren a la una y diez. Tiene tiempo de sobra para cogerlo… No le diga su dirección a nadie, excepto a nosotros, la Central de Policía… Cambie de hotel todos los días, regístrese con su segundo apellido y no con el primero…

Pálida y exhausta, Lila Leland se había quitado la mascarilla y la bata. Ella y Thesenty se miraron un momento, pero no se dijeron ni media palabra.

Ahora había que salir. Con el corazón en la garganta, Arthur Jelling reunió a sus agentes y puso a Severino Thesenty en el medio.

—Saldremos por la puerta de servicio… Al mínimo ruido, tírese al suelo.

Bajaron las escaleras, recorrieron el pasillo, cruzaron el almacén y salieron a la calle. A cinco metros de distancia el enorme coche de la Policía esperaba con el motor encendido y las puertas abiertas.

—Ahora, dese una carrera y entre el primero en el coche. Luego entraremos nosotros.

Jelling miró fuera, salió a la acera que separaba la clínica del coche y echó un vistazo alrededor.

—¡Adelante!

Thesenty salió a su vez, pero no corrió. Caminó deprisa y recorrió los cinco metros al descubierto en un tiempo infinitesimal; pero a Jelling le pareció que ese trayecto no acababa nunca. No pasó nada en ese momento. Lila Leland y Jelling se montaron en el coche justo después que Thesenty, pero no se escuchó ningún disparo ni se vio nada sospechoso.

 

 

10

Jelling coloca en orden las piezas

 

El 22 por la mañana, todos los periódicos de Boston publicaron la siguiente noticia, aunque no le dieran mucha importancia:

«La tragedia en la que el conocido cirujano Augusto Linden y su primer ayudante Alfredo Lamarck perdieron la vida no atemorizó en absoluto a un verdadero héroe de la ciencia, un verdadero misionero de la medicina: Severino Thesenty. Como publicamos en días pasados, algunos delincuentes, que por intereses criminales no deseaban que el famoso millonario Alberto Déravans recuperara la visión, habían amenazado de muerte y asesinado a los únicos cirujanos capaces de devolverle la visión al ciego, Linden y Lamarck. También habían amenazado de muerte al médico Severino Thesenty, segundo ayudante de Augusto Linden, pero este, indignado por la desfachatez de los criminales que la Policía está buscando de manera muy activa, lanzó un desafío a los delincuentes; él operará a Alberto Déravans mañana, es decir, el 23 por la mañana, sin preocuparse de la amenaza, desestimando el peligro de muerte que corre. Se han tomado todas las precauciones que el caso requiere para salvaguardar la vida del noble profesional que honra nuestra ciudad, y los malhechores no sólo no se atreverán a atentar contra su vida sino que, de hacerlo, encontrarán el recibimiento que se merecen y se les podrá castigar finalmente».

Había más elogios a Severino Thesenty y las habituales consideraciones sobre el continuo progreso de las bandas de delincuentes, debido sobre todo a la vileza general de los ciudadanos, que nunca se atreven a rebelarse con valor, etcétera, etcétera. Y todo con titulares a dos columnas que sonaban más o menos así: «El médico Severino Thesenty lanza un reto a los asesinos».

El capitán Sunder, tras haber hojeado una decena de periódicos que daban esta noticia, levantó la cabeza de la mesa y miró a Arthur Jelling, que esperaba, respetuoso, de pie.

—Así que este es su plan —dijo—. ¿Dónde se encuentra ahora Thesenty?

—El doctor Thesenty está en Buffalo —respondió Jelling—. Se fue ayer por la noche en tren hacia Nueva York, pero al llegar a esta ciudad se fue enseguida a Buffalo, con la intención de que se pierdan las pistas… La operación se llevó a cabo. Esta mañana he ido a la clínica, y la señorita Leland, que sigue el tratamiento del señor Alberto Déravans, me ha asegurado que mañana verá… Pero yo ya he hablado con él: hasta pasado mañana no debe decirle a nadie que lo han operado. Nadie lo debe saber, todos tienen que creer que Déravans sigue ciego…

—¿Y luego? —preguntó Sunder mirándolo fijamente con interés.

—Luego, nosotros prepararemos todo, como si el señor Déravans fuera a operarse. Cordón policial en torno a la clínica y vigilancia continúa de todos los que entran y salen de allí. El 23 por la mañana, al amanecer, simularemos que el señor Thesenty va a la clínica a operar. Un coche se parará delante de la clínica, los agentes correrán a abrir la puerta para que baje el señor Thesenty… En ese momento debería funcionar la trampa. En cuanto se oiga un disparo, agentes en motocicleta y agentes con perros se lanzarían a por el tirador, y creo que esta vez no será capaz de escapar…

—¿Y si no sale bien?

—Si no sale bien, es decir, si nadie dispara, no sería malo. Ahora Déravans ya ha recuperado la visión y el señor Thesenty está a salvo. Quiere decir que seguiremos la investigación por nuestra cuenta, sin preocuparnos de salvarle la vida a ningún médico, como hemos tenido que hacer hasta ahora.

—Me parece que está encajando bien las piezas —concluyó Sunder—. Ha conseguido convencer a Thesenty de que opere y eso es mérito suyo. Ha conseguido sacarlo de la ciudad a salvo, y esto también es gracias a usted. Sólo queda un pequeño detalle —acabó sonriendo— descubrir a quien ha asesinado a Linden y a Lamarck, pero espero que esto también lo consiga.

—Tengo que encajar aún más piezas —respondió Jelling, animado por los elogios.

Alguien llamó a la puerta. Era Matchy. Ligeramente inflado y con la cara sonriente, comunicó sus novedades.

—He encontrado al hombre del Maritaine —dijo—. Se lo dejaron a prueba a un tal Carlo Styss, que quería comprarlo, quien declaró que precisamente ayer, sobre las tres, fue a Soul… Le juro que no me lo creía cuando me lo han dicho, como no me creía que fuera verdadera la dirección que había dejado donde iba a comprar el coche: Michigan Street 11. Me voy corriendo a Michigan 11, pensando que iba a ser un paseo inútil, y encuentro, en cambio, una pensión donde conocen a la perfección a Carlo Styss…

—¿Dónde está? —preguntó Sunder nervioso—. ¿Lo has traído aquí?

Matchy hizo gesto de que no.

—Cuando he llegado ya había escapado del nido. Se había ido. Sin decir dónde iba, por supuesto… Pero es como si lo hubiéramos cogido, Jefe. Vivía en la pensión desde hacía seis meses y puede estar seguro de que he recogido información. Mucha. Y también una fotografía. He puesto patas arriba la pensión, he rebuscado en la habitación que ocupaba él, he interrogado al resto de inquilinos, al portero y mire… —hizo una pausa, y luego siguió de inmediato—. Es un hombre que llevaba una vida apartada, casi misteriosa. Salía por la mañana, volvía para las comidas y para dormir por la noche. Parecía que era viajante, porque siempre llevaba un voluminoso sobre debajo del brazo y varios horarios de tren repartidos por la habitación, pero nadie pudo saber nunca qué tipo de negocios hacía. Era afable, había hecho relaciones de amistad con los demás inquilinos y en una ocasión, con motivo del cumpleaños de la dueña de la casa y de la comida que esta había preparado, le hicieron una fotografía de grupo. Aquí está… Pero siempre se mostraba reservado y nunca hablaba de sí mismo. No se le conocían relaciones con mujeres. Sólo una vez fue una mujer a buscarlo una mañana. Dicen que era una chica de una belleza extraordinaria…

Jelling escuchaba religiosamente. Sunder escuchaba religiosamente. Matchy estaba dichoso por el interés que suscitaban sus palabras.

—… Por eso —continuó—, ahora bastaría con ampliar la fotografía y enviarla a todos los departamentos de Policía Federal con los demás datos que tengo y como mucho en una semana el señor Carlo Styss estará aquí con nosotros explicándonos qué hacía con su Maritaine en la carretera de Soul y por qué disparó a Lamarck.

Tras haberla mirado atentamente, Sunder le pasó a Jelling la fotografía que había traído Matchy. Se trataba de un grupo de personas fotografiado en un salón amplio, al lado de una mesa con todo preparado para comer. Un agujero hecho con un alfiler sobre la cabeza de una de estas personas (lo había hecho Matchy) indicaba a Carlo Styss. Era un hombre de unos treinta y cinco años, vestido con traje de noche, estatura media, rasgos comunes excepto una nariz muy vistosa.

Jelling devolvió la fotografía a Sunder.

—Hay que encontrar a este hombre —dijo—. A toda costa.

Invadido por la fiebre de la acción, Sunder tocó tres o cuatro timbres a la vez y a los empleados que acudieron les dio las instrucciones necesarias. Redactó un informe de identificación de Styss al que añadió los datos que le había dado Matchy, como el vestuario habitual del fugitivo, sus costumbres…

—Telegrafiaremos el informe y publicaremos la fotografía. En diez minutos toda la Policía de los Estados Unidos le estará pisando los talones —exclamó después de acabar.

—Otro pequeño detalle —solicitó Jelling tímidamente—. Haría falta que Matchy volviese a la pensión para informarse si Styss era supersticioso. Es muy importante…

Sunder, sonriendo irónicamente, le dio una palmada en el hombro a Jelling.

—Otra vez con la muñeca —dijo—. Haga lo que crea conveniente, mande si quiere a Matchy, pero ya verá cómo lo conseguimos sin muñecas…

Matchy, en cambio, parecía muy contento de tener que volver a la pensión, donde evidentemente se había dado aires de comandante en jefe, y salió disparado. Jelling se sonrojó, pero estaba tranquilo.

—Entonces —dijo tras una pausa—, dividámonos el trabajo. En la parte técnica no soy muy competente, así que tendrá que ayudarme. Estas son las pistas que hay que seguir: 1) la carta de amenaza escrita a máquina y enviada a Thesenty. Habría que identificar al autor. Será prácticamente imposible, pero es mejor buscar. 2) La búsqueda del tal Carlo Styss. Si lo encontramos, creo que habremos encontrado la solución. Habrá que darle una gratificación a Matchy y otra al conductor de Déravans, que, para reconocer un coche Maritaine se encontró con esa herida. 3) La protección de Severino Thesenty. Thesenty está a salvo, pero siempre será mejor protegerlo. Se podría avisar a la Central de Policía de Buffalo para que no le pierdan de vista, sin molestarlo, claro…

A Sunder le pareció notar algo sospechoso en el tono de Jelling.

—¿A qué se refiere? —le preguntó—. ¿Quiere que lo protejamos o que lo vigilemos? Son dos cosas distintas…

—Sí, en definitiva, protegerlo —dijo bastante abochornado Jelling.

—Ya me parecía… —murmuró Sunder.

Jelling desvió la conversación entregándole un papelito con las notas de las búsquedas técnicas de las que se tenía que encargar Sunder.

—Y usted ¿qué va a hacer mientras yo hago este trabajo? ¿Se va de juerga a la Abeja Verde?

—Pues… No le voy a mentir… Voy a la Abeja Verde —sonrió Jelling.

—A saber lo que va a rebuscar ahí. Cada vez que le quiero localizar me dicen que está ahí.

Se despidieron y Jelling se fue. Se dirigía a la Abeja Verde cuando se paró en la primera cabina que encontró en la calle y llamó al famoso local.

—Hola, llamo del Instituto de Belleza Xeraton, ¿puede ponerse la señorita Wilde?

Hubo una espera más bien larga hasta que Jelling escuchó la voz de la cantante:

—Soy Jelling, de la Policía, hable en clave.

—La crema de noche que me han enviado es simplemente horrorosa —respondió Teresa Wilde.

—Vamos por buen camino. Puedo prescindir de su ayuda, quédese tranquila. Pero, si necesitara recurrir a usted, ¿podría contar con su ayuda?

—Estoy en sus manos con esta entrega. Usted lo sabe de sobra y se aprovecha de ello. Pero le voy a decir a todas mis amigas lo despreciables que son sus productos.

—Es preciso que usted no abandone Boston… Haré todo lo posible para no recurrir a usted, pero necesito poder localizarla siempre en cualquier momento…

Teresa Wilde, tras un breve momento de duda, respondió con tranquilidad:

—De acuerdo.

Y ahora, se dijo Jelling cuando salió de la cabina, vamos a ver a Madame Dark.

Madame Dark era la moderna pitonisa de Boston. Leía el futuro en las manos, en las cartas, en las bolas de cristal y de mil maneras distintas. Mostraba a algunos miembros de la buena sociedad las cosas más raras del mundo, y sus relaciones con la Policía eran más bien tensas, en el sentido de que Madame Dark tenía un miedo horroroso a todos los agentes, fueran de uniforme o de paisano. Otras veces la Policía ya había tenido ocasión de hacer registros en la casa de Dark, sin ningún resultado, por supuesto, porque era difícil que Madame Dark dejase por ahí los documentos de las ingentes sumas que a veces sacaba a los ingenuos. Además, en el vestíbulo de su casa había un cartel muy visible con las tarifas, que eran módicas, justo las que quiere la ley. Pero todos sabían en realidad que el medio dólar que se pedía por consulta tenía que multiplicarse por diez, si no por veinte, si se quería una verdadera consulta, en la que Madame Dark vertía toda su ciencia y su sabiduría.

Por eso, en cuanto Jelling entró en el vestíbulo de la célebre hechicera y le dio sus datos personales, la propia Madame Dark apareció enseguida jadeante y gorda a recibirlo.

—Póngase cómodo, por favor, estoy a su disposición… Debería estar ofendida porque siguen vigilándome como si fuera una ladrona, pero en el fondo sus visitas me gustan porque demuestran mi honradez y la seriedad de mi trabajo. Apuesto a que ha sido alguna sirvienta la que ha ido a contarles no se sabe qué sobre mí. Conozco a estas muchachas. Cuando las despido, quieren vengarse y van a la Policía a contar patrañas… ¡Oh! Pero no lo dude. Yo trabajo con honradez…

Con esa profusión de palabras, Jelling se quedó avergonzadísimo y le costó mucho trabajo explicar que no había ido porque una sirvienta despedida la hubiera denunciado, sino por otro motivo.

—¿Ah, sí? ¿Y cuál?… La Policía siempre tiene la oreja puesta, busca y rebusca por todas partes, y resulta que ahora la gente honrada paga el pato…

El rostro de Madame Dark, a decir verdad, era cualquier cosa menos honrado. Al hablar, Jelling sentía una repugnancia instintiva, más que por la cara hinchada y flácida, con bolsas en los ojos, por las manos terriblemente gordas que recordaban los tentáculos viscosos de algunos moluscos. Y los dedos, de hecho, bajo toda esa grasa, se movían con la misma lentitud y sinuosidad que los tentáculos de un pulpo.

—He venido por la investigación de un caso —dijo cuando Madame Dark le invitó a pasar a una sala en la que faltaba la respiración debido a las pesadas cortinas rojas que revestían las paredes desde el techo hasta el suelo—. Necesitaría saber el nombre de sus clientes habituales… Bueno, no de todos, sino de los que hayan venido por aquí varias veces hace poco…

—¿El nombre de mis clientes? —exclamó Madame Dark horrorizada—. Usted sabe, inspector, lo insignificante que es la gente. Vienen aquí y por una mísera suma dejan que les explique su futuro o piden consejo para cualquier asunto de la vida, luego se van satisfechos, pero avergonzados, y no quieren que nadie se entere de que han estado aquí. ¿Cree que dejan el nombre mis clientes? Como sabe de sobra, tengo tres entradas, tres salones distintos y tres vestíbulos para que la gente pueda venir aquí sin que la vea nadie. Mire esa bombilla amarilla ahí arriba: si yo estoy hablando con usted y alguien entra para una consulta en otro salón, la bombilla se enciende y quedo avisada. No, no es posible lo que usted me pide.

—Pero, aunque no le den el nombre, de alguno habrá oído hablar —insistió Jelling.

—¡De alguno!… Le juro que no conozco a nadie, que no me preocupo, casi ni les miro a la cara… Me basta con examinarles la mano o echarles las cartas…

Era evidente que Madame Dark mentía, pero Jelling no se sentía capaz de seguir insistiendo. Tenía, en cambio, otros métodos para conseguir su objetivo.

—Perdóneme, señora —dijo con amabilidad—, si le molesto… Yo le diré algún nombre y usted podría ser tan amable de decirme si pertenece a alguno de sus clientes. Por ejemplo, Déravans, Andrea Déravans…

—¿El hermano del ciego? En mi vida lo he visto. Eso se lo puedo asegurar.

—Entonces… Dundley, los señores Dundley, ¿sabe?, los amigos de Déravans.

—No los conozco… No sabría…

Jelling comprendió que, aunque le enumerara todos los nombres de la enciclopedia de hombres ilustres, ella habría dicho siempre que no. Además, la bombilla amarilla se había encendido y Madame Dark mostraba signos de impaciencia.

—Perdóneme si he interrumpido su trabajo —dijo Jelling levantándose—. Permítame que le pida un favor… Le dejo un papel con algunos nombres… Le estaría agradecido si comunicara a la Central de Policía si viene alguien cuyo nombre se corresponda con uno de estos…

Madame Dark cogió el papel y lo leyó enseguida, con un brillo de malicia en los ojos.

—Es por toda esa historia del millonario ciego, ¿no? —preguntó.

—No exactamente… —dijo Jelling sonrojándose molesto.

—¿Qué le parece? No soy yo quien tiene que hacer las preguntas. Lo decía por decir. Pero le repito que será difícil que yo pueda decirle algo respecto a los nombres de mis clientes. Mi casa es peor que una estación: entran y salen sin decir siquiera quiénes son…

Esta visita había sido un auténtico fiasco para Jelling. Cualquier otro agente habría hecho «cantar» a Madame Dark todo lo que supiera, no como él, con su actitud tímida y demasiado amable. Pero, por pura casualidad, se convirtió en todo un éxito. De hecho, al acompañarlo hacia la salida, Madame Dark le hizo cruzar el pasillo al que daban las puertas de las salas de espera. Entonces, Jelling preguntó:

—Preferentemente vienen mujeres, ¿no?

—Sí, claro. La clientela femenina es la más numerosa. No es difícil imaginarlo.

—Ya —respondió Jelling.

Jelling se despidió con un suspiro de alivio de la hechicera, bajó las escaleras y llegó al portal. Pero no se movió, no se fue enseguida. Permaneció inmóvil esperando. De vez en cuando miraba el reloj, luego se frotaba las manos para calentárselas y volvía a mirar el reloj con impaciencia. Las tres de la tarde, las tres y cuarto, las tres y treinta y cinco.

A las tres y treinta y cinco en punto, Lila Leland, que salía por el mismo portal, se encontró cara a cara con Arthur Jelling. Tras un primer momento de estupor, sonrió.

—¿Ahora me sigue?

—No, ha sido casualidad. Al salir de la casa de Madame Dark, he olido en el pasillo su perfume. Azur. Sabía que le gustaba a usted, tanto que esta mañana he comprado un frasquito. Es un regalo muy modesto por lo que hizo anoche cuando convenció a Thesenty de que operara a Déravans…

Y le tendió un frasquito que había sacado del bolsillo. Ella cogió el perfume con mucha sencillez.

—No se ofenda si se lo digo, Jelling —dijo con tono gracioso—. Al escuchar que me ha descubierto porque ha olido mi perfume en el pasillo de Madame Dark, se me vienen a la mente esos perros que buscan trufas…

A Jelling también le resultó gracioso.

—¿Ha venido a que le lean el futuro? —preguntó.

—¿No puede estar ni un momento sin hacer de policía? —le exhortó ella—. Al final me voy a enfadar de verdad.

Jelling cambió de tema.

—¿Cómo está Déravans?

—Esta noche le pondré la última medicación. Hoy ha empezado a ver luces de contraste. Todavía no distingue objetos, pero es cuestión de horas. Cuando mañana se le interrumpa la medicación, verá perfectamente.

—¿Ha leído los periódicos?

—Claro. No tema. Nadie sabe que hemos operado a Déravans. Puede poner en práctica sus trampas como mejor le venga.

Caminaron un trecho en silencio. Ya estaba anocheciendo. El cielo estaba frío y blanquecino; mirando hacia arriba, uno creería que estaba en un patio con el techo de cristal.

—¿Podemos hablar un poco más en serio? —dijo Jelling de repente.

Ella lo miró sorprendida.

—¿Qué quiere decir?

—Hasta ahora hemos bromeado casi siempre —tuvo el valor de decir Jelling.

—¿Y arrestarme durante un día también ha sido una broma?

—No… Un experimento…

—¿Y para cuándo los resultados, entonces?

Él dudó, evidentemente abochornado e indeciso, y luego murmuró:

—Quizá sería mejor que usted se marchara en cuanto haya terminado de curar a Alberto Déravans.

—¿Marcharme? ¿Y por qué? —preguntó ella con insolencia.

—Yo no soy un policía —respondió suavemente Jelling—. No tengo ni el ánimo ni la capacidad, usted lo sabe perfectamente… Pero tengo que cumplir con mis obligaciones… Tengo que hacerlo, por lo menos, cuando sea el momento. La dejé en libertad porque sabía que usted era la única persona capaz de convencer a Thesenty de que operara a Déravans después de que Lamarck renunciara de esa manera. Ahora que Déravans ya está operado…

—¿Dónde quiere ir a parar?

—Váyase —le rogó Jelling—. Váyase lejos, y no se lo diga a nadie…

Lila Leland se paró y lo miró. Estaba claro que las palabras de Jelling le habían impresionado, estaba claro que lo estudiaba para saber hasta qué punto tenía que valorar la advertencia.

—Está bien —dijo finalmente—. Me marcharé esta misma noche, después de la última medicación.

—No es una orden —explicó Jelling un poco avergonzado.

—Pues no mienta ahora —respondió Lila Leland.

Estaba enfadada, desconcertada y un poco atemorizada.

Se callaron. En la primera parada de taxis, ella dijo que quería volver a la clínica en coche, y lo dejó. Él intentó hablarle un par de veces, pero ella movía la cabeza molesta.

Este encuentro y el breve coloquio dejaron a Jelling entristecido. Aunque también tenía más motivos para estar triste. La vida que estaba llevando desde que se dedicaba a los Déravans era para él la más desgraciada que se pudiera imaginar. El asesino de Linden y el de Lamarck habían hecho mella en su ánimo.

Aunque, y esta era quizá su única habilidad, conseguía ocultar bastante bien sus sufrimientos. Nadie sabía, aparte de la señora Jelling, la angustia que soportaba. Cuando se le veía, parecía un chico tímido y distraído al que los miedos y el dolor le resbalaban sin dejar muchas pistas. Y, sin embargo, no era así.

Cuando le dejó Lila Leland, se dirigió lentamente a casa de los Déravans, donde consiguió encontrar a Andrea Déravans justo en el momento en que este salía.

—Voy a ver a Evelina —le dijo—. Si quiere venir conmigo, hágalo con toda confianza… No se encuentra bien. La muerte de Lamarck la ha dejado fuera de juego.

Era la primera vez que Jelling veía a Andrea Déravans tan serio y alterado. No parecía él en absoluto. Ese aspecto irónico y casi cínico que mostraba siempre había desaparecido. Al final se veía en su rostro algo afectuosamente humano.

—Pero ¿no vivía con ustedes la señorita Soldier? —preguntó Jelling con discreción.

—Por supuesto que no. Ha sido nuestra invitada durante varios días, mientras esperábamos que operaran a Berty. Pero ahora, después de todo lo que ha pasado, ha vuelto a su casa. Sobre todo porque no se siente demasiado bien.

Cogieron un taxi porque el chófer todavía estaba en la cama por la herida, y Jelling se acordó de la gratificación que había pensado darle.

—Habrá que recompensar a Hastings —dijo a Déravans—. Es un muchacho valiente.

—Sí, claro. Ya me he ocupado de eso. Ayer le llevé cien dólares y le he prometido un mes de vacaciones en cuanto se recupere.

—Ya no se encuentran jóvenes de ese tipo. Son todos igual de miedicas que un conejo —dijo Jelling en tono simpático.

—Sí, es verdad.

Se encontraron a Evelina Soldier descansando tendida en un sillón frente a la ventana. A pesar del colorete y el maquillaje, perfectos como siempre, no conseguía ocultar su sufrimiento. Sus ojos hablaban por ella.

—Ha hecho bien viniendo, señor Jelling —le dijo con afecto cordial—. Me da la sensación de estar más protegida. —Se sentaron junto a ella, que había pedido a la sirvienta que acercara el carrito de las bebidas, y continuó—: Ahora no soy capaz de dormir por lo del señor Thesenty. Pensar que él, mañana por la mañana, arriesgará su vida de esa manera para operar a Berty me provoca escalofríos. ¡No puedo pensar en ello!

—Hemos tomado todas las precauciones —explicó Jelling—. Es prácticamente imposible que el asesino pueda hacer algo.

—Con Linden también se tomaron todas las precauciones… Lamarck también se creía a salvo… Y en cambio…

—Me parece exagerado que se haga toda esta publicidad para avisar de que mi hermano se va a operar mañana por la mañana —intervino Andrea Déravans—. Es más, me parece muy peligroso…

—Ha sido el propio Thesenty el que lo ha querido así —dijo Jelling—. Estaba tan enfadado con la carta de amenaza que había recibido, tan indignado, que incluso antes de llamar a la Policía fue a la redacción del Old Boston para que publicasen su desafío al asesino… Claro que nos ha metido en un buen lío. Piense que ahora su vida está en nuestras manos, y nosotros no sabemos muy bien qué debemos hacer para protegerlo con garantías…

—No hay nada que ofrezca garantías en esta historia tan horrible… ¿Quiere un poco de coñac? —dijo Déravans. Y continuó—: Lo que resulta descorazonador es precisamente eso: el despiadado método del asesino, que parece que consigue alcanzar siempre su objetivo criminal. Piense en el asesinato de Lamarck. Nadie sabía que él había decidido de repente operar a mi hermano. Nadie sabía, además, que pretendía operarlo, no en la clínica Linden, sino fuera de Boston, en Soul Y, sin embargo, el asesino llegó allí, se cruzó en su camino, lo mató y se dio a la fuga en su coche.

—… Este problema ya está casi resuelto —murmuró Jelling—. No les puedo dar nombres por ahora, pero claro que me imagino quién puede haber informado con mucha facilidad al asesino de que Lamarck y su hermano se dirigían a Soul, de manera que él pudiera alcanzarlos con su coche. Conocemos la marca del coche: un Maritaine. Conocemos el nombre y el apellido de quien lo condujo ese día a Soul para encontrarse con Lamarck. No hay más que encontrar a este tipo ahora, y no nos va a resultar difícil. En cuanto lo arrestemos, lo demás se explicará por sí solo. Lo más importante es que el doctor Thesenty pueda operar mañana por la mañana sin que ocurra nada…

Déravans se puso una segunda copa.

—¿Y toda esta sangre por qué? —dijo—. ¿Por qué? ¿Qué quieren de nosotros? No nos han pedido ni un céntimo.

—Se lo pedirán, no lo dude. —Y Jelling se animó del todo—. Creo adivinar el plan del asesino. Es un chantaje complicado y de larga duración, y si consiguen que resulte con éxito le tendrán bien cogido el resto de su vida, a usted y toda su fortuna.

—Tiene que ser un loco o un inconsciente… Un enfermo mental, eso —dijo Déravans—. No se puede concebir una criminalidad tan feroz y que al mismo tiempo sea consciente.

—¡No, Andrea! —exclamó Evelina Soldier—. Yo no creo en la enfermedad mental de los delincuentes. Usted sabe que yo también he estudiado Derecho y he visto muy bien, con mis propios ojos, que la enfermedad mental, salvo casos rarísimos, es una miserable excusa inventada por los abogados para salvar a sus desvergonzados clientes… Si arrestan al asesino, no habrá que tener piedad de él en absoluto, no habrá que disculparlo bajo ningún pretexto, ya sea por una herencia accidental o por pobreza… Incluso quien desciende de una generación de asesinos sabe lo que hace cuando mata por primera vez, y por mucho que quisiera no podría dejar de hacerlo. No es la herencia lo que le empuja, sino la corrupción consciente.

Evelina Soldier estaba indignada, con la cara roja. Por fin sus ojos habían recuperado la vivacidad y el orgullo que la caracterizaban habitualmente.

—La señorita tiene razón —se permitió intervenir Jelling con educación—. Un amigo mío, que es profesor de psicopatología, Tommaso Berra, también piensa lo mismo. Hizo una campaña periodística para que se modificara el código en ese sentido… Como usted sabe, nuestro código data de cuando la vida y las ideas sobre la vida eran todavía primitivas y estaban contaminadas de romanticismo. Antes se veía en el asesino a un pobre hombre arrastrado por la miseria o por instintos hereditarios de los que no tenía culpa. Pero ha habido demasiadas pruebas de que eso no es así. Demasiados delincuentes ricos, nacidos de buenas familias, completamente conscientes, que realizaban sus gestas criminales a sangre fría, sin que los arrastrara ninguna pasión, sólo la voluntad de hacer el mal…

—Estos problemas siempre me han interesado —dijo Déravans, tranquilo, sin alterarse, como Jelling había temido por las contradicciones que había encontrado—. Nuestra literatura está llena de novelas en las que hombres matan a otros hombres, por los motivos más diversos, y nunca por una criminalidad consciente, como dice usted. ¿Cómo se explica esto?

—Fantasías —explicó lacónicamente Jelling—. En la vida real las cosas son bastante distintas. Piense en nuestro caso. ¿Por qué han asesinado a Linden? ¿Y por qué a Lamarck? Nosotros todavía no lo sabemos. Sabemos que el asesino no quiere que su hermano recupere la visión, pero no sabemos por qué no lo quiere… Y, aun así, yo puedo decir que lo sé… Incluso apostaría a que se trata de un motivo material muy común, de dinero o de interés… Los hombres son vagos, los hombres no levantan un dedo si no hay una compensación. Y si ha asesinado a Linden y Lamarck, no dude de que el asesino lo ha hecho para recibir una compensación. Ese será siempre el rastro que traicionará al delincuente: el efecto al que se encaminaba con su delito. Y existen muy pocos motivos aparte del interés material que empujen al hombre a hacer el mal…

—¿Quiere decir —prosiguió Déravans— que una pasión violenta, pero ideal, no empujará a nadie a matar? Sin embargo, hay muchos ejemplos al respecto.

—Nos hemos hecho muy indolentes —rebatió Jelling después de unos minutos de reflexión— o demasiado civilizados, como dice quien se quiere engañar, para matar por culpa de una pasión. Ahora nos guardamos nuestras pasiones con naturalidad, y hoy es raro el caso de un homicidio pasional… Por eso la ley se tiene que hacer cada vez más severa, más inflexible. Al asesino de Linden y de Lamarck se le deberá castigar con la pena máxima y todos sus agravantes. Se trata de un delincuente puro que hasta ahora ha tenido la suerte de su lado, y por una serie de circunstancias nos ha podido engañar… Pero le puedo decir, aunque peque de inmodestia, que he comprendido su juego y que deberá tener cuidado con lo que haga…

—¡Ojalá fuera de verdad como dice usted! —exclamó Déravans.

Se mostraba melancólico, abatido, por eso había perdido todo su espíritu sarcástico.

Jelling, por su parte, seguía animado. La imagen de Teresa Wilde le pasó por la cabeza y no pudo aguantarse de decir:

—Y tengo un arma terrible en la mano… Un arma que usaré sólo en caso extremo, sólo si las demás me fallan. Pero es segura, y cuando la ponga en funcionamiento el asesino estará perdido.

Después de decir esto se dio cuenta del tono épico que había usado y se puso rojo. Pero la sonrisa triste de Evelina Soldier lo animó.

—Me siento tan segura cuando habla de esa manera —le dijo—. Por lo menos estoy segura de que hará todo lo que humanamente pueda…

Se interrumpió porque había entrado la sirvienta.

—Hay… un agente de Policía… El señor Matchy, que desea hablar con el señor… —y señaló a Jelling.

Este se levantó.

—… Quizá le han molestado mis palabras —le dijo a Evelina Soldier—. Perdóneme… Había venido precisamente para tranquilizarles a los dos. El señor Déravans será operado mañana por la mañana y todo irá bien.

Se despidió después de algunos cumplidos y salió para encontrarse con Matchy.

—He tenido que utilizar mi intuición para encontrarle —exclamó Matchy—… Pero le tengo que decir dos cosas importantes. En primer lugar, Carlo Styss es supersticioso. En la pensión, a la que he vuelto, todos están de acuerdo con esto. Además, esas dos personas que me ha encargado que buscara ya casi las tengo en mis manos…

Jelling pareció sorprenderse. Se paró y preguntó con la mirada.

—Es… una pareja sospechosa que he conseguido localizar después de buscar mucho… Pero el hecho es que el portero de la Abeja Verde, que lleva allí diez años y se sabe la historia de todos los clientes, me ha hablado de dos que hace cuatro años hacían negocios en el local relacionándose con los ricos que iban allí. Se decía que los chantajeaban después de haberles hecho trampas en el póquer, y que vivían de otros sistemas parecidos…

Se puede decir, sin exageraciones literarias, que Jelling escuchaba con toda su alma.

—… Entonces he seguido la pista —continuó Matchy regodeándose—. Y hoy he conseguido saber su verdadero nombre. Usaban tres o cuatro como habituales, pero el de hoy es el verdadero… Sólo que no hay forma de saber más. Desde hace cuatro años parece que se han volatilizado y no han vuelto a dar señales de vida. Puede que ahora sean personas honradas.

—Puede ser… —dijo misteriosamente Jelling—. Pero dígame sus nombres.

Matchy se sacó el cuaderno del bolsillo.

—Pietro O’Stere es el nombre de él, debe de ser de origen irlandés. Y ella, Caterina Messel.

—… O’Stere… Messel… —dijo Jelling silabeando—. Creo que ya he oído estos nombres…

Le dio como una sacudida y se le encendió una luz en los ojos.

—Corra, Matchy —exclamó—. Vamos rápidamente a la Central.

A paso de carrera llegaron al edificio (a decir verdad bastante feo y viejo) de la Central de Policía; siempre a la carrera subieron las escaleras que conducían al despacho de Jelling, el archivo, y ahí se pararon. Matchy jadeaba como un elefante enfadado y tenía los ojos fuera de las órbitas. Jelling, sin pararse a recuperar el aliento, abrió las puertas de un armario grande lleno de carpetas y empezó a rebuscar anhelante.

—Aquí… Ostayne… O’Stere… Ya tenemos una. Ahora veamos Messel. Me imaginaba que se trataba de gente con antecedentes penales… Matthew… Mazier… Mercants… ¡Messel! Ya los tenemos.

Cogió las dos carpetas, se puso en el escritorio y abrió la cinta que las cerraba, seguido por la intensa curiosidad de Matchy.

—Entonces… —y Jelling empezó a pasar con ansiedad los expedientes. Pero después de unos instantes se dibujó en su cara la desilusión más completa y miró a Matchy sacudiendo la cabeza.

—Nada que hacer… No son ellos. ¿Sabe por qué no conseguía tener noticias de estos dos tipos?

—No —respondió Matchy angustiado.

—Porque desde hace cuatro años exactos están recluidos en el penitenciario de Alcatraz y les quedan otros seis. Mientras que los que busco yo están libres, libres, y los tenemos delante de nuestras narices.

 

 

11

Los casos eran tres

 

Ese mismo 22 de enero, Arthur Jelling vino a verme de nuevo para informarme del desarrollo de la investigación. Aunque este encuentro entre nosotros se había producido antes de los hechos hasta ahora narrados, hablo ahora de ello porque lógicamente viene después.

En cuanto lo vi, comprendí que las cosas no iban bien. Si Jelling sabía ocultar sus sufrimientos, no era capaz de hacer lo mismo con la alegría, y esto es lo que distingue a las personas profundamente buenas. Eran las nueve de la mañana y yo había acabado en ese momento de lavarme cuando Giovanni dio paso a mi amigo. Charlamos media hora y me narró cómo se habían desarrollado los hechos y sus planes. Luego, con mucha ceremonia, me preguntó si quería acompañarlo a dar un paseo de «resumen». Tenía ganas de estirar un poco las piernas y acepté de buena gana. En primer lugar, me condujo a la clínica Linden. Pero no entramos y Jelling se limitó a pararse delante de la tétrica construcción.

—Ya está verificado —dijo— que el asesinato de Linden se produjo de esta manera: el asesino llegó a las inmediaciones de la clínica en coche, con mucha probabilidad un Maritaine; como sabrá, estos coches son los más silenciosos del mundo. Así que se apostó detrás del edificio, con lo que dominaba, de lado, toda la amplia acera que está enfrente de la clínica… Además, intervino la suerte en su favor. En la clínica había un montón de personas interesadas en la historia de Alberto Déravans. Linden sale de su coche, cruza la acera, y el asesino dispara. Por fuerza, al oír el disparo, todos los que estaban en la clínica salen al pasillo para ver qué ha sucedido. Para colmo, los ventanales del pasillo están abiertos, porque, debido a la temperatura, sólo se abren de noche, así que todo hace creer que el disparo ha salido de esos pasillos, mientras, en cambio, el asesino vuelve tranquilamente a su coche y se marcha sin que nadie lo moleste.

—¿Ha dicho que está verificado? —le pregunté—. Pero ¿de qué manera? ¿Tiene pruebas?

—Pruebas lógicas —respondió Jelling—. Mire la forma del edificio: es ligeramente semicircular. Lo que quiere decir que una persona que esté escondida detrás de una de las dos alas se encuentra, como ángulo de tiro, en la misma posición que una que se encuentre delante, casi en el centro. Sólo hay una diferencia de tres o cuatro metros de distancia. Diferencia que las pruebas balísticas no pueden encontrar, pero la lógica sí… Además, hay otras pruebas indirectas. Nadie de los que se encuentran en la clínica llevaba encima armas. Excepto Thesenty, que me dijo que tenía una, pero estaba descargada. Este hecho hay que verificarlo, por supuesto. Pero con astucia. No hay que asustar al asesino. Para que el culpable caiga en la red es necesario que se sienta tranquilo. Hay que darle la sensación de que nadie sospecha de él, de que nadie piensa en él. Entonces, con esa tranquilidad, con esa seguridad, él se perderá. Haré lo posible para que el culpable no recele, que piense que voy por un camino equivocado y que sigo pistas que no son las verdaderas. Sólo así conseguiremos que se equivoque… Imagínese que yo ahora arresto al matrimonio Dundley… Luego le hablo de ello… ¿Y bien? Yo no tengo pruebas contra ellos, excepto que saben disparar muy bien, al menos él. Comprenderá que no es suficiente ser un buen tirador para que a uno le acusen de doble homicidio… O Lila Leland. Creo que esto le interesará. Ella tiene dos coartadas muy buenas. Cuando Linden y Lamarck fueron asesinados, ella no se encontraba en absoluto cerca de la escena del crimen. Y no tiene un arma, ni nunca la ha tenido.

—¿Y el asesinato de Lamarck? —pregunté en cuanto nos pusimos a caminar de nuevo.

—También aquí la lógica me ha ayudado a encontrar la solución. Creo que se podría explicar así. Lamarck habla con Déravans y le propone operarlo. Su diálogo es interceptado, seguramente el asesino hace vigilar o vigila él mismo a Déravans. Sabe muy bien que se le puede operar en diez minutos y está muy atento al juego sucio… Como ha visto, hemos conseguido que a Déravans se le haya operado precisamente con juego sucio. Bastaron diez minutos de buena voluntad y de valor para que un ciego haya recuperado la visión. Bien, después de saber que Lamarck va a llevar a Déravans a Soul, el asesino coge su Maritaine y se encamina a Soul esperando el momento oportuno para vengarse del médico. En cuanto ve aparecer el coche de Déravans empieza el juego. La carretera está desierta, él dispara, golpea, huye y todo se acaba. A nosotros nos queda encontrar quién pudo advertirlo con tanta diligencia.

—Me parece que no hay más que una solución… —le dije con clara alusión.

—Lo sé —me respondió Jelling avergonzado—. Lila Leland. Pero hacen falta pruebas. Además, ayer por la noche ella convenció a Thesenty para que operara a Déravans, incluso lo ayudó. Y para hacerlo tuvo que prometer a Thesenty que se iba a casar con él… Y no creo que tenga muchas ganas.

Reflexioné unos minutos. Luego tuve una idea.

—Habrá comprendido que alrededor de ella se iban cerrando los brazos de la justicia y habrá dado marcha atrás. Al ayudar a Thesenty en la operación a Déravans se ha creado una coartada irreprochable y usted no podrá hacer nada contra ella…

—¿Usted cree? Yo siempre tengo un medio… —y, como supe después, él pensaba en ese momento en Teresa Wilde—. Un medio que podrá con cualquier coartada…

—Ha dicho que me hablaría del matrimonio Dundley —le dije luego mientras me acompañaba a casa—. ¿Tiene alguna novedad?

—Son las personas menos claras de todo este asunto. Si hiciera caso a mi instinto, tendría que haber seguido el sistema del capitán Sunder: arrestarlos inmediatamente y hacerlos hablar… Pero, si le hago caso a la lógica, no muevo un dedo. La cuestión de la muñeca, por ejemplo. Primero Dora Dundley me dice que no reconoce la muñeca. Luego me dice que es suya y que mintió por diversión. ¿Tengo que creerla? ¿O intervino algún factor nuevo que la indujo a decirme que la muñeca es suya aunque no lo sea? Y, en este caso, ¿cuál sería ese factor nuevo? Por lo demás, le repito: una vez dudé, pero ahora sigo creyendo que esa muñeca es un elemento importantísimo, a pesar de que hasta ahora no me ha permitido descubrir nada. —Se calló, pensativo, con la mirada fija en el suelo, aunque sin ver bien dónde pisaba, y añadió—: No sería nada extraño, en cambio, que la muñeca fuera un elemento adicional, es decir: admitamos que es en realidad de la señora Dundley, y que ella le ha quitado los ojos, para el «hechizo»; puede que no tenga nada que ver con el asesino, el cual actúa por su cuenta y por otros motivos…

—Yo también creo que es así —dije, parándome en el portal de casa después del paseo—. La señora Dundley me parece la típica tontuela capaz de hacer caso a los libros de magia… y se ve que están muy interesados, ella y su marido, en que Déravans siga estando ciego. Saben perfectamente que no pueden esperar nada bueno de un Alberto Déravans dueño de la casa y con los ojos abiertos, mientras que con el hermano es otra historia.

—Exacto —me interrumpió Jelling—. ¿Qué piensa de Andrea Déravans?

—No me gusta nada —le expliqué—. Hay apatía y crueldad en él. Es un pobre hombre que no tiene fuerzas ni voluntad para mover un dedo más que en un caso: cuando está enfurecido, y eso le puede pasar a menudo porque es medio neurótico.

—También él es un magnífico tirador —sonrió Jelling—. Parece que lo hacen aposta para confundirme… Pero yo quizá le estoy haciendo perder el tiempo… —dijo en tono ceremonioso y avergonzado—. Perdóneme, esta investigación me apasiona tanto que me olvido de las reglas más elementales de la buena educación.

—No empecemos con historias, Jelling —le dije golpeándole en el hombro con una mano—. Debo haberte dicho cuatro o cinco veces que me hables con más confianza, y tú siempre con ceremonias… Acabaré ofendiéndome.

—Se lo… Te lo agradezco —balbució confundido—. Nunca tuve el valor de pedírselo…

—De pedírtelo…

Esto lo dejó muy contento. Yo entré en mi casa y él se fue a la Central de Policía. Después llamó por teléfono a Teresa Wilde, luego fue a ver a Madame Dark y por último a Déravans, donde Matchy fue a recogerlo con su sorprendente noticia sobre O’Stere.

En ese momento, a Jelling lo llamó el capitán Sunder, que en cuanto lo vio le enseñó un telegrama. Procedía de la Dirección General de la Policía de Nueva York.

En la búsqueda de Carlo Styss, lo encontramos muerto esta mañana entre los fallecidos del choque ferroviario del directo 259 procedente de Boston. Esperamos ulteriores instrucciones.

Sin hablar, Jelling se sentó frente a Sunder. Tenía su típica mirada ausente, como las personas que piensan con intensidad. Hizo un gesto con la mano que nadie entendió.

—¿Qué quiere? —le preguntó Sunder—. ¿Mata moscas?

—El… El… El horario de trenes, por favor —le pidió. En cuanto lo tuvo, se puso a consultarlo febrilmente. Luego levantó la mirada hacia el capitán Sunder.

—Thesenty partió ayer por la noche a la una y doce minutos en el directo 215. Carlo Styss ha salido esta mañana a las seis, dos trenes después, en el directo 259, hacia Nueva York.

—¿Y qué? —dijo el capitán Sunder impaciente.

No estaba en uno de sus mejores momentos, y los titubeos de Jelling lo irritaban más todavía.

—… Nada…

—Esto es muy gracioso —gritó Sunder, molesto—. Hace deducciones a medias para concluir con nada en absoluto… Mire, no se ofenda, se lo digo con toda la sinceridad, pero sin animosidad: le ha ayudado una suerte increíble en su investigación. Nunca habría encontrado absolutamente nada del delincuente más inofensivo si no lo hubiera ayudado la suerte.

—¿La suerte? —dijo Jelling, más a sí mismo que como respuesta.

Estaba claro que seguía el hilo de sus pensamientos y no había notado el tono verdaderamente ofensivo de las palabras de su superior.

—La suerte ayuda de manera increíble al asesino de Linden y Lamarck… Todavía por poco, y sólo por pura casualidad, estábamos a punto de lanzarnos sobre una pista falsa que nos habría alejado del verdadero culpable.

—Pero ¿me va a decir lo que piensa sí o no? —gritó Sunder realmente fuera de sí.

Jelling se asustó y se quedó blanco.

—Quiero decir… Que Carlo Styss no tiene nada que ver en este caso. Que sólo una suerte inmensa ha hecho coincidir la pista de este inofensivo Carlo Styss con las que de verdad conducirán a descubrir al asesino. —Había recobrado algo de valor y prosiguió con decisión—. Ya lo había intuido desde el principio. Carlo Styss tiene la nariz grande, se la vi en una fotografía, y yo no busco a un hombre con la nariz grande… Carlo Styss se marcha a Nueva York justo cuando los periódicos informan que a Alberto Déravans lo van a operar mañana por la mañana, y yo, en cambio, busco a un hombre que se quede aquí para impedir a toda costa que Déravans se opere…

—A lo mejor —rebatió el capitán con un poco más de confianza en las capacidades de Jelling tras su explicación— Carlo Styss ha ido a Nueva York precisamente para perseguir a Thesenty, que es el único que puede operar ahora a Déravans… Es más, es muy extraño que la marcha de este Styss haya sido poco después que la de Thesenty… Es algo que da que pensar…

—Yo, en esta trampa de la casualidad, no caigo —respondió Jelling cada vez con más valor—. Hay que desdramatizar las cosas. Nadie sabía, ayer por la noche, que Thesenty se había ido a la una y doce, y aún estoy convencido de eso ahora, que los únicos que lo sabíamos éramos nosotros y la señorita Leland…

Jelling se paró de repente, previendo la objeción de Sunder.

—Me parece que esta Lila Leland está un poco en todos los sitios… Y todavía me estoy explicando por qué me pidió que la pusiera en libertad después de haberme dado su nombre para que la arrestara…

Jelling se puso rojo y bajó la mirada.

—Era la única persona que podía convencer a Thesenty de que operara a Déravans… —dijo en voz baja.

—Lo sé, ya me lo ha explicado… Pero, aparte de esto, ahora Carlo Styss está muerto y nunca sabremos la verdad…

—Quizá es mejor así, incluso para él —dijo Jelling inconscientemente cruel—. Si estuviera todavía vivo, nos habría hecho perder un montón de tiempo valioso y se le habría atormentado sin motivo.

—Bien, si usted ve las cosas así… —dijo Sunder apaciguado—. Y ahora ¿qué pista va a seguir, visto que descarta las otras con tanta facilidad?

—Ahora voy a ver un momento a los Dundley. De todas formas, confío mucho en lo que va a pasar mañana por la mañana… ¿Ya ha encontrado al agente que va a hacer de Thesenty?

El plan de Jelling implicaba, en efecto, a un agente de paisano que hiciera de Thesenty. Para que la escena de los preparativos de la falsa operación de Déravans fuera más verosímil, hacía falta que a la mañana siguiente, a las seis, como todos los periódicos habían informado, Thesenty se presentase con su coche en la clínica Linden y se bajara para acceder al interior. Pero como Severino Thesenty se había marchado, aparte de que no se le podía exponer a un peligro semejante, se había pensado en un agente que midiese más o menos lo mismo y tuviera una complexión parecida a la de Thesenty. Este agente llegaría en coche a la entrada de la clínica y se bajaría. Si alguien quisiera atentar contra su vida, se desenmascararía y le daría su merecido.

—¡Claro que lo he encontrado! —exclamó Sunder.

—Ese diablo de Crew tiene justo el mismo tipo que Thesenty y no tiene miedo ni al hombre lobo… Además, ha tomado precauciones. Un bonito sombrero de fieltro que parece el más sencillo del mundo y, en cambio, tiene un revestimiento interior de acero que resiste incluso un calibre 9… Luego, una buena coraza que lo envuelve como un jersey… Sólo usted, Jelling, es capaz de inducirme a preparar ciertas escenas cinematográficas, porque, si fuera por mí, una buena bronca a todos los sospechosos y ya vería cómo al final alguno terminaría hablando…

Jelling dijo que sí, pidió perdón, intentó hacerle entender de buenas maneras que, sin embargo, no compartía esa opinión y al final consiguió salir de allí con Matchy.

—Estaba nervioso el comandante —dijo Matchy con ironía—. Con este frío parece que los delincuentes trabajan mejor. Hay una montaña de denuncias, homicidios, robos como nunca se había visto antes, y el comandante pierde los papeles…

—Claro: el frío favorece mucho la delincuencia, ¿no lo sabía? Todas las condiciones hostiles para los hombres honrados favorecen, en cambio, la obra de los deshonestos. Piense en la noche. El hombre bueno prefiere quedarse en casa; la noche no le gusta, le complica la vida. Sin embargo, el delincuente se aprovecha de ello, se hace aliado de la oscuridad y del frío. ¿Sabía que si la acera donde mataron a Linden no hubiera estado helada quizá Linden podía estar todavía vivo?

—¿En serio? —dijo Matchy pasmado.

—Enseguida le explico el motivo. Desde el principio de la acera hasta cuatro metros más allá, Linden estaba a tiro del revólver del asesino. Más allá de cuatro metros, puesto que el asesino, como ya le he mencionado, disparaba desde un lateral de la clínica, un poco atrás, Linden no estaba a tiro. Ahora haga este cálculo. Si la acera no hubiera estado helada, Linden habría recorrido los cuatro metros en dos segundos, tiempo insuficiente para el asesino de apuntar y disparar. Pero como la acera estaba helada, Linden recorrió aquellos cuatro metros fatales casi en el doble de tiempo, lo que dio al asesino el tiempo de apuntar y matarlo.

La explicación era tan rigurosa como un teorema. Matchy se quedó encantado.

Pero Jelling, al que no le gustaban los cumplidos porque rara vez pensaba que los merecía, cambió de tema.

—Ahora me dirijo al Clay Tres —le dijo—. Mientras, usted me podría hacer el favor de ir a buscar a los Dundley y llevarles allí. Mucho cuidado, haga las cosas con mucha amabilidad. Nuestro tono tiene que ser cordial, no deben sospechar… Dígales que sería un placer invitarles a una cerveza para informarles de las últimas novedades…

Matchy se marchó al trote para llevar a cabo el cometido y Jelling se fue al Clay Tres a esperar a los Dundley, que llegaron media hora después acompañados de Matchy, que quería fingir que les dedicaba atenciones y cumplidos, sin conseguirlo del todo.

—Les parecerá extraño —empezó a hablar Jelling tras haberlos saludado y decirles que se pusieran cómodos— que les invite precisamente aquí… Pero, miren, si les hubiese citado en mi despacho, en la Central de Policía, habría parecido que los quería arrestar, cuando lo que en realidad deseo es pedirles algo de información… Y si yo hubiera ido a su casa, les habría vuelto a molestar…

—Es usted muy amable —dijo Isidoro Dundley con cordialidad—. Le entiendo perfectamente. Pero no tiene por qué hacernos tantos cumplidos. Yo siempre estaré encantado de poder ayudarles, y a mi mujer, como usted sabe, le gusta relacionarse con la Policía, que sospechen de ella, etcétera. Dice que le entran escalofríos. Con este frío no haría falta —terminó riendo.

A pesar de la ocurrencia, su cara no era nada simpática, ni tampoco la de la mujer. Y para Jelling, que se guiaba por las impresiones, por las intuiciones, más que por los datos reales, eso era muy importante. Eran dos tipos de los que hay muchos en la vida, que no hacen nunca nada malo, en el fondo son agradables y amables, pero de los que un instinto misterioso nos advierte que hay que tenerlos lejos. Eso puede depender incluso sólo del aspecto físico. La madurez desagradable y de pelo teñido de Dora Dundley, la desfachatez, unida a la calvicie desordenada, de su marido y a sus ojitos inquietos y acuosos, de los que no se podía intuir el color, formaban un conjunto con el que uno se podía sentir a disgusto.

—Nos habrá hecho llamar por lo de aquella muñeca —preguntó Dora Dundley—. Como si lo viera.

—¡Oh, no! Es algo sin importancia. Quería solamente saber si alguna vez han ido a ver a Madame Dark… Se lo ruego, señora, dígame la verdad —suplicó sonriente Jelling—. Usted sabe mejor que yo que el buen resultado de la investigación depende de las respuestas de todos a los que interroga la Policía.

Dora Dundley agitó las manos con gracia como para decirle a Jelling que estuviese tranquilo.

—Nunca juego dos veces a lo mismo, ¿verdad, Doro? Soy tan voluble, Dios mío… Mi marido dice que soy un tormento… Pues, a decir verdad, sí, me avergüenzo un poco de ello, pero una vez fui precisamente a que me leyera el futuro Madame Dark… No le digo las estupideces que me predijo, pero me divertí mucho…

Así era, con toda su amabilidad sociable, agitada, charlatana, por eso no se esperó el jarro de agua fría que le echó Jelling:

—¿Y no tendrá por casualidad ahora en el bolso un revólver? —le preguntó.

Isidoro Dundley, que se estaba encendiendo, casi indiferente a lo que decía su mujer, un buen puro, se quemó los dedos por haberse olvidado de que tenía en la mano una cerilla. En cuanto a Dora Dundley, tras un brevísimo instante de vacilación, con una rapidez mental de la que no se le habría creído capaz, volvió a gesticular sonriente como antes.

—¿Un revólver? ¿Yo? ¿Y cree que vengo a verle con un revólver en el bolso? Aunque tuviera uno, lo habría dejado en casa, ¿no sería lo correcto, Doro? —Y se reía.

—Podría ser —dijo amablemente Jelling, sin modificar el tono agradable y las formas afables— que usted fuera una de esas personas que tienen la precaución de ir siempre con un revólver, en especial cuando van a ver a un funcionario de Policía…

—¡Doro! —chilló mirando fijamente a su marido—. ¡Me puede la emoción! ¿No te decía yo que sospechaba de nosotros? ¿Lo has visto? Pues bien, señor Jelling, es normal que yo tenga un revólver. Está de moda, por si no lo sabe, y además con los tiempos que corren… Pero ¿qué tiene que ver con la hechicera de la que me ha hablado antes?

Jelling obvió la pregunta e insistió amablemente:

—¿Y dónde tiene ese revólver?

—¡Pues en el bolso! —respondió ella con actitud colérica e infantil—. ¿El señor mago que ve dentro de los bolsos cerrados está satisfecho? Aquí tiene el revólver.

Aún riendo, abrió el bolso y sacó un arma de un calibre poco femenino, el 6, pero muy adornada, como requiere el bolso de una señora. Isidoro Dundley no hablaba. Se había repuesto del estupor que le habían provocado las preguntas de Jelling y fumaba tranquilamente. Pero a él también le llegó el turno.

—¿No tendrá usted también por casualidad un revólver? —le preguntó Jelling no sin hacer un esfuerzo ante su propia timidez.

El señor Golden se sorprendió menos esta vez, pero no por eso se divirtió con la pregunta. Antes de responder se sacó del bolsillo posterior de los pantalones un revólver y se lo entregó a Jelling. Luego dijo:

—Perdone la confianza, pero es realmente ridículo en sus pesquisas. Comprenderá que un tirador como yo tenga un revólver. Es más, como Linden y Lamarck han sido asesinados por un tirador experimentado, me ha sorprendido mucho que tardara en hacerme un interrogatorio en toda regla. Si no recuerdo mal, una tarde le mostré de qué soy capaz en el tiro al blanco en la Abeja Verde. Y eso no es más que un juego para mí…

El razonamiento era tan claro y sincero que Jelling aceptó enseguida la invitación a la sinceridad.

—Claro que es ridículo lo que hago… Lo sé de sobra. Y les voy a decir algo complicado: es posible que yo sepa cosas que ustedes no saben que yo sé…

—Juguemos a las adivinanzas —replicó el señor Dundley, mientras la señora Dundley parecía haberse tranquilizado mucho y estaba muy quieta escuchando—. Si cree que yo soy un hombre que se arriesgue a la silla eléctrica para que el querido Alberto no vuelva a ver la luz del sol es que no es usted un buen psicólogo… Le confieso que sus pesquisas siempre me han dado miedo, porque sabía muy bien cuáles eran las sospechas que giraban alrededor de mí, pero ahora que podemos conversar de hombre a hombre le debo decir sinceramente que se equivoca de camino.

—Tiene razón —intervino la señora Golden—. Se equivoca de camino. Ya está bien de bromear. Ahora usted va en serio. No somos dos colegiales, pero tampoco somos dos criminales. Mañana, si Alberto Déravans vuelve a casa con los ojos sanos, si Severino Thesenty consigue operarlo y nos echa a la calle porque no le caemos bien, nos iremos y adiós muy buenas. No por eso vamos a provocar una matanza de todos los médicos que lo pueden operar.

A decir verdad, ante estas explicaciones precisas que tenían toda la pinta de ser muy sinceras, Jelling se quedó bastante cohibido.

—Yo no digo que hayan sido ustedes los que han matado a Linden y a Lamarck. Si lo dijera, ya les habría arrestado… —intentó objetar—. Yo sólo sé que mañana por la mañana Alberto Déravans tiene que ser operado y es prudente quitar de la circulación el mayor número de revólveres posible.

—¿Usted también está a favor del desarme? —chilló la señora Golden, estallando en una risotada por la agudeza.

Jelling y Matchy se rieron a carcajada limpia, lo que sirvió para cambiar un poco el tono agrio que estaba tomando la conversación. De todas formas, permanecía aún esa atmósfera policial que parecía molestar de verdad a los Dundley.

—Una cosa más y acabo —dijo Arthur Jelling en cuanto terminó una atronadora canción de baile interpretada por la orquesta del Clay Tres—. ¿Tienen más armas en casa?

—Yo tengo otro revólver completamente igual al que le he dado. ¿Lo quiere? —respondió Isidoro Dundley con despreocupación.

—Mándemela a casa esta noche… —dijo Jelling—. Como ve, me fío de usted. Si usted fuera el hombre que mañana por la mañana tuviera que matar a Severino Thesenty, le ofrecería la posibilidad de no obedecer a mi petición…

—Lo haré. Todas sus peticiones son órdenes —e Isidoro Dundley se rio con sarcasmo e ironía—. Buscaré su dirección en la guía de teléfonos y esta noche me tendrá completamente desarmado.

—Gracias. Comprendo que es una molestia para usted, pero tenga paciencia. Espero no tener que molestarle más… Quiero decir —insinuó hábilmente luego— que me da su palabra de que por ningún motivo conseguirá un arma hasta mañana por la noche… Si la Policía se entera de que usted ha conseguido otro revólver, será difícil convencerla de que no ha sido para hacer algo malo…

—No tengo ganas de que crean que soy un asesino —respondió lacónicamente Isidoro Dundley.

Después de intercambiar fríamente algunas palabras más, los Golden se fueron del Clay Tres, mientras que Jelling y Matchy se quedaron.

—¿Se puede saber qué objetivo tienen estas maniobras? —preguntó Matchy, que hasta ese momento no había abierto la boca—. Cuando le miro, me viene a la cabeza un cazador que conocí cuando era joven. Nunca conseguí comprender qué hacía todo el día en el bosque, con la nieve y el viento. Él ponía el cepo. Cuando vi que los zorros se habían comido media pierna para huir del cepo, entonces comprendí…

—Usted sabe lo que yo pienso… —respondió Jelling—. Con las pistas que seguimos es fácil ser un investigador. Por muy débiles que sean, las pistas siempre conducen a quien las ha dejado… Pero cuando no hay pistas y es necesario inventarlas, el trabajo se complica. Yo, como ha visto, he preparado todo para mañana por la mañana. Mañana por la mañana hay dos posibilidades: o alguien intenta matar al agente que se hace pasar por Thesenty, en cuyo caso lo cogeríamos porque, aunque fuera un fantasma, no se escapará; o no pasa nada… Y entonces sabré de todas maneras quién es el culpable, por eliminación… Usted coge, por ejemplo, una carta de una baraja. La puede ocultar o mostrarla según le convenga, pero si yo miro las cartas restantes le puedo decir enseguida cuál es la que ha cogido…

La admiración de Matchy por Jelling aumentó, pero este último no estaba tan contento de sí mismo como se podría creer. En efecto, dejó a Matchy, se fue a casa, comió, cruzando apenas unas palabras con la señora Jelling, acarició con prisa a su hijo, y después se encerró en su despacho y se tumbó en el sofá. Ahora que estaba solo, se le cayó de la cara una especie de máscara. Estaba cansadísimo. Todas esas conversaciones, todas las personas con las que tenía que tratar eran lo más antipático del mundo para Jelling. Él estaba hecho para vivir entre pocos amigos de confianza, que lo comprendieran, y no en ese maremagno infernal donde de vez en cuando alguien era asesinado. Y por si fuera poco, unas horas más tarde se jugaría la gran partida. La mañana siguiente a las seis, todos hablaban de ello, Severino Thesenty operaría a Alberto Déravans. Era como un duelo, un desafío, un combate de boxeo, y estaba claro que muchos bostonianos acudirían, a pesar del frío y la hora temprana «a ver si mataban al médico». Por suerte, Thesenty estaba a salvo y la operación ya se había hecho. Todo se reducía a poner un cepo, como había dicho Matchy y ver si el zorro se quedaba ahí.

Como es lógico, Jelling no durmió esa noche. Además, tenía apilados en el fondo de la habitación los «objetos inútiles» encontrados en la clínica Linden y en casa de los Déravans, y aunque estuviera tumbado en el sofá los tenía siempre a la vista. El microscopio, la estufa de gas, la muñeca ciega. Todos esos objetos le hacían pensar continuamente, aunque quería cerrar un poco los ojos.

Hacia las cuatro fue a buscarlo la señora Jelling con un vaso de agua y anís.

—Bebe, Arthur, te sentará bien.

—¿Y tú por qué no estás durmiendo? ¿Qué haces levantada a estas horas?

—Te cansas demasiado —dijo la señora Jelling evitando la pregunta—. No tendrías que preocuparte por estas cosas, lo sabes…

—Querida… —dijo él mientras le acariciaba—. Ya ves lo que pasa. Al principio parece algo tan fácil… Luego todo se hace horrible y… no me puedo liberar de ello. Pero para otra vez no me vuelvo a meter en estos líos…

—Siempre dices lo mismo. Yo tengo miedo por ti. ¿Y si dispara alguien? No te pongas cerca de la entrada de la clínica, te lo ruego, te lo ruego… Desde ahí dispararon al profesor Linden…

En cambio, Jelling, una hora y media después, estaba precisamente en la entrada de la clínica, y si lo hubiera visto la señora Jelling se habría estremecido del susto. Eran las cinco y media. Era de noche y hacía un frío intenso. Una sucesión de agentes cerraba todo el espacio que había frente a la clínica. Detrás, otros agentes vigilaban con la motocicleta al lado o sujetando un robusto perro lobo, esos inquietos perros lobo que perciben con el oído el batir de las alas de una mariposa y con el olfato una huella dejada seis horas antes. Por último, en el interior de la clínica otros agentes rastreaban de una punta a otra todas las salas del edificio. Jelling ya había inspeccionado todo eso, pero cuando poco después que él llegó el capitán Sunder, le mostró algo que no había visto.

—¿Qué me dice de esto? ¿He hecho bien los deberes? ¿Ve aquella cosa redonda encima de ese coche? Es un faro. En cuanto nos demos cuenta de que algo no funciona, la encendemos, y le aseguro que uno se queda cegado…

Con ese particular gusto de los americanos por las cosas espectaculares, unas cincuenta personas que no tenían miedo del frío ni de las horas de sueño perdido se habían congregado como público. Jelling también había contado con esta debilidad. Necesitaba que la puesta en escena que había ideado tuviera la máxima publicidad posible; así que ahora existían dos posibilidades: o el asesino era un temerario y se echaba a perder, porque intentar matar a alguien con todos esos preparativos era una locura… O desistía de su propósito y la Policía podría mostrar que había ganado. Por esto el capitán Sunder estaba de acuerdo con el plan de Jelling, y había recargado un poco la teatralidad del cepo.

Las seis llegaron muy despacio. El «público», retenido detrás de los agentes y a la vez vigilados por estos, se calentaba como mejor podía, pisando el suelo o andando a paso rápido arriba y abajo. Al final, y según el plan establecido, un coche traspasó el cordón policial y se paró frente a la entrada de la clínica. Jelling estaba a tres pasos de distancia del coche. Bajo un silencio sepulcral, se escuchó el sonido de la puerta al abrirse y luego al cerrarse. El agente que hacía de Thesenty, siguiendo las instrucciones recibidas, se movía muy despacio. Ese era el único momento en el que el asesino podía matarlo. Naturalmente, a Thesenty lo habría buscado quien lo amenazó, pero, al no haberlo encontrado en ningún sitio, si lo quería matar tenía que ser justo ahí, ahora que por fin podía verlo.

El agente cruzó toda la acera que lo separaba de la entrada de la clínica. Luego entró sin que sucediera nada. Al día siguiente, los periódicos dijeron que un jovencito, uno de los espectadores, se había desmayado cuando había visto a quien creía que era Thesenty finalmente a salvo. En realidad, todos tenían plena justificación para estar angustiados.

Jelling y Sunder habían seguido de cerca al agente y habían entrado con él en la clínica.

—Ya le dije que no pasaría nada —dijo Sunder encendiéndose un cigarrillo—. Bueno, ahora acabemos con esta comedia. Nos quedamos aquí media hora y luego salimos como si hubiéramos operado a Déravans, y el pueblo aplaudirá… Queridísimo Jelling, ¡usted tiene espíritu de comediógrafo!

En ese mismo momento, se oyó sonar el teléfono de la portería, que estaba al lado, y, al poco, un agente llamó al capitán Sunder.

—Preguntan por usted.

Sunder entró aún sonriente en la portería. Tres minutos después salía con el rostro lívido y la expresión entre desconcertado y furioso:

—Han encontrado a Severino Thesenty muerto en la carretera de Soul, en el mismo sitio que mataron a Lamarck… Parece que se trata de un disparo de revólver en medio de la frente.

 

 

12

Insistir con la muñeca

 

Hicieron falta cinco minutos, y cinco minutos son larguísimos, para que Jelling y Sunder se dieran exactamente cuenta de la situación.

Severino Thesenty había salido hacia Nueva York a la una y doce del 22 de enero. El propio Jelling lo había acompañado a la estación y había visto con sus ojos cómo se iba el tren. A pesar de esto, ahora Severino Thesenty yacía muerto, asesinado por disparos de pistola, en la carretera de Soul, en el mismo sitio donde Lamarck había encontrado la muerte.

Dicho así, puede parecer sencillo y comprensible. Pero la realidad presentaba algo odiosamente mágico y terrorista que asustaba. Un hombre que se marcha a Nueva York, precisamente se marcha a Nueva York, y no pasa por la carretera de Soul. Además, el tren en que viajaba Thesenty era un directo y no hacía paradas intermedias entre Boston y Nueva York. Y, por último, de la marcha de Thesenty nadie sabía nada excepto la Policía y Lila Leland. Pero a Lila Leland había que descartarla, porque Thesenty había sido asesinado para que no operase a Déravans, mientras que Lila Leland, al ayudar al médico en la operación, sabía que Thesenty ya había operado.

En definitiva, la mente se encontraba ante contradicciones irreconciliables que no podía superar.

—Vayamos ahora mismo a ver —dijo Sunder—. Si no le va a causar demasiada impresión, no estaría mal que viniera usted también, Jelling.

Jelling asintió. Salieron por la puerta de servicio para que no les viera el «público», al que se invitó a dispersarse de manera más bien expeditiva, y, una vez dentro del coche de la Policía, llegaron en un cuarto de hora a la carretera de Soul y al lugar donde se encontraba el cadáver de Thesenty.

Todavía era de noche. La única luz provenía de los faros del coche de Sunder y de una motocicleta del agente que había llegado primero. Dos vagabundos que habían visto llegar a la Policía eran los únicos espectadores. Thesenty yacía en el asfalto boca arriba al lado del arcén de la carretera. Llevaba el mismo gabán claro y el mismo traje que cuando Jelling lo vio marcharse. A poca distancia se encontraba el sombrero. Visto así de perfil parecía que no había pasado nada y que Thesenty estaba durmiendo, pero sólo con agacharse un poco se le veía la otra parte de la cara, cubierta por una máscara de hilos de sangre que bajaban de un único agujero en la frente.

Apenas habían llegado cuando también apareció el coche con el médico, el fotógrafo y el forense. El médico examinó rápidamente el cadáver y se levantó.

—El proyectil está todavía en el cerebro. Es la única causa de la muerte —dijo—. Disparo a quemarropa, ¿no es así, señor? —preguntó al forense, un señor mayor, con bigotes grandes.

—Desde menos de diez centímetros —respondió este, levantándose a su vez tras haber examinado a Thesenty—. Es un calibre .6, juraría que es un revólver de mujer.

Se hicieron fotografías y se tomaron algunas huellas. La ropa de Thesenty estaba en orden, no había habido lucha entre él y el asesino. Evidentemente, a Thesenty lo había matado a traición una persona de la que no sospechaba.

—El problema que hay que resolver es por qué Thesenty se encontraba aquí —murmuró Sunder.

—La muerte tiene que haberse producido hace ocho o diez horas —dijo el médico acabando de escribir su informe a la luz de un faro y entregando el impreso al capitán Sunder—. Pero con este frío el cadáver está tan helado que no le aseguro la precisión de mis datos.

Metieron los restos de Severino Thesenty en la ambulancia, y Jelling y Sunder se montaron en su coche. No habían cruzado una palabra, tampoco hablaron durante el viaje; cuando estuvieron de vuelta en la Central de Policía, Sunder abrió su mueble bar, destapó una botella de ginebra y le ofreció un vaso a Jelling:

—Beba. Ahora hablaremos.

Jelling bebió y luego se secó lo que parecía ser sudor helado.

—Hay otro problema: avisar a la prensa de todo el lío que hemos montado para que el asesino cayera en la trampa… Tendremos a toda América en contra y creo que voy a perder el puesto. Venga, Jelling, no se ponga así. Usted ha actuado sólo como lo habría hecho el policía más inteligente. Ahora que hablamos realmente en serio se lo puedo decir. Lo único es que tenemos que enfrentarnos a algo terrible, que nadie podía prever. Eso es todo. —Levantó el auricular del teléfono—. Le digo al subdirector del Sindicato de Prensa que venga aquí y le explico el asunto… Ya verá como lo entenderá…

Jelling se levantó. Temblaba, era evidente que temblaba, no se sabía muy bien por qué. Cuando habló, se pudo saber: temblaba por la ira y la indignación contenidas.

—Espere —dijo—. Se lo ruego, espere cuatro horas. Deme hasta las once. Si a las once no he dicho el nombre del asesino, haga lo que quiera… y tendrá mi dimisión… —Sus manos, que tenía encima de la mesa, a pesar de tenerlas apoyadas, temblaban. Toda su cara tenía un tic nervioso que la hacía contraerse continuamente. Prosiguió con un tono casi desesperado—: Procure que nadie se acerque a Alberto Déravans… Si quiere, hasta puede ir usted mismo a vigilarlo, pero de manera, se lo ruego, que nadie, nadie, se le acerque…

Estaba tan claro que Jelling se sentía impetuosamente seguro de sí mismo, seguro de triunfar, que el desánimo del capitán.

Sunder, el cual ya se veía destituido, disminuyó un poco, con lo que pudo recobrar el valor.

—¡Cuatro horas! —dijo—. Es la última concesión que le hago. Nos llevará a la ruina, pero quiero confiar en usted. En cuanto a Déravans, quédese tranquilo. He hecho lo que usted quería y desde que lo han operado no lo ha visto nadie, aparte del personal de servicio de la clínica.

Pero Jelling había dejado de escuchar; impaciente, olvidándose de despedirse, había ido hacia la puerta mientras Sunder hablaba y salió.

A las siete y cuarto llegaba a casa de Lila Leland. La sirvienta puso excusas para no dejarlo entrar. La señorita dormía, dijo, no recibía a nadie. Él mostró la placa de policía y entró con un empujón muy educado.

Al poco, apareció Lila Leland en bata.

—¿Qué ha pasado?… Thesenty… —preguntó con la cara marcada por la aprensión.

—¿Cómo lo sabe? —gruñó Jelling. Estaban de pie en el vestíbulo, ninguno de los dos pensaba en ponerse cómodo—. Lo han asesinado en la carretera de Soul, y tuvo que ser ayer por la noche hacia las diez o las once…

Lila Leland se llevó una mano a la boca, desolada, angustiada.

—Ayer por la noche vino a verme, después de las nueve… Había vuelto de Nueva York…

—¿Para verla a usted?

—Sí… también. Pero había vuelto porque se había olvidado de las fotografías mías que tenía colgadas en la habitación de su pensión… No quería quedarse sin ellas…

—Un niño, un niño inconsciente… —dijo Jelling resoplando—. Pero ¿no sabía que ponía en riesgo su vida?

—Sí, pero no le importaba. Estaba seguro… Era feliz… Porque yo le había prometido que me iba a casar con él. Se volvería a ir enseguida en cuanto cogiera las fotografías, y me esperaría en Nueva York, donde me juntaría con él…

El poeta había pagado con la vida su romanticismo. Jelling volvió a ver a Thesenty vivo, con esos ojos grandes e inquietos que ahora ya no veían la luz, volvió a oír su voz baja y cálida, vivaz… Había muerto por tres fotografías, porque si se hubiera quedado en Nueva York no lo habrían asesinado. Tres fotografías y un disparo.

—¿Cuánto tiempo estuvo aquí con usted?

—Diez minutos, ni siquiera… Lo eché enseguida porque estaba atemorizada por el peligro al que se exponía por mí.

—Y luego, ¿qué hizo usted?

Ella respondió sin ofenderse, con sencillez:

—Me quedé en casa… No me encontraba muy bien, estaba angustiada por él…

—Y si hubiera salido nadie la podría haber visto —murmuró Jelling para sí mismo—. La sirvienta duerme con usted, ¿no?

—No, viene sólo desde las siete de la mañana hasta las dos.

—Así que no puede probar dónde estaba entre las nueve y medianoche…

—Así es: no lo puedo probar.

Él dio varios pasos por el vestíbulo algo nervioso:

—¿Tiene un arma en casa? —preguntó.

—No tengo armas. —Luego perdió un poco el control de sí misma y estalló—: Thesenty ha sido asesinado para que no operase a Déravans… Yo sé que Déravans ya está operado; ¿por qué debería matarlo? ¿Y por qué me atormenta de esta manera?

Jelling miraba un calendario colgado de la pared, todavía con la fecha del día anterior, 22 de enero.

—¿Cómo puede estar tan seguro de que a Thesenty lo han matado para que no operase a Déravans? Hay muchas piezas que encajan en esta historia, y usted lo sabe mejor que yo… Y hay algo que me hace sospechar, y es que a Thesenty lo hayan matado justo en el mismo lugar donde Lamarck encontró la muerte. Tengo la duda, aunque me puedo equivocar, de si lo han matado ahí aposta, precisamente para hacer creer que la muerte de Thesenty pertenece a la serie de Déravans.

Ella calló. Había sacado un pañuelo de la manga de la bata y se estaba secando los ojos.

—Se ha metido en un buen lío, Lila… —La llamaba sólo por el nombre, con un tono que, a pesar de la ira y la indignación que aún lo poseían, tenía un matiz de simpatía.

—Ahora el capitán Sunder hará su propia investigación y le aseguro que, si no puede probar que se encontraba aquí ayer por la noche, tendrá problemas.

—No me preocupa, sólo me preocupo por Severino. Yo lo convencí para que operara.

—No es por esto por lo que es culpable. Thesenty estaba a salvo en Nueva York. Nosotros lo habíamos salvado. Pero, otra cosa: ¿qué hacía ayer en casa de Madame Dark? Espero que ahora me permita preguntárselo.

Lila Leland bajó la cabeza.

—Nada. Una tontería… Quería, pues… sí, quería saber si Alberto siente algo por mí… Cuando estoy desesperada no sé lo que hacer, y me son suficientes las tonterías de Madame Dark para calmarme…

Jelling respondió al instante.

—No la creo. Pero terminaré sabiendo la verdad igualmente. —Se dispuso a salir—. Permanezca aquí en casa hasta que yo le diga. —Sonrió—. Está detenida.

Esa mañana, Jelling fue un ejemplo de actividad. Estaba como poseído por el silencioso ímpetu del mastín, hablaba, pensaba, actuaba, sin perder tiempo, con rapidez, pero también con método. Después de haber estado en casa de Lila Leland, fue a la de Evelina Soldier, pero no la encontró allí, había ido a la clínica a ver a Déravans. Luego fue a casa de Madame Dark, la levantó de la cama, incluso llegó a asustarla.

Luego llamó por teléfono a Lila Leland.

—Venga, por favor. La espero en Derby Street, al lado de la clínica Linden…

Su tono ya no era el de antes y colgó sin decir una palabra de despedida.

Media hora después, entraba en la clínica junto con Lila Leland. En cuanto puso un pie en el vestíbulo, Andrea Déravans se abalanzó sobre él como un basilisco.

—¿Qué significa esta broma? ¿Por qué nos prohíben ver a mi hermano? Llevamos aquí desde las seis y media, hemos venido a ver si habían operado a Berty y, en cambio, nos dicen que han asesinado al médico y que nosotros no podemos ver a Berty. ¿Qué significa?…

Detrás de Andrea Déravans aparecieron las caras asustadas de Isidoro Dundley y su mujer, y el rostro abatido de Evelina Soldier.

Arthur Jelling comenzó a hablar amablemente:

—Tienen que perdonarme… Debe ser por la medicación que le han administrado a su hermano para preparar la operación por lo que no les dejan verlo, pero ahora mismo me informo… Esperen.

—No hay nada que perdonar. Sólo estos estúpidos métodos policiales —replicó Andrea Déravans—. Se trata del secuestro de una persona y nos tendrán que rendir cuentas.

Déravans estaba realmente enojado y Jelling empezó a asustarse.

—Venga, Andrea, déjalo ya —imploró con los ojos lúcidos Evelina Soldier—. No es momento de gritar…

Jelling le tocó un brazo para animarla.

—Vuelvo enseguida —le dijo—. Voy a ver ahora mismo… —Y subió corriendo las escaleras que conducían al piso de arriba, donde se encontraba el apartamento de Alberto Déravans.

Junto a él subía Lila Leland y los dos entraron de repente en la habitación de Alberto Déravans.

Estaba prácticamente inmersa en la oscuridad. Las contraventanas estaban entornadas y apenas entraba un hilo de luz. Alberto Déravans estaba sentado en el sillón, en el sitio de costumbre, pero ya no llevaba la venda negra; llevaba unas gafas de cristales ahumados que cambiaban su expresión.

—¿Quién es? ¿Qué quiere? ¿Por qué me tienen como a un preso?

Se levantó y se dirigió hacia ellos con paso firme. Miraba.

—… Lila —murmuró ella—. Soy Lila Leland.

—… ¡Tú! Ahora reconozco la voz. Nunca te he visto… —La cogió por un brazo, la llevó al hilo de luz y la miró fijamente a través del cristal oscuro de las gafas. Luego dejó de cogerla por el brazo, como con timidez, avergonzado.

—El señor es Arthur Jelling, de la Policía… Lo reconocerá también por la voz… —Una lágrima le corría por las mejillas debido a la emoción.

—Me he visto obligado a tenerle como un prisionero —dijo Jelling, abochornado.

—Pero espero que ahora todo haya acabado, ¿no?

—No del todo —respondió Jelling—. Tenemos que vengar a otro muerto… Severino Thesenty ha sido asesinado ayer por la noche.

Alberto Déravans se dejó caer en el sillón.

—Es terrible —dijo—. Han muerto tres hombres…

—Con su ayuda, los tres tendrán justicia —dijo Jelling.

—¿Con mi ayuda? ¿Y qué puedo hacer yo?

Cinco minutos después, Jelling y Lila Leland bajaban al vestíbulo.

—El señor Déravans se encontraba muy mal, pero ya se ha recuperado —dijo Jelling a Andrea Déravans—. Y quiere volver enseguida a casa, está abatido. Estaría bien que no se mostraran tan apenados y que no se le recordara de ninguna manera que su ceguera ahora es definitiva…

Nadie le respondió. Transcurrieron diez minutos de penoso silencio.

Jelling fue a hablar un momento con el jefe de los agentes que vigilaban todavía la clínica:

—Puede que pase algo, estén atentos, por favor… No dejen escapar a nadie.

Alberto Déravans apareció finalmente en lo alto de las escaleras, guiado por un enfermero. Llevaba la venda negra en los ojos.

—Berty —gritó Evelina Soldier corriendo por las escaleras para ir a su encuentro. Él la estrechó, la abrazó. Cuando los dos estuvieron abajo, los rodearon Andrea Déravans y los Golden.

—Andrea, querido… —dijo Alberto Déravans, y pasó la mano sobre el rostro de su hermano.

—También han venido los dos pelmazos de los Golden… —le dijo Andrea desconcertado y sonriente.

—Habéis sido muy amables viniendo —dijo Alberto Déravans tendiendo las manos hacia adelante para saludarlos.

—Llevamos aquí un rato, y nos habría gustado verte antes, pero nos lo han impedido… —masculló Isidoro Dundley con tono confuso y avergonzado.

—Ahora estamos tan contentos de verte —recitó Dora Dundley, como una niña a la que hubieran enseñado de memoria una poesía de Navidad.

La comitiva salió de la clínica. En la acera, mientras entraban en el coche, Jelling aprovechó un momento que Andrea Déravans se quedó algo distante de los demás para murmurarle:

—No se asuste, pero tenemos razones para temer que pueda ocurrir algo desagradable. Nos gustaría acompañarles a casa… un agente y yo.

Completamente calmado, Andrea Déravans le sonrió.

—Muy bien, les invitaremos a un poco de Martini también a usted y al agente.

La entrada de Alberto Déravans en su chalé fue casi triunfal, a pesar de las tristes circunstancias que la rodeaban. Todos estaban, por supuesto, de acuerdo en hacerle olvidar que era ciego y que sufrían por ello. Morney, el portero, en cuanto lo vio, avisó a todo el personal de servicio, desde Ignazio Hastings, que, ya un poco restablecido, se apoyaba en un bastón grande, hasta Cleavendale, el mayordomo, y Berenice, la primera sirvienta. De manera que en el salón, calculando que también Jelling había entrado discretamente con un par de hombres detrás de él, habría una docena de personas rodeando a Alberto Déravans, que estaba sentado en un sillón.

—Celebraremos con un poco de Martini tu regreso… Hay incluso tres distinguidos señores de la Policía… ¿Sabes lo que te digo? Que esperan una propina.

Todos rieron. Jelling el primero, y enseguida empezó a reinar una atmósfera de cordialidad. Cleavendale quiso tener el honor de servir el vermú al dueño de la casa, y en nombre del personal de servicio dijo algunas palabras, que en el fondo eran un discurso: los criados estaban encantados de volver a verlo, y todos habían servido fielmente en su ausencia.

Aprovechando un momento en que nadie lo miraba, Jelling observaba uno a uno a todos los presentes, y apartaba la mirada en cuanto se daban cuenta.

Después de beberse su vaso de vermú, Déravans se pasó una mano por la venda que le tapaba los ojos.

—¡Qué molestia! —dijo—. Menos mal que me permiten ponerme gafas… —Sacó del bolsillo la funda de las gafas y, mientras se ponía a hablar otra vez con su hermano, que le contaba una historia que había pasado en su ausencia, se quitó la venda y se puso las gafas.

Jelling había seguido la escena aguantando la respiración. Alberto Déravans sonreía al oír lo que le contaba a la vez que giraba la cabeza alrededor. Miraba. Miraba mientras lo creían ciego.

Uno a uno, escrutó todas las caras que lo rodeaban. Luego fingió mover las manos a tientas:

—Un poco más de vermú, por favor…

Su voz era ronca, los pómulos, que se le entreveían por debajo de las gafas, se habían puesto rojos, y un ligero temblor le agitaba las manos.

—¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal? —le preguntó el hermano.

Pero él no respondió.

De repente se puso de pie, apartó empujando bruscamente con el brazo a quien estaba en medio, cruzó la sala en toda su extensión, llegó ante Ignazio Hastings, el conductor, y lo agarró por las solapas de la chaqueta.

Ignazio Hastings, con toda su herida en el muslo, comprendiendo inmediatamente la situación, levantó el bastón en el que se apoyaba. Pero el puñetazo de Déravans llegó antes y aquel rodó por el suelo gritando. Casi en ese momento, Evelina Soldier había intentado salir fuera del salón, pero Jelling, dando un salto con sus larguísimas piernas, la paró. Ella ofreció una feroz resistencia, y Jelling no se las habría podido arreglar para detenerla de no ser por la intervención de los dos agentes.

Todos asistieron a la escena sin siquiera tiempo de proferir una palabra de lo rápido que se había girado ella.

—¡Llévensela! —gritó Déravans señalando a Evelina Soldier—. ¡Fuera de esta casa o la estrangulo!

En efecto, hubo que llevársela enseguida porque la ira de Alberto Déravans era de las que no son fáciles de dominar. Y, aunque los presentes no habían comprendido todavía nada, tuvieron que convencerse de que era precisamente a la novia de Alberto Déravans a la que se llevaban detenida, y al chófer Hastings, que le servía desde hacía dos años de manera tan leal.

Por lo demás, en el lugar de ellos, y sin las explicaciones que Jelling me dio ese mismo día, yo tampoco habría comprendido mucho, y eso que tengo más cercanía con Jelling. Pero el hecho es que quizá las cosas más simples y más claras son muy difíciles de comprender.

Nos citamos por la noche en un pequeño restaurante cerca de mi casa: Jelling, una señorita que me presentó como Teresa Wilde y yo. Jelling tenía una cara muy cansada. Los periódicos hablaban de él descaradamente y narraban con pelos y señales el arresto de Evelina Soldier y de Ignazio Hastings, más conocidos como Clara Wytt y Franchot Jones. Fue un milagro que en el restaurante donde estábamos comiendo no lo reconocieran y no se agolparan alrededor para que les explicara cómo había ocurrido todo, porque la historia completa de los Déravans interesaba al público por su morbo.

—Acabo de terminar de interrogar, junto al capitán Sunder, a Evelina Soldier —nos dijo—. Pero debo reconocer que, si no hubiera confesado ella misma, no tendríamos todavía elementos para poderla arrestar… Si excluimos el testimonio de la señorita Wilde. —Y miró a nuestra invitada, que respondió con una sonrisa a su mirada. Continuó—: Los periódicos hablan muy bien de mí, pero en el fondo he sido de los últimos en enterarme… —Hizo una pausa—. Lila Leland se había enterado mucho antes que yo.

—No es un buen investigador —dijo Teresa Wilde bromeando—. Cualquier policía me habría arrestado, y rápido, después de lo que le dije. En cambio, usted se conmovió.

Arthur Jelling cortó a conciencia su filete de carne a la brasa.

—No es exacto que yo me haya conmovido… Ya había un muerto cuando usted habló conmigo, y no tenía muchas ganas de que el número aumentara. Le explicaré todo desde el principio porque de esta manera podrá comprender algunas de mis extrañezas —nos dijo—. Antes de que asesinaran a Linden, empecé a sospechar que el propio Linden había simulado la amenaza para poder aumentar la cifra de sus honorarios. Después de su muerte empezó el triste juego que yo llamo falta de pruebas. Si supieran lo fácil que es para un asesino no dejar huellas… No se hagan ilusiones con lo que dicen los departamentos científicos de investigaciones criminales y todos los demás, todo es muy bonito, pero tiene que cumplirse una condición: que haya pruebas. Y el asesino de Linden no dejó ni una, ya lo saben ustedes. Ignazio Hastings, es decir, Jones, el chófer de los Déravans, coge el coche de la casa de los Déravans, va cerca de la clínica, detrás, espera la llegada de Augusto Linden, lo mata, luego regresa tranquilamente a casa de sus jefes mientras la Policía lo busca dentro de la clínica. Pero pruébenlo si son capaces. Jones había acompañado a sus jefes a la clínica, así que su salida a una hora tan temprana, las cinco y media, estaba más que justificada. Luego había recibido la orden de regresar a casa y de recoger a sus jefes cuando Linden hubiera terminado de operar, es decir, sobre las nueve. Y, en efecto, Jones abandona la clínica, pero no regresa enseguida a casa. Se coloca en la avenida que se encuentra detrás de la acera por la que debe pasar Linden para entrar en la clínica y lo mata. Luego se va de inmediato a casa, favorecido por la noche y por el motor silencioso de su automóvil. La coartada está servida. El chófer Ignazio Hastings, a la hora que mataban a Linden, se encontraba en casa de los Déravans: hay sólo una diferencia de pocos minutos, una diferencia que ninguna investigación podrá descubrir… Pero sigamos adelante. Después de la muerte de Linden, y también por falta de pruebas, se sospecha de Lamarck. Lo ha matado él por odio profesional, porque Linden le ha robado su innovación quirúrgica. Pero a Lamarck lo matan en el coche, en la carretera de Soul. Asistían a la escena un ciego y un chófer fiel, que además resultó herido en una pierna mientras intentaba identificar el coche de quien había disparado. ¿Cómo se desarrollaron las cosas en realidad? De una manera muy sencilla, que nosotros, en cambio, no podíamos imaginar. Ignazio Hastings recibe de la clínica la llamada de Alberto Déravans que le ordena ir a buscarlo enseguida. Él va. Ve que Lamarck y su jefe se montan en el coche y le ordenan ir a Soul. Durante el viaje, comprende que Lamarck se lleva a Alberto Déravans para operarlo, y entonces pergeña inmediatamente un plan y lo lleva a cabo. Al llegar al punto más solitario del recorrido, para el coche, dispara a Lamarck y lo mata. El ciego está allí, pero no ve y por lo tanto no entiende lo que pasa. El chófer sale del coche se pone delante del capó y desde allí vuelve a disparar a Lamarck a través del parabrisas para dejar la marca del cristal agujereado, luego del maletero coge una tabla de madera y se dispara en un muslo a través de ella, para escenificar el engaño de su herida de manera que no sospecharan de él. Al mismo tiempo, vio pasar por ahí poco antes un Maritaine, y nos deja tras la pista del pobre Carlo Styss… El colmo de la suerte: ese día hacía menos frío, y había un estanque a diez metros de distancia que estaba deshelado. El tira el revólver y el trozo de madera que lo podían comprometer y el juego se acaba… Déravans está ciego y no ve nada de lo ocurrido, aunque estuviera presente.

Jelling se interrumpió para darle fuego a Teresa Wilde.

—Pero… —dije yo—. ¿Qué tenía que ver Ignazio Hastings con Déravans? El periódico no explica bien el asunto…

—Ahora llego a ese punto. Sólo después de la muerte de Lamarck empecé a manejar algún elemento. Tres en total. Uno era la señorita Wilde. La señorita Wilde me mencionó que sabía muchas cosas, pero que no podía decirlas porque la matarían. No la forcé… No tuve valor. Pero ya sabía algo importantísimo: que el disparo provenía de gente que frecuentaba el ambiente de la Abeja Verde. Dos: la muñeca ciega. Luego les diré lo útil que me resultó. Y tres: el relato que me hizo Alberto Déravans sobre la pareja de estafadores que habían chantajeado a su padre hace cuatro años. Comprendí enseguida que esos dos estafadores podían estar relacionados con los delitos actuales, pero no conseguía imaginarme el objetivo. Me había obcecado en sospechar de Lila Leland. Desconfiaba por un profundo convencimiento personal, muy a mi pesar, y, sin embargo, notaba que ella sabía algo. Y, en efecto, sabía o, mejor, intuía que Evelina Soldier no era la novia cándida que aparentaba ser. Una vez la vio salir de la sala de rayos. Le dijo a la señorita Leland que se había confundido y que había entrado ahí por error. Y usted sabe que la sala de rayos está contigua al quirófano, y que en el quirófano encontré la muñeca ciega dentro de una caja de gasas. Cuando después interrogué a la señorita Leland, ella se acordó enseguida de que había sorprendido a Evelina Soldier saliendo de la sala de rayos, pero que no lo dijo porque no quería parecer que estaba acusando de asesinato a una rival suya, puesto que ella amaba a Alberto Déravans, y eso estaba en boca de todos. Por otra parte, el elemento de acusación era demasiado débil y no habría probado nada. Pero desde ese momento Lila Leland se puso en guardia.

—¿Y a Severino Thesenty —pregunté— cómo lo mataron? El Old Boston y los demás no mencionan ni siquiera el hecho de que se fue de Boston. Dan por sentado que no se movió de la ciudad.

—Los periódicos deben saber apenas la mitad de lo que ha pasado. No es necesario que la historia del padre de Déravans salga a la luz, y por ello hemos confeccionado una noticia para uso y consumo de la prensa… Severino Thesenty ha sido víctima de la fatalidad, nada más. La noche del 22, Evelina Soldier llama por teléfono a la pensión donde vivía Thesenty. Ella no sabía que se había ido a Nueva York, pensaba que seguía en Boston, y había diseñado un plan para matarlo. Llama por teléfono haciéndose pasar por la secretaria de los Hospitales Humanitarios de los Pobres, como me ha dicho la propia Evelina, y le dicen que el señor Thesenty, que se había ido, ha vuelto, ha hecho un paquete con algunas cosas que había dejado en su habitación, evidentemente las fotografías de Lila Leland, y que volverá sobre las once a coger ese paquete. Una casualidad fortuita que hace jugarse la vida a Thesenty. En efecto, cuando él, tras haber ido a ver a Lila Leland, vuelve a la pensión para coger el paquete con las fotografías, encuentra a Evelina Soldier esperándolo en la calle, al lado de su coche. Ella entonces se juega el todo por el todo. No le puede decir a Jones, el chófer, que lo mate, porque está herido y no se puede mover de casa de los Déravans sin que lo vean. Así que decide matarlo ella. Entonces, tras haberse acercado con él hasta la pensión, ella lo convence de montarse en su coche diciéndole que Andrea Déravans necesita urgentemente hablarle de algo relacionado con su hermano ciego. Se muestra alarmada, desconcertada, interpreta como sólo ella sabe interpretar y Thesenty, ignorante, se monta con ella en el coche… El resto se lo imaginan. La casa de los Déravans se encuentra en las afueras de Boston. Calles anchas, arboladas, desiertas por el frío helador… Un disparo de pistola a quemarropa se puede confundir perfectamente con el reventón de un neumático o con un pistón desacompasado. Pero no bastaba con matar a Thesenty. Había que adornar el delito de manera que ningún otro cirujano del mundo tuviera la tentación de operar a Déravans. Y la turbia fantasía de Evelina Soldier, amante de los «hechizos de venganza», ya había preparado la puesta en escena. Lleva el cadáver de Thesenty a la carretera de Soul, al mismo punto donde habían matado a Lamarck: eso daría la sensación de un mecanismo que machaca, de la imposibilidad de escapar a la muerte para cualquiera que intente devolverle la visión a Déravans… Hasta aquí, todo bien, ahora que ya sabemos cómo se han desarrollado las cosas. Pero antes, ¿cómo se podía probar que había sido justo Evelina Soldier, es decir, Clara Wytt, la que lo había matado? La señorita Soldier, para ejecutar todo eso sin dejar huellas, había vuelto a su casa después de haber estado bastantes días en el chalé de los Déravans. Ella vive en un apartamento de un edificio grande que hasta el sexto piso es un hotel, así que el portal es un continuo ir y venir de gente hasta bastante tarde, y ella, seguramente, podía salir sin que la vieran. Además, Clara Wytt, o Evelina Soldier, siempre me confundo, como parte del plan que debía llevar a cabo, había dejado su coche en el aparcamiento delante del hotel, entre otros diez coches. De esta manera, ya tiene media coartada. La otra media se la confía a su sirvienta.

»La señorita Wytt le dice que le prepare el baño hacia las diez y que le diga al peluquero del hotel que vaya hacia las once. Luego se desviste delante de ella y la deja irse. A las once menos diez llega, en efecto, el peluquero, pero en este intervalo la señorita Soldier ya ha matado a Thesenty, ha vuelto y deja que la encuentren en el baño… Una coartada indiscutible. Esta mañana, por eso, he ido a investigar a casa de la señorita Soldier, y me han dicho que ella, entre las diez y las once, había estado en el baño: la sirvienta y el peluquero lo habrían jurado. Si no hubiéramos conseguido arrestar a Evelina Soldier haciéndole creer que Alberto Déravans estaba todavía ciego, cuando en realidad veía… Lo que es lo mismo, si Déravans no pudiera ver, nosotros, aunque sospecháramos, no conseguiríamos pruebas contra ella.

Yo escuchaba atentamente a Jelling, que se explicaba con bastante precisión, pero, a pesar de eso, aún me quedaban muchos puntos por esclarecer.

—Lo que no se entiende muy bien es por qué la señorita Soldier no quería que Déravans recuperara la visión, cuando era ella la que decía que se casaría con él sólo cuando viera de nuevo…

—Sí, por eso siempre nos hemos equivocado de camino. La verdad es que habría podido casarse con Déravans sólo si este se hubiera quedado ciego.

Teresa Wilde asintió.

—Los dos que chantajearon al padre de Alberto Déravans eran Clara Wytt y Franchot Jones, es decir, Evelina Soldier e Ignazio Hastings —dijo—. Yo ya estaba en la Abeja Verde en esa época y por casualidad oí el diálogo entre ellos dos y Alberto Déravans esa noche en la que Berty los obligó a devolver los negativos del documento que le comprometía. Hay un cuarto de baño para las artistas al lado de la sala de juegos donde ellos estaban hablando y los separa una fina pared de madera. Escuché todo mientras me preparaba para ir al escenario… Más tarde, dos años después, vi a Evelina Soldier en una fotografía de un periódico: era la novia de Alberto Déravans… Comprendí que tramaban algo sucio y escribí una carta a Alberto Déravans para pedirle una cita. La carta la interceptó Clara Wytt y dos noches después recibí la visita de Jones. Me enseñó un revólver y me dijo que si estaba cansada de vivir podía hablar y decirlo todo… Por eso no hablé, pero lo sabía…

—Eso. Justo eso —continuó Jelling—. Un día, el coche que conduce Evelina Soldier y el que conduce Alberto Déravans chocan. Un golpe pequeño, pero por desgracia una esquirla de cristal daña un nervio óptico y Déravans pierde la visión. Esto pasó hace dos años, fíjese qué extraño, precisamente cuando los dos chantajistas habían abandonado todo tipo de abuso con los Déravans. Pero Alberto Déravans, como la señorita Soldier lo recogió, lo llevó a su casa y lo cuidó amorosamente, se enamoró de su atropelladora. Él ya no veía, no pudo reconocer en ella a la mujer a la que una noche hacía muchos meses le había quitado con amenazas un documento comprometedor para el honor de su familia. La señorita Wytt casi no había hablado aquella noche, así que la voz no la podía traicionar. Y la mujer, por su parte, vislumbró enseguida las enormes posibilidades de esa nueva situación. Convertirse en la señora Déravans significa convertirse en una de las mujeres más ricas de América. Pero hay un obstáculo. Un médico ha dicho que no es imposible devolverle la visión a Déravans, pero si Déravans recuperara la visión ella estaría perdida. Hay que hacer lo que sea para evitarlo. Decidida a todo, como una verdadera criminal, aunque hasta entonces no había tenido antecedentes penales, consigue que contraten a su decente compañero como chófer en casa de los Déravans. Ambos estaban preparados para cometer un delito si hacía falta con tal de impedir que operaran a Déravans. Pero creen que no habrá necesidad de matar, que bastará con amenazar. Es más, al principio, con su infantilismo criminal, piensan que todo se arreglará con un hechizo, y roban la muñeca a la señora Dundley. En cambio, al final habrá tres asesinatos. Mientras, ella interpreta ante todos el papel de la novia enamorada. Llora por la ceguera de Déravans y dice que no tiene el valor de casarse con un ciego que nunca le ha visto la cara. Es prolífica en noticias y escenas finamente melodramáticas con los periodistas, hasta que se crea una leyenda alrededor. Eso la dejará fuera de sospechas en el futuro, pase lo que pase… El resto ya se conoce. Pero nunca habríamos llegado a tener dudas de su comportamiento de no haber sido por un elemento muy importante: la muñeca.

—Justo de eso te quería preguntar —le dije.

—No fue nada fácil —respondió Jelling—. Ocurrían cosas relacionadas con el caso que no tenían ningún vínculo con la muñeca, y yo, mientras, me obstinaba a creer que la muñeca, en cambio, tenía su importancia… Antes que nada, se trataba de tal acto de superstición que sólo una mujer era capaz de llevarlo a cabo. Pero, por otra parte, tanto a Linden como a Lamarck los había asesinado un hombre, porque no conozco una mujer que tenga tanta precisión apuntando. Así que se trataba de un hombre y de una mujer… Cuando Déravans me contó la historia de la pareja que había chantajeado a su padre dejé de tener dudas: esa pareja y los autores de los asesinatos eran las mismas personas. Pero ¿quiénes eran? Evidentemente, los dos chantajistas se habían cambiado de nombre y de rasgos personales y ahora merodeaban a Déravans sin que se les reconociera, no sólo porque estuviera ciego, sino también porque no se parecían a los dos que habían chantajeado a su padre… Además, la muñeca la encontramos en la clínica y el libro de magia que enseñaba el «hechizo» en el chalé de los Déravans. Eso significaba que el «hechizo» lo había hecho una persona que podía ir indiferentemente tanto a la clínica como al chalé de los Déravans. Esto valía para Andrea Déravans, Evelina Soldier y los Dundley, pero no para Lila Leland. Pero esta pareja podía estar dividida: la mujer estaba en la clínica y podía ser Lila Leland, y el hombre estaba en casa de los Déravans… ¿Y quién era? Sospeché cada vez de uno, sin conseguir comprender mucho, y entonces me di cuenta de que me había equivocado. Lila Leland era inocente. La caja de cerillas sin cabeza que encontré en la cocina me hizo intuir el resto. La caja de cerillas sin cabeza era otro «hechizo», y yo la encontré en un pequeño armario de cristales en la antecocina, en un lugar que, por regla, los dueños de la casa no pisan nunca. Así que, si no han sido ellos, quien la puso ahí debía ser alguien del personal de servicio. Pero ¿quién?

»Cuando llegó el telegrama con la noticia que había dado la Policía de Nueva York de que Carlo Styss, el hombre que había pasado con un Maritaine por la carretera de Soul el día que asesinaron a Lamarck, había muerto en un accidente ferroviario, comprendí que la pista Styss era falsa, y si la pista Styss era falsa, sólo una persona había podido matar a Lamarck, porque sólo una persona sabía que Lamarck acompañaba a Soul a Déravans para operarlo; esta persona era el chófer que los llevaba: Ignazio Hastings. Si lo hubiera arrestado enseguida, yo no habría concluido nada, porque se habría quedado en la sombra la mujer, con sus coartadas irrefutables. Pero ¿quién era esta mujer que no quería que Déravans recuperase la visión? Sólo había dos mujeres que Déravans había conocido después de quedarse ciego: Evelina Soldier y Lila Leland. Una de las dos tenía que ser la compañera de Ignazio Hastings, es decir, de Franchot Jones… Me había fijado en que Lila Leland era un poco supersticiosa, pero me parecía imposible que lo fuera hasta ese punto. Sin embargo, también la había visto salir de casa de Madame Dark. Esa mañana fui corriendo a ver a Madame Dark y le pregunté qué había ido a hacer Lila Leland. ¿Saben a qué? A preguntar lo que había preguntado yo días antes, cosa que al final no supo: quiénes eran los clientes habituales de la pitonisa… Lo que quiere decir que ella investigaba por su cuenta. De hecho, sospechaba de Evelina Soldier, pero quería tener pruebas antes de acusarla abiertamente. Entonces no me quedaba más que una posibilidad: ver qué pasaría cuando Déravans viera de nuevo, y viera por primera vez tanto a Lila Leland como a Evelina Soldier. En cuanto a la primera, yo estaba presente cuando Déravans la vio. No pasó nada, lo que significaba que no era ella la mujer que hacía unos años había chantajeado a su padre, porque la habría reconocido. Entonces era Evelina Soldier, pero había que tenderle una trampa junto con su cómplice, por lo que hice creer que Déravans no había sido operado para ejecutar el arresto sorpresa, de manera que ella se traicionara seguro. El resto ya lo saben…

Arthur Jelling, sin darse cuenta, se pasó la mano por un arañazo importante que le cruzaba la mejilla derecha.

—Un regalo de Clara Wytt —observé sonriendo—. Te lo ha hecho esta mañana cuando la has arrestado… Y, dime, ¿Lila Leland?…

Vi que el rostro de Jelling se oscurecía sensiblemente. Luego vi que se ponía rojo. Pensé en el día que la había visto por primera vez, en la clínica, y se había quedado un segundo mirándola, un eterno segundo enganchado de su belleza. En el fondo, me mostraba malvado recordándosela.

—Creo… —dijo con una emoción sencilla que no intentaba ocultar—… Creo que se casará con Déravans. Gracias a ella él ve ahora.

Nos quedamos un momento callados, confusos, pero Teresa Wilde nos sacó del apuro.

—¡No me hable de eso! —dijo con nerviosismo, como una niña que patalea—. No quiero ni oír hablar del tema, me pongo furiosa como una leona.

—¡Venga! —le dije—. ¿A qué viene esa furia?

—¿A qué viene? —me dijo con rabia—. ¿A qué viene? Se lo voy a decir ahora mismo. Porque el sacacorchos se ha salido con la suya… De un día para otro he decidido que me caso con él: de lo contrario, ¡lo mato!

Me quedé un poco estupefacto, pero Jelling se apresuró amablemente a explicarme el secreto.

 

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GIORGIO SCERBANENCO (Kiev, Imperio ruso, 28 de julio de 1911 - Milán, Italia, 27 de octubre de 1969) es un escritor italiano de novelas policíacas.

Hijo de padre ruso y madre italiana, Volodymyr, —su verdadero nombre—, al estallar la revolución rusa viaja a Italia con su madre. Su padre fue fusilado y su madre falleció en 1927. Se estableció en Milán a los dieciséis años y para ganarse la vida desempeña diversos oficios que le van acercando al mundo editorial.

En 1931 publica su primer cuento en una revista. Comienza a trabajar para revistas femeninas como “Piccola” y “Novella” como corrector de pruebas y redactor. Escribe novelas rosas y en 1940 publica su primera novela policíaca Sei giorni di preavviso.

En septiembre de 1943 busca refugio en Suiza donde permanece hasta 1945. Entonces regresa a Italia y funda con Angelo Rizzoli el semanario “Bella”. También colabora con la revista “Annabella” escribiendo cuentos y series de relatos. En 1963 publica Venus privada la primera novela de la serie de Duca Lamberti. Publica también relatos policíacos en “La Stampa” y “Dominica del Corriere” y escribe guiones para el cine. Con su nueva pareja y sus dos hijas traslada su residencia a Lignano Sabbiadoro.

En 1968 gana el prestigioso Grand Prix de Littérature Policière. Scerbanenco está considerado uno de los maestros del género policíaco en Italia y algunas de sus novelas han sido llevadas al cine.

Libros publicados en España

 

Venus privada (Noguer, 1967, Bruguera, 1980; Planeta, 1986; Akal, 2011)

Milán, Calibre 9 (Noguer, 1970; Bruguera, 1984; Planeta, 1986; Akal, 2011)

Los milaneses matan en sábado (Noguer, 1970; Bruguera, 1980; Planeta, 1985; Akal, 2011)

Traidores a todos (Noguer, 1971; Bruguera, 1982; Planeta, 1986; Ediciones Akal, 2009).

Al servicio de quien me quiera (Barral, 1972; Bruguera, 1984; Planeta, 1986)

Demasiado tarde (Noguer, 1972; Bruguera, 1983)

Ladrón contra asesino (Noguer, 1972; Bruguera, 1980)

Doble juego (Noguer, 1973, Bruguera, 1983)

Las princesas de Acapulco (Barral, 1973; Bruguera, 1984)

Rapto (Noguer, 1973)

Perseguidas (Noguer, 1973; Bruguera, 1983)

Pequeño hotel para sádicos (Noguer, 1973)

La chica del bosque (Noguer, 1975)

La arena no recuerda (Noguer, 1975)

Los siete pecados capitales y las siete virtudes capitales (Noguer, 1976; Akal, 2010)

Cita en Trieste (Noguer, 1976)

El rio verde (Sagitario, 1976)

La cueva de los filósofos (Bruguera, 1977; Ediciones Akal, 2014).

Te llevaré a ver el mar (Noguer, 1977; Brugera, 1983)

La noche del tigre (Noguer, 1977)

El gran encanto (Noguer, 1978)

Ladrón contra asesino (Noguer, 1980)

Muerte en la escuela (Bruguera, 1980, Akal, 2010)

Los espías no deben amar (Jucar, 1980; Bruguera, 1981)

La muñeca ciega (Ediciones Akal, 2013).

Nadie es culpable (Ediciones Akal, 2013).

 

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