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Libro N° 3987. Milán, Calibre 9. Scerbanenco, Giorgio.

Libro N° 3987. Milán, Calibre 9. Scerbanenco, Giorgio.

 


© Libro N° 3987. Milán, Calibre 9. Scerbanenco, Giorgio. Colección E.O. Julio 15 de 2017.

Título original: ©  Milano, calibre 9

 

Versión Original: © Milán, Calibre 9. Giorgio Scerbanenco. Club del Misterio - 140

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2016/10/milan-calibre-9-giorgio-scerbanenco_24.html#more

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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MILÁN, CALIBRE 9

Giorgio Scerbanenco

Club del Misterio - 140

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En este primer volumen de relatos, más “negros” que “amarillos”, de Giorgio Scerbanenco, se reúnen diez narraciones desesperadas, angustiosas y atroces, con imprevistos atisbos de ternura y desconcertantes impulsos amorosos. El autor de «Venus privada» ha creado una nueva faceta del género policiaco y forjado un héroe apasionante, el doctor en medicina Duca Lamberti, cuyo deseo de justicia lo convierte en una de las figuras más singulares de la literatura policiaca. Pero, además, Giorgio Scebanenco, en estas narraciones breves e incisivas, de extraordinaria tensión y casi vertiginoso ritmo —en las cuales no existen héroes—, demuestra no sólo ser el escritor de poderosa imaginación y dotes excepcionales, sino sobre todo un auténtico especialista del género. El lector se sentirá arrebatado por él desde las primeras líneas de cada relato.

La fantasía negra de Scerbanenco imagina temas originalísimos, duros y violentos y desarrolla tramas apasionantes. En estas historias de asesinos y de delincuentes discurre sin trabas la poderosa vena narrativa del único autor italiano que ha logrado fama y prestigio en el extranjero entre sus colegas del género, sean ingleses, estadounidenses o franceses, prestigio que en 1968 le valió en Francia el Gran Premio de Literatura Policiaca.

El escritor italiano Oreste del Buono, que prologa estos relatos, considera que su conjunto es la mejor obra escrita por Scerbanenco. Pero no es nada fácil saber cuál de las narraciones que de él conocemos es superior a las demás. El tono general de su obra es de una calidad extraordinaria, y hallar en toda ella un libro que se destaque de los otros es simple cuestión de pareceres. Creemos, pues, que las obras de Scerbanenco se hallan a un nivel de valor que se hace imposible decidir seriamente cuál de ellas supera a las demás.

►1.ª parte de los relatos publicados en italiano como «Milano, calibre 9» (1969). La 2.ª parte se publicó en castellano como «Pequeño hotel para sádicos».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título original: Milano, calibre 9

Giorgio Scerbanenco, 1969

Traducción: Fernando Gutiérrez

Portada por Dr.Doa

Editor digital: Titivillus

ePub base r1.2

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ROSA, EL AMARILLO Y EL NEGRO

 

Por la mañana, a la hora en que se levantan los obreros, Giorgio Scerbanenco se pone a trabajar. Tiene el turno de noche. Por la noche, golpeando las teclas de la máquina de escribir eléctrica, que no molesta a nadie en la casa dormida y marca limpiamente las letras, va acumulando cuartilla sobre cuartilla. Una nueva historia de tensión, aventura, crueldad.

Escribe desde hace más de treinta años y no recuerda el número exacto de sus novelas. «Debo de andar por las ochenta —dice—, y no son muchas dos novelas y media al año». No recuerda exactamente su número, pero se acuerda bien de la primera novela que publicó. Se titulaba El tercer amor. Fue la causa del primer incidente con su público. En un determinado momento, un personaje, de mal humor, dirigió una mirada sombría al charco del lago de Varese: textual. Un lector, que vivía en aquellos lugares y no era de su parecer, envió reproches y citas de ilustres autores que habían hecho muy grandes elogios de aquella misma charca.

En más de treinta años las novelas de Scerbanenco han constituido un montón, aun cuando él considere que un promedio de dos y media al año sea algo muy posible. Este incansable narrador nació en Rusia en el año 1911. Su padre era profesor de lenguas clásicas en Kiev; durante un viaje de estudios conoció a su madre en Roma, se casó con ella y se la llevó consigo. Sin embargo, la mujer no estuvo mucho tiempo en Kiev; regresó pronto a Roma con su hijo. Cuando estalló la revolución rusa, dejaron de llegar a Roma noticias del profesor de Kiev. El niño siguió a su madre en un intento de encontrarlo. Son hechos muy lejanos ya, pero Scerbanenco no ha olvidado la ansiedad, los sufrimientos, las dificultades de aquellos días transcurridos junto a su madre en Odesa mientras se encendía la guerra civil. Pocas habichuelas que comer, poca leña podrida que encontrar en los bosques, temores constantes y noticias crueles. Convencida de que el hombre había muerto, la madre decidió abandonar definitivamente Rusia.

Tampoco en Roma los días fueron fáciles para la madre y el hijo. Las dificultades económicas eran cada vez más angustiosas. Después de grandes penurias, la mujer se trasladó con el niño a Milán donde tenía unos parientes. El chico buscó trabajo. No había terminado estudios regulares, leía mucho, es cierto, pero sus lecturas no podían servirle como un diploma, un título de estudios para hallar una buena colocación. Se contentó con un trabajo cualquiera. Fue peón en la Borletti. Demostró celo y diligencia en los trabajos más humildes. Al cabo de un año era ya tornero. Cuando recuerda este ascenso sonríe satisfecho con un poco de orgullo.

Trabajaba desde las ocho de la mañana a las seis de la tarde, y desde las ocho y media de la noche a la una, las dos o más de la mañana leía. Era un cliente asiduo de cualquier biblioteca, sobre todo de la del Castillo Sforza. Devoraba los libros, incluso los libros más indigestos en apariencia. Le atraían particularmente la filosofía y la teología. Pero, al cabo de unos años de llevar semejante vida, entre la Borletti y el Castillo Sforza, Scerbanenco acabó en un sanatorio en Sondrio. Los médicos se dieron cuenta inmediatamente de que no se trataba tanto de una enfermedad auténtica como de las consecuencias de una terrible desnutrición. Los libros de filosofía y teología no bastan para llenar el estómago. Cuando Scerbanenco volvió a Milán, había decidido ya lo que haría: escribiría, contaría historias.

El deseo de ponerse a narrar nació en él de pronto, leyendo una novela de amor. En un determinado capítulo se describía la última cita entre dos maduros amantes: ella capaz de engañarse todavía con el amor de él, de fantasear sobre su luminoso porvenir en común; él decidido como nunca a dejarla, a olvidar de una vez para siempre su oscuro pasado en común. Esa alegría ilusoria y esa cruel contradicción emocionaron a Scerbanenco. Le pareció que precisamente en una relación como esa había buena parte de la entera esencia de la vida. «Desde entonces yo también he tratado de escribir algo semejante», afirma. Por tanto, comenzó a contar historias de amor, destinadas a un público lo más vasto posible; por tanto, sencillas en apariencia, lineales superficialmente, pero todas dotadas de algo más en la intención: de una reflexión sobre la vida. Su primer relato lo aceptó Cesare Zavattini que, entre otras cosas, hacía Piccola para Rizzoli. Pronto le llegó el tumo a El tercer amor, su primera novela. Luego, la máquina Scerbanenco para fabricar historias no se paró nunca. Si las novelas son, en efecto, unas ochenta, los relatos son, por lo menos, un millar.

Después de haber trabajado para Rizzoli durante tres o cuatro años, Scerbanenco trabajó uno o dos años para Mondadori. No había nadie que pudiera fabricar historias con su puntualidad, exactitud y eficacia: era lógico que se lo disputaran. Incluso en aquel tiempo se le ocurrió resucitar un personaje. Entonces Scerbanenco no sentía predilección por tal o cual personaje: los héroes de sus temas no tenían verdadera autonomía, estaban directamente condicionados a cuanto él deseaba narrar. Primero pensaba un argumento como reflexión sobre la vida, luego, poco a poco, en la mecánica narrativa, nacían los personajes, nunca enteramente dueños de sus actos, siempre sometidos a una lógica, a leyes férreas como las que regulan las ecuaciones.

Precisamente estaba escribiendo una novela, cuya protagonista se hallaba gravemente enferma, condenada a morir, ya difunta incluso en la cabeza del narrador. Pero se había hecho de tal manera simpática a todos que Scerbanenco se vio obligado a hacer que siguiera viviendo. Aunque esto estaba en contradicción con la lógica narrativa, aunque esto trastornase la novela, una curación prodigiosa dio nueva vida a la heroína demasiado simpática. Por otra parte, Scerbanenco tenía entonces preocupaciones más graves. Salvó al personaje imaginario más que por las presiones ajenas porque le alarmó la realidad. Después del armisticio, inquieto por algunos artículos escritos en el período de Badoglio, turbado por confusos y trágicos acontecimientos que se sucedían en torno suyo, un día Scerbanenco se marchó de su casa y fue a parar al otro lado de la frontera suiza. No tenía plan alguno, sencillamente se encontró al otro lado de la frontera con una cartera de cuero —que contenía las cuartillas de una nueva novela— bajo el brazo y trescientas liras en el bolsillo.

En la posguerra volvió a trabajar para Rizzoli y aumentó la intensidad de su trabajo. No escribía sólo novelas y cuentos. Incluso compilaba carta tras carta. Desde que había recibido aquella protesta sobre la charca del lago de Varese, tuvo una nutrida correspondencia con su público. Llenaba cuartillas y más cuartillas de respuestas. Firmaba Valentino y Adrian. Por lo general le escribían mujeres, todas con problemas urgentes, todas deseosas de soluciones inmediatas. En esta correspondencia abundaban los casos de infidelidad conyugal o, por ser más exactos, de incertidumbre con respecto a la continuidad de la fidelidad. Valentino y Adrian trataban de conjurar el mayor número posible de inconvenientes y desgracias.

Pero no siempre las cartas de sus corresponsales hablaban de adulterios cometidos o deseados. Existían problemas y dramas todavía más desgarradores. Por ejemplo, una joven viuda escribió a Valentino diciéndole que no lograba vivir sin el marido. El hijo le preguntaba demasiado a menudo por el padre. Ella no lo resistía y había decidido matarse. Valentino respondió en seguida, intentando disuadir a la mujer de su propósito. Pero mientras tanto la viuda intentó suprimirse a sí misma y a su hijo, y costó Dios y ayuda salvarlos. Valentino, el Scerbanenco que respondía como Bella a sus lectoras era bueno, incluso cariñoso a veces, pero pronto se endureció ante casos de la más patente hipocresía y desfachatez. Adrian, el Scerbanenco que respondía como Annabella a sus lectoras era, en cambio, imprevisible en sus melancolías, sus ironías y sus caprichos, pero igualmente intransigente en las soluciones de los casos escabrosos. Fuera como fuese, entre novelas, relatos y correspondencia con las lectoras, además de la dirección de dos revistas de variedades en huecograbado, Scerbanenco estaba atareadísimo cuando lo conocí hace muchos años.

Los dos trabajábamos en Rizzoli, en el mismo piso, a pocas puertas de distancia. Me dirigí a él con la curiosidad de descubrir el funcionamiento de una máquina para fabricar historias. Era una oportunidad que no me quería perder. Desde niño he venerado siempre las máquinas para fabricar historias, se llamasen Dumas o London, Ponson du Terrail o Allain Souvestre, Eugene Sue o Edgard Wallace, Maupassant o Simenon. La idea de que existían máquinas semejantes me cautivaba, pero nunca, sin embargo, como me fascinaba la posibilidad de examinar de cerca una de ellas y comprender su secreto. Scerbanenco tenía fama de ser huraño, susceptible y desconfiado. Fama inmerecida, al menos por lo que a mí se refiere. La suya representa una de mis más sólidas amistades. Más que huraño, susceptible y desconfiado, me pareció melancólico. Melancólico por estar encerrado y encerrarse aún más precisamente con su capacidad de trabajo, en una especie de segregación.

No es una novedad que la cultura italiana al detalle o al por mayor sea clasista y racista. Por esto casi nunca es realmente popular. La obra de un raro artesano que ha triunfado no es considerada nunca por las miríadas de artistas fracasados con la dosis de atención capaz de apreciar dotes y resultados. Lo cual, en cambio, sucede en otros países donde se sabe reconocer, sin prejuicios ni vicios académicos, lo que hay de arte en la artesanía. Scerbanenco escribía historias de amor para las revistas ilustradas destinadas a un público femenino, por tanto, estaba oficialmente matriculado en el ghetto de la literatura rosa. Definición, ni que decir tiene, despreciativa y, en su caso, además, ni aproximada siquiera. Las novelas de Scerbanenco estaban nutridas de una rabia, una violencia y a veces de una perversidad que las salvaba del peligro del embobamiento, la complacencia y el melindre. Es indudable que en ellas había amor, pero más aún que el amor, la tensión, una tensión continúa desde la primera a la última cuartilla. Scerbanenco estaba atareadísimo, pero su melancolía revelaba que hubiese deseado hacer algo distinto, algo más suyo, menos sujeto a limitaciones, a ámbitos cerrados, a limitaciones. En suma, aún no se había resignado al ghetto de la literatura rosa.

Luego dejamos de vernos. La industria cultural es un mito para sus incompetentes teóricos; para quien la practica, para quien la hace, para quien la realiza es una continua odisea, un cambio de itinerario y refugio, por lo menos para levantarse la moral con un mínimo de novedad. Hace algunos años comencé a trabajar con Garzanti, al cuidado, entre otras cosas, de esta colección, y un día recibí una carta de Scerbanenco. Pido excusa por la referencia personal, pero con esto no reivindico mérito alguno: se trata de un simple testimonio del nacimiento de un amarillo italiano. La carta era humilde y orgullosa. Scerbanenco preguntaba si deseaba leer una novela policiaca suya. Una novela con un héroe italiano de hoy. «Un héroe italiano de hoy, no el habitual oficial de carabinieri que juega a la malilla o el habitual Maigret romanizado». Si la leía, él terminaría la novela, pero necesitaba saber si podía disponer al menos de un lector. La novela era Venus privada. En ella hacía su aparición el desesperado Duca Lamberti, con un peso terrible sobre los hombros y un gran deseo de justicia. Un personaje en el cual Scerbanenco ha creído más que en muchos otros personajes suyos. Ha creído hasta el punto de condenarle a una auténtica autonomía.

Un amarillo que tendía a negro, si queremos mantenernos en el campo de las definiciones cómodas que además no definen nada. Literatura rosa; Literatura amarilla. Literatura negra. Lo que importa es la capacidad de narrar. Tocando el amarillo y el negro, Scerbanenco aparecía finalmente libre de las viejas rémoras, libre de seguir la propia vocación. Así, en esta colección, han aparecido sucesivos volúmenes con las aventuras de Duca. En efecto, después de Venus privada, Traidores a todos, Asesinato en la escuela, Los milaneses matan en sábado. Han conquistado a los lectores y no solamente en Italia. Han llegado más lejos y sido traducidas. Por ejemplo, en las ediciones Pión, y lograron una recensión entusiasta en el Express por parte de Boileau y Narcejac, o sea de los dos especialistas franceses más importantes. Luego el parisiense Gran Premio de Literatura Policiaca 1968 reconoció en Scerbanenco al autor de la mejor novela amarilla extranjera publicada en edición francesa. La consagración definitiva porque la competencia era grande, y en ella figuraban los mejores especialistas anglosajones. Los elogios pasaron de la prensa francesa a la nuestra. Y también entre nosotros comienza Scerbanenco a ser apreciado por la crítica.

Conquistada a su modo la libertad con su amarillo que tiende al negro, Scerbanenco no parece tener la intención de detenerse. La máquina de fabricar historias sigue funcionando. Scerbanenco escribía las historias de amor principalmente de día; éstas las escribe de noche. Los años pasan, cambia el metabolismo, cambian las costumbres, cambian los estados de ánimo. La melancolía ha menguado un poco. Escribiendo sobre matados o matables, Scerbanenco se encuentra algo más, se da cuenta de que puede expresarse mejor. «El amarillo, el negro, lo policiaco, en suma, cuanto implica una trama de aventura, es realmente narrativa —dice—. La narrativa policiaca trata una materia absoluta». De noche más que de día la máquina de fabricar historias continúa funcionando. Un ritmo extraordinario, esto no ha cambiado. Un cuento a la semana para Stampa sera, un cuento a la semana para Novella, al menos una entrega a la semana de una novela para la Domenica del Corriere y un fragmento de la nueva novela para Garzanti con la quinta aventura de Duca. Duca vuelve a ser médico ahora, se casará, irá de viaje de bodas a París con Livia, y allí se verá metido en otro caso difícil.

Realmente Scerbanenco no tiene la intención de detenerse. Y la prueba es este volumen de narraciones que considero su mejor libro. Duca Lamberti ha de proseguir en sus aventuras, es justo, pero estos relatos, cada uno de los cuales contiene un fulminante músculo de vida, representa un ulterior paso hacia delante. La fantasía de Scerbanenco se vuelve definitivamente negra para hablar de atrocidades, de miseria, del absurdo de este mundo. Relatos, sin personajes recurrentes pero con un autor bien reconocible, uno más cruel que otro, un abismo de abyección y atropellos, a partir de la historia inicial, con los dos sicarios norteamericanos que llegan para eliminar al hombre que impide un oscuro tráfico internacional y la muchacha ferraresa poco virtuosa, pero con un candor humano que, elegida como guía, en una Milán lluviosa y nocturna, se rebela, prefiere arriesgar la vida que ser cómplice de un asesino. Un cuento seco, insistente, feroz. Como todos los que le siguen.

La fantasía negra de Scerbanenco se extiende por la península persiguiendo una sombría sucesión de asesinatos por venganza entre las colinas de Riccione o una fuga inútil de tres delincuentes por el pinar de Tombolo, y así sucesivamente. Pero más tarde o más temprano la fantasía de Scerbanenco vuelve a Milán, tupiendo la saga de la ciudad inventada como y más que si fuese verdadera o retratada, como y más que si hubiese sido imaginada. Una ciudad llena de gente y turbia, implacable y alucinada, en la cual, sin embargo, se abren repentinos claros de ternura. Una ternura frágil, un guiño de neurótico neón en la suciedad del smog, improbable y que, no obstante, se puede tocar, un pálpito enajenado de esperanza en la oscuridad casi total.

ORESTE DEL BUONO

 

 

1

MILÁN, CALIBRE 9

 

«Son norteamericanos», pensó el chófer del taxi número 237, parado ante el semáforo en rojo de detrás de la catedral, admitiendo que bajo aquel diluvio y aquel condenado aire se pudiera distinguir que aquello era la catedral de Milán. «Pero la chica es italiana», siguió pensando, porque el rojo del semáforo le permitía pensar, y de todos modos no era una comprobación muy profunda porque los dos hombres que había recogido en el aeropuerto hablaban solamente inglés, y la chica que estaba con ellos hablaba también inglés pero con un acento más de Ferrara que de Oxford, y él, el chófer del taxi número 237, había oído en el inglés de la muchacha el tono de su país nativo y así había reconocido gente de su estirpe porque también él era de Ferrara y hubiese deseado preguntar a la joven si realmente era de Ferrara; se apostaba un quinientos de plata, pero no se podía hacer preguntas a los pasajeros.

«Además son dos pesos pesados», pensó en el mismo instante en que apareció el verde, y al mismo tiempo salió disparado, por el lado de la catedral, y tampoco ésta fue una comprobación profunda: los dos apenas cabían en el seiscientos, tenían la cabeza rapada, como marines, un poco baja para no dar contra el techo del coche y sonreían amablemente a todo mostrando enormes dientes de caimanes; sonreían a la chica, sonreían a la catedral bajo las ráfagas de lluvia, sonreían a los porches de la Rinascente y a los maniquíes de muchachas con sombreros verde plata que vestían primaverales abrigos de color tierra de Siena en los escaparates floridos con ramas de melocotonero, porque era primavera aunque estuviese lloviendo, y cada uno, tan sonrientes, tenían en el bolsillo una Steik calibre 9, con balas rompedoras, lo que quiere decir que no importa donde llegue el proyectil, basta que llegue, incluso a la muñeca, y uno salta por los aires como si le hubiese estallado una bomba bajo el asiento, y siete horas antes estaban en Nueva York y recibían las dos Steik, y luego, en el aeropuerto, habían encontrado a la morenita ferraresa que los llevaba ahora al Hotel Duomo.

—The best hotel in the city —habían dicho los dos a la chica que llevaba un impermeable rosa fosforescente, tal vez para hacerse notar, el mejor hotel de la ciudad, y los dos sonreían y asentían, los dos rapados, los dos con aquellos chaquetones de piel cenicienta y uno de ellos con un enorme botón rojo en una de las solapas, como una flor en el ojal, quizá también para hacerse notar, como si realmente tuvieran miedo de no ser advertidos.

Se apearon, mejor dicho, desembarcaron como marines en «Omaha beach nel D-day», con sus flexibles talegas de piel agamuzada, sonrieron al conserje del hotel que compareció inmediatamente con un gran paraguas gris para protegerlos de la lluvia y que pensó en seguida:

«Son norteamericanos», porque también un lactante, al verlos, habría pensado que eran norteamericanos, y en efecto lo eran, y Leo había insistido en Nueva York:

—Queridos cachorritos, el norteamericano que los italianos tienen metido en la cabeza es un tipo como vosotros, y por esto os he elegido, y os vestiré precisamente como norteamericanos, porque no ha de haber duda alguna de que no seáis norteamericanos; hasta los gatos de Milán han de ver que sois de aquí, o mejor dicho, tejanos, fingid que bebéis mucho, sonreíd siempre como si estuvieseis un poco borrachos, pero no pongáis los pies encima de la mesa, porque en Italia no lo soportan, y no mastiquéis goma; para los italianos la goma la mascan solamente los norteamericanos vulgares, vosotros sois dos señores, aunque no profesores precisamente —había explicado Leo con claridad—, y disparad bien, a la americana, como gángsters, que además lo sois, apenas hayáis reconocido a esta puerca jeta —y había desenrollado la fotografía del tamaño de un diario, aumentada hasta el punto que se le podían contar los poros negros de los pelos de la barba.

Era, realmente, una puerca jeta, con cierta mezcla monstruosa de gallo y perro bastardo: tenía del gallo la estructura ósea de la cara, una gran nariz aquilina que parecía un pico peleón, pero sus ojos redondos tenían un brillo vil, servil y rastrero de perro bastardo.

—Se llama Giordano, no sé más, pero apenas lo hayáis encontrado y estéis seguros de que es él, disparad, porque también él es muy despabilado y tampoco es amigo de bromas; disparad y destruidlo en el lugar donde lo encontréis, aunque sea en medio de una plaza llena de gente. No me importa que la policía italiana os detenga, tardaré muy poco en poneros en la calle, estad tranquilos, y recordad que ésta es una Steik del calibre nueve con balas rompedoras: sirve sólo para matar, no para herir.

Los dos entraron en el hotel mientras los botones se hacían cargo inmediatamente de sus bellas talegas, pensando:

«Es de norteamericanos».

Y el secretario, que los había visto entrar —era imposible no verlos porque el más bajo debía medir metro noventa— dijo al colega que estaba a su lado:

—Son los dos norteamericanos del vuelo treinta y dos de Nueva York; sus habitaciones son la ciento catorce y la ciento dieciséis.

La anglo-ferraresa compareció en la secretaría y dijo en italo-ferrarés:

—He hecho reservar dos habitaciones comunicantes para los señores Dawer y Skeinerberg.

—Sí, señorita, son la ciento catorce y la ciento dieciséis —y se dirigió en inglés a los dos—: Los botones les acompañarán. Espero que las habitaciones sean de su gusto.

Los dos sonrieron con sus grandes dientes de caimanes y siguieron a los botones y el trasero más bien móvil de la anglo-ferraresa.

—Dad a entender que os gustan las mujeres: ese es un rufián que sé busca chicas en los locales nocturnos. Buscad siempre tipos hambrientos de mujeres y lo encontraréis. Se llama Giordano.

No estaban precisamente hambrientos, pero sentían cierta inclinación por las mujeres y no les habría costado mucho manifestarla públicamente.

Las dos habitaciones comunicantes tenían una cama de matrimonio cada una, pero la muchacha se quitó el impermeable rosa fosforescente sin demostrar demasiada preocupación por los problemas que se planteaban, desde el punto de vista de la moral, abrió su maleta y sacó el neceser con el jabón y el dentífrico. Los muchachos estaban en la habitación contigua y cuando ella iba a entrar en el baño, la llamaron.

—Kekka —para ellos todas eran cappa, no nuestro familiar Checca.

—¿Sí? —dijo Kekka.

Se reunió con ellos en su habitación; estaban delante de la ventana, la cual habían abierto, y así se oía la lluvia ruidosa y turbulenta que desde por la mañana anegaba Milán.

—¿Qué es eso? —dijo Frank Dawer, señalando fuera de la ventana.

—Es la estatua de la Virgen colocada en lo alto de la aguja más alta de la catedral de Milán. Los milaneses la llaman la Madonnina.

—¿Siempre está iluminada? —preguntó David Skeinerberg.

—Sí, toda la noche —repuso Kekka.

—Muy bien, muy bien, ¡cuánto le habría gustado verla a mi madre! —exclamó Frank.

Los tres miraron un poco, a través del niágara de lluvia, la dorada y luminosa estatua sagrada, y luego David cerró la ventana y dijo:

—Ahora tomemos una ducha, Kekka, y luego pides whisky. ¿Tienen J&B?

—Aquí tienen más marcas de whisky que en el Kangaroo de tu pequeña Nueva York —dijo ella con orgullo ferrarés y ambrosiano al mismo tiempo.

Los muchachos rieron silenciosamente, sin ruido, rieron como señores norteamericanos, como les había enseñado Leo.

—Muy bien, mucho, muy bien —dijo Frank—, haz que traigan el whisky porque antes de cenar hemos de charlar un poco —y añadió—: ¿Cómo se dice en italiano honey, a una mujer?

—Se dice de muchas maneras, pero la más sencilla es «tesoro».

—Tesuro —dijo Frank.

—No, tesoro —replicó ella.

—¡Ah, comprendo! Tesaro —exclamó Frank.

—No, bestia, tesoro, como en hope.

—Sí, comprendo: tesoooro.

—Pero ¿por qué quieres saberlo? —preguntó Kekka.

—Para decírtelo a ti primero que a nadie, tesaro, es decir, no, tesoooro, y luego decírselo a las chicas por la calle.

La miraron riéndose burlonamente y la vieron ponerse nerviosa: «Chuscos», y marcharse, y entonces comenzaron a desnudarse arrojando las ropas por los vastos suelos suntuosos y, llegados a los calzoncillos y a la ventrera, se detuvieron y se fueron juntos al cuarto de baño.

—Dúchate tú primero —dijo Frank, el más alto, de casi los dos metros.

David se quitó el slip y luego, con satisfacción, metió la mano en la ventrera y sacó la Steik del calibre 9.

—Comenzaba a fastidiarme un poco —dijo.

La dejó cuidadosamente sobre la mesa de mármol verde, se quitó la ventrera y se metió bajo el paraguas de la ducha.

—Mientras, yo me afeitaré —dijo Frank, y también con satisfacción se quitó la Steik del bolsillo secreto de la ventrera.

—Parece un bazuca —comentó.

David abrió al máximo la ducha, fría, y comenzó a bailotear bajo el chorro mientras Frank sacaba de su talega la navaja y el tubo de crema rápida. Se llenó la barbilla y las mejillas de crema, mojó la navaja en agua hirviente y con precisos movimientos comenzó a afeitarse.

Desde bajo la ducha llegó la voz espumeante de David:

—Frank, ¿sabes cuánto le dan a uno en Italia por un homicidio?

—No hay pena de muerte —contestó Frank—, la gente es blanda aquí. Para el tipo de homicidio que nosotros tenemos en la cabeza, creo que prisión perpetua, pero Leo nos sacará. Ni siquiera cumpliremos el año.

—Leo es imbatible —espumeó David bajo la ducha.

Sí, Leo era imbatible, pensó Frank ante el espejo, afeitándose, pero había que hacer con toda exactitud lo que él quería y recordar bien sus palabras:

—¿Oyes, Frank? ¿Oyes, David? Mirad bien esta fotografía, este es el hombre que nos ha destruido la base de Milán. Tenemos media docena de amigos, sumados a los amigos de Roma: eran nuestra escuadra italiana, nos encontraban las chicas y nos las enviaban. Esta puerca jeta de la foto ha vendido a los seis a la policía, uno cada vez, despacito, y cuando no tuvimos duda de que se trataba de un espía, era ya demasiado tarde. Un amigo fue a Milán desde Francia para descubrir al soplón, pero apenas tuvo tiempo de enviarme sólo la fotografía y decirme que se llamaba Giordano, luego no supe nada más. Tal vez también él haya sido denunciado, o lo hayan quitado de en medio. Mirad bien esta fotografía: mientras este hombre se pasee por Milán o por Roma, no podremos trabajar más en Italia. Y no debe pasearse: haced que la palme con las Steik.

Apenas terminó de afeitarse, cambió con David, que había terminado su ducha, y se metió bajo el chorro, mientras David comenzaba a llenarse la cara de crema para afeitarse la barba, e instantáneamente vivificado por el agua fría volvió a pensar en que Leo era imbatible de veras, pensando en la ventrera portacalibre 9. Una ventrera no es el lugar ideal para llevar un revólver, porque cada vez que hay que empuñarlo para disparar, uno tiene que quitarse primero los pantalones, pero es el sitio ideal para esconderla durante un vuelo Nueva York-Milán, y a menos que no le lleven a uno adonde lo desnuden, no la encuentran en ninguna aduana.

—Cierra al menos la puerta del cuarto de baño, animal —dijo Kekka—, tengo la impresión de que soy una mujer del circo que lleva a pasear a dos elefantes.

—¿Querías algo? —preguntó educada y señorilmente David—. Perdóname, querida.

Rió malicioso.

—Quería deciros que llegó el whisky y que cómo lo queréis.

—Desnudo —dijo Frank, saliendo de la ducha.

David rió.

—Desnudo como nosotros.

Kekka abrió bruscamente la puerta del cuarto de baño y entró.

—¿Qué es eso? —preguntó, señalando las Steik sobre la mesita de mármol verde.

—Nada que te importe —respondió Frank, friccionándose la espalda con la loción; no sonreía y su voz menos. Luego se friccionó el pecho— y no las toques —dijo sombrío, viendo que ella tendía la mano.

Kekka retiró la mano.

—Tienes razón, no toco.

Frank y David la vieron con simpatía salir del cuarto de baño. También Leo era imbatible en esto. Había encontrado en Italia el contacto justo: aquella chica: se veía claro que reunía las dos cualidades necesarias: era decidida y seria, se olía en seguida. Y mientras se vestía pensó que Leo era imbatible incluso en aquellos mínimos detalles: el bolsillo de los pantalones, mucho más oblicuo que lo normal y con dos anchas tiras de cuero en el interior, de manera que metida en ellas la Steik terminaba en el hueco de la ingle, que no resultaba muy cómodo, pero el arma, a pesar de ser tan grande, quedaba perfectamente escondida, no hacía bulto y uno podía sacarla como si fuese un cow-boy de película, instantáneamente.

Salidos del cuarto de baño y friccionados con las ásperas lociones, reanimados, se sentaron en torno de la mesa baja sobre la cual estaba la botella de J&B, la copa de cristal llena de hielo, y delante estaba sentada Kekka, y mientras bebían la miraban, con la confortadora sensación de la Steik en la ingle oprimiéndoles y asegurándoles el poder. Y durante un rato la miraron sin hablar, bebiendo el whisky, y luego Frank dijo:

—En Nueva York nos dijeron que te llamas Frances Gattoni.

—Frances Gattoni, no. Me llamo Francesca Gattoni. En italiano Frances es Francesca, y el diminutivo es Checca —y dijo Kekka.

Los muchachos parecieron agradecer mucho aquella lección de lengua italiana.

—Muy bien —contestó Frank—, te llamas Francesca Gattoni y tienes veintinueve años.

—Veintinueve no —replicó Kekka—, treinta y cinco. Es una mentira que dije a vuestros amigos de Nueva York. Lo siento.

—No te preocupes, Kekka —repuso Frank—, no me importan nada los años; además, sólo aparentas veinticinco.

—Gracias, eres muy amable —dijo Kekka.

—Nos dijeron que trabajas en un instituto de belleza —intervino David.

—No es exactamente un instituto de belleza —aclaró Kekka—. Vosotros ya sabéis lo que es, y yo soy una de las masajistas, digámoslo así. Pero vivo sola y no sé hacer otra cosa.

Los muchachos la miraron con simpatía. Frank dijo:

—Nos dijeron que antes hacías la entraîneuse y que conoces bien Milán by night.

—La entraîneuse no —replicó Kekka, que debía tener espíritu de contradicción—, hacía de señorita, como ahora, pero conozco bien todos los locales nocturnos.

Simpática, muy simpática, pensó Frank. Le gustaba la gente que empleaba las palabras justas.

—Nos dijeron que te dieron ya quinientos dólares por ayudarnos, y nosotros te daremos mil cuando se termíne el trabajo.

—Sí, gracias —repuso Kekka. Bebió un sorbo de agua del hielo que había quedado en su vaso—. ¿Qué trabajo es?

Frank dijo a David:

—Ve por la foto —y se dirigió a Kekka—: Hemos venido a Milán para hablar con cierta persona a la cual solamente conocemos por la fotografía y por el nombre.

—Milán es grande —dijo Kekka—; será un poco difícil encontrar a esa persona.

—Sabemos también alguna otra cosilla —añadió Frank—, que es un chulo y que vive en el ambiente de los locales nocturnos y en todos los cafés y bares donde andan mujeres.

—Conozco algunos de estos señores —repuso Kekka agitando los cubitos de hielo para que se fundieran más de prisa.

—Esta es la fotografía —dijo David entrando en la habitación y sacándola del duro tubo de cartón y desenrollándola ante ella, como un raro lienzo de un pintor antiguo—. Se llama Giordano.

Kekka miró el aquilino y bastardo rostro de la fotografía.

—Hay muchos —repuso—. A éste no lo conozco, pero no creo que sea difícil encontrarlo. ¿Queréis comenzar en seguida, esta misma noche?

—En seguida, Kekka.

Y los dos se levantaron casi militarmente y pimpantes.

—De acuerdo, entonces alquilo el coche.

—Muy bien, pero queremos el coche más vistoso y más grande que exista en esta pequeña aldea —precisó David.

Ella se dirigió al teléfono, habló con la secretaría y momentos después dijo:

—Tienen un Impala plateado, ¿os va bien?

Ellos asintieron. Kekka colgó el teléfono y durante un instante los miró en silencio.

—¿Qué tenéis que decir a ese Giordano, si lo encontráis?

Frank se sacó del bolsillo el paquete de cigarrillos y encendió uno.

—Kekka, tú eres una buena chica, y deberías ser tan buena como para comprender que cuantas menos preguntas se hagan será mejor.

—Habéis venido a hablarle con esos revólveres, lo he comprendido muy bien —repuso Kekka y fue a ponerse el impermeable—. No me importa nada estar con dos sicarios como vosotros. Yo soy una mujer acabada. —Abrió secamente la puerta—. Vamos, zopencos.

Y sonrió dolorosamente.

El Impala llegó casi inmediatamente, y bajo la fabulosa lluvia parecía aún más de ciencia ficción; tan plateado y aplastado, tenía más de platillo volante que de coche. Kekka dijo:

—Es un coche que se utiliza sólo en las bodas, mirad si hay flores de azahar.

No las había, pero sí las dos cortinillas blancas del cristal de atrás.

—Esto son granos de arroz —explicó David sentándose detrás.

—Entonces somos marido y mujer —comentó Frank que se había sentado al volante y a su lado Kekka.

—Ve despacio y estate atento a lo que yo te diga. Conducir en Milán no es tan fácil como en Nueva York —dijo Kekka—. Recto y luego a la derecha.

Bajo la lluvia, también la plaza de la catedral estaba desierta a aquella hora.

—Otra vez a la derecha —dijo Kekka—. Adelante, despacio, deja pasar el tranvía, eso. Esta es la plaza de la Scala, tuerce a la derecha y luego en seguida a la izquierda; así. Este es el monumento a Leonardo da Vinci. Oíste hablar de él, ¿verdad? Y ese es la Scala, el Teatro Scala.

—El Metropolitan de Milán —aclaró David.

Hasta eran ingeniosos.

—Mantente a la derecha para girar en seguida a la izquierda —continuó Kekka—, eso, así; ésta es la Via Manzoni, la calle de clase de la ciudad. Deja pasar al tranvía; trata de aprenderte esto: aquí hay tranvías, animal, y ésta de la derecha es la Via Montenapoleone, pero tú sigue recto; la calle Montenapoleone es todavía de más clase que la Manzoni, hay joyas y pieles por millones de dólares, y hay una tienda de frutas y verduras donde puedes encontrar cerezas en diciembre y castañas en junio, a unos cincuenta dólares el kilo.

Sentado detrás, solo, David dijo:

—Como «Fauvind» en la Quinta. Hace dos años, en plena tormenta de nieve, cuando no se podía sacar la nariz fuera de la puerta, tenía pimientos amarillos, recién cogidos, lustrosos como cerditos, y también a cincuenta dólares el kilo.

Kekka dijo:

—Sigue recto, no des la vuelta a la Via Montenapoleone, y párate ahí. —Hablaba a Frank bajo el repiqueteo de la lluvia—. Donde veas las luces más intensas, párate: es la galería Manzoni; no, no es la galería que te imaginas; la de la plaza del Duomo es otra. Párate aquí; eso, un poco más adelante, sube sobre la acera con las dos ruedas de la derecha, como los coches que tienes delante. Así, muy bien. Antes de apearnos, espera que te lo explique. Este es el primer lugar al que te llevo porque aquí hay una especie de concentración de cosas. En esta galería hay muchas: hay un pequeño bar donde tomaremos el aperitivo, luego un restaurante muy elegante que se llama Harry’s Bar, donde cenaremos, luego está el cine y el teatro Manzoni. Nosotros iremos al cine, mira, dan La Biblia. No es un espectáculo propio para vosotros, pero qué le vamos a hacer. Y por último está el local nocturno; se llama Maxim, ponen una especie de espectáculo. Ahora vayamos a ver las fotografías expuestas a la entrada; deben de ser de las Sister Berlino. El hombre que buscáis puede andar por aquí.

—Como primera exploración me parece muy bien —dijo Frank—. Adelante.

Y siguieron el plan que ella les había preparado: unos whiskies en el pequeño bar, otro par en el Harry’s antes de cenar. Los dos despichadores comieron exactamente como en Nueva York: dos hamburguesas con un huevo encima, patatas fritas y un pomelo con rabanitos. En vano el maestresala les ofreció spaghetti y macarrones o los mejillones a la napolitana: ellos eran rutinarios y estaban por las hamburguesas. Luego se fueron a ver La Biblia y en la oscuridad del cine cambiaron de sitio las Steik porque, sentados, les molestaban más que de pie. Naturalmente, durante el intervalo miraron uno a uno, pero correctamente, a todos los hombres que había en la sala. David incluso se dio la vuelta por el cine y pasó por los lavabos: nunca se sabe.

—Disparad apenas estéis seguros de que es él, no debe preocuparos el escándalo, disparad y huid, y si podéis largaros a Suiza, mejor; si no, paciencia, también conseguiré vuestra libertad, aunque os manden al infierno y os entreguen al propio Satanás. Pero armad alboroto; todos tienen que saber que habéis ido de América a quitar de en medio a un cochino ladrón de espía; los periódicos tienen que hablar por lo menos una semana, incluso en Nueva York, para que esos puercos ladrones, tanto de Europa como de aquí, sepan cuál es su fin si no están al cuidado. Disparad en seguida, todo el cargador; no quiero un herido: quiero una carnicería.

Naturalmente, en el cine no estaba el Giordano de la nariz aquilina; hubiera sido demasiada suerte encontrarlo en seguida, y entonces se fueron al Maxim, bajaron por la escalerilla bajo la luz amortiguada y se encontraron en la sala donde, tan vistosamente norteamericanos, fueron acogidos como Mac Arthur a su regreso a los Estados Unidos después de la victoria sobre el Japón. Pero tampoco estaba allí el hombre de la nariz aquilina, aunque, en compensación, llegó, hacia las dos, una morena beat, enteramente vestida de hombre: un Gales a rayas un poco llamativas, pero con los zapatos dorados de tacón alto, que se acercó a su mesa y dijo a Kekka:

—Si supiera el inglés te soplaría por lo menos a uno de estos dos bueyes.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Frank a Kekka.

—Siente no saber inglés. Dice que si lo supiera seduciría por lo menos a uno de vosotros —respondió Kekka.

La expresión de Frank se endureció.

—Pregúntale si conoce a Giordano.

—Mi amigo quiere saber si conoces a un tal Giordano que frecuenta estos lugares —dijo Kekka a la muchacha, con fondo de musiquilla y gritos de una negra.

—Si se trata del de la nariz picuda, procuro escabullirme, pero desgraciadamente lo conozco —repuso la morena beat.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Frank.

—Ha dicho que si es el de la nariz picuda lo conoce.

—Muy bien, muy bien, Kekka; te has portado muy bien —pero lo dijo con dureza—. Pregúntale ahora dónde podemos encontrarlo.

—Quieren saber dónde pueden encontrarlo —dijo Kekka a la chica, valga la palabra porque estaba peligrosamente cerca de los treinta y cinco años.

La morena beat se encogió de hombros.

—Normalmente nunca se sabe por dónde andan cerdos como ése, pero si te interesa, has tenido suerte: ahora está en Roma, y mañana por la noche vendrá aquí a traer a dos nuevas bailarinas que ha ido a buscar por ahí. Mañana por la noche, después de las once, puedes estar segura de que lo verás empujando aquí a las dos bailarinas. A mí no me gustaría verlo, pero hay gustos para todo.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Frank.

Cuando se trataba de trabajo su voz era más bien dura y su mirada se hacía hostil.

—Ha dicho —Kekka se interrumpió para beber un sorbo del hielo fundido en el vaso; sólo bebía esto—, ha dicho que ella no lo trata mucho porque es un mal bicho, y que hace mucho tiempo que no lo ve, y no sabría decirte dónde podrías encontrarlo. Dice que es un tipo que anda por estos lugares.

Y apenas hubo mentido sintió que se helaba y no a causa del agua helada que bebía, sino por la seguridad de saber cuál sería su fin si era descubierta. Y era muy probable que la descubriesen, y el hielo provenía del recuerdo de aquellos dos revólveres que ellos tenían en el bolsillo y que utilizarían sin vacilar un instante.

Frank y David miraron a las dos mujeres con ojos sin sonrisa, hostiles. Luego Frank dijo:

—Lo siento. Pregúntale entonces cuál es el apellido de ese hombre, y si sabe dónde vive, o si por lo menos conoce a su amiga o a un amigo de quien podamos tener información sobre él. Dile que si me da una información útil para encontrarlo que le daré cincuenta dólares.

Aquellos ojos sin sonrisa la aterrorizaban, hasta sintió deseos de huir, pero se dominó y se dirigió a la chica beat.

—Mira, es la primera vez que te veo, pero hazme un favor: mientras te hable sacude la cabeza y di «no lo sé, no lo sé», y alguna otra cosa.

—¿Qué significa esta comedia? —preguntó la morena beat.

—Te lo ruego, sacude la cabeza y haz lo que te he dicho; nos están mirando, no comprenden una jota de italiano, pero pueden entender por el tono de voz. Ayúdame, te lo suplico.

La morena, sin saber todavía nada, advirtió el peligro. Acaso aquellos dos hombres que ya no sonreían la helaban también a ella. Sacudió la cabeza varias veces.

—No lo sé —dijo—, no, no, no —redondeando la boca para que también ellos comprendieran que decía que no. Y luego añadió—: Mañana iré a jugar a las carreras en San Siro —por decir algo más.

—Así va bien. Ahora hablaré yo y luego tú me dices que no —dijo Kekka—. Mira, yo ni siquiera conozco a ese Giordano, y no me importa nada, pero no soy una asesina: estos dos han venido adrede de Norteamérica para cargarse a ese Giordano. Yo estoy obligada a ayudarlos, o me matarán a mí, pero no quiero tomar parte en un asesinato.

—No lo sé, no lo sé, no —y la chica sacudía la cabeza Con la mayor naturalidad, aunque el miedo comenzaba a llegarle al estómago—. Si gano en San Siro me compraré, me compraré, verás lo que me compraré: una ruleta, y haré que vaya gente a mi casa a jugar.

—Gracias, querida, has sido muy buena —dijo Kekka—, si se enteran del engaño me pegarán un tiro; tienen en el bolsillo dos revólveres tan grandes como esta botella de whisky, y los usarán. Aunque ese Giordano sea un sinvergüenza, no quiero que lo maten con mi ayuda. Trata de verlo, y dile lo que te he dicho y dile que se esconda y desaparezca; cuanto más lejos esté de esta gente, mejor.

—No lo sé, no, no, no, no lo sé; además no tendré la ruleta porqué estoy segura de que no voy a ganar…

—Gracias, es suficiente —dijo Kekka, y se dirigió a Frank—. Ha dicho que de esos tipos sabe muy poco. El verano pasado lo vio un par de veces aquí y otra en otro local, que él le propuso un trabajo con una ruleta en un pequeño piso, pero era algo que a ella no le gustaba. Dijo que no y desde entonces no ha vuelto a verlo.

—Me lo había imaginado —repuso Frank—, seguía diciendo que no. —Se había ensombrecido como David—. Dale el equivalente de diez dólares y que se largue.

—Me han dicho que te diera el equivalente de diez dólares y que puedes irte —dijo Kekka a la chica—. Te doy diez mil y haz bien tu papel porque si se dan cuenta de algo.

La morena beat tomó el billete de diez. No necesitaba recomendaciones, tenía un miedo que le daba náuseas como cuando estuvo encinta de aquella pobre cría que ahora estaba en un kinderheim de Suiza de treinta y ocho francos al día, que no es muy poco; pero el que ha sido estúpido y se ha equivocado, tiene que pagar. Reunió todas sus fuerzas para no vomitar y poder representar su papel: hizo una caricia a David en la cabeza, sonrió procaz, y dijo las únicas palabras que sabía en inglés:

—Thank you, I love you —a Frank.

Y se volvió para irse.

La voz de Frank la detuvo.

—Oye, tesoro, espera un momento que te ofrecemos una oportunidad.

No era buen italiano, era neoyorquino, con palabras italianas más que inglesas, pero era italiano y comprensible.

Entonces Kekka, Francesca Gattoni, comprendió que estaba muerta.

Le daba mucho miedo morir y por eso jamás había logrado suicidarse, porque le tenía horror a su vida, pero querer morir y ser capaz de matarse son dos cosas distintas. Un par de veces había comprado somníferos, pero luego no fue capaz de tomárselos; una vez incluso pensó alquilar un coche y estrellarse contra una pared. Aunque su vida había sido toda una increíble elaboración de errores, aunque el feroz oficio que se veía obligada a hacer le daba asco de sí misma, aunque la desesperada soledad de toda su vida, aparte de los pocos hombres que sólo se habían aprovechado de ella, la hubiese consumido por dentro como una escofina consume una delicada madera, también el terror a la muerte era cada vez mayor, como ahora. Pero ahora, al observar a Frank que se había levantado y que sonriendo ampliamente con sus dientes de caimán tenía agarrada de un brazo a la morena vestida de hombre, sabía que la matarían, aunque tuviera tanto miedo. Estaba segura de que, al final, moriría.

—No grites y haz todo lo que yo te diga —ordenó Frank a la chica en voz baja—. Y no demuestres que tienes miedo, si quieres vivir. —Hizo que la chica se sentara a la mesa—. Creo que quieres vivir, pero a la menor tentativa considérate muerta. —Levantó la voz y dijo en inglés a David, que no comprendía el italiano—: Son dos cochinas bestias y han intentado engañarnos. Pero hemos encontrado a nuestro amigo —y se volvió a Kekka—: No tenías que haber pensado que enviaron a Milán a dos estúpidos que no saben una palabra de italiano. Al menos uno de ellos tenía que saber italiano, y ése soy yo. Lo siento, Kekka, tenía mucha confianza en ti y me has desilusionado. —Con ella hablaba en inglés. Luego volvió a hablar en italiano a la fingida beat—: Ahora venid las dos con nosotros al hotel y hablaremos un poco. Si queréis morir ya sabéis lo que tenéis que hacer.

Francesca Gattoni no quería morir porque le tenía terror a la muerte, y la otra, la pobre y torpe beat, porque no había pensado nunca en morir; le gustaba beber, hacer el amor, comer y de vez en cuando ir a ver a la niña a Silvaplana y hacer que jugara sobre la nieve. Por eso hicieron exactamente todo lo que le dijeron los dos y no gritaron, no intentaron huir, y diez minutos después se encontraron en las dos habitaciones comunicantes del Hotel Duomo.

—Las pastillas —pidió Frank a David—, debes tener porque sufres de insomnio.

David sonrió y sacó de la talega la cajita plana.

—Esto —dijo Frank a las dos mujeres, a quienes había hecho sentar en la cama— es un simple somnífero. Tú que sabes inglés, lee, Kekka; no debes pensar que queremos envenenaros; si es necesario, preferimos disparar. Sólo queremos que tengáis un buen sueño. Eso: tomad tres cada una; necesitaréis un cuarto de hora o poco más para que os hagan efecto. Durante este cuarto de hora tendremos tiempo de charlar un poco y os explicaré algunas cosas. Luego os prepararéis para la noche y dormiréis un hermoso sueño. Kekka, traduce esto a tu amiga; me cansa hablar italiano.

Ella tradujo con rapidez, con los labios secos por el terror, mirando la mano de él que empuñaba la Steik calibre 9, asomando un poco por el bolsillo, como en un filme del Oeste.

—Vamos, tomad las pastillas —dijo David amablemente, mostrándole un platito sobre el cual estaban las seis pastillas, tres para cada una, y un vaso.

Kekka las tomó primero, luego la beat, dócilmente.

—Eso —Frank tenía la costumbre de comenzar sus discursos diciendo «eso», y hablaba tranquilo, en absoluto amenazador—. Ahora os repito que sólo viviréis si hacéis lo que yo os diga. Que no se os vaya de la cabeza. Dicen que es difícil matar a las mujeres porque gritan, pero yo las mato lo mismo. Conmigo gritan muy poco. Te ruego, Kekka, que se lo traduzcas a tu amiga.

Kekka tradujo con los ojos fijos en la mano de él sobre la culata de la Steik. Hubiera sido muy fácil morir, y ella lo deseaba vivamente; bastaba con escupirle a la cara y dispararía, pero no, no, no era capaz de querer morir, y cuando hubo traducido hasta sintió deseos de reír porque vio que la beat hacía en seguida a Frank ostentosas señales de asentimiento e incluso decía de vez en cuando:

—Yes, yes —que obedecería en todo y por todo, con tal de vivir.

—Eso, ahora que estamos de acuerdo en esto —dijo Frank—, os explicaré lo que sucede. Ahora dormiréis hasta las once de mañana, luego comeréis bien, después os daré otras dos pastillitas y dormiréis hasta las once de la noche. Os bañaréis, comeréis algún bocadillo aquí en la habitación y allá a la una volveremos al Maxim a buscar a nuestro amigo. Esta chiquita vestida de hombre ha dicho que lo encontraremos con toda seguridad, que vendrá de Roma con dos bailarinas. Bueno, lo vemos —sacó bruscamente el revólver del bolsillo—, arreglamos nuestras cuentas con él y luego —David escuchaba sonriendo a Frank, que hablaba tan tranquilo y tan claramente—; luego, claro está, trataremos de huir y vosotras serviréis para cubrir nuestra retirada, os estrecharemos sobre nuestro corazón y al primero que quiera impedirnos escapar vosotras palmáis —y se guardó la Steik en el bolsillo-funda—. Creo que la cosa está clara. Tradúceselo a tu amiga, traduce bien y exacto; ya sabes que comprendo un poco el italiano. No cometas errores de traducción. Tienes una probabilidad sobre mil de sobrevivir: la de no cometer errores.

Kekka tradujo sin errores.

Todo ocurrió exactamente como había dicho Frank, y lo dijeron también los periódicos. Hacia la una de la noche dos norteamericanos altos y rapados casi al cero, vestidos ambos como colegiales, con chaquetones cenicientos con un botón rojo en la solapa, descendieron a los suaves, casi oscuros, musicales y canoros sótanos del elegante local nocturno del Maxim en la galería Manzoni, acompañados de dos jóvenes señoras que no tenían un aspecto demasiado despabilado, como si hubiesen dormido en exceso, y apenas llegados al pie de la escalera encontraron a un desdichado que se llamaba Giordano, tenía la nariz aquilina y se disponía a subir. Los dos americanos no tuvieron necesidad de buscarlo durante mucho tiempo: lo encontraron allí. Frank Dawer y David Skeinerberg ni siquiera le preguntaron si él era Giordano: era la copia exacta de la fotografía, y dispararon sobre él dos tiros cada uno, porque Leo no quería heridos, quería una carnicería publicitaria a escala internacional, y el de la nariz aquilina se cascó como un huevo, bloqueando la escalera con sus restos, cosa que retrasó mucho la caza de los asesinos porque nadie se atrevía a subir los escalones estando allí aquellos escombros que habían sido un hombre, para salir a la calle y dar la alarma. En cambio, los dos, un instante después, estaban ya afuera, llevando galantemente del brazo, pero bien agarradas, a las dos señoras, y tuvieron tiempo de subir al Impala y ponerlo en marcha, porque las detonaciones en el sótano del Maxim no se habían oído.

—Dinos la carretera para Ponte Chiasso, vamos a Suiza —dijo Frank, que conducía—. Sed obedientes, ya habéis visto lo que es una Steik.

Sí, lo habían visto, y ahora su miedo a morir era más terrible. Cerca de Como, uno de los dos —debió de haber sido David, pero ella y la beat, en la oscuridad, no lo vieron bien— las golpeó en la cabeza con la culata de la Steik calibre 9.

Al día siguiente, ya tarde, Francesca Gattoni, llamada Kekka, se despertó en el hospital de Como, mientras los dos asesinos estaban ya en el aeropuerto de Zurich junto con un compadre, y a las seis se hallarían en Nueva York. Porque los planes de Leo eran imbatibles.

—¿Me oye, señorita? Trate de responderme; si me oye, responda; si puede hablar, responda.

Comprendió que era un policía porque la llamaba de usted.

—Si me oye dígame quién la ha golpeado así, qué le ha sucedido.

Dijo exactamente esto: «Qué le ha sucedido».

Y en ese instante Kekka comprendió una cosa: estaba viva, viva, desgraciadamente viva, quién sabe para cuanto tiempo infame. Bestias, bestias, pensó odiándolos, ¿por qué no me habéis matado?

 

 

2

BASTA YA DE CIANURO

 

Milán, paseo Lombardía: había un lugar donde se comía pizza y otras cosas muy sabrosas, y precisamente frente al local había aparcado el Citroën, y él, después de la carrera desde Génova, se había comido la pizza y también algunas de aquellas otras suculentas cosas.

Era bajo y un poco grueso, pero su sastre le diseñaba trajes estudiados de tal modo y tan bien cortados que parecía casi esbelto, y el ingeniero, en Génova, le había puesto el mote de Giorgio el Flaco. Cuando la chica llegó ante su mesa, con aquel paquete de libros bajo el brazo, mientras él terminaba con avidez un plato de nervetti, levantando con el tenedor los largos rizos de cebolla cruda, alzó los ojos e inmediatamente dejó de masticar.

—¿Puedo sentarme? —preguntó la chica.

—Siéntese, se lo ruego —le repuso él.

La miró como se sentaba, con el jersey blanco que se le adhería aún más en la acción de inclinarse, y las largas trenzas de niña, sujeta cada una con una cintita roja como la falda, que rozaron el mantel, y las hermosas y largas manos que colocaban en la mesa, cerca de la trenza derecha, el paquete de los libros sujetos por una goma, exactamente como hacen los estudiantes de liceo.

No era tan ingenuo como para creer que ella fuese realmente una estudiante. Cuando un hombre, a pocos metros de donde se encontraba con aquella chica, ha aparcado un Citroën y en el portaequipaje del Citroën hay una maleta que contiene una veintena de kilos de cianuro líquido, cristalizado y sólido, transportados desde el Tigullio hasta el centro del Valle Padana, ese hombre no puede ser un tonto que crea que las estudiantes, con los libros bajo el brazo, se pasean a medianoche por las pizzerie.

—¿Le gustan los nervetti? Se los recomiendo, es un plato extraordinario —dijo a la estudiante, que fingía leer la minuta, y contemplando sus bellos y pronunciados labios, añadió—: Comeré otro plato si usted me acompaña.

Ella parecía atraída, aunque asustada.

—Me gustan mucho, pero con toda esa cebolla.

Él pasó por alto su objeción, porque comprendió que la chica tenía un hambre espantosa y dijo al camarero, que pasaba en aquel momento:

—Dos nervetti especiales.

—Especiales —repitió el camarero.

—Mientras tanto haré que le preparen una pizza con setas, ¿qué le parece?

Le hablaba mirándole el lóbulo de la oreja, y echando siempre una ojeada al espejo para asegurarse de que nadie intentaba abrir el portaequipajes de su Citroën, llenó a la chica de nervetti, de pizza con setas, de profiterol, de Verdicchio, y por último de medio vasito de grappa con ruda.

—Soy véneta —dijo la muchacha mientras, habiéndose levantado de la mesa, se dirigían hacia el novísimo Citroën—. Me llamo Gianna.

El coche se puso en marcha, pero hubo de reducirla en seguida porque al fondo del paseo había un enorme camión con remolque que estaba doblando la esquina: es peligroso tener accidentes de coche cuando se llevan en el portaequipajes veinte kilos de cianuro.

—¿Qué libros son esos, estudiante? —le preguntó.

Ella se echó a reír.

—Griego —dijo—, la gramática, el vocabulario y las versiones.

—¿Por qué te ríes? —preguntó él.

—Porque no crees que estudie griego.

—Claro que no lo creo.

—Pues lo estudio —y rió de nuevo—. No por mí, por mi hermano.

—Y a tu hermano ¿de qué le sirve el griego?

—Lo da en el liceo; no le gusta estudiar, pero mi madre está empeñada en que termine la carrera y yo le ayudo.

—¿Y tu padre?

—No tengo padre: hace muchos años que se fue con otra mujer —siguió riendo gorjeante, y así era, precisamente, una femina ridens—. Tú no crees nada de lo que te digo: no crees que estudio griego para ayudar a mi hermano; es más, tampoco crees que tengo un hermano, y, en cambio, estudio griego. ¿Sabes qué quiere decir Agapao? Quiere decir «amo», y escucha todas las variantes, Agape quiere decir amor, y Agapetikós quiere decir afectuoso, que le gusta hacer el amor, y Agapénor que uno es fuerte, animoso y que tiene mucha fuerza para hacer el amor.

—No te creí —dijo él con sinceridad—, pero ahora te creo. Eres extraordinaria.

—Si me invitas a otra grappa te haré toda la lista de los vocablos que tienen los radicales Étero, de Eteropous, que quiere decir «cojo», a Eteroplanés, que significa vagabundear, ¿y sabes por qué las mujeres mundanas, en la antigua Grecia, se llamaban Etere? Porque viene de la palabra griega Etaira, que significa, socio, amigo, consejero, o uno que vive en compañía como un amigo. Y así las amigas, las cortesanas de entonces se llamaban Etere. —Le puso una mano en la rodilla—. Yo soy una etera, fácil, fácil —y sonreía dulce, provocadora y cínica.

Si él hubiera sido inteligente habría comenzado a sospechar de algo. Una chica que se amista por una pizza y un poco de grappa y al mismo tiempo sabe griego, debería hacer recelar a un hombre de experiencia. Pero él no sospechaba nada: no fue culpa de la poderosa fascinación que ella trascendía, ni de la espléndida cena que reclamaba toda la sangre para el estómago, debilitando el cerebro y paralizando la ideación racional. Era culpa sólo de su presunción de macho. Como hombre no podía admitir que una mujer le jugara una mala pasada, y esta es una forma de estupidez de muchos hombres, incluso de delincuentes; pero no hay medicina que la cure.

—Te invito a una botella de grappa con ruda, pero nos la beberemos en casa, a condición de que no me hables nada más de griego.

Ella gorjeó:

—¿Qué casa? —acariciándole la rodilla.

—Digamos la mía. Pienso que en la tuya habrá demasiados familiares que estén estudiando a estas horas.

Él se detuvo dos minutos ante el último bar abierto. Tenían grappa corriente, sin ruda, pero se quedó la botella. La profesora de griego no la rechazaría. Luego subió al coche con la botella y la dejó en las rodillas de la chica.

—No tenían con ruda, pero es grappa friulana auténtica.

Antes de poner en marcha el coche la sobó un poco para oír su risa gorjeante.

—¿Dónde vives, amor mío? —preguntó ella.

—En Vincenzo Monti —repuso él.

Acababan de dejar atrás el castillo de los Sforza, y apenas entraron en el Parque, ella le echó los brazos al cuello y le habló al oído:

—Párate un momento aquí —le susurró ardiente.

Era una calle estrecha, mal iluminada, y tal vez una milésima de sospecha atravesó su mente, pero las manos de ella en su cuello y en la cara, su voz susurrante y ardiente apagaron aquella sospecha y él detuvo de golpe el coche y la abrazó. En el mismo instante algo estalló en él, en la nuca y perdió toda sensibilidad, incluso la de los labios de ella que apenas había rozado, y la cabeza cayó como cortada, sobre el volante, con tal fuerza que comenzó a salirle sangre de las narices. La muchacha tomó el llavero de la puesta en marcha. En él estaba la llave del portamaletas. Se apeó, empleó algún tiempo en abrir el portaequipajes porque no acertaba con la llave, pero al fin lo consiguió, vio en seguida la maleta y la tomó como si la reconociera, como si fuese una vieja amistad. Era pesada y peligrosa, pero ella la manejó con gran cuidado, sabiendo sin duda que era peligrosa; dejó abierto el portamaletas para no perder tiempo cerrándolo porque tenía que actuar rápidamente, y se disponía a desaparecer a pie por la profunda oscuridad de la callejuela cuando oyó aquella voz:

—Deja la maleta en su sitio y cierra el portaequipajes.

Y vio claramente, aunque estaban en un lugar de penumbra porque el farol estaba lejos, el cañón de un revólver.

Su primer impulso, femenino, fue el de huir, incluso sin la maleta, y el segundo de gritar, pero debía de ser bastante inteligente y colocó en seguida la maleta en el portaequipajes del coche.

—No dispares —dijo, mirando el rostro ensangrentado de él.

—Cierra el portamaletas y dame las llaves.

Se había apeado del coche todavía en pleno vértigo a causa del duro golpe recibido en la nuca, sus narices sangraban por haberse dado de cabeza contra el volante, pero había vuelto en sí, bajo y grueso pero fuerte. Ella, obediente, cerró el portamaletas y se dirigió a él con las llaves en la mano.

—No dispares —le repitió.

—Sube —dijo él.

Cuando la tuvo sentada a su lado, cerradas las puertas, se limpió la sangre de la nariz y, sin poner en movimiento el coche, apuntándole con el revólver al cuello le dijo:

—Hablemos ahora —con la nariz tapada por la sangre coagulada—. Responde claramente a mis preguntas o disparo.

—Dime —dijo ella, que era inteligente y deseaba vivir.

—¿Qué hay en la maleta que deseabas robarme?

Ella respondió en seguida:

—Cianuro.

Bajo, grueso, atontado aún por un golpe en la nuca, dado quizá con una llave inglesa, decepcionado una vez más de las mujeres, incluso de las que llevan trenzas y, bajo el brazo, libros de griego, le sonrió. La gente decía cianuro y nada más, y, en cambio, hay muchas formas de cianuro, en plural, algunas sólidas y licuables, otras cristalinas, otras líquidas. En la maleta las había de todas clases, comenzando por seis botellas de ácido cianhídrico, llamado vulgarmente ácido prúsico, y se trataba de seis botellas termo con nieve carbónica dentro que mantenía la temperatura un poco por encima de los cinco grados sobre cero, porqué el ácido cianhídrico hierve a veintiséis grados; entonces se vuelve gaseoso y si uno respira ese gas es peor que una descarga eléctrica de alta tensión. También había en la maleta unos paños, suaves, humedecidos en una solución de cianuro de sodio, envueltos en tres hojas de papel de estaño porque una gota de aquello sobre la piel hace un agujero que atraviesa todo el cuerpo. Por último la maleta contenía una veintena de frasquitos envasados también en cajas de papel de estaño, que contenían cristales de cianuro potásico. Por tanto, la chica había dicho la verdad: la maleta contenía cianuro, como se dice vulgarmente.

—¿Y cómo supiste que la maleta contiene cianuro? —preguntó, apretando un poco más el cañón del revólver contra el cuello de la muchacha.

—Por el ingeniero —repuso Gianna.

Debía de ser verdad, pensó él, porque una chica inteligente como esa no dice mentiras con un revólver en la nuez de Adán o de Eva. Pero el ingeniero era el que en Génova le había entregado el cianuro que tenía que llevar a Milán; era el jefe, era el amo de aquel negocio. ¿Por qué, pues, le había tendido esa trampa? Oscuramente, lo intuía, pero deseaba estar seguro.

—¿Y por qué te dijo el ingeniero que me robaras la maleta?

Ella respondía en seguida y también respondió en seguida esta vez.

—Me dijo que tú eres bueno y de fiar, pero que te gustan demasiado las mujeres, y una vez u otra echas a perder las cosas por cualquier mujer. De manera que me envió a ti. Si conseguía robarte la maleta, quería decir que no podían contar contigo y, por tanto, te echarían a la calle. Pero como no lo he logrado, comprenderán ahora que no es verdad que te dejas engañar por las mujeres.

Era exacto, pensó, absolutamente exacto. Se metió el revólver en el bolsillo y dijo con dulzura:

—Ahora te vienes a mi casa.

Puso en marcha el coche suavemente porque siempre es mejor no sacudir demasiado las botellas de cianuro.

Llegó a Vincenzo Monti pocos minutos después, dejó el Citroën en la calle, tomó la maleta y cerró el portaequipajes.

—Ve delante a un metro de mí —dijo a la chica, que no olvidó recoger sus libros de griego—, y no equivoques un movimiento porque no lo cuentas; piensa que dispararé de veras.

Ella no equivocó los movimientos y llegaron al pequeño apartamento sin ser vistos por nadie porque eran casi las dos.

—Siéntate y bebe —y dejó en el suelo, ante el diván, la botella de grappa.

Se sentó en la butaca delante del diván; tenía el revólver en el bolsillo de la chaqueta con la culata fuera, y era una culata grande muy visible.

—Te he dicho que bebas, aunque no haya vaso.

Le gustaba la palidez de la chica; era la palidez verde del miedo, y era bueno que la chica tuviese miedo, que se diera cuenta de que su vida pendía de un hilo. Ella obedeció y, después de haber abierto trabajosamente la botella, incluso porque le temblaban las manos, bebió de la botella dos sorbos de grappa.

Asintió con la cabeza, luego tomó el teléfono, marcó la línea de Génova y después el número, y dijo a la voz que le respondió en seguida:

—Soy Giorgio: ponme con el ingeniero.

—¿Dónde estás?

—En Milán.

—El ingeniero está durmiendo.

—Despiértalo porque es grave —y mientras hablaba por teléfono vigilaba a la chica y sus trenzas, que ya no le impresionaban.

Tuvo que esperar mucho rato, y al cabo oyó la voz rasposa de sueño del ingeniero.

—¿Qué quieres?

—Ha sucedido un hecho curioso —le dijo—: apenas llegué a Milán, una chica intentó robarme la maleta; la he dominado y me ha dicho que tú le ordenaste que me la robara, que querías hacer una prueba porque, como me gustan demasiado las mujeres, tienes miedo de que me deje engañar por ellas. Si la cosa hubiese salido bien y ella me hubiera robado la maleta, tú me despedías.

—¿Quieres volver a repetirlo? No he entendido muy bien; acabo de despertarme y la historia es un poco complicada —dijo el ingeniero con una cortesía insólita en él.

Él repitió lo que había dicho, y después de haberlo repetido hubo un silencio que no le gustó nada, un desagradable silencio, y fue tan largo que al final dijo:

—Oye.

—Sí, oigo —dijo el ingeniero, y su voz ahora era extremadamente fría—. Y escucha bien: yo no he mandado a nadie a hacer payasadas para robarte la maleta. Si no tuviera confianza en ti, te quitaría ese trabajo y te echaría a patadas. Nada más que eso. Has picado como un tonto, esa chica te ha tomado el pelo. Sólo tienes una manera de salvarte: hazle decir la verdad, descubre quién la ha enviado y apenas lo sepas telefonéame. Espabílate porque no me gusta que una telefonista se entere de nuestro trabajo.

Oyó que él cortaba la comunicación, y hubiese querido decir algo, pero no había nada que hacer: el ingeniero acababa de decirle que la chica le había tomado el pelo y que se espabilase. Sacó el revólver del bolsillo y con la izquierda agarró la botella de grappa y bebió.

—¿Oíste? —preguntó a la chica.

—No, pero lo he comprendido —dijo la joven; parecía más bien ebria porque en aquellos pocos minutos había seguido bebiendo. Pero estaba tranquila, lívida pero tranquila—. He comprendido que el ingeniero te ha dicho que no es cierto que él me hubiese enviado a robarte la maleta —y rió gorjeando—. ¿Qué querías que te dijese? ¿Que sí? ¿Que era verdad que me había enviado él? Pero ¿estás en Babia o en el limbo? ¿Quieres que el ingeniero te confiese que lo has pillado con las manos en la masa mientras intentaba hacerte una jugarreta?

Él pensó que esto era muy lógico, y la chica, a pesar de la grappa y la embriaguez, razonaba muy bien.

—De manera que insistes en que te ha mandado él —dijo tranquilo—. Pero dame una prueba de que puede ser así.

—¿Pruebas? Te daré las que quieras —repuso ella petulante, y antes de comenzar bebió un poco más de grappa—. ¿Sabes dónde vas mañana? Tomarás la autopista hasta Brescia, y luego la de la Serenissima y llegarás a Trieste. En Trieste embarcarás en un vapor de bandera albanesa, llegarás a Albania y desembarcarás en Valona, entregarás la maleta a unos amigos que te estarán esperando y que, a cambio, te darán unas palmadas en la espalda, y luego regresarás por el mismo camino. No sé lo que van a hacer los albaneses con todo ese cianuro; tal vez gas para caso de guerra, tal vez lo manden a China para algún experimento con la bomba hache. De esto no sé nada, pero te he demostrado que sé muchas cosas, porque estoy muy cerca del ingeniero.

—Cerca ¿en qué sentido?

—En el que te imaginas —gorjeó.

Él reflexionó un poco. Realmente la chica hablaba como un libro, y sabía varias cosas, y era verdad lo del viaje a Trieste, y verdad el viaje a Albania hasta Valona, y verdad también las palmadas en la espalda de los amigos a quienes tenía que entregar la tan delicada maleta. Pero había muchas cosas más.

—Es posible que digas la verdad —le dijo tranquilo, pero con el revólver en la mano—; sin embargo, todo lo que me has dicho no prueba nada, es decir no prueba que el ingeniero te haya enviado aquí para robarme la maleta. Podrías ser de la policía y saber todas esas cosas. O podrías ser de cualquier banda adversaria, o de alguien que, sin ser una banda, quisiera apoderarse del cianuro.

Ella rió despacio, amarga.

—Entonces tiene razón el ingeniero: te has vuelto tonto, por las mujeres o por lo que sea, no lo sé. —Levantó, desesperada, la voz—: Pero si fuese de la policía a estas horas estarías ya en el Fatebenefratelli, en la jefatura, con tres jóvenes vigorosos que te harían escupir todos los nombres, aparte de los dientes. Y si fuese de una banda rival, ya estarías muerto: una banda rival no manda a una mujercilla como yo a resolver asuntos tan gordos como éste. Pero para hacerte la zancadilla también una mujercilla es buena, y me mandó el ingeniero para saber de qué madera estás hecho.

Él se quedó silencioso e inmóvil, mientras ella seguía bebiendo en silencio hasta que él le quitó la botella. Luego se metió el revólver en el bolsillo, sin dejar de pensar, y sin dejar de pensar se levantó de la butaca y se sentó en el diván al lado de ella, y le metió una mano por el escote, delicadamente, tiernamente, y ella le dijo en seguida:

—¡Oh, sí, querido!

Y cuando sintió sus labios en los suyos dejó de pensar.

—Despierta, nena.

—Tengo sueño, Giorgio, tengo mucho sueño.

La sacudió con fuerza.

—Son las tres y media, nena; no puedo tenerte aquí. Te acompañaré a tu casa.

—¡Oh, Giorgio! —Se arregló las ropas; tenía los ojos entornados. Se abrazó a su cuello y lo besó—. ¡Qué barba tan crecida tienes!

—Vamos.

—Sí, Giorgio, lo que tú digas.

No olvidó los libros de griego, moviendo las pequeñas trenzas estuvo junto a él en el ascensor, se agarró a su brazo por la calle hasta donde estaba aparcado el Citroën y subió al coche.

—¿Dónde vives? —preguntó él.

—En el Corso Garibaldi, cuarenta y ocho —dijo ella bostezando.

Él pensó que sólo había que atravesar el Parque. Y lo atravesó, pero de pronto el coche comenzó a irse de lado y él, frenando lentamente, lo paró.

—Baja un momento. Debe tener pinchado un neumático. Mira a ver cuál es.

Ella estaba casi dormida, pero lo entendió; dócilmente abrió la portezuela y descendió del coche. Él la vio dar la vuelta al coche para examinar las ruedas traseras, y mientras tanto sacó el revólver del bolsillo.

No cabía elección. Ella podía pertenecer a la policía o a algún grupo competidor, y en este caso tenía que matarla. O bien podía haber sido enviada realmente por el ingeniero y entonces había de matarla también para demostrar a ese ingeniero que él no se dejaba embaucar por mujeres. Si no la mataba, el ingeniero lo mataría a él «débil con las mujeres». En ciertos trabajos no caben bromas.

El Parque, después de las cuatro de la mañana, es un lugar realmente discreto, ya no hay paseantes femeninos ni sus amigos. El disparo, a pesar del ruido, pasó absolutamente inadvertido; alcanzada en pleno rostro, ella saltó hacia atrás como si hubiese experimentado una descarga eléctrica y cayó muerta, con su paquetito de libros en la mano, muerta instantáneamente, y él se perdió por la sombría avenida.

Dio un gran rodeo y volvió a la calle Vincenzo Monti, subió a su piso y en seguida advirtió el terrible olor a grappa que lo llenaba. Pero trató de no pensar, se sentó en una butaca y llamó de pronto a Génova por teléfono.

—Ponme con el ingeniero.

—Está durmiendo.

—Ya lo sé, pero despiértalo. —Luego esperó hasta que oyó la voz conocida y entonces dijo de pronto—. Mañana leerás en los periódicos cómo terminó la historia de la chica.

Y por el largo silencio que se produjo, comprendió que el ingeniero había entendido perfectamente que la había matado.

Por último el ingeniero habló:

—¿Sabes que eres extraordinario? No hubiese apostado una colilla a que fueras capaz de hacerlo. Te la mandé por delante, pero pensé: «Ése se deja engatusar en media hora». En cambio, mira, lo has hecho todo hasta el final. Eres realmente duro.

—¿Quieres decir que me la enviaste tú? —preguntó el otro, de pronto vacío, seco y árido como un desierto.

—La verdad es —bostezó el ingeniero— que deseaba saber realmente si sabías resistir a una chica como ésa, y un poco también porque comenzaba a jorobarme: sabía demasiadas cosas, e incluso sin hacer chantaje parecía que lo hiciera. Era peligrosa, ¿comprendes? Había que resolver el problema y yo no creía que tú fueras capaz, pero has hecho las cosas bien y mi idea ha tenido éxito.

Sí, pensó él, la idea había tenido éxito: lo había inducido a matar a una pobre chica que nada tenía que ver con nada.

—¿Cómo? —preguntó el ingeniero que no oía respuesta.

Él no respondió, a pesar de que tenía el teléfono al oído. Pensaba en la estudiante de griego: era verdad, le gustaban las mujeres; no le gustaba matarlas, le gustaba abrazarlas, besarlas y no pegarles un tiro.

—¿Cómo, cómo? —repitió el ingeniero.

—Si —dijo él.

—Quería decirte que hagas el viaje de siempre —repuso el ingeniero.

—Sí, claro —respondió.

Colgó el teléfono y miró en torno suyo. No había ninguna huella de ella, ni el del perfume, porque el olor de la grappa se imponía, ni había nada suyo porque se lo había llevado todo, ni siquiera un cabello, porque él lo buscó sin encontrarlo, en el diván, acaso porque ella, tan joven, no los perdía, o quizá porque él no conseguía verlo. Pasó la mano por los cojines y el respaldo del diván, como buscando no sólo la forma de su cuerpo sino todavía su calor, y no había nada. Sí, era verdad, era débil con las mujeres, pero al ingeniero le había demostrado que era fuerte; ahora el ingeniero ya no dudaría nunca más de él, se confiaría a él ciegamente, le daría mucho trabajo y mucho dinero.

Se lavó la cara con el hielo de los cubitos de la nevera para despabilarse de la turbia amargura en la que se estaba anegando. Tomó la maleta y salió, y abajo la metió en el portaequipajes, subió al coche y se fue. Era oscuro todavía porque ya era otoño y el sol no saldría hasta después de las seis. En el café que había al principio de la autopista se bebió una Coca-Cola helada, luego se puso en camino y comenzó a apretar el acelerador.

Pero había recorrido pocos kilómetros cuando vio la señal fosforescente de la policía de tráfico de carreteras, agitada con nerviosismo. Acortó la marcha y se detuvo porque no había más remedio y porque también había distinguido perfectamente a dos carabinieri con la metralleta a punto.

—Documentación —pidió uno de los policías, mientras cerca de él había un carabiniere con la metralleta.

Entregó la documentación. El policía la examinó bien y no se la devolvió. En cambio, le hizo esta pregunta:

—¿Lleva maletas en el coche? —y con la linterna iluminó el interior del vehículo.

No era el caso de decir que no; aquellos policías parecían muy desconfiados.

—Sí, llevo una maleta.

—¿Dónde?

—En el portaequipajes.

—¿Quiere hacer el favor de abrir el portaequipajes?

—En seguida.

Se apeó y mientras abría el portamaletas el policía dijo:

—¿Qué lleva en la maleta?

—Efectos personales —mintió sin ninguna esperanza.

Efectivamente, el policía dijo lo que él esperaba que dijese:

—¿Quiere abrir la maleta, por favor?

Iluminado despiadadamente por los faros de los otros coches que aguardaban ser revisados, abrió la maleta y el policía miró.

—Eso no son efectos personales —dijo—, son tarros —y alargó la mano para hurgar en lo que él llamaba tarros.

—No, por favor —interrumpió él—, no toquen nada, muchachos; esto es cianuro. Son más de veinte kilos de cianuro; si se rompe algo cascamos todos como moscas. Lleven con mucho cuidado esta maleta al laboratorio de química de la Universidad, que allí saben bien cómo tratar estas cosas.

Dos carabinieri se colocaron a ambos lados de él y lo sujetaron con fuerza del brazo.

—Sí, se lo contaré todo, pero tengan mucho cuidado con eso, muchachos —dijo él.

Era feliz, feliz porque había acabado todo. Basta ya de cianuro, basta ya de la porquería de matar a una mujer después de haberla besado, basta ya de vivir en medio de canallas como el ingeniero. Estaba contento de que todo hubiese terminado así. Muy contento de recordar que llevaba un revólver en el bolsillo.

—Escuchen, ni siquiera me han registrado; llevo una Beretta Brigadier en el bolsillo. Una vez más les digo que tengan cuidado.

Y comenzó a murmurar:

—Trencitas, trencitas, trencitas.

 

 

3

PRELUDIO PARA UNA MATANZA DE VERANO

 

El profesor Pietro Saravelli fue asesinado aquel verano, junto al mar, en su casita de las suaves colinas de Riccione. Bajó después de comer al box, para sacar el coche y dar una vuelta por el centro con su mujer y su hija de quince años. Las dos mujeres, al ver que no volvía, y no sabiendo nada de él, bajaron también al box y lo encontraron, digamos muerto.

Los peritos médicos determinaron que lo habían matado probablemente con una barra de hierro. Tenía fracturado, aplastado el cráneo, y el tórax, ¿cómo decirlo?, destrozado. No lo hubiera reducido a peor estado un camión que hubiese pasado por encima de él. El profesor Pietro Saravelli tenía cincuenta y nueve años, era propietario y médico en jefe de la pequeña pero famosa Casa de curas de Sol, en las cercanías de Pavullo en Frignano, provincia de Módena. Era un buen psiquiatra, especializado en la reeducación de subnormales.

También aquel verano mataron en la playa al señor Donatello Rossi, de veinticuatro años. Hallábase en Gervia con una estudiante francesa que pasaba con él las vacaciones en la misma habitación del hotel. La chica se llamaba Marlene Tegel, porque era de origen alemán, y había ido al peluquero porque por la noche tenían que ir a bailar al «Mere e Pineta» de Milano Marittima, mientras su galán, Donatello Rossi, jugaría una partida de futbolín en el Baby Bar, donde la esperaría.

Cuando hubo terminado con el peluquero, la estudiante francoalemana Marlene Tegel se fue al Baby Bar y no encontró a su galán. Preguntó por él a los camareros que lo conocían muy bien y ellos le dijeron que ni siquiera lo habían visto. Lo buscó por todas partes, durante toda la noche, por varios motivos, no todos nobles, el más importante de los cuales era saber si se había ido con otra, menos joven, pero que le diera dinero. Él, en efecto, como ella dijo a la policía, solicitaba con frecuencia su ayuda económica, diciendo que las vacaciones en Cervia eran caras, y al amanecer, agotada, angustiada y celosa, pensó vengarse dirigiéndose precisamente a la policía. Pero ni siquiera la policía logró encontrarlo en un par de días. Por lo demás, no lo buscó mucho: esas extranjeras celosas que pretenden que la policía encuentre a su latín lover son unos tipos.

Fue un perro de lanas gris, al que su graciosa amita había bautizado con el nombre de «Perdone», el que encontró al señor Donatello Rossi, al tercer día, en un espeso pinar cerca de Milano Marittima. El perro de lanas «Perdone», al que había sacado a pasear su rubia ama, se paró de pronto y comenzó a escarbar en la arena suelta del pinar, gruñendo, hasta que de la arena suelta salió una mano de hombre. El ama del perro de lanas no se desmayó, sólo sufrió mucho del estómago hasta que encontró al primer paseante, a quien contó lo que había visto.

La policía dedujo dos cosas: que el enterrado en el pinar era el señor Donatello Rossi, como así fue, en efecto, porque la estudiante Marlene lo reconoció, y que había sido enterrado vivo todavía después de haber sido aturdido con un golpe dado en la cabeza.

El joven de veinticuatro años Donatello Rossi, además de ser un muchacho muy agradable para las mujeres, era también un excelente trabajador y, con todo y ser tan joven, era jefe de enfermeros en la Casa de curas de Sol. La policía advirtió en seguida esta relación entre el asesinato del médico jefe de la clínica y del enfermero jefe de la misma clínica, pero no era posible seguir huellas de ninguna clase. La oscuridad más absoluta.

Apenas una semana después, hacia finales de junio, el doctor Pier Paolo Maselli fue asesinado en un aparcamiento en la autopista de la Serenissima, después de Vicenza. Primer médico asistente de la Gasa de curas de Sol en Pavullo en Frignano, era un joven neurólogo, un poco discutido por sus colegas porque tenía el vicio del juego: casado y con dos hijos siempre andaba falto de dinero. Aquella noche había ido en coche a Venecia, a jugar. Debió de haberse detenido un momento en el aparcamiento para descansar un poco, dominado por el sueño. Los peritos dictaminaron que debieron de haberle aturdido con un golpe en la cabeza, y que luego habían prendido fuego al coche, de manera que lo habían quemado vivo. Esto tenía cierta semejanza de estilo con el asesinato del enfermero Donatello Rossi, aturdido y enterrado vivo en el pinar de Milano Marittima.

En los primeros días de julio fue asesinado el doctor Marino Erede, segundo médico asistente de la Casa de curas de Sol. Fue el primero a quien mataron en su casa, en Módena, y el único caso que facilitó una ligera pista para comprender lo que estaba ocurriendo. En efecto, la portera dijo que dos hombres, muy altos y muy grandes, no gruesos, precisó, habían preguntado por el doctor Erede y habían subido a su piso. Bajaron casi en seguida, y a la mañana siguiente se encontró al doctor Marino Erede ahogado en la bañera, vestido completamente; incluso llevaba puestos los lentes. También él presentaba equimosis en la cabeza, y esto quería decir que había perdido el conocimiento y que lo habían metido vivo aún en la bañera.

También al doctor Sergio Burose lo mataron en su casa, en Bolonia, via del Pratello, hacia mediados de julio, el ventoso, fresco y tormentoso julio del verano de 1966. Dos hombres muy altos y grandes, no gruesos, precisó la portera, habían subido a casa del doctor Burose y bajaron casi inmediatamente. Fueron necesarios unos días para saber de qué modo lo habían matado e incluso para estar seguros de que se trataba precisamente de él, tan irreconocible era su rostro. Luego, por diversos detalles, entre ellos la boca del muerto llena de papel de periódico quemado y el hecho de que el cadáver había sido encontrado en la cocina, uno de los peritos escribió en su informe que consideraba que al doctor Sergio Burose, con la boca tapada con el papel de periódico para que no gritase, le habían sujetado la cara contra uno de los hornillos de gas encendido —dijo encendido— y lo tuvieron así hasta que murió.

El doctor Burose era analista de la Casa de curas de Sol; hacía análisis de todas clases, ayudado por una enfermera, desde el de la sangre al de la orina y el de esputos. Tenía una mujer muy hermosa que trabajaba como modelo, y él contaba a los colegas de la clínica y a los amigos que era el hombre más cornudo de Italia y probablemente de Europa, pero que no podía evitarlo.

Tenía cuarenta y nueve años y leía muchos libros de ciencia ficción. En su casa encontraron también una increíble cantidad de revistas semipornográficas, es decir, las toleradas por la censura, pero cuyas páginas estaban llenas de fotos de mujeres casi desnudas. Su mujer declaró en la jefatura que no era normal; explicó que le gustaban las mujeres, para que no se equivocasen, pero de modo anormal, y ella, por ser su esposa, sabía algo de eso.

Hacia finales de julio fue asesinado Lorenzo Firinghelli, portero de la Casa de curas de Sol, y precisamente allí, en Pavullo en Frignano, en la clínica. Después del asesinato del propietario de la entidad, profesor Savelli, su esposa, única heredera, hizo cerrar la clínica y a diversos encamados los mandó a sus casas o a otras instituciones de cura. El portero Lorenzo Firinghelli y su mujer se quedaron para vigilar y cuidar del inmueble, un alegre palacete entre las suaves colinas que dan a la carretera que conduce al Abetone.

La mujer del portero Firinghelli, una milanesa gorda y combativa, declaró a la policía que aquella noche de fin de julio llamaron a la puerta de la Casa de curas de Sol, y que ella acudió con las llaves en la mano, pero que apenas llegó al cancel, en la sombra de la cálida noche, desde el otro lado de los barrotes, la agarró por el cuello una mano y no pudo ni gritar. Cuando se recobró vio que la verja estaba abierta; sin duda le quitaron las llaves de la mano, y, de vuelta, tambaleándose, a su casa, al ver el ensañamiento con que habían matado a su marido, se desvaneció de nuevo.

Los médicos dictaminaron que el portero Firinghelli, más que golpeado había sido hecho pedazos, en todos los huesos, con una pequeña estatua de cemento que decoraba la entrada en el palacete. La estatuilla, que se apoyaba apenas en los escalones de la entrada y que había sido usada para golpear a Firinghelli el portero, representaba una mujer con los cabellos peinados en dos bandas y con una larga falda medieval; pesaba exactamente treinta y un kilos seiscientos gramos, como decía el informe. Dado este peso el portero debió de morir al primer golpe, afortunadamente para él, admitiendo, claro está, que el primer golpe le hubiese sido dado en la cabeza, pero si habían empezado a golpearle en las piernas, su muerte tuvo que haber sido larga y penosa. Naturalmente tenía la acostumbrada pelota de papel de periódico en la boca.

Era el verano un poco fresco y agitado de 1966; en las autopistas abarrotadas en plena fuga para las vacaciones, los coches chocaban unos contra otros, se incendiaban, se salían de la carretera, volaban por encima de las líneas del tren, y familias enteras, padre, madre y un par de niños, morían de mala manera. Era el momento en que las ciudades se vacían y las mujeres se desnudan, destacando con telas luminiscentes lo poco que se tapan. Tal vez esto contribuía al mucho trabajo de las casas de mala nota, dado el estado de agitación en que la escasa vestimenta de las mujeres mantenía al sensible varón italiano.

Y una de esas mañanas de primeros de agosto el doctor Villi, de la Jefatura de Bolonia, se puso el suéter porque no había manera de que hiciese calor, y cuatro agentes de uniforme le presentaron ante su mesa a dos hombres altos y robustos, no gordos, que debían de andar por el metro noventa. Eran padre e hijo, y no se parecían en casi nada, como no fuera en la estatura. El padre tenía cincuenta años, pero muy pocos cabellos grises y parecía más joven que su hijo.

En dos largos y rabiosos meses de investigaciones el doctor Villi había encontrado a los asesinos de las seis personas de la Casa de curas de Sol. Y ahora los dos estaban allí.

—Eso ha sido una matanza —dijo el doctor Villi a los dos—. ¿Por qué han hecho eso?

Quería conocer el preludio de aquella carnicería y lo conoció. Ellos se lo dijeron tranquilamente, tan tranquilos como pudieran estarlo dos romañolos de Lugo, con voz que a veces rezongaba sordamente, y a veces estallaba despreciativa. Eran dos intachables y honestos artesanos que tenían en Lugo una pequeña fábrica de armas antiguas, en la que fabricaban imitaciones de pistolas y arcabuces de siglos pasados; tenían buen gusto y poseían una buena cultura por lo que se refiere a armas antiguas. El padre era también diseñador y era él quien diseñaba los modelos de las pistolas del siglo XV, copiadas de libros especializados en armería artística, para hacer luego los modelos. Sin embargo, había hecho una matanza.

—¿Por qué? —repitió el doctor Villi con voz más alta—. ¿Por qué?

Los seis hombres de la clínica habían sido asesinados brutalmente y con científica crueldad. Por venganza los asesinaron de manera tan brutal, y esta venganza había sido la pista que permitió a sus agentes descubrir a los autores de la carnicería.

—¿Por qué?

¿Por qué? El viejo Aureliano Arazzi, pero que parecía más joven, casi como su hijo, trató de explicar por qué.

—Siéntense —dijo el doctor Villi a los dos— y recuerden que el taquígrafo transcribirá cada palabra.

Se sentaron en las dos sillas ante la mesa, las cuales, de pronto, parecieron pequeñísimas debajo de ellos. Se sentaron cerca los Cuatro A, como los llamaban en Lugo, porque el padre se llamaba Aureliano Arazzi, y el hijo Antonio Arazzi, y el padre trató de explicar por qué.

—Cada mes íbamos a la clínica a ver a Annetta, en Pavullo —dijo.

—¿Quién es Annetta? —preguntó el doctor Villi.

—Mi hija —repuso Aureliano Arazzi.

—Mi hermana —contestó Antonio Arazzi.

De manera que también fueron aquel mes de mayo. Con su viejo Alfa padre e hijo partieron desde Lugo a las suaves colinas de Pavullo en Frignano, que es como decir atravesar toda la Romaña, y mayo fue el prólogo del verano, pero, en cambio, aquel mayo no tenía apenas nada de verano: llovía, y al llegar a los primeros repechos del Apenino encontraron niebla y mucho frío. Y también la Casa de curas de Sol estaba sumida en la niebla y desde la carretera ni siquiera se veía el paisaje de Pavullo.

Casa de curas de Sol era una denominación insincera y nebulosa que no daba idea alguna de los huéspedes que albergaba. Incluso la segunda denominación, que existía pero que se ocultaba al público y se usaba sólo en los actos oficiales, de «instituto para la reeducación de subnormales», era muy aproximada. El verdadero término habría sido Pequeño Manicomio de Lujo. La mayoría de los pacientes eran personas completamente locas e irrecuperables, por las drogas, el alcohol o las enfermedades venéreas. Además había un par de muchachos focomélicos, sin brazos, sin piernas y con otras aberraciones tróficas de la focomelia. Había también una mujer que cantaba siempre fragmentos de ópera; era una vieja profesora de canto, y, a pesar de todos los tranquilizantes, la clínica resonaba con Oh che gelida martina, o Libiam nei lieti calici che la bellezza infiora. En resumen, la clínica hospedaba todas aquellas personas que por su locura o su deformidad hubiesen debido estar encerradas en instituciones especializadas, aunque pobres, pero que teniendo, en cambio, parientes ricos, éstos se las quitaban de en medio dejándolas en una confortable villa con médicos y enfermeros que precisamente aliviaban a esos parientes del peso y la angustia de tenerlos en casa, o de tener que confiarlos a instituciones públicas, evitando así su etiqueta oficial de loco o de monstruo de la naturaleza. La mensualidad era más bien elevada, pero valía la pena. Ya a la entrada se veía el tono de la clínica: desde aquel seto semicircular en torno al palacete, florido siempre con flores para cada estación, y en el interior la moqueta de color turquesa, o los mármoles rosa y azulados, y los apliques en madera dorada, o los dos ascensores forrados de raso turquesa acolchado (a algunos pacientes les gustaba mucho dar con la cabeza contra las paredes), o los televisores encajados en las paredes de cada habitación, protegidos por un grueso cristal irrompible y con mandos sólo manejables desde el exterior de las habitaciones por las enfermeras, y muchos más detalles, como las iniciales bordadas en las sábanas, las almohadas y las toallas del paciente, aun cuando se tratase de un atrasado mental que estuviera acurrucado todo el día en un rincón de la habitación y a quien hubiese que cambiar las bragas de plástico como a un niño.

En esta Casa de curas de Sol estaba también Annetta Arazzi. Desde hacía cuatro generaciones a todos los hijos de la familia Arazzi se le daban nombres de pila que comenzaban por A. Son diversiones inocentes, humorísticas e inteligentes que a veces se toman los romañolos.

—Somos los primeros —decían jactanciosa pero irónicamente los Arazzi en Lugo—, porque somos la primera letra del alfabeto, A, en toda nuestra familia, desde hace generaciones, e incluso en la muestra de nuestro negocio, «Armas antiguas».

Y luego, para hacerse perdonar su vanidad, ofrecían botellas de vino de Albana.

Cuando nació Annetta Arazzi, su madre murió. Era una niña demasiado grande para una mujer pequeñita como ella, y la niña siguió creciendo con rapidez anormal. Esa ligera forma de gigantismo que había en el padre se desencadenó en ella y se convirtió en lo que técnicamente se llama megatrofismo. Esto ya era suficiente, pero no fue todo: mucho antes de que hubiese cumplido los dos años, el pediatra diagnosticó que la niña no sólo era sordomuda, sino también incapaz de evolución mental. Casi todos los especialistas a quienes su padre, Aureliano Arazzi, visitó le dijeron lo mismo, salvo algunos que por lástima o con el propósito de especular le hicieron vagas promesas de mejoría. Hasta que la niña cumplió los trece años, Aureliano Arazzi la tuvo en su casa, e intentó toda clase de curas, pero inútilmente. La niña crecía muy hermosa y sana, pero además de no decir una sola palabra, no entendía las cosas mucho más que un niño de dos años; sin duda menos. Y crecía, sí, pero espantosamente: a los trece años medía ya dos metros y cuatro centímetros.

Entonces el padre se vio obligado a buscar un lugar donde pudieran tenerla. La angustia por la presencia en casa de una hija tan desdichada le consumía a él y a su primogénito Antonio. Casi no lograban trabajar, se pasaban el día buscando profesores, clínicos especializados, tanto en Italia como en el extranjero, que pudieran hacer el milagro. Annetta (no habían prescindido del diminutivo, ni siquiera cuando pasó de los dos metros) seguía creciendo, y lo espantoso era que a medida que crecía físicamente, psíquicamente empeoraba. A los trece años se cansó de comer con los cubiertos, y una de las tres enfermeras que se turnaban junto a ella dijo a Aureliano Arazzi que ya había que darle de comer como si tuviera dos años, porque no era posible hacerla comer a ella sola con los cubiertos. Las únicas cosas que Annetta Arazzi comprendía eran la televisión, no porque entendiese lo que sucedía en la pantalla, sino porque le fascinaban las imágenes en movimiento, y además las piezas de ajedrez, grandes, rojas y negras, de madera pulida, porque en Romaña, sobre todo en Lugo, aún se conserva el placer inteligente de ese juego, y Annetta había visto una vez a su padre y su hermano jugar una partida —todavía era pequeña: debía de tener seis o siete años— y tendió los brazos para tomar las piezas, y ellos dejaron de jugar y se las dieron, y desde entonces ella las tenía consigo todas las horas y minutos del día y de la noche, en una cajita, y a fuerza de tenerlas en la mano y acariciarlas, había desaparecido casi todo el barniz rojo y negro de las piezas, especialmente de los caballos, que eran las que más le gustaban y que a lo largo de los años se habían vuelto casi blancos.

Y acaso lo más espantoso de todo era la belleza de Annetta, porque, a pesar de su gigantismo, estaba perfectamente proporcionada; sus enormes ojos carecían de la luz de la inteligencia, es verdad, pero su color verde —lo único que había heredado de su madre— y su tamaño, le daban una profunda fascinación femenina. Y sus movimientos perezosos, su perezoso andar, porque las fuerzas no lograban sostener tan gigantesco cuerpo, acentuaban este sentido de muelle femineidad.

Ni que decir tiene que por causa de aquel pavoroso desequilibrio orgánico causado por su gigantismo, Annetta tenía una salud muy frágil: el más mínimo cambio de temperatura provocaba en ella resfriados o bronquitis; el estómago recibía cada vez menos alimentos, y su corazón soportaba cada vez menos la anormal carga de trabajo que había de llevar a cabo. Se necesitaban médicos y curas continúas, cosas que en casa no siempre resultaban fáciles. No había elección posible: a pesar de que se habían jurado no separarse nunca de Annetta, los Cuatro A tuvieron que ceder un día y llevar a su hija y hermana a la Casa de curas de Sol. Fue su día más amargo.

—¿Y qué más? —preguntó Villi, al cabo de mucho rato de silencio por parte de ellos.

Entonces Aureliano y Antonio Arazzi, el padre y el hermano de Annetta, volvieron a Lugo y se pusieron a trabajar. Arazzi senior tuvo aún tiempo para diseñar sus antiguas pistolas portuguesas, y Arazzi junior pudo hacer un viaje a Londres con su chica, pequeña como un gran vaso de flores, pero áspera y violenta como un bergamoto amargo, en busca de libros sobre las armas inglesas del siglo XVI. Libres de aquella pesadilla vivían mejor, pero se sentían acosados por el remordimiento, las lágrimas y la amargura, y cada mes iban a Pavullo, a la clínica.

Annetta seguía siendo la de siempre, salvo que continuaba creciendo. A los quince años, el segundo de clínica, medía dos metros y nueve centímetros, y en consecuencia todo su cuerpo había crecido en la misma proporción. Ahora podía moverse muy poco porque su corazón reaccionaba muy mal a cada esfuerzo, pero ella parecía sentirse bien, ante la televisión y con sus piezas de ajedrez en la mano, ya casi todas blanqueadas por sus caricias.

La enfermera decía que dormía mucho, cada vez más, y que el médico jefe consideraba que era mejor así. Era posible: desde que estaba en la clínica tenía una cata mucho más abierta, y comía con avidez las pequeñas pastas que el mejor pastelero de Bolonia preparaba para ella, sin huevo, sin licor, sin cremas pesadas.

—¿Y qué más? —preguntó el doctor Villi.

De vez en cuando el padre, Aureliano Arazzi, se cortaba y callaba, y había que pincharlo como a un mulo.

—Y entonces, también en los primeros días de mayó, fui a la clínica con mi hijo a ver a mi hija —dijo Aureliano Arazzi.

Los Cuatro A habían entrado en la todavía tibia habitación con calefacción de la clínica, desde cuyas ventanas aquel mayo singular, en lugar de sol, mostraba grandes nubes de niebla.

En el amplio diván, ante el televisor apagado, Annetta estaba dormida, pero de manera nada natural, y el padre y el hermano vieron en seguida que se encontraba mal, el rostro estaba demacrado, descompuesto como una mayonesa cortada; sus ojos parecían sumidos, en una charca violácea, era como si hubiese envejecido veinte o treinta años.

—No se encuentra bien, ¿qué ha sucedido? —preguntó Aureliano Arazzi, mirando las enormes manos de su hija que apretaban dos piezas de ajedrez, dos caballos.

—Pregúnteselo al médico jefe —dijo la enfermera secamente. Demasiado secamente.

—¿Siempre duerme así? —preguntó Antonio Arazzi, el hermano.

—Habría que preguntárselo al médico de la sección —repuso la enfermera.

Era una mujer flaca y vieja, a quien hacía menos vieja el juvenil uniforme azul claro y el coquetón sombrerito blanco almidonado. Y también eso lo dijo secamente.

A los romañolos les desagradan las respuestas secas; son gente a quienes les gusta la franqueza, pero también la cortesía, y fue esta la primera sospecha que asaltó a Aureliano Arazzi, y entonces se acercó a la enfermera en aquella neblinosa aunque elegante estancia, y en aquella neblinosa mañana de mayo le dijo:

—Evidentemente, ahora iremos a hablar con el médico jefe y con el médico de la sección, pero usted es la enfermera de esta sección y me dirá inmediatamente lo que tiene mi hija, porque usted lo sabe, como lo saben los médicos.

Se miraron fijamente, y la vieja resistió animosa, pero luego, de pronto, se echó a llorar, a cara descubierta, después murmuró más que dijo:

—No me importa, me echarán, me denunciarán por calumnia, pero debo decirle que son cerdos, cerdos, cerdos, y se aprovechan de esta criatura. Me he callado hasta ahora, pero ya no puedo más.

Antonio Arazzi estaba cerca de su hermana y miraba cómo dormía. Era un penoso amodorramiento más que un sueño, en el ancho diván ante la ventana llena de niebla, pero apenas oyó aquellas palabras, se apartó del diván y casi se arrojó encima de la enfermera que retrocedió asustada.

—¿Quién se ha aprovechado? —gritó ante ella, apenas a un centímetro de su rostro, no sólo tembloroso sino ya sudoriento.

También esta vez la enfermera miró animosamente y sólo al cabo de mucho rato respondió, pero su respuesta fue para ellos como una explosión:

—Todos los hombres de esta clínica, desde el médico jefe hasta el portero. Está muy mal, pobre muchacha.

Los dos altos y robustos señores de Lugo, nobles artesanos de armas antiguas, se irguieron en toda su altura y robustez ante la pequeña enfermera. El joven tenía el rostro lleno de sudor y parecía como si fuese a vomitar; su padre, en cambio, no sudaba, no temblaba, fue a cerrar la puerta con llave, dirigió una mirada de piedad a su hija deshecha y gigantesca que dormía en el diván, volvió ante la enfermera y con irritada calma, tuteándola y en riguroso romañolo, sabiendo que también ella era romañola y que lo comprendería mejor así, le preguntó:

—¿Qué significa «todos» los hombres de la clínica? Y ¿por qué me dices ahora estas cosas? ¿Por qué no me lo dijiste antes? Habla, muchacha, o te estrangulo —y sólo levantó una mano, que era ya más que suficiente, por sí sola, para apretar su cuello y el de cualquiera, hasta la sofocación, y revelando en sus ojos la decisión de hacerlo.

Y ella habló, no tanto por la amenaza de ser estrangulada, como por el asco de todo aquello a lo cual había tenido que asistir. Dio los nombres de seis hombres de la clínica, del médico jefe, el profesor Pietro Saravelli, el primer ayudante, doctor Maselli, el segundo ayudante, doctor Erede, el analista, doctor Sergio Burose, el jefe de enfermeros, Donatello Rossi y hasta el portero, Lorenzo Firinghelli.

—¿Y cuándo empezó todo? —preguntó fríamente Aureliano Arazzi, rígido, de pie como una enorme estatua, y su rigidez fue imitada por su hijo cuyo rostro dejó de sudar y vibrar, y los dos, tan altos y robustos, parecían dos de esas gigantescas y misteriosas estatuas de la isla de Pascua.

—Creo que desde la noche de final de año. Cada día se queda siempre de servicio un médico. Aquella noche el médico jefe dispuso que se quedara de servicio el analista Sergio Burose.

Era el que estaba casado con una modelo y decía ser el hombre más cornudo de Italia, mientras la mujer publicaba en todas partes que él era un anormal con las mujeres. Y la vieja enfermera contó los detalles. Había visto salir al doctor Burose de la habitación de Annetta hacia la una de la mañana; tal vez había querido celebrar el año nuevo. Por el modo como ella estaba vestida, por el desorden del lecho, por el estado de agitación de la pobre muchacha sordomuda comprendió sin posibilidad de duda lo que había ocurrido.

La mano de Antonio Arazzi, el junior, tan grande como la de su padre, agarró por el cuello a la enfermera y apretó. La enfermera cerró los ojos, sus narices se dilataron y su boca se abrió.

—¿Por qué no lo dijiste en seguida?

—Déjala, Antonio —dijo su padre, y el hijo obedeció en seguida; por afecto y confianza en su padre, no por miedo, y apartó su mano del cuello de ella.

—¡Oh, déjenme! —La enfermera se había echado a llorar—. ¿Qué podía hacer? Tengo sesenta y tres años, porque aquí todas las enfermeras son viejas como yo; la mujer del médico jefe no quiere enfermeras jóvenes. Si me despiden no encontraré trabajo. Iré a parar al asilo de ancianos. Además, ¿qué pruebas tenía? Ellos son los médicos, entran y hacen lo que quieren, me sacan de aquí y me dicen: «Vaya a la sección del doctor Maselli a echarle una mano», y se encierran con esta Pobrecilla, y yo no puedo hacer nada. Ahora ya lo he dicho, y lo que he dicho lo repetiré a todos, a la policía, a los abogados, a los jueces, a quienes quieran, siempre.

Así comprendieron que la mujer era sincera, y Aureliano Arazzi le habló de nuevo en italiano y volviendo a usar el usted, respetuosamente, le dijo:

—Gracias. Si la necesitamos, la llamaremos, y trataremos de que usted no pierda el puesto. Y si lo perdiese, la ayudaríamos —y se volvió a su hijo—: Ahora llevémonos a Annetta a casa en seguida y si mientras la sacamos de aquí aparece alguno de los hombres de esta clínica, no muevas un solo dedo, o te casco.

—Sí, papá —dijo Antonio Arazzi.

—No muevas un solo dedo y obedece, o te casco.

—Sí, papá.

Encontraron al médico jefe que, en el pasillo de la salida alfombrado con la moqueta de color turquesa, preguntó por qué se llevaban tan de repente a su hija Annetta, y no le respondieron. Sólo el joven Antonio no pudo contenerse y adelantándose al médico escupió en la moqueta. El padre lo vigilaba y le dijo:

—Te he dicho que si te mueves te casco.

—Perdona, papá.

Ahora había que levantar a Annetta de la camilla con ruedas para meterla en el Alfa. El jefe de enfermeros, Donatello Rossi, de veinticuatro años, acudió.

—Yo les ayudaré.

Antonio Arazzi estaba acostumbrado a obedecer a su padre, pero esto tenía sus límites, y el odioso rostro del joven cerdo vestido de enfermero que había abusado de su hermana atrasada mental hizo que se insubordinara: un limpio puñetazo arrojó al suelo a aquel puerco individuo.

Aureliano Arazzi no dijo nada, ayudado por su hijo cargó en el coche a la gigantesca durmiente y mientras rodaba el Alfa dijo serenamente a su hijo que estaba sentado al volante:

—No debes malgastar los puños: los mataremos a todos. Uno a uno.

—¿Y qué más? —preguntó el doctor Villi.

Hacía dos minutos que Aureliano Arazzi no hablaba.

—Entonces, señor brigadier —continuó Aureliano Arazzi—, antes de matarlos quisimos asegurarnos y llamamos a Lugo a un profesor de Bolonia que visitó en mi casa a mi hija.

El profesor, uno de los más ilustres ginecólogos de Italia, había declarado, mediante un extenso certificado, que Annetta Arazzi, de quince años, había sido objeto de repetidas violencias. «Era evidente —certificaba el profesor— que estas repetidas violencias, en una complexión orgánica completamente anormal, habían provocado desequilibrios gravemente nocivos».

Annetta Arazzi, según el referido profesor, no hubiese podido vivir más de unos meses. Y así fue: murió a mediados de julio, pero mientras tanto Aureliano Arazzi y su hijo Antonio se convirtieron en asesinos. Antes habían tenido una sesión en su casa, y asistió también a ella la chica del joven Antonio. Se llamaba Iride, era morena, pequeña y violenta, y en su duro y violento romañolo, porque era de la parte baja de Lugo, y amaba no sólo a Antonio, su chico, sino también a su hermana a quien, junto con la enfermera, había curado y llevado de un lado a otro como si se tratase de su propia hermana, y con aquel violento romañolo suyo dijo:

—Si no los matas a todos, uno tras otro, no eres un hombre, sino…

A ellos, siendo de la Romaña, no les gustó que los insultara una chiquilla, y le dijeron que se fuera, pero hicieron exactamente aquello que ella había gritado; bien es verdad que no por seguir su consejo, sino porque era lo que ya firmemente había arraigado en su ánimo.

Se convirtieron en asesinos; usaron de toda su tenacidad y minuciosidad artesana, no en producir las decoradas pistolas españolas o los arcabuces alemanes, sino en matar a los seis asesinos de su hija y hermana, en matarlos haciéndolos sufrir lo más posible, en asesinarlos, perseguirlos, aniquilarlos. Habían puesto todo cuanto poseían, no sólo todo su dinero, su trabajo y su porvenir, porque sabían que al final los descubrirían, sino sobre todo su inteligencia y habilidad artesana en esta matanza.

—Pero ¿por qué no lo denunciaron todo a la policía? —preguntó el doctor Villi, y tuvo la respuesta que hubiese podido imaginar.

Vio a Aureliano levantarse en toda su gigantesca estatura, imitado inmediatamente por su hijo, y le oyó decir:

—Porque hay casos en los cuales no basta la justicia —dijo solemnemente el viejo—, y hay que recurrir a la venganza.

—Está bien, llévenselos de aquí —dijo el doctor Villi.

Estaba asqueado. De todo.

Los cuatro agentes uniformados rodearon a Aureliano y Antonio Arazzi, pero desde la puerta el viejo, que era tan joven, Aureliano Arazzi, dijo:

—Y si alguien lograse inventar algo para que resucitasen los hombres y ellos resucitaran, los mataríamos de nuevo, uno tras otro, y peor aún de como los matamos esta vez.

—Fuera —gritó el doctor Villi.

No se puede hablar con el odio.

 

 

4

EN EL PINAR SE MATA MEJOR

 

El alba era rosa, rosa como el esmoquin de los dos jóvenes, rosa como la minifalda de la muchacha que tenía en la cabeza una monumental peluca negra. Los tres caminaban por la carretera desierta, lentamente, porque ya hacía mucho rato que caminaban. Uno de los jóvenes, el más delgado, llevaba a la espalda una guitarra eléctrica, pero sin la bandolera. También los hombres llevaban largos, muy largos cabellos negros, pero no se trataba de pelucas. Sólo habían encontrado a un obrero en bicicleta que iba en sentido contrario a ellos, hacia Grosseto.

—¡Ah, melenudos! —había dicho, pero con simpatía.

Luego pasó un camión, pero mucho antes, cuando ya estaba oscuro, y ellos se habían recostado contra los alambres que cercaban el pinar.

—¿Adónde vamos? —preguntó la chica.

Se llamaba Louise, era la cantante y tocaba la armónica en aquel conjunto que, para bromear a costa de otros más grandes y famosos conjuntos, habían bautizado con el nombre de «Le Roselline» y hasta las tres de aquella noche estuvieron tocando en un conocido local nocturno de Grosseto, cuando llegaron los carabinieri.

—No lo sé. Sé sólo que los hemos despistado —dijo Eduard, el mayor. Era la segunda y última guitarra del terceto, pero había perdido la guitarra en su prisa por escapar—. Creen que hemos huido hacia Livorno. Y justamente estamos en el lugar opuesto.

—Escucha —dijo el chico de la guitarra, Prospero, pero todos eran nombres artísticos—, aparte de que hace dos horas que caminamos, ahora que es de día, con estos trajes de color de rosa somos más reconocibles que tres gatos en tierra de perros.

—Deberíamos tratar de cambiar de ropa, es verdad. En esto estoy pensando.

—Bien, pero espabílate a pensar, porque dentro de poco habrá aquí un lío de tráfico —dijo Prospero.

Siguieron caminando; todavía al alba hacía frío. Louise, con aquel trajecito poco más que un traje de baño, estornudó un par de veces y luego dijo:

—Menos mal que la peluca me calienta la cabeza, si no, además de ir a la cárcel, agarraría una pulmonía.

—¿Estás segura de ir a la cárcel? —preguntó Eduard—. También se podría evitar.

—Tiene razón —replicó Prospero—. Es cuestión de horas.

Eduard no respondió. Caminaban en fila india para ser menos vistos, siguiendo la red que ceñía el profundo y desolado pinar de Tombolo. Estaba saliendo el sol con doradas luces de metal fundido, y arrancaba reflejos luminiscentes de su esmoquin de seda rosa, encendía incluso el negro infierno de la peluca de Louise y hacía brillar como bajo un reflector la guitarra de Prospero.

Al poco rato terminó la tela metálica de la cerca y volvió a aparecer dos metros más allá: comenzaba un sendero que giraba bruscamente hacia la derecha. La entrada al sendero estaba cerrada por una simple tabla con un pestillo. A un lado de esta especie de entrada había un gran cartel atado a un poste de hierro con unas palabras en italiano, alemán e inglés: «La entrada en el pinar está reservada exclusivamente a la Policía Forestal y a los bomberos. Está absolutamente prohibido entrar para instalar campings y hasta para un simple paseo. A los transgresores no sólo se les impondrá una elevada multa, sino que incluso podrán ser detenidos».

Como si no bastasen todas aquellas amenazadoras advertencias, en el cartel, con letras aún más grandes, había un consejo que invitaba a la prudencia: «Cuidado: peligro grave de extraviarse en el pinar. Cuidado; hay víboras»…

Por último, en un lado había unas palabras escritas con caracteres más pequeños apelando al civismo de la gente: «Se ruega a quien advierta que entra alguien en el pinar, avise a la policía forestal, Grosseto», y seguía el número de teléfono.

—Este es el lugar justo para nosotros —dijo Eduard—. No debe de haber mucha gente.

—Pero me dan miedo las víboras —replicó Louise.

—Entonces, si prefieres la cárcel, no tienes más que seguir carretera adelante. Más tarde o más temprano puedes estar segura de que te enchiquerarán.

Se comprende que prefiriese las víboras. Pasó por debajo de la tabla que obstruía muy relativamente la entrada, mientras los dos hombres saltaban por encima de la madera.

—Rápido, está llegando un camión —dijo Eduard, ocultándose detrás de una mata.

Apenas tuvieron tiempo: un camión cargado de paracaidistas que regresaban a Livorno al cuartel, cantando, silbando y gritándose unos a otros, pasó un segundo después de que ellos se hubieran desvanecido en el océano verde del pinar.

El oficial tenía a sus espaldas a dos soldados de primera. Sobre la mesa ante la cual estaba de pie, había el teléfono, y al otro lado de la mesa, en el pequeño despacho de la Tenencia, media docena de periodistas, que gritaban, pero con respeto, sus preguntas.

—Discúlpenos, teniente Trusso, ¿los nombres de esos tres? —preguntó un periodista.

—¿No se los he dicho ya? —respondió el teniente Trusso, que tenía gran simpatía a la prensa—. La mujer se llama Louise, y los dos hombres Prospero el más bajo y Eduard el gordo.

—Teniente Trusso, esos son los nombres del conjunto «Le Roselline». ¿No puede decirnos sus verdaderos nombres?

—En seguida —repuso el teniente Trusso, y se dirigió a uno de los soldados que tenía a su espalda—. Lea los nombres en alta voz.

El soldado tomó las cuartillas de encima de la mesa y leyó las dos primeras hojas, silabeando, como si leyese un catálogo de los grandes almacenes:

—Alberto Caramaffa, de Palombara Sabina, veintiocho años.

—Ese es Eduard —interrumpió el teniente Trusso, dirigiéndose a los periodistas.

Luego hizo una señal al soldado para que continuara.

El soldado siguió leyendo:

—Vittorio Grandoni, de Roma, veinticinco años.

—Ese es Prospero —dijo el teniente Trusso.

—Ulla Dom, de Hamburgo, veintidós años —leyó el soldado.

—Esa es Louise —aclaró el teniente Trusso—; es alemana, pero ha vivido casi siempre en Roma, y creo que habla mejor el romano que el alemán. Sus padres son buena gente, tienen un negocio de importación y exportación a Hamburgo, y por esto, desde que Ulla era niña, la traían a Italia en sus viajes. Pero cuando la chica tuvo dieciséis años, renegaron de ella y la echaron de casa. Estuvo un par de años en una institución correccional en Alemania, donde intentó matar a una compañera que no quiso huir con ella del reformatorio. Aquí, en Italia, por hurto, prostitución, encubrimiento, tráfico de drogas, embriaguez con escándalo público y otras pequeñas cosas, cumplió condena de año y medio y fue expulsada a su país. Durante dos años no supimos nada de ella, luego volvió a Italia con sus dos amigos romanos, clandestinamente, claro está, y se presentaron como melenudos con guitarrón, pero estaban tramando mientras tanto otras cosas. Organizaron «Le Roselline» para moverse con libertad, sin despertar sospechas, pero tenían en la cabeza otras cosas.

—¿Qué otras cosas, teniente? —preguntó el periodista más viejo.

—Un «negocio» como el que hicieron hace dos años en Roma, y mataron a un carabinieri que pasaba por allí casualmente e intervino —contestó el teniente Trusso—. Desde aquel instante desaparecieron los dos y no hemos sabido nada más de ellos. Ahora han vuelto con la chica y llamándose «Le Roselline» recorren Italia en busca de la joyería más a propósito y más rica. En Alemania la chica les ha buscado un comprador. Habrían trabajado cómodamente si no hubieran sido descubiertos.

—¿Cómo fueron descubiertos? —preguntó el joven corresponsal de un diario de Florencia.

—Disponemos de informadores voluntarios —repuso el teniente Trusso.

—¿Qué quiere decir «informador voluntario»? —inquirió otro periodista.

Pacientemente, el teniente explicó al chismoso:

—Hay informadores regularmente recompensados que colaboran con nosotros, y hay informadores, por ejemplo, telefónicos, que nos dan todas las informaciones sobre determinado caso del cual sabemos poco o nada, sin pedir compensación. Por amor al arte. La otra noche, llegó precisamente la llamada de un voluntario: «Si le interesa detener a los dos que hicieron el famoso “negocio” hace dos años en una joyería de Roma, no tiene más que ir inmediatamente a la “Jirafa”, a Grosseto, donde están tocando junto con una mujer. Son un conjunto que se hace llamar “Le Roselline”, pero han venido a Italia para hacer otro gran “negocio”. La mujer les ha proporcionado en Alemania un comprador y todos los documentos falsos. Sus nombres son éstos y éstos», y nos dio los nombres. —La voz del teniente Trusso, de suave se hizo dura y áspera—. Fuimos allí, a la «Jirafa», y allí estaban ellos, porque apenas entramos comenzaron a disparar, hirieron gravemente a uno del público y mataron a uno de nuestros soldados. Con el de hace dos años, ya son dos los hombres que hemos perdido por causa de esos criminales.

—Pero ¿quién puede ser ese misterioso informador que le ha telefoneado?

—No lo sabemos y no me importa. Nos dio la información exacta y esto es todo. Que lo haya hecho por venganza o por otra cosa, es cuestión suya. Ahora podemos detener a los asesinos —respondió el teniente Trusso.

—¿En qué dirección se llevaron las pesquisas y cómo?

—Hacia Livorno. Abandonaron el coche a la entrada de la carretera de Livorno. De todos modos, todas las carreteras Livorno-Grosseto-Siena están bloqueadas desde las cuatro de esta madrugada.

—Teniente Trusso, una última pregunta, por favor —dijo el periodista habiendo visto que el teniente consultaba el reloj—, ¿están armados?

—Nuestro informador voluntario nos ha dicho por teléfono que están armados como Vietcong de paseo por Saigón. Bajo el esmoquin rosa llevan un peligroso revólver de cañón largo y una navaja. La mujer sólo lleva navaja y el informador ha dicho que es muy arrojada manejándola.

—Gracias, teniente Trusso. Apenas sepa algo nuevo le ruego que nos avise —dijo el viejo periodista.

—Esté seguro de que le avisaré.

Sonrió como saludo y luego se volvió rígidamente de espaldas acompañado por sus soldados de primera con los informes, mientras los periodistas salían.

Eduard, delante, abría camino a Prospero y a Louise entre la maleza del pinar. La pineda de Tombolo di Grosseto no es precisamente el Mato Grosso, pero se comprende que en su pequeñez hay un gran deseo de serlo. No tiene la desmesurada extensión del Mato Grosso, ni el clima cálido húmedo, ni hay indios que se coman a los exploradores, pero, a pesar de estos defectos, es un modelo, a escala reducida, del Mato Grosso. Si no se camina por los senderos, por donde ellos no deseaban caminar por no encontrarse con algún guardia forestal, se necesita, como en el Mato Grosso, una hacha para abrirse paso entre la maleza en la que se hundían los altos y espesos pinos.

A los diez minutos de este camino, las medias rosa de Louise habían quedado reducidas a andrajos y entre ellos le sangraban las piernas. Los pantalones rosa de los dos hombres estaban desgarrados y sus manos llenas de pinchos y arañazos, y sangraban. Luego encontraron una charca.

No era un estanque, sino un claro, sencillamente, pero las largas lluvias y años y más años, como era una hondonada, la habían llenado de agua, ahora ya podrida. El claro tendría una anchura de doscientos metros, ante ellos, y, de lado a lado, medio kilómetro. El agua era oscura porque el sol penetraba en aquellas profundidades sólo cuando estaba muy alto; las sombras de los pinos se reflejaban sombríamente en la oscura agua cenagosa y por todas partes nubes de mosquitos o de parecidos animalillos irritantes alzábanse en vuelo como el humo de una pipa, y el hedor verde del agua pútrida, además de pegarse a las narices y la garganta, parecía llegar, como un molesto zumbido, incluso a las orejas.

—Atravesémoslo —dijo Eduard, es decir, Alberto Caramaffa, de Palombara Sabina.

Y sin temor ni repugnancia alguna metió en el agua de la charca los bellos zapatos color de rosa.

—Pero ¿no podríamos rodear el charco? —preguntó Prospero.

—Tardaremos una hora en recorrer doscientos metros —repuso Eduard—, y yo quiero estar en el centro de la pineda lo antes posible; quiero estar en un lugar donde tarden días enteros en encontrarnos —y agitó un brazo—. Ánimo —dijo a los dos que lo seguían.

Louise, sosteniéndose con una mano la peluca negra en la cabeza, dijo:

—Yo no meto los pies en esta letrina.

—Entonces quédate ahí —replicó Eduard.

Él y Prospero comenzaron a chapotear en los veinte centímetros de agua verdusca y densa, y Louise, con el deseo de vomitar dibujando dos arrugas en las comisuras de los labios, se quitó la peluca y la retuvo en la mano porque no quería que se le cayese al agua, y con sus delicados zapatos de cantante casi descalza se metió también ella en aquella ciénaga.

Precisamente a mitad del vado Prospero tropezó con algo que le hizo daño en un pie, se inclinó para ver lo que era y en la turbiedad del agua distinguió la cazuelita de metal que los soldados norteamericanos llevan en la cabeza. La levantó y preguntó a Eduard:

—¿De dónde diablos sale esto?

Eduard se volvió y miró el casco.

—Al terminar la guerra, en este pinar y en el de Livorno había escondidos centenares de soldados norteamericanos desertores, sobre todo negros, y vivieron varios meses así sin que consiguieran prenderlos, a pesar de la Military Police que los perseguía.

—¿Tienes la intención de quedarte aquí varios meses? —preguntó Prospero.

—No lo sé. Depende —repuso Eduard.

Al final del vado Louise vomitó por fin, pero se repuso en seguida, se colocó de nuevo la peluca en la cabeza y siguió a los dos hombres. Caminaron todavía durante casi una hora, abriéndose camino en aquella pequeña jungla, comiendo de vez en cuando alguna telaraña, espantando de vez en cuando algún zumbante, amenazador y grueso insecto negro que se lanzaba sobre ellos con avidez. Deteníanse también de vez en cuando para fumar un cigarrillo, pero esto no bastaba para descansarlos. Estaban caminando desde las tres y eran ya las ocho; hasta Eduard caminaba con menos afán, y al poco rato se paró de pronto. Hizo una seña para que guardaran silencio.

—¿Qué es eso, el pajarito de las señales horarias? —preguntó Louise.

Nada lejana, es más, bastante cerca, se oyó la voz de la locutora:

—Son las ocho horas. —Pausa, y luego la voz del locutor—: Noticiario. Los expertos en política, después de los recientes acontecimientos de Grecia, consideran que la situación internacional atraviesa un momento crítico…

Eduard casi se dobló en dos y siguió caminando hacia la voz de la radio, haciendo seña a los demás de que le siguieran, encorvados como él. Apenas recorrieron diez metros, cuando, a través del follaje de los arbustos, los montones de hojas secas o marchitas y las telarañas, vieron.

Era un gran claro, perfectamente seco. A un lado, en la cálida sombra verde del amanecer, había una tienda de reducidas proporciones, y fuera de la tienda, sentados en el suelo, una muchacha morena vestida con un dos piezas, y un hombre que debería de tener algo más de cuarenta años, con los cabellos rapados, pantalones cortos y el torso desnudo. Llevaba en la cabeza un gorro del Afrika Korps, pero también sin él, e incluso a distancia, era evidente que se trataba de un alemán, y entonces Prospero se desabrochó la camisa cerca de la cintura y sacó el pequeño pero temible revólver de cañón largo. También Eduard hizo lo mismo.

Mientras tanto había terminado el noticiario radiado y la bella y sinuosa voz de la locutora dijo:

—Vamos a transmitir ahora un programa de música de los años cuarenta —y después de haber dicho una serie de nombres, una voz que llegaba de una lejanía de milenios comenzó a cantar con fatigosa comicidad un preludio en el que se contaba que dos novios estaban jugando una partida de brisca pero la novia barajaba y se había escondido una carta; luego se llegaba al estribillo y el hombre exclamaba alegre, pero más fatigoso todavía:

Marta, Marta,

saca esa carta,

si no me la das

tú ya verás…

Acurrucados en aquella pequeña jungla los tres miraban y escuchaban. A través de las hojas veían a los dos que bebían algo de un termos y de vez en cuando pescaban con pan negro en un tarro de conserva; los veían reír y, a pesar de la música, podían oír también algunas palabras: en alemán.

—Está prohibido entrar aquí, y éstos, sin embargo, han entrado —susurró Louise.

—Deberías saber que un alemán, por pasar una noche bajo los pinos es capaz de jugarse el pellejo —dijo Eduard—. Vamos, vayamos ahí.

Saliendo de la maleza saltaron de pronto al claro, empuñando los revólveres, ante los dos que ni siquiera tuvieron reflejos para decir «¡Oh!», y que los miraron y vieron a la muchacha de la enorme peluca negra en la cabeza y de los pantalones rosa hechos jirones, y a los dos hombres del esmoquin rosa, ya de un rosa aproximado, uno de los cuales llevaba al hombro una guitarra rosa.

—Seguid sentados. No intentéis nada y no os haremos nada —dijo Eduard en alemán.

En Hamburgo había tenido tiempo de aprenderlo bastante bien.

—¿Alemán? —preguntó el hombre vigoroso de los cabellos rapados.

—Sí —respondió Eduard—. Estaos quietos —y sin dejar de apuntar a los dos con el revólver, se dirigió a Prospero—: Mira dentro de la tienda que tienen en las mochilas —y a continuación le dijo a Louise—: Toma la cartera del hombre. Aunque hayan venido a pie al pinar, su aspecto es de gente de dinero.

Louise quitó del dedo de la muchacha el anillo con el brillante y de la muñeca el reloj, luego se dirigió al hombre vigoroso de cara cuadrada y llena de campeón de lucha libre, que estaba sentado como un Buda, le metió la mano en el bolsillo posterior de los pantalones, sacó la cartera y se la metió, es decir, intentó metérsela en el escote, porque en el mismo instante murió: la manaza del hombre vigoroso, al apretarle el cuello, le hizo vomitar una bocanada de sangre y, sin lanzar un gemido, se inclinó a un lado con la cartera metida a medias en el escote.

Eduard disparó inmediatamente y lo hirió sin duda en un punto no vital porque el hombre vigoroso se levantó, saltó ágil como un gato y cayó sobre él derribándolo y haciéndole crujir las costillas hasta casi rompérselas.

Con uno, dos, tres tiros, uno tras otro, Prospero, que había salido de la tienda, dejó inmóvil al hombre, pero al mismo tiempo la muchacha morena, gritando como un mono, echó a correr hacia los matorrales. Otro tiro de Prospero la detuvo.

Eduard se liberó del peso del hombre y se levantó jadeando, doliéndole todo el cuerpo. Miró a los tres tendidos en el claro y se limpió un poco de sangre que le salía de la nariz. Luego se dirigió al cuerpo de Louise y le tomó el pulso con la ingenua esperanza de que aún estuviese viva, le levantó un párpado, después le quitó la cartera manchada de sangre que estaba coagulándose rápidamente y miró: había casi cuatrocientas mil liras: no se había equivocado, conocía bien a los alemanes.

—Esconde a estos tres lo más lejos posible de aquí, en medio de los matorrales. Mientras, me cambiaré.

Prospero se metió el revólver dentro de la camisa, bajo la chaqueta roja del esmoquin y miró los tres muertos. No era un trabajo que le gustase pero había que hacerlo. Comenzó por Louise: la tomó en brazos, pero boca abajo, para no verle la cara, sobre todo el cuello y la mandíbula, destrozados por la manaza del gigante. Se metió entre la maleza, avanzó por ella cuanto pudo y luego, jadeante, la dejó en tierra. Se disponía a regresar a la tienda cuando recordó algo. Se inclinó sobre el cuerpo de Louise, le rasgó el traje desde el escote, y en la cintura halló lo que buscaba: una larga navaja que ella llevaba casi siempre. La sacó de los grandes ojales en los que estaba sujeta. Nunca era un estorbo una navaja más.

Volvió al claro y vio a Eduard desnudo, sacando de una maleta la ropa que iba a ponerse. Se miraron sin decir nada. A pesar de que el sol estaba ya alto, allí había sombra todavía, pero era una sombra luminosa, como invadida por pequeñas llamitas. Entonces tomó en sus brazos a la joven alemana. ¡Qué imbéciles habían sido no prestando obediencia a dos revólveres que les apuntaban! Si ella se hubiese portado bien nadie la habría tocado, y cuando regresó de haber arrojado en las verdes vorágines del pinar aquellos mortales despojos, vio que Eduard ya estaba vestido de alemán: pantalones caqui, descalzo y una pequeña cámara de cine atada a la cintura. Desentonaba mucho su pelambrera castaña.

—Con éste te echaré una mano —dijo Eduard.

Agarró por los pies al hombre, y Prospero por los sobacos, y aun cuando los dos eran vigorosos, les costó mucho trabajo arrojarlo en aquel abismo vegetal. De vuelta en el claro, encendieron un cigarrillo y se miraron: uno vestido de alemán, pero con los cabellos largos casi hasta los hombros, y el otro todavía con el esmoquin rosa reducido ya a un pingajo.

—Ahora cámbiate tú. Busca en el equipaje. No encontrarás nada a tu medida, pero tal vez puedas arreglarte con los pantalones de la chica. Tienes pocas posaderas y te sentarán mejor que los de él, que hasta para mí son anchos —dijo Eduard a Prospero.

—Luego nos cortaremos el pelo. Llevaba de todo: tijeras, maquinilla y navaja. Hemos de pelarnos al cero.

También Prospero se vistió de alemán; los pantalones de la chica le resultaban un poco cortos, pero ya se sabe que los alemanes no tienen mucho pudor. Luego comieron. En aquellas enormes alforjas había de todo en forma de embutido, wüsterln, parieser, ländiger, salchichones de los Abruzzos, latas de carne y atún, tarros con pepinillos, Cebollitas y muchas otras latas de fruta en conserva. También había mucha bebida: cuatro grandes cantimploras con agua, una docena de botellas de cerveza y una botella chata pero grande de grappa friulana. Había, además, algunas latas de mantequilla, y una buena cantidad de pan negro dentro de su envoltorio impermeable, con las palabras Bauern-schnittel.

—Ésos querían quedarse aquí un trimestre —dijo Prospero, comiendo a bocados un ländiger y gustando su sabor ahumado.

—Yo no —replicó Eduard—. Apenas nos hayamos cortado el pelo, nos vamos.

No eran todavía las nueve y la operación más larga fue la de cortarse el pelo. Ninguno de los dos sabía nada del oficio, pero con las tijeras se cortaron todo el pelo que pudieron, luego con la maquinilla intentaron raparse, pero se necesitan semanas de práctica para saber manejar bien ese ingenio y sólo consiguieron raparse en parte. No estaban muy atractivos con el pelo tan mal cortado, pero habían dejado de ser melenudos y podían encasquetarse los gorros del Afrika Korps y adquirir una apariencia bastante verosímil. Y cuando hubieron terminado, la umbría verde del pinar, de pronto, se incendió de granulos de sol. Eran ya más de las once; desde las alturas el sol penetraba en los más oscuros rincones de la pineda. La primera mariposa, blanca, pasó cerca de ellos, y por un instante los dos la siguieron con la mirada.

—Alguien puede haber oído el ruido de los disparos, aunque estemos casi en el centro del pinar —dijo Eduard—. Siempre hay algún guarda forestal yendo de un lado para otro. Debemos recogerlo todo en las alforjas y marcharnos, incluso llevamos la tienda.

—¿La tienda también? Y ¿cómo llevamos una tienda al hombro? —preguntó Próspero.

—El palo central es de piezas que encajan una en otra, y una vez encajadas apenas mide un metro. La tienda se pliega como un paracaídas. Nos lo echamos todo al hombro y así podremos caminar por los senderos, y si encontramos a los guardas forestales somos dos alemanes que hemos entrado indebidamente en el pinar. Pagamos la multa y se acabó.

—Nos pedirán la documentación.

—Es probable. Diremos que la dejamos en el hotel, en Grosseto. Si pagamos la multa tal vez nos crean. Si no, esto —y se tocó el bolsillo derecho de los pantalones caqui, abultado por el arma.

—Y ¿adónde vamos?

Eduard miró al suelo. Reflexionaba.

—Más tarde o más temprano intentarán buscarnos por la carretera de Livorno y comprenderán que nos hemos escondido en este pinar. Necesitarán un día o dos para buscarnos por ahí, pero cuando vengan aquí estaremos en otra parte.

—¿Dónde?

—En Grosseto.

—Estás loco. Allí hay un ejército de carabinieri esperándonos.

—Esperan a dos hombres y a una mujer, no a dos hombres sólo. Los esperan, pero no en Grosseto, porque somos dos extranjeros que están de paso por Grosseto, no los tres tipos que tienen en la cabeza. Adelante, vamos ya.

Desmontaron la tienda, la plegaron, llenaron las enormes mochilas y las cerraron.

—Y ¿la guitarra? —preguntó Prospero.

—Hay que enterrarla. Si la encuentran aquí cerca de los muertos, sería como si hubiésemos firmado, y no podemos llevárnosla —repuso Eduard.

Con los dos bastones, melancólicamente, excavaron entre los matorrales un profundo agujero donde depositaron la guitarra rosa y la cubrieron de tierra. Luego volvieron al claro y se cargaron a la espalda las monumentales mochilas. Prospero se tambaleaba bajo el peso, que debía de ser superior a los treinta kilos.

—Esos dos tipos tenían que ser imbéciles para cargar con este peso.

—Usos y costumbres. Cada raza tiene los suyos —dijo Eduard—. Vamos.

Con todo ese peso y los pies desnudos no resultaba muy agradable caminar por aquel sendero lleno de punzante borrajo y aguzadas ramitas de pino, pero siguieron adelante, porque siempre era mejor caminar así que como antes por el bosque bajo.

Después de casi media hora de caminar por aquellos cada vez más cálidos encajes de sol —debía de ser la una de la tarde—, el atajo desembocó en un sendero mucho más grande en el que se destacaban las huellas de unos neumáticos, probablemente un jeep de la policía forestal. En el tronco de un pino había atado un cartel de hojalata recortada en forma de flecha cuya punta señalaba a la izquierda y tenía pintada una sigla: «N 24-R», absolutamente misteriosa. Siguieron la dirección de la flecha porque era probable que indicase, en medio de la jungla, el camino de salida para el jeep y los guardas forestales.

Caminaron todavía media hora, deteniéndose de vez en cuando para beber y encender un cigarrillo, con los pies destrozados y los hombros dolorosamente marcados por las correas de las mochilas, cuando oyeron ladrar a un perro. Instintivamente, Prospero se llevó la mano al bolsillo de los pantalones donde llevaba el revólver.

—Quieto y sígueme —dijo Eduard—. Somos dos alemanes que han entrado indebidamente en el pinar, nada más.

Y en el recodo, mientras seguían caminando, vieron aparecer al guarda forestal que llevaba de la trailla, casi sin poder sujetarlo, una especie de dragón lobo, más que perro lobo: sólo le faltaban las llamas en la boca y un par de patas más.

—Si sucede algo, piensa tú en el hombre; yo me ocuparé del perro —dijo Eduard—. Pero procuremos que no pase nada.

Estaban a unos veinte metros del guarda forestal y se acercaron sonriendo. Eduard levantó el brazo en señal de desparpajado saludo y el dragón gruñó cavernosamente.

—Basta ya —dijo el guarda, y el perro, con un último gruñido ahogado, se calló.

El guarda se detuvo a dos metros de ellos, sujetando al perro con todas sus fuerzas.

—¿No saben ustedes que no se puede entrar en el pinar? ¿No han leído los carteles? —Luego, ante su silencio, sonrientes, pero siempre en silencio, les hizo otra pregunta—: ¿Entienden el italiano?

—Sí, poco, señor —dijo Eduard, que después de dos años en Hamburgo, sabía también imitar al alemán que habla un poco el italiano con acento extranjero.

—¿No han leído el cartel que dice que está prohibido entrar en el pinar?

—Sí, nosotros leerlo.

—Entonces ¿por qué han entrado? Pueden ustedes ser detenidos.

—Ruego que nos disculpen; pinar muy hermoso, nosotros estar de paseo, pero el señor tener razón y nosotros pagar multa. ¿Cuánto? —y sacó la cartera del bolsillo trasero de los pantalones.

—Su documentación —dijo duramente el guarda forestal.

Llevaba al hombro una carabina automática y a la cintura una funda con algo que probablemente sería una Beretta-Jaguar.

—Nosotros dejarnos la documentación en el hotel, en Grosseto.

—¿Cómo? ¿Han venido ustedes a pie desde Grosseto?

—Sí, señor.

El guarda reflexionó un poco y dijo irrevocablemente:

—Entonces vengan conmigo al puesto.

No había nada que hacer. Eduard miró a Prospero. En una centésima de segundo Prospero sacó el revólver y disparó dos tiros al guarda en plena cara, y en la misma centésima de segundo Eduard sacó la navaja y se lanzó sobre el perro: si no erraba el golpe, se la clavaría en la garganta.

El peso de la mochila le hizo fallar el golpe y el dragón con las fauces abiertas, se abalanzó sobre él, lo hizo caer y le clavó los dientes en la garganta. Aunque Prospero disparó con rapidez y fulminó al perro de dos tiros, ya Eduard no podía hacer nada por él, y él sin Eduard no era nada.

Permaneció un rato de pie, en el polvillo de sol que caía ahora en el pinar como una nevada de oro, mirando los cadáveres: el perro muerto, con los colmillos hundidos todavía en la garganta de Eduard, y Eduard con las manos inútilmente asidas a la cabeza del perro para rechazarlo, y el guarda forestal con la cara irreconocible, que había rodado dos metros más allá a causa del empuje de los dos proyectiles que le habían dado en pleno rostro. Ni siquiera se daba cuenta del peso de la mochila.

Luego bebió agua de una de las dos cantimploras que llevaba en bandolera, encendió un cigarrillo y siguió pensando en que él sin Eduard no era nada. Era valeroso, pero si estaba Eduard. Si Eduard no estaba sólo era un conejo.

Entonces, de pronto, en el silencio solar de la pineda, pensó que no era un conejo, y mientras tanto miraba las botas del guarda forestal y pensaba que le sentarían bien. No era un conejo y deseaba vivir. Le quitó al guarda forestal las botas y los calcetines. Eran un poco grandes para un flaco segunda guitarra como él en el conjunto «Le Roselline», pero le iban bien, y siempre era mejor que ir descalzo: sería demasiado chocante. También le quitó el revólver al guarda. Era justamente una Beretta Jaguar, y esto le dio cierta esperanza. Se ajustó bien la mochila a la espalda y echó a andar.

Seguía las huellas de los neumáticos del jeep, las manos metidas en los pantalones cortos, pero la derecha empuñando la Beretta Jaguar y la izquierda el pequeño pero infalible revólver de cañón largo, y aún no eran las dos cuando salió a la carretera asfaltada que conducía a Grosseto. Allí estaba la acostumbrada y ridícula tabla que pretendía impedir el paso, el sabido cartel trilingüe que amenazaba con multa, cárcel y víboras a quien entrase en el pinar. Antes de salir de la pineda miró bien, pero a aquella hora pasaban pocos coches, hacía ya mucho calor y al cabo de dos minutos saltó a la carretera ardiente de sol, y echó a andar hacia Grosseto —Eduard quería ir a Grosseto, y si él había pensado en Grosseto, esto quería decir que Grosseto era el lugar adecuado—, echó a andar con las zancadas del bávaro caído en Italia para recorrérsela toda a pie.

De vez en cuando pasaba algún coche, algún motorista, algún camión, y bajo su gorro del Afrika Korps, bajo la pesada carga que llevaba, su rostro y su tórax desnudo se llenaban de sudor. Al cabo de un rato de andar, molido de cansancio, oyó chirriar a su lado los frenos de un coche. Se volvió de súbito.

Desde la ventanilla de un coche utilitario una muchacha morena le preguntó en alemán, un alemán hablado por un italiano:

—¿Puedo llevarle carretera adelante, señor?

Era amable, muy joven, absolutamente niña.

—Muchas gracias, señorita —le dijo—, pero no me gustaría molestarla.

Con la mano se enjugó el sudor de la cara.

—Suba, señor. Para mí será un placer —dijo la morenita—. Mi madre es alemana y ella me ha enseñado el alemán.

Él subió, dejó la mochila en el asiento trasero y encendió un cigarrillo.

—¿De dónde es usted? —preguntó ella.

—De Hamburgo —repuso él, contestando en alemán—. Ahora regreso a mi casa.

—¿A pie? —preguntó ella.

Él sonrió.

—¡Oh, no! Sólo he querido recorrer a pie Italia central, desde Siena a Roma. Luego, claro está, tomaré el tren.

Hacía mucho calor en el pequeño coche. Y había mucha soledad porque los pasaban muy pocos coches.

—Ustedes los alemanes son extraordinarios: media Italia a pie con un quintal a la espalda —dijo ella admirada.

Él había terminado su cigarrillo y miraba ante sí la carretera mientras ella conducía, y de pronto, a menos de trescientos metros, vio el puesto de los carabinieri y de la policía de tráfico.

—Baja —dijo bruscamente en italiano a la muchacha, apretando con el pie el freno y bloqueando la marcha de tal modo que el coche estuvo a punto de volcar. Había sacado la pistola de gran calibre—. Baja y lárgate, baja y escóndete, o nos jugamos la piel —le gritó.

El grito, el revólver y el empujón convencieron a la muchacha, que, sin comprender, saltó del coche y corrió enloquecida a través de la carretera.

Él se puso al volante y partió como una bala hacia los dos coches del puesto de tráfico de la carretera, hacia los carabinieri y los agentes de la policía de tráfico, porque Eduard le había dicho siempre:

—Asusta, cuanto más asustes más probabilidades tienes de escabullirte.

Se lanzó directo contra todos ellos como un kamikaze, y a la distancia precisa comenzó a disparar con su pistola.

Vio a los carabinieri y los agentes de la policía de tráfico que a derecha e izquierda disparaban contra aquel torpedo humano que llegaba, hacia aquellos proyectiles que silbaban como mirlos enloquecidos, y tres metros antes de llegar al puesto, giró a la derecha: los había superado y escapaba.

Murió así, al volante del coche utilitario, fulminado por una ráfaga de ametralladora lanzada a sus espaldas por un carabinieri; el coche dio dos o tres saltos y volcó. Pero él no había sido un conejo. En el pinar acaso hubiese podido actuar mejor.

 

 

5

NÚMERO DE CIRCO

 

—Comencemos por el principio. ¿Cómo se llama?

—Judita Maltzer.

—¿Es alemana?

—Sí, berlinesa.

—¿Cuántos años tiene?

—Veintidós. Esta es una copia del permiso de residencia.

—Sí, ya la he visto, luego la estudiaré mejor. ¿Cuándo viene a Italia?

—Dos veces al año, con el circo Rhein: de noviembre a finales de enero y de junio a fines de agosto.

—Nunca he oído el nombre de ese circo.

—No es gran cosa, pero vive. Ella es quizás el mejor número, creo que es precisamente el mejor número.

—¿Qué hace?

—Yo la he visto y para mí es extraordinaria: el público no se cansa de aplaudir y gritar su nombre.

—¿Qué hacía?

—Entraba en la pista montada en un caballo blanco con manchas negras y comenzaba a dar las acostumbradas vueltas, saludando a los espectadores.

—¿Y luego?

—Iba vestida de cosaco, con el gorro de piel, las botas y todo lo demás. Daba unas vueltas sonriendo.

—Sí, ya lo has dicho. Sigue.

—Luego entraban seis chicas vestidas con un dos piezas; no están nada mal y además iban casi desnudas con aquellos dos trapitos.

—Sí, ya sé que te gustan las mujeres, pero sigue adelante.

—En realidad, esas seis chicas no llegaban precisamente al centro de la pista: se paraban a la entrada que daba a la pista y cada una llevaba en la mano un farol con una luz encendida de distinto color. Seis chicas, seis colores: un farol rojo, otro amarillo, otro naranja, otro blanco, otro verde y otro celeste. Y mientras tanto ella, a caballo, daba vueltas y sonreía a los espectadores.

—Por favor, que ya lo has dicho.

—Sí, bueno, pero quería decirte que sonreía a los espectadores blandiendo una carabina Garand.

—¿Una carabina Garand? ¿Estás seguro?

—Estoy seguro porque se trata precisamente de la que se llevó. ¿Sabes cuánto pesa una Garand?

—No.

—Pesa más de cuatro kilos y medio; es más, le pedí todos los datos a un carabiniere, y pude escribirlos. Lee: calibre siete sesenta y dos, longitud ciento diez centímetros, proyectil ordinario de nueve, coma, nueve gramos, y además el perforador de diez gramos y ocho.

—Bien, leeré todo eso después; ahora sigue adelante.

—Ella daba vueltas sobre el caballo blanco manchado de negro y blandía la Garand con la mano izquierda. Procura comprender la clase de mujer de que se trata, que sostiene como si nada una carabina de casi cinco kilos con la mano izquierda y cabalgando.

—Y ¿por qué con la izquierda?

—Porque es zurda.

—Y ¿qué hacía con la Garand?

—¡Ah, esto es lo extraordinario! Mira, yo fui a verla dos veces, cuando todavía no era éxito ni nada. A mí no me gusta el circo, ni todas esas acrobacias, pero ella me gustó.

—Sí, lo comprendo, ya me diste la fotografía: es rubia y tiene buenas caderas. Pero yo quisiera saber lo que hacía.

—Escucha, te lo explicaré en seguida: las seis chicas se quedaban tiesas a la entrada de la pista y comenzaban a agitar sobre sus cabezas los farolillos encendidos con luces de colores. ¿Comprendes lo que quiere decir «agitar»?

—Quiere decir que hacían dar vueltas al farol en torno a su cabeza: no usaste el verbo apropiado.

—Bueno, hacían girar el farol en torno a su cabeza y entonces ella daba un espolazo a su caballo, pero un espolazo de los buenos, de cosaco exactamente; el caballo relinchaba de dolor y comenzaba a dar vueltas al galope a la pista, y entonces ella enloquecía.

—¿Qué quiere decir «enloquecía»?

—Mira, no te lo digo porque tenga las caderas grandes; he ido muchas veces al circo, aunque no me gusta, desde niño, y he visto a muchos cosacos caballistas, pero ésa era una furia, nunca vi nada igual.

—Dime qué hacía.

—Se ponía de pie en la grupa del caballo lanzado a todo galope y seguía aguijándolo para que no perdiese velocidad y, mientras con la izquierda blandía la Garand, con la derecha daba fustazos al caballo, lanzaba besos al público y gritaba, gritaba en su italiano de alemanota.

—¿Qué gritaba?

—Señooooras y señooores, elegir un colooor, por favor, un colooor de un farol. Por favor, señoras y señores, griten el nombre de un colooor.

—¿Y el público respondía?

—Al principio se armaba un barullo: diez gritaban verde, veinte gritaban amarillo, pero luego, misteriosamente, se ponían de acuerdo los centenares de personas presentes y todos se ponían a silabear: verde, ver-de, o a-ma-ri-llo, a-ma-ri-llo, y entonces ella se ponía a gritar.

—¿Y qué gritaba?

—Gritaba: «Gracias, señoras y señores, han elegido el colooor amarillo y yo dispararé al farol amarillo; espero que la canción sea del gusto de ustedes».

—¿Qué pasa ahora con la canción? ¿También cantaba?

—No, ella no. Pero los faroles que las chicas hacían girar sobre sus cabezas estaban conectados a un tocadiscos que transmitía inmediatamente la canción por los altavoces. En un gran tablero luminoso estaban escritas digamos las conexiones: con el amarillo la canción Little man, cantada por Milva, con el verde había otra cosa por el estilo y así sucesivamente.

—Comprendo: ella, de pie sobre el caballo, disparaba al amarillo; daba al farol y lo apagaba, y un contacto automático ponía en acción el tocadiscos. Sí, no está mal.

—No, señor: no se puede decir sólo «no está mal» de una cosa semejante. Tú no lo has visto. Ella no se quedaba siempre de pie sobre el caballo con una carabina de cinco kilos en la mano; también se ponía bajo la barriga del caballo, se abrazaba a su cuello, espoleándolo constantemente para que no dejara de galopar ni relinchar y entonces con la izquierda disparaba la Garand sobre los faroles que las chicas tenían en la mano. Estaba endemoniada: echaba pie a tierra al galope del caballo, saltaba sobre él agarrándose a la cola y, digamos, al dorso, disparaba por entre las patas del caballo a los faroles, cabeza abajo, rozando el suelo de la pista, disparaba y los apagaba de un solo tiro, y entonces, de pronto, el tocadiscos se ponía en marcha y transmitía la canción mientras ella, enroscándose en torno al caballo, andando por sus lomos, agarrándose al cuello, daba unas vueltas por la pista, sin soltar nunca la Garand, hasta que el público decía el nombre de otro color: ce-les-te, ce-les-te. Entonces ella volvía a disparar al color elegido por el público: lo acertaba con un solo tiro, apagaba el farol celeste y el tocadiscos dejaba oír otra canción, y así hasta el sexto farol, uno tras otro. Trata de comprender lo que te estoy diciendo.

—No soy muy inteligente, pero creo que lo comprendo.

—No, no has comprendido los términos técnicos de la cuestión.

—¿Qué quieres decir?

—Te he dicho que trataras de comprender. Ella disparaba saltando y haciendo pinturas en un caballo al galope. En términos de escuela militar se dice: disparar desde una plataforma móvil.

—Ya lo he entendido.

—¿Entendiste también que disparaba cabeza abajo o entre las patas del caballo al galope? ¿Y con una sola mano porque con la otra se agarraba al animal?

—Creo haberlo entendido así.

—¿Y entendiste, además, que disparaba a los farolillos que las seis chicas vestidas con un dos piezas hacían girar continuamente sobre sus cabezas?

—Sí, lo he comprendido y creo que las chicas tendrían mucho miedo.

—Tal vez un poco de miedo, no lo dudo, pero no corrían ningún peligro: la Garand estaba cargada con balas especiales de goma blanda, que bastaban para romper un farol, pero eran absolutamente inofensivas. Lo que has de comprender es otra cosa.

—No seas posma. ¿Qué debo comprender ahora?

—Que ella disparaba desde una plataforma móvil a un blanco móvil y sus seis disparos eran seis blancos en los faroles a la distancia mínima de diez metros. ¿Quieres que vayamos al Polígono de tiro y pidamos la lista de cuántos en Europa son capaces de hacer semejante cosa?

—Me cisco en el Polígono, lo que quiero saber es adónde quieres ir a parar.

—Está claro: antes de detener a esa mujer habrá una lista de muertos tan larga como una página del listín de teléfonos. Con una puntería semejante ni un perro policía podrá acercarse a ella. Ya ha matado a dos, me refiero a perros policías, porque apenas tuvieron tiempo de olfatearla, ella les disparó y dio en el blanco. Ha tendido a un agente de la policía de tráfico de carreteras, sacó de la autopista a un coche de carabinieri disparándole a los neumáticos, y dos agentes murieron en el accidente que se produjo. Y no hablo de los tres hermanos Brioschi a quienes, como si fueran farolillos, tiro tras tiro, disparó aquella noche.

—Sí, lo comprendo, de acuerdo; pero volvamos al principio y dime lo que ocurrió aquella noche.

—Ya lo han publicado todos los periódicos.

—Yo no leo los periódicos. Yo los escribo. Quiero que tú me digas lo que viste y todo lo que ocurrió, o casi todo. Quiero saberlo por testigos.

—Aquella noche estaba ella en su roulotte.

—Adelante.

—Judita no duerme en el hotel ni en los carromatos con la otra gente del circo. Tiene un viejo y enorme Alfa Romeo de cuarta mano al que lleva enganchada una vieja roulotte. Aquella noche, después del espectáculo estaba en su roulotte abriendo una lata de sardinas y se disponía a tomar algo antes de irse a dormir.

—¿Estaba sola?

—Sí. No tiene amigos. Hace su trabajo y luego se encierra en la roulotte, o da un paseo, pero a los colegas sólo los saluda.

—Pero tendrá un novio, un amigo; a juzgar por la fotografía es más bien guapa; una chica así siempre tiene alguien.

—No, no tenía a nadie; ni novio ni amigo.

—Y, dime, ¿cómo lo sabes con tanta seguridad?

—Porque nunca la vieron con ningún hombre y porque sus colegas sabían que había una razón para eso: no le gustaban los hombres.

—¿Qué quieres decir? Explícate claramente.

—Quiero decir lo que has comprendido de sobra. Parece que tiene una amiga en Austria; sabemos solamente su nombre, no el apellido, Gertrudis. Parece que en Linz, a orillas del Danubio. Es la única persona a quien Judita frecuenta desde hace muchos años. Por lo demás, saluda y sonríe a sus compañeros de trabajo, pero nada más.

—Un tipo más bien insólito.

—Una mujer que maneja una Garand como ella es forzosamente insólita.

—De manera que aquella noche estaba abriendo una lata de sardinas en su roulotte.

—Sí, señor. Estaba abriendo una lata de sardinas cuando los tres hermanos Brioschi, forzando fácilmente, con un codazo y un empujón la frágil puerta de la roulotte, entraron y le dieron las buenas noches.

—¿Quiénes son los hermanos Brioschi?

—Diría «quiénes fueron».

—De acuerdo, ¿quiénes fueron?

—Eran tres gemelos de la ciudad. Gorgonzola es pequeña, tres jovenzuelos matemáticamente iguales, más que las Kessler, pequeñajos pero vigorosos, se notan en seguida, e incluso una extranjera los nota. Hacía ya doce días que el circo Rhein estaba en Gorgonzola y Judita Maltzer tenía la costumbre de tomarse un «capuchino» en el café de la plaza y los tres hermanos Brioschi estaban siempre allí haciendo el memo cuando ella entraba, diciendo cosas cuyo grosero significado ella, sabiendo suficientemente el italiano, comprendía muy bien.

—¿Y ella?

—Cambió de café. Pero ellos fueron a buscarla al nuevo; la esperaron cerca del circo y le expusieron sus intenciones claramente.

—¡A saber cómo respondería perteneciendo a otra escuela! Es como pedirle a un gato que haga de buceador.

—Respondió cortésmente; comprendía bien a los hombres y, aunque se trataba de una simpatía que ella no compartía, les rogó amablemente que la dejaran en paz, porque tenía novio en Berlín.

—¿Y ellos?

—Uno de los hermanos Brioschi le dijo: «Escucha, cosaca, tú eres una…», y claramente pronunció el nombre que termina como un postre genérico vegetal, «nada de novio en Berlín, y si aquí estás con todos tienes que estar también con nosotros; somos los más guapos del lugar».

—Y ella ¿qué hizo?

—Nada, se alejó sin prestar atención a las palabrotas que le decían. Era extranjera y para trabajar necesitaba el permiso de la policía; sabía que si reaccionaba sería incómodo y desagradable para ella, una mujer.

—Entonces quiere decir que reflexionó, que es juiciosa.

—También los tigres reflexionan y son juiciosos, pero es mejor no irritarlos.

—Es cierto. Entonces estaba abriendo la lata de sardinas cuando llegaron los tres gemelos Brioschi. ¿Y después?

—Ella los miró, y no había que ser muy inteligente para comprender lo que habían ido a hacer. Incluso para una mujer que pertenece a la escuela justa, la violencia de tres hombres vulgares y odiosos da asco y miedo. Y si una, además, como Judita Maltzer, está inscrita, en cambio, en la escuela opuesta, la cosa se hace intolerable.

—Puedo comprenderlo. ¿Qué hizo ella?

—Tiró la lata de sardinas abierta por la mitad a la cara de uno de los tres gemelos, con la izquierda, y también a mano libre, sin carabina, tenía una puntería implacable, y le dio a uno de los Brioschi en pleno rostro llenándole los ojos de sardinas, mientras que con la derecha, agarró de debajo del catre que utilizaba para dormir una de las botas que usaba en la pista para espolear al caballo y apuntó a la cara de otro Brioschi, pero con la derecha, por desgracia, no era hábil, falló el tiro y el tercero le tapó la boca con su puerco pañuelo. Y luego, ya se sabe. Pero además la golpearon y, habiendo encontrado un bote de minio, le pintaron todo el cuerpo con esa pintura de color rojo naranja, con el peligro de que se muriese si ella, con las pocas fuerzas que le quedaban, no se hubiese limpiado inmediatamente como pudo, apenas ellos se hubieron ido.

—¿Cómo has sabido todos estos pormenores?

—Porque ella, a la mañana siguiente, se lo contó todo al director del circo.

—Pero tenía que haber ido a la policía, y no al director del circo.

—No, ella le dijo al director que era inútil ir a la policía. Que no quería. Deseaba simplemente volverse a su casa, es decir, a Berlín. Después de lo que le había sucedido, no podría trabajar durante mucho tiempo.

—Es comprensible. Y aquí nos hallamos en el quid de la cosa, ¿verdad?

—Exacto. Ella subió a su viejo Alfa con la roulotte detrás; a su lado tenía la Garand cargada, y esta vez no con balas de goma, sino auténticas siete sesenta y dos, y bajo el asiento llevaba diez cajas cada una de las cuales contenía cuarenta proyectiles del siete sesenta y dos. Puede disparar durante un mes entero más de quince balas al día, y para ella son suficientes, porque donde pone el ojo pone la bala.

—Pero ¿dónde se ha proporcionado esos cargadores?

—La policía dice que en Berlín Este.

—¿Y qué hace con ellos?

—Redondea el sueldo. Ella, con el circo, recorre toda Europa, incluso la oriental, y en los circos hay quien contrabandea máquinas fotográficas, medias, incluso drogas, y ella, con la excusa de su Garand, contrabandeaba cargadores. Siempre hay gente que quiere tirar tiros. ¡Ah!, olvidé decirte una cosa.

—¿Qué cosa?

—Que en su ejercicio, en el circo, disparaba con una mano sola: apoyaba en la cadera o en el pecho la culata de la Garand y disparaba. Con la otra mano se sujetaba sobre el caballo o tiraba el gorro de piel por los aires. Procura comprenderlo.

—Lo he comprendido, porque ya me lo has dicho.

—Vuelvo a decírtelo. Aguantaba el retroceso de la Garand con una mano sola y de tal modo que siempre daba en el blanco. Piensa que hay hombres que agarran la Garand con las dos manos, apoyando la culata en el hombro, pero que alguna vez tiemblan al potente retroceso del arma y por eso no aciertan nada.

—Bueno. ¿Quieres decir que sólo esa alemana puede hacer algo semejante?

—Sí, sólo esa alemana.

—Y entonces ella se paró ante el café de la plaza con su Alfa y su roulotte.

—No, no se paró. No lo has entendido. Ella, antes de llegar a la plaza, comenzó a tocar desesperadamente el claxon, de manera que todos salieron de las casas y de las tiendas, y todos se asomaron a las ventanas. Gorgonzola es una pequeña ciudad curiosa, y así, del café de la plaza, donde en los primeros tiempos iba ella a tomarse su «capuchino» (a los alemanes les gusta el «capuchino» con mucha espuma y encima chocolate en polvo), salieron todos los clientes, y en la primera fila los tres hermanos Brioschi, y entonces Judita Maltzer, todavía con algunas huellas de minio en la cara, apretó el acelerador; con la mano derecha sujetaba el volante y pasó por delante del café como un Ferrari que está lanzado, con la roulotte que amenazaba volcar, y con la izquierda sacó por la ventanilla la Garand, como si se encontrase sobre su caballo blanco con manchas negras y gritase: «Señoras y señores, espero que la canción les guste», disparó un tiro tras otro y uno tras otro se cargó, como si fuesen los farolillos de colores que las chicas en dos piezas sostenían en el circo, se cargó a los tres gemelos Bioschi, acertándoles a los tres, irremediablemente, casi en el centro de la cara. Solamente a ellos.

—Y los mató.

—Sería difícil encontrar muertos más muertos.

—Pero ¿cómo logró escapar?

—Gorgonzola es una ciudad tranquila. Ella, sin dejar de conducir a toda velocidad, comenzó a disparar al aire para asustar a la gente. Las calles se quedaron vacías. Un animoso guardia saltó a un coche que pasaba y ordenó al chófer que siguiera a la roulotte, y éste, voluntarioso y valiente, echó a correr tras la roulotte, pero al poco rato la roulotte se detuvo, Judita Maltzer se asomó con su carabina por la ventanilla del Alfa, disparó al chófer y al guardia y partió.

—¿Muertos? ¿Los dos?

—Los dos. Fueron cinco muertos en diez segundos. El tigre se había desencadenado. También lo ha dicho el médico que la curó.

—¿Qué médico?

—Desaparecida de la zona de Gorgonzola, al poco rato dejó el Alfa con la roulotte en el camino de herradura donde lo encontraron esta mañana. Robó un coche en las afueras de Lodi y de allí llegó a Crema.

Entonces buscó un médico. Subió a su casa con la carabina envuelta en un pequeño plaid y a solas con él se hizo curar. Tenía una fuerte hemorragia, digámoslo así, íntima. Se lo contó todo y le dijo que si la denunciaba antes de veinticuatro horas volvería para matarlo.

—¿Qué le dijo el médico?

—Dijo que habían hecho en ella una carnicería y que con aquella hemorragia no podría resistir ni medio día. Luego le dijo que sin duda se había vuelto completamente loca a causa de lo que le había sucedido. El médico, paternalmente, le aconsejó que se entregara a la policía y ella asintió. «Primero he de ir a Austria a ver a una amiga mía», dijo, no obstante. «No conseguirá llegar a Austria, la detendrán antes, piense con sensatez», le aconsejó el médico. Pero ella le enseñó la Garand. «Con esto llego adonde quiero», dijo al médico.

—Pero el médico telefoneó a la policía, no esperó las veinticuatro horas, ¿verdad?

—Así es. Telefoneó en seguida: no esperó las veinticuatro horas, como ella le había dicho. Y esto estuvo mal.

—Dime, ¿por qué estuvo mal?

Entonces el cansado, gordinflón, vejete y fláccido periodista que durante cuarenta y ocho horas, minuto a minuto, seguía la story de la alemana, uno de esos periodistas que no escriben casi nunca, pero que recogen noticias, rumores, roban fotografías, están apostados durante medias jornadas enteras ante una casa, o hacen la corte a una camarera cuarentona que huele a jabón de tocador con perfume de violeta —fijaos, de violeta— para saber algo sobre sus amos, el cansado periodista se levantó. Su voz sonó baja y amarga.

—Porque a los locos hay que decirles siempre que sí, y Judita Maltzer se había vuelto loca. Es posible que la cosaca hubiese logrado llegar a Austria, y hubiera sido mejor para nosotros, porque habría matado a menos personas. Pero las ha matado entre nosotros. Apenas el médico avisó a la policía, escuadrones enteros de carabinieri y agentes con jaurías de perros policía se lanzaron en su seguimiento. Y ¿cuál ha sido el resultado? Dos carabinieri muertos, dos policías agonizando, tres transeúntes en el hospital con heridas graves, y dos perros lobos, a los que les acertó en el morro a cien metros de distancia. Con una mujer así, loca, y llevando en la mano un arma de ese tipo y que sabe manejar de esa manera, el coraje y la habilidad de nuestros carabinieri y de nuestra policía, conseguirán, a la larga, echarle el guante, pero habrá demasiados muertos por medio, y todos se hubieran podido evitar dejándola que se fuera a Austria donde quería.

—Y ahora ¿dónde está?

—Al otro lado del río Oglio, en una pequeña alquería cerca de Orzonuovi, en el triángulo Crema, Cremona, Brescia. Tiene cuatro rehenes, los campesinos de la alquería, marido, mujer y dos hijas, al parecer mongoloides, es decir, subnormales. La alquería está rodeada por más de cien carabinieri, perros, radios y faros, pero no pueden moverse, y si se acercan demasiado dejan la piel y mata a los rehenes. A propósito, eso es un telefonema para mí que hace un cuarto de hora me ha enviado Guicciardino, que está allí, en la Alquería Brondana, que así se llama, con la policía: «Judita Maltzer ha hecho salir a un rehén, el campesino cabeza de familia, y le ha manifestado a la policía que si no la dejan libre antes de dos horas permitiéndole salir de la alquería y volver a Austria, matará a los cuatro rehenes, y luego a los que pueda mientras tenga balas y pueda disparar. Esto es lo que ha dicho el rehén, y luego regresó a la alquería. Si no hubiese regresado, ella habría matado a una de sus hijas. Los carabinieri quisieron dar al campesino un revólver para que le pegase un tiro a la loca al volver a la alquería, pero el campesino repuso juiciosamente: “Si no le hacemos nada, se portará bien y yo tengo mujer e hijas y no le hago nada”». Ahora tienes un buen tema para escribir por entregas para tu semanario, como el del loco de Tavazzano que quiso matar a un centenar de niños. A ver si lo escribes. —Rió fláccida y amargamente, con su fláccido rostro—. Mientras, ella va disparando.

Judita Maltzer disparó un tiro. Había visto él casco del carabinieri brillar al sol, a una distancia que no le gustaba, demasiado corta. No había ningún peligro, pero de vez en cuando disparaba para mantenerlos a distancia y porque sabía que aquel casco era sólo un truco para hacerle gastar balas. Ya eran ganas: tenía todavía casi cuatrocientas.

El problema no era éste: sentada en aquella ancha silla acolchada, cerca de la pared del rincón que dominaba las dos ventanas de la esquina y la otra al fondo en la enorme cocina, se daba cuenta de que la hemorragia la aniquilaba cada vez más. Había pedido algodón a la dueña de la alquería, pero la mujer no tenía; le dio paños blanquísimos porque era una buena mujer y no le tenía miedo a la Garand. Había visto toda aquella sangre y estaba asustada.

—Señora, tiene usted que ir a ver a un médico.

¡Oh, pobre señora! Aunque la detengan, siempre será mejor que morir.

El problema era importante, pero con el vino se sentía mejor. Tenía una botella en el suelo, junto a la silla y de vez en cuando se la llevaba a los labios, así, sin vaso, y era buen vino tinto italiano del campo italiano, y ya casi se había bebido la botella; había oído decir a los italianos que el vino tinto «hace» sangre, y ella tenía necesidad de mucha sangre.

Desde su rincón dominaba toda aquella gran estancia, que no era la cocina campesina abovedada: en las paredes había muchos armaritos desmontables y al fondo un diván tapizado con plástico floreado y cerca el mueble de la televisión. Las dos niñas, efectivamente mongoloides, con grandes ojos salientes, miraban la televisión. Daban un concurso para chicos ¿Quién lo sabe? y Febo Conti había preguntado a los chicos y chicas de los dos equipos concursantes que escribieran, en un máximo de tres minutos, el mayor número de ciudades italianas y extranjeras que comenzaban por la letra L. Las dos niñas no comprendían nada, ni siquiera comprendía nada el padre, el robusto campesino que estaba siempre cerca de las niñas, desde que ella se presentó en la casa. «Señor, ayúdeme, o dispararé a las niñas; ayúdeme usted también, señora», y la madre de las niñas no comprendía nada, de pie, ante la mesa, porque estaba planchando con una modernísima plancha eléctrica, como si estuviese tranquila, muy serena, y sin embargo era todo lo contrario.

Pero ella sí comprendía, aunque fuese extranjera, porque le vino a la memoria un nombre que comenzaba por L: Linz, donde vivía Gertrudis. ¿Por qué no dejaban que se fuera a Austria, a Linz? Sólo quería eso; luego se entregaría. Bebió otro poco de vino y luego, de pronto, con la izquierda, empuñó la Garand, apoyó la culata en el muslo izquierdo y apuntó a aquella cosa negra que, desde la ventana, vio acercarse por entre la hierba baja, al descubierto, y en seguida comprendió que era un sacerdote, luego lo creyó todavía más alto de lo que era porque avanzaba con las manos levantadas. Y comprendió también que le enviaban un parlamentario; había dicho: «Dentro de dos horas quiero una respuesta», y antes de que hubiese transcurrido el tiempo, casi una hora antes, llegaba el parlamentario. Bueno. Y luego vio, a medida que se acercaba, que el sacerdote tenía los cabellos muy rubios y muy largos, y antes de que el sacerdote se detuviera a pocos metros ante la Garand, comprendió que era alemán.

—Señorita Judita Maltzer —dijo el sacerdote, con las manos todavía levantadas, los cabellos alborotados a causa del tibio pero fuerte viento de aquel día de junio, en correcto alemán, pero con un marcado acento berlinés—. Pertenezco a la Iglesia católica alemana de Milán; he leído los periódicos, y he sentido mucha, muchísima compasión de usted y quisiera hablarle. Soy berlinés como usted. Déjeme entrar y hablarle, se lo ruego.

Ella miró al joven sacerdote, a aquellos ojos tan grises.

—¿Tiene algo que decirme de parte de los carabinieri?

—No —y el sacerdote sacudió la cabeza—. He venido aquí desde Milán por mi propia iniciativa. El comandante de carabinieri me ha autorizado a que viniera aquí a hablar con usted, bajo mi responsabilidad. Pero he de hacerle una proposición.

Lo miró aún: parecía un sacerdote que hace su oficio en serio, que cree.

—Ahora le haré entrar, padre, pero si es un truco de la policía, o si usted tiene alguna arma, aunque sean bombas de cloroformo, siempre seré yo la primera que dispare.

—Lo sé, señorita Judita Maltzer.

Ella siguió mirándolo, luego se dirigió al campesino al fondo de la estancia.

—Abra, se lo ruego, la puerta al padre.

El rubio sacerdote entró con las manos levantadas.

—Baje las manos, padre.

—Gracias, señorita Judita Maltzer.

Los alemanes, como es sabido, son muy formalistas.

—Usted, señora —dijo Judita a la campesina—, retírese allá al fondo con sus hijas.

Así, desde su rincón, podía dominar a los cuatro junto a la televisión y al sacerdote.

—Me llamo Peter Sutter, sé que usted es católica y cuando leí los periódicos pensé que era católica y berlinesa como yo, y que tenía el deber de ayudarla, de manera…

—Padre, basta ya. Sólo quiero saber lo que le han dicho los carabinieri.

—Señorita Maltzer. —El sacerdote era realmente muy alto, y ella había de tener muy levantada la carabina para apuntar a las partes vitales—. Ya le dije que la policía no me ha dicho nada. Sé sólo una cosa: no la dejarán salir de aquí. ¿Cómo puede esperar que toda la policía italiana ceda a sus pretensiones? Acabarán por detenerla y confío en que lo hagan sin que le den tiempo para matar a sus rehenes.

—¿Así que la respuesta de los carabinieri es no?

—Yo no soy carabinieri; soy un sacerdote, pero ni que decir tiene que la respuesta es no —y ahora el sacerdote hablaba secamente con una inflexión berlinesa cada vez más acentuada—. ¿Qué pretende, que se sometan y le digan: váyase tranquilamente, después de haber matado a una docena de personas?

No le hacía sermones de carácter religioso. A una mujer con una Garand hay que hablarle con sentido práctico.

Ella pensó que en su oscuro mundo de desesperación, de furor y de locura, todavía funcionaba el mecanismo reflexivo alemán.

—Padre, usted dijo antes que tenía una proposición que hacerme —habló después de haber reflexionado. Tomó la botella, pero estaba vacía—. Señora —se interrumpió—, tráigame más vino.

En Italia dicen que el vino «hace» sangre.

La campesina se levantó del diván, se dirigió a un armarito y sacó una botella de vino, la destapó y la dejó en el suelo al alcance de ella, y volvió luego al lado de sus hijas, en el diván. Oía a los dos hablar en alemán y no entendía nada, pero adivinaba que el sacerdote había ido a convencer a la mujer de la carabina.

—Sí, señorita Maltzer —decía el sacerdote—. Mi respuesta es esta: deje en libertad a estos pobrecillos y téngame a mí como rehén. Cuatro rehenes son demasiados, uno es mejor, y la policía nunca le disparará, temiendo herirme a mí, un sacerdote. Podrá usted salir de aquí detrás de mí, porque yo la protegeré, y quién sabe, tal vez consiga cruzar el cerco y hacer que pierdan sus huellas…

Mientras él hablaba, ella había bebido varios sorbos de la botella. La dejó en el suelo.

—Tal vez tenga usted razón —dijo—. Dígale a esa gente que está libre, que salgan y se reúnan con los carabinieri.

Se quedó mirando a los cuatro, que, con gran excitación, guiados por el sacerdote, salían de la alquería. Desde la ventana los vio correr, todavía incrédulos, hacia el cordón formado por los carabinieri, a más de doscientos metros de distancia. Luego vio volver al sacerdote.

—Le doy las gracias, señorita Maltzer.

El joven sacerdote tenía los ojos brillantes y la voz ronca por el llanto. Había salvado cuatro vidas.

—Váyase usted también —dijo Judita.

—Yo soy su rehén —repuso él: era un alemán testarudo—, le he prometido ser su rehén y quiero serlo.

—No necesito rehenes. —No necesitaba nada: estaba muriéndose y lo sabía—. ¡Váyase, antes de que le dispare! —y disparó un tiro pero, calculadamente, a unos centímetros del brazo del sacerdote, que, aunque era animoso, se sobresaltó—. Salga, padre Peter.

Quizás era verdad que el vino tinto italiano «hacía» sangre, pero debió de obrar con retraso. Estaba empapada en sangre. Desde la ventana contempló al sacerdote que, también él, cruzaba aquel prado tan verde, pero lentamente, volviéndose de vez en cuando a la alquería. Después bebió de nuevo, y cuando el sacerdote hubo desaparecido comenzó a disparar, a ninguna parte y por toda la casa y ventanas afuera, y cuando terminaba un cargador bebía un poco de vino y ponía otro en el arma: disparar le distendía los nervios.

Un periódico usó estos titulares: «Murió disparando».

 

 

6

ESTACIÓN CENTRAL MATAR INMEDIATAMENTE

 

Era un miércoles por la tarde, y eran casi las cuatro de aquella tórrida tarde de mediados de mayo, más cálido aún que el verano, y él sacó el revólver de la cartera de piel que tenía bajo la almohada, se lo metió en el bolsillo de los pantalones —así, sencillamente—, salió de la habitación número 14 del hotelito próximo a la plaza del duque de Aosta y, tranquilo, dominador, con aquel cuerpo poderoso, bajo el bochorno y el polen que volaba por el aire haciéndolo todavía más irrespirable, llegó a la Estación Central.

La Estación Central de Milán es de suyo un planeta; es como una reserva de pieles rojas en medio de la ciudad. A él le gustaba. Iba allí cada semana desde hacía más de dos meses, subía en la escalera mecánica y llegaba a la galería superior. Compraba un par de periódicos y revistas, y luego se iba al fondo, al bar, y miraba de vez en cuando el reloj: la cita era a las cuatro cuarenta, hora de llegada del tren procedente de Ginebra.

También hizo lo mismo aquel miércoles: subió en la escalera mecánica y apenas hubo llegado a la galería superior, se fue al quiosco, tomó un diario de la tarde y, tranquilo, dominador, leyendo los últimos acontecimientos de Grecia y la última hazaña no lograda de un coche que quiso adelantar a otro, con siete, y, muertos, entró en el bar al fondo de la galería y pidió un «gingerino» porque cuando trabajaba, cuando estaba de servicio, era abstemio.

—Que no esté helado —explicó, porque le desagradaban las bebidas heladas.

Y miró en torno suyo.

Aunque afuera, en plena tarde, hacía un sol de justicia, allí, en aquel bar, había siempre aire nocturno; todas las luces estaban encendidas. Allí podía uno estar varias horas, a medianoche, a mediodía, al alba, al crepúsculo, siempre había el mismo clima de local nocturno: lleno el mostrador de los bocadillos y tostadas, lleno también el mostrador del bar de personas sedientas y apresuradas que se precipitaban allí a beber. Ocupadas todas las meses por gente que esperaba: esperaba muchas cosas, unos un tren, otros un amigo, quien un mediador para llevar a cabo un negocio, quien una chica que trabajaba para él en los cercanos hotelitos.

También había policías. Él, Domenico Barone, reconoció fácilmente a dos: uno fuera del bar, que deseaba aparentar un inofensivo e inocente emigrado del Sur, pero a quien le traicionaba la hinchazón de la parte derecha de su chaqueta ceñida, hinchazón debida a una Beretta de reglamento. El otro estaba dentro del bar y hablaba con una señora de edad que le había preguntado dónde podía encontrar un hospedaje económico para una noche. La viejecita debería de tener unos setenta años y el policía la condujo fuera del bar y la llevó hasta la oficina de información. Le vio desaparecer entre la multitud.

Bueno. Eso de que hubiera mucha gente estaba muy bien. Cuanta más hubiese, mejor. Bebiendo el «gingerino» siguió leyendo el periódico y mirando el reloj. A las cuatro cuarenta leyó que un anciano de ochenta y nueve años se había suicidado arrojándose desde un quinto piso. «Podía haber esperado un poco —pensó él, Domenico Barone— y se hubiese evitado el trabajo de encaramarse en el balcón». Todo el mundo era demasiado impaciente. A las cuatro cuarenta y cinco vio entrar solo al policía que había acompañado a la viejecita a la oficina de información. A las cuatro cuarenta y seis leyó, pero muy por encima, que se había reanudado la huelga de los sepultureros. A las cuatro cuarenta y nueve miró por un momento a una muchacha con pantalones y chaqueta de color naranja, con una maleta de color turquesa y todos los relieves anatómicos perfecta y visiblemente en su sitio.

A las cuatro cincuenta y uno siguió, de soslayo, al policía que atravesaba la sala, echando rápidas y profesionales ojeadas a todos, y también a él, pero a él los policías no le daban miedo. Eran buenos chicos, y por principio nunca eran los primeros en disparar, todo lo más soltaban alguna bofetada si lo detenían a uno, pero los pobrecillos no debían detener a muchos porque nunca conseguían detenerlos a todos, y los que se quedan fuera son siempre los peores. El policía le pasó delante y lo miró como si le desnudase con la mirada el alma y el cuerpo, y luego se fue. Al parecer tenía un aspecto bastante bueno. Incluso los lentes (de simple cristal porque veía muy bien) le daban el aspecto de un empleado importante, capataz de una gran industria.

A las cuatro cincuenta y siete vio al amigo: aquella vez el tren de Ginebra había llegado con retraso, y él venía con su inocente maletita cuadrada de metal, su cuerpo flaco y un poco encorvado, la cara huesuda y brillante de sudor. Lo vio dirigirse a la caja, mientras fingía leer el periódico y, como otras veces, acercarse luego a la barra, pedir un café, dejar la maletita en el suelo, y todo sin mirar en torno suyo, muy bien, como si no se conocieran, como si no se hubiesen visto nunca ni hubieran oído hablar uno del otro. En cambio, lo había visto muy bien.

El amigo bebió el café apresuradamente y mientras lo bebía se acercó a él, pero, apenas estuvo cerca, el amigo se marchó a toda prisa habiendo dejado la maleta en tierra. Él la tomó como si fuese suya, y, en medio de toda aquella multitud, ni siquiera el policía pudo saber o comprender nada, porque el amigo que voluntariamente la había dejado desapareció para esconderse en el tren que, poco después de las cinco de la tarde, parte para Ginebra. Y con la maleta en la mano salió del bar.

En la jerga técnica esto se llama «traspaso a riesgo calculado». En efecto, este traspaso de mercancía, digamos ilegal, es más bien peligroso. Después de una, dos o tres veces, un buen policía que le observe a uno puede darse cuenta de la maniobra, y entonces todo se va al diantre. Por esto, en romano, se le llama «ni visto ni oído», y cuanto más rápidamente se efectúe el traspaso de la maletita o del paquete, menor es el riesgo.

Era, por tanto, arriesgado, pero también esta vez salió bien, y él, Domenico Barone, con la maletita, entró en el hotel, en su hotelito de tercera pero limpia categoría, sin mujerzuelas y sin jovenzuelos demasiado sagaces. Era un hotelito para viejos, una especie de asilo para valetudinarios.

Y encerrado en la habitación abrió en seguida la maletita. No era fácil. No había llaves. Era una cerradura de muelles, a presión, pero era necesario Saber dónde estaba el muelle que había que apretar. Él lo sabía, apretó y se abrió la maletita.

Esta vez eran dólares. La semana anterior habían sido libras esterlinas, y la otra semana francos suizos. Ahora eran billetes de cien dólares, en un espesor de seis centímetros y un área de 24 cm por 28 cm. Allí dentro había no menos de cincuenta millones de liras italianas, en dólares. Por lo demás, sabía que el mínimo de los traspasos era más o menos aquella cifra, pero aunque hacía ya meses que efectuaba aquel trabajo, todavía no estaba habituado. Una maletita del tamaño de un volumen de enciclopedia, con aquellos millones en moneda extranjera, siempre le producía impresión. Es más, quería ser sincero consigo mismo: siempre había sentido el deseo de largarse con la maletita y la rubia, en lugar de «traspasarla» al dueño de aquel dinero.

Pero eran pensamientos que trataba de evitar, y no pensar, porque aquellos que movían todo aquel dinero no eran unos estúpidos. Sabía claramente que si intentaba quedarse con uno solo de aquellos billetes de cien dólares, dos días después le encontrarían a él en la mesa de mármol del obitorio, con el billete por gastar todavía.

Cerró la maletita y salió de la habitación llevándosela consigo. Se palpó con placer el revólver que llevaba en el bolsillo derecho de los pantalones, porque no era zurdo, y salió al salón donde había una cabina telefónica. El salón estaba lleno de ancianos —cuya edad, sumada, alcanzaría desde los tiempos de la fundación de Roma a nuestros días— que estaban mirando en la televisión, juvenil y deportivamente, un partido de fútbol, pero aguardando la proyección de una película de la famosa y vieja serie del mulo parlante.

A la cabina no llegaba rumor alguno. Metió una ficha, marcó un número, esperó que el aparato transmitiese una sola llamada, es decir, que en el número que había marcado se oyese un solo timbrazo y colgó inmediatamente. Un momento después, el aparato hizo un clic y escupió la ficha. La recogió y volvió a colocarla en la hendidura. Marcó el mismo número y esperó: esta vez dos señales. Un instante después de la segunda señal colgó de nuevo. Esperó un momento, sonó de nuevo el clic y el aparato volvió a escupir la ficha. Otra vez la metió por la rendija, por tercera vez marcó el número y esperó solamente una señal, luego colgó bruscamente, esperó la caída de la ficha, se la metió en el bolsillo y salió de la cabina, chorreando sudor por haber estado allí encerrado y por la tensión. Pero ya estaba hecho.

Esta era la «comunicación muda», porque había también las habladas. Se mete la ficha, se aguarda una llamada y luego se cuelga. Si hubiese llamado esta vez, sólo una, y ya no hubiera llamado más, habría querido decir: «El amigo no ha llegado». Si después de haber sonado el teléfono una vez hubiera vuelto a llamar con dos timbrazos y nada más, sin volver a marcar el número, habría querido decir: «El amigo ha llegado, pero no ha traído nada». Y si, como había hecho, una con una llamada, una con dos y otra con una, quería decir: «El amigo ha llegado, ha traído la cosa, la he recogido y controlado, venid a buscarla». Porque con este traspaso a riesgo calculado, hay que estar muy atento; más tarde o más temprano hay siempre un policía que le observa a uno, y cuanto menos se conocen los traspasadores menos se habla y es mejor. Además, aquellas llamadas mudas resultaban económicas: hacía casi tres meses que usaba la misma ficha. Al número al cual telefoneaba debía de haber un tipo astuto que estaría todo el día pegado al teléfono para oír aquellas llamadas.

Salió del hotel a la calle Vitruvio, casi al lado de la plaza Lima. Entró animosamente, aunque sudando a causa de la bochornosa tarde milanesa, en el corso Buenos Aires, directo hacia el centro. Pensaba que nadie podía imaginarse lo que pesaba la maleta con cincuenta millones de liras en dólares. Pero había que llevarla tranquilamente, y si se daba el caso de que lo seguía un policía, disparar. Y él era muy rápido.

Al mismo tiempo había que ser despabilado y estar siempre en medio de la multitud, por las calles más concurridas, por las tiendas más abarrotadas de gente: un pobre policía que siga a uno a la Rinascente, por ejemplo, un sábado, es mejor que se vaya a dormir a su casa, porque en cuatro minutos se pierde al que debía seguir. Así iba él, si no a la Rinascente, al supermercado de la calle Regina Giovanna, donde es posible confundir bastante bien las ideas de los representantes de la ley, la justicia y la moral. Y con su paso, plácido pero dominador, llegó muy pronto. Había mucho sol afuera y mucha luz fluorescente dentro, y mucha gente, casi todas mujeres, la mayoría con niños, pero también jovencitos y ancianos que iban de compras por cuenta de la mamá, la mujer o la nuera.

Tomó un carrito y puso la maleta en el fondo no dándole importancia; en realidad sólo eran unos millones, no el tesoro de la Banca de Italia, y comenzó por el pasillo de las verduras y los fiambres. Tomó dos pifias para Olimpia y luego dos redecillas llenas de hermosas naranjas: por la noche Olimpia y él bebían zumos a gogo, ella se levantaba y exprimía todo lo exprimible que hubiera en la casa, pifias, naranjas, limones, toronjas, le ponía hielo y agua mineral, bebían y volvían a dormirse como tontos.

Luego, pero más adelante, tomó también unas bolognette —esas pequeñas mortadelas de Bolonia— porque Olimpia no sólo vivía de zumos, y tomó también salamelle de Módena y mientras se disponía a tomar unos salchichones de Parma, se dio cuenta en seguida de que el amigo había llegado: era el astuto gordezuelo y jovial que acudía a buscar aquello.

Cuando se vieron, ambos dejaron el carrito en el pasillo de las verduras y los fiambres y se alejaron poco más de un metro, él con la maletita en la mano, fingiendo elegir en la estantería de las conservas. Eligió dos grandes botes de espárragos en lata: sabía lo que le gustaba a Olimpia; luego dejó la maletita en el carrito del amigo que aparentaba elegir habichuelas verdes toscanas, pero que seguía sus movimientos con el rabillo del ojo, y después de haberse librado de aquella maletita, depositó los botes de espárragos en su carrito, se alejó rápido, pero tranquilo, de su amigo que ya se llevaba la maletita, se dirigió a la caja, pagó y salió con su paquete de compras, sudando un poco menos, ahora que se había librado del tesoro y tenía por delante una semana para hacer el amor con Olimpia porque a ella, con aquel aire frágil de rubita recién salida del colegio, no le gustaban sólo los zumos, las bolognette o las salamelle de Módena, sino los tipos como él, que pesaban el doble que ella.

Se fue con su paquete, siempre a pie, por la via Nino Bixio, a aquel hermoso edificio nuevo cerca de la Via Pisacane. La portera le sonrió amablemente. Sabía que no era el marido de la señorita Olimpia Ressi, porque las señoritas son señoritas, precisamente porque no tienen marido, pero diez mil liras de propina al mes bastan para hacer sonreír a las piedras. Entró en el ascensor, subió al quinto piso, abrió la puerta del apartamento —tres habitaciones con un solo servicio— y se fue directo a la cocina a depositar el paquete. Sólo eran las siete menos cuarto, y todavía hacía sol: era una grande y bella primavera, y Olimpia no llegaría antes de las siete y media, de regreso del lugar donde trabajaba como enfermera secretaria, y que se llamaba con un terrible nombre: Instituto Audiométrico para el Estudio, Control y Corrección de la Hipoacusia. Prácticamente vendían aparatitos a la gente débil de oído, pero se daban tono con este título.

Usó del tiempo en tomar un baño, afeitarse y prepararse un coñac con zumo de limón, y cuando ella llamó al timbre, la dejó apenas entrar y cerrar la puerta. Luego la estrechó contra la puerta cerrada, y mucho más alto que ella, mucho más ancho que ella, fue como si Olimpia desapareciese.

—Una semana más y todo se acabó —le dijo. Le impidió responder, ahogándola con un beso, luego añadió—: El miércoles próximo paso la última maleta. Cuando el amigo me traiga la maleta desde Ginebra y la lleve al supermercado y la entregue al otro amigo, este otro amigo me dará en el supermercado el sobre. Son cinco millones, Olimpia.

De nuevo le impidió cualquier respuesta, sofocándola otra vez.

Era sábado por la noche. Se le había metido en la cabeza llevar a Olimpia primero al cine, a ver La notte dei generali, porque a ella le gustaban los filmes fuertes. Bajó de su habitación del hotelito de los milenarios, y el chico que estaba tras el llamado bureau, le entregó una carta.

—Es para usted.

Por la calle, mientras se dirigía al café donde se había citado con Olimpia, abrió el sobre. Dentro había una postal con una vista de Génova, corso Italia, cerca de Boccadasse. En la postal había escritas cuatro palabras en una frase que no tenía ningún sentido. Las cuatro palabras eran: «Statista centellino ammanierato subappalto».

Se detuvo para releerlas mejor, un poco para reírse de aquella frase incongruente, y también para estremecerse de miedo, porque cuando llegaba uno de estos mensajes no cabía más que temblar de terror. Luego regresó inmediatamente al hotel y a su habitación. Sacó de la maleta uno de esos viejos vocabularios encuadernados en tela roja, editados por los Hermanos Treves inmediatamente después de 1900: allí estaba la clave. Con la postal delante, una hoja de papel y un bolígrafo de punta fina, comenzó a descifrar la primera palabra. La primera palabra de las cuatro del mensaje era «statista». Entonces buscó en el vocabulario la palabra «statista», luego, comenzando por esta palabra a lo largo de la pequeña columna de los vocablos, al llegar al duodécimo se detuvo. El vocablo era «Stazione».

Repitió el mismo trabajo con la palabra «centellino». Bajó de palabra en palabra doce vocablos, y se detuvo en el duodécimo. El duodécimo vocablo era «centrale».

Hizo la misma operación con «ammanierato» y en el duodécimo halló la palabra «ammazzare», y con «subappalto», al duodécimo, halló «súbito». Por tanto, el texto descifrado del mensaje era: «Stazione Centrale ammazare subito»[1].

A él, estos mensajes en clave (antes había recibido otros dos) siempre le habían divertido un poco porque se daba cuenta de que a un buen descifrador de los servicios secretos le habría bastado media jornada para intuir el mecanismo de la criptografía, que era bastante transparente. En efecto, el comienzo de las palabras que había que descifrar era igual para las cuatro palabras del mensaje descifrado. «Statista» comenzaba como «Stazione», «centellino» empezaba como «centrale», «ammanierato» como «ammazzare» y «subappalto» como «súbito». Pero en su ingenuidad había que reconocer también cierta astucia del sistema, sobre todo en el hecho de que el vocabulario-clave tenía más de sesenta años. Incluso el más hábil criptólogo se habría visto en graves dificultades en la localización de una «clave» tan vieja e insólita. Dejando esto aparte, Domenico Barone releyó una docena de veces «Estación Central matar inmediatamente», y comprendió muy bien de qué se trataba y lo que le pedían. Cuando se lo hubo aprendido de memoria, probablemente para siempre, se fue al cuarto de baño, rompió el sobre, la postal y el papel que le había servido para descifrarla, y lo arrojó todo al water. Se tocó el revólver en el bolsillo de la derecha de los pantalones, pero ya sin alegría como había hecho otras veces. Maldición, ¿por qué había tenido que meterse entre aquella gente? Por cinco millones de liras italianas. Por cinco millones uno se juega la vida, se fastidia para siempre y ni siquiera puede gozar de ellos.

Aquella noche, después de haber llevado a Olimpia al cine a ver La notte dei generali, donde Peter O’Toole descuartizaba a las mujeres, y a comer la pizza de Di Genaro, en el lecho trató de que Olimpia comprendiera lo que estaba sucediendo. Olimpia era una chica inteligente, no vivía solamente de zumos, de mortadelas y pizza y de hombres dominadores. También sabía pensar —él lo había advertido muchas veces—, incluso mejor que él.

—Se trata de contrabando de divisas, ya lo sabes —comenzó a explicarle, teniendo encima casi medio cuerpo de ella, porque la verdad era que estaba inquieto, pero el cuerpo de Olimpia era una de esas cosas que atenúan mucho, muchísimo, la inquietud—. Pero no de unos pocos millones de vez en cuando. Aquí todo está organizado como el trabajo en cadena de la casa Fiat. Aquí yo soy uno de los muchos que hacen el traspaso, y quién sabe cuántos son en cada ciudad, y quién sabe cuántos traspasos se hacen de este dinero: yo me supongo que dan la vuelta al mundo. A cada cotización de bolsa parten docenas y docenas de millones, de una parte a otra de Europa, y al fin hay un movimiento de centenares de miles de millones.

Se sentó en la cama y comenzó a beberse un vaso de zumo de piña.

—Y están mejor organizados que el servicio de espionaje inglés o estadounidense. Lo saben todo de todos sus hombres y todos estamos vigilados unos por otros. Por ejemplo, el amigo que me lleva el dinero a la Estación Central me vigila a mí, pero yo también debo vigilarle a él. El mes pasado me transmitieron una comunicación telefónica hablada. ¿Sabes lo que me dijeron? Pues esto: «Debes decirle que se corte bien el pelo; no queremos melenudos, llaman demasiado la atención». Y se lo dije, y él se cortó el pelo en seguida.

—Pero con ese mensaje ¿qué quieren de ti? —le preguntó ella.

—El mensaje dice: «Estación Central matar inmediatamente», y quiere decir que el miércoles, cuando llegue el amigo de Ginebra con el dinero, he de tumbarlo patas arriba, y este es un trabajo que no me gusta. A mí, si me atacan, disparo, pero no disparo en frío a uno que no me ha hecho nada, porque a mí ese espárrago con nariz en forma de pico en una cara que es todo hueso, no me ha hecho nada.

—Pero ¿por qué quieren matarlo?

—Esto es fácil de comprender. Sin duda ha tramado cualquier faena; tal vez se ha quedado con dinero, o quizás haga el doble juego con la policía que está esperando que caigan los peces gordos y han dicho: «mátalo».

—¿Quién lo ha dicho?

—Yo qué sé —replicó él tomando del suelo la botella con el zumo de pifia y bebiendo dos largos tragos—. Yo conozco a tres y sólo de vista, y los he visto siempre a oscuras. Al primero lo vi a medianoche en un banco de la plaza de Napoli: ya puedes imaginarte con qué luz. Me ofreció el trabajo y me preguntó si aceptaba. Yo no lo pensé un segundo siquiera: me daba un millón inmediatamente, y cinco a mediados de mayo, terminado el trabajo. Cuando oigo la palabra millón digo siempre que sí. Entonces él me explicó todo lo que debía hacer, todos los sistemas de comunicación que había de emplear con ellos, desde las llamadas mudas por teléfono a las habladas y las postales en clave. Luego me dio el millón, billete sobre billete, y me dijo: «Obedece y no pienses en largarte con este dinero y esconderte: te encontraremos aunque vuelvas a la barriga de tu madre». Esta frase me impresionó: comprendí que con esa gente no se podía bromear, y en efecto no he bromeado nunca. He hecho siempre todo lo que me han pedido. Por la fuerza, porque no había manera de elegir.

—¿Y los otros dos?

—Son los amigos que vienen de Ginebra con paquetes de dinero. De Ginebra viene siempre el de la nariz ganchuda. En Milán entrego la maleta a un jovenzuelo gordo y jovial. No sé nada más, ni su nombre ni dónde viven. Si la policía me detiene, yo, aunque quiera, no podré decir nada porque no sé casi nada. Sé solamente un número de teléfono, y aunque dé el número a la policía, los policías no encontrarán nada: ellos no estarán al teléfono para dejarse agarrar.

Olimpia saltó de la cama, con su suelto y abierto camisón rosa, tomó del suelo la botella de zumo de naranja, comenzó a beber y luego dijo:

—¿Qué pasa si no lo matas?

—En primer lugar —repuso él, incorporándose y sentándose en el lecho, dominador y con el velludo tórax desnudo—, he de telefonear para dar la conformidad, y decir que haré lo que me han dicho. Si no doy la conformidad, me mandarán a un par de amigos y mañana por la tarde, si estuviésemos casados, quedarías fulminantemente viuda.

—¿Llevan tan lejos las cosas? —preguntó ella, dejando en el suelo la botella de zumo de naranja—. ¿Matan como en las películas?

—Peor. Tú no entiendes el lado concreto de la cuestión. En cada «traspaso» se mueven docenas de millones de liras. Yo solo, en tres meses, he hecho una docena de estos traspasos, pero soy el último mono de la organización, el recién llegado, y hay centenares de personas, y entre ellas debe de haber banqueros con un nombre tan gordo como un castillo, industriales que se ahogan en millones. Cuando hay por medio todo ese dinero, ese río de millones, la vida de un hombre vale menos que la de una mosca.

Ella volvió a meterse en la cama a su lado.

—A mí me parecen un poco estúpidos. Te obligan a matar a uno en la Estación Central, con todos los policías que hay allí. Te detendrán en seguida y cuando estés preso, acabarás diciendo algo a la policía y será peor para ellos.

Él sacudió la cabeza y habló con el cigarrillo en los labios.

—Todavía no lo has entendido. Claro que no quieren que me detenga la policía. Cuando telefonee la confirmación, me dirán lo que debo hacer.

Olimpia estuvo reflexionando durante muchos segundos. Luego dijo:

—Entonces da la conformidad en seguida, y a ver qué te dicen.

—¿Ahora?

Ella saltó de la cama y le tendió la mano.

—Ven —dijo sacándolo de la cama, él con los slip de playboy, y se lo llevó al recibidor, donde estaba el teléfono.

Hada calor. Le produjo una sensación de placer el frescor del suelo en los pies desnudos. Marcó el número. Dejó pasar sólo una llamada y cortó la comunicación. Volvió a marcar el número, dejó sonar dos llamadas y colgó. Por tercera vez marcó el número, y cuando hubo llamado una vez, volvió a colgar. Luego, a la cuarta vez, marcó el número y esperó, sin cortar la comunicación. Era el sistema para una comunicación «hablada». A las pocas llamadas se oyó, al otro lado del hilo, una para él conocida voz de hombre que decía:

—Dígame.

Él, levantándose el slip que se le estaba cayendo, y mirando a Olimpia, dijo:

—Recibido, confirmo.

La voz repuso:

—Escucha.

Él escuchó. La explicación no fue larga: duró menos de un minuto. Luego colgó.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó ella.

Él se sentó en slip en la banqueta del recibidor; estaba cabizbajo y miraba las vetas del mármol amarillento del suelo.

—El miércoles, antes de ir a la Estación Central, he de estar en Via Aporti, en el lado de la estación, y alguien me entregará una cajita —respiró con fuerza—. Una cajita del tamaño de un libro.

—¿Qué habrá en la cajita? —preguntó ella.

—Algo peor que una bomba de plástico —repuso él—. Hay una pequeña mina antihombre. Apenas se abre la caja, estalla, y el hombre queda pulverizado. Si de él se encuentra un dedo, será mucho.

También ella respiró con fuerza.

—¿Y qué piensas hacer?

—He de tomar la caja e irme, como todos los miércoles, a la Estación Central, y cuando llegue el flaco y me entregue la maleta yo he de darle la caja.

—Pero tal vez sospeche cuando le entregues la caja. Si ha cometido algo, recelará.

—No, ya en otras ocasiones le he pasado cajas semejantes. Han estudiado bien la cosa. En las cajas que pasé entonces había brillantes. También los brillantes son una buena inversión, al otro lado mismo de la frontera.

—¿Y qué sucederá luego?

Ella, siempre más bien rubicunda, tenía la cara un poco pálida: mejor dicho, lívida.

—Sucederá que él tomará la caja y echará a correr al tren que lo lleva a Ginebra y que está a punto de partir, porque los horarios han sido calculados al minuto. Subirá al vagón y apenas el tren se ponga en marcha, se irá al lavabo y se encerrará dentro. Cree que en la caja hay brillantes y que ha de sacarlos de la caja para esconderlos. ¿Y sabes dónde los esconde? Es de risa las cosas que piensan —y rió, pero amargo y desesperado—, en una cajita de supositorios de glicerina. Quita los supositorios de glicerina y pone dentro dos o tres brillantes, o uno solo, según el tamaño. Es difícil que en la aduana se les ocurra mirar en una caja de supositorios de glicerina. Algún día lo harán, pero hasta ahora la cosa ha ido bien. Entonces se encerrará para hacer este trabajo de esconder los brillantes, pero apenas haya abierto la caja, estallará todo. Creo que incluso podrá hacer descarrilar el tren si lleva mucha velocidad.

Se quedaron sentados en la banqueta durante más de un minuto, es decir, casi dos minutos, y luego él dijo:

—¿Y sabes lo que hay de diabólico en este plan? Ahora lo pienso. Que la policía pensará en un atentado por causa del cisco del Alto Adigio. La mina antihombre es un instrumento de guerra, y no es fácil relacionarlo con un contrabando de divisas o de piedras preciosas.

Hubo otro minuto de silencio, como si se tratara de conmemorar a un héroe muerto en el campo de batalla. Luego ella dijo:

—¿No podrías evitar este trabajo?

—No —repuso él.

—¿Por qué?

—Porque me matarían.

—¿No podríamos huir, escondernos un tiempo? Tengo algo ahorrado y estoy cansada de trabajar en esa tienda de cosas para sordos. Tengo en Bolonia dos tíos más altos y grandes que tú y te acogerían y defenderían.

Comenzaba a temblarle la voz.

—Recuerda lo que me dijeron al principio —repuso él—. «No bromees, te encontraremos aunque vuelvas a la barriga de tu madre», y no me gusta esta frase.

—Y a mí no me gustan los asesinos.

Y ella, Olimpia, se echó a llorar, apretando los dientes, sofocadamente.

—Y a mí no me gusta que me maten —replicó él.

—Entonces ¿harás lo que te han dicho?

—No tengo elección. O lo hago —explicó él, tranquilo a pesar de su desesperación—, o será mejor que me pegue un tiro en seguida, aquí, ahora. Por lo menos me mataré yo y no tendré que vivir en la angustia de que me maten ellos.

—¡Oh no, no, no! —exclamó ella y se echó sobre él y lo estrechó por los fuertes hombros—. No quiero que mueras.

Miró el calendario. Era miércoles. El último miércoles, luego habría terminado aquel trabajo. Eran algo más de las tres y media: salió de su habitación y bajó al salón del hotel, donde cuatro o cinco milenarios estaban charlando de acontecimientos prehistóricos, y donde estaba también la cabina telefónica. Puso una ficha y marcó el número de Olimpia.

—Hola —le dijo, apenas oyó su «dígame»—. Ahora salgo, no tengas miedo. Ve tú con el coche por la calle Regina Giovanna, por la parte del supermercado. Llegaré un poco después de las cinco. Estate tranquila.

—No estoy tranquila.

—No llores y estate tranquila. Este es el último traspaso que haré: me darán los otros cinco millones y se acabó ya todo. Ya no me meteré más en aventuras semejantes. Estate tranquila, Olimpia, niña mía —y sólo oyó su llanto—. Adiós, cuelgo; a las cinco en el supermercado.

Colgó y salió, saludó a la dueña del hotelito, que estaba detrás del bureau, acaso desde sus doscientos años, salió y se fue a pie. Le gustaba caminar, aunque hacía calor y aunque estaba temblando de miedo, recorrió la calle Vitruvio hasta la Ferrante Aporti, donde está Correos, y allí vio en seguida al hombrecillo grueso y jovial a quien ya conocía, junto a la papelera fijada al farol, y que inmediatamente dejaba algo en la plateada papelera y se alejaba. Inmediatamente él se acercó a la papelera y sacó aquello mientras el gordezuelo, que estaba a unos metros de distancia, veía esta operación y se alejaba luego.

Aquello era un paquete cuadrado como una caja de bombones, de esas que uno lleva cuando va a comer a casa de unos amigos. En cambio, dentro había una mina antihombre. Durante la guerra aquellas bombas eran anchas como una pizza napolitana grande, pero el progreso las ha hecho manejables y se llevan por ahí como un paquete cualquiera.

Y él se la llevó a la estación próxima. Subió en la escalera mecánica, compró un par de revistas de gran formato para disimular mejor la caja, y se fue al bar. No eran todavía las cuatro. Había llegado demasiado pronto. Tuvo que esperar, mirando a un lado y otro de la galería, bebiendo de vez en cuando un «gingerino», hasta las cinco menos diez, cuando compareció en el bar el hombre flaco de nariz corva con su maleta. Estaban los dos policías de costumbre, pero no era esto lo que le preocupaba, y se acercó en seguida al hombre flaco que había dejado la maletita en el suelo: lo tocó como por casualidad en un brazo y le traspasó el paquetito que él recogió en seguida. Luego se inclinó, tomó la maleta del flaco y se fue rápidamente.

También el flaco, con su paquete en la mano, bebió a toda prisa su café y echó a correr a su tren, el directo Milán-Ginebra, que estaba a punto de partir. Subió a un vagón semivacío y esperó, siempre con el paquete sobre las rodillas. Diez minutos después de que hubiese arrancado el tren, se levantó, se fue al lavabo, se encerró dentro, quitó la elegante cinta que ataba el paquete, luego comenzó a quitarle el envoltorio de papel; eran paquetitos que conocía muy bien, llenos de pequeños pero auténticos brillantes, y cuando hubo quitado todo el papel, él y medio vagón se hicieron trizas. Todo el tren se estremeció y por milagro el vagón no se salió de los rieles, pero una estudiante milanesa que iba a pasar las vacaciones en casa de una amiga suya suiza, resultó hecha pedazos: estaba en la plataforma, esperando ante el lavabo.

Mientras tanto, él, Domenico Barone, con la maleta, había salido ya de la Estación Central, atravesado la plaza, entrado en la calle Vitruvio y llegado al hotelito. Subió a su habitación y se sentó en la cama, con la maleta en las rodillas, respirando afanosamente. Se sentía muy cansado. Mucho, pero ahora ya se había acabado todo. Basta ya, basta ya, no se metería nunca más en historias como aquella. Ahora sólo tenía que hacer cuatro cosas: 1.a, controlar si la maleta contenía el dinero; 2.a, telefonear silenciosamente al amigo para decirle que todo había ido bien y que estaba preparado para el traspaso; 3.a, ir al supermercado de la calle Regina Giovanna y entregar la maleta al amigo que iría a buscarla; 4.a, salir del supermercado con cinco millones que el amigo le entregaría, atravesar la calle, subir al coche de Olimpia que estaría esperándolo y marcharse con ella. Durante algunas noches soñaría con el flaco y lo vería saltar por los aires apenas abierto el paquete, pero luego esto pasaría. Comenzó por la operación primera: la maleta era la acostumbrada, sin llaves, sólo con una cerradura de muelle: bastaba apretarlo para que se abriese. ¿Qué habría dentro esta vez? ¿Dólares, marcos alemanes, esterlinas? Halló fácilmente el muelle —tenía práctica— y apretó. Todo saltó por los aires, él, la habitación con las paredes, las puertas y las ventanas. Si en aquella casita de tres plantas que era el hotel asilo de tantos ancianos hubiese caído una bomba en un bombardeo aéreo, los efectos no habrían sido mayores. Una mina antihombre no tiene nada que envidiar a una bomba de aviación.

—Discúlpeme, doctor —dijo el brigadier Mazzarelli, un romano, esforzándose en hablar, delante de su superior jerárquico, sin que se le notara el acento romano—, también yo creí al principio que se trataba de un atentado por lo del Alto Adigio. Una mina que estalla en un lavabo del directo a Ginebra, y otra que destruye media casa en la calle Vitruvio en Milán y mata a tres personas, sólo podrían ser atentados. Precisamente los periódicos han hablado de atentados políticos. Pero la verdad es muy distinta.

—Sí, es cierto —dijo el vicecomisario—, he leído el informe. Se trata de contrabando de divisas y joyas. Pero ¿cómo logró descubrirlo?

—Usted, doctor, ha leído el informe y lo comprenderá. Tanto al hombre que venía de Ginebra con la maleta llena de dinero que había de traspasar, vea la foto (es un hombre delgado, de nariz ganchuda) como al grueso (vea la foto), que en el bar de la estación recogía la maleta, se les había enviado el mismo mensaje: «Estación Central matar inmediatamente». Esos estúpidos no sabían que, en organizaciones tan poderosas, llega un momento en que los jefes necesitan librarse de gente no segura o débil, o que sabe demasiadas cosas. Así el de Milán recibió la orden de matar al que venía de Ginebra y le entregó el paquete con la mina. Y el que venía de Ginebra recibió la orden de matar al de Milán y le entregó una maleta con la mina dentro. Se libraban de ellos haciendo que se matasen entre sí. Una mujer me dio la pista justa: Olimpia, la amiga del hombre de Milán. Gracias a sus indicaciones los hemos detenido a casi todos.

—Magnífico —dijo el vicecomisario, levantándose.

 

 

7

COMO SI FUERA PAJA

 

—Discúlpeme, señora, mi madre olvidó comprar azúcar —dijo el chico.

El chico había entrado por detrás. La puerta de atrás daba al patio y sólo tenía que bajar la escalera y, llegado al patio, empujar la puerta a la izquierda. Había entrado por detrás porque eran más de las siete y media de la tarde y el pequeño colmado estaba ya cerrado.

—¿Cuánta azúcar quieres? —dijo la vieja; por lo menos parecía mucho más vieja de lo que era, y tenía una mirada muy joven y dulce, aunque sus ojos navegasen en un mar de arruguitas.

Y miró al chico con dulzura; le gustaba aquella cara tan orgullosa, ya tan varonil, y, no obstante, con un matiz infantil todavía.

—Doscientos gramos, señora —dijo el chico.

Se llamaba Luca Baioli. En la época en que nació estuvo de moda el nombre de Luca: medio barrio, entre las calles Plinio, Eustachi y Maiocchi, se llamaba Luca, incluso alguna chica se llamaba Luchina. El chico llevaba una mano en el bolsillo, el de atrás, y con la derecha empuñaba el largo cuchillo de cocina. Había estado medio día afilándolo en la correa del cinturón, de manera que su filo fuese más agudo, y dejó de afilarlo sólo cuando consiguió cortar con él un papel, mejor que con una hojilla de afeitar.

—¿Cómo está tu hermanita? —preguntó la mujer.

Estaba en aquella casa desde hacía veinte años, conocía a todos los inquilinos, pues todos eran clientes suyos, y los surtía incluso los domingos, cuando habían olvidado algo, y se interesaba por ellos humana y amistosamente. En cuanto a Luca, era como si lo hubiese visto nacer; había visto a su madre comparecer en la tienda a hacer la compra con la barriga cada vez más hinchada.

—Doscientos gramos de azúcar. —Nunca había comprado azúcar en cantidad mayor de doscientos gramos—, jabón para la colada, pero el amarillo, no el claro.

La madre de Luca no usaba detergentes; lavaba todavía a la antigua usanza, con la tabla, el jabón de Marsella y la pala. Y una vez, precisamente cuando la vio con tanta barriga, le dijo:

—Ya habrá pensado en el nombre que le pondrá al chico.

Y ella le respondió feliz:

—Si es varón, le llamaremos Luca.

—¿Y si es hembra?

—Entonces le pondremos el nombre de la abuela, Evelina. Pero ha de ser chico, porque, si no, mi marido se enfadará.

Y había sido varón, un magnífico varón, de hermoso y fuerte aspecto, y ahora, con sus quince años, estaba allí —adonde iba de vez en cuando, siempre con retraso, porque su madre se acordaba sólo en el último momento de que se había quedado sin azúcar—, y había ido a pedir los doscientos gramos de costumbre, entrando por la trastienda. Lo miró con simpatía, saliendo de detrás de la caja, donde estaba haciendo las cuentas, y le acarició la cabeza, aunque él fuese más alto que ella, a pesar de que sólo tuviera quince años. Luego fue tras el mostrador, puso un papel azul en la balanza, tomó la palita y abrió el cajón donde tenía el azúcar, metió la palita en el blanco y arenoso mar de azúcar, y en el mismo instante murió degollada por el cuchillo que, bajo la nuca, le había atravesado el cuello.

Sin el más pequeño gemido, en el silencio más absoluto, cayó de cabeza en el gran cajón del azúcar, enrojeciéndolo con su sangre, y se quedó así, macabramente inclinada y de pie. Luca se guardó el cuchillo en el bolsillo y corrió a la caja.

Era jueves. Hacía muchos años que iba allí, desde que era un niño pequeño, y hacía muchos meses que estudiaba el golpe para no saber que los jueves la mujer hacía el segundo arqueo de la semana para efectuar el segundo ingreso semanal en el banco. En otras palabras, aquella noche debía de haber en caja el dinero, por lo menos, de tres días: martes, miércoles y jueves.

No lo había. Miró en torno suyo, blasfemando para sí, pero sólo encontró nueve mil liras. Maldita bruja, debió de haberse llevado ya el dinero a su casa, tal vez antes de cerrar la tienda. Pero estaba contento de haberla matado: así aprendería a no hacerse la lista. Tomó las nueve mil liras y la moneda suelta, y cuando se disponía a salir de la trastienda hubo de pararse de pronto: la puerta de la trastienda se había abierto y entró un chico en blue-jeans, con una vistosa camisa de color naranja, que no tendría ni diez años.

—¡Hola, Luca! —dijo el chico, jadeante y feliz.

Era el hijo de la mujer, de la dueña del colmado que yacía allí con la cara hundida en el azúcar enrojecido con su sangre.

—Hola, Birillo —repuso Luca, y más que sonreír mostraba los dientes, como un felino tras una reja.

Desde pequeños habían jugado juntos, y él, que tenía cinco años más que el otro, se hacía el hombre y lo llamaba Birillo. Ahora pensó que Birillo entraría en la tienda, vería a su madre muerta y se pondría a gritar y así todos sabrían que él había matado a la mujer. No debían saberlo.

La afilada hoja penetró en la garganta del apodado Birillo que se desplomó en el suelo. Luca echó a correr. Cerró bien la puerta de la trastienda, subió despacio las escaleras hasta el cuarto piso, pero llegado al segundo miró en torno suyo y, no viendo a nadie, levantó la portezuela del vaciador de basuras y echó dentro el cuchillo: cayó directamente en el bidón, cubierto luego por kilos y más kilos de desperdicios. Por la mañana vaciarían el bidón en el camión de las basuras junto con docenas y docenas de bidones, y en aquella gran cantidad de basuras nadie en el mundo sabría de dónde había venido aquel cuchillo.

—Mira a qué hora vuelves a casa —le dijo su madre.

—He estado en la tabaquería a comprar el boleto para papá —y le dio el boleto.

Naturalmente, lo había comprado antes de ir al colmado de la mujer. Se metió en el cuarto de baño, controló centímetro a centímetro los pantalones, la camisa azul oscura de estilo militar, y también los zapatos. Descubrió sólo tres manchitas de sangre y las limpió con alcohol, concienzudamente. Cuando hubo terminado sintió hambre y, al salir del cuarto de baño, le preguntó a su madre:

—¿Qué hay para cenar, mamá?

—Pasta y judías.

Precisamente era la cena que le gustaba.

El señor Alessandro Baioli, su padre, era un maníaco de las quinielas y cada día compraba un diario de la tarde, que publicaba una sección especial sobre pronósticos de los partidos. Ni que decir tiene que el periódico publicaba también otras noticias, las del Vietnam, y un discurso «equidistante» que había pronunciado el presidente del Consejo, y también sucesos. Sin demostrar mucho interés, hojeaba el periódico y miraba los titulares de la sección de sucesos: «La horrible matanza de la calle Maiocchi. Madre e hijo de diez años bárbaramente asesinados por un ladrón que vació la caja». Esta historia de la caja vacía lo sacaba de quicio: sólo había encontrado nueve mil cochinas liras. Y al día siguiente, el diario —era sábado— junto con los pronósticos de un famoso futbolista sobre los próximos partidos, daba esta noticia: «El pobre niño acuchillado, agonizante. Los médicos desesperan de salvarlo». Había fallado —pensó echando una ojeada a los titulares— por la prisa y el miedo de ser descubierto.

El domingo no salen los periódicos de la tarde y papá no compraba otros, de manera que Luca intentó oír la radio, pero la radio no transmitió nada, o quizás él no logró escucharla en la hora precisa. Sin embargo, el lunes llegó papá con el diario de la tarde en el que se destacaba un titular de una palabra sola que ocupaba toda la página: «¡Hablará!». Y debajo: «El niño Michele Orgina, bárbaramente acuchillado por un ladrón hasta ahora desconocido está fuera de peligro. Los médicos han realizado el milagro y aseguran que dentro de pocos días podrá hablar y facilitar alguna indicación sobre el asesino que mató a su madre e intentó matarlo a él. Dos brigadieri y un magistrado esperan recoger su declaración».

Luca Baioli volvió con indiferencia la página del diario y leyó que dos alpinistas alemanes se encontraban inmovilizados en el Cervino desde hacía tres días y tres noches, y que por la noche la temperatura era de treinta grados bajo cero. ¡Qué estúpidos!

—Siempre ocho, nunca he acertado más de ocho —decía su padre, comprobando por tercera vez su quiniela.

—Es dinero que se lleva el diablo —comentaba su madre—, después nos vemos negros para comprarle la penicilina a Simonetta.

Entonces su padre se había puesto a gritar, como hacía siempre:

—Me gustaría verte mañana, si gano ciento cincuenta millones, hablando de esta manera. Anda y vete a dormir al fresco, que te conviene.

Como tantas otras veces el joven Luca Baioli pensó que su padre y su madre eran dos estúpidos y que es una desgracia tener unos padres estúpidos. Se peleaban siempre de la misma manera, decían siempre las mismas imbecilidades. Pobres desgraciados, o pobre desgraciado él, que era su hijo. ¿Por qué no habría nacido hijo de Onassis, o del presidente de la Coca-Cola? Todavía seguía hojeando el periódico, y en la primera página volvió a ver, como en una especie de alucinación aquel gigantesco «¡Hablará!». Y comprendió que había perdido. Si Michelino curaba, hablaría, y si hablaba diría —le parecía estar escuchándolo—: «Ha sido Luca, Luca Baioli, el chico del cuarto piso».

Había perdido, pero no era de los que se resignaban a perder así, por las buenas. Era evidente que tenía que huir, pero no quería huir como un estúpido. Apenas Michelino hubiese hablado, policía y carabinieri se desencadenarían como lobos rabiosos. Estuvo pensando durante toda la noche y antes de dormirse ya sabía lo que iba a hacer.

Por la mañana su padre se fue, como de costumbre, a las siete y media. Su madre, también como de costumbre, lo despertó a las nueve.

—Voy a la compra, Luca. Da un vistazo a Simonetta.

—Sí, mamá.

Se levantó. Estaba solo en la casa, se vistió en un minuto, sin lavarse, y abrió en seguida el armario: al fondo, a la derecha, bajo una manta, estaba escondida la alcancía de la Caja de Ahorros. Siempre había desdeñado forzarla porque por las dos o tres mil liras que contendría no valía la pena de tomarse ese trabajo. Por desgracia aquel día necesitaba incluso mil liras y en pocos minutos abrió la ingenua cerradura y en lugar de monedas de cien liras, le cayeron en las manos billetes de mil, de cinco mil y hasta de diez mil liras. Las contó incrédulo: eran ciento treinta mil liras; volvió a contarlas y eran, en efecto, ciento treinta mil liras. Cómo su madre había podido ahorrar una suma semejante, a través de qué sacrificios y renuncias, equilibrios y acaso humillaciones, era cosa que no le interesaba saber. Eran ciento treinta mil liras, y ahora estaba seguro de que no lo detendrían. Había pensado mucho por la noche, porque era de los que piensan las cosas, y se dirigió a la habitación de sus padres donde estaba la camita de su hermanita Simonetta, que tenía cinco años.

—Anda, Simonetta, que nos vamos de viaje —le dijo.

—Pero tengo fiebre y no puedo salir —contestó la niña, aunque lo miraba con la esperanza de que él la contradijera, y él la contradijo.

—No estás enferma; el doctor ha dicho que puedes salir; verás como puedes salir.

La vistió, sintió que se estremecía de fiebre, pero esto no tenía ninguna importancia, lo importante era irse a toda prisa, antes de que su madre regresara. Y cuando la tuvo vestida, le dijo:

—Ahora estate aquí un momento.

Se fue a la cocina, abrió el horno a gas y sacó de él el espetón: era un hierro de casi treinta centímetros de largo con una punta de cuchillo para ensartar los pollos. Estaba grasiento y lo limpió con un trapo, luego se lo metió en el bolsillo derecho de los pantalones; con la punta agujereó el forro y el hierro resbaló hasta el fondo, pero quedó, como si fuese un puñal, sostenido por la empuñadura que servía para encajar el espetón en el asador.

Casi había terminado; aquel hierro que se balanceaba sobre la pierna y las ciento treinta mil liras le daban seguridad. Faltaba sólo la nota. Encontró papel y un bolígrafo viejo que funcionaba todavía bastante bien, y escribió: «Me voy con Simonetta. Cuidado». Cuidado quería decir que tuvieran cuidado.

Volvió a la alcoba.

—Vamos, Simonetta.

La pequeña se estremecía y sudaba a causa de la fiebre, pero se sentía feliz porque iba a salir con su hermano mayor.

El joven criminal Luca Baioli llevó a su hermanita a la Estación Central. Aquella noche había pensado mucho y pensó en todo. En la estación miró el horario de salidas de trenes y vio que estaba a punto de salir el tren de Ancona. No era el rápido y llegó a Ancona muy avanzada la tarde. A la niña se le había pasado la fiebre, pero tosía fastidiosamente. En la estación de Ancona Luca Baioli volvió a consultar el horario de salidas y vio que el primer tren que saldría era el de Taranto: muy bien, cuanto más al sur sería mejor y, por otra parte, mientras en Milán levantaban tanto alboroto por un delito, en Taranto no sabrían nada. Además él —y lo había pensado la noche antes— no saldría nunca de una estación: seguiría tomando un tren tras otro, porque los carabinieri no pueden bloquear los trenes, y además él tenía un rehén: que intentaran tocarlo; si querían Salvar a Simonetta sería mejor que se guardaran de hacerlo.

Llegó a Taranto al día siguiente. Volvió a consultar el horario de salidas y el primer tren a punto iba a Reggio Calabria; Luca compró los billetes y subió en seguida en el tren para Reggio Calabria, pero antes compró dos bolsas con pollo y spaghetti y algunos diarios.

En el tren con destino a Reggio Calabria comenzó a comer. También comía Simonetta; le había pasado la fiebre y se sentía feliz: comía los spaghetti con el tenedor de cartón metalizado.

—¿Dónde vamos, Luca?

—A la playa —repuso Luca.

Cuando terminaron de comer y de haberse bebido la media botella de vino de Orvieto, mientras el tren avanzaba lentamente hacia el sudoeste, hacia las costas de Calabria, Luca abrió uno de los diarios y se miró complacido. Se miró porque aquel periódico era un diario del Norte y publicaba una enorme foto suya, a cuatro columnas: era la de su carnet de socio del Touring Club Italiano, hecha el año anterior, y encima el encabezamiento a grandes titulares: «Este es el asesino», y los subtítulos: «El pequeño Michele Orgina ha hablado: el asesino de su madre es un muchacho de poco más de quince años, se llama Luca Baioli y vive en la misma casa en la que se encuentra el colmado de la desventurada señora Orgina». Otro título muy destacado decía: «¡El asesino ha huido con un rehén: su hermanita de cinco años enferma y con fiebre!». Se sintió orgulloso de los habituales signos de admiración. Pero todavía le enorgulleció más esta nota: «Los carabinieri y la policía ruegan a todos que aunque lo reconozcan y se encuentren frente al asesino y su hermana, no intenten nada para detenerlo, sino que avisen a la policía. El asesino está decidido a todo y no vacilaría en matar a la niña. El que reconozca al asesino, que avise a la policía, y se abstenga de intervenir». Hubo también otra cosa que le produjo un gran placer: ocupaba el primer lugar en la crónica de sucesos: «Esta noche, por la televisión, la madre del joven criminal hablará a su hijo tratando de convencerlo para que se entregue y devuelva a la pequeña Simonetta. La niña está enferma de bronquitis crónica y se teme por su vida». Se hablaría de él hasta en la televisión; lástima que no pudiera verlo porque no tenía ningún deseo de descender de los trenes, que eran su fortaleza, y meterse en cualquier café para ver la pequeña pantalla.

Dobló los diarios, dio de beber naranjada a la niña e hizo que se tendiera en el asiento.

—Duérmete.

Estaban solos en el compartimiento; el tren iba casi vacío; encendió un cigarrillo y, mientras lo encendía, vio pasar por el pasillo, destacándose en la luz roja de aquel crepúsculo atravesado por el tren, como un toro atraviesa una muleta roja, a un hombrecillo calvo, pero muy erguido. Su calvicie total fue lo que más le llamó la atención. El hombre se detuvo y miró dentro del compartimiento; lo miró francamente y miró francamente a la niña que, acostada en el asiento, comenzaba a dormirse mecida por el traqueteo del vagón.

El hombre completamente calvo se llamaba Amedeo Gasperoni, era milanés y poco antes, en Taranto, había leído el Corriere della Sera con la fotografía a cuatro columnas del asesino, y, más pequeña, la de su hermanita. Había leído la nota de la policía: «Los carabinieri y la policía ruegan a todos que aunque lo reconozcan y se encuentren frente al asesino y su hermana, no intenten nada para detenerlo, sino que avisen a la policía. El asesino está decidido a todo y no vacilaría en matar a la niña». En fin, lo había leído todo y lo sabía todo, y en el muchacho sentado al lado de su hermana, había reconocido al asesino de la desventurada señora Orgina cuyo colmado estaba en la calle Maiocchi. No podía tener duda alguna porque la foto publicada por el periódico había sido tomada de un carnet del Touring Club, y casualmente era él clavado, cosa rara en una foto de carnet. El señor Amedeo Gasperoni dio unos pasos más por el pasillo, tambaleándose a causa del traqueteo del tren en marcha, luego se detuvo de pronto porque la taquicardia le afectaba siempre a la más mínima emoción. A veces, cuando tenía alguna pequeña enfermedad, aunque fuera una gripe, sentía miedo de morir y entonces su corazón latía con tal fuerza que el médico le daba sedantes, pero el corazón seguía latiendo veloz y desordenadamente, y entonces el médico le decía:

—Usted es capaz de transformar un resfriado en una crisis cardíaca.

Pero no podía evitarlo; estaba hecho así: demasiado sensible y emocionable. Amedeo Gasperoni, de Milán, era representante de una casa de corsetería, pero su trabajo no era tan alegre como los profanos pudieran imaginar; tenía que pelear con viejas merceras o con agrios jefes de sección que le decían:

—Las copas de esos sostenes están anticuadas. Su empresa no ha comprendido todavía que las jóvenes de hoy no llevan ya estas cazuelas.

Lo que, desdichadamente, era verdad. Pero, aunque muy emocionable y representante de una antigua firma pasada de moda, seguía siendo un milanés.

El asesino estaba allí, con la niña; lo había visto y reconocido fuera de toda duda. Sí, recordaba que la policía advertía que no se intentara detener al asesino porque estaba dispuesto a matar, pero la idea de que aquella niña estaba a merced del hermano asesino, que la utilizaba como escudo, lo sublevaba. Con el corazón que de repente, apenas tomada la decisión, se le paró, como si ya no existiese, como si lo hubiera perdido, entró en el compartimiento donde Luca Baioli estaba adormeciéndose —porque hacía ya dos noches que en realidad no dormía— y preguntó, hasta con una sonrisa:

—¿Está ocupado?

Y señaló un asiento del rincón.

Luca Baioli no era un estúpido, y a pesar de la sonrisa del viajante de corsetería Amedeo Gasperoni, la expresión soterradamente trastornada del hombre, le hizo recelar.

—No —repuso con brusquedad— lo ocupan mis padres.

El calvo, completamente calvo, no pudo soportar, no tanto la respuesta como el espectáculo de la niña dormida, y con un impulso ciego decidió su vida y de arriba abajo descargó un terrible puñetazo en el rostro del asesino: vio, literalmente vio, la sangre brotar de aquel rostro, mientras la niña se despertaba y comenzaba a gritar, pero no vio que el muchacho, aunque aturdido, sacaba de los pantalones su espetón. Lo golpeó de nuevo sobre la cara con todas sus fuerzas, y una y otra vez más, hasta que lo vio caer al suelo. Sintió cierto ardor en el muslo, pero no hizo caso, tomó a la niña en brazos y salió al pasillo, gritando:

—¡Es el asesino de Milán, detenedlo! ¡He salvado a la niña, detenedlo, detenedlo!

Los viajeros se apretujaron en el pasillo, incluso alguien manejó la señal de alarma, y dos hombres animosos entraron en el departamento del asesino en el momento en que, con la cara desfigurada, empezaba a levantarse. Incluso hallándose él en aquel estado, los dos hombres hubieron de luchar mucho hasta lograr reducirlo a la impotencia, lo cual les costó gran trabajo, y él gritaba como un lobo hambriento:

—Dejadme, os mataré.

Y mordía, exactamente como un lobo; es más, adentellaba.

El señor Amedeo Gasperoni se dio cuenta después, cuando un viajero se lo dijo, que tenía algo en el muslo: era el espetón que el asesino le había clavado apenas recibió los primeros puñetazos. Él no lo había advertido. Lo curaron y fue enviado luego a una clínica de Milán; su empresa le concedió tres meses de permiso pagados y todos los periódicos publicaron su fotografía: era el hombre que había detenido al asesino y salvado a la inocente niña. La TV, en la clínica, le dedicó una nota de actualidad, y desde la cama de la clínica se vio en el televisor, mientras hablaba a los cronistas de la «tele», y su corazón palpitaba hasta hacerse pedazos. Luego salió de la clínica y volvió a viajar. Era un hombre solitario, solterón, porque a las mujeres no les gustan los calvos. Tenía pocos amigos: Romolo, el del poste de la calle Regina Giovanna que, en sentido enteramente sentimental y romántico, vivía de la pesca. Raras veces podían ir los dos juntos a pescar, pero esto sucedía una vez cada dos o tres meses.

Y sucedió aquella mañana a las siete. Estaban ya allí, a la orilla del Ticino, en la niebla, con sus largas cañas de pescar. Amedeo Gasperoni tenía a su lado el transistor; no podía estar sin él: era su mejor amigo, incluso cuando transmitía Ayer en el Parlamento, como en aquel instante.

—Dicen los periódicos que no podrán condenarlo a más de doce años —dijo Romolo, con el sedal flojo y mirando el agua sobre la cual la niebla humeaba como si aquello fuese una cacerola.

Quería decir que Luca Baioli, cuando lo juzgaran, no podía ser condenado a más de doce años.

—Sí, yo también lo he leído —respondió Amedeo Gasperoni, soltando el sedal, y mirando a Oriente donde el cielo se enrojecía a través de la niebla—. Es menor de edad y no pueden condenarlo a más. Un menor no es tan responsable como un adulto.

—¡Aquí no hay más menor que mi tía! —decía Romolo que era fácilmente excitable—. Ha degollado a una mujer, casi ha degollado al hijo y, por si fuera poco, tomó como rehén para escapar a su propia hermana, de cinco años y enferma, y te clavó un espetón; con suerte, porque si te pilla más arriba te hace el harakiri, y ¡dicen que es un menor! A un asesino no se le juzga por la edad, sino por lo que hace.

—No se puede razonar de esta manera —dijo Amedeo Gasperoni, tranquilizador—; existen unas leyes y hay que respetarlas. La ley dice que un menor no es responsable como un adulto, y yo creo que es justo. Perdona, Romoletto, si un niño de seis años encuentra una ametralladora y se pone a disparar y mata a veinte personas, tú ¿qué harías, lo mandarías a la cárcel?

Romolo Marsetti, gerente del poste de gasolina de la calle Regina Giovanna, apretó los labios para no soltar unos tacos, y luego, lo más tranquilo que pudo, dijo:

—No hagas comparaciones estúpidas. Aquí no se trata de un niño de seis años que encuentra una ametralladora y se pone a disparar. Se trata de un criminal de cuerpo entero; que tenga quince años o sesenta no tiene importancia. Cuando se degüella a una mujer por nueve mil liras…

—Él no sabía que sólo había nueve mil liras —dijo Amedeo Gasperoni—, creyó que en la caja habría la recaudación de media semana.

—¡Vaya! ¿De manera que si hubiese habido dos millones en caja tú lo habrías justificado? —preguntó Romolo.

El viajante de artículos de corsetería no se dio por vencido:

—No es esto. Tú quieres insinuar que el muchacho habría matado igualmente sabiendo que sólo encontraría nueve mil liras, y esto no es verdad.

—Quiero insinuar sólo una cosa: que si le dan sólo doce años, dentro de doce años saldrá a la calle. Tendrá veintisiete y hará tranquilamente de criminal.

Durante un buen rato Amedeo Gasperoni no respondió; parecía que algo estaba a punto de picar, y soltó un poco más el sedal. Luego dijo, apacible:

—¿No crees que un muchacho de quince años pueda, ser reeducado? Si del reformatorio salen muchos que luego siguen siendo delincuentes, también salen muchísimos que se convierten en hombres honrados y útiles para la sociedad.

—Esto te lo tragas tú, pero yo no. Si le dan sólo doce años, cometerán el mayor error del mundo.

—¿A qué lo condenarías tú?

—A nada —repuso Romolo—. Yo sólo te digo esto: que si compareciese por mi poste a repostar, lo rociaba con gasolina y le prendía fuego.

Había hablado con un tono tan grave que Amedeo Gasperoni se sobresaltó.

—¿Lo dices de veras?

—No. No sólo lo digo de veras, sino que lo haré realmente si se me presenta la ocasión.

Y volvió hacia él la cara llena de desdén.

—Pero se trata de un muchacho que tiene poco más de quince años —exclamó Amedeo Gasperoni.

—Un muchacho que apenas esté libre, ¿sabes qué hará? Tratará de matarte porque fuiste tú quien hizo que lo detuvieran. Y probablemente lo conseguirá. Tú sigue adelante con tu código, que ellos van adelante con navajas, espetones, revólveres y minoría de edad. —Romolo levantó el puño, sosteniendo la caña con la izquierda. Añadió ronco y despreciativo—: Es de esos jovenzuelos a quienes hay que quemar: después de cierto límite es la única solución.

Amedeo Gasperoni sacudió la cabeza. Sabía que Romolo era un romanote exaltado, pero no pasaba de ahí.

Luca Baioli fue condenado exactamente a doce años, como se había previsto. Por motivos jurídicos, demasiado complicados para profundizar en ellos, los doce años se convirtieron en ocho. Pasados los ocho años Luca Baioli fue enviado a una Casa de Trabajo, donde permaneció sólo dos años gracias a su buen comportamiento, y como había encontrado ocupación como dependiente en una papelería de la calle Eustachi, incluso se dejó de vigilarlo, y él, a los veintisiete años, se vio libre, totalmente libre, sin que nadie sospechase de él, porque durante doce años había dado pruebas de su buena voluntad en rehacer una vida.

Lo que no quiere decir que en esos doce años Luca Baioli no hubiese pensado día y noche en el modo de matar al hombre que en el tren de Reggio Calabria la había emprendido a puñetazos con él y lo había hecho detener; había pensado mucho en ello, mucho más de cuanto pudieron imaginar sus vigilantes, educadores y magistrados que escribieron en sus informes que él observaba «buena conducta». El recuerdo de aquellos puñetazos, que además le habían aplastado las narices de manera irreparable, no le gustaba, y menos le gustaba todavía que un estúpido calvo como aquel le hubiese vencido. Pero incluso cuando estuvo libre dejó pasar todavía un año, y una mañana, con una gran llave inglesa en uno de los bolsillos de sus pantalones, una llave que pesaba casi un kilo, subió directamente al piso del representante de artículos de corsetería Amedeo Gasperoni. Al llegar al tercer piso tocó el timbre: se había informado de que estaba en casa.

En efecto, Amedeo Gasperoni estaba en casa, más bien viejo. Ahora ya no emprendía largos viajes con sus sostenes y sus fajas: se limitaba sólo a Lombardía. Y abrió la puerta: al cabo de trece años ni siquiera habría reconocido al joven asesino; por lo demás, no tuvo tiempo de reconocerlo, casi un kilo de llave inglesa cayó salvajemente sobre su cabeza, es decir sobre la cabeza de aquel que había creído que todos los muchachos asesinos podían ser reeducados, y fue como si se cascara un huevo que freír. Luca Baioli lo vio caer hacia atrás, fulminado sin duda alguna, cerró la puerta, bajó tranquilamente las escaleras y subió al coche, porque tenía un coche, un modesto 1100.

Sabía que irían inmediatamente a prenderlo a él, pero no tenía miedo. Había decidido ir al Sur, y con un poco de suerte, antes de que bloquearan las carreteras, lo conseguiría. Allí, en el Sur, tendrían que trabajar mucho antes de que lograsen detenerlo.

En aquellos trece años, Romolo Marsetti había hecho carrera con su poste de gasolina: de simple administrador, menos aún, manipulador de un poste en la calle Regina Giovanna en Milán, se había convertido en propietario de cuatro postes de gasolina en San Marco Argentano, a unos treinta kilómetros de Cosenza, una carretera importante batida por los turistas y con gran tráfico local. Cada lira que metía en la caja era suya, no tenía que dar tanto por ciento alguno a ningún patrón, salvo el fisco, que pesaba un poco, pero él ya había encontrado la manera de aligerar ese peso.

Cuatro días antes había leído en el periódico que su amigo Amedeo Gasperoni, que era también un gran pescador, había sido hallado en su casa con el cráneo fracturado, y hasta la policía decía que el probable asesino podía ser Luca Baioli. Al leer la noticia, sintió primero ganas de llorar. Luego pensó:

«Te lo dije, Amedeo; nada de redención, apenas salga de la cárcel, te matará».

Y así había sido.

Cuatro días después, en una hermosa mañana de primavera, un 1100 oscuro se detuvo ante su poste. Era temprano, antes de las siete, y la carretera estaba desierta. El hombre que se asomó por la ventanilla del 1100 dijo:

—Lleno, super.

Hay caras que se recuerdan siempre, aunque pasen cien años. La cara de Luca Baioli, aunque la de un adulto ya, era la misma cara de trece años antes, la de la foto que publicaron todos los periódicos, y por tanto Romolo Marsetti reconoció al asesino de su amigo, que iba al Sur a esconderse.

—En seguida, señor —dijo.

Encendió un cigarrillo, descolgó la manga del gancho y se dirigió hacia el coche, como para llenar el depósito, pero apuntó la manga sobre el ex menor Luca Baioli, lo empapó todo de gasolina de ochenta octanos, y luego lanzó el cigarrillo dentro del coche, echándose atrás de un salto. El 1100 ardió como si fuera paja, con el hombre dentro, como si fuera paja también.

Un coche que pasaba se detuvo de pronto, patinando a causa del frenazo. El capitán de artillería que lo conducía saltó del coche.

—¿Qué ha sucedido?

—¡Ah, ha sido terrible! —dijo Romolo Marsetti—, iba a llenar el depósito y todo se incendió de pronto. ¡Qué horror, Dios mío!

El 1100 seguía ardiendo y, dentro, al volante, había un cuerpo negro, acartonado.

—Hay que avisar a la policía —dijo el capitán.

—Claro, en seguida telefonearé —repuso Romolo.

Ya no era menor de edad, pero igualmente lo había quemado. Si hubiera podido quemarlo antes, cuando era un menor, su amigo Amedeo Gasperoni estaría todavía vivo.

 

 

8

CONOCERÍA CON FINES MATRIMONIALES

 

«Conocería con fines matrimoniales señorita no mayor veinticinco años buen aspecto afectuosa práctica tareas domésticas amante del hogar no importa carezca medios fortuna con tal sea honesta ruego envíe foto escribir: arquitecto Gian Martino Prosadei Lista de Correos Milán».

Este anuncio por palabras aparecía una vez a la semana en diarios y revistas diversas. Redactado de este modo motivaba muchas respuestas: se trataba de casarse con un arquitecto que daba su nombre y apellidos en un anuncio matrimonial, lo que indicaba su seriedad. Además, este arquitecto, insistía mucho en que la mujer fuese amante del hogar y tuviese práctica en las tareas domésticas; evidentemente le gustaba comer bien y tener cuidada la ropa, mientras que, por lo que se refería a la belleza física, tan sólo indicaba que «tuviera buen aspecto», y una mujer de menos de veinticinco años casi siempre lo tiene.

A los tres meses habían llegado al arquitecto Gian Martino Prosadei, lista de Correos, Milán, centenares de cartas. Cada carta contenía una fotografía. Entre las numerosas cartas que respondieron al anuncio estaba la de Arabella Maurizis. Su padre, ya muy viejo, había sido profesor de física y matemáticas, y su madre era maestra y daba clases de matemáticas, y ahora también ella, Arabella, tenía el título de maestra, pero aún no disponía de escuela en la cual enseñar. Prácticamente vivían del modesto sueldo de la madre y de la irrisoria pensión del padre. Para Arabella los años pasaban demasiado de prisa, ya iba a cumplir los veinticinco y aún no se había casado. Su padre le echaba en cara, y también a su mujer:

—Para esto sirve tener una hija honesta; tendremos que aguantarla cuarenta años todavía. Si hubiera sido una… por lo menos estaría ya liada con algún pez gordo.

Esta dolorosa y estúpida salida de tono, repetida una y otra vez, le amargaba la vida a Arabella Maurizis y por esto, cuando leyó el anuncio «Conocería con fines matrimoniales», respondió inmediatamente, adjuntando a su respuesta una foto en colores en la que aparecía en traje de baño.

La carta llegó un miércoles a una de las ventanillas de la lista de correos, la de las letras L a R. El mismo miércoles por la mañana un caballero alto, de cabello gris, sin sombrero, pero con vistosos guantes de conductor de coche, ligeramente perfumado con una agria y varonil lavanda, se dirigió a la ventanilla de la lista L a R, y enseñó el pasaporte expedido al arquitecto Gian Martino Prosadei, abierto por la página de la fotografía, pero el empleado, sonriendo, ni siquiera lo miró y le entregó inmediatamente una docena de cartas, todas dirigidas a él, arquitecto Gian Martino Prosadei. Y una de aquellas cartas era de Arabella Maurizis.

—Gracias —dijo el maduro pero juvenil caballero, y con las cartas en la mano salió de Correos, dio un rodeo bastante grande para dirigirse a su Mercedes automático color ciruela oscuro aparcado ante la Bolsa y condujo hasta un edificio de tres pisos cerca de la plaza de Carlo Erba, con un jardín que había sido despojado de mucho verdor para que pudiera servir de aparcamiento.

Y, en efecto, en el jardinillo aparcó el automático, y él entró en la casa, en el entresuelo. Un jovencito le abrió la puerta: era bajo, rubio y de musculoso aspecto. Los dos apenas se miraron, y el arquitecto Prosadei entró en su despacho, se quitó los guantes, encendió un cigarrillo, tenía unos finos y sutiles bigotes grises, se sentó a la mesa y comenzó a leer las cartas, mejor dicho, antes de leerlas, miraba las fotos, luego, habiendo mirado y leído, las arrojaba en la papelera o colocaba ante sí cartas y fotografías.

Así, de la docena de cartas, quedaron delante de él cuatro cartas y cuatro fotografías. Entonces se levantó con las cuatro fotos y las cuatro cartas en la mano y pasó a la habitación contigua. No era, en realidad, una habitación, sino un salón; había algunas mesas de dibujo, en las cuales estaban trabajando unos jóvenes en mangas de Camisa blanca que lo saludaron con un respetuoso movimiento de cabeza al cual él respondió con una sonrisa.

—Buenas tardes. Dentro de un momento vendré a echarles una ojeada.

—Gracias, profesor —repuso irónico uno de los jóvenes.

El profesor, con las cartitas en la mano, salió del salón. Subió al tercer piso —toda la casa era suya, heredada de su padre, también arquitecto como él, que la había construido al estilo de castillo medieval que tanto gustaba a la buena burguesía— y otro jovencito acudió a abrirle. No lo saludó respetuosamente ni le dijo nada. Tenía largas patillas castañas y ojos brillantes como los de las bayaderas. Los dos cruzaron varias pequeñas habitaciones y en la cuarta había unos jóvenes jugando al póquer, con cinco y hasta diez billetes de mil en la mesa, como en una película.

—El proyector —dijo el profesor al joven bayadero—. Muchachos, venid a ver ésta que ha enviado una foto en colores, y esta mañana hay tres más; hemos de hablar.

Lo dijo con tono profesional, de trabajo.

Todos entraron en el salón contiguo. También allí había mesas de dibujo y en una de ellas estaba el proyector. El profesor introdujo en él la diapositiva en color, el joven de las patillas enchufó, encendió la lámpara y la modesta foto en colores, tamaño seis por seis, se proyectó sobre la blanca pared del fondo del salón a la medida de dos metros por uno cuarenta.

—Un poco vieja —dijo uno de los jovencitos que antes estaba jugando al póquer.

—Lo que significa que es más fácil. Iría bien para Marcello, que es el menos ignorante de vosotros.

Marcello, rubio platino, dijo:

—Soy demasiado joven para esa anciana. Sospecharía en seguida.

—Sí, es cierto —respondió el profesor—, pero le diré, como de costumbre, que eres mi hijo, que te casaste a los dieciocho años y que tu mujer se escapó luego con otro y que estás esperando el divorcio.

Arabella recibió el lunes una carta del arquitecto Gian Martino Prosadei.

«Distinguida señorita: he recibido su respuesta a mi anuncio y le confieso que entre las numerosas respuestas recibidas la suya ha sido la que me ha impresionado más. Por esto le contesto con la esperanza de tener una conversación con usted lo antes posible. Tengo cincuenta años y soy viudo. Personalmente, en el caso de que me concediera una cita, le daré sobre mí toda clase de detalles. Podría ser el viernes por la tarde, ante el portal de su casa, conduzco un Mercedes de color ciruela oscuro, y si no recibo una carta suya en contra, estaré precisamente a las tres delante de su casa. Le devuelvo la fotografía que ha tenido la gentileza de enviarme y le expreso mi deseo de conocerla personalmente lo antes posible. Le saluda, Gian Martino Prosadei».

Seguía esta posdata:

«Me complacería que la acompañase su madre, su padre o un pariente cercano».

Aquel viernes, a las tres, Arabella Maurizis y su madre salieron del portal de su casa y precisamente delante, en el arroyo, había un Mercedes de color ciruela oscuro, de una línea que parecía todavía más elegante en aquel barrio modesto y sobre todo ante aquella casa. En el Mercedes había dos hombres. El que estaba al volante era muy viejo, tenía los cabellos muy grises, bigotes blancos y llevaba guantes amarillos de piel de cerdo. A su lado estaba sentado un joven muy rubio, casi platino, bajo, delgado pero de ademanes resueltos y viriles.

Las dos mujeres, sin vacilar, se acercaron al coche. Entonces se apeó el joven rubio, y por el otro lado descendió el hombre maduro, que dijo:

—Soy el arquitecto Gian Martino Prosadei —e inclinó la cabeza.

—Soy la madre de Arabella —dijo la señora Maurizis.

El arquitecto Prosadei inclinó todavía más la cabeza para besarle la mano.

—Es un honor para mí —estrechó la mano de Arabella, la miró a los ojos y le dijo—: Estoy muy contento. Muy contento de conocerla —le soltó la mano, pareció embarazado por un instante y luego añadió—: Permítame que le presente a mi hijo Marcello.

El rubito hizo una inclinación, besó la mano de la señora Maurizis y estrechó la de Arabella.

El arquitecto Prosadei continuó:

—He querido que me acompañase para que las cosas estuviesen perfectamente claras desde el principio —volvió a calzarse los aristocráticos guantes de conductor—. Me gustaría poder hablar un poco. Podríamos ir al Alemagna, en la calle Manzoni, si les parece bien.

Arabella miraba discretamente al muchacho rubio, pero lo miraba porque era uno de esos muchachos al que una chica no puede dejar de mirar. Y él se pasó una mano por los cabellos rubios, casi platino, espesos, que le caían sobre el cuello y las orejas, y dijo:

—Papá, yo he de ir aquí cerca, a ver a Luca, por lo del proyecto del chalet. No vale la pena de que me acompañes en coche.

—Tienes razón —repuso el arquitecto Prosadei—. Vete.

En el recoleto y espléndido salón del Alemagna de la calle Manzoni pronunció su discurso, casi su lección magistral, apenas las señoras hubieron terminado de beber su té.

—Creo que esta es una situación en la que hay que ser absolutamente sinceros. Si no hablamos con el corazón en la mano, como se dice en Milán, con entera franqueza, nos engañaremos y todos perderemos el tiempo… —y se dirigía más a la madre que a Arabella—. Yo doblo la edad de su hija, señora; soy viudo desde hace once años y he vacilado mucho antes de volver a casarme, y sólo por una razón: antes de casarme de nuevo, quería que mi hijo fuese ya mayor y por tanto libre para aceptar o no a una madrastra. He de confesar sinceramente que mi edad y el hecho de tener un hijo es un punto negativo —y el arquitecto miró la tetera; luego levantó los ojos—. Otro punto negativo es mi hijo —continuó melancólico—. A pesar de lo que siempre me ha preocupado, no conseguí impedir que cometiera un error realmente grave: se casó a los dieciocho años con una joven de pocos escrúpulos y cuando se dio cuenta de su equivocación, era ya demasiado tarde. Sólo pude lograr para él la separación legal, pero esa joven sin escrúpulos nos atormenta continuamente con sus peticiones de dinero, o bien haciéndonos escenas por el puro placer de hacernos daño. Esta es la verdad y tenía que decirla. Por lo demás, no creo que haya otra cosa negativa: poseo una buena salud y mis certificados médicos pueden demostrarlo, y creo poder tener también la alegría de ser padre. Económicamente mi posición es más bien buena: soy un arquitecto bastante cotizado; por lo demás podrán ustedes tomar todos los informes que deseen —y ahora se dirigió a ella, a Arabella—: Usted ya habrá comprendido que, a pesar de las numerosas cartas recibidas, ya hice mi elección, es decir, que me considerare muy dichoso si usted desea casarse conmigo.

Aquella vez las dos mujeres, Arabella Maurizis y su madre, no hablaron mucho, pero cuando estuvieron en su casa, la madre de Arabella dijo:

—Es un hombre todavía joven y parece una excelente persona. Si pierdes esta oportunidad te arrepentirás más tarde.

Arabella dijo que si, que no perdería la oportunidad.

Una mañana dos agentes de policía que habían visto con sospecha aparecer aquel anuncio durante tres meses, detuvieron cortésmente al arquitecto Gian Martino Prosadei ante la lista de Correos, se lo llevaron a la jefatura y le preguntaron el motivo de aquella insistencia. El arquitecto Prosadei respondió burlón:

—Porque hasta ahora solamente contestan a mi anuncio las mujeres más feas del Valle Padana. Soy ya un poco viejo y no puedo tener muchas pretensiones, pero no tengo intención alguna de casarme con un monstruo, y hasta que no haya encontrado a una linda muchacha no dejaré de publicar el anuncio.

Los agentes parecieron satisfechos, indagaron un poco en su vida privada y descubrieron que diseñaba casas y decoraba apartamentos para familias acomodadas de la alta Italia, en lo cual colaboraban con él tres jóvenes ayudantes que eran efectivamente estudiantes, si bien con demasiadas posibilidades, inscritos en la facultad de Arquitectura, y ya no pensaron más en ello.

En cambio, otros agentes, seis meses después, detuvieron a Arabella Maurizis en una casa de citas y la interrogaron durante media hora. Tenía el pasaporte en regla, pero el policía, al leer que era de profesión maestra, sacudió la cabeza:

—¿Usted maestra?

—Sí, tengo el título de Magisterio.

—¿De qué viven sus padres?

—Mi padre es profesor de física y matemáticas jubilado. Mi madre es profesora de matemáticas y está en activo.

—Entonces ¿por qué motivo se encontraba usted en esa casa?

—Por las razones que usted puede imaginar. Y usted no puede hacerme nada. Soy libre de estar con los hombres que quiera, y la ley Merlin no castiga por esto a una mujer.

El policía replicó, paciente:

—No, la ley Merlin no puede castigarla a usted, pero debe castigar a quienes la explotan.

—No me explota nadie. La propietaria de la casa sólo me pedía un tanto por ciento, como en las agencias de servicio doméstico.

—Si usted nos dice el nombre o los nombres de los hombres que la han lanzado por este camino, podrá librarse de ellos y volver a ser una mujer normal.

—Le he dicho ya que no hay ningún hombre.

Su cara era inexpresiva, como una cara de madera.

El agente dio un rodeo.

—¿Sus padres conocen su actividad?

Ella se encogió de hombros y respondió:

—¿Cree usted que son cosas que se puedan decir a unos padres ancianos?

Entonces el agente dio un puñetazo sobre la mesa que incluso sobresaltó al policía que estaba a la puerta. Y cambió de tono.

—De acuerdo, no hay hombres, pero te doy cinco minutos más para que reflexiones. Fúmate un cigarrillo y volveré cuando lo hayas terminado —le arrojó sobre la mesa una cajetilla de Nazionali de exportación y añadió—: Si me dices los nombres de quienes te explotan será mejor para ti.

Ella tomó un cigarrillo del paquete, pidió una cerilla al polizonte de guardia ante la puerta, lo encendió y comenzó a fumarlo lentamente. Hacía dos horas que no fumaba. Antes de que hubiese terminado, entró el joven policía.

—¿Qué?

—¿Qué quiere usted decir? —dijo ella con su rostro de madera.

El agente asintió con la cabeza.

—¡Pobrecilla —comentó—, me das pena! —Realmente le daba pena que defendiese con tal tenacidad a sus explotadores, sus verdugos—. Ahora pasarás a la visita médica, luego se te fichará, y si volvemos a echarte el guante en una casa de esas, peor para ti. —Se volvió al policía y le dijo—: Llévatela.

Arabella Maurizis, no mucho tiempo después, cayó por segunda vez en manos de la policía, ni siquiera diez días más tarde. Un guardia de servicio en el paseo Montenero la encontró hacia la una de la mañana, estertorando al pie de uno de los grandes árboles del paseo. En los primeros auxilios se descubrió que tenía tres balas en el pecho, y llevada al hospital le extrajeron las tres, pero su estado era gravísimo. Naturalmente, comparecieron dos agentes y aguardaron a que los médicos les autorizasen a interrogar a la herida.

—¿Quién te disparó? —le preguntó uno de ellos susurrándole al oído.

Ella abrió los labios, y su voz era menos fatigosa de lo que se hubiese podido esperar.

—Un muchacho.

Tenía la cara tumefacta, llena de hinchazones violáceas producidas por los golpes.

—¿Cómo se llama ese muchacho?

Ella dijo el nombre:

—Marcello Vartasi.

—¿Dónde vive? ¿Dónde podemos encontrarlo?

—Vive con el arquitecto.

—¿Qué arquitecto?

—El arquitecto Gian Martino Prosadei.

El agente que la interrogaba no comprendía muy bien qué tenía que ver un arquitecto con esa historia, pero escribió el nombre.

—¿Dónde podemos encontrarlo?

Ella, que tenía el brazo extendido, desnudo, en cuya vena estaba clavada la aguja de la jeringuilla para la inyección intravenosa, dijo claramente la dirección del arquitecto, el caballero.

—Pero ¿por qué quería matarte ese joven? —preguntó el agente.

—Porque quería que trabajase por la calle, en el paseo Montenero.

—Y tú ¿no querías?

—No, no quería —comenzó a jadear—. Pero él me pegó y me dijo que si no paseaba por allí, por aquel trozo del paseo Montenero, me liquidaría.

Y, en efecto, había intentado liquidarla, pensó el agente, con tres balas en el pecho.

—¿Hacía mucho tiempo que conocías a ese muchacho? —le preguntó.

—Casi seis meses.

—Si estás cansada, no sigas, ya volveremos mañana —dijo el agente.

Ella sacudió la cabeza.

—Estoy muy cansada, pero he de hablar. Tengo que decirlo todo.

La enfermera intervino:

—Iré a llamar al médico. Usted la matará.

—Déjeme hablar, enfermera. Déjeme decírselo todo.

—Peor para usted —contestó la enfermera—. Si tiene un colapso no será culpa mía.

Los dos agentes vacilaron, miraron tras los cristales la lluviosa oscuridad de aquella Milán de fines de noviembre, sin duda la peor edición del año de la gran metrópoli. Luego, el que la estaba interrogando dijo:

—Tú eres una maestra, eres hija de una buena familia, ¿cómo pudiste conocer a un tipo como ese de los tres balazos?

Ella respondió en seguida:

—A través de un anuncio matrimonial. Tengo casi veintiséis años y quería casarme: tenía miedo de quedarme soltera. Leía siempre estos anuncios, y un día leí ése. Era el del arquitecto Gian Martino Prosadei: «Conocería con fines matrimoniales». Parecía muy serio. De manera que escribí y nos vimos.

—Descansa. Habla solamente cuando puedas. Nosotros esperaremos, tenemos tiempo —dijo el amable agente.

Ella sacudió la cabeza, y pensó que era ella la que no tenía tiempo. Dijo:

—Es un hombre de más de cincuenta años, muy educado, nadie habría sospechado de él. Me presentó a un muchacho rubio de unos veinte años y me dijo que era su hijo, pero no es verdad. Me contó que era desgraciado porque se había casado a los dieciocho años con una mala mujer a quien tuvo que dejar y pidió la separación legal. Volvimos a vernos otras veces: el arquitecto había puesto en manos de su secretaria la cuestión del arreglo de papeles para el matrimonio, y me llevó un par de veces a su casa de la plaza Carlo Erba, donde tiene el estudio, y donde trabajan sus ayudantes. Todo era cierto: él es realmente arquitecto, y sus ayudantes son realmente ayudantes, pero en el piso de arriba hay otras cosas, algo que nadie podría sospechar. La policía que estuvo allí no encontró nada anormal. Y, sin embargo…

—Sin embargo…

—El arquitecto publicaba ese anuncio, y muchas mujeres respondían porque parecía serio. Durante un tiempo él las ilusionaba, luego entraban en escena los muchachos jóvenes que las enloquecían, tal vez con alguna droga, y cuando las habían comprometido y hecho de ellas unas desgraciadas, las aterrorizaban con amenazas y las enviaban a casas de citas, o a la calle. Con las más dóciles hacían incluso «filmets», pero yo no quise hacerlos ni salir a la calle.

—Escucha, ahora casi hemos terminado —dijo el agente—, pero te lo repito: ¿cómo tú, una persona instruida, de buena familia, te dejaste engañar por cierta gente? —El agente vaciló un instante—: ¿Te drogaron también a ti?

Ella sonrió y sacudió ligeramente la cabeza.

—No, conmigo no tuvieron necesidad de drogas. Fue Marcello. Yo creí que era de verdad el hijo del arquitecto. Yo era la novia de su padre, y me enamoré de él. Y todo estaba preparado por ellos. En pocas semanas me atontó y corrompió. Había momentos en los cuales, cuando volvía de una de aquellas casas, ni siquiera me parecía que fuese yo: no me reconocía…

—Basta ya —dijo la enfermera—, le cuesta demasiado esfuerzo respirar.

—No, enfermera —repuso ella. Jadeaba realmente, pero siguió hablando—: Por la calle no, yo no iba por la calle. En las casas sí, aunque me repugnara, pero por la calle no. No habría dicho nada a la policía si no hubieran pretendido que actuara en la calle…

—Pero ¿por qué no siguieron enviándote a las casas de cita, por qué quisieron que te lanzaras a la calle? —preguntó el agente, viendo que los labios de ella se amorataban cada vez más.

—Porque… porque hace diez días me sorprendió la policía en una de esas casas, y la policía me interrogó, pero yo no dije nada, absolutamente nada, a pesar de que querían saber los nombres de los hombres que me protegían, y yo no dije nada. Pero cuando volví a su lado, Marcello no se lo creyó y me dijo: «Has hablado, has dado mi nombre y el del arquitecto; dentro de poco vendrán a detenernos a todos, pero te mataré antes…».

Apenas se apeó del coche, echó a correr gritando y él, Marcello, hombre de palabra, le llenó de balas el cuerpo.

Sonrió, se acordaba de aquel día en que había leído el anuncio «Conocería con fines matrimoniales», como lo recordaba de vez en cuando, y siempre que pensaba en ello sonreía, se sonreía de la vida, de las cosas y también sonreía ahora, con todo y saber que se estaba muriendo.

—Enfermera, está mal; llame al médico —dijo el agente.

—Ya han logrado lo que querían, ¿verdad? —replicó agriamente la enfermera, y llamó al médico.

Los dos agentes aguardaron en el pasillo a que saliese el médico de la habitación de la maestra Arabella Maurizis.

—¿Cómo está? —preguntó uno de los agentes.

—El corazón ha resistido —repuso el médico—. Dentro de un par de meses estará curada y en condiciones de dejarse pegar un tiro por otro.

 

 

9

UNA SEÑORITA SIN REVÓLVER

 

En este momento estoy en Rímini, en el Hotel Grand Park, y miro el mar; es de color gris, pero hay un poco de sol que lo hace cabrillear, casi como la luna por la noche. Estoy precisamente en la terraza que da al mar; hace un poco de frío y llevo un pesado pullover amarillo, de esos que se usan en montañismo. Estoy bebiendo una sambuca[2] negra, aunque sean sólo las nueve de la mañana, pero el alcohol es la única satisfacción que tengo. Soy la última cliente del Hotel Grand Park. La dirección ya me ha comunicado que pasado mañana cierran; no hay nadie en la playa, bañándose, salvo pocas personas vestidas como yo, paseando, alguna con un transistor en la mano. No hay parasoles y están desmontando las casetas; un bañero, lo veo desde aquí, esta lavando la tumbona con una regadera. Oigo incluso el ruido del agua al salir. El verano ha terminado y lo siento, me da una gran melancolía, y yo soy muy sentimental, pero procuro que se vea, claro está.

Son las cuatro y media del veintinueve de septiembre, como dice la canción, de ir al puerto, de ver a Savoriello, aunque no precisamente al puerto, sino cerca, para el trabajo de siempre, y falta casi media hora, y cuando estoy así esperando, es decir, en estos momentos vacíos, se me ocurren todas las cosas de mi vida, y de la vida en general. Yo, por ejemplo, hubiese tenido que hacer el oficio de mi madre, pero soy fea, alta, flaca como una algarroba; puedo maquillarme y vestirme de cualquier modo, «Pero siempre serás fea», me dice Savoriello. Luego, naturalmente, mi madre pretendía que fuera una científica, que estudiase. Creía que con el dinero que ganaba paseando por la noche podía llegar a ser no sé qué, pero después de haber pasado la cuarta elemental, me aburría y desde entonces sólo leo el diario para saber si han detenido a alguno de mis amigos, y alguna novela de «comics», que son tan bonitas. Así he hecho diversas labores, las que podía hacer una mujer tan fea como yo: vigilaba a los ladrones en los garitos clandestinos, o en las casas de citas, hacía de mandadera con los sobrecitos de drogas o las ampollas de heroína, pero eran trabajos de poco interés, hasta que una noche, Savoriello, en un almuerzo, en el que estaba él, mi madre, y dos jefes de la cuadrilla de Savoriello y tragaban ostras, una tras otra, allí, en la terraza del Palace Hotel de Milán —y yo también me comí once, y al día siguiente me pareció que me iba a estallar el estómago, aun cuando en la mesa me gustaron mucho—, en la mesa, en un momento dado, Savoriello le dijo a mi madre, mirándome:

—¿Y qué trabajo hace ahora esta algarroba?

—Cosillas —repuso mi madre—, no quiere estudiar.

—¿Por qué no quieres estudiar? —me preguntó Savoriello.

Tenía ya el temperamento de mi madre, y le dije:

—Porque soy estúpida.

Porque mi madre muerde cuando habla.

Él rió, le era simpática aunque fuese tan fea y dijo:

—Entonces yo también soy un estúpido por no haber pensado antes en ti.

—¿Por qué tenías que pensar en ella? —preguntó mi madre que es muy recelosa.

—Escucha, Chicca —dijo Savoriello a mi madre, en voz baja, arrancando de la concha quizá la decimocuarta ostra e interrumpiéndose para comérsela—. Pensaba en las armas. Nadie podría pensar que una chiquilla como tu pequeña conduzca un coche con tres o cuatro maletas cargadas con calibres siete y nueve, metralletas, y también algunas veces con bombas napalm. Hemos sido unos estúpidos no habiéndolo pensado antes. A la policía de tráfico de carreteras no se le ocurre pensar que una moza fea como ésta lleve metralletas del calibre nueve en sus maletas blancas y rosa. De todos modos vale la pena probarlo.

Lo probamos. Tenía entonces veintidós años; ahora tengo veinticuatro. Lo probamos y siempre fue bien durante esos dos años; la policía solamente me detuvo tres veces, pero ningún agente quiso mirar en mis maletas blancas y rosa que parecían contener sólo ropa interior de encaje, en lugar de metralletas y pistolas. Echaban una ojeada a mi documentación, se conmovían ante mi fealdad y me decían que me fuera. Había que abastecer de armas a los amigos de Milán, y creo que ahora tenemos más armas nosotros que todas las brigadas antigángsters de la policía. Si hubiese que hacer una guerra declarada ganaríamos nosotros.

Pero ésta es la parte que menos me importa de mi vida; lo más importante de mi vida es Mariolino; lo llaman Mariolino o’Guappo, pero fue guapo una vez. Después del accidente de coche en el que perdió un brazo y los dos ojos, no puede ciertamente ser un tipo guapo. Y yo sé que él me quiere de veras; no porque lo mantengo, no porque está ciego y no sepa que soy fea —porque él me conocía antes de que perdiese los ojos—, sino porque en su desgracia la única persona que realmente lo comprende soy yo, porque los otros amigos —sin que esto sea hablar mal de nadie— hacen como dice el proverbio siciliano: «Cojo está el asno, déjalo morir».

Todavía faltan cinco minutos para la cita en el puerto con Savoriello. Justamente es el final del verano y sólo hay un niño en el columpio cerca del mar, y está con su madre, columpiándose despacio porque tiene miedo, y no hay nadie más, excepto yo, en esta terraza del Hotel Grand Park, bajo esta luz gris, casi lunar, de un sol que ha desaparecido, y tengo todavía cinco minutos para pensar en lo único que me gusta en la vida, en Mariolino, y pensar que la primera vez que lo vi y me gustó mucho tenía yo doce años, y un minuto después lo odié, porque él estaba con una morena muy gorda y con mi madre, y le dijo a mi madre:

—No comprendo cómo de una mujer guapa como tú ha nacido un sapo como eso.

Aquella vez mi madre se ofendió, lo odió con toda su alma y le dijo:

—Maldito puerco, que no eres otra cosa.

Y yo, durante años y años, lo odié y lo quise. Lo odiaba hasta morir cuando lo veía con sus «tías buenas», cada vez que me decía:

—Princesa, te estás volviendo cada vez más fea.

O bien:

—Princesa, ¿esa jeta torcida la pones adrede para dar miedo, o es la tuya de verdad?

Y en esos momentos lo odiaba tanto que lo hubiese matado, pero por la noche o en cualquier momento que estuviera sola, tenía en la cabeza su cara, sus ojos celestes, su cuerpo esbelto de sutiles caderas y anchos hombros y lo amaba desesperadamente y desesperadamente sabía que nunca gozaría de la felicidad de que él me amase. ¿Quién podía querer a una mujer como yo?

Luego Mariolino o’Guappo tuvo aquel accidente de coche por escapar de la policía; lo sacaron más muerto que vivo del coche en llamas, pero lo salvaron. Los amigos lo tuvieron un tiempo en la clínica, y luego, como no servía para nada, sin un brazo y ciego —«asno cojo, déjalo morir»— se lo sacudieron, hasta que mi madre sintió lástima de él y lo metió en casa. De otro modo la policía lo hubiese internado en cualquier asilo, y él dijo que si lo internaban se mataría. Y así él se enamoró de mí, a pesar de que sabía lo fea que era, pero ahora cuando me abraza con su único brazo y parece mirarme con sus órbitas vacías, me pide perdón:

—Princesa, perdón, perdón, perdón por todo lo que te dije, princesita; eres muy hermosa por dentro, tienes el corazón muy hermoso —y sigue pidiéndome perdón y besándome las manos—. Princesita, princesita…

Y esta es la única gran alegría de mi vida, mi verdadera felicidad, porque soy realmente una mujer feliz.

Ahora, mirando al niño que, en la playa, se apea del columpio, me siento un poco preocupada y no veo la hora de ir a Milán, porque Mariolino, hace quince días, fue llevado a la comisaría y le interrogaron por aquel siciliano muerto en el Parco Ravizza con una descarga de Bren. Nosotros no tenemos nada que ver con ese asunto. Savoriello tiene otras cosas, pero se trata de la historia de un colega, y todos sabemos muy bien qué es lo del Bren y quién lo envió a trabajar al Parco Ravizza. Mariolino volvió tranquilo a casa de la jefatura; dijo que los policías no son muy sagaces y se puso a beber de su botella de Verdicchio. Pero yo no estoy tranquila ni mucho menos. Es mejor que no tenga nada con la policía, y no es cierto que los policías no sean sagaces. A mí no me gustan los policías, pero sé que son inteligentes.

Pero ahora ya ha transcurrido el tiempo, como dicen en la televisión, y he de ir al puerto a ver a Savoriello. Dejo la terraza con este último y extraño sol lunar sobre el mar y bajo al jardín. Apenas me ven, dos muchachos de uniforme se lanzan sobre mi modesto Flaminia, me acompañan al aparcamiento, me acercan el coche, se inclinan, saco las mil y vuelven a inclinarse, me cierran la portezuela, me saludan como si fuese la reina Elisabeth, y con las propinas que les he dado estoy segura de que creen que soy pariente suya.

De aquí a la plazuela junto al canal del puerto se tardan dos minutos de coche. Yo soy una mujer puntual y llego a la plazuela cuando Savoriello y sus dos amigos comparecen con sus cuatro maletas de cabritilla, dos rosa y dos blancas con su frívolo aspecto. No bajo del coche; todo estaba estudiado y dispuesto así. Savoriello sube a mi lado:

—Hola —me dice.

—Hola —le digo, mientras los dos amigos cargan las dos maletas en el portaequipajes y las demás en la baca, atándolas cuidadosamente.

He hecho esto tantas veces que ya no me preocupa.

—Toma el revólver —me dice Savoriello y deja en el asiento una especie de cañoncito.

Lo conozco bien porque lo he transportado a montones y distribuido a docenas entre los amigos: es una Balder C. M. calibre 9, una especie de pequeña metralleta.

—Te he dicho siempre que no llevo armas —le digo.

—Escúchame, querida —me dice Savoriello, haciéndome una caricia en la mejilla y tirándome un poco de los cabellos que llevo largos con el flequillo sobre la frente, porque cuanto menos se me vea la cara, mejor—, estas maletas están que revientan, todas llenas de metralletas. A ti no pueden pillarte con todo ese material, o estamos todos listos.

—Hace dos años que hago este trabajo y no me he dejado pescar —le respondo.

—Hoy cambia la cosa —replica Savoriello—. Por todas partes están vigiladas las carreteras, especialmente en torno a Milán. Esto tiene que llegar a Milán y si al llegar a Milán hay un bloqueo, no te pares a ningún precio. Con ésta —y señaló la Balder— liquidas a un escuadrón de policía de carreteras.

—No la necesito —le digo—. De nada sirve disparar. Si hay bloqueo saldré disparada.

—Escucha, monada; esa gente tiene motos que van a doscientos por hora y te echarán el guante en seguida. Te ordeno que dispares. Lo que hay en las maletas no debe caer en manos de la policía, aunque cueste un cementerio entero.

Cuando Savoriello dice «Te ordeno» no hay nadie, desde Canicatti a Cortina d’Ampezzo que se atreva a decir no. De manera que yo también dije:

—Sí.

El sol había descendido al fondo de la callejuela. Veo el canal del puerto y el mar, el último mar, luego comienzan los largos meses de barro en Milán.

—Póntela en el portaligas —me dice Savoriello—. Es el mejor sistema para poder disparar estando sentada, según me ha dicho una marroquí.

Repito que a Savoriello nadie puede decirle que no, ni siquiera se puede negociar con él; ni aun podía decirle: «¿Te importa que me guarde el revólver dentro del sostén y no en el portaligas?».

Había que ponerlo en el portaligas y en el portaligas lo pongo, delante de él para que vea que se le obedece.

—Muy bien —dice él—. Verás como resulta cómodo.

¡Ah!, una Balder es incluso demasiado cómoda, pienso en este crepúsculo casi nuboso y, sin embargo, tan lleno de luz.

—Hasta la vista, preciosa —me dice cuidando de que sus amigos colocaran las maletas como era debido.

Y, en efecto, las han colocado muy bien, y entonces se apea del coche.

—Adiós —le digo, y hago que el Flaminia arranque lentamente, con las dos maletas en la baca, una rosa y otra blanca, y otras dos, una rosa y una blanca, de cabritilla, cargadas con pequeñas metralletas, en el portaequipajes, que no sé por qué utilizan tantas, pero eso es cosa suya, y con la Balder en el portaligas, salgo de Rímini y tomo la calle que conduce a la primera curva un poco solitaria, y esta estación es fácil encontrarla, me paro.

A mí no me gustan las armas y, naturalmente, por ironías de la vida, me veo obligada a trabajar con armas; las armas matan, y las armas que más odio son los revólveres; se mata con demasiada facilidad, están ocultas en la chaqueta del hombre, en el bolso de la mujer o en el portaligas, como en mi caso. Por eso, apenas me detengo, me apeo del Flaminia, cruzo el andén de peatones, como es natural, bajo al prado y me oculto detrás de un grueso árbol, me levanto la falda, quito el revólver del portaligas, quito todas las balas del calibre 9, con el cañón de la Balder excavo un pequeño agujero, meto en él el revólver y las balas, vuelvo a la carretera y subo al Flaminia. A Savoriello le he dicho que sí, porque nadie puede decirle que no, pero yo no llevo el revólver y no podía tenerlo en el coche porque si les da por hacer un registro lo encuentran en seguida, y si lo tengo en el portaligas acabo pegándole un tiro al policía y no quiero pasarme diez años en la cárcel por la cara bonita de Savoriello.

El viaje de Rímini a Milán no es una diversión, sobre todo cuando se ha hecho tantas veces, y sobre todo si una es una gata solitaria como yo; además, en la autopista, de noche, es casi lúgubre, pero yo necesito dinero. Un año más con este trabajo y me podré llevar a Mariolino a un chalet en la Costa Azul y abrir una «boutique». Y Savoriello, cuando le digo que sí, me da todo lo que quiero. Con la protección de los garitos clandestinos y de los «night» gana lo que quiere. De todos modos, más tarde o más temprano, se llega a Milán, a pesar del bloqueo de los carabinieri un poco antes de llegar a Lodi, y cuando lo veo me asusto un poco y me dispongo a lanzarme a ciento sesenta, pero el carabiniere, con la metralleta a la bandolera y la paleta luminiscente en la mano, me indica que pase de largo; ni siquiera quiere ver mi documentación, porque están haciendo limpieza general, según ellos, y buscando coches equívocos, no uno de mujer como el mío, con dos maletas de mujer, arriba, y con una mujer al volante, porque en el fondo sigo siendo una mujer.

De manera que estoy en Milán. Durante casi todo el viaje he pensado en Mariolino. Ahora, dentro de unos minutos tendré algo más que pensar en él: lo tendré ante mí, abrazándome con su único brazo, pero es tan fuerte que me hace daño, y yo deseo mucho esto, que me haga daño.

He llegado: calle Turad, abro el cancel porque es muy tarde, pero el portero está todavía levantado y acude a tiempo de abrirme la puerta del box y meter dentro el coche. Mi pequeña misión ha terminado. Sólo me falta decir las habituales palabras al portero, y mientras lo hago le pongo las mil en la mano para decirle:

—Mañana por la mañana vendrá el chico del garaje a llevarse el coche para lavarlo.

—Sí, señorita —dice.

—Ábrale el box y que se lleve el coche.

—Sí, señorita —dice, como de costumbre—. ¿Con las maletas?

—Sí, con las maletas, porque me iré en seguida que me hayan lavado el coche —digo.

Y con esto he cumplido: mañana por la mañana vendrá un amigo disfrazado de mecánico y sacará el coche con la excusa de llevárselo al garaje; vaciarán las maletas y volverán a dejarlas en su sitio, vacías, y el coche volverá al box bien lavado y brillante, y yo estaré con mi Mariolino hasta el nuevo encargo.

Antes de entrar en el ascensor miro cómo el portero cierra la puerta del box. Luego, en el ascensor, me relajo, porque en estos viajes siempre es fuerte la tensión. La subida es larga, porque debo subir hasta bajo el terrado, donde tenemos una buhardilla Mariolino, mi madre y yo, y de noche y de día se ve un espectáculo maravilloso. Se lo describo a Mariolino:

—Mira, Mariolino: allí está la plaza Cavour con todas las luces, y allí los jardines públicos, oscuros.

Nunca hubiese querido describir estas cosas a uno que no ve, pero él me lo pidió:

—Dime lo que ves; debe de ser muy hermoso.

Por fin he llegado. Mi madre, avisada por el teléfono de la portería, está ya a la puerta. Esta verde. Es el color de su cara cuando Savoriello amenaza con pegarle. El color del miedo.

—¿Qué ha sucedido? —pregunto, entro y cierro la puerta.

A mi madre se le ha vuelto histérica la voz por la rabia y el miedo.

—Pero ¿no sabes nada todavía?

—¿Qué tengo que saber? —pregunto, y en ese mismo instante siento un estremecimiento, porque cuando vuelvo a casa de estos viajes, Mariolino, apenas oye el teléfono interior, corre al recibidor para saber si soy yo quien llega, y en cambio, ahora no está ahí, y tengo la impresión de que la casa está vacía, que sólo está en ella mi madre.

Y entonces se me entrecorta la respiración, y pregunto tosiendo y jadeando:

—¿Dónde está Mariolino?

Pero ella no me responde, sólo me mira.

—¿Dónde está Mariolino? —repito.

Mi madre me tiene miedo: sabe que soy peor que ella y me contesta en seguida:

—Se lo han llevado preso.

—¿Otra vez la policía? —pregunto con una última esperanza.

Si ha sido la policía, no es nada.

La cara de mi madre se vuelve más verde todavía.

—No —responde.

Dice que no ha sido la policía quien lo ha detenido, sino los amigos, los amigos de Savoriello.

—¿Por qué han venido a detenerlo? —pregunto.

—Porque él, cuando fue detenido por la policía —responde mi madre, sentándose en el arca con respaldo estilo Liberty que hay a la entrada— ha dicho varias cosas de los amigos. Los periódicos ya hablan de Savoriello, la policía se ha puesto en acción, está dando batidas y será mejor que también nos vayamos nosotras.

—No me importa nada la policía, quiero saber dónde está Mariolino —digo en voz baja.

Pero ya tengo escalofríos, estoy tuberculosa, y las emociones, según me ha dicho el médico, me hacen venir la fiebre, y tengo los labios y la lengua seca de terror ante lo que mi madre va a decirme.

Y me lo dice:

—Lo han matado. Esta mañana me lo telefoneó Carpuccio.

Pienso que han matado a Mariolino. Es el sistema: el que habla muere. Siempre lo han hecho así. Tengo mucho frío, quizá de un momento a otro me castañetearán los dientes, y siento que aumenta rápidamente la fiebre. Han matado a mi pobre Mariolino porque habló a la policía, pero ¿qué podía hacer un pobre ciego con un solo brazo ante tres o cuatro policías que lo aturdían con miles de preguntas una tras otra? Y me lo han matado, no han tenido piedad alguna, ni la tienen nunca. El que habla muere.

—Bueno —digo.

Voy a mi habitación, y me sigue mi madre afanosamente.

—No hagas tonterías, no me mates también a mí —jadea.

—Estate tranquila —le digo, y me estremezco.

Abro un armario, quito del saco de plástico el suave abrigo de piel de visón, me lo pongo, abro la ventana que da a la terraza jardín y siento otro escalofrío todavía más intenso. Tengo la impresión de que la lengua se me ha vuelto de papel de lija, tan seca está.

—No, no, no —dice mi madre—, no te tires —y me agarra de un brazo.

Entonces le sonrío temblando de fiebre; acaso tenga treinta y nueve, y le digo:

—Si quisiera tirarme por la ventana no me habría puesto el abrigo de visón —y ella se echa a llorar, convulsa, y le digo—: Vete a la cama y déjame en paz.

—Sí —responde ella obediente.

También ella está desesperada, por mí; ella también quería mucho a Mariolino.

Salgo a la terraza y mis dientes comienzan a castañetear, a pesar de que me arropo bien en el abrigo de visón. Me siento en la meridiana, donde solía sentarme con Mariolino. Su sitio está a mi derecha, junto a su único brazo; así podía abrazarme, tirarme del pelo, hacerme cosquillas para obligarme a reír, mientras me preguntaba:

—Cuéntame lo que ves.

Y yo le digo:

—Qué gracioso, en la plaza Cavour se ha averiado un autobús y ha embotellado el tráfico.

—Precisamente oía el claxon y suponía que se trataba de un atasco —responde—. ¿Y qué más?

—Allí, en la plazuela de la Montecatini han vuelto a encender la fuente e iluminado el surtidor —le describo.

—¿Sabes que he oído barritar al elefante? —me dice Mariolino.

Y yo me mezco en la meridiana columpio en la tibia, húmeda noche milanesa, envuelta en el abrigo de visón, y castañeteo los dientes; estoy segura de que tengo treinta y nueve de fiebre, pero contesto, hablando casi en alta voz como si Mariolino estuviese a mi lado:

—Y yo la otra noche oí rugir al león; por suerte estaba en la cama a tu lado, sino hubiese tenido mucho miedo.

Porque para mí Mariolino no puede morir; siempre será todo como si estuviese vivo.

Luego, de pronto, tengo calor, y esto es señal de que la fiebre ha aumentado y el hielo se transforma en fuego. Debo estar cerca de los cuarenta. Me quito el abrigo y trato de humedecerme los labios, pero estoy tan seca como la arena en el mes de julio. Sin embargo, todavía puedo pensar y pienso sólo una cosa: que vengaré a Mariolino.

Lo primero que hago, ardiendo de fiebre, con las piernas que apenas me sostienen, es entrar en la habitación y telefonear a la comisaría; la señorita de la central me da amablemente el número y yo lo marco y, a la voz de la centralita, respondo:

—Oye, policía, que se ponga cualquier jefe o subjefe: he de hacer una declaración sobre la banda de Savoriello y sobre la de Carpuccio, nombre, apellido, dirección y si quieres te mando también las fotos.

—No bromees, porque tenemos malditas las ganas —dijo aquella voz en siciliano.

—Dentro de una hora habréis detenido a todos, a Savoriello y a sus amigos, pero espabílate, policía, porque puedo cambiar de idea.

—No cuelgues, te mando en seguida al doctor Arracco.

Estoy al teléfono y casi inmediatamente llega otra voz, de hombre de más edad y napolitana, en lugar de siciliana:

—Dígame —dice.

—Oye —digo—, llama a un taquígrafo, conecta el magnetófono o haz lo que te dé la gana, pero presta atención porque la historia será larga y no la contaré dos veces.

—Habla —dice el doctor Arracco o quien sea.

Y yo entonces empiezo a hablar. Hace años que trabajo para Savoriello: yo era una niña y el que vivía con mi madre me daba un sobre que tenía que llevar a un tipo cerca del quiosco interior de la calle Montenapoleone, un hombre alto y flaco, y dentro del sobre, lo supe después, había cien billetes de diez mil y él, en cambio, me daba un sobrecito. Y hablo, y a este doctor Arracco o Assacco, o como se llame, porque no he entendido bien el nombre, se lo digo todo porque lo sé todo, exactamente todo, nombre, dirección, lo que han hecho, dónde pueden encontrarlos, lo que deben hacer para agarrarlos, aunque uno, el jefe, esté en Rímini, el otro en Génova, y los demás se hallen esparcidos por Palermo y Marsella.

—¿Por qué no vienes aquí? —me pregunta el doctor Arracco—, nosotros te protegeremos, porque después de esta información trataremos de mantenerte al margen.

El doctor Arracco es muy amable.

—No necesito protección —le digo y corto la comunicación.

Con esta llamada he ajustado las cuentas con quien hizo matar a Mariolino, y toda su banda: después de la llamada, esta noche en toda Italia se llevará a cabo la Operación Savoriello. Miro el reloj. Mañana, al amanecer, el ochenta por ciento, y aún más, de los amigos de Savoriello y él mismo, estarán esposados. Con esta llamada me los he cargado. Pero no es suficiente: he de humillarlo.

Marco otro número de teléfono: hoy se hace todo por teléfono. Oigo una dulce voz de muchacha del Sur, es la dulce voz de la chica más hermosa de toda Sicilia, porque Savoriello se cuida bien, y su amiga fija ha de ser una «Miss Universo» o nada.

—Diga…

—Hola, Giulietta —digo. Estoy ardiendo de fiebre; el auricular me quema la mano, al poco rato de sujetarlo—. Papá me ha enviado un regalito para ti. ¿Puedo llevártelo? —porque esta chiquilla llama «papá» a su Savoriello, y suyo es un decir porque él tiene más mujeres que pétalos una margarita.

—¡Oh, querida! —dice ella, porque sabe que los regalos de papá son siempre muy sustanciosos—, ven en seguida. Tengo muchas ganas de verte.

¡Qué risa! Tenía ganas de verme a mí, no el regalo de «papá».

—Voy en seguida. Adiós.

—Te esperaré en el portal —dice Giulietta.

Vuelvo a ponerme el abrigo de pieles, aunque esté ardiendo de fiebre. Mi madre me dice:

—¿Dónde vas? No cometas locuras.

—Estate tranquila, mamá; no voy a hacer nada.

Bajo las escaleras y me dirijo al box donde está el Flaminia, descargo las maletas llenas de metralletas, aunque sean muy pesadas, porque a mí no me gustan las armas, ni los revólveres, ni nada que haga pum; no las necesito: los hombres las inventaron, y los hombres no son gran cosa. Abro una maleta, una blanca, le quito las metralletas y meto dentro un pequeño bidón de gasolina que siempre está en el box por si sucediera el caso de que me quedara sin carburante precisamente cuando me dispongo a salir, cargo la maleta en el coche, luego tomo también la llave inglesa del cajoncito del tablero y la meto en el bolso de oro que siempre llevo conmigo, porque con la piel de visón hay que llevar bolso de oro.

Y me voy. No es un viaje largo. Giulietta vive en una vieja casa del Foro Bonaparte, un piso desolado que Savoriello le ha arreglado a estilo rococó, de manera que, allí dentro, a una le parece que está representando una película. Llego a los pocos minutos y ella está esperándome en el portal.

Bajo del coche, y ella acude a mi encuentro y me abraza y nos besamos en las mejillas.

—Ven, ven —dice Giulietta.

Saco la maleta blanca que lleva dentro el pequeño bidón de gasolina.

—Éste es el regalo de tu admirador.

Reímos juntas, juntas entramos en el zaguán y juntas en el ascensor. Yo llevo la maleta. Ella se mira en el espejo del ascensor. Es muy hermosa, entre ella y yo está el abismo: yo soy la fealdad y ella la belleza. Pero no la mato por esto, sino para humillar a Savoriello, para que aprenda, y para vengar a Mariolino.

—¿Qué hay en la maleta? ¿Lo sabes? —me pregunta Giulietta en el ascensor, después de haberse mirado una vez más al espejo.

Aprieto el botón del ascensor y le sonrío.

—Sí, lo sé, pero no te lo digo.

Y mientras el ascensor se pone en marcha, ella se inclina impaciente para abrir la maleta y ver lo que hay dentro, y mientras la abre, yo agarro la llave inglesa que llevo en el bolso.

—¿Qué significa esto? ¿Es una broma? —dice ella, muy hermosa, apenas abierta la maleta, viendo el bidón.

—No, no es una broma —le digo.

El ascensor se ha detenido y las puertas están abiertas. El golpe con la llave inglesa se lo doy en plena frente, entre los dos ojos, y ella ni siquiera dice «¡Ah!», se cae y entre los dos ojos aparecen unas manchitas de sangre.

En la terraza de mi buhardilla he tenido tiempo de pensar muchas cosas, y he pensado también en lo que estoy haciendo. Le quito de las manos las llaves del portal, luego destapo el pequeño bidón y la rocío de gasolina; son ocho litros. Ella está tendida, tiesa, en el suelo de la caja del ascensor, y está volviendo en sí bajo aquella ducha de ochenta octanos.

Yo estoy fuera del ascensor y la miro mientras enciendo un cigarrillo. La veo abrir los ojos, levantar fatigosamente un brazo; sus hermosos cabellos negros, empapados de gasolina, se le pegan a la cara, y en ese momento arrojo el cigarrillo encendido dentro del ascensor, y retrocedo, pero tengo tiempo de verla retorcerse, exactamente como se retuerce el papel cuando se quema, en un intento de gritar que no consigue, y digo con dulzura:

—Mírala, Mariolino —como si él estuviese a mi lado, porque para mí Mariolino no morirá nunca—. Mírala, es la mujer del hombre que te hizo matar.

Me parece que él me sonríe con sus ojos vacíos. La verdad es que hubiese podido matarla con el revólver, la metralleta o las bombas napalm, pero a mí no me gustan las armas.

—Mira, Mariolino, qué bien se quema.

Luego echo a correr; llevo las llaves del portal. Lo abro y subo al Flaminia. He destruido y humillado al gran Savoriello; he vengado a Mariolino.

Al día siguiente leo en el periódico dos noticias, la primera es que la policía ha hecho un brillante trabajo: la banda del gángster Savoriello ha sido casi totalmente detenida, incluso Carpuccio, y sólo han escapado unos pececillos de poca monta. La otra, publicada a toda página, habla de una mujer quemada, carbonizada, hallada en un ascensor de una de las casas más elegantes del Foro Bonaparte. Sonrío y me estremezco también, porque sigo teniendo fiebre. Ya sin Mariolino acaso no se me quite nunca. La verdad es que no tardarán en descubrir quién quemó a la chica en el ascensor, pero ¿qué me importa? Ya no poseo nada, ahora que no tengo a Mariolino.

 

 

10

NO SÓLO SE VIVE DE PÓQUER

 

No es necesario saber jugar al póquer para comprender lo que me sucedió, y la verdad es que me sucedió algo muy grave. Pero debo explicar antes una cosa: a mí no me gusta el póquer, lo juego porque es como un trabajo, como ir a la oficina. Y otra cosa además: ya han pasado los tiempos en que las casas de juego clandestinas estaban en pisos de señores, y los que tenían la pasión del juego iban allí una vez, o dos o diez, hasta que llegaba el momento en que perdían demasiado, sospechaban que les estaban robando e iban con el cuento a la policía:

—Vayan a tal piso, en la calle tal, y encontrarán algo interesante.

Y, en efecto, encontraban una docena de tipos de cuarenta a sesenta años que se dejaban limpiar en los juegos más diversos. Era un sistema demasiado peligroso. Mi amigo Ettore y yo habíamos ideado otro, el del hotel. Ettore me busca a los que quieren jugar una partidita de póquer, dos o tres personas llenas de dinero —y Ettore las encuentra siempre— y yo las invito en el comedor de un gran hotel: he jugado en los mejores hoteles de Milán, Génova, Bolonia, Florencia e incluso Venecia, porque aunque en Venecia está el Casino, es diferente jugar un póquer como los que jugamos nosotros. Después de la cena ofrecida por mí, y en la cual he tenido la manera de estudiar a mis amigos apasionados por el póquer, los invito a mi habitación apartamento a beber algo y charlar un poco.

Subimos, acompañados incluso por una chica, Mirella, a quien llamamos la contable, porque es ella la que hace las cuentas, y son difíciles de hacer. En el apartamento, que da a cualquier bella plaza milanesa, o a cualquier calleja florentina, estrecha pero histórica, entra el camarero con un cargamento de licores, de champaña, y cuando se ha ido, nos sentamos en buenas sillas tapizadas, en torno a una buena mesa de estilo, redonda o cuadrada, y nos ponemos a beber, servidos por Mirella que luego desaparece discretamente. De pronto Ettore dice a los dos amigos llenos de dinero a quienes ha pescado en el café o en un local nocturno:

—Ahora dejémonos de conversaciones mundanas, y juguemos una partidita.

Yo hago un poco el esnob y otro poco el moderador y digo:

—Mira, si no tienen ganas, bebamos un poco más y vayámonos a dormir.

—¿Cómo que no tenemos ganas? —dice uno de los dos, el más ingenuo—. Si hemos venido precisamente por esto…

—Y yo he traído dos barajas completamente nuevas —dice el viejo, que es desconfiado, pero a quien el propio Ettore le ha aconsejado que comprara las barajas para que no hubiera dudas.

—Oh, por mí no hay inconveniente. Me gusta mucho el póquer —digo, y explico la regla—: Jugamos al póquer sencillo, sin comodín.

—Sí, lo conozco —dice el joven, nervioso.

—La puesta es libre —sigo yo, fingiendo no haber oído y mirando al mayor—. Absolutamente libre, mientras uno tenga dinero puede apostar todo lo que tenga, pero ni una lira más de lo que tenga. En pocas palabras, no se concede crédito.

—Ya me lo suponía —dice irónico el viejo. Estaba eufórico, aunque seguía desconfiado, después de la buena comida y de los licores, y le dio un manotazo a Mirella, a las agradables caderas de Mirella—. Cuando haya terminado la partida, tengo que decirle algo —le dice.

—Con mucho gusto, señor —responde ella.

Todos sonreímos y yo continúo:

—Como ya le habrá dicho mi amigo, no usamos fichas: empleamos dinero de verdad, pero con el valor cambiado: las cinco liras valen cinco mil liras; las diez, diez mil; las veinte, veinte mil; las cincuenta, cincuenta mil; las cien, cien mil; y las quinientas de plata, medio millón.

—Sí, sí, lo sabemos —dice el más joven, nervioso.

—Discúlpenme que me haga pesado —digo—, pero en el póquer hay que ser claros. Ahora, por tanto, pueden pedirle las fichas a esta guapa chica que hace de secretaria, cajera y contable. Ven, Mirella, con tu bolso.

El joven está impaciente por jugar y a mí me da un poco de pena. Saca del bolsillo unos cuantos billetes de distinto valor, incluso de mil, pero el total es medio millón justo. Es evidente que si lo pierde no le quedará ni una lira para el tranvía. Mirella toma el medio millón, que mete en el amplio bolso y se lo cambia en pequeñas monedas. El medio millón, traducido de esta manera, se convierte en ocho monedas de cinco liras; seis de diez liras; cinco de veinte, cuatro de cincuenta y una de cien. No es mucho que jugar, ya que la puesta más pequeña es de cinco mil liras.

Como Ettore y yo somos psicólogos, Ettore finge también él ser un pobrecillo y saca sólo medio millón, se lo da a Mirella y ésta se lo cambia por las consabidas monedas. Luego Mirella se acerca al viejo, contoneándose, pero éste ya no piensa sino en el juego; está reflexionando y como zorro viejo y astuto intenta el golpe:

—No llevo mucho encima; todo lo más trescientas o cuatrocientas mil, pero podrían aceptar un talón.

—Doctor —le digo—, por mí aceptaría un papel cualquiera con un garabato suyo al pie, pero usted ya sabe cómo es el póquer.

—Sí, lo sé —dice fríamente el viejo, comprendiendo que no somos unos niños.

—Por el momento pondré sólo trescientas mil, que es todo lo que llevo —dice con una sonrisita.

—Como yo; tampoco yo llevo encima más de trescientas mil —digo.

Hago que Mirella me dé las monedas y ella, en cambio, tiene en el bolso un millón seiscientas mil: lindos billetes. Luego continúo:

—Debo decirles algo para que lo sepan: empleamos monedas en lugar de fichas, porque si, por casualidad, lo que es absolutamente improbable, tuviéramos una sorpresa de la policía, se encuentren con cuatro personas que están jugando tranquilamente al bridge (digo bridge, no póquer) con apuestas ridículas.

—Creo que ya podríamos empezar —dice, nervioso, el joven.

—Yo también —añade Ettore—. Vamos, Mirella, danos algo de beber.

Y empieza la partida. Ni Ettore ni yo somos tahúres, y por lo demás en el póquer no hay necesidad de tahurear, todo es una tahurería: el bluff, el farol, descartar dos cartas cuando debieran descartarse las cinco. Sabemos jugar al póquer y estamos unidos: sencillamente se trata de esto; no es necesario tahurear. Tenemos una táctica nuestra. Atacamos inmediatamente a nuestros contrincantes; no es que al principio les dejemos ganar para engolosinarlos, y después los pelemos. Estas son cosas que están bien en el juego del chito, pero no en el póquer. En el póquer hay que hacer temblar a los contrincantes, hay que asustarlos hasta el punto de que castañeteen los dientes; así empiezan a jugar a la defensiva, y jugar a la defensiva es algo que no resulta ni en el fútbol, cuanto menos en el póquer. Un jugador de póquer a la defensiva es como un perro en la perrera, que espera un puntapié. Y nosotros se lo damos.

Empieza el joven nervioso que pone cuatro monedas de cinco liras, es decir, veinte mil en la mesa, y dice sumiso pero petulante:

—Van veinte.

—Ochenta —digo, pongo cien liras y retiro cuatro monedas de cinco liras.

—Ochenta más —dice Ettore, lo que significa que debe poner en el plato ciento sesenta mil liras, y todavía no hemos empezado.

En efecto, pone cien liras, cincuenta y diez.

El viejo está cabizbajo, con los naipes tapados sobre la mesa; los miró apenas se los dieron y los ha dejado allí. Reflexiona, no es un estúpido. Tiene la impresión de escabechina y dice:

—Paso.

Al joven nervioso se le dibuja una pequeña mueca en los labios. También él tiene la impresión de escabechina, pero es demasiado estúpido para retirarse y en silencio, muy en silencio, pone sobre la mesa las ciento cuarenta mil liras en monedas. El viejo empieza a distribuir cartas.

—Servido —dice el joven.

No creo que esté servido, o se tira un estúpido farol, o todo lo más tiene un trío y quiere hacernos creer que tiene escalera o full. Pero voy a seguir la corriente, pienso.

—Una carta —pido.

Simulo descubrirla poco a poco, pero hay poco que descubrir; cualquiera que sea la carta que me venga lo máximo que podría ligar sería una pareja.

Pero esto es lo bueno: haceos este razonamiento: yo no tengo nada, el viejo, que ha pasado, no tiene nada; el joven debe tener poco; por tanto el que más tiene ha de ser Ettore.

—Cheap —dice el joven, dejando las cinco liras en el plato, demostrando así que se está muriendo de miedo verde, pero que quiere dárselas de astuto.

Yo también echo cinco liras en el plato aceptando el envite, pero Ettore interrumpe:

—Juegan doscientas mil —dijo, y no «doscientas», para que el jovencito no dude de que se trata de doscientos billetes de mil, no de monedas de cien.

Desaparece el tic de la comisura de la boca; pero la cara impávida, ya sin aquel tic, produce todavía más impresión. Por ingenuo que sea el hombrecillo comprende que, si acepta mostrar las cartas, puede perder también las doscientas y luego le quedaría muy poco para jugar.

Entonces deja los naipes sobre la mesa, tapados, enciende un cigarrillo y dice:

—Paso —y hasta su voz parece bañada en sudor. En minuto y medio ha perdido ciento sesenta mil liras, casi dos mil liras por segundo: una hermosa velocidad.

Así creamos en nuestros amigos el reino del terror. A partir de aquel momento su juego se hizo insensato, es decir, que perdió de cinco mil a treinta mil liras por mano, y en menos de una hora el joven quedó sin una blanca.

El viejo era un poco más duro, de vez en cuando daba un zarpazo, pero éramos nosotros quienes se lo dejábamos dar, porque hubiera sido una estupidez ganar siempre: de vez en cuando era yo el que representaba el papel de víctima, y otras veces Ettore, pero aquella noche fui yo, y me quedé con poco más de cien mil, luego las perdí también y me levanté sombrío:

—Salud, señores, voy a hablar con Mirella; yo también tengo que decirle un par de cosas.

Y me fui a fumar un cigarrillo con Mirella.

Los tres se quedaron jugando, y el póquer entre tres, más que un juego, es tanto como emprenderla a puntapiés a la cara. Miro el reloj: son poco más de las once. Estoy seguro de que Ettore acabará con nuestros amigos a la una, porque nosotros no jugamos como en las películas, durante dos o tres días seguidos. A las dos, o lo máximo a las tres, queremos irnos a dormir.

Me equivoqué en cinco minutos: a la una menos cinco Ettore entró en la habitación donde estaba fumando y charlando con Mirella y el resultado fue éste: el joven había perdido cuatrocientas cincuenta mil liras; el viejo doscientas mil, y yo todo, aparentemente. Ettore había ganado.

No fue una gran velada, pero, en fin, nos contentamos. Los amigos se fueron, bastante contentos de que no los hubiéramos dejado desnudos, y a la mañana siguiente nos fuimos a otra ciudad, a otro hotel. Ettore se fue a dar una vuelta en busca de personas a propósito: conoce toda Italia y las encuentra siempre. Algunas veces Ettore y yo fingimos no conocernos y encontrarnos por primera vez en el bar y nos hablamos de usted y por la noche jugamos una partidita como esa. Una vez ganamos incluso seis millones (la media es el par de millones), pero también una vez metimos en caja sólo ciento veinte mil liras y nos echamos a reír porque con esa cantidad no pagábamos la cuenta del hotel ni los gastos.

Lo nuestro no es un garito, es una «partidita»; no ganaremos miles de millones, pero la pasamos bien, y sobre todo estamos seguros: hace tres años que llevamos este juego, y todo fue bien, incluso con una vieja a quien le ganamos también los brazaletes y el reloj de oro, y que se puso a gritar diciendo que nos denunciaría. Le dijimos que lo hiciera, pero sabíamos que no iría porque su marido la molería a coces. Pero una noche…

Uno de los dos amigos que Ettore había pescado aquella noche tenía un aire más bien marcadamente afeminado. A mí no me gusta esta gente, pero le cambió a Mirella cuatro millones en moneda y aquel montón de billetes hasta a mí me produjo cierta impresión. El otro amigo no bromeaba y se hizo cambiar dos millones. Entre Ettore y yo teníamos un total de casi dos millones y también los cambiamos, pero Mirella hubo de bajar a la tabaquería a que le cambiasen porque las monedas se habían terminado.

Cuando los amigos a quienes invitamos a jugar una partidita tienen mucho dinero, como en el caso de aquella noche, nosotros, que tenemos menos, nos divertimos todavía más. En efecto, hacíamos esto: con nuestro poco dinero no nos comprometíamos: todo lo más poníamos de vez en cuando cincuenta mil liras, para no despertar sospechas, y así los dos ricos se encarnizaban entre ellos. Juego tras juego, a uno de los dos que tenía, por ejemplo, dos millones, le quedaba ya menos de uno. Entonces Ettore y yo nos lanzábamos sobre él y lo dejábamos en pelota, como una jovencita que hace streep tease. Luego, provistos ya de dinero, nos lanzábamos sobre el otro, y al fin lo limpiábamos también, aunque nunca del todo, pero bastante.

—Empecemos —dijo Ettore, que hacía de jugador impaciente, como de costumbre, y yo, en cambio, y como de costumbre también, hacía de jugador tranquilo, pero un poco tonto.

Empezamos: eran las once y media y todavía tenía en el estómago la escurridiza trucha del hotel, que quién sabe dónde la habrían pescado; acaso en la fuente de los jardines públicos.

A la una y media habíamos eliminado al amigo del afeminado, que se fue a mirar las estrellas a la ventana: había perdido dos millones limpios; uno y medio lo había ganado yo y el otro medio Ettore, pero Ettore tenía casi otro millón del afeminado, y, por tanto, ahora las posiciones económicas de los tres resultaban bastante equilibradas: teníamos casi tres millones cada uno.

Nos lanzamos entonces sobre el mariquita. Jugaba bastante bien, aparte de aquella «r» cuando decía «Triplico», «Cuadruplico», que me ponía nervioso. Como he dicho, el póquer entre tres es peor que una lucha entre bisontes: nos damos tortas como para rompernos la cara, y me dieron una a mí que no la esperaba y tuve que darle al mariquita setecientas mil liras en monedas. Jugaba bien, ya lo he dicho, pero nosotros jugábamos mejor que él.

A las tres menos diez —nunca habíamos jugado hasta tan tarde, y Mirella roncaba en la habitación contigua— el delicado mariquita sólo tenía doscientas mil liras. Era materialmente imposible que pudiera recuperarse con una cantidad tan pequeña, y se levantó, un poco pálido, pero sonriendo hipócritamente, como hacen esos tipos.

—Gracias por limpiarme —dijo pronunciando la «erre» de limpiar de tal manera que pareció rodar dentro de mi cabeza durante unos segundos.

De pronto el mariquita cambió de cara; el rostro se le endureció, sacó del bolsillo de la chaqueta un carnet y habló ya sin subrayar la erre:

—Policía: estáis detenidos los cuatro, poneos cara a la pared y no os hagáis los valientes. Afuera tengo tres compañeros a la espera y todas las salidas están vigiladas.

En aquel instante sentí mucho frío, mucho miedo; luego, al mirar el carnet que tenía en la mano, me di cuenta de que lo tapaba casi del todo. Bien es verdad que los policías no dejan ver bien sus credenciales, pero aquél exageraba un poco, y tuve la impresión de que «no» quería que se le viese.

—Por favor, brigadier, déjeme ver mejor la credencial —dije melifluo.

—Te haré ver ésta si no te pones inmediatamente de cara a la pared, como te he dicho.

Se comprendía que no era un mariquita, pero había representado su papel perfectamente.

Ante un revólver es difícil conversar tranquilamente, pero miré el revólver y no me gustó. No es que yo conozca con exactitud los revólveres de que están dotados los policías, pero aquél no me pareció el revólver de un agente.

—Sí —dije, e hice la acción de dirigirme hacia la pared, y también Ettore, que hace todo lo que yo hago, hizo la acción de volverse, pero sólo la insinuó, y entonces el jovenzuelo, satisfecho, se volvió un instante a Mirella:

—Dame el bolso y ponte tú también de cara a la pared —le dijo.

Querer quitar a una mujer joven y práctica un bolso que contiene más de ocho millones de liras es una pretensión un poco demasiado fuerte.

También Mirella lo miró, y miró el revólver que tenía en la mano, y su expresión —que no era ya la del mariquita con la «r» de falsete, sino la poco consoladora de un auténtico bribón— e hizo una cosa. No, no se lanzó sobre él, no disparó, porque no tenía armas, ni hubiese sabido usarlas, no le clavó las tijeras en la garganta, porque no tenía tijeras. Hizo la cosa más sencilla y más útil del mundo: estaba cerca del interruptor de la luz que iluminaba la mesa de juego y apagó.

No hubo oscuridad completa porque de la alcoba contigua se filtraba la luz de una lámpara, pero por un instante fue como si estuviese a oscuras, y en ese instante me lancé sobre el policía. Sabía que podía meterme una bala en el cuerpo y sabía que, en la mejor de las hipótesis, aunque no me tocase, el ruido del disparo haría acudir a sus colegas que estaban detrás de la puerta, pero en esos momentos no se tienen en cuenta tales cosas: sólo quería no dejarme agarrar como un estúpido y le apreté el cuello desesperadamente, mientras Ettore me echaba también una mano, tratando de desarmarlo. Cuando advertí que ya no se movía, le dije a Mirella:

—Enciende.

Encendió y pensé por qué no habría disparado inmediatamente en cuanto se apagó la luz, y, jadeando, me levanté.

—Está muerto —dijo Ettore.

También yo lo vi en seguida al mirarle la cara. Cualquiera lo hubiese comprendido aunque en su vida hubiese visto un muerto.

Estaba muerto y todavía tenía el revólver en la mano: Ettore no había conseguido quitárselo, ni siquiera momentos antes de que muriese, pero él no había disparado. Me agaché para quitarle el revólver y lo examiné. No tuve ni ganas de sonreír: era un revólver de juguete, plaño, una vaga imitación de una browning. Lo abrí y en el cargador, como era de prever, no había ni siquiera pistones.

Nos miramos los tres como estúpidos.

—Pero ¿a qué ha venido todo esto? —preguntó Ettore.

Y yo pensé:

«¿A qué venía?».

—¿Qué quería? —preguntó Mirella, que es romana—. Tenía cuatro millones. ¿Por qué vino aquí a buscamos camorra?

Pensé que sería un megalómano.

—Vino aquí a ganar. Tenía más dinero que nosotros y sabía jugar bien al póquer. Si ganaba, bien; si perdía, se hacía pasar por policía y arreaba con todo.

Pero soy una persona curiosa y quise saber realmente quién era. Hurgué en los bolsillos de su chaqueta y en seguida encontré el carnet rojizo que me había enseñado diciendo: «Policía». Era una tarjeta muy bonita, tenía la fotografía del difunto, nombre, apellidos, hijo de y de, estado civil, soltero, extendido por la ANFI, Asociación Nacional Filodramática Italiana. Y entonces comprendí: era un actor. Por esto había podido representar tan bien el papel dé mariquita delicado y después de polizonte duro. Nada tonto, debía de ser también jugador hasta la médula. Tal vez los cuatro millones que llevaba debió de haberlos conseguido limpiando a alguien, y justamente había ido a jugárselos con nosotros.

—Pero ¿dónde lo pescaste? —pregunté a Ettore.

—Me di unas vueltas por los bares de segunda. A ése lo encontré en ese bar de la plaza Cesare Beccaria. No sé por qué me hizo pensar que jugaba, me acerqué a él y comencé a hablarle del Inter…

Sí, sí, bien. Ettore valía mucho, comenzaba a hablar de fútbol, del fútbol pasaba a las carreras de caballos, a las apuestas de San Siro, y acababa siempre diciendo:

—Pero mejor que el póquer no hay nada.

Sí, sí. Pero de pronto tuve un sobresalto.

—¿Dónde se ha metido el otro? —grité.

Me refería al cuarto jugador, a aquel pequeñajo a quien Ettore había pescado en otra parte. Había dicho que era médico, y me había advertido que debía de estar un poco enfermo del corazón y que sería mejor que me visitara un médico, y que además las emociones que se sienten jugando al póquer no me sentaban bien.

—No, no se ha escapado —dijo Mirella—. Se sintió mal apenas apagué la luz y se metió en la alcoba.

Entré en la habitación. Estaba sentado en la cama y me miró pálido.

—¿Lo han matado? —me preguntó.

Dije que sí.

—Estoy perdido —y comenzó a retorcerse de dolor de estómago y de desesperación—. Veinte años de profesión, tengo una clínica, y si me encuentran aquí entre estos asesinos…

—Cállese, imbécil.

Yo no soy un asesino. Imagínense ustedes que trabajé en el ramo de la fontanería, antes de que me enseñaran el vicio del juego. Volví a la salita e hice que me sirvieran un trago. Bebimos los tres, sentados en sillones tapizados, y en medio, en el suelo, estaba el actor, el falso mariquita y el falso policía, que no resultaba muy agradable de ver, pero entre nosotros, invisible, había algo todavía mucho más angustioso: el problema de salir de aquello. Largarnos por las buenas era imposible. Para conseguir una habitación en un hotel hay que enseñar primero la documentación y, como siempre, Mirella y yo la habíamos enseñado también en aquel hotel. Ettore no, porque venía después con los amigos a jugar, y representaba el papel de mi huésped de paso. Apenas descubrieran el cadáver en la habitación, a Mirella y a mí nos detendrían inmediatamente, porque nuestra documentación era auténtica. Ni siquiera sabíamos a quién dirigirnos si pretendíamos tener una falsa.

—¿Qué hacemos? —preguntó Ettore.

—Estoy pensando en eso —repuse con voz firme, pero lo que más me angustiaba era que ellos estuviesen tranquilos porque tenían plena confianza en mí.

Estaban seguros de que yo les sacaría de aquella trampa. Pero yo no estaba tan seguro como ellos.

¿Qué podía hacer? Un hecho era cierto: había que esconder el cadáver. Si lo encontraban en aquella habitación, conseguirían saber lo que había sucedido y nos detendrían. Pero había otro hecho cierto también: que tenían que encontrar el cadáver lo más tarde posible, cuando por el hotel hubiesen pasado tantos clientes que no se acordaran de nosotros. Si lo encontraban al día siguiente lograrían hallar alguna relación con nosotros, pero si lo descubrían al cabo de una semana, cuando otros muchos clientes hubieran desfilado por el hotel, sería imposible. Por lo tanto, el problema era esconderlo, al menos durante una semana. Mejor si era más. El problema resultaba insoluble.

Me levanté y me dirigí al cuarto de baño. Estaba ardiendo, abrí el grifo del agua fría y metí la cabeza bajo el chorro, no sé por qué. Siempre que me lavo recuerdo cuando trabajaba. Entonces no era feliz, pero tampoco lo soy ahora. ¡Qué le vamos a hacer!

Al cabo de un rato, mientras me secaba la cara, me quedé sin aliento: lo había encontrado quizá.

Volví al saloncito.

—Déjame ver tu bolso —le dije a Mirella.

Lo abrí, estaba henchido de millones, pero ni siquiera los miré. Busqué otra cosa en el fondo del enorme bolso y la encontré. Era el estuche de manicura. Tomé la lima de las uñas, que era de acero, claro está, y la lanceta para la cutícula, que era bastante fuerte, y los alicates.

—Quedaos aquí, que vuelvo en seguida.

Como fontanero había trabajado para hoteles, y, por tanto, sé muchas cosas sobre cañerías de agua y waters. Imaginaos el número de lavabos y baños que hay en un hotel de un centenar de habitaciones, con todos los problemas que encierran. Los desagües de los lavabos o de las bañeras en las habitaciones individuales son de fácil arreglo en la misma habitación, pero a veces, aunque raramente, ocurren también atascos de todo el piso, o bien una tubería general se ha obstruido, y hay que arreglarla de inmediato. Por esto, en cada piso, está lo que los fontaneros llamamos «caja». La caja es un hueco en la pared, de unos dos metros de largo, con una profundidad y una altura de un metro, por donde pasan todas las cañerías de los distintos servicios del piso, y permite al operario reparar hasta las averías más graves.

Salí del cuarto de baño y me dirigí sin vacilar a la caja, porque por la situación de la bañera de mi habitación había intuido ya dónde estaba. En el pasillo no había nadie a aquellas horas, y la luz era la de la noche. Me dirigí al fondo, torcí a la derecha hacia un pequeño hueco donde estaba el ascensor de servicio y, como había previsto, la caja estaba allí.

La caja estaba tapada por una plancha de hierro a modo de un compartimiento estanco para evitar que trascendieran malos olores al pasillo, y atornillada con media docena de tornillos, o quizá más. Me arrodillé y comencé a quitar los tornillos en el silencio más absoluto. No fue fácil. Estas cajas se abren solamente en casos excepcionales, tres o cuatro veces al año, o para una revisión, y por tanto, los tornillos resistían, pero lo conseguí. Dejé aparte con mucho cuidado los ocho tornillos, quité la plancha de hierro, que por dentro estaba orillada de goma, lo dejé todo allí y regresé en el acto a mi habitación.

—Hemos sudado sangre. ¿Dónde te has metido? —preguntó Ettore.

Los dos estaban realmente trastornados.

Me llevé un dedo a los labios y me dirigí a la habitación. El médico seguía sentado en la cama. Fumaba un cigarrillo y me miró también verde de miedo.

—Escuche, doctor —le dije, acercándome a él—, tal vez se hayan salvado sus veinte años de profesión. Le dejo marcharse. Inmediatamente sale usted del hotel y se va a su casa o donde le dé la gana. Pero no diga a nadie nada de lo que ha visto, del muerto ni de que ha estado aquí. No lo diga porque, si no, yo ciertamente iré a presidio, pero usted se irá también conmigo porque diré en seguida a la policía que estaba usted aquí conmigo y que me ayudó a matar a nuestro compañero de juego.

—¿Y por qué habría de decirlo? —replicó él recobrando el color con la esperanza de irse.

—No se sabe nunca —repuse—. Deme uno de sus documentos y lárguese.

—¿Por qué un documento? —preguntó.

—Para demostrar a la policía que estaba usted aquí con nosotros, si le da la ocurrencia de denunciarme.

No le gustó pero me dio el carnet del Colegio de Médicos.

—Largo —y lo acompañé a la puerta.

Me había librado de un tercer problema, y estaba seguro de que no hablaría; no le convenía en modo alguno.

Volví al saloncito, miré a Mirella y a Ettore. También ellos comenzaban a perder seguridad. Además la presencia de aquel hombre violáceo en el suelo no era realmente tranquilizadora.

—Tal vez nos hayamos salvado —dije—. He encontrado la manera de esconderlo y de que no lo descubran hasta dentro de dos o quizá tres meses. No, os lo explicaré mañana; ahora no puedo perder tiempo —y encendí un cigarrillo dándome ánimos para lo que tenía que hacer—. He de llevar a este hombre al fondo del corredor, a la derecha, donde están los ascensores del servicio. Y en seguida. Vosotros ahora salís al pasillo. A esta hora tiene que estar libre, pero si hay alguien meted una mano en la habitación y esperaré. Apenas haya salido y me veáis llegar al fondo del pasillo, largaos inmediatamente a lo vuestro. Nos veremos mañana a las nueve en el bar de Nicola. Yo también me largaría de buena gana cuando haya terminado el trabajo, pero es preferible que me quede aquí. Sería peligroso pedir la cuenta a esta hora.

—Pero ¿de qué trabajo se trata? —preguntó Ettore.

—Idos, idos —tiré el cigarrillo en el cenicero abarrotado de colillas. Con un solo brazo ceñí por las axilas al pobrecillo que estaba en tierra y lo arrastré hasta la puerta, sin levantarlo. No pesaba nada.

—Mirad si el pasillo está libre.

Mirella y Ettore salieron, y yo me quedé un instante detrás de la puerta. Desde el otro lado de la puerta me llegó el susurro de la cálida voz de Mirella:

—No hay nadie.

—Recordadlo —dije un momento antes de salir—: apenas esté en el fondo del corredor, largaos de prisa. Podrían descubrirme mientras trabajo y será mejor que estéis lejos.

Me asomé al pasillo todo lo que me permitía la carga que llevaba y la arrastré sin ruido sobre la blanda moqueta del corredor, casi corriendo. Creo que en cuatro segundos me puse a cubierto en el hueco ante los ascensores de servicio.

No fue un trabajo largo. Teóricamente no; la caja, con aquel lío de cañerías era lo bastante amplia para permitir al fontanero llegar a todas. Pero por ancha que aquélla sea no está hecha, claro está, para acoger a un hombre.

Estaba ya sudado y sucio, pero esto era apenas el principio. Ahora tenía que volver a colocar la chapa, y aquellos malditos tornillos me hicieron sudar todavía más, y tenía que colocarlos bien, como estaban antes, porque, si no, cualquier día comenzarían a filtrarse olores y se acabó todo. Conseguí colocar tres, cuando, a mis espaldas, oí el ruido de uno de los ascensores de servicio. Me mordí la lengua para no gritar. Acaso el camarero que llegaba no fuese a mi piso, pero no podía correr el riesgo. La chapa estaba todavía completamente suelta: lo vería, si escapaba a mi habitación y lo dejaba allí. Con todas mis fuerzas me apoyé contra la puerta de hierro del ascensor: el camarero intentaría salir y, al no conseguirlo, creería que se había averiado y descendería.

Tenía vértigos. Oía al ascensor llegar lentamente. Ahora ya estaba allí, en mi piso. Empujé la puerta con más fuerza aun que antes, casi desvaneciéndome. El ascensor siguió subiendo. Iba a otro piso.

Continué apretando los tornillos, y al quinto tornillo comenzaron a sangrarme las manos, porque una lima para las uñas no es el instrumento apropiado para estos trabajos. Y la lima se me rompió dos veces, pero trabajé con los pedazos y al cabo de treinta y cinco minutos coloqué el octavo y último tornillo, y todos estaban perfectamente atornillados. La chapa estaba manchada de sangre en varios sitios, sangre que me salía de los dedos, pero con un poco de saliva y un pañuelo lo dejé todo bien limpio.

Ya estaba hecho. Si las cosas iban bien, aquel hombre estaría allí meses y meses, pero sería suficiente un par de semanas. Volví a mi habitación, cerré la puerta, me senté y me serví un trago, encendí un cigarrillo y seguí bebiendo y fumando durante un cuarto de hora. Después me tomé un baño, y comencé a poner en orden la habitación y el saloncito, de manera que no quedasen huellas. Vacié los ceniceros, pero dejé algunas colillas, y dos o tres veces lo examiné todo por si habían quedado rastros. Luego me tendí en la cama vestido, sin pensar siquiera en dormir.

Las horas, hasta la mañana, fueron larguísimas, pero por fin pasaron. A las ocho pedí el desayuno. Cuando me lo sirvieron me metí en el baño para afeitarme, de manera que el camarero oyó el ruido de la maquinilla eléctrica y le dije, desde la puerta que estaba abierta:

—Gracias.

Cuando terminé de afeitarme, pedí la cuenta por teléfono, y mientras me la preparaban desmigué un panecillo sobre la mesa y la bandeja, vertí leche, café, mermelada y mantequilla en el water. No tenía gana, pero había de dar la impresión de un cliente normal con buen apetito. Sólo quería una grappa.

Bajé con mi maleta, pagué la cuenta y mientras tanto mandé que me buscaran un taxi. Con el taxi me hice llevar a los jardines. Cerca de los jardines había otra parada, donde tomé otro taxi y di la dirección del bar de Nicola. Eran las nueve y cuarto y estaba a salvo.

—Una grappa doble —dije al flaco y pequeño Nicola.

Sólo estábamos él y yo en aquel inmenso bar donde hasta el mediodía no comparece nadie, y era una mañana de sol de primavera. Esperé hasta las once. Estaba un poco atontado, pero comprendía bien, aunque había bebido dos grappa dobles, tres cafés y un pernod para limpiarme la boca.

«No es posible», pensé, pero fui a telefonear a casa de Mirella y me respondió su madre.

—No, no he visto a Mirella. ¿No estaba contigo? ¿Ha sucedido algo?

—No, esté tranquila.

Colgué el teléfono y llamé a Ettore. Me respondió su hermana:

—No, no lo he visto en toda la noche.

Volví a colgar.

«No es posible», pensé, y seguí pensando así hasta las seis de la tarde, cuando comprendí la verdad: se habían ido con el dinero, y yo me había quedado sin liras y sin la chica.

Y yo quería a Mirella. Les había salvado y me lo agradecían así.

«Gracias, Mirella —pensé—, gracias, Ettore».

Y no sentía ni rabia ni odio. A los dos los quería de veras, porque no sólo se vive de póquer y me gustaba estar con ellos.

—Nicola, mándame al diantre —le dije.

Me dormía casi de pie, arrastrado por Nicola a la trastienda, donde tenía un diván, y oía a Nicola que me decía:

—Pero ¿por qué llora?

Pero estaba demasiado borracho para responder.

 

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GIORGIO SCERBANENCO (Kiev, Imperio ruso, 28 de julio de 1911 - Milán, Italia, 27 de octubre de 1969) es un escritor italiano de novelas policíacas.

Hijo de padre ruso y madre italiana, Volodymyr, —su verdadero nombre—, al estallar la revolución rusa viaja a Italia con su madre. Su padre fue fusilado y su madre falleció en 1927. Se estableció en Milán a los dieciséis años y para ganarse la vida desempeña diversos oficios que le van acercando al mundo editorial.

En 1931 publica su primer cuento en una revista. Comienza a trabajar para revistas femeninas como “Piccola” y “Novella” como corrector de pruebas y redactor. Escribe novelas rosas y en 1940 publica su primera novela policíaca Sei giorni di preavviso.

En septiembre de 1943 busca refugio en Suiza donde permanece hasta 1945. Entonces regresa a Italia y funda con Angelo Rizzoli el semanario “Bella”. También colabora con la revista “Annabella” escribiendo cuentos y series de relatos. En 1963 publica Venus privada la primera novela de la serie de Duca Lamberti. Publica también relatos policíacos en “La Stampa” y “Dominica del Corriere” y escribe guiones para el cine. Con su nueva pareja y sus dos hijas traslada su residencia a Lignano Sabbiadoro.

En 1968 gana el prestigioso Grand Prix de Littérature Policière. Scerbanenco está considerado uno de los maestros del género policíaco en Italia y algunas de sus novelas han sido llevadas al cine.

Libros publicados en España

 

Venus privada (Noguer, 1967, Bruguera, 1980; Planeta, 1986; Akal, 2011)

Milán, Calibre 9 (Noguer, 1970; Bruguera, 1984; Planeta, 1986; Akal, 2011)

Los milaneses matan en sábado (Noguer, 1970; Bruguera, 1980; Planeta, 1985; Akal, 2011)

Traidores a todos (Noguer, 1971; Bruguera, 1982; Planeta, 1986; Ediciones Akal, 2009).

Al servicio de quien me quiera (Barral, 1972; Bruguera, 1984; Planeta, 1986)

Demasiado tarde (Noguer, 1972; Bruguera, 1983)

Ladrón contra asesino (Noguer, 1972; Bruguera, 1980)

Doble juego (Noguer, 1973, Bruguera, 1983)

Las princesas de Acapulco (Barral, 1973; Bruguera, 1984)

Rapto (Noguer, 1973)

Perseguidas (Noguer, 1973; Bruguera, 1983)

Pequeño hotel para sádicos (Noguer, 1973)

La chica del bosque (Noguer, 1975)

La arena no recuerda (Noguer, 1975)

Los siete pecados capitales y las siete virtudes capitales (Noguer, 1976; Akal, 2010)

Cita en Trieste (Noguer, 1976)

El rio verde (Sagitario, 1976)

La cueva de los filósofos (Bruguera, 1977; Ediciones Akal, 2014).

Te llevaré a ver el mar (Noguer, 1977; Brugera, 1983)

La noche del tigre (Noguer, 1977)

El gran encanto (Noguer, 1978)

Ladrón contra asesino (Noguer, 1980)

Muerte en la escuela (Bruguera, 1980, Akal, 2010)

Los espías no deben amar (Jucar, 1980; Bruguera, 1981)

La muñeca ciega (Ediciones Akal, 2013).

Nadie es culpable (Ediciones Akal, 2013).

 

 

Notas

 

[1] Estación Central matar inmediatamente. <<

[2] Especie de grappa de los boyeros de la campiña romana. <<

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